Se conoce como Noche de los lápices a la desaparición y tortura, acaecida el 16 de septiembre de 1976 durante la dictadura conocida como Proceso de Reorganización Nacional en Argentina, de siete jóvenes estudiantes de entre 16 y 18 años, en su mayoría militantes o ex-militantes de la Unión Estudiantil Secundaria (UES), que demandaban en la ciudad de La Plata el Boleto Escolar Secundario (BES), que había sido suprimido por el gobierno militar. El testimonio de Pablo Díaz, uno de los sobrevivientes, ha sido fundamental para la reconstrucción y denuncia de estos hechos.


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LECTURA RECOMENDADA
María Seoane y Héctor Ruiz Núñez - La Noche de los Lápices
 

 

A pesar de la noche, los lápices siguen escribiendo

Ilustración: Ricardo Ajler

El 16 de septiembre de 1976 diez estudiantes secundarios de la Escuela Normal Nro 3 de la Plata son secuestrados tras participar en una campaña por el boleto estudiantil. Tenían entre 14 y 17 años. El operativo fue realizado por el Batallón 601 del Servicio de Inteligencia del Ejercito y la Policía de la Provincia de Buenos Aires, dirigida en ese entonces por el general Ramón Camps, que calificó al suceso como lucha contra "el accionar subversivo en las escuelas". Este hecho es recordado como "La noche de los lápices".

LOS ESTUDIANTES SECUNDARIOS Y LA POLITICA ENTRE 1973-1976

El arribo de la democracia en el mes de mayo de 1973, luego de un proceso creciente de enfrentamientos contra la dictadura miliar que gobernaba desde junio de 1966, trajo consigo la irrupción en la vida política y social de los distintos sectores populares que habían experimentado un crecimiento sustancial durante las luchas; entre ellos, los estudiantes secundarios.

En el movimiento estudiantil secundario se vivieron experiencias hasta ese momentos inéditas en lo referente a participación política, en tanto ésta es atendida en un sentido partidario más o menos directo.

El diario La Opinión editó en 1973 un suplemento dedicado al análisis de los fenómenos políticos entre los adolescentes. En dicho suplemento se publicaron los resultados de una encuesta que realizó el periódico entre 252 estudiantes. Se comprobó que el 30,3% de los jóvenes encuestados tenía algún tipo de participación política.

La política había impregnado el conjunto de la vida estudiantil, dentro y fuera de los colegios. Las organizaciones políticas vieron incrementado notoriamente el número de sus militantes y el grado de su influencia. Según el suplemento citado, "las tres fuerzas más importantes son, en este orden, la Unión de Estudiantes Secundarios, (UES), la Federación Juvenil Comunista (FJC) y la Juventud Secundaria Peronista (JSP)"

La encuesta de La Opinión revelaba también que en 1973 los estudiantes secundarios se inclinaban ante figuras emblemáticas de la izquierda, con la salvedad de Perón, quién asumía, para una porción amplia de los estudiantes, contornos casi revolucionarios. Pese a todo, quien encabeza la encuesta era el Che Guevara con el 67%, a continuación venía J. D. Perón con 66% y a mayor distancia, Salvador Allende con 19%; Fidel Castro con 19%; Eva Perón 17 % y Mao-Tsé-Tung con 16%.

En esta encuesta queda por demás claro que para aquélla generación de estudiantes los referentes revolucionarios y socialistas eran los que ocupaban más espacio en la conciencia estudiantil.

En aquellos años se había alcanzado un nivel de conciencia, acción y participación bastante elevados con lo cual el nivel de cuestionamiento al sistema capitalista era de por demás peligroso para la burguesía y los sectores reaccionarios de nuestro país.

EL GOLPE DE 1976


Emilce Moler reivindicó la militancia de la juventud (2014).

En la historia de nuestro país, como en el resto de América latina, los golpes de Estado siempre estuvieron al servicio de la clase dominante y del imperialismo. Pero el golpe de Estado de 1976 se podría caracterizar no tan solo como el más sangriento vivido en la historia de nuestro país, sino también como el más pro-imperialista, ya que el estado político-económico que dejó la dictadura le sirvió al imperialismo para garantizar su hegemonía en la región durante décadas.

LOS OBJETIVOS DEL PROCESO

Uno de los objetivos más tenazmente buscado por la dictadura militar que gobernó entre 1976 y 1983 fue neutralizar a buena parte de la juventud y ganar a una porción para su propio proyecto reaccionario.

Para los que no encajaban en sus esquemas se aplicaban distintos métodos "preventivos", desde el asesinato y la desaparición, hasta la más refinadas formas de marginación social y psicológica, pasando, claro esta, por la clásica y tradicional prisión.

Cuando asumieron en 1976 los militares consideraban que en la Argentina había una generación perdida: la juventud. Esta, por la sofisticada acción de "ideólogos" se había vuelto rebelde y contestataria.


Emilce Moler. Sobreviviente de la noche de los lápices (2014).

Si bien el gobierno militar toma en cuenta la situación en la que se encontraba la juventud argentina, no fue tan obstinado como para suponer que se debía atacar a toda la juventud por igual. La política hacia los jóvenes parte de considerar que los que habían pasado por la experiencia del Cordobazo y demás luchas previas a 1973, los que habían vivido con algún grado de participación el proceso de los años 73, 74 y 75, los estudiantes universitarios y los jóvenes obreros, eran en su mayoría irrecuperables y en consecuencia había que combatirlos. Para ello utilizaron un pretexto tan obvio como falaz: se trataba de subversivos reales o potenciales que ponían en riesgo al conjunto del cuerpo social. El ser joven pasa a ser un peligro.

Al mismo tiempo, y pensando en el largo plazo, se empieza a desarrollar una estrategia que va más allá de la eliminación del "enemigo". Se empieza a poner la mira sobre el relevo. Ahí están los estudiantes secundarios. Al momento del golpe tienen entre 13 y 18 años más de un millón de jóvenes.

EL TERROR EN LAS AULAS

Uno de los aspectos más dramáticos de la represión vivida en aquellos años fue el secuestro de adolescentes. Llegaron a 250 los desaparecidos que tenían entre 13 y 18 años, claro que no todos estudiaban. Muchos se habían visto obligados a abandonar la escuela para incorporarse al mundo del trabajo.

Pero de los procedimientos utilizados surge claramente que no se trataba de hechos aislados, sino de una investigación pormenorizada en distintas escuelas. En una entrevista concedida a un grupo de padres, un coronel de Campo de Mayo les expresó que se llevaban a los jóvenes que habían estudiado "en colegios subversivos para cambiarles las ideas".

El 16 de septiembre de 1976, 10 estudiantes secundarios de la Escuela Normal Nº 3 de la Plata, son secuestrados tras participar en una campaña por el boleto estudiantil. Todos tenían entre 14 y 17 años. El operativo fue realizado por el Batallón 601 del servicio de Inteligencia del ejercito y la Policía de la Provincia de Buenos Aires, dirigida en ese entonces por el general Ramón Camps, que califico al suceso como "accionar subversivo en las Escuelas". Este hecho es recordado como "La noche de los lápices".


Noche de los lápices. Producción Télam 2014

Solo tres de ellos aparecieron un tiempo después. Pablo Díaz, uno de los liberados, declaró en el juicio a las ex juntas: "Yo pertenecía a la Coordinadora de Estudiantes Secundarios de la Plata y con los chicos del colegio fuimos a presentar una nota al Ministerio de Obras Públicas".

Levantaron chicos en algunos colegios que tenían "marcados" y enemigo era todo aquel estudiante que se preocupara por los problemas sociales, por fomentar entre los estudiantes la participación y la defensa de los derechos de los mismos.

HOY LOS LAPICES SIGUEN ESCRIBIENDO.

Hoy los estudiantes secundarios están de a poco recuperando aquella tradición de lucha y defensa por los derechos a una educación al servicio del pueblo y con mayor presupuesto.

Hoy los secundarios, sector dinámico de nuestra sociedad, tienen un doble desafío, que es la de reconstruir la memoria de lucha de nuestro pueblo y la de reorganizarse para enfrentar eL calamitoso estado de nuestra educación, ya que ellos son los más perjudicados.

Bibliografia consultada: Estudiantes secundarios: Sociedad y política, Berguier, Hechker y Schifrin.

Comunicadores Solidarios - Agencia Latina de Información Alternativa, 16/09/2005

Datos: www.alia.com.ar, Córdoba, 15 de Septiembre de 2005



La noche de los lápices (película completa) Ficha técnica


Quienes fueron los chicos asesinados

La siguiente es la nómina de los chicos asesinados. Los dos más grandes tenían 18 años.

DANIEL ALBERTO RACERO
"Calibre", 18 años.
Hijo de un suboficial naval peronista que murió en el 73, trabajó desde pibe como mensajero. Cuando ingresó a la UES del Normal 3 de La Plata, escribió: "Encontré una trinchera para luchar por una causa justa". Realizó labores de vacunación, recuperación de viviendas y apoyo escolar en barrios pobres y participó de la conquista del BES (Boleto Escolar Secundario). Secuestrado en la casa de Horacio Ungaro el 16/09/76 fue visto en Arana y Pozo de Banfield.


1973, Buenos Aires, marchas de estudiantes secundarios

MARIA CLAUDIA FALCONE
16 años
Hija de un ex intendente peronista de La Plata, se sumó a la UES a poco de ingresar a Bellas Artes. Después del 73 participó en tareas de apoyo escolar y de sanidad en barrios pobres de La Plata. En el 75 participó activamente en la campaña por el boleto estudiantil. Secuestrada 16/09/76 en la casa de su abuela paterna, fue vista en Arana y Pozo de Banfield

MARIA CLARA CIOCCHINI
18 años
Alumna de colegios católicos, participó del scoutismo parroquial y en la UES de Bahía Blanca. Debido a los crímenes de la Triple A y la CNU en esa ciudad, a fines del 75 se mudó a La Plata donde se inscribió en Bella Artes y se fue vivir a la casa de Claudia Falcone. Fueron secuestradas juntas el 16/09/76. Fue vista en Arana y Pozo de Banfield.

FRANCISO LOPEZ MUNTANER
"Panchito", 16 años.
Hijo de trabajador petrolero peronista preso durante el Plan Conintes que en el 73 se alineó con el sindicalismo ortodoxo, Panchito marchó contra la corriente familiar: era hincha de Gimnasia y militó en la UES de Bellas Artes. Junto a Claudia Falcone participó en trabajos voluntarios en barrios humildes y en la lucha por el BES en 1975. Secuestrado 16/09/76, fue visto en Arana y Pozo de Banfield.

CLAUDIO DE ACHA
17 años.
Sus padres eran trabajadores con ideas de izquierda y tras el triunfo de Cámpora participó de la toma del Colegio Nacional por su democratización. Tímido y gran lector, se incorporó a la UES luego de la muerte de Perón. Como todos, participó en las manifestaciones por el BES. Secuestrado 16/09/76, fue visto en Arana y Pozo de Banfield.

HORACIO UNGARO
17 años.
De familia comunista, en el 74 rompió la tradición familiar y se sumó a la UES del Normal N 3. Gran lector y excelente alumno, participó de la lucha de la Coordinadora por el BES. Realizaba tareas de apoyo escolar en la villa ubicada detrás del hipódromo platense. Secuestrado 16/09/76, fue visto en Arana y Pozo de Banfield.

Los chicos que sobrevivieron

Cuatro de los pibes que, entre el 16 y 17 de septiembre fueron secuestrados, lograron su libertad entre el 78 y el 80, tras estar a disposición del PEN (Poder Ejecutivo Nacional).

PABLO DIAZ
18 años.
Hijo de un docente universitario peronista de derecha, fue expulsado de un colegio católico y recaló en "La Legión". Había militado en la UES pero en 1976 militaba en la Juventud Guevarista. Secuestrado 21/09/76. Estuvo en Arana, Pozo de Banfield, Comisaría 3 de Valentín Alsina y U-9 de La Plata (a disposición del PEN hasta
1980).

GUSTAVO CALOTTI
"Francés", 18 años.
Egresado del Colegio Nacional de La Plata, era cadete policial cuando fue secuestrado 08/09/76. Había militado en la UES pero en el ’76 ya se había desvinculado y estaba más próximo a agrupaciones de izquierda. Estuvo en Arana, Pozo de Quilmes, Comisaría 3 de Valentín Alsina y U-9 de La Plata (a disposición del PEN hasta 1979).

EMILCE MOLER
17 años. Militante de la UES en la Escuela de Bellas Artes, era hija de un comisario inspector retirado. Secuestrada el 17/09/76. Estuvo en Arana, Pozo de Quilmes, Comisaría 3 de Valentín Alsina y Devoto (a disposición del PEN hasta marzo 78)

PATRICIA MIRANDA
17 años.
Estudiante De Bellas Artes, nunca participó de las luchas por el boleto estudiantil ni tuvo militancia política. Secuestrada el 17/09/76, nunca hizo la denuncia. Estuvo en Arana, Pozo de Quilmes, Valentín Alsina y Devoto (a disposición del PEN hasta marzo 78).

Los otros secuestrados

La Comisión Provincial de la Memoria registra varios "ensayos" de la Noche de los Lápices:

El 1 de septiembre, y tras ser interrogados por el vicerrector del Colegio Nacional de La Plata, Juan Antonio Stormo, fueron secuestrados a pocas cuadras cuatro alumnos: Eduardo Pintado, Víctor Vicente Marcaciano, Pablo Pastrana (militantes comunistas) y Cristian Krause, sin ningún tipo de militancia. Pintado logró escapar.

El 4 de setiembre fueron secuestrados Víctor Triviño, de "La Legión" (continúa desaparecido), Fernanda María Gutierrez (Liceo Víctor Mercante), Carlos Mercante (Colegio del Pilar ) y Alejandro Desío, Abel Fuks, Graciela Torrado (los tres del Colegio Bellas Artes) y Luis Cáceres (de la Escuela Técnica), los cuatro últimos militantes del GESA (Grupo de Estudiantes Secundarios Antiimperialistas).

El testimonio del sobreviviente Gustavo Calotti

"Aquellos días fueron para siempre: han estado los 30 años"

Fue secuestrado una semana antes de la "Noche de los Lápices", pero se considera un sobreviviente de esa jornada. Para él, la historia oficial vació de contenido la verdadera lucha.

Gustavo Calotti fue detenido el 8 de setiembre de 1976, una semana antes de la Noche de los Lápices, pero nunca dudó en definirse como un sobreviviente de esa noche trágica en que fueron secuestrados ocho de sus antiguos compañeros del secundario con quienes compartió, además, meses de tortura y prisión clandestina.

"El Francés", como le decían entonces, había participado 1975 en la Coordinadora de Estudiantes Secundarios en representación del Colegio Nacional de la Plata, en uno de cuyos patios un placa evoca a sus 94 alumnos y profesores asesinados o desaparecidos en esos años.

"Se construyó una historia con el boleto estudiantil y se hizo de ésta un símbolo que vació el contenido", dice hoy a treinta años de distancia y algo menos de vida en Francia, donde trabaja como maestro.

"En ningún interrogatorio se mencionó el boleto. Nos detuvieron por militar en organizaciones populares; lo que queríamos era hacer la revolución", asegura.

En sus vacaciones de este año viajó a Argentina para testimoniar en el juicio al ex jefe de investigaciones Miguel Etchecolatz, reconocer su lugar de detención en el Pozo de Quilmes y, como siempre que está en La Plata, visitar a los amigos y recordar a sus compañeros que ya no están, y que son muchos.

"Aquellos días fueron para siempre, han estado los treinta años", dijo evocando su cautiverio, que se inició en la jefatura de policía platense, donde cumplía tareas administrativas como cadete policial.

"Las grandes manifestaciones por el boleto estudiantil fueron en 75. En ese entonces yo militaba en la UES con Claudio de Acha, que fue secuestrado la Noche; con Adela Segarra, que ahora es senadora provincial, y con Rubén Scaramilo, que desapareció un año más tarde. En el 76 ya estaba en otro ámbito", relató con la minuciosidad de quien no quiere equivocar detalle.

¿Porqué se considera un sobreviviente de la Noche?
Yo siempre digo que no hubo una noche sino muchas, y que no fueron seis los desaparecidos sino muchos más. Y que también sobrevivimos muchos otros. La versión de la película es un recorte en el que el símbolo vació al contenido.


El 16 de septiembre será recordado a partir de 2006 como el "Día Nacional de la juventud"

¿Cuál sería ese contenido?
Yo empecé a militar a los 14 años, el año que mataron a los 22 guerrilleros en Trelew y que volvió Perón. Nosotros éramos producto de ese proceso: militantes populares, no del boleto estudiantil, queríamos hacer la revolución. En el relato "oficial" ni siquiera están los que dirigieron la luchas por el boleto.

¿Quiénes fueron?
Quiero nombrar a "Patulo" Rave, que fue el alma mater del UES de La Plata y lo mató la Tripe A en diciembre del ’75 colgándolo de un puente. Después desaparece Abel Vigo, "Homero" y años más tarde, Alfredo Reboredo. Ellos no han tenido una fecha de homenaje. Tampoco los chicos secuestrados el 4 de setiembre del ‘76 en la puerta del Colegio Nacional.

¿Cuál era su relación con los chicos de La Noche?
La militancia, aunque yo ya hubiera egresado. A mi me detiene el comisario Luis Vides, "Lobo", en la jefatura, donde yo era cadete. Me llevan a Arana y me torturan pidiéndome nombres pero nada del boleto. Allí había algunos secundarios que yo conocía, como Claudio de Acha y Horacio Húngaro. También cambié algunas palabras con Claudia Falcone, a quien yo no conocía pero me acuerdo que lloraba. Después nos trasladaron y ya no supe de ellos.

¿A dónde lo llevaron?
El 23 de setiembre nos cargan en dos camiones. En el que iba yo fue al Pozo de Quilmes. Allí estábamos Emilce Moler y Patricia Miranda, secuestradas la noche del 16 y Victor Treviño, "chupado" a comienzos del mes y que luego desapareció. Al mes nos llevaron a la comisaría 3 de Valentín Alsina y allí nos encontramos con Walter Docters, que había militado en el secundario y luego se había recibido de policía, y a Nilda Eloy, que había estado en la Coordinadora. Luego llegó Pablo Díaz con José María Novielo. A todos nos blanquearon el 28 de diciembre, Día de los Inocentes, pero seguimos presos a disposición del PEN un año más.

¿Qué es lo que más recuerda de esos días?
Todos los que sobrevivimos nos acordaremos para siempre de ese 21 de setiembre del ’76 en Arana. Nos sacaron de la celda para lavarlas, nos pusieron de rodillas con los ojos vendados en un patio y nos sacaron por un rato las ataduras de las manos. Nos dieron ñoquis y nosotros pensábamos en los compañeros que estarían festejando en Pereyra Iraola. Pero, la verdad, aquellos días fueron para siempre, han estado los treinta años.


Segunda Cuarta del Colegio Nacional de La Plata

La foto de una generación

Es de 1973. Allí. Claudio de Acha está a la derecha de brazos cruzados. Tres años después fue secuestrado y asesinado. Pertenecía a una generación de pibes "para los que nada de lo humano les fue ajeno".

Por Rubén Furman

La foto fue sacada en 1973 y corresponde a la 2º 4ta. del Colegio Nacional de La Plata. Hay chicas que ríen con el pelo suelto, y pibes de pelo largo con pantalones de bota ancha.

El cuarto desde la derecha, parado, con los brazos cruzados y serio, es Claudio de Acha, hijo de una familia de trabajadores de izquierda, humildes pero instruidos.

