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El paisaje del pensar. Macedonio en Misiones
Por Ana María Camblong
Macedonio Fernández (Buenos Aires, 1 de junio 1874 - 10 de febrero de 1952) perteneció, cronológicamente, a la generación
modernista de Leopoldo Lugones, pero su proyecto artístico original y excéntrico
lo convirtió en un faro de las vanguardias rioplatenses y en un fundador de
distintos linajes textuales de la literatura latinoamericana. Su proyección
intelectual se ha visto acrecentada en la medida en que se ha ido publicando la
inmensa cantidad de textos que quedaron inéditos. Se han publicado, hasta el
momento, nueve tomos, en el marco de las Obras Completas editadas por
Corregidor. El inteligente y arduo trabajo de ordenamiento, desciframiento de
manuscritos y salvataje de documentos estuvo a cargo de su hijo Adolfo de Obieta, quien tuvo la sagacidad y la vocación de rescatar este legado tan
valioso para el patrimonio de la Humanidad.
El tardío conocimiento de su silencioso trabajo ha contribuido a la
configuración de una imagen ya legendaria y entrañable en la tradición de
nuestras letras: Macedonio el gran conversador y agudo humorista. Los
testimonios de quienes compartieron su mesa de café, la tertulia literaria o su
pieza de pension, todos conspicuos escritores, músicos, intelectuales, etcétera,
dieron convergentes versiones de su diálogo inteligente, creativo, estimulante y
de brillante humor. Dice su íntimo amigo, Raúl Scalabrini Ortiz:
"Es suave y cauto para hablar. No prodiga sus palabras. Escucha en silencio,
pero si su interlocutor se desvía del recto camino, Macedonio le orienta con
interrogaciones socráticas, articuladas negligentemente. Destruye las
vehemencias sin atacarlas, oponiéndoles un concesivo ¿le parece? que es una
invitación a reflexionar."
La maestría de su conversación, exenta de énfasis y plena de sugestión pensadora
gestó y alimentó un "aura socrática" que, aún hoy, se mantiene incólume. También
la insistente mención de Macedonio por parte del joven Borges (quien lo
descubrió a su llegada de Europa en 1921), como su mentor, contribuyen a la
construcción de este personaje tan singular. En la correspondencia personal,
Borges documenta su pasión por aprender de la sabia conversación de este hombre
excepcional, cuando le anuncia:
"La semana que viene, pienso descolgarme por Morón (donde Macedonio vivía
solitario en una quinta prestada) y ubicar allí una noche conversadora, una de
esas noches bien conversadas que parece van a inaugurar mucha claridad en la
vida de uno."
En tanto que en reportajes de la vejez, sigue aduciendo Borges:
"... Yo no soy un pensador. He pasado toda la vida tratando de pensar, pero no
sé si he llegado. Macedonío comentaba que él no había pensado. ‘Lo que yo pienso
me dijo una vez William James y Schopenhauer lo han pensado ya por mí’. Era un
hombre naturalmente generoso, que todo lo que él pensaba se lo atribuía a su
interlocutor. El nunca decía ‘yo pienso tal o cual cosa’, sino ‘vos, che, habrás
observado, sin duda...’ ¡Y uno no había observado absolutamente nada! Pero a
Macedonio le parecía más cortés. En fin... él seguía su línea de pensamiento y
la realidad no le importaba."
Su excelencia estaba en el diálogo, y tal vez por eso pueda asociárselo a genios
que no escribieron nunca, como Sócrates o Pitágoras, o aún como Buda o Cristo.
Lo primordial era su compañía.
Así, podríamos seguir aportando un sinnúmero de testimonios que relatan el
carisma magnético de su personalidad y su charla. Este personaje implacablemente
lúcido, según esta versión, de vez en cuando escribía, pero no le interesaba en
absoluto publicar.
Sin desautorizar este perfil, ni considerarlo falaz, se descubre después de su
muerte, el trabajo de un hombre que se mantuvo en actividad intelectual con una
práctica que él mismo denominó: el pensarescribiendo. Su escritura incesante
materializó en ensayos, en novelas, en poemas y en una producción fragmentaria
inclasificable, los derroteros de su original pensamiento. Se levantó de su mesa
de trabajo y se retiró a la muerte, a descansar un rato, dejando todo como
estaba; es decir: en el caoscosmos habitual de su dinámica anárquica de
creación. El archivo de Macedonio atesora documentos de toda índole. Su fárrago
apabullante desafía cualquier orden y despista cualquier investigación; su
multifacética inventiva despliega la genialidad humana en su máximo esplendor;
sus prodigiosos hallazgos del pensarescribiendo logran construir un mundo
extraño, imaginativo y fantástico.
No intento en esta breve noticia dar cuenta de la enormidad de este archivo,
sino simplemente tomar algunas muestras, con el fin de compartir con los
lectores, ciertas curiosidades vinculadas con nuestra región. En efecto,
Macedonio no sólo vivió en Posadas, sino que además, el recuerdo de su paisaje
pasó a formar parte de sus construcciones místicas y míticas del
pensarescribiendo.
La maestría de su conversación, exenta de énfasis y plena de sugestión pensadora
gestó y alimentó el "aura socrática" de Macedonio.
El paisaje del pensar
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En primer término habría que mencionar la excursión al Paraguay, en 1897, con la
intención de fundar una colonia socialista. Macedonio había defendido su tesis
doctoral "Sobre las Personas" y, en julio de ese año, después de recibir su
diploma, parte en compañía de sus amigos Arturo Múscan, Julio Molína y Vedia (en
cuya propiedad se iba a instalar el emprendimiento) y otros. También Jorge
Borges (padre de Jorge Luis) era de la partida, pero luego desistió. Esta
aventura temprana, fallida por la imposibilidad de los protagonistas de soportar
la dureza del clima y el terreno, queda grabada en el imaginario macedoniano con
una impronta idealizada y utópica. Véase lo que le dice al paraguayo Natalicio
González (quien preparó la primera edición completa de su poesía), en 1951, un
año antes de su muerte:
"...El grito animador suyo me llegó asoleado como su dulce Paraguay que he
conocido mucho hasta el norte y recorrí en mi más grande crisis de los 22 años,
cuado yo era anarquista spenceriano."
Este lejano territorio, con su carácter exótico pasa a constituir un lugar
imaginario, al que sus textos vuelven recurrentes, en tanto paisaje exuberante y
edénico. Dice el protagonista en la ficción novelesca de Adriana Buenos Aires:
"Debería huir, quizá lo pueda en breve, no tengo otro camino, a los bosques del
Amazonas, del Alto Paraná, a esos escenarios de una violenta Naturaleza, a esa
Naturaleza en himno, desbordada locura del ser que exhibiéndome, obsesionándome,
robándome para sí toda mi facultad de mirar, toda mi fuerza de interés,
rehiciera mi sentido de la vida, me trasfundiera vida."
Este texto, datado en 1922, bosqueja ese refugio que el hombre atormentado busca
para recobrar el sentido de la vida. Pero además, esta geografía se constituirá
en el escenario predilecto del pensador, de acuerdo con la descripción que hace
en uno de sus ensayos, de 1908:
"Si distante de los hombres en una ribera remota y salvaje me imagino a un
hombre tendido desnudo, cara arriba, en plena siesta contemplando entregado el
desenvolvimiento real, concibo bien que en una intensa absorción desaparezcan
todas las ubicaciones: sus propios estados y los exteriores."
Para el tema que se está tratando aquí, corresponde indicar sintéticamente lo
siguiente: 1) la escenografía posee los mismos componentes que se describen en
la novela; 2) la incorporación del hombre despojado de todo aditamento
sociocultural, en contacto directo con la tierra, de cara al cielo; 3) la hora
de la contemplación es la siesta. La escena idealizada de los textos, se ve
ratificada por el testimonio de Borges:
"Era como si Adán, el primer hombre, pensara y resolviera en el Paraíso los
problemas fundamentales. Cansinos era la suma del tiempo y Macedonio, la joven
eternidad La erudición le parecía una cosa vana, un modo aparatoso de no pensar.
En un traspatio de la calle Sarandí, nos dijo una tarde que si él pudiera ir al
campo y tenderse al mediodía en la tierra y cerrar los ojos y comprender,
distrayéndose de las circunstancias que nos distraen, podría resolver
inmediatamente el enigma del universo. No sé sí esa felicidad le fue deparada,
pero sin duda la entrevió."
El clima adánico condice con la exigencia que Macedonio solicita al pensamiento:
pensar por sí mismo el enigma del universo, lograr con esfuerzo personal el
estado místico de contemplanción y de suprema intelección. Ahora bien, la
potencia del pensamiento macedoniano no consiste en describir la naturaleza o el
mundo (tarea que delega en la Ciencia), sino que se aboca a la creación de
mundos fantásticos. La Metafísica, para Macedonio, es una rama de la Literatura
fantástica, fórmula que Borges adopta e incorpora a sus textos. En la hora de la
Siesta se produce el Misterio del Pensamiento en su entera lucidez y en pleno
ejercicio de la TodoPosibilidad de la imaginación y la inventiva. En esta
extraña hora, sin prestigios intelectuales, Macedonio ubica el centro de su
potencia inteligente. Muchos años más tarde, en 1940, le dedica a la Siesta un
extenso y hermético poema titulado: Poema de trabajos de estudios de las
estéticas de la siesta. La complejidad compositiva de este texto construye una
metáfora del trabajo intelectual, de las condiciones del Estado Místico y de la
Pasión en su alucinante captación de la Certeza. La imaginación enhiesta en
convergencia con la luz vertical producen una hendidura cósmica capaz de anular
el espacio, fulminar el tiempo, provocar un vacío y a la vez un tiempoespacio en
el que todo es posible. La hora de la Siesta adquiere un estatuto metafísico y
poético.
La imaginación enhiesta en convergencia con la luz vertical producen una
hendidura cósmica, capaz de anular el espacio, fulminar el tiempo.
La siesta misionera
Si bien no puedo desarrollar la riqueza y la extraña simbología que alcanza la
Siesta en el universo macedoniano, creo que sería interesante mencionar un
texto, titulado Episodio. Se trata de un manuscrito que no tiene fecha, que no
pertenece a ninguna de las obras o series de documentos. Solitario el pliego
enigmático, de prolija caligrafía (detalle poco común en los manuscritos de
Macedonio), queda suspendido en la fluidez del tiempo infinito.
Mucho se podría decir de esta joya tomada de la evocación lírica del poeta, pero
me conformo con enumerar algunos aspectos orientados hacia la concepción
integral de su obra. El alma ligeramente fantaseadora indica un estado de la
imaginación puesta en disponibilidad, en tanto que, como quien a un tiempo
levemente piensa y vive, especifica una particularidad que marcó profundamente
la vida de Macedonio: pensar/vivir fueron una sola y única experiencia. La
especificación del lugar, Posadas, junto a las aguas del Paraná, son datos
precisos que permiten conjeturar la fecha aproximada del episodio narrado, no la
escritura del texto. Se dice, además, que esto ocurrió cuando veinte años hacía
que nuestra familia había asistido a su muerte. Espacio y tiempo cruzan sus
coordenadas: se sabe que Macedonio fue Fiscal del Juzgado Federal, y aunque no
se conoce la fecha exacta de su llegada, sí se tiene su firma en el Acta
fundadora de la Biblioteca Pública Domingo Faustino Sarmiento, el 2 de julio de
1910, en su calidad de Presidente de la Comisión Directiva. Por otra parte, la
muerte de su padre ocurrida en 1891, nos remite al año 1911, o tal vez comienzos
del 12. Efectivamente, Macedonio todavía estaba en Posadas, como lo atestiguan
tres expedientes encontrados en el Archivo del Juzgado, con su firma, dos de 1
912 y uno de 1913 (hallazgos que agradezco al bibliotecario Ricardo Cáceres,
quien colaboró con esta búsqueda desinteresadamente). Pero seamos claros, la
comprobación de datos biográficos, en nada modifican la autonomía fantástica y
poética del texto.
La escena del "aparecido" en plena reverberación meridiana: eran las dos de la
tarde de un día cálido en el claro misterio de la siesta, convoca la atmósfera
fantasmal y mágica que admite la todoposibilidad de la imaginación, impulsada
por los Afectos, la Emotividad y la Pasión. El espectro paterno, no se presenta
en la bruma nocturna (¿otro Hamlet?), sino a plena luz del día. El aserto
contradictorio del poeta enceguecido y visionario, no se arredra ante la
evidencia de lo paradójico: Nada más cierto para mí que su muerte; nada más
cierto que estaba frente a mí, que me abrazaba y besaba y empezó prontamente a
hablarme. El discurso macedoniano no responde a las leyes de la lógica, su saber
abreva en los descubrimientos intempestivos de la Pasión. Las paradojas en este
universo discursivo encarnan la Pasión de pensar.
El escritor, ateo vitalicio, presenta a su padre como el dios humano de su
pasado, esto es así, porque la mirada del pensamientoniño encuentra en sus
progenitores la figuras divinas de su Afecto y de su Pasión. En 1929, escribe un
poema dedicado a su madre, titulado: Dios visto, mi madre. La memoria
omnipotente quiebra el devenir del tiempo y sostiene los dioses de la infancia
en una eternidad absoluta. La eternidad macedoniana no consiste en una duración
interminable, sino en un instante de amor total, de Almismo Ayoico o de
Altruismo, que se vuelve eterno. El Episodio de la aparición del Padre a la
Siesta queda plasmado en un perpetuo presente, en un instante eterno. Se trata
del Amor constante más allá de la Muerte (Quevedo) que rige la lírica barroca y
conceptista de Macedonio.
La errancia del alma en pena, un vagar real pero no terrenal, no se vincula a un
dogma religioso, sino al estatuto metafísico de la teoría que denominó Idealismo
Absoluto. Esta posición extrema en el campo filosófico niega la Muerte del
espíritu.
Con una indiferencia, y una dulzura más convincentes que el fervor, la voz
de.Macedonio Fernández repetía que el alma es inmortal. Me aseguraba que la
muerte del cuerpo es del todo insignificante y que morirse tiene que ser el
hecho más nulo que puede sucederle al hombre.
En rigor de verdad, el hecho más nulo que le sucedió a Macedonio fue morirse,
dado que su doctrina quedó ratificada: su voz y su pensarescribiendo siguen
dialogando con todos aquellos que lo conocen y disfrutan la grandeza de su
imaginario.
NOTAS
SCALABRINI ORTIZ, R., "Macedonio Fernández, nuestro primer metafísico", en
Nosotros, Bs.As., a XXII, N°228, mayo/1928, p.239.
Obras completas, de M. Fernández, Bs.As. Corregidor, 1976, Tomo II, p.260.
"Sweden/Borges", entrevista de Jorge Dotti, en ESPACIOS de crítica y producción,
Facultad de Filosofía y Letras, UBA, Bs.As., N°6, oct.nov/1987, pp.3435.
Reportaje de Tomás Eloy Martínez en La Opinión, Bs.As., 23 de junio ,1974.
Obras Completas, 1976; T.II, p.72.
Obras Completas, 1974, T.V, p.21.
Obras completas, 1990; T.VIII, p.59.
BORGES, Jorge Luis, Macedonio Fernández, Eds. Culturales Argentinas, 1961,
pp.1011.
BORGES, J.L., Obras Completas, Bs.As., Emecé, 1974, p.784
www.territoriodigital.com
SOBRE PAPELES DE RECIENVENIDO. Metafísico, humorista, poeta, teorizador y
novelista, Macedonio Fernández entrelaza sin embargo todos esos aspectos en la
mayor parte de su obra, a veces de modo bastante sorpresivo. Estos
procedimientos intempestivos se acrecientan en Papeles de Reciénvenido desde la
organización misma del libro –cartas, salutaciones, discursos, capítulos sin
continuidad– donde la intromisión de lo insólito rompe la estabilidad del
espacio y la sucesión temporal hasta convertir a las ideas en objetos concretos
que proyectan su inasible consistencia en el vacío. Ese "milagro de
irracionalidad", como lo denomina Macedonio, libera por un momento al hombre de
las leyes racionales y le permite deslizarse sin traba alguna en la fluyente
incongruencia de lo cómico.
[La imagen pertenece al artista Ricardo Ajler]
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Escribir
en Macedonio Fernández: un acercamiento liminal a las márgenes de una novela
La tesis titulada "Escribir en Macedonio
Fernández: un acercamiento liminal a las márgenes de una novela", realizada por
el profesional en Estudios Literarios Luis Ernesto Rozo Jiménez, analiza cómo la
obra de Macedonio Fernández, se decostruye a sí misma y escapa al rótulo de
metafísica que se le impone.
Esta investigación recibió Mención de Tesis Meritoria en el 2005 y fue
participante del Concurso Nacional Otto de Greiff, Mejores Trabajos de Grado,
Versión XI, en el área de Creatividad y Expresión en el área de Artes y Letras.
Luis Ernesto Rozo Jímenez estudio Literatura en la Universidad Nacional de
Colombia sede Bogotá y realizó este trabajo bajo la dirección del profesor Jesús
Enrique Rodríguez.
El objeto del trabajo es la obra escrita de Macedonio Fernández, básicamente en
"Los papeles del Recienvenido", "No toda es vigilia la de los ojos abiertos, sus
teorías", parte de su correspondencia y sus dos ‘novelas’: "Adriana Buenos
Aires" y "El Museo de la novela de la Eterna".
Aquí se plantea y desarrolla la propuesta estética del autor: "La Belarte de
conmoción conciencial". Para ello el autor parte de la hipótesis de que el
discurso macedoniano no sólo postula una "teoría de la recepción estética", sino
que dicha teoría se enuncia con la indeterminación propia de una obra literaria,
cuya ambigüedad e ironía deconstruyen el texto. De esta manera, describe cómo el
discurso macedoniano se deconstruye a sí mismo y escapa al rótulo de Metafísico;
rótulo que se le ha impuesto tradicionalmente tanto a Macedonio como a su obra.
Así, el objetivo del trabajo es mostrar cómo la ruptura macedoniana respecto a
la metafísica y al realismo reformula las nociones de escritura, texto y
lectura. Para lo cual se analiza su obra a trasluz de la Teoría de la Recepción
y la Gramatología derridiana, en tanto crítica al logofonocentrismo metafísico.
El análisis se compone de tres ejes o nudos textuales que se entrelazan entre
sí: 1. Tras enunciar las herramientas y el margen teórico del trabajo, se
confronta el "concepto" de metafísica enunciado por Macedonio con aquello que
Derrida denuncia como logofonocentrismo; teniendo en cuenta las criticas a esta
forma "occidentalista" de pensar, postuladas por Nietzsche y Heidegger. Además,
con el fin de indagar de dónde es Recienvenido Macedonio, se contrasta su
estética con la Romántica, teniendo en cuenta que esta última implica,
desarrolla y se fundamenta en el pensamiento metafísico occidental.
2. Luego, se aborda el problema de la escritura y el texto en Macedonio a partir
de los postulados de la Gramatología y la Deconstrucción. Se analizó la manera
en que para Macedonio y Derrida el texto se desborda y se deconstruye, haciendo
del mundo y de la historia un architexto creciente, dinámico e inabarcable. En
esta parte, se revisa cómo la indeterminación, propia de todo texto literario,
en Macedonio está estrechamente ligada a los "conceptos" de museo y ciudad.
3. El tercer nudo que articula este trabajo consiste en el problema de la
lectura en-y-de la Belarte macedoniana. Apoyado en la deconstrucción y la teoría
de la recepción se desglosa la concepción de la experiencia estética expuesta
por Macedonio en su teoría de conmoción consciencial.
En un último capítulo se anudan los tópicos de escritura, lectura y texto; con
el fin de describir el suplemento masturbatorio de Macedonio (la Belarte y la
teoría de la conmoción consciencial) en tanto crítica, salida o promesa de
escape ante el anhelo de la presencia-presente y del
quererse-oír-hablar-absoluto de la metafísica. También se advierten algunas
repercusiones y peligros de la geopolítica de la presencia; se retoma la
problemática de la interpretación a la luz del devenir de la lógica, la
filosofía del lenguaje y la matemática en contraste con los postulados y
promesas de la Belarte; con el fin de dar cuenta del archi-texto en el que se
desarrolla la obra de Macedonio Fernández.
Para quienes estén interesados en contactar al autor de esta tesis, pueden
hacerlo al correo electrónico: arepaconaguacate@hotmail.com / lerozoj@unal.edu.co
También pueden conocer el
trabajo completo en formato PDF, en
el Repositorio de Tesis Concurso Otto de Greiff, que se encuentra en Universia
Colombia.
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Papeples de Recienvenido
SALVEDAD
Ni ésta, pasajera, ni una eterna obra literaria, ni un autor común ni uno
privilegiado de inmortalidad, pueden atribuirse audiencia en la tensión noble de
esta hora mayor de la humanidad. Con escalofrío tendría que mirar un autor
consciente el desaire del andar aparecido de un libro suyo por entre la
desatención suprema de una humanidad en única ennoblecida contención.
De una edición de solo doscientos ejemplares ésta es esencialmente una segunda,
después de casi quince años de aquélla y de prometida ésta. Para que su
manuscrito yacente en un armario no moleste mis pocas energías mentales, que
dedico a la pulsación actual de lo humano, lo saco de cerca de mí; todo nos
gasta a los ancianos.
Creo que salvo pocos renglones felices no aporto novedad en la humorística que
había estudiado tanto. Que el lector, condolido, a ml personalmente me perdone
lo que, juagante, no perdonará al libro.
Si muchos miedos, y una constante imposición del Misterio, hacen humorista,
nadie escribirá más alegremente, hará más optimistas que yo.
