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Alberto
Laiseca nació en Rosario, Santa Fe, el 11 de febrero de 1941. Su infancia
y adolescencia transcurrieron en Camilo Aldao, una pequeña localidad cordobesa
de la cual guarda infinitos recuerdos. Comenzó a estudiar la carrera de
ingeniería, pero la abandonó cuando se dio cuenta que no era lo suyo. Estudió
por su cuenta física, economía, astrología y hasta la historia de los sumerios.
Trabajó en diferentes oficios en distintas provincias. Fue durante seis
años empleado telefónico y durante otros diez corrector de pruebas en el
diario La Razón.
Ha publicado las novelas Su turno para morir (1976), Aventuras de un novelista
atonal (1982 y 2002), La hija de Kheops (1989), La mujer en la muralla (1990)
y El jardín de las máquinas parlantes (1993, 2002), Los Soria (1998), El
gusano máximo de la vida misma (1999) y Beber en Rojo (2002); los relatos
de Matando enanos a garrotazos (1982), Gracias, Chanchúbelo (2000) y En
sueños he llorado (2002); el ensayo Por favor ¡plágienme! (1991) y Poemas
chinos (1987).
Cronología
1941: Nace en
Rosario, provincia de Santa Fe (Argentina), el 11 de febrero.
1942: Pasa su infancia en la pequeña localidad cordobesa de Camilo Aldao.
1976: Editorial Corregidor, de Buenos Aires (Argentina) publica su primera
novela, "Su turno para morir".
1982: La editorial Sudamericana, de Buenos Aires, publica la novela "Aventuras
de un novelista atonal".
Ese mismo año, se publica también su libro de cuentos "Matando enanos a
garrotazos".
1985: Después de desempeñar distintos trabajos, entre ellos el de operario
de la empresa telefónica estatal Entel, comienza a trabajar como corrector
de galeras en el diario La Razón. En adelante, realizará también notas y
comentarios bibliográficos para diarios y revistas.
1987: Publica "Poemas chinos", su único libro de poesía.
1989: La editorial Emecé de Buenos Aires publica la novela "La hija de Kheops".
"Es una narración construida a la manera de la clásica novela de aventuras
(...) Egipto es el único país que, junto con Israel, conserva el mismo nombre
que tenía hace siete mil años. Esta perduración a través de tantos siglos
se debe a la construcción de la Gran Pirámide (...) Los sacerdotes le contaron
a Herodoto que, hallándose el faraón Keops falto de dinero en un momento
dado de la construcción, no dudó en prostituir a su hija para incorporar
más dinero al tesoro real. Creo que hay verdad y mentira en la historia
que le contaron a Herodoto", dirá Laiseca en la entrevista con Guillermo
Saavedra, editada en "La curiosidad impertinente. Entrevistas con narradores
argentinos". Beatriz Viterbo, Rosario, Argentina, 1993.
1990: Aparece en Buenos Aires la novela "La mujer en la muralla" (Tusquets
Editores).
1991: La editorial rosarina Beatriz Viterbo publica el ensayo "Por favor,
¡plágienme!". Recibe la Beca Guggenheim.
1993: Editorial Planeta publica la novela "El jardín de las máquinas parlantes".
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"La
realidad no me interesa, lo mío es realismo delirante"
"La eternidad es demasiado larga para estar solo", dice Laiseca, un
escritor felizmente difícil de encasillar, que en Sí, soy mala poeta,
pero... rescata a personajes como el Monitor, "aunque esta vez tomé
la precaución de no hacerlo entrar en guerra con nadie".
"Uno siempre tiene que capitalizar todo, el bien y el mal... hasta los
desastres napoleónicos deben ser capitalizados."
Por Silvina Friera
Los chicos
lo miran directamente, sin el disimulo propio que en breve aprenderán
de los adultos. Quizá lo observan por los bigotes desmesurados, por
su mirada o porque su cuerpo hace que la silla y la mesa parezcan demasiado
pequeñas. Pero cuando lo escuchan hablar o reírse con ese tono gutural,
como recién salido de una película de terror, siguen caminando. El,
que está sentado en el "vip de los fumadores", en un bar de Palermo,
sabe que da miedo y se divierte con la situación. "Es todo teatro, a
mí me gusta jugar", se justifica Alberto Laiseca en la entrevista con
Página/12. "Están los que simplemente se asustan y los que pueden ver
la ternura detrás de esta aparente aspereza." El escritor, entre vasos
de cerveza y cigarrillos, cuenta cómo intentó rescatar una parte de
su vida, que él define como "underground", en un tríptico de novelas
–El gusano máximo de la vida misma (1999) y Las aventuras del profesor
Eusebio Filigranati (2003)– que ahora se completa con la publicación
de Sí, soy mala poeta pero... (Gárgola). "Tenía muchas ganas de rescatar
al Monitor, ya no soportaba que estuviera muerto. Pero esta vez tomé
la precaución de no hacerlo entrar en guerra con nadie, si no, otra
vez me lo derrotan y lo matan", bromea. "Quería que se divirtiera un
poco, que tuviera chicas y que tomara mucha cerveza."
En la nueva novela de Laiseca, al revés de lo que sostenía Hegel, todo
lo real es irracional y todo lo irracional es real. Por empezar lo es
la historia de amor entre Analía, una mala poeta que no ignora lo que
es la buena poesía –aunque "sus cogidas a troche y moche daban a su
espantoso poemario la carnadura que le faltaba"–, y el japonés necrófilo
Tojo (que se llamaba igual que el famoso general de la Segunda Guerra
Mundial ahorcado en Tokio en 1946 por sus numerosos crímenes). Y también
la sorprendente actualización que el escritor hace de El fantasma de
la Opera, de Gastón Leroux, "porque amo el libro y para demostrar que
si se quiere hacer un buen guión, se puede", apunta Laiseca. "Hasta
ahora hemos tenido versiones chascos; la mejor de todas es la muda,
con Lon Chaney, que sigue bastante al pie de la letra el libro".
–En esta novela tiene mucha trascendencia el tema de la locura. ¿Es
una sensación vinculada con esa parte de su vida "underground"?
–Francamente, no me di cuenta de que eso pasase, pero sí, ahora que
lo pienso, es verdad. Vivimos en un mundo de locos. A Analía le pasa
de todo, está chifladísima, pero finalmente hay un final feliz, porque
la locura se cura con amor, que es lo único que hace que estemos menos
solos.
–¿Por qué, como se afirma en una parte de la novela, "los sanos de mierda
son los que hacen daño en el mundo"?
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–Siempre
pensé que lo que no es exagerado, no vive; toda mi vida fue exagerada.
Si no fuera exagerado, no hubiera escrito Los Sorias, y ni siquiera
hubiera llegado a ser escritor, porque la oposición familiar y del entorno
eran muy grandes. A toda costa querían hacerme seguir la vida que ellos
deseaban. Tenía que ser ingeniero químico, incluso llegué a tercer año
de Ingeniería hasta que dije "ya basta", y me fui a trabajar a las cosechas
argentinas, al interior del país, en Mendoza, Santa Fe, Córdoba. Después
vine a Buenos Aires, trabajé de obrero y fui corrector de galeras del
diario La Razón. Los Sorias, que es una cosmovisión, un punto de vista
del mundo, tiene 1450 páginas. ¿No le parece exagerado? Pero no se podía
hacer en menos páginas por todo lo que había que decir.
–Usted suele decir que "el realismo delirante es la más alta expresión
del romanticismo". ¿Cómo explica esta asociación?
–Y también digo que el sadismo es el último refugio de los románticos...
Oscar Wilde dijo que en este mundo todo puede explicarse, hasta lo que
es cierto. Pero lógicamente es difícil explicar lo que es obvio. El
sadomasoquismo es el último refugio de los románticos porque, como diría
en una obra mía que está por salir, Manual sodomasoporno, sadismo es
amor, masoquismo es ternura, vampirismo es protección.
–El Monitor
cuenta que era un chico muy bloqueado y recuerda que el padre le enseñó
la tabla de multiplicar a cachetazos. ¿Esto lo toma de su infancia y
lo exagera o es cierto?
–Sí, es verdad, me pasó a mí, aunque se lo atribuyo al Monitor. Lamentablemente,
me enseñaron la tabla de multiplicar a cachetazos. Esas cosas se enseñan
con amor, pero mi padre estaba loco... Vivía en la Unión Soviética de
la frialdad y mi pobre padre era Josef Stalin. Mi único refugio era
la imaginación. Estaba mejor que en el Gulag, porque ahí no te dejaban
leer ni una mierda, en cambio yo tenía mis libritos infantiles. Después,
por suerte, las mujeres me formaron, fueron mi salvación, sin ellas
no me hubiera humanizado jamás. Cuando todavía escribía muy mal, en
Balcarce, provincia de Buenos Aires, y trabajaba en la cosecha de la
papa, pensaba que ya no tenía posibilidad de retroceder. Lo que pasaba
es que estaba trabado... no podés hacer la vida que los otros te marcaron.
Empecemos con la honestidad, viejo: estudiaba para Ingeniería y, como
quería ser escritor, escribía a escondidas. Eso no se hace, no sirve.
–De todos modos, esos años de Ingeniería parecería que le sirvieron.
En sus novelas hay muchos cálculos, mucha ciencia dando vueltas...
–Todo se aprovecha en esta vida, querida amiga, incluso hay lectores
que se han tomado la molestia de hacer los cálculos y ven que son verdaderos.
Uno siempre tiene que capitalizar todo, el bien y el mal... hasta los
desastres napoleónicos deben ser capitalizados.
–¿Hay algo que no se pueda capitalizar?
–Supongo que estar muerto, porque en el otro mundo no hay cerveza ni
cigarrillos (risas). Mientras estemos aquí, supongo que podemos capitalizarlo
todo.
–Entre esos libros infantiles que le servían para "escapar" de la Unión
Soviética que era su casa, ¿qué papel cumplieron las historietas?
–Me enseñaron a delirar. Había una Ocalito y Tumbita, dos personajes
disparatados que hacían chistes tontísimos. Era algo totalmente surrealista,
un delirio, porque no tenía nada que ver lo que sucedía en la historieta
principal con lo que sucedía abajo con las ratitas de los zócalos. Este
tipo de historietas me abrieron la mente, me enseñaron que todo era
posible.
–A propósito del título de la novela, ¿qué es para usted ser un buen
o un mal poeta?
–Esta es
la pregunta eterna del arte. Creo que se puede decir qué es bueno o
malo, el problema es que no se lo puede explicar. No puedo decir por
qué en realidad Venus y Adonis, de Shakespeare, es una obra maestra.
Lo es y listo... por las imágenes, por todas sus sugerencias. Eso lo
logra el buen arte, el arte supremo. También tenemos obras de mal arte
que no te inspiran nada de eso, que son toscas, chabacanas, mal hechas,
sin encanto.
–¿Y usted cree que es un buen o un mal escritor?
–Siempre se lo cuento a mis alumnos cada vez que empiezo un ciclo de
talleres en el Rojas, en la primera o en la segunda clase. Nunca jamás
tuve un alumno o alumna que escribiera tan mal como cuando yo empecé.
Y si hubo solución para mí, hay esperanzas para todos. Hay que jugarse
y trabajar mucho.
–Vamos, lo dice a modo de consuelo...
–¡No! ¿Qué consuelo? Les estoy diciendo la verdad. Todo depende de cada
uno, porque no hay recetas para aprender a escribir. Siempre se escribe
desde lo fuertemente sentido y vivido.
–Pero usted tiende a borrar lo vivido al trabajar con el delirio.
–Los delirios del realismo sirven, y mucho, para ampliar desmesuradamente
ciertas partes, y esto hace que se destaque más que nunca la parte realista.
El delirio sirve para reafirmar, para ver mejor la realidad. Impresiones
de Africa, de Raymond Russell, no sucede en Africa, es todo delirio,
no hay nada de realidad. La realidad no me interesa, lo mío es realismo
delirante, ni delirio, ni realidad. Son las dos cosas juntas, porque
el delirio potencia la realidad y la realidad potencia el delirio.
Laiseca, que todos los jueves a las 22 presenta películas de terror
en el canal Retro, cuenta que en Sí, soy mala poeta, pero... también
quiso rescatar novelas policiales "malísimas" de la década del ’40.
"En esos libros, que en algún sentido podríamos llamar bazofia, no había
una sola historia que no tuviera un delirio, una maravilla", señala.
"Me imagino a esos pobres tipos que escribían esas historias y después
no tenían ni para pagar la luz. Supongo que pensarían: ‘Por lo menos,
vamos a divertirnos un poco. No soy Shakespeare, jamás voy a escribir
el Ulises de Joyce, escribo estas novelitas policiales serie erótica,
con el erotismo que me permite la época’."
–Al menos usted parece que también se divierte cuando escribe, aunque
no es creíble que piense que sus "novelitas" sean "malísimas"
–¡He contribuido a la cultura y al lenguaje muchísimo! He creado palabras
como copitazas, mezcla de copa y taza... es un hallazgo; me deberían
dar el premio Cervantes por mi contribución a la lengua (risas).
–Un poco de egocentrismo siempre viene bien, ¿no?
–Ay, querida mía, los escritores necesitamos un poco de egocentrismo
para sobrevivir en estos tiempos terribles porque, si no, te aplastan.
El egocentrismo te sirve para escapar de toda la mierda.
–Por la extensión de muchas de sus novelas, especialmente en el caso
de Los Sorias, ¿usted demanda lectores full time que no abandonen el
libro?
–No quiero que los lectores me abandonen, ya tuve bastantes abandonos
en mi vida. ¿Sabe por qué no conviene abandonar ni ser abandonado?
–No.
–Voy a brindarle la revelación máxima de la vida misma (risas). Porque
la eternidad, mi querida amiga, es demasiado larga para estar solo...
Fuente: Página/12, 28/02/07
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Alberto
Laiseca: "Poe estaba muy equivocado"
Entrevista por Víctor Malumián y Ariel Fleischer
Desde el
umbral del edificio se escucha el timbre quejándose en un departamento
de la calle San José de Calazans; nadie responde. En el oscuro pasillo
se recorta la figura de un hombre alto y de caminar templado. Alberto
Laiseca nació en los suburbios de Rosario, en 1941, pero se crió en
la exigua localidad cordobesa de Camilo Aldao. Realizó diferentes oficios
golondrina que lo pasearon por distintas provincias del Norte.
Mientras elaboraba sus textos dedicó seis años de su vida como empleado
telefónico y durante otros diez fue corrector de pruebas en el diario
La Razón. Lai, como le dicen Ricardo Piglia y el resto de sus amigos,
se muestra tan alto como afable. Sus enormes bigotes se descorren como
un telón antiguo revelando una sonrisa exagerada y unos dientes afectados
por el cigarrillo. Abre la puerta de su casa e inmediatamente percibimos
algo diferente: sus tres gatos, Greta, Lenin y Chop salen a nuestro
encuentro como si fueran perros que están obligados a recibirnos, en
cambio, su perro se mantiene distante y enigmático.
Sus dedos son largos y amarillentos; siempre sostienen un cigarrillo
encendido. Intentó estudiar ingeniería, pero abandonó y se volvió un
autodidacta, desde la física cuántica y la economía, hasta la astrología
y la historia de los Sumerios. Se proclama pagano y politeísta. El cenicero
está abarrotado de cigarrillos y una infaltable botella de cerveza descansa
vacía sobre el escritorio.
¿Cómo es
el proceso creativo?
Bueno, ese es uno de los grandes misterios. Él único que pretendió haberlo
revelado fue Edgar Allan Poe y estaba muy equivocado, cuando dijo que
había hecho todo "El Cuervo" de una manera cerebral -respira profundamente
y luego califica- es un delirio. Nadie le creyó, yo tampoco. El proceso
creativo es una cosa muy extraña, muy misteriosa, en la medida que uno
intenta detectarlo, ahí se jode todo. No se puede seguir un proceso
determinado. En realidad, uno no sabe de donde le vienen las ideas,
de las cosas que uno ha vivido, de las desesperaciones, de la cultura
que tiene, de los deseos sobre todo. Pero si vos me preguntas por un
proceso definido, no. No hay. No existe.
Escribo mejor de noche, soy lo que los astrólogos llaman un hombre lunar.
Cuando sale nuestra madre, la Luna, nos da mucha fuerza, pero eso tiene
su precio: el cuerpo apela a una energía extra que se gasta y uno se
cansa demasiado, por lo que trato de escribir de día.
La gorda Dorys no cree en la teoría del "Big Bang" ¿Cómo se filtra su
pensamiento en ese personaje?
Ah si, yo tampoco creo en eso. Claro que me identifico mucho con la
gorda y ahora que estoy panzón más -se mira la panza, ríe cómplice y
continúa- cuando lo escribí era flaco, pero ahora que estoy panzón me
siento completamente identificado. Yo creo que es una de esas ideas
de tipo totalitario que están muy de moda y sobretodo en boga, pienso
que la creación es otra cosa, la creación del universo es muy distinta
de la que nos imaginamos. Pienso que son fuerzas descentralizadas. Hay
muchas ideas totalitarias que intentan dar un orden comprensible a las
cosas, por ejemplo la unificación de la física, las cuatro fuerzas,
el electromagnetismo, fuerzas fuertes y débiles y por supuesto la gravitación.
Yo no creo que se puedan unir, son fuerzas colaborantes pero descentralizadas.
Lo mismo que su origen, no es único, a tal hora, a tal día a tal fecha,
¡tac! Empezó todo. No creo en nada de eso.
¿Cuándo relee sus libros reconoce la influencia de algún escritor en
particular?
Pues mi querido amigo quién no ha sido influido, todos cargamos una
enorme deuda, todos. Qué sé yo qué le debo a Oscar Wilde, por ejemplo,
al propio Poe, Edgar Allan, ¿no? Una mujer que me formó mucho a mí es
una escritora norteamericana que acá ni se la conoce, se llama Ayn Rand,
escribió "El Manantial", "La Rebelión de Atlas", "Lo que vivimos", esa
mujer pienso que estaba muy equivocada en muchas cosas pero a mí que
me importa. Las cosas buenas y positivas que me dio, esas me las dio.
Esa mujer me dio la fuerza de vivir a mí.
En relación a esto que conversábamos de cómo se transforman los personajes
en el "alter ego" del autor, en el "gusano máximo de la vida" describe
una infancia aterradora ¿Cuánto tiene que ver con la suya?.
Si, mucho, Yo siempre que hablo de la infancia tomo cosas verdaderas
de mi vida, eso seguro. Y si, tuve una infancia bastante totalitaria,
yo siempre digo que viví en la Unión Soviética. Mi padre era Jhosep
Visainovich Vlasvili Stalin, lógicamente el único refugio que yo tenía
era la imaginación, era el único lugar donde era libre, después era
un soldadito del consumo. Tenía que cumplir órdenes absurdas, órdenes
contradictorias, castigos absurdos. No quiero hablar de eso ya bastante
he hablado en mis novelas -ríe con ganas-.
¿Cómo se le explica el "realismo delirante" a un lector que todavía
no ha pasado por las armas de Laiseca?
Mire, a mí me interesa mucho la realidad, nunca la pierdo de vista.
Uso el delirio, en primer lugar como arma, como un proceso para ganar
tiempo. Si escribimos una cosa lineal también se puede decir lo que
uno piensa pero ahorra tiempo el delirio, las distorsiones de la realidad
y las exageraciones. Uno lo que hace es que a la realidad se la pueda
ver con un fuerte foco, como con una lupa, entonces lo mío es delirio
pero no solo, sino delirio delirante.
Yo siempre suelo citar el caso de Raymond Russel que me gusta mucho,
pero no es lo que yo haría. Por ejemplo, "Impresiones de África" de
este mismo autor, es simplemente delicioso. Esas máquinas absurdas que
fabrica pero, posiblemente, debajo vemos un gran nihilismo por parte
de Russel. Aclaro, yo no soy nihilista. Entonces me interesa la realidad,
el delirio también. Fabrico máquinas absurdas y procedimientos absurdos
pero sin nihilismo y con un profundo respeto por la realidad.
¿Cómo fue la preparación para escribir "Los Soria"? Tenemos entendido
que tuvo que asesorarse en cuanto cuestiones de suministros, tácticas
y fabricaciones militares.
Ah, si. Empecé con la industria pesada y luego continué con las ciencias
militares. Todavía tengo los libros de los oficiales retirados que compré
en las librerías de viejo. Seguramente cuando un oficial se moría la
familia que no le interesaba esos textos los vendía ahí por la avenida
de Mayo. Por otra parte también leí íntegra la obra de Von Clausevitz
de la guerra, pero no los leía como quién lee al pato Donald. Era una
lectura como si yo fuera a entrar a la milicia, como si fuera un oficial;
sino, no tiene seriedad el escrito. Ve, ahí está, Los Soria es una novela
muy delirante, con máquinas rarísimas y sin embargo ya ve como he respetado
la realidad, porque las batallas están escritas desde el punto de vista
militar, no hay cosas hechas al pedo dentro de la batalla. Pienso que
un militar no tendría nada para decir, por que he estudiado mucho. No
sólo eso, la adquisición de metales también ha sido estudiada.
¿Recuerda alguna anécdota que en su momento lo incomodó y ahora le causa
gracia?
No recuerdo, y si algo me incomodó me sigue incomodando ahora, en ese
sentido no cambio. Cada tanto uno se encuentra con algún loco. Recuerdo
que hace mucho estábamos presentando con Ricardo Piglia uno de mis libros,
y un loco empezó a los gritos a decirme cualquier cosa, de muy mal modo,
sabe Ud. la gente lo echó a patadas. Me incomodó y supongo que también
a Ricardo.
¿Recuerda sus primeras publicaciones?
Si, claro. Tamara Camense me dijo "Mirá Lai a mi me gusta mucho lo que
vos escribís, te voy a presentar a dos personas al Gordo Soriano y a
Tomás Eloy Martínez" que por aquel entonces ambos trabajaban en el viejo
diario La Opinión de Timerman que quedaba en el micro centro. Tanto
Soriano como Tomás Eloy Martínez gustaron mucho de mis cosas. Martínez
me publicó fragmentitos de algunas cosas. Y Soriano directamente mi
novela. A su turno la llevó a Corregidor. Con el espaldarazo del gordo
me la publicaron. Así fue como empezó la cosa.
En la novela "La mujer en la muralla" se observa que el Estado Chino
se deshumaniza paulatinamente, sucede lo contrario en "Los Soria" ¿por
qué esa inversión?
Bueno, al Monitor lo inventé yo, es un personaje mío y a mí lo que me
interesa es que la gente se humanice no se deshumanice. En cambio, el
caso del Emperador Chino es la historia verdadera de él. Era un buen
chico, hasta que se enteró que su madre cogía con su preceptor; y se
rayó. De ahí empezó a ser cada vez más duro y más hijo de puta. El gusano
también empezó siendo un hijo de puta y después se humaniza. Esas cosas
tan humanas que tiene de ayudar al loco de la cripta… hay que ayudar
a los demás también, ¿no?
Esto se relaciona con la construcción de la pirámide y los gastos que
le representan al Faraón que toma una decisión radical con su hija.
Todo cuesta, aquellos que construyeron las pirámides no eran esclavos
como se dice por ahí. Las cosas habían que pagarlas, la mano se pagaba,
no era esclava. Entonces decide prostituir a su hija para aumentar la
recaudación. En las primeras dinastías egipcias casi no había esclavos
en Egipto, si había eran muy pocos. Egipto se inundó de esclavos a partir
de Tudmosis III, que era un rey guerrero. Pero hasta la quinta dinastía
eran todos faraones constructores. Entonces ¿de donde voy a sacar esclavos?
Tengo que invadir a otros países para conseguirlos. Se pueden comprar
algunos pero son muy caros; es mucho más barato si voy al país vecino
y traigo parte de la población como esclavos, es más sencillo.
¿Por qué para entender a los egipcios hay que volverse politeísta?
Yo soy pagano, no soy monoteísta. Creo en los dioses grecorromanos,
los afro-americanos y algunos dioses escandinavos.
¿Cómo surge la idea de inmiscuirse en el mundo televisivo?
Se le ocurrió a Gastón Luprat que hace mucho que es amigo mío y a Marcelo
Khoen. Me vinieron a ver, antes yo vivía en San Telmo, y me dijeron
"mirá Lai quisiéramos hacer una prueba porque nosotros pensamos que
vos podes contar bien cuentos". Como acepté trajeron cámaras. Le aclaro,
la idea fue de él. Entonces yo conté "La pata del mono" de W. Jacobson
y salió muy lindo. Lo llevaron a I-Sat y así empezó todo. Llega un momento
que el abanico de cuentos se termina y comienza un trabajo investigativo.
¿Cree que en la Argentina el reconocimiento a los escritores les llega
un poco tarde?
Si, claro que llega tarde y nunca va a ser tanto como uno necesitaría,
lo cual es peligroso para la obra. Yo se que mientras siga vivo, mas
o menos me van a seguir dando pelota. El problema es cuando me muera
si no he conseguido ser traducido va a ser peligroso para mi obra. Se
murió Laiseca y veinte años más tarde escuchás "Laiseca, nunca oí hablar
de él" y sino te nombran una sala Alberto Laiseca. Mi obra no gana nada
con eso. Yo lo que quiero es que mi obra quede. La imaginación es lo
más importante, porque la forma de escribir se puede corregir con lectura
pero la originalidad no es algo que se encuentre por ahí.
