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Entrevista con Félix Sarravalle, por Julio Carreras (h), 1998 |

Julio
Carreras (h) Nació en Santiago del Estero (Argentina), el 19 de agosto de 1949.
Estudió pintura y música desde pequeño. Desde los 14 a los 20 años tocó la
guitarra eléctrica en conjuntos de rock. Desde los veinte empezó a escribir
artículos sobre música (pagos) en el diario El Liberal.
Luego trabajó como periodista en las revistas Posición (Córdoba) y Nuevo Hombre
(Buenos Aires). También integró en 1973 la corresponsalía en Córdoba del diario
El Mundo de Buenos Aires.
A los 23 decidió ser escritor porque había muerto su novia, Clara Beatriz
Ledesma Medina (19), a quien amaba, y le pareció que de alguna forma debía
transmitir las abrumadoras circunstancias que vivía. Pese a ello siguió
trabajando como periodista, en Córdoba, principalmente porque en 1972 se había
vuelto marxista leninista, más bien trotskista, (sin renunciar al cristianismo)
y empezó a militar en el Partido Revolucionario de los Trabajadores (dirección
política del Ejército Revolucionario del Pueblo).
En enero de 1976 las fuerzas represivas lo capturaron en San Francisco de
Córdoba, junto con su esposa. Estuvo siete años en diferentes cárceles -y campos
de concentración-, y su esposa seis.
A los treintaitrés años salió, en los últimos meses del proceso, sin nada más
que lo puesto y la señal de caín entre los ojos.
Quince días luego de su libertad obtuvo, por concurso, la realización de 31
murales en un gigantesco santuario abierto que se construía en Mailín, sitio de
peregrinación santiagueño donde cada año concurren unos 200.000 peregrinos a
cada una de las grandes fiestas, en mayo y diciembre. Con lo que ganó en este
trabajo -efectuado en tres meses con dos ayudantes- pudo comprar una pequeña
casita para cobijase con su esposa y su hasta entonces única hijita de ocho
años.
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Luego de ese reinicio trabajó: como director de un museo de bellas artes, como
director de un Centro de Capacitación Rural, donde también desarrollaba
actividad de apicultor, pues habían vendido su casa de la ciudad, comprado cinco
hectáreas, construido una ancha casa en su campito, y pretendían conformar, con
un grupo muy interesante de argentinos y alemanes, una comunidad cristiana.
Más tarde editó la revista Quipu de Cultura -ocho números.
También fue director del suplemento Cultura y Educación de El Liberal (un diario
que intenta parecerse a La Nación) y más tarde jefe de Editoriales de ese
diario. Por dos años renunció para poner su propia imprenta, pero le fue mal y
se la transfirió a sus propios empleados, quienes siguen llevando adelante su
explotación.
Fue director de un diario en internet (Pantalla de Noticias), coordinador
general de la Asociación de Periodistas de Internet. Escribe para varias
revistas y medios, en papel e internet. Es, actualmente, editor general de @DIN
(Agencia Digital de Noticias) en Internet.
Terminó de escribir 9 libros, de los cuales cinco son novelas -dos cortas y tres
extensas-, dos libros de cuentos, uno de poesía, además de muchos artículos -y
un par de libros de ensayos juveniles, que prefiere ignorar. Una de las novelas
cortas fue traducida y editada en Italia. Trabaja ahora (de a poco) en tres
novelas.
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[Novela, Quipu Editorial, 1987]

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Habían venido caminando desde la oficina de su padre, a la hora del
crepúsculo, por la ciudad. Era verano. La plaza Libertad estaba llena de
olores: de perfumes de mujer, de rocío, de tierra mojada y de polen. Las
veredas oscuras presentaban reflejos de los faroles eléctricos atenuados por
el claror ya débil del atardecer. Cuando llegaron a la vereda de la galería
Tabycast, junto a una mesa de la confitería El Barquito, o en una mesa de
las del Jockey Club -no pudo distinguirlo bien por su turbación- Antón la
vio a Beatriz. (En el verano la confitería El Barquito y el Jockey Club, que
eran vecinos, sacaban sus mesitas y sus sillas afuera, para los
parroquianos, y llenaban con ellas la mitad de la extensión de la vereda en
aquella cuadra.) Estaba con otros muchachos y chicas de su edad, que la
acompañaban. En conjunto hacían un grupo muy ameno; todos vestían de esport,
con ropas livianas, camisas a cuadritos, discretas remeras con cuello,
soleras y zapatillas de soga. Beatriz ocupaba el extremo derecho de la mesa,
mirando hacia la acera, vuelta precisamente hacia el lugar por donde debían
pasar Antón y su padre, que al tener que hacerlo por la franja estrecha
entre dos hileras de mesas la rozarían posiblemente. Habían dejado atrás el
quiosco de revistas de Chicho en la esquina, y la vidriera constelada de
plata y diamantes del Trust Joyero Relojero; estaban alcanzando las primeras
mesas del Jockey Club.
¡Qué hermosa estaba Beatriz! Llevaba un ajustado solero de hilo blanco, que
le llegaba hasta las pantorrillas para finalizar en un fino festón con
detalles naranja que sostenía un volado; por arriba terminaba recto a la
altura de la línea final de los pechos, sostenido a los hombros por dos
tiras medianamente anchas aplicadas con costuras vistas; fuera de eso
Beatriz no llevaba ningún adorno -su adorno es la piel tan bronceada que
hace lucir ese vestido y su pelo lacio brillante, suave y marrón (ésto lo
pensó Antón)-; llevaba, también ella, sandalias con planta de soga, tres
capas de soga tejida firmemente una sobre otra y unidas con una trenza que
las recorría por el borde. La cinta del talón, la tobillera (que tenía una
hebilla forrada) y la capellada eran de arpillera blanca, esta última con
unas florecillas bordadas, a la altura del empeine, con hilo naranja; de
allí asomaban por la abertura los tres primeros dedos de los pies; sin
maquillaje, el rostro de Beatriz despedía como un hálito primaveral, era muy
joven; bajo su frente alta y combada que el peinado simple, con raya al
medio realzaba, sus cejas perfectas parecían delineadas por el pincel de un
pintor japonés -en efecto, Antón pensó que la figura de aquella muchacha,
por alguna asociación que no acertaba a explicar en ese momento, producía en
la mente el recuerdo de esos paisajes tan precisos que los japoneses hacían
con tintas transparentes sobre hojas de pergamino-; los ojos engarzados en
los párpados con forma de almendras despidiendo destellos como piedras
oscuras; la nariz ni muy grande ni muy chica, con un gracioso respingo
precisamente antes de su final; bajo de ella, la boca, pequeña -Antón no la
había notado antes tan pequeña- de dibujo renacentista. ¿Cuántos años hacían
desde que Beatriz había muerto? -se preguntó Antón. En ese momento no lo
recordaba. De tanto en tanto Beatriz se le aparecía, se negaba a desaparecer
de su vida, en escenarios melodiosos -y como suele suceder en esos casos,
Antón se quedaba luego lleno de reproches, que surgían de sí mismo, por
cierto-, en actitud pasiva las más veces, como si hubiera aprendido los
secretos que por encima del tiempo rigen al evo, comprendiendo de ese modo
exactamente el sentido de cada movimiento, o de cada inmovilidad, por lo
cual los detalles de sus apariciones, hasta el más pequeño, tenían la
importancia de un signo, que por referido a un significado trascendental, se
imponía a los sentidos produjéranse o no acciones (Antón buscaba entonces
memorizar cada movimiento apenas perceptible de su cuerpo, el fluir de los
tenues líquidos que producían destellos en sus ojos, su ropaje, que jamás
era arbitrario, un reflejo de su pelo, en un aprendizaje que intuía esencial
para su vida sin saber por qué, razón por la cual de cada aparición podía
reconstruir con la memoria cada vez más detalles luego): hiciera lo que
hiciese o no hiciera nada, la actitud de Beatriz era siempre la apropiada
-desde luego, ésto Antón recién después lo entendía. Esta vez la sonrisa que
le dirigió Beatriz le pareció irónica, y al mismo tiempo, como una dolorosa
comprobación llegó a su entendimiento la imagen feliz que con los otros
componía: un testimonio de cuán a gusto se encontraba ella, con otros
compañeros de su edad, a quienes Antón ni siquiera conocía... No lo
necesitaba, pues. Por otra parte, Antón envejecía -sus treintaidós años ya
le pesaban- mientras que Beatriz se mantenía adolescente. La reacción
instantánea que este pensamiento causó en Antón fue que hinchara el pecho,
se concentrara en su cuerpo, y emprendiera la tarea interior de conseguir
que éste exhalara seducción hacia Beatriz; que al verlo llegar, y al pasar
por lado de ella, la atrajera, con emanaciones, con apenas aprehensibles
movimientos y con imágenes.
Antón vestía una remera blanca, de hilo, que como único detalle presentaba
un cuello de caprichosa forma oval (de modo que dejaba al descubierto el
cuello, el comienzo de los hombros y el pecho hasta un poco más abajo de las
clavículas) con gruesos rebordes, iguales a los de las mangas, cortas, que
apenas alcanzaban al final de los músculos de los hombros. Antón no estaba
bronceado, pero comprendía que su piel tenía un tono rosáceo-trigueño que
resultaba muy atractivo, así que conocía muy bien la combinación excelente
que hacía con la remera; trató entonces que de su cuerpo emanara la mayor
seducción y caminó, levantando la barbilla y estirando su cuello largo,
manejando el cuerpo como un bailarín muy sabio para que Beatriz apreciara
cada detalle suyo de un modo agraciado sin que al mismo tiempo ningún
movimiento se volviera indiscreto ni demasiado manifiesto; de tal modo, con
una conciencia muy viva de sí mismo, de Beatriz, y en un segundo plano de
las personas que como manchitas azuladas ocupaban las mesas Antón avanzó
hacia Beatriz, llegó hasta donde ella estaba, y pasó a su lado: (percibió el
perfume fresco de su vestido sobre la piel adolescente, los efluvios
delicados de su pelo, la fragancia tibia de alguna suave crema para piel, y
sintió sobre sí la mirada dulce de Beatriz) un instante; luego todo
desapareció. La noche se volvió oscura, los objetos se enfriaron, tendidos
bajo una luz inmovilizadora, y Antón se encontró con una pequeña desazón en
el pecho y silencioso, en la esquina donde debían esperar el remisse con su
padre.
No me acordé de nada. No me acordé de mis padres, ni de mi abuelo, ni de los
momentos felices, ni de Diana, ni de Beatriz. Solamente pensaba en los
golpes, en el fogonazo de la picana y el dolor, cuando me torturaban.
Por absurdo que parezca, sentía una extraña euforia: me alegraba -mientras
me torturaban- de que al fin se hubiera resuelto de un modo claro este largo
enfrentamiento. Me sentía, gozozamente, un mártir.
Y no hablé nada.
Al fin, luego de no se cuántos días, se fueron. No se si me dejaron por
muerto, o porque se cansaron. Me desperté en el hospital de la cárcel.
Toma este cuenco -me dijo la hechicera.
Lo hice. A la luz de la lámpara pude ver que contenía algo aceitoso.
-Aquí está el sentido de tu vida. ¡Mira!
Lo hice.
-¿Qué ves? -me preguntó.
-Un campo yermo -dije.
-Es el vientre de tu madre-, contestó la hechicera-. ¿Qué ves?
-Veo unas grandes construcciones, y saliendo y entrando en ellas unos
hombres sucios, encadenados.
-Es lo que te legó tu padre. ¡¿Qué ves?!
-Veo un hombre sin cabeza, estaqueado, y unos demonios que lo azotan.
-Eres tú, pues tienes que purgar de ese modo muchas faltas de tus abuelos.
-Veo una mujer vestida de blanco, que me acaricia las heridas -dije.
-Es la Ñaña. Cuando todo acabe ella te ha de dar paz.
Teresa Perea era amiga de Antón. Pero esa noche, caminando solos por la
aireada avenida del parque, él sintió unos deseos grandes de abrazarla.
Y lo hizo.
Ella recibió su abrazo sobre los hombros sin inmutarse, como si lo hubiera
estado esperando. Era una noche fresca del verano. Teresa llevaba un vestido
simple de una sola pieza, sin mangas. Antón Tapia sintió el calor de la piel
de su hombro delgado, tostado por el sol, bajo su mano. El cielo estaba
abovedado. Sin decir nada se fueron internando, abrazados, entre los
árboles. Por todas partes flotaba un olor a hojas húmedas.
Llegaron junto a un alambrado y se detuvieron allí. Antón tomó con sus dos
manos los hombros desnudos de Teresa y la volvió suavemente hacia él.
Quedaron enfrentados, mirándose un instante; luego él se acercó. Ella corrió
sus brazos delgados por su espalda, rodeándole el cuello. En ese momento a
él se le ocurrió que alguna patota podría verlos, e intentar violar a
Teresa, y se puso tenso por reflejo. Involuntariamente borneó la cabeza,
pero enseguida se maldijo por arruinar con ese pensamiento infame el
momento. No pudo evitar una reflexión vaga sobre la relación en esta cultura
entre la violencia y la sensualidad. Pero la besó.
La noche siguiente ella estaba con una amiga, sentada en la cruceta de un
encatrado con enredaderas. Me acerqué sonriente, pero ella no sonrió. Sin
hacer caso estiré los brazos para acercarla, pero ella se quedó fría,
rígida. Sencillamente me despreció, como si yo fuera un pobre tipo.
Cavilando sobre esto me alejé entre el perfume de los árboles. Era una noche
clara.
-¿Por qué me abrazas, Antón?
-Porque te quiero Teresa.
-Yo también te quiero, como amigo. Pero no te olvides que yo tengo a mi
novio en Salta. Y vos tienes tu novia, también, en Córdoba.
-Yo no quiero hacer nada. Solamente abrazarte. No ando bien del alma,
Teresa.
-¡Qué tranquilas son tus manos, Antón!, me dan como una somnolencia.
Aquellos hombres comenzaron a perseguirme apenas me alejé. Entonces
comprendí la indiferencia de Teresa. De lejos se veía que eran
norteamericanos. Teresa lo sabía, estoy seguro.
Cada vez caminé más rápido, pero no logré perderlos. Al llegar a una
encrucijada de las callejuelas, me llamaron. Y yo me largué a correr.
La edificación de mi ciudad es complicada. Son calles angostas y los
edificios altos, que la ahogan, le dan el aspecto de un abigarrado
laberinto. Pensé que jamás me alcanzarían esos yanquis en esta ciudad.
Después que murió mi padre y me dejó su empresa, yo le conté a un novelista
lo que había venido viendo desde muy chico y el hombre publicó una novela
con mis memorias. Tenía que hacerlo, porque no aguantaba más el peso de
tanta historia sucia. Y yo no tenía por qué cargar con lo que no elegí. Pero
sabía que ese libro me iba a traer como consecuencia, tarde o temprano,
esto. Los yanquis corriéndome para eliminarme.
Teresa lo sabía, estoy seguro. ¿Será así la condición humana? Solamente uno,
que es el condenado, cree que alguien deba preocuparse por su suerte. Pero
los que ven hundirse a un hombre con un bloque atado de sus piernas ¿por qué
habrían de aferrarlo para hundirse junto con él? Me resigné a pensar que
Teresa había obrado, para su posición, con sensatez.
Los yanquis resollaban detrás de mí, pero yo estaba tan cansado como ellos.
Comencé a escalar las terrazas de césped que el gobierno había hecho
cultivar en el enorme edificio de piedra de la Cultura. Y ellos tras de mí.
No se por qué en ese instante tuve la intuición de que me iba a salvar. Y
así fue.
Todo parecía indicar que al descender el último escalón yo debía dirigirme
obligatoriamente a la derecha. Pero al llegar allí, en la oscuridad más
honda, torcí a ciegas, por instinto, hacia el lado opuesto. Sabía que iba a
quedar atrapado en un pórtico, pero lo hice. Y vi pasar a los yanquis, con
sus pesados pasos, que se perdieron buscándome en el camino por donde yo no
había ido.
-Lo que estamos haciendo no está bien, Teresa- dijo Antón. («Porque vos me
has traicionado. No eres mi amiga. Cuando me seguían los lobos, me
abandonaste; te fingías indiferente, me dejaste solo. Y ahora que estoy
fuerte, me abrazas. No temes que nadie te vea conmigo». Todo esto hubiera
querido decir Antón. Pero dijo solamente: «Lo que estamos haciendo no está
bien, Teresa», y se dejó abrazar.)
Estaban en medio de la calle de tierra, a la siesta. Su cuerpo largo se
apretaba contra él. Sintió la tela gruesa del vaquero de Teresa abultado por
el cierre metálico que se apretaba contra su sexo. Y se dejó estar, porque
era una buena sensación. Ella se ocupaba de acariciarlo.
No había por qué pensar que alguien debía ser fiel en el peligro, pensó
Antón, aunque algunos lo eran. Pero éste no es el caso, se dijo. Y se dejó
acariciar.
El vapor de la tierra producía vibraciones en el perfil de los cerros, a la
distancia. Antón se durmió.
Una noche de carnaval salieron a vagar los dos por una calle, cansados de la
fiesta. De a ratos pasaba junto a ellos alguna pareja solitaria. Se sentaron
en el umbral, callados.
Celia era una experta en callar. Una mujer del Norte. Pero esta vez, luego
de un rato dijo:
-Te siento extraño.
Antón no supo qué contestar.
-Tengo frío adentro- murmuró al fin.
-¿Está cansado tu corazón?
-No sé por qué, creo que mucha muerte anda bullendo por algún lado.
-Madre está en Salta. No he sentido nada.
Había olor a mojado en el aire. Se conocía que estábamos en carnaval por la
música y los gritos, apagados. El cielo aclaraba los árboles.
-Celia, algo me acongoja el corazón.
Ella lo miró, comprensiva, grave.
-Celia, tal vez sea porque hace mucho que no toco la guitarra. ¿Quién ha
muerto, Celia? Nadie.
Hablaba solo Antón, hablaba por no llorar. Pero ella le dijo:
-Llorá, Antón.
Entonces él se apoyó en su pecho y luego de un corto esfuerzo, lloró, sin
saber por qué.
Una pareja que llevaba las caras cubiertas con máscaras blancas, pasó por
enfrente, sin mirarlos.
Diana miró al muchacho de cabello renegrido que bebía solo en un costado del
salón. Se notaba que le gustaba mucho la música folklórica. No perdía uno
solo de los movimientos del conjunto. Sus rasgos eran flacos y firmes, como
los de alguien con autoridad. Vestía con descuido, pero su ropa era de tela
y corte caros.
Por fin se dio cuenta de que ella lo miraba. Sus ojos brillaron, como si
sonrieran. Ya estaba. Diana supo que iba a venir. Pensó en la razón de lo
dicho una vez por su madre: «somos las mujeres, en realidad, quienes
elegimos. Pero déjalos creer siempre que lo hacen ellos».
-Me llamo Antón Tapia -dijo Antón-. Me agradaría conversar contigo.
Parecía un poco borracho.
-¿Y de qué vamos a conversar?- preguntó Diana, escondiendo los ojos y
sonriendo con picardía.
-El tema no interesa -dijo él-: lo importante es hacerlo contigo.
Las calles pavimentadas con adoquines, casas altas, muy viejas, se van yendo
con el claror de la oración. Antón vigila, en una esquina, la aparición de
los monstruos.
Hasta que se presenta uno, en el horizonte. Es como una sombra inmensa, sin
otros órganos que unos grotescos brazos y piernas: se agita, tapando el rojo
resplandor.
Antón lo enfrenta. A fuerza de energía espiritual lo hace retroceder. Por
fin se va.
Pero Antón se queda vigilante pues sabe que van a volver. Y no todos tienen
la fuerza espiritual de él.
En efecto, en el mismo momento en que una pareja de ancianos se acerca al
lugar, aparecen dos monstruos.
Los ancianos se asustan, pero Antón los tranquiliza.
De nuevo los enfrenta, y los hace retroceder.
Los ancianos se van.
Esa noche, Antón deberá quedar de guardia allí.
Tu padre, Antón, ya estaba muerto por dentro. Andaba apenas con la fuerza de
los músculos, que lo empujaban atrás o adelante según el caso. Nadie que le
entrega su alma al diablo queda vivo. Y tu padre hacía rato que se había
entregado al demonio yanqui. El era criollo de raza, pero se volvió yanqui
por dentro. Y todo su conocimiento, lo aplicaba como un yanqui. Si hubiese
podido cambiarse la piel, los ojos, hacerse ojos azules y cabellos rubios lo
hubiera hecho. El era un renegado de sí mismo. Por eso estaba muerto, aun
antes de colgarse.
El padre de Diana era un abogado de provincias, flaco y estropajoso. Nunca
entendí cómo haría para defender a sus clientes, con una voz tan tiple y una
pronunciación tan defectuosa. Ahora estaba jubilado. Era uno de esos tipos
que terminan una carrera por constancia. Por lo demás, era medio vicioso y
de carácter blando. Creo que simpatizó conmigo. Seguramente creía que en un
tiempo próximo iba a ser su colega. Por suerte, murió antes de que me
detuvieran, librándome de tener que cargar en mi conciencia también el peso
de su decepción.
Clámades, el hermano de Diana, era un paralítico tranquilo y accesible que
escribía poesías y armaba juegos mecánicos. No hablaba. En aquella casa, las
únicas tormentosas eran las mujeres. Tal vez aquella excesiva verbosidad de
ellas, había obligado a su naturaleza tímida a moldearse bajo ese aspecto
taciturno. Casi no había oído su voz hasta que una tarde, al ir al baño, lo
escuché por casualidad, enzarzado en una animosa conversación. Por
curiosidad, espié a través de la ventanilla. Clámades hablaba con los
gorriones, pájaros carpinteros y reinamoras, que criaba en cantidad
encerrados en aquella piecita de tras del baño.
La que más se alegró con mi casamiento con Diana fue su madre. Era una vieja
maquinadora; toda su vida se había ocupado de armar tejidos para que alguna
de sus hijas se casara con un muchacho rico. Aún no era tan patente la
decadencia de los Tapia, y la vieja creyó que al fin había pillado un buen
pescado. Ella era la que en verdad mandaba allí. Tras unos modales
bondadosos se escondía una voluntad de fierro. Casó a sus otras hijas con un
ingeniero y un tano con boliche; pero a el haberme atrapado a mí consideraba
su obra mayor. Finalmente, cuando sucedió todo y sospechó verdaderamente
quién era, terminé siendo el hueso de pollo atravesado en su garganta.
Bajaron repentinamente de la camioneta, con las armas remontadas. El agente
de guardia no atinó a moverse. Celia se quedó junto a él, luego de
desarmarlo, de campana.
Entraron velozmente. Eran seis. Un grupito de agentes, tres suboficiales y
dos oficiales tomaban mate alrededor de una mesa. Antón los encañonó con la
Itaka.
-¿Y el jefe? -preguntó.
-Está durmiendo -tartamudeó el agente.
-Dame un mate -le dijo Antón. El agente le extendió una mano temblorosa. Le
había agarrado como un chucho. Repentinamente, había tomado conciencia de la
situación.
-¿Son guerrilleros? -se atrevió a preguntar un oficial joven.
-No, si vamo’a sé los Reyes Magos -le contestó el moreno Trago de Sombra.
Cargaron todas las armas, cortaron los hilos del teléfono, soltaron a los
asombrados presos, estropearon la radio, y se fueron, dejando encerrados a
los policías en las celdas. Por curiosidad, Antón echó una mirada en la
habitación del jefe, antes de salir. Era un gordo grandote, de bigotes. Los
pies desnudos le sobresalían por el extremo de la frazada. Roncaba.
Tu tatarabuelo era alférez cuando lo mandó el general Taboada para colaborar
con las fuerzas de Mitre, que andaban reprimiendo a los Montoneros. Querían
aplastar toda resistencia en el interior y La Rioja era el último foco
organizado.
La Ñaña caminaba, tomada de mi brazo, con su paso lento. Ibamos hacia el
Santuario de Mailín.
-Benjamín Tapia era un soldado ingenuo y nuevito, recién salido de la
Academia Militar. Le tocó servir con el coronel José Miguel Arredondo. Allí
fue cuando se volvió loco.
Una bandada de catas pasa chillando alegremente por el cielo.
-¿Fue allí cuando empezó la maldición? -le pregunté.
-No. Fue más adelante. Pero creo que todas estas cosas ya la presagiaban.
Mi abuela inició su relato lentamente.
-Fue en el pueblito de Aimogasta. Eran las dos de la madrugada del 20 de
abril de 1862. El coronel Arredondo mandó revisar el caserío, rancho por
rancho. Quería encontrar a Severo Chumbita, jefe montonero. Tu tatarabuelo
había estado desde que llegó, perplejo. Con sus diecinueve años, cargado de
la mística de la Academia, iba esperando enfrentar a huestes enemigas y
derrotarlas en rudos combates. Y se encontraba con esto: allanamientos en
viviendas miserables, repliegue a la ciudad cuando los Montoneros atacaban,
torturas a los prisioneros, violación de mujeres. «Guerra de policía» la
llamaba el general Mitre.
