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La
reaparición de los desaparecidos
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Documentos: La Plata, 1977 - Directiva del Ministerio de Educación de la Pcia. de Bs. As. donde se transmiten las "patrióticas reflexiones" de su eminencia reverendísima (sic), el arzobispo de La Plata, Monseñor Plaza. |
Por Horacio Verbitsky
Horacio Verbitsky participó en un seminario organizado por la Universidad de
Roma y el Instituto Latinoamericano de Italia, con algunos de los principales
especialistas en la Argentina y América Latina, entre ellos Loris Zanatta, Vanni
Blengino y Camilla Cattarulla, el ex cónsul Enrico Calamai y el profesor Claudio
Tognonato. También presentó en la Feria del Libro de Turín la edición italiana
de su libro "El silencio" y dio dos conferencias en la Universidad de Milán.
Esta fue su exposición en Roma.
La política de desaparición forzada de personas fue adoptada por los altos
mandos de las Fuerzas Armadas argentinas antes de la toma del poder, el 24 de
marzo de 1976, y es la clave del fracaso de su gobierno, que se extendió hasta
diciembre de 1983.
Antes del golpe, el Comandante de Operaciones Navales reunió a las planas
mayores de todas las unidades de la mayor base naval de la Argentina. Les
explicó que los detenidos que fueran condenados a muerte por tribunales secretos
y sin garantías de defensa serían trasladados en aviones navales hasta alta mar
y arrojados a las aguas. Dijo que se había consultado ese método con las
autoridades eclesiásticas. Cuando los oficiales regresaban angustiados de los
vuelos, los capellanes les decían que en la guerra había que matar, pero que el
vuelo era una forma cristiana de muerte, porque las víctimas no sufrían. Con
parábolas bíblicas adaptadas a la lógica cuartelera les explicaban que era
preciso separar la paja del trigo.
El Episcopado argentino fue conducido durante las dos décadas previas al golpe
por obispos integristas. El revival tomista iniciado por León XIII, la Acción
Católica organizada por Pío XI como una milicia al servicio de la jerarquía para
la catolización de la sociedad, entraron en crisis a partir del mensaje de Pío
XII en la Navidad de 1944, de resignada aceptación de la democracia pluralista
que se divisaba en el horizonte político luego del colapso de los
totalitarismos.
Lejos de ello, en la Argentina retuvo los principales arzobispados del país y la
propia presidencia de la Conferencia Episcopal, a través de los obispos Antonio
Caggiano y Adolfo Tortolo, quienes también fueron titulares del Vicariato
general castrense.
Recibieron el aporte intelectual y de cuadros de una organización que se destacó
en la guerra colonial de Argelia, Cité Catholique. Sus capellanes apoyaron los
métodos criminales del Ejército francés y acompañaron la posterior rebelión de
la OAS. Después de la derrota coroneles y capellanes huyeron a la Argentina,
donde a cambio de refugio enseñaron los métodos del secuestro, la tortura y la
desaparición forzosa. Usaban para el adiestramiento en la Argentina la película
que Gillo Pontecorvo filmó para denunciar las atrocidades cometidas en La
battaglia di Algeri.
En la Argentina como en Francia se basaban en el derecho natural y la doctrina
cristiana para reivindicar la licitud de medios descartados por lo que llamaban
"el sentimentalismo liberal", entre ellos la tortura y la ejecución aun de
opositores no armados en una guerra justa. Pero mientras el primado de Francia y
vicario general castrense, cardenal Feltin, condenaba esos procedimientos como
anticristianos, el primado de la Argentina y vicario general castrense, cardenal
Caggiano, los aprobaba.
La obra cumbre de Cité Catolique es El marxismo-leninismo, un libro escrito en
1961 por su fundador Jean Ousset. La obra se publicó en Buenos Aires pocos meses
después que en Francia. Su traductor fue el coronel jefe de la inteligencia del
Ejército y su prologuista, el cardenal Caggiano. Según Caggiano, se debe
"preparar el combate decisivo", aunque los enemigos todavía "no han presionado
las armas". Como suele ocurrir en un continente de importación la doctrina del
aniquilamiento precedió al alzamiento revolucionario.
| De Mugica a Baseoto "La Iglesia Latinoamericana, reunida en la Segunda Conferencia General de su Episcopado, centró su atención en el hombre de este continente, que vive un momento decisivo de su proceso histórico. De este modo ella no se ha" desviado" sino que se ha "vuelto" hacia el hombre, consciente de que "para conocer a Dios es necesario conocer al hombre". "La Iglesia ha buscado comprender este momento histórico del hombre latinoamericano a la luz de la Palabra, que es Cristo, en quien se manifiesta el misterio del hombre. "Esta toma de conciencia del presente se torna hacia el pasado. Al examinarlo, la Iglesia ve con alegría la obra realizada con tanta generosidad y expresa su reconocimiento a cuantos han trazado los surcos del Evangelio en nuestras tierras, aquellos que han estado activa y caritativamente presentes en las diversas culturas, especialmente indígenas, del continente; a quienes viven prolongando la tarea educadora de la Iglesia en nuestras ciudades y nuestros campos. Reconoce también que no siempre, a lo largo de su historia, fueron todos sus miembros, clérigos o laicos, fieles al Espíritu de Dios. Al mirar el presente comprueba gozosa la entrega de muchos de sus hijos y también la fragilidad de sus propios mensajeros. Acata el juicio de la historia sobre esas luces y sombras, y quiere asumir plenamente la responsabilidad histórica que recae sobre ella en el presente. "No basta por cierto reflexionar, lograr mayor clarividencia y hablar; es menester obrar. No ha dejado de ser esta la hora de la palabra, pero se ha tornado, con dramática urgencia, la hora de la acción. Es el momento de inventar con imaginación creadora la acción que corresponde realizar, que habrá de ser llevada a término con la audacia del Espíritu y el equilibrio de Dios. Esta asamblea fue invitada a "tomar decisiones y a establecer proyectos, solamente si estábamos dispuestos a ejecutarlos como compromiso personal nuestro, aun a costa de sacrificio". "América Latina está evidentemente bajo el signo de la transformación y el desarrollo. Transformación que, además de producirse con una rapidez extraordinaria, llega a tocar y conmover todos los niveles del hombre, desde el económico hasta el religioso. "Esto indica que estamos en el umbral de una nueva época histórica de nuestro continente, llena de un anhelo de emancipación total, de liberación de toda servidumbre, de maduración personal y de integración colectiva. Percibimos aquí los prenuncios en la dolorosa gestación de una nueva civilización. No podemos dejar de interpretar este gigantesco esfuerzo por una rápida transformación y desarrollo como un evidente signo del Espíritu que conduce la historia de los hombres y de los pueblos hacia su vocación. No podemos dejar de descubrir en esta voluntad cada día más tenaz y apresurada de transformación, las huellas de la imagen de Dios en el hombre, como un potente dinamismo. Progresivamente ese dinamismo lo lleva hacia el dominio cada vez mayor de la naturaleza, hacia una más profunda personalización y cohesión fraternal y también hacia un encuentro con Aquel que ratifica, purifica y ahonda los valores logrados por el esfuerzo humano. "El hecho de que la transformación a que asiste nuestro continente alcance con su impacto la totalidad del hombre se presenta como un signo y una exigencia. "No podemos, en efecto, los cristianos, dejar de presentir la presencia de Dios, que quiere salvar al hombre entero, alma y cuerpo. En el día definitivo de la salvación Dios resucitará también nuestros cuerpos, por cuya redención gemimos ahora, al tener las primicias del Espíritu. Dios ha resucitado a Cristo y, por consiguiente, a todos los que creen en El. Cristo, activamente presente en nuestra historia, anticipa su gesto escatológico no sólo en el anhelo impaciente del hombre por su total redención, sino también en aquellas conquistas que, como signos pronosticadores, va logrando el hombre a través de una actividad realizada en el amor. Así como otrora Israel, el primer Pueblo, experimentaba la presencia salvífica de Dios cuando lo liberaba de la opresión de Egipto, cuando lo hacía pasar el mar y lo conducía hacia la tierra de la promesa, así también nosotros, nuevo Pueblo de Dios, no podemos dejar de sentir su paso que salva, cuando se da "el verdadero desarrollo, que es el paso, para cada uno y para todos, de condiciones de vida menos humanas, a condiciones más humanas. Menos humanas: las carencias materiales de los que están privados del mínimum vital y las carencias morales de los que están mutilados por el egoísmo. Menos humanas: las estructuras opresoras, que provienen del abuso del tener y del abuso del poder, de las explotaciones de los trabajadores o de la injusticia de las transacciones. Más humanas: el remontarse de la miseria a la posesión de lo necesario, la victoria sobre las calamidades sociales, la ampliación de los conocimientos, la adquisición de la cultura. Más humanas también: el aumento en la consideración de la dignidad de los demás, la orientación hacia el espíritu de pobreza, la cooperación en el bien común, la voluntad de paz. Más humanas todavía: el reconocimiento, por parte del hombre, de los valores supremos, y de Dios, que de ellos es la fuente y el fin. Más humanas, por fin, y especialmente, la fe, don de Dios acogido por la buena voluntad de los hombres, y la unidad en la caridad de Cristo, que nos llama a todos a participar, como hijos, en la vida del Dios vivo, Padre de todos los hombres". "En esta transformación, detrás de la cual se expresa el anhelo de integrar toda la escala de valores temporales en la visión global de la fe cristiana, tomamos conciencia de la "vocación original" de América Latina: "vocación a aunar en una síntesis nueva y genial, lo antiguo y lo moderno, lo espiritual y lo temporal, lo que otros nos entregaron y nuestra propia originalidad". "En esta Conferencia General del Espiscopado Latinoamericano se ha renovado el misterio de Pentecostés. En torno a María, Madre de la Iglesia, que con su patrocinio asiste a este continente desde su primera evangelización, hemos implorado las luces del Espíritu Santo y, perseverando en la oración, nos hemos alimentado del pan de la Palabra y de la Eucaristía. Esta Palabra ha sido intensamente meditada. "Nuestra reflexión se encaminó hacia la búsqueda de una nueva y más intensa presencia de la iglesia en la actual transformación de América Latina, a la luz del Concilio Vaticano II, de acuerdo al tema señalado para esta Conferencia. "Tres grandes áreas, sobre las que recae nuestra solicitud pastoral, han sido abordadas en relación con el proceso de transformación del continente. "En primer lugar, el área de la promoción del hombre y de los pueblos hacia los valores de la justicia, la paz, la educación y la familia. "En segundo lugar, se atendió a la necesidad de una adaptada evangelización y maduración en la fe de los pueblos y sus elites, a través de la catequesis y la liturgia. "Finalmente se abordaron los problemas relativos a los miembros de la Iglesia, que requieren intensificar su unidad y acción pastoral a través de estructuras visibles, también adaptadas a las nuevas condiciones del continente. "Las siguientes conclusiones son el resultado de la labor realizada en esta Segunda Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, en la esperanza de que todo el Pueblo de Dios, alentado por el Espíritu, comprometa sus fuerzas para su plena realización. [Introducción de los DOCUMENTOS FINALES DE MEDELLIN, 1968 II CONFERENCIA GENERAL DEL EPISCOPADO LATINOAMERICANO (CELAM)] Más información: http://www.mscperu.org/biblioteca/1magisterio/america_lat/bl_medellin.htm Esta postura realmente revolucionaria de la iglesia latinoamericana fue finalmente abortada en la década siguiente, debido a los realineamientos del interior de la Iglesia promovidos por el papado conservador de Juan Pablo II, merced a cuyo apostolado la Iglesia hizo -una vez más- su sincera opción por los ricos. |
Mientras Caggiano proponía la cruzada medieval contra los moros como el
paradigma a seguir para la lucha contra el comunismo en las últimas décadas del
siglo XX, el Concilio Vaticano II avanzaba un paso más allá que Pío XII y en la
reconciliación con el mundo incluía hasta al bloque soviético.
Los integristas argentinos resistieron el aggiornamento cuanto pudieron. El
obispo cismático francés Marcel Lefébvre menciona al cardenal argentino Caggiano
entre quienes lo apoyaban pero prefirieron no manifestarse en minoría, a la
espera de una oportunidad más propicia.
En 1969 el Episcopado argentino aprobó un documento en el que intentó leer los
signos de los tiempos, según el Concilio y los documentos del CELAM en Medellín.
A instancias de una minoría activa de obispos dijo que las injustas estructuras
de opresión equivalían a un pecado y que si la dominación se expresaba en todos
los terrenos, también la liberación debería darse en los campos político,
económico, social y cultural. Los obispos argentinos declararon que
participarían en el proceso de liberación con la violencia evangélica del amor.
Pero cuando una generación de jóvenes católicos trató de aplicar esas
enseñanzas, encontró al Episcopado estrechando filas con los defensores de esas
estructuras del pecado, bendiciendo las armas de quienes irían a masacrarlos y
aconsejándoles métodos represivos que permitieran a la Iglesia mirar hacia otro
lado, como la desaparición forzada de personas.
La experiencia de Chile, donde el primer campo de concentración funcionó en un
estadio de fútbol a la vista del mundo, fue decisiva. No menos anticomunista que
sus pares argentinos, el cardenal Raúl Silva Henríquez denunció estos atropellos
y la Iglesia se convirtió en el principal antagonista de la política represiva
de Pinochet. El Episcopado argentino eligió la clandestinidad, para no tener que
pronunciarse. Tan remiso fue a denunciar lo que ocurría que las primeras listas
de víctimas y los primeros pedidos de explicaciones fueron impulsados por
algunos obispos brasileños, como el arzobispo de San Pablo, Paulo Evaristo Arns.
Los secuestros se realizaban a la vista de los vecinos de las casas saqueadas o
de los compañeros de trabajo en las oficinas tomadas por asalto, por hombres
armados que ostentaban signos inequívocos de autoridad oficial y en muchos casos
protección policial. Sin embargo, cuando los familiares que habían asistido
impotentes a la desaparición recurrían al sistema judicial en busca de
informaciones, decenas de miles de veces la respuesta fue negativa. Nada se sabe
de esa persona, ninguna autoridad pública ordenó su detención, es imposible
determinar dónde se encuentra. Esta combinación de evidencia y negación tuvo
efectos devastadores y erigió a la política de desaparición de personas en la
principal fuente del terror. Las cosas más atroces podían suceder sin perturbar
la apariencia de normalidad con que continuaba la vida cotidiana de quienes no
habían padecido esa experiencia siniestra. El Episcopado expresaba su
preocupación, pero en términos tan generales que podría pensarse que las
personas desaparecidas fueron llevadas de viaje en un platillo volador por
misteriosos extraterrestres. Al declarar en el juicio a las juntas de 1985, el
periodista Jacobo Timerman explicó por qué se había resuelto proceder al margen
de la ley. El jefe de la Armada, almirante Emilio Massera, le dijo que una
palabra del Vaticano afectaría "el crédito internacional".
