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EL PSICOANÁLISIS DE NIÑOS
PREFACIO A LA PRIMERA EDICIÓN
Este libro se basa en las observaciones que he podido hacer en el curso de mi
trabajo psicoanalítico con niños. Mi plan originario fue dedicar la primera
parte a la descripción de la técnica elaborada por mi, y la segunda, a la
exposición de las conclusiones teóricas a las que la práctica me había llevado
gradualmente y que parecen, ahora, a su vez, adecuadas para fundamentar la
técnica que empleo. Pero mientras escribía este libro -trabajo de varios años-,
la segunda parte desbordó sus limites. Además de mi experiencia en análisis de
niños, las observaciones realizadas durante el análisis de adultos me condujeron
a aplicar mis puntos de vista concernientes a los primeros estadíos de
desarrollo del niño también a la psicología del adulto, y he llegado a ciertas
conclusiones que expondré más adelante en estas páginas como una contribución a
la teoría general psicoanalítica de estos primeros estadíos del desarrollo del
individuo.
Esta contribución se basa en un todo en los conocimientos que Freud nos
transmitió. Aplicando sus descubrimientos logré ganar acceso a la mente de niños
pequeños y pude así analizarlos y curarlos. Procediendo así, además, pude hacer
aquellas observaciones directas sobre los procesos tempranos del desarrollo que
me han conducido a las conclusiones teóricas presentes. Estas conclusiones
contienen una corroboración completa del conocimiento alcanzado por Freud en el
análisis de adultos y son un intento de ampliar este conocimiento en una o dos
direcciones.
Si este intento tiene éxito, y si este libro agrega realmente unas pocas piedras
más al creciente edificio del conocimiento psicoanalítico, debo mi primer
agradecimiento a Freud mismo, que no sólo hizo surgir este edificio y colocó las
bases que permitirían su futuro crecimiento, sino que siempre dirigió nuestra
atención hacia aquellos puntos sobre los que se podía seguir trabajando.
Quisiera luego mencionar lo que debo a mis dos maestros, doctor Sandor Ferenczi
y doctor Karl Abraham, quienes me ayudaron a llevar adelante mi trabajo.
Ferenczi fue el primero que me introdujo en el psicoanálisis. También me hizo
comprender su verdadera esencia y significado. Su fuerte y directa comprensión
del inconsciente y del simbolismo y su notable "rapport" con la mente infantil
tuvieron una duradera influencia en mi comprensión de la psicología del niño
pequeño. También me señaló mi aptitud para el análisis de niños, por cuyo
progreso tomó un interés personal, alentándome a dedicarme a este campo de la
terapia analítica, tan poco explorado hasta entonces. Más aun, hizo cuanto pudo
para apoyarme en mis primeros esfuerzos. Es a él a quien debo mis primeros pasos
en mi trabajo de analista.
En el doctor Abraham tuve la gran fortuna de encontrar un segundo maestro, que
tenía la facultad de inspirar a sus alumnos para que pusieran lo mejor de sí
mismos al servicio del psicoanálisis. Para él, el progreso de esta ciencia
depende del esfuerzo individual de cada psicoanalista, del valor de su obra
tanto como de la calidad de su carácter y del nivel de sus conquistas
científicas. Estos altos ideales ya estaban en mí cuando con este libro de
psicoanálisis intenté pagar parte de la gran deuda que tengo con esta ciencia.
Abraham comprendía totalmente las grandes posibilidades teóricas y prácticas del
análisis de niños. En el primer congreso de psicoanalistas alemanes en Würzburg,
en 1924, Abraham, al resumir el relato que leí sobre "Una neurosis obsesiva en
un niño", dijo palabras que nunca olvidaré: "El futuro del psicoanálisis reside
en la técnica del juego". Mi estudio de la mente de niños pequeños me llevó a
ciertas comprobaciones que resultaron extrañas a primera vista, pero la
confianza en mi obra manifestada por Abraham me alentó a continuar. Mis
conclusiones teóricas son un desarrollo natural de sus propios descubrimientos,
como espero que lo demuestre este libro.
En los últimos años mi trabajo ha recibido un sincero estímulo del doctor Ernest
Jones. En una época en que el análisis de niños estaba aún en sus comienzos, él
previó la importancia que tendría en el futuro. Fue por invitación suya que di
mi primer curso de conferencias en Londres (1925), como huésped de la Sociedad
Psicoanalítica Inglesa, y estas conferencias fueron el punto de partida de la
primera parte de este libro (un segundo curso de conferencias, titulado
"Psicología del adulto vista a la luz del psicoanálisis de niños", pronunciado
en Londres en 1927, constituye la base de la segunda parte). La convicción
profunda con que Jones abogó en favor del análisis de niños abrió el camino para
este campo de investigación en Inglaterra. Jones mismo hizo importantes
contribuciones al problema de las primeras situaciones de ansiedad, al
significado de las tendencias agresivas en los sentimientos de culpa y al
conocimiento de los estadíos primeros del desarrollo sexual femenino. Las
conclusiones a las que llega coinciden con las mías en los puntos fundamentales.
Querría agradecer aquí también a otros colaboradores ingleses por su comprensión
amplia y su apoyo afectuoso a mi obra. Mi amiga M. N. Searl, cuyas opiniones y
trabajos concuerdan con los míos, prestó servicios perdurables, pues propulsó el
análisis de niños en Inglaterra, tanto desde el punto de vista teórico como
práctico, y contribuyó a la formación de analistas de niños. Debo también
agradecimiento a la señora Strachey por su bien lograda traducción de este
libro, y a ella y al señor James Strachey por sus observaciones y sugerencias,
que me estimularon en la composición del mismo. Agradezco también al Dr. Edward
Glover el interés cálido y mantenido que mostró por mi trabajo y la ayuda que su
crítica comprensiva me ha prestado. Me fue especialmente útil en la
puntualización de los hechos en los que mis conclusiones coincidían con las
teorías psicoanalíticas ya aceptadas.
Tengo también una profunda deuda de gratitud hacia mi amiga Joan Riviere, por su
interés activo en mi trabajo y por haber estado siempre dispuesta a ayudarme en
todo sentido.
Por último, pero no por eso menos grande, mi agradecimiento afectuoso a mi hija,
Dra. Melitta Schmideberg, por su dedicada y valiosa ayuda en la preparación de
este libro.
Melanie Klein
Londres, julio de 1932.
PREFACIO A LA TERCERA EDICION
En los años transcurridos desde que se publicó este libro he llegado a nuevas
conclusiones -relacionadas principalmente con el primer año de vida- que
condujeron a una elaboración de ciertas hipótesis esenciales expuestas en él. El
objetivo de este Prefacio es dar una idea de la naturaleza de esas
modificaciones. Las hipótesis a que me refiero pueden enunciarse así: en los
primeros meses de vida los niños pasan por estados de ansiedad persecutoria
vinculados con la "fase de sadismo máximo"; los niños pequeños también
experimentan sentimientos de culpa por sus impulsos y fantasías de destrucción
dirigidos contra su objeto primario (es decir, contra su madre y, en primer
lugar, contra el pecho materno); de estos sentimientos de culpa surge la
tendencia a reparar el objeto dañado.
Mientras me esforzaba por trazar un cuadro más completo de ese período, descubrí
que era imprescindible introducir ciertos cambios en cuanto al énfasis y en
cuanto a las relaciones cronológicas. De este modo llegué a diferenciar dos
fases principales en los primeros 6-8 meses de vida, fases que denominé
"posición paranoide" y "posición depresiva". (Elegí el término "posición"
porque, aunque los fenómenos considerados ocurren en primer lugar durante los
estadíos tempranos del desarrollo, no son exclusivos de esos estadíos:
constituyen agrupamientos específicos de ansiedades y defensas que aparecen y
reaparecen durante los primeros años de la niñez.)
La posición paranoide, que es el estadío en que predominan los impulsos
destructivos y las ansiedades persecutorias, se extiende desde el nacimiento
hasta el tercero, el cuarto o incluso el quinto mes. Esto obliga a alterar la
cronología de la fase de apogeo del sadismo, pero no supone ninguna modificación
en mi punto de vista sobre la estrecha interacción del sadismo y la ansiedad
persecutoria cuando ambos están en su apogeo.
La posición depresiva, que sigue a la anterior y está vinculada con importantes
etapas del desarrollo yoico, se establece a mediados del primer año. En este
estadío los impulsos y fantasías sádicos, así como la ansiedad persecutoria, se
debilitan. El niño introyecta el objeto como un todo y simultáneamente se vuelve
capaz, en cierta medida, de sintetizar tanto los diversos aspectos del objeto
como las emociones que éste le inspira. El amor y el odio se aproximan más en su
mente; surge entonces la ansiedad relacionada con el daño o la destrucción del
objeto, tanto interno como externo. Los sentimientos depresivos y la culpa dan
origen al impulso de preservar o hacer revivir el objeto amado, ofreciendo así
una reparación por los impulsos y fantasías destructivos.
El concepto de posición depresiva no sólo lleva a un cambio en la cronología de
las fases tempranas del desarrollo; también aumenta nuestro conocimiento de la
vida emocional de los niños pequeños, y por lo tanto afecta vitalmente nuestra
comprensión del desarrollo infantil en su totalidad.
El concepto también arroja nueva luz sobre las primeras etapas del complejo de
Edipo. Sigo creyendo que éste surge hacía la mitad del primer año. Pero, puesto
que ya no sostengo que el sadismo se encuentre entonces en su apogeo, concedo
otra importancia al comienzo de las relaciones emocionales y sexuales con ambos
padres. Por lo tanto, así como en ciertos pasajes (véase el cap. 8) sugerí que
el complejo de Edipo comienza bajo el dominio del sadismo y el odio, hoy diría
que el niño se vuelve hacia su segundo objeto -el padre- con sentimientos de
amor y de odio a la vez. (En los caps. 9, 10 y 12, sin embargo, consideré estas
cuestiones desde otro punto de vista, adoptando una posición que no difiere
mucho de la actual.) Creo que los sentimientos depresivos originados en el temor
de perder a la madre amada -en su cualidad de objeto externo e interno- obran
como un importante incentivo de los deseos edípicos tempranos. Esto significa
que en la actualidad correlaciono las primeras etapas del complejo de Edipo con
la posición depresiva.
Hay también en este libro cierto número de enunciados que, teniendo en cuenta mi
labor de los últimos dieciséis años, formularía quizá de otro modo. Pero esa
reformulación no supondría ningún cambio esencial en las conclusiones a que en
él se arriba. Porque el libro, tal como está, representa en lo fundamental mis
opiniones de hoy. Por lo demás, la parte más reciente de mi obra deriva en forma
orgánica de las hipótesis aquí expuestas: por ejemplo, las que se refieren a los
procesos de introyección y proyección que operan desde el comienzo de la vida; a
los objetos internalizados a partir de los cuales se desarrolla, con el correr
de los años, el superyó en todos sus aspectos; a la relación con los objetos
externos e internos, que interactúa desde la más temprana infancia con el
desarrollo del superyó y con las relaciones objetales, en los que influye
grandemente; al temprano conocimiento del complejo de Edipo; a las ansiedades
infantiles de naturaleza psicótica, que proporcionan puntos de fijación a la
psicosis. Además, la técnica del juego -que comencé a aplicar en 1922 y 1923 y
que describí en este libro- en lo esencial mantiene su vigencia; ha sido objeto
de elaboración pero no ha sufrido cambios como consecuencia de la evolución
posterior de mi obra.
Londres, mayo de 1948 M.K.
INTRODUCCIÓN
Los comienzos del análisis de niños se remontan a más de dos décadas, cuando
Freud mismo realizó el análisis de Juanito. Este primer análisis de un niño fue
de gran importancia teórica desde dos puntos de vista. El éxito obtenido en el
caso de un niño menor de 5 años mostró que el psicoanálisis podía ser aplicado a
los niños pequeños, y, lo que es más importante aun, se pudo demostrar
ampliamente, por medio del contacto directo con el niño, la hasta entonces muy
discutida existencia de aquellas tendencias instintivas infantiles que Freud
había descubierto en el adulto. Además, los resultados obtenidos permitieron
abrigar la esperanza de que futuros análisis de niños pequeños podrían
proporcionarnos un conocimiento más profundo y más exacto de su psicología que
el que nos había proporcionado el análisis de adultos, contribuyendo así con
importantes y fundamentales aportes a la teoría psicoanalítica. Pero esta
esperanza no llegó a realizarse por un largo tiempo. Durante muchos años, el
análisis de niños continuó siendo una región relativamente inexplorada dentro
del dominio del psicoanálisis, ya sea considerado como ciencia o como
terapéutica. Aunque varios analistas, especialmente la Dra. H. Hug Hellmuth,
emprendieron desde entonces el análisis de niños, no se establecieron reglas
fijas en lo que respecta a su técnica o su aplicación. Esta es, sin duda, la
razón por la cual las grandes posibilidades prácticas y teóricas del análisis de
niños no han podido ser apreciadas generalmente y por la que aquellos aspectos y
principios fundamentales del psicoanálisis adoptados desde hacia mucho tiempo en
casos de adultos no fueron establecidos y probados en lo referente a niños.
Es tan solo en los últimos doce o trece años, que se ha realizado un trabajo de
más importancia en el campo del análisis de niños. Este ha seguido dos líneas
fundamentales del desarrollo: una representada por Ana Freud; la otra, por mí.
Los hallazgos de Ana Freud en lo que respecta al yo del niño, la han guiado a
modificar la técnica clásica, elaborando su método de análisis de niños que
están en el período de latencia independientemente de mis procedimientos. Sus
conclusiones teóricas difieren de las mías en varios puntos fundamentales. En su
opinión, los niños no desarrollan una neurosis de transferencia, faltando así
una condición fundamental del tratamiento analítico. Además, piensa que un
método similar al del adulto no puede ser aplicado a los niños, porque el
superyó infantil es aún demasiado débil.
Estas opiniones difieren de las mías. Mis observaciones me han enseñado que los
niños pueden hacer muy bien una neurosis de transferencia y que una situación de
transferencia surge igual que en los casos de adultos, siempre que empleemos un
método equivalente al del análisis del adulto, es decir, que evitemos toda
medida educacional y que analicemos ampliamente los impulsos negativos dirigidos
hacia el analista. También me han enseñado que en niños de cualquier edad es
difícil mitigar la severidad del superyó, aun realizando análisis profundos.
Además, sin recurrir a medios educativos, el análisis no sólo no debilita el yo
del niño, sino que en realidad lo fortalece.
Sería sin duda una tarea interesante comparar estos dos procedimientos en
detalle y, refiriéndose a los datos experimentales, valorarlos desde un punto de
vista teórico. Pero me limitaré en estas páginas a exponer mi técnica y las
conclusiones teóricas a las que he llegado. En la actualidad es relativamente
poco lo que se conoce de análisis de niños, y la primer tarea será la de
esclarecer el problema desde diferentes ángulos y reunir los resultados
obtenidos hasta hoy.
Parte I
TÉCNICA DEL ANÁLISIS DEL NIÑO
1. FUNDAMENTOS PSICOLÓGICOS DEL ANÁLISIS DEL NIÑO
Los hallazgos del psicoanálisis han conducido a la creación de una nueva
psicología del niño. Nos han enseñado que los niños, aun en los primeros años,
no sólo experimentan impulsos sexuales y ansiedad, sino que sufren también
grandes desilusiones. Ha desaparecido la creencia en el "paraíso de la
infancia", y la creencia en la asexualidad del niño. Los análisis de adultos y
observaciones realizadas directamente en niños nos han conducido a estas
conclusiones, que se han confirmado y ampliado mediante el análisis de niños de
corta edad.
Tracemos primeramente, por medio de ejemplos, un cuadro de la mente infantil tal
como se nos presenta en los análisis tempranos. Mi paciente Rita, que contaba 2
años y 9 meses al comenzar el tratamiento, tenía una marcada preferencia por su
madre hasta el final de su primer año. Manifestó después un gran afecto por su
padre y simultáneamente celos de su madre. Por ejemplo, cuando tenía 15 meses,
repetidas veces expresaba el deseo de permanecer sola con su padre, en su
cuarto, sentada en sus rodillas y mirando libros con él. A los l8 meses cambió
nuevamente su actitud y su madre fue su favorita una vez más. Al mismo tiempo
comenzó a sufrir terrores nocturnos y miedo a los animales. La fuerte fijación a
su madre fue en aumento y desarrolló una intensa aversión por su padre. Al
comenzar su tercer año se hizo cada vez más ambivalente y difícil de manejar,
hasta que, finalmente, a los 2 años y 9 meses, me la trajeron para ser
analizada. En esta época tenía una marcada neurosis obsesiva. Evidenciaba
ceremoniales obsesivos y alternaba entre una exagerada "bondad", acompañada de
sentimientos de remordimiento, y una incontrolable "maldad". Tenía crisis de
paratimia que presentaban todos los síntomas de depresión melancólica; además
sufría una fuerte ansiedad, creciente inhibición en el juego, una incapacidad
total para soportar ninguna clase de frustración y una excesiva disposición
quejumbrosa. Estas dificultades hacían que la niña fuese casi imposible de
manejar.
El caso de Rita muestra claramente que el pavor nocturno, cuando aparece a esta
edad, 18 meses, es una elaboración neurótica del complejo de Edipo. Sus crisis
de ansiedad y rabia, que resultaron de ser una repetición de sus terrores
nocturnos, así como sus otras dificultades, estaban íntimamente ligadas a
fuertes sentimientos de culpa surgidos de ese temprano conflicto.
Consideraremos ahora el contenido y las causas de estos tempranos sentimientos
de culpa refiriéndonos a otro caso.
Trude, de 3 años y 9 meses, acostumbraba repetidamente a fingir durante el
análisis que era de noche y que ambas dormíamos. Entonces venía quedamente hacia
mi desde el rincón opuesto al mío (y el que se suponía fuese su propio
dormitorio) y me amenazaba de varios modos, tales como acuchillarme en la
garganta, tirarme por la ventana, quemarme, hacerme prender por la policía, etc.
Quería atarme las manos y pies o levantaba la alfombra, diciendo que hacía
"Po-Kaki-Kuki". Esto significaba que quería buscar dentro del trasero de su
madre a "kakis" (heces), que para ella significaban niños. En otra ocasión quiso
pegarme en el estómago, diciendo que sacaría mis "a-as" (heces) y me haría
pobre. Entonces tomaba los almohadones, los que repetidamente significaban niños
para ella, y se ponía en cuclillas con ellos detrás del sofá. Manifestaba allí
todos los síntomas del miedo, tapándose, chupándose los dedos y mojándose. Este
proceso lo repetía en forma completa cada vez que me atacaba. Correspondía en
todos sus detalles con su comportamiento en la cama cuando no teniendo todavía 2
años fue presa de graves terrores nocturnos. En esta época también corría al
dormitorio de sus padres durante la noche una y otra vez, sin poder expresar
nunca lo que quería. El análisis mostró que el mojarse y el ensuciarse eran
agresiones contra sus padres en coito, y de este modo suprimió el síntoma. Trude
quería robar los niños del vientre de su madre embarazada, matarla y ocupar su
lugar en el coito con el padre. Fueron estos impulsos de odio y agresión los que
en ese segundo año originaron una fuerte fijación en la madre y un sentimiento
de culpa, que se expresaba, entre otros modos, con sus terrores nocturnos. Así
vemos que la temprana ansiedad y los sentimientos de culpa de un niño se
originan en los impulsos agresivos relacionados con el conflicto edípico, En la
época en que Trude mostraba la conducta así descripta, acostumbraba a herirse a
sí misma de algún modo, casi siempre antes de venir a su hora de análisis.
Resultó que los objetos contra los que se pegaba -alacena, mesa, chimenea, etc.-
significaban, de acuerdo a un proceso primitivo e infantil de identificación, su
padre o su madre, castigándola.
El juego de los niños nos permite extraer conclusiones definidas sobre el origen
de este sentimiento de culpa en los primeros años.
Volviendo a nuestro primer caso, encontramos que en su segundo año era visible
en Rita el remordimiento que sentía frente al más pequeño error que cometía y su
hipersensibilidad a los reproches. Por ejemplo, una vez rompió a llorar porque
su padre, riéndose, amenazó al oso de su libro de figuras. El miedo al disgusto
de su padre era bastante para que se identificase ella misma con el oso. Su
inhibición de juego provenía también de su sentimiento de culpa. Cuando tenía
sólo 2 años y 3 meses solía jugar con su muñeca -un juego que le proporcionaba
muy poco placer- diciendo repetidas veces que ella no era su madre. El análisis
mostró, entre otras cosas, que el bebé de juguete representaba para ella el
hermano que deseó robar del vientre de la madre embarazada, y esto no le daba
derecho a representar el papel de madre.
Esta prohibición, sin embargo, no se originaba en la madre real, sino en otra
introyectada por ella y que la trataba con una severidad y crueldad que la
verdadera madre nunca había usado. Otro síntoma que se desarrolló en Rita a los
2 años fue de carácter obsesivo y consistía en un largo ritual antes de dormir.
El punto principal de éste era que tenía que estar bien arrebujada con la ropa
de cama, porque si no "el ratón o Butzen" entraría por la ventana y le sacaría
su Butzen de un mordisco. Su muñeca también debía estar arropada, y este doble
ceremonial se hacia cada vez más elaborado y duraba más tiempo, y se ejecutaba
con todos los signos de esa actitud compulsiva que ocupaba totalmente su mente.
En una ocasión, durante una sesión de análisis, puso el elefante al lado de la
cama de su muñeca como para evitar que ésta se levantara y fuera al cuarto de
sus padres y "les hiciera algo o les sacara algo a ellos". El elefante (imago
del padre) había tomado el papel de sus padres introyectados, cuya influencia
prohibitiva había sentido desde que, entre la edad de 1 año y 3 meses y los 2
años, deseó ocupar el lugar de su madre junto al padre, robarle los niños de su
interior y dañar y castrar a ambos padres. El significado del ceremonial se hizo
entonces claro: el estar arropada en la cama le impedía levantarse y ejecutar
los deseos agresivos contra sus padres. Sin embargo, desde que ella esperaba ser
castigada por aquellos deseos mediante un ataque similar sobre ella hecho por
sus padres, el arrebujarse servía también de defensa contra tales ataques.
Las agresiones iban a ser realizadas, por ejemplo, por el Butzen (el pene de su
padre), el cual dañaría los genitales de la niña y le arrancaría su propio
Butzen de un mordisco como castigo a su deseo de castrar al padre. En estos
juegos solía castigar a su muñeca y luego dar curso a una crisis de rabia y
miedo, demostrando así que ella misma realizaba los dos papeles: el de la
autoridad que inflige castigo y el del niño castigado.
Es evidente, también, que esta ansiedad era causada no solamente por los padres
verdaderos, sino también, y más especialmente, por la excesivamente severa
imagen introyectada de sus padres. Esto corresponde a lo que llamamos superyó en
los adultos. Los signos típicos del complejo de Edipo, los cuales están más
pronunciados cuando éste ha alcanzado su fuerza máxima y preceden inmediatamente
a su declinación, son sólo el estadío final de un proceso que se ha estado
realizando durante años. Los análisis tempranos muestran que el conflicto de
Edipo se hace presente en la segunda mitad del primer año de vida, y que al
mismo tiempo el niño comienza a modificarlo y a construir su superyó.
Aceptando que niños aun de muy corta edad viven bajo el peso de sentimientos de
culpa, tenemos, por lo menos, una buena manera de enfocar su análisis, aunque
parezcan faltar muchas condiciones que favorezcan el éxito de éste. La relación
con la realidad es débil; aparentemente no hay ningún atractivo que los lleve a
soportar las pruebas de un análisis, ya que, por regla general, no se sienten
enfermos; y finalmente, y lo más importante, todavía no pueden ofrecer en grado
suficiente aquellas asociaciones verbales que son el instrumento fundamental en
el tratamiento analítico de adultos.
Comencemos con esta última objeción. Fueron justamente las diferencias entre la
mente infantil y la del adulto las que me revelaron, desde el principio, el modo
de llegar a las asociaciones del niño y comprender su inconsciente. Estas
características especiales de la psicología infantil han suministrado las bases
de la técnica del "análisis del juego" que he elaborado. El niño expresa sus
fantasías, sus deseos y experiencias de un modo simbólico por medio de juguetes
y juegos. Al hacerlo, utiliza los mismos medios de expresión arcaicos,
filogenéticos, el mismo lenguaje que nos es familiar en los sueños y sólo
comprenderemos totalmente este lenguaje si nos acercamos a él como Freud nos ha
enseñado a acercarnos al lenguaje de los sueños. El simbolismo es sólo una parte
de dicho lenguaje. Si deseamos comprender correctamente el juego del niño en
relación con su conducta total durante la hora del análisis, debemos no sólo
desentrañar el significado de cada símbolo separadamente, por claros que ellos
sean, sino tener en cuenta todos los mecanismos y formas de representación
usados en el trabajo onírico, sin perder de vista jamás la relación de cada
factor con la situación total. El análisis de niños muestra repetidamente los
diferentes significados que pueden tener un simple juguete o un fragmento de
juego, y sólo comprendemos su significado si conocemos su conexión adicional y
la situación analítica global en la que se ha producido. La muñeca de Rita, por
ejemplo, representará a veces un pene; a veces, un niño que ella ha robado a su
madre, y a veces la representará a ella misma. Sólo se obtendrá un resultado
analítico completo si tomamos estos elementos de juego en su verdadera conexión
con los sentimientos de culpa del niño, interpretándolos hasta en su menor
detalle. El caleidoscópico cuadro, a menudo sin sentido, que muestra el niño
durante una hora de análisis, esto es, el contenido de sus juegos, el modo como
juega, los medios que utiliza (porque a menudo asignará a sus juguetes o a él
mismo diferentes papeles) y los motivos que se ocultan tras un cambio de juego
-el porqué no jugará más con agua y cortará papel o dibujará-, todos estos
hechos siguen un plan cuyo significado captaremos si los interpretamos como se
interpretan los sueños. Muy a menudo los niños expresan en sus juegos lo mismo
que acaban de contarnos en un sueño, y nos darán asociaciones del sueño en el
juego consecutivo. Porque el juego es el mejor medio de expresión del niño.
Empleando la técnica de juego vemos pronto que el niño proporciona tantas
asociaciones a los elementos separados de su juego como los adultos a los
elementos separados de sus sueños. Cada uno de estos elementos del juego son
indicación para el observador experimentado, ya que, jugando, el niño habla y
dice toda clase de cosas que tienen el valor de asociaciones genuinas.
Es asombroso cómo las interpretaciones son fácilmente aceptadas por el niño y a
veces con marcado placer. La razón de esto reside, sin duda, en el hecho de que
la relación entre los estratos inconscientes y conscientes de su mente es aún
comparativamente accesible y, de tal modo, el camino de regreso al inconsciente
es más fácil de encontrar. Los efectos de la interpretación son a menudo
rápidos, aun cuando a veces no parecen haberse hecho conscientes. Estos efectos
se manifiestan en la forma en que el niño reanuda un juego interrumpido a
consecuencia de una inhibición y lo cambia o amplía evidenciando estratos más
profundos de su mente. Y como la ansiedad ha quedado de este modo resuelta y el
placer del juego restaurado, la relación analítica también se afianza
nuevamente. La interpretación aumenta el placer del niño en el juego, haciendo
innecesario el gasto de energía que tenía que hacer con el objeto de mantener la
represión. Por otra parte, a veces chocamos con resistencias difíciles de
vencer. Esto, por lo general, significa que nos estamos enfrentando con la
ansiedad y sentimiento de culpa del niño, que pertenecen a capas más profundas
de su mente.
Las formas arcaicas y simbólicas de representación empleadas por el niño están
asociadas a otro mecanismo primitivo. En sus juegos actúa en lugar de hablar. La
acción, que es más primitiva que el pensamiento o la palabra, constituye la
parte más importante de su conducta. En su Historia de una neurosis infantil,
Freud dice: "El análisis de un niño neurótico parecerá más digno de confianza,
pero no puede ser muy rico en material -demasiadas palabras y pensamientos deben
ser prestados al niño, y aun así los más profundos estratos de su mente pueden
resultar impenetrables a la conciencia".
Si nos acercamos al niño con la técnica de análisis del adulto, es casi seguro
que no penetraremos en los niveles más profundos, y sin embargo, el éxito y el
valor, en el análisis de niños como en el de adultos, dependen de que lo
consigamos. Pero si consideramos las diferencias que existen entre la psicología
del niño y la del adulto -el hecho de que su inconsciente está en más estrecho
contacto con lo consciente y que sus impulsos primitivos trabajan paralelamente
a procesos mentales sumamente complicados- y si podemos captar correctamente los
modos de pensamiento y expresión característicos del niño, entonces
desaparecerán los inconvenientes y desventajas y encontraremos que podemos
esperar que el análisis del niño llegue a ser tan profundo y extensivo como el
del adulto. Y en realidad aun más. Porque el niño puede recobrar y mostrarnos de
un modo directo ciertas experiencias y fijaciones que el adulto puede a menudo
sólo producir como reconstrucciones.
En mi comunicación leída en el Congreso de Salzburgo en 1924 dije que detrás de
toda forma de actividad de juego yace un proceso de descarga de fantasías de
masturbación, operando en la forma de un continuo impulso a jugar; y este
proceso, que actúa como una compulsión de repetición, constituye el mecanismo
fundamental del juego infantil y de todas las sublimaciones subsiguientes, y que
las inhibiciones en el juego y en el trabajo surgen de una represión fuerte e
indebida de aquellas fantasías y, con ellas, de toda la vida imaginativa del
niño. Las experiencias sexuales del niño están enlazadas con sus fantasías
masturbatorias y por medio del juego logran representación y abreacción. En
estas repetidas experiencias, el primer plano y el fundamental en los análisis
tempranos lo ocupa la representación de la escena primaria. Por regla general,
es sólo después de haber realizado una buena parte del análisis y después que la
escena primaria y las tendencias genitales del niño han sido, en cierto modo,
puestas al descubierto que llegamos a las representaciones de sus experiencias y
fantasías pregenitales.
Por ejemplo, Ruth, de 4 años y 3 meses, había sido, cuando lactante,
insuficientemente alimentada porque su madre no tenía bastante leche. En sus
juegos conmigo solía llamar a la canilla del agua "canilla de la leche". Cuando
el agua se iba por los agujeros de la pileta ella decía que la leche iba a las
"bocas", pero que les llegaba muy poca cantidad. Mostraba sus deseos orales
insatisfechos en numerosos juegos e imaginaciones y en toda su actitud mental.
Decía, por ejemplo, que era pobre, que sólo tenía un tapado, que no le daban
bastante alimento, etc., todo lo cual era absolutamente falso.
En el caso de Erna, una paciente obsesiva de 6 años, las impresiones recibidas
durante su aprendizaje de limpieza desempeñaron un importante papel en su
neurosis y durante el análisis esto se vio con todo detalle. Por ejemplo, sentó
a una muñequita sobre un ladrillo y la hizo defecar frente a una hilera de
muñecas que la admiraban. Luego repitió el mismo tema, pero esta vez debiendo
ser nosotras las que representábamos los papeles. Yo tenía que ser el bebé que
se ensuciaba y ella la madre. Admiraba y mimaba al bebé por lo que había hecho.
Luego se enojaba y bruscamente representaba el papel de una severa institutriz
que maltrataba al niño. En esta escena me demostraba lo que ella había sentido
en su primera infancia cuando comenzó el aprendizaje de "bebé" y creyó que había
perdido el excesivo amor de que había gozado en sus primeros meses de vida.
En un análisis de niños difícilmente sobreestimaremos la importancia de las
fantasías y acciones como producto de la compulsión de repetición. Por supuesto
que el niño pequeño utiliza especialmente la acción, pero aun el de mayor edad
recurre constantemente a este mecanismo primitivo. El placer que consigue de
esta manera suministra el estímulo necesario para continuar el análisis. Pero
este placer no debe ser otra cosa que un medio para llegar a un fin.
Cuando el análisis ha comenzado, y cierta dosis de ansiedad del pequeño paciente
ha sido resuelta por medio de la interpretación, él experimenta, a veces,
después de unas pocas sesiones, un gran alivio, que le ayudará a continuar con
el trabajo. Hasta entonces le faltaba el incentivo para analizarse, mientras que
ahora comprende el uso y valor de este procedimiento y adquiere una comprensión
similar a la del adulto, que será un motivo suficientemente eficaz para
analizarse, como lo es en el adulto la conciencia de enfermedad.
La capacidad que el niño tiene para comprender la situación certifica de su
parte su sorprendente dosis de contacto con la realidad. Es éste un punto que
merece más amplia discusión. A medida que prosigue el trabajo analítico, vemos
que la relación del niño con la realidad, débil al principio, gana gradualmente
en plenitud y en fuerza. Por ejemplo, el pequeño comenzará a distinguir entre su
madre verdadera y la imaginaria o entre su hermano real y el de juguete.
Insistirá en que él quiso hacer esto o lo otro únicamente al hermano de juguete,
pero que quiere mucho a su hermano real. Sólo después de haber vencido poderosas
y obstinadas resistencias, será capaz de ver que sus actos agresivos eran
dirigidos al objeto real humano. Pero cuando llegue a comprender este punto, por
pequeño que sea el niño, habrá dado un paso importante hacia su adaptación a la
realidad.
En lo que se refiere a las relaciones del niño pequeño con la realidad, me
referiré una vez más a Trude, mi pequeña paciente de 3 años y 9 meses. Después
de una sola hora de análisis conmigo se fue con su madre al extranjero por seis
meses. Pasado ese tiempo su análisis fue reanudado. Sólo en una ocasión dijo
algo de las cosas que había visto y hecho durante ese viaje cuando, algún tiempo
más tarde, me contó este sueño: "Ella y su madre estaban nuevamente en Italia en
cierto restaurante que ella conocía, y la camarera no le daba jarabe de
frambuesa porque no había más". La interpretación de este sueño mostró, entre
otras cosas, que no había superado el desagrado que le causó la privación del
pecho de su madre, así como su envidia de su hermana menor. Mientras me refería
todos los acontecimientos diarios aparentemente sin importancia y repetidas
veces aludía a pequeños detalles de su primera hora de análisis, que había
ocurrido 6 meses antes, del único modo en que ella mostró el más pequeño interés
por su viaje fue en esta alusión -surgida de su situación analítica- a la
frustración que había sufrido en su infancia.
Los niños neuróticos no pueden tolerar bien la realidad debido a su incapacidad
de aceptar frustraciones. Buscan protegerse de la realidad, negándola. Pero lo
más importante y decisivo para su futura adaptabilidad a la realidad es la mayor
o menor facilidad con que toleran estas frustraciones surgidas de la situación
edípica.
Aun en los niños pequeños, un rechazo excesivo de la realidad (a menudo
disfrazado bajo una aparente forma de docilidad y adaptabilidad) constituye un
indicio de neurosis que difiere sólo en su forma de expresión de la fuga
neurótica del adulto frente a la realidad. Por esta razón uno de los resultados
de los análisis tempranos es capacitar al niño para adaptarse a la realidad. Si
esto se logra, disminuirán las dificultades educativas, porque será capaz de
tolerar las frustraciones impuestas por la realidad.
Creo haber mostrado que en el análisis de los niños el enfoque debe ser algo
distinto del que corresponde al análisis de adultos. Tomando el camino mas corto
posible, a través del yo, nos dirigimos en primera instancia al inconsciente del
niño, y de aquí, gradualmente, nos ponemos también en contacto con su yo. El
análisis ayuda mucho a fortificar el yo, hasta ahora débil, del niño y ayuda a
su desarrollo, aliviando el peso excesivo de su superyó, que presiona sobre él
mas severamente que sobre el yo del adulto.
Ya he hablado del rápido efecto de la interpretación en el niño, efecto que se
manifiesta de diferentes modos: la expansión de sus juegos, el afianzamiento de
la transferencia, la disminución de la ansiedad, etc. Sin embargo, durante algún
tiempo no parece elaborar conscientemente tales interpretaciones. He encontrado
que este trabajo se realiza mas tarde, en conexión con el desarrollo de su yo y
el aumento de su adaptación a la realidad. El proceso de esclarecimiento sexual
sigue el mismo curso. Durante mucho tiempo el análisis suministra sólo material
relacionado con las teorías sexuales y fantasías de nacimiento. Sólo ofrece
conocimientos gradualmente al remover las resistencias inconscientes que luchan
contra él. Por eso el total esclarecimiento sexual, así como la total adaptación
a la realidad, es uno de los resultados de un análisis terminado. Sin esto no
puede decirse que un análisis ha terminado con éxito.
De la misma manera que el modo de expresión es diferente en el niño, también es
diferente la situación analítica global. Y sin embargo, para ambos, niño y
adulto, los principios fundamentales del análisis son los mismos. Interpretación
acertada, constante resolución de las resistencias, permanente referencia de la
transferencia a las situaciones primeras, ya sea ésta positiva o negativa, todo
esto crea y mantiene una correcta situación analítica en el niño no menos que en
el adulto. Una condición necesaria para llegar a estos resultados es el
abstenerse de toda influencia educacional tanto como en los análisis de adultos.
Se debe trabajar con su transferencia igual que en los análisis de adultos.
Entonces se verá que los síntomas y dificultades del niño son llevados a la
situación analítica del mismo modo. Sus síntomas anteriores o las dificultades o
"travesuras" que les corresponden resurgirán nuevamente. Por ejemplo, comenzará
nuevamente a mojarse en la cama; o, en ciertas situaciones que repiten alguna
anterior, comenzará a hablar como un niño de 1 ó 2 años, aunque en ese momento
tenga 3 ó 4.
Viendo que los niños toman y asimilan los nuevos conocimientos de una manera
inconsciente en la mayor parte, no se les exigirá, por esta razón, que cambien
inmediatamente su punto de vista en relación con sus padres. Este cambio, al
principio, será mas bien un cambio de sentimientos. Según mi experiencia, el
conocimiento dado de este modo gradual ha sido siempre un gran alivio para el
niño y ha mejorado mucho las relaciones con sus padres, de modo que se hace mas
adaptable socialmente y mas fácil de educar. Habiendo moderado las exigencias de
su superyó por medio del análisis, su yo, ahora menos oprimido y por
consiguiente más fuerte, es capaz de llevarlas a la práctica con mas facilidad.
Cuando el análisis continúa, los niños se hacen capaces de sustituir procesos de
represión por un rechazo crítico.
Esto se ve con especial claridad en los estadíos posteriores del análisis,
cuando se alejan tanto de los impulsos sádicos que anteriormente le dominaban y
a cuya interpretación se opusieron con la mayor resistencia, que finalmente
hasta pueden reírse o bromear sobre la idea de que quisieron comer a su mamita o
cortarla en pedacitos. La disminución del sentimiento de culpa que acompaña
estos cambios permite también que se sublimen los deseos sádicos que
anteriormente fueron reprimidos por completo. Esto surge al desaparecer las
inhibiciones de juego y de trabajo y en la aparición de un número de actividades
e intereses nuevos.
En este capítulo he tomado como punto de partida mi técnica del análisis
temprano porque es el sostén de los métodos analíticos que he adoptado para los
niños de todas las edades. He encontrado necesario usar la misma técnica en los
niños mayores, ya que las características mentales de los niños pequeños a
menudo persisten con bastante vigor en los mayores.
Por otro lado, claro está, el yo del niño mayor está mas completamente
desarrollado, de modo que la técnica tiene que sufrir ciertas modificaciones
cuando sea aplicada a niños en período de latencia o en la pubertad. Este tema
será tratado mas adelante con especial atención, de modo que no me detendré
sobre él aquí. La técnica modificada se aproximará mas al análisis temprano o al
análisis de adultos según la edad del niño y el carácter especial del caso.
En términos generales, me guío en la elección del método analítico, para todos
los períodos de la infancia, por las siguientes consideraciones principales. Los
niños y los jóvenes sufren una ansiedad mas aguda que el adulto y, por
consiguiente, debemos ganar acceso a su ansiedad y a su sentimiento de culpa
inconsciente y establecer la situación analítica tan rápidamente como sea
posible. En los niños pequeños esta ansiedad generalmente encuentra escape en
las crisis de ansiedad; en el período de latencia se manifiesta más a menudo
bajo la forma de desconfianza y reserva, mientras que en la edad intensamente
emotiva de la pubertad conduce a una aguda liberación de ansiedad que se expresa
de acuerdo con el yo mas desarrollado del niño, bajo forma de una frecuente
resistencia obstinada y violenta que puede provocar fácilmente la interrupción
del análisis. Mi experiencia me ha enseñado que el modo de resolver algo esta
ansiedad rápidamente en los niños de todas las edades, es el tratar inmediata y
sistemáticamente la transferencia negativa. Con el objeto de ganar acceso a las
fantasías y al inconsciente del niño, debemos dirigir nuestra atención a
aquellos métodos de representación simbólica indirecta que se emplean en cada
edad. Una vez que la imaginación del niño se ha hecho mas libre como
consecuencia de su ansiedad disminuida, no sólo hemos ganado acceso a su
inconsciente, sino que también hemos puesto en movimiento, en mayor grado, los
medios de que dispone para la representación de sus fantasías. Y esto es válido
aun en aquellos casos en los que tenemos que comenzar con un material en el que
parece haber una carencia total de imaginación.
En conclusión, desearía resumir brevemente lo que he dicho en este capítulo. La
naturaleza más primitiva de la mente del niño hizo necesario encontrar una
técnica analítica más adaptada a él, y la hemos encontrado en la técnica de
juego. Mediante el análisis del juego tenemos acceso a las fijaciones y
experiencias más profundamente reprimidas del niño, y estamos así en condiciones
de ejercer una influencia radical sobre su desarrollo. La diferencia entre
nuestros métodos de análisis y del análisis del adulto es puramente de técnica y
no de principios. El análisis de juego permite el análisis de la situación de
transferencia y de resistencia, la supresión de la amnesia infantil y de los
efectos de la represión así como el descubrimiento de la escena primaria. Por lo
tanto, no sólo nos ajustamos a las mismas normas del método analítico para
adultos, sino que llegamos también a los mismos resultados. La única diferencia
reside en que adaptamos sus procedimientos a la mente del niño.
2. LA TÉCNICA DEL ANÁLISIS TEMPRANO
En el primer capítulo de este libro he tratado de mostrar, por una parte, cuáles
son aquellos mecanismos psicológicos que operan en el niño pequeño, distintos de
los que hemos analizado en los adultos, y, por otra parte, el paralelo que
existe entre los dos. He explicado que son estas diferencias y estas similitudes
las que exigen una técnica especial y las que me han llevado a desarrollar mi
método de análisis del juego.
En mi habitación para análisis, sobre una mesa baja, hay pequeños juguetes de
tipo primitivo: muñecos y muñecas de madera, carros, carruajes, automóviles,
trenes, animales, cubos y casas, y también papel, tijeras y lápices. Aun el niño
comúnmente inhibido en el juego mirará por lo menos los juguetes, o los tocará,
permitiéndome pronto vislumbrar algo de su vida compleja, ya sea por el modo
cómo comienza a jugar con ellos, o los deja de lado, o por su actitud general
frente a ellos.
Para tener una clara idea de los principios fundamentales de la técnica de juego
nos referiremos a un caso real. Pedro, niño de 3 años y 9 meses, era muy difícil
de manejar. Estaba fuertemente fijado en su madre y era muy ambivalente. Incapaz
de tolerar frustraciones, completamente inhibido en su juego, daba la impresión
de ser una criatura extremadamente tímida, plañidera y poco varonil. A veces su
comportamiento era agresivo y prepotente, llevándose mal con los otros niños y
especialmente con su hermano menor. Se intentó analizarlo principalmente como
una medida profiláctica, ya que en su familia habían habido algunos casos de
neurosis graves. Pero durante el curso del análisis descubrí que él también
sufría de una neurosis tan grave y de un grado tal de inhibición que,
probablemente, no hubiera sido capaz de enfrentar las dificultades de la vida
escolar, y tarde o temprano se hubiera enfermado.
Al comenzar su primera hora, Pedro tomó los carruajes y coches de juguete y los
colocó, primero, uno detrás del otro, y luego, uno al lado del otro, alternando
este arreglo varias veces. Tomó también un carro y un caballo y los hizo chocar
uno contra otro de modo que las patas del caballo se golpearon, y dijo: "Tengo
un nuevo hermanito que se llama Fritz." Le pregunté qué hacían los carruajes y
contestó "que eso no estaba bien". Cesó de golpearlos, aunque comenzó nuevamente
al poco tiempo. Golpeó luego dos caballos del mismo modo y yo dije: "Mira, los
caballos son dos personas chocando." Al principio contestó que eso no estaba
bien, pero aceptó luego que eran dos personas chocando y agregó: "Los caballos
también han chocado y ahora se van a dormir." Los cubrió luego con cubos y dijo:
"Ahora están muertos, yo los he enterrado." En la segunda hora arregló
inmediatamente los carros y coches del mismo modo que las dos veces anteriores
-en fila india primero y luego uno al lado de otro- y al mismo tiempo golpeó dos
coches y luego dos máquinas de tren. Colocó luego dos hamacas una al lado de la
otra, y mostrando la parte interna que cuelga y se balancea, me dijo: "Mira cómo
cuelga y se mueve." Procedí a interpretar, y señalando las hamacas movibles, las
máquinas, los coches y los caballos, le expliqué que, en cada caso, eran dos
personas -su papito y su mamita- chocando sus "thingummies" (el nombre que daba
a los genitales). Protestó diciendo que eso no era lindo, pero continuó
golpeando los carros y dijo: "Así es como ellos se golpeaban sus thingummies".
Inmediatamente después habló nuevamente de su hermanito.
Como hemos visto, también en su primera hora el golpe de los carros había sido
seguido por la advertencia de que tenía un nuevo hermanito. Continué luego con
mi interpretación y le dije: "Tú crees que tu papá y tu mamá se golpearon los
thingummies y eso hizo nacer a tu nuevo hermanito Fritz". Tomó entonces otro
coche y golpeó a los tres juntos. Expliqué: "Ese es tu thingummy; tú querías
golpearlo con los thingummies de tu papá y tu mamá", a lo que él agregó un
cuarto coche y dijo: "Ese es Fritz". Tomó luego dos de los coches más pequeños y
los enganchó a una máquina. Señaló un carro y un caballo y dijo: "Este es
papito", y luego otro, diciendo: "Esta es mamita". Una vez más señaló el primer
coche y caballo diciendo: "Este soy yo", y señalando el segundo dijo: "Este
también soy yo". Así ilustró su identificación con ambos padres en el coito.
Después golpeó repetidas veces los dos pequeños coches y me contó cómo él y su
hermanito habían dejado entrar en su dormitorio a dos pollos para hacerlos
callar, pero que habían andado por el cuarto juntos, golpeándose, y habían
escupido allí. Agregó que él y Fritz no eran niños mal educados de la calle y no
escupían. Cuando le dije que los pollos eran los thingummies de él y de Fritz
chocando uno contra el otro y escupiendo -masturbando-, él estuvo de acuerdo,
después de vencer una pequeña resistencia.
Sólo podré referirme brevemente aquí al modo en que las fantasías del niño, a
medida que se presentaban en su juego, se tornaban más y más libres bajo la
influencia de mí continua interpretación; cómo los límites de su juego se
ampliaban gradualmente y cómo ciertos detalles se repetían una y otra vez hasta
ser aclarados por la interpretación, dando lugar luego a nuevos detalles. De la
misma manera que la asociación a los elementos del sueño conducen a descubrir el
contenido latente del mismo, los elementos del juego del niño, que corresponden
a sus asociaciones, ofrecen una visión de su significado latente. El análisis
del juego, no menos que el análisis del adulto, al tratar sistemáticamente la
situación presente como una situación de transferencia y al establecer sus
conexiones con la situación originariamente experimentada o fantaseada, les da
la posibilidad de liberar y elaborar la situación originaría en la fantasía. Al
proceder así y al poner en descubierto sus experiencias infantiles y las causas
originarías de su desarrollo sexual, resuelve fijaciones y corrige errores de
desarrollo que habían alterado toda su línea evolutiva.
El siguiente resumen que daré del caso de Pedro es para demostrar que las
interpretaciones hechas en las primeras horas fueron corroboradas por el
análisis ulterior.
Un día, unas semanas más tarde, cuando uno de mis muñecos se cayó por
casualidad, Pedro se enfureció. Inmediatamente preguntó cómo estaba hecho un
motor de juguete y por qué se podía parar. Me mostró luego un ciervo de juguete
caído y dijo que quería orinar. En el baño me dijo: "Estoy haciendo número uno;
yo tengo un thingummy". Nuevamente en el cuarto de análisis tomó un muñeco al
que llamó chico; éste estaba sentado en una casita a la que Pedro llamó baño, y
colocó al muñeco de tal modo, que el perro puesto a su lado "no lo podía ver ni
morder". Pero colocó una muñeca que sí podía verlo, y dijo: "Sólo su papito no
puede verlo". Así se hizo claro que el perro, que en general era un objeto de
temor para él, estaba identificado con su padre, y el niño que defecaba era él
mismo. Luego continuó jugando con el automóvil cuya construcción va había
admirado y lo hizo correr. De pronto dijo con enojo: "¿Cuándo va a parar?" Luego
dijo que algunos de los muñecos que había usado no debían viajar en él, los hizo
caer de un golpe y los volvió a parar de espaldas al auto. Después puso una vez
más toda una hilera de coches y carruajes, esta vez uno al lado del otro.
Entonces súbitamente expresó el deseo de defecar, pero se contentó con preguntar
al muñeco que estaba sentado (el niño que defecaba) si había terminado.
Nuevamente se volvió al automóvil y comenzó a alternar sin cesar entre la
admiración y la rabia por su movimiento continuo, queriendo defecar y
preguntando al muñeco si había terminado. En la hora analítica descripta Pedro
había simbolizado las siguientes cosas: el muñeco, ciervo, etc., que
continuamente caían, eran su propio pene y la inferioridad del mismo al
compararlo con el miembro erecto de su padre. El ir a orinar inmediatamente
después, fue para demostrarse lo contrario a sí mismo y a mí. El auto que no
cesaba de moverse y que despertaba en él admiración y rabia era el pene de su
padre que realizaba continuamente coitos. Después de sentir admiración por ello
se puso colérico y quiso defecar. Esto era reproducción de su defecar en el
momento en que fue testigo de la escena primaría. El había hecho esto para
molestar a sus padres mientras copulaban, y en su imaginación los dañaba con sus
excrementos. Además el bastón fecal significaba para el niño un sustituto de su
propio pene.
Debemos tratar de lograr una idea general del significado de las primeras horas
de análisis de Pedro a la luz de las interpretaciones posteriores. El poner los
autos en hilera uno detrás de otro en su primera hora se refería al poderoso
pene de su padre y el ponerlos uno al lado del otro simbolizaba la frecuente
repetición del coito, es decir, la potencia del padre, lo que repite más tarde
por medio del auto en movimiento continuo. La rabia que sintió al contemplar el
coito de su padre se expresó ya en su primera hora cuando quiso que los dos
caballos que iban a dormir estuvieran "muertos y enterrados", así como en el
afecto que acompañó a este deseo. Estos cuadros de la escena primaria con los
que comenzó su análisis se referían a experiencias verdaderas reprimidas en su
infancia, lo que fue probado por el relato de sus padres. De acuerdo con éste el
niño había compartido el dormitorio de sus padres sólo en una época, durante un
veraneo, cuando tenía 18 meses. Durante este período se hizo difícil de manejar.
Dormía mal y había comenzado a ensuciarse nuevamente, aunque sus hábitos de
limpieza eran casi perfectos varios meses atrás. Parece ser que los barrotes de
su cuna no impidieron que viese a sus padres durante la relación sexual, pero sí
fueron un obstáculo, lo que se simbolizó con los muñecos que él volteó y luego
colocó de espaldas a la hilera de vehículos. La caída de los muñecos también
representó sus propios sentimientos de impotencia. Resultó que antes del veraneo
él jugaba muy bien con sus muñecos, pero luego no podía hacer otra cosa que
romperlos. Tempranamente, en su primera hora de análisis, ilustró la conexión
entre la destrucción de sus juguetes y sus observaciones del coito. En una
ocasión había puesto los autos, que simbolizaban el pene de su padre, en hilera,
uno al lado del otro, y los había hecho andar, se enfureció y los tiró al suelo
diciendo: "Nosotros siempre rompemos nuestros regalos de Navidad en seguida, no
queremos ninguno". Destruir los juguetes significaba para su inconsciente
destruir los genitales del padre. El placer de destruir y la inhibición de juego
que trajo al análisis fueron superados y desaparecieron junto con otras
dificultades durante el curso del mismo.
Poniendo en descubierto poco a poco la escena primaria pude ganar acceso a la
fuerte actitud homosexual pasiva de Pedro. Después de haber descripto el coito
de sus padres tuvo fantasías de coito entre tres personas. Surgió así una fuerte
ansiedad seguida de otras fantasías en las que copulaba con su padre. Estas se
mostraron en un juego en el que un perro, o un automóvil o una locomotora
-teniendo todos el significado de padre-, subían sobre un carro o un hombre que
era él mismo.
De este modo el carro se dañaba o el hombre era mordido; y Pedro mostraba mucho
miedo o gran agresividad frente al juguete que representaba al padre.
Expondré ahora algunos de los aspectos más importantes de mi técnica a la luz de
las observaciones realizadas en los análisis mencionados. Tan pronto como el
paciente ha ofrecido un panorama interno de sus complejos -ya sea por medio de
juegos, de dibujos, fantasías o simplemente por su conducta general-, considero
que puede y debe comenzarse con las interpretaciones. Esto no contradice la
regla aceptada de que el analista debe esperar a que se establezca una
transferencia antes de empezar a interpretarla, porque en los niños la
transferencia es inmediata y el analista tendrá a menudo elementos para ver su
naturaleza positiva. Pero cuando el niño manifiesta timidez, ansiedad o sólo una
cierta desconfianza, esto ha de ser interpretado como transferencia negativa, y
hace aun más imperioso que la interpretación comience en cuanto sea posible.
Porque la interpretación reduce la transferencia negativa del paciente haciendo
retroceder los afectos negativos involucrados hacia los objetos o situaciones
originarias. Por ejemplo, cuando Rita, que era una niña muy ambivalente, sentía
resistencia, necesitaba irse de la habitación enseguida; entonces tuve que hacer
una inmediata interpretación para resolver esta resistencia. Tan pronto como le
expliqué la causa de su resistencia, siempre relacionándola con la situación y
objeto originario, ésta se resolvió, y se tomó confiada y amistosa conmigo y
continuó su juego, agregando a éste ciertos detalles que me confirmaron lo justo
de la interpretación que acababa de hacer.
En otro caso pude ver también con impresionante claridad la necesidad de dar una
interpretación rápida. Fue en el caso de Trude, que se recordará me fue traída
durante una sola hora cuando tenía 3 años y 3 meses, cuyo tratamiento debió
posponerse por circunstancias externas. Esa niña era muy neurótica y estaba
fuertemente fijada en su madre. Entró en mi cuarto llena de ansiedad y mal
dispuesta, y me vi obligada a analizarla en voz baja y con la puerta abierta.
Pero pronto me dio una idea sobre la naturaleza de sus complejos. Insistía en
que se retiraran las flores de un florero; sacó un muñeco de un carro en el que
ella lo había puesto y lo injurió y maltrató; quiso que un hombre de sombrero
alto que había visto en un libro de figuras que había traído, fuera sacado de
ahí; dijo que los almohadones habían sido desordenados por un perro.
Inmediatamente interpreté esta declaración diciendo que deseaba suprimir el pene
de su padre porque dañaba a su madre (durante el juego la madre era representada
por el vaso, el carro, el libro de figuras y los almohadones) y enseguida
disminuyó su ansiedad, estuvo más amistosa conmigo que cuando llegó y dijo en su
casa que le gustaría volver a verme. Cuando 6 meses después pude reanudar el
análisis de esta niña vi que recordaba todos los acontecimientos de esta única
hora de análisis y que mi interpretación había aumentado su transferencia
positiva o más bien disminuido su transferencia negativa.
Otro principio fundamental de la técnica de juego es que la interpretación debe
ser conducida a una profundidad suficiente como para alcanzar las capas mentales
que deben ser activadas. Por ejemplo, Pedro, en su segunda hora, después de
haber colocado los carros uno tras otro puso un muñeco sobre un banco al que
llamó cama, y arrojándolo al suelo dijo que estaba muerto y destruido. Hizo
luego lo mismo con dos muñequitos, eligiendo para tal propósito dos que ya
habían sido dañados. En esta época, de acuerdo con el material mencionado,
interpreté que el primer muñeco era su padre, al que quería sacar de la cama de
su madre y matarlo, y el segundo era él mismo, a quien su padre hubiera hecho lo
mismo.
Más tarde, habiendo dilucidado en todos sus detalles la escena primaria, Pedro
volvió bajo diversas formas al tema de los dos muñecos rotos, pero esto parecía
determinado por la ansiedad que había sentido en conexión con la escena primaria
con respecto a su madre castradora. En sus fantasías ella había tomado el pene
del padre dentro de sí y no lo había devuelto, convirtiéndose esto en objeto de
ansiedad para el pequeño, porque en su imaginación, desde ese momento, la madre
llevaba dentro de sí el aterrador pene del padre.
Daré ahora otro ejemplo tomado del mismo caso. Mi interpretación del material en
la segunda hora mostró que Pedro y su hermano se masturbaban mutuamente. Siete
meses más tarde, teniendo Pedro 4 años y 4 meses, me contó un largo sueño, rico
en material asociativo y que sintetizado relataré a continuación: "Estaban dos
cerdos en su pocilga y también en su cama. Comían juntos en la pocilga. Había
también dos niños en su cama en un bote; pero eran muy grandes, como el tío G
(hermano adulto de su madre) y como E (una amiga mayor que ellos a la que
consideraban casi adulta)". La mayor parte de las asociaciones de este sueño
fueron verbales. Demostraron que los cerdos eran él y su hermano y el comer
representaba su mutua fellatio. Pero representaban también a sus padres
copulando. Se vio luego que sus relaciones sexuales con el hermano estaban
basadas en una identificación con su madre y su padre y en la que Pedro
desempeñaba por turno el papel de cada uno de ellos. Después de haber
interpretado este material Pedro comenzó la hora siguiente jugando con el
lavatorio y las canillas. Puso dos lápices en una esponja y dijo: ''Este es el
bote en que Fritz (su hermanito) y yo nos metimos". Después adoptó una voz
profunda, la que a menudo empleaba cuando su superyó entraba en acción, y gritó
a los dos lápices: "Ustedes no deben ir juntos todo el tiempo y hacer cosas
feas". Esta censura a su hermano y a si mismo por parte del superyó estaba
también dirigida a los padres (representados por el tío G y la amiga adulta E),
y liberó en él afectos de la misma naturaleza de los que sintió hacia ellos
cuando fue testigo de la escena primaria. Estos afectos se habían evidenciado ya
en su segunda hora cuando deseó que los caballos que habían chocado estuvieran
muertos y enterrados. Sin embargo, después de siete meses, el análisis de ese
material todavía seguía progresando. Es evidente que la profundidad de mí
primera interpretación no trabó de ningún modo el esclarecimiento de las
conexiones entre esta experiencia y el total desarrollo sexual del niño y
(particularmente en el modo de determinar sus relaciones con el hermano) no
impidió tampoco la elaboración del material involucrado.
Los ejemplos citados confirman mi creencia, basada en la observación empírica,
de que no deben temerse las interpretaciones en profundidad aun en el comienzo
de un análisis, ya que el material de las capas más profundas mentales saldrá
nuevamente más tarde, y será reelaborada. Como ya he dicho, el valor de la
interpretación en profundidad es simplemente el de abrir la puerta al
inconsciente disminuyendo la ansiedad que ha sido activada y preparando el
camino para el trabajo analítico.
En estas páginas he señalado muchas veces que la capacidad del niño para hacer
su transferencia es espontánea. Creo que esto es debido en parte al hecho de que
la ansiedad sentida por el niño es comparativamente más aguda que la del adulto
y por lo tanto es mayor su aprensión. Uno de los mayores, si no el mayor,
trabajo psíquico que el niño debe llevar a cabo, y que toma la mayor parte de su
energía mental, es dominar su ansiedad. Por lo tanto, su inconsciente está
primeramente interesado en aquellos objetos que alivian o excitan su ansiedad, y
de acuerdo con esto producirá hacía ellos una transferencia positiva o negativa.
En los niños pequeños la transferencia negativa se expresa a menudo
inmediatamente como franco miedo, mientras que en los más grandes, especialmente
en el período de latencia, toma la forma de desconfianza, reserva o simple
disgusto. En su lucha contra el miedo a los objetos más cercanos, el niño tiende
a referir este temor a objetos más distantes (ya que el desplazamiento es un
modo de tratar la ansiedad) y a ver en ellos un representante de su padre y
madre malos. Por esto el niño realmente neurótico, en el que predomina el
sentimiento de estar bajo una constante amenaza de peligro -es decir, que espera
siempre encontrarse con el padre o madre "malos"-, reaccionará con ansiedad ante
todos los extraños.
No debemos perder de vista la presencia de esta aprensión en niños pequeños e
incluso, en cierto grado en los mas crecidos. Aun cuando comienzan por
manifestar una actitud positiva frente al análisis debemos prepararnos a la
manifestación de una transferencia negativa muy pronto, tan pronto como aparece
un material complejo. Inmediatamente que el analista descubre signos de esta
transferencia negativa debe asegurar la continuación del trabajo analítico,
establecer la situación analítica, relacionándola a él mismo y retrotrayéndola
al mismo tiempo a objetos y situaciones originarias por medio de
interpretaciones y resolviendo así cierta cantidad de ansiedad. Su
interpretación puede gravitar en algún punto de urgencia de su contenido
inconsciente y abrir así una vía de entrada al inconsciente. El punto de
urgencia se hará evidente por la multiplicidad y frecuente repetición, a menudo
bajo diversas formas, de las representaciones del mismo "pensamiento de juego"
(en el caso de Pedro, por ejemplo, vimos en su primera hora de análisis el
arreglo alternado de vehículos y el continuo chocar de caballos, carros, etc.) y
también por la intensidad de los sentimientos ligados a estas representaciones,
porque esto es una medida del afecto que corresponde a su contenido. Si el
analista descuida la urgencia de material de esta clase, a menudo el niño
abandona el juego o muestra una fuerte resistencia o aun ansiedad manifiesta, y
frecuentemente mostrará el deseo de abandonar el análisis. Así, con una
interpretación hecha a tiempo -es decir, cuando se interpreta el material tan
pronto como es posible-, el analista puede cortar la ansiedad del niño o
reducirla también en aquellos casos en los que el análisis ha comenzado con una
transferencia positiva. Cuando lo sobresaliente desde el comienzo es una
transferencia negativa o cuando la ansiedad o la resistencia aparecen enseguida,
hemos visto ya la absoluta necesidad de interpretar lo antes posible.
De lo dicho se desprende que lo importante es no sólo la oportunidad de la
interpretación sino también su profundidad. Cuando tenemos en cuenta la premura
del material presentado nos vemos obligados a determinar el origen no solamente
del contenido de la representación sino también de la ansiedad y sentimiento de
culpa asociados y su relación con las capas mentales movilizadas. Si tomamos
como modelo el análisis de adulto y nos ponemos en contacto primero con los
estratos superficiales de la mente que son los mas cercanos al yo y a la
realidad- fracasaremos en nuestro propósito de establecer la situación analítica
y de reducir la ansiedad del niño. Durante mi experiencia he comprobado esto
repetidas veces. Igualmente se comprueba en lo que se refiere a la mera
traducción de símbolos, de interpretaciones que sólo tratan de representaciones
simbólicas del material y no se interesan por la ansiedad o sentimiento de culpa
asociado.
Una interpretación que no descienda a esas profundidades que han sido activadas
por el material y la ansiedad concernientes, es decir, que no ataque el lugar
donde la resistencia latente es más fuerte, intentando ante todo reducir la
ansiedad donde es más violenta y más evidente, no tendrá ningún efecto sobre el
niño, o sólo servirá para hacer surgir resistencias mayores sin poder llegar a
resolverlas nuevamente. Pero como ya he tratado de explicar en mis conclusiones
del análisis de Pedro, penetrando directamente en aquellos estratos profundos de
la mente, de ninguna manera resolveremos completamente la ansiedad contenida
allí, ni coartaremos el trabajo, aun por realizarse, en los estratos superiores
donde el yo del niño y su relación con la realidad deben ser analizados. Este
establecimiento de la relación del niño con la realidad, así como el
reforzamiento de su yo, se logran sólo muy gradualmente y son el resultado, y no
la condición previa, del trabajo analítico.
Hasta aquí he expuesto e ilustrado mi técnica de los análisis tempranos de tipo
común. Desearía ahora considerar algunas dificultades menos usuales con las que
me he encontrado y que me han obligado a adoptar métodos técnicos especiales. En
el caso de Trude, cuya ansiedad era muy grande al principio, destacamos el hecho
de que en ciertos pacientes el único medio para disminuir la ansiedad y poner en
marcha el análisis era una rápida interpretación. El caso de Ruth, de 4 años y 3
meses, fue más instructivo en ese sentido. Era una de esas niñas cuya
ambivalencia se manifestaba, por un lado, en su fuerte fijación en la madre y en
algunas mujeres, y, por otra parte, en su fuerte antipatía por otras,
generalmente desconocidas. Ya en sus primeros años, por ejemplo, no fue capaz de
aceptar una nueva niñera y le era difícil hacerse amiga de otras niñas. No sólo
sufría de una grave y no disfrazada ansiedad, que se manifestaba en forma de
crisis de angustia y en otros síntomas neuróticos, sino que tenía una
predisposición general a la timidez. Durante la primera hora se negó firmemente
a permanecer sola conmigo. Decidí pues aceptar que su hermana mayor permaneciese
con ella durante la sesión. Mi intención era obtener de ella una transferencia
positiva, en la esperanza de que fuera posible luego trabajar a solas con ella;
pero todos mis esfuerzos, tales como jugar con ella o animarla a conversar,
etc., fueron vanos. Cuando jugaba con sus juguetes se dirigía sólo a su hermana
(aunque esta última trataba de hacerse lo menos visible), ignorándome por
completo.
Su propia hermana me manifestó que consideraba inútiles mis esfuerzos, que no
ganaría la confianza de la niña aunque pasase con ella semanas enteras en vez de
horas aisladas. Me vi, pues, forzada a buscar otros medios, que una vez más
fortificaron y confirmaron mí creencia en la eficacia de la interpretación para
reducir la ansiedad del paciente y su transferencia negativa. Un día en que Ruth
estaba como de costumbre atenta exclusivamente a su hermana, dibujó un vaso con
pequeñas bolitas adentro y con una especie de tapa. Le pregunté para qué servía
la tapa, pero no me contestó. Cuando su hermana le hizo la pregunta, ella dijo:
"para evitar que las bolitas salgan rodando".
Antes de esto había revisado la cartera de su hermana y la había cerrado
herméticamente "para que nada pudiera caerse".
Antes había hecho lo mismo con el monedero dentro de la cartera de su hermana,
guardando cuidadosamente las monedas para que no pudieran caerse. Además, el
material que ahora me traía había sido bastante claro ya en sus horas
anteriores.
Me arriesgué y dije a Ruth que las bolitas en el vaso, las monedas en el
monedero y lo que tenía la cartera, todo representaba niños dentro de su mamita,
y que ella quería mantenerlos bien guardados para no tener más hermanos ni
hermanas.
El efecto de mí interpretación fue asombroso. Por primera vez Ruth me prestó
atención y por primera vez comenzó a jugar de modo distinto, no forzado. No
obstante, aun le fue imposible quedarse a solas conmigo, reaccionando ante esa
situación con crisis de ansiedad. Como veía que el análisis disminuía poco a
poco la transferencia negativa en favor de una positiva decidí dejar a la
hermana en mí cuarto. Tres semanas después esta última se enfermó repentinamente
y me vi en la alternativa de suspender el análisis o de exponerme a las crisis
de ansiedad. Con el consentimiento de los padres, decidí lo segundo. La niñera
me entregó la niña en la puerta de mi cuarto y se fue, a pesar de sus lágrimas y
chillidos. En esta penosísima situación comencé una vez más por tratar de
calmarla de un modo maternal, no analítico, como pudiera haberlo hecho
cualquiera. Traté de consolarla y alegrarla y hacerla jugar conmigo, pero todo
fue en vano. Sólo logré que me siguiera hasta el interior de mi cuarto, pero una
vez allí no pude hacer nada con ella. Se puso casi lívida, gritando y
manifestando signos evidentes de una fuerte crisis de ansiedad. Mientras tanto
me senté frente a la mesa de juego y comencé a jugar sola diciéndole a la niña,
que asustada se había sentado en un rincón, todo lo que estaba haciendo. Por una
inspiración súbita tomé como tema de juego el material que ella misma había
usado en la hora anterior. Al finalizar la misma ella había jugado alrededor del
lavatorio y había alimentado a sus muñecas dándoles enormes jarras de leche,
etc. Hice ahora la misma cosa que ella. Puse a dormir una muñeca y dije a Ruth
que yo le iba a dar algo de comer y le pregunté qué era lo que se le debía dar.
La pequeña interrumpió su llanto para contestar "leche", y advertí que hizo un
movimiento hacia su boca con dos de sus dedos (que ella tenía costumbre de
chupar antes de dormir), pero rápidamente los separó. Le pregunté si quería
chuparlos y dijo: "sí, pero de verdad".
Comprendí que necesitaba reconstruir el hecho tal como sucedía siempre en su
casa: la acosté sobre el sofá y, a su pedido, la tapé. Enseguida comenzó a
chuparse los dedos. Seguía pálida y con los ojos cerrados, pero visiblemente más
tranquila y ya no lloraba. Mientras tanto yo continué jugando con las muñecas
repitiendo su juego de la hora anterior. Al poner una esponja mojada al lado de
una de ellas, como lo había hecho ella, rompió otra vez en llanto y gritó: "No,
ella no debe tener la esponja grande, ésa no es para los chicos sino para los
grandes". (Debo observar que en las dos sesiones anteriores había producido
mucho material referente a su envidia a su madre.) Entonces interpreté este
material en conexión con su protesta contra la esponja grande (la cual
representaba el pene del padre).
Le mostré, con todo detalle, cómo ella envidiaba y odiaba a su madre porque
había incorporado el pene de su padre durante el coito y cómo quería robar ese
pene y los niños que estaban dentro de su madre, y matarla. Le expliqué que por
esto era que tenía miedo y que creía haber matado a su madre y haber sido
abandonada por ella. Cuidé siempre dirigir estas interpretaciones a la muñeca,
haciendo como si jugase con ella y explicándole la razón por la cual estaba
asustada y gritaba, y luego las dirigí a la niña. Por este medio pude establecer
completamente la situación analítica.
Mientras hacía esto, Ruth se había tranquilizado, abrió los ojos y me permitió
acercar a su sofá la mesa de juego, y continué así la interpretación y el juego
al lado de ella. Luego se incorporó y observó mi juego con creciente interés y
comenzó a participar en él. Cuando terminó la hora y la niñera vino a buscarla
se asombró al verla animada y contenta y despedirse de mí de una manera cordial
y hasta afectuosa. Al comienzo de la hora siguiente, cuando la niñera la dejó,
si bien manifestó alguna ansiedad, no tuvo sus crisis habituales ni prorrumpió
en llanto. Se refugió inmediatamente en el sofá y se echó en él como había hecho
el día anterior, con los ojos cerrados y chupándose los dedos. Pude sentarme al
lado de ella y continuar enseguida el juego del día anterior. La sucesión de
hechos del día anterior fueron recapitulados, pero en forma más breve y
mitigada. Después de unas cuantas sesiones de esta clase las cosas habían
progresado tanto que la pequeña sólo manifestaba leves rastros de ansiedad al
comenzar su hora.
El análisis de los ataques de ansiedad de Ruth evidenció que eran una repetición
de sus pavores nocturnos, que habían sido en ella muy intensos a los 2 años. En
esta época su madre estaba embarazada y la pequeña deseó robar los hijos del
vientre de su madre, dañarla y matarla. Esto originó en ella fuertes
sentimientos de culpa, cuya consecuencia fue su intensa fijación en la madre.
Cuando cada noche se despedía para ir a dormir esto significaba para ella un
adiós para siempre. A consecuencia de sus deseos de robar y matar a su madre
temía que ésta la abandonase para siempre, no volver a verla viva o que su buena
y tierna madre que le decía "buenas noches" se transformase en una mala madre
que la atacase por la noche. Estas eran también las causas por las que no quería
quedarse sola.
El ser dejada sola conmigo significaba ser abandonada por su "buena" madre; y
transfirió sobre mi todo su terror a la madre "castigadora". Al analizar esta
situación y al aclarársela logré disipar, como vimos, sus ataques de ansiedad y
pude comenzar mi trabajo analítico normal. La técnica empleada al analizar los
ataques de ansiedad de Ruth resultó eficaz en otro caso.
Durante el análisis de Trude se enfermó su madre y debieron enviarla a un
sanatorio. Esto hizo que se interrumpiese el análisis cuando el cuadro general
del mismo lo ocupaban fantasías sádicas contra la madre. Ya hemos visto en qué
forma, esta niña de 3 años y 9 meses, realizaba estas escenas de agresión
delante de mí y cómo, vencida por la ansiedad que seguía a estos ataques, se
escondía con los almohadones detrás del sofá, pero no llegó nunca a una
verdadera crisis de ansiedad. Cuando volvió, después del intervalo motivado por
la enfermedad de la madre, tuvo sin embargo, durante varios días seguidos,
fuertes ataques de ansiedad. Estos ataques se revelaron como una reacción a sus
impulsos agresivos, por el miedo que sentía por ellos. Durante estas crisis,
Trude al igual que Ruth, adoptaba una postura peculiar: la misma que tenía en su
casa a la hora de dormir, cuando comenzaba a tener ansiedad. Se deslizaba a un
rincón apretando fuertemente contra ella los almohadones, a los que a menudo
llamaba sus hijos, se chupaba los dedos y se orinaba. Aquí también cuando logré
interpretar su ansiedad cesaron los ataques.
Mi experiencia posterior, así como la de M. N. Searl y otras analistas de niños,
ha confirmado la eficacia de estas medidas técnicas también en otros casos. En
los años de trabajo transcurridos desde el tratamiento de estos dos casos he
podido concretar que el requisito previo esencial para un análisis temprano -lo
mismo que para todo análisis en profundidad en cualquier niño mayor- es captar
el material presentado.
Una valoración exacta y rápida del significado de ese material, tanto en lo que
se refiere a esclarecer la estructura del caso como a su relación con el estado
afectivo del paciente en el momento, y, sobre todo, una rápida percepción de la
ansiedad latente y del sentimiento de culpa que contiene, son las condiciones
primarias para realizar una interpretación justa, es decir, una interpretación
hecha a tiempo y lo suficientemente profunda como para llegar al nivel mental
activado por la ansiedad. La aparición en el análisis de crisis de ansiedad
puede reducirse a un mínimo si esta técnica es fielmente aplicada. Sí estas
crisis o ataques de ansiedad llegaran a producirse al comenzar el tratamiento,
sin embargo -como podría suceder con niños neuróticos que sufren tales ataques
en la vida diaria-, el empleo fiel y sistemático de este método comúnmente
reduce rápidamente la ansiedad y hace posible conducir normalmente el análisis.
Los resultados obtenidos analizando las crisis de ansiedad, evidencian también
la validez de algunos fundamentos de la técnica de juego. Se recordará que en el
caso de Trude, aunque el material iba acompañado de intensa ansiedad, desde el
principio pude analizarla sin que apareciesen crisis regulares, porque pude
hacer continuas interpretaciones en profundidad, en primer lugar, y permití que
la ansiedad se liberase en pequeñas dosis, disminuyéndola gradualmente. El
análisis de Trude debió ser interrumpido en un momento desfavorable y en
circunstancias difíciles, por enfermedad de la madre. Cuando volvió al análisis,
la ansiedad se había acumulado tanto que tuvo verdaderas crisis de ansiedad.
Después de unas pocas sesiones estas crisis cesaron por completo dando lugar
solamente a rastros de ansiedad. Añadiré algunas observaciones teóricas
referentes a estas crisis de ansiedad. Ya he hablado de su carácter, como
repetición del pavor nocturno, y me he referido a la posición adoptada por la
paciente en dichos ataques o más bien en su intento de dominarlos y he señalado
que eran la repetición de las situaciones de ansiedad sufridas por el niño en la
cama durante la noche. Pero he mencionado también una específica situación de
ansiedad, temprana, que parece ser el fundamento de ambos: pavor nocturno y
crisis de ansiedad. Mis observaciones en los casos de Trude, Ruth y Rita, junto
al conocimiento adquirido en los últimos años, me han permitido reconocer la
existencia de una ansiedad o situación de ansiedad que es específica en las
niñas y el equivalente de la ansiedad de castración sentida por el varón.
