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Se conoce como Noche de los lápices a la desaparición y tortura, acaecida el 16 de septiembre de 1976 durante la dictadura conocida como Proceso de Reorganización Nacional en Argentina, de siete jóvenes estudiantes de entre 16 y 18 años, en su mayoría militantes o ex-militantes de la Unión Estudiantil Secundaria (UES), que demandaban en la ciudad de La Plata el Boleto Escolar Secundario (BES), que había sido suprimido por el gobierno militar. El testimonio de Pablo Díaz, uno de los sobrevivientes, ha sido fundamental para la reconstrucción y denuncia de estos hechos. |

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A
pesar de la noche, los lápices siguen escribiendo
El 16 de septiembre de 1976 diez estudiantes secundarios de la Escuela Normal
Nro 3 de la Plata son secuestrados tras participar en una campaña por el
boleto estudiantil. Tenían entre 14 y 17 años. El operativo fue realizado
por el Batallón 601 del Servicio de Inteligencia del Ejercito y la Policía
de la Provincia de Buenos Aires, dirigida en ese entonces por el general
Ramón Camps, que calificó al suceso como lucha contra "el accionar subversivo
en las escuelas". Este hecho es recordado como "La noche de los lápices".
LOS ESTUDIANTES SECUNDARIOS Y LA POLITICA ENTRE 1973-1976
El arribo de la democracia en el mes de mayo de 1973, luego de un proceso
creciente de enfrentamientos contra la dictadura miliar que gobernaba desde
junio de 1966, trajo consigo la irrupción en la vida política y social de
los distintos sectores populares que habían experimentado un crecimiento
sustancial durante las luchas; entre ellos, los estudiantes secundarios.
En el movimiento estudiantil secundario se vivieron experiencias hasta ese
momentos inéditas en lo referente a participación política, en tanto ésta
es atendida en un sentido partidario más o menos directo.
El diario La Opinión editó en 1973 un suplemento dedicado al análisis de los fenómenos políticos entre los adolescentes. En dicho suplemento se publicaron los resultados de una encuesta que realizó el periódico entre 252 estudiantes. Se comprobó que el 30,3% de los jóvenes encuestados tenía algún tipo de participación política.
La política había impregnado el conjunto de la vida estudiantil, dentro
y fuera de los colegios. Las organizaciones políticas vieron incrementado
notoriamente el número de sus militantes y el grado de su influencia. Según
el suplemento citado, "las tres fuerzas más importantes son, en este orden,
la Unión de Estudiantes Secundarios, (UES), la Federación Juvenil Comunista
(FJC) y la Juventud Secundaria Peronista (JSP)"
La encuesta de La Opinión revelaba también que en 1973 los estudiantes secundarios
se inclinaban ante figuras emblemáticas de la izquierda, con la salvedad
de Perón, quién asumía, para una porción amplia de los estudiantes, contornos
casi revolucionarios. Pese a todo, quien encabeza la encuesta era el Che
Guevara con el 67%, a continuación venía J. D. Perón con 66% y a mayor distancia,
Salvador Allende con 19%; Fidel Castro con 19%; Eva Perón 17 % y Mao-Tsé-Tung
con 16%.
En esta encuesta queda por demás claro que para aquélla generación de estudiantes los referentes revolucionarios y socialistas eran los que ocupaban más espacio en la conciencia estudiantil.
En aquellos años se había alcanzado un nivel de conciencia, acción y participación bastante elevados con lo cual el nivel de cuestionamiento al sistema capitalista era de por demás peligroso para la burguesía y los sectores reaccionarios de nuestro país.
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EL GOLPE DE 1976
En la historia de nuestro país, como en el resto de América latina, los
golpes de Estado siempre estuvieron al servicio de la clase dominante y
del imperialismo. Pero el golpe de Estado de 1976 se podría caracterizar
no tan solo como el más sangriento vivido en la historia de nuestro país,
sino también como el más pro-imperialista, ya que el estado político-económico
que dejó la dictadura le sirvió al imperialismo para garantizar su hegemonía
en la región durante décadas.
LOS OBJETIVOS DEL PROCESO
Uno de los objetivos más tenazmente buscado por la dictadura militar que
gobernó entre 1976 y 1983 fue neutralizar a buena parte de la juventud y
ganar a una porción para su propio proyecto reaccionario.
Para los que no encajaban en sus esquemas se aplicaban distintos métodos "preventivos", desde el asesinato y la desaparición, hasta la más refinadas formas de marginación social y psicológica, pasando, claro esta, por la clásica y tradicional prisión.
Cuando asumieron en 1976 los militares consideraban que en la Argentina había una generación perdida: la juventud. Esta, por la sofisticada acción de "ideólogos" se había vuelto rebelde y contestataria.
Si bien el gobierno militar toma en cuenta la situación en la que se encontraba la juventud argentina, no fue tan obstinado como para suponer que se debía atacar a toda la juventud por igual. La política hacia los jóvenes parte de considerar que los que habían pasado por la experiencia del Cordobazo y demás luchas previas a 1973, los que habían vivido con algún grado de participación el proceso de los años 73, 74 y 75, los estudiantes universitarios y los jóvenes obreros, eran en su mayoría irrecuperables y en consecuencia había que combatirlos. Para ello utilizaron un pretexto tan obvio como falaz: se trataba de subversivos reales o potenciales que ponían en riesgo al conjunto del cuerpo social. El ser joven pasa a ser un peligro.
Al mismo tiempo, y pensando en el largo plazo, se empieza a desarrollar una estrategia que va más allá de la eliminación del "enemigo". Se empieza a poner la mira sobre el relevo. Ahí están los estudiantes secundarios. Al momento del golpe tienen entre 13 y 18 años más de un millón de jóvenes.
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EL TERROR EN LAS AULAS
Uno de los aspectos más dramáticos de la represión vivida en aquellos años
fue el secuestro de adolescentes. Llegaron a 250 los desaparecidos que tenían
entre 13 y 18 años, claro que no todos estudiaban. Muchos se habían visto
obligados a abandonar la escuela para incorporarse al mundo del trabajo.
Pero de los procedimientos utilizados surge claramente que no se trataba de hechos aislados, sino de una investigación pormenorizada en distintas escuelas. En una entrevista concedida a un grupo de padres, un coronel de Campo de Mayo les expresó que se llevaban a los jóvenes que habían estudiado "en colegios subversivos para cambiarles las ideas".
El 16 de septiembre de 1976, 10 estudiantes secundarios de la Escuela Normal Nº 3 de la Plata, son secuestrados tras participar en una campaña por el boleto estudiantil. Todos tenían entre 14 y 17 años. El operativo fue realizado por el Batallón 601 del servicio de Inteligencia del ejercito y la Policía de la Provincia de Buenos Aires, dirigida en ese entonces por el general Ramón Camps, que califico al suceso como "accionar subversivo en las Escuelas". Este hecho es recordado como "La noche de los lápices".
Solo tres de ellos aparecieron un tiempo después. Pablo Díaz, uno de los liberados, declaró en el juicio a las ex juntas: "Yo pertenecía a la Coordinadora de Estudiantes Secundarios de la Plata y con los chicos del colegio fuimos a presentar una nota al Ministerio de Obras Públicas".
Levantaron chicos en algunos colegios que tenían "marcados" y enemigo era todo aquel estudiante que se preocupara por los problemas sociales, por fomentar entre los estudiantes la participación y la defensa de los derechos de los mismos.
HOY LOS LAPICES SIGUEN ESCRIBIENDO.
Hoy los estudiantes secundarios están de a poco recuperando aquella tradición
de lucha y defensa por los derechos a una educación al servicio del pueblo
y con mayor presupuesto.
Hoy los secundarios, sector dinámico de nuestra sociedad, tienen un doble
desafío, que es la de reconstruir la memoria de lucha de nuestro pueblo
y la de reorganizarse para enfrentar eL calamitoso estado de nuestra educación,
ya que ellos son los más perjudicados.
Bibliografia consultada: Estudiantes secundarios: Sociedad y política, Berguier,
Hechker y Schifrin.
Comunicadores Solidarios - Agencia Latina de Información Alternativa, 16/09/2005
Datos: www.alia.com.ar, Córdoba, 15 de Septiembre de 2005
[La ilustración pertenece a Ricardo Ajler]
La noche de los lápices
(película completa)
Ficha
técnica

Quienes
fueron los chicos asesinados
La siguiente es la nómina
de los chicos asesinados. Los dos más grandes tenían 18 años.
DANIEL ALBERTO RACERO
"Calibre", 18 años.
Hijo de un suboficial naval peronista que murió en el 73, trabajó desde
pibe como mensajero. Cuando ingresó a la UES del Normal 3 de La Plata, escribió:
"Encontré una trinchera para luchar por una causa justa". Realizó labores
de vacunación, recuperación de viviendas y apoyo escolar en barrios pobres
y participó de la conquista del BES (Boleto Escolar Secundario). Secuestrado
en la casa de Horacio Ungaro el 16/09/76 fue visto en Arana y Pozo de Banfield.
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![]() 1973, Buenos Aires, marchas de estudiantes secundarios |
MARIA CLAUDIA FALCONE
16 años
Hija de un ex intendente peronista de La Plata, se sumó a la UES a poco
de ingresar a Bellas Artes. Después del 73 participó en tareas de apoyo
escolar y de sanidad en barrios pobres de La Plata. En el 75 participó activamente
en la campaña por el boleto estudiantil. Secuestrada 16/09/76 en la casa
de su abuela paterna, fue vista en Arana y Pozo de Banfield
MARIA CLARA CIOCCHINI
18 años
Alumna de colegios católicos, participó del scoutismo parroquial y en la
UES de Bahía Blanca. Debido a los crímenes de la Triple A y la CNU en esa
ciudad, a fines del 75 se mudó a La Plata donde se inscribió en Bella Artes
y se fue vivir a la casa de Claudia Falcone. Fueron secuestradas juntas
el 16/09/76. Fue vista en Arana y Pozo de Banfield.
FRANCISO LOPEZ MUNTANER
"Panchito", 16 años.
Hijo de trabajador petrolero peronista preso durante el Plan Conintes que
en el 73 se alineó con el sindicalismo ortodoxo, Panchito marchó contra
la corriente familiar: era hincha de Gimnasia y militó en la UES de Bellas
Artes. Junto a Claudia Falcone participó en trabajos voluntarios en barrios
humildes y en la lucha por el BES en 1975. Secuestrado 16/09/76, fue visto
en Arana y Pozo de Banfield.
CLAUDIO DE ACHA
17 años.
Sus padres eran trabajadores con ideas de izquierda y tras el triunfo de
Cámpora participó de la toma del Colegio Nacional por su democratización.
Tímido y gran lector, se incorporó a la UES luego de la muerte de Perón.
Como todos, participó en las manifestaciones por el BES. Secuestrado 16/09/76,
fue visto en Arana y Pozo de Banfield.
HORACIO UNGARO
17 años.
De familia comunista, en el 74 rompió la tradición familiar y se sumó a
la UES del Normal N 3. Gran lector y excelente alumno, participó de la lucha
de la Coordinadora por el BES. Realizaba tareas de apoyo escolar en la villa
ubicada detrás del hipódromo platense. Secuestrado 16/09/76, fue visto en
Arana y Pozo de Banfield.

Los
chicos que sobrevivieron
Cuatro de los pibes que, entre el 16 y 17 de septiembre fueron secuestrados,
lograron su libertad entre el 78 y el 80, tras estar a disposición del PEN
(Poder Ejecutivo Nacional).
PABLO DIAZ
18 años.
Hijo
de un docente universitario peronista de derecha, fue expulsado de un colegio
católico y recaló en "La Legión". Había militado en la UES pero en 1976
militaba en la Juventud Guevarista. Secuestrado 21/09/76. Estuvo en Arana,
Pozo de Banfield, Comisaría 3 de Valentín Alsina y U-9 de La Plata (a disposición
del PEN hasta
1980).
GUSTAVO CALOTTI
"Francés", 18 años.
Egresado del Colegio Nacional de La Plata, era cadete policial cuando fue
secuestrado 08/09/76. Había militado en la UES pero en el ’76 ya se había
desvinculado y estaba más próximo a agrupaciones de izquierda. Estuvo en
Arana, Pozo de Quilmes, Comisaría 3 de Valentín Alsina y U-9 de La Plata
(a disposición del PEN hasta 1979).
EMILCE MOLER
17 años. Militante de la UES en la Escuela de Bellas Artes, era hija
de un comisario inspector retirado. Secuestrada el 17/09/76. Estuvo en Arana,
Pozo de Quilmes, Comisaría 3 de Valentín Alsina y Devoto (a disposición
del PEN hasta marzo 78)
PATRICIA MIRANDA
17 años.
Estudiante De Bellas Artes, nunca participó de las luchas por el boleto
estudiantil ni tuvo militancia política. Secuestrada el 17/09/76, nunca
hizo la denuncia. Estuvo en Arana, Pozo de Quilmes, Valentín Alsina y Devoto
(a disposición del PEN hasta marzo 78).

Los
otros secuestrados
La Comisión Provincial de la
Memoria registra varios "ensayos" de la Noche de los Lápices:
El 1 de septiembre, y tras ser interrogados por el vicerrector del Colegio
Nacional de La Plata, Juan Antonio Stormo, fueron secuestrados a pocas cuadras
cuatro alumnos: Eduardo Pintado, Víctor Vicente Marcaciano, Pablo Pastrana
(militantes comunistas) y Cristian Krause, sin ningún tipo de militancia.
Pintado logró escapar.
El 4 de setiembre fueron secuestrados Víctor Triviño, de "La Legión" (continúa
desaparecido), Fernanda María Gutierrez (Liceo Víctor Mercante), Carlos
Mercante (Colegio del Pilar ) y Alejandro Desío, Abel Fuks, Graciela Torrado
(los tres del Colegio Bellas Artes) y Luis Cáceres (de la Escuela Técnica),
los cuatro últimos militantes del GESA (Grupo de Estudiantes Secundarios
Antiimperialistas).

El
testimonio del sobreviviente Gustavo Calotti
"Aquellos días fueron para siempre: han estado
los 30 años"
Fue secuestrado una semana antes de la "Noche de los Lápices", pero se considera
un sobreviviente de esa jornada. Para él, la historia oficial vació de contenido
la verdadera lucha.
Gustavo Calotti fue detenido el 8 de setiembre de 1976, una semana antes
de la Noche de los Lápices, pero nunca dudó en definirse como un sobreviviente
de esa noche trágica en que fueron secuestrados ocho de sus antiguos compañeros
del secundario con quienes compartió, además, meses de tortura y prisión
clandestina.
"El Francés", como le decían entonces, había participado 1975 en la Coordinadora
de Estudiantes Secundarios en representación del Colegio Nacional de la
Plata, en uno de cuyos patios un placa evoca a sus 94 alumnos y profesores
asesinados o desaparecidos en esos años.
"Se construyó una historia con el boleto estudiantil y se hizo de ésta un
símbolo que vació el contenido", dice hoy a treinta años de distancia y
algo menos de vida en Francia, donde trabaja como maestro.
"En ningún interrogatorio se mencionó el boleto. Nos detuvieron por militar
en organizaciones populares; lo que queríamos era hacer la revolución",
asegura.
En sus vacaciones de este año viajó a Argentina para testimoniar en el juicio
al ex jefe de investigaciones Miguel Etchecolatz, reconocer su lugar de
detención en el Pozo de Quilmes y, como siempre que está en La Plata, visitar
a los amigos y recordar a sus compañeros que ya no están, y que son muchos.
"Aquellos días fueron para siempre, han estado los treinta años", dijo evocando
su cautiverio, que se inició en la jefatura de policía platense, donde cumplía
tareas administrativas como cadete policial.
"Las grandes manifestaciones por el boleto estudiantil fueron en 75. En
ese entonces yo militaba en la UES con Claudio de Acha, que fue secuestrado
la Noche; con Adela Segarra, que ahora es senadora provincial, y con Rubén
Scaramilo, que desapareció un año más tarde. En el 76 ya estaba en otro
ámbito", relató con la minuciosidad de quien no quiere equivocar detalle.
¿Porqué se considera un sobreviviente de la Noche?
Yo siempre digo que no hubo una noche sino muchas, y que no fueron seis
los desaparecidos sino muchos más. Y que también sobrevivimos muchos otros.
La versión de la película es un recorte en el que el símbolo vació al contenido.
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¿Cuál sería ese contenido?
Yo empecé a militar a los 14 años, el año que mataron a los 22 guerrilleros
en Trelew y que volvió Perón. Nosotros éramos producto de ese proceso: militantes
populares, no del boleto estudiantil, queríamos hacer la revolución. En
el relato "oficial" ni siquiera están los que dirigieron la luchas por el
boleto.
¿Quiénes fueron?
Quiero nombrar a "Patulo" Rave, que fue el alma mater del UES de La Plata
y lo mató la Tripe A en diciembre del ’75 colgándolo de un puente. Después
desaparece Abel Vigo, "Homero" y años más tarde, Alfredo Reboredo. Ellos
no han tenido una fecha de homenaje. Tampoco los chicos secuestrados el
4 de setiembre del ‘76 en la puerta del Colegio Nacional.
¿Cuál era su relación con los chicos de La Noche?
La militancia, aunque yo ya hubiera egresado. A mi me detiene el comisario
Luis Vides, "Lobo", en la jefatura, donde yo era cadete. Me llevan a Arana
y me torturan pidiéndome nombres pero nada del boleto. Allí había algunos
secundarios que yo conocía, como Claudio de Acha y Horacio Húngaro. También
cambié algunas palabras con Claudia Falcone, a quien yo no conocía pero
me acuerdo que lloraba. Después nos trasladaron y ya no supe de ellos.
¿A dónde lo llevaron?
El 23 de setiembre nos cargan en dos camiones. En el que iba yo fue al Pozo
de Quilmes. Allí estábamos Emilce Moler y Patricia Miranda, secuestradas
la noche del 16 y Victor Treviño, "chupado" a comienzos del mes y que luego
desapareció. Al mes nos llevaron a la comisaría 3 de Valentín Alsina y allí
nos encontramos con Walter Docters, que había militado en el secundario
y luego se había recibido de policía, y a Nilda Eloy, que había estado en
la Coordinadora. Luego llegó Pablo Díaz con José María Novielo. A todos
nos blanquearon el 28 de diciembre, Día de los Inocentes, pero seguimos
presos a disposición del PEN un año más.
¿Qué es lo que más recuerda de esos días?
Todos los que sobrevivimos nos acordaremos para siempre de ese 21 de setiembre
del ’76 en Arana. Nos sacaron de la celda para lavarlas, nos pusieron de
rodillas con los ojos vendados en un patio y nos sacaron por un rato las
ataduras de las manos. Nos dieron ñoquis y nosotros pensábamos en los compañeros
que estarían festejando en Pereyra Iraola. Pero, la verdad, aquellos días
fueron para siempre, han estado los treinta años.

