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Kafka constituye un fenómeno único en la
historia de la literatura.
De pocos escritores se sabe tanto; numerosos simposios de germanistas,
judaístas o de filósofos han estudiado su vida y obra hasta en los
más recónditos detalles; el saber acerca de Kafka es inmenso, difícil de
abarcar aun para el especialista. En 1977 Theo Elm calculó alrededor
de 11.000 opiniones de expertos sobre la obra de Kafka. Los coloquios
sobre Kafka suelen derivar en auténticas orgías interpretativas. No obstante,
esta obra sigue siendo un enigma. No deja de causar perplejidad
el abismo existente entre el saber acumulado, una auténtica Torre de
Babel de conocimientos, y las pocas certezas que este saber proporciona.
Tal vez por esta razón la obra de Kafka mantiene su vigencia, atrae
a especialistas y profanos con una fuerza inusitada. Sin embargo, esta
complejidad y este halo misterioso de la obra repercuten de manera
distinta en los lectores. Los especialistas, por una parte, cada vez ponen
listones más altos para la comprensión de la obra de Kafka: el dominio
de las mil teorías que interpretan sus obras, la profundización en la
Cábala, en el psicoanálisis, el sionismo, la filosofía preexistencialista
etc., y, por otra parte, están aquellos que afirman un acceso directo y
personal a la obra, siguiendo, por lo demás, las instrucciones del mismo
Kafka, que escribía a Felice Bauer: "La verdad interna de un relato
no se deja determinar nunca, sino que debe ser aceptada o negada una
y otra vez, de manera renovada, por cada uno de los lectores u oyentes". Esta perspectiva colisiona frontalmente con la intención de aquellos
especialistas que desean encontrar un principio fundamental, una
fórmula mágica que sirva de llave universal para la interpretación de
los escritos kafkianos, resistentes hasta el día de hoy a toda fijación
hermenéutica.
Por añadidura, y para mayor confusión del lector profano,
los intérpretes han formado escuelas, por no denominarlas sectas, que
cultivan un aislacionismo combativo frente a otras teorías y análisis.
No obstante, ya parece haber transcurrido el primer periodo interpretativoen el que se intentó reducir la obra kafkiana a un principio rígido.
Las intenciones de Max Brod de convertir a Kafka en un pensador
sionista fueron rebatidas limpiamente por Walter Benjamin; las interpretaciones
psicoanalíticas han resultado insostenibles. Intentos sistematizadores,
como el de Wilhelm Emrich en su obra Franz Kafka,
parecen demasiado perfectos para ser ciertos y despiertan la impresión
de que la obra de Kafka, como un enorme espejo mágico, se limita a
reflejar el espíritu del intérprete. Pero si la obra kafkiana evoca la célebre
"interpretación infinita", no se puede renunciar, sin embargo, a la
búsqueda de un sentido que explique su actualidad. Así, la editorial
Valdemar ha querido contribuir a la comprensión de los distintos
motivos que inciden en esta obra universal con la publicación de El
proceso (2000), tomando en consideración los últimos avances de la
investigación, y del volumen Aforismos, visiones y sueños de Franz Kafka
(1998), en el que se realiza una sistematización de diversos textos kafkianos
bajo determinados epígrafes, correspondientes a los temas fundamentales
que han fertilizado su obra. Estos temas, a su vez, proceden
de los distintos ámbitos de la investigación. Por ejemplo, el judaísmo
de Kafka y la problemática en torno a la Ley y la Cábala han sido investigados
por Gershom Scholem y K. E. Grözinger; Walter Benjamin se
ocupó primordialmente de las implicaciones sociales y de la frontera
entre nihilismo y religión en el pensamiento kafkiano. Estos aspectos,
entre otros, son imprescindibles para acercarse a la obra de Kafka, pero
no excluyen una lectura subjetiva, simplemente amplían los horizontes
del lector. Como manifestó Vladimir Nabokov en su Curso de literatura
europea, para leer a Kafka sólo se necesita cierta sensibilidad literaria,
poseer la capacidad de trascender la realidad objetiva, de percibir lo
indefinible, en definitiva no reducir, por ejemplo, La metamorfosis a la
historia de un pobre diablo que se convierte en escarabajo. Ésa es la
"célula" o el "gene", como se expresó Nabokov, que ha creado la literatura
y que la mantiene en vida.
La obra de Kafka ha sido definida como un instrumento ideal para
el conocimiento de lo oculto. Esta sensibilidad, que permite captar
complejos aspectos de la existencia y expresarlos, se fundamenta en un
conocimiento profundo de las múltiples formas en que se manifiesta el
poder, en un instinto sutil orientado hacia el discernimiento de lo justo
y lo injusto y en un amor insobornable a la verdad. En Kafka encontramos
un espíritu penetrante, pero además unas circunstancias únicas.
No sólo pertenecía a una minoría por ser judío, sino también por
pertenecer a la minoría de habla alemana (un 10% de la población
checa). Pero a su vez pertenecía a otra minoría, pues la nación checa
representaba un papel modesto en el imperio de los Habsburgo. En
realidad no era ni alemán, ni checo, ni austríaco, ni judío, pero era
discriminado,
o su situación se veía afectada, por hablar alemán, por ser
judío y por ser checo. Una existencia tan compleja tenía que desembocar
en una crisis de identidad y, al mismo tiempo, en una intensificación
de la capacidad perceptiva. No es de extrañar, pues, que Kafka se
haya convertido en un símbolo de la inseguridad del individuo en el
mundo moderno, de los problemas existenciales y anímicos, de la
desolación, de la desesperanza y del desarraigo. Muchos lectores se han
identificado con su personalidad atormentada, se han reconocido en
su actitud desesperada, pero en esta valoración se olvida un aspecto
importante de la obra de Kafka, sobre el que su amigo Urzidil llamó la
atención poco después de su muerte, y que no se puede ignorar o dejar
que desaparezca bajo el manto del pesimismo y de la angustia. Hablamos
del insobornable realismo de Kafka y de su gran ironía, de un
humor que posee una fuerza de penetración extraordinaria, capaz de
desenmascarar lo falso e inauténtico en la existencia humana. Este realismo y humor, esta ironía, no se puede olvidar, también se encuentran
en la obra de Kafka. Forman parte de su estrategia para afrontar una
existencia que para él había perdido todo sentido racional e irracional.
