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Las
armas y la razón
Noé Jitrik, escritor, director del Instituto de Literatura Hispanoamericana de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA.
Este artículo, del cual publicamos un extracto, fue escrito desde el exilio en México en el año 1977. Posteriormente fue incluido como un capítulo del libro "Las armas y la razón", Editorial Sudamericana, 1984.
A Rodolfo Walsh lo esperaron una mañana en una calle de Buenos Aires y nada más se sabe de él; Francisco Urondo murió en un enfrentamiento (supo morir con la valentía con que vivió toda su vida); de Haroldo Conti no se sabe nada con certeza, a veces alguien afirma que murió durante la tortura, otras se dice que alguien lo vio hecho un espectro o escuchó su voz en algún vago campo de concentración; hace un año ya que Antonio Di Benedetto está en una cárcel, no sé cual, con uniforme a rayas, con las visitas prohibidas; hace poco en México murió Ricardo Luna de un paro cardíaco; otro cineasta, Raymundo Gleyzer ya no tiene existencia real; como de Conti se dice que sobrevivió de la tortura, se dice que murió; me contaron que Daniel Moyano escapó apenas de una segunda detención y que por suerte está en Madrid; a David Viñas le pasó otra cosa, inmediatamente después de salir de la Argentina le destruyeron la casa y lo hubieran destruido a él de haberlo encontrado; Miguel Angel Bustos, delicado y tembloroso el frágil niño poeta que teníamos y queríamos, fue asesinado; Humberto Constantini salió a tiempo; Emilio de Ippola fue apresado junto con el periodista Eduardo Molina y nadie habla más de su libertad así como tampoco se sabe por qué pudo haber sido detenido; el editor Carlos Pérez desaparecido de su casa hace como diez meses, en una trémula madrugada, y es como si nunca hubiera existido, no figura en ninguna lista, no ha sido reconocido entre los muertos, no está en ninguna prisión. Alberto Burnichón, el "Barbas", que llevaba en su Citroen 2 CV sus plaquetas de poesía por todo el país, fue secuestrado una noche, el 23 de marzo de 1976, junto con su hijo, en presencia de su mujer y otra hija, eso fue en Córdoba: a los dos días lo encontraron flotando en un pozo de una casa de la vecindad: su hijo nunca apareció.
Pero esto no es todo, aunque yo no sé todo lo que pasó y pasa, los diarios argentinos no publican, los amigos escriben pocas cartas y prefieren omitir revelaciones dolorosas; o bien emplean eufemismos o claves difícilmente descifrables; otros se han ido y realimentan sus esperanzas en Madrid, en Barcelona, en México, en Caracas, en París; otros finalmente, escritores o no en todo caso menos conocidos y por eso menos protegidos, pueden perfectamente estar formando parte de los centenares de cadáveres horriblemente mutilados que a diario aparecen en un campo , o en el fondo de un río, sujetos por los pies a bloques de cemento, erguidos en el limo, como si la Argentina, ese país benévolo de nombre generoso, se estuviera pudriendo en un baño de sangre.
Todos fueron y son mis amigos, son de los míos; la pérdida, la dispersión hacen un martirio que nos deja solos, que no nos permite ya ni siquiera discutir, pelearnos, discrepar...]"
Con los que se fueron a tiempo todavía puedo hablar; algunos (muchos) conservan su estatura, siguen siendo intelectuales, siguen asediados por el país que fue y ya no será más, por esa insatisfacción que ahora es un callejón sin salida, una falta de respuestas correlativa de la masa de sangrientas respuestas de la dictadura militar, de los grupos policiales y parapoliciales, de los nazis resucitados que ya pronto andarán por las calles pensando seriamente de sí mismos que son modelos de ser, modelos del platónico hombre argentino sobre el que en la década del «50 nos rompíamos la cabeza filosófica, antecedente local y viejo del hombre nuevo que tarda en romper el huevo de la historia para resplandecer con su deslumbrante nietszcheanismo. Otros (no tantos) se envilecen forzosamente y hacen dudar de la fuerza de eso que llamábamos literatura argentina y que, a la luz de su degradación, aparece como algo fácilmente abandonable, reemplazable por un buen negocio o, lo que acaso es peor, por una retahíla de verbalismos que se autodesignan como "declaraciones" o "posiciones", ejemplos deficientes de un "deber ser" que se quiere imponer a los otros, vestido de política, es el famoso "animémonos y vayan" que adorna múltiples instantes de la historia de la confusión nacional.
[...]Así, pues, retomemos nuestra pasión y nuestro dolor desde una tentativa de racionalidad, tratemos de echar algo de luz sobre esta tragedia, no pretendamos involucrar sino generar un espacio de discusión.