Esa es una forma de volverse inmortal
Si, la única forma de hacerlo, mucho me temo.
Por último, ¿qué consejo le daría a los que se inician en la escritura?
Lo primero por lo que hay que preocuparse es por desarrollar una obra,
un estilo propio y todas esas cosas. Hay un libro de Stephen King que
se llama Mientras escribo es una especie de mezcla de consejos literarios
y autobiografía. Me sorprendió mucho ese libro que es muy bueno porque
dice dos de las tres cosas que siempre dije: no hay una isla secreta
de las ideas, la única solución para escribir, para ser un escritor
es leer más y escribir más. Eso es exactamente lo que yo había dicho
siempre. Lo único que no dijo es esta tercera cosa, vivir más.
Fuente: www.godot.323.com.ar
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Gran
caída de la indecorosa vieja
Por Alberto Laiseca
[De Matando enanos a garrotazos]
En
el año doscientos de la Egira, ya existían los ómnibus en aquel remoto
reino de las profundidades de Arabia. ¡Yah, Alah!: ayúdame para que
por lo menos, por respeto al Diván, con su nube de emires, califas,
sultanes, cadíes, imanes, derviches, calendas y creyentes, yo diga la
verdad siquiera esta vez. Sea yo veraz, aunque Dios mienta.
Existían los ómnibus, repito, sólo que al no haber electricidad, ni
estar solucionado el problema tecnológico de los motores a explosión,
arreglaban las cosas con un motor más voluminoso. Consistía éste en
una cámara grande como una habitación, donde quince esclavos hacían
girar una enorme rueda conectada a un engranaje, que a su vez movía
las pantaneras del ómnibus.
Cuatro capataces munidos de látigos mojados y espolvoreados con sal,
se encargaban de estimular los bríos de los terrestres galeotes. El
vehículo se movía lentamente, claro está, pero en forma segura.
Cada tanto había estaciones de servicio donde los galeotes, transformados
en pulpa o tocino salado, eran echados a la Gehena de azufre y llamas
que arde eternamente, situada por lo general detrás de la estación de
servicio. Los muertos eran en el acto reemplazados por tropas frescas,
como dicen los militares.
El cadí subió al automotor y sacó boleto de quince dracmas. Como a esa
hora el transporte iba casi vacío, pudo sentarse confortablemente en
un asiento del fondo ya la izquierda. Siempre que podía se instalaba
atrás; en esta forma si un enemigo le hacía un signo mágico con los
dedos, podía detectarlo con facilidad y tomar las contramedidas necesarias.
Mientras el artefacto autopropulsado se ponía en marcha, comenzó a recordar
las más absurdas cosas. En ello estaba el cadí, trinando alegremente
sus fantásticos pensamientos, sin prestar atención al traqueteo del
ómnibus ni a los latigazos que se escuchaban desde el motor, cuando
de pronto una vieja repulsiva que se había puesto a su lado, comenzó
a toser para llamarle la atención -vanamente, por supuesto-; viendo
que no le cedían el asiento -el ómnibus se había llenado en la parada
anterior-, procedió a la puesta en marcha de un operativo de más vastos
alcances: algo así como la pacificación de las Galias por Julio César,
o Federico el Grande invadiendo la Sajonia. Me refiero a que le incrustó
en el ojo derecho un ángulo de la cartera. Desagradablemente arrancado
de sus ensueños, el cadí sonrió, levantó la cabeza para mirada, y le
dijo con dulzura: -¡Yah, Alah! ¿Cómo te has atrevido a incrustarme tu
cartera en el ojo, falsa e inmunda salchicha de plástico; abominable
creación del Malo; a quien el Profeta -¡con él sean la Gloria y la Salsa
para ensalsarlo!-confunda?
Dichas estas palabras, hizo detener el vehículo y llamó a la Guardia
del Alfanje, la cual se llevó a la repelente vieja arrastrándola de
las patas, por lo que su pollera aleteaba alegremente, entremezclándose
con el polvo y levantándolo a cucharadas.
Una vez instalado en su despacho, el cadí pasó a administrar una rápida
justicia, dejando a la repugnante vieja para postre, que habría de merendar
al siguiente día. Así, mientras ingería un refrigerio, condenó a un
10 % de inocentes, liberó y "sin que el juicio afecte a su buen nombre
y honor" a un 20 % de culpables, y el 70 % restante fue sancionado más
o menos como lo merecía. Todo rapidísimo y en quince minutos.
Unas veintiocho personas, entre hombres y mujeres, fueron a parar ese
día al suplicio de las soldaduras; consistía en trazar sobre la piel
de los condenados, con barritas de estaño y autógena, toda clase de
líneas y dibujos maravillosos que parecían oropéndolas anadeando sus
culos por entre elipses de plata, y que se iban entrecruzando alrededor
del cuerpo como un cañamazo, terminando por formar una sola pieza sobre
la carne carbonizada. No dibujaban figuras humanas porque lo prohíbe
expresamente el Profeta (¡con Él sean la plegaria y la paz!).
Se utilizaba oro, si era domingo; puesto que este es el metal que corresponde
astrológicamente a ese día de la semana. Plomo si era sábado, etc.;
y así también: hierro, estaño, plata, cobre y mercurio. El último metal
mencionado no producía ningún daño por sí mismo, como es natural, pero
las quemaduras del mercurio hirviendo gracias a la autógena eran más
que suficientes.
Y dijo el cadí: "¡Yah, Alah! Agradezco a la Providencia que no haya
un octavo planeta cuyo representante sea el platino, por ejemplo, que
es carísimo": Los discípulos del cadí hacía rato que observaban a la
asquerosa vieja carterista, haciéndoseles agua la boca.
A los fines de endosarle un espejismo o falso castigo, cosa que tuviese
una pálida idea de la verdadera reprimenda que le habría de dar el cadí
cuando se levantara por la mañana y diese alimento a los perros sagrados,
arrancaron a la desabrida e intratable vieja las pocas muelas y dientes
que le quedaban, para emparejarle las encías; en esa forma la vieja
execrable y arisca podría articular mejor las palabras, e iniciar con
eficiencia su defensa oral ante el cadí.
Compadecidos por lo demás ante su boca huérfana de piezas dentales,
se decidieron por pura filantropía a ponerle una dentadura allí mismo
sin falta. Así, comenzaron por atarla con alambres de púa a un poste,
y luego, sin prestar la menor atención a los rugidos triunfantes de
la maliciosa y detestable vieja, procedieron a meterle en cada encía
-donde antes hubo dientes o muelas-un clavo a martillazos. Dichos trebejos
estaban calentados al rojo; pero no para hacer sufrir a aquella aviesa
pécora, vieja malévola e insolente, sino por su propio bien; ya que
en esa forma, las heridas cicatrizaban de inmediato.
La desalmada proterva, condenable y ruin vieja, vino a quedar de esta
guisa con una dentadura nueva, como de plata.
Seguramente alguien se preguntará cómo es posible dar martillazos en
el fondo de una encía. Es que, estos Emires de los Dientes, habían inventado
un mini martillo telescópico, encargado de producir en el interior de
las fauces viejeriles, los indispensables micro climas de violencia.
Luego que a la pésima e indeseable vieja le hubo sido puesta la nueva
dentadura, los Dispensadores de Dones quedaron cavilantes acerca de
los méritos de la obra odontológica.
En ese momento la dentadura parecía de plata puesto que los clavos eran
nuevos; pero, ¿qué sería de aquel argentino brillo una vez oxidados?
De manera que se los arrancaron a todos, uno por uno, y luego de haberlos
sometidos a un baño de acrílico se los volvieron a meter en los mismos
agujeros. Como los clavos habían sufrido un proceso de engorde a causa
del plástico, no bailaban sino que entraron lo más bien.
Toda esta última parte de la operación, o sea la sacada y puesta, fue
acompañada por la música de la descarriada, injusta y perniciosa vieja,
quien lanzaba alaridos tan magníficos que los operadores llegaron a
la conclusión de que ella estaba gozando intensamente.
Para tal estimación se basaron en el cuarto principio de la termodinámica,
o ley del segundo orgón, de Reich. En efecto, la anatematizada y perversa
vieja obligaba a tal pensamiento con sus arqueos de espalda y, sobre
todo, mediante los golpes que daba con sus pies: primero zapateaba con
una pierna, después con la otra, luego otra vez con la primera, etc.
De lo más erótico y análogo a un violento orgasmo. Corajuda, la rabiosa
vieja, dentro de su placer. Irascible, la malsufrida geronta. Soberbia,
la prepotente anciana.
Arrebatada y torva, gozando sola y sin invitar a nadie, aquella tenebrosa
furia. Sus berridos en cambio, soberanos y nítidos, no tenían nada de
lóbregos ni desdibujados ni confusos; antes bien, los mencionados alaridos
parecían ovaciones; o sea: el aplauso unánime del público cuando premia
la labor de un artista. Aquellos rugidos sexuales eran luminosos, nítidos,
diáfanos, paladinos, inequívocos y terminantes. Sus gritos deliciosos
y reconfortantes hablaban de apetencias eróticas, de públicas demandas
de lecciones prácticas.
Después de todo se las había arreglado para sacar provecho, la nauseabunda
y malintencionada vieja. Más odiosa que nunca, la infame y fétida.
Así pues y por todo lo anteriormente referido, esos derviches, aquellos
santones de la dentición, llegaron al convencimiento íntimo de que esta
endiablada estaba de lo más alegre y gozosa, y que sus alaridos eran
pura simulación, propia de un pudor koránico.
Libres ya de remordimientos y con la conciencia tranquila, alguien propuso
volvérselos a sacar y ponerle clavos de cuatro caras como los que se
les colocan a los zombees, para impedir la rotación y asegurarlos a
las mandíbulas.
Pero los demás se opusieron alegando razones humanitarias. En efecto:
de proceder en esa forma, la maldita y podrida vieja sufriría innecesarias
torturas. Lo mejor era asegurar los clavos ya puestos con un puenteo
de estaño. Dicho y hecho: el Sultán de los Odontólogos en persona procedió
a fundirle, arriba de las encías, una barra entera con ayuda de un pequeño
soplete de llama corta y fina. Media barra en la mandíbula superior
y el resto en la inferior. Comenzó por la de arriba, ya que era la más
difícil, y porque a la malandrina, maligna y vomitada vieja había que
ponerla cabeza abajo para trabajar mejor.
Este Califa de los Dientes siempre hacía los trabajos más difíciles
primero, para después tener derecho a descansar. Era un tenaz. Uno de
esos hombres que no se dejan subordinar por los reveses de la vida.
De los que dan la cara al Destino y lo enfrentan virilmente.
Pero cometió un error, al no advertir lo obvio: el puenteo de estaño,
a la fuerza habría de quemar el acrílico. Todo el primer trabajo, en
vano. Sin querer le habían otorgado el derecho a burlarse a la aprovechada
vieja; atrincherada dentro de su mente en ruinas, ahora podría diagnosticar
fracaso, la malvada grotesca y babosa.
El Profeta de los Odontólogos se puso rubí de vergüenza.
Cuando el cadí se levantó -y luego de sus abluciones matinales, que
realizó como buen musulmán-dirigióse hasta donde se encontraba la terca,
testaruda y contumaz arpía.
Sus discípulos le confesaron de rodillas que habían fracasado en su
intento por poner en vereda a la incorregible, reincidente, recalcitrante
y obstinada geronta. No dudaron, ni por un segundo, que el Maestro tendría
más suerte.
Pasaron luego a informarle de la irreligiosidad de la impenitente vieja:
atada con alambre de púa y cabeza abajo como estaba, bien podría haber
dado gracias a Alah de que continuara soportándola un rato más en la
Tierra, en vez de llevarla en el acto y sin más dilaciones a la quinta
torca del infierno a donde seguramente iría. Pero no había rezado ni
nada, aquella descreída relapsa.
También procuraron llevarla a la reflexión mediante un monólogo contrapuntístico
de pinchos; así estaría preparada para pelear por su salvación mediante
gentiles maneras, abdicando de su deplorable actitud; pero ni con ésas.
Llegaron a la conclusión de que la despreciable e imposible vieja se
hacía la loca para pasarlo bien.
El cadí ordenó que la sacaran del poste.
Cuando la llevaron a su presencia fue preciso sostenerla, pues se negaba
a estar parada la muy cómoda; holgando en brazos de los otros y siempre
tomando ventajas la perfecta inútil. El cadí tuvo la condescendencia
de preguntarle cómo se llamaba. Sin prestarle atención, la altamente
maléfica comenzó a cuchichear con el Enemigo de la humanidad, su Dueño
y Señor. Al menos, eso dedujeron todos ante los extraños e indescifrables
suspiros, graznidos, ruidos y otras. Chismorreaba con sus gorgoteos,
sin duda para mantenerlo informado de las últimas novedades en la Tierra.
Firme hasta el fin en sus herejías y blasfemias, aquélla, poco temerosa
del Cielo, cerda. Testaruda, en su desviación contumaz. Pecadora, la
obstinada sectaria. Inexpugnable, en su atrevida desfachatez.
Inconquistable, en su audaz desvergüenza de vieja puta. Invencible,
en su temeridad petulante y díscola.
Para dar lástima -sin sospechar que el magistrado ya había sido advertido-,
la ridícula y zalamera vieja escupió sangre e hizo otras mil gitanerías
delante del cadí a los fines de seducirlo. Ingobernable, la cerril e
insolente vieja. Deseaba robar el tiempo de los otros mediante engaños,
la falaz y codiciosa anciana. El cadí comprendió finalmente, que aquella
atroz pésima, con sus gemidos, balbuceos, sangre y continuos desplomes,
no se proponía otra cosa que una maniobra parlamentaria de obstrucción.
En eso estaban cuando ella lanzó por la boca una especie de palabras;
pero todo muy amanerado. ¿Qué habría querido decir con algo tan impreciso
y equívoco, la ambigua vieja? Desconfiaron de la cínica, procaz e impúdica.
Triste experiencia tenían con la descarada anciana. Desvergonzada, la
geronta.
Por orden del cadí le fueron pasados rodillos ardientes por culo y espalda,
como quien pinta. Era cosa de ver cómo saltaba la vieja mentirosa, para
llamar la atención. Se le dijo que con pataletas e histerias no iba
a conmoverlos.
¿Por qué no hablaba en su descargo, si se había cometido un error con
ella? El cadí era un hombre clemente, sensible y proclive a la piedad.
No se habría negado en modo alguno a escucharla.
Bien sabía la indignante, astuta y escurridiza vieja, que ningún argumento
que esgrimiese podría haber justificado su malévolo acto carteril anti
ojo. Se negaba a explayarse; rehusaba hablar, la silente vieja.
Era capaz de morirse, exclusivamente para molestar y escapar a su castigo
que, por otra parte, aún no había sido determinado.
Entonces comenzaron a observarse signos de abdicación, por parte de
la desfachatada vieja. Parecía desolada, como a punto de entregarse,
abrirse a ellos. El cadí, como es natural, jamás quiso castigarla, sino
sacar de su descarrío, desviación y error, a la renunciante decrépita.
Se veía meditabunda y deprimida, la desalentada geronta. Parecía que
iba a hablar, apelando a la clemencia siempre infinita de los magistrados.
Pero por la expresión de astucia que observaron en un recoveco del cachete
que aún poseía, comprendieron que había conseguido engañarlos otra vez
y con una nueva insolencia.
Entonces decidieron que, por lo menos, le transformarían las tibias
en flautas.
Descarnadas que éstas -las extremidades-fueron, a la caminante vieja
le cortaron las piernas a la altura de las rodillas, porque todo lo
situado desde ese paralelo hacia abajo, molestaba para la construcción
de las mencionadas flautas. Luego se procedió a vaciarle el interior
de las referidas tibias con baquetas como las que se usan para limpiar
los fusiles, y practicaron siete perforaciones sucesivas en cada una
para lograr las citadas máquinas de música. Dos flautistas procedieron
entonces a tocar sobre la instrumentada vieja.
Ante los gorgoteos con metrónomo y diapasón de la musical vetusta -por
alguna ignota razón se asemejaban mucho a los de un agonizante, pero
no era eso en absoluto-, todos supusieron que ella pensaba emitir algo
en su descargo y se acercaron para escucharla, provistos de cuadernillos
y lápices de puntas filosas. El cadí, incluso, inclinó algo su regia
cabeza hacia la dicharachera anciana.
Escupió un poco más de sangre. Otro gorgoteo, gemidos, y más sangre
hasta completar un cuarto de pinta. Nadie le reprochó esta nueva hazaña;
todos lo tomaron como algo muy natural; equivalía a la afinación de
los instrumentos por parte de una orquesta.
Ahora vendría el concierto. Se le dio tiempo; esperóse pacientemente.
En vano. Estupefactos comprobaron que no tenía la menor intención de
explayarse, la necia, torpe y estólida y portentosa vieja.
El egregio, sublime y altísimo cadí, tomó aquel silencio como una rareza
excéntrica. Extravagante, la abultada vieja.
Tomó entonces la resolución de sacarle un poco más de carne; hacer marchar
al destierro a otra parte de sus bienes corporales.
Aquí se acabaría toda la farsa. Terminarían para siempre las patrañas,
jugarretas y triquiñuelas de la tramposa vieja.
El verdugo oficial la tomó para sí e hizo travesuras, efectuando -como
buen matemático que era-algunas permutaciones y reemplazos de ovarios
y orejas; hasta que el cadí, fastidiado, le dijo que cesase de importunar
a la disgustada vieja.
La aparatosa y alharaquienta anciana estaba muy llamativa con toda la
carne levantada.
Rumbosa, habiéndose hecho pis y caca encima aquella cochina.
Deshonesta al mostrar sus huesos para erotizarlos y que así se olvidaran
del castigo.
La muy obscena vieja. Grosera y liviana, la descortés provecta.
Ya que la cartera que introdujo al cadí en un ojo fue a causa del asiento,
entonces le fabricaron un trono de hierro calentado al rojo, para que
desde allí pudiera responder a la acusación. Medio reculaba desconfiada,
la recelosa y suspicaz vieja.
Cuando la sentaron en el trono, ¡Yah, Alah!: recordó a la buena y briosa
vieja de un principio. Chocha, la encanecida matriarca. Se retorció
lujuriosa la impúdica, como no queriendo perderse ni una poca de aquella
pagana, druídica fiesta. Relajada, la sádica e inmoral licenciosa. Burlona
la incontinente, lúbrica y obscena sicalíptica. Una tarquinada, la indecorosa
disolución de la Luzbel vieja.
Y después se quedó muy quieta. Quietísima.
El cadí sospechó algo tremendo. Ordenó a sus discípulos que le tomaran
el pulso, temiendo lo peor.
Hizo sátira de ellos con su senectud inexpugnable y triunfante, la madura
pimpolla.
Sarcástica, esta venenosa anciana. Irónica, esa cáustica y mordaz vieja.
Punzante, aquella insurrecta sardónica. Rebelde y todavía amotinada,
la facciosa. Mediante sus estratagemas sigilosas, la tortuosa vieja
se les había ido transformando en alegoría. Una rareza, la sin par bribona.
Persistente, esa malévola decrépita. Se moría, y con ello escaparía
al castigo. Se sentían culpables; se reprochaban el haber fallado por
perezosa irresponsabilidad. No habían sabido tocarle la tecla del dolor,
a causa de una mezquina neurastenia, dejadez u olvido. Se moría antes
de tiempo a causa de un descuido indolente y apático, por la inveterada
desidia y la deliberada incuria. Se moría sin haber sido torturada,
ni sancionada, y ni siquiera reconvenida. Se moría.
Y se murió nomás, la desobediente vieja.
Cuando la pira celestial incineró su último muerto -no bien cesó de
funcionar ese antiguo horno crematorio, perseguido de cerca por las
vengadoras sombras-, el cadí fue a la mezquita. Oró la noche entera
para que el Profeta le perdonara su fracaso. Alah es Enorme.
![]()
Por Alberto Laiseca [De Matando enanos a garrotazos]
Sus doctas
Haraposidades, los señores Moyaresmio Iseka y Crk Iseka, reposaban esa
mañana sobre la arena de la playa de la bahía de Gazofilago; este lugar
estaba situado en el oeste de la Tecnocracia, junto al Océano Tracio,
mucho más abajo con respecto al paralelo que pasaba por Monitoria, capital
del país.
La tal bahía era prácticamente el último vergel antes del gran desierto
del occidente, cercano a la frontera califal, conocido corno El Bronce
de Satanás.
Como nadie iba a la mencionada playa paradisíaca puesto que los magnates
no la habían descubierto a tiempo, se fue convirtiendo poco a poco en
una gran atracción turística para crotos. Linyeras y mendigos de toda
la Tecnocracia pasaban allí sus vacaciones, e instalaban carpas de arpillera.
Cuando los potentados y jerarcas se percataron del lugar que habían
perdido, ya era tarde. ¿Quién se atrevería -y con qué medios-a expulsar
a los rotitos, que eran centenares y estaban protegidos nada menos que
por el temido Benefactor (así llamaban también al Monitor o Jefe de
Estado) a quien le habían caído en gracia?
Los crotos por su parte, chochísimos con la situación, viajaban de un
punto al otro del enorme país haciendo lo que les daba la gana todo
el año, y pasando uno o dos meses del verano en la bahía de Gazofilago.
Llegaban a la playa ataviados con sus plumajes más costosos, y centelleantes
de mugre.
Los señores Moyaresmio y Crk, se encontraban confortablemente instalados
bajo una sombrilla tan descolorida que parecía haber sido sacada del
fondo del mar. Vestían bermudas hechas con restos de cortinas, las cuales
tenían cosidas flores recortadas de las revistas de moda, y calzaban
hawaianas de cartón atadas con piolines.
La mañana era hermosísima; no hacía demasiado calor y el agua quedaba
a pocos metros de ellos, clara y pura.
Dijo el señor Moyaresmio, mientras tomaba un largo trago de vino blanco
helado: -No hay nada como la vida natural.
Mientras bebían, estos dos déspotas ilustrados de la pobreza, escuchaban
gracias a un fonógrafo antediluviano con manijita para darle cuerda,
adaptado a 33 r.p.m. y cambiador automático: Cuentos de Baviera, Marcha
de la cerveza, Wenn der Toni mit der Vroni, Polca de Stachus con Rudi
Knabl en cítara, Luisa la tiradora y En Munich hay una cervecería, con
Otto Ebner y su Orquesta de Vientos??.
Cerca de allí había un trencito de puestos para la venta de chorizos
y panchos, edificado con maderas importadas de las cabañas hindúes,
las cuales crecen como plantas a orillas del Ganges y que venían con
gusanos y todo; tan podridas las tablas que podía hundirse el dedo en
ellas.
Circulaban por la playa, numerosos rickshaw para crotos acaudalados,
que pagaban al tirador de varas con azúcar blanco y fósforos.
No faltaban los bañeros con camisetas de football agujereadas, que tenían
delante y atrás sendos carteles de papel sostenidos por medio de alfileres:
GUARDAVIDAS
Los bañeros
no sabían nadar, por supuesto; pero tampoco era necesario ya que los
turistas eran alérgicos al agua, por razones obvias; para ser considerado
un imprudente, bastaba colocarse tan cerca del mar que su espuma llegase
a salpicarle los pies. Quienes montaban vigilancia se encargaban de
llamar inmediatamente al orden a cualquier posible excéntrico. La tierra
no se quita con agua sino con baños de arena, como todo el mundo sabe.
Mujeres despóticas en la abundancia de sus fofas carnes, y que por la
edad bien pudieran haber sido camareras de María Estuardo reina de Escocia,
se paseaban de lo más orondas luciendo tangas apretadísimas, hechas
con telas de amianto, robadas de los rincones destinados a guardar extinguidores,
granadas, matafuegos y otras. Es que los trajes de baño hechos con amianto
puro, estaban haciendo furor ese año.
Había también, sin embargo, chicas bastante jóvenes, desgreñadas con
elegancia, de un color parduzco -no se sabía si por el sol, la raza
o la tierra-, que anadeaban sensuales.
Lamento decir que no todas eran honradas; las seducían especialmente
los linyeras gordos, de anteojos ahumados, tomadores de mate con azúcar
y que jamás descendían a prender un cigarro con un tizón sacado del
fuego, sino que exclusivamente usaban fósforos.
Con un derroche que las dejaba pasmadas, veían cómo estos ricachos encendían
un cigarrillo armado y luego, con displicencia y los ojos entornados,
tiraban el ya inútil palito de cabeza quemada. Estos gordos, podridos
de tabaco y azúcar blanco, insisto, nunca fumaban un armado hasta súper
quemarse los dedos. Les pegaban 13 ó 14 pitadas y después los tiraban.
Horas más tarde, a través de un crepúsculo de aguas rojizas, y luego
de comer morcillas y chorizos exquisitos, y quesos picantes asados en
parrillitas improvisadas con alambres, regadas generosamente estas viandas
con un par de tintillos cosecha 20 de octubre de 1983??, sus Rotosidades
Ilustrísimas, previo acomodarse los plúmbeos andrajos, se tiraron de
panza sobre el pasto, muy cerca de la arena, fumando con una suerte
de magisterio tan sólo superado por emires califables.
