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LOS EMPRÉSTITOS Y LOS FERROCARRILES EN LA DEFORMACIÓN ECONÓMICA DE AMÉRICA LATINA
El vizconde Chateaubriand, ministro de asuntos extranjeros de Francia bajo el
reinado de Luis XVIII, escribía con despecho y, presumiblemente, con buena base
de información: «En el momento de la emancipación, las colonias españolas se
volvieron una especie de colonias inglesas». Citaba algunos números. Decía que
entre 1822 y 1826 Inglaterra había proporcionado diez empréstitos a las colonias
españolas liberadas, por un valor nominal de cerca de veintiún millones de
libras esterlinas, pero que, una vez deducidos los intereses y las comisiones de
los intermediarios, el desembolso real que había llegado a tierras de América
apenas alcanzaba los siete millones. Al mismo tiempo, se habían creado en
Londres más de cuarenta sociedades anónimas para explotar los recursos naturales
-minas, agricultura- de América Latina y para instalar empresas de servicios
públicos. Los bancos brotaban como hongos en suelo británico: en un solo año,
1836, se fundaron cuarenta y ocho. Aparecieron los ferrocarriles ingleses en
Panamá, hacia la mitad del siglo, y la primera línea de tranvías fue inaugurada
en 1868 por una empresa británica en la ciudad brasileña de Recife, mientras la
banca de Inglaterra financiaba directamente a las tesorerías de los gobiernos
SI. Los bonos públicos latinoamericanos circulaban activamente, con sus crisis y
sus auges, en el mercado financiero inglés. Los servicios públicos estaban en
manos británicas; los nuevos estados nacían desbordados por los gastos militares
y debían hacer frente, además, al déficit de los pagos externos. El comercio
libre implicaba un frenético aumento de las importaciones, sobre todo de las
importaciones de lujo, y para que una minoría pudiera vivir a la moda los
gobiernos contraían empréstitos que a su vez generaban la necesidad de nuevos
empréstitos: los países hipotecaban de antemano su destino, enajenaban la
libertad económica y la soberanía política. El mismo proceso se daba -y se sigue
dando en nuestros días, aunque ahora los acreedores son otros y otros los
mecanismos- en toda América Latina, con la excepción, aniquilada, de Paraguay.
El financiamiento externo se hacía, como la morfina, imprescindible. Se abrían
agujeros para tapar agujeros. El deterioro de los términos comerciales del
intercambio no es tampoco un fenómeno exclusivo de nuestros días: según Celso
Furtado , los precios de las exportaciones brasileñas entre 1821 y 1830 y entre
1841 y 1850 bajaron casi a la mitad, mientras los precios de las importaciones
extranjeras permanecían estables: las vulnerables economías latinoamericanas
compensaban la caída con empréstitos. «Las finanzas de estos jóvenes estados
–escribe Schnerb- no están saneadas... Se hace preciso recurrir a la inflación,
que produce la depreciación de la moneda, y a los empréstitos onerosos.
La historia de estas repúblicas es, en cierto modo, la de sus obligaciones
económicas contraídas con el absorbente mundo de las finanzas europeas». Las
bancarrotas, las suspensiones de pagos y las refinanciaciones desesperadas eran,
en efecto, frecuentes. Las libras esterlinas se escurrían como el agua por entre
los dedos de la mano. Del empréstito de un millón de libras concertado por el
gobierno de Buenos Aires, en 1824, ante la casa Baring Brothers, la Argentina
recibió nada más que 570 mil, pero no en oro, como rezaba el convenio, sino en
papeles. El préstamo consistió en el envío de órdenes de pago para los
comerciantes ingleses radicados en Buenos Aires, y ellos no disponían de oro
para entregarlo al país porque su misión consistía, justamente, en enviar a
Londres cuanto metal precioso le pasara cerca de los ojos. Se cobraron, pues,
letras, pero hubo que pagar, eso si, oro reluciente: casi a principios de
nuestro siglo, Argentina canceló esta deuda, que se había hinchado, a lo largo
de las sucesivas refinanciaciones, hasta los cuatro millones de libras. La
provincia de Buenos Aires había quedado hipotecada en su totalidad -todas sus
rentas, todas sus tierras públicas-- en garantía del pago. Decía el ministro de
Hacienda, en la época en que se contrató el empréstito: «No estamos en
circunstancias de tomar medidas contra el comercio extranjero, particularmente
inglés, porque hallándonos empeñados en grandes deudas con aquella nación, nos
exponemos a un rompimiento que causaría grandes males... » La utilización de la
deuda como un instrumento de chantaje no es, como se ve, una invención
norteamericana reciente.
Las operaciones agiotistas encarcelaban a los países libres. A mediados del
siglo XIX, el servicio de la deuda externa absorbía ya casi el cuarenta por
ciento del presupuesto de Brasil, y el panorama resultaba semejante por todas
partes. Los ferrocarriles también formaban parte decisiva de la jaula de hierro
de la dependencia: extendieron la influencia imperialista, ya en plena época del
capitalismo de los monopolios, hasta las retaguardias de las economías
coloniales.
Muchos de los empréstitos se destinaban a financiar ferrocarriles para facilitar
el embarque al exterior de los minerales y los alimentos. Las vías férreas no
constituían una red destinada a unir a las diversas regiones interiores entre
sí, sino que conectaban los centros de producción con los puertos. El diseño
coincide todavía con los dedos de una mano abierta: de esta manera, los
ferrocarriles, tantas veces saludados como adalides del progreso, impedían la
formación y el desarrollo del mercado interno. También lo hacían de otras
maneras, sobre todo por medio de una política de tarifas puesta al servicio de
la hegemonía británica. Los fletes de los productos elaborados en el interior
argentino resultaban, por ejemplo, mucho más caros que los fletes de los
productos enviados en bruto. Las tarifas ferroviarias se descargaban como una
maldición que hacía imposible fabricar cigarrillos en las comarcas del tabaco,
hilar y tejer en los centros laneros, o elaborar las maderas en las zonas
boscosas. El ferrocarril argentino desarrolló; es cierto, la industria forestal
en Santiago del Estero, pero con tales consecuencias que un autor santiagueño
llega a decir: «Ojalá Santiago no hubiera tenido nunca un árbol». Los durmientes
de las vías se hacían de madera y el carbón vegetal servía de combustible; el
obraje maderero, creado por el ferrocarril, desintegró los núcleos rurales de
población, destruyó la agricultura y la ganadería al arrasar las pasturas y los
bosques de abrigo, esclavizó en la selva a varias generaciones de santiagueños y
provocó la despoblación.
El éxodo en masa no ha cesado, y hoy Santiago del Estero es una de las
provincias más pobres de Argentina. La utilización del petróleo como combustible
ferroviario sumergió a la región en una honda crisis. No fueron capitales
ingleses los que tendieron las primeras vías en Argentina, Brasil, Chile,
Guatemala, México y Uruguay. Tampoco en Paraguay, como hemos visto, pero los
ferrocarriles construidos por el Estado paraguayo con el aporte de técnicos
europeos por él contratados pasaron a manos inglesas después de la derrota.
Idéntico destino tuvieron las vías férreas y los trenes de los demás países, sin
que se produjera el desembolso de un solo centavo de inversión nueva; por
añadidura, el Estado se preocupó de asegurar a las empresas, por contrato, un
nivel mínimo de ganancias, para evitarles posibles sorpresas desagradables.
Muchas décadas después, al término de la segunda guerra mundial, cuando ya los
ferrocarriles no rendían dividendos y habían caído en relativo desuso, la
administración pública los recuperó. Casi todos los estados compraron a los
ingleses los fierros viejos y nacionalizaron, así, las pérdidas de las empresas.
En la época del auge ferroviario, las empresas británicas habían obtenido, a
menudo, considerables concesiones de tierras a cada lado de las vías, además de
las propias líneas férreas y el derecho de construir nuevos ramales.
Las tierras constituían un estupendo negocio adicional: el fabuloso regalo
otorgado en 1911 a la Brazil Railway determinó el incendio de innumerables
cabañas y la expulsión o la muerte de las familias campesinas asentadas en el
área de la concesión.
Este fue el gatillo que disparó la rebelión del Contestada, una de las más
intensas páginas de furia popular de toda la historia de Brasil.
PROTECCIONISMO y LIBRECAMBIO EN ESTADOS UNIDOS: EL ÉXITO NO FUE LA OBRA DE UNA
MANO INVISIBLE
En 1865, mientras la Triple Alianza anunciaba la próxima destrucción de
Paraguay, el general Ulises Grant celebraba, en Appomatox, la rendición del
general Robert Lee. La Guerra de Secesión concluía con la victoria de los
centros industriales del norte, proteccionistas a carta cabal, sobre los
plantadores librecambistas de algodón y tabaco en el sur. La guerra que sellaría
el destina colonial de América Latina nacía al mismo tiempo que concluía la
guerra que hizo posible la consolidación de los Estados Unidos como potencial
mundial. Convertido poco después en presidente de los Estados Unidos, Grant
afirmó: «Durante siglos Inglaterra ha confiado en la protección, la ha llevado
hasta sus extremos y ha obtenido de ello resultados satisfactorios. No cabe duda
que debe su fuerza presente a este sistema. Después de dos siglos, Inglaterra ha
encontrado conveniente adoptar el comercio libre porque piensa que ya la
protección no puede ofrecerle nada. Muy bien, entonces, caballeros, mi
conocimiento de mi país me conduce a creer que dentro de doscientos años, cuando
América haya obtenido de la protección todo lo que la protección puede ofrecer,
adoptará también el libre comercio».
Dos siglos y medio antes, el adolescente capitalismo inglés había trasladado, a
las colonias del norte de América, sus hombres, sus capitales, sus formas de
vida y sus impulsos y proyectos. Las trece colonias, válvulas de salida para la
población europea excedente, aprovecharon rápidamente el handicap que les daba
la pobreza de su suelo y su subsuelo, y generaron, desde temprano, una
conciencia industrializadora que la metrópoli dejó crecer sin mayores problemas.
En 1631, los recién llegados colonos de Boston echaron al mar una balandra de
treinta toneladas, Blessing of the Bay, construida por ellos, y desde entonces
la industria naviera cobró un asombroso impulso. El roble blanco, abundante en
los bosques, daba buena madera para las planchas profundas y las armazones
interiores de los barcos; de pino se hacían la cubierta, los baupreses y los
mástiles. Massachusetts otorgaba subvenciones a la producción del cáñamo para
los cordeles y las sogas y también estimulaba la fabricación local de las lonas
y los velámenes. Al norte y al sur de Boston, los prósperos astilleros cubrieron
las costas. Los gobiernos de las colonias otorgaban subvenciones y premios a las
manufacturas de todo tipo. Se promovía, con incentivos, el cultivo del lino y la
producción de lana, materias primas para los tejidos de hilo crudo
que, si bien no resultaban demasiado elegantes, eran resistentes y eran
nacionales. Para explotar los yacimientos de hierro de Lyn, surgió el primer
horno de fundición en 1643; al poco tiempo, ya Massachussets abastecía de hierro
a toda la región. Como los estímulos a la producción textil no parecían
suficientes, esta colonia optó por la coacción: en 1655, dictó una ley que
ordenaba que cada familia tuviese, bajo la amenaza de penas graves, por lo menos
un hilandero en continua e intensa actividad. Cada condado de Virginia estaba
obligado, en esa misma época, a seleccionar niños para instruirlos en la
manufactura textil. Al mismo tiempo, se prohibía la exportación de los cueros,
para que se convirtieran, fronteras adentro, en botas, correas y monturas.
«Las desventajas con que tiene que luchar la industria colonial proceden de
cualquier parte menos de la política colonial inglesa», dice Kirkland. Por el
contrario, las dificultades de comunicación hacían que la legislación
prohibitiva perdiera casi toda su fuerza -tres mil millas de distancia, y
favorecían la tendencia al autoabastecimiento. Las colonias del norte no
enviaban a Inglaterra plata ni oro ni azúcar, y en cambio sus necesidades de
consumo provocaban un exceso de importaciones que era preciso contrarrestar de
alguna manera. No eran intensas las relaciones
comerciales a través del mar; resultaba imprescindible desarrollar las
manufacturas locales para sobrevivir. En el siglo XVIII, Inglaterra prestaba
todavía tan escasa atención a sus colonias del norte, que no impedía que se
transfirieran a sus talleres las técnicas metropolitanas más avanzadas, en un
proceso real que desmentía las prohibiciones de papel del pacto colonial.
Este no era el caso, por cierto, de las colonias latinoamericanas, que
proporcionaban el aire, el agua y la sal al capitalismo ascendente en Europa, y
podían nutrir con largueza el consumo lujoso de sus clases dominantes importando
desde ultramar las manufacturas más finas y más caras. Las únicas actividades
expansivas eran, en América Latina, las que se orientaban a la exportación; así
fue también en los siglos siguientes: los intereses económicos y políticos de la
burguesía minera o terrateniente no coincidían nunca con la necesidad de un
desarrollo económico hacia dentro, y los comerciantes no estaban ligados al
Nuevo Mundo en mayor medida que a los mercados extranjeros de los metales y
alimentos que vendían y a las fuentes extranjeras de los articulas
manufacturados que compraban.
Cuando declaró su independencia, la población norteamericana equivalía, en
cantidad, a la de Brasil. La metrópoli portuguesa, tan subdesarrollada como la
española, exportaba su subdesarrollo a la colonia. La economía brasileña había
sido instrumentalizada en provecho de Inglaterra, para abastecer sus necesidades
de oro todo a lo largo del siglo XVIII. La estructura de clases de la colonia
reflejaba esta función proveedora. La clase dominante de Brasil no estaba
formada, a diferencia de la de los Estados Unidos, por los granjeros, los
fabricantes emprendedores y los comerciantes internos. Los principales
intérpretes de los ideales de las clases dominantes en ambos países, Alexander
Hamilton y el Vizconde de Cairú, expresan claramente la diferencia entre una y
otra. Ambos habían sido discípulos, en Inglaterra, de Adam Smith. Sin embargo,
mientras Hamilton se había transformado en un paladín de la industrialización y
promovía el estimulo y la protección del Estado a la manufactura nacional, Cairú
creía en la mano invisible que opera en la magia del liberalismo: dejad hacer,
dejad pasar, dejad vender.
Mientras moña el siglo XVIII los Estados Unidos contaban ya con la. segunda
flota mercante del mundo, íntegramente formada con barcos construidos en los
astilleros nacionales, y las fábricas textiles y siderúrgicas estaban en pleno y
pujante crecimiento. Poco tiempo después nació la industria de maquinarias: las
fábricas no necesitaban comprar en el extranjero sus bienes de capital. Los
fervorosos puritanos del Mayflower habían echado, en las campiñas de Nueva
Inglaterra, las bases de una nación; sobre el litoral de bahías profundas, a lo
largo de los grandes estuarios, una burguesía industrial había prosperado sin
detenerse. El tráfico comercial con las Antillas, que incluía la venta de
esclavos africanos, desempeñó, como hemos visto en otro capítulo, una función
capital en este sentido, pero la hazaña norteamericana no tendría explicación si
no hubiera sido animada, desde el principio, por el más ardiente de los
nacionalismos. George Washington lo había aconsejado en su mensaje de adiós: los
Estados Unidos debían seguir una ruta solitaria. Emerson proclamaba en 1837:
«Hemos escuchado durante demasiado tiempo a las música refinadas de Europa.
Nosotros marcharemos sobre nuestros propios pies, trabajaremos con nuestras
propias manos, hablaremos según nuestras propias convicciones».
Los fondos públicos ampliaban las dimensiones del mercado interno. El Estado
tendía caminos y vías férreas, construía puentes y canales . A mediados de
siglo, el estado de Pennsylvania participaba en la gestión de más de ciento
cincuenta empresas de economía mixta, además de administrar los cien millones de
dólares invertidos en las empresas públicas. Las operaciones militares de
conquista, que arrebataron a México más de la mitad de su superficie, también
contribuyeron en gran medida al progreso del país. El Estado no participaba del
desarrollo solamente a través de las inversiones de capital y los gastos
militares orientados a la expansión; en el norte, había empezado a aplicar,
además, un celoso proteccionismo aduanero. Los terratenientes del sur eran, al
contrario, librecambistas. La producción de algodón se duplicaba cada diez años,
y si bien proporcionaba grandes ingresos comerciales a la nación entera y
alimentaba los telares modernos de Massachusetts, dependía sobre todo de los
mercados europeos. La aristocracia sureña estaba vinculada en primer término al
mercado mundial, al estilo latinoamericano; del trabajo de sus esclavos provenía
el ochenta por ciento del algodón que usaban las hilanderías europeas. Cuando el
norte sumó la abolición de la esclavitud al proteccionismo industrial, la
contradicción hizo eclosión en la guerra.
El norte y el sur enfrentaban dos mundos en verdad opuestos, dos tiempos
históricos diferentes, dos antagónicas concepciones del destino nacional. El
siglo XX ganó esta guerra al siglo XIX:
Que todo hombre libre cante...
El viejo Rey Algodón está muerto y enterrado,
clamaba un poeta del ejército victorioso. A partir de la derrota del general
Lee, adquirieron un valor sagrado los aranceles aduaneros, que se habían elevado
durante el conflicto como un medio para conseguir recursos y quedaron en pie
para proteger a la industria vencedora. En 1890, el Congreso votó la llamada
tarifa McKinley, ultra proteccionista, y la ley Dingley elevó nuevamente los
derechos de aduana en 1897. Poco después, los países desarrollados de Europa se
vieron a su vez obligados a tender barreras aduaneras ante la irrupción de las
manufacturas norteamericanas peligrosamente competitivas. La palabra trust había
sido pronunciada por primera vez en 1882; el petróleo, el acero, los alimentos,
los ferrocarriles y el tabaco estaban en manos de los monopolios, que avanzaban
con botas de siete leguas .
Antes de la Guerra de Secesión, el general Grant había participado en el despojo
de México. Después de la Guerra de Secesión, el general Grant fue un presidente
con ideas proteccionistas. Todo formaba parte del mismo proceso de afirmación
nacional. La industria del norte conducía la historia y, ya dueña del poder
político, cuidaba desde el Estado la buena salud de sus intereses dominantes. La
frontera agrícola volaba hacia el oeste y hacia el sur, a costa de los indios y
los mexicanos, pero a su paso no iba extendiendo latifundios, sino que sembraba
de pequeños propietarios los nuevos espacios abiertos. La tierra de promisión no
sólo atraía a los campesinos europeos; los maestros artesanos de los oficios más
diversos y los obreros especializados en mecánica, metalurgia y siderurgia,
también llegaron desde Europa para fecundar la intensa industrialización
norteamericana. A fines del siglo pasado, los Estados Unidos eran ya la primera
potencia industrial del planeta; en treinta años, desde la guerra civil, las
fábricas habían multiplicado por siete su capacidad de producción. El volumen
norteamericano de carbón equivalía ya al de Inglaterra, y el de acero lo
duplicaba; las vías férreas eran nueve veces más extensas. El centro del
universo capitalista empezaba a cambiar de sitio.
Como Inglaterra, Estados Unidos también exportará, a partir de la segunda guerra
mundial, la doctrina del libre cambio, el comercio libre y la libre competencia,
pero para el consumo ajeno. El Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial
nacerán juntos para negar, a los países subdesarrollados, el derecho de proteger
sus industrias nacionales, y para desalentar en ellos la acción del Estado. Se
atribuirán propiedades curativas infalibles a la iniciativa privada. Sin
embargo, los Estados Unidos no abandonarán una política económica que continúa
siendo, en la actualidad, rigurosamente proteccionista, y que por cierto presta
buen oído a las voces de la propia historia: en el norte, nunca confundieron la
enfermedad con el remedio.
