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| "Todos los presos políticos, los perseguidos, los torturados y los familiares de los desaparecidos estábamos esperando que Menotti dijera algo, que tuviera un gesto solidario, pero no dijo nada. Fue doloroso y muy jodido de su parte. Él también estaba haciendo política con su silencio." Quien formula el cargo es Adolfo Pérez Esquivel, Premio Nobel de la Paz en 1980, que logró salir de la Unidad 9 de La Plata gracias a la presión internacional, el 23 de junio de 1978, dos días antes de la final. De su cautiverio recuerda el nudo de una contradicción para muchos incomprensible: "En la cárcel, como los guardias también querían escuchar los partidos, el relato radial nos llegaba por altoparlantes. Era extraño, pero en un grito de gol nos uníamos los guardias y los prisioneros. Me da la sensación de que en ese momento, por encima de la situación que vivíamos, estaba el sentimiento por Argentina." |
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Bayer
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Los olvidados de la dictadura
| Medios, comunicación y dictadura |
Memoria y dictadura |
Pablo Alabarces - Futbol y patria (fragmento)
Entrevista a Menotti,
en revista El Porteño Nº 9, septiembre de 1982 |
Eduardo Luis Duhalde - El estado
terrorista argentino

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En Alemania moría el popular escarabajo de la Volkswagen, el Inglaterra nacía el primer bebé de probeta, en Italia se legalizaba el aborto. Sucumbían las primeras víctimas del sida, una maldición que todavía no se llamaba así. Las Brigadas Rojas asesinaban a Aldo Moro, los Estados Unidos se comprometían a devolver a Panamá el canal usurpado a principios de siglo. Fuentes bien informadas de Miami anunciaban la inminente caída de Fidel Castro, que iba a desplomarse en cuestión de horas. En Nicaragua tambaleaba la dinastía de Somoza, en Irán tambaleaba la dinastía del Sha, los militares de Guatemala ametrallaban una multitud de campesinos en el pueblo de Panzós. Domitila Barrios y otras cuatro mujeres de las minas de estaño iniciaban una huelga de hambre contra la dictadura militar de Bolivia, al rato toda Bolivia estaba en huelga de hambre, la dictadura caía. La dictadura militar argentina, en cambio, gozaba de buena salud, y para probarlo organizaba el undécimo Campeonato Mundial de Fútbol.
Participaron diez países europeos, cuatro americanos, Irán y Túnez. EL Papa de Roma envió su bendición. Al son de una marcha militar, el general Videla condecoró a Havelange en la ceremonia de la inauguración, en el estadio Monumental de Buenos Aires. A unos pasos de allí, estaba en pleno funcionamiento el Auschwitz argentino, el centro de tormento y exterminio de la Escuela de Mecánica de la Armada. Y algunos kilómetros más allá, los aviones arrojaban a los prisioneros vivos al fondo de la mar.
"Por fin el mundo puede ver la verdadera imagen de la Argentina", celebró el presidente de la FIFA ante las cámaras de la televisión. Henry Kissinger, invitado especial, anunció:
-Este país tiene un gran futuro a todo nivel.
Y el capitán del equipo
alemán, Berti Vogts, que dio la patada inicial, declaró unos días
después:
-Argentina es un país donde reina el orden. Yo no he visto a ningún
preso político.
Los dueños de casa vencieron algunos partidos, pero perdieron ante Italia y empataron con Brasil. Para llegar a la final contra Holanda, debían ahogar a Perú bajo una lluvia de goles. Argentina obtuvo con creces el resultado que necesitaba, pero la goleada, 6 a 0, llenó de dudas a lo malpensados, y a los bienpensados también. Los peruanos fueron apedreados al regresar a Lima.
La final entre Argentina
y Holanda se definió por alargue. Ganaron los argentinos 3 a 1,
y en cierta medida la victoria fue posible gracias al patriotismo
del palo que salvó al arco argentino en el último minuto del tiempo
reglamentario. Ese palo, que detuvo un pelotazo de Rensenbrink,
nunca fue objeto de honores militares, por esas cosas de la ingratitud
humana. De todos modos, más decisivos que el palo resultaron los
goles de Mario Kempes, un potro imparable que se lució galopando,
con la pelambre al viento, sobre el césped nevado de papelitos.
A la hora de recibir los trofeos, los jugadores holandeses se negaron
a saludar a los jefes de la dictadura argentina. El tercer puesto
fue para Brasil. El cuarto, para Italia.
Kempes fue el mejor jugador de la Copa y también el goleador, con
seis tantos. Detrás figuraron el peruano Cubillas y el holandés
Rensenbrink, con cinco goles cada uno.
Fuente: Eduardo Galeano, Fútbol a sol y
sombra
Mundial 78 - La Historia
Paralela (documental)

Un
repaso que 30 años más tarde todavía deja lugar a la sorpresa
Quien tenga la memoria flaca seguramente no engordará la historia.
De honrar memorias se habla en estos días previos al 30º aniversario
del golpe de 1976, y de otras memorias –que por fortuna aún quedan
en los estantes de ciertas bibliotecas– se obtienen los datos indispensables
para mejorar la percepción del presente sin perder de vista lo que
quedó en el pasado. Mientras desde el ámbito deportivo se preparan
homenajes a los atletas desaparecidos o se acuerdan expresiones
de repudio a la última dictadura, un repaso a aquellos años, con
el Mundial ’78 incluido, puede llegar a sorprendernos. Esta es la
crónica de ciertos hechos que comenzaron el mismo 24 de marzo, con
el partido que el seleccionado nacional le ganó ese día 2-1 a Polonia,
en Chorzow, a 10.000 kilómetros de donde el terrorismo de Estado
se volvía una práctica tan cotidiana como el fútbol.
El 31 de marzo del ’76, la AFA se quedó sin dirigentes. Durante
casi un mes, la condujo su gerente, Ernesto Alfredo Wiedrich. No
hizo falta intervenirla, porque el 3 de mayo se designó a Alfredo
Cantilo, un abogado, hincha de Vélez, y asimismo socio de Universitario
de Buenos Aires y el Jockey Club. También parecían vaciarse las
canchas de público, porque el 13 de abril, a pocas horas de disputarse
el clásico Boca-River en la Bombonera, todavía seguían sin venderse
20.000 entradas. Un hecho que resultaría increíble hoy.
Ringo Bonavena moría asesinado en Reno, Nevada, el 22 de mayo, por
lo que el diario Crónica definió en un título "La mafia del boxeo".
Una semana antes, durante el entretiempo de Estudiantes y Huracán,
en La Plata, un hincha de este club que se encontraba en las plateas
falleció de un balazo por la espalda que provino desde afuera del
estadio. Esas noticias policiales abarrotaban las páginas de los
diarios, pero en otras páginas, las que iban completando la memoria
de una AFA a tono con aquellos tiempos, se leía la resolución 309,
del 1º de septiembre, que prohibía las transferencias internacionales
de 66 futbolistas. César Luis Menotti, el técnico de la Selección,
los había elegido: Maradona, Bochini, Houseman, Gallego, Ardiles,
Villa y Valencia estaban en ella. En uno de los últimos pases, Norberto
Alonso había sido vendido por River al fútbol de Francia.
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El balance arrojaba ese año un superávit de 48.967.972 pesos y a la tesorería de la AFA ingresaba por derechos de televisión la módica suma de 3.903.800. El Prode recaudaba casi siete veces más (21.277.352). Hoy esa relación se invirtió a favor de la TV por una diferencia escandalosa. En el juego, mientras tanto, la Argentina se presentaba al Preolímpico de Brasil –entre el 21 de enero y el 1º de febrero de 1977– con una buena tercera de Newell’s, donde se alistaban, entre otros, Ricardo Giusti, Roque Alfaro y... Marcelo Bielsa, quien 21 años después se haría cargo del seleccionado.
Los militares habían decidido organizar el Mundial. Sin embargo, su realización peligraba, porque en algunos países europeos se extendía la idea de que la Argentina se había convertido en un gran campo de concentración. Por eso, el brasileño Joao Havelange era presionado para llevarlo a su país. El libro sobre el Mundial La vergüenza de todos, del periodista Pablo Llonto, contiene un hallazgo notable. Se trata de la tesis por la cual el régimen canjeó con el presidente de la FIFA la organización del torneo por la liberación de Paulo Antonio Paranaguá, hijo de un diplomático brasileño detenido por el Ejército en 1977 junto a su novia. "General, usted tiene mi palabra. La FIFA no pondrá en duda a la Argentina como organizadora y tendrán todo nuestro respaldo", le dijo el número uno del fútbol mundial al número uno de la dictadura, según el autor.
Guillermo Vilas se imponía en las finales de Roland Garros y Estados Unidos del ’77, Carlos Alberto Reutemann se destacaba en la Fórmula Uno y Juan María Traverso ya ganaba en Turismo Carretera. Independiente, con ocho jugadores, se consagraría campeón del Nacional ante Talleres y en Córdoba. Así transcurrieron los meses previos al Mundial, que comenzó el 1º de junio del ’78. A su término y con el equipo de Menotti consagrado campeón, Videla habló en la cena de clausura efectuada en el Plaza Hotel: "El pueblo argentino no reniega de su presente y vive con alegría, diría yo, con heroica alegría, la posibilidad de un futuro promisorio".
Ese es apenas un tramo
de los tres discursos del militar que la AFA transcribió en su memoria
de 1978. El dictador, repudiado y decrépito, nunca se interesó demasiado
por el fútbol, salvo en aquellos años. Sí, en cambio, uno de sus
invitados especiales al palco oficial durante el Mundial: Henry
Kissinger. Elogiado por la asociación como "una destacada figura
de la historia mundial durante los últimos diez años", el ex secretario
de Estado norteamericano sólo se perdió un campeonato desde 1970.
Y se descuenta que estará presente en el de este año, porque nació
en Alemania y será invitado de honor de Joseph Blatter y Franz Beckenbauer.
Una postal de estos tiempos. Cambian o se repiten algunos nombres,
lo que perdura es la misma capacidad de mimetizarse que tienen el
fútbol y la política. Bajo dictaduras o en democracia. Siempre ocurrió
así.
Fuente: Página /12, 19/03/06
60 años: Mundial 78 (documental)

Menotti,
en alemán
Por Osvaldo Bayer
Aquí, en Alemania y Austria, los entendidos en fútbol están leyendo
un sorprendente libro. Se llama: César Luis Menotti, dejar correr
la pelota y al contrario. El autor es el periodista austríaco Harald
Irnberger y lo ha editado Eichbauer Verlag, de Viena. Un libro para
entendidos, estrategas, sabios y teóricos del fútbol y la política.
Porque en sí, el meollo está en la problemática: ¿fútbol de izquierda
o de derecha? Para este sabio cronista de tribuna, que es el autor
del libro, Menotti es el creador del fútbol de izquierda. Y en esto
el entrenador argentino tiene un aliado: el crack holandés Johann
Cruyff.
Los dos dignificaron
al fútbol. Dejaron su huella. ¿Qué es el fútbol de izquierda?: aquel
que trae placer, que no se hace por dinero, por deporte en sí, que
desaprueba los negocios, las sociedades anónimas futboleras, la
venta de jugadores, los presidentes de clubes como presidentes de
sociedades anónimas, el terrorismo de las hinchadas, la violencia
de las controversias. Todo lo último, por supuesto, es el fútbol
de derecha, que es el que vivimos en todo el mundo globalizado.
"El fútbol es como la vida, sólo algo más palpitante" –dice Menotti
en el libro–. Y agrega el autor: "César Luis Menotti sintió siempre
el deber hacia aquellos que concurren a los estadios de darles por
lo menos algo de alegría. Pero él no quiso nunca dar opio para los
pueblos sino demostrar lo que son capaces de entregar los hijos
de la pequeña gente al poder hacer uso de su fuerza individual y
fantasía, uniéndolas a una fuerza colectiva. Su mensaje a la multitud
es: ¡miren de lo que somos capaces!".
