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Indice de la
parte 3
CAPÍTULO IX - La partida de nacimiento del "medio pelo"
CAPÍTULO X - La composición social del "medio pelo. Permeabilidad y filtro
CAPÍTULO XI - Las pautas del "medio pelo"
Conclusiones
Apéndice
ANALOGÍAS
Y DIFERENCIAS CON EL "MEDIO PELO"
En lo que va del presente capítulo se ha redundado insistiendo en las
particularidades de la clase media y de la burguesía de principios de siglo,
tema tratado con anterioridad. Pero al referirnos en particular al "medio pelo”
que se origina casi contemporáneamente, en los últimos 20 ó 25 años, se hace
necesaria la confrontación porque este procede de los mismos niveles económicos:
de la alta clase media y de la burguesía. Esta confrontación permite comprobar
al mismo nivel social un distinto comportamiento: mientras la alta clase media y
la burguesía de principios de siglo se comportaron como tales y fueron factores
activos de la democratización del país a través de la transformación económica y
política con la cual identificaron su destino, un numeroso grupo perteneciente a
los equivalentes sectores contemporáneos, toma el rumbo inverso para constituir
este status, históricamente anómalo, caracterizado por la adopción de pautas de
imitación que marginan a sus componentes del proceso de avance de la sociedad
argentina.
No hay que confundir esta adopción de pautas imitativas con esa cierta seguridad
social que la burguesía y la clase media descendiente de la inmigración
adquieren por el simple transcurso del tiempo, en una decantación que por breve
no deja de ser de la misma naturaleza que la que llevó a los descendientes de la
primera burguesía porteña a constituirse en clase señorial, aun antes de la
adopción de los patrones aristocráticos europeos.
A este propósito, recuerdo que a principios del gobierno peronista asistí a una
reunión de la Legislatura de La Plata y me llamó la atención la actitud adoptada
por los legisladores radicales con respecto a la bancada peronista. Era la
reproducción exacta de la postura de los legisladores conservadores, en otra
sesión presenciada en 1920, con respecto a la bancada radical: los radicales
adoptaban ahora, como los conservadores antes, un aire de viejo estilo, una
suficiencia sobradora de gente acostumbrada y que se mueve en su propio medio
frente a las gafes y las torpezas parlamentarias de los recién llegados.
Pero esto es bastante natural y no significa la atribución de otro status. Al
fin y al cabo aquellos conservadores de la Legislatura de La Plata tampoco
simulaban un status superior a los radicales. No formaban parte de la alta clase
aunque fueran sus instrumentos de gobierno: eran gente de la clase media
también, cuando no de más bajo origen, como expresión del caudillismo
pueblerinos en los que había caído la dirección de los partidos conservadores,
hasta en rango de alta dirección –caso de Barceló—desde el momento en que, como
se ha dicho antes, la alta clase se desvinculó del manejo político directo del
país. Podría decirse que como extracción social era de origen más alto el
radicalismo, cuyos representantes legislativos eran en general ganaderos o
profesionales, es decir, gente de la alta clase media.
En el mismo sentido debe interpretarse ciertas reacciones políticas, peyorativas
para el movimiento social que irrumpe en la escena con la presencia de los
"cabecitas negras". Tal es el caso de la expresión "aluvión zoológico" del Dr.
Ernesto Sanmartino, o aquello de "libros o alpargatas", del profesor Américo
Ghioldi. Para éstos el hecho nuevo no significa la lesión de un supuesto status
que se atribuye el medio pelo, sino el real a que pertenecían por la
configuración que la superestructura cultural del país sostiene en el plano de
la inteligencia. (Este tema será tratado más adelante, pero conviene adelantar
la existencia de un status propio de la inteligencia en la cual rigen pautas de
aceptación y de consagración, que coinciden con la estructura dependiente del
país y al que la incorporación se hace paulatinamente según se acredita una
conformación cultural correspondiente a la conformación colonial de la cultura).
La presencia del país real era una piedra en el tejado de vidrio de la "intelligentzia".
Una multitud que marginaba los mentores aceptados —de derecha a izquierda— era
para éstos un hecho antinatural, como para los unitarios la presencia de las
multitudes federales. El esquema de "civilización y barbarie" sigue vigente para
ella con todas sus implicancias racistas y ese es el sentido de "aluvión" y
"alpargatas". La inteligencia ha configurado su esquema dentro del cual se puede
ser desde Maurrasiano a Leninista, pero que excluye una presencia social
vernácula que ya está decretada "anticultural". Y mucho menos la posibilidad de
que se constituyan elencos directivos que no hayan obtenido su legitimación como
políticos o como intelectuales dentro de las pautas consagratorias establecidas
por las capillas vigentes en la inteligencia de conformación foránea.
El fenómeno ya había ocurrido antes con el radicalismo Yrigoyenista en su brusca
irrupción de 1916; no era el origen social el que determinaba la reacción de los
“cultos” sino la alteración que suponía en sus escalas.
Una vez que el político, el escritor, o el artista han sido convenientemente
pesados y medidos, pasa el filtro y se incorpora, porque en el plano de la
inteligencia sigue vigente la división dela sociedad en dos capas culturales
como ocurría con las clases de la sociedad tradicional, pero por causas
distintas. No es el origen social el que determina la aceptación, ni siquiera el
ideario; es conformarse en los esquemas culturales pre-establecidos. Una vez
incorporado al status de la inteligencia, el sujeto hasta subconscientemente es
la parte de ella, y todas las discordancias ideológicas dentro de la misma
pueden existir pero sobre el supuesto de que se ajusten a la idea de la cultura
que posee el status; así harán un frente común siempre que el país intente
expresarse con otros módulos de cultura distintos por nacionales; eso es la
barbarie.6
Así Gerchunoff se sentía cómodo entre los redactores de "La Fronda" y no con los
italianitos y judíos que ascendían con el radicalismo, como Sanmartino y Ghioldi,
gringuitos ayer, podían sentirse ahora cómodos con quienes les habían puesto el
mote, en la medida en que el radicalismo o el socialismo, no amenazaban, sino
que ya estaban incorporados "en el plano de la cultura". Lo mismo Codovilla o
los otros Ghioldi que, como los anteriores ya eran políticos cultos a la manera
de los rivadavianos. Se trata en realidad de un común status cuyos miembros se
suponen élite intelectual, dividida entre sí por las ideologías, pero conforme
en conjunto en ser élite frente a la multitud innominada y sus mentores que
tenían la insolencia de considerarse inteligencia al margen del cartabón
establecido. Podría, pues, hablarse de un medio pelo intelectual, dándole mucha
latitud a los términos, pero no se trata del medio pelo social, cuyo origen es
otro, y otras sus pautas, aunque tenga de común con éste el rechazo a la
presencia política de las masas en el Estado.
LOS ORÍGENES DEL MEDIO PELO Y LOS PRIMOS POBRES
El medio pelo procede de dos vertientes. Los primos pobres de la alta clase, y
los enriquecidos recientes.
Al hablar de la composición de las clases medias y la incorporación a las mismas
del sector de gente principal que no participando de la prosperidad de la clase
alta, en el momento de la expansión agropecuaria y el vertiginoso
enriquecimiento de los terratenientes argentinos, se señaló que algunos grupos
de los económicamente desclasados no renunciaron a sentirse parte de la alta
sociedad y mantuvieron, casi heroicamente, la ficción de su pertenencia.
Son los primos pobres de la oligarquía. Así los calificaba un miembro de la
clase alta que me decía:
Son esos parientes remotos que te van a esperar al puerto cuando llegás de
Europa. Uno ni los recuerda, pero tiene que ser cortés y comprenderlos... Ellos
te comentan todas las pruebitas que has hecho en Saint Moritz, lo que perdiste o
ganaste en Monte Carlo, los yates en que estuviste embarcado en el Mediterráneo
y las Villas de que fuiste huésped en la Riviera. Conocen al dedillo los modelos
que estrenó tu mujer y todos los chismes y cotorreos que han circulado por la
'Colonia' en París.
Lo desagradable es que uno por corresponder a tanta preocupación quiere ensayar
la reciprocidad y les equivoca los apellidos, y con mayor razón los
sobrenombres. Fijate que a uno bigotudo a quien le llaman "Macho" le dije
"Cototo'', confundiéndole con otro recontra-primo que es medio "para que me han
dado esta escopeta"... Uno les confunde hasta los padres y les pregunta por la
tía Aurelia, creyendo que es la madre cuando le advierten horrorizados que la
tía Aurelia murió hace veinte años y soltera...
Son difíciles, muy difíciles. Además, uno resulta hasta vulgar, pues sus modos
de hablar y tocar los temas es tan cuidadosa, que se tiene la sensación de ser
poco bien...
En el fondo, son los parientes pobres que pinta Silvina Bullrich en "Los
Burgueses'', a los que ya me he referido en una cita.
Muchas de esas familias vivían antes de la aparición del "medio pelo" como
exiliados en el tiempo, recordando el landó de la abuelita cuando la "familia
figuraba", y "esos de la otra cuadra" se bajaban de la vereda para darles paso.
"Esos de la otra cuadra" eran motivo de un tema frecuente, pues lo mismo podía
tratarse de unos "mulatitos" que llevan el mismo apellido porque fueron esclavos
de los tatarabuelos, que de los nietos de un "galleguito" al que el abuelo
Gervasio hizo nombrar portero de la escuela, y parece que lo ha olvidado desde
que progresaron. Tenían en esto memoria de elefante y minuciosidades de hormiga.
Vivían nostálgicos del ayer y como todo "tiempo pasado fue mejor", atribuían su
situación actual a una especie de falta de respeto de los tiempos modernos que
los había marginado de la primera línea, a la que en realidad nunca
pertenecieron.
(En la estructura de la sociedad tradicional, en razón de la distancia que los
separaba de los de abajo, el criollaje de la clase inferior y los "gringos" que
empezaban a llegar, pero que todavía no hacían sombra con sus pretensiones de
importancia, su papel fue, por comparación, de más alto rango).
Algunos reaccionaban con un nacionalismo cerril que los enfrentaba con la
ideología "liberal" de la clase a que creían pertenecer. Mentalmente se ubicaban
cumpliendo su función de élite conductora, pero no ya desde el landó de la
abuela; les era agradable imaginarse en un Cadillac pasando rápido ante los
gauchos a caballo, con plata en los aperos, y saludando respetuosamente:
—¡Adiós, patroncito! —¡Que te vaya bien, m'hijo!... Una especie de Arcadia
pastoril y tecnificada a la vez, pero donde cada uno está "donde debe estar". La
mayoría y especialmente las mujeres seguían cultivando los mitos culturales de
Europa civilizadora prefiriendo trasladar la culpa de los tiempos modernos a la
incapacidad de los miembros masculinos de la familia, "inútiles como todos los
criollos".
Ese galimatías era el tema obligado de toda reunión entre la gente del mismo
grupo, y sus contradicciones eran imperceptibles para los contertulios porque la
esencia del tema era la nostalgia.