Segunda
Cuarta del Colegio Nacional de La Plata
La foto de una generación
Es
de 1973. Allí. Claudio de Acha está a la derecha de brazos cruzados. Tres
años después fue secuestrado y asesinado. Pertenecía a una generación de
pibes "para los que nada de lo humano les fue ajeno".
Por Rubén Furman
La foto fue sacada en 1973 y corresponde a la 2º 4ta. del Colegio Nacional
de La Plata. Hay chicas que ríen con el pelo suelto, y pibes de pelo largo
con pantalones de bota ancha.
El cuarto desde la derecha, parado, con los brazos cruzados y serio, es
Claudio de Acha, hijo de una familia de trabajadores de izquierda, humildes
pero instruidos.
En esa imagen aun falta un año para que Claudio, después de la muerte de
Perón, decida ingresar a la peronista Unión de Estudiantes Secundario. Lo
transporta una ola incontenible que augura el cambio social, una patria
para todos, la revolución. Y todavía faltan tres para que ese negrito ruloso,
estudiante mediano pero gran lector, sea robado de su casa la Noche de los
Lápices.
Su nombre está escrito hoy en una placa de mármol blanco ubicada en un pasillo
junto a los de otros 94 alumnos y profesores, pero fotos con historias parecidas
se guardan en muchos colegios del país.
En ellas hay pibes de esa generación que maduró en la resistencia a otra
dictadura inquisitorial y que creyeron que el regreso del líder proscripto
marcaría el fin de todas las proscripciones.
"Claudia no necesitaba el boleto estudiantil barato, porque nosotros no
teníamos problemas económicos y ella vivía a dos cuadras de la escuela.
Se metió en esa lucha por solidaridad", contó alguna vez Nelva Falcone con
algo de candidez.
Es que ella, María Clara, Horacio, Panchito, Daniel y Claudio, y todos los
que no están en esta foto pero si en otras, tenían algo común. Eran chicos
comprometidos con su tiempo para los que nada de lo humano les fue ajeno.
Los pibes de otra generación les rindieron su homenaje al proclamar: "Vano
intento el de la Noche: los lápices siguen escribiendo".

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El
relato del relator de aquella noche
"Me gritaban que no los olvide", recordó Pablo Díaz
Tuvo
un salvoconducto que lo salvó de la muerte. Hoy, a treinta años, dice que
se convirtió en el difusor de aquella trágica jornada porque fue y es un
mandato. "Yo respondo por mi juramento, que está basado en los últimos minutos
de convivencia. Como sobreviviente respondo a eso", le contó a Télam.
"Yo respondo por mi juramento, que está basado en los últimos minutos de
convivencia. Ellos me gritaban que no los olvide y que los recuerde siempre.
Como sobreviviente respondo a eso", dice Pablo Díaz, el gran "relator" de
La Noche de los Lápices.
Detenido el día de la primavera de 1976, cinco días más tarde que el resto
de sus compañeros, asegura que su rol, ese que cumplió durante el juicio
a los comandantes de 1985 y luego, durante años recorriendo colegios para
comentar la película, poniéndose frente a micrófonos y cámaras, y volviendo
a testimonial en tribunales, "es un mandato".
"Soy el único que salió con vida del Pozo de Banfield, el único que estaba
con ellos cuando me dijeron que tenía un salvoconducto que me salvaba de
la ejecución y que me trasladaban bajo la amenaza de no contar nunca lo
que había vivido, de lo que había sido testigo. Sólo ellos me gritaban que
no los olvide y que los recuerde siempre", repite.
Su relato se amolda entonces al de un tipo que dice que lo suyo durante noventa días fue "esperar el traslado final", igual que los seis pibes que se llevaron la peor parte: "en Banfield estábamos condenados a morir".
Díaz, que hoy a los 48 años
es un exitoso empresario del área energética, replica también con algún
enojo cuando se le insinúa "arbitrariedad" en el recorte de su relato.
"El operativo de La Noche de los Lápices fue un secuestro planeado y sistemático
de estudiantes secundarios, relacionados con un hecho justificado para ellos:
anular una potencial resistencia al proyecto adulto o político a implementar".
¿Porqué un operativo contra
los secundarios y no contra militantes en un sentido genérico?
El documento elaborado en la jefatura de policía decía textualmente que
había que eliminar el semillero subversivo. El operativo partió de suponer
la desarticulación política y militar de las organizaciones guerrilleras,
y de los sectores universitario o barrial, de modo que buscaban la desarticulación
de los secundarios. Todo hace pensar que ese operativo empezó por agosto
y terminó sobre fines de noviembre.
¿Se simplificó el relato para que hubiera poca militancia y hacerla una
historia "posible" en los 80?
Si, a la distancia es así. Yo recuerdo que cuando trabajamos en el guión
de la película había un marcado miedo de que la gente nos viera culpables
por haber militado en una organización política, algo que hoy es parte de
la normalidad democrática. Pero en ese momento trabajábamos contra prejuicios
fuertes como el "por algo será". Allí razonamos que lo importante era reconstruir
valores, porque ninguna sociedad admite fácilmente las cosas que dejó pasar
aunque luego le horroricen.
Y hoy, treinta años después, cómo es la memoria de "La noche.."?
La Noche de los Lápices será la historia de todos los sobrevivientes secundarios
reprimidos en la dictadura, será la historia de todos los estudiantes secundarios
reprimidos hoy, será la historia que querran que sea los secundarios de
mañana. Pero también hay una historia que no podrá ser contada por ellos,
los noventa días de soledad, de amor, de compañerismo de despedida y de
muerte. Sólo de ahí, y de ningún lado más, yo soy el sobreviviente.
Fuente: Télam

"Lo
más importante es que mis hijos no me vean derrotada"
Por Victoria Ginzberg
Emilce Moler tiene 39 años, tres hijos y vive en Mar del Plata desde que
los militares la obligaron a dejar La Plata. Allí fue secuestrada el 17
de setiembre de 1976 en la que se conoce como La Noche de los Lápices. Sobrevivió
para contarlo y no arrepentirse de su pasado.
La Noche de los Lápices se transformó en el símbolo de la represión militar
contra los estudiantes.
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Emilce Moler fue secuestrada en la madrugada del 17 de setiembre de 1976. Tenía 17 años y militaba en la Unión de Estudiantes Secundarios, agrupación estudiantil de tendencia peronista. Ella, Gustavo Calotti -actualmente radicado en Francia- y otra chica que vive en La Plata son, junto a Pablo Díaz, los sobreviviente de la llamada Noche de los Lápices. Tiene 39 años, está casada, tiene tres hijos y vive en Mar del Plata desde que los militares la obligaron a dejar La Plata. "Teníamos un proyecto político", dice en relación a que las desapariciones de los secundarios de La Plata no se debieron exclusivamente a la lucha por el boleto estudiantil. Reivindica su militancia y afirma que "la pelea por una sociedad más justa en la que todos tengan dignidad y trabajo sigue absolutamente vigente. Y si seguir pidiendo justicia es un idealismo sigo siendo idealista".
-¿Por qué su nombre no se asocia con La Noche de los Lápices?
-No fue algo deliberado. Fui
cuidadosa porque la cosa pública es muy difícil de sostener a lo largo del
tiempo. Sabía que tenía que tener otros objetivos en mi vida, pero también
fueron historias de desencuentros. Hablé sobre el tema desde el primer momento,
pero no estar en La Plata ni en Buenos Aires influyó muchísimo. A lo largo
de estos años eso se ha ido modificando.
-¿Cómo era su vida antes del secuestro?
-Estaba en quinto año de Bellas Artes. Era muy alegre, llena de vida, con
muchos ideales. En la vida cotidiana estudiaba dibujo, me dedicaba al grabado
y me preocupaba por qué carrera iba a seguir.
-¿Estudió algo relacionado con el arte?
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-No, soy matemática. La historia
me cambió mucho. Salí a los 19 años de la cárcel de Devoto con libertad
vigilada y rendí quinto año libre. Me sentía bastante vieja, quería tener
una independencia económica y estudiar una carrera de arte me significaba
mucha dependencia. Además tenía miedo, pensaba que me podían mirar peor
si estudiaba arte. Busqué algo que no tuviera nada que ver con la realidad
y elegí matemática.
-¿Cuándo pudo conectarse de vuelta con la realidad?
-Fui siguiendo los pasos que siguió el país. En el '82 estaba en los últimos
años de la facultad y ya estaba participando de los incipientes centros
de estudiantes. Tuve el aislamiento necesario para protección, nada más.
Estuve inmersa en toda la problemática de Malvinas y luchando por la democracia.
-¿Qué se acuerda de la noche del secuestro?
-Desgraciadamente todo. Fue entre las 3 o 4 de la mañana del 17 de setiembre.
Llegó una patota grande de hombres fuertemente armados a mi casa y encañonaron
a mis padres con armas largas. Buscaban a una estudiante de Bellas Artes.
Cuando aparezco yo, que era muy chiquita, parecía menos de 17 años, no me
querían llevar. Se iban a llevar también a mi hermana mayor, finalmente,
como no había lugar en el auto, a ella la dejaron. Era un plan deliberado
pero también jugaba mucho el azar.
-¿Qué pasó después?
-Me encapuchan, me atan, me meten en una auto y me llevan a un lugar que,
mucho tiempo después, supe que era el centro clandestino de Arana. Ese es
uno de los recuerdos mas dolorosos que tengo porque durante toda la semana
recibí torturas y en los momentos en que no me torturaban a mí, escuchaba
cómo torturaban a otros. Ahí me encontré con Gustavo Calotti. También pude
reconocer los gritos de dolor de Horacio Ungaro y compartía la celda con
Claudia Falcone y María Clara Ciochini y con otras personas más. Lo que
se puede contar de esos momentos es el horror, la situación límite, la degradación
como ser humano, como mujer. Es indescriptible. Después de una semana en
Arana me trasladan. A los chicos que hoy están desaparecidos los hacen bajar
en otro lugar, los que sobrevivimos continuamos.
-¿Adónde la llevaron?
-A la Brigada de Investigaciones de Quilmes. Allí no recibí tortura física,
pero seguía vendada, atada, en calidad de desaparecida. Después pasé a la
comisaría 3ra de Valetín Alsina, en Lanús, donde me sacaron las vendas y
me desataron, pero todavía estaba ilegal. En enero del 1977 me legalizaron
y pasé a la cárcel de Devoto, siendo menor. En Arana era como que no tenía
conciencia, no sabía lo que pasaba al minuto siguiente en mi vida. Pero
cuando cerraban las rejas de la celda sentía morir. Hasta que recibí las
primeras visitas. Como siempre, rescato la solidaridad de los compañeros.
Pasé algo más de un año y medio en Devoto hasta que me dieron la libertad
vigilada y me dijeron que me vaya de La Plata, debía ser muy peligrosa.
Con mi familia decidimos venir a Mar del Plata.
-¿Volvería a vivir en La Plata?
-Me
costaría mucho reconstruir mi vida en La Plata. Es una ciudad que me trae
mucho dolor porque en cada calle veo las imágenes de los compañeros que
hoy no están, que desgraciadamente son muchos más que estos seis chicos
que están desaparecidos, y son ausencias que duelen mucho. Tardé veinte
años en volver a mi escuela.
-Su padre era comisario inspector ¿cómo vivió el secuestro?
-Fue durísimo. Si bien no sabía lo que estaba pasando porque ya era jubilado,
tenía más noción que mi mamá de lo que podía ocurrirme. Nunca fue un policía
demasiado convencido, así que desde lo ideológico no fue tan terrible, pero
como padre sintió que no podía hacer nada, que su cargo no le servía, que
después de una vida íntegra de trabajo tenía que pedir por la vida de su
hija y no le daban bolilla. Se puso en el rol de padre, no en el de policía,
y luchó conmigo a brazo partido, me comprendió y me apoyó, igual que mi
madre, y pienso que eso fue una de mis llaves de salvación.
-¿Qué le cuenta a sus hijos
sobre la dictadura?
-Tenemos el tema instalado de una manera natural. Además la mayoría de nuestros
amigos vivieron esos años y también aportan. Lo más importante es que no
me vean derrotada, abatida, ese sería el principal triunfo de los militares.
Me ven íntegra, con ganas de seguir hablando, luchando y sin miedo a participar.
Eso es lo que les trato de transmitir.
-¿En qué cambió en estos años?
-No cambié mucho, salvo por los años y las arrugas. Nunca me arrepentí de
lo que pensaba. Pelear por una sociedad más justa, que todos tengan dignidad
y trabajo, me parece que sigue siendo absolutamente vigente. Y si seguir
pidiendo justicia en este país es un idealismo sigo siendo idealista. Cambié
en la pasión que ponía en esas cosas y en tomar conciencia de que no vamos
a ser protagonistas de ningún cambio importante. Pero bueno, seremos una
buena retaguardia.
-¿Qué le pareció la película La Noche de los Lápices?
-Muestra lo que significó la desaparición de los chicos de una manera bastante
fidedigna y tiene componentes de película respecto de las historias de alrededor.
Hay que rescatar que sirvió para que este hecho se conozca. Ese es un mérito
indiscutible, pero hay que recrearlo con verdaderas historias. Creo que
con La Noche de los Lápices se hizo un modelo de lo que pasó en nuestro
país, que hay que recrearlo con lo que fue dejado de lado y lo que yo y
otros podamos aportar no entra en contradicción con lo que se sabe sino
que muestra una dimensión más profunda del horror.
-La Noche de los Lápices se asocia a la lucha por el boleto estudiantil
pero usted habla de una lucha política más amplia.
-No creo que a mí me detuvieran por el boleto secundario, en esas marchas
yo estaba en la última fila. Esa lucha fue en el año '75 y, además, no secuestraron
a los miles de estudiantes que participaron en ella. Detuvieron a un grupo
que militaba de una agrupación política. Todos los chicos que están desaparecidos
pertenecían a la UES, es decir que había un proyecto político, con escasa
edad, pero proyecto político al fin.
Fuente: Página/12, 15/09/98