Una caravana de sulkis se nos adelantó, con sus caballos a paso lento. Iban
también, con sus banderas, peregrinando a Mailín.
-Revisaron casa por casa, rincón por rincón, pero nada. El caudillo
montonero no aparecía. Entonces el coronel Arredondo, furioso, mandó reunir
a todos los vecinos en la plaza. Eran las cuatro de la mañana. Hacía frío.
Cuando estuvieron allí, hombres, mujeres, viejos, niños, gritó: «A ver, los
hombres... vayan a buscar palas». Los hizo cavar una zanja grande. Les dijo:
«¡parensé ahí todos, al borde de la zanja!» Y mandó cargar sobre ellos. Otro
pelotón tenía que incendiar el poblado.
De pronto, el cielo se empezó a nublar .
-Los soldados ya estaban cebados en sangre. A lanzazo puro y a golpes de
sable se abalanzaron sobre aquella aterrorizada multitud, sin respetar
mujeres ni chicos. Cortaron cabezas, partieron cráneos. En el suelo se había
formado un lodazal de sangre. Los ranchos habían empezado a arder, y la
escena de la masacre adquiría tonalidades demoníacas bajo el resplandor de
las llamas. Tu tatarabuelo se quedó paralizado, mudo, sin saber qué hacer.
La matanza de ancianos y niños era demasiado para él. En eso se le acercó el
coronel Arredondo y le gritó: «¡Qué le pasa alférez Tapia! ¡Por qué no
ataca!» Tenía el sable prusiano chorreando sangre. «Mi coronel... mi
coronel...», balbució tu tatarabuelo, desconcertado. En ese momento un
niñito de unos tres años, desnudo, quiso escapar corriendo del montón. Un
soldado veloz lo atajó antes que hiciera tres pasos, y con su lanza terrible
lo ensartó en el vientre, removiéndole después el arma adentro, casi hasta
partirlo por la mitad. Tu tatarabuelo corrió hacia el niño, en un acto
instintivo. Lo levantó del suelo... de la tremenda herida que le abría el
vientre, cayeron sobre sus manos las vísceras del infortunado. Entonces se
paró, con el niño en brazos, y lo miró al coronel Arredondo, con ojos de
alucinado. «¡Qué le pasa amigo!» gritó Arredondo, «¿se me ha vuelto marica?
¡no me diga que ahora les va a tener lástima a estos bárbaros!» Benjamín
Tapia no contestó nada, y dándole la espalda fue a sentarse, con el niño
muerto en brazos, en una piedra al costado de la plaza. Allí se quedó,
quieto, mirando las llamas del pueblo con ojos abismados. «¡Esto lo va a
saber el general Taboada!», gritó Arredondo. «¡Ahora va a saber en qué
mierda ha venido a parar su recomendado!»
El pueblo de Beltrán apareció a la distancia. Las casitas blancas,
tranquilas, rodeadas de árboles coposos, se recortaban contra el horizonte,
de un celeste subido.
-A tu tatarabuelo lo dieron inmediatamente de baja, y lo mandaron de vuelta
a Santiago. Allí se encontró con que su mujer había dado a luz a tu
bisabuelo Pedro. Pero no se sabe si llegó alguna vez a darse cuenta de que
era su hijo. A partir de aquella experiencia de La Rioja, tu tatarabuelo
quedó mudo e idiota para siempre.
Era demasiado inmenso el cine aquel. Antón estaba como perdido, y sentía
vértigo. La monumentalidad lo abrumaba. Habían subido hasta la sexta planta,
y desde allí miraban. Gigantescas columnas rectangulares, a los lados, se
elevaban imponentes. Una luz tenue alumbraba las hileras de sillas en la
sexta planta. El Negro Coria lo sacudió y le dijo:
-A ver si te sientas, chango.
Antón andaba con el Negro Coria y Froilán Aguirre. Se sentaron los tres.
Tres bellas muchachas se situaban delante de ellos. A Antón sus cabellos no
le permitían ver bien la pantalla. Estaban proyectando una película de
Glauber Rocha. Antón sintió vértigo de nuevo. Se olvidó de la película y se
perdió en algún lugar de su mente. No en pensamientos: en algún lugar
recóndito habrá sido, sencillamente se perdió, por ese lapso no existió,
sólo tenía noción de una especie de flotar sin demarcaciones, sin forma,
bajo una luz azulada -el mismo era la luz.
-Ha terminado la película, chango -oyó que le decían.
Se levantaron y fueron a tomar vino.
Salieron a las calles angostas de la ciudad antigua. Antón se decía con
desagrado que los ingleses habían influido en exceso sobre la edificación de
la ciudad. Pero pensó que de algún modo el carácter de la tierra había
predominado: uno veía los empedrados brillosos bajo antiguos faroles, los
delgados marcos de madera oscura rematados en esquinas de bronce, y
extrañamente, uno pensaba: aquí habitan viejas historias castellanas. En
estas calles hay muchos fantasmas. Eso pensó Antón.
Había olor a tabaco y a incienso en las calles.
En este barrio vivió mi madre, pensó Antón.
Entraron en un bar amarillento. Tomaron dos jarras de vino entre los tres,
comieron empanadas. Le dijeron a Antón:
-Qué raro que no te haya reconocido nadie...
Mientras no me reconozca la policía... -pensó Antón. Cómo le agradaba ese
parpadear de los faroles a querosén que alumbraban diseminados el flaco
salón.
Salieron a la calle ya muy de noche. Después de saludarse, fueron cada uno
por su lado.
Antón vagabundeó por las calles hasta el amanecer. Al llegar a una pequeña
plazoleta halló sentadas en el césped junto a una fuente labrada a su tía
Dorita y a la hermana de Santiago Lucero. Caminó contento hacia ellas. Sobre
unos repasadores tendidos en el suelo habían dispuesto carpetitas bordadas,
y encima de ellas, platos pequeños con presas de ave, panecillos, mayonesa,
ensalada de papas y bocadillos de zapallo en almíbar.
-Aquí está Antón -oyó decir a la tía Dorita.
-¿De cómo están aquí tan temprano? -preguntó él.
-Queríamos aprovechar el amanecer tan fresco para charlar y estar juntas,
antes de ir al trabajo -dijo la hermana de Santiago-, ¿quieres comer con
nosotras?
Sentía la humedad de la brisa besándole el pecho bajo la camisa abierta; el
olor a sicómoros, flor de paraíso y romeros flotando en el aire. Como un
resplandor azulado se levantaba desde el horizonte, por detrás de las casas.
Antón se sacó los zapatos. El rocío le mojó los pies. La hermana de Santiago
no dejaba de hablar y de reírse: era una muchacha muy simpática. La tía
Dorita celebraba, desde la inteligente bondad de sus años. Antón no tenía
inquietudes: se sintió calmo y relajado. El tiempo parecía extenso, suave.
Por la arbolada calle de piedras apareció una pareja caminando. No. Eran dos
mujeres. Una muy joven y la otra madura. En la esquina que daba a la
plazoleta había un elegante quiosco de descanso, de madera labrada, cobre y
vidrio, con techo en pirámide coronado por una lanza. Al llegar allí se
detuvieron, y lo miraron. Las dos se pusieron a mirarlo a Antón.
No puede ser ella -pensaba Antón. Sin embargo, era ella, y su madre. Era
Beatriz. Beatriz Lealande.
¿Cuántos años tenía cuando murió? -se preguntó Antón. -Diecinueve -se oyó
murmurar. La miró allí parada, hermosa y alta. Esta Beatriz no tenía más de
dieciséis años. Peinaba delgadas trenzas con mechones lacios que caían a los
costados del rostro, rostro de durazno alargado, ojos de almendra. El cuello
fino y el brillo sonriente de sus ojos: era ella misma, pero parecía haberse
aniñado.
Beatriz, del brazo de su madre. Llevaba un largo vestido marrón, de fina
tela con recamados, y sobre los hombros, una chalina tejida a mano. Sus pies
calzaban sandalias de cuero, con tacos altos. Aparecía su piel adolescente
del color del trigo maduro. La coronaba una peineta de plata.
Lo miraron mucho rato. Y Antón se enamoró de ella. Ella me ama -sintió
Antón. Y estaba tranquilo mientras ella lo miraba.
Después que se fueron, Antón trató de sacar mentalmente la cuenta de los
años que hacían desde que Beatriz se había muerto. Ocho años -se sorprendió
diciendo. -Ocho años y dieciséis días.
La tía Dorita y la hermana de Santiago no decían nada.
No se oía nada más que la brisa.
(Buenas tardes. Y Poncho se retorcía las zapatillas de lona. En eso apareció
Eduvigis y todos miraron. Bah, todos es un decir pues el mongólico quedó
abismado. Joan Báez nos acariciaba con sus tetas el alma. La hora,
estábamos, no, estaba fresca y nosotros allí parados, mirando ir y venir
soldados, llevando y trayendo presos, presos políticos, comunes. Apareció
Cabeza de Candado y se ensombreció la escena. Vanessa Redgrave no llegaba. Y
las tetas de Joan en el alma. Entonces todos tomamos las toallas en las que
habíamos envuelto las mercaderías que compráramos, y nos fuimos a las
celdas.)
Fue cuando ya habían hecho la fiesta de compromiso. Después de la muerte de
Beatriz Lealande, Antón no quería otro noviazgo largo. Se sentía culpable, y
aunque no experimentaba hacia Diana más que un afecto racional -era lo que
él nunca había podido: ordenada y limpia, segura de lo que buscaba, de
pensamiento simple y gran sentido común-, quería casarse con ella, cuanto
antes.
-Si yo me hubiese casado con Beatriz, no se hubiera muerto -se decía. Y
había hecho la promesa de ser fiel, ajustadamente fiel.
Pero al humano lo persigue la fatalidad de su sino interior. No le era
posible a Antón en aquel tiempo ceñirse a las promesas que le había hecho a
su Dios. Recibía grandes castigos, por esto.
La había visto alguna vez en la facultad de Ciencias de la Información,
durante una asamblea. Una muchacha alta. Su cuerpo pertenecía al tipo de
proporciones delicadas pero rotundas que exhiben las vírgenes de Boticelli,
piernas firmes, con curvas dulcemente graduales, torso fino, hombros
erguidos, cabeza clásica (en el sentido europeo), nariz pequeña, recta, ojos
marrones profundísimos, cabello ensortijado, cayendo adorablemente sobre el
pecho y la espalda «como el jacinto joven» (Poe). Al verla, Antón tuvo el
pequeño vuelco de advertencia interior de cuando iba a despertarse en él una
pasión. En ese tiempo aún no había conocido a Diana. Estuvo un buen rato
mirándola, por ver si ella se daba cuenta de su presencia. Al parecer la
muchacha ni lo notó. Quedó como el recuerdo de un sueño, pues luego ya no la
vio.
La segunda vez -se acordaba Antón- fue en casa de Julián Cruz. Se juntaban
allí a estudiar para un parcial, con otros muchachos y chicas. La casa que
Julián Cruz alquilaba con otros tres estudiantes de diferentes carreras
estaba siempre como una romería. Amigos de los otros y de Julián Cruz iban y
venían a cada rato, llevando y trayendo cosas, libros, apuntes, discos; en
cada sala se organizaban grupos distintos, alrededor de los calentadores y
los mates. Estaban con Julián Cruz, tres chicas y un muchacho más, alrededor
de un escritorio grande que había, cuando la vio, a través de la puerta
cancel, entrar por el pasillo (en realidad era un grupo, pero Antón la vio
sólo a Eugenia). Esta vez ella sí lo tomó en cuenta. Así pensaba Antón, pero
no se atrevía a asegurarlo. Saludaron con la mano y siguieron hacia la otra
sala, donde estaban sus compañeros. Antón también lo vio a aquel hombre,
como de cuarenta años, que la tomaba levemente del brazo. En ese tiempo ya
hacían tres meses de su noviazgo con Diana.
Córdoba era entonces un universo en ebullición. Antón estudiaba allí desde
cuatro años atrás, por voluntad de su padre. Se había acostumbrado a la gran
ciudad fácilmente, quizá por ese inexplicable dejo de provincianismo que
conservaba, pese a su calidad de metrópoli, tan diferente a Buenos Aires.
Córdoba detesta a los rascacielos. Es inmensa, pero sus casas son
relativamente bajas. Hay edificios del siglo XVIII en pleno centro; la plaza
central es silenciosa y arbolada como si estuviera en un pueblito de
Catamarca o México. La tonada de las gentes, de vocales muy alargadas,
acentúa la impresión. Pero es una realidad aparente, pues en esa ciudad
habitan más de un millón de hombres y mujeres. Así que se puede vivir en
Córdoba, al mismo tiempo, como en una provincia o en una gran ciudad. El
padre de Antón le había alquilado una casa confortable en un barrio, donde
habitaba con dos compañeros.
Esa noche de mayo de 1972 él había salido solo. Era un sábado. Sus
compañeros habían viajado al interior, a ver a sus familias y novias. Diana
había vuelto a Río Cuarto para pasar el fin de semana con sus padres. Antón
se había hecho la promesa de no caer en la tentación. Por eso había pensado
en ir a un cine, solo, y luego acostarse. Una película donde actuaba Helmut
Berger, como Luis de Baviera, y... ¿quién representaba a Wagner? Un
norteamericano, cuyo nombre no recordaba. La noche estaba fría, pero no le
hacía mella. Antón cargaba sobre su cuerpo el sacón negro, y tapándole
entero, su poncho negro. Salió del cine en un estado especial del alma; la
película lo había conmovido muy hondo.
¿Por qué se le ocurrió entrar en aquella reunión política? «La fatalidad es
para los hombres como la sombra al cuerpo», sentenciaría luego Julián Cruz,
medio en broma, citando textos antiguos. Ni siquiera fue allí
voluntariamente. Simplemente encaminó sus pasos hacia cualquier parte, y se
halló de repente ante el local del Sindicato de Transportistas. Había mucha
gente; casi sin darse cuenta, entró. Se sentó. Un muchacho de las F.P.R.
hablaba sobre el escenario, acerca de la necesidad de defender con las armas
del pueblo las legítimas conquistas de los trabajadores y aprovechar el
espacio que abrirían las próximas elecciones, que la presión popular había
arrancado a la dictadura, para profundizar las conquistas, hasta desalojar
del poder a la oligarquía proimperialista. Había mucha gente; muchos
jóvenes, de su edad, aproximadamente. Entonces fue que la vio. Vendía, entre
el público, una revista revolucionaria. Como de manera casual caminó hacia
él, y se sentó a su lado.
-Hola Antón -le dijo. El se quedó callado y conmocionado. Ella le había
reconocido.
-Hola -dijo, y por dentro: «no caer en la tentación». «Pero qué pienso, se
dijo después, esta hermosa muchacha no se va a fijar en mí; trata sólo de no
ser hipócrita, asume que me vio en casa de Julián Cruz; o está en plan de
acercar simpatizantes a su partido, sólo eso».
No hablaron nada. Estuvo sentada allí un rato, a su lado, contando el dinero
obtenido con las revistas, en silencio. Antón afectaba estar absorbido por
el discurso político (ahora hablaba un dirigente sindical, gordo, de grandes
bigotes). Pero ambos estaban vitalmente conscientes de la presencia mutua;
se había formado como un arco de energía psíquica entre la muchacha y Antón.
Ella se levantó y se fue. Antón respiró aliviado. En realidad no quería
serle infiel a Diana.
Pero al rato volvió.
-¿No quieres comprarme la revista? -le dijo, mostrándole la carátula-, es la
última.
Antón miró. «Venceremos». Una reproducción de un gaucho de Carpani en la
tapa. Metió la mano en el bolsillo para buscar la plata. Mientras lo hacía
ella se sentó a su lado.
-¿Cómo andas, Antón? -le dijo, mirándole a los ojos.
-Bien -dijo Antón. No hablaron más. Pero ella se quedó allí, a su lado,
mirándolo un largo rato. Después se volvió a ir. Esta vez desapareció. Se
perdió entre la muchedumbre, y Antón no la vio hasta el momento de salir.
Cuando terminó aquel acto y Antón salió ella estaba en la puerta, con un
grupo.
-Chao, Eugenia -murmuró Antón. Ella le miró de esa manera fija otra vez.
Eran cerca de las dos de la mañana.
El cielo estaba nublado. Hacía frío. Antón caminó por Rivera Indarte, sobre
las veredas brillantes de humedad, evitando los focos de Neón y buscando las
sombras de los pinos. El poncho lo cubría hasta las rodillas, flotando al
ritmo de su caminar, bajo el aire pesado.
-Antón -sintió que lo llamaban, de atrás. Supo quién era. No se dio vuelta,
pero aminoró el paso. «No caer...», pensó. Pero se dejó alcanzar. Sintió que
metían la mano por bajo del poncho, que le tomaban de la mano. Caminaron así
una media cuadra, en silencio.
-Antón -repitió Eugenia, y él se detuvo. La miró, estremecido. Estaban bajo
la copa de un olmo que sobresalía la verja trasera de una antigua escuela.
En la penumbra nocturna sus ojos brillaron y su pelo suave del color de la
avellana madura le caía en guedejas por los costados-. Quiero decirte algo.
Pero no dijo nada, sus ojos se llenaron como de lágrimas y le acercó los
labios.
Después de acostarse juntos sin dormir ni un instante salieron a caminar la
madrugada. Ella le confesó que era casada y esperaba un hijo. En un café de
Boulevard Junín él le aseguró que se casaría con ella y adoptaría al hijo
como suyo. Ella avanzó en sus confesiones y le dijo que era guerrillera. Su
compañero ocupaba uno de los lugares máximos en la organización. Antón pensó
un rato, y le dijo que el combatiría a su lado. Irían al monte; allí se daba
la verdadera batalla. Ella asintió, silenciosa. Lo propondría en su equipo.
El se sentía culpable. Se quería responsabilizar. Quería mostrarle a Eugenia
que si había un macho, él lo era. Al fin tomaría las armas. Hacía rato que
lo pensaba. Eugenia era la Patria. Beatriz era la Patria. No hay diferencias
entre la tierra y su producto. Somos sus hijos. Luchar por la Patria es
luchar por todos. Y por cada uno. Las cosas se harían formalmente. Ella
hablaría con su compañero. El le explicaría a Diana, al día siguiente. Era
domingo. Ella avisó por teléfono a sus compañeros, que iría recién mañana.
Alarmado, su compañero preguntó qué sucedía. «Te hemos buscado», le dijo;
«dimos un alerta general... temíamos lo peor... ¿no sabés en qué tiempo
vives?... ¡estás actuando como una niña caprichosa!» Ella dijo que
necesitaba estar sola. Fueron de nuevo a la casa de Antón. A la noche
cenaron en el «Rancho de los Santiagueños». Olvidaron la guerra y fueron
felices. Mientras Antón y Eugenia comían locro y humita un cantor recitaba
con voz sonora canciones de la tierra.
Así me decía, cuando era chico, la Ñaña. Ella cantaba vidalitas con voz muy
triste, cuando cocinaba.
-¿Por qué cantas con voz tan triste, abuelita? -le preguntaba.
-Porque así son los cantos de esta tierra. Esta tierra está endemoniada.
-¿Por qué dices «endemoniada»?
-Porque los demonios convencieron a los hombres para que vengan, de otras
tierras, a sojuzgarla en nombre de Dios. Eso fue lo peor. Allí empezó la
maldición.
-¿Y cuando se va a terminar la maldición?
-Cuando los hombres y las mujeres de esta tierra se levanten, y se sacudan
de encima los demonios, en nombre de Dios.
Estabas allí, Beatriz. Los primeros rayos del sol coloreaban las hojas más
altas de los eucaliptus. Estabas allí. Eran las siete de la mañana. El
parque despertaba con rumores de pájaros. Estoy buscando una medalla, me
dijiste, una medalla con forma de corazoncito. ¿Cuándo la perdiste,
pregunté. Estábamos haciendo un pic-nic con el curso, me dijiste. Yo no me
la saqué. Al volver a casa me di cuenta de que la cadenita abierta colgaba
de mi cuello, sin la medalla. ¿Te la regaló tu novio?, te pregunté. Sós muy
curioso vos, dijiste, y vi por primera vez tu risa. No conocía un gesto que
me hubiese transmitido antes tanta alegría. Beatriz. Tu risa. Te ayudé a
buscar la medallita, entre la gramilla. ¿Cómo te llamas?, pregunté, y me lo
dijiste. ¿Cuántos años tienes?, quise saber, y me preguntaste, riendo: ¿Sós
de la policía vos? Dios me libre, dije, yo me llamo Antón Tapia. Tengo
diecinueve años. ¡Ah!, ¿el hijo del empresario? dijiste, y yo tuve miedo. El
pertenecer a una familia adinerada impide a los individuos averiguar si
poseen algún valor humano. No. Soy sobrino lejano. Y soy pobre, dije. Ah, me
contestaste, y al mirarte me di cuenta de que habías asimilado rápidamente
cuál era mi problema con el apellido. Esta es la mujer, pensé. Tengo
diecisiete años, dijiste. Y yo lancé una exclamación, pues había visto un
destello de sol parpadear un instante entre los cuchillitos de césped. ¡Ay,
Antón!, me dijiste, ¡Cómo te agradezco!, y me diste un beso en la cara.
Agradecemeló dándome tu número de teléfono, te dije. Me lo diste.
-¿Y cuándo comenzó la maldición? -le pregunté a la Ñaña.
-Con tu bisabuelo. Yo le conocí.
-Pedro.
-Sí. El tenía sangre aborigen. Su padre era uno de los últimos vástagos de
una noble casa tavantisuyu. Pero él se avergonzaba de eso. Lo ocultaba.
-Pero mi abuelo era rubio.
-Sí. La madre de tu bisabuelo era española. Pero morena. Y él se avergonzaba
también de ella. Tu bisabuelo tenía vergüenza de sus rasgos aborígenes, y su
tez oscura. Por eso se casó con esa prostituta inglesa: quería tener un hijo
rubio. Y lo consiguió.
-¿Por qué dices que mi bisabuela era prostituta?
-Ella era hija de una ramera inglesa, que la llevaba desde su pubertad a
esos balnearios donde van los ricos, en Europa. La vendía a su hija para
diversión de los magnates. Uno de esos rastacueros amigos de tu bisabuelo,
las trajo, a ella y a su madre, prometiéndoles buena vida. Cuando se cansó,
las dejó abandonadas a su suerte, en una pensión de Buenos Aires. De allí
las sacó tu bisabuelo.
-Pero si ella fue una buena esposa, no habría por qué atacarla -dije.
-Tu bisabuelo la hizo matar a la vieja, a los dos meses de llegada a
Santiago -prosiguió la Ñaña-; quería borrar las huellas del pecado. La
muchacha no lo lamentó. Pero después que nació el hijo -tu abuelo-, empezó a
descarriarse. Tenía alucinaciones, de noche no podía dormir. Salía desnuda,
iba a las barracas, y obligaba a los peones a acostarse con ella, entre los
cueros aún sanguinolentos y las moscas. Entonces, tu bisabuelo la hizo matar
a ella también.
-¿Y cuándo empezó la maldición?
-Había una liga de hacendados y empresarios del interior. Tu bisabuelo era
vicepresidente. El presidente era Manuel Artasa, su mejor amigo. El lo
promocionó para que a tu bisabuelo lo hicieran diputado nacional. Se habían
juramentado, para defender un impuesto a las importaciones, que los
protegiera de las manufacturas inglesas. Habían logrado el compromiso de
diputados salteños, tucumanos, riojanos y cordobeses. Los otros necesitaban
los dos tercios para aprobar. Ellos se iban a oponer.
-¿Y qué hizo mi bisabuelo?
-Traicionó. Se vendió a los ingleses. Roca lo convenció. Pero él se dejó
convencer.
-¿Y qué dijo su amigo, Manuel Artasa?
-Se suicidó.
-¿Por eso?
-Los otros ganaron por un voto. Cuando Manuel se enteró de que había sido el
de tu bisabuelo, le agarró como una desesperación. Levantó un revolver y
vino a su casa. Si lo encontraba, lo iba a matar.
-Y él no estaba.
-No. De Buenos Aires nomás se había ido a Mar del Plata. Entonces Manuel
Artasa se metió el caño del revolver en la boca y se voló la cabeza. Delante
de tu bisabuela inglesa, que amamantaba el chiquito. Ella se desmayó, y lo
dejó caer (de ahí, del golpe, dice que le venían esos ataques que le
agarraban, en grande). Las baldosas del suelo quedaron manchadas con la
sangre de Manuel Artasa. Artasa era nieto del general Ibarra. De entonces
decían que les empezó esa maldición a los Tapia.
-Un hombre lucha hasta morir. Eso decía mi padre. Solamente que él lo decía
y por detrás era bastante flojo; en cambio a mí se me había puesto desde
pequeño la peregrina idea de cumplir al pie de la letra -y la acción- con
esta sentencia. Y así me fue.