–Sería preferible que dictaran la ley marcial y aplicaran la pena de muerte,
pero con oportunidad de defensa ante un tribunal –argumentó Timerman.
–En ese caso intervendría el Papa, y contra la presión del Papa sería muy
difícil fusilar, respondió un colaborador de Massera.
Pocos meses después el propio Timerman fue secuestrado. En demostración de su
teoría, salvó la vida por la intervención del Vaticano.
También el general Ramón Genaro Díaz Bessone, uno de los seis más altos jefes
militares que tomaron el poder en 1976 y que una vez retirado del Ejército fue
ministro de Videla y escribió varios libros justificatorios de la guerra sucia,
explicó que el método de la desaparición forzada de personas se adoptó por temor
a la reacción del Vaticano. En una entrevista con la periodista francesa
Marie-Monique Robin, explicó así las razones de la clandestinidad represiva:
–¿Usted cree que hubiéramos podido fusilar 7.000? Al fusilar tres nomás, mire el
lío que el Papa le armó a Franco. Se nos viene el mundo encima. Usted no puede
fusilar 7.000 personas.
Es posible que el carácter clandestino del exterminio haya demorado el comienzo
de la presión internacional sobre la Junta Militar. Pero la pretensión de que
era posible desaparecer a decenas de miles de personas y contar con el resignado
silencio de sus familiares, como si esas personas nunca hubieran existido, se
demostraría inviable y está en la base del fracaso de la dictadura militar. Esto
fue así pese a la cooperación de la Iglesia.
En mayo de 1977 el Episcopado pidió explicaciones al gobierno sobre los
desaparecidos. El dictador Videla respondió que había cinco causas de
desaparición: pase a la clandestinidad, eliminación por parte de "la propia
subversión", autosecuestro "para desaparecer del escenario político", suicidio
y, recién por último, "un exceso de la represión de las fuerzas del orden". Dijo
que era imposible cuantificar el origen de cada uno de esos hechos, que "no son
justificados pero pueden ser comprensibles". Esta cínica afirmación motivó una
alborozada carta del presidente del Episcopado, cardenal Primatesta: al hablar
así Videla mostró "la rectitud y sinceridad varonil, la firmeza y valentía
cristiana", que le adornan y honran en su lucha abnegada "contra la conspiración
de maldad y violencia de la antipatria".
En diciembre de 1977 Videla insistió ante periodistas extranjeros que los
desaparecidos "no están, no existen, están desaparecidos". El ex general Viola
los llamó en 1979 "ausentes para siempre". El ex general Galtieri dijo al año
siguiente que el Ejército no daría explicaciones y el ministro del Interior,
general Harguindeguy, se jactó de que los hombres de la dictadura sólo se
confesaban ante su Dios. Esta política insana provocó una reacción contraria a
la buscada y enfrentarla fue la tarea que asumieron los organismos defensores de
los derechos humanos.
La visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en 1979 y su
terminante informe en 1980, el Premio Nobel de la Paz otorgado al año siguiente
a Adolfo Pérez Esquivel, la guerra perdida ante Gran Bretaña por el control de
las islas Malvinas, pusieron de manifiesto la imposibilidad de sostener en el
tiempo la abolición de la realidad por decreto.
Antes de entregar el poder, los militares promulgaron un decreto de autoamnistía
que prohibió futuras investigaciones sobre los horrores de su gobierno. Pero la
retirada en desorden, luego de la derrota frente a Gran Bretaña que contó con el
apoyo logístico de Estados Unidos, permitió que esa amnistía fuera declarada
nula. A diferencia de otros países donde se escogió uno u otro camino, en la
Argentina hubo tanto una Comisión de la Verdad, como procesos penales en los que
fueron juzgados los máximos responsables militares de las violaciones a los
derechos humanos.
Las investigaciones de los organismos defensores de los derechos humanos fueron
la base sobre la que trabajó la Comisión Nacional sobre la Desaparición de
Personas en 1984 y también el origen de gran cantidad de pruebas en el juicio a
las primeras juntas militares de 1985. El informe de la Conadep y la condena a
los jefes de las primeras juntas militares trajeron algo de paz a las familias
privadas en forma violenta de sus seres queridos. Pero serios obstáculos
impidieron que avanzaran los juicios a los ejecutores directos. Los alzamientos
militares que se sucedieron a partir de 1987 derivaron en las leyes de punto
final y obediencia debida y los decretos de indulto firmados por los presidentes
Raúl Alfonsín y Carlos Menem.
Aunque la sociedad seguía objetando la impunidad, otros problemas, como la
crisis económica, atraían su atención. Parecía que después de tantos años de
tensión militar e inestabilidad económica, la sociedad argentina estaba
dispuesta a aceptar una transacción pragmática. La exigencia de que los
militares se hicieran cargo de sus actos había perdido prioridad en la agenda
colectiva. Menem pensó que el recuerdo del pasado había desaparecido. Pero los
duros hechos volverían a desmentir esta pretensión que también había ilusionado
a los militares y a Alfonsín. No es posible olvidar por orden del Príncipe.
| "La última dictadura militar mató a 30.000 personas, fríamente, planificadamente. A la monstruosidad de ultimar sin proceso ni defensa se le sumó el sacrilegio de negarles sacerdote, confesión, eucaristía, extremaunción. Y la Iglesia presenció impávida el atropello a Dios en sus hijos, con un silencio que pone frío en el alma..." (sacerdote Hernán Benítez. 1995) |
Lejos de ello, las leyes y decretos de perdón reavivaron la exigencia de verdad y justicia. Aquello que la política no permitió concretar en sede judicial, arraigó en la conciencia de la sociedad con tanta fuerza que, una década más tarde, permitiría no sólo avanzar en el esclarecimiento de cada caso, sino también obtener la anulación de las leyes de impunidad y reiniciar el enjuiciamiento de los perpetradores. Así lo demostró, en 1995, la confesión espontánea del capitán de la Armada Adolfo Scilingo, el primer oficial de las Fuerzas Armadas en reconocer su participación personal en el asesinato de prisioneros, que eran arrojados con vida al mar desde aviones de la Prefectura y la Armada. Invocando normas culturales que se remontan a la Edad de Piedra, varios familiares de desaparecidos, encabezados por el presidente fundador del CELS, Emilio Mignone, pidieron a la Justicia que declarara el derecho a la verdad y al duelo, y la obligación del respeto por el cuerpo humano. Esto ha sido parte del patrimonio cultural de la humanidad desde que el hombre de Neanderthal fue enterrado en una cueva sobre un lecho de ramas y cubierto con un manto de flores. El culto a los muertos es un signo de humanización aún más importante que el uso de herramientas o del fuego, nos distingue del resto del reino animal. Quienes nos niegan el derecho a sepultar a nuestros muertos nos niegan nuestra propia condición humana, sostuvo Mignone. La justicia reconoció esos derechos, declaró que el Estado tenía la obligación de reconstruir el pasado y revelar lo que sucedió con cada desaparecido. Así comenzaron los juicios de la verdad que luego se extendieron al resto del país.
En el vigésimo aniversario del golpe de 1976 decenas de miles de personas movilizadas en las plazas del país explicitaron un nuevo estado de conciencia social. En ese nuevo clima, viejas causas se aceleraron en varios países de Europa contra los responsables de la desaparición de sus ciudadanos en la Argentina.
La causa de mayor impacto fue la iniciada en España por el fiscal Carlos
Castresana, en la que el juez Baltasar Garzón pidió la extradición de un
centenar de militares argentinos. No se trataba de crímenes cometidos en España
o en contra de ciudadanos españoles en la Argentina, sino contra ciudadanos
argentinos en la Argentina. Ése es el principio de la jurisdicción universal,
que inspirado en el antiguo ius cogens predica que ciertos delitos aberrantes y
atroces hieren a toda la humanidad y deben ser castigados allí donde se
encuentren sus autores. En un proceso similar, el ex dictador de Chile Augusto
Pinochet fue arrestado en 1998, durante una visita de placer a Londres, y
comenzó un juicio de extradición a España, para ser juzgado por los crímenes
cometidos en Chile contra ciudadanos chilenos. Es difícil atribuir a mera
casualidad que esto haya ocurrido cuando se cumplía medio siglo de la adopción
por las Naciones Unidas de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Los hipersensibles jueces argentinos que durante años no habían aprovechado los
resquicios que dejaron las leyes de impunidad sólo necesitaron horas para que
Massera y Videla acompañaran a Pinochet en los titulares de la prensa mundial.
Ambos fueron detenidos por el robo de hijos de desaparecidos, delito cuya
persecución las leyes nunca habían impedido.
La creación de los tribunales internacionales para Rwanda y la ex Yugoslavia, el
establecimiento del Tribunal Penal Internacional en Roma y su ratificación
incluso por el ex presidente estadounidense Bill Clinton en los últimos días de
su gobierno, dieron una perspectiva global al nuevo horizonte que divisaba la
Argentina. Al acercarse el 25º aniversario del golpe militar las condiciones
nacionales e internacionales eran las más propicias en décadas: Pinochet
desaforado a su regreso a Chile y un centenar de sus camaradas detenidos o bajo
proceso; los generales Carlos Suárez Mason y Santiago Riveros condenados por la
justicia italiana luego del proceso en el aula bunker de Rebibbia; Alfredo
Ignacio Astiz destituido a solicitud de la propia Armada por confesar en un
reportaje que era el hombre mejor preparado para matar a un periodista o un
político; la extradición de Suárez Mason solicitada por la fiscalía de
Nuremberg; los juicios por la verdad en pleno desarrollo en distintos tribunales
argentinos; los ex dictadores Videla y Massera y una docena de altos jefes de la
dictadura presos por el robo de bebés; una causa abierta en Buenos Aires contra
Videla, Pinochet y el ex dictador paraguayo Stroessner por el plan Cóndor; los
crímenes contra la humanidad declarados imprescriptibles y no sujetos a amnistía
por la Cámara Federal de Buenos Aires en una causa contra Pinochet por el
asesinato en Buenos Aires del general Carlos Prats, por el mismo grupo de la
DINA que atentó en Roma contra el político DC Bernardo Leighton.
El Centro de Estudios Legales y Sociales consideró que no subsistían razones
jurídicas, ni éticas ni políticas, nacionales o internacionales, que sostuvieran
las leyes de impunidad y solicitó a la justicia que las declarara nulas. El juez
federal Gabriel R. Cavallo hizo lugar a ese planteo en marzo de 2001. Dos
semanas después, la Corte Interamericana de Derechos Humanos (el más alto
tribunal de justicia reconocido por la Constitución argentina reformada en 1994)
resolvió en su sede de Costa Rica un caso similar. Al juzgar la "Masacre de
Barrios Altos", cometida por un grupo de militares peruanos durante la
presidencia de Alberto Fujimori, estableció que las graves violaciones a los
derechos humanos no pueden ser amnistiadas ni su persecución penal cesar por el
paso del tiempo.
Los fugaces gobiernos de Fernando de la Rúa y el senador Eduardo Duhalde
trataron de impedir el avance de las causas reabiertas y negaron las
extradiciones de militares argentinos pedidas por la justicia española. El nuevo
presidente Néstor Kirchner no compartía esa idea y lo hizo saber. En su primera
semana de gobierno pasó a retiro a la cúpula castrense que había formado parte
de una negociación con Duhalde y la Corte Suprema de Justicia para garantizar la
impunidad. También derogó el decreto de De la Rúa que sustraía a los jueces los
pedidos de extradición, impulsó el juicio político a los miembros de la mayoría
automática menemista en la Corte Suprema y propició la anulación legislativa de
las leyes de impunidad, que el Congreso dispuso en agosto de 2003. Esa nulidad
fue declarada también por la Corte Suprema de Justicia, que invocó el fallo
interamericano de Barrios Altos, obligatorio para la Argentina desde la reforma
constitucional de 1994. El 24 de marzo de 2004 firmó la resolución por la cual
el predio de la ESMA se dedicará a un Espacio de la Memoria y los Derechos
Humanos. En 2005, se identificaron los restos de tres Madres de Plaza de Mayo
que habían sido secuestradas 28 años antes cuando dentro de una Iglesia juntaban
firmas y dinero para publicar una denuncia sobre la desaparición de sus hijos,
sin que la jerarquía se sintiera obligada a reclamar por ese sacrilegio. Peor
aún, cuando la Conferencia de Superioras de las Ordenes Religiosas de Francia
pidió a la Iglesia argentina que intercediera por las dos religiosas que fueron
secuestradas junto con las Madres, el cardenal Primatesta respondió que
"esperamos que las acusaciones veladas o abiertas de connivencia de sacerdotes o
religiosos con asociaciones o movimientos de tipo subversivo inaceptables para
el cristiano, sean todas aclaradas, y que nadie haya sido culpable de semejante
error criminal". El tránsito completo fue reconstruido: luego de ser torturadas
en la ESMA las arrojaron desde aviones navales al mar, que devolvió sus cuerpos
a la playa.
Los desaparecidos no están, no existen, están desaparecidos. La siniestra frase
del dictador Videla, junto con la idea eclesiástica de que ésa pudiera
considerarse una forma cristiana de muerte vuelve una y otra vez, como el peor
castigo para esa vanidad criminal. Nada tiene tanta existencia en la Argentina
como los desaparecidos.
Fuente:
Página/12, 14/05/06
Iglesia
y dictadura, 30 años después
Por Horacio Verbitsky
"Por algo será"
A 30 años del golpe que avaló, la Iglesia vuelve a intentar un blanqueo de sepulcros, con la publicación de nuevos documentos y la recopilación de
antiguos. Omite textos fundamentales, mutila otros y no informa si fueron
públicos o secretos. Publica las críticas episcopales por actos represivos pero
no las reuniones de camaradería en las que comunicaban su adhesión a la
dictadura y encomiaban la "imagen buena de las supremas autoridades". No hay
razones para mantener la clausura de los archivos.