Y continúa el autor definiendo el pensamiento de Menotti: "Pero
la demostración del valor del Ser en la actualidad es llevada a
cabo de acuerdo a la divisa: ‘Yo consumo, entonces valgo’. La gente
se orienta en la superficialidad barata en un mundo cada vez más
necio en donde los mediocres sin escrúpulos han logrado proclamarse
los dictadores del deporte, medida de todas las cosas. Así es en
la política y el arte, en la economía y en la ciencia... y, por
supuesto, en el fútbol. Así como el proletariado de entonces, por
lo menos en los países del primer mundo, se ha convertido en una
pequeña burguesía lumpen y con toda consecuencia se ha transformado
en el rebaño de los votos para los políticos más tontos, pero al
mismo tiempo despiadados (que por supuesto conforman el espectro
de la política), de la misma manera casi todos los grandes clubes
de fútbol de antigua prosapia proletaria han caído en manos de brutales
nuevos ricos de la peor sustancia, que pasaron a ser presidentes
o hasta dueños de esos clubes. Y esto no molesta a la mayor parte
de las hinchadas. Se dejan comprar barato en tanto los dueños del
deporte de vez en cuando hacen una adquisición record de jugadores".
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Por supuesto que siempre
quedará flotando la pregunta de por qué Menotti aceptó ser el entrenador
para el campeonato de 1978 que fortaleció a la dictadura. Un buen
capítulo del libro se dedica a ello. El lector puede conformarse
o no. Siempre quedará esa duda. Pero el capítulo acerca de este
tema termina con las palabras de Valdano, un admirador sin tapujos
del arte y del hombre Menotti. Dice Valdano: "Luego que estuve en
España me di cuenta de que Menotti era un hombre de izquierda. En
todo caso, en todos los problemas acerca del fútbol ponía en claro
su pensar progresista, sin pelos en la lengua. El comenzó a hacerse
conocer como de izquierda cuando la dictadura entró en problemas.
En esa situación Menotti comenzó a hablar y a exigir el regreso
de los intelectuales exiliados así como declaró que la dictadura
había perseguido a la cultura. Pero, claro, en tiempos de los militares,
Menotti –en su calidad de entrenador de la Selección nacional– se
encontraba en una situación esquizofrénica, a la cual no se puede
describir en forma abstracta. Por ejemplo: con el tiempo, leímos
el sufrimiento de los torturados que en la cárcel oían los gritos
de júbilo de los hinchas cuando fuimos campeones del mundo. Esto
es algo terrible. En defensa de Menotti debo decir que yo oí las
palabras que él dirigió a los jugadores antes de la final. El dijo:
‘Nosotros somos el pueblo, pertenecemos a las clases perjudicadas,
nosotros somos las víctimas y nosotros representamos lo único legítimo
en este país: el fútbol. Nosotros no jugamos para las tribunas oficiales
llenas de militares sino que jugamos para la gente. Nosotros no
defendemos la dictadura sino la Libertad’".
Menotti y el fútbol. El autor del libro, Irnberger, define a Menotti
y lo que piensa del balompié con la frase pronunciada alguna vez
por éste: "Jamás meter un gol con violencia". Y sostiene que la
forma de jugar al fútbol de los argentinos les viene de una visita
que el club húngaro Ferencvaros Budapest hizo a Buenos Aires en
1922, y que le vienen muy bien las palabras de Menotti sobre lo
que debe ser el fútbol: "Quiero ganar porque mi equipo ha jugado
mejor y no porque he impedido jugar al contrario. El fútbol debe
ser velocidad más precisión, con el agregado de la improvisación".
Y hay palabras precisas en las respuestas de Menotti: "El fútbol es un juego que debe encontrar su origen. Es una fiesta alegre en la cual los seres humanos deben participar porque expresa sus sentimientos y les entrega alegría de vivir. Si no, ese deporte se convierte en otro consumo más sin importancia, propulsado por negociantes". Y vuelve a la política: "Una casta de funcionarios mediocres opina que el fútbol debe ser apolítico. Eso es una completa idiotez. En cada sociedad hay algo que mejorar y los jugadores deben aprovechar su popularidad justo para mejorar esa sociedad". Y pasa a las definiciones: "Hay un fútbol de derecha y otro de izquierda: El fútbol de derecha nos quiere sugerir: la vida es lucha, exige sacrificios, debemos volvernos de acero y ganar con todos los métodos. El entrenador les dice a los jugadores que para no disgustarse con el presidente del club se abstiene de decir sus ideas políticas. Obedecer y funcionar, eso es lo que quieren los del poder con respecto a los jugadores.
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Así van creando cada vez más tarados, los idiotas útiles que acompañan
al sistema". Y lo dice bien claro, para que no haya dudas: "Se puede
idiotizar a la gente y producir mierda permanentemente, como Julio
Iglesias, o se puede llevar a cabo una escenificación de Shakespeare
como esa obra de arte que hizo Laurence Olivier". Esta todo dicho,
alguien diría: "Un exquisito, este Menotti", pero, sin ninguna duda,
gente así se hace necesaria para que no todo caiga en el tacho de
la basura. Y cerremos con la famosa frase de Albert Camus que, además
de escribir obras señeras, fue arquero, escribió esto para pensar:
"Todo lo que hoy sé de moral, lo aprendí del fútbol".
Podríamos seguir con las discusiones de Menotti y del holandés Cruyff
con los potentados del fútbol español, por ejemplo, pero lo dejamos
para el lector del libro, que ojalá se dé a conocer en la Argentina.
Un libro que hace pensar. Y por esto tenemos que darles las gracias
a Menotti y al autor de este libro, Harald Irnberger. (Una anécdota,
antes de terminar: a Menotti lo vi jugar en Rosario Central, en
sus principios. No corría nunca, caminaba la cancha, pero cuando
agarraba la pelota era gol. Rattín –lástima de hombre, hoy, ayudante
en las urnas de torturadores– contaba que cuando Menotti jugaba
en Boca, una vez que estaban perdiendo, le dijo: "Corré, pibe, que
estamos perdiendo" y Menotti, tranquilo, le contestó: "Ahora, lo
único que falta es que para jugar al fútbol tenga que correr").
Original, el hombre.

Botas
y botines
Por Ezequiel Fernández Moores (*)
Mario Kempes se largó a llorar apenas se enteró del golpe. Su llanto
alertó a varios de sus compañeros. El presidente de la Delegación,
Pedro Orgambide, recibió una comunicación telefónica desde Buenos
Aires informándole que la Selección debía cumplir ese día con su
partido y seguir con el resto de la gira. "Yo me enteré por el golpe
a través de Muñoz y él nos tranquilizó diciendo que por suerte no
había desgracias personales ni derramamiento de sangre", recordaría
luego Orgambide. La particular apreciación del "Gordo" Muñoz, casi
un comunicado de la Junta, no satisfizo a todos. Algunos jugadores,
como Héctor Scotta y el propio Kempes, dijeron que querían volver
a la Argentina. Se hizo una reunión y la mayoría decidió que había
que seguir adelante. En medio de esa conmoción, revelada por algunos
jugadores de aquel equipo, Argentina salió al campo y venció 2-1
a Polonia, dando vuelta el marcador con goles de Héctor Scotta y
René Houseman. Aquel partido se jugó en Chorzow, una ciudad industrial
de 150 mil personas del sur de Polonia, y sirvió a la Junta Militar
para decir que ese día, 24 de marzo de 1976, todo seguía funcionando
normalmente en la Argentina.
Los primeros comunicados de la Junta de aquel miércoles 24 de marzo
hablaban de suspensión de derechos, intervenciones y prohibiciones.
Pero el número 23 informaba que se interrumpía la transmisión de
la cadena nacional para permitir la difusión en directo del partido
Argentina- Polonia. El fútbol volvió a ocupar a la Junta en la primera
reunión celebrada por sus integrantes el día 24. El almirante Emilio
Massera comunicó al general Jorge Rafael Videla que Argentina debía
confirmar su decisión de organizar la Copa Mundial ‘78. "Costará
sólo 70 millones de dólares", le dijo Massera a Videla. Alguien
intentó explicar luego que las obras demandarían una inversión mayor,
pero Videla no se preocupó. "Aunque cueste cien millones no hay
problemas", señaló.
"Veinticinco millones de argentinos", como decía el jingle militar,
terminaron pagando más de 700 millones de dólares.
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El 25 de marzo la Junta
recibió de manos del deporte una de las primeras adhesiones. La
dio el presidente de la Confederación Brasileña de Deportes (CBD),
almirante Heleno Nunes. "Tal vez sea la mejor garantía de la Copa
del Mundo en Argentina", dijo Nunes. Al día siguiente arribó a Buenos
Aires una comisión de la FIFA, para inspeccionar las obras del Mundial,
encabezada por el alemán Hermann Neuberg, SS en los tiempos de Hitler.
"El cambio de Gobierno no tiene nada que ver con el Mundial. Somos
gente de fútbol y no políticos", dijo Neuberger. Más claro aún fue
el propio mandamás de la FIFA, Joao Havelange. El 28 de marzo decía
desde el exterior que "la Argentina está ahora más apta que nunca
para organizar el mundial". Recibiendo a la FIFA en Ezeiza aquel
25 de marzo estaba ya el almirante Carlos Lacoste, la bota que Massera
puso dentro del deporte, para manejar el poder y los negocios.
Lacoste convocó a sus oficinas en el Ministerio de Acción Social
al presidente de Boca Juniors, Alberto J. Armando, y le sugirió
que pidiera la renuncia a toda la cúpula de la AFA. Su presidente,
el médico de la UOM David Bracutto, rechazó el convite. Pero el
30 de marzo la dictadura bloqueó las cuentas de la AFA en el Banco
Central y Bracutto debió abandonar su cargo. La Marina y el Ejército
libraron una batalla para ver quién se quedaba con la pelota. Ganó
Massera y el 1 de mayo de 1976 el voto obediente y mayoritario de
los presidentes de los clubes de fútbol permitió al abogado Alfredo
Cantilo convertirse en el nuevo presidente de la AFA.
Si la dictadura precisó a la AFA de una fachada democrática, distinta
fue la situación en la Confederación Argentina de Deportes (CAD).
Allí fue designado interventor Miguel Angel Bruno, allegado al general
Reynaldo Bignone. En el Comité Olímpico Argentino ( COA) el régimen
urdió una trampa derrocando al tirador Pablo Cagnasso. Rodríguez
sigue aún hoy en el COA y Bruno es su vicepresidente. La palabra
"desaparecido" golpeó al fútbol al mes de producido el golpe. El
23 de abril de 1976 las capuchas se llevaron a Norberto Julio Morresi,
de 17 años, hermano de Claudio, el jugador que luego actuó en Huracán
y River, una de las pocas voces del fútbol que jamás se escondió
para repudiar activamente la represión. Casi al mes siguiente, el
17 de mayo de 1976, la dictadura tuvo su primera muerte en las canchas.
Estudiantes y Huracán jugaban en La Plata y en la tribuna visitante
apareció un cartel de Montoneros. En medio de la batahola cayó muerto
de un balazo Gregorio Noya, que estaba en la platea acompañado de
su hijo pequeño. En 1976, según recuerda el periodista Amílcar Romero,
en su libro Deporte, Violencia y política la AFA hizo disputar una
cifra récord 752 periodistas y fue bajo la dictadura cuando las
barra bravas, como dijo Roberto Perfumo, "ganaron su lugar al sol".
Aquel mes de mayo, el día 23, el triunfo de Víctor Galíndez en Sudáfrica
y ante Richie Kates y el asesinato de Ringo Bonavena en un burdel
de Nevada ocultaron otra pequeña noticia publicada por los diarios:
el hallazgo de los cuerpos acribillados de los legisladores uruguayos
Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz.
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Util para la dictadura,
al deporte también le llegó la censura. El interventor de las radios
Splendid y Excelsior, vicecomodoro Jorge Pedrerol, transmitió órdenes
superiores y prohibió en esas emisoras cualquier "comentario adverso"
a la selección y a su técnico, César Menotti. Videla, en tanto,
elegía deportistas para almorzar con "jóvenes sobresalientes", el
21 de setiembre de 1979: entre los elegidos estaba Alberto Tarantini
y Claudia Casabianca, años más tarde involucrados en causas por
drogas. El 26 de noviembre desaparecía Claudio Tamburrini, arquero
del club de Almagro. Fue torturado y privado de su libertad hasta
el 24 de marzo de 1978. Pasó 120 días en el centro de tormentos
clandestino instalado en el oeste del Gran Buenos Aires bajo el
nombre de Mansión Seré.
Irónicamente uno de los hombres que tuvo bajo su cargo la Mansión
Seré fue el comodoro Julio César Santuccione, famoso profesor en
Mendoza y uno de los tantos militares dirigentes de la AFA, en aquellos
años, como secretario del Tribunal de Disciplina y de la Comisión
Especial de Reformas al Reglamento.