Por lo tanto y en primer lugar: quizá esos escritores asesinados o dispersados no lo han sido por ser escritores; de acuerdo, puede ser, pero hay algo en la literatura que necesita ser reprimido y anulado, reducido y calmado; hay dos maneras de lograrlo desde un poder que conoce e intuye ese algo, ese secreto: suprimiendo libros y/o suprimiendo escritores que no necesariamente tienen que ser los autores de esos libros. ..." Los mataron acaso porque peleaban contra la dictadura no solo con los libros y acaso sin los libros pero de paso, al matarlos, trataron de asesinar un poco de lo que los libros hacen vivir.
Segundo: los editores ya no publican más, lógicamente, a autores asesinados o exiliados o cuestionados o peligrosos o deprimidos además de los que merecen, como Marx, Freud, Levy-Strauss y otros, la severa desaprobación de los mandos militares: la memoria queda afectada, dejar de mencionar a alguien se convierte en una necesidad y si además la industria pasa por graves penurias económicas es fácilmente comprensible que toda la cultura argentina evidente parezca ser un sueño realizado de la editorial Emecé con sus terremotos, aeropuertos, tiburones y otras visiones teratológicas. Correlativamente, quién puede ser el osado que intente publicar sus reflexiones, su crítica, sus desesperados reclamos de salud mental en un país rastrillado por ametralladoristas. Se supone que hay que vivir y esperar el momento de una resurrección.
Tercero: generalizada la represión, instaurada la zona del susurro respecto de la desaparición y muerte de personas politizadas, empieza a expresarse el anhelo, el deseo, de una existencia tranquila, sin (aparentemente) opciones; negación de lo que está pasando, el no enterarse como programa de vida. Se puede entender este camino pero Qué triunfo el de la represión!. Esquemáticamente, un escritor asesinado puede ser una indicación para miles de lectores; un político fusilado y mutilado es otra indicación pero ambos confluyen en una neurótica búsqueda de aislamiento..."
Cuarto: entre lo que ocurre en el punto dos y lo que se manifiesta en el tercero se instala una cierta esquizofrenia cultural, un sistema de admisiones que niega, a su vez, la efectiva y comprensible suspensión de la dimensión literaria que se está viviendo. Me angustia esta prueba: en pleno reclamo (silenciado por la prensa desde luego) por la desaparición de Walsh, un diario de Buenos Aires, con el que él colaboró, publica un gran aviso anunciando la próxima aparición de una lujosa edición de Walt Whitman traducida nada menos que por Jorge Luis Borges y ricamente ilustrada; en épocas normales Whitman por Borges habría avivado una llama; en estos días trágicos resulta un síntoma.
Otro ejemplo, inverso, de parecida esquizofrenia, de negación: se prevé y se prepara un gran éxito para un film de Sergio Renan basado en un relato de Conti, sobre cuya suerte dije algo en el primer párrafo; es claro que se trata de un libro sobre la infancia pero también en cierto modo es como si no pasara nada, como si no surgiera de inmediato la imagen dolorosa de Conti torturado y acaso muerto.
[...] Cómo sobreviven? Temor cotidianisado pero, además , las editoriales parpadeantes, los libros carísimos, la lectura no puede ser una evasión simbolizante, el placentero sentimiento de que leyendo se está haciendo algo, construyendo una conciencia. Más de un argentino se entera de muertos y desaparecidos al llegar a México o a Francia; acaso todo esté restringido para no perder pie, a encuentros semanales en un restaurante, encuentros apaciguados tanto como para transmitir alguna información, cambiar ideas, alguna noticia, sabiendo, desde luego, que a la salida cualquiera puede toparse con secuestradores y que nadie podrá hacer nada por él, el grupo es impotente, le puede tocar al más aparentemente a cubierto, lo único que se ignora es cuando. Se vive entre la fantasía de que esas sirenas cuyo sonido viene creciendo por las calles puedan ser para uno y solo Dios sabe qué acusaciones, qué viejas historias le van a exhumar a ese uno, y una cotidianeidad casi inmodificada, quejarse por el costo de la vida, no hablar con desconocidos, instrucciones para deslizarse sin ser visto, limpiar las bibliotecas por las dudas, salir de las ciudades, reducir lo político hasta la tontería.