M. F.
I. PAPELES DE RECIENVENIDO
El Recienvenido (Fragmento) ¡Fue tan fortísimo el golpe que no hay memoria en
la localidad de que en los últimos cuarenta años se haya registrado temperatura
tan elevada en la región golpeada! (Otra cosa que los más ancianos del país no
recuerdan es que yo haya sido visto con dinero algún día en ese mismo
intervalo; pero eso lo diré más adelante, cuando otro hecho excepcional requiera
el énfasis de una referencia a cosa no acaecida en cuarenta años. Esos
intervalos de 40 años tan cómodos se encuentran en cualquier localidad, a menos
que hayan sido recientemente atropellados por una locomotora y que todavía el
ayuntamiento local no haya iniciado su reconstrucción. Es muy conveniente que
una vez registrado un terremoto y puestos hacia afuera sus bolsillos, se le
coloque en el departamento contiguo al de intervalos de 40 años y al de las
temperaturas más revisadas y registradas, y que estos tres locales estén
siempre a la izquierda y a breve distancia de la Estación de tren, que es el
lugar donde se elevan las tarifas, con amplia facilidad para descan ilamientos a
la derecha. Un poco más allá... todo viajero que no se haya quedado en su casa
debe saber distinguir el lugar denominado unpocomásallá, sin lo cual andaría
tan extraviado como si no hubiera leído nuncalo que no puedo creer mi
discreta obra "La Guía del Cojo en el Camino Recto de la Vida".
Soy de un temperamento tan instructivo que no puedo dejar de informaros que
todos los pueblos existentes los inexistentes son malsanos deben tener una
estatua del inventor de los lados derecho e izquierdo y los de revés y anverso,
distinción ésta que sólo los agujeros escurren. No me pregunten ahora el por qué
los comisarios más abusivos siempre se abstuvieron de llevar presa a ninguna
estatua, que viven en las plazas como los vagabundos, ostentando el mal ejemplo
de su holgazanería. Aborrezco las estatuas: casi siempre son hombres con
sobretodo griego, o amplia levita de mármol. Si absurdo suele ser el traje
actual del varón, esos botones y trencillas de mármol, ese trozo gruesísimo de
mármol que simula los faldones levantados levemente por la brisa, son
intolerables, y todo para que un hombre esté allí asegurándonos con su mano y su
boca que nos va a decir cosas elocuentes y no se le oye en todo el día.
Si uno fuera a hacerles caso, no penetraría en ninguna plaza, pues están a la
entrada con el brazo tendido hacia mí (y demás personas). Dicho brazo grita:
"Vete, deténte". No atienden recomendaciones aunque en vida no hacían otra cosa
que pedir o dar empleos. Felizmente la naturaleza los ha dotado de la
incapacidad de darse vuelta, y aprovechando un momento el gran sistema es entrar
por el lado opuesto, apuntándose de camino un cafecito en el boliche de los
"Tres Angeles y Medio", que hace tanto negocio a espaldas del grandioso
personaje. Voy a cerrar aquí el paréntesis; es fácil volver a abrirlo.)
Un instante, querido lector: por ahora no escribo nada. Estoy callado para
meditar acerca de un telegrama que leo en "La Prensa" y que me asegura no haber
sido destruida por la explosión la ciudad próspera y antigua de Muchagente
Vielemenschen, sino levemente dañada y tan poco que si hubiera explosiones de
gigantescos arsenales que mejoraran las casas de las ciudades, ésta sería una.
Hace tres días la ciudad voló; a la tarde ya la mitad había reaparecido y con la
otra mitad o dos mitades más que se encontraron intactas ayer, resulta que el
ciento por ciento de las cuatro cuartas partes gozan del orden restablecido y
hoy tiene más mitades que antes. Los muertos por la explosión tienen de nuevo
donde vivir y creo que hasta hay dos casas más: quizá una para mí y otra para el
corresponsal de los telegramas. Yo no voy a viajar fuera de mi domicilio para ir
a una ciudad de gran explosión postergada, cuando en este momento me avisan
queestá servido el desayuno. Viajar: uno está expuesto a hablar idiomas que no
sabe, por no estar callado en alemán, que tampoco lo sé hacer. Además recibí una
notificación del Ministerio de Policía recomendándome no ira] país para no
aumentarla disminución de alimentos que abunda en toda la nación, Yo iba a
contestar al Ministerio interpelante que no podía reinar el hambre en Alemania
porque como república que era según se advertía por la orientación de las
calles y la costumbre de que los habitantes de las casas las ocupen por
dentro, ninguna entidad puede reinar en ella.
Pero pido al lector ayude a no meterme en incidencias. A veces se pierde la vida
en un incidente, siendo la vida útil y los incidentes inútiles. Mejor es seguir
practicando la longevidad, como lo hago yo desde la niñez, porque si bien la
muerte mejora la reputación de las personas... Mas recuerdo que he suspendido
el escribir hace ya mucho rato y si el lector se ha tenido cerca voy a
explicarle lo que pasó con aquel golpe. Recordará el lector que al empezar este
libro me di un golpe y tomé la pluma para detallar que por efecto de él como el
suelo está al alcance de todas las personas, no faltará al lector ocasión de
verificar la exactitud del síndrome a posteriori de un golpe, podré decir con
solemnidad: los signos premonitorios o semiológicos de haberse dado un golpe,
son: tumefacción en la región receptora, gran número de espectadores que antes
estaban ocupadísimos a varias cuadras de allí, tres vigilantes a pitadas
alternantes... (Estos vigilantes no pueden arrestar a un golpeado sin traer
mucha gente.) Pero me temo que estos paréntesis van a cansar al lector más aún
que si se tratara de un libro consagrado como la Divina Comedia o el Paraíso
Podado u otra obra bostezable como las quej umbres de Fray Luis de León o del
constante inocente Leopardi... Sin embargo, estoy con León: hay que huirle a los
voluminosos dorados y artesonados y buscarse asiento alejado donde le caigan a
otro (me acuerdo cariñosamente del prójimo) o entrar en salones donde ya se
hayan caído o en el que el artista haya esculpido en el piso las peligrosas
comisas. El suelo no cae encima: es el mejor adorno de una casa y por eso en la
Antigüedad, tiempo de las cosas bien hechas, se colocaba un suelo a los
edificios haciendo juego con el techo y en dirección opuesta, de manera que el
que penetrara los edificios no son impenetrables en ellos, tenía el gusto de
ignorar continuamente si había puesto los pies e1 cojo Agesilao ponía un pie y
una muleta, y se le perdonaba cojear porque se había hecho quereren el cielo
raso o en el piso. Esto ofrecía la ventaja, nadie me lo va a creer, de... Pero
se me ha olvidado esta ventaja: debo haberla leído en algo que se ha escrito y
en el afán de pasarle el libro a otro no he retenido bien el párrafo. Lo que es
difícil de retener es al lector: ¿por dónde andará ahora? Uno, al menos y sin
pretensión, necesito cada vez. Al principio lo había conseguido y no he sabido
cuidarlo. Es inmodesto, y quizá le incomodará, haber topado con el único libro
en que solamente el autor habla. En lo que precede puede haberme desconceptuado,
pero las próximas páginas me acreditarán de escritor agradable, nada genial ni
erudito y muy conocido.
(Escrito en una aldea donde la recienvenidez, de solo una vez, no se le saca uno
nunca. En Buenos Aires, que estima inverosímil haber vivido hasta los treinta o
cuarenta sin conocerla, por lo que hay que sacarse pronto la recienvenidez
tardía, todo el primera vez llegado, que conoce en los semblantes el mal gusto
del no haber nacido en ella, se apresura a dar una instruidísima conferencia
sobre "La Argentinay los argentinos" tres díasdespués de desembarcado. Esto
daresultado; se comprende que conferencia tan pronta y con tal tema no es la
colosal fatuidad y entrometimiento ignorante que suele sospecharse, sino la
ansiedad por quitarse cuanto antes la pátina de recienvenidez. Ser
"recienvenido" en Buenos Aires ni por un momento se perdona; es como
insolencia).
("proa', 1923)
El accidente de Recienvenido
Me di contra la vereda.
¿En defensa propia? indagó el agente.
No, en ofensa propia: yo mismo me he descargado la vereda en la frente.
La comisa de la vereda apuntó un reportero le cayó sobre el rostro a nivel de
la tercera circunvolución izquierda, asiento de la palabra...
Y del periodismo insinuó el accidentado.
Que ha recobrado en este momento. Y sigue redactando el periodista: El
artesonado de la acera...
No se culpe a nadie, propongo... No, eso es para suicidarse.
De mi pronta mejoría, quería decir. Ruego al señor reportero que figure algo en
la noticia de "decúbito dorsal".
No hay necesidad: los operarios tipógrafos lo ponen siempre. O si no, ponen:
"base del cráneo".
¿Se me dirá si me puedo levantar sin deslucir la noticia de un suicidio?
¿Iban mal sus negocios?
Nada de eso: la única dificultad ha sido el cordón de la vereda. ¿Puedo anotar
oposición de familia a su noviazgo?
Otro insiste en que había mediado agresión y le ruega aclare si se interponía
"un viejo resentimiento".
Alguien, un desconocido desde mucho tiempo atrás para usted, avanzó
resueltamente y desenfundando un cordón de la vereda ColtBrowing se lo disparó.
En fin, Recienvenido empieza a sulfurarse y los increpa:
¡Yo estaba aquí antes que ustedes y mis informes son más anticipados! Voy a
darles un resumen publicable:
"Yo caí. fui derribado por el golpe de la orilla de la vereda; sin embargo, no
necesitaba ya serlo, pues mi cabeza salió a recibir el golpe yéndose al suelo.
"Caí; fue en ese momento que me encontré en el suelo. Ninguna persona había.
¡Estaba yo! Y yo.
Y yo dicen los reporteros.
Muy bien. No imaginando que hubieran tantas personas en torno mío que me
precisaran, invertí unos minutos de desmayo en estarme
quieto sin apresuramiento. Cuando desperté, me supuse o que había recibido parte
de la vereda en la cabeza, o que había leído algún capítulo de Literatura
Obligatoria del Mío Cid o el Cielo del Dante. Rodeado, en las cuatro direcciones
de la instrucción pública, N. S. E. y O., por infinitas personas en número de
setenta que habían abandonado importantes negocios para formarme un cinturón
zoológico suburbano, se llamó a la Asistencia Pública para que me trajera un
vaso de agua que nunca llegó. Retardo de la Asistencia Pública anota un
cronista.
Algo de delirio otro.
¿Me permiten? siguió Recienvenido. No obstante la falta de horario, el
accidente es la única cosa que yo nunca he visto desperdiciar; el agua caliente,
el fuego, desperdiciamos con frecuencia, pero siempre alrededor de aquél he
visto a muchas personas que están juntando al accidentado, rodeándolo para que
no se filtre y desparrame, formando un círculo tan perfecto como perfecto es el
centro de él formado por la persona más o menos completa en el momento que ha
tomado el papel de accidentado.
1922
Conferencia no anunciada de Recienvenido en el local de su accidente
Deseosos de. ser "útiles a nosotros mismos y a nuestros semejantes", para lo
cual nos han educado gratuitamente, dejamos ¿en pos de alguien, de la "bella
desconocida"? a Recienvenido, bregando en medio de la vía por levantarse de su
accidente. Autores como somos de muchas autobiografías exactísimas, hemos
experimentado que aparece de tanto en tanto en las narrativas algún momento
literario en que el escritor debe dejar a su protagonista: ese instante sonó
ahora, cuando todo nos impulsaba a consolarlo, demostrándole que no se había
caído sino que, miradas desde una ambulancia de la Asistencia, las personas que
se quejan y muestran desgarradas las ropas parecen caídas.
Irritábase por nuestro alejamiento y la concurrencia de gran público que,
llegado seguramente de otro punto, arribó no obstante tan pronto como si la
ambulancia lo trajera por previsión gubernamental junto con los auxilios en
vista de la morosidad del público no oficial, o como si existieran destacamentos
de público apostados distributivamente en las proximidades de los lugares para
accidentes, que acudirían en un instanite a curar con su presencia a la persona
que al final de una caída es atropellada por el suelo. La rapidez con que se
improvisa una concurrencia en redor de un asesinado, robado o derribado,
evidencia el esfuerzo de amor propio con que la población quisiera demostrarse
superior en ligereza de piernas a la víctima.
En una caída de tres metros el piso llega demasiado tarde y daría tiempo al
público para llegarantes del accidente, que es Toque merece una ciudad como
Buenos Aires, pues es descrédito para una metrópoli de canillitas y futbolistas
que cualquier común accidentado los supere en agilidad y llegue siempre al lugar
antes.
Tal lo dijo en su exordio, en aquella ocasión de conferencista, Recienvenido,
irritado por su desastre y tratando de humillar a la gente que se había agolpado
a mirarlo.
Disertó así. "Deberes y Responsabilidades de un Público de Accidentes:
"Si os proclamáis habitantes de la ciudad que no sólo vende mas diarios sino que
gracias a sus raudos canillitas los vende más pronto, y del mejor fútbol del
mundo, no os hagáis nunca esperar de un accidentado y
penetráos de que el modo de no llegar tarde será llegar antes del suceso.
Esforzáos, por lo menos, en ser un público de las caídas que llegue antes que el
suelo.
"Inmediatamente, vosotros que lo esperáis le diréis, lisonjeándolo
merecidamente:
"Crea usted, señor, que es la única persona que ha conseguido quebrarse una
pierna en el metro cuadrado donde usted está. Muchos lo han intentado y nos han
hecho esperar repetidamente, sin conseguirlo.
"Es admirable cómo de una vereda tan baja, en un suelo tan escaso y con una
pierna tan pequeña, habéis conseguido una cojera tan completa y durable.
"Además, vuestro accidente tiene el mérito de que se ven claramente todos los
elementos causales del suceso; tan pronto como os avistamos percibimos que el
motivo ocasional de vuestra caída tenía que haber sido el hecho de haber,
durante vuestro sueño de la pasada noche, soñado con bananas enteras; y como los
sueños se realizan por mitad, ahora habéis caminado sólo sobre las cáscaras.
"Añadiremos, para no haceros esperar más como conferencista y finalizando con un
consuelo, que recientemente comprobamos que los públicos de accidente también se
caen. Estábamos presenciando un desfile militar, desde las localidades altas de
un gran árbol, cuando éste se viene abajo, porque resultó que lo que creíamos
ombú había sido una planta de espárragos crecida morbosamente pero débil no
obstante su magnitud.
"'Os escuchamos respetuosamente` f inalizaréis diciendo, y yo tomaré entonces
la palabra.
"Me habéis halagado, alegrado tanto con lo que os atribuyo haberme dicho, que
voy a recompensaros con tales manifestaciones, que, aunque fatigados de tanto
abrir la boca, vosotros, virtuosos de la boquiabriencia, volveréis a abrirla de
vereda a vereda, como suele decirse elegantemente, con lo que vais a oírme.
"Soy el marido `sintético'. Los hombres por síntesis, como yo, estudiamos las
importantes pequeñeces que el hombre por alumbramiento (y otros detalles)
desdeña. Además, como lo habréis advertido, no soy el Hombre Invisible sino, al
contrario, el Hombre Evidente, algo más raro, útil y difícil.
"Yo he estudiado la duración del tiempo que invierte un botón que se cae y
pierde, en esconderse tras la pata de la cama hasta que se va su amo. Entonces
se encanima a treparse sobre el techo del ropero. Este tiempo también lo
estudié. Un botón, en seguida de extraviarlo, debéis pesquisarlo primero bajo
la cama y sólo más tarde sobre el ropero, pues emplea tiempo en esta ascensión.
"No os sobrevengo con la novedad de que se acabó el Infinito; ni la de que este
mundo se ha combinado con todos los botones cosidos flojos como traje hecho (con
lo cual uno se cree nuevo y lo creen nuevo); ni la de que el hombre que se ubicó
en el vacío para vivir eternamente, se abanicaba. Ni siquiera os recomendaré que
acepte cada uno su lote de ridículo, de antipatía. Ni disertaré sobre el Suspiro
Irrompible o Los Anteojos de No Ver, ahumados.
"Soy un hombre módico que quepo en todo mínimo de todo caso y cosa: de las
inmensas y graves cifras de finanzas, comercio y producción del número de fin de
año de los grandes diarios, la única noticia que busco es la de que no se haya
perdido la cosecha de `huevos de gallo'.
"En fin, os comunico que así como el destino de los autos es la abolladura, el
mío era desde el principio la longevidad y por el método de todos los longevos:
seguir vivo. Pero otra cosa además de eso necesitamos los futuros longevos.
¿Qué he hecho yo de diferente del hombre común de corta o media vida?
"Yo creo que el longevismo... Ordenemos mejor la exposición. "La corbata larga,
de nudo con cuello duro doblado y apretado, que se lleve constantemente
desarreglada, salida, empacada, es al mismo tiempo lo que conquista más pronto
el amor y dedicación de toda mujer y la secreta causa del longevismo.
"No conozco a nadie que haya pasado por más tentativas de ahorcamiento por
parte de los amigos y hasta de un transeúnte femenino cualquiera o de un mozo
servicial de bar, que yo con esa corbata. No conozco a nadie que no haya sido
turbado por las señas, invitándonos a un aparte inopinado, de algún empleado de
tienda o de un transeúnte o mozo de bar. Era equívoco, era riesgoso seguir estos
llamados. Acatándolos, al poco rato me hallaba afablemente tironeado de mi
corbata (es el atletismo que no falta a las personas más endebles; un fuerte
tirador de corbatas empacadas, torcidas, saltadas, voladas, derramadas o
flojamente oscilantes, vive en cualquier frágil humanidad.)
"Todos los que tienen latente vocación para verdugos de ahorcamiento se alistan
inmediatamente ante una corbata desanudada y os piden os entreguéis, con
atlético gesto; se apoderan de los extremos de la corbata y os la arreglan,
desarreglando algo también.
"Y, sin embargo, la indemnidad contra los ahorcamientos es un seguro de la
longevidad. Sobrevivir a una corbata mal anudada es el método de la larga vida.
"Sin saber estas cosas, nadie puede ser feliz. El que no las sabe es tan
desdichado como un público callejero de bobos ociosos que no saben elegir entre
uno y otro de dos accidentes que ocurren en el mismo instante en distinto lugar,
por la anarquía o falta de concordancia de los programas para accidentes de ese
día."
Entre los papeles de Recienvenido no hemos encontrado continuación o final de
esta conferencia. Sea porque lo que se concluyó fue el público, molestado por
las intemperancias de Recienvenido, o porque a su conferencia le ocurrió también
un accidente.
1922
El bastón de Recienvenido
Desde que dejé olvidado mi perro, colgado en una percha del vestíbulo o metido
en el paragüero de una casa que visitaba, decidí reemplazarlo por una
omatocompañía más inseparable, pues personas de mucho éxito en la retención de
sus varitas garantíanme no recordar caso alguno de olvido de bastón, aparte de
otros inconvenientes que no se promueven entre bastones en los vestíbulos y sí
entre perros.
Tan positivo aserto me extrañaba. Simplifiqué rápidamente la situación mental
para llegar a la verdad: olvido de comprar bastón, olvido de este mismo bastón
y olvido de haberlo olvidado, porque la memoria de olvidar no hace distingos y
el que olvida un bastón sería contradictorio que recordara haberlo olvidado y
haberlo poseído.
Supongamos que yo (adoptemos la hipótesis en primera persona) he perdido o no un
bastón. Si usted por ejemplo (adopte usted la hipótesis; es justo que usted
también sea obsequiado con supuestos) presumimos que es mezclado con el
pavimento por un automóvil...
Noto que usted es moroso en calzarse la hipótesis que le he brindado. Mientras
espero que se la pruebe, lector, para ganar tiempo me ocuparé de otra cosa, por
ejemplo de...
En fin, no pretendo sino que, como acabo de hacerlo, las diferentes hipótesis
que por momentos exija mi relato sean turnantes, sin abusar asignándole a cargo
de usted los peores supuestos. Además, como suministrador de todas las hipótesis
de mi libro y como el lector de buen humor es el que ha hecho todas las
reputaciones literarias, no haré caer sobre usted ninguna hipótesis cruel sino
cuando note que, algo soñoliento, está completando la horita de sueño que le
falta de anoche, libro en mano. Entonces mi hipótesis no será en su mente más
que un ensueño sin consecuencias. Yo también conozco los mejores locales y
oportunidades de completar sueño; un sueño abundante favorece mucho a la
inteligencia, y es así que yo dormía tanto, por ejemplo cuatro horas en casa y
tres en laFacultad, que llamaba la atención por mi despejo; hubo que inventar
clasificaciones tan altas para estimularme, que yo las pasaba cómodamente por
debajo.
Con mi sistema se aprende más que faltando a clase. Sin embargo, un día
primaveral en que no asistí me resultó provechoso, pues supe tantas cosas de
Juanita, la tercera prima de un mucamo vecino, que con los dos tercios de
parentesco que éste no usaba me enteré más del Paraíso que oyendo la conferencia
de Teodicea.
He aquí un prólogo cuya continuación depende del lector; se lo abandono. Pero el
bastón, que con esta interrupción ya parece funcionar como bastón perdido,
vuelve a nuestro asunto. Recienvenido lo había elegido de los más largos en una
vidriera. La gran distancia a que estaba el regatón de la empuñadura, hacía
llegar a su portador de una vereda a otra más pronto que sus congéneres comunes,
y parte de la reputación de puntual que tenía Recienvenido se debía a esta
virtud de su regatón, de llegar un poquito antes; era, en fin, la magnitud a que
debía estirarse una varita de gusto, pues esas pequeñas que parece que no se
llevan, o que a cada paso el caballero las alza de la vereda, distraen a los
botines de su tarea, siguiéndoles una conversación como la del hombre de la
esquina con el vigilante en el centro de la calzada a medianoche, que perturba a
éste en su trabajo de no estar en su casa, único trabajo perfectamente continuo
y por lo tanto delicadísimo que es dado al hombre efectuar. Cuando lo dejaba en
un paragüero, no trababa pelea de perros con
otros bastones, ni idilios con el pie de las sombrillas; le merecía tanta
confianza a Recienvenido que a veces, en asunto grave, éste iniciaba su
discurso diciendo: "Yo y mi bastón opinamos".