Pero mejor ilustrará sobre esa mentalidad, la trascripción de unas líneas de una
escritora contemporánea que por su gusto y cultura está más cerca de la alta
clase ausentista, pero cuya extracción social y actitud psíquica corresponde a
lo que estoy señalando. Se trata de Alicia Jurado en su biografía de Jorge Luis
Borges (Ed. Eudeba, 1984). Es la versión femenina del grupo.
Dice de su biografiado: "Intelectualmente es demasiado argentino para ser
nacionalista y no ha hecho sino heredar la vieja tradición criolla de mirar
hacia Europa; reprocharle esta preferencia es ignorar el pensamiento de las
viejas generaciones ilustradas que nos precedieron.” Y aquí se tira con todo
contra los nacionalistas: "La admiración por la mazorca, las tacuaras, el
gaucho, la cultura diaguita y la bota de potro, es un invento relativamente
reciente de los extranjeros que inmigraron al país, fatigados sin duda de los
excesos de la civilización y deslumbrados por lo que suponen los encantos del
salvajismo. Las antiguas familias argentinas están ahítas de barbarie desde hace
tiempo para entusiasmarse con ninguno de sus símbolos; prefieren imitar a sus
bisabuelos y buscar ejemplo en los países que la dejaron atrás". "Borges, en
este aspecto, no difiere de los hombres que construyeron, en el último siglo, la
estructura precaria y amada que hoy preferimos no llamar patria porque las
palabras país o nación son más vagas y les duelen menos y nos sugieren menos
comparaciones amargas." Para salvarnos de esa amargura, Borges "está realizando
la tarea patriótica de mostrar al extranjero que en la Argentina hay algo más
que un puñado de indígenas en vía de extinción y una creciente turba de indios
vocacionales".
Lo que no impide que más adelante diga: "Borges escribe sobre tapias rosadas,
aljibes y patios, gauchos y compadritos, próceres y montoneros; escribe, en una
palabra, sobre la Argentina, de su añoranza." Pero la Argentina de los aljibes
en lugar del agua corriente, y los montoneros en lugar del ejército moderno no
se concilia muy bien con los ejemplos buscados por los bisabuelos y así la
añoranza se compone de elementos tan contradictorios unos como el Cadillac y los
gauchos con chapeado de plata, gratos a la imaginación nacionalista que biógrafa
y biografiado repudian. Es cierto que le endosa la contradicción a Borges: “Si
yo tuviera que reprocharle algo a Borges, sería más bien esa nostalgia por tipos
tan repugnantes como el compadrito y el matón, más dignos del olvido que de la
inmortalidad literaria."
Le reprocha a Borges esa nostalgia pero a renglón seguido le sale una propia que
termina por identificarse con el del grupo social a que me estoy refiriendo: "Si
lo hiciera —es decir, reflejará el país como reclaman algunos críticos a
Borges"— sobre la realidad nacional que hoy vivimos, tendría que limitarse a
temas, casas, hablares y psicología de italianos, que constituyen la esencia de
la argentinidad del siglo XX. Es natural que a los nacionalistas, casi todos
recién llegados al país, les ofenda la nostalgia de Borges por una patria que no
les perteneció y que ellos han contribuido a borrar."
En definitiva: a Doña Alicia no hay p... atria que le venga bien; la de ayer por
bárbara, la de hoy por gringa, y gringos son los nacionalistas que la quieren
acriollar, y criollos los abuelos que la quisieron agringar. Es un europeismo
que consiste en mirar el aljibe desde la ventanita del cuarto de baño: el agua
corriente para uno y el balde para los otros.
Pero mejor es no tratar de explicar este galimatías que no es el resultado de un
proceso consciente, como en el grupo que caracteriza, sino la subconsciente
evasión hacia un mundo imaginario que traduce en resentimiento contra el país
real, la nostalgia de una supuesta situación perdida.
LOS BARRIOS RESIDENCIALES DEL EXTREMO NORTE
Poco después que comenzó la radicación de la alta clase en el Barrio Norte,
comenzó la jerarquización de ciertas zonas también del norte, como
residenciales, porque fueron elegidas por los gerentes y altos funcionarios de
las empresas extranjeras, generalmente ingleses o alemanes que prefirieron
domiciliarse cerca de las estaciones del ferrocarril Central Argentino,
constituyendo grupos diferenciados de la población nativa.
No había respecto de estos las prevenciones que originaban los inmigrantes de
los países del Mediterráneo, pues se atribuía a los anglosajones y germánicos un
nivel cultural superior al de los inmigrantes provenientes del medio día de
Europa. Esto era conforme a los prejuicios racistas comunes a la ilustración de
la época que a su vez germánicos y británicos cuidaban de evidenciar
diferenciándose meticulosamente de los nativos. A diferencia de los españoles,
italianos, turcos y judíos, se trataba de gente "bien" y a ésta le resultaba
fácil manifestarse como tal con los recursos que le proporcionaban sus empleos
en las grandes empresas, de que estaban excluidos los nativos. Por otra parte,
como ya se ha visto cuando se habló de la inmigración británica, inmediatamente
posterior a la Independencia, se les exigían formas de vida diferenciadas del
común indígena y con un comportamiento en el que intentaban reproducir el estilo
de las clases altas europeas.
Especialmente en Belgrano Alto se constituyeron estos núcleos que se fueron
extendiendo a las estaciones suburbanas del ferrocarril Central Argentino a
medida que comenzaba el fraccionamiento de las viejas quintas. Los primos pobres
allí radicados sintieron sus barrios ennoblecidos con la presencia de los nuevos
vecinos y comenzaron a adoptar sus pautas con preferencia a las de la alta clase
que les eran económicamente inaccesibles. También les era inaccesible los
barrios del Socorro y el Pilar, en la parte distinguida de ésta. Durante
bastante tiempo el modelo propuesto estuvo constituido por los residentes
extranjeros y la aspiración máxima del sector fue asimilarse a ellos, tener
acceso a sus clubes, practicar sus mismos deportes y vestirse de manera
parecida. No se abandonó de la vieja sociedad, la indumentaria solemne del traje
oscuro y la camisa de cuello, pechera y puños almidonados para ir el "centro",
pero en el ambiente residencial fue elegante exhibir las indumentarias
deportivas que esos extranjeros utilizaban allí. La práctica del tenis, el rugby
y más adelante del golf, permitió el acercamiento y la adopción de hábitos
comunes, distintos a los de la clase alta, que nunca fue muy deportiva como no
lo habían sido sus modelos europeos de la aristocracia, salvo en dos deportes
reales que además se avenían con la condición de grandes propietarios rurales:
la cría de caballos de carrera y su prolongación en los hipódromos, y más tarde
el polo, dos modalidades deportivas a que eran ajenos gerentes y funcionarios,
cuyos sueldos cuantiosos en cuanto al nivel de los mejores sueldos argentinos,
no permitían esa clase de deporte demasiado costosos.
Pronto aparecieron los chicos típicos de esos barrios disfrazados de inglesitos
con la gorrita de colores en la punta de la cabeza y los sacos listados, que
además advertían con su indumentaria que eran alumnos de las escuelas
extranjeras en un principio destinadas exclusivamente a los empleados
coloniales.
En este momento bastante anterior a la aparición del "medio pelo", Belgrano,
Vicente López y Olivos comienzan a constituir una especie de Barrio Norte con
gente que adquiere un status propio de nivel superior al de la clase media de
los otros barrios y que es el resultado de la simbiosis de pautas tradicionales
con las aportadas por los residentes extranjeros de origen germánico y
anglosajón. Se constituye una especie de sociedad distinta a la de la Alta
Sociedad porteña, a la que no se tiene acceso, pero tampoco se busca.
Extranjeros y nativos se encuentran satisfechos en el status así creado y van
identificando grupos que, ya consolidados, serán el punto de referencia para el
momento que la alta clase media y la burguesía que surgirá después de la
modernización de la economía argentina intenten atribuirse un status calificado.
Entonces los recién llegados encontrarán en este grupo una imagen de la Alta
Sociedad, accesible, y éste a su vez se empeñará en jugar el papel que se le
atribuye desnaturalizándose con la adopción de pautas que le eran extrañas.
Sobre esa base empezaron la comedia de equívocos que constituye el "medio pelo".
LA SOCIEDAD DE SAN ISIDRO
Entre esos barrios o pueblos residenciales el más caracterizado e importante es
San Isidro. Si en la simbiosis de primos pobres y gerentes extranjeros Belgrano
acusa el predominio de estos últimos, y son las familias tradicionales las que
tienen que adaptarse a ellos para consolidar el grupo social, en San Isidro las
cosas ocurren a la inversa. Allí es mucho más denso el conjunto proveniente de
la vieja clase y muchos de sus miembros mantienen un nivel económico que si no
permite alternar con la alta clase, tolera una situación destacada y un contacto
relativamente frecuente a través de las viejas quintas de aquélla. Muchos de los
residentes conservan las propias, cuyo paulatino fraccionamiento proveerá al
mantenimiento del nivel social, que en ninguna parte, como allí, será obsesivo.
Compensan la falta de la propiedad territorial como fuente de recursos, logrando
una ubicación intermedia facilitada por las viejas vinculaciones, a que provee
la magistratura, los altos empleos del estado y las cátedras de la Universidad y
la enseñanza secundaria, para cuya obtención se hayan mejor colocados que los
competidores que ascienden con la clase media. Conservan todavía la posición
despectiva de la alta clase, respecto del oficio de las armas, y dirigen pocos
sus hijos a las escuelas navales y militares. Su preferencia es hacia las
carreras universitarias que abren camino a las posiciones burocráticas ya
señaladas, y no desaprovechan el contacto creado con los residentes de las
colonias extranjeras, de tal manera que hay numerosos apellidos del lugar en que
ya es una tradición el desempeño de altas funciones en las empresas que, por
razones políticas, se reservan a los nativos, como los bufetes de abogados que
las representan y dan a la vez que cuantiosos emolumentos, el prestigio
profesional que la mentalidad liberal atribuye a esa clase de funciones.
San Isidro constituye el más denso núcleo de primos pobres; hay un respaldo
recíproco en sociedad bastante cerrada con apellidos tradicionales que reproduce
en escala pueblerina el modelo de la gente principal, anterior a la ruptura de
la sociedad tradicional, y al desplazamiento hacia arriba de la alta clase:
Constituirá es el momento del "medio pelo" una imagen apetecible de la alta
sociedad y su mismo carácter cerrado con las dificultades del ingreso, hará más
deseable para los nuevos la incorporación por la brecha que han abierto los
gerentes de las empresas extranjeras.
La sociedad de San Isidro no se engaña como pueden engañarse los nuevos sobre su
verdadera ubicación y para esta época sus miembros antiguos no juegan la comedia
de ficciones a que después los arrastrará el entrevero del "medio pelo"; por
ahora atienden más a conservar su propia jerarquía tradicional que a aparentar
el nivel de la alta clase, con respecto a la cual se saben en situación
económica inferior, pero a la que no ceden en la seguridad de la posición
heredada.
