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Günther
Rodolfo Kusch
Nacido en Buenos Aires en 1922 y fallecido en la misma ciudad en 1979. De padres
alemanes radicados en Argentina. Profesor de Filosofía por la Universidad de
Buenos Aires en 1948. Ejerció una actividad técnica en la Dirección de
Psicología Educacional y Orientación Profesional del Ministerio de Educación de
la Provincia de Buenos Aires en el ámbito de la sociología y la psico- y
socioesdística y una amplia actividad docente en la Enseñanza Secundaria y sobre
todo Superior en Universidades argentinas y bolivianas.
Realizó viajes de investigación y trabajos de campo en la zona del NO argentino
y del altiplano boliviano; organizó Simposios, Seminarios y Jornadas Académicas
sobre la temática americana ; participó entre otros eventos como miembro titular
del XXXVII y XXXIX Congresos Internacionales de Americanistas, del II Congreso
Nacional de Filosofía en Alta Gracia, Córdoba 6.1971 y de las Semanas Académicas
en torno al pensamiento latinoamericano organizadas por la Universidad del
Salvador, área San Miguel, 1970-1973; fue miembro de la Comisión Directiva de la
Sociedad Argentina de Escritores 1971-1973; integró el equipo argentino dirigido
por J.C.Scannone sobre “Investigación filosófica de la sabiduría del pueblo
argentino como lugar hermenéutico para una teoría de filosofía de la religión
acerca de la relación entre religión y lenguaje” 1977-79.
Fue sobre todo autor de numerosas obras filosóficas y literarias, en las que
transmitió lo que su gran sensibilidad poética y pensante le permitió captar de
propio y valioso en América. Su obra ha sido reunida en 4 tomos de Obras
completas, Editorial Fundación Ross, Rosario, 1998-2003, quedando aún algunos
inéditos, sobre todo anotaciones y materiales de trabajos de campo:
Tomo I: Datos bio-bibliográficos, Presentaciones; La seducción de la barbarie;
Indios, porteños y dioses; De la mala vida porteña; Charlas para vivir en
América.
Tomo II: América profunda; El pensamiento indígena y popular en América; Una lógica
de la negación para comprender a América: La negación en el pensamiento popular.
Tomo III: Geocultura del hombre americano; Esbozo de una antropología filosófica
americana; Ensayos.
Tomo IV: Lo americano y lo argentino desde el ángulo simbólico-filosófico Pozo de
América; América parda; Bolivia; SADE; Teatro; Anotaciones para una estética
de lo americano; Homenaje a R. Kusch de la Cámara de Diputados de la Nación.
Falleció en Buenos Aires en 1979.
OBRAS PUBLICADAS
"La ciudad mestiza", folleto en Colección Quetzal, Buenos Aires, 1952
(Biblioteca Nacional No. 323.905); "Seducción de la Barbarie, Análisis herético
de un continente mestizo", distribuido por Editorial Raigal, Buenos Aires, 1953
(Biblioteca Nacional No. 327.011, Biblioteca Facultad de Filosofía y Letras No.
168-1-23); "Anotaciones para una estética de lo americano", folleto, Buenos
Aires (Biblioteca Nacional); "Tango" y "Credo Rante",
Editorial Talía, Buenos
Aires, 1958. (Teatro); "La muerte del Chacho" y "La Leyenda de Juan
Moreira", Editorial Stilcograf, Buenos Aires, 1960 (Teatro); "América Profunda",
Editorial Hachette,
1962, Buenos Aires (Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores 1962 y
Mención de Honor del Consejo del Escritor); 2a. edición, Editorial Bonum, Buenos Aires
1975; "Indios, Porteños y Dioses", Editorial Stilcograf, Buenos Aires 1966; "De la
Mala Vida Porteña", colección La Siringa de Editorial Peña Lillo, Buenos Aires,
1966; "El afán de ser alguien", ensayo con dibujos de Almataller (tinta china)
de Libero Badii, 1965; "Cafetín" (Homenaje a Discépolo), (teatro inédito);
"El pensamiento indígena americano", Editorial Cajica, Puebla, México, 1970 (Premio
Nacional de Ensayo "Juan Bautista Alberdi", producción 1970-71), 2a.
edición, Buenos Aires, 1973; "La negación en el Pensamiento Popular",
Editorial
Cimarrón, Buenos Aires, 1975; "Geocultura del hombre
americano", Editorial García Cambeiro, Buenos Aires, 1976. Además colaboró con artículos y notas en "La
Nación", "El Mundo", "Verbum", "Sur", "Espiga", "Contorno", "Comentario",
Revista
de Educación", "Cuadernos de Filosofía" de la Universidad de Buenos Aires
(Argentina). "El Diario","Presencia", (Bolivia), "Idea", (Perú), "América
Indígena" del Instituto Indigenista Interamericano (México); etc.
TEATRO
Rodolfo Kush en Radio Nacional (1963). Exposición acerca
de su libro El Pensamiento indígena americano en el programa radial Taller de la
Palabra, Radio Nacional, Argentina.
El conjunto "Juan Cristóbal" estrenó su obra teatral "Tango" en la Sala de "La
Máscara" el 23 de Agosto de 1957. "Credo Rante" se estrenó en el Teatro de Arte
en 1958. "La Leyenda de Juan Moreira" fue estrenada por Francisco Petrone en el
Circo - Teatro Arena, Plaza Once, Buenos Aires, en 1958. "La muerte del Chacho",
fue trasmitida por Radio Municipal, Bs. As., 1964.
PREMIOS
Faja de Honor de Ia
Sociedad Argentina de escritores 1962, por "América Profunda".
Mención de honor del Consejo del Escritor 1963 por la obra mencionada. Mención especial en Ensayo en la Cuarta Fiesta Nacional de las
Letras, Necochea, 1967 por "Indios, Porteños y Dioses' y "De la Mala Vida
Porteña". Premio Nacional de Ensayo 'Juan Bautista Alberdi ' (producción (1970 -
1971) por "El Pensamiento indígena Americano".
ACTIVIDAD DOCENTE
Además de la enseñanza secundaria (25 años), en la Enseñanza Superior fue
profesor de Historia de la Cultura y Estética (desde 1963) en la Escuela
Superior de Bellas Artes "Pridiliano Pueyrredón". Universidad Nacional de
Salta, Argentina: Profesor de Ética, segundo cuatrimestre 1973; Seminario
Permanente sobre Cultura Nacional, octubre - diciembre 1973. Seminario sobre
Antropología Filosófica, segundo cuatrimestre, 1973. Fue jefe del Servicio de
Relaciones Latinoamericanas (1973 - 1976), Fue organizador del 11mo. Encuentro
de Rectores del Área Centro - Sudamericana auspiciado por la UNSa. y realizado
en Salta, en marzo de 1974. Seminario sobre Pensamiento y Cultura Popular, 1974
- 1975. En 1975 fue nombrado Director de la Carrera de Filosofía. Realización de
un seminario sobre la Problemática Centro-Sudamericana, tema central: "El
pueblo y las estructuras nacionales", octubre - noviembre 1975. Realización de
las 'Primeras Jornadas de Cultura Popular' (servicios de Relaciones
Latinoamericanas y Acción Cultural), noviembre 1975. Realización del 'Primer
Simposio sobre el Hombre Andino y Americano' (Servicios de Relaciones
Latinoamericanas y Acción Cultural), con participación de investigadores y
especialistas del área y de universidades de Argentina y Bolivia, 12 a 14 de
diciembre de 1975. Curso en el Instituto Bernasconi sobre "Bases psicológicas
y sociales del binomio enseñanza - aprendizaje" para directores de escuelas,
1964. Universidad Técnica de Oruro (Bolivia): dictó cursos sobre "Filosofía
Indígena" (1967) y ' Filosofía Americana" (1970). Universidad Mayor de San
Andrés, La Paz (Bolivia): Curso sobre "Pensamiento Indígena", 1967. Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza (Argentina): curso sobre "El Pensamiento
Indígena", 1969. Universidad Nacional de Buenos Aires: clases sobre
"Pensamiento Popular", 1974
Fuentes: www.cecies.org/articulo.asp?id=84 y la publicación "Kiwicha", Año I, Núm. 5, junio/julio de 1995, Tilcara, Jujuy,
Argentina.
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En
memoria de Rodolfo G. Kusch
Por Jorge Rulli *
Me enteré de la muerte de Rodolfo G. Kusch por un trozo de diario viejo con el
que tropecé volviendo del recreo, en el Penal U9 de La Plata, donde desde hacía
un año, en tres metros cuadrados, convivía yo con un compañero de celda
trastornado. No tuve con quién llorar mi dolor ese día sino con el pobre loco
que se balanceaba en su camastro murmurando sonsonetes indescifrables. Había
llegado yo a lo hondo de esa indigencia del existir que Kusch describía en su
obra. Había conocido todos los horrores y los espantos del Poder desnudo, que no
es sino la otra cara del racionalismo europeo trasplantado. En la miseria de mi
pobre condición humana, el cuerpo torturado y el uniforme hediondo, había hecho
ese periplo atroz del indio americano, desde la incertidumbre y el desasosiego
de la existencia hacia la propia conciencia, hacia el sí mismo, hacia la luz y
el redescubrimiento de los dioses que desde lo alto guían los caminos de
América.
El 30 de setiembre de 1979 Rodolfo Kusch murió en Buenos Aires. Fue el más
grande pensador vivo que tuvo en la década del setenta el Movimiento Nacional.
Lamentablemente, no muchos pudieron abrevar en su inagotable vena filosófica. Su
relativa soledad se debió a falsos mitos sobre la idea del progreso y del
desarrollo, que sedujeron a una generación. La juventud fue arrebatada por las
grandes utopías, pero ellas se cubrían de ropajes “occidentalizados”. Y en la
hora de los hornos, bajo la más feroz de las dictaduras militares, cuando en el
dolor y en el horror nos reencontramos, reencontramos también ya sin soberbia, a
nuestra despojada humanidad, nuestro profundo desasosiego, nuestra angustia por
nosotros y por el país. Entonces sí, el pensamiento de ese gigante que fue Kusch
se nos hizo a todos imprescindible. Pero Kusch ya no estaba, al menos
físicamente, también a él lo arrastró la tormenta.
En 1976 fue expulsado de sus cátedras en la Universidad de Salta. Luego de haber estado en la mira de la pequeña burguesía radicalizada a la que criticó sin arredrarse ante amenazas, pasó a ser un enemigo para esa otra pequeña burguesía militarizada, que probó su eficiencia en la irracionalidad de los campos de exterminio y en el “orden” que impuso en las calles a sangre y fuego. Y allá fue Kusch. Exiliado en su propia tierra como tantos otros, en busca de nuevos y antiguos horizontes, a la frontera donde el país se hace América, a Maimará, en la Quebrada de Humahuaca. Allí el filósofo conversó con su vecino Juan Mamaní, y con esos hombres pequeños y tiernos, vencedores del tiempo, hombres de heridas ancestrales, de coplas y bagualas desgarradas. Entre ellos el pensador hizo más sólidas sus convicciones : la cultura es una cuestión de tripas. Viejo andariego del altiplano, Kusch se hizo uno más entre la gente, asimilado a sus costumbres y a sus modos de ser :”Ahí comprendemos que vivir no consiste sólo en tener cosas”. Su reflexión se enriqueció en la entraña de América, y su pensamiento ahondó en el drama de ese hombre indigente ante la existencia, pero capaz de alcanzar el equilibrio con lo sagrado.
Kusch tuvo la lucidez de comprender que un
pensamiento americano no podía gestarse a partir de las filosofías europeas,
sino a partir del pensamiento popular mismo, pensamiento al que estudió y
auscultó con fervorosa atención : desde su teatro de los años cuarenta en el que
avizoraba para América una estética del espanto y de lo tenebroso que cerraba el
ajuste de la transición hacia la luz ; hasta sus estudios de las culturas
indígenas llevados a cabo en arduos caminares por México, Perú y Bolivia. Supo
ver que ese sustrato indígena pervivía en el hombre urbano, y supo también
exponer ese inexcusable mestizaje de lo americano en libros que serán siempre
obras de renovada iniciación para todos los que hayan hecho una opción por
América : La ciudad mestiza, Seducción de la barbarie, América profunda, El
pensamiento indígena y popular en América, Geocultura del hombre americano,
Esbozo de una antropología filosófica americana, y La negación en el pensamiento
popular.
Dice un proverbio oriental que al maestro no se lo busca: se lo encuentra. De
esa forma conocí a Kusch, en medio de la militancia de aquellos años. Fui una
noche a su departamento de la calle Cangallo. Y entre mucha gente que llenaba la
casa dándole al locro y al vino, supe que había encontrado un camino donde
volcar la pasión de una búsqueda. Desde aquel encuentro acunamos muchos sueños,
muchos planes locos ; corrimos aventuras intelectuales y de las otras. En el 75,
año de repliegue y extravíos del proceso revolucionario, me fui a Salta para
estar cerca del maestro y del amigo. Buscábamos, aquella frontera que nos
renovara las fuerzas, la fe y el entusiasmo. Muchas veces fui a ver morir los
días en Maimará y a conversar con él sobre ese amanecer americano.
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* Jorge Rulli. Nacido en Buenos Aires, el 21 de junio de 1939. Esta casado en terceras
nupcias y tiene seis hijos. Javiera la mayor, hija de su anterior matrimonio, es
bióloga y activista, actualmente reside en Suiza y colabora activamente desde la
Web lasojamata apoya al movimiento campesino paraguayo y hace campaña
internacional contra los responsables de la muerte de Silvino Talavera, el niño
fallecido luego de ser rociado por agrotóxicos. Rulli, tiene otros cinco hijos
pequeños y vive con todos ellos y con Wanda su compañera, en una casa granja
orgánica relativamente autosuficiente, en la localidad de Marcos Paz a 48 Km. de
la ciudad de Buenos Aires.
Es ecologista y experto en desarrollo sustentable. Ha dictado clases en los
temas de su dominio en diferentes universidades. Participa activamente en tareas
de comunicación y concientización a la población sobre la crisis del campo, y el
peligro que implican la liberación y consumo de organismos genéticamente
modificados. Es uno de los fundadores del GRR, el Grupo de Reflexión Rural, que
inició en la Argentina la lucha contra los transgénicos y que fuera por varios
años coordinador de la RALLT, (Red por una América Latina Libre de
Transgénicos). Como partícipe del GRR ha sido coautor de varios libros en
circulación tales como “Transgénicos y fracaso del modelo agropecuario”, “El
ALCA y la agricultura en la Argentina” y por último “Estado en construcción” y
“Estado de Gracia”.