1922
El "capítulo siguiente" de la autobiografía del Recienvenido
De autor ignorado y que no se sabe si escribe bien Nota del Editor. (El autor
también figurará escribiendo.)
Presentamos el más escrito de los ocho capítulos de esta obra, que no se cree
haya habido quien la escriba, pues su autor era tan desconocido a los diecisiete
años que es imaginable cuánto habrá progresado después, tanto más cuanto la
precocidad fue la primera cualidad que adquirió; a los nueve años era ya casi
un niño y a los once ya tenía un hermano que entendía a Bergson; lo que éste
mismo no pudo nunca con toda la inteligencia que le consiguió su influyente
familia.
Tan es así que si tan es así no fuera todo lo que de él se sabe no se ignoraría
todavía. Como desconocido es el más completo que haya sido encontrado con vida
en la historia desde el pasado hasta una semana próxima que tenga días; más
adelante no se sabe lo que sucederá y limitamos nuestra aseveración a lo pasado
y al retazo de porvenir que está inmediatamente detrás de una próxima salida de
"Proa" (no he leído a Bergson pero lo escribo regular, como queda probado);
fieles a "Proa", el formato de porvenir que nuestra inteligencia alcanza a
columbrar no pasa de ahí, un día más y no sabemos nada. No venimos tan bien
informados como Mahoma que llegó exacto el primer día de su era; si arriba un
día antes no tiene dónde acomodarse en el tiempo.
Tenía el porte y los rasgos de fisonomía de extremo parecido a los del héroe
desconocido y pudo ganarse la vida lo mismo que este funcionario europeo, si no
fuera que lo diferenciaba un desaire héchole por la Naturaleza: la pronunciada
curva en la espalda, que dicen algunos era una pulmonía de repuesto que
llevaba. Admiten otros que su torso presentaba ese martillo a favor, por efectos
de excesivas lecturas; no porque lo que uno lee se le gane allí cuando no sirve
para la cabeza, sino por descuido de su postura en el acto de consumir
renglones.
El preámbulo, que hasta aquí era corto, virtud que no le va a durar, no podemos
apagarlo todavía. Tenemos que decir que con el mismo trabajo que se tomó el
autor para hacer esta autobiografía pudo decirnos algo de su propia vida. No nos
dejaría así, tan completa como si nos la hubiera prometido, una ignorancia
erudita y sin compostura ya de sus vicisitudes y carácter, que pasamos a editar
bajo evidentes dificultades. Nuestro autor es verdaderamente incógnito; si no
fuera que Shakespeare tiene ya con quien se le confunda, sería una satisfacción
ofrecérselo para ese propósito. La lectura de sus obras no nos procura base para
juzgar sus talentos de escritor; ignoramos siempre si cumplía años, si nació
disgustado, si mejoraba de las enfermedades o moría cada vez; si su vida se
prolongó hasta el fin de sus días o pudo la ciencia hacerla concluir antes; si
disputó que su deceso era prematuro o se puso del partido de la concurrencia
mortuoria que "lo lamentaba", por tardío; si por extremo de puntualidad se
presentaba siempre en el lugar de la cita un cuarto de hora antes de llegar o al
contrario tenía reputación de ser el primer en llegar tarde, a casa del dentista
u otros locales de distracción; si se conocía cuando tosía o nadie lo oía por
tratarse de tan famoso desconocido; si logró que el porcentaje de horadación de
su inteligencia por obra de las buenas lecturas y las instrucciones pública y
universitaria fuera menor que el soportado por jóvenes más respetuosos, como yo,
por ejemplo; si donde se le invitara a comer (iría yo; ¿es extensiva la
invitación?) agrandaba los agujeros del mantel que circulaban cerca de su mano
para investigar hasta qué dimensión podían abrirse los ojos de la dueña de casa
ante ese espectáculo exasperante y luego la mortificaba diciendo que: agujeros
mejores y de color más sufrido que éstos se vendía en cualquier negocio, donde
había, además, jabones para lavar de agujeros los paños, y cepillos para
echarlos fuera del mantel junto con las migas. Su conversación de sobremesa la
efectuaba debajo de ésta (debajo de sobre es imposible: debajo de mesa)
gateando, molestamente interesado en recolectar los agujeros que no habían dado
en la bandejita de migas; y luego remiraba todo alegando que el más surtido de
ellos no estaba en ninguna parte, lo que metafísicamente era indefendible;
según la hipótesis más plausible y festejable, debía haberse zafado por dentro
de sí mismo y desaparecido; de lo que no se responsabilizaba. La señora se
aprovechó, vengativa, de la debilidad gramatical incurrida por nuestro íntimo
desconocido: ¿Dónde está su gramática, hombre de Dios? ¿Cómo puede un agujero
solo ser surtido? Yo lo he visto surto junto al botellón y después no lo vi
zarpar.
Esto último y algo anterior pertenece a lo que no se sabe de él y lo insertamos
como muestrario de la variedad inmensa de cosas que somos capaces de idear para
rellenar una existencia de contenido ignoto; es prueba también de que si algo
más ignorábamos de él lo haríamos público. Las más adelantadas excavaciones que
se hacen en las bocas de sus vecinos no dicen en qué ciudad o barrio vivió y
sólo han completado nuestro desconocimiento con la información de que él mismo
no se conocía: ante un cobrador del gas Recienvenido se extasiaba tanto como la
Compañía por saber quién era el Recienvenido que conseguía deber, más pronto que
el más diligente vecino, tres meses de gas en un momento; y se internaba en su
busca, corría a llamar a Recienvenido.
Cuando vuelva tornaremos a tratar de él. Si se llega a saber que algo más puede
ignorarse de él, nos apresuraremoshágase a un lado, lector, que podemos
atropellarlo a comunicarlo; no consentiremos que se nos supere en la
ignorancia que nos hemos labrado pacientemente a su respecto ni en la prontitud
en difundirla. Si supiéramos que tuvo por únicos amigos a Mark Twain, Sterne y
Gómez de la Serna "buenos criollos" todos y que procuraron ser contemporáneos
para visitarse con más frecuencia, no lo ocultaríamos; y no disimularíamos que,
quizás enojados, Sterne y Mark Twain se sentaron en la primera vereda del otro
mundo a esperar a De la Serna a quien el público retiene en la inaplacable
aspiración de greguerías que es leer de él, atento sólo a su propio gusto, sin
considerar que Ramón no halla quien le prepare risa, cocina y no come, guisa y
no sisa y tanto como se queda, tanto se le espera, del otro mundo en la primer
vereda.
Lo advertimos porque quizá la lectura no lo dé a ver; con la presente obra
entendemos hacer el lanzamiento, la primer entrega, la soltura, despavorido
lector, de la inesperada y acreditada Literatura Confusiva y Automaústa, de
lectura fácil (de omitir), en la que se espera tanto... del lector, de su
originalidad; inaugurámosla en vista del reducido resultado de la otra, cuya
perdición se preveía, desde que el público se obstinó en utilizarla
principalmente para lectura a veces sus lectores tenían un volumen en las manos
y otro en la oreja; y encendían el uno en el otro. Todos sus defectos se
hicieron públicos así; ocasionáronse desventajosas comparaciones con el papel en
blanco y sobrevino la nostalgia de esta clase de papel, que debe haber existido
alguna vez toda una hoja en blanco de papel parece haber sido encontrada
inmediatamente encima de la torre de Babel, del Arca de Noé y del descubrimiento
de América, en ruinas, y que habríase de volver a inventar como el agua en un
cabaret. Dejemos esto y sigamos viviendo, me digo. Y concluyo.
EL EDITOR.
He aquí el mencionado capítulo. El desagradecido autor lo precede de una nota
originada por mi prefacio, cuya palmaria injusticia inclinará hacia mí al
lector, sobre todo si se encuentra a bordo de un buque de compañía tempestuosa
y el barquinazo de una ola me lo echa encima. No me mortifica su publicación. Es
muy gastado, y nadie hace caso, el recurso de notas y explicaciones.
Heme aquí, por fin. Surjo únicamente para que no se me confunda con cierto
Editor. Soy sólo el autor de un manuscrito encontrado. En tan modesta calidad no
debía deparárseme, no me convenía, un inagradecible editor grandote, de voz
resonante, a cuyo lado deba yo pasearme por la publicidad, como me ha resultado
con éste y como le sucede a ciudadano rebanado y menudo, presumido y pulido, a
quien le llega amigo rural, hombrón estentóreo aumentado con grandes botas, que
parece haberse calzado dos galpones de su establecimiento; y tócale hacerle
conocer la ciudad y divertirlo.
No se me suponga partícipe en la facción de esa nota. No tiene más propósito que
expedir una apretada serie de chistes indoloros y calmosos, mal acertados y ni
siquiera ajenos: imposible otro autor de ellos; recolectados y guardados por
años, metidos y yuxtapuestos a la fuerza, uniformados con el traje de chistes
de familia, que los imprime, ya tan reídos en casa, que no les queda qué
sacárseles por lectura. Y hay que ver cómo los festeja. Es seguro que no le ha
quedado ninguno; antes de diez o más años no vuelve a hablar: hoy mismo habrá
comenzado la nueva recolección.
Lo de imaginada nueva literatura es cosa de desesperados; no la conozco y no me
gusta.
Si lo hubiera animado el deseo de favorecerme, sabe perfectamente que, por
ejemplo, soy el inventor del paréntesis de un solo palito; de la solapa
desmontable contra solistas (es una solapita artificial, de gran sencillez, que
sustituye parte de la solapa natural, que nace con el saco, de gusto agradable y
fácil digestión). Caramba: estoy confundido con un invento higiénico que
proporciona la longevidad, por nonagenaria que sea la edad del que usa el
remedio por la primera vez. Es un medicamento, que quién sabe por qué y
felizmente para la humanidad, no se puede conseguir gratis, fácil de destapar y
verter, que suplanta el extremo libre de esa orejita o solapa que tienen los
sacos... (i Ah! un error feliz: ahora estoy en el invento de la solapa que
debía tratar primero) que tienen los sacos y de la cual se apodera el solista
experto, desengañado de la fugacidad del hombre abordado en la calle. Una vez
posesionado de vuestro saco el solista ya no hace caso de vos; se limita a
hablaros pero no necesita miraros. Al contrario, escudriña la calle atisbando
otro candidato para cuando se le apague el actual y entonces desmontáis la
solapa, la atáis al buzón que se suele parar en esa esquina; y... ese tranvía
que pasa es el que os lleva adonde marca su itinerario, tan bueno como
cualquier otro.
Inventé los cuellos de camisa iguales a los otros, pero que se pueden llevar en
los bolsillos o dejarlos de usar; como Intendente tuve la visión de la
supresión edilicia de las esquinas con lo que concluyó la plaga
política que se apoya en sus paredes. ¡Extirpación tan completa constriñó a las
niñas a dar vuelta a la manzana, en el balcón únicamente, con la moral a vista
de sus padres! Doté de dos veredas de enfrente y de rumbo NorteSud que es el
más vistoso, a todas las calles y cuando este rumbo tan solicitado se agotó...
Supongo no habré dado motivo al lector para cavilar si la desmontable de mi
invención, sería extensible a los solistas escritos.
Recuerdo que en las primeras experiencias con la desmontable, el atacante
quedaba con el trozo de solapa en la mano tendida, como quien ofrece una muestra
de género y por fin le pegaba una estampilla y la echaba en el convincente color
rojo del buzón: porque la tiesura, redondez y sinapismado colorde un buzón
concluyen con cualquier vacilación. La perfecta necesidad de una solapa para
entablar un "solo" la comprendí ya a causa de no haber visto en las calles que
se entablara con un caballero desnudo; y preví el infalible efecto de una
desmontable. Los "solos" de viva voz extinguiéronse; se refugiaron en las
imprentas originando aquel gran renacimiento literario, cuyo partero creo fui, y
al que contribuí también con mi autobiografía de recién venido; se dijo de mi
libro que nunca había sido escrito antes, tan extraordinario pareció. Pero
tampoco nunca fue leído después, porque la suma seriedad que se apoderó de mí al
redactarlo dio a mis primeras páginas un tono tal de tercer tomo y "continuará"
que aquel lector que con sólo perseverar la lectura dos páginas, recuperó el
sueño, sonó que aún no había empezado a leer la "Autobiografía" (tanto era su
sentimiento de bienestar), fundando su ensueño en que no recordaba nada del
primer tomo: las perseverantes trescientas páginas que seguían se las hubieron
con un lector dormido.
Quédame por computar las cosas desagradables que me atribuye el Editor como
invitado social. La apreciada señora a quien alude, muy al contrario, nunca me
habló con desagrado; ni volvió a invitarme a comer, pues era de mucha memoria y
no necesitaba mi presencia para recordarme siempre.
En cuanto al agujero que yo buscaba era uno que me había hecho en la mente una
reciente lectura; ya entonces continuaba escribiendo Maeterlink, precursor de
Bergson, Bochme, Noval is, y otro caso de memoria excesiva; ya también Leopardi
había descubierto la maldad humana; y... todavía no había quejas de mí: nadie
había empezado a leer lo que sigue.
("Proa", 1924)
El capítulo siguiente (Pequeña nota del editor)
Señor Director de "Proa"
¿He acertado con el señor Borges? ¿Con el señor Güiraldes? ¿Con el señor Brandán
Caraffa?...
Y bien, soy el más obsecuente dirigido de usted y congratulándome del acierto
con que inicio el día pues su dirección en "Proa" es la que siempre prefiero
leer, me redacto por su atento servidor y comienzo con estas palabras:
¿Qué se me dice, señor Director? ¿Parece que "Proa" está bastante lázarocosta y
que entre este número y el próximo podrá circular holgadamente la eternidad? Si
a"Proa" la hubieran hecho darse vuelta, concluida su primera existencia podría
ahora empezara vivir del lado del revés. Para leer de este lado yo preparé a los
lectores con aquel trabajito de metafísica, y cuando en octubre se vea en todo
detalle lo que es un número no salido, esmeradamente abstenido, se sospechará
por qué no publiqué juntos el artículo y su comprehensión, reservando ésta para
los ejemplares que por turno se alternarán en no aparecer hasta un
desconcertador último de la no existencia invariable de "Proa", que se hojearía
doquiera con el afán y la certeza, firme en todo ente sensible, de que el "ser"
es la única posibilidad, de que la muerte se vive también y tanto.
Yo traía completamente empezado el prometido capítulo y entraba a la Redacción
cuando Editor me alcanza a medias con la voz y me detiene todo con el brazo que
le sale de ambos hombros. "Proa" no sigue, me dice, hase decidido que el último
número no contenga nada de género "siguiente"; sino sólo conclusiones y
abstenciones, a fin de que la entrega postrera tenga catadura al mismo tiempo de
última y de no salida. S u gran Capítulo Siguiente hágalo doler en otra
Revista...! Así me aturdió y distrajo dejándome en la puerta, fallida mi
esperanza de una publicación sin " nota" suya...
¡Qué hombre pesado! Para bien que se calle habrá que dejarlo decir. Agradecido a
tal tolerancia condesciende en llegar al estado de inacción oral al final; antes
de eso no hay silencio posible sino el ajeno. Francamente la noticia me
sobresaltó como un café con leche derramado y ya que se ha derramado yo le
sacaré un provecho a la comparación que no se esperaría de una catástrofe tan
"completa". Colectando con la cucharita algo de azúcar y de líquido hago a
usted mi Director una pregunta: ¿Los números que no aparezcan serán más fáciles
de dirigir o al contrario será como cuando un "completo" se hace mantel y las
puntas líquidas avanzantes animadas de un gusto sin prevenciones por todas las
posiciones y rumbos del espacio se tiendan tan prontas y divididas que no hay
que pensar en dirigirlas, tanto más cuanto que, lo primero que han hecho es
suscribir vuestro pantalón claro a su acontecimiento y preparar una semana de
prosperidad para las tintorerías en todos los trajes vecinos, a cuyo socorro hay
que acudir ante todo? Invariablemente, he notado, se ataca la inundación con
denuestos, pero en la nerviosidad del momento se asestan con trémula puntería y
no tienen eficacia para contenerla. Es un verdadero incendio, señor Director,
en que no se sabe nada del fuego.
Pues, deseaba mucho informar a la Redacción que la publicación de aquel
fragmento de Recienvenido en "Proa" me ha valido grandemente, atrayéndome
numerosas órdenes o encargos de rellenar vidas desconocidas por mérito a la
especialidad de mi aptitud probada en dichas páginas.
Varios parientes de personas ignoradas me han requerido para biografiar a
éstas. Pero a menudo sus estimadas órdenes llegan deficientes en datos acerca de
las personalidades de existencia y parentesco con ellos
ignorados, y debo prevenir en general que aunque muy gustoso sólo podré
satisfacer sus pedidos si, como mínimo, se me concreta el dato del lugar y fecha
en que no se supo que existieran. Así no correré el riesgo de confundir un
desconocido con otro. De otra manera con un sólo desconocido tendría para todos
los solicitantes. Con este aviso me apago y soy de usted amigo y atentísimo
seguro servidor.
EL EDITOR.
Sobreviene dicho capítulo
Aniversario de Recienvenido
No sé si por algunos excesos de conducta o por observancias poco estrictas en mi
régimen de vida cumpliré en breve cincuenta años. No lo he efectuado antes
porque cada vez que impacienté el tiempo, adelantando algún acontecimiento, me
cambiaron uno bueno por uno malo. La elección de un día invariable de cumpleaños
me ha permitido conocerlo tan bien que aun con los ojos vendados cumpliría mi
aniversario.
Alguien dirá: ¡Pero Recienvenido, otra vez de cumpleaños! ¡Usted no se corrige!
¡la experiencia no le sirve de nada! ¡A su edad cumpliendo años!
Yo efectivamente entre amigos no lo haría. Mas en las biografías nada más
exigido.
Otros juzgarán que el anuncio de mi próximo aniversario va encaminando a
incitar a los cronistas sociales para recordarme con encomios. "Nadie como el
señor R. ha cumplido tan pronto los cincuenta años"; o bien "A pesar de que esto
le sucedía por primera vez cumplió su medio siglo el apreciado caballero como si
siempre lo hubiera hecho". Alguien con algún desdén: "Con la higiene y la
ciencia moderna, quién no tiene hoy cincuenta años". "A su edad no tenía mucho
que elegir".
En fin, lo cierto es que nunca he cumplido tantos años en un solo día. Nací el
14 de octubre de 1875 y desde este desarreglo empezó para mí un continuo vivir.
La autenticidad de mi condición de solterón en ese momento fue indiscutida, pero
yo le añadí el malhumor que la distingue, pidiendo inmediatamente en el idioma
que no tiene filólogos el Libro de Quejas. Cuando me lo facilitaron tres meses
después en una sacristía, me había olvidado de los motivos de protesta fuera de
que no habían dejado espacio en el sucio, malhadado y gran tomo los que se
habían quejado primero. Puse mi nombre y la fatuidad de tenerlo me distrajo de
reflexionar que aquél era el "Libro de Quejas", de la vida.
Este fue mi punto de partida y la fecha que escogí para mis aniversarios. Pero
la serie de mis cumpleaños ha sufrido recientemente una variante.
Hace cinco años conocía a la mamá de un amigo rosarino y vine a saber que...
No lea tan ligero, mi lector, que no alcanzo con mi escritura adonde está usted
leyendo. Va a suceder si seguimos así que nos van a multar la velocidad. Por
ahora no escribo nada; acostúmbrese. Cuando recomience se notará. Tengo aquí que
ordenar estrictamente mi narrativa porque si pongo el tranvía delante de mí no
sucederá lo que sucedió.
Ahora continúo. Me había trasladado a Rosario para hacer anotar en el Libro de
Patentes, invento por medio con otros dos inventos míos, uno nuevo (recordará
usted que soy inventor y esto justifica ciertos estados de intensidad
intelectual a veces parezco dormido en estos paroxismosdurante los cuales mi
libro no adelanta nada, como habrá usted advertido). ¿Nota usted que continúo?
Pensando en ello en mitad de los rieles del
tranvía, iba yo a redondear teóricamente un procedimiento automático para
limitar la prestación del fuego de los cigarrillos que me había encargado la
"Compañía de Fósforos ya Raspados", cuando sin ninguna dificultad un cochemotor
me embistió cerca, pronto y todo. Como yo no abandono un pensamiento tan
adelantado, media hora después salía de la Asistencia con mi invento completo y
vendado.
No interrumpí tampoco mi cumpleaños, que era ese día. Mas conducido por un
amigo a su casa de familia, festejábase en ella el onomástico de la mamá; y
tanto fue lo que se conversó que la señora y yo vinimos a entender por qué el
día de nuestro aniversario nos había parecido siempre tan estrecho, a causa de
que lo ocupábamos dos personas con el mismo suceso. En el acto de mi pronta
imaginación percibió que había allí algo que pensar y patentar.
Tengo desde entonces con la señora una combinación, por resorte de la cual
debemos ocupar alternativamente el 1º de octubre para día natalicio, a cuyo
efecto ella me avisará cada año si le gusta ese 1º de octubre. Yo recomiendo mi
combinación aunque hasta hoy no me ha dado provecho; desde entonces la señora no
ha expreado su opión por ningún año ni siquiera por ensayar el procedimiento:
probablemente teme que falle.
La cláusula del aviso fue un error; y además siempre será prudente combinar con
personas formales. De todas suertes desde dicho pacto desapareció de mis
cumpleaños aquel malestar muy parecido al que se experimenta cuando a uno lo
están leyendo en una revista que ya con ese número ha salido del todo.
Por eso me esmero aquí en cesar y aquí apago yo también que ya es tarde, y aún
más tarde que ahora; y es fineza que el lector estima, madrugar el concluir y yo
gusto de naufragar con quien navego y no yo en otro barco; asimismo huyo de
asistir al final de mis escritos, por lo que antes de ello los termino.