El
testimonio de Nelva Méndez, madre de Claudia
Falcone, 1998*
Nelva Alicia Méndez, madre
de María Claudia Falcone -una de las estudiantes desaparecidas durante la
recordada y trágica "Noche de los lápices"-, relató pormenorizadamente los
detalles del secuestro de su hija, en los primeros minutos del 16 de septiembre
de 1976, además de las dos detenciones de las que fueron víctimas ella y
su esposo.
Con los testimonios de Méndez y de familiares de víctimas de la represión,
se desarrolló ayer la tercera jornada de las audiencias públicas en la Cámara
Federal de La Plata para conocer el destino de desaparecidos durante el
último régimen militar.
En su relato, Nelva Méndez, precisó que María Claudia, quien cursaba el
quinto año en el Bachillerato de Bellas Artes, fue secuestrada por efectivos
del Ejército del departamento de una tía suya, en el centro de nuestra ciudad,
ubicado en 56 nro. 556, junto a su compañera María Clara Ciocchini, en la
misma jornada en que otros cinco estudiantes secundarios fueron detenidos
durante "La noche de los lápices".
Indicó que, según el testimonio de otros ex detenidos, pudo establecer que
su hija, al igual que los otros adolescentes, en un primer momento fue alojada
en un centro de la localidad de Arana, y con posterioridad trasladada a
"El Pozo", dependencia policial de Banfield, en tanto que "averiguamos que
los fusilaron en el subsuelo de la Jefatura de la Policía Bonaerense", de
calle 2 entre 51 y 53.
La testigo pudo identificar a militares implicados en casos de desaparición
o a quienes visitaban los centros clandestinos de detención como es el caso
del capitán "Colores", y a los entonces posibles jefes de zona Carlos Minicucci
y Guillermo Suárez Mason.
La mujer recordó las dos ocasiones en las que junto a su marido Juan Carlos,
permaneció secuestrada en los centros clandestinos "La Cacha", en la vecina
localidad de Lisandro Olmos, y en "El Banco", donde fueron sometidos a torturas
durante los interrogatorios, para conocer el paradero de Jorge, el otro
hijo del matrimonio.
También remarcó que durante su permanencia en el centro clandestino "el
Banco" en Capital Federal, algunos de los detenidos eran liberados durante
algunos días a cambio de ofrecer información para que se pudieran detener
a otras personas.
Durante su relato al tribunal, presidido por Leopoldo Schifrinn, la señora
de Falcone subrayó que "ellos (los secuestradores) no sólo mataron a mi
hija, sino también a mi esposo".
En tal sentido, dijo que su marido, poco después de haber recuperado la
libertad luego de 45 días de cautiverio, falleció a comienzos de 1978 a
raíz, dijo Falcone, de los golpes recibidos en las sesiones de tortura.
Asimismo, los camaristas escucharon ayer los testimonios de Stella Maris
Balboa, hermana del desaparecido Jorge Balboa, y de Elsa Noemí Bacchini,
esposa de Héctor Paladino, de quien nunca se pudo llegar a establecer cuál
fue su destino.
El 16 de septiembre de 1976, siete alumnos que asistían a establecimientos
educativos de La Plata fueron secuestrados por fuerzas de seguridad cuando
reclamaban la devolución del boleto estudiantil, en una jornada que pasó
a ser conocida como "La noche de los lápices".
Francisco López Muntaner, María Claudia Falcone, Claudio de Acha, Horacio
Ungaro, María Clara Ciochinni y Daniel Racero son los seis estudiantes que
permanecen desaparecidos, en tanto el séptimo, Pablo Díaz, fue liberado
poco después del secuestro.
La madre de Falcone compareció ayer ante la Cámara Federal de La Plata,
donde desde el 30 de septiembre último se desarrolla un juicio oral para
conocer el destino de unas dos mil personas desaparecidas en La Plata durante
la última dictadura militar.
Las audiencias se realizan todos los miércoles y están citados a declarar
miembros del Ejército y de la Armada, policías federales y bonaerenses,
retirados y en actividad.
Fuente: Hoy en la Noticia, La Plata, 15/10/98
*[24/12/06, Télam] Nelva
Falcone, de 76 años, murió el 24/12/06 en La Plata. Con la muerte de
Nelva Falcone, desaparece una de las primeras Madres de Plaza de Mayo.
Falcone se unió a las Madres a partir de la desaparición de su hija María
Claudia, en la Noche de los Lápices de setiembre de 1976.
Esposa
de Jorge Falcone, un ex intendente de la capital provincial y destacado
sanitarista vinculado al peronismo, Nelva organizó en su propia casa las
primeras reuniones del grupo platense de madres. Y con un grupo de Madres
viajó a Brasil para intentar entregarle una carta al papa Juan Pablo II,
a fines de los setenta.
Notable oradora, reivindicó siempre la actividad estudiantil, social
y política de su hija, estudiante de Bellas Artes de La Plata secuestrada
y desaparecida junto a otros seis adolescentes en los primeros meses de
la dictadura.
Su firme postura en la búsqueda de su hija y sus compañeros, aprovechando
los contactos que la daba el mundo de la política de su marido pero también
superándolo en esa lucha, quedó reflejada en el personaje de la película
"La Noche de los Lápices", que dirigió Héctor Olivera.
También participó de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos hasta
que, con el regreso de la democracia en 1983, volcó su espíritu batallador
en defensa de la vida dentro del ámbito partidario.
Su última aparición pública fue al cumplirse los treinta años de ese doloroso
episodio, cuando participó en la escuela de María Claudia de la inauguración
de un mural con la imagen de los chicos.
Internada diez días atrás por una descompensación, Nelva Falcone falleció
en la madrugada de ayer, fue cremada y sus cenizas serán esparcidas en los
próximos días en la platense Plaza San Martín o bien en la porteña Plaza
de Mayo.
Fuente: Télam
Por Gustavo Calotti
Apellido: Calotti
Nombres: Atilio Gustavo
Fecha de nacimiento: 27 de Septiembre de 1958
Lugar de nacimiento: La Plata, Argentina
Domicilio actual: 10, Place des Géants, 38100-Grenoble, Francia
Profesión: Profesor
Lo que paso ahora a relatar ocurrió hace 22 años, en 1976, cuando yo tenía
17 años y estudiaba en quinto año del Colegio Nacional de La Plata. Vivía
con mi madre y su compañero y mi hermanita Gabriela en la calle 43 N° 183
en un apartamento en el quinto piso, en la ciudad de La Plata.
Para entonces yo trabajaba como 'correo' de la oficina Tesorería de la Policía
de la Provincia de Buenos Aires, en la Jefatura ubicada en la calle 2 entre
51 y 53 de la ciudad de la Plata. Por la mañana iba al colegio y por la
tarde trabajaba. Comencé a trabajar en dicha repartición oficial en el mes
de noviembre de 1975. El día 8 d septiembre de 1976, mientras estaba trabajando,
fui llamado por mi jefe, el Comisario Ordinas. Cuando entré en su despacho,
deberían ser entre las 17 y 17.30 horas, ya se encontraba allí una persona
que yo nunca había visto y que se presentó como Comisario Inspector Luis
Vides. Este último comenzó a hablarme violentamente y a preguntarme para
quién trabajaba, que sabía que yo 'andaba en algo' y que si no hablaba en
ese momento de todas maneras 'me iban a masticar todo'. Recuerdo perfectamente
el sentimiento de angustia que me invadió en ese momento.
|
Cristián Caretti,
fundador de la UES |
Mi jefe no pronunciaba palabra
y creo que la tensión era tal que en toda la oficina reinaba el silencio.
Este hombre, Vides continuó vociferando hasta que llamaron a la guardia
de la Jefatura y y entre cuatro policías me condujeron hasta la Dirección
de investigaciones que estaba en el otro ala del edificio, en la planta
baja, como la Tesorería. Ya en una oficina de esta Dirección, cuyo director
era el Comisario Etchecolatz, me esposaron y, sentado, me cubrieron con
una manta. No sé cuánto tiempo pasé allí sentado, creo que fueron por lo
menos dos horas durante las cuales escuché entrar y salir a varias personas.
Recuerdo que alguien me dijo que ya todo se iba a aclarar. Al cabo de ese
tiempo volvió gente que me llevó hasta un coche que supuse un Torino, por
el ruido y porque eran los vehículos utilizados por la Policía. Siempre
cubierto anduvimos en ese coche durante un buen rato; los ruidos de la ciudad
se alejaron y me di cuenta que ya estábamos en el campo. En un momento determinado
el coche abandonó la ruta y, por los ruidos y los bamboleos, deduje que
estábamos en un camino, sendero, de tierra en donde el coche se detuvo.
Creo que no tuve ni tiempo de tocar el suelo que ya me llevaban a la rastra
hasta adentro de un edificio, una casa, en ese momento no supe. Sólo sé
que ni bien llegué me ordenaron que me desvistiera. Me ataron tobillos y
muñecas, estirado, a una especie de catre y allí permanecí un rato. Alguien
me dijo que el 'Coronel' ya iba a llegar. Reconocí la voz de Vides, que
horas antes me había gritado y amenazado en la Tesorería. Escuché nombrar
a un tal Vargas, que no conozco, y en un momento dado comenzaron a 'picanearme'.
Creo que esa sensación es una de las cosas más horribles que sentí en mi
vida.
Tengo aún la consciencia de sentir mi propio cuerpo que se retorcía. Yo
no dejaba de gritar y ellos no dejaban de torturarme. Me hacían preguntas
de todo tipo pero todas estaban centradas en mi actividad laboral: querían
saber, sin antes conocer nada sobre mí, quiénes eran mis contactos dentro
de la Policía. Querían nombres, querían saber a quién yo 'había entregado
de los de ellos'. Querían mi cita y mi responsable, mi organización, todo...
Mientras me torturaban uno de ellos ponía sobre mi boca no sé si un trapo
o un pedazo de goma espuma y su pie por encima, para no escuchar mis gritos
o simplemente para lastimarme aún más. Otro me decía que si quería decir
algo abriera y cerrara la mano. Uno de ellos echaba algo sobre mi cuerpo,
que después supe era agua para que las descargas eléctricas fuesen más sentidas.
Sólo sé que yo abría y cerraba las manos y cuando se detenían con la 'picana'
y como yo no les decía nada, con más odio, porque creo, tengo esa impresión
de que era odio, me torturaban más violentamente. la picana me la aplicaban
en las zonas más sensibles: genitales, boca, ojos, pecho. Al final, en vano
abría y cerraba las manos, ellos ya no hacían caso. Tengo la impresión de
haberme desmayado varias veces. Alguien siempre decía si podían continuar
o no. Pero no podría precisar si se trataba de un médico o no. En todo caso
estoy seguro de que uno de los que me torturó fue, sin ninguna duda, en
Comisario Inspector Luis Vides. Presumo que esa primera vez fui torturado
durante toda la noche.
Cuando cesaron y me ordenaron que me levantara, ya no podía hacerlo, estaba
totalmente incapacitado de cualquier movimiento y fueron ellos que me vistieron
como pudieron. Tenía los ojos vendados con lo que había sido mi propia camisa,
las manos esposadas atrás, las piernas atadas con cuerdas, ya no poseía
zapatos, no podía casi hablar porque tenía la boca destrozada por el que
apretaba con su pie y no daba caro por mi vida. Me arrastraron hasta una
habitación, una celda, en donde había muchas personas. Aprendí a reconocerlos
por la voz. Hablábamos pero poco. Por un lado creo que cada uno desconfiaba
del otro, por otro, teníamos miedo de ser escuchados. Durante todo el día
había un entrar y salir de gente de esta celda. Cada vez que la puerta se
abría venían a buscar a uno de nosotros. Y cada vez, sistemáticamente, podíamos
escuchar los gritos y las descargas eléctricas de una radio que funcionaba
a todo volumen y que constantemente era interferida por las descargas de
la picana. Noche y día, era como una fábrica de torturas. A veces, en algunas
oportunidades escuché disparos. También reonocía los cambios de guardia.
A los pocos días de estar allí logré ubicarme: una o dos veces por día escuchaba
pasar un tren y yo sabía que tan pocos trenes, cerca de la ciudad de La
Plata no podían ir sino al sur, para la zona de Pipinas. Además a veces
se escuchaba despegar y aterrizar aviones. Era evidente que estaba en un
descampado que deduje podía ser Arana. Además yo sabía que funcionaba un
puesto de Cuatrerismo en la localidad de Arana. Fue allí en donde estuve
hasta el 23 de septiembre de 1976. En esa celda éramos casi constantemente
una quince personas y la celda no tenía más que una pequeña ventana en altura
y unos dos o tres metros por lado. Para dormir, esposados, vendados, cada
uno hacía como podía. La comida casi no existía. La higiene tampoco. Cuando
éramos torturados yo recuerdo que sentía una sequedad de garganta que era
como fuego. Pero no nos daban de beber porque decía que si no uno 'reventaba
como sapo'.
Nunca creí que iba a conocer un lugar tan dantesco como aquél. Durante diez
días de los quince que permanecí allí, fui torturado. Recuerdo que muchos
llegaban y pedían ver al 'traidor' y allí mismo me pegaban. Yo era el traidor
y había que hacérmelo sentir físicamente. Las únicas secuelas que conservé
de ese período son los recuerdos y algunos dientes que perdí. Pero en ese
momento, aparte del dolor, no tengo recuerdos de mi cuerpo porque no podía
ni tocarme ni verme; sólo recuerdo ese sentimiento de dolor. Un día que
no sabría precisar exactamente, me vinieron a buscar y me llevaron a una
oficina. Allí alguien me preguntó algo que ni recuerdo pero yo podía ver
por debajo de las vendas y vi sobre el escritorio que había algunas cosas
que reconocí enseguida: una toalla, una muda y algunos paquetes de Particulares,
que era la marca que yo fumaba. Era evidente que mi madre había logrado
moverse y podido enviar eso. La persona que me interrogaba no hizo ninguna
alusión a esos objetos ni yo tampoco, pero no me fueron dados. Creo que
me sentí aliviado de saber que mi madre se estaba moviendo por mí. Tal vez
lo que aún hoy me cuesta superar es el miedo, el sufrimiento que sentía
cada vez que la puerta se abría y que venían a buscar a uno de nosotros.
No sé si logro explicarme correctamente.Cuando uno está siendo torturado
no ve la hora en que eso termine, le duele todo. Pero saber que a uno lo
van a torturar de nuevo es un dolor en la memoria, en la psique, que llega
a ser casi tan doloroso como el físico. Ese sentimiento lo llevo hoy, 22
años más tarde. Durante muchos años, cada noche me desperté bañado en sudor
y con ese miedo, porque tenía pesadillas recurrentes, siempre en la misma
situación de tortura. En esa celda conocí a varias personas, escuché los
nombres de otros, y así pude reconstruir una lista. Con algunos fui trasladado
a la Brigada de Investigaciones de Quilmes, a otros nunca más volví a ver
ni a saber de ellos. Pero antes de ese traslado recuerdo un día que quedará
para siempre en mi memoria. Fue el 21 de septiembre, el Día de la Primavera
que también es el día del estudiante. A eso del mediodía nos dan de comer.
Nos sacaron a todos a un lugar que creo que era como un salón y trajeron
comida, eran ñoquis. Un policía me acercó un plato y me invitó a comer.Como
yo estaba esposado por detrás y nadie me había sacado las esposas yo no
podía servirme del tenedor, así que este policía se tomó el trabajo de darme
de comer como se hace con los enfermos. Y me hablaba calmamente. Después
me llevaron a un patio interno en donde pude darme cuenta que estaban todos
los detenidos de Arana. No sé cuántos seríamos, pero éramos varias decenas,
todos en lamentable estado. Un policía decía que había dos perros que nos
controlaban, uno que se llamaba Santucho y otro Firmenich.
Estábamos sentados en el suelo y al lado mío había una persona. Con esta
chica pude apenas hablar y se trataba de Claudia Falcone, una estudiante
de secundario de Bellas Artes. Recuerdo que lloraba. Allí había muchos jóvenes
que provenían de diferentes colegios secundarios de La Plata y que eran
víctimas de lo que más tarde se llamó La Noche de Los Lápices. Se encontraban
Emilce Moler, Horacio Ungaro, Claudio de Acha, Pablo Díaz, Patricia Miranda,
Francisco López Muntaner, María Claudia Ciochini, Víctor Treviño, Daniel
Alberto Racero.
Reconocí a algunos porque había tenido actividades con ellos, había militado
con ellos y con ellos había estado en la coordinadora por el reclamo del
medio boleto escolar. Además yo estaba en quinto año del secundario y con
varios de ellos seguía encontrándome. Una vez terminado ese recreo en que
los cerberos aprovecharon para limpiar las celdas, nos devolvieron cada
uno a nuestra celda. Era el día del estudiante. De ellos sólo Emilce Moler,
Pablo Díaz y Patricia Miranda sobrevivieron. la celda en donde estaba sería
de unos dos metros por tres y si mal no recuerdo llegamos a ser unas quince
personas allí dentro. Para dormir, con las manos atadas o esposadas por
detrás, cada uno hacía como podía y en el medio de esa celda las piernas
se apilaban. Todos estábamos en un estado físico más que deplorable. A una
de las personas que más recuerdo es a un hombre de 60 años que se llamaba
Santiago Servín. (Utilizo el imperfecto para aquellos de los cuales nunca
más supe nada). Este hombre era de una gentileza, de una bondad.... Era
el director de un pequeño periódico que se llamaba 'Le Voz de Solano', era
de nacionalidad paraguaya y había escrito dos libros. Como pertenecía al
Partido Comunista Paraguayo, él vivía como un exilado en la Argentina aunque
ignoro si tenía o no ese estatuto y ya había estado preso en el Paraguay
hacía muchos años. El había sido detenido con un sobrino del mismo apellido
de unos 25 años y otro muchacho de apellido Etelbaum o Epelbaum que trabajaba
en ese mismo diario. Con Santiago Servín y su sobrino fuimos trasladados
el 23 de septiembre a la Brigada de Investigaciones de Quilmes.
Del otro muchacho Etelbaum, recuerdo que me dijo que a él lo habían llevado
a la comisaría 8va de La Plata. Porque fue llevado y traído dos o tres veces.
Recuerdo que una vez llaman a este muchacho y a los pocos minutos se escucharon
varios disparos de armas. Yo pensé que lo habían fusilado, pero a los días
lo trajeron de nuevo a la misma celda. Santiago Servín y su sobrino permanecieron
hasta mediados del mes de octubre en Quilmes. Luego fueron 'trasladados'
y hoy permanecen desaparecidos. En cuanto a Etelbaum, más tarde supe que
estaba en la Unidad Carcelaria N° 9 de La Plata (U.9) En Arana Estuve con
Víctor Treviño, a quien conocía desde la escuela primaria. El también fue
torturado y con él me trasladaron también a Quilmes. Víctor tenía apenas
algunos meses más que yo. A mediados del mes de octubre también fue 'trasladado'.
En general, antes de cada traslado, venían dos guardias y afeitaban y permitían
que la persona se higienizara un poco. Por entonces yo pensaba, ingenuo,
que iban a ser liberados. De Víctor tampoco supe más nada y permanece desaparecido.
En ese traslado del 23 se septiembre íbamos, además de los chicos de La
Noche de Los Lápices, los Servín , José María Novielo, que era un estudiante
que venía de Ushuaia y que vivía en La Plata y yo. No recuerdo si fuimos
más. El traslado debe haber sido bastante impresionante porque se escuchaban
sirenas y estábamos por lo menos en dos camiones celulares para el transporte
de detenidos. El convoy se detuvo en un lugar en donde bajó la mayoría.
Luego supe que ese lugar era la Brigada de Investigaciones de Banfield,
cuyo Jefe era el Comisario Arana. Luego seguimos hasta Quilmes en donde
quedamos Patricia Miranda, Emilce Moler, Los Servín, Víctor Treviño y yo.
Pero en Arana quedaron otros que no fueron trasladados en ese momento: Willy,
un estudiante peruano que venía de la ciudad de Piura y cuya familia tenía
un hotel del mismo nombre.
Nunca más supe de él. Un señor de apellido Ringa, Giampa, Nora Ungaro, (hermana
de Horacio y de quien no recuerdo si fue o no trasladada el 23 ), Ana Teresa
Diego, Cristina Doglio, Néstor Silva, la novia de Néstor Silva, un peruano
de apellido Icama?, Marlene Katherine Kegler Krug (le decían La Paraguaya
y escuché decir a los guardias y a otros detenidos que la habían torturado
muchísimo. Ella era estudiante de medicina en La Plata). El día 24 de septiembre
por la noche, estando en Quilmes, me vienen a buscar. En coche me llevan
a un lugar, después de mucho andar, que reconozco otra vez como Arana. Aparentemente
se estaba negociando algo porque me torturan un poco pero creo que ese no
era el objetivo. En un momento recuerdo que dejaron de hacerlo y escuché
que había caído algo importante del ERP por la zona de Citty Bell, en los
alrededores de La Plata. Me devuelven a la celda y allí encuentro de Walter
Docters, que me refiere que también estaban en Arana José María Schunk,
Walter Samperi, Osvaldo Busetto. Me entero también con posterioridad que
estaban dos hermanos que trabajaban en la Policía que se llamaban Julio
Aníbal Badell y Esteban Badell, (uno de ellos, dice la crónica policial,
se tiró del tercer piso de la Jefatura, y el otro se ahorcó en su celda),
también se encontraba Ángela López Martín.
Presumo que se encontraba allí una mujer chilena Acosta Velasco de Badell,
esposa de unos de los hermanos y que permanece desaparecida. Esa misma madrugada,
así como me habían llevado a Arana, me volvieron a llevar a Quilmes. Para
esto tengo que agregar que durante mi estadía anterior en Arana tuve que
firmar papeles que nunca supe si estaban en blanco o si era mi sentencia
de muerte. No recuerdo con precisión si fue el 27 o el 29 de septiembre,
por la tarde, me vienen a buscar y me llevan a una oficina en otro piso.
Allí un hombre me levanta brevemente las vendas de los ojos y pude ver sus
manos bien cuidadas y un gran anillo de oro. Me presentó un escrito a máquina
en donde yo presentaba mi renuncia a la Policía con fecha 2 de septiembre,
o sea anterior a mi detención.
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Por supuesto firmé. No volvieron
a sacarme de allí hasta el mes de diciembre. En este lapso de tiempo conocí
a otras personas. El lugar pude identificarlo pocos días después gracias
a un detenido que supo reconocerlo por ser él mismo de la localidad de Quilmes.
Los coches entraban en un garaje y de allí éramos conducidos por una escalera
estrecha hasta un segundo piso. Las celdas estaban repartidas en forma de
"L" alrededor de un 'agujero' o vacío. Así supimos que en esa misma posición
se encontraban las mujeres desaparecidas, pero en el primer piso. Podíamos
entrever el exterior, la calle. Había un edificio antiguo que supimos más
tarde que se trataba del Hospital de Quilmes. Creo que en la planta baja
había delincuentes comunes. La persona que supo ubicarme era Juan Carlos
Fund, que vivía en la calle Monroe al 900 en Quilmes. Permanece desaparecido.
Cuando llegué compartí la celda con Santiago Servín y dos personas más,
jóvenes y de quien no tengo datos para identificarlas. Fueron trasladados.
La vida se hizo un poco más rutinaria. No se escuchaban gritos de torturados
aunque no sé si allí se torturaba o no. Por la mañana nos traían mate cocido,
al mediodía alguna comida tipo polenta o fideos y por la noche generalmente
mate cocido otra vez.
La cantidad de comida variaba según fuéramos muchos o pocos los detenidos.
Calculo que cuando llegamos deberíamos encontrarnos allí unos 25 hombres.
En algunos momentos fuimos sólo 10 más o menos. Si bien casi todos los días
se pasaba un trapo, la higiene personal era lamentable. En tres meses de
estar allí sólo me permitieron lavarme dos veces. Cuando llegué, y al saberme
lejos de la guardia, menos controlado, comencé a sacarme las esposas o las
cuerdas (depende del momento) y las vendas de los ojos. Fue en ese momento
que pude observar mi cuerpo. No podía apoyar el pie derecho porque tenía
una infección. Las plantas de los pies estaban negras.
La piel había sido completamente quemada. Tenía heridas en los puños por
las esposas y desde los senos hasta casi las rodillas había una placa rígida
que se había formado con las quemaduras y la sangre coagulada provocado
todo por la picana. En Quilmes el remedio milagroso se llamaba Pancután,
que es una pomada antiséptica que ayuda a cicatrizar las quemaduras. Sólo
con esa pomada fue desapareciendo la infección en la planta del pie derecho.
Durante estos tres meses en Quilmes, sumados a los quince días en Arana,
perdí mi aspecto humano. Para levantarme debía hacerlo en varias etapas,
lentamente, porque varias veces me desmayé. Y cuando estaba de pie debía
aferrarme a algo porque por unos instantes se me nublaba la vista y tenía
vértigos. Dormía no sé, 16 o 18 horas por día. Cuando salí de la cárcel,
casi tres años más tarde, pesaba 58 kilos y estaba bien. Pienso que en Quilmes
debo haber pesado bastante menos y cuando me detuvieron pesaba 72 kilos.
En Arana estuve con un hombre de entre 35 a 40 años que era un obrero de
la fábrica Rigoleau, que estaba cerca de Quilmes. Este hombre me contó que
era español. Le decían por supuesto 'El Gallego'.Más tarde supe que su apellido
era Coley. Fue trasladado. Un tiempo después lo trajeron a Walter Docters,
a Osvaldo Busetto que estaba herido de bala en piernas y abdómen y que también
fue trasladado. Una persona que ya estaba allí desde antes de que yo llegara
era Néstor Busso, de La Plata y que recuperó su libertad. También trajeron
al peruano Icama ? y que luego estuvo en la U9.. Nora Ungaro, que recuperó
la libertad. Angela López Martín, que sigue desaparecida. También pasaron
por allí Pablo Díaz, José María Novielo, que recuperaron la libertad. Había
tembién un muchacho de apellido Enríquez y con las mujeres estaba su esposa
que estaba embarazada, Marta Enríquez. Ella fue 'legalizada', mientras que
de él nunca supe más nada ya que me trasladaron a mí primero. Un hachero
de Misiones de apellido Galván y su esposa, de los cuales no tengo noticias.
Un muchacho a quien llamaban "El Colorado", pelirrojo, de la zona de Quilmes.
Un muchacho a quien llamábamos "El zapatero" porque trabajaba en una fábrica
de zapatos de la zona de Lomas de Zamora. Me fui antes que él. Creo, sin
seguridad, que había una chica que se llamaba Rosa y que tenía unos 15 años.
Una familia de La Plata, que tenían su domicilio no recuerdo si en las calles
2 y 44 o 3 y 44. Era un hombre de 65 años, su hijo de unos 30 y la esposa
del hombre mayor.
Muchos más pasaron por allí pero sería incapaz de afirmar nada ya que algunos
a veces permanecían dos o tres días, incluso menos. Algunos llegaban heridos
de bala. Todos torturados. Por ejemplo al peruano Icama una bala le había
entrado por detrás, cuando huía, y le había quebrado la clavícula. Sobrevivía
quien podía y las heridas se curaban solas generalmente. Durante el período
que estuve en Quilmes una vez mi madre pudo venir a verme.
Para mí eso fue como un signo de que todo no estaba perdido, de que tal
vez no me mataran . La vi en el mes de diciembre, pocos días antes de que
me volvieran a trasladar. Esa fecha coincidió con una serie de fichas que
nos hicieron allí mismo, con huellas dactiloscópicas, fotos etc. Cuando
mi madre me viene a ver a Quilmes la veo durante unos cinco o diez minutos.
Después la volvería a ver más de un mes más tarde. Tengo que precisar aquí
algunas informaciones que no relaté precedentemente. Mi madre trabajaba
como empleada administrativa en Jefatura de Policía, en la Dirección de
Logística. Mi hermana también trabajaba en la Policía como empleada en la
Caja de Jubilaciones. Inmediatamente después de mi detención mi casa fue
allanada en lo que aparentemente fue un despliegue policial bastante grande.
Unas ocho personas entraron en el apartamento mientras que había otros grupos
de apoyo en el exterior, incluso tiradores apostados en la terraza del edificio
vecino. Mi madre y mi hermana perdieron sus trabajos, fueron echadas. Pero
mi madre conocía a mucha gente dentro de Jefatura y creo que a través de
alguno de esos conocidos logró hacer llegar a Arana unas prendas y visitarme
luego en Quilmes. El 21 de diciembre de 1976, por la mañana vinieron a buscarme.
También a Walter Docters.
Nos hicieron bajar por esas escaleras pequeñas y empinadas y ya allí nos
instalaron en la caja de una camioneta cerrada. También estaban Emilce Moler,
Patricia Miranda y Marta Enríquez. Nos previnieron que a cualquier intento
éramos hombres muertos y acostados en esa caja nos cubrieron con mantas.
Pienso que la camioneta no tenía distintivos de la policía. Bueno, el hecho
es que al cabo de un cierto tiempo que no fue demasiado largo, nos bajan
en otro lugar. Durante los primeros días permanecemos atados y los ojos
vendados, en unos calabozos obscuros. Un lugar a donde nadie venía ni siquiera
para sacarnos al baño. Sí, venía un guardia dos veces por día. Creo que
dos o tres días más tarde nos sacan las vendas y una semana después comenzamos
a recibir a nuestras familias. Media hora por semana. La razón de todo esto
era que ya estábamos a Disposición del Poder Ejecutivo Nacional desde el
28 de diciembre por decreto 3454/76. Este lugar era la comisaría 3ra de
Valentín Alsina, en Lanús.
En esta comisaría, cuando llegamos, al otro día las mujeres fueron sacadas
y llevadas a otra parte de la comisaría. A Walter Docters y a mí, al cabo
de unos diez días nos pusieron en una celda en donde había otros detenidos.
Uno de ellos era un estudiante de medicina de la ciudad de La Plata, Rubén
Saposnik que había estado secuestrado en Infantería de la Policía en las
calles 1 y 60 de La Plata, esposado a una cama metálica durante un mes;
un médico residente en el hospital San Martín de La Plata, Néstor....? y
un gremialista de la zona de Ezeiza que fue trasladado antes que nosotros,
cuyo nombre ignoro y no sabría decir si fue liberado o no. Una semana antes
de volver a ser trasladados una vez más llegaron Pablo díaz y José María
Novielo. Y el 21 de enero de 1977 fuimos trasladados todos los hombres a
la Unidad Carcelaria N° 9 de La Plata.
Aquí termina este relato del tiempo que permanecí secuestrado por las fuerzas
de seguridad argentinas.
Como anexo a este trabajo agrego una lista con los nombres de todas las
personas que recuerdo haber visto o escuchado e incluso algunas de las cuales
sólo supe más tarde que se encontraban allí. Con sentimiento de culpa soy
consciente de que olvido nombres, datos, informaciones sobre otras personas
y que tal vez hubiesen sido capitales para conocer la suerte que corrieron.
Grenoble 23 de Mayo de 1998
Listas de desaparecidos y de represores.
Cuatrerismo de Arana
Indico con un asterisco a las personas de las cuales supe personalmente,
ya sea porque las vi o porque las escuché, o porque escuché hablar de ellos
en ese momento como detenidos. Los otros nombres los recogí en diferentes
testimonios que fui leyendo, entrecruzando informaciones con otros ex-detenidos
desaparecidos y en algunos recortes de diarios que guardé).
*Santiago Servín D (Director del diario "La Voz de Solano")
*El sobrino de Santiago Servín D
*Etelbaum o Epelbaum ? (Trabajaba con Servín en el mismo diario)
*Víctor Treviño D
*Claudia Falcone D María Clara Ciochini D (Mencionada en el testimonio de
Pablo Díaz)
*Emilce Moler L
*Patricia Miranda L
*Horacio Ungaro D
*Claudio de Acha D
*López D
*"Willy" ?
*Ringa ?
*Kegler Krug Marlene Katherine D (escuché sus gemidos y alusiones a ella
y de cómo había sido torturada)
*Giampa ?
*Walter Docters
*L Walter Samperi (primo de Walter Docters, recogí su nombre en las declaraciones)
*Osvaldo Bussetto D
*Pablo Díaz L
*Daniel Alberto Racero D
*Nora Ungaro
*L Ana Teresa Diego ? (este nombre lo recogí de la declaración de Nora Ungaro)
Cristina Doglio ? (testimonio de Nora Ungaro) José María Schunk D (Testimonio
de Pablo Díaz y de Walter Docters) Néstor Silva ? ( Idem ) La novia de Néstor
Silva? ( Idem )
*Icama ??? L?( es un peruano que volví a ver en Quilmes y finalmente en
la U9, cuando cayó, un tiro le quebró la clavícula, no sé si fue liberado,
expulsado...)
*Julio Aníbal Badell Muerto(figuraen el testimonio de Walter Docters y creo
que mi segundo paso por Arana coincidió con su paso por allí mismo.Lo tiraron
del tercer piso de la Jefatura de Policía el29/9/76)
*Esteban Badell D (idem que el anterior)
*Acosta Velasco de Badell D. Una señora chilena esposa de uno de los dos
hermanos.
Fuente: www.nuncamas.org/testimon/calotti.htm