Al anunciar la publicación del volumen de documentos eclesiásticos "Iglesia y
democracia en la Argentina", el diario "La Nación" dijo que de ese modo "el
Episcopado toma la delantera o ‘primerea’ –término que suele usar Bergoglio– a
las numerosas entidades que recordarán el golpe militar de 1976".
Si ése era el objetivo, fue exitoso: mi nuevo libro Doble juego. La Argentina
Católica y Militar recién comenzará a distribuirse esta semana, diez días
después que el tomo autocomplaciente presentado por el cardenal Jorge Mario
Bergoglio. El cotejo de uno y otro es recomendable, para quienes deseen someter
la historia oficial a una revisión crítica, con los documentos que la Iglesia
intentó en vano sustraer a la investigación. Mañana a las 7.30 de la mañana
entregaré a la prensa en el City Hotel de la calle Bolívar una primera tanda de
documentos imprescindibles para emprender esa tarea.
Apoyo al golpe
En 1975, el gobierno anunció que las elecciones presidenciales se adelantarían
de 1977 a 1976 y que la viuda de Juan Perón no sería candidata. En vez de apoyar
uno de los pocos gestos razonables de un gobierno desastroso la Iglesia se sumó
a la presión por la renuncia de la presidenta. La Conferencia Episcopal afirmó
que la Patria "no se identifica con sus funcionarios" y que el bien de la
comunidad debe buscarse por encima de las opciones partidarias. Según el nuncio
Pío Laghi, la línea política del Vaticano era favorable al mantenimiento de la
legalidad pero sin perder la distancia crítica respecto de la presidenta. Lo
mismo decían por entonces los comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas.
Defensa de las instituciones o de la legalidad quería decir renuncia de Isabel
Perón. En caso contrario, golpe. Quien le reclamó la renuncia en nombre de la
Junta Militar fue nada menos que el presidente de la Conferencia Episcopal y
vicario general castrense, Adolfo Tortolo. La noche del 23 de marzo de 1976, un
sobrino del provicario castrense Victorio Bonamín lo aguardaba en su sede. Su
hijo, Luis Bonamín, había sido secuestrado y asesinado por la policía en Rosario
y el hombre buscaba ayuda para tramitar el pasaporte de su nuera, María Teresa
Butticé de Bonamín, quien me contó esa historia. La muchacha y su suegro
debieron esperar mucho tiempo en un pasillo, porque Victorio tenía una reunión
fuera de agenda. Cuando los invitaron a pasar, vieron salir a dos militares
uniformados, de quienes el sacerdote se despidió. Después de escuchar el relato
de lo sucedido, el provicario apenas dijo:–Él se lo buscó.
Al día siguiente Marité Butticé de Bonamín reconoció a los dos uniformados
cuando los vio por televisión. Eran los jefes del Ejército y de la Fuerza Aérea.
Isabel Perón se había negado a renunciar. De la Nunciatura, Jorge Videla y Ramón
Agosti partieron a tomar el poder. De inmediato, Tortolo exhortó a cooperar con
el proceso que restauraría "el espíritu nacional". Los nombres de Tortolo y
Bonamín han quedado asociados con el apoyo a la más cruel dictadura de la
historia, con la que compartían la ideología integrista en la que la Iglesia
formó a las Fuerzas Armadas desde las primeras décadas del siglo pasado. A menos
de dos meses del golpe, la Conferencia Episcopal reemplazó a Tortolo por el
Arzobispo de Córdoba, Raúl Francisco Primatesta. Esto implicó una cierta
flexibilización en el lenguaje, pero no un cambio de fondo. También los sectores
eclesiásticos a quienes se menciona como moderados, los Primatesta, Laghi,
Carlos Galán u Oscar Justo Laguna se comprometieron con el gobierno militar.
Las listas de Primatesta
Primatesta era un hombre de extraordinaria comprensión a los planteos militares.
Personal del Departamento de Informaciones de la policía cordobesa solicitó a
los colegios católicos listas con los nombres y domicilios de profesores y
alumnos. Ante una consulta del arzobispo, el director general de Enseñanza
Privada, el capitán de la Fuerza Aérea Jorge Eduardo Baravalle, respondió que
era preciso .asegurar un control efectivo del alumnado a fin de adoptar medidas
de seguridad.. Primatesta ordenó ese mismo día a los colegios parroquiales y
religiosos que entregaran toda la información. Además le escribió una cordial
carta a Baravalle: "Como lo hiciera en la entrevista personal que tuvimos en el
Arzobispado, quiero reiterarle que en un primer momento la medida provocó
inquietud en los responsables de los colegios, sea porque provenía de un
Departamento que no suele tener competencia educacional y con prescindencia de
una comunicación a la autoridad responsable, que es el Arzobispado o exactamente
el propio arzobispo; sea porque situaciones similares en otras ocasiones
provocaron molestias y alerta en los padres de los alumnos". Pero las garantías
de Baravalle acerca de "la seguridad de los alumnos" (no era eso lo dicho por el
aeronauta), lo tranquilizaron. Varios de esos alumnos fueron secuestrados y
desaparecieron.
Pureza química
Durante la primera Asamblea Plenaria posterior al golpe, en mayo de 1976, se
dedicó al intercambio de informaciones sobre la barbarie que la dictadura había
descargado sobre distintas diócesis, y que no excluía a sacerdotes,
instituciones católicas e incluso obispos, como el riojano Enrique Angelelli y
el nicoleño Carlos Horacio Ponce de León. Ambos fueron asesinados en los meses
siguientes, mediante fingidos accidentes automovilísticos. Hasta el día de hoy
la Iglesia no los ha reivindicado como mártires. Ellos dos, Jaime de Nevares,
Miguel Hesayne, Juan José Iriarte, Vicente Zazpe, y el propio Primatesta
informaron sobre una abrumadora cantidad de secuestros, torturas, asesinatos y
saqueos que conocían. Ante la falta de consenso, se sometió a votación si el
Episcopado debía comunicar o no esos gravísimos acontecimientos al pueblo de
Dios: 19 obispos se pronunciaron por difundirlos, pero el doble, 38, se
opusieron. El 13, 14 y 15 de mayo los obispos corrigieron tres versiones del
borrador genérico preparado por Antonio Quarracino, Zazpe e Iriarte. En cada
revisión el texto se hizo más complaciente con el gobierno.
El Episcopado afirmó que ninguna emergencia autoriza a ignorar los derechos
humanos, aunque varía la forma de vivirlos en cada lugar y momento. Dado el
desastre financiero y el clima de violencia, no le parecía razonable "pretender
un goce del bien común y un ejercicio plenode los derechos, como en época de
abundancia y de paz". Tampoco se podía exigir "que los organismos de seguridad
actuaran con pureza química de tiempo de paz" o "no aceptar el sacrificio, en
aras del bien común, de aquella cuota de libertad que la coyuntura pide".
Buenos católicos
En marzo de 1977, la encargada de Derechos humanos del gobierno norteamericano,
Patricia Derian, sostuvo en Buenos Aires lo que define como "una larga y dura
reunión con Laghi", quien "al principio fingió que no sabía. Después dijo que
ignoraba la magnitud del problema. Después dijo que la responsabilidad era de
los obispos". El nuncio explicó que junto con algunos obispos "moderados" habían
protestado ante el gobierno en privado "por las violaciones a los derechos
humanos" y requerido explicaciones sobre "miles de casos individuales", pero sin
embargo también hizo una abierta defensa de la dictadura. Los militares estaban
sacando a flote a la Argentina y "sabían que habían procedido mal en cuestión de
derechos humanos". Muchos tenían "graves problemas de conciencia, que planteaban
a los capellanes militares". Algunos podían enfermar por estas "graves
perturbaciones". Por eso mismo "no necesitan que los visitantes les recuerden
sus culpas. Esto sería frotar sal en las heridas". Le recomendó a Derian que su
gobierno fuera "muy cuidadoso en la forma de presentar su política de derechos
humanos. El gran peligro era debilitar la posición de aquellos elementos
moderados del gobierno que rodeaban a Videla, y que otros generales de línea
dura dieran su propio golpe y tomaran el poder". En su opinión el presidente y
los jefes militares "eran personas de buen corazón" y Videla "un buen católico".
Al mes siguiente Laghi le dijo al embajador estadounidense Robert Hill que el
desaparecido periodista y empresario Edgardo Sajón había sido "torturado y
asesinado por sus captores". En diciembre de 1978 el primer secretario de la
Nunciatura, Kevin Mullen, dijo a la embajada de Estados Unidos que "un oficial
de la más alta jerarquía del Ejército" había informado al nuncio que las Fuerzas
Armadas "se habían visto obligadas a "encargarse de 15.000 personas" (take care
of en el original). La expresión no era equívoca: sus interlocutores archivaron
el memorándum sobre la conversación con el título "Número de desapariciones".
Si ellos lo dicen
En enero de 1978, cuando la Unión de Superioras Mayores de Francia pidió que
Primatesta usara su influencia en favor de Alice Domon, Léonie Duquet y otros
sacerdotes y religiosos de quienes no había noticias, el propio cardenal
contestó que "esperamos que las acusaciones veladas o abiertas de connivencia de
sacerdotes o religiosos con asociaciones o movimientos de tipo subversivo
inaceptables para el cristiano sean todas aclaradas, y que nadie haya sido
culpable de semejante error criminal". Por algo habrá sido.
Es indisimulable el fastidio de Galán cuando la Conferencia Episcopal de los
Estados Unidos le ofrece su apoyo ante el arresto de Adolfo Pérez Esquivel. Con
tres meses de retraso responde que Pérez Esquivel no trabaja con la Iglesia
argentina "y no lo conocíamos aquí tan bien como parece serlo en el exterior".
Una organización católica canadiense comunicó su apoyo al "activo compromiso de
la Iglesia argentina en defensa de los desaparecidos y sus familias". La
respuesta, que también se repitió en muchas otras cartas, fue que "no siempre
desde lejos se puede apreciar el espectro completo de la realidad o evitar
interpretaciones no tan adecuadas acerca de la acción de la Iglesia". Otra
fórmula frecuente, dirigida incluso a quienes aplaudían los esfuerzos
episcopales, era que "como las informaciones no siempre son adecuadas, sin duda
no es fácil, desde lejos, darse cuenta de lo que significa la subversión en un
país ylas secuelas que deja. Dios haga que nunca la conozcan ustedes en el
suyo".
La católica estadounidense Shirley Kidd comprendía el riesgo personal o
institucional que correría la Iglesia argentina por una "oposición abierta a las
políticas opresivas del gobierno". Pero si el cuerpo de Cristo "siempre es
doloroso, ¿cómo podemos evitar nosotros, que somos parte de ese cuerpo,
compartir ese dolor?" Recibió esta indignada contestación de Galán en nombre de
Primatesta:
"No le han informado bien. Aquí en la Argentina se ha vivido un ataque de la
subversión marxista (entonces nadie por el ancho mundo se preocupaba por las
víctimas) y como consecuencia una represión cuyos efectos aun vivimos y
lamentamos, en cuanto afectan a la dignidad del ser humano. La Iglesia no ha
dejado de dar su enseñanza, hablando claro de cuanto correspondía hablar. Aquí
no se ha callado por miedo, y nadie que ame la verdad y conozca la realidad
argentina podrá afirmar lo contrario".
Al pastor escocés Peter Bowes, quien se disculpó aclarando que no estaba bajo
las mismas presiones que sus colegas argentinos, cuyo compromiso con los
desaparecidos apoyaba, le respondieron que "la Iglesia en la Argentina tiene
toda libertad para hablar y manifestarse y lo hace. It is not under pressures"
(en inglés en el original: no está sometida a presiones).
Si ellos lo dicen.
Demonios
Mientras la dictadura tuvo poder, la Iglesia veía de un lado al Enemigo absoluto
del que abominaba, y del otro a los Soldados del Evangelio, a quienes se
permitía señalar en forma reservada sus .errores y excesos.. Recién cuando
advirtió que el Estado Terrorista se desintegraba, el Episcopado acuñó la
doctrina de los dos demonios, en un documento de abril de 1983, "Dios, el Hombre
y la Conciencia".En 1984 publicó un folleto de 60 páginas, titulado "La Iglesia
y los derechos humanos", con "extractos de algunos documentos". La comparación
de esos fragmentos con los textos originales, el estudio de su contenido, de lo
que dice y de lo que omite y del doble juego que despliega, introduce a una
historia de perversión e hipocresía refinadas: todos los párrafos lisonjeros
para la dictadura, aquellos que encabezaban los documentos y que dieron título a
los diarios de la época, fueron censurados en la edición de blanqueo al concluir
el gobierno militar, mientras se incluían aquellos del tramo final, encabezados
por algún "sin embargo" o "tampoco puede omitirse que". En cambio se editaron
como si hubieran sido documentos públicos las cartas con críticas y reclamos que
la Iglesia entregaba a la Junta Militar en el mayor secreto.
El Jubileo
En 1995, en respuesta a una nota mía sobre el rol de Laghi durante la dictadura,
cinco obispos amigos del ex nuncio (entre ellos Laguna, Jorge Casaretto y Galán)
preguntaron en una declaración: "¿Para qué debemos conocer toda la verdad? ¿Para
volver a enfrentarnos o para reconciliarnos?" De tan posconciliares olvidaron
que "sólo la verdad nos hará libres". En 1996 la Asamblea Plenaria del
Episcopado argentino, volvió a defraudar todas las expectativas de una reflexión
crítica en una Carta Pastoral sobre "el terrorismo de la guerrilla" y "el terror
represivo del Estado". El Episcopado rechazaba "responsabilidades que la Iglesia
no tuvo en esos hechos" y sólo admitía que unos católicos intentaron tomar el
poder político en forma violenta y establecer una nueva sociedad marxista y
otros les respondieron ilegalmente. En conclusión imploró perdón a Dios por los
crímenes cometidos por "hijos de la Iglesia", ya fueran guerrilleros, militares
o policías". Con ello, consideró que lapidaba en forma definitiva la discusión.