Y no hay escrito mío en que no me acuerde al Fin de la comodidad del lector (si
no se la buscó ya él) que en todo Proa no estamos haciendo otra cosa. Le
preparamos el total de su comodidad: dejamos deaparecer; y así, de una sola vez,
hacemos más por él que con doce números seguidos. No habíamos pensado antes en
este modo de divertirlo... Que si lo pensáramos antes del primer número...
Otra vez haced las señas más claras, señores lectores: cuando íbamos a salir
con la presente revista parecíame que las señas que nos hacíais eran las de
salir. Porque las hacéis como no las queréis, diremos imitando a sor Juana Inés
de la Cruz.
("Proa", 1925).
Confesiones de un recién llegado al mundo literario
(Esforzados estudios y brillantes primeras equivocaciones)
Tengo que asentar las siguientes observaciones y otras no menos siguientes que
me comprometo a que se me ocurran.
Con motivo de la carestía de los cigarrillos, éstos se han puesto más baratos, y
para que parezcan menos cortos, los hacen más largos. Para una persona que por
primera vez es un recién llegado, esto le confunde de tal manera que le entra
el sentimiento de que lo están viendo por la calle desnudo saliendo de una
sastrería.
No es menos cierto que existen insomnios que afectan al mismo tiempo la facultad
de dormir y la de estar despierto; y, lo digo con toda la seriedad del hombre
durmiendo, para elegir entre dos coqueterías, óptese por la peculiaridad de ser
un gran dormilón, porque es factible aparentar dormir aunque fatigoso, y no es
fácil aparentar estar despierto. Aquí se sabe (por los diarios, como todo) que
una persona que ha sidodespertada durante un simple cuartode hora, por la caída
del techo sobre su cama, o por el paso sigiloso de un gato por la pared que
debería tener el terreno de enfrente, y continúa durmiendo de seguida hasta que
la desayune alguna sirvienta, no dejará de proclamar por todo el día siguiente,
el infalible día que cuelga de cada noche por su extremo Este; "No he pegado los
ojos esta noche". Obsérvese lo que es la obra de insomnio: quita el sueño en
torno nuestro y a veces al mismo paciente.
Cuando un día anterior es precedido de un siguiente, contando desde adelante,
ocurre una separación entre los dos practicada mediante una noche, intervalo de
faroles, tropezones y comisarías, que muchas personas ocupan en preparar un
conversación sobre insomnio, para las personas de su familia; hay quienes hasta
durmiendo piensan en los suyos.
Recién llegado por definición es: aquella diferente persona notada en seguida
por todos, que llegado recién a un país de la clase de los diferentes, tiene el
aire digno de un hombre que no sabe si se ha puesto los pantalones al revés, o
el sombrero derecho en la cabeza izquierda, y no se decide a cerciorarse del
desperfecto en público, sino que se concentra en una meditación sobre eclipses,
ceguera de los transeúntes,
huelga de los repartidores de luz, invisibilidad de los átomos y del dinero de
papá, y así logra no ser visto.
("Proa", 1922)
Los amigos de la ciudad
En los vendavales lo primero que vuela, sin desanimarse, con toda regularidad,
son los techos; más fácilmente cuando la población termina por todos los rumbos
en casas. Si no hubiera sino edificios centrales, muy mitigado sería este
desorden, así como es cosa segura que la supresión de la delantera de los autos
imposibilitaría a los transeúntes de darse contra ellos y estos vehículos serían
usados sólo por dentro.
Sin ninguna pretensión difundo estas informaciones. Pero sí es cierto que me
halago de poder comunicar lo siguiente:
En cierta localidad por influencia de un municipal cuyo nombre no os perdono
equivocar pese a mi modestia, organizóse tan bien el desorden de partida y de
llegada de los techos en las tempestades que todo perjuicio se anuló, pues si
bien es cierto que no pudo impedirse que estos preciosos adornos de las
habitaciones se alistaran, como siempre, de los primeros en la subversión del
viento, se les había podado con medida tan exacta los aleros anualmente, junto
con la poda de árboles y por el mismo personal municipal tan experto, que las
azoteas expedicionarias ofrecían el espectáculo de un trabajo inútil, dado que
iban cayendo sobre las casas cuyo techo acababa de volar, reemplazándolo tan
bonitamente, que la familia ocupante no notaba interrupción alguna en el
servicio de techados.
Cuando la circulación de techos se daba por terminada, quedaba, naturalmente,
destechada la primer fila de casas y descasada la última línea de techos,
algunos de los cuales podían haberse asentado sobre una vaca o un peral, sin
provecho comparable al que procuran cubriendo casas. Entonces por un movimiento
municipal envolvente se hacía girar los techos dispersos, en una hermosa curva
hacia atrás hasta que cayeran sobre la fila de las casas destapadas; a veces
una tormenta del opuesto cuadrante lo hacía todo. Sólo una vez se tuvo
inconveniente con esta preparación sabia; y fue que los techos de aquel
municipio eminente volaron injustificadamente, engañados por un remesón de
terremoto que creyeron vendaval y usurpando por error el turno de los cristales,
que son los que deben romperse y desordenarse en los días en que corresponde
terremoto.
La hábil fórmula de municipal preocupación que rememoro, tuvo
particular premio por obra de un vecino rico y agradecido, quien regaló a la
urbe un bosque; la municipalidad dispuso dotarlo inmediatamente de arbolado,
pues nuestra comuna no aprobaba otro decorado, con fondos oficiales, que el
constituido por plantas y no era congruente que el bosque, nuevo bien municipal
gratuito y valioso, careciera de este omato invariable de calles, plaza y
jardines.
("Martín Fierro", 1925)
Boletería de la gratuitad
No obstante lo muy concurrida que está siempre esta deliciosa boletería, he
podido abrirme paso y he comprado, gratuitamente, la siguiente información, que
os doy a precio de costo: En todas las ciudades, aunque nadie lo haya
gestionado, hay un abogado más alto de estatura que los otros; pero en Buenos
Aires, donde el suelo muy bajo favorece las estaturas, hay el abogado más alto
del mundo, gran amigo mío y muy buen compañero, es decir, hasta la altura de los
hombros, que es hasta donde lo conozco y soy su amigo. Es un caballero y debe
ser bueno, aunque yo no lo acompañe, en la demasía hacia arriba. Es tan alto que
podría su cabeza tropezar con su propio sombrero puesto. Pero no se dude por
esto de que con los pies llega hasta el suelo, como me lo han preguntado
algunos; es allí donde comienza nuestra amistad y la posibilidad de entendemos.
Pues bien, en Córdoba donde por la elevación sobre el nivel del mar, a los
viajeros de Buenos Aires el piso les llega hasta las rodillas, por falta de
costumbre, no tenéis idea de la preocupación que pesaba sobre B uenos Aires
cuando este abogado crecía (fue él quien me mandó a Córdoba en 1900, con una
misión por 2 días, los que yo le di a elegir, a mi vuelta, entre los 32 que me
había quedado) y no comprenderéis la emoción de alivio que corrió en nuestra
capital cuando los telegramas de los diarios serios anunciaron "que el doctor N.
ha cesado desde esta mañana de crecer" Esta noticia fue confirmada hasta la
seguridad, y llegó a mí en Córdoba curando yo me hallaba casi a punto de
aprender a usar el suelo cerca de las suelas. Como yo vivía en la preocupación
de que llegaría un momento en que se haría imposible escalar la amistad y el
trato con mi amigo, mi alegría fue tan fuerte que cambié por 7ª vez de hotel en
Córdoba y me olvidé de diversos pagos prescriptibles. La línea de hoteles que yo
había escogido para acreditar con sucesivas traslaciones mi propósito de
regreso, partía del centro hacia la estación ferroviaria, pero como todos ellos
estaban en Córdoba yo telegrafiaba: "No puedo regresar porque todavía estoy en
Córdoba". Así que cuando me encontré con el doctor N. en Buenos Aires no
necesité darle ninguna explicación. Por otra parte, al encontrarme de nuevo con
un suelo tan bajo, mi fatiga para recobrar pie me hubiera impedido especificar
explicaciones. Durante un mes no podía estar conversando con nadie sin hundirme
en la conversación, empezada a nivel; y la tarea de bajarme las rodillas para no
quedarme en el aire me imposibilitaba toda atención y cortesía.
Han dicho algunos que sólo una cabeza tan cerca de las nubes como la del doctor
N. pudo concebir la idea de mandar abogados a Córdoba. Otros insinuaron aquí que
yo tuve la habilidad de que mi último hotel fuera el más próximo a la Estación y
al agotamiento de mis recursos pecuniarios, coincidencia no casual.
Así se alteran las cosas con el tiempo; otro día tendremos para rebatir esto.
("Pulso", 1928)
Desperezo en blanco
En aquellos tiempos pasados tan lejanos que no existía nadie, pues nadie se
animaba a existirlos por lo muy solitarios que eran para toda la gente, y
además, no se podía pasar ningún rato en ellos porque carecían de presente en
el cual todos los ratos están contenidos y otros además, pues como estaban
perdidos en la "noche de los tiempos" no se veía dónde estaban; lo que impidió
alojarse en ellos, todo lo cual lo sabemos por la Paleontología tan conocedora
del pasado como ignorantes nosotros del presente, en aquellos tiempos que las
personas más ejercitadas en la vejez recuerdan olvidar, nuestros pies eran
cascos y el hombre inteligente les dio un amparo que no necesitaban, rodeándolos
de botines por la parte de afuera, acomodo que nunca habían conocido, pues
hasta entonces habían pertenecido al mundo exterior y no sabían lo que era ser
ellos una cosa de adentro de nada; por el contrario, se caracterizaban y se les
reconocía por hallarse siempre disparados y lo más distantes posibles siendo lo
más alargados, externos, salidos y correcalles que hubiera, además de su
singularidad eterna de ser un artículo par, y andar obligando a todo a ser par,
como par de medias, par de botines, a diferencia de la nariz que se basta con un
arco de anteojos, puesto encima para ser impar. Es comprobada la constancia de
los zapateros que nunca han variado de ocupación siendo ellos siempre los que
hacen los botines y han aconsejado su colocación en los pies como la más cómoda,
muy superior a la costumbre nunca usada de llevarlos en una valija o en el
bolsillo. No son los peluqueros pues los que hacen todo incluso botines, como
pretenden hacerlo creer por su peinado y la conversación que dirigen a la cabeza
del cliente como para llenársela por si está vacía. Si usasen la conversación
partida al medio como su inimitable peinado, tendrían para dos clientes a la
vez, mas como cada cliente tiene otro artista para él en ese momento, un fuerte
sobrante de conversación fluiría hacia la puerta del negocio y correría por las
calles, teniendo su manantial en las barberías y su cauce en la calzada, que
según indica su nombre, es jurisdicción de los zapateros.
No veo otro camino para que los peluqueros invadieran, como tanto lo han
deseado, el oficio de aquéllos, logrando hacer brillar su arte en ambos extremos
anatómicos. Por otra parte, el peinado es una manera de pensar por fuera de la
cabeza, por lo que debieran sentirse orgullosos los artesanos que tomando la
navaja al dejar las tijeras, nos tienen tan acobardados y sitiados como para
despojarnos de nuestro cabello sin protesta ni intento de fuga.
Pero volviendoal asunto inmediato que no olvidaré un solo momento, quería
enseñar que si las durezas plantales originaron los botines, éstos están
haciendo nacer tantas que pronto volveremos a la dureza única. Es, pues, un
círculo el progreso y la espiral de Goethe no condice con el piloso principio y
el coriáceo final de la anatomía humana.
("Proa", 1922)
Un artículo que no colabora
Desde los tiempos cuando los jilgueros volaban hasta los en que se tuvo
gobiernos capacitados para postergar con urgencia cualquier asunto y
especialmente la hora de los eclipses solares, que a veces por descuidada
combinación de los astrónomos preparadores caen en instantes en que sólo pueden
disfrutarlos los trasnochadores más próximos, se me viene solicitando de
"Martín Fierro" un artículo breve o que yo sea breve en un artículo. (La
preocupación de "Martín Fierro" por sus lectores no reconoce límites; pero nada
lo hará feliz, pues por nuestra parte el límite de los colaboradores no reconoce
preocupación.)
Me costará pena por estar fuera de mis hábitos, aparte de ser cosa notada que
siempre seguimos la misma costumbre que hemos cambiado. De mi agrado ha sido que
los artículos parecieran breves; mas tras múltiples pruebas resulta que el
lector no se atiene a la apariencia; los desea efectivamente cortos; sólo así
los ve breves. Artículos que duren poco, ¡qué gente de sueño fácil!
Por diminuto que sea un trabajo debe empezar. Pero los Directores no lo
entienden así; no pueden ver que un artículo empiece. Es un alarmismo tal que
sólo se tranquilizan de que no será largo si uno les promete no comenzarlo.
Todo lo que puedo es empezarlos cortos. En este esfuerzo he logrado hacer de mis
primeros cuatro renglones una reconocida notoriedad de brevedad. Está
debidamente codificada entre todos los lectores del mundo la regla de ausentarse
después de la cuarta línea; a esta altura yo cuando leo, suspendo; cuando
escribo, sigo, pero justificadamente, pues la brevedad ya la he satisfecho al
principio.
Me parece que yo hago como todos (dicen que el tartamudo cree que todos son de
su tartamución. Me gusta más el dicho "el ladrón cree que todos son de su
condición", porque es aconsonantado; y es un placer tan grande leer "ón" y unos
segundos después otra vez "¡ón!". Sólo así el dicho contiene sabiduría). A la
altura en que autor y lector cesan de acompañarse puede escribirse ampliamente.
Y está tan bien acomodado esto de no pasar del cuarto renglón, que ningún
lector sabe que desde la línea siguiente no hacen otra cosa los autores que
hablar mal de él.
Así, pues, es inútil el empeño de los señores Directores de "Martín Fierro".
Después de la cuarta línea no hay nadie a quien proteger.
Por lo demás, yo distrayendo a ambos Directores, al uno con los jilgueros y al
otro con el eclipse, he logrado que sin oposición este artículo quedara
totalmente empezado.
("Martín Fierro", 1925)
Articulo diferente
En los días en que toda la literatura es: "Señor, habiéndose derretido la ley de
alquileres, prefiera usted, desde hoy, en esta su casa por ésa mi casa, pagarme
80 pesos más, etc.", me dirigí a "Martín Fierro" pidiéndole me aumentaran
espacio para los escritos. Con tal mala suerte que se me contestó mandara sólo
artículos cercados o sea contenidos por un cerco y que tuvieran la solución
cerca, y, además, que ocuparan un solo lugar. De modo que no he podido saber qué
gusto tiene un aumento, cuando toda la población lo sabe. La comunicación de los
directores no dice si avisarán cuando estén de mejor humor; no usan postdatas
que alegren. Si insisto me van a prosperar hacia la calle.
Así que, estimado lector, hoy no publico más que la mitad de lo que se ve aquí.
Toda persona que haya estado en este mundo sin techo y con moral, redondo en
esta semana y que no sobra por ningún rumbo, habrá redondeado, en día de
soberbia, el pensamiento de haberle tocado sólo a él nacer del lado en que las
tortitas tienen azúcar, que es frente mismo adonde sobresale la manija del
planeta que "gira alrededor de sí mismo" si pudiera yo girar en torno de mí
mismo me repasaría la espalda del sobretodo al retirarme de cada pared; y
viendo que este mundo no es como los días jueves que alcanzan para todos, sino
corto, de economizar, que se consume por donde lo gastan, disfrutándolo el que
llega primero que no son todos tendería su mano afanoso a dicha manivela en
procura de dirigir el globo hacia donde él está; si bien esto es algo imposible
en mecánica estricta hallándose la persona y el mango en un mismo sistema de
coordenadas. Pero las "recomendaciones' son la genuina cuarta dimensión que se
busca, y en mecánica laxa, interesándose personas de influjo se le cepillaría
la incongruencia a mi proposición. Un sobreviviente de las conferencias de
Einstein me garante que esto es todo lo que le entendió; me confesó dicho amigo
que él asistía con el plan de entender; de modo que no hay nada que dudar en el
asunto; ni se puede discutir cuán enojoso habría sido para Einstein conocerle
semejante plan. Sigo aquí porque es donde debe continuar un artículo diferente.
Siendo esto así y lo demás de otro modo, es casi seguro que las continuaciones
alargan los artículos y también que todo hombre creyó alguna vez tener en su
poder la manija de este quejadero redondo y que no hay en Buenos Aires esquina
tan larga que permita esperar en ella todo el tiempo necesario para catalogar
cuantos proyectos se le ocurrirían a tal hombre de lo que haría y desharía con
el mundo, en que nosotros estábamos tan tranquilos. De mi sé decir suerte que
me tengo ahí hoy y aquí; sino no sabría nada de lo que piensa una persona en tal
emergenciaque hallándome en esa afortunada prerrogativa imprimiría a dicha
manivela impulsión tan brusca y bajo tan exquisito cálculo de direcciones, que
saltarían del planeta las 298 morales, las 1.413 religiones, las 921
superioridades de raza y nacionalidad, y los 198 motivos de envanecerse de haber
nacido en algún punto (¡qué trabajo me dio formular tantas cifras variadas, sin
repetir centenas ni decenas!), cuyas despedidas entidades encontrándose y
fundiéndose compusieran un grumo que tapara el agujero de entrada al mundo de la
infatuación y la mala voluntad.
Ahora, considerado lector, espérame en esta esquina, que vuelvo en seguida: tan
pronto como me haga millonario y haya entendido al tiempo como forro del
espacio, según Einstein.. Si tardo más de lo imputable a estos motivos, será
porque estaré buscando el farol de nuestra ciudad a cuya luz sea fácil
comprender por qué razón hemos creado una civilización de privados sexuales, de
prohibidos; tardando todavía será que mi solapa está en manos de un partidario
de Debussy frente al Odeón, o porque estoy pasando lentamente de la teoría
luética a la parasitosis, como nuestro genial clínico, o porque estoy frente a
la bobería en mucho bronce de Rodin, procurando adivinar en qué piensan los
músculos del "Pensador" (¿es Dempsey o no es Dempsey? Los pensadores son más
friolentos; éste se saca la ropa para poder pensar).
En fin, en un país de pastores, con diez generaciones de dieta cárnea, en que se
permite comer remedios y se prohibe comer carne, hay mil motivos de entretenerse
con tal que uno no se entretenga delante de una vidriera de frigorífico, quizá
porque éstas, afiebradas por el tráfico, han dado también en atropellar.
("Martín Fierro", 1925)
Carta abierta argentinouruguaya
(Señor Redactor a quien se encargue la molestia de leer esta colaboración de
ausente en la sinigualada Revista Oral. Dirá usted primero, si le parece, unas
palabras como éstas:)
Nuestro redactor Fernández debía darnos el editorial de este número. No lo hace,
por causal que en carta aduce, y pide que en recompensa del trastorno que nos
ocasiona, le publiquemos, en primera página, como editorial, tomándonos la
única primera página de que disponemos, una urgente carta abierta que desde
hace meses está apurado en publicar pronto. En ella hay un buen espacio en
blanco, porque desearía que en él insertáramos su fotografía oral con
modificaciones favorables, pues dice es la única fotografía que anticipa los
rasgos que presentará su fisonomía en un porvenir cercano, cuando él será más
joven. Antes, nunca dejó blancos en sus artículos ni en las entrevistas y
reportajes que se le hacían, porque el periodismo los aprovecha para perjudicar
a los escritores con la sospecha de haber estado callados un instante, y también
revelan que ese instante no sólo fue de silencio incapaz sino de mortal vejez,
insertando allí el retrato sin esperar a que uno sea más joven. Termina su carta
continuando con esto: "Amigo: le recomiendo mi edad; apresúrese a tenerla: es
la época en que se puede vivir sin chistar, y en que se nos distingue,
chistándonos, al pasar por algunas veredas y ventanas, lo que usted no
conseguirá nunca si no cambia pronto de edad; y de retrato, como yo".
No nos queda otro remedio que lamentar la ausencia que le impide asistir y abrir
la carta abierta, lo que haré yo a su ruego, y la leeré también, pues Macedonio
es analfabeto: por descuido de su familia sólo se le enseñó a escribir sus Obras
completas que será el primer libro que publicará pero no a leer.
La urgente carta, pues, que después de meses de escribirla pronto en tales
meses de prepararla ha conseguido Fernández la práctica necesaria para hacerla
pronto no tiene un minuto que perder: será leída en seguida, y escuchada al
mismo tiempo, para no perder momentos.
Es dirigida al Director (los Directores también se dejan dirigir) de una revista
semanal de gran circulación 130.000 de tiraje, tres ejemplares menos que la
Revista Oral con motivo de atribuírsele en ella a Macedonio Femández por error
la nacionalidad uruguaya.
Señor director de una revista:
Nada tenía de qué alegrarme cuando comprando la revista de su mando en uno de
los quioscos donde las prestan, veo transcripto un producto de mi ingenio que
protuberó a cierta altura de columna de la amable Martín Fierro. Un estudio
grave y retirado (de entre los escombros) acerca de la súbita declinación de
la Arquitectura (de El Tropezón) con citas bien confundidas deRuskin, Cornisay
Flatacho. El material de estas referencias era tan valioso que se podía ganar
dinero rematando la demolición de mi escrito. Asimismo era breve; artículos
mucho más cortos ocupan dos columnas: el mío solo la altura de caerme de una.
Esto era todo: no tenía adiciones, pues en el suceso de aquel derrumbe quedaron
tantas sin pagar que se ha hecho hábito no abonar añadidos literarios.
