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Diez años que desangraron a Colombia
Allá por los años cuarenta, el prestigioso economista colombiano Luis Eduardo
Nieto Arteta escribió una apología del café. El café había logrado lo que nunca
consiguieron, en los anteriores ciclos económicos del país, las minas ni el
tabaco, ni el añil ni la quina: dar nacimiento a un orden maduro y progresista.
Las fábricas textiles y otras industrias livianas habían nacido, y no por
casualidad, en los departamentos productores de café: Antoquia, Caldas, Valle
del Cauca, Cundimarca. Una democracia de pequeños productores agrícolas,
dedicados al café, había convertido a los colombianos en «hombres moderados y
sobrios». «El supuesto más vigoroso –decía-, para la normalidad en el
funcionamiento de la vida política colombiana ha sido la consecución de una
peculiar estabilidad económica. El café la ha producido, y con ella el sosiego y
la mesura».
Poco tiempo después, estalló la violencia. En realidad, los elogios al café no
habían interrumpido, como por arte de magia, la larga historia de revueltas y
represiones sanguinarias en Colombia. Esta vez, durante diez años, entre 1948 y
1957, la guerra campesina abarcó los minifundios y los latifundios, los
desiertos y los sembradíos, los valles y las selvas y los páramos andinos,
empujó al éxodo a comunidades enteras, generó guerrillas revolucionarias y
bandas de criminales y convirtió al país entero en un cementerio: se estima que
dejó un saldo de ciento ochenta mil muertos.
El baño de sangre coincidió con un período de euforia económica para la clase
dominante: ¿es lícito confundir la prosperidad de una clase como el bienestar de
un país? La violencia había empezado como un enfrentamiento entre liberales y
conservadores, pero la dinámica del odio de clases fue acentuando cada vez más
su carácter de lucha social. Jorge Eliécer Gaitán, el caudillo liberal a quien
la oligarquía de su propio partido, entre despectiva y temerosa, llamaba «el
lobo» o «el Badulaque», había ganado un formidable prestigio popular y amenazaba
el orden establecido; cuando lo asesinaron a tiros, se desencadenó el huracán.
Primero fue una marea humana incontenible en las calles de la capital, el
espontáneo «bogotazo», y en seguida la violencia derivó al campo, donde, desde
hacía un tiempo, ya las bandas organizadas por los conservadores venían
sembrando el terror. El odio largamente masticado por los campesinos hizo
explosión, y mientras el gobierno enviaba policías y soldados a cortar
testículos, abrir los vientres de las mujeres embarazadas o arrojar a los niños
al aire para ensartarlos a puntas de bayoneta bajo la consigna de «no dejar ni
la semilla», los doctores del Partido Liberal se recluían en sus casas sin
alterar los buenos modales ni el tono caballeresco de sus manifiestos o, en el
peor de los casos, viajaban al exilio. Fueron los campesinos quienes pusieron
los muertos. La guerra alcanzó extremos de increíble crueldad, impulsada por un
afán de venganza que crecía con la guerra misma. Surgieron nuevos estilos de la
muerte: en el «corte corbata», la lengua quedaba colgando desde el pescuezo. Se
sucedían las violaciones, los incendios, los saqueos; los hombres eran
descuartizados o quemados vivos, desollados o partidos lentamente en pedazos;
los batallones arrasaban las aldeas y las plantaciones; los ríos quedaban
teñidos de rojo; los bandoleros otorgaban el permiso de vivir a cambio de
tributos en dinero o cargamentos de café y las fuerzas represivas expulsaban y
perseguían a innumerables familias que huían a las montañas a buscar refugio: en
los bosques, parían las mujeres. Los primeros jefes guerrilleros, animados por
la necesidad de revancha pero sin horizontes políticos claros, se lanzaban a la
destrucción por la desnutrición, el deshogo a sangre y fuego sin otros
objetivos. Los nombres de los protagonistas de la violencia (Teniente Gorila,
Malasombra, El Cóndor, Piel roja, El Vampiro, Avenegra, El Terror del Llano) no
sugieren una epopeya de la revolución. Pero el acento de rebelión social se
imprimía hasta en las coplas que cantaban las bandas:
Yo soy campesino puro
y no empecé la pelea
pero si me buscan ruido
la bailan con la más fea.
Y en definitiva, el terror indiscriminado había aparecido también, mezclado con
las reivindicaciones de justicia, en la revolución mexicana de Emiliano Zapata y
Pancho Villa. En Colombia la rabia estallaba de cualquier manera, pero no es
casual que de aquella década de violencia nacieran las posteriores guerrillas
políticas que, levantando las banderas de la revolución social, llegaron a
ocupar y controlar extensas zonas del país. Los campesinos, asediados por la
represión, emigraron a las montañas y allí organizaron el trabajo agrícola y la
autodefensa. Las llamadas «repúblicas independientes» continuaron ofreciendo
refugio a los perseguidos después de que los conservadores y los liberales
firmaron, en Madrid, le pacto de la paz. Los dirigentes de ambos partidos, en un
clima de brindis y palomas, resolvieron turnarse sucesivamente en el poder en
aras de la concordia nacional y entonces comenzaron, ya de común acuerdo, la
faena de la «limpieza» contra los focos de perturbación del sistema. En una sola
de las operaciones, para abatir a los rebeldes de Marquetalia, se dispararon un
millón y medio de proyectiles, se arrojaron veinte mil bombas y se movilizaron,
por tierra y por aire, dieciséis mil soldados.
En plena violencia había un oficial que decía: «A mí no me traigan cuentos.
Tráiganme orejas» el sadismo de la represión y la ferocidad de la guerra
¿podrían explicarse por razones clínicas? ¿Fueron el resultado de la maldad
natural de sus protagonistas?
Un hombre que cortó las manos de un sacerdote, prendió fuego a su cuerpo y a su
casa y luego lo despedazó y lo arrojó a un caño, gritaba, cuando ya la guerra
había terminado: «Yo no soy culpable. Yo no soy culpable. Déjenme solo» Había
perdido la razón, pero en cierto modo la tenía: el horror de la violencia no
hizo más que poner de manifiesto el horror del sistema. Porque el café no trajo
consigo la felicidad y la armonía, como había profetizado Nieto Arteta. Es
verdad que gracias al café se activó la navegación del Magdalena y nacieron
líneas de ferrocarril y carreteras y se acumularon capitales que dieron origen a
ciertas industrias, pero el orden oligárquico interno y la dependencia económica
ante los centros extranjeros de poder no solo resultaron vulnerados por el
proceso ascendente del café, sino que, por el contrario, se hicieron
infinitamente más agobiantes para los colombianos. Cuando la década de la
violencia llegaba a su fin, las Naciones Unidas publicaban los resultados de su
encuesta sobre la nutrición en Colombia. Desde entonces la situación no ha
mejorado en absoluto: un 88 por ciento de los escolares de Bogotá padecía
avitaminosis, un 78 por ciento sufría arriboflavinosis y más de la mitad tenía
un peso por debajo de lo normal; entre los obreros, la avitaminosis castigaba al
71 por ciento y entre los campesinos del valle de Tensa, al 78 por ciento.
La encuesta mostró «una marcada insuficiencia de alimentos protectores –leche y
sus derivados, huevos, carne, pescado, y algunas frutas y hortalizas- que
aportan conjuntamente proteínas, vitaminas y sales».
No solo a la luz de los fogonazos de las balas se revela una tragedia social.
Las estadísticas indican que Colombia ostenta un índice de homicidios siete
veces mayor que el de los Estados Unidos, pero también indican que la cuarta
parte de los colombianos en edad activa carece de trabajo fijo. Doscientas
cincuenta mil personas se asoman cada año al mercado laboral; la industria no
genera nuevos empleos y en el campo la estructura de latifundios y minifundios
tampoco necesita más brazos: por el contrario, expulsa sin cesar nuevos
desocupados hacia los suburbios de las ciudades. Hay en Colombia más de un
millón de niños sin escuela.
Ello no impide que el sistema se dé el lujo de mantener cuarenta y una
universidades diferentes, públicas o privadas, cada una con sus diversas
facultades y departamentos, para la educación de los hijos de la élite y de la
minoritaria clase media .
La varita mágica del mercado mundial despierta a Centroamérica.
Las tierras de la franja centroamericana llegaron a la mitad del siglo pasado
sin que se les hubiera inflingido mayores molestias. Además de los alimentos
destinados al consumo, América Central producía la grana y el añil, con pocos
capitales, escasa mano de obra y preocupaciones mínimas. La grana, insecto que
nacía y crecía sobre la espinosa superficie de los nopales, disfrutaba, como el
añil, de una sostenida demanda en la industria textil europea. Ambos colorantes
naturales murieron de muerte sintética cuando, hacia 1850, los químicos alemanes
inventaron las anilinas y otras tintas más baratas para teñir las telas. Treinta
años después de esta victoria de los laboratorios sobre la naturaleza, llegó el
turno del café. Centroamérica se transformó. De sus plantaciones recién nacidas
provenía, hacia 1880, poco menos de la sexta parte de la producción mundial de
café. Fue a través de este producto como la región quedó definitivamente
incorporada al mercado internacional.
A los compradores ingleses sucedieron los alemanes y los norteamericanos; los
consumidores extranjeros dieron vida a una burguesía nativa del café, que
irrumpió en el poder político, a través de la revolución liberal de Justo Rufino
Barrios, a principios de la década de 1870. la especialización agrícola desde
fuera, despertó el furor de la apropiación de tierras y de hombres: el
latifundio actual nació, en Centroamérica, bajo las banderas de la libertad de
trabajo.
Así pasaron a manos privadas grandes extensiones baldías, que pertenecían a
nadie o a la iglesia o al Estado y tuvo lugar el frenético despojo de las
comunidades indígenas. A los campesinos que se negaban a vender tierras se los
enganchaba, por la fuerza, en el ejército; las plantaciones se convirtieron en
pudrideros de indios; resucitaron los mandamientos coloniales, el reclutamiento
forzoso de mano de obra y las leyes contra la vagancia. Los trabajadores
fugitivos eran perseguidos a tiros; los gobiernos liberales modernizaban las
relaciones de trabajo instituyendo el salario, pero los asalariados se
convertían en propiedad de los flamantes empresarios del café. En ningún
momento, todo a lo largo del siglo transcurrido desde entonces, los períodos de
altos precios se hicieron notar sobre el nivel de los salarios, que continuaron
siendo retribuciones de hambre sin que las mejores cotizaciones del café se
tradujeran nunca en aumentos. Este fue uno de los factores que impidieron el
desarrollo de un mercado interno de consumo en los países centroamericanos. Como
en todas partes, el cultivo del café desalentó, en su expansión sin frenos, la
agricultura de alimentos destinados al mercado interno. También estos países
fueron condenados a padecer una crónica escasez de arroz, frijoles, maíz, trigo
y carne. Apenas sobrevivió una miserable agricultura de subsistencia, en las
tierras altas y quebradas donde el latifundio acorraló a los indígenas al
apropiarse de las tierras bajas de mayor fertilidad. En las montañas, cultivando
en minúsculas parcelas el maíz y los frijoles imprescindibles para no caerse
muertos, viven durante una parte del año los indígenas que brindan sus brazos,
durante las cosechas, a las plantaciones. Estas son las reservas de mano de obra
del mercado mundial. La situación no ha cambiado: el latifundio y el minifundio
constituyen, juntos, la unidad de un sistema que se apoya sobre la despiadada
explotación de la mano de obra nativa. En general, y muy especialmente en
Guatemala, esta estructura de apropiación de la fuerza de trabajo aparece
identificada con todo un sistema del desprecio racial: los indios padecen el
colonialismo interno de los blancos y los mestizos, ideológicamente bendito por
la cultura dominante, del mismo modo que los países centroamericanos sufren el
colonialismo extranjero.
Desde principios de siglo aparecieron también, en Honduras, Guatemala y Costa
Rica, los enclaves bananeros. Para trasladar el café a los puertos, habían
nacido ya algunas líneas de ferrocarril financiadas por el capital nacional. Las
empresas norteamericanas se apoderaron de esos ferrocarriles y crearon otros,
exclusivamente para el transporte del banano desde sus plantaciones, al tiempo
que implantaban el monopolio de los servicios de luz eléctrica, correos,
telégrafos, teléfonos y, servicio público no menos importante, también el
monopolio de la política: en Honduras, «una mula cuesta más que un diputado» y
en toda Centroamérica los embajadores de Estados Unidos presiden más que los
presidentes. La United Fruit Co. deglutió a sus competidores en la producción y
venta de bananas, se transformó en la principal latifundista de Centroamérica, y
sus filiales acapararon el transporte ferroviario y marítimo; se hizo dueña de
los puertos, y dispuso de aduana y policía propias. El dólar se convirtió, de
hecho, en la moneda nacional centroamericana.
Los filibusteros al abordaje.
En la concepción geopolítica del imperialismo, América Central no es más que un
apéndice natural de los Estados Unidos. Ni siquiera Abraham Lincoln, que también
pensó en anexar sus territorios, pudo escapar a los dictados del «destino
manifiesto» de la gran potencia sobre sus áreas contiguas.
A mediados del siglo pasado, el filibustero William Walker, que operaba en
nombre de los banqueros Morgan y Garrison, invadió Centroamérica al frente de
una banda de asesinos que se llamaban a sí mismos «la falange americana de los
inmortales». Con el respaldo oficioso del gobierno de los Estados Unidos, Walker
robó, mató, incendió y se proclamó presidente, en expediciones sucesivas, de
Nicaragua, El Salvador y Honduras.
Reimplantó la esclavitud en los territorios que sufrieron su devastadora
ocupación, continuando, así, la obra filantrópica de su país en los estados que
habían sido usurpados, poco antes, a México.
A su regreso fue recibido en los Estados Unidos como héroe nacional. Desde
entonces se sucedieron las invasiones, las intervenciones, los bombardeos, los
empréstitos obligatorios y los tratados firmados al pie de cañón. En 1912 el
presidente William H. Taft afirmaba: «No está lejano el día en que tres banderas
de barras y estrellas señalen en tres sitios equidistantes la extensión de
nuestro territorio: una en el Polo Norte, otra en el canal de Panamá y la
tercera en el Polo Sur. Todo el hemisferio será nuestro, de hecho, como, en
virtud de nuestra superioridad racial, ya es nuestro moralmente. Taft decía que
el recto camino de la justicia en la política externa de los Estados Unidos «no
incluye en modo alguno una actividad intervención para asegurar a nuestras
mercancías y a nuestros capitalistas facilidades para las inversiones y a
nuestros capitalistas facilidades para las inversiones beneficiosas». Por la
misma época, el ex presidente Teddy Roosevelt recordaba en voz alta su exitosa
amputación de tierra a Colombia: «I took the Canal», decía el flamante Premio
Nobel de la Paz, mientras contaba cómo había independizado a Panamá. Colombia
recibiría, poco después, una indemnización de veintiocho millones de dólares:
era el precio de un país, nacido para que los Estados Unidos dispusieran de una
vía de comunicación entre ambos océanos.
Las empresas se apoderaban de tierras, aduanas, tesoros y gobiernos: los marines
desembarcaban por todas partes para «proteger la vida y los intereses de los
ciudadanos norteamericanos», coartada igual a la que utilizarían, en 1965, para
borrar con agua bendita las huellas del crimen de la Dominicana. La bandera
envolvía otras mercaderías. El comandante Smedley D. Butler, que encabezó muchas
de las expediciones, resumía así su propia actividad, en 1935, ya retirado: «Me
he pasado treinta y tres años y cuatro meses en el servicio activo, como miembro
de la más ágil fuerza militar de este país: el Cuerpo de Infantería de Marina.
Serví en todas las jerarquías, desde teniente segundo hasta general de división.
Y durante todo ese período me pasé la mayor parte del tiempo en funciones de
pistolero de primera clase para los Grandes Negocios, para Wall Street y los
banqueros. En una palabra, fui un pistolero de primera clase... Así, por
ejemplo, en 1914 ayudé a hacer que México y en especial Tampico, resultasen una
presa fácil para los intereses petroleros norteamericanos. Ayudé a hacer que
Haití y Cuba fuesen lugares decentes para el cobro de rentas por parte del
National City Bank... En 1909 – 1912 ayudé a purificar a Nicaragua para la casa
bancaria internacional de Brown Brothers. En 1916 llevé la luz a la Republica
Dominicana, en nombre de los intereses azucareros norteamericanos. En 1930 ayudé
a “pacificar” a Honduras en beneficio de las compañías fruteras
norteamericanas». En los primeros años del siglo, el filósofo William James
había dictado una sentencia poco conocida: «El país ha vomitado de una vez y
para siempre la Declaración de Independencia... »
Por no poner más que un ejemplo, los Estados Unidos ocuparon Haití durante
veinte años y allí, en ese país negro que había sido el escenario de la primera
revuelta victoriosa de esclavos, introdujeron la segregación racial y el régimen
de trabajos forzados, mataron mil quinientos obreros en una de sus operaciones
de represión (según la investigación del Senado norteamericano en 1922) y,
cuando el gobierno local se negó a convertir el Banco Nacional en un sucursal
del National City Bank de Nueva York, suspendieron el pago de sus sueldos al
presidente y a sus ministros, para que recapacitaran.
Historias semejantes se repetían en las demás islas del Caribe y en toda América
Central, el espacio geopolítico de Mare Nostrum del Imperio, al ritmo alternado
del big stick o de «la diplomacia del dólar».
El Corán menciona al plátano entre los árboles del paraíso, pero la humanización
de Guatemala, Honduras, Costa Rica, panamá, Colombia y Ecuador permite sospechar
que se trata de un árbol del infierno. En Colombia, la United Fruit se había
hecho dueña del mayor latifundio del país cuando estalló, en 1928, una gran
huelga a la costa atlántica. Los obreros bananeros fueron aniquilados a balazos,
frente a una estación de ferrocarril. Un decreto oficial había sido dictado:
«Los hombres de fuerza pública quedan facultados para castigar por las armas...
» y después no hubo necesidad de dictar ningún decreto para borrar la matanza de
la memoria oficial del país . Miguel Ángel Asturias narró el proceso de la
conquista y el despojo de Centroamérica.
El papa verde era Minor Keith, rey sin corona de la región entera, padre de la
United Fruit, devorador de países. «Tenemos muelles, ferrocarriles, tierras,
edificios, manantiales –enumeraba el presidente-; corre el dólar se habla el
inglés y se enarbola nuestra bandera...» «Chicago no podía menos que sentir
orgullo de ese hijo que marchó con una mancuerna de pistolas y regresaba a
reclamar su puesto entre los emperadores de la carne, reyes de los
ferrocarriles, reyes del cobre, reyes de la goma de mascar ». En el paralelo 42
John Dos Passos trazó la rutilante biografía de Keith, biografía de la empresa:
«En Europa y Estados Unidos la gente había comenzado a comer plátanos, así que
tumbaron la selva a través de América Central para sembrar plátanos y construir
ferrocarriles para transportar los plátanos y cada año más vapores de la Great
White Flete iban hacia el norte repleto de plátanos, y esa es la historia del
imperio norteamericano en el Caribe y del canal de Panamá y del futuro camnal de
Nicaragua y los marines y los acorazados y las bayonetas... ».
Las tierras quedaban tan exhaustas como los trabajadores: a las tierras les
robaban el humus y a los trabajadores los pulmones, pero siempre había nuevas
tierras para explotar y más trabajadores para exterminar. Los dictadores,
próceres de opereta, velaban por el bienestar de la United Fruit con le cuchillo
entre los dientes. Después, la producción de bananas fue decayendo y la
omnipotencia de la empresa frutera sufrió varias crisis, pero América Central
continúa siendo, en nuestros días, un santuario del lucro para los aventureros
aunque el café, el algodón y el azúcar hayan derribado a los plátanos de su
sitial de privilegio. En 1970 las bananas son la principal fuente de divisas
para honduras y Panamá y, en América del Sur, para Ecuador. Hacia 1930 América
Central exportaba 38 millones anuales de racimos y la United Fruit pagaba a
Honduras un centavo de impuesto por cada racimo. No había manera de controlar el
pago del mini impuesto (que después subió un poquito), ni la hay, porque aún hoy
la United Fruit exporta e importa lo que se le ocurre al margen de las aduanas
estatales. La balanza comercial y la balanza de pagos del país son obras de
ficción a cargo de los técnicos de imaginación pródiga.
La crisis de los años treinta: «Es un crimen más grande matar a una hormiga que
a un hombre»
El café del mercado norteamericano, de su capacidad de consumo y de sus precios;
las bananas eran un negocio norteamericano y para norteamericanos. Y estalló, de
golpe, la crisis de 1929. El crack de la Bolsa de Nueva York, que hizo crujir
los cimientos del capitalismo mundial, cayó en el Caribe como un gigantesco
bloque de piedra en un charquito. Bajaron verticalmente los precios del café y
de las bananas, y no menos verticalmente descendió el volumen de las ventas. Los
desalojos campesinos recrudecieron con violencia febril, el desempleo cundió en
el campo y en las ciudades, se levantó una oleada de huelgas; se abatieron
bruscamente los créditos, las inversiones y los gastos públicos, los sueldos de
los funcionarios del estadio se redujeron casi a la mitad en Honduras, Guatemala
y Nicaragua. El equipo de dictadores llegó sin demora para aplastar las tapas de
las marmitas; se abría la época de la política de la Buena Vecindad en
Washington, pero era preciso contener a sangre y fuego la agitación social que,
por todas partes, hervía. Alrededor de veinte años – unos más, otros menos-
permanecieron en el poder Jorge Ubico en Guatemala, Maximiliano Hernández
Martínez en El Salvador, Tiburcio Carías en Honduras y Anastasio Souza en
Nicaragua.
La epopeya de Augusto César Sandino conmovía al mundo. La larga lucha del jefe
guerrillero de Nicaragua había derivado a la reivindicación de la tierra y
levantaba en vilo la ira campesina. Durante siete años, su pequeño ejército en
harapos peleó, a la vez, contra los doce mil invasores norteamericanos y contra
los miembros de la guardia nacional. Las granadas se hacían con latas de
sardinas llenas de piedras, los fusiles Springfield se arrebataban al enemigo y
no faltaban machetes; el asta de la bandera era un palo sin descortezar y en vez
de botas los campesinos usaban, para moverse en las montañas enmarañadas, un
atira de cuero llamada caite. Con música de Adelita, los guerrilleros cantaban
En Nicaragua, señores,
le pega el ratón al gato
Ni el poder de fuego de la Infantería de Marina ni las bombas que arrojaban los
aviones resultaban suficientes para aplastar a los rebeldes de Las Segovias.
Tampoco las calumnias que derramaban por el mundo entero las agencias
informativas. Associated Press y United Press, cuyos corresponsales en Nicaragua
eran dos norteamericanos que tenían en sus manos la aduana del país. En 1932,
Sandino presentía: «Yo no viviré mucho tiempo». Un año después, el influjo de la
política norteamericana de la Buena Vecindad, se celebraba la paz. El jefe
guerrillero fue invitado por el presidente a una reunión decisiva en Managua.
Por el camino cayó muerto en una emboscada. El asesino, Anastasio Somoza,
sugirió después que la ejecución había sido ordenada por el embajador
norteamericano Arthur Bliss Lane. Somoza, por entonces jefe militar, no demoró
mucho en instalarse en el poder. Gobernó Nicaragua durante un cuarto de siglo y
luego sus hijos recibieron, en herencia, el cargo. Antes de cruzarse el pecho
con la banda presidencial, Somoza se había condecorado a sí mismo con la Cruz
del valor, la medalla de Distinción y, la medalla Presidencial al Mérito. Ya en
el poder, organizó varias matanzas y grandes celebraciones, para las cuales
disfrazaba de romanos, con sandalias y cascos, a sus soldados; se convirtió en
el mayor productor de café del país, con 46 fincas, y también se dedicó a la
cría de ganado en otras 51 haciendas. Nunca le faltó tiempo, sin embargo, para
sembrar también el terror. Durante su larga gestión de gobierno, no pasó, la
verdad sea dicha, mayores necesidades, y recordaba con cierta tristeza los años
juveniles, cuando debía falsificar monedas de oro para poder divertirse.
También en El Salvador estallaron las tensiones como consecuencia de la crisis.
Casi la mitad de los obreros bananeros de Honduras eran salvadoreños y muchos
fueron obligados a retornar a su país, donde no había trabajo para nadie. En la
región de Izalco, se produjo un gran levantamiento campesino en 1932, que se
propagó rápidamente a todo el occidente del país. El dictador Martínez envió a
los soldados, con equipos modernos, a combatir contra los «bolcheviques». Los
indios pelearon a machete contra las ametralladoras y el episodio se cerró con
diez mil muertos. Martínez, un brujo vegetariano y teósofo, sostenía que «es un
crimen más grande matar a una hormiga que a un hombre, porque el hombre al morir
reencarna, mientras que la hormiga muere definitivamente». Decía que él estaba
protegido por «legiones invisibles» que le daban cuenta de todas las
conspiraciones y mantenía comunicación telepática directa con le presidente de
los Estados Unidos.
Un reloj de péndulo le indicaba, sobre le plato, si la comida estaba envenenada;
sobre un mapa le señalaba los lugares donde se escondían enemigos políticos y
tesoros de piratas. Solía enviar notas de condolencia a los padres de sus
víctimas y en el patio de su palacio pastaban los ciervos. Gobernó hasta 1944.
Las matanzas se sucedían por todas partes. En 1933, Jorge Ubico en Guatemala a
un centenar de dirigentes sindicales, estudiantiles y políticos, al tiempo que
reimplantaba las leyes contra «la vagancia de los indios. Cada indio debía
llevar una libreta donde constaban sus días de trabajo; si no se consideraban
suficientes, pagaba la deuda en la cárcel o arqueando la espalda sobre la
tierra, gratuitamente, durante medio año. En la insalubre costa del pacífico,
los obreros que trabajan hundidos hasta las rodillas en el barco cobraban
treinta centavos por día, y la United Fruit demostraba que Ubico la había
obligado a rebajar los salarios. En 1944, poco antes de la caída del dictador,
el Reader’s Digest publicó un artículo ardiente de elogios: este profeta del
Fondo Monetario Internacional había evitado la inflación bajando los salarios,
de un dólar a veinticinco centavos diarios, para la construcción de la carretera
militar de emergencia, y de un dólar a cincuenta centavos diarios, para la
construcción de la carretera militar de emergencia, y de un dólar cincuenta
centavos para los trabajos de la base aérea en la capital. Por esta época, Ubico
otorgó a los señores del café y a las empresas bananeras el permiso para matar:
«Estarán exentos de responsabilidad criminal los propietarios de fincas... ». El
decreto llevaba el número 2795 y fue reestablecido en 1967, durante el
democrático y representativo gobierno de Méndez Montenegro.
Como todos los tiranos del Caribe, Ubico se creía Napoleón. Vivía rodeado de
bustos y cuadros del Emperador, que tenía, según él, su mismo perfil. Creía en
la disciplina militar: militarizó a los empleados de correo, a los niños de las
escuelas y a la orquesta sinfónica. Los integrantes de la orquesta tocaban de
uniforme, a cambio de nueve dólares mensuales, las piezas que Ubico elegía y con
la técnica y los instrumentos por él dispuestos. Consideraba que los hospitales
eran para los maricones, de modo que los pacientes recibían asistencia en los
suelos de los pasillos y los corredores, si tenían la desgracia de ser pobres
además de enfermos.
¿Quién desató la violencia en Guatemala?
En 1944, Ubico cayó de su pedestal, barrido por los vientos de una revolución de
sello liberal que encabezaron algunos jóvenes oficiales y universitarios de la
clase media, Juan José Arévalo, elegido presidente, puso en marcha un vigoroso
plan de educación y dictó un nuevo Código del Trabajo para proteger a los
obreros del campo y de las ciudades. Nacieron varios sindicatos; la United Fruit
Co., dueña de vastas tierras, el ferrocarril y el puerto, virtualmente exonerada
de impuestos y libre de controles, dejó de ser omnipotente en sus propiedades.
En 1951, en su discurso de despedida, Arévalo reveló que había debido sortear
treinta y dos conspiraciones financiadas por la empresa. El gobierno de Jacobo
Arbenz continuó y profundizó el ciclo de reformas. Las carreteras y el nuevo
puerto de San José rompían el monopolio de la frutera sobre los transportes y la
exportación. Con capital nacional, y sin tender la mano ante ningún banco
extranjero, se pusieron en marcha diversos proyectos de desarrollo que conducían
a la conquista de la independencia. En junio de 1952, se aprobó la reforma
agraria, que llegó a beneficiar a más de cien mil familias, aunque solo afectaba
a las tierras improductivas y pagaba indemnización, en bonos, a los propietarios
expropiados. La United Fruit solo cultivaba el ocho por ciento de sus tierras,
extendidas entre ambos océanos.
La reforma agraria se proponía «desarrollar la economía capitalista campesina y
la economía capitalista de la agricultura en general», pero una furiosa campaña
de propaganda internacional se desencadenó contra Guatemala: «La cortina de
hierro está descendiendo sobre Guatemala, vociferaban las radios, los diarios y
los próceres de la OEA. El coronel Castillo Armas, graduado en Fort Leavenworth,
Kansas, abatió sobre su propio país las tropas entrenadas y pertrechadas, al
efecto, en los Estados Unidos. El bombardeo de los F-47, con aviadores
norteamericanos, respaldó la invasión. «Tuvimos que deshacernos de un gobierno
comunista que había asumido el poder», diría nueve años más tarde, Dwight
Eisenhower. Las declaraciones del embajador norteamericano en Honduras ante una
subcomisión del senado de los Estados Unidos, revelaron el 27 de julio de 1961
que la operación libertadora de 1954 había sido realizada por un equipo del que
formaban parte, además de él mismo, los embajadores ante Guatemala, Costa Rica y
Nicaragua.