Siguiendo los consejos
de la agencia Burson Masteller, contratada para mejorar su imagen
en el extranjero, la Junta siguió montada al deporte y el 9 de setiembre
de 1977 Videla esquivó protestas en su visita a Nueva York fotografiándose
con Guillermo Vilas, que unos días después ganaría por primera y
única vez el Abierto de Estados Unidos.
Aquel mismo 9 de setiembre, más pequeño, se informaba sobre el secuestro
del profesor Alfredo Bravo. El ‘77, cuando ya Suárez Mason viajaba
en los aviones de YPF para seguir los partidos de Diego Maradona
en su club, Argentino Juniors, se cerró con el recordado secuestro
de las monjas francesas. Al día siguiente, las portadas en los diarios,
sin embargo, se ocuparon en la fecha del fútbol, la final del polo
entre el coronel Suárez y Santa Ana y una exhibición de Carlos Monzón
en la Rural. Los archivos de la Asamblea Permanente por los Derechos
Humanos(APDH) cuentan a 56 desaparecidos en enero de 1978. Uno de
ellos es el único deportista federado argentino chupado por los
militares. El atleta Miguel Sánchez un tucumano de 25 años que había
participado tres veces en la famosa maratón brasileña de San Silvestre,
fue arrancado de su casa de San Martín 176, de Villa España, en
Berazategui, a las 3.30 de la madrugada del 9 de enero de 1978.
Su entrenador, Osvaldo Suárez, una de las máximas figuras del atletismo
argentino, siempre creyó que se trató de "uno de los tantos errores
de procedimiento".
Pero así como en el
‘82 se recordó por la guerra de Malvinas y en el ‘83 la dictadura
se despidió sembrando muerte y violencia con un año negro en las
canchas, 1978 quedó incorporado como el año del Mundial. La historia
sospechará eternamente del 6-0 ante Perú. Lo hará también de los
controles antidóping, como reflotó hace unos días en la TV el periodista
Aldo Proietto, director de la revista El Gráfico. Proietto era hombre
de Lacoste en aquel engendro llamado EAM ‘78. La imagen de Argentina
era custodiada desde los micrófonos por José María Muñoz y Raúl
Portal atendía a periodistas en la Cancillería.
En Rosario, a un periodista cuyas crónicas "deformaban la realidad",
le mandaron una señorita. Y cuando se quedó dormido la dama se llevó
su credencial, sin la cual no pudo seguir trabajando y debió volver
a su país. El día que empezó el Mundial, la dictadura cerró el Hospital
Rawson. Y un día antes de la final ante Holanda, Adolfo Peréz Esquivel
salió de prisión. Argentina ganó el Mundial el 25 de junio de 1978
y los torturados de la ESMA no escucharon los gritos del estadio
de River pese a la cercanía. Ellos se enteraron, porque su represor,
el "Tigre" Acosta, irrumpió en el tercer piso al grito de "¡Ganamos,
ganamos!". Obtenida la Copa, El Gráfico, abrió su edición del 4
de junio con una entrevista exclusiva a quien creyó figura de la
Copa, el general Videla. Fueron años en que la política abusó del
fútbol. Años de Kempes, el Matador. Años de Videla, el asesino.
(*) Titular de la Agencia italiana ANSA en la Argentina.

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El informe se encontró
entre aproximadamente 1500 páginas de documentos confiscados por
las Cortes Federales Argentinas en noviembre de 1978 al agente chileno
Arancibia Clavel, que fueron conservados en cinco volúmenes en los
archivos de las Cortes desde entonces. John Dinges obtuvo una copia
de estos volúmenes en enero de 2002 y ha puesto los documentos a
disposición del público en el National Security Archive. El documento
publicado aquí corresponde a la página 238 del Volumen V. El documento
fue citado por primera vez en el libro de John Dinges, The Cóndor
Years: How Pinochet
and His Allies Brought Terrorism to Three Continents (The New
Press).
Los jefes de la inteligencia chilena habían pedido a Arancibia recabara
nombres y números de personas muertas y desaparecidas en Argentina.
En varios memorandums enviados a principios de julio de 1978 el
agente envía a Santiago miles de nombres y fechas de muertes y desapariciones.
En este cable que parece recapitular todo este trabajo de conteo,
Arancibia da cuenta de todo el material enviado y dice que,
"[E]n estas listas van tanto los muertos "oficialistas" como los
"no oficialistas". Este trabajo se logró conseguir en el Batallón
601 de Inteligencia del Ejército sito en Callao y Viamonte de esta
capital, que depende de la Jefatura II Inteligencia Ejército del
Comando General del Ejército y del Estado mayor General del Ejército…
Los que aparecen NN son aquellos cuerpos imposibles de identificar,
casi en un 100% corresponden a elementos extremistas eliminados
"por izquierdas" [ver nota], por las fuerzas de seguridad. Se tienen
computados 22,000 entre muertos y desaparecidos, desde 1975 a la
fecha.
Luís Felipe Alemparte Díaz"
[Nota: Operaciones "por izquierda" en el argot de las fuerzas de
seguridad significaba cualquier actividad ilegal. Para una descripción
de las operaciones secretas de asesinato y desaparición de personas
por las fuerzas de seguridad durante la dictadura argentina, ver
la descripción hecha por un oficial de inteligencia en la sección
que describe "El destino de los desaparecidos" página 5 del memorando
fechado Agosto 9, 1979 y titulado "Tornillos y Tuercas de la Represión
Gubernamental del Terrorismo y la Subversión", (Gacetilla electrónica
del National Security Archive numero 73, Departamento de Estado
de EEUU Abre Archivos Sobre La Guerra Sucia Argentina )]
Fuente: National Security Archive
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¿La
fiesta de quienes?
En el mundial 78, la euforia de un país futbolero y el logro de
la selección compartieron la escena con una dictadura despiadada.
La legitimidad del título y la pertinencia de la celebración siguen,
a veinte años, en tela de juicio. Aquí, los claroscuros de aquella
historia, en la voz de sus protagonistas.
"Duele saber que fuimos un elemento de distracción para el pueblo
mientras se cometían atrocidades." Osvaldo Ardiles habla desde Japón,
donde dirige al equipo Shimizu S-Pulse. Su lejanía parece agrandar
aún mas la distancia de aquel Mundial 78, cuyo vigésimo aniversario
se cumplió hace unos meses.
La conquista, histórica, jamás podrá ser evocada, sin embargo, en
tono de fiesta completa. Pocos lo saben, pero a la misma hora en
que Alemania y Polonia habrían la Copa en la cancha de River, Ronnie
Hellstrom, arquero de la selección sueca, se convertía en el único
jugador del Mundial que prefería estar frente a la Casa Rosada,
acompañando la ronda de las Madres de Plaza de Mayo, que ya entonces
reclamaban por sus hijos. "Decidí hacerlo –dice hoy Hellstrom- porque
era una obligación que tenía con mi conciencia".
La
vuelta olímpica del Mundial 78 –la Copa más polémica de la FIFA-
marcó sin dudas un hito consagratorio en la historia del fútbol
argentino. Pero en pleno Mundial, a diez cuadras de la cancha de
River, epicentro de la fiesta, funcionaba la ESMA, el mayor centro
de torturas de la dictadura. Aquella siniestra combinación de goles
y desaparecidos llevó a que el Mundial 78 fuera siempre comparado
con los Juegos Olímpicos de 1936. Estos últimos transcurrieron en
la Alemania nazi de Hitler. El Mundial 78, en cambio, se jugó en
la Argentina de Videla. Y su marchita de tono militar no admitía
indiferentes. "Veinticinco millones de argentinos –decía la canción
oficial- jugaremos el Mundial"
"A distancia –señala hoy Ardiles- está claro que fuimos utilizados
como propaganda por parte de los militares. Pero también hay que
aclarar que nosotros, los jugadores y el cuerpo técnico que integremos
aquella Selección, fuimos víctimas de esa manipulación de nuestro
trabajo, o de los frutos del mismo. Hoy duele ver eso, pero también
–sigue Ardiles- puede decirse que quizá servimos como bálsamo para
mucha gente oprimida que pudo volver a salir a la calle envuelta
en banderas argentinas. Sabíamos que lo nuestro no tenía nada que
ver con lo que estaban haciendo los militares, algo que prácticamente
desconocíamos. Pero de alguna manera, a los que medianamente teníamos
cierta conciencia de quiénes se trataba, nos hacía sentir mal."
César Menotti sí sabía de qué se trataba. "Yo tengo una buena formación
política. No soy un boludo al que se lo puede engañar fácilmente.
Conozco muy bien que históricamente las Fuerzas Armadas argentinas
son el grupo armado de la oligarquía desde cuando mataban a los
indios. Siempre fueron el grupo armado del poder económico." El
técnico de aquella selección, si embargo, señala hoy que no tiene
ninguna autocrítica que hacerse por su rol en el 78.
"¿Pero viejo, ahora resulta que el Mundial lo jugaron sólo Menotti y los jugadores? ¿Y la gente que llenó las canchas, que salió a las calles? ¿Y los medios?", dicen que, más en la intimidad, se pregunta Menotti cuando alguien le reprocha un rol que, a la medida de sus críticos más feroces, llegó a valerle un libro de título perverso (El director técnico del Proceso), pero del que jamás le resultó fácil despegarse. En la concentración de Jose C. Paz se comunicaba con sus colaboradores con walkie talkie, una foto de El Gráfico lo mostraba con una pistola en su mesita de luz, su trabajo recibía el apelativo de "proceso", sus jugadores no podían ser transferidos al exterior y, cerca del Mundial, los medios oficiales recibieron una prohibición de criticarlo, aunque hasta pocos meses antes un sector de la prensa había hecho campaña para imponer a Juan Carlos Toto Lorenzo. Mimetizado con los tiempos, Menotti, quien por entonces tenía 39 años, se sintió tal vez el comandante de un momento histórico para el fútbol argentino. "Yo le decía: ‘Cesar, los militares te están usando’. Pero él me respondía que no había problemas, que los tenía controlados", contó antes de morir João Saldanha, miembro histórico del Partido Comunista Brasileño y que se alejó de la conducción técnica de la selección de su país poco antes de la gloria del Mundial de México 70, cuando allí mandaba la dictadura del general Emilio Garrastazu Médici.
LOS GOLES DE LA SOSPECHA
El mundial fue una bisagra en la historia del fútbol argentino. "Gracias a Menotti se cambió la mentalidad en el trabajo de la Selección. Por primera vez se trabajó con jugadores del interior del país. Y a partir de Menotti los contratos de los entrenadores nacionales nunca más duraron menos de cuatro años", dice Ardiles. Aquella selección, adema’s, destrozó el mito de la superioridad física de los europeos. Y jugó todos los últimos partidos de la Copa casi con cuatro delanteros netos (Kempes, Bertoni, Luque y Ortiz o Houseman). A la preparación física y el sentido colectivo (supuesto patrimonio de los europeos), el equipo de Menotti sumó habilidad y audacia y, tras superar un inicio de nervios e irregularidad, terminó siendo merecido campeón. Pero la conquista, inevitable, parece destinada a convivir con las sospechas de las trampas de una dictadura militar que soñó montar su proyecto político a partir de una pelota de fútbol, creyendo que la fiesta de River podía ser eterna.
Videla
asesinoAntes del Mundial de Fútbol de 1978, los Montoneros propusieron a las FF.AA. una tregua; nunca recibieron respuesta. Asimismo produjeron agitación política y algunos atentados no sangrientos que, por lo tanto, no trascendieron a los medios. Propusieron a las masas la consigna "Argentina campeón, Videla al paredón", la que, por obvias razones, no fue entonada por nadie en público. Tendrían mejor presencia un año después en Suiza, cuando Argentina concediera a Holanda una revancha de la final de la Copa: detrás de un arco apareció un enorme cartelón que decía "Videla asesino", cartel que la TV argentina registró y demoró un rato en tapar. (Revista Todo es Historia Nº 347, junio 1996) |
Las
dos primeras y ajustadas victorias de 2-1 ante Hungría y Francia
y la derrota 0-1 con Italia obligaron a la inesperada mudanza a
Rosario. Allí, la segunda rueda comenzó con un triunfo 2-0 ante
Polonia, cuya legitimidad fue cuestionada muchos años después por
el propio DT rival, Jacek Gmoch, quien denunció un "arreglo", sin
otras precisiones. La sombra del arreglo, en realidad, se dirigió
siempre a la célebre goleada de 6-0 a Perú, que permitió eliminar
a Brasil por diferencia de gol y clasificar a la final contra Holanda.