Un poco marginados del país real que va creciendo el grupo social característico
de San Isidro se conforma con su status y lo mantiene dificultosamente, pero con
tenacidad, constituyendo como un oasis en el tiempo, aislado de la "mediocridad"
de las clases intermedias que surgen y diferenciado de la burguesía proveniente
de la inmigración. (Conviene no olvidar que los británicos o germánicos
burgueses de las empresas, constituyen para la mentalidad de la vieja gente
principal un estrato distinguido que los coloniales con sus pautas no consideran
burguesía).
Me tocó presidir el Banco de la Provincia de Buenos Aires precisamente en el
proceso de transición a la sociedad moderna, y recuerdo dos casos particulares
en que era muy difícil la provisión del gerente local: La Plata y San Isidro.
En la primera, ciudad casi exclusivamente burocrática y universitaria, que
recién empezaba a transformarse, los grupos sociales más altamente calificados
estaban constituidos por los altos empleados radicales y conservadores, y los
profesionales vinculados a los gobiernos, según el turno. Su situación económica
variaba con las contingencias de la política, pero no la condición última de sus
miembros sobre sus respectivas importancias. El gerente que debía atender
fundamentalmente a las necesidades financieras de las fuerzas nuevas que surgían
con la transformación de la economía, tenía que contemplar la situación
crediticia mucho menos sólida que la importancia social de los grupos
acostumbrados a una consideración especial. Para no hacerse de enemigos debía
unir a sus condiciones bancarias la ductilidad política que le permitiese
regular el crédito, según la responsabilidad económica, sin disminuir la
consideración social.7 No más fácil tarea era la del gerente de San Isidro que
tenía que hacer una dicotomía entre los dos lados de la Avenida Maipú. A un lado
estaba la industria que surgía en las innumerables villas que iban apareciendo,
y en el comercio correspondiente; allí el trato debía ajustarse exclusivamente a
las reglas del capitalismo y los fines promocionales que cumplía la banca. Del
lado del río, había que dar poca plata y mucha diplomacia porque, en realidad,
más que el dinero era estimada la consideración, que el gerente supiera
conducirse en el trato como se debe cuando se trata con alguien que es
“alguien”.
Era una sociedad atrincherada en el pasado en una anacrónica repetición de sí
misma. No puedo menos de asociarlo a algo que refiere Ortega y Gasset en “Goethe
desde adentro” (Ed. Revista de Occidente).
“Hay una villa andaluza, tendida en la costa mediterránea y que lleva un nombre
encantador –Marbella--. Allí vivían, hasta hace un cuarto de siglo, unas cuantas
familias de vieja hidalguía, que, no obstante arrastrar una existencia
miserable, se obstinaban en darse aire de grandes señores antiguos, y celebraban
espectrales fiestas de anacrónica pompa. Con motivo de una de estas fiestas, los
pueblos del contorno le dedicaron esta copla:
En una CASI ciudad,
Unos CASI caballeros,
Sobre unos CASI caballos,
Hicieron CASI un torneo..."
Necesito apelar a la habitual aclaración de que cualquier similitud con
personajes reales, etc., es una simple coincidencia, pues se da la curiosa
circunstancia de que el club más representativo de este grupo social sea el
C.A.S.I. (Club Atlético San Isidro).
CAPÍTULO IX
PARTIDA DE NACIMIENTO DEL "MEDIO PELO"
En el capítulo anterior se han mencionado las dos vertientes que concurren a la
formación del medio pelo. Antes habíamos visto que también dos corrientes
confluyeron en el origen de la clase media paralelas a aquellas.
La primera –los primos pobres de la oligarquía—constituye el elemento básico que
hace viable la constitución del grupo: apellidos relativamente antiguos y entre
los cuales, usando varios es posible enganchar alguno de alta clase; un estilo,
en cierto modo más tradicional que el de aquella, en cuanto menos influido por
la europeización de su época ausentista; una religiosidad formal, de buen tono y
poco ecuménica pues se condiciona a la calidad del lugar y feligresía de la
parroquia. En resumen un ritualismo social que tiene marcados con minuciosidad
los límites de lo que es “bien” y lo que no es “bien”, y da con eso la
apariencia de un grupo cerrado. Cerrado, pero no tanto que no se pueda abrir con
una llave de oro; lo suficiente para hacer apetecible la incorporación, pero no
tanto para que sea difícil.
Los nuevos constituyen la segunda vertiente y concurren desde variadas
procedencias que iremos viendo, pero que fundamentalmente está constituida por
elementos de la clase media alta, la “intelligentzia” y la burguesía de los
últimos ascensos.
En esta segunda vertiente del medio pelo, particularmente en la incorporación de
los burgueses, el factor tiempo tuvo mucha importancia pues ya se ha visto que
su equivalente anterior realizó su ascensión con un ritmo menos acelerado que el
de la industrialización brusca, porque correspondía a la primera modernización
de la sociedad, nacida de la expansión agropecuaria, en una ciudad más reducida
y con sus sectores sociales menos confundidos porque la alta clase, más distante
del resto del país, se perfilaba más neta e individualizada. Además los
apellidos extranjeros conservaban todavía una resonancia exótica que se perdió
con el acostumbramiento. En cuanto a la alta clase media empezaba a confundirse
con los primos pobres de la oligarquía a través de una larga convivencia en las
mismas funciones de nivel secundario: profesores, altos funcionarios, jueces y
secretarios, profesionales, altos grados de las fuerzas armadas.
En una sociedad en que las dignidades primeras estaban dadas por la propiedad de
la tierra, todas esas jerarquías de segunda se igualaban en poco tiempo; daba
tono también cualquier antecedente anterior al 900, hasta el punto de que llegó
a ser importante descender de un conscripto de Curumalal.
En este sentido, y hasta que el medio pelo se caracterizó por sus propias
pautas, en el nivel básico de los primos pobres los criterios de aceptación
fueron más amplios y modernos que los de la clase alta, y estuvieron más en
relación con la sociedad real: estaban referidos al género de actividades
desempeñadas que eran las de esa segunda línea de la sociedad tradicional.
A ese nivel, las actividades científicas, el ejercicio de la magistratura, la
política, las letras, la espada, el sacerdocio, etc., representaban jerarquías
sin cotización en la alta sociedad, donde eran más bien signos de posición, pues
a medida que se refinaban las razas ganaderas se producía un refinamiento social
paralelo y la marca de la estancia y el nombre de la cabaña constituían escudos
heráldicos que daban más lustre que los antepasados, que en ocasiones hasta se
disimulaban. La única actividad no ganadera bien considerada era la de abogado
de las grandes empresas extranjeras.
LA COLA DEL BARRIO NORTE
Para esta época había cambiado la geografía de Buenos Aires (para emplear el
título del ameno libro de Escardó). Se habían llenado las soluciones de
continuidad que separaban los barrios y los medios de transporte habían fundido
unos con otros. Ya vimos que el restricto barrio norte de los palacios de la
alta sociedad prorrogaba su caudal en amplios faldones bajo cuya protección se
vestían de etiqueta el Pilar, parte de Palermo y de Belgrano, y los aledaños
Vicente López y San Isidro, en una larga franja recostada sobre la costa. La
calle Santa Fe y sus continuaciones, Cabildo —con un pequeño deslizamiento hacia
el alto Belgrano— y Maipú, marcaba algo asó como un límite de clases. La
naturaleza lo había querido dando allí río y barrancas y las preocupaciones
municipales habían ayudado a la naturaleza. Con mayor razón cuando el norte
definió su carácter e intendentes y nuevos vecinos rivalizaron en marcarlo con
reglas urbanísticas y de edificación. Ya el prestigio no se determinaba dentro
de los viejos barrios porque las pautas estaban dadas por la ciudad en conjunto:
más importante que ser importante en el barrio, era pertenecer a un barrio
importante. Ahora vivir en el Sur descalifica y el oeste no es disminuyente, no
ayuda. (En las crónicas periodísticas, un tumulto de adolescentes se refiere
como cosa de “jóvenes”, si ocurre de Santa Fe al Norte: si ocurre al Sur se
trata de "muchachones". Es aquello de cuando “un pobre se divierte...”).
El mismo centro hace rato que está en baja; es un lujo que sólo se pueden
permitir quienes están fuera de toda discusión posible. (Los Urquiza-Anchorena
pueden vivir en la primera cuadra de Suipacha; pero éstos también pueden dejarse
enterrar en la Chacarita sin desmedro. Hay una vieja familia que entierra en el
Cementerio de Flores, pero esto es casi una compadrada de porteño viejo. Lo
correcto es la Recoleta, pero ya Olivos se insinúa como una agradable variante.
Agradable para la familia, y para la empresa que carga flete).
Los que tienen apellido, o para alcanzar uno los cargan en tres o cuatro
andanas, no están en fondos como para una casa en el centro, y los que no tienen
apellidos, y sí fondos no van a comprar una casa con frente de rejas y zaguán
que no dice nada a los que pasan, y pueden creer que se trata de un inquilinato,
como los que hay al otro lado de la Avenida de Mayo.
Algunos pueblos suburbanos del sur han tenido su prestigio como se ha dicho y
conservan algunas de las antiguas quintas con sus palmeras, magnolias y
coníferas y las enredaderas que suben por las paredes o caen sobre pérgolas
derrengadas, Témperley, Lomas, Adrogué y hasta Banfield, se han quedado en un
melancólico ayer; ya no atraen pues hay que pasar por Avellaneda, Lanús, Gerli,
Talleres, y ellos mismos están invadidos por el cinturón obrero de Buenos Aires
que crece. Igual le ocurre a Ramos Mejía y a Morón; y hasta Hurlingham, el
Hurlingham de los ingleses, han sido desbordado como la Villa Ballester de los
alemanes, como San Miguel que reforzaba su alta clase media con las familias de
los militares, por su proximidad a Campo de Mayo, al igual que San Martín, con
su viejo Colegio Militar. Ahora todos esos pueblos expresan el país que quiere
ser moderno, actual, la potencia posible que se frustró cuando la alta clase no
quiso ser burguesía y eligió un destino de ricos dependientes, que le duró, en
el nivel internacional lo que la divisa fuerte, mientras lo permitió la renta
diferencial. Burguesía y clase media emigran dentro del ámbito urbano repitiendo
el proceso simiesco que cumplieron sus modelos de sesenta o setenta años antes
pero hacia Europa. (Casi podría decirse que la clase media alta y la burguesía
que han persistido en esos avecinamientos, revelan por este mismo hecho estar
inmunizados a la influencia del “medio pelo”).