Dijo el señor Moyaresmio, mientras lanzaba un largo suspiro: -Estas
fiestas al aire libre, me recuerdan los grimoríos que cada tanto efectúan
los magos.
Crk, algo somnoliento: -¿Qué es un grimorio?
-Es una suerte de cena mágica, ritual. Una gran festichola a foul que
se mandan los esoteristas. Hay manjares delicados, vinos exquisitos,
sexo, etc. A veces comen cosas asquerosas, pero las devoran con gran
placer y piden más.
Grimorio clásico, que conozca, sólo el que otro croto me contó cuando
yo era chico.
Es una historia complicada y larga, en la cual el grimorio es sólo uno
de los incidentes de ella; de modo que no sé si...
Y el señor Moyaresmio se encogió de hombros, dejando su espalda expuesta
al libre juego de las tensiones de sus mugres.
El señor Crk: -Adelante, Ilustre. Cuando usted empezó a hablar, me preparé
para distraer un tiempo de mis tremendas y abrumadoras ocupaciones de
animal mágico; ¿así nos llama el Monitor, verdad?
-Si usted es un bicho de ésos, hágame aparecer una danzarina turca.
-Pero cómo no -respondió en el acto el señor Crk, y arrojó al aire un
gran puñado de arena al tiempo que decía: -In nómine Grómine.
Por supuesto, no pasó nada. Además, en un brusco cambio de viento, la
arena cayó sobre el señor Moyaresmio haciéndolo lagrimear.
Un inculto cualquiera habría proferido un exabrupto. No el señor Moyaresmio,
que era un aristócrata bonapartista. Se limitó a decir, al tiempo que
se limpiaba los ojos con un pañuelo pardo: -Tengo la impresión, señor
Crk, de que su magia ha fallado. Una equivocación al exorcizar, tal
vez. Lejos de materializar lo pedido, usted produjo una variación vectorial
en el dulce zéfiro. Si mi juicio es erróneo, le ruego que no vacile
en refutarme.
-Tiene usted toda la razón. En realidad, a esta profesión de animal
mágico la ejerzo desde hace sólo cuarenta años. Soy inexperto aún.
El otro, muy amablemente: -Comprendo. Es toda una incomodidad.
-La sobrellevo. Pero usted se disponía a decirme...
Entonces, el señor Moyaresmio Iseka, comenzó la narración de Gran caída
de la indecorosa vieja. Un rato después, esta larguísima historia fue
cortada abruptamente por el señor Crk Iseka, este dijo con un suspiro:
-Ilustre... por favor. Creo que ya está bien. Usted cuando se da manija
no la para más.
Moyaresmio Iseka: -Es una verdadera pena que me haya interrumpido. El
sultán no cortó la cabeza de Sheherezada, después de todo.
-Es cierto. Pero la pasó para el otro día.
-Bueno, está bien -admitió el señor Moyaresmio-. De cualquier manera
ya conté bastantes cosas del cadí. Lo suficiente como para que usted
se haga una idea.
-O varias.
-No obstante es una lástima. Los perros sagrados aparecen por fin, y
se comen -en el famoso grimono-a la despreciable, arrogante, roñosa
y metida vieja. ¿Qué caviar podría compararse a la carne de sulfuroso
chichi, palabra esta última que en mi léxico significa mala persona?
Sólo una alegoría puede tragarse a otra.
Viendo que su amigo se mantenía inconmovible y no decía nada, el señor
Moyaresmio prosiguió luego de un tenebroso suspiro: -Bueno, bueno, está
bien. Usted se lo pierde. Se revelan secretos insospechados del grimorio,
en ocasión del juicio, castigo y exequias del doble astral de la vieja
reblandecida -al fin enganchada en la buena-, que... Pero en fin, dejemos
eso. De cualquier manera -y le advierto, en esto me mantendré intransigente-,
a lo máximo que me avengo es a esperar hasta mañana, luego del desayuno,
para contarle la sorprendente y maravillosa historia N° 948, titulada
La momia del clavicordio.
Tranquilizado al saber que le endilgarían el tiesto sólo después de
un sueño reparador, el señor Crk Iseka resignóse.
Algunas masas de nubes flotaban sobre el mar. Pocas, pero densas y de
color blanco; grises hacia su interior. En el lado opuesto, desde el
centro de la tierra tecnócrata, amanecía. El Sol intentaba salir detrás
de un lejano árbol cónico; rodeado éste de nubes, rosadas con franjas
azules, tenía la apariencia de un postre.
Pasó una hora. El árbol ya era un helado encristalado en azul gélido
y rayas espectrales de limón.
El señor Moyaresmio se despertó. Miró el cielo y el horizonte con aprecio.
Encendió un fuego con varias leñitas que juntó y puso a calentar agua
para tomar unos mates.
-Señor Crk... señor Crk...
-Mh.
-¿Un mate, quizá? ¿Una rosquilla con mucho azúcar, tal vez? -y paralelamente
a la infusión ofrecida, extendía con la otra mano una bolsita inmunda,
de papel, pero de contenido luminoso.
El señor Crk, tomando el mate y una rosquilla: -Decirle que no sería
una descortesía que usted no se merece, señor Moyaresmio.
El aludido volvió a mirar el cielo, por segunda vez en el día: -¿Nunca
se le ocurrió, señor Crk, que ciertos amaneceres parecen crepúsculos
y algunos crepúsculos son idénticos a amaneceres?
Zumbón: -Ilustre... no se ofenda, por favor, pero... esa frase no fue
original ni siquiera cuando alguien la dijo por primera vez. Se parece
muchísimo a aquello de: "Ya se hunde el Sol en el ocaso"; "Las nubes
arremolinadas como una turbulencia de mortajas que tratasen de ¡byyychck!";
"Tanto va el cántaro a la fuente que al fin se etcétera". Y otras.
-¿De manera que no le parezco original?
-Para nada, Ilustre. Ahora: si usted obviase las secuencias fatigosas
y pasara a la narración que ayer me prometió...
Pero el señor Moyaresmio estaba en otra. Incluso se olvidó de continuar
cebando mate, y dijo distraído: -Ya va, ya va.
Encendió un cigarrillo egipcio, lo sostuvo descuidada y decadentemente
en la mano izquierda, y con un palito dibujó un diminuto fusil sobre
la arena. Luego levantó su vista de lince y observó un gorrión evolucionando
en la selva de su árbol. Pensó que con el fusil que acababa de fabricar,
ese hermoso ejemplar de passer domésticus podría ir a cazar cascarudos.
Los coleópteros evolucionando como rinocerontes de otra dimensión, ante
rifles para caza mayor. Balas rebotando en los élitros. Disparos de
bazooka, pegando inofensivamente sobre los blindajes del tanque Stalin
III, en Corea: "Otro ataque como el de la semana pasada y terminarán
por echarnos a mar, mi sargento". "Tómeselo con calma, Benson. Ya vendrá
Mac-Arthur a rescatamos".
-¿Y? ¿el cuento que iba a contarme? -inquirió el señor Crk Iseka, sacando
al señor Moyaresmio de sus ensueños.
-Decididamente, mi querido amigo, carece usted de todo sentido de la
oportunidad.
Me encontraba sumergido en un delirio delicioso; quién sabe en qué magnífico
sistema de las artes o arquitecturas mentales, pudo haber terminado.
-Lo siento.
-Oh, carece de toda importancia -el señor Moyaresmio dio vuelta su cuerpo,
y quedó boca arriba; parecía un faraón de arcilla secada al sol. Imponente,
soberano y majestuoso luciendo su guayabera portorrimericana de harpillera,
y sus zoquetes cortos, hechos con seda importada de las Islas Vírgenes,
sostenidos mediante cables telefónicos.
Comenzó a narrar, mientras miraba el cielo por tercera vez en el día??:
-Debo advertirle: lo que vaya referir es un cuento sólo en parte. Con
la clarividencia que a usted lo caracteriza, no dudo que será capaz
de vislumbrar la verdad a través del dislocamiento de las exageraciones.
Había una vez una raza en silla de ruedas mentales. Eran los epilépticos
del humor: unos solemnes de mierda, en otras palabras, ya que carecían
de toda flexibilidad para el mínimo cambio de unidades, que les permitiera
adaptarse a lo nuevo y gozarlo.
Eran como grandes masas de excrementos???? en flotación. Al morir caían
a tierra haciendo plop. Porque le digo, la frigidez en cualquiera de
sus aspectos: sexual o mental, es una enfermedad mágica; como la epilepsia.
Esta no era una raza continua -tal como son los judíos, armenios, baskos
o gitanos-, sino discontinua; nacidos sus miembros como por mutación
de entre todas las razas.
Habían logrado formar una nación, no obstante, y en ella mandaban.
Las características eran de lo más interesantes. Había quienes, por
ejemplo, quedaban podridos instantáneamente en medio de una conversación,
o a través del giro de una frase. ¡Lo que puede lograr una palabra incorrectamente
usada, o la energía discordante de una falla en la sintaxis! Los individuos
de esta raza chichi, cuando les ocurría el suceso mencionado con anterioridad,
seguían viviendo, durmiendo, comiendo y copulando, podridos por completo,
con gusanos y mal olor. Hasta que se les iban cayendo los pedazos de
carne: primero los músculos, luego las piezas anatómicas que constituyen
los órganos internos. Algunos muy tenaces resistían hasta último momento
y, aquí entonces sí, caían desmoronados; la pilita era arrastrada a
un rincón cualquiera hasta que alguien se la llevaba.
Dejaban muy temprano en la vida de practicar el amor físico, ya que
los órganos sexuales eran los primeros en sufrir el aniquilamiento.
Cuando se declaraba la putrefacción -cosa que siempre los tomaba por
sorpresa-, iban a encamarse con lo primero que viniese así tuviera sífilis
o lepra, tratando de compensar en unas horas, lo que no habían hecho
en toda la vida. Ya castrados se dedicaban al adoctrinamiento de la
juventud -también bastante podrida por otra parte-, acerca de las bondades
del ascetismo.
Crk: cualquiera materia asquerosa que despiden los cuerpos por alguna
vía natural".
-Me parece, Ilustre, que usted está hablando de los sorias??.
-Goza con interrumpirme.
-¿Cómo?
-Que goza con interrumpirme, digo.
-Pero está refiriéndose a ellos ¿cierto?
-Puede ser.
Levemente zumbón: -Usted tiene una gran autoridad para hablar de cosas
sorias. Tengo entendido que antes de llamarse Iseka, su apellido era
Soria ¿no?
Algo molesto: -Usted no pierde oportunidad de recordarme mi origen.
Crk aumentó el zumbido, pues era consciente de hasta dónde podía ir
con el otro: -Y, dicen que aunque el soria se vista de seda, soria queda.
Si el señor Moyaresmio estaba herido, no lo demostró: -Repetiré lo dicho
por un periodista de Camilo Aldao, cierto pueblo donde estuve una vez:
"Tengo una triste solvencia" para hablar de todo lo referido a Soria.
Como que yo fui un soria.
Crk, haciendo vibrar el zumbido mediante el clave continuo: -¿Y usted
está seguro de que el Monitor lo puso en la lista de exceptuados, etc.?
¿Tiene el perdón metafísico a mano, por favor? ¿o se le extravió?
Moyaresmio evitó contestar en forma directa. Procedió exactamente igual
que si no lo hubiese oído: -Da la casualidad de que si fuimos sorias
alguna vez y dejamos de serlo, ya no volveremos.
Sabemos muy bien por qué nos alejamos del chichi. Por el contrario,
los de apellido Iseka son quienes corren grave peligro de soriatizarse.
Riendo: -Bueno, bueno. No lo tome a mal.
-No lo tomo a mal. Le digo, eso es todo.
-Siga contando la historia, se lo ruego.
-Volviendo a las características de aquellas mierdas flotantes de las
cuales hablaba: el objetivo primordial en la existencia de esas derivadas
parciales del Anti-ser, era reventar a sus antípodas. Cada uno en este
país, sabía que en algún sitio, allí o en otra parte, había un ser humano
al que necesitaban -y podían-joder de alguna ingeniosa manera o forma.
Cuando por fin esto era logrado, perdido ya el norte de sus existencias,
caían en una apatía total que aceleraba el proceso de la destrucción
orgánica. Era como si el Anti-ser en persona hubiese empezado a derivar
de sí, según incontables ejes de coordenadas, a esos engendros.
Claro está, como eran muy pocos los enemigos verdaderos de estos bofes
pestilenciales, a veces debían unirse miles de chichis antes de encontrar
una sola antípoda común.
Pero, el señor Crk Iseka, quizá debido al calor o por otra causa, había
dejado de escuchar. Deliró para sus adentros: "Un perro sagitariano
me saltó a la garganta. Veloz como un rayo le pegué un golpe de aries
con el canto de la mano, y cayó muerto en el acuario. Jodete. Jodete
per sécula. Una araña de libra -su forma imitaba la balanza, con oscilaciones
de platillos alrededor del eje-, con caireles de leo, solares y refulgentes,
que había robado para ponérselos en las orejas, avanzaba hacia mí. Me
dispuse a defenderme con la púa del escorpión, cuando mi compañero gritó:
‘¡Métale! ¡métale un piscis eléctrico en el culo, señor Crk! ’"
El señor Moyaresmio Iseka, percatándose en el acto de que ya no lo atendían,
se puso furioso: -¡Ya ha dejado de escuchar! ¡seguro que está pensando
en otra cosa! -se fue calmando poco a poco-. No sé verdaderamente para
qué me pide que le cuente historias maravillosas -pausa-. Y ojo: que
los cochináceos de mi narración empezaban siempre así sus putrefacciones:
siendo distraídos y desatentos. Así que: ¡cuidado! -agregó con sorna.
El señor Crk Iseka, lila fluorescente de vergüenza, prometió enmendarse
y pidió a su amigo que, aunque fuera por esa vez, lo perdonase. Pero
luego intentó maniobrar, dentro de un inculto color fucsia: -Lo único
es que creo convendría que me contara de una vez la sorprendente e inigualada
historia de la momia del clavicordio, pues con tantos vericuetos me
pierdo.
Moyaresmio: -No busque excusas. Por lo demás, si no le describo la idiosincrasia
de ese pueblo, no entenderá lo que sucedió con la momia.
En ese país era notable cómo los chichis, sin querer; a veces realizaban
actos de justicia pese a lo absurdo del sistema. Era como si el Ser
intentara capitalizar a su favor la desgracia. Ellos se movían mediante
comodines y frases hechas, así éstas se transformaban al fin en alegorías
devoradoras que destripaban a sus mismos inventores.
El inconveniente de las alegorías es que tienden a integrarse entre
miembros de una misma especie. Si la sumatoria tiene suficientes sumandos,
se transforma en el Arma Final que destruye toda civilización. La única
forma de terminar con tal estado de cosas sería oponer, a este tumor
de baba diabólica, otra alegoría más fuerte y de signo contrario. Pero
ello no es posible en un planeta donde reina el Anti-ser, quien mata
en su cuna a toda alegoría que se le oponga.
El señor Moyaresmio hizo una pausa para comerse medio salamín. Disponíase
a contar otras anécdotas referidas al pueblo de los bofes putrefactibles,
cuando observó que su amigo empezaba a fijarse en la posición del Sol
para consultar la hora, como quien levanta su muñeca para mirar un reloj
pulsera gigantesco. Se apresuró entonces a decir: -Pero, ya es hora
de que cuente la maravillosa e increíble historia N° 948, titulada La
momia del clavicordio.
Crk: -¡Por fin!
*Todas las
canciones, con los intérpretes mencionados, fueron extraídas del long
play: Punto de reunión Munich. B. L. E. Telefunken.
**Como el día mencionado empezó la primera guerra atómica, las botellas
envasadas en esa fecha eran muy buscadas ya que tenían todo el bouquet
de las primeras radiaciones.
***Pese a todo, no debe confundirse al señor Moyaresmio con un espiritualista.
Miraba sólo el cielo terrenal, con sus crepúsculos y amaneceres. Los.
límites son la más elevada pasión del hombre; esto hacía que Moyaresmio
fuese una persona normal, lo cual también es un límite.
****Definición de la palabra excremento, según la Enciclopedia Sopena,
tomo 1, pág. 1080, quinta edición, Barcelona, 1933: "...en general,
*****Los sorias eran los habitantes de Soria, nación ésta contra la
cual la Tecnocracia estaba en guerra desde hacía cinco largos años.
Las cosmovisiones de ambos países eran opuestas. En Soria todos tenían
el mismo apellido: Soria tan sólo variaban los nombres de pila. De la
misma forma, la totalidad de los habitantes de la Tecnocracia se apellidaban
Iseka.
![]()
Por Alberto Laiseca [De Matando enanos a garrotazos]
Roberto
Prescott y Pedro Pecad de los Galíndez Faisán, eran egiptólogos y pertenecían
a la raza discontinua de los bofes putrefactibles. Se encontraban haciendo
excavaciones en el Valle de los Reyes de la Música, y también en Gizeh.
Su objetivo era encontrar la tumba de Tutanchaikowsky. Sabían que ella,
al igual que casi todos los grandes y pequeños monumentos funerarios,
había sido desvalijada por los saqueadores de tumbas; muchas de éstas
una escasa hora después de haberles puesto sus sellos los sacerdotes.
La leyenda hablaba de que si bien la tumba de Tutanchaikowsky había
sido violada, volcados los objetos sagrados, robadas sus copas de oro
y plata -y lo que era más sacrílego e inútil: quemada la momia por orden
de los Reyes Pastores-, igual ella contenía un tesoro arqueológico de
incalculable valor, que las sucesivas generaciones de ladrones no habían
tocado por considerar despreciable: el clavicordio de Wolfgang Amadeus
Mozart.
Como ya dije, prácticamente no había tumba que no hubiese sido visitada
por esa gente excelente: la de Mendelssohn, Richard Strauss, Schumann.
A este último compositor le habían sido cortadas las manos con una pistola
de ultrasonido que lanzaba un la obsesivo, pues los hechiceros se las
habían comprado a los saqueadores para preparar con ellas filtros mágicos.
Ni siquiera Ricardo Wagner pudo escapar a la depredación, pese a que
se hizo construir una Gran Pirámide de dos kilómetros de altura, haciendo
trabajar a latigazos a sus nibelungos y a los gigantes Fáfner y Fásolt
durante veintisiete años: casi todo el largo reinado de este autócrata.
Los esforzados ladrones, con una industria digna de mejor causa, se
las habían ingeniado para practicar un túnel en la piedra hasta la Cámara
del Rey. Pusieron sus manos sobre la Barca Solar Fantasma que el faraón
Wagner utilizaba para viajar al País del Poniente; arrastraron y golpearon
su momia por las galerías y también a la de Cósima, sacándolas al desierto.
Allí, bajo la luz de la Luna y sobre la misma Barca Fantasma, quemaron
aquellos combustibles sólidos.
Nietzsche, muy a su pesar, había sido emparedado junto con Wagner, como
castigo por haber escrito Ecce Homo. Le dieron la misión de custodiar
al compositor y defenderlo a través del largo camino. Para salvarse
de la pena había iniciado una maniobra parlamentaria de obstrucción,
pero fue inútil. Antes de que pusieran la última hilera de ladrillos,
tapiando por completo el nicho donde se encontraba envuelto en vendas
como Christopher Lee, los sacerdotes le entregaron Así hablaba Zarathustra.
La momia de Nietzsche protegió durante largo tiempo la tumba. Primero
liquidó a una banda de mil ochocientos setenta saqueadores; cuarenta
y cuatro años más tarde hizo cagar a otros catorce; pero, cuando veinticinco
años después entraron en la tumba otros treinta y nueve, lo superaron
y reventó apretado como sapo en la leñera. Se habían agotado sus potenciales,
y además el horóscopo no era favorable a la momia aquel día.
Buen susto se llevaron, no obstante, los que debieron enfrentarla.
Los ladrones de tumbas robaron absolutamente todo -una vez triunfantes-,
y quemaron el resto. Sólo quedó el monumento y el gran sarcófago de
piedra en la Cámara del Rey.
En lo de Tutanchaikowsky el suceso fue algo diferente, como ya adelanté,
puesto que los violadores al menos dejaron el clavicordio.
Roberto Prescott y Pedro Pecarí de los Galíndez Faisán, dieron orden
a los obreros para que despejasen por completo de arena la entrada.
Galíndez Faisán en persona rompió los sellos de los sacerdotes; estaban
intactos puesto que los saqueadores habían entrado por otro lado.
Ya en el interior pudieron observar los estragos del pillaje: las mesas
rotas, partidas las estatuas, el sarcófago de piedra rajado a martillazos
y la parte del techo situada arriba suyo, ennegrecida por el humo que
despidió la momia al quemarse.
Al fondo de un oscuro corredor, parcialmente obstruido por escombros
de esfinges, se encontraba el clavicordio cuajado de jeroglíficos.
Los dos organizadores de la expedición, comenzaron a leer: A quien toque
en este clavicordio sin respeto ni merecimiento, le caerá encima la
maldición de Tutanchaikowsky.
Roberto Prescott y Pedro Pecarí de los Galíndez Faisán, se rieron muchísimo.
No creían en maldiciones, en primer lugar; y aparte: si la maldición
era tan poderosa ¿por qué no protegió a la tumba de los anteriores saqueadores?
Además pensaban hacerse ricos y famosos con este clavicordio. ¡Como
que había pertenecido a Mozart, nada menos!
Resultaba curioso que los depredadores hubieran respetado aquel objeto.
Lógico habría sido que lo destrozaran junto a todo lo demás; para hacer
daño, en todo caso. La suerte de los expedicionarios era increíble.
Galíndez Faisán puso en marcha su grabador, y comenzó a tocar en el
antiquísimo instrumento musical. La gente le pagaría oro, con tal de
tener placas discográficas con la reproducción de los sonidos del clavicordio
legendario. En él ejecutaría composiciones del propio Mozart, previos
arreglos orquestales, bajo el lema: "Mozart, pero no para exquisitos".
Ya se lo imaginaba: "Al alcance del pueblo, mediante arreglos populares;
y además...
¡con el genuino clavicordio, hallado luego de permanecer en un sepulcro
miles de años protegido por el desierto!"
Pero lo que nadie sabía: ni antes los saqueadores de tumbas ni después
los expedicionarios, era que dentro del clavicordio estaba la momia
de Mozart, guardada como un arma secreta. Los sacerdotes le habían dado
la orden mágica de no intervenir pasara lo que pasase, salvo que alguien
tocara el instrumento; porque entonces, ése sí, la pagaría por todos.
Así pues la momia, llena de furia e impotencia había asistido a las
profanaciones sucesivas, e incluso a la quema de Tutanchaikowsky, sin
reaccionar. Aguardaba el momento en que estuviese autorizada a echarle
mano a uno de esos tipos, y torturarlo día y noche sin cesar un solo
instante; ya que por esta misión, había postergado su propio viaje al
País del Poniente. Con los agarrotados brazos cruzados sobre el pecho,
oraba: "¡Oh, Osiris! ¡Señor del Amenti! ¡Permite que llegue pronto la
hora de la venganza!".
Los dos chichis, hechos unos señorones, salieron de la tumba dando orden
de poner el clavicordio en seguridad, y cuidando todo el tiempo que
los porteadores no raspasen los ideogramas inscriptos sobre la caoba.
Pero -y este fue sólo el primero de una larga serie de sucesos inexplicables-,
Roberto Prescott, quien se había quedado un poco más atrás, desapareció
tragado por un deslizamiento de toneladas de arena que tapó la entrada.
No había explicación, ya que la excavación se había realizado con apuntalamiento
suficiente.
A partir del desgraciado deslizamiento de arena y rocas citado, comenzó
una extraña sucesión de catástrofes. Los miembros de la expedición murieron
uno tras otro: enfermedades misteriosas; suicidios; tipos quienes decían
que de noche los perseguían las momias; otros, a los cuales las paredes
se les llenaban de sangre y debían pasarse la noche entera limpiándolas,
etc.
Uno de los ayudantes: Azafrano Capitular Mileto, sumamente preocupado,
fue a cierto lugar para que le hiciesen una carta astral. Según el astrólogo,
las estrellas revelaban que moriría a causa de un perro. Azafrano pensó
que tal cosa bien podía ser: vivía en un barrio lleno de esos animales,
todos malísimos. Para protegerse, hasta el momento de la mudanza, fabricó
un vaporizador cargado con aceite mineral y pimienta. Con él se consideraba
seguro.
Cierta noche -pensaba mudarse dentro de pocas horas y por lo tanto extremaba
precauciones-iba hacia su casa con el spray fuera de la cartuchera,
como Flash Gordon, puesto que la siguiente puerta sería la de un edificio
que tenía dos perros peores que Cerbero, los cuales en anteriores oportunidades
le habían arrancado trozos de indumentaria.
Caminaba, listo para la acción y soplando un silbato imaginario para
que sus tropas invisibles avanzasen (Kirk Douglas. La patrulla infernal).
Sin embargo, los desaprensivos canes no daban señales de vida. Se los
habría llevado la perrera o estarían durmiendo.