No sería así.En la primera semana de marzo de 2000, el Vaticano dio a conocer un
documento sobre "Memoria y reconciliación", elaborado por una comisión
internacional de teólogos. El trabajo fue presentado en conferencia de prensa
por el cardenal Joseph Ratzinger, quien explicó que la recuperación de la
memoria sólo es posible mediante la profundización teológica sobre la naturaleza
de la Iglesia, como comunidad implicada también ella en el "misterio del mal", y
en consecuencia necesitada de reforma y arrepentimiento. Ese arrepentimiento
alcanzaría la radicalidad necesaria para transformarlo en una profunda
recuperación de la memoria, pero también en correcciones incisivas de los
mecanismos institucionales de reproducción del integrismo" sólo si "no
descargara sobre los individuos la responsabilidad del mal, para dejar inmune a
la institución". Según el eminente vaticanista Giancarlo Zizola (quien esta
semana pasó por Buenos Aires para ofrecer una conferencia sobre relaciones entre
la Iglesia y los estados, en el Instituto del Servicio Exterior de la Nación),
esta visión del ahora pontífice Benedicto sobre el mea culpa por los crímenes
cometidos a lo largo de la historia "para mayor gloria de Dios" aún resulta
sorprendente para aquellos sectores eclesiásticos "que siguen anclados a la idea
de la Iglesia como inmune al mal, como ‘sociedad perfecta’ en posesión exclusiva
de la verdad". Es el caso del Episcopado argentino, para el que la Iglesia es
santa, y sólo sus hijos pecadores, como no se cansa de repetir Laguna.
El perdón a Brinzoni
Seis meses después, en setiembre de 2000, decenas de miles de militantes
católicos acudieron desde todo el país hasta un gran altar instalado sobre un
puente en el Parque Sarmiento de Córdoba para participar de una liturgia
nocturna que se denominó "la reconciliación de los bautizados". Asistieron sus
cien obispos ataviados de blanco. El presidente de aquel Episcopado, Estanislao
Karlic, dijo que la violencia guerrillera y la represión ilegítima enlutaron la
Patria. Luego siguió una oración: "Padre, tenemos el deber de acordarnos ante Ti
de aquellos hechos dramáticos y crueles. Te pedimos perdón por los silencios
responsables y por la participación efectiva de muchos de tus hijos en tanto
desencuentro político, en el atropello a las libertades, en la tortura y la
delación, en la persecución política y la intransigencia ideológica, en las
luchas y las guerras, y la muerte absurda que ensangrentaron nuestro país".
Una vez más, colocaba en un mismo plano a la guerrilla y al terrorismo de
Estado. Los obispos pidieron perdón a Dios y no a las víctimas, por los actos
ajenos y no por los propios. Este deslizamiento semántico también se reflejó en
el súbito protagonismo de los laicos, convocados al palco junto a los obispos y
religiosos, como implícito señalamiento de quienes tenían la responsabilidad por
los hechos abominados. Además, entre los invitados estaba el jefe del Ejército
de entonces, el general Ricardo Brinzoni, investigado por su actuación en la
masacre de Margarita Belén, pero ningún representante de las víctimas, lo cual
señala la persistente incapacidad eclesiástica para asumir la magnitud y la
índole de la tragedia. Pero el título del documento (Confesión de las culpas,
arrepentimiento y pedido de perdón de la Iglesia) y la cobertura de prensa
sugerían una cierta voluntad de enmienda, por parte de una nueva conducción
episcopal. En consecuencia desde el CELS solicitamos a Karlic la apertura de los
archivos eclesiásticos. Respondió que los archivos están en poder de cada
diócesis y no de la Conferencia, que sólo tenía el folleto de 1984, del que nos
envió una copia. La apertura de los archivos que según Karlic no existían, y que
pude estudiar a escondidas gracias a la caridad de obispos, sacerdotes y laicos,
es una reivindicación democrática pendiente, igual que la información castrense
sobre la represión. Habrá que estaratento a que el Episcopado no practique una
cacería de brujas para identificar a quienes me ayudaron.
Luces malas
En noviembre del año pasado el Episcopado produjo el documento "Una luz para
reconstruir la Nación", título revelador del rol que la Iglesia no ha dejado de
atribuirse. No encontró nada mejor que reciclar el documento de 1981 "Iglesia y
Comunidad Nacional", que fue la resignada aceptación eclesiástica del principio
de la soberanía del pueblo y el reconocimiento de la autonomía de la pluralista
sociedad temporal. Es equivalente al discurso de Nochebuena de 1944 del Papa Pio
XII, cuando ya era inevitable la derrota del nazismo en la guerra. Su eje era la
denominada reconciliación, es decir el rescate de los militares luego de los
desastres cometidos. La Iglesia admitía que la conciencia nacional había situado
a la justicia "en el centro de sus anhelos". Sin embargo, advertía que era
preciso "establecer la igualdad y la equiparación entre las partes en conflicto"
y "alcanzar esa forma superior del amor que es el perdón". En "Una luz" por
primera vez el Episcopado dijo que la dictadura cometió "crímenes de lesa
humanidad", pero también exhortó a juzgar los "crímenes de la guerrilla", en un
nuevo intento de equiparación pese a haber admitido que no eran comparables. El
documento de esta semana, "Recordar el pasado para construir sabiamente el
presente" es algo más sobrio, pero insiste en la línea de la declaración de
Laguna y Cassaretto de 1995. El golpe fue "consentido por parte de la dirigencia
de aquellos momentos", dice, sin referencia al rol activo del Episcopado, y
sostiene que la memoria sólo tiene sentido como instrumento de reconciliación.
Rechaza tanto la impunidad (por la que ya no puede abogar) como los "rencores y
resentimientos que pueden dividirnos y enfrentarnos", como siempre le han
llamado al reclamo de justicia. Menos sutil es la recopilación documental
difundida el 10 de marzo. El capítulo sobre la defensa de los derechos humanos
sostiene que "no debemos tener miedo a la verdad de los documentos". A la
verdad, no. Pero a su manipulación sí. Por ejemplo, ese capítulo dirigido a
probar que la Iglesia siempre condenó todo tipo de violencia, se abre con el
Documento de San Miguel, que en abril de 1969 adaptó a la realidad del país las
conclusiones de la Conferencia del CELAM en Medellín. Pero su punto 2 se
interrumpe en forma abrupta y, sin explicaciones, se pasa al 4. El final del
truncado punto 2 dice que es el deber evangelizador de los obispos "trabajar por
la liberación total del hombre e iluminar el proceso de cambio de las
estructuras injustas y opresoras generadas por el pecado". El omitido punto 3 es
aquel en que el Episcopado sentenció que "la liberación deberá realizarse en
todos los sectores en que hay opresión: el jurídico, el político, el cultural,
el económico y el social". La introducción del mismo documento, también
suprimida, decía que en cumplimiento de las orientaciones fijadas por Pablo VI
(que incluían una pastoral dirigida en forma preferencial a sacerdotes,
estudiantes, trabajadores y jóvenes, en un continente signado por "el cambio en
todos los órdenes") los obispos tendrían "la violencia evangélica del amor para
proclamar públicamente nuestro compromiso en todas sus dimensiones". Cuando los
jóvenes más generosos que el país produjo en el siglo XX siguieron el camino
señalado en este documento, el Episcopado bendijo las armas de los opresores que
los masacraron. Los documentos episcopales de los primeros años de la década del
70 son muy distintos a los posteriores, porque recogen el clima de revolución
con que el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo condicionó a aquél
Episcopado, que le temía como a un "Magisterio paralelo", según la alarmada
expresión de varios obispos recogida en el Memo reservado "Puntos conflictivos
en la Iglesia argentina", producido por la Conferencia Episcopal Argentina en
octubre de 1972 y que, desde luego, tampoco figuraen esta recopilación
interesada. El tomo no mutila aquellos documentos posteriores al golpe de 1976
que tuvieron difusión pública y que permiten la comparación. Pero omite varios
en los que se encomiaba a la dictadura; organiza todo el material en orden
cronológico sin indicar qué piezas fueron públicas y cuáles secretas y sólo
resume en pocas líneas los encuentros de camaradería de la Comisión Ejecutiva o
su presidente con la Junta Militar o su delegado presidencial o de la Comisión
de Enlace con los secretarios de las tres Fuerzas Armadas. El memo sobre la
reunión de Primatesta, Juan Carlos Aramburu y Zazpe con Videla, Emilio Massera y
Agosti del 15 de noviembre de 1976 esconde que la Comisión Ejecutiva del
Episcopado les comunicó su adhesión a la dictadura, porque "un fracaso llevaría,
con mucha probabilidad, al marxismo". Publica la crítica por la represión sin
ley, pero oculta que incluso a solas la atribuyeron a niveles intermedios,
mientras destacaban "los notables esfuerzos del gobierno en pro del país" y la "imagen buena de las supremas autoridades". Para no verse obligados a
"un
silencio comprometedor de nuestras conciencias que, sin embargo, tampoco le
serviría al proceso" o "un enfrentamiento que sinceramente no deseamos" la
Iglesia propuso abrir un "canal de comunicación", que integraron los obispos
Laguna, Galán y Mario Espósito. Al año siguiente, Laguna reconoció la total
ineficacia de la Comisión de Enlace. El subrayado en total es suyo, en una nota
manuscrita a Zazpe. Sin embargo, las amables reuniones mensuales continuaron
durante todo el régimen militar. Al comentar esa carta, en 2002, Galán le
escribió a Laguna: "¡Quién nos diera poder vivir de nuevo con la experiencia
adquirida". Fantasía vana. Sólo se vive una vez. Como se supone que son
creyentes, cuando Laguna lo siga se encontrará con Galán en el infierno.
Blanqueo de sepulcros
Nada de esto se encontrará en el nuevo blanqueo editorial de sepulcros
episcopales con el que Bergoglio (autor de la frase sobre la memoria completa,
según reveló Brinzoni en un reportaje) inauguró su mandato al frente de la
Iglesia argentina. Sin embargo, está bien archivado en la sede de la calle
Suipacha, cuya cesión el Episcopado pidió a la dictadura con la ilusión de
mudarse a "una casa mucho más palaciega", a la espera de que alguna futura
conducción no contaminada con el pasado decida abrir su consulta.
Fuente:
Página/12, 17/03/96
Monseñor
Plaza y otros obispos
[Del libro Iglesia y Dictadura, El papel de la iglesia a la luz de sus
relaciones con el régimen militar, de
Emilio F. Mignone Capítulo 4]
Monseñor Plaza
De todos los miembros del Episcopado es, tal vez, monseñor Antonio José
Plaza, hasta 1986 arzobispo de La Plata, quien con mayor claridad y
desenfado se identificó con la dictadura militar, y sus métodos represivos.
Plaza cultivó un desaprensivo menosprecio por la colegialidad episcopal. En
cada ocasión que la CEA publicó una pastoral colectiva reafirmando los
principios cristianos acerca de la dignidad de la persona humana, el
arzobispo de La Plata, a pesar de haberla suscripto, encontraba la manera de
poner de manifiesto su discrepancia.
Esto indica que constituye un error la tradición en virtud de la cual los
documentos episcopales tienen que aparecer firmados por todos los
integrantes del cuerpo, simulando una unanimidad que no existe. Ello trae
como consecuencia textos confusos y ambiguos, con párrafos contradictorios
destinados a satisfacer los distintos criterios.
Nadie tiene que escandalizarse porque haya obispos con opiniones diferentes.
La ficción de la unanimidad parte de la concepción de una Iglesia
monolítica, donde los fieles deberían limitarse a obedecer. La Iglesia que
muestra el Nuevo Testamento es otra, con pluralidad de dones, donde la
función episcopal es un servicio y la conciencia de cada cristiano, como lo
solía repetir el cardenal Newman, es el último juez de la conducta
individual.
Sería más lógico que las pastorales colectivas sobre asuntos controvertidos
se publicaran con la firma de los obispos que componen la mayoría a favor de
una determinada opinión. Los integrantes de la, o de las minorías tendrían
derecho igualmente a expresar sus disidencias. Con ese procedimiento
hubiéramos conocido con certeza la posición de los distintos prelados en
relación con el problema de la violación de los derechos humanos, sin el
temor de incurrir en injusticias al englobarlos en una apreciación general.
En los Estados Unidos la Conferencia Episcopal ha adoptado la política de
dar a conocer los borradores de las pastorales colectivas sobre temas
controvertidos, elaborados por n comité de expertos, para conocer la opinión
del Pueblo de Dios. El texto final queda enriquecido con observaciones y
críticas. Eso ocurrió con el documento referido a la utilización de las
armas nucleares, que alcanzó una notable gravitación en la opinión pública.
(El obispo de Morón Justo Laguna viajó en 1986 a los Estados Unidos invitado
por la Conferencia Episcopal de ese país y cuenta lo siguiente: "La asamblea
episcopal de los EE.UU. tiene en preparación un documento sobre la doctrina
social de la Iglesia y la economía norteamericana... Lo que no dejó de
sorprenderme fue la forma en que trabaja, con una libertad y una apertura
que le permite crecer y conocer la realidad de la patria con mucha eficacia.
Es una cosa admirable que publiquen los borradores y reciban la crítica de
todos los sectores" La Razón, Bs. As., 26 de mayo de 1986.)
