La pregunta histérica [1956]

Jacques Lacan

Seminario 3, Las Psicosis, clase 12

14 de Marzo de 1956

El mundo preverbal. Preconsciente e inconsciente. Signo, huella, significante. Una histeria traumática.

Llegamos a un punto en que el análisis del texto schreberiano nos condujo a enfatizar la importancia de los fenómenos de lenguaje en la economía de la psicosis. En este sentido podemos hablar de estructuras freudianas de la psicosis.

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¿Qué función tienen esos fenómenos de lenguaje en las psicosis ?

Sería sorprendente que el psicoanálisis no aporte un nuevo modo de tratar la economía del lenguaje en las psicosis, modo que en todo difiere del abordaje tradicional, cuya referencia eran las teorías psicológicas clásicas. Nuestra referencia es otra: es nuestro esquema de la comunicación analítica.

Entre S y A, la palabra fundamental que el análisis debe revelar, tenemos la derivación del circuito imaginario, circuito que resiste a su paso. Los polos imaginarios del sujeto, a y a', recubren la relación llamada especular, la del estadio del espejo. El sujeto en la corporeidad y la multiplicidad de su organismo, en su fragmentación natural, que esta en a', toma como referencia esa unidad imaginaria que es el yo, a, donde se conoce y se desconoce, y que es aquello de lo que habla; a quién no sabe, puesto que tampoco sabe quien habla en el.

Esquemáticamente, lo decía yo en los tiempos arcaicos de estos seminarios, el sujeto comienza hablando de él, no les habla a ustedes; luego les habla a ustedes, más no habla de el ; cuando les haya hablado de el—que habrá cambiado sensiblemente en el intervalo—a ustedes, habremos llegado al final del análisis.

Si queremos colocar al analista en este esquema de la palabra del sujeto, puede decirse que esta en algún lado en A. Al menos, allí debe estar. Si entra en el emparejamiento de la resistencia, lo que precisamente le enseño a no hacer, habla entonces desde a', y se vera en el sujeto. Si no está analizado, lo que cada tanto acontece, esto se produce con toda naturalidad, y aún diría que, desde cierto ángulo, el analista nunca es completamente analista, por la sencilla razón de que es hombre y que participa el también en los mecanismos imaginarios que obstaculizan el paso de la palabra. Se trata para el de no identificarse al sujeto, de estar muerto lo suficiente como para no ser presa de la relación imaginaria, en cuyo seno siempre se ve solicitado a intervenir, y permitir la progresiva migración de la imagen del sujeto hacia S, la cosa que revelar, la cosa que no tiene nombre, que no puede encontrar su nombre a menos que el circuito culmine directamente de S hacia A. Lo que el sujeto tenía que decir a través de su falso discurso encontrara paso con mayor facilidad mientras más la economía de la relación imaginaria haya sido menguada progresivamente.

Voy rápido porque no voy a volver a hacer hoy toda la teoría del diálogo analítico. Quiero simplemente indicarles que la palabra—escúchenla con el acento que implica: palabra clave, solución de un enigma, función problemática—se sitúa en el Otro, por cuyo intermedio toda palabra plena se realiza, ese tú eres en que el sujeto se sitúa y se reconoce.

Pues bien, analizando la estructura del delirio de Schreber en el momento en que se estabilizó en un sistema que vincula el yo del sujeto a ese otro imaginario, ese extraño Dios que nada comprende, que no responde, que engaña al sujeto, supimos reconocer que hay, en la psicosis, exclusión del Otro donde el ser se realiza en la palabra que confiesa.

Los fenómenos en juego en la alucinación verbal, manifiestan en su estructura misma la relación de eco interior en que está el sujeto respecto a su propio discurso. Llegan a volverse más y más insensatos, como se expresa Schreber, vaciados de sentido, puramente verbales, machacaderas, estribillos sin objeto. ¿Qué es pues esta relación especial con la palabra? ¿Qué falta para que el sujeto llegue a verse obligado a construir todo ese mundo imaginario? ¿Para que padezca en su interior este automatismo de la función del discurso? El discurso no sólo lo invade y lo parásita sino que él está suspendido de su presencia.

Que el sujeto en la psicosis sólo pueda reconstituirse en lo que denominare la alusión imaginaria, se los mostré in vivo en una presentación de enfermos. A ese punto preciso llegamos. El problema que debemos indagar es la constitución del sujeto en la alusión imaginaria.