Allen Dulles, que en aquella época era el hombre número uno de la CIA, les había
enviado telegramas de felicitación por la faena cumplida. Anteriormente, el
bueno de Allen había integrado el directorio de la United Fruit Co. Su sillón
fue ocupado, un año después de la invasión, por otro directivo de la CIA, el
general Walter Bedell Smith Foster Dulles, hermano de Allen, se había encendido
de impaciencia en la conferencia de la OEA que dio el visto bueno a la
expedición militar contra Guatemala. Casualmente, en sus escritorios de abogado
habían redactados, en tiempos del dictador Ubico los borradores de los contratos
de la United Fruit.
La caída de Arbenz marcó a fuego la historia posterior del país. Las mismas
fuerzas que bombardearon la ciudad de Guatemala, Puerto Barrios y el puerto de
San José al atardecer del 18 de junio de 1954, están hoy en el poder. Varias
dictaduras feroces sucedieron a la intervención extranjera, incluyendo el
período de Julio César Méndez Montenegro (1966 – 1970), quien proporcionó a la
dictadura el decorado de un régimen democrático, Méndez Montenegro había
prometido una reforma agraria, pero se limitó a firmar la autorización para que
los terratenientes portaran armas, y las usaran.
La reforma agraria de Arbenz había saltado en pedazos cuando Castillo Armas
cumplió su misión devolviendo las tierras a la United Fruit y a los otros
terratenientes expropiados.
1967 fue el peor de los años del ciclo de la violencia inaugurando en 1954. un
sacerdote católico norteamericano expulsado de Guatemala, el padre Thomas
Melville, informaba al National Catholic Reporter en enero de 1968: en poco más
de un año, los grupos terroristas de la derecha habían asesinado a más de dos
mil ochocientos intelectuales, estudiantes, dirigentes sindicales y campesinos
que habían «intentado combatir las enfermedades de la sociedad guatemalteca» El
cálculo del padre Melville se hizo en base a la información de la prensa, pero
de la mayoría de los cadáveres nadie informó nunca, eran indios sin nombre ni
origen conocidos, que el ejército incluía, algunas veces, solo como números, en
las partes de las victorias contra la subversión. La represión indiscriminada
formaba parte de la campaña militar de «cerco y aniquilamiento» contra
movimientos guerrilleros. De acuerdo con el nuevo código en vigencia, los
miembros de los cuerpos de seguridad no tenían responsabilidad penal por
homicidios, y los partes policiales o militares se consideraban plena prueba en
los juicios. Los finqueros y sus administradores fueron legalmente equiparados a
la calidad de autoridades locales, con derecho a portar armas y formar cuerpos
represivos. No vibraron los teletipos del mundo con las primicias de la
sistemática carnicería, no llegaron a Guatemala los periodistas ávidos de
noticias, no se escucharon voces de condenación. El mundo estaba de espaldas,
pero Guatemala sufría una larga noche de San Bartolomé. La aldea Cajón del Río
quedó sin hombres, y a los de la aldea Tituque les revolvieron las tripas a
cuchillo y a los de Piedra Parada los desollaron vivos y quemaron vivos a los de
Agua Blanca de Ipala, previamente baleados en las piernas; en el centro de la
plaza de San Jorge clavaron en una pica la cabeza de un campesino rebelde. En
Cerro Gordo, llenaron de alfileres las pupilas de Jaime Velásquez, el cuerpo de
Ricardo Miranda fue encontrado con treinta y ocho perforaciones y la cabeza de
Haroldo Silva, sin el cuerpo de Haroldo Silva, la borde de la carretera a San
Salvador; en Los Mixcos cortaron la lengua de Ernesto Chinchilla; en la fuente
del Ojo de Agua, los hermanos Oliva Aldana fueron cosidos a tiros con las manos
atadas a la espalda y los ojos vendados; el cráneo de José Guzmán se convirtió
en un rompecabezas de piezas minúsculas arrojadas al camino; de los pozos de San
Lucas Sacatepequez emergían muertos en vez de agua; los hombres amanecían sin
manos ni pies en la finca Miraflores. A las amenazas sucedían las ejecuciones o
la muerte acometía, sin aviso, por la nuca; en las ciudades se señalaban con
cruces negras las puertas de los sentenciados. Se los ametrallaba al salir, se
arrojaban los cadáveres a los barrancos.
Después no cesó la violencia. Todo a lo largo del tiempo del desprecio y de la
cólera inaugurado en 1954, la violencia ha sido y sigue siendo una transpiración
natural de Guatemala. Continuaron apareciendo, uno cada cinco horas, los
cadáveres en los ríos o al borde de los caminos, los rostros sin rasgos,
desfigurados por la tortura, que no serán identificados jamás. También
continuaron, y en mayor medida, las matanzas más secretas: los cotidianos
genocidios de la miseria. Otro sacerdote expulsado, el padre Blase Bonpane,
denunciaba en le Washington Post, en 1968, a esta sociedad enferma: «De las
setenta mil personas que cada año mueren en Guatemala, treinta mil son niños. La
tasa de mortalidad infantil en Guatemala es cuarenta veces más alta que la de
los Estados Unidos».
La primera Reforma Agraria de América Latina: un siglo y medio de derrotas para
José Artigas.
A carga de lanza de machete, habían sido los desposeídos quienes realmente
pelearon, cuando despuntaba el siglo XIX, contra el poder español en los campos
de América. La independencia no los recompensó: traicionó las esperanzas de los
que habían derramado su sangre. Cuando la paz llegó, con ella se reabrió el
tiempo de la decadencia. Los dueños de la tierra y los grandes mercaderes
aumentaron sus fortunas, mientras se extendía la pobreza de las masas populares.
Al mismo tiempo, y la ritmo de las intrigas de los nuevos dueños de América
Latina, los cuatro virreinatos del imperio español saltaron en pedazos y
múltiples países nacieron como esquirlas de la unidad nacional pulverizada. La
idea de «nación» que el patriciado latinoamericano engendró se parecía demasiado
a la imagen de un puerto activo, habitado por la clientela mercantil y
financiera del imperio británico, con latifundios y socavones a la retaguardia.
La legión de parásitos que había recibido los pares de la guerra de
independencia bailando minué en los salones de las ciudades, brindaba por la
libertad de comercio en copas de cristalería británica. Se pusieron de moda las
más altisonantes consignas republicanas de la burguesía europea: nuestros países
se ponían al servicio de los industriales ingleses y de los pensadores
franceses. ¿Pero por qué «burguesía nacional» era la nuestra, formada por los
terratenientes, los grandes traficantes, comerciantes y especuladores, los
políticos de levita y los doctores sin arraigo? América Latina tuvo pronto sus
constituciones burguesas, muy barnizadas de liberalismo, pero no tuvo, en
cambio, una burguesía creadora, al estilo europeo o norteamericano, que se
propusiera como misión histórica el desarrollo de un capitalismo nacional
pujante. Las burguesías de estas tierras habían nacido simples como instrumentos
del capitalismo internacional, prósperas piezas del engranaje mundial que
sangraba a las colonias y a las semicolonias. Los burgueses de mostrador,
usureros y comerciantes, que acapararon el poder político, no tenían el menor
interés en impulsar el ascenso de las manufacturas locales, muertas en el huevo
cuando el libre cambio abrió las puertas a la avalancha de las mercancías
británicas. Sus socios, los dueños de la tierra, no estaban, por su parte,
interesados en resolver « la cuestión agraria», sino a la medida de sus propias
conveniencias. El latifundio se consolidó sobre el despojo, todo a lo largo del
siglo XX. La reforma agraria fue, en la región, una bandera temprana.
Frustración económica, frustración social, frustración nacional: una historia de
traiciones sucedió a la independencia, y América Latina, desgarrada por sus
nuevas fronteras, continuó condenada al monocultivo y a la dependencia. En 1824,
Simón Bolívar dictó el decreto de Trujillo para proteger a los indios de Perú y
reordenar allí el sistema de la propiedad agraria: sus disposiciones legales no
hirieron en absoluto los privilegios de la oligarquía peruana, que permanecieron
intactos, pese a los buenos propósitos del Libertador, y los indios continuaron
tan explotados como siempre. En México, Hidalgo y Morelos habían caído
derrotados tiempo antes y transcurriría un siglo antes de que rebotaran los
frutos de su prédica por la emancipación de los humildes y la reconquista de las
tierras usurpadas. Al sur, José Artigas encarnó la revolución agraria. Este
caudillo, con tanta saña calumniado y tan desfigurado por la historia oficial,
encabezó a las masas populares de los territorios que hoy ocupan Uruguay y las
provincias argentinas de Santa Fe, Corrientes, Entre Ríos, y Córdoba, en el
ciclo heroico de 1811 a 1820.
Artigas quiso echar las bases económicas, sociales y políticas de una Patria
Grande en los límites del antiguo Virreinato del Río de la Plata, y fue el más
importante y lúcido de los jefes federales que pelearon contra el centralismo
aniquilador del puerto de Buenos Aires. Luchó contra los españoles y los
portugueses y finalmente sus fuerzas fueron trituradas por el juego de pinzas de
Río de Janeiro y Buenos Aires, instrumentos del Imperio británico, y por la
oligarquía que, fiel a su estilo, lo traicionó no bien se sintió, a su vez,
traicionada por el programa de reivindicaciones sociales del caudillo.
Seguían a Artigas, lanza en mano, los patriotas. En su mayoría eran paisanos
pobres, gauchos montaraces, indios que recuperaban en la lucha el sentido de la
dignidad; esclavos que ganaban la libertad incorporándose al ejército de la
Independencia. La revolución de los jinetes pastores incendiaba la pradera. La
traición de Buenos Aires, que dejó en manos del poder español y las tropas
portuguesas, en 1811, el territorio que hoy ocupa Uruguay, provocó el éxodo
masivo de la población hacia el norte.
El pueblo en armas se hizo pueblo en marcha; hombres y mujeres, viejos y niños,
lo abandonaban todo tras las huellas del cuadillo, en una caravana de peregrinos
sin fin. En el norte, sobre el río Uruguay, acampó Artigas,, con las caballadas
y las carretas y en el norte establecería, poco tiempo después, su gobierno. En
1815 Artigas controlaba vastas comarcas desde su campamento de Purificación, en
Paysandú. «¿Qué les parece que vi? –narraba un viajero inglés-. ¡El
Excelentísimo Señor Protector de la mitad del Nuevo Mundo estaba sentado en una
cabeza de buey, junto a un fogón encendido en el suelo fangoso de su rancho,
comiendo carne del asador y bebiendo ginebra en un cuerno de vaca! Lo rodeaba
una docena de oficiales andrajosos... » De todas partes llegaban, al galope,
soldados, edecanes y exploradores. Paseándose con las manos en la espalda,
Artigas dictaba los decretos revolucionarios de su gobierno. Dos secretarios –no
existía el papel carbón- tomaban nota. Así nació la primera reforma agraria de
América Latina, que se aplicaría durante un año en la «Provincia Oriental», hoy
Uruguay, y que sería hecha trizas por una nueva invasión portuguesa, cuando la
oligarquía abriera las puertas de Montevideo al general Lecor y lo saludara como
a un libertador y lo condujera bajo palio a un solemne Tedéum, honor al invasor,
ante los altares de la catedral. Anteriormente, Artigas había promulgado también
un reglamento aduanero que gravaba con un fuerte impuesto la importación de
mercaderías extranjeras competitivas de las manufacturas y artesanías de tierra
adentro, de considerable desarrollo en algunas regiones hoy argentinas
comprendidas en los dominios del caudillo, a la par que liberaba la importación
de los bienes de producción necesarios al desarrollo económico y adjudicaba un
gravamen insignificante a los artículos americanos, como la yerba y el tabaco de
Paraguay. Los sepultureros de la revolución también enterrarían el reglamento
aduanero.
El código agrario de 1815 –tierra libre, hombres libres- fue «la más avanzada y
gloriosa constitución» de cuantas llegarían a conocer los uruguayos. Las ideas
de Capomanes y Jovellanos en el ciclo reformista de Carlos III influyeron sin
duda sobre el reglamento de Artigas, pero este surgió, en definitiva, como una
respuesta revolucionaria a la necesidad nacional de recuperación económica y de
justicia social. Se decretaba la expropiación y el reparto de las tierras de los
«malos europeos y peores americanos» emigrados a raíz de la revolución y no
indultados por ella. Se denominaba la tierra de los enemigos sin indemnización
alguna, y a los enemigos pertenecía, dato importante, la inmensa mayoría de los
latifundios. Los hijos no pagaban la culpa de los padres: el reglamento les
ofrecía lo mismo que a los patriotas pobres. Las tierras se repartían de acuerdo
con el principio de que «los más infelices serán los más privilegiados». Los
indios tenían en la concepción de Artigas, «el principal derecho». El sentido
esencial de esta reforma agraria consistía en asentar sobre la tierra a los
pobres del campo, convirtiendo en paisano al gaucho acostumbrado a la vida
errante de la guerra y a las faenas clandestinas y el contrabando en tiempos de
paz. Los gobiernos posteriores de la cuenca del Plata reducirán a sangre y fuego
al gaucho, incorporándolo por la fuerza a las peonadas de las grandes estancias,
pero Artigas había querido hacerlo propietario: «Los gauchos alzados comenzaban
a gustar del trabajo honrado, levantaban ranchos y corrales, plantaban sus
primeras sementeras».
La intervención extranjera terminó con todo. La oligarquía levantó cabeza y se
vengó. La legislación desconoció, en lo sucesivo, la validez de las donaciones
de tierras realizadas por Artigas. Desde 1820 hasta fines del siglo fueron
desalojados, a tiros, los patriotas pobres que habían sido beneficiados por la
reforma agraria. No conservarían «otra tierra que la de sus tumbas». Derrotado,
Artigas se había marchado a Paraguay, a morirse solo al cabo de un largo exilio
de austeridad y silencio. Los títulos de propiedad por él expedidos no valían
nada: el fiscal de gobierno, Bernardo Bustamante, afirmaba, por ejemplo, que se
advertía a primera vista «la despreciabilidad que caracterizaba a los indicados
documentos».
Mientras tanto, su gobierno se aprestaba a celebrar, ya restaurado el «orden»,
la primera constitución de un Uruguay independiente, desgajado de la patria
grande por la que Artigas había, en vano, peleado.
El reglamento de 1815 contenía disposiciones especiales para evitar la
acumulación de tierras en pocas manos. En nuestros días, el campo uruguayo
ofrece el espectáculo de un desierto: quinientas familias monopolizan la mitad
de la tierra total y, constelación del poder, controlan también las tres cuartas
partes del capital invertido en la industria y en la banca. Los proyectos de
reforma agraria se acumulan, unos sobre otros, en el cementerio parlamentario,
mientras el campo se despuebla: los desocupados se suman a los desocupados y
cada vez hay menos personas dedicadas a las tareas agropecuarias, según el
dramático registro de los censos sucesivos. El país vive de la lana y de la
carne, pero en sus praderas pastan, en nuestros días, menos ovejas y menos vacas
que a principios de siglo. El atraso de los métodos de producción se refleja en
los bajos rendimientos de la ganadería –librada a la pasión de los toros y los
carneros en primavera, a las lluvias periódicas y a la fertilidad natural del
suelo- y también en la pobre productividad de los cultivos agrícolas. La
producción de carne por animal no llega ni a la mitad de la que obtienen Francia
o Alemania, y otro tanto ocurre con la leche en comparación con Nueva Zelanda,
Dinamarca y Holanda; cada oveja rinde un kilo menos de lana que en Australia.
Los rendimientos de trigo por hectárea son tres veces menores que los de
Francia, y en el maíz, los rendimientos de los Estados Unidos superan en siete
veces a los de Uruguay. Los grandes propietarios, que evaden sus ganancias al
exterior, pasan sus veranos en Punta del Este., y tampoco en invierno, de
acuerdo con su propia tradición, residen en sus latifundios, a los que vistan de
vez en cuando en avioneta: hace un siglo, cuando se fundó la Asociación Rural,
dos terceras partes de sus miembros tenían ya su domicilio en la capital. La
producción extensiva, obra de la naturaleza y los peones hambrientos, no implica
mayores dolores de cabeza.
Y por cierto que brinda ganancias. Las rentas y las ganancias de los
capitalistas ganaderos suman no menos de 75 millones de dólares por año en la
actualidad . Los rendimientos productivos son bajos, pero los beneficios muy
altos, a causa de los bajísimos costos. Tierra sin hombres, hombres sin tierra:
los mayores latifundios ocupan, y no todo el año, apenas dos personas por cada
mil hectáreas. En los rancheríos, al borde de las estancias, se acumulan,
miserables, las reservas siempre disponibles de mano de obra. El gaucho de las
estampas folklóricas, tema de cuadros y poemas, tiene poco que ver con el peón
que trabaja, en la realidad, las tierras anchas y ajenas. Las alpargatas
bigotudas ocupan el lugar de las botas de cuero; un cinturón común, o a veces
una simple piola, sustituye los anchos cinturones con adornos de oro y plata.
Quienes producen la carne han perdido el derecho de comerla: los criollos muy
rar vez tienen acceso al típico asado criollo, la carne jugosa y tierna
dorándose a las brasas. Aunque las estadísticas internacionales sonríen
exhibiendo promedios engañosos, la verdad es que el “ensopado”, guiso de fideos
y achuras de capón, constituye la dieta básica, falta de proteínas, de los
campesinos en Uruguay.
Artemio Cruz y la segunda muerte de Emilio Zapata
Exactamente un siglo después del reglamento de tierras de Artigas, Emiliano
Zapata puso en práctica, en su comarca revolucionaria del sur de México, una
profunda reforma agraria.
Cinco años antes, el dictador Porfirio Díaz había celebrado con grandes fiestas,
el primer centenario del grito de Dolores: los caballeros de levita, México
oficial, olímpicamente ignoraban el México real cuya miseria alimentada sus
esplendores. En la república de los parias, los ingresos de los trabajadores. En
la república de los parias, los ingresos de los trabajadores no habían aumentado
en un solo centavo desde el histórico levantamiento del cura Miguel Hidalgo. En
1910, poco más de ochocientos latifundistas, muchos de ellos extranjeros,
poseían casi todo el territorio nacional.. eran señoritos de ciudad, que vivían
en la capital o en Europa y muy de vez en cuando visitaban los cascos de los
latifundios, donde dormían parapetados tras altas murallas de piedra oscura
sostenidas por robustos contrafuertes.
Al otro lado de las murallas, en las cuadrillas, los peones se amontonaban en
cuartuchos de adobe. Doce millones de personas dependían, en una población total
de quince millones, de los salarios rurales; los jornales se pagaban casi por
entero en las tiendas de raya de las haciendas, traducidos, a precios de fábula,
en frijoles, harina y aguardiente. La cárcel, el cuartel y la sacristía tenían a
su cargo la lucha contra los defectos naturales de los indios, quienes, al decir
de un miembro de una familia ilustre de la época, nacían «flojos, borrachos y
ladrones». La esclavitud, atado el obrero por deudas que se heredaban o por
contrato legal, era el sistema real de trabajo en las plantaciones de henequén
de Yucatán, en las vegas de tabaco del valle Nacional, en los bosques de madera
y frutas de Chiapas y Tabasco y en las plantaciones de caucho, café, caña de
azúcar, tabaco y frutas de Veracruz, Oaxaca y Morelos. John Kenneh Turner,
escritor norteamericano, denunció en le testimonio de su visita. Que «los
Estados Unidos han convertido virtualmente a Porfirio Díaz en un vasallo
político y, en consecuencia, han transformado a México en una colonia esclava».
Los capitales norteamericanos obtenían, directamente o indirectamente, jugosas
utilidades de su asociación con la dictadura. «La norteamericanización de
México, de la que tanto se jacta Wall Street – decía Turner-, se está ejecutando
como si fuera una venganza».
En 1845 los Estados Unidos se habían anexado los territorios mexicanos de Texas
y California, donde restablecieron la esclavitud en nombre de la civilización, y
en la guerra México perdió también los actuales estados norteamericanos de
Colorado, Arizona, Nuevo México, Nevada y Utah. Más de la mitad del país. El
territorio usurpado equivalía a la extensión actual de Argentina. «¡Pobrecito
México! –se dice desde entonces- tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados
Unidos». El resto de su territorio mutilado, sufrió después de la invasión de
las inversiones norteamericanas en el cobre, en el petróleo, en el caucho, en el
azúcar, en la banca y en los transportes. El American Cordage Trust, filial de
la Standard Oil, no resultaba en absoluto ajeno al exterminio de los indios
mayas y yanquis en las plantaciones del henequén de Yucatán, campos de
concentración donde los hombres y los niños eran comprados y vendidos como
bestias, porque esta era la empresa que adquiría más de la mitad del henequén
producido y le convenía disponer de la fibra a precios baratos. Otras veces, la
explotación de la mano de obra esclava era, como descubrió Turner, directa. Un
administrador norteamericano le contó que pagaba los lotes de peones enganchados
a cincuenta pesos por cabeza, «y los conservamos mientras duran... En menos de
tres meses enterramos a más de la mitad ».
En 1910 llegó la hora del desquite. México se alzó en armas contra Porfidio
Díaz. Un caudillo agrarista encabezó desde entonces la insurrección en el sur:
Emiliano Zapata, el más puro de los líderes de la revolución, el más leal a la
causa de los pobres, el más fervoroso en su voluntad de redención social.
Las últimas décadas del siglo XIX habían sido tiempos de despojo feroz para las
comunidades agrarias de todo México; los pueblos y las aldeas de Morelos
sufrieron la febril cacería de tierras, aguas y brazos que las plantaciones de
caña de azúcar devoraban en su expansión. Las haciendas azucareras dominaban la
vida del estado y su prosperidad había hecho nacer ingenios modernos, grandes
destilerías y ramales ferroviarios para transportar el producto. En la comunidad
de Anenecuilco, donde vivía Zapata y a la que en cuerpo y alma pertenecía, los
campesinos indígenas despojados reivindicaban siete siglos de trabajo continuo
sobre su suelo: estaban allí desde antes de que llegara Hernán Cortés.
Los que se quejaban en voz alta marchaban a los campos de trabajos forzados en
Yucatán. Como en todo el estado de Morelos, cuyas tierras buenas estaban en
manos de diecisiete propietarios, los trabajadores vivían mucho peor que los
caballos de polo que los latifundistas mimaban en sus establos de lujo. Una ley
de 1909 determinó que nuevas tierras fueran arrebatadas a sus legítimos dueños y
puso al rojo vivo las ya ardientes contradicciones sociales. Emiliano Zapata, el
jinete parco en palabras, famoso porque era el mejor domador del estado y
unánimemente respetado por su honestidad y coraje, se hizo guerrillero. «pegados
a la cola del caballo del Jefe Zapata», los hombres del sur formaron rápidamente
un ejército libertador.
Cayó Díaz, y Francisco Madero, en ancas de la revolución, llegó el gobierno. Las
promesas de reforma agraria no demoraron en disolverse en una nebulosa
institucionalista. El día de su matrimonio, Zapata tuvo que interrumpir las
fiestas: el gobierno había enviado a las tropas del general Victoriano Huerta
para aplastarlo. El héroe se había convertido en «bandido», según los doctores
de la ciudad. En noviembre de 1911, Zapata proclamó su Plan de Ayala, al tiempo
que anunciaba: «Estoy dispuesto a luchar contra todo y contra todos». El plan
advertía que «la inmensa mayoría de los pueblos y ciudadanos mexicanos no son
más dueños que del terreno que pisan» y propugnaba la nacionalización total de
los bienes enemigos de la revolución, la devolución a sus legítimos propietarios
de las tierras usurpadas por la avalancha latifundista y la expropiación de una
tercera parte de las tierras de los hacendados restantes. El plan de Ayala se
convirtió en un imán irresistible que atraía a millares de campesinos a las
filas del caudillo agrarista. Zapata denunciaba «la infame pretensión» de
reducirlo todo a un simple cambio de personas en el gobierno: la revolución no
se hacía para eso.
Cerca de diez años duró la lucha. Contra Díaz, contra Madero, luego contra
Huerta, el asesino, y más tarde contra Venustiano Carranza. El largo tiempo de
la guerra fue también un período de intervenciones norteamericanas continuas:
los marines tuvieron a su cargo dos desembarcos y varios bombardeos, los agentes
diplomáticos urdieron conjuntas políticas diversas y el embajador Henry Lane
Wilson organizó con éxito el crimen del presidente Madero y su vice. Los cambios
sucesivos en el poder no alteraban, en todo caso, la furia de las agresiones
contra Zapata y sus fuerzas, porque ellas eran la expresión no enmascarada de la
lucha de clases, en lo hondo de la revolución nacional: el peligro real. Los
gobiernos y los diarios bramaban contra «las hordas vandálicas» del general
Morelos. Poderosos ejércitos fueron enviados, uno tras otro, contra zapata. Los
incendios, las matanzas, la devastación de los pueblos, resultaron, una y otra
vez, inútiles. Hombres, mujeres y niños morían fusilados o ahorcados como
«espías zapatistas» y a las carnicerías seguían los anuncios de victoria: la
limpieza ha sido un éxito.
Pero al poco tiempo volvían a encenderse las hogueras en los trashumantes
campamentos revolucionarios de las montañas del sur. En varias oportunidades,
las fuerzas de Zapata contraatacaban con éxito hasta los suburbios de la
capital. Después de la caída de régimen de Huerta, Emiliano Zapata y Pancho
Villa, el «Atila del Sur» y el «Centauro del Norte», entraron en la ciudad de
México a paso de vencedores y fugazmente compartieron el poder. A fines de 1914,
se abrió un breve ciclo de paz que permitió a Zapata poner en práctica, en
Morelos, una reforma agraria aún más radical que la anunciada en el Plan de
Ayala.
El fundador del partido Socialista y algunos militantes anarcosindicalistas
influyeron mucho en este proyecto: radicalizaron la ideología del líder del
movimiento, sin herir sus raíces tradicionales, y le proporcionaron una
imprescindible capacidad de organización.
La reforma agraria se proponía «destruir de raíz y para siempre el injusto
monopolio de la tierra, para realizar un estado social que garantice plenamente
el derecho natural que todo hombre tiene sobre la extensión de tierra necesaria
a su propia subsistencia y a la de su familia». Se distribuían las tierras a las
comunidades e individuos despojados a partir de la ley de desamortización de
1856, se fijaban límites máximos a los terrenos según el clima y la calidad
natural, y se declaraban de propiedad nacional los predios de los enemigos de la
revolución. Esta última disposición política tenía, como en la reforma agraria
de Artigas, un claro sentido económico: los enemigos eran los latifundistas. Se
formaron escuelas de técnicos, fábricas de herramientas y un banco de crédito
rural; se nacionalizaron los ingenios y las destilerías, que se convirtieron en
servicios públicos. Un sistema de democracia locales colocaba en manos del
pueblo las fuentes del poder político y el sustento económico. Nacían y se
difundían las escuelas zapatistas, se organizaban juntas populares para la
defensa y la promoción de los principios revolucionarios, una democracia
auténtica cobraba forma y fuerza. Los municipios eran unidades nucleares de
gobierno y la gente elegía sus autoridades, sus tribunales y su policía. Los
jefes militares debían someterse a la voluntad de los burócratas y los generales
la que imponía los sistemas de producción y de vida. La revolución se enlazaba
con la tradición y operaba «de conformidad con la costumbre y usos de cada
pueblo..., es decir, que si determinado pueblo pretende el sistema comunal así
se llevará a cabo, y si otro pueblo desea el fraccionamiento de la tierra para
reconocer su pequeña propiedad, así se hará.».
En la primavera de 1915, ya todos los campos de Morelos estaban bajo cultivo,
principalmente con maíz y otros alimentos. La ciudad de México padecía, mientras
tanto, por falta de alimentos, la inminente amenaza del hambre. Venustiano
Carranza había conquistado la presidencia y dictó, as u vez, una reforma
agraria, pero sus jefes no demoraron en apoderarse de sus beneficios: en 1916 se
abalanzaron, con buenos dientes, sobre Cuernavaca, capital de Morelos, y las
demás comarcas zapatistas. Los cultivos, que habían vuelto a dar frutos, los
minerales, las pieles y algunas maquinarias, resultaron un botín excelente para
los oficiales que avanzaban quemando todo a su paso y proclamando, a la vez,
«una obra de reconstrucción y progreso».
En 1919 una estratagema y una traición terminaron con la vida de Emiliano
Zapata. Mil hombres emboscados descargaron los fusiles sobre su cuerpo. Murió a
la misma edad que el Che Guevara. Lo sobrevivió la leyenda: el caballo alazán
que galopaba solo, hacia el sur, por las montañas. Pero no solo la leyenda. Todo
Morelos se dispuso a «consumar la obra del reformador, vengar la sangre del
mártir y seguir el ejemplo del héroe», y el país entero le prestó eco. Pasó el
tiempo, y con la presidencia de Lázaro Cárdenas (1934 –1940) las tradiciones
zapatistas recobraban vida y vigor a través de la puesta en práctica, por todo
México, de la reforma agraria. Se expropiaron, sobre todo bajo su período de
gobierno, 67 millones de hectáreas en poder de empresas extranjeras o nacionales
y los campesinos recibieron, además de la tierra, créditos, educación y medios
de organización para el trabajo. La economía y la población del país habían
comenzado su acelerado ascenso; se multiplicó la producción agrícola al tiempo
que el país entero se modernizaba y se industrializaba. Crecieron las ciudades y
se amplió, en extensión y en profundidad, el mercado de consumo.
Pero el nacionalismo mexicano no derivó al socialismo y, en consecuencia, como
ha ocurrido en otros países que tampoco dieron el salto decisivo, no realizó
cabalmente sus objetivos de independencia económica y justicia social. Un millón
de muertos habían tributado su sangre, en los largos años de revolución y
guerra, «a un zhuitzilopochtli más cruel, duro e insaciable que aquel adorado
por nuestros antepasados: el desarrollo capitalista de México, en las
condiciones impuestas por la subordinación al imperialismo». Diversos estudiosos
han investigado los signos del deterioro de las viejas banderas. Edmundo Flores
afirma, en una publicación reciente, que, «actualmente, el 60 por 100 de la
población total de México tiene un ingreso menor de 120 dólares al año y pasa
hambre». Ocho millones de mexicanos no consumen prácticamente otra cosa que
frijoles, tortillas de maíz y chile picante. El sistema no revela sus hondas
contradictorias solamente cuando caen quinientos estudiantes muertos en la
matanza de Tlatelolco. Recogiendo cifras oficiales, Alonso Aguilar llega a la
conclusión de que hay en México unos dos millones de campesinos sin tierra, tres
millones de niños que no reciben educación, cerca de once millones de campesinos
sin tierra, once millones de analfabetos y cinco millones de personas descalzas.