Eugenia es un mar en calma tibio como el líquido amniótico en su cuerpo me
pierdo sus piernas anchas su pubis como un sueño de hojas suave cubriéndome
sus brazos y duermo despierto y la encuentro abajo de mí tan extendida que
me cubre entero los dedos de los pies el resplandor dorado de la cocina
matecocido con tortilla y diálogos de cualquier tema amor de instantes
comunión digámoslo de horas sin conflictos olvidando los tiros los atentados
la Alianza Anticomunista Argentina los parapoliciales la muerte no queda,
Eugenia yo en sus brazos su pelo suelto tan suave como una manta de vicuñas
enrulado bajo mis clavículas sobre mi espalda en mi cintura sus ojos
marrones sus labios blandos dientes de perlas sus piernas blandas gruesas y
bellas (Murillo) bajo de Antón bajo de mí no tengo derecho a esta maravilla
la luz aúrea proviniendo de la cocina el ciprés por la ventana el silencio
la penumbra de la madrugada el olor a calostro a cuerpo de mujer a sábana
impregnada con el olor de Antón vientre extenso no por vastedad física sino
amatoria parejo rodillas suaves pantorrillas pechos limones maduros manos;
me duermo navegando y me despierto náufrago incontrito cuando suena el
teléfono en la mesita de luz lo descuelgo una voz de hombre medio afónica me
dice hola y yo aprieto la horquilla.
Recuerdo sus rostros y su perfume. Sin embargo no podría dar demasiados
datos. Sólo decir que me producían una indefinible opresión. También agregar
que sus trajes eran impecables, sin una pizca de exageración, aunque con el
detalle cursi de un escudito en sus ojales. Los dos hombres eran militares
-lo dijo mi padre después, conversando con la Ñaña.
-Debemos guardar absoluta discreción -decía el más delgado. Mi padre los
recibía en el inmenso despacho que poseía, dentro de nuestra fábrica de
piezas para automóviles y camiones.
-¿Ustedes creen que los servicios del gobierno no están enterados de lo que
planean? -dijo mi padre.
-Nosotros somos los servicios.
-Bueno, serán una parte, pero no creo que ustedes controlen todo, ché.
-Las Fuerzas Armadas apoyan el derrocamiento. Los demás no importan, no
tienen el menor peso.
Durante cuatro días los obreros habían mantenido la fábrica tomada. Mi padre
había logrado que abandonaran su posición provisoriamente con la promesa de
que el lunes siguiente otorgaría mejoras sustanciales. Ese día, para el cual
faltaban cuatro, se reuniría con la Comisión de Delegados, más el
representante del gremio y su abogado.
-No es necesario que haya muertes, según mi criterio -casi susurró mi padre-
Basta con asustarlos un poco...
-Las causas del mal deben ser eliminadas para construir la Argentina que
deseamos -afirmó el más gordito- la Argentina inserta en el mundo Occidental
y Civilizado. No podemos dejar ninguna huella del régimen corrupto, si nos
es posible. Y ahora es posible... después, no sé.
-Usted deje todo en nuestras manos, doctor Tapia -pronunció el alto, el que
tenía la voz como un zumbido de sierra para metales- Usted es experto en
negocios, nosotros en cuestiones militares... y políticas...
El 14 de setiembre de 1955 los cinco delegados fueron hallados con un tiro
en la cabeza, cerca del camino que une Llajta Sumaj con Rumi Yacu, en el
departamento Santa Lucía. El secretario del gremio se arrepintió
públicamente de su anterior combatividad, y pudo salir de la cárcel en una
semana. El abogado del sindicato desapareció sin dejar rastros.
-Te dejé escuchar nuestra conversación porque esta experiencia te servirá
para tu futuro como empresario- me dijo mi padre. Yo tenía siete años.
-¡Mirá, mirá, Antón!: una mujer te espera, en el fondo de tu alma -dijo la
hechicera.
-¡La Ñaña! -exclamé.
-¡Quién sabe! -dijo -No me es dado verle el rostro.
-¡Esfuérzate, por favor! -le pedí.
La hechicera revolvió las vísceras de quirquincho que había volcado en un
cuenco lleno de aceite.
-Ya se acerca, se acerca... va caminando por un campo desolado... viste un
vestido de color ocre claro, que tapa sus tobillos...
De pronto la hechicera me miró asustada. Durante un largo momento se estuvo
así.
-Más te vale no saber quién es -me dijo.
Luego se levantó y se fue.
Antón abrió el sobre que le entregara Eugenia. Se había bajado de un auto,
donde había otra chica y dos hombres. Por casualidad él estaba en la puerta,
viendo pasar la gente. Apenas le entregó el sobre su rostro se mojó de
lágrimas. Subió al coche que lanzó un rugido y le dijo adiós con la mano y
el silabeo de los labios. Antón se sentó en un escalón de la puerta y leyó,
con esa maldita indiferencia en el corazón, que desde niño lo atacaba en los
momentos trágicos.
Córdoba, 2 de junio de 1972.
Querido Antón:
Te amo. Pueden parecer palabras cursis. Tal vez lo sean. Son en realidad las
únicas que pueden transmitir aproximadamente mi sentimiento hacia vos. Al
menos las únicas que yo conozco. Entre nosotros no ha habido ninguna de esas
naturales diferencias que suelen darse entre seres que no se conocían y
provienen de medios distintos. Lo nuestro fue un amor perfecto. Es
maravilloso hallar alguien con quien se congenia tan totalmente y que además
resulta tan atractivo como vos. Podríamos haber sido una gran pareja. En
circunstancias normales no hubiera vacilado un instante en casarme con vos.
Incluso ahora mismo, yo estaba decidida ya a hacerlo. Si no me hubieras
pedido que nos tomáramos unos días para pensarlo, no hubiera regresado a
casa, para quedarme con vos. Y tampoco hubiese tomado conciencia del paso
equivocado que iba a cometer.
Pues la ayuda de los compañeros me ha hecho reflexionar viendo la cuestión
desde parámetros más objetivos y racionales. Hemos tratado el problema en
nuestra célula, durante largas y agotadoras reuniones (en las que me
avergonzaba ser yo el eje de todas las discusiones) Mi compañero también
participaba; vinieron especialmente, además, compañeros de la Dirección del
Partido. Si no hubiera sido por sus críticas fraternales y su paciencia para
explicarme mi error, su constancia revolucionaria para mostrarme una y otra
vez algo que por mis limitaciones pequeñoburguesas yo no alcanzaba a
entender, jamás hubiese comprendido el escándalo que estábamos
protagonizando (la culpable fui yo, por partida doble, pues te incité, y
además, aunque tienes ideas progresistas, no eres un militante
revolucionario). Tuve que autocriticarme, y me rebajaron, de militante a
simple contacto. Pero eso no es lo que más importa.
La clase trabajadora y el pueblo están viviendo momentos de gran auge
revolucionario. El conjunto de los sectores que llevan adelante el combate
contra la dictadura militar burguesa y el imperialismo están produciendo la
acumulación de factores objetivos y elementos subjetivos que van creando las
condiciones necesarias para asumir con plenitud la nueva etapa, ya
caracterizada con anticipación por nuestro Partido: la insurrección de las
masas. Por todas partes, florecen espontáneamente los conflictos
reivindicativos y las movilizaciones. Existe un alto grado de politización
de la clase trabajadora, que junto a las consignas por salarios dignos
levanta otras antidictatoriales, amtiimperialistas y por el socialismo. Pero
carentes de una conducción clara, estos gigantescos esfuerzos populares
pueden diluirse sin resultados, o ser usados en provecho de la alternativa
bonapartista. Por ello es vital, hoy, la función de la vanguardia. Los
revolucionarios debemos unificarnos sólidamente en torno de nuestra
Dirección, bajo la línea correcta. En momentos de clandestinidad, el
centralismo democrático debe ser llevado a su mínima expresión, y esto es
ciertamente necesario. Es necesario asumir en la actual circunstancia una
disciplina militar, en todos los niveles del Partido. Nuestra acción
revolucionaria debe ser camino y ejemplo para las masas. No debemos fallar,
ni en el plano político ni en el moral.
La Dirección del Partido ha resuelto que no debemos vernos más, Antón. Y
aunque me duele (¡de qué manera me duele!), me he convencido de que ésto es
realmente necesario para el bien de nuestro pueblo y la revolución. Con
nuestra limitada actitud pequeño burguesa y nuestro individualismo,
estábamos minando la unidad revolucionaria no solamente de mi pareja, sino
de un equipo de seis combatientes, que además es eje de todo un trabajo
vecinal de masas. Estábamos poniendo en serio peligro la eficiencia
revolucionaria del Partido (pues cada célula es, ante las masas, el
Partido). No amo a mi compañero, es cierto, pero antes que hombre, debe ser
para mí un revolucionario. Si hay algo por lo cual yo me acerqué a él, en un
momento en que mi vida había caído en esa incertidumbre sin propuestas
claras, propia de mi condición social pequeñoburguesa, es porque
representaba para todos el modelo de dirigente y cuadro revolucionario. Los
compañeros veían en él un pensador claro y un guía, siempre primero en la
acción y siempre dispuesto a asumir con gusto las tareas más difíciles. Pero
luego de lo nuestro, su moral combatiente había decaído de una manera
increíble.
De tal modo, nuestro romance llegó a repercutir en todos los niveles del
Partido. Por el afecto y respeto de los compañeros hacia nosotros, y la
calidad de líder de mi compañero, estábamos produciendo una verdadera
conmoción negativa en el seno de la organización. Se me planteó entonces,
firmemente, que mi deber revolucionario es fortalecer la moral de mi
compañero, única manera de restablecer la cohesión moral y política de
nuestro sector del Partido. Yo, por cierto, lo acepté.
Por lo tanto, debo decirte adiós, ahora.
Yo te amo. Pero hay un pueblo entero que depende de nosotros. No me juzques
impulsivamente, Antón, te lo ruego... Por encima de nuestros afectos
personales, por fuertes que sean, en este momento hay que priorizar a la
revolución. ¿Cómo seguir lo nuestro, sin traicionarla?
Nunca te olvidaré. Y si me matan, tu imagen será lo único que acudirá a mi
mente, antes de irme.
Eugenia.
Antón se quedó pensando. En su mente parpadeó el recuerdo reciente de
Eugenia, tras el cristal del auto y mojado en lágrimas. Ahora el sentía el
peso de una nueva culpa en su corazón.
Oh más dura que mármol a mis quejas, el orgullo de tu padre le impedía
aceptar que anduvieras con un muchacho burgués, no quiero que entres en esa
familia, te dijo, nos despreciarían y además está maldita, tu padre era un
poeta socialista y tú le amabas con demasiada veneración como para atreverte
a desobedecer sus deseos, Y al encendido fuego en que me quemo no
contestabas al teléfono, si te encontraba en la calle estabas siempre con
apuro, yo me daba cuenta de que me amabas, algo luchaba dentro de tí,
Beatriz, me daba vuelta en mi cama a la siesta sin poder dormir, imaginando
escenas en las cuales estábamos los tres, con tu padre y yo le explicaba,
que todo era un equívoco, que yo no tenía nada que ver con la mentalidad de
mi familia, Más helada que nieve Galatea! Aceptaste salir conmigo a
escondidas, una semana, y yo te besé, ¡oh, Antón!, me dijiste, ¡creo que
estoy enamorada de vos!, pero lo mismo me dejaste, no soporto esto, dijiste,
no puedo ir en contra de mi propia sangre, Estoy muriendo, y aun la vida
temo; tu padre te mandó un tiempo a la casa de tu tía, en Bahía Blanca, eso
lo supe después, por tu propia boca, pero en aquel momento te busqué como un
idiota por Córdoba, Tucumán y Mendoza, haciendo el ridículo ante tus
parientes que me miraban como a un loco, Témola con razón, pues tú me dejas;
estuve un tiempo vagando de aquí a allá, sin hallar qué hacer, fui a bailes
de los barrios pobres, me emborraché, Que no hay, sin ti, el vivir para qué
sea. La cabeza me dolía de una manera infernal, no volví a la facultad por
dos meses y me dejé crecer insensiblemente el pelo y la barba, Vergüenza he
que me vea me fui a dedo hasta Jujuy, Ninguno en tal estado, sin hallar
sosiego, De ti desamparado, anduve por entre los cerros, solo, Y de mí mismo
yo me corro ahora, la soledad me produjo una especie de timidez suprema, me
daba miedo la posibilidad de hallarme con alguien humano y me internaba cada
vez más, sin poder borrar de mi corazón la pena, ¿De un alma te desdeñas ser
señora, empecé a padecer el hambre y no atiné a alimentarme, Donde siempre
moraste, no pudiendo, al hambre sucedió un estado súbito de calma total, una
lucidez extraordinaria y una lasitud teñida de indiferencia al mundo, mi
mente se concentró en un punto de luz y una música, Della salir un hora? me
hallaron unos alpinistas, a dos mil metros de altura, con el cuerpo sacudido
por las convulsiones, Salid sin duelo, lágrimas corriendo.
Me acuerdo la manera como la conocí a Amanda. Yo tenía 17 años, ella 13. Fue
en la casa de campo de mi abuelo. En medio de los alelíes, las dalias, las
siemprevivas, aparecieron con su padre bajo el sol. Ragnar Günhelstronn.
Individuo parco y potente, había venido huyendo de la guerra europea y ahora
dirigía la filial de una empresa extranjera. Me pareció un tipo noble, me
acuerdo, pero le molestó que me fijara tanto en su hija (yo me di cuenta).
Salimos a caminar, Amanda y yo, por entre la hierba del campo. Nos
distrajimos con la conversación y se nos hizo la noche en el lago. Fuimos
buenos amigos. Recién luego de la muerte de Beatriz -cinco o seis años
después- llegamos a mirarnos como hombre y mujer.
2
Aquella casa tan extensa posee una ancha galería con balaustrada, de cuyas
cornisas cuelgan encatrados con florecidas enredaderas y desde la cual -como
la casa está edificada en lo alto de una serranía- se puede apreciar gran
parte de la ciudad. Hemos llegado, guiados, a un ángulo de la galería que da
su frente a un paisaje ondulado; el dueño de casa, que nos conduce, nos
llama a la atención acerca de él, y nos detenemos; es un paisaje de cerros
suaves, azulados, entre cuyas ondulaciones como de un mar de piedra asoman,
aquí y allá, casitas blancas, algún arbolillo lejano y luces que no tienen
certificado origen; extrañas sombras se esfuman desde misteriosas honduras,
todo está quieto; como si hubiéramos pasado de un mundo a otro, totalmente
distinto, con sólo doblar un recodo bajo el alero, desapareció de ante
nuestros ojos el puntillismo luminoso de la ciudad, y aquí estamos, ante
este cuadro lunar, propio de un tiempo pasado. He venido notando que el
dueño de casa me profesa aversión aunque no lo demuestra, y ésto tiene su
buena razón de ser, ciertamente, ya que su única hija está relacionada
sentimentalmente conmigo, desde hace algunos años, pese a que su padre no
aprueba esta relación -el padre de mi enamorada es un hombre de cabellos
blancos, que bajo la luz lunar asumen reflejos azulados, de rasgos finos y
muy correctamente vestido con un conjunto de verano, saco esport a cuadros,
camisa clara y pantalón al tono, y lleva su mano izquierda constantemente
tomada del último botón del saco, mientras que con la derecha, acompaña su
conversación sobre el paisaje-, esta relación, digo, que a sus costumbres
conservadoras repugna pues se me hecho reputación de inconstante y muy poco
previsible en mis acciones, y se sabe que nada hay más desagradable para un
hombre ordenado que otro de quien nunca se conoce en qué forma se ha de
conducir, o que hoy tiene una pasión y mañana tal vez la ha olvidado; pero
nada denota en sus actos esta aversión, el hombre se conduce como si todos
-yo, mi papá y un matrimonio norteamericano- fuéramos por igual apreciados,
yo percibo, sin embargo, una irradiación de ondas negativas desde ese hombre
hacia mí, pues aunque nuestras facciones permanezcan bajo el dominio más
absoluto no podemos, cuando se está entre gentes sensibles, ocultar el
desorden de nuestra energía que se produce al introducirse en el ánimo un
factor de inquietud. De la red de madera se descuelgan retorcidas guías
plenas de hojas alveoladas y de tanto en tanto, flores azules, flores
blancas, que se mecen en la brisa estival; hemos quedado detenidos ante el
paisaje extraño, en donde nada se mueve y en el que el contraste con el leve
bambolear de las enredaderas de la galería acentúa la impresión de
extraterrenalidad; cuando yo decido marcharme para liberar a este hombre
-pero principalmente a mi padre, que ha percibido tan bien como yo el clima
de esta reunión- y permitirle que continúe enseñando su casa solariega, sin
la perturbación de mi energía adversa, a sus invitados. Salgo.
Este es un caserío de moradas pequeñas, alternadas con mansiones de veraneo,
todas ellas de piedra, todas parecidas -propiedad muy apreciable que
conservan las poblaciones antiguas y que las distinguen del caos
arquitectónico de la mayor parte de las ciudades, dotándolas de un carácter
en el que puede destacarse el contenido interior-; bajo la luna los faroles
semejan luciérnagas empaladas de trecho en trecho y es notable el efecto de
los reflejos centrífugos que al herir con sus rayos amarillentos el
empedrado y mezclarse con los destellos lunares producen la impresión de un
inaprehensible movimiento, un movimiento de llovizna en expansión, cuyo
centro de aspersión es el flaco farol, y cuyas gotas parecieran componerse
de oropimente y polvo de záfiros; lluvia de luz que al atravesarla nos baña,
y me lleva a mirarme la mano, para entregarnos de nuevo a la suave
oscuridad, desde la que se ve el próximo farol sólo como una luciérnaga y a
su pie un círculo de luz.
Camino dos cuadras solo por la calle desierta, y al llegar a una esquina, me
introduzco en un bodegón. Allí encuentro a un grupo de muchachones alrededor
de dos mesas que han juntado, charlando y bromeando al modo propio de este
tipo de pandillas, entre el desorden del ruido de las botellas al chocar con
los vasos, y los papeles, los platos con pizzas a medio comer, y los
ceniceros desbordantes formando una «naturaleza muerta» que impresiona como
muy activa. Uno de ellos me reconoce -es un maestro, conocido de mi tío
Mariano- y me llama. Lo saludo, y como era inevitable me presenta al resto
de sus amigos (parecen un tipo de muchachotes buenazos, casi todos maestros,
casi todos de esa clase media argentina, pobre pero bien alimentada,
peligrosos en sus excesos cuando deciden divertirse, en el fondo
generalmente un poco tímidos, razón por la cual no es fácil caerles en
gracia viniendo de otro medio, pues aquel mismo aspecto de sus
personalidades los hace desconfiados) y me ofrecen un lugar en la mesa,
junto a ellos. A poco de estar allí va creciendo respecto de mí -y para mi
desconsuelo, un parecido sentimiento de incongruencia al del anfitrión de mi
padre, similar a aquél hasta en que tampoco este se manifiesta, aunque todos
lo sienten, motivado según creo en que enseguida comprenden que no
pertenezco al mismo estilo de ellos y el reconocimiento mutuo se hace
difícil: una palabra mía no significa lo mismo para mí que para ellos, un
movimiento que para mí es natural resulta afectado, las narraciones que
emprendo con el ánimo de agradar, como barriletes sin viento se
desestabilizan y caen, en finales que son más patéticos por los cada vez más
tensos esfuerzos de mis interlocutores por aparentar que les agradan, y por
fin, llegamos a un momento en que estamos todos incómodos y con ganas de
irnos de allí. De mi conocido, que ha evaluado certeramente la situación,
parte la idea salvadora: iremos a un baile.
Esto remoza el ánimo. Los muchachos se olvidan de mí y recomienzan las
bromas entre sí y los cantos de festichola. El baile queda a poca distancia
de allí, distancia que recorremos, con mi conocido, unos pocos pasos por
detrás de la barra. No preciso hablar pues mi acompañante lo hace por los
dos, aunque yo no lo oigo, pues mi cuerpo entero va suspenso de los matices
atmosféricos de esa hermosa noche, de los contornos de los objetos y los mil
juegos que la luz ejercita sobre ellos, de los olores a árbol que
evolucionan libremente en el liviano aire, al mismo tiempo que, por un
paradójico equilibrio, no pierdo conciencia de mí mismo.
Hemos llegado al baile, y hemos debido ascender unas escalinatas poco
numerosas pero muy extensas que preceden al pórtico del gran escenario; se
trata de una especie de Coliseo de piedra, muy espacioso por lo que se
percibe -nos hemos quedado en la puerta con mi compañero mientras los otros
entraban-; sus líneas son sencillas, chatas, imponentes, y en la entrada,
dejando apenas un resquicio suficiente para que se pueda advertir adentro
tentadores movimientos de parejas y bailarines pero no para abarcar con la
mirada todo lo que sucede, han colgado de las columnas de piedra unos
cortinones de color púrpura oscuro. Ante ellos, una mesita, y una muchacha
que vende entradas. Se me ha ocurrido el capricho de no pagar entrada. Trato
de entrar sin pagar, pero la muchacha me detiene. Mi conocido -que viste
traje negro y corbatín de seda- pretende pagar él las entradas de los dos
pero se lo prohibo, pidiéndole en cambio que me acompañe en mi intento. La
muchacha que está parada junto a la mesa como para acentuar su papel severo,
es rubia y muy flaca, su cabello naturalmente enrulado tiene ese color de
paja desteñida que produce la impresión de haber sido tratado con lavandina,
su rostro es pequeño sobre un cogote largo y surcado por muchas venas, tiene
pecas que se me antojan salpicaduras de sangre y ojos acuosos, pequeñitos;
su nariz, de forma indefinible, termina en una especie de pomponcito, que,
debiendo de ser gracioso en otro rostro, aquí causa la impresión de un arma;
viste una camisa mangalarga, blanca, sobre la que lleva un chalequito de
lana, cremita, con bordados de hojas sobre el pecho tan desabridos como su
pelo, y una pollera anticuada color marroncito claro; sus piernas, dos
estacas amarillentas, terminan en feos tobillos, y lo que se ve de los pies
está recorrido por venas que me recuerdan a los brotes de una parra; estos
pies grandes se empotran en dos especies de buques colorados con tacos, que
son sus zapatos. Sabiendo que voy a fracasar trato de aplicar a aquella
muchacha mi poder de seducción; le hablo untuosamente, le pido luego que nos
permita entrar gratis, pero es en vano. La euménide es impenetrable a todo
tipo de venalidad y permanece impasible. Al fin, me deja desarmado.
Permanecemos allí, yo desconcertado, mi amigo incómodo, en medio de la luz
amarilla que difunde un farol oculto.
Mi compañero, que tiene interés en agradarme pues mi tío Mariano puede
ayudarle en su carrera, me propone que vayamos a un lugar más interesante, y
me dice que tiene una tía que vive a poca distancia de allí, a quien desde
hace rato debe una visita, y en cuya casa se hace reuniones de espiritismo.
Me toma del brazo suavemente y me lleva.
La casa, ni muy grande ni muy chica, posee un vestíbulo en el cual me piden
que espere, pues la sesión ha empezado y no se puede recibir en ella a un
extraño. Es un recinto con paredes de piedra, pequeño -o tal vez produzca
esa impresión por la cantidad de objetos disímiles que se amontonan en él,
al parecer sin orden, aunque muy limpios y cuidados: armarios decorados con
figuras coloreadas en laca, bargueñitos españoles, sillones, un escritorio
barroco con tapa artísticamente labrada, cortinas, en los lugares más
inesperados, y por todas partes trapos, transparentes, colgados, meciéndose
largamente por los impulsos de vapor en el aire que producen lámparas de
petróleo colgadas aquí y allá en las paredes-, pero de techo muy alto, lo
que me inspira la sensación de haberme introducido en un tubo; en el techo
hay una enigmática claraboya; a mi lado, una cama, y precisamente a sus pies
un sillón de madera con patas de hamaca. Por largo rato me entretengo en
mirar la cama -único elemento desprolijo, aunque limpio, en el conjunto-;
los pliegues que produce el sencillo cubrecama de tela imitación cuero de
serpiente, las sábanas amarillas, y los finos detalles -es una cama turca- a
uno y otro lado, y como es natural, esto me produce el deseo de acostarme.
No soy hombre de reprimir mis deseos cuando no entrañan peligro muy grande,
así que enseguida me saqué los pantalones, quedando con mis calzoncillos
celestes y saco, y me acosté a probar la cama. No estuve allí ni dos minutos
cuando viene una mujer alta, toda de negro y gris hasta los pies, con reboso
negro que le tapa la cara, saliendo de tras una cortina seguida por otra
mujer, más baja y jorobada, también vestida de negro y con reboso, y se
sienta, la mujer alta, en el sillón con hamaca y la más baja se arrodilla
frente a ella. La mujer alta se ha sentado en la hamaca, con la actitud de
quien lo hace en el sillón del dentista; la mujer baja, arrodillada, saca
una mantilla negra, bordada en las orillas con intrincadas figuras que no
entiendo, en el medio una gran roseta de puntilla blanca y en medio de la
roseta una estrella negra; con movimiento ritual se la echa sobre la cabeza
(no comprendo cómo efectúan las mujeres sus movimientos tan precisos pues el
reboso les cubre a las dos la cabeza y la cara): yo asisto asustado a la
escena desde la cama.
