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La
masacre de Napalpí
Por Marcelo Larraquy
Durante las sesiones en el Congreso en las que De Tomaso expuso
sobre la Patagonia, el diputado radical y
médico Pedro López Anaut —que había avalado un pedido de informes pero
no la creación de una comisión investigadora porque prefería evitar "los
detalles"— comentó que los movimientos en el Sur tenían cierta semejanza
con los que él había conocido en el Norte. López Anaut había integrado
una comisión legislativa que había viajado a Chaco, a Formosa y a
Misiones, donde también hubo "levantamientos graves de obreros, asaltos
a establecimientos, tiroteos, muertos y heridos, intervención de la
policía y el ejército". La experiencia lo había conmocionado. Había
tomado contacto con los obreros y observó el cuadro "horroroso" en el
que vivían, con patrones "criminales". Y aunque no adhería a la Liga
Patriótica —pero tampoco era crítico de ella—, el legislador había
observado su intervención en esa región, cuando miles de obreros de las
compañías La Forestal y Las Palmas se declararon en huelga en los años
1920 y 1921.
La Forestal, una compañía británica que sumó
capitales alemanes y franceses, había sido creada en 1906 y llegó a
ocupar más de dos millones de hectáreas en el norte de la provincia de
Santa Fe y los territorios nacionales de Chaco y de Formosa. Su
especialidad era la explotación del quebracho colorado de los montes
para extraer el tanino, sustancia útil para las curtiembres en el
tratamiento del cuero, y también para producir los durmientes para las
líneas ferroviarias. El monopolio impedía que los pueblos se
desarrollaran fuera de su producción económica concentrada y con vistas
hacia el mercado internacional. La empresa, además, defraudaba al fisco
provincial.
Como los peones rurales en la Patagonia, los hacheros de La Forestal, que tenían
jornadas de hasta dieciséis horas, recibían la paga con vales que podían cambiar
por mercaderías en los almacenes de ramos generales
que también pertenecían a la compañía.
En un mes de trabajo, un hachero podía ganar el equivalente a diez kilos
de carne.
Cuando los trabajadores iniciaron una huelga en diciembre de 1919 y
reclamaron mejoras salariales y turnos de ocho horas, la compañía creó
un cuerpo armado con gendarmes de la fuerza pública pero al servicio y
con salarios de La Forestal. Lo reforzó con un cuerpo policial privado
para proteger los obrajes y las fábricas y someter por la fuerza la
agitación obrera.
En las huelgas de 1920 y 1921, La Forestal desconoció la organización
gremial de los trabajadores, hizo "listas negras"; saqueó e incendió sus
casas; desplazó hacheros de un enclave a otro; vedó la provisión de
agua, que llegaba en tren a los obrajes; cerró establecimientos y
despidió al personal; provocó el vaciamiento de pueblos y utilizó su
policía privada para reprimir a los que persistieron en la resistencia.
En febrero de 1921, en distintas poblaciones de Santa Fe —Villa
Guillermina, Villa Ana, Golondrina, Villa Ocampo—, los cuerpos armados
dispararon contra los obreros en las estaciones ferroviarias y salieron
a cazarlos por los bosques, luego de que en Villa Guillermina un
comisario que registraba obreros a la salida de la fábrica resultara
muerto, en apariencia por un policía no uniformado de la empresa, hecho
que fue utilizado para desencadenar la represión.
La Liga Patriótica no permaneció ajena a la
violencia patronal. Contrató mercenarios, denominados "penachos
colorados", para acompañar a la policía privada de La Forestal. Un
miembro de la Liga, Lorenzo Anadón, era vicepresidente de esa compañía.
El establecimiento de producción forestal, ganadero y azucarero Las
Palmas, en el Chaco austral, tenía la particularidad de que todo el
directorio pertenecía a la Liga Patriótica. Y la mano de obra
—indígenas, criollos, paraguayos y brasileños— estaba en relación con la
FORA del IX Congreso.
Un paro les había permitido a los trabajadores lograr el pago en moneda
y jornadas más cortas en los ingenios. Sin embargo, poco después, la
empresa efectuó un descuento en sus salarios y colocó matones de la Liga
para provocar a los delegados sindicales en las fábricas.
A mediados de 1920, la decisión de la compañía de expulsar a cerca de mil trabajadores acrecentó la tensión. Los huelguistas se atrincheraron en el ingenio. Tras difundir el rumor de que los caciques estaban al servicio de los patrones, la empresa colocó a indios, sin que éstos lo supieran, en la avanzada para enfrentar a los trabajadores, que comenzaron a disparar contra ellos. Luego entraron en combate las fuerzas de la empresa y de la Liga Patriótica y un día más tarde las tropas del Ejército al mando del capitán Gregorio Pomar, simpatizante radical, quien ordenó el cese del fuego. Hubo denuncia de quemas de huelguistas en los hornos del ingenio para no dejar evidencias ante la llegada del Ejército.
Durante la década de 1920, además de Las Palmas y de La Forestal, donde los obreros fueron víctimas de una represión con recursos estatales "privatizados", las fuerzas del Estado también organizaron expediciones de exterminio masivo en el norte del país. Pero, a diferencia de la matanza patagónica, que logró ser rescatada por Osvaldo Bayer tras cincuenta años de ocultamiento y olvido, las voces de estas etnias fusiladas quedaron sumergidas en una reconstrucción histórica regional mucho menos visible.
Por entonces, Chaco era territorio de conquista de las expediciones
militares que buscaban extender las fronteras indígenas al precio del
dominio territorial, económico, étnico y cultural. Hacia 1920, el censo
indicó para ese territorio nacional una población de 60.564 habitantes.
En junio de 1923, el presidente Alvear designó en el gobierno del Chaco
a Fernando Centeno, nieto del coronel Dámaso Centeno, muerto en combate
en la batalla de Pavón. Fernando Centeno, educado en París y tres veces
presidente de la Cámara de Diputados santafecina, oriundo de esa
provincia, debía remitir informes de su gestión al Ministerio del
Interior.
Frente a las etnias, el nuevo gobernador continuó con la política de la
Reducción de Indios, un organismo que administraba la mano de obra
aborigen en los obrajes forestales y en las chacras de algodón y maíz;
de este modo, a la vez que los obligaba a abandonar su nomadismo, los
incorporaba al proceso de producción económica.
La Reducción Napalpí, un territorio de 20.000 hectáreas, ubicado a 120
kilómetros de Resistencia, sobre la traza del ferrocarril Barranqueras
al Oeste, había sido creada en 1911 por el naturalista y protector de
indios Enrique Lynch Arribálzaga. La creación de este cerco indígena de
producción agraria, bajo subsidio y control estatal, tuvo la intención
de evitar que las etnias mocoví, toba y vilela continuasen siendo
víctimas del genocidio de las tropas de línea del Ejército, quienes las
consideraban obstáculos para su objetivo de "civilización y progreso".
La Reducción también incluyó una política educativa. Se fundó una
escuela para los hijos de los aborígenes.
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Hacia 1920, con el auge algodonero, la Reducción contaba con alrededor
de setecientos empleados que trabajaban a destajo. Pero los indios
también tenían la posibilidad de ser contratados por comerciantes que
los trasladaban a los ingenios azucareros de Tucumán, de Salta y de
Jujuy por una mejor paga. De modo que entre la posibilidad de volverse
al monte a vivir con sus costumbres originales, subsistiendo con la caza
o la pesca, y el éxodo a otras provincias, desde la perspectiva de los
terratenientes, los aborígenes componían una mano de obra inestable para
las necesidades de la cosecha.
Atento a las inquietudes de las empresas productoras, el gobernador
Centeno prohibió los desplazamientos indígenas fuera del territorio.
Sometidos al cerco de Napalpí, los aborígenes se sublevaron contra la
administración de la Reducción, que además les descontaba el quince por
ciento de la producción de algodón. Muchos se negaron a levantar la
cosecha. El ambiente se fue crispando. Los policías comenzaron a
perseguir a los indígenas que regresaban de la zafra jujeña en
trasgresión a la orden de Centeno y mataron a algunos de ellos en El
Cuchillo. También, la policía comenzó a recibir denuncias telegráficas
de productores por robos de hacienda y carneo de animales.
El 17 de mayo de 1924, Centeno fue a las tolderías de Napalpí a
entrevistarse con los caciques. Escuchó sus críticas. Le pidieron la
supresión del quince por ciento, libertad para vender sus productos, la
reapertura de la escuela, títulos de propiedad para colonos indígenas,
la liberación de aborígenes detenidos en la cárcel de Resistencia y la
entrega de dos vacas y mil kilos de galletas.
Ni las promesas de provisión de alimentos ni la reunión de la delegación
indígena en Buenos Aires con la Comisión Honoraria de Reducciones de
Indios ni la visita a
Napalpí de Eduardo Elordi, secretario de Territorios del Ministerio del
Interior, bastaron para atemperar la hostilidad en la región. Todas las
negociaciones habían fracasado. El sometimiento policial a los indígenas
para que permanecieran en la Reducción, las denuncias de cuatrerismo y
los ataques a establecimientos agrarios denunciados por colonos blancos
contra los "bandoleros" aborígenes —que habrían dejado dos muertos—, el
despoblamiento rural por el temor a un levantamiento indígena y la
huelga que iniciaron éstos en Napalpí hundieron el territorio en una
psicosis de guerra. El indio armado con Winchester, guiado por el
cacique toba Pedro Maidana, era la figura más explotada frente a Centeno
por parte de los terratenientes que exigían el disciplinamiento de la
mano de obra. Enrique Lynch Arribálzaga había advertido en 1911: "La
coerción o el temor son, a mi juicio, pésimos recursos para el gobierno
de los aborígenes. Se los podrá dominar momentáneamente, pero el odio
hervirá en sus almas sin freno y, como todo pueblo oprimido, romperá sus
cadenas en cuanto vea la primera coyuntura para hacerlo".
En julio, el gobernador Centeno pidió al Ministerio del Interior tropas
del Ejército para sofocar la "sublevación", pero le respondieron que era
un hecho policial que debía ser resuelto a nivel local.
El sábado 19 de julio de 1924, La Nación publicó que "la sublevación" de
los indios de la Reducción de Napalpí continuaba "amenazando a la
población de la zona norte de ese departamento [Villa Ana]. Han sido
atacados varios vecinos, registrándose numerosos asesinatos. El pueblo
está alarmadísimo".
Ese mismo día ya estaba en Napalpí la tropa policial enviada por
Centeno. Cuarenta de ellos habían partido en tren desde Resistencia, se
sumaron otros ochenta de localidades vecinas, más la participación de
civiles armados al servicio de los productores. Un avión del Aero Club
Chaco los ayudó a reconocer la posición exacta de los indios. Muchos de
ellos salieron a observar el aeroplano que volaba más allá de las copas
de los árboles. Según los testimonios recogidos por una comisión
parlamentaria, expuestos en la sesión de Diputados del 11 de septiembre
de 1924, desde el avión arrojaron una sustancia química que comenzó a
incendiar las tolderías.
