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Tangos del orfelinato
| Tangos del asesinato
Final
ARBOLES ESFUMADOS
a Leonor García Hernando
la veo a Mardou apoyada en el estropeado Plymouth
y recuerdo que su novelista soñaba con los claros del
bosque
pero murió en un hospital
la veo al dorso de la última página siguiendo el recodo
del camino
acosada por un perro que le olfatea los zapatos
estoy pasando un mal momento memorias
del novelista muerto en un hospital cuando miro absorto
por la ventanilla
estoy pasando un mal momento y ya en abril
el sol esfuma los árboles del jardin zoológico
ella probablemente eche el pelo detrás de la oreja y los
flamencos alisaran sus plumas
estoy pasando un mal momento finales de lo mismo
melancólicas armonías.
Pedro Donángelo
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LEONOR GARCÍA HERNANDO (1955-2001)
El viernes 30 de marzo de 2001 falleció en el Hospital Oncológico Marie Curie la poeta LEONOR GARCÍA HERNANDO. Había nacido en San Miguel de Tucumán en 1955. Integró el consejo de redacción de la revista Mascaró. Publicó los libros de poesía "Mudanzas" (1974), "Negras ropas de mujer" (1987), "La enagua cuelga de un clavo en la pared" (1994), "Tangos del orfelinato/Tangos del asesinato" (1999) y "El cansancio de los materiales" en el 2001, del que llegó a ver los primeros ejemplares dos semanas antes de morir y que será presentado en breve.
Gran recitadora de su poesía, su última lectura pública fue el 22 de marzo de 2001 en la Universidad de las Madres.
Mauro Pereira, de la revista "Perro
Negro" [http://www.perronegro.com.ar] escribió las palabras que a continuación transcribimos.
HA MUERTO UNA NIÑA REBELDE
"La experiencia social, indica que el que eligió un camino de rechazo a la injusticia, al soborno, a la hipocresía, en la vida no le fue bien. Y aquí en la Argentina hay una experiencia muy clara: al que intenta algo distinto, lo matan".
Leonor García Hernando, en revista Perro Negro Nº 2, agosto 2000.
Leonor García Hernando fue, es y será, una de las personas más íntegras, éticas y coherentes que he conocido. Una verdadera representante de una clase en extinción. Su profunda ética, su voluntad, su moral, su pasión, su perseverancia, eran tan incorruptibles que generaban rechazo en muchos otros, esos "cómplices de ciertas inmensas porquerías" como dijo Artaud. Otro rechazo fue generado por su enfermedad tan temida por los ignorantes e hipócritas de turno. El cáncer lo genera esta sociedad. Pero Artaud también dijo: "la sociedad rendirá cuentas de su muerte prematura".
Muchos solamente vieron oscuridad. No pudieron, no quisieron, ver la luz, lo más importante. Y ella ofreció mucha luz, quizás demasiada para estos tiempos de decadencia y anestesia generalizada.
Leonor García Hernando nació en Tucumán, en 1955. Desde niña soñó otros mundos posibles, más justos. Ella creía profundamente en la palabra y lo ha demostrado en una de las obras poéticas más apasionantes. Algunos de sus libros, Mudanzas, Negras Ropas de Mujer, La Enagua Cuelga de un Clavo en la Pared, Tangos del Orfelinato/Tangos del Asesinato y El Cansancio de los Materiales, su último libro de poemas en el que trabajó con una intensa fe digna de una verdadera atea. La lectura de estos escritos son esenciales, no sólo para descubrir la luz de su poesía, también para comprender desde su visión, una parte importante de nuestra cultura, de nuestro país, del "crimen, el asesinato como código de educación hacia la población civil, hacia los jóvenes", de las consecuencias en la cultura de una nación fundada con sangre, traición y corrupción.
Leonor García Hernando murió el viernes 30 de marzo. ¿Pero aquí se termina todo? No.
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Se intenta eliminar ciertas esperanzas de muchas maneras. No solamente alcanza con la fachada. Vemos como "el progreso" causa estragos en las ciudades, se asesina el pasado y de esa forma los conocimientos. La arquitectura ya no es la misma, los hombres tampoco, salvo raras excepciones, y esas excepciones son atacadas, rechazadas o perseguidas. Algunos podrán suspirar: "ya no veremos el sufrimiento en los bares, podremos pasear y practicar libremente nuestras imbecilidades y miserias cotidianas, sin culpas en nuestras conciencias". Ciertos insoportables mundillos culturales, ciertos patéticos ambientes poéticos del buen decir y de los enredos psicoanalíticos de Buenos Aires, y de sus cócteles y de sus discursos idiotas, podrán sentir algún alivio, otros que hasta hace poco huyeron y dieron la espalda ahora podrán ensalzarse en
homenajes y falsos llantos, otros simplemente se verán en el espejo, en soledad, y tendrán que convivir con ese gusto amargo, a muchos otros no les importará y muchos otros ni se enterarán. Pero las excepciones nunca morirán, eso está muy claro y ese es el equilibrio que mueve todo. La luz, esa fuerza minoritaria pero poderosa, seguirá molestando con su verdad, con su belleza. La lucha de los diferentes se transmite. Seguiremos en el camino, aunque la oscuridad no lo permita. Aunque la convivencia sea imposible.
Creo que es momento de reaccionar, de marcar las diferencias, de rebelarnos. De devolverle su real significado a las palabras amor, fe, ética, moral, solidaridad, lucha, espíritu, nobleza, lealtad. Y jamás temerle al fracaso. Jamás temerle al tiempo presente, al ahora. No seamos cobardes.
Muchos ya han muerto. Demasiados. Pero no todos...
Ha muerto una niña rebelde.
Pero su luz vive en mi corazón.
La rebeldía no ha muerto.
M. P.
Buenos Aires, Argentina, 2 de abril, 2001.
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Entrevista a Leonor García Hernando
[Perro Negro Nº 2, agosto/septiembre 2000]
Recuerdos de infancia...
Leonor García Hernando: Creo que tengo un recuerdo también ilusorio de mi
infancia, es decir, en un momento –que no puedo detectar cuál fue– me construí
una memoria de la infancia, que no es mi infancia misma, no es lo que ocurrió.
Es una reconstrucción idealizada de la infancia. Creo que no es de la infancia,
sino que es de esa reconstrucción que no me puedo despegar.
Y ya en esa infancia –esto sí más apegado a los hechos limpios, sin
reconstrucción– la literatura tuvo un papel vital muy grande. Sobre todo en
libros de piratería. Éramos tres hermanos y no solamente fueron libros leídos,
devorados por nosotros, sino que además formaban parte de nuestro mundo de
juegos, de reconstrucciones, del trabajo lúdico en todos sus aspectos, hasta en
su aspecto “arquitectónico”, porque con maderas construíamos los barcos.
Respetábamos las aberturas de las puertas, de las claraboyas, de los ojos de
buey. Disputaba con mi hermano el rango de capitán.
Mauro Pereira: ¿Cuándo aparece la escritura?
L.G.H: Creo que la escritura aparece como una cita que se da entre dos hechos.