La
“Noche de los Lápices”, 33 años después
Por Oscar J. Serrat*
“Pasaron 33 años, fueron de lucha y no nos han vencido”, afirmó
emocionada en la noche del lunes Emilce Moler, sobreviviente de uno de
los episodios más crueles y emblemáticos del terrorismo de Estado
instaurado en 1976.
Bautizado “La Noche de los lápices”, ocurrió en la ciudad de La Plata y
fue protagonizado por estudiantes secundarios, que se habían movilizado
por las calles de la capital de la provincia de Buenos Aires para exigir
la implantación de un “boleto estudiantil” en los transportes públicos.
En la madrugada del 16 de septiembre de 1976 “grupos de tareas” del
Ejército y de la policía bonaerense allanaron los domicilios de diez
jóvenes, considerados los dirigentes de la protesta y se los llevaron
encapuchados y maniatados. Todos sufrieron torturas durante largos
interrogatorios en comisarías y centros clandestinos . Seis de ellos,
cuyas edades oscilaban en los 17 años, fueron fusilados al cabo de
varias semanas y hoy integran las listas de los miles de “desaparecidos”
de la dictadura militar. Se llamaban Claudio de Acha, María Clara
Ciocchini, María Claudia Falcone, Francisco López Montaner, Daniel
Racero y Horacio Ungaro .
Los cuatro que sobrevivieron –Emilce Moler, Patricia Miranda, Pablo Díaz
y Gustavo Calotti- fueron liberados al cabo de largas detenciones en
distintas cárceles. En el caso de Emilce, hija de un comisario retirado
de la policía bonaerense, el cautiverio se prolongó hasta 1978, en el
penal de Villa Devoto de la capital argentina. Bajo “libertad vigilada”,
se le prohibió residir en La Plata y debió radicarse en la ciudad de Mar
del Plata. .
La “Agrupación Oesterheld” tributó un homenaje a Moler y recordó a los
seis asesinados en un salón del barrio de Barracas atestado de
militantes peronistas, la mayoría jóvenes, que atronaron el lugar con
cánticos y consignas de lucha. Es que los diez protagonistas de aquella
“Noche” eran militantes de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES),
rama estudiantil de la Juventud Peronista, baluarte del sector más
radicalizado del “justicialismo” (peronismo).
“Eramos militantes estudiantiles, no inocentes jóvenes que se
movilizaban por una reivindicación gremial. A nosotros nos detuvieron
por ser militantes de la UES, una organización peronista. Es tiempo de
recrear la historia y contar las cosas como fueron”, afirmó Emilce,
continuamente interrumpida por los cánticos de la concurrencia, a los
que ella se sumaba.
“Nosotros militábamos y estábamos comprometidos. Nos pasábamos días y
noches discutiendo políticas. Sabíamos muy bien lo que se venía a partir
del golpe de estado de marzo de 1976. El boleto estudiantil fue una
reivindicación más de la lucha que habíamos iniciado en las calles un
año antes”, recordó.
“Durante mi detención nunca me preguntaron por el boleto estudiantil. Me
preguntaban por mi militancia, me preguntaban por las armas, me pedían
el nombre de otros compañeros y el castigo que me aplicaban era para que
respondiera a esas preguntas”, recordó.
Emilce es actualmente profesora de Matemáticas, máster en Epistemología
y doctora en Bioingeniería, especializada en procesamiento de imágenes
médicas y antropología forense. Pero su fervor militante sigue intacto,
adecuado a una nueva realidad política, a partir de la llegada a la
Presidencia de Néstor Kirchner, en 2003 y de la gestión de la actual
mandataria Cristina Fernández, a quienes ella y otros oradores de la
Juventud Peronista reivindicaron durante la reunión de la Agrupación
Oesterheld, que se autodenomina “Mesa de los Sueños de los Compañeros y
Compañeras de Utopias”.
“¿Y hoy cómo seguimos adelante?”, se preguntó. “Y bien, seguimos junto a
los compañeros, en la lucha, por los mismos ideales. Primero vinieron la
lucha para que nos creyeran lo que nos pasó, porque había una enorme
desinformación., especialmente en el seno de la clase media, que tiene
comportamientos como los que hoy vemos y que no termino de entender.
“A los 17 vi venir el golpe militar y peleé. Durante el menemismo (la
gestión del ex presidente Carlos Menem), combatí contra las
privatizaciones. Pero, ¿por qué algunos lo vemos y otros nunca lo
advierten? Y finalmente, en el 2003, nos encontramos con un Gobierno que
nos sorprende, en la convicción de la lucha por los derechos humanos, en
la recuperación de la política, en una segunda oportunidad, que en mi
caso yo creía que no la tendría nunca. Y no la podemos desaprovechar”,
sostuvo Emilce.
“Porque esto que estamos viviendo es una segunda oportunidad , que
aquellos compañeros que hoy recordamos no tuvieron. Nosotros la tenemos,
no podemos fallar y jamás adoptar una actitud pasiva. Tenemos que
militar, tenemos que construir”, afirmó. .
“Debemos analizar aquel pasado, analizar cuáles eran nuestros ideales y
resignificarlos en el presente. Quizás ya no habrá un golpe militar.
Pero tenemos en frente la cuestión de la mordaza de los medios de
comunicación . Cuántos hostigamientos hoy recibimos de otras maneras y
los jóvenes deben tomar conciencia de ello”, sostuvo Moler.
Agregó que “debemos dar un salto cualitativo en el tema de los derechos
humanos. Siempre respaldaremos a las Madres y las Abuelas de Plaza de
Mayo y nos seguiremos conmoviendo con las siluetas que evocan a los
desaparecidos. Pero algo está pasando con la juventud que indica falta
de relación con el presente. Nuestros muchachos reivindican a las
Madres, pero no se conmueven cuando hay un chico con hambre. Eso indica
que algo estamos haciendo mal en esta transmisión de la historia. Hoy
tenemos nuevos desaparecidos. Las cárceles están llenas de jóvenes
pobres y de piel oscura”.
Emilce concluyó su arenga exhortando a “mantener la memoria colectiva,
pero resignifiquémosla en el hoy. Porque esa es ahora nuestra lucha.
Tenemos que llegar a los medios con nuestro mensaje y romper el discurso
de la derecha”.
*De la Redacción de MERCOSUR Noticias.