En esa imagen aun falta un año para que Claudio, después de la muerte de Perón, decida ingresar a la peronista Unión de Estudiantes Secundario. Lo transporta una ola incontenible que augura el cambio social, una patria para todos, la revolución. Y todavía faltan tres para que ese negrito ruloso, estudiante mediano pero gran lector, sea robado de su casa la Noche de los Lápices.

Su nombre está escrito hoy en una placa de mármol blanco ubicada en un pasillo junto a los de otros 94 alumnos y profesores, pero fotos con historias parecidas se guardan en muchos colegios del país.

En ellas hay pibes de esa generación que maduró en la resistencia a otra dictadura inquisitorial y que creyeron que el regreso del líder proscripto marcaría el fin de todas las proscripciones.

"Claudia no necesitaba el boleto estudiantil barato, porque nosotros no teníamos problemas económicos y ella vivía a dos cuadras de la escuela. Se metió en esa lucha por solidaridad", contó alguna vez Nelva Falcone con algo de candidez.

Es que ella, María Clara, Horacio, Panchito, Daniel y Claudio, y todos los que no están en esta foto pero si en otras, tenían algo común. Eran chicos comprometidos con su tiempo para los que nada de lo humano les fue ajeno.

Los pibes de otra generación les rindieron su homenaje al proclamar: "Vano intento el de la Noche: los lápices siguen escribiendo".


El relato del relator de aquella noche

"Me gritaban que no los olvide", recordó Pablo Díaz

Tuvo un salvoconducto que lo salvó de la muerte. Hoy, a treinta años, dice que se convirtió en el difusor de aquella trágica jornada porque fue y es un mandato. "Yo respondo por mi juramento, que está basado en los últimos minutos de convivencia. Como sobreviviente respondo a eso", le contó a Télam.

"Yo respondo por mi juramento, que está basado en los últimos minutos de convivencia. Ellos me gritaban que no los olvide y que los recuerde siempre. Como sobreviviente respondo a eso", dice Pablo Díaz, el gran "relator" de La Noche de los Lápices.

Detenido el día de la primavera de 1976, cinco días más tarde que el resto de sus compañeros, asegura que su rol, ese que cumplió durante el juicio a los comandantes de 1985 y luego, durante años recorriendo colegios para comentar la película, poniéndose frente a micrófonos y cámaras, y volviendo a testimonial en tribunales, "es un mandato".

"Soy el único que salió con vida del Pozo de Banfield, el único que estaba con ellos cuando me dijeron que tenía un salvoconducto que me salvaba de la ejecución y que me trasladaban bajo la amenaza de no contar nunca lo que había vivido, de lo que había sido testigo. Sólo ellos me gritaban que no los olvide y que los recuerde siempre", repite.

Su relato se amolda entonces al de un tipo que dice que lo suyo durante noventa días fue "esperar el traslado final", igual que los seis pibes que se llevaron la peor parte: "en Banfield estábamos condenados a morir".

Díaz, que hoy a los 48 años es un exitoso empresario del área energética, replica también con algún enojo cuando se le insinúa "arbitrariedad" en el recorte de su relato.

"El operativo de La Noche de los Lápices fue un secuestro planeado y sistemático de estudiantes secundarios, relacionados con un hecho justificado para ellos: anular una potencial resistencia al proyecto adulto o político a implementar".

¿Porqué un operativo contra los secundarios y no contra militantes en un sentido genérico?

El documento elaborado en la jefatura de policía decía textualmente que había que eliminar el semillero subversivo. El operativo partió de suponer la desarticulación política y militar de las organizaciones guerrilleras, y de los sectores universitario o barrial, de modo que buscaban la desarticulación de los secundarios. Todo hace pensar que ese operativo empezó por agosto y terminó sobre fines de noviembre.

¿Se simplificó el relato para que hubiera poca militancia y hacerla una historia "posible" en los 80?

Si, a la distancia es así. Yo recuerdo que cuando trabajamos en el guión de la película había un marcado miedo de que la gente nos viera culpables por haber militado en una organización política, algo que hoy es parte de la normalidad democrática. Pero en ese momento trabajábamos contra prejuicios fuertes como el "por algo será". Allí razonamos que lo importante era reconstruir valores, porque ninguna sociedad admite fácilmente las cosas que dejó pasar aunque luego le horroricen.

Y hoy, treinta años después, cómo es la memoria de "La noche.."?

La Noche de los Lápices será la historia de todos los sobrevivientes secundarios reprimidos en la dictadura, será la historia de todos los estudiantes secundarios reprimidos hoy, será la historia que querran que sea los secundarios de mañana. Pero también hay una historia que no podrá ser contada por ellos, los noventa días de soledad, de amor, de compañerismo de despedida y de muerte. Sólo de ahí, y de ningún lado más, yo soy el sobreviviente.

Fuente: Télam


"Lo más importante es que mis hijos no me vean derrotada"

Por Victoria Ginzberg

Emilce Moler tiene 39 años, tres hijos y vive en Mar del Plata desde que los militares la obligaron a dejar La Plata. Allí fue secuestrada el 17 de setiembre de 1976 en la que se conoce como La Noche de los Lápices. Sobrevivió para contarlo y no arrepentirse de su pasado.

La Noche de los Lápices se transformó en el símbolo de la represión militar contra los estudiantes.


La noche de los lápices (1995) - Mural de 3 x 5 metros obra del artista César López Claro (1912-2004)

Emilce Moler fue secuestrada en la madrugada del 17 de setiembre de 1976. Tenía 17 años y militaba en la Unión de Estudiantes Secundarios, agrupación estudiantil de tendencia peronista. Ella, Gustavo Calotti -actualmente radicado en Francia- y otra chica que vive en La Plata son, junto a Pablo Díaz, los sobreviviente de la llamada Noche de los Lápices. Tiene 39 años, está casada, tiene tres hijos y vive en Mar del Plata desde que los militares la obligaron a dejar La Plata. "Teníamos un proyecto político", dice en relación a que las desapariciones de los secundarios de La Plata no se debieron exclusivamente a la lucha por el boleto estudiantil. Reivindica su militancia y afirma que "la pelea por una sociedad más justa en la que todos tengan dignidad y trabajo sigue absolutamente vigente. Y si seguir pidiendo justicia es un idealismo sigo siendo idealista".

-¿Por qué su nombre no se asocia con La Noche de los Lápices?

-No fue algo deliberado. Fui cuidadosa porque la cosa pública es muy difícil de sostener a lo largo del tiempo. Sabía que tenía que tener otros objetivos en mi vida, pero también fueron historias de desencuentros. Hablé sobre el tema desde el primer momento, pero no estar en La Plata ni en Buenos Aires influyó muchísimo. A lo largo de estos años eso se ha ido modificando.

-¿Cómo era su vida antes del secuestro?

-Estaba en quinto año de Bellas Artes. Era muy alegre, llena de vida, con muchos ideales. En la vida cotidiana estudiaba dibujo, me dedicaba al grabado y me preocupaba por qué carrera iba a seguir.

-¿Estudió algo relacionado con el arte?


La UES en 1973

-No, soy matemática. La historia me cambió mucho. Salí a los 19 años de la cárcel de Devoto con libertad vigilada y rendí quinto año libre. Me sentía bastante vieja, quería tener una independencia económica y estudiar una carrera de arte me significaba mucha dependencia. Además tenía miedo, pensaba que me podían mirar peor si estudiaba arte. Busqué algo que no tuviera nada que ver con la realidad y elegí matemática.

-¿Cuándo pudo conectarse de vuelta con la realidad?

-Fui siguiendo los pasos que siguió el país. En el '82 estaba en los últimos años de la facultad y ya estaba participando de los incipientes centros de estudiantes. Tuve el aislamiento necesario para protección, nada más. Estuve inmersa en toda la problemática de Malvinas y luchando por la democracia.

-¿Qué se acuerda de la noche del secuestro?

-Desgraciadamente todo. Fue entre las 3 o 4 de la mañana del 17 de setiembre. Llegó una patota grande de hombres fuertemente armados a mi casa y encañonaron a mis padres con armas largas. Buscaban a una estudiante de Bellas Artes. Cuando aparezco yo, que era muy chiquita, parecía menos de 17 años, no me querían llevar. Se iban a llevar también a mi hermana mayor, finalmente, como no había lugar en el auto, a ella la dejaron. Era un plan deliberado pero también jugaba mucho el azar.

-¿Qué pasó después?

-Me encapuchan, me atan, me meten en una auto y me llevan a un lugar que, mucho tiempo después, supe que era el centro clandestino de Arana. Ese es uno de los recuerdos mas dolorosos que tengo porque durante toda la semana recibí torturas y en los momentos en que no me torturaban a mí, escuchaba cómo torturaban a otros. Ahí me encontré con Gustavo Calotti. También pude reconocer los gritos de dolor de Horacio Ungaro y compartía la celda con Claudia Falcone y María Clara Ciochini y con otras personas más. Lo que se puede contar de esos momentos es el horror, la situación límite, la degradación como ser humano, como mujer. Es indescriptible. Después de una semana en Arana me trasladan. A los chicos que hoy están desaparecidos los hacen bajar en otro lugar, los que sobrevivimos continuamos.

-¿Adónde la llevaron?

-A la Brigada de Investigaciones de Quilmes. Allí no recibí tortura física, pero seguía vendada, atada, en calidad de desaparecida. Después pasé a la comisaría 3ra de Valetín Alsina, en Lanús, donde me sacaron las vendas y me desataron, pero todavía estaba ilegal. En enero del 1977 me legalizaron y pasé a la cárcel de Devoto, siendo menor. En Arana era como que no tenía conciencia, no sabía lo que pasaba al minuto siguiente en mi vida. Pero cuando cerraban las rejas de la celda sentía morir. Hasta que recibí las primeras visitas. Como siempre, rescato la solidaridad de los compañeros. Pasé algo más de un año y medio en Devoto hasta que me dieron la libertad vigilada y me dijeron que me vaya de La Plata, debía ser muy peligrosa. Con mi familia decidimos venir a Mar del Plata.

-¿Volvería a vivir en La Plata?

-Me costaría mucho reconstruir mi vida en La Plata. Es una ciudad que me trae mucho dolor porque en cada calle veo las imágenes de los compañeros que hoy no están, que desgraciadamente son muchos más que estos seis chicos que están desaparecidos, y son ausencias que duelen mucho. Tardé veinte años en volver a mi escuela.

-Su padre era comisario inspector ¿cómo vivió el secuestro?

-Fue durísimo. Si bien no sabía lo que estaba pasando porque ya era jubilado, tenía más noción que mi mamá de lo que podía ocurrirme. Nunca fue un policía demasiado convencido, así que desde lo ideológico no fue tan terrible, pero como padre sintió que no podía hacer nada, que su cargo no le servía, que después de una vida íntegra de trabajo tenía que pedir por la vida de su hija y no le daban bolilla. Se puso en el rol de padre, no en el de policía, y luchó conmigo a brazo partido, me comprendió y me apoyó, igual que mi madre, y pienso que eso fue una de mis llaves de salvación.

-¿Qué le cuenta a sus hijos sobre la dictadura?

-Tenemos el tema instalado de una manera natural. Además la mayoría de nuestros amigos vivieron esos años y también aportan. Lo más importante es que no me vean derrotada, abatida, ese sería el principal triunfo de los militares. Me ven íntegra, con ganas de seguir hablando, luchando y sin miedo a participar. Eso es lo que les trato de transmitir.

-¿En qué cambió en estos años?

-No cambié mucho, salvo por los años y las arrugas. Nunca me arrepentí de lo que pensaba. Pelear por una sociedad más justa, que todos tengan dignidad y trabajo, me parece que sigue siendo absolutamente vigente. Y si seguir pidiendo justicia en este país es un idealismo sigo siendo idealista. Cambié en la pasión que ponía en esas cosas y en tomar conciencia de que no vamos a ser protagonistas de ningún cambio importante. Pero bueno, seremos una buena retaguardia.

-¿Qué le pareció la película La Noche de los Lápices?

-Muestra lo que significó la desaparición de los chicos de una manera bastante fidedigna y tiene componentes de película respecto de las historias de alrededor. Hay que rescatar que sirvió para que este hecho se conozca. Ese es un mérito indiscutible, pero hay que recrearlo con verdaderas historias. Creo que con La Noche de los Lápices se hizo un modelo de lo que pasó en nuestro país, que hay que recrearlo con lo que fue dejado de lado y lo que yo y otros podamos aportar no entra en contradicción con lo que se sabe sino que muestra una dimensión más profunda del horror.

-La Noche de los Lápices se asocia a la lucha por el boleto estudiantil pero usted habla de una lucha política más amplia.

-No creo que a mí me detuvieran por el boleto secundario, en esas marchas yo estaba en la última fila. Esa lucha fue en el año '75 y, además, no secuestraron a los miles de estudiantes que participaron en ella. Detuvieron a un grupo que militaba de una agrupación política. Todos los chicos que están desaparecidos pertenecían a la UES, es decir que había un proyecto político, con escasa edad, pero proyecto político al fin.

Fuente: Página/12, 15/09/98


El testimonio de Nelva Méndez, madre de Claudia Falcone, 1998*

Nelva Alicia Méndez, madre de María Claudia Falcone -una de las estudiantes desaparecidas durante la recordada y trágica "Noche de los lápices"-, relató pormenorizadamente los detalles del secuestro de su hija, en los primeros minutos del 16 de septiembre de 1976, además de las dos detenciones de las que fueron víctimas ella y su esposo.
Con los testimonios de Méndez y de familiares de víctimas de la represión, se desarrolló ayer la tercera jornada de las audiencias públicas en la Cámara Federal de La Plata para conocer el destino de desaparecidos durante el último régimen militar.
En su relato, Nelva Méndez, precisó que María Claudia, quien cursaba el quinto año en el Bachillerato de Bellas Artes, fue secuestrada por efectivos del Ejército del departamento de una tía suya, en el centro de nuestra ciudad, ubicado en 56 nro. 556, junto a su compañera María Clara Ciocchini, en la misma jornada en que otros cinco estudiantes secundarios fueron detenidos durante "La noche de los lápices".
Indicó que, según el testimonio de otros ex detenidos, pudo establecer que su hija, al igual que los otros adolescentes, en un primer momento fue alojada en un centro de la localidad de Arana, y con posterioridad trasladada a "El Pozo", dependencia policial de Banfield, en tanto que "averiguamos que los fusilaron en el subsuelo de la Jefatura de la Policía Bonaerense", de calle 2 entre 51 y 53.
La testigo pudo identificar a militares implicados en casos de desaparición o a quienes visitaban los centros clandestinos de detención como es el caso del capitán "Colores", y a los entonces posibles jefes de zona Carlos Minicucci y Guillermo Suárez Mason.
La mujer recordó las dos ocasiones en las que junto a su marido Juan Carlos, permaneció secuestrada en los centros clandestinos "La Cacha", en la vecina localidad de Lisandro Olmos, y en "El Banco", donde fueron sometidos a torturas durante los interrogatorios, para conocer el paradero de Jorge, el otro hijo del matrimonio.
También remarcó que durante su permanencia en el centro clandestino "el Banco" en Capital Federal, algunos de los detenidos eran liberados durante algunos días a cambio de ofrecer información para que se pudieran detener a otras personas.
Durante su relato al tribunal, presidido por Leopoldo Schifrinn, la señora de Falcone subrayó que "ellos (los secuestradores) no sólo mataron a mi hija, sino también a mi esposo".


Jorge Falcone en Atrapados en libertad, AM 530, La Voz de las Madres, 17 de septiembre de 2011.

En tal sentido, dijo que su marido, poco después de haber recuperado la libertad luego de 45 días de cautiverio, falleció a comienzos de 1978 a raíz, dijo Falcone, de los golpes recibidos en las sesiones de tortura.
Asimismo, los camaristas escucharon ayer los testimonios de Stella Maris Balboa, hermana del desaparecido Jorge Balboa, y de Elsa Noemí Bacchini, esposa de Héctor Paladino, de quien nunca se pudo llegar a establecer cuál fue su destino.
El 16 de septiembre de 1976, siete alumnos que asistían a establecimientos educativos de La Plata fueron secuestrados por fuerzas de seguridad cuando reclamaban la devolución del boleto estudiantil, en una jornada que pasó a ser conocida como "La noche de los lápices".
Francisco López Muntaner, María Claudia Falcone, Claudio de Acha, Horacio Ungaro, María Clara Ciochinni y Daniel Racero son los seis estudiantes que permanecen desaparecidos, en tanto el séptimo, Pablo Díaz, fue liberado poco después del secuestro.
La madre de Falcone compareció ayer ante la Cámara Federal de La Plata, donde desde el 30 de septiembre último se desarrolla un juicio oral para conocer el destino de unas dos mil personas desaparecidas en La Plata durante la última dictadura militar.
Las audiencias se realizan todos los miércoles y están citados a declarar miembros del Ejército y de la Armada, policías federales y bonaerenses, retirados y en actividad.
Fuente: Hoy en la Noticia, La Plata, 15/10/98


*[24/12/06, Télam] Nelva Falcone, de 76 años, murió el 24/12/06 en La Plata. Con la muerte de Nelva Falcone, desaparece una de las primeras Madres de Plaza de Mayo. Falcone se unió a las Madres a partir de la desaparición de su hija María Claudia, en la Noche de los Lápices de setiembre de 1976.

Esposa de Jorge Falcone, un ex intendente de la capital provincial y destacado sanitarista vinculado al peronismo, Nelva organizó en su propia casa las primeras reuniones del grupo platense de madres. Y con un grupo de Madres viajó a Brasil para intentar entregarle una carta al papa Juan Pablo II, a fines de los setenta.

Notable oradora, reivindicó siempre la actividad estudiantil, social y política de su hija, estudiante de Bellas Artes de La Plata secuestrada y desaparecida junto a otros seis adolescentes en los primeros meses de la dictadura.

Su firme postura en la búsqueda de su hija y sus compañeros, aprovechando los contactos que la daba el mundo de la política de su marido pero también superándolo en esa lucha, quedó reflejada en el personaje de la película "La Noche de los Lápices", que dirigió Héctor Olivera.

También participó de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos hasta que, con el regreso de la democracia en 1983, volcó su espíritu batallador en defensa de la vida dentro del ámbito partidario.

Su última aparición pública fue al cumplirse los treinta años de ese doloroso episodio, cuando participó en la escuela de María Claudia de la inauguración de un mural con la imagen de los chicos.

Internada diez días atrás por una descompensación, Nelva Falcone falleció en la madrugada de ayer, fue cremada y sus cenizas serán esparcidas en los próximos días en la platense Plaza San Martín o bien en la porteña Plaza de Mayo.

Fuente: Télam


Nunca más

Por Gustavo Calotti

Apellido: Calotti
Nombres: Atilio Gustavo
Fecha de nacimiento: 27 de Septiembre de 1958
Lugar de nacimiento: La Plata, Argentina
Domicilio actual: 10, Place des Géants, 38100-Grenoble, Francia
Profesión: Profesor

Lo que paso ahora a relatar ocurrió hace 22 años, en 1976, cuando yo tenía 17 años y estudiaba en quinto año del Colegio Nacional de La Plata. Vivía con mi madre y su compañero y mi hermanita Gabriela en la calle 43 N° 183 en un apartamento en el quinto piso, en la ciudad de La Plata.