Esto no significa que la tilinguería haya sido el único motivo de esa
emigración; hay comprensibles razones estéticas, de comodidad y hasta
climáticas; también de prestigio, pues ya hemos visto que su búsqueda se
identifica con la naturaleza humana, pero precisamente lo que se propone es
distinguir la búsqueda del prestigio en sí, que se opera naturalmente, de la
actitud forzada que no intenta destacar el ascenso sino atribuirse una falsa
pertenencia que es la del “medio pelo”, normándose por pautas que
contradictoriamente tienden a disimular el ascenso bajo la apariencia de una
situación proveniente de un origen más prestigioso que el propio; es decir, la
aceptación de la naturaleza disminuyente del propio implícita en la aceptación
de las pautas que se adoptan y que lo califican peyorativamente. (Ejemplificativamente
recordaré lo dicho respecto de los matrimonios con titulares de la nobleza
europea, de las de las princesas del dólar y las del peso moneda nacional
entonces "poderoso caballero”. En el primer caso las norteamericanas adquirían
títulos como una afirmación de su potencia burguesa, con el mismo criterio que
compraban un castillo y lo trasladan piedra por piedra a su país. Era una
transacción en que si había algún disminuido era el aristócrata que decoraba al
burgués; en el segundo, la disminución era del que se incorporaba al título para
adquirir un nuevo status que lo diferenciara de su condición anterior).
El elemento subjetivo en la búsqueda del prestigio es esencial, porque puede
representar una afirmación de las motivaciones de ascenso, o inversamente, su
negación. Esto es lo que hace que el problema del “medio pelo” tenga que
tratarse más que como una sátira de costumbres –por sus aspectos ridículos-,
como problema social en cuanto representa el enervamiento de las aptitudes de
los grupos de ascenso necesarios para la potencialización del país.
Ahora, hay que señalar un acontecimiento que es liminar en la formación del
“medio pelo”, porque la conmoción produjo en la sociedad porteña polarizó la
mayoría dela clase media alta, parte de la burguesía y la casi totalidad de la
“intelligentzia” situada económica y socialmente en la clase media. De esa
conmoción salieron también gran número de las pautas que uniforman su
comportamiento actual.
Este hecho, fue la Revolución de 1943 en lo político y su secuela económica y
social. Porque allí se quebraron las tablas de valores culturales que aquellos
sectores consideraban inamovibles e identificadas con la naturaleza del país.
A diferencia de la clase alta, y aun de sus primos pobres, la alta clase media,
la “intelligentzia” y la nueva burguesía, era hostiles al régimen de la “Década
Infame” y sus fraudes y atropellos. Pero sus preocupaciones democráticas locales
habían pasado a segundo término ante las internacionales, y en el común
denominador de la guerra las diferencias internas perdían importancia. (Ya
antes, la guerra civil española había puesto en el primer plano lo extranjero
postergando lo nacional, hábilmente movilizado por la gran prensa y conforme a
la mentalidad colonialista que atribuía al país una posición apendicular).
Ya no se objetaba al gobierno de Castillo su origen fraudulento. Lo que se le
objetaba era su política de la neutralidad, en lo que coincidían la unanimidad
de las direcciones políticas e intelectuales consagradas –oficialistas y
opositoras indistintamente—que, por otra parte, creían ser todo del país. En
consecuencia ignoraban que para una gran parte de la opinión, ése era el único
título de prestigio de Castillo. El grueso de la clase media ya había revisado,
por la obra de los nacionalismos, de FORJA y muchos sectores intransigentes del
radicalismo, todos los supuestos culturales de aquellos grupos y puesto en
primer término el interés nacional. Carente de prensa y de medios masivos de
expresión, el hecho era subestimado porque el fuego en el bosque no alcanzaba a
las altas copas de los árboles, pero corría por la base del mismo y había
penetrado todos sus intersticios. Cuando lo comprendieron tuvieron una primera
explicación para su incapacidad de concebir nada propio; era “nazismo”, o, como
decían en su pintoresco trabalenguas “nipo-nazi-falanjo-peronismo”. Cuando lo
político apareció acompañado por lo social, se les terminó por derrumbar la
estantería de las bibliotecas, pero Sarmiento apareció arriba de la librería
amontonada con su “Civilización y Barbarie”; y les dio la otra explicación: las
multitudes de la campaña –la “barbarie”—que marchaban contra la ciudad
–“civilización”--.
Incapaz de pensar fuera de la fórmula libresca importada no podía comprender un
hecho simple. La guerra mundial, en medida mucho más amplia que la primera en la
época de Yrigoyen, interrumpía el esquema que las leyes de la “Década Infame”
habían intentado inmovilizar en la dependencia agro-importadora. Las necesidades
del mercado interno insatisfecho creaba la demanda y la demanda promovía el
desarrollo en la única oportunidad en que el sistema hasta entonces vigente no
podía frenarlo. Esto significaba, a su vez, la plena ocupación que abría
horizontes nuevos al grueso de la clase media, cosa que ya se ha visto, y
provocaba una acelerada inmigración del interior hacia los centros industriales.
LA PRESENCIA DEL “CABECITA NEGRA”
La presencia del "cabecita negra" impactó fuertemente la fisonomía urbana, y la
lesión ideológica al colonialismo mental se agravó con una irrupción que
alteraba la fisonomía de la ciudad inundando los centros de consumo y diversión,
los medios de transporte, y se extendía hasta lugares de veraneo.
Hasta los descendientes inmediatos de la inmigración se sintieron lesionados. De
ellos salió lo de "aluvión zoológico" y lo de "libros y alpargatas", y no de la
gente tradicional en la que pudo ser comprensible. La ciudad parecía invadida,
pero no hacía más que repetir lo ocurrido algunos decenios antes cuando llegaron
sus padres en las terceras de los barcos de ultramar. A la multiparla de los
extranjeros que golpeaba los oídos del transeúnte, sucedió el multiacento de las
tonadas provincianas.
Era una multitud alegre y esperanzada que ascendía de golpe a niveles de
progreso que ni siquiera había imaginado. Esa multitud era alegre porque llegaba
al trabajo estable y al salario regular como a una fiesta en donde se sentía
desacomodada, como ese cabello hirsuto del "peloduro" que identificaba al
"cabecita" con el peine y el espejito. De la carencia de recursos para las cosas
elementales, pasaba éste a una abundancia que no estaba en relación con sus
hábitos de consumo —o mejor dicho de no consumo—: fue el apogeo de la venta de
discos. pañuelos de seda, perfumes baratos, diversiones, del gasto superfluo en
una palabra, y del ausentismo frecuente en el trabajo, que desapareció cuando
los hábitos de consumo y las necesidades del nuevo nivel de vida se aprendieron
en la única forma que se aprenden: por su ejercicio. Entonces se inventó el
resentimiento, palabreja que ya se había usado antes para los padres de esos
mismos “gringuitos” que la usaban ahora. En ambos casos, hubo una transferencia
de la propia subjetividad lesionada, a quienes la lastimaban por el simple hecho
de ascender y dar una imagen de la Argentina que no estaba en sus papeles.
Porque lo que ocurría era que el país real se hacía presente por fin gracias a
las circunstancias favorables.
EL PENSAMIENTO DE LOS CULTOS
Hubo un sector de la clase media que se sintió el más agredido. La "intelligentzia",
desde el profesor universitario al maestro de escuela, pasando por el grueso de
los profesionales, periodistas, artistas; se resintió en su subjetividad de
depositario de la "cultura" y fabricó una interpretación a la medida de sus
aptitudes, de izquierda a derecha, y sin que sus diferencias doctrinarias
impidieran la unanimidad del pensamiento.
Los militares, los curas, toda esa clase media de la cual salieron el
Presidente, el Vice, todos los gobernadores de provincias, la mayoría de los
diputados, la totalidad de los funcionarios, los profesores "flor de ceibo" de
la Universidad, constituían la indispensable clase media del "nazismo". Pero
como había que explicar la presencia de los trabajadores, decretó que estos eran
el lumpen proletariat, en un cóctel intelectual en que los marxistas aportaban
la “terminología científica” y los liberales los supuestos básicos de la cultura
tradicional. Así Perón era indistintamente Franco, Hitler, Mussolini, Rosas o
Facundo con los cuadros nazi-faci-falanjo-peronista de la clase media y los
depravados residuos de la digestión social, las multitudes obreras que lo
apoyaban; alternativamente los degradados del proletariado, o los indígenas
anteriores a la civilización. Lo que no se les ocurrió, ni se les podrá ocurrir
nunca, era que se trataba de un hecho original y propio del país y de una
transformación inevitable que estaba en la naturaleza de las modificaciones en
las formas de la producción y el consumo.
Esta interpretación del hecho por la “intelligentzia” común a la izquierda y a
la derecha, revela la existencia de una plataforma mental que no está dada por
las ideologías particulares, sino por presupuestos generales que las unifican en
un status de compenetración recíproca y convivencia que se repite cada vez que
se encuentra frente al país real. Fue la repetición, a escala más grande porque
era más profundo el proceso, de la actitud que adoptó la “intelligentzia” frente
al yrigoyenismo en su oportunidad.
POLÍTICOS Y DOCTORES FUERA DE LA CANCHA
Los dirigentes de los partidos políticos opositores a los gobiernos de la
"Década Infame" participaban de la actitud porque sus supuestos eran los mismos
de la "Intelligentzia", aunque sus lecturas fueran mucho más prudentes. Es que
además, la presencia de ese país que habían olvidado —si es que alguna vez lo
conocieron— alteraba el polígono de fuerzas, dentro de las cuales su acceso al
poder era previsible, una vez que hubieron aceptado la restauración colonialista
de la "Década Infame". En la presidencia Ortiz, eso ya estaba prácticamente
resuelto y las presidencias Rawson y Ramírez ofrecían encaminarse hacia sus
soluciones "democráticas", con el visto bueno de las embajadas. Pero el hecho
traía resultados imprevisibles. (Como en la cancha de fútbol, el problema ya no
era el referee arbitrario que cambiaba el resultado de los partidos, sino el
riesgo de quedarse fuera de la cancha. Las diferencias que habían tenido con los
autores del fraude y las vejaciones aparecían como inimportantes; eran
infracciones a las leyes del juego, pero el juego era el mismo).
Toda esa gente, con la clase media alta, se sintió agraviada porque estaba
agraviado el orden dentro del cual estaba programado el país con sus jerarquías
establecidas y el modo y el estilo con qué manejarse.
En Los Profetas del Odio digo:
El doctor, se amarga porque ya no es tan importante; añora el tiempo en que fue
el pequeño Dios casero del barrio o del pueblo. Lo mismo le ocurría al
intelectual. Y agrego: La gente lo veía pasar a Martínez Estrada y las comadres
del conventillo decían: “Es escritor, sale en los diarios”. Y todos se quedaban
mirándolo con los ojos abiertos. Ahora la gente se ha ensoberbecido y esto
molesta al Sr. Martínez Estrada. Ni lo miran, del mismo modo porque no se
permite al doctor que lo proteja con su tuteo, y si más no viene, hasta “le para
el carro”. Existen por lo demás muchos sectores materiales lesionados; esto pasó
ya con las reformas de Licurgo y de Solón... Ahí están los pequeños rentistas,
la gente de entradas fijas...”