LA ESTRUCTURA CONTEMPORÁNEA DEL DESPOJO
UN TALISMÁN VACÍO DE PODERES
Cuando Lenin escribió, en la primavera de 1916, su libro sobre el imperialismo,
el capital norteamericano abarcaba menos de la quinta parte del total de las
inversiones privadas directas, de origen extranjero, en América Latina. En 1970,
abarca cerca de las tres cuartas partes. El imperialismo que Lenin conoció -la
rapacidad de los centros industriales a la búsqueda de mercados mundiales para
la exportación de sus mercancías; la fiebre por la captura de todas las fuentes
posibles de materias primas; el saqueo del hierro, el carbón, el petróleo; los
ferrocarriles articulando el dominio de las áreas sometidas; los empréstitos
voraces de los monopolios financieros; las expediciones militares y las guerras
de conquista era un imperialismo que regaba con sal los lugares donde una
colonia o semicolonia hubiera osado levantar una fábrica propia. La
industrialización, privilegio de las metrópolis, resultaba, para los países
pobres, incompatible con el sistema de dominio impuesto por los países ricos. A
partir de la segunda guerra mundial se consolida en América Latina el repliegue
de los intereses europeos, en beneficio del arrollador avance de las inversiones
norteamericanas. y se asiste, desde entonces, a un cambio importante en el
destino de las inversiones. Paso a paso, año tras año, van perdiendo importancia
relativa los capitales aplicados a los servicios públicos y a la minería, en
tanto aumenta la proporción de las inversiones en petróleo y, sobre todo, en la
industria manufacturera. Actualmente, de cada tres dólares invertidos en América
Latina, uno corresponde a la industria .
A cambio de inversiones insignificantes, las filiales de las grandes
corporaciones saltan de un solo
brinco las barreras aduaneras latinoamericanas, paradójicamente alzadas contra
la competencia extranjera, y se apoderan de los procesos internos de
industrialización. Exportan fábricas o, frecuentemente, acorralan y devoran a
las fábricas nacionales ya existentes. Cuentan, para ello, con la ayuda
entusiasta de la mayoría de los gobiernos locales y con la capacidad de
extorsión que ponen a su servicio los organismos internacionales de crédito. El
capital imperialista captura los mercados por dentro, haciendo suyos los
sectores claves de la industria local: conquista o construye las fortalezas
decisivas, desde las cuales domina al resto. La OEA describe así el proceso:
«Las empresas latinoamericanas van teniendo un predominio sobre las industrias y
tecnologías ya establecidas y de menor sofisticación, mientras la inversión
privada norteamericana, y probablemente también la proveniente de otros países
industrializados, va aumentando rápidamente su participación en ciertas
industrias dinámicas que requieren un grado de avance tecnológico relativamente
alto y que son más importantes en la determinación del curso de desarrollo
económico. Así, el dinamismo de las fábricas norteamericanas al sur del do Bravo
resulta mucho más intenso que el de la industria latinoamericana en general.
Son elocuentes los ritmos de los tres países mayores: para un índice 100 en
1961, el producto industrial en Argentina pasó a ser de 112,5 en 1965, y en el
mismo periodo las ventas de las empresas filiales de los Estados Unidos subieron
a 166,3. Para Brasil, las cifras respectivas son de 109,2 y 120; para México, de
142,2 y 186,83.
El interés de las corporaciones imperialistas por apropiarse del crecimiento
industrial latinoamericano y capitalizarlo en su beneficio no implica, desde
luego, un desinterés por todas las otras formas tradicionales de explotación. Es
verdad que el ferrocarril de la United Fruit Co., en Guatemala, ya no era
rentable, y que la Electric Bond and Share y la International Telephone and
Telegraph Corporation realizaron espléndidos negocios cuando fueron
nacionalizadas en Brasil, con indemnizaciones de oro puro a cambio de sus
instalaciones oxidadas y sus maquinarias de museo. Pero el abandono de los
servicios públicos a cambio de actividades más lucrativas nada tiene que ver con
el abandono de las materias primas. ¿Qué suerte correría el Imperio sin el
petróleo y los minerales de América Latina? Pese al descenso relativo de las
inversiones en minas, la economía norteamericana no puede prescindir. como hemos
visto en otro capítulo, de los abastecimientos vitales y las jugosas ganancias
que le llegan desde el sur.
Por lo demás, las inversiones que convierten a las fábricas latinoamericanas en
meras piezas del engranaje mundial de las corporaciones gigantes no alteran en
absoluto la división internacional del trabajo. No sufre la menor .modificación
el sistema de vasos comunicantes por donde circulan los capitales y las
mercancías entre los países pobres y los países ricos. América Latina continúa
exportando su desocupación y su miseria: las materias primas que el mercado
mundial necesita y de cuya venta depende la economía de la región y ciertos
productos industriales elaborados, con mano de obra barata, por filiales de las
corporaciones multinacionales. El intercambio desigual funciona como siempre:
los salarios de hambre de América Latina contribuyen a financiar los altos
salarios de Estados Unidos y de Europa. No faltan políticos y tecnócratas
dispuestos a demostrar que la invasión del capital extranjero «industrializador»
beneficia las áreas donde irrumpe. A diferencia del antiguo, este imperialismo
de nuevo signo implicaría una acción en verdad civilizadora, una bendición para
los países dominados, de modo que por primera vez la letra de las declaraciones
de amor de la potencia dominante de turno coincidiría con sus intenciones
reales. Ya las conciencias culpables no necesitarían coartadas, puesto que no
serían culpables: el imperialismo actual irradiaría tecnología y progreso, y
hasta resultaría de mal gusto utilizar esta vieja y odiosa palabra para
definirlo. Cada vez que el imperialismo se pone 'a exaltar sus propias virtudes,
conviene, sin embargo, revisarse los bolsillos. y comprobar que este nuevo
modelo de imperialismo no hace más prósperas a sus colonias aunque enriquezca a
sus polos de desarrollo; no alivia las tensiones sociales regionales, sino que
las agudiza; extiende aún más la pobreza y concentra aún más la riqueza: paga
salarios veinte veces menores que en Detroit y cobra precios tres veces mayores
que en Nueva York; se hace dueño de] mercado interno y de los resortes claves
del aparato productivo; se apropia de] progreso, decide su rumbo y le fija
fronteras; dispone del crédito nacional y orienta a su antojo el comercio
exterior; no sólo desnacionaliza la industria, sino también las ganancias que la
industria produce; impulsa el desperdicio de recursos al desviar la parte
sustancial del excedente económico hacia afuera; no aporta capitales al
desarrollo sino que los sustrae. La CEPAL ha indicado que la hemorragia de los
beneficios de las inversiones directas de los Estados Unidos en América Latina
ha sido cinco veces mayor, en estos últimos años, que la transfusión de
inversiones nuevas. Para que las empresas puedan llevarse sus ganancias, los
países se hipotecan endeudándose con la banca extranjera y con los organismos
internacionales de crédito, con lo que multiplican el caudal de las próximas
sangrías. La inversión industrial opera, en este sentido, con las mismas
consecuencias que la inversión “tradicional”.
En el marco de acero de un capitalismo mundial integrado en torno a las grandes
corporaciones norteamericanas, la industrialización de América Latina se
identifica cada vez menos con el progreso y con la liberación nacional. El
talismán fue despojado de poderes en las decisivas derrotas del siglo pasado,
cuando los puertos triunfaron sobre los países y la libertad de comercio arrasó
a la industria nacional recién nacida. El siglo XX no engendró una burguesía
industrial fuerte y creadora que fuera capaz de reemprender la tarea y llevarla
hasta sus últimas consecuencias. Todas las tentativas se quedaron a mitad del
camino. A la burguesía industrial de América Latina le ocurrió lo mismo que a
los enanos: llegó a la decrepitud sin haber crecido. Nuestros burgueses son, hoy
día, comisionistas o funcionarios de las corporaciones extranjeras
todopoderosas. En honor a la verdad, nunca habían hecho méritos para merecer
otro destino.
SON LOS CENTINELAS QUIENES ABREN LAS PUERTAS: LA ESTERILIDAD CULPABLE DE LA
BURGUESÍA NACIONAL
La actual estructura de la industria en Argentina, Brasil y México -los tres
grandes polos de desarrollo en América Latina- exhibe ya las deformaciones
características de un desarrollo reflejo. En los demás países, más débiles, la
satelización de la industria se ha operado, salvo alguna excepción, sin mayores
dificultades. No es, por cierto, un capitalismo competitivo el que hoy exporta
fábricas además de mercancías y capitales, penetra y lo acapara todo: ésta es la
integración industrial consolidada, en escala internacional, por el capitalismo
en la edad de las grandes corporaciones multinacionales, monopolios de
dimensiones infinitas que abarcan las actividades más diversas en los más
diversos rincones del globo terráqueo. Los capitales norteamericanos se
concentran, en América Latina, más agudamente que en los propios Estados Unidos;
un puñado de empresas controla la inmensa mayoría de las inversiones.
Para ellas, la nación no es una tarea a emprender, ni una bandera a defender, ni
un destino a conquistar: la nación, es nada más que un obstáculo asaltar, porque
a veces la soberanía incomoda, y una jugosa fruta a devorar. Para las clases
dominantes dentro de cada país, ¿constituye la nación, por el contrario, una
misión a cumplir? El gran galope del capital imperialista ha encontrado a la
industria local sin defensas y sin conciencia de su papel histórico. La
burguesía se ha f asociado a la invasión extranjera sin derramar lágrimas ni
sangre; en cuanto al Estado, su influencia sobre la economía latinoamericana,
que viene debilitándose desde hace un par de décadas, se ha reducido al mínimo
gracias a los buenos oficios del Fondo Monetario Internacional. Las
corporaciones norteamericanas entraron en Europa a paso de conquistadores y se
apoderaron del desarrollo del viejo continente a tal punto que pronto, se
anuncia, la industria norteamericana allí instalada será la tercera potencia
industrial del planeta, después de Estados Unidos y de la Unión Soviética'. Si
la burguesía europea, con toda su tradición y su pujanza, no ha podido oponer
diques a la marea, ¿cabía esperar que la burguesía latinoamericana encabezara, a
esta altura de la historia, la imposible aventura de un desarrollo capitalista
independiente? Por el contrario, en América Latina el proceso de
desnacionalización ha resultado mucho más fulminante y barato y ha tenido
consecuencias incomparablemente peores. El crecimiento fabril de América Latina
había sido alumbrado, en nuestro siglo, desde fuera. No fue generado por una
política planificada hacia el desarrollo nacional, ni coronó la maduración de
las fuerza productiva, ni resultó del estallido de los conflicto internos: ya
«superados, entre los terratenientes y ,.n artesanado nacional que había muerto
a poco de nacer. La industria latinoamericana nació del vientre mismo del
sistema agro exportador, para dar respuesta al agudo desequilibrio provocado por
la caída del : comercio exterior. En efecto, las dos guerras mundiales y, sobre
todo, la honda depresión que el capitalismo sufrió a partir de la explosión del
viernes negro de octubre de 1929, provocaron una violenta reducción de las
exportaciones de la región y, en consecuencia, hicieron caer, también de golpe,
la capacidad de importar. Los precios internos de los artículos industriales
extranjeros, súbitamente escasos, subieron verticalmente. No surgió, entonces.
una clase media industrial libre de la dependencia tradicional: el gran impulso
manufacturero provino del capital acumulado en manos de los terratenientes y los
importadores. Fueron los grandes ganaderos quienes impusieron control de cambios
en la Argentina; el presidente de la Sociedad Rural, convertido en ministro de
Agricultura, declaraba en 1933: “El aislamiento en que nos ha colocado un mundo
dislocado nos obliga a fabricar en d país lo que ya no podemos adquirir en los
países que no nos compran”. Los fazendeiros del café volcaron a la
industrialización de Sao Paulo buena parte de sus capitales acumulados en el
comercio exterior: «A diferencia de la industrialización en los países hoy
desarrollados -diagnostica un documento de gobierno-, el proceso de la
industrialización brasileña no se dio paulatinamente, inserto dentro de un
proceso de transformación económica general. Antes bien, fue un fenómeno rápido
e intenso, que se superpuso a la estructura económico-social preexistente, sin
modificarla por entero, dando origen a profundas diferencias sectoriales y
regionales que caracterizan a la sociedad brasileña.
La nueva industria se -atrincheró de entrada tras las barreras aduaneras que los
gobiernos levantaron para protegerla, y creció gracias a las medidas que el
Estado adoptó para restringir y controlar las importaciones, fijar tasas
especiales de cambio, evitar impuestos, comprar o financiar los excedentes de
producción, tender caminos para hacer posible el transporte de las materias
primas y las mercancías y crear o ampliar las fuentes de energía. Los gobiernos
de Getulio Vargas (1930-45 y 1951-54), Lázaro Cárdenas (1934-40) y Juan Domingo
Perón (1946- 55), de signo nacionalista y amplia proyección popular, expresaron
en Brasil, México y Argentina la necesidad de despegue, desarrollo o
consolidación, según cada caso y cada período, de la industria nacional. En
realidad, el «espíritu de empresa», que define una serie de rasgos
característicos de la burguesía industrial en los países capitalistas
desarrollados, fue, en América Latina, una característica del Estado, sobre todo
en estos períodos de impulso decisivo. El Estado ocupó el lugar de una clase
social cuya aparición la historia reclamaba sin mucho éxito: encarnó a la nación
e impuso el acceso político y económico de las masas populares a los beneficios
de la industrialización. En esta matriz, obra de los caudillos populistas, no se
incubó una burguesía industrial esencialmente diferenciada del conjunto de las
clases hasta entonces dominantes. Perón desató, por ejemplo, el pánico de la
Unión Industrial, cuyos dirigentes veían, no sin razón, que el fantasma de las
montoneras provincianas reaparecía en la rebelión del proletariado de los
suburbios de Buenos Aires.
Las fuerzas de la coalición conservadora recibieron, antes de que Perón las
derrocara en las elecciones de febrero del 46, un famoso cheque del líder de los
industriales; a la hora de la caída del régimen, diez años después, los dueños
de las fábricas más importantes volvieron a confirmar que no eran fundamentales
sus contradicciones con la oligarquía de la que, mal que bien, formaban parte.
En 1956, la Unión Industrial, la Sociedad Rural y la Bolsa de Comercio
concertaron un frente común en defensa de la libertad de asociación, la libre
empresa, la libertad de comercio y la libre contratación del personal. En
Brasil, un importante sector de la burguesía fabril estrechó filas con las
fuerzas que empujaron a Vargas al suicidio. La experiencia mexicana tuvo, en
este sentido, características excepcionales, y por cierto prometía mucho más de
lo que finalmente aportó al proceso de cambio en América Latina. El ciclo
nacionalista de Lázaro Cárdenas fue el único que rompió lanzas contra los
terratenientes llevando adelante la reforma agraria que ya agitaba al país desde
1910; en los demás países, y no sólo en Argentina y Brasil, los gobiernos
industrializadores dejaron intacta la estructura latifundista, que continuó
estrangulando el desarrollo del mercado interno y la producción agropecuaria .
Por lo general, la industria aterrizó como un avión, sin modificar el aeropuerto
en sus estructuras básicas: condicionada por la demanda de un mercado interno
previamente existente, sirvió a sus necesidades de consumo y no llegó a
ampliarlo en la honda y extensa medida que los grandes cambios de estructura,
de. haber ocurrido, hubieran hecho posible. De la misma manera, el desarrollo
industrial fue obligado a un aumento de las importaciones de maquinarias,
repuestos, combustibles y productos intermedios , pero las exportaciones, fuente
de las divisas, no podían dar respuesta a este desafío porque provenían de un
campo condenado, por sus dueños, al atraso. Bajo d gobierno de Perón, el Estado
argentino llegó a monopolizar la exportación de granos; en cambio, no arañó
siquiera el régimen de propiedad de la tierra, ni nacionalizó a los grandes
frigoríficos norteamericanos y británicos ni a los exportado res de la lana.
Resultó débil el impulso oficial a la industria pesada, y el Estado no advirtió
a tiempo que si no daba nacimiento a una tecnología propia, su política
nacionalista se echaría a volar con las alas cortadas. Ya en 1953, Perón, que
había llegado al poder enfrentando directamente al embajador de los Estados
Unidos, recibía con elogios la visita de Milton Eisenhower y pedía la
cooperación del capital extranjero para impulsar las industrias dinámicas . La
necesidad de «asociación» de ]a industria nacional con las corporaciones
imperialistas se hacía perentoria a medida que se iban quemando etapas en ]a
sustitución de manufacturas importadas y las nuevas fábricas requerían más altos
niveles de técnica y de organización. La tendencia iba madurando también en el
seno de] modelo industrializador de Getulio Vargas; se puso al descubierto en la
trágica decisión final del caudillo. Los oligopolios extranjeros, que concentran
la tecnología más moderna, se iban apoderando no muy secretamente de ]a
industria nacional de todos los países de América Latina, incluido México, por
medio de ]a venta de técnicas de fabricación, patentes y equipos nuevos. Wall
Street había tomado definitivamente el lugar de Lombard Street, y fueron
norteamericanas las principales empresas que se abrieron paso hacia el usufructo
de un superpoder en la región. A la penetración en el área manufacturera se
sumaba la injerencia cada vez mayor en los circuitos bancario y comercial: el
mercado de América Latina- se fue integrando al mercado interno de las
corporaciones multinacionales.
En 1965 , Roberto Campos, zar económico de la dictadura de Castelo Branco,
sentenciaba: «La era de los líderes carismáticos, nimbados por un aura
romántica, está cediendo lugar a la tecnocracia». La embajada norteamericana
había participado directamente en el golpe de Estado que derribó al gobierno de
Joao Goulart. La caída de Goulart, heredero de Vargas en el estilo y las
intenciones, señaló la liquidación d el populismo y de la política de masas.
«Somos una nación vencida, dominada, conquistada, destruida, me escribía un
amigo, desde Río de Janeiro, pocos meses después del triunfo de la conspiración
militar: la desnacionalización de Brasil implicaba la necesidad de ejercer, con
mano de hierro, una dictadura impopular. El desarrollo capitalista ya no
le compaginaba con las grandes movilizaciones de masas en torno a caudillos como
Vargas. Había que prohibir las huelgas, destruir los sindicatos y los partidos,
encarcelar, torturar, matar y abatir por la violencia los salarios obreros, para
contener así, a costa de la mayor pobreza de los pobres, el vértigo de la
inflación. Una encuesta, practicada en 1966 y 1967, reveló que el 84 % de los
grandes industriales de Brasil consideraba que el gobierno de Goulart había
aplicado una política económica perjudicial. Entre ellos estaban, sin duda,
muchos de los grandes capitanes de la burguesía nacional, en los que Goulart
intentó apoyarse para contener la sangría imperialista de la economía brasileña.
El mismo proceso de represión y asfixia del pueblo tuvo lugar durante el régimen
del general Juan Carlos Onganía, en la Argentina; había comenzado, en realidad,
con la derrota peronista de 1955, así como en Brasil se había desencadenado
realmente desde el balazo de Vargas en 1954. La desnacionalización de la
industria en México también coincidió con un endurecimiento de la política
represiva del partido que monopoliza el gobierno.
Fernando Henrique Cardoso ha señalado que la industria liviana o tradicional,
crecida a la generosa sombra de los gobiernos populistas, exige una expansión
del consumo de masas: la gente que compra camisas o cigarrillos. Por el
contrario, la industria dinámica -bienes intermedios y bienes de capital- se
dirige a un mercado restringido, en cuya cúspide están las grandes empresas y el
Estado: pocos consumidores, de gran capacidad financiera. La industria dinámica,
actualmente en manos extranjeras, se apoya en la existencia previa de la
industria tradicional y la subordina. En los sectores tradicionales, de baja
tecnología, el capital nacional conserva alguna fuerza; cuanto menos vinculado
está al modo internacional de producción por la dependencia tecnológica o
financiera, el capitalista muestra una mayor tendencia a mirar con buenos ojos
la reforma agraria y la elevación de la capacidad de consumo de las clases
populares a través de la lucha sindical. Los más atados al exterior,
representantes de la industria dinámica, simplemente requieren, en cambio, el
fortalecimiento de los lazos económicos entre las islas de desarrollo de los
países dependientes y el sistema económico mundial, y subordinan las
transformaciones internas a este objetivo prioritario. Son estos últimos quienes
llevan la voz cantante de la burguesía industrial, como lo revela, entre otras
cosas, el resultado de las recientes encuestas practicadas en Argentina y
Brasil, que sirven de materia prima al trabajo de Cardoso. Los grandes
empresarios se manifiestan en términos contundentes contra la reforma agraria;
niegan, en su mayoría, que el sector fabril tenía intereses divergentes de los
sectores rurales y consideran que nada hay más importante, para el desarrollo de
la industria, que la cohesión de todas las clases productoras y el
fortalecimiento del bloque occidental. Sólo un dos por ciento de los grandes
industriales de Argentina y Brasil considera que políticamente hay que contar en
primer lugar, con los trabajadores. Los encuestados fueron, en su mayoría,
empresarios nacionales; en su mayoría, también, atados de pies y manos a los
centros extranjeros de poder por las múltiples sogas de la dependencia.