Para entonces yo trabajaba como 'correo' de la oficina Tesorería de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, en la Jefatura ubicada en la calle 2 entre 51 y 53 de la ciudad de la Plata. Por la mañana iba al colegio y por la tarde trabajaba. Comencé a trabajar en dicha repartición oficial en el mes de noviembre de 1975. El día 8 d septiembre de 1976, mientras estaba trabajando, fui llamado por mi jefe, el Comisario Ordinas. Cuando entré en su despacho, deberían ser entre las 17 y 17.30 horas, ya se encontraba allí una persona que yo nunca había visto y que se presentó como Comisario Inspector Luis Vides. Este último comenzó a hablarme violentamente y a preguntarme para quién trabajaba, que sabía que yo 'andaba en algo' y que si no hablaba en ese momento de todas maneras 'me iban a masticar todo'. Recuerdo perfectamente el sentimiento de angustia que me invadió en ese momento.

Cristián Caretti, fundador de la UES

Nacido el 17 de abril de 1954 en Capital Federal, el "Gringo" Caretti era un líder natural de los estudiantes secundarios, dueño de un carisma único. Su niñez la disfrutó con sus cinco hermanos, en un viejo caserón de la calle Ugarte en el barrio de Palermo, entre adoquines, barritas de pibes con hondas y pelotas de goma, glicinas en flor y los primeros puchos y besos a escondidas. La divisoria de aguas que el peronismo significó para la sociedad argentina en su conjunto en la década del ’50, también llegó a su familia. Su padre un excelente profesional médico colaborador del sanitarista Ramón Carrillo, fue echado de su trabajo por venganza en 1955. Su madre, que provenía de una familia de alcurnia, no vio con malos ojos el derrocamiento de Perón. El "Gringo" buscó su propio camino. Desde el Colegio Nicolás Avellaneda fue uno de los fundadores de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES). Esta organización fue el fruto de la proliferación de nucleamientos juveniles ligados a la militancia de la Juventud Peronista y de la consigna "Luche y Vuelve", que de modo superactivo y determinante, volcó en forma temporaria la lucha para el lado del pueblo a partir de 1972. Precisamente para el año siguiente, se decide luego de varios encuentros previos, darle forma y contenido a una estructura nacional que defina las propuestas a implementar en el frente estudiantil secundario. El acto fundacional de la UES fue el 20 de abril de 1973, en un atiborrado salón de actos del Sindicato del Calzado. A partir de ahí como una ola gigante, como un tsunami incontenible, la propuesta llegó hasta el último ámbito estudiantil de la Patria. El "Gringo" Caretti por valentía personal, convicción ideológica y decisión militante irá ascendiendo en la estructura partidaria y en la consideración de sus compañeros, hasta ser un referente nacional. En tal sentido debe recordarse que fue el único representante que designó la UES, en enero de 1974 para entrevistarse con el general panameño Omar Torrijos, líder natural de su pueblo y enemigo de la política imperialista norteamericana en la zona de Centroamérica.

La traición al mandato popular (mandato dado a través del voto del 11 de marzo de 1973), que fue mutando de un peronismo aguerrido y revolucionario en una mueca trágica del mismo, donde solo había lugar para advenedizos, traidores y alcahuetes, lejos de desanimarlo logró solidificarlo en su compromiso con la causa nacional y popular. Se sumó a Montoneros, convirtiéndose en un cuadro de relevancia, en la Zona Norte del Gran Buenos Aires. En terribles condiciones de aislamiento y persecución donde todos los días caían asesinados compañeros a manos de la Triple A, el "Gringo" siguió organizando y sumando voluntades para la causa. Quienes lo conocieron, recuerdan que su base de operaciones, para encuentros familiares a escondidas y reuniones partidarias clandestinas, era el viejo bar de la esquina de avenida Santa Fe y Jerónimo Salguero, bien cerquita de su querido barrio porteño que lo vio nacer. El 24 de marzo de 1976 se entroniza la dictadura militar más sangrienta que padecimos. El "Gringo" como tantos otros compañeros del peronismo revolucionario les dará pelea hasta morir. Cae en combate el 14 de septiembre de 1976, en Paraná y Avenida Maipú, localidad de Martínez, provincia de Buenos Aires, cuando a las 8 de la mañana, con otros integrantes de la "orga" esperaba el paso de un ejecutivo norteamericano de la firma textil Sudamtex en conflicto con su personal, luego del despido y desaparición de los delegados gremiales fabriles, fieles al mandato de sus bases.

El "Gringo" Caretti también cultivaba la poesía. Su querida Evita fue motivo de una glosa: "Te queremos desde un puño estallando, desde los balcones divididos de la plaza tan tristes, tan vacíos..."; quizá como una alegoría recordando cuando él y tantos otros jóvenes nos fuimos –nadie nos echó- de esa misma plaza en desacuerdo con la política implementada por Perón, un 1° de mayo de 1974.

Rememoró, su compañero en Montoneros, Jorge "Yuyo" Rubino: "Valiente hasta el exceso, solidario, crítico original; con pensamiento propio que lo llevaba a cuestionarlo todo permanentemente. También un tipo sensible, capaz de escribir una poesía a un amigo dolido, un rato antes de salir él mismo, a jugarse la vida. El ‘Gringo’ Caretti era así: querido por sus compañeros y adorado por sus compañeras. Dejó a su querida Cecilia y a un hijo que esperaba con entusiasmo y al que no llegó a ver nacer. También nos dejó muy solos a los demás. Fue mi mejor amigo en esa época y también el de muchos otros, que sabían que podían contar siempre con su presencia".

Querido "Gringo". Estoy seguro que algún compañerito nuevo, de esos que se suman a diario con tantas energías a nuestra larga lucha por la liberación nacional, al leer estas líneas, querrá saber más sobre tu vida y tu compromiso y no me extrañaría que pusiera tu nombre a alguna agrupación que se constituya. Pero más allá de ese justo homenaje que te merecés con creces, yo sé que solamente te sentirás realizado cuando triunfemos definitivamente sobre el hambre y la explotación, logrando que todos nuestros compatriotas gocen por igual de trabajo, salud y educación, para ellos, sus familias y sus descendientes.

Con este escrito en la mano y Evita siempre en el corazón, (no te rías, adapté una frase que le sumamos a la Marchita en el ‘73 ... ¿te acordás como decía?), yo, te recuerdo con inmenso cariño y te digo que: La sangre que derramaste no será negociada, el ideal que defendiste no será traicionado y la lucha que iniciaste no será interrumpida, hasta lograr la victoria final.

¡Hasta la Victoria Siempre, Gringo!

Roberto Baschetti

Fuente: www.nacionalypopular.com

Mi jefe no pronunciaba palabra y creo que la tensión era tal que en toda la oficina reinaba el silencio. Este hombre, Vides continuó vociferando hasta que llamaron a la guardia de la Jefatura y y entre cuatro policías me condujeron hasta la Dirección de investigaciones que estaba en el otro ala del edificio, en la planta baja, como la Tesorería. Ya en una oficina de esta Dirección, cuyo director era el Comisario Etchecolatz, me esposaron y, sentado, me cubrieron con una manta. No sé cuánto tiempo pasé allí sentado, creo que fueron por lo menos dos horas durante las cuales escuché entrar y salir a varias personas. Recuerdo que alguien me dijo que ya todo se iba a aclarar. Al cabo de ese tiempo volvió gente que me llevó hasta un coche que supuse un Torino, por el ruido y porque eran los vehículos utilizados por la Policía. Siempre cubierto anduvimos en ese coche durante un buen rato; los ruidos de la ciudad se alejaron y me di cuenta que ya estábamos en el campo. En un momento determinado el coche abandonó la ruta y, por los ruidos y los bamboleos, deduje que estábamos en un camino, sendero, de tierra en donde el coche se detuvo. Creo que no tuve ni tiempo de tocar el suelo que ya me llevaban a la rastra hasta adentro de un edificio, una casa, en ese momento no supe. Sólo sé que ni bien llegué me ordenaron que me desvistiera. Me ataron tobillos y muñecas, estirado, a una especie de catre y allí permanecí un rato. Alguien me dijo que el 'Coronel' ya iba a llegar. Reconocí la voz de Vides, que horas antes me había gritado y amenazado en la Tesorería. Escuché nombrar a un tal Vargas, que no conozco, y en un momento dado comenzaron a 'picanearme'. Creo que esa sensación es una de las cosas más horribles que sentí en mi vida.

Tengo aún la consciencia de sentir mi propio cuerpo que se retorcía. Yo no dejaba de gritar y ellos no dejaban de torturarme. Me hacían preguntas de todo tipo pero todas estaban centradas en mi actividad laboral: querían saber, sin antes conocer nada sobre mí, quiénes eran mis contactos dentro de la Policía. Querían nombres, querían saber a quién yo 'había entregado de los de ellos'. Querían mi cita y mi responsable, mi organización, todo... Mientras me torturaban uno de ellos ponía sobre mi boca no sé si un trapo o un pedazo de goma espuma y su pie por encima, para no escuchar mis gritos o simplemente para lastimarme aún más. Otro me decía que si quería decir algo abriera y cerrara la mano. Uno de ellos echaba algo sobre mi cuerpo, que después supe era agua para que las descargas eléctricas fuesen más sentidas. Sólo sé que yo abría y cerraba las manos y cuando se detenían con la 'picana' y como yo no les decía nada, con más odio, porque creo, tengo esa impresión de que era odio, me torturaban más violentamente. la picana me la aplicaban en las zonas más sensibles: genitales, boca, ojos, pecho. Al final, en vano abría y cerraba las manos, ellos ya no hacían caso. Tengo la impresión de haberme desmayado varias veces. Alguien siempre decía si podían continuar o no. Pero no podría precisar si se trataba de un médico o no. En todo caso estoy seguro de que uno de los que me torturó fue, sin ninguna duda, en Comisario Inspector Luis Vides. Presumo que esa primera vez fui torturado durante toda la noche.

Cuando cesaron y me ordenaron que me levantara, ya no podía hacerlo, estaba totalmente incapacitado de cualquier movimiento y fueron ellos que me vistieron como pudieron. Tenía los ojos vendados con lo que había sido mi propia camisa, las manos esposadas atrás, las piernas atadas con cuerdas, ya no poseía zapatos, no podía casi hablar porque tenía la boca destrozada por el que apretaba con su pie y no daba caro por mi vida. Me arrastraron hasta una habitación, una celda, en donde había muchas personas. Aprendí a reconocerlos por la voz. Hablábamos pero poco. Por un lado creo que cada uno desconfiaba del otro, por otro, teníamos miedo de ser escuchados. Durante todo el día había un entrar y salir de gente de esta celda. Cada vez que la puerta se abría venían a buscar a uno de nosotros. Y cada vez, sistemáticamente, podíamos escuchar los gritos y las descargas eléctricas de una radio que funcionaba a todo volumen y que constantemente era interferida por las descargas de la picana. Noche y día, era como una fábrica de torturas. A veces, en algunas oportunidades escuché disparos. También reonocía los cambios de guardia. A los pocos días de estar allí logré ubicarme: una o dos veces por día escuchaba pasar un tren y yo sabía que tan pocos trenes, cerca de la ciudad de La Plata no podían ir sino al sur, para la zona de Pipinas. Además a veces se escuchaba despegar y aterrizar aviones. Era evidente que estaba en un descampado que deduje podía ser Arana. Además yo sabía que funcionaba un puesto de Cuatrerismo en la localidad de Arana. Fue allí en donde estuve hasta el 23 de septiembre de 1976. En esa celda éramos casi constantemente una quince personas y la celda no tenía más que una pequeña ventana en altura y unos dos o tres metros por lado. Para dormir, esposados, vendados, cada uno hacía como podía. La comida casi no existía. La higiene tampoco. Cuando éramos torturados yo recuerdo que sentía una sequedad de garganta que era como fuego. Pero no nos daban de beber porque decía que si no uno 'reventaba como sapo'.

Nunca creí que iba a conocer un lugar tan dantesco como aquél. Durante diez días de los quince que permanecí allí, fui torturado. Recuerdo que muchos llegaban y pedían ver al 'traidor' y allí mismo me pegaban. Yo era el traidor y había que hacérmelo sentir físicamente. Las únicas secuelas que conservé de ese período son los recuerdos y algunos dientes que perdí. Pero en ese momento, aparte del dolor, no tengo recuerdos de mi cuerpo porque no podía ni tocarme ni verme; sólo recuerdo ese sentimiento de dolor. Un día que no sabría precisar exactamente, me vinieron a buscar y me llevaron a una oficina. Allí alguien me preguntó algo que ni recuerdo pero yo podía ver por debajo de las vendas y vi sobre el escritorio que había algunas cosas que reconocí enseguida: una toalla, una muda y algunos paquetes de Particulares, que era la marca que yo fumaba. Era evidente que mi madre había logrado moverse y podido enviar eso. La persona que me interrogaba no hizo ninguna alusión a esos objetos ni yo tampoco, pero no me fueron dados. Creo que me sentí aliviado de saber que mi madre se estaba moviendo por mí. Tal vez lo que aún hoy me cuesta superar es el miedo, el sufrimiento que sentía cada vez que la puerta se abría y que venían a buscar a uno de nosotros. No sé si logro explicarme correctamente.Cuando uno está siendo torturado no ve la hora en que eso termine, le duele todo. Pero saber que a uno lo van a torturar de nuevo es un dolor en la memoria, en la psique, que llega a ser casi tan doloroso como el físico. Ese sentimiento lo llevo hoy, 22 años más tarde. Durante muchos años, cada noche me desperté bañado en sudor y con ese miedo, porque tenía pesadillas recurrentes, siempre en la misma situación de tortura. En esa celda conocí a varias personas, escuché los nombres de otros, y así pude reconstruir una lista. Con algunos fui trasladado a la Brigada de Investigaciones de Quilmes, a otros nunca más volví a ver ni a saber de ellos. Pero antes de ese traslado recuerdo un día que quedará para siempre en mi memoria. Fue el 21 de septiembre, el Día de la Primavera que también es el día del estudiante. A eso del mediodía nos dan de comer. Nos sacaron a todos a un lugar que creo que era como un salón y trajeron comida, eran ñoquis. Un policía me acercó un plato y me invitó a comer.Como yo estaba esposado por detrás y nadie me había sacado las esposas yo no podía servirme del tenedor, así que este policía se tomó el trabajo de darme de comer como se hace con los enfermos. Y me hablaba calmamente. Después me llevaron a un patio interno en donde pude darme cuenta que estaban todos los detenidos de Arana. No sé cuántos seríamos, pero éramos varias decenas, todos en lamentable estado. Un policía decía que había dos perros que nos controlaban, uno que se llamaba Santucho y otro Firmenich.

Estábamos sentados en el suelo y al lado mío había una persona. Con esta chica pude apenas hablar y se trataba de Claudia Falcone, una estudiante de secundario de Bellas Artes. Recuerdo que lloraba. Allí había muchos jóvenes que provenían de diferentes colegios secundarios de La Plata y que eran víctimas de lo que más tarde se llamó La Noche de Los Lápices. Se encontraban Emilce Moler, Horacio Ungaro, Claudio de Acha, Pablo Díaz, Patricia Miranda, Francisco López Muntaner, María Claudia Ciochini, Víctor Treviño, Daniel Alberto Racero.

Reconocí a algunos porque había tenido actividades con ellos, había militado con ellos y con ellos había estado en la coordinadora por el reclamo del medio boleto escolar. Además yo estaba en quinto año del secundario y con varios de ellos seguía encontrándome. Una vez terminado ese recreo en que los cerberos aprovecharon para limpiar las celdas, nos devolvieron cada uno a nuestra celda. Era el día del estudiante. De ellos sólo Emilce Moler, Pablo Díaz y Patricia Miranda sobrevivieron. la celda en donde estaba sería de unos dos metros por tres y si mal no recuerdo llegamos a ser unas quince personas allí dentro. Para dormir, con las manos atadas o esposadas por detrás, cada uno hacía como podía y en el medio de esa celda las piernas se apilaban. Todos estábamos en un estado físico más que deplorable. A una de las personas que más recuerdo es a un hombre de 60 años que se llamaba Santiago Servín. (Utilizo el imperfecto para aquellos de los cuales nunca más supe nada). Este hombre era de una gentileza, de una bondad.... Era el director de un pequeño periódico que se llamaba 'Le Voz de Solano', era de nacionalidad paraguaya y había escrito dos libros. Como pertenecía al Partido Comunista Paraguayo, él vivía como un exilado en la Argentina aunque ignoro si tenía o no ese estatuto y ya había estado preso en el Paraguay hacía muchos años. El había sido detenido con un sobrino del mismo apellido de unos 25 años y otro muchacho de apellido Etelbaum o Epelbaum que trabajaba en ese mismo diario. Con Santiago Servín y su sobrino fuimos trasladados el 23 de septiembre a la Brigada de Investigaciones de Quilmes.

Del otro muchacho Etelbaum, recuerdo que me dijo que a él lo habían llevado a la comisaría 8va de La Plata. Porque fue llevado y traído dos o tres veces. Recuerdo que una vez llaman a este muchacho y a los pocos minutos se escucharon varios disparos de armas. Yo pensé que lo habían fusilado, pero a los días lo trajeron de nuevo a la misma celda. Santiago Servín y su sobrino permanecieron hasta mediados del mes de octubre en Quilmes. Luego fueron 'trasladados' y hoy permanecen desaparecidos. En cuanto a Etelbaum, más tarde supe que estaba en la Unidad Carcelaria N° 9 de La Plata (U.9) En Arana Estuve con Víctor Treviño, a quien conocía desde la escuela primaria. El también fue torturado y con él me trasladaron también a Quilmes. Víctor tenía apenas algunos meses más que yo. A mediados del mes de octubre también fue 'trasladado'. En general, antes de cada traslado, venían dos guardias y afeitaban y permitían que la persona se higienizara un poco. Por entonces yo pensaba, ingenuo, que iban a ser liberados. De Víctor tampoco supe más nada y permanece desaparecido. En ese traslado del 23 se septiembre íbamos, además de los chicos de La Noche de Los Lápices, los Servín , José María Novielo, que era un estudiante que venía de Ushuaia y que vivía en La Plata y yo. No recuerdo si fuimos más. El traslado debe haber sido bastante impresionante porque se escuchaban sirenas y estábamos por lo menos en dos camiones celulares para el transporte de detenidos. El convoy se detuvo en un lugar en donde bajó la mayoría. Luego supe que ese lugar era la Brigada de Investigaciones de Banfield, cuyo Jefe era el Comisario Arana. Luego seguimos hasta Quilmes en donde quedamos Patricia Miranda, Emilce Moler, Los Servín, Víctor Treviño y yo. Pero en Arana quedaron otros que no fueron trasladados en ese momento: Willy, un estudiante peruano que venía de la ciudad de Piura y cuya familia tenía un hotel del mismo nombre.
Nunca más supe de él. Un señor de apellido Ringa, Giampa, Nora Ungaro, (hermana de Horacio y de quien no recuerdo si fue o no trasladada el 23 ), Ana Teresa Diego, Cristina Doglio, Néstor Silva, la novia de Néstor Silva, un peruano de apellido Icama?, Marlene Katherine Kegler Krug (le decían La Paraguaya y escuché decir a los guardias y a otros detenidos que la habían torturado muchísimo. Ella era estudiante de medicina en La Plata). El día 24 de septiembre por la noche, estando en Quilmes, me vienen a buscar. En coche me llevan a un lugar, después de mucho andar, que reconozco otra vez como Arana. Aparentemente se estaba negociando algo porque me torturan un poco pero creo que ese no era el objetivo. En un momento recuerdo que dejaron de hacerlo y escuché que había caído algo importante del ERP por la zona de Citty Bell, en los alrededores de La Plata. Me devuelven a la celda y allí encuentro de Walter Docters, que me refiere que también estaban en Arana José María Schunk, Walter Samperi, Osvaldo Busetto. Me entero también con posterioridad que estaban dos hermanos que trabajaban en la Policía que se llamaban Julio Aníbal Badell y Esteban Badell, (uno de ellos, dice la crónica policial, se tiró del tercer piso de la Jefatura, y el otro se ahorcó en su celda), también se encontraba Ángela López Martín.