Por un lado la pérdida de la infancia, como edad y como espacio. Mi infancia
está vinculada a lo que hoy se llama “Ciudad Evita” –nombre que debió conservar
siempre, pero cuando llegué a ese pueblito se llamaba “Ciudad Belgrano”–. Calles
de barro, ausencia total de teléfonos, de hospitales. Mi padre para venir a
trabajar a la Capital todos los días, usaba galochas, en invierno o en épocas de
lluvia. Mi casa quedaba en la última línea de edificación sobre el bosque de
Ezeiza. Frente a mi casa empezaba el bosque.
Cuando tengo 11 años nos mudamos a la Capital. Es el final de la infancia como
edad y como lugar para tener infancia. Para mí fue seguramente una falla
constitucional, psíquica. Una incapacidad total o muy grande de adaptación. Y
viví eso como una pequeña muerte... Ahí empecé a escribir.
Esto va acompañado de que en mi casa, en mi mundo familiar, yo era la torpe, yo
era la que trataba y no podía, como sí podían los otros que eran mis hermanos.
Yo trataba de cantar y desentonaba, trataba de bailar y era pata dura, trataba
de dibujar y tenía la mano de piedra. No creo en esos primeros años haber
escrito mejor que mis hermanos. Mis hermanos no lo intentaron. No tuve con quien
competir, no aparecí como la que peor hacía las cosas, entonces perseveré. Me
quedé ahí, que era un territorio que nadie disputaba. Creo además, que era un
territorio que gozaba de la satisfacción de mi padre que era periodista y veía
la continuación de sí en esa hija que también escribía.
Desde que empecé a escribir, “la pérdida de la infancia” fue el tema. Y también
fue el tema asociado a la muerte. Después, para la desgracia de todos y de la
mía, éste país me dio muchos motivos para que pueda perseverar en estos temas.
El crimen, el asesinato como código de educación hacia la población civil, hacia
los jóvenes, en forma encarnizada, desgraciadamente permitió que yo me pueda
demorar en este tema. Y además, no pienso salir de él... (silencio)
M.P: Escuché una vez que la historia argentina está escrita con sangre y
traición...
L.G.H: Creo que el mito de la traición, es fundante de la historia argentina. Si
supuestamente la Revolución de Mayo es un hecho fundacional de la idea de Nación
argentina, de Patria independiente, ésa historia de la Revolución está tan
plagada de traición, de mezquindad, de villanía. Yo no soy una experta en
historia argentina, me he acercado a través de la literatura, de la charla con
gente que sí sabe, no quisiera hablar como si yo supiese de historia con la boca
llena. Pero cuando uno roza, se permite espiar la documentación histórica, los
historiadores más serios, más profundos, más críticos, en las obras que narran,
reviven los hechos, como las traiciones y las villanías que sufrió todo el grupo
más radicalizado de la Revolución de Mayo, Moreno, Belgrano, Monteagudo,
Castelli, son de terror. Fue el libro de Ribera La Revolución es un Sueño
Eterno, el que unió mi sensación y mi emoción –producto de la época en la que yo
viví y vivo– al pasado no vivido de mi historia argentina, como un hecho
cíclico. Además, están todas las inmensas y terribles cantidades de traiciones
que no llegan al conocimiento de la ciudadanía común. Creo que esa idea kafkiana
del poder como un lugar al que nunca se accede, al que nunca se llega, al que
nunca se lo conoce y que domina gran parte de nuestras razones, de nuestros
“para qué”, con nuestra absoluta ignorancia de lo que nos maneja, nos detiene y
nos obliga a abstenernos de tantas cosas, creo que esa idea del poder que yo
aprendí leyendo a Kafka, es válida en todo el mundo y acá también, de una forma
tenebrosa.
Los hombres interesados en el poder no son los mejores. Y el poder parece traer
en sí mismo, una obscenidad, que en hombres que no tienen una gran preocupación
moral, los termina de corromper. Ya eran corruptos y el poder acentúa.
M.P: En Tangos del Orfelinato Tangos del Asesinato percibí cierta sensualidad y
atracción por la oscuridad y lo marginal. Y al mismo tiempo ciertas
preocupaciones políticas –muchas veces difíciles de descifrar en tu escritura–
como, por ejemplo, en estos otros poemas inéditos, el recuerdo de Víctor Jara
cuando hablás de los estadios y de las manos cortadas.
L.G.H: Sí... creo que hay dos temas diferentes. Uno es mi preocupación por lo
político. Es una preocupación... no es ambigua la palabra, tampoco es
contradictoria, no sabría como definirlo... Yo he sido y sigo intentando ser una
mujer política, he militado en política, soy una mujer de izquierda. Ahora en
literatura, he visto muchas veces que maquillado por la intención política, se
han mostrado obras muy endebles literariamente, trabajos que a mi entender no
guardan ningún esfuerzo creativo. También he conocido poesía profundamente
política. Gran parte de la obra de Vallejo, sobre todo en el libro dedicado a la
Guerra Civil española –España aparta de mí este cáliz–, la obra de Cardenal, la
obra de Paul Eluard en la época en que militaba en la Resistencia francesa. He
nombrado unos pocos, pero la poesía épica, política, es vieja como el hombre, o
por lo menos desde que el hombre escribe poesía. Con esto quiero decir que me
interesa muchísimo el tema político, pero sólo en la medida en que sea yo capaz
de tratarlo con una dignidad creativa. Para mí, por ciertas características mías
–una tendencia a la retórica y a la grandilocuencia– que me molestan, para mi
idea de lo que es un trabajo poético digno, yo fracaso. Yo no logro hacer lo que
quiero hacer. Pero me interesa mucho alcanzar una síntesis entre lo que es la
crítica política más vasta y lo que es una visión crítica del mundo familiar
vinculado a las criminalidades políticas. Porque creo que está ligado. Este
país, es como un país saturnino, es decir, de hombres que fagocitan a sus hijos,
como Saturno. Hay una pintura extraordinaria de Goya, en donde muestra a Saturno
comiéndose a su hijo. Creo que esa imagen de Goya, está unida a mi emoción, en
lo que hace a la temática de mi literatura.
Y es cierto. Vos hablaste de una suerte de sensualidad en esa mirada negra,
oscura... Y hay una vanidad en el dolor. Hay una vanidad en no ocultarlo, porque
no estoy de acuerdo con el ocultamiento. Esto para nada tiene que ver con una
vida personal carente de motivos de felicidad. Yo he tenido tantos motivos de
felicidad como cualquiera. Simplemente no es ése mi tema. Creo que ni a mí ni a
los otros, les hace demasiada falta el hablar, el escribir, el poderse
identificar con esas felicidades domésticas, que más o menos, cazás más cazás
menos, podemos resolver. Hace falta hablar de lo que no podemos resolver, hasta
resolverlo... cuando esté resuelto, tal vez aparezca un tema. Creo que lo que no
podemos resolver, es la desgracia, el sufrimiento, la marginación. Y esto no
está disminuyendo en Argentina, está aumentando. Todo tipo de marginación, la
económica, laboral, trae otros tipos de marginaciones de forma inmediata.