"Yo digo que ese partido no fue normal, que fue raro", insiste hoy
Juan Carlos Oblitas, integrante de aquella formación y DT de la
actual selección peruana. "Dominamos al comienzo y hasta el segundo
gol argentino el partido fue parejo, pero después nos quedamos inexplicablemente.
Creo que si ese mismo partido hubiera vuelto a jugarse diez veces
jamás habríamos perdido 6-0. Es más, podríamos haber ganado alguno",
agrega Oblitas. "Por respeto a la gente que integraba el equipo
conmigo en aqulla época -concluye el hoy DT- prefiero decir que
salimos a jugar ese partido bajo presión. No voy a hacer lo mismo
que Manso, que en 1979 lanzó una acusación artera."
El ex zaguero Radulfo Manso, hoy completamente distanciado del fútbol,
dice a su vez que aquella explosiva denuncia de soborno que formuló
en 1979, cuando jugaba en Vélez, fue "un desahogo a medias. Lo que
pasó –cuenta manso- es que antes del partido con Argentina atendí
un llamado telefónico en mi pieza de la concentración. La voz, que
tenía acento argentino y me trataba de manera peyorativa, discriminatoria
y racista, me dijo de muy mala manera que les comunicara a mis compañeros
que nos pagarían 50 mil dólares a cada uno si permitíamos la clasificación
de Argentino. Me dio mucho miedo, porque yo en ese momento era un
muchachito y me sentí muy mal. Se lo conté a un compañero y estoy
seguro de que si se lo hubiera dicho al resto, todos me habrían
dicho que no aceptaban".
Brasil le había ganado 3-1 a Polonia unas horas antes y Argentina (protecciones del local) jugó por la noche sabiendo cuántos goles precisaba para ser finalista. Perú, que comenzó el juego con un tiro del delantero Muñante en un poste, terminó siendo un desastre. "Yo no me vendí", afirmó el arquero Ramón Quiroga, argentino nacionalizado peruano. Quiroga, hoy DT del Cienciano, de Cuzco, admite que aquella fue su "noche más negra"y que jamás le volvieron a marcas seis goles en otro partido. "Es probable que alguno de mis compañeros haya aceptado semejante cosa", dijo uno de los líderes de aquellas selección peruana, Héctor Chumpitaz. "Semejante cosa" significa soborna. "A mi no me consta, pero no pongo las manos en el fuego por nadie. Igual –sigue Chumpitaz- me permito ponerlo muy en duda. A ese partido llegamos con el desgaste del esfuerzo que hicimos en la primera rueda, en el que le ganamos a Escocia e Irán y empatamos con holanda. O fue casual que después perdiéramos con Polonia, Brasil y Argentina. Estoy convencido de que perdimos de manera limpia. Con mi experiencia, yo me habría dado cuenta si alguno de mis compañeros no ponía todo para ganar". Chumpitaz y Manso si dijeron, en cambio, que Perú recibió una incentivación de Brasil (5 mil dólares para cada jugador, más vacaciones en Itaparica) a cambio de impedir la clasificación argentina. "Todo el plantel estuvo al tanto de eso, pero nadie lo tomó en serio. No estábamos seguros de que pudiéramos cobrar ese dinero."
"Yo no estoy en condiciones de asegurar si el equipo peruano jugó dentro de sus posibilidades o no" explica Ardiles. "Eso es algo que deberán explicar los peruanos y las autoridades de AFA de aquel momento, o los miembros del EAM o los que formaban parte del gobierno de Videla." Entre las numerosas versiones que sugieren algún "arreglo" hay una que menciona un acuerdo entre las dictaduras militares de ambos países ( en Perú gobernaba el general Francisco Morales Bermúdez). La sospecha recae sobre la donación de "un crédito no reembolzable" de Argentina a Perú "para la adquisición a la Junta Nacional de Granos de cuatro mil tonelada de trigo a granel", en un marco del "convenio sobre ayuda alimentaria". El Sunday Times, de Londres, provocó un escándalo cuando abonó a esta teoría en plena disputa del Mundial 86. "Ese tipo de donaciones –reconoce hoy Juan Alemann, secretario de Hacienda en quellos años- no eran espontáneas. Se hacían sólo en caso de un terremoto, de alguna catástrofe." La única catástrofe que sufrió Perú en aquellos días fue el 6-0 de Argentina.
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Aquel 21 de junio, a las 20.40, e el preciso momento en el que Leopoldo
Luque marcaba el cuarto gol a Perú, estallaba una bomba en la casa
de Alemann, que no sólo era funcionario, sino que, además, vivía
a media cuadra de una comisaría. Alemann siempre sugirió que aquella
bomba fue obra de sus críticas por los gastos del Mundial y apuntó
al almirante Carlos Lacoste, vicepresidente paro hombre fuerte del
Ente Autárquico Mundial 78 (EAM 78). Lacoste fue mano derecha del
almirante Eduardo Messera, que le ganó una lucha interna al Ejercito
y logró para la Marina el uso político y los negocios
Dudosos de un mundial que tuvo un costo récord de más de 700 millones
de dólares.
Además de esa bomba a Alemann, Lacoste fue sospechado por la muerte
todavía misteriosa del general Omar Actis, el primer presidente
de la EAM 78, que quería hacer un Mundial más austero y que fue
asesinado el 21 de agosto de 1976, dos días antes de una conferencia
de prensa en la que iba a presentar su proyecto. Tras el asesinato
de Actis, Lacoste hizo el Mundial a gusto de la FIFA y de sus socios
comerciales.
Contó para ello el decreto 1.261 de abril del 77, que le facultó
para realizar toda clase de convenio amparado "en razones de urgencia,
seguridad y reserva en la difusión de sus actos".
EL
OTRO PARTIDO
El mundial fue una cuestión de Estado. En silencio desde que cayó
en desgracia, Lacoste, amo y señor del deporte en los tiempos de
la dictadura, apenas recibió del juez Miguel Pons un reproche "ético"
porque, siendo funcionario, incrementó su patrimonio en más del
400 por ciento, manejando dineros de firmas extranjeras en la City,
en los tiempos de la bicicleta financiera de Jose Martínez de Hoz.
Ublado Fillol ya era un arquero formidable, Daniel Passarela "el
gran capitán", Ardiles el motor del mediocamo y Mario Kempes la
potencia y el gol, aunque jugaba más retrasado pues en los primeros
partidos había fracasado como hombre de punta. La final fue contra
Holanda. Justamente el país que, junto a Franci, encabezó la campaña
para boicotear el Mundial, iniciada por organismos de derechos humanos
y agrupaciones de izquierda. El argumento era sencillo "No se puede
jugar un Mundial mientras a pocos metros del estadio se tortura
y se mata gente", decía el periodista Francois Geze, del Comité
Organizador del Boicot a la Argentina (COBA). "Pero fue gracias
a los periodista que vinieron por el Mundial que tuvimos nuestros
primeros grupos de apoyo" recuerda Mercedes Meronio, vicepresidenta
de Madres de Plaza de Mayo. Una agrupación holandesa de solidaridad
con las Madres (SAM) donó las primeras casas. Y un hogar que hoy
permite vivir juntas a las Madres que van quedando sin familia lleva
el nombre de Lizbeth, esposa del que por entonces era el primer
ministro de Holanda, Joop den Uiyl.
"¿Pero ustedes no son argentinas?", se les preguntaba a las Madres, conocidas internacionalmente como "Las Locas de Plaza de Mayo", como las homenajeó el libro del periodista francés, Jean Pierre Bousquet. Silencio, terror, ignorancia y, en más de un caso, complicidad, se unieron para que una sociedad hipnotizada por un Mundial conviviera con el horror. "Creo que el Mundial y las Malvinas son los dos grandes traumas que aún no pudo resolver la sociedad argentina", dice hoy Anel Gilbert, periodista.
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Las revistas de la Editorial Atlántida lideraban la campaña. La
revista Para Ti regalaba postales a sus lectores para que las enviara
a los políticos y organizaciones europeas que protestaban por las
violaciones a los derechos humanos. Somos alertaba, apenas comenzado
el Mundial, sobre un "subversivo" detenido que podía ganar el Premio
Nobel de la Paz (Adolfo Pérez Esquivel). Y Bernardo Neustadt, mientras
el periodista Julián Delgado desaparecía en pleno Mundial, alababa
a Videla en Gente.
La prensa en general se sonrojaría mirando hoy aquel 78. Hata el
periodismo deportivo abandonó su conservador slogan de que el deporte
no debía "mezclarse" con la política. "Muñoz jamás podrá mirarme
a la cara", acusó ya en democracia Hebe de Bonafini. "Va a entrar
Videla a dar la Copa... el fútbol ha hecho el milagro del país...
nos siguen atacando aquellos que no nos conocen", decía los relatos
por Radio Rivadavia del "Gordo" José María Muñoz, un fenómeno de
comunicación
popular
que un año más tarde, en los festejo por el Mundial juvenil del
79, promovió las celebraciones en Plaza de Mayo, donde a sólo metros
se denunciaban desapariciones ante una comisión de la OEA. "Los
argentinos somos derechos y humanos", se decía entonces. Tiempos
en los que las crónicas confundían a Kempes con Videla. El primero
pasó a la historia del fútbol como el Matador. Al segundo, la Justicia
lo condenó por asesino.
Doce días antes de la final contra Holanda, la revista El Gráfico,
también de la Editorial Atlántida, publicó una supuesta carta que
el capitán de esa selección, Ruud Krol, envió a su hija. "...Mamá
me contó que los otros días lloraste mucho porque algunos amiguitos
te dijeron cosas muy feas que pasaban en la Argentina. Pero no es
así. Es –decía la supuesta carta de Krol- una mentirita infantil...
Esta no es la Copa del Mundo, sino la Copa de la Paz... Papá está
bien. Tiene tu meñeca y un batallón de soldaditos que lo cuidan
y que de sus fusiles disparan flores. Diles a tus amiguitos la verdad,
Argentina es tierra de amor...". El periodista Enrique Romero, dice
que la carta fue escrita por él, pero leída y autorizada por Krol.
"Pero las organizaciones que luchaban en el extranjero contra la
dictadura –se explica Romero- se volvieron contra Krol. El holandés,
ante la avalancha de críticas, no tuvo otra opción que dar un paso
al costado y negar con el codo lo que había firmado con la mano".
Romero agrega que la carta sólo intentó "mostrar a los lectores
la fase íntima de los holandeses", pero que fue "aprovechada para
darle otra significado que el que verdaderamente tenía".
Desde Holanda, Krol hace escuchar su réplica: "No me entra en la
cabeza que una persona haya hecho algo así. Fue indigno, artero
y cobarde. Jamás escribí eso."
¿Qué hubiera ocurrido si Robby Rensenbrink hubiera convertido aquel tiro que, ya sobre el final del partido, se estrelló en un poste y Holanda terminaba ganando 2-1 aquella fina? Ni la junta militar de Videla, Massera y Agosti podría haberlo impedido. Y el fútbol, más que nunca, habría sido "dinámica de lo impensado", como decía el periodeista Dante Panzeri, que se oponía al Mundial y murió poco antes de la fiesta. En la ESMA, los torturadores saludaron eufóricos a sus víctimas y a algunas de ellas hasta la sacaron en auto para que vieran los festejos callejeros. Graciela Daleo lloraba de impotencia diciéndose que no valía la pena, que nadie le prestaría atención aunque gritaara que ella era una desaparecida. "¿ Cómo no voy a comprender a la gente –se preguntó Hebe de Bonafini- si en mi propia casa, mientras yo lloraba en la cocina, mi esposo gritaba los goles frente a la televisión?".
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Hellstrom, el arquero sueco que el 1 de junio había visitado a las Madres en la Plaza, cree recordar hoy que, "La gente tuvo un gran desahogo, se manifestó de manera inconsciente. Festejaban sin saber bien qué. La mayoría –afirma- creía que a los que estaban reprimiendo era a otros y no a ellos mismos". Un día después de la final, en el Hospital Militar, nacía Guido. Su madre fue fusilada des meses después. Guido es hoy uno de los 171 niños de los 230 secuestrados bajo la dictadura que sigue siendo botín de guerra. Su abuela, Estela Barnes de Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, lo busca desde aquel día. Todavía mantiene la esperanza.