La tropa inició la matanza de las etnias rebeldes. Las familias
indígenas escaparon hacia al monte impenetrable, pero en dos horas, los
fusiles estatales ya habían matado a alrededor de doscientos aborígenes
que habían negado sus brazos a la cosecha. El avión sobrevoló la zona
para señalar a los que escapaban y ponerlos en la mira del fusil del
copiloto. A los que quedaban heridos, la tropa policial los ultimaba a
machetazos o los degollaba. Al cacique Maidana y a sus hijos les
arrancaron los testículos y las orejas. Los cadáveres fueron amontonados
y rociados con querosén y enterrados en fosas comunes. Muchas mujeres
fueron tomadas prisioneras y sometidas. Los bienes indígenas de la
Reducción fueron saqueados. Cuarenta niños que lograron sobrevivir
fueron entregados a los estancieros como sirvientes para las tareas
domésticas.
En el expediente judicial, la policía negó la matanza. Según la versión
oficial, cuando llegaron a Napalpí con un pañuelo blanco, fueron
recibidos con fuego por los indios y en el combate mataron sólo a los
tres caciques rebeldes y a otro aborigen. El resto, cerca de ochocientos
indios, al ver caer a sus jefes, huyó al monte. La Justicia, que archivó
la causa sin reconocer culpabilidad en nadie, no recogió los testimonios
de los indígenas que habían sobrevivido.
Entre ellos estaba Melitona Enrique, toba, de 23 años. Ese 19 de julio
de 1924, escapó de las balas y corrió hacia el monte con su madre. Había
perdido a sus abuelos, a sus primos, a sus tíos. Estuvo varios días y
noches sin comer. Vivió muchos años. Fue la última sobreviviente.
Melitona Enrique murió el 13 de noviembre de 2008. Tenía 107 años. En su
último cumpleaños, el 13 de enero del mismo año, el Estado provincial
del Chaco reconoció por primera vez su responsabilidad en la masacre de
Napalpí. Entonces le pidió disculpas, le regaló una silla de ruedas y le
prometió una casa de ladrillos.
(Fragmento de “Marcados a fuego. La violencia en la
historia argentina. De Yrigoyen a Perón (1890-1945)” de Marcelo
Larraquy)

Una masacre
que lleva 80 años de memoria prohibida
Por Darío Aranda [2004]
darioaranda@yahoo.com.ar
En 1924 asesinaron a 200 aborígenes de Napalpí, Chaco. Reclamaban por sus
salarios. A los descendientes ni siquiera les permiten recordar el hecho en
un acto en las escuelas.
El cacique José reclama una reparación histórica.
Cuando se cumplen 80 años de la matanza de 200 tobas y mocovíes, en Napalpí,
Chaco, un cacique reclama una reparación histórica que, desde hace décadas,
es incumplida: un cartel que indique que allí tuvo lugar la masacre ordenada
por el gobernador chaqueño, Fernando Centeno. El 19 de julio de 1924, a la
mañana, la policía rodeó la Reducción Aborigen de Napalpí, de población toba
y mocoví, y durante 45 minutos no dejaron descansar los fusiles. No
perdonaron a ancianos, mujeres ni niños.
Asesinaron a todos y, como trofeos
de guerra, cortaron orejas, testículos y penes, que luego fueron exhibidos
como muestra de patriotismo en la localidad cercana de Quitilipi. Los
asesinados fueron más de 200 aborígenes que reclamaban una paga justa para
cosechar el algodón de los grandes terratenientes. Para justificar la
matanza, la versión oficial esgrimió una "sublevación indígena". A 80 años
de la masacre, no habrá actos oficiales, pero los pobladores originarios la
recordarán en cada comunidad.
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En 1895, la superficie sembrada de algodón en el Chaco era de sólo 100 hectáreas. Pero el precio internacional ascendía y los campos del norte comenzaron a inundarse de capullos blancos donde trabajaban jornadas eternas miles de hombres de piel oscura. En 1923, los sembradíos chaqueños de algodón ya alcanzaban las 50 mil hectáreas. Pero también debían multiplicarse los brazos que recojan el "oro blanco".
El 12 de octubre de 1922, el radical Marcelo T. de Alvear había reemplazado
en la presidencia a Hipólito Yrigoyen y el Territorio Nacional del Chaco ya
se perfilaba como el primer productor nacional de algodón. Pero en julio de
1924 los pobladores originarios toba y mocoví de la Reducción Aborigen de
Napalpí –a 120 kilómetros de Resistencia– se declararon en huelga:
denunciaban los maltratos y la explotación de los terratenientes. Los
ingenios de Salta y Jujuy ofrecieron mejor paga. Hacia allá intentaron ir
los pobladores, pero el gobernador Centeno prohibió a los indígenas
abandonar el Chaco. Los pobladores de Napalpí decidieron resistir. El 18 de
julio, y con la excusa de un supuesto malón indígena, Fernando Centeno dio
la orden.
A la mañana del 19 de julio, 130 policías y algunos civiles partieron desde
la localidad de Quitilipi hasta Napalpí. Después de 45 minutos de disparar
los Winchester y Mauser a todo lo que se movía, sólo quedó el silencio y la
humareda de los fusiles. Los heridos –fueran hombres, mujeres o niños–
fueron asesinados a machetazos. El periódico Heraldo del Norte recordó el
hecho a finales de la década del ’20: "Como a las nueve, y sin que los
inocentes indígenas realizaran un solo disparo, hicieron repetidas descargas
cerradas y enseguida, en medio del pánico de los indios (más mujeres y niños
que hombres), atacaron. Se produjo entonces la más cobarde y feroz
carnicería, degollando a los heridos sin respetar sexo ni edad".
El 29 de agosto –cuarenta días después de la matanza–, el ex director de la Reducción de Napalpí, Enrique Lynch Arribálzaga, escribió una carta que fue leída en el Congreso nacional: "La matanza de indígenas por la policía del Chaco continúa en Napalpí y sus alrededores; parece que los criminales se hubieran propuesto eliminar a todos los que se hallaron presentes en la carnicería del 19 de julio, para que no puedan servir de testigos si viene la Comisión Investigadora de la Cámara de Diputados".
El libro Memorias del Gran Chaco, de la historiadora Mercedes Silva,
confirma el hecho y cuenta que el mocoví Pedro Maidana, uno de los líderes
de la huelga, corrió esa suerte. "Se lo mató en forma salvaje y se le
extirparon los testículos y una oreja para exhibirlos como trofeo de
batalla", asegura.
En el libro Napalpí, la herida abierta, el periodista Vidal Mario detalla:
"El ataque terminó en una matanza, en la más horrenda masacre que recuerda
la historia de las culturas indígenas en el presente siglo. Los atacantes
sólo cesaron de disparar cuando advirtieron que en los toldos no quedaba un
indio que no estuviera muerto o herido. Los heridos fueron degollados,algunos colgados. Entre hombres, mujeres y niños fueron muertos
alrededor de doscientos aborígenes y algunos campesinos blancos que también
se habían plegado al movimiento huelguista".
Un reciente microprograma de la Red de Comunicación Indígena destaca: "Se
dispararon más de 5 mil tiros y la orgía de sangre incluyó la extracción de
testículos, penes y orejas de los muertos, esos tristes trofeos fueron
exhibidos en la comisaría de Quitilipi. Algunos muertos fueron enterrados en
fosas comunes, otros fueron quemados". En el mismo audio, el cacique toba
Esteban Moreno contó la historia que es transmitida de generación en
generación. "En las tolderías aparecieron soldados y un avión que
ametrallaba. Los mataron porque se negaban a cosechar. Nos dimos cuenta de
que fue una matanza porque sólo murieron aborígenes, tobas y mocovíes, no
hay soldados heridos, no fue lucha, fue masacre, fue matanza, por eso ahora
ese lugar se llama Colonia La Matanza."
La Reducción de Napalpí –palabra toba que significa lugar de los muertos–
había sido fundada en 1911, en el corazón del Territorio Nacional del Chaco.
Las primeras familias que se instalaron eran de las etnias Pilagá, Abipón,
Toba, Charrúa y Mocoví. El corresponsal del diario La Razón, Federico
Gutiérrez, escribió en julio de 1924: "Muchas hectáreas de tierra en flor
están en poder de los pobres indios; quitarles esas tierras es la ilusión
que muchos desean en secreto".
A ochenta años de la masacre, el lugar está sólo habitado por una familia
que dice escuchar los lamentos de las víctimas cuando cambia el viento. El
cacique Alfredo José dijo a Télam que reclama una reparación histórica. Su
antecesor, Angel Nicola, recordó con amargura las promesas incumplidas de
autoridades y legisladores. Reclaman que se coloque un cartel que indique
que allí, en Napalpí, ocurrió la matanza. José impulsó una ceremonia en la
escuela de Colonia Aborigen, pero no prosperó porque el tema no figura en
los programas de estudios de los descendientes de los masacrados. Una
frustración más: los carteles oficiales de la Ruta Nacional 16 ubican a
Napalpí en otra parte, como otra muestra del olvido y ocultamiento.
Fuente: www.argentina.indymedia.org, 2004

La masacre indígena de Napalpí
Por Argenpress.info
El 19 de Julio de 1924 se produjo la masacre
indígena de Napalpí, un hecho histórico sangriento que la historiografía
tradicional ha ignorado, y que se inserta en la dramática vida de las
naciones indígenas que sufrieron diversas formas opresivas y
discriminatorias.
La masacre ocurrida en el entonces territorio nacional del Chaco fue un
ejemplo de cómo la opresión indígena jugaba en aquellos años un rol en la
acumulación capitalista mediante la utilización de mano de obra barata en el
trabajo agrario del norte argentino.
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Tropas de la gendarmería y de la policía, con el apoyo de grupos privados,
atacaron el 'campamento sagrado' de El Aguará, donde casi un millar de
tobas, mocovíes y campesinos blancos originarios de corrientes, se habían
refugiado como respuesta a la tensa situación social que acarreaba la
explotación de los hacendados locales.
El ataque terminó con una matanza, una masacre brutal.
Ese trágico 19 de Julio de 1924, unos 130 hombres armados entre la policía y
gendarmería, atacaron El Aguará sin encontrar resistencia. Según los diarios
de la época, y las denuncias formuladas por los diputados socialistas en la
cámara de Diputados de la Nación, los atacantes sólo cesaron de disparar
cuando 'advirtieron que en los toldos no quedaba un indio que no estuviera
muerto o herido'. Los heridos fueron degollados, los esfínteres de algunos
de ellos fueron colgados en palos. Entre hombres, mujeres y niños, se
calculan doscientos muertos aborígenes y algunos campesinos blancos.