Como animales ciegos las embozadas mujeres desarrollan sus rituales
(comprendo que voy a asistir a una curación): la hechicera -ya he dilucidado
que es la que está de rodillas- lanza ininteligibles ensalmos, y se expande
un impulso eléctrico por el aire. Voy sintiendo cómo todo el ámbito se va
cargando de una energía extraña que perturba mi ánimo y los objetos
comienzan con pesadez a cambiar de lugar. Las contorsiones de las dos
mujeres van creciendo, sin que se muevan de su lugar -sólo la mujer sentada
se hamaca rítmicamente, impulsada por una energía que no parte de ella, como
si la meciera una brisa-, adquiriendo el aspecto de seres en trance, y se
oyen quejidos, gruñidos y exclamaciones ahogadas que no se sabe bien de
dónde salen; de pronto, la hechicera mete su cabeza por bajo de la pollera
negra de la otra y comienza una escena abrumadora: como un inmenso gusano
explorándole las entrañas, se tiene la impresión de que la mujer arrodillada
se introduce en el vientre de la mujer sentada sin dejar ambas de mecerse
rítmicamente -por extraño que parezca, yo empiezo a ver a través de la falda
de la mujer sentada, y veo que la cabeza de la hechicera, como un feto, está
adentro de la caverna uteral y sobre ella la mantilla con la roseta blanca y
la estrella negra ha adquirido una intensa luminosidad: entonces hay un
verdadero apogeo de la energía, percibo con mi afato que desde las mujeres
se expande, en abanico, una poderosa marea de ondas, y se oyen ensalmos y
sollozos entrecortados.
Ahora bien, desde el comienzo de la ceremonia he advertido que hay en mí un
tipo de energía parecida, que aunque trato de apagar para que aquellos seres
a quienes temo no me adviertan, por el contrario crece y se manifiesta. Temo
que la hechicera la perciba y se vuelva hacia mí pues la intuyo como una
devoradora, pero comprendo que eso tiene que ocurrir fatalmente... Como una
serpiente que midiera amenazante la distancia antes de atacar,
desenvolviendo y enrrollando el cuerpo con celeridad, la energía que brota
de mi pecho una y otra vez se aproxima y se aleja contenida por mis
esfuerzos a su objeto, la cabeza de la hechicera. Mi energía es similar a
ondulados rayos azules y parte de mi corazón: al fin la alcanza... se
produce un estridente choque... mi energía -las veo claramente- azul se
introduce chirriando en la de la hechicera, que es amarillenta.
Por unos momentos todo se detiene; el movimiento de las mujeres se congela,
los objetos se aquietan; las ondas que se expandían del sitio ritual se han
convertido en resplandor amarillo, desleído, que parpadea alrededor de las
mujeres como el reflejo de la última llama de una lámpara de querosén,
mientras que mi energía, nítida -seis delgadas y azules serpientes
onduladas- se conectan ininterrumpidamente en la cabeza alerta de la
hechicera por debajo de la pollera de la mujer sentada. Me paraliza el
horror.
Por unos instantes la hechicera se queda quieta, alerta, tratando de
reconocer esa energía nueva que ha venido a interrumpir su tarea; bajo la
pollera, como un animal que olfatea el peligro, se nota que está aplicando
todos sus sentidos para saber de dónde proviene la agresión. De pronto la
descubre: me descubre. Saca la cabeza bruscamente, y me mira -no se cómo,
pero me mira, aun con la cara totalmente cubierta por el rebozo negro y la
mantilla-: mi energía cesa, y el horrible ser se dirige hacia mí, rodeando
la cama, a cuatro pies, como si fuera una foca o una morsa, y con un impulso
tremendo salta y me aplica la cabeza sobre el pecho. Me inmoviliza el
horror, y grito. Grito, pero nadie me oye.
Entonces, me encuentro en la espaciosa habitación con paredes de piedra del
anfitrión de mi padre (ellos me rodean y me miran como se lo hace con un
enfermo grave); la brisa que filtra por la abierta ventana me acaricia la
frente bañada en sudor. Me han hallado gritando, sin rastro de alcohol, en
medio de una calle.
Aquellos inmensos monstruos amables se acercaban a mí en las madrugadas.
Eran mis amigos, pues me anunciaban si el día se presentaba favorable.
Cuando me casé se alejaron. Diana no hubiera creído en ellos, y aunque jamás
le conté de mis visitantes, los monstruos intuyeron que allí se había creado
una ecuación negativa, y se alejaron de mi casa. Diana era un espíritu
comtiano. Para ella todo debía ser pasible de ser encerrado en alguna
fórmula de cualquier tipo.
Es notable como funcionan los pensamientos. Uno se hace una idea de las
cosas y así son, para uno. Mi padre por ejemplo era un carácter sensible que
sufría por el papel que le tocó desempeñar en la vida. El se había propuesto
restaurar la grandeza anterior de los Tapia. Para su educación «grandeza»
significaba poderío económico. Así se lo había enseñado mi abuelo, que ya
andaba por mala senda. De modo tal, su vida se convirtió en un doloroso
desdoblamiento, donde sus ideas, que modelaban los actos de lo que él
concebía como la realidad, contradecían por lo general el sentido de su
corazón.
Así, él, por ser «grande», fue creando esa poderosa maquinaria de opresión,
donde al crimen se le denominaba justicia y en cuya cima parecía estar, pero
lo era sólo como una triste polea de transmisión de los intereses
multinacionales. Más tarde, cuando en mi país se asesinaba en las calles,
fue también por su mandato que invirtió millones de dólares en maquinaria
rusa: sólo para comprar silencio. Sus pensamientos lo habían llevado a optar
por esa casta internacional; simulaba y trataba de convencerse de ser uno de
sus miembros. Ellos lo invitaban a recepciones en sus embajadas y aparecían
sonrientes en revistas frívolas, a su lado. Pero el corazón de mi padre no
podía dejar de conocer que íntimamente lo consideraban un gusano.
-Cuando tu abuelo se casó conmigo todos se escandalizaron -dijo la Ñaña.
La lluvia caía en silencio sobre el jardín y el parque. El vidrio de la
ventana estaba empañado por el vapor de las tortas fritas; de afuera, los
chorros que se deslizaban desde el dintel habían abierto caminos.
-El se había casado en primeras nupcias con la Barbarita Saint Guillaume,
hija del tucumano, el magnate azucarero. Pero ella resultó ser frígida. Y tu
abuelo (si lo sabré yo) parecía tener fuego en la sangre. Para peor, ella ni
siquiera podía darle un hijo. Porfiaba en que el defectuoso era él. Pero,
como quedó demostrado luego, al nacer tu padre, tu abuelo era perfectamente
potente. La mayoría de los empleados en oficinas, y muchos obreros de las
fábricas son, como vos sabes, hijos de él, nada más que no llevan su
apellido. Los tuvo con otras mujeres. Conmigo no quiso tener más que uno. El
decía que no iba a dejar un montón de hijos para que se anduvieran peleando
por la herencia.
-¿Y cómo terminó el matrimonio de mi abuelo con la Saint Guillaume
-pregunté.
-Ella murió. Como aquí no existe el divorcio (y tampoco ella se quería
separar), muchos lo culparon a tu abuelo de esa muerte. Su padre hizo
iniciar una investigación. Y se desató lo que en realidad fue una guerra
entre los Tapias y los Saint Guillaumes.
-Ganaron los Tapia.
-Sí. La cuestión se definió en 1930. Desde hacía rato que tu abuelo venía
conspirando. Pero la crisis de 1929 les dio un pretexto para derrocar a
Yrigoyen. Saint Guillaume era radical. Y tu abuelo era el jefe regional de
la Liga Patriótica, organización civil armada, que apoyaba el golpe de
Uriburu.
-Lo deben de haber destrozado a Saint Guillaume -reflexioné.
-Las Ligas Patrióticas tucumanas le hicieron la vida imposible -prosiguió la
Ñaña-, le incendiaron galpones y cosechas, asesinaron a dos de sus hijos.
Saint Guillaume denunciaba, pero la policía no descubría nunca nada. Por
fin, Uriburu descabezó todo el Poder Judicial tucumano, y puso a su gente.
Entonces, a través de un testaferro, Segundo Tapia le inició juicio, por
defraudación al Estado. En tiempos de Yrigoyen, Saint Guillaume había
recibido un subsidio del Banco del Tucumán, y una exención de impuestos que
no estaba muy clara. Saint Guillaume fue a la cárcel, y a tu abuelo lo
nombraron custodio de sus bienes, embargados por el Juzgado Federal. En la
cárcel, Saint Guillaume se ahorcó.
La lluvia había cesado. La Ñaña me alcanzó un mate.
-Pero de esa muerte también lo culpan a Segundo Tapia.
El sabor del mate con ruda y miel se quedó suspenso un instante delicioso en
mi paladar. Pregunté:
-¿Y Uriburu no le pidió nada por el favor, después?
-El gobierno del general Uriburu duró muy poco. Había un grupo de
nacionalistas que lo rodeaban, y en realidad el golpe había sido dado para
favorecer a los ingleses. Entonces, el nacionalismo después de haber
«limpiado la casa» resultaba ya un poco inconveniente. Pronto llamaron a
elecciones, por supuesto fraudulentas. Y arreglaron todo poniéndolo a
Agustín P. Justo, un general al gusto de su Graciosa Majestad, la Banca
Británica. Tu abuelo participó activamente en todo eso.
-¿Allí fue cuando él viajó a Inglaterra?
-Eso fue en 1933, un poco más adelante. Tu abuelo era amigo de Julito Roca,
el vicepresidente de la nación. Se iba a firmar un pacto, en Inglaterra,
para legalizar la enajenación del patrimonio argentino. Por supuesto, los
ingleses habían prometido una suculenta comisión. Con ese objeto se armó una
delegación, integrada por figurones como el financista Raúl Prebisch, el
estanciero porteño Miguel Angel Cárcano y el coronel Alberto Oliveira Cezar.
A tu abuelo lo hicieron entrar como «asesor» del doctor Guillermo
Leguizamón, un catamarqueño al que los ingleses le dieron el título de
«sir»-. La abuela se rió-: imaginesé, m’hijo. Un «sir» en Catamarca. Sir
Leguizamón.
El cielo se estaba abriendo. Paradójicamente, pues era tarde, afuera se
había puesto más claro.
-Tu abuelo volvió chocho con los ingleses. Dice que cuando habían llegado a
Dover, les habían puesto una alfombra roja, que se destinaba únicamente a
los reyes. Al llegar nomás les habían dado un telegrama del Príncipe de
Gales, en castellano: «Experimento gran satisfacción y placer personal por
vuestra visita», decía. Dice que Julito Roca se babeaba.
La Ñaña se quedó en silencio, un momento. Parecía a punto de sollozar. Yo me
asusté. Pero prosiguió:
-¡También!... Les entregaron todo. Les sacaron todos los impuestos a los
productos ingleses en Argentina. Impuestos al carbón, a la manufacturas
textiles, al hierro... Encima, les regalaron grandes extensiones de tierra
de la nación, con petróleo, bosques, o simplemente para pastoreo. Todo lo
que había llevado a luchar a hombres como el general Ibarra, o Manuel
Artasa... se había ido otra vez al diablo. ¿Y qué ganaron? Sí, ganaron
ellos. Los de Buenos Aires. Nosotros fuimos los chivos degollados, los que
les hicimos el juego por migajas. Tu abuelo Segundo, tarde se dio cuenta de
ello. Cuando le tocó perder al interior, él estuvo entre los primeros.
-¿Y cuándo se casó con vos?
-Antes de que muriera Saint Guillaume. Por eso se armó el gran escándalo. No
hacía seis meses que se había muerto la Barbarita. Pero era sabido que iba a
ser así. Mi madre había sido la nodriza de él (y algunos dicen que también
amante de tu bisabuelo), ella lo crió. Y nosotros nos habíamos criado
juntos. Desde que yo tenía quince años él me embromaba para que me acueste.
Pero yo le decía, «yo nunca me voy a acostar con un hombre, si no es mi
esposo». Cuando murió doña Barbarita, yo era mayordoma, jefa del personal de
servicio. Pero él ya me había dicho hacía rato: «Si me separo de la
Barbarita», me había dicho, «me voy a casar con vos».
-¿Y después, la familia de ella no te hizo problema a vos?
-Después de los líos y la muerte de Saint Guillaume habían quedado solamente
un hermano de Barbarita y la madre. El desapareció, y después de dos años
hallaron un cadáver en el río Salí. Estaba atado de pies y manos, con
cadenas. Por la dentadura, dijeron que era él. La madre perdió la razón, y
murió finalmente en un hospicio.
Hemos venido observándote desde hace rato, y creemos que sós un compañero
que promete -dijo el compañero Responsable General. Antón creyó reconocer la
voz de Alejandro, el marido de Eugenia, y se sintió incómodo. Había hablado
con él, a cara descubierta, una sola vez (por aquél desagradable asunto).
Pero no dijo nada. La capucha tenía únicamente dos agujeros, por donde se
veían unos ojos melancólicos, verdosos.
-Eres un dirigente estudiantil reconocido, y siempre te hemos considerado un
aliado táctico en nuestra lucha contra el imperialismo y la oligarquía
vendepatria.
Algunos asintieron con la cabeza. Había dos hombres y tres mujeres alrededor
de la mesa, mas el único sin capucha era Antón.
-Nos satisface que hayas decidido dar el salto cualitativo, incorporándote a
una organización revolucionaria.
El compañero que montaba guardia junto a la ventana corrió un poco la
cortina y se llevó la mano derecha a la axila izquierda, por bajo de la
campera. Se produjo un silencio.
-Nada -dijo el compañero de guardia.
-Bien -dijo el compañero Responsable General-. Hemos decidido aceptar tu
pedido de incorporación a las milicias. Pero es imprescindible, para ello,
que te proletarices. No es posible asumir la lucha de la clase trabajadora
desde una práctica pequeñoburguesa. A partir de ahora, debes comenzar a
buscar trabajo en una fábrica.
Diana estaba echada bocaabajo, desnuda sobre las sábanas.
-No puede haberse dormido -pensó Antón -hace sólo cinco minutos que se
acostó-. Empezó a desnudarse.
La miró. Sus nalgas en forma de durazno maduro estaban tensas. Tenía las
piernas abiertas. Una raya suave subía, sinuosa, desde el coxis hasta el
centro de su espalda. Sus pies delgados, estaban bajo un rectángulo de
sombra, pero en el dorso de su pie derecho había un filete de luz.
Antón se sienta, desnudo, al lado de ella, en la cama. Su muslo se aprieta
contra el de ella. Lentamente, empieza a acariciar sus nalgas. Diana no
puede evitar un gesto de desagrado; pero se obstina en cerrar los ojos, que
tiemblan a causa del esfuerzo. De la hebilla que le aprisiona el cabello
escapa un penacho pajizo, afiligranado por los retazos de luz.
Antón está excitado. Se sube encima de ella, abriendo las piernas, y luego
de tirar un poco las nalgas hacia sí, desde la zona femoral, penetra en su
vagina, lenta, dificultosamente. Diana tuerce la boca con un gesto en el que
se mezclan el dolor y el asco.
No dice nada. Lo deja moverse arriba de ella, sudoroso, y no esboza el menor
gesto, ni a favor ni en contra, cuando él introduce sus dos manos por bajo
del tórax y encierra en sus palmas los pechos pequeños.
Antón termina. Por un instante, se queda sobre la mujer, en silencio. Diana
parece muerta. Pero Antón sabe bien que lo hace a propósito: para mostrarle
su desprecio. Después, Antón se da vuelta y se acuesta al otro lado de su
cuerpo, bocaarriba. La mujer finge dormir. Antón siente que una tristeza
inexpresable, y una sensación parecida al remordimiento le han ganado el
corazón.
La noche estaba muy oscura. Antón llegó a la casa, se internó en el desorden
caótico de su habitación (había prohibido a la muchacha que modificara nada:
allí, en otros tiempos, había dormido muchas veces con Beatriz; algunas
veces habían amanecido conversando, durmiendo de a ratos, en instantes
extendidos o vertiginosos, sin tiempo cronométrico; allí, alguna vez, había
dormido también la Ñaña), pisando trapos dispersos en el suelo. Toda la
tarde trabajaron en aquel embute. Habían recorrido el campo, en la finca de
Ignacio, hasta hallar un lugar apropiado, entre dos árboles muy cercanos,
donde no había peligro de que pasara una rastra o una trilladora. Cavaron
hondo, turnándose los tres; la pala sacaba ampollas, Antón no estaba
acostumbrado a ese trabajo; el calor derretía el cerebro, atacaba como una
fuerza viva, en aquella desolada región del sur de Santiago del Estero.
Cavaron un hoyo de tres metros y dos de diámetro; después bajaron a duras
penas el tambor de la camioneta. No pudieron evitar que se les resbalara,
por el peso; lo volteó al Goro y rodó unos metros. Seguramente eran armas.
Hacía unos días había sucedido el copamiento de un batallón, en Tucumán, dos
días después había llegado aquel compañero, con ese tambor de un metro y
medio de alto con la tapa soldada, pesadísimo, y la orden de esconderlo en
el campo. Seguramente para Córdoba y La Rioja habían partido envíos
similares. El copamiento había sido un éxito: todo el parque había caído en
manos de los guerrilleros. Antón entró a la casa silenciosa -Esmeralda y los
chicos debían de dormir, en la planta alta o en la ampliación lateral-; la
antigua casa de sus bisabuelos le acogió como una cálida concha. Sentía esa
impresión cada vez que llegaba: como que su casa fuese una zona neutral, en
donde ningún peligro le acechaba; podía dormir allí, en paz. Después de
enterrar el tambor habían ido a un acto, en el club Gimnasia. Antón se había
mezclado entre la multitud que anegaba la cancha de básquet, gritando
consignas. ¿Cómo haría para despertarse? Miró el reloj pulsera: la una y
media de la madrugada. No tenía despertador... la casa había caído en tal
decadencia, luego de la muerte de su padre, que estaba seguro de no
encontrar ninguno funcionando aunque fuera a buscarlo a las otras
habitaciones. Ya a nadie le importaba el tiempo allí. Antón tenía que
despertarse a las tres de la mañana. Debían realizar el desarme de dos
policías. Ignacio y Goro le esperarían en el barrio Huaico Hondo, a las tres
y media. A esa hora cambiaban de guardia. Se acostó, luego de sacarse los
botines y el vaquero, entre el desorden de las sábanas. Pensó: Beatriz me va
a despertar. Se durmió. Cuando estaba viva, Beatriz me despertaba a
cualquier hora que le pedía; nunca me gustó el despertador, desde la
infancia, para ir a la escuela y después, cuando estaba en la colimba, me
despertaba la Ñaña, mas Beatriz apareció posiblemente en mi vida para
relevarla en un trecho del camino, y yo necesitaba despertarme, por ejemplo,
a las cinco de la mañana, y llegaba Beatriz, en el pequeño auto de su madre,
después de haber recorrido los dos quilómetros desde su casa, para hacerme
abrir los ojos; posaba con delicadeza sus labios sobre mis labios y yo me
encontraba suavemente en medio del albor que filtraba a mi pieza por el
entramado de las cortinas, con su perfil aureolado por la fugacidad rosácea
de la mañana, los cabellos como alas cayendo sobre mi cuello; sus manos,
posadas cual si fueran palomas en mi hombro; me despertaba Beatriz o me
llamaba por teléfono, para recordarle a la Ñaña que a tal hora me debía
levantar. La oscuridad de la noche entró en el pensamiento de Antón.
Después, sintió el roce de los labios, el olor a mujer joven, y la presencia
de Beatriz. Como una fuerza magnética, la percibió en el aire, al lado de su
cama, sobrevolándole. Se levantó. Encendió la luz del velador. Nadie. ¿Por
qué no le estaba dado verla, esta vez? Sintió el leve latido de la congoja
en el pecho, cerca de la faringe. Miró el reloj: las tres y un minuto. Salió
a la noche llevando bajo el brazo un paquete con aquellos pequeños volantes
que llamaban «mariposas». Comando 29 de Mayo, decían. A VENCER O MORIR POR
LA ARGENTINA. Se veían sólo resplandores de los faroles callejeros, de a
ratos. Goro e Ignacio ya le esperaban. Allí, a la vuelta de la esquina,
estaba el policía, dormitando en un umbral. Aguardaron pacientemente a que
llegara el cambio de guardia. Al fin, oyeron sus pasos. No había faroles en
aquel barrio proletario. Se adivinaban las formas. Un agente gordo y petizo
venía a relevar al otro. En el momento en que estiraba la mano para sacudir
a su compañero, lo rodearon. «Quieto», le dijeron. «Si te quedas tranquilo,
no te va a pasar nada». El policía que dormitaba abrió los ojos y se
encontró con el ominoso caño de la recortada del Goro. Impensadamente, trató
de huir, pero Antón lo tomó de una bandolera y lo atrajo, poniéndole su 38
largo en el cuello. «Yo no hice nada, muchachos», dijo el agente. «Soy padre
de familia, tengan compasión». Les dijeron que solamente querían llevarse
las armas, y se quedaron quietos. Se dejaron atar y amordazar, resignados.
Les pusieron un ejemplar de «Venceremos» a cada uno, doblado, bajo sus
bandoleras, y los dejaron allí, sentados, al lado de un gran árbol. Dos
pistolas «Ballester Molina», calibre 45. Ignacio las envolvió en un grueso
hule, las metió en una bolsa de viaje, y se las llevó. Puteó un poco en
contra de la burocracia policial: los muy ratas les daban a los agentecitos
un solo cargador por cabeza. Mientras, los capos andaban rodeados de
custodias y agachándose por el peso de los fierros. Así era la cosa. «La
gallina de arriba caga a la de abajo», le decía un sargento a Antón, cuando
estaba en la colimba. Después de volantear un rato, se separaron. Antón no
supo más qué hacer, eran como las cuatro y media de la madrugada. Caminó sin
rumbo, hasta llegar a la Moreno y Libertad. De allí dobló, hacia la
izquierda, y se dirigió a la plaza. El cielo seguía nublado. En medio de los
árboles centenarios, frente al cabildo tenuemente iluminado, la
municipalidad, la catedral con sus naves altísimas, sentado en un banco bajo
la estatua de Belgrano, Antón se sintió demasiado solo. Una soledad de
muchos siglos. No estaba triste, ni tenía ganas de llorar. Pero esta
indiferencia atroz era peor que cualquier congoja. En el bolsillo de su
campera negra habían quedado algunos volantes. Los sacó y los tiró hacia
arriba. Los blancos papeles quedaron un instante revoloteando a su
alrededor, contra la noche negra; después se fueron, arrebatados por el
viento.
No tienes brújula -le dijo Diana-. Hoy se te ocurre algo y lo haces, mañana
estás arrepentido y emprendes algo nuevo.
Antón estaba en silencio. Ella tenía razón. Todos tenían razón. Sin embargo,
él no podía manejar su destino.
-Ahora dices que sós revolucionario. Has dejado tus estudios, no te ocupas
ni de echar una mirada a las empresas de la familia... y te has puesto a
trabajar... ¡de albañil!... ¿Qué locura te ha dado? ¿Qué locura te va a dar
mañana?... Vuelves a la madrugada, con el pretexto de tus conspiraciones.
¿Vos quieres cambiar el mundo?... ¡Me haces reír! Sós un niño de papá,
Antón, y aunque te esfuerces hasta exprimirte el cerebro, jamás podrás
entender la realidad de un obrero. No luchas por ellos, luchas por vos
mismo... O, mejor dicho, luchas para huir de vos mismo, de todos esos
recuerdos, esos dolores, esos monstruos que a veces mencionas y que llevas
dentro, sin poderlos aguantar...
Antón encendió un cigarrillo.
-Estoy harta, Antón. Harta de tu locura, de tu irresponsabilidad, de tus
infidelidades... ¡Sí, no me mires con esa cara de cordero degollado! ¿Te
crees que soy estúpida, y no me doy cuenta que esa Celia, a quien llamas tu
«compañera de equipo» no es más que tu hembra? Desde que la conociste, ya no
se separan. Pero eso me tiene sin cuidado.
Diana se sacó una pelusa de la manga del pulóver. La mano le temblaba.
Cuando estaba nerviosa, se hallaba pelusas en las mangas.
-¿Quieres que te lo diga? Sós un mal marido, Antón. Hasta en el plano
sexual. Porque para amar bien, hay que tener conciencia de que eso se hace
integrándose realmente al otro, a sus necesidades, a su razón, a sus sueños.
Y vos, únicamente te amas a vos mismo. Jamás podrás integrarte a nadie.
Nunca hallarás la mujer que buscas, Antón. Porque la falla no está en las
mujeres... está en vos, en vos mismo.
El resplandor de la tarde empezó a huir tras la ventana.
-Estoy harta de tu inseguridad, de tus indecisiones. Vives siempre como si
el único día de tu vida fuera hoy. Pero ni siquiera lo vives bien. ¡No
aguanto más, Antón! Estoy harta de vivir como una pordiosera, habiéndome
casado con un empresario. Estoy harta de dormir sola, cuando no llevo aún
dos años de casada. Estoy harta de tus amigos, que me miran como a un bicho
raro, cuando son ellos los bichos raros, vagos, intelectuales marginados,
minas conflictuadas... Pero estoy más harta aún de vivir esta angustia, este
temor de que, en cualquier momento, caiga la policía y nos lleve a la
cárcel... o nos masacre. No quiero participar más de tus juegos de niño
malcriado, Antón. Me voy. Me voy con mi madre. Ella está sola; me necesita
más que vos.