En los años noventa presidió la CONADIBI, la Comisión Nacional de Diversidad
Biológica dependiente de la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Pesca y
Alimentación de la Nación, inspirada en el Convenio sobre Biodiversidad firmado
en Río de Janeiro en el año 1982. También, durante varios años ofició de
respaldo técnico ante la FAO para el Compromiso sobre Recursos Filogenéticos por
parte de la delegación argentina en Roma y las negociaciones sobre el Convenio
de Bioseguridad en Montreal. Durante la gestión de Rubén Stella en la Secretaría
de Cultura de la Nación en el año 2002 al 2004, organizó y presidió el Programa
Nacional de Desarrollo Cultural Local. Este programa que pretendió llevar a cabo
las propuestas del GRR, Grupo de Reflexión Rural, apuntó a fortalecer los
pueblos en extinción y a repoblarlos como un modo no solo de ensayar el rediseño
poblacional del país, sino también de concientizar a la población contra los
monocultivos y el modelo agroexportador de commodities.
Como uno de los principales referentes de la lucha contra los monocultivos de
soja y de producción de biodieseles, ha participado en diversas películas sobre
esos temas y realizado numerosas conferencias y campañas en los últimos años a
lo largo de todo el territorio nacional. Desde hace cinco años dirige con un
equipo periodístico del GRR, y con su compañera Vanda Galeotti, periodista, el
Programa Horizonte Sur en Radio Nacional AM 870, los días domingos de 11 a 1200
horas. El programa puede ser escuchado vía Internet y consultado en el blog
http://horizontesurblog.blogspot.com. El libro sobre las
editoriales de los
primeros dos años de los programas en Radio Nacional AM se encuentra actualmente
en las librerías. Los temas de las editoriales desafían a los grandes debates de
nuestra época : las relaciones campo ciudad, relecturas del marxismo, cambio
climático, el modelo urbano industrial, la grandes escalas de producción y la
escala humana, la supuesta neutralidad de las tecnologías, de qué socialismo
hablamos cuando hablamos de socialismo, etc. Sorprendentemente, el programa
Horizonte Sur ha alcanzado altísimos niveles de audiencia y ha permitido
organizar una extendida red de oyentes a lo largo de todo el territorio
argentino, así también, como en los países vecinos.
Fuente: malgretout.collectifs.net/spip.php?article192

Rodolfo
Kusch: a 30 años de la muerte del filósofo abiayalense
Por Carlos María Pagano Fernández
El pasado 30 de septiembre [2009] se cumplieron 30 años del fallecimiento de
Rodolfo Kusch, filósofo argentino, hijo de padre y madre alemanes, nacido en
Buenos Aires en 1922 y que enseñó en la Universidad Nacional de Salta entre 1972
y 1976. ¿Por qué recordarlo? Figuras de la historia de la filosofía como un
Kusch no pueden ser recluidas a la clausura de los claustros académicos, a fin
de que los profesionales de esa disciplinada disciplina -permítaseme la
intencional redundancia- administren un acervo dado, en este caso, el de Kusch,
reunido en un corpus de escritos de su obra.
...pues de ese modo, cuasi esotérico, se cumple una función que le conviene a
una cultura vigente, impuesta, según la cual allí, en esos claustros, debe
realizar su tarea la filosofía. Enclaustrada, para que no perturbe el decurso
"normal" del imperio o la llamada "fuerza compulsiva de los hechos" (Franz
Hinkelammert), como el mercado y su sacrosanto e incuestionable y dogmático
"desarrollo", según el bárbaro "compás" del poder financiero. Antes bien,
recordar públicamente a Kusch significa no otra cosa que hacerse cargo de la
incidencia pública de su pensamiento, y en base a la fisonomía con que Kusch
supo redimensionar esta actividad.
Esta última formulación abstracta es necesaria para ubicar y concretar la
intención de este recordatorio que quiere ser público, ya que no conocemos si la
Casa de Estudios salteña donde desarrolló parte de su fecunda y "revolucionaria"
tarea filosófica, se hace eco de este aniversario. Y justo es mencionar en Salta
y, a propósito de Kusch, la Universidad cuyo lema general reza, según se lee en
su escudo, "Mi sabiduría viene de esta tierra", puesto que este pensador fue, en
filosofía, pionero en aprender de "esta tierra" y, al decir de la ya antigua
zamba, en aprender de aquella "tierra que anda/ sombra que canta/memoria de la
semilla/ que en árbol de sangre se levanta", es decir, en aprender de su gente.
Este punto decisivo - aprender de la mujer campesina de Escoipe, de la colla del
mercado del Altiplano de Bolivia, de un criollo correntino en un bar de Buenos
Aires, de la fuerza de una fiesta en una chichería de Oruro, de la belleza de
una niña con labios leporinos, Julia, de Ollantaytambo, Perú, que corretea entre
las ruinas, del indio Quispe, entre tantas otras personas y grupos humanos del
contexto "nuestroamericano"-, este aprendizaje contextual de su y nuestra
"América profunda", título de una de sus principales obras, representa lo
revolucionario de un compromiso filosófico que no se resguarda bajo el alero
protector de "la sutil burocratización del saber que se realiza en nuestras
aulas universitarias" como resultado de "las perezosas mentiras que hemos
cultivado sobre nuestra realidad", tal cual Kusch mismo escribía ya hace 55 años
Salir, recorrer, callar y escuchar, aprender, siempre aprender de la sabiduría
que viene de esta tierra, ése es el legado central de la obra y la vida de este
autodenominado "gringo entrometido" que fue Kusch y que de ese modo, cumplió una
función des-disciplinadora de un filosofar que se ha "normalizado" bajo cánones
aún sostenidos como entelequia descomprometida respecto de su contexto y, por
ello, desertificante de aquella sabiduría.
Kusch revoluciona el milenario prejuicio filosófico de que el pueblo no piensa,
y que se corresponde con la fe racional, según la cual los "profesionales" de la
sofisticación filosófica son aquéllos a quienes cabe ejercer el control del
pensamiento humano mediante su tecnología discursiva, "secuestrando" de ese modo
el "derecho a pensar con la propia cabeza" que, sin embargo, la más original
tradición filosófica occidental, aprendida de aquella maestra olvidada de un
Sócrates, nada menos, Aspacia de Mileto, ha hecho sentido de su praxis.
Este rememorar público a Kusch es también un imperativo de una filosofía que se
complica con su contexto, insistimos, no para hacer de este pensador una pieza
de museo para que "escolares" dogmáticos tengan en qué entretenerse con sus
investigaciones académicas, sino para recrear el propio pensar desde el
compromiso con "la marcha del pueblo, y no" con "su detención" y que debe contar
con y "sufrir, quiera o no, el peso del mito" con el que ese pueblo resuelve su
existencia, como enseñaba en la Universidad pública salteña hacia mediados de
los años 70.
Esta tarea sapiencial no sólo fue encarada audazmente por Kusch, sino que, justo
como ingrediente de este rememorar, ha de ser asumida por un hacer filosófico
que, desde ese compromiso y ese "pathos" o, mejor, "syn-pathos", es decir,
simpatía con el "mito popular", se pone al servicio de la necesaria
transformación de todo el contexto histórico de opresión, de asalto del capital
mundial complicado con la corruptela política vernácula nacional y local, que
arrinconan al pueblo a la anomía, a la desarticulación existencial y social y a
su global sometimiento deshumanizante, para poner por encima de sus derechos a
los supuestos "derechos" de la empresa, de las finanzas, en síntesis, imponer,
incluso con la violencia de reciclado genocidio, la civilización totalitaria del
"pillaje del planeta" (Ernesto Cardenal).
Se trata de hacerse cargo de una tradición filosófica que se arroja a las arenas
movedizas "de" lo popular, "para" lo popular, a fin de recomponer la textura
comunitaria basada en la justicia y la reposición de lo que se le enajenó
materialmente al pueblo, empezando por la tierra y, como el mismo Kusch
indicaba, sin temor a "los agentes del miedo que quieran impedirlo". Ante las
celebraciones de los bicentenarios de las repúblicas de Abia Yala (el "nombre
propio" de América), urge cargar con ese propósito, lejano a toda erudición
prescindente, para que la colonia no sea un reciclado moderno de neocolonialismo
de muerte, mediante todas las expoliaciones al pueblo, empezando por su
reconocimiento como partícipe necesario en la determinación del sentido
histórico de nuestras comunidades políticas plurinacionales, como bien se
autodenomina hoy el Estado de Ecuador según su recientemente sancionada
Constitución de octubre del 2008.
Por haber asumido Kusch lo indígena con todas sus consecuencias reflexivas, por
haberse puesto a la escucha del "otro" cotidiano, posponiendo al "profesor", por
haberse echado a andar a la práctica filosófica por los derroteros de los
símbolos y ritos populares, a través de los variados usos populares y de las
ambigüedades de su palabra y tras el rumbeo del sentido profundo de la
indigencia humana constitutiva, representa en la historia abiayalense del pensar
un hito que, sin embargo, ha sido denostado y, más grave aún, olvidado de
intención desde la plácida infecundidad filosófica "oficial". Pero Kusch sigue
despertando el interés no sólo en Argentina y todo Abia Yala: para dar un dato,
el próximo año 2010 será editada en Estado Unidos una traducción al inglés
norteamericano de esa otra central obra suya, El pensamiento indígena y popular
en América; o, en Quito, donde Walter Mignolo acaba de dictar un seminario para
doctorandos de diversos países abiayalenses, y en el cual trabajó horas y horas
textos kuscheanos de Geocultura del hombre americano. También en búsquedas
interdisciplinarias europeas, como en el Centre de Philosophie du Droit (CPDR)
de la Université Catholique de Louvain, Bélgica, donde, por la presencia de un
doctorando chileno que escribe su tesis sobre Kusch, se están abriendo
perspectivas a la superación de bloqueos históricos frente a la necesaria
participación comunitaria en el espacio público desde la génesis crítica de sus
originales categorías; por ejemplo, en la fecundidad de la "lógica de la
negación" que Kusch desentraña en el pensamiento popular, puesto que éste, en un
silencio crítico y activo -no siempre "el que calla, otorga"; a menudo se calla,
precisamente como signo de rechazo o no aceptación- espera el tiempo o la hora
en la cual la famosa y tan llevada y traída "diversidad" tenga lugar real como
interculturalidad, no sólo de manera declamada o publicitada, sino también en lo
comunitario, en lo político, en lo educativo, en lo religioso, etc.
Para terminar, la pregunta que se impone es si en los ámbitos donde se proclama
que la "sabiduría viene de esta tierra" se pone en práctica esa "alimentación"
sapiencial real ante una tierra asolada, entre otros, por bucaneros como los de
las minerías a cielo abierto con su estela de destrucción y muerte o se está en
la "científica" complicidad con el poder que traza "el mapa del emperador" (de
nuevo, Franz Hinkelammert), que es el mapa del sometimiento y la disolución. Por
todo ello y, seguro que por muchos otros motivos, como por su pensar
existencialmente intercultural, por su humilde y acendrada capacidad de
auscultar las profundidades humanas en mujeres, niños y hombres que pueblan
"nuestra tierra" y se levantan en ella como culturas y, por ello, filosofías con
derechos paritarios justo por las diferencias, por encontrar en esos hondones
los cauces y posibilidades reales de recomponer la convivencia, por haber
abierto picadas en la búsqueda filosófica liberadora de los miedos coloniales
interiorizados en las clases llamadas cultas para hacerse cargo de su condición
"abiayalense", ("por más blancos e inmigrantes que seamos"; "nosotros mismos
somos indio, pueblo, gente, aunque pensemos ser alguien", escribe Kusch), por
todo ello, es necesario rememorar a Rodolfo Kusch y su diversificada obra, de
primera línea en el nuestro contexto filosófico y concretada en un sinnúmero de
artículos, libros como, entre los mencionados, La seducción de la barbarie.
Análisis herético de un continente mestizo, La negación en el pensamiento
popular, Esbozo de una antropología filosófica latinoamericana, obras de teatro,
charlas radiales, seminarios, etc., y reunida encomiablemente hoy en los cuatro
tomos de unas Obras Completas, que podrían ser reeditadas con importantes
mejoras.
Fuente: www.bolpress.com/art.php?Cod=200910060

Vigencia
de Rodolfo Kusch
Por Pablo Cingolani *
Hay historias que merecen ser contadas. Digo bien contadas y no solamente
escritas. Contadas -imaginándome la complicidad de un fuego en una noche
estrellada-, como si se tratase de uno más de esos cuentos y esas leyendas que
nutren nuestro acervo, nuestra cultura y nuestra manera de ser y de pensar y que
fueron transmitidos así: de persona a persona, rasgando el silencio del tiempo,
llenando el espacio de intuiciones certeras y enseñanzas valiosas,
desmitificando a la muerte. Ojalá que así sea con esta historia.
* * *
La historia es sencilla como el pan y terrible como el rayo, por eso está
cargada de coraje y esperanza. El 30 de septiembre de 1979 murió Rodolfo Kusch.
Sucedió en Buenos Aires, en una ciudad y un país sacudidos como nunca por el
terror de Estado. Kusch murió como él mismo, de alguna manera, había vaticinado
en sus escritos ?tal vez, la obra filosófica más conmovedora con relación al
pensamiento popular americano: como un perseguido, devorado por una enfermedad
que es muy probable contrajera por la tristeza por ese clima de horror impuesto
y que lo obligó a dejar el sitio que él había elegido para exiliarse: Maimará,
una pequeña población indígena situada en el corazón de la quebrada de Humahuaca
y de la Argentina andina, coya y olvidada hasta por los verdugos, y donde Kusch
se estaba, cumpliendo también, palabra por palabra, con la hondura y el
compromiso que propusieron sus reflexiones.
Tuvo que volverse a esa ciudad, a la que amó y aborreció por igual, tan sólo
para morirse. Ya su periplo existencial y la coherencia con sus propias
visiones, lo había llevado a habitar en ese país profundo que es el norte
argentino donde hablar de pueblo es hablar de indio, hasta hoy. Allí, en medio
de los avatares y las tensiones del tercer gobierno peronista (el último del
General Perón), sintió que los sueños podían volverse realidad, como nunca
antes. Pero la historia es cruel y en 1976 sucedió lo inevitable: fue expulsado
por subversivo de sus cátedras en la Universidad de Salta.
Su familia y algunos amigos cercanos trataron de convencerlo pero Kusch eligió
el amparo de la tierra y de su gente, de "esos hombres pequeños, sucios y
tiernos, vencedores del tiempo, hombres de heridas ancestrales, de coplas y de
bagualas desgarradas, hombres muy pobres y sencillos", de la gente que había
compartido con él sus saberes y sus memorias a lo largo de tres décadas. Por
eso, eligió Maimará y allí, él mismo se volvió "muy pobre y muy sencillo" y para
subsistir, vendía sándwiches de milanesa en la estación ferroviaria del pueblo.
"Ucamau mundajja", "el mundo es así" ?debió pensar Rodolfo, más conciente que
nunca que había que intentar abstenerse de explicar las causas ?así fuera el
oprobio y la infamia más inaudita que vivió la Argentina en el siglo XX-, tratar
de abandonar la impaciencia y aceptar la realidad en su verdadera constitución.