¿Cabía esperar, a esta altura, otro resultado? La burguesía industrial integra
la constelación de una clase dominante que está, a su vez, dominada desde fuera.
Los principales latifundistas de la costa del Perú, hoy expropiados por el
gobierno de Velasco Alvarado, son además dueños de treinta y una industrias de
transformación y de muchas otras empresas diversas. Otro tanto ocurre en todos
los demás países, México no es una excepción: la burguesía nacional, subordinada
a los grandes consorcios norteamericanos, teme mucho más a la presión de las
masas populares que a la opresión del imperialismo, en cuyo seno se está
desarrollando sin la independencia ni la imaginación creadora que se le
atribuyen, y ha multiplicado eficazmente sus intereses .
En Argentina, el fundador del Jockey Club, centro del prestigio social de los
latifundistas, había sido, a la vez, el líder de los industriales, y así se
inició, a fines del siglo pasado, una tradición inmortal: los artesanos
enriquecidos se casan con las hijas de los terratenientes para abrir, por la vía
conyugal, las puertas de los salones más exclusivos de la oligarquía o compran
tierras con los mismos fines, y no son pocos los ganaderos que, por su parte,
han invertido en la industria, al menos en los periodos de auge, los excedentes
de capital acumulados en sus manos.
Faustino Fano, que hizo buena parte de su fortuna como comerciante e industrial
de textiles, se convirtió en presidente de la Sociedad Rural durante cuatro
períodos consecutivos, hasta su muerte en 1967: «Fano destruyó la falsa
antinomia entre el agro y la. industria, proclamaban las necrológicas que los
diarios le dedicaron. El excedente industrial se convierte en vacas. Los
hermanos Di Tella, poderosos industriales, vendieron a los capitales extranjeros
sus fábricas de automóviles y heladeras, y ahora crían toros de cabaña para las
exposiciones de la Sociedad Rural. Medio siglo antes, la familia Anchorena,
dueña de los horizontes de la provincia de Buenos Aires, había levantado una de
las más importantes fábricas metalúrgicas de la ciudad.
En Europa y en Estados Unidos la burguesía industrial apareció en el escenario
histórico muy de
otra manera, y muy de otra manera creció y consolidó su poder.
¿QUÉ BANDERA FLAMEA SOBRE LAS MÁQUINAS?
La vieja se inclinó y movió la mano para darle viento al fuego. Así, con la
espalda torcida y el cuello estirado todo enroscado de arrugas, parecía una
antigua tortuga negra. Pero aquel pobre vestido roto no protegía, por cierto,
como un caparazón, y al fin y al cabo ella era tan lenta sólo por culpa de los
años.
A sus espaldas, también torcida, su choza de madera y lata, y más allá otras
chozas semejantes del mismo suburbio de Sao Paulo; frente a ella, en una caldera
de color carbón, ya estaba hirviendo el agua para el café. Alzó una latita hasta
sus labios; antes de beber, sacudió la cabeza y cerró los ojos. Dijo: O Brasil é
nosso (“el Brasil es nuestro”). En el centro de la misma ciudad y en ese mismo
momento, pensó exactamente lo mismo, pero en otro idioma, el director ejecutivo
de la Union Carbide, mientras levantaba un vaso de cristal para celebrar la
captura de otra fábrica brasileña de plásticos por parte de su empresa. Uno de
los dos estaba equivocado.
Desde 1964, los sucesivos dictadores militares de Brasil festejan los cumpleaños
de las empresas del Estado anunciando su próxima desnacionalización, a la que
llaman recuperación. La Ley 56.570, promulgada el 6 de julio de 1965, reservó al
Estado la explotación de la petroquímica; el mismo día, la ley 56.571 derogó la
anterior, abrió la explotación a las inversiones privadas. De esta manera, la
Dow Chemical, la Union Carbide, la Phillips Petroleum y el grupo Rockefeller
obtuvieron, directamente o a través de la “asociación” con el estado, el filet
mignon tan codiciado: la industria de los derivados químicos del petróleo,
previsible boom de la década del setenta. ¿Qué ocurrió durante las horas
transcurridas entre una y otra ley? Cortinados que tiemblan, pasos en los
corredores, desesperados golpes a la puerta, los billetes verdes volando por los
aires, agitación en el palacio: desde Shakespeare hasta Brecht, muchos hubieran
querido imaginarlo. Un ministro del gobierno reconoce: «Fuerte, en el Brasil,
además del propio Estado, sólo existe el capital extranjero, salvo honrosas
excepciones». Y el gobierno hace lo posible para evitar esta incómoda
competencia las corporaciones norteamericanas y europeas.
El ingreso en grandes cantidades de capital extranjero destinado a las
manufacturas comenzó, en Brasil, en los años cincuenta, y recibió un fuerte
impulso del Plan de Metas (1957-60) puesto en práctica por el presidente
Juscelino Kubitschek. Aquéllas fueron las horas de la euforia del crecimiento.
Brasilia nacía, brotada de una galera mágica, en medio del desierto donde los
indios no conocían ni la existencia de la rueda; se tendían carreteras y se
creaban grandes represas; de las fábricas de automóviles surgía un coche nuevo
cada dos minutos. La industria ascendía a gran ritmo. Se abrían las puertas, de
par en par, a la inversión extranjera, se aplaudía la invasión de los dólares,
se sentía vibrar el dinamismo del progreso.
Los billetes circulaban con la tinta todavía fresca; el salto adelante se
financiaba con inflación y con una pesada deuda externa que sería descargada,
agobiante herencia, sobre los gobiernos siguientes. Se otorgó un tipo de cambio
especial, que Kubitschek garantizó, para las remesas de las utilidades a las
casas matrices de las empresas extranjeras y para la amortización de sus
inversiones. El Estado asumía la corresponsabilidad para el pago de las deudas
contraídas por las empresas en el exterior y otorgaba también un dólar barato
para la amortización y los intereses de esas deudas: según un informe publicado
por la CEPAL, más del 80 por ciento del total de las inversiones que llegaron
entre 1955 y 1962 provenía de empréstitos obtenidos con el aval del Estado. Es
decir, que más de las cuatro quintas partes de las inversiones de las empresas
derivaban de la banca extranjera y pasaban a engrosar la abultada deuda externa
del Estado brasileño. Además se otorgaban beneficios especiales para la
importación de maquinarias . Las empresas nacionales no gozaban de estas
facilidades acordadas a la General Motors o a la Volkswagen.
El resultado desnacionalizador de esta política de seducción ante el capital
imperialista se manifestó: cuando se publicaron los datos de la paciente
investigación realizada por el Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad
sobre los grandes grupos económicos de Brasil. Entre los conglomerados con un
capital superior a los cuatro mil millones de cruzeiros, más de la mitad eran
extranjeros y en su mayoría norteamericanos; por encima de los diez mil millones
de cruzeiros, aparecían doce grupos extranjero y sólo cinco nacionales. «Cuanto
mayor es el grupo económico, mayor es la posibilidad de que sea extranjero»,
concluyó Maurício Vinhas de Queiroz en el análisis de la encuesta. Pero tanto o
más elocuente resultó que, de los veinticuatro grupos nacionales con más de
cuatro mil millones de capital, apenas nueve no estaban ligados, por acciones,
con capitales de Estados Unidos o de Europa, y aun así, en dos de ellos
aparecían entrecruzamientos con directorios extranjeros. La encuesta detectó
diez grupos económicos que ejercían un virtual monopolio en sus respectivas
especialidades. De ellos, ocho eran filiales de grandes corporaciones
norteamericanas.
Pero todo esto parece un juego de niños al lado de lo que vino después. Entre
1964 y mediados de 1968, quince fábricas de automotores o de piezas para autos
fueron deglutidas por la Ford, Chrysler, Willys, Simca, Volkswagen o Alfa Romeo;
en el sector eléctrico y electrónico, tres importantes empresas brasileñas
fueron a parar a manos japonesas; Wyeth, Bristol, Mead Johnson y Lever devoraron
unos cuantos laboratorios, con lo que la producción nacional de medicamentos se
redujo a una quinta parte del mercado; la Anaconda se lanzó sobre los metales no
ferrrosos, y .la Unión Carbide sobre los plásticos, los -productos químicos y la
petroquímica; Americancan, American Machine and Foundry y otras colegas se
apoderaron de seis empresas nacionales de mecánica y metalurgia; la Companhia de
Mineraçao Geral, una de las mayores fábricas metalúrgicas de Brasil, fue
comprada a precio de ruina por un consorcio del que participan la Bethlehem
Steel, el Chase Manhattan Bank y la Standard Oil. Resultaron sensacionales las
conclusiones de una comisión parlamentaria formada para investigar el tema, pero
el régimen militar cerró las puertas del Congreso y el público brasileño nunca
conoció estos datos .
Bajo el gobierno del mariscal Castelo Branco se había firmado un acuerdo de
garantía de inversiones que brindaba virtual extraterritorialidad a las empresas
extranjeras, se habían reducido sus impuestos a la renta y se les había otorgado
facilidades extraordinarias para disfrutar del crédito, a la par que se
desataban los torniquetes aplicados por el anterior gobierno de Goulart al
drenaje de las ganancias. La dictadura tentaba a los capitalistas extranjeros
ofreciéndoles el país como los proxenetas ofrecen a una mujer, y poma el acento
donde debía: «El trato a los extranjeros en el Brasil es de los más liberales
del mundo... no hay restricciones a la nacionalidad de los accionistas... no
existe limite al porcentaje de capital registrado que puede ser remitido como
beneficio... no hay limitaciones a la repatriación de capital, y la reinversión
de las ganancias está considerada un incremento del capital original.
Argentina disputa a Brasil d papel de plaza predilecta de las inversiones
imperialistas, y su gobierno militar no se quedaba atrás en la exaltación de las
ventajas, en este mismo período: en el discurso donde definió la política
económica argentina, en 1967, el general Juan Carlos Onganía reafirmaba que las
gallinas otorgan al zorro la igualdad de oportunidades: «Las inversiones
extranjeras en Argentina serán consideradas en un pie de igualdad con las
inversiones de origen interno, de acuerdo con la política tradicional de nuestro
país, que nunca ha discriminado contra el capital extranjero». Argentina tampoco
impone limitaciones a la entrada del capital foráneo ni a su gravitación en la
economía nacional, ni a la salida de las ganancias, ni a la repatriación del
capital; los pagos de patentes, regalías y asistencia técnica se hacen
libremente. El gobierno exime de impuestos a las empresas y les brinda tasas
especiales de cambio, amén de muchos otros estímulos y franquicias. Entre 1963 y
1968, fueron desnacionalizadas cincuenta importantes empresas argentinas,
veintinueve de las cuales cayeron en manos norteamericanas, en sectores tan
diversos como la fundición de acero, la fabricación de automóviles y de
repuestos, la petroquímica, la química, la industria eléctrica, el papel o los
cigarrillos. En 1962, dos empresas nacionales de capital privado, Siam Di Tena e
Industrias Kaiser Argentinas, figuraban entre las cinco empresas industriales
más grandes de América Latina; en 1967 ambas habían sido capturadas por el
capital imperialista. Entre las más poderosas empresas del país, que facturan
ventas por más de siete mil millones de pesos anuales cada una, la mitad del
valor total de las ventas pertenece a firmas extranjeras, un tercio a organismos
del Estado y apenas un sexto a sociedades privadas de capital argentino. México
congrega casi la tercera parte de las inversiones norteamericanas en la
industria manufacturera de América Latina. Tampoco este país opone restricciones
a la transferencia de capitales ni a la repatriación de utilidades; las
restricciones cambiarias brillan por su ausencia. La mexicanización obligatoria
de los capitales, que impone una mayoría nacional de las acciones en algunas
industrias, «ha sido bien acogida, en términos generales, por los inversionistas
extranjeros, quienes han reconocido públicamente diversas ventajas a la creación
de empresas mixtas», según declaraba en 1967 el Secretario de Industria y
Comercio del gobierno: «Cabe hacer notar que aun empresas de renombre
internacional han adoptado esta forma de asociación de compañías que han
establecido en México, y es también importante destacar que la política de
mexicanización de la industria no solamente no ha desalentado a la inversión
extranjera en México, sino que después de que la corriente de esa inversión
rompió un récord en 1965, el volumen alcanzado en ese año fue nuevamente
superado en 1966». En 1962, de las cien empresas más importantes de México, 56
estaban total o parcialmente controladas por el capital extranjero, veinticuatro
pertenecían al Estado y veinte al capital privado mexicano. Estas veinte
empresas privadas de capital nacional apenas participaban en poco más de una
séptima parte del volumen total de ventas de las cien empresas consideradas;".
Actualmente, las grandes firmas extranjeras dominan más de la mitad de los
capitales invertidos en computadoras, equipos de oficina, maquinarias y equipos
industriales; General Motors, Ford, Chrysler y Volkswagen han consolidado su
poderío sobre la industria de automóviles y la red de fábricas auxiliares; la
nueva industria química pertenece a la Du Pont, Monsanto, Imperial Chemical,
Allied Chemical, Union Carbide y Cyanamid; los laboratorios principales están en
manos de la Parke Davis, Merck & Co., Sidney Ross y Squibb; la influencia de la
Celanese es decisiva en la fabricación de fibras artificiales; Anderson Clayton
y Lieber Brothers disponen en medida creciente de los aceites comestibles, y los
capitales extranjeros participan abrumadoramente de la producción de : cemento,
cigarrillos, caucho y derivados, artículos para d hogar y alimentos diversos.
EL BOMBARDEO DEL FONDO MONETARIO INTERNACIONAL FACILITA EL DESEMBARCO DE LOS
CONQUISTADORES
Dos de los ministros de gobierno que declararon ante la comisión parlamentaria
sobre la desnacionalización industrial de Brasil reconocieron que las medidas
adoptadas bajo el gobierno de Castelo Branco para permitir el flujo directo del
crédito externo a la empresas habían dejado en inferioridad de condiciones a las
fábricas de capital nacional. Ambos se referían a la célebre Instrucción 289, de
principios de 1965: las empresas extranjeras obtenían préstamos fuera de
fronteras a un siete u ocho por ciento, con un tipo especial de cambio que el
gobierno garantizaba en caso de devaluación del cruzeiro, mientras las empresas
nacionales debían pagar cerca de un cincuenta por ciento de intereses por los
créditos que arduamente conseguían dentro de su país. El inventor de la medida,
Roberto Campos, la explicó así: «Obviamente, el mundo es desigual. Hay quien
nace inteligente y hay quien nace tonto. Hay quien nace atleta y hay quien nace
tullido. El mundo se compone de pequeñas y grandes empresas. Unos mueren
temprano, en el primor de su vida; otros se arrastran, criminalmente, por una
larga existencia inútil. Hay una desigualdad básica fundamental en la naturaleza
humana, en la condición de las cosas. A esto no escapa el mecanismo del crédito.
Postular que las empresas nacionales deban tener el mismo acceso que las
empresas extranjeras al crédito extranjero es simplemente desconocer las
realidades básicas de la economía...» . De acuerdo con los términos de este
breve pero jugoso Manifiesto capitalista, la ley de la selva es el código que
naturalmente rige la vida humana y la injusticia no existe, puesto que lo que
conocemos por injusticia no es más que la expresión de la cruel armonía del
universo: los países pobres son pobres porque... son pobres; el destino está
escrito en los astros y sólo nacemos para cumplirlo: unos, condenados a
obedecer; otros, señalados para mandar. Unos poniendo el cuello y otros poniendo
la soga. El autor fue el artífice de la política del Fondo Monetario
Internacional en Brasil.
Como en los demás países de América Latina, la puesta en práctica de las recetas
del Fondo Monetario Internacional sirvió para que los conquistadores extranjeros
entraran pisando tierra arrasada. Desde fines de la década del cincuenta, la
recesión económica, la inestabilidad monetaria, la sequía del crédito y el
abatimiento del poder adquisitivo del mercado interno han contribuido
fuertemente en la tarea de voltear a la industria nacional y ponerla a los pies
de las corporaciones imperialistas. So pretexto de la mágica estabilización
monetaria, el Fondo Monetario Internacional, que interesadamente confunde la
fiebre con la enfermedad y la inflación con la crisis de las estructuras en
vigencia, impone en América Latina una política que agudiza los desequilibrios
en lugar de aliviarlos. Liberaliza el comercio, prohibiendo los cambios
múltiples y los convenios de trueque, obliga a contraer hasta la asfixia los
créditos internos, congela los salarios y desalienta la actividad estatal. Al
programa agrega las fuertes devaluaciones monetarias, teóricamente destinadas a
devolver su valor real a la moneda y a estimular las exportaciones. En realidad,
las devaluaciones sólo estimulan la concentración interna de capitales en
beneficio de las clases dominantes y propician la absorción de las empresas
nacionales por parte de los que llegan desde fuera con un puñado de dólares en
las maletas.
En toda América Latina, el sistema produce mucho menos de lo que necesita
consumir, y la inflación resulta de esta impotencia estructural. Pero el FMI no
ataca las causas de la oferta insuficiente del aparato de producción, sino que
lanza sus cargas de caballería contra las consecuencias, aplastando aún más la
mezquina capacidad de consumo del mercado interno de consumo: una demanda
excesiva, en estas tierras de hambrientos, tendría la culpa de la inflación. Sus
fórmulas no sólo han fracasado en la estabilización y en el desarrollo, sino que
además han intensificado el estrangulamiento externo de los países, han
aumentado la miseria de las grandes masas desposeídas, poniendo al rojo vivo las
tensiones sociales, y han precipitado la desnacionalización económica y
financiera, al influjo de los sagrados mandamientos de la libertad de comercio,
la libertad de competencia y la libertad de movimiento de los capitales.
Los Estados Unidos, que emplean un vasto sistema proteccionista —aranceles,
cuotas, subsidios internos— jamás han merecido la menor observación del FMI. En
cambio, con América Latina, el FMI ha sido inflexible: para eso nació. Desde que
Chile aceptó la primera de sus misiones en 1954, los consejos del FMI se
extendieron por todas partes, y la mayoría de los gobiernos sigue hoy día,
ciegamente, sus orientaciones. La terapéutica empeora al enfermo para mejor
imponerle la droga de los empréstitos y las inversiones. El FMI proporciona
préstamos o da la imprescindible luz verde para que otros los proporcionen.
Nacido en Estados Unidos, con sede en Estados Unidos y al servicio de Estados
Unidos, el Fondo opera, en efecto, como un inspector internacional, sin cuyo
visto bueno la banca norteamericana no afloja los cordones de la bolsa; el Banco
Mundial, la Agencia para el Desarrollo Internacional y otros organismos
filantrópicos de alcance universal también condicionan sus créditos a la firma y
el cumplimiento de las Cartas de intenciones de los gobiernos ante el
omnipotente organismo. Todos los países latinoamericanos reunidos no alcanzan a
sumar la mitad de los votos de que disponen los Estados Unidos para orientar la
política de este supremo hacedor del equilibrio monetario en el mundo: el FMI
fue creado para institucionalizar el predominio financiero de Wall Street sobre
el planeta entero, cuando a fines de la segunda guerra el dólar inauguró su
hegemonía como moneda internacional. Nunca fue infiel al amo.