La propiedad colectiva de los ejidatarios pulveriza continuamente, y junto con
la multiplicación de los minifundios, que se fragmentan a sí mismos, ha hecho su
aparición un latifundismo de nuevo cuño y una nueva burguesía agraria dedicada a
la agricultura comercial en gran escala. Los terratenientes e intermediarios
nacionales que han conquistado una posición dominante trampeando el texto y el
espíritu de las leyes son, a su vez, dominados, y en un libro reciente se los
considera incluidos en los términos «and company» de la empresa Anderson
Clayton. En el mismo libro, el hijo de Lázaro Cárdenas dice que «los latifundios
simulados se han constituido, preferentemente, en las tierras de mejor calidad,
en las más productivas».
El novelista Carlos Fuentes ha reconstruido, a partir de la agonía, la vida de
un capitán del ejército de Carranza que se va abriendo paso, a tiros y a fuerza
de astucia, en la guerra en la paz. Hombre de muy humilde origen, Artemio Cruz
va dejando atrás, con le paso de los años, el idealismo y el heroísmo de la
juventud: usurpa tierras, funda y multiplica empresas, se hace diputado y trepa,
en rutilante carrera, hacia las cumbres sociales, acumulando fortuna, poder y
prestigio en base a los negocios, los sobornos, la especulación, los grandes
golpes de audacia y la represión a sangre y fuego de la indiada. El proceso del
personaje se parece al proceso del partido que, poderosa impotencia de la
revolución mexicana, virtualmente monopoliza la vida política del país en
nuestros días. Ambos han caído hacia arriba.
El latifundio multiplica las bocas pero no los panes.
La producción agropecuaria por habitante de América latina es hoy menor que en
la víspera de la segunda guerra mundial. Treinta años largos han trascurrido, en
el mundo, la producción de alimentos creció en este período, en la misma
proporción en que, en nuestras tierras, disminuyó. La estructura del atraso del
campo latinoamericano opera también como una estructura de desperdicio:
desperdicios de la fuerza de trabajo, de la tierra disponible, de los capitales,
del producto y, sobre todo, desperdicio de las huidizas oportunidades históricas
del desarrollo. El latifundio, en casi todos los países latinoamericanos, el
cuello de la botella que estrangula el crecimiento agropecuario y el desarrollo
de la economía toda. El régimen de propiedad imprime su sello al régimen de
producción: el uno y medio por ciento de los propietarios agrícolas
latinoamericanos posee la mitad de las tierras cultivables y América Latina
gasta, anualmente, más de quinientos millones de dólares en comprar al
extranjero alimentos que podría producir sin dificultad en sus inmensas y
fértiles tierras. Apenas un cinco por ciento de la superficie total se encuentra
bajo cultivo: la proporción más baja del mundo y, en consecuencia, el
desperdicio más grande. En las escasas tierras cultivadas, los rendimientos son,
además muy bajos. En numerosas regiones, los arados de palo abundan más que los
tractores. No se emplean, más que por excepción, las técnicas modernas, cuya
difusión no solo implicaría la mecanización de las faenas agrícolas, sino
también el auxilio y el estímulo a los suelos a través de los abonos, los
herbicidas, las semillas genéticas, los pesticidas, el riego artificial. El
latifundio integra a veces como Rey Sol, una constelación de poder que, para
usar la feliz expresión de Maza Zavala, multiplica los hambrientos pero no los
panes. En vez de absorber mano de obra el latifundio la expulsa: en cuarenta
años, los trabajadores latinoamericanos del campo se han reducido en más de un
veinte por ciento. Sobran tecnócratas dispuestos a afirmar, aplicando
mecánicamente recetas hachas, que este es un índice de progreso: la urbanización
acelerada, el traslado masivo de la población campesina. Los desocupados, que el
sistema vomita sin descanso, afluyen, en efecto, a las ciudades y extienden sus
suburbios. Pero las fábricas que también segregan desocupados a medida que se
modernizan, no brindan refugio a esta mano de obra excedente y no especializada.
Los adelantos tecnológicos del campo, cuando ocurren, agudizan el problema. Se
incrementan las ganancias de los terratenientes al incorporar medios más
modernos de la explotación de sus propiedades pero más brazos quedan sin
actividad y se hace más ancha la brecha que separa a ricos y pobres. La
introducción de los equipos motorizados, por ejemplo, elimina más empleos
rurales de los que crea. Los latinoamericanos que producen en jornadas de sol a
sol, los alimentos, sufren normalmente desnutrición: sus ingresos son
miserables, la renta que el campo genera se gasta en las ciudades o emigran al
extranjero. Las mejores técnicas que aumentan los rendimientos magros del suelo
pero dejan intacto el régimen de propiedad vigente no resultan, por cierto,
aunque contribuyan al progreso general, una bendición para los campesinos. No
crecen sus salarios ni su participación en las cosechas. El campo irradia
pobreza para muchos y riqueza para muy pocos. Las avionetas privadas sobrevuelan
los desiertos miserables, se multiplica el lujo estéril en los grandes
balnearios y Europa hierve de turistas latinoamericanos rebosantes de dinero,
que descuidan el cultivo de sus tierras pero no descuidan faltaba más, el
cultivo de sus espíritus.
Paul Bairoch atribuye la debilidad principal de la economía del Tercer Mundo al
hecho de que su productividad agrícola media solo alcance a la mitad del nivel
alcanzado en vísperas de la revolución industrial, por los países hoy
desarrollados. En efecto, la industria, para expandirse armoniosamente,
requeriría un aumento mayor de la producción de alimentos, porque las ciudades
crecen y comen materias primas, para las fábricas y para la exportación, de
manera de disminuir las importaciones agrícolas y aumentar las ventas al
exterior generando las divisas que el desarrollo requiere. Por otra parte, el
sistema de latifundios y minifundios implica el raquitismo del mercado interno
de consumo, sin cuya expansión la industria naciente pierde pie. Los salarios de
hambre en el campo y el ejército de reserva cada vez más numeroso de los
desocupados, conspiran en este sentido: los emigrantes rurales que vienen a
golpear a las puertas de las ciudades, empujan a la baja el nivel general de las
retribuciones obreras. Desde que la Alianza para el Progreso proclamó, a los
cuatro vientos, la necesidad de la reforma agraria, la oligarquía y la
tecnocracia no han cesado de elaborar proyectos.
Decenas de proyectos, gordos, flacos, anchos, angostos, duermen en las
estanterías de los parlamentos de todos los países latinoamericanos. Ya no es un
tema maldito la reforma agraria: los políticos han aprendido que la mejor manera
de no hacerla consiste en invocarla de continuo. Los procesos simultáneos de
concentración y pulverización de la propiedad de la tierra continúan, olímpicos,
su curso en la mayoría de los países. No obstante, las excepciones empiezan a
abrirse paso. Porque el campo no es solamente un semillero de pobreza: es
también, un semillero de rebeliones, aunque las tensiones sociales agudas se
oculten a menudo, enmascaradas por la resignación aparente de las masas.
El nordeste de Brasil, por ejemplo, impresiona a primera vista como un bastión
del fatalismo, cuyos habitantes aceptan morirse de hambre tan pasivamente como
aceptan la llegada de la noche al cabo del día. Pero no está tan lejos en el
tiempo, al fin y al cabo, la explosión mística de los nordestinos que pelearon
junto a sus mesías, apóstoles extravagantes, alzando la cruz y los fusiles
contra los ejércitos, para traer a esta tierra el reino de los cielos, ni las
furiosas oleadas de violencia de los cangaceiros: los fanáticos y los
bandoleros, utopía y venganza, dieron cauce a la protesta social ciega todavía,
de los campesinos desesperados. Las ligas campesinas recuperarían más tarde,
profundizándolas, estas tradiciones de lucha.
La dictadura militar que usurpó el poder en Brasil en 1964 no demoró en anunciar
su reforma agraria. El Instituto Brasileño de Reforma Agraria es, como ha hecho
notar Paulo Schilling, un caso único en el mundo: en vez de distribuir tierra a
los campesinos, se dedica a expulsarlos, par restituir a los latifundistas las
extensiones espontáneamente invadidas o expropiadas por gobiernos anteriores. En
1966 y 1967, antes de que la censura de prensa se alzara con mayor rigor, los
diarios solían dar cuenta de los despojos, los incendios y las persecuciones que
las tropas de la policía militar llevaban a cabo por orden del atareado
Instituto. Otra reforma agraria digna de una antología es la que se promulgó en
Ecuador en 1964 en 1964. El gobierno solo distribuyó tierras improductivas a la
par que facilitó la concepción de las tierras de mejor calidad en manos de los
grandes terratenientes. La mitad de las tierras distribuidas por la reforma
agraria de Venezuela, a partir de 1960, eran de propiedad pública; las grandes
plantaciones comerciales no fueron tocadas y los latifundistas expropiados
recogieron indemnizaciones tan altas que obtuvieron espléndidas ganancias y
compraron nuevas tierras en otras zonas.
El dictador argentino Juan Carlos Onganía estuvo a punto de anticipar en dos
años su caída, cuando en 1968 intentó aplicar un nuevo régimen a la propiedad
rural. El proyecto intentaba gravar las improductivas «llanuras peladas» más
severamente que las tierras productivas. La oligarquía vacuna puso el grito en
el cielo, movilizó sus propias espadas en el estado mayor y Onganía tuvo que
olvidar sus heréticas intenciones. La Argentina dispone, como el Uruguay, de
praderas naturalmente fértiles que, al influjo de un clima benigno, le han
permitido disfrutar de una prosperidad relativa en América Latina. Pero la
erosión va mordiendo sin piedad las inmensas llanuras abandonadas que no se
aplican al cultivo ni al pastoreo, y otro tanto ocurre con gran parte de los
millones de hectáreas dedicadas a la explosión extensiva del ganado. Como en el
caso de Uruguay, aunque en menor grado, esa explotación extensiva está en el
trasfondo de la crisis que ha sacudido a la economía argentina en los años
sesenta. Los latifundistas argentinos no han mostrado suficiente interés por
introducir innovaciones técnicas en sus campos. La productividad es todavía
baja, porque conviene que lo sea; la ley de la ganancia puede más que todas las
leyes. La extensión de las propiedades, a través de la compra de nuevos campos,
resulta más lucrativa y menos riesgosa que la puesta en práctica de los medios
que la tecnología moderna proporciona para la producción intensiva .
En 1931, la Sociedad Rural oponía el caballo al tractor: «Agricultores
ganaderos! - proclamaban sus dirigentes- ¡Trabajar con caballos en las faenas
agrícolas es proteger sus propios intereses y los del país!».
Veinte años después, insistía en sus publicaciones: «Es más fácil – ha dicho un
conocido militar- que llegue pasto al estómago de un caballo que nafta al tanque
de un pesado camión». Según los datos de la CEPAL, Argentina tiene, en
proporción a las hectáreas de superficie arable, dieciséis veces menos tractores
que Francia, y diecinueve veces menos tractores que el Reino Unido. El país
consume, también en proporción, ciento cuarenta veces menos fertilizantes que
Alemania Occidental. Los rendimientos de trigo, maíz y algodón de la agricultura
argentina son bastante más bajos que los rendimientos de esos cultivos en los
países desarrollados.
Juan Domingo Perón había desafiado los intereses de la oligarquía terrateniente
de la Argentina, cuando impuso el estatuto del peón y el cumplimiento del
salario mínimo rural. En 1944, la Sociedad Rural afirmaba: «En la fijación de
los salarios es primordial determinar el estándar de vida del peón común. Son a
veces tan limitadas sus necesidades materiales que un remanente trae destinos
socialmente poco interesantes. La Sociedad Rural continúa hablando de los peones
como si fueran animales, y la honda meditación a propósito de las cortas
necesidades de consumo de los trabajadores brinda, involuntariamente, un buena
clave para comprender las limitaciones del desarrollo industrial argentino: el
mercado interno no se extiende ni se profundiza en medida suficiente. La
política de desarrollo económico que impulsó el propio Perón no rompió nunca la
estructura del subdesarrollo agropecuario. En junio de 1952, en un discurso que
pronunció desde el Teatro Colón, perón desmintió que tuviera el propósito de
realizar una reforma agraria, y la Sociedad Rural comentó, oficialmente: «Fue
una magistral disertación».
En Bolivia, gracias a la reforma agraria de 1952, ha mejorado visiblemente la
alimentación en vastas zonas rurales del altiplano, tanto que hasta se han
comprobado cambios de estura en los campesinos. Sin embargo, el conjunto de la
población boliviana consume todavía apenas un sesenta por ciento de las
proteínas y un quinta parte del calcio necesario en la dieta mínima, y en las
áreas rurales el déficit es aún más agudo que estos promedios. No puede decirse
en modo algunos que la reforma agraria haya fracasado, pero la división de las
tierras altas no ha bastado para impedir que Bolivia gaste, en nuestros días, la
quinta parte de sus divisas en importar alimentos del extranjero.
La reforma agraria que ha puesto en practica, desde 1969, el gobierno militar de
Perú, está asomando como una experiencia de cambio en profundidad. Y en cuanto a
la expropiación de algunos latifundios chilenos por parte del gobierno de
Eduardo Frei, es de justicia reconocer que abrió el cauce a la reforma agraria
radical que el nuevo presidente, salvador Allende, anuncia mientras escribo
estas páginas.
Las trece colonias del norte y la importancia de no nacer importante.
La apropiación privada de la tierra siempre se anticipó, en América Latina, a su
cultivo útil. Los rasgos más retrógrados del sistema de tenencia actualmente
vigente no provienen de las crisis, sino que han nacido durante los períodos de
mayor prosperidad; a la inversa, los períodos de depresión económica han
apaciguado la voracidad de los latifundistas por la conquista de nuevas
extensiones. En Brasil, por ejemplo, la decadencia del azúcar y la virtual
desaparición del oro y los diamantes hicieron posible, entre 1820 y 1850, una
legislación que aseguraba la propiedad de la tierra a quien la ocupara y la
hiciera producir. En 1850 el ascenso del café como nuevo «producto rey»
determinó la sensación de la Ley de Tierras, cocinada según el paladar de los
políticos y los militares del régimen oligárquico, para negar la propiedad de la
tierra a quienes le trabajan, a medida que se iban abriendo, hacia el sur y
hacia el oeste, los gigantescos espacios interiores del país. Esta ley «fue
reforzada y ratificada desde entonces por una copiosísima legislación, que
establecía la compra como única forma de acceso a la tierra y creaba un sistema
notarial de registro que haría casi impracticable que un labrador pudiera
legalizar su posesión...»
La legislación norteamericana de la misma época se propuso el objetivo opuesto,
para promover la colonización interna de los Estados Unidos. Crujían las
carretas de los pioneros que iban extendiendo la frontera, a costa de las
matanzas de los indígenas, hacia las tierras vírgenes del oeste: la Ley Lincoln
de 1862, el Meted Act, aseguraba a cada familia la propiedad de lotes de 65
hectáreas. Cada beneficiario se comprometía a cultivar su parcela por un período
no menor de cinco años. El dominio público se colonizó con rapidez asombrosa; la
población aumentaba y se propagaba como un enorme mancha de aceite sobre el
mapa.
La tierra accesible, fértil y casi gratuita, atraía a los campesinos europeos
con un imán irresistible: cruzaban el océano y también los Apalaches rumbo a las
praderas abiertas. Fueron granjeros libres, así, quienes ocuparon los nuevos
territorios del centro y del oeste. Mientras el país crecía en superficie y en
población, se creaban fuentes de trabajo agrícola y al mimo tiempo se generaba
un mercado interno con gran poder adquisitivo, la enorme masa de los granjeros
propietarios, para sustentar la pujanza del desarrollo industrial.
En cambio, los trabajadores rurales que, desde hace más de un siglo, han
movilizado con ímpetu la frontera interior de Brasil, no han ido no son familias
de campesinos libres en busca de un trozo de tierra propia, como se observa en
Ribeiro, sino braceros contratados para servir a los latifundistas que
previamente han tomado posesión de los grandes espacios vacíos. Los desiertos
interiores nunca fueron accesibles, como no fuera de esta manera, a la población
rural. En provecho ajeno, los obreros han ido abriendo el país, a golpes de
machete, a través de la selva. La colonización resulta una simple extensión del
área latifundista. Entre 1930 y 1950, 65 latifundios brasileños absorbieron la
cuarta parte de las nuevas tierras incorporadas a la agricultura.
Estos dos opuestos sistemas de colonización interior muestran una de las
diferencias más importantes entre los modelos de desarrollo de los Estados
Unidos y de América Latina. ¿Por qué el norte es rico y el sur pobre? El río
Bravo señala mucho más que una frontera geográfica. El hondo desequilibrio de
nuestros días, que parece confirmar la profecía de Hegel sobre la inevitable
guerra entre una y otra América, ¿nació de la expansión imperialista de los
Estados Unidos o tiene raíces más antiguas? En realidad, al norte y al sur se
habían generado, ya en la matriz colonial, sociedades muy poco parecidas y al
servicio de fines que no eran los mismos. Los peregrinos de Mayflower no
atravesaron el mar para conquistar tesoros legendarios ni para atrasar las
civilizaciones indígenas existentes en el norte, sino para establecerse con sus
familias y reproducir, en el Nuevo Mundo, el sistema de vida y de trabajo que
practicaban en Europa. No eran soldados de fortuna, sino pioneros; no venían a
conquistar, sino a colonizar: fundaron «colonias de poblamientos». Es cierto que
el proceso posterior desarrolló, al sur de la bahía de Delaware, una economía de
plantaciones esclavistas semejantes a la que surgió en América Latina, pero con
la diferencia de que en Estados Unidos el centro de gravedad estuvo desde el
principio radicado en las granjas y los talleres de Nueva Inglaterra, de donde
saldrían los ejércitos vencedores de la Guerra de Secesión en el siglo XIX. Los
colonos de Nueva Inglaterra, núcleo original de la civilización norteamericana,
no actuaron nunca como agentes coloniales de la acumulación capitalista europea;
desde el principio, vivieron al servicio de su propio desarrollo y del
desarrollo de su tierra nueva. Las trece colonias del norte sirvieron de
desembocadura al ejército de campesinos y artesanos europeos que el desarrollo
metropolitano iba lanzando fuera del mercado de trabajo. Trabajadores libres
formaron la base de aquella nueva sociedad de este lado del mar.
España y Portugal contaron, en cambio, con una gran abundancia de mano de obra
servil en América Latina. A la esclavitud de los indígenas sucedió el trasplante
en masa de los esclavos africanos. A lo largo de los siglos, hubo siempre una
legión enorme de campesinos desocupados disponibles para ser trasladados a los
centros de producción: las zonas florecientes coexistieron siempre con las
decadentes, al ritmo de los auges y las caídas de las exportaciones de metales
preciosos o azúcar, y las zonas de decadencia surtían de mano de obra a las
zonas florecientes. Esta estructura persiste hasta nuestros días, y también en
la actualidad implica un bajo nivel de salarios, por la presión que los
desocupados ejercen sobre el mercado de trabajo, y frustra el crecimiento del
mercado interno de consumo. Pero además, a diferencia de los puritanos del
norte, las clases dominantes de la sociedad colonial latinoamericana no se
orientaron jamás al desarrollo económico interno. Sus beneficios provenían de
fuera; estaban más vinculados al mercado extranjero que a la propia comarca.
Terratenientes y mineros y mercaderes habían nacido para cumplir esa función:
abastecer a Europa de oro, plata y alimentos. Los caminos trasladaban la carga
en un solo sentido: hacia el puerto y los mercaderes de ultramar. Esta es
también la clave que explica la expansión de los Estados Unidos como unidad
nacional y la facturación de América Latina: nuestros centros de producción no
estaban conectados entre sí, sino que formaban un abanico con el vértice muy
lejos.
Las trece colonias del norte tuvieron, bien pudiera decirse, la dicha de la
desgracia. Su experiencia histórica mostró la tremenda importancia de no nacer
importante. Porque al norte de América no había oro no había plata, ni
civilizaciones indígenas con densas concentraciones de población ya organizada
para el trabajo, ni suelos tropicales de fertilidad fabulosa en la franja
costera que los peregrinos ingleses colonizaron. La naturaleza se había mostrado
avara, y también la historia: faltaban los metales y la mano de obra esclava
para arrancar los metales del vientre de la tierra. Fue una suerte. Por lo
demás, desde Maryland hasta Nueva Escocia, pasando por Nueva Inglaterra, las
colonias del norte producían, en virtud del clima y por las características de
los suelos, exactamente los mismo que la agricultura británica, es decir, que no
ofrecían a la metrópoli, como advierte Bagú, una producción complementaria.
Muy distinta era la situación de las Antillas y de las colonias ibéricas de
tierra firme. De las tierras tropicales brotaban el azúcar, el tabaco, el
algodón, el añil, la trementina, una pequeña isla del Caribe resultaba más
importante para Inglaterra, desde el punto de vista económico, que las trece
colonias matrices de los Estados Unidos.
Estas circunstancias explican el ascenso y la consolidación de los Estados
Unidos, como un sistema económicamente autónomo, que no drenaba hacia fuera la
riqueza generada en su seno. Eran muy flojos los lazos que ataban la colonia a
la metrópoli; en Barbados o Jamaica, en cambio, solo se reinvertían los
capitales indispensables para reponer los esclavos a medida que se iban
gestando. No fueron factores raciales, como se ve, los que decidieron el
desarrollo de unos y el subdesarrollo de otros; las islas británicas de la
Antillas no tenían nada de españolas ni de portuguesas. La verdad es que la
insignificancia económica de las trece colonias permitió la temprana
diversificación de sus exportaciones y alumbró al impetuoso desarrollo de las
manufacturas. La industrialización norteamericana contó, desde antes de la
independencia, con estímulos y protecciones oficiales. Inglaterra se mostraba
tolerante, al mismo tiempo que prohibía estrictamente que sus islas fabricaran
siquiera un alfiler.
LAS FUENTES SUBTERRÁNEAS DEL PODER
La economía norteamericana necesita los minerales de América latina como los
pulmones necesitan el aire.
Los astronautas habían impreso las primeras huellas humanas sobre la superficie
de la luna, y en julio de 1969 el padre de la hazaña, Werner von Braun,
anunciaba a la prensa que los Estados Unidos se proponían instalar una lejana
estación en el espacio, con propósitos más bien cercanos: «Desde esta
maravillosa plataforma de observación – declaró- podremos examinar todas las
riquezas de la Tierra: los pozos de petróleo desconocidos, las minas de cobre y
de cinc...»
El petróleo sigue siendo el principal combustible de nuestro tiempo, y los
norteamericanos importan la séptima parte del petróleo que consumen. Para matar
vietnamitas, necesitan balas y las balas necesitan cobre: los Estados Unidos
compran fuera de fronteras una quinta parte del cobre que gastan. La falta de
cinc resulta cada vez más angustiosa: cerca de la mitad viene del exterior. No
se puede fabricar aluminio sin bauxita. Sus grandes centros siderúrgicos
–Pittsburgh, Cleveland, Detroit- no encuentran hierro suficiente en los
yacimientos de Minessota, que van camino de agotarse, ni tienen manganeso en el
territorio nacional: la economía norteamericana importa una tercera parte del
hierro y todo el manganeso que necesita. Para producir los motores de
retropropulsión, no cuentan con níquel ni con cromo en el subsuelo. Para
fabricar aceros especiales, se requiere Tunsteno: importan la cuarta parte. Esta
dependencia, creciente, respecto a los suministros extranjeros, determina una
identificación también creciente de los intereses de los capitalistas
norteamericanos en América Latina, con la seguridad nacional de los Estados
Unidos. La estabilidad interior de la primera potencia del mundo aparece
íntimamente ligada a las inversiones norteamericanas al sur del río Bravo. Cerca
de la mitad de esas inversiones está dedicada a la extracción de petróleo y a la
explotación de riquezas mineras, «indispensables para la economía de los Estados
Unidos tanto en la paz como en la guerra». El presidente del Consejo
Internacional de la Cámara de Comercio del país del norte lo define así:
«Históricamente, una de las razones principales de los Estados Unidos para
invertir en el exterior es el desarrollo de recursos naturales, particularmente
minerales y, más especialmente, petróleo. Es perfectamente obvio que los
incentivos de este tipo de inversiones no pueden menos que incrementarse.
Nuestras necesidades de materias primas están en constante aumento a medida que
la población se expande y el nivel de vida sube. Al mismo tiempo, nuestros
recursos domésticos se agotan...» Los laboratorios científicos del gobierno, de
las universidades y de las grandes corporaciones avergüenzan a la imaginación
con el ritmo febril de sus invenciones y sus descubrimientos, pero la nueva
tecnología no ha encontrado la manera de prescindir de los materiales básicos
que la naturaleza, y sólo ella proporciona.
Se van debilitando, al mismo tiempo, las respuestas que el subsuelo nacional es
capaz de dar al desarrollo del crecimiento industrial de los Estados Unidos.
El subsuelo también produce golpes de estado, revoluciones, historias de espías
y aventuras en la selva amazónica.
El Brasil, los espléndidos yacimientos de hierro del valle de Paraopeda
derribaron dos presidentes, Janio Quadros y Jaöa Goulart antes de que el
mariscal Castelo Branco, que asaltó el poder en 1964, los cediera amablemente a
la Hanna Mining Co.
Otro amigo anterior del embajador de los Estados Unidos, el presidente Eurico
Dutra (1946-51), había concedido a la Bethlhem Steel, algunos años antes, los
cuarenta millones de toneladas de manganeso del estado de Amapá, uno de los
mayores yacimientos del mundo, a cambio de un cuatro por ciento para el Estado
sobre los ingresos de exportación; desde entonces, la Bethlehem está mudando las
montañas a los Estados Unidos con tal entusiasmo que se teme que de aquí a
quince años Brasil quede sin suficiente manganeso para abastecer su propia
siderurgia. Por lo demás de cada cien dólares que la Berthlehem invierte en la
extracción de minerales, ochenta y ocho corresponden a una gentileza del
gobierno brasileño: las exoneraciones de impuestos en nombre del «desarrollo de
la región».
La experiencia del oro perdido de Minas Gerais - «oro blanco, oro negro, oro
podrido», escribió el poeta Manuel Bandeira- no ha servido, como se ve, para
nada: Brasil continúa despojándose gratis de sus fuentes naturales de desarrollo
. Por su parte, le dictador René Barrientos se apoderó de Bolivia en 1964 y,
entre matanza y matanza de mineros, otorgó a la firma Philips Brothers la
concesión de la mina Matilde, que contienen plomo, plata y grandes yacimientos
de cinc con una ley doce veces más alta que la de las minas norteamericanas. La
empresa quedó autorizada a llevarse el cinc en bruto, para elaborarlo en sus
refinerías extranjeras, pagando al Estado nada menos que el uno y medio por
ciento del valor de venta del mineral. En Perú, en 1968, se perdió
misteriosamente la página número once del convenio que el presidente Balaúnde
Terry había firmado a los pies de una filial de la Standart Oil, y el general
Velasco Alvarado derrocó al presidente, tomó las riendas del país y nacionalizó
los pozos y la refinería de la empresa. En Venezuela, el gran lago de petróleo
de la Standard Oil y la Gulf, tiene su asiento la mayor misión militar
norteamericana de América Latina. Los frecuentes golpes de Estado de Argentina
estallan antes o después de cada licitación petrolera. El cobre no era en modo
alguno ajeno a la desproporcionada ayuda militar que Chile recibía del Pentágono
hasta el triunfo electoral de las fuerzas de izquierda encabezadas por Salvador
Allende; las reservas norteamericanas de cobre habían caído en más de un sesenta
por ciento entre 1965 y 1969. En 1964, en su despacho de La Habana, el Che
Guevara me enseñó que la Cuba de Batista no era sólo de azúcar: los grandes
yacimientos cubanos de níquel y de manganeso explicaban mejor, a su juicio, la
furia ciega del Imperio contra la revolución. Desde aquella conversación, las
reservas de níquel de los Estados Unidos se redujeron a la tercera parte: la
empresa norteamericana Nicro Nickel había sido nacionalizada y el presidente
Jhonson, había amenazado a los metalúrgicos franceses con embargar sus envíos a
los Estados Unidos si comparaban el mineral a Cuba.
Los minerales tuvieron mucho que ver con la caída del gobierno del socialista
Cheddi Jagan, que a fines de 1964 había obtenido nuevamente la mayoría de los
votos en lo que entonces era la Guayana británica. El país que hoy se llama
Guyana es el cuarto productor mundial de bauxita y figura en el tercer lugar
entre los productores latinoamericanos de manganeso. La CIA desempeñó un papel
decisivo en la derrota de Jagan. Arnold Zander, el máximo dirigente de la huelga
que sirvió de provocación y pretexto para negar con trampas la victoria
electoral de Jagan, admitió públicamente, tiempo después, que su sindicato había
recibido una lluvia de dólares de una de las fundaciones de la Agencia Central
de Inteligencia de los Estados Unidos. El nuevo régimen garantizó que no
correrían peligro los intereses de la Aluminium Company of América en Guyana: la
empresa podría seguir llevándose, sin sobresaltos, la bauxita, y vendiéndosela a
sí misma al mismo precio de 1938, aunque desde entonces se hubiera multiplicado
el precio del aluminio . El negocio ya no corría peligro. La bauxita de Arkansas
vale el doble que la bauxita de Guyana. Los Estados Unidos disponen de muy poca
bauxita en su territorio; utilizando materia prima ajena y muy barata, producen,
en cambio, casi la mitad del aluminio que se elabora en el mundo.