Allí, habitando el misterio, le sucedió "el milagro de estar, antes de ser", un
misterio que compartió con los habitantes de las altipampas y los valles
milenarios, esa "área no pensada e imposible de pensar. El silencio en suma y
detrás del silencio quizá un símbolo: quizá los dedos de la divinidad, la misma
que estuvo arrugando los cerros: una vida realmente en común, la mía, la del
viejito y la de la puna, y todos en silencio", como había escrito en un texto
precioso que puede encontrarse en Internet. (1)
Kusch había elegido el más transparente y arduo de los caminos: el camino del
corazón. El mundo es así. El mundo debería ser así.
* * *
Ese 79 del horror, a cincuenta kilómetros de distancia, un hombre no sabía ?no
podía saberlo pero después lo supo- que Kusch se estaba muriendo. Si lo hubiera
sabido, de seguro, se hubiese acercado a su amigo y su maestro para darle un
abrazo y decirle un hasta luego.
Pero no pudo: estaba preso, esas causas de las cuales es tan difícil abstenerse
?la injusticia y querer remediarla a toda prisa, a los tiros, con pura fe, a
ciegas como un guerrero que avanza en medio de la oscuridad y los otros, los que
se oponen a ello- lo habían conducido a perder la libertad; los militares
argentinos lo habían encarcelado por su militancia revolucionaria en una prisión
de la ciudad de La Plata, a un paso de Buenos Aires y tan lejos de todo.
Aislado de manera absoluta, Jorge Rulli no sabía ?no podía saber- que sucedía
afuera, que sucedía en un país que se desangraba a sangre y fuego y con él,
todos los compañeros.
Pero, a veces sucede, ese es parte del milagro del estar siendo: un carcelero
dejó caer una hoja de periódico en las profundidades de las mazmorras y fue
recogerla y leer que Kusch estaba muerto.
Años después, el mismo Rulli rememoró sus sentimientos: "Me enteré de su muerte
por los diarios, en el penal de La Plata, donde desde hacía un año, en tres
metros cuadrados sin ventana y con meadero incluido, convivía yo con un
compañero salteño totalmente extraviado. No tuve con quien llorar mi dolor ese
día sino con el pobre loco que se balanceaba murmurando sonsonetes
indescifrables. Había llegado yo a lo hondo de esa indigencia del existir de que
Kusch me hablara tantas veces. Había conocido todos los horrores y los espantos
del Poder desnudo, que no es sino la otra cara del racionalismo europeo
transplantado. En la miseria sin límites de mi pobre condición humana, en mi
cuerpo torturado y en la ropa hedionda a sudor y a vómitos que vestía, había
hecho ese periplo atroz del indio americano, desde la incertidumbre y el
desasosiego total de la existencia hacia la propia conciencia, hacía el sí
mismo, hacia la luz y el redescubrimiento de los dioses que desde lo alto guían
los caminos de América". (2)
Rulli permaneció cautivo más de una década y sobrevivió para contarlo. 30.000
argentinos no lo lograron: fueron aniquilados.
* * *
Ya han pasado 25 y más años de esta historia: la de Kusch, la de Rulli, la de
los pueblos indígenas, la de nuestros pueblos, la de todos nosotros. Tal vez, lo
más importante hoy es preguntarse ?en homenaje a esta memoria- si está vigente
como horizonte, como "ese amanecer americano tan ansiado"; si lo indagado y si
lo compartido por un hombre excepcional como Kusch; si esos saberes de la
cultura andina pueden servir de referentes viables en el presente, no sólo como
parte de la definición de un proyecto colectivo sino como parte medular de las
definiciones de proyectos de vida para cada uno de nosotros.
Viendo descarnadamente la terrible experiencia del pasado ?una juventud
inmolada, "arrebatada por los grandes sueños, pero éstos se cubrían de ropajes
"occidentalizados" que terminaron encegueciéndonos, porque dejamos de ser
nosotros mismos", y viendo la paulatina y apremiante destrucción de la biosfera
por parte de un poder hegemónico irresponsable y de una crueldad que creíamos
desconocida (pensemos, tan solo, en Hiroshima o en Irak), la respuesta es, más
que nunca: Sí.
Sí, porque como jamás en la historia humana, es preciso aunar esfuerzos por
volver a reencantar al mundo, a la vida, a nuestras relaciones con el cosmos y
con la comunidad que, para los saberes andinos, son lo mismo.
La brega es por un nuevo paradigma que haga de la diversidad, la base de una
reconstrucción nacional renovada, posible y necesaria para cada uno de nuestros
países, y de la dimensión lúdica y festiva de la existencia, el perrequisito
inevitable de nuestras vidas: esa es la opción, la única, de los que deseen
hacer una elección definitiva por América, por nuestro hogar común, por nuestro
lugar en el mundo, y por nuestros pueblos.
Veinte años de instrumentación e imposición abierta o encubierta del
neoliberalismo en este continente han conducido al agotamiento del capitalismo
como razón de ser excluyente de nuestra organización social. Se ha demostrado
insostenible no por motivos ideológicos sino prácticos: es un fracaso sin mengua
que, cada vez, nos lleva más cerca a nuevos abismos de la existencia, a mayor
dolor y a mayores desgracias sociales.
Como contrapartida y signo de los tiempos ?y esa es la luz al final del túnel,
al decir de Kusch, de nuestra impaciencia ciudadana- existe un vigoroso
movimiento indígena que sacude los Andes, con el mismo espíritu y las mismas
esencias del Taqi Onkoy, la Sublevación General del siglo XVIII o la rebelión de
los Willcas.
Esos son hoy los caminos de América, esos que empiezan "cuando se viaja desde
Abra Pampa hacia el Oeste", o hacia cualquier dirección desde la apacheta porque
la América profunda ?india, negra, mestiza, popular- es una sola, allí donde se
encuentre.
Ese camino es el camino del corazón, ese que eligió ese pensador insobornable
que fue Rodolfo Kusch cuando eligió Maimará, su puna, su gente y su silencio.
Notas
(1) El texto se titula Cuando se viaja desde Abra Pampa y fue un artículo
publicado por primera vez en San Salvador de Jujuy, el 25 de junio de 1988, en
edición supervisada por Salma Haidar.
(2) Jorge Rulli: En memoria. S/e, s/f. Las demás citas pertenecen al mismo
texto, salvo la última que es de Kusch, op.cit
* Historiador, periodista, explorador. Nació en Buenos Aires, Argentina, en
1963. Reside en La Paz, Bolivia, desde 1987. Como historiador, realizó estudios
sobre los derechos argentinos sobre las islas Malvinas y los problemas de
tierras en la puna de Jujuy, la explotación cauchera en la Amazonía y la
historia minera de Los Lípez potosinos.
Trabajó como redactor y colaborador en una docena de medios gráficos de La Paz y
sus artículos también se publican en medios de Argentina, Chile, Ecuador y
España. En video, dirigió con Gastón Ugalde ?Imagina Bolivia? y la primera serie
de documentales sobre áreas protegidas. Encabezó expediciones ecohistóricas
desde 1980, explorando, entre otras, la región de Iruya-Baritú, Cumbres
Calchaquíes y la puna jujeña en Argentina, el desierto de Atacama en Chile y
casi todos los parques nacionales de Bolivia, en especial en Lípez, Chaco y
Amazonía. Creador de la Expedición Madidi que ya realizó 4 versiones a distintos
sectores poco explorados del parque del mismo nombre y declarada de "interés
nacional" por el congreso boliviano.
Fuente: www.bolpress.com/art.php?Cod=2002085172

La América profunda de Rodolfo Kusch
Por Carlos Martínez Sarasola
La recuperación del pensamiento indígena.
Una tarde de 1970, en un aula de la Facultad de Filosofía y Letras, conocí a
Rodolfo Kusch. Yo era por entonces estudiante de la carrera de an-tropología.
Alguien me invitó a escuchar las palabras de “un antropólogo que trabajaba en el
norte”. Me encontré sentados alrededor de una mesa a un muy reducido grupo de
estudiantes que dialogaba con un hombre flaco, de bigotes y anteojos que hablaba
con entusiasmo de sus experiencias con los quechuas y aymaras de Perú, Bolivia y
el norte de la Argentina. Me sorprendió esa presencia extraña, que hablaba con
pasión, que transmitía con humildad su contacto con los indios y que hablaba de
la particular forma de pensar de la gente originaria del altiplano.
Fue un encuentro breve, pero impactante. Ese hombre sabía del mundo profundo de
los indígenas, lo respetaba, lo valoraba. Vivía en él.
Buceaba en él. Volví a verlo cinco años más tarde, cuando ambos éramos docentes
en la Universidad Nacional de Salta. Compartí entonces el ámbito académico y
algunos inolvidables trabajos de campo en la Puna salteña, en un lugar mágico a
tres mil metros de altura: Santa Rosa de Tastil. Todo fue por muy poco tiempo,
pero me alcanzó para ratificar su sabiduría y su talento que no dejaba de
acompañar con su extraordinaria humildad. La tormenta de los años de plomo ya se
avecinaba sin remedio, y él parecía adivinar el triste futuro, lo que lo llevó
posiblemente a dejar este mundo cuando estaba en su plenitud, en 1979. Tenía 57
años.
Un apasionado de América
La obra de Kusch es el esfuerzo de un original filósofo-antropólogo por
contactar con la esencia de América. Esa esencia que el define como el hedor
americano, en una actitud desafiante hacia los prejuicios de ciertos sectores de
nuestra sociedad que ven en las raices americanas algo nauseabundo. Kusch
rastrea en el sentido positivo de “ese presunto hedor” por oposición a la
pulcritud ficticia del hombre urbano.
Conocedor consumado de Heidegger, Lévi-Strauss, Jung ó Eliade, en los campos de
la filosofía, la antropología, la psicología ó la historia de las religiones,
recupera sin embargo a los autores americanos como el mejicano Miguel León
Portilla, especialista en filosofía nahuatl, al chileno Félix Schwartzmann ó a
las fuentes todavía más antiguas como el cronista indio Juan Santa Cruz
Pachacuti, de las inmediaciones del Cuzco y sabio conocedor de la cosmovisión
incaica. Kusch plantea una “decisión cultural” por lo americano.
Un eje de su pensamiento ha sido el concepto de estar entre los indígenas, opuesto al de ser alguien de los occidentales. Kusch encuentra que el término más cercano a la forma de vida india es utcatcha, que se traduciría en “estar sentado”, en el sentido filosófico de domicilio, de sentirse amparado en el mundo (Haber, 1978:50). El vinculaba al sistema productivo incaico con la idea de una auténtica “economía de amparo”. El hombre occidental soluciona sus males trabajando sobre la realidad exterior, por el lado de afuera. Por el contrario, el indígena está incluido en la totalidad del universo y cualquier desajuste debe ser restaurado con el equilibrio interno de esa totalidad, a través del ritual.
Para los que pensamos que se vive una época de convergencias entre la sabiduría de las culturas originarias de América y el nuevo pensamiento occidental, Kusch fue un precursor: indagó en las profundidades del mundo andino y vió lo que hay en nosotros como occidentales. Planteó las diferencias y las oposiciones, pero también los posibles caminos de encuentro y confluencias.
Kusch no tiene aún el lugar que merece en los ámbitos académicos, de pensamiento
y reflexión. Pueden existir varias razones para ello, desde su pública
inclinación política hasta su carácter de pensador transgresor, pero más bién
creo que la antropología ó la filosofia local no han todavía incursionado a
fondo por las dimensiones americanas en que Kusch navegaba. Es necesario sí
reconocer que existen algunas excepciones a esta actitud, como la tarea del
Centro de Estudios Latinoamericanos dirigido por Graciela Maturo y Eduardo A.
Azcuy, el que realizó una gran tarea de recuperación y difusión del pensamiento
kuschiano.
El decía que el país antes que nada es una “labor interior” y creo que realizó
con creces su propia labor. Vivió como pensó. Eso era típico en él. Su último
hogar fue Maimará, un pueblo a 80 km. de San Salvador de Jujuy. Allí se dio
cuenta del milagro de haber saltado las fronteras que uno mismo se crea. En ese
lugar se percató también de la posibilidad de ir hacia las otras fronteras, como
aquellas de las montañas que tenía frente a su ventana. El sabía que si lograba
cruzarlas alguna vez, e ir del otro lado, encontraría, como los héroes de muchos
mitos americanos, “toda la vida, esa, que aún no se ha desprendido de los dedos
divinos”.
Guía básica para leer a Kusch
Según una compilación editada por F.García Cambeiro en 1989 (Kusch y el pensar
desde America) entre artículos y libros su obra suma más de setenta títulos. Es
imposible pasar revista a todos, por lo que tuve que seleccionar -y como siempre
ocurre en estos casos, con un dejo de arbitrariedad- los que considero centrales
en el pensamiento del autor, que no dejó de incursionar en áreas como el arte,
la estética y la dramaturgia.
En 1953 Raigal publica La seducción de la barbarie (análisis herético de un
continente mestizo) un importante conjunto de ensayos sobre el carácter dual de
América y una mirada desde la intuición del paisaje.
Hachette edita en 1962 una de las obras capitales de Kusch: América Profunda,
reeditada por Bonum (1975) y posteriormente por la Editorial Fundación Ross.
Este libro nos habla de la fuerte presencia del alma americana, a través de una
acabada investigación de la cosmovisión andina. Es aquí donde Kusch desarrolla
la relación entre el ser ó ser alguien de Occidente y el estar, propio de los
indígenas, como raices profundas de la mentalidad mestiza.
Indios, Porteños y Dioses (Stilcograf, 1966), es un excelente compendio de sus
viajes por el continente y una original explicación de las zonas de encuentro
entre occidentales e indígenas, basadas en una concepción más totalizadora del
hombre. De la mala vida porteña (Peña Lillo, 1966) explora la presencia del
pensamiento indígena en Buenos Aires.
El Pensamiento Indígena y Popular en América (ICA, 1973; 1ra edición en México,
1970), es otra de sus obras cumbre, y constituye una propuesta de profundización
del modo de concebir la realidad por parte de los indígenas y sus implicancias
para la comprensión de los problemas americanos.
Geocultura del Hombre Americano (F.García Cambeiro, 1976) es un llamado a vencer
el miedo de ser nosotros mismos, recuperando el sentido de nuestra identidad
americana. Su último libro Esbozo de una Antropología Filosofica Americana
(Castañeda, 1978), indaga en la definición de lo humano en América, para lo que
se requiere apenas asumir toda “la paradoja del vivir mismo, pero también toda
su sacralidad”.
Muchos de estos trabajos son hoy casi imposibles de encontrar en sus ediciones
originales. Pero hay una excelente noticia: la Editorial Fundación Ross de
Rosario acaba de lanzar una edición con las Obras Completas en dos tomos (2000)
lo cual es no solo un aporte invalorable a la difusión del pensamiento de Kusch
sino un justo homenaje a este pensador fundamental de nuestra “América
Profunda”.