En los recuerdos de Gustav Janouch sobre Kafka se encuentra un
curioso pasaje sobre uno de los autores predilectos del autor praguense,
me refiero a G. K. Chesterton, el creador del Padre Brown y el
autor de ensayos en defensa de la fe católica. Para Kafka, en una época
impía e irreligiosa como la suya, sólo quedaba la jovialidad como
remedio contra la desesperación. Por esta razón le gustaba la obra de
Chesterton, porque era tan jovial que casi se podía creer que había
encontrado a Dios.
Mucho se ha discutido entre los especialistas sobre el sentido de la
obra de Kafka, ante todo sobre la posibilidad de encontrar un hilo conductor
que nos lleve a través de sus textos procurándoles un ordenamiento
lógico, tanto desde una perspectiva temática como biográfica.
Por desgracia, no se ha llegado aún a una solución satisfactoria. Sin
embargo, en Kafka se dan determinadas circunstancias básicas que iluminan,
aunque tenuemente, sus escritos. Nos referimos a la tenacidad
con que escribía. En pocos escritores encontramos esta hipertrofia de
la voluntad, esta obsesión por confundir su ser mismo con la literatura.
Se ha hablado de su egocentrismo a la hora de escribir. Y, efectivamente,
Kafka apenas escribía para los demás, ante todo escribía para sí mismo.
Con esta actividad pretendía otorgar un sentido a su "existencia
vacía". Es posible que escribir cumpliese para Kafka en algunos
momentos de su vida una función terapéutica, pero no llevemos
demasiado lejos esta extendida opinión, escribir también supuso un
esfuerzo excepcional que consumió todas sus energías. En Kafka se
cumple el mandamiento nietzscheano de "escribir con sangre". Todo
lo que obstruía o impedía su dedicación plena a la literatura fue considerado
un estorbo, una tortura: la familia, la profesión, el matrimonio.
Kafka consideraba la literatura como su forma de existencia natural,
pero, en colisión con su vida profesional y familiar, una forma de existencia
imposible. A Rudolf Steiner, el fundador de la antroposofía, le
confesaba: "No sólo a causa de mis relaciones familiares, tampoco
podría vivir de la literatura a causa de la lentitud con que se originan
mis obras y de su carácter tan especial; además, mi salud y mi carácter
me impiden llevar una vida que, en el mejor de los casos, sería incierta.
Por esta razón soy un funcionario en una compañía de seguros. Sin
embargo, estas dos profesiones nunca podrán ser compatibles y permitir
una felicidad conjunta. La mayor felicidad en la primera supondría
la mayor desgracia en la segunda". Así pues, Kafka se definía como una
existencia imposible que sólo adquiría sentido en la labor imposible de
escribir. Ni su existencia profesional, ni personal, ni familiar, ni literaria
poseían un punto de anclaje, su situación sólo se puede explicar
como un desarraigo radical. Sus intentos por emanciparse de la familia
y dedicarse plenamente a la literatura no eran más que, imitando el
estilo heideggeriano, "el arraigo en el desarraigo". Esta tensión anímica
le proporcionó la sensibilidad necesaria para, intencionadamente o no,
describir en un ámbito literario la transición de la metafísica al nihilismo,
la ruptura definitiva de este mundo con la Verdad...
José Rafael Hernández Arias
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Por
qué leer los clásicos
Por Italo Calvino
Empecemos proponiendo algunas definiciones.
1. Los clásicos son esos libros de los cuales se suele oír decir: "Estoy
releyendo..." y nunca "Estoy leyendo...".
Es lo que ocurre por lo menos entre esas personas que se supone "de vastas
lecturas"; no vale para la juventud, edad en la que el encuentro con el mundo, y
con los clásicos como parte del mundo, vale exactamente como primer encuentro.
El prefijo iterativo delante del verbo "leer" puede ser una pequeña hipocresía
de todos los que se avergüenzan de admitir que no han leído un libro famoso.
Para tranquilizarlos bastará señalar que por vastas que puedan ser las lecturas
"de formación" de un individuo, siempre queda un número enorme de obras
fundamentales que uno no ha leído.
Quien haya leído todo Heródoto y todo Tucídides que levante la mano. ¿Y
Saint-Simon? ¿Y el cardenal de Retz? Pero los grandes ciclos novelescos del
siglo xix son también más nombrados que leídos. En Francia se empieza a leer a
Balzac en la escuela, y por la cantidad de ediciones en circulación se diría que
se sigue leyendo después, pero en Italia, si se hiciera un sondeo, me temo que
Balzac ocuparía los últimos lugares. Los apasionados de Dickens en Italia son
una minoría reducida de personas que cuando se encuentran empiezan enseguida a
recordar personajes y episodios como si se tratara de gentes conocidas. Hace
unos años Michel Butor, que enseñaba en Estados Unidos, cansado de que le
preguntaran por Emile Zola, a quien nunca había leído, se decidió a leer todo el
ciclo de los Rougon-Macquart. Descubrió que era completamente diferente de lo
que creía: una fabulosa genealogía mitológica y cosmogónica que describió en un
hermosísimo ensayo.
Esto para decir que leer por primera vez un gran libro en la edad madura es un
placer extraordinario: diferente (pero no se puede decir que sea mayor o menor)
que el de haberlo leído en la juventud. La juventud comunica a la lectura, como
a cualquier otra experiencia, un sabor particular y una particular importancia,
mientras que en la madurez se aprecian (deberían apreciarse) muchos detalles,
niveles y significados más. Podemos intentar ahora esta otra definición:
2. Se llama clásicos a los libros que constituyen una riqueza para quien los ha
leído y amado, pero que constituyen una riqueza no menor para quien se reserva
la suerte de leerlos por primera vez en las mejores condiciones para
saborearlos.
En realidad, las lecturas de juventud pueden ser poco provechosas por
impaciencia, distracción, inexperiencia en cuanto a las instrucciones de uso,
inexperiencia de la vida. Pueden ser (tal vez al mismo tiempo) formativas en el
sentido de que dan una forma a la experiencia futura, proporcionando modelos,
contenidos, términos de comparación, esquemas de clasificación, escalas de
valores, paradigmas de belleza: cosas todas ellas que siguen actuando, aunque
del libro leído en la juventud poco o nada se recuerde. Al releerlo en la edad
madura, sucede que vuelven a encontrarse esas constantes que ahora forman parte
de nuestros mecanismos internos y cuyo origen habíamos olvidado. Hay en la obra
una fuerza especial que consigue hacerse olvidar como tal, pero que deja su
simiente. La definición que podemos dar será entonces:
3. Los clásicos son libros que ejercen una influencia particular ya sea cuando
se imponen por inolvidables, ya sea cuando se esconden en los pliegues de la
memoria mimetizándose con el inconsciente colectivo o individual.