Estoy en un momento, en el que me vuelve a afligir el no poder escribir una
página feliz. Muchas veces me pesa y me jode, y quisiera que no sea así,
quisiera escribir yo también sobre “la felicidad”. Y además sé que hay gente que
me lo reprocha, que me dice “no te puedo leer porque me falta el aire cuando leo
10 poemas tuyos”. Y yo por un lado –así un poco rencorosa– pienso “pero si eso
quiero yo, que te falte el aire”... Y después pienso, bueno, no todo el mundo
puede soportar que alguien se esté quejando sobre su oído todo el tiempo. Pero
si al final no lo resuelven diré “y bueno, ¿qué página querías encontrar?, no
han leído bastante, con aire o sin aire...” En definitiva, yo voy a hacer como
todo el que escribe, voy a hacer lo que pueda.
M.P: ¿No creés que tu lugar de la queja es digno?
L.G.H: (silencio) No me gusta citarme, pero hay una fracesita que dice “no hay
nada bueno que empiece por ser una herida”... Yo creo que cuando alguien se
queja de un dolor, de una herida verdadera, nunca hay dignidad, nunca hay
elegancia. Porque por naturaleza, no es ni elegante ni digno el sufrimiento. Es
siempre indigno. No pretendo ser digna... (silencio)
Imagino una pelea de muchachos en una esquina. Un tipo puede estar tirado en la
vereda, lo pueden estar pateando, pero ese tipo vencido en la vereda puede
estarle diciendo al que le pega más (porque es más fuerte o por lo que sea) “vos
sos un hijo de puta y yo tengo razón, y mi motivo de queja es el justo”. Martín
Fierro venció a un negro y lo mató a la entrada de un baile, y el Martín Fierro
no tenía razón. El muerto –que ni se quejó– tenía la dignidad del que sufrió la
afrenta, del que defendió a una mujer que no había jodido a nadie y que un
bravucón a la entrada de un baile la ofendía sin motivo. Esta anécdota muchas
veces la comentó Borges. Señalaba que el personaje del Martín Fierro no era un
gran muchacho, que la muerte de ese hombre era un hecho indigno. Creo que la
dignidad, si hay alguna, radica en decir cuándo se ha cometido una villanía, una
maldad, un crimen, una afrenta en la vida de una persona que no jodió a nadie. Y
el asesinato político es criminal, oscuro, es perverso, aún sobre aquel que hizo
algo. Porque el asesinato no es una respuesta digna, ni la será jamás. Siempre
será una villanía.
M.P: En Tangos... decís que sos una “pecadora”. ¿Por qué?
L.G.H: Qué sé yo... La iglesia me lo diría porque vine al mundo... ¿Yo digo que
soy una pecadora?
M.P: En una parte decís “me querías pecadora? Yo te daré indolencia semejante al
destierro”.
L.G.H: No, creo que no es pecadora... es otra palabra... creo que es “culpable”.
Bueno, después buscálo. Ahora estoy usando en un poema la palabra pecadora, con
una de mis frases jocosas más logradas de hace muchos años, uno de los chistes
más alegres que tengo en mi repertorio, y es que “de los pecados tengo todas las
putas y ninguno de los placeres”. De todas formas, yo he cometido casi todo el
abanico de las villanías y de las miserias humanas. He envidiado, tuve celos, he
mentido... Aunque hay algunas cosas que no quise hacer, porque me desagradan, la
traición es una de ellas...
M.P: Eso te diferencia de la mayoría...
L.G.H: No, porque no creo que la mayoría sea traidora. Yo tengo otras quejas
para hacer, con respecto a lo que generalmente fue algo indigno o reaccionario.
Y sobre todo con una vocación esclava. Reprocho a la gente que en los grandes
temas como... (silencio) Parece que ya decir la palabra “desaparecido” es como
una guarangada... pero de ese tema hasta los temas más vulgares... Por ejemplo,
yo padecí junto a muchas personas, los cortes de luz del 98 en esta ciudad.
Cuando salíamos a la calle, éramos 30 personas que girábamos de una esquina a
otra, de un barrio a otro, que quemábamos las cubiertas en una esquina y después
íbamos a 15 cuadras más allá y quemábamos otra. Ya te digo, 30 personas, quizás
50, 100... siendo optimistas y ciegos a la realidad 200 personas... Las víctimas
de ese apagón fueron 500.000 personas. El hecho de que sean solamente 100
personas las capaces de decir “esto no puede ser” y hacer un poco de barullo,
mientras los otros soportan y aguantan y refunfuñan, pero operativamente no
hacen nada... Vayan a las oficinas de Edesur, al ente que regula, no sé... pero
hagan algo, actúen, defiéndanse, porque si no, como en ese viejo programa de
Tato Bores, realmente “nos van a comer los albatros”. Y el hecho de que sean
sólo 300 los que se quejan no sirve. Yo estaría siempre entre estos 300, pero no
se pueden salvar ni a sí mismos porque son muy pocos, porque no tienen fuerza
suficiente. Entonces los otros están en un estado catatónico, no saben que se
joden a sí mismos, sino que además me joden a mí.
No me importaría que me maten con tal de que no me humillen más. (silencio) El
lugar del humillado... (largo silencio) El lugar del humillado es un lugar desde
donde se te quita tu naturaleza humana. El genocidio que se hace a los viejos en
este país, la atención de su salud, sus jubilaciones miserables, el maltrato. El
endiosamiento a la juventud y al cuerpo espléndido, a base de otras formas de
hambre y de ayunos. Así que tampoco el lugar supuestamente espléndido de la
juventud es carente de humillaciones. Las chicas de ahora, por centenares, por
miles, padecen trastornos de alimentación de todo tipo. Todo forma parte de ese
pastiche de humillación, de animales atrapados en un corral, de animales
expuestos para lo que elige el matarife. En esa visión, hay muy poco lugar para
el hombre.
No disfruto de la literatura panteísta, que alaba “el crecimiento alegre de los
brotes de hierba, los atardeceres maravillosos”. Todo eso, además, ya está. Pero
lo siento tan alejado de mí...
–Pausa en la grabación. Se habla de muchos temas. De vez en cuando, no puedo
evitar observar las fotografías que ilustran las paredes de la casa de Leonor.
Entre esas fotografías, se destaca la de Antonin Artaud y en especial las de
Humphrey Bogart que se repiten en varios cuadros, como si su presencia
custodiara el lugar. Le pregunto qué piensa de los hombres...–
L.G.H: Ensimismada en este rencor que siento hacia los hombres, me gusta decir
–incluso a mis amigos– que me da la sensación y tengo indicios recurrentes, de
que son todos putos. Yo respeto a un hombre homosexual, que dice “yo soy
homosexual”, pero hay una diferencia entre eso y los “vivillos de oficina” o los
“vivillos de cocina de bar”. En todo lugar donde haya un grupo de muchachos
trabajando, jugando o en un vestuario de gimnasio, o lo que sea, como quien se
macanea todo el tiempo se están toqueteando. “Mirá que te apoyo” o “te gusta que
te la apoyen”. Y por ejemplo, el fenómeno de los travestis no parece impregnar
la vida cotidiana y las relaciones cotidianas de las mujeres. Sí parece haber
impregnado la vida cotidiana de los hombres, o que en todo caso, la aparición de
ese fenómeno deslumbró de semejante manera porque es algo que parece estar no
subyaciendo en capas profundas sino en capas muy superficiales de las relaciones
de los hombres entre sí. Y creo que el que va recurrentemente a buscar
travestis, tiene comprometido algo más que la curiosidad, porque además es
repetitivo. Y los que hacen “uso” son señores “hechos y derechos”, con familia,
casados, con supuestas vidas respetables.