Presumo que se encontraba allí una mujer chilena Acosta Velasco de Badell, esposa de unos de los hermanos y que permanece desaparecida. Esa misma madrugada, así como me habían llevado a Arana, me volvieron a llevar a Quilmes. Para esto tengo que agregar que durante mi estadía anterior en Arana tuve que firmar papeles que nunca supe si estaban en blanco o si era mi sentencia de muerte. No recuerdo con precisión si fue el 27 o el 29 de septiembre, por la tarde, me vienen a buscar y me llevan a una oficina en otro piso. Allí un hombre me levanta brevemente las vendas de los ojos y pude ver sus manos bien cuidadas y un gran anillo de oro. Me presentó un escrito a máquina en donde yo presentaba mi renuncia a la Policía con fecha 2 de septiembre, o sea anterior a mi detención.

16/09/2008 - Las Madres participaron de un acto en memoria a La Noche de los Lápices

La Asociación Madres de Plaza de Mayo participó de un acto en el Colegio Nacional de la Universidad Nacional de La Plata, a 32 años de la Noche de los Lápices. Por primera vez, en los 123 años del Colegio, además, las autoridades recibieron a una presidenta y a un ex presidente: Cristina Fernández y Néstor Kirchner.
Las palabras del rector Gustavo Oliva, agradeciendo los aportes del gobierno nacional para reconstruir el edificio centenario, inspiraron a la Presidenta, que recordó los años 70 en la ciudad de La Plata, e inclusive una marcha en repudio al golpe de Allende, que la llevo a mencionar su presencia ayer en Chile, en la Casa de la Moneda para solidarizarse, junto a los mandatarios de UNASUR, con el pueblo boliviano y su presidente Evo Morales Ayma.
Cristina Fernández señaló que “todos los pedazos vuelven a juntarse y pudimos volver a reconstruir” y que hoy el recuerdo no tiene que ser de tristeza, “al contrario, tiene que ser de alegría, porque en aquellas épocas duras, de enfrentamientos, había también alegría porque se quería cambiar un mundo y una sociedad que la vivíamos como injusta”.
Estuvieron presentes, también, Emilce Moler, una de los sobrevivientes de aquella masacre, junto a Pablo Díaz, Gustavo Calotti y Patricia Miranda, y familiares de los desaparecidos Claudio de Acha, María Clara Ciocchini, María Claudia Falcone, Francisco López Muntaner, Daniel Racero, Daniel Favero y Horacio Úngaro.
Tras finalizar el acto, las Madres se dirigieron a la explanada del Ministerio de Obras Públicas, donde cada año finaliza la movilización que los estudiantes secundarios realizan para reivindicar a los jóvenes desaparecidos. Allí Hebe de Bonafini, presidenta de la Asociación, dirigió las siguientes palabras a los estudiantes:
“Cuando uno escucha fechas y recuerda momentos, pensamos en tantos, en tantas noches de los lápices que vivimos, en esta ciudad sobre todo. Pero también en otras: ‘La noche del apagón’, en Jujuy; ‘La noche de las corbatas’, de Mar del Plata; ‘La noche de los lápices, por supuesto, hoy estamos acordándonos, La noche, también, de los compañeros de los ingenios, y la noche de cada una nosotras, cuando empezaban a llevarse a nuestros hijos. Cada día las madres tenemos un día: una mira y dice ‘hoy es la fecha en que se llevaron a mi hijo’, ‘hoy cumpliría años’. Al otro día viene otra y dice ‘hoy me destruyeron y quemaron la casa’. Todos los días, todas las horas y todos los minutos es para acordarnos de ellos, de los 30.000, de los que dieron la vida por este país, de los que dieron la vida para que hoy nosotros podamos estar acá. Ustedes son muy jovencitos y están empezando una lucha. A mí me pone muy feliz ver que los jóvenes comiencen la lucha, me parece maravilloso porque los jóvenes tienen que ser rebeldes, lo más rebeldes posible, no formando tribus como se acostumbra ahora. La rebeldía hay que ponerla donde hay que ponerla, que es donde hay que poner los huevos para luchar como revolucionarios.
Y una cosa también les digo chicos. Muchas veces nos dicen que somos pocos o a veces ustedes quieren armar una reunión y no vienen todos, los llaman, vienen la mitad. Las Madres empezamos catorce. Catorce madres, nadie nos quería dar bola. Decían ‘están locas, van a enfrentar a la dictadura en una plaza, las van a matar’. Sí, algunas de nosotras desaparecieron, algunas de nuestras madres desaparecieron, es verdad, y nos ponían siempre presas. Pero cuando uno tiene un objetivo claro, que supuestamente es el que ustedes se tienen que marcar, que es hacer este país, construir este país, poner todo lo que son, que tienen ustedes, para que este país sea el que quisieron los chicos de la noche de los lápices. No nos olvidemos de ninguno de los 30.000. Ustedes van a hacer los responsables de que este país sea lo que todos queremos, lo que todos nos merecemos. Y no importa cuando nos dicen que somos pocos, siempre nos dicen que somos minoría. Si nosotros les hubiéramos hecho caso a los políticos, que nos decían ‘están locas, las van a matar’, hoy no estaríamos recordando aquí la noche de los lápices.
Es maravilloso que la juventud luche pero vuelvo otra vez a hablar de nuestros hijos. Lucharon y eran felices y si ustedes alguna vez piensan que están cansados, traten de volver a un momento de felicidad. Porque cuando uno se cansa de luchar, ya no está haciendo las cosas bien. La lucha nunca nos puede dar cansancio, la lucha tiene que ser apasionada, revolucionaria, con todo lo mejor que tenemos y también a ser felices, aprender a cantar, a disfrutar de la vida. Ser rebelde no quiere decir que hay que estar todo el día pensando en la revolución.
La revolución se hace cada mañana cuando uno se levanta y dice ‘qué carajo voy a hacer hoy por el otro’. Y metense en la cabeza: ‘el otro soy yo, el otro soy yo, el otro soy yo’; y así vamos a construir este país, cuando pensemos en el otro. Qué le pasa al otro, me pasa a mi, y la verdad ajustada como un guante y traten, por todos los medios, cuando los difaman, porque hoy no hay oposición, hay difamadores, no hay oposición por desgracia, ojalá hubiera una oposición seria, hace falta la oposición para gobernar pero hoy hay difamadores. No hay que contestar la difamación. A la difamación se responde con laburo, con marchas, con trabajo y sintiendo que la revolución llega inexorable, lentamente, a cada uno de nosotros, primero para después hacer la revolución entre todos. Gracias”

Por supuesto firmé. No volvieron a sacarme de allí hasta el mes de diciembre. En este lapso de tiempo conocí a otras personas. El lugar pude identificarlo pocos días después gracias a un detenido que supo reconocerlo por ser él mismo de la localidad de Quilmes. Los coches entraban en un garaje y de allí éramos conducidos por una escalera estrecha hasta un segundo piso. Las celdas estaban repartidas en forma de "L" alrededor de un 'agujero' o vacío. Así supimos que en esa misma posición se encontraban las mujeres desaparecidas, pero en el primer piso. Podíamos entrever el exterior, la calle. Había un edificio antiguo que supimos más tarde que se trataba del Hospital de Quilmes. Creo que en la planta baja había delincuentes comunes. La persona que supo ubicarme era Juan Carlos Fund, que vivía en la calle Monroe al 900 en Quilmes. Permanece desaparecido. Cuando llegué compartí la celda con Santiago Servín y dos personas más, jóvenes y de quien no tengo datos para identificarlas. Fueron trasladados. La vida se hizo un poco más rutinaria. No se escuchaban gritos de torturados aunque no sé si allí se torturaba o no. Por la mañana nos traían mate cocido, al mediodía alguna comida tipo polenta o fideos y por la noche generalmente mate cocido otra vez.

La cantidad de comida variaba según fuéramos muchos o pocos los detenidos. Calculo que cuando llegamos deberíamos encontrarnos allí unos 25 hombres. En algunos momentos fuimos sólo 10 más o menos. Si bien casi todos los días se pasaba un trapo, la higiene personal era lamentable. En tres meses de estar allí sólo me permitieron lavarme dos veces. Cuando llegué, y al saberme lejos de la guardia, menos controlado, comencé a sacarme las esposas o las cuerdas (depende del momento) y las vendas de los ojos. Fue en ese momento que pude observar mi cuerpo. No podía apoyar el pie derecho porque tenía una infección. Las plantas de los pies estaban negras.

La piel había sido completamente quemada. Tenía heridas en los puños por las esposas y desde los senos hasta casi las rodillas había una placa rígida que se había formado con las quemaduras y la sangre coagulada provocado todo por la picana. En Quilmes el remedio milagroso se llamaba Pancután, que es una pomada antiséptica que ayuda a cicatrizar las quemaduras. Sólo con esa pomada fue desapareciendo la infección en la planta del pie derecho. Durante estos tres meses en Quilmes, sumados a los quince días en Arana, perdí mi aspecto humano. Para levantarme debía hacerlo en varias etapas, lentamente, porque varias veces me desmayé. Y cuando estaba de pie debía aferrarme a algo porque por unos instantes se me nublaba la vista y tenía vértigos. Dormía no sé, 16 o 18 horas por día. Cuando salí de la cárcel, casi tres años más tarde, pesaba 58 kilos y estaba bien. Pienso que en Quilmes debo haber pesado bastante menos y cuando me detuvieron pesaba 72 kilos.

En Arana estuve con un hombre de entre 35 a 40 años que era un obrero de la fábrica Rigoleau, que estaba cerca de Quilmes. Este hombre me contó que era español. Le decían por supuesto 'El Gallego'.Más tarde supe que su apellido era Coley. Fue trasladado. Un tiempo después lo trajeron a Walter Docters, a Osvaldo Busetto que estaba herido de bala en piernas y abdómen y que también fue trasladado. Una persona que ya estaba allí desde antes de que yo llegara era Néstor Busso, de La Plata y que recuperó su libertad. También trajeron al peruano Icama ? y que luego estuvo en la U9.. Nora Ungaro, que recuperó la libertad. Angela López Martín, que sigue desaparecida. También pasaron por allí Pablo Díaz, José María Novielo, que recuperaron la libertad. Había tembién un muchacho de apellido Enríquez y con las mujeres estaba su esposa que estaba embarazada, Marta Enríquez. Ella fue 'legalizada', mientras que de él nunca supe más nada ya que me trasladaron a mí primero. Un hachero de Misiones de apellido Galván y su esposa, de los cuales no tengo noticias. Un muchacho a quien llamaban "El Colorado", pelirrojo, de la zona de Quilmes. Un muchacho a quien llamábamos "El zapatero" porque trabajaba en una fábrica de zapatos de la zona de Lomas de Zamora. Me fui antes que él. Creo, sin seguridad, que había una chica que se llamaba Rosa y que tenía unos 15 años. Una familia de La Plata, que tenían su domicilio no recuerdo si en las calles 2 y 44 o 3 y 44. Era un hombre de 65 años, su hijo de unos 30 y la esposa del hombre mayor.

Muchos más pasaron por allí pero sería incapaz de afirmar nada ya que algunos a veces permanecían dos o tres días, incluso menos. Algunos llegaban heridos de bala. Todos torturados. Por ejemplo al peruano Icama una bala le había entrado por detrás, cuando huía, y le había quebrado la clavícula. Sobrevivía quien podía y las heridas se curaban solas generalmente. Durante el período que estuve en Quilmes una vez mi madre pudo venir a verme.

Para mí eso fue como un signo de que todo no estaba perdido, de que tal vez no me mataran . La vi en el mes de diciembre, pocos días antes de que me volvieran a trasladar. Esa fecha coincidió con una serie de fichas que nos hicieron allí mismo, con huellas dactiloscópicas, fotos etc. Cuando mi madre me viene a ver a Quilmes la veo durante unos cinco o diez minutos. Después la volvería a ver más de un mes más tarde. Tengo que precisar aquí algunas informaciones que no relaté precedentemente. Mi madre trabajaba como empleada administrativa en Jefatura de Policía, en la Dirección de Logística. Mi hermana también trabajaba en la Policía como empleada en la Caja de Jubilaciones. Inmediatamente después de mi detención mi casa fue allanada en lo que aparentemente fue un despliegue policial bastante grande. Unas ocho personas entraron en el apartamento mientras que había otros grupos de apoyo en el exterior, incluso tiradores apostados en la terraza del edificio vecino. Mi madre y mi hermana perdieron sus trabajos, fueron echadas. Pero mi madre conocía a mucha gente dentro de Jefatura y creo que a través de alguno de esos conocidos logró hacer llegar a Arana unas prendas y visitarme luego en Quilmes. El 21 de diciembre de 1976, por la mañana vinieron a buscarme. También a Walter Docters.

Nos hicieron bajar por esas escaleras pequeñas y empinadas y ya allí nos instalaron en la caja de una camioneta cerrada. También estaban Emilce Moler, Patricia Miranda y Marta Enríquez. Nos previnieron que a cualquier intento éramos hombres muertos y acostados en esa caja nos cubrieron con mantas. Pienso que la camioneta no tenía distintivos de la policía. Bueno, el hecho es que al cabo de un cierto tiempo que no fue demasiado largo, nos bajan en otro lugar. Durante los primeros días permanecemos atados y los ojos vendados, en unos calabozos obscuros. Un lugar a donde nadie venía ni siquiera para sacarnos al baño. Sí, venía un guardia dos veces por día. Creo que dos o tres días más tarde nos sacan las vendas y una semana después comenzamos a recibir a nuestras familias. Media hora por semana. La razón de todo esto era que ya estábamos a Disposición del Poder Ejecutivo Nacional desde el 28 de diciembre por decreto 3454/76. Este lugar era la comisaría 3ra de Valentín Alsina, en Lanús.

En esta comisaría, cuando llegamos, al otro día las mujeres fueron sacadas y llevadas a otra parte de la comisaría. A Walter Docters y a mí, al cabo de unos diez días nos pusieron en una celda en donde había otros detenidos. Uno de ellos era un estudiante de medicina de la ciudad de La Plata, Rubén Saposnik que había estado secuestrado en Infantería de la Policía en las calles 1 y 60 de La Plata, esposado a una cama metálica durante un mes; un médico residente en el hospital San Martín de La Plata, Néstor....? y un gremialista de la zona de Ezeiza que fue trasladado antes que nosotros, cuyo nombre ignoro y no sabría decir si fue liberado o no. Una semana antes de volver a ser trasladados una vez más llegaron Pablo díaz y José María Novielo. Y el 21 de enero de 1977 fuimos trasladados todos los hombres a la Unidad Carcelaria N° 9 de La Plata.
Aquí termina este relato del tiempo que permanecí secuestrado por las fuerzas de seguridad argentinas.

Como anexo a este trabajo agrego una lista con los nombres de todas las personas que recuerdo haber visto o escuchado e incluso algunas de las cuales sólo supe más tarde que se encontraban allí. Con sentimiento de culpa soy consciente de que olvido nombres, datos, informaciones sobre otras personas y que tal vez hubiesen sido capitales para conocer la suerte que corrieron.

Grenoble 23 de Mayo de 1998
Listas de desaparecidos y de represores.
Cuatrerismo de Arana

Indico con un asterisco a las personas de las cuales supe personalmente, ya sea porque las vi o porque las escuché, o porque escuché hablar de ellos en ese momento como detenidos. Los otros nombres los recogí en diferentes testimonios que fui leyendo, entrecruzando informaciones con otros ex-detenidos desaparecidos y en algunos recortes de diarios que guardé).

*Santiago Servín D (Director del diario "La Voz de Solano")
*El sobrino de Santiago Servín D
*Etelbaum o Epelbaum ? (Trabajaba con Servín en el mismo diario)
*Víctor Treviño D
*Claudia Falcone D María Clara Ciochini D (Mencionada en el testimonio de Pablo Díaz)
*Emilce Moler L
*Patricia Miranda L
*Horacio Ungaro D
*Claudio de Acha D
*López D
*"Willy" ?
*Ringa ?
*Kegler Krug Marlene Katherine D (escuché sus gemidos y alusiones a ella y de cómo había sido torturada)
*Giampa ?
*Walter Docters
*L Walter Samperi (primo de Walter Docters, recogí su nombre en las declaraciones)
*Osvaldo Bussetto D
*Pablo Díaz L
*Daniel Alberto Racero D
*Nora Ungaro
*L Ana Teresa Diego ? (este nombre lo recogí de la declaración de Nora Ungaro) Cristina Doglio ? (testimonio de Nora Ungaro) José María Schunk D (Testimonio de Pablo Díaz y de Walter Docters) Néstor Silva ? ( Idem ) La novia de Néstor Silva? ( Idem )
*Icama ??? L?( es un peruano que volví a ver en Quilmes y finalmente en la U9, cuando cayó, un tiro le quebró la clavícula, no sé si fue liberado, expulsado...)
*Julio Aníbal Badell Muerto(figuraen el testimonio de Walter Docters y creo que mi segundo paso por Arana coincidió con su paso por allí mismo.Lo tiraron del tercer piso de la Jefatura de Policía el29/9/76)
*Esteban Badell D (idem que el anterior)
*Acosta Velasco de Badell D. Una señora chilena esposa de uno de los dos hermanos.

Fuente: www.nuncamas.org/testimon/calotti.htm


Lápices de colores

Por Emilce Moler *

A lo largo de estos años hemos ido acuñando la consigna “Los Lápices siguen escribiendo” y este año nos preguntamos: ¿Escriben trazos negros o pintan banderas de colores?

Cuando era joven, “hacer política” era motivo suficiente para desatar la más brutal persecución. Aun después de la dictadura la “política” siguió siendo mala palabra, como que una se inmiscuía en algo turbio, algo peligroso. En ese entonces comprendíamos que la realidad requería de nuestro compromiso diario, y nosotros teníamos la pasión por el otro. Ese combustible que es capaz de cambiar el rumbo de la historia, de hacer que lo injusto sea vencido por lo justo, que el bien común gane la batalla de la codicia privada.

Eramos jóvenes como los de hoy, muy alegres, inquietos, divertidos. Quiero remarcar esto porque lo que sí creo que es muy distinto es el tiempo que les toca vivir. Un presente que fuimos construyendo, con batallas, de a poco pero sin pausa. Abuelas, madres, ex detenidos, hijos y nietos luchamos para que la agenda pública de los derechos humanos fuera parte de su arquitectura jurídica e institucional. Estas conquistas no han sido fáciles. Fueron tiempos de lucha en soledad, de encontrarnos con una sociedad que no quería escuchar lo que teníamos para decir.

Pero poco a poco las voces de los sobrevivientes se convirtieron en testimonios; los restos de los desaparecidos permitieron reconstruir los lazos que faltaban, el silencio en discurso, la memoria, la verdad y la justicia en política pública.

Desde diciembre de 2003, el Gobierno puso nuestras luchas y reivindicaciones en el centro de la agenda pública. Hubo firmeza en alentar los cambios, promover los juicios, reabrir el debate y avanzar en las conquistas que siempre soñamos.

No podríamos decir que las utopías de nuestra adolescencia se han cumplido. Vaya, qué lejos estamos, pero hoy nosotros adultos, con los jóvenes, hijos y nietos pudimos ponerle el hombro a este gobierno que sigue un camino de transformaciones sociales en una comunidad sedienta de justicia y reconocimientos, inclusión y solidaridad.