Por eso en la vida adulta debería haber un tiempo dedicado a repetir las
lecturas más importantes de la juventud. Si los libros siguen siendo los mismos
(aunque también ellos cambian a la luz de una perspectiva histórica que se ha
transformado), sin duda nosotros hemos cambiado y el encuentro es un
acontecimiento totalmente nuevo.
Por lo tanto, que se use el verbo "leer" o el verbo "releer" no tiene mucha
importancia. En realidad podríamos decir:
4. Toda relectura de un clásico es una lectura de descubrimiento como la
primera.
5. Toda lectura de un clásico es en realidad una relectura. La definición 4
puede considerarse corolario de ésta:
6. Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir.
Mientras que la definición 5 remite a una formulación más explicativa, como:
7. Los clásicos son esos libros que nos llegan trayendo impresa la huella de las
lecturas que han precedido a la nuestra, y tras de sí la huella que han dejado
en la cultura o en las culturas que han atravesado (o más sencillamente, en el
lenguaje o en las costumbres).
Esto vale tanto para los clásicos antiguos como para los modernos. Si leo la
Odisea leo el texto de Homero, pero no puedo olvidar todo lo que las aventuras
de Ulises han llegado a significar a través de los siglos, y no puedo dejar de
preguntarme si esos significados estaban implícitos en el texto o si son
incrustaciones o deformaciones o dilataciones. Leyendo a Kafka no puedo menos
que comprobar o rechazar la legitimidad del adjetivo "kafkiano" que escuchamos
cada cuarto de hora aplicado a tuertas o a derechas. Si leo Padres e hijos de
Turguéniev o Demonios de Dostoyevski, no puedo menos que pensar cómo esos
personajes han seguido reencarnándose hasta nuestros días.
La lectura de un clásico debe depararnos cierta sorpresa en relación con la
imagen que de él teníamos. Por eso nunca se recomendará bastante la lectura
directa de los textos originales evitando en lo posible bibliografía crítica,
comentarios, interpretaciones. La escuela y la universidad deberían servir para
hacernos entender que ningún libro que hable de un libro dice más que el libro
en cuestión; en cambio hacen todo lo posible para que se crea lo contrario. Por
una inversión de valores muy difundida, la introducción, el aparato crítico, la
bibliografía hacen las veces de una cortina de humo para esconder lo que el
texto tiene que decir y que sólo puede decir si se lo deja hablar sin
intermediarios que pretendan saber más que él. Podemos concluir que:
8. Un clásico es una obra que suscita un incesante polvillo de discursos
críticos, pero que la obra se sacude continuamente de encima.
El clásico no nos enseña necesariamente algo que no sabíamos; a veces
descubrimos en él algo que siempre habíamos sabido (o creído saber) pero no
sabíamos que él había sido el primero en decirlo (o se relaciona con él de una
manera especial). Y ésta es también una sorpresa que da mucha satisfacción, como
la da siempre el descubrimiento de un origen, de una relación, de una
pertenencia. De todo esto podríamos hacer derivar una definición del tipo
siguiente:
9. Los clásicos son libros que cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto
más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad.
Naturalmente, esto ocurre cuando un clásico funciona como tal, esto es, cuando
establece una relación personal con quien lo lee. Si no salta la chispa, no hay
nada que hacer: no se leen los clásicos por deber o por respeto, sino sólo por
amor. Salvo en la escuela: la escuela debe hacerte conocer bien o mal cierto
número de clásicos entre los cuales (o con referencia a los cuales) podrás
reconocer después "tus" clásicos. La escuela está obligada a darte instrumentos
para efectuar una elección; pero las elecciones que cuentan son las que ocurren
fuera o después de cualquier escuela.
Sólo en las lecturas desinteresadas puede suceder que te tropieces con el libro
que llegará a ser tu libro. Conozco a un excelente historiador del arte, hombre
de vastísimas lecturas, que entre todos los libros ha concentrado su
predilección más honda en Las aventuras de Pickwick, y con cualquier pretexto
cita frases del libro de Dickens, y cada hecho de la vida lo asocia con
episodios pickwickianos. Poco a poco él mismo, el universo, la verdadera
filosofía han adoptado la forma de Las aventuras de Pickwick en una
identificación absoluta. Llegamos por este camino a una idea de clásico muy alta
y exigente:
10. Llámase clásico a un libro que se configura como equivalente del universo, a
semejanza de los antiguos talismanes.
Con esta definición nos acercamos a la idea del libro total, como lo soñaba
Mallarmé.
Pero un clásico puede establecer una relación igualmente fuerte de oposición, de
antítesis. Todo lo que Jean-Jacques Rousseau piensa y hace me interesa mucho,
pero todo me inspira un deseo incoercible de contradecirlo, de criticarlo, de
discutir con él. Incide en ello una antipatía personal en el plano
temperamental, pero en ese sentido me bastaría con no leerlo, y en cambio no
puedo menos que considerarlo entre mis autores. Diré por tanto:
11. Tu clásico es aquel que no puede serte indiferente y que te sirve para
definirte a ti mismo en relación y quizás en contraste con él.
Creo que no necesito justificarme si empleo el término "clásico" sin hacer
distingos de antigüedad, de estilo, de autoridad. Lo que para mí distingue al
clásico es tal vez sólo un efecto de resonancia que vale tanto para una obra
antigua como para una moderna pero ya ubicada en una continuidad cultural.
Podríamos decir:
12. Un clásico es un libro que está antes que otros clásicos; pero quien haya
leído primero los otros y después lee aquél, reconoce enseguida su lugar en la
genealogía.
Al llegar a este punto no puedo seguir aplazando el problema decisivo que es el
de cómo relacionar la lectura de los clásicos con todas las otras lecturas que
no son de clásicos. Problema que va unido a preguntas como: "¿Por qué leer los
clásicos en vez de concentrarse en lecturas que nos hagan entender más a fondo
nuestro tiempo?" y "¿Dónde encontrar el tiempo y la disponibilidad de la mente
para leer los clásicos, excedidos como estamos por el alud de papel impreso de
la actualidad?".