Con respecto al machismo. Creo que como toda cultura de dominación, lleva en sí
la certidumbre de la dignidad de la naturaleza contraria. Yo confío en un hombre
capaz de desenvolverse en la vida respetando a sus semejantes, considerando a
todos y cada uno, como un ser merecedor de todo respeto, de todo cuidado y de
todo derecho. Todo hombre que no se esfuerce por sostener esta cultura y esta
moral, me parece un hombre despreciable. A mí me gusta detenerme en el
peronismo... Es extraño hablar con un peronista, porque cada vez que yo he
hablado con un peronista, resultaba ser que el peronismo era siempre otra cosa.
Para ellos resultaba ser que lo que el peronismo hacía en ese momento, no era el
peronismo, que el peronismo era otra cosa. Lo he escuchado en el ’73, durante la
dictadura, durante el menemismo, y lo sigo escuchando de cada persona que se
reconoce peronista. Algo similar ocurre cuando uno habla con un hombre. Siempre
es otra cosa que lo que hace. Conozco pocos hombres que respeten a la mujer como
un par con el que deben ser solidarios, compañeros. Y sostenerlo en la misma
medida en que él necesite compañía, solidaridad y sostén. Conozco pocos hombres
que respeten la naturaleza de la vida de una mujer. El 90% de los hombres trata
de la misma manera a una mujer enamorada que a una puta. La trata un poco
peor... porque a la puta le paga. En estos últimos años he frecuentado sitios en
donde se realizan tratamientos oncológicos a pacientes con cáncer. En todos
estos sitios jamás he visto a un hombre enfermo solo. Siempre está acompañado
por una mujer. En cambio, las mujeres, en el 90% de los casos, están solas.
Eventualmente acompañadas por alguna amiga o hermana, nunca acompañadas por un
hombre. Es un hecho llamativo.
Creo que todos los seres humanos somos intrínsecamente, físicamente, seres
solos. Abandonados a la buena o mala fortuna. Dentro de ese panorama, las
mujeres están aún más solas. (silencio)
Creo que se avanza hacia una cultura donde se va perdiendo el rastro, los
logros, de muchas maneras. Así como se han perdido las grandes artesanías. Uno
sale a caminar por Av. de Mayo o por cualquier barrio y ve esos balcones, esos
detalles de molduras en las paredes, esos estucados, esos techos de pizarra. Son
tantos los conocimientos que se van perdiendo, las tradiciones, porque además
nadie paga por esos conocimientos. Uno se pregunta, cómo no valoran la poesía,
cuando tantas cosas no han sido valoradas y tantas se han perdido.
A las tejedoras indúes les cortaban un dedo indispensable de la mano para
manejar los telares, para que no pudiesen competir los tejidos indúes contra los
tejidos ingleses. Entonces, la humanidad ha hecho cosas horrendas contra sí
misma. Ha perdido y vuelto a perder. Ha pagado para que pueblos íntegros
pierdan. A veces, da la sensación de que la humanidad, como naturaleza, no
avanza ni un paso. Puede ser que avancen sus construcciones, pero no su
naturaleza. Hay que construir más y más para parar a una bestia que quiere
sangre.
“Así acabará el mundo, no como un estallido, sino como un sollozo”.
Más recuerdos...
En el año ’72 llegué por una cuestión fortuita, totalmente accidental, a un
taller literario, el primero que existió en Argentina. Este taller se llamaba
Mario Jorge De Lellis, en homenaje a este poeta. Fue creado –entre otra gente–
por Jorge Ricardo Aulichino, Daniel Freidenberg, Jorge Asís, Marcelo Cohan,
Irene Gruss, con un espíritu de generosidad intelectual invalorable del cual
estoy muy agradecida. Después, con otros compañeros como Sergio Kiesilevski,
Luis Eduardo Alonso, Pedro Donangelo, Jorge Barbikane, Nora Perusin, Juan
Cristóbal Villafañe, tratamos de repetir esta experiencia de generosidad. Este
taller siguió funcionando hasta el año ’77, en que secuestran a tres integrantes
del taller, tres chicos de 19 años.
M.P: ¿Recordás sus nombres?
L.G.H: Sí. Claudio Valetti, María Helena San Martín de Valetti –se habían casado
hace muy poco tiempo– y Claudio Oistrej. Cerramos el taller. Hicimos todo lo que
estuvo en nuestro alcance todos esos años para tratar de ubicarlos, de
recuperarlos, pero fue imposible. Hicimos hasta cosas, vistas a esta altura de
los acontecimientos, necias y estúpidas, como mandar telegramas al poder
ejecutivo, al primer cuerpo del ejército, con nuestros números de documento,
nuestras firmas, nuestras direcciones, reclamando la aparición de estos chicos.
Fue un hecho devastador. No son los únicos integrantes de talleres literarios
que han desaparecido, sé que hay más, no recuerdo sus nombres. Para mí y el
resto de estos compañeros, fue un hecho que no tiene consuelo, para el que jamás
tendremos amparo alguno.
En el año ’84, nos volvimos a reunir en un trabajo en común, que fue sacar la
revista Mascaró, junto a otra gente como Ricardo Mariño y Susana Silvestre. Fue
una experiencia muy rica, salieron 6 números, tratamos de hacer un trabajo
generoso en difusión cultural, literaria en particular. Fue una revista
respetada y recordada hasta el día de hoy. Contó con una excelente diagramación
del artista plástico Alvaro Jiménez. Ahora salieron estos 4 libros, Sudestadas
de Alonso, Los Soles Oblicuos de Perusin, Electrificar Rusia de Kiesilevski y
Tangos del Orfelinato Tangos del Asesinato escrito por mí. No hemos contado con
demasiados comentarios ni demasiado apoyo para esta iniciativa de una colección
de poesía que esperamos continúe. Estamos intentando poder lograr la aparición
de otros libros de Villafañe y Barbikane. La impresión se realiza con dinero
exclusivamente de nuestros bolsillos. Yo conté con un apoyo del Fondo Nacional
de las Artes, pero lo puse en esto, tratando de zafar de los costos editoriales,
tratando de reducir los costos a los de imprenta. Tenemos un imprentero amigo,
con el cual tenemos una relación de hace muchos años, y nos hace precio de
amigos. Ojalá contásemos con algún tipo de apoyo que nos permita abrir el fuego
a propuestas más generosas que incluya la posibilidad de editar a gente que no
cuente con dinero para editar.
Sobre el conocimiento...
¿Qué es lo que advierte una hormiga a la cual pisó un tractor? ¿Qué advierte la
hormiga de ese fenómeno? ¿Qué reconoce del tractor?. Creo que mucha gente vive
así. En todo caso, el tractor la aplasta, pero no vive nada del hecho dramático
de ver venirse al tractor encima, de advertir que su velocidad no alcanza para
salir del espacio por donde el tractor pasará. Entonces hay como un contento,
porque no lo advierten.