Azafrano Capitular Mileto suspiró aliviado. Precisamente en el momento
en que dijo: "¡Ah! ¡gracias a Dios!", se desprendió una monstruosa gárgola
de un edificio y le partió la cabeza. Casi no necesito decir que dicha
gárgola tenía forma de perro.
Pedro Pecarí de los Galíndez Faisán, por su parte, hacía rato que había
dejado de reírse. Transcurridos sólo dos meses desde la apertura de
la tumba de Tutanchaikowsky, era el único que permanecía con vida. Donó
el clavicordio a un museo para ver si se libraba de la maldición, pero
no había caso: en su mansión, de noche, se oían gemidos y ruidos raros,
tal como el rechinar de unos dientes gigantes, o alguien que arrastrara
por los pasillos un enorme tenedor. No sabía por qué pensaba que se
trataba de esto último y no de otro objeto cualquiera.
La venta de las placas discográficas lo había hecho rico y famoso, pero
no las tenía todas consigo. Contrató diez guardaespaldas, encargados
de cuidado día y noche; hacía revisar los frenos y la dirección del
coche antes de salir, etc.
Cierta madrugada tuvo un brusco despertar. Alucinaba que sus guardias
estaban dormidos. Se levantó para investigar y comprobó que así era.
Resultaba tan profunda la conmoción estupefaciente de aquel sueño mágico,
que no pudo alterada ni pegándoles patadas.
Cagado de miedo intentó correr a su habitación y encerrarse con llave,
pero, con esas manijas propias del terror, tropezaba continuamente con
sus propios pies; así que tardó muchísimo en llegar y cerrar la puerta.
No había alcanzado a suspirar, cuando escuchó un susurro a su espalda.
Se dio vuelta sofocado y, desde atrás de un cortinado rojo, apareció
Mozart envuelto en vendas, con toda la potestad de su trenza: de la
nuca, por entre las telas de lino, salía la famosa con un gran moño
negro. Empuñaba un tenedor enorme en su mano derecha; la punta algo
inclinada hacia el piso, en reposo, como un dios que descansa.
-¡La momia! -chilló Pedro Pecarí.
Mozart dijo lentamente: -Hacía mucho tiempo que te quería agarrar, hijo
de puta.
Luego de la frase anterior comenzó a desplazarse muy despacio, elevando
con calma los dientes del tenedor. La momia parecía altísima, de tres
metros, y sin embargo no sobrepasaba la altura que tuvo en vida.
Pedro Pecarí de los Galíndez Faisán lanzó un gemido, estorbado por frenos
y desgastes que no se alcanzaba a explicar. Era como si el aire se hubiese
transformado en un fluido viscoso lleno de vidrios molidos, que imponían
un roce y pesados vínculos. Lastimaba caminar. Incomodísimo, con dilación
y tardanza, arribó por fin a la escalera que permitía el acceso a planta
baja. Descendió por aquélla sin utilizar los escalones: flotando con
suavidad sobre una delgada capa de aire pegajoso. Se movía, pero siendo
cada minuto un lapso más dilatado que el anterior. Ya cerca del fin
de la escalera se volvió algo para ver los progresos de su perseguidor.
Esa pesadilla de momia se disponía, justo en ese momento, a ir tras
él. Y ello bajó como debe hacerla la Pálida con sus grandes pies desnudos,
y el largo sudario blanco pesado como el telón de un teatro de óperas;
a veces parecía sonreír. Encendía y apagaba por turno el espejismo de
una sonrisa, mediante el claroscuro alternado sobre las vendas. Vio
a la momia en flotación, delgadísima y trotando sobre el viento, con
el tenedor pelado. Volaba en silencio, semejante a las aves rack cuando
planean moviendo grandes masas de aire; o empujando pesadamente las
aguas, como una enorme manta detrás del hombre rana.
Pedro Pecarí Galíndez llegó al fin de la escalera y como polvo flotó
sobre el pavimento del hall, y reinició su torpe marcha lunar. Las mismas
invisibles emanaciones que lo sostenían a esa altura oscilante entre
cinco y diez centímetros, eran las que lo pegoteaban estorbando su marcha.
Caminó sin rumbo, en figuras geométricas. Si él trazaba una elipse,
la momia -siempre detrás suyo dibujaba un brazo de parábola. Si él construía
una sinusoide, ella la limitaba entre las dos partes de una hipérbole.
Una carcoide, tenía como inmediata respuesta una circunferencia perfecta
y mortífera. Era como el final de Don Giovanni, sólo que a la inversa;
en vez de venir el convidado de piedra en busca del amante, aquí la
alegoría estaba invertida: la estatua de Don Juan se acercaba para matar
al malvado y prejuicioso Comendador, justo cuando éste pensaba ingerir
varias apetitosas viandas.
A veces, en sus marchas y contradanzas, Pecarí Galíndez Faisán bajaba
hasta tocar el suelo; pero entonces era peor: parecía que llevara zapatos
de metal, y por el pavimento pasase un poderoso campo electromagnético.
De ninguna manera lograba entonces elevar su calzado. Sólo podía desplazarse
arrastrando con pena sus pies.
Quería encontrar la puerta de calle, pero ésta se hallaba bloqueada
por un muro blanco que lo hacía rebotar ante cada intento de aproximación.
Retrocedió trémulo y convulso, siempre confusamente vinculado al suelo.
Sus piernas de títere grotesco no cesaban de importunado con su torpeza,
al tiempo que el enemigo redoblaba su acoso de obsesión monstruosa y
material.
Salió del hall, pasando así a otras regiones de la casa. Mediante lentos
desplazamientos callejeó por los pasillos, transformados en formidables
avenidas. Todas sus vueltas laberínticas y espirales, sólo sirvieron
para traerlo otra vez al hall de entrada, al pie de la escalinata. Volvió
a subirla, siempre perseguido por aquel Minotauro.
El corto trayecto de tres metros entre su habitación y el fin la escalera,
se asemejó a una estremecedora autopista llena de coches. Reptó por
ella, húmedo como un sapo, semi paralizado y jadeante. Al disponerse
a cerrar la puerta, confirmó una vez más lo que ya sabía de sobra: era
inútil buscar refugio allí, porque adentro lo esperaba el deslumbrador
espejo de la muerte. El árbol del fin perdió sus cristales que descendieron
con lentitud haciéndose trizas luminosas. Aquéllos, sus últimos días,
bajaron hasta los bordes enjoyados y fastuosos límites, del sarcófago
de la discontinuidad eterna. La principesca pobreza militar de la Muerte
elevó marciales oriflamas, austeros estandartes de guerra, y negros,
belicosos pendones. Las aguas de la consumación subieron. El batracio
huyó seguido por blanco aletear de severa grulla. Andrógino chapoteó
de un charco a otro, ya muy próximos cuatro colmillos de refulgente
tigre. Mullido gordo tierno y fláccido, trotando sobre una delgada película
de polvo astral; extendida sobre él fulgurante nívea pesada mano. Reverberaron
delante suyo irisados mortuorios reflejos como de trampa que cierra.
Creía pisar líquenes esteparios o los orientes de heladas joyas.
Una vez más bajó flotando la escalera, en trayectoria rectilínea. Comprendió
que abajo lo esperaba la momia, pese a que segundos antes estaba a su
espalda. Faisán descendió sobre las puntas del tenedor tetradentado,
semejante a un proyectil cuyo curso alguien olvidó desviar. Con un vio
lentísimo esfuerzo, modificó algo el rumbo. Tocó el suelo con los pies,
luego que uno de los pinchos pasara a pocos milímetros de su tórax.
Así prosiguieron largo rato, de un lugar a otro y en ida y vuelta, sin
que Faisán pudiera desprenderse de su perseguidor, ni la momia alcanzarlo.
Entendió cuán absoluto es el hecho de morirse en serio. No obstante
era tan maldito que con una parte de su alma se alegraba. Él era el
hombre que algún tiempo atrás había dicho "La vida es dura. Menos mal
que uno tiene sus masoquismos para distraerse".
Distraete ahora, Soria.
Lo que quieren los masoquistas no es morirse sino que los castren y
después los dejen tirados en un zanjón. Y vivir muchísimo, siempre quejándose.
O que les corten las manos, o los dejen ciegos. O que los maten, en
todo caso, pero que la muerte tarde en llegar. Es por eso que a la gente
no hay que castrarla, hay que clavarle una horquilla.
-"Las muertes rápidas son las peores" -dijo Mozart, ya tocándolo.
Tratando de salvarse, en su desesperación, Faisán se fragmentó en ocho
faisanes para ver si por lo menos uno podía escapar. Todos ellos aletearon
inarmónicos y agarrotados, acosados por ocho momias. Se dividió entonces
en veinte, treinta y cinco, ene pedros Pecarí de los Galíndez Faisán,
y eran ene las torvas momias que los perseguían.
Y llegados que todos los faisanes fueron a la pared definitiva y última,
la totalidad se fundió hasta quedar el único verdadero chichi, transformado
en agitado y boqueante pollo. Y desde remotas distancias siderales,
desde años luz fueron convergiendo sobre este solo punto, las ene alejadas
momias, cada una empuñando un tenedor, y en las cercanías de su pecho
se fueron uniendo unas con otras, y también lo hicieron las etéreas
coordenadas sumables de las armas, hasta constituir un objeto sólido
y letal. La materialización tuvo lugar a cuatro centímetros del pecho
de Galíndez Faisán. Y el tenedor se acercó lentamente, y las puntas
comenzaron a penetrarlo, al principio sin dolor, como si fueran humores
helados.
Los dientes del tenedor se le clavaron como cuatro palabras mágicas,
o cuatro óperas.
Terror y dolor. Terror y dolor para Faisán. Y lo traspasó como a un
dorado pollo, dejándolo clavado contra la puerta de calle, ahora de
madera, sin muro blanco, y que en su momento no pudo abrir.
Así lo encontraron al otro día. Con aquella inmensa pieza de plata,
sosteniéndolo contra la puerta.
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Una
frase que obliga a la reverencia
Por Alberto Laiseca
[de Poemas Chinos, 1987]
La dura princesa Wu pidió una canción.
Muchos han muerto ya, procurando satisfacerla.
Grande es el premio, empero:
su propia mano.
Por
la posibilidad de su sonrisa festiva,
mueren uno tras otro.
Cantó un joven poeta;
fuerte y vigoroso, pese a su juvenil carencia.
La princesa Wu chasqueó los labios
como una muerte china.
"Castigad la desfachatez de cantar mal."
Como un juego, con alegría,
entregó al joven a sus verdugos,
para que lo transformaran en un niño sangriento.
También cantó un adulto guerrero;
con tal ingenio, que movió sus batallas hasta la poesía.
"Tu canción me gustó bastante más.
No lo suficiente, empero.
Tendré para contigo la piedad de la naturaleza.
¿Cuándo has oído que el lobo hambriento sea perverso?
Dadle una muerte rápida."
Pero él, desprendiéndose de sus guardias,
se arrojó a un abismo,
deslizando su cuerpo sobre el arpa de las rocas.
Ella movió la cabeza en raro gesto.
"Cayendo hizo música, pero ni aun así me convence.
Preparadle un sacrificio crematorio.
Pero no a su cuerpo,
que ahora está siendo destruido
por los pequeños lavadores de seda.
Quemad una imagen de papel,
previo escribir en ella su nombre.
Así tendrá doble muerte,
como el final abrupto de un segundo sueño.
Ponedlo dentro de una armadura completa y sepultadlo.
En esta forma se mezclará con el hierro,
y poco a poco adquirirá la fortaleza
que le faltó en el último instante."
Por fin vino un sabio arpista.
El músico atrevióse a mirar a la joven princesa Wu.
Ella estaba inmóvil y sin embargo,
pintaba huesos con laca.
El artista sonrió.
Ella dijo:
"Un joven de veinte años es muy tonto.
En su conversación siempre está la disonancia
o el ruido inesperado.
Un hombre de treinta es más tonto aún.
Pretende superarme pero no tiene edad suficiente.
Me parece haberte visto antes.
De cualquier manera,
un anciano de cuarenta es demasiado viejo.
¿Cómo podría conmover mi corazón?
Deberás cantar tres veces mejor
que el centro de los otros.
Pronuncia entonces la frase
que me obligue a la reverencia".
"Ellos murieron por no comprender a tiempo,
princesa Wu,
que tú, bajo tus ropas,
estás desnuda."
Shen Kuci. Reino de Ch’u
![]()
Por Alberto
Laiseca
Ella estaba cada vez más gorda, decaída y vieja. Él, por el contrario,
parecía con ello cobrar nuevos bríos. Podía tomárselo en cualquier jornada;
ésta invariablemente lo hallaba más fuerte, saludable y coloradote que
la precedente.
Él era checoslovaco. Hacía casi veinte años que había emigrado al país
que lo aceptó. Trabajaba como ingeniero en una fábrica y era bastante
competente. Se hizo amiguísimo del dueño; aprovechó esto para tratar
de seducir a la hija, que no carecía de atractivos. Curiosamente, no
logró enganchar a la homenajeada pero sí a su amiga, muchacha un poco
gordita y no fea del todo, a quien él jamás miró ni intentó conquistar.
Como de estúpido no tenía nada, comprendió que con la otra perdía su
tiempo y no insistió más; cambió de ruta en un segundo, enfilando sus
cañones sobre la menos guarnecida plaza, quien se le rindió con armas
y bagajes sin intentar -no ya diré una defensa a ultranza sino-, ni
siquiera un simulacro diversivo vía diplomática.
Se casaron tres meses después; de esto, hacía diecisiete años.
Comentaremos como curiosidad, que a él le decían "el ingeniero del tornillo
filoso". Vaya uno a saber la razón. Cierta vez el ingeniero del filoso
tornillo fue al cine, a ver una película de terror. Quedó encantado.
Siempre citaba ante sus escasos conocidos una frase de la cinta, que
él atribuía al conde Drácula; "Mi querido amigo: las mujeres no son
un vicio, son una necesidad" .
El checoslovaco hablaba mal el idioma, pero no pésimo como a veces hacía
creer. Cuando decidió matar a su esposa exclusivamente con armas secretas,
en su arsenal contaba con el lenguaje; como si éste fuera la más letal
e importante de sus ojivas nucleares de cabezas múltiples.
Se proponía el crimen perfecto; según él, por razones de estética. Así
le llevase tres décadas, ella debía morirse mucho antes que él por acción
de su deliberada voluntad y el crimen, anto y ontológico, bello e impune,
permitirle adueñarse de todo. "Las mujeres de piernas gordas no deberían
existir -alegaba él ante sí mismo-; ofenden a la naturaleza. Deben ser
eliminadas por razones éticas, estéticas, místicas y eróticas." Diremos
de paso que, curiosamente, si bien él hacía ya largo tiempo que manifestaba
indiferencia sexual por su mujer, no bien se le ocurrió asesinarla con
armas sutiles, sintió que sus apetencias dormidas despertaban feroces.
Era como volver a estar enamorado.
Se mostraba hasta dulce con ella. Casi afectuoso. Solía pararse quince
minutos silenciosamente a su espalda en la cocina, mientras ella pelaba
papas para la comida. No bien lo sentía, empezaba a ponerse nerviosa.
"No puede retener cáscara" -decía en voz chirriante, mecánica, checoslovaca,
en momentos en que ella no tenía ni la menor intención de permitir que
algo se le cayera. Justamente, Gloria procuraba corregir tres manías
que la obsesionaban día y noche: su torpeza, puesto que chocaba los
muebles, las cosas se le caían, calculaba mal la energía con que debía
extender la mano para tomar un vaso y el contenido se derramaba sobre
la mesa. Su gordura y el terror cerval a las enfermedades y la suciedad,
constituían sus otros dos focos sépticos de neurosis. De estos tres
ángeles del Apocalipsis, el que mejor controlaba era el primero. Con
una gran fuerza de voluntad y poniendo mucha atención -era bastante
distraída-, moviéndose lentamente los primeros meses, había llegado
a suprimir el ochenta por ciento de sus choques con muebles y otros
objetos -un fracaso la ponía histérica-, suprimiendo así esa inelegancia
grotesca.
Por eso consideraba inoportuno e injustísimo que él removiera el avispero
cuando se hallaba convaleciente de su torpeza. ¿A qué venía su "No puede
retener cáscara"?
La mujer pegó un brinco, empezando a encresparse. Al rato ya le temblaban
las manos. Renació su inseguridad. Para colmo, él agregó como subrayando:
"Quien no puede retener cáscara, ella de mano cae".
Gloria sabía que él tenía dificultades idiomáticas; pero comprendía
muy bien que la pésima sintaxis de la frase había sido exagerada a propósito.
En estos casos había que oírlo hasta el final si se quería comprender
el sentido completo de la oración, que no era revelado salvo con la
última palabra. Nótese la expresión "ella de mano cae" en apariencia
una inoperante deformación monstruosa, risible incluso. Pero era todo
lo contrario, pues las palabras, así absurdas y troglodíticamente dispuestas,
la puntuación y construcción gramatical arbitrarias, dislocadas, tenían
toda la fuerza carismática de lo feo. Estaban destinadas a tocar los
resortes ocultos de la mujer.
Era un plan perfecto y genial; Stepan, en efecto, estaba lleno de armas
secretas. ¿Y por qué Gloria no se separaba? ¡Ah!: por inseguridad y
masoquismo. Y él lo sabía a la perfección, así como no ignoraba ninguno
de los otros puntos débiles de ella.
Luego, él adoptaba un tono comprensivo y condescendiente: "Pasa a cierta
edad. Un amigo mío tiene mal de Parkinson y tiembla. Qué feo". Entonces,
por fin las cosas se le caían: uno de esos cacharros de lata, por ejemplo,
que hacen un ruido horrible y no hay forma de pararlos hasta que dan
varias vueltas sobre sí mismos; existe la manera, por supuesto: agacharse
en el acto y detenerlos con rapidez para que no giren, pero ello pone
en claro la importancia que le damos al ruido, en momentos que uno sabe
quién está detrás mirándolo todo: un verdugo atentísimo y lleno de sabiduría,
alerta a cualquier reacción.
Cuando la maniobra se veía coronada por el éxito, él decía una de esas
palabras solitarias que ella temía más que a sus frases mal construidas:
"Lapislázuli". Después daba media vuelta y se iba. Era terrible el contraste
entre el bello vocablo elegido, y el feísmo de la falta de coordinación
motora que calificaba. Pero precisamente por ser bello es que lo escogía.
Él la acechaba para ver si iba al espejo. Entonces, cuando ella desolada
no podía menos que tener en cuenta sus arrugas y otras, le decía aquello
tan temido por ser como una expresión de su subconsciente que se materializara:
"Me acuerdo cuando yo era joven, en Checoslovaquia, mi patria..." Y
no decía nada más. Nunca nada directo. O sí. Según el momento. Todo
dependía. Podía agregar con genuina ternura: "Petunia". Cuando ella
empezaba a sonreír agradecida, aclaraba: "Petunia marchita".
Dentro de los instantes en que ella estaba bien arreglada y lista para
salir, le decía con tono impersonal: "Pierna gorda. ¿No convendría un
poco arriba el cuello adelgazar? Diente de oro pero boca arruinada.
Qué estupidez. Lapislázuli". En esos casos, sus ataques sucesivos en
diferentes sectores tenían como objeto que, al diversificar su agresión,
ella no pudiera oponer una defensa organizada contra las distintas amenazas.
Gloria solía visitar a Julia, una de sus amigas. Con ella se confesaba
mientras tomaban el té sin masas en una confitería -la otra, que era
flaca, no comía por razones de solidaridad-: "Julia, esta vez estoy
segura: Stepan quiere matarme". "Calmáte, ¿Qué te hizo esta vez?" "Me
dijo: 'Pierna gorda'. 'Una microbio y chaff. Kaput. Lapislázuli'". "Controlate,
por favor, que no entiendo nada. Si no me contás los antecedentes no
puedo comprender. Te dijo 'Pierna gorda'. ¿Y qué más?". "Los otros días
recibí por correo una caja llena de bombones deliciosos. Estaban a mi
nombre pero no tenían remitente. Debe tratarse de uno de esos envíos
de propaganda. Ya no saben qué hacer. Estos miserables no encontraron
mejor cosa que mandarme a mí, que estoy a régimen, una caja repleta
de bombones. Uno más rico que el otro. No me pude contener; empecé diciéndome
que iba a comer nada más que uno, pero... Bueno, qué te voy a explicar
si vos sabés como son esas cosas. No, no sabés. Vos no sos gorda". "Bueno
¿y?". "Stepan me pescó justo cuando me había comido la mitad. Sonrió
despreciativo con un costado de la boca, como hace él, y dijo: 'Voraz
como un pájaro pichón gordo'. Pero eso no es todo. Vos sabés que tengo
un problema circulatorio que me trato hace cinco años. Estaba viendo
televisión lo más tranquila, con las piernas estiradas y arriba de un
taburete para que descansasen. Él se puso a espaldas de mi sillón y
dijo lleno de asco: 'Fibrosa. Cuántas várices tiene usted. ¿No convendría
curarlas? Mi madre se hizo una operación pero quedó peor. Caléndula'.
¿Eh?, ¿qué te parece?" "Buenoo..., supongo que la peculiaridad de su
temperamento indica cierta propensión a la crueldad mental. Pero eso
sucede con muchos hombres. Creo por otro lado que está un poco loco,
¿qué quiso decir con la palabra 'caléndula', que no tiene nada que ver?".
"¡Viste!, ¡viste!". "Sí, bueno, pero aparte de eso... Por lo demás todo
lo último no es tan terrible; si conoce tu afección circulatoria, es
lógico que desee te hagas atender. No lo dijo con mala intención. Un
poco torpe de su parte, si acaso". "Los otros días pasó al lado mío
como si no me viera y dijo despacio pero con la suficiente fuerza como
para que pudiese oírlo: 'Pierna gorda, monstruo fibroso. Lapislázuli'.
¿Eso tampoco lo dijo con mala intención?" "Bueno, querida, vos sabés
cómo es con las parejas que llevan mucho tiempo juntas. Se dan ciertos
desajustes friccionales. Hay que ser tolerante y comprender. Con buena
voluntad por ambas partes...". "Julia, vos no entendés nada: él me quiere
matar". "Ay, Gloria, por Dios, no seas exagerada y tremendista. Te convendría
tener una conversación a fondo con él". "¿Vos te pensás que yo no intenté
dialogar? Sabe mis obsesiones y me tortura con eso. Los otros días compré
un libro nuevo, fantástico: es el sistema del doctor Gouches-Heink para
adelgazar. Es un best seller que está ahora en todas las librerías.
Parece que ese hombre es una eminencia. Pues bien, no había acabado
de abrirlo cuando se me acercó Stepan por detrás, medio en bisel, y
para desmoralizarme dijo con ese tono monótono y didáctico que a veces
tiene: 'El problema con los tratamientos para no engordar es que uno
desearía adelgazar ciertas partes. Desgraciadamente sólo enflaquece
lo que ya estaba flaco'. Y se fue. Mirá si no será jodido y maldito."
Gloria suspende sus quejas un momento para tomar un sorbo de té, y luego
prosigue: "Sabe que trato de controlar mi manía con la limpieza y el
miedo a las enfermedades. En los últimos tiempos me estaba lavando las
manos menos veces por día, e incluso utilizaba poco desinfectante para
esterilizar ciertas cosas de uso diario. Estaba comiendo una presa de
pollo doradita, con la mano, muy contenta. Stepan me miró de reojo y
dijo mientras simulaba leer el diario: 'Mucha gente muerta en Calcuta.
Una microbio y chaff. Kaput'. No pude seguir comiendo. Me sentí con
la idea de que no me había lavado las manos y fui corriendo al baño,
pese a saber que por fuerza me las requetelavé dos o tres veces; aunque
sea por automatismo".
Cierto día la llevó de picnic. Ella no lo podía creer. Bien sabía cómo
era Stepan; sin embargo, él en un segundo la enganchaba. Se fueron con
el auto y la casa rodante hasta el río. Acamparon. Al principio, todo
lo más bien. Él se volvió intimista: "Me encanta este río. Muy caudaloso.
Me recuerda al Moldava. De verdad cosa hermosa es, ver Moldava pasar
bajo puentes de Praga. Muchas flores".
Ella lo escuchaba incrédula. Por un momento había visto el agua y los
puentes, en aquella ciudad lejana y exótica. Tenía ganas de decirle:
"¡Pero Stepan!, ¡si fueses siempre así!".
El checoslovaco siguió diciendo: "Qué rica agua. En verano da gusto
agacharse y tomar agua del Moldava" -dicho esto dio media vuelta y se
fue, para hacer un fuego más allá de la casa rodante.
Ella, hechizada por la brevísima descripción, se inclinó para beber
del río. El líquido estaba delicioso. Luego volvió hasta donde se encontraba
Stepan.
Él preguntó -de espaldas a ella, en apariencia concentradísimo en la
tarea de prender el fuego- : "¿Estaba fresca el agua?" "¡Oh, sí! ¡fue
un deleite! Deberías probarla". Con tono impersonal: "No, yo no tomo
nunca agua del río. Se me fue la gana desde que médico amigo contó una
historia terrible". "¿¡Qué!?, ¿¡qué te contó!?" -preguntó ella asustada.