Claro que se puede imaginar una persona afortunada que dedique exclusivamente el
"tiempo-lectura" de sus días a leer a Lucrecio, Luciano, Montaigne, Erasmo,
Quevedo, Marlowe, el Discurso del método, el Wilhelm Meister, Coleridge, Ruskin,
Proust y Valéry, con alguna divagación en dirección a Murasaki o las sagas
islandesas. Todo esto sin tener que hacer reseñas de la última reedición, ni
publicaciones para unas oposiciones, ni trabajos editoriales con contrato de
vencimiento inminente. Para mantener su dieta sin ninguna contaminación, esa
afortunada persona tendría que abstenerse de leer los periódicos, no dejarse
tentar jamás por la última novela o la última encuesta sociológica. Habría que
ver hasta qué punto sería justo y provechoso semejante rigorismo. La actualidad
puede ser trivial y mortificante, pero sin embargo es siempre el punto donde
hemos de situarnos para mirar hacia adelante o hacia atrás. Para poder leer los
libros clásicos hay que establecer desde dónde se los lee. De lo contrario tanto
el libro como el lector se pierden en una nube intemporal. Así pues, el máximo
"rendimiento" de la lectura de los clásicos lo obtiene quien sabe alternarla con
una sabia dosificación de la lectura de actualidad. Y esto no presupone
necesariamente una equilibrada calma interior: puede ser también el fruto de un
nerviosismo impaciente, de una irritada insatisfacción.
Tal vez el ideal sería oír la actualidad como el rumor que nos llega por la
ventana y nos indica los atascos del tráfico y, las perturbaciones
meteorológicas, mientras seguimos el discurrir de los clásicos, que suena claro
y articulado en la habitación. Pero ya es mucho que para los más la presencia de
los clásicos se advierta como un retumbo lejano, fuera de la habitación invadida
tanto por la actualidad como por la televisión a todo volumen. Añadamos por lo
tanto:
13. Es clásico lo que tiende a relegar la actualidad a la categoría de ruido de
fondo, pero al mismo tiempo no puede prescindir de ese ruido de fondo.
14. Es clásico lo que persiste como ruido de fondo incluso allí donde la
actualidad más incompatible se impone.
Queda el hecho de que leer los clásicos parece estar en contradicción con
nuestro ritmo de vida, que no conoce los tiempos largos, la respiración del
otium humanístico, y también en contradicción con el eclecticismo de nuestra
cultura, que nunca sabría confeccionar un catálogo de los clásicos que convenga
a nuestra situación.
Estas eran las condiciones que se presentaron plenamente para Leopardi, dada su
vida en la casa paterna, el culto de la Antigüedad griega y latina y la
formidable biblioteca que le había legado el padre Monaldo, con el anexo de toda
la literatura italiana, más la francesa, con exclusión de las novelas y en
general de las novedades editoriales, relegadas al margen, en el mejor de los
casos, para confortación de su hermana ("tu Stendhal", le escribía a Paolina).
Sus vivísimas curiosidades científicas e históricas, Giacomo las satisfacía
también con textos que nunca eran demasiado up to date: las costumbres de los
pájaros en Buffon, las momias de Frederick Ruysch en Fontenelle, el viaje de
Colón en Robertson.
Hoy una educación clásica como la del joven Leopardi es impensable, y la
biblioteca del conde Monaldo, sobre todo, ha estallado. Los viejos títulos han
sido diezmados pero los novísimos se han multiplicado proliferando en todas las
literaturas y culturas modernas. No queda más que inventarse cada uno una
biblioteca ideal de sus clásicos; y yo diría que esa biblioteca debería
comprender por partes iguales los libros que hemos leído y que han contado para
nosotros y los libros que nos proponemos leer y presuponemos que van a contar
para nosotros. Dejando una sección vacía para las sorpresas, los descubrimientos
ocasionales.
Compruebo que Leopardi es el único nombre de la literatura italiana que he
citado. Efecto de la explosión de la biblioteca. Ahora debería reescribir todo
el artículo para que resultara bien claro que los clásicos sirven para entender
quiénes somos y adónde hemos llegado, y por eso los italianos son indispensables
justamente para confrontarlos con los extranjeros, y los extranjeros son
indispensables justamente para confrontarlos con los italianos.
Después tendría que reescribirlo una vez más para que no se crea que los
clásicos se han de leer porque "sirven" para algo. La única razón que se puede
aducir es que leer los clásicos es mejor que no leer los clásicos.
Y si alguien objeta que no vale la pena tanto esfuerzo, citaré a Cioran (que no
es un clásico, al menos de momento, sino un pensador contemporáneo que sólo
ahora se empieza a traducir en Italia): "Mientras le preparaban la cicuta,
Sócrates aprendía un aria para flauta. “¿De qué te va a servir?”, le
preguntaron. “Para saberla antes de morir”".
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Kafka, traicionado
Max Brod no sólo no destruyó los manuscritos que le confió su amigo Franz Kafka,
como éste le había pedido, sino que los publicó con correcciones y cortes que
ponían en evidencia el carácter a veces homoerótico, agnóstico y hasta vulgar
del escritor. La reedición en alemán de los originales, y las traducciones que
se están haciendo incluso al español, descubren a un Kafka desconocido. ¿Brod
trató de protegerlo? El autor de esta nota habla de traición.
RENATO SANDOVAL BACIGALUPO
cultural@clarin.com
Alguna vez, el poeta praguense Rainer Maria Rilke, refiriéndose al célebre
escultor francés Auguste Rodin, dijo que éste era un ser solitario antes de ser
famoso; pero cuando la fama por fin llegó hasta él, lo dejó tal vez aún más
solo, pues ella "no es sino la suma de todos los malentendidos alrededor de un
nuevo hombre".
Tal aseveración está ahíta de verdad en el caso de Franz Kafka, otro praguense
al que, a diferencia de Rilke y, más aún, del propio Rodin, no le fue dado ver
cómo su parva obra se terminó convirtiendo, si bien póstumamente, en objeto de
culto, de admiración, de estudio y, sobre todo, en un supremo malentendido. Pues
acaso ningún otro autor contemporáneo, salvo Joyce, haya sido editado,
traducido, comentado, anotado, censurado, vuelto a editar, traducir, comentar,
anotar y censurar como él, para no referirse al abordaje crítico que desde
múltiples perspectivas ha padecido su obra, a saber, la histórica, religiosa,
psicoanalítica, metafísica, legal, política, socioeconómica, pero también la
cabalística, antroposófica, mística, ¡e incluso desde el punto de vista de la
ingeniería civil y mecánica, la numismática, la angelología, la heráldica y la
culinaria. Todo un festín aliñado con los más disímiles postulados e
interpretaciones que, salvo pocos casos, no ha hecho sino añadir al banquete de
ideas y ocurrencias más especias de lo debido, perpetrando un verdadero
desaguisado.