El ascenso masivo –que le físico y la modalidad del “cabecita negra” hace más
evidente—es de una multitud, de gran movilidad urbana; está presente en todas
partes pues la plena ocupación –que alcanza a todas las clases—provoca la
aglomeración callejera, que con la ocupación se multiplican los desplazamientos;
da recursos de acceso a medios de consumo antes restringidos por la necesidad y
estrecha la ciudad dando sensación de apretujamiento. Disminuye la importancia
de los individuos que hasta ese momento se han creído importantes; se pierden en
el anónimo de las colas, tienen que esperar mesa en los restaurantes, viajar
incómodos presionados por el número y ni siquiera en la hora del descanso, en
las playas o en las sierras, pueden evitar este hecho terrible de ser uno de la
multitud y nada más.
Es como pasar del pueblo –donde se es alguien—a la gran Ciudad donde no se es
nadie.
Oscar Correa me contó una vez que la impresión más fuerte que le causó Buenos
Aires de adolescente la recibió en el tranvía. En su Catamarca natal, donde se
nace “niño” Correa. Y he aquí que en Buenos Aires, en el tranvía, el guarda lo
señalaba diciéndole que se corriese más adelante sin decirle niño Correa, con la
misma desaprensión que si se tratara de un “chango”. Oscar Correa contaba el
episodio como una enseñanza que le había dado el “gallego” de los boletos. Pero
la mayoría de la gente a que me estoy refiriendo está muy lejos de tener el buen
sentido de Oscar Correa. (A mí mismo “me revienta” bastante cuando hablo por
teléfono y no me entienden el apellido, o cuando le digo a alguien quien soy y
descubro que no le significo nada, y eso que estoy acostumbrado a ser “punto”).
La reacción en los sectores mencionados es comprensible a la luz de sus
prejuicios y mentalidad. El hecho nuevo afectaba un elemento básico del
prestigio y le disminuía la significación.
UNA BURGUESÍA PARADÓJICA
Otro es el caso de la nueva burguesía.
En mi libro citado aclaro:
“También ofende esta brusca promoción de industriales y hombres de negocios,
salidos de sus propias filas con la chabacanería del enriquecido; es la
burguesía, que no existía anteriormente, generada por las condiciones económicas
propicias y a la que llaman “la nueva oligarquía”, cuando es precisamente su
negación, clase en constante formación de altibajos frecuentes, y que suscita la
admiración de sus adversarios cuando la ve actuar en los países anglosajones...
No ha adquirido todavía esa suficiencia y esa seguridad burguesa que permite
mirar de frente a la aristocracia; suscita la envidia general, esclava de sus
utilidades de mercado negro que se ve obligada a gastar en automóviles
coludos...
Esta burguesía tiene por delante un camino bien claro: definirse como tal. La
división de la Unión Industrial le da su oportunidad, pero en gran parte no la
aprovecha. La misma improvisación, la misma rapidez de su ascenso le impiden
tomar conciencia de su papel histórico. La rapidez del proceso ha hecho que la
mayoría de los nuevos industriales sólo sean comerciantes que están en la
actividad productora más como traficantes que como industriales.
Tenía que ser así inevitablemente, porque las circunstancias obligaban a
improvisar. A esta clase le correspondía sedimentarse y para hacerlo tenía que
luchar por el mantenimiento de las condiciones que la habían favorecido; pero su
dinero, en lugar de convertirse en un instrumento de poder, se tradujo en un
instrumento de goce. En lugar de mirar por encima del hombro a los que la
ridiculizaban, cayó pronto en el ridículo de imitarlos.
En el mismo libro agrego: "Pero este nuevo rico, tan improvisado como el obrero
que molesta a Martínez Estrada, es más ignorante que aquel (el obrero se
entiende); no sabe que su prosperidad es hija de las nuevas condiciones
históricas y cree que todo es producto de su talento. Aspira al estilo de vida
de las viejas clases admiradas a las que trata de imitar. Tal vez en su
escritorio, frente a la realidad de los negocios comprende algo, pero lo irritan
los problemas con el sindicato. Cuando regresa a su casa, la "gorda" en trance
de "señora bien", y la hija casadera, que ya se ha vinculado en la escuela paga,
ahora quiere apellido y asegurarse un sitio social aunque más no sea en la
sociedad de San Isidro. De visita "la niña" y su madre asienten cuando oyen
comentar que el "servicio" se ha vuelto insoportable, y las viejas señoras
recuerdan la época en que se recogían chinitas para "hacerles un favor" "—Tan
cómodas, dice alguna, para que los chicos no se anduvieran enfermando por
afuera...". Lo pequeño y adjetivo ha sido más fuerte que sus verdaderos
intereses sociales y económicos, pues si hay un sector destinado a beneficiarse
de la grandeza nacional lograda por la liberación económica, es este intermedio
para quien fue escrita la palabra oportunidad."
La nueva burguesía está madura para entrar al "medio pelo" en razón de esa
frustración en que abandona sus propias pautas de prestigio para asimilar las de
sus adversarios.
UN ESTUDIO SOBRE LA EVOLUCIÓN DE LA BURGUESÍA
José Luis de Imaz (Los que mandan, Eudeba 1965) al estudiar el empresariado
argentino trae un subtítulo, los industriales, factor de poder fallido que basta
para ratificar lo que vengo diciendo. El estudio sobre lo que determinan la
vacancia del papel de la industria en la conducción del país es demasiado
extenso para resumirlo en su totalidad. Me limitaré a lo que tiene atingencia
con el fracaso psicológico de la burguesía.
Hablando de la Unión Industrial refiere que en 1933 se realizó en el Luna Park
la gran concentración de los hombres de Industria, que comprendía, no sólo a los
empresarios, sino también empleados y obreros, vale decir todos los que en
aquella difícil coyuntura del país se encontraban ante un porvenir incierto.
Corrían los años de la gran depresión, con gran desocupación y un mercado
interno dificilísimo y grandes dificultades financieras. El presidente de la
Unión Industrial, Don Luis Colombo exigía al Poder Ejecutivo en su discurso "que
se adoptaran medidas en defensa de la producción fabril". Agrega que cuando
partió la misión Roca a Gran Bretaña, que firmó el tratado de carnes, y "ante la
posibilidad de una liberación de las importaciones que significaban la ruina de
los empresarios, Colombo dirigió un memorial y realizó un 'planteo' al
Presidente Agustín P. Justo".
Fue el canto del cisne. Así dice Imaz: "A partir de entonces, en el treintenio
siguiente, los empresarios no volvieron a realizar actos ni a tomar medidas
concretas acordes con estos antecedentes de movilización gremial".
Imaz intenta explicar este cambio de actitud. —son sus palabras— y se plantea
varios interrogantes.
¿Por qué precisamente ahora los industriales parecen incapaces de articular sus
intereses con la habilidad y pujanza con que antes lo hicieron? ¿Por qué razón
las empresas no inciden en la toma de las grandes decisiones colectivas? ¿Por
qué no obstante su peso económico, su rol en la modernización, de haber sido
innovadores tecnológicos, los empresarios "no pesan" en la vida del país? ¿Qué
impide a los empresarios constituirse en un factor de poder como las fuerzas
armadas? ¿Qué frenos inhibitorios les retienen para articular sus intereses con
la misma habilidad que los ganaderos de la Sociedad Rural?.1
Para todos los interrogantes Imaz tiene una acertada explicación:
A) Se trata de un sector nuevo y esto explica la carencia de conciencia y normas
de grupo. (Pero el autor señala que el sindicalismo que le es contemporáneo la
ha logrado.)
B) La diversidad de grupos que constituyen ese interés social determinada por
dos aspectos referidos al origen nacional o internacional de las empresas,
vinculadas las primeras a las reglas del libre juego, y las diferencias de
volumen pues "hay dos estratos industriales, casi sin niveles medios" pues en el
país en el 90 % de las empresas está al nivel del "taller que emplea menos de 10
personas como mano de obra permanente". "Como la Argentina es todavía
subcapitalista, o mejor dicho como el desarrollo capitalista no ha sido
armónico, hay dos niveles empresariales", (muchas veces gran industria y
capitalismo extranjero coinciden como pequeña y nacional, agrego por mi parte).
C) Diferencias de tipo personal, y de grupo y de orígenes que "establecen
barreras de incomunicación". Junto a los viejos empresarios nacidos en los
hogares fundadores, están los nuevos empresarios cuyas rápidas fortunas,
atribuidos por los otros a vinculaciones políticas son mirados con recelo. Junto
a las muy grandes empresas estadounidenses, británicas y alemanas, están las
empresas de capital nacional constituidas en torno de antiguos grupos
connacionales ingleses, alemanes e italianos. Junto a las tradicionales empresas
belgas y francesas de exportación, las novísimas de hasta ayer desconocidos
árabes y judíos. A este propósito el autor señala la coincidencia por
situaciones parecidas en el Brasil, señalados por Cardozo: Junto a una inmensa
mayoría de industriales producto de la inmigración, actúa una minoría de
segmentos de los antiguos estratos señoriles. Pero estos últimos poseen mucha
más influencia política que los otros.
Este hecho dificulta la necesaria decantación... para construir una ideología
industrial. Esto tiene atingencia con el ángulo desde el cual encaró el problema
y se volverá sobre él.
D) Carencia de una conciencia objetiva política para ejercer el poder ni
vocación para hacerlo. La preocupación que ha absorbido a los empresarios ha
sido el logro del más alto status posible, en beneficio único, exclusivo y
personal, para sí, su familia, su grupo, su empresa "pero no para la entidad,
cuerpo, institución o sector social. Los industriales buscan beneficios, única y
exclusivamente para su empresa y no para la industria como un todo. Y aquí es
concluyente en aquello en que estoy insistiendo: faltos de solidaridad no tienen
otra motivación que la fabricación... de su propio status. Buscadores de
prestigio su tiempo está absorbido por la empresa y por acumular luego los más
posibles indicadores externos del vestigio.
E) (Se vincula con lo anterior) Incapaces de generar su ideología aceptaron las
escalas de prestigio... de la estructura social anterior... hicieron suyo el
marco valorativo de los sectores tradicionalmente rurales. Estos industriales
ascendidos... compraron estancias. .. para cubrirse con las viejas pautas de
prestigio. Habían accedido a la riqueza por una vía que no era la pecuaria ni la
finanza tradicional, ni el ejercicio de la abogacía. De estancieros se hicieron
cabañeros y "en vez de la defensa tozuda de sus propios intereses —como habían
hecho cuando todavía eran marginales—, buscaron identificarse con los criterios,
los puntos de vista y los argumentos del sector rural. Y en el seno de alguna
entidad empresaria dejarían de lado sus argumentos específicos para plegarse a
los elaborados por quienes en el país mejor articulan sus intereses personales.