Seguramente que la publicidad en vuestra revista me lisonjea y contenta siempre
que no me paséis una cuenta extremosa, atento a que me falló el pedido de
$10.000 que hice al Congreso, en compensación de cuyo socorro me comprometía a
permanecer ausente del país hasta mi regreso: intriga fácil de explicar si digo
que soy el único habitante que se ha impuesto la absorbente ocupación de
cumplir todas las leyes dictadas cada semana, lo que me da aire tan triste y
desbaratado que constituyo para los congresales un espectáculo lacerante,
irrisorio, un asedio de remordimientos y malos recuerdos de tanto legislante
disparatar. Por cierto me fue grato verme transcripto, pues, además, ello
comprueba dos agradables propiedades de lo literario. Por tal reproducción
descubro: que todavía soy autor de dicho artículo, condición que no sabía durara
tanto, y que los artículos sirven para dos veces y más y se parecen, entonces,
al levantarse de la cama que con una valiente vez por la mañana basta para el
día entero; o al apagar el candelero (no nombro la vela porque no se usan ya)
que soplando bien un tiro no hay que seguir de soplador, cual con el fuego; o
como el silencio de los tartamudos que no es salteado cual su habla sino tan
liso, seguido como el de los bien parlantes y si no se empecinaran en hablar
nadie los conocería como a un bizco que duerme.
De esto no se hable más y siga usted con lo mismo. El caso es que como la
publicación suya me convenía yo la hubiera tenido oculta cual buena suerte de
egoísta. Pero en revista de máxima difusión de nuestro país uno de los millares
de lectores se lo dijo al otro (sin lo cual este otro, por más lector que fuera,
no lo habría sabido) y se propaló cierto error vuestro: se me atribuye
nacionalidad uruguaya, lo que vengo corriendo, en tren perdido (tal es el apuro
y apartándome de la respetada práctica de no viajar en él) a rectificar antes
que lleguen las protestas de Montevideo.
No tengo de uruguayo más que la circunstancia de haber vivido siempre en Buenos
Aires, pues empleo no consigo ninguno, aunque desde muchos años lo solicito; y
seguiré hasta que sean 25 años. Entonces me jubilaré de pedirlo: mi vacante será
muy disputada porque la competencia para pedir empleos no es aptitud exclusiva
mía; a nadie le falta; sólo sí el empleo.
Hace quince días de lo comentado. Sería yo de los uruguayos más jóvenes; pero es
tarde para nacer. Es cierto que he estado en Montevideo, Soriano, Fray Bentos,
Canelones, Tacuarembó, Mercedes, sin contar otros departamentos en que no he
estado. Pero era sólo de paseo: no de nacer. Muy muchacho, en Pocitos, me mordió
un caballo el hombro y casi me extrajo así de encima. Qué animal paciente:
tironeaba y seguía tirando, pero como era tan largo (caballos tales debían
alquilarse con itinerario impreso para consultarlo en apuro de desmontar; es
difícil hacerlo de memoria en tal apuro), entre los dos no conseguíamos salirme
de él. En Ramírez me puse a buscar aire en un pozo bajo el agua y saltaba hacia
la superficie, pues no encontraba sótano al líquido; hice esto tantas veces que
un testigo viendo que con ese tejemaneje yo saldría de todos modos a flote, me
sacó. Es la única vez que se me ha visto sudando por ganarme la vida, pero
malamente, pues me encaprichaba en respirar en el momento menos acertado, siendo
que nunca había parado atención en esta función del organismo que ahora me
entusiasmaba. La natación era mi talento; tan metido con el agua que al rato no
se me veía, nadaba, nadaba hasta que me salvaran; inventé el braceo náufrago. En
Mercedes dediqué todas mis temporadas al caballo: nunca he andado tanto a pie.
Allí una muchacha más bien fea me dijo tilingo. Otra señorita, de nombre Mecha,
me besó. Este último sistema ¿con quién lo habría aprendido? me pareció bien;
busqué a la primera y se lo comparé: se quedó reflexionando, a mi juicio
derrotada.
Mas, por todo esto no soy uruguayo; es exagerado. Nací tempranamente; en una
sola orilla (aún no me he secado del todo) del Plata. Me encontraba en Buenos
Aires a la sazón; era en 1875: fue el año de la revolución del 74, como después
tuvimos un año para la revolución del 90. Pocas personas han empezado la vida
tan jóvenes (si hace 50 años ya era tanta mi juventud ¿cómo no lo sería mucho
más la de Alcibíades hace 3.000 y qué extraordinario puede ser que las bellas
se enamoraran de su perro?). Durante un minuto fui el americano de menos edad;
y creo que ya en ese instante oí tres himnos a Sarmiento y Rivadavia fundó las
escuelas. Es verdad que de esto quedé algo sentido hasta hoy.
La orilla era la derecha yendo al centro; sirve igual que la otra, y los que
vienen de Europa la llaman izquierda hasta que se familiarizan con el idioma;
pero es la misma. Cierto que se consultó al Uruguay si haría objeción a que
naciera yo allá. La respuesta no pareció entusiasta; no decía que sí o que no;
exigieron datos sobre mi carácter e ideas y por fin el gobierno uruguayo
escribió: "Por nosotros no se preocupen: están ustedes perdiendo el tiempo: ya
podía haber nacido".
¿Qué se temía de mí? Yo no traía intención de daño a nadie, a ningún empleo
ocupado; no portaba ni un cortaplumas; y hoy con todo lo que he leído y cursado,
no soy tan inocente como aquel día, tan inexperto en nacer que fue preciso
llamar una señora experta que lo hubiera hecho muchas veces. ¡Oh, qué mal
momento! ¡qué molesto! ¡qué peligro de vivir! No encontré una persona conocida.
O me tomaban por otro. Nadie que dijera viéndome aparecer: "¡Esa facha yo la
conozco!" ¡Oh, fue angustioso! No lo volveré a hacer. Y no se lo deseo al mayor
enemigo: (el hombre que saca un papel de 10 pesos para pagar el tranvía,
poniéndonos súbitamente tristes a todos pues sabemos que el guarda se volverá
hacia nosotros aparentando alguna esperanza y nos solicitará cambio). No es
cierto lo que se dice que yo enseñé a los techos a lloverse, a los llaveros a
quedarse en el pantalón que cambiamos para salir al teatro: y al que no puede
pasarse decantar con mucho sentimiento, en los ómnibus, la tabla de multiplicar
de Pitágoras colgado de la correa (y por otra parte no me parece poema dicha
tabla). ¡Oh! ¡yo no duermo de ese lado!, no sirvo para lector de soniditos.
Cervantes, Gómez de la Serna, Estanislao del Campo, Poe, me tienen despierto. No
nombro a Quevedo y Mark Twain porque no me conviene y en los momentos en que uno
no sabe dónde ha nacido se le confunde también el nombre de sus inspiradores.
Pero, aunque sólo sea por ociosidad, examinemos, sin ocuparnos de lo que
perdería el Uruguay, qué ganaría yo con nacionalidad nueva. Veamos: ¿cuántos
tomos de Historia es la del Uruguay? Aunque sólo sea la 5' parte que la de acá
no me le atrevo. ¿Cuántas batallas, valor indomable, aniversarios, centenarios,
cincuentenarios de genios y patriotas? ¿Allá se usan también las diabetes,
reuma, los sustos, como casos de "muertes por la patria" y cambio de nombre para
las calles? ¿Las pensiones son para los contemporáneos del héroe, que tuvieron
que soportarlo, o para gente que nada le padecieron, como acá? ¿Quién es el
Sarmiento para himnos de ustedes? ¿Se inunda el arroyo Maldonado también allá?
¿La esquina de Callao y Rivadavia es allá como acá peor que una consulta de
médicos? (se debiera dar en el acto, en el Molino, un banquete a la persona que
la cruza sano y salvo una vez, partiendo de la Plaza Congreso y alcanzando a
llegar a dicho banquete).
No; no voy; digo, no soy. Además hay un puntito de sentimiento en mi
determinación. Lo trataré bajo el título de Una novela que comienza. Allí se
verá que al presente vivo en una espera romántica indeclinable que debe suceder
en Buenos Aires. Es verdad que caballero tan de nacimiento confundido, es de
alegre esperar y puede aguardar lo bueno debajo de una cornisa que se traslada.
Soy del señor Director con vivo aprecio.
M. F.
Noticia El que sí es uruguayo es el buenazo de don Juan. Pero se muda; ayer lo
vi con un paquetito. Unas quince veces por año cambia de domicilio y manda decir
a sus amigos: El cambio de domicilio que ocupo ahora es calle Lavalle 1025. Para
eso no usa equipaje; cuando lleva un paquete o los bolsillos abultados está de
mudanza. En junio salió de Libertad 443; en agosto volvió a Libertad, pero no al
4º piso donde antes, sino al 5º. Doña María, la del 4º, supo que estaba en el
mismo edificio pero ignoraba en qué piso. ¡Será posible, exclamaba anoche
acostada, que no me haya visitado ni dicho a qué piso vino! ¿Dónde se habrá
metido don Juan? No sé si lo tengo arriba o lo tengo abajo, yo que conocía tanto
su...
Este don Juan, tan buen amigo, figurará y estoy seguro que observará una alta
moral, en mi cada día menos evitable romance, si para entonces vive; pues mi
novela no admite sino a vivientes so pena de confundirse con la Historia donde
los muertos lo hacen todo, se lo llevan todo por delante. En dicha novela
repetiré alguno de los chistes aquí intentados, pues espero llegar a un extremo
de garantía y seriedad de mis bromas, ensayándolas en varias reiteraciones;
además, así se entretendrá algún exigente en originalidad, quien descubrirá que
una idea mía es de Steme o Rabelais, cuando no habrá sido tomada de allí sino de
mí mismo, de la primera vez que la dije; en el estado de repetición se parecerá
textualmente a la idea de S teme, pero antes se parece a la mía de la primera
vez que 1.a copié, porque es tan escasa la originalidad que hoy no queda otra
que la de primer copista de autor nuevo; "primera copia" es un subgénero
sancionado de la originalidad.
("Martín Fierro", 1926)
Primer número "plateado" de la Revista Oral
No venimos, señores, porque hayamos creído que nuestra "Revista" auricular no se
oía hasta La Plata; ni porque una brusca interrupción en el servicio de no haber
tranvías en Buenos Aires la acumulación de muchos en una cuadra los hace no
haber, y da gran prestigio y velocidad a las veredas nos haya llenado de
preferencias por la abundancia de no haber tranvías en La Plata solo que allá
esto sucede únicamente a las ocho de la noche y en Corrientes y Suipacha, hora y
paraje que podéis conocer leyéndolos en nuestros poetas cuando cantan a la
aurora y el arrabal, con toda la emoción de lo ignorado y de la ausencia, que
tan elocuente hace siempre al hombre; ni porque en este momento falte en Buenos
Aires la comodidad requerida para dedicarse a la tarea de que Marinetti llegue
sépase entretanto que la estadística, ordenada por nuestra comuna, de las
personas que empleaban su tiempo en que esté llegando Marinetti, resultó
operación impensadamente morosa, y no porque fuera muchas esas personas, sino
(es mi opinión) porque a los ocho días de comenzada todavía no se había
encontrado a la primera, y se procura prolijamente no comenzar el recuento por
otra, porque después habría que empujar toda la lista de las ya juntadas, para
hacerle lugar ordinal a la primera.
Una nómina de todos los motivos que no han sido el de nuestra venida sería
preciosa y en todo el mundo habría ansiedad, tanta que hasta se
olvidarían de estar ansiosos. Sería, seguro, extensa; más aún, tendría que
enumerar todos los posibles motivos de un acto, menos uno: el de nuestra
visita. En verdad confesamos que hemos hecho, que tenemos esa lista. No os
asustéis: no la leeremos. Alberto Hidalgo desafió a que él era capaz de hacer,
en un momento, cualquier cosa interminable, y la concluyó efectivamente.
Es tan cierto: que uno de nuestros redactores, que ama con delirio a Buenos
Aires y considera de inmenso mal gusto pagar por alejarse de ella, no quiso
comprar boleto de venida; y lo tapamos con la lista mencionada municipal de
esperadores de Marinetti que era un pliego muy grande en el trayecto para evitar
distracciones con los inspectores. Pero tenemos que llevarla, para taparle el
regreso a ese redactor porque, apenas nos encontramos con vosotros y pisamos
vuestras diagonales, comprendió dicho redactor que es también de insufrible mal
gusto pagar por alejarse de esta bella ciudad del pensamiento, de lo joven, de
la expresión de vigilancia por el alma.
Sean éstos los alicientes que crearon motivo a nuestra venida y que nos harán
retornar cada vez que nuestra esperanza idealista ansíe tibieza de hogar. Está
es hogar para el alma.
Breves seremos: traemos más qué escuchar, que de decir: un público de privilegio
como vosotros debe hablarnos cuanto antes; por primera visita impreparada,
seremos breves, y yo el primero, para oír cuanto antes la sugestión de vuestro
vivir de inquietud.
Salud.
Editorial de regreso de la "Revista Oral' de Córdoba
(Leído por otro, no habiendo podido asistir el autor)
No necesita explicación mi presencia aquí, señores, pues que ésta falta; y
espero que seréis con ella indulgentes, considerando que no se ha producido.
Puedo demostraros punto por punto que corristeis casi todo el peligro de tenerme
en Córdoba; y no hay que fiarse en que no estoy, como si fuera fácil conseguir
mi ausencia, tan solicitada, ni os enorgullezcáis de que "dicho señor Fernández"
no esté en Córdoba, pues en ello no os he dispensado ninguna particular
preferencia. Hoy, excepto Buenos Aires, toda ciudad argentina ofrece tal
aliciente, y aun creo que mi ausencia se ha extendido a puntos del extranjero,
en que jamás he estado, por efecto del concepto que de mí se difunde.
Notaréis que he cambiado novedosamente el texto usual de las personas que
faltan. Ellas hasta hoy creyeron siempre que les urgía disculparse; sólo alguna
muy inteligente llegó a dudar si era la presencia o la inasistencia la
necesitada de ello. Constituís, pues, el primer público del mundo al cual no se
molesta con esa fatigosa ficción. Ello no contradice que concrete la causal de
mi ausencia. Estriba ésta en que he sido mortificado por una insinuación que la
Dirección de la "Revista Oral" tuvo forzosamente que hacerme, de que una pequeña
parte del público de Córdoba, en unanimidad con la parte restante, exigía, para
acogerme con entusiasmo, que yo diera garantías concretas de mi regreso a Buenos
Aires, a cuyo efecto me ha sido estipulado por la Dirección que yo haga y firme
el editorial de regreso.
No comprendo cómo se recuerda en Córdoba que la vez que vine (hace treinta años)
por dos días, y fui recibido por todas las casas de la ciudad las que ya
entonces encontré todas edificadas, pese a las jactancias de la municipalidad
actual (yo no sé nada, pero supongo que se jacta como todas las autoridades
comunales), coloqué inhábilmente estos dos días de quedarse al final y no al
comienzo de unos treenta días de no quedarse, que me habían recomendado; me
quedé treinta y dos días, período formado todo de penúltimos y últimos días
según las cartas y telegramas de convencer la familia que yo redactaba entonces
diciéndole "Ya he regularizado mi demora", "Partiré tan pronto concluya de
demorarme". Frases como éstas, en el centro de un telegrama, efluvian un
sentido clarísimo y tranquilizador; a mí me parecía que yo había llegado a
"tiempo de demorarme" y quería gozar el fruto de este género de puntualidad. Por
cierto que los diarios anunciaron "que se encontraba entre nosotros el conocido
don Macedonio García y que este señor López seguramente quedaría pocos días
(seguían otros elogios)" y se me deseaba larga permanencia dentro de la semana.
Y bien, señores, pongámonos tristes, meditemos. En aquellos tiempos no obstante
mis pocos años yo era ya joven y, por lo tanto, rico en sentimientos, viviendo
internamente en dolor y placer, era, como todos los jóvenes, materialista y
cientifista. ¿Puede tener algún sentido en boca de un joven la fe materialista
y cientifista, el agnosticismo, aún la creencia en la muerte personal, la
creencia en la casualidad del mundo, en la casualidad o contingencia de nuestro
advenimiento individual a él, la creencia en el progreso, que degrada el pasado
y valoriza neciamente el porvenir, infatuándonos de ser posteriores al pasado y
agitándonos de no estar en ese privilegiado porvenir, la creencia en la ciencia,
que declara
que este mundo es casual y casual nuestra presencia en él, y que sin que tal
punto de partida la paralice se entrega a predecir todo el porvenir
manejándolo por tanto como un pasado y fija causas a todos los fenómenos de
este mundo que pudo o no existir y en el que por tanto la ciencia pudo o no
sentarse a dictaminar?
En aquel tiempo yo era socialista y materialista. Hoy soy anarquista spenceriano
y místico. Es cierto que entonces mi poder intelectual era mucho mayor que hoy,
pero es cierto por otra parte que hoy mi sensibilidad, mi contenido psicológico
cotidiano es mucho más pobre y por tanto mucho más fácil de estudiaren su
misterio, en su calidad metafísica, pues todo estado sentido, por
insignificante en duración o intensidad que sea, representa la totalidad del
interrogante metafísico.
Es posible que en orden a lo sociológico me encuentre equivocado, es decir, que
mi casi completa incredulidad en los beneficios y necesidad del Estado sea
inadecuada a la faz social de la psicología del hombre.
Pero en mi actitud mística me siento seguro; y por intermedio de la revista
"Clarín" u otra publicación de Córdoba me complacería exponer su defensa, ya que
considero que no pudiendo responder a todos los dolores, confusiones y
oscuridades del alma de los jóvenes, que es de lo que habría querido ocuparme en
este editorial, pues la juventud no me parece contar con los amparos y la
atención a sus problemas sentimentales y acomodo práctico que debiera hallar
preparados para ella en el cuerpo social, y yo quisiera acudir a su consuelo
(como anhelé claridad y estimulación, cuando joven y sufriente, de algún fuerte
pensador y honesto, de entonces) con la exposición más cuidadosa y completa
posible de la verdad y necesidad de la actitud mística. También la beldad
civil, o sea la Libertad, el Estado Mínimo, que es mi otro tema u obsesión, será
otro de mis tópicos.
Se despide de vosotros por ahora, dejando el haber venido para otro día.
Inauguración Nº 42 (De la "Revista Oral")
Hemos acertado denominar así nuestras sesiones, para impresionar de
responsabilaidad inaugurativa el tono de trabajo de los redactores, mientras
meditan los agudos estudios que les exigimos. El nacer sólo una vez, aunque a
nadie le está de más, y dura y no se olvida en toda la existencia, no rige para
las ideas, que viven de rejuvenecimientos no de continuidad. A ellas les
conviene la inanticuable palabra "inauguración". La inauguración cotidiana nos
gobiernasin alusión oficial e inflexiblemente llamaremos última inauguración
a nuestro postrer número, que aún no ha salido, si bien tenemos ya de él
infinitos pedidos y las personas lo quisieran ya. Habrá que aguardarlo; es
siempre el que más se tarda y por culpa de su morosidad rara vez escapó a una
colocación de las más postergadas en el orden de aparición.
La emulación pública por tener pronto en las manos el ejemplar auditivo que
concluirá con la "Revista Oral", es una grata señal de su perduración, y de la
nombradía que algunas de nuestras familiares y gustadas firmas ya gozaban, a
veces por el solo hechizo de no haber escrito nunca; pues los que no publican
tienen un público rarísimo, quizá el más vivaz y curtido, que hace justicia a
este género de autores; mientras la crítica vacila y se confunde, ese público no
duda que si el prudente hombre no escribe, de su mal se está precaviendo.
No incurriremos en la innocua recienvenidez de disimular que la preferencia por
suscribirse sólo al último número, nos tuvo corridos de ridículo unos días. La
posible socarronería de los pedidos nos escocía tanto que, fundadores,
redactores, administradores y cobradores de la "Revista", en suma todos sus
admiradores, nos turnábamos diligentemente en excusarnos de atender en persona
al cliente futurista. Pero la exaltada demanda era de buena fe; los pedidos eran
sanos, encaminados a darnos ánimo, garantiéndonos al menos una extinción a gran
tiraje. Debíamos tener semblante de no ser capaces de llegar, sin ayuda, a dejar
de aparecer; de que por no saber cómo se consigue hacer última a una edición,
continuáramos después de ésta; o cesáramos antes de dejar de aparecer.
No será así; correspondiendo al favor del público apresuraremos esa edición que
dichos adelantados suscriptores futuristas prefieren de prisa; pero así como
supimos particularizar entre todos sus números un primero no dando ninguno antes
de él, concluiremos por un número, y será tan próximo, y conocidamente último,
que contendrá relato del, para entonces completamente ocurrido, fin del mundo,
tantas veces empezado por los astrónomos sin concluirlo ofreciéndonos sólo un
fin seguido, cuando a un metafísico le es tan fácil como hacer piar a una
incubadora brindarnos un fin absoluto que puede competir en duración con un
añadido de las docenas de terminaciones de mundo juradas a telescopio.
Debido a las escaseces que siempre se enredan a las fundaciones, nuestra revista
ofrece la debilidad de que después de todos sus renglones no dice nada, lo que
la descuida de incompleta como todo lo que acaba. El ejemplo de cómo algunos
grandes diarios han salvado esta dificultad, con números del domingo, que no
terminan, nos esfuerza a reparar la imperfección. Mas entretanto nada
disimularía tan bien la pasajera limitación, como una conversación generalizada
con el público, acerca de teoría del arte, situación del profesionalismo
artístico local, orientación del gusto popular. No parece que otros temas,
aparte de lectura no recitado de obras inéditas, fueran indicables en un
recinto tan precario y consideradas todas las circunstancias.
Nuestra Revista, no obstante su modesto ser en la inmensidad de actividades de
la publicidad, es la única que ha logrado "hacerse oír"; y esta especial manera
de atendernos, que el público no concede ni a los grandes diarios, nos obliga a
corresponderle en calidad. Y nada es calidad como la largueza de juicio frente a
la variedad de gustos, maneras artísticas, buscas espirituales, y la libertad.