Hasta el presente, los psicoanalistas se han contentado con ella. La alusión imaginaria parecía muy significativa. Volvían a encontrar en ella todo el material, todos los elementos del inconsciente. Al parecer, nunca se preguntaron qué significaba, desde el punto de vista económico, el hecho de que esta alusión no tuviese en sí misma poder resolutivo alguno. A pesar de todo se percataron de ello, cual si fuese un misterio, esforzándose por borrar con el andar del tiempo las diferencias radicales de esta estructura respecto a la estructura de las neurosis.

En Estrasburgo me hicieron las mismas preguntas que en Viena. Personas que parecían bastante sensibles a ciertas perspectivas que yo abría terminaban diciéndome —¿Cómo opera usted en las psicosis?—como si, ante un auditorio tan poco preparado como ése, acentuar el abc de la técnica no fuese ya trabajo suficiente.

Respondí: La pregunta es un poco àpresurada. Habrá que intentar buscar algunos hitos antes de hablar de técnica, incluso de receta psicoterapéutica. Seguían insistiendo—¿De todos modos, no puede no hacerse nada por ellos—Pero sí, ciertamente. Para hablar de eso esperemos hasta haber precisado algunas cosas.

Para ahora dar otro paso, debemos, como ocurre a menudo, dar un paso atrás, y retomar el carácter fascinante que presentan los fenómenos de lenguaje en la psicosis, carácter cuya índole puede reforzar lo que acabo de llamar un malentendido.

Según oigo decir, yo sostengo que el sujeto articula verbalmente todo lo que tiene que comunicarnos, y así yo negaría la existencia, a la cual tienen en mucha estima, de lo preverbal.

Esta posición extrema no deja de provocar en quienes la comparten abjuraciones asaz vivaces, que se manifiestan mediante dos actitudes: la mano en el corazón por lo que llamaremos una atestación auténtica mediante un desplazamiento hacia arriba, y la inclinación de cabeza, la cual se supone debe pesar en el platillo de la balanza, que según el criterio de mi interpolador yo descargo demasiado.


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También me suelen decir: Por suerte usted no está sólo en la Sociedad de psicoanálisis. Existe también una mujer genial, Françoise Dolto, quien muestra la función esencial de la imagen del cuerpo, y aclara el modo en que el sujeto se apoya en ella en sus relaciones con el mundo. Nos contenta mucho volver a encontrar ahí una relación sustancial con la que sin duda se entreteje la relación del lenguaje, pero que es infinitamente más concreta.

No crítico en lo más mínimo lo que enseña Françoise Dolto. Ella hace un excelente uso de su técnica y de su extraordinaria aprehensión de la sensibilidad imaginaria del sujeto. Habla de todo eso y también enseña a quienes la escuchan, a hablar de ello. Pero hacer este comentario no resuelve el asunto.

No me sorprende que aún quede por disipar cierto malentendido entre las personas que creen seguirme. No piensen que expreso así una decepción, hacerlo sería estar en desacuerdo conmigo mismo puesto que les enseño que el malentendido es el fundamento mismo del discurso interhumano.

Pero no es ésta la sola razón por la que no me sorprende que mi discurso suscite cierto margen de malentendido. Sino que además, si se ha de ser coherente con las propias nociones en la práctica, si todo discurso válido debe ser juzgado precisamente en base a los principios mismos que produce, diría que, con expresa intención aunque no absolutamente deliberada, desarrollo de manera tal este discurso que les ofrezco la oportunidad de no comprenderlo cabalmente. Este margen permite que ustedes mismos digan que creen seguirme, vale decir que permanecen en una posición problemática, que siempre deja la puerta abierta a una progresiva rectificación.

En otras palabras, si me las arreglara para ser fácilmente comprendido, es decir, para que tuviesen cabalmente la certeza de que están al tanto, pues bien, según mis propias premisas en lo tocante al discurso interhumano, el malentendido sería irremediable. Al contrario, dada la manera en que creo tener que abordar los problemas, tienen siempre abierta la posibilidad de una revisión de lo dicho, sobre todo porque el hecho de que no hayan estado al tanto antes es de mi entera responsabilidad: pueden cargarlo a mi cuenta.

En base a esto me permito retomar hoy un punto esencial.