Fuente: www.desdeamerica.org.ar/pdf/texto8_ind.htm

Ecos de la América mítica de Rodolfo Kusch
Por Esteban Lerardo
Rodolfo Kusch se sumergió en el mundo del simbolismo incaico. Intentó comprender
la religiosidad quechua como una sustantiva cosmovisión. Aquí nos adentramos
sólo en algunos pliegues de esta interpretación. El artículo es fundamentalmente
exegético, pero con una tendencia poética. Fue escrito originalmente para su
edición en la Revista Diaporias, publicación de la Facultad de Ciencias Sociales
de la Universidad de Buenos Aires.
Y, a pesar de todo, el hombre persiste en su condición biológica de mamífero. Es
animal que piensa. Arde en tejidos de signos y palabras. Se mueve con los
molinos de su conciencia. Y nada en océanos de historia, en la dispersión de
objetos y creencias particulares.
Y niega.
Niega el origen animal de su cuerpo; niega el temor frente a una realidad
extraña previa a sus pisadas. El Occidente burgués es la falsa religión que
sustituye lo real incomprensible por la certeza de la creación de objetos,
manufacturas redituables que ruedan en mercados, y sujetos o "ciudadanos" que
devienen seres funcionales y cosificados. El imperium de la filosofía burguesa
que se inicia con el origen de los primeros burgos o ciudades-mercados
medievales resume en sí la casi completa variedad calidoscopica de la violencia.
La violencia de su usurpación del tiempo y el cuerpo; el alud violento del
mercado que ignora el hervor vital del aire, el fuego, el cielo y la tierra; la
violencia que niega las condiciones sociales para la cristalización de una
libertad real.
En contraposición a lo europeo burgués, lo indígena sabe de un mundo previo a
los rigores coactivos del mercado y el capital.
El pensador argentino Rodolfo Kusch también lo sabe (1). Y camina entre coros
ásperos de viento en el norte, en el altiplano peruano, o en las provincias
argentinas de Salta y Jujuy. Allí, el caminar que se hunde en el suelo árido, es
pensar de una impregnación; un pensar de collares de conceptos de origen europeo
que ahora admiten sutiles hendiduras por donde fluya la savia de una cosmovisión
arcaica, pre-moderna. Kusch aleja de sí los collares de categorías barnizadas
por la filosofía occidental (desde Platón y Aristóteles hasta Hegel y Kant;
desde Plotino y los estoicos hasta Heidegger y Marx), y los sumerge en el
torrente húmedo del pensar aymará, quechua, inca. En su América Profunda, el
pensador, con antelación a su condición de sujeto discursivo, es emoción y
empatía, es intelecto que se arroja. Arrojo o salto de la intelectualidad no
hacia una nueva cima del logos, sino duro salto descendente, caída hacia un
extraño cauce, lecho, hondura, no europea.
En un momento esencial de su salto al lecho incaico, Kusch acomete la
recuperación de un documento-diamante olvidado, soterrado en el flujo histórico.
Exhuma o rescata, a la manera del historiador-archivista foucoltiano. El autor
de La Historia de la locura (2) rescata documentos u obras antes excluidas de la
memoria histórica. Recupera La nave de los locos, obra que expresa, como una
diáfana epifanía, el sentido del ser loco en el Renacimiento. Kusch cristaliza
un movimiento semejante al auscultar el manuscrito del indio Juan Santa Cruz
Pachacuti yamqui Salcamayhua (3). El inca olvidado transcribe himnos al dios
Viracocha y plasma un dibujo que oficia de visual síntesis simbólica del
universo incaico. En un himno que destina al papel, el Yamqui (y también Guaman
Poman y Cristóbal Molina), afirma que el mundo es un "hervidero espantoso" (manchay
ttemyocpa), opuesto al Viracocha que es grande (hatun), el señor (apu), el
superior y primero (caylla). Viracocha ordena el mundo a través de un emisario:
Wiracochan o Tunupa. La divinidad se mantiene alejada del mundo y sus tendencias
caóticas. La creación de la divinidad incaica no es plena emanación del espacio
de lo viviente sino una donación o transferencia de sentido al círculo (muyu) de
la existencia. Así, "crear el mundo es, en verdad, darle sentido. El mundo no
existe mientras sea un puro caos...Recién cuando el dios marcha sobre el mundo
éste es creado porque adquiere sentido y, ante todo, un significado y una
utilidad" (4).
El dios que otorga sentido pero que no se confunde con el mundo ordenado es "el
sol del sol". Invocar a ese dios, a la vez retirado y ausente y presencia que
ordena, exige que el hombre incaico lo invoque a fin de conjurar su posible ira,
su potencia destructiva. La tormenta de la destrucción divina puede rugir como
terremoto, sequía, inundación, aludes y enfermedades. El miedo visceral, la
profunda angustia ante el enojo arrasador que se despeña desde lo alto, impele
al inca a rogar la riqueza y fertilidad del dios mediante el ayuno, la oración y
el rito. Viracocha es el fundamentalmente rico (ficci capac); es el que puede
obsequiar la abundancia del fruto, para que éste luego se distribuya por igual
en el tejido de la comunidad y de una economía de amparo (5). El rico dios
también protegerá la salud del varón y la mujer y el poder creador de la cópula
pues la divinidad es varón y mujer (cay cari cachon cay warmi cachon).
Pero la riqueza del dios dual, andrógino, no promete o dona al hombre un ser de
plenitud, siempre disponible, una fuente que obra una constante florecer del
árbol de la vida. Por el contrario, en el mundo de abajo, en el cay pacha, la
divinidad nunca es eclosión de una eternidad de promisión. Lo eterno en quechua
es huiñay pacha, la eternidad como crecimiento, no como luminosa radiación
continua. La eternidad que crece alude aquí a un inevitable decrecer, gastarse,
consumirse, como "se gasta la virtud mágica de que se cargan los santos
haciéndoles escuchar misa, se gasta al alma humana con las vicisitudes de la
vida, y hasta se gasta la persona buena haciendo obras buenas" (6). El continuo
gastarse de la vida y de la propia eternidad divina que vivifica crean una
continua actitud ritual, una persistente veneración e invocación al dios para
que éste propicie un nuevo crecimiento y abundancia de los frutos.
En este universo arcaico la vida es acecho del caos y la ira y peligro del
desgaste. Pero también es certeza de un dios ordenador y regenerador. Esta
experiencia vital configura lo que Kusch llama el estar (cay) incaico. (7)
El estar es una actitud existencial por la que el inca permanece próximo a la
ebullición divina de la realidad. Nunca olvida la posible ira del dios, y
tampoco nunca decrece su confianza en el conjuro y las fuerzas mágicas. El estar
del quechua es, a un mismo tiempo, abertura a la impronta sacra de la materia, a
la secreta voluntad divina que anida en cada fibra del tiempo, al mito como
epifanía o revelación narrativa de los orígenes de la vida y como generador de
un modelo ético que enseña la acción correcta para permanecer dentro de un orden
sagrado. Por el contrario, el europeo se abroquela, encierra, en lo ficcional y
sustitutivo. El sujeto de la modernidad racionalista no resuena ya dentro del
magma sacro y primario del existir. En el Occidente moderno lo real es imagen
mental de un sujeto técnico y racional proyectada sobre las cosas. El burgués
occidental respira el pathos del ser alguien. El ser alguien es construcción
sobre un vacío inicial (libre de un meta-ser divino anterior al humano); el ser
alguien es actitud de expansión y control del espacio. Esta fuerza dominadora se
expresa mediante la producción de objetos que aferrar, atesorar, manipular. La
plasmación del ser alguien demanda la erección de las murallas de la ciudad. La
vasta urbe moderna como forma de negación y escape del miedo originario que
suscita en el mamífero que piensa las potencias desmesuradas e incontrolables de
la naturaleza.
La ciudad es el gran refugio. Es la fortaleza de almenas radiantes donde no se
perciben las texturas turbulentas y misteriosas del espacio.
En su anhelo de ser alguien, el mamífero occidental niega el espacio como fuerza
sagrada. Lo extenso, lo espacial es así un "lugar vacío donde conversamos y
convivimos con los vecinos, para lo cual ponemos muebles, o sea, las cosas que
hemos creado para estar cómodos en el mundo. Y la ciudad crea esa posibilidad,
por eso ella es un patio de los objetos "(8).
La urbe es patio de los objetos, es "ciudad-patio", en la que el hombre
occidental abriga "el secreto afán de convertir a todo el espacio que lo rodea
en una ciudad total" (9).
La urbe-objeto-patio, a su vez, nace sin rito de fundación, sin deseo de
integrar la morada humana a un orden trascendente. Las ciudades americanas se
erigen sobre las costas y las llanuras que se muestran sin esquinas en
penumbras, sin meandros intransitables. Lo llano puede ser recorrido por el
caballo y la rueda; es tierra que el ojo puede apropiarse en un solo acto de la
mirada. En cambio, el quechua se agazapa en la meseta, el altiplano, la
geografía de estribaciones rocosas, de pliegues montañosos. Territorio de
defensa mediante el pucará y de mayor elevación que asegura una mayor proximidad
del dios al que se le debe orar (10).
En el mundo antiguo, toda ciudad nace de un rito. Los romanos fundan nuevas
ciudades a través de la noción de mundus. La urbe debe nacer abierta, integrada
a las fuerzas celestes y telúricas, a las voces protectoras de los antepasados.
La ciudad debe poseer un nombre secreto que asegure su filiación o lazo
mágico-religioso con un dios benefactor. La ciudad es, al menos en términos
ideales, ciudad-altar, casa preñada de cielo y tierra; no ciudad-patio, casa sin
mundo de agua y fuego, sin la música de los elementos y los dioses.
La ciudad americana que el europeo construye no respira entonces dentro del
cercano aliento del dios. Este modelo de urbe es la consecuencia de lo que
Héctor Murena llama "el campamento"(11). Empeñado en su "fiebre del oro", el
conquistador hispano explora, viaja, sojuzga, es mirada atenta, ávida de hallar
el fulgor dorado. Es nómada hechizado por el metal salvador. Los primeros
europeos en América son un constante desplazarse hacia el oro redentor. Son el
no permanecer, con labios implorantes, en la tierra de grietas divinas. El
español sólo pasa, roza. Arma y desmonta campamentos. Que exigen rapidez y
prescindencia de toda invocación de fuerzas divinas bienhechoras.
La ciudad colonial indiana es heredera del campamento errante de la era de la
conquista. La urbe colonial es una consecuencia inevitable de la necesidad de
centros de fuerzas políticas y económicas desde los que aprisionar un
territorio. La ciudad-campamento mureniana y la ciudad-patio de Kusch esclarecen
un mismo ámbito: la existencia del mamífero humano que ignora la naturaleza
divina, iracunda, ingobernable, extraña y de espesura enigmática. Que sólo puede
ser conjurada.
El Occidente moderno niega el verbo divino de furia y abundancia. Así, por la
ciudad, el espacio se ordena y fatalmente se extirpa de zozobra y misterio. Pero
la domesticación del espacio necesita también de un imperialismo de la expresión
gramatical. Para la mentalidad moderna y europea, lo real sólo es expresable
mediante encadenamientos de partículas lingüísticas, de sujetos, verbos y
predicados. Lo que es sólo se expresa mediante una cohesión gramatical que
requiere la sucesión ordenada de significados. Pero el mundo sagrado del
aborigen antecede a toda gramática. Antes de la exigencia de la expresión
gramatical, el mundo ya es el bosque embadurnado de sol y viento; el mundo ya es
telares versátiles de nubes o cabrilleos de luces de rocas empapadas.
La realidad que es al margen de la cohesión gramatical se expresa no por el
juicio o la proposición inteligible sino por el grito o estallido. En La
tragedia de Atahualpa, un drama quechua anónimo (12) el padre Valverde entrega
una Biblia a Atahualpa. El emperador incaico se la devuelve luego de asegurarle
que el libro "no le dice absolutamente nada". El inca esperaba que el signo del
dios nuevo y desconocido fuera igual o superior a los de Viracocha. Por tanto,
esperaba que el libro hablara a través de una voz estruendosa, de un sonido
explosivo como el trueno. En una percepción arcaica del mundo, lo real se
expresa no mediante la cohesión gramatical sino a través de la liberación de
fuerzas. Por eso, en muchas mitologías, el trueno es el decir supremo del dios;
es expresión plena del ser. Se expresa así la physis por la materia rugiente.
Estallidos y resonancias expresan antes que juicios y ordenamientos
gramaticales. La no escucha de aquel lenguaje en el mamífero humano de Occidente
determina la pérdida de la "prolongación umbilical con la piedra y el árbol"
(13). El sujeto de la ciudad-patio sólo habla y dice por la gramática. No
entiende ni escucha el estallar de las fuerzas ambientales. Escuchar el dios que
estalla en el trueno es saber que el centro humano no puede sustituir el
enigmático centro del ser que inventa la tormenta y su rugido.
Y el olvido de las fuerzas del espacio se funde con el olvidar la escucha del
misterio del propio cuerpo. No solemos meditar en el cuerpo y su origen no del
todo comprendido. Y poco atendemos al vínculo de nuestros órganos con el agua.
Olvidamos que buena parte de nuestro ser corpóreo está hecha del elemento agua.
No advertimos que el cuerpo es una voz que estalla y dice. Pero su estallar no
es el trueno estentóreo del dios celeste sino el rumor sutil y no percibido del
agua que, como elemento mayoritario, compone nuestra biología. Los rumores de lo
líquido pueden ser el llamado de sirenas que convocan a meditar en el sentido
profundo de la materia y el ser; o pueden ser la caída en la dispersión de la
amplitud marina donde el navegante se pierde y olvida. El mar se hace pequeño
entonces y el navegante del que hablamos olvida la fuerza sagrada y extraña que
vive en las aguas del gran océano. Del gran mar que, muchas veces, se manifiesta
como olas furiosas, como potencia feroz. La ciudad-patio es el pequeño mar, es
el agua que olvida el misterio del cuerpo. Del cuerpo que es agua. Agua
semejante a la del gran mar donde viven la ira y plenitud de algún dios.
Y ya es el momento de escuchar el rumor extraño de mi propia agua. Agua
encerrada en sangre y huesos. Es hora de abandonar el consuelo del discurso y la
explicación y acompañar al hacedor de la América Profunda por un camino, en el
norte. Camino de tierra agrietada y viento. Y pensar con el ritmo de cada huella
y desde los pulmones y la piel saturada del aire que siempre viaja y sopla.
Un farol de llamas paradójicas, que es voz y fuego, trepida en la lejanía. Y
lentamente, aparecen las almas indígenas que piensan, invocan y veneran.