Somos todavía un país sin manías; es la impresión más amable del ambiente
argentino y esto es lo que llaman chatura de nuestro vivir los que se adietan a
lo europeo. Hasta hoy, ni la gestación de una manía se percibe en nuestra nada
recelosa convivencia. El primero que nos traiga una, hará insondable traición a
nuestro espíritu con el éxito de una pestilencia. Somos, por sencillo efecto de
nuestra momentánea y moderada holgura económica pues ninguna nación gozó nunca
de un bienestar material muy alto o duradero; una fuerte graduación de pobreza
es la norma de todos los países y épocas somos uno de los grupos humanos, por
hoy, más inteligentes y benevolentes, dos cualidades que también tienen su
normal histórica de parquedad. Suele ser antipático oír explicar la inteligencia
y la bondad por el índice económico; no puedo ahora argumentar mi tesis y
quedaré pues, provisoriamente malquistada con algunos jóvenes oyentes;
quedémonos con las ganas de querernos mejor ellos y yo en favorable oportunidad.
La menor inteligencia promedia de algunos europeos frente a la nuestra se revela
en juicios errados, injustos acerca de nosotros; y nuestra mayor benevolencia,
frente a la de ellos, se revela en la tolerancia con que los dejamos decir. Si
los diez millones de habitantes de la Argentina produjéramos intelectualmente lo
que un promedio de diez millones de habitantes de Europa, no produciríamos nada
y llamaríamos la atención del mundo como una sociedad humana singularmente
escasa de mentalidad. Pero los 450 millones de moradores de Europa tienen una
productividad mental conjunta que fácilmente impresiona, sin embargo de ser
proporcionalmente acaso exigua hoy. No diríamos lo mismo de la Inglaterra de
hace 60 años, la Francia de Voltaire, Lavoisier, Laplace, Rousseau, Lagrange,
Lamarck; de la Alemania de 1860, de España del siglo 16. Ya hicimos salvedad de
lo pasajero de las superioridades y sus causas.
Con un promedio insignificante de 6 millones de población en los últimos 40
años, hemos tenido a Estanislao del Campo, como cuya frescura de inspiración y
firmeza de gusto, Europa pocos ejemplos tiene entonces; a Hernández; a
Sarmiento; Vélez Sarsfield, Wilde; Alberdi; a Mitre, genio de la ciudadanía y de
la construcción de civilidad, superior a insignes estadistas por su desapego a
la posesión pecuniaria y su familiaridad con todos los afanes del pensamiento; a
los dos Ameghino; Muñiz, los Ramos Mejía; a Juan B. Justo, economistasociólogo
eminente y prosista magistral; a Martín Gil, hombre de ciencia celebrado,
músico y prosista excelente; a un bufo de genio como Florencio Parravicini que
en un instante y para veinte años desalojó a los profesionales europeos de
comicidad teatral rutinaria; a biólogos como Julio Méndez y clínicos como Castex
y cirujanos como Chutro; a pintores que han triunfado en Estados Unidos y en
España. En música tenemos la deliciosa floración continua de nuestros tangos,
que a veces contiene más música esencial que muchas atléticas óperas, "suites",
"conciertos", que ostentando desdén por lo popular no tienen más valor que el
prestado por alguna de esas magníficas "tonadas" del pueblo español y del
italiano meridional; tenemos excelentes instrumentistas en guitarra (María Luis
Anido), violín (Allardice White) o un ejecutantecrítico como Luna. ¿En política
habría alguien genial a quien nombrar? Etc., etc. Lo que sucintamente propongo a
vuestra evocación para retemplar vuestros esfuerzos en los precedentes de
nuestra fecundidad en el pensamiento y el arte.
¿Y la novela actual, la lírica, la crítica? Aquí estamos ante el problema que
debiamos plantear y que queríamos preparar con la digresión precedente.
Creemos que no tenemos nada genial en prosa, crítica y verso; ¿la Europa actual
la tiene, aunque muchos gesticulen de genios por allá? Pero brillan aquí: en
Arte, una genialidad: la del gusto estético de nuestros artistas; y en algo
atañedero a la Literatura: en el periodismo argentino hay genio.
El exigentísimo gusto artístico de nuestros talentos, más pronto y severo, y la
inferioridad, comparada con él, de sus obras, componen un misterio.
La genialidad de nuestro periodismo; el amparo, aunque utilitario, que un
periodismo vigoroso ofrece al literato, aunque sea como sostén provisional, y la
inferioridad de las obras literarias, componen otro.
Nuestros literatos llevan al periodismo páginas geniales, a veces, y no nos dan
un libro magnífico. ¿Cuál es la explicación? La celebrada "alacranería" de
nuestros artistas es la resultante precisa, nada injusta ni
envidiosa, de la excelsitud del gusto y de la medanía del libro del literato
argentino.
¿Cómo explicar esto último? Y considérese que aludo, con la calificación
medianía, a obras que con una firma francesa serían notablemente encomiadas y
vendidas, porque los europeos son inteligentes y los hijos de europeos parece
que no.
Nada más puedo decir, porque me falta el especialísimo estudio necesario y sólo
me he atrevido a una expresión personal de asombro ante ciertos extremos que he
señalado.
Os dejo contaminados con estos problemas de que adolezco.
II . BRINDIS DE RECIENVENIDO
La oratoria del hombre confuso
Leído por el poeta E. Fernández Latour en el banquete en que el pintor Pedro
Figari fue congratulado a inspiración común de Martín Fierro y Proa.
El uso de la palabra es travesura que me ha costado una contrariedad por vez.
Favoreciéndome certera y prontamente como el tratamiento que dejó de seguir el
extintocon el efecto de que el encontrarme en casa luego paréceme recuerdo de
resurrección: un bienestar de sobreviviente tras malestar de persona que está
naciendo. Sólo aquellos de nosotros que han nacido pueden pasarse de
explicaciones acerca de la minuciosidad con que estuve revisándome para
certificarme si mi totalidad contaba todavía con un porvenir, si mi presencia en
el hogar era completa y tal que pudiera sostener mi voz en el tono autorizado
con que debe pedir el vaso de agua y de ánimo al delantal de la mucama de sueldo
atrasado un muerto interrumpido o un interrumpido de morir. La primera vez de
cualquier cosa debiera venir después de unas cuantas; para evitar contradicción
en los términos, bastará trocar su designación numérica por una algebraica,
llamarla alfa. Yo no lo pensé, y me dirigí sin ensayo a la señorita que pasaba
(para que una señorita pase es preciso estar sentado a una mesita de bar de las
que en verano se salen a la vereda: allí estaba yo y en ese mismo bar) y le dije
esta sola palabra "Leve como velo de nube del pincel de Figari; bella como el
acertar con un asiento lleno de uno mismo en un tranvía lleno de otros; ojos
negros como la pena del que no los ha visto, ¿por qué tu andar te aleja de mí si
bastaría detenerlo para que la latitud de nuestra separación cesara de
crecer!... ". Pensaba extenderme satisfactoriamente sobre las consecuencias
geométricas que fluían de la posición recíproca especial tan bien preparada por
mis palabras, cuando un golpe, rectilíneo posiblemente, hizo dos mitades de mi
elocuencia y aun tuve que dividir ésta con un vigilante que se había tenido
oculto en mitad de la calzada haciéndose notable por grandes señas a cuanto
movimiento entorpecible y estorbable divisaba.
En la comisaría no estaba la señorita; no supe nada de ella; yo había acudido a
informarme de su paradero acompañado al principio por el primer aparecido de
los agentes, de quien me despedí a la cuadra: no se me abandonó nunca; diversas
personas uniformadas tuvieron inmenso gusto, me lo declararon, en asesorarme
hacia la comisaría, deseosas de que yo no confundiera las calles que a ella
conducen con las que llevan a mi casa, donde nada me habrían podido noticiar de
aquella joven.
El dolor que sentía en aquel de los hombros arriba del cual pende una oreja no
era de muelas ni de la primera dentición sino del primer uso de la palabra. A mí
me parecía que una vereda completa de las de frente a Plaza Congreso me había
acertado en la clavícula. Si yo hubiera podido encontrar un reemplazante
instantáneo de mí un segundo antes del golpe... Pero estos reemplazantes,
suplentes, que todo quejosos se inscriben para las vacantes, no aparecen cuando
se los busca para ayudarlos.
Hubiera dado cualquier distancia para no estar allí y a ratos sospechaba
haberme caído detalladamente cuatro metros seguidos desde una azotea, sin
saltear ninguno. He notado que por fuera todos los pisos son corridos.
Mantúveme reservadísimo por años sin aludir a mi éxito retórico, no queriendo
exponerme a deslucirlo con ejecuciones verbales inferiores. Pero en un
movimiento político del cual yo ocupaba la acera siempre las veredas me han
dejado en la calle pronuncié el siguiente discurso de espectador: "Viva el
Presidente General Cristóbal Colón Avellaneda". Al instante de terminarlo me vi
rodeado de una baratura de bastones como no es de creer dado el alto costo de la
mano de obra, los que estaban ya levantados, de modo que hecho el trabajo
principal, nada era bajarlos a favor mío y de la ley de la gravitación de las
manzanas universales mondada por Newton. Por esta vez me reemplacé yo mismo;
con celeridad inapresurable hice ausencia de mi presencia y modestia de mi
engreimiento. Veinte regatones saltaron golpeados en el suelo, punto de cita de
todos los yerros, igualador de punterías. Me extrañó la conducta picapedrera,
aquel campeonato, aquella emulación de caridad por mí, aquel despilfarro. La
gente siempre ha cuidado sus varitas.
Me alejé de aquel tiro federal, pero sépase de las varitas que en días de lluvia
y una vez extraviadas en el tranvía se llaman paraguas, pues cuando ocurrióme
perder casi todo mi bastón a causa de la preocupación de hacer pasar antes
que yo por la estrecha portezuela del subte el buen sobretodo que llevaba puesto
para vigilarlo de atrás lo encontré
hecho un buen paraguas, a falta de bastón, en la gerencia. Por lo demás, a un
bastón nuevo le queda bien haberse extraviado una vez; es para él la aventura de
juventud y uno debe procurársela. Aunque más cómodo sería que los vendieran ya
extraviados. Y aun las librerías nos ahorrarían trabajo si algunos libros los
expendieran ya leídos. Mejor todavía tratándose del buen libro, que los
vendieran ya devueltos por los amigos prestatarios.
Réstame explicar el origen de los pequeños errores de mi discurso que tanta
deportividad provocaron. Tuve siglos antes uno preparado de encargo para
recibir a Colón en su segundo viaje que efectuaba bajo instrucciones de hacer
cuanto antes el descubrimiento de América, no fuera que los nativos lo
verificaran primero que él. Pero, como sucede con estos paseos apurados, muchos
quedan sin hacer; y hoy los historiadores han establecido que no hubo segundo
viaje de Colón sino únicamente primero y tercero. Recordemos de paso que si el
istmo de Panamá, así como era todo de tierra hubiera sido de agua, el
descubrimiento de América se habría realizado en China, donde a Colón se le
esperaba todos los domingos.
Aquel discurso no pudo, pues, ser aprovechado y ahora su texto en parte se me
enredó con las palabras que hubieran sido de oportunidad. Tan infelices
experimentos oratorios me han disuadido, doctor Figari, no obstante la
admiración y afecto que quisiera atestiguaros, de dirigiros una sola palabra en
el acto de homenaje que os tributamos.
("Martín Fierro", 1924)
Brindis a Ricardo Güiraldes
(Sin las supresiones que entonces la concurrencia obtuvo de su desesperado
autor. Aplaudidas como lo fueron, es deber periodístico difundir lo que fue
éxito junto con lo que no fue supresiones. Concediendo alegremente éstas el
orador resultó contribuir con todo, con el brindis y con improvisación de
supresiones que lo han revelado, asimismo, como prontista; a lo que se atendrá
en el porvenir.)
No es aquí, señores, nuestro comienzo de discurso y debe "apreciarse" como
principiado con nada de decir. Cortesía nos haréis si estas primeras palabras
son obsequiosamente "estimadas" como e! "no haber dicho nada en suma", que tan
desagradable sería lo aplicarais sin descernimiento a todo el brindis al final;
como no derogante del Silencio, de cuyo texto, fácil de recordar y del cual el
Hablar es la única errata posible, el procedimiento de cita no ha sido hasta hoy
encontrado. La sutilidad de nuestra frase inicial representa a la imitación ¡por
fin literaria! del silencio. El esfuerzo feriado de páginas en blanco que hemos
leído tantas veces dispersas en la foliación de libros, ocasionándonos la única
perplejidad posible y privativa a la especie lectora, esas ocho o diez páginas
de heroísmo de autor y que el lector, en ella tergiversado, sostendrá siempre
que no las compró, que no injuriaban su pensamiento de compra; ese esfuerzo,
señores, de transcripciones del silencio, banal aunque de buen anhelo y
presentimiento, era capitulación del poder de la palabra. Para la literatura es
una claudicación confesarse incapaz de expresar con palabras el silencio y
acogerse a las páginas en blanco. La imitación literaria del silencio era la
sola digna de nuestra profesión; es por fin lo técnico en el asunto.
Formulamos, con el retardo de estilo, la presente oratoria de ofrendar un
almuerzo finalizado, pues la tradición tiene apuro de que se demore el
ofrecimiento de una demostración hasta luego de comida ésta por completo,
sabiduría que precave a lo almorzado del desaire de que no se la acepte. Nuestro
brindis ha sido, sin embargo, compuesto entre dos que se ayudaban y cuatro
de la mañana, tempranidad de origen que se desaprovecha por fuerza de esa
tradición; hace diez horas que podíamos servirlo caliente. Ya sabéis, pues, que
se puede contar con nosotros si resolvéis abrogar aquella práctica, y que,
teniendo hecho un brindis y tantas ocasiones de leerlo a los más anticipados
repartidores y lecheros de Buenos Aires, lo hemos reservado hasta el momento
prefijado para su indiscreción, de modo que realmente parecería pensado sólo
para Ricardo Güiraldes, cuya indulgencia por lo visto es la única con que
contamos, aunque reventamos por leerlo a cada transeúnte.
En el plan del brindis las dos personas nos adjudicamos los dos géneros
literarios: lo bueno y lo malo, que tantas grandes obras seguirán dando. El
señor Fernández cuya modestia clama porque no se le nombre aquí y que aún
después de nombrado todos seguirán preguntando cómo se llama, por gozar de un
apellido tan favorable al incógnito (que no se le nombre excepto como inventor
del dispositivo mecánico para deshacer juguetes que disimulará por siempre la
conocida morosidad de los niños en despanzurrarlos), se me adelantó en la
elección tomando para sí la parte mala; dijo que se sentía con fuerzas y pese a
mis dudas le ha salido bien. Venció todas las dificultades y para la más bella y
difícil de la prosa, la concisión, halló una solución novedosa, me parece; ha
salvado este escollo sin rozarlo, sin mirarlo siguiendo adelante, con el recurso
nunca adivinado de escribir largo para ponerse a distancia de la concisión, que
era el escollo y fue tratado como tal; de modo que la parte mala (lo que estáis
oyendo es anterior a ella y a la buena) resultó extensa, cual lo exige el género
(yo lo hubiera hecho mayor áun) y no dejó lugar para la buena, lo que también
tenía que ocurrirle a ésta, conforme a su característica que es la de dejarse
ver poco en este mundo. La buena no figura aquí, como lo habréis notado; la
hemos guardado; y mejorará con el tiempo hasta tal perfección de borrarse que el
lector de sus páginas no sabrá nunca si se dirigen a él con el prefacio "A los
lectores" que son quienes leen, o a nadie, con el de "A mi familia y amigos",
que son otras personas. Vais, pues, a escuchar la parte encargada de mala,
compuesta por un experto y un voluntario; si la halláis de esta estricta
calidad, modelada a su género, aplaudidla, pues.
Pero antes, aún:
Ricardo Güiraldes
Sois en la persona, en vuestra visita suave al vivir, reticente de un oculto
arder, un modo de dulzura agraciada aun con un leve toque de descontento (como
reflejo de alguna hesitación en el acogimiento público de vuestro talento) que
tiñe el acento de voz y dibujo de sonrisa y el tono de vuestras traslaciones
remisas en la tertulia de tránsito terreno.
Hoy se inclina vivamente hacia vos la sediencia de belleza que vive en el genio
de la colectividad, que abre manantial de sed en su seno, o como diríais vos,
hoy se inclina la manantialidad de oír y admirar que guarda el hombre para el
artista.
Vuestros amigos aquí sólo se han adelantado al público; hoy tenéis vuestra la
amistad del mundo. Una amistad amablemente entremetida: casamentera como fue
siempre la humanidad ha brindado a vuestro Segundo Sombra la Segunda que no
quisisteis darle, la Segunda Edición que por lo que se afana en la casa parece
presintiera próximo reemplazo. La intrepidez de Don Segundo Sombra ha fallado
donde falló todo hombre: tenía valor para vivir sólo más al matrimonio lo
afrontó entre dos, en lo que se igualan flojos y valientes. Con razón vos lo
queríais soltero.
He dicho.
("Martín Fierro", 1926)
Brindis a Gerardo Diego
No estaba preparado para este benévolo pedido. Pero felizmente mi improvisación
la tiene Scalabrini Ortiz; yo solo retengo tres borradores completos de ella. En
el bolsillo abultado de las improvisaciones breves y olvidadas de preparar,
encontrará Raúl un borrador.
Es tan poco lo que tengo que decir, señores, que temo me tome mucho tiempo el
encontrar en un brindis tan estrecho un lugarcito donde situarle el fin. Si la
nerviosidad de una improvisación (sacada del bolsillo) y lo breve que es me
imposibilitaran hallar un lugar de final en mitad u otro punto, será con gran
pena que me veré continuándolo indefinidamente y postergando para mí
eternamente el goce de los aplausos que tan espontáneos se reserva para la
conclusión, si la concurrencia no ha concluido antes. Sin embargo, pongo a
disposición de las personas que deseen conocerla corta a esta oración los
borradores terminados de ella. Y todo lo que termina es breve, como averiguó
Shakespeare.
Considero casi irrespetuosas las improvisaciones no maduradas, el decir lo que
se nos ocurre en el momento. Al contrario, estimo como un encomio que se note y
se declare lo muy estudiado de mis improvisaciones subitáneas.
Efectivamente, no me hallo preparado para el presente benévolo pedido de la
concurrencia. Pero tengo una disculpa. Hidalgo, que mediante un precio de
cubierto que no empieza, que no llega a la unidad', ha conseguido una
demostración que no termina favorecido su propósito por las simpatías que se
atrae el obsequiado, me encomendó una tarea fatigosa y de responsabilidad; ante
el precio de cubierto ideado por él, le dije:
¿Y si a la concurrencia se le ocurriera comer? Nunca se ha visto eso en
banquetes. ¿Estará prohibido?
No, pero no acontecerá.
Por eso me encargó hacer una lista cual esas que suelen publicar los diarios con
el titulo "¿Dónde comeré esta noche?".
La he hecho, y a la terminación de esta comida os diré dónde podemos comer;
cuando volvéis a casa si decís que retornáis de un banquete os sirven en seguida
la cena ¿no es verdad?
Poeta que nos visitáis, Gerardo Diego: 1 $0,90.
Una palabra de amenidad y compañerismo es lo que el momento consiente: os habéis
ganado una fortuna de simpatías aunque no habéis venido a hacer fortuna, por
vuestra actitud sensible, modesta y de vivaz observación, no importuna, de
nuestro ser nacional.
Aceptad con certeza de afecto y apreciación de vuestros talentos la sinceridad
de esta demostración. Sería indiscreto de mi parte intentar un encomio y examen
de aquéllos. La salutación a un visitante que se hace querer es todo el
significado de lo momentáneo actual.
He dicho.
("Pulso", 1928)
Brindis insistente
(En el homenaje al escritor Clodomiro Cordero)
Comida sin discursos, cita de oradores, el gentil amigo doctor Cordero imaginará
cuánto debe gustarme esa tan decretada e imposible cesantía de la alocución. De
un banquete sin brindis no quisiera perder ninguno, haría por llegar antes del
último que, por lo muy precedido, da tiempo de no nacer a las tardanzas luego
del cual es indudable que el banquete sin brindis comienza. Y así podría
improvisar el mío, que le adjunto, y acompañar en la fiesta al cuentista de
Spleen: estaba preparado como nunca para una improvisación.
Pero aparte de que mi voz siempre habló mal de ella misma, sus encantos han
empeorado. Me tenía molesto una ronquera que no sé dónde me empezó y justamente
hoy se me ha corrido ala garganta. Debo haberla contraído en una esquina con dos
vientos, más el que venía en las palabras huecas del abnegado político; tanto
gritó que puso ronca a toda la concurrencia. Y no era, sin embargo, mi esquina;
soy de la opinión adversa; mi esquina política mira al Norte y al Sud y esa
miraba a los cuatro "rumbeos". Creo que si hubiera algún partido al cual
conviniera el callar de sus oradores, aquel disertante también se hubiera
entusiasmado en hacerle la propaganda deseada como orador suyo.
Lo que tengo que explicarle es la gran ventaja, placer aparte, que me aportaba
su fiesta. Fuera de usted y yo, nadie ha escrito menos en menos tiempo. Sólo
nosotros podíamos superarnos: si el tiempo disponible hubiera sido menos aun
más podríamos haber escrito menos; sólo si hubiera sido ninguno no nos sería
posible haber escrito menos que nadie en tiempo ninguno.
Tratándose pues de una fiesta en su honor, cuando podía yo más oportunamente
exhibir lo consumado de mi invento del brindis desmontable y más breve; yo, el
escritor más corto, brindaría por vos el otro escritor más corto, con la
alocución mínima. Así podría al cabo de muchos meses terminar aquí el "brindis
sin fin" de mi invención que comencé en el banquete, de concurrencia
interminable y precio no comenzado, al poeta Gerardo Diego, el que gustó tanto
que las aclamaciones no me lo dejaron concluir.
Es injusto que siquiera por ser la primera vez, no dejaran terminar el brindis
infinito, que inauguraba aliviadamente el nuevo arte mudo: de comer sin
discursos.