Para abastecerse de la mayor parte de los minerales estratégicos que se
consideraban de valor crítico para su potencial de guerra, los Estados Unidos
dependen de las fuentes extranjeras. «otro de retropropulsión, la turbina de gas
y los reactores nucleares tienen hoy una enorme influencia sobre la demanda de
materiales que sólo pueden ser obtenidos en el exterior», dice Magdolf en este
sentido. La imperiosa necesidad de minerales estratégicos, imprescindibles para
salvaguardar el poder militar y atómico de los Estados Unidos, aparece
claramente vinculada a la compra masiva de tierras, por medios generalmente
fraudulentos, en la Amazonia brasileña. En la década del '60, numerosas empresas
norteamericanas, conducidas de la mano por aventureros y contrabandistas
profesionales, se abatieron en un rush febril sobre esta selva gigantesca.
Previamente, en virtud del acuerdo firmado en 1964, los aviones de la Fuerza
Aérea de los Estados Unidos habían sobrevolado y fotografiado toda la región.
Habían utilizado equipos de cintilómetros para detectar los yacimientos de
minerales radiactivos por la emisión de ondas de luz de intensidad variable,
electromagnetómetros para radiografiar el subsuelo rico en minerales no ferrosos
y magnetómetros para descubrir y medir el hierro. Los informes y las fotografías
obtenidas en el relevamiento de la extensión y la profundidad de las riquezas
secretas de la Amazonia fueron puestos en manos de las empresas privadas
interesadas en el asunto, gracias a los buenos servicios de Geological Survey
del gobierno de los Estados Unidos. En la inmensa región se comprobó la
existencia de oro, plata, diamantes, gipsita, hematita, magnetita, tantalio,
titanio, torio, uranio, cuarzo, cobre, manganeso, plomo, sulfatos, potasios,
bauxita, cinc, zirconio, cromo y mercurio. Tanto se abre el cielo desde la
jungla virgen de Matto Grosso hasta las llanuras del sur de Goiás que, según
deliraba la revista Times en su última edición latinoamericana de 1967, se puede
ver al mismo tiempo el sol brillante y media docena de relámpagos de tormentas
distintas. El gobierno había ofrecido exoneraciones de impuestos y otras
seducciones para colonizar los espacios vírgenes de este universo mágico y
salvaje. Según Times, los capitalistas extranjeros habían comprado, antes de
1967, a siete centavos el acre, una superficie mayor que la que suman los
territorios de Connecticut, Rhode, Delaware, Massachussets y New Hampshire.
«Debemos mantener las puertas bien abiertas a la inversión extranjera –decía el
director de la agencia gubernamental para el desarrollo de la Amazonia-, porque
necesitamos más de lo que podemos obtener». Para justificar el relevamiento
aerofotogramétrico por parte de la aviación norteamericana, el gobierno había
declarado, antes, que carecía de recursos. En América latina es lo normal:
siempre se entregan los recursos en nombre de la falta de recursos.
El Congreso brasileño pudo realizar una investigación que culminó con un
voluminoso informe sobre el tema. En él se enumeran casos de venta o usurpación
de tierras por veinte millones de hectáreas, extendidas de manera tan curiosa
que, según la comisión investigadora, «forman un cordón para aislar la Amazonia
del resto de Brasil». La «explotación clandestina de minerales muy valioso»
figura en el informe como uno de los principales motivos de la avidez
norteamericana por abrir una nueva frontera dentro de Brasil. El testimonio del
gabinete del Ministerio del Ejército, recogido en el informe, hace hincapié en
«el interés del propio gobierno norteamericano en mantener, bajo su control, una
vasta extensión de tierras para su utilización ulterior, sea para la explotación
de minerales, particularmente los radiactivos, sea como base de una colonización
dirigida». El Consejo de Seguridad Nacional afirma: «Causa sospecha el hecho de
que las áreas ocupadas, o en vías de ocupación, o por elementos extranjeros,
coincidan con regiones que están siendo sometidas a campañas de esterilización
de mujeres brasileñas por extranjeros». En efecto, según el diario Correio da
Manha, «más de veinte misiones religiosas extranjeras, principalmente las de la
iglesia protestante de Estados Unidos, están ocupando la Amazonia, localizándose
en los puntos más ricos en minerales radiactivos, oro y diamantes... Difunden en
gran escala diversos anticonceptivos, como el dispositivo intrauterino, y
enseñan inglés a los indios catequizados... Sus áreas están cercadas por
elementos armados y nadie puede penetrar en ellas. No está de más advertir que
la Amazonia es la zona de mayor extensión entre todos los desiertos del planeta
habitables por el hombre. El control de la natalidad se puso en práctica en este
grandioso espacio vacío, para evitar la competencia demográfica de los muy
escasos brasileños que, en remotos rincones de la selva o de las planicies
inmensas, viven y se reproducen.
Por su parte, el general Riograndino Kruel afirmó, ante la comisión
investigadora del Congreso, que «el volumen de contrabando de materiales que
contienen torio y uranio alcanza la cifra astronómica de un millón de
toneladas». Algún tiempo antes, en septiembre de 1966, Kruel, jefe de la policía
federal, había denunciado «la impertinente y sistemática interferencia» de un
cónsul de los Estados Unidos en el proceso abierto contra cuatro ciudadanos
norteamericanos acusados de contrabando de minerales atómicos brasileños. A su
juicio, que se les hubiera encontrado cuarenta toneladas de mineral radiactivo
era suficiente para condenarlos. Poco después, tres de los contrabandistas se
fugaron de Brasil misteriosamente. El contrabando no era un fenómeno nuevo,
aunque se había intensificado mucho. Brasil pierde cada año más de cien millones
de dólares, solamente por la evasión clandestina de diamantes en bruto. Pero en
realidad el contrabando sólo se hace necesario en medida relativa. Las
concesiones legales arrancan a Brasil cómodamente sus más fabulosas riquezas
naturales.
Por no citar más que otro ejemplo, nueva cuenta de un largo collar, el mayor
yacimiento de niobio del mundo, que está en Araxá, pertenece a una filial de la
Niobium Corporation, de Nueva York. Del niobio provienen varios metales que se
utilizan, por su gran resistencia a las temperaturas altas, para la construcción
de reactores nucleares, cohetes y naves espaciales, satélites o simples jets. La
empresa extrae también, de paso, junto con el niobio, buenas cantidades de
tántalo, torio, uranio, pirocloro y tierras raras de alta ley mineral.
Un químico alemán derrotó a los vencedores de la guerra del Pacífico.
La historia del salitre, su auge y su caída, resulta muy ilustrativa de la
duración ilusoria de las prosperidades latinoamericanas en el mercado mundial:
el siempre efímero soplo de las glorias y el peso siempre perdurable de las
catástrofes.
A mediados del siglo pasado, las negras profecías de Malthus planeaban sobre el
Viejo Mundo. La población europea crecía vertiginosamente y se hacía
imprescindible otorgar nueva vida a los suelos cansados para que la producción
de alimentos pudiera aumentar en proporción pareja. El guano reveló sus
propiedades fertilizantes en los laboratorios británicos; a partir de 1840
comenzó su exportación en gran escala desde la costa peruana. Los alcatraces y
las gaviotas, alimentados por los fabulosos cardúmenes de las corrientes que
lamen las riberas, habían ido acumulando en las islas y los islotes, desde
tiempos inmemoriales, grandes montañas de excrementos ricos en nitrógeno,
amoníaco, fosfato y sales alcalinas: el grupo se conservaba puro en las costas
sin lluvia de Perú .
Poco después del lanzamiento internacional del guano, la química agrícola
descubrió que eran aún mayores las propiedades nutritivas del salitre, y en 1850
ya se había hecho muy intenso su empleo como abono en los campos europeos. Las
tierras del viejo continente dedicadas al cultivo del trigo, empobrecidas por la
erosión, recibían ávidamente los cargamentos de nitrato de soda provenientes de
las salitreras peruanas de Tarapacá y, luego, de la provincia boliviana de
Antofagasta. Gracias al salitre y al guano, que yacían en las costas del
pacífico «casi al alcance de los barcos que venían a buscarlos», el fantasma del
hambre se alejó de Europa.
La oligarquía de Lima, soberbia y presuntuosa como ninguna, continuaba
enriqueciéndose a manos llenas y acumulando símbolos de su poder en los palacios
y los mausoleos de mármol de Carrara que la capital erguía en medio de los
desiertos de arena. Antiguamente a costa de la plata de Potosí, y ahora pasaban
a vivir de la mierda de los pájaros y del grumo blanco y brillante de las
salitreras. Perú creía que era independiente, pero Inglaterra había ocupado el
lugar de España. «El país se sintió rico–escribía Mariátegui-. El Estado usó sin
medida de su crédito. Vivió en el derroche, hipotecando su porvenir a las
finanzas inglesas». En 1868, según Romero, los gastos y las deudas del Estado ya
eran mucho mayores que el valor de las ventas al exterior. Los depósitos de
guano servían de garantía a los empréstitos británicos, y Europa jugaba con los
precios; la rapiña de los exportadores hacía estragos: lo que la naturaleza
había acumulado en las islas a lo largo de milenios se maltrataba en pocos años.
Mientras tanto, en las pampas salitreras, cuenta Bermúdez, los obreros
sobrevivían en chozas «miserables, apenas más altas que el hombre, hechas con
piedras, cascotes de caliche y barro, de un solo recinto».
La explotación del salitre rápidamente se entendió hasta la provincia boliviana
de Antofagasta, aunque el negocio no era boliviano sino peruano y, más que
peruano, chileno. Cuando el gobierno de Bolivia pretendió aplicar un impuesto a
las salitreras que operaban en su suelo, los batallones del ejército de Chile
invadieron la provincia para no abandonarla jamás.
Hasta aquella época, el desierto había oficiado de zona de amortiguación para
los conflictos latentes entre Chile, Perú y Bolivia. El salitre desencadenó la
pelea. La guerra del pacífico estalló en 1879 y duró hasta 1883. las fuerzas
armadas chilenas, que ya en 1879 habían ocupado también los puertos peruanos de
la región del salitre, Patillos, Iquique, Pisagua, Junín, entraron por fin
victoriosas en Lima, y al día siguiente la fortaleza del Callao se rindió.
La derrota provocó la mutilación y la sangría de Perú. La economía nacional
perdió sus dos principales recursos, se paralizaron las fuerzas productivas,
cayó la moneda, se cerró el crédito exterior . El colapso no trajo consigo,
advertiría Mariátegui, una liquidación del pasado: la estructura de la economía
colonial permaneció invicta, aunque faltaban sus fuentes de sustentación.
Bolivia, por su parte, no se dio cuenta de lo que había perdido con la guerra:
la mina de cobre más importante del mundo actual, Chuquicamata, se encuentra
precisamente en la provincia, ahora chilena, de Antofagasta. Pero, ¿y los
triunfadores?
El salitre y el yodo sumaban el cinco por ciento de las rentas del Estado
chileno en 1880; diez años después, más de la mitad de los ingresos fiscales
provenían de la expropiación de nitrato desde los territorios conquistados. En
el mismo período las inversiones inglesas en Chile se triplicaron con creces: la
región del salitre de convirtió en una factoría británica. Los ingleses se
apoderaron del salitre utilizando procedimientos nada costosos. El gobierno de
Perú había expropiado las salitreras en 1875 y las había pagado con bonos; la
guerra abatió el valor de estos documentos cinco años después, a la décima
parte.
Algunos aventureros audaces, como John Thomas North y su socio Robert Harvey,
aprovecharon la coyuntura. Mientras los chilenos, los peruanos y los bolivianos
intercambiaban balas en el campo de batalla, los ingleses se dedicaban a
quedarse con los bonos, gracias a los créditos que el banco de Valparaíso y
otros bancos chilenos les proporcionaban sin dificultad alguna. Los soldados
estaban peleando para ellos, aunque no lo sabían. El gobierno chileno recompensó
inmediatamente el sacrificio de North, Harvey, Inglis, James, Bush, Robertson y
otros laboriosos hombres de empresa: en 1881 dispuso la devolución de las
salitreras a sus legítimos dueños, cuando ya la mitad de los bonos había pasado
a las manos brujas de los especuladores británicos. No había salido ni un
penique de Inglaterra para financiar este despojo.
Al abrirse la década del '90, Chile destinaba a Inglaterra las tres cuartas
partes de sus exportaciones, y de Inglaterra recibía casi la mitad de sus
importaciones; su dependencia comercial era todavía mayor que la que por
entonces padecía la India. La guerra había otorgado a Chile el monopolio mundial
de los nitratos naturales, pero el rey del salitre era John Thomas North.
Una de sus empresas, la Liverpool Nitrate Company, pagaba dividendos del
cuarenta por ciento. Este personaje había desembarcado en el puerto de
Valparaíso, en 1866, con sólo diez libras esterlinas en el bolsillo de su viejo
traje lleno de polvo; treinta años después, los príncipes y los duques, los
políticos más prominentes y los grandes industriales se sentaban a la mesa de su
mansión en Londres. North se había afiliado, como correspondía a un caballero de
sus quilates, al Partido Conservador y a la Logia Masónica de Kent. Lord
Dorchester, Lord Randolph Churchill y el Marqués de Stockpole asistían a sus
fiestas extravagantes, en las que North bailaba disfrazado de Enrique VIII.
Mientras tanto, en su lejano reino del salitre, los obreros chilenos no conocían
el descanso los domingos, trabajaban hasta dieciséis horas por día y cobraban
sus salarios con fichas que perdían cerca de la mitad de su valor en las
pulperías de las empresas.
Entre 1886 y 1890, bajo la presidencia de José Manuel Balmaceda, el Estado
chileno realizó, dice Ramírez Necochea, «los planes de progreso más ambiciosos
de toda su historia». Balmaceda impulsó el desarrollo de algunas industrias,
ejecutó importantes obras públicas, renovó la educación, tomó medidas para
romper el monopolio de la empresa británica de ferrocarriles en Tarapacá y
contrató con Alemania el primer y único empréstito que Chile no recibió de
Inglaterra en todo el siglo pasado. En 1888 anunció que era necesario
nacionalizar los distritos salitreros mediante la formación de empresas
chilenas, y se negó a vender a los ingleses las tierras salitreras de propiedad
del estado. Tres años más tarde estalló la guerra civil.
North y sus colegas financiaron con holgura a los rebeldes y los barcos
británicos de guerra bloquearon la costa de Chile, mientras en Londres la prensa
bramaba contra Balmaceda, «dictador de la peor especie», «carnicero». Derrotado,
Balmaceda se suicidó. El embajador inglés informó al Foreing Office: «La
comunidad británica no hace secretos de su satisfacción por la caída de
Balmaceda, cuyo triunfo, se cree, habría implicado serios perjuicios a los
intereses comerciales británicos». De inmediato se vinieron abajo las
inversiones estatales en caminos, ferrocarriles, colonización, educación y obras
públicas a la par que las empresas británicas extendían sus dominios.
En vísperas de la primera guerra mundial, dos tercios del ingreso nacional de
Chile provenían de la exportación de los nitratos, pero la pampa salitrera era
más ancha y ajena que nunca. La prosperidad no había servido para desarrollar y
diversificar el país, sino que había acentuado por el contrario, sus
deformaciones estructurales. Chile funcionaba como un apéndice de la economía
británica: el más importante proveedor de abonos del mercado europeo no tenía
derecho a la vida propia. Y entonces un químico alemán derrotó, desde su
laboratorio, a los generales que habían triunfado, años atrás, en los campos de
batalla. El perfeccionamiento del proceso Haber-Bosch para producir nitratos
fijando el nitrógeno del aire, desplazó al salitre definitivamente y provocó la
estrepitosa caída de la economía chilena. La crisis del salitre fue la crisis de
Chile, honda herida, porque Chile vivía del salitre y para el salitre –y el
salitre estaba en manos extranjeras.
En el reseco desierto de Tamarugal, donde los resplandores de la tierra le
queman a uno los ojos, he sido testigo del arrasamiento de Tarapacá. Aquí había
ciento veinte oficinas salitreras en la época del auge, y ahora sólo queda una
oficina en funcionamiento. En la pampa no hay humedad ni polillas, de modo que
no sólo se vendieron las máquinas como chatarra, sino también las tablas de pino
de Oregón de las mejores casas, las planchas de calamina y hasta los pernos y
los clavos intactos. Surgieron obreros especializados en desarmar pueblos: eran
los únicos que conseguían trabajo en estas inmensidades arrasadas o abandonadas.
He visto los escombros y los agujeros, los pueblos fantasmas, las vías muertas
de la Nitrate Railways, los hilos ya mudos de los telégrafos, los esqueletos de
las oficinas salitreras despedazadas por el bombardeo de los años, los cruces de
los cementerios que el viento frío golpea por las noches, los cerros
blanquecinos que los desperdicios del caliche habían ido irguiendo junto a las
excavaciones. «Aquí corría el dinero y todos creían que no se terminaría nunca»,
me han contado los lugareños que sobreviven. El pasado parece un paraíso por
oposición al presente, y hasta los domingos, que en 1889 todavía no existían
para los trabajadores, y que luego fueron conquistados a brazo partido por la
lucha gremial, se recuerdan con todos los fulgores: «Cada domingo en la pampa
salitrera –me contaba un viejo muy viejo- era para nosotros una fiesta nacional,
un nuevo dieciocho de septiembre cada semana» Iquique, el mayor puerto del
salitre, «puerto de primera» según su galardón oficial, había sido el escenario
de más de una matanza de obreros, pero a su teatro municipal, de estilo belle
époque, llegaban los mejores cantantes de la ópera europea antes que a Santiago.
Dientes de cobre sobre Chile
El cobre no demoró mucho en ocupar el lugar del salitre como viga maestra de la
economía chilena, al tiempo que la hegemonía británica cedía paso al dominio de
los Estados Unidos. En vísperas de la crisis del 29 las inversiones
norteamericanas en Chile ascendían ya a más de cuatrocientos millones de
dólares, casi todos destinados a la explotación y el transporte de cobre. Hasta
la victoria electoral de las fuerzas de la Unidad Popular en 1970, los mayores
yacimientos del metal rojo continuaban en manos del la Anaconda Koper Minning
Co. y la Kennecott Coper Co., dos empresas íntimamente vinculadas entre sí como
partes de un mismo consorcio mundial. En medio siglo, ambas habían remitido
cuatro mil millones de dólares desde Chile a sus casas matrices, caudalosa
sangre evadida por diversos conceptos, y habían realizado como contrapartida,
según sus propias cifras infladas, una inversión total que no pasaba de
ochocientos millones, casi todos provenientes de las ganancias arrancadas al
país . La hegemonía había ido aumentando a medida que la producción crecía,
hasta superar los cien millones de dólares por año en los últimos tiempos. Los
dueños del cobre eran los dueños de Chile. El lunes 21 de diciembre del 70,
Salvador Allende habla desde el balcón del palacio de gobierno a una multitud
fervorosa; anuncia que ha firmado el proyecto de reforma constitucional que hará
posible la nacionalización de la gran minería. En 1969, la Anaconda ha logrado
en Chile utilidades por 79 millones de dólares, que equivalen al ochenta por
ciento de sus ganancias en todo el mundo: y sin embargo, agrega, la Anaconda
tiene en Chile menos de la sexta parte de sus inversiones en el exterior. La
guerra bacteriológica de la derecha, planificada campaña de propaganda destinada
a sembrar el terror para evitar la nacionalización del cobre y las demás
reformas de estructura anunciadas desde la izquierda, había sido tan intensa
como en las elecciones anteriores. Los diarios habían exhibido pesados tanques
soviéticos rodando ante el palacio presidencial de La Moneda; sobre las paredes
de Santiago los guerrilleros barbudos aparecerían arrastrando jóvenes inocentes
rumbo a la muerte; se escuchaba el timbre de cada casa, un aseñora explicaba:
«¿Tiene usted cuatro niños? Dos, irán a la Unión Soviética y dos a Cuba». Todo
resultaba inútil: el cobre «se pone poncho y espuelas», anuncia el presidente
Allende: el cobre vuelve a ser chileno.
Los Estados Unidos, por su parte, con las piernas presas en la trampa de las
guerras del sudeste asiático, no han ocultado el malestar oficial ante la marcha
de los acontecimientos en el sur de la cordillera de los Andes. Pero Chile no
está al alcance de una súbita expedición de marines, y la fin y al cabo Allende
es presidente con todos los requisitos de la democracia representativa que el
país del norte formalmente predica. El imperialismo atraviesa las primeras
etapas de un nuevo ciclo crítico, cuyos signos se han hecho claros en la
economía; su función de policía mundial se hace cada vez más cara y más difícil.
¿Y la guerra de los precios? La producción chilena se vende ahora en mercados
diversos y puede abrir amplios mercados nuevos entre los países socialistas; los
Estados Unidos carecen de medios para bloquear, a escala universal, las ventas
del cobre que los chilenos se disponen a recuperar. Muy distinta era, por
cierto, la situación del azúcar cubana doce años atrás, destinada enteramente al
mercado norteamericano y por entero dependiente de los precios norteamericanos.
Cuando Eduardo Frei ganó las elecciones del 64, la cotización del cobre subió de
inmediato con visible alivio: cuando Allende ganó las del 70, el precio, que ya
venía bajando, declinó aún más. Pero el cobre, habitualmente sometido a muy
agudas fluctuaciones de precios, había gozado de precios considerablemente altos
en los últimos años y como la demanda excede a la oferta, la escasez impide que
el nivel caiga muy abajo. A pesar de que el aluminio ha ocupado en gran medida
su lugar como conductor de electricidad, el aluminio también requiere cobre, y
en cambio no se han encontrado sucedáneos más baratos y eficaces para
desplazarlo de la industria del acero ni de la química, y el metal rojo sigue
siendo la materia prima principal de las fábricas de pólvora, latón y alambre.
Todo a lo largo de las faldas de la cordillera, Chile posee las mayores reservas
de cobre del mundo, una tercera parte del total hasta ahora conocido.
El cobre chileno aparece por lo general asociado a otros metales, como oro,
plata o molibdeno. Esto resulta un factor adicional para estimular su
explotación. Por los demás, los obreros chilenos son baratos para las empresas:
con sus bajísimos costos de Chile, la Anaconda y la Kennecot financian con
creces sus altos costos en los Estados Unidos, del mismo modo que el cobre
chileno paga, por la vía de los «gastos en el exterior», más de diez millones de
dólares por año para el mantenimiento de las oficinas en Nueva York. El salario
promedio de las minas chilenas apenas alcanzaba, en 1964 a la octava parte del
salario básico en las refinerías de los Kenneccott en los Estados Unidos, pese a
que la productividad de unos y otros obreros, estaba al mismo nivel. No eran
iguales, en cambio, ni los son, las condiciones de vida. Por lo general, los
mineros chilenos viven en camarotes estrechos y sórdidos, separados de sus
familias, que habitan casuchas miserables en las afueras: separados también,
claro está, del personal extranjero, que en las grandes minas habita un universo
aparte, minúsculos estados dentro del Estado, donde sólo se habla inglés y hasta
se editan periódicos para sus usos exclusivos.
La productividad obrera ha ido aumentando, en Chile, a medida que las empresas
han mecanizado sus medios de explotación. Desde 1945, la producción de cobre ha
aumentado en un cincuenta por ciento, pero la cantidad de trabajadores ocupados
en las minas se ha reducido en una tercera parte.
La nacionalización pondrá fin a un estado de cosas que se había hecho
insoportable para el país, y evitará que se repita, con el cobre, la experiencia
de saqueo y caída en el vacío que sufrió Chile en el ciclo del salitre. Porque
los impuestos que las empresas pagan al Estado no compensan en modo alguno el
agotamiento inflexible de los recursos minerales que la naturaleza ha concedido
pero que no renovará. Por lo demás, los impuestos han disminuido, en términos
relativos, desde que en 1955 se estableció el sistema de la tributación
decreciente de acuerdo con los aumentos de la producción, y desde la
«chilenización» del cobre dispuesta por el gobierno de Frei. En 1965 Frei
convirtió al Estado en socio de la Kennecott y permitió a las empresas poco
menos que triplicar sus ganancias a través de un régimen tributario muy
favorable para ellas, los gravámenes se aplicaron, en el nuevo régimen, sobre un
precio promedio de 29 centavos de dólar por libra, aunque el precio se elevó,
empujado por la gran demanda mundial, hasta los setenta centavos. Chile perdió,
por la diferencia de impuestos entre el precio ficticio y el precio real, una
enorme cantidad de dólares, como lo reconoció el propio Radomiro Tomic, el
candidato elegido por la Democracia Cristiana para suceder a Frei en el período
siguiente. En 1969, el gobierno de Frei, pactó con la Anaconda un acuerdo para
comprarle el 51 por ciento de las acciones en cuotas semestrales, en condiciones
tales que desataron un nuevo escándalo político y dieron impulso al crecimiento
de las fuerzas de izquierda. El presidente de la Anaconda había dicho
previamente al presidente de Chile, según la versión divulgada por la prensa.
«Excelencia: los capitalistas no conservan los bienes por motivos sentimentales,
sino por razones económicas. Es corriente que una familia guarde un ropero
porque perteneció a un abuelo; pero las empresas no tiene abuelos. Anaconda
puede vender todos sus bienes. Sólo depende del precio que le paguen».
Los mineros del estaño, por debajo y por encima de la tierra
Hace poco menos de un siglo, un hombre medio muerto de hambre peleaba contra las
rocas en medio de las desolaciones del altiplano de Bolivia. La dinamita
estalló. Cuando él se acercó a recoger los pedazos de piedra triturados por la
explosión, quedó deslumbrado. Tenía, en las manos, trozos fulgurantes de la veta
de estaño más rica del mundo. Al amanecer del día siguiente, montó a caballo
rumbo a Huanuni. El análisis de las muestras confirmó el valor del hallazgo. El
estaño podía marchar directamente de la veta al puerto, sin necesidad de sufrir
ningún proceso de concentración. Aquel hombre se convirtió en el rey del estaño,
y cuando murió, la revista Fortune afirmó que era uno de los diez
multimillonarios del planeta. Se llamaba Simón Patiño. Desde Europa, durante
muchos años alzó y derribó a los presidentes y a los ministros de Bolivia,
planificó el hambre de los obreros y organizó sus matanzas, ramificó y extendió
su fortuna personal: Bolivia era un país que existía a su servicio.
A partir de las jornadas revolucionarias de abril de 1952, Bolivia nacionalizó
el estaño. Pero ya para entonces, aquellas minas riquísimas se habían vuelto
pobres. En le cerro Juan del valle, donde Patiño había descubierto el fabuloso
filón, la ley del estaño se ha reducido cientos de veces. De las 156 mil
toneladas de roca que salen naturalmente por las bocaminas sólo se recuperan
cuatrocientas. Las perforaciones ya suman, en kilómetros, una distancia dos
veces mayor que la que separa a la mina de la ciudad de La Paz: el cerro, por
dentro, un hormiguero agujereado por infinitas galerías, pasadizos, túneles y
chimeneas. Va camino de convertirse en una cáscara vacía. Cada año pierde un
poco más de altura, y el lento derrumbamiento le va comiendo la cresta: parece,
de lejos, una muela cariada.
Antenor Patiño no sólo cobró una indemnización considerable por las minas que su
padre había exprimido, sino que mantuvo, además, el control del precio y del
destino del estaño expropiado. Desde Europa, no cesaba de sonreír: «Mister
Patiño es el afable rey del estaño boliviano», seguirían diciendo las crónicas
sociales muchos años después de la nacionalización .
Porque la nacionalización, conquista fundamental de la revolución del 52, no
había modificado el papel de Bolivia en la división internacional del trabajo, y
casi todo el estaño se refina todavía en los hornos de Liverpool de la empresa
Williams, Harvey and Co., que pertenece a Patiño. La nacionalización de las
fuentes de producción de cualquier materia prima no es, como lo enseña la
dolorosa experiencia, suficiente. Un país puede seguir tan condenado a la
impotencia como siempre, aunque se haya hecho nominalmente dueño de su subsuelo.
Bolivia ha producido, todo a lo largo de su historia, minerales en bruto y
discursos refinados. Abundan la retórica y la miseria; desde siempre, los
escritores cursis y los doctores de levita se han dedicado a absolver a los
culpables. De cada diez bolivianos, seis no saben, todavía leer: la mitad de los
niños no concurre a la escuela. Recién en 1971, Bolivia ha de tener en
funcionamiento su propia fundición nacional de estaño, levantada en Oruro al
cabo de una historia infinita de traiciones, sabotajes, intrigas y sangre
derramada .
Este país que no había podido, hasta ahora, producir sus propios lingotes, se da
el lujo, en cambio, de contar con ocho facultades de derecho destinadas a la
fabricación de vampiros de indios.
Cuentan que hace un siglo el dictador Mariano Melgarejo obligó al embajador de
Inglaterra a beber un barril entero de chocolate, en castigo por haber
despreciado un vaso de chicha. El embajador fue paseado en burro, montado al
revés, por la calle principal de La Paz. Y fue devuelto a Londres. Dicen que
entonces la reina Victoria, enfurecida, pidió un mapa de América del Sur, dibujó
una cruz de tiza sobre Bolivia y sentenció: «Bolivia no existe». Para el mundo,
en efecto, Bolivia no existía ni existió después: el saqueo de la plata y,
posteriormente, el despojo del estaño no han sido más que el ejercicio de un
derecho natural de los países ricos. Al fin y al cabo, el envase de hojalata
identifica a los Estados Unidos tanto como el emblema del águila o el pastel de
manzana. Pero el envase de hojalata no es solamente un símbolo pop de los
Estados Unidos: es también un símbolo, aunque no se sepa, de la silicosis en las
minas de Siglo XX o Huanuni: la hojalata contiene estaño, y los mineros
bolivianos mueren con los pulmones podridos para que el mundo pueda consumir
estaño barato. Media docena de hombres fija su precio mundial. ¿Qué significa,
para los consumidores de conservas o los manipuladores de la bolsa, la dura vida
del minero en Bolivia? Los norteamericanos compran la mayor parte del estaño que
se refina en el planeta: para mantener a raya los precios, periódicamente
amenazan con lanzar al mercado sus enormes reservas de mineral, compradas muy
por debajo de su cotización, a precios de «contribución democrática», en los
años de la segunda guerra mundial. Según los datos de la FAO, el ciudadano medio
de los Estados Unidos consume cinco veces más carne y leche y veinte veces más
huevos que un habitante de Bolivia. Y los mineros están muy por debajo promedio
nacional. En el cementerio de Catavi, donde los ciegos rezan por los muertos a
cambio de una moneda, duele encontrar, entre las lápidas oscuras de los adultos,
una innumerable cantidad de cruces blancas sobre las tumbas pequeñas.