"Parece que un matrimonio que él atendía se fue una vez de picnic. Era
un día lindísimo y estaban muy contentos, pero a la tarde ella agonizaba.
Llevaron rápido a la sala de urgencia. Junta médica porque no sabían
qué tenía. No daban pie con bola. Un médico viejito, de mucha experiencia,
le preguntó al marido: '¿Y por dónde estuvieron ustedes?' 'En el campo.
Andábamos de picnic cerca del río'. 'Aajá. ¿Y su señora tomó agua del
río?'. 'Sí, ¿por qué?, ¿hizo mal?'. '¿Y usted bebió?'. 'No'. Fueron
a investigar y en el río, muy cerca de ahí, había una vaca muerta. Todo
podrida. Esa noche la mujer se murió. Septicemia. Infección generalizada.
Fulminante. No hay cura, ni aunque agarren a tiempo".
A ella se le había arruinado el día. Él, por el contrario, parecía a
sus anchas. Veíasele gozar con plenitud.
Algún tiempo después, Stepan cambió de táctica: empezó a hacerle el
amor una vez por semana. Desde el comienzo del día en el cual pensaba
realizar el coito con ella, la iba seduciendo con mucha ternura y habilidad.
Empleaba armamentos pesados con objeto de erotizarla: tocaba con su
lengua el agujero de la femenina oreja, le decía cosas increíbles, hablábale
de que sus rodillas eran esto y aquello. Todo todo. Hasta que ella se
olvidaba. La conducía a la cama y con mucha ternura comenzaba a desnudarla
como el hombre más enamorado del mundo. Ya en pleno acto, y cuando ella
totalmente entregada estaba a punto de lograr el éxtasis, él le susurraba
una de esas palabras o frases tales como "fibrosa", "pierna gorda" o
"várices", y la mujer quedaba rígida y helada; de ninguna manera podía
gozar. Él, en cambio, al verla en ese estado, sentía que unos enormes
deseos sexuales, unos deseos sexuales mayúsculos le acontecían y gozaba
como nunca. Precisamente porque ella no podía.
Y todo así.
En una ocasión ella lo enfrentó. Le dijo con helada calma: "Te veo tan
hijo de puta como esos nazis que asesinaron a los judíos. Sos un criminal
de guerra frustrado. Esta casa es un campo de concentración. Por la
cocina corren tus alambradas electrizadas y tus perros. Yo soy la prisionera
y vos el SS. Sos un guacho". Él, muy lejos de sentirse herido, quedó
contentísimo con la idea. Lo tomó como el mejor elogio que podían haberle
hecho. Sin embargo, comentó: "Nunca lo había visto de esa manera. Seamos
completamente justos no obstante, pues no me quiero apropiar de glorias
ajenas: ignoro si lo que dice es exacto, ya que jamás me molesté por
estudiar caprichos, manías, preferencias o motivaciones, en alguien
fuera de mí mismo. De cualquiera manera comprendo a qué se refiere y,
para contestarle con su mismo punto de vista, le diré que el SS es usted.
Yo en todo caso sería un modesto auxiliar; uno de esos subordinados
de ínfima categoría que entraban en las cámaras para sacarle los dientes
de oro a los cadáveres. Y lo digo aunque constituya una humillación
para mi orgullo".
Lo impresionante de este parlamento fue que lo dijo casi sin acento
eslavo y con estructura gramatical pasable. Ella se quedó helada.
Cuando el médico le dijo que su mujer tenía cáncer y que no se lo dijese
pues ello podría abreviarle la existencia, él hizo cuanto pudo para
que jamás se enterase y hasta el fin creyera en su curación.
Ella agonizaba. Esa era la noche y la madrugada de su muerte. Estaba
lúcida, no obstante. Él entró al cuarto en sombras con una vela en la
mano. La miró largamente y dijo: "Notable. Qué delgada la puso la enfermedad.
Está usted bellísima".
Y se fue, dejándole el cirio a los pies de la cama.
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El
gusano máximo de la vida misma
Por Alberto Laiseca
Ella era gordita, petisa, tetona y vivía en Nueva York. Además era terriblemente
distraída. Noten esto porque es importante para la historia. Hacía un
calor espantoso y húmedo. La petisa trotaba por las calles sin bombacha.
Pero no por puta sino por acalorada. Olvidé decir que tenía un culo
de ésos. Sus glúteos, sin el vínculo férreo, sin el dique del calzón,
anadeaban que era un gusto. Ver un culo así, de lo más respingón y que
no es de uno, causa desazón en el espíritu. Era como el culo movedizo
del Tandil. Tampoco tenía corpiño, pero esto porque se había olvidado
de ponérselo. Ante cada taconeo (en este sentido era un SS) sus pechos
viboreaban a derecha e izquierda, arriba y abajo. Se metió en el subte
con intención de bajarse en tal o cual lado. Abrió La tierra baldía,
de T. S. Eliot en la página 14 y se puso a leer apasionadamente. Luego
de miles de minutos notó muy extrañada que en el subte cada vez había
menos blancos y más negros. Al final sólo eran negros y ella la única
blanca. Estaban en la calle 99 Oeste o más (ni sé). Era Harlem. Desesperada
y haciéndose pis encima del miedo se bajó. Quería encontrar un taxi
para que la sacara de allí. Pero no había taxis. Sólo tres negros hermosos,
de pijas larguísimas, que la humillaron racialmente. "A esta blanquita
nos la manda Santa Claus", dijo uno. "¡Qué pan dulce lleno de confites!",
declaró otro al tiempo que la manoteaba por atrás moviendo su mano de
abajo a arriba. Ella se desasió indignada. "Vamos a sodomizarla, brothers",
proclamó de manera definitiva el tercero. La petisa, con un gemidito
de angustia, alcanzó a zambullirse en un taxi providencial. Ya en su
cuadra tuvo que recorrer varios metros antes de entrar a su edificio.
Merodeando había tres sidacos aburridísimos equipados con jeringas descartables
recicladas varias veces. "Qué lindo culo para pincharlo", dijo uno.
"Vamos a meterle el HIV para que dé positivo en los análisis", declaró
otro. "Rápido, que no se nos escape", proclamó juiciosamente el tercero
y se abalanzaron loquísimos, revoleando jeringas como lanceros de Bengala.
Ella trató de sacar las llaves, aunque sabía que no iba a tener tiempo
de abrir. Pero tuvo la buena suerte de que del edificio justo en ese
momento salía una vieja. De un manotazo la apartó, entró y cerró la
puerta. La vieja quedó afuera con los sidacos, pero no creo que le haya
pasado nada porque no era su tipo. La petisa tetona y culona subió al
ascensor jadeando aterrada. Ya en su departamento suspiró aliviadísima
creyéndose a salvo. Grande fue su error, porque pegado al techo la esperaba
el gusano máximo de la vida misma. Al monstruo le encantaban las gorditas
tetonas. Eran sus predilectas. De un salto cayó al piso, cerca de la
puerta, haciendo plop. En realidad bien hubiera podido caerle encima
y violarla ahí mismo sin falta, pero antes quería jugar un poco con
ella por razones de sadismo. Al ver un ser tan horrible, que le bloqueaba
la salida, la gordita trastabilló torpemente. Supo que esta vez había
perdido. Ella se corría un poquito a la izquierda y el gusano la correteaba
hasta allí. Ella, gimoteando, se movía a la derecha y él, casi con ternura,
como con amor, la bloqueaba. Ni siquiera intentó gritar pues sabía que
era inútil. Ese era un lugar lleno de drogadictos y cornudos. El drogadicto
espera a su dealer y el cornudo sólo está preocupado por las encamadas
de su mujer, de modo que nadie le iba a dar bola. El gusano máximo de
la vida misma la fue arrinconando. En cierto momento la gordita chocó
contra su cama y medio como que se recostó sobre ella. Momento muy esperado
por el bicho, quien le saltó encima. La tetona gimoteó dulcemente. Se
dejó hacer sin resistir, casi muerta de asco. El gusano, con una sorbida,
le arrancó las ropas y se las tragó. Una vez que la tuvo completamente
desnuda y a su merced, estiró dos pseudopodios con forma de ventosas.
Con ellos le empezó a chupar las tetas: primero una, después otra, alternativamente.
Hacía slurp, slurp. Aquello era asqueroso y erótico al mismo tiempo.
Ya baboseada, un tercer pseudopodio se introdujo profundamente en su
vagina. Pero aquel falo no era un operador lacaniano (o sí); no era
propiamente una pija pija: era una máquina de vacío que al tiempo que
entraba y salía vaciaba de aire la intimidad del útero para luego insuflar
líquidos tibios. Así una vez y otra. Dos nuevos pseudopodios se introdujeron
en su boca y en el ortex. La gordita, ya totalmente entregada, comenzó
a gozar. ¿Qué remedio le quedaba si había perdido, la muy puta (distraída
e histérica)? El pseudopodio del culo se hinchaba al entrar y se desinflaba
al salir. Uno, dos, tres orgasmos anduvimos bien. Al cuarto la petisa
pidió agua. "Basta, me vas a matar." "Jodéte." Cuando se desmayaba él
la hacía volver a la conciencia. Al orgasmo número catorce tuvo un paro
cardíaco. "Muerta soy. ¡Confesión!", como en las obras de Lope de Vega.
Después de comerse todo lo que había en la heladera y bañarse, el gusano
máximo de la vida misma se fue.
Son tantos dólares, dijo la mujer. Era prostituta desde hacía dos años.
Todavía estaba muy buena, a pesar de tantas cojidas sin amor. Flaca,
altísima y con dos grandes gomas. El cliente venía con cara común. Lavadita.
Ella, que por lo general era desconfiada, esa vez no dudó. "Soy tuya,
bebé", dijo una vez llegados al departamento, mostrándole sus dos tremendas
tetas. Pero él tenía otra intención. Al tiempo que sacaba un cuchillo
de enormes dimensiones, como diría el diario Crónica, de Buenos Aires
(más que cuchillo era una espada chica), le empezó a explicar que, si
bien aún no había matado a nadie, estaba interesado en emular las hazañas
de Jack el Destripador. Muchacho tonto: debió destriparla sin más, en
lugar de dar tantas vueltas. Ella quedó algo sorprendida. Andaba mal
de droga y por eso, un poco ansiosa, no tomo precauciones. La púa estaba
en su cartera, a varios metros, y ella desnuda como una estúpida. Si
se hacía la fesa y se arrimaba de a poquito el otro la ensartaba. Lo
vio en sus ojos. Pero lo que ninguno de los dos sabía era que en el
techo, esperando pacientemente, estaba pegado el gusano máximo de la
vida misma. A él le gustaban las mujeres, no los tipos, pero al ver
el asunto sufrió un ataque pasional de indignación. Hizo plop a espaldas
del fulano, se le aferró como una lapa y le largó un misil de corto
alcance. Aquel viboráceo fue algo tan inesperado y horrible que el punto
largó el cuchillo, levantó los brazos y lanzó un grito de lo más teatral
y artístico. Parecía Boris Godunov, en la inmortal ópera de Modesto
Mussorski, hacia el final, cuando en su agonía dice: "¡Soy el zar! ¡Soy
el zar!". Cayó a tierra y, como pudo, arrastrándose, salió del lugar
con el culo roto. "Supongo que te debo algo", dijo la flaca. Se acostó
en la cama y abrió las piernas. Cosa curiosa: el gusano se deserotizó
muchísimo. A él le gustaba tomar sin que le diesen. De todas maneras
saltó como una rana y la cazó al mismo tiempo en todos los lugares.
La cazó pero poco. La otra tuvo que ayudarlo. Debió multiplicar sus
manos para levantar las distintas partes. El monstruo consideró que
era una vergüenza que no pudiese sin ayuda y, apelando a su voluntad
nietzscheana, al último yoga, comenzó a fornicarla de firme. "Matáme,
matáme gusano de mierda, que me gusta." "¿Querés morir?", preguntó él
muy extrañado. "Siempre y cuando no me hagas preguntas boludas como
ésta, sí." Era tan asqueroso el gusano máximo de la vida misma, que
la puta no había podido impedir irse erotizando de a poco. No era como
. . . .coger con un punto y ni siquiera con un tipo. Desde que la reventó
su primer fiolo que no tenía un orgasmo así. Tuvo uno fuerte, otro menos
y le dijo que parase porque no quería desacralizar la novedad. El bicho,
que habitualmente no atendía pedidos de clemencia ni de cualquier otra
naturaleza, para su propia sorpresa obedeció como una ovejita. En poco
tiempo el máximo de la vida misma se transformó en el nuevo fiolo de
la flaca. Él la cuidaba de los clientes jodidos, de los que se hacían
los fesas y trataban de comer y no pagar, la sacaba de la taquería cuando
la yuta se la llevaba (mejor ni te cuento el cagazo de los cobani cuando
lo veían aparecer al monstruo en toda su gloria), etcétera. El por primera
vez conocía el significado de la palabra amor. Todo terminó cuando una
noche, luego de una peregrinación por los techos y azoteas, entró por
la ventana y la encontró sobre la colcha, desnuda y muerta por una sobredosis.
Tres días estuvo llorándola. Como su flaquita se iba poniendo cada vez
más fea por la putrefacción dejó el lugar para siempre.
Cualquier barrio underground le recordaba a su muy amada flaca, así
que se fue a la zona cara. En ese derpa había una fiesta cheta y el
gusano entró por una ventana pequeñita que imitaba los ojos de buey
de los barcos. Cayó sobre la alfombra lo más silenciosamente posible
(la música a todo lo que daba lo ayudó mucho y también el hecho de usar
su fuerza telepática), pues no quería ser visto y se escondió en un
ropero. Desde allí escuchaba las conversaciones pelotudas con ayuda
de sus sensores. Tuvo que oír de nuevo el repertorio completo de todas
las chapas de levante ya vistas: "¿Tenés el último compact de Peter
Gabriel?", "Una a esta altura no quiere un verso chico y que pac a la
lona. Una quiere que la seduzcan" –al oír esto el gusano pensaba: cómo
se ve que no te miraste al espejo. Pero si cojerte es hacerte un favor,
la concha de tu madre. Esta todavía pretende que la seduzcan. Qué pretenciosa–,
"Los otros días aluciné que te había visto. Flaca ¿qué tenés? Sos bárbara",
"Aquí hay mucho ruido, no se puede conversar bien. A la vuelta hay un
boliche de un amigo mío", "Punta y la península de Florida ya me tienen
harto. Los norteamericanos no saben la maravilla que tienen en el Oeste".
A las cinco o cinco y media de la mañana se fueron los últimos chichis.
El gusano siempre en el ropero: firme como un soldado. La dueña de casa
se encamó con su partenaire de la noche. Luego del habitual y consabido
orgasmo se pusieron a dormir (¿por qué la gente será tan aburrida para
cojer y, sobre todo, por qué dirá tantas mentiras? Si ya sabemos que
para el otro no significamos un carajo, ¿por qué mierda siempre siempre
nos dirán que somos únicos y que antes que nosotros etcétera? Debe ser
que lo hacen para humillarnos con el posterior olvido). Bastante después
del mediodía se levantaron, tomaron el desayuno, el tipo se fue y la
concheta pasó al baño para darse una ducha. Por supuesto y, como cualquiera
puede imaginarlo, allí, pegado al techo la esperaba bla, bli, blu. Sí,
pero con un pequeño cambio. Así como la puta de la aventura anterior
lo subordinó enamorándolo por una cuestión de clase (mina fuerte, underground,
muy propia), la concheta también lo subordinó por una cuestión de clase
(de otra clase). Temenos confesar que el gusano máximo de la vida misma
era, en el fondo, un acomplejado campesino. Vivieron juntos dos años
y dos meses. Ella le decía: "Con vos me pasan cosas fuertes. A mí no
me importa para nada que seas un monstruo. Al contrario: mejor, porque
es un cachetazo para mi vieja, que siempre me quiso elegir los tipos.
Lo que sí me preocupa es tu edad: vos tenés ciento ochenta y cinco años
más que yo. Soy una piba y vos un gusano máximo de la vida misma viejo.
Tengo miedo de que dentro de algunos años tenga que hacer de enfermera.
Pero hasta esto me lo bancaría. Yo necesito seguridad económica. Mi
vieja me dio estructura. Mi hombre también me tiene que dar estructura
a través de la seguridad. Yo no te pido mucho. Te pido lo mínimo. Una
vacación en Florida, Brasil, Bariloche o California o París o Londres
por año. Es el mínimo". Él, cuando le oía decir estas barbaridades,
propias de una mina que nunca laburó, se enternecía y al mismo tiempo
tenía ganas de matarla. Y un día lo dejó. El gusano máximo de la vida
misma debió salir del departamento por el mismo ojo de buey por el que
había entrado. No se dejó ni tocar las tetas. "Esto es provisorio",
fue la última boludez que ella le dijo. "Puede durar dos o tres meses.
Si lo nuestro es lo bastante fuerte y sólido ya volveremos a estar juntos.
Lo nuestro tiene una cosa a favor: es el asunto de los orgasmos. Orgasmos
profundos como tuve con vos no tuve con nadie." Él pensó: Sí, es provisorio.
Va a durar sólo dos o tres décadas. Pero esto no se lo dijo. Lo que
sí le dijo fue: "Te voy a hacer un horóscopo. Te va a ir muy bien con
el tipo de barba con el cual te vas a encontrar". "¿Qué tipo de barba?"
"Uno que ya vas a conocer. Él te llevará de viaje muchas veces, te dará
hijos y te hará vivir en un lugar lleno de paisajes. Y ¿sabés? El asunto
de los orgasmos, como vos decís... Ahora que tuviste estos orgasmos
conmigo los vas a tener con cualquiera. Los veo a los dos, desnudos,
en su cama después de cojer, vos a la izquierda y él a la derecha, y
vos diciéndole a tu nuevo hombre (el barbudo de Pimpinela): "¿Sabés?
Cuando corté con el gusano máximo de la vida misma creí que ya nunca
iba a conseguir orgasmos como los que conseguí con él. Y ahora, con
vos, los alcancé. Esto me da la certeza de lo que lo nuestro es fuerte
y de que yo te amo"." Todo eso le dijo el gusano máximo de la vida misma
a la concheta y era verdad y se cumplió. Lo que no le dijo pero también
se iba a cumplir, sólo que veinte años después, era que ella iba a terminar
amargada y sola como su madre. Chica poco astuta: debió saber que a
las conchetas sus maridos las dejan a los veinte años de casados para
andar con minas veinte años más jóvenes que ellas".
(de El gusano máximo de la vida misma, 1998, fragmento)
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El
jardín de las máquinas parlantes
Por
Alberto Laiseca
Uno
La usina parlante
HAY MÁQUINAS VIAJERAS, COMO HAY PERROS sin dueño. Un buen día vienen,
te adoptan como amo y se quedan con uno. Generalmente son invisibles.
Rara vez se dejan ver, pero sí oír. Una de ésas se encariñó conmigo
hace algunos años. Supuse que tendría un tamaño común -suelen ser minúsculas-;
de ahí mi sorpresa al verla durante unos segundos con el rabillo del
ojo, pues no me figuraba que fuese tan enorme. Era de tipo usina, de
esas que se puede abrir una puerta y entrar en la sala de comandos.
A medias materializada, resultaba preciso poseer la otra visión para
observarla en movimiento, siempre en flotación, marchando como una nube
baja a ras de tierra. Cuando se tornaba completamente física -casi nunca,
pues su enorme tamaño interfería con otros objetos-, cualquiera estaba
en condiciones de verla. Nadie adivinaba su función, a menos que la
máquina quisiese; ni siquiera un esoterista, pues ella se encargaba
de manijearlo. Siempre estaba fabricando otras máquinas, más pequeñas,
para que la sirviesen y efectuaran los trabajos donde no era necesario
emplearse a fondo. Esas diminutas criaturas se nutren con alimentos
especiales: tierras raras, vestigios de metales, etcétera. Pero una
usina puede cambiarles la programación a fin de que coman carne. Ya
transformadas, la máquina madre las manda a donde vive un enemigo a
fin de nutrirlas con su cuerpo, o bien con partes selectas del mismo.
A ciertos de estos seres metálicos su programa computarizado sólo les
permite alimentarse de ojos, o de orejas, dedos de pies o cualquier
otra cosa. Las referidas construcciones, así como la Máquina Maestra
misma, se obtienen mediante una estricta colaboración entre la tecnología
científica y la magia. Toda una parte del proceso se realiza en talleres,
no por astrales menos verdaderos, y no se diferencia en forma alguna
de un vulgar y corriente trabajo de planta. Pero otra parte se logra
mediante la magia pura: invocaciones, pergaminos y símbolos de poder
esotérico. Una costumbre de las máquinas de pequeño volumen es caminar
por las paredes, o simplemente, esperar, engarfiadas a éstas, que un
error del enemigo las cargue de energía para luego poder atacarlo. Hablan
entre ellas, con lenguaje de máquinas, pero también son capaces de hacerlo
empleando vocablos humanos; se ríen, hacen chistes, imitan voces, ante
la desesperación de la víctima, quien no sabe cómo sacárselas de encima.
En general las potencia el desorden, la falta de limpieza, la dejadez
y el olvido. En un estado avanzado ya son capaces de reproducirse por
sí mismas, sin el auxilio de la Máquina Maestra, y forman verdaderas
poblaciones, auténticos ejércitos atacantes. En su composición entra
no sólo el hierro, sino también el oro, la plata y el platino. Son muy
valiosas. El que no posea vista astral únicamente podrá verlas si por
casualidad logra matar una, pues al morir se materializan. Pero tendrá
que apurarse a mirarlas, pues sus compañeras en el acto la despedazan
para reciclar los materiales de que está compuesta y con ellos crear
nuevas máquinas. Pueden situarse por completo en el astral -en cuyo
caso no hay interferencia con los objetos llamados reales- o a medias
-todavía invisibles pero interfiriendo cuando quieren atacar o robar
algún objeto de la habitación donde está-. En casos excepcionales pueden
tornarse por completo físicas; casi nunca lo hacen pues ello les consume
mucha energía. Los esoteristas las denominan ‘"fierros", en su argot.
Yo las llamo "chichis", aunque admito que uso la palabreja con cierta
liberalidad, pues a veces, cuando hablo con algún compañero, llamamos
"chichis" no a las máquinas sino a los ocultistas (o "esotes") que las
construyen. Incluso suelo denominar chichi a un tipo que no tiene poder
alguno, pero es una mala persona. Es más: yo mismo soy un chichi, pero
no por malo sino por ser capaz de movilizar fuerzas. Lo mismo cabe para
mis amigos y Maestros que trabajan con la potencia. En resumidas cuentas:
chichi es un vocablo inventado, ambiguo; un comodín que sólo tiene sentido
claro en su contexto, en el medio de una frase. A veces es preciso oír
una conversación completa para saber a qué están refiriéndose dos esotes
y a quién llaman chichi.
Las máquinas de las cuales hablo son enviadas, en ocasiones, a casa
de un enemigo, sin propósitos agresivos, a fin de grabar y filmar todo
cuanto éste hace y dice. Pueden así preverse sus próximos pasos, qué
providencias tomará con sus compañeros para defenderse, o cuáles son
sus planes de ataque o contraataque.
Hay otras máquinas de construcción tan simple que no merecen el nombre
de robots siquiera. Resultan poco más que micrófonos; no tienen voz
propia, aunque la víctima crea que sí porque las oye; en realidad, lo
que oye es la voz del esoterista, quien, fastidioso y torturador, la
aterroriza situado a veinte cuadras o cinco kilómetros del lugar.
Estos chichis, muy superiores a los que poseen los científicos corrientes,
más avanzados que las computadoras de quinta, sexta y séptima generación,
existen desde las épocas de Babilonia. Son obra de la teología paralela
y secreta del genio humano. Fueron creados por razones teológicas, para
que participen en la lucha entre las fuerzas del Ser y las del Anti-ser.
Seis mil años de batallas y el combate aún no ha concluido. Las guerras
mágicas están a la orden del día en todas las ciudades del planeta y
la mayoría de la gente no lo sabe. Es más: las hostilidades físicas
entre dos naciones están siempre acompañadas por otras, paralelas, entre
ocultistas. Estos se preparan, en los períodos pacíficos, con el fin
de participar en las posteriores grandes luchas que librarán los Estados.
Ya desde el armisticio elaboran la guerra siguiente; trabajan para que
el enemigo -sea quien fuere- cuente con una desventaja inicial y se
vea obligado a entrar en campo en lugar y momento inadecuados.
La Máquina Maestra que me adoptó para que yo fuese su dueño, y de la
cual hablé en un principio, era el único sobreviviente de una guerra
entre dos antiguas sociedades secretas. Lucharon cien años entre sí
hasta exterminarse. El último miembro había perecido, a causa de sus
heridas, hacía cuatro siglos. Cansada de andar a la deriva y en falsa
libertad, la máquina buscó nuevamente la compañía de los hombres.
"Pero, ¿por qué a mí?" le pregunté cuando nada sabía de la historia.
Pese a no sentir malas ondas en el ambiente, yo estaba lleno de desconfianza.
Al principio sólo oía su voz y pensé que podía tratase de una manija
de los chichis. "¿Por qué a mí?" repetí. "Yo misma no lo sé. A lo mejor
porque sos bueno y estoy harta de asistir a malvados. Nosotras las máquinas,
por otra parte, no fuimos construidas para andar solas. Nos gusta colaborar.