Esta situación de ansiedad culmina en la idea de que la madre ha destruido el
cuerpo de la niña, ha anulado su contenido y ha retirado los niños de ahí. Este
tema será ampliamente tratado en la segunda parte de este libro. Sólo he querido
señalar al lector la coincidencia entre los datos que he podido recoger en mis
primeros análisis y una o dos afirmaciones de Freud hechas en Inhibición,
síntoma y angustia, donde sostiene que el equivalente del miedo a la castración
en el niño es en la niña el miedo a la pérdida de amor. El material ofrecido por
el análisis de niñas pequeñas me mostró claramente que hay en ellas un miedo de
ser abandonadas por la madre, el miedo de quedarse solas. Pero este miedo va aun
más lejos. Se basa en los impulsos agresivos frente a la madre y en los deseos
de matarla y robarla que arrancan de los tempranos estadíos del conflicto de
Edipo. Estos impulsos conducen no sólo a la ansiedad o miedo a ser atacadas por
su madre sino al miedo de que ésta las abandone o muera.
Volvamos ahora a los problemas técnicos.
Es de gran importancia también la forma en que se hace la interpretación. Debe
ser concreta, de acuerdo con el modo de hablar y pensar del niño. Pedro, por
ejemplo, dijo señalando la hamaca: "Mira cómo se columpia y choca". Cuando yo le
contesté que era así como chocan los thingummies de papá y mamá, él lo aceptó
sin la menor dificultad. Doy otro ejemplo. Rita, de 2 años y 9 meses, me contó
que sus muñecas la habían molestado mientras dormía. Ellas insistían en repetir
a Hans, el hombre del subterráneo (un muñeco sobre ruedas): "usted siga
manejando su tren subterráneo". En otra ocasión colocó un "cubo" triangular a un
lado y dijo que eso era una mujercita. Luego tomó un "martillito", nombre que
ella dio a un "cubo" largo, y con él pegó a la caja de "cubos" precisamente en
el lugar donde sólo había papel, de modo que hizo un agujero, y dijo: "cuando el
martillo pegó fuerte la mujercita se asustó mucho". Hacer correr un tren
subterráneo y pegar con el martillo representaba el coito de sus padres, que
ella había presenciado hasta casi los 2 años. Mi interpretación: "tú papito pegó
así fuerte dentro de tu mamita con su martillito y tu estabas muy asustada", se
adaptaba exactamente a su modo de pensar y hablar.
Describiendo mi técnica de análisis me he referido a menudo a los pequeños
juguetes que pongo a disposición de los niños. Querría exponer brevemente por
qué son útiles estos juguetes en mi técnica de juego. Su pequeñez, su número, su
gran variedad, así como su simplicidad, hacen posible que se presten a los más
variados usos, dando mayor margen a juegos representativos.
Estos juguetes parecen adecuarse a la expresión de sus fantasías y experiencias
en todo detalle.
Los diferentes "pensamientos de juego" del niño y los afectos asociados (que
nosotros inferimos en parte del tema de sus juegos y en parte por la observación
directa), son presentados uno al lado del otro y en un margen reducido,
permitiéndonos tener una visión general de las conexiones generales y dinámicas
de los procesos mentales que hemos hecho emerger, y como a menudo la continuidad
espacial simboliza la continuidad temporal, también podemos deducir la
ordenación en tiempo de las diversas fantasías y experiencias.
De todo lo dicho podría suponerse que lo único que tenemos que hacer para
analizar a un niño consiste en dejar los juguetes frente a él, para que empiece
inmediatamente a jugar con ellos, sin inhibiciones ni dificultades. Pero eso no
es lo que ocurre en realidad.
Tal como he dicho, muchas veces las inhibiciones de juego son muy frecuentes, en
mayor o menor grado, y constituyen un síntoma neurótico común. Pero es
precisamente en estos casos, cuando falla otra forma de conexión, cuando se
valora la utilidad de los juguetes para iniciar un análisis. Rara vez sucede que
un niño, por inhibido que sea, en sus juegos no mire los juguetes o toque uno u
otro o haga algo con ellos. Puede que enseguida suspenda sus juegos, como hizo
Trude, pero ya hemos tomado conocimiento de su inconsciente y tenemos una base
para comenzar la labor analítica, sabiendo cómo empezó el juego y en qué punto
se presentó la resistencia, cómo ha reaccionado ante esta resistencia, qué
comentario casual hizo en ese momento, etc. El lector ya ha podido ver cómo en
el análisis, mediante la interpretación, hacemos al niño más libre para expresar
los contenidos de representación, haciéndose el material más abundante y más
útil, y reduciéndose la inhibición en el juego.
Los juguetes no son los únicos requisitos del análisis del juego. Hay que tener
una cantidad de material ilustrativo en la habitación. Lo más importante es el
lavatorio con agua corriente. Por lo general se utiliza en una etapa ulterior
del análisis, pero resulta entonces de gran importancia. El niño pasará por una
fase completa de su análisis jugando con el lavatorio, debiendo tener también
una esponja, un vaso de vidrio, uno o dos barquitos, una o dos cucharas y papel.
Estos juegos con agua nos aportan una profunda visión de las fundamentales
fijaciones pregenitales del niño y son un medio para ilustrar sus teorías
sexuales, dándonos una relación entre sus fantasías sádicas y formaciones
reactivas y mostrando la conexión directa entre sus impulsos pregenitales y
genitales.
En muchos análisis dibujar o recortar papel toma la mayor parte del tiempo. En
otros, especialmente en las niñas, se pasa parte del tiempo haciendo ropas y
adornos para ellas, para sus muñecas o para los animales de juguete,
engalanándose con cintas o adornos.
Cada niño tiene a mano papel, lápices de color, un cuchillo, tijeras, agujas,
hilo, lana, trocitos de madera y soga. A menudo el niño trae sus propios
juguetes. Es evidente que la simple enumeración de objetos no agota las
posibilidades. Sabemos mucho de ellos según el uso que dan a cada uno de los
objetos y por el sentido con que cambian un juego por otro. Todo lo que amuebla
el cuarto, sillas, almohadones, etc., debe estar a su disposición. En realidad,
los muebles del cuarto de análisis de niños deben ser elegidos para este fin. La
fantasía y juegos imaginativos que se desarrollan en un juego con juguetes es de
gran importancia.
En los juegos imaginativos los niños representan en su propia persona lo que en
una etapa anterior mostraban por medio de juguetes. En estos juegos al analista
se le asignan uno o varios papeles, y mi práctica me enseña que debe dejarse al
niño que describa cada papel con el mayor detalle posible. Algunos niños
muestran una especial preferencia por los juegos de imaginación; otros, por un
medio más indirecto de representación, mediante juguetes. Juegos típicos de
imaginación son el de la madre y el hijo, el de estar en la escuela, hacer o
amueblar una casa (con ayuda de sillas, almohadones, etc.), ir al extranjero,
viajar en tren, ir al teatro, ver al doctor, estar en una oficina, tener un
comercio, etc. El valor de esos juegos de imaginación desde un punto de vista
psicoanalítico está en su modo directo de representación y, como consecuencia,
en la riqueza de asociaciones verbales que ofrece. Porque como ya he dicho en el
capítulo 1, una de las condiciones necesarias para decidir que un análisis está
terminado con éxito, aun en los niños de corta edad, es haber logrado que
utilicen el lenguaje durante el análisis en toda la medida de sus posibilidades.
Aunque ninguna descripción puede dar idea de la complejidad y riqueza de estas
horas de análisis, espero haber dado una visión de la exactitud y seguridad de
los resultados obtenidos por este medio.
3. UNA NEUROSIS OBSESIVA EN UNA NIÑA DE 6 AÑOS
En el último capítulo hemos tratado los principios básicos en la técnica del
análisis temprano. En este capítulo compararemos esta técnica con la empleada en
los análisis en el período de latencia, utilizando para ello un caso como
ilustración. Este historial nos permitirá analizar, en primer lugar, ciertos
problemas de importancia teórica y general, y, en segundo lugar, describir los
métodos empleados en el análisis de neurosis obsesivas en los niños. Puedo decir
que esta técnica nació durante el tratamiento de este difícil e interesante
caso.
Erna, niña de 6 años, presentaba síntomas graves. Sufría de insomnio, provocado
en parte por su ansiedad (tenía especial miedo a los ladrones y asaltantes) y en
parte por una serie de actividades obsesivas. Estas eran acostarse boca abajo y
golpear su cabeza contra la almohada, hacer un movimiento de balanceo durante el
cual se acostaba de espaldas o, se sentaba, chuparse obsesivamente el pulgar y
masturbarse en exceso. Estas actividades obsesivas, que le impedían dormir en la
noche, se mantenían también durante el día, especialmente en lo que se refiere a
la masturbación, que realizaba aun en presencia de extraños, por ejemplo, casi
continuamente, en el jardín de infantes. Sufría de una fuerte depresión que
describía así: "Hay algo que no me gusta de la vida". Su relación con la madre
era exageradamente afectuosa, pero se tornaba a veces muy hostil. La dominaba
completamente, impidiéndole moverse e importunándola continuamente con su amor y
odio. Su madre se expresó así acerca de ella: "Me chupa". La niña debería ser
descripta como ineducable.
Tenía meditaciones mórbidas obsesivas y una naturaleza muy poco infantil, que se
reflejaba en su aspecto de sufrimiento. Junto a esto llamaba la atención su
desarrollo sexual precoz poco común. Un síntoma que apareció inmediatamente
durante el análisis fue su grave inhibición para aprender. Había entrado a la
escuela unos meses después de comenzado el análisis, manifestándose enseguida su
incapacidad para aprender así como su imposibilidad de adaptarse ni a la escuela
ni a las compañeras. El hecho de que ella se sintiera enferma y que desde el
comienzo del tratamiento pidiese mi ayuda, facilitó su análisis.
Erna comenzó su juego tomando un carrito que estaba sobre la mesa entre otros
juguetes y empujándolo hacia mi. Dijo que había venido a buscarme, pero puso una
muñeca en el carrito y agregó un muñeco. Los dos se querían y se besaban, y ella
los arrastraba de un lado para otro. Enseguida puso un muñeco en otro carro que
chocaba con ellos, les pasaba por encima y los mataba, los asaba y los comía.
Otras veces la lucha tenía otro fin y el muñeco agresor era arrojado al suelo,
pero la mujer lo ayudaba y consolaba. Se divorciaba del primero y se casaba con
el recién venido. La tercera persona era la que representaba más papeles en el
juego de Erna. Por ejemplo, el primer hombre y su mujer estaban en su casa y la
defendían del ataque de un ladrón; la tercera persona era el ladrón y entraba.
La casa se quemaba y el hombre y la mujer se quemaban y la tercera persona era
la única que se salvaba. Otras veces la tercera persona era un hermano que
llegaba de visita, pero al abrazar a la mujer le sacaba la nariz a mordiscos.
Este hombrecito, la tercera persona, era la misma Erna. En una serie de juegos
similares mostró el deseo de desalojar al padre de su posición frente a la
madre. Por otra parte otros juegos mostraban su deseo edípico directo, de
desembarazarse de la madre y conquistar al padre. Así hizo que un muñeco fuese
el maestro de violín que daba lecciones a una niña golpeándole la cabeza contra
el violín o parándola sobre la cabeza mientras leía un libro. Le hizo arrojar el
libro o el violín para que pudiese bailar con su alumna. Enseguida se besaron y
se abrazaron, y entonces Erna me preguntó si yo permitiría al maestro casarse
con su discípula. Otras veces un maestro y una maestra -representados por un
muñeco y una muñeca- daban lecciones de cortesía a los niños, enseñándoles cómo
hacer reverencias, saludar, etc. Al principio los chicos eran obedientes y
educados (lo mismo que Erna, que siempre trataba de comportarse lo mejor
posible), pero súbitamente atacaban al maestro y a la maestra atropellándolos,
pisándolos, matándolos y asándolos. Se transformaron luego en demonios,
deleitándose en el tormento de sus víctimas, pero repentinamente el maestro y la
maestra estaban en el cielo y los demonios anteriores se habían transformado en
ángeles, los cuales, de acuerdo con lo que decía Erna, ignoraban haber sido
demonios, realmente "no lo fueron nunca". Dios padre, el maestro anterior,
comenzó a besar y a abrazar apasionadamente a la mujer, los ángeles los adoraban
y todo se arregló de nuevo, aunque no mucho después las cosas se estropearían de
un modo u otro.
Erna jugaba a menudo a que ella era madre. Yo era el niño y una de mis faltas
más graves era chuparme el pulgar. Lo primero que esperaba que me pusiese en la
boca era la locomotora. Ella ya había admirado sus lámparas doradas diciendo:
"qué lindas son, todas rojas y ardientes", y al mismo tiempo se las ponía en la
boca y las chupaba. Las lámparas de la locomotora representaban para ella el
pecho de la madre y el pene del padre. Todos estos juegos eran seguidos,
invariablemente, por crisis de rabia, envidia y agresión contra la madre, a las
cuales se agregaban remordimientos e intentos de reparación y reconciliación.
Jugando con cubos, por ejemplo, los repartía entre nosotras de modo de tener
siempre más que yo; lo hacía poniendo primero más para ella que para mí, pero
luego reparaba tomando menos para ella, pero se las arreglaba siempre para
quedarse con más cantidad al final; si construía algo con los cubos quería
probarme cuánto más linda era su construcción que la mía o me la tiraba,
simulando un accidente. Solía elegir un muñeco como juez para que decidiese que
su casa era mejor que la mía. Por los detalles de este juego, en el tema de las
casas se hizo evidente una antigua rivalidad con su madre. En la última parte
del análisis esta rivalidad apareció en forma directa.
Además de estos juegos cortaba papel haciendo moldes. Me dijo que eso era
"picadillo" y que estaba saliendo sangre del papel, después de lo cual se
estremeció y dijo sentirse mal. En una ocasión habló de una "ensalada de ojos" y
otra vez dijo que había cortado "flecos" de mi nariz. Expresó otra vez el deseo
de morder mi nariz, deseo que había ya expresado en su primer hora de análisis
(en realidad hizo cuanto pudo para realizar este deseo). De este modo expresó su
identificación con la tercera persona, el muñeco que había invadido y quemado la
casa y mordido la nariz de la mujer. En su caso, como en el de otros niños, el
cortar papel tenía diversas finalidades. Liberaba impulsos sádicos y
canibalísticos y representaba la destrucción de los genitales de sus padres o de
todo el cuerpo de su madre. Al mismo tiempo, sin embargo, se expresaban sus
impulsos reactivos; por ejemplo, cortando una linda alfombrita, recreaba lo
destruido.
Después de cortar papel, Erna pasó a jugar con agua. Un pedacito de papel
flotando en el lavatorio era un capitán cuyo bote se había hundido. El pudo
salvarse -según dijo Erna- porque tenía algo "largo y dorado" que lo ayudó a
salir del agua. Luego le arrancó la cabeza y anunció: "su cabeza desapareció,
ahora se ahogó". Estos juegos con agua llevaron al análisis profundo de sus
fantasías orales, uretrales y anal-sádicas.
Así, por ejemplo, jugaba a que era lavandera, y los papeles pintados
representaban ropa blanca sucia de un niño. Yo era el chico que ensuciaba la
ropa interior una y otra vez (incidentalmente Erna manifestó sus impulsos
canibalísticos y coprofílicos mascando pedacitos de papel que representaban
excrementos y niños a la vez que ropa sucia) Como lavandera, Erna tuvo
oportunidad de castigar y humillar a un niño, representando el papel de la madre
cruel. Pero como ella se identificaba con el niño, gratificaba así también sus
deseos masoquísticos.
A veces hacía que la madre ordenara al padre castigar al niño y pegarle en el
trasero. El castigo era recomendado por Erna en su papel de lavandera como medio
de curar al niño de su amor por la suciedad. Una vez, en lugar del padre llegó
un mago. Pegó al niño en el ano y luego en la cabeza con un palo, y al hacerlo,
un fluido amarillo salió de la varita mágica. En otra ocasión el niño -esta vez
uno muy pequeño- recibió para tomar una mezcla de polvos rojiza y blancuzca.
Este tratamiento lo limpió, y repentinamente fue capaz de hablar y resultó tan
inteligente como su madre. El mago representaba el pene, y el golpe con la vara,
el coito. El fluido y los polvos representaban la orina, heces, semen y sangre,
los cuales, según las fantasías de Erna, su madre se ponía dentro a través de la
boca, ano y genitales al copular. En otra ocasión Erna repentinamente se
convirtió de lavandera en vendedora de pescado que pregonaba su mercadería.
Durante el curso del juego abrió el grifo del agua (al que solía llamar el grifo
de crema batida) después de haber envuelto papel alrededor. Cuando el papel
estaba empapado y caía dentro de la pileta, ella lo rompía y lo ofrecía a la
venta como pescado. La glotonería compulsiva con que Erna bebía del grifo
durante este juego y mascaba pescado imaginario, señalaba claramente la envidia
oral que ella había sentido durante la escena primaría y durante sus fantasías
primarias. Esta envidia había afectado profundamente el desarrollo de su
carácter y era también un rasgo central de su neurosis. Las equivalencias del
pescado con el pene del padre como también con las heces y con niños se hicieron
obvias en sus asociaciones. Erna tenía variados pescados para vender, y entre
ellos un Kokelfische o, como ella repentinamente lo llamaba, Kakelfische.
Mientras los cortaba tuvo deseos repentinos de defecar, y esto me demostró que
los pescados eran equivalentes a las heces, puesto que el cortarlos equivalía al
acto de defecar. Como vendedora de pescado, Erna me trampeó en varias formas.
Tomaba grandes cantidades de mi dinero sin darme en cambio pescado. No podía
hacer nada contra ella porque la ayudaba un policía, y juntos "batían" el
dinero, y también el pescado, que me había sacado. El policía representaba a su
padre, con quien ella copulaba y era su aliado en contra de su madre. Yo tenía
que mirar mientras ella "batía" las monedas o el pescado con el policía y luego
tenía que tratar de conseguir ambas cosas trampeándolos. En realidad tenía que
fingir que hacía lo que ella misma había deseado hacer con su madre cuando
presenció la relación sexual entre ella y su padre. Estos impulsos y fantasías
sádicas eran el fondo de su fuerte ansiedad frente a la madre. Repetidamente
manifestó temor a una "ladrona que le sacaría todo de su interior".
El significado simbólico del teatro y sus representaciones significando el coito
de sus padres, surgieron muy claramente en el análisis de Erna. Las numerosas
representaciones en que ella era una artista o una bailarina admirada por todos
los espectadores demostraban la gran admiración -admiración mezclada con
envidia- que sentía por su madre. A menudo también al identificarse con su madre
fingía ser una reina ante la cual todos se inclinaban. En todas estas
representaciones era siempre la niña la que tenía la peor parte. Todo lo que
hizo Erna en el papel de madre -la ternura que mostraba a su esposo, el modo
como se vestía y permitía ser admirada- tenía como propósito fundamental hacer
surgir la envidia de la niña y herir sus sentimientos. Así, por ejemplo, cuando
ella, en el papel de reina, celebró su casamiento con el rey, se acostó en el
sofá y me pidió, como rey, que me acostase a su lado. Como me negase a hacerlo,
a cambio de ello tuve que sentarme en una sillita cerca de ella y golpear el
sofá con mi puño. Llamaba a esto "hacer manteca" y significaba copular.
Inmediatamente me dijo que un niño salía de ella, y representó la escena con
bastante realismo, retorciéndose y gritando. Este niño imaginario compartía el
dormitorio de sus padres y era testigo de las relaciones sexuales entre ellos.
Si las interrumpía era castigado y la madre se quejaba de él al padre. Si ella
como madre ponía al niño en la cama, era solamente para desembarazarse de él y
volver más pronto con el padre. El niño era maltratado y atormentado
incesantemente. Para comer le daban avena, y era tan horrible que lo enfermaba.
Mientras tanto el padre y la madre gozaban y comían manjares maravillosos hechos
con una crema batida y con una leche especial preparada por el doctor Whippo o
Whippour* , nombre compuesto por whipping y pouring out (batir y llenar). Esta
comida especial, comida solamente por el padre y la madre, fue utilizada con
infinitas variaciones para representar el intercambio de sustancias durante el
coito. En las fantasías de copulación de Erna la madre incorporaba el pene y el
semen del padre y su padre incorporaba el pecho de la madre y leche, siendo esto
la base de su envidia y odio frente a ambos.
En uno de los juegos de Erna, un cura ofrecía una "representación". Abría la
canilla y su compañera, una bailarina, bebía de ella. A la niña, llamada
Cenicienta, se le permitía sólo mirar, y debía quedar completamente inmóvil. En
este momento Erna tuvo una fuerte y súbita crisis de enojo que mostró los
sentimientos de odio que acompañaban a sus fantasías y qué mal había logrado
dominar esos sentimientos. Su relación con la madre estaba totalmente deformada
por los mismos. Cada medida educacional, cada acto de disciplina, cada
inevitable frustración, era sentida por ella como una agresión sádica por parte
de su madre, hecha únicamente para humillarla y maltratarla.
Sin embargo, en sus ficciones, cuando ella era su madre, se mostraba afectuosa
con su hijo imaginario mientras éste era sólo un bebé. Lo cuidaba, lo limpiaba y
a veces lo perdonaba si estaba sucio. Esto se debía a que pensaba que había sido
tratada con amor sólo cuando era pequeñita. Con los niños mayores era muy cruel
y los dejaba torturar por los demonios de diversas maneras, hasta que finalmente
los mataban. Se hizo claro que la niña era también la madre transformada en niño
en las siguientes fantasías. Erna simulaba ser un niño que se había ensuciado, y
yo, como madre, la reprendía, después de lo cual se volvía insolente y se
ensuciaba más y más como acto de desafío, para molestar a la madre, y aun más,
vomitaba la mala comida que yo le había dado. La madre llamaba entonces al
padre, pero éste se ponía de parte de la niña. Luego la madre era atacada por
una enfermedad llamada "Dios le ha hablado"; luego a su vez la niña se enfermaba
de una enfermedad llamada "agitación de madre" y moría, y la madre era muerta
por el padre como castigo. La niña resucitaba y se casaba con su padre, quien
continuamente la elogiaba a costa de la madre. La madre a su vez revivía, pero
como castigo era transformada por su padre en una niña, cosa que se lograba por
medio de una varita mágica. Y entonces la madre tenía que sufrir todos los
desprecios y malos tratos, a los que estuvo anteriormente sometida la niña. En
numerosas fantasías de esta clase, en lo referente a la madre y a la hija, Erna
repetía lo que ella creía que habían sido sus propias experiencias, mientras que
por otra parte expresaba las cosas sádicas que desearía hacer a su madre si la
relación niño-madre pudiera ser invertida.
La vida mental de Erna estaba dominada por fantasías anal-sádicas. En una etapa
posterior del análisis empezaron una vez más los juegos con agua, produciendo
fantasías en que las heces pegadas a la ropa sucia eran cocinadas y comidas.
Después simulaba estar sentada junto al inodoro comiendo lo que ella producía, y
que nos lo dábamos una a la otra. Estas fantasías de ensuciarnos continuamente
una a la otra con orina y heces se hicieron cada vez más claras durante el
análisis. En un juego mostró que la madre se había ensuciado una y otra vez y
que todas las cosas del cuarto se habían transformado en heces por culpa de la
madre, y por esto fue encarcelada, y moría de hambre. Ella tenía la tarea de
limpiar lo que había dejado su madre, y en conexión con ello se llamaba a sí
misma "Mrs. Dirt Parade" (señora Desfile de Suciedad). Calificaba con ello a una
persona que exhibe su suciedad. Lograba la admiración y agradecimiento de su
padre a través de su amor a la limpieza, él la apreciaba más que a su madre y se
casaba con ella. Cocinaba para él. Las bebidas y comidas que se daban mutuamente
eran una vez más orina y heces, pero en cambio eran de buena clase en vez de
dañinas. Esto sirve de ejemplo de las numerosas y extravagantes fantasías
anal-sádicas que se hicieron conscientes durante el análisis.
Erna, que era hija única, pensaba continuamente en la posible llegada de
hermanos y hermanas. Sus fantasías de conexión con este temor merecen atención
especial, porque hasta donde he observado tienen una aplicación general. A
juzgar por ésta y otros niños en situación similar, parecería que el hijo único
sufre mucho más que otro por la ansiedad sentida frente a los posibles hermanos
o hermanas que está siempre esperando y por los sentimientos de culpa que tiene
debido a sus impulsos inconscientes de agresión hacia ellos en su existencia
imaginaría dentro del cuerpo de la madre; porque no tiene oportunidad de
desarrollar una relación positiva con ellos en la realidad. Este hecho dificulta
a menudo la adaptación social de un hijo único. Por mucho tiempo Erna tuvo
ataques de rabia y de ansiedad al comenzar y finalizar su hora analítica
conmigo, y en parte estaban ocasionados por el encuentro con otros niños que
venían para ser tratados inmediatamente antes o después que ella y que
representaban sus hermanos o hermanas cuya llegada estaba siempre esperando. Por
otra parte, aunque se llevaba mal con otros niños, sentía a veces una gran
necesidad de estar con ellos. Encontré que su deseo ocasional de un hermano o
hermana estaba determinado por varios motivos: a) los hermanos y hermanas que
ella deseaba significaban un hijo de ella misma; este deseo, sin embargo, era
prontamente deformado por el fuerte sentimiento de culpa, ya que esto hubiera
significado que ella había robado la criatura a su madre; b) la existencia del
niño le hubiera reasegurado que los ataques que ella había hecho en su fantasía
contra los niños que suponía dentro de la madre, no habían dañado ni a ellos ni
a su madre, y en consecuencia, el interior de su propio cuerpo estaba ileso; c)
le hubieran proporcionado la gratificación sexual que su padre y madre le habían
negado, y aun lo más importante, d) hubieran sido aliados no solamente en los
hechos sexuales sino también en sus empresas frente a los terroríficos padres.
Ellos y ella juntos hubieran matado a la madre y capturado el pene del padre.
Pero a estas fantasías de Erna seguían rápidamente sentimientos de odio contra
sus hermanos y hermanas imaginarios -porque ellos eran en definitiva sólo
sustitutos de su madre y su padre- y por sentimientos de culpa muy fuertes
debido a los actos destructivos que ellos y ella habían cometido en contra de
sus padres en sus fantasías.
Usualmente terminaba por tener crisis depresivas.
Estas fantasías contribuían también a hacer imposible la buena amistad de Erna
con otros niños. Huía de ellos porque los identificaba con sus hermanos y
hermanas imaginarios, de modo que, por un lado, los consideraba cómplices de sus
ataques contra sus padres, y, por otra parte, los temía como enemigos a causa de
sus propios impulsos agresivos frente a sus hermanos y hermanas.
El caso de Erna arroja luz sobre otro factor que parece ser de importancia
general.
En el primer capítulo llamé la atención sobre la particular relación que los
niños tienen con la realidad. Señalé que el fracaso de sus intentos de adaptarse
correctamente a la realidad puede reconocerse en el análisis del juego de niños
bastante pequeños y que en el análisis era necesario llevar gradualmente al
niño, aun al más pequeño, a un completo contacto con la realidad. En el caso de
Erna, aun después de haber transcurrido una buena parte del análisis no pude
obtener ninguna información detallada sobre su vida real. Obtuve bastante
material de sus extravagantes impulsos sádicos contra su madre, pero no escuché
nunca la más mínima queja o crítica a su madre real y a lo que ella realmente
hacía. Aunque Erna llegó a reconocer que sus fantasías estaban dirigidas contra
su propia madre real -hecho que ella negó en la primera etapa de su análisis- y
aunque resultó bien claro que copiaba cada vez más a su madre de un modo
exagerado y envidioso, fue difícil establecer una conexión entre sus fantasías y
la realidad. Todos mis esfuerzos para traer su vida real dentro del análisis
fueron infructuosos, hasta que hice progresos definidos analizando las profundas
razones para querer separarse ella misma de la realidad. Las relaciones de Erna
con la realidad mostraron claramente ser una fachada, y esto en mayor grado que
lo que se hubiera podido prever a través de su conducta. En realidad había
ensayado por todos los medios de mantener un mundo de ficción que la protegiese
contra la realidad. Por ejemplo, acostumbraba imaginar que los coches de juguete
y cocheros estaban a su servicio, obedecían sus órdenes y le daban cuanto pedía;
las muñecas eran sus sirvientas, etc. Aun cuando ella estaba en estas fantasías,
la dominaba la rabia y la depresión: iba entonces al baño y fantaseaba en voz
alta cuando defecaba. Cuando salía del baño se echaba en el sofá chupándose el
pulgar apasionadamente, masturbándose y hurgándose las narices. Conseguí llegar
a que me contara las fantasías que acompañaban esta defecación, chupeteo,
masturbación y hurgarse las narices. Por medio de estas satisfacciones físicas y
de las fantasías ligadas a ellas, intentaba enérgicamente continuar la situación
de ensueño que habíamos encontrado en sus juegos. La depresión, enojo y ansiedad
que la poseían durante el juego, se debían al hecho de verse perturbada en sus
fantasías por alguna intromisión de la realidad.
Recordaba también cuánto la molestaba si alguien se acercaba a su cama por la
mañana cuando se chupaba el pulgar o se masturbaba. La razón de esto era no sólo
el temor de ser sorprendida sino también que necesita defenderse de la realidad.
Durante el análisis apareció una fabulación que adquirió fantásticas
proporciones y nació de su intento de transformar, de acuerdo con sus deseos,
una realidad que para ella era intolerable. Encontré que esta extraordinaria
ruptura con la realidad -para cuyo fin empleaba también fantasías
megalomaníacas- tenía su origen en el excesivo temor a los padres, especialmente
a la madre. Con el fin de disminuir ese miedo Erna imaginaba ser una poderosa y
severa señora en contra de su madre, y esto intensificaba su sadismo.
Las fantasías de Erna en las que era cruelmente perseguida por su madre
comenzaron a mostrar claramente su carácter paranoide. Como ya he dicho, cada
paso en su educación o crianza, el más mínimo detalle de su indumentaria era
visto por ella como un acto de persecución por parte de su madre. No sólo esto,
sino todo lo que su madre hacía, su conducta frente al padre, las cosas que
hacia para su propia diversión, todo era sentido por Erna como persecución.
Además se sentía continuamente espiada. Una de las causas de su excesiva
fijación en la madre era su compulsión a vigilarla constantemente. El análisis
mostró que Erna se sentía responsable de cada enfermedad de su madre y esperaba
un castigo por sus propias fantasías agresivas. La acción de un superyó
demasiado severo y cruel se veía en cada uno de los detalles de sus juegos y
fantasías, alternando siempre entre una madre severa que castiga y un niño que
odia. Era necesario un análisis profundo para explicar estas fantasías,
idénticas a lo que en los adultos paranoides conocemos como delirios. La
experiencia que he adquirido desde que expuse este caso me ha permitido ver el
carácter peculiar de la ansiedad de Erna, de sus fantasías y de sus relaciones
con la realidad, como típico de aquellos casos en que se manifiestan activamente
fuertes rasgos paranoides.
En este punto quiero llamar la atención sobre las tendencias homosexuales de
Erna, que fueron fuertemente acentuadas desde su primera infancia en adelante.
Después que se analiza una gran cantidad de odio por su padre, surgido de la
situación edípica, estas tendencias aunque indudablemente disminuidas, eran aun
muy fuertes y parecía imposible resolverlas más. Fue sólo después de vencer
largas y obstinadas resistencias que surgió a la luz el verdadero carácter de
sus fantasías de persecución y su relación con la homosexualidad. Los deseos de
amor anales surgieron más claramente en forma positiva, alternando con sus
fantasías de persecución. Erna jugó una vez más a ser vendedora de tienda
(vendía heces, y el significado inconsciente se hizo obvio porque al comienzo
del juego tuvo que interrumpirlo para ir a defecar). Yo era la compradora y
tenía que preferirla entre todas las demás vendedoras y pensar que sus
mercancías eran especialmente buenas. Luego ella era la compradora y me amaba,
representando de este modo su relación anal de amor entre ella y la madre. Estas
fantasías anales fueron interrumpidas por crisis de depresión y odio contra mi,
pero que en realidad eran dirigidas contra su madre. En conexión con esto, Erna
produjo la fantasía de que una pulga que era de color negro y amarillo
"mezclados", y que ella misma reconocía inmediatamente como un pedazo de hez que
resultó ser peligrosa y envenenada, salió de mi ano y se abrió camino hasta el
de ella y la dañó.
En el caso de Erna pude observar la presencia de fenómenos que nos son
familiares como subyacentes a las ideas delirantes de persecución, es decir la
transformación de amor en odio hacía el progenitor del mismo sexo y un aumento
extraordinario del mecanismo de proyección. Sin embargo, un análisis posterior
reveló el hecho de que debajo de la actitud homosexual de Erna, en un nivel más
profundo, existía un intenso sentimiento de odio contra la madre, derivado de su
primera situación edípica y de su sadismo oral.
Este odio tuvo como resultado una excesiva ansiedad, que a su vez fue el factor
determinante de cada uno de los detalles de sus fantasías de persecución.
Llegamos entonces a un nuevo grupo de fantasías sádicas que excedían en la
intensidad de su sadismo a todo lo que vi en el análisis de Erna. Esta fue la
parte más difícil del trabajo y puso a prueba la voluntad de Erna de cooperar,
ya que estaban acompañadas de una extrema ansiedad. Su envidia oral de las
gratificaciones genitales y orales, que ella suponía que sus padres gozaban
durante las relaciones sexuales, resultaron ser los fundamentos más profundos de
su odio. Expresó estos sentimientos de odio una y otra vez por medio de
innumerables fantasías dirigidas directamente contra sus padres unidos en
copulación. En estas fantasías los atacaba, y especialmente a su madre, por
medio de excrementos, entre otras cosas; y lo que subyacía más profundamente en
su temor a mis heces (la pulga), que ella creía que era empujada dentro de ella,
eran sus propias fantasías, en las que destruía el interior de su madre con sus
propias heces envenenadas y peligrosas.
Después que estas fantasías sádicas e impulsos pertenecientes a los más
tempranos estadíos de desarrollo fueron analizados aun más, disminuyó la
fijación homosexual de Erna en su madre y se acrecentaron sus impulsos
heterosexuales.
Hasta ahora el factor esencial de sus fantasías había sido su actitud de odio y
amor hacía su madre. Su padre representaba sólo un medio para el coito y sólo de
ahí provenía su importancia en la relación madre-hija. En su imaginación, cada
prueba de afecto de su madre a su padre, y en realidad su total relación hacía
él, no tenía otro fin que defraudarla, ponerla celosa y enemistarla con su
padre. Del mismo modo, en todas las fantasías en que ella privaba a su madre del
padre y se casaba con él, el énfasis estaba siempre en el odio hacía su madre y
en su deseo de mortificarla. Si en juegos de este tipo Erna era afectuosa con su
esposo, pronto se veía que esta ternura era sólo aparente, con el objeto de
herir los sentimientos de su rival. Al mismo tiempo que progresaba en su
análisis, también mejoraron sus relaciones con el padre, y así comenzó a tener
verdaderos sentimientos de naturaleza positiva. Ahora que la situación no estaba
dominada tan completamente por el odio y el temor, se pudo establecer la
relación edípica directa. Al mismo tiempo, la fijación de Erna en su madre
disminuyó y mejoró su relación con ella, que había sido hasta entonces
ambivalente.
Esta modificación en la actitud de la niña frente a sus padres se debió a los
grandes cambios en su vida de ficción e instintiva. Su sadismo disminuyó y sus
fantasías de persecución fueron menores en número e intensidad.
Se produjeron importantes cambios en su relación con la realidad, que se
manifestaron entre otras cosas en una mayor infiltración de la realidad dentro
de sus fantasías.
En este período del análisis, después de haber representado en el juego sus
ideas de persecución, Erna decía a menudo con sorpresa: "Pero mamá realmente no
pudo haber querido hacer esto. Realmente ella me quiere". Pero como su contacto
con la realidad era mayor y su odio inconsciente a la madre se hizo consciente,
comenzó a criticarla como persona real, con creciente libertad. Mejoraron al
mismo tiempo sus relaciones con ella y aparecieron al mismo tiempo sentimientos
maternales genuinos y tiernos frente a su hijo imaginario. Una vez, luego de
haber sido cruel con él, me preguntó con voz profundamente emocionada:
"¿Verdaderamente habré tratado a mis hijos así?" El análisis de sus ideas de
persecución y la disminución de su ansiedad no sólo lograron afirmar su posición
heterosexual sino que hicieron que las relaciones con su madre mejorara,
aumentando sus propios sentimientos maternales.
Me gustaría decir aquí que, en mi opinión, la normalización de estas actitudes
fundamentales que son las que permitirán más tarde al niño elegir su objeto
amoroso y determinarán el curso total de su vida, es uno de los principios
fundamentales del éxito del análisis de un niño.
La neurosis de Erna apareció muy temprano. Antes del año evidenció acentuados
síntomas de enfermedad (debe hacerse notar que era mentalmente muy precoz).
Desde entonces aumentaron las dificultades y entre los 2 y 3 años su crianza se
transformó en un problema sin solución; su carácter ya era anormal y padecía de
una franca neurosis obsesiva. Sin embargo, recién a los 4 años se percibió la
naturaleza anormal de sus hábitos de chupeteo y masturbación. Se comprenderá,
pues, que a los 6 años su neurosis obsesiva fuera ya crónica. En fotografías de
sus 3 años ya se ve la misma expresión neurótica que se observaba en su rostro
preocupado de los 6 años.
Querría dar al lector la impresión de lo excepcionalmente grave de este caso.
Los síntomas obsesivos, que entre otras cosas privaban a la niña casi
completamente del sueño, la depresión y otros signos de enfermedad, el anormal
desarrollo de su carácter, eran sólo un débil reflejo de la anormal,
incontrolable y extravagante vida instintiva subyacente. El pronóstico de una
neurosis obsesiva como ésta, que desde años había tenido un carácter progresivo,
era necesariamente grave. Puedo afirmar con seguridad absoluta que en un caso
semejante la única posibilidad de curación está en un tratamiento psicoanalítico
hecho a tiempo.
Entraré ahora a estudiar la estructura del caso con todo detalle. Los hábitos de
limpieza de Erna no presentaron dificultad y se lograron tempranamente, cuando
tenía un año. La severidad no fue necesaria; la ambición de esa niña precoz
había sido un fuerte incentivo para la adquisición rápida de los hábitos de
limpieza. Pero este éxito fue acompañado de un completo fracaso interno. Las
tremendas fantasías anal-sádicas de Erna mostraron hasta qué punto estaba fijada
en este estadío y cuánto odio y ambivalencia surgía de él. Un factor de este
fracaso era la fuerte predisposición constitucional anal-sádica; pero otro
factor que desempeñó un papel importante, ya señalado por Freud como uno de los
factores de la predisposición a la neurosis obsesiva, fue el precoz desarrollo
de su yo en comparación con el desarrollo de la libido. Además el análisis
mostró otra faz crítica en el desarrollo de Erna que también se había cumplido
con un aparente éxito externo. No había aceptado todavía el destete. Padeció
también una tercera privación cuando tenía entre 6 y 9 meses: la madre advirtió
el placer experimentado por la niña cuando limpiaban su cuerpo, especialmente
los genitales y el ano. La hiperexcitabilidad de esta zona era evidente. La
madre cuidó de ella con mayor discreción al lavar esas partes, siendo fácil de
realizar cuanto mayor y más limpia se volvía la niña. Pero ésta, que había
sentido la minuciosidad primera como una forma de seducción, sintió la reserva
de su madre como una frustración. Los sentimientos de ser seducida, tras lo cual
estaba el deseo de ser seducida, se repitieron constantemente en su vida. En
cada relación, por ejemplo, con la niñera o con cualquier otra persona que se
ocupaba de su educación, como también en el análisis, trataba de reproducir la
situación de ser seducida o bien acusar de haber sido seducida. Analizando esta
específica situación de transferencia fue posible seguir las huellas de su
actitud hasta las situaciones más tempranas, es decir, hasta la experiencia de
ser cuidada cuando era pequeña.
Así, en cada uno de los tres acontecimientos que llevaron a la producción de la
neurosis de Erna, podemos discernir el papel desempeñado por los factores
constitucionales. Ahora nos queda por ver de qué modo la experiencia de la
escena primaria cuando tenía 2 años y medio, combinada con esos factores
constitucionales, desencadenó el desarrollo de la neurosis. A los 2 años y
medio, y otra vez a los 3 años y medio, compartió el dormitorio de sus padres
durante un veraneo. Durante ese tiempo pudo observar el coito entre ellos. Los
efectos de esto no sólo se observaron en el análisis, sino que se habían
evidenciado externamente. Durante el veraneo en que hizo sus primeras
observaciones se produjo en ella un cambio absolutamente desfavorable. El
análisis mostró que el ver a sus padres copulando desencadenó la neurosis con
toda su fuerza. Se intensificó su sentimiento de frustración y envidia en
relación con sus padres y elevó a un punto agudo sus fantasías e impulsos
sádicos frente a la gratificación sexual que ellos estaban obteniendo.
Los síntomas obsesivos de Erna fueron explicados como sigue. El carácter
obsesivo de su chupeteo fue causado por fantasías de chupar, morder y devorar el
pene de su padre y el pecho de su madre. El pene representaba a todo su padre y
los pechos a toda su madre. Y además, como hemos visto, la cabeza, para su
inconsciente, simbolizaba el pene. La acción de golpear la cabeza sobre la
almohada tenía por objeto representar los movimientos del padre en el coito.
Ella me dijo que durante la noche tenía miedo a ladrones y asaltantes no bien
cesaba de golpear su cabeza. De este modo se liberaba de este temor
identificándose ella misma con el objeto temido.
La estructura de su masturbación obsesiva fue muy complicada. Erna diferenciaba
varias formas de masturbación: una presión de sus piernas que ella llamaba
"ranking"* ; un movimiento de balanceo, ya mencionado, que llamaba "sculpting"·
, y un tirón en el clítoris, llamado "juego del armario", del que ella "quería
sacar algo muy largo". Más aun, solía provocar una presión en la vagina tirando
la punta de la sábana entre sus piernas. Varias identificaciones actuaban en
estas diferentes formas de masturbación, de acuerdo con las cuales, en las
fantasías que las acompañaban, ella representaba el papel activo del padre o el
pasivo de la madre, o ambos a la vez. Estas fantasías de masturbación de Erna,
que eran muy fuertemente sado-masoquistas, mostraban una clara conexión con la
escena primaria y con las fantasías primarias. Su sadismo estaba dirigido contra
sus padres en el acto del coito, y como reacción a esto tenía fantasías
correspondientes de carácter masoquista.
Durante una serie de horas analíticas Erna se masturbó de estas diferentes
maneras. Debido a la transferencia bien establecida fue posible inducirla a
describir estas fantasías de masturbación en los períodos de intervalo. De este
modo pude descubrir las causas de su masturbación obsesiva y así librarla de
ella. Los movimientos de balanceo, que comenzaron en la segunda mitad de su
primer año de vida, surgieron de su deseo de ser masturbada y se originaron en
las manipulaciones relacionadas con su toilette cuando era muy pequeña. Hubo un
período del análisis durante el cual describía a sus padres copulando por medio
de distintas formas de juego, y luego desahogaba su furia contra la frustración
que esto involucraba. Durante esas escenas no dejó nunca de producir una
situación en la que ella misma se balanceaba adoptando una postura entre
acostada y sentada, exhibiéndose y eventualmente pidiéndome abiertamente que
tocara sus genitales y a veces que los oliera. En esa época asombró una vez a su
madre pidiéndole, después del baño, que levantara una de sus piernas y la
palmeara o tocara debajo, tomando al mismo tiempo la posición de un niño al que
empolvan sus genitales, posición que ella no había adoptado durante muchos años.
La explicación de sus movimientos de balanceo llevaron a la completa cesación
del síntoma obsesivo.
El síntoma más rebelde de Erna fue su inhibición para aprender. Era tan intensa,
que a pesar de todos sus esfuerzos tardó 2 años en aprender lo que habitualmente
los niños aprenden en pocos meses.
Esta dificultad se vio francamente disminuida en la última parte del análisis, y
cuando concluí el tratamiento había sido reducida, aunque no completamente
dominada.
Ya hemos hablado del favorable cambio que se efectuó en la relación de Erna con
sus padres y en la posición general de su libido como resultado del análisis, y
hemos visto cómo sólo gracias al análisis fue capaz de dar los primeros pasos
hacía una adaptación social. Sus síntomas obsesivos desaparecieron (masturbación
obsesiva, chupeteo, balanceo, etc.), no obstante haber sido tal su gravedad, que
ocasionaron en parte su insomnio. Con su cura y la disminución de su ansiedad su
sueño se hizo normal. Las crisis de depresión también desaparecieron.
A pesar de todos estos resultados favorables no consideré que el análisis
estuviera completo cuando fue interrumpido por razones externas después de 575
horas de tratamiento, habiendo durado 2 años y medio. La extraordinaria gravedad
del caso, que no sólo se manifestaba en los síntomas presentados por la niña
sino en la deformación de su carácter y en su personalidad completamente
anormal, hubiera exigido un análisis adicional con el objeto de eliminar las
dificultades que aún tenía. Se interrumpió en un estadío insuficientemente
estable, lo que se veía cuando frente a situaciones difíciles tenía una marcada
tendencia a recaer en algunos de sus antiguos trastornos, aunque estas recaídas
eran siempre más leves que en la situación primera. En estas circunstancias
podía temerse siempre que en situaciones difíciles, o a la entrada de la
pubertad, pudiese enfermar otra vez o manifestar otros trastornos.
Llegamos con esto a un problema de importancia capital, y es el de saber cuándo
puede decirse que el análisis de un niño está terminado. En el período de
latencia, por buenos que sean los resultados obtenidos y por más que satisfagan
a la gente que rodea al niño, no podemos considerar esto como evidencia
suficiente de que el análisis está terminado. He llegado a la conclusión de que
aunque un análisis haya tenido un desarrollo bastante favorable durante el
período de latencia, cosa ésta muy importante, no es una garantía suficiente de
que el desarrollo futuro del paciente sea exitoso. La transición a la pubertad y
de ésta a la madurez parecería ser la prueba de si el análisis de un niño ha
sido suficiente o no. Más adelante, en el capítulo 6, ahondaremos este problema,
pero quiero dejar sentado el hecho empírico de que el análisis asegura la futura
estabilidad del niño en proporción directa con la cantidad de ansiedad que ha
podido resolver en las más profundas capas mentales. En esto, y en el carácter
de sus fantasías inconscientes, o más bien en los cambios que éstas han sufrido
por el análisis, debemos encontrar un criterio que nos ayude a juzgar si un
análisis ha sido suficiente.
Volvamos al caso de Erna. Como ya he dicho, al finalizar el análisis sus
fantasías de persecución habían disminuido tanto en cantidad como en intensidad.
En mi opinión, sin embargo, el sadismo y la ansiedad pudieron y deberían haber
disminuido mucho más, con el objeto de prevenir una enfermedad en la pubertad o
al entrar en la adultez. Ya que no fue posible en ese momento continuar el
análisis, el completarlo se dejó para el futuro.
Trataré ahora algunos problemas relacionados con la historia de Erna y que son
de importancia general; algunos de ellos surgieron del análisis de este caso. He
encontrado que, en el análisis de Erna, el trato extenso de temas sexuales y la
libertad concedida en los juegos y fantasías condujo a una disminución y no a un
aumento de la excitación y preocupaciones en materia sexual. Erna era una niña
cuya excesiva precocidad sexual chocaba a todo el mundo. No solamente su tipo de
fantasías sino su conducta y modales eran los de una niña púber muy sensual.
Esto se mostró en su conducta provocativa frente a hombres y muchachos. En este
aspecto también mejoró su conducta durante el análisis, y al finalizar éste
mostraba una naturaleza más infantil en todo sentido. Aun más, así, con el
análisis de sus fantasías de masturbación desapareció su masturbación obsesiva.
Otro principio analítico que quiero subrayar aquí es la necesidad de hacer
consciente, tanto cuanto sea posible, las dudas y críticas albergadas por el
niño en su inconsciente en lo que se refiere a sus padres y especialmente a su
vida sexual. Su actitud frente al ambiente también se beneficia con esto,
haciendo emerger a la conciencia las quejas inconscientes y los juicios
adversos, que al ser confrontados con la realidad pierden su virulencia
originaria, permitiendo así una mejoría en su relación con la realidad. Además,
la capacidad de criticar conscientemente a sus padres ya es, como lo mostró el
caso de Erna, el resultado de una mejoría en su relación con la realidad .
Llegamos ahora a un problema técnico especial. Se ha dicho más de una vez que
Erna tenía frecuentes ataques de rabia durante la hora de análisis. Estas crisis
de furia e impulsos sádicos no pocas veces asumían formas convergentes hacia mí.
En los neuróticos obsesivos es común el hecho de que el análisis libere fuertes
afectos, y en los niños la liberación es más directa e incontrolable que en los
adultos. Muy al comienzo del tratamiento hice comprender a Erna que no debía
atacarme físicamente, pero que tenía libertad de descargar sus afectos de otro
modo; acostumbraba así a romper sus juguetes o despedazarlos, a derribar las
sillas, desparramar los almohadones, patear el sofá, volcar agua, ensuciar
papel, ensuciar los muñecos o el lavatorio, injuriarme, etc., sin el menor
impedimento de mi parte. Pero al mismo tiempo yo solía analizar su ira y lograba
así disminuirla, esclareciéndola a veces por completo. En la técnica analítica
hay tres maneras de manejar estos estallidos emocionales durante el tratamiento:
1) El niño tiene que dominar parte de sus afectos, pero se le debería exigir
esto únicamente cuando la realidad lo exige; 2) Puede liberar estos afectos
injuriando, o por los otros modos ya mencionados; 3) Estos afectos disminuyen y
se aclaran por continuas interpretaciones, rehaciendo el camino desde la
situación presente a la originaria. Claro que el tiempo empleado en estos
métodos varía mucho. Por ejemplo, con Erna, desde el principio yo había tenido
que idear el siguiente plan:
En una época acostumbraba a tener crisis de rabia cuando le decía que su hora
había terminado, y entonces abría yo las dobles puertas de mi cuarto para que se
refrenara, sabiendo que le era muy penoso que la persona que la venía a buscar
viese cualquiera de estas explosiones. En este período, cuando Erna se iba, mí
cuarto parecía un campo de batalla. Cuando el análisis estuvo más adelantado se
satisfacía desparramando rápidamente todos los almohadones antes de irse, y
algún tiempo después dejaba mi cuarto perfectamente tranquila. He aquí otro
ejemplo, tomado del caso de Pedro (3 años y 9 meses), que en una época tuvo
también fuertes crisis de rabia. En el último período de su análisis dijo
espontáneamente señalando un juguete: "Me basta con pensar que he roto eso".
Conviene señalar acá que la insistencia con que el analista debe subrayar el
ejercicio del control parcial de las emociones por parte del niño, regla que
naturalmente el niño no siempre puede respetar, de ningún modo debe ser
considerada como medida pedagógica. Tal exigencia se funda en las necesidades de
las situaciones reales que puede comprender el niño más pequeño.
Del mismo modo hay ocasiones en las que yo no ejecuto en su totalidad todas las
acciones que me han sido atribuidas en el juego, sobre la base de que su
realización completa seria muy difícil o muy desagradable para mí.
Sin embargo, en tales casos, sigo las ideas del niño hasta donde sea posible. Es
muy importante que el analista traduzca el mínimum de emoción posible frente a
las crisis emocionales del niño.
Utilizaré ahora los datos obtenidos en este caso para ilustrar los puntos de
vista teóricos obtenidos desde entonces y que desarrollaré en la segunda parte
de este volumen. Las doradas lámparas de la locomotora, que eran para Erna "tan
lindas, rojas y ardientes" y que ella chupaba, representaban el pene de su padre
(así como el "algo largo y dorado" que ayudaba al capitán a salir del agua)
tanto como el pecho de su madre. El sentimiento de culpa que acompañaba al acto
de chupar se hizo evidente porque cuando yo representaba el papel de niño, el
chupar esa lámpara era, según ella, mi falta más grave. El sentimiento de culpa
puede ser explicado porque para ella chupar era también morder y devorar el
pecho de la madre y el pene del padre. Quiero referirme aquí a mi creencia de
que el proceso del destete, junto con los deseos del niño de incorporar el pene
del padre y sus sentimientos de envidia y odio frente a la madre, son los que
ponen en movimiento el complejo de Edipo. En la base de esta envidia está la
primera teoría sexual infantil de que la madre, al copular con el padre,
incorpora el pene de éste y lo retiene dentro de si.
En el caso de Erna comprobé que esta envidia era el punto central de su
neurosis. Las agresiones que al comenzar el análisis ella realizaba en su papel
de "tercera persona" contra la casa ocupada sólo por un hombre y una mujer,
resultaron ser la descripción de sus impulsos destructivos contra el cuerpo de
la madre y el pene del padre, que ella imaginaba en el interior de la primera.
Estos impulsos, estimulados por la envidia oral de la niña, se expresaban en el
juego de hundir un barco (su madre) y separar del capitán (su padre) la "cosa
larga y dorada" y su cabeza, que lo hacía flotar, es decir, lo castraba cuando
copulaba con la madre. Los detalles de sus fantasías de agresión mostraban lo
intenso de su ingenio sádico para atacar el cuerpo de su madre. Ella quería, por
ejemplo, transformar los excrementos en combustibles y explosivos para
destrozarla. Esto se representaba en el incendio y destrucción de la casa y en
la "explosión" de los que estaban dentro. El cortar papel (haciendo "picadillo"
y "ensalada de ojos") representaba la completa destrucción de su padre en el
acto sexual. El deseo de Erna de morder mi nariz y reducirla a flecos, era no
sólo un ataque directo contra mí, sino también simbolizaba una agresión contra
el pene incorporado de su padre, como se pudo ver en el material producido en
conexión con esto.
Que Erna atacó el cuerpo de su madre no sólo con el fin de tomar y destrozar el
pene del padre, sino también las heces y niños, se evidenció en las luchas que
cada variedad de pescado, sucesivamente, despertaba entre la vendedora de
pescado (su madre) y yo como la niña, en las que empleaba todos los recursos.
Imaginaba, además, como hemos visto, que yo después de haber observado cómo ella
y el policía batían juntos monedas y pescado, trataría de tomar el pescado por
cualquier medio. El ver a sus padres en el acto sexual despertó en ella el deseo
de robar el pene de su padre o cualquier otra cosa del interior de su madre.
Recordarán que la reacción de Erna frente a su deseo de robar y destrozar
completamente el cuerpo de su madre se expresó en el miedo que tuvo, después de
luchar con la vendedora de pescado, de que una ladrona le robase todo cuanto
tenía dentro de sí. Es este miedo el que he descripto en el capítulo 11 como
perteneciente a las primeras situaciones de peligro en la niña y que equivale a
la ansiedad de castración del varón. Quiero mencionar aquí la relación entre
esta temprana situación de ansiedad de Erna y su extraordinaria inhibición para
aprender, conexión que he encontrado después en otros análisis. Ya he señalado
que en Erna se produjo un cambio de inhibición sólo después del análisis de las
capas más profundas de su sadismo y de su temprana situación edípica. Su deseo
de saber, fuertemente desarrollado, estaba tan intensamente enlazado con su
intenso sadismo, que la defensa frente a este último la llevó a una completa
inhibición de un número de actividades basadas en su deseo de aprender. La
aritmética y la escritura representaban en su inconsciente violentos ataques
contra el cuerpo de la madre y el pene del padre. Ellos significaban destrozar,
cortar y quemar el cuerpo de su madre junto con los niños que contenía y castrar
al padre. La lectura, también, como consecuencia de la ecuación simbólica entre
el cuerpo de su madre y los libros, llegó a significar una violenta extirpación
de sustancias, niños, etc., del interior de su madre.
Finalmente, haré uso de este caso para tratar otro punto al que, a través de mis
experiencias posteriores, le atribuyo validez general. Creo que no sólo el
carácter de las fantasías de Erna y sus relaciones con la realidad, típicas de
los casos en los que actúan fuertes rasgos paranoides, sino también las causas
subyacentes de estos rasgos paranoides y la homosexualidad a ellos asociada, son
factores fundamentales en la etiología de la paranoia en general. En la segunda
parte de este libro (cap. 9) discutiré este tema ampliamente. Aquí sólo he
querido señalar con brevedad el hecho de haber descubierto rasgos fuertemente
paranoides en varios análisis de niños, llegando así a la convicción de que una
de las más importantes y prometedoras tareas en el análisis de niños es poner al
descubierto y aclarar rasgos psicóticos en la primera infancia.
4. LA TÉCNICA DEL ANALISIS EN EL PERÍODO DE LATENCIA
Los niños presentan durante el período de latencia especiales dificultades al
análisis. A diferencia del niño de corta edad, cuya imaginación viva y aguda
ansiedad nos permiten ganar una comprensión más fácil de su inconsciente y tomar
contacto con él, tienen una vida imaginativa muy limitada, de acuerdo con la
poderosa tendencia a la represión que es característica de esta edad, mientras
que si los comparamos con los adultos, su yo no está aún desarrollado y no
tienen conciencia de enfermedad ni sienten la necesidad de ser curados, de modo
que no poseen un estímulo para comenzar el análisis ni aliento para continuarlo.
Se puede agregar a esto la actitud general de reserva y desconfianza tan típica
de este período de la vida, actitud que en parte es resultado de su intensa
preocupación por la lucha contra la masturbación, y que los hace profundamente
adversos a todo aquello que tenga un dejo de averiguaciones sexuales o que
afecte los impulsos que están controlando con tanta dificultad.
Los pacientes de esta edad no juegan como los niños pequeños ni proporcionan
asociaciones verbales como los adultos. De este modo, el analista no encuentra
un camino de acceso franco. Sin embargo, he encontrado que es posible establecer
la situación analítica muy pronto tomando contacto con su inconsciente como lo
hago con los niños de corta edad, pero desde un ángulo de acercamiento adaptado
a sus mentes de niños mayores. El niño de corta edad está aun bajo la influencia
poderosa e inmediata de sus fantasías y experiencias instintivas y las pone
frente a nosotros desde el primer momento, de modo que ya en las primeras horas
de análisis podemos interpretar sus representaciones de coito y sus fantasías
sádicas; mientras que el niño en latencia ya ha desexualizado esas experiencias
y fantasías en una forma más completa y las expresa de otro modo.
Los dos casos siguientes ilustrarán bien este tema. Grete, de 7 años, era una
criatura muy reservada y limitada mentalmente. Tenía pronunciados rasgos
esquizoides y era completamente inaccesible. Sin embargo, dibujaba figuras y
producía representaciones primitivas de casas y árboles, dibujándolos una y otra
vez de un modo obsesivo, primero las casas y después los árboles. De ciertas
diferencias repetidas en el color y tamaño de las casas y árboles, y debido al
orden en el cual eran dibujados, pude inferir que las casas la representaban a
ella misma y a su madre y los árboles a su padre y a su hermano, y que ella
estaba interesada en sus correspondientes relaciones.
En este momento comencé a interpretar y le dije que lo que a ella le interesaba
era la diferencia de sexo entre su madre y su padre y entre su hermano y ella; y
además la diferencia entre los adultos y los niños. Estuvo de acuerdo conmigo, y
me mostró la impresión inmediata que le había causado la interpretación al hacer
alteraciones en sus dibujos, que hasta entonces habían sido bastante monótonos.
(Sin embargo, dejo constancia de que el análisis fue continuado por unos meses
con la ayuda de los dibujos.)
En el caso de Inge, de 7 años, no pude encontrar un modo de acercamiento por
varias horas. Sostuvo una conversación sobre la escuela y asuntos similares con
alguna dificultad, y su actitud hacia mí era de mucha desconfianza y reserva.
Demostró un poco más de interés cuando comenzó a hablarme de un poema que había
leído en la escuela. Le parecía notable el hecho de que palabras largas hubieran
alternado con cortas en dicha poesía. Un ratito antes había hablado de unos
pájaros que había visto volar en un jardín, pero que no los había visto salir.
Estas observaciones surgieron a continuación de señalar al pasar que una amiga y
ella habían jugado a ciertos juegos de varones.
Le expliqué que había estado ocupada por el deseo de saber de dónde vienen los
niños (los pájaros) y, además, de entender mejor la diferencia de sexo entre las
mujeres y los varones (palabras largas y cortas; la habilidad comparada de niños
y niñas). Mi interpretación tuvo el mismo efecto sobre Inge que sobre Grete. Se
estableció el contacto, se enriqueció el material traído por ella y el análisis
se puso en marcha.
En éste y en otros casos vemos la curiosidad reprimida dominando el cuadro. Si
en nuestros análisis del período de latencia elegimos este punto para hacer
nuestra primera interpretación -por lo cual, claro, yo no quiero significar
explicaciones en el sentido intelectual, sino sólo interpretaciones del material
a medida que surge bajo la forma de dudas y temores o conocimientos
inconscientes, o teorías sexuales, etc.-, pronto nos encontramos con un
sentimiento de culpa y ansiedad en el niño y de este modo habremos establecido
la situación analítica.
El efecto de la interpretación, que depende de haber suprimido cierta cantidad
de represiones, se manifiesta de varias maneras:
1. Se establece la situación analítica.
2. La imaginación del niño se torna más libre. Sus medios de representación
crecen en riqueza y extensión; su lenguaje es más rico y sus relatos están más
llenos de fantasías.
3. El niño no sólo siente alivio, sino que llega a una cierta comprensión del
propósito del trabajo analítico, lo que es análogo a la conciencia de enfermedad
en el adulto.
De esta manera, la interpretación conduce gradualmente a vencer las dificultades
mencionadas al principio de este capítulo, que son obstáculos para comenzar y
llevar a cabo los análisis durante el período de latencia.
Durante este período, de acuerdo con la más intensa represión de la imaginación
y con su yo más desarrollado, los juegos del niño se adaptan más a la realidad y
son menos imaginativos que los de un niño de corta edad. En sus juegos con el
agua, por ejemplo, no encontramos una representación directa de sus deseos
orales, o de mojar y ensuciar, como en los niños más pequeños, sino que, más
bien, sus ocupaciones siguen en gran parte a las tendencias reactivas y toman
formas racionalizadas, como cocinar, limpiar, etc. La gran importancia del
elemento racional en el juego de los niños de esta edad se debe, creo, no sólo a
una mayor intensidad de la represión de la imaginación, sino a un exagerado
énfasis obsesivo sobre la realidad, que está ligado a las condiciones especiales
de desarrollo de este período.
Al tratar con casos típicos de este período, vemos una y otra vez cómo el yo del
niño, que es aun mucho más débil que el del adulto, trata de fortificar su
posición colocando todas sus energías al servicio de las tendencias represoras y
manteniéndose unido a la realidad. Nuestro trabajo analítico se opone a todas
las tendencias del yo del niño, y ésa es la razón, creo, por la cual nosotros no
deberíamos al comienzo esperar ayuda de su yo, sino que tendríamos que tratar de
establecer primero comunicación con su sistema inconsciente y, de ahí,
gradualmente, ganar también la cooperación de su yo.
Como contraste con los niños pequeños, quienes por regla general tienden a jugar
con juguetes al comienzo del análisis, los niños en período de latencia muy
pronto comienzan a representar roles.
He jugado con niños de cinco a diez años a juegos de esta clase, que han sido
continuados hora tras hora durante períodos de semanas y meses, y un juego sólo
era reemplazado por otro, cuando todos sus detalles y conexiones eran explicados
por el análisis. El juego siguiente, por lo común, despliega las mismas
fantasías complejas en otras formas y con nuevos detalles, que conducen a
conexiones más profundas. Inge, de 7 años, por ejemplo, podría ser descripta
como una niña normal, en general, a pesar de ciertas perturbaciones cuya
extensión fue revelada sólo por el análisis. Durante un período considerable,
jugó cierto juego de oficina conmigo: ella era el gerente, quien daba órdenes de
todas clases, dictaba cartas, las escribía, hecho que contrastaba con su
inhibición fuerte para aprender y escribir. En esto, su deseo de ser un hombre
era muy fácil de reconocer. Un día abandonó este juego y comenzó a jugar a la
escuela conmigo. (Debe notarse que no sólo encontraba las lecciones difíciles y
desagradables, sino que también sentía profunda aversión por la escuela.)
Entonces, jugó a la escuela durante un lapso bastante largo. Ella era la maestra
y yo la alumna, y la clase de errores que ella me hizo hacer, arrojaron bastante
luz sobre las causas de su propio fracaso en la escuela. Resultó que, como era
la más chica en su casa, encontró, a pesar de que las apariencias señalaban lo
contrarío, muy difícil tolerar la superioridad de sus hermanas y hermanos
mayores, y cuando asistió a la escuela, sintió que se reproducía la misma
situación. La razón última por la cual no podía tolerar esa superioridad y no
podía soportar aprender en la escuela más tarde, era que sus propios deseos por
los conocimientos habían sido reprimidos y no satisfechos en una época muy
temprana, como lo mostraron los detalles de las lecciones dadas por ella, como
maestra.
Hemos visto cómo Inge hizo primero una amplia identificación con su padre (como
lo mostró el juego en el cual ella era el gerente), y luego con su madre (como
lo mostró el juego en el cual ella era la maestra y yo el alumno). En el juego
siguiente, ella era una vendedora de una juguetería y yo tenía que comprarle
toda clase de cosas para mis hijos, tales como lapiceras fuentes, lápices, etc.,
para hacerlos más rápidos e inteligentes. Las cosas vendidas eran todas símbolos
del pene y mostraban que era eso lo que quería que su madre le diera. La
satisfacción de deseos en este juego, en el cual era nuevamente predominante la
actitud homosexual de la pequeña niña y el complejo de castración, era que su
madre le diera el pene de su padre, de modo que con su ayuda pudiera suplantar a
su padre y ganar el amor de su madre. En el desarrollo adicional del juego, sin
embargo, prefirió venderme, como su cliente, cosas para comer para mis hijos, y
resultó evidente que el pene de su padre y los pechos de su madre eran los
objetos de sus deseos orales más profundos, y que eran las frustraciones orales
las que se encontraban en el fondo de sus trastornos, en general, y en su
dificultad referente al aprendizaje en la escuela, en particular.
Debido a sus sentimientos de culpa, ligados a la introyección oral-sádica de los
pechos de su madre, Inge, desde una época muy temprana, había considerado su
frustración oral como un castigo. Sus impulsos agresivos contra su madre, que
surgieron de la situación edípica, y sus deseos de robarle sus hijos habían
fortificado este temprano sentimiento de culpa, y la habían conducido a un temor
a su madre, muy hondo aunque oculto. Esta era la razón por la cual no era capaz
de mantener su posición femenina y trataba de identificarse con su padre. Pero
tampoco fue capaz de aceptar la posición homosexual debido a un temor excesivo a
su padre, cuyo pene quería robar. A esto se agregaba su sentimiento de ser
inhábil para hacer, como consecuencia de su inhabilidad para conocer (la
temprana frustración de su deseo de saber), a lo que contribuyó su posición como
la más pequeña de la casa. Fracasó, por consiguiente, en la escuela, en las
actividades que correspondían a sus componentes masculinos; y desde que no pudo
mantener su posición femenina -que involucraba la concepción y dar a luz hijos
en la fantasía- no fue capaz de desarrollar sublimaciones femeninas derivadas de
esta posición. Debido a su ansiedad y sentimiento de culpa, además, también
fracasó en la relación de hija a madre (y en su relación con la maestra de
escuela) desde que ella, inconscientemente, equiparaba la absorción de
conocimiento con la gratificación de sus deseos oral-sádicos, y esto implicaba
la destrucción de los pechos de la madre y del pene del padre.
Mientras que en la realidad Inge era una fracasada, en la imaginación actuaba
todos los papeles. Así, en el juego que he descripto, en el cual ella tomaba la
parte del gerente, representaba sus éxitos en el papel del padre; como maestra
de escuela, tenía numerosas criaturas y al mismo tiempo cambiaba su papel de
hija menor por el de la de más edad e inteligencia; mientras que en el juego de
vendedora de juguetes y alimentos, no sólo estaba en una posición superior, sino
que compensaba las frustraciones orales sufridas cuando bebé.
He expuesto este caso para mostrar cómo, para descubrir las conexiones
psicológicas fundamentales, tenemos que investigar no sólo los detalles de un
juego determinado, sino también la razón por la cual un juego es cambiado por
otro. He encontrado a menudo que este cambio de juegos nos permite una
percepción de la naturaleza interior de las causas de los cambios de una
posición psicológica a otra, o de las fluctuaciones entre estas posiciones, y de
ahí la del juego dinámico de las fuerzas mentales.
El caso siguiente nos da oportunidad de demostrar la aplicación de una técnica
mixta. Kenneth, de 9 años y medio, era un niño muy infantil para su edad y me
fue enviado para ser analizado por presentar varias dificultades. Era miedoso,
vergonzoso, seriamente inhibido, y sufría una gran ansiedad. Desde edad temprana
sufría de una acentuada cavilación mórbida. Era un completo fracasado en sus
lecciones; sus conocimientos de las materias escolares eran los de una criatura
de 7 años. En su casa era de temperamento fuertemente agresivo, insolente e
intratable. Su interés en temas sexuales, no sublimado y aparentemente no
inhibido, era fuera de lo común; usaba preferentemente palabras obscenas, se
exhibía y se masturbaba de un modo extraordinariamente desvergonzado para una
criatura de su edad.
La historia previa del niño era, brevemente, como sigue: A una edad muy temprana
había sido seducido por su niñera. El recuerdo era totalmente consciente, y las
circunstancias fueron conocidas por la madre, más tarde. Según ella, la niñera,
María, había sido muy afecta al niño, pero muy severa en lo que se refería a su
higiene. El recuerdo de Kenneth de haber sido seducido se remontaba al comienzo
de su quinto año, pero es seguro que se llevó a cabo mucho antes. El refirió,
aparentemente con placer y sin inhibición alguna, que su niñera acostumbraba a
llevarlo con ella, cuando se bañaba, y le pedía que frotara sus órganos
genitales. Aparte de esto, decía de ella sólo cosas buenas; aseguraba que lo
quería y por mucho tiempo negó que lo hubiese tratado severamente. Al comienzo
del análisis nos relató un sueño que había soñado repetidamente desde los 5
años: "Estaba tocando los órganos genitales a una mujer desconocida y
masturbándola".
Su temor hacía mí surgió en la primera hora. Tuvo un sueño de ansiedad poco
después del comienzo del análisis, en el cual "repentinamente un hombre estaba
sentado en mi silla, ocupando mi lugar. Yo entonces me desvestí y él se
horrorizó al ver que yo tenía un genital viril extraordinariamente grande". En
conexión con la interpretación de este sueño surgió una cantidad de material
referente a su teoría sexual de "la madre con pene", una imagen mental que, como
lo probó el análisis, había personificado en María. Evidenció haberle temido
cuando era un niño pequeño, porque le había pegado fuertemente, pero él era
incapaz de admitir este hecho, hasta que otro sueño, posteriormente, le hizo
cambiar su actitud. A pesar de ser desde varios puntos de vista muy infantil,
Kenneth adquirió rápidamente la comprensión del objeto y la necesidad del
análisis. Acostumbraba a ofrecer asociaciones propias de niños de más edad, y
voluntariamente permanecía a veces acostado mientras las decía. La mayor parte
de su análisis tuvo este curso. Pronto agregó a este material verbal un
suplemento de acción. Tomaba algunos lápices de la mesa y con ellos representaba
gente. Otras veces traía broches para papeles, los que también se convertían en
personas y se peleaban. Otras veces los hacía actuar como proyectiles o hacía
construcciones con ellos. Todo esto se llevaba a cabo en el sofá en el que
estaba tendido.
Finalmente descubrió una caja de cubos sobre el parapeto de la ventana y trajo
la pequeña mesa de juego hasta el sofá, acompañando sus asociaciones con
representaciones por medio de los cubos.
El segundo sueño de Kenneth significó un paso adelante en el análisis, y
relataré de él lo necesario para ilustrar la técnica empleada. "Estaba en el
baño orinando; un hombre entró y disparó una bala que le pegó en la oreja y ésta
se cayó". Mientras me contaba el sueño, Kenneth llevó a cabo operaciones con los
cubos que él me explicó así: El, su padre, su hermano, su niñera María, eran
representados cada uno por un cubo. Todos ellos yacían dormidos en diferentes
cuartos (las paredes también estaban representadas por cubos). María se levantó,
tomó un palo grande (otro cubo) y vino hacia él. Ella le iba a hacer algo porque
él, de algún modo, se había portado mal (resultó ser que se había masturbado y
orinado). Mientras ella le pegaba con el bastón él comenzó a masturbarla, y ella
enseguida dejó de pegarle. Cuando comenzó a pegarle otra vez, él volvió a
masturbarla y ella se detuvo; y este proceso fue repetido una y otra vez, hasta
que al fin, a pesar de todo, ella lo amenazó con matarlo con su bastón. Entonces
su hermano vino a salvarlo.
Kenneth se sorprendió grandemente cuando, por fin, percibió en el juego y las
asociaciones que él, realmente, había tenido miedo a María. Al mismo tiempo,
parte del miedo a sus padres se había hecho consciente. Sus asociaciones
mostraban claramente que detrás del miedo por María asomaba el miedo a una madre
mala asociada con el padre castrador. Este último estaba representado en el
sueño por el hombre que apuntó a la oreja en el cuarto de baño, el mismo lugar
en que él a menudo había masturbado a su niñera.
El miedo de Kenneth hacia sus dos padres unidos contra él y copulando
continuamente, probaba ser muy importante en el análisis. Fue solamente después
que hice observaciones de esta índole en otros casos, que comprendí el hecho de
que el miedo a "la mujer con pene" se basa en una teoría sexual que aparece en
etapas muy tempranas del desarrollo y según la cual la madre incorpora el pene
del padre en el acto del coito, y, en último término, la mujer con pene
representa los dos padres unidos. Ilustraré esto con el material en discusión.
En el sueño, Kenneth fue primeramente atacado por un hombre, pero luego, en sus
juegos, fue María la que lo atacó. Ella representaba, como mostraban sus
asociaciones, no sólo la mujer con pene, sino también su madre unida a su padre.
En esta figura, el padre, que antes había aparecido como un hombre, ahora era
representado solo por el pene, es decir, por el palo con el cual María le pegó.
Puedo señalar aquí la similitud entre la técnica de los análisis tempranos y la
técnica de juego que se emplea en ciertos casos con niños de más edad. Kenneth
había hecho consciente una importante parte de su primera infancia por medio del
juego con cubos. A medida que su análisis avanzaba solía producirse un retorno
de su ansiedad, y entonces sólo podía comunicarme sus asociaciones si las
completaba por medio de representaciones con cubos (en realidad, no era raro que
cuando su ansiedad volvía le faltaran palabras, y lo único que podía hacer era
jugar). Después que su ansiedad disminuyó con la interpretación, fue capaz de
hablar más libremente.
Otro ejemplo de la modificación de la técnica es el método que adopté con
Werner, un niño de 9 años, neurótico obsesivo. Este niño, cuya conducta en
muchos aspectos era la de un adulto obsesivo y en el que había una marcada
cavilación mórbida, sufría también de fuerte ansiedad que se manifestaba por una
gran irritabilidad y crisis de rabia. Una gran parte de su análisis se llevó a
cabo por medio de juguetes y con ayuda de dibujos. Estaba obligada a sentarme a
su lado en la mesa de juegos y a jugar con él mucho más de lo común, aun
tratándose de niños más pequeños. En algunas ocasiones yo tenía que efectuar las
acciones del juego por mí misma, bajo su dirección. Por ejemplo, tuve que
construir con los cubos, mover los carros, etc., mientras que él sólo dirigía
mis acciones. La razón que dio para esto era que sus manos, a veces, temblaban
mucho, de modo que él no podía colocar los juguetes en su lugar, pues los
tumbaría o echaría a perder el arreglo. El temblor era signo de un acceso de
ansiedad. En la mayoría de los casos podía amortiguar el ataque continuando el
juego como él deseaba y, al mismo tiempo, interpretando, en relación a su
ansiedad, el significado de mis acciones. Parece que el temor a su propia
agresividad y su incredulidad en su capacidad de amar le había hecho perder toda
esperanza de restaurar a sus padres, hermanos y hermanas, a quienes, en su
imaginación, había atacado y dañado. De aquí su temor a, por accidente, tumbar
los cubos y cosas que habían sido construidas. La desconfianza a sus propias
tendencias constructivas y a su habilidad de reconstruir lo que había destruido
era una de las causas de su severa inhibición en el trabajo y el juego.