La burguesía nacional latinoamericana tiene, bien es cierto, vocación de
rentista, y no ha opuesto diques considerables a la avalancha extranjera sobre
la industria, pero también es cierto que las corporaciones imperialistas han
utilizado toda una gama de métodos del arrasamiento. El bombardeo previo del FMI
facilitó la penetración. Así, se han conquistado empresas mediante un simple
golpe de teléfono, después de una brusca caída en las cotizaciones de la bolsa,
a cambio de un poco de oxígeno traducido en acciones, o bien ejecutando alguna
deuda por abastecimientos o por el uso de patentes, marcas o innovaciones
técnicas. Las deudas, multiplicadas por las devaluaciones monetarias que obligan
a las empresas locales a pagar más moneda nacional por sus compromisos en
dólares, se convierten así en una trampa mortal. La dependencia en el suministro
de la tecnología se paga caro: el know-how de las corporaciones incluye una gran
pericia en el arte de devorar al prójimo. Uno. de los últimos mohicanos de la
industria nacional brasileña declaraba, hace menos de tres años, desde un diario
carioca: «La experiencia demuestra que el producto de la venta de una empresa
nacional muchas veces ni llega a Brasil, y queda rindiendo intereses en el
mercado financiero del país comprador».
Los acreedores cobraron quedándose con las instalaciones y las máquinas de los
deudores. Las cifras del Banco Central del Brasil indican que no menos de la
quinta parte de las nuevas inversiones industriales en 1965, 1966 Y 1967
correspondió en realidad a la conversión de las deudas impagas en inversiones.
Al chantaje financiero y tecnológico se suma la competencia desleal y libre del
fuerte frente al débil. Como las filiales de las grandes corporaciones
multinacionales integran una estructura mundial, pueden darse el lujo de perder
dinero durante un año, o dos, o el tiempo que fuere necesario. Bajan, pues, los
precios, y se sientan a esperar la rendición del acosado. Los bancos colaboran
con el sitio: la empresa nacional no es tan solvente como parecía: se le niegan
víveres. Acorralada, la empresa no tarda en levantar la bandera blanca. El
capitalista local se convierte en socia menor o en funcionario de sus
vencedores. O conquista la más codiciada de las suertes: cobra el rescate de sus
bienes en acciones de la casa matriz extranjera y termina sus días viviendo
gordamente una vida de rentista. A propósito del dumping de precios, resulta
ilustrativa la historia de la captura de una fábrica brasileña de cintas
adhesivas, la Adesite, por parte de la poderosa Union Carbide. La Scotch,
conocida empresa con sede en Minnesota y tentáculos universales, empezó a vender
cada vez más baratas sus propias cintas adhesivas en el mercado brasileño. Las
ventas de la Adesite iban descendiendo. Los bancos le cortaron los créditos. La
Scotch continuaba bajando sus precios: cayeron en un treinta por ciento, después
en un cuarenta por ciento. Y apareció entonces la Union Carbide en escena:
compro la fábrica brasileña a precio de desesperación. Posteriormente, la Union
Carbide y la Scotch se entendieron para repartirse el mercado nacional en dos
partes: dividieron a Brasil, la mitad para cada una. Y, de común acuerdo,
elevaron el precio de las cintas adhesivas en un cincuenta por ciento. Era la
digestión. La ley antitrust, de los viejos tiempos de Vargas, había sido
derogada años atrás.
La propia Organización de Estados Americanos reconoce que la abundancia de
recursos financieros de las filiales norteamericanas, “en momentos de muy escasa
liquidez para las empresas nacionales, ha propiciado, en ocasiones, que algunas
de esas empresas nacionales fuesen adquiridas por intereses extranjeros”. La
penuria de recursos financieros, agudizada por la contracción del crédito
interno impuesta por el Fondo Monetario, ahoga a las fábricas locales. Pero el
mismo documento de la OEA informa que nada menos que el 95,7 por ciento de los
fondos requeridos por las empresas norteamericanas para su normal funcionamiento
y desarrollo en América Latina provienen de fuentes latinoamericanas, en forma
de créditos, empréstitos y utilidades reinvertidas. Esa proporción es del
ochenta por ciento en el caso de las industrias manufactureras.
LOS ESTADOS UNIDOS CUIDAN SU AHORRO INTERNO, PERO DISPONEN DEL AJENO: LA
INVASIÓN DE LOS BANCOS
La canalización de los recursos nacionales en dirección a las filiales
imperialistas se explica en gran medida por la proliferación de las sucursales
bancarias norteamericanas que han brotado, como los hongos después de la lluvia,
durante estos últimos años, a lo largo y a lo ancho de América Latina. La
ofensiva sobre el ahorro local de los satélites está vinculada al crónico
déficit de la balanza de pagos de los Estados Unidos, que obliga a contener las
inversiones en el extranjero, y al dramático deterioro del dólar como moneda del
mundo. América Latina proporciona: la saliva además de la comida, y los Estados
Unidos se limitan a poner la boca. La desnacionalización de la industria ha
resultado un regalo.
Según el International Banking Survey, había setenta y ocho sucursales de bancos
norteamericanos al sur del río Bravo en 1964, pero en 1967 ya eran 133. Tenían
810 millones de dó1ares de depósitos en el 64, y en el 67 ya sumaban 1.270
millones. Luego, en 1968 y 1969, la banca extranjera avanzó con ímpetu: el First
National City Bank cuenta, en la actualidad, nada menos que con ciento diez
filiales sembradas en diecisiete países de América Latina. La cifra incluye a
varios bancos nacionales adquiridos por el City en los últimos tiempos. El Chase
Manhattan Bank, del grupo Rockefeller, adquirió en 1962 el Banco Lar Brasileiro,
con treinta y cuatro sucursales en Brasil; en 1964, el Banco Continental, con
cuarenta y dos agencias en Perú; en 1967, el Banco del Comercio, con ciento
veinte sucursales en Colombia y Panamá, y el Banco Atlántida, con veinticuatro
agencias en Honduras; en 1968, el Banco Argentino de Comercio. La revolución
cubana había nacionalizado veinte agencias bancarias de los Estados Unidos, pero
los bancos se han recuperado con creces de aquel duro golpe: sólo en el curso de
1968, más de setenta nuevas filiales de bancos norteamericanos fueron abiertas
en América Central, el Caribe y los países más pequeños de América del Sur.
Es imposible conocer el simultáneo aumento de las actividades paralelas
-subsidiarias, holdings, financieras, oficinas de representación- en su magnitud
exacta, pero se sabe que en igualo mayor proporción han crecido los fondos
latinoamericanos absorbidos por bancos que aunque no operan abiertamente como
sucursales, están controlados desde fuera a través de decisivos paquetes de
acciones o por la apertura de líneas externas de crédito severamente,
condicionadas.
Toda esta invasión bancaria sirve para desviar el ahorro latinoamericano hacia
las empresas norteamericanas que operan en la región, mientras las empresas
nacionales caen estranguladas por la falta de crédito. Los departamentos de
relaciones públicas de varios bancos norteamericanos que operan en el exterior
pregonan sin rubores que su propósito más importante consiste en canalizar el
ahorro interno de los países donde operan para el uso de las corporaciones
multinacionales que son clientes de sus casas matrices. Echemos al vuelo la
imaginación: ¿podría un banco latinoamericano instalarse en Nueva York para
captar el ahorro nacional de los Estados Unidos? La burbuja estalla en .el aire:
esta insólita aventura está expresamente prohibida. Ningún banco extranjero
puede operar, en Estados Unidos, como receptor de depósitos de los ciudadanos
norteamericanos. En cambio, los bancos de los Estados Unidos disponen a su
antojo, a través de las numerosas filiales, del ahorro nacional latinoamericano.
América Latina vela por la norteamericanización de las finanzas, tan
ardientemente como los Estados Unidos. En junio de 1966, sin embargo, el Banco
Brasileiro de Descontos consultó a sus accionistas para tomar una resolución de
gran vigor nacionalista.
Imprimió la frase Nós confiamos em Deus en todos sus documentos. Orgullosamente,
el banco hizo notar que el dólar ostenta el lema In God We Trust.
Los bancos latinoamericanos, incluso los invictos, no infiltrados ni copados por
los capitales extranjeros, no orientan los créditos en un sentido distinto al de
las filiales del City, el Chase o el Bank of America: ellos también prefieren
atender la demanda de las empresas industriales y comerciales extranjeras, que
cuentan con garantías sólidas y operan por volúmenes muy amplios.
UN IMPERIO QUE IMPORTA CAPITALES
El «Programa de acción económica del gobierno», elaborado por Roberto Campos,
preveía que, como respuesta a su política benefactora:, los capitales afluirían
del exterior para impulsar el desarrollo de Brasil y contribuir a su
estabilización económica y financieras . Se anunciaron para 1965 nuevas
inversiones directas, de origen extranjero, por cien millones de dólares.
Llegaron setenta. Para los años siguientes, se aseguraba, el nivel superaría las
previsiones del 65, pero las convocatorias resultaron inútiles. En 1967
ingresaron 76 millones; la evasión por ganancias y dividendos: asistencia
técnica, patentes, royalties o regalías y uso de marcas superó en más de cuatro
veces a la inversión nueva. Y a estas sangrías habría que agregar, aún, las
remesas clandestinas. El Banco Central admite que, fuera de las vías legales,
emigraron de Brasil ciento veinte millones de dólares en 1967.
Lo que se fue es, como se ve, infinitamente más que lo que entró. En definitiva,
las cifras de nuevas inversiones directas en los años claves de la
desnacionalización industrial -1965, 1966, 1967- estuvieron muy por debajo del
nivel de 1961 . Las inversiones en la industria congregan la mayor parte de los
capitales norteamericanos en Brasil, pero suman menos del cuatro por ciento del
total de las inversiones de los Estados Unidos en las manufacturas mundiales.
Las de Argentina llegan apenas al tres por ciento; las de México al tres y
medio. La digestión de los mayores parques industriales de América Latina no ha
exigido grandes sacrificios a 'Wall Street.
«Lo que caracteriza al capitalismo moderno, en el que impera el monopolio, es la
exportación de capital», había escrito Lenin. En nuestros días, como han hecho
notar Baran y Sweezy, el imperialismo importa capitales de los países donde
opera. En el período 1950-67, las nuevas inversiones norteamericanas en América
Latina totalizaron, sin incluir las utilidades reinvertidas, 3.921 millones de
dólares. En el mismo período, las utilidades y dividendos remito dos al exterior
por las empresas sumaron 12.8191 millones. Las ganancias drenadas han superado
en más de tres veces el monto de los nuevos capitales incorporados a la región .
Desde entonces, según la CEPAL, nuevamente creció la sangría de los beneficios,
que en los últimos años exceden en cinco veces a las inversiones nuevas;
Argentina, Brasil y México han sufrido los mayores aumentos de la evasión. Pero
éste es un cálculo conservador. Buena parte de los fondos repatriados por
conceptos de amortización de deuda corresponde en realidad a las utilidades de
las inversiones, y las cifras no incluyen tampoco las remesas al exterior por
pagos de patentes, royalties y asistencia técnica, ni computan otras
transferencias invisibles que suelen esconderse tras los velos del rubro
«errores y omisiones» , ni tienen en cuenta las ganancias que las corporaciones
reciben al inflar los precios de los abastecimientos que proporcionan sus
filiales y al inflar también, con igual entusiasmo, sus costos de operación.
La imaginación de las empresas hace otro tanto con las inversiones mismas. En
efecto, como el vértigo del progreso tecnológico abrevia cada vez más los plazos
de renovación del capital fijo en las economías avanzadas, la gran mayoría de
las instalaciones y los equipos fabriles exportados a los países de América
Latina han cumplido anteriormente un ciclo de vida útil en sus lugares de
origen. La amortización, pues, ha sido ya hecha, en forma total o parcial. A los
efectos de la inversión en el exterior, este detalle no se toma en cuenta: el
valor atribuido a las maquinarias, arbitrariamente elevado, no seria, por
cierto, ni la sombra de lo que es, si se consideraran los frecuentes casos de
desgaste previo. Por lo demás, la casa matriz; no tiene por qué meterse en
gastos para producir en América Latina los bienes que antes le vendía desde
lejos. Los gobiernos se encargan de evitarlo, adelantando recursos a la filial
que llega a instalarse y cumplir su misión redentora: la filial tiene acceso al
crédito local a partir del momento en que clava un cartel en el terreno donde
levantará su fábrica; cuenta con privilegios cambiarios para sus importaciones
—compras que la empresa suele hacerse a sí misma— y hasta puede asegurarse, en
algunos países, un tipo de cambio especial para pagar sus deudas con el
exterior, que frecuentemente son deudas con la rama financiera de la misma
corporación. Un cálculo realizado por la revista Fichas indica que las divisas
insumidas entre 1961 y 19647 por la industria automotriz en la Argentina son
tres veces y media mayores que el monto necesario para construir diecisiete
centrales termoeléctricas y deis centrales hidroeléctricas con una potencia
total de más de dos mil doscientos megawatios, y equivalen al valor de las
importaciones de maquinarias y equipos requeridas durante once años por las
industrias dinámicas para provocar un incremento anual del
2,8 por ciento en el producto por habitante.
LOS TECNÓCRATAS EXIGEN LA BOLSA O LA VIDA CON MÁS EFICACIA QUE LOS “MARINES”.
Al llevarse muchos más dólares de los que traen, las empresas contribuyen a
agudizar la crónica hambre de divisas de la región; los países «beneficiados se
descapitalizan en vez de capitalizarse. Entra en acción, entonces, el mecanismo
del empréstito. Los organismos internacionales de crédito desempeñan una función
muy importante en el desmantelamiento de las débiles ciudadelas defensivas de la
industria latinoamericana de capital nacional, y en la consolidación de las
estructuras neocoloniales. La ayuda funciona como el filántropo del cuento, que
le había puesto una pata de palo a su chanchito, pero era porque se lo estaba
comiendo de a poco. El déficit de la balanza de pagos de los Estados Unidos,
provocado por los gastos militares y la ayuda extranjera, crítica espada de
Damocles sobre la prosperidad norteamericana, hace posible, al mismo tiempo, esa
prosperidad: el Imperio envía el exterior sus marines para salvar los dólares de
sus monopolios cuando corren peligro y, más eficazmente, difunde también sus
tecnócrata y sus empréstitos para ampliar los negocios y asegurar las materias
primas y los mercados.
El capitalismo de nuestros días exhibe, en su centro universal de poder, una
identidad evidente de los monopolios privados y el aparato estatal. Las
corporaciones multinacionales utilizan directamente al Estado para acumular,
multiplicar y concentrar capitales, profundizar la revolución tecnológica,
militarizar la economía y, mediante diversos mecanismos, asegurar el éxito de la
norteamericanización del mundo capitalista. El Eximbank, Banco de Exportación e
Importación, la AID, Agencia para el Desarrollo Internacional, y otros
organismos menores cumplen sus funciones en este último sentido; también operan
así algunos organismos presuntamente internacionales en los que los Estados
Unidos ejercen su incontestable hegemonía: el Fondo Monetario Internacional
y su hermano gemelo, el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento, y el
BID, Banco Interamericano de Desarrollo, que se arrogan el derecho de decidir la
política económica que han de seguir los países que solicitan los créditos.
Lanzándose exitosamente al asalto de sus bancos centrales y de sus ministerios
decisivos, se apoderan de todos los datos secreto de la economía y las finanzas,
redactan e imponen leyes nacionales, y prohíben o autorizan las medidas de los
gobiernos, cuyas orientaciones dibujan con pelos y señales.
La caridad internacional no existe; empieza por casa, también para los Estados
Unidos. La ayuda externa desempeña, en primer lugar. una función interna: la
economía norteamericana se ayuda a sí misma. El propio Roberto Campos la
definía, en los tiempos en que era embajador del gobierno nacionalista de
Goulart, como un programa de ampliación de mercados en el extranjero destinado a
la absorción de los excedentes norteamericanos y al alivio de la superproducción
en la industria de exportación de los Estados Unidos. El Departamento de
Comercio de los Estados Unidos celebraba la buena marcha de la Alianza para el
Progreso, a poco de nacida, advirtiendo que había creado nuevos negocios y
fuentes de trabajo para empresas privadas de cuarenta y cuatro estados
norteamericanos. Más recientemente, en su mensaje al Congreso de enero de 1968,
el presidente Johnson aseguró que más del noventa por ciento de la ayuda externa
norteamericana de 1969 se aplicaría a financiar compras en los Estados Unidos,
“y he intensificado personalmente y en forma directa los esfuerzos para
incrementar este porcentaje”. Los cables trasmitieron, en octubre del 69, las
explosivas declaraciones del presidente del Comité Interamericano de la Alianza
para el Progreso, Carlos Sanz de Santamaría, quien expresó en Nueva York que la
ayuda había resultado un muy buen negocio para la economía de los Estados
Unidos, así como para la tesorería de ese país. Desde que, a fines de la década
del cincuenta, hizo crisis el desequilibrio de la balanza norteamericana de
pagos, los préstamos fueron condicionados a la adquisición de los bienes
industriales norteamericanos, por lo general más caros que otros productos
similares en otras partes del mundo. Más recientemente se pusieron en acción
ciertos mecanismos, como las «listas negativas», para evitar que los créditos
sirvan a la exportación de los artículos que los Estados Unidos pueden colocar
en el mercado mundial, en buenas condiciones competitivas, sin recurrir al
expediente de la auto filantropía. Las posteriores «listas positivas. han hecho
posible, a través de la ayuda, la venta de ciertas manufacturas norteamericanas
a precios que son entre un treinta y un cincuenta por ciento más altos que los
de otras fuentes internacionales. La atadura del financiamiento -dice la OEA en
el documento ya citado- otorga «un subsidio general a las exportaciones
norteamericanas». Las firmas fabricantes de maquinarias sufren serias
desventajas de precios en el mercado internacional, según confiesa el
Departamento de Comercio de los Estados Unidos, «a menos que puedan aprovechar
el financiamiento más liberal que se puede obtener bajo los diversos programas
de ayuda.
Cuando Richard Nixon prometió desatar la ayuda, en un discurso de fines de 1969,
sólo se refirió a la posibilidad de que las compras pudieran efectuarse,
alternativamente, en los países latinoamericanos. Este ya era, desde antes, el
caso de los préstamos que el Banco Interamericano de Desarrollo otorga con cargo
a su Fondo para Operaciones Especiales. Pero la experiencia muestra que los
Estados Unidos, o las filiales latinoamericanas de sus corporaciones, resultan
siempre los proveedores finalmente elegidos en los contratos. Los préstamos de
la AID, el Eximbank y, en su mayoría, los del BID, exigen también que no menos
de la mitad de los embarques se realice en barcos de bandera norteamericana. Los
fletes de los buques de los Estados Unidos resultan tan caros que en algunos
casos llegan hasta a duplicar los precios de las líneas navieras más baratas
disponibles en el mundo. Normalmente, son también norteamericanas las empresas
que aseguran las mercaderías transportadas, y norteamericanos los bancos a
través de los cuales las operaciones se concretan.
La Organización de Estados Americanos ha hecho una reveladora estimación de la
magnitud de la ayuda real que América Latina recibe. Una vez separada la paja
del grano, se llega a la conclusión de que apenas el 38 por ciento de la ayuda
nominal puede considerarse ayuda real. Los préstamos para industria, minería,
comunicaciones, y los créditos compensatorios, sólo constituyen ayuda en una
quinta parte del total autorizado. En el caso del Eximbank, la ayuda viaja de
sur a norte: el financiamiento otorgado por el Eximbank, dice la OEA, en lugar
de significar ayuda, implica un costo adicional para la región, en virtud de los
sobreprecios de los artículos que los Estados Unidos exportan por su intermedio.