El desmesuradamente modesto y frugal Kafka, de haber tenido la sospecha de que
su incondicional amigo Max Brod no iba a cumplir con su deseo de que sus textos
todavía inéditos -nada menos que manuscritos como El proceso, El castillo, El
desaparecido (América)- fueran incinerados luego de su deceso, se habría
asegurado de quemar él mismo esos papeles, para no correr la misma suerte de su
personaje Joseph K., cuya inmolación heroica es opacada al final por la sospecha
y el temor de que la vergüenza le sobreviviría. Ahora nosotros, sus
sobrevivientes, nos complacemos, pero también nos desconcertamos y laceramos con
esa espléndida vergüenza kafkiana.
Pero esa vergüenza con seguridad se habría centuplicado si el autor de La
metamorfosis hubiera llegado a ver la manera monstruosa con que Brod editó esos
escritos, para no mencionar que además puso al desnudo y sin empacho la
intimidad más celosamente guardada de su camarada, a saber, la agazapada en sus
deslumbrantes y perturbadores Diarios y en su desgarradora Carta al padre. ¿Es
que se puede torcer hasta tal punto la última voluntad del amigo en aras de la
admiración que tiene uno por su obra, a todas luces de un valor sin par? Ya
Milan Kundera ha examinado con perspicacia este tema, y por cierto Brod no ha
salido bien parado. Según aquel, nada justifica la traición a un ser querido, y
menos aún tratándose de alguien con una sensibilidad e inteligencia
excepcionales como las de Kafka, todo en aras de una hipotética admiración
futura de un público que a la vez él temía y tenía sin cuidado. También mi
entender, Brod ocupa un lugar junto a Judas, Bruto y Casio en esa llanura de
hielo que conforma el último círculo del infierno danteano: el de los traidores.
Y, no obstante, ¡bendito sea Brod! La literatura es como la libertad: muchos
delitos se cometen en su nombre.
Una forma de morir
Si para Faulkner escribir era una manera de vivir, para Kafka se trataba más
bien de una inteligente forma de morir o, si se quiere, de retardar el último
tránsito, trasladando (garabateando, diría él) a la cuartilla sus más íntimos
sueños, temores, deseos, fantasías, pero no movido por el propósito de alcanzar
la para él inexistente trascendencia vital, sino más bien acicateado por la
urgencia de fabricar la obra de arte perfecta que, en literatura, consistiría en
llegar a plasmar lo inexpresable con sencillez y fidelidad extremas, aun a costa
de la propia vida. En El castillo se lee: "Pero, ¿qué es lo que persigue, qué
extraña especie de sujeto es este? ¿Qué es lo que en verdad pretende? ¿Qué
importantes asuntos son esos que lo tienen ocupado y que lo hacen olvidar lo más
cercano y lo más hermoso?", se preguntan los habitantes del improbable pueblo
que K visita. ¿Y qué es lo que moverá al propio Kafka, nos preguntaríamos
nosotros, eso que lo inquieta tanto y que, al parecer, lo habría obligado a
dejar pasar la felicidad (sic) por escrúpulos?
"Porque solo soy literatura y no puedo ni quiero ser otra cosa" y "todo lo que
no es literatura me hastía", repetía una y otra vez Kafka en sus urgidos
Diarios. Pues, pese a la indudable densidad de su obra, tanto ésta como su
propia existencia aspiraban a la suprema simplicidad, quién lo diría. En el
relato que su amigo Max Brod hace de su primera conversación con Franz, lo
escuchamos decir: "Condenó todo lo que aparentara ser rebuscado e intelectual,
inventado artificiosamente. Como ejemplo de lo que le gustaba citó un pasaje de
Hofmannsthal: 'El olor de piedras húmedas en el zaguán de una casa' Y guardó
silencio durante un buen rato sin añadir nada más, como si aquel misterio y
aquella sencillez tuviesen que hablar por sí solos".
Cubismo literario
Es precisamente en este gusto por lo simple que se verifica desde sus primeros
años como escritor donde se puede detectar uno de los rasgos distintivos de toda
su obra, a saber, su capacidad de asombro ante las cosas, por más
insignificantes y banales que estas parezcan. Lo que para Aristóteles es el
motor primero de la filosofía, para Kafka es el impulso originario de la
escritura, con la particularidad de que en este lo sencillo le resulta extraño y
lo extraño por lo general termina siéndole incomprensible, inaceptable y
doloroso. Ya hablaba de esto un personaje suyo de Descripción de una lucha: "Me
sentí tan débil y desdichado que hundí el rostro en el suelo; no podía soportar
el esfuerzo de ver las cosas que me rodeaban en el mundo. Estaba convencido de
que cada movimiento y pensamiento eran forzados, había que cuidarse de ellos".
De ese insoportable esfuerzo por ver el mundo en el que le tocó habitar huyó
Kafka, describiéndolo.
En tal sentido, como bien señala Wagenbach, la distancia que hay entre él y el
mundo queda salvada, al menos en parte al establecer "relaciones nuevas y
arbitrarias entre las cosas", relaciones éstas que refuerzan todavía más la
sensación de extrañeza y de asombro que nos producen sus escritos, sobre todo si
lo narrado hace gala de una sencillez a prueba de balas, lo que en sí mismo es
toda una contradicción. Acaso también se podría aseverar que la arbitrariedad
con que Kafka dispone de los materiales con que fabrica sus relatos es una
manera sui géneris de rebeldía y de revancha frente al status quo, pues qué le
queda al indefenso sometido por un poderoso rival que lo afrenta y que lo
humilla sino vengarse de él en su mente y en su corazón, destruyéndolo con el
letal martillo de su gran imaginación para, si así lo quiere, volver a construir
a su víctima, pero esta vez como le venga en gana, haciendo escarnio de él si de
pronto se le ocurre ponerle un zapato como boca y un helado de vainilla en el
trasero; cualquier cosa con tal de poder imponer, aunque sea in extremis, su
propia voluntad. Como apuntaba Hanna Arendt, "Kafka no tenía amor por el mundo
como se le ofrecía y tampoco tenía amor por la naturaleza. El deseaba construir
un mundo de acuerdo con las necesidades humanas, un mundo donde las acciones del
hombre estén determinadas por él mismo y que se rija por sus leyes, y no por
misteriosas fuerzas que emanan de lo alto o de lo bajo".