Sin embargo mis compatriotas piensan y hacen, más naturalmente que los que estamos fuera. [... Se están preparando sin duda nuevas maneras, nuevas formas que tardarán tal vez un poco en lograr una identidad, en ser modelos inteligibles y prácticos para una acción con un sentido, pero vendrán, vendrán porque aunque la dictadura se proponga matar lo mejor del espíritu creativo de nuestro pueblo también elimina las rémoras, los rezagos, lo peor que nos venía tirando para abajo y a lo que no podíamos renunciar porque no habíamos llegado quizás al fondo de nuestro examen, de nuestro dolor. [...Contrariamente a lo que puedan ostentar los políticos propiamente dichos no tengo propuestas, salvo pensar en la situación.
Los optimistas en serio me reclamarán una posición bien nítida como ciertos lectores de novelas o espectadores de cine que salen insatisfechos declarando que "el autor no da una solución". Es posible que la dictadura militar y sus sectores más fascistas empiecen a traficar un cierto populismo sin dinero y con represión; en cierto sentido no les queda otro camino pues su compromiso criminal es demasiado grande como para irse a sus casas a invitación de los sectores más moderados del ejército; es posible que los sectores menos fascistas de la dictadura militar se endurezcan todavía más para no ser desbordados por los halcones; es posible que la crisis económica arrastre a unos y otros y surjan propuestas más conciliatorias, con el fin de pedir aire; si los ideólogos fascistas no triunfan y los más moderados se quiebran, no sería del todo imposible un retorno a programas bastante obsoletos, como por ejemplo un nuevo pacto social, un nuevo estímulo a las exportaciones, una inflación controlada, un retorno a la escena de la burocracia sindical , nuevos lavados de ropa de políticos desprestigiados y, en suma, un recomienzo por el que se pretenderá olvidar lo que para muchos no solo es inolvidable de estos años, porque está empedrado de muertos, sino un punto de partida para pensar realmente todo de nuevo.
La historieta como recurso de la lucha ideológica
A Héctor Oesterheld sus compañeros, como a cualquiera que superara los 40, le decían "el viejo". Formado como científico (geólogo) y gran lector de narrativa de aventuras, Oesterheld abandonó en cierto momento las disciplinas exactas para explorar la nueva literatura de las historietas. Se inició como guionista en Abril, continuó en Codex y Sigmar. Fue creador de historietas inolvidables: Sargento Kirk, Bull Rockett, Tarpón, Indio Suárez, El Zarpa, Scout River, Roy Kent y Star Kenton.
Buen lector de Stephen Crane, de Melville y del Joseph Conrad de "Lord Jim" y "El Corazón de las tinieblas", Oesterheld supo transcribir en clave argumental las grandes líneas de lo que él llamó alguna vez "una buena historia", esto es, una historia en la que resplandecía la aventura, el sentimiento de solidaridad y la peripecia existencial de unos héroes simultáneamente épicos y cotidianos, capaces de experimentar piedad por la solitaria condición del hombre en el mundo.
El viejo creó una revista de historietas con personajes locales, héroes cotidianos, que actuaban y pensaban como la gente común, con todo el suspenso y la acción de una tira policial y la llamó "El Eternauta". En la segunda parte de esta tira, el viejo, fue mucho más lejos y metió la historieta en la lucha de resistencia en que un sector de nuestro pueblo estaba inmerso desde fines de la década del Ô60.
En el diario "Noticias" publicó otra tira "Los Antartes", una historia de ficción que reflejaba la forma de vida de los militantes de la época y los avatares que se sufrían durante el isabelismo.
Héctor Oesterheld, el viejo, fue secuestrado y conducido a un chupadero en Camino de Cintura y Autopista Richieri, de allí ni con la ayuda de Germán, el protagonista de "El Eternauta", pudo escapar. Desde el día de su secuestro continúa desaparecido.
El lector y el escritor bajo las dictaduras en América Latina
"El lector y el escritor bajo las dictaduras en América Latina", de la cual publicamos este fragmento, es una ponencia escrita por Julio Cortázar y enviada al Congreso del PEN Club realizado en Estocolmo en junio de 1978.