América Latina proporciona la mayoría de los recursos ordinarios de capital del
Banco Interamericano de Desarrollo. Pero los documentos del BID llevan, además
de sello propio, el emblema de la Alianza para el Progreso, y los Estados Unidos
son el único país que cuenta con poder de veto en su seno; los votos de los
países latinoamericanos, proporcionales a sus aportes de capital, no reúnen los
dos tercios de mayoría necesarios para las resoluciones importantes. “Si bien el
poder de veto de los Estados Unidos sobre los préstamos del BID no ha sido
usado, la amenaza de la utilización del veto para propósitos políticos ha
influido sobre las decisiones”, reconocía Nelson Rockefeller, en agosto de 1969,
en su célebre informe a Nixon. En la mayor parte de los préstamos que concede,
el BID impone las mismas condiciones que los organismos abiertamente
norteamericanos: la obligación de utilizar los fondos en mercancías de los
Estados Unidos y transportar por lo menos la mitad bajo la bandera de las barras
y las estrellas, amén de la mención expresa de la Alianza para el Progreso en la
publicidad. El BID determina la política de tarifas y de impuestos de los
servicios que toca con su varita de hada buena; decide a cuánto debe cobrarse el
agua y fija los impuestos para el alcantarillado o las viviendas, previa
propuesta de los consultores norteamericanos designados con su venia. Aprueba
los planos de las obras, redacta las licitaciones, administra los fondos y
vigila el cumplimiento . En la tarea de reestructurar la enseñanza superior de
la región de acuerdo con las pautas del neocolonialismo cultural, el BID ha
desempeñado un fructífero papel. Sus préstamos a las universidades bloquean la
posibilidad de modificar, sin su conocimiento y su permiso, las leyes orgánicas
o los estatutos, y a la vez impone determinadas reformas docentes,
administrativas y financieras. El secretario general de la OEA designa el
árbitro en caso de controversias .
Los contratos de la Agencia para el Desarrollo Internacional, AID, no sólo
implican mercancías y fletes norteamericanos, sino que, además, habitualmente
prohíben el comercio con Cuba y Vietnam del Norte y obligan a aceptar la tutela
administrativa de sus técnicos. Para compensar el desnivel de precios entre los
tractores o los fertilizantes de Estados Unidos y los que pueden obtenerse, más
baratos, en el mercado mundial, imponen la eliminación de los impuestos y
aranceles aduaneros para los productos importados con los créditos. La ayuda de
la AID incluye jeeps y armas modernas destinadas a la policía, para que el orden
interior de los países pueda ser debidamente salvaguardado. No en vano un tercio
de los créditos de la AID se obtiene inmediatamente después de su aprobación,
pero los dos tercios restantes se condicionan al visto bueno del Fondo Monetario
Internacional, cuyas recetas normalmente desatan el incendio de la agitación
social. Y por si el FMI no hubiera logrado desmontar, pieza por pieza, como se
desmonta un reloj, todos los mecanismos de la soberanía, la AID suele exigir
también, de paso, la aprobación de determinadas leyes o decretos. La AID es el
vehículo principal de los fondos de la Alianza para el Progreso. El Comité
Interamericano de la Alianza para el Progreso obtuvo del gobierno uruguayo, por
no citar más que un ejemplo de los laberintos de la generosidad, la firma de un
compromiso por el cual los ingresos y los egresos de los entes del Estado, así
como la política oficial en materia de tarifas, salarios e inversiones, pasaron
al control directo de este organismo extranjero. Pero las condiciones más
lesivas rara vez figuran en los textos de los contratos y los compromisos
públicos, y se esconden en las secretas disposiciones complementarias. El
parlamento uruguayo nunca supo que el gobierno había aceptado, en marzo de 1968,
poner un límite a las exportaciones de arroz de ese año, para que el país
pudiera recibir harina, maíz y sorgo al amparo de la ley de excedentes agrícolas
de los Estados Unidos.
Muchas dagas brillan bajo la capa de la asistencia a los países pobres. Teodoro
Moscoso, que fuera administrador general de la Alianza para el Progreso confesó:
«...puede ocurrir que los Estados Unidos necesiten el voto de un país
determinado en la Organización de las Naciones Unidas, o en la OEA, y es posible
que entonces el gobierno de ese país -siguiendo la consagrada tradición de la
fría diplomacia- pida un precio a cambio. En 1962, el delegado de Haití a la
Conferencia de Punta del Este cambió su voto por un aeropuerto nuevo, y así los
Estados Unidos obtuvieron la mayoría necesaria para expulsar a Cuba de la
Organización de Estados Americanos . El ex dictador de Guatemala, Miguel
Ydigoras Fuentes, ha declarado que tuvo que amenazar a los norteamericanos con
que negaría el voto de su país a las conferencias de la Alianza para el
Progreso, para que ellos cumplieran con su promesa de comprarle más azúcar.
Podría resultar a primera vista, paradójico que Brasil haya sido el país más
favorecido por la Alianza para el Progreso durante el gobierno nacionalista de
Joao Goulart (1961-64). Pero la paradoja cesa, no bien se conoce la distribución
interna de la ayuda recibida: los créditos de la Alanza fueron sembrados como
minas explosivas en el camino de Goulart. Carlos Lacerda, gobernador de
Guanabara y, por entonces, líder de la extrema derecha, obtuvo siete veces más
dólares que todo el nordeste: el estado de Guanabara, con sus escasos cuatro
millones de habitantes, pudo así inventar hermosos jardines para turistas en los
bordes de la bahía más espectacular del mundo, y los nordestinos siguieron
siendo la llaga viva de América Latina.
En junio de 1964, ya triunfante el golpe de Estado que instaló en el poder a
Castelo Branco, Thomas Mann, subsecretario de Estado para asuntos
interamericanos y brazo derecho del presidente Johnson, explicó: “Los Estados
Unidos distribuyeron entre los gobernadores eficientes de ciertos estados
brasileños la ayuda que era destinada al gobierno de Goulart, pensando financiar
así la democracia; Washington no dio dinero alguno para la balanza de pagos o el
presupuesto federal, porque eso podía beneficiar directamente al gobierno
central”. La administración norteamericana había resuelto negar cualquier tipo
de cooperación al gobierno de Belaúnde Terry, en el Perú, «a menos que diera las
deseadas garantías de que seguiría una política indulgente hacia la
Internacional Petroleum Company. Belaúnde rehusó y como resultado, a fines de
1965 no había recibido aún su parte en la Alianza para el Progreso.
Posteriormente, como se sabe, Belaúnde transó. Y perdió el petróleo y el poder:
había obedecido para sobrevivir. En Bolivia, los préstamos norteamericanos no
proporcionaron un solo centavo para que el país pudiera levantar sus propias
fundiciones de estaño, de modo que el estaño continuó viajando en bruto a
Liverpool y desde allí, ya elaborado, a Nueva York; en cambio, la ayuda dio
nacimiento a una burguesía comercial parasitaria, infló la burocracia, alzó
grandes edificios y tendió modernas autopistas y otros elefantes blancos, en un
país que disputa con Haití la más altas tasas de mortalidad infantil de América
Latina. Los créditos de los Estados Unidos o sus organismos internacionales
negaban a Bolivia el derecho de aceptar las ofertas de la Unión Soviética,
Checoslovaquia y Polonia para crear una industria petroquímica, explotar y
fundir el cinc, el plomo y los yacimientos de hierro, e instalar hornos de
fundición de estaño y de antimonio. En cambio, Bolivia quedó obligada a importar
productos exclusivamente de los Estados Unidos. Cuando por fin cayó el gobierno
del Movimiento Nacionalista Revolucionario, devorado en sus cimientos por la
ayuda norteamericana, el Embajador de los Estados Unidos, Douglas Henderson,
comenzó a asistir puntualmente a las reuniones de gabinete del dictador René
Barrientos .
Los préstamos ofrecen indicaciones tan precisas como las de un termómetro para
evaluar el clima general de los negocios de cada país, y ayudan a despejar los
nubarrones políticos o las tormentas revolucionarias del transparente cielo de
los millonarios.
«Los Estados Unidos van a concertar su programa de ayuda económica en los países
que muestren la mayor inclinación a favorecer el clima de inversiones, y retirar
la ayuda a los otros países en que una performance satisfactoria no sea
demostrada», anunciaron, en 1963, diversos hombres de negocios encabezados por
David Rockefeller . El texto de la ley de ayuda extranjera se hace categórico al
disponer la suspensión de la asistencia a cualquier gobierno que haya
“nacionalizado, expropiado o adquirido la propiedad o el control de la propiedad
perteneciente a cualquier ciudadano de los Estados Unidos o cualquier
corporación, sociedad o asociación”, que pertenezcan a ciudadanos
norteamericanos, en una proporción no inferior a la mitad . No en vano el Comité
de Comercio de la Alianza para d Progreso cuenta, entre sus miembros más
distinguidos, con los más altos ejecutivos del Chase Manhattan y del City Bank,
la Standard Oil, la Anaconda y la Grace. La AID despeja el camino a los
capitalistas norteamericanos, de múltiples maneras; entre otras, exigiendo la
aprobación de los acuerdos de garantías de las inversiones contra las posibles
pérdidas por guerras, revoluciones, insurrecciones o crisis monetarias. En 1966,
según el Departamento de Comercio de los Estados Unidos, los inversionistas
privados norteamericanos recibieron estas garantías en quince países de América
Latina, por cien proyectos que sumaban más de trescientos millones de dólares,
dentro del Programa de Garantía de Inversiones de la AID.
ADELA no es una canción de la revolución mexicana, sino el nombre de un
consorcio internacional de inversiones. Nació por iniciativa del First Nacional
City Bank de Nueva York, la Standard Oil de Nueva Jersey y la Ford Motor Co. El
grupo Mellon se incorporó con entusiasmo y también poderosas empresas europeas
porque, al decir del senador Jacob Javits, “América Latina proporciona una
excelente oportunidad para que los Estados Unidos, al invitar a Europa a
'entrar', muestren que no buscan una posición de dominio o exclusividad...”.
Pues bien, en su informe anual de 1968, ADELA agradeció muy especialmente al
Banco Interamericano de Desarrollo los empréstitos concedidos para impulsar los
negocios del consorcio en América Latina, y en el mismo sentido saludó la obra
de la Corporación para el Financiamiento Internacional, uno de los brazos del
Banco Mundial. Con ambas instituciones, ADELA está en contacto continuo para
evitar la duplicación de los esfuerzos y para evaluar las oportunidades de
inversión. Múltiples ejemplos podrían proporcionarse de otras santas alianzas
parecidas. En Argentina, los aportes latinoamericanos a los recursos ordinarios
del BID han servido para beneficiar con muy convenientes empréstitos a empresas
como Petrosur S.A.I.C, filial de la Electric Bond and Share, con más de diez
millones destinados a la construcción de un complejo petroquímico, o para
financiar una planta de piezas de automotores a Armetal S. A., filial de Tbe
Budd Co., Filadelfia, USA. Los créditos de la AID hicieron posible la expansión
de la planta de productos químicos de la Atlántica Richfield Co., en el Brasil,
y el Eximbank proporcionó generosos préstamos a la ICOMI, filial de la Bethlehem
Steel en el mismo país. Gracias a los aportes de la Alianza para el Progreso y
el Banco Mundial, la Phillips Petroleum Co. pudo dar nacimiento en 1966, también
en Brasil, al mayor complejo de fábricas de fertilizantes de América Latina.
Todo se computa con cargo a la ayuda, y todo pesa sobre la deuda externa de los
países agraciados por la diosa Fortuna.
Cuando Fidel Castro se dirigió al Banco Mundial y al Fondo Monetario
Internacional, en los primeros tiempos de la revolución cubana, para reconstruir
las reservas de divisas extranjeras agotadas por la dictadura de Batista, ambos
organismos le respondieron que primero debía aceptar un programa de
estabilización que implicaba, como en todas partes, el desmantelamiento del
Estado y la parálisis de las reformas de estructura. El Banco Mundial y el FMI
actúan estrechamente ligados y al servicio de fines comunes; nacieron juntos, en
Bretton Woods. Los Estados Unidos cuentan con la cuarta parte de los votos en d
Banco Mundial; los veintidós países de América Latina apenas reúnen menos de la
décima parte. El Banco Mundial responde a los Estados Unidos como el trueno al
relámpago.
Según explica el Banco, la mayor parte de sus préstamos se dedica a la
construcción de carreteras y otras vías de comunicación y al desarrollo de las
fuentes de energía eléctrica, «que son una condición esencial para el
crecimiento de la empresa privada».
Estas obras de infraestructura facilitan, en efecto, el acceso de las materias
primas a los puertos y a los mercados mundiales, y sirven al progreso de la
industria, ya desnacionalizada, de los países pobres. El Banco Mundial cree que,
«en la mayor medida practicable, la industria competitiva debería dejarse a la
empresa privada. Esto no significa que el Banco excluya absolutamente los
préstamos a las industrias de propiedad del Estado, pero sólo asumirá estos
financiamientos en los casos en que el capital privado no resulte accesible, y
si se asegura a satisfacción, al cabo de los exámenes, que la participación del
gobierno resultará compatible con la eficiencia de las operaciones y no tendrá
un efecto indebidamente restrictivo sobre la expansión de la iniciativa y la
empresa privadas». Se condicionan los préstamos a la aplicación de la receta
estabilizadora del FMI y al pago puntual de la deuda externa; los préstamos del
Banco son incompatibles con la adopción de políticas de control de las ganancias
de las empresas, “tan restrictivas que las utilidades no pueden operar sobre una
base clara, y aun menos impulsar la expansión futura”. Desde 1968, el Banco
Mundial ha derivado en gran medida sus empréstitos a la promoción del control de
la natalidad, los planes de educación, los negocios agrícolas y el turismo.
Como todas las demás máquinas traganíqueles de las altas finanzas
internacionales, el Banco constituye también un eficaz instrumento de extorsión,
en beneficio de poderes muy concretos. Sus sucesivos presidentes han sido, desde
1946, prominentes hombres de negocios de los Estados Unidos. Eugene R. Black,
que dirigió el Banco Mundial desde 1949 a 1962, ocupó posteriormente los
directorios de numerosas corporaciones privadas, una de las cuales, la Electric
Bond and Share, es el más poderoso monopolio de la energía eléctrica del planeta
. Casualmente, el Banco Mundial obligó a Guatemala, en 1966, a aceptar un
acuerdo honroso con la Electric Bond and Share, como condición previa para la
puesta en práctica del proyecto hidroeléctrico de Jurún-Marinalá: el acuerdo
honroso consistía en el pago de una indemnización abultada por los daños que la
empresa pudiera sufrir en una cuenca que le había sido gratuitamente otorgada
pocos años atrás, y, además, incluía un compromiso del Estado en el sentido de
no impedir que la
Bond and Share continuara fijando libremente las tarifas de la electricidad en
el país. Casualmente también, el Banco Mundial impuso a Colombia, en 1967, el
pago de treinta y seis millones de dólares de indemnización a la Compañía
Colombiana de Electricidad, filial de la Bond and Share, por sus envejecidas
maquinarias recién nacionalizadas. El Estado colombiano compró así lo que le
pertenecía, porque la concesión a la empresa había vencido en 1944. Tres
presidentes del Banco Mundial integran la constelación de poder de los
Rockefeller. John J. MCCloy presidió el organismo entre 1947 y 1949, y poco
después pasó al directorio del Chase Manhattan Bank. Lo sucedió, al frente del
Banco Mundial, Eugene R. Black, que había hecho el camino inverso: venia del
directorio del Chase. George D. Woods, otro hombre de Rockefeller, heredó a
Black en 1963. Casualmente, el Banco Mundial participa en forma directa, con un
décimo del capital y sustanciales empréstitos, de la mayor aventura de los
Rockefeller en Brasil: Petroquímica Uniao, el complejo petroquímico más
importante de América del Sur.
Más de la mitad de los préstamos que recibe América Latina proviene, previa luz
verde del FMI, de los organismos privados y oficiales de los Estados Unidos; los
bancos internacionales suman también un porcentaje importante. El FMI Y el Banco
Mundial ejercen presiones cada vez más intensas para que los países
latinoamericanos remodelen su economía y sus finanzas en función del pago de la
deuda externa. El cumplimiento de los compromisos contraídos, clave de la buena
conducta internacional, resulta cada vez más difícil y se hace al mismo tiempo
más imperioso. La región vive el fenómeno que los economistas llaman la
explosión de la deuda. Es el círculo vicioso de la estrangulación: los
empréstitos aumentan y las inversiones se suceden y en consecuencia, crecen los
pagos por amortizaciones, intereses, dividendos y otros servicios; para cumplir
con esos pagos se recurre a nuevas inyecciones de capital extranjero, que
generan compromisos mayores, y así sucesivamente. El servicio de la deuda devora
una proporción creciente de los ingresos por exportaciones, de por sí impotentes
-por obra del inflexible deterioro de los precios- para financiar las
importaciones necesarias; los nuevos préstamos se hacen imprescindibles, como el
aire al pulmón, para que los países puedan abastecerse. Una quinta parte de las
exportaciones se dedicaba, en 1955, al pago de amortizaciones, intereses y
utilidades de inversiones; la proporción continuó creciendo y está ya próxima al
estallido. En 1968, los pagos representaron el 37 por ciento de las
exportaciones. Si se siguiera recurriendo al capital extranjero para cubrir la
brecha del comercio y para financiar la evasión de las ganancias de las
inversiones imperialistas, en 1980 nada menos que el ochenta por ciento de las
divisas quedaría en manos de los acreedores extranjeros, y el monto total de la
deuda llegaría a exceder en seis veces el valor de las exportaciones. El Banco
Mundial había previsto que en 1980 los pagos de servicios de deuda anularían por
completo el influjo de nuevo capital extranjero hacia el mundo subdesarrollado,
pero ya en 1965, la afluencia de nuevos préstamos y de nuevas inversiones hacia
América Latina resultó menor que el capital drenado de la región, sólo por
amortizaciones el intereses, para cumplir con: los compromisos anteriormente
contraídos.
LA INDUSTRIALIZACIÓN NO ALTERA LA ORGANIZACIÓN DE LA DESIGUALDAD EN EL MERCADO
MUNDIAL
El intercambio de mercancías constituye, junto a las inversiones directas en el
exterior y los empréstitos, la camisa de fuerza de la división internacional del
trabajo. Los países del llamado Tercer Mundo intercambian entre sí poco más de
la quinta parte de sus exportaciones, y en cambio dirigen las tres cuartas
partes del total de sus ventas exteriores hacia los centros imperialistas de los
que son tributarios. En su mayoría, los países latinoamericanos se identifican,
en el mercado mundial, con una sola materia prima o con un solo alimento.
América Latina dispone de lana, algodón y fibras naturales en abundancia, y
cuenta con una industria textil ya tradicional, pero apenas participa en un 0,6
por ciento de las compras de hilados y tejidos de Europa y Estados Unidos. La
región ha sido condenada a vender sobre todo productos primarios, para dar
trabajo a las fábricas extranjeras, y ocurre que esos productos «son exportados,
en su gran mayoría, por fuertes consorcios con vinculaciones internacionales,
que disponen de las relaciones necesarias en los mercados mundiales para colocar
sus productos en las condiciones más convenientes» , pero en las más
convenientes para ellos, que por lo general expresan los intereses de los países
compradores: es decir, a los precios más baratos. Hay en los mercados
internacionales un virtual monopolio de la demanda de materias primas y de la
oferta de productos industrializados; a la inversa, operan dispersos los
ofertantes de productos básicos, que son también compradores de bienes
terminados: los unos, fuertes, actúan congregados en torno a la potencia
dominante, Estados Unidos, que consume casi tanto como todo el resto del
planeta; los otros, débiles, operan aislados, compitiendo los oprimidos contra
los oprimidos. Nunca ha existido en los llamados mercados internacionales el
llamado libre juego de la oferta y la demanda, sino la dictadura de una sobre la
otra, siempre en beneficio de los países capitalistas desarrollados. Los centros
de decisión donde los precios se fijan se encuentran en Washington, Nueva York,
Londres, París, Amsterdam, Hamburgo; en los consejos de ministros y en la bolsa.
De poco o nada sirve que se hayan suscrito, con pompa y estrépito, acuerdos
internacionales para proteger los precios del trigo (1949), del azúcar (1953),
del estaño (1956), del aceite de oliva (1956), y del café (1962). Basta
contemplar la curva descendente del valor relativo de estos productos, para
comprobar que los acuerdos no han sido más que simbólicas excusas que los países
fuertes han presentado a los países débiles cuando los precios de sus productos
habían alcanzado niveles escandalosamente bajos. Cada vez vale menos lo que
América Latina vende y, comparativamente, cada vez es más caro lo que compra.