No digo que lo comunicado en la relación analítica pase por el discurso del sujeto. No tengo por qué distinguir en absoluto, en el fenómeno mismo de la comunicación analítica, el dominio de la comunicación verbal del de la comunicación preverbal. Es indudable que la comunicación pre o incluso extra-verbal es permanente en el análisis, pero se trata de ver que constituye el campo propiamente analítico.

Lo que constituye el campo analítico es idéntico a lo que constituye el fenómeno analítico, a saber, el síntoma. Y también gran numero de otros fenómenos llamados normales o sub-normales, cuyo sentido no había sido elucidado hasta el análisis, y que se extienden mucho más allá del discurso y de la palabra, puesto que son cosas que le ocurren al sujeto en su vida cotidiana. Vienen luego los lapsus, trastornos de la memoria, sueños, sumémosle la agudeza, la cual tiene un valor esencial en el descubrimiento freudiano puesto que permite palpar la perfecta coherencia que tenía en la obra de Freud la relación del fenómeno analítico con el lenguaje.

Comencemos diciendo qué no es el fenómeno analítico.

El análisis arrojo grandes luces sobre lo preverbal. En la doctrina psicoanalítica esta vinculado esencialmente al preconsciente. Es la suma de impresiones, internas o externas, de informaciones que el sujeto recibe del mundo en que vive, de las relaciones naturales que tiene con este, siempre y cuando existan en el hombre relaciones que sean cabalmente naturales, pero por más pervertidas que ellas estén, sí existen. Todo lo perteneciente al orden preverbal participa así de lo que podemos denominar una Gestalt intramundana. En su seno, el sujeto es la muñeca infantil que fue, es objeto excremencial, es cloaca, es ventosa. El análisis nos impulsó a explorar ese mundo imaginario, que participa de una especie de poesía bárbara, como nos lo hicieron sentir primero ciertas obras poetices, y no el análisis.

Estamos ahí en el tornasol innumerable de la gran significación afectiva. Para expresarlo las palabras acuden en abundancia al sujeto, están a su disposición, tan accesibles y tan inagotables en sus combinaciones como la naturaleza a la que responden. Es el mundo del niño, donde ustedes se sienten cómodos, sobre todo porque se han familiarizado con sus fantasmas: lo de arriba vale por lo de abajo, el revés por el derecho, etcétera. La ley de este mundo es la equivalencia universal, y por eso mismo no lo sentimos suficientemente seguro como para fijar en el las estructuras.

Este discurso de la significación afectiva alcanza de entrada las fuentes de la fabulación, mientras que el discurso de la reivindicación pasional, por ejemplo, es a su lado pobre y chochearte, en el ya está presente el tropiezo de la razón. El sostén preverbal de la comunicación imaginaria se expresa, con toda naturalidad, en discurso. Nos encontramos aquí en un ámbito familiar, explorado desde siempre tanto por la deducción empírica como por la deducción categórica a priori La fuente y el reservorio de ese preconsciente, de lo que llamamos Imaginario, es bastante conocida, ya fue abordada felizmente por la tradición filosófica, y puede decirse que las ideas-esquemas de Kant se sitúan en el umbral de ese dominio . . . allí al menos es donde encuentran sus credenciales más brillantes.

Evidentemente, la teoría clásica de la imagen y la imaginación es de una insuficiencia sorprendente. A fin de cuentas, este dominio es insondable. Hemos hecho notables progresos en su fenomenología, pero estamos lejos de dominarlo. Si el análisis permitió revelar el problema de la imagen en su valor formativo, que se confunde con el problema de los orígenes, incluso de la esencia de la vida, de quienes ciertamente podemos esperar progresos es de los biólogos y los etólogos. El inventaro analítico permite mostrar determinados rasgos económicos esenciales de la función imaginaria, más no por ello está agotado el problema.

Nunca dije, entonces, que ese mundo preconsciente, siempre dispuesto a surgir en la conciencia, a disposición del sujeto—salvo contraorden—tuviese en sí mismo estructura de lenguaje. Digo, porque es evidente, que se inscribe en él, que se vuelve a fundir en él. Guarda, empero, sus propias vías, sus comunicaciones particulares. El análisis no aporto su descubrimiento esencial a ese nivel.