El equilibrio está dado por grados de conocimientos. Nunca la felicidad del que
comprendió algo, del que advirtió algo, será igual a la del que no sabe, a la
del que ni siquiera sospecha. Parece ser que en “el libro de los libros” –La
Biblia–, si hay algo castigado, es el conocimiento. Cuando Dios hecha al hombre
del paraíso, lo hecha por haber probado el fruto del árbol del conocimiento. Se
puede observar la historia también como un castigo sobre el conocimiento. Es una
lectura posible de la historia. El conocimiento es siempre una desobediencia.
M.P: En Tangos... hablás mucho sobre la orfandad...
L.G.H: Como te decía antes, me interesa establecer esa vinculación entre el
crimen político y sus formas germinales en la familia. Porque creo que en mi
generación –la de los 70s– existió una forma de expulsión familiar, una forma de
castigo a la desobediencia, de desobediencia al modelo cultural y moral que
existía hasta esa época.
El tema de la orfandad registra o intenta registrar un lugar, un lugar de
indefención social que nació en la familia. Un lugar en donde la familia
participó para crear, donde participaron los vecindarios, los colegios, las
universidades, los gerentes de fábricas... Por esto pudo ocurrir. Los grados de
responsabilidad por supuesto no son los mismos. Digo solamente, que toda esta
crueldad pudo existir, porque hubo una crueldad social que de alguna forma
también participó de este hecho. Es muy amarga la visualización de estas cosas,
porque no hay una interrupción profunda, porque no hay una seria revisión social
de los sucesos. A mí no me gusta revolverlos con una suerte de gusto obsceno. Si
no se aprenden nuevas conductas de amparo socialmente, como los asesinos están
ahí y caminan por las calles, esto en algún momento volverá a ocurrir. En las
primeras manifestaciones que logren rearmarse en repudio a formas de vida
injustas, aquello volverá a ocurrir.
Yo ni glorifico ni defiendo el mundo del delito. De todas formas, creo que si
una persona es expulsada de toda vida digna, útil, generosa y placentera, si no
tiene oportunidad de desarrollarse armónicamente en la vida, la elección del
mundo del delito es por lo menos, una forma instintiva de defensa de la vida.
“No me dejás laburar, no puedo acceder a la salud, a la educación, a un lugar
civilizado en el mundo, bueno, entonces me refugio con los míos, con quienes
están en mi misma condición, en un mundo incivilizado y que se salve quien
pueda”... Creo que ésto es lo que genera el mundo del delito. Hoy, cualquier
persona mínimamente afectada por la posibilidad del robo, porque le entren a la
casa y les saquen sus electrodomésticos, pide sangre, pide muerte... No se
detiene ni por un instante, a pensar y a exigir el cambio de la situación que
obliga a la gente o que le da un libreto incontestable a la gente que elige el
delito como un lugar de retención de sus derechos a estar en la vida. Toda esa
caída sumamente hipócrita sobre el dolor ajeno, es hipócrita porque nadie se
anima a poner en su boca las palabras que hablan sus actos.
Los “escuadrones de la muerte” en Brasil, que donde encuentran a un chico
durmiendo en un umbral lo matan, muestran el pensamiento cruel y mezquino de
esta sociedad, sin hipocresía. Ese chico, cuando tenga 14 o 15 años saldrá con
una navaja y le cortará la garganta al que pueda, para sacarle un anillo o la
billetera, entonces lo matan. Como no están dispuestos a hacer algo para evitar
que ese chico duerma en el umbral, lo matan. Ésa, es la expresión moral de este
mundo, sin hipocresía. En cambio, en esta sociedad argentina, que dice “yo soy
honrado, yo trabajo, yo todavía retengo un lugar en el mundo porque tengo un
salario, una obra social, entonces no quiero que un desprovisto de éstos me
ataque. Pero yo no le deseo la muerte a un pobre niño que duerme en un umbral,
quiero que a los 14 o 16 años lo mate la policía”... Son juegos de espejos...
(largo silencio)
M.P: En los niños, en los que están por nacer... ¿ves un cambio posible?
L.G.H: Por lo que uno ve en estos últimos 10 o 15 años a nivel mundial, yo no
veo progresos, yo no veo un crecimiento del pensamiento humanista, una
posibilidad de desarrollo... Ahora están en boga los derechos internacionales
del niño, en los colegios les enseñan los derechos que supuestamente tienen los
niños, pero basta de mentir... los chicos siguen siendo los desposeídos, porque
nacieron en un lugar donde nada se posee, siguen siendo los menos elegidos,
siguen creciendo los ofrecimientos de prostitución infantil hasta en internet...
Yo creo que estamos en un mundo donde todo está todavía por hacerse. Tal vez se
halla avanzado en el campo del pensamiento. Hoy se tienen herramientas de
pensamiento, estructuras filosóficas complejas que repudian que esto suceda.
Falta que se haga lo necesario para que esto no suceda...
La experiencia social, indica que el que eligió un camino de rechazo a la
injusticia, al soborno, a la hipocresía, en la vida no le fue bien. Y aquí en
Argentina hay una experiencia muy clara: al que intenta algo distinto, lo matan.
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Leonor García Hernando
Tangos del orfelinato/Tangos del asesinato
No hallarás nuevas tierras, no hallarás otros mares.
La ciudad te seguirá. Vagarás por las mismas calles. Y en los mismos barrios te harás viejo;
y entre las mismas paredes irás encaneciendo.
Siempre llegarás a esta ciudad.
C. P. CAVAFIS
si el desastre fuese pudoroso conmigo,
yo sería. pudorosa con él, supongo
pero siendo así las cosas, yo también soy lujosa.
Tener y no tener sería la novela de mi
pasión rota de lencería, inundada puntilla del corazón,
Tener y no tener
si esa rubia de peinado violento sonriera
con menos placer, la vida sería, en fin, menos canalla
la camisa que la cubre de seda blanca no mejora un paisaje de lenta desviación
y al fondo del mostrador, rancio, con anillo de sello en el
anular que se hunde en ceniza, un hombre mira a su
acompañante
Mejilla a mejilla sería la novela de mi
pasión
cheek to cheek cantaría mi novela la
voz de Sarah.
caricia de tu mano breve
el placer, el desdén, el vínculo perverso que retiene a los
desdichados en la pecera del abrazo
breve
el clima de la fiesta se pierde como aguas de riego entre las
franjas del balcón.
La fiesta se apagaba
era el vientre de un insecto luminoso que se sostuvo un
instante en el aire que encierran las manos de un niño
breve Tangos del orfelinato.
el cabello cortado a navajazos sobre la
frente
y el largo paredón de la curtiembre para que los ojos
miren agrandados en la delgadez del rostro
sombra de las niñas expósitas sobre los pómulos
soy la que mira con insistencia caer los granos de sal
sobre la babosa que se disuelve en las baldosas del patio
auyentar con la mano esos rotos
mechones que molestan la frente
soy la dejada con una manta en los hombros la tocada
por la sospecha
me querías pecadora? Yo te daré indo-
lencia semejante al destierro.
__esa blanda extensión de campo se ve
desde la curva de la ruta
murmurada en ajustados labios, estas palabras que a
nadie atraen, que nada piden como otra respiración.
Un alambre corta la planicie delgado arpón clavado en
un horizonte esquivo temblores en un páramo errado.