F) Crisis de liderazgo. Desde 1925 hasta 1946 Luis Colombo —arquetípico self-made-man
expresión de su época y del tipo de personalidad que por entonces abundaba entre
los empresarios— ejerció un liderazgo indiscutible. Su declinar personal es del
grupo. Luego del gran error de 1946 —cuando volcó el aporte económico de la
entidad en favor del candidato que habría de perder— la Unión Industrial fue
intervenida. Después cuando se construyó ya no hubo el líder tipo patrón a la
antigua dentro de un grupo de hombres que eran patrones a la antigua". "Ahora lo
ha sucedido una burocracia con gerentes impersonales". Tampoco es posible la
existencia de una élite dirigente... por la ausencia de una capa empresarial de
élite.
G) De todo esto resulta que los industriales no son factor de poder.
ASIMILACIÓN POR LA CLASE ALTA DE LA PRIMER BURGUESÍA
El proceso de asimilación de los industriales a las pautas de la clase
terrateniente, empieza mucho antes que el conflicto de esta con el peronismo.
Pero entonces la asimilación era directa y los industriales entraban
paulatinamente a la composición de la alta clase. No es el proceso masivo que se
opera con la capa industrial mucho más moderna que surge como contragolpe de la
gran guerra. La captación era individual, pero directa, y de grupos
seleccionados dentro de la industria: los más poderosos. Lo que ocurrió después
de 1943 se verá más adelante, pero se puede adelantar que por su carácter masivo
y por comprender matices económicos y sociales mucho más variados, no se trató
de una incorporación a la misma sino de la creación de una falsa imagen de la
clase alta —es la que revela el libro de Beatriz Guido—, que promovió la fácil
imitación de sus supuestas pautas a nivel mucho más bajo, el de los "primos
pobres", pero surtió los mismos efectos para destruir la capacidad modernizadora
de la burguesía recién aparecida: este nivel más bajo es la del "medio pelo".
Al hablar de la burguesía del principio de siglo he citado a Germani en cuanto
señala que los inmigrantes que la constituyeron fueron indiferentes al
reconocimiento de la alta clase, lo que facilitó su caracterización como
burguesía. También Imaz opina lo mismo y explica enseguida lo que sucedió
después: "Tampoco puede decirse que los empresarios hayan rechazado los valores
del grupo dominante. Simplemente, no los tenían, o por lo menos no lo tenían los
empresarios de la generación originaria inmigrante europea. Pero a medida que
ascendían económicamente —y sobre todo a medida que eran reemplazados por la
generación de sus hijos— cambiaba la mentalidad del grupo familiar, y en el
tránsito cambiaban también las pautas y los valores. Y los hijos de los
empresarios sobre todo, a medida que eran admitidos, a medida que se afiliaban y
que empleaban los mismos gestos, usos, vocablos y maneras de los sectores
dirigentes, que ingresaban a sus clubes y que confluían en los mismos centros de
distracción y veraneo, buscaban imitar a la élite en todos los aspectos y
guiarse por las mismas pautas valorativas de quienes constituían su gran
modelo".
La alta clase los ponía "en capilla", por un tiempo, como al estudiante que está
por dar examen; después los aceptaba. Ya hemos destacado su inteligente
permeabilidad. Desde ese momento el tipo dejaba de pensar como industrial para
pensar como invernador o cabañero que era la nueva actividad que le daba status.
(Esta "capilla" no existió para los industriales de origen anglosajón, germánico
o escandinavo, y tampoco para los belgas, suizos ni franceses). Esto, como lo
señala Imaz, sin decirlo, está vinculado a los supuestos racistas de nuestro
liberalismo y que forman parte de las pautas. Así dice este autor: Cualesquiera
que fuese su origen o extracción, mientras no hubiera prueba en contrario, se
presumía a estos europeos identificados con los más altos status. Seguidamente,
explica que los industriales de esta procedencia muchas veces se marginaron
voluntariamente. Constituyeron una sociedad restringida, ajena a la sociedad
global, con sus propias pautas, entre las que estaba también su racismo. No
tenían complejo de inferioridad diferente a la alta clase porque tenían el de
superioridad, que aquella les había aceptado en los supuestos de su cultura.
Hay un hecho aquí que importa destacar, y es el caso de los judíos y árabes que
continuaron marginados –aun por el “medio pelo”—después de 1943. Bloqueados en
su ascenso se aferraron al “ascetismo burgués” y se convirtieron en “innovadores
y modernistas”, lo cual los obligó a constituir sus propios y específicos
centros de convergencia, como dice Imaz. Esto produce la situación paradójica de
que los efectos del racismo que los aísla del país, facilite la tarea que como
burguesía tienen que cumplir al servicio del mismo, cosa que no puede comprender
el antisemitismo de muchos nacionalistas, porque el signo negativo se convierte
así en positivo. Pero el racismo de la clase alta está condicionado a sus
intereses y ya lo empieza a superar. El día que judíos y árabes hayan roto la
barrera —que por otra parte está bastante agujereada— la modernización del país,
habrá perdido una de las pocas piezas útiles que le quedan en la capa burguesa.
LA ALTA SOCIEDAD, A PIE, POR LA CALLE
La alta clase había sido reticente, más bien despectiva, frente al fenómeno
yrigoyenista. Este, la desplazaba del poder político e introducía modificaciones
económicas y sociales que afectaban en algo su situación privilegiada, pero no
amenazaba a fondo la estructura de la dependencia, y así la política extranjera
y la alta clase fueron prudentes en su oposición. Aun dentro de ellas, los
sectores más capacitados comprendieron la conveniencia de atenuar las formas
tradicionales de la sociedad con la misma comprensión que habían tenido Sáenz
Peña e Indalecio Gómez.
Pero frente a la revolución de 1943, una vez que en 1945 hubo definido su
carácter, su comportamiento fue muy distinto. Ya anteriormente se ha dicho que
la alta clase se había desvinculado de la política, que había dejado en manos de
representantes de segunda fila, caudillos electorales o jóvenes prometedores de
la clase media, prestando ocasionalmente algún nombre en contingencias
importantes. Ahora bajó violenta y unánimemente a la arena política e hizo suyas
las banderas y los pretextos que la intelligentzia le facilitaba. Único grupo
dirigente con clara conciencia histórica de su papel, comprendió que estaba en
juego la transformación del país, que creía haber impedido definitivamente con
el Tratado Roca-Runciman. Bajo los pliegues de la democracia internacional les
fue cómodo acompañarse con los representantes imperiales y se encolumnó detrás
de un embajador extranjero. Todo el aparato de la superestructura cultural
estuvo a su servicio con el monopolio de la prensa y sumó su prestigio al de los
intelectuales. (Si no hubiera sido inventada la radio el país real hubiera sido
aplastado; no ocurrió eso porque ésta echó su peso en la balanza y mientras el
gran diario entraba por la puerta de calle, "la voz maldita" entraba por la
puerta de la cocina. Al margen de lo que se está diciendo, anotemos que aquello
fue una enseñanza para los expertos en publicidad y un rudo golpe para el
prestigio publicitario periodístico).
Al servicio de la "democracia", la alta sociedad se democratizó: fue la euforia
de los "primos pobres" que se vieron recibidos de nuevo, como hijos pródigos en
las residencias de los parientes que los tenían olvidados, y la locura de los
profesores, escritores, profesionales, rentistas, que de pronto, se encontraron
en un mano a mano, con gente de la que tenían una idea "miliunanochesca", esas
damas y caballeros con los que confraternizaban en mitines, clubes de barrio,
ateneos, centros gremiales.2 El escritor que hacía años pujaba por ser invitado
a un té por Victoria Ocampo, se saturó de té en las residencias del barrio
Norte, y las viejas señoras guardaron el agresivo impertinente para mirar con
ternura a los obreros comunistas y socialistas. (En el seno de las reuniones
íntimas después, la alta sociedad se divertía enumerando las "cursilerías" y "cacherías"
que se iban descubriendo en este nuevo intercambio social, mientras que en los
hogares de barrio y en los departamentos de living comedor y uno o dos
dormitorios, se lloraba por los seis o siete días de prisión de alguna gran
dama, o por el desaire de que había sido objeto un caballero).
Sólo Dios sabe los sacrificios que costó a la alta sociedad este péle méle tan
poco comme il faut. Las grandes familias llegaron a tener intelectual y obrero
propio que exhibían a las relaciones: un pobre tinterillo que había adocenado
hasta el estilo para someterse a las pautas del gran diario, o un jubilado
ferroviario, o algún metalúrgico con los dedos deformados que colocados junto a
los
"bibelot" humanizaban la decoración. Los dirigentes radicales, que ritualmente
habían silbado al Jockey Club en todas las manifestaciones, y habían decretado
el boicot a "La Prensa", junto con los socialistas y los comunistas se
enternecían con los precios económicos del comedor del Club, y encontraban la
biblioteca mucho mejor organizada, más científica, que la de sus propios centros
y fermentarios, olvidando su austera oposición a los hipódromos, y de donde
salía ese menú excelente y barato y las lujosas encuadernaciones de la
librería.3
Claro está que cuando todo este democratismo fracasó, la alta clase volvió a sus
viejos cuarteles y olvidó la aventura de la que sólo quedaron anécdotas
pintorescas que vinieron a fortificar su seguridad de que el buen tono no se
adquiere, se hereda, salvo unos pocos que quedaron infectados por el virus de la
política.
En 1955 volvió a repetirse el fenómeno y el entrevero consiguiente, pero
mientras se consideró necesario. Después del 13 de noviembre las cosas se
pusieron en su lugar y la alta clase sólo reapareció en vida pública el día de
los fusilamientos, para ratificarle al gobierno desde la Plaza Mayo, su
democrática solidaridad. De que esta gente se mueve como le conviene en la
oportunidad, el lector puede darse una idea si busca en la colección de La
Nación, la crónica del casamiento de la hija del Almirante Rojas. Esto ocurre
después de la derrota de los "colorados". Rojas, que ha sido visto hasta como
buen mozo, deja de tener interés. Entre los concurrentes a la ceremonia
religiosa hay sólo dos apellidos de la alta clase: la señora de Gaínza Castro y
la de Pereda. Los demás, brillan por su ausencia en el nutrido conjunto de
familias de "medio pelo" y marinos.
Efectos del entrevero. Ese contacto de la alta clase media y la pequeña
burguesía con los altos niveles sociales, bastó para perturbar definitivamente a
capas muy extensas de los mismos. No entendieron que la alta sociedad había
descendido ocasionalmente hacia ellos, sino que creyeron que eran ellos los que
ascendían hacia aquella y así su reacción subjetiva contra la presencia del
"cabecita negra" y las direcciones de clase media que no correspondían, a sus
cuadros mentales, se profundizó y consolidó. La Unidad Democrática, de mera
asociación política circunstancial se convirtió en una especie de status social,
porque a través de ella comenzaron a sentirse incorporados al nivel de la otra
clase: La Unidad Democrática era el status de la "gente bien" por oposición a la
"chusma", a la "plebe".