A
veintinueve años de La Noche de los Lápices
En la madrugada del 16 de setiembre de 1976 una patota militar secuestró
a varios adolescentes en La Plata. A tantos años, los sobrevivientes hablan
de la política detrás del boleto estudiantil.
Pablo Díaz piensa que el lado político de lo que le pasó fue dejado de lado
por muchos años.
"La sociedad tenía que comprender que, aunque hubiese militado, tenía derechos",
explica.
Por Victoria Ginzberg
El relato mítico de La Noche de los Lápices dice que el 16 de setiembre
de 1976, en La Plata, siete adolescentes fueron secuestrados por reclamar
por el boleto estudiantil. Lo cierto es que para los militantes secundarios
de la década del 70 esa lucha fue parte de otra más grande, que incluía
un nuevo proyecto de país. "Yo tenía trece años cuando empecé a militar.
Estuve en Ezeiza, en Gaspar Campos, en el sindicato del calzado donde Galimberti
lanzó las milicias populares y di la vuelta al cajón de Perón", dice a veinticinco
años de su detención Pablo Díaz, uno de los sobrevivientes de la masacre.
Desde que salió de la cárcel, luego de pasar por dos centros clandestinos
de detención, Díaz denunció a sus captores pero admite que su compromiso
político, como el de sus compañeros, fue dejado en un segundo plano "porque
la sociedad tenía que comprender que, aunque hubiese militado, tenía derechos".
Durante los primeros años de la democracia los desaparecidos sufrieron un
proceso de despolitización. En ese momento, la prioridad era la condena
de quienes habían cometido crímenes horrendos contra hombres, mujeres y
niños. Y la pregunta sobre la militancia era la pregunta del "por algo será".
Poco a poco, las víctimas fueron recuperando su historia pero los chicos
de La Noche de los Lápices –tal vez por su edad o por la fuerza con que
la sociedad se apropió del relato– quedaron cristalizados como los casi
niños que fueron secuestrados a causa del boleto estudiantil.
"Hasta el 75 el boleto no tuvo nada que ver. Pero en ese momento había más
restricción y surgió buscar un elemento movilizador de todos los estudiantes.
Hubo una marcha multitudinaria en La Plata en la que yo iba en la cola pero
fue importante porque logró nuclear a un montón de estudiantes independientes
y fue un éxito porque se lograron las reivindicaciones. Pero cuando me secuestraron,
nunca me preguntaron nada del boleto", asegura Emilce Moler, otra sobreviviente
de La Noche de los Lápices. Hoy matemática, Molcer entró al colegio Bellas
Artes de La Plata en 1972, en plena efervescencia política. Durante los
primeros años de la secundaria participaba de discusiones y charlas, y coqueteaba
con las distintas agrupaciones que trataban de "cooptarla". En 1975 la libertad
empezó a escasear y con 16 años sintió que era momento de "dar un paso de
compromiso". Así entró a la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) que respondía
a Montoneros. "Para mí el peronismo fue un impacto. Venía de una familia
antiperonista y por eso era con quienes más discutía. Quizá por eso de acercarme
para discutir me fui aproximando más. También estaban las afinidades de
los amigos, que influían mucho. Aunque no llegué a tener un sentimiento
peronista, comprendí que no se podía cambiar al país sin el peronismo y
que las anécdotas que se contaban en mi casa sobre las joyas de Evita y
el luto obligatorio eran eso, anécdotas", narra Moler.
La edad no era un impedimento para tener ideas claras. Cuando Horacio Ungaro
tenía trece años, su hermana Marta, que era miembro de la juventud comunista,
quiso reclutarlo. Horacio le contestó que pensaba lo mismo que José Ingenieros:
"El que sigue un ideal sin entenderlo es un fanático". Y dos años después
empezó a militar en la UES. En la madrugada del 16 de setiembre de 1976
un grupo que se identificó como perteneciente al "Ejército y las fuerzas
de seguridad" entró a su casa y se lo llevó, junto con Daniel Racero, que
se había quedado a dormir allí. Esa noche también desaparecieron Francisco
López Montaner, María Clara Ciochini, María Claudia Falcone y Claudio de
Acha. Son los seis que no volvieron de la decena de adolescentes que fueron
detenidos a mediados de ese setiembre.
Un día antes de su secuestro, Horacio le dijo a su hermana que no pensaba
esconder sus libros. En la mesita de luz tenía el diario del Che y un manual
de filosofía. El 16, Marta pudo ver desde la persiana a medio levantar del
quinto piso en que vivían los libros de Horacio en la vereda.
Pablo Díaz fue expulsado del Colegio Estrada, privado y católico, por participar
de la creación del centro de estudiantes. De allí fue directo al España,
conocido en La Plata como la "legión extranjera" porque recibía a los chicos
con problemas de "conducta" y los repetidores; y Díaz encajaba en ambas
categorías. "Yo vivía cerca de plaza Italia, que en La Plata es un lugar
histórico del peronismo, de las manifestaciones callejeras del luche y vuelve.
Por curiosidad me iba a la plaza con amigos del barrio y empezamos a tomarle
el gustito al peronismo, nos entró por los ojos", Díaz. Desde 1972, a los
trece años, hasta la muerte de Perón militó en la UES. Luego se fue a la
Juventud Guevarista, que respondía al Partido Revolucionario de los Trabajadores
(PRT). Allí se aproximó a la militancia clandestina y tomó conciencia de
la "seriedad del juego". Díaz afirma que la lucha por el boleto estudiantil
es una verdad histórica que sirvió para agrandar las estructuras de las
agrupaciones de los secundarios porque "la motivación de los estudiantes
al haber ganado implicó un ingreso masivo a las organizaciones políticas"
y que los que la encabezaron "pasamos a ser marcadamente peligrosos porque
nos convertimos en líderes naturales de estudiantes con la implicancia de
tener una ideología que nos confrontaba con el sistema". Díaz asegura que
él y muchos de sus compañeros estaban dispuestos a participar en acciones
"importantes" pero que los dirigentes no los dejaban. Y que a pesar de eso,
no siente que hubiera sido consciente del peligro que corría.
Díaz, quien desde hace años recorre escuelas secundarias dando charlas,
cree que los estudiantes de hoy son muy distintos a los de la década del
`70: "Los veo productos de una gran soledad. Nosotros no estábamos solos,
había gente participando en distintos sectores y teníamos un proyecto de
país. Estábamos contenidos y motivados. Ahora hay una descomposición de
la ilusión, aunque soy optimista, pero en los centros de estudiantes ahora
se hacen trabajos puntuales y se sufre mucho el desgaste".
Fuente: Página/12