Resulta sorprendente ver como el énfasis que se da a la relación de objeto en análisis se pone a cuenta de una exclusiva preponderancia del mundo de la relación imaginaria, elidiéndose así, el campo del descubrimiento analítico propiamente dicho. Puede rastrearse la progresiva dominación de esta perspectiva leyendo lo que, desde hace algún tiempo, escribe el susodicho Kris. Enfatiza, en lo tocante a la economía de los progresos del análisis, lo que llama—ya que leyó a Freud—los procesos mentales preconscientes, y el carácter fecundo de la regresión del yo, lo que equivale a ubicar por entero en el plano imaginario las vías de acceso al inconsciente. Si seguimos a Freud, por el contrario, resulta claro que ninguna exploración del preconsciente, por profunda, por exhaustiva que sea, nos llevara jamás a un fenómeno inconsciente en cuanto tal. La prevalencia desmedida de la psicología del ego en la nueva escuela americana induce un espejismo que se asemeja al de un matemático, que suponemos ideal, quien, habiéndose percatado de la existencia de las magnitudes negativas, se pusiese a dividir indefinidamente una magnitud positiva, esperando al cabo superar la línea del cero, y entrar en el dominio soñado.

Error tanto más grosero, por cuanto no hay cosa sobre la que Freud insistiese más que sobre la diferencia radical entre inconsciente y preconsciente. Creen, empero, que por más que diga que hay barrera, ésta, al igual que cuando en un granero ponemos una separación, terminará dejando pasar a las ratas. La creencia fundamental que parece regir actualmente la práctica analítica es que algo comunica a neurosis y psicosis, preconsciente e inconsciente. Hay que empujar, roer y se lograra perforar la pared.

Llevados por esta idea, los autores un tanto coherentes realizan agregados teóricos francamente sorprendentes, como la noción de esfera no conflictiva, como suele decirse, noción exhorbitante, no regresiva sino transgresiva. Ni siquiera en la psicología más neo-espiritualista de las facultades del alma, se escuchó nunca nada igual. Nunca nadie pensó hacer de la voluntad una instancia que se situase en un imperio no conflictivo. Claramente vemos qué los conduce a ello. Para ellos el yo es el marco prevalerte de los fenómenos, todo pasa por el yo, la regresión del yo es la única vía de acceso al inconsciente. ¿Dónde situar, entonces, el elemento mediador indispensable para concebir la acción del tratamiento analítico? A no ser en esa especie de yo, verdaderamente ideal, en el peor sentido de la palabra, que es la esfera no-conflictiva, que se transforma así en el lugar mítico de las entificaciones más increíblemente reactivas.

¿Qué es el inconsciente en relación al preconsciente tal como acabamos de situarlo?

Si digo que todo lo que pertenece a la comunicación analítica tiene estructura de lenguaje, esto no quiere decir que el inconsciente se exprese en el discurso. La Traumdeutung, la Psicopatología de la vida cotidiana y el Chiste lo transparentan. Es imposible explicar nada en los rodeos de Freud si no es porque el fenómeno analítico en cuanto tal, cualquiera sea, tiene no que ser un lenguaje en el sentido de un discurso —nunca dije que era un discurso— sino que tiene que estar estructurado como un lenguaje. Este es el sentido en que podemos decir que es una variedad fenoménica, y la más reveladora, de las relaciones del hombre con el ámbito del lenguaje. Todo fenómeno analítico, todo fenómeno que participa del campo analítico, del descubrimiento analítico, de aquello con que tenemos que vérnosla en el síntoma y en la neurosis, está estructurado como un lenguaje.

Quiere decir que es un fenómeno que siempre presenta la duplicidad esencial del significante y del significado. Quiere decir que el significante tiene en él su coherencia y su carácter propios, que lo distinguen de cualquier otra especie de signo. Vamos a seguirle la huella en el dominio del preconsciente imaginario.

Partamos del signo biológico. Hay en la estructura misma, en la morfología de los animales, algo que tiene ese valor cautivante gracias al cual el que es el receptor, el que ve el rojo del petirrojo, por ejemplo, y quien está hecho para recibirlo, entra en una serie de comportamientos, en un comportamiento de ahí en más unitario que vincula al portador de ese signo con quien lo percibe. Esto da una idea precisa de lo que puede llamarse la significación natural. Sin investigar más cómo se elabora esto en el hombre, es claro que podemos llegar mediante una serie de transiciones a una depuración, a una neutralización del signo natural.

Veamos ahora la huella, el paso sobre la arena, signo que no engaña a Robinson. Aquí el signo se separa de su objeto. La huella, en lo que tiene de negativo, lleva el signo natural a un límite en que éste es evanescente. La distinción entre el signo y el objeto es aquí muy clara puesto que la huella es precisamente lo que deja el objeto que se fue a otra parte. Objetivamente, no se necesita sujeto alguno que reconozca el signo para que esté, la huella existe aún cuando no haya nadie para mirarla.