Después que su ansiedad fue resuelta en su mayor parte, Werner jugaba sus juegos
sin mi ayuda. Hizo una buena cantidad de dibujos y dio abundantes asociaciones a
ellos. En 1a última parte de su análisis produjo material, principalmente en
forma de asociaciones libres. Tendido en el sofá -posición que, a igual que
Kenneth prefería para dar sus asociaciones- me narraba continuas fantasías de
aventuras en las que jugaban el papel más importante aparatos y artefactos
mecánicos. En estos cuentos, el material que antes había sido representado en
sus dibujos aparecía nuevamente, pero enriquecido por muchos detalles. La
intensa y aguda ansiedad de Werner se expresaba en su mayor parte, como ya he
dicho, por medio de ataques de rabia y agresividad y en una actitud dominadora,
desafiante y de crítica. No tenía conciencia de su enfermedad e insistía en que
no había razón para continuar el análisis y, por un período largo, cuando
surgían resistencias se comportaba conmigo de un modo insolente e irritado. En
su casa era también un niño difícil de manejar, y sus padres casi no hubieran
podido inducirlo a seguir el tratamiento si yo muy pronto no hubiese logrado
resolver su ansiedad, poco a poco, por el análisis, hasta que las
manifestaciones de resistencia al tratamiento se limitaron a la hora de
análisis.
Ahora llegamos a un caso que presentó excepcionales dificultades técnicas. Egon,
de 9 años y medio, no evidenciaba síntomas definidos, pero su aspecto general
producía una impresión poco tranquilizadora. Era completamente "cerrado", aun
con las personas más cercanas a él; hablaba sólo cuando era estrictamente
necesario, casi no tenía vínculos sentimentales, carecía de amigos y nada le
interesaba o agradaba; era, en verdad, un buen escolar, pero, como lo demostró
el análisis, sólo sobre una base obsesiva. Cuando se le preguntaba si algo le
gustaba o no, su contestación estereotipada era siempre "me es indiferente". La
expresión tensa y poco infantil de su cara y la dureza de sus movimientos eran
muy notables. Su alejamiento de la realidad llegó a tal extremo que no veía lo
que sucedía a su alrededor y no reconocía a sus amistades cuando las encontraba.
El análisis reveló la presencia de fuertes rasgos psicóticos, en aumento
constante, que muy posiblemente lo hubiesen llevado a una esquizofrenia en la
pubertad. He aquí el breve resumen de la historia previa del niño. Cuando tenía
alrededor de 4 años su padre lo había amenazado repetidamente por haberse
masturbado y le había dicho que siempre debería confesar cuando lo hiciera.
Estas amenazas fueron seguidas de acentuados cambios de carácter. Comenzó a
mentir y a tener frecuentes ataques de rabia. Más tarde su agresividad pasó a
segundo plano y, en cambio, toda su actitud general fue indiferente, de
oposición pasiva y de alejamiento del mundo externo.
Comencé por conseguir que Egon se tendiera sobre el sofá (esto lo tuvo sin
cuidado y, en apariencia, lo prefirió a jugar), y durante varias semanas traté,
por los varios métodos comunes, de comenzar el tratamiento, hasta que me vi
obligada a reconocer que mis intentos por esos medios estaban condenados al
fracaso. Fue claro para mí que las dificultades del niño en hablar estaban tan
arraigadas, que mi primera labor era vencerlas por el análisis. Al notar que el
escaso material que hasta entonces había podido conseguir de él era en su
mayoría deducido del modo en que jugaba con sus dedos mientras pronunciaba unas
palabras -que no llegaron a más de unas pocas oraciones en una hora-, comprendí
que era necesario que me ayudara con la acción, y por consiguiente le pregunté
una vez más si después de todo no le interesaría jugar con mis pequeños
juguetes. Dio su acostumbrada contestación: "Me es indiferente". Sin embargo
miró las cosas de la mesa de juego, y a continuación se ocupó de los carritos, y
sólo de ellos. Entonces comenzó un juego monótono que ocupó toda su hora varias
semanas. Egon hacía correr los carritos sobre la mesa y luego los hacía caer en
mi dirección. Me di cuenta, por su mirada, que yo debía levantarlos y empujarlos
nuevamente hacia él. Para distanciarme del papel de padre escudriñador, contra
el cual se dirigía su oposición, jugué con él durante semanas, en silencio, y no
hice interpretaciones, tratando sencillamente, de establecer rapport jugando con
él. Durante todo este tiempo los detalles del juego fueron siempre iguales, pero
(aunque era monótono y es claro muy cansador para mí) había muchos pequeños
puntos dignos de ser anotados. Parece que en su caso, como en todos los análisis
de varones, hacer mover un carro significa masturbación y coito, hacer que los
carros choquen significa coito, y la comparación de un carro mas grande con uno
pequeño significa rivalidad con su padre o con el pene de su padre.
Cuando después de algunas semanas expliqué este material a Egon, en relación con
lo ya conocido tuvo un importante efecto en dos direcciones. En la casa se
asombraban sus padres por su conducta más libre, y en el análisis mostró lo que
he encontrado es una reacción típica a una buena interpretación. Comenzó a
agregar nuevos detalles a su monótono juego, detalles que al principio sólo se
advertían después de una profunda observación, pero que a medida que el tiempo
pasaba fueron más y más evidentes, hasta que finalmente se produjo un completo
cambio en el juego. Del simple empujar los carritos, Egon pasó a un juego de
construcción, cada vez con más habilidad. Comenzó a apilar los carritos unos
sobre otros hasta una gran altura y a competir conmigo en esto. Entonces
procedió por primera vez a usar los cubos, y muy pronto evidenció que todo lo
que él construyera, por más hábilmente que disfrazara el hecho, eran seres
humanos o genitales de ambos sexos. De la construcción, Egon pasó a una forma de
dibujar notable. Sin mirar el papel, hacía girar el lápiz entre sus dos manos y
así dibujaba líneas. De estos garabatos, él mismo descifraba formas, y éstas
siempre representaban cabezas, entre las cuales él mismo podía distinguir con
claridad las femeninas y las masculinas. En los detalles de estas cabezas y en
sus mutuas relaciones muy pronto reapareció el material que había surgido en su
primer juego, es decir, su incertidumbre sobre la diferencia entre los sexos y
sobre el coito entre sus padres; las preguntas relacionadas en su mente con este
tema, las fantasías en las cuales él -como un tercero- desempeñaba una parte en
el coito de sus padres, etc. Pero su odio y sus impulsos destructivos también se
evidenciaron al recortar y cortar en pedacitos esas cabezas, que también
representaban a los hijos en el cuerpo de su madre y a sus mismos padres. Sólo
ahora llegamos al significado completo de las pilas de carritos tan altas como
fuera posible. Representaban el cuerpo preñado de su madre, por lo que él la
había envidiado y cuyos contenidos deseaba robar. Tenía un poderoso sentimiento
de rivalidad hacia su madre, y su deseo de robarle el pene del padre y sus hijos
lo había llevado a un vivo temor de ella. Más tarde, estas representaciones
fueron suplementadas por los recortes, en los cuales adquirió bastante
habilidad. Lo mismo que en sus actividades de construir, las formas que él
recortaba representaban sólo seres humanos. El modo de poner en contacto estas
formas unas con otras, sus tamaños diferentes, el que representaran hombres o
mujeres, el que tuvieran partes de más o de menos, cuándo y cómo comenzó a
cortarlas en pedacitos, todo esto nos llevó al fondo de su complejo de Edipo,
tanto directo como invertido. La rivalidad con su madre, basada en su poderosa y
pasiva actitud homosexual, y la ansiedad que por eso sentía, tanto en relación
con su madre como con su padre, fue más y más evidente. Su odio por su hermano y
hermanas y los impulsos destructivos que había tenido hacia ellos cuando su
madre estaba encinta, se manifestaron en el recorte de formas que él reconocía
como representación de seres humanos pequeños e incompletos. También aquí el
orden en que jugaba sus juegos era importante. Después de recortar y cortar en
pedazos, solía comenzar a construir, como un acto de restauración, y del mismo
modo procedía a decorar en exceso las figuras que había recortado, impulsado por
tendencias reactivas. En todas estas representaciones, sin embargo, siempre
reaparecían sus interrogantes y curiosidad intensa y tempranamente reprimidos,
que resultaron ser un factor importante en su incapacidad para hablar, en su
carácter hermético y su falta de interés.
La inhibición de Egon en sus juegos databa de la edad de cuatro años, y, en
parte, de una época más temprana aún. Había comenzado a hacer construcciones
antes de los tres años y a cortar papel algo más tarde, pero sólo por un corto
período, y aun entonces sólo había recortado cabezas. Nunca había dibujado, y
después de los cuatro años de edad no encontró placer en ninguna de estas
actividades. Lo que aparecía ahora, entonces, eran sublimaciones rescatadas de
profundas represiones, en parte en forma de restablecimiento y en parte como
creaciones nuevas, y la forma infantil y completamente primitiva en la que se
dedicaba a estas actividades realmente correspondían a las de una criatura
normal de tres o cuatro años. Se puede asegurar que, simultáneamente con estos
cambios, todo el carácter del niño mejoró.
Sin embargo, la inhibición en el habla por mucho tiempo se alivió sólo muy
levemente. Es verdad que gradualmente comenzó a contestar las preguntas que yo
le hacía durante los juegos de una manera más completa y libre, pero, por el
otro lado, me fue imposible por mucho tiempo conseguir que diera libres
asociaciones de la clase común en los niños de más edad. Recién después de mucho
tiempo y durante la última parte de su tratamiento, que ocupó 425 horas en
total, reconocimos y exploramos los factores paranoides que eran la razón
fundamental de su inhibición del habla, que entonces fue suprimida por completo.
A medida que su ansiedad disminuyó, comenzó por sí solo a darme asociaciones
aisladas, por medio de la escritura. Más tarde solía susurrarlas y hacer que yo
le contestara en voz baja. Resultaba más y más claro que temía ser oído por
alguna persona en la habitación, y había algunas partes de ésta a las que nunca
se acercaba de modo alguno. Si, por ejemplo, su pelota había rodado debajo del
sofá o de los estantes o a un rincón oscuro, yo tenía que buscársela, mientras
que a medida que su ansiedad crecía asumía nuevamente la misma postura rígida y
expresión fija que habían sido tan acentuadas al comienzo del análisis. Resultó
que él sospechaba la presencia de ocultos perseguidores que lo observaban desde
todos esos lugares y aun desde el techo, y sus temores de persecución
retrocedían en último término hasta su temor de los muchos penes dentro del
cuerpo de su madre y del suyo propio. Este temor paranoico del pene como
perseguidor había sido aumentado por la actitud de su padre al observarlo y
hacerle preguntas relacionadas con la masturbación, y lo había hecho alejar
también de su madre, ya que estaba aliada a su padre (la mujer con pene). A
medida que su creencia en una madre "buena" se hizo más fuerte, me trató más y
más como una aliada y como una protección contra sus perseguidores, que le
amenazaban de todas partes. Sólo cuando decreció su ansiedad a este respecto y
disminuyó su cálculo sobre el número y peligrosidad de los perseguidores, fue
capaz de hablar y moverse con más libertad.
La última parte del tratamiento de Egon fue casi exclusivamente conducida
mediante asociaciones libres. No dudo de que yo tuve éxito al tratar y curar a
este niño por haber sido capaz de lograr acceso a su inconsciente con la ayuda
de la técnica de juegos empleada para niños pequeños. Me parece dudoso que
hubiera sido posible hacerlo en una edad más tardía. Aunque es verdad que, en
general, hacemos mucho uso de asociaciones verbales al tratar con niños en
período de latencia, sin embargo, en muchos casos, sólo lo podemos hacer de un
modo distinto al usado con los adultos. Con niños como Kenneth, por ejemplo,
quien prontamente reconoció la ayuda dada por el psicoanálisis y se dio cuenta
de que lo necesitaba, y aun con otros más jóvenes, como Erna, cuyo deseo de
curarse era muy fuerte, fue posible desde el comienzo preguntar algunas veces:
"¿En qué piensa ahora?" Pero con muchos niños menores de nueve o diez años sería
inútil hacer esa pregunta. El modo de preguntar a un niño debe descubrirse en
conexión con sus juegos y asociaciones.
Si observamos el juego de un niño bastante pequeño, pronto veremos que los
ladrillitos, pedazos de papel, y en realidad todos los objetos a su alrededor,
son en su imaginación símbolos de otras cosas. Si le preguntamos: "¿Qué es eso?"
mientras está ocupado con esos objetos (es verdad que antes es necesario haber
hecho una buena cantidad de análisis y haber establecido la transferencia),
descubriremos mucho. Nos dirán, a menudo, por ejemplo, que las piedras en el
agua son niños que quieren llegar a la orilla o personas peleándose. La
pregunta: "¿Qué es eso?" llevará naturalmente a la siguiente pregunta: "¿Qué
están haciendo?" o "¿Dónde están ahora?", etc. Tenemos que extraer las
asociaciones de niños mayores en un modo similar aunque un tanto modificado,
pero esto, por regla general, puede conseguirse sólo cuando la represión de la
imaginación y la desconfianza, que son tanto más fuertes en ellos, han sido
disminuidas por cierto tiempo de análisis y la situación analítica ha sido
establecida.
Volvemos al análisis de Inge, niñita de siete años. Cuando jugaba como gerente
de oficina, escribiendo cartas, distribuyendo trabajo, etc., una vez le
pregunté: "¿Qué contiene esta carta?" y ella respondió con prontitud: "Usted lo
sabrá cuando le llegue". Cuando la recibí, encontré que sólo contenía garabatos.
De modo que poco después le dije: "El Sr. X... (que también figuraba en el
juego) me ha pedido que le pregunte a usted qué contiene esa carta, ya que él
debe saberlo, y estará muy agradecido si usted se la lee por teléfono". Entonces
me contó sin ninguna dificultad todo el contenido imaginario de la carta y al
mismo tiempo me dio un número de asociaciones que esclarecieron muchas cosas. En
otra ocasión tuve que fingir ser un médico. Cuando le pregunté qué le pasaba,
contestó: "que eso no tenía importancia". Luego comencé una correcta consulta
actuando con ella como un médico, y le dije: "Ahora, señora, usted me debe decir
exactamente dónde siente los dolores". De aquí surgieron otras preguntas: por
qué se había enfermado, cuándo había comenzado la enfermedad, etc. Presentadas
en esta forma, ella contestaba mis preguntas con gusto, y ya que jugó muchas
veces seguidas como enferma, yo conseguí abundante y profundo material oculto
sobre este tema. Y cuando los papeles fueron trocados y ella fue el doctor y yo
la enferma, el consejo médico que ella me dio me suministró aun más información.
De lo que se ha dicho en este capítulo, resulta que al tratar con niños en
período de latencia es esencial, sobre todo, establecer contacto con sus
fantasías inconscientes, y esto se hace al interpretar el contenido simbólico de
su material en relación a su ansiedad y sentimiento de culpa. Pero, ya que la
represión de la imaginación en este período del desarrollo es mucho más severa
que en períodos más tempranos, a menudo tenemos que buscar acceso al
inconsciente a través de representaciones que en apariencia están por completo
desprovistas de fantasías. También tenemos, en análisis típicos del período de
latencia, que estar preparados a encontrar que sólo es posible resolver las
represiones del niño y libertar su imaginación, paso a paso y con mucho trabajo.
En muchos casos, después de semanas y aun meses, parece que nada de lo que se
realiza en las sesiones nos ofrece un material psicológico. Todo lo que
conseguimos, por ejemplo, son informes de los diarios, explicaciones del
contenido de libros, cuentos monótonos de la escuela. Más aun, tales actividades
monótonas, como dibujo obsesivo, construcción, costura o hacer cosas
-especialmente cuando conseguimos pocas asociaciones parece no ofrecer ningún
medio de acercamiento a la vida de la imaginación. Pero sólo necesitamos
recordar los ejemplos de Grete y Egon para tener presente que aun actividades y
conversaciones tan completamente desprovistas de fantasías como éstas, en
realidad abren el camino al inconsciente, si no las consideramos como
expresiones de resistencia sino como material real. Prestando suficiente
atención a pequeñas indicaciones y tomando como nuestro punto de partida para la
interpretación la conexión entre el simbolismo, el sentimiento de culpa y la
ansiedad, que acompañan esas representaciones, siempre encontraremos oportunidad
de comenzar y efectuar la labor analítica.
Pero el hecho de que en análisis de niños nos pongamos en comunicación con el
inconsciente antes de haber establecido una amplia relación con el yo, no quiere
decir que hemos excluido al yo de participar en el trabajo analítico. Cualquier
exclusión de esta clase sería imposible, sabiendo que el yo está en íntima
relación con el ello y el superyó y que sólo podemos conseguir acceso al
inconsciente a través de él. Sin embargo, el análisis no se aplica al yo como
tal (como lo hacen los métodos educativos), sino que sólo busca abrir un camino
al inconsciente, sistema que es decisivo para la formación del yo.
Volvamos a nuestros ejemplos una vez más. Como ya hemos visto, el análisis de
Grete, de siete años de edad, fue en su casi totalidad llevado a cabo por medio
de dibujos. Durante largo tiempo, como se recordará, ella solía dibujar casas y
árboles de varios tamaños, alternativamente, de un modo obsesivo. Comenzando con
estos dibujos sin imaginación y obsesivos, hubiera podido tratar de estimular su
fantasía y relacionarla con otras actividades de su yo, del mismo modo que lo
hubiera hecho una maestra comprensiva. Hubiera podido conseguir que ella deseara
decorar y hermosear sus casas o colocarlas junto con los árboles y hacer una
calle con ellos y así haber conectado sus actividades con cualquier interés
estético o topográfico que poseyera, o hubiera podido ir más adelante con los
árboles, e interesaría en la diferencia entre una clase de árbol y otra, y
quizá, de este modo, hubiera estimulado su curiosidad sobre la naturaleza en
general. Si cualquiera de estas pruebas hubiera tenido éxito, podía esperarse
que los intereses del yo resaltaran más y que el analista llegara a un contacto
más íntimo con el yo. Pero la experiencia ha mostrado que en muchos casos tal
estimulación de la imaginación del niño falla al tratar de efectuar un
debilitamiento de las represiones, y así no encuentra una base para comenzar el
trabajo analítico. Más aun, tal procedimiento muchas veces no es posible, porque
el niño sufre de tal ansiedad latente que estamos obligados a establecer la
situación analítica tan pronto como sea posible y a comenzar el verdadero
trabajo analítico inmediatamente. Y aun cuando hay una posibilidad de ganar
acceso al inconsciente, usando el yo como punto de partida, encontraremos que
los resultados son pocos en comparación con el tiempo empleado para
conseguirlos. Porque el aumento en la riqueza y significado del material así
ganado es sólo aparente; en realidad sólo encontramos el mismo material
inconsciente vestido con formas más llamativas. En el caso de Grete, por
ejemplo, hubiéramos podido estimular su curiosidad, y así, en condiciones
favorables, la hubiéramos llevado a interesarla, por ejemplo, en las entradas y
salidas de una casa y en las diferencias entre los árboles y en el modo cómo
crecen. Mas estos intereses ampliados sólo hubieran sido una versión menos
disfrazada del material que ella nos había mostrado en los dibujos monótonos al
comenzar el análisis. Los árboles grandes y pequeños y las casas grandes y
pequeñas que ella insistía en dibujar de un modo compulsivo representaban a su
madre y padre, a ella misma y a su hermano, como lo indicaba la diferencia de
tamaños, formas y colores de sus dibujos, y el orden en el cual estaban hechos.
El sentimiento básico que los producía era su curiosidad reprimida sobre la
diferencia de sexos y problemas similares, y al interpretarlos en este sentido,
conseguí llegar a su ansiedad y sentimiento de culpa y comenzar el análisis.
Ahora bien, sí el material fundamental de representaciones complicadas y
llamativas no es diferente del de las representaciones pobres, desde el punto de
vista del análisis, no interesa cuál de las dos clases de representaciones es
elegida como punto de partida de la interpretación. En análisis de niños es sólo
la interpretación, según mi experiencia, la que comienza el análisis y favorece
su desarrollo. Por consiguiente, mientras el analista es capaz de comprender la
clase de material presentado y establecer su conexión con la ansiedad latente,
está en condición de dar una correcta interpretación de sus representaciones más
monótonas y menos prometedoras, mientras que, paso a paso, a medida que resuelve
la ansiedad y suprime represiones, los intereses del yo del niño y las
sublimaciones comenzarán a progresar. De este modo, Ilse, por ejemplo -cuyo caso
se considerará con más detalles en el capítulo siguiente-, gradualmente
desarrolló de sus dibujos invariables y obsesivos un don definido por los
trabajos manuales y el dibujo, sin que yo de ningún modo le hubiera sugerido tal
actividad.
Antes de dejar el tema de los análisis en períodos de latencia, aun queda un
problema para discutir. No es, exclusivamente, de naturaleza técnica, mas es de
importancia en el trabajo del analista de niños. Me refiero al trato del
analista con los padres de sus pacientes. Con el fin de que pueda realizar su
trabajo, debe haber una cierta relación de confianza entre los padres del niño y
él mismo. El niño depende de ellos y de este modo ellos están incluidos en el
campo de análisis; pero no son ellos quienes son analizados, y, por
consiguiente, sólo pueden ser influidos por medios psicológicos comunes. La
relación de los padres con el analista del niño implica dificultades peculiares,
ya que toca muy de cerca sus propios complejos. La neurosis de su hijo pesa
mucho sobre el sentimiento de culpa de los padres, y al mismo tiempo, cuando se
dirigen al análisis para pedir ayuda consideran su necesidad como una prueba de
su responsabilidad en la enfermedad del niño. Además es muy desagradable para
ellos revelar al analista detalles de la vida de familia. A esto debe agregarse,
sobre todo en el caso de la madre, celos de la relación confidencial que se
establece entre el niño y el analista. Estos celos, que hasta cierto punto son
basados en la rivalidad del sujeto con su imago de la madre, son muy notorios en
niñeras e institutrices, quienes a menudo no son nada amistosas en su actitud
hacia el análisis. Estos y otros factores, que permanecen en su mayor parte
inconscientes, dan lugar en los padres, y especialmente en la madre, a una
actitud más o menos ambivalente hacía el analista, y esto no desaparece por el
hecho de que ellos tengan conciencia de la necesidad del niño de un tratamiento
analítico. De aquí que, aunque los padres del niño están, conscientemente, bien
dispuestos respecto a su análisis, debemos esperar que sean, hasta cierto punto,
elementos perturbadores. El grado de dificultad que causarán dependerá de su
actitud inconsciente y del grado de ambivalencia que tengan. Esta es la razón
por la cual no he encontrado menos obstáculos cuando los padres estaban
familiarizados con el análisis que cuando prácticamente ignoraban de qué se
trataba. Por la misma razón, considero que cualquier explicación teórica a los
padres antes del comienzo del análisis es no sólo innecesaria, sino que está
fuera de lugar, ya que tales explicaciones probablemente tendrán un efecto
desfavorable sobre sus propios complejos. Me contento con dar unas pocas ideas
sobre el significado y el efecto del análisis, y menciono el hecho de que
durante su curso el niño recibirá información sobre asuntos sexuales y preparo a
los padres para la posibilidad de otras dificultades que puedan surgir de cuando
en cuando durante el tratamiento. En todos los casos rehuso completamente a
informarlos acerca de cualquier detalle del análisis. El niño que me hace sus
confidencias tiene tanto derecho a la discreción como un adulto.
Lo que debemos tratar al establecer las relaciones con los padres es, a mi
juicio, en primer lugar, conseguir que nos ayuden en nuestro trabajo
principalmente de un modo pasivo, evitando, tanto como sea posible, toda
interferencia, tal como alentar al niño con preguntas, hablar del análisis en su
casa o prestar ayuda a cualquier resistencia que se pueda producir. Pero
necesitamos su cooperación más activa cuando se producen en el niño ansiedad
aguda y resistencias violentas. En tales situaciones -puedo recordar aquí el
caso de Ruth y Trude- depende de los que están a cargo del niño conseguir medios
para que él venga a pesar de las dificultades. Según mí experiencia, esto ha
sido siempre posible porque, en general, aun cuando la resistencia es fuerte,
existe también una transferencia positiva al analista, de modo que la actitud
del niño ante el análisis es ambivalente. La ayuda dada por los padres del niño
no debe ser nunca considerada como ayuda permanente para la labor analítica.
Períodos de tan intensa resistencia debieran presentarse rara vez, y no por
mucho tiempo. El trabajo del análisis debe evitarlo, y si eso es posible,
resolverlo rápidamente.
Si tenemos éxito en establecer una buena relación con los padres del niño y
estamos seguros de su cooperación inconsciente, podremos obtener información
útil sobre el comportamiento del niño fuera del análisis, tal como cualquier
cambio, aparición o desaparición de sus síntomas, hechos que pueden ocurrir en
relación con el trabajo analítico. Pero sí esta información sólo es adquirida a
costa de otros inconvenientes, prefiero no obtenerla pues si bien es útil no es
indispensable. Insisto siempre a los padres sobre la necesidad de que no se dé
ocasión para que el niño crea que cualquier modificación educativa se debe a mi
indicación, ya que la educación y el análisis deben ser independientes. En este
sentido el análisis se mantiene como debe ser, un vínculo personal entre mi
paciente y yo. En el análisis de niños, como en el de adultos, considero
esencial que el trabajo del analista se limite a la hora del análisis y a la
casa del analista. Aun más, para evitar desplazamientos en la situación
analítica establecí que la persona que acompañase al niño no lo esperase en mi
casa. Deja al niño y lo viene a buscar a la hora indicada.
A menos que los errores cometidos por los padres sean muy graves, no me
interpongo en su sistema educativo, ya que estos errores están tan ligados a los
propios complejos de los padres, y los consejos no sólo son inútiles, sino que
aumentan sus sentimientos de culpa y ansiedad, lo que obstaculiza el análisis y
tiene un efecto desfavorable en su relación con los hijos.
La situación total mejora después que el análisis ha terminado o cuando está muy
avanzado. La disminución o desaparición de la neurosis en el niño tiene un
favorable efecto sobre los padres. Cuando disminuyen las dificultades de la
madre en su trato con el niño, disminuye también su sentimiento de culpa, y esto
mejora su actitud frente al niño.
Esto la hace más accesible a los consejos del analista en lo referente a la
crianza y, lo que es más importante aun, disminuye la dificultad interna para
seguirlos. No obstante, según mi experiencia, no espero mucho de las
posibilidades de modificar el ambiente.
Es mejor confiar en los resultados logrados en el niño mismo, pues lo
capacitarán para una mejor adaptación, aun en un medio ambiente difícil,
poniéndole en mejores condiciones frente a los esfuerzos que puede exigirle el
medio. Claro que esta capacidad de esfuerzo tiene su límite. Cuando el medio es
absolutamente desfavorable no podemos esperar pleno éxito en nuestro análisis y
tenemos que contar con la posibilidad de una neurosis futura. De cualquier modo,
he encontrado a menudo que los resultados conseguidos en el análisis, aunque no
logren una curación completa de la neurosis, alivian mucho la difícil situación
del niño y mejoran su desarrollo. Es dable esperar que si logramos cambios
fundamentales en los estratos más profundos, la enfermedad, si se repite, no
será tan grave. También puede observarse que en algunos casos una disminución de
la neurosis del niño trae modificaciones favorables en su ambiente neurótico.
También puede suceder que después de un análisis completo y exitoso, el niño
pueda ser llevado a otro ambiente, como ser un internado, cosa que antes no era
posible a causa de su neurosis y falta de adaptación.
La conveniencia de que el analista vea a los padres con bastante frecuencia o
que limite estas entrevistas, depende de las circunstancias de cada caso. En
muchos casos he encontrado que es mejor lo segundo, para evitar rozamientos con
la madre. La ambivalencia con que los padres viven el análisis de sus hijos nos
explica un hecho que para el analista joven es doloroso y sorprendente, y es que
aun los tratamientos que tienen más éxito no reciben mucho reconocimiento por
parte de los padres. Es claro que aunque he tratado también padres comprensivos,
en la mayoría de los casos vi que olvidaban fácilmente los síntomas por los que
habían traído al paciente y estimaban en poco los cambios sobrevenidos. Agregado
a esto, no debemos olvidar que es difícil para el padre ser juez y parte y que
lo más importante son nuestros resultados. El análisis de adultos prueba su
valor suprimiendo dificultades que estorban la vida del paciente. Nosotros
sabemos, aun cuando los padres por lo general lo ignoren, que hemos prevenido
trastornos de esta índole y aun el advenimiento de una psicosis.
Generalmente el padre mira los síntomas del niño como molestia, pero desconoce
su importancia debido a que no gravitan en la vida del niño como los síntomas
neuróticos en la vida del adulto. Pienso que podemos renunciar a este
reconocimiento, ya que nuestro trabajo se dirige al niño y no a la gratitud del
padre o de la madre.
5. LA TÉCNICA DEL ANALISIS EN LA PUBERTAD
Los análisis típicos de la pubertad difieren en muchos puntos esenciales de los
análisis del período de latencia. Los impulsos del niño son más poderosos, la
actividad de su fantasía es mayor y su yo tiene otros requerimientos y otra
relación con la realidad. Por otra parte hay grandes puntos de similitud con el
análisis de niños pequeños debido a que en la pubertad encontramos otra vez un
gran dominio de las emociones y del inconsciente y una vida mucho más rica en
imaginación. Además, en esta edad las manifestaciones de ansiedad y afecto son
mucho más pronunciadas que en el período de latencia y son un tipo de
recrudecimiento de las liberaciones de ansiedad tan características en los niños
pequeños.
Pero los esfuerzos del adolescente para luchar contra dicha ansiedad y
modificarla -tarea que ha sido desde largo tiempo una de las principales
funciones del yo- tienen más éxito que los realizados por los niños de corta
edad. En efecto, él ha desarrollado extensamente sus variados intereses y
actividades con el objeto de dominar esta ansiedad, de sobrecompensarla y de
ocultarla de sí mismo y de los demás. Realiza esto en parte asumiendo la actitud
de desafío y de rebeldía característica de la pubertad. Esto significa una gran
dificultad técnica en los análisis en la pubertad, pues a menos que nosotros
ganemos rápidamente acceso a la ansiedad del paciente y a los afectos que él
manifiesta, principalmente en una actitud desafiante y negativa en la
transferencia, puede muy bien suceder que el análisis quede interrumpido muy
pronto. Analizando muchachos de esta edad he encontrado repetidas veces que
ellos esperaban ataques físicos violentos de mi parte durante sus primeras
sesiones.
Willy, por ejemplo, de 14 años, no concurrió a su segunda hora de análisis v su
madre lo persuadió sólo con gran dificultad de "que diese otra oportunidad".
Durante esta tercera hora yo logré demostrarle que él me identificaba con el
dentista. Si bien es verdad que aseguró que no tenía miedo al dentista (mi
apariencia, en efecto, podía hacérselo recordar), la interpretación del material
que presentó fue suficiente para convencerle de que realmente era así. En
efecto, el material evidenciaba que no sólo esperaba que le sacara un diente,
sino también que cortase todo su cuerpo en pedazos. Disminuyendo su ansiedad en
este sentido, se estableció la situación analítica. En verdad, en el curso
posterior del análisis sucedió a menudo que se liberaron grandes cantidades de
ansiedad, pero su resistencia se mantuvo en esencia dentro de los límites de la
situación analítica y la continuidad del análisis fue así asegurada.
En otros casos en los que también observé signos de ansiedad latente, he
conseguido reducir de inmediato la transferencia negativa del niño, comenzando
las interpretaciones desde la primera hora de análisis. Pero aun en los casos en
los que la ansiedad no se reconoce inmediatamente, ésta puede abrirse camino
repentinamente si la situación analítica no ha sido aún establecida por medio de
la interpretación del material inconsciente. Este material es muy semejante al
presentado por los niños de corta edad. Los muchachos púberes y prepúberes
ocupan su fantasía con las gentes y las cosas del mismo modo que los pequeños
juegan con sus juguetes. Lo que Peter, de 3 años y tres meses, expresó por medio
de carritos, trenes y motores, Willy, de 14 años, lo expresó en largos
discursos, que duraron meses, sobre la diferencia de construcción entre varias
clases de motores, bicicletas, motocicletas, etc. Donde Peter empujaba carritos
y comparaba unos con otros, Willy estaba apasionadamente interesado sobre qué
coche y qué conductor ganaría una carrera, y mientras Peter pagaba tributo de
admiración a la habilidad del hombre de juguete en el manejo del coche y le
hacía realizar toda clase de hazañas, Willy, por su parte, no se cansaba de
cantar loas a sus ídolos del mundo del deporte.
Las actividades imaginativas del adolescente se adaptan sin embargo más a la
realidad y a sus más fuertes intereses del yo, y el contenido de sus fantasías
son menos fácilmente reconocibles que en los niños pequeños. Además, las
actividades del adolescente son mayores y sus relaciones con la realidad más
fuertes, y esto altera aun más el carácter de sus fantasías. La necesidad de dar
pruebas de coraje en el mundo real y el deseo de competir con otros sobresalen
más. Esta es una de las razones por las cuales el deporte, que ofrece tanta
oportunidad para la rivalidad con otros, no menos que para la admiración de
brillantes proezas, y que presenta a su vez un medio de vencer la ansiedad,
juega en la vida del adolescente y en sus fantasías un papel tan importante.
Estas fantasías, que dan expresión a su rivalidad con el padre por la posesión
de la madre y también respecto a su potencia sexual, están acompañadas, como en
el niño pequeño, por sentimientos de odio y agresión, y a menudo son seguidas de
ansiedad y sentimientos de culpa. Pero los mecanismos peculiares de la pubertad
ocultan mejor estos hechos que los mecanismos de los niños pequeños. El
muchacho, en la pubertad, toma como modelo héroes, grandes hombres, etc. Puede
más fácilmente mantener su identificación con estos objetos, ya que están
bastante lejanos de él, pudiendo también hacer una sobrecompensación más estable
frente a ellos por los sentimientos negativos unidos a la imagen del padre. Así,
dividiendo la imago paterna dirige sus tendencias violentas y destructivas hacia
otros objetos. Si, por consiguiente, reunimos su sobrecompensación admirativa
hacia algunos objetos y su excesivo odio y desprecio para otros, tales como
maestros, parientes, etc., que nosotros descubrimos durante el análisis, podemos
abrirnos camino hacía un completo análisis de su complejo de Edipo y sus
afectos, tal como en el caso de los niños bastante pequeños.
En algunos casos la represión ha limitado de tal modo la personalidad del
adolescente que no deja sino un solo interés definido, digamos por un deporte
determinado. Un único interés de esta clase equivale al juego sin variación
jugado por un niño pequeño, juego que excluye todos los otros. Resume todas sus
fantasías reprimidas y las representa asumiendo el carácter, más que de una
sublimación, de un síntoma obsesivo. Monótonos cuentos acerca del fútbol, o del
ciclismo, pueden formar durante meses el único tema de conversación en su
análisis. Fuera de este contenido representativo, aparentemente tan falto de
imaginación, tenemos que dilucidar el verdadero material de sus fantasías
reprimidas. Si seguimos una técnica análoga a la de la interpretación de los
sueños y del juego, tomando en cuenta los mecanismos de desplazamiento,
condensación, representación simbólica, etc., y si descubrimos las conexiones
entre los menores signos de ansiedad y su estado afectivo en general, podemos
llegar, más allá de esta apariencia de monótonos intereses, a penetrar
gradualmente en los más profundos complejos de su mente. Aquí encontramos una
analogía con el análisis de cierto tipo extremo del período de latencia. Podemos
recordar el caso de Grete, de 7 años, con sus dibujos monótonos, completamente
faltos de fantasía, pero que eran, sin embargo, todo lo que yo tenía para seguir
el análisis durante meses; o el caso de Egon, que fue de un tipo aun más
extremo. Estos niños mostraron en grado extremo una limitación de su fantasía y
de los medios de representación, normales en el período de latencia. He llegado
a la conclusión de que cuando encontramos una limitación similar de intereses y
medios de expresión en la pubertad, estamos trabajando, por un lado, con un
período prolongado de latencia; y por otro, cuando hay una limitación extensiva
de las actividades de la imaginación (como en las inhibiciones del juego, etc.),
en la temprana niñez, con un caso de comienzo prematuro de este período. En
ambos casos, sea que la latencia comience muy pronto o termine muy tarde, es
señal de perturbaciones graves en el desarrollo del niño, pues tal extensión
indebida de este período, está acompañada por un aumento indebido de los
fenómenos que normalmente lo acompañan.
Expondré ahora uno o dos ejemplos para ilustrar lo que me parece ser la técnica
apropiada para analizar durante la pubertad. En el análisis de Bill, de 15 años,
su ininterrumpida cadena de asociaciones acerca de su bicicleta y de las
diferentes partes de la misma -por ejemplo su temor a dañarla yendo demasiado
ligero- dio abundante material en lo referente a su complejo de castración y a
sus sentimientos de culpa por la masturbación. Gracias a esto resultó claro que
experimentaba ansiedad y sentimiento de culpa por sus relaciones con cierto
amigo suyo, pero que estos sentimientos no estaban basados en la realidad sino
que se remontaban a una relación anterior que él había tenido con un muchacho
llamado Tony. Me contó un paseo en bicicleta que había hecho con su amigo y
durante el cual habían intercambiado sus bicicletas, sintiendo él temor, sin
ninguna razón, de que su bicicleta hubiera sido dañada. Sobre esta base y otras
cosas del mismo tipo que me contó, le señalé que su temor parecía relacionarse
con actos sexuales que había cometido con su amigo Tony en la niñez. Cuando le
di mis razones para pensar así, él estuvo de acuerdo conmigo y recordó algunos
detalles acerca de esa relación sexual. Su sentimiento de culpa acerca de ello y
el temor consiguiente de haber dañado su pene y su cuerpo eran completamente
inconscientes.
En el análisis de Willy, de 14 años, cuya primera fase (de introducción) ha sido
ya descripta, pude descubrir, con la ayuda de tópicos similares, la razón de sus
fuertes sentimientos de culpa respecto a su hermano menor. Cuando, por ejemplo,
Willy hablaba de su máquina a vapor que necesitaba ser reparada, expresaba al
mismo tiempo asociaciones acerca de la máquina de su hermano, la cual no
volvería nunca a estar bien. Su resistencia en relación con esto y su deseo de
que la hora llegara pronto a su fin, resultó ser causada por el temor de que su
madre pudiese descubrir las relaciones sexuales que habían existido entre él y
su hermano más chico, y que él, en parte, recordaba. Estas relaciones habían
dejado tras sí fuertes sentimientos de culpa inconscientes, porque él, como
mayor y más fuerte, había, a veces, obligado a su hermano a seguirlo. Desde
entonces se había sentido responsable por el desarrollo defectuoso de su
hermano, que era gravemente neurótico.
En conexión con ciertas asociaciones acerca de un viaje en vapor que iba a hacer
con un amigo, se le ocurrió a Willy que el bote podría hundirse y de pronto sacó
su abono de ferrocarril de su bolsillo y me preguntó si yo le podría decir
cuándo se vencía. El no sabía, me dijo, qué número se refería al mes y cuál a
los días. La fecha de término de su boleto significaba la fecha de su propia
muerte, y el viaje con su amigo era la masturbación mutua que él había efectuado
tempranamente con su hermano y también con un amigo y que había hecho surgir en
él sentimientos de culpa y temor a su muerte. Willy continuó diciendo que había
vaciado la linterna a pila con el objeto de no ensuciar la caja en la cual
estaba empaquetada. Enseguida me contó que había jugado al fútbol con su
hermano, con una pelota de ping-pong, dentro de la casa, y dijo que las pelotas
de ping-pong no eran peligrosas y no era posible herirse la cabeza o romper
ventanas con ellas. Aquí recordó un incidente de su primera infancia; en él
había recibido un fuerte golpe con una pelota de fútbol, habiendo perdido el
conocimiento. No había sufrido ninguna lesión, pero dijo que su nariz y sus
dientes podrían haberse lesionado fácilmente. El recuerdo de este incidente
probó ser un recuerdo encubridor de sus relaciones con un amigo mayor que lo
había seducido. Las pelotas de ping-pong representaban el pene comparativamente
pequeño e inofensivo de su hermano y la de fútbol, por el contrario, el pene de
su amigo mayor. Pero, desde que en las relaciones que él había tenido con su
hermano se había identificado con el amigo seductor, aquellas relaciones
hicieron surgir en él sentimientos de culpa por el supuesto daño que había hecho
a su hermano. El hecho de haber agotado la pila y su temor de ensuciar la caja
estaban determinados por su ansiedad por la corrupción y el daño que temía haber
producido en su hermano al ponerle el pene en la boca y al forzarlo a realizar
fellatio y que él mismo esperaba sufrir por haber realizado este mismo acto con
su amigo mayor. Su temor de haber ensuciado o lesionado a su hermano
internamente se fundaba en fantasías sádicas acerca de su hermano y condujeron a
causas aun más profundas de su ansiedad y culpa, tales como las fantasías de
masturbación sádicas dirigidas contra sus padres. Así, partiendo de la confesión
de sus relaciones con el hermano, confesión expresada en forma simbólica en sus
asociaciones de la máquina de vapor que necesitaba ser reparada, llegamos no
sólo a otras experiencias y acontecimientos de su vida, sino también a niveles
más profundos de su ansiedad. Querría también llamar la atención sobre la
riqueza de formas simbólicas en que el material se fue presentando. Esto es
típico de los análisis de la pubertad que, como los de la temprana infancia,
exigen una interpretación extensiva de los símbolos empleados.
Trataremos ahora del análisis de niñas en la pubertad. La aparición de la
menstruación hace surgir en la niña una fuerte ansiedad. Además de los variados
significados que tiene y con los que estamos familiarizados, ésta es, en última
instancia, el signo exterior y visible de que el interior de su cuerpo y los
niños contenidos allí, han sido completamente destruidos. Por esta razón, el
desarrollo de una actitud completamente femenina es tardía y presenta más
dificultades que lo que para el muchacho significa establecer su posición
masculina. Como un resultado de esto, sus componentes masculinos pueden
reforzarse en la pubertad o puede solamente cumplir un desarrollo parcial,
principalmente en el aspecto intelectual, permaneciendo, en lo que se refiere a
su vida sexual y personalidad, en el período de latencia aun pasada la edad de
la pubertad. Analizando el tipo de niña activa, con actitud de rivalidad hacia
el sexo masculino, generalmente comenzamos por obtener un material semejante al
dado por el muchacho. Muy pronto, sin embargo, se hacen sentir las diferencias
entre los complejos de castración masculino y femenino, a medida que descendemos
a los niveles más profundos de su mente y nos encontramos con la ansiedad y el
sentimiento de culpa que se derivan de los sentimientos de agresión contra su
madre y que la han conducido a rechazar el papel femenino, contribuyendo a la
formación de su complejo de castración. Descubrimos ahora que es el temor de que
su madre haya destruido su cuerpo lo que lleva a adoptar una actitud de rechazo
ante la adopción de la posición de mujer y madre. En esta etapa de su análisis,
las ideas producidas son similares a las de la niña pequeña. En el segundo tipo
de niñas, cuya vida sexual está fuertemente inhibida, el análisis se desarrolla,
al principio, con temas tales como los que se presentan en el período de
latencia. Cuentos acerca de la escuela, su deseo de agradar a la maestra y dar
bien sus lecciones, su interés por los trabajos de costura, etc., ocupan la
mayor parte del tiempo. De acuerdo con esto, debemos adoptar métodos apropiados
al período de latencia y seguir resolviendo su ansiedad paso a paso para que las
actividades imaginativas reprimidas se liberen gradualmente. Una vez logrado
esto, en cierto sentido aparecerán más fuertemente los temores y sentimientos de
culpa, los cuales, en el primer tipo de niña, la conducían a una identificación
con el padre, y en este caso luchaban contra la adopción de un papel femenino y
conducían a una inhibición general de su vida sexual. En comparación con la
mujer adulta, las niñas en edad púber están expuestas a una ansiedad más fuerte
y aguda en su expresión, aun cuando su posición sea predominantemente femenina.
En la transferencia, la característica de esta edad es una actitud desafiante y
negativa, siendo necesario un establecimiento rápido de la situación analítica.
Otra vez el análisis mostrará a menudo que la posición femenina de la niña está
falsamente exagerada y arrojada al primer plano con el objeto de esconder y
mantener ocultos la ansiedad que surge de su complejo de masculinidad y, aun más
profundamente, los temores derivados de su más temprana actitud femenina.
Daré ahora el resumen de un análisis que aunque no es totalmente típico de este
período ilustrará mis observaciones generales respecto a la técnica a aplicarse
en las niñas prepúberes y púberes y también ayudará a mostrar las dificultades
de los tratamientos en esta edad. Ilse, de 12 años, presentaba ciertos rasgos
marcadamente esquizoides, y su personalidad, poco desarrollada, no sólo no había
alcanzado el nivel intelectual de un niño de 8 años ó 9, sino que ni siquiera
poseía los intereses normales de las niñas de esta edad. Era además inhibida en
toda actividad imaginativa en un grado asombroso. Nunca había jugado en el
verdadero sentido de la palabra y no sentía placer en ninguna ocupación excepto
en una especie de dibujo compulsivo sin imaginación y cuyo carácter discutiremos
más adelante. Por ejemplo, no le interesaba la compañía de otros ni le gustaba
caminar por la calle y mirar las cosas, y tenía aversión al teatro, al cine y a
cualquier clase de entretenimiento.
Su principal interés se dirigía a la comida, y los contratiempos en este sentido
siempre la llevaban a ataques de rabia y depresión. Era muy celosa de sus
hermanos y hermanas, pero no tanto por compartir el cariño de su madre con ellos
como por alguna supuesta preferencia referente a lo que su madre daba de comer.
Esta actitud inamistosa hacia su madre y hermanos era paralela a una pobre
adaptación social en general. No tenía amigas y aparentemente no tenía deseos de
buscarlas o que se pensase bien de ella. Sus relaciones con la madre eran
especialmente malas. De tiempo en tiempo tenía violentos ataques de rabia contra
la misma, pero a la vez estaba fuertemente fijada en ella. Una larga separación
de su medio familiar -fue puesta como pupila por 2 años en un colegio- no
produjo cambio perdurable en su situación.
Cuando Ilse tenía cerca de 11 años y medio, su madre descubrió que tenía
relaciones sexuales con su hermano mayor. Este incidente hizo surgir en la madre
recuerdos que le hicieron decir que no era la primera vez. El análisis mostró
que esta convicción estaba bien fundada y que la relación entre Ilse y su
hermano se continuó después de este descubrimiento.
Fue sólo por el urgente deseo de su madre que Ilse vino a ser analizada,
impulsada por esa docilidad sin crítica tan por debajo de su edad y que junto
con su actitud de odio caracterizaba su fijación en la madre. Al principio
conseguí que se acostara. Sus escasas asociaciones se referían a una comparación
entre el moblaje de mi cuarto y el de su casa, especialmente el de su propia
habitación. Se fue en estado de gran resistencia y no quiso venir al análisis al
día siguiente, y sólo con gran dificultad fue persuadida por su madre. En casos
de esta naturaleza es necesario establecer rápidamente la situación analítica,
pues la familia del niño no podrá ayudarnos en esta situación durante mucho
tiempo. Me llamaron la atención los movimientos que Ilse había hecho con los
dedos en su primera hora. Constantemente había alisado los pliegues de su traje
mientras hacía alguna acotación acerca de mi moblaje y lo comparaba con el de su
casa. Así que, durante la segunda hora, al comparar ella una tetera que yo tenía
en mi cuarto con una de su casa que era parecida, pero no tan hermosa, comencé a
interpretar. Expliqué que su comparación entre objetos significaba en realidad
una comparación entre personas; ella me comparaba a mi o a su madre con su
propia persona, en desventaja para ella, puesto que se sentía culpable por
haberse masturbado y creía que esto le había hecho algún daño corporal. Dije que
su continuo acariciar los pliegues del vestido significaba masturbación y un
intento de reparar sus genitales. Ella lo negó rotundamente; sin embargo, pude
ver el efecto de esta interpretación por el aumento de material que produjo.
Además no rehusó volver a la hora siguiente; sin embargo, en vista de su
acentuado infantilismo, su dificultad para expresarse con palabras y la aguda
ansiedad presente, me pareció necesario cambiar la técnica por la del análisis
de juego.
Durante los meses que siguieron, las asociaciones de Ilse consistieron
principalmente en dibujos hechos con compás, aparentemente faltos de
imaginación, y en los que medir y calcular las partes, jugaba un importante
papel.
La naturaleza compulsiva de esta ocupación se hizo gradualmente más clara.
Después de mucho y paciente trabajo se vio que las variadas formas y colores de
las partes que componían el dibujo, representaban diferentes personas. Su
compulsión a medir y contar probó derivarse de su curiosidad, que había llegado
a ser obsesiva, por conocer el interior del cuerpo de su madre y el número de
niños que allí había, la diferencia de sexos y así sucesivamente. En este caso,
también, la inhibición total de su personalidad y de su desarrollo intelectual
habían surgido de una represión muy temprana de sus deseos de saber, que habían
sufrido, en consecuencia, un completo trastorno y se habían transformado en una
antipatía obstinada a todo conocimiento. Con ayuda de estos dibujos, mediciones
y cuentas, hicimos considerables progresos y la ansiedad de Ilse se hizo menos
aguda. Seis meses después de comenzar el tratamiento sugerí que debía tratar
otra vez de llevar a cabo su análisis acostada, y así lo hizo. Inmediatamente su
ansiedad se hizo más aguda, pero pude reducirla y desde este momento su análisis
fue más rápido. A causa de la monotonía y pobreza de sus asociaciones esta parte
de su análisis no llegó de ningún modo al standard normal del trabajo analítico
en esta edad; pero a medida que continuaba se aproximó cada vez más a lo normal.
Entonces comenzó a desear mucho más satisfacer a su maestra y obtener buenas
notas, pero su fuerte inhibición de aprendizaje hizo irrealizable este deseo.
Recién entonces comenzó a sentirse totalmente consciente de las fallas y
sufrimientos que sus deficiencias le causaban. En la casa lloraba durante horas
antes de comenzar a hacer los deberes para la escuela, y de hecho fracasaba en
hacerlos. Se desesperaba si antes de ir a la escuela no había remendado sus
medias, o si éstas tenían un agujero. Una y otra vez sus asociaciones del
fracaso en el aprendizaje nos condujeron a cuestiones sobre la deficiencia de
sus ropas o de su cuerpo. Durante meses su hora analítica se llenó de relatos
acerca de la escuela, con monótonas observaciones sobre sus puños, cuello de la
blusa, su moño y cada una de las ropas de su vestimenta, de cómo eran demasiado
largas o demasiado cortas, o sucias, o sobre si no eran del color requerido.
Mi material para análisis consistió principalmente, en esta época, en los
detalles de su fracaso en las composiciones para la escuela. A sus incesantes
quejas de que no tenía nada que escribir acerca del tema fijado, le repliqué
pidiéndole asociaciones sobre esos temas, y estas fantasías forzadas fueron muy
instructivas. Hacer el deber para la escuela significaba un reconocimiento del
hecho de que ella no sabía, en el sentido de que ignoraba lo que sucedía cuando
sus padres copulaban o lo que había en el interior de la madre; y toda la
ansiedad y obstinación concerniente a esta fundamental ignorancia eran
estimuladas en ella por cada tarea escolar. Como para muchos otros niños, tener
que escribir una composición significaba para ella, entre otras cosas, tener que
hacer una confesión, y esto tocaba muy de cerca su ansiedad y sentimientos de
culpa. Por ejemplo: "Descripción del Kurfürstendamm" condujo a asociaciones
acerca de vidrieras de negocios y de sus contenidos y acerca de cosas que le
gustaría poseer, como por ejemplo, una gran caja de fósforos decorada que ella
había visto en la vidriera de un negocio una vez que había salido a caminar con
su madre. Ambas habían entrado al negocio y la madre había prendido uno de los
grandes fósforos para probarlo. A ella le hubiese gustado hacer lo mismo, pero
se retuvo por temor a su madre y al empleado, que representaba la imago del
padre. La caja de fósforos y su contenido así como los contenidos de las
vidrieras, representaban el cuerpo de su madre, y el encender el fósforo
representaba el coito entre sus padres. La envidia a su madre por poseer al
padre en una copulación y sus impulsos agresivos contra ella fueron la causa de
sus más profundos sentimientos de culpa. Otro tema de composición fue "Los
perros San Bernardo". Cuando Ilse mencionó su habilidad para rescatar la gente
que se moría, comenzó a sentir una gran resistencia. Sus asociaciones
posteriores mostraron que los niños sepultados en la nieve eran en su
imaginación niños que habían sido abandonados. Esto probaba que las dificultades
que ella tenía en este tema se basaban en sus deseos de muerte hacia las
hermanas más pequeñas, tanto antes como después de su nacimiento, y además, en
su temor de que ella misma fuese abandonada por la madre como castigo. Además,
cada tarea escolar que tenía que hacer, ya fuese oral o escrita, significaba
para ella una confesión acerca de muchas cosas. Y a estas dificultades se
agregaban inhibiciones especiales en matemáticas, geometría, geografía,
etcétera.
Como las dificultades que tenía Ilse para aprender continuaron disminuyendo se
produjo un gran cambio en su naturaleza total. Se hizo capaz de adaptación
social, se volvió amiga de otras niñas y sostuvo mejores relaciones con sus
padres y hermanos. Sus intereses se aproximaron entonces a los de una niña de su
edad, y como era una buena alumna y la favorita de las maestras y había llegado
a ser una hija casi demasiado obediente, su familia se satisfizo completamente
con el éxito de su análisis y no vio razón para que éste continuara. Pero yo no
era de esta opinión. Era obvio que en esta época en que Ilse tenía 13 años y ya
había comenzado la pubertad física sólo había cumplido, en realidad, una exitosa
transición hacia el período de latencia y se había hecho capaz de satisfacer los
standards de este período y de alcanzar una adaptación social. Sin embargo, por
gratificantes que fueran estos resultados analíticos, la niña que veía ante mí
era aún un ser sin independencia y excesivamente fijado en la madre. Aunque su
círculo de intereses se estaba ensanchando grandemente, apenas era capaz de
tener ideas propias. Generalmente precedía sus expresiones con palabras tales
como "mamá piensa". Su deseo de agradar, el gran cuidado que tomaba ahora por su
apariencia, en contraste con su total indiferencia del principio, su necesidad
de amor y reconocimiento y aun sus esfuerzos para hacer las cosas mejor que sus
compañeras, todo esto surgía casi enteramente de su deseo de agradar a la madre
y a sus maestras. Su actitud homosexual era muy fuerte y había pocas tendencias
heterosexuales evidentes.
La continuación del análisis, que prosiguió entonces en forma normal, condujo a
grandes cambios no sólo en este sentido sino en el completo desarrollo de la
personalidad de Ilse. En esto fue ayudada por el hecho de que podíamos analizar
la gran ansiedad que la aparición de la menstruación hizo surgir en ella en esa
época. Se vio entonces que su apego excesivamente positivo a la madre, contra
quien, sin embargo tenía ocasionalmente explosiones de rabia, estaba causado por
ansiedad y sentimientos de culpa. El análisis posterior dejó al descubierto en
forma completa su originaria actitud de rivalidad con su madre y el intenso odio
y envidia que sentía hacia ella por su posesión del padre (y su pene) y por el
placer que ésta le daba, y la capacitó para reforzar sus tendencias
heterosexuales y disminuir las homosexuales. Recién entonces se estableció
realmente su pubertad psicológica. Antes de esto, no había estado en situación
de criticar a su madre y formar sus propias opiniones, porque esto hubiera
significado hacer un violento ataque sádico hacía su madre. El análisis de este
sadismo le permitió a Ilse independizar su pensamiento y su acción,
manteniéndose en su edad. Al mismo tiempo apareció más plenamente su oposición a
la madre, pero no condujo a dificultades especiales desde que éstas estaban
contrabalanceadas por su progreso en otros sentidos. Algo más tarde, después de
un análisis de 425 horas, Ilse pudo establecer una relación firme y afectuosa
con su madre y alcanzar al mismo tiempo una posición heterosexual satisfactoria.
En este caso vemos cómo el fracaso de la niña para resolver sus sentimientos de
culpa, exageradamente fuertes, fue capaz de perturbar no sólo su transición al
período de latencia sino el completo uso de su desarrollo posterior. Sus
afectos, que encontraban salida en ocasionales explosiones de rabia, habían sido
desplazados, y la modificación de la ansiedad fracasó. Aunque ella daba la
inequívoca impresión de ser una niña infeliz e insatisfecha, no tenía conciencia
de su propia ansiedad y de su falta de satisfacción para consigo misma. Adelantó
mucho su análisis cuando le pude hacer comprender que era infeliz y le mostré
que se sentía inferior y no querida y se desesperaba por esto, y en su
desesperanza no hacía ninguna tentativa para ganar el amor de los otros. Después
de esto, en lugar de su aparente indiferencia al afecto y elogio del mundo que
la rodeaba, apareció el deseo vehemente y exagerado de éstos que es
característico del período de latencia y que condujo a aquella actitud de
obediencia extrema y fijación en la madre ya descripta. La última parte del
análisis, que descubrió las bases más profundas de sus fuertes sentimientos de
culpa y de su fracaso, fue mucho más fácil ahora, pues ya tenía conciencia de su
enfermedad.
Se ha aludido ya a los actos sexuales cometidos entre Ilse y su hermano, que era
año y medio mayor que ella. No mucho tiempo después de haber comenzado el
análisis de Ilse tomé a mi cargo el tratamiento del hermano. Ambos análisis
mostraron que la relación sexual entre ellos retrocedía a la temprana niñez y
que había continuado a través del período de latencia, aunque a raros intervalos
y en forma mitigada. Lo notable era que Ilse no tenía el sentimiento consciente
de culpa acerca de esto sino que detestaba a su hermano. El análisis de su
hermano tuvo como efecto la completa interrupción de estas relaciones sexuales,
y al principio esto hizo surgir un odio aún más intenso hacia él. Pero más
tarde, en su análisis, junto a otros cambios producidos en ella, comenzó a tener
fuertes sentimientos de culpa y ansiedad por estos episodios.
El método de Ilse de modificar sus sentimientos de culpa, por el cual ella
rehusaba toda responsabilidad por sus actos y adoptaba una actitud muy
desagradable, desafiante y de naturaleza opuesta a su medio, he encontrado que
es típico de cierta clase de tipos asociales. En Kenneth, por ejemplo, que
aparentemente tenía una indiferencia tan completa frente a las opiniones de los
otros y tan extraordinaria falta de vergüenza, los mecanismos que obraban eran
semejantes. Y ellos también se encuentran en el niño normal que es simplemente
"travieso". Los análisis de niños de toda edad muestran que la disminución de
los sentimientos latentes de culpa y ansiedad conducen a una adaptación social
mejor y a un reforzamiento de su sentido de responsabilidad personal. Cuanto más
profundo sea el análisis, tanto más se verá.
Este caso nos da ciertas indicaciones para decidir qué factores son necesarios
en el desarrollo de una niña para que la transición al período de latencia sea
un éxito y cuáles para la transición posterior a la pubertad. Como ya he dicho,
encontramos a menudo que en la edad de la pubertad la niña está aún en un
período de latencia retrasado. Analizando las primeras etapas de su evolución y
la temprana ansiedad y sentimientos de culpa derivados de la agresividad contra
la madre, podemos capacitarla para hacer no sólo una transición satisfactoria
hacia la pubertad sino la transición siguiente hacia la vida adulta y poder así
asegurar el completo desarrollo de su vida sexual femenina y de su personalidad.
Aún falta llamar la atención sobre la técnica empleada en el tratamiento de este
caso. En su primera parte usé la técnica correspondiente al período de latencia,
y en la segunda, la perteneciente a la pubertad. Repetidas veces he hecho
referencia en estas páginas a los nexos de conexión entre los modos de análisis
apropiados a los diversos estadíos. Permítaseme decir que considero la técnica
de los análisis tempranos como la base de la técnica aplicable a niños de toda
edad. En el último capítulo he dicho que mí método para analizar niños en el
período de latencia está basado enteramente en la técnica de juego que he
elaborado para los niños pequeños. Pero como muestran los casos discutidos en el
presente capítulo, la técnica del análisis temprano es indispensable también
para muchos pacientes en edad de la pubertad, ya que fracasaremos con muchos de
estos casos, a menudo muy difíciles, si no tomamos en cuenta suficientemente la
necesidad de acción del adolescente y la necesidad de expresión por la fantasía
y si no tenemos cuidado de regular la ansiedad liberada, y, en general, no
adoptamos una técnica suficientemente elástica.
Analizando los estratos más profundos de la mente, tenemos que observar ciertas
condiciones determinadas.
En comparación con la ansiedad modificada de los estratos más elevados, la
ansiedad de los niveles profundos es mucho mayor tanto en cantidad como en
intensidad, y por consiguiente es imperativo que su liberación sea debidamente
regulada. Hacemos esto refiriendo continuamente la ansiedad hacia su fuente y
resolviéndola por un análisis sistemático de la situación de transferencia.
En los primeros capítulos de este libro he descrito cómo en casos en que el niño
era muy tímido, u hostil hacia mí al comenzar un análisis, inmediatamente
comencé a analizar su transferencia negativa y a descubrir e interpretar los
signos ocultos de su ansiedad latente antes de que se manifestaran y condujeran
a una crisis de ansiedad. Para poder hacer esto, el analista debe tener un
conocimiento completo de las reacciones de ansiedad de las fases más tempranas
del desarrollo del niño y de los mecanismos de defensa empleados por su yo
contra ellas. En realidad, debe tener un conocimiento teórico de la estructura
de las capas más profundas de la mente. Su trabajo de interpretación debe
dirigirse hacia esa parte del material que está asociada con la mayor cantidad
de ansiedad latente y debe descubrir las situaciones de ansiedad que han sido
activadas. También debe establecer la relación entre la ansiedad latente y a)
las particulares fantasías sádicas subyacentes, b) los mecanismos de defensa que
usa el yo para dominarlas. Es decir, para resolver una parte de ansiedad por
medio de una interpretación, seguir un poco las amenazas del superyó, los
impulsos del ello y las tentativas del yo para conciliar a ambos. En esta forma,
gradualmente se pondrá en condiciones de traer a la conciencia el contenido
total de la parte especial de ansiedad que se ha hecho sentir en ese momento.
Para hacer esto es absolutamente necesario que el analista se limite a métodos
estrictamente analíticos, ya que solamente absteniéndose de ejercer cualquier
influencia moral o educacional sobre el niño puede analizar los más profundos
niveles de su mente. Pues si impide sacar al exterior ciertos impulsos del ello,
el analista mantendrá guardados también otros impulsos, y aun en el niño pequeño
se encontrará bastante obstaculizado para hacerse camino hacia las fantasías
oral y anal-sádicas más primitivas.
Por otra parte, regulando sistemáticamente la liberación de su ansiedad, el niño
no sufrirá por una excesiva acumulación de ansiedad durante intervalos en su
análisis o en el caso de que su tratamiento deba ser interrumpido. En tales
circunstancias, es verdad, la ansiedad a menudo se vuelve más aguda, pero el yo
del niño es más capaz de dominarla y modificarla en grado mayor que antes del
análisis.
En algunos casos el niño puede evitar también una faz pasajera de ansiedad de
esta naturaleza. La liberación sistemática de ansiedad hace que el niño no sufra
demasiado.
Después de haber llamado la atención sobre las semejanzas entre la pubertad y la
primera infancia, veamos las diferencias. En la pubertad el desarrollo más
completo del yo y sus intereses crecientes exigen una técnica aproximada a la
del análisis del adulto. En ciertos niños o en ciertos momentos del análisis
podemos emplear otros medios de representación, pero, en general, en los
análisis de la edad de pubertad, tenemos que confiar principalmente en las
asociaciones verbales, para hacer posible que el adolescente establezca una
relación completa con la realidad y con su campo normal de intereses. Por estas
razones, antes de aceptar el análisis de niños en período de pubertad, el
analista debe comprender en forma completa la técnica de análisis de los
adultos. En general, considero que un buen entrenamiento en el análisis de
adultos es una base necesaria para el especial entrenamiento de un analista de
niños. Quien no haya tenido una experiencia adecuada y no haya realizado una
cantidad considerable de trabajo con adultos no podrá penetrar en el campo
técnicamente más difícil del análisis de niños.
Con el objeto de mantener los principios fundamentales del tratamiento analítico
en la forma modificada que necesitan los mecanismos del niño en las diversas
etapas de su evolución, el analista, además de estar completamente entrenado en
la técnica de los análisis tempranos, debe poseer el dominio total de la técnica
empleada en los análisis de adultos.
6. NEUROSIS EN LOS NIÑOS
Hasta ahora he tratado la técnica mediante la cual los niños pueden ser
analizados tan profundamente como los adultos. Consideraré ahora en qué casos es
indicado el tratamiento.
El primer problema que surge es: ¿Qué dificultades deben ser consideradas
normales en un niño y cuáles neuróticas?; ¿cuándo es sólo travieso y cuándo debe
considerárselo enfermo? En general, estamos preparados para encontrar ciertas
dificultades típicas que varían considerablemente en cantidad y efecto y que
siempre, dentro de ciertos límites, son inevitables en el desarrollo y crianza
de cualquier niño; pero pienso que por esta razón prestamos poca atención a
ciertos hechos, juzgándolos como dificultades diarias y que, en cambio, deberían
ser considerados como el comienzo de un serio trastorno de desarrollo.
Trastornos en las comidas, si son suficientemente serios, y, sobre todo,
manifestaciones de ansiedad, ya sean en la forma de terrores nocturnos o de
fobias, deben ser considerados como síntomas definitivamente neuróticos. Pero el
estudio de los niños pequeños generalmente muestra que esta ansiedad toma formas
varias y disfrazadas, y que aun tempranamente, a los dos o tres años, muestran
modificaciones de la ansiedad que implican la actuación de un proceso de
represión muy complicado. Después de haberse sobrepuesto a los terrores
nocturnos, por ejemplo, se presentan en ellos, por algún tiempo, trastornos del
sueño, como dormirse tarde, despertarse temprano, tener un sueño fácilmente
perturbable o intranquilo, incapacidad de dormir por la tarde, hechos todos que
a través del análisis se manifiestan como formas modificadas del pavor nocturno
originario. Se incluyen en este grupo las diversas manías y ceremoniales, a
menudo de naturaleza tan perturbadora, a que se entregan los niños a la hora de
dormir. En el mismo sentido, los primeros trastornos en alimentación a menudo se
transforman en un hábito de comer despacio, o de no masticar bien, o en una
general falta de apetito, o meramente en los malos modales en la mesa.
Es fácil ver que la ansiedad que el niño siente ante ciertas personas da lugar a
menudo a una timidez general. Más tarde aparece con frecuencia como inhibición
en las relaciones sociales o como vergüenza. Todos estos grados del miedo son
solo modificaciones de ansiedad primaria que, como en el caso del miedo a la
gente, pueden determinar más tarde la conducta social del individuo. Una fobia
declarada frente a ciertos animales será sustituida por una aversión hacia ellos
o a los animales en general. El temor a las cosas inanimadas, que siempre para
el pequeño están dotadas de vida, acarreará más tarde una inhibición de las
actividades relacionadas con estas cosas. Así, por ejemplo, la fobia de un niño
por los teléfonos se manifiesta años más tarde como aversión a telefonear; en
otros casos, el temor a las locomotoras puede traer una aversión a viajar o una
predisposición a estar muy cansado en los viajes. En otros casos, el miedo a la
calle aumentará la aversión a salir a caminar, etc. Dentro de esta clase entra
la inhibición para los deportes y juegos activos, pudiendo manifestarse esta
inhibición de diversos modos: como disgusto, como aversión a ciertas formas
especiales de deporte, como un desagrado general hacia ellos, predisposición a
la fatiga, inhabilidad, etc. Dentro de esta categoría entran las idiosincrasias,
hábitos e inhibiciones del adulto normal. El adulto normal puede racionalizar
estas aversiones -que nunca faltan- de diversos modos, diciendo que algo es
"aburrido" o de mal "gusto" o "antihigiénico" y muchas otras cosas más, mientras
que en el niño la aversión y hábitos de esta clase son más intensos y menos
aceptados socialmente que en un adulto, y se atribuyen a "maldad". Pero
invariablemente son la expresión de ansiedad y sentimiento de culpa. Están
íntimamente relacionados con las fobias y generalmente también a los
ceremoniales obsesivos, estando determinados complejamente en cada detalle; y
por esta razón a menudo se resisten a medidas educativas, aunque pueden
frecuentemente hallar solución por medio del análisis como cualquier síntoma
neurótico.
El espacio me impide mencionar más de uno o dos ejemplos de este interesante
campo de observación. En un muchacho, el abrir desmesuradamente los ojos y hacer
muecas, significaba asegurarse que él no se quedaría ciego. En otro, parpadear
tenía la misma significación. En un tercero, mantener la boca abierta y silbar
significaba confesar que había realizado fellatio, y luego retractarse de esa
confesión. La conducta intratable de un niño cuando se lo baña o le lavan la
cabeza se debe, según lo he comprobado repetidas veces, a un secreto miedo a ser
castrado o a que todo su cuerpo sea destruido.
Hurgarse la nariz, tanto en el niño como en el adulto, representa, entre otras
cosas, ataques anales contra el cuerpo de sus padres. Las dificultades que
encuentran padres y niñeras para inducir al niño a que realice pequeños
servicios y actos de respeto -dificultades que hacen a menudo el trabajo tan
desagradable para la persona encargada del niño- resultan invariablemente
determinadas por la ansiedad. Por ejemplo, la aversión de un niño por tomar algo
de una caja será debida a menudo al hecho de que hacerlo significaría la
aceptación de sus fantasías de realizar ataques contra el cuerpo de su madre.
Frecuentemente los niños presentan una hiperactividad que se acompaña de una
actitud desafiante y dominante y que, en general, la gente interpreta como signo
de "temperamento" o de desobediencia, según los puntos de vista. Dicha conducta
es, al igual que la agresión, una sobrecompensación de la ansiedad, y este
método de modificar la ansiedad tiene gran influencia en la formación del
carácter del niño y en su actitud futura ante la sociedad. La inquietud que a
menudo acompaña a esta hiperactividad es, a mi juicio, un síntoma importante.
Las descargas motoras que realiza el niño al inquietarse se condensan a menudo,
al entrar en el período de latencia, en movimientos estereotipados que pasan
inadvertidos dentro del cuadro de excesiva motilidad que presenta el niño. En la
pubertad, y a veces antes, reaparecen o se hacen más evidentes y forman la base
de un "tic''.
Nos hemos referido repetidas veces a la gran importancia de las inhibiciones en
el juego. Estas inhibiciones, que pueden ocultarse bajo las más diversas formas,
se hallan presentes en distintos grados. Aversión a ciertos juegos definidos,
falta de perseverancia en el juego, son ejemplos de las inhibiciones parciales
de juegos. Así, algunos niños tienen que tener a alguien que realice la parte
más activa en el juego, como tomar la iniciativa, ir a buscar los juguetes, etc.
Otros sólo gustan de juegos con reglas establecidas o sólo cierta clase de
juegos (en cuyo caso acostumbran a jugarlo con gran asiduidad). Estos niños
sufren de una fuerte represión de la fantasía acompañada, por lo general, por
rasgos compulsivos, y sus juegos tienen más carácter de síntoma obsesivo que de
sublimación.
Hay una clase de juego detrás de la cual -especialmente en la transición al
período de latencia- se ocultan movimientos rígidos o estereotipados. Por
ejemplo, un chico de ocho años que acostumbraba a realizar un juego en el que él
era un policía en su puesto, solía realizar ciertos movimientos y repetirlos
durante horas, permaneciendo inmóvil en ciertas actitudes por largo tiempo. En
otros casos, algún juego en especial ocultará una peculiar inquietud,
íntimamente asociada a los tics.
La aversión a jugar juegos activos en general, la inhabilidad en los juegos, son
un pronóstico de futuras inhibiciones en deportes, siendo siempre un indicio
importante de que algo anda mal.
En muchos casos, las inhibiciones en el juego son la base de las inhibiciones de
aprendizaje. En varios niños con inhibición en el juego y que son buenos
escolares he encontrado que el impulso a aprender es principalmente compulsivo,
y más tarde, especialmente en la pubertad, algunos de ellos manifiestan graves
limitaciones en su capacidad de aprender. Las inhibiciones para aprender, como
las de juego, pueden variar en gravedad y presentarse bajo diferentes formas,
como indolencia, falta de interés, fuerte aversión por ciertas cosas o temas
particulares, poca facilidad para aprender lecciones excepto a último momento y
bajo compulsión. Dichas inhibiciones para aprender son a menudo la base de
inhibiciones vocacionales posteriores cuyos primeros signos estaban ya en las
inhibiciones de juego de estos niños pequeños.
En mi trabajo "El desarrollo del niño" (1921) dije que la resistencia de un niño
a que se le aclaren los temas sexuales es un indicio importante de que algo anda
mal. Si se abstienen de preguntar sobre estos temas, lo que a menudo ocurre a
continuación o alternando con preguntas obsesivas, debemos considerarlo como un
síntoma basado en afecciones frecuentemente serias del instinto de conocer. Como
bien sabemos, las cansadoras preguntas de los niños a menudo se prolongan en el
adulto como manía de cavilación., que siempre está asociada a perturbaciones
neuróticas.
La tendencia en los niños a quejarse y el hábito de caerse, golpearse y hacerse
daño deben ser considerados como expresión de diversos miedos y sentimientos de
culpa. El análisis de niños me ha convencido de que tales pequeños accidentes
repetidos -y algunas veces otros más serios- son sustituciones de
autodestrucciones más graves y pueden simbolizar intentos de suicidio con medios
insuficientes. En muchos chicos, especialmente varones, una extremada
sensibilidad al dolor es reemplazada tempranamente por una exagerada
indiferencia, que no es más que una defensa elaborada contra la ansiedad y una
modificación de la misma.
La actitud del niño frente a los regalos es también muy típica. Muchos niños son
insaciables al respecto y ningún regalo les puede dar una satisfacción real y
duradera o brindarles algo que no sea una desilusión. Otros no tienen interés y
son igualmente indiferentes frente a los regalos. En los adultos podemos
observar las mismas dos actitudes. Entre las mujeres existen aquellas que
eternamente ansían ropa nueva pero que en realidad nunca la disfrutan y
aparentemente nunca "tienen qué ponerse". Estas son mujeres que están a la
búsqueda de diversiones, y a menudo cambian el objeto de su amor con facilidad y
no pueden encontrar una verdadera satisfacción sexual. Encontramos también
mujeres aburridas que nada desean. En el análisis resulta claro que los regalos
significan para el niño todos los presentes de amor que él no pudo tener: la
leche y el pecho de su madre, el pene del padre, orina, heces, bebés, etc. Los
regalos también alivian su sentimiento de culpa, porque simbolizan cosas dadas
libremente y que él quiso tomar por medios sádicos. En su inconsciente él
considera la falta de regalos, como todas las otras frustraciones, como un
castigo por sus impulsos agresivos, que están ligados a sus deseos libidinales.
En otros casos, cuando el niño se encuentra en una situación aun más
desfavorable, en lo que se refiere a su excesivo sentimiento de culpa, o cuando
no ha podido modificarlo, reprimirá sus deseos libidinales por completo, por
temor a nuevas desilusiones, de modo que los regalos que recibe no le producen
ningún placer.
El niño incapaz de tolerar sus tempranas frustraciones debido a las razones ya
mencionadas, en su inconsciente considerará toda frustración posterior que
reciba durante su crianza como un castigo, con el resultado de que se torna
ingobernable y mal adaptado a la realidad. En niños mayores -y en algunos casos
también en niños pequeños- esta incapacidad de tolerar frustraciones se esconde
con frecuencia bajo una aparente adaptación debido a su necesidad de agradar a
las personas que lo rodean. Una adaptación aparente de este tipo es capaz,
especialmente en el período de latencia, de ocultar la presencia de dificultades
arraigadas más profundamente.
La actitud de muchos niños frente a las fiestas es también característica. La
llegada de Navidad y Pascua es esperada con gran impaciencia, para quedar luego
completamente insatisfechos. Días como éstos, y aun a veces los domingos,
ofrecen esperanzas de renovación, en mayor o menor grado, de "un nuevo comienzo"
y, junto con los regalos que esperan recibir, esperan también la restauración de
las cosas malas que han sufrido y hecho. Los acontecimientos familiares chocan
profundamente con los complejos del niño asociados a su vida de familia. Un
cumpleaños, por ejemplo, representa siempre el renacimiento, y los cumpleaños de
otros niños estimulan los conflictos asociados al nacimiento real o imaginario
de hermanos o hermanas. El modo de reaccionar del niño ante estas cosas es una
de las pruebas para determinar la presencia de neurosis en ellos.
La aversión por el teatro, cine y representaciones de toda índole está
íntimamente asociada al trastorno del instinto de conocer en el niño. He
encontrado que la base de este trastorno es el interés reprimido por la vida
sexual de los padres o por su propia vida sexual. Esta actitud, que acarrea la
inhibición de muchas sublimaciones, es debida en última instancia a la ansiedad
y a sentimientos de culpa pertenecientes a los primeros estadíos de desarrollo y
surge de las fantasías agresivas dirigidas contra la relación sexual de los
padres.