Respiran también en este paraje de sequedad y grietas. Y con el agua de nuestros
cuerpos le confesamos al viento que silba: ¡Qué lejana está la llama que es voz
y fuego".
"Por eso, ya sea tiempo quizá de acercarnos", me susurra luego el pensador de la
América profunda.
Citas:
(1) Gunter Rodolfo Kusch nació en la ciudad de Buenos Aires el 25 de junio de
1922. Completó sus estudios en la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires
en 1948. Desde temprano, abocó sus estudios a los problemas de los aborígenes
americanos, tema al que consagró su existencia. Sus últimos años transcurrieron
en Maimará, en el norte argentino, donde abandonó este tiempo el 30 de
septiembre de 1979. Actualmente se hallan editadas sus obras completas: Rodolfo
Kusch, Obras completas, Editorial Fundación Ross, Tomo I y II, Rosario, 2000.
(2) Ver Michel Foucault, Historia de la locura, V1, México, F.C.E.
(3) En el 1600 el padre de Ávila dio con el yamqui en Cacha, al sur de Cuzco.
Por razones no del todo determinadas, Ávila le pidió al indio un manuscrito. En
este escrito el inca traza un esquema del templo de Coricancha y plasma un mundo
atravesado por un hondo temor a lo divino. Fue publicado por Jiménez de la
Espada con el título de "Relaciones de antigüedades de este Reyno del Perú", en
Tres relaciones de antigüedades peruanas, Madrid, 1879.
(4) Rodolfo Kusch, América profunda, Buenos Aires, Ed. Biblos, p.45.
(5) La economía de amparo incaica se sostiene el principio de la distribución de
alimentos; propensión ésta al bienestar colectivo que contrasta con la "economía
del desamparo" propia de las sociedades capitalistas. Ver R. Kusch, op.cit., pp.
138-140.
(6) R. Kusch, op.cit., p.147.
(7) Ver Ibid., "Definición del mero estar", pp.84-99.
(8) Ver Ibid., pp.112-115.
(9) Ibid., pp.114-115
(10) Ibid., pp.140-143.
(11) Ver la obra del gran ensayista argentino Héctor Murena: El nombre secreto y
otros ensayos, Caracas, Monte Ávila Editores, 1979. También recomendamos La
metáfora y lo sagrado, y Homo atomicus.
(12) R. Kusch, op.cit., p.96.
(13) Ibid., p.114.
Fuente: www.alconet.com.ar/varios/mitologia/leyendas/ecos_de_america_mitica.html

La concepción de la filosofía en Rodolfo Kusch
Por Rodrigo Miguel Benvenuto
1. LA COTIDIANEIDAD COMO PUNTO DE PARTIDA
Trataremos de analizar aquí la fractura epistemológica que provoca el
pensamiento kuscheano al discutir el estatuto de lo universal a partir del
concepto de filosofía. Para Kusch en América tenemos, en materia de filosofía,
dos posibles maneras de encararla:
“...por una parte, una forma oficial de tratarla y, por la otra, una forma , por
decir así, privada de hacerlo. Por un lado está la que aprendemos en la
universidad y que consiste en una problemática europea traducida a nivel
filosófico y, por el otro, un pensar implícito vivido cotidianamente en la calle
o en el campo...”[1]
Detrás de este doble tratamiento o posibilidad de encarar la filosofía se oculta
un juicio que expone categóricamente como imitativa a la filosofía oficial. Este
consiste en denunciarla como la mera problemática europea traducida a nivel
filosófico; lo que nos referencia directamente, aunque con otra finalidad, a lo
que afirmaba Hegel con respecto a América: “...Lo que hasta ahora acontece aquí
no es más que el eco del viejo mundo y el reflejo de ajena vida...”[2]. Su
centro de divulgación es la universidad y quienes la llevan a cabo son los
sectores medios que se apropian acríticamente de ella. Se trata, en suma, de la
reproducción de un corpus trasladado a ese plano de universalidad totalmente
ajeno a nuestra problemática. Asimismo lo foráneo ha perdido, al descarnarse de
su origen, el verdadero sentido y razón de ser. Así es como el corpus filosófico
imitativo no solo produce una ruptura con la cotidianeidad sino que, siendo al
mismo tiempo saber abstracto y la abstracción de la cosa a saber refuerzan dicha
ruptura.
“...Se hace filosofía del hombre sin el hombre viviente peculiar e híbrido que
somos aquí en América...”[3]
Por tal razón nuestro autor cree que detrás de esa forma privada de hacer
filosofía que estaría implícita en la vida cotidiana del pueblo – concepto al
que mas adelante habremos de definir – se pone de manifiesto la discusión acerca
del estatuto que define lo universal así como también la posibilidad de plantear
la existencia de una filosofía auténticamente latinoamericana a partir de la
cotidianeidad.
Aquí es donde Kusch destaca la intensidad del drama existencial de la clase
media frente a la presión de lo popular que se muestra a partir de dos formas
arquetípicas como son el hedor y pulcritud.
El hedor estaría dado en “...todo lo que está más allá de nuestra cómoda y
populosa ciudad natal...”4 y que sin embargo se mantuvo a través de las variadas
configuraciones del mestizaje americano constituyéndose como pensamiento
popular. La pulcritud en cambio, describe “...el caparazón de progresismo de
nuestro ciudadano americano (...) y ese fácil montaje de la vida sobre cosas
exteriores como ciudad, policía y próceres...”5. Hedor y pulcritud son dos modos
de encontrarse en América. Uno apunta a la dimensión mítica y telúrica de
América – América profunda, mientras que la otra apunta a la razón como
herramienta para la planificación técnica de la urbe y la estructuración social
a través de un contrato – América de la superficie.
Ambas categorías permiten desenmascarar la operatoria del pensamiento occidental
por la cual, el hedor se presenta como barbarie y salvajismo que debe redimirse
en nombre de una pulcritud que restituya el ser, el progreso y la civilización.
“...La categoría básica de nuestros buenos ciudadanos consiste en pensar que lo
que no es ciudad, ni prócer, ni // pulcritud no es más que un simple hedor
susceptible de ser exterminado. Si el hedor de América es el niño lobo, el
borracho de chicha, el indio rezador o el mendigo hediento, será cosa de
internarlos, limpiar la calle e instalar baños públicos. La primera solución
para los problemas de América apunta siempre a remediar la suciedad e implantar
la pulcritud...”6
Por tal razón, la tarea será romper con la dualidad generada desde la lógica
excluyente del pensamiento occidental que no permite la tarea de “...pensarnos a
nosotros mismos...”7 desde nuestra propia situación.
Ante todo, es menester para Kusch aclarar que esta indagación en la
cotidianeidad para traducirla en pensamiento no implicará la negación del aporte
filosófico de Occidente, toda vez que el problema no pasa por este tópico sino
en “..buscar un planteo más próximo a nuestra vida...”8. Esta búsqueda implicará
para nuestro autor poner en claro que entiende por universal y los alcances de
dicho concepto.
2. EL PROBLEMA DEL UNIVERSAL: “ESTAR CAIDO EN UN SUELO”
En toda la obra de Kusch, como muestra el trabajo de Pagano Fernández9, se hace
presente la noción de interculturalidad. Es que nuestro autor está buscando un
discurso que ya estaría dado en la propia cultura, lo cual encierra un desafío.
“...Indagar la vida cotidiana para traducirla al pensamiento constituye una
aventura peligrosa, ya que es preciso, especialmente aquí en América, incurrir
en la grave falta de contradecir los esquemas a los cuales estamos
apegados.(...) No se puede iniciar el rescate de un pensamiento incaico, por
ejemplo, con una actitud filosófica enredada aún en el sistema de Comte de hace
cien años, o con una fenomenología estudiada solo como para repetirla en la
cátedra. De ahí no saldrá sino un pensamiento incaico enredado aún en el temor
de los investigadores de superar sus propios prejuicios filosóficos...”10
Detrás de este rescate creemos ver la posibilidad que intuye Kusch al
posibilitar el dialogo intercultural desde el cual surge la verdadera
universalidad; siempre que la pretensión de universalidad de un sistema no es
mas que una forma larvada de etnocentrismo. Entonces, ¿podría hablarse también
de la imposibilidad de un saber absoluto?. Para Kusch, el saber absoluto sería
no más que una pretensión imposible de los sistemas filosóficos de Occidente;
como por ejemplo el hegeliano que, para nuestro autor, “...es un saber
condicionado por la cultura y circunstancias políticas de la Alemania de su
tiempo...”11.
Por todo ello, el pensamiento es de por si culturalmente arraigado en un suelo
ya que “...no hay otra universalidad que esta condición de estar caído en el
suelo, aunque se trate del altiplano o de la selva...”12. Al referir el
pensamiento a lo telúrico, nuestro autor está continuando la tarea de una
redefinición del objeto de la filosofía que ya había sido esbozada por Carlos
Astrada en tanto que el suelo viene determinando al hombre.
“...El pensamiento filosófico, y con el toda la filosofía válida, siempre
enraíza y se desarrolla en el suelo de una determinada nacionalidad; pero
conforme a su idea, no es un pensamiento encerrado en los límites de las
nacionalidades, sino que las trasciende, sin llegar jamás a abolirlos...”13
Sin embargo, creemos ver en Heidegger como una referencia posible, básicamente
en lo que refiere al lenguaje como suelo del pensar.
Acentuar la gravidez del suelo plantea la pregunta acerca de si Kusch no cae en
un relativismo cultural toda vez que hay una critica profunda al concepto de lo
universal. Respondemos que no, si es que entendemos en esta afirmación la
circunscripción a una realidad tan tangible como que toda verdad es concreta,
circunstancial, temporal y espacialmente determinada.14 Entramos así en la
discusión acerca del estatuto de lo universal.
Si bien la filosofía es un pensamiento universal de suyo, toda vez que hacer
filosofía implica registros del conocimiento universal como así también la
suscripción a un contrato con el absoluto, podríamos hacer referencia al debate
acerca de lo universal en la historia de la filosofía a fin de replantear, sin
dejar de lado la tradición, la posibilidad de un nuevo punto de partida para la
discusión del mismo.
A partir los estudios gramaticales y la dialéctica15 que se daban en el siglo
XII, se impone en controversia la relación entre lenguaje (voces) y realidad
(res); controversia esencial en la cuestión acerca de la existencia de los
universales. Sin embargo es con Aristóteles y contra el que se descubre el tema
en sí. Fue Boecio quien al traducir y comentar la Isagoge de Porfirio replantea
las preguntas de dicha obra y responde a las mismas siguiendo al Estagirita.
Ellas son: a) si existen los géneros y las especies; b) si existieran, si son
corpóreos o no; c) si son incorpóreos, si están unidos a las cosas sensibles.
Boecio dirá que lo universal existe como universal solo en el intelecto y, por
ende, son incorpóreos. Siguiendo a Aristóteles, lo general (to katolon) existe
en lo particular (to kai ekaston) como forma de lo real.
Es así como, a partir de está posición adoptada por Boecio, en el medioevo se
produce un largo debate en torno al status de lo universal generando tres claras
posiciones al respecto. Por un lado, el platonismo sostenía que los universales
poseen una existencia real que es previa y anterior a las cosas (universalia
ante rem) ya que sin la prioridad de lo universal sería imposible comprender a
las cosas. Esta tesis fue defendida entre otros por Guillermo de Champeaux
(1070-1121).
Frente al realismo exagerado de los platónicos es que reacciona Roscelino de
Compiégne (1050-1120) afirmando que los universales no poseen ningún valor –
tanto semántico como predicativo – no pudiendo así referirlos a ninguna res ya
que todas las cosas que existen son individuales por lo que nihil est praeter
individuum .Los universales serían post rem ya que no existen per se por lo que
el problema de los universales es en realidad un problema de nominaciones o
flatus vocis es decir, meras emisiones de voz sin correlato objetivo alguno.
Por último encontramos a los aristotélicos, quienes afirman que los universales
tienen existencia real pero sólo como forma de las cosas reales (universalia in
re).
La cuestión siguió su corsi y ricorsi a lo largo de toda la historia de la
filosofía occidental. Sin embargo es Hegel quien parte de las escisiones
aristotélicas y los debates medievales dando un giro a la cuestión al romper la
idea de identificación entre universal-particular, abstracto-concreto y
totalidad-particularidad.
En su Ciencia de la lógica, Hegel quiere llegar a la Totalidad del concepto y
parte de un silogismo que une tres momentos: universal-particular-individual. El
silogismo es lo universal que se individualiza a través de lo particular. Sin
embargo hace un distingo entre lo que se podría llamar el universal abstracto
(en tanto es lo siempre particular a varios entes) y el universal concreto (como
resultado de negar todo particular e integrarlo en lo universal, negando la
posibilidad de aparición de otro particular). El universal concreto, dirá Hegel,
es el pensamiento mismo en su marcha hacia la realidad mientras que lo
particular, en tanto atravesado por el saber absoluto, no deja de ser un momento
de carencia.
“es el modo en el cual lo universal se realiza efectivamente (Wirlichkeith) en
cada uno de los particulares, de suerte que el universal es distinto en cada uno
de ellos...”
“...Como la actividad pensante que como tal piensa lo particular y concreto en
su riqueza y no en su pobreza ontológica...”
Detrás de este universal concreto no encontramos otra cosa que aquello que
impulsa toda la obra de Hegel; a saber, los precios que hay que pagar para que
el Espíritu progrese en una relación dialéctica entre Todo-parte siendo, esta
última, sacrificada en pos del sistema.18 .
Superado este pequeño derrotero histórico acerca del problema de lo universal es
que llegamos a nuestro autor a fin de comprender como supera esta relación
necesaria entre filosofía y universal.
Para comenzar, es menester aclarar que Kusch se adentra en la búsqueda y
profundización de un discurso que ya estaría dado en la cultura; el discurso
popular. Se trata entonces de restaurar esa dimensión que ha perdido el
pensamiento a efectos de posibilitar la apertura a un dialogo fluido con otras
culturas; siendo ahí donde surge la universalidad en su sentido mas pleno. Así
es como toma posición frente a reacciones como, v.gr., la de Franz Crahay quien,
al tomar posición frente a investigaciones acerca de la posibilidad de una
filosofía bantú reacciona desde su puesto sin comprender la riqueza que encierra
dicha filosofía.
“...Por ejemplo, exige (Crahay) que se tome en cuenta ‘las innovaciones de la
filosofía contemporánea y lo que constituye la originalidad de las grandes
tradiciones filosóficas no occidentales’, y habla asimismo de ‘procedimientos
universalizables’ y del ‘progreso de la filosofía’. La reacción de Crahay es
propia de un catedrático. Personalmente no creo que ni la universalidad, ni la
filosofía tal como se entiende en Occidente, interesa mucho en este rescate de
un pensamiento autóctono. Esto último, por su parte, tiene una finalidad mucho
más universal de lo que un catedrático occidentalizado puede suponer...”19
Por fin, para Kusch no hay otra universalidad que la de estar-caído-en-un-suelo.