La 'masacre de Napalpí' ha sufrido el silencio a lo largo de los años y muy
pocos investigadores, antropólogos y personas dedicadas al estudio de la
historia indígena, le han prestado atención. Entre los investigadores que
han profundizado en la cuestión figura José Picciuolo Valls. La ideología
que fundamentó y motivó la resistencia fue claramente social-religiosa, y,
sobre todo, mesiánica, tocándoles a los chamanes tobas reelaborar el corpus
mítico de su cultura y adaptarlo a la situación colonial que vivían,
proyectando sus alcances no sólo dentro de su nación, sino sobre otros
núcleos étnicos no indígenas. La nación toba -cuya cultura era periférica
del imperio incásico-, a partir del siglo XVII, gracias a la adopción del
caballo, comenzó a expandirse sobre otras étnicas del Chaco, rechazando a
los europeos. Esa supremacía decayó en el siglo XIX con el avance blanco,
que derrotó militarmente a los tobas redistribuyéndolos en 'reservas
aborígenes', y arrebatándoles las tierras.
La explotación de la mano de obra indígena, la discriminación racial, la
violencia contra los tobas y otras naciones indígenas, el continuo
apoderamiento ilegal de las tierras por parte de los hacendados blancos,
motivó el levantamiento político-religioso toba, que enfrentó a los
dominadores mediante la resistencia pasiva.
El gobierno
chaqueño pidió perdón por la masacre de NapalpíMelitona Enrique, cuyo cumpleaños 107 fue celebrado en la plaza de Machagai con la presencia del gobernador Jorge Capitanich, quien le pidió perdón y le rindió un homenaje. En 1924 tenía 23 años, se salvó escondiéndose en el monte durante varios días, sin comida ni agua. Ella misma recordó en una oportunidad que "los cuervos estuvieron una semana sin volar, porque seguían comiendo los cadáveres". Jueves, 17 de Enero de 2008.
Machagai. El gobernador Jorge Capitanich, pidió perdón en nombre
del Estado chaqueño por la "Masacre de Napalpí" y declaró el 19
de julio Día de los Derechos de las Poblaciones Aborígenes, en
el acto de homenaje a Melitona Enrique, que se realizó en esta
ciudad. |
La razón de la matanza y de la posterior represión, encontró fundamento en
el hecho de que los aborígenes dejaron de trabajar la tierra para los
hacendados chaqueños y generaron una economía propia de subsistencia.
El ejemplo de los tobas podría extenderse a todo el norte argentino,
movilizando por sus jefes políticos-religiosos -los chamanes - y por una
fuerte mítica escatológica basada en un renacimiento de las tradiciones
morales y religiosas indígenas.
El entonces gobernador Centeno, alentado por los hacendados, ordenó la
represión de los indefensos aborígenes que, hay que destacarlo, estaban
ejerciendo su resistencia en forma pacífica y en ningún momento recurrieron
a las armas. Lo curioso de la terrible tragedia es que, después de
producida, el silencio más absoluto la ocultó por décadas, a pesar de las
denuncias parlamentarias que, muy pronto, también se acallaron.
Lugareños del El Aguará memoran los dramáticos hechos de 1924:
'Desde un aeroplano atacaron a la población'.
Buscando localizar el lugar de los dramáticos hechos que desencadenaron la
masacre indígena de 1924, penetramos en El Aguará bajo un sol abrasador y
por caminos de tierra, algunos muy estrechos.
Las dos versiones que logramos difieren en la interpretación: los dichos que
corresponden a descendientes indígenas, los de los criollos. En los primeros
se mantiene inalterable el relato que fueron reconstruyendo historiadores,
antropólogos e investigadores, sobre el martirio de esos hombres, mujeres,
niños y ancianos inmolados por el odio y el miedo de quienes los atacaron
brutalmente. En cambio, la visión criolla repite el relato colonizado - como
diría Franz Fanon -, en donde los aborígenes debieron ser reprimidos porque
estaban 'levantados' o pensaban atacar a los centros poblados, cosa que
nunca existió ya que se habían internado en las entrañas de El Aguará
rodeado de su mística político-religiosa y, conviene recalcar, se trató de
un levantamiento pacífico, no violento, y ese carácter adquiere
verosimilitud si se tiene en cuenta que durante los hechos sangrientos no
cayó ningún blanco de los que formaban parte del grupo agresor, y tampoco
hay registros de ataques indígenas a zonas pobladas, urbanas o
semiurbanizadas en la época.
Recién cuando localizamos el lugar donde se habrían producido los sucesos,
ubicado en el límite entre El Agruará y Napalpí, pudimos establecer que se
puede llegar a la zona (fue el camino de regreso) por la ruta 16, hasta el
kilómetro -aproximadamente- número 147, y allí doblar a la izquierda por uno
de los caminos de tierra y luego de avanzar otros cinco kilómetros se llega
a las chacras de los hermanos Angel y Agriano Verdán, actualmente un
algodonal, donde se desencadenaron los sucesos.
Otro dato interesante recogido de testimonios de habitantes de El Aguará -
hoy una enorme reserva indígena que a pesar de la pobreza cuenta dos
escuelitas -, es la permanencia en la conciencia popular de los mitos
escatológicos animistas vinculados algunos de ellos con la masacre que nos
ocupa.
Pero lo que no fue un mito, sino una cruel realidad es lo que nos relató una
mujer y luego nos confirmo otro testimonio.
Durante la represión contra los indígenas, además de las fuerzas
militarizadas armadas de fusiles máuser y otros elementos bélicos de la
época, fue utilizada una avioneta de reconocimiento, elemento éste con lo
que se trató de amedrentar a los rebeldes indefensos y evitar cualquier
resistencia. Ahora pudimos confirmar la utilización de esa avioneta o
planeador sobre la que tuvimos noticias a través del investigador Picciuolo
Vals que estudió los hechos de Napalpí hace ya varios años. Hay, con todo,
un agregado, confirmado ahora por los testimonios de los habitantes de la
zona, de origen indígena o criollos: desde el aeroplano mediante la
utilización de alguna sustancia química o de otra clase, se incendió la
toldería donde habitaban los rebeldes.
Para tener una idea que nos ubique ante los hechos, según las
reconstrucciones históricas, el levantamiento toba-mocoví, tuvo una gran
presencia milenarista y religiosa. Según las costumbres autóctonas, el
templo o templete para el culto religioso se construía fuera del lugar donde
se instalaban las viviendas indígenas. El ataque se habría producido cuando
éstos retornaban a su hogar en las primeras horas de la mañana, luego de un
oficio religioso.
Según el antropólogo Picciuolo Vals, en el templete, levantado sobre una
altura, y que consistía en una rústica casita, se 'aparecía' el Dios
indígena, o los dioses, que tomaban contacto con su pueblo para
fortalecerlos espiritual y materialmente. Era una relación directa sin
mediación chamánica, aunque estos jefes político-religiosos fueron guía del
movimiento.
Testimonios recogidos en la reserva de El Aguará nos destacaron que cuando
la 'seca' llega a su fin y se produce una gran tormenta con sus fuertes
lluvias, ante de los precipitaciones los indígenas dicen escuchar los
'tambores' que ejecutaban los antiguos lugareños masacrados.
Mito, leyenda, animismo, los testimonios permiten advertir la persistencia
del pensamiento mágico y ritual propio de la cultura nativa y parte de su
especificidad moral y espiritual, elemento indispensable para sortear
durante siglos la opresión blanca, el racismo, el olvido, la discriminación
e, incluso, junto al exterminio el proceso intenso de trasculturización
cristiana blanca.
En El Aguará pudimos advertir la inexistencia de iglesias católicas, salvo
la presencia de jóvenes misioneros católicos procedentes de Formosa, que en
número de diez recorrían la zona. En cambio, hay templos de la Iglesia de
Dios, una confesión sectante, cuestionada tanto por católicos como por las
iglesias protestantes históricas. Es muy posible, que ese culto sin imágenes
religiosas permita a los aborígenes de El Aguará una práctica sincrética,
sin adjurar de sus propias creencias y concepciones.
Recorrido El Aguará nos fuimos acercando tras un viaje donde debíamos
descorrer algunos caminos hasta encontrar el lugar que nos interesaba: las
chacras de Angel y Agriano Verdán.
Fue allí, según el testimonio de los pobladores, aborígenes o criollos, donde se produjeron los hechos de violencia. Precisamente en la chacra de Agriano Verdán. Sobre un sembradío de algodón se levantaban las tolderías de los rebeldes y allí cerca, sobre una altura que ya no existe porque fue desmontada, se alzaba el templete religioso. Según nos dijo Angel Verdán bajo la altura habían existido dos pistas de bailes indígenas, tal vez para bailes rituales o como parte de la vida comunitaria y social. Angel Verdán nos relató que en los últimos años han encontrado en la zona, durante la siembra o en las cosechas, bajo tierra, trozos de platos u otros utensilios que habrían pertenecido a los infortunados indígenas asesinados. Nos expresó también que en la cercanía, a la que no llegamos, había una fosa común donde se tiraron los restos humanos después de la masacre. Nos preguntamos por qué no existe allí un monolito, una placa, un señalamiento que recordara a los inmolados. Tal forma de recordación no forma parte de las costumbres indígenas que recurren a la transmisión oral de sus símbolos y creencias, pero sería obligación moral de las autoridades, partidos políticos, sindicalistas, organizaciones religiosas y culturales, hacer un señalamiento para que no se borre de la conciencia popular argentina un suceso que se emparenta en otra época y con distintos actores a la masacre de Margarita Belén. Porque somos los blancos los que estamos en deuda con aquellos que sufrieron el calvario a los que se refiere Santiago (V.1) cuando recuerda los que 'han condenado a los justos y ellos no se resistían'.
Incomprensión blanca del levantamiento
La tragedia indígena de Napalpí tuvo aspectos particulares que corresponde
analizar a la luz de esos hechos dramáticos.
No sólo alcanzó la incomprensión a los hacendados chaqueños que motorizaron
la matanza, sino a sectores ubicados en el campo progresista y vinculados al
movimiento obrero de la época.
En Sáenz Peña y otras ciudades y pueblos chaqueños tenían cierta influencia
en aquellos años el Partido Socialista y núcleos de ideologías libertarias y
anarquistas. Sin embargo, estos sectores, ganados por concepciones
eurocentristas no apoyaron en un primer momento ni comprendieron el
significado del levantamiento pacífico indígena, principalmente toba.
La razón puede encontrársela en la concepción agnóstica de esas fuerzas
políticas, ajenas a las ideas religiosas, incluidas las indígenas. La fuerte
motivación religiosa-animista de aquella resistencia toba que llegó a
extenderse a sectores mocovíes, la acción de los chamanes -jefes religiosos
y políticos- y el renacimiento nacional indígena, abortado por la masacre
hizo que socialistas y anarquistas no tomaran una participación directa en
la lucha, que, por otra parte, no comprendían. Otro tanto ocurrió con el
incipiente movimiento obrero chaqueño.