Se escucha rasante el quejido de los motores, exigidos
por una velocidad que es pánico
el pedregullo salta en la banquina escasa magros fuegos
de artificio que se extinguen en lo que tarda un camión en
recorrer la curva con su acoplado de bestias para entregar
a los matarifes
una palabra murmurada en ajustados labios
pronto la sombra apretará la tierra
desaparecerá el campo y las tenues flores de alfalfa en la
intemperie cenizas que el viento afloja
bocina atónita en el desvío de un muelle de cal
¿seré tan triste como esa palabra que en
mi boca se retuerce como un lagarto blanco?
rosa de piedra en la boca de un lastimado
cenizas en la curva.
y ella dijo: __ avanzar en la noche de
pasillos circulares con una vela en la mano.
A veces, un escalón de piedra me hacía tropezar hongos
de un rosa viejo, cicatrices
y después esa carpa de lona junto a las vías, un llanto de
animales atados, la ráfaga con un quejido de ruedas
girantes en carriles helados.
La noche era hundida como un balde en un pozo.
Temblorosa llama. Las gotas de sebo impregnaban el
vestido de viyela gris
era triste entonces?. Era descalza en un
corredor con su extrema claraboya cayendo en el
descampado?.
Supongo la mirada extraviada en una noche al fin plana
sobre el pastizal
y el miedo como una respiración en la nuca rapada
Atardecía cuando me cortaron la trenza. Cayó circular
al canasto.
el devoto paso de los animales a las
aguas.
En plástica humillación, ese recorrido elude todo infierno.
Ellos están mansos en su olfato. Conocen su deseo como
nosotros las marcas de la frente
una tensión de bestias en el polvo
y las lenguas pesadas, entregadas al paisaje que aguarda.
La huérfana soy yo entre los animales
que embisten empecinados.
La huérfana soy yo sin mandato que
termine con la sed
soy la que está en el fuego de la estampida.
quizás en mi monedero sostenga,
remota, un arma pequeña, de dama, adornada con
incrustaciones de nácar
un instrumento cursi para matar.
un vestido de viyela opaca, con pespun-
tes en los puños y el cuello que cae en envejecidos pétalos
bordeando la garganta. En la pechera también pespuntes
y botones de un menguado azul.
Para ese tablero agrio de escarcha
un derramado vestido en patios de invierno.
nada palpita en esta franja que la desidia
absorbe
una película que el ácido impregna
revelaciones en un ámbito negro
y después ese tiempo de convalecencia
el pabellón con una suave fila de camas de hierro frente a
largos ventanales
ir hasta los vidrios con un rengueante
camisón de franela cubriendo el deterioro
el campo es una helada curva hacia la ruta, el plateado
sonido de los álamos, portones movibles que separan
camiones tapados con lona, cortezas empalidecidas por la
cal, las líneas de alambre manchadas de ligustro
paisaje blanco espuma de la peste
el cartel de chapa se agita en la intemperie, como la
bandera de una patria se desparrama para cubrir el
cuerpo de sus tullidos
un amargo olor quemado desprende la
estufa con velas de loza entristecidas por el humo
las sábanas se derraman en los mosaicos
sin orden. El ventanal dilata un páramo de arcilla
empapada. Dibujos de agua adornan la tierra fría
ventanal de La Matanza
tengo mi zapato en la mano
de cordones apretando el cuero, de alta suela negra:
un zapato de invierno.
la taza debe parecer excesivamente
blanca en contraste con la boca pintada -- No deberíamos
acercarnos a objetos tan nítidos
envuelta la garganta por un extenso
pañuelo de gasa, todo rostro es más plácido y se esfuma
como una lancha en esa agua extrema donde el cielo deja
de fluir
no deberíamos acercarnos a objetos tan
nítidos
una taza un sobre en el que la lengua impone un
poder; las uñas esmaltadas de rojo y tres desnudas
cebollas en el mármol
no deberíamos acercarnos a esa brus-
quedad del objeto que satura como un golpe
no deberíamos ser honestos en el terror.
Mejor palidecer como esa línea de álamos en la tormenta.
Mejor estar callada mientras la fiebre unta las sienes con
grasa de ciervo
mejor esperar a que las hojas del nogal apacigüen el sende-
ro de piedras rojas. Parques con una pálida herida de
mármol pierden su agua rara, lastimosa hundimientos
en la frondosa oscuridad.
no deberíamos acercarnos a objetos tan
nítidos.
Zonas que no conocen piedad.
ortigas quiere la desilusión ortigas en
canastos con tierra removida y la boca de mi padre
hablando de los muebles de entre los que me sacó
"un remate, decía, de muebles rotos, sucios,
desclavados. Ahí estabas dormida y te compré"
_ ¿cuantas monedas, papá, quitaste de tu chaleco para mí,
por mí?
"pocas, hija, pocas"
_ ¿debo entonces unas monedas eternas?
el murió hace ya 6 años. Un hombre
viejo, rencoroso. Pasaba días sin afeitarse.
como si un hombre entrara a una habitación
y encontrase el brillo de un animal hundido entre
bambúes agudos
y la respiración de lo que sufre fuese el deshacerse de un
papel que el fuego consume entre los dedos
y la mujer __ese animal enfermo__ pidiese agua con los
labios abiertos hacia la noche que es tinta en los vidrios de
la ventana
como si un hombre entrase y cerrara tras
de sí la puerta.
El hombre se completa afirmándose en una herida que
sabe vulgar
la susurrante erótica es sólo ese estorbo entre bambúes.
un cuerpo lastimado está tendido, boca
abajo, sobre mi pecho. Un calor de sangre se derrama en
mis piernas el calor de un cuerpo que olvidó la
vanidad y sólo descansa
el desdén muerde del corazón como de
una escudilla el perro de la casa. La rotura que la lluvia
hizo en el techo está sobre mis ojos
si se dilata luz que el foco arroja, ya no
tendré verdad, ni mentira
el pudor requiere de tenues construcciones.
de aquel hombre no le creo la herida.
Cuando la cicatriz estire una línea de escurridizos bordes
llameantes
tampoco creeré su herida.
¿por qué confiar?. Si yo hubiese sido así
lastimada, a nadie le daría una verdad
ni daría dátiles. No le daría nada a nadie.
los desesperados no son confiables. Sería
un idiota el que arriesgara por mí su moneda. Sería un
encandilado por el quejido por el frenesí del que ruega
calmantes con labios blancos.
no hay gloria ninguna en la mutilación
ya no creo en heridas. No creo en la sangre derramada.
El viento se retuerce entre altos pastos. Los jugadores de
cartas miran sus diamantes y saben que es poco.
Las aguas turbulentas golpean ventanas opacas, de
vidrios empañados por un aliento roto y esa mirada
desvalida del que perdió, se entierra en mi garganta como
una respiración intrusa.
de su herida no es cierto el tajo ni el
olor de la gangrena ni la navaja que como un pez sutil,
ha quedado en el acuario negro de mosaicos.
Sólo esa manera de aproximar el cuerpo
al lavatorio, de raspar con una esponja la falta, tiene algo
de verdad
y no es amor lo que pierde la herida,
no es la fatalidad de una pasión insensata.
Es sólo sangre.
El gesto que con la mano en alto, los dedos molestando
el aire, dice adiós
es el gesto de las mutaciones
devorado por la intensidad de los aviones que cruzan la
pista.