En los concilios ecunémicos los proyectos de constituciones se deciden por
el voto de la mayoría y se da a conocer el resultado de la elección. El
nombre de los sufragantes no es un misterio. En el Concilio Vaticano I una
quinta parte de sus integrantes se opuso al tratamiento del dogma de la
infalibilidad pontificia y sesenta padres conciliares -cuyos nombres
constan- se retiraron para no pronunciar su non placet en la votación final.
| Semilla de maldad La Excomunión de Miguel Hidalgo y Costilla (1811, héroe de la Independencia de México) por el Papa Pío VII es un documento para la ignominia. Aún se esperara de la iglesia una disculpa al pueblo de México, una disculpa que se acompañara con el retiro post mortem de la excomunión para un ministro de la iglesia que entregó su espíritu para abolir la esclavitud (tolerada y hasta bendecida por la iglesia de entonces), y para establecer una república soberana en donde reinara la libertad, la igualdad y la fraternidad. Maldecido por la iglesia, Hidalgo será por siempre recordado como el sacerdote generoso, idealista, o mejor, como el Padre de la Patria mexicana. La Excomunión de Miguel Hidalgo y Costilla "Por la autoridad de Dios Todopoderoso, el Padre, Hijo y Espíritu Santo; y de los santos cánones, y de la Inmaculada Virgen María madre y nodriza de nuestro Salvador; y de las virtudes celestiales, ángeles, arcángeles, tronos, dominios, papas, querubines y serafines y de todos los santos patriarcas y profetas; y de los apóstoles y evangelistas; y de los santos inocentes, quienes a la vista del Santo Cordero se encuentran dignos de cantar la nueva canción; y de los santos mártires y santos confesores, y de las santas vírgenes, y de los santos, juntamente con todos los santos elegidos de Dios, lo excomulgamos y anatematizamos, y lo secuestramos de los umbrales de la iglesia del Dios omnipotente, para que pueda ser atormentado por eternos y tremendos sufrimientos, juntamente con Datán y Avirán, y aquellos que dicen al Señor, ¡Apártate de nos! otros! porque no deseamos uno de tus caminos y así como el fuego del camino es extinguido por el agua, que sea la luz extinguida en él para siempre jamás. Que el Hijo, quien sufrió por nosotros, lo maldiga. Que el Espíritu Santo, que nos fue dado en nuestro bautismo, lo maldiga. Que la santa cruz a la cual ascendió Cristo por nuestra Salvación, triunfante de sus enemigos, lo maldiga. Que la santa y eterna Virgen María, madre de Dios, lo maldiga." "Que todos los ángeles y arcángeles, principados y potestades, y todos los ejércitos celestiales, lo maldigan. Que San Juan el precursor, y San Pedro y San Pablo y San Andrés y todos los demás apóstoles de Cristo juntamente, lo maldigan. Y ojalá que el resto de sus discípulos y los cuatro evangelistas, quienes por sus predicaciones convirtieron al mundo universal, y ojalá que la santa compañía de mártires, y confesores, quienes por sus santas obras se han encontrado agradables al Dios Todopoderoso, lo maldigan. Ojalá que el Cristo de la Santa Virgen lo condene. Ojalá que todos los santos desde el principio del mundo y todas las edades, quienes se hallan ser los amados de Dios lo condenen; y ojalá que los cielos y la tierra y todas las cosas que hay en ellos, lo condenen. Que sea condenado donde quiera que esté, en la casa o en el campo: en los caminos o en las veredas; en las selvas o en el agua, o aún en la iglesia. Que sea maldito en el vivir y en el morir; en el comer y el beber; en el ayuno o en la sed; en el dormitar o en el dormir; en la vigilia o andando; estando de pie o sentado; acostado o andando; mingiendo o cancando y en todas las sangrías. Que sea maldito interior y exteriormente. Que sea maldito en su pelo. Que sea maldito en su cerebro. Que sea maldito en la corona de su cabeza y en sus sienes, en su frente y en sus oídos; y en sus cejas y en sus mejillas; en sus quijadas y en sus narices; en sus dientes anteriores y en sus molares; en sus labios y en su garganta; en sus hombros y en sus muñecas; en sus brazos, en sus manos y en sus dedos. Que sea condenado en su pecho, en su corazón, y en todas las vísceras de su cuerpo. Que sea condenado en sus venas, en sus músculos, en sus caderas, en sus piernas, pies y uñas de los pies. Que sea maldito en todas las junturas y articulaciones de su cuerpo. Que desde la parte superior de su cabeza hasta la planta de sus pies, no haya nada bueno en él. Que el Hijo del Dios viviente, con toda la gloria de su majestad, lo maldiga, y que el cielo con todos los poderes que hay en él se subleven contra él, lo maldigan y lo condenen." "Amén. ¡Así sea! Amén". Este edicto de excomunión fue dado a conocer al Padre de la Patria mexicana el día 29 de Julio de 1811, antes de ser pasado por las armas. |
Una voz discordante
Con motivo de la autoamnistía decretada por el régimen militar tres meses
antes de retirarse del gobierno, Plaza fue la única voz episcopal que se
alzó para defenderla. Publiqué entonces un artículo en el diario La Voz del
3 de septiembre de 1983, donde esbozo una semblanza del arzobispo de La
Plata. Creo que es interesante transcribirlo porque recibí muchos llamados
de adhesión de clérigos y laicos de su arquidiócesis.
La de monseñor Plaza fue una de las pocas voces discordantes.
El arzobispo de La Plata, Antonio J. Plaza, constituye una voz discordante
en el país. Ha sido el único, junto con Emilio Hardoy que ha defendido
públicamente la ley de autoamnistía.
Ardí, conservador septembrino y diputado fraudulento, lo hizo en términos
cínicos, pero políticos. Plaza, en cambio -y esto es lo grave y
escandaloso-, ha pretendido justificarla desde un ángulo religioso. Ha dicho
que la llamada ley de pacificación nacional, mediante la cual los criminales
encarnados en el poder se amnistían a sí mismos, es una norma "evangélica".
En realidad, monseñor Plaza, pese a su carácter de obispo de la Iglesia
católica, nunca ha tenido nada que ver con el Evangelio. En 45 años que lo
conozco jamás le he escuchado una frase que posea relación con la doctrina
de Cristo. Sacerdote ambicioso y politiquero, consiguió "obispar", como se
decía antiguamente, en 1950, adulando al gobernador Mercante y ocupó hasta
1955 la diócesis de Azul. Ocurrido el golpe de Estado de ese año, atribuyó,
en una frase desdichada y famosa, la epidemia de poliomelitis de esa época a
los supuestos pecados convertidos por los gobernantes depuestos (que lo
habían encumbrado). Evidentemente la teología del prelado no era muy sólida.
Como compensación por su adhesión a los nuevos detentadores del poder, logró
que el ministro de Lonardi, Mario Amadeo, lo hiciera promover al arzobispado
de La Plata. Era una época en la que todavía se aplicaba el régimen del
patronato establecido por la Constitución Nacional, en virtud del cual los
obispos debían ser presentados por el presidente de la Nación, para su
consagración por el papa. Felizmente ese anacrónico sistema, que todavía
subsiste en la letra de la ley fundamental, fue abolido mediante un acuerdo
con la Santa Sede, negociado por el ministro de Relaciones Exteriores de
Illia, Miguel Angel Zavala Ortiz y firmado por Onganía.
Desde hace casi veinte años, el país y los cristianos padecemos a Plaza en
la arquidiócesis de la capital bonaerense. En 1958 se alió con Frondizi y
Frigerio y obtuvo innumerables prebendas con el verso de la enseñanza libre
y otras actividades menos líricas. Logró, entre otras cosas, la autorización
del Banco Central para el funcionamiento en el país de una institución
crediticia uruguaya, el banco del Este. Adquirido por Pérez Companc se
transformó en el Río de la Plata y hoy se denomina Banco Río. Compró el
paquete accionario del banco Popular de La Plata, asunto que terminó en una
verdadera estafa, de la cual salió indemne por su condición episcopal. Tenía
cuenta corriente en el banco Comercial de David Graiver pero se salvó de las
iras del general Camps -quien le dedica un encendido elogio en su libro
Punto Final-, merced a los servicios que prestó a la represión ilegal y
asesina, denunciando estudiantes y a su propio sobrino y aceptando el cargo
de capellán mayor de la policía de la provincia de Buenos Aires. Esto le
permite cobrar otro sueldo y gozar de un segundo automóvil. En ese carácter
visitaba las prisiones clandestinas donde se torturaba y se fusilaba. No
consta que prestara auxilios religiosos a los prisioneros , aunque en su
lejana juventud enseñara teología mística en el seminario de La Plata,
disciplina aparentemente ajena a su personalidad y a sus preocupaciones.
Curiosamente, hasta la mística le produjo beneficios: con el cuento de los
grandes místicos Teresa de Jesús y Juan de la Cruz, expolió durante años a
los padres carmelitas, a cuya orden pertenecían ambos santos.
Pero el gran filón de monseñor Plaza ha sido el sector educativo, que manejó
desde la comisión respectiva del episcopado. Enfermo de poder, impuso
ministros de Educación de la provincia de Buenos Aires y directores de la
superintendencia para la enseñanza privada de la Nación y obtuvo durante
años, a través de todos los regímenes, ventajas legales y económicas. Para
ello no omitió enjuagues políticos. Recuerdo que desde el balcón de la casa
de gobierno de La Plata, apoyó la continuidad del vice-gobernador Calabró,
cuando Perón hiciera renunciar a Bidegain. Su última hazaña consistió en una
exención impositiva obtenida a través del ministro de Economía del
gobernador Ibérico Saint Jean, Raúl Salaberren Malgor.
Sin perder un minuto Plaza se ha alineado con el candidato a gobernador
peronista para la provincia de Buenos Aires, Herminio Iglesias, quien ha
prometido públicamente designar ministro de educación a quien el arzobispo
de La Plata le indique. Pero Herminio se equivoca. Hoy Plaza nada significa
en la Iglesia católica, sino un pasado turbio y preconciliar, que está
desapareciendo. A veces demasiado lentamente, pero de manera inexorable.
Un ejemplo del menosprecio del arzobispo Plaza por las decisiones de la
Conferencia Episcopal y su connivencia con la dictadura castrense, lo
muestra el episodio del libro de catequesis Dios es fiel, de la religiosa de
María Auxiliadora de Rosario, Beatriz Casiello.
A fines de 1978 tuvo lugar una ruidosa campaña periodística encabezada por
el diario La Razón -portavoz en ese entonces, del servicio de inteligencia
del ejército-, dirigida a sostener que el texto de la hermana Casiello, muy
difundido en los colegios católicos, incitaba a la subversión. Con la
preocupación consiguiente tomó cartas en el asunto la Conferencia Episcopal,
la cual, sin llegar a elogiarlo, dictaminó que "el libro no contiene
afirmación errónea ni negación de la doctrina católica".
Esta opinión no satisfizo a monseñor Plaza, quien, en materia de ortodoxia
católica, confiaba más en los oficiales del ejército que en sus hermanos en
el episcopado. El 18 de noviembre de 1978 el arzobispo de La Plata prohibió
el texto en las escuelas católicas de su diócesis mientras el ministro de
Educación de la provincia de Buenos Aires, general Ovidio Solari adoptaba
una medida similar en su jurisdicción, que involucraba a varios obispados
(1). Como hubo algunas protestas, el secretario de prensa del gobierno
bonaerense, capitán Jorge Cayo, manifestó categóricamente "no nos preocupan
los obispos, se prohíbe y basta" (2). Plaza agradeció públicamente, mediante
una carta, la colaboración del general Solari (3).