Subjetivamente sintieron restaurada la sociedad tradicional con sus dos únicas
clases: la gente principal, parte sana y decente de la población y la inferior,
y ellos, como en la sociedad tradicional, aceptando las diferencias de rango
determinadas por la fortuna y por los mayores antecedentes genealógicos,
sintieron que pertenecían a la misma clase, y comenzaron a adoptar las que
creían sus pautas y a comportarse en correspondencia con la nueva situación que
se atribuían. En esta convicción las consolidaba la misma derrota. Esta
confirmaba la existencia de una aberración estética, moral e intelectual que
obligaba a diferenciarse como grupo social de ese pueblo que ya no era el
pueblo. En pequeño, lo que pasó en el Sur de los EE. UU. después de la guerra de
Secesión, donde los blancos pobres que eran la última carta de la baraja en la
sociedad aristocrática derrotada, adoptaron el mismo aire nostálgico de otras
épocas —la postura dixit— que era lógico en los plantadores, y el todo tiempo
pasado fue mejor, se incorporó a las pautas de los que poco antes compraban
traje en "Los 49" y aun no habían perdido el hábito de ir de casa y puntualizar
que sus padres eran "mi papá y mi mamá", en una extraña mezcla en que el
personaje era la reproducción conjunta de "Mónica" y "Catita".4 Ya estaban dados
todos los elementos para la constitución del "medio pelo".
CAPITULO X
LA COMPOSICIÓN SOCIAL DEL “MEDIO PELO”. PERMEABILIDAD Y FILTRO
La estatua de Garibaldi en Plaza Italia, que desde el principio del siglo ha
presenciado sucesivamente la sociabilidad dominical de las parejas
inmigratorias, y las de cabecitas negras, preside también el ingreso a la alta
sociedad porteña, pues ya se ha dicho que se entra a ésta por las puertas de la
Sociedad Rural y llevando el toro del cabestro; ella ha visto llegar los
aspirantes a las exposiciones, primero como espectadores, después como
compradores y ¡al fin! después de largos años, como expositores. Después como
miembros de la directiva, ya prestigiados en las crónicas sociales.
Esto es lo que Imaz refiere, en otros términos, cuando habla de los
descendientes de la burguesía inmigratoria de principios de siglo —aquellos
burgueses indiferentes al "reconocimiento", según Germani— que en su casi
totalidad optaron por la incorporación a la alta clase propietaria de la tierra:
si la primera generación practicó el aforismo burgués de que el dinero no tiene
olor, la segunda percibió que, socialmente, en la Argentina perfuma y que el
aroma del estiércol es más "bien" que el del aceite y los combustibles. En
alguna otra parte ya había señalado la distinta actitud que a este respecto se
tiene en Europa o en EE.UU., donde un banquero o un industrial consideran a un
ganadero un "juntabosta". Aquí la actitud es inversa por las dos partes.
Este orden en la preeminencia social ocasiona que la alta burguesía termine por
adoptar conjuntamente con las pautas de comportamiento de la alta clase
tradicional, las pautas ideológicas que la ponen a su servicio en perjuicio y
oposición de las que correspondían a su condición originaria y a las necesidades
de modernización económica y social.1
Se ha visto oportunamente la permeabilidad de la alta clase porteña. Pero este
proceso de integración de los nuevos lo hace paulatinamente, lo que le permite
recibirlos, generalmente en segunda generación, cuando ya han limado la
guaranguería original de los triunfadores y absorbido las normas de
comportamiento que les permite cubrir los claros de los que se desplazan por los
accidentes de la fortuna o por la división hereditaria de los patrimonios.
No basta comprar campo para ser estanciero. Esto requiere una adecuación al modo
rural en que los estancieros vecinos de más modesta posición social que la alta
clase, y de mucho más débil situación económica que el nuevo propietario, son
los que dictan cátedra; es un curso preparatorio como el de las escuelas
británicas en que los futuros gentlemen deben someterse al ablandamiento que
imponen los alumnos de los años superiores, con pullas y humillaciones de toda
clase.
El estanciero “Gath & Chaves” tiene que ir renunciando al atuendo deslumbrante,
usando más frecuentemente la bombacha que los breeches de corte impecable y
hasta la alpargata en lugar de la bota de polo; debe archivar la silla inglesa
reemplazándola con un recado de pato aunque el caballo se pase el día en el
palenque y olvidar el respeto que se merece el coche último modelo, dejándolo
embarrado. Debe ajustar por lo menos en apariencia, su mentalidad de giro diario
en los negocios al obligado giro anual de la producción y en lugar de ser
terminante en sus conclusiones debe hacerse elusivo acostumbrándose a la idea de
que su voluntad e inteligencia no son el factor decisivo, sino Dios y el
Gobierno que siempre están contra el ganadero, y llorar siempre porque las cosas
andan mal, cuando no son perfectas, y siguen mal cuando lo son, porque podrían
ser mejores. Debe frenar su afán de iniciativa, que es un arrastre de la época
industrial, y antes de aplicarlas averiguar qué ganadero importante ya lo ha
hecho, para que no se le rían si fracasa y para que le perdonen el éxito, si
acierta, pues los ganaderos de la zona saben todo lo que puede saberse y algunas
cosas más como Pico de la Mirándola.
También debe aprender mil detalles como por ejemplo que no es imprescindible que
el personal en pleno lo esté esperando cuando llega de la Capital, como ha visto
en alguna película, y que no necesita dar varias tarjetas, una por estancia,
cuando es presentado a alguien. En una palabra debe aprender la cazurronería
campesina en la que embotará la estridencia guaranga del triunfador urbano, para
desde ahí perfilarse para empezar el aprendizaje del buen tono, que le permitirá
el ascenso social.
El aprendizaje técnico es secundario porque como tiene el hábito y las aptitudes
de dominar técnicas más difíciles, y que exigen mayor velocidad en la decisión
en poco tiempo sabrá mucho más que sus vecinos, pero a condición de que lo
disimule, y que sean ellos los que lo descubran. Así debe adoptar una actitud
dramática frente a los cinco o seis vencimientos anuales del crédito rural,
aunque en sus actividades de la ciudad haya aprendido a tapar diez o doce
agujeros diarios en su malabarismo bancario; y aunque está acostumbrado a
llevarse por delante a todo el mundo según lo exigen sus negocios, debe mantener
una conducta de correcta amabilidad con el gerente local, el comisario, el
intendente, el feriero y los modestos doctores que concurren al club pueblerino,
y hasta con el jefe de estación y los contratistas de máquinas agrícolas, pues
el descrédito del "fanfa", que corresponde por nacimiento a todo porteño, y más
a los porteños con plata, lo está acechando en veinte leguas a la redonda, y
después se corre, de estancia a estancia de lugareños, por un misterioso sistema
de comunicaciones que el porteño no descubrirá jamás.
Paralelamente adquirirá las normas reverenciales por los grandes rematadores y
consignatarios, que lo prestigiarán cobrándole sus comisiones, y a través de los
cuales irá aprendiendo paulatinamente, así como en las ferias y exposiciones
locales, las tablas de valores correspondientes a las cabañas y sus
propietarios, así como el conocimiento de las razas que dan más prestigio
social. Llegará un día en que no necesitará remitir a plaza y el frigorífico le
mandará el revisor.
Entonces ya estará maduro, cuando en una exposición Don Narciso, Miguel Alfredo
o Don Silvestre, según la época (Don Faustino no viste tanto) lo saluden desde
lejos con la mano, o se acerquen y lo reconozcan por el nombre.2
Entretanto la familia, con los chicos en el colegio que corresponde y
escalonando paulatinamente relaciones en los veraneos reiterados en la playa
indicada, las canastas y las fiestas de beneficencia, se irá capacitando poco a
poco, al adquirir las pautas de comportamiento social necesarias en el nuevo
status que también exigen esfuerzos porque las mujeres son más “difíciles” que
los hombres en esto del “reconocimiento”.
Nada de esto significa que alguien, grupo o persona regule la filtración
ascendente. La aceptación se hace subconsciente por el propio status de la clase
que hace el proceso selectivo fisiológicamente, como una cuestión de hecho que
se va cumpliendo por etapas.
Sin embargo, deduzco de lo observado por Imaz, que en muchos casos hay un
discernimiento que revela conciencia del proceso. Así cuando analiza la
composición por apellidos de las sucesivas comisiones directivas de la Sociedad
Rural; el número de los antiguos y los recientes está inteligentemente
dosificado, y los antiguos saben poner en el primer plano los líderes nuevos que
aportan el empuje del neófito para lograr las mayores ventajas posibles, cuando
las circunstancias son muy favorables. Se percibe por ejemplo, que en el momento
en que el grueso de la renta nacional fue transferido a la clase ganadera, en el
gobierno del General Aramburu, asumió el liderazgo de la misma Dr. Mercier,
ganadero consorte, que le resultó muy eficaz. En otras circunstancias a este
desconocido le hubieran aprovechado a lo sumo sus aptitudes de ginecólogo para
un curso de tacto rectal, tan beneficioso para aumentar el porcentual de las
pariciones.
El actual presidente de la Sociedad Rural, Faustino Fano pasó, ya hace muchos
años, del comercio de tejidos a la ganadería, donde desde luego se ha destacado
por sus aptitudes. Ha dado el mejor examen de adopción de la ideología económica
agroimportadora, pues lo que le queda de burgués está radicado en Inglaterra,
que es donde corresponde; con más precisión en Manchester, en sus fábricas de
tejidos, para rentar en la Argentina como exclusivo productor rural, libre de
todo pecado industrialista. S.M.B. lo debe mirar con ojos tiernos, recordando
aquello que escribió el economista inglés W. H. Dawson en el siglo pasado,
frente al surgimiento de la Alemania industrial: "—Hubiéramos preferido, que
Alemania hubiera continuado concentrando su atención en la producción de música,
poesía y filosofía, dejándonos el cuidado de proveer al mundo de máquinas, telas
y algodón" (Friederick Clairmonte - Liberalismo Económico y Subdesarrollo. Ed.
Tercer Mundo. Bogotá, 1963). Póngase novillos y cereales en lugar de disciplinas
"tan cultas y germánicas" y la expresión de deseos conservará todo su sentido.
En cambio, en los momentos difíciles, con igual inteligencia se recurre a los
apellidos tradicionales, cuyos portadores conocen mejor que los neófitos la
flexibilidad necesaria para capear los temporales. Es lo que ocurrió bajo el
gobierno de Perón.
También la alta clase suele tener sus herejes.
A veces algunos individuos de la alta clase se dejan contagiar por el virus de
las innovaciones y se resbalan hasta el campo artístico o industrial
contrariando las pautas vigentes.