N No volveremos a estrecharnos las cabezas desnudas
bajo la ráfaga.
N No volveremos.
Somos el desesperado giro del insecto tocado por el
veneno.
y ella dijo: __sueño y desorden. La noche
me da estos frutos porosos.
No me quejo del azar.
No me quejo del llanto de los animales atados,
ni del hambre de la noche que come los objetos y los hace
carne de su oscuridad
y ella dijo: __se supone que hay algo
pesado en mi corazón.
Mis piernas son blancas, sin solear y de una pereza que es
la turbia apariencia de la sangre.
Se me supone iluminada de frialdad y de astucia;
en el desorden pero estéril,
acabada por un aprendiz que hizo lo que pudo.
y ella dijo: __no verás las hiedras de la
inquietud,
ni de las piernas ese luto de medias retornar su lento flujo
hacia los tobillos
del corazón su aspecto de cuchara de alpaca no será para
que te ofrezcas como un moho
ni dejaré el cabello caído como otro rastro de sangre en la
madera.
y ella dijo: __la puerta se cierra con sólo
empujarla
creo, no te hablé del entierro la bandera de ébano
cruzada en la frente
del pantano no te hablé. Y es mucho escuchar una memo-
ria completa de fango ese gotear de abandonado
patio, ese deambular de araña delgada en un pozo
del entierro recuerdo la botella lacrada
envuelta en telas flojas y el pequeño cajón de madera de
sauce. No es mucho para celebrar palabras de la
ciénaga inundada boca que oprimen los labios raros
del amante
con sólo empujarla __dijo__ la puerta se cierra.
estoy rota de asperezas. Conocer la
trampa adelgaza los tobillos en la maleza. La belleza del
iluso es promiscua entre dientes. La sangre confunde
se vive de devoraciones. Se vive de pobres resultados
si la tensión entre sorpresa y desilusión
fuese otra, ¿qué haríamos recorriendo el cementerio de
automóviles?
Paseamos entre el engarce lujoso de viejas carrocerías,
cuerpos que la velocidad arrojó entre chatarras flores
consagradas de herrumbre y menstruación blancos
crecimientos de corpiños y faros pedazos de lo que el
clima agotó.
Sin responsabilidad se podría repetir la historia del
crecimiento desde la medias embebidas en callejones de
adobe y lluvia.
y ella dijo: __ todavía rastreo la rotonda
donde se desmayaban los ómnibus, sus macabros olores a
comida y abandono y la triste acumulación de diarios
junto a la chapa.
Nacimos para retroceder hasta este lugar de encono.
Algo del humillado deslizarse del escarabajo sobre
acumulaciones de turba.
Esa musiquita que supura el altoparlante del parque,
me puso enferma estoy de tobillos torcidos, de lenguaje
errado y vamos hacia la intensidad de una pared que fue
azul y ahora es ceniza fría
el relato de estas heridas
unos pocos objetos devorados con nosotros; amantes y
escombros
y crónicas de los cuerpos desnudos en las zanjas.
y ella dijo: __mira el desorden en el
espejo. Es mi rostro ese paisaje de arcillas húmedas, esa
confusión de ramajes en la niebla.
Quítame ese miriñaque bajo la camisa de viyela gris
quítame el deseo los amargos brotes del ligustro
quítame los párpados y que la tierra pese sobre los ojos
hartos
__ y después nena ¿vas a callarte?
y ella dijo: después si me quitas el deber
de apartar los labios y respirar,
si me quitas el orgullo de la frente,
si me deshaces como a una rosa manoseada por un enano,
si me haces daño sí, por favor, repite ese bolero
quítame la vida huérfana y todavía arrastraré mi
mano para que la sientas fría sobre tu vientre.
y ella dijo: __ no la dejes pensar
permite que la caja negra se hunda en aguas
no la dejes arrimarse a las palabras como a
un terreno anegado.
Ellos tienen el cierre de las braguetas abiertos y pierden
credenciales con números errados
¿qué juego están haciendo?
no se llevan las avispas que andan en los frutales
y los muñecos de felpa no duermen en los parabrisas
reventados
está anocheciendo en Austria pero ella no
debe pensar; no debe abrigar sospechas sobre botellas
caídas en el mármol
y ella dijo: __ son pasajeros en un taxi. No la dejes hablar.
Ellos protegen su locura con bocas vestidas
¿quién es ella para olfatear al animal que se
agita?
los desolados arriman sus frentes en el va-
cío
y la vida es esa cruel mirada femenina sobre las manos
que tiemblan.
TANGER
puerto al norte de Africa
prostíbulo al sur de Buenos Aires
animales del desierto
huesos de la noche helada en arenas inmensas brillan
como rústica nieve
insisten en blanquear en la noche esférica
alucinan como gasas de hospital caídas en un balde eterno
animales de la pobreza
huesos de fósforo frío fulgor de lo que inmóvil envejece
con una acumulación intensa de desprecio
una lepra del paisaje que el "pampero" raspa,
animales del ardor
espinazos de un agua consumida y la luna astillada como
otro hueso en el cielo seco
Tanger animales del prostíbulo
el puente pesado de camiones y reses que pierden su
sangre trágica en la velocidad
animales del calor que fermenta
del invierno que rasura las uñas con espuma rancia
animales del desorden
de lo que espantado, exige de los bordes otra dulzura que
no está
animales de presa de largos cuellos
dóciles, de gruesos hocicos ávidos
huesos de la belleza
lo que dura en la intemperie vasta y alumbra los túneles
con los lánguidos tallos de luz de las antorchas
huesos frágiles
animales del pudor de enrojecidos
pómulos silvestres, de cielos ingrávidos sobre pastizales
mansos
animales de la infancia en Tanger
en los focos purpúreos frente a los espejos
ciruelo de flores nítidas
y esos hombres acodados a un mostrador que es humo
los ojos desbastados, ilusos la lengua como un naipe
pesado
hombres marcados contra muros blancos de hospicio
con una sed que calma el gin y otra sed que persiste
como una cicatriz
bajo las arcadas el cementerio de automóviles y esos
animales del desastre
con camperas de un hule agobiado
un perfume a violencia el pulgar sellando muslos
ceñidos en redes negras sentados perplejos en bancos
del lupanar
animales de Tanger.
ha sido una tarde espléndida sobre los
viejos plátanos que rodean la terminal de ómnibus
y ella dijo: __ no hay nada bueno que empiece por ser una
herida.
No quiero esos obsequios miserables.
Era una niña de sienes desordenadas; una boca de
labios gruesos acurrucada y saliente como una cornisa
cuál era mi ofensa? qué perdería cerca de las lanchas
que derivan? qué perdón no alcancé entre cortezas
qué arrastrado manto, qué lunares y las palabras rarísimas
caídas en el umbral helado?
y ella dijo: __ atardece con hojas de una pobre suavidad.
No es poco ser olvidado. Quedar como una cáscara en
el verano del agua estancada.
No es poco tocar la repugnancia de tu madre al mirarte
y saberse tan cercana al musgo, tan porosa y ataviada de
vendas.