Sabemos sobre el rol destacado que siempre tuvieron los organismos de derechos humanos en la búsqueda de verdad y justicia, así como un Estado que incorporó esas demandas y permitió el juzgamiento de los genocidas y el impulso a la búsqueda de los nietos, que hoy asciende a 115 identidades restituidas, entre ellos, la aparición emblemática de Ignacio Guido Montoya Carlotto, 115 verdades.

Cuando rescatamos del olvido las memorias militantes de nuestros compañeros, cuando reafirmamos que su ejemplo de lucha son puntales de nuestro presente, asumimos el compromiso de construir un futuro cada vez más promisorio, con políticas públicas que ponen a los jóvenes como protagonistas, que promueven su crecimiento y desarrollo profesional, que apuestan a la realización personal, y que, sobre todo, reconstruya los lazos solidarios y los sueños de nuestra juventud, que la dictadura destruyó.

Hoy, en este nuevo aniversario de la negra noche del pasado, estamos para reivindicar el amor por el otro, la necesidad de no bajar los brazos y luchar por la victoria contra el hambre, la pobreza y las inequidades. Estamos para seguir trabajando organizados, para consolidarnos como fuerzas transformadoras.

Así podremos mirar a nuestros hijos y nietos a los ojos y nos podremos decir, en voz baja y para regocijo, te dejé lo mejor: la pasión por el cambio y la utopía de construir una sociedad mejor.

Los lápices siguen construyendo significados, siguen escribiendo paredes, cuadernos, afiches y banderas. Pero hoy son lápices de colores con los que los jóvenes inundan nuestro entorno, nos recuerdan que la realidad social no es algo dado, que la acción colectiva produce alteraciones y que vale la pena intentar construir un mundo mejor.

* Ex detenida-desaparecida de La Noche de los Lápices.

16/09/14 Página|12


A veintinueve años de La Noche de los Lápices

En la madrugada del 16 de setiembre de 1976 una patota militar secuestró a varios adolescentes en La Plata. A tantos años, los sobrevivientes hablan de la política detrás del boleto estudiantil.
Pablo Díaz piensa que el lado político de lo que le pasó fue dejado de lado por muchos años.
"La sociedad tenía que comprender que, aunque hubiese militado, tenía derechos", explica.

Por Victoria Ginzberg

El relato mítico de La Noche de los Lápices dice que el 16 de setiembre de 1976, en La Plata, siete adolescentes fueron secuestrados por reclamar por el boleto estudiantil. Lo cierto es que para los militantes secundarios de la década del 70 esa lucha fue parte de otra más grande, que incluía un nuevo proyecto de país. "Yo tenía trece años cuando empecé a militar. Estuve en Ezeiza, en Gaspar Campos, en el sindicato del calzado donde Galimberti lanzó las milicias populares y di la vuelta al cajón de Perón", dice a veinticinco años de su detención Pablo Díaz, uno de los sobrevivientes de la masacre. Desde que salió de la cárcel, luego de pasar por dos centros clandestinos de detención, Díaz denunció a sus captores pero admite que su compromiso político, como el de sus compañeros, fue dejado en un segundo plano "porque la sociedad tenía que comprender que, aunque hubiese militado, tenía derechos".

Durante los primeros años de la democracia los desaparecidos sufrieron un proceso de despolitización. En ese momento, la prioridad era la condena de quienes habían cometido crímenes horrendos contra hombres, mujeres y niños. Y la pregunta sobre la militancia era la pregunta del "por algo será". Poco a poco, las víctimas fueron recuperando su historia pero los chicos de La Noche de los Lápices –tal vez por su edad o por la fuerza con que la sociedad se apropió del relato– quedaron cristalizados como los casi niños que fueron secuestrados a causa del boleto estudiantil.
"Hasta el 75 el boleto no tuvo nada que ver. Pero en ese momento había más restricción y surgió buscar un elemento movilizador de todos los estudiantes. Hubo una marcha multitudinaria en La Plata en la que yo iba en la cola pero fue importante porque logró nuclear a un montón de estudiantes independientes y fue un éxito porque se lograron las reivindicaciones. Pero cuando me secuestraron, nunca me preguntaron nada del boleto", asegura Emilce Moler, otra sobreviviente de La Noche de los Lápices. Hoy matemática, Molcer entró al colegio Bellas Artes de La Plata en 1972, en plena efervescencia política. Durante los primeros años de la secundaria participaba de discusiones y charlas, y coqueteaba con las distintas agrupaciones que trataban de "cooptarla". En 1975 la libertad empezó a escasear y con 16 años sintió que era momento de "dar un paso de compromiso". Así entró a la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) que respondía a Montoneros. "Para mí el peronismo fue un impacto. Venía de una familia antiperonista y por eso era con quienes más discutía. Quizá por eso de acercarme para discutir me fui aproximando más. También estaban las afinidades de los amigos, que influían mucho. Aunque no llegué a tener un sentimiento peronista, comprendí que no se podía cambiar al país sin el peronismo y que las anécdotas que se contaban en mi casa sobre las joyas de Evita y el luto obligatorio eran eso, anécdotas", narra Moler.
La edad no era un impedimento para tener ideas claras. Cuando Horacio Ungaro tenía trece años, su hermana Marta, que era miembro de la juventud comunista, quiso reclutarlo. Horacio le contestó que pensaba lo mismo que José Ingenieros: "El que sigue un ideal sin entenderlo es un fanático". Y dos años después empezó a militar en la UES. En la madrugada del 16 de setiembre de 1976 un grupo que se identificó como perteneciente al "Ejército y las fuerzas de seguridad" entró a su casa y se lo llevó, junto con Daniel Racero, que se había quedado a dormir allí. Esa noche también desaparecieron Francisco López Montaner, María Clara Ciochini, María Claudia Falcone y Claudio de Acha. Son los seis que no volvieron de la decena de adolescentes que fueron detenidos a mediados de ese setiembre.
Un día antes de su secuestro, Horacio le dijo a su hermana que no pensaba esconder sus libros. En la mesita de luz tenía el diario del Che y un manual de filosofía. El 16, Marta pudo ver desde la persiana a medio levantar del quinto piso en que vivían los libros de Horacio en la vereda.
Pablo Díaz fue expulsado del Colegio Estrada, privado y católico, por participar de la creación del centro de estudiantes. De allí fue directo al España, conocido en La Plata como la "legión extranjera" porque recibía a los chicos con problemas de "conducta" y los repetidores; y Díaz encajaba en ambas categorías. "Yo vivía cerca de plaza Italia, que en La Plata es un lugar histórico del peronismo, de las manifestaciones callejeras del luche y vuelve. Por curiosidad me iba a la plaza con amigos del barrio y empezamos a tomarle el gustito al peronismo, nos entró por los ojos", Díaz. Desde 1972, a los trece años, hasta la muerte de Perón militó en la UES. Luego se fue a la Juventud Guevarista, que respondía al Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). Allí se aproximó a la militancia clandestina y tomó conciencia de la "seriedad del juego". Díaz afirma que la lucha por el boleto estudiantil es una verdad histórica que sirvió para agrandar las estructuras de las agrupaciones de los secundarios porque "la motivación de los estudiantes al haber ganado implicó un ingreso masivo a las organizaciones políticas" y que los que la encabezaron "pasamos a ser marcadamente peligrosos porque nos convertimos en líderes naturales de estudiantes con la implicancia de tener una ideología que nos confrontaba con el sistema". Díaz asegura que él y muchos de sus compañeros estaban dispuestos a participar en acciones "importantes" pero que los dirigentes no los dejaban. Y que a pesar de eso, no siente que hubiera sido consciente del peligro que corría.
Díaz, quien desde hace años recorre escuelas secundarias dando charlas, cree que los estudiantes de hoy son muy distintos a los de la década del `70: "Los veo productos de una gran soledad. Nosotros no estábamos solos, había gente participando en distintos sectores y teníamos un proyecto de país. Estábamos contenidos y motivados. Ahora hay una descomposición de la ilusión, aunque soy optimista, pero en los centros de estudiantes ahora se hacen trabajos puntuales y se sufre mucho el desgaste".

Fuente: Página/12


María Seoane y Héctor Ruiz Núñez, 1986, de "La noche de los lápices", Ed. Planeta, 1986

Prólogo a la edición de 1992

HAN PASADO YA SEIS AÑOS desde la madrugada del 7 de junio de 1986, primeras horas del Día del Periodista, en la que escribimos la última frase del prólogo a la primera edición de este libro. En esa vigilia tensa y conmovedora, nos debatimos en la imposibilidad de escribir un epilogo a la historia que, por primera vez, contaríamos a los jóvenes de las generaciones venideras.
Aún hoy, podemos recordar a los estudiantes secundarios que nos acompañaron en la búsqueda de la verdad, la alegría por el advenimiento de la democracia, la mordaza ferrosa de los organismos de seguridad, las definiciones y balbuceos de la Justicia, el movimiento zigzagueante de la memoria histórica en la conciencia de los argentinos. Aún hoy, recordamos la impotencia por desconocer el destino final de los chicos secuestrados el 16 de setiembre de 1976 en el operativo ordenado por el general Ramón Camps, pero también nuestras esperanzas: que la impunidad jurídica sería reparada por la justicia porosa de la condena social; que mientras existiera un joven que deseara un mundo más solidario y justo, ninguno de los adolescentes secuestrado en la Noche de los Lápices desaparecería para siempre.
En la delgada película del tiempo transcurrido en nuestra historia sin fin, han quedado impresos, sin embargo, numerosos acontecimientos. Lo que era esperanza, fue certeza. Lo que era temor, fue realidad. Seis meses después de terminar este libro, entre gallos y a medianoche fue sancionada la ley de Punto Final. Un año más tarde, la de Obediencia Debida. Los miembros de las fuerzas de seguridad y civiles responsables de los hechos aquí narrados fueron sucesivamente desprocesados, y algunos procesados y condenados. Sus nombres figuraron en todas las listas de acusados del juicio a las juntas militares y en el informe de la Conadep. Los delitos que se les imputaron no fueron sólo la elaboración y ejecución de "un plan criminal", el detalle de esta sentencia genérica incluía la terrible certeza de que no sólo habían exterminado a miles de opositores adultos sino también a más de 232 adolescentes entre 13 y 18 años, en la noche y niebla (NN) de la represión ilegal iniciada el 24 de marzo de 1976.
No repetiremos la cadencia de acontecimientos políticos que llevaron a los presidentes Raúl Alfonsín y Carlos Menem a esgrimir razones de Estado, o simplemente humanitarias, para desprocesar primero e indultar luego a los máximos responsables de la mayor tragedia argentina del siglo XX, como fue definido por el fiscal Julio César Strassera en su alegato final en el juicio a las juntas militares. Tampoco repetiremos los nombres de los criminales porque alimentamos la utopía de que sus acciones se perderán en la noche de los tiempos, mientras aquéllo que quisieron matar vivirá en otros cuerpos.
Es sabido por todos los ciudadanos que ninguno de los indultados ha podido eludir la condena pública cuando intentaban vivir como si nada hubiera ocurrido. Fueron bíblicamente castigados, aunque no eran piedras sino palabras las arrojadas, cuando tramitaban sus registros de conductor (Emilio Massera), cuando trotaban en los bosques de Palermo (Jorge Videla), cuando tomaban café en una confitería de Palermo (Ramón Camps), cuando eran descubiertos conduciendo su auto (Luis Vides), cuando peinaban su perro pastor inglés con la ternura de un padre en una plaza de la ciudad (Miguel Etchecolatz). El veredicto de la sociedad los declaró culpables y construyó cárceles invisibles pero invulnerables. Los motivos de este repudio cívico no parecen radicar en un deseo atávico de venganza: sí en las ansias de justicia plena, en la necesidad de escuchar una sola palabra de arrepentimiento, jamás pronunciada por los indultados, que consolidara la esperanza de que nunca más la lógica de los fusiles mutilará y segará la vida de los argentinos.
Muchas veces en estos años, sentimos el impulso de continuar investigando sobre el destino final de los chicos desaparecidos. Nunca dejamos de preguntar a funcionarios del gobierno, a familiares, a miembros de las entidades humanitarias, a los científicos del Equipo Argentino de Antropología Forense si sabían algo más sobre ellos. La respuesta era: nada. Nada. Ningún cuerpo, ni una sola tumba. La nada que confirmaba el asesinato.
Sin embargo, hubo una puerta entornada en esa búsqueda: un testimonio decisivo nos permitió probar lo que la Justicia, entonces, no pudo probar por la sola declaración de Pablo Díaz. Uno de los autores de este libro mantuvo una prolongada conversación con Emilce Moler, una de las adolescentes secuestradas en la noche del 16 de setiembre de 1976, reaparecida algunos meses más tarde y que por decisión personal no había prestado aún declaración ante la Conadep ni ante la Cámara Federal que juzgó a las juntas militares.
La entrevista con ella se realizó un día de setiembre de 1986, en la sala de estar de un hotel en Mar del Plata, y se extendió desde las diez de la mañana hasta las seis de la tarde. El compromiso de quien escuchaba respetuosamente los secretos celosamente guardados durante una década fue no reproducir jamás los detalles revelados. Sólo podemos afirmar que el conmovedor testimonio de Emilce Moler refrendó, lo sucedido en los primeros días del secuestro de los adolescentes alojados en el campo clandestino de detención Arana, División Cuatrerismo de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, incluida su tortura. El 5 de agosto de 1986, Emilce y su padre, el comisario inspector Moler, declararon finalmente por exhorto ante la justicia, brindando un testimonio decisivo para el conocimiento de todo lo sucedido durante aquellos días trágicos.
Al escuchar ese testimonio, pensamos que, simultáneamente al tiempo del dolor, se gestaba un tiempo nuevo, vital, definitivo en la historia de los más jóvenes, que seguían leyendo las aventuras de Sandokán, que continuaban escuchando las canciones de Charly García, pero en un país distinto al que habitaron los chicos que los habían precedido. Y, efectivamente, los adolescentes que se iniciaron en la edad de la razón con el renacimiento de la democracia, crecieron más libres al poder comprender muchas de las causas de los enfrentamientos y las pasiones sociales y políticas de los años setenta.
Si en el período comprendido entre 1973 y 1976 había ocurrido el bautismo político de los estudiantes secundarios en el seno de una sociedad turbulenta y atormentada por la violencia y las proscripciones, fue sólo a partir de 1984 cuando su organización gremial se extendió masivamente en paz como un derecho democrático adquirido. El 12 de noviembre de 1984 fundaron la Federación de Estudiantes Secundarios (FES) con la participación de 450 delegados, representantes de 77 centros de estudiantes de la Capital Federal y de más de 100.000 estudiantes.
Pero fue durante 1986 cuando lograron la mayor presencia en actos, marchas, reuniones y en la constitución de su propia memoria histórica. El testimonio de Pablo Díaz, sobreviviente de la Noche de los Lápices, escuchado en los lugares más recónditos del país y del mundo; la aparición de las siete ediciones de este libro, traducido al italiano, alemán y portugués, y la difusión de la película dirigida por Héctor Olivera, vista por 3 millones de argentinos, que el 26 de setiembre de 1988 alcanzó en Canal 9 49,7 puntos de rating, uno de los más altos en la televisión nacional, luego del conseguido por las imágenes del viaje de los hombres a la Luna, y de la final de un mundial de fútbol, potenciaron la actividad de los adolescentes, y el aprendizaje de los adultos. Ya nunca más los padres dejarían solos a sus hijos en el reclamo de sus derechos civiles y políticos, como ocurrió amargamente en los años setenta. Las movilizaciones en defensa de la escuela pública durante 1992 han sido un ejemplo elocuente, entre otros, de este aprendizaje.
Tal vez porque los adolescentes intuyeron que estaban fundando su propia historia, tal vez porque eran la herida más abierta de una sociedad que emergía de una larga pesadilla, o porque sabían que muchos de sus sueños habían quedado truncos, se asumieron de inmediato como herederos naturales de las banderas estudiantiles y del compromiso social de los chicos secuestrados aquel 16 de setiembre de 1976. El reclamo por el boleto estudiantil gratuito se extendió a todo el país. El Congreso Nacional y numerosos parlamentos provinciales legislaron sobre su aplicación. En la mayoría de los centros de estudiantes de los colegios secundarios florecieron agrupaciones bautizadas "16 de setiembre", en homenaje a los chicos desaparecidos en La Plata y, al mismo tiempo, como una nueva identidad unitaria de los adolescentes que exigía, siempre, un país más justo en el que valiera la pena crecer y soñar.
Y es esa herencia vital en los ideales inquietos y conmovedores de nuestros jóvenes lo que engarza a los militantes secundarios desaparecidos en los años setenta en la cadena memoriosa de las generaciones venideras; la misma herencia que seguramente impulsó a los estudiantes del colegio Otto Krause a crear en 1987 una consigna que se propagó veloz como la luz:
"Vano intento el de la noche, los lápices siguen escribiendo".
La misma cadena memoriosa que inspiró en 1991 a los estudiantes del colegio Nicolás Avellaneda para escribir en un mural el epílogo trascendente de esta historia:
"Los lápices eran de colores".
(…)