Sin embargo, hubo un aliado indígena, algunos comerciantes de origen árabe
que actuaban en la venta de productos, tanto a blancos como a indígenas. Tal
vez su no adscripción al pensamiento eurocentrista y racionalista
tradicional, hizo que aquellos inmigrantes árabes entendieran el significado
político, social y religioso del levantamiento toba-mocoví. Cuando la
violencia se desató sobre los indefensos indígenas cobrando sus vidas,
recién allí fue cuando el Partido Socialista, intelectuales y sindicalistas
libertarios advirtieron el error anterior y se movilizaron a favor de esos
sectores irredentos. En la Cámara de Diputados de la Nación, diputados
socialistas como Antonio De Tomaso y Mario Bravo denunciaron el genocidio
indígena y reclamaron al gobierno nacional del presidente radical Marcelo
Torcuato de Alvear, para que detuviera nuevas masacres.
Fuente: Argenpress.info
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Una
sobreviviente de la masacre de Napalpi cuenta su historia
Por Pedro Jorge Solans*
Melitona Enrique también apeló al silencio para salvarse. Tuvo su prueba de
fuego cuando la arrastraron hacia el corazón del monte bajo la balacera
policial. Tenía que aguantar el dolor.
Las espinas, los arbustos y no sé cuántas cosas más, marcaron su cuerpo como
en una yerra. Nada podía ser más fuerte que su vida. Sólo gesto. Nada de
gritos. Nada de llantos.
Su tío le dijo que el silencio era tan importante como esconderse. Si era
necesario había que olvidar.
Ella, una hermosa joven toba de 23 años, no sabía cómo borrar lo sucedido
esa mañana.
Esa mañana de sábado, 19 de julio de 1924, cuando esos hombres blancos
mataban y mataban desde un aparato que volaba. Aquellos labios de aquellas
bocas con aquellas dentaduras. Aquellos hombres blancos, hombres blancos con
gafas negras, que miraban y se reían desde arriba.
¡Cómo olvidarlo!
Se reían como diablos, y gritaban como lobos.
Abrían la boca. Abrían la boca. Se reían, y festejaban, cuando caían los
niños, las mujeres, los ancianos…
¡Cómo olvidarlo! ¡Cómo olvidarlo!
Y después los policías a caballo que disparaban y los de a pie que
degollaban con tanta furia que los uniformes reventaban. No parecían seres
humanos.
¿O sí?
¡Cómo olvidarlo! ¡Cómo olvidarlo! ¡Cómo olvidarlo!
Pero el miedo exterminó el párrafo más triste:
"Crímenes de sangre", un
libro de Pedro J. Solans"Crímenes en sangre" es un relato que desnuda en forma de novela los trasfondos de un episodio aberrante que sucedió en el Territorio Nacional del Chaco el 19 de julio de 1924, cuando fueron asesinados centenares de peones rurales aborígenes. Se abordan las nefastas consecuencias de aquella trágica matanza y se alerta sobre "el actual genocidio de los pueblos originarios, que ocurre a silencio, sigilosamente, a fuego lento, en forma casi desapercibida para la opinión pública". Se pone de relieve, seguidamente, cómo los episodios actuales ratifican la vigencia de los sucesos trágicos de Napalpí y, a través de distintos testimonios, se revelan los intereses ocultos que hay detrás de la desaparición de los aborígenes. El libro, finalmente, se convierte en una reflexión acerca de la deuda que existe con las naciones aborígenes. Pedro J. Solans, cuyo abuelo fue uno de los civiles que participaron del ataque a los aborígenes "sublevados", es oriundo de Quitilipi pero larga radicación y trayectoria en el campo del periodismo y de la literatura cordobesa. Fundó y dirige actualmente "El Diario Cordobés" y "El Diario de Carlos Paz", respectivamente. Su última publicación fue "Agua, Tierra y Aire", un libro de investigaciones periodísticas. Es miembro del Instituto de Historia y Letras de Villa Carlos Paz. Trabajó y colaboró en medios periodísticos televisivos, gráficos y radiales regionales, provinciales, nacionales e internacionales. Fuente: Datachaco, 05/09/07 |
Corrían hacia el monte con desesperación.
Caían y se arrastraban entre cadáveres de familiares, de amigos, entre los
truenos de las armas, entre los gritos, entre los sollozos.
Durante el mediodía de ese maldito sábado, el avión recorrió varias veces la
zona para ver si quedaban aborígenes vivos. Sobrevolaba el lugar de la
masacre.
Aquella mañana, Melitona corría hacia el monte, y cayó, y entre todos la
arrastraron. Estuvo días sin comer. Ella y su madre no probaron bocado. No
tenían nada, ni agua. Varios días, varias noches.
Melitona se salvó. Anduvo escondida por los bosques hasta que se hizo
olvido, y con el olvido a cuesta pudo llegar a Quitilipi. En el peregrinar
perdió los abuelos, los tíos, los primos. Pero recordó al tío; el silencio
era la salvación y el olvido, la eternidad.
Luego pasó a Machagai, donde el olvido se le hizo más profundo, tan profundo
como el miedo.
Y así, sí, mansamente, emprendió el regreso al paraje El Aguará. Llegó como
un fantasma, como si lo vivido hubiese sido una leyenda. La angustia se
había hecho hueso en las entrañas de Melitona. Su piel empezó a oler
distinto. La mujer había cambiado para siempre.
Sobreviviente.
El Aguará es triste cuando llueve. Llueve y el carro que va de cuneta a
cuneta, como tractor, hace huellas en el barro intransitable.
El fuego late apenas en el rancho de los hermanos Irigoyen. El fuego late
apenas, entre cenizas que prolongan el gris de la cabellera de Melitona, que
alguna vez fue azabache.
La toba qom vive aún ahí con dos de sus doce hijos, postrada en algo
semejante a un catre, donde pelea un lugar con los animales, las garrapatas,
los insectos y con quien quiera compartir sus 106 años. Esos años que le
enseñaron que su historia, la historia de su pueblo, se había reducido a
derrota.
Mueve constantemente sus manos como si estuviera hilando algodón. Aquel
algodón que tanto apetecían los ingleses, los norteamericanos; pero que ella
sólo sabía de capataces y colonos blancos. Acaricia un trapito azul
agradeciendo la única suavidad que conoció sus agrietados dedos. Se limpia
con una precisión horaria, a cada rato, sus ojos profundos. Esos luceros que
se humedecían automáticamente y parece que siguen llorando a cuenta de tanto
horror que vio. Se limpia con el mismo trapito azul la boca que se abre
buscando oxígeno y para dibujar palabras después de tanto silencio.
Sobrevive aquella terrible masacre que soportaron tobas y mocovíes a manos
de policías, gendarmes y vecinos chaqueños.
El padecimiento de Napalpí amasó silencio de víctimas, y más silencio de
victimarios. Años y años en silencio. Años y años de crónicas
distorsionadas. De lechuzas malagüeras, de quitilipis heridos.
Napalpí sigue siendo impunidad, miedo, resignación.
La vida siguió dura, durísima, cruel para los aborígenes. A tal extremo que
no parece vida para ellos.
Los descendientes de las víctimas dicen que vivirán un eterno Napalpí. Un
Napalpí actualizado, un Napalpí vigente.
La masacre de todos los días.
Melitona enfermó y no le quedan fuerzas. Ya no tiene aquella fuerza que usó
aquella mañana cuando los policías del Territorio del Chaco ametrallaban y
ametrallaban.
Y no puede escapar a tiempo como escapó con su madre.
"Los policías andaban a caballo. Pero la infantería ametralló primero."
Todavía tiene miedo a los uniformados.
De tanto olvido, ahora está olvidada, lejos del pavimento, reducida a un
cofre donde hay silencios, o cosas sencillas, o sabiduría que no cotizan en
el mercado de valores.
Hoy sigue el hambre, pero come, come al compás del salto de un caballo en el
ajedrez y tiene medicamentos, cuando hay gasoil para la F100 de la posta
sanitaria de El Aguará.
Se refugiaron en la casa de don Segundo donde protegían a los refugiados.
Allí se enteraron que desde el aparato que volaba mataron a sus abuelas, y
los policías a caballo asesinaron a los abuelos.
Melitona tenía los crímenes en la sangre cuando se casó con Dalmacio
Irigoyen. Sus doce hijos heredaron el miedo y se debilitó la dignidad qom de
los caciques Dialrochií y Juanalraí.
Prevaleció la derrota.
La sangre se estiró inevitablemente y como brazos infinitos, de aquí en más,
sobrevivirá.
Licuada.
Mezclada.
Extinguiéndose en una lengua muda.
Hace poco se enteró que sus hijos y sus hermanos están desparramados por
Buenos Aires, por Santa Fe, por Chaco, y nunca más los vio.
Otro dolor que está vivo.
Las piernas no le responden. La sacan afuera cuando hay lindo día, para que
camine un poco, para que vea con esos ojos llorosos el campo, para que no
pierda el suspiro de belleza que es soñar, aunque sea, por una ayuda.
Melitona no está acostumbrada a usar la memoria. La mantuvo quieta, casi
agonizante mucho tiempo. Pero, de a poco, naturalmente, su memoria quiere
resucitar. Y en esos espasmos memoriosos, habló, recordó que trabajaban los
hombres y las mujeres todo el día. Había organización. Las mujeres se
ocupaban de los quehaceres en el rancho y en la cosecha. Dijo que se
escaparon muchos y, prácticamente, no sabe porqué vinieron a matarlos ese
día de crespón negro. Piensa que ellos no tenían ninguna culpa.
"Nadie avisó que querían pelear. Estábamos durmiendo porque la noche
anterior tuvimos fiesta. Los administradores y los capataces se habían ido."
Su tío se volvió loco. Pegaba cabezazos a la tierra, a los árboles, y corría
de un lado para otro. Enloqueció cuando regresaba al lugar de la matanza y
en el camino vio como los cuervos destrozaban los cuerpos de su madre y de
su hermano.
Vuelve a la memoria, y en un qom contaminado de castellano primitivo, dijo
que su marido también se había escapado de Napalpí. Irigoyen trabajaba de
boyero, y contó:
"Los aborígenes se amontonaban para el reclamo. Le pagaban muy poco en el
obraje, por los postes, por la leña, y por la cosecha de algodón. No le
daban plata. Sólo mercadería para la olla grande donde todos comían. Por eso
se reunieron, y reclamaron a los administradores, y a los patrones. Y se
enojaron los administradores y el Gobernador.
Le pagaban con la comida. No conocían ropa nueva.
Trabajaban para la Administración y ahí por eso, seguramente, se enojaron y
nos mataron.
En el Aguara éramos como mil aborígenes cuando atacaron. En las tolderías no
había armas de fuego. Y nos mataron más de doscientos: hombres, mujeres,
ancianos, ancianas, y niños. Los hombres queríamos volver a las tolderías
pero éramos perseguidos por la policía. Nunca hubo malones. Querían sacarnos
las tierras y eliminarnos.