Con el producto de la venta de veintidós novillos, Uruguay podía comprar un
tractor Ford Major en
1954; hoy, necesita más del doble. Un grupo de economistas chilenos que realizó
un informe para la central sindical estimó que, si el precio de las
exportaciones latinoamericanas hubiera crecido desde 1928 al mismo ritmo que ha
crecido el precio de las importaciones, América Latina hubiera obtenido, entre
1958 y 1967, cincuenta y siete mil millones de dólares más de lo que recibió, en
ese período, por sus ventas al exterior. Sin remontarse tan lejos en el tiempo,
y tomando como base los precios de 1950, las Naciones Unidas estiman que América
Latina ha perdido, a causa del deterioro del intercambio, más de dieciocho mil
millones de dólares en la década transcurrida entre 1955 y 1964. Posteriormente,
la caída continuó. La brecha de comercio -diferencia entre las necesidades de
importación y los ingresos que se obtienen de las exportaciones- será cada vez
más ancha si no cambian las actuales estructuras del comercio exterior: cada año
que pasa, se cava más profundamente este abismo para América Latina. Si la
región se propusiera lograr, en los próximos tiempos, un ritmo de desarrollo
ligeramente superior al de los últimos quince años, que ha sido bajísimo,
enfrentaría necesidades de importación que excederían largamente el previsible
crecimiento de sus ingresos de divisas por exportaciones.
Según los cálculos del ILPES, la brecha de comercio ascendería, en 1975, a 4.600
millones de dólares, y en 1980 llegaría a los 8.300 millones. Esta última cifra
representa nada menos que la mitad del valor de las exportaciones previstas para
ese año. Así, sombrero en mano, los países latinoamericanos golpearán cada vez
más desesperadamente a las puertas de los prestamistas internacionales.
A. Emmanuel sostiene que la maldición de los precios bajos no pesa sobre
determinados productos, sino sobre determinados países. Al fin y al cabo, el
carbón, uno de los principales productos de exportación de Inglaterra hasta no
hace mucho, no es menos primario que la lana o el cobre, y el azúcar contiene
más elaboración que el whisky escocés o los vinos franceses; Suecia y Canadá
exportan madera, una materia prima, a precios excelentes. El mercado mundial
funda la desigualdad del comercio, según Emmanuel , en el intercambio de más
horas de trabajo de los países pobres por menos horas de trabajo de los países
ricos: la clave de la explotación reside en que existe una enorme diferencia en
los niveles de salarios de unos y otros países, y que esa diferencia no está
asociada a diferencias de la misma magnitud en la productividad del trabajo. Son
los salarios bajos los que, según Emmanuel, determinan los precios bajos, y no a
la inversa: los países pobres exportan su pobreza, con lo que se empobrecen cada
vez más, al tiempo que. los países ricos obtienen el resultado inverso. Según
las estimaciones de Samir Amin, si los productos exportados por los países
subdesarrollados en 1966 hubieran sido producidos por los países desarrollados
con las mismas técnicas pero con sus mucho mayores niveles de salarios, los
precios hubieran variado a tal punto que los países subdesarrollados hubieran
recibido catorce mil millones de dólares más.
Por cierto que los países ricos han utilizado y utilizan las barreras aduaneras
para proteger sus altos salarios internos en los renglones en que no podría
competir con los países pobres. Los Estados Unidos emplean al Fondo Monetario,
al Banco Mundial y los acuerdos arancelarios del GATT, para imponer en América
Latina la doctrina del comercio libre y la libre competencia, obligando al
abatimiento de los cambios múltiples, del régimen de cuotas y permisos de
importación y exportación, y de los aranceles y gravámenes de aduana, pero no
predican en modo alguno con el ejemplo. Del mismo modo que desalientan fuera de
fronteras la actividad del Estado, mientras dentro de fronteras el Estado
norteamericano protege a los monopolios mediante un vasto sistema de subsidios y
precios privilegiados, los Estados Unidos practican también un agresivo
proteccionismo, con tarifas altas y restricciones rigurosas, en su comercio
exterior. Los derechos de aduana se combinan con otros impuestos y con las
cuotas y los embargos. ¿Qué ocurriría con la prosperidad de los ganaderos del
Medio Oeste si los Estados Unidos permitieran el acceso a su mercado interno,
sin tarifas ni imaginativas prohibiciones sanitarias, de la carne de mejor
calidad y menor precio que producen Argentina y Uruguay?
El hierro ingresa libremente en el mercado norteamericano, pero si se ha
convertido en lingotes, paga 16 centavos por tonelada, y la tarifa sube en
proporción directa al grado de elaboración otro tanto ocurre con el cobre y con
una infinidad de productos: alcanza con secar las bananas, cortar el tabaco,
endulzar el cacao, aserrar la madera o extraer el carozo a los dátiles para que
los aranceles se descarguen implacablemente sobre estos productos. En enero de
1969, el gobierno de los Estados Unidos dispuso la virtual suspensión de las
compras de tomates en México, que dan trabajo a 170 mil campesinos del estado de
Sinaloa, hasta que los cultivadores norteamericanos de tomate de la Florida
consiguieron que los mexicanos aumentasen d precio para evitar la competencia.
Pero la más quemante contradicción entre la teoría y la realidad del comercio
mundial estalló cuando la guerra del café soluble cobró, en 1967, estado
público. Entonces se puso en evidencia que sólo los países ricos tienen el
derecho de explotar en su beneficio las «ventajas naturales comparativas» que
determinan, en teoría, la división internacional del trabajo. El mercado mundial
del café soluble, de asombrosa expansión, está en manos de la Nestlé y la
General Foods; se estima que no pasará mucho tiempo antes de que estas dos
grandes empresas abastezcan más de la mitad del café que se consume en el mundo.
Estados Unidos y Europa compran el café en granos a Brasil y Africa; lo
concentran en sus plantas industriales y lo venden, convertido en café soluble,
a todo el mundo. Brasil, que es el mayor productor mundial de café, no tiene,
sin embargo, d derecho de competir exportando su propio café soluble, para
aprovechar sus costos más bajos y para dar destino a los excedentes de
producción que antes destruía y ahora almacena en los depósitos del Estado.
Brasil sólo tiene el derecho de proporcionar la materia prima para enriquecer a
las fábricas del extranjero. Cuando las fábricas brasileñas -apenas cinco
en un total de ciento diez en el mundo- comenzaron a ofrecer café soluble en el
mercado internacional, fueron acusadas de competencia desleal. Los países ricos
pusieron el grito en el cielo, y Brasil aceptó una imposición humillante: aplicó
a su café soluble un impuesto interno tan alto como para ponerlo fuera de
combate en el mercado norteamericano.
Europa no se queda atrás en la aplicación de barreras arancelarias, tributarias
y sanitarias contra los productos latinoamericanos. El Mercado Común descarga
impuestos de importación, para defender los altos precios internos de sus
productos agrícolas, y a la vez subsidia esos productos agrícolas para poderlos
exportar a precios competitivos: con lo que obtiene por los impuestos financia
los subsidios. Así, los países pobres pagan a sus compradores ricos para que les
hagan la competencia. Un kilo de carne de 'lomo de novillo vale, en Buenos Aires
o en Montevideo, cinco veces menos que cuando cuelga de un gancho en una
carnicería de Hamburgo o Munich. «Los países desarrollados quieren permitir que
les vendamos jets y computadoras, pero nada que estemos en condiciones de
producir con ventaja», se quejaba, con razón, un representante del gobierno
chileno en una conferencia internacional.
Las inversiones imperialista s en el área industrial de América Latina no han
modificado en absoluto los términos de su comercio internacional. La región
continúa estrangulándose en el intercambio de sus productos por los productos de
las economías centrales. La expansión de las ventas de las empresas
norteamericanas radicadas al sur del río Bravo se concentra en los mercados
locales y no en la exportación. Por el contrario la proporción correspondiente a
la exportación tiende a disminuir: según la OEA, las filiales norteamericanas
exportan un diez por ciento de sus ventas totales en 1962, y sólo un siete y
medio por ciento tres años más tarde . El comercio de los productos
industrializados por América Latina sólo crece dentro de América Latina: en
1955, las manufacturas comprendían una décima parte del intercambio entre los
países del área, y en 1966 la proporción había subido al treinta por ciento.
El jefe de una misión técnica norteamericana Brasil, John Abbink, había
anticipado, proféticamente, en 1950: «Los Estados Unidos deben estar preparados
para guiar la inevitable industrialización de los países no desarrollados, si se
desea evitar el golpe de un desarrollo económico intensísimo fuera de la égida
norteamericana... La industrialización, si no es controlada de alguna manera,
llevarla a una sustancial reducción de los mercados estadounidenses de
exportación. En efecto, ¿acaso la industrialización, aunque sea teleguiada desde
fuera, no sustituye con producción nacional las mercaderías que antes cada país
debía importar del exterior? Celso Furtado advierte que, a medida que América
Latina avanza en la sustitución de importaciones de productos más complejos, «la
dependencia de in sumos provenientes de la matrices tiende a aumentar. Entre
1957 y 1964 se duplicaron las ventas de las filiales norteamericanas, en tanto
sus importaciones, sin incluir los equipamientos, se multiplicaron por más de
tres. «Esa tendencia parecería indicar que la eficacia sustitutiva es una
función decreciente de la expansión industrial controlada por compañías
extranjeras.
La dependencia no se rompe, sino que cambia de calidad: los Estados Unidos
venden, ahora, en América Latina, una proporción mayor de productos más
sofisticados y de alto nivel tecnológico. «A largo plazo -opina el Departamento
de Comercio, a medida que crece la producción industrial mexicana, se crean
mayores oportunidades para exportaciones adicionales de los Estados Unidos...».
Argentina, México y Brasil son muy buenos compradores de maquinaria industrial,
maquinaria eléctrica, motores, equipos y repuestos de origen norteamericano. Las
filiales de las grandes corporaciones se abastecen en sus casas matrices, a
precios deliberadamente caros. Refiriéndose a los costos de instalación de la
industria automotriz extranjera en Argentina, Viñas y Gastiazoro dicen, en este
sentido: “Pagando estas importaciones a precios muy elevados, giraban fondos
hacia el exterior.
En muchos casos, estos pagos eran tan importantes que las empresas no sólo daban
pérdidas [a pesar del precio a que se vendían los automotores] sino que
comenzaron a quebrar, esfumándose rápidamente el valor de las acciones colocadas
en el país... El resultado fue que de las veintidós empresas 'radicadas' quedan
actualmente diez, algunas al borde de la quiebra ...”.
Para mayor gloria del poder mundial de las corporaciones, las subsidiarias
disponen así de las escasas divisas de los países latinoamericanos. El esquema
de funcionamiento de la industria satelizada, en relación con sus lejanos
centros de poder, no se distingue mucho del tradicional sistema de explotación
imperialista de los productos primarios. Antonio García sostiene que la
exportación “colombiana” de petróleo crudo ha sido siempre, estrictamente, una
transferencia física de aceite crudo desde un campo norteamericano de extracción
hasta unos centros industriales de refinado, comercialización y consumo en
Estados Unidos, y la exportación “hondureña” o “guatemalteca” de plátano, ha
tenido el carácter de una transferencia de alimentos que efectúan unas compañías
norteamericanas desde unos campos coloniales de cultivo hasta unas áreas
norteamericanas de comercialización y consumo. Pero las fábricas “argentinas”,
“brasileñas” o “mexicanas” , por no citar más que las más importantes, también
integran un espacio econ6mico que nada tiene que ver con su localización
geográfica. Forman, como muchos otros hilos, la urdimbre internacional de las
corporaciones, cuyas casas matrices trasladan las utilidades de un país a otro,
facturando las ventas por encima o por debajo de los precios reales, según la
dirección en que desean volcar las ganancias . Resortes fundamentales del
comercio exterior quedan así en manos de empresas norteamericanas o europeas que
orientan la política comercial de los países según el criterio de gobiernos y
directorios ajenos a América Latina. Así como las filiales de Estados Unidos no
exportan cobre a la URSS ni a China ni venden petróleo a Cuba, tampoco se
abastecen de materias primas y maquinarias en las fuentes internacionales más
baratas y convenientes.
Esta eficiencia en la coordinación de las operaciones en escala mundial, por
completo al margen del «libre juego de las fuerzas del mercado», no se traduce,
claro está, en precios más bajos para los consumidores nacionales, sino en
utilidades mayores para los accionistas extranjeros. Es elocuente el caso de los
automóviles. Dentro de los países latinoamericanos, las empresas disponen de una
mano de obra abundante y muy, pero muy, barata, además de una política oficial
en todos los sentidos favorable a la expansión de las inversiones: donaciones de
terrenos, tarifas eléctricas privilegiadas, redescuentos del Estado para
financiar las ventas a plazos, dinero fácilmente accesible y, por si fuera poco,
d auxilio ha llegado en algunos países hasta el extremo de eximir a las empresas
del pago de los impuestos a la renta o a las ventas. El control del mercado
resulta, por otra parte, de antemano facilitado por el prestigio mágico que,
ante los ojos de la clase media, irradian las marcas y los modelos promovidos
por gigantescas campañas mundiales de publicidad. Sin embargo, todos estos
factores no impiden, sino que determinan, que los autos producidos en la región
resulten mucho más caros que en los países de origen de las mismas empresas. Las
dimensiones de los mercados latinoamericanos son mucho menores, bien es cierto,
pero también es cierto que en estas tierras el afán de ganancias de las
corporaciones se excita como en ninguna otra parte. Un Ford Falcon construido en
Chile cuesta tres veces más que en Estados Unidos, un Valiant o un Fíat
fabricados en la Argentina tienen precios de venta que duplican con creces los
de Estados Unidos o Italia, y otro tanto ocurre con el Volkswagen de Brasil en
relación con el precio en Alemania.
LA DIOSA TECNOLOGÍA NO HABLA ESPAÑOL
Wright Patman. el conocido parlamentario norteamericano, considera que el cinco
por ciento de las acciones de una gran corporación puede resultar suficiente, en
muchos casos, para su control liso y llano por parte de un individuo, una
familia o un grupo económico. Si un cinco por ciento basta para la hegemonía en
el seno de las empresas todopoderosas de los Estados Unidos, ¿qué porcentaje de
acciones se requiere para dominar una empresa latinoamericana? En realidad,
alcanza incluso con menos: las sociedades mixtas, que constituyen uno de los
pocos orgullos todavía accesibles a 1a burguesía latinoamericana, simplemente
decoran el poder extranjero con la participación nacional de capitales que
pueden ser mayoritarios, pero nunca decisivos frente a la fortaleza de los
cónyuges de fuera. A menudo, es el Estado mismo quien se asocia a la empresa
imperialista, que de este modo. obtiene, ya convertida en empresa nacional,
todas las garantías deseables y un clima general de cooperación y hasta de
cariño. La participación «minoritaria» de los capitales extranjeros se
justifica, por lo general, en nombre de las necesarias transferencias de
técnicas y patentes. La burguesía latinoamericana, burguesía de mercaderes sin
sentido creador, atada por el cordón umbilical al poder de la tierra, se hinca
ante los altares de la diosa Tecnología. Si se tomaran en cuenta, como una
prueba de desnacionalización, las acciones en poder extranjero, aunque sean
pocas, y las dependencia tecnológica, que muy rara vez es poca, ¿cuántas
fábricas podrían ser consideradas realmente nacionales en América Latina? En
México, por ejemplo, es frecuente que los propietarios extranjeros de la
tecnología exijan una parte del paquete accionario de las empresas, además de
decisivos controles técnicos y administrativos y de la obligación de vender el
producción a determinados intermediarios también extranjeros, y de importar la
maquinaria y otros bienes desde sus casas matrices, a cambio de los contratos de
trasmisión de patentes o know-how. No sólo en México. Resulta ilustrativo que
los países del llamado Grupo Andino (Bolivia, Colombia, Chile, Ecuador y Perú)
hayan elaborado un proyecto para un régimen común de tratamiento de los
capitales extranjeros en el área, que hace hincapié en el rechazo de los
contratos de transferencia de tecnología que contengan condiciones como éstas.
El proyecto propone a los países que se nieguen a aceptar, además, que las
empresas extranjeras dueñas de las patentes fijen los precios de los productos
con ellas elaborados o que prohíban su exportación a determinados países.
El primer sistema de patentes para proteger la propiedad de las invenciones fue
creado, hace casi cuatro siglos, por sir Francis Bacon. A Bacon le gustaba
decir: «El conocimiento es poder», y desde entonces se supo que no le faltaba
razón. La ciencia universal poco tiene de universal; está objetivamente
confinada tras los limites de las naciones avanzadas. América Latina no aplica
en su propio beneficio los resultados de la investigación científica, por la
sencilla razón de que no tiene ninguna, y en consecuencia se condena a padecer
la tecnología de los poderosos, que castiga y desplaza a las materias primas
naturales. América Latina ha sido hasta ahora incapaz de crear una tecnología
propia para sustentar y defender su propio desarrollo. El mero trasplante de la
tecnología de los países adelantados no sólo implica la subordinación cultural
y, en definitiva, también la subordinación económica, sino que, además, después
de cuatro siglos y medio de experiencia en la multiplicación de los oasis de
modernismo importado en medio de los desiertos del atraso y de la ignorancia,
bien puede afirmarse que tampoco resuelve ninguno de los problemas del
subdesarrollo. Esta vasta región de analfabetos invierte en investigaciones
tecnológicas una suma doscientas veces menor la que los Estados Unidos destinan
a esos fines. Hay menos de mil computadoras en América Latina y cincuenta mil en
Estados Unidos, en 1970. Es en el norte, por supuesto, donde se diseñan los
modelos electrónicos y se crean los lenguajes de programación que América Latina
importa. El subdesarrollo latinoamericano no es un tramo en el camino del
desarrollo, aunque se «modernicen» sus deformidades; la región progresa sin
liberarse de la estructura de su atraso y de nada vale, señala Manuel Sadosky,
la ventaja de no participar en el progreso con programas y objetivos propios .
Los símbolos de la prosperidad son los símbolos de la dependencia. Se recibe la
tecnología moderna como en el siglo pasado se recibieron los ferrocarriles, al
servicio de los intereses extranjeros que modelan y remodelan el estatuto
colonial de estos países. «Nos ocurre lo que a un reloj que se atrasa y no es
arreglado –dice Sadosky–. Aunque sus manecillas sigan andando hacia adelante, la
diferencia entre la hora que marque y la hora verdadera será creciente».
Las universidades latinoamericanas forman, en pequeña escala, matemáticos,
ingenieros y programadores que de todos modos no encuentran trabajo sino en el
exilio: nos damos el lujo de proporcionar a los Estados Unidos nuestros mejores
técnicos y los científicos más capaces, que emigran tentados por los altos
sueldos y las grandes posibilidades abiertas, en el norte, a la investigación.