Aquí suelo no hace referencia a lo empírico sino a la función de deformar y
corromper la intuición de lo absoluto, que no es otra cosa que deformar el
ámbito propio de la filosofía. Por tal razón, la tarea consistiría en buscar ese
absoluto propio ya que lo absoluto es tal siempre para otro suelo. Mediante la
deformación a través del suelo se descubre el fundamento (Grund) en cuanto
sostén. Hasta aquí dejamos el tema de la gravidez del suelo que retomaremos al
analizar el concepto del estar y de geocultura, sirviéndonos solo de aquello que
referencia a esta fractura epistemológica. La misma se da en el seno mismo del
concepto de filosofía. Sin embargo, para Kusch podrá hablarse mas bien de una
‘extraña sofía’ en nuestra América que toma distancia de la filosofía occidental
en la que “...se hace filosofía del hombre sin el hombre viviente, peculiar e
híbrido que somos aquí en América...”20
3. ¿FILOSOFIA, HEREJIA FILOSOFICA O SABIDURÍA?
El pensar grávido por el suelo lleva consigo una doble posibilidad; la de
critica y propuesta metodológica. Critica, nada menos que al monolingüismo
etnocentrista que reside en el discurso de la cátedra. Propuesta metodológica de
un filosofar que parta desde el propio suelo haciéndose cargo de su estar aquí.
“...El sentido de la plenitud apunta aquí hacia abajo, hacia la tierra. Trata de
alcanzar angustioso el reverso de los hechos, hasta que encuentra, en dimensión
telúrica, lo que Europa sublima en dimensión de la idea...”21
Sin embargo, para Kusch, “...nuestro problema americano no consiste en que
nuestra realidad sea indómita, sino antes bien en el hecho de que no tenemos
formas de pensamiento para comprenderla...”22. De más está decir que la
filosofía, en la medida en que se conciba como discurso de pretendida
universalidad o técnica aplicada a lo ya conocido para obtener los resultados
avalados por la teoría, no hace mas que encubrir esa verdad de fondo que se
asoma en nuestra América.
[1] Cfr. R. Kusch. El pensamiento indígena y popular en América. 3° Ed. Bs. As.,
Ed. Hachette, 1977, p. 15
[2] G.W.F. Hegel. Lecciones sobre la filosofía de la historia universal. T. I
Trad. José Gaos. Barcelona, Altaya, 1997, p.177
[3] R. Kusch. La seducción de la barbarie. Rosario, Fundación Ross, 1991, p.70
4 Rodolfo Kusch. América Profunda. 2° ed. Bs. As. Ed. Bonum, 1975, p. 12
5 Ibid. p. 15
6 id. p. 12-13
7 Rodolfo Kusch. Geocultura del hombre americano. Bs. As. Fernando García
Cambeiro, 1976, p. 17
8 R. Kusch. La seducción de la barbarie. Op. cit. p. 15
9 Carlos M. Pagano Fernández. Un modelo de filosofía intercultural: Rodolfo
Kusch (1922-1979). Aproximación a la obra del pensador argentino. Aachen,
Concordia Internationale Zeitschrift fûr Philosophie, 1999.
10 R. Kusch. Ibíd. p. 16
11 R. Kusch. Esbozo de una antropología filosófica americana. San Antonio de
Padua, Castañeda, 1979, p.15
12 Rodolfo Kusch. Geocultura del hombre americano. Op. Cit. , p. 74
13 Cfr. Carlos Astrada. Tierra y Figura. Bs. As. Ed. , 2000, p. 65
14 Es el caso de Juan José Sebreli. El asedio a la modernidad. Critica del
relativismo cultural. Bs. As. 3°ed. Sudamericana, 1992. En la misma, el autor la
emprende contra el historicismo, el ‘tercermundismo’, indigenismo, orientalismo,
populismo, etc. como ideas preponderantes de la segunda mitad del siglo XX.
Todas ellas representarían una revalorización de los particularismos en contra
de los valores universales heredados de la modernidad como, v.gr., la idea de
progreso. Entre tantas cosas, Sebreli ve que en ellas se daría una suerte de
fetichismo de la identidad cultural que proclaman (p.48) y lo que sería una
paradoja, a saber, que el relativismo absolutiza lo relativo (p.59)
imposibilitando el encuentro entre culturas que defienden como bandera. En la p.
302 menciona a Rodolfo Kush (sic) y lo incluye junto con autores tan disímiles
como Víctor Massuh, Francisco Solero y H. Murena dentro del sector americanista
influenciado por Ezequiel Martínez Estrada. La posibilidad de plantear una
ontología americana y pensar el tema de la identidad cultural le hace decir a
Sebreli en la p. 305: “...estos filósofos latinoamericanos se agotan en la
búsqueda de la identidad cultural; de tanto preocuparse en sí mismos no les
queda tiempo para ocuparse de los temas de la filosofía strictu sensu (...) Sus
aportes al conocimiento filosófico son nulos ,porque el verdadero filósofo es el
que se ocupa de la filosofía propiamente dicha, de la filosofía como ciencia
rigurosa y sistemática..”. Se olvida Sebreli que la idea de filosofía que
defiende no es más que la universalidad pensada por la Europa moderna y su
proyecto; con lo que no haría mas que afirmar y absolutizar un particularismo
solo que, en el mismo huele a eurocéntrico. Solo eso lo diferencia del resto.
15 El centro de los estudios gramaticales fue la Escuela de Chartres en la que
podemos ubicar como representante de la misma a Juan de Salisbury; mientras que
los estudios de dialéctica fueron representados por Berengario de Tours. Sin
embargo fue Abelardo quien vincula ambas escuelas acentuando la estrecha
relación entre voces y res; relación que alimentará gran parte de la disputa.
18 Puede verse Mario Casalla. América en el pensamiento de Hegel. Admiración y
rechazo. Bs. As., Ed. Catálogos, 1992; quien a lo largo de la misma hace un
análisis de la Filosofía de la Historia de Hegel en lo concerniente a América en
la Introducción Especial – El Nuevo Mundo. Allí, Casalla ese doble sentimiento
que se da en Hegel de admiración (en tanto que tierra del porvenir) y rechazo
(ya que al ser tierra de porvenir todavía no se encuentra integrada a la
historia universal).
19 Cfr. R. Kusch. El Pensamiento indígena y popular en América. p. 22 nota 6
20 Rodolfo Kusch. La seducción de la Barbarie. Análisis herético de un
continente mestizo. Rosario, Fundación Ross, 198, p.70
21 Ibíd. p. 90
22 Rodolfo Kusch. Geocultura del hombre americano. P. 93
Fuente: www.lointempestivo.blogspot.com/2008/05/la-concepcin-de-la-filosofa-en-rodolfo.html
Por Lic. María del Milagro Casalla
2009
Muchas veces los homenajes suelen privilegiar más la forma que el contenido,
como si aquello que se homenajea fuera muy remoto. Pero, como en casi todo, hay
excepciones. Es el caso de la muestra de grabados y el libro Somos una simple
clase media del artista plástico Carlos Patricio González dedicada al
pensamiento del filósofo argentino Rodolfo Kusch que el pasado 19 de agosto
(2009) se inauguró en la sede de SADOP.
El homenaje fue doblemente significativo. Por un lado, porque la presentación de
esta excelente obra nos trae la grandeza de un Kusch vivo inspirador de un arte
y una cultura comprometida con lo nacional, y por otro, porque ese mismo día,
aquí, en el hall central de SADOP, fue descubierta una placa recordatoria al
pensador. Curiosamente (o no) Kusch vivió en Buenos Aires –antes de radicarse en
su mágica Maimará, en el corazón de la Quebrada de Humahuaca– en el edificio que
está enfrente de este sindicato. Creo que nuestro homenajeado hubiese sonreído
al verse evocado por tantos rostros amigos, por su mujer Elizabeth y por el vivo
homenaje que SADOP le ha dado a quien definitivamente ha sido y es un gran
maestro.
De itinerarios y magia para vivir
Günter Rodolfo Kusch estudió filosofía en Buenos Aires de cuya Universidad
egresó en el año 1948 con el título de Profesor de Filosofía. Ejerció por
aquellos años y los siguientes una intensa labor intelectual y docente en varios
colegios secundarios de la Ciudad de Buenos Aires, el Instituto Superior de
Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón y en varias Universidades de Bolivia, Cuyo y
Salta. Su aporte al intenso debate intelectual de los años 50 en la Argentina se
vio reflejado en revistas como la Gaceta Literaria, Verbum y Centro y Contorno.
Su obra (la mayoría editada) ha sido compilada en cuatro tomos por la editorial
Fundación Ross de Rosario. De ella podemos mencionar: La seducción de la
barbarie. Análisis herético de un continente mestizo (1953), América profunda
(1962 -faja de honor de la SADE), El Pensamiento indígena y popular en América
(1970), La negación en el pensamiento popular (1975),
Geocultura del hombre
americano (1976), Esbozo de una antropología filosófica americana (1978).
Escribió –con su característica heterodoxia– sobre casi todo (educación, arte,
política, teatro). Entre sus obras teatrales podemos mencionar: Credo Rante
(1959), La muerte del Chacho y La leyenda de Juan Moreira (1960). Fue un
intelectual del campo de lo nacional y lo popular, políticamente incorrecto y
dueño de una lucidez intelectual como pocas. Su estilo literario, su modo de
escribir filosofía, recuerda eso que Sartre llamaba escribir como quien respira.
Murió demasiado pronto, aquí enfrente, en su “cueva” de la calle Cangallo, el 30
de septiembre de 1979. Este año se cumplen 30 años. Nosotros, quienes
pertenecemos a SADOP y estamos comprometidos en una militancia no divorciada
entre lo intelectual y lo político, recordamos su vida. Porque Rodolfo sigue ahí
avivando el pensamiento de las antiguas y jóvenes generaciones de filósofos,
trabajadores y maestros empeñados en pensar su América profunda.
Vivir en América
“No estamos en el mejor de los mundos posibles, estamos en América, entre polos
opuestos, adentro y afuera de nosotros mismos.” (América profunda)
Su permanente y casi obsesiva búsqueda de lo americano fue su constante
intelectual. Kusch creía que el legado filosófico europeo era demasiado estrecho
como para darnos categorías para entender lo americano. Y él las creo. Puso
palabras a esa “rara sabiduría” que se expresaba en los marginados de la “culta”
ciudad. Denunció como nadie la “neurastenia” literaria de nuestros intelectuales
de clase media, quienes exploran la realidad americana interponiendo el aparato
intelectual de una cultura abstracta para mediar entre este mundo por hacer
(América) y el desarrollo de la cultura moderna occidental.
No fue un filósofo de la academia sino de la vida. Sus interlocutores eran el
pueblo, los habitantes del Noroeste Argentino (Salta y Jujuy) y Bolivia. Nos
trajo en su obra al indio, al porteño, al habitante de la puna. Cuentan los que
lo conocieron que andaba siempre con su cámara fotográfica y su grabador
hablando, registrando los sentires de ese “inconsciente” social que veía latir
debajo de la América profunda. Es que para Kusch, el continente americano no es
sólo un episodio geográfico donde vivir sino que “el paisaje, ya sea el
cotidiano o el del país, no es algo que se da afuera y que ven los turistas,
sino que es el símbolo más profundo, en el cual hacemos pie, como si fuera una
especie de escritura, con la cual cada habitante escribe en grande su pequeña
vida” (Indios, Porteños y dioses).
En sus primeras obras, como La seducción de la Barbarie, analizó como nadie el
“drama de lo americano”. Creía que nuestra historia cultural estaba atravesada
por el desplazamiento de lo americano sobre el “vacío de América”. El vacío (la
justificación perfecta para imponer la civilización por sobre una supuesta
“barbarie”) llevó a nuestros políticos e intelectuales a erigir una estructura
artificial que funcionó a modo de tarima. Desde allí se calificó de “bárbaro” a
lo propio y de “civilizado” a lo ajeno (la Zoncera madre, como diría Arturo
Jauretche). América sufre por ello de un desgarramiento de su suelo cultural,
porque la tarima que se le superpuso rechaza la realidad plural de América. La
propuesta de Kusch, será por el contrario, integrar lo humano de América a
través de su paisaje.
Otra de las categorías claves de su pensamiento fue la de Geocultura. Kusch
señalaba con ello la unidad irreductible que hay entre la geografía, hábitat o
espacio de un lugar y el pensamiento. Por eso creía que era necesario recuperar
la categoría de situación como piedra de toque ineludible de todo pensar. Porque
además no hay cultura sin ubicación en el espacio: “Una cultura no es una
totalidad rígida, sino que comprende además una estrategia para vivir. Una
producción literaria, un ritual mágico o una máquina son formas de estrategias
para habitar mejor el mundo” . La cultura entonces proporciona una estrategia
para vivir y para habitar el mundo. Lo cual supone un cambio del concepto de
cultura que tenemos: no hay que pensarla como quehacer intelectual o artístico
que suele darse en las ciudades sino como una totalidad que implica un margen de
imponderabilidad expresado por un estar aquí: “Cultura supone entonces un suelo
en el que obligadamente se habita. Y habitar un lugar significa que no se puede
ser indiferente ante lo que aquí ocurre” . La cultura, es entonces, para Kusch
una decisión: un modo de decidirse por lo americano.
Del mismo modo concebía Kusch al arte americano. El arte representa una
respuesta plástica a la pregunta que el grupo social se hace de sí mismo.
Nuestra historia y arte oficial han rechazado a lo indio o a lo gaucho por no
encajar en la forma de lo que debíamos ser como Nación. Pero Kusch cree que lo
realmente vital se da por fuera de esa forma, al margen de lo socialmente
instituido, en el plano del café, el cabaret o la calle. Hay una escisión entre
un arte oficial y otro popular. Y esto tiene su correlato en nuestra vida social
y política “que coloca, por un lado, en el terreno de lo tenebrosamente vital, a
lo indígena y a la tierra, y por el otro, lo formalmente evadido, en las
estructuras sociales que hemos levantado con nuestro esfuerzo en la ciudad” .
De estar y ser
“Vivir es estar firmemente aquí y eso se da al margen del objeto: en el terreno
de la comunidad, el fruto y la presencia de la ira.” (América profunda)
En su búsqueda por el modo en que existimos en América, Kusch vio que estamos
presionados por mandato del “ser alguien”. Dicho mandato no se da sólo sino que
viene acompañado por su contraparte, el mero estar nomás que representa el
verdadero modo de vida del sujeto americano. Frente al compromiso ontológico que
supone decidirse por lo americano no podemos sino sentir un profundo y raigal
miedo. El miedo como síntoma aparece cuando en la realidad cotidiana fracasamos
o no se cumple lo que esperábamos, entonces, nos segregamos de lo social y
tomamos conciencia de lo poco que somos. Ante esta situación no hay psicología o
enciclopedia que alcance ya que se trata de un desamparo originario.