María
Seoane y Héctor Ruiz Núñez, 1986, de "La noche de los lápices", Ed.
Planeta, 1986
Prólogo a la edición de 1992
HAN PASADO YA SEIS AÑOS desde la madrugada del 7 de junio de 1986, primeras
horas del Día del Periodista, en la que escribimos la última frase del prólogo
a la primera edición de este libro. En esa vigilia tensa y conmovedora,
nos debatimos en la imposibilidad de escribir un epilogo a la historia que,
por primera vez, contaríamos a los jóvenes de las generaciones venideras.
Aún hoy, podemos recordar a los estudiantes secundarios que nos acompañaron
en la búsqueda de la verdad, la alegría por el advenimiento de la democracia,
la mordaza ferrosa de los organismos de seguridad, las definiciones y balbuceos
de la Justicia, el movimiento zigzagueante de la memoria histórica en la
conciencia de los argentinos. Aún hoy, recordamos la impotencia por desconocer
el destino final de los chicos secuestrados el 16 de setiembre de 1976 en
el operativo ordenado por el general Ramón Camps, pero también nuestras
esperanzas: que la impunidad jurídica sería reparada por la justicia porosa
de la condena social; que mientras existiera un joven que deseara un mundo
más solidario y justo, ninguno de los adolescentes secuestrado en la Noche
de los Lápices desaparecería para siempre.
En la delgada película del tiempo transcurrido en nuestra historia sin fin,
han quedado impresos, sin embargo, numerosos acontecimientos. Lo que era
esperanza, fue certeza. Lo que era temor, fue realidad. Seis meses después
de terminar este libro, entre gallos y a medianoche fue sancionada la ley
de Punto Final. Un año más tarde, la de Obediencia Debida. Los miembros
de las fuerzas de seguridad y civiles responsables de los hechos aquí narrados
fueron sucesivamente desprocesados, y algunos procesados y condenados. Sus
nombres figuraron en todas las listas de acusados del juicio a las juntas
militares y en el informe de la Conadep. Los delitos que se les imputaron
no fueron sólo la elaboración y ejecución de "un plan criminal", el detalle
de esta sentencia genérica incluía la terrible certeza de que no sólo habían
exterminado a miles de opositores adultos sino también a más de 232 adolescentes
entre 13 y 18 años, en la noche y niebla (NN) de la represión ilegal iniciada
el 24 de marzo de 1976.
No
repetiremos la cadencia de acontecimientos políticos que llevaron a los
presidentes Raúl Alfonsín y Carlos Menem a esgrimir razones de Estado, o
simplemente humanitarias, para desprocesar primero e indultar luego a los
máximos responsables de la mayor tragedia argentina del siglo XX, como fue
definido por el fiscal Julio César Strassera en su alegato final en el juicio
a las juntas militares. Tampoco repetiremos los nombres de los criminales
porque alimentamos la utopía de que sus acciones se perderán en la noche
de los tiempos, mientras aquéllo que quisieron matar vivirá en otros cuerpos.
Es sabido por todos los ciudadanos que ninguno de los indultados ha podido
eludir la condena pública cuando intentaban vivir como si nada hubiera ocurrido.
Fueron bíblicamente castigados, aunque no eran piedras sino palabras las
arrojadas, cuando tramitaban sus registros de conductor (Emilio Massera),
cuando trotaban en los bosques de Palermo (Jorge Videla), cuando tomaban
café en una confitería de Palermo (Ramón Camps), cuando eran descubiertos
conduciendo su auto (Luis Vides), cuando peinaban su perro pastor inglés
con la ternura de un padre en una plaza de la ciudad (Miguel Etchecolatz).
El veredicto de la sociedad los declaró culpables y construyó cárceles invisibles
pero invulnerables. Los motivos de este repudio cívico no parecen radicar
en un deseo atávico de venganza: sí en las ansias de justicia plena, en
la necesidad de escuchar una sola palabra de arrepentimiento, jamás pronunciada
por los indultados, que consolidara la esperanza de que nunca más la lógica
de los fusiles mutilará y segará la vida de los argentinos.
Muchas veces en estos años, sentimos el impulso de continuar investigando
sobre el destino final de los chicos desaparecidos.
Nunca dejamos de preguntar
a funcionarios del gobierno, a familiares, a miembros de las entidades humanitarias,
a los científicos del Equipo Argentino de Antropología Forense si sabían
algo más sobre ellos. La respuesta era: nada. Nada. Ningún cuerpo, ni una
sola tumba. La nada que confirmaba el asesinato.
Sin embargo, hubo una puerta entornada en esa búsqueda: un testimonio decisivo
nos permitió probar lo que la Justicia, entonces, no pudo probar por la
sola declaración de Pablo Díaz. Uno de los autores de este libro mantuvo
una prolongada conversación con Emilce Moler, una de las adolescentes secuestradas
en la noche del 16 de setiembre de 1976, reaparecida algunos meses más tarde
y que por decisión personal no había prestado aún declaración ante la Conadep
ni ante la Cámara Federal que juzgó a las juntas militares.
La entrevista con ella se realizó un día de setiembre de 1986, en la sala
de estar de un hotel en Mar del Plata, y se extendió desde las diez de la
mañana hasta las seis de la tarde. El compromiso de quien escuchaba respetuosamente
los secretos celosamente guardados durante una década fue no reproducir
jamás los detalles revelados. Sólo podemos afirmar que el conmovedor testimonio
de Emilce Moler refrendó, lo sucedido en los primeros días del secuestro
de los adolescentes alojados en el campo clandestino de detención Arana,
División Cuatrerismo de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, incluida
su tortura. El 5 de agosto de 1986, Emilce y su padre, el comisario inspector
Moler, declararon finalmente por exhorto ante la justicia, brindando un
testimonio decisivo para el conocimiento de todo lo sucedido durante aquellos
días trágicos.
Al escuchar ese testimonio, pensamos que, simultáneamente al tiempo del
dolor, se gestaba un tiempo nuevo, vital, definitivo en la historia de los
más jóvenes, que seguían leyendo las aventuras de Sandokán, que continuaban
escuchando las canciones de Charly García, pero en un país distinto al que
habitaron los chicos que los habían precedido. Y, efectivamente, los adolescentes
que se iniciaron en la edad de la razón con el renacimiento de la democracia,
crecieron más libres al poder comprender muchas de las causas de los enfrentamientos
y las pasiones sociales y políticas de los años setenta.
Si en el período comprendido entre 1973 y 1976 había ocurrido el bautismo
político de los estudiantes secundarios en el seno de una sociedad turbulenta
y atormentada por la violencia y las proscripciones, fue sólo a partir de
1984 cuando su organización gremial se extendió masivamente en paz como
un derecho democrático adquirido. El 12 de noviembre de 1984 fundaron la
Federación de Estudiantes Secundarios (FES) con la participación de 450
delegados, representantes de 77 centros de estudiantes de la Capital Federal
y de más de 100.000 estudiantes.
Pero fue durante 1986 cuando lograron la mayor presencia en actos, marchas,
reuniones y en la constitución de su propia memoria histórica. El testimonio
de Pablo Díaz, sobreviviente de la Noche de los Lápices, escuchado en los
lugares más recónditos del país y del mundo; la aparición de las siete ediciones
de este libro, traducido al italiano, alemán y portugués, y la difusión
de la película dirigida por Héctor Olivera, vista por 3 millones de argentinos,
que el 26 de setiembre de 1988 alcanzó en Canal 9 49,7 puntos de rating,
uno de los más altos en la televisión nacional, luego del conseguido por
las imágenes del viaje de los hombres a la Luna, y de la final de un mundial
de fútbol, potenciaron la actividad de los adolescentes, y el aprendizaje
de los adultos. Ya nunca más los padres dejarían solos a sus hijos en el
reclamo de sus derechos civiles y políticos, como ocurrió amargamente en
los años setenta. Las movilizaciones en defensa de la escuela pública durante
1992 han sido un ejemplo elocuente, entre otros, de este aprendizaje.
Tal vez porque los adolescentes intuyeron que estaban fundando su propia
historia, tal vez porque eran la herida más abierta de una sociedad que
emergía de una larga pesadilla, o porque sabían que muchos de sus sueños
habían quedado truncos, se asumieron de inmediato como herederos naturales
de las banderas estudiantiles y del compromiso social de los chicos secuestrados
aquel 16 de setiembre de 1976. El reclamo por el boleto estudiantil gratuito
se extendió a todo el país. El Congreso Nacional y numerosos parlamentos
provinciales legislaron sobre su aplicación. En la mayoría de los centros
de estudiantes de los colegios secundarios florecieron agrupaciones bautizadas
"16 de setiembre", en homenaje a los chicos desaparecidos en La Plata y,
al mismo tiempo, como una nueva identidad unitaria de los adolescentes que
exigía, siempre, un país más justo en el que valiera la pena crecer y soñar.
Y es esa herencia vital en los ideales inquietos y conmovedores de nuestros
jóvenes lo que engarza a los militantes secundarios desaparecidos en los
años setenta en la cadena memoriosa de las generaciones venideras; la misma
herencia que seguramente impulsó a los estudiantes del colegio Otto Krause
a crear en 1987 una consigna que se propagó veloz como la luz:
"Vano intento el de la noche, los lápices siguen escribiendo".
La misma cadena memoriosa que inspiró en 1991 a los estudiantes del colegio
Nicolás Avellaneda para escribir en un mural el epílogo trascendente de
esta historia:
"Los lápices eran de colores".
(…)
LA
NOCHE DEBAJO DE EL DÍA
EN LA MAÑANA DEL VIERNES 17 de setiembre, Pablo repasó las páginas del diario
El Día, por segunda vez y ya con escasas esperanzas. Sobre la suerte de
los chicos, nada. En primera plana, a cinco columnas, la declaración inicial
del Consejo Federal de Educación reunido en Tucumán: "El Estado está inserto
en un orden cristiano y debe proteger la esencia de la nacionalidad, las
instituciones, la paz, el orden, los símbolos nacionales, la moral y la
integridad de la familia". De acuerdo a las noticias que había recopilado
durante el día anterior, no correspondía al Estado extender esa protección
a sus compañeros.
El día 16 tenía transcurrido sólo treinta minutos. Rosa Matera se acomodaba
al sueño leve de sus setenta y ocho años, cuando escuchó los primeros golpes
en la puerta, en seguida otro sobre los muebles heredados de sus padres,
los pasos duros en el living y las voces extrañas. Encontró fuerzas para
salir de su dormitorio y gritó con las entrañas, porgue sus pulmones estaban
enfermos, para impedir que los seis o siete hombres maltrataran a María
Clara y a Claudia. La empujaron con las armas hasta su cama, pero se repuso
y volvió a escuchar el interrogatorio. Vio las cabezas gachas de las chicas,
vendas en sus ojos. Entonces la encerraron y ataron al picaporte. Las frases
le llegaron a trozos. Luego, silencio. Se arrastró hasta la ventana y vio
a Claudia y a María Clara forzadas a subir a un camión del Ejército. El
living había quedado desierto. Sólo unas láminas y el collage inconcluso
sobre la mesa. Apenas llegaron el doctor Falcone y Nelva Méndez, avisados
por el portero, al departamento del sexto piso de la calle 56 Nº 586, Rosa
se desmayó. 15
El almirante Isaac Rojas había celebrado en el Luna Park otro aniversario
de su golpe contra Perón. Más adelante, la página de espectáculos. No era
habitual insertar allí noticias sobre detenciones de estudiantes, pero Pablo
quiso asegurarse. David Niven en Tigres de papel y Vittorio Gasman en Nos
habíamos amado tanto brillaban desde la nómina de películas. En otra ocasión
se hubiera detenido a considerar cuándo las vería: le gustaban los filmes
románticos. Al costado, la reposición de Yo tengo fe, de Palito Ortega,
la programación de televisión y los horarios de funciones del circo Eguino
Bros.
Las dos y treinta y cinco. El grupo encapuchado irrumpió en el N°- 2539
de la calle 73 al grito de "¡Ejército Argentino, entreguen las armas!".
Se abalanzaron sobre Ignacio Javier de Acha y Olga Koifmann que estaban
acostados y los empujaron hasta la pared de la cocina: "Los libros, ¿dónde
están los libros y las armas?". "No tenemos armas, y los únicos libros son
los de los chicos, de la escuela", balbuceó Olga.
El pequeño Pablo había quedado hipnotizado por el, cañón de una de las armas.
"Por favor, tengan cuidado, está recién operado del corazón, tiene sólo
tres años." "Señora, no complique las cosas", advirtió uno de los encapuchados.
"¿Quién es ésta?", preguntó por Sania, de II años. "¿ Y éste, qué hace?"
"Es Claudio, va al bachillerato, al Colegio Nacional", contestó Ignacio
de Acha. "Bien, debemos llevarlo por razones de seguridad del Ejército."
Olga vio cómo lo arrastraban en ropa interior por el pasillo, gritó que
la dejaran alcanzarle un pantalón y lo besó y acarició apenas.
Eran las cinco de la mañana cuando los de Acha atravesaron plaza Italia,
y se detuvieron un segundo para abrazarse y llorar.16
¿Qué hacer? Después de lo de la madrugada del 16, sentía miedo de ir al
colegio y también de quedarse en su casa. En un momento, se le había ocurrido
preguntar por los chicos en las comisarías pero inmediatamente se asustó
de su atrevimiento. El impulso de acudir a su padre aumentó su inquietud,
y lo descartó.
Al anochecer fue a la estación de servicio donde trabajaba uno de sus amigos
del barrio, en 13 y 520. Que lo ayudara a pensar cómo sobrevolar esos días
hasta que la tormenta amainara.
Las cuatro y cuarenta. Calle 116 Nº 542. Olga Fermán de Ungaro pidió tiempo
para vestirse a los ocho hombres del Ejército que querían entrar, y se desesperó
hasta el cuarto de Daniel y Horacio para avisarles. Los chicos tuvieron
tiempo de desprenderse del arma que escondían debajo de la almohada: el
libro de Politzer, que voló por la ventana. Prisionera en la cocina, Olga
escuchó el interrogatorio y los golpes. Horacio y Daniel repetían que no
sabían nombres, que no conocían a las personas por las que preguntaban los
encapuchados. Le dijeron: "Los llevamos para interrogarlos. Más tarde se
los devolveremos, señora". Y escuchó cómo los arrastraban desnudos por las
escaleras. Cada escalón le desgarraba el pecho, desde el quinto piso hasta
la planta baja.l7 Se les ocurrió que la misma estación de servicio podía
servir de escondite. Juntos, la revisaron de arriba a abajo. Pronto se desanimaron;
no había huecos en las paredes, la oficina era de vidrio transparente y
el foso para coches demasiado peligroso. Tomaron mate un largo rato, hasta
que una idea salva-lora les despejó la angustia. ¿Quién sospecharía que
dentro de una expendedora de hielo Rolito estaba durmiendo un hombre?
Pablo tendió la frazada sobre el colchón de diarios, dentro de la expendedora.
Acostado, acarició la idea de que estuviera en servicio. Podría copiar a
aquellos famosos de Hollywood que pagaban montañas de dólares para ser congelados
y revivir luego de años de vida latente. El sólo necesitaba que pasaran
esos días.
Ese domingo 19, desde el suplemento de El Día, el astrólogo Horangel vaticinaba:
"El país tiene un porvenir muy destacado en 1977 (...) y entra como un balazo
en 1980". Pablo no hubiera podido percibir la trágica literalidad de "como
un balazo" porque la muerte, en la adolescencia, es ajena. De otra manera,
hubiera sentido el tiempo suspenderse y un muro delante de su historia.
Pero no leyó la predicción, preocupado por lo que haría al día siguiente.
Las cinco de la madrugada. Después de rajar a culatazos la puerta del Nº
2123 de la calle 17, los seis hombres uniformados con ropa de fajina del
Ejército, sólo dos a cara descubierta, le exigieron a gritos a Irma Muntaner
de López que los llevara hasta sus hijos. Los precedió, encañonada, por
el pasillo lateral de la casa. Cinco autos grandes en la puerta y hombres
parapetados en los techos. Supo que buscaban sin precisiones cuando entraron
al almacén donde dormían Pan-chito y Víctor.
"¿Dónde están las armas?". preguntaron. Panchito negó que las tuvieran,
pero insistieron: él debía tener asignada una.
El grupo que se había desplazado para revisar el resto de la casa regresó
frustrado: ni armas ni volantes. Como machacaban con la acusación de armas
escondidas, Panchito les señaló el ropero que compartía con su hermano.
Encontraron un rifle de aire comprimido, viejo y partido en dos, y una pistola
de aire comprimido, pero nueva. "¿Nos estás cargando?", gritaron furiosos.
"Nos lo tenemos que llevar, señora. Cuando conteste lo que queremos saber
se lo devolvemos." Panchito se atrevió: "Es que yo no sé nada". "Entonces,
pibe", amenazó uno de ellos, "atenete a las consecuencias".
Irma les rogó que lo dejaran vestirse. Vio cómo sacaban un pulóver y un
pantalón azul del ropero. Trató de seguirlos pero la amenazaron con una
ametralladora. Apenas desaparecieron corrió a la casa de Luis, su hijo mayor,
que era quien más la preocupaba. A Panchito ya se lo devolverían.18
¿Cuánto tiempo resistiría sin actividades, con la angustia del futuro, visitando
sobresaltado a su gente? En la tarde del 20, Pablo regresó a su casa y habló
con su padre sobre su actividad estudiantil y el secuestro de los chicos.
El profesor opinó que nada grave podía pasarle, que permaneciera en casa,
que después de todo él no había cometido ningún delito. No logró tranquilizarse.
Hizo una ronda por las casas de sus amigos y terminó cenando en lo de "Bachicha",
como le decían a su amigo Juan Diego Reales. Comió como nunca.
—Mirá —bromeó con Diego—, creo que de esta noche no paso, así que prefiero
estar con la panza llena.
A
las cuatro, la primavera irrumpió armada en el 435 de la calle 10. Daniel
Díaz se asomó por la ventana de la planta alta respondiendo a los culatazos
sobre el portón de entrada.
—Deja —le gritó Pablo—, me vienen a buscar a mí. Bajaba la escalera en ese
momento subiéndose los pantalones.
Los ocho hombres con pasamontañas cubriéndoles la cara vestían ropas diversas;
algunos, bombachas del Ejército. Lo empujaron y le apoyaron una pistola
en la nuca, mientras obligaban al resto de la familia a tirarse a su lado.
Lo intimaron a entregar lo que tenía escondido.
—No entiendo, yo no escondo nada —respondió Pablo.
Los escuchó identificarse como Ejército Argentino. "Después me dijeron que
habían robado, que se habían llevado un bolso de mi hermana, una cámara
fotográfica, una joyas de mi madre. Al living entró el hombre que daba las
órdenes, lamentándose de que en la casa no había nada especial. Un señor
de cuarenta y cinco años, canoso, a quien posteriormente por fotos pude
reconocer como el comisario Vides."
Lo arrastraron hasta la puerta y lo tiraron dentro de uno de los cuatro
coches, sobre alguien que ya estaba boca abajo, encapuchado.
Imaginó a los vecinos cerrando sus ventanas y dejándolo solo cuando los
secuestradores gritaron: "¡Bajen las persianas o tiramos!", y esa representación
ahondó su miedo. "¿A dónde me llevan?", balbuceó, y recibió un culatazo
seco en la espalda.
Cerca de media hora más tarde y después de una travesía por la ciudad, frenaron
frente a un portón. "Me mostraron después un croquis y creo reconocer que
era Arana. Se decía campo de concentración Arana."
Pablo era el último de los marcados. La jaula de La noche de los lápices
se había completado. Hacía frío, amanecía.
Era martes 21, Día del Estudiante.
LOS DUEÑOS DE LA MUERTE
El coche se detuvo en un espacio abierto. Lo bajaron a empujones y lo tiraron,
atado y encapuchado con su pulóver, en una especie de hall. "Quédate tranquilo.
Ya vamos a hablar", le decían voces alternadas. Temblaba y transpiraba a
pesar del frío de la madrugada. "Ahora me piden documentos, me toman las
huellas y me largan", intentaba tranquilizarse.
Se inclinó hacia atrás para poder observar el lugar por debajo del pulóver.
Una pieza pequeña, desnuda, con una puerta de hierro con mirilla y dos ventanas
clausuradas. Se asustó cuando le sacaron con rudeza el pulóver y le colocaron
una venda de tela roja, algo traslúcida.
—¿Vos en qué andás? —le preguntó el cuarentón canoso. —No sé dónde estoy
—tartamudeó.
—Vamos, ¿cuál es tu grado en la guerrilla? ¿En qué organización estás?
A través de la venda intuía los contornos. Entre ellos no se llamaban por
sus nombres. Uno lo mantenía parado frente al canoso. Su garganta se contraía,
filtrando una voz cortada.
—¿Cómo funcionan en tu colegio? ¿Vos qué haces ahí? —insistió el canoso.
—Yo estoy en el centro de estudiantes —reconoció. —Pero hacen circular revistas,
¿no? ¿Qué revistas leés? —No, no... no leo nada.
Trajeron a otro secuestrado, también atado y vendado. Sin hacerle saber
que él estaba ahí, le ordenaron que hablara sobre Pablo Díaz. Contestó que
era un chico que estaba en el centro de estudiantes de "La Legión", simpatizante
de la Juventud Guevarista, y que había participado en las movilizaciones
por el boleto secundario. Que no sabía nada más. Cuando se lo llevaron,
sentenció el cuarentón: —Te salvaste. Aunque sólo vas a vivir si yo quiero.
Después, el dios lo mandó tirar como un fardo en un calabozo.
LA MAQUINA DE LA VERDAD
"Ya era de día, no sé, ahí uno se daba cuenta cuando era de día o cuando
era de noche por las torturas, casi siempre de noche, cuando no se podía
visualizar la luz y empezaba a escuchar los gritos de las mujeres. Entonces
uno se daba cuenta de que había llegado la noche."
Oyó disparos y silbido de balas varias veces durante el día. Sabía que estaba
en las afueras de la ciudad pero no lograba reconocer el olor a carne chamuscándose
que entraba a ráfagas por las ranuras. "¿Qué quemarán?" Aún no sabía.
El ladrido de los perros, lo confirmaría después, anunciaba la noche. La
puerta se abrió rechinando. Lo arrastraron entre dos policías (podía distinguir
la ropa de fajina y el ruido de los borceguíes) hasta una pieza, lo desnudaron
aunque se resistió, y lo tiraron sobre un catre húmedo.
—Ahora te damos una sesión para que no te olvidés —le anunciaron mientras
lo vendaban con una cinta resistente, opaca. Lo sumergían en la nada.
Respiró cuando escuchó decir que le darían con la máquina de la verdad.
Eso estaba bien, quería que la trajeran rápido, que el aparato que usaban
en las películas policiales moviera su aguja de un lado a otro. Así se darían
cuenta de que no mentía. "Seguro que después me largan."
—Sí, que traigan la máquina —gritó.
Lo picanearon en los labios, en las encías, en los genitales. Y subía el
olor a su carne quemándose, hinchándose violenta. Ahora sabía.
—Dále, decínos el nombre de un chico y te dejamos —escuchó a uno.
—¿Así que querías ser agrotécnico para servir a la patria? —se divirtió
otro.
En sus gritos no había nombres. No se los daría.
—Si vas a cantar, abrí la mano.— Cerraba los puños para resistir.
—Dále, un chico, el nombre de un chico. —Y la pregunta se repetía invariable
e incansable—: Vamos, el nombre de un chico...
Se olvidó del tiempo.
Cuando lo dejaron en el calabozo, desnudo y vomitando, lo único que quería
era agua.
—Si te damos agua, reventás como un sapo, pibe —le dijeron los guardias.
Por los gritos, por el movimiento de los coches y los ladridos, reconoció
otra noche. ¿Habían pasado dos días completos? No dejaron que durmiera tranquilo.
Lo llevaron ante un escribiente que no reparó en que tenía la venda corrida
y podía espiar. Vio la máquina de escribir, los bigotes espesos y el uniforme
de policía de la provincia.
—A ver, me vas a contar todo lo tuyo —dijo el escribiente—. Desde que naciste.
Y no supo por qué raro impulso fue exponiendo su corta historia ante ese
extraño. De modo desprolijo, a borbotones. Fragmentos triviales y episodios
queridos. Habló de la infancia, del secundario, de su familia. Y el nombre
de cada uno de los suyos era un ahogo. Como un huérfano reciente, extrañaba
el calor de cuerpos conocidos.
Lo obligaron a firmar sin leer la declaración y lo devolvieron al calabozo.
Ellos no sabían que al obligarlo a recordar su historia le habían permitido
atrapar imágenes de amor. En ese ensueño se adormeció. No importaba que
hiciera frío, que tuviera puesto sólo un pantalón y hubiera perdido los
zapatos.
LOS
PERROS
Gritó como nunca por el pasillo largo mientras lo arrastraban a la pieza
mugrienta donde se fundían en un hedor único la perversidad y la carne quemada.
Otra vez los hombres sobre él. El aliento contenido, la picana perforándole
la piel, los músculos, la boca siempre abierta y el dolor en oleadas.
—No te vas a meter más, pendejo. Ya vas a ver. —Y una descarga.
Abría y cerraba las manos para que pararan, pero no había nombres. Lo giraban
en el catre, arriba, abajo... Olor a mierda, olor a mierda. Abría las manos
pero no había nombres.
—¿Así que querés jugar, hijo de puta?— Otra descarga.
Como un bramido, escuchó: Traéme la pinza. Y sintió un tirón brutal en un
pie, que su grito no pudo cubrir.
—¡Me quiero morir, me quiero morir! ¡Por favor, basta, basta! —y sus alaridos
se resolvieron en sollozos—. Por favor..., ¡mátenme!
Se despertó en el calabozo, ensangrentado, y palpó el vacío de su uña arrancada.
La vida y la muerte, el delirio y el tormento se mezclaban como en una pesadilla.
Al tercer día, logró saber algo más sobre los otros detenidos. "Por los
nombres pude escuchar que ahí estaban Víctor Treviño, Walter Docters, Néstor
Eduardo Silva y su novia, a quien le decían 'la negrita', y José María Schunk,
al que le decían 'Carozo'. Había una chica que le decían 'la paraguaya';
ellos se jactaban de que hubiera muerto allí. Se jactaban, digo, porque
decían: Se murió, tirála a los perros. Se te murió a vos, dijo uno, entérrala.
Pienso que la llevaron al mismo lugar donde me torturaban a mí; ella gritaba.
Después vino ése que dijo: Tírala a los perros." 19
Fue esa noche, o la siguiente, que vino un sacerdote a ajustarle los nudos
de la venda y a decirle que se confesara porque lo iban a fusilar.
—No, padre, que no me maten. Por favor, avise a mi casa, dígales dónde estoy.
—No te hagás el tonto, confesáte. ¿En qué andabas?
—Sólo en lo del boleto escolar, en el centro de estudiantes. .. en serio,
por favor, padre.
—No te preocupés, te mandamos a un lugar donde vas a estar mejor que acá.
Lo sacó del calabozo y lo arrastró hasta un muro. Quedó temblando de espaldas
al paredón. No estaba solo, había un grupo de chicas que gritaban "¡mamá,
mamá, me van a matar! ¡Mamá!". Una voz de hombre que repetía "¡viva la patria!
¡vivan los Montoneros!".
Sonaron las descargas. ¿De dónde le brotaba sangre? Lentamente fue recuperando
su cuerpo —el pecho, la cabeza, el vientre—; no había sangre, no estaba
muerto.
El terror había congelado los gemidos. Hasta que una voz quebró el silencio:
—¿Se cagaron, eh? Esta vez se salvaron... Y a vos, ¿te gusta gritar Montoneros?,
ahora te vamos a hacer gritar, hijo de puta.
"Habían pasado, yo calculo, cinco o seis días. Podían haber sido siete,
no sé muy bien, pero yo había entrado el 21 de setiembre."
Una noche lo trasladaron. Para entonces, ya sabía que el lugar que dejaba
era Arana, la División Cuatrerismo de la Policía de la Provincia de Buenos
Aires, dependiente de la Comisaría 5º de La Plata, en 137 y 640. También,
que uno de los jefes era un tal subcomisario Nogara.
SOY PABLO DÍAZ
Ahora estaba amontonado junto a catorce o quince personas dentro de un micro,
atado y vendado, cubierto con una remera que no era suya. ¿Qué pasaría en
la ciudad?, ¿su familia lo estaría buscando? Su padre estaría muy jodido.
Su padre... Extrañaba aquella cama improvisada dentro de la expendedora
Rolito.
En aquellos días, cuando Pablo soñaba con hibernar como Walt Disney, Saint
Jean visitaba la República de los Niños.
El general se trasladó con una corte de funcionarios a supervisar los trabajos
de reparación y conservación de la ciudad. Recorrió el pequeño puerto que
reconstruía la Marina de Guerra, el estadio, el cine, la casa de los muñecos,
el desolado Palacio de Justicia. En realidad había ido a controlar la remodelación
del edificio destinado a mostrar a los chicos las "gloriosas" actividades
del Ejército Argentino.
El motor en marcha hizo que Pablo regresara al miedo. Uno de los guardias
se sentó sobre su espalda. Estaba acostumbrándose a calcular los trayectos
con un reloj imaginario. "No es tan fácil irse del tiempo", pensó. Esta
vez había viajado el triple que la vez anterior, cuando el destino era Arana.
En el vaivén; su cuerpo tocaba otros, gente acostada boca abajo como él.
Nadie decía una palabra. Escuchó que abrían y cerraban un portón cuando
el micro se detuvo; la marcha lenta y después un breve giro a la izquierda.
—A ver, vamos, abajo. Vos, vos... — dijo uno.
No se movió hasta que lo tironearon fuerte de la remera (lo obsesionaba
saber a quién pertenecía), y gimió por el sacudón de su cuerpo ablandado
por la picana, débil. Había escalones, y el individuo que lo sostenía no
soportaba su peso muerto. "Este se me cae", maldecía. Calculó que habían
subido un piso, unos pasos cortos en un entrepiso, otro piso, y que estaban
en la parte más alta porque el calor crecía y la sensación de encierro también.
Lo tiraron dentro de un calabozo y la puerta de hierro se cerró, pesada.
Escuchó ruidos iguales de otros cerrojos, sellando la oscuridad. El silencio
posterior le confirmó que los guardias se habían ido. Alguien gritó.
—Soy Ernesto Ganga, no tengamos miedo, somos todos compañeros.
El eco retumbó en la galería de calabozos.
—Soy Pablo Díaz —contestó.
Los demás nombres se escucharon en distintos tonos, en rosario, como cuando
pasaban lista en la escuela.
"Empezamos a hablar de dónde estábamos. Creíamos que en la Brigada de Investigaciones
de Banfield. Allí estaban Graciela Pernas, Horacio Ungaro, que tenía 17
años, María Claudia Falcone, de 16, Francisco López Muntaner, de 15, Daniel
Alberto Racero, creo que tenía 18 años, Claudio de Acha, que tenía 17, pero
después me dijo que el 21 de setiembre había cumplido 18. Espero no olvidarme
de ninguno: María Claudia Ciocchini y Osvaldo Busetto."
En los espacios que les dejaba el cambio de los tres turnos de guardia,
intentaron explicarse por qué estaban allí. Por los interrogatorios, se
convencieron de que el motivo era su participación en la lucha por el boleto
escolar. Los torturadores querían saber qué hacían en el centro de estudiantes,
por qué pedían un boleto secundario, qué grados tenían en las organizaciones
guerrilleras, el nombre de su responsable y sus nombres de guerra. Después
se habían conformado con pedirles "el nombre de otro chico". En ese único
tema se fueron los primeros días.
No les dieron de comer durante toda la semana, pero el hambre compartido
parecía menos hambre. A pesar de la soga al cuello y las manos atadas a
la espalda, el cuerpo llagándose sobre la baldosa fría y rota del calabozo,
de la penumbra quebrada por un hilo de luz. El terror era permanente, apenas
conjurado a ratos por el recuerdo de cosas compartidas antes. Faltaba establecer
un código clandestino porque no siempre era posible comunicarse a gritos.
Lo propuso otro secuestrado, Néstor Silva, el día en que a Pablo lo confinaron
toda la noche en el anteúltimo calabozo de la galería, inundado por diez
centímetros de agua.
Pablo repitió: "Un golpe, la A; otro, la B; tres, la C..."
—Caminá, loco —le gritaba Néstor—, si no te vas a morir de frío. Yo golpeo
todo el tiempo para que no te duermas.
Había cinco pasos desde la puerta a la pared y, esa noche, Pablo contó más
de treinta mil.
EL POZO
Hacía más de dos meses que le habían cambiado la venda por unos algodones
sostenidos con cinta adhesiva. Los ojos le picaban y la supuración formaba
una masa gomosa con los algodones y las pestañas. A pantallazos, había aprendido
a reconocer el lugar, cuando se atrevía a levantar la venda sobresaltado
por el llanto nocturno de las mujeres, que gritaban "mamá", y los pasos
de la guardia.
Por la mirilla de su calabozo recorría el mapa de ese infierno quieto, perturbado
por los traslados, los cerrojos, los gritos, donde los días eran iguales
a las noches: una tumba de pasillos y ventanas tapiadas. A veces, el timbre
del teléfono en alguna oficina cercana le mentía sobre la existencia de
un mundo exterior.
¿Cuántos kilos había perdido? ¿Cinco, seis, diez? Del pelo de su barba le
subía, pegajoso, un olor rancio.
Estaban en un pabellón con dos galerías, y el techo coincidía con el de
los calabozos. Probablemente, sobre sus cabezas estaba la terraza. Veía
un ventiluz tapiado a medias con alambres cruzados, y en el corredor tres
ventanas de paño fijo, formando cuadrados de vidrio sobre las paredes blanqueadas
a la cal. Al final del pasillo estaban los baños con piletones de cemento;
una pared dividía los correspondientes a cada galería. En el otro extremo,
puertas enrejadas y el banco donde la guardia se sentaba a vigilar el depósito
de secuestrados. "De aquí no se escapa nadie", pensó.
Contó doce calabozos en cada galería. Por lo que pudo observar, dieciocho
estaban ocupados; el resto parecía destinado a los detenidos en tránsito.
En el primero de su fila estaban Graciela Pernas y Alicia Carminatti; después
venía el suyo, que a veces compartía con José María Noviello. Al lado, Osvaldo
Busetto. Seguían: Ernesto Ganga, una embarazada 20, "la negrita" y otra
embarazada21. Dos calabozos libres y el de Néstor Silva; después el calabozo
inundado, cercano a los baños. En la hilera de atrás estaban, en orden:
Víctor Carminatti y María Claudia Falco-ne, que a veces cuidaba a una embarazada22;
un calabozo para tránsito, luego Panchito López Muntaner, y al lado María
Clara Ciocchini, que compartía la pared con Daniel Racero. En las tres celdas
siguientes estaban Claudio de Acha, Horacio Ungaro y otra embarazada. Seguramente
ésa sería la disposición definitiva porque en las puertas de las celdas
habían colgado cartelitos con el nombre de cada uno.
¿El orden tenía que ver con la militancia de los prisioneros? De un lado
habían encerrado a todos los peronistas.
UN HOMBRE
"Un, dos, tres, arriba, respirar." No querían pensar en cosas dolorosas,
así que decidieron hacer gimnasia. Y cantar. A veces, Pablo hacía coro con
Claudio o con Panchito y María Claudia; era tan desafinado que terminaban
a las carca-
jadas. Si la moral bajaba se iban a la mierda o, lo que era peor,
desaparecían del todo. Daniel no siempre se plegaba al canto.
Caía en silencios prolongados y podía pasar horas y hasta un (…)
15. Nelva de Falcone. Su testimonio en el juicio a las juntas militares.
Fojas 1130/33. Mayo, 1985.
16. Olga de Acha. Su testimonio en el juicio a las juntas militares. Fojas
1089/93. Mayo, 1985.
17. Nora Ungaro. Su testimonio en el juicio a las juntas militares. Fojas
1154/56. Mayo, 1985.
18. Irma Muntaner de López. Reportaje de los autores. Diciembre, 1985.
19. "La paraguaya": Marlene Katherine Kegler Krug, secuestrada el 24 de
setiembre de 1976. Permanece desaparecida.
20. Se trataría de la embarazada Stella Maris Montesano de Ogando.
21. Se trataría de la embarazada Gabriela Carriquiriborde.
22. Se trataría de la embarazada Cristina Navajas de Santucho.
María Seoane y Héctor Ruiz Núñez, 1986, de "La noche de los lápices", Ed.Planeta,
1986.