De cada dos niños nacidos entre las minas, uno muere poco después de abrir los
ojos. El otro, el que sobrevive, será seguramente minero cuando crezca, ya no
tendrá pulmones.
El cementerio cruje. Por debajo de las tumbas, han sido cavados infinitos
túneles, socavones de boca estrecha donde apenas caben hombres que se
introducen, como vizcachas, a la búsqueda del mineral. Nuevos yacimientos de
estaño se han acumulado en los desmontes a lo largo de los años; toneladas de
residuos sobre residuos han sido volcadas en gigantescas moles grises que han
sumado, así, estaño al estaño del paisaje. Cuando cae la lluvia, que se arroja
con violencia desde las nubes próximas, uno ve a los desocupados agacharse a lo
largo de las calzadas de tierra de Llallagua, donde los hombres se emborrachan
desesperadamente en las chicherías: van recogiendo y calibrando las cargas de
estaño que la lluvia arrastra consigo. Aquí, el estaño es un dios de lata que
reina sobre los hombres y las cosas, y está presente en todas partes. No sólo
hay estaño en el vientre del viejo cerro de Patiño. Hay estaño, delatado por el
brillo negro de la casiterita, hasta en las paredes de adobe de los campamentos.
También tiene estaño la lama amarillenta que avanza arrastrando los desperdicios
de la mina y lo tienen las aguas que fluyen, envenenadas, desde la montaña; se
encuentra estaño en la tierra y en la roca, en la superficie y en el subsuelo,
en las arenas y en las piedras del cauce del río Seco. En estas tierras áridas y
pedregosas, a casi cuatro mil metros de altura, donde no crece el pasto y donde
todo, hasta la gente, tiene el oscuro color del estaño, los hombres sufren
estoicamente su obligado ayuno y no conocen la fiesta del mundo. Viven en los
campamentos, amontonados, en casas de una sola pieza de piso de tierra: el
viento cortante se cuela por las rendijas. Un informe universitario sobre la
mina de Colquiri revela que, de cada diez varones jóvenes encuestados, seis
duermen en la misma cama con sus hermanas, y agrega:«Muchos padres se sienten
molestos cuando sus hijos los observan durante el acto sexual». No hay baños,
las letrinas son pequeños cobertizos públicos tapizados de inmundicia y moscas:
la gente prefiere los cenizales baldíos abiertos, donde al menos circula el aire
a pesar de la basura y los excrementos acumulados y de los cerdos que retozan
felices. También es colectivo el servicio de agua: hay que esperar el momento en
que el agua llega y apurarse, hacer cola, recoger el agia de la pila pública en
latas de gasolina o en tinajas. La comida es escasa y fea. Consiste en papas,
fideos, arroz, chuño, maíz y algo de carne dura.
Estábamos muy en lo hondo del cerro Juan del Valle. El aullido penetrante de la
sirena, que llamaba a los trabajadores de la primera punta, había resonado en el
campamento varias horas antes. Recorriendo galerías, habíamos pasado del calor
tropical al frío polar y nuevamente el calor, sin salir, durante horas, de una
misma atmósfera envenenada. Aspirando aquel aire espeso – humedad, gases, polvo,
humo-, uno podía comprender por qué los mineros pierden los sentidos del olfato
y el sabor. Todos masticaban, mientras trabajaban, hojas de coca con ceniza, y
esto también formaba parte de la obra de la aniquilación, porque la coca, como
se sabe, al adormecer el hambre y enmascarar la fatiga, va apagando el sistema
de alarmas con que cuenta el organismo para seguir vivo. Pero lo peor era el
polvo. Los cascos guardatojos irradiaban un revoloteo de círculos de luz que
salpicaban la gruta negra y dejaban ver, a su paso, cortinas de blanco polvo
denso: el implacable polvo de sílice. El mortal aliento de la tierra va
envolviendo poco a poco. Al año se sienten los primeros síntomas, y en diez años
se ingresa al cementerio. Dentro de la mina se usan perforadoras suecas último
modelo, pero los sistemas de ventilación y las condiciones de trabajo no han
mejorado con el tiempo. En la superficie, los trabajadores independientes usan
picota y pesados combos de doce libras para pelear contra la roca, exactamente
igual que hace cien años, y quimbaletes, cribas y cernidores para concentrar el
mineral en la canchamina. Ganan centavos y trabajan como bestias. Sin embargo,
muchos de ellos tienen, al menos, la ventaja del aire libre. Dentro de la mina,
en cambio, los obreros son presos condenados, sin apelación, a la muerte por
asfixia.
Había cesado ya el estrépito de los barrenos y los obreros hacían una pausa
mientras aguardábamos la explosión de más de veinte cargas de dinamita y anfo.
La mina también brinda muertes rápidas y sonoras: alcanza con equivocarse al
contar las detonaciones, o con que la mecha demore más de lo debido en arder.
Alcanza también conque una roca floja, un tojo, se desprenda sobre le cráneo. O
alcanza con el infierno de la metralla: la noche de San Juan de 1967 fue la
última cuenta de un largo rosario de matanzas.
En la madrugada los soldados tomaron posesión en las colinas, rodilla en tierra,
y arrojaron un huracán de balas sobre los campamentos iluminados por las fogatas
de la fiesta . Pero la muerte lenta y callada constituye la especialidad en la
mina. El vómito de sangre, la tos, la sensación de un peso de plomo sobre la
espalda y una aguda presión en el pecho son los signos que la anuncian. Después
del análisis médico vienen los peregrinajes burocráticos de nunca acabar. Dan un
plazo de tres meses para desalojar la casa.
Ya había cesado el estrépito de los barerenos y pronto la explosión atraparía
aquella escurridiza veta de color café y forma de víbora. Entonces pudimos
hablar. El bulto de la coca hinchaba las mejillas de cada obrero y por las
comisuras de los labios corrían los chorros verdosos. Un minero pasó, apurado,
chapoteando barro por entre los rieles de la galería. «Ése es un nuevo», me
dijeron. «¿Has visto? Con su pantalón del ejército y su chomba amarilla se ve
tan joven. Ha entrado ahorita y cómo trabaja. Todavía es un hacha. Todavía no
siente».
Los tecnócratas y los burócratas no mueren de silicosis, pero viven de ella. El
gerente general de la COMIBOL, Corporación Minera Boliviana, gana cien veces más
que un obrero. Desde un barranco que cae a pico hacia el cauce del río, en el
límite de Llallagua, puede verse la pampa de María Barzola. Se llama así en
homenaje a la militante obrera que hace treinta años cayó, al frente de una
manifestación con la bandera de Bolivia cosida al cuerpo por las ráfagas de las
ametralladoras. Y más allá de la pampa de María Barzola puede verse la mejor
cancha de golf de toda Bolivia: es la que usan los ingenieros y los principales
funcionarios de Catavi. El dictador René Barrientos había reducido a la mitad
los salarios de hambre de los mineros, en 1964, y al mismo tiempo había elevado
las retribuciones de los técnicos y los burócratas prominentes.
Los sueldos del personal superior son secretos. Secretos y en dólares. Hay un
todopoderoso grupo asesor, formado por técnicos del Banco Interamericano de
Desarrollo, la Alianza para el Progreso y la banca extranjera acreedora, cuyos
consejos orientan a la minería nacionalizada de Bolivia, de tal manera que, a
esta altura, la COMIBOL, convertida en un Estado dentro del Estado, constituye
una propaganda viva contra la nacionalización de cualquier cosa. El poder de la
vieja rosca oligárquica ha sido sustituido por el poder de los numerosísimos
miembros de nueva «nueva clase» que ha dedicado sus mejores esfuerzos a sabotear
por dentro a la minería estatal. Los ingenieros no sólo torpedearon todos los
proyectos y planes destinados a la creación de una fundición nacional, sino que,
además han contribuido a que las minas del Estado quedaran encerradas en los
límites de los viejos yacimientos de Patiño, Aramayo y Hochschild, en acelerado
proceso de agotamiento de reservas. Entre fines de 1964 y abril de 1969, el
general Barrientos rompió la barrera del sonido en la entrega de recursos del
subsuelo boliviano, al capital imperialista, con la complicidad abierta de los
técnicos y los gerentes. Sergio Almaraz ha contado en uno de sus libros..., la
historia de la concesión de los desmontes de estaño a la International Mining
Processing Co. Con un capital declarado de apenas cinco mil dólares, la empresa
de tan pomposo nombre obtuvo un contrato que le permitirá ganar más de
novecientos millones.
Dientes de hierro sobre Brasil
Los Estados Unidos pagan más barato el hierro que reciben de Brasil o Venezuela
que el hierro que extraen de su propio subsuelo. Pero ésta no es la clave de la
desesperación norteamericana por apoderarse de los yacimientos de hierro en el
exterior: la captura o el control de las minas fuera de fronteras constityuye,
más que un negocio, un imperativo de la seguridad nacional.
El subsuelo norteamericano se está quedando, como hemos visto, exhausto. Sin
hierro no se puede hacer acero y el ochenta por ciento de la producción
industrial de los Estados Unidos contiene, de una u otra forma, acero. Cuando en
1969 se redujeron los abastecimientos de Canadá, ello se reflejó de inmediato en
un aumento de las importaciones de hierro desde América Latina.
El cerro Bolívar, en Venezuela, es tan rico que la tierra que le arranca de US
Steel Co., se descarga directamente en las bodegas, y ya exhibe en sus flancos,
a la vista, las hondas heridas que le van infligiendo los bulldozers: la empresa
estima que contiene cerca de ocho mil millones de dólares en hierro.
En sólo un año, 1960, la US Steel y la Bethlehem Steel repartieron utilidades
por más de treinta por ciento de sus capitales invertidos en el hierro de
Venezuela, y el volumen de estas ganancias distribuidas resultó igual a la suma
de todos los impuestos pagados al estado venezolano en los diez años
transcurridos desde 1950.
Como ambas empresas venden el hierro con destino a sus propias plantas
siderúrgicas de los Estados Unidos no tienen el menor interés por defender los
precios; al contrario, les conviene que la materia prima resulte lo más barata
posible.
La cotización internacional del hierro, que había caído en línea vertical entre
1958 y 1964, se estabilizó relativamente en los años posteriores y permanece
estancada; mientras tanto, el precio del acero no ha cesado de subir. El acero
se produce en los centros ricos del mundo, y del hierro en los suburbios pobres;
el acero paga salarios de «aristocracia obrera» y el hierro, jornales de mera
subsistencia.
Gracias a la información que recogió y divulgó, allá por 1910, un Congreso
Internacional de Geología reunido en Estocolmo, los hombres de negocios de los
de los Estados Unidos pudieron por primera vez evaluar las dimensiones de los
tesoros escondidos bajo el suelo de una serie de países, uno de los cuales,
quizás el más tentador era Brasil, el agregado mineral, que de entrada tuvo por
lo menos tanto trabajo como el agregado mineral o el cultural: tanto que
rápidamente fueron designados dos agregados minerales en lugar de uno. Poco
después la Bethlehem Steel recibía del gobierno de Dutra los espléndidos
yacimientos de manganeso de Amapá. En 1952, el acuerdo militar firmado con los
Estados Unidos prohibió a Brasil vender las materias primas de valor energético
– como el hierro- a los países socialistas. Ésta fue una de las causas de la
trágica caída del presidente Getulio Vargas, que desobedeció una indicación,
esta imposición vendiendo hierro a Polonia y Checoslovaquia, en 1953 y 1954, a
precios más altos que los que pagaban los Estados Unidos. En 1957, la Hanna
Mining Co. compró, por seis millones de dólares, la mayoría de las acciones
británicas, la Saint John Mining Co., que se dedicaba a la explotación del oro
de Minas Gerais desde los lejanos tiempos del Imperio. La Saint John Co.,
operaba en el valle de Paraopeba, donde yace la mayor concentración de hierro
del mundo entero, evaluada en doscientos mil millones de dólares. La empresa
inglesa no estaba legalmente habilitada para explotar esta riqueza fabulosa, ni
lo estaría la Hanna, de acuerdo con claras disposiciones constitucionales y
legales que Duarte Pereira enumera en su obra sobre el tema. Pero éste había
sido, según se supo luego, el negocio del siglo.
George Humphrey, director presidente de la Hanna, era por entonces miembro
prominente del gobierno de los Estados Unidos, como secretario del Tesoro y como
director del Eximbank, el banco oficial para la financiación de las operaciones
de comercio exterior. la Saint John había solicitado un empréstito del Eximbank:
no tuvo suerte hasta que la Hanna se apoderó de la empresa. Se desencadenaron, a
partir de entonces, las más furiosas presiones sobre los sucesivos gobiernos de
Brasil. Los directores, abogados o asesores de la Hanna –Lucas Lopes, José Luis
Bulhoes Pedreira, Roberto campos, Mario da Silva Pinto, Otávio Gouveia de
Bulhoes- eran también miembros, al más alto nivel, del gobierno de Brasil, y
continuaron ocupando cargos de ministros, embajadores o directores de servicios
en los ciclos siguientes. La Hanna no había elegido mal a su estado mayor. El
bombardeo se hizo cada vez mayor. El bombardeo se hizo cada vez más intenso,
para que se reconociera a la Hanna el derecho de explotar el hierro que
pertenecía, en rigor, la Estado. El 21 de agosto de 1961 el presidente Janio
Quadros firmó una resolución que anulaba las ilegales autorizaciones extendidas
a favor de la Hanna y restituía los yacimientos de hierro de Minas Gerais a la
reserva nacional.
Cuatro días después los ministros militares obligaron a Quadros a renunciar:
«Fuerzas terribles se levantaron contra mí...», decía el texto de la renuncia.
El levantamiento popular que encabezó Leonel Brizola en Porto Alegre frustró el
golpe de los militares y colocó en el poder al vicepresidente de Quadros, Joao
Goulart. Cuando en julio de 1962 un ministro quiso poner en práctica el decreto
fatal contra la Hanna – que había sido mutilado en el Diario Oficial- , el
embajador de los Estados Unidos, Lincoln Gordon, envió a Goulart un telegrama
protestando con viva indignación por el atentado que el gobierno intentaba
cometer contra los intereses de una empresa norteamericana. El poder judicial
ratificó la validez de la resolución de Quadros, pero Goulart vacilaba. Mientras
tanto, Brasil daba los primeros pasos para establecer un entrepuerto de
minerales en el Adriático, con el fin de abastecer de hierro a varios países
europeos, socialistas y capitalistas: la venta directa del hierro implicaba un
desafío insoportable para las grandes empresas que manejan los precios en escala
mundial. El entremuerto nunca se hizo realidad, pero otras medidas nacionalistas
– como el dique opuesto al drenaje de las ganancias de las empresas extranjeras-
se pusieron en práctica y proporcionaron detonantes a la explosiva situación
política. La espada de Damocles de la resolución de Quadros permanecía en
suspenso sobre la cabeza de la Hanna. Por fin el golpe de estado estalló, el
último día de marzo de 1964, en Minas Gerais, que casualmente era el escenario
de los yacimientos de hierro en disputa. «Para la Hanna –escribió la revista
Fortune-, la revuelta que derribó a Goulart en la primavera pasada llegó como
uno de esos rescates de último minuto por le Primero de Caballería».
Hombres de la Hanna pasaron a ocupar la vice presidencia de Brasil y tres de los
ministerios. El mismo día de la insurrección militar, el Washington Star había
publicado un editorial por lo menos profético: «He aquí una situación – había
anunciado- en la cual un buen golpe de los líderes militares conservadores, bien
puede servir a los mejores interses de todas las Américas».
Todavía no había renunciado Goulart, ni había abandonado Brasil, cuando Lindón
Jonson no pudo contenerse y envió su célebre telegrama de buenos augurios al
presidente de Congreso brasileño, que había asumido provisionalmente la
presidencia del país: «El pueblo norteamericano observó con ansiedad las
dificultades políticas y económicas por las cuales ha estado atravesando una
gran nación, y ha admirado la resuelta voluntad de la comunidad brasileña para
solucionar esas dificultades dentro de un marco de democracia constitucional y
sin lucha civil». Poco más de un mes había transcurrido, cuando el embajador
Lincoln Gordon, que recorría, eufórico, los cuarteles, pronunció un discurso en
la Escuela Superior de Guerra, afirmando que el triunfo de la conspiración de
Castelo Branco «podría ser incluido junto a la propuesta del Plan Marshall, el
bloqueo de Berlín, la derrota de la agresión comunista en Corea y la solución de
la crisis de los cohetes en Cuba, como uno de los más importantes momentos de
cambio en la historia mundial de mediados del siglo veinte». Uno de los miembros
militares de la embajada de los Estados Unidos había ofrecido ayuda material a
los conspiradores poco antes de que estallara el golpe, y el propio Gordon les
había sugerido que los Estados Unidos reconocerían a un gobierno autónomo si era
capaz de sostenerse dos días en San Pablo. No vale la pena abundar en
testimonios sobre la importancia que tuvo, en el desarrollo y desenlace de los
acontecimientos, la ayuda económica de los Estados Unidos, de la cual, por lo
demás, nos ocuparemos más adelante, o la asistencia norteamericana en el plano
militar o sindical .
Después de que se cansaron de arrojar a la hoguera o al fondo de la bahía de
Guanabara los libros de autores rusos tales como Dotoievsky, Tolstoi o Gorky, y
tras haber condenado al exilio, la prisión o la fosa a una innumerable cantidad
de brasileños, la flamante dictadura de Castelo Branco puso manos a la obra:
entregó el hierro y todo lo demás. La Hanna recibió su decreto de 24 de
diciembre de 1964. Este regalo de navidad no sólo otorgaba todas las seguridades
para explotar en paz los yacimientos de Paraopeba, sino que además respaldaba
los planes de la empresa para ampliar un puerto propio a sesenta millas de Río
de Janeiro, y para construir un ferrocarril destinado al transporte del hierro.
En octubre de 1965 la Hanna formó un consorcio con la Bethlehem Steel para
explotar en común hierro concedido. Este tipo de alianzas, frecuentes en Brasil,
no pueden formalizarse en los Estados Unidos, porque allí las leyes las
prohíben. El incansable Lincoln Gordon había puesto fin a la tarea, ya todos
eran felices y el cuento había terminado, y pasó a presidir una universidad en
Baltimore. En abril de 1966 Johnson designó a su sustituto, John Tuthil, al cabo
de varios meses de vacilaciones, y explicó que se había demorado porque para
Brasil necesitaba un buen economista.
La US Steel no se quedó atrás. ¿Por qué la iban a dejar sin invitación para la
cena? Antes de que pasara mucho tiempo se asoció con la empresa minera del
Estado, la Compañía Vale de Río Doce, que en buena medida se convirtió, así, en
su seudónimo oficial. Por esta vía la US Steel obtuvo, resignándose a nada más
que el cuarenta y nueve por ciento de las acciones, la concesión de los
yacimientos de hierro de sierra de los Carajás, en la Amazonia. Su magnitud es,
según afirman los técnicos, comparable a la corona de hierro de Hanna –
Berthelem en Minas Gerais. Como de costumbre, el gobierno adujo que Brasil no
disponía de capitales para realizar la explotación por su sola cuenta.
El petróleo, las maldiciones y las hazañas.
El petróleo es, con el gas natural, el principal combustible de cuantos ponen en
marcha al mundo contemporáneo, una materia prima de creciente importancia para
la industria química y el material estratégico primordial para las actividades
militares. Ningún otro imán atrae tanto como el «oro negro» a los capitales
extranjeros, ni existe otra fuente de tan fabulosas ganancias: el petróleo es la
riqueza más monopolizadora en todo el sistema capitalista. No hay empresarios
que disfruten del poder político que ejercen en escala universal, las grandes
corporaciones petroleras de la Standard Oil y la Shell levantan y destronan
reyes y presidentes, financian conspiraciones palaciegas y golpes de Estado,
disponen de innumerables generales, ministros y James Bonds y en todas las
comarcas y en todos los idiomas deciden el curso de la guerra y de la paz. La
Standard Oil Co. de Nueva Jersey es la mayor empresa industrial del mundo
capitalista. Fuera del aparato circulatorio interno del cartel, que además posee
los oleoductos y gran parte de la flota petrolera en los siete mares. Se
manipulan los precios, en escala mundial para reducir los impuestos a pagar y
aumentar las ganancias a cobrar: el petróleo crudo aumenta siempre menos que el
refinado.
Con el petróleo ocurre, como ocurre con el café o con la carne, que los países
ricos ganan mucho más por tomarse el trabajo de consumirlo, que los países
pobres por producirlo. La diferncia es de diez a uno: de los once dólares que
cuestan los derivados de un barril de petróleo; los países exportadores de la
materia prima más importante de mundo reciben apenas un dólar, resultado de la
suma de los impuestos y los costes de extracción, mientras que los países de l
área desarrollada, donde tienen su asiento las casa matrices de las
corporaciones petroleras, se quedan con diez dólares, resultado de la suma de
sus propios aranceles y sus impuestos, ocho veces mayores que los impuestos de
los países productores, y de los costos y las ganancias del transporte, la
refinación, el procesamiento y la distribución que las grandes empresas
monopolizan.
El petróleo que brota de los Estados Unidos disfruta de un precio alto, y son
relativamente altos los salarios de los obreros petroleros norteamericanos, pero
la cotización del petróleo de Venezuela y de Medio Oriente ha ido cayendo, desde
1957, todo a lo largo de la década de los años sesenta. Cada barril de petróleo
venezolano, por ejemplo, valía, en promedio, 2,65 dólares en 1957, y mientras
escribo este capítulo, a fines de 1970, el precio es de 1,86 dólares.
El gobierno de Rafael Caldera anuncia que fijará unilateralmente un precio mucho
mayor, pero el nuevo precio no alcanzará de todos modos, según las cifras que
los comentaristas manejan y pese al escándalo que se presiente, el nivel de
1957. Los Estados Unidos son, a la vez, los principales productores y los
principales importadores de petróleo en el mundo. En la época en que la mayor
parte del petróleo crudo que vendían las corporaciones provenía del subsuelo
norteamericano el precio se mantenía alto; durante la segunda guerra mundial,
los Estados Unidos se convirtieron en importadores netos, y el cartel comenzó a
aplicar una nueva política de precios: la cotización se ha venido abajo
sistemáticamente.
Curiosa inversión de las «leyes del mercado» el precio del petróleo se derrumba,
aunque no cesa de aumentar la demanda mundial, a medida que se multiplican las
fábricas, los automóviles y las plantas generadoras de energía. Y otra paradoja:
aunque el precio del petróleo baja, sube en todas partes el precio de los
combustibles que pagan los consumidores. Hay una desproporción descomunal entre
el precio del crudo y el de los derivados. Toda esta cadena de absurdos es
perfectamente racional; no resulta necesario recurrir a las fuerzas
sobrenaturales para encontrar una explicación. Porque el negocio del petróleo en
el mundo capitalista está, como hemos visto, en manos de un cartel todopoderoso.
El cartel nació en 1928, es un castillo del norte de Escocia rodeado por la
bruma, cuando la Standard Oil de Nueva Jersey, la Shell y la Anglo – Iranian,
hoy llamada British Petroleum, se pusieron de acuerdo para dividirse el planeta.
La Standard de Nueva York y la de California, la Gulf y la Texaco se
incorporaron posteriormente al núcleo dirigente del cartel. La Standard Oil,
fundada por Rockefeller en 1870, se había partido en treinta y cinco diferentes
empresas en 1911, por la aplicación de la ley Sherman contra los trust; la
hermana mayor de numerosas familias Standard es en nuestros días, la empresa de
Nueva Jersey. Sus ventas de petróleo sumadas a las ventas de la Standard de
Nueva York y de California, abarcan la mitad de las ventas totales del cartel en
nuestros días. Las empresas petroleras del grupo Rockefeller son de tal magnitud
que suman nada menos que la tercera parte del total de beneficios que las
empresas norteamericanas de todo tipo, en su conjunto, arrancan al mundo entero.
La Jersey, típica corporación multinacional, obtiene sus mayores ganancias fuera
de fronteras; América Latina le brinda más ganancias que los Estados Unidos y
Canadá sumados: al sur del río Bravo, su tasa de ganancias resulta cuatro veces
más alta. Las filiales de Venezuela produjeron, en 1957, más de la mitad de los
beneficios recogidos por la Standard Oil de Nueva Jersey en todas partes; en ese
mismo año, las filiales venezolanas proporcionan a la Shell la mitad de sus
ganancias en el mundo entero.
Estas corporaciones multinacionales no pertenecen a las múltiples naciones donde
operan: son multinacionales, más simplemente, en la medida en que desde los
cuatro puntos cardinales arrastran grandes caudales de petróleo y dólares a los
centros de poder del sistema capitalista. No necesitan exportar capitales, por
cierto, para financiar la expansión de sus negocios; las ganancias usurpadas a
los países pobres no sólo derivan en línea recta a las pocas ciudades donde
habitan sus mayores cortadores de cupones, sino que además se revierten
parcialmente para robustecer y extender la red internacional de operaciones. La
estructura del cartel implica el dominio de numeroso países y la penetración en
sus numerosos gobiernos; el petróleo empapa presidentes y dictadores, y acentúa
las deformaciones estructurales de las sociedades que pone a su servicio, son
las empresas quienes deciden, con lápiz sobre el mapa del mundo, cuáles han de
ser zonas de explotación y cuáles las de reservas, y son ellas quienes fijan los
precios que han de cobrar los productores y pagar los consumidores. La riqueza
natural de Venezuela y otros países latinoamericanos con petróleo en el
subsuelo, objetos del asalto y del saqueo organizados, se ha convertido en el
principal instrumento de su servidumbre política y su degradación social. Ésta
es un larga historia de hazañas y de maldiciones, infamias y desafíos.
Cuba proporcionaba, por vías complementarias, jugosas ganancias a la Standard
Oil de Nueva Jersey. La Jersey compraba el petróleo crudo a la Cróele Petroleum,
su filial en Venezuela, y lo retiraba y lo distribuía en la isla, todo a los
precios que mejor le convenían para cada una de las etapas. En octubre de 1959,
en plena efervescencia revolucionaria, el Departamento de Estado elevó una nota
oficial a La Habana en la que expresaba su preocupación por el futuro de las
inversiones norteamericanas en Cuba: ya habían comenzaddo los bombardeos de los
aviones «piratas» procedentes del norte, y las relaciones estaban tensas. En
enero de 1960, Eisenhower anunció la reducción de la cuota cubana de azúcar, y
en febrero Fidel Castro firmó un acuerdo comercial con la Unión Soviética para
intercambiar azúcar por petróleo y otros productos a precios buenos para Cuba.
La Jersey, la Shell y la Texaco se negaron a refinar el petróleo soviético: en
julio el gobierno cubano las intervino y las nacionalizó sin compensación
alguna.
Encabezadas por la Standard Oil de Nueva Jersey, las empresas comenzaron el
bloqueo. Al boicot del personal calificado se sumó el boicot de los fletes. El
conflicto era una prueba de soberanía, y Cuba salió airosa. Dejó de ser, al
mismo tiempo, una estrella en la constelación de la bandera de los Estados
Unidos y una pieza en el engranaje mundial de la Standarrd Oil.
México había sufrido, veinte años antes, un embargo internacional decretado por
la Standard Oil de Nueva Jersey y la Royal Duch Shell. Entre 1939 y 1942 el
cartel dispuso el bloqueo de las exportaciones mexicanas de petróleo y de los
abastecimientos necesarios para sus pozos y refinerías. El presidente Lázaro
Cárdenas había nacionalizado las empresas, Nelson Rockefeller, que en 1930 se
había graduado de economista escribiendo una tesis sobre las virtudes de su
Standard Oil, viajó a México para negociar un acuerdo, pero Cárdenas no dio
marcha atrás. La Standard y la Shell, que se habían repartido el territorio
mexicano atribuyéndole la primera el norte y la segunda el sur, no sólo se
negaban a aceptar las resoluciones de la Suprema Corte en la aplicación de las
leyes laborales mexicanas, sino que además habían arrasado los yacimientos de la
famosa Faja de Oro a una velocidad vertiginosa, y obligaban a los mexicanos a
pagar, por su propio petróleo, precios más altos que los que cobraban en Estados
Unidos y en Europa por ese mismo petróleo . En pocos meses, la fiebre
exportadora había agotado brutalmente muchos pozos que hubieran podido seguir
produciendo durante treinta o cuarenta años-. «Habían quitado a México –escribe
O’Connor- sus depósitos más ricos, y sólo la habían dejado una colección de
refinerías anticuadas, campos exhaustos, los pobreríos de la ciudad de Tampico y
recuerdos amargos».
En menos de veinte años, la producción se había reducido a una quinta parte.