LA NOCHE DEBAJO DE EL DÍA

EN LA MAÑANA DEL VIERNES 17 de setiembre, Pablo repasó las páginas del diario El Día, por segunda vez y ya con escasas esperanzas. Sobre la suerte de los chicos, nada. En primera plana, a cinco columnas, la declaración inicial del Consejo Federal de Educación reunido en Tucumán: "El Estado está inserto en un orden cristiano y debe proteger la esencia de la nacionalidad, las instituciones, la paz, el orden, los símbolos nacionales, la moral y la integridad de la familia". De acuerdo a las noticias que había recopilado durante el día anterior, no correspondía al Estado extender esa protección a sus compañeros.
El día 16 tenía transcurrido sólo treinta minutos. Rosa Matera se acomodaba al sueño leve de sus setenta y ocho años, cuando escuchó los primeros golpes en la puerta, en seguida otro sobre los muebles heredados de sus padres, los pasos duros en el living y las voces extrañas. Encontró fuerzas para salir de su dormitorio y gritó con las entrañas, porgue sus pulmones estaban enfermos, para impedir que los seis o siete hombres maltrataran a María Clara y a Claudia. La empujaron con las armas hasta su cama, pero se repuso y volvió a escuchar el interrogatorio. Vio las cabezas gachas de las chicas, vendas en sus ojos. Entonces la encerraron y ataron al picaporte. Las frases le llegaron a trozos. Luego, silencio. Se arrastró hasta la ventana y vio a Claudia y a María Clara forzadas a subir a un camión del Ejército. El living había quedado desierto. Sólo unas láminas y el collage inconcluso sobre la mesa. Apenas llegaron el doctor Falcone y Nelva Méndez, avisados por el portero, al departamento del sexto piso de la calle 56 Nº 586, Rosa se desmayó. 15
El almirante Isaac Rojas había celebrado en el Luna Park otro aniversario de su golpe contra Perón. Más adelante, la página de espectáculos. No era habitual insertar allí noticias sobre detenciones de estudiantes, pero Pablo quiso asegurarse. David Niven en Tigres de papel y Vittorio Gasman en Nos habíamos amado tanto brillaban desde la nómina de películas. En otra ocasión se hubiera detenido a considerar cuándo las vería: le gustaban los filmes románticos. Al costado, la reposición de Yo tengo fe, de Palito Ortega, la programación de televisión y los horarios de funciones del circo Eguino Bros.
Las dos y treinta y cinco. El grupo encapuchado irrumpió en el N°- 2539 de la calle 73 al grito de "¡Ejército Argentino, entreguen las armas!". Se abalanzaron sobre Ignacio Javier de Acha y Olga Koifmann que estaban acostados y los empujaron hasta la pared de la cocina: "Los libros, ¿dónde están los libros y las armas?". "No tenemos armas, y los únicos libros son los de los chicos, de la escuela", balbuceó Olga.
El pequeño Pablo había quedado hipnotizado por el, cañón de una de las armas. "Por favor, tengan cuidado, está recién operado del corazón, tiene sólo tres años." "Señora, no complique las cosas", advirtió uno de los encapuchados. "¿Quién es ésta?", preguntó por Sania, de II años. "¿ Y éste, qué hace?" "Es Claudio, va al bachillerato, al Colegio Nacional", contestó Ignacio de Acha. "Bien, debemos llevarlo por razones de seguridad del Ejército." Olga vio cómo lo arrastraban en ropa interior por el pasillo, gritó que la dejaran alcanzarle un pantalón y lo besó y acarició apenas.
Eran las cinco de la mañana cuando los de Acha atravesaron plaza Italia, y se detuvieron un segundo para abrazarse y llorar.16
¿Qué hacer? Después de lo de la madrugada del 16, sentía miedo de ir al colegio y también de quedarse en su casa. En un momento, se le había ocurrido preguntar por los chicos en las comisarías pero inmediatamente se asustó de su atrevimiento. El impulso de acudir a su padre aumentó su inquietud, y lo descartó.
Al anochecer fue a la estación de servicio donde trabajaba uno de sus amigos del barrio, en 13 y 520. Que lo ayudara a pensar cómo sobrevolar esos días hasta que la tormenta amainara.
Las cuatro y cuarenta. Calle 116 Nº 542. Olga Fermán de Ungaro pidió tiempo para vestirse a los ocho hombres del Ejército que querían entrar, y se desesperó hasta el cuarto de Daniel y Horacio para avisarles. Los chicos tuvieron tiempo de desprenderse del arma que escondían debajo de la almohada: el libro de Politzer, que voló por la ventana. Prisionera en la cocina, Olga escuchó el interrogatorio y los golpes. Horacio y Daniel repetían que no sabían nombres, que no conocían a las personas por las que preguntaban los encapuchados. Le dijeron: "Los llevamos para interrogarlos. Más tarde se los devolveremos, señora". Y escuchó cómo los arrastraban desnudos por las escaleras. Cada escalón le desgarraba el pecho, desde el quinto piso hasta la planta baja.l7 Se les ocurrió que la misma estación de servicio podía servir de escondite. Juntos, la revisaron de arriba a abajo. Pronto se desanimaron; no había huecos en las paredes, la oficina era de vidrio transparente y el foso para coches demasiado peligroso. Tomaron mate un largo rato, hasta que una idea salva-lora les despejó la angustia. ¿Quién sospecharía que dentro de una expendedora de hielo Rolito estaba durmiendo un hombre?
Pablo tendió la frazada sobre el colchón de diarios, dentro de la expendedora. Acostado, acarició la idea de que estuviera en servicio. Podría copiar a aquellos famosos de Hollywood que pagaban montañas de dólares para ser congelados y revivir luego de años de vida latente. El sólo necesitaba que pasaran esos días.
Ese domingo 19, desde el suplemento de El Día, el astrólogo Horangel vaticinaba: "El país tiene un porvenir muy destacado en 1977 (...) y entra como un balazo en 1980". Pablo no hubiera podido percibir la trágica literalidad de "como un balazo" porque la muerte, en la adolescencia, es ajena. De otra manera, hubiera sentido el tiempo suspenderse y un muro delante de su historia. Pero no leyó la predicción, preocupado por lo que haría al día siguiente.
Las cinco de la madrugada. Después de rajar a culatazos la puerta del Nº 2123 de la calle 17, los seis hombres uniformados con ropa de fajina del Ejército, sólo dos a cara descubierta, le exigieron a gritos a Irma Muntaner de López que los llevara hasta sus hijos. Los precedió, encañonada, por el pasillo lateral de la casa. Cinco autos grandes en la puerta y hombres parapetados en los techos. Supo que buscaban sin precisiones cuando entraron al almacén donde dormían Pan-chito y Víctor.
"¿Dónde están las armas?". preguntaron. Panchito negó que las tuvieran, pero insistieron: él debía tener asignada una.
El grupo que se había desplazado para revisar el resto de la casa regresó frustrado: ni armas ni volantes. Como machacaban con la acusación de armas escondidas, Panchito les señaló el ropero que compartía con su hermano. Encontraron un rifle de aire comprimido, viejo y partido en dos, y una pistola de aire comprimido, pero nueva. "¿Nos estás cargando?", gritaron furiosos. "Nos lo tenemos que llevar, señora. Cuando conteste lo que queremos saber se lo devolvemos." Panchito se atrevió: "Es que yo no sé nada". "Entonces, pibe", amenazó uno de ellos, "atenete a las consecuencias".
Irma les rogó que lo dejaran vestirse. Vio cómo sacaban un pulóver y un pantalón azul del ropero. Trató de seguirlos pero la amenazaron con una ametralladora. Apenas desaparecieron corrió a la casa de Luis, su hijo mayor, que era quien más la preocupaba. A Panchito ya se lo devolverían.18
¿Cuánto tiempo resistiría sin actividades, con la angustia del futuro, visitando sobresaltado a su gente? En la tarde del 20, Pablo regresó a su casa y habló con su padre sobre su actividad estudiantil y el secuestro de los chicos. El profesor opinó que nada grave podía pasarle, que permaneciera en casa, que después de todo él no había cometido ningún delito. No logró tranquilizarse.
Hizo una ronda por las casas de sus amigos y terminó cenando en lo de "Bachicha", como le decían a su amigo Juan Diego Reales. Comió como nunca.
—Mirá —bromeó con Diego—, creo que de esta noche no paso, así que prefiero estar con la panza llena.
A las cuatro, la primavera irrumpió armada en el 435 de la calle 10. Daniel Díaz se asomó por la ventana de la planta alta respondiendo a los culatazos sobre el portón de entrada.
—Deja —le gritó Pablo—, me vienen a buscar a mí. Bajaba la escalera en ese momento subiéndose los pantalones.
Los ocho hombres con pasamontañas cubriéndoles la cara vestían ropas diversas; algunos, bombachas del Ejército. Lo empujaron y le apoyaron una pistola en la nuca, mientras obligaban al resto de la familia a tirarse a su lado. Lo intimaron a entregar lo que tenía escondido.
—No entiendo, yo no escondo nada —respondió Pablo.
Los escuchó identificarse como Ejército Argentino. "Después me dijeron que habían robado, que se habían llevado un bolso de mi hermana, una cámara fotográfica, una joyas de mi madre. Al living entró el hombre que daba las órdenes, lamentándose de que en la casa no había nada especial. Un señor de cuarenta y cinco años, canoso, a quien posteriormente por fotos pude reconocer como el comisario Vides."
Lo arrastraron hasta la puerta y lo tiraron dentro de uno de los cuatro coches, sobre alguien que ya estaba boca abajo, encapuchado.
Imaginó a los vecinos cerrando sus ventanas y dejándolo solo cuando los secuestradores gritaron: "¡Bajen las persianas o tiramos!", y esa representación ahondó su miedo. "¿A dónde me llevan?", balbuceó, y recibió un culatazo seco en la espalda.
Cerca de media hora más tarde y después de una travesía por la ciudad, frenaron frente a un portón. "Me mostraron después un croquis y creo reconocer que era Arana. Se decía campo de concentración Arana."
Pablo era el último de los marcados. La jaula de La noche de los lápices se había completado. Hacía frío, amanecía.
Era martes 21, Día del Estudiante.
LOS DUEÑOS DE LA MUERTE
El coche se detuvo en un espacio abierto. Lo bajaron a empujones y lo tiraron, atado y encapuchado con su pulóver, en una especie de hall. "Quédate tranquilo. Ya vamos a hablar", le decían voces alternadas. Temblaba y transpiraba a pesar del frío de la madrugada. "Ahora me piden documentos, me toman las huellas y me largan", intentaba tranquilizarse.
Se inclinó hacia atrás para poder observar el lugar por debajo del pulóver. Una pieza pequeña, desnuda, con una puerta de hierro con mirilla y dos ventanas clausuradas. Se asustó cuando le sacaron con rudeza el pulóver y le colocaron una venda de tela roja, algo traslúcida.
—¿Vos en qué andás? —le preguntó el cuarentón canoso. —No sé dónde estoy —tartamudeó.
—Vamos, ¿cuál es tu grado en la guerrilla? ¿En qué organización estás?
A través de la venda intuía los contornos. Entre ellos no se llamaban por sus nombres. Uno lo mantenía parado frente al canoso. Su garganta se contraía, filtrando una voz cortada.
—¿Cómo funcionan en tu colegio? ¿Vos qué haces ahí? —insistió el canoso.
—Yo estoy en el centro de estudiantes —reconoció. —Pero hacen circular revistas, ¿no? ¿Qué revistas leés? —No, no... no leo nada.
Trajeron a otro secuestrado, también atado y vendado. Sin hacerle saber que él estaba ahí, le ordenaron que hablara sobre Pablo Díaz. Contestó que era un chico que estaba en el centro de estudiantes de "La Legión", simpatizante de la Juventud Guevarista, y que había participado en las movilizaciones por el boleto secundario. Que no sabía nada más. Cuando se lo llevaron, sentenció el cuarentón: —Te salvaste. Aunque sólo vas a vivir si yo quiero. Después, el dios lo mandó tirar como un fardo en un calabozo.

LA MAQUINA DE LA VERDAD

"Ya era de día, no sé, ahí uno se daba cuenta cuando era de día o cuando era de noche por las torturas, casi siempre de noche, cuando no se podía visualizar la luz y empezaba a escuchar los gritos de las mujeres. Entonces uno se daba cuenta de que había llegado la noche."
Oyó disparos y silbido de balas varias veces durante el día. Sabía que estaba en las afueras de la ciudad pero no lograba reconocer el olor a carne chamuscándose que entraba a ráfagas por las ranuras. "¿Qué quemarán?" Aún no sabía.
El ladrido de los perros, lo confirmaría después, anunciaba la noche. La puerta se abrió rechinando. Lo arrastraron entre dos policías (podía distinguir la ropa de fajina y el ruido de los borceguíes) hasta una pieza, lo desnudaron aunque se resistió, y lo tiraron sobre un catre húmedo.
—Ahora te damos una sesión para que no te olvidés —le anunciaron mientras lo vendaban con una cinta resistente, opaca. Lo sumergían en la nada.
Respiró cuando escuchó decir que le darían con la máquina de la verdad. Eso estaba bien, quería que la trajeran rápido, que el aparato que usaban en las películas policiales moviera su aguja de un lado a otro. Así se darían cuenta de que no mentía. "Seguro que después me largan."
—Sí, que traigan la máquina —gritó.
Lo picanearon en los labios, en las encías, en los genitales. Y subía el olor a su carne quemándose, hinchándose violenta. Ahora sabía.
—Dále, decínos el nombre de un chico y te dejamos —escuchó a uno.
—¿Así que querías ser agrotécnico para servir a la patria? —se divirtió otro.
En sus gritos no había nombres. No se los daría.
—Si vas a cantar, abrí la mano.— Cerraba los puños para resistir.
—Dále, un chico, el nombre de un chico. —Y la pregunta se repetía invariable e incansable—: Vamos, el nombre de un chico...
Se olvidó del tiempo.
Cuando lo dejaron en el calabozo, desnudo y vomitando, lo único que quería era agua.
—Si te damos agua, reventás como un sapo, pibe —le dijeron los guardias.
Por los gritos, por el movimiento de los coches y los ladridos, reconoció otra noche. ¿Habían pasado dos días completos? No dejaron que durmiera tranquilo.
Lo llevaron ante un escribiente que no reparó en que tenía la venda corrida y podía espiar. Vio la máquina de escribir, los bigotes espesos y el uniforme de policía de la provincia.
—A ver, me vas a contar todo lo tuyo —dijo el escribiente—. Desde que naciste.
Y no supo por qué raro impulso fue exponiendo su corta historia ante ese extraño. De modo desprolijo, a borbotones. Fragmentos triviales y episodios queridos. Habló de la infancia, del secundario, de su familia. Y el nombre de cada uno de los suyos era un ahogo. Como un huérfano reciente, extrañaba el calor de cuerpos conocidos.
Lo obligaron a firmar sin leer la declaración y lo devolvieron al calabozo. Ellos no sabían que al obligarlo a recordar su historia le habían permitido atrapar imágenes de amor. En ese ensueño se adormeció. No importaba que hiciera frío, que tuviera puesto sólo un pantalón y hubiera perdido los zapatos.

LOS PERROS

Gritó como nunca por el pasillo largo mientras lo arrastraban a la pieza mugrienta donde se fundían en un hedor único la perversidad y la carne quemada. Otra vez los hombres sobre él. El aliento contenido, la picana perforándole la piel, los músculos, la boca siempre abierta y el dolor en oleadas.
—No te vas a meter más, pendejo. Ya vas a ver. —Y una descarga.
Abría y cerraba las manos para que pararan, pero no había nombres. Lo giraban en el catre, arriba, abajo... Olor a mierda, olor a mierda. Abría las manos pero no había nombres.
—¿Así que querés jugar, hijo de puta?— Otra descarga.
Como un bramido, escuchó: Traéme la pinza. Y sintió un tirón brutal en un pie, que su grito no pudo cubrir.
—¡Me quiero morir, me quiero morir! ¡Por favor, basta, basta! —y sus alaridos se resolvieron en sollozos—. Por favor..., ¡mátenme!
Se despertó en el calabozo, ensangrentado, y palpó el vacío de su uña arrancada. La vida y la muerte, el delirio y el tormento se mezclaban como en una pesadilla.
Al tercer día, logró saber algo más sobre los otros detenidos. "Por los nombres pude escuchar que ahí estaban Víctor Treviño, Walter Docters, Néstor Eduardo Silva y su novia, a quien le decían 'la negrita', y José María Schunk, al que le decían 'Carozo'. Había una chica que le decían 'la paraguaya'; ellos se jactaban de que hubiera muerto allí. Se jactaban, digo, porque decían: Se murió, tirála a los perros. Se te murió a vos, dijo uno, entérrala. Pienso que la llevaron al mismo lugar donde me torturaban a mí; ella gritaba. Después vino ése que dijo: Tírala a los perros." 19
Fue esa noche, o la siguiente, que vino un sacerdote a ajustarle los nudos de la venda y a decirle que se confesara porque lo iban a fusilar.
—No, padre, que no me maten. Por favor, avise a mi casa, dígales dónde estoy.
—No te hagás el tonto, confesáte. ¿En qué andabas?
—Sólo en lo del boleto escolar, en el centro de estudiantes. .. en serio, por favor, padre.
—No te preocupés, te mandamos a un lugar donde vas a estar mejor que acá.
Lo sacó del calabozo y lo arrastró hasta un muro. Quedó temblando de espaldas al paredón. No estaba solo, había un grupo de chicas que gritaban "¡mamá, mamá, me van a matar! ¡Mamá!". Una voz de hombre que repetía "¡viva la patria! ¡vivan los Montoneros!".
Sonaron las descargas. ¿De dónde le brotaba sangre? Lentamente fue recuperando su cuerpo —el pecho, la cabeza, el vientre—; no había sangre, no estaba muerto.
El terror había congelado los gemidos. Hasta que una voz quebró el silencio:
—¿Se cagaron, eh? Esta vez se salvaron... Y a vos, ¿te gusta gritar Montoneros?, ahora te vamos a hacer gritar, hijo de puta.
"Habían pasado, yo calculo, cinco o seis días. Podían haber sido siete, no sé muy bien, pero yo había entrado el 21 de setiembre."
Una noche lo trasladaron. Para entonces, ya sabía que el lugar que dejaba era Arana, la División Cuatrerismo de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, dependiente de la Comisaría 5º de La Plata, en 137 y 640. También, que uno de los jefes era un tal subcomisario Nogara.

SOY PABLO DÍAZ

Ahora estaba amontonado junto a catorce o quince personas dentro de un micro, atado y vendado, cubierto con una remera que no era suya. ¿Qué pasaría en la ciudad?, ¿su familia lo estaría buscando? Su padre estaría muy jodido. Su padre... Extrañaba aquella cama improvisada dentro de la expendedora Rolito.
En aquellos días, cuando Pablo soñaba con hibernar como Walt Disney, Saint Jean visitaba la República de los Niños.
El general se trasladó con una corte de funcionarios a supervisar los trabajos de reparación y conservación de la ciudad. Recorrió el pequeño puerto que reconstruía la Marina de Guerra, el estadio, el cine, la casa de los muñecos, el desolado Palacio de Justicia. En realidad había ido a controlar la remodelación del edificio destinado a mostrar a los chicos las "gloriosas" actividades del Ejército Argentino.
El motor en marcha hizo que Pablo regresara al miedo. Uno de los guardias se sentó sobre su espalda. Estaba acostumbrándose a calcular los trayectos con un reloj imaginario. "No es tan fácil irse del tiempo", pensó. Esta vez había viajado el triple que la vez anterior, cuando el destino era Arana. En el vaivén; su cuerpo tocaba otros, gente acostada boca abajo como él. Nadie decía una palabra. Escuchó que abrían y cerraban un portón cuando el micro se detuvo; la marcha lenta y después un breve giro a la izquierda.
—A ver, vamos, abajo. Vos, vos... — dijo uno.
No se movió hasta que lo tironearon fuerte de la remera (lo obsesionaba saber a quién pertenecía), y gimió por el sacudón de su cuerpo ablandado por la picana, débil. Había escalones, y el individuo que lo sostenía no soportaba su peso muerto. "Este se me cae", maldecía. Calculó que habían subido un piso, unos pasos cortos en un entrepiso, otro piso, y que estaban en la parte más alta porque el calor crecía y la sensación de encierro también.
Lo tiraron dentro de un calabozo y la puerta de hierro se cerró, pesada. Escuchó ruidos iguales de otros cerrojos, sellando la oscuridad. El silencio posterior le confirmó que los guardias se habían ido. Alguien gritó.
—Soy Ernesto Ganga, no tengamos miedo, somos todos compañeros.
El eco retumbó en la galería de calabozos.
—Soy Pablo Díaz —contestó.
Los demás nombres se escucharon en distintos tonos, en rosario, como cuando pasaban lista en la escuela.
"Empezamos a hablar de dónde estábamos. Creíamos que en la Brigada de Investigaciones de Banfield. Allí estaban Graciela Pernas, Horacio Ungaro, que tenía 17 años, María Claudia Falcone, de 16, Francisco López Muntaner, de 15, Daniel Alberto Racero, creo que tenía 18 años, Claudio de Acha, que tenía 17, pero después me dijo que el 21 de setiembre había cumplido 18. Espero no olvidarme de ninguno: María Claudia Ciocchini y Osvaldo Busetto."
En los espacios que les dejaba el cambio de los tres turnos de guardia, intentaron explicarse por qué estaban allí. Por los interrogatorios, se convencieron de que el motivo era su participación en la lucha por el boleto escolar. Los torturadores querían saber qué hacían en el centro de estudiantes, por qué pedían un boleto secundario, qué grados tenían en las organizaciones guerrilleras, el nombre de su responsable y sus nombres de guerra. Después se habían conformado con pedirles "el nombre de otro chico". En ese único tema se fueron los primeros días.
No les dieron de comer durante toda la semana, pero el hambre compartido parecía menos hambre. A pesar de la soga al cuello y las manos atadas a la espalda, el cuerpo llagándose sobre la baldosa fría y rota del calabozo, de la penumbra quebrada por un hilo de luz. El terror era permanente, apenas conjurado a ratos por el recuerdo de cosas compartidas antes. Faltaba establecer un código clandestino porque no siempre era posible comunicarse a gritos.
Lo propuso otro secuestrado, Néstor Silva, el día en que a Pablo lo confinaron toda la noche en el anteúltimo calabozo de la galería, inundado por diez centímetros de agua.
Pablo repitió: "Un golpe, la A; otro, la B; tres, la C..."
—Caminá, loco —le gritaba Néstor—, si no te vas a morir de frío. Yo golpeo todo el tiempo para que no te duermas.
Había cinco pasos desde la puerta a la pared y, esa noche, Pablo contó más de treinta mil.