Por otra parte, cada vez que una universidad o un centro de cultura superior
intenta, en América Latina, impulsar las ciencias básicas para echar las bases
de una tecnología no copiada de los moldes y los intereses extranjeros, un
oportuno golpe de Estado destruye la experiencia bajo el pretexto de que as! se
incuba la subversión. Este fue el caso, por ejemplo, de la Universidad de
Brasilia, abatida en 1964, y la verdad es que no se equivocan los arcángeles
blindados que custodian el orden establecido: la política cultural autónoma
requiere y promueve, cuando es auténtica, profundice cambios en todas las
estructuras vigentes. La alternativa consiste en descansar en las fuentes
ajenas: la copia simiesca de los adelantos que difunden las grandes
corporaciones, en cuyas manos es monopolizada la tecnología más moderna, para
crear nuevos productos y para mejorar la calidad o reducir el costo de los
productos existentes. El cerebro electrónico aplica infalibles métodos de
cálculo para estimar costos y beneficios, y así, América Latina importa técnicas
de producción diseñadas para economizar mano de obra, aunque le sobra la fuerza
de trabajo y los desocupados van en camino de constituir una aplastante mayoría
en varios países; así, también, la propia impotencia determina que la región
dependa, para su progreso, de la voluntad de los inversionistas extranjeros. Al
controlar las palancas de la tecnología, las grandes corporaciones
multinacionales manejan también, por obvias razones, otros resortes claves de la
economía latinoamericana. Por supuesto, las casas matrices nunca proporcionan a
sus filiales las innovaciones más recientes, ni impulsan, tampoco, una
independencia que no les convendría. Una encuesta de Business International,
realizada por encargo del BID, llegó a la conclusión de que «es evidente que las
subsidiarias de las corporaciones internacionales que operan en la región no
realizan esfuerzos significativos en materia de 'investigación y desarrollo'. En
efecto, la mayoría de ellas carece de un departamento con esa finalidad y en
casos muy contados llevan a cabo labores de adaptación de tecnología, en tanto
que otra minoría de empresas –situadas casi invariablemente en Argentina, Brasil
y México– realiza modestas actividades de investigación». Raúl Prebisch advierte
que «las empresas norteamericanas en Europa instalan laboratorios y realizan
investigaciones que contribuyen a fortalecer la capacidad científica y técnica
de esos países, lo que no ha sucedido en América Latina, y denuncia un hecho muy
grave: “La inversión nacional –dice–, por su falta de conocimiento especializado
[know - how], realiza la mayor parte de su transferencia de tecnología
recibiendo técnicas que son del dominio público" que se importan como licencias
de conocimiento especializado...”.
Es altísimo, en varios sentidos, el costo de la dependencia tecnológica: también
lo es en dólares constantes y sonantes, aunque las estimaciones no resultan nada
fáciles por los múltiples escamoteos que las empresas practican en sus
declaraciones de remesas al exterior, Las cifras oficiales indican, no obstante,
que el drenaje de dólares por asistencia técnica se multiplicó por quince, en
México, entre 1950 y 1964. Y en el mismo período las nuevas inversiones no
llegaron siquiera a duplicarse. Las tres cuartas partes del capital extranjero
en México aparecen, hoy, destinadas a la industria manufacturera; en 1950, la
proporción era de la cuarta parte. Esta concentración de recursos en la
industria sólo implica una modernización refleja, con tecnología de segunda
mano, que el país paga como si fuera de primerísima. La industria automotriz ha
drenado de México mil millones de dólares, de una u otra manera, pero un
funcionario del sindicato de los automóviles en Estados Unidos recorrió la nueva
planta de la General Motors en Toluca, y escribió después: “Fue peor que
arcaico. Peor, porque fue deliberadamente arcaico, con lo obsoleto
cuidadosamente planeado... Las plantas mexicanas son equipadas deliberadamente
con maquinaria de baja productividad” .
¿Qué decir de la gratitud que América Latina debe a la Coca Cola, la Pepsi o la
Crush, que cobran carísimas licencias industriales a sus concesionarios para
proporcionarles una pasta que se disuelve en agua y se mezcla con azúcar y gas?
LA MARGINACIÓN DE LOS HOMBRES Y LAS REGIONES
Grow with Brazil. Grandes avisos en los diarios de Nueva York exhortan a los
empresarios norteamericanos a sumarse al impetuoso crecimiento del gigante de
los trópicos. La ciudad de Sao Paulo duerme con los ojos abiertos; aturden sus
oídos las crepitaciones del desarrollo; surgen fábricas y rascacielos, puentes y
caminos, como brotan, de súbito, ciertas plantas salvajes en las tierras
calientes. Pero la traducción correcta de aquel eslogan publicitario sería, bien
se sabe: «Crezca a costa del Brasil». El desarrollo es un banquete con escasos
invitados, aunque sus resplandores engañen, y los platos principales están
reservados a las mandíbulas extranjeras. Brasil tiene ya más de noventa millones
de habitantes, y duplicará su población antes del fin del siglo, pero las
fábricas modernas ahorran mano de obra y el intacto latifundio también niega,
tierra adentro, trabajo. Un niño en harapos contempla, con brillo en la mirada,
el túnel más largo del mundo, recién inaugurado en Río de Janeiro. El niño en
harapos está orgulloso de su país, y con razón, pero él es analfabeto y roba
para comer.
En toda América Latina, la irrupción del capital extranjero en el área
manufacturera, recibida con tanto entusiasmo, ha puesto aún más en evidencia las
diferencias entre los «modelos clásicos» de industrialización, tal como se leen
en la historia -de los países hoy desarrollados, y las características que el
proceso muestra en América Latina. El sistema vomita hombres, pero la industria
se da el lujo de sacrificar mano de obra en una proporción mayor que la de
Europa .
No existe ninguna relación coherente entre la mano de obra disponible y la
tecnología que se aplica, como no sea la que nace de la conveniencia de usar una
de las fuerzas de trabajo más baratas del mundo. Tierras ricas, subsuelos
riquísimos, hombres muy pobres en este reino de la abundancia y el desamparo: la
inmensa marginación de los trabajadores que el sistema arroja a la vera del
camino frustra el desarrollo del mercado interno y abate el nivel de los
salarios. La perpetuación del vigente régimen de tenencia de la tierra no sólo
agudiza el crónico problema de la baja productividad rural, por el desperdicio
de tierra y capital en las grandes haciendas improductivas y el desperdicio de
mano de obra en la proliferación de los minifundios, sino que además implica un
drenaje caudaloso y creciente de trabajadores desocupados en dirección a las
ciudades. El subempleo rural se vuelca en el subempleo urbano. Crecen la
burocracia y las poblaciones marginales, donde van a parar, vertedero sin fondo,
los hombres despojados del derecho de trabajo. Las fábricas no brindan refugio a
la mano de obra excedente, pero la existencia de este vasto ejército de reserva
siempre disponible permite pagar salarios varias veces más bajos que los que
ganan los obreros norteamericanos o alemanes. Los salarios pueden continuar
siendo bajos aunque aumente la productividad, y la productividad aumenta a costa
de la disminución de la mano de obra. La industrialización «satelizada» tiene un
carácter excluyente: las masas se multiplican a ritmo de vértigo, en esta región
que ostenta el más alto índice de crecimiento demográfico del planeta, pero el
desarrollo del capitalismo dependiente –un viaje con más náufragos que
navegantes– margina mucha más gente que la que es capaz de integrar. La
proporción de trabajadores de la industrie manufacturera dentro del total de la
población activa latinoamericana disminuye en vez de aumentar: había un 14,5 %
de .trabajadores en la década del cincuenta; hoy sólo hay un once y medio por
ciento. En Brasil, según un estudio reciente, «el número total de nuevos empleos
que deberán crearse promediarán un millón y medio por año durante la próxima
década». Pero el total de trabajadores empleados por las fábricas de Brasil, el
país más industrializado de América Latina, suma, sin embargo apenas dos
millones y medio.
Es multitudinaria la invasión de los brazos provenientes de las zonas más pobres
de cada país; las ciudades excitan y defraudan las expectativas de trabajo de
familias enteras atraídas por la esperanza de elevar su nivel de vida y
conseguirse un sitio en el gran circo mágico de la civilización urbana.
Una escalera mecánica es la revelación del Paraíso, pero el deslumbramiento no
se come: la ciudad hace aún más pobres a los pobres, porque cruelmente les
exhibe espejismos de riquezas a las que nunca tendrán acceso, automóviles,
mansiones, máquinas poderosas como Dios y como el Diablo, y en cambio les niega
una ocupación segura y un techo decente bajo el cual cobijarse, platos llenos en
la mesa para cada mediodía. Un organismo de las Naciones Unidas estima que por
lo menos la cuarta parte de la población de las ciudades latinoamericanas habita
«asentamientos que escapan a las normas modernas de construcción urbana»,
extenso eufemismo de los técnicos para designar los tugurios conocidos como
favelas en Río de Janeiro, callampas en Santiago de Chile, jacales en México,
barrios en Caracas y barriadas en Lima, villas miseria en Buenos Aires y
cantegriles en Montevideo. En las viviendas de lata, barro y madera que brotan
antes de cada amanecer en los cinturones de las ciudades, se acumula la
población marginal arrojada a las ciudades por la miseria y la esperanza. Huaico
significa, en quechua, deslizamiento de tierra, y huaico llaman los peruanos a
la avalancha humana descargada desde la sierra sobre la capital en la costa:
casi el setenta por ciento de los habitantes de Lima proviene de las provincias.
En Caracas los llaman toderos, porque hacen de todo: los marginados viven de
«changas», mordisqueando trabajo de a pedacitos y de cuando en cuando, o cumplen
tareas s6rdidas o prohibidas: son sirvientas, picapedreros o albañiles
ocasionales, vendedores de limonada o de cualquier cosa, ocasionales
electricistas o sanitarios o pintores de paredes, mendigos, ladrones, cuidadores
de autos, brazos disponibles para lo que venga. Como los marginados crecen más
rápidamente que los «integrados», las Naciones Unidas presienten, en el estudio
citado, que de aquí a pocos años «los asentamientos irregulares albergarán a una
mayoría de la población urbana». Una mayoría de derrotados. Mientras tanto, el
sistema opta por esconder la basura bajo la alfombra. Va barriendo, a punta de
ametralladora, las favelas de los morros de la bahía y las villas miseria de la
capital federal; arroja a los marginados, por millares y millares, lejos de la
vista. Río de Janeiro y Buenos Aires escamotean el espectáculo de la miseria que
el sistema produce; pronto no se verá más que la masticación de la prosperidad,
pero no sus excrementos, en estas ciudades donde se dilapida la riqueza que
Brasil y Argentina, enteros, crean.
Dentro de cada país se reproduce el sistema internacional de dominio que cada
país padece. La concentración de la industria en determinadas zonas refleja la
concentración previa de la demanda en los grandes puertos o zonas exportadoras.
El ochenta por ciento de la industria brasileña está localizado en el triángulo
del sudeste –Sáo Paulo, Río de Janeiro y Belo Horizonte– mientras el nordeste
famélico tiene una participación cada vez menor en el producto industrial
nacional; dos tercios de la industria argentina están en Buenos Aires y Rosario;
Montevideo abarca las tres cuartas partes de la industria uruguaya, y otro tanto
ocurre con Santiago y Valparaíso en Chile; Lima y su puerto concentran el
sesenta por ciento de la industria peruana. El creciente atraso relativo de las
grandes áreas del interior, sumergidas en la pobreza, no se debe a su
aislamiento, como sostienen algunos, sino que, por el contrario, es el resultado
de la explotación, directa o indirecta, que sufren por parte de los viejos
centros coloniales convertidos, hoy, en centros Industriales. «Un siglo y medio
de historia nacional –proclama un líder sindical argentino– ha presenciado la
violación de todos los pactos solidarios, la quiebra de la fe jurada en los
himnos y las constituciones, el dominio de Buenos Aires sobre las provincias.
Ejércitos y aduanas, leyes hechas por pocos y soportadas por muchos, gobiernos
que con algunas excepciones han sido agentes del poder extranjero, edificaron
esta orgullosa metrópoli que acumula la riqueza y el poder. Pero si buscamos la
explicación de esa grandeza y la condena de ese orgullo, las hallaremos en los
yerbates misioneros, en los pueblos muertos de la Forestal, en la desesperación
de los ingenios tucumanos y las minas de Jujuy, en los puertos abandonados del
Paraná, en el éxodo de Berisso: todo un mapa de miseria rodeando un centro de
opulencia afirmado en el ejercicio de un dominio interno que ya no se puede
disimular ni consentir». En su estudio del desarrollo del subdesarrollo en
Brasil, André Gunder Frank observó que, siendo Brasil un satélite de los Estados
Unidos, dentro de Brasil el nordeste cumple a su vez una función satélite de la
«metrópoli interna» radicada en la zona sudeste. La polarización se hace visible
a través de rasgos numerosos: no sólo porque la inmensa mayoría de las
inversiones privadas y públicas se ha concentrado en Sáo Paulo, sino además
porque esta ciudad gigante se apropia también, por medio de un vasto embudo, de
los capitales generados por todo el país a través de un intercambio comercial
desventajoso, de una política arbitraria de precios, de escalas privilegiadas de
impuestos internos y de la apropiación en masa de cerebros y mano de obra
capacitada.
La industrialización dependiente agudiza la concentración de la renta, desde un
punto de vista regional y desde un punto de vista social. La riqueza que genera
no se irradia sobre el país entero ni sobre la sociedad entera, sino que
consolida los desniveles existentes e incluso los profundiza. Ni siquiera sus
propios obreros, los «integrados» cada vez menos numerosos, se benefician en
medida pareja del crecimiento industrial; son los estratos más altos de la
pirámide social los que recogen los frutos, amargos para muchos, de los aumentos
de la productividad. Entre 1955 y 1966, en Brasil, la industria mecánica, la de
materiales eléctricos, la de comunicaciones y la industria automotriz elevaron
su productividad en cerca de un ciento treinta por ciento, pero en ese mismo
período los salarios de los obreros por ellas ocupados sólo crecieron en valor
real, en un seis por ciento. América Latina ofrece brazos baratos: en 1961, el
salario-hora promedio en Estados Unidos se elevaba a dos dólares; en Argentina
era de 32 centavos y en Brasil de 28; en Colombia, 17; en México, 16; y en
Guatemala apenas llegaba a diez centavos. Desde entonces, la brecha creció. Para
ganar lo que un obrero francés percibe en una hora, el brasileño tiene que
trabajar, actualmente, dos días y medio. Con poco más de diez horas de servicio
el obrero estadounidense gana, en equivalencia, un mes de trabajo del carioca. Y
para recibir un salario superior al correspondiente a una jornada de ocho horas
del obrero de Río de Janeiro, es suficiente que el inglés y el alemán trabajen
menos de treinta minutos. El bajo nivel de salarios de América Latina solo se
traduce en precios bajos en los mercados internacionales, donde la región ofrece
sus materias primas a cotizaciones exiguas para que se beneficien los
consumidores de los países ricos; en los mercados internos, en cambio, donde la
industria desnacionalizada vende manufacturas, los precios son altos, para que
resulten altísimas las ganancias de las corporaciones imperialistas.
Todos los economistas coinciden en reconocer la importancia del crecimiento de
la demanda como catapulta del desarrollo industrial. En América Latina, la
industria, extranjerizada, no muestra el menor interés por ampliar, en extensión
y en profundidad, el mercado de masas que sólo podría crecer horizontal y
verticalmente si se impulsara la puesta en práctica de hondas transformaciones
en toda la estructura económico-social, lo que implicaría el estallido de
inconvenientes tormentas políticas. El poder de compra de la población
asalariada, ya intervenidos o aniquilados o domesticados los sindicatos de las
ciudades más industrializadas, no crece en medida suficiente, y tampoco bajan
los precios de los artículos industriales: ésta es una región gigantesca, con un
mercado potencial enorme y un mercado real reducido por la pobreza de sus
mayorías. Virtualmente, la producción de las grandes fábricas de automóviles o
refrigeradores se dirige al consumo de apenas un cinco por ciento de la
población latinoamericana. Apenas uno de cada cuatro brasileños puede
considerarse un consumidor real. Cuarenta y cinco millones de brasileños suman
la misma renta total que novecientos mil privilegiados ubicados en el otro
extremo de la escala social .
LA INTEGRACIÓN DE AMÉRICA LATINA BAJO LA BANDERA DE LAS BARRAS Y LAS ESTRELLAS
Hay ángeles que todavía creen que todos los países terminan al borde de sus
fronteras. Son los que afirman que los Estados Unidos poco o nada tienen que ver
con la integración latinoamericana, por la sencilla razón de que los Estados
Unidos no forman parte de la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio
(ALALC) ni del Mercado Común Centroamericano. Como quería el libertador Simón
Bolívar, dicen, esta integración no va más allá del límite que separa a México
de su poderoso vecino del norte. Quienes sustentan este criterio seráfico
olvidan, interesada amnesia, que una legión de piratas, mercaderes, banqueros,
marines, tecnócratas, boinas verdes, embajadores y capitanes de empresa
norteamericanos se han apoderado, a lo largo de una historia negra, de la vida y
el destino de la mayoría de los pueblos del sur, y que actualmente también la
industria de América Latina yace en el fondo del aparato digestivo del Imperio.
«Nuestra» unión hace «su» fuerza, en la medida en que los países, al no romper
previamente con los moldes del subdesarrollo y la dependencia, integran sus
respectivas servidumbres.
En la documentación oficial de la ALALC se suele exaltar la función del capital
privado en el desarrollo de la integración. Ya hemos visto, en los capítulos
anteriores, en qué manos está ese capital privado. A mediados de abril de 1969,
por ejemplo, se reunió en Asunción la Comisión Consultiva de Asuntos
Empresariales. Entre otras cosas, reafirmó «la orientación de la economía
latinoamericana, en el sentido de que la integración económica de la Zona ha de
lograrse con base en el desarrollo de la empresa privada fundamentalmente». Y
recomendó que los gobiernos establezcan una legislación común para la formación
de «empresas multinacionales, constituidas predominantemente [sic] por capitales
y empresarios de los países miembros». Todas las cerraduras se entregan al
ladrón: en la Conferencia de Presidentes de Punta del Este, en abril de 1967, se
llegó a propugnar, en la declaración final que el propio Lyndon Johnson cerró
con sello de oro, la creación de un mercado común de las acciones, una especie
de integración de las bolsas, para que desde cualquier lugar de América Latina
se puedan comprar empresas radicadas en cualquier punto de la región y se llega
más lejos en los documentos oficiales: hasta se recomienda lisa y llanamente la
desnacionalización de las empresas públicas. En abril de 1969, se realizó en
Montevideo la primera reunión sectorial de la industria de la carne en la ALALC:
resolvió «solicitar a los gobiernos... que estudien las medidas adecuadas para
lograr una progresiva transferencia de los frigoríficos estatales al sector
privado». Simultáneamente, el gobierno de Uruguay, uno de cuyos miembros había
presidido la reunión, pisó a fondo el acelerador en su política de sabotaje
contra el Frigorífico Nacional, de propiedad del Estado, en provecho de los
frigoríficos privados extranjeros.
El desarme arancelario. que va liberando gradualmente la circulación de
mercancías dentro del área de la ALALC, está destinado a reorganizar, en
beneficio de las grandes corporaciones multinacionales, la distribución de los
centros de producción y los mercados de América Latina. Reina la «economía de
escala»: en la primera fase, cumplida en estos últimos años, se ha perfeccionado
la extranjerización de las plataformas de lanzamiento -las ciudades
industrializadas- que habrán de proyectarse sobre el mercado regional en su
conjunto. Las empresas de Brasil más interesadas en la integración
latinoamericana son, precisamente, las empresas extranjeras, y sobre todo las
más poderosas. Más de la mitad de las corporaciones multinacionales, en su
mayoría norteamericanas, que contestaron una encuesta del Banco Interamericano
de Desarrollo en toda América Latina, estaban planificando o se proponían
planificar, en la segunda mitad de la década del 60, sus actividades para el
mercado ampliado de la ALALC, creando o robusteciendo, a tales efectos, sus
departamentos regionales . En septiembre de 1969, Henry Ford anunció, desde Río
de Janeiro, que deseaba incorporarse al proceso económico de Brasil, «porque la
situación está muy buena. Nuestra participación inicial consistió en la compra
de la Willys Overland do Brasil” según declaró en conferencia de prensa, y
afirmó que exportará vehículos brasileños para varios países de América Latina.
Caterpillar, “una firma que ha tratado siempre al mundo como a un solo mercado”,
dice Business International, no demoró en aprovechar las reducciones de tarifas
tan pronto como se fueron negociando, y en 1965 ya suministraba niveladoras y
repuestos de tractores, desde su planta de Sao Paulo, a varios países de América
del Sur. Con la misma celeridad, Union Carbide irradiaba productos de
electrotecnia sobre varios países latinoamericanos, desde su fábrica de México,
haciendo uso de las exoneraciones de derechos aduaneros, impuestos y depósitos
previos para los intercambios en el área de la ALALC.