Querían eso. Eliminar a todos los aborígenes y meter gente criolla, gente
gringa. Mis hijos aborígenes. Y los aborígenes queremos trabajar en
agricultura."
Melitona se hunde en el qom y Mario y Savino Irigoyen, los hijos que más la
cuidan, se hunden con ella, pero desde una profundidad milenaria nace una
voz, imposible de saber si era de la anciana sobreviviente o de los hijos,
pero la esencia era una sola:
"Queremos trabajar como aborigen. Los aborígenes no somos malos. Los blancos
nos quieren eliminar; y yo pregunto: ¿Por qué? Sí todos somos iguales."
Silencio.
Vuelven del silencio.
Ella espera.
Ella necesita.
"Al techo de su rancho le pusimos una frazadita por la calentadura del sol";
explicó Savino Irigoyen.
Verano en el Chaco adentro.
*Autor del libro "Crímenes de sangre"
Fuente: www.misionesonline.net, 13/07/07
Fotos: Santiago Solans

Masacre
de Napalpí: una historia de sangre
Por Norma Edith Giménez*
El día sábado 15 de noviembre de 2008, el Diario Norte de Resistencia,
Provincia del Chaco, dio la siguiente información: "Murió Melitona Enrique.
Era la última de los sobreviviente de la Masacre de Napalpí. Tenía 107 años
y falleció ayer luego de varias internaciones e intentos por preservar su ya
debilitada salud.
Aunque este año por primera vez un gobierno provincial le rindió homenaje y
le obsequió una vivienda, su partida fue como la mayor parte del tiempo
vivido: en la pobreza y exclusión."
¿Quién era Melitona Enrique? Una aborigen de la etnia QOM
(Toba),sobreviviente de la Masacre de Napalpí. Una historia de sangre que
muchos chaqueños desconocíamos.
Luego, gracias a las investigaciones realizadas por el historiador Pedro
Solans y el periodista Mario Vidal, se conocieron datos de esta parte de la
historia cruel y sangrienta.
Napalpí es una localidad del interior de la Provincia del Chaco. Este
contexto era habitado y dominado por los indígenas.
¿Qué sucedió en Napalpí? El 19 de Julio de 1924, se produjo la acción
represiva a cargo de la policía del Territorio. Los responsables de su
organización fueron el Gobernador Fernando Centeno, el comisario de
Resistencia Sáenz Loza y quien en la ocasión actuaba como su lugarteniente,
el comisario de Quitilipi José B. Machado.
La propia gobernación, mediante una nota al Presidente del "Aero Club Chaco"
Dr. Agustín Cabal (h), solicita la cooperación de su entidad facilitando uno
de los aviones que posee. En la misma explícita la tarea encomendada:"que
iría tripulado por el experto piloto Sargento Esquivel, con el fin de
practicar una exploración detenida de los parajes en los que indígenas se
hallan reconcentrados, y poder informar a este Gobierno con exactitud
cantidad de los mismos y elementos de que disponen, datos estos, de
indiscutible importancia para poder tomar las medidas necesarias que el
momento y circunstancias requieran"- Fechado el 17 de julio de 1924.
El primer registro que se encuentra de esta historia, aparece publicado en
la edición extraordinaria del diario de la época: Heraldo del Norte de junio
de 1925. Describe en 60 páginas, de la siguiente forma los ocurrido en
Napalpi la mañana del 19 de julio:
"Cuando la policía se vio segura avanzó en jauría hacia los toldos y aquello
fue espantosa escena que repugna narrar. Indio que se hallase con vida, sin
respetar sexo ni edad, era ultimado, acribillándosele a balazos o a
machetazos. Parece que los criminales se hubieran propuesto eliminar a todos
los que se hallaron presente en la carnicería del 19 de julio, para que no
puedan servir de testigos si viene la Comisión Investigadora de la Cámara de
Diputados.
La caza del indio continuó por parte de la policía. Había que exterminar...a
todos. Durante un mes -nos dice uno de los conocedores de la tragedia- se
persiguió a los indígenas que pudieran escapar con vida, a los que se les
mataba en donde se les encontraba y hasta para no dejar rastro, se les
quemaba" - Heraldo del Norte. Edición Extraordinaria. Año IX, N. 652,
27/06/1925. Napalpi IV.p.51 .(38)
Esta historia se confirma, además, desde la recopilación de los testimonios
de los sobrevivientes, entre las que se encuentra Melitona Enrique. Contaron
a sus familiares lo vivido, a pesar del miedo que se buscó instalar con la
persecución de los meses posteriores: "Un día antes (de la masacre) un avión
sobrevoló la reducció porque todos decían que iba a haber una guerra contra
los aborígenes. Salió de acá, de Resistencia, y cuando los aborígenes lo
vieron le saludaban contentos. El avión fue a ver donde estaban ubicadas las
tolderías y si ellos estaban preparados para la guerra, pero ellos no tenían
armas, sí algunas escopetas y un Winchester.
Por eso las tropas de línea no recibieron ningún daño. Mi hermano contaba
que uno solo fue herido pero no era de gravedad, sólo un raspón acá en los
dedos". ‘Todo fue un arreglo del gobernador y del jefe de la Policía del
Territorio, cuando se pusieron firmes para la destrucción del indio.
Ciento cinco soldados fueron apostados a 500 metros de las tolderías. Vino
un avión que les echó caramelos y masitas para que se junten, y para mirar
si tenían trinchera.
La primera descarga tiraron arriba y la siguiente haciendo blanco. Fue en
pocos minutos que la toldería quedó en silencio con humareda...".
Según expresan los relatos ya registrados por varios investigadores del
tema, el avión se apareció en el lugar y: "...al oír el ruido del motor de
la máquina, los indígenas salieron al descampado sin saber que la policía
los acechaba, cuando de pronto se produjeron cerradas descargas. Se asegura
que se dispararon 5.000 cartuchos.
Tras las descargas las tropas, avanzaron sobre los toldos y dieron muerte a
balazos y machetazos a los que habían quedado con vida, y luego prendieron
fuego a las pobres ‘huestes’ (López Piacentini)
"...130 hombres descargan con sus fusiles Máuser y Winchester, más de 5.000
cartuchos en menos de dos horas, sin tener una sola baja. Sáenz Loza ordena
que degüellen a los muertos y heridos. Como trofeo de guerra les arrancan
las orejas y los testículos y cortan y mutilan los pechos de las mujeres" (Romero.F).
"El ataque terminó en una matanza, en la más horrenda masacre que recuerda
la historia de las culturas indígenas en el presente siglo.
Los atacantes sólo cesaron de disparar cuando advirtieron que en los toldos
no quedaba un indio que no estuviera muerto o herido. Los heridos fueron
degollados, algunos colgados. Entre hombres, mujeres y niños fueron muertos
alrededor de doscientos aborígenes y algunos campesinos blancos que también
se habían plegado al movimiento"(Mendoza,M).
Muchos de los cadáveres fueron quemados junto con tolderías, otros quedaron
expuestos por días y fueron garrapiñados por los buitres, otros relatos
hablan de los enterramientos. "...al otro día sale la policía a juntar
persona para sepultar los muertos. Tenían 38 personas que trabajaban en la
toldería. Había dos pozos de agua y allí fueron sepultados 75 en un pozo y
en el otro 70 más.
Noventa días anduvo la comisión con ese trabajo de matar a los que
encontraban en el monte." Relato de la madre de Gonzalo Leiva. "...mi papá
ayudó a enterrar a los muertos. El contaba que hacían zanjas, tiraban a los
muertos y los quemaban. Cuando terminaba con ese grupo, traían a otro."
Relato de Lino Fernández.
Estos relatos se confirman ya en el Diario de Sesiones de la Cámara de
Diputados de la Nación del 11 de septiembre de 1924, ya citado. En el
informe de la Comisión, se señala que "...un detalle de este crimen en gran
escala, es el siguiente: los muertos que enterró la policía estaban
degollados".
En enero de 2008, el Estado provincial, en la voz del Gobernador, reconoció
públicamente la Masacre de Napalpí y pidió perdón a los pueblos originarios.
Esta es una historia que debemos conocer todos, para la reivindicación de
los pueblos primitivos, cruelmente discriminados, aún en la actualidad.
Debemos recordar que: no hay culturas superiores a otras, sino, DIFERENTES.
Tampoco hay seres humanos superiores a otros, solo DISTINTOS. Y ocupamos
lugares en la sociedad solo TEMPORALMENTE.
¡Descansa en paz, junto a los tuyos, hermana MELITONA ENRIQUE!
* Lie. en Ciencias de la Educación
Fuente: www.nuevarioja.com.ar, correo de lectores

Masacre
indígena de Napalpí: 80 años de impunidad
Por Darío Aranda
darioaranda@yahoo.com.ar
El gobernador chaqueño, Fernando Centeno, ordenó: "Procedan con rigor para
con los sublevados". El 19 de julio de 1924, a la mañana, la policía rodeó
la Reducción Aborigen de Napalpí, de población toba y mocoví, y durante 45
minutos no dejaron descansar los fusiles. No perdonaron a ancianos, mujeres
ni niños. A todos mataron y, como trofeos de guerra, cortaron orejas,
testículos y penes, que luego fueron exhibidos como muestra de patriotismo
en la localidad cercana de Quitilipi. Los asesinados fueron más de 200
aborígenes que se negaban a seguir siendo explotados, que reclamaban una
paga justa para cosechar el algodón de los grandes terratenientes.
Para
justificar la matanza la versión oficial esgrimió "sublevación indígena".
Era el mismo período de las masacres de obreros en la Patagonia, años en los
que en el norte argentino solía hablarse de rebeliones indígenas para
justificar el asesinato de pobladores originarios que resistían su inclusión
definitiva a un mercado de trabajo que exprimía vidas a bajo precio. A 80
años de aquella masacre, no habrá actos oficiales, pero los pobladores
originarios recordarán la matanza en cada comunidad.
En 1895 la superficie sembrada de algodón en el Chaco era de sólo 100
hectáreas. Pero el precio internacional ascendía y los campos del norte
comenzaron a inundarse de capullos blancos donde trabajaban jornadas eternas
miles de hombres de piel oscura. En 1923 los sembradíos chaqueños de algodón
ya alcanzaban las 50.000 hectáreas. Pero también debían multiplicarse los
brazos que recojan el "oro blanco".