Esta especie de cubismo literario que Kafka practica a la hora de armar
caprichosa y azarosamente el espacio y el tiempo, pero también los personajes,
las ideas, las historias, las acciones, los parlamentos; este modo tan especial
de deconstrucción y reconstrucción de los distintos elementos literarios, se
condice a la perfección con el espíritu farsesco que, contra lo que se pudiera
pensar, satura toda su obra, concebida a lo mejor como una puesta en escena
satírica de la realidad que tanto mortifica al autor. De ahí que, en efecto,
como atinaba a decir Walter Benjamín, "Kafka es incansable para actualizar el
gesto. Pero no lo hace nunca sin asombro. Del ademán del hombre toma los apoyos
tradicionales y entonces hace de él un objeto de meditación". Sólo que quizás es
meditación en tanto crítica del hombre y el sistema absurdo e injusto por él
creado, y contra cuya tiranía sólo se podrá luchar mediante la re-presentación,
la parodia, el remedio simiesco y zahiriente, que lanza sus dardos por doquier
acertando a todo y a todos, sin que quede nada indemne y sin ser denigrado.
El dolor de las heridas
No obstante, entre tanta mofa y rebeldía, ahí permanecen la pena, la agonía, el
decaimiento, la angustia, el dolor, la herida. Esa misma herida rosada del
tamaño de una mano que lleva en el flanco derecho el joven enfermo de El médico
rural, con gusanos tan largos y gruesos como dedos meñiques, manchados de sangre
y retorciéndose en su centro; la herida cada vez más putrefacta en el pulmón de
Gregor Samsa, convertido en un monstruoso insecto; esa herida de guerra en el
muslo del padre farsante y furioso de La sentencia; para no mencionar las
laceraciones de todo tipo, en las mentes o en los cuerpos, que infligen o
padecen una legión de personas, animales e híbridos que transcurren por gran
parte de las historias kafkianas.
Alguna vez Kafka se dirigió a su amigo Oskar Pollak, diciéndole: "Lo que
necesitamos son libros que hagan en nosotros el efecto de una desgracia, que nos
duelan profundamente como la muerte de una persona a quien hubiésemos amado más
que a nosotros mismos, como si fuésemos arrojados a los bosques, lejos de los
hombres, como un suicidio; un libro tiene que ser el hacha para el mar helado
que llevamos adentro". No hay duda de que la obra de Franz Kafka, elaborada
fragmentariamente a base de orfandad, miedo, escisión, desgarro y desasosiego,
es una de las más dolorosas y "desgraciadoras" de los últimos tiempos y,
seguramente también, de los que vendrán. La marea negra que recorre el talud de
sus relatos nos aleja de la segura orilla de nuestra vida cotidiana, para que
una vez estando nosotros a la deriva en un mar agitado se convierta en esa
filuda hacha que caerá con fuerza en nuestro corazón de hielo. De sus astillas
no quedará nada, tal vez solo un manto de destrucción y de vergüenza; aunque
bien podría suceder que de ellas surjan pequeños arroyos, que más tarde habrán
de convertirse en ríos, los que a la postre desemboquen en mares más surcables,
pero no por ello menos fieros y misteriosos.
Fuente: Clarín (Eñe), 18/08/07
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Ante
la ley
Ante la Ley hay un guardián. Hasta ese guardián llega un campesino y le ruega
que le permita entrar a la Ley. Pero el guardián responde que en ese momento no
le puede franquear el acceso. El hombre reflexiona y luego pregunta si es que
podrá entrar más tarde.
—Es posible —dice el guardián—, pero ahora, no.
Las puertas de la Ley están abiertas, como siempre, y el guardián se ha hecho a un lado, de modo que el hombre se inclina para atisbar el interior. Cuando el guardián lo advierte, ríe y dice:
—Si tanto te atrae, intenta entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda esto: yo soy poderoso. Y yo soy sólo el último de los guardianes. De sala en sala irás encontrando guardianes cada vez más poderosos. Ni siquiera yo puedo soportar la sola vista del tercero.
El campesino no había previsto semejantes dificultades. Después de todo, la Ley debería ser accesible a todos y en todo momento, piensa. Pero cuando mira con más detenimiento al guardián, con su largo abrigo de pieles, su gran nariz puntiaguda, la larga y negra barba de tártaro, se decide a esperar hasta que él le conceda el permiso para entrar. El guardián le da un banquillo y le permite sentarse al lado de la puerta. Allí permanece el hombre días y años. Muchas veces intenta entrar e importuna al guardián con sus ruegos. El guardián le formula, con frecuencia, pequeños interrogatorios. Le pregunta acerca de su terruño y de muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y al final le repite siempre que aún no lo puede dejar entrar. El hombre, que estaba bien provisto para el viaje, invierte todo —hasta lo más valioso— en sobornar al guardián. Este acepta todo, pero siempre repite lo mismo:
—Lo acepto para que no creas que has omitido algún esfuerzo.
Durante todos esos años, el hombre observa ininterrumpidamente al guardián. Olvida a todos los demás guardianes y aquél le parece ser el único obstáculo que se opone a su acceso a la Ley. Durante los primeros años maldice su suerte en voz alta, sin reparar en nada; cuando envejece, ya sólo murmura como para sí. Se vuelve pueril, y como en esos años que ha consagrado al estudio del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de pieles, también suplica a las pulgas que lo ayuden a persuadir al guardián. Finalmente su vista se debilita y ya no sabe si en la realidad está oscureciendo a su alrededor o si lo engañan los ojos. Pero en aquellas penumbras descubre un resplandor inextinguible que emerge de las puertas de la Ley. Ya no le resta mucha vida. Antes de morir resume todas las experiencias de aquellos años en una pregunta, que nunca había formulado al guardián. Le hace una seña para que se aproxime, pues su cuerpo rígido ya no le permite incorporarse.
El guardián se ve obligado a inclinarse mucho, porque las diferencias de estatura se han acentuado señaladamente con el tiempo, en desmedro del campesino.
—¿Qué quieres saber ahora? –pregunta el guardián—. Eres insaciable.
—Todos buscan la Ley –dice el hombre—. ¿Y cómo es que en todos los años que llevo aquí, nadie más que yo ha solicitado permiso para llegar a ella?
El guardián comprende que el hombre está a punto de expirar y le grita, para que sus oídos debilitados perciban las palabras.
—Nadie más podía entrar por
aquí, porque esta entrada estaba destinada a ti solamente. Ahora cerraré.
[Berlin, 1914]
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El
viejo manuscrito
Podría decirse que el sistema de defensa de nuestra patria adolece de serios
defectos. Hasta el momento no nos hemos ocupado de ellos sino de nuestros
deberes cotidianos; pero algunos acontecimientos recientes nos inquietan.
Soy zapatero remendón; mi negocio da a la plaza del palacio imperial. Al amanecer, apenas abro mis ventanas, ya veo soldados armados, apostados en todas las bocacalles que dan a la plaza. Pero no son soldados nuestros; son, evidentemente, nómades del Norte. De algún modo que no llego a comprender, han llegado hasta la capital, que, sin embargo, está bastante lejos de las fronteras. De todas maneras, allí están; su número parece aumentar cada día.