| LA IGLESIA CÓMPLICE Y
LA IGLESIA DEL PUEBLO. LAS VÍCTIMAS DE LA IGLESIA Sacerdotes asesinados y/o desaparecidos - P. Carlos Francisco Mugica. Asesinado el 11-5-74. Bs. As. - P. Carlos Dorniak. Asesinado el 21-5-75. Bahía Blanca - P. Nelio Rougier-det. Córdoba, 9-75. Desaparecido. - P. Miguel Angel Urusa Nicolau-detenido el 1-1-76, Rosario. Desaparecido. - P. Francisco Soares. Asesinado el 13-2-76 Carupá (Tigre). - P José Tedeschi. Asesinado el 2-2-76. Villa Itatí (Bernal). - P. Pedro Fourcade, detenido el 8-3-76. Desaparecido. - P. Pedro Duffau (palotino) Asesinado el 4-7-76. Bs. As. - P. Alfredo Kelly (palotino) Asesinado el 4-7-76-Bs. As. - P. Alfredo Leaden(palotino) Asesinado el 4-7-76. Bs. As. - P. Gabriel Longuevillet. Asesinado el 18-7-76. Charnical (La Rioja). - P. Carlos de Dios Murias. Asesinado el 18-7-76. Chamical (La Rioja) - P. Héctot Federico Baccini, detenido el 25-11-76, La Plata. Desaparecido. - P. Pablo Gazzari, detenido el 27-11-76. Bs. As. Desaparecido. (ESMA. Confirmado por Scilingo) - P. Carlos Armando Bustos, detenido el 8-4-77. Bs. As. Desaparecido. - P. Mauricio Silva Iribarnegaray, detenido el 14-6-77. Bs. As. Desaparecido. - P. Jorge Adur (asuncionista), detenido el 7-1-80. Brasil. Desaparecido. - P. Jorge Galli, detenido en 1976. San Nicolás. Desaparecido. - P. José Colombot Obispos asesinados - Mons. Emique Angelelli. Asesinado el 4-8-76. Punta de los Llanos (La Rioja). - Mons. Carlos Ponce de León. Asesinado el 11-7-77. San Nicolás (Bs. As.) Sacerdotes presos - P. Francisco Gutiérrez - P. Hugo Mathot - P. Gianfranco Testa - P. Silvio Liuzzi - P. Elias Musse - P. Raúl Troncoso - P. Francisco Javier Martín - P. René Nievas - P. Joaquín Nuñez - P. Omar Dinelli Sacerdotes en Centros Clandestinos y luego liberados - P. Néstor García - P. Patricio Rice - P José Czerepack - P. Orlando Yorio - P. Santiago Renevot - P. Rafael Lacuzzi - P. Julio Suan - P. Bernardo Canal Feijoo - P. Luis López Molina - P Jaime Weeks - P. Francisco Jálics - P. Italo Gestaldi - P. Marciano Alba - P. Anibal Coerezza - P. Pace Dalteroch - P Jorge Galli - P. Gervasio Mecca - P. Luis Quiroga - P. Angel Zaragoza - P. Raúl Acosta - P. Roberto Croce - P Juan Dienzeide - P. Esteban Inestal - P. Diego Orlandini - P. Eduardo Ruiz - P. Joaquín Muñoz - P. Juan Testa - P. Pablo Becker - P. Roberto D'Amico - P Juan Filipuzzi - P. Antonio Mateos - P. Aguedo Pucheta - P. Victor Pugnata - P. Jorge Torres Seminaristas asesinados y desaparecidos - Salvador Barbeito (palotino). Asesinado el 4-7-76. Bs. As. - Emilio Barletti (palotino). Asesinado el 4-7-76. Bs. As. - Marcos Cirio (Fraternidad del Evangelio), detenido el 17-11-76. Desaparecido. - Carlos A. Di Pietro (asuncionista), detenido el 4-6-76. Desaparecido. - Juan Ignacio Isla Casares, detenido el 3-6-76. Boulogne. Desaparecido. - Alejandro Dauza (La Salette), detenido el 3-8-76. Córdoba. (luego liberado) - Alfredo Velarde (La Salette), detenido el 3-8-76. Córdoba (luego liberado) - Daniel García (La Salette), detenido el 3-8-76. Córdoba (luego liberado) -José Luis de Stéfano (La Salette), detenido el 3-8-76. Cór-doba (luego liberado) - Anibal Gadea, detenido en 1977. Desaparecido. - Humberto Pantoja. Religiosos y religiosas desaparecidos - Hno. Raúl E. Rodríguez (asuncionista), detenido el 44-76. San Isidro. Desaparecido - Hna. Alice Domon, detenida el 8-12-77. Bs. As. Desaparecida. - Hna. Léonie Duquet, detenida el 10-12-77. Bs. As. Desaparecida. - Hno. Julio San Cristóbal (Lasallano), detenido el 5-2-76. Desaparecido - Hno. Hugo A. Corsiglia, detenido el 10-8-77. Bs. As. Desaparecido. - Hno. Luis Oscar Gervan, detenido el 4-11-76. Tucumán. Desaparecido. - Hno. Henri del Solan Betumali (Frat. del Evang.), detenido el 1976, liberado 1978. Católicos laicos víctimas de la represión - María del Carmen Maggi. det. 9-5-75. Decana Facultad de Humanidades de Mar del Plata. Asesinada el 23-3-76. - Daniel Bombara, detenido 12-75. JUC Bahía Blanca. Desaparecido. - José Serapio Palacios. det. 12-75. JOC. Desaparecido. - Beatriz Carbonen de Pérez Weiss, detenida el 14-5-76, Bajo Flores (Bs. As.). Desaparecida. - Horacio Pérez Weiss, detenido el 14-5-76. Bajo Flores(Bs. As). Desaparecido. - Mada Martha Vásquez Ocampo de Lugones, detenida el 14-5-76. Bajo Flores. Desaparecida. - César Amadeo Lugones, detenido el 14-5-76. Bajo Flores. (Bs. As.). Desaparecido. - Francisco Blato. Desaparecido. - Mónica María Candelaria Mignone, detenida en Bajo Flores, 14-5-76. Desaparecida. - María Esther Lorusso, detenida el 14-5-76. Bajo Flores. (Bs. As.) Desaparecida. - Mónica Quinteiro. Ex religiosa Hermanas de la Misericordia, detenida el 14-5-76. Bajo Flores. (Bs. As.) Desaparecida. - María Femanda Noguer, detenido el junio del '76. Olivos. Desaparecida. -José VillaL, detenido en junio del '76. Olivos. Desaparecido. - Alejandro Sackrnan, detenido en junio del '76. Olivos. Desaparecido. - Esteban Garat, detenido en junio del '76. Olivos. Desaparecido. - Valeria Dixon de Garat, detenida en junio del '76. Desaparecida. - Roberto Van Gelderen, detenido en junio del '76. Desaparecido. - Ignacio Beltrán. Buenos Aires. - Alberto Rivara. det. '76. Bahía Blanca. Desaparecido. - Horacio Russín. det. '76. Bahía Blanca. Desaparecido. - Néstor Junquera. det. '76. Bahía Blanca. Desaparecido. - María Eugenia González, detenida en el '76. Bahía Blanca. Desaparecida. - Luis Oscar Gervan, detenido en el '76. Tucumán. Desaparecido. - Luis Congett, detenido en el '76. Caritas. San Justo. Desaparecido. - Anteró Darío Esquivel, detenido en el '77. Paraguayo. JOC Lomas de Zamora. Desaparecido. - Eduardo Luis Ricci, detenido en el '77. JEC de La Plata. Desaparecido. - Adriana Landaburu, detenida en el '77. Capital Federal. Desaparecida. - Leonor Rosario Landaburu de Catnich, detenida en el '77. Capital Federal. Desaparecida. - Juan Carlos Catnich, detenido en el '77. Capital Federal. Desaparecida. - Susana Carmen Moras, detenida en el '77. Presidenta de la Juv. Acción Católica. Desaparecida. - Susana Antonia Marco, detenida en el '77. Cristianos para la Liberación. Nuestra Sra. del Carmen. Villa Urquiza. Cap. Federal. Desaparecida. - Roque Agustin Alvarez, detenido en el. '77. Avellaneda. Desaparecido. - Armando Corciglia, detenido en el 'W7. JUC. Florencio Varela. Desaparecido. - Cecilia Juana Minervine, detenida en el '77. Cristianos para la Liberación. Desaparecida. - Laura Adhelma Godoy, detenida en el '77. UCA. Mar del Plata. Desaparecida. - Oscar de Agneli, detenido en el '77. UCA. Mar del Pla-ta. Deasparecido. - Fátima Cabrera de Rice, detenida en el '77. Liberada. - Marcos Cirilio. Desaparecido. - Juan Pedro Sforza. Desaparecido. - Gertrudis Hlaszick, detenida en el '78. Desaparecida. -losé Poblete, detenido en el '78. Desaparecido. - Mónica Brull, detenida en el '78. Desaparecida. - Juan Guillén, detenido en el '78. Desaparecido. - Gilberto Rengel Ponce, detenido en el '78. Desaparecido. - Adolfo Fontanella, detenido en el '78. Desaparecido. - Roberto Tomás Abad. Desaparecido. - Roque Raúl Macán. Desaparecido. Protestantes detenidos y/o desaparecidos - Mauricio López. Rector Univ. Nac. de San Luis, detenido el 1-1-77. Mendoza. Desaparecido. - Elizabeth Kasemann, detenida en el '77. Desaparecida. - Patricia Anna Erb, detenida el 13-9 76. - Víctor Pablo Boinchenko. Pastor de la Iglesia Evangélica de Cosquín. Córdoba, detenido el 3-4-76. Desaparecido. - Lilian Jane Coleman de Boinchenko, detenida el 3-4-76. Desaparecida. - Oscar Alajarin. Iglesia Metodista. MEDH, detenido el 4-5-76. Desaparecido. Fuente: "La Iglesia cómplice y la Iglesia del Pueblo" editado por organismos de Derechos Humanos, Buenos Aires, 1996, reproducido por Equipo Nizkor, Madrid. 20 de julio de 1997 |
Los últimos años
Como resultado de las actitudes relatadas, durante la XLIV asamblea plenaria
de la Conferencia Episcopal Argentina, que tuvo lugar entre el 19 y el 24 de
abril de a982, Plaza fue desplazado de la presidencia de la comisión
episcopal de educación católica, una de las fuentes de su poder. Lo
sustituyó el obispo de Azul, monseñor Emilio Bianchi di Cárcano.
En 1983 el abierto apoyo de Plaza a la candidatura de Herminio Iglesias para
la gobernación de Buenos Aires, a cambio del control del ministerio de
Educación, atrajo críticas de adentro y de afuera de la Iglesia. Es
interesante a este respecto un editorial del diario La Prensa, del 13 de
septiembre de 1983. Dice así:
Límites de la misión eclesiástica
Una noticia publicada en nuestra edición del 30 de septiembre pasado hizo
saber que un grupo de sacerdotes de la arquidiócesis está realizando
consultas entre sí para sopesar la posibilidad de presentar su queja ante la
Nunciatura Apostólica o la propia Santa Sede, dado los problemas y
divisiones que provoca entre sus fieles el proclamado apoyo del arzobispo de
La Plata al partido Justicialista de la provincia y a su candidato a
gobernador, a los que últimamente en todas sus declaraciones periodísticas,
da como seguros triunfadores en las próximas elecciones.
No sólo los mencionados sacerdotes sino también el arzobispo de Bahía Blanca
y los ocho obispos diocesanos bonaerenses, participarían de idénticas
preocupaciones sobre los juicios y las entrevistas mantenidas por el eludido
prelado con el candidato justicialista a la gobernación de la provincia.
Hasta los propios militares peronistas, miembros de la grey católica, se
habrían sentido afectados por el proceder del arzobispo de La Plata,
calificando de apresurada contraprestación de favores a la promesa hecha al
prelado, de designar ministro de educación a un "candidato" de simpatía.
Nada de lo que decimos ha sido desmentido, por lo que cabe admitir que
estamos en presencia de un hecho anómalo que, por un lado, exhibe a un
candidato a gobernador en tren de negociar prestaciones y contraprestaciones
con un miembro de la jerarquía católica bonaerense y a éste aceptando la
propuesta que consiste, de su parte, en proponer un candidato de su
preferencia para cubrir el cargo de ministro de educación de un futuro
posible gobierno justicialista en la provincia de Buenos Aires.
Tanto uno como otro protagonista de la negociación han excedido el marco de
las funciones que les competen. Más grave es, sin embargo, la actitud del
prelado al comprometer la neutralidad de la Iglesia a que pertenece,
faltando además al compromiso moral, que sin duda ha asumido al ostentar su
investidura, de no inmiscuirse en las luchas políticas.
Con fina ironía La Nación comentó el 28 de septiembre de 1983:
Con las Cartas a la vista
Por más críticas que el candidato a gobernador por la provincia de Buenos
Aires por el peronismo, Herminio Iglesias, merezca de sus adversarios, -de
adentro y de afuera de su partido- nadie podrá acusarlo de proceder con
ocultamientos o disimulos. Se ha revelado como un hombre que habla claro,
sin subterfugios, que gusta desnudar el fondo de su pensamiento.
En esa provincia era vox populi -no se sabe si también vox Dei, aunque por
lo que sigue podría pensarse que sí-, que desde hace muchos años y
especialmente durante los gobiernos militares, el ministerio de Educación
debía ser ocupado por un hombre que contara con el beneplácito de la Iglesia
católica, expresada, por razones de jurisdicción, por el arzobispo de La
Plata, monseñor Antonio Plaza. A Plaza, además se le atribuyó
tradicionalmente -por lo menos desde 1958 en adelante-, un peso
significativo en todas las cuestiones educativas en el orden nacional y más
de un funcionario en esos ámbitos ha sido mencionado como perteneciente al
entorno de aquél. Monseñor Plaza tuvo, también, influencia considerable en
el montaje de la legislación sobre enseñanza privada que se fue dictando a
partir del año citado y, a veces, se habló de él como responsable directo de
los nombramientos de funcionarios estatales correspondientes a ese ámbito.
Pero claro está, todo se mantuvo siempre en el plano de lo que "se dice" o
"se sabe", de los rumores de las versiones, de las comidillas de los
organismos oficiales o de los comentarios de las publicaciones más
combativas, política o ideológicamente hablando. Jamás tuvo carácter público
y jamás alguien hubiera podido probar sus afirmaciones con respecto a la
influencia concreta de monseñor Plaza en el ámbito educativo nacional o
provincial.
Ahora, bruscamente, todo ha cambiado y las cartas están sobre la mesa. Ya no
hay motivos para el "se dice" o "se sabe". Ya no hacen falta las "fuentes
bien informadas", ni tienen valor "rumores o versiones".
Si Iglesias llega a la gobernación de Buenos Aires, la Iglesia -monseñor
Plaza mediante- tendrá a su cargo la designación del ministro de Educación
(si alguien viera en esto un juego de palabras no deberá atribuirlo a la
sagacidad del comentarista, pues surge de un azar francamente notable).
Herminio Iglesias, en efecto, no ha querido ocultar nada ni mantener en las
sombras sus entrevistas con el arzobispo de La Plata, ni dejar que más
adelante se fuera a decir que para elegir ministro de Educación había
recibido influencias ocultas: en esa materia hará lo que diga Plaza o no
hará nada.
Quienes predican constantemente que la claridad de los actos de gobierno es
prenda de una verdadera democracia no podrán quejarse. Quienes quieren que
el pueblo sepa siempre de qué se trata, tampoco. Quizás, empero, se quejen
algunos constitucionalistas ortodoxos y algunos -¿o muchos?- hombres de la
Iglesia. Unos y otros podrán argumentar que esta confusión de poderes no
favorece ni a la República ni a la Iglesia. En fin: ya se sabe que hay
eternos descontentos.
Según es conocido, el peronismo perdió las elecciones en la provincia de
Buenos Aires, en gran medida por la candidatura de Iglesias. Este no
alcanzó, por lo tanto, la gobernación.
El poder ejecutivo constitucional bonaerense, instalado el 10 de diciembre
de 1983, dispuso por decreto 321 del 30 del mismo mes y año, el pase a
retiro obligatorio del arzobispo Antonio José Plaza como capellán general de
la policía. Había sido nombrado para ese cargo el 11 de noviembre de 1976,
en plena dictadura militar. Asumió sus funciones en un acto que presidieron
el entonces comandante del primer cuerpo de ejército, general Carlos Suárez
Mason y el jefe de policía coronel (ahora general), Ramón Camps, cuyas
responsabilidades en el terrorismo de Estado son sobradamente conocidas.
El ministro de gobierno de Buenos Aires, Juan Antonio Portesi, señaló en esa
ocasión que Plaza cobraba, además del sueldo de comisario general, un 30%
adicional de bonificación por el título de abogado, aunque es notorio que no
lo poseía. Disponía además de un automóvil con chofer y personal de servicio
para su atención en el arzobispado. "La erogación de la provincia destinada
al prelado -agregó el doctor Portesi- era importante" (4).
En 1985 monseñor Plaza debió enfrentar en la justicia penal de La Plata una
denuncia presentada, con el patrocinio de los abogados del CELS, por su
sobrino Jesús Plaza. La causa está vinculada a la detención y desaparición
de Juan Domingo Plaza, también sobrino del arzobispo y hermano de Jesús.
Este último había entrevistado al arzobispo, señalando sus temores, el día
anterior a la detención de Juan Domingo. Dicha circunstancia hace sospechosa
la conducta de monseñor Plaza, quien, por otra parte, a pesar de sus
vinculaciones, se abstuvo de cualquier gestión a su favor. El joven
desaparecido fue visto por varios sobrevivientes en la Escuela de Mecánica
de la Armada.
En la audiencia del 3 de octubre de 1986, del juicio contra el general Ramón
Camps, ante la Cámara Federal, el testigo Eduardo Schaposnik afirmó haber
visto a éste, acompañado del arzobispo de La Plata Antonio Plaza, en el
centro clandestino de detención ubicado en la cuadra de la jefatura del
cuerpo de infantería de la policía de la provincia de Buenos Aires.