Antón observó a través del ventanal a Diana, que acomodaba sus valijas en el
portaequipajes del taxi. Desde la penumbra del asiento trasero, como dos
tajitos ígneos, lo escrutaban los ojos de la madre. Ella cerró la puerta con
cierta violencia, y le echó una mirada indefinible antes de que se alejara
el vehículo.
Antón se acostó a dormir.
No. Ni la conocí un domingo, ni entramos juntos a la iglesia (Celia era
atea), ni hablamos de pasión. La estúpida cancioncilla no tuvo la menor
vigencia en nuestro encuentro.
Me la presentó el Negro Trago cuando me cambiaron de zona. Yo iba a ser el
responsable militar. Ella la responsable política. En nuestro equipo había
dos mujeres más, y cuatro compañeros. Las otras eran más lindas que ella,
así que en un principio no le presté demasiada atención. Esa tarde hablamos
de la situación nacional en el campo de la lucha revolucionaria, y de las
tareas de nuestro frente (de Propaganda Armada).
¿Cuándo fue que empecé a mirarla como a mujer?
Una noche, huyendo de la policía, nos escondimos en el cantero florecido de
un cementerio. El silencio me permitía oír sus resuellos, al lado de mí. De
vez en cuando cruzaban el aire reflejos de las linternas de los que nos
buscaban. Era verano.
Se fueron. Miré su rostro, a dos centímetros del mío; ambos estábamos
bocaabajo sobre el césped. Había luna llena. Se me develó el óvalo perfecto
de su cara, la nariz vagamente aguileña, los ojos húmedos, su pelo lacio,
azabache. Celia era una mujer de verdad, de aquellas que no precisan
parecerse a ninguna estúpida actriz yanqui o europea. Su hermosura era más
intensa. Le venía desde adentro, de los siglos de su raza.
Nos incorporamos, y nos fuimos abrazados, contentos de que no nos hubieran
pillado.
Estaban todos demasiado pálidos. A la luz de las lámparas, los trajes
negros, las pestañas pintadas, los convertían en muñecos de cera. Yo no
sabía si los muertos eran ellos o la que yacía en el cajón. Mi madre.
No sentí nada cuando falleció. «Un niño de cuatro años vive inmerso en un
mundo personal», se me dijo. Pero ella había sido demasiado distante
conmigo. No recuerdo que alguna vez me haya hecho una caricia.
Mi madre, alta y pálida, era lo que uno se imagina como una belleza
española. Vestía con tonalidades violáceas, y parecía siempre a punto de
partir. Estaba como de visita en la casa; no hacía ninguna tarea, y me di
cuenta temprano de que yo la molestaba. Nunca tocó mis pañales -me contaron.
En ese sentido -como en todos, para decir la verdad- la Ñaña fue mi
auténtica mamá. Mi madre sólo se interesaba por la música de Villalobos y la
literatura extranjera.
Cuando ella murió fue que me mandaron, internado, a ese estúpido colegio
masón, en las sierras de Córdoba. Tal vez por rebeldía yo me hice,
secretamente, más católico.
Nadie me enseñó la religión. Yo solo la elegí.
Mi padre, quince años después, se casó con Esmeralda Estelles. Y tuvo cuatro
hijos. Pero ellos fueron buenos chicos. No merecían lo que les sucedió.
Antón vestía traje oscuro. Venía de la cárcel. Traje azul, corbata colorada.
Caminaba por la calle anochecida. Iba a una fiesta. Caminaba por la calle
con reflejos en el pavimento humedecido y el rocío de los árboles.
Llegó a una casa del suburbio elegante. Frente a ella, la gente se reunía
alrededor de un automóvil Ford Falcon azulado preguntándose de quién sería
ese automóvil. Antón consideró idiota manifestar que pertenecía a su padre
pero se alegró, pues la presencia del vehículo significaba que le
encontraría allí. Pasó junto a la gente, silencioso. Llevaba sobretodo
oscuro. Llevaba bufanda blanca de seda.
Entró a la casa. Una casa amplia. Decorada con poco gusto. Tuvo que
atravesar un pasillo medianamente concurrido, donde lo recibieron con
agasajos algunos hombres y mujeres. Una mujer rubia, no demasiado bella, de
ojos acuosos, se prendió de su brazo y le rogó que firmara un papel. Lo
leyó. Era un texto según el cual el señor Antón Tapia se comprometía a
bailar únicamente con la portadora del documento toda la noche. Lo firmó. La
mujer era abundante en carnes rosáceas (Rubens).
Adentro se estaba gestando una discusión alrededor de si el Sindicato de
Maestros debía o no aceptar en su seno a los Maestros Zapateros. No por ello
los circunstantes dejaban de levantar sus copas. Polvo plateado en la
atmósfera y fraques.
Antón se quitó el sobretodo y quedó en traje. Lucía corbata colorada:
zapatos negros. La dama blonda gastaba tapado de piel: se lo quitó. Se
manejaba dentro de un negro vestido con apliques de perlas. Muy pequeñas
perlas. Aromas de asfódelos, tabaco y áspic, se entrecruzaron.
Carnes rosáceas.
Bailaron.
Antón estaba preocupado, por la discusión y porque su padre no aparecía.
Salió a un pequeño patio lateral, por donde también entraba la gente. Qué
sorpresa se llevó pues encontró allí a Mariano, en medio de la gente:
llegaba.
Mariano llevaba chambergo aludo. Se lo quitó, y brilló el peinado a la
gomina. Vestía un traje marrón con solapas anchas. Camisa ocre clara,
corbata negra tejida. Estaba delgado, muy delgado. Saludaba conocidos.
Antón ahogó un sollozo cuando vio a su tío Mariano. Estaba más joven que
cuando había fallecido, más tranquilo. El lo vio también: fueron al
encuentro uno de otro. Se abrazaron. Tantas emociones en el pecho. No podía
creer que estaba abrazando a Mariano. Sentía su cuerpo magro contra el
pecho, y el perfume seco, a chala, a colonia y a gomina. Adentro alguien
punteaba en una guitarra. ¡Qué gran momento!
Antón despertó con los ojos mojados, en su cama de prisión.
Era de madrugada aún cuando salimos con la Ñaña. Yo había estado hojeando en
el diario las páginas de anuncios de desnudismo, imaginando esos mecanismos,
de luces rojizas, jaulas, sogas y látigos, con que hacen tan tortuoso el
simple acto de desnudarse una mujer, cuando entró la Ñaña. Yo escondí por
instinto las hojas de los anuncios, aunque maldito si mi abuela vería esas
letras; y aunque así fuera, ella leía con mucha dificultad el castellano. En
realidad no leía bien ningún idioma, y poca falta le hacía, ni hablaba del
todo bien el castellano. Su idioma original, el quichua, por desgracia era
para mí un misterio. Así que yo solía pasarme las horas callando,
contristado, oyendo las pausadas conversaciones de la Ñaña con mi abuelo, en
esa lengua tan medulosa.
Salimos, entonces, de madrugada. Había mucho rocío en los caminos. La Ñaña
se había puesto un traje sastre de color gris ceniza, y un pañuelo en la
cabeza. Colgando del brazo llevaba el canasto de mimbre con tapa donde iban
nuestras vituallas, y en la mano del mismo brazo un monedero, y un pañuelo.
Con la otra mano se tomaba de mi brazo. Yo tenía mis serias prevenciones
respecto a ese viaje, porque mi abuela creía que estábamos en Semana Santa y
debíamos ir en peregrinación a Mailín, y aún no era ni cuaresma (no digo la
fecha que era por respeto). Así se lo manifesté a mi abuela pero ella ni me
oyó: porfiaba con que era Viernes Santo. Entonces yo no dije más y me
preparé para acompañarla.
Nos internábamos por un camino de árboles. Nos acogía la selva por todos
lados. En aquel tiempo todavía la selva era imponente en algunas partes de
Santiago. Aquella ciudad nuestra habría sido alguna vez el ombligo del
Virreynato. Pero ese tiempo había pasado. Incluso cuando vivía aquí la
abuela de la Ñaña. La Ñaña tenía en 1977 99 años.
Qué extraño. Aunque ya era mozo -tenía 29 años-, cada vez que salía con la
Ñaña me sentía niño otra vez. Ella no era autoritaria, sólo un poco
testaruda, pero si uno por una desgracia de su propio carácter, supongamos
le gritaba, ella bajaba los ojos humildemente y callaba, a pesar de que era
nuestra Mamavieja, más sabia de lo que nosotros pudiéramos llegar a ser en
cien años y venerada por los padres nuestros. Pero uno era así, medio
alocado, porque vivía como tironeado entre dos mundos: el mundo antiguo, que
era holovivenciado, y el del modernismo, un mundo fragmentado. Así era uno:
como un Túpac Amaru contemporáneo.
En la mitad del camino para la estación nos apareció por atrás una gran
carreta. La conducía un hombre macizo, que se detuvo a conversar con la
Ñaña. Era un buhonero, que también vendía alimentos. Extrajo de su carreta
una caja de madera donde llevaba vísceras de animales mayores, en hielo. La
Ñaña examinó unos hígados muy grandes, color de siena tostada y brillosos, y
se les ocurrió escudriñar, con cautela, para ver si podían averiguar algo de
otros lados. Allí estaban, mi abuela, y el buhonero en el pescante,
conversando en la madrugada, y lentamente me comenzó a entrar el paisaje.
Las ondulaciones de los árboles se sobreponían en miles de matices sobre la
distancia y un aire fresco nos producía inmensa calma. A lo lejos (¿quién
sabe qué serían?) titilaban unas luces azuladas, por sobre los árboles. Por
todos lados cielo y tierra... y ramaje. Verde, gris, azulado. Y como
flotando algunos techos de casas.
Tomamos el tren y llegamos a Mailín. Allí rezamos a nuestro Señor, y por la
tarde volvimos.
Me pongo el traje azul y me preparo, bien afeitado y peinado salgo. Me pongo
a caminar. Voy a la casa de Amanda. Hay un olor a lluvia y flores en el
bulevar, la plaza está llena de gente. Los carteles de los negocios,
apagados: aún no ha comenzado la fiesta. «Qué hermosa noche», me digo,
aunque es una noche húmeda. Estoy contento y soy feliz. Tengo música en el
alma.
Cruzo por las veredas anchas de la galería, y como he saludado a unas
mujeres que se consideran a sí mismas de una condición inferior a la mía,
ellas me han contestado con exagerado regocijo; me miran codiciosamente y
eso no me extraña, pero sí el modo en que sus ojos se detienen en mis pies.
Me miro y veo que estoy con alpargatas.
¿Cómo he podido salir con traje y con alpargatas?
«Es que las calles están llenas de barro», me digo, por hallar una
explicación.
Después de la muerte de Beatriz Lealande, no creí que pudiera volver a
enamorarme. Aquellos negros siete años que pasaron luego de su muerte, como
si el luto de mi pena hubiera ensuciado la tierra, ocurrieron sobre mi
Patria toda clase de desgracias. Llantos, violaciones, asesinatos, dolor,
degradación y miseria nunca vividos antes se expandieron en la atmósfera
como un monstruo imparable, obscureciendo el sol. Nosotros errábamos como
sombras, en un país desterrado, y de noche nos servían de alimento nuestras
lágrimas. ¡Qué sangría, mi Dios!... Estábamos sin tiempo, pues horrorizaba
el futuro, y no podíamos añorar. El presente era una negra pesadilla.
Es cierto que hubo algunas sonrisas. Aire puro en bocanadas, muy distantes.
Pero eran como las muecas de Gwimplaine. Y aun esas sonrisas tal vez sólo en
nuestra imaginación, tal vez sólo por no fallecer.
De tal modo es que me sorprendió enamorarme de nuevo. Como al azogado que
despertara, en un tibio amanecer, sin rastro de las heridas de una noche
atrás. Y aún más sorprendente fue que me enamorara de Amanda, teniendo en
cuenta quién era yo. No podía haber en el mundo una mujer más opuesta a los
modelos humanos que racionalmente me fijara.
Ya veremos cómo era Amanda.
Quién iba a decirme que vendría a enamorarme de la hija de un emigrado de
Reykjavik?
Estoy en la casa de Amanda, sentado en un cómodo sillón. Ella manipula,
frente a mí, un juego de jarrones tallados en cristal, sobre una mesita, sin
necesidad, porque sabe que a mí me agrada mirarla y no desea incomodarme
posando ni mirándome ella a su vez, sino finge ordenar las cosas con
naturalidad, para que yo aprecie su cuerpo. Está vestida de fiesta Amanda,
con un corto y sencillo vestido metálico. La casa donde vive con sus padres
es muy extensa, pero aun así puede apreciarse a través de anchas puertas un
bullir de gente bien trajeada. Sus padres ofrecen una recepción. «Demasiado
cristal para mi gusto», me digo, y salimos. Las calles están humedecidas;
hay luces por todos lados, y viandantes que van y vienen. Muy pocos
automóviles. Los jóvenes y los adultos se han volcado en las aceras del
barrio y se cruzan saludándose, muy elegantes. Hay fiestas en los cuatro
puntos de la ciudad. Un ambiente de madura alegría palpita en el aire, como
en el de un pueblo que comenzara a olvidar una tragedia.
Cuando camino con Amanda me pasa exactamente lo inverso a lo que con la
Ñaña. Son sentimientos equivalentes, como los abanicos de luz que proyecta
un prisma.
Amanda camina a mi lado pequeña y delgada. La quiero, junto a mi amor de
amante, como si fuera mi hija o mi hermana menor. Es extraño. Esta bella
adolescente me ha hecho renacer. Ahora que vivo, comprendo que hasta hoy
estaba muerto.
La dejo en un bar esperándome y me voy a retirar de enfrente -un edificio
enorme- el encargo -unas yerbas- de la Ñaña. Subo escaleras horribles y
angostas de metal, que ascienden en espiras como túneles por el vientre
colosal del edificio de piedra. Me introduzco en un piso, atravieso un salón
pelado y me detengo ante un mostrador de acero y una secretaria. Detrás de
ella fulguran incesantes las luces de las computadoras. Tras cada escritorio
una gigantesca computadora. La secretaria, que me estaba esperando me dice
que llego con dos minutos de retraso. No sólo eso, sino que tampoco han
hallado las yerbas que he pedido.
-Esas yerbas, «Grigoüire», no existen, o por lo menos, aquí no se encuentran
-me dice con voz profesional.
-Mi abuela me ha dicho que las retiraba de aquí -le contesto-. Por otra
parte, es una yerba rara... no hay otra que se llame igual.
-Voy a ver -me dice, y se va. A los diez minutos vuelve, y me repite:
-De esa yerba, aquí, no hay.
Me quedo desalentado y no sé qué hacer, pues estoy seguro que la Ñaña
llevaba de aquí esa yerba. Mientras tanto, pasa el tiempo y Amanda me está
esperando. Pasan como veinte minutos. Al fin, la mujer me dice:
-Señor...
La miro.
-Aquí está la yerba que buscaba.
Y saca una caja verde, que ya conozco, de bajo el mostrador, mostrándola
como a un trofeo. Yo me quedo estupefacto. Ella prosigue, como una buena
maestra:
-No se llama «Grigoüire»... Se llama «Grigoüile». Usted escribió mal el
nombre en su pedido. Como su error ocasionó contratiempos en nuestras
máquinas (somos un servicio muy eficiente), decidimos someterlo a usted a
esta demora, para que la próxima vez sea más cuidadoso...
Tengo ganas de darle una trompada. En lugar de eso, me brota espontáneamente
una arenga sobre la degradación de lo humano en este mundo tecnificado. La
secretaria parece aturdida por mi reacción, no la comprende. Nadie contesta
así, hoy en día. Esta es la consecuencia de un estado militarizado -me
digo-. Han dividido a los ciudadanos en civiles y funcionarios. Y para los
militares que gobiernan y para sus funcionarios los civiles debemos movernos
dentro de estos tres estadios: presos, reconvenidos, o vigilados. Por suerte
algunos ya vamos despertando.
De pronto aparece Amanda. He demorado demasiado, y me ha venido a buscar.
Recobro la calma y nos reímos del estúpido asunto, que le cuento mientras
cruzamos el salón. De nuevo para nosotros el mundo es feliz. Nos equivocamos
de piso y nos metemos en una gran sala de baile, adornada lujosamente, donde
tiene lugar una fiesta. A un costado de la sala, un grupo de muchachas de
largo y jóvenes engominados se divierten subiendo y bajando de una
plataforma giratoria que se mueve al ritmo de la música de rock-and-roll. Se
gozan sin duda también con el roce de sus cuerpos, pues están todos
amontonados, las mujeres luchan fingidamente por bajar del carrousel,
mientras los hombres las retienen por la fuerza y levantan a toda curiosa
que se acerca. Uno de ellos me reconoce y nos saluda. No conforme con eso me
toma del brazo, como por obligarme en broma a subir. Me subleva el lujo
escandaloso de aquel lugar y su atmósfera sobrecargada. Tal vez por eso
retiro el brazo con excesiva fuerza, tanto, que lo tiro al suelo al
comedido. Antes que se genere otro incidente desagradable, tomo del brazo a
mi Amanda y nos vamos.
La escalera que antes ascendí penosamente me parece ahora plena de
seducciones, al descenderla con Amanda. Por una diacronía casual quedo un
instante un escalón más arriba que mi amada, mientras ella estira su pierna
derecha para posarla en el escalón siguiente; tengo desde allí un enfoque
singular, y la detengo... Me mira...
Amanda tiene los cabellos lacios y suaves naturalmente plateados, y los ojos
grises. Es muy delgada, pero su joven piel exhala una fascinación como
metafísica. Al verla de allí, me digo que se parece sorprendentemente a
Aleta, la mujer del Príncipe Valiente. La beso y ella se estremece en mis
brazos. Su boca es dura y pequeña, pero la abre tanto que me resulta
complicado besarla; además, no sé qué maniobras hace con la lengua que
cuando yo quiero penetrar en su boca choco con ella, y cuando retiro mis
labios un poco, ella ha vuelto a guardar su lengua, por lo que nos
desencontramos. Esta circunstancia me hace gracia, y aún riéndome
interiormente me digo que esta impericia tal vez haga más deseable nuestro
amor. La aprieto contra mí, y ella cierra los ojos. Por un segundo, tengo la
visión de la escalera que se escabulle azulada, girando, hacia abajo.
Suavemente, bajo mis manos hacia sus piernas, y le levanto la pollera.
Celia es una mujer sensible -dijo Antón-; si la hubiera conocido antes que a
Diana, me hubiera casado con ella.
El patio de la cárcel iba cobrando vida a medida que iban saliendo, en fila,
los presos políticos. El cielo estaba gris.
-De hecho estoy casado con ella -dijo Antón-; aunque no sé si Dios me
perdonará por haberme unido por la iglesia con Diana.
Julián Cruz lo escuchaba silencioso, mientras caminaban en círculo.
-Celia es una muchacha de hogar humilde. Su padre era sargento de policía,
en la provincia de Córdoba. Lo bajaron a agente, después del 55. Por
peronista.
-Vos estabas viviendo con ella cuando caíste, ¿no?
-Sí. Pero me jodía la situación con Diana.
-¿No se habían separado, ya?
-Ella se había ido, y yo no la fui a buscar. Después apareció Celia (o mejor
dicho, ya había aparecido, pero allí tomó cuerpo, fue algo posible), y, con
la mayor naturalidad, nos fuimos a vivir juntos. Pero lo que me jodía a mí
era que yo me había comprometido ante Dios a ser el esposo de Diana, para
siempre.
Los grises uniformes de los presos se encolumnaban, girando de a dos, contra
el cielo gris.
-Sabes que yo no soy creyente, Antón -dijo Julián Cruz-. Pero qué quieres
que te diga... yo creo que Dios, si es bondad suprema como se sostiene, no
podría oponerse a lo tuyo... tu relación con Diana era un infierno... en
cambio, con Celia, hallaste la armonía...
-Quisiera que Dios lo vea así. Pero no estoy muy seguro. ¿Quién puede decir
cómo iría a percibir los sucesos humanos Dios?
El edificio de la facultad es antiguo, con columnas gruesas acanaladas,
cuyos fustes terminan en capiteles corintios, entre los cuales se tienden
arcadas ornamentadas con lucidas archivoltas, un poco ennegrecidas por el
tiempo. Estábamos allí, en la galería de entrada, esperando el inicio de las
clases, cuando llegó esa mujer. Era alta y delgada, vestía de negro con
ajustado tailleur de terciopelo, falda con un tajo atrás, medias negras
cuadriculadas con dibujos de abejas entre cuadrícula y cuadrícula, capelina
redonda y redecilla en el rostro, blusa amarilla con chabot. Pasó por en
medio de nosotros, sin mirarnos, y fue a detenerse bajo el inmenso arco de
la puerta que lleva hacia la biblioteca; allí había un clavo de gancho, en
la pared. Empezó a desnudarse con lentitud, y yo vi sus carnes blancas. Las
pocas grasitudes que poseía colgaban lastimosamente de sus huesos flacos, y
estaban estragadas por la celulitis; su espalda amarillenta aparecía
salpicada de pecas del tamaño de una fresa, sus nalgas pequeñitas temblaban.
Me miró, al quedar desnuda. Una madeja de cabellos rubios y roñosos le caía
en desorden alrededor de la nuca, hasta la altura de los lóbulos; tenía un
solo ojo, celeste y grande, rodeado de venitas rojizas; el otro estaba
ausente, sobre una nariz tronchada, que dejaba ver dos ridículos agujeros;
el espacio entre ellos y la boca presentaba multitud de picaduras, como si
la carne hubiera sido comida en parte, dejando al descubierto unos dientes
verdosos, podridos por pedazos, descubiertos bajo la llaga sanguinolenta de
los labios. «Yo soy la bella Alción», me dijo, con su único ojo, y se
internó caminando desnuda por el pasillo que lleva a la biblioteca de la
facultad, esquivando a los profesores y estudiantes que circulaban por allí.
Los estudiantes siguieron charlando como si tal cosa; un grupo compuesto por
un muchacho y tres chicas pegaba afiches con la figura de Mao-Tse-Tung
transparentada sobre otras que representaban escenas de la guerra civil
china; invitaban a la conmemoración solemne de un nuevo aniversario de la
masacre de Shangai de 1927. Yo me quedé expectante, viendo alejarse a la
mujer, en espera de los sucesos que iban a acontecer. Apareció, emergiendo
del bar, la profesora de Derecho Romano II, licenciada Beraslattetta, con su
paso lleno de cadencias, su pelo vaporoso casi blanco de tan oxigenado, y su
carpeta negra en ángulo de cuarenta y cinco respecto de su torso, sobre su
brazo enjoyado. Era una mujer de 120 quilos y uno sesenta de estatura.
Imaginaranse ustedes. Llegó, lo más tranquila, al clavo donde la otra había
dejado colgada su ropa, y comenzó a desvestirse. Primero se sacó los zapatos
y aparecieron un par de pies por decir algo muy redondos y blancos; siguió
con la pollera acampanada -al parecer se proponía desvestirse de abajo para
arriba-, claro, no fue sorpresa ver a los rollos yuxtapuestos que ascendían
por sus piernas cóclidas de voluminoso diámetro, hasta terminar en obsceno
connubio con los trozos gelatinosos y puntuados de las nalgas que escapaban
del monumental calzón. No describiré el resto de aquel espectáculo, por
respeto a los códigos estéticos en vigencia desde el expresionismo hasta
aquí. Cuando quedó desnuda, la gorda descolgó la ropa de la otra mujer y
forcejeó para ponérsela. Aunque parezca increíble, lo logró. Calzó en su
cuerpo la ajustada pollera negra, se metió el saco a los tirones; las medias
de malla adquirieron una tonalidad gris clara al extenderse sobre sus
piernas blancas y las abejitas crecieron, desdibujándose de un modo
grotesco. Finalmente se acomodó la capelina con redecilla negra cayendo
sobre su rostro, y salió. Al pasar a mi lado, me susurró, luego de mirarme
de un modo insinuante con sus ojos sardios: «Yo soy la vara redempta del
glorioso fascio». Cuando me dio la espalda noté que el saco se le había
rajado sobre el colchón de grasa que cubría los omóplatos, y el tajo de la
pollera presentaba también una desgarradura, cuyo extremo coincidía con la
bisectriz de las nalgas. Miré a mis compañeros para preguntarles su opinión
sobre esto. Pero enseguida cambié de idea. Al parecer, nadie se había dado
cuenta del suceso.
Beatriz en bikini desciende trabajosamente por sobre una piedra casi
vertical, casi lisa, que semejante a un hacha de lémur emerge en la orilla
opuesta del río. Apenas granulada, ostenta vetas rojizas, amarillas, al sol.