Como es su costumbre, acampan al aire libre y rechazan las casas. Se entretienen en afilar las espadas, en aguzar las flechas, en realizar ejercicios ecuestres. Han convertido esta plaza tranquila y siempre pulcra en una verdadera pocilga. Muchas veces intentamos salir de nuestros negocios y hacer una recorrida para limpiar por lo menos la basura más gruesa; pero esas salidas se tornan cada vez más escasas, porque es un trabajo inútil y corremos, además, el riesgo de hacernos aplastar por sus caballos salvajes o de que nos hieran con sus látigos.
Es imposible hablar con los nómades. No conocen nuestro idioma y casi no tienen idioma propio. Entre ellos se entienden como se entienden los grajos. Todo el tiempo se escucha ese graznar de grajos. Nuestras costumbres y nuestras instituciones les resultan tan incomprensibles como carentes de interés. Por lo mismo, ni siquiera intentan comprender nuestro lenguaje de señas. Uno puede dislocarse la mandíbula y las muñecas de tanto hacer ademanes; no entienden nada y nunca entenderán. Con frecuencia hacen muecas; en esas ocasiones ponen los ojos en blanco y les sale espuma por la boca, pero con eso nada quieren decir ni tampoco causan terror alguno; lo hacen por costumbre. Si necesitan algo, lo roban. No puede afirmarse que utilicen la violencia. Simplemente se apoderan de las cosas; uno se hace a un lado y se las cede.
También de mi tienda se han llevado excelentes mercancías. Pero no puedo quejarme cuando veo, por ejemplo, lo que ocurre con el carnicero. Apenas llega su mercadería, los nómades se la llevan y la comen de inmediato. También sus caballos devoran carne; a menudo se ve a un jinete junto a su caballo comiendo del mismo trozo de carne, cada cual de una punta. El carnicero es miedoso y no se atreve a suspender los pedidos de carne. Pero nosotros comprendemos su situación y hacemos colectas para mantenerlo. Si los nómades se encontraran sin carne, nadie sabe lo que se les ocurriría hacer; por otra parte, quien sabe lo que se les ocurriría hacer comiendo carne todos los días.
Hace poco, el carnicero pensó que podría ahorrarse, al menos, el trabajo de descuartizar, y una mañana trajo un buey vivo. Pero no se atreverá a hacerlo nuevamente. Yo me pasé toda una hora echado en el suelo, en el fondo de mi tienda, tapado con toda mi ropa, mantas y almohadas, para no oír los mugidos de ese buey, mientras los nómades se abalanzaban desde todos lados sobre él y le arrancaban con los dientes trozos de carne viva. No me atreví a salir hasta mucho después de que el ruido cesara; como ebrios entorno de un tonel de vino, estaban tendidos por el agotamiento, alrededor de los restos del buey.
Precisamente en esa ocasión me pareció ver al emperador en persona asomado por una de las ventanas del palacio; casi nunca sale a las habitaciones exteriores y vive siempre en el jardín más interior, pero esa vez lo vi, o por lo menos me pareció verlo, ante una de las ventanas, contemplando cabizbajo lo que ocurría frente a su palacio.
—¿En qué terminará esto? —nos preguntamos todos—. ¿Hasta cuando soportaremos esta carga y este tormento? El palacio imperial ha traído a los nómades, pero no sabe como hacer para repelerlos. El portal permanece cerrado; los guardias, que antes solían entrar y salir marchando festivamente, ahora están siempre encerrados detrás de las rejas de las ventanas. La salvación de la patria sólo depende de nosotros, artesanos y comerciantes; pero no estamos preparados para semejante empresa; tampoco nos hemos jactado nunca de ser capaces de cumplirla. Hay cierta confusión, y esa confusión será nuestra ruina.
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Un
mensaje imperial
"El Emperador, tal va una parábola, os ha mandado, humilde sujeto, quien sois la
insignificante sombra arrinconándose en la más recóndita distancia del sol
imperial, un mensaje; el Emperador desde su lecho de muerte os ha mandado un
mensaje para vos únicamente. Ha comandado al mensajero a arrodillarse junto a la
cama, y ha susurrado el mensaje; ha puesto tanta importancia al mensaje, que ha
ordenado al mensajero se lo repita en el oído. Luego, con un movimiento de
cabeza, ha confirmado estar correcto. Sí, ante los congregados espectadores de
su muerte —toda pared obstructora ha sido tumbada, y en las espaciosas y
colosalmente altas escaleras están en un círculo los grandes príncipes del
Imperio— ante todos ellos, él ha mandado su mensaje. El mensajero inmediatamente
embarca su viaje; un poderoso, infatigable hombre; ahora empujando con su brazo
diestro, ahora con el siniestro, taja un camino a través de la multitud; si
encuentra resistencia, apunta a su pecho, donde el símbolo del sol repica de
luz; al contrario de otro hombre cualquiera, su camino así se le facilita. Mas
las multitudes son tan vastas; sus números no tienen fin. Si tan sólo pudiera
alcanzar los amplios campos, cuán rápido él volaría, y pronto, sin duda alguna,
escucharías el bienvenido martilleo de sus puños en tu puerta. Pero, en vez,
cómo vanamente gasta sus fuerzas; aún todavía traza su camino tras las cámaras
del profundo interior del palacio; nunca llegará al final de ellas; y si lo
lograra, nada se lograría en ello; él debe, tras aquello, luchar durante su
camino hacia abajo por las escaleras; y si lo lograra, nada se lograría en ello;
todavía tiene que cruzar las cortes; y tras las cortes, el segundo palacio
externo; y una vez más, más escaleras y cortes; y de nuevo otro palacio; y así
por miles de años; y por si al fin llegara a lanzarse afuera, tras la última
puerta del último palacio —pero nunca, nunca podría llegar eso a suceder—, la
capital imperial, centro del mundo, caería ante él, apretada a explotar con sus
propios sedimientos. Nadie podría luchar y salir de ahí, ni siquiera con el
mensaje de un hombre muerto. Mas os sentáis tras la ventana, al caer la noche, y
os lo imagináis, en sueños.
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Ser
infeliz
–¿Realmente ha querido venir a mi casa? ¿No se trata de un error? No hay nada
más fácil que equivocarse en esta casa tan grande. Yo me llamo "fulano", vivo en
el tercer piso. ¿Es a mí a quien quiere visitar?
–¡Silencio! ¡Silencio! –dijo el niño hablando sobre el hombro–.
Todo es correcto.
–Entonces entre en la habitación, quisiera cerrar la puerta.