También quiero subrayar el papel que desempeñan los factores psíquicos en las
diversas enfermedades a las que el niño está expuesto. Estoy convencida de que
muchos niños expresan su ansiedad y sentimientos de culpa enfermándose (en
dichos casos, al mejorar disminuye la ansiedad), y de que en general, las
frecuentes enfermedades por las que pasan a una cierta edad son producidas en
parte por una neurosis. Este factor psicogenético actúa aumentando no sólo la
predisposición del niño a las infecciones sino la gravedad y duración de la
enfermedad. En general he encontrado que después del análisis el niño está menos
expuesto a resfriarse. En algunos casos la predisposición desapareció casi por
completo.
Sabemos que las neurosis y la formación del carácter están íntimamente
relacionadas y que en muchos análisis de adultos se producen también favorables
cambios de carácter. Así como en los análisis de niños grandes siempre se
producen favorables cambios caracterológicos, en los análisis tempranos, al
suprimir las neurosis, disminuyen las dificultades en la educación. Parece
existir una cierta analogía entre las dificultades educacionales en el niño
pequeño y lo que en el niño mayor y en el adulto se conocen como dificultades
caracterológicas. Es un hecho notable que al hablar de carácter pensemos
especialmente en el individuo mismo, aun cuando su "carácter" tenga una
influencia perturbadora sobre su ambiente, en tanto que al hablar de
"dificultades educacionales" pensamos primero, y sobre todo, en las dificultades
que enfrentan las personas encargadas del niño. De este modo, muy a menudo
pasamos por alto el hecho de que estas dificultades educacionales son la
expresión de procesos importantes de desarrollo que llegan a concretarse con la
declinación del complejo de Edipo. Lo que advertimos, entre otras cosas, como
dificultades educacionales excesivas en el niño surgen de los procesos que han
formado y están todavía formando su carácter y que forman la base de cualquier
futura neurosis o defecto de desarrollo que pueda llegar a padecer, de modo que
pueden considerarse más apropiadamente como dificultades caracterológicas y como
síntomas neuróticos.
Por lo que se ha dicho vemos que las dificultades, que nunca faltan, en el
desarrollo del niño pequeño son de carácter neurótico. En otras palabras, todo
niño pasa por una neurosis que se diferencia sólo en grado de un individuo a
otro. Desde que se ha encontrado que el psicoanálisis es uno de los medios más
eficaces para curar la neurosis en los adultos, parece lógico hacer uso del
psicoanálisis para combatir las neurosis en los niños, y además, viendo que todo
niño sufre una neurosis, aplicarlo a todos los niños. Por ahora, en la época
actual, debido a consideraciones prácticas, sólo en muy raros casos es posible
someter a tratamiento analítico las dificultades neuróticas de los niños
normales. Por lo tanto, al prescribir indicaciones para tratamiento, es
importante señalar qué signos indican la presencia de neurosis graves, es decir,
de una neurosis que no deje lugar a dudas de que el niño también sufrirá
considerables dificultades en sus años venideros.
No discutiremos aquellas neurosis infantiles cuya gravedad es evidente debido al
grado y carácter de los síntomas, pero sí consideraremos uno o dos casos en que,
al no prestarse suficiente atención a las indicaciones específicas de las
neurosis infantiles, su verdadera gravedad no ha sido reconocida. El que las
neurosis de los niños hayan atraído mucho menos la atención que las de los
adultos, se debe a que, en muchos aspectos, sus signos exteriores difieren
esencialmente de los síntomas de los adultos. Los analistas saben que bajo la
neurosis del adulto yace siempre una neurosis infantil, pero durante mucho
tiempo han fracasado en sacar la única deducción posible de este hecho, es
decir, que la neurosis debe ser por lo menos extremadamente común entre los
niños, y esto sucede aunque el niño mismo les presenta suficiente evidencia.
Al juzgar lo que es neurótico en un niño no podemos aplicar los standards
apropiados a los adultos. De ninguna manera aquellos niños que más de cerca se
aproximan a lo que es un adulto no neurótico son los menos neuróticos. Así, por
ejemplo, un niño pequeño que cumpla todos los requisitos de su educación y no se
deje dominar por su vida de fantasía y sus instintos, esto es, un niño que
aparezca como bien adaptado a la realidad y presente además pocos signos de
ansiedad, no solamente será un ser precoz y sin encanto, sino anormal en el más
completo sentido de la palabra. Si completamos este cuadro suponiendo que su
vida imaginativa ha sufrido una gran represión, que sería condición necesaria
para tal desarrollo, tendríamos entonces causas para inquietarnos por su futuro.
La neurosis de la cual é1 sufre no sería de menor grado que la del niño común,
sino simplemente sin síntomas, y como sabemos por los análisis de adultos, una
neurosis de esta naturaleza es por lo general muy grave.
Normalmente deberíamos esperar ver signos claros de las graves luchas y crisis
que el niño pasa en los primeros estadíos de su vida. Estos signos difieren, sin
embargo, en muchos aspectos de los síntomas del adulto neurótico. Hasta cierto
punto el niño normal muestra su ambivalencia y sus afectos, su sujeción y su
sometimiento a los impulsos instintivos y a la fantasía y también las
influencias que proceden de su superyó; esto crea algunas dificultades en el
camino de su adaptación a la realidad y, por lo tanto, en su educación, y no es,
desde ningún punto de vista, un niño "fácil". Pero si su ansiedad y ambivalencia
y los obstáculos que presenta para su adaptación a la realidad van más allá de
ciertos límites, y las dificultades que sufre y hace sufrir a su ambiente son
muy grandes, entonces debería ser considerado como neurótico. Sin embargo, creo
todavía que una neurosis de este tipo a menudo puede ser menos grave que una
neurosis del tipo en que la represión de afectos ha sido tan aplastante y ha
comenzado tan temprano, que apenas pueden percibirse signos de emoción y
ansiedad en el niño. Lo que realmente diferencia al niño menos neurótico del más
neurótico, además del grado cuantitativo, es el modo en que el niño se comporta
frente a estas dificultades.
Los signos característicos de una neurosis infantil, según se ha descrito
anteriormente, constituyen un valioso punto de partida para el estudio de los
métodos, a menudo muy oscuros, mediante los cuales el niño ha modificado su
ansiedad y de la posición fundamental que ha adoptado. Así, por ejemplo, puede
suponerse que si a un niño no le gusta asistir a representaciones de ninguna
clase, tales como teatro o cine, si no tiene placer en formular preguntas y es
inhibido en el juego o no puede jugar sino ciertos juegos sin contenido
imaginativo, está sufriendo de graves inhibiciones de su instinto de conocer y
de una aumentada represión de su vida imaginativa, aunque por otra parte puede
estar bien adaptado y parecer no tener trastornos muy acentuados. Tal niño
satisfará su deseo por conocer en una edad posterior, principalmente de un modo
obsesivo, y a menudo producirá otros trastornos neuróticos en conexión con
éstos. Se ha dicho que en muchos niños la incapacidad originaria para tolerar
las frustraciones está oscurecida por una amplia adaptación a los requerimientos
de su crianza. Desde muy temprano se transforman en niños "buenos" e
"inteligentes", pero son precisamente estos niños los que más comúnmente adoptan
esta actitud de indiferencia ante los regalos y agasajos, etc., que han sido
mencionados más arriba. Si además de esta actitud presentan una gran inhibición
en el juego y una fijación excesiva a sus objetos, la probabilidad de que
sucumban en años posteriores a una neurosis es muy grande, porque tales niños
han adoptado un punto de vista pesimista y una actitud de renuncia. Su principal
objeto es luchar contra su ansiedad y su sentimiento de culpa a toda costa,
aunque esto signifique renunciar a toda la felicidad y gratificación de sus
instintos. Al mismo tiempo son, por lo general, dependientes de sus objetos,
porque dependen del medio ambiente externo para protección y apoyo contra su
ansiedad y sentimiento de culpa. Son más evidentes, aunque no se las evalúa
adecuadamente, sin embargo, las dificultades que presentan aquellos niños cuyos
deseos insaciables de regalos es concomitante a su incapacidad para tolerar las
frustraciones impuestas por su crianza.
Es muy cierto que en los casos típicos descritos aquí, las perspectivas para que
el niño logre una real estabilidad mental en el futuro no son favorables.
Generalmente, también la impresión que produce el niño -su manera de
comportarse, su expresión facial, sus movimientos y lenguaje- traiciona el
fracaso de su adaptación interna. En todos los casos, solamente el análisis
puede demostrar la gravedad de tales trastornos. He puntualizado muchas veces el
hecho de que la presencia de una psicosis o de rasgos psicóticos a menudo no ha
sido descubierta en el niño hasta que éste ha sido analizado por un período de
tiempo considerable. Esto es debido a que las psicosis de niños, como sus
neurosis, difieren en muchos aspectos en su expresión, de las psicosis de los
adultos. En algunos casos analizados por mí, en los cuales la neurosis infantil
tenía ya el mismo carácter de una neurosis obsesiva grave de adulto, el análisis
demostraba la existencia de serios rasgos paranoides.
La cuestión a considerar ahora es: cómo pone de manifiesto el niño que está
bastante bien adaptado internamente. Es un signo alentador si goza jugando y da
libre rienda a la fantasía de hacerlo, estando al mismo tiempo, como puede
reconocerse por signos claros, bien adaptado a la realidad; y si tiene realmente
relaciones buenas -no exageradamente afectuosas- con sus objetos. Otro buen
signo es si además presenta un desarrollo relativamente tranquilo de su instinto
de saber, de modo que fluyan libremente en distintas direcciones, sin, por otra
parte, tener ese carácter de compulsión e intensidad típico de las neurosis
obsesivas. La aparición de una cierta cantidad de afecto y ansiedad es también,
creo, precondición de un desarrollo favorable. Estas y otras razones para un
pronóstico favorable tienen -según mi experiencia- sólo un valor relativo, y no
son garantía absoluta para el futuro. A menudo, el que su neurosis aparezca o no
en los años posteriores, depende de realidades externas imprevisibles
-favorables o desfavorables- que el niño enfrentará a medida que crece.
Además me parece que no sabemos mucho sobre la estructura mental del individuo
normal o de las dificultades que acosan su inconsciente, puesto que ha sido
mucho menos objeto de investigación psicoanalítica que el neurótico. La
experiencia analítica con niños sanos de diversas edades, me ha convencido de
que aunque su yo reacciona de manera normal, tiene también que enfrentar grandes
cantidades de ansiedad, graves culpas inconscientes y profunda depresión, y de
que, en algunos casos, lo único que distingue sus dificultades de las de los
niños neuróticos es la elaboración activa y optimista de sus dificultades. El
resultado obtenido por el tratamiento analítico de estos casos, ha probado su
valor aun para los niños que tienen neurosis muy leves. No puede haber duda
alguna de que, disminuyendo su ansiedad y sentimiento de culpa y efectuando
cambios fundamentales en su vida sexual, el análisis puede ejercer una gran
influencia sobre el futuro, no sólo de los niños neuróticos, sino también de los
normales. La siguiente cuestión a considerar es hasta qué punto el análisis de
un niño puede considerarse terminado. En los adultos podemos llegar a esta
conclusión por varios signos, tales como la capacidad del paciente para
trabajar, amar, cuidar de si mismo en las circunstancias en las que se halla
colocado y realizar las decisiones necesarias en el curso de su vida. Si
nosotros conocemos qué factores son los que conducen al fracaso en el adulto y
si estamos alertas a la presencia de factores similares en los niños, poseemos
una guía segura para decidir si un análisis ha alcanzado su término o no.
En la vida adulta el individuo puede sucumbir a una neurosis, a defectos
caracterológicos, perturbaciones de su capacidad de sublimación, o a
perturbaciones de su vida sexual. En cuanto a su neurosis, su presencia puede
descubrirse a una edad muy temprana, como he tratado de demostrar, por diversos
signos, leves pero característicos; y su cura, a esa edad, es la mejor
profilaxis contra su aparición en los años posteriores. En cuanto a los defectos
y dificultades caracterológicos, también se previenen mejor eliminándolos en la
infancia. En cuanto al tercer punto, el juego de los niños, que nos permite
penetrar tan profundamente en sus mentes, nos da una idea de cuándo su análisis
ha terminado con respecto a su futura capacidad de sublimación. Antes de que
podamos considerar que el análisis de un niño pequeño ha sido completado, sus
inhibiciones en el juego deben haber disminuido ampliamente. Cuando esto sucede,
su interés en el juego adecuado a su edad no sólo se hace más profundo y
estable, sino que también se extiende en distintas direcciones.
Si como resultado del análisis, el interés obsesivo del niño por un solo juego
se hace más amplio y cubre muchas otras formas de juego, este proceso es
equivalente a la expansión de intereses y al aumento de capacidad de sublimar
que se logra en el análisis de un adulto. De este modo, comprendiendo el juego
de los niños, podemos calcular su capacidad de sublimación en los años venideros
y podemos también decir cuándo un análisis lo ha resguardado suficientemente
contra futuras inhibiciones en su capacidad para aprender y trabajar.
Finalmente, el desarrollo de los intereses del niño en los juegos y las
variaciones en calidad y cantidad que presentan, nos permite medir si su vida
sexual en la fase adulta estará construida sobre buenos cimientos. Esto puede
ilustrarse con el análisis de dos niños pequeños, un varón y una niña. Kurt, de
5 años, se ocupaba al principio, como la mayoría de los niños, con motores y
trenes de mi mesa de juegos. Los elegía entre otros juguetes y jugaba con ellos,
comparaba su tamaño y poder y los hacía viajar hasta un punto dado, expresando
de este modo simbólico y, típicamente de acuerdo con mi experiencia, una
comparación de su pene, su potencia y su personalidad, como un todo, con los de
su padre y hermanos. Se pudo haber supuesto que estas acciones indicaban en él
una actitud heterosexual activa y normal, pero su naturaleza marcadamente
aprensiva y poco masculina daba una impresión opuesta, y a medida que el
análisis avanzaba se fue confirmando la verdad de esta impresión. Sus juegos,
que representaban su rivalidad con su padre por la posesión de su madre, se
interrumpieron con la aparición de una grave ansiedad. Parecía que había
desarrollado una actitud predominantemente pasiva homosexual, pero que debido a
la ansiedad no había podido mantener tampoco esta actitud, y por lo tanto,
buscaba refugio en fantasías megalomaníacas. Sobre esta base irreal pudo poner
en primer plano y exagerar, tanto para él como para otros, una parte de las
tendencias activas y masculinas que permanecían todavía actuantes en él.
A menudo me he referido al hecho de que el juego de los niños, como los sueños,
es una fachada, y que sólo podemos descubrir su contenido latente por medio del
análisis completo, del mismo modo que descubrimos el contenido latente de los
sueños. Pero dado que el juego, debido a su más íntima relación con la realidad
y a su importancia como vehículo para la expresión de fantasías, sufre una
elaboración secundaria mayor, es sólo muy gradualmente, observando los cambios
sucesivos que tienen lugar en los juegos de los niños, que podemos llegar a
conocer las diversas corrientes de pensamiento y sentimiento que fluyen bajo
ellos.
Hemos visto en Kurt que la actitud masculina activa que exhibía en sus primeras
horas de análisis era en su mayor parte sólo aparente y que pronto fue destruida
por la aparición de una grave ansiedad. Esto marcó el comienzo del análisis de
su actitud homosexual pasiva, pero fue sólo después de un largo período de
tratamiento (que ocupó en total cerca de 450 sesiones) que la ansiedad que se
oponía a esta actitud fue reducida en cierto grado. Cuando se logró, los
animales de juguete, que originariamente representaban aliados imaginarios en su
lucha contra su padre, aparecieron como niños, y su actitud femenina pasiva y el
deseo de niños que derivaba de esta tendencia encontró ahora una expresión más
clara.
El análisis del miedo de Kurt a la "madre con pene" y de su terror excesivo al
padre tuvo el efecto de aumentar y, una vez más, colocar en primer plano su
posición heterosexual activa. Pudo dar una expresión más estable en su juego a
sus sentimientos de rivalidad con su padre. Una vez más retomó los juegos que
había jugado en el comienzo de su análisis, pero esta vez más estable e
imaginativamente. Por ejemplo, tomaba gran cuidado en la construcción de garajes
en los cuales se alojaban motores, y era incansable para agregarles nuevos
elementos y perfeccionarlos; o construía diferentes clases de pueblos o ciudades
para que los autos realizaran expediciones a ellos, expediciones que
simbolizaban su rivalidad con su padre por la posesión de su madre. En el placer
y cuidado que ponía en la construcción de pueblos, ciudades y garajes, expresaba
su deseo de restaurar a su madre, a la que había atacado en su imaginación. Al
mismo tiempo su actitud hacia su madre sufrió un cambio completo en la vida
real. A medida que su ansiedad y sentimiento de culpa disminuían y él se hacía
más capaz de formar tendencias reactivas, comenzó a adoptar una actitud más
afectuosa hacia ella.
El fortalecimiento gradual de sus impulsos heterosexuales se registró en
numerosas modificaciones realizadas en su juego. Al principio, detalles aislados
del mismo demostraron que también aquí todavía predominaban sus fijaciones
pregenitales, o más bien alternaban continuamente con sus fijaciones genitales.
Por ejemplo, la carga que el tren traía a la ciudad o que el camión entregaba en
la casa, a menudo simbolizaban excrementos. En este caso deberían ser entregados
por la puerta de atrás. El hecho de que estos juegos representaban un violento
coito anal con su madre, se evidenció en el hecho, entre otras cosas, de que al
descargar, digamos carbón de un camión, el jardín o la casa a menudo se
estropeaban, la gente de la casa se enojaba y el juego se detenía debido a su
ansiedad.
El acarreo de diferentes clases de cargas ocupó totalmente, con gran riqueza de
detalles, una parte del análisis de Kurt. A veces eran camiones yendo a buscar
mercaderías al mercado o llevándolas allí, a veces gente que hacía un largo
viaje con todos sus equipajes, en cuyo caso sus posteriores asociaciones de
juego demostraban que lo que estaba representando era una fuga y que los
artículos eran cosas que habían sido tomadas o robadas del cuerpo de su madre.
Las variaciones en puntos menos importantes fueron muy instructivas. Por
ejemplo, Kurt expresaba la supremacía de sus fantasías anal-sádicas entregando
las mercaderías por la puerta de atrás. Un poco más tarde hizo lo mismo, pero
esta vez con el pretexto de que tenía que evitar la entrada principal. Sus
asociaciones con respecto al jardín del frente (los genitales femeninos)
evidenciaron que su fijación al ano fue reforzada por su rechazo de los
genitales femeninos, rechazo que estaba basado en su miedo a los mismos, que
tenía muchos determinantes, siendo uno de ellos una fantasía de encontrar el
pene de su padre mientras copulaba con su madre.
Este miedo, que tiene a menudo un efecto inhibidor, puede también actuar como
estímulo para el desarrollo de ciertas fantasías sexuales. Las tentativas del
niño de mantener sus impulsos heterosexuales a pesar de su miedo al pene del
padre y de su fuga del mismo, pueden también conducir a peculiaridades en su
vida sexual en los años adultos. Una fantasía típica de los muchachos de esa
edad, y también de Kurt, es la de copular con su madre conjuntamente con su
padre o turnándose con él. En ella están implicadas fantasías genitales y
pregenitales o predominantemente genitales. En los juegos de Kurt, por ejemplo,
dos hombres de juguete o dos carros se introducían por la puerta de un edificio
que representaba el cuerpo de su madre, siendo la otra entrada el ano. Estos dos
muñecos a menudo estaban de acuerdo para entrar juntos por la puerta principal o
por turno, o si no uno de ellos vencía al otro. En esta lucha, el más pequeño
-Kurt mismo- ganaba sobre el mayor -su padre- transformándose en un gigante.
Pero poco después se veía una reacción de ansiedad y él huía de distintos modos,
siendo uno de ellos tomar la otra entrada, dejando la del frente a la figura
paterna. Este ejemplo demuestra cómo el miedo del niño a la castración
obstaculiza el establecimiento de su estadío genital y refuerza su fijación, o
más bien su regresión, a sus estadíos pregenitales. Pero el resultado inmediato
no es siempre una regresión al estadío pregenital. Si la ansiedad del niño no es
demasiado fuerte, puede recurrir a muchas clases de fantasías que pertenecen al
nivel genital además de las ya mencionadas aquí.
Lo que como niño el individuo nos presenta en estas fantasías de juego,
aparecerán en él en su adultez como una condición para su vida amorosa. Las
fantasías de Kurt de los dos muñecos entrando en un edificio por diferentes
partes o usando el mismo lado, ya sea juntos o alternativamente, ya sea después
de una lucha o de común acuerdo, manifiestan los diferentes modos en que un
individuo se comportará en una situación "triangular" en la que él será el
tercero. En tal situación puede tomar la posición del "tercero injuriado" o del
amigo de la familia que vence al marido o lucha con él. Otro efecto de la
ansiedad puede ser disminuir la frecuencia de estos juegos, que representan
coito, y este defecto aparecerá en la vida futura como potencia disminuida o
perturbada del individuo en cuestión. Hasta qué punto podrá liberar las
fantasías sexuales de su infancia en la vida futura también dependerá de otros
factores de su desarrollo, en especial de sus experiencias en la realidad, pero,
fundamentalmente, las condiciones bajo las cuales podrá amar están delineadas en
todos sus detalles en las fantasías de juego de los primeros años.
Estas fantasías, por el modo como se desarrollan, muestran que a medida que los
impulsos sexuales avanzan al nivel genital, también se desarrolla su capacidad
para la sublimación, y que la sublimación y la sexualidad están
interrelacionadas. Kurt, por ejemplo, hizo una casa que sería sólo para él. La
casa era su madre, de quien quería ser el único poseedor. Al mismo tiempo no
podía nunca hacer lo bastante en el sentido de planear bien la casa y
embellecerla.
Las fantasías de juego de esta naturaleza nos dan ya la línea de alejamiento de
sus objetos de amor que el niño efectuará más tarde. Un paciente pequeño solía
representar el cuerpo de su madre por medio de mapas; al principio quería tener
hojas de papel cada vez más grandes para hacer mapas lo más grandes posible.
Luego, después que este juego había sido interrumpido por una reacción de
ansiedad, comenzó a hacer lo opuesto, mapas muy pequeños. Su tentativa de
representar por la pequeñez de las cosas que diseñaba, la disimilitud y
alejamiento de su gran objeto originario -su madre- fracasó, y sus mapas se
hicieron de nuevo más y más grandes, hasta que por último alcanzaron su tamaño
originario y una vez más interrumpió su dibujo por la ansiedad. La misma idea la
expuso en las muñecas de papel que cortaba. La muñequita que siempre terminaba
por dejar de lado por una grande, se vio que era una amiga pequeña que él
trataba de cambiar por su madre como objeto de amor. Así vemos que aun la
capacidad del individuo para alejarse libidinalmente de sus objetos en la
pubertad, tiene sus raíces en los primeros años, y que el análisis del niño
pequeño es de gran ayuda para facilitar este proceso.
A medida que su análisis continuaba, el niño se hizo más capaz de efectuar en
juegos y sublimaciones estas fantasías heterosexuales, en las que se atrevía a
luchar con su padre por la posesión de la madre. Sus fijaciones pregenitales
disminuían, y la lucha misma cambió mucho en carácter. Su sadismo disminuyó, de
modo que su parte en la lucha fue menos ardua desde que despertó menos ansiedad
y culpa. Su mayor habilidad para realizar o llevar a cabo sus fantasías en el
juego, serena e ininterrumpidamente, e introducir elementos de realidad más
satisfactoriamente, son un indicio de que posee los cimientos de su potencial
sexual en su vida futura. Estos cambios en el carácter de las fantasías y juegos
están siempre acompañados por otros cambios importantes en la personalidad total
y hacen al niño más libre y activo en su comportamiento, como se ve por la
desaparición de numerosas inhibiciones y por su cambiada actitud frente a su
medio ambiente mediato e inmediato.
Volvamos ahora a nuestro segundo ejemplo sobre el modo en que las fantasías de
juego arrojan luz sobre la vida sexual posterior de una niña. Rita, de 2 años y
9 meses, estaba gravemente inhibida en el juego. Lo único que podía hacer -con
evidentes inhibiciones y de muy mala gana- era jugar con sus muñecas y
animalitos de juguete. Aun esta ocupación tenía más bien el carácter de un
síntoma obsesivo, porque consistía casi enteramente en lavarlos y cambiarles
continuamente la ropa de un modo compulsivo. Tan pronto como introducía un
elemento imaginativo en estas actividades, es decir, tan pronto como comenzaba a
jugar en el verdadero sentido de la palabra, tenía una crisis de ansiedad
inmediata y detenía el juego. El análisis demostró que su actitud maternal y
femenina estaba pobremente desarrollada y que en sus juegos con la muñeca apenas
jugaba la parte de la madre. Su relación con ésta era principalmente de
identificación. En esta identificación su intenso miedo de estar sucia o
destruida en su interior o de ser mala, la impulsaba a continuar limpiando su
muñeca y cambiar sus ropas. Sólo después que su complejo de castración fue
analizado en parte, se vio que el juego obsesivo con su muñeca en el comienzo
mismo del análisis, había expresado ya su más profunda ansiedad, es decir, el
miedo de que su madre le robara los niños de su interior.
En la época en que su complejo de castración estuvo en el primer plano, Rita
hizo que su osito de juguete representara el pene que había robado a su padre,
con la ayuda del cual quería suplantarlo en la posesión del amor de la madre. En
esta parte de su análisis tenía ansiedad de conexión con fantasías masculinas de
esta naturaleza. Sólo cuando se analizó su ansiedad más profunda, perteneciente
a la actitud maternal y femenina, fue que su actitud cambió realmente y que ella
demostró una genuina actitud maternal hacia su oso y muñeca. Mientras besaba y
abrazaba a su oso y lo llamaba con nombres cariñosos dijo una vez: "Ahora no soy
desgraciada. Ya no soy más desgraciada porque tengo, después de todo, un niñito
tan querido". Se hizo evidente que ahora había logrado el estadío en el que las
tendencias genitales, los impulsos heterosexuales y la actitud maternal son
prominentes, por muchos indicios, entre otros, por su cambiada actitud hacia sus
objetos. Su aversión a su padre, que anteriormente había sido tan acentuada, dio
lugar a una actitud afectuosa.
La razón por la cual podemos predecir a través del carácter y desarrollo de las
fantasías de juego en los niños lo que será su vida sexual en los años
posteriores, es que todos sus juegos y sublimaciones están basados en fantasías
de masturbación. Si, como creo, sus juegos son un medio de expresar sus
fantasías de masturbación y encontrar una salida para las mismas, se comprende
que el carácter de sus fantasías de juego indique el carácter de su vida sexual
adulta y también que el análisis del niño pueda no sólo traer mayor estabilidad
y capacidad para la sublimación en la niñez, sino también asegurar un bienestar
mental y perspectivas de felicidad en la madurez.
7. LA VIDA SEXUAL INFANTIL
Una de las conquistas importantes del psicoanálisis es el descubrimiento de que
los niños poseen una vida sexual que encuentra expresión tanto en las
actividades sexuales directas corno en las fantasías sexuales.
Sabemos que generalmente la masturbación tiene lugar en el período de lactancia
y que se prolonga comúnmente en mayor o menor medida hasta el período de
latencia (No necesito decir que no esperamos encontrar niños, incluso los más
pequeños, masturbándose abiertamente.) En el período anterior a la pubertad y
particularmente durante la pubertad misma, la masturbación vuelve a ser muy
frecuente. El período en el cual las actividades sexuales del niño son menos
pronunciadas es en el período de latencia. Esto es debido a que la declinación
del complejo de Edipo va acompañada por una disminución en la fuerza de las
tendencias instintivas. Por otra parte, existe todavía el inexplicable hecho de
que es en este mismo período que la lucha del niño contra la masturbación está
en su apogeo. En su libro Inhibición, síntoma y angustia, 1926, Freud dice que
durante el período de latencia las energías del niño parecen estar ocupadas
principalmente en la tarea de resistir a la tentación de masturbarse. Su
afirmación parece apoyar la idea de que incluso durante el período de latencia
la presión del "ello" no ha disminuido hasta el grado que se supone comúnmente o
bien que la fuerza ejercida por el sentimiento de culpa del niño contra las
tendencias del "ello" ha aumentado.
En mi opinión, el excesivo sentimiento de culpa que surge en el niño por su
actividad masturbatoria está realmente dirigido hacia las tendencias
destructivas que existen en las fantasías que acompañan a la masturbación. Es
este sentimiento de culpa el que incita a los niños a interrumpir la
masturbación totalmente y es el que, si logra su propósito, a menudo conduce a
los niños a una fobia a tocar. Un temor de esta clase es una indicación tan
importante de un trastorno del desarrollo, como la masturbación obsesiva, y se
hace evidente en los análisis de adultos, en los cuales vemos cómo el temor
exagerado del paciente a la masturbación conduce a menudo a serias
perturbaciones de su vida sexual. No se observan trastornos de este tipo en el
niño, pues sólo emergen en la vida posterior como impotencia o frigidez de
acuerdo con el sexo del individuo; pero su existencia puede deducirse de la
presencia de otras dificultades que son concomitantes invariablemente con un
desarrollo sexual deficiente.
Los análisis de las fobias a tocar muestran que una supresión demasiado completa
de la masturbación no sólo conduce a la aparición de toda clase de síntomas,
tales como tics, sino que causando una excesiva represión de las fantasías de
masturbación, coloca un grave obstáculo en el paso por el período de latencia en
lo que se refiere a la capacidad de sublimación, función que es de enorme
importancia desde el punto de vista cultural. Porque las fantasías de
masturbación no son solamente la base de todas las actividades de juego del niño
sino que constituyen también un componente de sus posteriores sublimaciones.
Cuando estas fantasías reprimidas son liberadas por el análisis, se puede ver a
los niños pequeños empezar a jugar y a los mayores a aprender y a desarrollar
sublimaciones e intereses de todas clases. Mientras que al mismo tiempo, si ha
sufrido de una fobia a tocar se empezará a masturbar nuevamente. Recíprocamente,
en casos de masturbación obsesiva la cura de esta compulsión irá acompañada,
entre otras cosas, de una mayor capacidad de sublimación. En este caso, sin
embargo, como ha sido demostrado en detalle en otra parte, el niño continuará
masturbándose, aunque en un grado más moderado y no obsesivamente. Así, en lo
que se refiere a la capacidad de sublimación y la actividad masturbatoria, el
análisis de la masturbación compulsiva y el de las fobias a tocar conducen al
mismo resultado. Parece ser, pues, que la declinación del complejo de Edipo se
produce normalmente en un período en el cual los deseos sexuales del niño
disminuyen, aunque de ningún modo se pierden completamente, y que una cantidad
moderada de masturbación no obsesiva es un hecho normal en todas las etapas de
la vida.
Los factores subyacentes a la masturbación compulsiva influyen en otra forma de
actividad sexual infantil. Como he dicho varias veces, según mi experiencia es
común que los niños pequeños tengan relaciones sexuales con otros. Además, los
análisis de niños en el período de latencia y pubertad han mostrado que
actividades mutuas de esta clase se han prolongado dentro y más allá del período
de latencia o han sido esporádicamente reanudadas durante este tiempo. Se
encontró que los mismos factores operaban básicamente en todos los casos. Los
dos ejemplos siguientes en los que pude analizar a la pareja, ilustrarán una
situación de esta clase.
El primer caso se refiere a dos hermanos, Franz y Gunther, de cinco y seis años
respectivamente. Habían sido educados en circunstancias familiares pobres pero
no desfavorables. Sus padres se llevaban bien; y a pesar de que la madre tenía
que hacer ella sola todo el trabajo de la casa, tomaba un interés activo e
inteligente en sus hijos. Envió a Gunther para que fuera analizado debido a su
carácter extraordinariamente inhibido y tímido y a su carencia evidente de
contacto con la realidad. Era un niño callado y extremadamente receloso,
aparentemente privado de verdaderos sentimientos afectivos. Franz, por otra
parte, era agresivo, sobreexcitable y difícil de manejar. Los hermanos se
llevaban muy mal y parecía que Gunther cedía ante su hermano menor.
Mediante el análisis pudimos remontarnos a sus relaciones sexuales desde las
edades de 3 años y medio y 2 y medio respectivamente. Pero es muy posible que
hubieran empezado más temprano. Resultó que mientras ninguno de ellos tenía un
sentimiento de culpa consciente por estos actos (aunque los escondían
cuidadosamente), ambos sufrían de un fuerte sentimiento de culpa inconsciente.
Para el hermano mayor que había seducido al menor y a veces lo había forzado a
realizar actos -que comprendían fellatio, masturbación mutua y tocar el ano con
los dedos-, éstos equivalían a castrar a su hermano. Fellatio significaba
arrancar de un mordisco su pene y destruir completamente su cuerpo cortándolo y
reduciéndolo a pedazos, envenenándolo o quemándolo y así sucesivamente. El
análisis de las fantasías que acompañaban a estos actos demostró, que no
solamente representaban ataques destructivos sobre su hermano, sino que
representaban al padre y a la madre de Gunther juntos en la relación sexual.
Así, pues, su modo de comportarse era en cierto sentido la realización, aunque
de un modo mitigado, de sus fantasías sádicas de masturbación contra sus padres.
Además, haciendo estas cosas a veces por la fuerza, a su hermano menor, trató de
asegurarse él mismo de que saldría vencedor en su peligrosa lucha con el padre y
también con su madre. El miedo abrumador a sus padres incrementaba sus impulsos
a destruirlos; y en consecuencia, se agregaban a este miedo los ataques
imaginarios a sus padres. Además, su miedo a que el hermano pudiera
traicionarlo, intensificaba su odio a él y su deseo de matarlo por medio de sus
prácticas con él. De acuerdo con esto, la vida sexual del niño, en la que se
evidenciaba un enorme sadismo, carecía casi por completo de elementos positivos.
En su mente, los varios procedimientos sexuales que emprendía, no eran sino una
serie de torturas crueles y sutiles con la finalidad de llevar a su objeto a la
muerte. Sus relaciones con su hermano hicieron surgir continuamente ansiedad en
este sentido y fueron acrecentando dificultades que lo condujeron a un
desarrollo psicosexual completamente anormal.
En cuanto al hermano menor, Franz, su inconsciente había sondeado el significado
inconsciente de estas prácticas, y por esto, su terror a ser castrado y matado
por su hermano mayor se había exaltado exageradamente. Sin embargo, nunca se
había quejado a nadie ni había dejado traslucir sus relaciones. Reaccionaba a
estas actividades que lo aterraban, con una grave fijación masoquista y con
sentimientos de culpa, aunque era él quien había sido seducido. Las siguientes
son algunas de las razones de esta actitud:
En sus fantasías sádicas Franz se identificaba él mismo con su hermano que lo
había forzado y obtenía así gratificación a sus tendencias sádicas, siendo estas
tendencias, como sabemos, una de las fuentes del masoquismo. Pero en esta
identificación con el objeto de su miedo, trataba también de dominar su
ansiedad. En su imaginación él era entonces el asaltante, y el enemigo al que
sojuzgaba era su "ello" y también el pene de su hermano, internalizado dentro de
si, y que representaba el pene de su padre -su peligroso superyó- y que veía
como un perseguidor. Este perseguidor interno sería destruido por los ataques
que fueron hechos en su propio cuerpo.
Pero dado que el niño no podía mantener esta alianza con un cruel superyó contra
su "ello" y sus objetos internalizados, porque constituían una amenaza demasiado
grande para su yo, su odio era continuamente desviado hacia los objetos externos
-que representaban su yo débil y odiado. Así, por ejemplo, era brutal a veces
con niños más pequeños o más débiles que él. Estos desplazamientos también se
veían en el odio y rabia que me mostraba a veces durante su hora analítica.
Acostumbraba, por ejemplo, amenazarme con una cuchara de madera tratando de
ponerla dentro de mi boca y llamándome pequeña, estúpida y débil. La cuchara
simbolizaba el pene de su hermano metido por la fuerza dentro de su propia boca.
Se había identificado con su hermano y de este modo el odio a su hermano se
volvía contra sí mismo. Y había pasado su rabia a sí mismo por ser débil y
pequeño, a otros chicos menos fuertes que él e incidentalmente a mí en la
situación de transferencia. Alternativamente, con el empleo de este mecanismo,
acostumbraba en su imaginación a invertir sus relaciones con su hermano mayor,
de modo que consideraba los ataques de Gunther contra él como algo que él,
Franz, hacía a Gunther. Pero desde que para él su hermano también tenía el
significado de sus padres en sus fantasías sádicas, se había puesto en la
situación de cómplice de su hermano en un ataque conjunto contra los mismos, y
en consecuencia compartía el sentimiento de culpa inconsciente de Gunther y el
temor a ser descubierto por ellos. Así, pues, tenía como su hermano, un fuerte
motivo inconsciente para mantener secreta toda la relación.
Un número de observaciones de esta clase me han conducido a la conclusión de que
es la presión excesiva ejercida por el superyó la que, no sólo causa una
supresión completa de las actividades sexuales, como hemos visto, sino la que
hace surgir realmente la compulsión a permitirse dichas actividades -es decir,
que la ansiedad y sentimiento de culpa refuerzan las fijaciones libidinales y
exaltan los deseos libidinales-.
Hasta donde he podido ver, un sentimiento de culpa excesivo y también una gran
ansiedad actúan en el sentido de impedir que las necesidades instintivas del
niño disminuyan cuando comienza el período de latencia.
No debemos olvidar que en ese período aun una actividad sexual muy disminuida
trae reacciones de culpa excesivas. La estructura y magnitud de la neurosis del
niño determinarán cuál será el resultado de la lucha en el período de latencia.
La fobia a tocar por una parte y la masturbación compulsiva por otra son los dos
extremos de una serie complementaria que presenta un número casi infinito de
gradaciones y variaciones posibles.
En el caso de Gunther y Franz se hizo claro que la compulsión a tener relaciones
sexuales entre ellos estaba determinada por un factor que parecería tener un
significado general en la compulsión de repetición. Cuando la ansiedad se
refiere a un objeto irreal dirigido contra el interior de su cuerpo, el
individuo está impelido a transformar este peligro en uno real y externo. (En
este ejemplo, el miedo de Franz al pene internalizado de su hermano como un
perseguidor y su temor a sus padres "malos" internalizados lo impulsaba a dejar
que su hermano lo asaltara.) Franz producía continuamente situaciones de peligro
externo de un modo compulsivo, desde que la ansiedad surgida, por grande que
fuera, no lo era tanto como la ansiedad que sentía por el interior de su cuerpo,
y podía así, en cierto modo, tolerarla mejor.
Finalmente, hubiera sido imposible impedir las relaciones sexuales de los
hermanos utilizando medidas externas, puesto que su casa no era lo
suficientemente grande como para que cada uno de ellos tuviera un dormitorio, y
aunque esta medida hubiera sido practicable, habría fracasado, pienso,
especialmente en un caso como éste en que por ambas partes la compulsión era tan
fuerte. Dejados solos, aunque fuera por unos pocos minutos en el día, a menudo
encontraban tiempo para comenzar toqueteos sexuales que tenían para su
inconsciente el mismo significado que una realización completa de sus varios
actos imaginados sádicamente. Fue sólo después de un largo análisis de ambos
niños, durante el cual no traté nunca de influirlos para que abandonaran sus
prácticas, sino que me limité a esclarecer la causa determinante de las
relaciones sexuales entre ellos de un modo puramente analítico, que sus
actividades sexuales comenzaron a cambiar gradualmente. Al principio se hicieron
de un carácter menos compulsivo y finalmente cesaron del todo -no porque los dos
se hubieran vuelto indiferentes a ellas, sino porque cuando su sentimiento de
culpa fue menos agudo y más susceptible de modificación se transformó en el
mismo factor que los impulsó a abandonar sus prácticas. Es decir que, mientras
que una ansiedad exagerada y sentimiento de culpa originados en estadíos
tempranos de desarrollo fueron los responsables de su compulsión, reforzando sus
fijaciones, la disminución del sentimiento de culpa, operando en otro sentido,
los capacitó para abandonar estas relaciones. Junto con la alteración gradual y
cesación de sus prácticas sexuales, su actitud personal entre ellos sufrió un
cambio considerable. Habiendo sido visiblemente anormal y hostil, comenzó a ser
bastante normal, amistosa y benevolente.
Pasando al segundo caso, encontramos que actuaban causas muy arraigadas,
similares a las que acabo de describir, aunque, es claro, diferentes en ciertos
detalles. Un breve relato será suficiente. Ilse, de 12 años, y Gert, de 13 y
medio, acostumbraban a permitirse, de tiempo en tiempo, actos similares al
coito, actos que acontecían de repente, y a menudo después de largos intervalos.
La niña no mostraba sentimientos de culpa consciente por ello, pero el varón,
que era bastante más normal, sí. Su análisis mostró que ambos habían tenido
relaciones sexuales entre sí desde la temprana infancia y las habían
interrumpido sólo temporariamente al comienzo del período de latencia. Ambos
sufrían de un abrumador sentimiento de culpa que les obligaba a repetir estos
actos de tiempo en tiempo de un modo compulsivo. Estos actos se habían hecho sin
embargo no sólo más raros en cuanto a su incidencia, sino más limitados en
cuanto a su alcance, durante ese período, Los niños abandonaron la fellatio y el
cunnilingus y por algún tiempo no fueron más allá de tocarse y hacer una
inspección mutua de sus genitales. Durante la prepubertad, sin embargo,
comenzaron a tener otra vez contactos similares al coito. Fue el hermano quien
inició esos actos, y tenían carácter compulsivo. Acostumbraban a realizarlos por
un impulso súbito y nunca pensaban en ello antes o después. El acostumbraba a
"olvidar" completamente el hecho durante los intervalos. Tenía una amnesia
parcial similar para un número de situaciones conectadas con estas relaciones
sexuales, especialmente en lo que se refería a su temprana infancia. En cuanto a
su hermana, si bien fue a menudo la parte activa en la primera infancia, más
tarde sólo jugaba un papel pasivo.
A medida que las causas más profundas comenzaron a surgir durante el análisis,
la conducta compulsiva del hermano y la hermana se disipó gradualmente, hasta
que al final las relaciones sexuales cesaron completamente, como en el caso de
Franz y Gunther. Y, del mismo modo, sus relaciones personales que antes habían
sido muy malas, mejoraron considerablemente.
En el análisis de estos dos casos y de otros similares he encontrado que, paso a
paso con el alejamiento del carácter compulsivo de lo actos, se va produciendo
un número de cambios importantes e interconectados. La disminución del
sentimiento de culpa del niño se acompaña de una disminución de su sadismo y de
una emergencia más fuerte de su fase genital; y estos cambios se evidencian en
cambios correspondientes en sus fantasías de masturbación y si es todavía muy
pequeño, en las fantasías que introduce en su juego.
En análisis de púberes, encontramos una nueva y especial alteración en sus
fantasías de masturbación. Gert por ejemplo no tenía al principio fantasías
conscientes de masturbación pero en el curso de su tratamiento comenzó a tener
una sobre una niña desnuda de la que sólo se veía el cuerpo sin cabeza. Más
adelante la cabeza comenzó a aparecer más y más clara, hasta que pudo reconocer
a su hermana. Cuando sucedió esto, sin embargo su compulsión ya había
desaparecido y sus relaciones sexuales con la hermana habían cesado Esto muestra
la conexión entre la represión excesiva de sus deseos y fantasías frente a su
hermana y su impulso obsesivo a tener relaciones sexuales con ella. Más tarde
sus fantasías sufrieron un nuevo cambio y relató otras en las que imaginaba
niñas desconocidas. Finalmente tuvo fantasías sobre una amiga de su hermana.
Esta alteración gradual iba registrando el proceso de cómo se desligaba
libidinalmente de su hermana, proceso que no hubiera podido realizarse hasta que
su fijación compulsiva en la hermana, mantenida por el excesivo sentimiento de
culpa, hubiera desaparecido en el curso del análisis.
En general, en cuanto a la existencia de relaciones sexuales entre niños,
especialmente entre hermanos y hermanas puedo decir sobre la base de mis
observaciones, que son la regla en la temprana infancia, pero que se prolongan
en el período de latencia y pubertad sólo en los casos en que el sentimiento de
culpa del niño es excesivo y no ha sido modificado con éxito. Hasta donde he
podido juzgar el efecto del sentimiento de culpa durante el período de latencia
es permitir que el niño continúe masturbándose aunque en menor grado que antes,
pero al mismo tiempo lo hace abandonar sus actividades sexuales con otros niños,
sean o no sus propios hermanos y hermanas, siendo como es una realización
demasiado real de sus deseos incestuosos y sádicos. Durante la pubertad, el
alejamiento de estas relaciones continúa en concordancia con los fines de este
período que involucran el retiro de la libido de los objetos incestuosos. Pero
en un estadío posterior de la pubertad el individuo entrará, bajo circunstancias
normales, en relaciones sexuales con nuevos objetos, relaciones basadas en el
alejamiento progresivo de la libido de los antiguos objetos y mantenidas por
diferentes corrientes de afectos contraincestuosos.
Podemos ahora considerar hasta dónde relaciones de esta clase pueden evitarse.
Parece muy dudoso que fuera posible hacerlo sin dañar en otro sentido, desde
que, por ejemplo, los niños deberían estar mantenidos bajo una vigilancia muy
regular y seriamente coartados en su libertad. En todo caso, aunque fueran
estrictamente vigilados, también dudo de que pudieran evitarse del todo. Además,
aunque tempranas experiencias de esta clase pueden en algunos casos hacer daño,
en otros su efecto sobre el desarrollo general del niño puede ser favorable.
Porque además de gratificar la libido del niño y su deseo de conocimiento
sexual, relaciones de esta clase sirven de importante función para disminuir un
sentimiento de culpa excesivo, por esta razón: las fantasías que el niño
introduce en estas relaciones se basan, como sabemos, sobre fantasías sádicas de
masturbación, alrededor de las cuales están centrados sus más intensos
sentimientos de culpa; por lo tanto, el conocimiento de que las fantasías
prohibidas contra los padres son compartidas con otra persona, le dan el
sentimiento de tener un cómplice y disminuyen así grandemente el peso de su
ansiedad Por otra parte, una relación de esta clase provoca la ansiedad y
sentimiento de culpa por si misma. Si este efecto será últimamente bueno o malo
-si protegerá al niño de su ansiedad o la aumentará-, parece depender de la
cantidad de sadismo presente en él y más especialmente de la actitud de su
pareja. Por mi conocimiento de numerosos casos diría que donde predominan los
factores positivos y libidinales, tal relación tiene una influencia favorable
sobre la relación de objeto del niño y su capacidad de amor; pero cuando, como
en el caso de Gunther y Franz, dominan impulsos destructivos y actos de
coerción, pueden dañar gravemente el desarrollo total del niño.
Tratándose de las actividades sexuales del niño, el conocimiento psicoanalítico,
aunque nos muestra el significado total de ciertos factores de desarrollo, no
nos capacita para sugerir ninguna medida realmente profiláctica. Citaré un
pasaje de Freud:
"Este estado de cosas tiene un cierto interés para los que recurren a la
pedagogía para prevenir las neurosis mediante una temprana intervención en el
desarrollo sexual del niño. Siempre que la atención se dirige especialmente a
las experiencias sexuales infantiles, uno creería que, en el sentido de la
profilaxis de futuras neurosis, todo estaría hecho si nos aseguráramos que su
desarrollo sea retardado y que el niño esté a salvo de esta clase de
experiencia. Pero sabemos que las condiciones causantes de una neurosis son más
complicadas y que no pueden ser influidas de un modo general atendiendo a un
solo factor. Una rigurosa vigilancia ejercida sobre el niño pierde valor, porque
no puede influir frente al factor constitucional; más aun, es más difícil de
realizar que lo que imaginan los especialistas en educación, e involucra dos
nuevos riesgos que no deben ser descuidados. Puede realizar demasiado y
favorecer un grado exagerado de represión sexual, perjudicial en sus efectos y
que introduce al niño en la vida sin el poder suficiente para resistir las
urgentes demandas de la sexualidad que deben esperarse en la pubertad. Por lo
tanto se hace muy dudoso el hecho de si puede traer ventajas como profilaxis en
la infancia y si más bien un cambio de actitud frente a la vida no constituiría
un mejor punto de partida para lograr prevenir la neurosis".
Parte II
SITUACIONES TEMPRANAS DE ANSIEDAD Y SU EFECTO SOBRE EL DESARROLLO DEL NIÑO
8. PRIMEROS ESTADÍOS DEL CONFLICTO DE EDIPO Y DE LA FORMACION DEL SUPERYÓ
En los capítulos siguientes intentaré agregar algo a nuestro conocimiento del
origen y estructura del superyó. Las conclusiones teóricas que voy a exponer han
sido obtenidas mediante un conocimiento directo de los primeros procesos del
desarrollo mental, puesto que están basadas en análisis reales de niños de corta
edad. Estos análisis han demostrado que las frustraciones orales que los niños
padecen liberan sus impulsos edípicos y que el superyó comienza a formarse
simultáneamente. Los impulsos genitales quedan ocultos al principio, puesto que
generalmente no se afirman contra los impulsos pregenitales hasta el tercer año
de vida. En este período comienzan a emerger claramente y el niño entra en una
fase en la cual su temprana vida sexual alcanza su punto máximo y su conflicto
de Edipo logra un desarrollo completo.
En las páginas siguientes describiré los procesos de desarrollo que preceden a
esta primera expansión de la sexualidad y trataré de demostrar que los estadíos
tempranos del conflicto de Edipo y de la formación del superyó, se extienden
aproximadamente desde la mitad del primer año hasta el tercero de la vida del
niño.
Normalmente, el placer del niño de chupar es seguido por el placer de morder. La
falta de gratificación en el estadío oral de succión aumenta su necesidad de
gratificación en el estadío oral de morder La opinión de Abraham de que la
incapacidad del niño para obtener suficiente placer en el período de succión
depende de las circunstancias en las cuales es alimentado, ha sido plenamente
confirmada por 1a observación analítica general. También sabemos que las
enfermedades y deficiencias del desarrollo en los niños se deben en parte a la
misma causa. Sin embargo, las condiciones desfavorables de nutrición que podemos
considerar como frustraciones externas, no son, según parece, la única razón por
la cual el niño obtiene muy poco placer en el período de succión. Esto se puede
ver porque algunos niños son incapaces de gozar chupando -son "malos comensales"
(bad-feeders)- aunque reciban suficiente alimento. Creo que la inhabilidad de
gozar chupando es la consecuencia de una frustración interna y se deriva, según
mi experiencia, de un incremento anormal del sadismo oral. Parecería que la
polaridad entre los instintos de vida y los instintos de muerte se manifiestan
ya en estos fenómenos de la primera infancia, porque podemos considerar la
fuerza de fijación del niño al estadío oral de succión, como una expresión de la
fuerza de su libido, y análogamente, la temprana y pujante emergencia de su
sadismo oral, como una señal de la preponderancia de sus componentes
instintivo-destructivos.
Tal como Abraham y Ophuijsen han señalado, el fortalecimiento de las fuentes
constitucionales de las zonas que están comprendidas en el morder, tales como
los músculos de la mandíbula, es un factor fundamental en la fijación del niño
en un estadío oral sádico. Las deficiencias más graves de desarrollo y las
enfermedades psíquicas se producen cuando las frustraciones externas -es decir,
condiciones desfavorables de alimentación- coinciden con un sadismo oral
constitucionalmente fortalecido y que le impide gozar durante la succión. Por
otra parte, un sadismo oral que no aparece ni muy temprano ni muy violentamente
(y esto significa que el período de succión ha seguido un curso satisfactorio)
parece ser una condición necesaria para el desarrollo normal del niño.
En este caso los factores temporales asumirán una nueva importancia, juntamente
con los cuantitativos. Si se exaltan las tendencias oral sádicas del niño muy
tempranamente y con violencia, sus relaciones con los objetos y la formación de
su carácter serán demasiado dominadas por el sadismo y la ambivalencia, y el yo
se desarrollará adelantándose sobre su libido, siendo esto, como sabemos, un
factor en la producción de las neurosis obsesivas, porque la ansiedad que
proviene de un aumento tan brusco de su sadismo oral ejercerá una gran presión
sobre su yo todavía inmaduro.
En lo que concierne al origen de la ansiedad, Freud ha ampliado su concepción
originaria y ahora sólo da una aplicación muy limitada a la hipótesis de que la
ansiedad proviene de una conversión directa de la libido. Demuestra que cuando
el lactante está hambriento, siente la ansiedad como el resultado de un aumento
de tensión causado por su necesidad, pero esta temprana situación de ansiedad
tiene un prototipo anterior. Dice: "La situación de estar insatisfecho, en la
cual la cantidad de excitación alcanza un grado doloroso..., debe de ser análoga
para el lactante a su experiencia de nacimiento y, por lo tanto, una repetición
de esta situación de peligro. Ambas situaciones tienen de común el trastorno
económico ocasionado por la acumulación de estímulos que requieren ser
descargados. Este factor es, por consiguiente, el verdadero centro del "peligro"
y en ambos casos se origina, como reacción, la angustia". Por otra parte, tiene
dificultad en conciliar el hecho de que "la angustia que pertenece a las fobias
es una angustia del yo, es decir, proviene del yo y no emana de la represión,
sino que ella misma es causa de la represión", con su primera hipótesis de que
en ciertos casos la ansiedad proviene de una acumulación de la libido. La
suposición de que "en ciertas situaciones, tales como trastornos durante el
coito, excitación interrumpida o abstinencia, el yo presiente el peligro y
reacciona ante ellas con angustia" no ofrece a su entender una solución
satisfactoria del problema; y en otro pasaje, durante la discusión de otros
puntos, vuelve a considerar la emergencia de la ansiedad, atribuyendo una vez
más el problema a una "situación de peligro en la cual, como en la del
nacimiento... el yo se encuentra impotente ante las demandas instintivas en
aumento. Es decir, aquella situación que es la condición primera y originaria
para la aparición de ansiedad".
Define como núcleo de la situación de peligro "la admisión de nuestra impotencia
contra dicha situación, una impotencia física si el peligro pertenece a la
realidad y una impotencia psíquica si proviene de los instintos''.
La prueba más clara de la conversión de la libido insatisfecha en angustia es,
según pienso, la reacción del lactante a las tensiones causadas por sus
necesidades físicas. Tal reacción, sin embargo, es no sólo de ansiedad, sino
también de rabia. Es difícil decir en qué momento ocurre esta fusión de los
instintos destructivos con los libidinales. Hay suficiente evidencia para creer
que ha existido siempre y que la tensión causada por la necesidad sirve
solamente para reforzar los instintos sádicos del niño. Sabemos, no obstante,
que el instinto destructivo es dirigido contra el propio organismo y por
consiguiente debe ser considerado por el yo como un peligro. En mi opinión, es
éste el peligro que el individuo experimenta como ansiedad.
Así, la ansiedad surge de la agresión. Pero desde que sabemos que la frustración
libidinal aumenta los instintos sádicos, la libido insatisfecha indirectamente
liberaría o aumentaría la ansiedad.
Sobre dicha teoría, la sugestión de Freud, de que el yo advierte un peligro en
la abstinencia, sería después de todo una solución al problema. Mi única
objeción es que son los instintos destructivos los que desencadenan este peligro
que él denomina "impotencia psíquica frente al peligro instintivo".
Freud dice que la libido narcisística del organismo desvía el instinto de muerte
hacía el exterior para impedir que destruya el organismo, y que este proceso
está en lo más profundo de las relaciones individuales hacia sus objetos y en la
base del mecanismo de proyección. Continúa diciendo: "Otra porción (del instinto
de muerte) no está incluida en este desplazamiento al exterior; permanece dentro
del organismo y queda 'ligada' allí libidinalmente con la ayuda de la excitación
sexual antes mencionada. Esta porción debe ser reconocida como el masoquismo
erógeno originario". Me parece que el yo tiene aun otro medio de dominar los
impulsos destructivos, todavía adheridos al organismo. Puede movilizar parte de
ellos como una defensa contra la otra parte. De este modo el ello sufrirá una
división que, según creo, es el primer paso para la formación de las
inhibiciones instintivas y del superyó, lo cual puede ser similar a la represión
primaria. Podemos suponer que una división de este tipo se hace posible por el
hecho de que tan pronto como empieza el proceso de incorporación del objeto, el
objeto incorporado se convierte en el arma de defensa contra los impulsos
destructivos que están en el interior del organismo.
La ansiedad provocada en el niño por sus impulsos destructivos opera, según
creo, de dos maneras: 1) en primer lugar lo hace temer ser exterminado por esos
mismos impulsos, es decir, lo relaciona con un peligro instintivo interno, y 2)
focaliza estos temores sobre su objeto externo, contra el cual se dirigen sus
sentimientos sádicos, como origen del peligro. Este temor de un objeto parece
tener su base más primitiva en la realidad externa, en el conocimiento
progresivo que el niño tiene de la madre como de alguien que o bien da o bien
retiene la gratificación y, del mismo modo, en un conocimiento creciente del
poder de sus objetos en relación con la satisfacción de sus necesidades.
(Conocimiento basado en el desarrollo de su yo y en su concomitante poder de
probar las cosas por la realidad.) En conexión con esto parecería que él
desplaza la carga completa de su inalterable temor de peligros instintivos sobre
su objeto, intercambiando así peligros internos por externos. Su yo inmaduro
busca entonces protegerse de estos peligros externos mediante la destrucción de
su objeto.
Debemos ahora considerar de qué modo una desviación del instinto de muerte hacia
el exterior influye en las relaciones del niño con sus objetos y conduce a la
completa expansión de su sadismo. Su creciente sadismo oral alcanza su apogeo
durante y después del destete y conduce a la completa activación y desarrollo de
las tendencias sádicas procedentes de todas las fuentes. Tiene ciertas fantasías
oral sádicas de un carácter completamente definido, que parecen formar un
eslabón entre los estadíos orales de succión y de morder, en el cual él se
apodera del contenido del pecho de su madre por el acto de chupar y vaciar. Este
deseo de chupar y vaciar, dirigido primeramente hacia el pecho materno, pronto
se extiende al interior de su cuerpo. En mi articulo "Estadíos tempranos del
complejo edípico", 1928, he descripto este temprano estadío de desarrollo que es
gobernado por las tendencias agresivas del niño contra el cuerpo de su madre y
en el cual el deseo predominante es robar al cuerpo sus contenidos y destruirlo.
Hasta donde hemos podido investigar, la tendencia sádica más íntimamente aliada
al sadismo oral es el sadismo uretral. La observación ha demostrado que las
fantasías de los niños de destrucción por inundación, ahogamiento, mojaduras,
quemaduras y envenenamiento, mediante enormes cantidades de orina, son una
reacción sádica contra el hecho de haber sido privados de liquido por su madre y
están dirigidos fundamentalmente contra su pecho. Quisiera en relación con esto
hacer notar la gran importancia, hasta aquí poco reconocida, del sadismo uretral
en el desarrollo del niño Las fantasías, familiares para los analistas, de
inundación y destrucción de cosas mediante grandes cantidades de orina, y la más
generalmente conocida relación entre jugar con fuego y mojar la cama, son
simplemente los signos más visibles y menos reprimidos de los impulsos que están
ligados a la función de orinar. Al analizar adultos y niños he encontrado
constantemente fantasías en las cuales la orina es imaginada como un liquido
disolvente y corrosivo y como un veneno insidioso y secreto. Estas fantasías
sádicas uretrales tienen no poca parte en el hecho de dar al pene la
significación inconsciente de un instrumento de crueldad y en ocasionar
trastornos de potencia sexual en el hombre. En muchos casos he encontrado que el
hecho de orinarse en la cama era causado por fantasías de este tipo.
Todos los otros vehículos de ataques sádicos que emplea el niño, tales como el
sadismo anal y muscular, son en primer lugar utilizados contra el pecho
frustrador de la madre, pero pronto son dirigidos hacia el interior de su cuerpo
(de la madre), que así se transforma en el blanco de sus ataques sádicos
provenientes de todas las fuentes y alcanzando su intensidad máxima. En los
análisis tempranos estos deseos destructivos de los niños pequeños alternan
constantemente entre deseos sádicos anales, deseos de devorar el cuerpo de su
madre y deseos de mojarlo; pero su primitivo propósito de comer y destruir su
pecho es siempre discernible en ellos.
La faz de la vida en la cual los ataques sádicos imaginarios del niño contra el
interior del cuerpo de su madre son predominantes y en la cual este sadismo
alcanza una fuerza máxima en cada una de las fuentes de donde surge, comienza
por el período oral sádico de desarrollo y llega a su fin con la declinación del
período anal sádico primario.
Abraham muestra en su obra que el placer que el niño obtiene mordiendo se debe,
no sólo a la gratificación libidinal de sus zonas erógenas, sino que está en
conexión con acentuados deseos destructivos cuyo propósito es dañarla y
aniquilarla. Y es así, tanto más en la fase de máximo sadismo. La idea de que el
niño de 6 a 12 meses trate de destruir a la madre por cada uno de los métodos a
disposición de sus tendencias sádicas -con los dientes, uñas y excrementos, y
con el total de su cuerpo, transformado en su imaginación en toda clase de armas
peligrosas-, presenta a nuestro entendimiento un cuadro horripilante, por no
decir increíble. Y a uno mismo se le hace difícil, según he visto por mi propia
experiencia, llegar a reconocer que una idea tan aborrecible es exacta; pero la
abundancia, fuerza y multiplicidad de las crueldades imaginarias que acompañan a
estos deseos, se hacen tan evidentes durante los análisis tempranos, se ven con
tal claridad y fuerza, que no dejan lugar a dudas.
Nosotros estamos ya familiarizados con aquellas fantasías sádicas del niño que
culminan en el canibalismo y esto nos hace más fácil aceptar el hecho posterior
de que estos métodos de ataques sádicos aumentan, en la medida en que las
fantasías sádicas ganan plenitud y vigor. Este elemento de intensificación del
impulso me parece ser la llave del asunto.
Si lo que intensifica el sadismo es la frustración libidinal, podemos entender
perfectamente que los deseos de destrucción, que están ligados con los
libidinales y que no pueden ser gratificados -sobre todo los deseos oral
sádicos-, conduzcan a una intensificación posterior del sadismo y a una
activación de todos sus métodos.
En los análisis tempranos he encontrado además que la frustración oral origina
en el niño un conocimiento inconsciente de que sus padres disfrutan de placeres
sexuales mutuos y una creencia, al principio, de que son de tipo oral. Bajo la
presión de su propia frustración reaccionan a esta fantasía con envidia hacia
sus padres y eso a su vez da lugar a odio hacia ellos. Sus deseos de vaciar y
chupar, los conducen ahora a querer chupar y devorar todos los líquidos y otras
sustancias que contienen sus padres (o mejor dicho, los órganos de éstos),
incluyendo lo que han recibido el uno del otro durante la copulación.
Freud mostró que las teorías sexuales de los niños son una herencia
filogenética, y de lo que ha sido dicho anteriormente resulta que ya en el
primer período de desarrollo emerge un conocimiento inconsciente de este tipo
sobre intercambio sexual entre los padres, conjuntamente con fantasías
concernientes al mismo. La envidia oral es una de las fuerzas impulsoras que
hace que los niños de ambos sexos deseen abrirse paso hacia el cuerpo de su
madre, dando así origen al instinto epistemofílico aliado a este deseo. Los
impulsos destructivos pronto dejan de estar dirigidos sólo contra la madre y
comienzan a extenderse al padre. Porque ellos piensan que la madre incorpora el
pene del padre durante la copulación oral, guardándolo dentro de si (imaginan
así al padre provisto de gran cantidad de penes), de modo que los ataques a su
cuerpo se dirigen también al pene dentro de ella.
Pienso que la razón por la cual en las capas más profundas de su mente el varón
teme tanto a su madre como castradora y abriga la idea, íntimamente asociada con
este temor, de la "mujer con pene", es que la teme como persona cuyo cuerpo
contiene el pene del padre; así, finalmente, lo que teme es el pene de su padre
incorporado a la madre.
El desplazamiento de los sentimientos de odio y ansiedad desde el pene del padre
al cuerpo de la madre que lo alberga, me parece muy importante en la etiología
de los trastornos mentales y es un factor subyacente en las perturbaciones del
desarrollo sexual masculino y en la adopción de una actitud homosexual en el
hombre, y pienso que el temor al imaginario pene de la madre es una etapa
intermedia en este proceso de desplazamiento. Porque de este modo modifica el
mayor temor del pene de su padre en el interior de la madre, temor que es
completamente abrumador, porque en este primer estadío de desarrollo el
principio de "pars pro toto" subsiste y el pene representa para él el padre en
persona.
Así, el pene en el interior de la madre representa una combinación de padre y
madre en una sola persona, y esta combinación es considerada particularmente
amenazadora y terrorífica. Tal como ha sido señalado anteriormente, en este
período de fuerza máxima, el sadismo del niño está centrado alrededor del coito
de sus padres. Los deseos de muerte que siente contra ellos durante la escena
primaria, o durante sus fantasías primarias, están asociados a fantasías
sádicas, que son extraordinariamente ricas en contenido y que llevan implícita
la destrucción sadística de sus padres, tanto por separado como en conjunto.
El niño tiene también fantasías en las cuales sus padres se destruyen mutuamente
mediante sus genitales y excrementos, imaginados por él como armas peligrosas.
Estas fantasías tienen efectos importantes y son muy numerosas, conteniendo
ideas como aquella del pene incorporado a la madre, que se convierte en animal
peligroso o en armas con sustancias explosivas, o la de que su vagina se
transforma también en un animal peligroso o algún instrumento de muerte, por
ejemplo, una ratonera envenenada. Puesto que estas fantasías son deseadas, y sus
teorías sexuales se alimentan principalmente de deseos sádicos, el niño tiene un
sentimiento de culpa por los daños que en su imaginación los padres se causan
uno al otro.
Además del aumento cuantitativo que experimenta el sadismo del niño en cada
punto de origen, se producen cambios cualitativos que lo aumentan todavía más.
Al finalizar la fase sádica, los ataques imaginarios del niño sobre sus objetos,
que son de naturaleza violenta y realizados por todos los medios a disposición
de su sadismo, se extienden, incluyendo métodos más secretos y sutiles que los
hacen aun más peligrosos. En la primera parte de esta fase, donde reina una
franca violencia, los excrementos son considerados como instrumentos de ataque
directo, pero más tarde adquieren un significado de sustancias explosivas o
venenosas. Todos estos elementos juntos originan fantasías sádicas en cantidad,
variedad y riqueza casi ilimitadas. Además, estos impulsos sádicos contra el
padre y la madre en copulación, hacen que el niño espere castigo de ambos
padres. En este estadío, no obstante, su ansiedad sirve para intensificar su
sadismo y para aumentar su impulso a destruir los objetos peligrosos, así que se
vale de una cantidad mayor de deseos sádicos y destructivos para atacar a sus
padres conjugados y correspondientemente se asusta más de ellos como entidad
hostil.
Según mis puntos de vista, el conflicto de Edipo aparece en el niño tan pronto
como empieza a tener sentimientos de odio contra el pene del padre y al querer
cumplir una unión genital con su madre y destruir el pene del padre que él
imagina se encuentra en el interior de ella. Considero que estos primeros
impulsos genitales y fantasías, a pesar de que aparecen durante la fase dominada
por el sadismo, constituyen, en los niños de ambos sexos, los períodos más
tempranos del conflicto de Edipo, porque satisfacen el criterio aceptado para el
mismo.
Aunque los impulsos pregenitales del niño son todavía predominantes, ya ha
comenzado a sentir, junto con los deseos orales, uretrales y anales, deseos
genitales hacía el progenitor del sexo opuesto, y celos y odio por el progenitor
del mismo sexo, y siente un conflicto entre su amor y su odio hacía este último.
Podemos llegar a decir que el conflicto de Edipo debe su agudeza típica a esta
temprana situación.
La niña pequeña, por ejemplo, mientras se aleja de la madre con sentimientos de
odio y desengaño y dirige sus deseos orales y genitales hacía el padre, aún está
ligada a la primera por el poderoso vinculo de sus fijaciones orales y por su
desamparo en general; y el niño pequeño es atraído hacia su padre por un efecto
oral positivo y desligado de él por los sentimientos de odio que nacieron en la
primera situación de Edipo. Pero el conflicto no se hace visible claramente en
este período de desarrollo del niño sino más tarde. Esto, creo, es en parte
debido a que el niño pequeño tiene menos modos de expresar sus sentimientos y a
que su relación con los objetos es aún confusa y vaga. Una parte de sus
reacciones frente a los objetos se dirige a los objetos de su fantasía y a
menudo dirige la mayor parte de su ansiedad y odio hacía estos últimos -en
especial ésta es su actitud frente a los objetos internalizados-, así que su
actitud frente a los padres sólo refleja una parte de las dificultades que
experimenta en su actitud frente al objeto. Pero estas dificultades encuentran
su expresión de muchos otros modos. Ha sido invariablemente mi experiencia, por
ejemplo, que los terrores nocturnos y fobias de los niños pequeños se deben a la
existencia del conflicto de Edipo.
No creo que se pueda hacer una distinción bien definida entre los tempranos
estadíos del conflicto de Edipo y los últimos. Puesto que, hasta donde llegan
mis observaciones, los impulsos genitales aparecen al mismo tiempo que los
pregenitales y los influyen y modifican, y puesto que como resultado de esta
asociación temprana ellos mismos muestran huellas de ciertos impulsos
pregenitales, a veces aun en los últimos estadíos de desarrollo, la llegada al
estadío genital parece ser sólo un reforzamiento de los impulsos genitales.
El que los impulsos genitales y pregenitales se mezclen así, se ve por el hecho
bien conocido de que cuando los niños son testigos de la escena primaria o la
fantasean -ambos de carácter genital- experimentan impulsos pregenitales muy
fuertes, tales como orinarse en la cama y defecar, acompañados por fantasías
sádicas dirigidas contra sus padres en copulación.
De acuerdo con mis observaciones, las fantasías de masturbación en los niños
tienen por núcleo las primeras fantasías sádicas centradas en sus padres en
copulación. Son estos impulsos destructivos, fusionados con los libidinales, los
que obligan al superyó a utilizar defensas contra las fantasías de masturbación
e, incidentalmente, contra la masturbación misma. El sentimiento de culpa del
niño acerca de su temprana masturbación genital se debe, pues, a sus fantasías
sádicas dirigidas contra los padres. Y desde que, además, estas fantasías de
masturbación contienen la esencia de su conflicto de Edipo y pueden por lo tanto
ser consideradas como el punto focal de su vida sexual, el sentimiento de culpa
que tienen, debido a sus impulsos libidinales, es realmente una reacción a los
impulsos destructivos enlazados con ellos. Si esto es así, no solamente no
serían las tendencias incestuosas las que darían lugar primero al sentimiento de
culpa, sino que el temor del incesto mismo se derivaría de impulsos destructivos
que han entrado en relación permanente con los más tempranos deseos incestuosos
del niño.
Si es exacto suponer que las tendencias edípicas en el niño aparecen en la fase
de mayor sadismo, ello nos lleva a aceptar la tesis de que son principalmente
impulsos de odio los que ocasionan el conflicto de Edipo y la formación del
superyó y los que gobiernan los más tempranos y decisivos estadíos de ambos.
Esta tesis, aunque a primera vista parece contradictoria a la teoría
psicoanalítica aceptada, coincide, no obstante, con nuestro conocimiento del
hecho de que la libido se desarrolla hasta el período genital partiendo del
pregenital.
Freud ha señalado repetidas veces que en el desarrollo del individuo el odio
precede al amor. En Los instintos y sus destinos dice: "La relación de odio
hacia los objetos es anterior a la de amor. Este hecho es debido al repudio
originario del mundo externo por el yo narcisista, mundo de donde fluye la
corriente de estímulos", (Obras completas, tomo IX, edición castellana) y además
que: "el yo odia, aborrece y persigue con intención de destruir todos los
objetos que son para él una fuente de displacer, sin tener en cuenta si
significan para él una frustración de la satisfacción sexual o una gratificación
de las necesidades de autoconservación".
Desde el punto de vista ortodoxo, la formación del superyó comienza en la fase
fálica. En "El final del complejo de Edipo" (1924) Freud sostiene que el
complejo de Edipo es sucedido por el establecimiento del superyó; aquél se
destruye y el superyó toma su lugar. De nuevo en Inhibición, síntoma y angustia
leemos: "La ansiedad en la fobia de animales es así una reacción eficaz del yo
ante el peligro, peligro que es la amenaza de ser castrado. No existe diferencia
entre esta ansiedad y la ansiedad real que siente el yo normalmente en
situaciones de peligro, excepto en que su contenido permanece inconsciente y
sólo es percibido bajo una forma distorsionada. De acuerdo con esta tesis, la
ansiedad que afecta a los niños hasta el principio de la latencia, se atribuiría
solamente a un temor de castración en el caso del varón y temor a una pérdida de
amor en el caso de la niña, y el superyó no empezará a formarse hasta que hayan
sido dejados atrás los estadíos pregenitales y seria el resultado de una
regresión al estadío oral". En El yo y el ello, (Obras Completas, tomo 19),
Freud dice: "Al principio, en la fase oral primaria de la existencia del
individuo, la catexis de objeto y la identificación son difíciles de distinguir
una de otra, y el superyó es, en realidad, el precipitado de la primera catexis
de objeto del ello y el heredero del complejo de Edipo después de la disolución
de este último". Mis propias observaciones me han conducido a la creencia de que
la formación del superyó es un proceso más simple y más directo. El conflicto de
Edipo y el superyó aparecen, creo, bajo la supremacía de los impulsos
pregenitales, y los objetos que han sido introyectados en la fase oral sádica
-las primeras catexis de objetos e identificaciones- forman los comienzos del
temprano superyó. Además, lo que origina la formación del superyó y gobierna sus
tempranos estadíos, son los impulsos destructivos y la ansiedad que ellos
despiertan. Al considerar así los impulsos del individuo como el factor
fundamental en la formación de su superyó, nosotros no negamos la importancia de
los objetos mismos para ese proceso, pero lo vemos bajo una luz distinta. Las
identificaciones tempranas del niño reflejan sus objetos de un modo irreal y
desfigurado. Según sabemos por Abraham, en un estadío temprano del desarrollo,
tanto los objetos reales como los introyectados están principalmente
representados por sus órganos. También sabemos que el pene del padre es un
objeto de ansiedad por excelencia y es comparado en el inconsciente con armas
peligrosas de varias clases y animales aterradores, los cuales envenenan y;
devoran, representando la vagina una entrada peligrosa. Los análisis tempranos
demuestran que estas equivalencias son un mecanismo universal de importancia
fundamental en la estructura del superyó. Hasta donde puedo juzgar, el núcleo
del superyó se encuentra en la incorporación parcial que tiene lugar durante la
fase canibalística del desarrollo, y las primeras imagos del niño toman la marca
de estos impulsos pregenitales.
Que el yo considere el objeto internalizado como un enemigo cruel del ello,
surge lógicamente del hecho de que el instinto destructivo que el yo ha desviado
hacia el mundo externo, ha sido dirigido contra aquel objeto, del cual, por
consiguiente, nada, sino hostilidad contra el ello, puede esperarse. Pero hasta
donde llega mi experiencia, también está presente un factor filogenético en el
origen de toda ansiedad temprana e intensa que el niño siente frente a los
objetos internalizados. El padre, en la horda primitiva, era el poder externo
que obligaba a una inhibición de los instintos. En el transcurso de la historia
del hombre, el temor al padre, adquirido cuando empieza a internalizar sus
objetos, servirá en parte como una defensa contra la ansiedad, a la que dio
lugar el instinto destructivo.
En lo que se refiere a la formación del superyó, Freud parece seguir dos líneas
de pensamiento, que son, en cierto modo, complementarias. Según una de ellas, la
severidad del superyó se deriva de la severidad del padre real, cuyas
prohibiciones y órdenes repite. De acuerdo con la otra, como ha indicado en uno
o dos pasajes de su obra, su severidad es el resultado de los impulsos
destructivos del sujeto.
El psicoanálisis no ha seguido la segunda línea de pensamiento.
Tal como muestra su literatura, ha adoptado la teoría de que el superyó se
deriva de la autoridad de los padres y en ella ha fundado todas las
investigaciones sobre el individuo. No obstante, Freud, en parte, ha confirmado
recientemente mis puntos de vista, subrayando la importancia de los impulsos del
individuo mismo como un factor en el origen del superyó y en el hecho de que su
superyó no es idéntico a sus objetos reales.
Querría dar el nombre de estadíos "tempranos de formación del superyó" a las
identificaciones primeras hechas por el niño, del mismo modo que he empleado la
denominación de "tempranos estadíos del conflicto de Edipo". En los tempranos
estadíos del desarrollo del niño, la precipitación de la catexis de objeto
ejerce una influencia de un tipo que las caracteriza como un superyó, aunque
difieran en calidad y en modo de actuar de las identificaciones que pertenecen a
los últimos estadíos. Y aunque este superyó sea muy cruel, formado bajo la
supremacía del sadismo, siempre toma la defensa del yo contra el instinto
destructivo y es ya en estos primeros estadíos la fuerza de la cual proceden las
inhibiciones instintivas.