DÍA DE VISITA
"La presencia de Videla en nuestro vestuario fue terrible", dice
hoy Juan Carlos Oblitas, uno de los líderes de la selección peruana,
al recordar un episodio que pocos conocen, en los minutos previos
al polémico 6-0 que clasificó a Argentina a la final. "Algunos más
jóvenes, que pudieron haberse sentido intimidados, dejaron de cambiarse
para escucharlo. Pero yo, que tenía más experiencia, seguí en lo
mío. Seguí detrás de una pared y apenas lo oía hablar. No quería
que nada interrumpiera mi concentración."
El
zaguero Héctor Chumpitaz, otro histórico de la selección peruana,
admite que "nos sorprendimos cuando nos dijeron que nos iba a hablar
Videla. Se paró frente a nosotros y nos dio un discurso en el que
llamaba a la hermandad latinoamericana y nos deseaba suerte. Yo
me lo tomé como una presión, aunque después de lo que nos habían
dicho los organismos de derechos humanos, Videla aparecía como un
personaje que nos daba un poco de miedo".
Los militares argentinos –especialmente Massera y Galtieri, cuando
la selección estuvo en Rosario- fueron también más de una vez a
la concentración y a los vestuarios argentinos. Ardiles recuerda
que "nos hablaban de nuestras virtudes y de que representábamos
a la patria" Para Kempes, según contó una vez, los militares acercaban
a los jugadores la toalla, el jabón y hasta alguna copita extra
de vino en las comidas. Como si fueran los cadetes.
LOS GOLES EN LA PRISIÓN
"Todos los presos políticos, los perseguidos, los torturados y los
familiares de los desaparecidos estábamos esperando que Menotti
dijera algo, que tuviera un gesto solidario, pero no dijo nada.
Fue doloroso y muy jodido de su parte. Él también estaba haciendo
política con su silencio." Quien formula el cargo es Adolfo Pérez
Esquivel, Premio Nobel de la Paz en 1980, que logró salir de la
Unidad 9 de La Plata gracias a la presión internacional, el 23 de
junio de 1978, dos días antes de la final. De su cautiverio recuerda
el nudo de una contradicción para muchos incomprensible. "En la
cárcel, como los guardias también querían escuchar los partidos,
el relato radial nos llegaba por altoparlantes. Era extraño, pero
en un grito de gol nos uníamos los guardias y los prisioneros. Me
da la sensación de que en ese momento, por encima de la situación
que vivíamos, estaba el sentimiento por Argentina.
Révista
Mística de Olé
2 de Mayo de 1998
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Radio y Dictadura: Memorias del Mundial 78 con Victor
Hugo Morales - Fuente:
Tramas |
EL PARTIDO DEL GOBIERNO
Más de 500 millones de dólares pone la Argentina al servicio del
Mundial 78, en un momento en que el país sufre carencia en materia
de previsión, salud y educación y es fuertemente criticado por violaciones
de los derechos humanos.
La Argentina fue designada para organizar el Mundial de 1978 durante
la presidencia del general Lanusse. En setiembre de 1973, el gobierno
peronista designó la primera comisión organizadora. El entonces
poderoso ministro José López Rega interfirió activamente en todo
lo relativo a esa organización y llegaría el 12 de mayo de 1974
a firmar un decreto para designar una Comisión de Apoyo al Mundial.
Ese decreto incluía una cláusula de sospechosa oportunidad, pues
faltaban cuatro años para el mundial. Decía: "Exceptúanse por un
plazo de 90 días a partir de la firma del presente, de las disposiciones
establecidas por el decreto 5720/72, Régimen de las Contrataciones
del Estado, las compras que en función de los considerandos del
presente deban realizarse, autorizándose a la Comisión la concentración
de compras directas, cualquiera fuera su monto".
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Documentos: Directivas del Ministerio de Educación de la Provincia de Buenos Aires a los directores de escuelas sobre como aprovechar el Mundial para educar a los alumnos a "afirmar nuestra esencia como Nación" |
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En esa época, en medio de una lucha de intereses, se designaron
las cuatro subsedes: Mar del Plata, Córdoba, Rosario y Mendoza.
Producido el golpe militar de 1976, el nuevo gobierno se mostró
decidido a llevar adelante la organización del certamen, para lo
cual se creó el Ente Autárquico Mundial 78 (EAM 78), para cuya presidencia
se designó al general Actis, asesinado, supuestamente por la guerrilla,
el 23 de agosto de
1976 sin que pudiera entrar en funciones. Se nombró, entonces, al
general Merlo para reemplazarlo, pero quien habría de tener más
activa participación en todo el manejo de los fondos destinados
a la organización de la competencia fue el vicepresidente de la
EAM, vicealmirante Carlos Lacoste, hombre del riñon del almirante
Massera.
El gasto total alcanzaría a la astronómica cifra de 250 millones
de dólares. Esa suma, en momento en que el país padecía graves carencias
en materia de previsión, sanidad y educación, representaba un irritante
privilegio para el deporte, una inclinación que generalmente han
tenido los gobiernos dictatoriales.
Las graves violaciones de los derechos humanos cometidas por el
gobierno militar durante la lucha contra la violencia subversiva
habían trascendido al mundo entero. Y, como contrapartida, había
un ferviente deseo oficial de presentar a quienes vinieran al país
una imagen de orden y organización. El hecho de haberse comunicado
a los medios periodísticos la prohibición de criticar al director
técnico del equipo argentino, Menotti, revela el fervor que el gobierno
tenía puesto no sólo en la organización del certamen, sino también
en el triunfo del equipo, considerando de importancia política fundamental.
Se arreglaron, pintaron y limpiaron calles y trató de eliminarse
todo lo que pudiera constituir un menoscabo para el país. De todos
modos, el acontecimiento deportivo dio lugar a la renovación de
fuertes críticas contra el gobierno argentino, particularmente en
Europa, donde insistentemente se comentó que una de las estrellas
del fútbol holandés, Johan Cruyff, anticipó su retiro del seleccionado
al decidir no viajar a un país que, como el nuestro, no respetaba
las libertades públicas.
Historia
del fútbol Argentino
LA NACION
UN GRITO EN LA OSCURIDAD
Para la dictadura, el mundial resultó proritario. Era un tiempo
tragico y la fiesta no fue de todos.
En chile el general Augusto Pinochet consolidaba su poder con un
tramposo plebiscito convocado para rechazar las presiones extranjeras.
En Uruguay la dictadura funcionaba con el disfraz de un civil, el
insípido Aparicio Méndez. En Brasil, Joao Figueiredo intentaba abrir
a las política las puertas del régimen militar. En Paraguay Alfredo
Stroessner continuaba impertérrito. En Bolivia Hugo Banzer empezaba
a tambalear por una huelga de hambre de los mineros es estaño. En
la Argentina, en ese 1978, las Fuerzas Armadas encaraban una fase
decisiva de lo que denominaban la solución final: su eternización
en el poder y la definitiva domesticación de la sociedad.
El plan tuvo un andamiaje económico que la socióloga Susana Torrado
describe como una "alianza entre el estamento militar y el segmento
más concentrado de la burguesía nacional y de las empresas transnacionales".
Y otro político asentado a la brutal represión a cualquier conducta
popular crítica.
La realización y conquista del Mundial de fútbol fue sólo uno –y
el primero- de los tres objetivos centrales que persiguieron los
militares argentinos en su afán por perpertuarse.
Otro quedó trunco. Los aprestos bélicos para una guerra con Chile
por el Beagle, en el cierre de ese mismo año, se redujeron a eso
por la mediación del Vaticano.
El tercero fue su propia lápida. El choque con Gran Bretaña por
las Islas Malvinas significó la desintegración la desintegración
del régimen y el retroceso histórico más dramático de las Fuerzas
Armadas.
Pero todo eso vino después. El mundial 78 colmó las aspiraciones
de los militares y, probablemente, sirvió también como detonador
de las alocadas aventuras posteriores.
Influyó en aquel éxito político del deporte la todavía capacidad
intacta de los militares para manipular los lábiles sentimientos
colectivos. Hicieron creer, fugazmente, que la Argentina era víctima
de una campaña perversa sobre los derechos humanos y apagaron el
eco, en tal sentido, de la renuncia de Paul Breitner a las selección
alemana que debía jugar en la Argentina, o del renunciamiento público
de Holanda para que sus futbolistas se sumaran al boicot.
Eso también fue posible gracias a la complicidad que los factores
de poder tuvieron con el régimen. Fue entonces el tiempo en que
Henry Kissinger, secretario de Estado norteamericano, realizó su
primera visita a la Argentina, "país que tiene un gran futuro a
todo nivel", según pregonó. Fue desde el mismo riñon que alumbró
la idea de que el gobierno militar invirtiera 500 mil dólares para
contratar a la empresa norteamericana Burson-Masteller, con el objeto
de contrarrestar la supuesta campaña antiargentina.
El
régimen no supo de pudores para alcanzar sus propósitos. Agitó todo
lo que pudo el fantasma del asesinato de Aldo Moro ejecutado por
las Brigadas Rojas, cuyo cadáver apareció en mayo de ese año en
un callejón romano, para tratar de establecer simetrías imposibles
con lo que ocurría aquí.
A la hora de la verdad, el trabajo de la Comisión Nacional de Desaparecidos
(CONADEP), que presidió Ernesto Sábato, resultó irrefutable: señaló
que de las 9.000 desapariciones comprobadas durante la dictadura,
la mayor parte ocurrió entre 1976 y 1979. También durante el Mundial.
El campeonato desnudó otro rostro trágico de la dictadura. No el
que tuvo que ver con los balances secretos de la organización del
torneo, sino el de las luchas sórdidas que signaron su existencia.
Especialmente entre el Ejército y la Marina, que arrojaron víctimas
como el embajador Héctor Hidalgo Solá o la funcionaria de Cancillería
Elena Holmberg.
La Junta Militar de Videla, Massera y Agosti había designado al
general Omar Actis al frente del Ente Autárquico Mundial 78 (EAM),
una tarea que debería compartir con el almirante Carlos Alberto
Lacoste.
Pero Actis no llegó a asumir: el 19 de agosto de 1976 fue asesinado
cuando abandonaba su casa de Wilde en un atentado adjudicado a los
Montoneros pero que, con los años, los servicios de Inteligencia
del Ejército sospecharon que correspondió a un comando de la ESMA.
Todas esas historias truculentas, todo el contraste entre dos realidades
irreconciliables –la muerte y la euforia- fue el espejo de la época
que sirvió para que monseñor Vicente Zaspe inmortalizara la existencia
de una "Argentina secreta".
Esa que convirtió al Mundial 78 en la entendible fiesta de mucho,
pero jamas de todo.
Eduardo van der Kooy - El libro de oro del Mundial
Fuente: www.netverk.com.ar
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Mundial
1978: ¿Por qué participó Alemania?
Diversas organizaciones de defensa de los derechos humanos alemanas,
exigieron el pasado 20 de febrero (de 2006) a la Federación Alemana
de Fútbol, que presente disculpas oficiales ante las víctimas de
la última dictadura militar argentina, por la participación de la
selección en el Mundial de Argentina 1978. El gesto lo motivó una
petición presentada ante la DFB por la llamada Coalición contra
la Impunidad, que reúne a entidades de derechos humanos de toda
Alemania.
La prensa alemana destaca en el presente, que "a pesar de que se
sabía de la existencia de centros clandestinos de
detención, de la desaparición de personas por parte de las fuerzas de seguridad y de las torturas a los perseguidos políticos, la selección alemana no dudó en participar en aquel Mundial, ignorando toda advertencia emitida en aquella época por los grupos de derechos humanos". Y el recuerdo se instala, cuando organizaciones alemanas, miran hacia atrás y pretenden establecer un juicio moral a la distancia, para sentar "jurisprudencia" sobre lo que se hizo y no debe repetirse.
"Aquella actitud fue
escandalosa", dice la Coalición contra la Impunidad, en una carta
abierta presentada en la sede central de la DFB. Para subrayar sus
exigencias, la organización pide además a la DFB, que se elabore
un catálogo de directrices sobre la defensa de los derechos humanos
en acontecimientos deportivos internacionales, a fin de que no se
repita un Mundial como Argentina 1978, bajo una dictadura militar.