EL POZO

Hacía más de dos meses que le habían cambiado la venda por unos algodones sostenidos con cinta adhesiva. Los ojos le picaban y la supuración formaba una masa gomosa con los algodones y las pestañas. A pantallazos, había aprendido a reconocer el lugar, cuando se atrevía a levantar la venda sobresaltado por el llanto nocturno de las mujeres, que gritaban "mamá", y los pasos de la guardia.
Por la mirilla de su calabozo recorría el mapa de ese infierno quieto, perturbado por los traslados, los cerrojos, los gritos, donde los días eran iguales a las noches: una tumba de pasillos y ventanas tapiadas. A veces, el timbre del teléfono en alguna oficina cercana le mentía sobre la existencia de un mundo exterior.
¿Cuántos kilos había perdido? ¿Cinco, seis, diez? Del pelo de su barba le subía, pegajoso, un olor rancio.
Estaban en un pabellón con dos galerías, y el techo coincidía con el de los calabozos. Probablemente, sobre sus cabezas estaba la terraza. Veía un ventiluz tapiado a medias con alambres cruzados, y en el corredor tres ventanas de paño fijo, formando cuadrados de vidrio sobre las paredes blanqueadas a la cal. Al final del pasillo estaban los baños con piletones de cemento; una pared dividía los correspondientes a cada galería. En el otro extremo, puertas enrejadas y el banco donde la guardia se sentaba a vigilar el depósito de secuestrados. "De aquí no se escapa nadie", pensó.
Contó doce calabozos en cada galería. Por lo que pudo observar, dieciocho estaban ocupados; el resto parecía destinado a los detenidos en tránsito.
En el primero de su fila estaban Graciela Pernas y Alicia Carminatti; después venía el suyo, que a veces compartía con José María Noviello. Al lado, Osvaldo Busetto. Seguían: Ernesto Ganga, una embarazada 20, "la negrita" y otra embarazada21. Dos calabozos libres y el de Néstor Silva; después el calabozo inundado, cercano a los baños. En la hilera de atrás estaban, en orden: Víctor Carminatti y María Claudia Falco-ne, que a veces cuidaba a una embarazada22; un calabozo para tránsito, luego Panchito López Muntaner, y al lado María Clara Ciocchini, que compartía la pared con Daniel Racero. En las tres celdas siguientes estaban Claudio de Acha, Horacio Ungaro y otra embarazada. Seguramente ésa sería la disposición definitiva porque en las puertas de las celdas habían colgado cartelitos con el nombre de cada uno.
¿El orden tenía que ver con la militancia de los prisioneros? De un lado habían encerrado a todos los peronistas.

UN HOMBRE

"Un, dos, tres, arriba, respirar." No querían pensar en cosas dolorosas, así que decidieron hacer gimnasia. Y cantar. A veces, Pablo hacía coro con Claudio o con Panchito y María Claudia; era tan desafinado que terminaban a las carca-
jadas. Si la moral bajaba se iban a la mierda o, lo que era peor,
desaparecían del todo. Daniel no siempre se plegaba al canto.
Caía en silencios prolongados y podía pasar horas y hasta un (…)


15. Nelva de Falcone. Su testimonio en el juicio a las juntas militares. Fojas 1130/33. Mayo, 1985.
16. Olga de Acha. Su testimonio en el juicio a las juntas militares. Fojas 1089/93. Mayo, 1985.
17. Nora Ungaro. Su testimonio en el juicio a las juntas militares. Fojas 1154/56. Mayo, 1985.
18. Irma Muntaner de López. Reportaje de los autores. Diciembre, 1985.
19. "La paraguaya": Marlene Katherine Kegler Krug, secuestrada el 24 de setiembre de 1976. Permanece desaparecida.
20. Se trataría de la embarazada Stella Maris Montesano de Ogando.
21. Se trataría de la embarazada Gabriela Carriquiriborde.
22. Se trataría de la embarazada Cristina Navajas de Santucho.

María Seoane y Héctor Ruiz Núñez, 1986, de "La noche de los lápices", Ed.Planeta, 1986.


La mano anónima

A mí hija María Claudia, militante de la UES, secuestrada durante "La noche de los lápices''.

Mano anónima aleve y asesina,
con sólo tocarte
ha intentado
macular tu pureza,
tu inocencia,
por cierto, fracasando.
Tu grandeza de alma
es infinita.
Tu generosidad, ilimitada.
Virtudes tales
son inmaculables.
La mano anónima, aleve y asesina,
no ha podido mancharte
por mas que lo intentara.
Y esa pureza
constituye tu triunfo.
TU VICTORIA y su derrota.
Has vencido, hija mía,
y tu victoria ha sido apocalíptica.
Aunque tu estés ausente todavía
yo te lloro y te admiro
al mismo tiempo.

Jorge Ademar Falcone


Veintiocho años después...

Por Andrea Verónica Quaranta

A principios de los '80 en la escuela nos empezaron a mencionar tres palabras desconocidas. Dos de ellas fueron dictadura y democracia. No teníamos muy en claro de qué se trataban, pero intuíamos, por lo que nos decían y por el tono empleado, que la democracia era algo nuevo y deseable, que había que celebrar y cuidar. Por el contrario, la dictadura era despreciable, pasaban ciertas cosas que "Nunca más" debían ocurrir. Pero ¿de qué se trataban precisamente?

La tercera era la más terrible e inasible: "desaparecidos".

Fue a través de una película, "La noche de los lápices"[1], que comprendí, al igual que muchos de mi generación (tengo 30 años), su atroz y demencial significado. Recuerdo perfectamente la primera vez que la vi. Estaba en la cama de mi mamá y ella, que conocía la historia, encontró excusas para quedarse cerca de mí. Lo bien que hizo...

La película se basa en el libro[2] del mismo nombre, que a su vez, relata un hecho real ocurrido el 16 de septiembre de 1976. Durante la madrugada de ese día fueron secuestrados varios adolescentes, de entre 14 y 18 años, cuyo terrible delito consistió en reclamar por el Boleto Estudiantil Secundario. Para ello, habían realizado una serie de marchas, sentadas, petitorios; acciones que hoy nos parecen normales, o molestas (para algunos sectores) pero a las que jamás castigaríamos con el secuestro, la desaparición, la tortura o la muerte.

En ese momento, fueron motivo de todo ello junto.

No se trató de un hecho aislado, ni del error de un grupo de personas fuera de control. Desde el 24 de marzo de 1976, a partir de la instauración del "Proceso de Reorganización Nacional", "las violaciones a los más elementales derechos humanos que he denunciado no han sido simples excesos o errores metodológicos o estratégicos; tales violaciones respondieron a un minucioso manual doctrinario de represión"[3]

El régimen militar elaboró un plan sistemático de represión y exterminio, enunciado desde el mismo día del "Golpe". En la Proclama publicada al día siguiente en los principales diarios, dejaron en claro que "a par que se continuará combatiendo sin tregua a la delincuencia subversiva, abierta o encubierta, y se desterrará toda demagogia, no se tolerará la corrupción o la venalidad bajo ninguna forma o circunstancia, ni tampoco cualquier trasgresión a la ley u oposición al proceso de reparación que se inicia"[4]

La ciudad de La Plata fue una de las más castigadas. Allí vivían Claudio de Acha, María Claudia Falcone, Horacio Úngaro, Daniel Alberto Racero, María Clara Ciocchini, Francisco López Muntaner y Pablo Díaz.

Claudio tenía 16 años al momento de desaparecer. Estaba enamorado en secreto de Adela. Amaba la lectura, la música... y a Estudiantes.
María Claudia tenía sueños de artista, y por eso se había anotado en el Colegio de Bellas Artes. Apenas alcanzó a disfrutar su noviazgo con Roberto y sus "dulces 16", cuando la alcanzó la pesadilla en medio de la noche.
Horacio detestaba adherir a una idea sin conocerla a fondo y por eso devoraba libros de historia y política mientras escuchaba a Sui Géneris y a Mercedes Sosa.
Daniel era amigo de Horacio. De chico había soñado con ser "El llanero solitario". A los 18 años, sus ambiciones eran más realistas, quería ser tornero o mecánico. Pero tampoco lo dejaron.
María Clara vivió sus 17 años con la guitarra a cuestas. Con su música había llegado a La Plata desde Bahía Blanca, para estudiar Medicina, pocos meses antes de su último viaje, cuyo destino final aún se desconoce.
Francisco tenía apenas 14 años. Era hincha de Gimnasia y el mejor amigo de María Claudia. Estaba peleado con su hermano, porque a los dos les gustaba la misma chica.
Pablo, con sus 18 años, fue el único que vivió para contarlo.

Tenían los mismos gustos y pasiones que cualquier adolescente. También les interesaba la política y militaban en Centros de estudiantes, con la ilusión de una vida mejor para todos. Nada del otro mundo... De otro mundo debería ser lo que les tocó vivir...

En el invierno del '75 empezaron a reunirse para pedir por la instauración real del Boleto Estudiantil Secundario. Existía por decreto provincial, pero en La Plata no se lo respetaba. Además, desde el mismo momento en que se dispuso el descuento para estudiantes, hubo un aumento en la tarifa general, por lo que la rebaja quedaba bastante desdibujada. Fue eso y no otra cosa, el punto central del petitorio que entregaron a las autoridades luego de una marcha en la que participaron 3000 alumnos.

La lucha por los "Boletos a un peso" llevaba un año cuando algunos perdieron las esperanzas, pero otros continuaron, porque "aunque el boleto no lo consigamos para nosotros, quedará para los futuros estudiantes".[5]

Insistieron hasta la madrugada del 16 de septiembre de 1976.

Apenas comenzó el nuevo día, media hora después de la medianoche, un "grupo de tareas" fue a la casa de María Clara y se la llevaron junto con María Claudia, que se había quedado a dormir.

A las 2.35, encapuchados secuestraron a Claudio.

A las 4.40, el ruido de las botas despertó a Horacio y Daniel. A la madre de Horacio le dijeron que los llevaban un rato para interrogarlos y jamás volvieron.

A las 5, seis hombres con ropas militares capturaron a Francisco.

Una semana después, el día del estudiante y de la primavera, se llevaron a Pablo.

Fueron llevados al Campo de concentración de Arana. Allí conocieron el hambre, el frío, el olor de su propia piel quemada por la picana, los golpes, las vejaciones; allí sabían que había llegado la noche cuando escuchaban los desgarradores gritos de sus amigas mientras eran violadas.

Allí aprendieron a pedir a gritos que por favor los mataran. "La vida y la muerte, el delirio y el tormento se mezclaban como en una pesadilla".[6]

Posteriormente los llevaron al "Pozo de Banfield", al "Pozo de Quilmes", a la Jefatura de Policía de la Provincia de Buenos Aires, a las Comisarías 5°, 8° y 9° de La Plata, la 3° de Valentín Alsina en Lanús, y al Polígono de Tiro de la Jefatura de Policía de la Provincia de Buenos Aires.[7] Cada uno de estos lugares aportó su cuota de perversión.

Mientras tanto, sus familiares y amigos se cansaron de recorrer juzgados y comisarías tratando de saber dónde se encontraban ¿estaban vivos o muertos?, ¿se los podía visitar o, al menos, dar una sepultura digna? El terrorismo del estado elaboró para estas preguntas una respuesta muy peculiar: "... un desaparecido es una incógnita, no tiene entidad, no está ni muerto ni vivo. Está desaparecido." [8]

Sería difícil enumerar la cantidad de leyes, garantías y derechos (los llamados humanos y de los otros) que se violaron durante 7 años. "La noche de los lápices" fue solo un ejemplo entre miles. Se recuerda más que otros, porque conmueven la edad y la inocencia de sus protagonistas. Porque es un ejemplo de la bestialidad de un régimen que no tuvo límites.

28 años después, existen en el país miles de centros de estudiantes o agrupaciones juveniles llamadas "16 de septiembre"o "Claudia Falcone"; hay un Día de los Derechos del Estudiante Secundario, en conmemoración a la Noche de los Lápices[9]; un libro; una película; el excelente alegato final del Fiscal Strassera en el Juicio a las Juntas. Y las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. Y los Indultos.

Ante el riesgo que suponen la impunidad y el olvido, los invito a recordar (a volver a pasar por el corazón) y a que desde los lugares que ocupamos, ayudemos a los lápices a seguir escribiendo.

En internet se pueden encontrar los siguientes materiales, para profundizar sobre el tema:
*Libro "Nunca más" on line en www.nuncamas.org
La información acerca de "La noche de los lápices" se encuentra en el Capitulo II. Víctimas
Punto B. Adolescentes Item "Estudiantes secundarios"
http://www.nuncamas.org/investig/articulo/nuncamas/nmas0001.htm
*Imágenes y video de la película: imágenes:http://www.oni.escuelas.edu.ar/olimpi98/CineArgentino/PELICULA/drama/lapizim.htm
videos: http://www.oni.escuelas.edu.ar/olimpi98/CineArgentino/PELICULA/drama/lapizvi.htm
*Poema de Pablo Díaz dedicado a Claudia Falcone en 1985
[1] Olivera, Héctor, La noche de los lápices, Aries Cinematográfica Argentina S.A., 1986
[2] Seoane, María y Ruíz Núñez, Héctor, La noche de los lápices, Buenos Aires, Grupo Editorial Planeta, 1992.
[3] Hesayne, Miguel E., Cartas por la vida, Buenos Aires, Página 12. pág. 9
[4] La Nación, 25 de marzo de 1976. Tomado de Blaustein, Eduardo y Zubieta, Martín, Decíamos ayer. La prensa argentina bajo el Proceso, Buenos Aires, Ediciones Colihue, 1988
[5] Seone, pág.44
[6] Seoane, pág.158.
[7] CONADEP, Nunca más. Informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, 18° edición, Buenos Aires, Eudeba, 1994
[8] Gral. Jorge Rafael Videla en un reportaje televisivo.
[9] La Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, sancionó la Ley N°29 en cuyo art. 1 dispone que "Se establece la fecha del 16 de Septiembre, en conmemoración a "La Noche de los Lápices, como Día de los Derechos del Estudiante Secundario, el cual quedará incorporado al calendario escolar de cada ciclo lectivo".

Fuente: www.carbonell.com.ar/nochelap.htm


Desde los pibes alemanes a la noche de los lápices

Por Osvaldo Bayer

Etchecolatz empezó a sentirse mal, estaba en su casa y sintió dolor de cabeza y dijo que era un perseguido político. Sinvergüenzadas argentinas. El peor de los asesinos estaba en su casa y se hace el perseguido. "Político", nada menos. El verdugo más cobarde de nuestra historia se autodenomina político. La política del tiro en la nuca. Lleva siempre la escarapela argentina en la solapa. Azul y blanco. Trasfondo de nuestra filosofía social. Los asesinos están entre nosotros. Es el autor de la acción más alevosa imaginable. La prisión, tortura, muerte y desaparición de los adolescentes de la Noche de los Lápices. De adolescentes. Y lo que todavía no se ha dicho: los militares y uniformados argentinos les ganaron a los nazis. En una acción muy parecida, los argentinos mostramos mucho más poder, autoridad, la más absoluta ilegalidad en la represión.

En febrero de 1943, en plena guerra, un núcleo de estudiantes alemanes de la ciudad de Munich editó volantes contra la guerra. Su moral no les permitía soportar más eso de matarse unos a otros, bombardear ciudades asesinando madres y chicos, con la destrucción absoluta de la vida. Esos volantes los arrojaban desde los pisos de arriba al patio de la universidad. Fueron observados por el portero que los denunció de inmediato. Los estudiantes –cinco varones y una chica– recién comenzados los veinte años, fueron sometidos a un juicio, encontrados culpables de traición a la patria y guillotinados al tercer día. Todo salió en los diarios, después fueron ejecutados otros estudiantes y también el profesor Huber, quien los había apoyado. Sus bellas cabezas cayeron rodando en un tacho. Habían leído demasiada poesía, habían leído el sufrimiento en los ojos de los demás y en sus propios ojos. La guerra, no podían ni querían seguir siendo bestias. Sus cabezas fueron separadas de sus cuerpos. Pero los nazis oficializaron todo y publicaron todo, hasta el nombre del juez y del verdugo. El juez Roland Freisler quien posteriormente condenó a la horca a los rebeldes del 20 de julio. Todos con su responsabilidad en el crimen.

En La Plata ocurrió algo muy similar. Pero los héroes de la resistencia civil argentina eran más jóvenes, apenas adolescentes. Habían luchado por la rebaja del boleto estudiantil. Para que los que vivían lejos pagaran igual que los que vivían cerca. Justicia, camaradería, solidaridad, la bella palabra. Se reunían y cantaban por la calle: "Luchar, luchar, por el boleto popular", "Eso, eso, eso, boleto de un peso". Cuando llegó la dictadura pasaron a ser sospechosos. Activistas. Terroristas. Fueron secuestrados por la policía comandada por un general de la Nación, el general Camps, un enfermo mental que aplicó con un entusiasmo total las reglas de la muerte argentina: secuestro, robo de las pertenencias, humillación, tortura hasta la aniquilación, hambre, y por fin desaparición. Cada vez peor, cada vez mejor. Destruir al ser humano integralmente. Aplastarlo como a un insecto. Y total silencio ante los familiares y amigos. Desaparecido. No están ni vivos ni muertos, están desaparecidos, como se expresó ante los periodistas extranjeros el señor presidente de la Nación Argentina, teniente general Jorge Rafael Videla. Etchecolatz, Camps, Videla. Figuras de exposición en una muestra argentina que comienza con Roca. Es toda una línea. Lo que pasa es que los mapuches son chilenos. Ahí está la clave. Es decir, los militares argentinos se quedaron en la sombra, no admitieron nunca el crimen. Hasta hoy, Etchecolatz nunca lo reconoció. No sé, desaparecieron. Se habrán ido a Suecia. No, no me enteré.

En su libro, de precisión jurídica, María Seoane y Héctor Ruiz Núñez establecen que seis jóvenes prisioneras embarazadas fueron arrojadas a los calabozos de los muchachos de La Noche de los Lápices para que éstos las atendieran sin tener elementos ni conocimientos. Aquí sí los argentinos les ganamos a los nazis. Los prisioneros alemanes de Munich, tras seis días de calabozo alimentados con una ración mínima, fueron llevados a la guillotina y ahí ejecutados. Aquí, entre nosotros, fue todo más florido: picana, látigo, hambre, escupitajos, manoseo y violación para María Claudia y Clara, todo mezclado con desconocidas embarazadas humilladas hasta el hartazgo. Es que somos católicos apostólicos romanos. Los representantes de la Iglesia Católica en La Plata les dijeron a los desesperados padres: "No busquen más a sus hijos". "Recen". Monseñor Plaza.