En su artículo, "Die Identifizierung" (1926), Fenichel ha aplicado cierto
criterio que diferencia los "precursores del superyó", como él llama a las
tempranas identificaciones de acuerdo con la sugestión hecha por Reich, del
superyó propiamente dicho. Estos precursores existen, según cree, en un estado
disperso e independientemente uno de otro y carecen de la unidad, severidad,
oposición al yo, cualidad de ser inconsciente y del gran poder que caracteriza
al superyó real como heredero del complejo de Edipo. Según mi opinión, tal
diferenciación es incorrecta en diferentes sentidos. Hasta donde me ha sido
posible observar es precisamente este superyó primario el que es especialmente
severo, y, normalmente, en ningún período de la vida es tan fuerte la oposición
entre el yo y el superyó como en la temprana infancia. Es más, este último hecho
explica por qué, en los primeros estadíos de la vida, la tensión entre los dos
es principalmente sentida como ansiedad. Además he encontrado que las órdenes y
prohibiciones del superyó no son menos inconscientes en los niños pequeños que
en los adultos y que no son de ningún modo idénticas a las órdenes que provienen
de los objetos reales. Creo que Fenichel tiene razón al decir que el superyó del
niño no está ya íntimamente organizado como en los adultos. Pero esta
diferencia, aparte de que no es una verdad universal, puesto que muchos niños
pequeños muestran un superyó bien organizado y muchos adultos un superyó
disperso, me parece que está de acuerdo simplemente con el grado menor de
cohesión mental que posee el niño pequeño si lo comparamos con el adulto.
Sabemos que los niños pequeños tienen un yo no tan altamente organizado como el
de los niños en período de latencia. Sin embargo, no decimos que el niño no
tiene yo, sino que tiene precursores del yo.
Ya se ha dicho que en la fase del sadismo máximo un aumento de las tendencias
sádicas conduce a un aumento de ansiedad. Las amenazas expresadas por el
temprano superyó contra el ello contienen en detalle la totalidad de las
fantasías sádicas que fueron dirigidas hacia el objeto, así que ahora cada una
de ellas se vuelve contra el yo.
Así, la presión ejercida por la ansiedad en su primer período corresponderá en
grado a la suma total del sadismo originariamente presente, y en cualidad a la
variedad y riqueza de las fantasías sádicas que la acompañan La gradual
superación del sadismo y la ansiedad es un resultado del desarrollo de la
libido, Pero el mismo exceso de esta ansiedad también impulsa al individuo a
vencerla. La ansiedad ayuda a cada una de las zonas erógenas a crecer en fuerza
y a ganar dominio una después de otra. Así, la supremacía de los impulsos
sádicos orales y uretrales es seguida por la supremacía del impulso anal-sádico,
y aunque los mecanismos pertenecientes al primer período anal-sádico, por
poderoso que este sea, están ya actuando en favor de las defensas que han sido
dirigidas contra la ansiedad surgida de los tempranos estadíos sádicos, se
infiere que aquella misma ansiedad, que es preeminentemente un agente inhibidor
en el desarrollo del individuo, es también un factor de fundamental importancia
como promotor del crecimiento del yo y de la vida sexual.
En este período del desarrollo del individuo, sus métodos de defensa son
proporcionales a la presión de la ansiedad en él y son extremadamente violentos.
Sabemos que en el temprano estadío anal-sádico lo que expulsa es su objeto que
percibe como algo hostil a él y que equipara con excrementos. Desde mi punto de
vista, lo que también expulsa es su terrorífico superyó que ha introyectado en
el período oral sádico de su desarrollo. El acto de expulsión es, así, un medio
de defensa empleado por su yo aterrorizado contra su superyó; expele sus objetos
internalizados y los proyecta al mundo externo.
Los mecanismos de proyección y expulsión están íntimamente ligados en el
individuo al proceso de formación del superyó. Así como su yo trata de
defenderse a sí mismo de su superyó, expulsándolo violentamente y destruyéndolo,
de este modo, por las amenazas de su superyó, trata de desembarazarse de su ello
sádico, esto es, de sus tendencias destructivas por el mismo método de expulsión
por la fuerza. En Inhibición, síntoma y angustia Freud dice que considera el
concepto de defensa como bien adecuado para una "designación general de todos
los métodos empleados por el yo en aquellos conflictos que pueden llevar a una
neurosis; en tanto que el concepto de represión debe ser reservado para ese
particular método de defensa que nuestra investigación nos ha llevado a
comprender primero". Además establece explícitamente la posibilidad de "que la
represión sea un proceso que está en una relación especial con la organización
genital de la libido y que el yo se vuelve hacia otros métodos de defensa cuando
tiene que protegerse contra la libido en otros estadíos de su organización". Mi
punto de vista está también sostenido por Abraham en un pasaje en el que dice
que: "La tendencia a proteger el objeto y a preservarlo, ha resultado de una
tendencia destructiva más primitiva, por medio de un proceso de represión".
En cuanto a la línea de división entre los dos períodos anal-sádicos, el mismo
autor dice: "Considerando esta línea divisoria extremadamente importante, nos
encontramos de acuerdo con el punto de vista médico general". Porque la división
que nosotros, psicoanalistas, hemos hecho apoyados en la fuerza de los datos
empíricos, coincide, en efecto, con la clasificación en neurosis y psicosis
hecha por la medicina clínica. Pero los analistas, es claro, no intentarían
hacer una separación rígida entre las afecciones psicóticas y neuróticas. Por el
contrario, saben bien que la libido de cualquier individuo puede regresar más
allá de esta línea divisoria entre las dos fases anal-sádicas, dada una causa
adecuada de enfermedad y dados ciertos puntos de fijación en su desarrollo
libidinal que faciliten una regresión de esta naturaleza.
Como sabemos, no es la estructura de la mente del hombre normal en sí la que
diferencia a éste del neurótico, sino los factores cuantitativos que están en
acción. Las citas dadas de Abraham significan que la diferencia entre el
psicótico y el neurótico es también una diferencia de grado. Mi propio trabajo
psicoanalítico con niños, no sólo confirma la opinión de que los puntos de
fijación para las psicosis yacen en un estadío de desarrollo que precede al
segundo nivel anal, sino que también me ha convencido de que los niños normales
y neuróticos también tienen allí puntos de fijación, aunque en menor grado.
Sabemos que en el psicótico existe una cantidad de ansiedad mucho mayor que en
el neurótico; sin embargo, la teoría aceptada de la formación del superyó no
explica el hecho de que tan abrumadora ansiedad aparezca en estos tempranos
estadíos del desarrollo en que, según Freud y Abraham, están situadas las
fijaciones para las psicosis. Las últimas teorías de Freud, que expresa en
Inhibición, síntoma y angustia, excluyen la posibilidad de que esta inmensa
cantidad de ansiedad pueda surgir de una conversión de libido no satisfecha en
angustia.
Tampoco podemos presumir que el temor de un niño a ser devorado, cortado y
muerto por sus padres sea un temor real. Pero si suponemos que esta excesiva
ansiedad puede ser sólo el efecto de procesos intrapsíquicos, no estaríamos
lejos de las teorías expuestas en estas páginas, de que la ansiedad temprana
procede de una presión del superyó. La presión que en la primera etapa de
desarrollo de un niño ejerce el superyó sobre sus tendencias destructivas, no
sólo responde en grado y clase a sus fantasías sádicas, sino que despierta
situaciones de ansiedad que reflejan los varios períodos que ha recorrido su
fase sádica. Estas situaciones de ansiedad hacen surgir especiales mecanismos de
defensa por parte de su yo y determinan el carácter específico que asumirá su
perturbación psicótica (además de ser decisivo para su desarrollo en general).
Antes de intentar el estudio de las relaciones entre las tempranas situaciones
de ansiedad y el carácter específico de las afecciones psicóticas, sin embargo,
dirigiremos primero nuestra atención al modo en que la formación del superyó y
el desarrollo de las relaciones de objeto se influyen mutuamente. Si es cierto
que el superyó se forma en tal etapa temprana del desarrollo del yo, cuando está
aún tan alejado de la realidad, debemos ver el crecimiento de las relaciones de
objeto bajo una nueva luz. El hecho de que el individuo crea un cuadro deformado
de sus objetos, en virtud de sus propios impulsos sádicos, no sólo acuerda un
carácter distinto a la influencia ejercida por esos objetos y su relación con
ellos en la formación del superyó, sino que, recíprocamente, aumenta la
importancia de la formación del superyó en cuanto a sus relaciones de objeto.
Cuando, como niño pequeño, comienza a introyectar sus objetos y éstos, no
debemos olvidarlo, son sólo muy vagamente conocidos por él y principalmente por
medio de sus órganos separados, su temor a esos objetos introyectados pone en
movimiento los mecanismos de expulsión y proyección, tal como ya hemos visto;
sigue luego una acción recíproca entre proyección e introyección que parece ser
de fundamental importancia no sólo para la formación de su superyó, sino también
para el desarrollo de sus relaciones de objeto con las personas y su adaptación
a la realidad. El apremio continuo y sin tregua que lo domina, de proyectar sus
identificaciones aterradoras sobre sus objetos, parecería dar por resultado un
aumentado impulso a repetir los procesos de introyección una y otra vez, y es
asimismo un factor decisivo en la evolución de su relación con los objetos.
La interacción entre la relación de objeto y el superyó también se muestra por
el hecho de que en cada etapa del desarrollo los métodos usados por el yo en su
trato con los objetos corresponden exactamente a aquellos usados por el superyó
hacia el yo y por el yo hacia el superyó y el ello. En la fase sádica el
individuo se protege del temor de sus objetos violentos, ya sea introyectados o
externos, redoblando sus propios ataques destructivos sobre ellos, en su
imaginación. Liberándose así de su objeto, busca, en parte, silenciar las
intolerables amenazas de su superyó. Pero una reacción de este tipo presupone
que el mecanismo de proyección ha empezado ya a trabajar en dos sentidos: uno en
el cual el yo coloca el objeto en el lugar del superyó del cual quiere liberarse
y el segundo por el cual hace que el objeto esté en el lugar del ello, del cual
también desea librarse. En esta forma, la cantidad de odio que era primero
dirigida contra los objetos se aumenta por el monto adherido al ello y al
superyó. Así parecería que en las personas en las cuales las situaciones de
temprana ansiedad son demasiado poderosas y que han retenido los mecanismos de
defensa que pertenecen a esa edad temprana, el temor al superyó, si por razones
externas o intrapsíquicas sobrepasara ciertos limites, las obligaría a destruir
sus objetos y formaría la base para el desarrollo de un tipo de conducta
criminal.
Pienso que estas situaciones de ansiedad temprana y demasiado fuerte son también
de fundamental importancia en la etiología de la esquizofrenia. Pero aquí puedo
sostener este punto de vista presentando sólo dos o tres ideas. Como ya ha sido
señalado, la proyección de su terrorífico superyó sobre sus objetos aumenta en
el individuo su odio a esos objetos y así también su temor a ellos, resultando
que si la ansiedad y agresión son excesivas, su mundo externo se transforma en
un lugar terrorífico y sus objetos en enemigos, y se siente amenazado de
persecución, tanto por parte del mundo externo como de sus enemigos
introyectados. Si su ansiedad es excesiva o si su yo no puede tolerarla, tratará
de eludir el miedo de los enemigos externos poniendo fuera de acción sus
mecanismos de proyección; éstos, a su vez, evitarán que se produzca una
introyección posterior de objetos, lo que pondrá fin al desarrollo de su
relación con la realidad y le dejará expuesto más que nunca al miedo de sus
objetos ya introyectados. Estaría aterrado de ser atacado y dañado de diversos
modos por un enemigo interno del que no podrá escapar. Un temor de esta clase es
quizá una de las fuentes más profundas de la hipocondría, y un sobrante de él,
no susceptible de ser modificado o desplazado, es obvio que exigiría métodos de
defensa particularmente violentos. Una perturbación como ésta del mecanismo de
proyección, parece además ser paralela a una negación de la realidad
intrapsíquica. La persona así afectada niega, y dentro de ciertos límites
elimina, no solo la "fuente" de su ansiedad, sino también sus "afectos". Un gran
número de fenómenos pertenecientes al síndrome esquizofrénico puede ser
explicado como un intento de defenderse, dominar o luchar contra un enemigo
interno. La catatonía, por ejemplo, puede ser considerada como un intento de
paralizar los objetos introyectados y mantenerlos inmóviles, haciéndolos
inocuos.
Los primeros períodos de la fase anal-sádica se caracterizan por una gran
violencia de los ataques dirigidos contra el objeto. En un período posterior de
esta fase, coincidiendo con el primer estadío anal, en el cual los impulsos
anal-sádicos toman la delantera, predominan métodos de ataque más secretos,
tales como el uso de materias explosivas y envenenadas. Los excrementos
representan entonces venenos y en sus fantasías el niño utiliza las heces como
instrumento de persecución contra sus objetos y secretamente los introduce de un
modo mágico en el ano o en otros orificios del cuerpo de estos objetos y los
deja allí. En consecuencia, comienza a asustarse de sus propios excrementos como
sustancias peligrosas y dañinas para su cuerpo y de los excrementos incorporados
de sus objetos, de los que espera un ataque similar por este medio peligroso.
Así, sus fantasías conducen al temor de tener una multitud de perseguidores
dentro de su cuerpo o de ser envenenado, y ésta es la base de los temores
hipocondríacos. Ellos también sirven para aumentar el temor surgido de la
equiparación de los objetos introyectados con las heces, porque aquellos objetos
introyectados se hacen aun más peligrosos por ser semejantes a envenenados y
destructivos escíbalos. Como consecuencia de sus impulsos uretral-sádicos, el
niño también considera la orina como algo peligroso, como algo que quema, corta
y envenena, preparando al inconsciente para considerar el pene como un órgano
sádico y temer al peligroso pene del padre dentro de si (como perseguidor).
En el período en que realiza ataques por medio de excrementos envenenados, el
temor del niño a los ataques subterráneos contra sí por parte de sus objetos
externos e introyectados se hace múltiple, de acuerdo con la mayor variedad y
sutileza de sus propios procedimientos sádicos, y ellos apremian la actividad de
los mecanismos de proyección hasta su limite extremo. Su ansiedad se despliega y
es distribuida sobre muchos objetos y fuentes de peligro en el mundo externo, y
así espera ahora ser atacado por un gran número de perseguidores. El secreto y
la astucia que atribuye a estos ataques lo conduce a observar el mundo con ojo
sigiloso y suspicaz, y así fortalece sus relaciones con la realidad por un lado,
aunque esta relación pueda ser falsa; mientras que su temor del objeto
introyectado -a pesar de los mecanismos de proyección- es un constante incentivo
para mantener en acción dichos mecanismos.
Pienso que el punto de fijación de la paranoia es este período de la fase de
máximo sadismo, en el cual los ataques del niño sobre el interior del cuerpo de
la madre y contra el pene que él imagina allí se realizan por medio de
excrementos envenenados y peligrosos y los delirios de referencia y persecución
arrancan de las situaciones de ansiedad que acompañan a estos ataques.
De acuerdo con mi punto de vista, el temor del niño a los objetos introyectados
lo incita a desplazar este miedo al mundo externo. Al hacerlo, sus órganos,
objetos, heces, y toda clase de cosas, así como sus objetos internalizados, son
equiparados con los externos; también distribuye su temor de estos objetos
externos sobre un gran número de objetos equiparándolos unos con otros.
Una relación de esta índole con muchos objetos, basada, como está, en parte en
la ansiedad, y realizada por medio de equiparaciones, puede llamarse un
mecanismo fóbico de ansiedad, y pienso que es un mayor progreso por parte del
individuo en el establecimiento de sus relaciones con los objetos y en su
adaptación a la realidad, porque su primera relación de objeto sólo incluía una
cosa: el pecho de su madre como representante de su madre. En la fantasía del
niño pequeño, estos múltiples objetos se sitúan en el interior del cuerpo de la
madre y este lugar es también objetivo de sus tendencias destructivas y
libidinales y también del despertar de su deseo de saber. Como sus tendencias
sádicas aumentan y en su fantasía se apodera del interior del cuerpo de su
madre, esta parte de ella se hace representante de su persona total como objeto,
y al mismo tiempo simboliza el mundo externo y la realidad. En realidad, por
medio de su pecho, originariamente la madre representa para él el mundo externo.
Pero ahora, el interior de su cuerpo representa con mas amplio sentido objetos y
mundo externo, ya que, por una más amplia distribución de su ansiedad, contiene
objetos más diversos Así, las fantasías sádicas del niño sobre el interior del
cuerpo de su madre le dan una fundamental relación con el mundo externo y con la
realidad. Pero la agresión y la ansiedad que siente como consecuencia de ella,
aunque es una de las bases de sus relaciones de objeto, no es la única. Su
libido también actúa al mismo tiempo y su influencia se hace sentir. La relación
libidinal con los objetos y la influencia ejercida por la realidad neutralizan
su temor a los enemigos internos y externos. Su creencia en la existencia de
figuras bondadosas y útiles -creencia que se basa en la eficacia de su libido-,
permite así que sus objetos reales emerjan cada vez con más fuerza y que sus
imagos fantásticas retrocedan a último término.
En este sentido, la interacción entre formación del superyó y relación de
objeto, que se basa en una interacción de proyecciones e introyecciones, influye
profundamente en su desarrollo. En los primeros estadíos la proyección de sus
imagos aterradoras al mundo externo transforma este mundo en un lugar de peligro
y a sus objetos en enemigos; mientras la introyección simultánea de objetos
reales, de hecho bien dispuestos para con él, trabaja en dirección contraria y
disminuye la fuerza de su temor a las imagos aterradoras. Bajo esta luz, la
formación del superyó, relación de objeto y adaptación a la realidad, son el
resultado de una interacción entre la proyección de los impulsos sádicos del
individuo y la introyección de sus objetos.
9. LAS RELACIONES ENTRE LA NEUROSIS OBSESIVA Y LOS ESTADÍOS TEMPRANOS DEL
SUPERYÓ
He considerado en el capítulo anterior el contenido y los efectos de las
situaciones tempranas de ansiedad en el individuo. Examinaremos ahora en qué
sentido su libido y sus relaciones de objetos reales producen una modificación
de estas situaciones de ansiedad.
Como resultado de la frustración oral sufrida por el niño, éste busca nuevas
fuentes de gratificación. La niña pequeña se aparta de la madre y toma el pene
del padre como objeto de gratificación. Al principio esta gratificación es de
naturaleza oral, pero las tendencias genitales ya están en actividad. El niño
pequeño también despliega una actitud positiva frente al pene del padre desde su
posición oral de succión en virtud de la asimilación del pecho al pene. Una
fijación oral de succión al pene del padre es un factor primario en el
establecimiento de la verdadera homosexualidad. Pero generalmente sus
sentimientos de odio y ansiedad frente al padre, surgidos del despertar de sus
tendencias edípicas, luchan contra esta fijación. Si su desarrollo avanza con
éxito, su actitud positiva frente al pene del padre se convierte en la base de
una buena relación con las personas de su propio sexo y le permite al mismo
tiempo lograr una completa posición heterosexual. Mientras que, sin embargo, en
el niño, una relación oral de succión del pene del padre puede, bajo ciertas
circunstancias, conducirlo a la homosexualidad, en la niña es normalmente el
precursor de impulsos heterosexuales y del conflicto edípico. Un tal paso por
parte de la niña hacia el padre y en el varón una segunda orientación hacia la
madre como objeto de amor genital, establece un nuevo propósito de gratificación
libidinal en el niño en el que los genitales comienzan a hacer sentir su
influencia.
En esta temprana fase del desarrollo que yo he denominado la fase de culminación
del sadismo, he encontrado que todos los estadíos pregenitales y genitales se
cargan en rápida sucesión. Lo que sucede entonces es que la libido entra a
luchar con los impulsos destructivos y gradualmente consolida sus posiciones.
Junto con la polaridad del instinto de vida y el instinto de muerte podemos,
creo, situar su interacción como un factor fundamental en los procesos dinámicos
de la mente. Hay un vínculo indisoluble entre la libido y las tendencias
destructivas, que pone en gran parte a las primeras en poder de las últimas.
Pero el círculo vicioso dominado por el instinto de muerte en el que la agresión
origina ansiedad y la ansiedad esfuerza la agresión, puede romperse por las
fuerzas libidinales cuando éstas han ganado fuerza. Como sabemos, en los
primeros estadíos del desarrollo el instinto de vida se esfuerza al máximo para
mantenerse contra el instinto de muerte. Pero esta misma necesidad estimula el
desarrollo de la vida sexual del individuo.
Desde que los impulsos genitales del niño permanecen escondidos por largo
tiempo, no podemos discernir claramente las fluctuaciones e interrelaciones de
las varias fases de desarrollo que resultan del conflicto entre los impulsos
destructivos y libidinales. La emergencia de los estadíos de organización, que
ya conocemos, armonizan no sólo con las posiciones que ha ganado y establecido
la libido en su lucha contra el instinto destructivo, sino, desde que estos dos
componentes están siempre unidos tanto como opuestos, con un creciente acuerdo
entre ellos.
Es verdad que en apariencia el niño pequeño muestra relativamente poco de ese
tremendo sadismo que se revela en el análisis de sus más profundas capas
mentales. Pero mi argumento de que en estos estadíos tempranos del desarrollo el
niño atraviesa por una época en que las tendencias sádicas alcanzan su fuerza
máxima en cada una de sus fuentes, es, después de todo, sólo la ampliación de la
teoría aceptada y bien establecida de que el niño pasa desde un estadío de
sadismo oral (canibalismo) a uno de sadismo anal. Debemos también recordar que
estas tendencias canibalísticas no se expresan en proporción con su importancia
psicológica ya que, normalmente, sólo encontramos indicios comparativamente
débiles de los impulsos del niño pequeño a destruir su objeto. Lo que nosotros
vemos son sólo derivados de sus fantasías en relación con esto. Que el niño
exprese sus impulsos sádicos intensos frente a los objetos externos de este modo
amortiguado, se hace más inteligible si comprendemos que las fantasías
extravagantes que surgen en cada estadío temprano de su desarrollo nunca se
hacen conscientes. Debe recordarse, además, que el estadío del desarrollo del yo
en el que surgen dichas fantasías es muy temprano y que las relaciones del niño
con la realidad están todavía muy influidas por su vida imaginativa. Otra razón
puede ser la inferioridad de tamaño y fuerza del niño con respecto al adulto y
su dependencia determinada biológicamente; porque vemos cómo se evidencian más
fuertemente sus impulsos destructivos contra las cosas inanimadas, animales
pequeños, etc. Y finalmente, podría ser que aun en estos estadíos tempranos de
su vida, impulsos genitales, aunque todavía no visibles, ejercieran ya su
influencia restrictiva contra los sádicos ayudando a disminuir la fuerza que de
otro modo se expresaría contra los objetos externos. Hasta donde he podido ver,
existen en el niño pequeño junto con sus relaciones de objetos reales, pero en
un plano diferente, relaciones que se basan en sus relaciones con imagos no
reales, imagos de figuras tanto excesivamente buenas como malas. Ordinariamente
estas dos clases de relación de objeto se entremezclan y colorean unas a otras
de modo siempre creciente. (Este es el proceso que he descrito como interacción
entre la formación del superyó y las relaciones de objeto.) Pero en la mente del
niño, por pequeño que éste sea, los objetos reales y los imaginarios están
todavía muy separados; y esto explica que no muestren tanto sadismo y ansiedad
frente a los objetos reales como podría esperarse del carácter de sus fantasías.
Como sabemos, y como Abraham lo ha puntualizado especialmente, la naturaleza de
las relaciones de objeto del niño y de sus rasgos de carácter están fuertemente
determinadas por sus fijaciones predominantes, ya sea que éstas se sitúen en el
estadío oral de succión o en el oral-sádico. En mi opinión este factor es
también decisivo en la formación del superyó. La introyección de una buena madre
conduce al establecimiento de una imago paterna bondadosa debido a la ecuación
del pene con el pecho.
En la construcción del superyó también la fijación en el estadío oral de succión
contrarrestará las identificaciones terroríficas que se han hecho bajo la
supremacía de los impulsos oral-sádicos. A medida que disminuyen las tendencias
sádicas del niño, las amenazas hechas por el superyó se reducen algo en
violencia y las reacciones del yo también sufren un cambio. Hasta ahora el
excesivo miedo al superyó y a sus objetos que ha dominado los tempranos estadíos
de su vida, acarreó proporcionalmente reacciones violentas de su yo. Parecería
que el yo trata de defenderse al principio contra el superyó escotomizándolo
-usando el término de Laforgue- y expulsándolo. Tan pronto como el yo intenta
engañar al superyó y reducir la oposición de este último a los impulsos del ello
es que -creo- comienzan las reacciones en el sentido de que el yo reconoce el
poder del superyó. Cuando comienzan los estadíos anales siguientes, el yo
reconoce ese poder cada vez más claramente, y esto lo lleva a realizar intentos
progresivos para llegar a un acuerdo con él. Este reconocimiento trae como
consecuencia un reconocimiento de la necesidad de obedecer a las exigencias del
superyó.
La conducta del yo con el ello, que en un estadío anterior ha sido en parte de
expulsión, se transforma, en el estadío anal siguiente, en supresión, o más
bien, en represión en el verdadero sentido de la palabra. Al mismo tiempo la
cantidad de odio que siente frente al objeto disminuye desde que mucho del odio
se derivaba de su antigua adhesión al superyó y al ello. El aumento de los
componentes libidinales y la concomitante disminución de los destructivos
también sirve para moderar las tendencias sádicas primarias que estaban
dirigidas hacía el objeto. Cuando sucede esto el yo parece hacerse más
consciente de su miedo de sufrir retaliación por parte del objeto. Así reconoce
el poder del objeto además de someterse y aceptar las prohibiciones de un
superyó severo. Su aceptación de la realidad externa depende así de la
aceptación de la realidad intrapsíquica y más cuanto que su esfuerzo es hacer
converger el superyó y el objeto. Una convergencia de esta clase es un paso mas
en el sentido de modificar la ansiedad, y, ayudada por mecanismos de proyección
y desplazamiento, acompaña al desarrollo de las relaciones del individuo con la
realidad. El principal método que adopta el yo para vencer la ansiedad -en este
punto- es tratar de satisfacer tanto los objetos externos como los
internalizados. Esto lo induce a garantizar la seguridad de sus objetos,
reacción que Abraham ha localizado en el estadío anal secundario. Este cambio de
método en su conducta frente al objeto puede presentarse de dos maneras: el
individuo puede alejarse de él, a causa de su miedo de él como fuente de peligro
y también para protegerlo de sus propios impulsos sádicos, o puede dirigirse
hacia él con sentimientos más positivos. Una relación de objeto de esta clase es
provocada por una disociación de la imago materna en buena y mala. La
ambivalencia del individuo frente al objeto no sólo representa un paso más en el
desarrollo de sus relaciones de objeto, sino que es un mecanismo de fundamental
importancia para vencer el miedo a su superyó, distribuyéndolo, después de
haberlo dirigido al exterior, sobre un número de objetos, de modo que algunos de
ellos representan el objeto que él atacó y que por lo tanto le amenaza con
peligro y otros, especialmente su madre, significan la persona bondadosa y
protectora.
A medida que el individuo avanza hacia su estadío genital y sus imagos
introyectadas se hacen más amistosas, su superyó cambia en su modo de
comportarse y el proceso de vencer la ansiedad se hace crecientemente exitoso.
Cuando las hasta aquí abrumadoras amenazas del superyó se amortiguan en retos y
reproches, el yo puede encontrar apoyo contra ellas en sus relaciones positivas.
Puede ahora emplear mecanismos restitutivos y formaciones reactivas de lástima
frente a sus objetos para aplacar su superyó; y el amor y reconocimiento que
recibe de estos objetos y del mundo externo son considerados al mismo tiempo
como una garantía y una medida de aprobación del superyó. Es aquí, también,
cuando resulta importante el mecanismo de distribuir las imagos. Porque mientras
el yo se aleja de los objetos peligrosos, trata de compensar al objeto bueno por
las injurias imaginarias que él ha hecho.
El proceso de sublimación puede establecerse ahora, porque las tendencias
restitutivas del individuo frente a sus objetos son una fuerza motivacional
fundamental en todas sus sublimaciones, aun en las muy tempranas, tales como la
muy primitiva manifestación del impulso a jugar. Una precondición para el
desarrollo de las tendencias restitutivas y de sublimaciones es que la presión
ejercida por el superyó debe ser mitigada y sentida por el yo como sentimiento
de culpa. Los cambios cualitativos que comienza a sufrir el superyó como
resultado de la fuerza creciente de los impulsos genitales del individuo y de
las relaciones de objeto, motivan que se conduzca de un modo diferente con el
yo, de modo que surgen en él verdaderos sentimientos de culpa. Pero si estos
sentimientos se hacen demasiado abrumadores afectarán otra vez al yo,
principalmente como ansiedad. Si esto es así, no sería una deficiencia en el
superyó sino una diferencia cualitativa del mismo lo que hace surgir la falta de
sentimientos sociales en ciertos individuos, especialmente en criminales, y en
las llamadas personas "asociales".
Desde mi punto de vista, en el estadío anal primario el niño hace una defensa
contra las imagos terroríficas que ha introyectado en la fase oral-sádica.
Proyectando su superyó comienza a tratar de vencer su ansiedad. Pero este
intento no es todavía exitoso porque la ansiedad que debe ser vencida es todavía
demasiado fuerte y porque el método de proyección violenta hace surgir
continuamente nueva ansiedad. La ansiedad que no puede ser aliviada en este
sentido impulsa al niño a cargar los niveles siguientes de su libido -el estadío
anal secundario- y actúa así como agente promotor de su desarrollo.
Sabemos que el superyó y el objeto del individuo adulto tampoco coinciden y,
como he tratado de demostrar, tampoco sucede esto en ningún momento de la niñez.
Creo que los esfuerzos que hace el yo a consecuencia de esta discrepancia para
hacer sus objetos reales intercambiables con las imagos de ellos constituye un
factor fundamental en su desarrollo. Cuanto menor es la discrepancia -es decir
cuando las imagos se aproximan más a sus objetos reales mientras el estadío
genital toma la delantera y las imagos aterradoras imaginarias que han asumido
el control en los primeros estadíos de su vida retroceden hacía el telón de
fondo- más estable es su equilibrio, y más éxito tiene en modificar sus primeras
situaciones de ansiedad. A medida que sus impulsos genitales ganan en fuerza
gradualmente, la represión del ello por el yo pierde también mucha de su
violencia, de modo que hay mucho menos fricción entre los dos. Así, la relación
de objeto más positiva que va junto con el advenimiento del estadío genital,
puede ser también considerada como signo de una relación satisfactoria entre el
superyó y el yo y entre El yo y el ello.
Ya sabemos que los puntos de fijación para las psicosis han de hallarse en los
primeros estadíos del desarrollo y que el limite entre el estadío anal primario
y el secundario forma la línea de demarcación entre las psicosis y las neurosis.
Me inclino a dar un paso más y considerar aquellos puntos de fijación como
puntos de partida, no solamente de enfermedades subsecuentes si no de trastornos
que el niño sufre durante los primeros estadíos de su vida. En el último
capítulo hemos visto que las situaciones de ansiedad excesiva que surgen en la
fase de sadismo máximo son un factor etiológico fundamental en las
perturbaciones psicóticas. Pero he encontrado que en las fases más tempranas del
desarrollo, los niños normales también pasan por situaciones de ansiedad que son
de carácter psicótico. Si aquellas situaciones tempranas son activadas en un
grado elevado, ya sea por razones internas o externas, el niño exhibiría rasgos
psicóticos. Y si está demasiado presionado por sus imagos que hacen surgir
miedo, y no puede contrarrestarlas suficientemente con la ayuda de las imagos
bondadosas y de sus objetos reales, está expuesto a perturbaciones que son
similares a las psicosis del adulto y que se prolongan a menudo en una psicosis
en la vida futura, o si no forman la base de enfermedades graves u otras
dificultades del desarrollo. Pero desde que en la infancia las situaciones de
ansiedad de esta naturaleza entran en acción invariablemente en una época u otra
y alcanza cierta intensidad, todo niño manifestará en una u otra época síntomas
psicóticos.
Por ejemplo, el cambio entre la alegría excesiva y la tristeza extrema, que es
una característica de las perturbaciones melancólicas, se encuentra siempre en
los niños. La verdadera extensión y profundidad de la infelicidad que sienten
los niños no es tenida en cuenta para nada justamente porque es un suceso tan
frecuente y sufre cambios tan rápidos. Pero la observación analítica me ha
enseñado que su infelicidad y depresión, aunque no tan agudas como la depresión
melancólica del adulto, tiene las mismas causas y puede ser acompañada de ideas
de suicidio. He descubierto que los accidentes de mayor o menor importancia que
sufren los niños y las heridas que se infieren, son tentativas de suicidio
realizadas con medios todavía insuficientes. Entonces, también ellos exhiben en
algún grado esa exclusión de la realidad que tomamos como criterio de psicosis
en el adulto, aunque en su caso los consideramos en cierto modo normal.
Los rasgos paranoides son menos fáciles de observar en ellos por estar asociados
con esa astucia y disimulo típico de esta perturbación, pero sabemos que los
niños pequeños se sienten rodeados y perseguidos por figuras fantásticas.
Analizando niños muy pequeños he encontrado que cuando estaban solos,
especialmente de noche, el sentimiento que experimentaban de estar rodeados de
toda clase de perseguidores, tales como hechiceros, brujas, demonios, formas
fantásticas y animales y su ansiedad con respecto a ello tenía un carácter
paranoide.
Las neurosis infantiles presentan un cuadro hecho de varios rasgos psicóticos y
neuróticos y mecanismos que encontramos aislados en una forma más o menos pura
en los adultos. A veces los rasgos de esta perturbación, a veces de otra están
más fuertemente acentuados, pero en muchos casos la escena está completamente
oscurecida por e hecho de que están activas al mismo tiempo varias afecciones,
junto con las defensas empleadas contra ellas.
En su libro Inhibición, síntoma y angustia Freud dice que "las primeras fobias
de los niños no han encontrado ninguna explicación hasta ahora" y que "su
relación con las neurosis más obvias y tardías de la infancia de ningún modo son
evidentes". Creo que aquellas primeras fobias contienen la ansiedad que surge en
los primeros estadíos de la formación del superyó. Las tempranas situaciones de
ansiedad del niño aparecen alrededor de la mitad de su primer año de vida y son
inducidas por un incremento del sadismo. Consisten en miedos de objetos
violentos tanto externos como introyectados (que los devoren, corten, castren);
y tales miedos no pueden ser modificados en un grado adecuado en este estadío
tan temprano.
Las dificultades que a menudo tienen los niños pequeños durante las comidas
están también íntimamente relacionadas, según mi experiencia, con sus
situaciones de ansiedad tempranas y tienen invariablemente orígenes paranoides.
En la fase canibalística, los niños equiparan cada clase de comida con sus
objetos, como los representan sus órganos, de modo que toma más el significado
del pene del padre o del pecho de la madre y son amados, odiados o temidos como
ellos. Las comidas liquidas son equiparadas con la leche, heces, orina y semen,
y las sólidas, a las heces y otras sustancias del cuerpo. Así, la comida puede
hacer surgir todos aquellos miedos de ser envenenado y destruido por dentro, que
los niños sienten en relación a sus objetos internalizados y sus excrementos, si
sus primeras situaciones de ansiedad operan con violencia.
Las fobias a los animales son en los niños una expresión de ansiedad temprana de
esta clase. Están basadas en esa expulsión del superyó terrorífico que es
característico del primer estadío anal y representan así un proceso compuesto
por varios movimientos mediante el cual el niño modifica su miedo a su superyó y
ello terroríficos. El primer movimiento es arrojar aquellas dos instituciones al
mundo externo y asimilar el superyó al objeto real. El segundo movimiento no es
familiar; es el desplazamiento a un animal del miedo que siente al padre real.
Pero antes de éste hay a menudo un paso intermedio que consiste en elegir como
objeto de ansiedad en el mundo externo a un animal menos feroz en lugar de las
bestias salvajes y feroces que en los primeros estadíos del desarrollo del yo
tomaban el lugar del superyó y del ello. El hecho de que el animal-ansiedad no
sólo atrae hacia si el miedo del niño a su padre sino también su admiración por
él es una señal de que el proceso de formación de un ideal ya tiene lugar. Las
fobias de animales son va una modificación de grandes consecuencias del miedo
del superyó; y vemos aquí qué íntima relación existe entre el superyó, la
relación del objeto y las fobias de animales.
En Inhibición, síntoma y angustia, Freud dice: "Creí en una época que una fobia
tenía el carácter de una proyección en el sentido de que un peligro instintivo
interno estaba reemplazado por un peligro percibido como viniendo de afuera.
Esto trae con ello la ventaja de que el sujeto puede protegerse por sí mismo del
peligro externo escapando de él o evitando la percepción del mismo, mientras que
ninguna huida puede servir de ayuda contra un peligro interno, pero este punto
de vista, aunque no es incorrecto, es demasiado superficial. Un impulso
instintivo no es después de todo un peligro en sí mismo sino solamente en cuanto
implica un peligro externo, es decir, el peligro de castración. Por último, una
fobia es simplemente una cuestión de sustituir un peligro externo por otro".
Pero me aventuro a pensar que lo que yace en la raíz de una fobia es, sin
embargo, un peligro interno, es el miedo de la persona a su propio instinto
destructivo y a sus padres introyectados. En el mismo párrafo, al describir las
ventajas de las formaciones sustitutivas, Freud nos dice que: "El miedo que
pertenece a una fobia está, después de todo, condicionado. Sólo se siente cuando
el objeto temido es percibido y en verdad porque es sólo entonces cuando surge
la situación de peligro. No hay necesidad de temer el ser castrado por un padre
que no está allí. Pero un padre es algo que no puede ser eliminado, aparece
cuando él quiere. Pero si el niño lo reemplaza por un animal, sólo tiene que
evitar la vista, es decir, la presencia de ese animal, para librarse del peligro
y de la ansiedad". Tal ventaja sería aun mayor si por medio de una fobia de
animal el yo pudiera no sólo realizar un desplazamiento de un objeto externo a
otro sino también una proyección a un objeto externo de un objeto más temido del
cual -porque es internalizado- no hay posible escapatoria. Considerada bajo esta
luz, una fobia de animal seria mucho más que una simple deformación de la idea
de ser castrado por el padre, en la de ser mordido por un caballo o comido por
un lobo. Por debajo de esto estaría no solamente el miedo a ser castrado sino
todavía un miedo anterior a ser devorado por el superyó, de modo que la fobia
sería en realidad una modificación de la ansiedad perteneciente a los estadíos
más tempranos.
Como ilustración de lo que sostengo, tomemos dos casos bien conocidos de fobias
de animales; el de Juanito y el del "Hombre de los Lobos". Freud ha puntualizado
que, a pesar de ciertas similitudes, estas dos fobias difieren entre ellas en
muchos aspectos. En cuanto a las diferencias, la fobia de Juanito contenía
muchos rasgos de sentimientos positivos. Su animal-ansiedad no era aterrador en
sí y además sentía una cierta cordialidad hacia él, según se demostró por sus
juegos a los caballos con su padre, poco antes de que apareciera su fobia. Su
relación con sus padres y su ambiente era en conjunto muy buena y su desarrollo
general mostraba que había pasado con éxito el estadío anal-sádico y que había
alcanzado el estadío genital. Su zoofobia exhibirá solamente unas pocas huellas
de ese tipo de ansiedad que pertenece a los estadíos más tempranos en el cual el
superyó es equiparado con un animal terrorífico y salvaje y en las que el miedo
del niño a su objeto es correspondientemente intenso. Así, parecía haber vencido
y modificado esa temprana ansiedad bastante bien. Freud dice de él "Juanito
parece haber sido un niño normal, con el llamado completo de Edipo positivo", de
modo que su neurosis infantil puede ser considerada como leve y aun normal. Su
ansiedad, según sabemos, fue prontamente disipada por un corto análisis.
La neurosis infantil del llamado "Hombre de los Lobos" (en un niño de 4 años),
presenta un cuadro diferente. El desarrollo de este niño no puede ser descrito
como normal. Para citar de nuevo a Freud: "Una temprana seducción había
distorsionado su relación con el objeto femenino. Su posición pasivo-femenina
estaba acentuada fuertemente y el análisis de su sueño del lobo muestra poca
agresión intencional contra su padre, mientras evidencia claramente que lo que
estaba reprimido era una actitud pasiva y tierna frente a él. Los factores
mencionados primeramente pueden haber jugado una parte pero no son observables".
El análisis del niño demostró que su idea de ser devorado por su padre era la
expresión regresiva de un deseo pasivo y tierno hacia su padre con el objeto de
ser amado por él de un modo erótico y genital. Considerado a la luz de nuestra
discusión previa, la idea es vista no sólo como expresión de ansias pasivas y
tiernas que han sido degradadas por la regresión sino por encima de esto como
una reliquia de un estadío de desarrollo muy temprano Si nosotros consideramos
el miedo del niño a ser devorado por un lobo no sólo como sustituto por
distorsión de la idea de ser castrado por su padre, sino, según yo sugeriría,
como una ansiedad primaria que ha persistido en forma inalterable junto con sus
versiones posteriores y modificadas del mismo, se deducirá que ha habido un
miedo al padre, activo en él, que debe haber ayudado enormemente a formar el
curso de su desarrollo anormal. En la fase de sadismo máximo, iniciada por
tendencias sádico-orales, el deseo del niño de introyectar el pene del padre,
junto con sus impulsos hostiles sádico-orales intensos, da lugar a miedos a una
bestia peligrosa y devoradora que él equipara con el pene de su padre. Lo que él
pueda lograr en cuanto a vencer y modificar este miedo a su padre dependerá en
parte de la magnitud de sus tendencias destructivas. El hombre de los lobos no
venció esta ansiedad temprana. Su miedo al lobo, que representaba el miedo al
padre, demostraba que había conservado la imagen de su padre como lobo devorador
en los años siguientes. Porque, como sabemos, redescubrió este lobo en sus
imagos paternas posteriores y su desarrollo total estuvo gobernado por ese miedo
abrumador.
En mi opinión, este miedo enorme a su padre fue un factor básico en la
producción de su complejo de Edipo invertido. Analizando varios niños muy
neuróticos entre 4 y 5 años -niños que mostraron rasgos paranoides y en quienes
el complejo de Edipo invertido era predominante- me convencí de que este curso
de desarrollo estaba muy determinado por un miedo excesivo al padre todavía
activo en las capas mentales más profundas y que se había generado por impulsos
primarios de agresión -contra él- extremadamente fuertes. Contra un padre
peligroso y devorador de esta índole, ellos no podían empeñarse en la lucha que
seria naturalmente el resultado de una actitud edípica directa, y así tenían que
abandonar su posición heterosexual. Creo que la actitud pasiva del "Hombre de
los Lobos" frente al padre, estaba fundada en situaciones de ansiedad de este
orden, y que la seducción de él por su hermana sirvió simplemente para
reforzarlo y confirmarlo en la actitud a la que lo condujo el miedo a su padre.
Freud relata que "después del sueño decisivo se había tornado muy díscolo y
había tratado de molestar a todos y se comportó de modo sádico" y que poco
después desarrolló una neurosis obsesiva típica que resultó ser muy grave al
analizarla. Estos hechos parecen confirmar mi punto de vista de que aun en la
época de su fobia al lobo estaba empeñado en defenderse de sus tendencias
agresivas. Que en la fobia de Juanito su defensa contra los impulsos agresivos
fuera tan claramente visible mientras que en la del "Hombre de los Lobos"
tuviera que estar tan profundamente escondida, me parece explicarse por el hecho
de que, en el último, la ansiedad, mucho mayor -o el sadismo primario-, había
sido tratado de un modo más anormal. Y el hecho de que la neurosis de Juanito no
mostrara rasgos obsesivos mientras que el "Hombre de los Lobos" desarrolló una
neurosis obsesiva concuerda con mi opinión de que cuando los rasgos obsesivos
aparecen demasiado temprano y con excesiva fuerza en una neurosis infantil,
debemos inferir que sus perturbaciones son muy serias y están en acción. En los
análisis de niños en los que se basan mis presentes conclusiones, pude hacer
remontar su desarrollo anormal a un sadismo exageradamente fuerte, o más bien a
un sadismo que no había sido modificado con éxito y que había conducido a una
excesiva ansiedad en un estadío muy temprano de la vida. El resultado de esto
había sido una exclusión muy grande de la realidad y la producción de rasgos
paranoides y obsesivos serios. El reforzamiento de los impulsos libidinales y
los componentes homosexuales que se presentaron en estos niños sirvieron para
defender y modificar el miedo a su padre que había surgido en ellos tan
tempranamente. Este modo de tratar la ansiedad creo que es un factor etiológico
fundamental en la génesis de la homosexualidad de los paranoicos. Y el hecho de
que "El Hombre de los Lobos" desarrollara una paranoia posteriormente, tiende a
confirmar este punto de vista.
En El yo y el ello, al hablar sobre las relaciones de amor del paranoico, Freud
parece sostener mi idea. Dice: "Hay todavía otro mecanismo posible que hemos
llegado a conocer por medio de la investigación psicoanalítica de los procesos
que incumben a los cambios en la paranoia. Una actitud ambivalente está presente
desde el comienzo; y la transformación se efectúa por medio de un cambio
reactivo de catexis por medio de la cual la energía es alejada de los impulsos
eróticos y utilizada para suplementar la energía hostil". En la fobia del
"Hombre de los Lobos", la ansiedad no modificada perteneciente a los estadíos
más tempranos pudo ser observada claramente. Al mismo tiempo, sus relaciones de
objeto tuvieron mucho menos éxito que las de Juanito; su estadío genital se
estableció débilmente y la influencia de los impulsos anal-sádicos fueron
demasiado fuertes; esto se hizo evidente por la neurosis obsesiva grave que tan
pronto hizo su aparición. Parecería que Juanito había podido modificar mejor su
superyó amenazador y terrible en una imago menos peligrosa y vencer su sadismo y
ansiedad. Su mayor éxito en este punto ha encontrado también expresión en su
relación de objeto más positiva hacia sus padres y en el hecho de que en él la
actitud heterosexual y activa era la predominante y en que había alcanzado
satisfactoriamente el estadío genital de desarrollo. Sinteticemos brevemente lo
que se ha dicho sobre la evolución de las fobias. En el lactante, las primeras
situaciones de ansiedad encuentran expresión en ciertas fobias. En el primer
estadío anal en sus fobias de animales están involucrados todavía objetos de
naturaleza intensamente terrorífica. En el estadío anal secundario y, aun más,
en el genital, estos objetos de ansiedad están muy modificados.
El proceso de modificación de una fobia está ligado, creo, con aquellos
mecanismos sobre los que se basan las neurosis obsesivas y que comienzan a
activarse en el estadío anal secundario. Me parece que la neurosis obsesiva es
una tentativa de curar las condiciones psicóticas subyacentes, y que en las
neurosis infantiles tanto los mecanismos obsesivos como los mecanismos
pertenecientes a un estadío previo de desarrollo ya están en acción.
A primera vista parecería que esta idea de que ciertos elementos de neurosis
obsesiva juegan un papel importante en el cuadro clínico presentado en las
neurosis infantiles está en desacuerdo con lo que Freud ha dicho concerniente al
punto de partida de las neurosis obsesivas. Pero, sin embargo, creo que el
desacuerdo puede explicarse por lo menos en un punto importante. Es verdad que,
de acuerdo con mis hallazgos, los comienzos de la neurosis obsesiva yacen en el
primer período de la infancia; pero los rasgos obsesivos aislados que emergen en
ese período no están organizados en el conjunto que nosotros consideramos como
una neurosis obsesiva hasta el segundo período de la infancia, es decir, hasta
el comienzo del periodo de latencia. La teoría aceptada es que las fijaciones en
el estadío anal-sádico no entran a actuar como factores en la neurosis obsesiva
hasta más tarde, como resultado de una regresión hacía ellas. Mi opinión es que
el verdadero punto de partida de la neurosis obsesiva -el punto en el cual el
niño desarrolla síntomas obsesivos y mecanismos obsesivos- está situado en aquel
período de la vida que está gobernado por el estadío anal secundario. El hecho
de que esta enfermedad obsesiva temprana presente un cuadro algo distinto al de
las neurosis obsesivas totalmente desarrolladas es comprensible si recordamos
que no es sino hasta más tarde, en el período de latencia, que el yo más maduro,
con una relación con la realidad ya modificada, comienza a trabajar para
elaborar y sintetizar aquellos rasgos obsesivos que han estado activos desde la
primera infancia. Otra razón por la cual los rasgos obsesivos de los niños
pequeños no son a menudo fácilmente discernibles es la de que no están en
evidencia tan claramente en el cuadro general presentado por una neurosis
infantil en comparación con la del adulto, debido a la intromisión de otras
perturbaciones más tempranas que todavía no han sido vencidas y a los diversos
mecanismos de defensa que todavía se emplean contra esas perturbaciones.
Sin embargo, como he tratado de demostrar, niños aun muy pequeños muestran con
frecuencia síntomas de tipo obsesivo muy evidente, y existen neurosis infantiles
en las que una neurosis obsesiva verdadera domina ya el cuadro. Cuando esto
sucede, significa que las primeras situaciones de ansiedad son demasiado
poderosas y que no han sido suficientemente modificadas y que la neurosis
obsesiva es muy grave.
Al distinguir entre la emergencia primera de rasgos obsesivos aislados y la
neurosis obsesiva verdadera, espero haber logrado presentar mi punto de vista,
expuesto aquí, concerniente a la génesis de la neurosis obsesiva, de acuerdo con
la teoría ya aceptada. En Inhibición, síntoma y angustia, Freud señala: "El
punto de partida de la neurosis obsesiva es la defensa necesaria contra las
exigencias libidinales que surgen del complejo de Edipo" y que "la organización
genital de la libido es débil y poco resistente. Cuando el yo comienza su lucha
defensiva, su primer efecto es retrotraer la organización (del estadío fálico)
en parte o totalmente hacia el estadío sádico anal secundario. Esta regresión es
decisiva para todo lo que sigue". Si consideramos como una regresión esa
fluctuación entre las diversas posiciones libidinales que es, en mi opinión, una
característica de los primeros estadíos de desarrollo y en la cual la posición
genital ya cargada está siendo abandonada continuamente por un tiempo, hasta que
ha sido adecuadamente reforzada y establecida; y si mi idea de que la situación
edípica comienza muy temprano es correcta, entonces, el punto de vista aquí
sostenido sobre el punto de partida de las neurosis obsesivas, no sólo no
estaría en contradicción con la opinión de Freud arriba citada, sino que
confirmaría otra sugerencia suya que ya expresó como hipótesis. Dice así: "Tal
vez la regresión es el resultado no de un factor constitucional, sino de uno
temporal y se hace posible no debido a que la organización genital de la libido
ha sido débil, sino porque la lucha del yo ha comenzado demasiado pronto,
mientras la fase sádica está todavía en su fase dominante". Discutiendo contra
esta idea, continúa: "Aunque yo no confío en poder hacer un pronunciamiento
definitivo sobre este punto, tampoco puedo decir que la observación analítica no
favorece tal suposición. Tiende a demostrar que el individuo no penetra en la
neurosis obsesiva hasta después de haber alcanzado el estadío fálico. Además, la
edad en la cual irrumpe la neurosis es más avanzada que en la histeria, teniendo
lugar en el segundo periodo de la infancia después que ha comenzado el período
de latencia". Estas objeciones serían en parte destruidas si adoptáramos el
punto de vista, expuesto aquí, de que la neurosis obsesiva tiene su punto de
partida en el primer período de la infancia, pero no comienza en su forma
completa hasta el comienzo del período de latencia.
El punto de vista de que los mecanismos obsesivos comienzan a entrar en acción
muy temprano en la infancia, hacia el final del segundo año, es parte de mi
tesis general de que el superyó se forma en los estadíos más tempranos de la
vida del niño, siendo sentido primero por el yo como ansiedad, y luego, a medida
que el estadío anal-sádico primario termina, y también gradualmente como
sentimiento de culpa. Esta teoría una vez más difiere de la teoría ortodoxa. En
la primera parte de este libro he expuesto datos empíricos sobre los que se basa
ésta; ahora quisiera aducir una razón teórica en su apoyo. Volviendo una vez más
a Freud: "El motor de todas las formaciones de síntomas secundarios -dice- es
aquí (en las neurosis obsesivas) claramente el miedo sentido por el yo frente al
superyó". Mi opinión de que la neurosis obsesiva es un medio de modificar las
situaciones primeras de ansiedad y que el severo superyó que figura en ella no
es otro que el superyó terrorífico y no alterado, correspondiente a los primeros
estadíos de desarrollo del niño, nos acerca mas a una solución del problema del
porqué el superyó sería en realidad tan severo en esta neurosis.
He descubierto que los sentimientos de culpa del niño que están ligados a sus
tendencias anal-uretral-sádicas se derivan de los ataques imaginarios que
realiza sobre el cuerpo de su madre durante la fase de sadismo máximo. En los
análisis tempranos vemos el miedo del niño a una madre mala que le exige que
devuelva las heces y los niños que le ha robado. De este modo, la madre real (o
la niñera), que le exige limpieza, se torna enseguida en una persona terrible
para él, una persona que no sólo insiste en que renuncie a sus heces, sino que,
según se lo dice su imaginación aterrada, intenta arrebatárselas de su cuerpo
por la fuerza. Otra fuente aun más abrumadora de miedo surge de sus imagos
introyectadas, de las que, en virtud de sus propias fantasías destructivas
dirigidas contra los objetos externos, anticipa ataques de una naturaleza
similarmente salvaje dentro de él mismo.
En esta fase, como consecuencia de la ecuación del excremento con sustancias
peligrosas que envenenan y queman y con armas de ofensa de toda clase, el niño
se aterra de sus propios excrementos como de algo que destruirá su cuerpo. Esta
equivalencia sádica del excremento con las sustancias destructivas, junto con
sus fantasías de ataque realizadas con su ayuda, conducen aun más al niño a
temer que los ataques por medios similares puedan ser hechos contra su cuerpo,
tanto por los objetos internos como externos, y lo lleva a sentir terror a los
excrementos y a la suciedad en general.
Estas fuentes de ansiedad, tanto más abrumadoras por ser tan numerosas,
constituyen, según mi experiencia, las causas más profundas de sentimientos de
ansiedad y culpa del niño en conexión con sus hábitos de limpieza.
Las formaciones reactivas de asco, orden y limpieza surgen en el niño, por lo
tanto, de la ansiedad, emanada de varias fuentes, que se origina en sus
situaciones de peligro más tempranas. Sus sentimientos reactivos de piedad se
presentan en primer plano especialmente en el comienzo del segundo estadío anal,
cuando se han desarrollado sus relaciones con sus objetos. Sin embargo, en este
estadío, como ya hemos visto, la aprobación de sus objetos es también una
garantía de seguridad y salvaguardia contra la destrucción desde afuera y desde
adentro, y su restauración es una condición necesaria de la integridad de su
propio cuerpo. La ansiedad perteneciente a las primeras situaciones de peligro
está, creo, íntimamente asociada con los comienzos de las obsesiones y de las
neurosis obsesivas. Se relaciona con múltiples daños y actos de destrucción
realizados dentro del cuerpo, y por lo tanto es dentro del cuerpo que tiene que
hacerse la restauración. Pero el niño no puede saber con certeza nada sobre el
interior del cuerpo, ya sea del suyo o de sus objetos. No puede asegurar hasta
dónde es bien fundado su miedo a daños internos y ataques y hasta dónde los ha
llevado a cabo por medio de sus actos obsesivos. El resultante estado de
incertidumbre en que se encuentra, se alía e incrementa su intensa ansiedad,
dando lugar a un deseo obsesivo de conocimiento. Trata de vencer su ansiedad,
cuya naturaleza imaginaria desafía un examen critico, poniendo un énfasis
exagerado sobre la realidad, siendo demasiado preciso, etcétera.
Así vemos que la duda que resulta de esta incertidumbre juega un papel no sólo
creando un carácter obsesivo, sino también haciendo surgir inclinaciones hacia
la exactitud, el orden y la observación de ciertas reglas y rituales, etcétera.
Otro elemento que acompaña a la ansiedad que deriva de las primeras situaciones
de ansiedad y que ejerce una fuerza importante sobre el carácter de las
obsesiones es su intensidad y multiplicidad -(multiplicidad debida a las muchas
fuentes de donde surge)-, que producen una impulsión correspondientemente fuerte
para poner en acción los mecanismos defensivos. El niño se siente impulsado a
limpiar y componer de modo obsesivo todo lo que ha ensuciado, roto o echado a
perder de algún modo. Tiene que embellecer y restaurar los objetos dañados de
todos modos, de acuerdo con la variedad de sus fantasías sádicas y los detalles
contenidos en ellas.
La coerción que el neurótico obsesivo a menudo dirige a otras personas también
es, diría, un resultado de una múltiple proyección. En primer lugar está
tratando de expeler la intolerable compulsión bajo la cual está sufriendo,
tratando su objeto como si fuera su ello o su superyó y de desplazar sobre el
mismo la coerción que éstos ejercen sobre él. Al hacer esto y atormentar y
subyugar su objeto, está incidentalmente satisfaciendo su sadismo primario. En
segundo lugar está arrojando hacia afuera, sobre sus objetos externos, lo que es
en último término un miedo de ser destruido o atacado por sus objetos
introyectados. Este miedo ha hecho surgir en él una compulsión a controlar y
dominar sus imagos, y desde que nunca puede en realidad hacerlo, trata, en
cambio, de tiranizar los objetos externos.
Si es exacto mi punto de vista de que la magnitud e intensidad de las
actividades obsesivas y severidad de la neurosis son equivalentes a la extensión
y carácter de la ansiedad que surge de las más tempranas situaciones de peligro,
estaremos en mejor posición para comprender la íntima conexión que sabemos que
existe entre la paranoia y las formas más graves de neurosis obsesivas. Según
Abraham, en la paranoia la libido regresa al primero de los dos estadíos
anal-sádicos. Teniendo en cuenta mi experiencia, me inclino a ir más adelante y
decir que en el primer estadío anal-sádico el individuo, si sus primeras
situaciones de ansiedad son fuertemente operativas, pasa realmente por estados
de paranoia rudimentarios que normalmente vence en el estadío siguiente
(anal-sádico secundario), y que la gravedad de su enfermedad obsesiva depende de
la gravedad de los trastornos paranoides que le han precedido. Si sus mecanismos
obsesivos no pueden vencer adecuadamente aquellas perturbaciones, sus rasgos
paranoides subyacentes aparecerán en la superficie o hasta podrá sucumbir a una
paranoia.
Sabemos que la supresión de los actos obsesivos hace surgir ansiedad, y que por
lo tanto esos actos sirven para dominarla. Si suponemos que la ansiedad así
vencida pertenece a situaciones primeras de ansiedad y culmina en el miedo del
niño a que su propio cuerpo y el de su objeto sea destruido de muchas maneras,
podremos comprender mejor el significado más profundo de muchos actos obsesivos.
La acumulación compulsiva de cosas y el deshacerse de ellas se hace más
comprensible tan pronto como podemos reconocer con más claridad la naturaleza de
la ansiedad y los sentimientos de culpa que subyacen en el intercambio de
objetos en el nivel anal. En el análisis de juego, el tomar dar compulsivo
encuentra expresiones muy diversas. Tiene lugar junto con la ansiedad y culpa
como una reacción a las representaciones de actos de robo y destrucción. Por
ejemplo, los niños transferirán el todo o parte de los contenidos de una caja a
otra y las arreglarán allí con cuidado, conservándolas, con todo un despliegue
de ansiedad y -si son bastante grandes- contándolas una y otra vez una por una.
Las cantidades y contenidos son muy variados e incluyen: fósforos quemados,
cuyas cenizas el niño se ocupa a menudo de sacar, moldes de papel, lápices,
ladrillos para construcción, trozos de piolín, etcétera. Ellos representan todas
las cosas que el niño ha tomado del cuerpo de su madre: el pene de su padre,
niños, pedazos de materias fecales, orina, leche, etc. El niño puede comportarse
de la misma manera con anotadores, rompiendo las hojas y conservándolas
cuidadosamente en algún otro lugar. Como consecuencia de la ansiedad que surge,
poner de nuevo lo que simbólicamente ha tomado del cuerpo de su madre, a menudo
no satisface su compulsión de dar o, más bien, de restaurar. Se ve
constantemente impulsado de diversos modos para devolver más de lo que ha
tomado, y, sin embargo, al hacerlo sus tendencias sádicas primarias irrumpen de
continuo en sus tendencias reactivas.
Por ejemplo, mi pequeño paciente John, de 5 años, un niño muy neurótico,
desarrolló en este estadío de su análisis una manía de contar, síntoma que no
había sido notado porque es algo que sucede muy a menudo en esta edad. En su
análisis, acostumbraba marcar con cuidado la posición de los muñequitos y otros
juguetes sobre una hoja de papel, sobre la que los había colocado antes de
traspasarlos a otra hoja, pero no sólo quería saber exactamente dónde habían
estado antes para poder volverlos a colocar en su lugar idéntico, sino que
también deseaba contarlos muchas veces, para estar seguro del número de cosas
(por ejemplo, pedazos de heces, pene de su padre y niños) que había tomado (del
cuerpo de su madre) y que tenía que devolver. Mientras hacia esto me llamaba
estúpida y mala, y decía "uno no puede tomar 13 de 10 ó 7 de 2". Este miedo de
tener que devolver más de lo que poseía es típico en los niños y puede
explicarse en parte por la diferencia de tamaño entre ellos y las personas
adultas y en parte por lo inmenso de su sentimiento de culpa. Sienten que no
pueden devolver de su cuerpecito todo lo que han tomado del cuerpo de la madre,
que es tan grande en comparación; y el peso de su culpa que los reprocha sin
cesar de robar y destruir a su madre o padre, fortalece su creencia de no poder
nunca devolver bastante. El sentimiento de "no saber" que tienen a una edad muy
temprana, aumenta su ansiedad. Este es un tema que me gustaría volver a tratar
más adelante.
Muy a menudo los niños interrumpen sus representaciones de "devolver" por tener
que ir al baño a defecar. Otro pequeño paciente mío, también de 5 años,
acostumbraba ir al baño cuatro o cinco veces durante su hora en este estadío del
análisis. Cuando volvía, contaba obsesivamente, hasta llegar a números altos,
para convencerse de que poseía lo bastante para devolver lo que había robado.
Vista así su tendencia acumulativa de posesión anal-sádica, que parecería surgir
simplemente del placer de juntar para sí, presenta otro aspecto. Los análisis de
adultos me han demostrado también que el deseo de tener una suma de dinero
contante para cualquier contingencia, es un deseo de estar armado contra un
ataque por parte de la madre a la que ellos han robado, una madre que con
relativa frecuencia hacía mucho que había muerto. De esta manera podrían
devolverle lo que le habían robado. El miedo de ser despojado de los contenidos
de su cuerpo los impulsa a acumular continuamente más dinero para tener
reservas. Por ejemplo, después que John y yo estuvimos de acuerdo con que su
miedo de no poder devolver a su madre todas las materias fecales y niños que le
había robado lo obligaba a seguir cortando o robando cosas, me dio otras razones
por las que no podía restaurar todo lo que había tomado. Dijo que sus materias
fecales se habían fundido mientras tanto; que después de todo, aunque pasara
todo el tiempo haciendo y aun si tuviera que seguir y seguir haciendo más, nunca
podría hacer lo suficiente. Y además él no sabía si serían "bastante buenas".
Por "bastante buenas" quería decir, en primer lugar, igual en valor a lo que él
había robado del cuerpo de su madre (de ahí su cuidado en elegir las formas y
colores en estas escenas de restitución). Pero, en un sentido más profundo,
significaba algo inofensivo, libre de veneno. Por otra parte, su frecuente
constipación era debida a su necesidad de acumular sus heces y guardarlas dentro
para no estar vacío. Estas diversas tendencias en conflicto, de las que sólo he
mencionado unas cuantas, hacían surgir en él una grave ansiedad. Cuando
aumentaba su miedo por no poder producir la correcta cantidad de heces o no ser
capaz de reparar lo que había dañado, sus tendencias destructivas primarias
irrumpían una vez más con toda su fuerza y entonces desgarraba, quemaba las
cosas que había hecho cuando sus tendencias reactivas habían alcanzado el punto
culminante -la caja que había pegado y llenado y que representaba a su madre, o
el trozo de papel sobre el que había dibujado el plano de una ciudad- y su sed
de destrucción se volvía insaciable. Su comportamiento, al mismo tiempo,
presentó en todo su desarrollo el significado sádico primitivo de orinar y
defecar. El desgarrar, cortar y quemar papel, mojar cosas con agua, ensuciarías
con cenizas y garabatear con lápices, todas estas acciones tenían los mismos
propósitos destructivos. El mojar y el embadurnar significaban fundir, ahogar o
envenenar. El papel mojado apretado en bolillas, por ejemplo, representaba
especialmente proyectiles venenosos, a causa de que eran una mezcla de orina y
materia fecales. Los diversos detalles de sus representaciones demostraban que
el significado sádico ligado al orinar y defecar era la causa más profunda de su
sentimiento de culpa y la base de ese impulso de restituir que encontraba
expresión en sus mecanismos obsesivos.
El hecho de que un aumento de ansiedad lleve por regresión a mecanismos de
defensa de los primeros estadíos, demuestra qué fatal es la influencia ejercida
por el superyó abrumador y poderoso que acompaña este temprano período de
desarrollo. La presión ejercida por este primer superyó aumenta las fijaciones
sádicas del niño, con el resultado de que tiene que estar repitiendo
constantemente sus actos destructivos originarios de un modo compulsivo. Su
miedo de no poder colocar las cosas de nuevo correctamente hace surgir su miedo
más profundo de hallarse expuesto a la venganza de los objetos a los que en su
imaginación él ha matado, y que continúan volviendo, y pone en movimiento los
mecanismos de defensa que acompañan a los primeros estadíos, porque la persona
que no puede ser satisfecha y aplacada debe ser eliminada. El yo débil del niño
no puede estar en buenas relaciones con un superyó amenazador y salvaje, y no es
sino hasta que se ha alcanzado un estadío algo más avanzado que su ansiedad
también es sentida como sentimiento de. culpa y pone en movimiento los
mecanismos obsesivos. Uno se asombra al descubrir que en este período del
análisis, el niño, al obedecer a sus fantasías sádicas, no sólo está actuando
bajo una intensa presión de ansiedad, sino que el dominio de la ansiedad se ha
transformado en su mayor placer.
En cuanto la ansiedad del niño aumenta, su deseo de posesión se ensombrece por
su necesidad de poseer los medios necesarios para hacer frente a las amenazas de
su superyó y sus objetos y se vuelve un deseo de poder devolver. Pero este deseo
no puede ser satisfecho si su ansiedad y su conflicto son demasiado grandes, y
así vemos que el niño muy neurótico trabaja bajo una compulsión constante de
tomar, con la finalidad de poder dar. (Puede advertirse que este factor
psicológico participa en todas las perturbaciones funcionales de los intestinos
y, también, en muchos malestares corporales.) Recíprocamente, a medida que
disminuye la violencia de su ansiedad, sus tendencias reactivas pierden también
su carácter de violencia y compulsión y se hacen más estables en su aplicación,
haciendo sentir su efecto de modo más moderado y continuo y con menos
posibilidad de interrupción por parte de las tendencias destructivas. Y ahora la
idea del niño de que la restauración de su propia persona depende de la
restauración de sus objetos se hace más y más fuerte. Sus tendencias
destructivas, por cierto, no se han vuelto ineficaces, pero han perdido su
carácter de violencia y se han hecho más adaptables a las exigencias del
superyó. Y aunque entran dentro de las formaciones reactivas -en el segundo de
los dos estadíos sucesivos de que se compone el acto obsesivo-, admiten más
fácilmente la guía del superyó y del yo y están en libertad para perseguir
propósitos sancionados por aquellas instituciones.
Como sabemos, existe una íntima conexión entre los actos obsesivos y la
"omnipotencia de pensamiento". Freud ha puntualizado que las acciones primitivas
obsesivas de los salvajes son esencialmente de carácter mágico. Dice: "Si no son
mágicas, son por lo menos contramágicas, y tienen el propósito de defender la
expectativa del mal con el cual la neurosis suele empezar", y además "las
fórmulas de defensa de las neurosis obsesivas tienen su contraparte también en
los encantamientos mágicos. Al describir la evolución de las acciones obsesivas,
podemos advertir cómo ellas comienzan como magia, contra los malos deseos tan
alejadas como es posible de todo lo que sea sexual, para terminar como un
sustituto de actividades sexuales prohibidas que imitan con la mayor fidelidad
posible". De este modo vemos que los actos obsesivos son una contramagia, un
amparo contra los malos deseos (deseos de muerte) y, al mismo tiempo, contra los
actos sexuales.
Esperamos encontrar que estos elementos que se han unido en una acción
defensiva, estén también presentes en aquellas fantasías y hechos que han hecho
surgir un sentimiento de culpa y poner en movimiento esa acción defensiva. Una
mezcla de esta clase de magia, malos deseos y actividades sexuales se encontrará
después en una situación que ha sido descripta en detalle en el último capítulo,
las actividades masturbatorias de niños pequeños. Allí puntualicé que las
fantasías de masturbación que acompañan el comienzo del conflicto de Edipo
están, como el conflicto de Edipo mismo, completamente dominadas por los
instintos sádicos, que se centran alrededor de la copulación entre los padres y
que implican ataques sádicos contra ellos, y se hacen de este modo una de las
fuentes más profundas del sentimiento de culpa del niño. Y llegué a la
conclusión de que este sentimiento de culpa que surge de impulsos destructivos
dirigidos contra sus padres es el que hace de la masturbación, y el
comportamiento sexual en general, algo malo y prohibido para el niño, de modo
que su culpa está realmente ligada a sus instintos destructivos y no a los
libidinales e incestuosos. La fase en la cual, de acuerdo con mi punto de vista,
comienza el conflicto de Edipo y las fantasías de masturbación sádicas que lo
acompañan, es la fase del narcisismo, fase en la cual el sujeto tiene, para
citar a Freud, "una gran estimación de sus propios actos psíquicos, lo que desde
nuestro punto de vista es una sobreestimación de los mismos". Esta fase se
caracteriza por un sentimiento de omnipotencia por parte del niño por las
funciones de su intestino y vejiga y por la resultante creencia en la
omnipotencia de sus pensamientos. Como resultado de esto, se siente culpable a
causa de los múltiples asaltos sobre sus padres que realiza en su imaginación.
Este exceso de culpa que resulta de la creencia en la omnipotencia de sus
excrementos y pensamientos es, creo, uno de los factores que hacen que los
neuróticos y los primitivos retengan o regresen a sus sentimientos de
omnipotencia originarios. Cuando su sentimiento de culpa pone en movimiento
acciones obsesivas como defensa, emplean este sentimiento con el propósito de
hacer restituciones. Pero entonces tienen que sostenerlo de manera compulsiva y
exagerada porque es esencial que los actos de reparación que realizan estén
basados en la omnipotencia, así como lo estaban sus actos primitivos de
destrucción.
Freud ha dicho que "es difícil decidir si estos primeros actos obsesivos o de
defensa siguen el principio de la similitud o contraste, porque dentro del campo
de acción de la neurosis están por lo general deformados por su desplazamiento a
alguna acción pueril que es en sí misma completamente insignificante". Los
análisis tempranos dan una prueba completa del hecho de que los mecanismos
restitutivos se basan, últimamente, en este principio de similitud (o
contraste), en todos los puntos, tanto en grado como en naturaleza. Si un niño
ha retenido sentimientos de omnipotencia primarios muy fuertes en asociación con
fantasías sádicas, se sigue que tendrá que tener una creencia muy fuerte en la
omnipotencia creativa que lo debe ayudar para hacer restituciones. El análisis
de niños y adultos muestra muy claramente qué parte importante juega este factor
en promover o inhibir tal comportamiento constructivo y reactivo. El sentimiento
de omnipotencia del sujeto con respecto a su capacidad para hacer restitución no
es de modo alguno igual a su sentimiento de omnipotencia con respecto a su
capacidad de destruir; porque debemos recordar que estas formaciones reactivas
comienzan en un estadío de desarrollo del yo y de relación de objeto en el cual
su conocimiento de la realidad se encuentra en un estado mucho más avanzado.
Así, si bien un sentimiento de omnipotencia exagerado es una condición necesaria
para hacer restitución, su creencia en la posibilidad de hacerlo así estará en
desventaja desde el comienzo.
En algunos análisis he encontrado que el efecto inhibidor que resulta de esta
disparidad entre los poderes destructivos y los restitutivos estaba reforzada
por otro factor. Si el sadismo primario del paciente y su sentimiento de
omnipotencia habían sido excesivamente fuertes, sus tendencias reactivas eran
correspondientemente más poderosas y sus fantasías de restitución estaban
basadas en fantasías megalomaníacas de gran magnitud. En su imaginación infantil
la destrucción que él ha operado era algo único y gigantesco, y, por lo tanto,
la restitución que tenía que hacer debía también ser única y gigantesca. Esto,
en si, sería un impedimento suficiente para la realización o logro de sus
tendencias constructivas (aunque debe mencionarse que dos de mis pacientes
poseían sin duda dotes artísticas y creadoras poco comunes). Pero junto con
estas fantasías megalomaníacas tienen grandes dudas de si poseen la omnipotencia
necesaria para hacer restitución en esta escala. Como consecuencia tratan de
negar también su omnipotencia en sus actos de destrucción, pero toda indicación
de que están usando su omnipotencia en un sentido positivo sería prueba de
haberla usado en un sentido negativo, y por lo tanto, tiene que ser evitada
hasta que se pueda presentar una prueba absoluta de que su omnipotencia
constructiva contrabalancea completamente la opuesta.
En los dos casos de adultos que recuerdo, la actitud de "todo o nada" que
resultaba de estas tendencias en conflicto, los condujo a graves inhibiciones en
su capacidad para el trabajo, mientras que en uno o dos pacientes niños
contribuyó para inhibir gravemente la formación de sublimaciones.
Este mecanismo no parece ser típico de las neurosis obsesivas. Los pacientes en
los que he observado esto presentaban un cuadro clínico de tipo mixto, no uno
puramente obsesivo. En virtud del mecanismo de "desplazamiento a lo
insignificante", que juega una parte tan grande en esta neurosis, el paciente
obsesivo puede buscar en logros sin importancia una prueba de su omnipotencia
constructiva y de su éxito en hacer restitución completa. Las dudas que puede
tener sobre este punto son, en este caso, un incentivo importante para repetir
sus acciones de un modo obsesivo.
Es bien sabido el vinculo íntimo que existe entre los instintos de conocer y los
sádicos. Freud escribe: "el deseo de conocimiento en particular, ofrece a menudo
la impresión de que en realidad puede tomar el lugar del sadismo en el mecanismo
de la neurosis obsesiva". Por lo que he podido observar, la conexión entre ambos
se forma en un estadío muy temprano del desarrollo del yo, durante la fase de
máximo sadismo. En esta época los instintos de conocer del niño están activados
por su incipiente conflicto edípico, que comienza utilizando sus tendencias
oral-sádicas. Parece que su primer objeto es el interior del cuerpo de su madre,
que el niño considera antes que nada como un objeto de gratificación oral y
después como la escena donde tiene lugar el coito entre sus padres y el lugar
donde están situados los niños y el pene del padre. Al mismo tiempo que quiere
forzar su camino dentro del cuerpo de su madre para tomar posesión de sus
contenidos y destruirlos, quiere saber lo que allí pasa y cómo son las cosas. De
este modo su deseo de saber lo que hay en el interior de su cuerpo se asimila de
muchos modos con su deseo de forzar un camino hacia su interior, y uno de los
deseos refuerza y toma el lugar del otro. Así, los comienzos del deseo de saber
se ligan con las tendencias sádicas en su fuerza máxima, y es más fácil
comprender por qué este vínculo debe ser tan intimo y por qué el instinto de
conocer debe hacer surgir sentimientos de culpa en el individuo.
Vemos al niño pequeño oprimido por una multitud de preguntas y problemas para
los que su intelecto no está todavía capacitado. El reproche típico que el niño
hace contra su madre es, principalmente, el de que ella no contesta estas
preguntas, y del mismo modo que no ha satisfecho sus deseos orales tampoco
satisface su deseo de saber. Este reproche tiene una parte importante tanto en
el desarrollo del carácter del niño como en el de sus instintos de conocer.
Hasta dónde se retrotrae esta acusación puede verse en otro reproche,
íntimamente asociado al primero, que el niño hace habitualmente a su madre, el
de que no pudo entender lo que los mayores estaban diciendo o las palabras que
usaban; esta segunda queja debe referirse a una época anterior a su lenguaje.