«Tengo veintidós años, Beatriz 18 y soy feliz», piensa Antón. El cabello de
la muchacha, del color del cedro joven, se derrama como un espejo oscuro
sobre la piel trigueña, los pechos redondos, hasta alcanzar casi el ombligo
delicado, como una sonrisa, con sus puntas suaves.
«¿Qué he hecho para ser feliz?», se pregunta Antón. Al frente y por detrás
de Beatriz que pugna por no deslizarse como otra piedra, la umbrosa casa de
los Feijóo. «Más que para veraneos parece un lugar de retiros espirituales»,
piensa Antón. Un rato antes, casi al llegar nomás a Guayamba, han recorrido
sus habitaciones altísimas y abandonadas, guardianas de aquél misterio que
desde niño lo ha atraído. El caminito de piedras semeja una serpiente
volviendo sobre sí misma luego de alcanzar aquella pieza pequeña y alta, que
dicen que usaba para sus meditaciones el Feijóo jesuita del siglo pasado.
La luz cenital ha coronado ahora la frente de Beatriz y Antón piensa que es
una santa. Sin embargo la desea, en el sentido sexual. Una santa no debería
provocar deseos, se reprocha. «¿Cómo no desearla?», se justifica luego,
contemplándola afanada en su tarea de bajar cual araña dorada por la faz de
la piedra. Los brazos abiertos y el esfuerzo de los dedos por prenderse de
las rugosidades abren dos huequitos sobre sus clavículas, que se marcan
formando una volátil yohd de donde cuelgan esas hermosísimas bergamotas
cuyos pezones ahora se le ocultan apenas pero Antón ya conoce. A los
costados de las formas griegas que descienden sin la menor turbación hasta
los pies como pececillos, unas láminas transparentes de luz plateada, y las
gotas, aquí y allá titilando en una vibración velocísima, apenas
perceptible: únicamente por los sentimientos. Cómo no desearla.
Cómo es posible que ser tan perfecto se vea y pueda alcanzarse con las manos
-piensa. Beatriz. Morenas piernas engarzadas en caderas del color del trigo,
pubis disimulado apenas por la bikini verde. Beatriz, muy feliz. El corazón
emanando acordes en re mayor, aura lunar desde su frente combada, aladas
sienes al despejarse y volar los cabellos tan finos como una tela de araña
en la brisa vesperal.
Cómo eludir la belleza abrumadora del universo, un pájaro planea sobre el
celeste áureo no hay cielo como el de Catamarca en el verano, te quiero,
«qué significa te quiero, en qué sentido te quiero, como a un plato de
comida o una casa que se desea poseer, y sí, así también te quiero Beatriz,
poseerte para toda la vida, que emerjas millones de veces de enmedio de los
talas sobre el filo del peñasco y bajes mil millones de veces como lo estás
haciendo para que yo te contemple, para que sea feliz como lo soy ahora, oh
Beatriz, qué feliz soy, qué feliz soy».
A diferencia de la de los Feijóo la casa del padre de Antón es un brilloso
mamotreto moderno, el único en Guayamba que tiene antena de televisor (y
televisor); por la tarde encienden el fuego -ramas de gallito, ramas
amarillas de marzo- y ven distraídamente cualquier estupidez hasta que
empiezan a aparecer en la pantalla escenas de violencia entre policía y
manifestantes, al principio creen que es Francia, pero no, es Córdoba,
Córdoba.
«Las 62 Organizaciones sindicales y la CGT han reiterado el paro general y
su adhesión a la movilización activa», dice el locutor, mientras por la
pantalla aparece una tanqueta renqueando por sobre los escombros que han
diseminado en la calle los manifestantes.
«El gobernador Uriburu sostiene que pequeños grupos marxistas infiltrados en
las organizaciones sindicales y estudiantiles son responsables de la
agitación, mientras que la mayoría del pueblo cordobés repudia los actos de
vandalismo».
-Seguro que Tosco, que es marxista, es el verdadero organizador de todo esto
-dice Antón, subconscientemente remedando el pensamiento de su padre. Luego
de una pausa en que sólo se escucha el sonido metálico del televisor,
Beatriz le dice:
-No te engañes Antón. Es Córdoba entera la que se opone a la política de la
dictadura militar.
Quisiera volver a verte,
mirarme en tus ojos quisiera
llevarte guitarra adentro
hacia el tiempo de las maderas
dice la radio del auto, despacito, mientras vuelven, serpeando la serranía
bajo la luna que se manifiesta sonrosada a cada vuelta del camino.
Beatriz con un breve jumper sobre la bikini mojada, los pies descalzos
hundiéndose en la penumbra del hueco en el suelo «llevarte guitarra
adentro», piensa Antón, «qué hermosa metáfora; mujer-guitarra, piernas de
Beatriz, caderas de Beatriz, guitarra-Beatriz, hacia el tiempo de las
maderas, cuando no teníamos forma, cuando no existíamos como cuerpo, no
pecábamos anhelando la unión, esta falsa unión que nos da el sexo, no
anhelábamos, en el tiempo de las maderas, porque no estábamos separados,
éramos uno, hombremujer, mujerhombre, uno solo sin tetas ni pene» se
extravió Antón.
-Estamos llegando a Santiago... vamos a dejar de ser uno, pero solamente por
esta noche, mi amor -dijo Beatriz.
Ella sabía lo que él pensaba.
Trago de Sombra tomo en su mano derecha su pequeña Bersa 22 y la acarició.
La pistola se presentaba bonita y reluciente; Trago de Sombra estaba
contento, era un día de sol. En el patio de la finca, el yanqui, sentado
sobre una silla de algarrobo y tiento, las manos atadas a la espalda. Era un
pescado importante: coronel de inteligencia. Asesor de parapoliciales.
Experto en torturas. Niño mimado de la CIA. Ahora le miraba con ojillos
color sapo, entre miedoso y desconfiado.
-Estás muerto dijo Trago de Sombra.
-Tu bromear -contestó el yanqui, y lanzó una risita que sonó hueca. -Yo ser
ciudadano norteamericano. No poder tenerme prisionero en tu país. Yo ser
agregado en embajada extranjera. Tener inmunidad diplomática. Ser peligroso
lo que ustedes querer haciendo.
Trago de Sombra lo miró con lástima. Hablaba mucho el yanqui. Quería
convencerse a sí mismo de que tenía razón.
-Vos eras el que verdugueabas a mis padres- murmuró Trago de Sombra. El
yanqui se defendió:
-Yo no conocer a tu padres. Yo si saber quién es tus padres ayudarlos. A vos
mismo. Yo querer mucho a mi Argentina. Vos ser joven. Yo invitarte a casa y
dialogar. Entonces vos ver, conocer mi espousa y mis hijos. Tener hija linda
yo.
No se daba cuenta el yanqui de que Trago de Sombra hablaba para sí mismo. No
tenía ningún sentimiento hacia él. Para Trago de Sombra era una cosa, una
especie de cable, por donde otros mandaban la electricidad que quemaba a sus
hermanos y alimentaba a sus verdugos. Por eso le había dicho «estás muerto».
El sol cruzaba como espadas sus rayos por entre el follaje de los olmos. Se
acercaba la hora. «A las siete» había dicho el Tribunal. Era el 25 de mayo.
-Mira, yo tener cien mil dólares... - empezó el yanqui.
Qué estúpido pensó Trago de Sombra. ¿No sabía contra quiénes estaba
luchando? Son parecidos estos tipos. Todos grandotes y eficientes para
matar, rubios y olor a naranja seca, ácidos. Bestias sin imaginación.
Adiestrados para destruir, como robots. Cuando les llega el turno lloran.
Trago de Sombra levantó suavemente el caño de su pistola, y la apoyó en la
frente del norteamericano. El otro se sobresaltó y empezó a farfullar
disculpas. Luego su cuerpo se sacudió incontrolablemente, como si le hubiera
dado chucho.
-Por favor- alcanzó a decir.
Trago de Sombra tiró de la cola del disparador. Se oyó un estampido sin
ecos, como el de los cohetes con que juegan los niños. Una bandada de
pájaros abandonó el árbol más cercano.
El yanqui quedó con la cabeza rendida sobre el pecho; parecía dormido. De su
sien manaba un hilito de sangre, clara.
Estábamos en la cama con Celia cuando nos enteramos de la muerte de Alfredo.
Lo dijeron en la radio. Cuarenta balazos; la cabeza destrozada.
Después, fuimos a su velorio, en el sindicato de luz y Fuerza. Banderas
rojas, azules y blancas, por todo lados la efigie del Ché Guevara. Y la
tristeza. En medio del inmenso salón, en medio de la muchedumbre, el ataúd.
Alfredo, defensor de presos políticos, defensor de guerrilleros, abogado del
pueblo, amigo. Joven y refinado, sensible, un panal de miel para las
mujeres... yacía destrozado.
Lo habían reconstruido prácticamente con suturas; sus ojos abiertos, su
rostro, blanquimorado...
No podía dejar de mirarlo, mientras me chocaban de todos lados quienes
deseaban pasar y acercarse al cadáver. Celia me tomó suavemente del brazo y
me llevó afuera.
Te llevaba del brazo Beatriz; ibas descalza, por aquellos lugares sembrados
de maíz los dos perros jugando y el río; amanecía en el campo, tu padre y tu
madre pensaban que habías viajado a El Rodeo, con tu curso, pero te habías
venido aquí. Y habíamos pasado juntos nuestra primera noche. El sol
borbotaba entre las hachas verdes del choclo maduro, y vos descalza, el
tálamo al aire haciéndome cosquillas. Mis pies se rozaron con tus pies y
sonreíamos; por esos caminos de tierra, y caminar, el trébol y la alfalfa
apuntillados de rocío, humedecieron tus piernas. Flotaba a mi lado tu
tálamo, en rosas -y me hacía cosquillas; por esos patios soleados,
corriendo, salpicándonos en los charcos, los perros, su pelo amarillo
ondulado al viento, bajo las parras, el sol atravesando las uvas verdoradas,
cruzamos hacia el río, nos dejamos mecer por el agua hasta las siete y
media, y volvimos para desayunar matecocido con tortillas calientes.
Después que se ahorcó mi padre Esmeralda y los chicos quedaron en la ruina.
Los yanquis llevaron su dinero a otra parte. Ella no lo soportó. Prendió
fuego a la casa, una noche de invierno. Yo ya estaba preso. Me contaron que
hallaron las medallitas de los niños entre las cenizas. En la cárcel yo
lloré también por mi familia.
En el horizonte azul estallaba en sol el verano. A derecha e izquierda, el
río. Estábamos, desnudos de ropas y de miedos, con el agua hasta los muslos.
Nos contemplábamos. Perlas pequeñas se derramaban sobre tu pelo, Beatriz, de
mechones separados, la luz reverberaba, con matices calmos, en las franjas
del agua que chorreaba sobre tu frente ancha, sobre tus pómulos aborígenes.
Tus pechos, asumían su plenitud perfecta al tensarse levemente los músculos
por la posición de tus brazos, extendidos para tomarme de la mano. Un pájaro
voló encima de nuestras cabezas, y nos besamos. Casi no hablábamos. Después,
tu imagen se fue con el agua. Me quedé, triste y solitario con las manos
abiertas, con las palmas hacia arriba, los brazos extendidos. Y ya no estuve
en el agua marrón y ancha del Mishky Mayu, sino en las transparencias del
Suquía, sobre las piedras. Me fui acercando con lentitud a la orilla; una
nube oscura avanzaba sobre el sol. Miré el reloj. Las tres. Pronto llegaría
Carmen. Pero sería de nuevo Beatriz. Desde que falleció, Beatriz se mete en
cada una de las mujeres que me aman. Fue Teresa, Celia, Amanda... Carmen. El
hermano de Carmen trabaja para los servicios.
Carmen es comunista. No sé cómo puede haber una familia así. Viven juntos,
en un departamento del barrio Clínicas. El se infiltra entre los estudiantes
de medicina. Ella cree en la revolución con democracia. Me dice que él la
cuida, que la ha ayudado a salvar compañeros. Yo creo que los milicos deben
hacer buenas cosechas con los datos que él recoge en las reuniones de su
hermana. Mal asunto. El buchón piensa que como soy hijo de un gran
empresario debo de ser reaccionario (no necesariamente por una cuestión de
rima). Mejor para mí. Sólo debo dejarlo que piense por sus propios medios.
Conmigo habla mal de «los zurdos», me dice que su hermana es una chica
ingenua, que se dejó engatusar. Pero él no va a permitir que le laven el
cerebro. En el último momento la va a salvar. Y la cela conmigo. Aunque
trata de ocultarlo, me di cuenta de su envidia por el modo como ella se
ocupa de mí. Con cualquier pretexto, nos interrumpe, entonces. Le tengo un
poco de aprensión, es cierto. Pero no miedo. Es demasiado simple, sus
razonamientos son demasiado lineales, para ser un hombre de los Servicios.
«A este no va a hacer falta boletearlo - me digo-: lo van a hacer tarde o
temprano sus propios amigos». Carmen me mira desnudo sobre el césped y se
ruboriza. Sus ojos azules lanzan destellos: sentimientos inexpresables.
Carmen es Beatriz -me digo. Y yo un tipo jodido. No debo poseer a Carmen, no
debo dejar que otra mujer amante se pierda por mí. Soy como el tizón para
las mariposas de la luz. Soy un monstruo cargado de energía milenaria.
Destruyo sin proponérmelo, como un gorila que acaricia una cattleya. Carmen
me besa en los labios y se va desvistiendo encima de mí. El terciopelo de su
camisa me abriga al caer en mis hombros: se ha levantado un vientecillo
frío. Una congoja hondísima se apodera de mi pecho. No puedo evitarlo, y
lloro. Carmen se arrodilla. Se queda ante mí, desnuda y perpleja, mirando mi
rostro mojado. A lo lejos gorjea un pájaro solitario.
Contra el cielo negro silbaban las balas trazadoras. Alguien había comenzado
a disparar con una punto 50, desde las casamatas.
-Hay que hacerlo callar- dijo el compañero Responsable-. ¿Te le animas
Antón?
Desde dentro del cuartel, los compañeros habían informado que todo iba bien.
Los milicos estaban danzando, en el casino de oficiales. Era su fiesta de
gala, por el 9 de Julio. Los compañeros los pescaron reunidos; no tuvieron
más que arrearlos hasta el fondo del salón. Las mujeres chillaban, al
principio. Era cómico ver las caras de los «duros» oficiales pidiendo por
favor: «muchachos, no disparen, hay mujeres y ancianos».
El jefe del batallón se había ido a dormir, porque le dolía la cabeza.
Cuando se encontró con el caño de un Colt 44 apoyado en la sien parece que
se olvidó del dolor. Ni chistó. Daba la impresión de no comprender qué
pasaba. Los compañeros informaban por radio que habían empezado a cargar las
armas en los camiones. Hasta ahora solamente había tiros en el destacamento
de policía, dos quilómetros a retaguardia. Había sido provocado exprofeso
por el equipo parapetado en la casa de enfrente, para hacer distracción. El
resto de la columna había seguido avanzando, hasta rodear el cuartel. El
soldado guardián del puesto 4 era un compañero. Por allí, habían entrado sin
inconvenientes cuatro equipos. Los milicos ni se habían soñado el
copamiento. Esta vez les habían fallado los Servicios.
-Voy- dijo Antón, descolgando una granada del cinto y empuñando en la otra
el 38.
-Cuando te diga, sales- dijo el compañero responsable-: ¡ya!
El aire pareció estallar en tableteos y fogonazos; Antón saltó hacia el
costado y empezó a reptar lo más rápido que pudo, a la derecha y adelante.
Cuando alcanzó de nuevo la oscuridad de la roca, corrió. Los estampidos y
tableteos de ametralladoras no cesaban. Ahora, a la punto 50 se le había
sumado lo que parecía una Gussi, en la misma casamata.
Antón se rasgó el pantalón al saltar por sobre el alambre de púas. Nadie lo
vio. Al fin, consiguió ubicarse al pie de la torre que disparaba, por
detrás. Subió uno a uno los escalones, con sus plantas de goma. Los vio. Un
cabo joven, tal vez de su edad, y un sargento de bigotes. Estuvo mirándolos
por un momento, concentrados ellos en su tarea de disparar las armas. Cuando
hicieron una pausa, les habló:
-Bueno muchachos- les dijo-: ya está.
El cabito se quedó tieso y levantó las manos, dejando caer su metralleta.
El viejo se dio vuelta sorprendido, haciendo ademán de sacar la pistola.
-No te mates, hermano- le dijo Antón, corriendo apenas el caño del 38
amartillado en dirección a su frente-: La cosa no es contra ustedes.
El bigotudo se quedó tranquilo, y levantó sus brazos. Antón los hizo salir,
enfilados, con los brazos en la nuca. Levantó la ametralladora liviana y se
la colgó en el cuello.
Caminaron por entre las barracas oscuras hacia la plaza de armas. Ahora no
se escuchaba más ruido que el de los motores. Cuando llegaron, Antón los
envió a reunirse con el resto de los prisioneros. Bajo un alero, un grupo de
oficiales y suboficiales- los zumbos con ropa de dormir- mezclados con
mujeres de largo y hombres de traje oscuro y de esmóquin observaban,
nerviosos, las tareas de los compañeros. Una compañera y un compañero los
vigilaban de cada lado. Casi era innecesario, pues nadie se movía. Ni
siquiera se atrevían a hablar. Dos camionetas con carteles de Vino Arizu y
dos camionetas se habían acercado a la armería, para cargar. De adentro
salían guerrilleros con brazadas de fusiles, FAL, ametralladoras pesadas,
cajas de municiones y granadas... «Una verdadera fiesta», pensó Antón.
-Te hai dao el gusto de entrar, varón- le dijo el compañero Comandante,
guiñándole un ojo. Antón le sonrió.
Después de que hubieron cargado todo lo que cabía en los camiones y las
camionetas, encerraron con llaves a los prisioneros y se retiraron. Se
llevaron consigo solamente al jefe del batallón: un coronel. Antón lo
observó temblar. Estaba en pijama, y hacía un frío de perros. Se sacó la
campera con piel de corderito y se la alcanzó. El hombre le miró a los ojos,
agradecido. No parecía mal tipo.
El grueso de la columna se dispersó; los camiones partieron uno para el
norte y otro para el sur. Pronto esas armas estarían enterradas o escondidas
en cien lugares distintos, en Santiago, Tucumán, La Rioja... Antón fue
designado para ir con dos equipos y el médico a ver a los compañeros que
peleaban con la policía. Aquello era un infierno. Abriendo fuego con bazucas
consiguieron acercarse a la casa y entrar.
¡Vamos compañeros! ¡Retirada!- gritó Antón.
Le respondió la carcajada de César:
-¡Yo de aquí ya no me muevo! ¡Y al carajo los milicos, que me maten si se
animan!
El corazón de Antón Tapia palpitó en falso: sobre la camisa verde del César
se extendía un machón oscuro, a la altura del estómago.
-¡Hermano¡ -gimió Antón- ¡estás herido!
César le miró orgulloso, los ojitos verdes brillando, los bigotazos rubios
más tiesos que nunca, los dientes, amarillos de mate, asomando en la
sonrisa. César no es sólo un combatiente es un poeta, pensó Antón mirándolo
jarandear y tomar vino de la botella en la peña, recitar con voz potente los
versos de Juan Carlos Dávalos, decir yo soy santiagueño, intelectual,
mecánico, revolucionario, enamorado y camionero ¡qué carajo!, recopilando
bibliografía de Lenín y Trotsky para demostrarle a Antón que ningún buen
revolucionario podría ser también católico, ¡cómo se le ocurría! Tenía un
boquete en el estómago, se lo habían hecho al comenzar nomás el tiroteo.
La policía de la provincia rodeaba la casa; casi no se podía hablar por el
ruido de los disparos.
-Vamos dijo Antón-, apoyate en mí y vamos.
-Es al pedo- le contestó el César -yo estoy acabado. Vayan ustedes. Yo me
quedo a contenerlos un rato.
Antón vio que había puesto un cajón de manzanas para apoyar el brazo con el
arma, que sostenía con las dos manos. Estaba discutiendo si se iba o se
quedaba cuando, repentinamente, se desmayó. De nuevo tuvieron que abrirse
paso a bazucasos, hasta los vehículos. Antón alzó el cuerpo flaco de César
en su dos brazos, y lo acomodó cuidadosamente a su lado, sobre la
colchoneta. La camioneta con cúpula se puso en marcha.
Anduvieron largo rato. Cuando Antón preguntó qué pasaba, si no iban a llegar
nunca, le dijeron que todos los caminos a las ciudades estaban bloqueados:
no hallaban por dónde salir. Iba a tener que huir hacia los cerros. Antón le
tocó la frente al César: estaba helado. Asustado, prendió la lucecitas del
techo. La cara de César parecía una máscara de cera.
Lo bajaron en un pequeño descampado entre los cerros. Antón empezó a cavar.
Mas a poco de empezar no podía manejar las manos; la vista se le nublaba.
Vaciló. Se le acercó un compañero y le dijo: -descansá Antón. Cavo yo.
Se apoyó contra un árbol. Amanecía. El llanto lo sacudió en estertores, como
una horrible carcajada.
-Yo estaba de guardia cuando el Negro Trago lo ejecutó al norteamericano
-dijo Antón, en el patio de la cárcel. -Luego de eso quedé muy mal. No me
parecía buena esa manera de administrar justicia.
-Las organizaciones guerrilleras siempre terminan convirtiéndose en asesinas
-respondió Julián Cruz-. Por eso con Espartaco Mayoría nunca aceptamos
integrarnos a ellas.
-Creo que allí empecé a rebelarme en contra de aquella política -dijo
Antón-. Pues ni siquiera aceptaron que les hiciera la más mínima crítica
luego.
-Matar es como una droga (dicen los que alguna vez han matado) -respondió
Julián Cruz -De allí a sentirse un dios hay medio paso.
-Ahora me doy cuenta la suerte que tuve, pues a mí no me tocó hacerlo -dijo
Antón-. Pero lo mismo fui cómplice; así que también debo pagarlo.
Los mataron de muy cerca. El auto quedó despedazado. Contra el paredón,
sobre las consignas políticas, saltaron manchas de sangre. Les tiraron con
todo; la emboscada estaba muy bien preparada. Indefectiblemente tenían que
desembocar allí. Al salir de la calle que descendía, desde la iglesita
adonde habían ido a misa, en la curva, casi al llegar a la Cañada.
Amanda y su padre quedaron destrozados. Casi me muero al enterarme. Habían
sido las FLP. Es cierto que el padre de Amanda era ejecutivo importante de
una empresa imperialista, pero ¿por qué matarlo así? Era buen tipo, yo lo
conocía. Y su hija ... ¿que tenía que ver su hija? Yo la quería. Pero aunque
no la hubiera conocido me hubiera opuesto a que se haga esto.
-No, estos de la FLP. Eran muy locos. Querían sangre, éxito militar -fue lo
que me dijeron los compañeros, cuando yo, furioso y quebrado fui a una
reunión directiva a gritar. Pero ¿es un triunfo militar matar a sangre
fría?..., pregunté, sollozando.
Ellos no tenían nada que ver con nuestra organización, es cierto. Pero
también eran «compañeros revolucionarios», eran de izquierda, como nosotros,
y sus dirigentes hacían acuerdos operativos con los nuestros. Yo me sentí
absolutamente culpable. ¿Por qué tanta sangre? Caí de rodillas en la iglesia
del Pilar, pidiéndole a Dios por Amanda y su padre. Creo que entonces,
aunque no lo pensé racionalmente, fue que comencé a buscar alguna forma de
renunciar a todo esto: quería alejarme de esta endemoniada masacre.
-Tu padre nació el 7 de setiembre. Un día antes, Uriburu lo había volteado
al peludo. «Es de buen augurio», dijo tu abuelo. Pero no fue así.
La Ñaña caminaba colgada de mi brazo, arrastrando los pies. Salíamos de una
misa del alba, en la Capilla de la Montonera.
-A tu padre le tocó vivir su juventud en la etapa más difícil de los Tapia.
Los sacha-canarios cantaban entre las hojas de los lapachos rosados, que
parecían brillar por el sol asomándose tras de ellos.
-En los años cuarenta empezó la declinación de los ingleses, que tuvo su
golpe de gracia con la guerra europea. Y empezó la era yanqui.
Un quetubí lanzó su chillido desde lo alto de un eucalipto.
-Los yanquis son muy vivos. No dan puntada sin hilo, como vulgarmente se
dice. Fijate, a los alemanes les hicieron el país de nuevo, pero al servicio
de ellos. Y a los japoneses... les embalsamaron la identidad... y
construyeron un «Japón» para norteamericanos. Cuando me dicen que los
Japoneses se matan por trabajar, yo pienso: «pobres, tienen el alma
enajenada, no son japoneses, son robots de los yanquis». Mc Arthur montó
allí su propio laboratorio de tom-tom macutes.
Nos sentamos a desayunar en el bar de Turco Serapio. Mi abuela pidió café
con leche con chipaco. Yo la imité.
-A los ingleses les tiraron un salvavidas de plomo, los yanquis-continuó mi
abuela-. Ganaron la guerra de ellos, pero los ataron para siempre a su
carro. Desde entonces, la economía inglesa pasó a depender de los yanquis.