A diferencia de la filosofía moderna europea que exige un sujeto constituido
según el canon occidental (el ser) la constitución del sujeto a partir del estar
apunta a la indigencia original de un sujeto que nada es aún y que debe
constituirse en medio de un cosmos desgarrado de oposiciones: “Y he aquí nuestra
paradoja existencial. Nuestra autenticidad no radica en lo que Occidente
considera auténtico, sino en desenvolver la estructura inversa a dicha
autenticidad, en la forma “estar-siendo” como única posibilidad. Se trata de
otra forma de esencialización, a partir de un horizonte propio” .
Mientras que el estar expresa esta “rara sabiduría” de vivir en América y se
corresponde con una forma cultural estática, vegetal y femenina como la
indígena, el ser es dinámico, se rige por una lógica causalística y privilegia
un saber de objetos. Pero ser y estar no pueden excluirse sino que se vinculan
como la copa de un árbol con sus raíces. El ser instalado en el estar hace a la
autenticidad: “El mundo del estar no supone una superación de la realidad sino
una conjuración de la misma. El sujeto continúa teniendo la realidad frente a
sí, porque carece de ciencia para atacarla y también de agresión. El mundo del
ser, o sea el occidental, aparentemente ha resuelto el problema de la hostilidad
del mundo, mediante la teoría y la técnica” .
Vivir en Maimará
A principio de la década del 70, Rodolfo decidió radicarse definitivamente en
una pequeña localidad del Norte de nuestro país que forma parte de la Quebrada
de Humahuaca: Maimará. Hay que estar allí para entender eso que él decía acerca
del “silencio contagioso de las piedras” en el cual nos sumergimos cuando
estamos en ese paisaje. Allí viven aún Elizabeth, su mujer, y algunos de sus
hijos. Todo su mundo está maravillosamente preservado. Allí descansa Kusch, en
el pequeño y hermoso cementerio de Maimará al lado de un monumento que recuerda
su vida.
A quienes hemos tenido la dicha de enamorarnos de su obra no nos queda sino el
compromiso de enseñarla y practicarla vivamente. Y eso es lo que ha logrado
SADOP posibilitando que su pensamiento se difunda para que esa magia de
encontrarnos en América siga creciendo.
“Y entonces ocurre el milagro. Se da realmente mi cuarto donde escribo; afuera,
en el patio, está un molde grande; enfrente vive el carpintero Choque, y más
allá, del otro lado del río se levanta la montaña. También ella es una frontera.
Y yo sé que si logro cruzarla alguna vez de ir del otro lado, encontraré, como
los héroes gemelos, del otro lado, toda la vida, ésa que aún no se ha
desprendido de los dedos divinos”.
Fuente: Sindicato Argentino de Docentes Privados (SADOP)
www.sadop.net/notas.php?id=5393

Sin magia para vivir
Por Rodolfo Kusch
Uno de los motivos por los cuales rechazamos el altiplano, estriba en que allá
se cree en la magia, y nosotros aquí en Buenos Aires, ya no creemos en ella.
Somos extraordinariamente realistas y prácticos, por cuanto creemos en la
realidad.
¿Y qué es realidad para nosotros? Pues eso que se da delante de uno: las calles,
las paredes, los edificios, el río, la motaña o la llanura. Todo esto no se
puede modificar, porque no puedo cambiar de lugar una casa, ni alterar la
orientación de una calle, ni puedo traspasar diagonalmente una manzana para
llegar a mi hogar, ya que mi cuerpo es mucho más endeble que las paredes. La
realidad indudablemente se impone porque es dura, inflexible y lógica. Más aún,
es una especie de punto de referencia para nuestra vida, porque, cuando andamos
mucho en las nubes, viene una persona práctica y nos dice: "hay que estar en la
realidad".
Y si no lo hacemos, se nos invoca la ciencia. Ella es la teoría que da una rara
concreción a la realidad de tal modo que, no sólo ésta se refiere a las paredes
y a las piedras, sino también a otros órdenes. Hay una ciencia económica para
nuestros sueldos, otra para la política, otra para nuestras aspiraciones
profesionales, otra para nuestros impulsos. Y todo es realidad, aunque
"científica". La realidad es entonces como un mar de plomo, que abarca un sin
fin de sectores, y en el cual debemos desplazarnos con cuidado.
Pero un día estamos tranquilos en nuestra casa, y viene un amigo y nos trae la
noticia de que en la esquina hay un plato volador. ¿Y nosotros qué decimos? Pues
ver para creer. De inmediato pensamos salir corriendo, claro está doblando
prudentemente las esquinas para llegar al lugar donde se depositó el extraño
artefacto. Ahí lo veremos, y luegocreeremos. La realidad coincide con las cosas
que se ven.
Pero podría ocurrir que no saliéramos corriendo, y le dijéramos a nuestro amigo:
"¿Me vas a hacer creer que se trata de un plato volador?" Y el amigo nos
respondiera: "Todo el mundo lo dice". Es curioso, ya lo dijimos, por una parte
yo le hago notar al amigo que él me tiene que hacer creer, y por la otra, él se
confabula con todo el mundo, o sea con los seis millones de habitantes de Buenos
Aires, para que yo le crea. Y esto ya no es ver creer, sino al revés: creer para
ver. A veces tengo que ver la realidad para creer en ella, otras veces tengo que
creer en la realidad para verla. Por una parte quiero ver milagros para cambiar
mi fe, y, por la otra, quiero cambiar mi fe para ver milagros.
Por eso, podemos creer en la realidad y en la ciencia, pero nos fascina que un
hechicero del norte argentino haga saltar el fuego del fogón, para hacerlo
correr por la habitación. También nos fascina que en Srinagar, en la India,
algún guru o maestro realice la prueba de la cuerda, consistente en hacerla
erguir en el espacio y en obligar a ascender por ella a un niño, quien
probablemente nunca más volverá a descender. Y también nos fascinan los
malabaristas en el teatro, porque hacen aparecer o desaparecer cosas, o
seccionan a un ser humano en dos partes, y luego las vuelven a pegar sin más. ¿Y
qué nos fascina en todo esto? Pues que la realidad se modifica. ¿Y en qué quedó
el carácter inflexible, duro, lógico y científico de la realidad?
Mientras escribo estas líneas veo por mi ventana un árbol. Este pertenece a la
dura realidad. ¿Si yo me muero, el árbol quedará ahí? No cabe ninguna duda.
¿Pero no podría pasarle al árbol lo que a nosotros, cuando muere un familiar
querido? ¿En este caso qué lamentamos más: la ausencia definitiva del familiar,
o más bien la hermosa opinión que él tenía de nosotros? ¿Le pasará lo mismo al
árbol? Yo siempre lo he visto hermoso, y mi vecino, quien es muy práctico, ya no
lo verá asi. Cuando yo muera, morirá mi opinión sobre el árbol, y el árbol se
pondrá muy triste y se morirá también.
¿Pero no habíamos dicho que la realidad es dura, flexible y lógica? Así lo dicen
los devotos de la ciencia. Pero a mí nadie me saca la sospecha de que los
árboles no obstante piensan y sienten. Porque ¿qué es la ciencia? No es más que
el invento de los débiles que siempre necesitan una dura realidad ante sí, llena
de fórmulas matemáticas y deberes impuestos, sólo porque tienen miedo de que un
árbol los salude alguna mañana cuando van al trabajo. Un árbol que dialoga seria
la puerta abierta al espanto y nosotros queremos estar tranquilos, y dialogar
con nuestros prójimos y con nadie más. Evidentemente no creemos en la magia, no
sólo porque tengamos una firme convicción de la dureza de la realidad, sino ante
todo porque necesitamos llevarnos bien con 6 millones de prójimos encerrados en
la ciudad de Buenos Aires. Y para ello es preciso poner en vereda a los árboles
con su lenguaje monstruoso y creer en la dura, inflexible y lógica realidad. (*)
(*) Fuente: Rodolfo Kusch, Obras completas(vl), Indios, porteños y dioses,
Buenos Aires, Editorial Fundación Ross.

Cuando se viaja desde Abra Pampa
Por Rodolfo Kusch (*)
Encontrar al otro: persona, ambiente o situación conlleva un desafío, una
apuesta, un temor. Requiere un planteo y una reubicación, un salto hacia. Un
asalto al prejuicio para romper con los patrones conocidos. Exige un dar y un
asumirse desinteresadamente.
De esta manera, Temakel se interna en la reflexión que el filósofo y
americanista Rodolfo Kusch entrega luego de unos momentos compartidos con Mamaní,
un viejito de la puna.
Tras un viaje elíptico que emprende para combatir la diferencia burda: la que
infiltra entre él -Mamaní- y nosotros una cierta evolución en el tiempo que nos
distancia considerablemente, Kusch se asoma al “ucamau mundajja”, al fondo común
de las cosas. Al misterio de una misión que desconocemos: a reconocer nada menos
que la duda del por qué se ha venido al mundo.
Andrés Manrique
Cuando se viaja desde Abra Pampa hacia el Oeste se sigue un largo camino que
sube una lomada y de pronto se topa uno con el pueblo de Cochinoca. Las casas se
desparraman a lo largo de un cerro y entre ellas aparecen las iglesias. Hacia el
fondo se extiende un llano y a lo lejos se levantan las lomadas de la puna.
Cuando se llega se encuentra uno con gestos de sorpresa y el típico recelo con
que es recibido el forastero. Cuando pudimos lograr alguna comunicación nos
llevaron a recorrer el pueblo. Supimos así de la proximidad de la fiesta de
Santa Bárbara, de la migración de sus habitantes, de la penuria de reunir el
agua durante el año y de muchas cosas más.
Por supuesto, cuando nos disponíamos a volver hubo que llevar gente a Abra
Pampa. Así conocimos a Mamaní, un viejito flaco, de piel arrugada, vestido con
sombrero y traje y gestos vitales y rápidos. Nos había dicho que iba a llevar un
bultito y cuando vino trajo dos corderos cuarteados para venderlos en Abra
Pampa.
En el camino hablamos de adivinación. Sospeché que conocería algo de adivinación
boliviana, pero el viejito se escurría con toda habilidad. Se diría que
desconfiaba de nosotros.
Cuando llegamos a Abra Pampa lo dejamos en el mercado. Luego lo vimos una vez
más, caminaba con gesto apesadumbrado. Me quedó la preocupación sobre lo que le
pudo haber ocurrido, quizá algún desencuentro, o alguna mala venta.
Un hombrecito como Mamaní daba la idea de lo que es una vida atrapada por la
puna. Seguramente tendría una manada de corderos, viviría en una casa de adobe
donde haría sus rituales propiciatorios y se tomaría al fin de la semana algunos
vinos.
Cuando volvíamos rumbo al sur pensamos qué significa vivir en América. O mejor
se trata de preguntar algo más. Decir que vivimos en América el viejito y yo
sería demasiado superficial. La pregunta iría a algo más profundo, ¿qué había de
común entre la vida de ese viejito y la mía? Si analizamos su vida que consiste
sólo en llevar el cordero cuarteado para vender o en llamarse Mamaní, o en
habitar desde hace tiempo en Cochinoca, evidentemente no habría nada en común.
Al fin y al cabo, yo vivo en la ciudad, me dedico a escribir, soy profesor y
vivo en una casa de ladrillos, no tengo nada que ver con Mamaní. Es más,
infiltramos entre él y nosotros una cierta evolución en el tiempo que nos
distancia considerablemente. Hacia nosotros crece la civilización y hacia Mamaní
decrece, y en el medio se dan varios siglos de heroicos inventos y de grandes
conquistas logradas por la humanidad.
Pero aunque nos cuenten todo eso no puedo evitar la intuición de que entre el
viejito y yo hay algo en común. Para encontrar esto habrá que dejar de lado los
esquemas y las ideas hechas y obrar un poco como hace el filósofo: seguir la
intuición para lograr el cabo de una reflexión, seguramente incómoda, lo que hay
de común entre ambos. En suma, ¿qué es eso de vivir los dos en América y qué
tenemos en común? Si con la primera pregunta me refiero a un simple episodio,
con la segunda trato de encontrar el sentido mismo de la vida que va más allá de
América.
Claro que no se trata del estilo de vivir porque en ese sentido se puede pensar
que vivir es otra cosa. Si fuera por el estilo, creemos que lo hay en Jujuy o en
Buenos Aires. Ahí, en cada esquina tenemos una cigarrería, un almacén, vamos al
cine, al concierto y nos bañamos con frecuencia.
Por ese lado perdemos a Mamaní. Pero ¿en qué queda entonces la intuición de que
entre él y uno mismo hay algo en común? Preguntar así significa entrar en el
secreto mismo de la vida, ya no en América sino en general. Pero aquí entramos
en las tinieblas ¿sabemos acaso qué es vivir? Vivir es una condición atávica
condicionada por milenios de vida de la humanidad pero que no conocemos. ¿Lo
sabrá Mamaní? Puede ser.
Recuerdo un brujito muy simpático que en Tihuanaco me había realizado varios
rituales propiciatorios tal como hacen los aymarás. Mi impaciencia ciudadana me
hacía preguntarle por qué hacía tal cosa y por qué hacía tal otra. Al principio
me contestaba fabulando motivaciones en las cuales él no creía pero como yo
insistía, se limitó a decir en aymará “ucamau mundajja”: “el mundo así es”.
Decir “así es el mundo” significaba abstenerse de encontrar causas. Pero
significa también haber perdido la impaciencia y aceptar la realidad en su
verdadera constitución. Pensemos que el mundo moderno no está muy lejos de esa
misma actitud.
Cuando la física moderna descubrió que no podían determinarse las causas de los
fenómenos, los científicos se limitaron a la simple descripción de los mimos. Es
una forma de decir “así es” al fenómeno físico. Pero claro está que si empleamos
el término “así es” para determinar lo que hay de común entre Mamaní y uno
mismo, no significa que estemos diciendo algo. Pero he aquí el problema ¿podemos
decir algo de lo que hay en común?
Juzgamos la vida un poco por lo que ella manifiesta. Si Mamaní hubiera tocado el
erque en Cochinoca nos habría llamado la atención ya que en la gran ciudad eso
no se hace, pero tampoco en Cochinoca se daría un concierto de violín.
Decir que la vida es esto o aquello encierra un margen de miedo. ¿Será que el
vivir mismo se da antes que el gesto, en un área misteriosa? Si se da en el
misterio no sabremos qué decir, y si no sabemos qué decir entramos en el
silencio. Detrás del gesto, del erque, del violín, y aún de la palabra está el
silencio y en ese silencio se abre un largo camino que se interna en el
misterio. Ahí no cabe otra cosa que decir “así es” y decir así, es una
explicación por el silencio. ¿Y nada más? Pues le parece poco. Decir “así es” es
aceptar el misterio del vivir mismo y hacer esto es reconocer nada menos que la
duda del por qué se ha venido al mundo. Es el misterio de una misión que no
conocemos, pero tomando la palabra “misterio” en el sentido griego, como mystés,
el guía, que nos lleva por corredores ignotos. La noche oscura de San Juan de la
Cruz, o la tortura filosófica de enfrentar un silencio donde nada determinamos.