La
mano anónima
A mí hija María Claudia, militante de la UES, secuestrada durante "La noche
de los lápices''.
Mano anónima aleve y asesina,
con sólo tocarte
ha intentado
macular tu pureza,
tu inocencia,
por cierto, fracasando.
Tu grandeza de alma
es infinita.
Tu generosidad, ilimitada.
Virtudes tales
son inmaculables.
La mano anónima, aleve y asesina,
no ha podido mancharte
por mas que lo intentara.
Y esa pureza
constituye tu triunfo.
TU VICTORIA y su derrota.
Has vencido, hija mía,
y tu victoria ha sido apocalíptica.
Aunque tu estés ausente todavía
yo te lloro y te admiro
al mismo tiempo.
Jorge Ademar Falcone

Veintiocho
años después...
Por Andrea Verónica Quaranta
A principios de los '80 en la escuela nos empezaron a mencionar tres palabras
desconocidas. Dos de ellas fueron dictadura y democracia. No teníamos muy
en claro de qué se trataban, pero intuíamos, por lo que nos decían y por
el tono empleado, que la democracia era algo nuevo y deseable, que había
que celebrar y cuidar. Por el contrario, la dictadura era despreciable,
pasaban ciertas cosas que "Nunca más" debían ocurrir. Pero ¿de qué se trataban
precisamente?
La tercera era la más terrible e inasible: "desaparecidos".
Fue a través de una película, "La noche de los lápices"[1], que comprendí,
al igual que muchos de mi generación (tengo 30 años), su atroz y demencial
significado. Recuerdo perfectamente la primera vez que la vi. Estaba en
la cama de mi mamá y ella, que conocía la historia, encontró excusas para
quedarse cerca de mí. Lo bien que hizo...
La película se basa en el libro[2] del mismo nombre, que a su vez, relata
un hecho real ocurrido el 16 de septiembre de 1976. Durante la madrugada
de ese día fueron secuestrados varios adolescentes, de entre 14 y 18 años,
cuyo terrible delito consistió en reclamar por el Boleto Estudiantil Secundario.
Para ello, habían realizado una serie de marchas, sentadas, petitorios;
acciones que hoy nos parecen normales, o molestas (para algunos sectores)
pero a las que jamás castigaríamos con el secuestro, la desaparición, la
tortura o la muerte.
En ese momento, fueron motivo de todo ello junto.
No se trató de un hecho aislado, ni del error de un grupo de personas fuera
de control. Desde el 24 de marzo de 1976, a partir de la instauración del
"Proceso de Reorganización Nacional", "las violaciones a los más elementales
derechos humanos que he denunciado no han sido simples excesos o errores
metodológicos o estratégicos; tales violaciones respondieron a un minucioso
manual doctrinario de represión"[3]
El
régimen militar elaboró un plan sistemático de represión y exterminio, enunciado
desde el mismo día del "Golpe". En la Proclama publicada al día siguiente
en los principales diarios, dejaron en claro que "a par que se continuará
combatiendo sin tregua a la delincuencia subversiva, abierta o encubierta,
y se desterrará toda demagogia, no se tolerará la corrupción o la venalidad
bajo ninguna forma o circunstancia, ni tampoco cualquier trasgresión a la
ley u oposición al proceso de reparación que se inicia"[4]
La ciudad de La Plata fue una de las más castigadas. Allí vivían Claudio
de Acha, María Claudia Falcone, Horacio Úngaro, Daniel Alberto Racero, María
Clara Ciocchini, Francisco López Muntaner y Pablo Díaz.
Claudio tenía 16 años al momento de desaparecer. Estaba enamorado en secreto
de Adela. Amaba la lectura, la música... y a Estudiantes.
María Claudia tenía sueños de artista, y por eso se había anotado en el
Colegio de Bellas Artes. Apenas alcanzó a disfrutar su noviazgo con Roberto
y sus "dulces 16", cuando la alcanzó la pesadilla en medio de la noche.
Horacio detestaba adherir a una idea sin conocerla a fondo y por eso devoraba
libros de historia y política mientras escuchaba a Sui Géneris y a Mercedes
Sosa.
Daniel era amigo de Horacio. De chico había soñado con ser "El llanero solitario".
A los 18 años, sus ambiciones eran más realistas, quería ser tornero o mecánico.
Pero tampoco lo dejaron.
María Clara vivió sus 17 años con la guitarra a cuestas. Con su música había
llegado a La Plata desde Bahía Blanca, para estudiar Medicina, pocos meses
antes de su último viaje, cuyo destino final aún se desconoce.
Francisco tenía apenas 14 años. Era hincha de Gimnasia y el mejor amigo
de María Claudia. Estaba peleado con su hermano, porque a los dos les gustaba
la misma chica.
Pablo, con sus 18 años, fue el único que vivió para contarlo.
Tenían los mismos gustos y pasiones que cualquier adolescente. También les
interesaba la política y militaban en Centros de estudiantes, con la ilusión
de una vida mejor para todos. Nada del otro mundo... De otro mundo debería
ser lo que les tocó vivir...
En el invierno del '75 empezaron a reunirse para pedir por la instauración
real del Boleto Estudiantil Secundario. Existía por decreto provincial,
pero en La Plata no se lo respetaba. Además, desde el mismo momento en que
se dispuso el descuento para estudiantes, hubo un aumento en la tarifa general,
por lo que la rebaja quedaba bastante desdibujada. Fue eso y no otra cosa,
el punto central del petitorio que entregaron a las autoridades luego de
una marcha en la que participaron 3000 alumnos.
La lucha por los "Boletos a un peso" llevaba un año cuando algunos perdieron
las esperanzas, pero otros continuaron, porque "aunque el boleto no lo consigamos
para nosotros, quedará para los futuros estudiantes".[5]
Insistieron hasta la madrugada del 16 de septiembre de 1976.
Apenas comenzó el nuevo día, media hora después de la medianoche, un "grupo
de tareas" fue a la casa de María Clara y se la llevaron junto con María
Claudia, que se había quedado a dormir.
A las 2.35, encapuchados secuestraron
a Claudio.
A las 4.40, el ruido de las botas despertó a Horacio y Daniel. A la madre
de Horacio le dijeron que los llevaban un rato para interrogarlos y jamás
volvieron.
A las 5, seis hombres con ropas militares capturaron a Francisco.
Una semana después, el día del estudiante y de la primavera, se llevaron
a Pablo.
Fueron llevados al Campo de concentración de Arana. Allí conocieron el hambre,
el frío, el olor de su propia piel quemada por la picana, los golpes, las
vejaciones; allí sabían que había llegado la noche cuando escuchaban los
desgarradores gritos de sus amigas mientras eran violadas.
Allí aprendieron a pedir a gritos que por favor los mataran. "La vida y
la muerte, el delirio y el tormento se mezclaban como en una pesadilla".[6]
Posteriormente los llevaron al "Pozo de Banfield", al "Pozo de Quilmes",
a la Jefatura de Policía de la Provincia de Buenos Aires, a las Comisarías
5°, 8° y 9° de La Plata, la 3° de Valentín Alsina en Lanús, y al Polígono
de Tiro de la Jefatura de Policía de la Provincia de Buenos Aires.[7] Cada
uno de estos lugares aportó su cuota de perversión.
Mientras
tanto, sus familiares y amigos se cansaron de recorrer juzgados y comisarías
tratando de saber dónde se encontraban ¿estaban vivos o muertos?, ¿se los
podía visitar o, al menos, dar una sepultura digna? El terrorismo del estado
elaboró para estas preguntas una respuesta muy peculiar: "... un desaparecido
es una incógnita, no tiene entidad, no está ni muerto ni vivo. Está desaparecido."
[8]
Sería difícil enumerar la cantidad de leyes, garantías y derechos (los llamados
humanos y de los otros) que se violaron durante 7 años. "La noche de los
lápices" fue solo un ejemplo entre miles. Se recuerda más que otros, porque
conmueven la edad y la inocencia de sus protagonistas. Porque es un ejemplo
de la bestialidad de un régimen que no tuvo límites.
28 años después, existen en el país miles de centros de estudiantes o agrupaciones
juveniles llamadas "16 de septiembre"o "Claudia Falcone"; hay un Día de
los Derechos del Estudiante Secundario, en conmemoración a la Noche de los
Lápices[9]; un libro; una película; el excelente alegato final del Fiscal
Strassera en el Juicio a las Juntas. Y las leyes de Obediencia Debida y
Punto Final. Y los Indultos.
Ante el riesgo que suponen la impunidad y el olvido, los invito a recordar
(a volver a pasar por el corazón) y a que desde los lugares que ocupamos,
ayudemos a los lápices a seguir escribiendo.
En internet se pueden encontrar los siguientes materiales, para profundizar
sobre el tema:
*Libro "Nunca más" on line en www.nuncamas.org
La información acerca de "La noche de los lápices" se encuentra en el Capitulo
II. Víctimas
Punto B. Adolescentes Item "Estudiantes secundarios"
http://www.nuncamas.org/investig/articulo/nuncamas/nmas0001.htm
*Imágenes y video de la película: imágenes:http://www.oni.escuelas.edu.ar/olimpi98/CineArgentino/PELICULA/drama/lapizim.htm
videos: http://www.oni.escuelas.edu.ar/olimpi98/CineArgentino/PELICULA/drama/lapizvi.htm
*Poema de Pablo Díaz dedicado a Claudia Falcone en 1985
[1] Olivera, Héctor, La noche de los lápices, Aries Cinematográfica Argentina
S.A., 1986
[2] Seoane, María y Ruíz Núñez, Héctor, La noche de los lápices, Buenos
Aires, Grupo Editorial Planeta, 1992.
[3] Hesayne, Miguel E., Cartas por la vida, Buenos Aires, Página 12. pág.
9
[4] La Nación, 25 de marzo de 1976. Tomado de Blaustein, Eduardo y Zubieta,
Martín, Decíamos ayer. La prensa argentina bajo el Proceso, Buenos Aires,
Ediciones Colihue, 1988
[5] Seone, pág.44
[6] Seoane, pág.158.
[7] CONADEP, Nunca más. Informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición
de Personas, 18° edición, Buenos Aires, Eudeba, 1994
[8] Gral. Jorge Rafael Videla en un reportaje televisivo.
[9] La Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, sancionó la Ley
N°29 en cuyo art. 1 dispone que "Se establece la fecha del 16 de Septiembre,
en conmemoración a "La Noche de los Lápices, como Día de los Derechos del
Estudiante Secundario, el cual quedará incorporado al calendario escolar
de cada ciclo lectivo".
Fuente: www.carbonell.com.ar/nochelap.htm

Desde
los pibes alemanes a la noche de los lápices
Por Osvaldo Bayer
Etchecolatz empezó a sentirse mal, estaba en su casa y sintió dolor de cabeza
y dijo que era un perseguido político. Sinvergüenzadas argentinas. El peor
de los asesinos estaba en su casa y se hace el perseguido. "Político", nada
menos. El verdugo más cobarde de nuestra historia se autodenomina político.
La política del tiro en la nuca. Lleva siempre la escarapela argentina en
la solapa. Azul y blanco. Trasfondo de nuestra filosofía social. Los asesinos
están entre nosotros. Es el autor de la acción más alevosa imaginable. La
prisión, tortura, muerte y desaparición de los adolescentes de la Noche
de los Lápices. De adolescentes. Y lo que todavía no se ha dicho: los militares
y uniformados argentinos les ganaron a los nazis. En una acción muy parecida,
los argentinos mostramos mucho más poder, autoridad, la más absoluta ilegalidad
en la represión.
En febrero de 1943, en plena guerra, un núcleo de estudiantes alemanes de
la ciudad de Munich editó volantes contra la guerra. Su moral no les permitía
soportar más eso de matarse unos a otros, bombardear ciudades asesinando
madres y chicos, con la destrucción absoluta de la vida. Esos volantes los
arrojaban desde los pisos de arriba al patio de la universidad. Fueron observados
por el portero que los denunció de inmediato. Los estudiantes –cinco varones
y una chica– recién comenzados los veinte años, fueron sometidos a un juicio,
encontrados culpables de traición a la patria y guillotinados al tercer
día. Todo salió en los diarios, después fueron ejecutados otros estudiantes
y también el profesor Huber, quien los había apoyado. Sus bellas cabezas
cayeron rodando en un tacho. Habían leído demasiada poesía, habían leído
el sufrimiento en los ojos de los demás y en sus propios ojos. La guerra,
no podían ni querían seguir siendo bestias. Sus cabezas fueron separadas
de sus cuerpos. Pero los nazis oficializaron todo y publicaron todo, hasta
el nombre del juez y del verdugo. El juez Roland Freisler quien posteriormente
condenó a la horca a los rebeldes del 20 de julio. Todos con su responsabilidad
en el crimen.
En La Plata ocurrió algo muy similar. Pero los héroes de la resistencia
civil argentina eran más jóvenes, apenas adolescentes. Habían luchado por
la rebaja del boleto estudiantil. Para que los que vivían lejos pagaran
igual que los que vivían cerca. Justicia, camaradería, solidaridad, la bella
palabra. Se reunían y cantaban por la calle: "Luchar, luchar, por el boleto
popular", "Eso, eso, eso, boleto de un peso". Cuando llegó la dictadura
pasaron a ser sospechosos. Activistas. Terroristas. Fueron secuestrados
por la policía comandada por un general de la Nación, el general Camps,
un enfermo mental que aplicó con un entusiasmo total las reglas de la muerte
argentina: secuestro, robo de las pertenencias, humillación, tortura hasta
la aniquilación, hambre, y por fin desaparición. Cada vez peor, cada vez
mejor. Destruir al ser humano integralmente. Aplastarlo como a un insecto.
Y total silencio ante los familiares y amigos. Desaparecido. No están ni
vivos ni muertos, están desaparecidos, como se expresó ante los periodistas
extranjeros el señor presidente de la Nación Argentina, teniente general
Jorge Rafael Videla. Etchecolatz, Camps, Videla. Figuras de exposición en
una muestra argentina que comienza con Roca. Es toda una línea. Lo que pasa
es que los mapuches son chilenos. Ahí está la clave. Es decir, los militares
argentinos se quedaron en la sombra, no admitieron nunca el crimen. Hasta
hoy, Etchecolatz nunca lo reconoció. No sé, desaparecieron. Se habrán ido
a Suecia. No, no me enteré.
En
su libro, de precisión jurídica, María Seoane y Héctor Ruiz Núñez establecen
que seis jóvenes prisioneras embarazadas fueron arrojadas a los calabozos
de los muchachos de La Noche de los Lápices para que éstos las atendieran
sin tener elementos ni conocimientos. Aquí sí los argentinos les ganamos
a los nazis. Los prisioneros alemanes de Munich, tras seis días de calabozo
alimentados con una ración mínima, fueron llevados a la guillotina y ahí
ejecutados. Aquí, entre nosotros, fue todo más florido: picana, látigo,
hambre, escupitajos, manoseo y violación para María Claudia y Clara, todo
mezclado con desconocidas embarazadas humilladas hasta el hartazgo. Es que
somos católicos apostólicos romanos. Los representantes de la Iglesia Católica
en La Plata les dijeron a los desesperados padres: "No busquen más a sus
hijos". "Recen". Monseñor Plaza.
Sophie Scholl, la joven mujer alemana de "La rosa blanca" –ese bello nombre
tenía la organización antinazi de Munich– puebla hoy con su foto todos los
rincones universitarios sensibles a su lucha y a su joven muerte.
Poco a poco los jóvenes rostros de los queridos María Chiocchini, María
Claudia Falcone, Francisco López Muntaner, Claudio de Acha, Horacio Angel
Ungaro, Daniel Racero y Pablo Alejandro Díaz van surgiendo del horizonte
estudiantil y aparecen uno por uno en las aulas de los ámbitos secundarios.
La semana pasada me llamaron para hablar de ellos en el patio del Colegio
Nacional Pueyrredón. Más que mis palabras se oyeron los aplausos de las
manos jóvenes. Hubo lágrimas. Emoción. Dolor. Pensaron en las muertes. De
sus compañeros. Desaparecidos. Ese mismo día Etchecolatz se consideró un
preso político.
La pregunta es: ¿por qué tanta brutalidad, tanta impunidad? ¿Cuáles fueron
los maestros y profesores de nuestros militares y policías? Hoy, salvo los
que se jubilaron, siguen siendo los mismos docentes en los colegios militares
y policiales. ¿Dónde asimiló Camps el instinto de hacer desaparecer? ¿Dónde
aprendió Etchecolatz tanta impunidad y crueldad? Y la cobardía de negar
que lo hicieron. ¿La aprendieron o les viene de familia? ¿Buscaron esa profesión
porque les calmaba los instintos? La pregunta no es porque sí, viene de
estudios que se hicieron sobre los nazis famosos y sus instintos desde la
vida familiar.
Los crímenes nazis estaban documentados por ellos mismos. Aquí hasta Videla
los niega. Un aspecto del cinismo y la mendacidad que debemos tener en cuenta
para medir la personalidad de quienes establecieron la "Muerte argentina",
la desaparición. Hasta la Inquisición de la Iglesia Católica quemaba vivas
a sus víctimas en plazas públicas y con la presencia de la Cruz. Nuestros
verdugos escondieron todo. Esa es su máxima cobardía. Que los dos partidos
políticos argentinos siempre reinantes trataron de disimular con las palabras
"obediencia debida" y el batacazo del indulto. Pero no es tan fácil esconder
la basura debajo de la alfombra. Están los alucinados del coraje, que jamás
abandonan la escoba, a pesar de las ametralladoras y las picanas eléctricas
Fuente: www.diariomardeajo.com.ar
16
de Septiembre, ni victimas ni martires: Héroes de la Resistencia
Carta abierta a María Claudia
Falcone a tres décadas de su último combate
Por Jorge Falcone
[Chiqui Falcone, hermano de Claudia Falcone, es autor de Piedra Libre para
todos mis compañeros; Te sigo buscando Liberación; Poesia en marcha con
el pueblo y Salgan de las cuevas]