México se quedó con una industria decrépita, orientada hacia la demanda
extranjera, y con catorce mil obreros; los técnicos se fueron, y hasta
desaparecieron los medios de transporte, Cárdenas convirtió la recuperación del
petróleo en una gran causa nacional, y salvó la crisis a fuerza de imaginación y
de coraje. PEMEX, Petróleos Mexicanos, la empresa creada en 1938 para hacerse
cargo de toda producción y el mercado, es hoy la mayor empresa creada en 1938
para hacerse cargo de toda la producción y el mercado, es hoy la mayor empresa
no extranjera de toda América Latina. A costa de las ganancias que PEMEX
produjo, el gobierno mexicano pagó abultadas indemnizaciones a las empresas,
entre 1947 y 1962, pese a que, como bien dice Jesús Silva Herzog, «México no es
el deudor de esas compañías piratas, sino su acreedor legítimo». En 1949, la
Standard Oil interpuso veto a un préstamo que los Estados Unidos iban a conceder
a PEMEX, y muchos años después, ya cerradas las heridas por obra de las
generosas indemnizaciones, PEMEX vivió una experiencia semejante ante el Banco
Interamericano de Desarrollo.
Uruguay fue el país que creó la primera refinería estatal en América Latina. La
ANCAP, Administración Nacional de combustibles, Alcohol y Pórtland, había nacido
en 1931, y la refinación y la venta de petróleo crudo figuraban entre una de sus
fusiones principales. Era la respuesta nacional a una larga historia de abusos
del trust en el Río de la Plata. Paralelamente, el Estado contrató la compra de
petróleo barato en la Unión Soviética. El cartel financió de inmediato una
furiosa campaña de desprestigio contra el ente industrial del Estado uruguayo y
comenzó su tarea de extorsión y amenaza. Se afirmaba que el Uruguay no
encontraría quien le vendiera las maquinarias y que se quedaría sin petróleo
crudo, que el Estado era un pésimo administrador, y que no podía hacerse cargo
de tan complicado negocio. El golpe palaciego de marzo de 1933 despedía cierto
olor a petróleo: la dictadura de Gabriel Terra anuló el derecho de la ANCAP a
monopolizar la importación de combustibles, y en enero de 1938 firmó los
convenios secretos con el cartel, ominosos acuerdos que fueron ignorados por el
público hasta un cuarto de siglo después y que todavía están en vigencia. De
acuerdo con sus términos, el país está obligado a comprar un cuarenta por ciento
del petróleo crudo sin licitación y donde lo indiquen la Standard Oil, la Shell,
la Atlantic y la Texaco, a los precios que el cartel fija. Además, el estado que
conserva el monopolio de la refinación, paga todos los gastos de las empresas,
incluyendo la propaganda, los salariaos privilegiados y los lujosos muebles de
sus oficinas. Eso es progreso, canta la televisión, y el bombardeo de los avisos
no cuesta a la Standard Oil ni un solo centavo. El abogado del Banco de la
República tiene también a su cargo las relaciones públicas de la Standard Oil:
el Estado le paga los dos sueldos.
Allá por 1939, la refinería de la ANCAP levantaba, exitosa, sus torres
llameantes: el ente había sido mutilado gravemente a poco de nacer, como hemos
visto, pero constituía todavía un ejemplo de desafío victorioso ante las
presiones del cartel. El Jefe del Consejo Nacional del Petróleo de Brasil,
general Horta Barbosa, viajó a Montevideo y se entusiasmo con la experiencia: la
refinería uruguaya había pagado casi la totalidad de sus gastos de instalación
durante el primer año de trabajo. Gracias a los esfuerzos del general Barbosa,
sumados al fervor de otros militares nacionalistas, Petrobrás, la empresa
estatal brasileña, pudo iniciar sus operaciones en 1953 al grito de O petróleo é
nosso! Actualmente, Petrobrás fue mutilada. El cartel le ha arrebatado dos
grandes fuentes de ganancias: en primer lugar, la distribución de la gasolina,
los aceites, el querosene y los diversos fluidos, un estupendo negocio que la
Esso, la Shell y la Atlantic manejan por teléfono sin mayores dificultades y con
tan buen resultado que éste es, después de la industria automotriz, el rubro más
fuerte de la inversión norteamericana en Brasil; en segundo lugar, la industria
petroquímica, generoso manantial de beneficios, que ha sido desnacionalizada,
hace pocos años, por la dictadura del mariscal Castelo Branco. Recientemente, el
cartel desencadenó una estrepitosa campaña destinada a despojar a Petrobrás del
monopolio de la refinación. Los defensores de Petrobrás del monopolio recuerdan
que la iniciativa privada, que tenía el campo libre, no se había ocupado de
petróleo brasileño antes de 1953, y procuran devolver a la frágil memoria del
público un episodio bien ilustrativo de la buena voluntad de los monopolios. En
noviembre de 1960, en efecto, Petrobrás encomendó a dos técnicos brasileños que
encabezaran una revisión general de los yacimientos sedimentarios del país. Como
resultado de sus informes, el pequeño estado nordestino de Sergipe pasó a la
vanguardia en la producción de petróleo.
Poco antes, en agosto, el técnico norteamericano Walter Link, que había sido el
principal geólogo de la Standard Oil de Nueva Jersey, había recibido del Estado
brasileño medio millón de dólares por una montaña de mapas y un extenso informe
que tachaba de «inexpresiva» la espesura sedimentaria de Sergipe: hasta entonces
había sido considerada de grado B, y Link la rebajó a grado C. Después se supo
que era de grado A. Según O’Connor, Link había trabajado todo el tiempo como un
agente de la Standard, de antemano resuelto a no encontrar petróleo para que
Brasil continuara dependiendo de las importaciones de la filial de Rockefeller
en Venezuela.
También en Argentina las empresas extranjeras y sus múltiples ecos nativos
sostienen siempre que el subsuelo contiene escaso petróleo, aunque la
investigación de los técnicos de YPF, Yacimientos Petrolíferos Fiscales, han
indicado con toda certidumbre que en cerca de la mitad del territorio nacional
subyace el petróleo, y que también hay petróleo abundante en la vasta plataforma
submarina de la costa atlántica. Cada vez que se pone de moda hablar de la
pobreza del subsuelo argentino, el gobierno firma una nueva concesión en
beneficio de alguno de los miembros del cartel. La empresa estatal, YPF, ha sido
víctima de un continuo y sistemático sabotaje, desde sus orígenes hasta la
fecha. La Argentina fue, hasta no hace muchos años, uno de los últimos
escenarios históricos de la pugna interimperialista entre Inglaterra, en el
desesperado ocaso, y los ascendentes Estados Unidos. Los acuerdos de cartel no
han impedido que la Shell y la Standard disputaran el petróleo de este país por
medios a veces violentos: hay una serie de elocuentes coincidencias en los
golpes de Estado que se han sucedido todo a lo largo de los últimos cuarenta
años. El Congreso argentino se disponía a votar la ley de nacionalización del
petróleo, el 6 de septiembre de 1930, cuando el caudillo nacionalista Hipólito
Irigoyen fue derribado de la presidencia del país por el cuartelazo de José
Félix Uriburu. El gobierno de Ramón Castillo cayó en junio de 1943, cuando tenía
a la firma un convenio que promovía la extracción del petróleo por los capitales
norteamericanos. En septiembre de 1955, Juan Domingo Perón marchó al exilio
cuando el Congreso estaba por aprobar una concesión a la California Oil Co.
Arturo Frondizi desencadenó varias y muy agudas crisis militares, en las tres
armas, al anunciar el llamado a licitación que ofrecía en extraer petróleo en
agosto de 1959 la licitación fue declarada desierta. Resucitó enseguida y en
octubre de 1960 quedó sin efecto. Frondizi realizó varias concesiones en
beneficio de las empresas norteamericanas del cartel, y los intereses británicos
–decisivos en la Marina y en el sector «colorado» del ejército- no fueron ajenos
a su caída en marzo de 1962. Arturo Illia anuló las concesiones y fue derribado
en 1966; al año siguiente, Juan Carlos Onganía promulgó una ley de Hidrocarburos
que favorecía los intereses norteamericanos en la pugna interna.
El petróleo no ha provocado, solamente golpes de Estado en América Latina.
También desencadenó una guerra, la del Chaco (1932 – 35), entre los pueblos más
pobres de América del Sur: «Guerra de los soldados desnudos», llamó Zavaleta a
la feroz matanza reciproca de Bolivia Y Paraguay. El 30 de mayo de 1934 el
senador de Lousiana, Huey Long, sacudió a los Estados Unidos con un violento
discurso en el que denunciaba que la Standard Oil de Nueva Jersey había
provocado el conflicto y que financiaba al ejército boliviano para apoderarse,
por su intermedio, del Chaco paraguayo, necesario para tender un oleoducto desde
Bolivia hacia el río y, además, presumiblemente rico en petróleo: «Estos
criminales han ido más allá y han alquilado sus asesinos»» -afirmó . Los
paraguayos marchaban al matadero, por su parte, empujados por la Shell a medida
que avanzaban hacia el norte, los soldados descubrían las perforaciones de la
Standard en el escenario de la discordia. Era una disputa entre dos empresas,
enemigas y a la vez socias dentro del cartel, pero no eran ellas quienes
derramaban la sangre. Finalmente, Paraguay ganó la guerra pero perdió la paz.
Spruille Barden, notorio personero de la Standard Oil, presidió la comisión de
negociaciones que preservó para Bolivia, y para Rockefeller, varios miles de
kilómetros cuadrados que los paraguayos reivindicaban.
Muy cerca del último territorio de aquellas batallas están los pozos de petróleo
y los vastos yacimientos de gas natural que la Gulf Oil Co., la empresa de la
familia Mellon, perdió en Bolivia en octubre de 1969. «Ha concluido para los
bolivianos el tiempo del desprecio» -clamó el general Alfredo Ovando al anunciar
la nacionalización desde los balcones del Palacio Quemado.
Quince días antes, cuando todavía no había tomado el poder, Ovando había jurado
que nacionalizaría la Gulf, ante un grupo de intelectuales nacionalistas; había
redactado el decreto, lo había firmado, lo había guardado, sin fecha, en un
sobre. Y cinco meses antes, en al Cañadón del Arque, el helicóptero del general
René Barrientos había chocado contra los cables de telégrafo y se había ido a
pique. La imaginación no hubiera sido capaz de inventar una muerte tan perfecta.
El helicóptero era un regalo personal de la Gulf Oil Co.; el telégrafo
pertenece, como se sabe, al Estado.
Junto con Barrientos ardieron dos valijas llenas de dinero que él llevaba para
repartir, billete por billete, entre los campesinos, y algunas metralletas que
no bien prendieron fuego comenzaron a regar una lluvia de balas en torno del
helicóptero incendiado, de tal modo que nadie pudo acercarse a rescatar al
dictador mientras se quemaba vivo.
Además de decretar la nacionalización, Ovando derogó el Código del Petróleo,
llamado Código Davenport en homenaje al abogado que lo había redactado en
inglés. Para la elaboración del Código, Bolivia había obtenido, en 1956, un
préstamo de los Estados Unidos; en cambio, el Eximbank, la banca privada de
Nueva York y el Banco Mundial habían respondido siempre con la negativa a las
solicitudes de crédito para el desarrollo de YPFB, la empresa petrolera del
Estado. El gobierno norteamericano hacía siempre suya la causa de las
corporaciones petroleras privadas . En función del código, la Gulf recibió,
entonces, por un plazo de cuarenta años, la concesión de los campos más ricos en
petróleo de todo el país. El código fijaba una ridícula participación del Estado
en las utilidades de las empresas: por muchos años, apenas un once por ciento.
El Estado se hacía socio en los gastos del concesionario, pero no tenía ningún
control sobre esos gastos, y se llegó a la situación extrema en materia de
ofrendas: todos los riesgos eran para YPFB, y ninguno para la Gulf. En la Carta
de Intenciones firmada por la Gulf a fines de 1966, durante la dictadura de
Barrientos, se estableció, en efecto, que en las operaciones conjuntas con YPFB
la Gulf recobraría el total de sus capitales invertidos en la explotación de un
área, si no encontraba petróleo. Si el petróleo aparecía, los gastos serían
recuperados a través de la explotación posterior, pero ya de entrada serían
cargados al pasivo de la empresa estatal. Y la Gulf fijaría esos gastos según su
paladar. En esa misma Carta de Intenciones, la Gulf se atribuyó también, con
toda tranquilidad, la propiedad de los yacimientos de gas, que no se le habían
concedido nunca. El subsuelo de Bolivia contiene mucho más gas que petróleo. El
general Barrientos hizo un gesto de distracción: resultó suficiente. Un simple
pase de manos para decidir el destino de la principal reserva de energía de
Bolivia. Pero la función no había terminado.
Un año antes de que el general Alfredo Ovando expropiara la Gulf en Bolivia,
otro general nacionalista, Juan Velasco Alvarado, había estatizado los
yacimientos y la refinería de la International Petroleum Co., filial de la
Standard Oil de Nueva Jersey, en Perú. Velasco había tomado el poder a la cabeza
de un ajunta militar, y en la cresta de la ola de un gran escándalo político: el
gobierno de Fernández Belaúnde Terry había perdido la página final del convenio
de Talara, suscrito entre el Estado y la IPC. Esa página misteriosamente
evaporada, la página once, contenía la garantía del precio mínimo que la empresa
norteamericana debía pagar por el petróleo crudo nacional en su refinería. El
escándalo no terminaba allí. Al mismo tiempo, se había revelado que la
subsidiaria de la Standard había estafado a Perú en más de mil millones de
dólares, a lo largo de medio siglo, a través de los impuestos y las regalías que
había eludido y de otras formas de fraude y la corrupción. El director de la IPC
se había entrevistado con el presidente Belaúnde en sesenta ocasiones antes de
llegar al acuerdo que provocó el alzamiento militar; durante dos años, mientras
las negociaciones con la empresa avanzaban, se rompían y comenzaban de nuevo, el
Departamento de Estado había suspendido todo tipo de ayuda a Perú . Virtualmente
no quedó tiempo para reanudar la ayuda, porque la claudicación selló la suerte
del presidente acosado. Cuando la empresa de Rockefeller presentó su protesta
ante la corte judicial peruana, la gente arrojó moneditas a los rostros de sus
abogados.
América Latina es una caja de sorpresas; no se agota nunca la capacidad de
asombro de esta región torturada del mundo. En los Andes, el nacionalismo
militar ha resurgido con ímpetu, como un río subterráneo largamente escondido.
Los mismos generales que hoy están llevando adelante, en un proceso
contradictorio, una política de reforma y de afirmación patriótica, habían
aniquilado poco antes a los guerrilleros. Muchas de las banderas de los caídos
han sido recogidas, así, por sus propios vencedores. Los militares pergeños
habían regado con NAPALM algunas zonas guerrilleras, en 1965, y había sido la
International Petroleum Co., filial de la Standard Oil de Nueva jersey, quien
les había proporcionado la gasolina y el know – how para que elaboran las bombas
en la base aérea de Las Palmas, cerca de Lima.
El lago de Maracaibo en el buche de los grandes buitres de metal.
Aunque su participación en el mercado mundial se ha reducido a la mitad en los
años sesenta, Venezuela es todavía, en 1970, el mayor exportador de petróleo. De
Venezuela proviene casi la mitad de las ganancias que los capitales
norteamericanos sustraen a toda América Latina. Este es uno de los países más
ricos del planeta y, también, uno de los más pobres y uno de los más violentos.
Ostenta el ingreso, per cápita más alto de América Latina y posee la red de
carreteras más completas y ultramodernas; en proporción a la cantidad de
habitantes, ninguna otra nación del mundo bebe tanto whisky escocés. Las
reservas de petróleo, gas, hierro que su subsuelo ofrece no la explotación
inmediata podrían multiplicar por diez la riqueza de cada uno de los
venezolanos; en sus vastas tierras vírgenes podría caber, entera, la población
de Alemania o Inglaterra. Los taladros han extraído, en medio siglo, un arenta
petrolera tan fabulosa que duplica los recursos del Plan Marshall para la
reconstrucción de Europa; desde que el primer pozo de petróleo reventó a
torrentes, la población se ha multiplicado por tres y el presupuesto nacional
por cien, pero buena parte de la población, que disputa las sobras de la minoría
dominante, no se alimenta mejor que en la época en que el país dependía del
cacao y del café. Caracas, la capital, creció siete veces en treinta años; la
ciudad patriarcal de frescos patios, plaza mayor y catedral silenciosa se ha
erizado de rascacielos en la misma medida en que han brotado las torres de
petróleo en el lago de Maracaibo.
Ahora, es una pesadilla de aire acondicionado, supersónica y estrepitosa, un
centro de la cultura del petróleo que prefiere el consumo a la creación y que
multiplica las necesidades ratificables para ocultar las reales. Caracas ama los
productos sintéticos y los alimentos enlatados; no camina nunca, sólo se
moviliza en automóvil, y ha envenado con los gases de los motores el limpio aire
del valle; a Caracas le cuesta dormir, porque no puede apagar la ansiedad de
ganar y comprar, consumir y gastar, apoderarse de todo. En las laderas de los
cerros, más de medio millón de olvidados contempla, desde sus chozas armadas de
basura, el derroche ajeno, relampaguean los millares y millares de automóviles
último modelo por las avenidas de la dorada capital. En vísperas de las fiestas,
los barcos llegan al puerto de La Guaira atiborrados de champaña francesa,
whisky de Escocia y bosques de pinos de Navidad que vienen de Canadá, mientras
la mitad de los niños y los jóvenes de Venezuela quedan todavía, en 1970, según
los censos, fuera de las aulas de enseñanza.
Tres millones y medio de barriles de petróleo produce Venezuela cada día para
poner en movimiento la maquinaria industrial del mundo capitalista, pero las
diversas filiales de la Standard Oil, la Shell, la Gulf y la Texaco no explotan
las cuatro quintas partes de sus concesiones, que siguen siendo reservas
invictas, y más de la mitad del valor de las exportaciones no vuelve nunca al
país. Los folletos de propaganda de la Cróele (Standard Oil) exaltan la
filantropía de la corporación en Venezuela, en los mismos términos en que
proclama virtudes, a mediados del siglo XVIII, la Real Compañía Guipuzcoana; las
ganacias arrancadas a esta gran vaca lechera sólo resultan comparables, en
proporción al capital invertido, con las que en el pasado obtenían los
mercaderes de esclavos o los corsarios. Ningún país ha producido tanto al
capitalismo mundial en tan poco tiempo. Venezuela ha drenado una riqueza que,
según Rangle, excede a la que los españoles usurparon a Potosí o los ingleses a
la India. La primera Convención Nacional de Economistas reveló que las ganancias
reales de las empresas petroleras en Venezuela habían ascendido, en 1961, al 38
por ciento, y en 1962 al 48 por ciento, aunque las tasas de beneficio que las
empresas denunciaban en sus balances eran del 15 y el 17 por ciento
respectivamente. La diferencia corre por cuenta de la magia de la contabilidad y
las transferencias ocultas. En la complicada relojería del negocio petrolero,
por lo demás, con sus múltiples y simultáneos sistemas de preciso, resulta muy
difícil estimar el volumen de las ganancias que se ocultan detrás de la baja
artificial de la cotización del petróleo crudo, que desde el pozo a la bomba de
gasolina circula siempre por las mismas venas, y detrás del alza artificial de
los gastos de producción y muy inflados costos de propaganda. Lo cierto es que,
según las cifras oficiales, en la última década Venezuela no ha registrado el
ingreso de nuevas inversiones del exterior, sino, por el contrario, una
sistemática desinversión. Venezuela sufre la sangría de más de setecientos
millones de dólares anuales, convictos y confesos como «rentas de capital
extranjero». Las únicas inversiones nuevas provienen de las utilidades que el
propio país proporciona. Mientras tanto, los costos de extracción del petróleo
van bajando en línea vertical, porque cada vez las empresas ocupan menos mano de
obra. Sólo entre 1959 y 1962 se redujo en más de diez mil la cantidad de
obreros: quedaron poco más de treinta mil en actividad y a fines de 1970 se
redujo más ya que el petróleo ocupa nada más que veintitrés mil trabajadores. La
producción, en cambio, ha crecido mucho en esta última década.
Como consecuencia de la desocupación creciente, se agudizó la crisis de los
campesinos petroleros del lago de Maracaibo. El lago, es un bloque de torres.
Dentro de los armazones de hierro cruzados, el impecable cabeceo de los
balancines genera, desde hace medio siglo, toda la opulencia y toda la miseria
de Venezuela. Junto a los balancines arden los mechurrios, quemando impunemente
el gas natural que el país se da el lujo de regalar a la atmósfera. Se
encuentran balancines hasta en los fondos de las casas y en las esquinas de las
calles de las ciudades que brotaron a chorros, como el petróleo, en las costas
del lago: allí el petróleo tiñe de negro las calles y las ropas, los alimentos y
las paredes, y hasta las profesiones del amor llevan apodos petroleros, tales
como «La Tubería”» o «La Cuatro Válvulas», «La Cabria» o «La Remolcadora». Los
precios de la vestimenta y la comida son, aquí, más altos que en Caracas. Estas
aldeas modernas, tristes nacimientos pero a la vez aceleradas por la alegría del
dinero fácil, han descubierto ya que no tienen destino. Cuando se mueren los
pozos, la supervivencia se convierte en materia de milagro: quedan los
esqueletos de las casas, las aguas aceitosas de veneno matando peces y lamiendo
las zonas abandonadas. La desgracia acomete también a las ciudades que viven de
la explotación de los pozos en actividad, por los despidos en masa y la
mecanización creciente.
«Por aquí el petróleo nos pasó por encima», decía un poblador de Lagunillas en
1966. Cabinas, que durante medio siglo fue la mayor fuente de petróleo de
Venezuela, y que tanta prosperidad ha regalado a Caracas y al mundo, no tiene no
siquiera cloacas. Cuenta apenas con un par de avenidas asfaltadas.
La euforia se había desatado largos años atrás. Hacia 1917, el petróleo
coexistía ya, en Venezuela, con los latifundios tradicionales, los inmensos
campos despoblados y de tierras ociosas donde los hacendados vigilaban el
rendimiento de su fuerza de trabajo azotando a los peones o enterrándolos vivos
hasta la cintura. A fines de 1922, reventó el pozo de La Rosa que chorreaba cien
mil barriles por día, y desató la borrasca petrolera. Brotaron los taladros y
las cabrias en el lago de Maracaibo, súbitamente invadido por los aparatos
extraños y los hombres con casco de corcho; los campesinos afluían y se
instalaban sobre los suelos hirvientes, entre tablones y latas de aceite, para
ofrecer sus brazos al petróleo. Los asientos de Oklahoma y Texas resonaban por
primera vez en los llanos y en la selva, hasta en las más escondidas comarcas.
Setenta y tres empresas surgieron en un santiamén. El rey del carnaval de las
concesiones era el dictador Juan Vicente Gómez, un ganadero de los Andes que
ocupó sus veintisiete años de gobierno (1908 – 35) haciendo hijos y negocios.
Mientras los torrentes negros nacían a borbotones. Gómez extraía acciones
petroleras de sus bolsillos repletos, y con ellas recompensaba a sus amigos, a
sus parientes y a sus cortesanos, al médico que le custodiaba la próstata y a
los generales que le custodiaban las espaldas, a los poetas que cantaban a su
gloria y al arzobispo que le otorgaba permisos especiales para comer carne los
viernes santos. Las grandes potencias cubrían el pecho de Gómez con lustrosas
condecoraciones: era preciso alimentar a los automóviles que invadían los
caminos del mundo. Los favoritos del dictador vendían las concesiones a la Shell
o a la Standard Oil o a la Gulf; el tráfico de influencias y de sobornos desató
la especulación y el hambre de subsuelos. Las comunidades indígenas fueron
despojadas de sus tierras y muchas familias de agricultores perdieron, por las
buenas o por las malas, sus propiedades. La ley petrolera de 1922 fue redactada
por los representantes de tres firmas de los Estados Unidos. Los campos de
petróleo estaban cercados y tenían policía propia. Se prohibía la entrada a
quienes no portaran la ficha de enrolamiento de las empresas; estaba vedado
hasta el tránsito por las carreteras que conducían el petróleo a los puertos.
Cuando Gómez murió, en 1935, los obreros petroleros cortaron las alambradas de
púas que rodeaban los campamentos y se declararon en huelga.
En 1948, con la caída del gobierno de Rómulo Gallegos, se cerró el ciclo
reformista inaugurado tres años antes, y los militares victoriosos rápidamente
redujeron la participación del estado sobre el petróleo extraído por las
filiales del cartel. La rebaja de impuestos se tradujo, en 1954, en más de
trescientos puestos se tradujo, en 1954, en más de trescientos millones de
dólares de beneficios adicionales para la Standard Oil. En 1953, un hombre de
negocios de los Estados Unidos había declarado en Caracas: «Aquí, usted tiene la
libertad de hacer con su dinero lo que le plazca; para mí, esa libertad vale más
que toda las libertades políticas y civiles juntas».
Cuando el dictador Marcos de Pérez Jiménez fue derribado en 1958, cárceles y
cámaras de torturas, que importaba todo desde los Estados Unidos: los
automóviles y las heladeras, la leche condensada, los huevos, las lechugas, las
leyes y los decretos. La mayor de las empresas de Rockefeller, la Cróele, había
declarado en 1957 utilidades que llegaban casi a la mitad de sus inversiones
totales. La junta revolucionaria de gobierno elevó el impuesto a la renta de las
empresas mayores, de un 25 a un 45 por ciento. En represalia, el cartel dispuso
la inmediata caída del precio del petróleo venezolano y fue entonces cuando
comenzó a despedir en masa a los obreros.
Tan abajo se vino el precio, que a pesar del aumento de los impuestos y del
mayor volumen de petróleo exportado; en 1958 el Estado recaudó sesenta millones
de dólares menos que en el año anterior.
Los gobiernos siguientes no nacionalizaron la industria petrolera, pero tampoco
han otorgado, hasta 1970, nuevas concesiones a las empresas extranjeras para la
extracción de oro negro. Mientras tanto, el Cercano Oriente y Canadá: en
Venezuela ha cesado virtualmente la prospección de nuevos pozos y la exportación
está paralizada. La política de negar nuevas concesiones perdió sentido en la
medida en que la Corporación Venezolana del petróleo, el organismo estatal, no
asumió la responsabilidad vacante.
La Corporación se ha limitado, en cambio a perforar unos pocos pozos aquí y
allá, confirmando que su función no es otra que la que le había adjudicado el
presidente Rómulo Betancourt: «No alcanzar una dimensión de gran empresa, sino
servir de intermediario para las negociaciones en la nueva fórmula de
concesiones». La nueva fórmula no se puso en práctica, aunque se la anunció
varias veces.
Mientras tanto, el fuerte impulso industrializador había cobrado cuerpo y fuerza
desde hacía dos décadas muestra ya visibles síntomas de agotamiento, y vive una
impotencia muy conocida en América Latina: el mercado interno, limitado por la
pobreza de las mayorías, no es capaz de sustentar el desarrollo manufacturero
más allá de ciertos límites. La reforma agraria, por otra parte, inaugurada por
el gobierno de Acción Democrática, se ha quedado a menos de la mitad del camino
que se proponía, en las promesas de sus creadores, recorrer, Venezuela compra al
extranjero, y sobre todo a Estados Unidos, buena parte de los alimentos que
consume. El plato nacional, por ejemplo, que es el frijol negro, llega en
grandes cantidades desde el norte, en bolsas que lucen la palabra «beans».
Salvador Garmendia, el novelista que reinventó el infierno prefabricado de toda
esta cultura de conquista, la cultura del petróleo, me escribía en una carta, a
mediados del 69: «¿Has visto un balancín, el aparato que extrae el petróleo
crudo? Tiene la forma de un gran pájaro negro cuya cabeza puntiaguda sube y baja
pesadamente, día y noche, sin detenerse un segundo: es el único buitre que no
come mierda. ¿Qué pasará cuando oigamos el ruido característico del sorbedor al
acabarse el líquido? La obertura grotesca ya empieza a escucharse en el lago
Maracaibo, donde de la noche a la mañana brotaron pueblos fabulosos con
cinematógrafos, supermercados, dancings, hervideros de putas y garitos, donde el
dinero no tenía valor. Hace poco hice un recorrido por ahí y sentí una garra en
el estómago. El olor a muerto y a chatarra es más fuerte que el del aceite. Los
pueblos están semidesiertos, carcomidos, todos ulcerados por la ruina, las
calles enlodadas, las tiendas en escombros. Un antiguo buzo de las empresas se
sumerge a diario, armado de una ceguera, para cortar trozos de tuberías
abandonadas y venderlas como hierro viejo. La gente empieza a hablar de las
compañías como quien evoca una fábula dorada. Se vive de un pasado mítico y
funambulesco de fortunas derrochadas en un golpe de dados y borracheras de siete
días. Entre tanto, los balancines siguen cabeceando y la lluvia de dólares cae
en Miraflores, el palacio de gobierno, para transformarse en autopista y demás
monstruos de cemento armado. Un setenta por ciento del país vive marginado de
todo. En las ciudades prospera una atolondrada clase media con altos sueldos,
que se atiborra de objetos inservibles, vive aturdida por la publicidad y
profesa la imbecilidad y el mal gusto en forma estridente. Hace poco el gobierno
anunció con gran estruendo que había exterminado el analfabetismo. Resultado: en
la pasada fiesta electoral, el censo de inscritos arrojó un millón de
analfabetos entre los dieciocho y los cincuenta años de edad».
SEGUNDA PARTE
EL DESARROLLO ES UN VIAJE CON MÁS NÁUFRAGOS QUE NAVEGANTES
HISTORIA DE LA MUERTE TEMPRANA
Los barcos británicos de guerra saludaban la independencia desde el río.
En 1823, George Canning, cerebro del Imperio británico, estaba celebrando sus
triunfos universales. El encargado de negocios de Francia tuvo que soportar la
humillación de este brindis: «Vuestra sea la gloria del triunfo, seguida por el
desastre y la ruina; nuestro sea el tráfico sin gloria de la industria y la
prosperidad siempre creciente... La edad de la caballería ha pasado; y la ha
sucedido una edad de economistas y calculadores». Londres vivía el principio de
una larga fiesta; Napoleón había sido definitivamente derrotado algunos años
atrás, y la era de la Pax Britannica se abría sobre el mundo.