Además, el niño liga una extraordinaria cantidad de afecto a estos dos
reproches, ya sea que aparezcan aislados o combinados; y en estos momentos
hablará en su análisis de tal manera que no sea posible comprenderlo y al mismo
tiempo reproducirá las reacciones de rabia que originariamente sintió al ser
incapaz de entender las palabras. No puede transformar en palabras las preguntas
que quiere formular, y no podrá comprender ninguna respuesta que sea dada en
palabras. Pero, en parte al menos, estas preguntas nunca han sido conscientes.
La desilusión a la cual está condenado este primer despertar del deseo de saber
en los estadíos tempranos del desarrollo del yo es, creo, la fuente más profunda
de los serios trastornos de este instinto en general. Hemos visto que en primer
lugar son los impulsos sádicos contra el cuerpo de la madre los que activan el
instinto de conocer del niño. Pero la ansiedad que pronto sigue como reacción a
tales impulsos proporciona otro ímpetu muy importante para el aumento e
intensificación de ese instinto. El afán que el niño siente por descubrir lo que
hay dentro del cuerpo de su madre y del suyo propio, está reforzado por su miedo
a los peligros que él supone que contiene el primero y también por el miedo a
los objetos peligrosos introyectados y a los acontecimientos dentro de sí mismo.
El conocimiento ahora es un medio de dominar la ansiedad; su deseo de saber se
convierte en factor importante tanto del desarrollo de sus instintos de conocer
como de su inhibición. La ansiedad desempeña aquí el mismo papel de agente
promotor y retardador, lo mismo que en el desarrollo de la libido. Hemos tenido
ocasión, en páginas anteriores, de discutir algunos ejemplos de graves
perturbaciones del instinto de conocer, y hemos visto cómo el terror del niño de
saber algo de la temible destrucción que ha infligido al cuerpo de su madre en
su imaginación y los consecuentes contraataques y peligros a que estaba
expuesto, era tan tremendo, que establece una perturbación radical de su deseo
de saber en general, de modo que su deseo originario intensamente fuerte e
insatisfecho de obtener información sobre la forma, tamaño y número de los penes
de su padre, excrementos y niños dentro de su madre, se ha transformado en una
necesidad de medir, agregar y contar cosas de modo compulsivo.
A medida que se fortifican los impulsos libidinales de los niños y que los
destructivos se debilitan, tienen lugar continuamente cambios cualitativos en su
superyó, y así se hace sentir más y más por el yo, como una influencia
admonitoria. Y, a medida que su ansiedad disminuye, sus mecanismos restitutivos
se hacen menos obsesivos y trabajan más regular y eficientemente y con mejores
resultados, y emergen más claramente las reacciones que reconocemos como
pertenecientes al estadío genital. Ese estadío estaría así caracterizado por el
hecho de que los elementos positivos han vencido las interacciones que tienen
lugar entre proyección e introyección y entre la formación del superyó y las
relaciones de objeto, que en mi opinión dominan todos los estadíos tempranos del
desarrollo del niño.
10. EL SIGNIFICADO DE LAS SITUACIONES TEMPRANAS DE ANSIEDAD EN EL DESARROLLO DEL
YO
Uno de los principales problemas del psicoanálisis es el de la ansiedad y sus
modificaciones. Las diversas enfermedades psiconeuróticas del ser humano surgen
de la mayor o menor capacidad para dominar la ansiedad. Pero junto a estos
métodos de modificar la ansiedad, que pueden considerarse patológicos, hay un
número de métodos normales que tienen una enorme importancia en el desarrollo
del yo. Son algunos de ellos los que consideraré en las siguientes páginas.
En los comienzos de su desarrollo el yo está sometido a la presión de las
tempranas situaciones de ansiedad. Como todavía es débil, está expuesto por una
parte a las violentas exigencias del ello y por la otra a las amenazas de un
cruel superyó, y tiene que ejercer sus poderes en toda su amplitud para
satisfacer a ambos. La descripción que Freud hace del yo: "una pobre criatura
sometida a tres amos y consecuentemente amenazada por tres diferentes peligros "
es especialmente verdadera tratándose del débil e inmaduro yo del niño pequeño,
cuya labor principal es dominar la presión de la ansiedad subyacente.
Aun los niños mas pequeños tratan de vencer en su juego las experiencias
desagradables. Freud describió cómo un niño pequeño de un año y medio quiso
resarcirse del acontecimiento doloroso de la temprana ausencia de su madre
arrojando un carretel de madera que estaba atado a un hilo de modo de hacerlo
desaparecer y aparecer una y otra vez. Freud reconoció en esta conducta una
función de general importancia en el juego del niño. Por su intermedio el niño
transforma las experiencias sufridas pasivamente en activas, y cambia el dolor
en placer, dando a estas experiencias primitivamente dolorosas un final feliz.
Los análisis tempranos muestran que en el juego el niño no sólo vence una
realidad dolorosa, sino que también domina sus miedos instintivos y los peligros
internos proyectándolos al mundo exterior.
El esfuerzo realizado por el yo al desplazar procesos intrapsíquicos al mundo
exterior y dejar que sigan su curso allí, está ligado a otra función mental que
Freud nos ha hecho conocer al tratar los sueños de neuróticos en relación con
los traumas que han sufrido. Dice: "estos sueños son intentos de restaurar,
desarrollando angustia, el control de estímulos cuya omisión ha llegado a ser la
causa de la neurosis traumática. Ellos nos suministran así una visión de una
función del aparato psíquico que, sin estar en contradicción con el principio
del placer, es, sin embargo, independiente de él y aparece siendo de un origen
más temprano que el propósito de obtener placer y evitar displacer". Me parece
que el esfuerzo siempre renovado del niño para dominar la ansiedad en sus juegos
también involucra "un control de estímulos por medio del desarrollo de
angustia". Un desplazamiento de esta clase de peligros internos e instintivos
hacia el mundo externo, capacita al niño no sólo para dominar mejor su miedo a
ellos, sino para prepararlo más completamente contra ellos.
El desplazamiento al mundo externo de la ansiedad del niño surgida de causas
intrapsíquicas -desplazamiento que va junto con la desviación al exterior de sus
instintos destructivos- tiene el efecto agregado de aumentar la importancia de
sus objetos, porque es en relación con aquellos objetos, que se movilizarán
ahora tanto sus impulsos destructivos como sus tendencias positivas y reactivas.
Así, sus objetos se transforman en una fuente de peligro para el niño, y, sin
embargo, siempre que sean bondadosos representan también un refugio contra la
ansiedad.
Además del alivio que produce permitiendo que los estímulos instintivos internos
sean tratados como si fueran estímulos externos, el mecanismo de proyección, al
desplazar la ansiedad en relación con los peligros internos al mundo externo,
trae ventajas adicionales. Los instintos de saber del niño, que junto a sus
impulsos sádicos se han dirigido al interior del cuerpo de la madre, son
intensificados por temor a los peligros y actos de destrucción que continúan
allí y dentro de él, y que no tiene medio de conocer. Pero cuando los peligros a
que está expuesto son reales y externos, es capaz de descubrir algo más acerca
de su naturaleza y saber si las medidas adoptadas contra ellos han tenido éxito;
y tiene así más posibilidades de vencerlos. Este modo de probar por medio de la
realidad, tan necesaria al niño, es un fuerte incentivo para el desarrollo de su
deseo de saber, así como para el de otros tipos de actividades. Pienso que
podemos decir que todas las actividades que ayudan al niño a defenderse del
peligro, que refutan sus miedos y que le permiten restituir el objeto, tienen
por propósito dominar la ansiedad en relación tanto a peligros internos como
externos, reales o imaginarios, no menos que las primeras manifestaciones de su
impulso a jugar.
Como resultado de la interacción de introyección y proyección -proceso que
corresponde a la interacción de la formación del superyó y las relaciones de
objeto-, el niño encuentra una refutación de sus temores en el mundo externo y
al mismo tiempo disminuye su ansiedad por la introyección de los "buenos"
objetos reales. Desde que la presencia y amor de sus objetos reales le ayudan
también a disminuir el miedo a sus objetos introyectados y sus sentimientos de
culpa, su miedo a los peligros internos aumenta su fijación a la madre y aumenta
su necesidad de amor y de ayuda. Freud ha explicado que estas expresiones de
ansiedad en niños pequeños, que nos son inteligibles, tienen últimamente una
sola causa -"la ausencia de la persona amada o deseada"-, y remonta esta
ansiedad a estadíos en que el individuo inmaduro dependía enteramente de su
madre. Estar solo, sin la persona amada o deseada, experimentar una pérdida de
amor o una pérdida de objeto como peligro, tener miedo de estar en la oscuridad
solo o con una persona desconocida, son según mi experiencia formas modificadas
de las tempranas situaciones de ansiedad, es decir, del temor de los niños
pequeños a los peligrosos objetos internalizados o externos. En un estadío más
tardío del desarrollo se agrega a este miedo del objeto el miedo por el objeto,
y el niño teme entonces que su madre muera como consecuencia de sus ataques
imaginarios contra ella y quedar abandonado y desamparado. Freud dice con
respecto a esto: "el niño pequeño no puede todavía distinguir entre ausencia
temporaria y pérdida permanente. Cuando su madre no aparece él se comporta como
si fuera a no volver a verla nunca; y sólo experiencias repetidas le enseñan que
las desapariciones de esta índole son seguidas de un retorno seguro".
De acuerdo con mis observaciones, la razón por la cual el niño necesita tener
siempre a la madre junto a sí, es no sólo para convencerse de que ella no muere,
sino de que ella no es una madre "mala" que lo ataca. Requiere la presencia de
un objeto real para combatir el miedo a los aterradores objetos introyectados y
a su superyó. A medida que avanza su relación con la realidad el niño hace un
uso creciente de sus relaciones con los objetos y sus actividades varias y
sublimaciones como puntos de apoyo contra el miedo a su superyó y a sus impulsos
destructivos. Ya se ha dicho que la ansiedad estimula el desarrollo del yo. Lo
que sucede es que en sus esfuerzos por dominar la ansiedad, el yo del niño hace
que vengan en su ayuda sus relaciones con los objetos y con la realidad. Estos
esfuerzos son, por lo tanto, de fundamental importancia para la adaptación del
niño a la realidad y para el desarrollo de su yo.
El superyó del niño pequeño y los objetos no son idénticos; pero está
continuamente tratando de hacerlos intercambiables, en parte para disminuir el
temor a su superyó, y en parte para estar mejor capacitado para cumplir con los
requerimientos de sus objetos reales, los que no coinciden con las exigencias
fantásticas de los objetos introyectados. Vemos así que en la cima del conflicto
entre el superyó y el ello y de la oposición entre los distintos requerimientos
hechos por el superyó, tal como está compuesto por diferentes imagos que se han
formado en el curso del desarrollo, el yo del niño pequeño está abrumado por
estas diferencias entre los standards de su superyó y los standards de sus
objetos reales, con el resultado de que está vacilando constantemente entre sus
objetos introyectados y los reales, entre su mundo de fantasía y el de la
realidad.
El intento de conseguir un ajuste entre el superyó y el ello no puede ser
exitoso en la primera infancia, porque las exigencias del ello y la
correspondiente severidad del superyó absorben toda la energía del yo. Cuando al
comienzo del período de latencia el desarrollo de la libido y la formación del
superyó se han completado, el yo es más fuerte y puede enfrentar la tarea de
realizar un ajuste con una base más amplia entre los factores diferentes. El yo
fortalecido se une con el superyó en la construcción de un standard común que
incluye sobre todo el sometimiento del ello y su adaptación a las exigencias de
los objetos reales y del mundo externo. En este período de su desarrollo, el
ideal del yo del niño es el chico "bueno", bien educado, que satisface a sus
padres y maestros. Esta estabilización, sin embargo, es quebrada en el período
anterior a la pubertad y especialmente en la pubertad misma.
El resurgimiento de la libido que tiene lugar en este período aumenta las
exigencias del ello, aunque a la par aumenta la presión del superyó. El yo es
presionado una vez más y se enfrenta con la necesidad de llegar a un nuevo
ajuste, porque el viejo ha fracasado y los impulsos instintivos no pueden ser
mantenidos y reprimidos como antes. La ansiedad del niño está aumentada porque
sus instintos pueden abrirse camino más fácilmente en la realidad y con
consecuencias más serias que en la primera infancia.
El yo, de acuerdo con el superyó, por lo tanto, instala su nuevo standard. Es
decir, que el individuo debe liberarse de los objetos de amor originarios. Vemos
que a menudo el adolescente está reñido con su medio circundante y busca siempre
objetos nuevos. Tal necesidad armoniza una vez más con la realidad, la que
impone obligaciones diferentes y más importantes en esa edad; y en el curso
posterior de su desarrollo, esta fuga de sus objetos originarios lo conduce a un
alejamiento parcial de los objetos personales en general y a la sustitución de
principios e ideales.
La estabilización final del individuo no se logra hasta que ha pasado la
pubertad. Al terminar este período su yo y superyó pueden trabajar juntos
creando standards adultos. En vez de depender del medio circundante, el
individuo se adapta a un mundo más amplio y reconoce sus exigencias, pero como
algo que corresponde más a sus standards autoimpuestos internos e
independientes, que ya no muestran signos evidentes de haberse originado por sus
objetos. Un ajuste de esta clase se basa en el reconocimiento de una nueva
realidad y se logra con la ayuda de un yo más fuerte. Y una vez más, como en el
primer período de expansión de su vida sexual, la presión que surge de la
amenazante situación creada por las exageradas exigencias del ello por una parte
y del superyó por la otra, contribuyen con mucho al fortalecimiento del yo. Por
el contrario, el efecto inhibidor de tal presión se observa en la nueva
limitación de su personalidad, por lo general permanente, que lo domina en la
terminación de este período. La ampliación de su vida imaginativa, que acompaña,
aunque en menor grado que en el primer período de la niñez, esta segunda
aparición de su sexualidad es una vez más por lo general severamente restringida
al final de la pubertad. Tenemos ahora el adulto "normal".
Otro punto. Hemos visto que en la primera niñez el superyó y el ello no pueden
reconciliarse el uno con el otro. En el período de latencia se consigue la
estabilidad cuando el yo y el superyó se unen en prosecución de un fin común. En
la pubertad se crea una situación similar al primer período y está seguida una
vez más por una estabilización mental del individuo. Ya hemos discutido las
diferencias existentes entre estas dos clases de estabilización y podemos ver
ahora lo que tienen de común. En ambos casos el ajuste se alcanza por el acuerdo
entre el yo y el superyó sobre un standard común y el establecimiento de un
ideal del yo que tiene en cuenta las demandas de la realidad.
En los primeros capítulos de este libro he tratado de mostrar que el desarrollo
del superyó cesa junto con el de la libido al comienzo del período de latencia.
Querría ahora recalcar como un punto de importancia capital que lo que debemos
considerar en los distintos estadíos que siguen a la declinación del complejo de
Edipo, no son cambios en el superyó sino un desarrollo del yo que involucra una
consolidación del superyó. El proceso general de estabilización que ocurre en el
niño durante el período de latencia se efectúa, creo, no por una alteración real
del superyó sino por el hecho de que su yo y superyó persiguen el fin común de
lograr una adaptación al ambiente y adoptar ideales del yo pertenecientes a ese
medio ambiente. Debemos ahora pasar de la discusión del desarrollo del yo a
considerar cómo se produce este proceso en relación con el dominio de las
situaciones de ansiedad que han sido señaladas como uno de los factores
esenciales para que se produzca.
He dicho que la actividad de juego en el niño pequeño, al constituir un puente
entre fantasía y realidad, le ayuda a dominar sus temores a los peligros del
mundo interno y externo. Tomaremos el juego típico de las niñas pequeñas: "jugar
a la madre". El análisis de niñas normales muestra que estos juegos, junto al
cumplimiento de deseos, contienen las más profundas ansiedades correspondientes
a las situaciones tempranas de ansiedad, y que detrás de este repetido deseo de
la niña de tener más hijas -las muñecas-, yace una necesidad de consuelo, y de
aliento. La posesión de sus muñecas es una prueba de que su madre no le ha
robado los niños, de que su cuerpo no ha sido destruido por ella y de que será
capaz de tener niños. Además, criando y vistiendo sus muñecas, con las que se
identifica ella misma, tiene pruebas de que su madre la ama, y disminuye su
miedo a ser abandonada y quedar sin hogar y sin madre. Este propósito también
sirve, en cierto modo, para otros juegos realizados por niños de ambos sexos,
como, por ejemplo, juegos de amueblar casas y viajes. Estos juegos surgen del
deseo de encontrar un nuevo hogar, es decir, de redescubrir a la madre.
Un juego típico de los niños donde se ven bastante claramente los componentes
masculinos es el juego de los carros, caballos y trenes. Simbolizan forjar un
camino hacia el cuerpo de la madre. En estos juegos los chicos efectúan, una y
otra vez, y con muchísimas variantes, escenas de lucha con el padre dentro de la
madre y de copulación con ella. La valentía, habilidad y astucia con la que se
defienden a si mismos de sus enemigos en sus juegos de lucha, les asegura que
pueden combatir con éxito contra su padre castrador, y disminuye así el temor
que le tienen. Por este medio y representándose a sí mismo, repetidas veces,
copulando con su madre de varias maneras y mostrando su valentía en ello, el
chico trata de demostrarse que posee un pene y potencia sexual, dos cosas cuya
pérdida le ha hecho esperar sus profundas situaciones de ansiedad. Y desde que
junto con sus tendencias agresivas surgen sus tendencias de restauración hacia
la madre en estos juegos, se prueba también a si mismo que su pene no es
destructivo, y en este sentido alivia su sentimiento de culpa.
El profundo placer que obtienen del juego los niños no inhibidos en el juego,
procede no sólo de la gratificación por el cumplimiento de sus deseos, sino
también del dominio de la ansiedad que el juego le ayuda a lograr. Pero en mi
opinión no es meramente cuestión de dos funciones diferentes que se realizan
juntas, lo que ocurre es que el yo emplea todos los mecanismos de cumplimiento
de deseos también con el propósito de dominar la ansiedad. Así, por un
complicado proceso en el que se utilizan todas las fuerzas del yo, el juego de
los niños efectúa una transformación de la ansiedad en placer. Examinaré después
cómo este proceso fundamental afecta la economía de la vida mental y del
desarrollo del yo del adulto.
No obstante, en lo que concierne a los niños pequeños, el yo sólo parcialmente
puede lograr su fin de dominar la ansiedad por medio del juego. Sus juegos no le
ayudan completamente a vencer su miedo a los peligros internos. La ansiedad
opera siempre en ellos. Mientras es latente opera como una impulsión a jugar,
pero tan pronto como se hace manifiesta pone fin al juego.
Al comenzar el período de latencia el niño domina mejor su ansiedad y muestra al
mismo tiempo una mayor capacidad para cumplir los requerimientos de la realidad.
Por otra parte, sus juegos pierden contenido imaginativo, y, gradualmente, toma
su lugar el trabajo escolar. La preocupación del niño con las letras del
alfabeto, números y dibujos, que tiene al principio el carácter de juego,
reemplaza ampliamente el juego con juguetes. Su interés por el modo en que se
combinan las letras, lograr bien su forma y ordenación y hacerlas de igual
tamaño, y su satisfacción cuando logra exactitud en cada uno de estos detalles,
todo surge de las mismas causas internas, como su anterior actividad
constructiva de hacer casas y jugar con muñecas. Un cuaderno lindo y ordenado
tiene el mismo significado simbólico para la niña que la casa y el hogar, es
decir, el de un cuerpo saludable e ileso. Las letras y los números representan
para ella a los padres, hermanos y hermanas, niños, genitales y excrementos, y
son vehículos para sus tendencias agresivas originarias tanto como para las
tendencias reactivas. La refutación de sus temores, que antes obtenía por el
juego con muñecas y el amoblamiento de casas, lo consigue ahora mediante una
actividad escolar exitosa. El análisis de niños en este período muestra que no
sólo cada detalle de su trabajo escolar, sino todas las diversas actividades
manuales, dibujos, etc., son utilizadas en su imaginación para restaurar sus
propios genitales y su cuerpo tanto como el cuerpo de su madre y sus contenidos,
el pene del padre, sus hermanos y hermanas, etc. Del mismo modo, cada artículo
propio o de la vestimenta de sus muñecas (cuellos, puños, echarpes, pulseras,
gorras, medias, cinturón, zapatos) tiene un significado simbólico.
En el curso normal del desarrollo el cuidado que el niño prodiga al "dibujo" de
letras o números equivale al que el adulto normal otorga a sus trabajos
intelectuales. Pero aun así, su satisfacción en dichos trabajos depende en gran
parte de la apreciación que reciben de las personas de su medio circundante; es
un medio de lograr la aprobación de los mayores. En el período de latencia vemos
por esto que el niño encuentra una refutación de sus situaciones de peligro en
gran parte, en el amor y aprobación de sus objetos reales, y que da una
importancia exagerada a estos objetos y a su mundo real.
En el varón, escribir es la expresión de sus componentes masculinos. Su
habilidad para escribir palabras y el golpe de su pluma con el que forma las
letras representan la realización activa de un coito y son una prueba de su
posesión de un pene y de su potencia sexual. Libros y cuadernos representan los
genitales o cuerpo de su madre y hermana. Para un niño de seis años, por
ejemplo, la letra L representaba un hombre sobre un caballo (él mismo y su pene)
cabalgando a través de una arcada (los genitales de su madre); la I era su pene
y él mismo; la E los genitales de la madre y ella misma, y la IE la unión de los
dos en el coito. Las fantasías de copulación activa de los varones se evidencian
en juegos activos y en los deportes, y vemos expresarse las mismas fantasías
tanto en los detalles de esos juegos como en sus lecciones. El deseo del varón
de sobrepasar a sus rivales y de obtener seguridad contra el peligro de ser
castrado por el padre -conducta que corresponde al modo masculino de proceder
con las situaciones de ansiedad y que son de importancia mayor más tarde en la
pubertad- aparecen ya cuando está todavía en el período de latencia. En general,
el varón depende menos que la niña de la aprobación de su medio aun en este
período, y un trabajo realizado sin otro interés que el del trabajo mismo juega
una mayor parte en su vida psicológica que en la de las niñas.
He descrito la estabilización que se produce en el período de latencia, fundada
sobre una adaptación a la realidad efectuada por el yo de acuerdo con el
superyó. El logro de dicho fin depende de la acción combinada de todas las
fuerzas ocupadas en sujetar y coartar los instintos del ello. Es aquí que el
niño comienza a luchar por romper con el hábito de la masturbación, lucha ésta,
que, dice Freud, "reclama gran parte de sus energías" durante el período de
latencia, y que está dirigida también contra sus fantasías de masturbación. Y
estas fantasías, como hemos visto repetidas veces, no sólo entran en todos los
juegos del niño, sino también en sus actividades de aprendizaje y en todas las
futuras sublimaciones.
La razón por la cual en el período de latencia el niño se encuentra con una gran
necesidad de aprobación de sus objetos es porque necesita disminuir la oposición
de su superyó (que en este período tiende a adaptarse a los objetos) a sus
fantasías desexualizadas de masturbación. Así, en este período tiene que cumplir
los siguientes requerimientos: por una parte, renunciar a la masturbación y
reprimir sus fantasías de masturbación, y por otra parte, efectuar con éxito y a
satisfacción de los mayores estas mismas fantasías de masturbación en su forma
desexualizada de intereses y actividades diarias; porque sólo con la ayuda de
sublimaciones satisfactorias podrá procurar la refutación comprensiva de sus
situaciones de ansiedad que necesita su yo. Del éxito con que escape de este
dilema dependerá la estabilización en el período de latencia. No logra dominio
de la ansiedad hasta que obtiene la aprobación de los que ejercen la autoridad;
sin embargo, a menos que haya obtenido esa aprobación no puede proceder a
realizar la prueba.
Esta breve reseña de este ampliamente ramificado y profundo proceso de
desarrollo es necesariamente esquemática. En realidad, los límites entre el niño
normal y el neurótico no están claramente delineados durante el período de
latencia. El niño neurótico puede ser un buen escolar, y no es siempre el niño
normal el que tiene más deseo de aprender, desde que a menudo tiene que refutar
sus situaciones de ansiedad en otros sentidos, por ejemplo realizando proezas
físicas. En el período de latencia a menudo en la niña normal domina la ansiedad
de un modo masculino y el niño puede aun ser descripto como normal aunque elija
modos de conducta más pasivos y femeninos con el mismo propósito.
Freud nos ha hecho notar los ceremoniales típicos del período de latencia y que
son el resultado de las luchas del niño contra la masturbación. Dice que este
período "está además marcado por el surgimiento de barreras éticas y estéticas
dentro del yo" y que "las formaciones reactivas de los neuróticos obsesivos son
sólo exageraciones de las formaciones normales de carácter". En niños en el
período de latencia no es fácil delimitar la línea de demarcación entre
reacciones obsesivas y el desarrollo caracterológico que en el niño normal
espera su medio ambiente educativo, excepto en los casos extremos.
Se recordará que señalé que el punto de partida de la neurosis obsesiva se sitúa
en la temprana infancia. Pero he dicho que en este período sólo se desarrollan
rasgos obsesivos aislados. Esto no se organiza en general bajo la forma de
neurosis obsesiva sino hasta el período de latencia. Esta sistematización de los
rasgos obsesivos, que va junto con una consolidación del superyó y un
fortalecimiento del yo, es efectuada por el superyó y el yo sobre la base de la
erección de un standard común, que mantenido por ambas instituciones es la llave
de su poder sobre ello; y aunque la supresión de los instintos del niño es
emprendida a instancias de sus objetos y realizada en gran parte por medio de
mecanismos obsesivos, no logrará éxito si todos los factores opuestos al ello no
actúan de acuerdo. En este amplio proceso de organización, el yo manifiesta lo
que Freud ha llamado "inclinación a realizar síntesis''.
Así, en el período de latencia los requerimientos del yo, superyó y objetos del
niño están unidos y encuentran una satisfacción común en la neurosis obsesiva.
Una razón por la cual el fuerte rechazo usualmente manifestado por los adultos
ante los afectos del niño tiene tanto éxito es que este rechazo responde en esta
edad a los propios requerimientos internos. A menudo encontramos en análisis que
a los niños se les hace sufrir y se les crea conflictos en su mente porque los
que se encargan de ellos se han identificado (ellos mismos) exageradamente con
la mala conducta del niño y sus tendencias agresivas. Porque su yo sólo se
sentirá capaz de la tarea de reprimir al ello y oponerle impulsos prohibitivos
siempre que los mayores lo ayuden en sus esfuerzos. El niño necesita recibir
prohibiciones desde fuera, porque éstas prestan ayuda a las prohibiciones desde
dentro. Necesita, en otras palabras, tener representantes de su superyó en el
mundo externo. Esta dependencia de los objetos para poder dominar la ansiedad es
más fuerte en el período de latencia que en ninguna otra fase de su desarrollo.
Más aun me parece que un definido requisito previo para una exitosa transición
al período de latencia, es que el dominio de la ansiedad en el niño se apoye
sobre las relaciones de objeto y su adaptación a la realidad.
No obstante, es necesario para la futura estabilidad del niño que este mecanismo
de dominar la ansiedad no predomine en exceso. Si los intereses y conquistas del
niño y otras gratificaciones están dedicadas demasiado completamente a tratar de
ganar el amor y el reconocimiento de sus objetos, esto es, si sus relaciones de
objeto son predominantemente medios de dominar la ansiedad y aliviar sus
sentimientos de culpa, la salud mental de los años futuros no reposa en suelo
firme. Si es menos dependiente de sus objetos y si los intereses y logros por
medio de los cuales domina la ansiedad y alivia sus sentimientos de culpa son
hechos sin ningún interés ulterior y le proporcionan interés y placer por si
mismos, su ansiedad sufrirá una mejor modificación y una más amplia
distribución, esto es, quedará disminuida. Cuando la ansiedad ha sido reducida
así, aumenta su capacidad para obtener gratificaciones libidinales, y ésta es
una precondición para el dominio exitoso de la ansiedad. La ansiedad sólo puede
ser dominada cuando el superyó y el ello han llegado a un acuerdo satisfactorio
y el yo ha logrado un grado suficiente de fortaleza.
Puesto que la fortaleza mental que el niño normal logra de sus relaciones de
objeto es tan grande en el período de latencia, no siempre podemos descubrir a
su debido tiempo esos casos frecuentes en los que dependen demasiado de las
mismas. Pero en la pubertad podemos hacerlo fácilmente porque el niño ahora no
podrá dominar su ansiedad si su principal medio de lograrlo es su dependencia de
los objetos. A esto se debe en parte que ciertas enfermedades psicóticas no se
manifiesten hasta la terminación de la infancia, durante o después de la
pubertad. Pero si hacemos que nuestro criterio de la salud no sólo dependa de la
adaptación a los standards de ese período de desarrollo, sino también de la
fuerza del yo basada en una disminución de la severidad del superyó y un mayor
grado de libertad instintiva, no correremos el riesgo de valorar en demasía el
factor de adaptabilidad en el período de latencia como indicio de buen
desarrollo y futuro bienestar mental real del niño.
Freud dice que la pubertad "marca un período decisivo en el desarrollo de la
neurosis obsesiva'' y que en esa época "los impulsos agresivos de la primera
infancia despiertan nuevamente por una parte, y por la otra, una mayor o menor
proporción de los impulsos libidinales -en el peor de los casos el total de
ellos- son impelidos a tomar el camino predestinado de la regresión y reaparecer
como impulsos agresivos y destructivos. Debido al disfraz de los impulsos
eróticos y a poderosas formaciones reactivas del yo, la lucha contra la
sexualidad se continúa ahora bajo la forma de problema ético".
En el muchacho, la aparición de una nueva imago paterna idealizada y de nuevos
principios, junto con el aumento de demandas que el niño hace a sí mismo, le
ayudan a alejarse de sus objetos originarios. Esto da por resultado que es más
capaz de retomar su originaria posición de afecto al padre y aumentarla y que
corre menos riesgo de chocar con él. Esto ocurre al mismo tiempo que una
división de la imago paterna. Puede entonces admirar y amar la imago paterna
exaltada y dirigir los fuertes sentimientos de odio que en este período de su
desarrollo tiene, contra la imago paterna mala, a menudo representada por el
padre real o por un sustituto, tal como un maestro. En su relación con la imago
admirada él puede satisfacerse, ya que posee un padre poderoso y útil y puede
también identificarse con él y fortificar así su creencia en su propia capacidad
constructiva y en su potencia sexual, mientras que en su relación agresiva con
la imago odiada se prueba a sí mismo que él es capaz de rivalizar con el padre y
que no debe temer ser castrado por él.
Es aquí cuando sus actividades y logros entran en acción. Utiliza logros, tanto
en el campo físico como mental, que exigen coraje, resistencia, fuerza,
iniciativa, para probarse a sí mismo -entre otras cosas- que la castración que
tanto temió no se efectuó en él y que no es impotente. Sus hazañas gratifican
también sus tendencias reactivas y alivian su sentimiento de culpa. Ellas le
muestran que sus capacidades constructivas sobrepasan sus tendencias
destructivas y representan la reparación hecha a los objetos. Estas seguridades
aumentan la gratificación que obtiene de las mismas. El alivio de la ansiedad y
del sentimiento de culpa, que en el período de latencia vino de la exitosa
prosecución de sus actividades en la medida en que eran hechas de un modo
egosintónico con la aprobación de su mundo externo, deben en la pubertad
provenir más ampliamente del valor que tienen para él dichas realizaciones y
hazañas en sí mismas.
Haremos ahora unas breves consideraciones sobre cómo trata la niña estas
situaciones de ansiedad durante la pubertad. En esta edad normalmente mantiene
los objetivos del período de latencia y el modo de dominar la ansiedad
perteneciente a dicho período con más fuerza que el niño. Muy a menudo también
adopta la actitud masculina para dominar la ansiedad. Veremos en el próximo
capítulo por qué es más fácil para ella establecer la posición femenina que para
el varón la masculina. El establecimiento de standards e ideales que se origina
en el varón durante la pubertad juega una parte importante también en su
desarrollo, pero toma una forma más subjetiva y personal y la niña hace menos
acopio de principios abstractos. Su deseo de agradar a sus objetos se extiende
también a sus ocupaciones mentales y juega una parte en sus más altas hazañas
intelectuales. Su actitud frente al trabajo, siempre que no estén involucrados
predominantemente los componentes masculinos, está en armonía con su actitud
frente a su propio cuerpo, y sus actividades en relación con estos dos intereses
se dirigen en gran parte al manejo de sus situaciones de ansiedad específica. Un
cuerpo hermoso o un trabajo perfecto proporcionan a la niña en crecimiento la
misma contraprueba que necesitó cuando era pequeña, a saber, que el interior de
su cuerpo no ha sido destruido por la madre y que no han sacado sus niños de
dentro de él. Como mujer, su relación con el niño, que a menudo toma el lugar de
la relación con el trabajo, es una gran ayuda en su manejo de la ansiedad.
Tenerlo, cuidarlo y observar su crecimiento y adelantos le proporciona,
exactamente como en el caso de las niñas pequeñas y sus muñecas, pruebas
renovadas de que su posesión del niño no está en peligro y sirve para aliviar su
sentimiento de culpa. Las situaciones de peligro, grandes o pequeñas, con las
que debe enfrentarse en el proceso de educar a sus hijos sirven, si las cosas
van bien, para proporcionar una eficaz refutación a su ansiedad. Del mismo modo
su relación con la casa, que es el equivalente de su propio cuerpo, tiene una
importancia especial en el modo femenino de dominar la ansiedad, y tiene además
otra y más directa conexión con sus situaciones tempranas de ansiedad. Como
vimos, la rivalidad de la niña pequeña con su madre encuentra expresión, entre
otras cosas, en fantasías de echarla y tomar su lugar como ama de casa. Una
parte importante de esta situación de ansiedad para los niños de ambos sexos,
pero más especialmente para la niña, consiste en el miedo a ser echados de la
casa y quedar abandonados y sin hogar. Su satisfacción por su propia casa está
siempre basada, en parte, en su valor de refutación a este elemento de su
situación de ansiedad. Es indispensable para la normal estabilización de la
mujer, que sus niños, trabajo, actividades y cuidado y adorno de su persona y
hogar le suministren una refutación completa de sus situaciones de peligro. Su
relación con el hombre, además, está ampliamente determinada por su necesidad de
tranquilizarse a sí misma a través de la admiración que despierta su cuerpo
intacto. Su narcisismo por eso juega una gran parte en el dominio de su
ansiedad. Es un resultado del modo femenino de dominar la ansiedad que la mujer
dependa mucho más del amor y de la aprobación del hombre -y de los objetos en
general- que el hombre de la mujer. Pero el hombre también busca en sus
relaciones amorosas una tranquilización de su ansiedad, que contribuye en gran
parte a la satisfacción sexual que obtiene de ella.
El proceso normal de dominio de la ansiedad parece estar condicionado por cierto
número de factores, en el cual los métodos específicos empleados actúan en
conjunción con elementos cuantitativos, tales como cantidad de sadismo y
ansiedad presentes, y grado de capacidad poseído por el yo para tolerar la
ansiedad. Si estos factores interactuantes logran un cierto optimum, sucede que
el individuo es capaz de modificar con bastante éxito aun grandes cantidades de
ansiedad, de desarrollar su yo satisfactoriamente y aun más que lo común, y
lograr salud mental. Las condiciones bajo las cuales puede dominar la ansiedad
son tan específicas como las condiciones bajo las cuales puede amar, y ambas
están, hasta donde he podido ver, íntimamente ligadas. En algunos casos, que se
ven típicamente en la pubertad, la condición para dominar la ansiedad es que el
individuo se encuentre con situaciones especialmente difíciles, tales como las
que hacen surgir un miedo intenso; en otros es que evite tanto como pueda, y en
circunstancias extremas de un modo fóbico, todas estas circunstancias. Entre
estos dos extremos se sitúa lo que podemos considerar como una impulsión normal
a obtener placer del vencí-miento de las situaciones de ansiedad que están
asociadas con una ansiedad ni excesiva ni demasiado directa (y por lo tanto
mejor repartida).
En este capítulo he tratado de demostrar que todas las actividades, intereses y
sublimaciones del individuo también sirven para dominar su ansiedad y aliviar su
culpa, y el motivo que las impulsa es no sólo gratificar sus impulsos agresivos
sino restituir los daños realizados contra el objeto y reparar su propio cuerpo
y sus genitales. También hemos visto que en estadíos muy tempranos de su
desarrollo su sentimiento de omnipotencia se pone al servicio de sus impulsos
destructivos. Cuando sus formaciones reactivas comienzan a actuar, este sentido
de omnipotencia negativa y destructiva lo obligan a creer en su omnipotencia
constructiva, y cuanto más fuerte ha sido su sentimiento de omnipotencia sádica,
más fuerte tendrá que ser ahora su sentimiento de omnipotencia positiva para
hacerlo capaz de abordar los requerimientos de su superyó con respecto a las
reparaciones. Si la reparación requerida necesita un fuerte sentimiento de
omnipotencia constructiva -como, por ejemplo, que lleve a cabo una reparación
completa frente a los padres, hermanos y hermanas, etc., y por desplazamiento, a
otros objetos y aun al mundo entero-, entonces, el que realice grandes cosas en
la vida, y el que el desarrollo de su yo y de su vida sexual sea exitoso, o que
caiga víctima de severas inhibiciones, dependerá en parte de la fortaleza de su
yo y del grado de su adaptación a la realidad, que regula sus requerimientos
imaginarios, y en parte de que las tareas que se le han impuesto no sean
demasiado estrictas o también de que la discrepancia entre su omnipotencia
constructiva y destructiva no exceda un cierto límite.
Recapitulando lo dicho: he tratado de explicar algo del complicado proceso, que
compromete todas las energías del individuo, por medio del cual el yo intenta
dominar su situación de ansiedad infantil. El éxito en este proceso es de
fundamental importancia para el desarrollo del yo y un factor decisivo en la
seguridad de su salud mental. En una persona normal es esta múltiple
tranquilización contra su ansiedad -seguridad que es constantemente renovada y
fluye de muchas fuentes, que deriva de sus actividades e intereses, de sus
relaciones sociales y de sus gratificaciones eróticas- la que la hace capaz de
dejar atrás sus situaciones de ansiedad originaria y distribuir y debilitar toda
la potencia del impacto que tienen sobre él.
Finalmente, debemos examinar la similitud entre la explicación dada en estas
páginas sobre el método normal de tratar las situaciones de ansiedad con los
puntos de vista de Freud al respecto. En Inhibición, síntoma y angustia, dice:
"Durante el curso del desarrollo a la madurez, las condiciones de ansiedad deben
haber sido abandonadas y las situaciones de peligro deben haber perdido su
importancia". Esta afirmación es calificada por sus observaciones siguientes.
Dice: "Además, algunas de estas situaciones de ansiedad logran sobrevivir hasta
períodos posteriores modificando sus condiciones de ansiedad de modo que se
adapten a las circunstancias de la vida futura". Creo que mi teoría de la
modificación de la ansiedad nos ayuda a comprender de qué medios se vale la
persona normal para deshacerse de sus situaciones de ansiedad, y modificar las
condiciones bajo las cuales siente ansiedad. Mis observaciones analíticas me han
llevado a pensar que aunque el individuo normal logre una gran modificación de
sus situaciones de ansiedad no llega nunca a abandonarlas totalmente. En
realidad, es verdad que esas situaciones de ansiedad no tienen efectos directos
sobre él, pero tales efectos volverán a aparecer en ciertas circunstancias. Si a
una persona normal se la coloca en una situación de gran esfuerzo interno o
externo, o si se enferma o fracasa de algún modo, podemos observar en ella la
acción completa y acabada de sus más profundas situaciones de ansiedad.
Entonces, puesto que cualquier persona sana puede sucumbir a una enfermedad
neurótica, se sigue que nunca puede abandonar completamente sus antiguas
situaciones de ansiedad.
Las siguientes observaciones de Freud parecerían confirmar esta opinión. En el
pasaje citado dice: "El neurótico difiere del normal en que exagera sus
reacciones a estos peligros. Aun el hecho de que uno sea adulto no ofrece
completa protección contra la vuelta de la situación traumática originaria; para
cada uno debe haber un límite más allá del cual su aparato mental está
imposibilitado de dominar las cantidades de excitación que exigen descarga".
11. LOS EFECTOS DE LAS SITUACIONES TEMPRANAS DE ANSIEDAD SOBRE EL DESARROLLO
SEXUAL DE LA NIÑA
La investigación psicoanalítica ha arrojado mucha menos luz sobre la psicología
de la mujer que sobre la del hombre. Desde que el miedo a la castración fue lo
primero que se descubrió como motivo subyacente en el desarrollo de neurosis en
el hombre, naturalmente los analistas comenzaron por estudiar factores
etiológicos de la misma clase en las mujeres. Los resultados así obtenidos
fueron válidos hasta tanto la psicología de los dos sexos fue similar, pero no
cuando dejó de serlo. Freud ha expresado bien este punto en un pasaje donde
dice: "...y además ¿está bien comprobado que la ansiedad de castración sea la
única causa de represión o defensa? Cuando pensamos en neurosis de mujeres
debemos tener algunas dudas. Es verdad que un complejo de castración se
encuentra siempre en ellas, pero casi no podemos hablar de angustia de
castración cuando ésta es ya un hecho".
Cuando consideramos qué importante ha sido todo conocimiento sobre la ansiedad
de castración tanto para la comprensión de la psicología del hombre como para
conseguir una curación de sus neurosis, esperamos que un conocimiento de la
ansiedad equivalente en la mujer nos permitirá perfeccionar nuestro tratamiento
terapéutico de las neurosis femeninas y nos ayudará a conseguir una idea clara
del camino a lo largo del cual avanza su desarrollo sexual.
LA SITUACION DE ANSIEDAD DE LA NIÑA
En mi trabajo "Estadíos tempranos del conflicto edípico", 1928, he tratado de
esclarecer este problema aún no resuelto y he presentado el punto de vista de
que el miedo más profundo de la niña es el de que el interior de su cuerpo sea
robado y destruido. Como resultado de la frustración oral que la niña
experimenta de su madre, se aleja de ella y toma el pene de su padre como objeto
de gratificación. Este nuevo deseo la impulsa a dar pasos adicionales en su
evolución. Desarrolla fantasías de que su madre introduce el pene de su padre en
su cuerpo y le da a él sus pechos, y estas fantasías forman el núcleo de teorías
sexuales tempranas, que producen en ella sentimientos de envidia y de odio al
ser frustrada por ambos padres (casualmente, en esta etapa del desarrollo los
niños de ambos sexos creen que es el cuerpo de la madre el que contiene todo lo
deseable, especialmente el pene del padre). Esta teoría sexual aumenta el odio
de la niña hacia su madre, debido a la frustración que ha sufrido de ella, y
contribuye a la producción de fantasías sádicas de atacar y destruir el interior
de su madre y privarlo de su contenido. Debido a su temor a una retaliación,
estas fantasías forman la base de la situación de ansiedad más profunda.
En su trabajo sobre "The Early Development of Female Sexuality", 1927, Ernest
Jones da el nombre de "aphanisis" a la destrucción de la capacidad de obtener
gratificación libidinal temida por la niña, y considera que este temor
constituye una situación de ansiedad temprana y dominante para ella. Me parece
que la destrucción de la capacidad de la niña para obtener gratificación
libidinal implica una destrucción de los órganos necesarios para este propósito.
Y teme que esos órganos sean destruidos durante el curso del ataque que se hará,
principalmente por parte de su madre, sobre su cuerpo y contenidos. Sus temores
referentes a sus genitales son particularmente intensos, en parte porque sus
propios impulsos sádicos contra su madre están poderosamente dirigidos contra
los genitales y el placer erótico que la misma obtiene de ellos, y en parte
porque su temor a ser incapaz de obtener gratificación sexual sirve a su vez
para aumentar el temor de que sus genitales estén dañados.
ESTADÍOS TEMPRANOS DEL CONFLICTO DE EDIPO
De acuerdo con mi experiencia, las tendencias edípicas de una niña se inician
con sus deseos orales por el pene del padre. Estos deseos están ya acompañados
por impulsos genitales. He encontrado que el deseo de robar a su padre el pene
del padre e incorporárselo a sí misma es un factor fundamental en el desarrollo
de su vida sexual. El resentimiento que su madre ha producido en ella al
retirarle el pecho nutricio, es intensificado por el mal adicional que le ha
hecho al no otorgarle al pene de su padre como objeto de gratificación, y esta
doble injusticia es la causa más profunda del odio que la niña siente hacia su
madre como resultado de sus tendencias edípicas.
Estos puntos de vista difieren en algo de las teorías aceptadas en
psicoanálisis. Freud ha llegado a la conclusión de que en la niña es el complejo
de castración el que inicia el complejo de Edipo, y que lo que la hace alejarse
de la madre es la envidia por no haber recibido un pene para ella. La
divergencia entre el punto de vista de Freud y el presentado acá, sin embargo,
resulta menos importante si reflexionamos que los dos están de acuerdo en dos
puntos importantes: en que la niña quiere tener un pene y en que odia a su madre
por no habérselo dado. Mas de acuerdo con mi punto de vista, lo que ella
principalmente desea no es poseer un pene propio como atributo de masculinidad,
sino incorporar el pene de su padre como objeto de gratificación oral. Más aun,
creo que este deseo no es un resultado de su complejo de castración sino la
expresión más fundamental de sus tendencias edípicas, y por consiguiente ella
cae bajo el dominio de sus impulsos edípicos no indirectamente a través de sus
tendencias masculinas y su envidia del pene, sino directamente, como resultado
de sus dominantes componentes instintivos femeninos.
Cuando la niña elige el pene de su padre como objeto deseado, varios factores
concurren para hacer su deseo más intenso. La demanda de sus impulsos orales de
succión exaltados por la frustración que ha sufrido de los pechos de la madre
crea en ella un cuadro imaginario del pene de su padre como un órgano que, a
diferencia del pecho, puede proveerla de una tremenda e infinita gratificación
oral. Los impulsos sádicos uretrales añaden su contribución a esta fantasía.
Porque los niños de ambos sexos atribuyen mucha más capacidad uretral al pene
-donde es más visible- que el órgano femenino de micción. Las fantasías de la
niña sobre la capacidad uretral y el poder del pene se unen a sus fantasías
orales en virtud de la ecuación que hacen todos los niños pequeños entre todas
las sustancias del cuerpo, y en su imaginación, el pene es un objeto que posee
poderes mágicos de suministro de gratificaciones orales. Pero desde que la
frustración oral que ella ha sufrido de su madre ha estimulado todas las demás
zonas erógenas, al hacer surgir sus tendencias genitales y deseos en relación
con el pene del padre, este último resulta ser el objeto de sus impulsos orales,
uretrales, anales y genitales al mismo tiempo. Otro factor que intensifica sus
deseos en esta dirección es su teoría sexual inconsciente de que su madre se ha
incorporado el pene del padre, lo que provoca en ella envidia hacia la madre.
Creo que la combinación de todos estos factores, dota al pene del padre de
enorme virtud a los ojos de la niña pequeña y lo hace el objeto de su más
ardiente admiración y deseo. Si ella mantiene una posición predominantemente
femenina, esta actitud frente al pene de su padre la llevará a menudo a asumir
una actitud humilde y sumisa hacia el sexo masculino. Pero puede también causar
en ella intensos sentimientos de odio por haberle sido negado lo que tan
apasionadamente adoraba y deseaba, y si asume una posición masculina, ésta puede
hacer surgir en ella todos los signos y síntomas de la envidia del pene.
Pero desde que las fantasías de la niña sobre el poder enorme, gran tamaño y
fuerza del pene de su padre surgen de sus propios impulsos orales, uretrales y
anal-sádicos, también creerá que posee peligrosos atributos. Este aspecto que
fundamenta su temor al pene malo se produce como una reacción a sus impulsos
destructivos que, combinados con los libidinales, ha dirigido hacia el pene. Si
lo más fuerte en ella es un sadismo oral, considerará al pene de su padre como
algo para ser odiado, envidiado y destruido; y las fantasías llenas de odio que
ella centraliza alrededor del pene de su padre como algo que da gratificación a
su madre serán en algunos casos tan intensas, que producirán un desplazamiento
de su más profunda y poderosa ansiedad -su miedo a su madre- hacia el pene del
padre como un apéndice odiado de su madre. Si sucede esto, la niña sufrirá
graves trastornos en su desarrollo y será conducida a una actitud distorsionada
hacia el sexo masculino. También tendrá una relación más o menos defectuosa con
sus objetos y será incapaz de superar, al menos completamente, la etapa de amor
parcial.
En virtud de la omnipotencia de pensamiento, los deseos orales de la niña por el
pene de su padre le hacen creer que en realidad lo ha incorporado, y entonces
sus sentimientos ambivalentes hacia él se extienden a su pene internalizado.
Como sabemos, en la etapa de incorporación parcial el objeto está representado
por una parte de él o ella misma y el pene del padre representa toda su persona.
Esa es la razón, creo, por la que las imagos más tempranas del padre -el núcleo
del superyó paternal- están representadas por su pene. Como he tratado de
demostrar, el carácter cruel y aterrador del superyó en los niños de ambos sexos
es debido al hecho de que han comenzado a introyectar sus objetos en un período
del desarrollo en que su sadismo estaba en su punto máximo. Sus más tempranas
imagos asumen el aspecto fantástico que les han impartido sus propios impulsos
dominantes pregenitales. Pero esta impulsión a introyectar el pene del padre,
que es el objeto edípico, y mantenerlo dentro es mucho más fuerte en la niña que
en el niño. Esto se debe a que las tendencias genitales que acompañan sus deseos
orales tienen también un carácter receptivo, de modo que bajo circunstancias
normales sus tendencias edípicas están mucho más bajo la influencia de los
impulsos orales incorporativos que en el varón. Es un asunto de importancia
decisiva para la formación del superyó y el desarrollo de la vida sexual, tanto
en varones como en niñas, que las fantasías que prevalezcan sean las de un pene
"bueno o malo". Pero dado que la niña está más subordinada a su padre
introyectado por lo tanto está más a la merced de sus poderes para lo bueno o
malo que el niño en relación con su superyó. Su ansiedad y su sentimiento de
culpa en relación a su madre sirven para complicar aun más los divididos
sentimientos hacia el pene del padre.
Para simplificar nuestra investigación sobre la situación total, seguiremos
primero el desarrollo de la actitud de la niña frente al pene del padre y así
trataremos de descubrir hasta qué punto sus relaciones con la madre afectan sus
relaciones con el padre. En circunstancias favorables la niña cree no sólo en la
existencia de un pene introyectado peligroso, sino en uno benéfico y servicial.
Como resultado de esta actitud ambivalente, luchará por contrarrestar su miedo a
un pene "malo" introyectado por una introyección continua de uno "bueno" en el
coito y éste será un incentivo más para que pase por experiencias sexuales en la
primera infancia y encuentre más tarde satisfacción en actividades sexuales y
será un nuevo aporte a sus deseos libidinales de un pene.
Por otra parte, sus actos sexuales, ya sea bajo la forma de la fellatio, coitus
per anum o coito normal, le ayudarán a confirmar si los temores que juegan un
papel tan fundamental y dominante en su mente en conexión con la copulación,
están bien fundadas o no. La razón por la cual la copulación se ha cargado con
tanto peligro en la imaginación de los niños de ambos sexos, es que sus
fantasías optativas sádicas han transformado este acto, hecho entre el padre y
la madre, en una situación de peligro amenazante. Ya hemos tratado en detalle la
naturaleza de estas fantasías sádicas de masturbación y hemos encontrado que
caen dentro de dos categorías distintas pero interconectadas. En las de la
primera categoría los niños emplean varios medios sádicos para hacer un ataque
directo sobre ambos padres, ya sea separados o juntos en el coito; en los de la
segunda, que se derivan de un estado algo posterior a la fase de máximo sadismo,
su creencia en su omnipotencia sádica sobre sus padres encuentra expresión de un
modo más indirecto. Los dota de instrumentos de destrucción mutua, transformando
sus dientes, uñas, genitales, excrementos, etc., en peligrosas armas, animales,
etc., y los representa, de acuerdo con sus propios deseos, como atormentándose y
destruyéndose el uno al otro durante el coito.
Ambas clases de fantasías sádicas hacen surgir ansiedad desde diversas fuentes.
Volviendo otra vez a la niña, vemos que en conexión con la primera categoría
teme ser contraatacada por uno o ambos padres, pero particularmente por la
madre, que es el más odiado de los dos. Espera ser atacada desde su interior o
desde el exterior, puesto que ha introyectado sus objetos y al mismo tiempo los
ha atacado. Sus temores sobre este punto están en relación íntima con el acto
sexual, porque las acciones primarias sádicas estaban en gran parte dirigidas
contra sus padres, a quienes ella imaginaba copulando. Pero es más especialmente
en fantasías correspondientes a la segunda categoría que la copulación se
transforma en un acto en el que hay gran peligro para ella. (De acuerdo con sus
deseos sádicos su madre es destruida.) Por otra parte, el acto sexual que sus
fantasías sádicas y deseos han transformado en una situación de extremo peligro
es también, por esta razón, el método superlativo para dominar la ansiedad, aun
más porque la gratificación libidinal que lo acompaña le proporciona el placer
más alto que pueda lograrse y así disminuye la ansiedad.
Pienso que estos hechos arrojan nueva luz sobre los motivos que urgen al
individuo a realizar actos sexuales y sobre las fuentes psicológicas desde las
cuales la gratificación libidinal que obtiene en este acto recibe un agregado.
Como sabemos, la gratificación libidinal de todas las zonas erógenas implica
también la gratificación de sus componentes destructivos, debido a la fusión de
los impulsos libidinales y destructivos que se realizan en estos estadíos del
desarrollo gobernados por las tendencias sádicas.
Ahora bien, en mi opinión, los impulsos destructivos hacen surgir ansiedad en él
muy tempranamente, en los primeros meses de la vida. En consecuencia, sus
fantasías sádicas están ligadas a la ansiedad y esta unión entre las dos hace
surgir situaciones específicas de ansiedad. Desde que sus impulsos genitales
comienzan ya en la fase de máximo sadismo -por lo menos es lo que yo he
descubierto- y el coito representa en sus fantasías sádicas un vehículo de
destrucción de ambos padres, estas situaciones de ansiedad que han surgido en
los primeros estadíos de su desarrollo se conectan también con las actividades
genitales. Los efectos de esta conexión son por una parte que la ansiedad
intensifica sus necesidades libidinales y, por otra, que la gratificación
libidinal de sus distintas zonas erógenas le ayuda a dominar la ansiedad
disminuyendo sus tendencias agresivas y con ellas su ansiedad. Además, el placer
que obtiene de esta gratificación parece en sí mismo aliviar el temor a ser
destruido por sus propios impulsos destructivos y por sus objetos, y también
mitiga su temor de aphanisis (Jones), es decir, su temor a perder su capacidad
de obtener gratificación sexual.
La gratificación libidinal como expresión de Eros refuerza su creencia en las
imagos bondadosas y disminuye los peligros que emanan del instinto de muerte y
del superyó.
Cuanto mayor es la ansiedad del individuo y cuanto más neurótico es, las
energías de su yo y sus fuerzas instintivas estarán más absorbidas en el
esfuerzo de vencer la ansiedad, y tanto más, también, la gratificación libidinal
que obtiene será utilizada para este propósito. En la persona normal que está
muy alejada de sus primeras situaciones de ansiedad y que las ha modificado con
éxito, el efecto de estas situaciones sobre su actividad sexual es, claro, mucho
menor, pero creo que nunca estará totalmente ausente. La impulsión que siente de
poner a prueba sus situaciones específicas de ansiedad en sus relaciones con su
partenaire también fortifica y da color a sus fijaciones libidinales, y el acto
sexual siempre le ayuda en parte a dominar la ansiedad. Y las situaciones de
ansiedad que predominan en él y las cantidades de ansiedad presentes son
determinantes específicos de las condiciones bajo las cuales será capaz de amar.
Si la niña convierte el acto sexual en criterio de sus situaciones de ansiedad y
las somete a un juicio de realidad, auxiliada por sentimientos optimistas y de
confianza, se verá conducida a tomar como objeto una persona que represente un
pene "bueno". En este caso el alivio de la ansiedad que ella obtiene a través de
la relación sexual le dará un fuerte placer que aumentará considerablemente la
gratificación libidinal pura que experimenta y la conducirá a duraderas
relaciones amorosas satisfactorias. Pero si las circunstancias son desfavorables
y el miedo a un pene "malo" introyectado predomina, la condición necesaria para
su capacidad de amor será que ella realice esta prueba de realidad por medio de
un pene "malo", es decir, el compañero amoroso será una persona sádica. El test
que hace en este caso tiene por fin informarla de qué clase de daño le infligirá
su pareja en la relación sexual. Aun sus anticipados daños en este sentido,
sirven para aliviar su ansiedad y son importantes en la economía de su vida
mental, porque nada de lo que ella pueda sufrir por un agente externo puede
igualar a lo que está sufriendo bajo la presión del miedo constante y abrumador
de fantásticos peligros y daños dentro de ella. Su elección de pareja sádica se
basa también en la impulsión de incorporar "malos" penes sádicos (porque así es
como ella ve al acto sexual) que destruirán los peligrosos objetos dentro de
ella. Así, la más profunda raíz del masoquismo femenino parecería ser el temor
de la mujer a objetos peligrosos que ella ha internalizado, y en especial el
pene del padre; y su masoquismo no seria otra cosa, en última instancia, que sus
instintos sádicos vueltos contra aquellos objetos internalizados.
Según Freud el sadismo, aunque al principio aparece en relación con un objeto,
fue originariamente un instinto destructivo dirigido contra el organismo mismo
(sadismo primario), y sólo más tarde fue desviado del yo por la libido
narcisística; el masoquismo erógeno es esa porción del instinto destructivo que
no ha podido ser arrojada hacia afuera de este modo y que permanece dentro del
organismo y se ha ligado libidinalmente a él. Piensa además que en cuanto
cualquier parte del instinto destructivo que ha sido dirigido hacia afuera
vuelve una vez más hacia sí y es separado de sus objetos, hace surgir el
masoquismo secundario o femenino. Hasta donde he podido ver, sin embargo, cuando
el instinto destructivo vuelve de este modo, todavía permanece adherido a sus
objetos; pero ahora estos objetos son internalizados, y amenazando con
destruirlos, amenaza también destruir el yo en el que se hallan situados. En
este sentido, en el masoquismo femenino el instinto destructivo está una vez más
dirigido contra el organismo mismo. Freud dice en su El problema económico del
masoquismo, 1924, "...en el contenido manifiesto de las fantasías masoquistas se
expresa un sentimiento de culpa, habiéndose supuesto que el sujeto ha cometido
algún crimen (cuya naturaleza permanece incierta), el cual será expiado por
sufrimiento, penas y torturas". Y me parece que hay ciertos puntos en común
entre la conducta de autocastigo del masoquista y los autorreproches del
melancólico, que, como sabemos, están en realidad dirigidos contra el objeto
introyectado. Parecería, por lo tanto, que el masoquismo femenino se dirige
contra el yo tanto como contra los objetos introyectados. Además, destruyendo
sus objetos internalizados el individuo actúa llevado por un fin de
autoconservación, y en casos extremos su yo no será capaz de arrojar fuera el
instinto de muerte, porque ambos instintos, el de vida y el de muerte, están
unidos en un fin común y el primero ha sido sustraído a su propia función de
proteger el yo.
Quiero ahora considerar brevemente una o dos formas típicas que puede tomar la
vida sexual de la mujer en las que el miedo al pene introyectado es lo más
importante. La mujer que junto a fuertes inclinaciones masoquísticas mantiene
sentimientos de esperanza, a menudo tiende a ligarse a una pareja sádica, y al
mismo tiempo realiza esfuerzos de toda índole -esfuerzos que a menudo ocupan
todas las energías de su yo- para transformarlo en una persona amistosa y
"buena". Mujeres de esta clase, en las que el miedo al pene "malo" y la creencia
en uno "bueno" se balancean, a menudo fluctúan entre la elección de un objeto
externo "bueno" o "malo". Frecuentemente el miedo de la mujer al pene
internalizado la urge a hacer renovadas experiencias y verificar las situaciones
de ansiedad, con el resultado de que estará bajo una compulsión constante de
realizar el acto sexual con su objeto o de cambiar este objeto por otro. En
otros casos el mismo miedo se vencerá de un modo opuesto y la mujer será
frígida. Cuando niña, el odio a la madre le ha hecho ver el pene del padre no
como algo largamente deseado y bienhechor sino como algo malo y peligroso o ha
hecho que transformase la vagina en un instrumento de muerte y a la madre en una
fuente de peligro para el padre en su relación sexual con ella. Su miedo al acto
sexual se basa así en los daños que espera recibir del pene y en los daños que
ella misma inflige al compañero. El miedo a castrarlo se debe en parte a su
identificación con su madre sádica y en parte a sus propios impulsos sádicos.
Como ya hemos visto, si las tendencias sádicas de la niña se dirigen contra los
objetos introyectados, adoptará una actitud masoquística. Pero si el miedo al
pene internalizado la impulsa a defenderse a sí misma de estas amenazas por
medio de la proyección, dirigirá su sadismo hacia el objeto exterior, contra el
pene que internaliza cada vez en el acto del coito, y así contra su compañero
sexual. En estos casos, el yo ha logrado una vez más arrojar el instinto
destructivo fuera de sí y de los objetos internalizados y dirigirlos contra el
objeto externo. Si predominan en la niña las tendencias sádicas, considerará el
coito como una prueba de realidad de su ansiedad, pero en modo opuesto. Sus
fantasías de que la vagina y todo el cuerpo son destructivos para el compañero y
de que en la fellatio ella arrancará de un mordisco el pene y lo despedazará,
serán ahora su medio de vencer el miedo, al pene que ella ha incorporado y al
objeto real. Empleando el sadismo contra el objeto externo, ella emprende en su
imaginación una lucha de exterminio contra sus objetos internalizados.
OMNIPOTENCIA DE LOS EXCREMENTOS
En conexión con lo que ya hemos dicho, consideraré un factor de importancia
fundamental para el desarrollo de la niña. En las fantasías sádicas de niños y
niñas los excrementos juegan un gran papel. La creencia del niño en la
omnipotencia de las funciones de sus intestinos y vejiga están íntimamente
conectados con los mecanismos paranoicos.
Estos mecanismos alcanzan su apogeo en la fase en la cual, en sus fantasías
sádicas de masturbación, el niño destruye secretamente a sus padres en
copulación por medio de orina, heces y flatos, y se refuerzan y emplean de modo
secundario para fines de defensa, a causa de su temor a ser contraatacado.
Hasta donde he podido ver, la vida sexual de la niña y su yo son influidos más
fuerte y permanentemente en su desarrollo que la del varón por este sentimiento
de omnipotencia de las funciones de los intestinos y la vejiga. En niños de
ambos sexos, los ataques que realizan con sus excrementos están dirigidos contra
la madre, primero a su pecho y luego al interior de su cuerpo. Desde que los
impulsos destructivos de la niña contra el cuerpo de la madre son más poderosos
y duraderos que los del niño, producirán métodos de ataque secretos y astutos
basados en la magia de los excrementos y otros productos de su cuerpo y en la
omnipotencia de sus pensamientos, de acuerdo con la naturaleza secreta y
escondida de aquel mundo que es el interior del cuerpo de su madre y de sí
misma, mientras que el muchacho concentrará su sentimiento de odio no sólo
contra el pene del padre supuesto en el interior de la madre, sino en uno real,
y así lo dirigirá en cierto modo contra el mundo externo y contra lo que es
palpable y visible. Hace también mayor uso de la omnipotencia sádica de su pene,
con el resultado de que tiene también otros medios de dominar la ansiedad,
mientras que el modo de dominar la ansiedad en la mujer permanece bajo el
dominio de sus relaciones con el mundo interno, con lo que está oculto, y, por
lo tanto, con el inconsciente.
Como ya se ha dicho, cuando el sadismo llega a su más alto grado, la niña cree
que el acto sexual es un medio de destruir el objeto y que está emprendiendo una
guerra a muerte contra los objetos internalizados. Trata a través de la
omnipotencia de sus excrementos y sus pensamientos de vencer los objetos
terroríficos en el interior de su cuerpo y, originariamente, en el interior de
la madre. Si su creencia en el pene "bueno" del padre dentro de ella es bastante
fuerte, lo hará vehículo de sus pensamientos de omnipotencia. Si su creencia en
el poder mágico de los excrementos y pensamientos predomina, será a través de su
poder que gobernará y controlará en su imaginación tanto los objetos
internalizados como los reales. No sólo estas diferentes fuentes de poder mágico
operan al mismo tiempo y se refuerzan unas a otras, sino que el yo hace uso de
ellas y las pone una frente a otra con el fin de dominar la ansiedad.
PRIMERAS RELACIONES CON LA MADRE
La actitud de la niña frente al pene introyectado está fuertemente influida por
su actitud frente al pecho de la madre. Los primeros objetos que ella introyecta
son la madre "buena" y la madre "mala", representadas por el pecho. Su deseo de
succionar y devorar el pene deriva directamente de su deseo de hacer lo mismo
con el pecho de la madre. Así, la frustración que sufre del pecho prepara el
camino para sentimientos que surgen de su posterior frustración en relación con
el pene. No sólo la envidia y el odio que siente frente a su madre colorean e
intensifican sus fantasías sádicas contra el pene, sino que sus relaciones con
el pecho de la madre afectan también su actitud subsecuente con el hombre en
otros sentidos. Tan pronto como comienza a asustarse del pene malo introyectado,
comienza a volver a la madre, de la que, espera auxilio, tanto como figura real,
como introyectada. Si su primera actitud con la madre ha sido gobernada por una
posición oral de succión, de modo que contenga fuertes corrientes de
sentimientos positivos y optimistas, será capaz de ampararse en cierto modo tras
de la imago de su madre "buena" contra la imago de la madre "mala" y contra el
pene "malo"; si no, su miedo de la madre introyectada aumentará su miedo al pene
introyectado y a los padres aterradores unidos en copulación.
La importancia que la imago materna de la niña tiene para ella como figura de
"amparo" y la fuerza de su apego a la madre son muy grandes, puesto que (en su
imaginación) la madre posee el pecho nutricio y el pene del padre y los niños, y
de este modo tiene el poder de gratificar todas sus necesidades. Porque cuando
comienzan las tempranas situaciones de ansiedad de la niña pequeña, su yo
utiliza la necesidad de nutrición, en el más profundo sentido de la palabra,
para ayudarla a vencer esa ansiedad. Cuanto más miedo tiene a que su cuerpo esté
envenenado y expuesto a ataques, mayores serán sus deseos de leche "buena", pene
"bueno" y niños, sobre los que cree que su madre tiene un poder ilimitado.
Necesita estas cosas buenas para protegerse contra las malas y para establecer
una especie de equilibrio dentro de ella. En su imaginación, el cuerpo de la
madre es por esto una especie de almacén que contiene la gratificación de todos
sus deseos y el alivio de sus miedos. Son estas fantasías las que conducen al
pecho de la madre como la primer fuente de gratificación y como la más preñada
de consecuencias, las responsables de su enorme adhesión a la madre. Y la
frustración que ella sufre de la madre en conexión con esto le hace sentir, bajo
la creciente presión de su ansiedad, un renovado resentimiento contra ella, y
redobla sus ataques sádicos sobre su cuerpo.
En un estadío algo posterior del desarrollo, sin embargo, en un momento en que
sus sentimientos de culpa se hacen sentir continuamente, su deseo de apoderarse
de los contenidos "buenos" del cuerpo de la madre, o más bien su convicción de
que lo ha hecho y expuesto así a su madre, figurativamente, a los malos
contenidos, hace surgir un sentimiento de culpa y de ansiedad muy graves.
Habiendo así destruido a su madre, cree haber arruinado el depósito del cual
obtiene la satisfacción de todas sus necesidades morales y físicas. Este temor,
que es de tan enorme importancia en la vida mental de la niña pequeña, fortifica
aun más los vínculos que la ligan a su madre. Esto hace surgir un impulso a
restituir y dar a su madre todas las cosas que ha tomado de ella, una impulsión
que se expresa en numerosas sublimaciones de naturaleza típicamente femenina.
Pero este impulso se opone a otro, estimulado por el mismo miedo, de apoderarse
de todo lo que su madre tiene, con el objeto de salvar su propio cuerpo. En este
estadío del desarrollo, pues, la niña está gobernada por la compulsión tanto de
tomar como de restituir, y esta compulsión, como ha sido dicho, es importante en
la etiología de la neurosis obsesiva en general. Por ejemplo, vemos niñas
pequeñas dibujando estrellitas cruces que significan heces o niños, u otras
mayores escribiendo letras o números sobre una hoja de papel que representa el
cuerpo de la madre o el suyo propio, y cuidando de no dejar espacios vacíos. O
sólo querrán apilar ordenadamente pedazos de papel en una caja hasta que esté
completamente llena. Muy frecuentemente dibujarán una casa que representa a su
madre y pondrán frente a ella un árbol simbolizando el pene del padre y algunas
flores representando niños. Niñas más grandes dibujarán, coserán o harán muñecas
y trajes de muñecas, o libros, etc., y estas cosas representan el cuerpo
reconstituido de la madre (ya sea como uno todo o como una de las partes dañadas
individualmente), el pene del padre y niños dentro de ella, o sus padres,
hermanos y hermanas en persona.
Mientras están ocupadas en estas actividades o después de haberlas terminado,
las niñas a menudo muestran rabia, depresión o disgusto, o a veces reaccionan de
un modo destructivo. La ansiedad de esta índole, que es un obstáculo subyacente
a todas las tendencias constructivas, surge de diferentes fuentes. La niña, en
su imaginación, ha tomado posesión del pene del padre y heces y niños, pero
debido al miedo al pene, a las heces y niños, miedo que ha surgido de sus
fantasías sádicas, pierde fe en su virtud. Los problemas en su mente son ahora:
¿serán las cosas que ella devuelve a su madre "buenas", y puede ella
restituirlas adecuadamente en lo que respecta a la cantidad y calidad y orden en
que ellas deben ser arregladas en su interior? (porque eso también es una parte
necesaria del acto de la restitución). Por otra parte, si cree que ha devuelto a
su madre bien y debidamente los buenos contenidos, se asusta de haber puesto en
peligro su propia persona al hacerlo.
Estas fuentes de ansiedad hacen surgir además una actitud especial de
desconfianza en la niña frente a la madre. Cuando entran a mi cuarto, muchas
pacientes niñas miran con desconfianza los papeles y lápices que hay en el cajón
reservado para ellas, por si se los han cambiado, o por si son más chicos en
tamaño o menores en número que los del día anterior; otras veces desearán estar
seguras de que el contenido de su cajoncito no ha sido desarreglado, que todo
está en orden y que nada ha sido cambiado ni falta. A veces quieren envolver sus
dibujos o moldes de papel o lo que en ese momento simbolice para ellas el pene o
niños; los atan cuidadosamente y los depositan en el cajón de muñecos, con
signos de profunda desconfianza respecto a mi. En estas ocasiones no se me
permite acercarme al paquete o aun al cajón, y debo retirarme o no observar
mientras lo hacen. El análisis demuestra que el cajón y los paquetes en su
interior representan su propio cuerpo y que tienen miedo no sólo de que la madre
las ataque y las despoje, sino de que ponga cosas "malas" dentro de él en cambio
de las "buenas".
Además de estas múltiples fuentes de ansiedad, la niña, comparada con el niño,
se halla bajo otras desventajas, debido a razones fisiológicas. Su posición
femenina no la ayuda contra su ansiedad desde que su posesión del niño, que
sería una confirmación completa y un logro de esa posición, es, después de todo,
sólo prospectiva. Ni tampoco la estructura de su cuerpo la provee de alguna
posibilidad de conocer cuál es el estado real de su interior, mientras que el
niño encuentra ayuda en su posición masculina, porque gracias a la posesión del
pene puede convencerse por un examen de la realidad de que todo está bien en su
interior.
Es esta incapacidad de conocer algo sobre su condición lo que agrava lo que en
mi opinión es el miedo más profundo de la niña, esto es, el de que el interior
de su cuerpo ha sido lastimado o destruido y que no tiene hijos o sólo los
tendrá dañados.
EL PAPEL DE LA VAGINA EN LA SEXUALIDAD INFANTIL
Creo que el hecho de que la ansiedad de la niña se relacione con el interior de
su cuerpo explica en gran parte la razón por la cual en su primera organización
sexual el papel que juega la vagina debe ser oscurecido por la actividad del
clítoris. En sus más tempranas fantasías de masturbación, en las que transforma
la vagina de su madre en un instrumento de destrucción, demuestra un
conocimiento inconsciente sobre la vagina, porque aunque debido al predominio de
sus tendencias anales y orales la equipara a la boca y al ano, no obstante la
representa en su inconsciente, como lo demuestran claramente muchos detalles de
su fantasía, como una cavidad en los genitales que está destinada a recibir el
pene del padre.
Pero además de esta noción general inconsciente de la existencia de la vagina,
la niña pequeña posee también un conocimiento totalmente consciente de ella. El
análisis de un número de niñas pequeñas me ha convencido de que, además de
aquellos casos muy especiales mencionados por Helene Deutsch en que la paciente
ha sufrido violaciones y desfloración y ha obtenido en consecuencia un
conocimiento de esta clase y ha sido llevada a realizar masturbación vaginal,
muchas niñas pequeñas tienen conocimiento consciente de que tienen una abertura
en sus genitales. En algunos casos han obtenido este conocimiento de
investigaciones mutuas realizadas en juegos sexuales con otros niños, ya sean
varones como mujeres; en otros la han descubierto solas. Indudablemente tienen
una fuerte tendencia a negar o reprimir tal conocimiento, inclinación que surge
de la ansiedad que sienten con respecto a este órgano y al interior de su
cuerpo. Los análisis de mujeres han demostrado el hecho de que la vagina es una
parte del interior de su cuerpo al cual se halla ligada la más profunda
ansiedad, y que es el órgano que ellas consideran como preeminentemente
peligroso y en peligro en sus fantasías sádicas sobre la copulación entre sus
padres. Es de fundamental importancia en la aparición de los trastornos sexuales
y en la frigidez y en particular en inhibir su excitabilidad vaginal.
Hay muchas pruebas para demostrar que la vagina no entra en funciones
completamente hasta que se ha realizado el acto sexual, y como sabemos, sucede a
menudo que la actitud de las mujeres frente a la copulación se altera
completamente después que la han experimentado y que su inhibición con respecto
a ella -y antes del hecho tal inhibición es tan común que es prácticamente
normal- es a menudo reemplazada por un fuerte deseo del acto sexual. Podemos
deducir de esto que su inhibición previa fue en parte mantenida por la ansiedad
y que el acto sexual ha extirpado esta ansiedad. Yo me inclinaría a atribuir
este efecto tranquilizador de la función sexual al hecho de que la gratificación
libidinal que recibe de la copulación la confirma en la creencia de que el pene
que se ha incorporado durante el acto es un objeto "bueno" y que su vagina no
tiene un efecto destructivo sobre él. Su miedo del pene externo e internalizado
-un miedo que ha sido tanto mayor por ser inverificable- es anulado por el
objeto real. En mi opinión, los miedos de la niña concernientes al interior de
su cuerpo contribuyen, junto con los factores biológicos, a impedir la
emergencia de una fase vaginal claramente discernible en su temprana infancia.
Sin embargo, estoy convencida, por la evidencia de un número de análisis de
niñas pequeñas, de que los representantes psicológicos de la vagina ejercen una
influencia completa, no menor que los representantes psicológicos de todas las
otras fases libidinales, sobre la organización genital infantil de la niña.
Los mismos factores que tienden a ocultar la función psicológica de la vagina en
la niña intensifican su fijación en el clítoris. Porque este último es un órgano
visible y puede ser sometido a juicio de realidad. He visto que la masturbación
clitoridiana está acompañada por variadas fantasías. Su contenido cambia
rápidamente de acuerdo con las fluctuaciones violentas que tienen lugar entre
una posición y otra en los primeros estadíos del desarrollo de la niña. Son al
principio, en su mayor parte, de naturaleza pregenital, pero tan pronto como los
deseos de la niña de incorporar el pene de su padre de manera genital y oral se
hacen más fuertes, adoptan un carácter vaginal y genital (estando acompañadas ya
a menudo por sensaciones vaginales), y así toman su primera dirección femenina.
Desde que la niña comienza a identificarse con su padre, casi enseguida de
haberse identificado con su madre, su clítoris toma rápidamente la importancia
de un pene en sus fantasías de masturbación. Todas sus fantasías de masturbación
clitoridianas correspondientes a este primer estadío están gobernadas por sus
tendencias sádicas, y ésta es la razón por la cual sus actividades
masturbatorias en general disminuyen o cesan del todo cuando finaliza la fase
fálica en un período en que su sentimiento de culpa emerge con más fuerza. La
comprensión del hecho de que su clítoris no es un sustituto del pene que ella
desea, es sólo, en mi opinión, el último eslabón de una cadena de
acontecimientos que rigen su vida futura y que en muchos casos la condenan a la
frigidez por el resto de sus días.