¿A partir de qué momento pasamos al orden del significante?. El significante puede extenderse a muchos elementos del dominio del signo. Sin embargo, el significante es un signo que no remite a un objeto, ni siquiera en estado de huella, aunque la huella anuncia de todos modos su carácter esencial. Es, también, signo de una ausencia. Pero en tanto forma parte del lenguaje, el significante es un signo que remite a otro signo, está estructurado como tal para significar la ausencia de otro signo, en otras palabras, para oponerse a él en un par.

Les hable del día y de la noche. El día y la noche no son algo que pueda definirse a partir de la experiencia. La experiencia sólo puede indicar una serie de modulaciones, de transformaciones, incluso una pulsación, una alternancia de luz y oscuridad, con todas sus transiciones. El lenguaje comienza con la oposición: el día y la noche. A partir del momento en que existe el día como significante, ese día esta entregado a todas las vicisitudes de un juego a través del que llegará a significar cosas muy diversas.

Este carácter del significante marca de modo esencial todo lo que es del orden del inconsciente. La obra de Freud con su enorme armazón filológico jugando hasta la intimidad misma de los fenómenos, es absolutamente impensable si no se coloca en primer plano la dominancia del significante en los fenómenos analíticos.

Esta recapitulación debe hacernos avanzar un poco más.


3

Les hablé del Otro de la palabra, en tanto el sujeto se reconoce en él y en el se hace reconocer. Ese es en una neurosis el elemento determinante, y no la perturbación de tal o cual relación oral, anal o inclusive genital. Sabemos demasiado bien lo incómodo que es el manejo de la relación homosexual, ya que ponemos en evidencia su permanencia en sujetos cuya diversidad en el plano de las relaciones instintivas es muy grande. Se trata de una pregunta que se le plantea al sujeto en el plano del significante, en el plano del to be or not to be, en el plano de su ser.

Quiero ilustrárselos mediante un ejemplo, una vieja observación de histeria traumática, sin huella alguna de elementos alucinatorios.

Si la elegí es porque pone en su juego en primer plano ese fantasma de embarazo y procreación que es dominante en la historia del presidente Schreber, ya que su delirio culmina del siguiente modo: una nueva humanidad de espíritu schreberiano deberá ser engendrada por él.

Esta observación es de Joseph Hasler, un psicólogo de la escuela de Budapest, fue recogida al final de la guerra del 14-18, y relata la historia de un tipo que es guarda de tranvías durante la revolución húngara.

Tiene treinta y tres años, es protestante húngaro: austeridad, solidez, tradición campesina. Dejó su familia al final de la adolescencia para ir a la ciudad. Su vida profesional está marcada por cambios no carentes de significación: primero es panadero, luego trabaja en un laboratorio químico y, por fin, es guarda de tranvía. Hace sonar el timbre y marca los boletos, pero estuvo también al volante.

Un día, baja de su vehículo, tropieza, cae al suelo, es arrastrado o algo así. Tiene un chichón, le duele un poco el lado izquierdo. Lo llevan al hospital donde no le encuentran nada. Le hacen una sutura en el cuero cabelludo para cerrar la herida. Todo transcurre bien. Sale luego de haber sido examinado de punta a punta. Se le hicieron muchas radiografías, están seguros de que no tiene nada. El mismo colabora bastante.

Luego, progresivamente, tiene crisis que se carácterizan por la aparición de un dolor a la altura de la primera costilla, dolor que se difunde a partir de ese punto y que le crea al sujeto un estado creciente de malestar. Se echa, se acuesta sobre el lado izquierdo, toma una almohada que lo bloquea. Las cosas persisten y se agravan con el tiempo. Las crisis siguen durante varios días, reaparecen con regularidad. Avanzan cada vez más, hasta llegar a producir pérdidas de conocimiento en el sujeto.

Lo examinan nuevamente de punta a punta. No encuentran absolutamente nada. Se piensa en una histeria traumática y lo envían a nuestro autor, quien lo analiza.