Según La Nación del 21 de mayo de 1985, monseñor Plaza sostuvo que el juicio
que se seguía en ese momento a los ex comandantes, "es una revancha de la
subversión y una porquería. Se trata -agregó coincidiendo nuevamente con
Emilio Hardoy-, de un Nüremberg al revés, en el cual los criminales están
juzgando a los que vencieron al terrorismo". Estas expresiones movieron al
abogado de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre, Eduardo Barcesat,
a promover un juicio por desacato contra Plaza. "Las alusiones -expresa en
su presentación el mencionado letrado-, están clara e inequívocamente
dirigidas contra la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Criminal y
Correccional Federal y a propósito de un significativo proceso que se está
llevando adelante ante dicho estrado judicial. La calificación de
‘criminales’ se refiere sin ambigüedad posible a los referidos jueces del
Poder Judicial de la Nación". Solicitó por ello el procesamiento, la prisión
preventiva y el embrago de los bienes del acusado (5).
El 21 de diciembre de 1984 monseñor Plaza cumplió 75 años. El artículo 401
del código de derecho canónico dispone que a esa edad los obispos diocesanos
deben presentar su renuncia al Sumo Pontífice. El arzobispo de La Plata, en
un gesto de arrogancia, nunca quiso admitir públicamente que hubiera
cumplido con dicha prescripción canónica. Sin embargo envió su dimisión,
que, inexplicablemente, tardó más de un año en ser aceptada por el papa.
Mientras Plaza viajaba a Europa, poco antes de su septuagésimo quinto
aniversario, el 14 de noviembre de 1984, Nicolás Argentato, rector de la
Universidad Católica de La Plata, de la cual el arzobispo era el Gran
Canciller, impuso en Nueva York el título de doctor "honoris causa" al
reverendo Sung Myung Moon, fundador y cabeza de la poderosa secta que lleva
su nombre. Debido a que Moon estaba preso cumpliendo una condena por
defraudación al fisco estadounidense, fue representado en la ceremonia por
su segundo, el coronel coreano Bo Hi Pak.
El inaudito episodio de una universidad católica otorgando un grado
académico honorario a Moon, produjo un verdadero escándalo, que no perturbó
al arzobispo Plaza. La Santa Sede salió a cubrirlo diciendo, a través de la
Radio Vaticana, que «la opinión pública ha recibido con estupor y amargura
la concesión del doctorado "honoris causa", a Moon, por la Universidad
Católica de La Plata». La misión de la Sede Apostólica ante las Naciones
Unidas afirmó que "Argentato contravino con ese acto una decisión de su
superior jerárquico, el arzobispo de La Plata, monseñor Antonio José Plaza".
El cardenal Primatesta, conociendo el paño, expresó desde Roma, más
dubitativo que "por lo que yo sé, puedo afirmar que Plaza desautorizó a
Argentato". A su vez, el secretario de la Conferencia Episcopal Argentina,
monseñor Carlos Galán, expresó que esa distinción "no condice con el
calificativo de ‘católica’ que tiene dicha casa de estudios".
Plaza ha mantenido hasta el presente un absoluto silencio sobre la cuestión.
Se negó a formular declaraciones al regresar a la Argentina. No solo no
desautorizó públicamente a Argentato sino lo sostuvo y le renovó su
confianza como rector de la UCLP hasta el momento de dejar la diócesis. Le
ha tocado a su sucesor, monseñor Antonio Quarracino, reemplazarlo por el
presbítero Gustavo Ponferrada.
No cabe duda, como surge de ese contexto, que el arzobispo Plaza dispuso o
autorizó el otorgamiento del diploma, sin rectificarse de su decisión. Las
aclaraciones de la Santa Sede no responden a la realidad y sólo tuvieron por
objeto guardar las formas.
Las razones de esa distinción hay que buscarlas en dos hechos. El primero,
una donación de 120.000 dólares realizada por Moon a la Universidad Católica
de La Plata, admitida por el doctor Argentato (6). El segundo, la
coincidencia de fines y actividades entre la poderosa secta, monseñor Plaza
y los grupos militares latinoamericanos que detentan o han detentado el
poder absoluto en el Cono Sur.
Pero antes de avanzar en ese terreno, conviene recordar los antecedentes de
la secta. Según el libro El Principio Divino, escrito por el reverendo Sun
Myung Moon -un ex monje coreano nacido en 1920-, "Jesús le reveló cuando
tenía 16 años que era el segundo Mesías. Su misión consistiría en construir
los fundamentos para salvar al hombre y luego conquistar una nación que sea
la responsable de restituir el ‘Reino de los Cielos en la Tierra’.
Hace 2.000 años la nación preparada y elegida fue Israel, hoy la nación
escogida es los Estados Unidos. Ahora bien, previendo la posibilidad que el
pueblo norteamericano no cumpla con la responsabilidad de seguir al Mesías,
como lo hicieron los judíos con Jesús, se buscaron algunos países
alternativos. En 1965 el reverendo Moon realizó una gira por cuarenta países
de tres continentes y la Argentina fue la elegida como ‘tierra alternativa
de Dios’. Es por ello que el reverendo Moon bendijo el suelo de la plazoleta
Colón ubicada entre Hipólito Yrigoyen, Rivadavia, Alem y la Casa Rosada. En
1975 envía la primera misión y nueve años más tarde están distribuidos en
casi todas las provincias argentinas" (7).
El nombre oficial de la secta, fundada en 1954, es "Iglesia de la
Unificación" o "Asociación del Espíritu Santo para la Unificación del
Cristianismo Mundial". En ese carácter se encuentra inscripta desde 1980 en
el Registro Nacional de Cultos del ministerio de Relaciones Exteriores y
Culto, bajo el número 1.184. Su sede se encuentra en la calle Vidal 2321 de
la capital federal, en el barrio de Belgrano.
Uno de los motivos que preocupan en la actividad de la secta lo constituye
el modo como reclutan adeptos entre jóvenes desorientados, a quienes aíslan
de su familia y someten, en centros especiales, a verdaderos lavados de
cerebro, con técnicas sicológicas demoledoras de la personalidad. Con
frecuencia los trasladan a Corea del Sur o a los Estados Unidos. Un
periodista argentino, Alfredo Silleta, logró incorporarse a los "moonies"
para investigar sus procedimientos, que descreibe minuciosamente en el libro
La secta Moon - Cómo destruir la democracia, publicado en julio de 1985 por
El Cid Editor.
Al margen de ese reclutamiento, "la secta Moon es un poder económico
mundial, al extremo que sus activos declarados en Corea del Sur rozan los
200 millones de dólares, invertidos en compañías productoras de titanio,
maquinarias, armas, té ginseng y otros rubros. Según declaraciones al
Washington Post de Yoshikazu Soejima, ex director de relaciones públicas de
la filial Japón, en los últimos diez años 800 millones de dólares fueron
transferidos desde dicho país a los Estados Unidos. Obviamente, no se trata
de donaciones de los fieles, sino de ganancias empresarias y fondos negros a
invertirse con fines económicos y políticos en los Estados Unidos y otros
países".
"La ofensiva de la secta en el cono sur latinoamericano se intensificó a
partir de 1980 con viajes sucesivos de altos jerarcas a Uruguay, Paraguay,
Chile y Argentina para establecer en nuestro país filiales de CAUSA
Internacional -el brazo político de la secta- y corresponsalías para sus
diarios en los Estados Unidos, uno de ellos en idioma castellano, que se
editan en Nueva York y Los Angeles. Entre los entrevistados figuraban los
presidentes Stroessner y Pinochet, el jefe del ejército uruguayo general
Luis Queirolo y en la argentina los almirantes Massera y Lambruschini y los
ex presidentes Onganía y Levingston. La penetración en el Uruguay resultó
espectacular y se calculan en 60 millones de dólares las inversiones
realizadas, entre ellas un diarios, una imprenta de primera línea, bancos y
el Victoria Plaza, principal hotel de Montevideo" (8).
Como una colaboración con la dictadura militar el diario de la secta en
Nueva York, News World, publicó a fines de 1979 una entrevista a una
supuesta "Madre de un subversivo", que señalaba encontrarse en el Uruguay
ante las amenazas de los montoneros. Era la señora Thelma Jara de Cabezas,
que en realidad estaba detenida clandestinamente en la Escuela de Mecánica
de la Armada, de acuerdo con su minucioso relato ante la cámara federal de
la capital federal, en el juicio a los ex comandantes. Confirma en esa
declaración la señora de Cabezas que en septiembre de ese año fue trasladada
a Montevideo, con documentos falsos, para ser entrevistada por dos
periodistas norteamericanos (9).
Del 13 al 17 de julio de 1980, CAUSA (Confederación de Asociaciones para la
Unificación de las Sociedades Americanas), realizó un seminario en el hotel
Libertador de Buenos Aires, con el patrocinio de la Universidad Católica de
La Plata. Contó con la presencia del asistente de Moon, coronel Bo Hi Pak y
la participación del general Diaz Bessone y los ex presidentes de ipso
Onganía y Levingston.
En esa ocasión, Pak y Plaza intercambiaron discursos. El primero agradeció
"la inspirada guía y ayuda de monseñor Plaza, a quien sinceramente admiro y
respeto como campeón de Dios y de la libertad en esta época". El sgundo
contestó expresando que "debemos enfrentar al marxismo en su ideología... El
reverendo Moon eligió desafiar la causa de la violencia en la teoría
obsoleta del marxismo... Ponemos de relieve la actividad del coronel Pak en
su lucha contra el marxismo, pero también en su contrapropuesta" (10).
Plaza habría sido el nexo para el viaje a Corea del Sur del entonces jefe
del estado mayor del ejército argentino, José Arguindeguy, quien se trasladó
a Seúl con su esposa y dos coroneles por invitación de Bo Hi Pak.
En febrero de 1985 el brazo político de la secta organizó en París una
reunión de más de cien militares de alta graduación para analizar la
situación centroamericana. De la Argentina asistieron los generales Diaz
Bessone, Osiris Villegas y Mallea Gil, el almirante Fitte y el brigadier
Martínez Quiroga.
En la primera semana de diciembre de 1985, doce latinoamericanos que alguna
vez ocuparon la presidencia constitucional de su país, entre ellos Arturo
Frondizi, fueron recibidos colectivamente por el papa Juan Pablo II. La
noticia no tiene nada de llamativo, sino fuera que los citados ex
presidentes habían sido convocados para reunirse por AULA (Asociación pro
Unidad Latinoamericana), que es una de las doscientas organizaciones civiles
de todo tipo que financia la "Iglesia de la Unificación". Con posterioridad
a dicho encuentro Frondizi ha viajado a Corea del Sur. Esta vinculación del
ex presidente argentino no llama la atención, dada su actual posición
ideológica y política, pero sí la audiencia con el Sumo Pontífice, teniendo
en cuenta las características, doctrina y antecedentes de la secta que
venera al reverendo Moon como "segundo Mesías".
Algunos interrogantes
Con las referencias precedentes he querido mostrar, dentro de los límites de
este trabajo, la posición asumida y el papel desempeñado por el arzobispo de
La Plata, en relación con el terrorismo de Estado implantado por la
dictadura militar.
El análisis, sin embargo, ha conducido a la presentación de un cuadro más
amplio, que plantea algunos interrogantes.
Los expresa también el editorialista de la revista Criterio, al manifestar:
"Hay que reconocer que muchos católicos no se sienten cómodos hoy en la
iglesia. Creen advertir que no se guarda la debida equidad ante
comportamientos juzgados negativos de uno u otro sector eclesial.
Contrastan, por ejemplo, la severidad de las medidas adoptadas con el P.
Boff con la lenidad con que han sido tratados los ‘errores’ de monseñor
Marcinkus en el sonado caso del banco Ambrosiano y, en nuestro país, la
impunidad con que las autoridades de la Universidad Católica de La Plata
otorgaron un doctorado honoris causa al jefe de la secta Moon. Una suerte de
neoconservadorismo eclesiástico se muestra hipersensibilizado por los
desvíos de la ‘izquierda’, pero al mismo tiempo hace la vista gorda a la
falta de adhesión visible al Concilio Vaticano II por parte de algunos
institutos religiosos" (11).
Me pregunto cómo es posible que durante tantos años el titular de una de las
principales sedes arzobispales del país, actuara en la forma que he
reseñado, a contrapelo de las enseñanzas envangélicas y de las normas
eclesiales, causando verdadero escándalo, sin que la Santa Sede y la
Conferencia Episcopal le pusieran remedio. Se me dirá que cada obispo es
responsable solamente ante Roma. Es cierto. Pero la colegialidad posee sus
exigencias e impone limitaciones que los prelados preocupados por la defensa
de los derechos humanos aceptaron, mientras monseñor Plaza al igual que
Bonamín y otros colegas -como se verá enseguida-, pasaron olímpicamente por
alto.
No entiendo que haya habido que esperar que Plaza cumpliera 75 años para que
abandonase su cargo y menos que el papa se pasara un año largo antes de dar
a conocer la aceptación de su renuncia. Si la decisión hubiese sido
inmediata, habríamos tenido la sensación de un gesto de desaprobación. En
cambio con esa demora, pareciera lo contrario. Deberé inclinarme ante la
opinión de algunos expertos que sostienen que Plaza goza de la protección de
ciertas camarillas vaticanas.
De cualquier manera la sanción social, dentro y fuera de la Iglesia, se ha
hecho sentir. Monseñor Plaza se ha retirado de su función en el más absoluto
silencio. No he visto publicada la mención de un solo homenaje, de una
despedida, de una misa siquiera, como es habitual en estos casos. Es posible
que las haya habido. No resido en La Plata y no puedo aseverarlo. Pero soy
asiduo lector de diarios, periódicos y revistas y no ha pasado bajo mis ojos
la menor noticia. Se dio en cambio amplia publicidad a la toma de posesión
de la sede por su sucesor, Antonio Quarracino.
Opiniones episcopales
Resultaría imposible y tedioso intentar un análisis de la posición asumida
por cada obispo del país con respecto a las violaciones de los derechos
humanos, la condena del terrorismo de Estado y la atención pastoral de sus
víctimas.
Voy a limitarme a transcribir un florilegio de expresiones y actitudes que
demuestran, a mi juicio, el predominio en el cuerpo episcopal de una opción
política a favor del régimen militar en desmedro de las exigencias del
testimonio evangélico.