Empobrecidos, incomunicados, descapitalizados y con gravísimos problemas de
estructura dentro de cada frontera, los países latinoamericanos abaten
progresivamente sus barreras económicas, financieras y fiscales para que los
monopolios, que todavía estrangulan a cada país por separado, puedan ampliar sus
movimientos y consolidar una nueva división del trabajo, en escala regional,
mediante la especialización de sus actividades por países y por ramas, la
fijación de dimensiones óptimas para sus empresas filiales, la reducción de los
costos, la eliminación de los competidores ajenos al área y la estabilización de
los mercados. Las filiales de las corporaciones multinacionales sólo pueden
apuntar a la conquista del mercado latinoamericano, en determinados rubros y
bajo determinadas condiciones que no afectan la política mundial trazada por sus
casas matrices. Como hemos visto en otro capítulo, la división internacional del
trabajo continúa funcionando, para América Latina, en los mismos términos de
siempre. Sólo se admiten novedades dentro de la región. En la reunión de Punta
del Este, los presidentes declararon que «la iniciativa privada extranjera podrá
cumplir una función importante para asegurar el logro de los objetivos de la
integración., y acordaron que el Banco Interamericano de Desarrollo aumentara
“los montos disponibles para créditos de exportación en el comercio
intralatinoamericano”.
La revista Fortune evaluaba en 1967 las «seductoras oportunidades nuevas» que el
mercado común latinoamericano abre a los negocios del norte: «En más de una sala
de directorio, el mercado común se está convirtiendo en un serio elemento para
los planes de futuro. Ford Motor do Brasil, que hace los Galaxies, piensa tejer
una linda red con la Ford de Argentina, que hace los Falcons, y alcanzar
economías de escala produciendo ambos automóviles para mayores mercados. Kodak,
que ahora fabrica papel fotográfico en Brasil, gustaría producir películas
exportables en México y cámaras y proyectores en Argentina. Y citaba otros
ejemplos de «racionalización de la producción y extensión del área de
operaciones de otras corporaciones, como l. T .T ., General Electric, Remington
Rand, Otis Elevator, Worthington, Firestone, Deere, Westinghouse y American
Machine and Foundry. Hace nueve años, Raúl Prebisch, vigoroso abogado de la
ALALC, escribía: “Otro argumento que escucho con frecuencia desde México hasta
Buenos Aires, pasando por San Pablo y Santiago, es que el mercado común va a
ofrecer a la industria extranjera oportunidades de expansión que hoy día no
tiene en nuestros mercados limitados... Existe el temor de que las ventajas del
mercado común se aprovechen principalmente por esa industria extranjera y no por
las industrias nacionales... Compartí ese temor, y lo comparto, no por mera
imaginación, sino porque he comprobado en la práctica la realidad de ese
hecho...”. Esta comprobación no le impidió suscribir, algún tiempo después, un
documento en el que se afirma que «al capital extranjero corresponde, sin duda,
un papel importante en el desarrollo de nuestras economías, a propósito de la
integración en marcha, proponiendo la constitución de sociedades mixtas en las
que «el empresario latinoamericano participe eficaz y equitativamente.
¿Equitativamente? Hay que salvaguardar, es cierto, la igualdad de oportunidades.
Bien decía Anatole France que la ley, en su majestuosa igualdad, prohíbe tanto
al rico como al pobre dormir bajo los puentes, mendigar en las calles y robar
pan. Pero ocurre que en este planeta y en este tiempo una sola empresa, la
General Motors, ocupa tantos trabajadores como todos los que forman la población
activa de Uruguay, y gana en un solo año una cantidad de dinero cuatro veces
mayor que el íntegro producto nacional bruto de Bolivia.
Las corporaciones conocen ya, por anteriores experiencias de integración, las
ventajas de actuar como insiders en el desarrollo capitalista de otras comarcas.
No en vano el total de las ventas de las filiales norteamericanas diseminadas
por d mundo es seis veces mayor que él valor de las exportaciones de los Estados
Unidos. En América Latina, como en otras regiones, no rigen las incómodas leyes
antitrusts de los Estados Unidos. Aquí los países se convierten, con plena
impunidad, en seudónimos de las empresas extranjeras que los dominan. El primer
acuerdo de complementación en la ALALC fue firmado, en agosto de 1962, por
Argentina, Brasil, Chile y Uruguay; pero en realidad fue firmado entre la IBM,
la IBM, la IBM y la IBM. El acuerdo eliminaba derechos de importación para el
comercio de maquinarias estadísticas y sus componentes entre los cuatro países,
a la par que alzaba los gravámenes a la importación de esas maquinarias desde
fuera del área la IBM World Trade “sugirió a los gobiernos que si eliminaban los
derechos para comerciar entre sí construiría plantas en Brasil y Argentina”. Al
segundo acuerdo, firmado entre los mismos países, se agregó México: fueron la
RCA y la Philips of Eindhoven quienes promovieron la exoneración para el
intercambio de equipos destinados a radio y televisión y así sucesivamente. En
la primavera de 1969, el noveno acuerdo consagró la división del mercado
latinoamericano de equipos de generación, trasmisión y distribución de
electricidad, entre la Union Carbide, la General Electric y la Siemens. El
Mercado Común Centroamericano, por su parte, esfuerzo de conjunción de las
economías raquíticas y deformes de cinco países, no ha servido más que para
derribar de un soplo a los débiles productores nacionales de telas, pinturas,
medicinas, cosméticos o galletas, y para aumentar las ganancias y la órbita de
negocios de la General Tire and Rubber Co., Procter and Gamble, Grace and Co.,
Colgate Palmolive, Sterling Products o National Biscuits, La liberación de
derechos aduaneros ha corrido .también pareja, en Centroamérica, con la
elevación de las barreras contra la competencia extranjera externa (por decirlo
de alguna manera), de modo que las empresas extranjeras internas puedan vender
más caro y con mayores beneficios: «Los subsidios recibidos a través de la
protección tarifarias exceden el valor total agregado por el proceso doméstico
de producción, concluye Roger Hansen.
Las empresas extranjeras tienen, como nadie, sentido de las proporciones. Las
proporciones propias y las ajenas. ¿Qué sentido tendría instalar en Uruguay, por
ejemplo, o en Bolivia, Paraguayo Ecuador, con sus mercados minúsculos, una gran
planta de automóviles, altos hornos siderúrgicos o una fábrica importante de
productos químicos? Son otros los trampolines elegidos, en función de las
dimensiones de los mercados internos y de las potencialidades de su crecimiento.
FUNSA, la fábrica uruguaya de neumáticos, depende en gran medida de la
Firestone, pero son las filiales de la Firestone en Brasil y en Argentina las
que se expanden con vistas a la integración. Se frena el ascenso de la empresa
instalada en Uruguay, aplicando el mismo criterio que determina que la Olivetti,
la empresa italiana invadida por la General Electric, elabore sus máquinas de
escribir en Brasil y sus máquinas de calcular en argentina. «La asignación
eficiente de recursos requiere un desarrollo desigual de las diferentes partes
de un país o región», sostiene Rosenstein-Rodan, y la integración
latinoamericana tendrá también sus nordestes y sus polos de desarrollo. En el
balance de los ocho años de vida del Tratado de Montevideo que dio origen a la
ALALC, el delegado uruguayo denunció que «las diferencias en los grados de
desarrollo económico [entre los diversos países] tienden a agudizarse, porque el
mero incremento del comercio en un intercambio de concesiones recíprocas sólo
puede aumentar la desigualdad preexistente entre los polos del privilegio y las
áreas sumergidas. El embajador de Paraguay, por su parte, se quejó en términos
parecidos: afirmó que los países débiles absurdamente subvencionan el desarrollo
industrial de los países más avanzados de la Zona de Libre Comercio, absorbiendo
sus altos costos internos a través de la desgravación arancelaria y dijo que
dentro de la ALALC el deterioro de los términos de intercambio castiga a su país
tan duramente como fuera de ella: “Por cada tonelada de productos importados de
la Zona, el Paraguay paga con dos”. La realidad, afirmó el representante de
Ecuador, «está dada por once países en distintos grados de desarrollo, lo que se
traduce en mayores o menores capacidades para aprovechar el área del comercio
liberado y conduce a una polarización en beneficios y perjuicios... ». El
embajador de Colombia extrajo «la única conclusión: el programa de liberación
beneficia en una desproporción protuberante a los tres países grandes» . A
medida que la integración progrese, los países pequeños irán renunciando .sus
ingresos aduaneros -que en Paraguay financian la mitad del presupuesto nacional-
a cambio de la dudosa ventaja de recibir, por ejemplo, desde Sáo Paulo, Buenos
Aires o México, automóviles fabricados por las mismas empresa que aún los venden
desde Detroit, Wolfsburg o Milán a la mitad de precio. Esta es la certidumbre
que alienta por debajo de las fricciones que el proceso de integración provoca
en medida creciente. La exitosa aparición del Pacto Andino, que congrega a las
naciones del Pacifico, es uno de los resultados de la visible hegemonía de los
tres grandes en el marco ampliado de la ALALC: los pequeños intentan unirse
aparte. Pero pese a todas las dificultades, por espinosas que parezcan, los
mercados se extienden a medida que los satélites van incorporando nuevos
satélites a su órbita de poder dependiente. Bajo la dictadura militar de Castelo
Branco, Brasil firmó un acuerdo de garantías para las inversiones extranjeras,
que descarga sobre el Estado los riesgos y las desventajas de cada negocio.
Resultó muy significativo que el funcionario que había concertado el convenio
defendiera sus humillantes condiciones ante el Congreso, afirmando que, «en un
futuro cercano, Brasil estará invirtiendo capitales en Bolivia, Paraguayo Chile
y entonces necesitará de acuerdos de este tipo .
En el seno de los gobiernos que sucedieron al golpe de Estado de 1964, se ha
afirmado, en efecto, una tendencia que atribuye a Brasil una función
«subimperialista» sobre sus vecinos. Un elenco militar de muy importante
gravitación postula a su país como el gran administrador de los intereses
norteamericanos en la región, y llama a Brasil a ejercer, en el sur, una
hegemonía semejante a la que, frente a los Estado Unidos, el propio Brasil
padece. El general Golbery do Cauto e Silva invoca, en este sentido, otro
«Destino manifiesto» este ideólogo del «sub-imperialismo» escribía en 1952,
refiriéndose a ese «Destino manifiesto»: «Tanto más, cuando él no roza, en el
Caribe, con el de nuestros hermanos mayores del norte. El general do Couto e
Silva es el actual presidente de la Dow Olemical en Brasil. La deseada
estructura del subdominio cuenta, por cierto, con abundantes antecedentes
históricos, que van desde el aniquilamiento de Paraguay en nombre de la banca
británica, a partir de la guerra de 1865, hasta el envío de tropas brasileñas a
encabezar la operación solidaria con la invasión de los marines, en Santo
Domingo, exactamente un siglo después.
En estos últimos años ha recrudecido en gran medida la competencia entre los
gerentes de los grandes intereses imperialistas, instalados en los gobiernos de
Brasil y de Argentina, en torno al agitado problema de la lideranza continental.
Todo indica que Argentina no está en condiciones de resistir el poderoso desafío
brasileño: Brasil tiene el doble de superficie y una población cuatro veces
mayor, es casi tres veces más amplia su producción de acero, fabrica el doble de
cemento y genera más del doble de energía; la tasa de renovación de su flota
mercante es quince veces más alta. Ha registrado, además, un ritmo de
crecimiento económico bastante más acelerado que el de Argentina, durante las
dos últimas décadas. Hasta no hace mucho, Argentina producía más automóviles y
camiones que Brasil. A los ritmos actuales, en 1975 la industria automotriz
brasileña será tres veces mayor que la argentina. La flota marítima, que en 1966
era igual a la argentina, equivaldrá a la de toda América Latina reunida: El
Brasil ofrece a la inversión extranjera la magnitud de su mercado potencial, sus
fabulosas riquezas naturales, el gran valor estratégico de su territorio, que
limita con todos los países sudamericanos menos Ecuador y Chile, y todas las
condiciones para que las empresas norteamericanas radicadas en su suelo avancen
con botas de siete leguas: Brasil dispone de brazos más baratos y más abundantes
que su rival. No por casualidad, la tercera parte de los productos elaborados y
semielaborados que se venden dentro de la ALALC proviene de Brasil. Este es el
país llamado a constituir el eje de la liberación o de la servidumbre de toda
América Latina. Quizá el senador norteamericano Fulbright no tuvo conciencia
cabal del alcance de sus palabras cuando en 1965 atribuyó a Brasil, en
declaraciones públicas, la misión de dirigir el mercado común de América Latina.
«NUNCA SEREMOS DICHOSOS, ¡NUNCA!» HABÍA PROFETIZADO SIMÓN BOLIVAR
Para que el imperialismo norteamericano pueda, hoy día, integrar para reinar en
América Latina, fue necesario que ayer el Imperio británico contribuyera a
dividimos con los mismos fines. Un archipiélago de países, desconectados entre
sí, nació como consecuencia de la frustración de nuestra unidad nacional. Cuando
los pueblos en armas conquistaron la independencia, América Latina aparecía en
el escenario histórico enlazada por las tradiciones comunes de sus diversas
comarcas, exhibía una unidad territorial sin fisuras y hablaba fundamentalmente
dos idiomas del mismo origen, el español y el portugués. Pero nos faltaba, como
señala Trías, una de las condiciones esenciales para constituir una gran nación
única: nos faltaba la comunidad económica.
Los polos de prosperidad que florecían para dar respuesta a las necesidades
europeas de metales y alimentos no estaban vinculados entre sí: las varillas del
abanico tenían su vértice al otro lado del mar. Los hombres y los capitales se
desplazaban al vaivén de la suerte del oro o del azúcar, de la plata o del añil,
y sólo los puertos y las capitales, sanguijuelas de las regiones productivas,
teman existencia permanente. América Latina nada como un solo espacio en la
imaginación y la esperanza de Simón Bolívar, José Artigas y José de San Martín,
pero estaba rota de antemano por las deformaciones básicas del sistema colonial.
Las oligarquías portuarias consolidaron, a través del comercio libre, esta
estructura de la fragmentación, que era su fuente de ganancias: aquellos
traficantes ilustrados no podían incubar la unidad nacional que la burguesía
encarnó en Europa y en Estados Unidos. Los ingleses, herederos de España y
Portugal desde tiempo antes de la independencia, perfeccionaron esa estructura
todo a lo largo del siglo pasado, por medio de las intrigas de guante blanco de
los diplomáticos, la fuerza de extorsión de los banqueros y la capacidad de
seducción de los comerciantes. “Para nosotros, la patria es América”, habla
proclamado Bolívar: la Gran Colombia se dividió en cinco países y el libertador
murió derrotado: “Nunca seremos dichosos, ¡nunca!” dijo al general Urdaneta.
Traicionados por Buenos Aires, San Martín se despojó de las insignias del mando
y Antigas, que llamaba americanos a sus soldados, se marchó a morir al solitario
exilio de Paraguay: el Virreinato del Río de la Plata se había partido en
cuatro. Francisco de Morazán, creador de la república federal de Centroamérica,
murió fusilado , y la cintura de América se fragmentó en cinco pedazos a los que
luego se sumaria Panamá, desprendida de Colombia por Teddy Roosevelt.
El resultado está a la vista: en la actualidad, cualquiera de las corporaciones
multinacionales opera con mayor coherencia y sentido de unidad que este conjunto
de islas que es América Latina, desgarrada por tantas fronteras y tantas
incomunicaciones. ¿Qué integración pueden realizar, entre si, países que ni si
quiera se han integrado por dentro? Cada país padece hondas fracturas en su
propio seno, agudas divisiones sociales y tensiones no resueltas entre sus
vastos desiertos marginales y sus oasis urbanos. El drama se reproduce en escala
regional. Los ferrocarriles y los caminos, creados para trasladar la producción
al extranjero por las rutas más directas, constituyen todavía la prueba
irrefutable de la impotencia o de la incapacidad de América latina para dar vida
al proyecto nacional de sus héroes más lúcidos. Brasil carece de conexiones
terrestres permanentes con tres de sus vecinos, Colombia, Perú y Venezuela, y
las ciudades del Atlántico no tienen comunicación cablegráfica directa con las
ciudades del Pacífico, de tal manera que los telegramas entre Buenos Aires y
Lima o Río de Janeiro y Bogotá pasan inevitablemente por Nueva York; otro tanto
sucede con las líneas telefónicas entre el Caribe y el sur. Los países
latinoamericanos continúan identificándose cada cual con su propio puerto,
negación de sus raíces y de su identidad real, a tal punto que la casi totalidad
de los productos del comercio intrarregional se transportan por mar: los
transportes interiores virtualmente no existen. Pero ocurre, en este sentido,
que el cártel mundial de los fletes fija las tarifas y los itinerarios según su
paladar, y América Latina se limita a padecer las tarifas exorbitantes y las
rutas absurdas. De las 118 líneas navieras regulares que operan en la región,
únicamente hay diecisiete de banderas regionales; los fletes sangran la economía
latinoamericana en mil millones de dólares por año. Así, las mercancías enviadas
desde Porto Alegre a Montevideo llegan más rápido a destino si pasan antes por
Hamburgo, y otro tanto ocurre con la lana uruguaya en viaje a Estados Unidos, el
flete de Buenos Aires a un puerto mexicano del golfo disminuye en más de la
cuarta parte si el tráfico se realiza a través de Southampton. El transporte de
madera desde México a Venezuela cuesta más del doble que el transporte de madera
desde Finlandia a Venezuela, aunque México está, según los mapas, mucho más
cerca. Un envío directo de productos químicos desde Buenos Aires hasta Tampico,
en México, cuesta mucho más caro que si se realiza por Nueva Orleans.
Muy distinto destino se propusieron y conquistaron, por cierto, los Estados
Unidos. Siete años después de su independencia, ya las trece colonias habían
duplicado su superficie, que se extendió más allá de los Aleganios hasta las
riberas del Mississippi, y cuatro años más tarde consagraron su unidad creando
el mercado único. En 1803, compraron a Francia, por un precio ridículo, el
territorio de Louisiana, con lo que volvieron a multiplicar por dos su
territorio. Más tarde fue el turno de Florida y, a mediados de siglo, la
invasión y amputación de medio México en nombre del «Destino manifiesto».
Después, la compra de Alaska, la usurpación de Hawaii, Puerto Rico y las
Filipinas.
Las colonias se hicieron nación y la nación se hizo imperio, todo a lo largo de
la puesta en práctica de objetivos claramente expresados y perseguidos desde los
lejanos tiempos de los padres fundadores. Mientras el norte de América crecía,
desarrollándose hacia adentro de sus fronteras en expansión, el sur,
desarrollado hacia afuera, estallaba en pedazos como una granada.
El actual proceso de integración no nos reencuentra con nuestro origen ni nos
aproxima a nuestras metas. Ya Bolívar habla afirmado, certera profecía, que los
Estados Unidos parecían destinados por la Providencia para plagar América de
miserias en nombre de la libertad. No han de ser la General Motor y la IBM las
que tendrán la gentileza de levantar, en lugar de nosotros, las viejas banderas
de unidad y emancipación caídas en la pelea, ni han de ser los traidores
contemporáneos quienes realicen, hoy, la redención de los héroes ayer
traicionados. Es mucha la podredumbre para arrojar al fondo del mar en el camino
de la reconstrucción de América Latina. Los despojados, los humillados, los
malditos tienen, ellos sí, en sus manos, la tarea. La causa nacional
latinoamericana es, ante todo, una causa social: para que América Latina pueda
nacer de nuevo, habrá que empezar por derribar a sus dueños, país por país. Se
abren tiempos de rebelión y de cambio. Hay quienes creen que el destino descansa
en las rodillas de los dioses, pero la verdad es que trabaja, como un desafío
candente, sobre las conciencias de los hombres.
Montevideo, fines de 1970.
[EN PROTECCION DE LOS DERECHOS DE AUTOR FINALIZA EL FRAGMENTO DE LAS VENAS ABIERTAS DE AMERICA LATINA]