El 12 de octubre de 1922, el radical Marcelo T. de Alvear había reemplazado
en la presidencia a Hipólito Yrigoyen y el Territorio Nacional del Chaco ya
se perfilaba como el primer productor nacional de algodón. Pero en julio de
1924 los pobladores originarios toba y mocoví de la Reducción Aborigen de
Napalpí a 120 kilómetros de Resistencia se declararon en huelga: denunciaban
los maltratos, la explotación de los terratenientes. Los ingenios de Salta y
Jujuy ofrecieron mejor paga. Hacía allá intentaron ir los pobladores, pero
el gobernador Centeno prohibió a los indígenas abandonar el Chaco. El indio
no podía trabajar su propia tierra, su única alternativa era seguir
cosechando como esclavo, pero igual se resistía. El 18 de julio, y con la
excusa de un supuesto malón indígena, Centeno dio la orden.
A la mañana del 19 de julio, 130 policías y algunos civiles partieron desde
la localidad de Quitilipi hasta Napalpí. Después de 45 minutos de disparar
los Winchester y Máuser a todo lo que se movía, hubo silencio y humareda de
los fusiles. Los heridos -fueran hombres, mujeres o niños- fueron asesinados
a machetazos. El periódico Heraldo del Norte recordó, a finales de la década
del 20, el hecho: "Como a las nueve, y sin que los inocentes indígenas
hicieran un sólo disparo, hicieron repetidas descargas cerradas y enseguida,
en medio del pánico de los indios (más mujeres y niños que hombres),
atacaron. Se produjo entonces la más cobarde y feroz carnicería, degollando
a los heridos sin respetar sexo ni edad".
El 29 de agosto --cuarenta días después de la matanza--, el ex director de
la Reducción de Napalpí Enrique Lynch Arribálzaga escribió una carta que fue
leída en el Congreso Nacional: "La matanza de indígenas por la policía del
Chaco continúa en Napalpí y sus alrededores; parece que los criminales se
hubieran propuesto eliminar a todos los que se hallaron presente en la
carnicería del 19 de julio, para que no puedan servir de testigos si viene
la Comisión Investigadora de la Cámara de Diputados".
En el libro "Memorias del Gran Chaco", de la historiadora Mercedes Silva, se
confirma el hecho y cuenta que el mocoví Pedro Maidana, uno de los líderes
de la huelga, corrió esa suerte. "Se lo mató en forma salvaje y se le
extirparon los testículos y una oreja para exhibirlos como trofeo de
batalla", asegura.
En el libro "Napalpí, la herida abierta", el periodista Vidal Mario detalla:
"El ataque terminó en una matanza, en la más horrenda masacre que recuerda
la historia de las culturas indígenas en el presente siglo. Los atacantes
sólo cesaron de disparar cuando advirtieron que en los toldos no quedaba un
indio que no estuviera muerto o herido. Los heridos fueron degollados,
algunos colgados. Entre hombres, mujeres y niños fueron muertos alrededor de
doscientos aborígenes y algunos campesinos blancos que también se habían
plegado al movimiento huelguista".
Un reciente microprograma de la Red de Comunicación Indígena destaca: "Se
dispararon más de 5000 tiros y la orgía de sangre incluyó la extracción de
testículos, penes y orejas de los muertos, esos tristes trofeos fueron
exhibidos en la comisaría de Quitilipi. Algunos muertos fueron enterrados en
fosas comunes, otros fueron quemados". En el mismo audio, el cacique toba
Esteban Moreno, contó la historia que es transmitida de generación en
generación. "En las tolderías aparecieron soldados y un avión que
ametrallaba. Los mataron porque se negaban a cosechar.
Nos dimos cuenta que
fue una matanza porque sólo murieron aborígenes, tobas y mocovíes, no hay
soldados heridos, no fue lucha, fue masacre, fue matanza, por eso ahora ese
lugar se llama Colonia La Matanza".
La Reducción de Napalpí -palabra toba que significa lugar de los muertos-
había sido fundada en 1911, en el corazón del Territorio Nacional del Chaco.
Las primeras familias que se instalaron eran de las etnias Pilagá, Abipón,
Toba, Charrúa y Mocoví. El corresponsal del diario La Razón, Federico
Gutiérrez, escribió en julio de 1924: "Muchas hectáreas de tierra flor están
en poder los pobres indios, quitarles esas tierras es la ilusión que muchos
desean en secreto".
A ochenta años de la Masacre de Napalpí, aún nadie fue sancionado, el crimen
permanece impune y las escasas tierras que permanecen en manos aborígenes
les siguen siendo arrebatadas.
-Paradigma del despojo
Napalpí no fue una matanza aislada, sino una práctica recurrente del poder
político y los terratenientes --con la mano de obra policial o militar--
para privar a los pobladores originarios de su forma ancestral de vida e
introducirlos por la fuerza al sistema de producción. Todos los
historiadores revisionistas coinciden en esa mirada y, en el libro "La
violencia como potencia económica: Chaco 1870-1940", Nicolás Iñigo Carrera
afirma: "Los aborígenes de la zona chaqueña vivían sin la necesidad de
pertenecer al mercado capitalista. La violencia ejercida hacia ellos, por la
vía política con la represión y por la vía económica tuvo como objetivo
eliminar sus formas de producción y convertirlos en sujetos sometidos al
mercado".
"Se comenzó a privar a los indígenas de sus condiciones materiales de
existencia. Se inició así un proceso que los convertía en obreros obligados
a vender su fuerza de trabajo para poder subsistir, premisa necesaria para
la exitencia de capital. Un modo de vivir había sido destruido", destaca
Iñigo Carrera en su libro.
Además de someterlos, el Gobierno quería ampliar los cultivos, dar tierra a
grandes terratenientes y concentrar a los indígenas en reservas. Siempre la
versión oficial, "civilizadora y cristiana", hablaba de malones o
enfrentamientos despiadados. Pero los muertos siempre eran pobladores
originarios. Sobre los imaginarios combates, el historiador Alberto Luis
Noblía remarcó que "las naciones aborígenes chaqueñas no practicaron el
malón, usual en otros pueblos. Todo lo contrario, los inmigrantes llegados
de Europa nunca fueron perseguidos por los entonces dueños de las tierras.
Al contrario, el colono supo encontrar en el indígena mano de obra barata".
El 21 de julio de 1925 --un año después de la matanza--, el ministro del
Interior, Vicente Gallo, reconocía los deseos de Alvear: "El Poder Ejecutivo
considera que debe encararse definitivamente, como un testimonio de la
cultura de la República, el problema del indio, no sólo por razones de
humanidad y de un orden moral superior, sino también porque una vez
incorporado a la civilización será un auxiliar valioso para la economía del
norte del país".
Fuente: www.argentina.indymedia.org, 2004

Napalpí: "Paraje de la
Matanza..."
Por Arturo M. Lozza (12/08/04)
(ACTA) De los montes boscosos de El Impenetrable, en Chaco, poco queda, va
desapareciendo quemado para ser convertido en llano sojero bajo el dominio
de compañías privadas. Se trata de la tercera etapa de una conquista que
comenzó con la misma creación de la actual provincia y de la fundación de su
capital Resistencia, en 1874, cuando la campaña militar "al desierto" del
norte -que inició en Santa Fe el general Obligado- aniquiló a miles de
indígenas o los congregó en reducciones para dar paso a las compañías
forestales que exterminaron los quebrachales.
Hacia mediados de los años 1920, ya terminados los quebrachos, comenzó la
segunda etapa, la que impuso el reinado de los grandes señores del algodón
que tomaron al indio como mano de obra esclava.
Fue en este período que los indios tobas y mocovíes asentados en la
reducción de Napalpí -a 130 kilómetros de Resistencia- se negaron a trabajar
en las plantaciones porque la paga era miserable y porque se resistían a
perder la cultura originaria. El líder de las familias de Napalpí fue el
chamán mocoví Pedro Maidana, al que los hacendados no tardaron en catalogar
de "bandolero" y "criminal".
A instancias de los señores del algodón, desde Quitilipi se organizó una
patrulla policial reforzada con capataces de las plantaciones y armada de
fusiles Máuser y Winchester. El ataque a Napalpí fue sorpresivo y en 45
minutos no quedó ningún toba o mocoví vivo. Los heridos, sin distinción de
sexo o edad, fueron degollados. En total, 130 muertos. Al chamán Maidana le
extirparon una oreja y los testículos, que fueron exhibidos en la Comisaría
de Quitilipi. Ocurrió el 19 de julio de 1924, pero los asesinatos en los
bosques cercanos y en las diversas regiones de El Impenetrable se
extendieron por cuarenta días más.
La reducción había sido fundada en 1911 y ya entonces la bautizaron Napalpí,
que en toba significa "lugar de los muertos". Hoy continúa existiendo, es un
pueblo pequeño y pobre, pero al sitio exacto adonde cayeron los indígenas de
Maidana se lo denomina "Paraje de la Matanza".
A ochenta años de aquella masacre se ha abierto la tercera etapa de la
conquista, la que está arrasando sin misericordia los montes naturales y los
pocos vestigios de las culturas guaraníticas, para instalar los reinos de la
soja.
La historia del Chaco está manchada de destrucción de riquezas naturales, y
de sangre indígena y de peones golondrinas, de hacheros desaparecidos en los
quebrachales o en las plantaciones de algodón.
Pasaron 130 años de la primer conquista, pero Chaco sigue siendo territorio
de injusticias y de impunidad.
Fuente: www.causapopular.com.ar

Las
masacres indígenas de Formosa y Chaco en la agenda nacional
Por Gabriela Sosa (Red de Comunicación Indígena, 28/04/06)
Las causas judiciales por las masacres de Rincón Bomba y Napalpí ingresaron a la
agenda nacional. La Federación Pilagá, junto con sus abogados, Julio García y
Carlos Díaz se entrevistaron con distintos funcionarios nacionales y con el
premio Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel, para exponer la situación
judicial y buscar apoyo para continuar la investigación.
Fotos de Germán Pomar
En Rincón Bomba (Formosa) hace casi 60 años fueron asesinados un número aún no
determinado de indígenas del pueblo pilagá. Los testimonios hablan de mil
personas ultimadas por la gendarmería nacional. En Napalpí (Chaco), en 1924,
también se toparon con la muerte indígenas del pueblo qom, entre 450 y 700 de
ellos. El número de víctimas no está determinado porque las excavaciones para
rastrear las fosas, en el caso de Formosa, recién se iniciaron, y hasta el
momento se encontraron unos 27 cadáveres. En el caso del Chaco, no empezaron
nunca. En ambos casos, fue el Estado nacional, a través de sus fuerzas de
seguridad, el responsable de las matanzas. Hoy los pueblos indígenas piden
justicia, que implicaría el reconocimiento de la verdad histórica, recuperar los
cuerpos de sus muertos y un resarcimiento a las comunidades. Son, como lo
definen los abogados de las causas, los dos genocidios indígenas más importantes
del siglo XX.
Interés nacional
Durante dos días de presencia en Buenos Aires, el 24 y 25 de abril, los
representantes indígenas y sus asesores jurídicos se reunieron con funcionarios
de la Secretaría de Seguridad Interior, la Subsecretaría de Derechos Humanos, la
Defensoría del Pueblo, el delegado de la OIT y el Subprocurador del Tesoro de la
Nación. El propósito: Sensibilizar y comprometer a los representantes del Estado
en las causas judiciales.