No hay que hacerse ilusiones sobre el número total de los lectores latinoamericanos; con la sola y admirable excepción de Cuba, es insignificante en relación con las grandes masas total o parcialmente analfabetas. Pero dentro de se panorama más que negativo, es perceptible en estos últimos veinte años el aumento, a veces vertiginoso, del número de lectores que siguen de cerca la obra de nuestros escritores, y entre ellos predominan largamente los que buscan en esa lectura algo más que distracción u olvido. su lectura es cada vez más crítica y más exigente, y tiende a incorporar la literatura a un terreno de experiencia concreta, de testimonio y acción. Al leer está como leyendo en sí mismo y en lo que lo rodea; al terminar cada libro, despierta como el Viejo Marinero de Coleridge, más triste y más avisado; triste por las razones geopolíticas que todos conocemos de sobra, y avisado porque nuestra literatura es cada vez más capaz de ayudarlo a comprender y a actuar frente a esas razones. De esto daré un simple ejemplo, que por desgracia puede multiplicarse hasta el vértigo. El año pasado publiqué en España un libro de cuentos, que debía ser editado simultáneamente en Argentina. El así llamado Gobierno de mi país hizo saber al editor que el libro sólo podría aparecer si yo aceptaba la supresión de dos relatos que consideraba agresivos para el régimen. Uno de ellos se limitaba a contar, sin la menor alusión política, la historia de un hombre que desaparece bruscamente en el curso de un trámite en una oficina de Buenos Aires; ese cuento era agresivo para la junta militar porque diariamente en Argentina desaparecen personas de las cuales no se vuelve a tener noticias. La desaparición ha reemplazado ventajosamente el asesinato en plena calle o al descubrimiento de los cadáveres de incontables víctimas; los Gobiernos de Chile y de Argentina, y los comandos paralelos que los apoyan, han puesto a punto una técnica que, por un lado, les permite fingir ignorancia sobre el destino de los desaparecidos, y por otro lado prolonga, de la manera más horrible, la inútil esperanza de parientes y amigos. Tal ha sido, puesto que estamos entre escritores, el destino de un novelista argentino llamado Haroldo Conti, y tal ha sido el de otro novelista llamado Rodolfo Walsh. Pero citar dos nombres conocidos es dejar caer dos gotas de agua en un recipiente lleno hasta el borde de otros nombres casi siempre ignorados en nuestros círculos, nombres de obreros, de militantes políticos, de sindicalistas, a los que puede agregarse una interminable nómina de abogados, médicos, psiquiatras, ingenieros, físicos; casos como el del rector de la Universidad de Bahía Blanca, y el de las religiosas francesas que ocuparon largamente las columnas de la prensa europea son también minoría frente a una realidad que puede haber disminuido o no frente al peso de la presión internacional, pero que está lejos de haber desaparecido, porque las condiciones que permiten esas desapariciones se mantienen invariables; baste saber que el jefe de la junta militar argentina se retirará del ejército para seguir, como civil, al frente del Gobierno hasta 1981; militares o civiles, las figuras de la baraja siguen siendo las mismas, los responsables siguen y seguirán siendo los mismos.
El segundo relato prohibido narraba una visita clandestina que en 1976 hice a la comunidad de Solentiname, en el gran lago central de Nicaragua. Nada hay en él que pueda ofender directamente a la junta argentina, pero todo en él la ofende porque dice la verdad sobre lo que sucede hoy en tantos países latinoamericanos; y ese relato fue además tristemente profético, pues un año después de haberlo escrito, las tropas del dictador Somoza arrasaron y destruyeron esa pequeña, maravillosa comunidad cristiana dirigida por uno de los grandes poetas latinoamericanos, Ernesto Cardenal. No me excuso por citar trabajos míos; son el mero espejo de tantas otras censuras que amordazan a escritores y lectores en nuestros países. Es verdad que los escritores encontraremos siempre la manera de escribir y hasta de publicar; pero del otro lado del muro están los lectores, que no pueden leernos sin riesgo; del otro lado están los pueblos, cuya sola información es la oficial; del otro lado hay una generación de niños y de adolescentes que, como en el caso de Chile, están siendo "educados" para convertirlos en perfectos fascistas, en defensores automáticos de las grandes palabras con las que se disfraza la realidad: la patria, la seguridad nacional, la disciplina, el orden, Dios, y la lista es larga. son ellos, y no los intelectuales, los que cuentan hoy para mí; los pescadores y los campesinos de Solentiname, los niños chilenos, los desaparecidos y torturados de Argentina y de Uruguay, todos y cada uno de los círculos del infierno que es el Cono Sur latinoamericano. Y no como temas literarios, por cierto, pero sí como la razón profunda que todavía puede llevarme a escribir, a estar más cerca, a no creerme del todo inútil..."
Libros
Algunos libros prohibidos a partir de 1976:
· Dependencias e industrias multinacionales, de Salvador María Lozada.
· Argentina 1875-1975, de Segio Bagú.
· Cuba, nuestra América y los Estados Unidos, de José Martí.
· De Sarmiento a Cortázar, de David Viñas.
· Dios y el Estado y la Libertad, de Bakunin.
· La madre, de Máximo Gorki.
· La sagrada familia, de Karl Marx.
· El Uruguay, la política internacional del Río de la Plata, de Eduardo Haedo.
· De la economía social justicialista al régimen liberal, de Antonio Cafiero.
· Obras completas, Ernesto Guevara.