Esa peroración que debió ser lo más largo que ha sucedido a un público (si
Demóstenes la hubiese inventado, todavía estaríamos escuchándolo) y lo más
largo acontecido en mi vida, el brindis sin fin en que inesperadamente vino a
acabar mi investigación en busca precisamente del brindis más conciso tuve el
desacierto de anunciarla como lo más pronto concluido de todo lo comenzable, la
menor distancia y diferencia descubierta entre principio y fin, como también
entre lo oíble de un mudo y lo de un orador. Ni esto pude decir: tras la primera
frase se opuso el público, todo muy favorable a mí, ansioso de que no perdiera
la gloria del récord de mi propio magnífico invento dañándolo yo mismo con
prolongarle palabras. La concurrencia quería también ser la primera que oyera
tal invento, y serlo completamente del brindis no acortable: había peligro de
que le añadiera una palabra prescindible.
Se me impidió así acabar de empezarlo siquiera, y en realidad lamento ahora
tener que desencantar a aquella concurrencia tan parcial a mí: ella perdió el
largo privilegio de haber asistido hasta concluído el primer "brindis
incomprimible y sin fin" de todos los siglos.
Seréis vosotros los del banquete al doctor Cordero quienes detentaréis ese
récord y disfrutaréis del brindis que paso a historiar y formular. El verdadero
estado de espíritu con que yo me alcé a brindar allí era cierto trastorno de mi
lucidez y serenidad que me estaba ocasionando el trocito de papel que traía en
el bolsillo con el brindis. Lo había hecho tan corto que no quedó en él dónde
ponerle el fin, y yo iba a explicar a la concurrencia que desgraciadamente el
brindis seguiría eternamente por haberlo construido tan estrecho que las
palabras finales no tenían en él dónde acomodarlas: el brindis interminable por
brevedad era la tragedia que estaba hiriendo en ese momento al generoso orador
que se había desvivido por salvar a todos los públicos del mundo de las comidas,
de ser público de nada.
Vais a oírlo y espero no dejaréis de alabarlo, pero no lo haréis diciendo
indiscreta e infielmente es tan bueno al principio como al fin y que justamente
hacia la mitad asume su mayor interés: reconocedle meramente sus dos
peculiaridades sin precedentes de interminabilidad y pronto fin.
El doctor Cordero me ha reconocido privadamente como el primero en llegar tarde
a la Literatura y me ha cedido el paso para que llegara tarde primero que él, y
él en seguida. ¿La urgencia que tenía yo en adelantarme
a llegar tarde? Cuando en 1928 yo apresuraba las páginas de mi "Vigilia,
etcétera" cuya primera edición ya está totalmente dormida, aunque la galantería
extrema de los libreros de Buenos Aires proporcionará el número de ejemplares
que se desee de las ediciones agotadas, que son las menos buscadas antes de
agotarse, por tal de complaceros, una visita del exquisito estrellador de
cielos, y de idiomas, Xul Solar, púsome en grave zozobra. Yo contaba estar
escribiendo el libro menos entendido del mundo, y él venía a anunciarme que su
idioma de incomunicación, su ininteligible neocriollo, estaría listo antes de
que concluyera el urgente y forzoso remate indefectible de alhajas que durante
cuatro años se ha anticipado en la calle Corrientes y Suipacha. Entonces se iba
a decir que una vez proporcionado al mundo el idioma de Xul Solar cualquiera
podrá escribir libros ininteligibles. Apresuré el mío y creo haber acreditado
que no necesito del idioma de Xul Solar: un pensador puede hacer
incomprensible, cualquiera, lo que hasta ahora parecía difícil. En fin: mi
brindis fue, y sigue, todo él en cuatro palabras:
¡VIVA! GERARDO DIEGO ARTISTA
es, lo repito, doctor Cordero: ¡vive, artista!; sí, artistas, vivamos.
("Carátula", 1929)
Modelo de disculpas
para inasistentes a un banquete
(Demostración a Dardo Salguero Hanty)
Solicito se me pida tomar la palabra sin anular mi condición de inasistente que
se disculpa apuradamente, pues me toca faltar, decir la disculpa e irme, todo
en los cinco minutos reglamentados del estar sin asistir.
Hace algún tiempo en las reuniones (de varios) que teníamos, Eduardo González
Lanuza brillaba por sus improvisaciones no sólo de dicciones o invenciones
poéticas sino de ingeniosidades humorísticas; sabíamos que tenía un gran
libro, casi hecho: Las 60 fórmulas del quedador de bien, y cada vez le
requeríamos algunas. Había alguien más conmovido por ellas, quizá, que nosotros:
un agente financista que, para decirlo de una vez, se hipnotizó de tal manera
con el arte de la Disculpación, que nadie llevó tan alto, de González Lanuza,
que instaló un negocio de alquiler de trajes de rigor para faltantes,
inasistentes, a cada uno de los cuales acompañaba una foja con 20 de aquellas
fórmulas.
Yo vengo en un traje de éstos y adopto esta fórmula, buena para el caso de
comida a dibujante: "Señor pintor homenajeado: el retrato mío que trazó su mano
me da tan completo que aparezco con los diez años que me faltan hoy para cumplir
los sesenta y que tenía, es cierto, cuando usted me tomó en brazos para el
Dibujo, pero un peluquero no menos completo me los afeitó luego junto con
barbas y melena, que eran las que habían cumplido los sesenta. Sería
expuestísimo para la seriedad de su reputación que en una "exposición" de sus
telas tenga hechos públicos mis 60 y aquí aparezca con 50. Me dirían `Vuélvase a
su casa' (hay que creer que la tengo y, cuando retorno del Centro con muchos
paquetes, me tratan con amabilidad; ahora más, que saben que soy el original de
su retrato)".
Y bien: me voy con apenas tiempo de olvidarme el paraguas a la salida...
¿Y ahora? Olvidé mi paraguas y heme aquí, pero vuelvo con un chiste también
bueno.
Vuestro banquete, gran dibujante y encantador amigo Salguero, será memorable.
¿Por qué?
Porque si hubo quizá una catástrofe tan completa que hasta los sobrevivientes
perecieron, de vuestra fiesta se dirá: fue tanta la concurrencia que hasta los
inasistentes estaban.
He dicho.
Brindis a Marinetti
Señoras y señores de este público amigo; celebrado novador Marinetti, usador,
por ingeniosos destiempos, de esa vasta Tardanza llegadora: el Porvenir, del
cual sois el primer memorista conocido:
Os pedimos, señor Marinetti, justifiquéis el uso de la lengua nuestra
en la sesión que, por vos, es ya hoy mismo porción memorable del futuro, pues si
bien los argentinos notámonos de poliglotos cualquier niño nuestro, sin
dificultad, sabe oír cuatro idiomas, aunque de éstos alguno sea extranjero el
lado de hablar, de los idiomas, no nos es tan liso; y si yo me pusiese en el
apurón de un cómodo esfuerzo por hablaros en italiano, quizá os notaríamos poco
preparado para entenderme; falla que, en tan insigne prosista itálico, no debe
hacerse visible por culpa nuestra. Además, pareceríamos nosotros los viajeros,
si no usáramos del castellano ahora, como si envidiosos quisiéramos también
brillar con la siempre interesante transeúncia, que hoy y aquí a vos sólo toca
lucir.
En cambio, señor Marinetti, os aseguro que nuestro público comprende el
italiano mejor que otra cualquiera lengua extraña. Además de que el italiano y
el español, únicas de que el Silencio está celoso, representan el más alto grado
de la articulación verbal; por su íntima consonancia con el afán humano de la
comunicación, puede decirse que se hablan ya comprendidos y, aún, que cualquier
otro idioma puede hablarse en italiano y en español. Son las mejores lenguas
para viajeros frenéticos: éstos, a menos que en el furioso impulso de viajar se
hayan salido del planeta, comprueban en todo lugar, aun mientras cruzan una
frontera, donde los idiomas están de mudanza, que en cada circunstancia
improvisa en que tiene apremio de entablar revistaoral para informarse de una
calle, un puerto, un hotel, con cualquier desconocido, han conseguido casi
fácilmente hacerse entender, sino aplaudir, en español. Lo sé, por viajeros tan
apasionados que nunca estuvieron en su casa, que no tuvieron nunca un lugar
desde el cual empezara su viajar; que, por lo tanto, nunca se ausentaron de algo
o alguien y, por consiguiente nunca viajaron.
Otra salvedad. No pude ser invitante a vuestro banquete, como apareció por
error. En materia política soy adversario vuestro (quizá esto no se sabe en
todos los continentes), pues mientras parecéis pasatista en cuanto a teoría del
Estado, lo que impresiona contradictorio con vuestra estética, y creéis en el
beneficio de las dictaduras, provisorias o regulares, yo no conservo de mi media
fe en el Estado, más que la mitad, por haberla repartido con nuestro fundador
Hidalgo, a quien debemos vuestra presencia aquí. Me quedó una cuarta parte de
fe estatal, la indispensable para no confundir dos cosas fiscales: los faroles
con los buzones, al confiar a éstos la redacción de mis cartas.
Como todos los hombres de carrera intelectual os estoy agradecido por la
consagración de vuestra vida a la emancipación de un error de debilidad, de
tontería, de preocupación, de cálculo: la veneración del pasado.
Pero la verdad es, señor Marinetti, que me privé del placer de acompañaros
porque aún no se había definido vuestra visita como exenta de propósito
político, y habría tenido que molestar con salvedades un ambiente de
cordialidad. Con vuestra presencia aquí mostráis que no os hace mezquino la
separación parcial de ideas ante la vocación común del arte.
Todavía algo que explicar. ¿Cómo es que se me ve aquí dando trabajo? ¿Cómo es
que me ha tocado el éxito de esta figuración de cañonazo, cuando me correspondía
el de la actividad fonética en la h española, en esta magnífica sesión? Con
tantos ya consagrados escritores en la Revista Oral, ¿cómo se recurrió a mí que
no tengo, a menos que otro lo haya escrito, ningún libro mío en circulación y
solo he llegado a la 5" edición de prometerlo y anunciarlo? Pues por un mérito,
señores, tan grande que me sorprende no me abrume de envidiosos: por la edad,
que he alcanzado antes que todos mis compañeros: hay que disculparlos, como
principiantes en la materia. Creo que debo esta superioridad a mi aplicación
continuada, y quizá a destrezas adquiridas como pretendiente a empleado de
Registro Civil. Mi edad ha sido juzgada como la gran idoneidad del momento, que
inspiraría gravedad a mi elocución y facilitaría mi comprensión de vuestros
sentimientos y situación.
Os comprendo y estimo, como estimamos aquí a nuestro Lugones; más bien que
consumadores de perfección de belleza os complacisteis uno y otro en ser
máximos, variadísimos incesantes excitadores de las labores ideales, en Europa
el uno, en América el otro. Es abnegación: pues a quien ha gustado la pasión de
la realización artística o de la posesión de Verdad, metafísica o científica,
le es durísimo conceder tiempo alguno suyo a actuaciones de escuelas
literarias. Otra coincidencia, que induce sinceridad en ambos, pero que muchos
deploran, es la brotación tardía, en vos como en Lugones, de una fe en el
Estado que apena a cuantos creíamos que la superior Beldad Civil era: El
Individuo Máximo en el Estado Mínimo. Ilustres como sois, en el mundo; naciendo
dictaduras en toda Europa; mostrándose aún en los Estados Unidos frenesíes
estatales de democracias y congresos dictadores con leyes de ingerencia en los
hábitos, creencias, placeres, viciosos o no, del individuo prohibiciones del
alcohol, del juego, imposiciones de higiene privada, etcétera, hay que
confesar, insigne futurista, que el pasado no ha muerto, y no le falta un
parecido de porvenir.
Pero contentémonos, señor Marinetti, con que vos vivís y yo también. Yo no he
muerto; porque como ando siempre con una libretita y lápiz para anotar todo, si
me hubiera sucedido eso lo tendría apuntado. Hay días en
que sólo por una libretita así sabe uno que vive. Pero hay otros, y no os lo
deseo frecuentes, en que "ni con libreta", como dicen nuestras lindas
cuando no les place el cortejante; y otros en que, digan apuntes lo que digan,
nos sabemos eternos, o una semana menos.
Os he hablado de enfermedad y de muerte, temas no de fiesta, pero sí de alta
tertulia; imperdonables aquí, acreditan mi torpeza social. Sin embargo, son los
dos "mates amargos" fuertes que comienzan muchas grandes amistades en la
Argentina.
Que ellos me conquisten la vuestra. He dicho.
Brindis a Leopoldo Marechal
El principio del discurso es su parte más difícil y desconfío de los que
empiezan por él.
El presente es trémulo porque es viejo; fracasan los que en él hagan cualquier
cosa; en cambio, dejado para otro día, fue el método de celebridad y poder de
todos los expectantes y silenciosos. Nada empecemos hoy, que el porvenir está
lleno de cosas hechas, tan preferibles, y debe estar muy cerca ahora, después de
tanto Pasado.
Explicaré mi arrepentimiento de cuanta cosa empecé antes del porvenir: ves o
cuatro brindis marrados que yo calculaba me dieran más aplausos en unos minutos
que todos los aplausos de llamar al mozo que ha oído un mozo de bar en treinta
años de atencioso servicio, aunque se le añadan (esto es propina) los aplausos
de matar polillas mientras vuelan y los aplausos para ahuyentar gallinas de un
jardín me hicieron abusar del pensamiento, hasta descubrir que esos cuatro
discursos no sólo comenzaban sino que presentaban el principio de la mala
ubicación, delante de todo, antes que el público se acostumbrara. (Brindis a los
que se reconoció, sin embargo, el mérito de un estilo tan continuado, o
personal, mío, digamos, que podían oírse de espaldas por los que se iban
retirando, y continuarse indefinidamente mientras alguien no encontrara su
sombrero.)
Corrigiendo estas contrariedades, en ocasiones posteriores, rogué al público
continuar atendiendo hasta oír el principio de mi discurso, lo que lo ilusionó
alegremente. En fin, en un reciente ensayo lo suprimí del todo y en la emoción
de ensayar me olvidé de todo lo demás y me senté. La concurrencia, enamorada de
la intención que me supuso de inaugurar la nueva era del concluir de comer sin
dificultades, aparentó no haber oído que yo no había dicho nada y declarando que
nada confuso tenía mi brindis, ni preocupante o flojo o desigual o que no se
entendiera del godo, aplaudió como para dar ocupación a todos los mozos de bar
no llamados en un mundo de bares abstemios y vegetarianos. No soy tan
impresionable como el habitante que se resbaló del mundo, cual si le hubieran
hablado de cáscaras de bananas, cuando le dijeron de golpe que la tierra era
redonda; mas me siento triunfante por haber concluido no sólo con mi carrera de
orador que no para, sino con la de orador confuso, en la que entreveía un
porvenir claro y sin trabajo ninguno, porque me era innata la facultad. He
nacido con las "líneas ligadas", en casa de una telefonista, frente al abonado
"equivocado", e inventé el brindis "que no funciona", ovacionado final de mi
carrera de inventor, que me compensa de haber llegado tarde a este mundo y con
el candor de creer que vendería millones de mis aparatos para postergar rifas,
cuando ya nacen hoy con dos delanteras de aplazamiento y la de cuarta
postergación está adelantadísima ya en taller de Alemania, haciéndose en el
mismo molde donde se moldeó la intención que tiene Alemania de pagar la
indemnización de guerra de 1914.
Querido gran poeta Leopoldo Marechal: lamento haber contado cosas tan malas del
presente y de que hay que apagarlo, con ventaja segura, cuando nada declara más
a un poeta, y es en vos un signo constante, que la certeza e interlocución con
el Hoy, único modo místico y estético del tiempo. El hoy ha sido lleno para
todos y es por una degradación de espíritu, cuyo manantial no logro descubrir,
que por una parte la inclinación histórica y por otra la ideología banal del
Progreso, dos perversidades de difícil explicación, nos hacen suponer más
plenitud del Hoy de los que nacerán ulteriormente, y una pobreza del Hoy que
poseyeron los hombres del pasado.
Vuestra poesía, entre nuestras numerosas empresas estéticas de hoy, palpitación
de una busca ardiente y penetrante de Arte que me exalta, me pone más que
ninguna ante la evidencia del goce espiritual y la oscuridad,
en mí, de su teoría. Aunque cada vez se me paraliza más la interrogante
estética, creo que en vos se decide, aunque no se colme todavía, la inquietud
profunda y el operar continuo de las almas artistas de Buenos Aires.
Perdonadme, Marechal, la pobreza imperdonable de estas vaguedades en mi
posición mental ante la belleza que realizáis, que no excluyen, aunque no
decoran, la certeza del placer que generasteis para nosotros .
Brindis a Norah Lange
No siempre venimos preparados para improvisar esto no sería nada, pero tengo
otra dificultad que luego se dirá, pero lo haré (aunque tuve aviso con tan
poca anticipación) si es que condescienden a una manía que me domina en momentos
así; nunca se ma ha visto improvisar de otra manera.
Todos los trabajadores artistas han mostrado antojos raros en sus horas
laboriosas: Víctor Hugo, que escribía un libro por año, no se sentía fuerte
para comenzarlo hasta que no había concluido de vivir todo ese año sin pensar en
nada; Núñez de Arce no tomaba la pluma sin ponerse... mal escritor al punto, lo
que explica por qué escribía tan bien; Balzac no empezaba a escribir sin tener
cerca de sí la ausencia en viaje a Europa de su suegra (ya se entiende que el
viaje a Europa de una francesa es venir a la Pampa); Colón no descubría
continentes, o lo hacía enteramente de mal humor, si no se los ponían por
delante impidiéndole seguir la redondez hasta el Asia; lo que hubiera a derecha
o izquierda no lo descubría; a Gautier el vacío en la cabeza era la sensación
sin la cual no podía llenar la primer página (la vez que se inspiró más fue
citando supo que la sociedad de críticos parisienses, estafada por un
rematador, había comprado para su balneario una isla de antropófagos); y el
ocioso Byron al comenzar a trabajar no hacía nada: pasaba tantos años sin
reflexionar en cosa alguna que cuando quería retratarse no acertaba con la
postura de pensar.
Yo no puedo improvisar sin ponerme los anteojos de leer y sostener una hoja
escrita delante: la seguridad que siento de no decir nada imprevisto, de
compromiso, me da inspiración.
Si yo dijera todo lo que de encantadora tiene Norah Lange, si hiciera conocer
qué sentido de la vocación de sensibilidad hay en su trato personal, qué
elegante es su línea lanzándose del diminuto pie a esconderse en el nido de su
cabellera metálica, el vuelo expresivo de su querida fisonomía, lo que hay de
leal en su amistad, lo que hay de medido y de sin freno en sus andares, sus
conductas, sus prudencias de hacendosa y ahorrativa, su mansedumbre ante una
existencia de labor insípida obligada, su alegría merecida del sábado y el
domingo libres, sus desprendimientos de dinero, de su dinerito tan contado y
menudo en su carterita, ante una lista de colecta en obsequio de algún compañero
de arte, sus despreocupados ímpetus y alegrías en la bohemia; si yo dijera cómo
la quieren Evar Méndez, Scalabrini, Galtier, Bernárdez, Borges, Marechal, Xul
Solar, y... (no es éste el momento, ante tanto rival, para una "declaración"
mía; y además Norah me dijo hace tiempo, la primera vez:
"Vuelva usted cuando tenga veinte años menos"; ¡cómo me conoció el defecto! ¿Por
qué me quedé tanto tiempo habiendo tanta luz, hoy que se abusa tanto de la
iluminación? Y además, ¿dónde no estará iluminado si está Norah? No fue
exigente, sin embargo: solo veinte años menos. ¿Cuánto tiempo necesitaré para
retrasar veinte años?
Si yo descubriera toda la grandeza sumisa que hay en su vivir y en su afecto
hogareño y práctico y el contraste con su voluntarioso espíritu en el arte y en
la bohemia, ¿quién no me pediría aquí mismo su mano, confundiéndome con su papá
por lo mucho que ostento conocerla?
Sería una mala chanza pedir que la dé a otros si para mí la quiero y tengo una
promesa tan positiva.
Querida Norah, discúlpeme: pero comprendo profundamente su suave ser y le deseo
con todos los que la quieren visiones de arte y de pasión siempre cerca de su
vida; y paciencia conmigo, que hago progresos: ya he comenzado a atrasar años y
no volveré por su promesa con falsa cuenta saltando ninguno, ya que me falta muy
poco para que me falten todos los veinte.
Brindis a Sealabrini Ortiz
Aseguro, señores, que contemplo tanto y poseo tan poco las dotes de orador, que
daría la estancia de cualquier ricacho, sin considerar su valor y haciendo el
gran esfuerzo de desprenderme de ella, por verme aquí improvisando con esa
desenvoltura de un magno paquete de Gath y Chaves caído al suelo desde la
vertiginosidad de un ómnibus.
A lo largo del vivir he simplificado, llevado al mínimo tantas cosas, que las he
hecho casi tomar contacto con su propia inexistencia, como le pasa al programa
de Carlos Marx tratado por algunos partidos socialistas contemporáneos. Por
ello he considerado que sería un deber en este brindis proporcionaron una
muestra de mi facultad de simplificar, si el hecho de hablar en público por
primera vez no me turbase demasiado.
Y empegaría esta muestra de mi experiencia en sencillez diciéndoos que soy el
diestro único que concebí en política una revolución tan simplificada que dejara
las cosas más igual que antes.
Así con el afeitarse: suprimí primero, la escobilla, luego procedí sin espejo,
sin alumbre, sin polvos, sin balconcitos rosados de sangre en una y otra
mejilla llamados tajitos, habitualmente creídos tan necesarios; sin talco, sin
jabón. Faltándome todo, me afeitaba tan fino que ninguna persona llegada a las
dos horas advertía que yo estuviera recién rasurado.