El hombre forma parte de la primera generación analítica, ve los fenómenos con mucha frescura, los explora de arriba a abajo. No obstante, esta observación es de 1921, y participa ya de esa especie de sistematización que comienza a afectar correlativamente, según parece, la observación y la práctica, y que produciré ese viraje del que nacerá el vuelco que enfatizara el análisis de las resistencias. Hasler ya esta muy impresionado por la nueva psicología del ego. En cambio, conoce bien las cosas más antiguas, los primeros análisis de Freud sobre el carácter anal, tiene presente la idea de que los elementos económicos de la libido pueden jugar un papel decisivo en la formación yo. Se siente que se interesa mucho por el yo del sujeto, por su estilo de comportamiento, por las cosas que traducen en él los elementos regresivos, en tanto se inscriben no sólo en los síntomas sino también en la estructura.

Indica con suma pertinencia las curiosas actitudes del sujeto. Después de la primera sesión, el sujeto bruscamente se sienta en el diván y se pone a mirarlo con los ojos como platos, boquiabierto, cual si descubriese un monstruo inesperado y enigmático. En otras ocasiones, el sujeto presenta manifestaciones asaz sorprendentes de transferencia. Una vez, en particular, el sujeto se endereza repentinamente, para caer en sentido contrario, la nariz contra el diván, ofreciendo al analista sus piernas colgantes en un cuadro cuya significación general no escapa al analista.

Este sujeto está bastante bien adaptado. Tiene con sus camaradas una relación de sindicalista militante, algo líder, y se interesa mucho en lo que lo vincula socialmente con ellos. Goza de un prestigio indudable. Nuestro autor señala el modo peculiar en que se ejerce su autodidactismo, todos sus papeles están bien ordenados. Ven ustedes que Hasler intenta encontrar los rasgos de un carácter anal, y progresa. Pero la interpretación que termina dándole al sujeto sobre sus tendencias homosexualizantes ni le va ni le viene a este, nada se mueve. Existe ahí el mismo tope que encontraba Freud con el hombre de los lobos años antes, y cuya clave completa no nos da en su caso, pues su investigación tenía entonces otro objeto.

Examinemos esta observación más de cerca. El desencadenamiento de la neurosis en su aspecto sintomático, aspecto que hizo necesaria la intervención del analista, supone sin duda un trauma, el cual debió despertar algo. En la infancia del sujeto encontramos traumas a montones. Era pequeñito, comenzaba a arrastrarse por el suelo, su madre le pisó el pulgar. Hasler no deja de señalar que en ese momento algo decisivo debió producirse, ya que, según la tradición familiar, después de este Incidente empezó a chuparse el dedo. Como ven—castración—regresión. Hay otros. Pero hay un pequeño inconveniente, a medida que se va presentando él material se observa que lo decisivo en la descompensación de la neurosis no fue el accidente, sino los exámenes radiológicos.

El analista no percibe todo el alcance de lo que nos aporta, y si tiene una idea preconcebida, va en sentido contrario. El sujeto desencadena sus crisis durante los exámenes que lo someten a la acción de misteriosos instrumentos. Y estas crisis, su sentido, su modo, su periodicidad, su estilo, se presentan muy evidentemente como vinculadas con el fantasma de un embarazo.

La manifestación sintomática del sujeto esta dominada por elementos relaciónales que colorean sus relaciones con los objetos, de modo imaginario. Se puede reconocer en ellas la relación anal, u homosexual, o esto o lo otro, pero estos elementos mismos están incluidos en la pregunta que hace: ¿Soy o no capaz de procrear? Esta pregunta se sitúa evidentemente a nivel del Otro, en tanto la integración de la sexualidad esta ligada al reconocimiento simbólico.

Si el reconocimiento de la posición sexual del sujeto no esta ligada al aparato simbólico, el análisis, el freudismo, pueden tranquilamente desaparecer, no quieren decir nada. El sujeto encuentra su lugar en un aparato simbólico preformado que instaura la ley en la sexualidad. Y esta ley sólo le permite al sujeto realizar su sexualidad en el plano simbólico El Edipo quiere decir esto, y si el análisis no lo supiese no habría descubierto nada.

Lo que está en juego en nuestro sujeto es la pregunta ¿Qué soy ? ¿soy?, es una relación de ser, un significante fundamental. En la medida en que esta pregunta en tanto simbolice fue despertada, y no reactivada en tanto imaginaria, se desencadeno la descompensación de su neurosis y se organizaron sus síntomas. Cualesquiera sean sus cualidades, su naturaleza, el material del que han sido tomados prestados, estos cobran valor de formulación, de reformulación, de insistencia inclusive de esa pregunta.