La tarde mueve sus pliegues caballos de tinta que se
acumulan esta ilusión de porvenir y derrota
nadie despide mi cuerpo
nadie pone su lengua en mi vientre
no quitarán mi blusa en las sombras. Las suaves
construcciones de seda japonesa adherirán poco más que
azulejos salpicados de sangre
y ella dijo: __ tenía una poética de lencería
qué hacer ahora con esas enaguas, esas caídas del satén en
los tobillos?
tantos pliegues el vestido de profundo escote para
bailar sobre baldosas frías el salón inmenso de tangos
donde he pedido
y me quitaron más y más
y todavía el pezón sobre el "cuore" lo han arrancado
tantos pliegues un borde marcado de encajes
mínimo telón para las piernas que se ocultan y aparecen
es tarde en las hojas que oscurecen impregnadas.
Oculta por un antifaz, podría acercarme a las carrozas
y collares de una palidez opaca, con sus lentos roces sobre
la herida; consumen el paisaje inestable de la fiesta.
Queda el desierto con su almendro de leche
y ahora, bajo los pliegues, el ancho cuchillo de cocina.
No tuve sueño. 0tros dormían en largas camas despo-
jadas.
Tardaba en regresar al Hotel para desnudarme.
Pude durar como un mostrador en el humo de la
inocencia.
Había astillas que enganchaban las medias para
dejarme suspendida como una araña de agudas patas
violetas.
Había un pequeño ventilador sobre la mesa de luz y al
rotar sus aspas, alguien murmuraba en la pieza
qué olvidar? esa caja de víctimas que guardaba celosa
entre enaguas esas adolescentes de acuario; sus
delantales desparejos, arrugados en el encierro
éramos bellas en el secreto de un cuarto agrio niñas de
mí bajo la hiedra pobres fotos arrancadas del relicario
familiar.
Alguien bajaba las escaleras y las maderas del pasillo
se estremecían.
El calor se podía tocar como el cuello de un animal.
Sonreía estúpida en el espejo del armario como quien
sella con lacre la carta que confiesa una infamia.
No dormía. No tenía sueño. Deseaba que un asesino
me visite y tenía 20 años
¿por qué no me lastimaron con un cuchillo?
estuve alerta bajaban las escaleras pero nadie las subía
por mí
un blando perfume de violencia se sacudía como un
insecto.
No tenía perchas. La ropa que lavaba se acumulaba sin
planchar.
Deseaba ser vaga y misteriosa. Sólo atinaba a desplegar
las manos en el lavatorio enjuagando pañuelos.
El invierno era azul en la ventana alta. No había
paisaje. Un vidrio helado era imagen de luz y de borrasca.
y ella dijo: __ estuve ausente en esos días
de invierno.
Retrocede la sombra de la hiedra, como un culpable en el
porche oscuro
y ajena a la rejilla que traga las lluvias en el patio
estuve en otra parte. El mundo era vastísimo exis-
tía otro rincón donde entregarme y allí estuve; sumida en
el temblor del acorralado.
Vuelve el verano como un animal lustroso y jadeante;
empecinado en embestir la puerta de mi casa
pero no estuve en los días de invierno. Necesito la helada
monótona, el brusco descenso de la luz.
y ella dijo: __ mañana otra vez es tarde.
No estuve frente a la estufa cuando repetía sus simulacros
de fulgor. No estuve sobre el plato de estaño. Delineada de
vicisitudes, mi boca era hambrienta, de una torpeza
antigua
suponía roces de arenas,
suponía el ascenso en desnivel de las vías congeladas
y ella dijo:__ ¿no es inútil recordar el
invierno en que dormía en otra estación aislada?
los contornos del banco en el andén se disolvían en
sombra
y no era invierno
y ningún clima cierto me daba su apariencia.
Fui quitada de la razón
apartada con sandalias en la nieve.
y ella dijo: __ sospecha de esas blancas
formaciones femeninas, con mucho taco, con mucho rubor
en los pómulos altivos.
Sospecha del rouge espeso que transforma la boca en
trazos de profunda herida
desconfía del raso, del satén, de aquello suave al tacto que
desparrama en tu vientre, como una mancha de aceite, tu
voluntad de asesinar
sospecha de los primeros pudores y de las últimas lágrimas.
Si ella es rubia y procaz, desea ser reducida a escombros.
Si es oscura y caprichosa, no se calmará hasta tener un
balazo apartando en mitades simétricas su larga garganta.
Padece esa suavidad sabiendo que su contacto es
venenoso.
y ella dijo: __ dime horror que me calle !
dame belleza y sabré ser estúpida.
y ella, dijo: __aceptaré otro día tu invitación
otro día, con otros ramos cayendo en adoquines
otra invitación, a otras sábanas,
a otro raspado paisaje que se demora inútil.
Tendré otro cúmulo de turba sobre mi boca,
otro aire encerrado entre el corsé de láminas de vidrio y la
piel como otra lámina de una revista antigua viejas
sofocaciones rostros con pómulos iluminados por
lámparas de estudio
y ella dijo: __ otro día tu invitación será estéril una y o-
tra vez.
Si rozas la cicatriz en mi cuello sabrás de mi trato con
otros criminales.
Si aferras mis muñecas la infancia caerá en un charco
de sangre.
Anochece sin dejar rastros.
Elefantes de sombra crecen desde la estación y avanzan
como pesada emanación de los trenes.
El calor se prende en los techos como un broche
antiguo y en las terrazas, el alquitrán reblandecido se
derrama como algo viudo que no encuentra orden
y ella dijo: __ han visto en la ventana mi
cara de víctima. Es marzo. Pronto mis amigos bailarán
boleros en el patio y es engaño esta liviana alfombra de
hojas en la vereda ancha.
Anochece y no quedan restos.
Se aglutinan las voces en un fango de.palabras. Durante
días llovió en Once y ahora el barro perdura.
De aquellas tardes, el resplandor del agua en las calles, el
viento agrio que apartaba y manoseaba las piernas de
mujeres fijas en la intemperie como un contorno en una
moneda, los zapatos con una humedad de pozo y la
tristeza con su resuello de animal carneado.
Pronto los amigos bailarán boleros en el patio porque
es bello querer en vano y girar en baldosas frías.
y ella dijo: __ el columpio en la nieve
continúa quieto. Nadie te recuerda con zapatos blancos
izada como un trapo rendido.
Nadie repite tu nombre con rencor
nadie te imagina,
lenta y delgada como una cinta de pasto crecida en el
fango.
Anochece y los escombros se hunden en la fuente del
parque.
Recibe de mí este arduo quitar las hojas secas de la
hiedra.
Los animales que maúllan entre arbustos, quítalos, no
les permitas continuar en mi nuca implorando
recibe de mí este lastre: la saliva de las enamoradas
corroyéndose en las bocas de piedra y aún el musgo que
cargan los objetos deslucidos y ajenos.
Se repiten las luces curvas de las lámparas en mitad del
empedrado. Se detienen los ómnibus en el galpón helado
y la pena es ese columpio vacío sobre la nieve.
Recibe de mí el aullido de cachorros atados; sus hocicos
húmedos que olfatean la sangre de los lastimados como
algo familiar
y entonces toma de mí el sombrero que oscurece la boca y
la enagua que resbala por los muslos como mercurio sobre
una mesa de billar.
Toma de mí esa inocencia: aceptar las caricias del
asesino.
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