En América Latina, la independencia había remachado a perpetuidad el poder de
los dueños de la tierra y de los comerciantes enriquecidos, en los puertos, a
costa de la anticipada ruina de los países nacientes. Las antiguas colonias
españolas, y también Brasil, eran mercados ávidos para los tejidos ingleses y
las libras esterlinas al tanto por ciento. Canning no se equivocaba al escribir,
en 1824: «La cosa está hecha; el clavo está en puesto, Hispanoamérica es libre;
y si nosotros no desgobernamos tristemente nuestros asuntos, es inglesa».
La máquina de vapor, el telar mecánico y el perfeccionamiento de la máquina de
tejer habían hecho madurar vertiginosamente la revolución industrial en
Inglaterra. Se multiplicaban las fábricas y los bancos; los motores de
combustión interna habían modernizado la navegación y muchos grandes buques
navegaban hacia los cuatro puntos cardinales universalizando la expansión
industrial inglesa. La economía británica pagaba con tejidos de algodón los
cueros del río de la Plata, el guano y el nitrato de Perú, el cobre de Chile, el
azúcar de Cuba, el café de Brasil. Las exportaciones industriales, los fletes,
los seguros, los intereses de los préstamos y las utilidades de las inversiones
alimentarían, a lo largo de todo el siglo XX, la pujante prosperidad de
Inglaterra. En realidad, antes de las guerras de independencia ya los ingleses
controlaban buena parte del comercio legal entre España y sus colonias, y habían
arrojado a las costas de América Latina un caudaloso y persistente flujo de
mercaderías de contrabando. El tráfico de esclavos brindaba una pantalla eficaz
para el comercio clandestino, aunque al fin y al cabo también las aduanas
registraban, en toda América Latina, una abrumadora mayoría de productos que no
provenían de España. El monopolio español no había existido, en los hachos,
nunca: «... la colonia ya estaba perdida para la metrópoli mucho antes de 1810,
y la revolución no representó más que un reconocimiento político de semejante
estado de cosas».
Las tropas británicas habían conquistado Trinidad en el Caribe, al precio de una
sola baja, pero el comandante de la expedición, sir Ralph Abercromby, estaba
convencido de que no serían fáciles otras conquistas militares en la América
hispánica. Poco después, fracasaron las invasiones inglesas en el Río de la
Plata. La derrota dio fuerzas a la opinión de Abercromby sobre la ineficacia de
las expediciones armadas y el turno histórico de los diplomáticos, los
mercaderes y los barqueros: un nuevo orden liberal en las colonias españolas
ofrecería a Gran Bretaña la oportunidad de abarcar las nueve décimas partes del
comercio de la América española. La fiebre de la independencia hervía en tierras
hispanoamericanas. A partir de 1810 Londres aplicó una política zigzagueante y
dúplice, cuyas fluctuaciones obedecieron a la necesidad de favorecer el comercio
inglés, impedir que América Latina pudiera caer en manos norteamericanas o
francesas y prevenir una posible infección de jacobinismo en los nuevos países
que nacían a la libertad.
Cuando se constituyó la Junta Revolucionaria en Buenos Aires, el 25 de mayo de
1810, una salva de cañonazos de los buques británicos de guerra la saludó desde
el río. El capitán del barco Mutine pronunció, en nombre de Su Majestad, un
inflamado discurso: el júbilo invadía los corazones británicos.
Buenos Aires demoró apenas tres días en eliminar ciertas prohibiciones que
dificultaran el comercio con extranjeros; doce días después, redujo del 50 por
ciento al 7,5 por ciento los impuestos que gravaban las ventas al exterior de
los cueros y el sebo. Habían pasado seis semanas desde el 25 de mayo cuando se
dejó sin efecto la prohibición de exportar el oro y la plata en monedas, de modo
que pudieran fluir a Londres sin inconvenientes. En septiembre de 1811, un
triunvirato reemplazó a la Junta como autoridad gobernante: fueron nuevamente
reducidos, y en algunos casos abolidos, los impuestos a la exportación y a la
importación. A partir de 1813, cuando la Asamblea se declaró autoridad soberana,
los comerciantes extranjeros quedaron exonerados de la obligación de vender sus
mercancías a través de los comerciantes nativos: «El comercio se hizo en verdad
libre». Ya en 1812, algunos comerciantes británicos comunicaban al Foreing
Office: «Hemos logrado... reemplazar con éxito los tejidos alemanes y
franceses». Habían reemplazado, también, la producción de los tejedores
argentinos, estrangulados por el puerto librecambista, y el mismo proceso se
registró, con variantes, en otras regiones de América Latina.
De Yorkshire y de Lancashire, de los Cheviots y Gales, brotaban sin cesar
artículos de algodón y de lana, de hierro y de cuero, de madera y porcelana. Los
telares de Manchester, las ferreteras de Sheffield, las alfarerías de Worcester
y Staffordshire, inundaron los mercados latinoamericanos. El comercio libre
enriquecía a los puertos que vivían de la exportación y elevaba a los cielos el
nivel de despilfarro de las oligarquías ansiosas por disfrutar de todo el lujo
que el mundo ofrecía, pero arruinaba las incipientes manufacturas locales y
frustraba la expansión del mercado interno.
Las industrias domésticas, precarias y de muy bajo nivel técnico, habían surgido
en el mundo colonial a pesar de las prohibiciones de la metrópoli y conocieron
un auge, en vísperas de la independencia, como consecuencia del aflojamiento de
los lazos opresores de España y de las dificultades de abastecimiento que la
guerra europea provocó. En los primeros años del siglo XIX, los talleres estaban
resucitando, después de los mortíferos efectos de la disposición que el rey
había adoptado, en 1718, para autorizar el comercio libre entre los puertos de
España y América. Un alud de mercaderías extranjeras había aplastado las
manufacturas textiles y la producción colonial de alfarería y objetos de metal,
y los artesanos no contaron con muchos años para reponerse del golpe: la
independencia abrió del todo las puertas a la libre competencia de la industria
ya desarrollada en Europa. Los vaivenes posteriores en las políticas aduaneras
de los gobiernos de la independencia generarían sucesivas muertes y despertares
de las manufacturas criollas, sin la posibilidad de un desarrollo sostenido en
el tiempo.
Las dimensiones del infanticidio industrial.
Cuando nacía el siglo XIX, Alexander von Humboldt calculó el valor de la
producción manufacturera de México en unos siete u ocho millones de pesos, de
los que la mayor parte correspondía a los obrajes textiles. Los talleres
especializados elaboraron paños, telas de algodón y lienzos; más de doscientos
telares ocupaban, en Querpetano, a mil quinientos obreros, y en Puebla
trabajaban mil doscientos tejedores de algodón. En Perú, los toscos productos de
la colonia no alcanzaron nunca la perfección de los tejidos indígenas anteriores
a la llegada de Pizarro, «pero su importancia económica fue, en cambio, muy
grande». La industria reposaba sobre el trabajo forzado de los indios,
encarcelados en los talleres desde antes que aclarara el día hasta muy entrada
la noche. La independencia aniquiló el precario desarrollo alcanzado. En
Ayacucho, Cacamoa, Tarma, los obrajes eran de magnitud considerable. El pueblo
entero de Pacaicasa, hoy muerto, «formaba un solo y vasto establecimiento de
telares con más de mil obreros», dice Romero en su obra: Paucarcolla, que
abastecía de frazadas de lana una región muy vasta, está desapareciendo «y
actualmente no existe allí ni una sola fábrica».
En Chile, una de las más apartadas posesiones españolas, el aislamiento
favoreció el desarrollo de una actividad industrial incipiente desde los albores
mismos de la vida colonial. Había hilanderías, tejedurías, curtiembres; las
jarcias chilenas proveían a todos los navíos del Mar del Sur: se fabricaban
artículos de metal, desde alambiques y cañones hasta alhajas, vajilla fina y
relojes; se construían embarcaciones y vehículos. También en Brasil los obrajes
textiles y metalúrgicos que venían ensayando, desde el siglo XVIII, sus modestos
primeros pasos, fueron arrasados por las importaciones extranjeras.
Ambas actividades manufactureras habían conseguido prosperar en medida
considerable a pesar de los obstáculos impuestos por el pacto colonial con
Lisboa, pero desde 1807, la monarquía portuguesa, establecida en Río de Janeiro,
ya no era más que un juguete en manos británicas, y el poder de Londres tenía
otra fuerza. «Hasta la apertura de los puertos, las deficiencias del comercio
portugués habían obrado como barrera protectora de una pequeña industria local
–dice Caio Prado Júnior-; pobre industria artesana, es verdad, pero asimismo
suficiente para satisfacer una parte del consumo interno. Esta pequeña industria
no podrá sobrevivir a la libre competencia extranjera, aún en los más
insignificantes productos».
Bolivia era el centro textil más importante del virreinato rioplatense. En
Cochabamba había, al filo del siglo, ochenta mil personas dedicadas a la
fabricación de lienzos de algodón, paños y manteles, según el testimonio del
intendente Francisco de Viedma. En Oruro y La Paz también habían surgido obrajes
que, junto con los de Cochabamba, brindaban mantas, ponchos y bayetas muy
resistentes a la población las tropas de línea del ejército y las guarniciones
de frontera. Desde Mojos, Chiquitos y Guarayos provenían finísimas telas de lino
y de algodón, sombreros de paja, vicuña o carnero y cigarros de hoja. «Todas
estas industrias han desaparecido ante la competencia de artículos similares
extranjeros...», comprobaba, sin mayor tristeza, un volumen dedicado a Bolivia
en el primer centenario de su independencia».
El Litoral de Argentina era la región más atrasada y menos poblada del país,
antes de que la independencia trasladara a Buenos Aires, en perjuicio de las
provincias mediterráneas, el centro de gravedad de la vida económica y política.
A principios del siglo XIX, apenas la décima parte de la población argentina
residía en Buenos Aires, Santa Fe o Entre Ríos. Con ritmo lento y por medios
rudimentarios se había desarrollado una industria nativa en las regiones del
centro y el norte, mientras que en el Litoral no existían, según decía en 1795
el procurador Larramendi, «ningún arte ni manufactura». En Tucumán y Santiago
del Estero, que actualmente son pozos de subdesarrollo, florecían los talleres
textiles, que fabricaban ponchos de tres clases distintas, y se producían en
otros talleres excelentes carretas y cigarros y cigarrillos, cueros y suelas. De
Catamarca nacían lienzos de todo tipo, paños finos, bayetillas de algodón negro
para que usaran los clérigos; Córdoba fabricaba más de setenta mil ponchos,
veinte mil frazadas y cuarenta mil varas de bayeta por año, zapatos y artículos
de cuero, cinchas y vergas, tapetados y cordobanes. Las curtiembres y
talabarterías más importantes estaban en Corrientes. Eran famosos los finos
sillones de Salta. Mendoza producía entre dos y tres millones de litros de vino
por año, en nada inferiores a los de Andalucía, y San Juan destilaba 350 mil
litros anuales de aguardiente. Mendoza y San Juan formaban «la garganta del
comercio» entre el Atlántico y el Pacífico en América del Sur.
Los agentes comerciales de Manchester, Glasgow y Liverpool recorrieron Argentina
y copiaron los modelos de los ponchos santiagueños y cordobeses y de los
artículos de cuero de Corrientes, además de los estribos de palo dados vuelta
«al uso del país». Los ponchos argentinos valían siete pesos; los de Yokshire,
tres. La industria textil más desarrollada del mundo triunfaba al galope sobre
las tejedurías nativas, y otro tanto ocurría en la producción de botas,
espuelas, rejas, frenos y hasta clavos. La miseria asoló las provincias
interiores argentinas, que pronto alzaron lanzas contra la dictadura del puerto
de Buenos Aires. Los principales mercaderes (Escalada, Belgrano, Pueyrredón,
Vieytes, Las Heras, Cerviño) habían tomado el poder arrebatado a España y el
comercio les brindaba la posibilidad de comprar sedas y cuchillos ingleses,
paños finos de Louviers, encajes de Flandes, sables suizos, ginebra holandesa,
jamones de Westfalia y habanos de Hamburgo. A cambio, la Argentina exportaba
cueros, sebo, huesos, carne salada, y los ganaderos de la provincia de Buenos
Aires extendían sus mercados gracias al comercio libre. El cónsul inglés en el
Plata, Woodbine Parish, describía en 1837 a un recio gaucho de las pampas:
«Tómese todas las piezas de su ropa, examínese todo lo que lo rodea y
exceptuando lo que sea de cuero, ¿qué cosa habrá que no sea inglesa? Si su mujer
tiene una pollera, hay diez posibilidades contra una que sea manufactura de
Manchester. La caldera u olla en que cocina, la taza de loza ordinaria en la que
come, su cuchillo, sus espuelas, el freno, el poncho que lo cubre, todos son
efectos llevados de Inglaterra». Argentina recibía de Inglaterra hasta las
piedras de las veredas.
Aproximadamente por la misma época, James Watson Webb, embajador de los Estados
Unidos en Río de Janeiro, relataba: «En todas las haciendas del Brasil, los amos
y sus esclavos se visten con manufacturas de trabajo libre, y nueve décimos de
ellas son inglesas. Inglaterra suministra todo el capital necesario para las
mejoras internas de Brasil y fabrica todos los utensilios de uso corriente,
desde la azada para arriba, y casi todos los artículos ingleses de vidrio,
hierro y madera son tan corrientes como los paños de lana y los tejidos de
algodón. Gran Bretaña suministra a Brasil sus barcos de vapor y de vela, le hace
el empedrado y le arregla las calles, ilumina con gas las ciudades, le construye
las vías férreas, le explota las minas, es su banquero, le levanta las líneas
telegráficas, le transporta el correo, le construye los muebles, motores,
vagones... ». La euforia de la libre importación enloquecía a los mercaderes de
los puertos; en aquellos años, Brasil recibía también ataúdes ya forrados y
listos para el alojamiento de los difuntos, sillas de montar, candelabros de
cristal, cacerolas y patines para hielo, de uso más bien improbable en las
ardientes costas del trópico; también billeteras, aunque no existía en Brasil el
papel moneda, y una cantidad inexplicable de instrumentos de matemáticas. El
Tratado de Comercio y Navegación firmado en 1810 gravaba la importación de los
productos ingleses con una tarifa menor que la que se aplicaba a los productos
portugueses, y su texto había sido tan atropelladamente traducido del idioma
inglés que la palabra policy, por ejemplo, pasó a significar, en portugués,
policía en lugar de política. Los ingleses gozaban en Brasil de un derecho de
justicia nacional: Brasil era «un miembro no oficial del imperio económico de
Gran Bretaña».
A mediados de siglo, un viajero sueco llegó a Valparaíso y fue testigo del
derroche y la ostentación que la libertad de comercio estimulaba en Chile: «La
única forma de elevarse es someterse –escribió- a los dictámenes de las revistas
de modas de París, a la levita negra y a todos los accesorios que
corresponden... La señora se compra un elegante sombrero, que la hace sentirse
consumadamente parisiense, mientras el marido se coloca un tieso y alto corbatón
y se siente en el pináculo de la cultura europea». Tres o cuatro casas inglesas
se habían apoderado del mercado de cobre chileno, y manejaban los precios según
los intereses de las fundiciones de Swansea. Liverpool y Vardiff. El Cónsul
General de Inglaterra informaba a su gobierno, en 1838, acerca del «prodigioso
incremento» de las ventas de cobre, que se exportaba «principalmente, si no por
completo, en barcos británicos o por cuenta de británicos».
Los comerciantes ingleses monopolizaban el comercio en Santiago y Valparaíso, y
Chile era el segundo mercado latinoamericano, en orden de importancia, para los
productos británicos.
Los grandes puertos de América Latina, escalas de tránsito de las riquezas
extraídas del suelo y del subsuelo con destino a los lejanos centros de poder,
se consolidaban como instrumentos de conquista y dominación contra los países a
los que pertenecían, y eran los verdaderos por donde se dilapidaba la renta
nacional. Los puertos y las capitales querían parecerse a París o a Londres, y a
la retaguardia tenían el desierto.
Proteccionismo y librecambio en América Latina: el breve vuelo de Lucas Alamán
La expansión de los mercados latinoamericanos aceleraba la acumulación de
capitales en los viveros de la industria británica. Hacía ya tiempo que el
Atlántico se había convertido en el eje del comercio mundial, y los ingleses
habían sabido aprovechar la ubicación de su isla, llena de puertos, a medio
camino del Báltico y del Mediterráneo y apuntando a las costas de América.
Inglaterra organizaba un sistema universal y se convertía en la prodigiosa
fábrica abastecedora del planeta: del mundo entero provenían las materias primas
y sobre el mundo entero provenían las materias primas y sobre el mundo entero se
derramaban las mercancías elaboradas. El Imperio contaba con el puerto más
grande y el más poderoso aparato financiero de su tiempo; tenía el más alto
nivel de especialización comercial, disponía del monopolio mundial de los
seguros y los fletes, y dominaba el mercado internacional del oro. Friederich
List, padre de la unión aduanera alemana, había advertido que el libre comercio
era el principal producto de exportación de Gran Bretaña . Nada enfurecía a los
ingleses tanto como el proteccionismo aduanero y a veces lo hacían saber en un
lenguaje de sangre y fuego, como en la Guerra del Opio contra China, pero la
libre competencia en los mercados se convirtió en una verdad revelada para
Inglaterra, sólo a partir del momento en que estuvo segura de que era la más
fuerte, y después de haber desarrollado su propia industria textil al abrigo de
la legislación proteccionista más severa de Europa. En los difíciles comienzos,
cuando todavía la industria británica corría con desventaja, el ciudadano inglés
al que se sorprendía exportando lana cruda, sin elaborar, era condenado a perder
la mano derecha, y si reincidía, lo ahorcaban: estaba prohibido enterrar un
cadáver sin que antes el párroco del lugar certificara que el sudario provenía
de una fábrica nacional.
«Todos los fenómenos destructores suscitados por la libre concurrencia en el
interior de un país –advirtió Marx- se reproducen en proporciones más
gigantescas en el mercado mundial» . El ingreso de América Latina en la órbita
británica, de la que sólo saldría para incorporarse a la órbita norteamericana,
se dio en el marco de este cuadro general, y en él se consolidó la dependencia
de los independientes países nuevos. La libre circulación de mercadería y la
transferencia de capitales tuvieron consecuencias dramáticas.
En México, Vicente Guerrero llegó al poder, en 1829, «a hombros de la
desesperación artesana, insuflada por el gran demagogo Lorenzo Zavala, que
arrojó sobre las tiendas repletas de mercancías inglesas del Parián a una turba
hambrienta y desesperada». Poco duró Guerrero en el poder, y cayó en medio de la
indiferencia de los trabajadores, porque no quiso o no pudo poner un dique a la
importación de las mercancías europeas «por cuya abundancia –dice Chávez Orozco-
gemían en el desempleo las masas artesanas de las ciudades que antes de la
independencia, sobre todo en los períodos bélicos de Europa, vivían con cierta
holgura». La industria mexicana había carecido de capitales, mano de obra
suficiente y técnicas modernas; no había tenido una organización adecuada, ni
vías de comunicación y medios de transporte para llegar a los mercados y a las
fuentes de abastecimiento. «Lo único que probablemente le sobró – dice Alfonso
Aguilar- fueron interferencias, restricciones, y trabas de todo orden». Pese a
ello, como observara Humboldt, la industria había despertado en los momentos de
estancamiento del comercio exterior, cuando se interrumpían o se dificultaban
las comunicaciones marítimas, y había empezado a fabricar acero y a hacer uso
del hierro y el mercurio. El liberalismo que la independencia trajo consigo
agregaba perlas a la corona británica y paralizaba los obrajes textiles y
metalúrgicos de México, Puebla y Guadalajara.
Lucas Alamán, un político conservador de gran capacidad, advirtió a tiempo que
las ideas de Adam Smith contenían veneno para la economía nacional y propició,
como ministro la creación de un banco estatal, el Banco de Avío, con el fin de
impulsar la industrialización. Un impuesto a los tejidos extranjeros de algodón
proporcionaría al país los recursos para comprar en el exterior las maquinarias
y los medios técnicos que México necesitaba para abastecerse con tejidos de
algodón de fabricación propia. El país disponía de materia prima, contaba con
energía hidráulica más barata que el carbón y pudo formar buenos operarios
rápidamente. El banco nació en 1830, y poco después llegaron, desde las mejores
fábricas europeas, las maquinarias más modernas para hilar y tejer algodón;
además, el estado contrató expertos extranjeros en la técnica textil. En 1844,
las grandes plantas de Puebla produjeron un millón cuatrocientos mil cortes de
manta gruesa. La nueva capacidad industrial del país desbordaba la demanda
interna: el mercado de consumo del «reino de la desigualdad», formado en su gran
mayoría por indios hambrientos, no podía sostener la continuidad de aquel
desarrollo fabril vertiginoso. . contra esta muralla chocaba el esfuerzo por
romper la estructura heredada de la colonia. A tal punto se había modernizado,
sin embargo, la industria, que las plantas textiles norteamericanas contaban en
promedio con menos husos que las plantas mexicanas hacia 1840. Diez años
después, la proporción se había invertido con creces. La inestabilidad política,
las presiones de los comerciantes ingleses y franceses y sus poderosos socios
internos, y las mezquinas dimensiones del mercado interno, de antemano
estrangulado por la economía minera y latifundista, dieron por tierra con el
experimento exitoso. Antes de 1850, ya se había suspendido el progreso de la
industria textil mexicana. Los creadores del Banco de Avío habían ampliado su
radio de acción y, cuando se extinguió, los créditos abarcaban también las
tejedurías de lana, las fábricas de alfombras y producción de hierro y de papel.
Esteban de Antuñano sostenía, incluso, la necesidad de que México creara cuanto
antes una industria nacional de maquinarias, «para contrarrestar el egoísmo
europeo». El mayor mérito del ciclo industrializador de Alamán y Antuñano reside
en que ambos restablecían la identidad «entre la independencia política y la
independencia económica, y en el hecho de preconizar, como único camino de
defensa, en contra de los pueblos poderosos y agresivos, un enérgico impulso a
la economía industrial». El propio Alamán se hizo industrial, creó la mayor
fábrica textil mexicana de aquel tiempo (se llamaba Cocolapan; todavía hoy
existe) y organizó a los industriales como grupo de presión ante los sucesivos
gobiernos librecambistas . Pero Alamán, conservador y católico, no llegó a
plantear la cuestión agraria, porque él mismo se sentía ideológicamente ligado
al viejo orden, y no advirtió que el desarrollo industrial estaba de antemano
condenado a quedar en el aire, sin base de sustentación, en aquel país de
latifundios infinitos y miseria generalizada.
LAS LANZAS MONTONERAS Y EL ODIO QUE SOBREVIVIÓ A JUAN MANUEL DE ROSAS
Proteccionismo contra librecambio, el país contra el puerto: ésta fue la pugna
que ardió en el trasfondo de las guerras civiles argentinas durante el siglo
pasado. Buenos Aires, que en el siglo XVII no había sido más que una gran aldea
de cuatrocientas casas, se apoderó de la nación entera a partir de la revolución
de mayo y la independencia. Era el puerto único, y por sus horcas caudinas
debían pasar todos los productos que entraban y salían del país. Las
deformaciones que la hegemonía porteña impuso a la nación se advierten
claramente en nuestros días: la capital abarca, con sus suburbios, más de la
tercera parte de la población argentina total, y ejerce sobre las provincias
diversas formas de proxenetismo. En aquella época, detentaba el monopolio de la
renta aduanera, de los bancos y de la emisión de moneda, y prosperaba,
vertiginosamente a costa de las provincias interiores.
La casi totalidad de los ingresos de Buenos Aires provenía de la aduana
nacional, que el puerto usurpaba en provecho propio, y más de la mitad se
destinaba a los gastos de guerra contra las provincias, que de este modo pagaban
para ser aniquiladas.
Desde la Sala de Comercio de Buenos Aires, fundada en 1810, los ingleses tendían
sus telescopios: para vigilar el tránsito de los buques, y abastecían a los
porteños con paños finos, flores artificiales, encajes, paraguas, botones y
chocolates, mientras la inundación de los ponchos y los estribos de fabricación
inglesa hacía sus estragos país adentro. Para medir la importancia que el
mercado mundial atribuía por entonces a los cueros rioplatenses, es preciso
trasladarse a una época en la que los plásticos y los revestimientos sintéticos
no existían ni siquiera como sospecha en la cabeza de los químicos. Ningún
escenario más propicio que la fértil llanura del litoral para la producción
ganadera en gran escala. En 1816, se descubrió un nuevo sistema que permitía
conservar indefinidamente los cueros por medio de un tratamiento de arsénico;
prosperaban y se multiplicaban, además, los saladeros de carne. Brasil, las
Antillas y África abrían sus mercados a la importación de tasajo, y a medida que
la carne salada, cortada en lonjas secas, iba ganando consumidores extranjeros,
los consumidores argentinos notaban el cambio. Se crearon impuestos al consumo
interno de carne, a la para que se desgravaban las exportaciones; en pocos años
el precio de los novillos se multiplicó por tres y las estancias valorizaron sus
precios. Los gauchos estaban acostumbrados a cazar libremente novillos a ciclo
abierto, en la pampa sin alambrados, para comer el lomo y tirar el resto, con la
sola obligación de entregar el cuero al dueño del campo. Las cosas cambiaron.
La reorganización de la producción implicaba el sometimiento del gaucho nómada a
una nueva dependencia servil: un decreto de 1815 estableció que todo hombre de
campo que no tuviera propiedades sería reputado sirviente, con la obligación de
llevar papeleta visada por su patrón cada tres meses. O era sirviente, o era
vago, y a los vagos se los enganchaba, por la fuerza, en los batallones de
frontera. El criollo bravío, que había servido de carne de cañón en los
ejércitos patriotas, quedaba convertido en paria, en peón miserable o en milico
de fortín. O se rebelaba, lanza en mano, alzándose en el remolino de las
montoneras . Este gaucho arisco, desposeído de todo salvo la gloria y el coraje,
nutrió las cargas de caballería que una y otra vez desafiaron a los ejércitos de
línea, bien armados, de Buenos Aires. La aparición de la estancia capitalista,
en la pampa húmeda del litoral, ponía a todo d país al servicio de las
exportaciones de cuero y carne y marchaba de la mano con la dictadura del puerto
librecambista de Buenos Aires. El uruguayo José Artigas había sido, hasta la
derrota y d exilio, el más lúcido de los caudillos que encabezaron d combate de
las masas criollas contra los comerciantes y los terratenientes atados al
mercado mundial, pero muchos años después todavía Felipe Varela fue capaz de
desatar una gran rebelión en el norte argentino porque, como decía su proclama,
“ser provinciano es ser mendigo sin patria, sin libertad, sin derechos”. Su
sublevación encontró eco resonante en todo d interior mediterráneo. Fue el
último montonero; murió, tuberculoso y en la miseria, en 1870 . El defensor de
la «Unión Americana», proyecto de resurrección de la Patria Grande despedazada,
es todavía un bandolero, como lo era Artigas hasta no hace mucho, para la
historia argentina que se enseña en las escuelas.
Felipe Vareta había nacido en un pueblito perdido entre las sierras de Catamarca
y había sido un dolorido testigo de la pobreza de su provincia arruinada por el
puerto soberbio y lejano. A fines de 1824, cuando Varela tema tres años de edad,
Catamarca no pudo pagar los gastos de los delegados que envió al Congreso
Constituyente que se reunió en Buenos Aires, y en la misma situación estaban
Misiones, Santiago del Estero y otras provincias. El diputado catamarqueño
Manuel Antonio Acevedo denunciaba el cambio ominoso que la competencia de los
productos extranjeros había provocado: Catamarca ha mirado hace algún tiempo, y
mira hoy, sin poderlo remediar, a su agricultura, con productos inferiores a sus
expensas; a su industria, sin un consumo capaz de alentar a los que la fomentan
y ejercen, y a su comercio casi en el último abandono». El representante de la
provincia de Corrientes, brigadier general Pedro Ferré, resumía así, en 1830,
las consecuencias posibles del proteccionismo que él propugnaba: “Sí, sin
duda un corto número de hombres de fortuna padecerán, porque se privarán de
tomar en su mesa vinos y licores exquisitos...
Las clases menos acomodadas no hallarán mucha diferencia entre los vinos y
licores que actualmente beben, sino en el precio, y disminuirán el consumo, lo
que no creo sea muy perjudicial. No se pondrán nuestros paisanos ponchos
ingleses; no llevarán bolas y lazos hechos en Inglaterra; no vestiremos ropa
hecha en extranjería, y demás renglones que podemos proporcionar; pero, en
cambio, empezará a ser menos desgraciada la condición de pueblos enteros de
argentinos, y no nos perseguirá la idea de la espantosa miseria a que hoy son
condenados”.
Dando un paso importante hacia la reconstrucción de la unidad nacional
desgarrada por la guerra, el gobierno de Juan Manuel de Rosas dictó en 1835 una
ley de aduanas de signo acentuadamente proteccionista. La ley prohibía la
importación de manufacturas de hierro y hojalata, aperos de caballo, ponchos,
ceñidores, fajas de lana o algodón, jergones, productos de
granja, ruedas de carruajes, velas de sebo y peines, y gravaba con fuertes
derechos la introducción de coches, zapatos, cordones, ropas, monturas, frutas
secas y bebidas alcohólicas. No se cobraba impuesto a la carne transportada en
barcos de bandera argentina, y se impulsaba la talabartería nacional y d cultivo
de tabaco. Los efectos se hicieron notar sin demora. Hasta la batalla de
Caseros, que derribó a Rosas en 1852, navegaban por los ríos las goletas y los
barcos construidos en los astilleros de Corrientes y Santa Fe, había en Buenos
Aires más de cien fábricas prósperas y todos los viajeros coincidían en señalar
la excelencia de los tejidos y zapatos elaborados en Córdoba y Tucumán, los
cigarrillos y las artesanías de Salta, los vinos y aguardientes de Mendoza y San
Juan. La ebanistería tucumana exportaba a Chile, Bolivia y Perú.