Tomamos el café con leche en silencio. A mi abuela no le gustaba hablar
mientras comía. Después de limpiarse las migas de la boca con la
servilletita floreada, volvió al tema. Mi abuela no contaba porque sí nomás.
Se veía que ella me quería dejar su legado. Por eso, yo la escuchaba en
silencio.
-No, los yanquis no son tontos. Por eso dominan a casi todo el mundo. Si
ellos sacaron de la brecha a los ingleses, a los maquis y a los partisanos,
fue por dos cosas: primero porque ambicionaban manejar a Europa, segundo
porque le tenían miedo al avance de los rusos. Ellos veían más allá de esa
guerra, manejaban ya la hipótesis del conflicto nuclear, si no fijate lo que
le hicieron al japón en Hiroshima. Y la verdad es que los manipularon bien a
sus «ayudados» en la guerra. Fijate vos que han ido convirtiendo a Europa en
un colchón de amortiguamiento para la guerra nuclear. En caso de estallar,
los europeos van a volar en pedazos, mientras los yanquis ganan un tiempo
precioso para contraatacar. Y en la retaguardia, le han puesto a Japón. No
si tontos no son los yanquis.
El Turco Serapio Elías levantó silenciosamente las tasas y volvió a su
mostrador como una sombra muy ancha.
-Y tu abuelo Segundo Tapia se había jugado a favor de los ingleses. Por eso,
cuando vino el recambio en el gobierno, le tocó perder. Los yanquis que
apoyaron a Ortiz, lo marginaron completamente al «jóldin Tapia». Para colmo
de sus males, al poco tiempo vino el gobierno de Perón.
Mi abuela tomó agua de uno de los vasos largos y labrados que dejara el
Turco después de limpiar la mesa.
Tu padre lo odiaba a Perón. El le hizo pasar la etapa más negra, y obligó a
declararse en quiebra a dos empresas que controlaban los Tapia. Les ahuyentó
unos capitalistas canadienses, que habían convencido para «invertir en
Santiago» (que traducido, significaba invertir en los Tapia). Y por si eso
fuera poco, sindicalizó a los obreros aumentando casi en un 40 % los gastos
de la empresa. Será por eso que tu papá se metió en los Comandos Civiles,
cuando lo derrocaron. Se dedicaron durante un año a torturar peronistas,
luego de que Perón cayó. O será tal vez porque, con ese gesto, tu padre se
ganaría definitivamente la confianza de los yanquis.
-Lo que tengas que decir decilo rápido -me dijo la Gorda, mientras miraba
hacia uno y otro lado para arrancar con el Fiat 600 abollado, entre el
tránsito feroz de la Colón.
-Había pedido una reunión con los Responsables; se trata de un planteo
bastante grave...
-Yo soy la enviada de la Dirección... lo que tengas que decir hablalo
conmigo, yo lo transmitiré si es necesario -insistió la Gorda, con
impaciencia -también estoy autorizada para darte una respuesta inmediata...
-¿Y hablaremos andando?
-Antón, sós muy formalista... ahora tengo varias tareas que hacer; entre
ellas dejar estos paquetes a varios compañeros -dijo, señalando unos bultos
que aparecían de bajo el asiento de atrás- la revolución no se detiene por
nuestras inquietudes personales...
-Bien -dijo Antón, después de un largo silencio-. Hablaré. Se trata de la
muerte del espía norteamericano...
-El ajusticiamiento-interrumpió la Gorda.
-Bueno... de eso se trata... yo no creo que haya sido algo justo...
-¡Estás loco, Antón! ¿Te has puesto de parte de los milicos ahora?
-No, no se trata de eso... sino de que, con todos sus pecados... se trata de
un ser humano, semejante a nosotros, al que hemos matado... a sangre fría,
sin darle siquiera oportunidad para que se defienda...
-Pecado... a veces creo que esa anticuada moralidad cristiana te impedirá
llegar a ser un verdadero Combatiente Revolucionario, Antón... ¿Quién habla
de pecados? Delitos: ha cometido delitos graves, contra todo un pueblo.
Secuestros, violaciones de compañeras, asesinatos, torturas... ¿no te
parecen razones suficientes para eliminarlo? Hemos hecho una obra de bien
público, librando a la sociedad de esa lacra...
-Sin embargo, no solucionamos nada matándolo... pondrán otros en su lugar...
lo que hay que cambiar es el sistema, no exterminar a sus representantes...
-Compañero, en toda revolución hubo muertos, y no se puede invertir nuestro
precioso tiempo en disquisiciones sentimentales... la cuestión es clara:
tenemos un objetivo que cumplir, y hay que llegar allí con la mayor economía
de medios posible... Para ello, debemos practicar una disciplina inflexible,
con absoluto respeto por las líneas de acción fijadas...
-Me gustaría hablarlo un poco más, sin embargo... yo creo que no le hacen
bien a nuestra organización estas ejecuciones sumarias...
-El día que dejes de pensar como un burgués y te ubiques en el lugar de las
masas oprimidas, comprenderás correctamente nuestra línea, Antón... Por lo
demás, esto no se discutirá otra vez. Se me ha indicado que te ordene dejar
de lado todo cuestionamiento y acatar la línea de la Dirección. ¿Lo
entendés?
-Sí -respondió Antón.
-Bien, hermano -dijo la Gorda, dándole un beso con olor a tabaco y fritura
de milanesas -sabía que eras un buen tipo... Ahora bajate, y caminá sin
mirar atrás.
Carmen yacía boca abajo sobre el lecho pequeño. Por el entramado de las
cortinas filtraba el primer rayo de sol. La luz fileteaba sus cabellos,
ondas en guedejas derramándose en la almohada. La mano de Antón penetró
suavecito por entre sus cabellos, acariciado su espalda, acariciándola.
Pequeños puntos de luz cambiaron de sitio en el enmarañado mar, los
filamentos que flotaban en el haz de luz subían, despaciosamente, y bajaban;
Carmen se movió. Antón no retiró la mano; tenía temor de que lo rechazara,
pero ya no podía retroceder. Estaba jugado. Hasta que por la ventana veía
una figura blanca, sin rostro, con larga túnica talar azul de luna, en medio
de la noche, sola en el patio del hospicio, mirándole y ya no podía dormir,
se levantaba a caminar ida y vuelta por la pequeña habitación, para espantar
aquel espectro, a quien no temía, pero le obsesionaba, además de ser sólo
una ilusión de sus anhelos, burlesca jugada de los evos en represalia por
sus investigaciones secretas; se calmó, respiró hondo, volvió a mirar por la
ventana pero allí estaba, tenaz y blanca, doliente, ánima enamorada en
espera sobre el páramo yerto, sin posibilidad de cercanía, porque ella y él
habitaban dimensiones que no se tocaban; entonces volvió a la pieza, y se
quedó apoyando las manos sobre el mesoncito de la burra, mirando, con ojos
desmesurados, su rostro barbudo en el espejo. Desde el momento de apoyar la
mano en el picaporte estaba jugado. Enredó los dedos en el cabello suave y
apretó, como para despertarla. Carmen abrió los ojos pero no se movió. Antón
estaba tenso. Despaciosamente ella se dio vuelta, poniéndose de frente a él,
mirándole con mirada azul; él acercó los labios a su boca y puso en ella un
beso casi inmaterial, como en un sueño. Entonces fue que Antón despertó.
Hasta que tanta muerte le ahogó, le superó, le resultó una carga
insoportable, y tiró el fusil en medio del campo de batalla, y empezó a
correr hacia el enemigo a pecho descubierto gritando, hijos de puta, traten
de matarme, no les tengo miedo a sus balas podridas, asesinas, soy inmortal,
gritaba; pero no le mataron sino le encerraron en un hospicio, después de
torturarlo. Se despertó transpirando en su cucheta, arriba dormía Bodo;
roncaba. Miró la puerta de la habitación de Carmen: Miró hacia el baño: la
luna entraba por la ventana. Se levantó y caminó hacia el baño. En la
habitación lateral, con la puerta abierta, dormía el hermano de Carmen.
También roncaba. Antón se encerró en el baño y se miró en el espejo; tenía
dos bolsas de ojeras. El regusto amargo del vino le hizo arrugar los labios.
Pasó su mano por sobre la mejilla: pinchaba. En el botiquín halló una
maquinita, y se afeitó. Se puso una fresca colonia que encontró, luego se
acercó al inodoro. Mientras orinaba procuró acomodar en su cabeza enervada
una táctica para entrar. La noche de los ronquidos. ¿Y si estaba con llave?
Bueno, malasuerte. ¿Y si alguno se despertaba? Eso podría ser lo más
incómodo. Así como en el campo se difuminaba la luz hasta hacerse una mancha
dorada a lo lejos, bajo el horizonte, se alejaba el alma de Antón cada vez
más distante adentro de él, cuanto más trataba de aferrarla para preguntar
su nombre; era un juego de escondidas, en un desierto interminable, con un
rival inasible; el niño se perdía en el desierto sin hallar un sitio donde
afirmarse, desde el cual poder hablar con alguien, por todos lados campeaba
la soledad, ojos asombrados, Antón quedaba finalmente entristecido, mirando
el resplandor de la tarde, que reverberaba sobre el manchón violeta de la
lejanía. Abrió la puerta suavemente y entró. Antes, había cerrado la del
hermano. Carmen dormía plácidamente, de espaldas sobre el lecho. Por suerte,
no roncaba. Había apartado un poco la frazada con el pie y una de sus
piernas, adorable, escapaba al corto camisón. Los pechos redondos, desnudos
bajo la transparencia, subían y bajaban, por la respiración. Antón se sentó
lentamente sobre la cama, a su lado. Largo rato, la miró. Luego sus manos
fueron, como si tuviesen vida independiente hacia los pechos. Los envolvió
con sus dedos y percibió la textura suave en los huecos de las manos; con un
movimiento giratorio los movió hacia adentro, los acarició. Carmen abrió los
ojos azules, y sonrió; Antón la besó. Entonces terminó el sueño y Antón
despertó. Después de mucho tiempo y fracaso él comprendió que lo buscado no
era una mujer solamente sensual sino una amante parecida a esa fija y
parpadeante imagen que llevaba dentro de sí mismo. En la habitación del
hospicio había llegado a soñarla, por fin. Y entonces devenía aquella
encapuchada sin rostro que se le aparecía en el patio, al anochecer. Su
corazón palpitaba fuertemente en cada crepúsculo, esperando saber si al
final ella le hablaría, para conocer así quién era. Pero ella no le develó
nunca su rostro. Carmen yacía boca abajo sobre el lecho en desorden. Era una
mañana fresca. Por la ventana entraba el primer rayo de sol. Antón enredó
los dedos en su pelo y, apretando un poquito, la despertó. Carmen se dio
vuelta, lo miró a los ojos, y esbozó una sonrisa interior. Antón acercó los
labios y la besó. Después se despertó. Bajo su cabeza la almohada estaba
mojada en sudor. La puerta de Carmen, cerrada. Se levantó.
Se paró frente el quiosco con la boca abierta. Una náusea pugnó en su
estómago. Antón compró el diario. Era Eugenia. En la primera plana: DOS
DELINCUENTES SUBVERSIVOS FUERON ABATIDOS. La foto, grande: y al lado su
compañero ¡Qué hermosa había salido en esa foto, abajo un epígrafe: «los
delincuentes subversivos María Eugenia Lagar y Alejandro Monti, abatidos
ayer por la fuerzas conjuntas del ejército y de la policía». Se sintió
mareado. Fue a sentarse en un banco de la plaza, en el paseo Sobremonte.
Cuidate más las manos, Eugenia, una mujer debe tener las manos menos
ásperas, ella bajó la cabeza, al pasar bajo los olmos cayeron algunas hojas
y una quedó graciosamente enredada en su pelo como un hebilla de oro viejo.
«En horas de la madrugada de ayer se efectuó un operativo conjunto del
ejército y de la policía, en el barrio denominado "Villa Siburu" de esta
ciudad. Como resultado de investigaciones anteriores, las fuerzas legales
habían llegado a la conclusión de que en la fecha se realizaría una
importante reunión subversiva, en la finca ubicada sobre calle Mocovíes al
504. Al detectar los habitantes de la vivienda que estaban siendo rodeados
por las fuerzas del orden, se resistieron a balazos, generándose un tiroteo,
que culminó cuando el jefe del operativo decidió ordenar la utilización de
armamento pesado. Como resultado de esta acción, resultaron muertas dos
personas, quienes fueron identificadas como María Eugenia Lagar Estévez, de
21 años de edad, argentina, soltera, y Alejandro Monti Guevara, 33 años, de
estado civil divorciado. Ambos pertenecían a la organización subversiva
autodenominada Fuerza Peronista Revolucionaria, brazo armado del Partido
Peronista Revolucionario. La pareja convivía desde hacía algunos años, y
tenía en común un hijo de un año y medio, quien fue depositado en la Casa
Cuna hasta que se establezca el paradero de algún familiar cercano. Ambos
delincuentes subversivos poseían un frondoso prontuario en el campo de la
acción armada y el terrorismo ideológico. Alejandro Monti Guevara había
participado, con anterioridad... No pudo seguir leyendo. Le sobrevino una
náusea, y esta vez tuvo que apoyarse en la pared para no caer. Estuvo allí
un rato, hasta que se recompuso. Llorando y tropezando se mezcló con la
gente que salía de Los Tribunales
Antón se dirigió hacia su habitación atravesando el ancho portal italiano
del caserón en ruinas y se metió en el húmedo corredor de sombras de pronto,
dejando el sol; atrás quedaba la callejuela serpenteante con su enjambre de
mujeres haciendo sus compras, puestos ambulantes, niños harapientos que
jugaban y refracciones geométricas del agresivo sol, las callejuelas
amuralladas por los altos y descascarados edificios de departamentos,
conventillos, oscuros pasillos, apiñados unos sobre otros, uno al lado del
otro, sin orden ni concierto arquitectónico, edificados con el objeto sólo
de aprovechar al máximo el espacio. Daba la impresión de que hubieran
corrido a edificar, todos a un tiempo, lo más rápido que se pudiese, y en
esa estampida cada uno hubiera llevado lo que pudo tomar, para colocarlo
prestamente donde cupiese, tratando de ocupar el mayor espacio posible pues
cada elemento colocado significaba una ventaja sobre los demás, y así se
hubiera armado, de un día a la noche, aquel caserío abigarrado, en que se
yuxtaponían cornisas labradas con ventanales chatos, gárgolas del
renacimiento con austeras guardas romanas, vidrieras, con techos de tejas,
de chapas y hasta de adobe, muchetas con listones, altas y viejas, paredes
descascaradas y de pronto algún rutilante frente pintado al aceite con un
color chillón: todo ésto en pequeñito, en fracturada combinación, como si se
hubiera tomado un pedacito de material en cada parte de la ciudad para armar
aquél grotesco rompecabezas. Antón caminó a través de extensas galerías y
salas oscuras, en las cuales reflexiones de la luz permitían distinguir
confusamente bultos que se discernían más por un acto cerebral que de la
vista, muebles viejos, cuadros, y a veces un promontorio de tierra removida,
sacada de hoyos practicados -con peligro para quien no conociera el lugar-
apartando los listones del parquet, quién sabe con qué objeto; a veces, una
transparente luminosidad que no se sabía bien de donde venía perfilaba
curiosamente el borde ruinoso de algún colgajo del empapelado o una
telaraña.
Al fin llegó a su habitación (en verdad, Antón habitaba aquellos tiempos una
galería trasera del caserón, que daba a la calle, de la cual estaba separada
por una gruesa y alta balaustrada, y el nivel del piso, que había sido
construido a unos dos metros por arriba del suelo; la balaustrada estaba
dividida en dos partes por una abertura central, ancha, de donde partían
hacia abajo unos escalones de piedra. No había más muebles allí que la cama
de dos plazas de Antón ubicada precisamente en el centro del amplio
rectángulo sobre el piso de granito, un armario pequeño y alargado, sin
espejos, y las cortinas que colgaban de rieles en la pared interior sobre el
lado que daba a la calle, y que ese momento estaban corridas. Sea porque en
el transcurso del largo camino desde la puerta principal hasta la habitación
el cielo se hubiese nublado, sea por algún otro fenómeno que no se
comprendía, desde este lado de la casa se veía el paisaje oscurecido, con un
aspecto crepuscular; por la vereda del frente -de la que separaba a la casa
una angosta calle- pasó una mujer, solitaria, que pareció acentuar el
angustiante clima de desolación que se desprendía de las casas chatas,
geométricas, grises, de paredes herméticas cuyo único adorno de color era el
letrero rústico de letras rojas que colgaba sobre la puerta cerrada de la
casa esquina, situada justamente ante la galería de Antón, formando una
ochava que parecía señalar amenazante la vieja casona; el letrero decía
«Almacen»).
Antón llegó a la habitación y se detuvo junto a la puerta. Se detuvo
sorprendido pues junto a la cama, usando tres almohadas sobrepuestas a modo
de respaldo, tapada sólo con el cubrecama encontró a la Ñaña. El resplandor
de ese raro crepúsculo impresionaba su cabello que caía en hermosas cascadas
ondulantes casi hasta los pechos de la Ñaña, en hebras negras, en hebras
grises, en hebras plateadas, y suavizaba las ondas cavidades de las mejillas
bajo los anchos pómulos, del mismo modo como convertía en equilibrados
juegos de luz y sombra a las innumerables arrugas de su rostro, y a las
irregularidades sinuosas de la ropa de cama en desorden; el macramé de los
hombros sin mangas de su camisón hacía juego con los reflejos mercuriales de
su pelo. Antón sintió un vuelco en su pecho, y dejó la actitud de tranquila
despreocupación que había traído hasta ese momento; todos sus sentidos se
alejaron de la propia persona para posarse en la de la Ñaña; con respetuosa
unción, como se caminaría por el Sancta Sanctorum se acercó al venerado
cuerpo de la Ñaña, que reposaba, enferma, en su cama. No había esperado
encontrarla allí, y se sentía conmovido, con callada emoción. Con delicadeza
tomó la cabeza de la Ñaña, que lo miró sin expresión, introduciendo la mano
izquierda por entre los cabellos ondulados, como si cada uno de los cabellos
fueran para él -en realidad, lo eran- más preciosos que cualquier riqueza
del universo, despaciosamente, percibiendo con el tacto de las yemas en la
mano derecha cada anfractuosidad, y hasta la armonía de matices -creyó él-
que formaban los cabellos de la Mamavieja. En los ojos de la Ñaña comenzó a
formarse, como viniendo de un lugar muy profundo de sus pensamientos, un
juego distinto de luces, un movimiento sutil de brillos que Antón interpretó
aunque ninguna de sus facciones se había movido en lo más mínimo; Antón
tenía los ojos secos pero el corazón se le había ahogado en lágrimas. La luz
de la escena se hizo un poco más clara. Entonces la ñaña descanso su cabeza
en un costado y se quedó mirando a ninguna parte, muy quieta. Apenas
respiraba; quién sabe que recuerdo la rondaba, pues en la palma de la mano,
que ahora había depositado sobre su pecho, Antón percibió un levísimo
respiro. Estaba muy enferma la ñaña , y Antón quería hacer algo.
Entonces salió a la calle, atravesando en forma inversa el caserón, en la
dirección que llevaba a la gran ciudad, la ciudad abigarrada y sucia del
otro lado; queriendo hacer algo por la Ñaña salió a la calle Antón. Pero no
atinó a hacer nada, solamente pensar, o un algo parecido a pensar, con un
caos lento en el que se mezclaban frases e imágenes de kinestoscopio con
colores lejanos que le llegaban, debilitados, de los distintos lugares que
atravesaba caminando, con las manos en los bolsillos y la cabeza baja. Antón
vestía esta vez con ropa de pintor, es decir, pantalón de basto hilo de
algodón ocre, camisa de igual color y una campera corta de lona
blancoamarillenta. Entonces pensó: «¿pero qué puedo hacer yo por mi abuela,
si falleció hace dos años?» y dejó de deambular inútilmente por las calles
flacas de la ciudad, para volver a dirigir sus pasos de regreso a la ruidosa
mansión.
Cuando arribó nuevamente a la habitación no encontró a la Ñaña. En su lugar
estaba Van Hoff. Asustado y con cólera se dirigió a Van Hoff y le inquirió
adónde había ido la Ñaña. No sabía. El hombre cadavérico y entrecano,
comenzó a temblar cuando divisó a Antón; también estaba rescostado, tapaba
su cuerpo con el cubrecama y parecía muy amedrentado -Antón le inspiraba
miedo a Van Hoff, no se sabía por qué (o tal vez fuese, por las particulares
situaciones desgraciadas que había padecido en los últimos años aquel
hombre, que su voluntad se había quebrado, y del mismo modo en que su
cabello rubio había encanecido totalmente, sus nervios se hubieran
desgastado, convirtiéndolo en un ser casi en estado de conmoción permanente,
cosa que se manifestaba de un modo patético cada vez que se le acercaba o le
dirigía la palabra alguien de carácter fuerte), pero en él se verificaba al
parecer una mezcla enfermiza de sentimientos encontrados pues, aunque se
percibía a simple vista que la sola presencia de Antón le perturbaba, se
esforzaba por retenerlo, como si en el concierto de males en que aquel
hombre se debatía («quién sabe de qué modo percibe lo que sucede a su
alrededor», se dijo Antón: Van Hoff parecía vivir en un mundo de peligros
perpetuos y monstruos) Antón fuese el mal menor, y, frente a la zozobra
insoportable de la soledad, se aferrara aun a aquella dura compañía-.
Antón pensaba que la Ñaña había salido sola en esta peligrosa ciudad
-peligros que no eran, al menos para ella, de índole material-, por lo cual
urgía a Van Hoff para que le dijera si la había visto salir. Entonces Van
Hoff, que se empeñaba en demostrar que estaba muy enfermo y necesitaba
compañía, en un esfuerzo desesperado por convencerlo se levantó la camiseta
y le mostró la eccema purulenta que brotaba sobre sus costillas. Antón vio,
pero no vio lo que otros ven, al menos lo que se declara; vio, con su mirada
particular, un cuadro horrible (los ojos de Antón tenían una visión
ejercitada, con frecuencia entre ellos se descomponían los objetos, o
cambiaban de forma o de matiz, mostrándole su movimiento interior; pero el
se guardaba de decirlo): como en aquella filmación que mirase años atrás,
«Trampa 22», cuando el actor extrayendo el cuerpo de un compañero de armas
de los despojos de un avión abre el cierre mecánico del uniforme del piloto
que fijaba los ojos espantados y sobre él se derramaban sus intestinos, así
ve ahora Antón el interior de Van Hoff, que le mira con sus ojillos
azulinos, mientras de su interior se manifestaba, para Antón, una masa
sanguinolenta de vísceras, comida semidesmenusada y humores turbios, en una
combinación triste y nauseabunda que por añadidura parece estar en un
continuo y desparejo movimiento de rotación. Apartando la mirada Antón le
pidió que se tape a Van Hoff, y éste, creyendo haberlo conmovido, cuando le
mira de nuevo le dice, ya tranquilo:
-La Ñaña ha salido a comprar pan.
Entonces Antón lo abandona bruscamente y sale hacia la calle descendiendo en
dos saltos la escalera de la galería, dejando a su espalda al afligido Van
Hoff que gimotea haciendo reclamos sobre pasadas desaprensiones, en un
esfuerzo ya sin convicción por impulsarlo a que vuelva y se quede a
acompañarlo. Ha anochecido.
Misteriosamente se desprende del cielo sin estrellas un resplandor azulado.
No hay farol con vida en las calles; el caserío parece bañado por alguna
sustancia radioactiva pues sin saberse como, se ven nítidamente sus paredes.
Luego de recorrer todos los negocios abiertos Antón la encuentra por fin a
la Ñaña en la verdulería. Todavía lleva su largo camisón celeste acerado,
pero no parece llamar la atención a nadie en el local casi lleno. Está
parado a un costado, junto a la puerta, contra la pared, esperando que sea
su turno. En contraste con el exterior monocromo, la verdulería se le antoja
a Antón una composición exhuberante, con olor a ajo, a cebollas y a tomate,
y con hileras de calabazas y otros coloridos vegetales colgados desde los
techos, sobre las mujeres en traje de diario que hacen cola frente al
mostrador, tras el cual un matrimonio -los dueños-, ambos gordos, él con
tosco delantal de lona, ella en vestido floreado, muy sucia y despeinada,
atienden, en medio de estantes con carteles de propaganda, dinero arrugado y
una balanza, con chabacana simpatía a las clientas. Antón quiere decirle a
la Ñaña cómo se ha preocupado al no hallarla, su pánico al haber pensado en
que algo le pasara, quiere reprocharla por haber salido así, estando tan
enferma, quiere quedarse a acompañarla, pero la ve tan tranquila, tan serena
su mirada, que no le dice nada. Y se va, pensando en que quién sabe por
cuanto tiempo no va a volver a estar con la Ñaña.
Cuando mataron al padre de Celia, Antón no supo qué hacer. Lo habían matado
los propios compañeros de su hija, y de Antón. Celia estaba desaparecida.