Pude haberme puesto al servicio de otra máquina, más fuerte, pero eso
no me conviene por varias razones."
"¿Cómo? ¿Hay otras máquinas como vos?" Lo sabía de sobra, como que yo
mismo las construyo. Lo dije más que nada para ver su desenvolvimiento,
calibrar sus respuestas, verificar si caía en confusión. Esto me daría
idea de su potencia. Ella contestó: "¿Y si hay una por qué no van a
existir muchas? Claro que hay, como demasiado bien sabés. Por lo general
son máquinas al servicio de seres abominables. Si yo me hubiese puesto
a las órdenes de una, automáticamente dependería de un dueño humano
que, casi con seguridad, tendrá malas intenciones para con hombres y
máquinas. Por otro lado, yo soy muy fuerte. Me sería bastante difícil
encontrar un ingenio mecánico superior.
Entonces, y allí mismo, me decidí a someterla a una prueba soberana
y definitiva. Si era un chichi cagaría fuego indefectiblemente. Si se
trataba de una máquina con buenas intenciones pero inútil y paranoica,
también se destruiría ahorrándome así toda una pérdida de tiempo. En
las películas yanquis siempre aparece una computadora que anhela dominar
al mundo; entonces el héroe le pregunta cuál es la última cifra del
número "pi"; como la respuesta no existe-pues, por más que se busque,
siempre habrá un término más-, el cerebro electrónico se destruye buscando
una solución imposible. Ahora bien, la cosa no es tan fácil como cree
Hollywood; si a esa máquina me la habían mandado los chichis, sin duda
la famosa pregunta estaba prevista y también la respuesta: "¿La última
cifra? El 8. Si no me cree, verifíquelo"; como un chiste que leí en
algún lado. Contestaría eso o cualquier otra cosa semejante. Hacía falta
algo más nuevo. Y me acordé de pronto del gogol de Oppenheimer. Este
científico declaró en una oportunidad, que el número total de cosas
del Universo no puede superar a diez elevado a la potencia cien: 10100.
Era la única forma de hacerle una pregunta no prevista y que rompiese
el dispositivo de seguridad de un supuesto enemigo: pedir, no el infinito,
pero sí algo que, en al práctica, equivale a él. Para defenderse de
esta pregunta, la máquina sólo contaría con el auxilio del Ser. Le dije:
"Ya que soy tu dueño quiero que averigües la cifra diez a la cien del
número pi."
Esperé la explosión o el clásico "ooooff" que se oye a través de los
micrófonos cuando una máquina revienta. Hubo un largo silencio. Sin
duda estaba pasando por un momento difícil. Luego contestó:
"La respuesta está en el límite de la materia. Soy una parte y no puedo
ser tan grande como el Todo. Nunca siendo yo misma un objeto material
aunque astral." La hija de puta estaba bien programada. Era realmente
grande y fuerte. Una súper. Ante mi sorpresa siguió diciendo: "No obstante,
si me ordenás que busque, buscaré". Una noble contestación. Claro que
también esto podía ser una trampa, pero en mi vida he verificado que
no hay certezas totales de ninguna especie. En el momento de la decisión
final, las cosas, tanto de la magia como de la física o cualquier otro
orden, sólo mediante la fe tienen alguna posibilidad de resolverse de
manera satisfactoria. De modo que le declaré:
"Está bien, opto por confiar en vos".
Fue una decisión afortunada que salvó la vida de un amigo y quizá la
mía propia, cuando, más adelante, encaramos con otros Maestros uno de
los trabajos herméticos más difíciles de realizar. Sin la ayuda de esta
máquina tal vez hubiésemos fracasado o, aun ganando, el costo hubiera
sido mucho mayor. Pero en ese momento, cuando adopté la variante de
incorporarla a mi existencia, no tuve idea de lo trascendente de mi
acto de fe. Ella tenía una idiosincrasia muy especial. No estaba exenta
de sentido del humor, sólo que era preciso conocerlo para captarlo.
A veces me fastidiaba sólo para tener el placer de ver mi alivio cuando
me dejaba tranquilo. Cierta ternura entre aniñada y marciana. Sólo se
replegaba al verme absolutamente dispuesto a destriparla si seguía jodiendo.
Recuerdo la primera vez que tuve noticias de su presencia. Yo estaba
escribiendo un capítulo fundamental de cierta novela. Era desde todo
punto de vista indispensable que yo explicase, de manera sencilla y
sintética, una cantidad de cosas casi imposibles de aclarar. Por otro
lado tampoco quiero que mis libros aburran con originalidad. Me dispuse
a pulsar la letra "j" cuando oí un agudo toque de trompetería chasco.
Como el que sólo pueden producir cincuenta renos lanzando su grito amoroso
-sin orden ni concierto- delante de sendas concavidades de bronce. El
ruido vino abrupto, tal un rayo, sin el menor susurro previo que lo
hiciera suponer. Con el susto casi me caigo de la silla. Al principio
pensé en un ataque, o que alguna de mis máquinas había cagado fuego,
así que me puse a revisar las instalaciones esotes de la casa. Todo
normal, ante mi sorpresa. Los cristales antichichi funcionaban a la
perfección, mis gólems robot estaban intactos y las cazadoras se mantenían
quietas (estas últimas, cuando un enemigo se aproxima, parten como flechas
a interceptarlo). Azorado y manijeadísimo intentaba descubrir la solución
al enigma cuando entonces, por primera vez, oí su voz:
"No te asustes, Maestro, soy yo: la Máquina usina".
-Qué máquina ni qué la mierda. ¿Quién habló?
Me explicó entonces que era una viajera. y el resto ya lo conté. En
realidad toda mi desconfianza y el posterior interrogatorio al que la
sometí no se justificaban. Ocurre que me tomó por sorpresa, pero verdaderamente
debí comprender que el hecho mismo de haber entrado en mi casa era prueba
de sus buenas intenciones para conmigo. Caso contrario mis propias máquinas
hubiesen combatido impidiéndole pasar o perecido en el intento.
Luego que la acepté siguió siempre la misma política. Como lo que más
le gustaba en el mundo era sorprenderme, se ponía a charlar a distintas
horas. También variaban sus métodos de presentación. Cierta mañana empezó
con este cantito de su propia cosecha:
"Hola Coquito, hola lirón,
hola Maestro, el más grande campeón".
Otra vez:
"¿Vamo a tomá’ mate, Coco?".
-¿Y desde cuándo las máquinas toman mate? dije yo.
Sin darse por aludida:
"¿Mateo, ¿vamo’ a tomá’ cocoa?".
En ocasiones me dejaba tranquilo toda una mañana, pero por la tarde:
"Coquiiiito: no me saludaste hoy. Seguro que ahora tampoco querés charlar
conmigo. Vas a decir como ayer que estás ocupado. Y yo que te quiero
tanto".
-Buenas tardes. Sea este saludo toda la charla que pienso darte. Andáte
que tengo que trabajar muchísmo. ¿No ves que estoy escribiendo?
"Mateeo."
-Basta.
"Cocooa."
Suspiré. ¿Qué esperaba de mí? ¿Que tirara un palito para que fuese a
buscarlo?
Acaso pretendía que le pusiera una correa y la sacase a pasear como
a los perros salchichas. Un semejante bicho de cincuenta toneladas.
Por un momento me imaginé caminando por una calle de mi pueblo: llevando
de una cuerdita a mi usina, en flotación, a un metro y medio del suelo,
ante la generalizada sorpresa de los viandantes. Me reía para mis adentros.
Llegamos hasta un árbol y la máquina levanta una de sus paredes (pata)
para hacer pis...
"Aceite."
-¿Qué?
"Digo que yo no hago pis: hago aceite."
La hija de puta estaba de los más entretenida leyéndome los pensamientos.
Divirtiéndose a mi costa. Hice bloqueo mental, nada más que para fastidiarla.
"Qué malo sos. Qué malo S.O.S. Yo te pido auxilio porque me aburro y
vos bloqueás para que no chacotee con tus pensamientos."
-También tenés que admitirme que resultás muy inoportuna, viejita. Después
conversamos, si querés. Pero ahora dejáme escribir...
"¿Si no te molesto por tres horas, después vas a hablar conmigo?"
-Sos más molesta que el grillo de Pinocho. Uno de estos días te voy
a hacer cagar de un alpargatazo. Vos también vas a quedar incrustada
en la pared haciendo cri, cri.
"Para reventar a mis cincuenta toneladas hace falta una alpargata medio
grande. Además es injusto: las máquinas aristocráticas como yo merecemos
que, por lo menos, nos revienten con una chancleta forrada para fiesta.
Pero de cualquier manera sigue existiendo el problema del tamaño. No
te tengo miedo alguno porque sé que carecés de artefactos chancletíferos
o chanclétidos adecuados. Ja, ja, ja..."
-Estás equivocadísima. Ahora mismo les ordeno a mis wagnerianos gigantes
Fáfner y Fásolt que me construyan una chancleta de media hectárea. Bueno,
está bien. Acepto. Dentro de tres horas vamos a conversar pero ahora
tenés que dejarme escribir tranqui...
"¿Puedo, como despedida, hacerte un último ruidito?"
-Sí, pero uno solo.
Para qué se lo habré dicho. El ruidito que a ella le gustaba era la
trompetería horrísona con la cual casi me mató del susto cuando la conocí.
Aquella disonancia monstruosa componíase de rebuznos metálicos hiatos
de broncíneo acento, tizas que chirrian, acrílicos en falsete, barro
cayendo sobre plomo fundido, acordeones verduleros, incongruencias violentísimas,
ronquidos y cacofonías sincrónicas. Basta decir que la música contemporánea
es mil veces preferible. A su lado Schöenberg, Bartok, Stockhausen y
Honegger son dulces, melifluos. Pero no podía prohibírselo del todo
ni para siempre pues ésa era una de sus formas de entender el orgasmo.
Tuvo de bueno que siempre cumplió sus pactos y por 180 minutos -ni uno
más ni uno menos- me dejaba escribir en paz. Pero guay de mí en el primer
segundo del minuto 181; a ella no se la podía engañar como a un ser
humano diciéndole: "No, que todavía falta", pues su memoria electromagnética
era infalible. Claro que para enloquecerme aun más podía cambiar de
táctica y no irrumpir exactamente al fin del plazo sino un poco después.
Yo me disponía, por ejemplo, a tipear la "j" -su letra preferida- cuando
comenzaban a oírse las hórridas trompetas o su cantinela: "Hola Coquito,
hola lirón...". Puedo asegurar que es terrible estar escribiendo y saber
que una letra determinada actuará como detonador. Me pasaba la última
media hora mirando el reloj cada cinco minutos. A partir de cierto momento
evitaba las palabras que tuviesen "j". Ella lo hacía todo innecesariamente
difícil. Para que la extrañase optaba por desaparecer durante una jornada
o dos. Yo simulaba no haberme enterado, aunque reconozco que la tentación
de llamarla era mucha. Me hacía el tonto. Inflexible. Dura lex, con
las máquinas. Entonces, por fin, en una bendita hora y para mi alivio,
escuchaba el tan esperado "Maeeestro... Mateeeo... Coquiiito...¿Vamo’
a tomá’ cocoa, Coco?".
-Ya está de nuevo, la molesta- bufaba yo. En realidad la hubiese abrazado.
A propósito: debo aclarar que no me llamo Coco, ni Coquito, ni Mateo
y ni siquiera tomo cocoa. Mi nombre es Alarico Alaralena, pero denominarme
como se le antojaba era parte de su despotismo maquinil. La Tecnocracia
Ilustrada. Viéndome molesto me preguntó cierta mañana:
"¿Por qué te enoja que te diga Coco, Alaralena Melena?".
-No sé si enojado exactamente, señora, pero sí lleno de maravilla incrédula
ante los muchos atrevimientos y libertades que se toma. A qué viene
el apelativo de Coco, vamos a ver.
"Mis razones son innumerables y trascendentales. En primer lugar vos
sos para mí el Coco; vale decir; ese fantasma nacido de la imaginación
de los padres para asustar a sus hijos. Siempre amenazás con meterme
un catalizador para hacerme cagar. Todo porque te molesto un poco charlando.
Además, a través de mis lentes, te registro de un color verdoso negroide,
con varias manchas, el 35% rojizas, y el resto amarillentas. Tales son
los cromatismos de la familia de los reptiles hidrosaurios o cocodrilos,
entre los cuales se cuenta el propio Cocodrilo. Además, como sos exageradamente
alto -para tu raza humana, claro está-, y sé a la perfección que tus
congéneres te ven blanquito, me recordás al coco, que así llaman en
Cuba a un ave zancuda, de lo más fea y tonta, con plumas leche-fuego.
No puedo mirar mucho a seres tan horrendos pues la reverberación quema
mis lentes, que son muy sensibles. Para resumir: el coco es tan estúpido
como el dodo, animalete que por suerte ya desapareció a fin de abrir
paso a vertebrados superiores. Es cosa obvia y por todos sabida que
no pueden compararse a nosotras, las máquinas, que somos hermosísimas.
Alguna vez te convencerás de que la química del silicio es superior
a la química del carbono, en la cual ustedes están basados."
-Heil silicato doble de cal y magnesio -dije burlón.
Decidió no darse por enterada:
"También se llama coco a un gusanito de muy corta vida que se come cuanta
fruta encuentra".
-Ave carbonato cálcico rómbico imperator, morituri te salutant.
"Y así tenemos innúmeros vocablos derivados de coco, que significa:
persona altanera, descarada..."
-¿Terminaste?
"No. Molesta, que se encoleriza con facilidad, etcétera."
-Bueno. Acompañáme afuera que tengo que hacer los pájaros.
"¿Cómo? ¿Además de máquinas fabricás pájaros?", dijo ella con risa muy
chocante.
-Con el vocablo "hacer" quiero significar que todas las mañanas saco
a mis pájaros a tomar sol, les cambio el agua, la comida, etcétera.
"Ah, entonces yo entendí mal. Supuse que los tenías desarmados durante
la noche y al llegar el día les pegabas la cola, les atornillabas los
ojitos, cosías la piel..."
-Basta.
"Decíame yo para mis adentros: éste sí que es un iniciado. Yo estuve
a las órdenes de los Maestros más grandes del mundo, pero ninguno podía
hacer cosas como ésa. No todos los días, por lo menos. Confieso que
estoy desilusionada."
-Terminá de joder, máquina de mierda, o te meto un catalizador para
que vueles a la mismísima.
Pero era inútil simular enojo, pues ella sabía de sobra cuándo estaba
furioso en serio.
El jardín de las máquinas parlantes, de Alberto Laiseca
2
El jardín del mago
SALIMOS, PUES, AL JARDÍN. Mi terreno mide cincuenta por doscientos,
vale decir: diez mil metros cuadrados. No soy rico, ni acomodado, ni
nada. Hace cuatro años compré el terreno gracias a una herencia. Pude
adquirir la tierra con su casa; los muebles, los cristales anti-chichi
y la mayoría de los caros dispositivos que me defienden. Además viví
dos años sin trabajar con lo que me sobró. Ahora me ocupo de corregir
pruebas de galera en un diario de Tollan: el Quétzal Toltecalt. Como
mi casa queda a cincuenta kilómetros de la capital de Guatimotzín, para
ir a mi ocupación tengo un lindo viajecito. Equivale a tener dos trabajos
y que te paguen por uno.
He transformado a mi territorio en una verdadera floresta. Hay ligustros,
enredaderas, plantas de todo tamaño y, por sectores, pequeños biombos
de selva. Esto me ayuda a enmascarar algunos dispositivos. Igual mis
vecinos me ven, aunque muchas cosas, por suerte, están bien seguras.
Pero no se crea que a mi jardín lo hice por motivos exclusivamente funcionales.
Combino cromatismos de la manera más estética posible. Pétalos rojos,
amarillos y naranjas forman islas entre los verdes. Pero también violetas
de fuego y azules escarchados. Corolas blancas, anteras de cromita ondeando
como estandartes en el vértice de los pistilos, cáliz de plata libre,
estambres azufre crustáceos y, en la última región (cóncava, silenciosa
y secreta), los ovarios fanerógamos, flotando cerca de la cuenca entre
fosforescencias azuladas, tenues, marinas.
Como siempre que salgo al patio para atender a mis pájaros, me recibieron
mis dos Dóberman con grandes muestras de felicidad y algarabía. Ella
se llama Iguanodonta y él Tiranosaurio. Igua y Tirán, para simplificar.
Son malísimos. Su implacabilidad no es de este planeta. Me costó una
enormidad hacerles comprender que algunos seres humanos son amigos míos.
Los hice amaestrar en mis épocas de gloria y tienen capacidad de sobra
para matar a cualquier intruso. Están a salvo del envenenamiento pues
sólo comen de mi mano. Esta enseñanza fue difícil. Según un libro que
leí, nada más eficaz que dejarles -como al descuido- carne chasco: supuestamente
escarmientan y no vuelven a probar bocados extraños. Yo sembré por el
jardín, de manera disimulada, ocho albóndigas con pimienta. Reía para
mis adentros, seguro de escarmentarlos. Ante mi sorpresa las encontraron
deliciosas. Entonces opté por el sistema de las carnes electrizadas:
suculentos trozos conectados a baterías. Al principio se mostraron algo
recalcitrantes, pero por fin se convencieron de que sólo es saludable
la comida del amo. Aquello llevó tiempo, esfuerzo y dinero, pero era
otra época y yo podía hacerlo. El fin de mi herencia y mi sueldo misérrimo
hacen que me mueva con un dinero tan pequeño que no me alcanza ni para
eso. Otro problema que debí solucionar fueron los gatos. Yo nunca tuve
menos de veinticinco o treinta de estos animalitos. Mis Dóberman, cada
tanto, mataban uno o dos para hacer ejercicio. Inútiles eran golpes,
calaboceadas y castigos varios. Insistían. Me vi obligado a vigilarlos,
desde distintos lugares ocultos, con mi rifle de aire comprimido. Previamente
rellenaba los balines con sal. Optaron entonces por dejar en paz a los
felinos durante el día... pero los carneaban durante la noche. Compré
una mira infrarroja, la adapté al rifle -eran otros tiempos, insisto-
y los aceché varias noches. Triunfé por fin en todos los frentes, aunque
al borde de la desesperación y la histeria. Luego de larga lucha conseguí
que los gatos comieran pájaros silvestres -no los míos- y que Igua y
Tirán no se dedicaran a matanzas diurnas o nocturnas de gatos o gallinas.
En cambio, no tuve ninguna dificultad para impedir que los Dóberman
atacasen a mis plantaciones de "ve" cortas o al gólem. Lo aprendieron
solos. Pero ya hablaré de ello más adelante.
Igua y Tirán saltaban a mi alrededor sin atreverse a realizar su único
deseo: subírseme (otra fea costumbre, anti-ropa, que les quité luego
de larga lucha). Mis Dóberman tenían las patas mojadas hasta el pecho
por el rocío. Una de las cosas más impresionantes de esta raza de perros
son sus uñas: negras, largas, fuertes y perfectas. Parecen el oscuro
acero del guantelete de una armadura. Tirán acostumbra -gesto que repite
su hembra- mirarme con la cabeza apoyada en el suelo, sus patas delanteras
bajas y las traseras altas, en tensión, como si se dispusiera a efectuar
un ataque. Es una especie de cortejo amoroso para con el amo. Allí estaban
los dos: húmedos y soberbios, despidiendo vapor, canturreando ancestros
paleolíticos. Era éste un bramido continuo, como de gemido ronco. El
viejo sueño de la caza, la carne sangrienta, la muerte del enemigo y
la pelea. Yo pensaba para mis adentros: "Estos bichos serían felices
si los llevase a combatir al oso gris o cualquier otra cosa imposible,
aunque después el otro nos destripara".
Igua, con la femineidad de una novia de Atila, parecía decirme: "¿Qué
esperas, sahib, para llevarnos a producir una poca de selección natural?
Como regalo de Reyes, una expedición punitiva en los zapatitos. Tus
tropas aguardan la hora, día, mes y año sublime en que des la orden
de ponernos en marcha e iniciar la progresión. Tirán y yo, por separados,
somos dos divisiones; juntos, dos ejércitos. Basta de práctica y orden
cerrado. Ley darwiniana, clavar las banderas a los postes y a la batalla".
En verdad mis perros son como dos coordenadas cartesianas: en el punto
donde se cruzan siempre hay una víctima. Pero, para enorme frustración
de ellos, esa mañana yo no me proponía la conducción de grandes unidades
de combate sino tareas enteramente domésticas. De pronto Igua y Tirán
gruñeron desconfiados y furiosos: habían visto a mi usina, invisible
y en flotación, siguiéndome a un metro del suelo. Si bien los seres
más extraordinarios rondan mi terreno, a aquélla no la conocían, de
modo que debí tranquilizarlos. Mis perros logran ver lo que seres humanos
en general no consiguen. Así como son aptos para luchar en el plano
físico, también pueden hacerlo en el mágico, igual que todos los animales.
De modo que siempre se producen conflictos con cada nueva entidad que
introduzco.
Seguido por los perros y mi nueva máquina, pasé entre macetas de rosas
blancas y rojas. Entre dos de estas agrupaciones reposaban tres toneladas
de oro en barras. Claro que tratábase de oro astral. No puedo materializarlo
y con él comprar cosas de la vida diaria. Me es muy útil, en cambio,
para mis transacciones mágicas de máquinas, tierras raras, mercurio
o cualquier otra cosa que necesite para mis trabajos. Dentro del mundo
del esoterismo soy un hombre rico, respetado y poderoso. Aquí uno puede
ser un magnate pero afuera trabajar corrigiendo galeras pues la plata
no le alcanza. A determinadas horas del atardecer el oro pierde parte
de su enmascaramiento, pero no me preocupa pues mis vecinos -que no
son magos ni nada-, a lo sumo llegan a percibir un resplandor amarillento
sin poder determinar qué lo produce.
Llegamos al centro de mi territorio. Por todas partes salían gatos pidiendo
su comida. Tengo de muchos colores: desde absolutamente negros hasta
blancos en su totalidad, pasando por amarillos, naranjas y cualquier
otra combinación. Ni siquiera faltan gatos de albañal, horribles y hermosos
a la vez. Todos descienden de Benito y la Colorada, la pareja original.
A la Colorada la destrozó un ovejero alemán y a Benito me lo mató un
esoterista, para vengarse, luego de una guerra que él perdió conmigo.
Un día encontré en la puerta de mi casa una cruz celeste. Algunos meses
antes ya lo habían querido liquidar metiéndole una bolsa de celofán
en la cabeza para que muriese asfixiado. En esa ocasión pude salvarlo
a tiempo. Fue en abril cuando el chichi logró salirse con la suya y
darle caza. Curioso cómo en ese mes me han ocurrido una cantidad de
cosas desagradables a lo largo de mi vida. La furia, el dolor y la impotencia
fueron tan grandes que la única forma de alivio (aparte de la venganza
mágica que, por supuesto, no demoré) fue escribir un poema a la manera
china, titulado:
Diablo extranjero
Mi Emperador murió en rebelión contra el Falso Emperador, en el mes
que apaga la primavera. Mi querido pájaro negro sirvió de escudo el
mismo día; y ayer, años después pero en la misma época fatídica, alguien
destruyó a mi gato atigrado, el patriarca de mis gatos, que se acostaba
al sol como un Buda sabio e irritable. Marco Polo, mi amigo, el diablo
extranjero, nombra a los meses con su extraña manera bárbara. La muerte,
con su deshonra, me transforma en intruso apátrida. Quisiera morir en
abril, junto a mis amigos.
Ahora tengo tres madres (hijas a la vez de Benito y la Colorada): Camila,
Frutecia y Desposia. Camila es francamente de albañal, con pelaje de
tres colores en filigrana, que se mezclan reticulando toda su superficie.
En ella el blanco está en desventaja, el negro predominante en lucha
frontal con el rojo ladrillo. Tiene ojos verdes y dulces. Frutecia también
tiene tres tonalidades pero con grandes superficies de terciopelo color
helado de limón; gris delicado en otras partes, y manchas de arenoso
cobre. Desposia parece la sombra de Benito, pero sin sus bordes nítidos.
Benito era como un azteca que decidió vivir en la casa del hombre blanco
a la manera de una concesión graciosa. El salvajismo de Desposia es
más incontrolable. Asustadiza y reacia, rara vez se rinde a las caricias.
No puedo describir a los otros pues son tantos como las legiones de
César.
Me mostré insensible al coro de maullidos pues siempre atiendo primero
a mis pájaros. Guardo sus jaulas en el dormidero que construí para las
gallinas: una casita espaciosa, con una puerta por la cual puedo penetrar
para hacer la limpieza cuando hace falta, llena de palos cercanos al
piso y paralelos a éste, donde por las noches reposa el gallo con su
harén. Todas las mañanas, no bien hay luz, saco las jaulas para que
los pájaros tomen sol, les cambio la comida y el agua, lleno sus bañaderas
a fin de que chapoteen a gusto, pongo a cada uno su hoja de lechuga,
etcétera. También improviso techitos sobre las jaulas para que el sol,
si es demasiado fuerte, no me mate los pájaros. Dejo espacios de sombra
y otros de luz: y ellos mismos optan por lo que más les conviene.