Diez años después de la aprobación de la ley, los buques de guerra de Inglaterra
y Francia rompieron a cañonazos las cadenas extendidas a través del Paraná, para
abrir la navegación de los ríos interiores argentinos que Rosal mantenía
cerrados a cal y canto. A la invasión sucedió el bloqueo. Diez memoriales de los
centros industriales de Yorkshire, Liverpool, Manchester, Leeds, Halifax y
Bradford, suscritos por mil quinientos banqueros, comerciantes e industriales,
habían urgido al gobierno inglés a tomar medidas contra las restricciones
impuestas al comercio en el Plata. El bloqueo puso de manifiesto, pese a los
progresos alumbrados por la ley de aduanas, las limitaciones de la industria
nacional, que no estaba capacitada para satisfacer la demanda interna. En
realidad, desde 1841 d proteccionismo venía languideciendo, en lugar de
acentuarse; Rosas expresaba como nadie los intereses de los estancieros
saladeristas de la provincia de Buenos Aires, y no existía, ni nació, una
burguesía industrial capaz de impulsar el desarrollo de un capitalismo nacional
auténtico y pujante: la gran estancia ocupaba el centro de la vida económica del
país, y ninguna política industrial podía emprenderse con independencia y vigor
sin abatir la omnipotencia del latifundio exportador. Rosas permaneció siempre,
en el fondo, fiel a su clase. «El hombre más de a caballo de toda la
provincia.~, guitarrero y bailarín, gran domador, que se orientaba en las noches
de tormenta y sin estrellas masticando unas hebras de pasto pata identificar el
rumbo, era un gran estanciero productor de carne seca y cueros, y los
terratenientes lo habían convertido en su jefe. La leyenda negra que luego se
urdió para difamarlo no puede ocultar el carácter nacional y popular de muchas
de sus medidas de gobierno , pero la contradicción de clases explica la ausencia
de una política industrial dinámica y sostenida, más allá de la cirugía
aduanera, en el gobierno del caudillo de los ganaderos. Esa ausencia no puede
atribuirse a la inestabilidad y las penurias implícitas en las guerras
nacionales y el bloqueo extranjero, porque al fin y al cabo había sido en medio
del torbellino de una revolución acosada como José Artigas había articulado,
veinte años antes, sus normas industrialistas e integradoras con una reforma
agraria en profundidad. Vivian Trías ha comparado, en un libro fecundo, el
proteccionismo de Rosas con el ciclo de medidas que Artigas irradió desde la
Banda oriental, entre 1813 y 1815, para conquistar la verdadera independencia
del virreinato rioplatense. Rosas no prohibió a los mercaderes extranjeros
ejercer el comercio en el mercado interno, ni devolvió al país las rentas de la
aduana que Buenos Aires continuó usurpando, ni terminó con la dictadura del
puerto único. En cambio, la nacionalización del comercio interior y la quiebra
del monopolio portuario y aduanero de Buenos Aires habían sido capítulos
fundamentales, como la cuestión agraria, de la política artiguista. Artigas
había querido la libre navegación de los nos interiores, pero Rosas nunca abrió
a las provincias esta llave de acceso al comercio de ultramar. Rosas también
permaneció fiel, en el fondo, a su provincia privilegiada. Pese a todas estas
limitaciones, el nacionalismo y el populismo del «gaucho de ojos azules»
continúan generando odio en las clases dominantes argentinas. Rosas sigue siendo
«reo de lesa patria», de acuerdo con una ley de 1857 todavía vigente, y el país
se niega todavía a abrir una sepultura nacional para sus huesos enterrados en
Europa. Su imagen oficial es la imagen de un asesino.
Superada la herejía de Rosas, la oligarquía se reencontró con su destino. En
1858, el presidente de la comisión directiva de la exposición rural declaraba
inaugurada la muestra con estas palabras: «Nosotros, en la infancia aún,
contentémonos con la humilde idea de enviar a aquellos bazares europeos nuestros
productos y materias primas, para que nos los devuelvan transformados por medio
de los poderosos agentes de que disponen. Materias primas es lo que Europa pide,
para cambiarlas en ricos artefactos ».
El ilustre Domingo Faustino Sarmiento y otros escritores liberales vieron en la
montonera campesina no más que el símbolo de la barbarie, d atraso y la
ignorancia, el anacronismo de las campañas pastoriles frente a la civilización
que la ciudad encarnaba: el poncho y el chiripá contra la levita; la lanza y el
cuchillo contra la tropa de línea; el analfabetismo contra la escuela. En 1861,
Sarmiento escribía a Mitre: “No trate de economizar sangre de gauchos, es lo
único que tienen de humano. Este es un abono que es preciso hacer útil al País”.
Tanto desprecio y tanto odio revelaban una negación de la propia patria, que
tenía, claro está, también una expresión de política económica: “No somos ni
industriales ni navegantes -afirmaba Sarmiento-, y la Europa nos proveerá por
largos siglos de sus artefactos en cambio de nuestras materias primas”. El
presidente Bartolomé Mitre llevó adelante, a partir de 1862, una guerra de
exterminio contra las provincias y sus últimos caudillos.
Sarmiento fue designado director de la guerra y las tropas marcharon al norte a
matar gauchos, “animales bípedos de tan perversa condición”. En La Rioja, el
Chacha Peñaloza, general de los llanos, que extendía su influencia sobre Mendoza
y San Juan, era uno de los últimos reductos de la rebelión contra el puerto, y
Buenos Aires considero que había llegado el momento de terminar con él. Le
cortaron la cabeza y la clavaron, en exhibición, en el centro de la Plaza de
Olta. El ferrocarril y los caminos culminaron la ruina de La Rioja, que había
comenzado con la revolución de 1810: el librecambio había provocado la crisis de
sus artesanías y había acentuado la crónica pobreza de la región. En el siglo
xx, los campesinos riojanos huyen de sus aldeas en las montañas o en los llanos,
y bajan hacia Buenos Aires a ofrecer sus brazos: sólo llegan, como los
campesinos humildes de otras provincias, hasta las puertas de la ciudad.
En los suburbios encuentran sitio junto a otros setecientos mil habitantes de
las villas miserias y se las arreglan, mal que bien, con las migas que les
arroja el banquete de la gran capital. ¿Nota usted cambios en los que se han ido
y vuelven de visita? preguntaron los sociólogos a los ciento cincuenta
sobrevivientes de una aldea riojana, hace pocos años. Con envidia advertían, los
que se habían quedado, que Buenos Aires había mejorado d traje, los modales y la
manera de hablar de los emigrados. Algunos los encontraban, incluso, «más
blancos».
LA GUERRA DE LA TRIPLE ALIANZA CONTRA EL PARAGUAY ANIQUILÓ LA ÚNICA EXPERIENCIA
EXITOSA DE DESARROLLO INDEPENDIENTE
El hombre viajaba a mi lado, silencioso. Su perfil, nariz afilada, altos
pómulos, se recortaba contra la fuerte luz del mediodía. Íbamos rumbo a
Asunción, desde la frontera del sur, en un ómnibus para veinte personas que
contenía, no sé cómo, cincuenta. Al cabo de unas horas, hicimos un alto. Nos
sentamos en un patio abierto, a la sombra de un árbol de hojas carnosas. A
nuestros ojos, se abría el brillo enceguecedor de la vasta, despoblada, intacta
tierra roja: de horizonte a horizonte, nada perturba la transparencia del aire
en Paraguay. Fumamos.
Mi compañero, campesino de habla guaraní, enhebró algunas palabras tristes en
castellano. «Los paraguayos somos pobres y pocos», me dijo. Me explicó que había
bajado a Encarnación a buscar trabajo pero no había encontrado. Apenas si había
podido reunir unos pesos para el pasaje de vuelta. Años atrás de muchacho, había
tentado fortuna en Buenos Aires y en el sur de Brasil. Ahora venia la cosecha
del algodón y muchos braceros paraguayos marchaban, como todos los años, rumbo a
tierras argentinas. “Pero yo ya tengo sesenta y tres años. Mi corazón ya no
soporta las demasiadas gentes”.
Suman medio millón los paraguayos que han abandonado la patria, definitivamente,
en los últimos veinte años. La miseria empuja al éxodo a los habites del país
que era, hasta hace un siglo, el más avanzado de América del Sur. Paraguay tiene
ahora una población que apenas duplica a la que por entonces tenía y es, con
Bolivia, uno de los dos países sudamericanos más pobres y atrasados. Los
paraguayos sufren la herencia de una guerra de exterminio que se incorporó a la
historia de América Latina como su capítulo más infame. Se llamó la Guerra de la
Triple Alianza. Brasil, Argentina y Uruguay tuvieron a su cargo el genocidio. No
dejaron piedra sobre piedra ni habitantes varones entre los escombros. Aunque
Inglaterra no participó directamente en la horrorosa hazaña, fueron sus
mercaderes, sus banqueros y sus industriales quienes resultaron beneficiados con
el crimen de Paraguay. La invasión fue financiada, de principio a fin, por el
Banco de Londres, la Casa Baring Brothersy la banca Rothschild, en empréstitos
con intereses leoninos que hipotecaron la suerte de los países vencedores.
Hasta su destrucción, Paraguay se erguía como una excepción en América Latina:
la única nación que el capital extranjero no había deformado. El largo gobierno
de mano de hierro del dictador Gaspar Rodríguez de Francia (1814-1840) había
incubado, en la matriz del aislamiento, un desarrollo económico autónomo y
sostenido. El Estado, omnipotente, paternalista, ocupaba d lugar de una
burguesía nacional que no existía, en la tarea de organizar la nación y orientar
sus recursos y su destino. Francia se había apoyado en las masas campesinas para
aplastar la oligarquía paraguaya y había conquistado la paz interior tendiendo
un estricto cordón sanitario frente a los restantes países del antiguo
virreinato del no de la Plata. Las expropiaciones, los destierros, las
prisiones, las persecuciones y las multas no habían servido de instrumentos para
la consolidación del dominio interno de los terratenientes y los comerciantes
sino que, por el contrario, habían sido utilizados para su destrucción. No
existían, ni nacerían más tarde, las libertades políticas y el derecho de
oposición, pero en aquella etapa histórica sólo los nostálgicos de los
privilegios perdidos sufrían la falta de democracia. No había grandes fortunas
privadas cuando Francia murió, y Paraguay era d único país de América Latina que
no tenía mendigos, hambrientos ni ladrones ; los viajeros de la época
encontraban allí un oasis de tranquilidad en medio de las demás comarcas
convulsionadas por las guerras continuas. El agente norteamericano Hopkins
informaba en 1845 a su gobierno que en Paraguay “no hay niño que no sepa leer y
escribir. ..”. Era también d único país que no vivía con la mirada clavada al
otro lado del mar. El comercio exterior no constituía d eje de la vida nacional;
la doctrina liberal, expresión ideológica de la articulación mundial de los
mercados, carecía de respuestas para los desafíos que Paraguay, obligado a
crecer hacia dentro por su aislamiento mediterráneo, se estaba planteando desde
principios de siglo. El exterminio, de la oligarquía hizo posible la
concentración de los resortes económicos fundamentales en manos del Estado, para
llevar adelante esta política autárquica de desarrollo dentro de fronteras.
Los posteriores gobiernos de Carlos Antonio López y su hijo Francisco Solano
continuaron y vitalizaron la tarea. La economía estaba en pleno crecimiento.
Cuando los invasores aparecieron en el horizonte, en 1865, Paraguay contaba con
una línea de telégrafos, un ferrocarril y una buena cantidad de fábricas de
materiales de construcción, tejidos, lienzos, ponchos, papel y tinta, loza y
pólvora.
Doscientos técnicos extranjeros, muy bien pagados por el Estado, prestaban su
colaboración decisiva. Desde 1850, la fundición de Ibycui fabricaba cañones,
morteros y balas de todos los calibres; en el arsenal de Asunción se producían
cañones de bronce, obuses y balas. La siderurgia nacional, como todas las demás
actividades económicas esenciales, estaba en manos del Estado. El país contaba
con una flota mercante nacional, y habían sido construidos en el astillero de
Asunción varios de los buques que ostentaban el pabellón paraguayo a lo largo
del Paraná o a través del Atlántico y el Mediterráneo. El Estado virtualmente
monopolizaba el comercio exterior: la yerba y el tabaco abastecían el consumo
del sur del continente; las maderas valiosas se exportaban a Europa. La balanza
comercial arrojaba un fuerte superávit. Paraguay tenía una moneda fuerte y
estable, y disponía de suficiente riqueza para realizar enormes inversiones
públicas sin recurrir al capital extranjero. El país no debía ni un centavo al
exterior, pese a lo cual estaba en condiciones de mantener el mejor ejército de
América del Sur, contratar técnicos ingleses que se ponían al servicio del país
en lugar de poner al país a su servicio, y enviar a Europa a unos cuantos
jóvenes universitarios paraguayos para perfeccionar sus estudios. El excedente
económico generado por la producción agrícola no se derrochaba en el lujo
estéril de una oligarquía inexistente, ni iba a parar a los bolsillos de los
intermediarios, ni a las manos brujas de los prestamistas, ni al rubro ganancias
que el Imperio británico nutría con los servicios de fletes y seguros. La
esponja imperialista no absorbía la riqueza que el país producía.
El 98 por ciento del territorio paraguayo era de propiedad pública: el Estado
cedía a los campesinos la explotación de las parcelas a cambio de la obligación
de poblarlas y cultivadas en forma permanente y sin el derecho de venderlas.
Había, además; sesenta y cuatro estancias de la patria, haciendas que el Estado
administraba directamente. Las obras de riego, represas y canales, y los nuevos
puentes y caminos contribuían en grado importante a la elevación de la
productividad agrícola. Se rescató la tradición indígena de las dos cosechas
anuales, que había sido abandonada por los conquistadores. El aliento vivo de
las tradiciones jesuitas facilitaba, sin duda, todo este proceso creador .
El Estado paraguayo practicaba un celoso proteccionismo, muy reforzado en 1864,
sobre la industria nacional y el mercado interno; los ríos interiores no estaban
abiertos a las naves británicas que bombardeaban con manufacturas de Manchester
y de Liverpool a todo el resto de América Latina. El comercio inglés no
disimulaba su inquietud, no sólo porque resultaba invulnerable aquel último foco
de resistencia nacional en el corazón del continente, sino también, y sobre
todo, por la fuerza de ejemplo que la experiencia paraguaya irradiaba
peligrosamente hacia los vecinos. El país más progresista de América Latina
construiría su futuro sin inversiones extranjeras, sin empréstitos de la banca
inglesa y sin las bendiciones del comercio libre.
Pero a medida que Paraguay iba avanzando en este proceso, se hacía más aguda su
necesidad de romper la reclusión. El desarrollo industrial requería contactos
más intensos y directos con el mercado internacional y las fuentes de la técnica
avanzada. Paraguay estaba objetivamente bloqueado entre Argentina y Brasil, y
ambos países podían negar d oxígeno a sus pulmones cerrándole, como lo hicieron
Rivadavia y Rosas, las bocas de los ríos, o fijando impuestos arbitrarios al
tránsito de sus mercancías.
Para sus vecinos, por otra parte, era una imprescindible condición, a los fines
de la consolidación del estado oligárquico, terminar con el escándalo de aquel
país que se bastaba a sí mismo y no quería arrodillarse ante los mercaderes
británicos.
El ministro inglés en Buenos Aires, Edward Thornton, participó considerablemente
en los preparativos de la guerra. En vísperas del estallido, tomaba parte, como
asesor del gobierno, en las reuniones del gabinete argentino, sentándose aliado
del presidente Bartolomé Mitre. Ante su atenta mirada se urdió la trama de
provocaciones y de engaños que culminó con el acuerdo argentino-brasileño y
selló la suerte de Paraguay. Venancio Flores invadió Uruguay, en ancas de la
intervención de los dos grandes vecinos, y estableció en Montevideo, después de
la matanza de Paysandú, su gobierno adicto a Río de Janeiro y Buenos Aires. La
Triple Alianza estaba en funcionamiento.
El presidente paraguayo Solano López había amenazado con la guerra si asaltaban
Uruguay: sabía que así se estaba cerrando la tenaza de hierro en torno a la
garganta de su país acorralado por la geografía y los enemigos. El historiador
liberal Efraím Cardozo no tiene inconveniente en sostener, sin embargo, que
López se plantó frente a Brasil simplemente porque estaba ofendido: el emperador
le había negado la mano de una de sus hijas. La guerra había nacido. Pero era
obra de Mercurio, no de Cupido.
La prensa de Buenos Aires llamaba “Atila de América” al presidente paraguayo
López: “Hay que matarlo como a un reptil”, clamaban los editoriales. En
septiembre de 1864, Thornton envió a Londres un extenso informe confidencial,
fechado en Asunción. Describía a Paraguay como Dante al infierno, pero ponía el
acento donde correspondía: «Los derechos de importación sobre casi todos los
artículos son del 20 o 25 por ciento ad valorem; pero como este valor se calcula
sobre el precio corriente de los artículos, el derecho que se paga alcanza
frecuentemente del 40 al 45 por ciento del precio de factura. Los derechos de
exportación son del 10 al 20 por ciento sobre el valor...» En abril de 1865, el
Standard, diario inglés de Buenos Aires, celebraba ya la declaración de guerra
de Argentina contra Paraguay, cuyo presidente «ha infringido todos los usos de
las naciones civilizadas”, y anunciaba que la espada del presidente argentino
Mitre «llevará en su victoriosa carrera, además del peso de glorias pasadas, el
impulso irresistible de la opinión pública en una causa justa». El tratado con
Brasil y Uruguay se firmó el 10 de mayo de 1865; sus términos draconianos fueron
dados a la publicidad un año más tarde, en el diario británico The Times, que lo
obtuvo de los banqueros acreedores de Argentina y Brasil. Los futuros vencedores
se repartían anticipadamente, en el tratado, los despojos del vencido: Argentina
se aseguraba todo el territorio de Misiones y el inmenso Chaco; Brasil devoraba
una extensión inmensa hacia el oeste de sus fronteras. A Uruguay, gobernado por
un títere de ambas potencias, no le tocaba nada. Mitre anunció que tomaría
Asunción en tres meses. Pero la guerra duró cinco años. Fue una carnicería,
ejecutada todo a lo largo de los fortines que defendían, tramo a tramo, el río
Paraguay. El «oprobioso tirano» Francisco Solano López encarnó heroicamente la
voluntad nacional de sobrevivir; el pueblo paraguayo, que no sufría la guerra
desde hacía medio siglo, se inmoló a su lado. Hombres, mujeres, niños y viejos:
todos se batieron como leones. Los prisioneros heridos se arrancaban las vendas
para que no los obligaran a pelear contra sus hermanos. En 1870, López, a la
cabeza de un ejército de espectros, ancianos y niños que se ponían barbas
postizas para impresionar desde lejos, se internó en la selva. Las tropas
invasoras asaltaron los escombros de Asunción con el cuchillo entre los dientes;
Cuando finalmente el presidente paraguayo fue asesinado a bala y a lanza en la
espesura del cerro Corá, alcanzó a decir: «Muero con mi patria! », y era verdad.
Paraguay moría con él. Antes, López había hecho fusilar a su hermano y a un
obispo, que con él marchaban en aquella caravana de la muerte. Los invasores
venían para redimir al pueblo paraguayo: lo exterminaron. Paraguay terna, al
comienzo de la guerra, poco menos población que Argentina. Sólo doscientos
cincuenta mil paraguayos, menos de la sexta parte, sobrevivían en 1870. Era el
triunfo de la civilización. Los vencedores, arruinados por el altísimo costo del
crimen, quedaban en manos de los banqueros ingleses que habían financiado la
aventura. El imperio esclavista de Pedro II, cuyas tropas se nutrían de esclavos
y presos, ganó, no obstante, territorios, más de sesenta mil kilómetros
cuadrados, y también mano de obra, porque muchos prisioneros paraguayos
marcharon a trabajar en los cafetales paulistas con la marca de hierro de la
esclavitud.
La Argentina del presidente Mitre, que había aplastado a sus propios caudillos
federales, se quedó con noventa y cuatro mil kilómetros cuadrados de tierra
paraguaya y otros frutos del botín, según el propio Mitre había anunciado cuando
escribió: “Los prisioneros y demás artículos de guerra nos los dividiremos en la
forma convenida”. Uruguay, donde ya los herederos de Artigas habían sido muertos
o derrotados y la oligarquía mandaba, participó de la guerra como socio menor y
sin recompensas. Algunos de los soldados uruguayos enviados a la campaña del
Paraguay habían subido a los buques con las manos atadas. Los tres países
sufrieron una bancarrota financiera que agudizó su dependencia frente a
Inglaterra. La matanza de Paraguay los signó para siempre .
Brasil había cumplido con la función que el Imperio británico le había
adjudicado desde los tiempos en que los ingleses trasladaron el trono portugués
a Río de Janeiro. A principios del siglo XIX, habían sido claras las
instrucciones de Canning al embajador, Lord Strangford: “Hacer del Brasil un
emporio para las manufacturas británicas destinadas al consumo de toda la
América del Sur”. Poco antes de lanzarse a la guerra, el presidente de Argentina
había inaugurado una nueva línea de ferrocarriles británicos en su país, y había
pronunciado un inflamado discurso: “¿ Cuál es la fuerza que impulsa este
progreso? Señores: ¡es el capital inglés!”. Del Paraguay derrotado no sólo
desapareció la población: también las tarifas aduaneras, los hornos de
fundición, los ríos clausurados al libre comercio, la independencia económica y
vastas zonas de su territorio. Los vencedores implantaron, dentro de las
fronteras reducidas por el despojo, el librecambio y el latifundio. Todo fue
saqueado y todo fue vendido: las tierras y los bosques, las minas, los yerbales,
los edificios de las escuelas. Sucesivos gobiernos títeres serían instalados, en
Asunción, por las fuerzas extranjeras de ocupación. No bien terminó la guerra,
sobre las ruinas todavía humeantes de Paraguay cayó el primer empréstito
extranjero de su historia. Era británico, por supuesto. Su valor nominal
alcanzaba el millón de libras esterlinas, pero a Paraguay llegó bastante menos
de la mitad; en los años siguientes, las refinanciaciones elevaron la deuda a
más de tres millones. La Guerra del Opio había terminado, en 1842, cuando se
firmó en Nanking el tratado de libre comercio que aseguró a los comerciantes
británicos el derecho de introducir libremente la droga en el territorio chino.
También la libertad de comercio fue garantizada por Paraguay después de la
derrota. Se abandonaron los cultivos de algodón, y Manchester arruinó la
producción textil; la industria nacional no resucitó nunca.
El Partido Colorado, que hoy gobierna a Paraguay, especula alegremente con la
memoria de los héroes, pero ostenta al pie de su acta de fundación la firma de
veintidós traidores al mariscal Solano López, «legionarios» al servicio de las
tropas brasileñas de ocupación. El dictador Alfredo Stroessner, que ha
convertido al Paraguay en un gran campo de concentración desde hace quince años,
hizo su especialización militar en Brasil, y los generales brasileños lo
devolvieron a su país con altas calificaciones y encendidos elogios: «Es digno
de gran futuro...» Durante su reinado, Stroessner desplazó a los intereses anglo
argentinos dominantes en Paraguay durante las Última décadas, en beneficio de
Brasil y sus dueños norteamericanos. Desde 1870, Brasil y Argentina, que
liberaron a Paraguay para comérselo a dos bocas, se alternan en el usufructo de
los despojos del país derrotado, pero sufren, a su vez, d imperialismo de logran
potencia de turno. Paraguay padece, al mismo tiempo, el imperialismo y el
subimperialismo. Antes el Imperio británico constituía d eslabón mayor de la
cadena de las dependencias sucesivas. Actualmente, los Estados Unidos, que no
ignoran la importancia geopolítica de este país enclavado en d centro de América
del Sur, mantienen en suelo paraguayo asesores innumerables que adiestran y
orientan a las fuerzas armadas, cocinan los planes económicos, reestructuran la
universidad a su antojo, inventan un nuevo esquema político democrático para d
país y retribuyen con préstamos onerosos los buenos servicios del régimen .
Pero Paraguay es también colonia de colonias. Utilizando la reforma agraria como
pretexto, el gobierno de Stroessner derogó, haciéndose e l distraído, la
disposición legal que prohibía la venta a extranjeros de tierras en zonas de
frontera seca, y hoy hasta los territorios fiscales han caído en manos de los
latifundistas brasileños del café. La onda invasora atraviesa el no Paraná con
la complicidad del presidente, asociado a los terratenientes que hablan
portugués. Llegué a la movediza frontera del nordeste de Paraguay con billetes
que tenían estampado el rostro del vencido mariscal Solano López, pero allí
encontré que sólo tienen valor los que lucen la efigie del victorioso emperador
Pedro II. El resultado de la Guerra de la Triple Alianza cobra, transcurrido un
siglo, ardiente actualidad. Los guardas brasileños exigen pasaporte a los
ciudadanos paraguayos para circular por su propio país; son brasileñas las
banderas y las iglesias. La piratería de tierra abarca también los saltos del
Guayrá, la mayor fuente potencial de energía en toda América Latina, que hoy se
llaman, en portugués, Sete Quedas, y la zona del Itaipú, donde Brasil construirá
la mayor central hidroeléctrica del mundo.
El subimperialismo o imperialismo de segundo grado, se expresa de mil maneras.
Cuando el presidente Johnson decidió sumergir en sangre a los dominicanos, en
1965, Stroessner envió soldados paraguayos a Santo Domingo, para que colaboraran
en la faena. El batallón se llamó, broma siniestra, «Mariscal Solano López». Los
paraguayos actuaron a las órdenes de un general brasileño, porque fue Brasil
quien recibió los honores de la traición: el general Panasco Alvim encabezó las
tropas latinoamericanas cómplices en la matanza. De la misma manera, podrían
citarse otros ejemplos. Paraguay otorgó a Brasil una concesión petrolera en su
territorio, pero el negocio de la distribución de combustibles y la petroquímica
están, en Brasil, en manos norteamericanas. La Misión Cultural Brasileña es
dueña de la Facultad de Filosofía y Pedagogía de la universidad paraguaya, pero
los norteamericanos manejan ahora a las universidades de Brasil. El estado mayor
del ejército paraguayo no sólo recibe la asesoría de los técnicos del Pentágono,
sino también de generales brasileños que a su vez responden al Pentágono como el
eco a la voz. Por la vía abierta del contrabando, los productos industriales de
Brasil invaden el mercado paraguayo, pero muchas de las fábricas que los
producen en Sao Paulo son, desde la avalancha desnacionalizadora de estos
últimos años, propiedad de las corporaciones multinacionales.
Stroessner se considera heredero de los López. El Paraguay de hace un siglo
¿puede ser impunemente cotejado con el Paraguay de ahora, emporio del
contrabando en la cuenca del Plata y reino de la corrupción institucionalizada?
En un acto político donde el partido de gobierno reivindicaba a la vez, entre
vítores y aplausos, a uno y otro Paraguay, un muchachito vendía, bandeja al
pecho, cigarrillos de contrabando: la fervorosa concurrencia pitaba
nerviosamente Kent, Marlboro, Camel y Benson & Hedges. En Asunción, la escasa
clase media bebe whisky Ballantine's en vez de tomar caña paraguaya. Uno
descubre los últimos modelos de los más lujosos automóviles fabricados en
Estados Unidos o Europa, traídos al país de contrabando o previo pago de
menguados impuestos, al mismo tiempo que se ven, por las calles, carros tirados
por bueyes que acarrean lentamente los frutos al mercado: la tierra se trabaja
con arados de madera y los taxímetros son Impalas. Stroessner dice que el
contrabando es «el precio de la paz»: los generales se llenan los bolsillos y no
conspiran. La industria, por supuesto, agoniza antes de crecer. El Estado ni
siquiera cumple con el decreto que manda preferir los productos de las fábricas
nacionales en las adquisiciones públicas. Los únicos triunfos que el gobierno
exhibe, orgulloso, en la materia, son las plantas de Coca Cola, Crush y Pepsi
Cola, instaladas desde fines de 1966 como contribución norteamericana al
progreso del pueblo paraguayo. El Estado manifiesta que sólo intervendrá
directamente en la creación de empresas «cuando el sector privado no demuestre
interés, y el Banco Central comunica al Fondo Monetario Internacional que «ha
decidido implantar un régimen de mercado libre de cambios y abolir las
restricciones al comercio y a las transacciones en divisas»; un folleto editado
por el Ministerio de Industria y Comercio advierte a los inversores que el país
otorga “concesiones especiales para el capital extranjero” Se exime a las
empresas extranjeras del pago de impuestos y de derechos aduaneros, «para crear
un clima propicio para las inversiones». Un año después de instalarse en
Asunción, el National City Bank de Nueva York recupera íntegramente el capital
invertido. La banca extranjera, dueña del ahorro interno, proporciona a Paraguay
créditos externos que acentúan su deformación económica e hipotecan aún más su
soberanía.
En el campo, el uno y medio por ciento de los propietarios dispone del noventa
por ciento de las tierras explotadas, y se cultiva menos del dos por ciento de
la superficie total del país. El plan oficial de colonización en el triángulo de
Caaguazú ofrece a los campesinos hambrientos más tumbas que prosperidades .
La Triple Alianza sigue siendo todo un éxito.
Los hornos de la fundición de Ibycuí, donde se forjaron los cañones que
defendieron a la patria invadida, se erguían en un paraje que ahora se llama
«Mina-cué» -que en guaraní significa “Fue mina”.
Allí, entre pantanos y mosquitos, junto a los restos de un muro derruido, yace
todavía la base de la chimenea que los invasores volaron, hace un siglo, con
dinamita, y pueden verse los pedazos de hierro podrido de las instalaciones
deshechas. Viven, en la zona, unos pocos campesinos en harapos, que ni siquiera
saben cuál fue la guerra que destruyó todo eso. Sin embargo, ellos dicen que en
ciertas noches se escuchan, allí, voces de máquinas y truenos de martillos,
estampidos de cañones y alaridos de soldados.