Era la rara perfección de hacerlo forzando el método de supresiones hasta la
lisura de lo indiferenciable.
En materia de longevidad, he simplificado tanto mis pretensiones que "un día
siguiente" es toda la prolongación que pido de mi hoy vivir. Es cierto también
que he introducido una complicación, pues sostengo que el día de trabajo,
después de un día de fiesta, no debería venir tan de repente. Que empiece el
día de trabajo en cualquier día pero nunca tras un feriado.
En cuanto a mi colección particular de cuadros, pasé de los óleos y acuarelas
firmados a las ilustraciones de revistas y a los cromos, y en fin, hoy mi Sala
de Pintura está constituida por montoncitos, manojos de papeles de colores
suspendidos en todas las alturas.
Otra simplificación que ha sido apreciada como digna de difundirse, y muy
práctica, es la que apliqué a ciertas comidas y combustibles. Empecé como todo
el mundo haciendo un cordero al asador con cocinero y mucho fuego, y he llegado
a hacerme un asado a la llama de una vela y un bife o costilla a la de un
fósforo.
Queda con esto de manifiesto que es mera amabilidad del persuasivo autor de "El
hombre está solo y espera" su declaración atribuyéndome influencia y estímulo
sobre sus obras y su espíritu. Creo que ha sido mayor su influencia sobre mí en
todas sus penetrantes ideas de psicología social porteña, pero, desde luego, ven
ustedes, manifiestamente, que mi idiosincrasia simplificadora no lo ha tentado
para nada, pues llega a la 5ª edición sin omitir 2ª, 3ª ó 4ª.
Ahora me digo yo que sólo gusto de las innovaciones que simplifican, si lo que
ha hecho Sealabrini, esperando el agotarse de cuatro ediciones para imprimir la
quinta, no es innovar hacia una rutina; ¡para qué complicar las cosas!
Estábamos tan bien con una edición primera, última y quinta al mismo golpe, sin
insistir por un primer lector que se comenzase, que se decidiese. Lo que así ha
hecho es una innovación que incomodará mucho en adelante a los que numeramos
nuestras ediciones conforme a lo que debió ocurrir, no a lo que no principió a
ocurrir.
De hoy en adelante tendremos que regalar cuatro edicones para vender la última.
Hemos perdido una simplificación preciosa. Con el calificado ejemplo de
Sealabrini Ortiz hemos perdido, sí, una de las comodidades deliciosas del no
haber ciertas cosas. Había, señores, según mi catálogo, tres cosas que no había
todavía, en la vida literaria y periodística, haciéndola tan placentera: el
reportaje con reporteado, la improvisación de repente y las ediciones agotadas.
Tratándose de un amigo tan querido y tan artista, felicitémoslo en este mes de
la de Dos Millones , de que no sea de otro sino de él la suerte de habernos
hecho
tanto daño. Conviene, de paso, recordar que los libreros y editores han logrado
el razonable absurdo de que luego de "agotado" es que los libros se venden más,
por ese prestigio envidioso.
Me despediré con algo personal y oficioso. El primer poema y ensayo de lo
porteño, que tenemos por inspiración de Scalabrini, nos convence de todo, pero
no habrá entre nosotros quien imite su revolución edicional. A menos que
ustedes quieran adherirse a algo que propondré. Yo no creo mucho que la
Literatura del pasado sea belarte; obra de prosa artística en género serio no ha
abundado. Para que acabe de faltar a la humanidad una genuina belarte de la
Palabra, para que aparezca, por ejemplo, la primera novela buena, es preciso que
se escriba la última mala. Escribámosla nosotros, alguno de nosotros. Yo no
creo que, aunque seamos muchos, haya por falsa modestia o por tenerse poca fe
quien dude de poder escribir la última novela mala. Yo ayudaría principalmente,
pues su ausencia quizá está estorbando sacar la que alguien puede tener lista
del todo primera novela buena, de genuino y severo arte, sin una primera, ni
ésta sin una última del género de la novela mala .
Hay que darse conciencia de esta responsabilidad. Si hay perezas y dudas, aunque
todo el talento, supliendo vuestra inercia yo haré una mía, y ésta será mi tarea
de ese año. Yo entrego mi novela como la última mala, bajo el compromiso de que
otros aquí prometan la que la haga última de lo malo, la verdadera Novela ¡por
fin! No sería cauto que yo escribiera las dos; podrían confundirse y tomarse por
última mala la gran novela comentadora.
Cómo pudo llegar el caso
de un brindis oral de faltante
No es éste el brindis desmontable de mi invención, ha tiempo patentada, ni "el
de otro banquete" que barnizado se aprovecha luego por segunda vez. Este no es,
tampoco, el brindis aprovechado ahora clandestinamente, de faltar a otro
banquete, al que llegué tarde y a otro restaurante, y el día antes, caso de
puntualidad relativa, disminuida por exceso, en el que comprendí que el campo de
la impuntualidad no está solo en lo después de lo puntual, zona de lo tardío,
sino en lo prematuro, zona del "estar verde" todavía. (Y no recordaré aquí la
conducta sensata del hombre que no faltaba a ningún entierro, extrema
diligencia en esto que admiraba a todos; y requiriéndosele para que explicase
cómo había sido siempre tan puntual, manifestó que lo era en todo sepelio de
otros para que en agradecimiento de ello se le disculpara si por acaso llegaba
tarde al propio, pues, dijo, sólo se permitía ser perezoso en cosas propias.)
Sin embargo, quizá, con mi ir el día antes, conseguí un resultado perverso de
despojo de la puntualidad ajena, pues hice al momento inasistentes a todos.
Pero, como digo, no es éste ese brindis; ahora es el profundo desahogo de haber
faltado a todo aquello a que asistí, por mi condición delgada y pequeña de
físico, de inadvertible, a quien por extraña arbitrariedad no le fue dada nunca
la presencia completa, haciéndome el perpetuo impresenciado; mi minusculidad
hízome parecer en cualquier lugar que no estaba allí todavía, como un existente
con pero, un "ya, pero", siempre un "recién" de llegar de la Nada; aún menos que
llegar: un no quedado en la Nada, llegar es demasiado positivo.
Así como nadie, aunque sea alguno, despiértase sin creer haber estado despierto
algo antes obsérvense ustedes y lo notarán así: es estrictamente psicológica
la impresión en todos los despertares de haber estado despierto desde unos
momento antes. En estado de expectativa de un hecho cierto ocurre también lo
mismo: noten ustedes que cuando se aguarda, preocupado, un llamamiento
telefónico y oímos sonar la campanilla, parécenos que desde algunos segundos
antes ya la estábamos oyendo, así yo no conseguía empezar a estar presente, ni
más ni menos que les ocurría a los primeros trenes, tan lentos y torpes, que
hasta después de un rato no estaban en la estación a que habían llegado.
Advertía siempre que había en torno m ío incredulidad; amable pero
incrédulamente se me recibía siempre; a veces, el que me saludaba y me tendía
la mano creía estar en el ridículo de hablar y gesticular solo, y para
disimular su confusión se dirigía a los circunstantes alegando que había
intentado cazar una polilla, lo que aumentaba su ridículo porque es sabido que
las polillas se cazan con un aplauso de dos manos, a diferencia de los mosquitos
que se matan sin aplaudirlos, con una sola mano.
Las presentaciones son mi tortura; y mi envidia de toda la vida es la obesidad
de todas las cosas, el extravolumen que, por contragolpe, hacía comparable, como
veis, a una presencia de polilla la mía.
Sin embargo, mi educación, mi ambiente, mi género de vida, mi inadvertido género
de vida, me habían hecho extremadamente sociable, con horror de la soledad, de
la cual, empero, no podía escapar ni en compañía. Todos estos sentimientos y
resentimientos de esta terrible negación del destino para acordarme presencia,
calidad de concurrente, como cualquier mortal, me han constreñido a este
desahogo en que hago la oratoria de un faltante irremediable. En mi condición
de inadvertible, pues ahora pienso que vosotros no me advertís y me resigno a
este irremediable mío, concluiré diciendo: Señores obsequiados y señores
invitantes al banquete cuya circular he recibido: siéndome imposible la
presencia, por causas misteriosas que nada tienen que ver con la falta de
puntualidad de la planchadora en traerme la camisa recién planchada ni con la
perversidad del objeto: el botón que se ha corrido debajo de la cama, sino con
una puntualidad de faltar adherida a mi vida con misteriosa inherencia, os
ruego disculpéis mi inasistencia al homenaje a que me he asociado de todo
corazón, perdonándome plenamente como si hubiera alegado no poder asistir a él
por no tener noticia alguna de tal homenaje o por haber llegado tarde a la
verdad que trae en horario aquí.
Lo más concentrado de lo doloroso de esta preocupación de no tener presencia en
un mundo en que la hay hasta para la "presencia" de ánimo, es la imposibilidad
deprimente de lograr alguna vez "estorbar" algo a alguien. Sólo me han halagado
las situaciones, en fiestas de convite y danza muy concurridas y agitadas, que
me deparaban los atareados mozos, justamente exigentes e irritables que cruzan
entre movibles parejas y mesas apiñadas con la abundante todollevabilidad de su
luciente bandeja cargada de fragilidades e inestabilidades, temblorosa de
líquidos en vasos estremecidos, indicándome con un violento ademán apartarme y
no molestar. ¡Molestar a ojos vistas, en un inadvertible! ¡Qué buen recuerdo y
amistad guardo a los mozos de mal humor!
Fin
Nótese que algunos artículos llevan al pie la palabra Fin, porque los más de mis
lectores se quejan de que escribo muy corto, sin darme cuenta de que son ellos
los que dejan de leerme cerca del principio.
La palabra Fin hace constar que no he sido yo el que abandonó la compañía del
lector. Que los lectores no se fíen y sigan; que no es auténtico ningún
"acabado" como dicen los vendedores de relucientes coches de mis
colaboraciones sin esa palabra, y faltando ella deberéis seguir leyendo. Les
aconsejo, pues, sospechar de su impulso toda vez que crean concluido el
artículo muy cerca de su comienzo.
Lo que sólo deben saber quienes esto escuchen
Seré el primer perorador que secreta con el público. Pero se entiende que al
secreto que voy a confiaros no le haréis dar una vuelta tan grande que me
alcance de retorno y me lo cuenten a mí mismo en el bar de allí enfrente, que es
el de mi séptimo café de la tarde.
Los consagrados artistas que acaban de exponeros elogiosamente mis méritos han
tenido razón. Bien sabía que para escribir ¡como yo escribo! debe tenerse quien
nos dé de palos si escribimos mal. (Felices los lectores, ellos no me leyeron a
la fuerza, como yo compuse, y mis libros están por venderse.) Por eso nos
lastima mucho pensar en el destino de los que fueron universalmente señalados
en el escribir bien: Quevedo, Poe, Cervantes, Steme, hoy mismo Kafka, Rilke,
Supervielle, pues sabemos que alguien seguramente los esperaba, o los espera,
en su casa, con un ceño y una ronquera terribles, si vienen del escribir mal.
Ahora el secreto. "Si Juanita no retorna mañana antes de las 8, pasado mañana la
caso a la fuerza con su novio si hay registro civil. ¡Pero si hay todos los
días registro civil! Lo malo abunda." (Aquí el autor parece que ya sabía que
se iba a equivocar porque habría de sacar un papel previstamente confundido. Y
así, leído en alta voz ese papelito, seguiría impávidamente improvisando sin
ése ni otro apunte.)
El secreto que iba a deciros, bien lo recuerdo, es éste: los consagrados
artistas que han encomiado en este acto mi figura literaria, bien saben por qué
lo han hecho, bien sé yo la carga que comienza para mí ahora que han terminado
la suya.
Con el uno, me comprometí a que poco tiempo después de este elogio lo libraría
de una vecina de balcón de enfrente de muy desairada persona que lo saetea con
miradas, lo molesta con llamadas telefónicas y, en suma, todo lo hace menos ser
bonita en su balcón. Con el otro, me obligué es empleado público importante a
procurarle certificado médico mío para toda inasistencia que le conviniera
justificar en su oficina; es sabido que nadie hasta hoy ha conseguido la
condescendencia de obtener tal certificación de ninguno de los abogados de
Buenos Aires: podéis, por tanto, juzgarla de preciosa. (Os dejo con lo que
tampoco yo pude averiguar: por qué los abogados no otorgamos certificados
médicos.)
Con un tercero, me sometí a un pedido que me pareció muy raro: que usara siempre
paraguas nuevos y lujosos y que con ellos concurriera todos los días de lluvia
a su casa. Me imaginé que había elegido esos días para sus reuniones y quería
ostentar no que en su casa también llueve como en las demás, lo que quizá
algunos no le creerían, sino que tiene amigos dueños de ricos paraguas; se lo
prometí. Mas parecía tener algo más que pedirme..Así es que me exigió también, y
lo acepté, que en el momento de retirarme de cada una de esas visitas olvidara
mi paraguas, por haberles dicho a sus amigos que él conocía al hombre más
desmemoriado del mundo; y yo debía ser el amigo que era, al mismo tiempo, el
hombre más desmemoriado del mundo.
Ya ven lo que he perdido por obtener el favor de opiniones sobre mi
inteligencia; se le caen a uno del alma hasta las ganas de vivir mucho tiempo;
poetas que sientan en pureza la poesía de la lluvia son muy pocos: lo que los
más sentimos es el exquisito egoísmo de oír lluvia en nuestro techo en el día
en que los otros la soportan por la calle, y yo quedo comprometido a dejar mi
techo por el ajeno, para la música de lluvia, y ser transeúnte bajo el
chaparrón. Y además, a olvidar un buen paraguas comprado para una sola vez, como
cañón Bertha, en cada día de lluvia, sin contar mudarse del ser envidiado al ser
compadecido, cuando llueve.
Y así, para cada uno de estos notables artistas me he obligado pesadamente; por
tanto, mi deber de agradecimiento, que hondamente siento y acato, es para con
nosotros, el público, único no sólo exento de todo interés, sino exento también
de toda escasez de tiempo, pues que ha acudido aquí por un par de horas.
Para despedirme, voy a exponer una sintética confrontación entre la poesía de
las grandes almas no literarias y la de los grandes artistas; o sea, entre lo
estético artístico que hay en muy pocos y lo ético que hay en muchos.
Ramón Gómez de la Serna dijo, captando una exquisita sensación decorativa, un
resorte urban¡artístico, que en los galgos de bronce del trayecto a Palermo (que
han gustado tanto) se daba a Buenos Aires la más decisiva nota de empaque de
gran ciudad. Le opongo la respuesta de una sensibilidad femenina de suprema
percepción emocional: "Pues esos galgos me dieron pena: no pude sentir su
belleza ni la resonancia ornamental o significativa que dispensan a la mole
urbanística, porque lo que me conmovió contemplándolos fue el desesperante nada
sentir de esos perros de metal, tan gráciles, que no tenían ni la vida de los
pastitos que pisaban en su aparente correr."
¿Haría Gómez de la Sema la comparación justa entre ambos diferentes impulsos
interpretativos del sentimiento?
Propondría a ese inmenso poeta, todavía, que se enfrentara el problema
emocional (de Gusto), de cuál sería en él, cuál debería ser en el mayor poeta,
la emoción de perfecta justeza ante un espectáculo que la misma mujer presenció.
Habiendo llevado un nido a un deslumbrador circo, fue presentado en la arena un
elefante pruebístico al que en el transcurso se
le hizo erguirse sobre las dos patas, con lo que se vieron en su vientre unos
letrerones con una propaganda sobre el mejor jabón de Buenos Aires. Se sublevó
su sentimiento ante el humillante uso que se hacía de animal tan consagrado
convivente con los humanos de todo el mundo, tan legendario; sintió hasta las
lágrimas la sorpresa de tal insensibilidad hacia aquel pobre ser tantos años
mansamente mártir de los fieros aprendizajes de circo.
¿Qué habría sentido Gómez de la Sema de esta villana ridiculización?
Un ilustre tercer caso: alabóse a Wordsworth por haber dicho: Me repugnan las
cópulas de las moscas en vuelo. En cambio, una hermosa argentina, no obstante su
vejez, la pobreza en que había caído y el largo martirio de una parálisis que la
tenía siempre en cama, decía: Me gustan las moscas, las moscas son alegría.
¿Quién de ambos poseía más imaginación y poesía en el alma?
Yo quiero decirle a este público generoso, que tampoco consienta que en su
espíritu ceda la piedad a lo artístico, sino que se fíe y afirme en la
impulsión ética aunque ejercite su percepción y su sensibilidad al par en la
estética.
Aferrémonos a la piedad y entonados por ella el goce de lo bello y de lo
artístico lo disfrutaremos con el sentimiento aditivo de merecerlo.
Le di al Editor en un solo libro 10 oportunidades de páginas en blanco: quedó
tan enamorado de esta liberalidad con él que, metido en ánimos, previno a toda
su clientela que su imprenta no aceptaba sino libro con 10 o más páginas en
blanco. Sabido es que éstas son las originales páginas de editor en todo libro
de páginas de autor.
Brindis, en homenaje a Jules Supervielle, por Recienvenido de Hace Rato
Días antes de conocer, después, como es discreto aparentarlo para viajes
impensados, la gira que improvisó poco a poco, agenciándose una por una, lo
mismo que exige un viaje muy pensado, las mil cosas de una salida de lugar
(menos su necesidad, su "¿para qué?"), el ilustre literato que está practicando
la recienvenidez con la a todo recién llegado preexistente Buenos Aires, la
ciudad en todo tiempo infaltable a quien desembarca, la única ciudad con
presentimiento del Perpetuo Viajero y que con la más delicada cordialidad que
una ciudad imaginó, se da preexistencia en obsequio de él, se adelanta al
recienvenir de todos dándole el sabor de un permanecer, y así ha hecho millones
de permanecedores que venían con el algo despectivo "de paso".
Por lo menos sabemos que días antes de empezar a saber, como todo el mundo, el
impreparado viaje que preparaba (poco a poco) el poeta Supervielle, cuyas obras
le han hecho de imposible incógnito pero no de imposible improvisación de
viajes, como se ve, yo preparé estas prontas palabras tan desprevenidamente que
nada de lo que en ellas digo lo había conseguido pensar en el "momento antes",
y en esto es tan adecuado como un buen libro sobre la pampa en un poeta francés
nacido en el Uruguay, que la busca en Buenos Aires.
Por lo que resulta que la muy alegada por Inglaterra "unpreparadness for war"
está en auge de imitaciones en las prolijidades previas de todo viaje y de todo
brindis improvisados. Esa "impreparación" no se vio y se pareció .odas las
inexistencias son igualesal cuño en que Alemania, después de esa guerra,
pensaba moldear las ningunas ganas que tenía de pagar su nunca paladeada
Indemnización de Guerra.
Es todo lo que dije y hoy evoco, con las gratas horas y la gran figura de la
imprevista demostración que combinó el querido Evar Méndez incansable en
admiraciones y certezas, a la llegada de Jules Supervielle, que es hoy un
universal a cuya gloria modesta y plenamente añadóme y entonces sólo Méndez lo
conocía quizá profundamente. Es una originalidad total, en una impresión, como
actitud de poeta, sin ninguna de las repicadas rutinas de la literatura y
desdeñando originalidades de menudencias. Es una extraordinaria Simpatía que no
se resiente de la mínima dificultad de exposición.
Imaginario brindis a Alejandro Sirio
Aunque lo pronuncio con S ya que no he nacido ceceoso a la española y como
algunos campesinos de Buenos Aires lo admiro a Alejandro Cirio, pues vi desde
temprano que era una de las personas con quien la comparación de favorecimientos
personales me era más ventajosa: era más bajito que yo, menos existente, más
grueso, no entendía como yo de música, en metafísica no había para qué esperarlo
en ninguna esquina y además no había conseguido lo que yo sí, lo que pocos
tenorios seductores han conseguido: que ninguna mujer se meta con uno.
Estas superioridades duran, pues no creo que vuelva de París más alto, más
delgado, más exento de ser, más músico, más metafísico, más ininterrumpido por
mujeres que yo.
Por eso no he faltado a este desayuno y concurriré al banquete que se anuncia,
el banquete de comer que me dicen va a estrenarse por fin. Además, tengo afán
de presentar en dicho banquete los dos menús que he combinado y que faltaban:
el de la comidita de prudencia que nos dan previamente en casa si esa noche
hemos de asistir a un banquete y el de la comilona para dos con que debe
reconfortarse a ambos contenedores de un duelo a muerte, que después de una
emoción tan grande necesitan restaurarse más que nunca: el anormal apetito de
los sobrevivientes es muy conocido y ha sido celebrado y detallado en todas las
novelas de aventuras, tan novelescas.
Brindo corto con brindis de desayuno y reservo el de comer para su largo ocurrir
anunciado, y me declaro su igual en Dibujo, pues si bien él es pleno dueño en
el exquisito arte yo soy por entero dueño de mí mismo ante la más suprema obra
del genio plástico: con telas y dibujos no entiendo ni siento y también en este
renglón se mantiene la comparación con él, ya aludida, y continúa mi admiración
personal de él.
He dicho.
Sirio agradeció y observó: "que era profundamente certero y admirativo este
brindis en que M. F. me alaba por serle yo inferior en todo y hace un esfuerzo
meritorio por pronunciar bien, y lo logró, el apellido mío que conoce mal.
Agradezco a este banquete la oportunidad que me hace sabedor de contar con tan
cálido y prolijo amigo".
Si hubo burla en esta incisiva contestación a mi brindis tan cordial, yo todavía
lo ignoro. Y no deteniéndome a hacer el "quisquilloso", aludo al querido
Alejandro Sirio , el insuperable señor del Dibujo que compone sus estampas con
las líneas mismas de la divina Lluvia.
(Supe del banquete al artista tan estimado hallándome lejos y quise brindar con
él en tan justo homenaje. No pudo ser; y hoy por fin cumplo en expresarle no un
juicio sin competencia sino la simpatía que me inspiró, como a tantos su
hidalgo trato.)
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