Su cerebro no resistió. Tomó la pistola y salió a la calle. La emprendió a
tiros contra los faroles de los autos. Pronto se escuchó una sirena. Se
había formado una aglomeración, a lo lejos, y Antón quedó en medio de la
calle. Huyó, subiendo hasta el último piso de un edificio de departamentos y
bajando por la azotea del vecino.
Fue caminando hasta un cuartel, se paró enfrente y empezó a disparar contra
las paredes. Los soldados dudaron entre tirarle unas ráfagas o llamar a la
policía. Finalmente hicieron las dos cosas.
Antón caminó por el patio desolado. De atrás de la pared y de los alambrados
se levantaban vaharadas de niebla. Sobre los techos de chapa se percibía un
resplandor plomizo, que hacía más negros los grandes bloques de edificios.
En eso apareció Celia. De atrás de un pólipo de niebla apareció Celia. Antón
se asustó, pues Celia estaba viva -al menos, eso le habían dicho a él-:
desaparecida pero viva. Y no es costumbre de los vivos andar apareciendo
atrás de la niebla en los patios de prisión. Pero se quedó quieto y callado.
Ella habló primero.
-Antón yo te espero.
-¿Acaso no estás prisionera, Celia?
-No. Ayer he salido.
-Ah- dijo Antón. Y qué cosas embromadas tiene el alma humana: en vez de
alegrarse se entristeció.
«Ella sale y yo sigo aquí», pensó, «y no me va esperar». Pues desde aquello
de luchar hasta la muerte de su padre, Antón había aprendido a desconfiar de
la palabra de la gente. Sin embargo, pensó, no podía desconfiar de Celia.
¡Qué época de mierda !
-Celia tiene un raro tipo de belleza -se dijo Antón mientras la miraba.
-Ojos negros como la noche de mi tierra, llena de voces... Es una belleza
que nace del alma...
Y no me va a esperar.
Pero a eso también se decidió resignarse, como a tantas cosas de los últimos
años.
Entraban por la noche, por las madrugadas. Gritaban «¡atención!» y nosotros
debíamos levantarnos. Nos ordenaban desnudarnos, y luego correr por el
pasillo del pabellón. Mientras lo hacíamos, nos golpeaban, con garrotes de
goma, con el mango de las armas. A las mujeres le hacían lo mismo -Celia me
lo contó-. Venían por la madrugada -tres oficiales-; no se les veían los
ojos, por la sombra de los cascos. Uno de ellos, leía un nombre de un
papelito. El compañero salía, le ataban las manos por la espalda, le
vendaban los ojos. Al rato, se oían los estampidos de los disparos. Los
presos comunes nos avisaban, después, que el nombre del compañero ( o
compañera ) había salido en los diarios, como muerto en un enfrentamiento
con las Fuerzas Armadas. Así nos atendían, en la cárcel. Pero no me quejo.
Cuando decidimos ser revolucionarios, nuestro corazón y nuestra mente se
aprestaron para pasar cualquier sufrimiento que nos infligiera el enemigo. Y
lo pasamos.
Me di cuenta que el camino de mi vida consistía en llegar vivo al momento de
la muerte. Y allí me iba a encontrar con la Ñaña. Eso nada más.
En no morir negándome a mí mismo. Aunque los demonios me acecharan y de
atrás y de adelante. El Señor Jesucristo que me dio la vida me dijo -yo lo
escuché- que para vivir había que morir un poco cada día.
Los gringos lo habían encadenado a mi padre, y él a su vez encadenaba a los
hijos de la tierra. Para dar ganancias a los yanquis. Muchos mataron, por su
mandato,
Pero los hijos de la tierra andan por ahí en el viento y nuestra sangre,
mientras él está irremediablemente muerto.
-¿Qué puedo hacer yo para remediar tanta desgracia?. Clamé al Señor y El me
contestó:
-Acepta redimir en tu cuerpo y tu vida aunque sea unos pocos de los pecados
de tu padre.
Por seguir tal indicación fue que me metieron preso. Y a muchos como a mí
ya los mataron.
Pese a todo decidí continuar mi lucha, sin temer a los que matan el cuerpo.
Y eso hago, para ganar la vida. Por tal motivo, camino sobre la tierra como
si no la conociera.
Llévame Tú, Dios Eterno, en tus serenas manos como un niño de pecho entrego
mi voluntad y mis deseos; no se guiarme, no confío en mis impulsos ni en lo
que me dejó mi padre, estoy solo, en medio de ojos que ven lo que no veo;
intuyo una inmensa armonía que viene de algún lado, pero estoy ciego, apenas
puedo percibir un lejano reflejo en el horizonte negro y ese sonido, que me
enternece y me entristece pues no lo puedo alcanzar y por tiempos huye;
entonces sólo siento el ruido de las voces, de los autos, los hirientes
sonidos de una banda británica de rock y oscuros versos que no entiendo,
millones de palabras que me acosan desde fuera y no puedo soportar, me
azotan como descargas eléctricas, me acorralan en cualquier rincón adonde
trato de esconderme y me llevan hasta el borde mismo de la oscuridad;
entonces Dios, Tú me salvas, y vuelvo a oír esas escalas, melodiosas y
amables como la miel y ya no temo; todo adquiere su lugar y se organiza, en
tu concierto, Señor: por favor no sueltes mi mano, no dejes que me caiga en
el vacío.
Sí, envejecido y lento, no de años sino de dolor, caminó la noche. Se quitó
un zapato u pisó la tierra, trémulo.
Antón lloró; por los años, por las madres, por los muertos. La tierra espesa
comenzaba el aire de la noche en mil fantasmas clamorosos.
Celia lo miraba silenciosa. Compartía sus sentimientos, multitud de
sensaciones sutiles y hondas, inexpresables pero no sabía qué hacer, si
callar o abrazarlo.
Todo lo había compartido. El dolor y la alegría. Más el dolor, sin duda.
El hombre se había arrodillado y contemplaba el suelo, inmóvil, los ojos
abismados. Los pensamientos de Celia registraron el lento aleteo de un pato
que pasó volando por la oscuridad como un presagio.
La mujer pensó en aquel hombre delgado, tallado a quien pese a tantos años
turbios amaba, qué maravilloso fenómeno, nada había podido separarlos, ni el
sufrimiento físico, ni la cárcel.
Antón llegó a la casa de la familia de su mujer, Diana Espinosa, en un
momento de mucho trajín. Bien es cierto que allí se vivía permanentemente un
clima de cierta inestabilidad, como si el tiempo disponible nunca alcanzara
para los afanes de las cinco mujeres, pero esta vez preparaban una cena de
la que participarían dos o tres invitados. En un rincón de la sala Clámades
Espinosa, hermano de Diana, leía una revista. «Como si intuyera que en tanta
inestabilidad que lo rodea, él debe asumir un papel contrapesante, igual que
el lastre de los aeróstatos, sin el cual los pasajeros de la barquilla se
verían irremisiblemente arrastrados hacia las alturas por ese globo
ingrávido que eran las mujeres». Eso pensó. Antón acaba de salir de la
cárcel, pero eso no pareció modificar mucho las preocupaciones de las cinco
mujeres, quienes luego de saludarlo con más o menos efusividad siguieron con
los preparativos para la cena. Diana Espinosa parecía tener escrúpulos
relacionados a sus obligaciones para con Antón, y de vez en cuando él la
sorprendió observándolo con el rabo del ojo; ella le dirigía la palabra
mientras iba y venía pasando por donde estaba Antón sentado, con su bolsa al
lado, pero acataba el orden general, no dejando ni por un momento las
tareas.
A lo largo de la cena Diana Espinosa centró sobre sí la atención, hablando
de sus frecuentes viajes por México, Estados Unidos y el Caribe, debidos a
sus actividades -que era consideradas muy importantes por los que allí
estaban. Antón podía percibir, en los momentos en que Diana estaba en
silencio y se cruzaban sus miradas, esa sensación de incomodidad en ella,
como la que siente una familia de pequeños burgueses al tener entre sus
invitados a un pariente pobre, un albañil por ejemplo, al que se vigila con
aprensión temiendo que haga algo inapropiado o diga alguna «barbaridad».
Para Antón Tapia no era novedoso el ser un individuo marginal, así que cenó
en silencio.
Fueron a dormir. Diana y Antón debieron compartir la ancha cama con
Sineramis, la hermana de Diana. Antón deseaba estar solo aunque fuera unos
momentos con Diana, pero no lo había conseguido, por lo que propuso a su
mujer que fueran a darse un baño juntos. Se metieron al baño y se
desnudaron. Pero apenas lo habían hecho cuando entraron por la puerta doña
Encarnación, madre de Diana, y una chiquilla de unos diez años, sobrina de
ella, ambas desnudas: querían tomar un baño también y acompañarlos. Antón
soportó un rato la cháchara de las mujeres en la que Diana parecía sentirse
tan cómoda («pues -pensó él- de algún modo ella ha sabido adquirir la
conducta precisa: es la que menos habla, y cuando dice algo lo hace con
gravedad pero sin perder la actitud de hija menor que conserva fielmente la
educación de sus padres, y eso la sitúa cuando ella lo desea, en el centro
de la conversación») pero enseguida se hartó, y con voz que apenas
disimulaba la impaciencia les pidió que los dejaran solos pues él debía
hablar con Diana. La señora mayor y la sobrina se fueron al fin. Diana tenía
un brillo de picardía en los ojos. Se sentía complacida por ser su persona
objeto de los requerimientos de unos y otros. Con actitud condescendiente
puso sus brazos en el cuello de
Antón. (Antón pensó que estaba muy bella, su cuerpo desnudo perfeccionado
por una vida activa, parecía haber crecido y afinado sus formas en los años
que estuvieran separados.) Tuvieron una tranquila relación sexual, bajo la
ducha.
El día siguiente fue desagradable para Antón.
En la casa iban y volvían hombres y mujeres jóvenes, todos relacionados con
la familia de Diana o sus actividades, pero ninguno con él, por lo cual
permanecía allí como un objeto que los otros pronto se acostumbraron a ver
sin sentimientos. Pasaban a su lado, sin prestarle la menor atención.
Encontró una diversión: la motocicleta de su suegro. Era una enorme
estructura de 2500 cilindradas, negra, imponente y llena de reflejos
metálicos en sus hierros niquelados, que Clámades se había ocupado de
mantener siempre impecables. Tomó esa motocicleta y salió a andar. Fueron
momentos buenos. El poderío que le transmitía manejar semejante máquina le
restituía la confianza en sí mismo, y de alguna forma lo reivindicaba de la
situación marginada que había soportado desde que llegó. Así pasaron varios
días.
Una noche debieron participar de una especie de reunión social. Antón llevó
a Diana en la motocicleta. Le agradó mucho bajarse del aparato y entrar al
chalé con cocheras adonde iban, detrás de ella, que ya parecía conocer el
lugar. En realidad la festichola en cuestión era un pretexto para que se
hallaran en un ambiente amable esta especie de masones que componían el
grupo social en que se integraba Diana, y conversaran allí sobre temas
relacionados con sus proyectos. Diana estaba en su salsa, igual que su madre
y su hermana, pues se la reputaba una amiga ejemplar y se valoraba la gran
eficiencia de sus trabajos, considerándosela una muchacha de inmenso
porvenir si se tenía en cuenta el lugar de importancia que había sabido
procurarse ya dentro de aquella institución. Pero Antón se aburría; así es
que salió un rato para mirar el jardín, y la máquina. La motocicleta estaba,
como un dragón dormido, estacionada entre las matas florecidas del jardín.
Antón consideró el cuadro que formaba el rugidor aparato enmarcado en ese
cerco de verdes humedecidos por el rocío y se sintió a sus anchas. Pero se
acordó de que había venido a acompañar a su mujer y se metió nuevamente a la
casa.
Tuvo lugar una escena de conversación generalizada, en la que, con fondo
musical, se habían formado corrillos a lo largo del salón y un patio
arborecido. En uno de esos corrillos, en el patio, estaba su mujer. Todos
hablaban de la misión que se le había encomendado a Diana. Ella se puso a
hacerlo también, y a medida que iba hablando, Antón comenzó a sentirse
profundamente ultrajado. La logia le había encargado un contacto con dos
gobiernos con los que mantenía relaciones. Para ésto, debía viajar en
avioneta, ininterrumpidamente, acompañada de un joven que se hallaba
presente, por espacio de tres o cuatro días, volando muy arriba de mares y
selvas. Lo ofensivo del asunto era el modo como ella hablaba, ensalzando a
su acompañante con tan entusiastas palabras en presencia de su marido, y
mirándolo además de una forma que -Antón pensaba- a nadie le restaba más que
sentir cierta cortés y solidaria compasión por Diana, dado el zoquete de
esposo que se había echado encima, tan desfavorecido quedaba en la
inevitable comparación. Antón salió a la calle con la intención de irse para
siempre de allí. Pero se llevaría la motocicleta. Sin embargo la motocicleta
ya no estaba afuera. Antón volvió a la fiesta con una gran desazón, los
sentimientos luchando adentro suyo entre dejar definitivamente todo aquello
o continuar con su mujer, de cualquier modo. Consiguió apartar a Diana un
momento, y le recriminó su modo de hablar en público, que él consideraba
indecoroso. Ella le interrumpió siseando bruscamente palabras despectivas
hacia él. Antón dijo que no se iría de allí sin llevar consigo la
motocicleta. Entonces ella pronunció las palabra que iban a hacer
irreversible el propósito más íntimo de Antón:
-¿Aún quieres llevarte el vehículo de papá?- dijo ella-. ¿Actúas, aún
después de lo que sucedió, con la soberbia característica de tu sangre?...
¿No has podido librarte de esa absoluta falta de respeto hacia los demás,
que heredaste de tu padre y todos los chiflados megalómanos que te
precedieron en tu familia? ¿No te basta con haber puesto en peligro mi vida
y casi arruinado mi reputación? ¿No te basta con haber sido vago, extraño e
irresponsable durante tantos años... no te basta con haberme sido infiel...
para que encima de todo pretendas, ahora... ¡llevarte la moto de mi
padre!?... -Todo esto dijo, con tono de pregunta pero, si uno lo observa,
más bien con sentido de afirmación.
Tal parrafada lastimó hondamente a Antón, por el tono en que habían sido
dicha pero principalmente porque implicaban a su familia y su padre, a
quienes, pese a todo, él amaba. Sin embargo, como una lanza removida en la
herida, no pudo dejar de sentir que finalmente Diana tenía una gran parte de
razón. Entonces, sin poder contestar nada, se fue. Se fue definitivamente,
sabiendo que en realidad con eso la liberaba.
Entonces Antón se dispuso a hacer lo que había sido postergado por tantos
años. Reclinado en su sillón de madera, tomó en la mano izquierda el
micrófono del grabador. Frente a él, en la pared blanca, había un solo
cuadro un vieja «Mujer santiagueña» de Ramón Gómez Cornet. La cinta se
deslizó unos segundos antes de que se decidiera a comenzar.
-Es extraño lo que siento -dijo-. Pienso que si te tuviera a mi lado, te
abrazaría, sin poder resistir ese deseo, que aún aquí mismo me embargó con
sólo la imagen que genera mi pensamiento, de saber que voy a hablarte. Y
sentiría, con tus cabellos sobre mi mejilla, al rozar tu rostro húmedo con
mis labios, una suave pesadumbre, y una sensación de tranquilidad que me
adormecería en tus brazos... algo parecido, tal vez, a lo que se cree que
puede ser la felicidad...
«Al mismo tiempo que esas sensaciones sin embargo, de algún modo me
alcanzaría una como lejana advertencia, interior, de que te estoy
engañando....
Se detuvo. Había arribado a las palabras que preparaban en su espíritu el
estado preciso para empezar a decir lo que verdaderamente importaba. Al fin,
todo consistía en un camino de ida y vuelta, en una lucha de tendencias que
se libraban adentro de uno mismo. No se trataba de la contraposición entre
los afectos y aversiones que provocara la persona de su esposa, sino la de
los propios sentimientos, diversificados en millares de matices, con los
cuales él había revestido aquella imagen, adecuándola a los tiempos y las
circunstancias que viviera su alma; embelleciéndola o afeándola, amándola o
ignorándola -no había llegado a odiarla, en ningún caso- de acuerdo a los
vaivenes de sus propias emociones. Entonces -como había sido con Beatriz, se
acordó- debía librar de nuevo una lucha, no violenta por cierto, pero ardua,
entre los distintos complejos de figuras, sentimientos y memoria, que como
en las etapas de un gran fresco, habían ido configurándose adentro suyo, a
lo largo de años en los que habían hecho durar, por un gran acto de la
voluntad, esa incierta relación de dependencia.
E ntonces Celia vino a decirme:
-Vamos a tener una hija.
Y yo contesté:
-¿Y tú quieres traer una nueva criatura a este mundo jodido?
Mas ella repitió con temblor:
-«Todo es bueno...
la alegría de los hombres no muere
mientras permanezca la vida sobre la tierra»
-¿Lo tomaste de Hölderlin? -le pregunté.
-El lo tomó de la Memoria de la Naturaleza...
-Mira Antón -agregó luego- la vida de los humanos tiene sentido únicamente
si son capaces de dar Vida. Eso que vulgarmente llaman «amor», es
justificable solamente cuando florece en una vida.
-¿Y qué le vamos a decir a nuestra hija, cuando nazca?
-Le diremos: «hija, eres la vida». Y le pondremos por nombre Anahí, que es
nuestra flor nacional... para significar que nuestra Patria no está muerta,
sino ha renacido, otra vez. Porque Anahí es el triunfo de la vida: la roja
flor, que nace del fuego destructivo de los conquistadores... la única flor
que vence a la muerte.
C aminó melancólico por la calle desierta, en medio de la noche. No sabía si
en verdad había amado mucho o poco a Diana, incluso ella le había resultado
incómoda las más veces, cuestión que apenas compensaban sus discretos
encantos espirituales y sus mayores atributos sexuales, pero Antón sentía
por encima de eso una desolación interior, proveniente de su pudor herido
por haber tenido que tomar aquella determinación que contrariaba las normas
éticas de la iglesia a que pertenecía. A la par le dolía su orfandad
sentimental, y ese cuestionamiento íntimo que nos producen inevitablemente
los desmerecimientos externos aunque no los compartamos; y que suelen dar
como resultado simétrico el crecimiento de nuestra inseguridad. Pero aventó
las nubes de tristeza y se adhirió decididamente a la noción de Vida que
había logrado rebrotar con fuerza en algún lugar apenas iluminado de su
corazón.
Se detuvo un momento a apreciar la rara disposición de una esquina, en donde
se había dejado un espacio abierto, cuadrangular, de unos veinte metros de
lado (tal vez con el propósito, pensó Antón, de hacer allí una rotonda). El
lugar resultaba extraordinario; tenía piso de tierra y las casas habían sido
construidas como en función de ese segmento de tierra, la altura de todas
era homogénea -unos veinte metros también, calculó Antón-, de tal modo que
el conjunto formaba un cubo, o mejor dicho, un cajón, pues quedaba libre la
faceta correspondiente al techo. Allí estaba cuando apareció por la calle al
Gordo Suárez, con una valija de cuero y haciendo gestos de alegría con la
mano que le quedaba libre. Se abrazaron con el Gordo -quien había sido
dirigente de la Acción Católica: de allí provenía su amistad-; Antón le
narró brevemente su historia y el Gordo, que ahora estaba como Subsecretario
de Acción Social, se quedó pensativo un momento.
-Tengo la solución -dijo el Gordo por fin-: te nombraremos concejal de la
Municipalidad (en tiempos de dictadura militar eso era posible).
E inmediatamente sacó unos papeles del portafolios; allí asentó los datos
personales de Antón y luego redactó el nombramiento. A Antón le pareció
inusitado el procedimiento pero se prestó a él. El Gordo se acuclilló y
poniendo el portafolios sobre una rodilla dijo: «Bueno, ahora haremos el
juramento de rigor», y preguntó: «¿Vas a jurar sobre los Evangelios o sobre
la Constitución?» Antón respondió: «Yo creo que debo jurar sobre los
Evangelios. Sabes que soy muy católico. ¿Qué opinas vos?» «Muy bien -dijo el
Gordo-; me parece muy bien -repitió con fruición-, pues aquí está
inmejorablemente visto el ser muy católico». «Bueno, esto es un ensayo nada
más -agregó después- porque el juramento definitivo lo tendrás que hacer
ante el coronel» (el coronel era el intendente). Se despidieron y cada uno
fue por su lado. Antón se sentía contento. En su interior se había empezado
a levantar, con aquel acontecimiento, el concepto alicaído que por esos días
tenía de sí mismo.
Más sosegado descendió por la larga callejuela que llevaba hacia la casa de
sus padres. A los costados las casas eran bajas, casi todas blancas o
amarillas, con paredes descascaradas y muchas con descuidados jardines.
Aparecieron de repente dos muchachas jovencitas -18 o veinte años- que
parecían mellizas, muy flacas y de pelo corto de un rubio escandaloso,
quienes saliendo desde atrás le tomaron por los brazos, una de cada lado. Le
preguntaron cómo estaba, y sin soltarse de sus brazos lo fueron acompañando,
cantando y haciendo fiestas por el reencuentro. Antón las recordaba: eran
las hijas del gringo que tenía esa despensa tan pulcra de la calle
Independencia; prácticamente no habían cambiado sus rasgos, pero cómo habían
crecido en estos años. «Esperamos que nadie se ponga celosa si te ven con
nosotras», dijo una de ellas, y un poco turbado Antón contestó con un hilo
de voz que se había distanciado de su novia («mi novia» había dicho Antón,
pues sentía una resistencia muy íntima a aceptar que se había casado
erróneamente y su matrimonio había sido un fracaso; sin embargo, podría
haberlo dicho su tuviera coraje, como así también el mencionar a Celia y a
su embarazo; pero se le cruzaba un escozor en la garganta y le dieron ganas
de llorar) «No sé se será definitivo, pues hay alguien más en mi vida»
añadió con voz sorda, pero ésto tampoco lo dejó conforme.
Las muchachas se despidieron de él al llegar a una casa de la calle Dorrego,
en donde entraron. Antón siguió por la misma calle: ya faltaban pocas
cuadras para llegar a su antigua casa. Al alcanzar la capilla de La
Inmaculada, Antón pensó que debía entrar a orar. Por la calle Independencia,
en ese momento, se acercaba una colorida comparsa de carnaval. Antón pensó
que debía entrar a orar, pero la comparsa ya estaba encima y sintió una
irresistible tentación por participar de la fiesta. En ese momento, saliendo
de enmedio de la gente apareció el Zurdo Paredes, a quien desde la cárcel no
veía, y el encontrarlo le produjo alegría. Se abrazaron y el Zurdo le
preguntó adónde iba. «Debo saludar a mi familia. Recién salgo de la cárcel»,
dijo Antón. Entonces el Zurdo le prestó su bicicleta «para que fuera y
volviera rápido, así podría participar del corso», según dijo. Antón subió
en la bicicleta verde y empezó a andar. Al pasar, con el rabillo del ojo vio
el contorno de La Inmaculada y la imagen fue como un reproche pues debía
haber hecho una oración a lo menos, antes de preocuparse tanto por venir al
corso. Mas ahuyentó esa idea de su mente y siguió.
Dobló a la derecha por la Sargento Cabral. Se llevó un tremendo susto cuando
vio aparecer un inmenso camión revestido de plomo, más alto que las casas,
que doblaba trabajosamente en la esquina siguiente, como un gigantesco
gusano, y se dirigía hacia él. Empavorecido se aplastó lo más que pudo
contra una pared, pues la calle era angosta y el camión tan grande, que
ocultaba la luz y él temió que lo aplastara. Pero consiguió acomodarse en un
recoveco de una casa, y el monstruo pasó por al lado de él sin tocarlo y se
metió en su garaje. Pese a ello, al doblarse el manubrio de la bicicleta con
brusquedad, le había hincado la ingle con el freno. Se bajó un poco el
pantalón para verse y encontró una magulladura rojiza; pero no le prestó
demasiada atención.
«Era el camión-laboratorio de los Paz -pensó Antón-. El que elabora uranio
activado». Medio asustado aún tomó su bicicleta y siguió con ella en la
mano, hasta su antigua casa. Llegó. Sintió una gran emoción al ver la casa.
Un doble sentimiento: de suave congoja y de alegría. En el jardín estaban
sentados Esmeralda, la esposa de su padre, y sus hermanitos. La casa estaba
a oscuras y las paredes con la pintura descascarada; Esmeralda vestía un
batón andrajoso y los chicos tenían las caritas manchadas con barro y
andaban descalzos: pero estaban bien comidos y contentos (como antes del
incendio), eso se notaba. Enseguida Antón supo que su padre no estaba; había
salido, pero pronto regresaría.
Se sentó a esperarlo en el jardín, sobre una vieja silla desvencijada, junto
a Esmeralda y los chicos, y una serena sensación de felicidad se fue
aposentando en su pecho como un limpio amanecer, o como el azúcar espesa que
se expande cuando se desmolda un budín.
Antón Tapia.
Ciudad de Mailín, agosto de 1982
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