Pero ahí mismo se adivina esa comunidad de estar todos en lo mismo, donde yo y
Mamaní nos fundimos. Es el milagro de estar, antes de ser. El fondo común antes
de que yo me llame Kusch y el hombrecito Mamaní. Es un área no pensada e
imposible de pensar. El silencio en suma y detrás del silencio quizá un símbolo:
quizá los dedos de la divinidad, la misma que estuvo arrugando los cerros: una
vida realmente en común, la mía, la del viejito y la de la puna, y todos en
silencio. (*)
(*) Fuente: Artículo publicado por primera vez en San Salvador de Jujuy, el 25
de junio de 1988, en edición controlada por Salma Haidar. Reeditado por la
revista KIWICHA CULTURAL DEL MUNDO ANDINO, Año 2, n° 10: julio-agosto 1996.
(*) Gunter Rodolfo Kusch nació en la ciudad de Buenos Aires el 25 de junio de
1922. Egresó de la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires en 1948 con el
título de profesor de Enseñanza Secundaria, normal y especial en Filosofía.
Desde temprano, abocó sus estudios a los problemas de los aborígenes americanos,
tema al que le dedicó su vida. Vivió sus últimos años en Maimará, lugar desde el
que se despidió el 30 de septiembre de 1979.
http://www.temakel.com/texolkusch.htm

La salida del indio *
Por Rodolfo Kusch
En Buenos Aires siempre queremos andar bien con la gente. Por eso siempre
tratamos de mantener un comportamiento armónico, ya lo dijimos. Cuidamos
esmeradamente no decir una palabra demás, ni exagerar los gestos, ni gritar y
menos insultar. Hasta procuramos equilibrar nuestro aspecto y cuidamos el traje,
combinamos bien el color de la corbata con el de la camisa, nos peinamos sin
exagerar mayormente la onda del pelo y siempre nos afeitamos. Evidentemente,
tratamos de que nunca se rompa ni el equilibrio de nuestro aspecto físico ni el
de nuestro carácter, cuando tratamos con el prójimo.
Pero esto tiene su límite. A veces las situaciones pueden ser francamente
desfavorables y entonces las modificamos bruscamente con una palabra o con un
gesto. Y en ese momento, alguien, un observador sereno, dirá por nosotros: Le
salió el indio.
Esto del indio es curioso. Porque nada tenemos que ver con él. Por ningún lado
vemos indios, ni siquiera en nuestro pasado histórico, ya que nuestra
nacionalidad, como nos han enseñado, se hizo desplazando al indio. Mucho más
simpático nos resulta el gaucho, quien, también según nuestros manuales, se
confabula con nuestra historia, para dar este país que ahora tenemos, con su
Buenos Aires y el resto.
Pero un día compramos una heladera eléctrica y viene un vecino y se dispone a
revisarla. Toleramos con paciencia la intromisión del otro. Pero nos molesta que
alguien ajeno a la casa se tome confianza. Nuestra casa, lo vimos, donde está la
vieja o la familia, es sagrada pa’ mí. Y cuando vemos que las manos del mismo
desarman alguna parte delicada del aparato, entonces, súbitamente, lo sacamos a
empujones de nuestra casa, diciendo: "Mándese a mudar. A esta heladera no la
toca". ¿Por qué? ¿También es sagrada igual que la vieja? En parte. ¿Y qué pasó?
Pues que nos salió el indio, precisamente para defender algo que es casi sagrado
pa’ mí. ¿Será entonces que escondemos adentro un indio que entra en
funcionamiento para imponer o dictaminar lo que es sagrado pa’ mí? ¿Y por qué?
Seguramente porque en este siglo XX nos han enseñado, ya con las primeras
letras, que no hay cosas sagradas, y como nosotros, en los más íntimo no creemos
en ese escamoteo, entonces nos hemos inventado un indio que atrapa afuera, y
siempre por la fuerza, las cosas sagradas pa’ mí, aunque se trate de una
heladera.
Pero tenemos otra expresión que complementa a la anterior. Es la que se refiere
a un andar como bola sin manija, en el sentido de andar perdido, sin control y
sin saber qué hacer. La manija en cuestión es la pequeña bola, con la cual se
manejaban las otras dos, más grandes, de las boleadoras indígenas. Pero en el
lenguaje actual, significa además un utensilio insertado a veces en una rueda y
del cual depende el funcionamiento de una máquina. Entonces andar como bola sin
manija significa andar sin un centro que sirva de referencia y causa motriz.
¿Y no será que aquello de salir el indio, se refiere a tomar la manija de una
situación, de imponer un centro en el mundo de afuera, pero vinculado
estrechamente a eso que llevamos adentro, con las cosas sagradas pa’mí?
Precisamente, cuando eché a mi vecino, porque éste estaba manoseando mi heladera
recién comprada, no hice otra cosa que retomar la manija de la situación,
imponiendo mi propio centro en ese pequeño y mísero reino pa’ mí, lleno de cosas
sagradas, cuyo límite va de la pared medianera del fondo, hasta la puerta
cancel, y en el cual están los muebles, el televisor, la heladera, mi mujer, mis
hijos, el perro, y, por sobre todo, mi vieja.
Indudablemente en esa salida del indio, no se trata del indio histórico, sino de
una referencia a una fuerza que empuja, desde muy adentro de nosotros, quizá del
inconsciente mismo, para irrumpir súbitamente afuera, y mostrar al fin lo que
siempre quisimos hacer notar. Indio, en ese sentido, se asocia a fuerza bárbara
ignota, que modifica cualquier reserva o pulcritud que pretendamos mantener ante
el prójimo. Es, en suma, el símbolo de una salida brusca desde nuestra
interioridad hacia el mundo de afuera.
¿Y de dónde proviene esta urgencia de salir con brusquedad para liberar fuerzas,
casi como si el agua rebasara un dique e inundara un valle? Porque el indio
histórico, según parece, nunca tuvo que salir de sí mismo, sino que siempre se
daba afuera. Ahí encontraba en algún árbol, en alguna piedra, o en alguna
montaña, un vestigio de algún mundo sagrado que le servía para ganar la
seguridad en sí mismo.
Pero un árbol, una piedra o una montaña son para nosotros, simples objetos, los
cuales, de ninguna manera, estarán vinculados con el mundo sagrado. Es peor, no
creemos que haya en el mundo nada sagrado, porque un árbol servirá para hacer
leña, una piedra para hacer casas y una montaña para hacer alpinismo. Y sólo hay
cosas sagradas, pero únicamente pa’ mí y siempre a espaldas de los ocho millones
de habitantes de Buenos Aires.
La diferencia es clara. El indio encontraba, en cualquier punto del mundo
exterior, algo que le hacía sentir que él estaba en la morada de los dioses.
Nosotros, en cambio, hemos reducido ese mundo apenas a las cuatro cosas que
tenemos en casa, y aun en éste debemos imponer toda la fuerza para tornarlo
sagrado. Mientras al indio nada costaba creer que en el árbol subían y bajaban
los dioses, nosotros en cambio no sólo lo convertimos en leña, sino que además
no creemos que los dioses se anden columpiando en él. Por otra parte, pensamos,
que el indio siempre tenía que pedir a los dioses su pan y su vida, nosotros no
pedimos ni pan ni vida, sino que compramos. Siempre habrá una moneda con la cual
podamos salir del paso, aquí en Buenos Aires.
Pero hay más. El indio no se resignaba a ver únicamente cómo se descolgaban los
dioses de los arbolitos, sino que también dividía su imperio en cuatro zonas y
situaba en el centro la ciudad-ombligo, a través de la cual se mantenía en
contacto con la divinidad mayor. Además todos los caminos y todos los ríos y
todas las montañas decían algo al hombre, y el hombre ante ellos decía algo a
los dioses.
¿Y nosotros? Pues ahí andamos mirando las fotografías de algún familiar en
nuestra casa, o alguna estampa religiosa, algún recuerdo traído de algún viaje.
Y nada más. Más allá todo es profano. Porque afuera, el mundo está vacío. En vez
de los dioses están las cosas, y con éstas ya no se habla, sino que se las
compra. Así compramos también con el turismo la posibilidad de ver un río o una
montaña. Así compramos nuestra respetabilidad y así compramos el traje nuevo
para no andar rotosos.
Indudablemente el indio tira un pedazo de su humanidad afuera y le llama
sagrado, mientras que nosotros convertimos eso que está afuera en un pozo, pero
con una rígida estantería, ordenada a la manera de un comercio chico, con todo
clasificado, y donde nada tiene algo que ver con nosotros, a no ser que tengamos
dinero para comprarlo. Así lo exige el siglo XX y ese es el sentido de la
civilización, una herencia de la enciclopedia francesa.
Pero nos sale el indio. ¿Para qué? ¿Será para contrariar este siglo XX? ¿Será
para restituir afuera en el mundo exterior nuestro propio recinto sagrado, sólo
para ver a los dioses columpiarse en los árboles?
Porque ¿qué decimos cuando usamos el término canchero? ¿Canchero en dónde? No
será en la cancha de fútbol, sino en la cancha sagrada, como si uno extendiera
el recinto sagrado de su pa’ mí hacia fuera, casi a la manera de una cancha de
fútbol, pero de un club que es uno mismo, mejor aún, uno mismo convertido en
empresario de espectáculos futbolísticos para mostrar su capacidad de gambetear
la vida, y de mover la admiración del prójimo, pero reducido éste a simple mersa
o grasas, del cual uno se compadece con aquello de pobre de él. Canchero
significa aventurarse a dominar el mundo exterior, pero con el fin de
encandilarlos o dejarlos locos a todos, casi como si uno se vengara de la gente.
Siendo así, no cabe duda que no sólo nos sale el indio, sino que también hacemos
como él. Porque qué manera de tirar trozos de la propia humanidad afuera, de
babosear el duro mundo con todo lo viviente que uno es, y hasta con ciertas
ganas, bastante sospechosas, de ver afuera también –como lo veía el indio- un
imperio de cuatro zonas y un centro siempre accesible, aunque sólo se llame
barrio norte y barrio sur y un Centro poblado de cines y mujeres bien vestidas.
Pero es inútil. Aunque nos salga el indio, aunque nos hagamos los cancheros, en
nuestro siglo XX apenas pasaremos de poner míseramente nuestra heladera, sagrada
pa’ mí, en el patio, para que el vecino se muera de envidia al ver nuestra
cancha sagrada, nuestro pa’ mí enriquecido con las cuatro cosas que conseguimos
a fuerza de créditos en nuestra buena ciudad. Nunca nos saldrá un imperio de
cuatro zonas, sino apenas un indio que no somos, y al cual en el fondo tenemos
miedo y asco, pero con el cual, querramos o no, estamos comprometidos.
Pero aún así se trata de una humanidad que se nos sale míseramente con el indio
para imponer una verdad. Una humanidad que en definitiva fuimos escondiendo para
ganar nuestro buen lugarcito en la ciudad. El siglo XX es el siglo de las
grandes ciudades, y éstas siempre se formaron tapando una humanidad que, al fin,
sale en forma de indio. Y no es difícil pensar que también al neoyorquino o al
parisiense le podría salir el indio. Cuántos andarán como bola sin manija en
Nueva York y en París, y querrían tomar la manija de una situación y poner su
propio centro afuera y que no sea sólo el Centro de los cines y las mujeres bien
vestidas. Se trata, en suma, de que salga un margen de vida que ha quedado en
receso, y que busca, en alguna manera, integrarse con esa otra vida que se gasta
afuera. Y lo sagrado es, en fin, eso que los otros no ven y que es pa’ mí porque
está oculto. Seguramente debe haber una ley, como de compensación, según la cual
siempre tendrá que salir el indio para echar algún vecino en cualquier lugar del
mundo.
Porque ¿qué hizo Napoleón cuando ocupó a Europa? Qué manera de salir esa vida en
receso, ese indio a Francia e imponer la cancha sagrada perentoriamente. Y
pensar que todo esto era para ver todo otra vez como sagrado pa’ mí, pero un pa’
mí francés con su centro en la Ciudad Luz.
Ya lo dijo Hegel, la historia restablece la pura vida de los individuos. En este
sentido qué porteña parece la historia universal. Todos con su indio salido,
porque se ahogaba el pa’ mí, acorralado en un mundo vacío, lleno de estanterías,
sin dioses, ni árboles que les sirvieran para atar el columpio.
Se trata al fin de cuentas de la grandiosidad y de la miseria de ser hombres,
aunque se llamen Napoleón o porteños, ambos poniendo un poco grotescamente la
heladera en el patio para que venga el vecino, y tengan, después, que sacar el
indio para echarlo.
Pero lo curioso es que siempre se encierre al indio o se simule ser un canchero.
¿Tendrán algo que ver en esto las heladeras? Al fin y al cabo Gardel no las
tenía y qué bien le salía el indio y con qué cancha. El juntaba indio y cancha.
Realmente, si Napoleón lo hubiera conocido, quizá habría hecho otras cosas allá
en Europa.
¿Decimos una gran herejía? De ningún modo. Porque no podríamos vivir si no
contamináramos, a lo indio, la realidad, o la ciudad o la historia o la simple
pared que vemos delante, con la vida que llevamos adentro. Vestimos un poco el
mundo cuando vemos a Napoleón como un simple vecino que rezonga porque le
tiramos la basura por sobre la pared medianera. ¿No es ese el mecanismo real de
toda vida? Ya lo dijimos, la salida de nuestro recinto sagrado del pa’ mí, no
consiste sino en babosear lo que está afuera. Lástima grande que nuestra forma
de babosear nunca coincida, por ejemplo, con lo que todos debemos pensar de
Napoleón.
Pero seguimos en la brecha. Debe ser obra del indio que se nos sale a pasear a
pesar nuestro, y lo hace para buscar cosas sagradas. Gracias a él escamoteamos a
los otros la ciudad, la historia y nuestro folklore ciudadano, para crearnos un
Buenos Aires y una historia pa’mí, y una épica de ese mismo pa’ mí a través del
fútbol, el tango y el Martín Fierro.
* Publicado en el libro DE LA MALA VIDA PORTEÑA (A. Peña Lillo
Editor, Buenos Aires/1966)
Fuente: www.revistacontratiempo.com.ar/kusch.htm
[Los cuatro grabados en blanco y negro que ilustran esta página
pertenecen a la serie de Carlos Patricio González dedicada al pensamiento de
Rodolfo Kusch, el resto de las ilustraciones son obras maestras de culturas
originarias pertenecientes
al Museo Chileno de Arte Precolombino]
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