· Obras completas, Vladimir Lenin.
· Obras completas, José Stalin.
· Obras completas, León Trotsky.
· Neocapitalismo y comunicación de masas, de Heriberto Muraro.
· Del socialismo utópico al socialismo científico, de F. Engels.
· La dominación imperialista en la historia Argentina, de Carlos M. Vila.
· Montoneros y caudillos, de García Mellid.
· Bases históricas de la Doctrina Nacional, de Artesano.
· Los derechos constitucionales del trabajador, de Daniel Rudi.
· Los peores enemigos de nuestro pueblo, de Juan Beyer.
· Reflexiones sobre el terrorismo, de Fernando Nadra.
· La Patagonia trágica, de Osvaldo Bayer.
· España, el destape, de Ted C. Claure.
· Introducción a la sociología, de Duilio Biancucci
· Las edades Media y Contemporánea, de Juan Bustinza-Gabriel Rivas.
· América Latina-estudios y perspectivas, de autores varios.
· Humanismo socialista, de Erich Fromm.
· Tradición, revuelta y conciencia de clase, de E.Thompson.
· Sexualidad y autoritarismo, de Frank Hinkelammert.
· La historia presente, de autores varios.
· El marxismo y la historia, de Pierre P. Reym.
· América Latina: democracia y revolución, de V. Chertjin.
· Dossier Wallon Piaget, de Claude Gianet.
· El fracaso y el desinterés escolar en la escuela primaria, de Liliana Lurcat.
· La revolución en la vida cotidiana, de Agnes Heller.
· Revolución y contrarevolución en España, de Joaquin Maurin.
· Escritos sobre la guerra civil en España, de Manuel Azaña.
· La ideología alemana, de Marx-Engels.
· La misión Ponsomby, de Luis A. de Herrera.
· Sobre la teoría de la planificación socialista, de G. Zielinsky.
· Diagnóstico de nuestro tiempo, de Karl Mannheim.
· La historia me absolverá, de Fidel Castro.
· Lógica formal y lógica dialéctica, de Henri Lefevbre.
· Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano.
· Gramsci y la revolución de Occidente, de María A. Macchiochi.
· Sociología de la explotación, de Pablo González Casanova.
· Estudios sobre los orígenes del peronismo, de Juan C. Portantiero.
· El poder negro, de S. Carmichael.
· China, antecedentes de la revolución cultural. Documentos. Comité Central del Partido Comunista de China Popular.
· El libro verde, de M. Gadhafi.
· La educación como práctica de la libertad, de Paulo Freire.
· Pedagogía del oprimido, de Paulo Freire.
· Acción cultural para la libertad; Concientización, teoría y práctica de la liberación; Las iglesias, la educación y el proceso de liberación humana, de Paulo Freire.
· De los montoneros a los anarquistas, de David Viñas.
· Antología poética, de Ernesto Cardenal.
· El mayo francés o el comunismo utópico, de Alain Touraine.
· Poesía política y combativa de Argentina, de Andrés Sorel.
· Almanaque Mundial - 1979.
· Universitas-gran enciclopedia del saber (tomos dos y nueve).
· La tía Julia y el escribidor, de Marío Vargas Llosa.
· Pantaleón y las visitadoras, de Mario Vargas Llosa.
· Nuestro muchachos, de Alvaro Yunque.
· Niños de hoy, de Alvaro Yunque.
· La muerte de la familia, de David Cooper.
· Desde el jardín, de Jerzy Kosinsky.
· Para hacer el amor en los parques, de Nicolás Casullo.
· Gracias por el fuego y El cumpleaños de Juan Angel, de Mario Benedetti.
· El Principito, de A. de Saint-Exupery.
Otros libros estuvieron demorados durante años, pero pudieron exhibirse en las últimas ediciones de la Feria del Libro, realizada bajo la dictadura militar, especialmente entre 1981 y 1983. Entre los títulos vedados figuraron: La consagración de la primavera, el Derecho de asilo y El arpa y la sombra, de Alejo Carpentier; Ultimo round y Queremos tanto a Glenda, de Julio Cortázar; El beso de la mujer araña, de Manuel Puig; Cuerpo a cuerpo, de David Viñas; La inquisición en Hispanoamérica, de Bolesiao Lewin; El marxismo, su historia en documentos y Diez días que conmovieron al mundo, de John Reed; Cartas de la prisión y el destierro, de V. Lenin; La canción de nosotros, de Eduardo Galeano; Lisandro, de David Viñas; Los orígenes del peronismo, de Miguel Murmis-J. C. Portantiero; y La guerra de las republiquetas, de Bartolomé Mitre.
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