Comencemos por monseñor Antonio José Plaza, arzobispo de La Plata. En mayo
de 1977 dijo en un discurso en la capital de la provincia de Buenos Aires:
"Los malos argentinos que salen del país se organizan desde el exterior
contra la patria, apoyados por las fuerzas oscuras, difunden noticias y
realizan desde afuera campañas en combinación con quienes trabajan en la
sombra dentro de nuestro territorio. Roguemos por el feliz resultado de la
ardua tarea de quienes espiritualmente y temporalmente nos gobiernan. Seamos
hijos de una Nación en la cual la Iglesia goza de un respeto desconocido en
todos los países condenadamente marxistas" (12).
Obsérvese el adverbio "espiritualmente". Para monseñor Plaza, en abierta
contraposición con la doctrina católica, el ámbito espiritual correspondía
al gobierno de las fuerzas armadas, como lo puso de manifiesto en el caso de
la prohibición del libro de Beatriz Casiello, que he mencionado en las
páginas anteriores. Su principal preocupación es que la Iglesia goce de
respeto -es decir, de privilegios-, a diferencia de lo que ocurre en el
resto de los países, "condenadamente marxistas".
En agosto de 1978 el mismo Plaza sostuvo, en respuesta a una carta de
Amnistía Internacional, que "en la Argentina no hay prisioneros políticos"
(13). Pocas semanas antes, al regresar de un viaje al Vaticano, lamentó "la
campaña de descrédito existente -a su juicio contra la Argentina- que cuenta
con el apoyo de las fuerzas de la izquierda". Agregó que en la Santa Sede se
estaba viendo la situación argentina con mayor comprensión y expresó su
esperanza que los periodistas que vendrían para el campeonato mundial de
fútbol podrían ver mejor las cosas (14).
En algunos casos, con olvido total de la obligación pastoral, la opinión de
los obispos fue expresada con una violencia y una ceguera incomprensibles.
Tal es el caso de monseñor Carlos Mariano Pérez, ahora retirado del obispado
de Salta. En enero de 1984 sostuvo ante la prensa nada menos que lo
siguiente: "Hay que erradicar a las Madres de Plaza de Mayo". Sin duda
pensaría, evangélicamente en la utilización de cámaras de gases. Además, "se
mostró contrario al juicio y castigo a los militares, afirmó que los
organismos defensores de derechos humanos en nuestro país pertenecen a una
organización internacional; y consideró que la exhumación de cadáveres N.N.
es una infamia para la sociedad" (15).
La visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la O.E.A. en
1979, causó irritación a muchos obispos. Pienso que en esa reacción se
mezclaban varios factores. El primero, la ignorancia. Los prelados dan la
impresión de no saber que la C.I.D.H. integra la Organización de los Estados
Americanos, a la cual pertenece la Argentina y que ésta, por los tratados
que ha suscripto, está obligada a aceptar su intervención. No tienen la
menor idea del papel -encomiado con frecuencia por la Santa Sede- que
desempeñan los organismos internacionales en la salvaguardia de los derechos
humanos. Se imaginan a la Comisión como un grupo de enemigos del régimen
argentino y no como un cuerpo imparcial, formado por juristas
independientes.
A esa circunstancia se agrega su mentalidad estrecha y patriotera, formada
por la ideología del nacional-catolicismo. Pero lo claramente decisivo era
la alianza de los obispos con el régimen militar, al cual se sentían en la
obligación de defender sin ningún análisis serio de la cuestión.
En algunas declaraciones, como la de monseñor Octavio Nicolás Derisi, rector
de la Universidad Católica Argentina y obispo auxiliar de La Plata, el
primitivismo se combina con el agravio a las víctimas del terrorismo de
Estado y la adulación a las autoridades. "Creo que la C.I.D.H. no debería
haber venido", sostiene en septiembre de 1979. "El gobierno -agrega- con una
gran generosidad la ha aceptado. Por eso yo también la respeto, pero no
tenía por qué una comisión extranjera venir a tomarnos examen. Creo que en
estre momento el gobierno lo está haciendo bien y no era necesario todo
esto. Pero en fin, ya que ha venido pido a Dios que sean objetivos y no se
dejen influenciar por aquella gente que ha creado este problema en la
Argentina: las familias de aquellos guerrilleros que mataron, secuestraron y
robaron" (16).
En esta exposición, como en todas las de Derisi, surge la estolidez, la
incompetencia, la deshonestidad. "Creo sinceramente -continúa-, que la
Argentina es uno de los países donde hay más tranquilidad y en donde los
derechos humanos están más respetados. En este momento hay presos, pero
presos por delincuencia, dice el gobierno y en todo caso de acuerdo a la ley
y a la constitución. No veo que en este momento en la Argentina se
encarcele, se mate, se atropelle contra los derechos humanos en ninguna
parte. Si hay alguna cosa individual... somos hombres, pero no me consta que
exista esta situación. De todos modos yo vengo de Europa y les aseguro que
hay mucha más tranquilidad en Argentina. En la Argentina una mujer puede ir
de noche con toda tranquilidad. Yo diría que los derechos humanos están
sustancialmente defendidos en la Argentina" (17).
En una encuesta de la revista Somos sobre la venida de la C.I.D.H., monseñor
Derisi repite los mismos argumentos, agregando un matiz de vanidad
intelectual, derivado de su presunta versación filosófica: "Prefiero -dice-
llamar derechos de la persona humana y no derechos humanos. Hay quienes
hablan mucho sobre el tema, si. Pero un país donde hubo un millón de abortos
en un año como los Estados Unidos -añade con una lógica extraña-, ¿tiene
derecho a convertirse en juez?" (18).
Surge otra vez la confusión respecto a la C.I.D.H., cuyos integrantes, en su
mayoría son latinoamericanos. Y no se entiende por qué razón si en los
Estados Unidos -igual que en la Argentina- se realizan abortos , se
justifica que entre nosotros las fuerzas armadas secuestren, torturen, roben
y maten.
No voy a incursionar sobre el perfil intelectual y moral de monseñor Derisi,
porque no es la ocasión oportuna. Ya habrá oportunidad. Quiero mantenerme
dentro de los límites de mi tema y señalar el papel miserable que Derisi
desempeñó en los años oscuros, llegando hasta la delación. Basta con leer
los párrafos transcriptos, donde luce el servilismo hacia los detentadores
del poder y la calumnia para los perseguidos y las víctimas. Cuando fue
detenida mi hija le escribí pidiéndole ayuda. Me contestó que nada podía
hacer. En realidad, nada quería hacer, dado que su identificación con el
gobierno le proporcionaba un amplio margen de influencia, que utilizó para
la obtención de ventajas temporales.
Para monseñor Idelfonso María Sansierra, arzobispo de San Juan -ya
fallecido-, "la C.I.D.H. tiene intención política. Debería preocuparse por
otros países donde se violan abiertamente los derechos humanos. Debemos
defender nuestra soberanía y si la comisión excediera sus funciones el
gobierno, haciendo uso de sus facultades soberanas, debería dar por
terminada su misión" (19).
Monseñor Sansierra fue uno de los obispos más reaccionarios e ignorantes de
nuestro episcopado. Afirmó, impúdicamente, que "los derechos humanos son
observados en la Argentina". Sostuvo además que "ellos son suspendidos en
tiempo de guerra" (20). ¡Dónde habrá estudiado teología moral monseñor
Sansierra, para quien, aparentemente, en caso de conflagración bélica -que
entre nosotros no existía-, es legítimo torturar, asesinar prisioneros robar
y violar mujeres! Su aserción contradice abiertamente las enseñanzas de la
Iglesia y pone de manifiesto la pasión homicida que lo alentaba. En una
ocasión hablando de los que se quejaban por la existencia de presos
políticos, dio la siguiente explicación: "Yo voy también a la cárcel y nunca
me quedo adentro. Me dejan salir siempre" (21).
Otro caso de alteración de la doctrina de la Iglesia es el de monseñor
Guillermo Bolatti, arzobispo de Rosario -también fallecido y representante
del ala integrista-, quien explicó que "cada país debe regular los derechos
humanos". Esta afirmación implica colocar la soberanía del Estado por encima
de los derechos fundamentales, incluyendo la libertad de conciencia y ha
sido reiteradamente condenada por papas y concilios. "No deben ser los
extranjeros (la C.I.D.H.) -agregó- los que nos vengan a indicar lo que
tenemos que hacer. La entrevista de la C.I.D.H. con Primatesta me imagino
que será positiva, porque podrán recibir algunos esclarecimientos sobre la
situación de la Argentina que en el extranjero y en particular en Europa,
está distorsionada". (22)
El obispo de San Rafael, monseñor León Kruk, dijo que "la visita de la
C.I.D.H. no significa un avasallamiento de nuestra soberanía pues responde a
una invitación del gobierno, aunque expresó sus dudas acerca de la exactitud
de sus conclusiones" (23). ¡Curiosos obispos regalistas, más preocupados por
la soberanía del estado que por la vigencia del Evangelio! Pero ya veremos
más adelante la raíz de esta cosmovisión.
En los días previos a la llegada de la Comisión Interamericana participé en
un episodio que confirma el preconcepto de los obispos. Acompañé a Córdoba a
una funcionaria de la C.I.D.H. para encontrar un lugar que no perteneciera
al Estado, donde sus miembros pudieran recibir con libertad y en un clima de
confianza las denuncias de los familiares de las víctimas de las violaciones
de los derechos humanos. No era fácil, por el temor reinante. La
representante de la Comisión, confiada por la cooperación encontrada en
otros países, pensó en un templo católico y pedimos una entrevista al
cardenal Raúl Primatesta. Como estaba ausente de la ciudad nos recibió su
auxiliar -ahora arzobispo de Paraná- monseñor Estanislao Karlic. Escuchó con
atención y nos dijo que transmitiría el pedido al cardenal. La conversación
fue extensa y la aproveché para explicar la gravedad de los hechos y la
urgencia de la intervención de la Iglesia. Al día siguiente Karlic nos llamó
por teléfono a Buenos Aires para comunicarnos que el cardenal Primatesta
había resuelto no prestar ningún templo ni edificio eclesiástico con ese
fin, porque no quería adoptar una posición crítica frente al gobierno...
Igual suerte corrió la solicitud que hicimos llegar al obispo de Tucumán,
Blas Conrero, quien se amparó en la decisión adoptada por Primatesta. En
definitiva, una nueva y expresa omisión del deber pastoral por servilismo
hacia el estado.
En el informe de la C.I.D.H. sobre la situación de los derechos humanos en
la Argentina, se dice lo siguiente: "El miércoles 12 de septiembre (de
1979), la C.I.D.H. visitó en la sede de la Conferencia Episcopal al cardenal
primado de la Argentina, arzobispo de Córdoba y Presidente de la Conferencia
Episcopal Argentina, quien expuso sus puntos de vista acerca de la situación
de los derechos humanos de la Argentina e intercambio opiniones con los
miembros de la C.I.D.H." (24). Supe luego, conversando con miembros de la
Comisión Interamericana, que el cardenal Primatesta sólo expresó vaguedades,
dirigidas a justificar la actitud de las fuerzas armadas.
Las denuncias sobre violaciones de los derechos humanos en la Argentina
también exasperaban a algunos obispos. Para monseñor Bernardo Witte, obispo
de La Rioja, se trataba de una "campaña difamatoria" y para monseñor Rómulo
García, obispo de Mar del Plata, eran "campañas improvisadas y organizadas
por quienes niegan la libertad" (25). En esa calificación, por cierto
calumniosa, estaban incluidos, sin excepción, los familiares de las
víctimas, las instituciones de derechos humanos del país y las
organizaciones internacionales. Monseñor García negó un templo a los
familiares de detenidos-desaparecidos, para reunirse.
Los prelados de mayor jerarquía hacen sonar otras cuerdas en defensa de las
fuerzas armadas. Monseñor Antonio Quarracino, antiguo obispo de Avellaneda y
después arzobispo de La Plata, ha insistido en la necesidad de que se dicte
una "ley de olvido", aunque nunca ha conseguido explicar cómo podía
instrumentarse (26). El cardenal Juan Carlos Aramburu se inclina por una
amnistía (27). Y el cardenal Raúl Primatesta, con dudosa teología, sostiene
que el perdón corresponde a los hombres y la justicia de Dios, excluyendo de
esa manera la posibilidad de sanciones penales para los criminales del
Estado terrorista (28). Con ese criterio, el gobierno italiano tendría que
liberar inmediatamente al ciudadano turco que hirió gravemente al papa Juan
Pablo II.
No quiero abusar del lector con citas similares. Recuerdo expresiones del
mismo tipo de monseñor Rubén Di Monte, obispo de Avellaneda; monseñor Jorge
Mayer, arzobispo de Bahía Blanca y su entonces vicario y ahora obispo de
Mercedes, monseñor Emilio Ogñenovich, con quien tuve una difícil
conversación en un viaje a esa ciudad del sur; monseñor Horacio A. Bozzoli,
en esa época obispo auxiliar y vicario general de la arquidiócesis de Buenos
Aires -a quien entrevisté- y ahora arzobispo de Tucumán; monseñor Pedro A.
Torres Farías, obispo de Catamarca; monseñor Jorge Manuel López, antes
obispo de Corrientes y en la actualidad arzobispo de Rosario; monseñor Elso
Desiderio Collino, obispo de Lomas de Zamora, que se prestó para viajar a
París a fin de oficiar la misa solicitada por la embajada Argentina, que se
negara a celebrar el arzobispo de esa ciudad; monseñor Manuel Guirao,
antiguo obispo de Orán, trasladado al arzobispado de Santiago del Estero;
monseñor Italo Di Stéfano, ex obispo de Presidencia Roque Sáenz Peña y ahora
arzobispo de San Juan; monseñor Jorge Carlos Carreras, antiguo obispo de San
Justo, para quien defender los derechos humanos significa ser comunista;
monseñor Juan Rodolfo Laise, obispo de San Luis, una de las mentalidades más
cavernícolas de todo el Episcopado; y monseñor Adolfo R. Arana, obispo de
Santa Rosa, hijo de un general del ejército y afin con su mentalidad.
Esta comunidad de objetivos fue expresada por el almirante Emilio Massera,
en una de sus respuestas más cínicas: "Nosotros -dijo- cuando actuamos como
poder político seguimos siendo católicos, los sacerdotes católicos cuando
actúan como poder espiritual siguen siendo ciudadanos... Sin embargo, como
todos obramos a partir del amor, que es el sustento de nuestra religión, no
tenemos problemas y las