"Fútbol y derechos humanos van de la mano" señala la iniciativa,
recordando en la carta abierta a la federación las narraciones de
víctimas de la dictadura argentina que mientras eran torturados
en el centro de detención ilegal de la Escuela Superior de Mecánica
de la Armada escuchaban los festejos de los partidos mundialistas
que se jugaban en el estadio de River.
El grupo realizará en marzo un congreso especial en Berlín, con
motivo de los 30 años que se cumplen del Golpe de Estado que el
24 de marzo de 1976.
La Coalición contra la Impunidad está presentando además una exposición
itinerante por varias sedes mundialistas de Alemania 2006, en la
que recuerda la violación de los derechos humanos en Argentina y
la relación con el Mundial de 1978.
La dignidad de Johan Cruyff
Con 30 años de atraso los
argentinos que padecimos la dictadura te decimos ¡gracias
Cruyff! |
El recuerdo de Sepp Maier
En enero del 2005, en una entrevista con DW-WORLD, el ex arquero
alemán, Sepp Maier, recordó aspectos tristemente célebres del Mundial
'78.
DW-WORLD: ¿Cómo era su posición en aquella época frente a un boicot
del Mundial de Fútbol?
Sepp Maier: Si a un jugador se le da la oportunidad de participar
en un Campeonato Mundial, seguramente no va a querer boicotear el
evento, sin importar qué régimen gobierne el país donde el mismo
se celebre. De no ser así, en tales países no podría practicarse
ningún deporte. El Presidente de la Liga Alemana de Fútbol, Neuberger,
dijo en aquella oportunidad que teníamos que acostumbrarnos a la
idea, ya que no queríamos sentar el ejemplo negándonos a participar
del Mundial. También hubiese significado un paso en falso contra
el pueblo argentino, que, como es sabido, era apasionado del fútbol,
a pesar de la dictadura militar. No creo que le hubiéramos hecho
un favor con nuestra negativa, y pienso que la situación hubiera
empeorado, de no haberse celebrado el Campeonato. El fútbol era
una de las pocas libertades que tenía la gente. Además, el fútbol
y la política son cosas diferentes.
DW-WORLD:¿Se interesaba Usted por la situación política argentina
en ese momento?
Sepp Maier: Los sucesos se emitían todo el tiempo por televisión.
Se habla continuamente sobre personas desaparecidas. Antes del Mundial,
la cuestión de si participaríamos o no era tema principal en los
medios. También en Alemania era un problema.
DW-WORLD: "Queremos viajar a Argentina a jugar al fútbol", dijo
entonces el Presidente de la Liga Alemana de Fútbol (DFB), Hermann
Neuberger. ¿Justifica Usted esta declaración?
Sepp Maier: Sí, comprendo el motivo de esta declaración. También
para mí, en mi fase activa, lo más importante era jugar al fútbol.
Los intereses políticos de otros países me importaban bastante poco.
DW-WORLD: ¿Y qué le pareció la actitud de Amnesty, al querer aprovechar
la popularidad de los jugadores para atraer la atención hacia los
nefastos sucesos en Argentina?
Sepp Maier: No nos pareció correcto cancelar nuestra participación
en el Mundial. Por supuesto que tales organizaciones siempre utilizan
eventos como ese para inflar la cuestión. Ciertamente, lo que pasó
en Argentina durante la dictadura es algo terrible, pero también
se habrían podido denuncia los hechos mucho antes. Videla era presidente
del régimen hacía dos años. No siempre hay que utilizar un campeonato
internacional y al fútbol para sacar a luz estas cosas y ponerlas
en primer plano. No me parece bien. Los políticos, y no los deportistas,
son los responsables de concientizar acerca de tales problemas.
DW-WORLD: ¿Con qué sensación viajó a la Argentina?
Sepp Maier: Nos sentimos muy seguros. Al llegar al aeropuerto nos
esperaban las filas del ejército y había escorta policial. Claro
que era bastante oprimente ver a los militares haciendo guardia
con ametralladoras en el aeropuerto, pero en nuestro campo de entrenamiento
en las afueras de Córdoba, todo estaba tranquilo. El lugar era hermoso.
Allí nadie notaba que hubiese una dictadura. Jugamos dos veces en
Buenos Aires, en la apertura, y luego contra Italia. Todo eso fue
también de lo más normal.
DW-WORLD: ¿Comentaban los jugadores sobre la situación política?
Sepp Maier: Antes de volar para Buenos Aires habíamos hablado de
ello. Incluso habíamos pensado negar el apretón de manos a Videla.
Pero no lo hicimos porque Neuberger dijo que no se podía hacer algo
así en público. Lo que hicimos fue apretarle muy fuerte la mano,
para que le doliera al llegar al número once. Eso era realmente
todo lo que podíamos hacer.
Fuente: www.diariodelfutbol.com.ar

Mea
culpa del seleccionado argentino
Imagen que recorrió el mundo entero, "El abrazo del alma"
Osvaldo Ardiles, reconocería años más tarde: "... Duele saber que
fuimos un elemento de distracción para el pueblo mientras se cometían
atrocidades, fuimos utilizados como propaganda por parte de los
militares, pero también servimos como bálsamo para mucha gente oprimida
que pudo volver a salir a la calle envuelta en una bandera argentina
...".
"El Gran Capitán", Daniel Alberto Passarella, fue otro de los que
realizó un análisis de la situación que se vivía en el país en aquel
entonces: "... El Mundial del '78 sostuvo el régimen, tapó todo
...".
Otro jugador de aquel seleccionado campeón del mundo, "el pato" Fillol, reconoció: "... Yo personalmente ignoraba todo, como la mayoría de los muchachos. Nosotros nos empezamos a enterar de las cosas que pasaban en el país después del Mundial. No había difusión, porque manejaban todo los militares en ese entonces. Después se fueron destapando algunas cosas hasta que cayó el gobierno, pero no sabíamos nada ...".
Por otro lado, Hugo Orlando Gatti, quien a último momento quedó afuera del seleccionado nacional, declaró: "... Todos los gobiernos usaron al fútbol para tapar la mierda. Los peronistas, los militares y también los radicales. No está mal... Yo lo miro desde mi lado ...".
78
-
En la noche del centro, la multitud. Banderas, bocinas,
cánticos. En una esquina, se encuentran dos hombres.
Dos años sin verse. Los dos cambiados. Estás igual,
se mienten. Lo que compartieron, se acuerdan. No necesitan
decírselo. Los dos piensan que el otro había sido chupado.
Tampoco lo dicen. Alrededor, la fiesta popular. La emoción
de los dos, la misma. Dura poco. Si los dos están vivos,
el otro puede ser un delator. Los dos, apurados, vuelven
a perderse en la multitud. Ninguno imagina que el otro
se salvó de milagro. Los dos, ahora, cada uno por su
lado, se dan vuelta para ver si el otro lo sigue. (Guillermo Saccomanno, 2008) |
El que no desconocía lo acontecido esos años era César Luis Menotti:
"... Sabía de la represión, de la persecución a compañeros... La
desaparición de militantes siempre existió. Lo que desconocía de
la dictadura ejercida por la Junta Militar era la magnitud y la
locura de la represión. Esto lo supe después, cuando se terminó
de descubrir todo el desastre ...".
Leopoldo Jacinto Luque, pone especial énfasis en la defensa del
plantel: "... Me da bronca que se le quite el mérito a Menotti,
porque ni él ni nosotros tuvimos la culpa de que el Mundial se desarrollara
en pleno proceso militar...¿A quién no le hubiera gustado jugar
y salir campeón mundial con un gobierno democrático?...El Mundial
lo ganaron Menotti y los jugadores, no los militares. Yo tiraba
paredes con Kempes y Bertoni, no con la Junta...".
Otro de los integrantes del plantel dueño de casa que hizo un "mea
culpa", fue Ricardo Julio Villa: "... Asumo mi responsabilidad individual,
era un boludo que no veía nada más allá de la pelota. Lamentablemente,
uno se acostumbra a todo. En la concentración teníamos que dejar
el auto a cien metros y después nos encontrábamos con dos controles
del Ejército que nos palpaban y revisaban los bolsos. A la noche,
veíamos a los centinelas y escuchábamos tiros. Nos usaron para tapar
las desapariciones de personas que pensaban distinto. Me siento
engañado... A nosotros nos daban la pelota, jugábamos y no pensábamos
en nada más... por eso es que no me siento partícipe ni cómplice
de los militares...y estoy convencido totalmente de que me hubiera
gustado luchar para que la Argentina se diera cuenta de lo que pasaba
".

Mundial
78, una excusa para ser felices
Por Pablo Aro Geraldes
Esta es la versión en español del artículo publicado en París por
la revista France Football, cuando se cumplieron 25 años de la primera
Copa del Mundo ganada por la selección Argentina, conducida por
César Luis Menotti.
Afuera habían quedado Carlos Bianchi y Osvaldo Piazza. También nombres
como Rubén Ayala, Enrique Wolff, Carlos Babington o Ricardo Bochini,
enormes talentos del fútbol argentino. Y en el camino quedó el sueño
de un chico de 17 años que muy pronto iba a tener el mundo a sus
pies: Diego Maradona. Es que cuando el almanaque dejó caer la página
de 1977, César Luis Menotti se encontró con un extraño "problema":
tenía talento de sobra.
Pero para llegar al
montaje de aquel equipo campeón necesitó cuatro años de trabajo
artesanal, moldeando esa materia prima de calidad que supone el
jugador argentino.
Tras un nuevo fracaso en Alemania 74 y con el 78 en la mira, la
Asociación del Fútbol Argentino (AFA) le confirió a Menotti el mando
de la selección nacional. La consigna era clara: con el mundial
en casa, no había espacio para un papelón. Las desprolijidades del
pasado no debían repetirse: equipos armados de apuro, entrenadores
sin respaldo de los dirigentes, clubes que negaban sus jugadores
y estrellas que escapaban de la selección. "La gente estaba aburrida
de ver como se juntaban jugadores a último momento y se iba a un
mundial a perder, sin hacer nada destacable", recuerda Menotti.
"La selección no había mostrado en los mundiales el nivel real del
futbolista argentino. A partir del 78 marcamos un camino que convenció
a los dirigentes y los hinchas. Hoy a ningún club le negaría un
jugador a la selección", explica.
Los datosBrasil hizo 4.659 kilómetros; Argentina, 618: Curioso dato, y más teniendo en cuenta que Brasil era el enemigo a batir por los argentinos y las enormes distancias del país organizador. Coca Cola, patrocinador: Desembolsó 8 millones de dólares para patrocinar el Mundial. Se marcaron 102 goles: La media del torneo fue de 2,68 goles por partido. Hubo tres goles en propia puerta y 64 futbolistas festejaron al menos un gol durante el torneo. Más de millón y medio de espectadores: Las gradas de los seis estadios que albergaron partidos acogieron a 1.610.200 personas, a una media de 42.374. La final se jugó en el campo de River Plate en pleno invierno local ante 71.483 espectadores. Brandts, a favor y en contra: El holandés fue, ante Italia, el primero en marcar en su meta y la rival en un mismo choque. Su equipo ganó 2-1. |
-La Argentina es una constante cantera de exportación, ¿cómo compensó
el talento que se marchaba a Europa?
-Se habían ido Bianchi, Ayala.... no tenía jugadores en el país.
Entonces empezamos a buscar nuevos nombres en el fútbol de las provincias
y rescatar la identificación con la gente; no solamente en Buenos
Aires como fue históricamente. Eso fortificó el vínculo.
El fútbol argentino se nutrió siempre de jugadores bonaerenses,
de Córdoba, Santa Fe y las provincias que las rodean. Otras están
marginadas del mapa futbolístico. No tienen ligas competitivas de
buen nivel, pero su suelo también es fértil, sólo hacía falta cosechar
sus frutos. Menotti armó selecciones provinciales de los que surgieron
Ardiles, Villa, Galván y Oviedo, entre otros.
-¿Cómo definió la lista de 22 teniendo abundancia de buenos jugadores?
-Hubo partidos muy importantes ante Francia, Inglaterra, Brasil,
Alemania, Yugoslavia, Uruguay... Me dieron la posibilidad de medir
los jugadores pensando en el Mundial. Quería armar un equipo y trabajar
toda la semana y no esperar a que bajen de un avión directamente
para competir. Esto lo podía hacer Holanda, ya que los jugadores
están a dos horas de vuelo para reunirlos y hacía 5 años que se
conocían. Yo tuve que dejar afuera a grandes jugadores que estaban
en Europa. Preferí tener a mis jugadores en el país porque, a excepción
de Kempes que era un fuera de serie, no había grandes diferencias.