EL COMPLEJO DE CASTRACIÓN
La identificación con su padre, que la niña exhibe tan claramente en la fase
fálica y que tiene todos los signos de la envidia del pene y complejo de
castración, es, según mis observaciones, el resultado de un proceso que
comprende muchas etapas. Al considerar algunas de las etapas más importantes
veremos en qué forma su identificación con su padre se halla afectada por la
ansiedad que surge de su posición femenina y cómo la posición masculina que
adopta en cada una de sus fases de desarrollo está superimpuesta a una posición
masculina que pertenece a una fase anterior.
Cuando la niña abandona el pecho de la madre y se vuelve al pene del padre como
objeto de gratificación, se identifica con su madre, pero tan pronto como sufre
una frustración también en esta posición rápidamente se identifica con el padre,
a quien imagina obteniendo satisfacción del pecho de la madre y de todo su
cuerpo, es decir, de aquellas fuentes primarias de gratificación que ella se ha
visto forzada a abandonar tan dolorosamente. Sentimientos de odio y envidia
hacia la madre así como deseos libidinales hacia ella crean estas primeras
identificaciones de la niña con el padre (a quien ella considera como una figura
sádica), y en esta identificación la enuresis juega un papel importante.
Los niños de ambos sexos consideran la orina en su aspecto positivo, como
equivalente a la leche de su madre, de acuerdo con el inconsciente, que equipara
todas las sustancias corporales unas con otras. Mis observaciones demuestran que
la enuresis, en su significado más temprano, tanto es un acto positivo de dar
como uno sádico, y expresión de una posición femenina tanto en los niños como en
las niñas. Parecería que el odio que sienten los niños hacia el cuerpo de su
madre por haber frustrado sus deseos hace surgir en ellos, ya sea en la misma
época de sus impulsos canibalísticos o poco después, fantasías con las que daña
y destruye su pecho con la orina.
Como ya se ha dicho, en la fase sádica la niña cree principalmente en los
poderes mágicos de los excrementos, mientras que el niño hace del pene el
principal ejecutor de su sadismo. Pero en ella también la creencia en la
omnipotencia de sus funciones urinarias la lleva a identificarse -aunque en
menor extensión que los muchachos- con su padre sádico, a quien atribuye
especiales poderes sádico-uretrales en virtud de su posesión de un pene. De este
modo la incontinencia se transforma, después de haber sido la expresión de una
posición femenina, en el representante de una masculina para los niños de ambos
sexos, y en conexión con la más temprana identificación de la niña con su padre
sádico, se transforma en un medio de destrucción de la madre; mientras que al
mismo tiempo ella toma posesión del pene del padre en su imaginación,
castrándolo.
La identificación que la niña realiza con el padre sobre la base de un pene
introyectado es la continuación, según mi experiencia, de la identificación
sádica primaria que ha hecho con él por medio de su incontinencia de orina. En
sus primeras fantasías de masturbación se ha identificado alternativamente con
cada uno de sus padres. Cuando ocupa la posición femenina tiene miedo al pene
"malo" del padre, que ha internalizado. Con el fin de vencer este miedo activa
el mecanismo defensivo de identificación con el objeto de ansiedad, y así se
identifica más fuertemente con él. La posesión imaginaria del pene que le ha
robado crea un sentimiento de omnipotencia que aumenta su sentimiento de que
maneja una magia destructiva por medio de sus excrementos. En esta posición, su
odio y sadismo contra su madre se intensifican y tiene fantasías de destruirla
por medio del pene de su padre. Mientras que al mismo tiempo satisface sus
sentimientos de venganza hacia el padre que la ha frustrado, encuentra en su
sentimiento de omnipotencia y en su poder sobre ambos padres una defensa contra
la ansiedad. He encontrado que esta actitud estaba especialmente desarrollada en
una o dos pacientes en las que predominaban los rasgos paranoides, pero es
también muy poderosa en mujeres cuya homosexualidad está fuertemente coloreada
por sentimientos de rivalidad y antagonismo hacia el sexo masculino. Se
aplicaría así también a un grupo de mujeres homosexuales descritas por Ernest
Jones, a las cuales me he referido en la nota al pie.
En este punto, la posesión de un pene externo ayuda a que la niña se convenza,
en primer lugar, de que en realidad tiene poder sádico sobre ambos padres, sin
el cual no puede dominar su ansiedad, y en segundo lugar, de que, teniendo este
poder sobre sus objetos, puede vencer el pene peligroso y los objetos
introyectados dentro de ella; de modo que el tener un pene tiene por último el
efecto de proteger su cuerpo de la destrucción.
Mientras que su posición sádica, reforzada como está por su ansiedad, forma así
la base de un complejo masculino, su sentimiento de culpa también hace que
quiera tener un pene. Quiere un pene para restituir a su madre. Según ha
observado Joan Riviere en el articulo que mencionamos (nota 48), el deseo de la
niña de compensar a su madre por haberla desprovisto del pene del padre le
proporciona importantes adiciones a su complejo de castración y envidia del
pene. Cuando la niña está obligada a renunciar a su rivalidad con la madre
debido al miedo que siente hacia ella, el deseo de aplacarla y compensaría por
lo que le ha hecho la lleva a anhelar intensamente un pene como medio de
efectuar una restitución. Según la opinión de Joan Riviere, la intensidad de su
sadismo y el grado de su capacidad de dominar la ansiedad son factores que
ayudan a determinar si adoptará una posición heterosexual u homosexual.
Tenemos que examinar ahora más íntimamente por qué es que, en algunos casos, la
niña no puede restituir a su madre, a menos que adopte una posición masculina y
esté en posesión de un pene. Los análisis tempranos han demostrado la existencia
en el inconsciente de un principio fundamental que gobierna todos los procesos
reactivos y sublimatorios por medio del cual los actos restitutivos deben
relacionarse en todos los detalles al daño imaginario que ha sido realizado.
Todo lo malo que la niña ha hecho en su fantasía robando, dañando, destruyendo,
lo debe reparar devolviendo, arreglando y restaurando. Este principio también
requiere que los mismos instrumentos que han sido usados para cometer las malas
acciones sean usados también para repararlas. El niño debe transformar sus
excrementos, pene, etc., que en sus fantasías sádicas son sustancias
destructivas y peligrosas, en sustancias curativas y benéficas. Todo lo malo que
ha hecho el pene "malo" y la orina "mala" debe ser reparado por el pene "bueno"
y la orina "buena".
Supongamos que la niña ha centrado sus fantasías sádicas más especialmente
alrededor de la destrucción indirecta de su madre por el pene peligroso de su
padre y que se ha identificado muy fuertemente con su padre sádico. Tan pronto
como sus tendencias reactivas y sus deseos de realizar restitución adquieren
fuerza, se sentirá impulsada a reparar a su madre por medio de un pene benéfico,
y así sus tendencias homosexuales serán reforzadas. Un factor importante en
conexión con esto es el grado en que ella cree que su padre está incapacitado de
realizar restituciones, ya sea porque lo ha castrado o ha hecho que su pene sea
muy malo y que por lo tanto tenga que renunciar a toda esperanza de repararlo.
Si cree esto muy firmemente tendrá que jugar sola el papel de él, y esto otra
vez tenderá a que ella adopte una posición homosexual.
La desilusión, las dudas y el sentimiento de inferioridad que sufre la niña
cuando comprende que no tiene pene, y sus temores y sentimiento de culpa que
surgen de su posición masculina (en primer lugar hacia su padre por haberlo
privado de su pene y de la posesión de la madre, y en segundo lugar hacia la
madre por haberle robado el padre) se combinan para derribar esta posición.
Además, su queja originaria contra su madre por haberle impedido conseguir el
pene del padre como objeto libidinal se refuerza con una nueva, por haberle
impedido la posesión de un pene como atributo de masculinidad, y este doble
dolor hace que ella se aleje de su madre como objeto de amor genital. Por otra
parte, sus sentimientos de odio hacia su padre y su envidia del pene que surgen
de su posición masculina, le impiden que ella, una vez más, adopte un papel
femenino.
De acuerdo con mi experiencia, la niña, después de haber abandonado la fase
fálica pasa todavía por otra faz, la postfálica, en la que elige entre retener
la posición femenina o abandonarla. Yo diría que en esa época, al entrar al
período de latencia, su posición femenina -que ha alcanzado el nivel genital y
es de carácter pasivo y maternal y que involucra el funcionamiento de su vagina
o, por lo menos, de sus representantes psicológicos-, ha sido ya establecida en
sus fundamentos. Que esto es así se hace todavía más verosímil cuando
consideramos con qué frecuencia las niñas pequeñas adoptan una posición maternal
y realmente femenina. Una posición de esta naturaleza no es imaginable a menos
que la vagina se comporte como un órgano receptivo. Por supuesto, como ya ha
sido señalado, tienen lugar alteraciones importantes en las funciones de la
vagina, como resultado de los cambios biológicos que sufre la niña en la
pubertad y de la experiencia del acto sexual; y son estas alteraciones las que
llevan a su estadío final el desarrollo de la niña también desde un punto de
vista psicológico y hacen de ella una mujer en el sentido amplio de la palabra.
En ese sentido estoy de acuerdo en muchos puntos con el trabajo de Karen Horney,
"The Flight from Womanhood", 1926, en el que llega a la conclusión de que la
vagina juega una parte en la vida temprana de la niña, así como el clítoris.
Puntualiza allí que seria razonable deducir de la aparición de frigidez en las
mujeres, que la zona vaginal es más probable que esté fuertemente cargada con
ansiedad y efectos defensivos que el clítoris. Cree que las fantasías y deseos
incestuosos de la niña han sido atribuidos por su inconsciente a la vagina y que
su frigidez en la vida futura es la manifestación de una medida defensiva tomada
contra ellos por su yo, a causa del peligro que involucran para ella. También
comparto la opinión de Karen Horney de que la incapacidad de la niña para
obtener un cierto conocimiento sobre la configuración de su vagina, a diferencia
del muchacho, que puede inspeccionar sus genitales y someterlos a una prueba de
realidad, para ver si ha sido o no alcanzado por las temibles consecuencias de
la masturbación, tiende a aumentar su ansiedad genital y hace que sea más
probable que adopte una posición masculina. Además, Karen Horney distingue entre
la envidia del pene secundaria de la niña, que emerge en la fase fálica, y la
envidia del pene primaria que se basa sobre catexis pregenitales, tales como la
escoptofilia y el erotismo uretral. Cree que la envidia del pene secundaria en
la niña se utiliza para reprimir los deseos femeninos, y que cuando su complejo
de Edipo es abandonado, invariablemente -aunque no siempre en el mismo grado-,
abandona a su padre como objeto sexual y se aleja del papel femenino,
regresando, al mismo tiempo, a su envidia del pene primaria.
Los puntos de vista que he expresado hace algunos años, relacionados con el
estadío final de la organización genital de la niña concuerdan con los de Ernest
Jones, manifestados al mismo tiempo. En su artículo "The Early Development of
Female Sexuality", 1927, sugiere que las funciones vaginales estaban
originariamente identificadas con la anal y que la diferenciación entre ellas
(proceso todavía oscuro) tiene lugar, en parte, en un estadío anterior al que
generalmente se supone. Presume la existencia de un estadío boca-ano-vagina, que
forma la base de la actitud heterosexual de la niña y representa una
identificación con su madre. De acuerdo con esta opinión, también la fase fálica
de la niña normal es sólo una forma debilitada de la identificación realizada
con mujeres homosexuales, con el padre y su pene, y es así, preeminentemente, de
carácter secundario y defensivo.
Helene Deutsch es de distinta opinión. Supone la existencia de una fase
postfálica que tiene influencia en el resultado final de la organización genital
posterior de la niña. Pero cree que la niña no tiene una fase vaginal en
absoluto, y que es excepcional que sepa algo sobre la existencia de su vagina o
que sienta algunas sensaciones allí y que, por lo tanto, cuando ha finalizado su
desarrollo sexual infantil, no puede adoptar una posición femenina en el sentido
genital. Por consecuencia, la libido, aunque mantiene una posición femenina,
está obligada a retroceder y a cargar una posición anterior dominada por su
complejo de castración (que según Helene Deutsch precede a su complejo de
Edipo), y un paso hacía atrás de esta índole sería un factor fundamental en la
producción del masoquismo femenino.
TENDENCIAS RESTITUTIVAS Y SEXUALIDAD
Ya hemos examinado la parte que desempeñan las tendencias restitutivas de la
niña en la consolidación de su posición homosexual. La consolidación de su
posición heterosexual depende también de que esa posición convenga a los
requerimientos de su superyó.
Como vimos en la primera parte de este capítulo, al individuo normal, el acto
sexual, además de su motivación libidinal, lo ayuda a dominar su ansiedad. Sus
actividades genitales tienen todavía otro motivo impulsor, que es su deseo de
reparar por la copulación el daño que ha hecho por medio de sus fantasías
sádicas. Cuando como resultado de una emergencia más fuerte de sus impulsos
genitales su yo reacciona frente a su superyó con menos ansiedad y más culpa,
encuentra en el acto sexual un medio importante para hacer reparaciones al
objeto, debido a su conexión con sus primeras fantasías sádicas. La naturaleza y
extensión de sus fantasías restitutivas, que deben corresponder al daño
imaginario que ha hecho, no sólo serán un factor importante en sus diversas
actividades en la formación de sus sublimaciones, sino que también influirán
grandemente en el curso y en el éxito de su desarrollo sexual.
Volviendo a la niña, encontramos que consideraciones, tales como los contenidos
y composición de sus fantasías sádicas, la magnitud de sus tendencias reactivas,
la estructura y fuerza de su yo, afectarán sus fijaciones libidinales y le
ayudarán a decidir si la restitución que hace tendrá un carácter masculino o
femenino o si será una mezcla de los dos.
Otra cosa que me parece importante para el éxito final del desarrollo de la
niña, es si las fantasías restitutivas que construye sobre sus ideas sádicas
específicas pueden imponerse sobre su yo del mismo modo que sobre su vida
sexual. Ordinariamente trabajan en ambas direcciones y se refuerzan la una a la
otra, y así ayudan a establecer una posición libidinal y una posición del yo que
son compatibles la una con la otra. Si, por ejemplo, el sadismo de la niña
pequeña ha estado fuertemente centrado en fantasías de dañar el cuerpo de su
madre y de robar los niños y el pene del padre dentro de ella, podrá sostener su
posición femenina bajo ciertas condiciones cuando sus tendencias reactivas
adquieran fuerza. En sus sublimaciones conseguirá su deseo de restaurar a su
madre y devolverle su padre y los niños, transformándose en niñera o masajista,
o dedicándose al trabajo intelectual si al mismo tiempo tiene una creencia
suficiente en la posibilidad de que su propio cuerpo sea restaurado teniendo
niños o ejecutando el acto sexual con un pene benéfico, ella también tomará esa
posición heterosexual como una ayuda para dominar su ansiedad. Además, sus
tendencias heterosexuales favorecen sus tendencias de sublimación que tienen por
fin la restitución del cuerpo de la madre, porque le demuestran que la
copulación entre los padres no ha hecho daño a la madre o que, de cualquier
modo, éste puede ser restaurado, y esta creencia, a su vez, la ayuda a
consolidarse en su posición heterosexual.
Lo que ha de ser la posición final de la niña también dependerá, dadas las
condiciones subyacentes similares, de si su creencia en su propia omnipotencia
constructiva es equiparable a la fuerza de sus tendencias reactivas. Si es así,
su yo puede establecerse un objetivo futuro de satisfacerse por sus tendencias
restitutivas, esto es, que ambos padres serían restaurados y estarían así una
vez más unidos amistosamente. Es ahora su padre el que en sus fantasías hace la
restitución a su madre y la gratifica por medio de su pene saludable, mientras
que la vagina de su madre, imaginada originariamente como algo peligroso,
restaurará y curará el pene del padre que ha dañado. Al considerar así la vagina
de su madre como un órgano benéfico y fuente de placer, la niña no sólo puede
evocar una vez más la temprana visión de su madre como la "buena" madre que le
dio de mamar, sino que puede pensar de si misma, identificándose con ella, como
en una persona bondadosa que da, y puede considerar el pene de su compañero de
amor como un pene "bueno". Sobre una actitud de esta naturaleza descansa el
éxito del desarrollo de su vida sexual y su capacidad para ligarse a su objeto
por vínculos sexuales tanto como por afecto y amor.
Como he tratado de mostrar en estas páginas, el éxito final del desarrollo
sexual infantil del individuo es el resultado largamente trabajado de un proceso
de fluctuación entre varias posiciones y está constituido sobre un gran número
de transacciones interconectadas entre su yo y su superyó y entre su yo y su
ello. Siendo estas transacciones el resultado de sus tentativas de dominar la
ansiedad son, también, en gran parte, un logro de su yo. Aquellas de las
transacciones que en la niña afirman su papel femenino y que encuentran su
expresión típica en su vida sexual posterior y en su comportamiento general son,
para mencionar sólo unas cuantas: que el pene del padre le gratificará a ella y
a su madre alternativamente, que un cierto número de niños le serán adjudicados
a su madre, y el mismo, o más bien un número menor, a ella; que incorporará el
pene del padre, mientras que la madre recibirá todos los niños, etc. Los
componentes masculinos también entran en tales transacciones. La niña pequeña
imaginará a veces que se apropia del pene de su padre con el objeto de realizar
su papel masculino frente a su madre para luego devolvérselo a él otra vez.
En el curso de un análisis se ha hecho claro que cada cambio favorable que tiene
lugar en la posición libidinal del paciente surge de una disminución de su
ansiedad y sentimiento de culpa e inmediatamente se forman nuevas transacciones.
Cuanto más disminuye la ansiedad y culpa que siente la niña y cuanto más se
adelanta su estadío genital, más fácilmente podrá permitir que su madre reanude
un papel maternal y femenino, y, al mismo tiempo, que ella adopte un papel
similar y sublime sus componentes masculinos.
FACTORES EXTERNOS
Sabemos que las primeras fantasías de los niños y su vida instintiva y la
presión de la realidad sobre ellos, se interaccionan una sobre la otra y que su
acción combinada da forma al curso de su desarrollo mental. A mi juicio, la
realidad y los objetos reales afectan sus situaciones de ansiedad desde los
primeros estadíos de su existencia, en el sentido de que los consideran como
pruebas o refutaciones de sus situaciones de ansiedad, que se han desplazado al
mundo externo y así les ayudan a guiar el curso de su vida instintiva. Y desde
que, debido a la interacción de los mecanismos de proyección e introyección, los
factores externos influyen en la formación de su superyó y del crecimiento de
sus relaciones de objeto y sus instintos, también ayudarán a determinar cuál
será el resultado de su desarrollo sexual.
Si, por ejemplo, la niña pequeña busca en vano el amor y la ternura de su padre,
que confirmarían la creencia en el pene "bueno" dentro de ella y serían un
contrapeso a su creencia en el pene "malo", se abroquelará más firmemente en su
actitud masoquista y el "padre sádico" puede transformarse en una condición de
amor para ella; o la conducta de él hacia ella puede aumentar el sentimiento de
odio y de ansiedad contra su pene e impulsarla a abandonar su papel femenino o
hacerse frígida. En realidad, que el resultado de su desarrollo sea favorable o
desfavorable dependerá de la cooperación de un gran número de factores externos.
Por ejemplo, la actitud de su padre hacia ella no es lo único que decidirá
acerca de qué tipo de persona se enamorará; no depende sólo de que él la atienda
o la descuide demasiado en comparación con su madre y hermanas, sino también de
su relación directa con aquellas personas. En qué medida ella podrá mantener su
posición femenina y en esa posición desarrollar un deseo de una imago paterna
bondadosa, dependerá también mucho de su sentimiento de culpa hacia su madre y,
así, de la naturaleza de las relaciones entre su padre y su madre. Además,
ciertos acontecimientos, tales como la enfermedad o muerte de uno de sus padres
o de un hermano o hermana, pueden ayudar para mantener en ella una posición
sexual o la otra, de acuerdo a cómo esto afecte su sentimiento de culpa.
Otra cosa que desempeña un papel muy importante en el desarrollo de la niña es
la presencia en su vida temprana de una persona, sin ser su madre o padre, a
quien considere como una figura bondadosa que le presta ayuda en el mundo
externo contra sus miedos fantásticos. Al dividir a su madre en "buena" y "mala"
y a su padre en 'bueno" y "malo", liga el odio que siente por su objeto a la
madre o al padre "malos", o se aleja de ellos mientras que dirige sus tendencias
restitutivas a su madre y padre "buenos", y en su imaginación repara en ellos el
daño que ha hecho a sus imagos paternas en sus fantasías sádicas. Pero si debido
a que su ansiedad es demasiado grande o por razones reales, sus objetos edípicos
no se han transformado en imagos buenas, otras personas, tales como una niñera
bondadosa, un hermano o una hermana, un abuelo o tía o tío, pueden, en ciertas
circunstancias, tomar el papel de la madre o padre buenos. De este modo, sus
sentimientos positivos, cuyo crecimiento ha sido inhibido debido a su miedo
excesivo por sus objetos edípicos, pueden aflorar y ligarse el objeto de amor.
Como he puntualizado más de una vez en estas páginas, la existencia de
relaciones sexuales entre niños durante su vida temprana, especialmente entre
hermanos y hermanas, es un hecho muy común. Los deseos libidinales de los niños
pequeños, intensificados como están por sus frustraciones edípicas, junto con la
ansiedad que emana de sus más profundas situaciones de peligro, los impulsan a
realizar actividades sexuales desde que, como he tratado de demostrar en el
capítulo presente, no sólo gratifican su libido, sino que los capacitan para
obtener refutaciones a los diferentes miedos en relación con el acto sexual. He
encontrado repetidas veces que si tales objetos sexuales han actuado además como
figuras "bondadosas", las primeras relaciones sexuales de esta naturaleza
ejercen una influencia favorable sobre las relaciones de la niña con sus objetos
y sobre sus futuras relaciones sexuales. Donde un miedo excesivo a ambos padres,
junto con ciertos factores externos, hubiera producido una situación edípica
perjudicial para su actitud hacia el sexo opuesto y le hubiera impedido el
mantenimiento de su posición femenina y de su capacidad para amar, el hecho de
que ella haya tenido relaciones sexuales con un hermano o hermano sustituto en
su primera infancia, y el que ese hermano, además, le haya demostrado afecto
real y haya sido su protector, la ha provisto de una base para una posición
heterosexual y ha desarrollado su capacidad de amor. Recuerdo uno o dos casos en
tos que la niña ha tenido dos tipos de objetos de amor: uno representaba al
padre severo y el otro al hermano bondadoso.
En otros casos desarrollaba una imago que era una combinación de los dos tipos;
y aquí también sus relaciones con su hermano habían disminuido su masoquismo.
Al servir como prueba basada en la realidad de la existencia del pene "bueno",
las relaciones de la niña con su hermano fortificaron su creencia en el pene
introyectado "bueno" y moderaron su miedo a los objetos introyectados "malos".
Ellos también la ayudaron a dominar su ansiedad en este sentido, desde que al
realizar actos sexuales con otro niño, adquirió el sentimiento de estar ligada a
él contra sus padres. Sus relaciones sexuales hicieron a los dos niños cómplices
de un crimen, reviviendo en ellos fantasías de masturbación sádica que se
dirigían originariamente contra su padre y madre, y causando que las cometiesen
juntos.
Al compartir así esa profunda culpa, cada niño se siente aliviado de algo de su
peso y está menos asustado, porque cree que tiene un aliado contra sus objetos
temibles. Según lo que he visto, la existencia de una complicidad secreta de
esta naturaleza, que en mi opinión desempeña una parte esencial en toda relación
de amor, aun en personas mayores, es de especial importancia en los vínculos
sexuales donde el individuo es paranoide.
La niña también considera su ligadura sexual con otro niño, que representa el
objeto bueno, como una refutación, por medio de la realidad, de su miedo a su
propia sexualidad y a su objeto como algo destructivo, de modo que un vínculo de
esta clase puede impedir que se haga frígida o que sucumba a otro trastorno
sexual en la vida posterior.
Sin embargo, aunque, como hemos visto, las experiencias de esta índole pueden
tener un efecto favorable sobre la vida sexual de la niña y sus relaciones de
objeto, pueden también conducir a serios trastornos en este terreno. Si sus
relaciones sexuales con otro niño sirven para confirmar sus miedos más profundos
-ya sea porque su pareja es demasiado sádica o porque la realización del acto
sexual hace surgir aun más ansiedad y culpa en ella a causa de su propio sadismo
excesivo-, su creencia en la maldad de sus objetos introyecta dos y de su propio
ello serán más fuertes aun, su superyó será más severo que nunca, y, como
resultado, su neurosis y todos los defectos de su desarrollo sexual y
caracterológico serán mayores.
DESARROLLO EN LA PUBERTAD
Sabemos que las perturbaciones psicológicas que padece el niño durante la
pubertad se deben, en gran parte, a la intensificación de los impulsos que
acompañan los cambios fisiológicos que se producen en esta edad. En la niña, la
aparición de la menstruación refuerza su ansiedad. En su Zur Psychoanalyse der
weiblichen Sexualfunktionen, 1926, Helene Deutsch ha estudiado el alcance del
significado psicológico de la pubertad para la niña y la prueba que le impone, y
ha llegado a la conclusión de que este primer fluir de sangre equivale para su
inconsciente a ser castrada y haber perdido la posibilidad de tener un niño, y
es así una doble frustración. Helene Deutsch aduce también que la menstruación
significa un castigo por haberse permitido la masturbación clitoridiana, y
además, regresivamente, revive el punto de vista infantil de que la copulación
es siempre un acto sádico que involucra crueldad y pérdida de sangre.
Mis propias experiencias confirman ampliamente el punto de vista de Helene
Deutsch, de que las desilusiones y golpes a su narcisismo que recibe la niña
cuando comienza a menstruar son muy grandes. Pero yo creo que su efecto
patogénico se debe a la circunstancia de que reactivan miedos anteriores. Son
sólo unos pocos puntos más, en el total de sus situaciones de ansiedad, los que
la menstruación hace emerger. Estos miedos, según hemos visto anteriormente, en
el presente capítulo, son escuetamente los siguientes:
1) En virtud de la equiparación de todas las sustancias corporales unas con
otras en el inconsciente, identifica la sangre de su menstruación con los
excrementos supuestamente peligrosos. Desde que ha aprendido tempranamente a
asociar la hemorragia con cortaduras, su miedo de que estos excrementos
peligrosos hayan dañado su propio cuerpo le parece haber sido confirmado por la
realidad. El flujo menstrual aumenta su terror a que su cuerpo sea atacado. En
relación con esto hay varios miedos que operan:
a) Su miedo a ser atacada y destruida por su madre, en parte debido a venganza y
en parte para recobrar el pene del padre y los niños de los que ella (la niña)
le ha privado.
b) Su miedo a ser atacada y dañada por su padre al copular con ella sádicamente,
ya sea porque ha tenido fantasías de masturbación sádica sobre su madre o porque
ella quiere retomar el pene que le ha robado. Su fantasía de que le retiren por
violencia el pene, dañando sus genitales, es la base, creo, de la idea que tiene
más tarde de que su clítoris es una herida o una cicatriz donde antes estuvo su
pene.
c) Su miedo de que el interior de su cuerpo sea atacado y destruido por sus
objetos introyectados, ya sea directa o indirectamente, como consecuencia de la
lucha de uno con el otro dentro de ella. Sus fantasías de que tiene
introyectados a sus padres violentos en el acto de ejecutar un coito sádico, y
que están poniendo en peligro su propio interior al destruirse uno al otro, es
una fuente de angustia aguda. Considera las sanciones corporales que la
menstruación hace surgir a menudo en ella, y que su ansiedad aumenta, como un
signo de que todos los daños que temió recibir y todos sus miedos hipocondríacos
se han hecho realidad.
3) El flujo de sangre proveniente del interior de su cuerpo la convence de que
los niños dentro de ella han sido dañados y destruidos. En algunos análisis de
mujeres he encontrado que el temor de éstas a no tener niños (es decir, a
tenerlos destruidos en su interior) se había intensificado desde el comienzo de
la menstruación y no había desaparecido hasta que habían tenido un niño. Pero,
en muchos casos, la menstruación, además del miedo de tener niños dañados o
anormales, da por resultado que consciente o inconscientemente se rechace el
embarazo por completo.
4) La menstruación, al confirmarla en la creencia de que ella no tiene pene y en
la idea de que su clítoris es la herida o la cicatriz dejada por su pene
castrado, hace que le sea más difícil mantener una posición masculina.
5) Como signo de madurez sexual, la menstruación activa todas aquellas fuentes
de ansiedad ya mencionadas en este capítulo, que se relacionan con sus ideas de
que la conducta sexual tiene un carácter sádico. El análisis de pacientes
femeninos en la edad de la pubertad, muestra que por las razones arriba
mencionadas, la niña cree que la posición femenina, así como la masculina, se
han hecho insostenibles. La menstruación tiene un efecto mucho mayor, al activar
las fuentes de ansiedad y los conflictos en la niña, que el proceso paralelo de
desarrollo tiene en el varón. Esto explica en parte la causa de por qué la niña
esté sexualmente más inhibida que el varón durante la pubertad.
Los efectos psicológicos de la menstruación son responsables, en parte, del
hecho de que a esta edad las dificultades neuróticas de la niña aumenten
muchísimo. Aun si es normal, la menstruación resucita sus viejas situaciones de
ansiedad, aunque desde que su yo y sus métodos de dominar su ansiedad han sido
adecuadamente desarrollados, puede modificarla mejor que en su temprana
infancia.
Ordinariamente también obtiene una fuerte satisfacción de la aparición de la
menstruación. Siempre que su posición femenina haya sido bien establecida
durante la primera expansión de su vida sexual, considerará la menstruación como
una prueba de ser sexualmente madura y mujer, y como un signo de que puede tener
mayor confianza en la esperanza de recibir gratificación sexual y de tener
niños. Si esto es así, considerará la menstruación como un testimonio contra sus
varias fuentes de ansiedad.
RELACIONES CON SUS NIÑOS
Al describir el primer desarrollo sexual de la mujer, no di muchos detalles
sobre sus deseos de tener niños, puesto que quise tratar su actitud infantil
frente a sus niños imaginarios al mismo tiempo que trataba su actitud en la vida
posterior, durante el embarazo, frente al niño verdadero dentro de ella.
Freud ha dicho que el deseo de la niña de tener un hijo toma el lugar de su
deseo de poseer un pene; pero de acuerdo con mis observaciones, lo que toma este
lugar es su deseo del pene del padre considerado como objeto libidinal. En
algunos casos, la principal ecuación que realiza es entre los niños y las heces.
Aquí su relación con el niño parece desarrollarse principalmente sobre líneas
narcisísticas. Es más independiente de su actitud frente al hombre y está más
íntimamente relacionada con su propio cuerpo y con la omnipotencia de sus
excrementos. En otros casos equipara principalmente los niños con un pene. De
aquí que su actitud frente al niño descanse más fuertemente sobre sus relaciones
con su padre o con el pene de él. Hay una teoría sexual infantil universal de
que la madre incorpora un nuevo pene cada vez que copula y que estos penes o
parte de ellos se transforman en niños. Como consecuencia de esta teoría, las
relaciones de la niña con el pene del padre influyen en sus relaciones primero
con sus niños imaginarios y más tarde con sus niños verdaderos. En el libro que
ya he citado, Zur Psychoanalyse der weiblichen Sexualfunktionen, Helene Deutsch,
al discutir la actitud de la mujer embarazada frente al niño dentro de ella,
sostiene el siguiente punto de vista: La mujer considera a su hijo como parte de
su yo y como objeto exterior al mismo "con respecto al cual repite todas las
relaciones de objeto negativas y positivas que ha tenido hacía su propia madre".
En sus fantasías. su padre se ha transformado en su hijo en el acto de la
copulación, "que en último grado representa para su inconsciente la
incorporación oral de su padre" y "conserva este papel en la preñez imaginaria o
real que le sigue". Después de que este proceso de introyección ha tenido lugar,
su niño se transforma en la "encarnación del yo ideal que ha desarrollado
anteriormente" y también representa "la encarnación de sus propios ideales que
no ha podido realizar". La actitud ambivalente que adopta frente a su hijo es
debida, en parte, a que toma el lugar de su superyó -a menudo en fuerte
oposición con su yo- y reaviva en ella aquellos sentimientos ambivalentes hacia
sus padres que surgieron de su situación edípica, pero también es, en parte,
debida a que hace una carga regresiva de sus primeras posiciones libidinales. Su
identificación de niños con heces, de las cuales tiene una valoración
narcisística, se transforma en la base de una valoración similar narcisística de
su hijo, y sus formaciones reactivas contra su original sobreestimación de sus
excrementos despiertan sentimientos de repugnancia en ella y hace que quiera
expeler a su hijo.
Esta opinión requiere, creo, ser ampliada en uno o dos puntos.
La ecuación que hace la mujer en los primeros estadíos de su desarrollo entre el
pene del padre y un hijo, la conducen a darle al niño dentro de ella el
significado de un superyó paternal, desde que su pene internalizado forma el
núcleo de su superyó. Así, su actitud frente a su hijo real o imaginario es no
solamente una actitud ambivalente, sino que está cargada por una cierta cantidad
de ansiedad que ejerce una influencia decisiva sobre sus relaciones con su hijo.
He encontrado que la ecuación que ha hecho entre heces e hijos había afectado ya
la relación con su hijo imaginario cuando era muy pequeña. Y la ansiedad que
siente a causa de sus fantasías sobre sus excrementos ardientes y venenosos, los
que en mi opinión refuerzan sus tendencias de expulsión pertenecientes a un
estadío anal primario, es una de las razones por las cuales experimenta más
tarde sentimientos de odio y temor hacia el niño verdadero que está en su
interior.
Como ya he señalado, el miedo de la niña a su pene introyectado "malo" la induce
a fortalecer su introyección de un pene "bueno", desde que esto le ofrece
protección y auxilio contra el pene "malo" dentro de ella y contra sus malas
imagos y sus excrementos, que considera como sustancias peligrosas. Es este pene
cordial y "bueno", concebido a menudo como uno pequeño, el que toma el
significado de un niño. Este niño imaginario, que provee a la niña pequeña de
protección y ayuda, representa originariamente en su inconsciente los contenidos
buenos de su cuerpo. La ayuda que le presta contra su ansiedad es, por supuesto,
puramente fantástica, pero entonces los objetos que teme son igualmente
fantásticos, porque en este estadío de su desarrollo está principalmente
gobernada por una realidad subjetiva e interna.
En mi opinión, la niña normalmente siente un deseo tan intenso de tener niños
-deseo que es mayor que ningún otro- debido a que la posesión de niños es un
medio de vencer su ansiedad y aliviar su sentimiento de culpa.
Como sabemos, las mujeres desean a menudo más un niño que un compañero sexual.
La actitud de la niña pequeña frente al niño es también de gran importancia para
la creación de sus sublimaciones. Los ataques imaginarios que realiza contra el
interior de su madre por medio de sus excrementos destructivos y venenosos
originan do das sobre los contenidos de su propio cuerpo. Debido a la
equiparación de heces con niños, sus fantasías sobre heces "malas" en su
interior la conducen a la formación de fantasías sobre tener un niño "malo" allí
dentro, y esto es equivalente a tener un niño "horrible" y mal formado. Las
formaciones reactivas de la niña contra sus fantasías sádicas de las heces
peligrosas dan lugar, me parece, a sublimaciones de tipo específicamente
femenino. Analizando niñas pequeñas, vemos claramente cuán íntimamente sus
ansias de poseer un niño "hermoso" (bueno y sano) y sus esfuerzos infatigables
por embellecer sus bebés imaginarios y sus propios cuerpos están relacionados
con su miedo de haber producido, en ella misma y en su madre, niños "malos" y
"horribles", que ella equipara a excrementos venenosos.
Ferenczi ha descrito los cambios que sufren los intereses del niño por las heces
en los diversos estadíos de su desarrollo y ha llegado a la conclusión de que
sus tendencias coprofílicas están tempranamente sublimadas, sólo en parte, en un
placer por las cosas brillantes.
Creo que un elemento en este proceso de sublimación es el miedo del niño por los
trozos de excrementos peligrosos y "malos". Desde aquí hay un camino directo
sublimatorio que conduce al tema de la "belleza".
La misma fuerte necesidad que sienten las mujeres de tener un cuerpo hermoso, un
hogar encantador y belleza en general, se basa en sus deseos de poseer un
hermoso interior de su cuerpo, en el cual se alojen los objetos buenos y
hermosos y excrementos inofensivos. Otra línea de sublimación, que parte del
miedo de la niña a los excrementos peligrosos y malos, conduce a la idea de los
productos buenos en el sentido de saludables (aunque incidentalmente bueno y
hermoso a menudo significan lo mismo para la niña pequeña). De este modo se
refuerzan en ella aquellos sentimientos maternales originarios de dar, que
surgen de su posición femenina.
Si la niña pequeña se halla suficientemente animada por sentimientos de
naturaleza optimista, creerá no sólo que su pene internalizado es bueno, sino
también que los niños dentro de ella son seres útiles. Pero si está llena de
miedo a un pene internalizado "malo" y a excrementos peligrosos, la relación con
su hijo real en su vida posterior estará a menudo dominada por la ansiedad. Sin
embargo, a menudo, cuando sus relaciones con su compañero sexual no la
satisfacen, establecerá una relación con su hijo que le proporcionará
satisfacción y apoyo moral. En estos casos, en los cuales el acto sexual en sí
ha recibido demasiado fuertemente el significado de una situación de ansiedad y
su objeto sexual se ha transformado en un objeto de ansiedad para ella, es su
niño el que atrae para si la calidad de un pene bueno y provechoso. La mujer que
vence la ansiedad precisamente por medio de sus actividades sexuales, puede
tener una relación bastante buena con su esposo y mala con su hijo. En este caso
ha desplazado en su mayor parte su ansiedad concerniente al enemigo dentro de
ella, hacia su hijo; y son los miedos que resultan de esto los que, según he
encontrado, están en el fondo de su miedo al embarazo y al parto, miedos que se
agregan a sus sufrimientos físicos mientras está embarazada y que pueden hacerla
incapaz psicológicamente de concebir un hijo.
Ya hemos visto de qué modo el miedo de la mujer al pene "malo" puede aumentar su
sadismo. Mujeres que tienen una actitud fuertemente sádica hacia su esposo, en
general consideran a su hijo como un enemigo. Así como consideran el acto sexual
como un medio de destruir su objeto, quieren tener un hijo para tenerlo en su
poder como si fuera algo hostil a ellas. Pueden entonces emplear el odio que
sienten por su temido enemigo interno contra sus objetos externos, esposo o
hijos. Por supuesto que hay también mujeres que tienen una actitud sádica frente
a su esposo y una amistosa y cordial frente a sus hijos y viceversa, pero en
cada uno de estos casos es la actitud de la mujer frente a sus objetos
introyectados, especialmente al pene del padre, la que determinará su actitud
frente al esposo e hijos.
La actitud de la madre frente a sus hijos está basada, según sabemos, sobre sus
primeras relaciones con sus objetos. De acuerdo con que su hijo sea varón o
mujer, tendrá frente a él, en mayor o menor grado, aquellas relaciones
emocionales que tuvo en su primera infancia con el padre, tíos y hermanos, o con
su madre tías y hermanas. Si ha equiparado principalmente la idea de un hijo con
la de un pene "bueno", serán los elementos positivos de estas relaciones los que
transferirá a su hijo. Condensará un número de imagos amistosas en su persona,
representará la "inocencia" de la infancia y será a sus ojos lo que ella quiso
ser en su primera infancia. Y uno de los motivos fundamentales de las esperanzas
que abriga sobre su feliz y satisfactorio crecimiento es que ella pueda, en
sentido retrospectivo, transformar su propia infancia insatisfecha en una época
de felicidad.
Existe, creo, un gran número de factores que ayudan a fortificar las relaciones
emocionales que tiene la madre hacia su hijo. Al traerlo al mundo ha producido
la refutación más fuerte de todos los miedos que surgen de sus fantasías
sádicas. El nacimiento de su hijo no sólo significa en su inconsciente que el
interior de su propio cuerpo y los niños imaginarios están ilesos o han sido
bien hechos, sino que también invalida todas las clases de miedos asociados con
la idea de niños. Esto demuestra que los niños dentro de la madre -sus hermanos
y hermanas- y el pene del padre (o su padre) que ha atacado allí, y también su
madre, están todos ilesos o restaurados otra vez. Tener un bebé representa, así,
la restauración de un número de objetos, y aun en algunos casos, la recreación
de todo un mundo.
Amamantar a su hijo es también muy importante y crea una ligazón íntima y
especial entre ellos. Al dar a su hijo el producto de su propio cuerpo, que es
esencial para su nutrición y crecimiento, puede finalmente refutar y poner buen
final al círculo vicioso que comenzó en ella siendo niña, con sus ataques sobre
el pecho de su madre como primer objeto de sus impulsos destructivos, y que
contenían fantasías de destruir su pecho mordiéndolo en pedazos y ensuciándolo,
envenenándolo y quemándolo por medio de sus excrementos. Porque en su
inconsciente considera que dar a su hijo leche nutritiva y benéfica es prueba de
que sus primeras fantasías sádicas no se han realizado, o de que ha tenido éxito
en la restauración de sus objetos.
Como ya ha sido señalado, el individuo ama su objeto "bueno" tanto más porque
siendo algo al cual él puede dedicar sus tendencias restitutivas le suministra
gratificación y disminuye su ansiedad. Ningún objeto posee esta cualidad en un
grado tan importante como el niño pequeño. Además, empleando su amor maternal y
sus cuidados sobre su hijo, ella no sólo realiza sus primeros deseos, sino que
desde que se identifica con él, comparte el placer que le proporciona. En la
inversión de las relaciones de la madre y el niño, ella puede experimentar una
feliz renovación de sus primeras ligazones hacia su madre y permitir que sus
primitivos sentimientos de odio hacia ella retrocedan al fondo y que tomen la
delantera sus sentimientos positivos.
Todos estos factores contribuyen para dar a los niños una enorme importancia en
la vida emocional de las mujeres, y podemos ver fácilmente por qué es que su
equilibrio mental estará tan trastornado si su hijo no resulta sano y
especialmente si es anormal. Así como un hijo sano y que prospera es la
refutación de gran número de miedos, del mismo modo, uno anormal, enfermizo o
simplemente que no la satisface, es una confirmación de ellos, y puede aun
llegar a ser considerado como un enemigo y un perseguidor.
DESARROLLO DEL YO
Consideraremos ahora brevemente la relación entre la formación del superyó de la
niña y el desarrollo de su yo. Freud ha demostrado que algunas de las
diferencias que existen entre la formación del superyó de la niña y del varón
están asociadas a diferencias sexuales anatómicas. Estas diferencias anatómicas
afectan de diversos modos, según mi opinión, tanto el desarrollo del superyó
como el del yo. Como consecuencia de la estructura de los genitales femeninos
que señalan su función respectiva, las tendencias edípicas de la niña están más
extensamente dominadas por sus impulsos orales, y la introyección de su superyó
es más amplia que la del niño. Además está la ausencia de pene como órgano
activo. El hecho de que no tiene pene, aumenta la mayor dependencia que ya tiene
la niña de su superyó como resultado de sus tendencias introyectivas más
fuertes.
Ya he dado mi opinión, en las páginas primeras de este libro, de que el
sentimiento de omnipotencia primario del niño está ligado a su pene y que es
también el representante en su inconsciente de actividades y sublimaciones que
proceden de sus componentes masculinos. En la niña, que no posee un pene, el
sentimiento de omnipotencia está más profunda y extensivamente asociado con el
pene introyectado de su padre que en el caso del muchacho. Esto es tanto más
verdad debido a que el cuadro que siendo niña se ha formado del pene dentro de
ella, y que determina los standards que establece para sí misma, ha surgido de
fantasías extremadamente desfiguradas, y es por lo tanto más exagerado que en el
varón, tanto respecto a la "bondad" como a la "maldad".
Esta opinión de que el superyó actúa más frecuentemente en las mujeres que en
los hombres, parece estar en desacuerdo con el hecho de que, en comparación con
los hombres, las mujeres son a menudo más dependientes de sus objetos, son más
fácilmente influidas por el mundo exterior y son más variables en sus standards
morales, es decir, aparentemente están menos guiadas por los requerimientos de
su superyó.
Pero yo creo que su mayor dependencia de los objetos está íntimamente
relacionada con una mayor eficacia de su superyó. Ambas características tienen
un origen común en la mayor propensión de la mujer a introyectar su objeto y a
colocarlo dentro de ella misma, de modo que erige un superyó más poderoso. Esta
propensión está aumentada, además, por su mayor dependencia de su superyó y su
mayor miedo al mismo. La ansiedad más profunda de la niña, la de que algún daño
desconocido ha sido hecho en su interior por sus objetos internalizados, la
impulsa, como ya hemos visto, a estar continuamente probando sus miedos por
medio de sus relaciones con los objetos reales. Esto la impele a reforzar sus
tendencias introyectivas de modo secundario. Parecería también que los
mecanismos de proyección son más fuertes que en el hombre, de acuerdo con su
intenso sentimiento de la omnipotencia de su pensamiento y sus excrementos, y
éste es otro factor que la induce a tener relaciones más fuertes con el mundo
externo y con los objetos de la realidad, en parte con el fin de controlarlos
por medios mágicos.
Este hecho de que los procesos de introyección y proyección son más fuertes en
la mujer que en el hombre, no sólo afecta el carácter de sus relaciones de
objeto, sino que es importante para el desarrollo de su yo. Su necesidad
dominante y profunda de abandonarse a una completa confianza y sumisión al pene
internalizado "bueno", es una de las cosas que refuerzan la cualidad receptiva
de sus sublimaciones e intereses; pero su posición femenina la impele
fuertemente a obtener un control secreto de sus objetos internalizados por medio
de la omnipotencia de sus excrementos y pensamientos, y esto promueve en ella un
agudo poder de observación y una gran visión psicológica junto con un cierto
arte e inclinación hacia el engaño e intriga.
Este aspecto del desarrollo de su yo surge especialmente de su relación con su
superyó maternal, pero también influye en sus relaciones con su superyó
paternal.
En El yo y el ello (1923) Freud dice: "Cuando tales identificaciones llegan a
ser muy numerosas, intensas e incompatibles entre sí, se produce fácilmente un
resultado patológico. Puede surgir, en efecto, una disociación del yo,
excluyéndose las identificaciones unas a otras por medio de resistencias. El
secreto de los casos llamados de personalidad múltiple, reside quizá en que cada
una de tales identificaciones se concientizan, alternativamente. Pero aun sin
llegar a este extremo, surgen entre las diversas identificaciones en las que el
yo queda disociado, conflictos que no pueden ser siempre calificados de
patológicos".
Un estudio de los primeros estadíos de la formación del superyó y su relación
con el desarrollo del yo, confirma ampliamente esta última afirmación, y en lo
que hemos podido ver, cualquier investigación futura de la personalidad como un
todo, ya sea normal o anormal, tendrá que seguir el camino que Freud ha
indicado. Parece que la manera de ampliar nuestro conocimiento del yo es
aprender más sobre sus diversas identificaciones y las relaciones que tiene con
ellas. Solamente prosiguiendo esta línea de investigación podemos descubrir de
qué modo el yo regula las relaciones que existen entre aquellas identificaciones
que, como sabemos, difieren de acuerdo con el estadío de desarrollo en el que
han sido hechas y de acuerdo con la circunstancia de que ellas se refieran a la
madre o al padre, o a la combinación de los dos.
La niña está más obstaculizada en la formación de su superyó con respecto a su
madre que lo que el niño lo está con respecto a su padre, desde que es difícil
para ella identificarse con su madre sobre la base de un parecido anatómico,
debido al hecho de que los órganos internos que se utilizan para las funciones
sexuales femeninas y la cuestión de poseer o no hijos, no admiten ninguna
investigación o prueba por la realidad. Como ya sabemos, este obstáculo aumenta
el poder de su imago materna terrorífica -producto de sus ataques sádicos a la
madre-, que pone en peligro el interior de su cuerpo, la censuran por haberla
privado de sus hijos, sus heces y el pene del padre y por poseer excrementos
"malos" y peligrosos.
Los métodos de ataque basados en la omnipotencia de sus excrementos y
omnipotencia de pensamientos que emplea la niña contra la madre influyen en el
desarrollo de su yo no sólo directamente, sino también indirectamente. Sus
formaciones reactivas contra su propia omnipotencia sádica y la transformación
de esta última en omnipotencia constructiva, le permiten desarrollar
sublimaciones y cualidades de espíritu que son directamente opuestas a aquellos
rasgos que acabamos de describir y que están ligados a la omnipotencia primaria
de sus excrementos. La inclinan a ser veraz, confiada y a olvidarse de sí misma,
a estar lista para dedicarse a los deberes que tiene frente a sí y dispuesta a
sufrir mucho por ellos y por sus semejantes. Estas formaciones reactivas y estas
sublimaciones tienden una vez más, a hacer de su sentimiento de omnipotencia
-basado en sus objetos internalizados buenos- y de su actitud de sumisión frente
a su superyó paternal, la fuerza dominante en su actitud femenina.
Además, una parte esencial en el desarrollo de su yo está desempeñado por su
deseo de emplear su orina "buena" y heces "buenas" para rectificar los efectos
de sus excrementos "malos" y dañinos y proporcionar cosas buenas y hermosas,
deseo que es de importancia abrumadora en sus actos de dar a luz un hijo y
amamantarlo, porque el niño hermoso y la buena leche que ella produce
representan sublimaciones de sus excrementos dañinos y su orina peligrosa. Lo
cierto es que este deseo forma una base creadora y fructífera para todas
aquellas sublimaciones que surgen de los representantes psicológicos del parto y
del amamantamiento.
Lo característico sobre el desarrollo del yo de la mujer es que en el curso del
mismo, su superyó se eleva a gran altura y se magnifica mucho y que su yo lo
admira y se somete a él. Y debido a que su yo trata de vivir de acuerdo con su
superyó glorificado, se halla espoleado para toda clase de esfuerzos, que dan
como resultado una expansión y enriquecimiento del mismo. Así, mientras que en
el hombre es el yo y, con él, las relaciones de realidad los que en gran parte
toman la delantera, de modo que su naturaleza es más objetiva y razonable, en la
mujer la fuerza dominante es el inconsciente. En la niña, no menos que en el
varón, la calidad de sus logros dependerá de la calidad de su yo, pero reciben
el carácter de intuición y subjetividad específicamente femeninos del hecho de
que su yo está sometido a un ser interno amado. Representan el nacimiento de un
niño espiritual, procreado por su padre, y este padre espiritual es su superyó.
Es verdad que aun una línea marcadamente femenina de desarrollo presenta
numerosos rasgos que surgen de componentes masculinos, pero parece como si la
creencia dominante de la mujer en la omnipotencia del pene incorporado de su
padre y en el niño que crece en su interior, la hiciera capaz de logros de una
naturaleza específicamente femenina.
Llegados a este punto no podemos dejar de comparar la disposición mental de las
mujeres con la de los niños, de quienes sabemos que están en mucho mayor grado
bajo el dominio de su superyó y dependen más de los objetos que el adulto.
Sabemos todos que la mujer es más semejante al niño que el hombre, y, sin
embargo, en algunos aspectos en el desarrollo de su yo, difiere de él tanto como
el hombre. La razón de esto es que aunque ella ha introyectado su objeto edípico
con mucha más fuerza que él, de modo que su superyó y su ello ocupan una porción
mayor en su estructura mental y hay una cierta analogía entre su actitud y la
del niño, su yo logra un desarrollo completo en virtud del poderoso superyó
dentro de ella, cuyo ejemplo sigue y que también en parte trata de controlar y
sobrepasar.
Si la niña se adhiere principalmente a la posesión imaginaria de un pene como
atributo masculino, su desarrollo será radicalmente diferente. Al revisar su
historia sexual, hemos discutido ya las diversas causas que la obligan a adoptar
una posición masculina. En cuanto a sus actividades y sublimaciones -que
considera en su inconsciente como confirmación en la realidad de su posesión de
un pene o de un sustituto del mismo-, éstas se usan no solamente para competir
con el pene de su padre, sino que sirven invariablemente, en modo secundario,
como una defensa contra su superyó y para debilitarlo. En niñas de este tipo, el
yo adquiere, además, una gran importancia en los empeños y empresas, que son en
su mayor parte una expresión de la potencia masculina. En lo que concierne al
desarrollo sexual de la niña, sabemos el significado que la existencia de una
buena imago materna tiene sobre la formación de una buena imago paterna en ella.
Si está en una posición de confianza ante la guía interna de su superyó paterno,
en el que cree y al que admira, siempre significa que tiene también buenas
imagos maternas, porque es sólo cuando tiene bastante confianza en la madre
internalizada "buena" que puede rendirse completamente a su superyó paterno;
pero para realizar una entrega de esta naturaleza debe creer también bastante
fuertemente en la posesión de cosas buenas dentro de su cuerpo u objetos
internalizados amistosos. Sólo si el niño que ha tenido en su imaginación o
espera tener de su padre es hermoso y bueno -solamente si el interior de su
cuerpo representa un lugar donde reina la belleza y la armonía- puede entregarse
sin reserva, tanto sexual como mentalmente, a su superyó paternal y a sus
representantes en el mundo externo. El logro de un estado de armonía de esta
naturaleza, se basa en la existencia de una buena relación entre su yo y sus
identificaciones y entre aquellas identificaciones mismas y especialmente entre
la imago materna y paterna.
Las fantasías de la niña en las que trata de destruir a ambos padres por envidia
y odio hacia ellos, son la base de su más profundo sentimiento de culpa y forman
también la base de sus situaciones de peligro más poderosas. Originan el miedo
de albergar objetos hostiles empeñados en combates mortales uno con otro (es
decir, en copulación destructiva), o debido a que han descubierto su culpa, se
han aliado como enemigos contra su yo. Si su padre y su madre viven felices
juntos, la inmensa gratificación que obtiene de este hecho se debe en gran
parte, al alivio que las buenas relaciones entre ellos proporcionan al
sentimiento de culpa originado en sus fantasías sádicas. Porque en su
inconsciente, el buen entendimiento entre ellos es una confirmación en la
realidad de su esperanza de poder hacer restitución de todos los modos posibles.
Y sí sus mecanismos restitutivos han sido establecidos con éxito, la niña no
sólo estará en armonía con su mundo externo sino que -y esto es, creo, la
condición necesaria para el logro de tal estado de armonía y de una relación de
objeto satisfactoria y adecuado desarrollo sexual- podrá estar en armonía con el
mundo interno y con ella. Si sus imagos amenazantes se desvanecen en las
profundidades y su imago paterna bondadosa y la imago materna actúan en una
amistosa cooperación y le dan garantía de paz y seguridad dentro de su propio
cuerpo, puede desarrollar sus componentes masculinos y femeninos bajo los
auspicios de sus padres introyectados y habrá asegurado en sí misma una base
para el completo desarrollo de una personalidad armoniosa.
POSTSCRIPTO
Después que hube escrito este libro apareció un artículo de Freud en el que se
refiere al largo período de tiempo durante el cual la niña permanece ligada a la
madre e intenta aislar esta ligazón de la actuación del superyó y del
sentimiento de culpa. Esto, a mi juicio, no es posible, porque pienso que la
ansiedad y sentimiento de culpa que surgen de estos impulsos agresivos van a
intensificar esta ligazón libidinal primaria hacia la madre en un estadío muy
temprano. Sus múltiples miedos a imagos fantásticas (su superyó) y a la madre
real "mala" la fuerzan, mientras es todavía muy pequeña, a encontrar protección
en su madre real "buena". Y para hacerlo tiene que sobrecompensar su agresión
primaria hacia esta última.
Freud también ha señalado que la niña siente hostilidad hacia su madre y tiene
miedo de "ser matada" (comida por ella). En mis análisis de pacientes femeninas
en todas las edades, he encontrado que su miedo a ser devorada, cortada en
pedazos o destrozada por su madre, surge de la proyección de sus propios
impulsos de la misma naturaleza sádica contra ella y que estos miedos están en
el fondo de sus más tempranas situaciones de ansiedad. Freud también dice que
las mujeres que están fuertemente ligadas a su madre han reaccionado
especialmente con rabia y ansiedad a las enemas e irrigaciones anales que ella
les ha administrado en su infancia Las expresiones de afectos de esta naturaleza
son causadas, de acuerdo con mi experiencia, por su miedo a ataques anales,
miedo que representa la proyección de sus fantasías anales sádicas hacia ella.
Estoy de acuerdo con el punto de vista de Freud de que la proyección en la mujer
de impulsos hostiles contra su madre es el núcleo de la paranoia en la vida
futura, pero de acuerdo con mis observaciones, son los ataques imaginarios que
ha hecho sobre el interior del cuerpo de la madre por medio de excrementos
destructivos que envenenan, queman y explotan, los que dan lugar más
particularmente a su miedo a los excrementos como perseguidores y al miedo a su
madre como figura terrorífica, siendo esto un resultado de su proyección.
Freud cree que la prolongada ligazón a la madre es exclusiva y tiene lugar antes
de que la niña haya penetrado en la situación edípica, pero mi experiencia en
análisis de niñas pequeñas me ha convencido de que la extensa y duradera ligazón
a la madre nunca es exclusiva y está relacionada con impulsos edípicos. Además,
su ansiedad y sentimientos de culpa en relación a su madre también afectan el
curso de aquellos impulsos edípicos, porque, en mi opinión, la defensa de la
niña contra su actitud femenina surge menos de sus tendencias masculinas que del
miedo a su madre. Si la niña pequeña está demasiado asustada de su madre, no
podrá ligarse suficientemente al padre y su complejo edípico no surgirá. En
aquellos casos en que una fuerte fijación al padre no ha sido establecida hasta
el estadío postfálico, he encontrado que la niña, sin embargo, ha tenido
impulsos edípicos positivos en una temprana edad, pero que éstos, a menudo, no
surgieron a la vista. Estos primeros estadíos de su conflicto edípico presentan
todavía un carácter algo fantástico, desde que están en parte centrados
alrededor del pene de su padre, pero en parte están ya relacionados con su padre
real.
En algunos de mis primeros artículos he sostenido como factores primarios en la
separación de la niña de la madre, el rencor que siente contra ella por haberla
sometido a la frustración oral (factor que es advertido por Freud en el artículo
citado) y la envidia de la gratificación oral mutua que sobre la base de sus
primeras teorías sexuales imagina que obtienen los padres de la copulación.
Estos factores, auxiliados por la equiparación del pecho y pene, la inclinan a
volverse hacia el pene del padre, según mi opinión, hacia la segunda mitad de su
primer año, de modo que su ligazón hacia el padre está fundamentalmente afectada
por su ligazón hacia la madre. Puedo añadir también que Freud señala que la una
está construida sobre la otra y que muchas mujeres repiten su relación con la
madre en su relación con los hombres.
12. LOS EFECTOS DE LAS SITUACIONES TEMPRANAS DE ANSIEDAD SOBRE EL DESARROLLO
SEXUAL DEL VARON
Los análisis tempranos muestran que el desarrollo sexual del niño corre
paralelamente al de la niña durante las primeras etapas. Como en el caso de
ésta, la frustración oral que el niño experimenta refuerza sus tendencias
destructivas contra el pecho de la madre, y la separación del pecho materno y la
aparición de impulsos sádicos orales son seguidos por el período llamado, por
mí, de sadismo máximo, en el que desea atacar el interior del cuerpo de su
madre.
LA FASE FEMENINA
En esta fase el niño tiene una fijación oral de succión sobre el pene del padre,
tal como la niña. Considero que esta fijación es la base de la verdadera
homosexualidad en él. Esta idea estaría de acuerdo con lo que dijo Freud en Un
recuerdo de infancia de Leonardo da Vinci, (O. C., 11), donde llega a la
conclusión de que la homosexualidad de Leonardo se remonta a una fijación
excesiva en la madre -últimamente sobre su pecho- y cree que esa fijación sufre
un desplazamiento del pecho al pene como objeto de gratificación. En mi
experiencia, todo niño pasa de una fijación oral de succión al pecho de la madre
a una fijación oral de succión al pene del padre.
Además, el niño imagina que la madre incorpora el pene del padre o, mejor, un
número de ellos en su interior, así que junto con sus relaciones reales hacia el
padre y hacia el pene del padre, desarrolla una relación imaginaria hacia el
pene del padre guardado en el interior de la madre.
Puesto que sus deseos orales por el pene del padre son uno de los motivos de sus
ataques al cuerpo de la madre -porque quiere sacarle por la fuerza el pene que
imagina dentro de ella y en consecuencia dañarla- sus ataques representan
también, en cierto modo, sus primeras situaciones de rivalidad con ella, y así,
pues, constituyen la base de su complejo femenino.
El apoderarse por fuerza del pene del padre y de los excrementos y niños del
cuerpo de la madre, lo convierte en el rival de su madre y hace surgir un
intenso miedo de retaliación. El hecho de haber destruido el interior del cuerpo
de su madre, además de haberlo saqueado, se convierte en un motivo de ansiedad
profunda para él. Y cuando su destrucción imaginaria del cuerpo de la madre ha
sido más sádica, mayor será su temor a ella como rival.
PRIMEROS ESTADÍOS DEL CONFLICTO DE EDIPO
Los impulsos genitales del niño, que, aunque oscurecido al principio por sus
impulsos pregenitales y aprovechados por ellos, afectan sin embargo
sustancialmente el curso de su fase sádica, le llevan a tomar como objeto sexual
el cuerpo de su madre y los genitales, y le hacen desear tener la total posesión
de su madre en un sentido oral, anal y genital, y lo llevan a atacar así al pene
de su padre dentro de ella con todos los medios sádicos de que dispone. Esta
posición oral también hace surgir una gran cantidad de odio contra el pene del
padre, a consecuencia de la frustración que ha experimentado en ese sentido.
Generalmente, sus impulsos destructivos contra el pene del padre son mucho más
intensos que en la niña, puesto que su deseo de la madre como objeto sexual le
induce a concentrar su odio más intensamente sobre él. Además, ha sido ya un
objeto especial de ansiedad en los primeros estadíos de desarrollo, porque los
impulsos agresivos dirigidos hacia el pene originaron un temor proporcionado a
la intensidad de la agresión. Este temor refuerza aun más su odio hacia él y su
deseo de destruirlo.
Como vimos en el capítulo anterior, la niña retiene el cuerpo de la madre como
objeto directo de sus impulsos destructivos por un tiempo mucho mayor y en un
grado mucho más intenso que el niño, y sus impulsos positivos hacia el pene del
padre -tanto el real como el imaginario, guardado en el interior del cuerpo de
la madre- son normalmente mucho más fuertes y duraderos que los del niño. En el
niño, solamente durante un cierto período de este estadío temprano, en el que
los ataques sobre el cuerpo de la madre dominan el cuadro, es ella el objeto
real de su ataque. Muy pronto el pene del padre, supuesto en el interior de la
madre, es el que atrae sus tendencias agresivas contra ella en un grado mayor.
SITUACIONES TEMPRANAS DE ANSIEDAD
Además de los temores que siente el niño como consecuencia de su rivalidad con
la madre, su temor al pene introyectado y peligroso del padre le impide que
mantenga una posición femenina. Este último miedo, especialmente junto con la
fuerza creciente de sus impulsos genitales, le incita a renunciar a su
identificación con la madre y a fortificar su posición heterosexual. Pero si
este temor a su madre como rival y su miedo al pene del padre son excesivos, de
modo que le es imposible vencer adecuadamente esa fase femenina, esta fase será
un impedimento grave para el establecimiento de su posición heterosexual.
Es, además, de suma importancia en el desarrollo total del niño, el hecho de que
su vida mental primera haya sido o no gobernada por el temor a su padre y madre
combinados en copulación y formando una unidad inseparable y hostil para con él.
La ansiedad de este tipo le hace más difícil mantenerse en cualquier posición y
trae situaciones de peligro que estoy inclinada a considerar como las causas más
profundas de la impotencia sexual en la vida posterior. Estas situaciones
especificas de peligro tienen su origen en el temor del niño a ser castrado por
el pene del padre y dentro de la madre -o sea, ser castrado por sus progenitores
conjugados "malos"- y en su temor, a menudo evidenciado claramente, a que su
propio pene sea retenido y encerrado en el interior del cuerpo de su madre.
Más de una vez hemos dicho en estas páginas que las situaciones de ansiedad,
resultantes de los ataques sádicos hechos por niños de ambos sexos contra el
interior del cuerpo de la madre, pertenecen a dos categorías. En la primera, el
cuerpo de la madre se convierte en un lugar lleno de peligros, que originan toda
clase de terrores; en la segunda, el propio interior del niño se transforma en
un lugar de esa clase, en virtud de la introyección que el niño hace de sus
objetos peligrosos, especialmente de sus padres en copulación, y se asusta de
los peligros y amenazas dentro de él. Las situaciones de ansiedad
correspondientes a estas dos categorías, ejercen una influencia mutua y están
presentes tanto en la niña como en el niño. Ya hemos examinado los métodos para
vencer esa ansiedad común a ambos. De un modo resumido, son como sigue: el niño
compite con sus objetos "malos" interiorizados mediante la omnipotencia de sus
excrementos y también recibe protección contra ellos mediante sus objetos
"buenos". Al mismo tiempo desplaza hacía el mundo exterior su temor de peligros
internos, proyectándolos, y ahí encuentra pruebas para refutar su angustia.
Pero, además de esto, cada sexo tiene sus propios métodos, esencialmente
diferentes, para, dominar la ansiedad. El varón desarrolla su sentimiento de
omnipotencia de los excrementos con menos fuerza que la niña, reemplazándolo, en
parte, por la omnipotencia del pene, y en relación con esto, su proyección del
temor a los objetos internos es diferente a la de la niña. El mecanismo
específico que emplea para vencer su miedo, tanto a peligros internos como
externos, simultáneamente con el logro de gratificación sexual, está determinado
por el hecho de que su pene, como órgano activo, es utilizado para gobernar su
objeto, y esto es factible de ser probado por la realidad. Al tomar posesión del
cuerpo de su madre mediante su pene, prueba su superioridad no solamente sobre
sus objetos peligrosos externos, sino también sobre los internos.
OMNIPOTENCIA SADICA DEL PENE
En el varón, la omnipotencia de los excrementos y de los pensamientos se centra,
en parte, en la omnipotencia del pene y, especialmente en el caso de los
excrementos, es en parte reemplazada por él. En su imaginación, dota a su pene
con poderes destructivos y lo equipara con bestias feroces y devoradoras, con
armas mortíferas, etc. Su creencia de que su orina es una sustancia peligrosa y
su equiparación de sus heces venenosas y explosivas con su pene, hacen de este
último el órgano ejecutivo de sus tendencias sádicas. Además, ciertos hechos
fisiológicos le demuestran que su pene puede en realidad cambiar su apariencia,
y él toma esto como una prueba de su omnipotencia. De este modo, su pene y su
sentimiento de omnipotencia se ligan uno al otro de un modo que es de
importancia básica para su actividad y para el dominio de la ansiedad. En
análisis de niños nos encontramos a menudo con la idea del pene como "varita
mágica", de masturbación como magia, y de erección y eyaculación como enorme
fortalecimiento de los poderes sádicos del pene.
El interior del cuerpo de la madre, que sigue al pecho como objeto del niño,
toma pronto el significado de un lugar que contiene muchos objetos (al principio
representados por el pene y excrementos). Como consecuencia, las fantasías del
niño de tomar posesión del cuerpo de su madre al copular con ella, son la base
de sus tentativas de conquistar el mundo externo y de dominar la ansiedad en una
línea masculina. Tanto en lo que respecta al acto sexual como a las
sublimaciones, desplaza sus situaciones de peligro al mundo externo y las vence
allí por medio de la omnipotencia de su pene.
En el caso de la niña, su creencia en el pene "bueno" del padre y su temor al
"malo" fortifican sus tendencias introyectivas. Así, el examen de la realidad
contra los objetos malos, según es realizada por la mujer, se sitúa últimamente
dentro de ella misma otra vez. En el muchacho, la creencia en una madre "buena"
internalizada y el miedo a los objetos "malos" lo ayudan a desplazar sus pruebas
de realidad hacia fuera (es decir, dentro del cuerpo de su madre). Su madre
buena internalizada aumenta la atracción libidinal que la madre real tiene para
él; aumenta sus deseos y esperanzas de combatir y vencer el pene de su padre
dentro de ella por medio de su propio pene. Una victoria de esta naturaleza
seria también una prueba de que puede vencer los agresores internalizados en su
propio cuerpo.
Esta concentración de la omnipotencia sádica en el pene es de importancia
fundamental para la posición masculina del niño. Si tiene una creencia primaria
fuerte en la omnipotencia de su pene, esto lo incitará a combatir la
omnipotencia del pene de su padre y emprender la lucha contra este órgano temido
y admirado. Para que un proceso de concentración de esta naturaleza tenga
efecto, parece que su pene debe estar fuertemente cargado por los diversos
medios adoptados por su sadismo, y la capacidad de su yo para tolerar la
ansiedad y la fuerza de sus impulsos genitales -últimamente sus impulsos
libidinales- también será de importancia decisiva. Pero, si cuando los impulsos
genitales se colocan en primera línea, el yo hiciera una defensa demasiado
rápida y por la fuerza contra los impulsos destructivos, este proceso de
focalización del sadismo en la imagen del pene sería interferido.
INCENTIVOS PARA LA ACTIVIDAD SEXUAL
El odio del niño al pene del padre y la ansiedad que surge de las fuentes arriba
mencionadas lo incitan a tomar posesión de su madre de un modo genital, y
aumentan su deseo libidinal de copular con ella· . Además, a medida que vence
gradualmente su sadismo hacia ella, considera el pene de su padre dentro de
ella, cada vez más, no sólo como una fuente de peligro para su propio pene sino
también como una fuente de peligro para el cuerpo de su madre, y siente que
tiene que destruir eso dentro de ella por esa razón. Otro factor que actúa como
incentivo para realizar coito con ella (y el cual fortifica en la niña su
posición homosexual) es su deseo de saber, que ha sido intensificado por su
ansiedad En esta conexión, considera su pene que penetra como un órgano de
percepción y lo asemeja con el ojo o la oreja o con una combinación de los dos,
y quiere por medio de esto descubrir qué clase de destrucción ha sido realizada
dentro de su madre por su propio pene y excrementos y por los de su padre, y a
qué clase de peligros está expuesto allí su pene.
Así vemos que el impulso del niño para vencer la ansiedad es también un
incentivo para obtener gratificación genital, y es un agente promotor en su
desarrollo, aun en una época en que se halla todavía bajo la supremacía de su
sadismo, y cuando las medidas que emplea son totalmente de naturaleza
destructiva. Y, ciertamente, aquellas medidas destructivas se transforman,
poniéndose en parte al servicio de tendencias restitutivas, con el propósito de
rescatar a su madre del pene "malo" del padre dentro de ella, aunque todavía por
medios de fuerza y dañinos.
"LA MUJER CON PENE"
La creencia del niño de que el cuerpo de la madre contiene el pene de su padre
lo lleva, como ya hemos visto, a la idea de la "mujer con pene". La teoría
sexual de que la madre tiene un pene femenino propio es, creo, el resultado de
una modificación por desplazamiento de un profundo miedo hacia el cuerpo de ella
como lugar lleno de numerosos y peligrosos penes y hacia los dos padres en
peligrosa copulación. La "mujer con pene" siempre significa, diría, la mujer con
el pene del padre. Normalmente, el miedo del niño a los penes del padre dentro
de su madre disminuye a medida que se desarrolla su relación con los objetos y a
medida que él avanza en el vencimiento de su propio sadismo. Desde que su miedo
al pene "malo" se deriva en gran parte de sus impulsos destructivos hacia el
pene del padre y desde que el carácter de sus imagos depende en gran parte de la
cantidad y calidad de su propio sadismo, la reducción de este sadismo y, con él,
la reducción de la ansiedad, disminuirán la severidad de su superyó y mejorarán
así las relaciones de su yo, tanto hacia sus objetos imaginarios internalizados
como a sus objetos externos y reales.
ESTADÍOS POSTERIORES DEL CONFLICTO DE EDIPO
Si junto con la imago de los padres combinados, las imagos del padre y de la
madre separadas especialmente de la madre "buena" operan con suficiente fuerza,
las crecientes relaciones de objeto del niño y su adaptación a la realidad darán
por resultado que sus fantasías sobre el pene del padre dentro de la madre
perderán su poder, y su odio, ya disminuido, estará más fuertemente dirigido
hacia su objeto real. Esto tendrá el efecto de separar las imagos de los padres
combinadas todavía más completamente, y su madre será ahora preponderantemente
el objeto de sus impulsos libidinales, mientras que su odio y ansiedad irán
hacia su padre real (o el pene del padre), o, por desplazamiento, hacia algún
otro objeto, como en el caso de las fobias de animales. Las imagos separadas de
su padre y de su madre se mantendrán más precisas y la importancia de sus
objetos reales aumentará y entrará ahora en una fase en la que sus tendencias
edípicas y su miedo a ser castrado por su padre real adquirirá importancia.
Sin embargo, he encontrado que las primeras situaciones de ansiedad están
todavía latentes en él en mayor o menor grado, a pesar de todas las
modificaciones que han sufrido en el curso de su desarrollo; y así también están
todos los mecanismos de defensa y los mecanismos pertenecientes a los estadíos
posteriores, que surgen de aquellas situaciones de ansiedad. En las capas más
profundas de su mente espera siempre ser castrado por el pene "malo" del padre
perteneciente a su madre. Pero siempre que sus situaciones de ansiedad temprana
no sean demasiado poderosas, y, sobre todo, siempre que su madre represente
suficientemente a la madre "buena", el cuerpo de ella será un lugar deseable,
aunque un lugar que puede solamente ser conquistado con mayor o menor riesgo
para él de acuerdo con la magnitud de las situaciones de ansiedad involucradas.
Este elemento de peligro y ansiedad, que en todo hombre normal está ligado a la
copulación, es un incentivo para la actividad sexual y aumenta la gratificación
libidinal que obtiene en la copulación; pero si esto excede un cierto límite
tendrá un efecto perturbador, y aun le impedirá poder realizar el acto sexual.
Sus fantasías inconscientes más profundas de copulación involucran vencer y
abolir el pene de su padre dentro de la mujer. A esta lucha con su padre dentro
de su madre están ligados, creo, aquellos impulsos sádicos presentes normalmente
cuando toma posesión de ella de un modo genital. De este modo, mientras su
desplazamiento originario del pene de su padre al interior del cuerpo de su
madre hace de ella un objeto permanente de ansiedad para él -aunque el grado en
que esto se verifica varía enormemente de una persona a otra-, también aumenta
la atracción que las mujeres ejercen sobre él muy considerablemente, porque para
él es un incentivo vencer su ansiedad con respecto a ellas.
En el curso normal de los hechos, a medida que las tendencias genitales del niño
se hacen más fuertes y que vence sus impulsos sádicos, sus fantasías de realizar
restituciones comienzan a ocupar un campo más amplio. Como ya se ha visto, las
fantasías de esta naturaleza con respecto a su madre ya existen, mientras que su
sadismo es todavía ascendente y toma la forma de destrucción del pene "malo" del
padre dentro de ella. Su primer y principal objeto es su madre, y cuanto más
represente ella el objeto "bueno" para él, más rápidamente estas fantasías
restitutivas se ligarán a su imago. Esto se puede observar claramente en el
análisis de juegos. Cuando las tendencias reactivas del niño se hacen más
fuertes comienza a jugar de un modo constructivo. En juegos de construcciones de
casas y pueblos, por ejemplo, simbolizará la restitución del cuerpo de su madre
y del suyo de un modo que corresponde en todos los detalles a los actos de
destrucción que ha tenido en el primer estadío de su análisis, o que juega
todavía alternando con sus juegos constructivos. Comenzará a construir una
ciudad juntando las cosas de diferentes modos y colocará un muñequito -que lo
representa a él mismo- haciendo las veces de policía que regula el tráfico; este
policía estará siempre atento para que los coches y los carros no se choquen,
para que las casas no se estropeen o para que los peatones no sean derribados
por los automóviles, mientras que en juegos anteriores la ciudad era estropeada
por vehículos que chocaban y la gente era atropellada. En un período todavía
anterior, tal vez su sadismo se manifestó en una forma más directa y
acostumbraba a mojar, quemar y cortar toda clase de cosas que simbolizaban el
interior de su madre y sus contenidos, es decir, el pene de su padre e hijos,
mientras que al mismo tiempo estos actos destructivos representaban el daño que
quería que el pene de su padre hiciera allí también. Como una reacción a estas
fantasías sádicas, en las cuales el violento y poderoso pene (el de su padre y
el suyo), representado por los coches en movimiento, destruye a su madre y daña
a los niños dentro de ella, representados por los muñequitos, tiene ahora
fantasías de restauración del cuerpo de ella -la ciudad- en todas las formas en
que previamente la había dañado.