Sophie Scholl, la joven mujer alemana de "La rosa blanca" –ese bello nombre tenía la organización antinazi de Munich– puebla hoy con su foto todos los rincones universitarios sensibles a su lucha y a su joven muerte.

Poco a poco los jóvenes rostros de los queridos María Chiocchini, María Claudia Falcone, Francisco López Muntaner, Claudio de Acha, Horacio Angel Ungaro, Daniel Racero y Pablo Alejandro Díaz van surgiendo del horizonte estudiantil y aparecen uno por uno en las aulas de los ámbitos secundarios. La semana pasada me llamaron para hablar de ellos en el patio del Colegio Nacional Pueyrredón. Más que mis palabras se oyeron los aplausos de las manos jóvenes. Hubo lágrimas. Emoción. Dolor. Pensaron en las muertes. De sus compañeros. Desaparecidos. Ese mismo día Etchecolatz se consideró un preso político.
La pregunta es: ¿por qué tanta brutalidad, tanta impunidad? ¿Cuáles fueron los maestros y profesores de nuestros militares y policías? Hoy, salvo los que se jubilaron, siguen siendo los mismos docentes en los colegios militares y policiales. ¿Dónde asimiló Camps el instinto de hacer desaparecer? ¿Dónde aprendió Etchecolatz tanta impunidad y crueldad? Y la cobardía de negar que lo hicieron. ¿La aprendieron o les viene de familia? ¿Buscaron esa profesión porque les calmaba los instintos? La pregunta no es porque sí, viene de estudios que se hicieron sobre los nazis famosos y sus instintos desde la vida familiar.

Los crímenes nazis estaban documentados por ellos mismos. Aquí hasta Videla los niega. Un aspecto del cinismo y la mendacidad que debemos tener en cuenta para medir la personalidad de quienes establecieron la "Muerte argentina", la desaparición. Hasta la Inquisición de la Iglesia Católica quemaba vivas a sus víctimas en plazas públicas y con la presencia de la Cruz. Nuestros verdugos escondieron todo. Esa es su máxima cobardía. Que los dos partidos políticos argentinos siempre reinantes trataron de disimular con las palabras "obediencia debida" y el batacazo del indulto. Pero no es tan fácil esconder la basura debajo de la alfombra. Están los alucinados del coraje, que jamás abandonan la escoba, a pesar de las ametralladoras y las picanas eléctricas

Fuente: www.diariomardeajo.com.ar


16 de Septiembre, ni victimas ni martires: Héroes de la Resistencia

Carta abierta a María Claudia Falcone a tres décadas de su último combate

Por Jorge Falcone

[Chiqui Falcone, hermano de Claudia Falcone, es autor de Piedra Libre para todos mis compañeros; Te sigo buscando Liberación; Poesia en marcha con el pueblo y Salgan de las cuevas]

-Aquí,
en los naufragios de setiembre,
la vida caudalosa monta guardia.
Armando Tejada Gómez

Treinta años después de vos poco queda del mundo que conociste. Aquel, bipolar, que por mandato del General nos encontró No Alineados (te acordás de Ho Chi Minh preso de la URSS por no ser stalinista, te acordás de la soledad del Che en la Quebrada del Yuro?). Ese universo binario (Guerra Fría de Oriente y Occidente, consignas de Patria y de Muerte). Este otro tiende a la multipolaridad (Berlín ya sin Muro, Unión Europea, MERCOSUR). Y merced a la Revolución Tecnológica se acerca cada vez más a la utopía Mc Luhaniana de la Aldea Global. De todos modos, como canta Sabina, aún conviven -fibra óptica y ladilla. La principal potencia del planeta, por arbitraria, beligerante y falaz, se ha vuelto patética. Aún así, nadie le cree pero pocos la enfrentan resueltamente (como Irán, Corea, Cuba o Venezuela). Salvo intentos parciales -como el Foro Social de Porto Alegre- el mundo periférico todavía no ha vuelto a coaligarse. Es notable -resumiendo- la soledad de los pobres.

En este sur aguantamos varios Tsunamis: En los 80s, el de los oligarcogenocidas que casi nos dejan sin rebeldes; en los 90, el de los neoliberales que rifaron el Estado Nacional cantando La Marchita; y en los albores del Siglo XXI, el de los progres que barnizan el capitalismo salvaje con su buena onda. De resultas que el remanente de lo que ayer llamamos Argentina -con un norte amenazado por las fronteras flotantes y las iglesias electrónicas, y un sur disputado por Benetton y Ted Turner- se reduce a una entelequia mediática de sesenta cuadras en torno al Obelisco.

Lo peor de todo es que el mismo movimiento que surgió para clausurar la Década Infame, dio a luz otra semejante, cuyas consecuencias aún intentamos desmontar. Andá a silbar hoy La Marchita a algunos de los barrios diezmados de extramuro, andá a pedirle a un pibe que se excite con la mística revolucionaria que conoció el peronismo… en este presente módico al que muchos militantes aceptan como estación terminal de sus anhelos. Primero se rediseña con sangre la economía, después se rediseña con mediático empeño la Historia. De modo tal que hoy el desaparecido 30.001 es el pensamiento estratégico. Se ha desmontado -con saña y por décadas- la dialéctica de causa- consecuencia, el sentido de los hechos que construyen el presente. No concebirías, con tu lógica de otrora, que hoy educarse constituya un acto revolucionario de primer orden.

En tu caso, por ejemplo, en el sitio web www.politicaydesarrollo.com.ar he leído a ese Almirante Zaratiegui que le niega a Estela Carlotto el mismo nieto que el enfermero que asistió a ese parto confirma, recriminando la versión que te describe como una inocente Caperucita Roja que el lobo se tragó... A vos, que como tus captores supieron, fuiste tan subversiva y apátrida como el resto de tus compañeros. Y es que aún quedan incautos capaces de suponer que aquella adaptación fílmica que los bautiza perejiles cuenta con el beneplácito de los que aún no nos bajamos los lienzos... Lo que el poder no tergiversa, Claudia, lo escamotea; como al compromiso inviolado con que los ex guerrilleros nos avinimos al orden constitucional, mucho menos ventilado que la autocrítica uniformada. Perejil justo vos, hijita del Aramburazo que a la liberación sacaste sólo boleto de ida. A vos, a quien una cultura de la postración vincula exclusivamente con el Boleto Estudiantil Secundario, omitiendo las cañadas de la UES contra conspicuos matones de Las Tres A (como si avergonzara haber enfrentado resueltamente a los que vendieron la Nación).

En controversia reciente con un ex primer mandatario, el Presidente ha convertido a 30.000 en una cifra de mártires, lo cual -en un país mayoritariamente católico, apostólico y romano- equivale a considerarlos víctimas inocentes de una violencia arbitraria. Aún a aquellos que salieron a matar o morir por una Patria Justa, Libre y Soberana. Hace poco escuché la entrañable recopilación de canciones primerizas del trovador cubano Silvio Rodríguez. En uno de esos temas el cantautor entona -no tengo que cerrar los ojos para ver... en alusión a la precarización de la vida cotidiana que el bloqueo imperial impone a los suyos. Y el que escribe esas líneas tiene en ese entonces apenas 20 años. A veces me pregunto cómo es posible tan temprana claridad. Y suelo responderme que sólo es posible con una vigorosa Revolución detrás. A menudo los pibes se preguntan cómo es posible concebir, en un país de semejante complejidad, revolucionarios de 15 años. En consecuencia respondo que -lisa y llanamente- no es posible. Sin una heroica resistencia peronista de 18 años por detrás, y una ofensiva popular masiva al grito de -Luche y Vuelve.

En conclusión, hermana, no constituyen mayoría los pueblos que hoy apuestan a una versión más humana de este sistema inhumano. Y lentamente cuaja en Nuestra América la convocatoria bolivariana a inventar un Socialismo para el Siglo XXI. No porque se le ocurra al Cdte. Hugo Rafael Chávez Frías, sino porque Stalin no merece llevarse a la tumba esa utopía.

El odio, María Claudia es un sentimiento con mala prensa. Pero ha dicho el Che que -un pueblo sin odio no puede vencer. Sabido es que, inaugurada esta democracia formal, los beligerantes contra el régimen de facto renunciamos a toda acción directa. No hicieron lo propio los esbirros de la oligarquía económico-financiera: Violaron y aplastaron en Catamarca a una jovencita y después se guarecieron entre sus jueces; patearon hasta la muerte a un conscripto y lo ocultaron en sus cuarteles; lincharon a un ricotero en comisaría porteña; fusilaron a un seminarista rosarino en el techo de su merendero; e hicieron lo propio con un artista plástico y un ladrillero en la Estación de Avellaneda… pero cierran filas para que la ley no castigue a los ideólogos de esos hechos. Gendarmes pertrechados contra los pobres entran en acción a diario en parajes donde la prensa -nacional no llega (o decide no llegar). En resumen, que no renunció a la lucha armada la vieja oligarquía. Y que esto constituye la prueba más palmaria de que nunca tuvo dos demonios la Argentina. Aquí no se habla del odio que deviene venganza, sino de la furia que se torna memoriosa energía creativa. Con miras a construir mayoría, para que un mañana justo ya no cueste más vidas.

Evita lo sabía, Clau, los que menos tienen son los que más dan: Ante un Estado diezmado emergió vigoroso tu Pueblo de siempre, multiplicando el voluntariado solidario a lo largo de la Patria. Montando merenderos, salitas de guardia y consultorías jurídicas gratuitas, huertas comunitarias, fabricas recuperadas, y los más diversos microemprendimientos. Porque, como dijo Ernesto Cardenal, el sacerdote sandinista: El Pueblo nunca muere.

La taba está en el aire, compita de los bellos días. Y en tanto gira, Johanna se refugia en un cyber de Mendoza para huir del bardo familiar, y me escribe un mail donde expresa que desearía ser vos. Nahuel, a sus doce, cuida sus cotorritas en Puente de Fierro a la espera de dedicarte un poema a viva voz el próximo 16; y Lucas, a sus catorce, rebobina en La Aceitera una película que te nombra, para entender de una vez. En resumen, mi dulce interlocutora, que ni vencimos aún... ni esta dicha la última palabra.-

Tu hermano Jorge,
que siempre extraña nuestras charlas.
Y aquella risa que no cesa.

Fuente: www.nacionalypopular.com, 2006


Una escuela chilena llevara el nombre de Claudia, la chica de los Lapices

HOMENAJE EN CHILE A CLAUDIA FALCONE

Por Roberto Avila*

Cuando junto a Martí decimos "Nuestra América" no tiene esta una connotación puramente geográfica o racial, estamos hablando de un destino común que desde la hora de la invasión española hasta nuestros días ha hecho de nuestras esperanzas, éxitos y fracasos, de nuestras alegrías y sufrimientos algo compartido. No es retórica, sino realidad muchas veces épica y dramática.

Este año nuestra sociedad chilena se ha visto conmovida por las gigantescas movilizaciones de estudiantes secundarios que en número no inferior al medio millón se han echado a las calles impugnando las categorías neoliberales que inspiran la acción estatal en materia de educación y que fueron dejadas por la dictadura militar.

Entre sus muchas y justas reivindicaciones puntuales se encuentra el pasaje escolar reducido ahora a lo mínimo, pero que el gobierno de la Presidenta Bachelet ha reestablecido por estos días. Reivindicación tan elemental, no ha sido fácil ni es nueva en nuestra América.

Argentina en 1975 vio el despliegue de un movimiento secundario que exigía lo mismo que nuestros hijos hoy en Chile; el boleto escolar. Dirigió aquellas exitosas movilizaciones un muchachita de 15 años; Claudia Falcone. Su padre Jorge Ademar Falcone fue Primer Subsecretario de salud pública (1947-1950), intendente de la ciudad de La Plata (1949-1950) y Senador provincial (1950-1952) durante el gobierno constitucional del Gral. Perón. Detenido por el golpe reaccionario de 1955 es condenado a pena de muerte, pero salvó su vida gracias a un milagroso indulto. Era escultor y médico gremial. Su madre Nelva Alicia Méndez de Falcone era maestra en escuelas de bajos recursos y participó junto a Eva Perón en la campaña por el voto femenino siendo delegada regional.

Claudia y su familia vivían en La Plata. Claudia realizó sus estudios primarios muy cerca de su casa, en el colegio Normal número 1 Francisco A Berra de la calle 8 entre 57 y 58. En 1973 ingresó al bachillerato del Bellas Artes (colegio dependiente de la Universidad Nacional de La Plata -UNLP), que quedaba a una cuadra y media de su casa; en ese colegio fue elegida delegada de su curso. Militaba en la UES (Unión de Estudiantes Secundarios) con su convicción de joven peronista y desde allí agregaba su pequeño ''granito de arena'' haciendo asistencia social en villas y barrios pobres. Dedicándole tiempo a los marginados y excluidos de siempre, los pobres.

En 1975 luchó por la obtención del Boleto Estudiantil Secundario No tenia ella en sí misma un interés personal en la reivindicación, sino que entendía aquella de Walt Withman, de que lo que le hacen a cualquier ser humano me lo hacen a mí, para que veamos que no hay un sólo tipo de norteamericanos. La movilización culminó exitosamente pero los guardianes de la injusticia no olvidan ni perdonan. El 24 de Marzo de 1976 se instaló en la hermana República Argentina la dictadura militar de Rafael Videla y Cía la cual no dejó estropicio ni crimen por cometer, entre ellos llegó a planificar una guerra con el Chile de Pinochet, pelea entre rufianes pero que habría arrastrado a nuestros pueblos.

Hasta el 16 de Septiembre del 76 esperaron los desalmados para caer en una sola noche sobre los principales dirigentes estudiantiles del año anterior. en la ciudad de La Plata se secuestró a: María Claudia Falcone, Horacio Ángel Ungaro, María Clara Ciocchini, Daniel Alberto Racero, Claudio de Acha y Francisco López Muntaner; que tenían entre 15 y 18 años y militaban en la UES (Unión de Estudiantes Secundarios). Estan, hasta el día de hoy detenidos-desaparecidos.

Hoy, estos muchachitos que lucharon por el Boleto Estudiantil Secundario (el mismo boleto que hoy tienen todos los estudiantes bonaerenses) han sido declarados por la Municipalidad de La Plata: Ciudadanos ilustres post-mortem. Esta barbarie fue recogida en la hermosa película "La noche de los lápices". Desde este lado de la Cordillera y de esta modesta pluma salen estas en honor de Claudia Falcone y sus compañeros a 30 años de este crimen contra la humanidad.

*Roberto Avila Toledo es abogado y ejerce en el hermano país de Chile.
 Fuente: Nac&Pop


Carta abierta

Por Josefina G. De Salgado, septiembre 2006

El 31 de agosto próximo pasado, el señor Blumberg organizó otra marcha multitudinaria, reiterando su exigencia de seguridad. Estoy totalmente de acuerdo con él. No tengo los ojos vendados: hace falta más seguridad en nuestro país. Pero no limitemos el término a la protección contra el delito. Abarquemos su espectro total. Hay que buscar seguridad en la alimentación, para que baje el índice de mortandad infantil, por desnutrición; en la escolaridad para todos los niños que ambulan por la calle y son explotados de mil modos; en la vivienda digna; ¿Cómo puede sentirse seguro un ser humano que vive en la calle, tapado con cartones o trapos? En el trabajo degradante, tema que da mucho para hablar. Cuando se satisfagan todas las inseguridades, el país será otro. No habrá delincuencia, ni atentados contra la vida. Todo mejorará.

Casualmente, y hablando de violencia, el 16 de setiembre se cumplen 30 años de un hecho aberrante: "La Noche de los Lápices". Un grupo de estudiantes secundarios, de ambos sexos, y de la edad de su querido hijo, Axel, luchaban para conseguir el boleto escolar. Eran como él: jóvenes sanos, buenos, felices, pero por sobre todas las cosas: SOLIDARIOS. No pedían el privilegio de viajar gratis en los vehículos de transporte público. Sólo exigían un boleto escolar, al alcance de las moneditas que algunos compañeros llevaban en los gastados bolsillos de su vestimenta. Parece que la iniciativa no les cayó bien a los obsesivos que "descubren" intenciones comunitarias en esos luchadores. Sintieron "olor a subversión". ¿Qué resolvieron? Secuestrarlos. Pero no fueron delincuentes los que se ocuparon de esa sucia faena. Fueron integrantes de cuerpos uniformados, de esos que deben supervisar la seguridad del pueblo. Y qué este paga con sus impuestos. Procedieron sin escrúpulos: cada uno de esos jóvenes solidarios tenía padres amantísimos, como los tenía Axel. Nadie exigió rescate ninguno, ni se supo a qué cárcel clandestina los llevaron. Quise leer la historia de esta monstruosidad, de la sólo se salvó uno de los integrantes: Pablo Díaz. ¡Me quitó el sueño!

El Sr. Blumberg pudo "negociar" con unos malvivientes, para lograr un acuerdo, como personas civilizadas. Los padres de estos jóvenes ni siquiera pudieron enterarse a qué calaña pertenecían. Hay una pequeña diferencia, es decir, como de costumbre: los varones fueron torturados, la niñas, jóvenes, sanas, bonitas, una era la novia de Pablo Díaz, fueron violadas salvajemente. ¡Qué ocasión para esos brutos, poder disponer de una chica que jamás hubieran podido conseguir! Los padres de Axel recuperaron su cadáver. Lo inhumaron. Los de ellos no saben donde arrodillarse y ponerles una flor. Partamos de la base que el secuestrador de Axel era un ser anormal. Los que gozaron torturando a los estudiantes tenían cierta educación, pero el uniforme no oculta instintos criminales. El Sr. Blumberg agobiado por su dolor, pide más seguridad. ¿Y esta quién la ejercerá? ¡Los que destrozaron sin piedad a un puñado de adolescentes indefensos y desarmados! ¿Tendremos que incentivar los criaderos de comadrejas, para cuidar a nuestras gallinas? El término secuestro me produce escalofríos. Viví con el corazón en la mano desde el 12 de marzo de 1977, cuando nos secuestraron un hijo. El suplicio duró casi tres meses; cuando nos enteramos que lo habían matado en un enfrentamiento (por supuesto fraguado) quedé en paz. Ese día, mi infortunado hijo de 22 años, sano, bueno, inteligente, cariñoso, solidario, había terminado su calvario. Profundamente religiosa, acepté su muerte, pero empecé mi triste peregrinación, como una leona, para conseguir su cadáver. El 27 de julio fuimos a la morgue judicial a buscarlo. Quise reconocerlo. Fue espantoso. Era un despojo humano destruido por la tortura. ¡Le faltaban los ojos! Mi intuición de madre no se había equivocado. Posteriormente me enteré que fue masacrado y asesinado en el departamento central de Policía Federal.

Tengo sus cenizas en un cofrecito de madera, junto a su fotografía, que me mira con sus hermosos ojos oscuros, tan nobles y valientes, que me dan fuerza para seguir viviendo. Nunca le falta una flor, que le traen sus sobrinos, - que no pudieron conocerlo -, del jardín.

¡Es mi tío Pepe! Dicen orgullosos.

Josefina G. De Salgado

[Josefina G. De Salgado es vecina de Vicente López, miembro de la Asociación Madres de Plaza de Mayo y solidaria militante con las luchas populares de la zona. Esta carta la leyó en el Nacional de San Isidro el viernes pasado (15/09/06) durante la actividad organizada por el Centro de Estudiantes para conmemorar "La Noche de los lápices". Vano intento de la noche. ¡Los Lápices siguen escribiendo!]

Fuente: Museo Che Guevara, museocheguevara@fibertel.com.ar

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