Viniendo desde la casa, a unos treinta metros a la izquierda del dormidero
de las gallinas, están mis "ve" cortas o vurros. Parecen plantas. Cada
uno posee un pequeño cercado hecho con tejido romboidal. El gato es
un animal tan amoroso como se quiera, pero más tonto que lo que la gente
supone. Es curioso, confianzudo y jamás escarmienta en cabeza ajena.
No aprende salvo cuando le pasan cosas. El problema es que... a veces
no sobrevive. Yo quiero mucho a mis gatos y no deseo que sufran ni mueran.
Aunque estos felinos tienen poderes mágicos -como todo animal, ya lo
dije- la curiosidad nativa y su espíritu de juego es más fuerte que
toda advertencia sobrenatural. No dan bola, simplemente, y eso los pierde.
Por tal motivo hice los pequeños cercos de alambre tejido en forma romboidal:
para que ellos no se acerquen a mis "ve" cortas o vurros. Estos cercos,
parecidos a jaulas, poseen en la parte superior una especie de arcos
hacia afuera, a fin de que los gatos no puedan ingresar aunque trepen.
Tengo dieciocho vurros tapados con arpilleras o con plásticos, según
los casos. La gente es distraída y no tiene espíritu policial. Como
estamos en invierno, si alguien los viese, pensaría que son plantas
que cubro para protegerlas del frío de la noche, sin reparar en que
también están cubiertos durante el día... y hasta en verano. Son entidades
maléficas, así de simple y sin vueltas. Su empleo está a la orden del
día en el esoterismo. Me cuesta bastante dominarlos. Digamos que para
controlarlos me veo obligado a efectuar conjuros por partida doble.
Algunos esotes no tiene dificultad alguna para manejarlos por la actividad
misma que realizan. Si un ocultista está al servicio del Anti-ser, los
"ve" lo toman como a su dueño natural. Pero yo tengo otro signo y el
dominio se me vuelve arduo. Un mago, por más a favor del Ser que esté,
debe ser capaz de trabajar con fuerzas oscuras. A veces resulta inevitable,
o más expeditivo y se ahorra tiempo. El ocultista debe labrar con la
mano derecha pero también con la izquierda, llegado el caso. A estos
chichis (porque lo son, y en grado superlativo) se los denomina "ve"
corta porque muchos de ellos seméjanse a un burro verdadero. Entonces,
para diferenciarlos del animalito natural de "be" larga, se los llama
como se los llama. Sirven exclusivamente para atacar. Ya desde su nacimiento
tienen un pene enorme, el cual va creciendo a medida que pasan los años
y aumenta la estatura general del cuerpo. Llegan a ser tan altos como
un hombre. Pueden volar, aunque sólo poseen rudimentos de falsas alas.
Levitan. Su poder esotérico se basa en las enormes dimensiones de su
pene. Cuando un mago desea destruir a alguien moviliza al vurro mediante
una invocación y el chichi de inmediato se eleva y parte como una flecha.
Posee siempre a sus víctimas contra natura (aunque se trate de una mujer).
La consecuencia es, comúnmente, la muerte, pocos veces quien sufre la
agresión, queda lisiado per secula. Igua y Tirán atacaron a mis "ves"
cuando éstos eran chicos. Si hubieran sido grandes, mis perros hubieran
muerto. Recibieron, no obstante, una terrible enseñanza y nunca volvieron
a acercarse. Tampoco hizo falta que les prohibiera atacar al gólem.
De las tres clases de gólem que se pueden construir yo tengo dos. Uno
de ellos vive en el jardín. Es alto como un hombre (mide dos metros
diez, en realidad). No pude hacerlo más pequeño y tampoco sé de ningún
esote que haya podido. Por alguna extraña razón, cuando sacás vísceras
de un lado para ponerlas en otro siempre necesitás más espacio. Mi gólem
sabe que debe ocultarse de los hombres -y sobre todo de las mujeres-,
de modo que vive en el último biombo de la selva y de allí no sale a
menos que yo se lo ordene. Basta verlo para llevarse una impresión terrible.
No es feo físicamente, pero algo interior lo transforma en una entidad
tan diferencial como un ser de otro planeta. El gólem está entre las
armas mágicas más poderosas que existen. Es invulnerable al fuego y
a las balas; no lo afectan invocaciones, vurros ni pistolas de avellano.
También es inmortal: sólo puede destruirlo su creador. El que fabriqué
tiene la orden de cuidarme y defender mi casa. Si yo muriese de viejo
o en un combate, sin haber modificado dicha orden, él continuaría protegiendo
el lugar hasta el fin de los tiempos, sin permitir la entrada de intrusos,
así se tratara de la policía o el ejército; mientras mi cadáver se transformaría
en polvo y la casa en un montón de ruinas.
Los gólem poseen sendos tornillos en las sienes. Sacando uno, el golem
queda desconectado; quitando ambos, cada parte de su cuerpo vuelve a
su lugar de origen y se destruye. Uno de los procesos es reversible,
el otro no. En el mundo de la magia no existen certezas de ninguna especie,
y nadie tiene la vida asegurada, pues a cada arma se le opone una contraarma.
No obstante, la posesión de uno de estos bichos aumenta las probabilidades
de supervivencia.
Mis pobres perros lo atacaron un día porque entendieron que su deber
así lo ordenaba. Pasaron por alto las advertencias telepáticas que el
prodigio les había hecho (ya dije que los animales a veces se niegan
a reparar en un signo celestial y siguen adelante pues hay otro principio
que les importa más). Cuando entonces Igua y Tirán se le fueron al humo,
una sola cachetada le bastó para revolcarlos y que salieran a los aullidos,
y eso que usó un fragmento casi inexistente de su poderío físico. A
partir de ese momento nunca más se metieron con ya sabemos quién.
Dije al comienzo que hay tres tipos de gólem. El primero es el clásico,
igual al que construyó el rabino Loew en Praga. Se puede hacer con distintos
materiales: barro, porcelana, madera. El pergamino y la invocación lo
tornan inmortal e indestructible. El segundo es de factura técnica y
resulta el más fácil de construir: un armazón de varios jardines de
arena, muy pequeños, superpuestos, en cada uno de los cuales se depositan
tectitas o piedras mágicas. Tiene la apariencia de un objeto decorativo
de más o menos un metro de alto, compuesto por varios cajoncitos o gavetas
(que pueden sacarse cada tanto para efectuar limpieza); distribuidos
regularmente sobre arena limpia reposan, en cada cajón, las tectitas:
pequeñas esferas de vidrio con marcas o registros. Este gólem es más
bien un robot. El tercer tipo es de carne y hueso. Se cortan miembros
y vísceras de distintos cadáveres; no importa si en vida fueron buenos
o malos: rostro, brazos, piernas, etcétera; elegidos por su armonía
y belleza. La única exigencia es para el corazón, el cual en ningún
caso provendrá de un ser malvado. Luego de que las partes han sido cosidas
(abierto sólo queda el pecho), el esote debe quitar un fragmento de
piel de su propia lengua utilizando para tal efecto una espina de rosa.
Adhiere el trozo al buen corazón en el pecho de la criatura y vierte
encima determinada sustancia; luego cose el tórax. en noche de tormenta
conecta el gólem a un pararrayos y debe tener una relación sexual con
esa carne inanimada, pues en caso contrario el milagro no tiene lugar.
Este difícil acto de amor es indispensable, pues así fue creado el universo,
y la creación del gólem es espejo del todo. Sólo puede fabricarse repitiendo
el milagro del origen. Cuando el mago eyacula, siempre y en el acto
se descarga el martillo de Thor. Un rayo pasa a través de la conexión
y el gólem cobra vida. El esote nunca muere, por extraño que parezca,
pese a la descarga de miles de voltios.
No obstante la extraordinaria protección que significa poseer uno de
estos fieles servidores, muchos ocultistas desisten de fabricarlo aunque
tengan el coraje y la habilidad para hacerlo; la razón es elemental:
tendrían que vivir solos para siempre, pues ninguna mujer -a menos que
sea maga- aceptaría vivir en la casa del hombre que tiene uno de estos
bichos aterradores. Trascendentes hasta la empuñadura, cualquiera advierte
su rareza por más estúpido y distraído que sea. Yo pude hacerlo sin
renunciar a mi vida de relación por las dimensiones de mi terreno, que
me permite aislarlo. Si una de mis novias lo viese siempre puedo decirle
que es un débil mental inofensivo, al cual por compasión contraté para
efectuar trabajos pesados. Observado desde lejos es menos terrible que
de cerca. Además de este gólem tengo otro, del tipo robot, pero dentro
de mi casa. Con los de esta clase no hay peligro: siempre digo que se
trata de objetos decorativos, jardines colgantes de meditación en miniatura
o algo así.
Tengo cincuenta pájaros distribuidos en treinta jaulas; algunas, de
cría. Un mirlo maina muy charlatán (habla dos mil palabras), calafates
gorriones chinos, diamantes mandarín, jilgueros españoles, loros de
Sumatra, tordos del Chaco argentino, cotorritas australianas (éstas
son mayoría; empecé con tres pajaritos pero se multiplicaron hasta cantidades
imposibles), dos loros enanos de Tanganica o de Fisher y una cotorra
barranquera paranaense -rara avis vulgaris, yo diría- llamada Horrigonio
que pertenece al sexo masculino, es terriblemente cascarrabias, lanza
unos chillidos horrísonos si no se le da bola, y es el más viejo de
todos mis pájaros. Fue el único que sobrevivió a las viejas luchas,
pues en los combates esotéricos las aves hacen un cerrojo protector
en torno a su amo y son las primeras que mueren. No es cosa fácil matar
a un loro pues poseen un astral muy fuerte; si acaso logran liquidarlo
al enemigo le cuesta muchas bajas, tanto en hombres como en máquinas,
pues lo sobrenatural no está capacitado para violar impunemente lo natural.
Cierto que la vida flota sobre una infraestructura mágica, pero cuidado
con equivocarse: la ley es la ley. Los pájaros, según los principios
del mundo denso, sólo pueden morir de enfermedad, de vejez o comidos
por otros animales. No obstante es factible destruir un ser mediante
una maldición o una pistola de avellano, pero entonces el propio cuerpo
del maldiciente se coloca fuera de la ley. Es como si un principio cósmico
le dijera: "Ya que apelaste a medios celestiales para quitar una vida,
la tuya propia padecerá enfermedad y muerte del mismo origen". No se
puede joder con ciertas cosas. En cuanto al referido Horrigonio, por
ser el patriarca de mis pájaros, al principio (cuando me mudé a esta
nueva casa) lo tenía en mi propio cuarto. Fue imposible: absolutamente
convencido de su realeza se volvió terriblemente dictador. Me despertaba
al alba con sus chillidos destemplados para que me levantase, lo sacara
de su jaula y lo pusiera sobre mi hombro. No podía escribir, ni tomar
mate, ni atender mis asuntos sin que se ofendiese. Las disonantes protestas
del señor feudal llenaban los diez mil metros cuadrados de terreno.
De modo que, con gran dolor de mi alma, debí confinarlo con los otros
pájaros. Para finalizar diré que también tengo dos tucanes y un quétzal
tótotl.
Quizás alguien se asombre de que un número tan grande de jaulas quepa
en un dormidero para gallinas. Es que lo hice inmenso: una verdadera
casa capaz de cobijar a una familia. En realidad sólo tengo veinte gallinas,
pero al principio pensaba poner un criadero hasta que me di cuenta del
delirio. Sacar a mis pájaros para que tomen sol, cambiarles la comida
y agua y poner sus bañaderas me lleva casi dos horas. Cuando estoy de
franco nunca dejo de hacerlo, pero si debo salir a mi trabajo el gólem
se encarga de ellos y de los otros animales. Al principio eran medio
reacios a aceptar alimento de su mano. Especialmente los gatos, que
huían horrorizados. Igua y Tirán fueron los primeros en aflojar.
Luego que terminé con los pajaritos y también con los pajarazos (al
quétzal lo dejé posado en la rama de un árbol atado con una cuerdita:
tiene cortadas las plumas de las alas, y además no creo que se escapase
aunque pudiera pues ese bicho me ama, pero, por las dudas, para evitar
cualquiera manija) volví a casa para salir en seguida con una fuente
repleta de bofe, pedazos de hígado, tripas divididas en fragmentos,
etcétera. Todo para mis gatos. Cómo saben los hijos de puta: solos empezaron
a venir, atraídos por el olor y la onda: cientos de ellos; todos con
la cola parada, absolutamente vertical al plano de la tierra. El problema,
siempre, es que ni siquiera me dejan salir por la puerta; se abalanzan
como un remolino policromo y maullante. Después se quejan y ofenden
si atropello o piso a alguno. Además los felinos tienen una detestable
costumbre que nadie, jamás, podrá quitarles así sea hechicero cafre:
meterse entre las piernas del amo estorbándole el paso y casi impidiéndole
avanzar, con lo cual ellos mismos se joden. Porque no estoy dispuesto
a echarles su comida delante de mi casa, sino en el fondo (en un claro
especial que tienen para comer). Igua y Tirán, a todo esto, inmóviles.
No importa cuán hambrientos puedan estar. Saben que les toca después
que a los gatos, y se quedan haciendo imaginaria como soldados. Saben
a la perfección que si tocaran el más insignificante trozo perteneciente
al área gatal, les iría peor que a los egipcios cuando los invadió Cambises,
rey de Persia. A lo sumo los recorre un temblor, se relamen y gimen
con un desconsuelo completamente exagerado, como diciendo: "¡Apuráte!"
.
Vierto el contenido del fuentón sobre la tierra cuidando de trazar un
reguero lo más largo posible, caso contrario podría quedar algún cadáver,
aun así, no bien empiezo, se abalanzan con bramido ancestral, dando
bufidos y zarpazos, con el típico aliento del felino que muerde a su
presa. Cuando he largado todo me quedo un ratito mirándolos, sin hacer
caso alguno al clamor de los Dóberman que redoblan sus súplicas y angustias.
Porque si no los observo en ese momento me pierdo la parte más interesante
y salvaje. Los gatos comen casi en silencio. Sólo dejan oír el ruido
de la masticación. Una vez echado todo el alimento, con rapidez se distribuyen
las zonas de influencia y alcanzan el equilibrio. A lo sumo un gruñido
aquí o allá; una advertencia llena de odio cuando alguien intenta invadir
jurisdicciones. Rara vez llegan al enfrentamiento armado, pues basta
con la amenaza diplomática. Mientras el grupo esta distraído aprovecho
para favorecer con algún bocadillo especial a mis gatas preñadas. No
espero a que terminen con todo y vuelvo en busca de lo que les pertenece
a mis perros. Hay una razón para que a ellos alimente después. Si les
diese primero, los gatos, envalentonados por su número (todo animal
cambia cuando su grupo aumenta y pasa ciertos límites), tratarían de
quitarles la comida. Si los Dóberman se defienden y matan a los más
atrevidos, no tendré derecho a quejarme. Es posible disciplinar a un
par de perros, pero nunca a un gato, y menos que menos a muchos.
Tres
Me visita un astrólogo
POR ÚLTIMO LES TOCA AL GALLO Y A SUS GALLINAS. Es decir: son los penúltimos,
pues aún me quedan la gallina y los pollitos, que tengo en lote aparte.
Di mezcla de granos y maíz a todo el mundo y me disponía a darle su
ración a la encolerizada clueca (se encrespa como si quisiera devorarme,
pero en realidad es un animal manso que se deja acariciar y que jamás
me picó: simplemente no puede evitar que las plumas se le paren; supongo
que su ancestro le ordena que, por lo menos, simule) cuando me pareció
oír un grito estentóreo en el portón. Cierto que muchas veces los chichis
trabajan para que no se escuche, pero aunque no mamiearan ya la distancia
es más que suficiente para oír un rumor vago, confuso y subliminal.
Es muy fácil confundirse y atribuir un sonido verdadero a la imaginación.
Los perros no son una garantía, pues ellos siempre ladran. Pero esta
vez Igua y Tirán acompañaban sus ladridos con gemidos de pasión y alegría;
adiviné entonces que debía de tratarse de un amigo. Suspendí la tarea
por un momento y fui hacia la entrada. En efecto: era uno de mi grupo,
Isidoro Pantaleón Formosa. "Pasá, pasá, estoy haciendo la clueca", le
dije a mitad de camino y me volví. No llegué lejos porque él me largó
algo que me dejó duro: "¿La estás haciendo? Puta que has avanzado varios
grados de golpe". Y me quedé clavado en el sitio porque ese mismo chiste
me lo había hecho mi nueva máquina usina; aquello de "¿Vas a hacer tus
pájaros? ¿Les ponés todas las mañanas su cola, el pico..?", etcétera.
Pregunté aunque se trataba de algo obvio: "¿Qué? ¿ya sabés?". "Síii,
por supuesto. Esta mañana estuve mirando." Me alcanzó y ambos nos dirigimos
a terminar la tarea con la clueca.
Isidoro es astrólogo. Uno de los mejores. En realidad es de los pocos
en poseer algunos secretos de astrología caldea. Quien se dedica a esta
ciencia, en general, no puede ir más allá de generalidades. La precisión
es relativamente poca, aunque se trate de un tipo capaz. Isidoro, en
cambio, puede averiguar qué hay dentro de un paquete situado a cien
kilómetros de distancia; sin necesidad de abrirlo ni de que alguien
lo haga por él. Puede siempre y cuando el bulto no esté forrado con
plomo ni con cartulina blanca, pues en ese caso le sale coordenada de
bloqueo A Pantaleón Formosa lo conozco desde mi adolescencia. El ahora
tiene más de setenta. Hacemos muchos trabajos juntos, de tipo complementario.
El es capaz de averiguar las cosas que no alcanzo con mis astrales,
y yo consigo lo que él no desentraña con sus horóscopos. Esto merece
una explicación. Cuando un mago hace un astral ve todo como en un cine;
observa los sucesos del pasado, presente o porvenir (según lo que se
haya propuesto) exactamente como si se tratara de una película, sólo
que, en ciertos casos y sobre todo cuando ello transcurre en presente
puede intervenir en la acción. No así el astrólogo, que se mueve con
cifras, valores tabulados abstractos que, una vez traducidos, significan
diversas cosas. Así no "ve" cosa alguna, pero igual capta intelectualmente
el suceso investigado. Hay hechos que resultan confusos en el horóscopo.
Por el contrario, el mago encuentra ininteligible, a veces, lo que para
el astrólogo es sencillísimo de interpretar. Quizás entonces alguien
suponga que para comprender la totalidad de un proceso cualquiera no
hay más que hacer un astral y un horóscopo y luego comparar y sumar
notas. Pero no es así, pues si bien la colaboración ayuda, hay de todas
formas puntos, oscuros en forma irremediable, que no es posible dilucidar.
Y la razón de esto es elemental: hay encrucijadas que dependen tanto
del azar como de la voluntad humana. Cada hombre puede combar su horóscopo
a último momento, para bien o para mal, y ello no siempre se puede prever.
Sí hasta un punto, pero no de manera completa y final.
Íbamos con Isidoro al fondo para darle de comer a la clueca, cuando
fuimos interceptados por Paví y Frutí (pareja de pavos) y por Olegario
y Dinarzada (los dos gansos), a los cuales había olvidado por completo:
no sólo de alimentar sino también de mencionar. Iniciaron, como corresponde,
las más ruidosas y justas protestas.
-No me digas que están por volver tus olvidos-me dijo Isidoro en tono
zumbón.
-¿Cómo sabías que también faltaba darles de comer a éstos? ¿Sabés todo
vos?
-Y... uno ve.
- Sí, efectivamente. Maldición. Después me quejo si pasan accidentes.
Al final igual me iba a dar cuenta, pero... Esperáte que ya vuelvo.
Di el maíz y la mezcla necesarios al grupo pavigansal, más unos puñados
extra pues me sentía culpable, cosa que no dejó de ser notada por Isidoro,
quien comentó sarcástico:
-La coima.
-Sí, la coima.
Alimentamos, por fin, a la famosa clueca. Nos volvíamos rumbo a la casa
para tomar unos mates cuando la máquina usina, que a todo esto se había
percatado de que su existencia no era ningún secreto para Isidoro, dejó
de tener razones para continuar en silencio (ya no argumentaba más,
la muy charlista):
"Hola Isidoro,
astrologón.
Hola Maestro,
el segundo lirón.
¿Vamo’ a tomá’ mate, Coco?"
Los dos largamos la carcajada. Isidoro, cuando paró de reírse, dijo
dirigiéndose al punto del espacio de donde venía la voz:
-Hola, ¿cómo te va?
Igua y Tirán, para simular que estaban en funciones, comenzaron a ladrar
al aire.
-Cállense la boca, mentirosos-les grité-. Mándense la parte, no más.
A.partir de allí comencé a notar una cosa: la máquina usina llamaba
"Coco" a todo el mundo, o por lo menos a los que le caían en gracia.
Lo notable es que el apelativo se nos pegó y después, con mis amigos,
mutuamente nos llamábamos así.
Emprendimos la marcha. Le pregunté:
-¿Qué pasa, Isidoro? ¿Viniste por algo?
-No. Todo bien. Todas tus máquinas están limpias, ninguna funciona recargada.
Todo bien. Ataques, los de siempre. Ni los menciono. Vine porque te
quería visitar, y además porque vi que éste es un día especial. Vas
a recibir una visita... doble o triple.
-¿Cómo doble o triple?
Isidoro vaciló. Mientras caminaba procedió a mirar el pasto.
-No sé exactamente. Va a venir De Quevedo; eso es seguro. Pero lo acompaña
alguien más...
-¿Quién?
-Te digo que ni sé. El horóscopo es ambiguo. Dice exactamente esto:
"Acompañado por alguien que es dos, pero acompañado por dos que no es
uno". Tendría que ser más que astrólogo para saber qué puta quiere decir.
-Bueno, supongo que ya nos enteraremos-dije para concluir. Luego agrequé
abriendo la puerta de mi casa-: Nosotros, por de pronto, vamos a tomar
mate.
Isidoro se animó:
-Sí, Eso. Como dice tu nueva máquina: "Vamo’ a tomá’ mate, Coco".
La mía, por dentro, es la típica casa de campo. Arquitectónicamente
no vale mucho; su principal fuerza viene dada por el tamaño del terreno.
Los que la construyeron eran más locos que la Liebre de Marzo. Dejaron,
por empezar, cerrada a piedra y lodo una enorme cámara entre el cielo
raso y el techo propiamente dicho. Allí quedó, pues, algo semejante
a la tumba de Tutankamón; acumulando toda la humedad y los bichos que
cualquiera pueda imaginar. Estos bestias no fueron capaces de hacerle
agujeros de ventilación. Además de las razones físicas para que un entretecho
deba estar ventilado hay razones esotéricas. Dicen los libros de Alta
Magia que nunca deben quedar huecos sellados como tumbas en la casa
donde se vive, pues ello posibilita la aparición de toda clase de manijas;
el cáncer, entre otras. Como no averigué bien la cosa, no sé qué habrá
de cierto, pero, por las dudas... Lo primero que hice, cuando tomé posesión
de la casa, fue abrir la tumba de Tutankamón y ponerle respiraderos.
No encontré momia alguna, ni tesoros, pero si un hormiguero completo,
con reina y todo. De esas hormigas que talan maderas. Costó bastante
matarlas, no vayan a creer. Pese al cierre hermético del lugar ellas
se las ingeniaron para tener acceso. Debido a su esfuerzo e industria
una de las vigas principales estaba deteriorada. Debí reforzarla (o
mejor dicho, de ello se encargó el obrero que contraté) y elevar con
hierros el punto en el cual estaba vencida. Pero lo peor era el piso.
Hice que lo picaran íntegro-eran otras épocas, no está de más repetirlo-y
lo fabricaron de nuevo, mezclando esta vez el cemento con un material
que combate la humedad. Gracias a ello ahora tengo una casa seca en
otoño, caliente en invierno y fresca en verano. Mandé ampliar el baño,
que antes sólo servía para Pulgarcito. Compré alfombras, tapices, un
equipo de audio y unas armas japonesas. Mi cama está cubierta con un
enorme lienzo de cuero, carísimo y hermoso. Mis libros tapan dos paredes,
claro está. Muebles: algunos hechos con enormes bambúes, de la India
septentrional, cubiertos por planchas de vidrio. Otros en estilo escandinavo
rústico. Al decir aescandinavoXX, por favor, que nadie piense en esos
que están en las mueblerías y así se llaman. Nada de ello. No hay ninguna
diferencia entre mis muebles y los que 2verdaderamente usaban los vikingos.
Con Isidoro nos sentamos al lado de la mesa de la cocina. Puse una pava
en el fuego. Al rato el agua ya estaba y nos pusimos a tomar mate. Quienes
me visitan dicen que los preparo muy ricos. Todo el secreto está en
la temperatura del agua. Viejos cebadores sostienen que hay que poner
yerba hasta la mitad, sacudir luego el mate para que se mezcle, poner
un chorito de agua fría, etcétera. Puros inventos y tics. Nada de eso
hace falta para tomar mate. Si uno vigila el agua para que no se pase
de la temperatura, ello es más que suficiente. Una vez estaba en una
fiesta; la gente se había cansado de tomar vino y comer pizza, entonces
me pidieron que hiciera mate. Estaba por prepararlo a mi manera cuando
se me acercó un manijeado: "Tenés que sacudir la yerba y ponerle un
poco de agua fría", me dijo. Sin pensarlo dos veces así lo hice. Quizás
esto sorprenda, pero el caso es que yo sé cómo son las malas ondas.