-¿Cuál era la idea futbolística?
-Cada país tiene su identidad y ella marca un estilo. El fútbol
es la búsqueda de la eficacia y uno tiene que preguntarse ¿desde
qué lugar voy a ser eficaz? Si tengo que plantear un partido ante
Holanda o Alemania, ¿podemos imponer nuestra fuerza? No. ¿Nuestra
velocidad? Tampoco. ¿De qué manera puedo armar un equipo eficaz?
Defendiendo nuestra identidad. El argentino es un fútbol que se
exige permanentemente tener la cabeza abierta para ser visitada
por la inspiración. Si no, no somos competitivos. Eso nos pasó el
año pasado en Japón: impusimos vértigo y velocidad pero no había
espacio para la inspiración.
-Kempes, Ardiles, Luque, Houseman eran jugadores a los que la inspiración
los visitaba muy seguido. ¿Cómo se logró el equilibrio en un equipo
en el que prevalecía la habilidad a la fuerza?
-Un equipo es una idea; después el convencimiento del jugador, creer
que con esa idea se puede triunfar. Y luego el compromiso para defenderla.
Y mi idea era respetar la identidad del fútbol argentino: no jugamos
igual que un uruguayo, aunque estamos a 60 kilómetros. Ni como un
brasileño o un paraguayo. Por lo tanto, modificar la identidad y
pretender hacer un jugador alemán de un argentino, terminamos que
nunca va a ser alemán, pero tampoco va a ser argentino. Va a hacer
cosas que no sabe. Es como pedirle a un alemán que juegue como un
brasileño. Pero hay futbolistas que a través de su identidad rompen
las fronteras, como Zidane, que podría haber nacido en cualquier
barrio de Buenos Aires. Lo mismo que Passarella podría haber nacido
en Alemania.
DE
ESPALDA AL PALCO OFICIAL
El 24 de marzo de 1976 los militares arrebataron el poder a la presidenta
María Estela Martínez, la viuda de Perón. Ese día la selección estaba
de gira en Polonia y la noticia del golpe causó impacto. "Al volver
presenté mi renuncia –cuenta Menotti– pero los militares no quisieron
echarlo ni a Cantilo (NDLR: presidente de la AFA) ni a mi, porque
tenían miedo. Se jugaban mucho con el mundial y no sabían cómo manejar
el fútbol, porque eso no se arregla con armas. Se lo dejaron a los
clubes, que eran quienes sabían organizar la Copa. Ellos me apoyaron".
El Mundial 78 se acercaba y 25 millones de argentinos esperaban
mostrar al mundo que ese fútbol proveedor de habilidad a los rincones
más remotos del planeta, podía confirmar su prestigio quedándose
con el trofeo mayor.
Pero al mismo tiempo, un puñado de militares diseñaba su estrategia
propagandística. En Europa (principalmente en Holanda y Francia)
denunciaban las violaciones a los derechos humanos y hasta llegaban
a proponer un "boicot a la Copa del mundo entre campos de concentración".
Mientras miles de argentinos sufrían torturas, desapariciones y
muertes, la inmensa mayoría esperaba con ansiedad la que la dictadura
llamaba "la fiesta de todos". ¿Negaban la realidad? No, porque los
medios de comunicación locales, mitad por censura y mitad por complicidad
con los genocidas, pintaban una realidad ficticia. El discurso oficial
hablaba de una "campaña anti-Argentina" organizada por el comunismo.
Y los militares conocían la ideología de izquierda que defendía
Menotti.
-¿Recibió presiones militares por su pensamiento?
-Cantilo contó que muchas veces me quisieron echar pero él no lo
aceptó, porque había asumido un compromiso. A mi me había designado
el gobierno peronista, no la dictadura.
-Veinticinco años después se sigue vinculando al Mundial con la
dictadura, ¿le molesta?
-No, lo que sí me molesta es que los medios de comunicación cómplices
de la dictadura la saquen de contexto para relacionarla con él fútbol.
El Mundial no lo hice yo ni los jugadores, remarcar eso es una actitud
cobarde. Si queremos hablar de política, primero tenemos que ver
por qué aparecen los golpes de estado, a quién representan: no lo
hacen cuatro militares locos que toman un fusil. Un golpe necesita
muchas complicidades, las que primero usan al neoliberalismo de
derecha; cuando éste se agota recurre a los militares, y después
se infiltra en la democracia... Es muy bueno tener memoria, si queremos
debatir analicemos por qué Argentina tuvo a Aramburu (dictadura
1955/58), por qué Onganía (dictadura 1966/70), por qué Videla y
los que lo siguieron (dictadura 1976/83) y por qué Menem (presidente
democrático 1989/99, de signo neoliberal). Relacionar el Mundial
78 con la dictadura es una postura cómoda, porque si en el último
minuto la pelota de Rensenbrink entraba, ¿qué iban a decir? Es minimizar
las luchas de los pueblos, como cuando se discute de Cuba: vamos
a tener puntos de coincidencia y otros no, pero sacar del contexto
una discusión de ideas porque fusilaron a tres, es como decir que
el general San Martín (héroe de la independencia argentina) era
un tirano porque tuvo que matar a muchos españoles. Los análisis
cayeron en la facilidad de recordar a la dictadura a través de la
Copa del Mundo. A mi no me hace falta el mundial para recordar la
dictadura. La recuerdo porque a mis amigos los torturaban por pensar
distinto, los encarcelaban y combatían a la izquierda de una manera
criminal...
El
análisis de Menotti es compartido por la mayoría de los campeones
del 78. Ricardo Villa reflexiona: "Sí, la dictadura nos usó para
su propaganda, pero los jugadores no fuimos cómplices de ese juego
político porque vivíamos engañados". El arquero Ubaldo Fillol también
desconocía la realidad: "Sólo sabíamos lo que decían los diarios
argentinos. Pero ninguno de los jugadores torturó ni mató; al contrario,
le dimos una alegría al pueblo".
Leopoldo Luque, autor del segundo gol ante Francia, confiesa que
sufrió mucho por la vinculación de esa selección a la dictadura:
"Cuando hacía un gol, el pase me lo daba Bertoni o Kempes, no Videla",
destaca. Y Houseman es terminante: "No sabía qué pasaba en el país.
Hoy que lo sé, me da asco. Le di la mano a Videla; ahora preferiría
cortármela".
Otro tema recurrente es el 6-0 ante Perú que llevó a la Argentina
a la final. Se habló de un arreglo entre dictaduras, pero todos
lo desmintieron. Cuando Villa, en el final de su carrera, jugó en
el Fort Lauderdale de Estados Unidos y fue compañero de Teófilo
Cubillas. El astro peruano le juró que "en ese match no hubo nada
raro".
"Meses antes del Mundial le habíamos hecho tres goles en Lima",
recuerda Menotti y explica: "Argentina manejó la pelota a su antojo,
al punto que el entrenador casi pierde el puesto. Después le ganamos
en Buenos Aires. Perú llegaba a ese partido muy castigado físicamente,
destrozado: había jugadores como Manso o Velásquez que no podían
moverse. Aguantaron 15 minutos, pero a los 20 había una diferencia
enorme. Y las 60.000 personas intimidaban. Nos propusimos hacer
dos goles en el primer tiempo: si se daban, el complemento sería
favorable para hacer otros dos más. No era imposible, para nada...".
-Menotti, ¿para quién jugaba esa selección? ¿Para los militares
o para el pueblo?
-Esa era la consigna: entremos a la cancha de espaldas al palco
y miremos dónde está nuestra gente: ahí, en la tribuna, está papá,
los amigos, los vecinos y todas aquellas personas que sienten el
fútbol. Pensando en ellos teníamos que mantener la dignidad de nuestro
juego. No podíamos traicionarnos, tirar la pelota afuera... El equipo
que no abusó de su condición de local, partiendo de un profundo
respeto hacia el espectáculo.
"EL TÍTULO NO TIENE DEMASIADA IMPORTANCIA"
A
veces las vivencias son tan fuertes que se fijan permanentemente
en la memoria. Pero otras, la intensidad de los momentos vividos
nunca puede ser igualada por el recuerdo.
-¿Cuáles son la imágenes del Mundial que le vuelven a la mente?
-No tengo un archivo emocional. Disfruto el fútbol partido a partido.
Sí recuerdo los momentos, pero dentro de la cancha no se disfruta
como lo hace el hincha. Uno se pierde la euforia de la gente, la
alegría, de eso se da cuenta con el tiempo.
-¿El Mundial marcó su vida?
-Para mí, el título no tiene demasiada importancia, es un partido
que se gana. Sí la tiene el match con Holanda.
-¿Era su equipo modelo?
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Cuando
la pelota se manchó de sangre
[Primer premio DeporTEA]
El triste rol de la pasión más popular en la dictadura de 1976
Una serie de hechos
futbolísticos fue utilizada por el Estado para paliar el impacto
del inicio del último proceso militar. Un encuentro de River por
la Copa Libertadores, un partido amistoso de la Selección y la ratificación
del país como organizador del Mundial sirvieron como excusa para
desviar la atención de la cruenta realidad argentina.
"En el estadio vacío el partido está por comenzar. Los jugadores
empiezan a sentir cómo baja de las tribunas desiertas el aliento
de las hinchadas. Son 30 mil voces que no paran de alentar."
(Claudio Morresi, Secretario de Deporte de la Nación, en homenaje
a su hermano desaparecido el 23 de abril de 1976)
Los
gritos de gol ahogaron los gritos de dolor de los torturados. Los
cantos en las gradas silenciaron los alaridos de los desaparecidos.
El fútbol fue un instrumento del que se aferró la dictadura que
tomó el poder en marzo de 1976 para apartar a la población de la
angustiosa verdad. Fue una cortina inmóvil que por momentos empañó
la visión del país. En los mismos instantes en que River y la Selección
ganaban sus partidos y la Argentina era confirmada como organizadora
del Mundial ‘78, el terrorismo de Estado llevaba a cabo el golpe
militar más sangriento de la historia argentina. El desafío más
importante de una Nación, el de asegurar la libertad de sus habitantes,
se despedazaba por completo ante el brutal accionar de las Fuerzas
Armadas.
La noche anterior Menos de mil metros separaban el Estadio Monumental
del mayor centro de torturas de la dictadura militar, la Escuela
de Mecánica de la Armada (ESMA). El martes 23 de marzo River enfrentó
en su cancha a Deportivo Portuguesa de Venezuela por la Copa Libertadores,
con transmisión de Canal 7. La alegría de la parcialidad millonaria
por los goles de José Omar Reinaldi y el triunfo por 2-1 se mezcló
con las sensaciones de un pueblo entero que intuía que algo estaba
a punto de suceder. Las maniobras de los jefes militares así lo
indicaban. La hediondez que se percibía en el ambiente así lo denotaba.
No fue necesario llegar a la medianoche para corroborar los presagios.
Cerca de las 23.30, Edgardo Mesa, periodista de Canal 13, comunicó
que el gobierno de María Estela Martínez de Perón sería derrocado
de un momento a otro. Una hora después, la Presidenta de la Nación
abordó un helicóptero con supuesto destino a Olivos, pero fue engañada
y finalmente trasladada y detenida en la estancia El Messidor, en
Neuquén.
Era el principio del fin.
El Golpe lo dio River, fue el título con el que un medio gráfico
encabezó al día siguiente la crónica del partido. Una asociación
que provoca rechazo, un juego de palabras que causa repugnancia,
mucho más cerca del cinismo que de la ironía. Además de la manipulación
del gobierno ejercida sobre los medios de comunicación y la complicidad
de éstos, había que soportar la burla y la humillación. A continuación,
el diario escribió en la bajada: "Anoche, en el estadio Monumental,
River Plate dio su propio ‘golpe’ en el grupo 1 de la Copa Libertadores
de América al vencer 2-1 a Deportivo Portuguesa".
El
precepto
A pesar de los tibios rayos de sol que acompañaron la mañana del
miércoles 24 de marzo, aquel día se erigía como el más negro de
la historia argentina. La Junta ya estaba en el poder y tenía el
control de la situación. Minutos antes de las 11, los militares
prestaron juramento en el edificio Libertador. Poco después, al
mismo tiempo que las Fuerzas Armadas se encargaban de esparcir el
pánico y recluir multitudes, las gacetillas iban llegando a las
radios, diarios y canales. Como primera medida, quedaban suprimidos
todos los espectáculos, transmisiones y programas de televisión.