–Acabo de cerrar la puerta. No se preocupe. Tranquilícese de una vez.
–No hable de "preocuparme". Pero en ese pasillo vive mucha gente, todos son,
naturalmente, conocidos míos; la mayoría regresan ahora de sus negocios; si
usted escucha que hablan en una habitación, ¿cree usted tener el derecho de
abrir y mirar lo que ocurre? Esa gente ha dejado a sus espaldas el trabajo
diario; ¡a quién se habrán sometido en su efímera libertad vespertina! Por lo
demás, usted ya lo sabe. Déjeme cerrar la puerta.
–Sí, ¿y qué? ¿Qué quiere usted? Por mí puede venir toda la casa.
Y, además, se lo repito, ya he cerrado la puerta, ¿o acaso cree que sólo usted
puede cerrarla? He cerrado con llave.
–Entonces está bien. No quiero más. No era necesario que cerrase con llave. Y
ahora póngase cómodo, ya que está aquí. Es usted mi huésped, confíe en mí.
Siéntase como en su casa, sin miedo. No le obligaré ni a quedarse ni a irse.
¿Debo decirlo? ¿Me conoce tan mal?
–No, realmente no era necesario que lo dijera. Aún más, no lo debería haber
dicho. Soy un niño; ¿por qué tantos problemas por mi causa?
–No, no pasa nada. Naturalmente, un niño. Pero usted no es tan pequeño. Ya está
usted bastante crecido. Si fuera una muchacha, seguro que no podría encerrarse
conmigo así, sin más, en la habitación.
–Sobre eso no tenemos que preocuparnos. Yo sólo quería decir que el conocerle
tan bien no me protege de nada, sólo le libera del esfuerzo de tener que
mentirme. No obstante, me hace cumplidos.
Déjelo, se lo pido, déjelo. A ello se añade que no le conozco en todas partes y
en todo el tiempo, y menos en estas tinieblas. Sería mejor que encendiese la
luz. No, mejor no. De todos modos le tengo que advertir que ya me ha amenazado.
–¿Cómo? ¿Que le he amenazado? Pero se lo suplico. Estoy tan contento de que por
fin esté aquí. Digo "por fin", ya que es tarde. Me resulta incomprensible por
qué ha venido tan tarde. Es posible que yo haya hablado de un modo confuso,
debido a mi alegría, y que usted me haya entendido mal. Que yo haya hablado de
esa manera, lo reconozco una y mil veces, sí, le he amenazado con todo lo que
usted quiera.
Pero, por favor, ¡por el amor de Dios!, ninguna disputa. Aunque, ¿cómo puede
creer usted algo semejante? ¿Cómo puede mortificarme de esta manera? ¿Por qué
quiere usted amargarme a toda costa el pequeño rato de su estancia aquí? Un
extraño sería más complaciente que usted.
–Ya lo creo, eso no es ninguna novedad. Por naturaleza puedo acercarme a usted
tanto como un extraño. Eso ya lo sabe usted, ¿para qué entonces esa melancolía?
Diga directamente que quiere hacer comedia y me iré al instante.
–¿Ah, sí? ¿También se atreve a decirme eso? Usted es audaz en demasía. A fin de
cuentas se halla en mi habitación y, además, no ha parado un momento de frotar
como un loco la pared con los dedos.
¡Mi habitación, mi pared! Y, por añadidura, todo lo que dice no es sólo una
frescura, sino ridículo. Usted dice que su naturaleza le obliga a hablar conmigo
de esa manera. ¿Realmente es así? ¿Su naturaleza le obliga? Muy amable por parte
de su naturaleza. Su naturaleza es mía, y si yo me comporto amablemente, por
naturaleza, con usted, usted no puede sino hacer lo mismo.
–¿Eso es amabilidad?
–Hablo de antes.
–¿Sabe usted cómo seré más tarde?
–No sé nada.
Y me fui a la mesita de noche, donde encendí la vela. En aquel tiempo, mi
habitación no disponía de gas ni de luz eléctrica. Permanecí un rato allí
sentado, hasta que me cansé; luego me puse el abrigo, cogí el sombrero del
canapé y apagué la vela. Al salir tropecé con una de las patas del sillón.
En la escalera me encontré con uno de los inquilinos del mismo piso.
–Ya sale usted otra vez, ¿eh, granuja? –preguntó descansando sólidamente sobre
sus dos piernas abiertas.
–¿Qué puedo hacer? –dije yo–, acabo de tener a un fantasma en la habitación.
–Lo dice tan insatisfecho como si hubiera encontrado un pelo en la sopa.
–Usted bromea. Pero tenga en cuenta que un fantasma es un fantasma.
–Eso es verdad. Pero, ¿qué ocurre si no se cree en fantasmas?
–¿Quiere dar a entender que creo en fantasmas? ¿En qué me ayudaría esa
incredulidad?
–Muy fácil. Usted ya no debe tener miedo cuando le visita un fantasma.
–Sí, pero ése es un miedo secundario. El miedo real es el miedo que produce la
causa que ha provocado la aparición. Y ese miedo permanece.
Precisamente lo tengo ahora, y enorme, en mi interior.
Comencé a registrar todos mis bolsillos por los nervios.
–¡Pero ya que no sintió propiamente miedo ante la aparición, podría haberse
planteado tranquilamente la pregunta acerca de su causa!
–Resulta notorio que usted todavía no ha hablado con fantasmas.
De ellos no se puede recibir nunca una información clara. Todo es un divagar
aquí y allá. Esos fantasmas parecen dudar de su existencia más de lo que
nosotros lo hacemos, lo que, por lo demás, y debido a su abatimiento, no produce
ninguna sorpresa.
–Sin embargo, he oído que se les puede rellenar.
–Ahí está usted bien informado. Eso sí que se puede hacer, ¿pero a quién le
interesa?
–¿Por qué no? Si se trata, por ejemplo, de un fantasma femenino –dijo, y subió
un escalón más.
–¡Ah, ya! –dije–, pero aun así no está dispuesto.
Me despedí. Mi vecino estaba ya tan alto que para verme necesitaba inclinarse
bajo una bóveda formada por la escalera.
–No obstante –le grité–, si me quita a mi fantasma, hemos terminado y para
siempre.
–Pero si sólo fue una broma –dijo, y retiró la cabeza.
–Entonces está bien –dije.
Podría haber salido tranquilamente a pasear, pero me sentí tan abandonado que
preferí subir y acostarme.
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LA EDAD DE LAS MUJERES
De quince a veinte es niña; buena
moza Francisco de Quevedo (1580-1645) |
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