Esta clave no se basta a sí misma. Se confirma a partir de elementos de su vida pasada que conservan para el sujeto todo su relieve. Pudo observar un día, escondido, una mujer de la vecindad de sus padres que emitía gemidos sin fin. La sorprendió en contorsiones, las piernas levantadas, y supo de que se trataba, sobre todo que al no culminar el parto, debió intervenir el médico, y vio en un corredor llevar al niño en pedazos, que fue todo cuanto se pudo sacar.

Más aún, el carácter feminizado del discurso del sujeto se percibe tan de inmediato que, cuando el analista informa al sujeto los primeros elementos, obtiene de él el siguiente comentario: el médico que lo examino le dijo a su mujer:—No llego a darme cuenta de lo que tiene. Me parece que si fuese una mujer lo comprendería mejor. Percibió el lado significativo, pero no percibió—por la sencilla razón de que carecía del aparato analítico, que sólo puede concebirse en el registro de las estructuraciones de lenguaje—, que todo esto no era sino un material, indudablemente favorable, que utiliza el sujeto para expresar su pregunta. Podría asimismo usar cualquier otro, para expresar lo que está más allá de toda relación, actual o inactual, un ¿Quién soy ? ¿un hombre o una mujer? y ¿Soy capaz de engendrar?

Toda la vida del sujeto se reordena en su perspectiva cuando se tiene esta clave. Se habla, por ejemplo, de sus preocupaciones anales. ¿Pero en torno a qué gira su interés por sus excrementos? En torno a saber si puede haber en los excrementos carozos de frutas capaces todavía de crecer una vez plantados.

El sujeto tiene una gran ambición, dedicarse a la cría de galinas y muy especialmente al comercio de huevos. Se interesa en todo tipo de cuestiones de botánica centradas en torno a la germinación. Puede incluso decirse que toda una serie de accidentes que le ocurrieron en su profesión de conductor de tranvías están ligados a la fragmentación del niño de la que fue testigo. Este no es el origen último de la pregunta del sujeto, pero es particularmente expresivo.

Terminemos por donde empezamos, el ultimo accidente. Cae del tranvía que se ha vuelto para el un aparato significativo, cae, se pare a sí mismo. El tema único del fantasma de embarazo domina, pero ¿en tanto que? En tanto que significante—el contexto lo muestra—de la pregunta de su integración a la función viril, a la función de padre. Puede señalarse que se las arreglo para casarse con una mujer que ya tema un hijo, y con la cual sólo pudo tener relaciones insuficientes.

El carácter problemático de su identificación simbolice sostiene toda comprensión posible de la observación. Todo lo dicho, todo lo expresado, todo lo gestualizado, todo lo manifestado, sólo cobra su sentido en función de la respuesta que ha de formularse sobre esa relación fundamentalmente simbólica ¿Soy hombre o mujer?

Cuando expongo así las cosas, no pueden ustedes dejar de compararlas con lo que subrayé en el caso de Dora. Dora culmina en efecto en una pregunta fundamental acerca del tema de su sexo. No sobre qué sexo tiene sino: ¿Qué es ser una mujer? Los dos sueños de Dora son, al respecto, absolutamente transparentes, no se habla de otra cosa: ¿Qué es ser una mujer? y específicamente: ¿Qué es un órgano femenino? Observen que nos encontramos aquí ante algo singular: la mujer se pregunta que es ser una mujer; del mismo modo el sujeto masculino se pregunta que es ser una mujer.

Retomaremos la vez próxima a partir de este punto. Destacaremos la disimetría que Freud siempre subrayo en el complejo de Edipo, que confirma la distinción de lo simbólico y lo imaginario que retome hoy.

Para la mujer la realización de su sexo no se hace en el complejo de Edipo en forma simétrica a la del hombre, por identificación a la madre, sino al contrario, por identificación al objeto paterno, lo cual le asigna un rodeo adicional. Freud nunca dio marcha atrás respecto a esta concepción, por más que se haya hecho después, las mujeres especialmente, para reestablecer la simetría. Sin embargo, la desventaja en que se encuentra la mujer en cuanto al acceso a la identidad de su propio sexo, en cuanto a su sexualización como tal, se convierte en la histeria en una ventaja, gracias a su identificación imaginaria al padre, que le es perfectamente accesible, debido especialmente a su lugar en la composición del Edipo.

Para el hombre, en cambio, el camino será más complejo.
 

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