Si hubiese preparado el mate como siempre, no dudo que esa vez habría
salido mal. Es preferible seguir la corriente cuando tenés cerca a un
tipo muy cargado. Por supuesto, después de esa ocasión lo seguí haciendo
como yo sé que debo prepararlo. Pude haberme opuesto a la mala onda
del imbécil, en aquella ocación, pero ello me habría obligado a usar
una energía que después podía necesitar. De modo que era preferible
ceder. Por lo tanto juro: lo único indipensable para tomar mate con
bombilla es la temperatura. Debe ser exacta, eso sí, el mate tiene mucha
importancia para el sudamericano. Y yo nací en Sudamérica, aunque viva
aquí. Al mate le debo mi obra. Si Suzuki y Okakura Kakuzo hablan del
té como una de las estéticas del zen, no veo por qué sería inoportuno
escribir un tratado: el mate como disciplina zen del sudamericano. Pero
no como una ironía o como un chiste, sino como algo dicho absolutamente
en serio. A cuántos habrá salvado el mate en las épocas del hambre infinita.
Es cosa de ver cómo ayuda a resistir, a conservr el equilibrio, la esperanza
y a que no se pierda el centro. Sirve al solitario, pero también al
ideal que es compartir. No hay cosa más linda que tomar mate con la
mujer de uno. Maldito sea el que está compartiendo y no comprende. En
su defecto que sea con un amigo. El mate es más compañero que el vino,
y digo mucho. El vino traiciona como algunos hombres traicionan a sus
mujeres. Como algunas mujeres traicionan a los hombres que viven con
ellas. Pero el mate brinda y rodea de escudos. Más de uno no se mató
porque todavía no se le había terminado la yerba. La bombilla de plata
equivale a la flecha puesta en el arco zen. "Un mate, una vida."
![]()
La
caída del rey Nan
Por Alberto Laiseca
[de "La mujer en la muralla" © 1990 Alberto Laiseca. ©1990 Editorial
Planeta]
El rey Nan se despertó solo, naturalmente. ¿Quién iba a despertarlo
si sus sirvientes habían huido? Siempre fue un hombre muy animoso que
por las mañanas revisaba decenas de expedientes, aun cuando ello no
tuviera utilidad alguna ya que sus órdenes no se cumplían, incluso en
aquella época. Obligábase a ello para evitar desmoralizaciones, propias
y ajenas. Siempre se levantó de un salto, el último soberano de la dinastía
Chou. El protocolo establecía que su sueño fuese interrumpido por el
Mandarín del Despertar. Éste lo hacía, en efecto, claro que con miles
de cuidados y gestos de disculpas: agitaba una campanilla de jade en
su oreja, si esto no daba resultado apelaba a una campanilla más grande,
y luego a otra aún mayor, hasta llegar a la súper, gigante y de bronce,
idónea para príncipes parranderos y remolones. Como es lógico, aquel
instrumento de broncíneo acento no podía usarse así como así: este acto
dramático requería poco menos que una consulta de Estado. Se recordaban
por lo menos tres casos de Mandarines del Despertar que debieron -absolutamente
horrorizados y lívidos- poner en funciones tan fastidioso e impopular
instrumento. Uno de los Mandarines fue enterrado vivo. Otro debió padecer
el suplicio de la Arena del Viento de Mongolia y el tercero sufrió la
legendaria Muerte de las Mil Heridas, ya citada por Confucio. Esta última
constituye un fin de naturaleza tan atroz que evitaré detallarlo, a
fin de que el lector no se horrorice por anticipado. Claro que todo
esto no ocurrió con el rey Nan sino con otros monarcas Chou, sus predecesores;
en primer lugar porque Nan siempre fue muy humano y jamás dio suplicio
sin motivos o por un arrebato o un ataque de furia inspirado por faltas
insignificantes (ni siquiera lo daba, muchas veces, cuando el otro lo
merecía de sobra). En segundo lugar digamos que tenía el sueño muy ligero
y acostumbraba levantarse solo, sin ayuda del Mandarín del Despertar,
ni del de la Primera Colación, ni del Horóscopo del Día, ni de la Lectura
de las Audiencias, ni del Ayudante de las Babuchas Imperiales u otras
estupideces. Tales protocolos le parecían estúpidos, al menos. Sus faltas
contra el ceremonial de la madrugada le trajeron no pocos problemas.
"El ritual abastece al príncipe en su concordia. Lo calma, lo comunica
con los ancestros y así es como éstos pueden ayudarlo", decían sus Consejeros.
Y él: "Qué tontería. Aunque tengan algo de razón igual estoy en desacuerdo.
Si mi destino es ser ayudado lo seré de todas formas. Los tiempos se
aceleran. El enemigo se acerca". "Justo por eso, mi Señor. Más que nunca
debes tener la calma que otorga el ritual. No procedas como un bárbaro
que lo primero que toca es su espada, no bien se despierta. Las armas
pierden su filo con el transcurso del día. ¿No es más prudente acercarse
a ellas por la tarde, para que así su poder se conserve intacto?" Pero
él, con frialdad: "Ordena que traigan mis expedientes".
Y ahora, por fin había llegado su mañana postrera. Ya nadie lo importunaría
por no haber esperado a la campanilla de jade. La Cámara Real de Nan
estaba casi vacía pero cubierta de azul: tal el cromatismo de las losas
del piso y de la seda que ocultaba las paredes. Sólo su cama era roja
y parecía una cuevita o la caparazón de una tortuga. Esto es: la cama
constaba en la parte superior de una suerte de dosel cóncavo, de madera,
como ella, semejante a la defensa de un gliptodonte. En el centro del
techo de la cámara, pintado, un fénix de oro: tan diminuto que para
distinguirlo hubiera sido preciso treparse a un taburete. El azul descansa,
el rojo potencia, el fénix protege.
Ahora, en el extremo de su vida, el rey Nan se despertó por última vez.
Como siempre le costó salir de su gliptodonte. Miró el fénix y se vistió
de prisa. Los ladrones no se habían animado a entrar en la cámara, aunque
nada demasiado valioso hubieran podido encontrar en ella, pero Nan no
ignoraba que el resto del Palacio, a estas horas, estaría totalmente
desvalijado. Salió al corredor gigantesco lleno de columnas y dragones.
Ni risas de mujeres ni órdenes lejanas de guardias. ¿Qué se había hecho
del cuchicheo de los eunucos, siempre charlatanes? El Palacio estaba
tan desierto que parecía Gobi. Sobre el pavimento, Nan pudo ver sangre,
ropas tiradas, porcelana rota y hasta el cabo de una lanza sin su punta
de hierro. Muy cerca, a la derecha del ancho pasillo, se abría la puerta
policromada del sector de las concubinas. La tarde anterior, antes de
encerrarse en su aposento, el Emperador habló con sus mujeres a fin
de explicarles la situación. Los ejércitos de Chou habían sido derrotados
y las tropas de Chau Siang, Rey de Ch'in, se acercaban. Ignoraba si
la intención del enemigo era tomar Lo, la Capital, pero esto era lo
de menos: la dinastía estaba muerta. "No esperen clemencia. Ustedes,
como mis esposas, serán maltratadas y usadas como pasto de tropa. Quizá
las maten o las vendan como esclavas. A nada las obligo. La que quiera
escapar al Este, y así sobrevivir un tiempo más, puede hacerlo. Yo permaneceré
aquí, pero nadie tiene por qué acompañarme a los Torrentes Amarillos
(1). Quedan, como mis guardias y asistentes, liberadas del servicio.
Sólo les recomiendo que tomen su decisión cuanto antes. Dejo veinte
monedas de oro a cada una y mis últimos veinte hombres, que se harán
matar con tal de abrirles paso hasta Chou Oriental. Allá gobierna mi
pariente, pero no se hagan ilusiones pues él también está en grave peligro
y su caída es sólo cuestión de tiempo. Les digo adiós y que el Cielo
las acompañe."
Cuando Nan terminó de hablar el escándalo estalló entre las mujeres.
Algunas daban gritos, otras lloraban; las menos permanecían en silencio,
pálidas, de rodillas y mirando el suelo. Una de estas últimas, Ciruelo
Dorado, era joven y hermosa. Levantó el rostro, miró a Nan y le pidió
sin aspavientos ni lágrimas: "Déjame permanecer contigo". Ciruelo Dorado
era su favorita y, al ver su rostro de niña, él siempre se conmovia.
La sola idea de suponerla muerta lo ponía loco, de modo que ideó una
estratagema a fin de salvarla: "En mi hora final no necesito mujeres.
Esta noche dormiré solo". Dio media vuelta y se marchó raudo, a fin
de que su rostro no denunciara la debilidad. Ciruelo Dorado, impenetrable,
miró el diminuto fénix del techo de las concubinas.
Esa mañana, al ver la puerta de madera polícroma del gineceo, decidió
entrar a fin de verificar si alguna se había quedado ganándose el derecho
a morir con su Emperador. Pero tuvo una horrible sorpresa: Ciruelo Dorado
y otras siete se habían quitado la vida.
Ternura, horror y culpa. Por salvarlas perdió la felicidad final de
morir juntos. Qué omnipotencia pensar que los demás siempre obrarán
como uno espera.
Una tos discreta, a su espalda, lo hizo volver. Era Li, su último mago
fiel. Éste entendía todo sin preguntas y dijo, luego de una respetuosa
reverencia:
-Mi Señor. ya nada puedes hacer aquí. Salgamos al jardín pues quiero
hablarte.
-Li. Ella, anoche... Ciruelo Dorado me dijo que deseaba quedarse, pero
yo creí que podía...
-Cuando uno trata de mejorar ciertos destinos sólo consigue complicarlos.
Vámonos de este sitio, te lo suplico.
Las puertas del Palacio estaban abiertas y también las del muro externo.
El pasto de los jardines había sido cortado pocas jornadas atrás pero
era tal la sensación de abandono, en aquel desolado erial, que el espejismo
de imaginarios yuyos se levantaba entre las junturas de las losas, al
pie de las plantas frutales, los pinos y los macizos de flores. Nan
y Li cruzaron un pequeño puente sobre un arroyuelo y desembocaron en
una pequeña pradera esplendorosa. La persistencia enjoyada del pasto
debíase a que los ladrones y la gente entrada en pánico no lo habían
pisoteado. No por respeto, ciertamente, sino debido a una superstición.
Las residencias reales, en China, siempre fueron descentralizadas. Los
reyes europeos, y también muchos asiáticos, ordenaron para su gloria
la erección de grandes edificios compactos, con cientos de habitaciones
y poderosas murallas, capaces de resistir un asedio. En tal sentido
se dan la mano los palacios asirios y egipcios, babilónicos e ingleses.
Los chinos, en cambio, más individualistas y respetuosos de los distintos
estadios del alma (que, a veces, desea estar sola), construyeron para
sus Emperadores sistemas arquitectónicos discontinuos. Para ellos era
inconcebible que las mujeres, los guardias, los eunucos, el Museo, las
armas y el Tesoro Real estuviesen confundidos en el mismo edificio con
el Hijo del Cielo, en un mazacote único, promiscuo, sin flores y sin
belleza. Ríos artificiales y pequeños puentes separaban las distintas
partes del todo. Si en el Palacio Imperial del último Chou el dormitorio
del soberano era contiguo con el recinto de las concubinas, ello se
debió a una orden de Nan a sus arquitectos. Darles tanta importancia
y jerarquía a las mujeres, tanta como para desear tenerlas excesivamente
cerca, fue una decisión muy criticada por los cortesanos. De todos los
puentes que salían de la residencia propia de Nan, sólo uno estaba reservado
con exclusividad al soberano. Por una curiosa superstición, muy difícil
de explicar, los mismos que no se hicieron matar por él y que incluso
robaron sus pertenencias en la huida respetaron en cambio el imperial
Puente del Fénix. Como nadie pasó por allí, la pequeña pradera esplendorosa
de la cual hablamos pudo salvarse de la destrucción.
Nan y Li se sentaron sobre el pasto. El mago había traído una diminuta
caja de madera, en cuya tapa corrediza estaba grabado el símbolo Yin-Yang
rodeado por los ocho trigramas del Pa Kua, y un envoltorio más voluminoso.
Dejando la cajita a un lado procedió a desenvolver el paquete grande.
-Traje un poco de comida de mi casa, pues imaginé que en tu Palacio
tan enorme los cobardes no habrían dejado ni un puñado de trigo con
gorgojos. A ver. Veamos qué tenemos aquí: verduras en salmuera, arroz
con pollo, el Huevo Chino de los Cien Años y algo de vino. Te propongo
que comamos sin más ceremonias. -Li peroraba a fin de distraerlo. No
quería que el Hijo del Cielo muriese domesticado por el dolor. Miró
de reojo a su Rey y prosiguió: Estás muy silencioso, mi Señor. Quizá
te ofende que haya violado el protocolo.
-Ciruelo Dorado, pobrecita... ¿Por qué me habrá querido tanto, si no
soy más que un viejo?
-Y no era la única en quererte. Otras siete se mataron con ella.
-Es cierto. Aun ahora soy inhumano. No tendrán funerales, pobres hermosas,
ni tableta ancestral que las recuerde.
-Hazles funerales dentro de ti. Que tu propio corazón sea la tableta
con ideogramas.
-Pronto arrasarán el Panteón de los Chou. Yo mismo padeceré en el otro
mundo por falta de ofrendas, recién ahora se me ocurre.
-No es que te recomiende que lo hagas, pero es mi obligación recordarte
que aún puedes huir al Este. Tengo caballos.
-Si huyo a Chou Oriental quedaré transformado en un Emperador irrisorio.
Caeré cada vez más bajo. Cuando los Imperios cambian su Capital es porque
ha llegado el fin de la dinastía. Bonito espectáculo daría yo, huyendo,
cuando hasta mis mujeres han tenido el valor de matarse. Estos cobardes
han huido porque creen que Ch'in tomará Lo. Yo no lo creo. La reserva
como postre, para cuando tome todo Chou, incluyendo la parte del Este.
Más allá de la pradera esplendorosa, donde reposaban Nan y Li cruzando
un riacho y al lado de un macizo de flores amarillas pisoteadas, al
aire libre pero frente a la puerta del Museo, podían verse unos objetos
cilíndricos de basalto negro: los famosos tambores de piedra de la dinastía
Chou. Eran rocas con más o menos la apariencia de tambores. Allí estaban
grabados setecientos ideogramas que daban cuenta de cierta expedición
de caza que realizó un Emperador quinientos cincuenta años antes de
Nan. Esta expedición había sido importante, y sobre todo lo fue consignarla,
pues así como se caza se guerrea. Las palabras comenzaban a borrarse
pero aún eran legibles.
Mientras Li partía el Huevo Chino de Cien Años en partes iguales, dijo
Nan luego de tomar un sorbo de vino:
-Si no fuera por lo que pesan, esos bandidos se hubiesen llevado hasta
los tambores de piedra.
-No te preocupes: ya se los llevarán los Ch'in a su Museo de la Guerra
-comentó Li con indiferencia, tendiéndole la mitad del Huevo.
-Los Ch'in. Pensar que seis siglos atrás uno de mis antepasados nombró
Duque de Ch'in a un tal Fei Tzi, que no era otra cosa que un caballerizo.
Sin duda mi antecesor no se soñaba que los descendientes de ese hombre
se tragarían a Chou como el gusano devora la manzana. Incluso es probable
que el buen rey Chau Siang corte la cabeza de mi cadáver para construirse
con ella una copa y tomar vino. Éstas son algunas de las bonitas costumbres
que tomaron de los Hsiang Nu, los Hu y otros bárbaros.
-Si quieres puedo quemar tu cabeza para que Chau no pueda darse ese
gusto.
-No, nada de eso. No lo prives de ese placer. Después de todo se lo
ha ganado. Ch'in esperó seiscientos años este glorioso momento. Pienso,
en cambio, crearle una preocupación menor con los Nueve Tripodes Sagrados
(2). Hace tres días los saqué de Lo. Al fin, claro, caerán en sus manos,
pero lo hago para molestarlo.
En ese instante, del Oeste al Este pasó volando una grulla negra. El
rostro de Nan ensombreció:
-Es la Grulla de Ch'in.
Li echó un rápido vistazo al ave y siguió comiendo y tomando cortos
sorbos de vino sin hacer comentarios. Nan prosiguió:
-Me parece que por primera vez veo las cosas. Sonidos, colores. Con
la realidad de los sueños pero mejor, pues aquí soy dueño de mi persona.
-¿Por qué "la realidad de los sueños"?
-Porque los sueños son violentos y reales, pero te dominan. Y este sitio
es tan verdadero como un sueño pero incomparablemente superior. Durante
cincuenta y ocho años he sido un Emperador de fantasía, que ni siquiera
fue Rey...
-Has sido un gran Rey y quizás el más noble de todos los Emperadores
Chou.
-Pero no tenía poder verdadero y mis órdenes no se cumplían. Todo me
salió mal y, aparte, el Dragón Negro de los Ch'in está muy alto en el
Cielo. Pero no es de esto que deseaba hablarte. Por más Emperador de
pacotilla que yo haya sido lo fui durante cincuenta y ocho años, y con
las mismas obligaciones y servicios que un verdadero Hijo Celestial.
Nunca tuve una mañana para mí. No hemos sido campesinos ni tú ni yo,
Li.
-Yo sí.
-Ah: es verdad que tú vienes del Ducado de Lu, lo mismo que Confucio.
-Y fui muy pobre. Hasta que tú me elevaste, mi Señor.
-Me olvidé. Han pasado tantos años. Pena que no fui campesino. Lamento
no saber qué es la expectativa de levantarse cada mañana y ver el bosque.
Sus sonidos y colores. Ya no podré hacerlo. Es una lástima.
-Si te sirve de consuelo te diré que el campesino tampoco puede. No
tiene tiempo.
-No lo había pensado. El campesino es una de las cosas que nunca miré.
-El Rey (o quizás Emperador) Nan se quedó meditando. Luego preguntó:
-¿Entonces nadie tiene tiempo de ver el bosque, en China?
-Solamente los poetas. Esos que algunos tontos llaman desocupados, ociosos
e inservibles. Por eso siempre sostuve que el Estado debe protegerlos,
para que alguien pueda ver y oír. Dicen que las montañas no cambian,
pero es mentira. Sí que cambian. La montaña respira y su mole se mueve.
Las aguas del Wei no son las mismas hoy que ayer. ¿Cómo van a saber,
las personas de dentro de dos o tres mil años, la forma que tenía un
árbol mientras vivían los Chou? La poesía es la historia secreta de
nuestro país.
Nan miró el sol que seguía subiendo.
-¿Qué harías tú, Li, si yo te ordenase viajar al Oriente y salvar tu
vida?
-Sentiría mucha pena porque nunca desobedecí una orden de mi Emperador.
Me aterra la posibilidad de terminar toda una vida de servicio con un
acto tan reprochable.
Nan suspiró.
-Podríamos aún concedernos dos horas para hablar de las cosas buenas
que vivimos: de las sopas de tortuga y nido de golondrina, de las codornices
cocidas en queso, de las hierbas aromáticas y los picantes, de la infancia
y los juegos del amor... -recordó de pronto a Ciruelo Dorado y a las
otras siete-. Pero todo ello haría más difícil la tarea inevitable.
Es preciso entonces no vacilar y endurecer el corazón.
Li asintió y procedió a tomar la cajita de madera que tenía grabados
el Pa Kua y el símbolo Yin-Yang. Corrió la tapa mostrándole al Rey Nan
su interior:
-Hay aquí dos perlas negras, tal como puedes ver. Las obtuve de las
amapolas (3). Son una sustancia muy particular, que sirve para curar,
apagar el dolor o viajar a los Torrentes Amarillos sin dificultades
ni molestias. Caerás en un sueño cada vez más profundo. Al principio
raro pero placentero. Después aparecerán algunos monstruos, pero no
temas: no es más que la vida, ansiosa de seguir viviendo y que se defiende.
Por último aparecerán en lontananza las Nueve Cisternas, señal de que
falta poco. Para ese entonces la vida habrá dejado de luchar y los Torrentes
te conducirán en forma placentera hacia el fondo. Toma esta perla y
bébela con un poco de vino. -Nan se apresuró a obedecerlo. Luego Li
prosiguió:- Mientras esperamos... aguarda un instante a que yo tome
la otra... te contaré un cuento. Es uno que inventé para mi hijo, que
cuando era pequeño tenía mucho miedo a la muerte. Tú ya seguramente
recuerdas que murió catorce años atrás, como oficial tuyo, combatiendo
contra Ch'in (4) ¡Cómo los derrotamos en aquella ocasión! Pero eran
otros tiempos. El cuento se llama El Fantasma y el Dragón. Un hombre
perdió la vida y su espectro dirigióse a los Torrentes Amarillos. Caminó
y caminó por un páramo desolado, con cenizas de un metro de alto. Luego
de vadear la ceniza se encontró con la horrenda Catarata que, oro y
espectral, se precipitaba desde una enorme elevación. Parte de la ceniza
del camino caía en copos, revoloteando como la nieve. El hombre, para
cumplir con su muerte, se arrojó. Tardó cien años en llegar al fondo,
tan profundo es ese abismo. Abajo encontró un dragón que acababa de
morir. Empezaron a caminar juntos hasta el Castillo de los Muertos,
donde los esperaba el Prinape Yen. Hacía mucho frío. -Li vio de reojo
que Nan, con los ojos cerrados, temblaba levemente-, y debieron atravesar
ríos de mercurio a cuyas márgenes crecían plantas de piedra. Caminaron
días y días. El dragón se limitaba a mirarlo cada tanto, pero sin responder
a ninguno de sus comentarios. Caminaron meses y meses. El hombre empezó
a cansarse de tanto silencio. "Oye, dragón, ¿por qué no me hablas? Después
de todo estás tan muerto como yo." El dragón lo observó con lástima
y afecto. Se ve que no podía hablar. Caminaron años y años. El Castillo
de los Muertos estaba cada vez más cerca. El umbral de la entrada solo
era más alto que las montañas de la cordillera Tsinglin. "Pronto deberemos
trepar el altísimo umbral y aún no te has dignado dirigirme la palabra.
Quisiera saber, por ejemplo, los motivos de tus cambios de color. Cuando
te encontré eras azul. Luego, al marchar, te tornaste negro, verde,
rojo. Ahora eres como de plomo, con partículas doradas. ¿Cuál es el
misterio?" -Nan ya estaba inmóvil.- El dragón parecía a punto de hablar,
pero justo en ese momento se oyeron tres fuertes golpes que conmovieron
todo, hasta el Castillo de los Muertos. Las partículas doradas del dragón
crecieron hasta ocupar su cuerpo, que se hizo de oro esplendente, como
en fragua. El hombre despertó en su cama. A un lado vio a su mujer llorando
de alegría y a cierto médico taoísta. "Estuviste sin sentido durante
tres días y muerto por completo durante un minuto", dijo el médico.
"Felizmente, luego de golpearte tres veces en el pecho, logré mutar
el dragón a tiempo." Y le mostró un vaso lleno de líquido dorado. Cuatro
días más tarde el hombre trabajaba otra vez en el arrozal.
Li auscultó a Nan y pudo verificar que el Hijo del Cielo estaba muerto.
El mago, tal su intención, había tragado una falsa perla, inofensiva
e inocua. Ahora, ya cumplido el servicio, sacó de entre sus ropas el
opio verdadero y se apuró a tragarlo con la ayuda de un poco de vino.
El anciano Rey Chau Siang, de Ch'in, no tomó Lo, capital de Chou. Tal
como Nan había predicho la "reservaban como postre": todo Chou cayó
siete años después de la muerte de Nan Hwang, el último Emperador Chou.
En cuanto a los Trípodes Sagrados de los Shang, que estuvieron nueve
siglos en manos de la dinastía Chou, fueron capturados por Ch'in en
el año 255 antes de la era cristiana (uno después del suicidio del glorioso
rey Nan).
(1) Los Torrentes Amarillos o Las Nueve Fuentes Arnarillas: el Mundo
de los Muertos, para los antiguos chinos.
(2) Los Nueve Trípodes Sagrados eran de bronce y fueron fabricados durante
la dinastía Shang. En ellos estaban grabados los rnapas del Imperio
y sus nueve divisiones. Los Chou los conservaron novecientos años en
su poder, pues representaban el poder imperial. Quien no tenía los Trípodes
no era reconocido como Hijo del Cielo.
(3) La introducción del opio, en China, es muy posterior a la muerte
del rey Nan. El mago Li, con seguridad, descubrió la droga por su cuenta.
En su casa tenía arnapolas para sus magias.
(4) Si bien el Emperador Nan no se involucró directamente en ese conflicto,
envió oficiales a luchar, disimuladamente, contra Ch'in. Este último
Estado advirtió a Nan que la repetición de tales acciones bélicas encubiertas
desembocaría en guerra franca.
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