-Aquí,
en los naufragios de setiembre,
la vida caudalosa monta guardia.
Armando Tejada Gómez
Treinta años después de vos poco queda del mundo que conociste. Aquel, bipolar,
que por mandato del General nos encontró No Alineados (te acordás de Ho
Chi Minh preso de la URSS por no ser stalinista, te acordás de la soledad
del Che en la Quebrada del Yuro?). Ese universo binario (Guerra Fría de
Oriente y Occidente, consignas de Patria y de Muerte). Este otro tiende
a la multipolaridad (Berlín ya sin Muro, Unión Europea, MERCOSUR). Y merced
a la Revolución Tecnológica se acerca cada vez más a la utopía Mc Luhaniana
de la Aldea Global. De todos modos, como canta Sabina, aún conviven -fibra
óptica y ladilla. La principal potencia del planeta, por arbitraria, beligerante
y falaz, se ha vuelto patética. Aún así, nadie le cree pero pocos la enfrentan
resueltamente (como Irán, Corea, Cuba o Venezuela). Salvo intentos parciales
-como el Foro Social de Porto Alegre- el mundo periférico todavía no ha
vuelto a coaligarse. Es notable -resumiendo- la soledad de los pobres.
En este sur aguantamos varios Tsunamis: En los 80s, el de los oligarcogenocidas
que casi nos dejan sin rebeldes; en los 90, el de los neoliberales que rifaron
el Estado Nacional cantando La Marchita; y en los albores del Siglo XXI,
el de los progres que barnizan el capitalismo salvaje con su buena onda.
De resultas que el remanente de lo que ayer llamamos Argentina -con un norte
amenazado por las fronteras flotantes y las iglesias electrónicas, y un
sur disputado por Benetton y Ted Turner- se reduce a una entelequia mediática
de sesenta cuadras en torno al Obelisco.
Lo peor de todo es que el mismo movimiento que surgió para clausurar la
Década Infame, dio a luz otra semejante, cuyas consecuencias aún intentamos
desmontar. Andá a silbar hoy La Marchita a algunos de los barrios diezmados
de extramuro, andá a pedirle a un pibe que se excite con la mística revolucionaria
que conoció el peronismo… en este presente módico al que muchos militantes
aceptan como estación terminal de sus anhelos. Primero se rediseña con sangre
la economía, después se rediseña con mediático empeño la Historia. De modo
tal que hoy el desaparecido 30.001 es el pensamiento estratégico. Se ha
desmontado -con saña y por décadas- la dialéctica de causa- consecuencia,
el sentido de los hechos que construyen el presente. No concebirías, con
tu lógica de otrora, que hoy educarse constituya un acto revolucionario
de primer orden.
En tu caso, por ejemplo, en el sitio web www.politicaydesarrollo.com.ar
he leído a ese Almirante Zaratiegui que le niega a Estela Carlotto el mismo
nieto que el enfermero que asistió a ese parto confirma, recriminando la
versión que te describe como una inocente Caperucita Roja que el lobo se
tragó... A vos, que como tus captores supieron, fuiste tan subversiva y
apátrida como el resto de tus compañeros. Y es que aún quedan incautos capaces
de suponer que aquella adaptación fílmica que los bautiza perejiles cuenta
con el beneplácito de los que aún no nos bajamos los lienzos... Lo que el
poder no tergiversa, Claudia, lo escamotea; como al compromiso inviolado
con que los ex guerrilleros nos avinimos al orden constitucional, mucho
menos ventilado que la autocrítica uniformada. Perejil justo vos, hijita
del Aramburazo que a la liberación sacaste sólo boleto de ida. A vos, a
quien una cultura de la postración vincula exclusivamente con el Boleto
Estudiantil Secundario, omitiendo las cañadas de la UES contra conspicuos
matones de Las Tres A (como si avergonzara haber enfrentado resueltamente
a los que vendieron la Nación).
En
controversia reciente con un ex primer mandatario, el Presidente ha convertido
a 30.000 en una cifra de mártires, lo cual -en un país mayoritariamente
católico, apostólico y romano- equivale a considerarlos víctimas inocentes
de una violencia arbitraria. Aún a aquellos que salieron a matar o morir
por una Patria Justa, Libre y Soberana. Hace poco escuché la entrañable
recopilación de canciones primerizas del trovador cubano Silvio Rodríguez.
En uno de esos temas el cantautor entona -no tengo que cerrar los ojos para
ver... en alusión a la precarización de la vida cotidiana que el bloqueo
imperial impone a los suyos. Y el que escribe esas líneas tiene en ese entonces
apenas 20 años. A veces me pregunto cómo es posible tan temprana claridad.
Y suelo responderme que sólo es posible con una vigorosa Revolución detrás.
A menudo los pibes se preguntan cómo es posible concebir, en un país de
semejante complejidad, revolucionarios de 15 años. En consecuencia respondo
que -lisa y llanamente- no es posible. Sin una heroica resistencia peronista
de 18 años por detrás, y una ofensiva popular masiva al grito de -Luche
y Vuelve.
En conclusión, hermana, no constituyen mayoría los pueblos que hoy apuestan
a una versión más humana de este sistema inhumano. Y lentamente cuaja en
Nuestra América la convocatoria bolivariana a inventar un Socialismo para
el Siglo XXI. No porque se le ocurra al Cdte. Hugo Rafael Chávez Frías,
sino porque Stalin no merece llevarse a la tumba esa utopía.
El odio, María Claudia es un sentimiento con mala prensa. Pero ha dicho
el Che que -un pueblo sin odio no puede vencer. Sabido es que, inaugurada
esta democracia formal, los beligerantes contra el régimen de facto renunciamos
a toda acción directa. No hicieron lo propio los esbirros de la oligarquía
económico-financiera: Violaron y aplastaron en Catamarca a una jovencita
y después se guarecieron entre sus jueces; patearon hasta la muerte a un
conscripto y lo ocultaron en sus cuarteles; lincharon a un ricotero en comisaría
porteña; fusilaron a un seminarista rosarino en el techo de su merendero;
e hicieron lo propio con un artista plástico y un ladrillero en la Estación
de Avellaneda… pero cierran filas para que la ley no castigue a los ideólogos
de esos hechos. Gendarmes pertrechados contra los pobres entran en acción
a diario en parajes donde la prensa -nacional no llega (o decide no llegar).
En resumen, que no renunció a la lucha armada la vieja oligarquía. Y que
esto constituye la prueba más palmaria de que nunca tuvo dos demonios la
Argentina. Aquí no se habla del odio que deviene venganza, sino de la furia
que se torna memoriosa energía creativa. Con miras a construir mayoría,
para que un mañana justo ya no cueste más vidas.
Evita lo sabía, Clau, los que menos tienen son los que más dan: Ante un
Estado diezmado emergió vigoroso tu Pueblo de siempre, multiplicando el
voluntariado solidario a lo largo de la Patria. Montando merenderos, salitas
de guardia y consultorías jurídicas gratuitas, huertas comunitarias, fabricas
recuperadas, y los más diversos microemprendimientos. Porque, como dijo
Ernesto Cardenal, el sacerdote sandinista: El Pueblo nunca muere.
La taba está en el aire, compita de los bellos días. Y en tanto gira, Johanna
se refugia en un cyber de Mendoza para huir del bardo familiar, y me escribe
un mail donde expresa que desearía ser vos. Nahuel, a sus doce, cuida sus
cotorritas en Puente de Fierro a la espera de dedicarte un poema a viva
voz el próximo 16; y Lucas, a sus catorce, rebobina en La Aceitera una película
que te nombra, para entender de una vez. En resumen, mi dulce interlocutora,
que ni vencimos aún... ni esta dicha la última palabra.-
Tu hermano Jorge,
que siempre extraña nuestras charlas.
Y aquella risa que no cesa.
Fuente: www.nacionalypopular.com, 2006

Una
escuela chilena llevara el nombre de Claudia, la chica de los Lapices
HOMENAJE EN CHILE A CLAUDIA FALCONE
Por Roberto Avila*
Cuando junto a Martí decimos "Nuestra América" no tiene esta una connotación
puramente geográfica o racial, estamos hablando de un destino común que
desde la hora de la invasión española hasta nuestros días ha hecho de nuestras
esperanzas, éxitos y fracasos, de nuestras alegrías y sufrimientos algo
compartido. No es retórica, sino realidad muchas veces épica y dramática.
Este año nuestra sociedad chilena se ha visto conmovida por las gigantescas
movilizaciones de estudiantes secundarios que en número no inferior al medio
millón se han echado a las calles impugnando las categorías neoliberales
que inspiran la acción estatal en materia de educación y que fueron dejadas
por la dictadura militar.
Entre sus muchas y justas reivindicaciones puntuales se encuentra el pasaje
escolar reducido ahora a lo mínimo, pero que el gobierno de la Presidenta
Bachelet ha reestablecido por estos días. Reivindicación tan elemental,
no ha sido fácil ni es nueva en nuestra América.
Argentina en 1975 vio el despliegue de un movimiento secundario que exigía
lo mismo que nuestros hijos hoy en Chile; el boleto escolar. Dirigió aquellas
exitosas movilizaciones un muchachita de 15 años; Claudia Falcone. Su padre
Jorge Ademar Falcone fue Primer Subsecretario de salud pública (1947-1950),
intendente de la ciudad de La Plata (1949-1950) y Senador provincial (1950-1952)
durante el gobierno constitucional del Gral. Perón. Detenido por el golpe
reaccionario de 1955 es condenado a pena de muerte, pero salvó su vida gracias
a un milagroso indulto. Era escultor y médico gremial. Su madre Nelva Alicia
Méndez de Falcone era maestra en escuelas de bajos recursos y participó
junto a Eva Perón en la campaña por el voto femenino siendo delegada regional.
Claudia y su familia vivían en La Plata. Claudia realizó sus estudios primarios
muy cerca de su casa, en el colegio Normal número 1 Francisco A Berra de
la calle 8 entre 57 y 58. En 1973 ingresó al bachillerato del Bellas Artes
(colegio dependiente de la Universidad Nacional de La Plata -UNLP), que
quedaba a una cuadra y media de su casa; en ese colegio fue elegida delegada
de su curso. Militaba en la UES (Unión de Estudiantes Secundarios) con su
convicción de joven peronista y desde allí agregaba su pequeño ''granito
de arena'' haciendo asistencia social en villas y barrios pobres. Dedicándole
tiempo a los marginados y excluidos de siempre, los pobres.
En 1975 luchó por la obtención del Boleto Estudiantil Secundario No tenia
ella en sí misma un interés personal en la reivindicación, sino que entendía
aquella de Walt Withman, de que lo que le hacen a cualquier ser humano me
lo hacen a mí, para que veamos que no hay un sólo tipo de norteamericanos.
La movilización culminó exitosamente pero los guardianes de la injusticia
no olvidan ni perdonan. El 24 de Marzo de 1976 se instaló en la hermana
República Argentina la dictadura militar de Rafael Videla y Cía la cual
no dejó estropicio ni crimen por cometer, entre ellos llegó a planificar
una guerra con el Chile de Pinochet, pelea entre rufianes pero que habría
arrastrado a nuestros pueblos.
Hasta el 16 de Septiembre del 76 esperaron los desalmados para caer en una
sola noche sobre los principales dirigentes estudiantiles del año anterior.
en la ciudad de La Plata se secuestró a: María Claudia Falcone, Horacio
Ángel Ungaro, María Clara Ciocchini, Daniel Alberto Racero, Claudio de Acha
y Francisco López Muntaner; que tenían entre 15 y 18 años y militaban en
la UES (Unión de Estudiantes Secundarios). Estan, hasta el día de hoy detenidos-desaparecidos.
Hoy, estos muchachitos que lucharon por el Boleto Estudiantil Secundario
(el mismo boleto que hoy tienen todos los estudiantes bonaerenses) han sido
declarados por la Municipalidad de La Plata: Ciudadanos ilustres post-mortem.
Esta barbarie fue recogida en la hermosa película "La noche de los lápices".
Desde este lado de la Cordillera y de esta modesta pluma salen estas en
honor de Claudia Falcone y sus compañeros a 30 años de este crimen contra
la humanidad.
*Roberto Avila Toledo es abogado y ejerce en el hermano país de Chile.
Fuente: Nac&Pop

Carta
abierta
Por Josefina G. De Salgado, septiembre 2006
El 31 de agosto próximo pasado, el señor Blumberg organizó otra marcha multitudinaria, reiterando su exigencia de seguridad. Estoy totalmente de acuerdo con él. No tengo los ojos vendados: hace falta más seguridad en nuestro país. Pero no limitemos el término a la protección contra el delito. Abarquemos su espectro total. Hay que buscar seguridad en la alimentación, para que baje el índice de mortandad infantil, por desnutrición; en la escolaridad para todos los niños que ambulan por la calle y son explotados de mil modos; en la vivienda digna; ¿Cómo puede sentirse seguro un ser humano que vive en la calle, tapado con cartones o trapos? En el trabajo degradante, tema que da mucho para hablar. Cuando se satisfagan todas las inseguridades, el país será otro. No habrá delincuencia, ni atentados contra la vida. Todo mejorará.
Casualmente, y hablando de violencia, el 16 de setiembre se cumplen 30 años de un hecho aberrante: "La Noche de los Lápices". Un grupo de estudiantes secundarios, de ambos sexos, y de la edad de su querido hijo, Axel, luchaban para conseguir el boleto escolar. Eran como él: jóvenes sanos, buenos, felices, pero por sobre todas las cosas: SOLIDARIOS. No pedían el privilegio de viajar gratis en los vehículos de transporte público. Sólo exigían un boleto escolar, al alcance de las moneditas que algunos compañeros llevaban en los gastados bolsillos de su vestimenta. Parece que la iniciativa no les cayó bien a los obsesivos que "descubren" intenciones comunitarias en esos luchadores. Sintieron "olor a subversión". ¿Qué resolvieron? Secuestrarlos. Pero no fueron delincuentes los que se ocuparon de esa sucia faena. Fueron integrantes de cuerpos uniformados, de esos que deben supervisar la seguridad del pueblo. Y qué este paga con sus impuestos. Procedieron sin escrúpulos: cada uno de esos jóvenes solidarios tenía padres amantísimos, como los tenía Axel. Nadie exigió rescate ninguno, ni se supo a qué cárcel clandestina los llevaron. Quise leer la historia de esta monstruosidad, de la sólo se salvó uno de los integrantes: Pablo Díaz. ¡Me quitó el sueño!
El Sr. Blumberg pudo "negociar" con unos malvivientes, para lograr un acuerdo, como personas civilizadas. Los padres de estos jóvenes ni siquiera pudieron enterarse a qué calaña pertenecían. Hay una pequeña diferencia, es decir, como de costumbre: los varones fueron torturados, la niñas, jóvenes, sanas, bonitas, una era la novia de Pablo Díaz, fueron violadas salvajemente. ¡Qué ocasión para esos brutos, poder disponer de una chica que jamás hubieran podido conseguir! Los padres de Axel recuperaron su cadáver. Lo inhumaron. Los de ellos no saben donde arrodillarse y ponerles una flor. Partamos de la base que el secuestrador de Axel era un ser anormal. Los que gozaron torturando a los estudiantes tenían cierta educación, pero el uniforme no oculta instintos criminales. El Sr. Blumberg agobiado por su dolor, pide más seguridad. ¿Y esta quién la ejercerá? ¡Los que destrozaron sin piedad a un puñado de adolescentes indefensos y desarmados! ¿Tendremos que incentivar los criaderos de comadrejas, para cuidar a nuestras gallinas? El término secuestro me produce escalofríos. Viví con el corazón en la mano desde el 12 de marzo de 1977, cuando nos secuestraron un hijo. El suplicio duró casi tres meses; cuando nos enteramos que lo habían matado en un enfrentamiento (por supuesto fraguado) quedé en paz. Ese día, mi infortunado hijo de 22 años, sano, bueno, inteligente, cariñoso, solidario, había terminado su calvario. Profundamente religiosa, acepté su muerte, pero empecé mi triste peregrinación, como una leona, para conseguir su cadáver. El 27 de julio fuimos a la morgue judicial a buscarlo. Quise reconocerlo. Fue espantoso. Era un despojo humano destruido por la tortura. ¡Le faltaban los ojos! Mi intuición de madre no se había equivocado. Posteriormente me enteré que fue masacrado y asesinado en el departamento central de Policía Federal.
Tengo sus cenizas en un cofrecito
de madera, junto a su fotografía, que me mira con sus hermosos ojos oscuros,
tan nobles y valientes, que me dan fuerza para seguir viviendo. Nunca le
falta una flor, que le traen sus sobrinos, - que no pudieron conocerlo -,
del jardín.
¡Es mi tío Pepe! Dicen orgullosos.
Josefina G. De Salgado
[Josefina G. De Salgado es vecina de Vicente López, miembro de la Asociación
Madres de Plaza de Mayo y solidaria militante con las luchas populares de
la zona. Esta carta la leyó en el Nacional de San Isidro el viernes pasado
(15/09/06) durante la actividad organizada por el Centro de Estudiantes
para conmemorar "La Noche de los lápices". Vano intento de la noche. ¡Los
Lápices siguen escribiendo!]
Fuente: Museo Che Guevara, museocheguevara@fibertel.com.ar
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