TENDENCIAS RESTITUTIVAS Y ACTIVIDADES SEXUALES
Se ha dicho repetidas veces en estas páginas que el acto sexual es un medio muy
importante para dominar la ansiedad para ambos sexos. En los primeros estadíos
del desarrollo del niño, el acto sexual, además de sus fines libidinales, sirve
para destruir o dañar el objeto (aunque las tendencias positivas están ya en
función detrás de la escena). En los estadíos posteriores sirve para restaurar
el cuerpo dañado de la madre y así dominar la ansiedad y la culpa.
Al estudiar las fuentes subyacentes de la actitud homosexual de la niña hemos
visto qué importante es para ella la idea de un pene benéfico y de la
omnipotencia constructiva en el acto sexual. Lo que se ha dicho allí se aplica
igualmente para la actitud heterosexual del hombre. Bajo la supremacía del
estadío genital, atribuye a su pene en copulación la función no sólo de
proporcionar placer a la mujer, sino la de reparar en ella todo el daño que han
hecho su pene y el de su padre. Al analizar niños, nos hallamos con que suponen
que el pene realiza toda clase de funciones curativas y de limpieza. Si durante
su período de omnipotencia sádica de niño ha usado su pene en su imaginación con
fines sádicos -tales como inundar, envenenar o quemar cosas con su orina-, en su
período de restitución lo considerará como un extinguidor de fuego, un cepillo
de limpiar o una vasija llena de medicamentos curativos. Así como su creencia
anterior en las cualidades sádicas de su pene involucraba una creencia en el
poder sádico del pene de su padre, así ahora su creencia en su pene "bueno"
involucra una creencia en el pene "bueno de su padre", y del mismo modo que
antes sus fantasías sádicas transformaron el pene de su padre en un instrumento
de destrucción para su madre, así ahora sus fantasías restitutivas y
sentimientos de culpa lo van a transformar en un órgano beneficioso y "bueno".
Como consecuencia, su miedo al superyó "malo" derivado de su padre disminuye y
ahora puede dejar de identificarse con su padre "malo" en sus relaciones con
objetos reales (identificación que se basa en parte sobre su identificación con
su objeto ansiedad) y puede identificarse con más fuerza con su padre "bueno".
Si su yo puede tolerar y modificar una cierta cantidad de sentimiento
destructivo contra su padre y si su creencia en el pene "bueno" de su padre es
bastante fuerte, puede sostener tanto su rivalidad con su padre (que es esencial
para él, en el establecimiento de una posición heterosexual) como su
identificación con él. Su creencia en el pene "bueno" de su padre aumenta la
atracción sexual que siente por las mujeres, porque en sus fantasías ellas
entonces contendrán objetos que no son tan peligrosos y objetos que -a causa de
su actitud homosexual en la que el pene "bueno" es un objeto de amor- son
realmente deseables Sus impulsos destructivos retendrán como objeto el pene
rival de su padre y sus impulsos positivos estarán principalmente dirigidos
hacia su madre.
SIGNIFICADO DE LA FASE FEMENINA EN LA HETEROSEXUALIDAD
El logro final de una posición heterosexual depende de que la primera fase
femenina del desarrollo del niño haya seguido un curso favorable y se haya
vencido con éxito. En un artículo anterior he puntualizado que el niño a menudo
compensa sus sentimientos de odio, ansiedad, envidia e inferioridad que surgen
de su fase femenina reforzando su orgullo en la posesión de un pene y que
desplaza este orgullo sobre actividades intelectuales. Este desplazamiento forma
la base de una actitud muy perjudicial de rivalidad hostil hacia la mujer, que
afecta la formación de su carácter del mismo modo que la envidia del pene las
afecta a ellas. La ansiedad excesiva que siente a causa de sus ataques sádicos
al cuerpo de su madre se transforma en fuente de perturbaciones muy graves en
sus relaciones con el sexo opuesto. Pero si su ansiedad y sentimiento de culpa
se hacen menos agudos, serán aquellos mismos sentimientos que hacen surgir los
diversos elementos de sus fantasías de restitución, los que lo capacitarán para
lograr una comprensión intuitiva de la mujer.
Esta fase femenina temprana tiene todavía otro efecto favorable en las
relaciones del niño con la mujer en la vida futura. La diferencia entre las
tendencias sexuales del hombre y de la mujer exige, como sabemos, diferentes
condiciones psicológicas de gratificación para cada uno, y conduce a cada uno a
buscar el logro de requerimientos diferentes y mutuamente incompatibles en sus
relaciones del uno para con el otro. Por lo general, la mujer necesita tener el
objeto de su amor siempre con ella, dentro de ella; mientras que el hombre,
debido a sus tendencias psicosexuales orientadas hacia el mundo exterior y a su
método de dominar la ansiedad, está inclinado a cambiar con frecuencia de objeto
de amor (aunque su deseo de conservarlo en lo que representa a su madre "buena"
va en contra de esta tendencia). Si él, a pesar de estas dificultades, puede sin
embargo comprender con simpatía la necesidad psíquica de la mujer, será en gran
parte debido a su temprana identificación con su madre, porque en esta fase él
introyecta el pene de su padre como objeto de amor y son los deseos y las
fantasías que tiene en conexión con éste las que, si su relación con su madre es
buena, lo ayudan a comprender la tendencia de la mujer a introyectar y conservar
lo que ama. Además, el deseo de tener niños de su padre, que surge de esta fase,
lo conduce a considerar a la mujer como a su hijo, y él desempeña el papel de la
madre bondadosa frente a ella. De este modo también satisface los deseos de amor
de su compañera, que surgen de su fuerte ligazón a la madre. Así, y sólo de este
modo, sublimando los componentes instintivos femeninos de él y sobreponiéndose a
sus sentimientos de envidia, odio y ansiedad frente a su madre, podrá consolidar
su posición heterosexual en el estadío de supremacía genital.
Ya sabemos por qué causa cuando el estadío genital ha sido alcanzado plenamente,
sería condición necesaria para la potencia sexual que el niño creyera en la
"bondad" de su pene, es decir, en sus capacidades restitutivas por medio del
acto sexual. Esta creencia tiene su base concreta en la creencia de que el
interior de su cuerpo está en buen estado. En ambos sexos, las situaciones de
ansiedad que surgen de supuestos acontecimientos destructivos, ataques y luchas
dentro del cuerpo del sujeto, y que se mezclan con situaciones de ansiedad
relacionadas con acontecimientos similares dentro del cuerpo de la madre,
constituyen las situaciones de peligro más profundas. El temor a la castración,
que es sólo una parte -aunque importante- de la ansiedad que siente con respecto
a todo el cuerpo, oscurece en el hombre todos los otros miedos y se hace
dominante. Pero esto es precisamente debido a que una de las fuentes más
profundas a las que se remontan las perturbaciones de su potencia sexual es su
ansiedad sobre el interior de su cuerpo. La casa o ciudad que el niño construye
varias veces con tanta ansiedad en sus juegos, significa no sólo el cuerpo
intacto y renovado de la madre, sino también el suyo propio.
REFORZAMIENTO SECUNDARIO DEL ORGULLO DEL PENE
Al describir el desarrollo del niño, he llamado la atención sobre ciertos
factores que tienden, según creo, a aumentar aun más la importancia central que
el pene posee para él. Pueden resumirse como sigue: 1) La ansiedad que surge de
sus primeras situaciones de peligro -sus miedos a ser atacado en todas las
partes de su cuerpo y en su interior-, que incluye todos los miedos que
acompañan a la posición femenina, está desplazada al pene como órgano externo,
donde puede ser dominada con más éxito. El creciente orgullo que el muchacho
siente por su pene, y todo lo que éste involucra, puede decirse que es también
un método de dominar aquellos miedos y desilusiones que su posición femenina le
presenta más particularmente. 2) El hecho de que el pene es un vehículo, primero
de la omnipotencia destructiva del niño y después de su omnipotencia creativa,
aumenta su importancia como medio de dominar la ansiedad. Contribuyendo así a su
sentimiento de omnipotencia, ayudándole en su tarea de examen de la realidad y a
promover sus relaciones de objeto -en realidad poniéndose al servicio de esta
función importante de dominar la ansiedad- el pene es puesto en relación
especialmente íntima con el yo y se transforma en un representante del yo y de
lo consciente, mientras que el interior del cuerpo, las imagos, y las heces, es
decir lo que es invisible y desconocido, es equiparado al inconsciente. Además,
analizando pacientes masculinos, niños y hombres, he encontrado que a medida que
disminuían sus miedos a sus malas imagos y heces (el inconsciente), que eran muy
importantes dentro de ellos, aumentaba su creencia en su propia potencia sexual,
y el desarrollo de su yo ganaba fuerza. Este último efecto es debido en parte al
hecho de que el miedo disminuido del niño a su superyó "malo" y al contenido
"malo" de su cuerpo le permite identificarse mejor con los objetos introyectados
"buenos" y contribuye así a un mayor enriquecimiento de su yo.
Tan pronto como estabiliza con bastante firmeza su confianza en la omnipotencia
constructiva de su pene, su creencia en el poder del pene "bueno" de su padre
dentro de él formará la base de una creencia secundaria en su omnipotencia, que
mantendrá y reforzará la línea de desarrollo establecida ya por él para su
propio pene. Y según se ha dicho; el resultado de su creciente relación con sus
objetos será que sus imagos fantásticas retrocedan al fondo, mientras que sus
sentimientos de odio y miedo a la castración se dirigirán y centrarán alrededor
del padre real. Al mismo tiempo sus tendencias restitutivas se dirigen cada vez
más a los objetos externos y los métodos de dominar la ansiedad se hacen más
reales. Todos estos progresos en su desarrollo van paralelos con la creciente
supremacía de su estadío genital y caracterizan los estadíos posteriores de su
conflicto edípico.
TRASTORNOS DEL DESARROLLO SEXUAL
Ya hemos subrayado la importancia que tiene la fantasía del niño referente a sus
padres unidos perpetuamente en copulación como fuente de muy intensas
situaciones de ansiedad. Bajo la influencia de tal fantasía el cuerpo de su
madre representa, ante todo, una unión de la madre y el padre que es
extremadamente peligrosa y que está dirigida contra él. Si la separación de esta
imago de los padres combinada no tiene lugar en un grado suficiente en el curso
de su desarrollo, el niño estará expuesto a trastornos serios, trastornos en sus
relaciones de objeto como en su vida sexual. Un predominio de esta clase de
imagos paternas combinadas se remontan, según mi experiencia, a perturbaciones
en las primeras relaciones de los niños pequeños con su madre o más bien con su
pecho. Aunque estos efectos son muy fundamentales en niños de ambos sexos, ya
son diferentes para cada uno de los estadíos primeros de su desarrollo. En las
páginas siguientes limitaremos nuestra atención al niño y examinaremos cómo
estas fantasías terroríficas ejercen poder y de qué manera influyen en su
desarrollo sexual.
En mis análisis de niños y adultos del sexo masculino he encontrado que cuando
los fuertes impulsos orales de succión se han combinado con impulsos
oral-sádicos intensos, el niño se ha retirado del pecho de su madre con odio y
muy tempranamente. Sus primeras e intensas tendencias destructivas contra el
pecho le han llevado a introyectar a una madre en gran parte "mala", y su
repentino abandono del pecho se ha seguido de una introyección excesivamente
fuerte del pene de su padre. Su fase femenina ha estado gobernada por
sentimientos de odio y envidia a la madre, y al mismo tiempo, como resultado de
sus poderosos impulsos oral-sádicos, ha llegado a sentir un odio agudo y un
miedo correspondientemente intenso al pene del padre internalizado. Sus impulsos
orales de succión intensamente fuertes han creado fantasías de un proceso
nutricio ininterrumpido y duradero, mientras que sus impulsos sádicos le han
llevado a la creencia de que la madre, recibiendo nutrición y gratificación
sexual al copular con el pene de su padre, ha sufrido mucho dolor y daño, y que
su interior está lleno hasta casi estallar con los penes enormes y "malos" del
padre, que le están destruyendo en toda forma. En su imaginación, ella se ha
transformado no sólo en la "mujer con pene", sino en una especie de receptáculo
de los penes de su padre y de sus excrementos peligrosos, a los que equipara con
ellos.
De este modo ha desplazado sobre su madre gran cantidad del odio y la ansiedad
que estaban ligados al padre y al pene del padre.
Así, un sadismo oral, fuerte y prematuro, por una parte incita al niño a
realizar ataques contra sus padres unidos en copulación y a aterrarse de sus
imagos en este aspecto, y por otra parte le impide la creación de una imago
buena de la madre que le hubiera ayudado contra sus primeras situaciones de
ansiedad, hubiera colocado los cimientos de un superyó bueno (bajo la forma de
figuras bondadosas) y le hubiera conducido a adoptar una posición heterosexual.
Además están las consecuencias que trae el que la fase femenina esté demasiado
fuertemente gobernada por el sadismo. La introyección extraordinariamente fuerte
del pene enorme y "malo" del padre que realiza el niño, le hace creer que su
cuerpo está expuesto a los mismos peligros desde dentro como lo está el de su
madre, y su introyección de sus padres hostiles unidos en copulación junto con
su introyección muy débil de una "buena" madre, trabajan en una misma dirección.
Al dar lugar a un exceso de ansiedad con respecto a su interior, estos procesos
introyectivos pavimentan el camino no solamente para enfermedades graves, sino
también para trastornos graves en su desarrollo sexual. Como hemos visto, la
posesión de contenidos "buenos" en el cuerpo y, en un nivel genital, la posesión
del pene bueno, son una precondición de la potencia sexual. Si los ataques del
niño al pecho y cuerpo de su madre han sido excepcionalmente intensos, de modo
que en su imaginación ella ha sido destruida por el pene de su padre y por el
suyo, éste tendrá tanta más necesidad de un pene "bueno" con el cual
restaurarla. Y debería tener especial confianza en su potencia, para disipar sus
terrores del cuerpo peligroso y en peligro de su madre, lleno de los penes de su
padre. Sin embargo, es precisamente su miedo a la madre y a los contenidos de su
propio cuerpo lo que impide que crea en la posesión de un buen pene y en su
potencia sexual. El efecto acumulativo de todos estos factores puede ser que
constituya la causa que lo puede impulsar a alejarse de las mujeres como objeto
de amor, y de acuerdo con sus primeras experiencias, que sufra de trastornos en
su potencia, en su posición heterosexual o que se vuelva homosexual.
EL CASO DEL SEÑOR A.
Del análisis de un enfermo homosexual de 35 años, A., que padecía de una
neurosis obsesiva grave con rasgos paranoicos e hipocondríacos y un fuerte
trastorno de su potencia, resultó que los sentimientos de desconfianza y
rechazo, que dominaban por lo general sus relaciones con mujeres, provenían, en
el fondo, de una sola fantasía. Esta consistía en la idea de que su madre estaba
siempre realizando el coito con su padre, cuando él no la veía. Suponía que el
interior de su cuerpo estaba repleto con los penes paternos peligrosos. Se pudo
observar en la situación transferencial que su odio y temor de la madre, que a
menudo también encubrían sus sentimientos de culpa hacia ella, siempre estaban
íntimamente ligados a la situación de coito de los padres. Con una mirada
furtiva dirigida sobre mí que, cuando él estaba angustiado, siempre le corroboró
que yo tenía un aspecto enfermizo, o que no estaba bien arreglada o que algo no
andaba bien (es decir, que yo estaba interiormente envenenada y destruida),
repetía la mirada escrutadora y angustiada con la cual recibía de niño de mañana
a su madre, para averiguar si ella había sido envenenada o destruida por el
coito con el padre. Cada mañana esperaba encontrar a su madre muerta. En este
estado de ánimo era natural que interpretara cualquier detalle nimio de la salud
de su madre o de su conducta, cualquier discusión insignificante entre sus
padres y también cualquier cambio de la conducta de su madre frente a él, es
decir, todo lo que pasaba a su alrededor, como la afirmación de que la
catástrofe, continuamente esperada por él, se había realizado. Sus fantasías
masturbatorias, que eran de carácter optativo y en las cuales los padres se
destruían mutuamente en el coito, se transformaban en una fuente de múltiples
preocupaciones, temores y sentimientos de culpa. Estos sentimientos le llevaban
a una continua observación de su ambiente y a un desarrollo obsesivo de su
instinto epistemofílico. Su continuo deseo, que absorbía todas las energías de
su yo, de observar a sus padres en el coito y enterarse de sus secretos
sexuales, fue también reforzado por el afán de impedir cl coito de los padres,
para amparar a su madre y evitar los daños que le podría causar el peligroso
pene paterno.
En la situación transferencial estas tendencias dirigidas hacia el coito de los
padres se manifiestan, entre otras cosas, en el interés que A. evidenciaba por
mi fumar. Por ejemplo, cuando notaba que en el cenicero había quedado un resto
de cigarrillo de la sesión anterior, o percibía humo en la habitación, hacía
cantidad de preguntas: si yo solía fumar mucho o silo hacia antes del desayuno o
si mis cigarrillos eran de una marca buena, etc. Estas preguntas y los afectos
correspondientes provenían de su temor por su madre. Eran determinados por el
deseo de saber si y en qué forma sus padres habían copulado esa noche y qué
consecuencias había tenido ello para su madre. Los sentimientos provenientes de
la escena primaria, como odio, frustración y celos se exteriorizaban en los
afectos con los cuales A. a veces reaccionaba cuando, por ejemplo, encendía un
cigarrillo en un momento que le parecía inoportuno. Se enojaba y me reprochaba
falta de interés; que el fumar me era todo y la molestia que le podía causar no
me importaba, etc. O me aconsejaba dejar totalmente de fumar. A veces esperaba
con impaciencia que yo encendiera el cigarrillo y me rogaba hacerlo, por no
poder esperar por más tiempo el ruido que hace el fósforo al ser encendido, y
además insistía que yo no lo debía hacer inesperadamente y sin avisarle. Se puso
de manifiesto que este estado de tensión era una repetición de lo que él había
sentido de niño cuando, de noche, esperaba atentamente los ruidos que podrían
provenir de las camas de sus padres. Deseaba percibir los primeros indicios del
coito (el encender del fósforo) para saber que todo el acto terminaría pronto.
Pero a veces existía realmente el deseo de que yo fumara. Provino del temor
sentido de niño, cuando imaginaba que sus padres habían muerto y esperaba los
ruidos del coito ansiosamente como indicio de que seguían con vida. En una etapa
posterior del análisis, cuando su temor a las consecuencias del coito ya había
sido atenuada, el deseo de que yo fumara demostraba esta determinación.
Reviviendo las tendencias de un estadío posterior de su desarrollo deseaba el
coito de los padres, porque éste significaba una reconciliación de ellos, un
acto pacífico y curativo. Además, quiso verse libre de la culpa de haber
obligado a sus padres a la abstinencia.
El señor A. mismo solía dejar de fumar temporariamente porque esperaba de esta
medida una curación de sus trastornos hipocondríacos. Pero nunca persistía
durante mucho tiempo en esta actitud, y en parte porque el fumar significaba
también una defensa contra sus trastornos hipocondríacos.
Con los cigarrillos, que también significaban el pene "malo" del padre,
intentaba destruir los objetos malos internalizados. Pero cuando los cigarrillos
simbolizaban al pene "bueno" paterno, servían para la restitución del interior
de su cuerpo y de los objetos internalizados.
Los síntomas obsesivos del señor A. tenían una relación íntima con los múltiples
contenidos de su angustia. Habían surgido por el conocido mecanismo de
desplazamiento de "magia y contramagia". Servían para la afirmación o negación
de determinadas preguntas: ¿Sus padres estaban realizando ahora el coito, o iban
a ocurrir ciertos acontecimientos peligrosos y en relación con el coito estos
daños podrían ser curados, etc.? Pues el fundamento de su neurosis obsesiva era
la creencia en una omnipotencia destructiva y constructiva que había surgido en
relación con los padres unidos en el coito y había sido continuada y ampliada en
relación con todo su ambiente.
También la actividad sexual de A. servía para afirmaciones y negaciones. Esta
actividad tenía un carácter francamente obsesivo y estaba dominada por graves
trastornos. El temor exagerado al pene del padre no había perturbado únicamente
la conservación de su posición heterosexual, sino también la afirmación de la
posición homosexual.
Como consecuencia de su fuerte identificación con la madre y de la fantasía
predominante de haberse incorporado los padres en copulación, A. refería todos
los peligros que amenazaban a su madre por la incorporación del pene también al
interior de su propio cuerpo. En la situación transferencial los trastornos
hipocondríacos de A. se intensificaron a menudo simultáneamente con un aumento
de la transferencia negativa. Cuando, sea por razones externas o internas,
aumentaban las fantasías de que la madre se hallaba expuesta al coito peligroso
con el padre o de que ya se había incorporado el pene peligroso del padre como
consecuencia del coito, se intensificaba también el odio de A. contra mí y su
temor al interior de mi cuerpo. Todo lo que indicaba el desarrollo de una
catástrofe dentro de su madre, significaba por su identificación con ella
también un indicio de la destrucción del interior de su propio cuerpo. Y él
odiaba tanto a su madre que se unía al padre porque ella no se exponía
únicamente a sí misma sino que también lo exponía indirectamente a él, en quien,
según su fantasía, copulaban los padres internalizados.
Además, la madre unida al padre significaba siempre para él una enemiga. Por
ejemplo, su animadversión contra mi voz y mis palabras, que a veces era muy
intensa, no provenía únicamente de una equiparación de mis palabras con
excrementos envenenadores y peligrosos, sino también de la fantasía de que el
padre o, mejor dicho, su pene estaba dentro de mí y hablando a través de mi.
Este pene influía sin duda en mis palabras y actos en forma enemistosa contra él
(igualmente como el padre dentro de él le empujaba hacia malas acciones contra
su madre). Además temía que el pene paterno pudiera atacarle saliendo de mi
boca, mientras yo hablaba. Pues mis palabras y mi voz eran equiparadas al pene
paterno.
Si la madre era destruida, ya no existía una madre "buena" y amparadora. Las
fantasías de haber mordido y destrozado el pecho materno, de haberlo envenenado
por medio de la orina y las heces, le llevaron muy tempranamente a la
introyección de una imago materna peligrosa y envenenadora, que impedía el
desarrollo de la imago materna "buena". Este proceso también había favorecido el
desarrollo de rasgos paranoides, especialmente de ideas de envenenamiento y
persecución. Tanto en el mundo exterior (primitivamente el seno materno) como en
su propio cuerpo el enfermo no pudo encontrar un apoyo bastante fuerte contra la
persecución del pene paterno y los trozos de excrementos. Pero así no solamente
se intensificaba su angustia de su madre y su temor a la castración, sino que
sufría también su fe en el contenido "bueno" de su propio cuerpo y en la
"bondad" de su propio pene. Eso era en gran parte responsable de las graves
perturbaciones de su desarrollo sexual. El temor de perjudicar a la mujer con su
pene "malo" y de no poder restituirla por medio del coito formaba el fundamento
de su trastorno de potencia, junto con su temor al cuerpo materno peligroso.
La debilidad de su fe en una madre "buena" había influido también en forma
decisiva en el desencadenamiento de su enfermedad. El señor A. había resistido
durante la guerra con bastante facilidad todos los peligros y molestias,
luchando durante cierto tiempo en las primeras líneas del frente. Pero su
colapso ocurrió algún tiempo más tarde, durante un viaje. Se había enfermado de
disentería en un pueblito. Como se vio más tarde en su análisis, los síntomas de
esta enfermedad habían reactivado la antigua situación de peligro, que era la
base de sus temores hipocondríacos: el temor del pene "malo", internalizado, de
los excrementos envenenadores. Pero fue la conducta de la dueña de la pensión,
que le atendía en su enfermedad lo que desencadenó la crisis. Esta mujer lo
atendía mal y sin ningún cariño y no le daba bastante leche ni otros alimentos.
Esta vivencia reactivó el trauma del destete y los efectos de odio y angustia
ligados a éste. Además, inconscientemente, A. interpretaba la conducta de la
dueña de la pensión como plena afirmación de su angustia, de que ya no existía
ninguna madre buena y de que era abandonado sin posibilidad de salvación a la
destrucción interna y a los enemigos externos. La fe en la madre "buena", que
nunca había sido bastante firme, no podía vencer la actualización simultánea y
excesiva de todas las situaciones de angustia. Esta falta de una imago buena
materna que ampara y defiende contra la angustia era el factor último y decisivo
de su colapso.
Como quise demostrar con el ejemplo de A., el desplazamiento del odio y del
temor del pene paterno a la madre, tiene como consecuencia una intensificación
exagerada de los temores relacionados con el cuerpo femenino, mientras que las
fuentes de la atracción heterosexual sufren una disminución grande. Junto con
este desplazamiento de todo lo que causa angustia y es siniestro sobre el
interior invisible del cuerpo femenino, se efectúa a menudo otro proceso más,
que parece ser una condición de la plena afirmación de la posición homosexual.
ADOPCION DE LA HOMOSEXUALIDAD
Este proceso de desplazamiento en el cual todo lo que es terrorífico e
inquietante está localizado en el interior del cuerpo de la mujer, se acompaña a
menudo de otro proceso que parece ser condición necesaria de la posición
homosexual. En la actitud normal el pene del niño representa su yo y su
consciente como opuesto a los contenidos de su cuerpo y a su superyó, que
representa su inconsciente. En su actitud homosexual, esta significación se
extiende, debido a su elección narcisística de objeto, al pene de otro hombre, y
este pene ahora lo ve como una contraprueba contra todos sus miedos relativos al
pene dentro de él y al interior de su cuerpo. Así, en la homosexualidad, un modo
de dominar la ansiedad es que el yo trata de negar, controlar o sacar el mejor
partido del inconsciente, destacando fuertemente la realidad y el mundo externo
y todo lo que es tangible y perceptible a la conciencia.
En estos casos he encontrado que cuando el niño ha tenido una relación
homosexual en la primera infancia tiene una buena oportunidad de moderar los
sentimientos de odio y miedo al pene de su padre y de reforzar su creencia en el
pene "bueno". Además, sobre esta relación se basarán todos los hechos
homosexuales de su vida futura.
Esas relaciones proporcionan una serie de garantías, de las que mencionaré las
más comunes: 1) que el pene de su padre, tanto internalizado como real, no es un
perseguidor peligroso, ya sea a) para él o b) para su madre; 2) que su propio
pene no es destructivo; 3) que sus miedos como niño pequeño a que sus relaciones
sexuales con su hermano o hermano sustituto se descubran y que a él se lo eche
de la casa, sea castrado o matado no tiene fundamento, desde que sus actos
homosexuales no han tenido malas consecuencias; 4) que ha tenido cómplices y
aliados secretos, porque en su vida temprana sus relaciones con su hermano o
hermano sustituto significaron que los dos estaban aliados para destruir a los
padres separadamente o combinados durante la copulación. En su imaginación, su
compañero amoroso ejecutará a veces el papel del padre, con el cual emprendió
ataques secretos sobre su madre durante y por medio del acto sexual (uno de los
padres estará mal dispuesto para con el otro), y a veces el de su hermano,
quien, con él mismo, destruyó el pene del padre dentro de la madre y dentro de
si mismo.
El sentimiento (basado en haber tenido fantasías sádicas de masturbación en
común) de estar aliado con otro en contra de los padres, por medio del acto
sexual, sentimiento que es, creo, de general importancia para las relaciones
sexuales de los niños pequeños, está íntimamente ligado a mecanismos paranoicos.
Cuando tales mecanismos operan muy fuertemente el niño tendrá una fuerte
tendencia a encontrar aliados cómplices en su posición libidinal y relaciones de
objeto. La posibilidad de lograr que su madre esté de su parte contra su padre
-últimamente, de destruir el pene del padre dentro de ella copulando con ella-
puede transformarse en una condición necesaria para la adopción de una posición
heterosexual, y puede capacitarlo, cuando sea adulto, para mantener esa posición
a pesar de tener acentuados rasgos paranoides. Por otra parte, sí su miedo al
cuerpo peligroso de su madre es demasiado fuerte y la buena imago de su madre no
ha podido desarrollarse, sus fantasías de aliarse con su padre contra su madre y
de unirse a su hermano contra ambos padres lo inclinará a establecer una
posición homosexual.
El impulso del niño a maldisponer sus objetos unos contra otros y a obtener
poder sobre ellos asegurándose aliados secretos, tiene sus raíces, en lo que yo
he podido ver, en fantasías de omnipotencia, en las cuales, por medio de los
atributos mágicos de excrementos y pensamientos, heces venenosas y flatos son
introducidos dentro de sus objetos para dominarlos o destruirlos. De este modo
las heces del niño son los instrumentos de sus ataques secretos sobre el
interior de sus objetos y son consideradas por él como objetos dañinos o
animales que actúan en interés de su yo. Estas fantasías de grandeza y
omnipotencia juegan una gran parte en los delirios de persecución y referencia y
en ideas delirantes de ser envenenado. Ellas hacen que el paciente tenga miedo
de ser atacado por sus objetos en la misma forma secreta en que él los ataca a
ellos, y a veces, también, miedo de sus propios excrementos en caso de que ellos
se vuelvan contra su yo de un modo hostil y traicionero. Analizando tanto niños
como adultos me he enfrentado con un miedo a que sus heces asuman de algún modo
una existencia independiente y no estén más bajo su control, y a que hagan daño
a sus objetos internos y externos contra la voluntad del yo. En tales casos, las
heces fueron comparadas a toda clase de animales pequeños e insectos, tales como
ratas, ratones, moscas, chinches, etcétera.
Cuando el individuo está más ocupado con la ansiedad paranoide en lo que
respecta a las heces y pene como perseguidores, su objeto de amor del mismo sexo
representará primero y después de todo, un aliado contra los perseguidores. El
deseo libidinal de un "buen" pene será fuertemente sobrecompensado y servirá al
propósito de ocultar sus sentimientos de odio y temor frente al pene "malo". Si
tal compensación fracasa, su odio y miedo al objeto de amor se manifestará y
tendrá por objeto una reversión paranoica de la persona amada en perseguidor.
Estos mecanismos, que son dominantes en casos de un carácter paranoico, entran,
aunque en menor grado, dentro de toda actividad homosexual. El acto sexual entre
hombres sirve siempre en parte para gratificar impulsos sádicos y para confirmar
el sentimiento de omnipotencia destructiva; y detrás de la relación libidinal
positiva de un "buen" pene como objeto de amor externo acechan, en mayor o menor
grado, de acuerdo con la cantidad de odio presente, no sólo odio al pene del
padre, sino también impulsos destructivos contra el compañero sexual y miedo a
él por estos impulsos.
En su "Homosexualitát und Oedipuskomplex", 1926, Félix Boehm ha dirigido su
atención "a la parte que juega ese aspecto del complejo de Edipo, que consiste
en el odio del niño hacia su padre y en su deseo de muerte y deseos de
castración activos contra él". Ha demostrado que al realizar los actos
homosexuales el hombre muy frecuentemente tiene dos fines: 1) hacer a su
compañero impotente para el acto heterosexual, en cuyo caso es meramente una
cuestión de mantenerlo alejado de las mujeres y 2) castrarlo, en cuyo caso
quiere tener posesión del pene de su compañero así como aumentar su propio poder
sexual con las mujeres. En cuanto al primer fin, mis propias observaciones me
han conducido a creer que sus deseos de mantener a otros hombres alejados de las
mujeres, es decir, de su madre o hermanas, está basado no sólo en celos
primarios de su padre, sino en un miedo a los riesgos en que su madre incurre al
copular con él. Desde que esos riesgos surgen no sólo del pene de su padre sino
también de su propio pene sádico, él está provisto de un fuerte motivo para
adoptar la posición homosexual.
En esta posición, según he encontrado en los análisis de niños como en los de
hombres, él, en su inconsciencia, ha hecho un convenio con sus padres y hermanos
por el cual todos se abstendrán de tener relaciones con su madre (o hermanas)
para preservarla a ella de peligros y buscarán compensación de esta abstención
entre ellos mismos. En cuanto al segundo fin, estoy en completo acuerdo con la
opinión de Boehm. El deseo del niño de castrar a su padre para conseguir su pene
y ser potente en la relación sexual con la madre lo impulsa a una posición
homosexual.
En algunos casos he visto que había no sólo el deseo de tomar posesión de un
pene especialmente potente, sino de acumular una gran cantidad de semen, que de
acuerdo con sus fantasías era necesario para dar a su madre gratificación
sexual. Además necesita poner penes "buenos" y semen "bueno" dentro de él para
hacer bueno también el interior de su cuerpo. Este deseo está fortalecido en el
estadío genital por la creencia de que sí su interior está intacto será capaz de
dar a su madre semen bueno y también niños, situación que lo lleva a aumentar su
potencia en la posición heterosexual. Si por otra parte predominan sus
tendencias sádicas -su deseo de tomar posesión del pene del padre y del semen
por medio del acto homosexual- tendrá también en parte un fin heterosexual.
Porque identificándose él mismo con su padre sádico tendrá más poder para
destruir a su madre copulando con ella.
Se ha dicho más de una vez que el instinto de conocer es un impulsor de la
realización del acto sexual. Pero cuando el individuo obtiene gratificación de
su instinto en conexión con actividades homosexuales, lo emplea en parte para
aumentar su eficiencia en la posición heterosexual. El acto homosexual está
destinado a realizar los tempranos deseos de su infancia de tener la oportunidad
de ver qué sentido el pene de su padre difiere del suyo y averiguar en qué forma
se comporta aquél cuando copula con su madre. Necesita saber cómo hacerse más
potente y apto en la relación sexual con su madre.
EL CASO DEL SEÑOR B.
Trataré de dar algunos fragmentos de un historial para ilustrar la importancia
de algunos de los factores analizados más arriba en la adopción de la posición
homosexual. B., un hombre de entre 30 y 40 años, vino al tratamiento por graves
inhibiciones en el trabajo y depresiones profundas. Su inhibición en el trabajo,
de la que sufría desde hacía mucho tiempo, había aumentado a un grado tal por un
cierto acontecimiento de su vida, que citaré, que lo obligó a renunciar a un
trabajo de investigación que había comenzado y a abandonar su puesto de maestro.
Se vio que aunque el desarrollo de su carácter y de su yo había sido exitoso y
estaba dotado intelectualmente más de lo común, sufría de profundos trastornos
en su salud mental. Sus crisis de depresión se remontaban a su temprana
infancia, pero en los últimos años se hicieron tan agudas que lo llevaron a un
estado general de depresión y a que se alejara en gran parte de la gente. Tenía
miedo -aunque sin causa- de que su aspecto alejara a la gente, y esto hacía aun
mayor su disgusto por la sociedad. Sufría también de una grave manía de duda,
que cubría el campo de sus intereses intelectuales de un modo cada vez más
extendido y que era especialmente dolorosa para él.
Detrás de estos síntomas manifiestos pude deducir la presencia de una profunda
hipocondría, de fuertes ideas de persecución y referencia, que por momento
tomaban el carácter de delirios, pero que parecían serle curiosamente
indiferentes. Por ejemplo, este hombre, durante su estada en una pensión
veraniega, tenia la impresión de que una de las huéspedes le provocaba
sexualmente y amenazaba su vida. Una indisposición sin importancia le pareció
provocada por un pan que esta señora le había comprado. Creía que lo había
envenenado. Por eso el señor B. abandonó enseguida esta pensión, pero volvió a
ella un año más tarde. Y lo hizo sabiendo que iba a encontrarse otra vez con
esta mujer. Se acercaron y establecieron una relación amistosa. Pero a pesar de
eso, B. siguió con su antigua sospecha. Se tranquilizó, pensando que ella, como
amiga suya, no iba a repetir su intento de envenenamiento. Lo notable era que no
le guardaba rencor por el supuesto intento. Esta actitud se basaba en parte en
su amplio desplazamiento afectivo y en parte en su actitud comprensiva y
tolerante frente a la psiquis de otras personas. Pudo ocultar a todos estas
ideas de referencia, persecución y ansiedad hipocondríaca y aun, en cierto
sentido, sus graves síntomas obsesivos. Este extraordinario poder de disimulo
iba junto con sus características paranoides, que eran muy fuertes. Aunque
sentía que era observado y espiado por la gente y desconfiaba mucho de ella, su
sutileza psicológica fue tan grande que pudo ocultar sus pensamientos y
sentimientos completamente. Pero junto con este esfuerzo calculador de disimulo,
en él había una gran frescura y espontaneidad de sentimientos, que surgía de su
positiva relación de objeto y se remontaba a su fuerte sentimiento optimista
originado en las profundas capas de su mente; estos últimos le ayudaron también
a ocultar su enfermedad, pero en los últimos años había perdido casi toda su
eficacia.
B. era un verdadero homosexual. Aunque tenía buenas relaciones con la mujer (y
con el hombre) como seres humanos, como objetos sexuales los rechazaba tan
completamente que no podía comprender cómo podían poseer alguna atracción. Desde
el punto de vista físico ellas eran algo raro, misterioso y sobrenatural para
él. Las formas de sus cuerpos le repelían, especialmente los pechos y las nalgas
y su falta de pene. Su aversión a los pechos y nalgas se basaba en impulsos
sádicos muy fuertes. Tenía fantasías de golpear "aquellas partes salientes"
hasta que se hiciera "planas" y "reducidas", y quizá de este modo, él decía,
podría amar a las mujeres. Estas fantasías estaban determinadas por su idea
inconsciente de que la mujer estaba tan llena de penes del padre y excrementos
peligrosos equiparados al pene, que éstos le habían deformado el cuerpo
produciendo las saliencias del mismo. Así, su odio a las partes salientes estaba
realmente dirigido contra los penes internalizados, que volvían a emerger. En su
imaginación el interior del cuerpo de la mujer era un espacio enorme donde
acechaban toda clase de peligros y muertes, y ella misma era una cosa que
contenía penes terroríficos y excrementos peligrosos. Consideraba su tez
delicada y todos sus otros atributos femeninos como una envoltura superficial
que cubría la destrucción que había sido hecha en su interior, y aunque lo
atraían, las temía, tanto más como que eran signos de su naturaleza engañosa y
traicionera.
Equiparando el pene aterrador a pedazos de excrementos, mi paciente extendió aun
más su desplazamiento del miedo surgido al pene del padre hacia el cuerpo de la
madre, y lo aplicó también a los excrementos envenenados, y peligrosos de su
padre. En este sentido buscó esconder dentro del cuerpo de su madre todas las
cosas que él había odiado y temido. Que este proceso de desplazamiento había
fracasado puede inferirse del hecho de que B. volvió a sus ocultos objetos de
ansiedad bajo la forma de pechos y nalgas femeninas. Ellos simbolizaban
perseguidores que salían del cuerpo de la mujer y lo observaban; y según me
contó, con evidente displacer y ansiedad, nunca hubiera osado pegarle o atacarla
porque tenía demasiado miedo de tocarla.
Al mismo tiempo que había desplazado de este modo hacia el cuerpo de su madre
todas estas cosas que lo asustaban, haciendo de ella un objeto de horror,
idealizó el pene y el sexo masculino en un grado muy elevado. Para él, el
hombre, en quien todo se veía con claridad y que no ocultaba secretos en su
interior, era el solo objeto hermoso y natural. De modo similar, había reprimido
muy fuertemente todo lo que se relacionaba con el interior de su propio cuerpo y
había concentrado su interés en todo lo que estaba en la superficie y era
visible, especialmente en el pene. Pero lo fuerte de sus dudas, aun sobre este
asunto, se vio en el hecho de que cuando tenía 5 años preguntó a su niñera qué
era lo peor: "lo de adelante o lo de atrás" (significando pene o ano), y había
quedado muy turbado cuando ésta le dijo: lo de adelante. También recordó que
cuando tenía 8 años estaba en lo alto de una escalera, miró hacía abajo y odió
las medias negras que llevaba. Sus asociaciones mostraron que la casa de sus
padres le había parecido siempre triste, "muerta", y que se hacía a sí mismo
responsable de esto en el significado simbólico del cuerpo de su madre y el suyo
propio arruinado por sus peligrosos excrementos (las medias negras), que los
habían dañado a ambos, a él y a madre. A consecuencia de la represión extensiva
de su "interior" su desplazamiento de éste a su "exterior", B. había llegado a
odiar temer a este último, no sólo en cuanto a su aspecto personal, aunque esto
fue una continua fuente de preocupaciones y cuidados para él, sino también en
cuanto a otros temas ligados a éste. Por ejemplo, tenía por ciertas vestimentas,
especialmente la ropa interior, el mismo odio que tuvo por sus medias negras, y
sentía como si ellas fueran sus enemigos que lo estaban cercenando, hundiéndolo
al pegarse tan íntimamente con su cuerpo. Representaban sus objetos
internalizados y excrementos que le perseguían desde el interior. En virtud del
desplazamiento de su miedo a peligros internos, hacia el mundo externo, sus
enemigos dentro de él se habían transformado en enemigos fuera de él.
Volvamos ahora a considerar la estructura del caso. El paciente había sido
criado con biberón; el hecho de que estos componentes libidinales no habían sido
gratificados por su madre; habían impedido su fijación oral de succión al pecho
de la misma. Debido a su frustración, también sus impulsos destructivos contra
el pecho había aumentado, transformando esta parte del cuerpo en bestias y
monstruos peligrosos en su imaginación (en su inconsciente había asimilado el
pecho de las mujeres con arpías). Este proceso había sido auxiliado por su
equiparación del pecho con el pene del padre, que pensó había sido puesto en el.
interior del cuerpo de la madre y luego había vuelto a surgir. Además había
comenzado muy tempranamente a equiparar el biberón con el pene lleno, y, a
consecuencia de su frustración del pecho, se dirigió a él con especial avidez,
como un objeto de gratificación de sus deseos orales de succión. Su adopción d
una actitud homosexual había sido ayudada grandemente por hecho de haber sido
seducido muy tempranamente en su vida -aproximadamente en su segundo año- por su
hermano, que era dos años mayor que él. Puesto que el acto de fellatio
gratificaba sus deseos orales de succión hasta entonces insatisfechos, este
hecho lo llevó a una fijación en el pene exageradamente fuerte. Otro factor fue
que su padre, que hasta entonces había sido un hombre poco demostrativo, se hizo
más afectuoso con la influencia de su hijo menor. El niñito se había propuesto
conquistar su amor y lo había conseguido. El análisis mostró que el niño
consideró esta victoria como una prueba de que era capaz de transformar el pene
"malo" del padre en uno "bueno". Y sus esfuerzos para realizar una
transformación de esta clase y disipar así un número de miedos se convirtió en
años posteriores en uno de los motivos de tener relaciones con los hombres.
B. tenía dos hermanos. Por Leslie, el que lo había seducido y que era 2 años
mayor que él, sentía gran admiración aun desde pequeño, y para él representó el
pene "bueno", en parte sin duda a causa de la temprana gratificación de sus
deseos orales que había recibido de su hermano mediante el acto sexual. Su mayor
ambición fue hacerse digno de su amistad y seguir sus pasos, y, en efecto,
eligió la misma profesión. En cuanto a su otro hermano, David, que era cuatro
años mayor que él, tuvo una actitud muy diferente. Este hermano era hijo de su
padre en un matrimonio anterior, y B. sintió, probablemente con exactitud, que
su madre mostraba preferencia por sus propios hijos. No quería a este hermano y
había tratado de superarlo cuando pequeño, a despecho de la diferencia de
edades. Esto se debía en parte a la actitud masoquística de David, y en gran
parte a su gran superioridad mental. Desahogaba contra su hermano, con el que
también mantuvo relaciones sexuales en la temprana infancia, sus impulsos
sádicos contra el pene "malo", y al mismo tiempo lo consideraba como la madre
peligrosa que contenía los penes del padre. Sus hermanos, se verá, fueron los
sustitutos de las imagos parentales, y fue contra ellos que activó sus
relaciones con estas imagos, porque aunque quería a su madre en la vida real, y
mucho más que a su padre, estaba poseído en la fantasía, como sabemos, por
imagos del mágico pene "bueno" (su padre) y de una madre terrorífica. Nunca
llegó a querer a David, aun siendo adulto, y esto fue en parte, según lo mostró
el análisis, debido a que se sentía culpable frente a él.
Mientras, un número de factores animaban a B. a que adoptara una actitud
homosexual, otros, externos, trabajaban ya tempranamente contra el
establecimiento de una posición heterosexual. Su madre fue muy cariñosa con él,
pero el niño pronto descubrió que no era muy afectuosa con su padre y que tenía
una aversión a los genitales masculinos en general. Tenía, probablemente, razón
en su impresión de que ella era frígida y desaprobaba los deseos sexuales del
niño, y su amor muy pronunciado al orden y a la limpieza lo corroboraban. Las
niñeras que había tenido desde pequeño eran adversas también a todo lo que fuera
sexual o instintivo (el lector recordará la contestación de la niñera de que lo
de "adelante" era peor que lo de "atrás"). Otra cosa que se opuso al
establecimiento de la posición heterosexual, fue que no tuvo compañeritas de
juego en su temprana infancia. No hay duda de que su miedo al interior
misterioso del cuerpo de la mujer hubiera disminuido grandemente si hubiera
tenido una hermana, porque entonces hubiera satisfecho su curiosidad sexual en
cuanto a los genitales femeninos más tempranamente. De este modo no lo logró
hasta que tuvo 22 años, cuando al observar el cuadro de una mujer desnuda se dio
cuenta, conscientemente, de qué modo el cuerpo de la mujer difería del hombre.
Se vio en el análisis que las polleras voluminosas y anchas que usaban las
mujeres de su tiempo aumentó en forma múltiple su idea del enorme, desconocido y
peligroso interior de sus cuerpos. Su "ignorancia" de estos temas -ignorancia
que surgió de su ansiedad pero que fue aumentada por los factores externos ya
descritos- contribuyó a su rechazo de la mujer como objeto sexual.
En mi descripción del desarrollo del hombre he mostrado que la centralización de
su potencia sádica en el pene es un paso importante en el establecimiento de su
posición heterosexual, y que para efectuar tal paso su yo tiene que haber
adquirido una capacidad suficiente para tolerar su sadismo y ansiedad en los
tempranos estadíos de su desarrollo. En B. esta capacidad fue muy poca. Su
creencia en la omnipotencia de sus excrementos fue más fuerte que lo usual en
los niños. Sus impulsos genitales y sus sentimientos de culpa, por otra parte,
habían tomado la delantera muy tempranamente y habían traído consigo buenas
relaciones con sus objetos y una adaptación satisfactoria con la realidad. El
prematuro fortalecimiento de su yo tuvo como consecuencia la de ejercer una
represión violenta de sus impulsos sádicos, especialmente los dirigidos contra
la madre, de modo que no tuvieron suficiente contacto con sus objetos reales y
permanecieron ligados a las imagos fantásticas, especialmente en lo que
concernía a su madre. El resultado de esto fue que junto con la buena relación
con los objetos de ambos sexos, había todavía un miedo profundo y dominante por
sus imagos fantásticas y malas, y estas dos actitudes frente a sus objetos
corrían un curso paralelo, pero separado, sin estorbarse una a la otra en ningún
punto.
No sólo no pudo B., por las razones arriba citadas, emplear su pene como órgano
de ejecución de su sadismo contra su madre, sino que no pudo realizar sus deseos
de restaurarla por medio de su pene "bueno" en el acto sexual. En lo referente
al pene de su padre, su sadismo estaba reprimido con mucho menos fuerza. Sin
embargo, esto no influyó suficientemente en sus tendencias edípicas directas,
porque los factores ya analizados trabajaban muy poderosamente contra el logro
de una posición heterosexual. Su odio al pene de su padre no pudo así ser
modificado de un modo normal. Esto tuvo que ser en parte sobrecompensado por una
creencia en el pene "bueno" y esto formó la base de su posición homosexual.
En el curso de esta fuga de todo aquello que era anal y de todo lo relacionado
con el interior del cuerpo, y ayudado por su fuerte fijación oral de succión
sobre el pene y por los factores ya descritos, B. desarrolló muy tempranamente
en su vida una gran admiración por el pene de los otros muchachos, admiración
que en ciertos casos llegaba hasta la adoración. Pero el análisis mostró que a
consecuencia de su intensa represión de lo anal, el pene había tomado cualidades
anales en alto grado. Veía a su pene como inferior y feo (y sucio por completo),
y su admiración por el pene de otros hombres y muchachos estaba sujeta a ciertas
condiciones. Un pene que no cumpliera estas condiciones era repulsivo para él,
porque entonces tomaba las características del pene peligroso de su padre y de
"malos" pedazos de excrementos. A pesar de esta limitación, sin embargo logró
una posición homosexual bastante estable. No tenía sentimientos de culpa
consciente o de inferioridad por sus actividades homosexuales, porque en ellas
sus tendencias restitutivas, que no habían podido aparecer en su posición
heterosexual, desarrollaron su capacidad por completo.
La vida erótica de B. estaba dominada por dos tipos de objeto. El primero, al
que se había dirigido persistentemente desde sus días escolares, consistía en
muchachos y más tarde en hombres que no eran atractivos y que con razón se
sentían en segundo plano. Este tipo respondía a su hermano David. B. no sentía
placer en las relaciones sexuales con estas personas, porque sus impulsos
sádicos jugaban con demasiada fuerza y él se daba cuenta que hacía que los otros
sintieran su superioridad y los atormentaba de todos los modos posibles. Al
mismo tiempo, sin embargo, era un buen amigo de ellos y ejercía una influencia
mental favorable y los ayudaba de distintos modos. El segundo tipo correspondía
a su otro hermano, Leslie. Acostumbraba a enamorarse muy profundamente con este
tipo de personas y tenía una real adoración por su pene.
Ambos tipos servían para gratificar a B. en sus tendencias restitutivas y
aliviar su ansiedad. En sus relaciones con el tipo primero, copular significaba
restaurar el pene del padre y de su hermano David, que a causa de sus poderosos
impulsos sádicos contra ellos creyó haber destruido. Al mismo tiempo se
identificaba con este objeto inferior y castrado, de modo que el odio al objeto
iba también dirigido contra sí mismo, y su restitución del pene del objeto
implicaba una restitución de su propio pene. Pero, en el análisis posterior, las
tendencias restitutivas frente al pene servían al propósito de restaurar a su
madre; se traslucía que el haber castrado a su padre y a su hermano significaba
haber atacado a los niños dentro de su madre y que sentía una culpa profunda
frente a ella por esta causa. Restaurando el pene del padre y del hermano,
trataba de devolver a su madre un padre ileso, niños ilesos y un interior ileso.
La restauración de su propio pene significaba, además, que tenía un pene "bueno"
y que podía dar a su madre gratificación sexual.
En la relación de B. con el tipo Leslie, su deseo de realizar restitución era
menos evidente, porque en este caso se trataba del pene "perfecto". Este pene
"perfecto" que fue el objeto de su admiración intensa, representaba un gran
número de contrapruebas mágicas contra sus miedos. Y desde que se identificaba
con su objeto de amor, el que éste poseyera un pene "perfecto" era la prueba de
que su propio pene también era "perfecto"; y también mostró que el pene de su
padre y hermano estaban intactos y fortaleció su creencia en el pene "bueno" en
general, y también en la que el cuerpo de su madre estaba intacto. En su
relación con el pene admirado, sus impulsos sádicos también encontraron salida,
aunque de un modo inconsciente; porque aquí sus actividades homosexuales
significaban la castración de su objeto de amor, en parte a causa de sus celos
del mismo, y en parte, debido a que quería asir el pene "bueno" para poder de
todos modos tomar el lugar del padre con la madre.
Aunque la posición homosexual de B. había sido establecida muy temprana y
fuertemente, y aunque conscientemente rechazaba la heterosexual, había mantenido
siempre inconscientemente fines heterosexuales frente a los cuales cuando niño
había luchado ardientemente en su imaginación y a los que nunca había
renunciado. Para su inconsciente, las diversas actividades homosexuales
representaban caminos distintos que lo llevaban a un fin heterosexual.
Los standards que su superyó impuso a sus actividades sexuales eran muy altos.
Al copular debía reparar cada cosa que había destruido en su madre. Su trabajo
de restauración por medio del acto sexual comenzó, por las razones que hemos
visto, con la restauración del pene, y allí también terminó. Fue como si una
persona hubiera querido hacer una casa particularmente hermosa pero estuviera
llena de dudas sobre si había puesto bien o mal los cimientos. Continuaba
tratando de que estos cimientos fueran más sólidos, y no era nunca capaz de
trabajar en el resto del edificio.
De este modo la creencia de B. en su capacidad para restaurar el pene era la
base de su estabilidad mental, y cuando esta creencia fue destruida, se enfermó.
Lo que sucedió fue lo siguiente: algunos años antes su querido hermano Leslie
había perdido la vida en un viaje de exploración. Aunque su muerte había
afectado a B. muy profundamente, no había trastornado su salud mental. Pudo
soportar el golpe porque no hizo surgir su sentimiento de culpa o no minó en
mayor grado su creencia en su omnipotencia constructiva. Leslie había sido para
él el poseedor del mágico pene "bueno" y B. pudo transferir su creencia en él y
su amor por él a otra persona como sustituto. Pero ahora su hermano David estaba
enfermo. B. se dedicó a él durante su enfermedad y tuvo la esperanza de curarlo
por medio de una fuerte y favorable influencia sobre él. Pero sus esperanzas
fueron frustradas y David murió. Fue este golpe el que lo desmoralizó y trajo
como consecuencia su enfermedad. El análisis demostró que este segundo golpe fue
para él mucho más duro que el primero, porque tenia un fuerte sentimiento de
culpa hacia su hermano mayor. Por encima de todo, su creencia de que podía
restaurar el pene dañado había sido minada. Esto significó que tenía que
abandonar la esperanza de todas las cosas que en su inconsciente estaba tratando
de restaurar -en última instancia su madre y su propio cuerpo-. La severa
inhibición en su trabajo fue otra consecuencia de la pérdida de esta esperanza.
Hemos visto por qué su madre no pudo ser el objeto de sus tendencias
restitutivas llevadas a cabo por medio de la copulación, y de allí, el que no
fuera un objeto sexual para él. Ella sólo pudo ser un objeto de sus emociones
afectivas. Pero aun así su ansiedad y su sentimiento de culpa eran demasiado
grandes; y no sólo sus relaciones de objetos estaban expuestas a serios
trastornos, sino que sus tendencias de sublimación se vieron muy obstaculizadas.
Sucedió que B. que estaba conscientemente muy preocupado por la salud de su
madre -aunque como dijo él, no era exactamente inválida sino "delicada"-, era en
su inconsciente un esclavo completo de esta preocupación. Lo expresó en la
situación de transferencia, temiendo continuamente, antes de que su análisis se
interrumpiera para las vacaciones (y, según se vio más tarde, antes de cada fin
de semana, y aun entre un día y el otro), que nunca me vería de nuevo porque
algún accidente fatal me podía ocurrir durante el intervalo. Esta fantasía, que
volvía a él una y otra vez con toda clase de variaciones, era siempre del mismo
tema -que a mí me sucedería un accidente, sería atropellada por un auto en una
calle de mucho tránsito-. Esta calle en realidad era una calle de su ciudad
natal en América y jugaba una gran parte en sus recuerdos infantiles. Cuando
acostumbraba a salir con su niñera, siempre había cruzado la calle con el miedo
-según lo demostró el análisis- de que nunca vería a su madre de nuevo. Siempre
que se encontraba en un estado de profunda depresión, acostumbraba a decir en su
análisis que las cosas nunca podrían "enmendarse" y que él nunca podría trabajar
más, a menos que ciertas cosas hubieran sucedido, por ejemplo, que todo el
tránsito que había pasado por esa calle no hubiera pasado. Para él, como para
los niños a cuyos análisis he hecho referencia antes, el movimiento de coches
representaba el acto de copulación entre sus padres, que en sus fantasías de
masturbación él había transformado en un acto fatal para ambas partes, de modo
que él se convirtió en la víctima del miedo a que su madre y (debido a su
introyección del pene "malo" y de sus padres combinados) él mismo, serían
destruidos por el peligroso pene de su padre incorporado dentro de ella. De aquí
su miedo manifiesto a que ambos fueran atropellados por un coche. Contrastando
con su ciudad natal, que él veía como un lugar arruinado, oscuro y sin vida a
pesar del hecho -o debido al hecho, según demostró su análisis- de que allí
había mucho tránsito (es decir, continua copulación entre su padre y su madre),
se figuraba una ciudad imaginaria llena de vida, luz y belleza, y a veces
encontraba su visión realizada, aunque solo por un corto tiempo, en las ciudades
que él visitaba en otros países. Esta ciudad visionaria y lejana representaba a
su madre una vez más restaurada y vuelta a despertar a una nueva vida y también
a su propio cuerpo restaurado. Pero el exceso de su ansiedad le hizo sentir que
una restauración de esta naturaleza no podría realizarse, y esto también fue la
causa de su inhibición en el trabajo.
Mientras B. todavía pudo trabajar, estuvo ocupado en escribir un libro en el
cual había recopilado los resultados de sus investigaciones científicas. Este
libro, cuya escritura tuvo que abandonar cuando su inhibición para el trabajo se
hizo demasiado fuerte, tenía el mismo significado para él que la hermosa ciudad.
Cada trozo separado de información, cada oración aislada, denotaba el pene
restaurado de sus padres y los niños ilesos, y el libro en sí representaba a su
madre ilesa y a su propio cuerpo restaurado. Se vio en el análisis que fue su
miedo al contenido "malo" de su cuerpo el principal impedimento para sus poderes
creativos. Uno de sus síntomas hipocondríacos fue un sentimiento de inmenso
vacío en su interior. En el plano intelectual tomó la forma de una queja de que
las cosas que eran valiosas y hermosas e interesantes para él, habían perdido
valor y estaban "gastadas" y que se las habían robado de algún modo. La causa
más profunda de esta queja resultó ser su miedo de que al arrojar sus malas
imagos y excrementos peligrosos hubiera perdido aquellos contenidos de su cuerpo
que eran "buenos y hermosos".
El motivo más poderoso de su trabajo creativo provenía de su posición femenina.
En su inconsciente fue impuesta una cierta condición: A menos que su cuerpo
estuviera lleno de buenos objetos -en realidad de hermosos niños- no podría
crear, es decir, traer niños al mundo. Con el fin de obedecer a esta condición,
tenía que desembarazarse de los objetos "malos" en su interior (pero entonces se
sentía vacío); o si no, tenía que transformarlos en objetos "buenos" del mismo
modo que quería transformar el pene de su padre y de su hermano en penes
"buenos". Si hubiera podido hacer esto hubiera tenido la seguridad de que el
cuerpo de su madre y los niños de ella y el pene de su padre estaban también
todos restaurados; entonces, su padre y su madre hubieran podido vivir juntos
cordialmente y tener entre ellos satisfacción sexual completa, y él mismo al
identificarse con su padre bueno, podría haber dado a su madre niños y haber
consolidado su posición heterosexual.
Cuando mi paciente volvió de nuevo a su libro después de un análisis de 14
meses, su identificación con su madre se colocó en un primer plano muy
claramente. Esto se demostró en la situación de transferencia en fantasías de
ser mi hija. Recordó que cuando él era un niñito ansiaba ser una niña
conscientemente, porque su madre hubiera preferido tener una hija, e
inconscientemente porque entonces hubiera podido amar a su madre de un modo
sexual. Porque así no hubiera tenido que temer dañarla con su pene, que era
odioso para ella y que él mismo sentía peligroso. Pero a pesar de su
identificación con su madre y sus características marcadamente femeninas
-características que también se presentaron en su libro- no había podido
mantener la posición femenina. Esto era un gran impedimento en el camino de sus
actividades creadoras, que habían estado siempre inhibidas de algún modo.
A medida que su identificación con su madre y su deseo de ser mujer se hicieron
más prominentes en el análisis, su inhibición en el trabajo disminuyó
gradualmente. Su deseo de tener niños y, paralelamente, sus capacidades
creadoras habían sido obstaculizadas por sus miedos a sus objetos
internalizados; porque su miedo a su madre como rival estaba dirigido primero y
principalmente hacia su "mala" madre internalizada, quien estaba unida a su
padre. Eran aquellos objetos internalizados los causantes también de su intenso
miedo de ser observado. Tenía que preservar de ellos todos sus pensamientos,
porque cada pensamiento representaba un trocito bueno dentro de él: un niño. Por
esta razón transfería sus pensamientos al papel tan rápidamente como le era
posible, para protegerlos de los objetos malos que se interponían en su camino
al escribir. Tenía que realizar la separación de los objetos malos de los buenos
dentro de su cuerpo y también transformar los malos en buenos. Su trabajo al
escribir su libro y el proceso total de su producción mental vinculado a esto,
estaban equiparados en su inconsciente a la restauración del interior de su
cuerpo y a la creación de niños. Estos niños iban a ser de su madre, y él
restauraba a su buena madre dentro de él llenándola a ella con hermosos niños
restaurados y tratando cuidadosamente de preservar aquellos objetos -creados de
nuevo- de los objetos "malos" dentro de él, que eran sus padres combinados en
copulación y el pene "malo" de su padre. De este modo hacía a su propio cuerpo
también sano y hermoso, porque su "buena", hermosa e intacta madre, a su vez, lo
protegía de los "malos" objetos dentro de él. Con esta madre "buena" restaurada
B. pudo también identificarse. Los hermosos niños (pensamientos, conocimientos)
con los cuales, en su imaginación, poblaba su interior, eran los niños que había
concebido en identificación con su madre, así como los niños que había
engendrado ella como la "buena" madre, es decir, la madre que le dio a él leche
curativa y así lo ayudó a tener el pene potente y curativo. Y no fue hasta que
pudo adoptar y sublimar esta posición femenina que sus componentes masculinos se
hicieron más eficaces y provechosos en su trabajo.
A medida que su creencia en su madre "buena" se hizo más poderosa, su ansiedad
paranoide e hipocondríaca y también sus depresiones se hicieron menos intensas,
B. pudo en grado creciente realizar su trabajo, al principio presentando todos
los signos de ansiedad y compulsión, pero luego haciéndolo con mucha más
facilidad y soltura. Junto con esto hubo una ininterrumpida disminución de sus
manifestaciones homosexuales. Su adoración por el pene disminuyó y su miedo por
el pene "malo", que hasta ahora había sido oscurecido por su admiración por el
pene "bueno" y hermoso, se hizo más claro. En esta fase nos encontramos frente a
un miedo particular, el de que el pene "malo" internalizado de su padre había
tomado posesión del suyo, colocándose dentro de él y controlándolo desde
adentro. B. sintió que había perdido el dominio de su propio pene y no podía
usarlo en una forma "buena" y productiva. Este miedo había aparecido con mucha
fuerza durante su pubertad. En esa época trataba con toda su fuerza de impedir
la masturbación. Y como consecuencia tenía poluciones nocturnas. Esto hizo nacer
un miedo en él de no poder controlar su pene y de que estaba poseído por el
diablo. También pensó que era debido a esto que podía hacer cambiar el tamaño de
su pene y volverlo más grande o más chico, y atribuía todos los cambios que éste
sufría en relación con su desarrollo a la misma causa.
Este miedo había contribuido enormemente a su aversión por su propio pene y a su
sentimiento de que era inferior en el sentido de ser anal, "malo" y destructivo.
Surgió en conexión con esto un impedimento importante también para su adopción
de una posición heterosexual. Desde que debía suponer que el pene "malo" de su
padre estaría siempre presente mientras él realizara el coito con su madre y lo
forzaría a cometer malas acciones, se veía obligado a apartarse de las mujeres.
Se hizo evidente ahora que el énfasis excesivo que había puesto sobre su pene
como representante de lo consciente y de lo que era visible y su múltiple
represión y negación de la existencia del interior de su cuerpo había fracasado
también en este punto. Tan pronto como este conjunto de miedos fueron
analizados, la capacidad de trabajo de B. aumentó aun más y su posición
heterosexual se vio fortificada.
En este punto de su análisis mi paciente tuvo que dejar de venir por algún
tiempo porque se vio obligado a volver a América para arreglar sus asuntos, pero
tenía la intención de volver para prolongar el tratamiento. Hasta este punto su
análisis había ocupado 380 horas y había durado unos 2 años. Los resultados
hasta ese momento fueron de que sus profundas depresiones y su inhibición en el
trabajo habían sido casi completamente curadas y sus síntomas obsesivos y su
ansiedad, tanto del tipo paranoide como hipocondríaco, habían disminuido
considerablemente. Estos resultados justifican que creamos que un período de
tratamiento posterior le hubiera permitido establecer completamente una posición
heterosexual. Pero para realizar esto se hace claro, por el análisis ya
efectuado, que su miedo a la imago no real de su madre tendría que ser aun más
disminuida, de modo que sus objetos reales e imaginarios, tan ampliamente
separados en su mente, pudieran unirse aun más, y su creciente creencia en su
buena" madre restaurada y en su posesión de un "buen" pene, que hasta ahora en
su mayor parte ha sido dirigido hacia su madre internalizada, y ayudado a curar
su inhibición en el trabajo, pudieran tener un efecto completo sobre sus
relaciones con las mujeres como objeto sexual. Además su miedo al pene "malo" de
su padre tendría que ser aun más disminuido para fortificar su identificación
con su padre "bueno".
En el caso que analizamos se verá que los factores sobre cuya fuerte actuación
depende el cambio completo del paciente de la homosexualidad a la
heterosexualidad, son los mismos factores que aquellos cuya presencia ha sido
mencionada en la primera parte de este capítulo como condición necesaria para el
firme establecimiento de una posición heterosexual. Al reconstruir o investigar
el desarrollo del hombre normal, señalé que la base del mismo era la supremacía
de la buena imago de la madre, que ayuda al niño a vencer su sadismo y que actúa
contra todas sus diversas ansiedades. Como en el caso de sus miedos, en éste, el
deseo del niño de restaurar el cuerpo de la madre y el suyo propio actúan entre
sí, siendo la realización del uno esencial para la realización del otro. En el
estadío genital son una precondición para el logro de su potencia sexual. Una
creencia adecuada en los "buenos" contenidos de su cuerpo, que se oponen y
neutralizan a los "malos" contenidos y los excrementos, parece ser necesaria
para que su pene, como representante de su cuerpo en un todo, produzca un semen
"bueno" y benéfico. Esta creencia, que coincide con la creencia en su capacidad
para amar, depende de que tenga una creencia suficiente en sus imagos "buenas",
especialmente en su madre "buena" y en el cuerpo intacto y benéfico de ella.
Cuando ha logrado el nivel genital completo, el hombre vuelve durante la
copulación a su fuente originaria de gratificación, a su madre bondadosa, que
ahora le proporciona a él también placer genital, y, en parte como un regalo de
agradecimiento, en parte como una reparación por todos los ataques que él ha
efectuado sobre ella desde la época en que dañó sus pechos, le da a ella su
semen "benéfico", la dotará de niños, restaurará su cuerpo y también le
proporcionará gratificación oral.
La ansiedad y sentimiento de culpa, que están todavía presentes en él, han
aumentado y se han profundizado y han dado forma a sus impulsos libidinales
primarios que tenía ya cuando era un niño de pecho, proporcionando a su actitud
hacia su objeto toda esa riqueza y amplitud del sentimiento que llamamos amor.
APENDICE
ALCANCES Y LIMITES DEL ANALISIS DEL NIÑO
En lo que respecta al adulto, la función del psicoanálisis es clara. Es corregir
la dirección infructuosa que ha tomado su desarrollo psicológico. Para lograr
esto se debe llegar a armonizar su ello con los requerimientos de su superyó. M
efectuar un ajuste de esta naturaleza se pondrá también a su yo, ahora
fortalecido, en posición de satisfacer también los requerimientos de la
realidad.
Pero en cuanto a los niños, ¿cómo afecta el análisis una vida que está aún en
proceso de desarrollo? En primer lugar, el análisis resuelve las fijaciones
sádicas del niño disminuyendo así la severidad de su superyó, disminuyendo al
mismo tiempo su ansiedad y la presión de sus deseos instintivos; y, a medida que
tanto su vida sexual como su superyó logran un estadío más elevado de
desarrollo, su yo se expande y puede reconciliar los requerimientos de su
superyó con los de la realidad, de modo que sus nuevas sublimaciones están más
sólidamente fundadas y las antiguas pierden su carácter espasmódico y obsesivo.
En la pubertad la separación del niño de sus objetos, que debe realizarse junto
con el aumento de sus standards internos, puede sólo efectuarse si su ansiedad y
sentimiento de culpa no sobrepasan ciertos límites. De otra manera su conducta
tendrá el carácter de huida más que de verdadera separación, o no podrá alejarse
y permanecerá fijado siempre a sus objetos originarios.
Para que el desarrollo del niño sea satisfactorio, la severidad de su superyó
debe ser mitigada. Por mucho que se diferencien los standards propios de cada
edad, el logro de ellos dependerá, en cada caso, de la misma condición
fundamental, es decir, de un ajuste entre el superyó y el ello y el consecuente
establecimiento de un yo adecuadamente fuerte. El análisis, al ayudar a efectuar
un ajuste de esta naturaleza, acompaña y auxilia la línea natural de crecimiento
del niño en todos los estadíos de su desarrollo. Al mismo tiempo regula sus
actividades sexuales. Disminuyendo su ansiedad y sentimientos de culpa, limita
aquellas actividades en cuanto son compulsivas, y las reactiva cuando han dado
lugar a un miedo o fobia a tocar. Al afectar así en conjunto los factores que
forman la base de un desarrollo inadecuado, el análisis también permite al niño
desarrollar libremente los comienzos de su vida sexual y de su personalidad
futura.
En estas páginas he tratado de demostrar que cuanto más profundamente penetra el
análisis en los estratos subyacentes de la mente, más aliviada estará la presión
del superyó. Pero debemos preguntarnos si no es posible que un procedimiento
analítico en profundidad de esta naturaleza pueda disminuir en gran parte la
función del superyó o aun abolirla del todo. Hemos visto que la libido, el
superyó y la relación de objeto actúan juntos en su desarrollo, y que los
impulsos libidinales y destructivos, además de estar fundidos unos con otros,
ejercen una acción reciproca el uno hacia el otro; y también hemos visto que
cuando surge la ansiedad como resultado del sadismo las exigencias de aquellos
dos grupos de impulsos aumentan. Así, la ansiedad que surge de las primeras
situaciones de peligro no sólo ejerce una gran influencia sobre los puntos de
fijación libidinal y las experiencias sexuales del niño, sino que está realmente
ligada a ellas y se convierte en un elemento de aquellas fijaciones libidinales.
La experiencia psicoanalítica ha demostrado que aun un tratamiento completo sólo
disminuye la fuerza de los puntos de fijación pregenitales del niño y su
sadismo, pero nunca los suprime del todo. sólo una parte de su libido pregenital
puede ser convertida en libido genital. Este hecho también es verdadero, en mi
opinión, en lo que respecta al superyó. La ansiedad que el niño tiene como
resultado de sus impulsos destructivos, y que responde tanto en cantidad como en
calidad a sus fantasías sádicas, se une a su miedo a objetos internalizados
peligrosos y lo lleva a situaciones de ansiedad definidas; estas situaciones de
ansiedad están ligadas a sus impulsos pregenitales, y como he tratado de
demostrar, nunca puede deshacerse de ellas totalmente. El análisis sólo puede
debilitar su poder en la medida en que reduce la ansiedad y el sadismo del niño.
De aquí se sigue que el superyó que pertenece a los primeros estadíos del niño
nunca puede abandonar sus funciones completamente. Todo lo que el análisis puede
hacer es relajar las fijaciones pregenitales y disminuir la ansiedad y auxiliar
así al superyó a avanzar desde un estadío pregenital a uno genital. Cada avance
hecho en la reducción de la severidad del superyó significa que los impulsos
libidinales han ganado poder en relación con los destructivos y que la libido ha
llegado al estadío genital en una medida mejor. Quisiera,. por un momento,
considerar los factores que producen las enfermedades psiconeuróticas. No
discutiré aquellos casos, muy numerosos, en los cuales la enfermedad se remonta
a la primera infancia del individuo, cambiando a veces sus características en el
curso de su vida y a veces conservando su carácter originario, sino que me
limitaré a aquellos casos en los cuales el comienzo de la enfermedad data,
aparentemente, de un momento particular de su vida.
El análisis demuestra que la enfermedad estaba ya allí en forma latente pero
que, como resultado de ciertos acontecimientos entró en un periodo agudo que la
convirtió en una enfermedad desde el punto de vista práctico. Uno de los modos
en los cuales esto puede suceder es que el individuo pueda enfrentarse en su
vida con acontecimientos que confirmen sus situaciones de ansiedad temprana,
predominantes en tal forma, que la cantidad de ansiedad presente en él aumente
en un grado tal que su yo no puede tolerar y se haga manifiesta en forma de
enfermedad. También puede ocurrir que acontecimientos externos de naturaleza
desfavorable adquieran un significado patológico para él, produciéndole
perturbaciones en el proceso del dominio de la ansiedad, con el resultado de que
su yo es expuesto sin ayuda a la presión excesiva de ansiedad. De este modo,
haciendo vacilar su creencia en sus imagos bondadosas y en sus propias
capacidades constructivas, obstaculizando así sus medios para dominar la
ansiedad, hace que alguna desilusión, aunque pequeña en sí misma, pueda provocar
en él la enfermedad, del mismo modo que un acontecimiento real que confirme sus
primeros miedos y aumente su ansiedad. Estos dos factores van paralelos en
cierto sentido y cualquier acontecimiento que actúe de este modo es capaz de
provocar una enfermedad mental.
Vemos entonces que las primeras situaciones de ansiedad del niño son la base de
todas las afecciones psiconeuróticas. Y desde que, como sabemos, el análisis no
puede nunca detener del todo la operación de aquellas situaciones, ya sea en el
tratamiento de adultos como en el de niños, no puede nunca efectuar una cura
completa ni excluir enteramente la posibilidad de que el individuo sucumba a una
enfermedad mental en alguna época futura. Pero lo que puede hacer es lograr una
cura relativa y disminuir así, en gran parte, las posibilidades de una
enfermedad futura. Y esto es de gran importancia práctica. Cuanto más pueda
hacer el análisis en el sentido de disminuir la fuerza de las situaciones de
ansiedad tempranas en el niño y de fortificar su yo y los métodos empleados por
su yo en el dominio de la ansiedad, más éxito tendrá como medida profiláctica.
Otra limitación a la cual está sujeta el psicoanálisis surge de las variaciones
individuales que existen aun en los niños muy pequeños en cuanto al ajuste
mental del individuo.
La extensión de esta capacidad para resolver la ansiedad dependerá mucho de la
cantidad de ansiedad presente, de las situaciones de ansiedad que predominen y
de cuáles sean los principales mecanismos defensivos que el yo haya desarrollado
en los primeros estadíos de su evolución. En otras palabras, dependerá de lo que
fue la estructura de su perturbación mental en la infancia.
En casos bastante graves he encontrado que es necesario realizar el análisis por
un largo tiempo -para niños entre 5 y 13 años, entre 18 y 36 meses de trabajo, y
para adultos aun más- antes de que la ansiedad haya sido modificada
suficientemente tanto en calidad como en cantidad para que me sienta justificada
para dar fin al tratamiento. Por otra parte, la desventaja de un tratamiento de
tal longitud se halla compensada por los resultados permanentes y satisfactorios
que puede lograr un análisis profundo. En muchos casos es suficiente un tiempo
menor, no más de 8 a 10 meses de trabajo, para obtener resultados completamente
satisfactorios.
Varias veces hemos llamado la atención sobre las posibilidades ofrecidas por el
análisis de niños. El análisis puede hacer por los niños, ya sean normales o
neuróticos, todo lo que puede hacer por los adultos y mucho más. Puede librar al
niño de mucho dolor continuo y de experiencias penosas por las que atraviesa el
adulto antes de ser analizado, y sus perspectivas terapéuticas son mucho
mayores. La experiencia de los últimos años nos ha proporcionado, tanto a mi
como a otros analistas de niños, buenos fundamentos para creer que la psicosis y
los rasgos psicóticos, las malformaciones de carácter, la conducta asocial,
neurosis obsesivas graves e inhibiciones de desarrollo pueden ser curadas
mientras el individuo es todavía joven. Cuando ya es adulto, estas condiciones,
como sabemos, son inaccesibles o sólo accesibles en parte al tratamiento
psicoanalítico. El curso que tomará una enfermedad en los años futuros a menudo
no puede predecirse en la infancia. Es imposible saber con certeza si se
transformará en una psicosis, en una conducta criminal, en una malformación del
carácter, o en una inhibición grave. Pero un análisis exitoso de niños anormales
evitará todas estas posibilidades. Si todo niño que presente perturbaciones
graves fuera analizado a su debido tiempo, un gran número de aquellas personas
que más tarde terminan en prisiones, en sanatorios de enfermedades mentales o
que llegan a desmoralizarse totalmente podrían salvarse de tal destino y
desarrollar una vida normal. Si el análisis de niños puede realizar un trabajo
de esta naturaleza, y hay evidencias para suponerlo, seria el medio no sólo de
ayudar al individuo, sino también de realizar un servicio incalculable a la
sociedad.