La Subsecretaría de Derechos Humanos propuso a la delegación la constitución de
una comisión de investigación. A esta propuesta, el abogado Carlos Díaz,
respondió con el pedido que participe como querellante. "En los casos de
violación de derechos humanos durante la última dictadura, el Estado se presentó
como querellante. No podría sospecharse que habría diferencias entre los
derechos humanos de los blancos y los derechos humanos de los indígenas",
señaló.
En la Procuración, se presentó la denuncia contra ese mismo organismo por la
contestación a la demanda por la causa de Napalpí. En ella, según comentó Díaz,
se exceden los términos técnicos pertinentes y se usan expresiones
discriminatorias y racistas.
En tanto, a la Secretaría de Seguridad Interior se le planteó la preocupación
por la falta de contestación de Gendarmería Nacional, en la causa de Rincón
Bomba. Esa fuerza todavía no puso a disposición los archivos, los nombres de los
integrantes de la fuerza que participaron de los hechos y la información sobre
dónde están las fosas en las que fueron enterrados los cadáveres y el número de
víctimas registrados en los expedientes.
Bartolo Fernández, de la Federación Pilagá, opinó que las reuniones "tuvieron su
fruto" porque lograron interesar a las autoridades e instituciones en las
causas. La presencia de los dirigentes pilagás fue muy importante porque mostró
el compromiso de la comunidad y evitó que las masacres sea tratadas solo como
causas judiciales para mostrarlas como parte de la lucha de los pueblos
indígenas.
Pérez Esquivel: El Estado debe ser querellante en las causas
Adolfo Pérez Esquivel también sumó su acompañamiento. "Se pone en evidencia un
genocidio contra las comunidades indígenas, no solo lo que fue la tremenda
campaña del desierto sino todos los genocidios cometidos a lo largo del tiempo"
dijo. "Hay que tratarlo a través de la verdad, de la justicia, lo que debe ser
la reparación del daño hecho a las comunidades".
Anticipó que "nosotros vamos a acompañar, tenemos un equipo en el Servicio Paz y
Justicia que trabaja con los pueblos originarios. Hay que pedirle al gobierno
que se vuelva querellante en esto".
Al analizar la situación actual de los pueblos indígenas planteó su preocupación
porque "parece que se los considera ciudadanos de tercera, se les esta quitando
las tierras, no se atienden las necesidades básicas. Otra cuestión es la
deforestación, que afecta su cultura, su alimentación, su hábitat. Y la
extranjerización de las tierras que se venden grandes extensiones. Hay que
reestablecer el equilibrio, con nosotros, con la madre naturaleza, estos son los
desafíos, en un mundo materialista que privilegia el capital financiero sobre el
humano".
"Esperamos- dijo- que los indígenas se unan. Que tengan voz propia, nosotros
vamos a acompañar pero a través de la voz de los mismos indígenas, porque sino
sería entrar en un proceso de re-colonizacion. Los indígenas tienen voz propia y
tienen que hacer valer su voz y vamos a acompañar la reivindicación de sus
derechos".
Contactos con la Red de Comunicación Indígena:
NEA: 03722-421600. Catamarca 436, Resistencia, Chaco.
red.comin@infovia.com.ar
NOA: 0388-4238787. Comandante de la Corte 505, San Salvador de Jujuy, Jujuy.
rcinoa@arnet.com.ar

La Nación rechazó
demanda por la masacre de Napalpí
Por El Diario Digital / Posadas - 29/04/06
La Procuración del Tesoro de la Nación solicitó el rechazo de la millonaria
demanda por la "masacre de Napalpí" en términos denunciados por diversas
organizaciones aborígenes como "innecesariamente ofensivas a los pueblos
originarios". La Asociación Comunitaria de Colonia Aborigen Chaco, Asociación
Comunitaria La Matanza y la Federación del Pueblo Pilagá repudiaron la respuesta
dada a la demanda y anticiparon que denunciarán el hecho ante el propio
presidente Néstor Kirchner.
Según dichas organizaciones, la respuesta del Procurador del Tesoro Nacional "ha
provocado estupor y repudio por su virulencia, discriminación, racismo e
inhumanidad". El funcionario nacional niega que los tobas constituyan una etnia,
niega que "el pueblo toba pueda ser indemnizado por daño moral" y desconoce,
para el caso de Napalpí, la aplicación del fallo sobre "la imprescriptibilidad
de los crímenes de lesa humanidad dictado por la Corte Suprema de Justicia de la
Nación, en el 2005". Niega, finalmente, que la población toba tenga el más alto
índice de mortalidad infantil y analfabetismo.
De esta manera ingresa a una nueva instancia una historia que comenzó en 1998
con la aparición del libro "Napalpí, la herida abierta" de Vidal Mario (cuya
tercera edición fue lanzada recientemente por Librería de la Paz) rescatando del
olvido la masacre ocurrida el 19 de julio de 1924. En octubre de 2004, 80 años
después, se inició una demanda por 116.000.000 de dólares ante el Juzgado
Federal de Resistencia, en el marco del expediente caratulado "Asociación
Comunitaria La Matanza c/Estado Nacional - Poder Ejecutivo -s/Daños y
perjuicios, lucro cesante, daño emergente y moral".
En relación a ello, el comunicado emitido por las mencionadas organizaciones
aborígenes expresa: "Contestó la demanda en nombre del Estado Nacional Argentino
la Procuración del Tesoro de la Nación Argentina, que ha provocado estupor y
repudio de las organizaciones indígenas por su virulencia, discriminación,
racismo e inhumanidad, que recuerda a las épocas más oscuras del holocausto de
los pueblos originarios de América. La Procuración del Tesoro de la Nación
desconoce "la calificación de la comunidad toba como etnia", o sea la propia
existencia de un pueblo originario (punto 4 de la contestación de la demanda).
Niega que por la masacre "el pueblo toba pueda ser indemnizado por daño moral‘
(punto 5 del escrito de la contestación de la demanda). Desconoce para los
indígenas la aplicación del fallo sobre la imprescriptibilidad de los crímenes
de lesa humanidad dictado por la Corte Suprema de Justicia de la Nación el 14 de
junio del año 2005 en el caso Simón sobre crímenes sucedidos en la última
dictadura cívico militar entre los años 1976/1983" (punto 6 del escrito de
contestación de la demanda)".
El comunicado sigue diciendo que la Nación "minimiza la masacre, como si la
pérdida de una sola vida no fuera ya una tragedia, aduciendo con total ligereza
que el número de afectados ascendía "sólo a más de cincuenta". Si así fuera, ¿no
es un gran crimen asesinar a "más de 50" ? (punto 7 del escrito de contestación
de la demanda). Justifica lo injustificable al decir textualmente que la masacre
de Napalpí fue como reacción a "determinados actos de violencia que habían
acaecido como consecuencia del accionar de los indios tobas, así como de las
demás etnias que habitaban la provincia, wichís y mocovíes. Al principio hubo
una resistencia pasiva por parte de algunos, con la protesta de los que no
entregaban y la de los más ladinos, que aconsejaban la resistencia, invitando a
los otros a consultar al comerciante proveedor, etcétera. Y aquí aparece el dios
de los indios. La administración nada hizo para resolver el conflicto y entonces
los indios empezaron a reunirse al lado del titulado dios. De todos los rumbos
empezaron a llegar indios; de Resistencia, Colonia Popular, Benítez, del norte y
del sur llegaban grupos de indios a escuchar la palabra santa. Así fue que llegó
también un grupo de mocovíes (resaltado en negrita del escrito original de
contestación de la demanda, punto 7). Niega que sean "ciertas las afirmaciones
en cuanto a que la población toba tenga el más alto índice de mortalidad
infantil y analfabetismo. Más aún, sin sustento fáctico ni jurídico se oponen
terminantemente a desenterrar las fosas comunes negando el derecho al duelo y a
dar humana sepultura a sus antepasados, lo que denota una actitud racista y
discriminatoria que no tiene parangón en la justicia argentina. Así lo dice con
todas las letras en el punto 12 del escrito de contestación de la demanda:
"Oposición a que en el predio conocido como "Reducción" y "Colonia Aborigen
Napalpí" se realicen y finalicen los estudios antropológicos forenses de zonas
donde estarían fosas conteniendo cadáveres de indígenas argentinos asesinados.
Oposición a que se proceda a realizar excavaciones y estudios en lugares donde
se cree que existen enterrados en fosas comunes cadáveres de indígenas
argentinos asesinados en el lugar señalado".
Finalmente niega la Procuración del Tesoro de la Nación Argentina que los
cientos de muertos en esa masacre tengan valor económico alguno y solicita, en
consecuencia, el rechazo de la demanda".
En el tramo final del documento conjunto se termina consignando: "La
contestación de demanda repudiada, por lo innecesariamente ofensiva a los
pueblos originarios, excede, por el contenido y las adjetivaciones, los límites
del ejercicio del derecho de defensa, porque el Estado Nacional Argentino tiene
obligaciones éticas y jurídicas asumidas por los tratados internacionales de
Derechos Humanos, como así también por la Resolución 169 de la Organización
Mundial del Trabajo. En consecuencia, presentaremos denuncias al Presidente de
la Nación Argentina; al Instituto Contra la Discriminación y el Racismo, a la
Comisión Interamericana de Derechos Humanos, al Defensor del Pueblo de la Nación
Argentina, ante la Organización Internacional del Trabajo convenio N 169 y ante
otros organismos tanto nacionales como internacionales".
Viernes 28 de abril de 2006
Fuente: www.voxpopuli.com.ar

"El
Gobierno se ha opuesto a que se sigan excavando las tumbas"
Por La Señal de la Paloma (91.3 Mhz) 16/09/06
lanageq.socoto@gmail.com (0341) 4325261 / 156522026 Virasoro 5606, Rosario,
Santa Fe
Julio Cesar García, uno de los abogados de las demandas contra el
Estado por las masacres de Napalpí (1924, Chaco) y Rincón Bomba (1947, Formosa),
denuncia racismo y groseras contradicciones por parte del Gobierno nacional en
el tratamiento de las mismas. En ambas matanzas se estima que murieron unas 1500
personas de los pueblos toba y pilagá, en lo que son considerados los dos
mayores genocidios indígenas del siglo XX. Lee y escuchá la entrevista realizada
en vivo durante la emisión del miércoles 13 de septiembre de La Señal de la
Paloma (Aire Libre Radio Comunitaria).
- ¿En qué estado se encuentran estas causas? El Estado argentino ya ha
respondido en ambas demandas.