No obstante, el locutor oficial, Juan Mentesena, daba a conocer
el más llamativo de los comunicados, el número 23: "Se ha exceptuado
de la propagación programada para el día de la fecha el partido
de fútbol que sostendrán las selecciones de Argentina y Polonia".
En la jornada que cambió el rumbo del país, uno de los días más
trascendentes del siglo veinte para la Nación, se transmitiría en
cadena un partido amistoso de la Selección en Europa. La orden que
recibió el periodista Enrique Macaya Márquez, comentarista de aquel
encuentro, fue terminante: "Sólo dedicate a decir los nombres de
los jugadores".
El pretexto
A 10 mil kilómetros de donde ocurrían los violentos sucesos, en
la apacible ciudad polaca de Chorzow, el equipo conducido por César
Luis Menotti descansaba para el encuentro. El conjunto argentino
se hallaba en medio de una gira por el viejo continente, preparatoria
para el Mundial. El sábado 20 de marzo había derrotado a la Unión
Soviética en Kiev y, además del partido del día 24, aún le restaban
tres compromisos: ante Hungría, en Budapest el sábado 27; frente
a Hertha, en Berlín el lunes 29, y contra Sevilla en la ciudad homónima
el miércoles 10 de abril.
La noticia del golpe cruzó el Atlántico. La Selección recibió la
información de boca del relator José María Muñoz, quien se comunicó
primeramente con el presidente de la delegación, Pedro Orgambide.
Sus palabras tuvieron toda la intención de aplacar al dirigente:
"Por suerte no hay derramamiento de sangre ni desgracias personales".
Las
certezas acerca de cómo sucedieron las cosas en Polonia llegan hasta
ese instante. Se sabe quién fue el portavoz, pero hay distintas
versiones respecto de cuándo los jugadores se enteraron de lo ocurrido,
y de cómo reaccionó el grupo ante la noticia. Marcelo Trobbiani,
volante de aquel equipo, manifestó hace unos años: "Recuerdo que
estábamos en el hotel y faltaban tres o cuatro horas para el partido
amistoso contra Polonia. (Mario) Kempes nos contó que en la Argentina
había un golpe. Enseguida fue el desconcierto general. No podíamos
creer lo que estaba pasando. Analizamos la posibilidad de no jugar
pero faltaba muy poco para empezar el partido y ya había gente en
la cancha. Después, el Flaco (Menotti) nos reunió y nos pidió que
nos tranquilizáramos.
Además de la preocupación por el golpe militar también temíamos
que hubiera sido violento y que corriera sangre (...) El sentimiento
fue horrible durante el trayecto en micro y en el vestuario. Después
empezó el partido y hasta que terminó nos olvidamos un poco. Recuerdo
que ganamos y que jugamos bien, pero no importaba nada. Ni bien
el árbitro pitó el final les preguntamos a los periodistas si tenían
alguna novedad y yo pude comunicarme con mi familia".
Uno de los delanteros de aquella Selección, Leopoldo Jacinto Luque,
reveló tiempo atrás: "Nos enteramos del golpe recién a la noche,
después del partido. Me acuerdo que el Gordo Muñoz nos dio la noticia
a la hora de los postres, cuando estábamos todos festejando el triunfo
a los gritos.
Ganar dos partidos seguidos en Europa para nosotros era algo totalmente
inusual (...) La mayoría no estábamos tan metidos en el tema. Yo
no soy hipócrita y digo lo que nos pasaba a casi todos ahí: cuando
uno es exitoso y le va bien, no mira mucho para los costados".
Hay una imagen que coincide tanto en el recuerdo de Trobbiani como
en el de Luque: el llanto desconsolado de Mario Alberto Kempes,
quien sería la gran figura del Mundial 1978.
Más allá de las diferencias, de si los jugadores ingresaron a la
cancha con conocimiento del golpe o no y de las sensaciones experimentadas
por los futbolistas, el partido se jugó y lo ganó Argentina por
21, con tantos de Héctor Scotta y René Houseman. Al día siguiente,
el triunfo de la Selección acompañó en la portada de todos los diarios
a laasunción de la Junta Militar.
La estrategia
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Cuando
la noche del deplorable día asomaba, la Junta realizó su primera
reunión. El almirante Emilio Eduardo Massera les hizo ver al teniente
general y jefe de Estado, Jorge Rafael Videla, y al jefe de la Fuerza
Aérea, Orlando Ramón Agosti, la necesidad de confirmar la organización
del Campeonato Mundial de Fútbol. La decisión de la cúpula mayor
terminó siendo unánime. El Mundial se hacía a toda costa. El papel
que cumplió Carlos Alberto Lacoste, ministro de Acción Social y
hombre fuerte del deporte durante la dictadura, fue clave para que
la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) recibiera la aprobación
del brasileño Joao Havelange, presidente de la Federación Internacional
de Fútbol Asociado (FIFA), quien por esos días aconsejó con fría
inescrupulosidad: "No se preocupen por la política de Argentina,
preocúpense por su fútbol".
El domingo 28 arribó al país una comitiva de la FIFA comandada por
el ex SS nazi Hermann Neuberger. Las operaciones avanzaban y las
maniobras militares se multiplicaban. Entre los principales procedimientos,
se decidió a las pocas horas que las cuentas de la AFA en el Banco
Central fueran bloqueadas. El Mundial tuvo finalmente un presupuesto
de 700 millones de dólares, cuando los cálculos financieros realizados
tiempo atrás preveían un costo de 100 millones.
El primero de los objetivos de la dictadura se había cumplido. La
obra más espantosa de la política argentina había conseguido la
puesta en escena que deseaba. Eligió los actores, montó la escenografía
y escribió el guión. La trama era conocida por pocos; el final,
sólo por los creadores. Lo que se escondía detrás del telón era
difícil de ocultar, imposible de callar: 30 mil voces reclamando
libertad.
Un osado escribiría un año después: "El primer aniversario de esta
Junta Militar ha motivado un balance de la acción de gobierno en
documentos y discursos oficiales, donde lo que ustedes llaman aciertos
son errores, los que reconocen como errores son crímenes y los que
omiten son calamidades (...) Quince mil desaparecidos, diez mil
presos, cuatro mil muertos, decenas de miles de desterrados son
la cifra desnuda de ese terror. Colmadas las cárceles ordinarias,
crearon ustedes en las principales guarniciones del país virtuales
campos de concentración donde no entra ningún juez, abogado, periodista,
observador internacional. El secreto militar de los procedimientos0’,
invocado como necesidad de la investigación, convierte a la mayoría
de las detenciones en secuestros que permiten la tortura sin límite
y el fusilamiento sin juicio (...) Éstas son las reflexiones que
en el primer aniversario de su infausto gobierno he querido hacer
llegar a los miembros de esa Junta, sin esperanza de ser escuchado,
con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí
hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles".
Ese audaz fue el periodista y escritor Rodolfo Walsh, asesinado
el 25 de marzo de 1977, un día después de la difusión de su carta
dirigida a la Junta Militar. Llegó demasiado lejos. Había traspasado
el telón.

Sobrevivir
para contarlo
Por Mario Wainfeld
Dilemáticas, todas, son las decisiones de la víctima en el campo de
concentración. Enigmas prácticos y éticos, sin respuesta satisfactoria: “maldito
si lo haces y maldito si no lo haces”. Así lo cifra Mario Villani, quien lo supo
durante años y, tras una profunda elaboración, lo relata. Lo más saliente del
libro Desaparecido, Historia de un cautiverio es el logrado afán de comprender,
de evitar los juicios maniqueos, de transitar las “zonas grises”. Hay decenas de
ejemplos en Desaparecido... todos en situaciones límite, por decirlo de algún
modo. Tomemos una, acaso no la más terrible. Villani cuenta cómo vivió la final
del Mundial de Fútbol, junto a sus carceleros: “Estábamos gritando goles sin
saber si nuestro nombre ya estaba en una lista para morir (...) era la
culminación de lo que yo llamo el doble mensaje enloquecedor de los sitios
clandestinos de detención, un mensaje también instalado en la sociedad, afuera
de los campos”. Villani no se extasía, no endilga culpas, casi no repara en su
individualidad. “De ahí que me sea tan difícil hoy reflexionar sobre lo que
significó aquella situación en el Mundial y entender o condenar la actitud de
los secuestrados que celebraban un gol en el campo y la de las personas que lo
hacían afuera, estando en libertad. No recuerdo con certeza si yo mismo no grité
los goles en el campo y me puse contento, tal vez lo hice”. Más adelante añade:
“Tampoco las personas que estaban en los estadios eran libres. El país entero
era una extensión del campo de concentración”. Villani predica con el ejemplo:
lo importante es entender, no juzgar.
Lejos del estigma, del simplismo, de las
divisiones binarias, Villani se obstinó primero por sobrevivir, después por
contar y testimoniar, tanto como por darle un sentido a su experiencia.
Cualquier adjetivo es banal referido a las circunstancias que atravesó,
también suenan huecos para describir a su libro. Recomendarlo a los lectores
de este diario es lo más directo, lo más cercano a un mensaje que uno
encuentra.
La saga de los sobrevivientes fue tremenda, en muchos casos prolongando el
calvario mediante castigos de prójimos cercanos o lejanos y hasta con alguno
autoinflingido. La culpa por haber quedado vivo, la sospecha, aun entre sus
compañeros, cuando “reaparecieron”, los miedos perdurables, la defraudación
de los gobiernos democráticos. Tomó tiempo que sus voces fueran escuchadas,
que su relato fuera atendido. Muchas defecciones políticas tiraron al tiesto
sus testimonios ante la Justicia, durante demasiados años. Progresivamente,
sin embargo, su palabra sirvió para que se conocieran y comprendieran los
campos de detención, la dictadura, la sociedad toda, como en el ejemplo del
Mundial. También, en la determinante esfera judicial, para identificar a los
represores. La sentencia en la megacausa de la ESMA consagra un gran momento
de esas trayectorias. Lilia Ferreyra, la noble y profunda compañera de
Rodolfo Walsh, lo destacó ese mismo día. Y, con todo, si no se hubiera
llegado a ese punto, de cualquier forma el aporte a la democracia de los
sobrevivientes sería fenomenal.
Villani es un tipo flaco, preciso en el hablar, dotado de un humor lacónico.
Un observador notable. Ha leído a Primo Levi, también el indispensable libro
de otra sobreviviente, Pilar Calveiro: Poder y desaparición. Los campos de
concentración en la Argentina. Pretencioso (tal vez ocioso) y superior a las
competencias de este cronista es hacer un ranking, el libro de Villani y
Fernando Reati honra a esos precedentes, los continúa, los enriquece.
Calveiro escribió: “(...) toda defensa de la propia memoria contra el
reformateo del campo, toda burla, todo engaño fueron formas de resistencia a
su poder. Tratar de sobrevivir sin ‘entregarse’, sin dejarse arrasar era ya
un primer acto de resistencia que se oponía al mecanismo arrasador y
succionador”. Y agrega que una obsesión de los sobrevivientes era que
“alguien debía salir con vida, alguien debía sobrevivir para contar y
testimoniar”. Villani se consagró a esa misión: fatigó tribunales en nuestro
país y en Europa, concibió un mensaje que debe ser escuchado y divulgado.
Azares de la vida hicieron que Villani conociera a Reati, preso de la
dictadura él, en Estados Unidos. Redactaron este libro a cuatro manos,
puliendo entrevistas de Reati a Villani, pasándolas a un relato en primera
persona. Reati define el valor del testimonio, se vale de un aparente
oxímoron: “deberíamos hablar de ‘verdad subjetiva’ porque se trata de la
subjetividad de un individuo de carne y hueso que alude a una verdad
histórica de la que fue testigo directo”. Y redondea, inmejorable: “El hecho
de haber estado en los campos no le concede necesariamente mayor validez a
la interpretación de Villani (...) es su elaboración posterior, a lo largo
de años, lo que le presta valor”.
Conocí personalmente a los dos autores en una entrevista radial que les
hicimos, junto a la colega Nora Veiras. Les agradecí su libro, su humanismo
y comprensión, la grandeza de su verdad subjetiva. Vuelvo a hacerlo acá.
28/11/11 Página|12
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