JG: Sí, básicamente en la causa de Napalpí contestó la Procuración Nacional, y
en la causa de Rincón Bomba - que es en la que yo estoy actuando - contestó el
Ministerio de Justicia y Derechos Humanos. Aún así, a pesar de que son distintos
organismos del Estado, han mantenido el mismo perfil en la contestación de la
demanda, que es negar la existencia de los hechos, atacar la personería jurídica
de las comunidades indígenas - le niegan el carácter de pueblo o de organización
de las comunidades indígenas -, piden que se acredite el cáracter de heredero
forzoso, cuando ellos saben básicamente que los indígenas han estado excluídos
de todo el sistema normativo hasta aún hoy, y también impedido del acceso al
sistema de justicia.
Sinceramente lo que nosotros creemos es que el Estado lo que está haciendo es,
en los hechos, negar todo el discurso de derechos humanos que tiene para con la
sociedad en general.
- ¿Qué pruebas hay de que efectivamente ocurrieron estos hechos?
JG: Bueno, lo primero en el caso de Rincón Bomba, hay testigos de la masacre
vivos, o sea hay indígenas que eran niños, adolescentes o jóvenes, que al
momento en que ocurrieron los hechos de Rincón Bomba, eran miembros de familia y
vieron diezmadas sus grupos familiares. Mayor evidencia que esa es imposible.
En segundo lugar, hay un informe realizado por expertos sobre el descubrimiento
de por lo menos cinco tumbas comunes, y el Estado Nacional se ha opuesto a que
se sigan cavando estas tumbas, y también se ha opuesto a que se conserven las
mismas, con una serie de herramientas que si bien son jurídicamente idóneas,
porque impiden que se siga la investigación, éticamente en un caso de derechos
humanos que esto lo realice el Estado es aberrante. Así que nosotros lo que
creemos es que hay un discurso del Gobierno nacional para con la cuestión de los
derechos humanos cuando no están en juego los pueblos indígenas; cuando están en
juego los derechos indígenas en realidad las políticas son otras.
- En una nota periodística se habla de una comprobación de los peritos de que
los restos encontrados fueron muertos por armas de fuego. Después hay otro dato
fáctico que son los cuerpos encontrados en distintos lugares, vos hablabas de 5
fosas, lo cual en otra nota se refiere como el "sendero de la muerte". Podés
explicarnos qué es esto y cuántas personas se estima que murieron en este
espacio.
JG: Bueno, un primer dato de la realidad que nosotros tenemos es que el pueblo
pilagá, que fue víctima de esta masacre, está en un proceso de extinción, tiene
muy pocos miembros, esto lo reconoce el propio Estado nacional al contestar la
demanda. Eso es el primer dato.
El segundo dato es que los hechos empezaron un día, pero después a los
sobrevivientes y a los testigos o posibles testigos del hecho, los fueron
aniquilando y los fueron tirando como marionetas a fosas comunes cavadas por la
propia Gendarmería. Y el informe que vos te referís, es el informe del consultor
que en ese entonces era Enrique Prueger, y el informe del perito oficial
designado por el juez federal Marcos Bruno Quinteros. O sea, la información que
hay está acreditada en la causa, no ha sido desvirtuada por el Estado nacional,
pero a pesar de eso, el Estado nacional en la contestación habla de un
enfrentamiento - que a nosotros nos hacía acordar a la época de la dictura
cuando se hablaba de enfrentamientos con la guerrilla' , siempre comillas, esos
comunicados que lanzaba la dictadura -, con un herido por parte de las fuerzas
de Gendarmería y 500 o 1000 muertos del lado de los indígenas.
- En la respuesta a la demanda no sólo se habla de un 'enfrentamiento',
justificando la masacre, sino que además se dice de que en caso de que hubiese
consecuencias jurídicas para el Estado, estas consecuencias estarían 'vencidas'
por el tiempo que transcurrió.
JG: Si, es otra verguenza. El Estado nacional acaba de firmar el año pasado, y
lo aprobó el Congreso de la Nación, el convenio internacional de
imprescriptibilidad de los delitos de lesa humanidad. Lo que alega la abogada
defensora del Estado nacional es que ese tipo de imprescriptibilidad puede ser
alegada solamente para los crímenes de lesa humanidad cometidos por la dictadura
militar. Falso. Esto es absolutamente falso, porque la imprescriptibilidad del
convenio internacional no tiene plazo retroactivo, debe ser aplicado a todas las
masacres o hechos cometidos por el Estado nacional que no tuvieron
investigación.
Y también, seamos sinceros, los indígenas no han podido acceder al sistema de
justicia, porque el sistema de justicia les niega el acceso sistemáticamente al
tratarse de una minoría; y de hecho alega sus propias torpezas el Estado en no
instrumentar un ordenamiento jurídico conteste con la realidad que viven los
pueblos indígenas, invoca esas propias torpezas en cabeza de los indígenas para
impedirle nuevamente el acceso al sistema de justicia. Así que a nosotros nos
parece sinceramente una burla a los intereses de los pueblos indígenas.
- No estamos hablando solamente de un caso que se inscribe en lo legal, porque
estos hechos y su gravedad y su resonancia tienen que ver con lo que es la
memoria histórica, no solamente de los pueblos indígenas sino además de toda
nuestra sociedad. Es bastante sorprendente esta declaración, de que
aparentemente las violaciones a los derechos humanos las cometen solamente los
Gobiernos dictatoriales y no otros sujetos, es bastante indefendible. ¿Porqué te
parece que el Estado está respondiendo esto, que es de una torpeza enorme?
JG: Mirá, no sólo que le da un tiempo determinado, sino que además dice que no
la cometió el Estado sino que la cometieron sus funcionarios en exceso de sus
facultares, cuando todos sabemos que era una política genocida. Es lo mismo que
nosotros sostengamos este principio en cuanto a lo que hizo la dictadura
militar; que no era responsable el Estado argentino o sus representantes, en ese
entonces de facto. Había un plan para eliminar a un determinado grupo de
personas con determinadas caractísticas ideológicas. Si nosotros no asumimos
eso, estaríamos exculpando actualmente con ese discurso a los genocidas de la
última dictadura militar. Entonces es una contradiccion fruto de la desidia que
existe para con los pueblos indígenas, no hay otra explicación, yo hablo de
desidia por no decir racismo, discriminación, continuidad histórica del
genocidio o del etnocidio.
- Lo que viene a la cuenta es el caso reciente del intendente de Villa Río
Bermejito, en el Impenetrable chaqueño, que también es denunciado por racismo.
Por ahí no estamos hablando de la misma gravedad, porque no hay muertos en este
caso en manos de Gendarmería, pero las denuncias no cambian mucho. Mismo en
Formosa, en la provincia que sucedió Rincón Bomba, el ataque policial a la
comunidad Nam Qom sucedido hace 4 años atrás también ha quedado sin ningún tipo
de culpables. Hay una continuidad, ¿verdad?
JG: Sí, sí, para nosotros eso es clarito, por eso creemos que estas no son
causas - coincido con vos - solamente judiciales, sino que tienen un fuerte
contenido político y que tienen que ver con la relación histórica entre pueblos
indígenas y Estado.
- En un documento ustedes afirman que en la contestación del Estado a la demanda
por la Masacre de Rincón Bomba se confunden los hechos con la Masacre de Napalpí.
¿Cómo es esto?
JG: Sí, fruto de la haraganería del colega que corta y pega de la contestación
de la demanda del colega de Chaco. Recordémosle a tu audiencia que la diferencia
que existe entre una y otra masacre es que una tuvo una investigación de la
propia Cámara de Diputados de la Nación de ese entonces, de 1924, y también hubo
una causa judicial, que es reprochable en su resultado, en su investigación,
pero existió. En el caso de Rincón Bomba no existió. Lo que nosotros como
abogados estamos seguros - y quienes acompañamos este proceso - es que hay
testimonios vivos y por esos testimonios vivos que nos impulsan y por la
justicia del reclamo por sus muertos, nosotros sinceramente estamos convencidos
de la legitimidad y justicia de la demanda.
- ¿En qué confunde el Estado ambas masacres?
JG: El Estado confunde básicamente el pueblo toba con el pueblo pilagá, confunde
la cantidad de años que sucedió en una y otra masacre, da datos erróneos, cuando
habla de los pilagá habla en realidad de los tobas y cuando habla de los tobas
habla de los pilagá; no tenía nada que decir en la contestación de Rincón Bomba
sobre los tobas y lo dice; así que para nosotros fue que le giraron un archivo
de la contestación de Napalpí y de ahí cortó y extrajo algunas conclusiones. En
general, la mayoría de las conclusiones y la estrategia legal se condice con la
de Napalpí, es la misma, el mismo perfil.
- ¿La causa por Napalpí qué avance ha tenido? En Rincón Bomba hay excavaciones,
han encontrado restos, hay en ese sentido un avance que deja algún tipo de
esperanzas, más allá de la respuesta que de el Estado. ¿En el caso de Napalpí se
ha iniciado algún tipo de investigación?
JG: Bueno, en Napalpí hay un impedimiento no salvado por parte de juez federal
[Carlos] Skidelsky, que dice que si estuvieron varios años pueden estar más años
esperando los cuerpos en ese lugar. Eso está apelado ante la Cámara, eso es una
medida cautelar que había pedido el doctor Díaz. Y en el día de mañana [jueves
14 de septiembre] se va a llevar a cabo una audiencia testimonial, como prueba
anticipada, en Machagai, muy cerquita de donde vivían las comunidades indígenas
de Napalpí, por parte de una anciana, y va a actuar de traductor Orlando
Sánchez, un maesto que ha sido reconocido hace pocos días por el Gobierno
nacional como un ejemplo de lucha de los pueblos indígenas. Así que nosotros
sinceramente estamos tratando de avanzar en ambas causas, pero en el caso de
Napalpí es muy muy a paso de tortuga.
- Muy bien, Julio, te agradecemos por toda esta información, vamos a estar
comunicados para poder seguir dándole cobertura a este tema. En Rosario es
importante habiendo la comunidad toba numerosa que hay en esta ciudad, así que
te agradecemos mucho.
JG: No, yo les agradezco a ustedes, y otra novedad que existe es que nosotros
habíamos hecho una presentación administrativa, a la Gendarmería pidiéndole que
se abrieran los archivos y que pida perdón por la Masacre, y nos contestaron que
sí...a la apertura de los archivos. Así que dentro de unos días vamos a estar
viendo si existen, si están, si han sido conservados los archivos de la Masacre
de Rincón Bomba que tenga la Gendarmería Nacional.
- Muchísimas gracias, te agradecemos y vamos a continuar siguiendo esta
información.
JG: Muchas gracias a ustedes y a su audiencia. Un saludo.
- Así escuchamos a uno de los abogados patrocinantes de las comunidades
indígenas en las causas por justicia para las masacres de Rincón Bomba y Napalpí.
Denunció racismo, contradicciones y groseras torpezas de parte del Estado
nacional en el tratamiento de las dos causas.
Fuente: www.argentina.indymedia.org, 2004
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