Así, a Victoria Ocampo, durante mucho tiempo no le perdonaron su modernismo,
oponiéndole la reticencia de la gazmoñería, y tardaron bastante en comprender en
qué medida la culta dama, por el simple hecho de transferir su visión
europeizante y formar núcleo en su redor era —al margen de sus propósitos que
conceptúo generosos— un aliado tácito del sector de donde provenía, y que vino a
cumplir en el terreno de las letras la tarea que la Sociedad Rural cumplía
respecto de la burguesía, rigiendo en forma parecida el prestigio de los
literatos arribistas que, como la burguesía, buscaban el sello de lo que es
"bien" tradicionalmente: un prestigio con el sello de "las formas
tradicionales". Actitud parecida es la adoptada con algunos industriales de
apellido tradicional —tal el caso de algunos Pereyra Iraola. Si triunfan se los
ignora, pero si vuelven derrotados al redil se los aplaude, cuando les queda
como volver. No le quedó a Nemesio de Olariaga, que aunque no de origen tan
antiguo, estaba en el nivel de la gran ganadería.
IDIOSINCRASIA DE LA BURGUESÍA RECIENTE
Como se ve, la incorporación a la clase alta no es cuestión de decir: golpeá que
te van a abrir. La misma permeabilidad que surge del espíritu conservador de
aquella, exige la práctica del ritual que se ha referido para graduar el
ingreso.
La nueva burguesía originada en la expansión industrial de la última guerra y de
crecimiento mucho más rápido que la de principios de siglo, como se ha visto en
el capítulo anterior, no alcanzó a tomar conciencia de su propio status, ni
siquiera a sedimentarse en el conocimiento de los factores económicos que
determinaban su ascenso, pues sus miembros, más comerciantes que industriales,
se creyeron más hijos de sus aptitudes financieras —cosa bastante cierta— que de
sus conocimientos técnicos; pasó aun con los enriquecidos que proviniendo del
taller podían haber sido modelados en el proceso previo de su enriquecimiento.
Faltó ese amor a la propia obra, esa identidad con la creación que en su sector
tiene el hombre de campo, y que habían tenido los viejos industriales. Además,
hubo la seguridad y la soberbia de los hijos de la inflación que se mueven sobre
una nebulosa de situaciones que terminan por atribuir al propio genio. Cada uno
se creyó un fenómeno de la naturaleza y se atribuyó personalmente los éxitos
nacidos de condiciones históricas favorables. En cambio, los obstáculos, las
dificultades con los trabajadores, los problemas impositivos y los
inconvenientes de la planificación eran culpa del "intervencionismo de Estado"
al que al mismo tiempo pedían protección.
Imaz ha señalado su incapacidad para actuar como grupo, como conjunto expresivo
de una conciencia empresaria, lo que es bastante lógico por la ya mencionada
improvisación en que la empresa era más una aventura comercial que el producto
de una vocación. Faltó la conciencia del interés común y general a la industria,
y los irritaban los mismos problemas salariales de previsión y de política
obrera que les creaban el mercado, como les molestaban las dificultades de
cambio o de crédito que establecían las prioridades de las cuales se
beneficiaban. En su incapacidad para percibir el encuadre de una política
general de la cual eran hijos, sólo percibían las restricciones que ésta les
imponía, que les resultaban trabas burocráticas opuestas a la expansión de su
genialidad creadora. Como el comunista del cuento que pensaba tener dos casas
con la que ya tenía y la que le iba a tocar en el reparto, querían las ventajas
del intervencionismo de Estado, que experimentaban, y la de la libre empresa con
que los adoctrinaban sus adversarios económicos que ellos empezaban ya a ver
como sus libertadores. Se sumaron al resentimiento de la alta clase media, y los
"primos pobres de la oligarquía" que experimentaron las molestias que le creaba
a su tradición y gustos de "gente calificada", los aspectos groseros y masivos
que la convivencia urbana creaba por la integración de la sociedad con la vieja
clase criolla postergada. Estos tampoco supieron apreciar que la nueva
situación, con la creación de oportunidades, había levantado su nivel de vida,
porque lo midieron no en razón de su mejora, sino en razón del acortamiento de
distancia con las clases más modestas que en su extrema pobreza de antes le
daban una imagen de mejor posición propia.
También hay que computar la incapacidad del peronismo para dar a la burguesía y
a la clase media un lugar en el proceso de transformación. Es curioso que la
mentalidad militar de Perón perdieses el sentido de la importancia de los
factores sociales de poder para quedarse en la estimación puramente cuantitativa
del caudillo liberal.
A través de Miranda, todavía esa burguesía podía sentir que uno de los suyos
orientaba algo. Después de la representatividad de la misma y de la alta clase
media quedó a nivel Cereijo, y aun los más simpatizantes y partidarios tuvieron
que optar entre retraerse o renunciar a expresar algo distinto que el coro
burocrático.
El militante obrero podía sentirse expresado por el dirigente gremial. El de la
burguesía y clase media no tenía expresión ni en el poder ni en el movimiento
político. Quedaron destruidos los elementos compensatorios que intelectualmente
hubieran impedido la absorción masiva por la mentalidad de la clase ganadera de
los elementos altos de las clases intermedias y la burguesía naciente. Esto
hubiera sido lógico si la conducción se hubiese propuesto la construcción de una
sociedad fundada exclusivamente en el proletariado. Pero nada había más ajeno a
su propósito, que era cumplir con la modernización de la estructura de sociedad
preexistente.
En el capítulo anterior se ha señalado la importancia que tuvo en ese momento
histórico el descenso a la arena política de la alta clase, que despertó en
estos factores, hasta entonces distantes de ella, la idea de una permanente
vinculación, como si la Unidad Democrática en lugar de ser una empresa política
circunstancial, fuera la democratización de la sociedad porteña para dividirla
en dos grupos con sus status respectivos: la “gente culta”, y la multitud morena
y la desacreditada burocracia del peronismo. Un retorno a la sociedad
tradicional.
Burguesía, alta clase media y los “primos pobres”, se sintieron por un momento
al nivel de la alta clase. Cuando ella se retrajo y volvió al espacio reducido
del gran mundo, surgió la desesperación por mantener el status que se creía
haber adquirido. Para la nueva burguesía comprar estancia pareció la solución.
Pero pronto percibió que había un largo camino por delante, que esta gente
apresurada no estaba dispuesta a recorrer. Pero tampoco ya los "primos pobres"
se resignaron a volver a su medianía social ni los miembros de la alta clase
media; al margen de la clase alta, y sin proponérselo ésta y sin que participara
para nada, comenzó la elaboración del "medio pelo".
BUSCA DE PRESTIGIO Y "MEDIO PELO"
La búsqueda del prestigio, especialmente por la burguesía y la clase media alta,
había cambiado de significado: ya no era la evidencia de su propio triunfo en
los rangos de la propia clase sino la incorporación a la vieja sociedad, el
objetivo que podía satisfacerla. No tenía, por otra parte, una muy clara
percepción de la diferencia entre la alta sociedad y "los primos pobres"; y como
estos eran accesibles se constituyeron en su modelo, y su nivel de
incorporación. A su vez, los segundones que habían vivido en un hosco
marginamiento social, se encontraron con un público que les atribuía el rango
siempre apetecido: estaban en el escenario, el telón se había levantado, el
público aplaudía y todo el problema consistía en seguir el libreto.
Jugaron el papel que los bien dispuestos oyentes lo atribuían y empezaron a
comportarse como si efectivamente fueran la clase alta; pero la comedia pronto
fue drama, porque a medida que se producía el entrevero, las ventajas sociales
que les llevaban a sus adeptos no alcanzaban a compensar la desventaja
económica.
Salían del modesto y decoroso papel que se habían asignado compatible con la
escasez de los recursos, para ponerse a la luz de las candilejas. Era como una
compañía de cómicos de la legua que se presenta de pronto en el escenario de un
teatro lujoso con la utilería ajada y descolorida de la compañía ambulante
frente a un público en que relucen los brillantes de los espectadores de la
platea y los palcos. Había que poner el atuendo y el comportamiento a nivel
económico del público y empezó la vida de pie forzado para las dos vertientes
que concurren a la formación del "medio pelo".
Una aporta los signos del status y otra los recursos. Esta sufre porque se ve
reprimida en su natural tendencia a mostrar la prosperidad y el éxito a través
de los signos de la riqueza que es necesario morigerar. La otra, porque sin los
recursos no le es posible imponer la prevalencia de sus signos; además, sabe que
no está tomada en sí, sino como imagen de la alta clase, y necesita disimular la
escasez de medios económicos porque no hacerlo implica confesar su verdadera
situación y desprestigiarse ante los que la imitan, creyendo que imitan a los de
más arriba. Es un círculo vicioso de recíprocos engaños en que la situación más
difícil es la de quienes tienen más cómoda situación social pero más incómoda
posición económica.
A medida que vayamos viendo las pautas que rigen el comportamiento del "medio
pelo" iremos percibiendo las particularidades de la falsa situación que importa.
Desde el ángulo del "medio pelo", por ejemplo, el automóvil es un signo de
status; también un instrumento de transporte, pero esto es subsidiario. Pronto
el automóvil chico, que se ha comprado con enorme sacrificio y endeudándose,
exige su reemplazo por el coludo, pues no se puede ser menos que el recién
llegado que está "aprendiendo de uno" a comportarse pero lo "sobra" desde el
último modelo. Hay que explicar que el automóvil chico "es para que mi mujer
vaya a hacer las compras" y proveerse enseguida del coludo correspondiente. Eso
sí, hay que cuidarse de que no sea un Valiant, que según los informes del
mecánico es muy bueno, pero socialmente es propio de botelleros y abastecedores.
El Peugeot —que es "yeyó" en la parla tilinga, como el Citroen es "milonguita"
peyorativamente, porque "los hombres te han hecho mal"— es el desiderátum pues
combina una presentación discreta, de "buen tono", con la categoría. Pero estos
"canallas" de los franceses —seguramente gente de De Gaulle, (adelantemos que el
antidepaullismo está entre las pautas)— se han aprovechado del prestigio para
llevarlo a las nubes y no fían ni un pito, ni siquiera a un módico interés del
30 por ciento acumulativo. En fin, se hace un sacrificio y se lo compra. No
sirve de nada porque al día siguiente uno de los neófitos se aparece ¡nada menos
que con un "Mercedes"!...
El automóvil, además, representa, fuera de su costo de compra, mantenimiento y
reparaciones, la necesidad de usarlo, combustibles, y si va al centro,
estacionamientos —¡hay que ver cómo "aplican" estos industriales de baldío!— y
lo peor son los fines de semana, lógicamente en la quinta de los nuevos —porque
los antiguos no las tienen ni tampoco los de la clase media alta—. Si bien se va
como invitado, no se puede caer con las manos vacías a una casa donde los
"guarangos" asan media vaquillona o empiezan la comida con el inevitable cóctel
de langostinos. Y a veces ponen caviar que, como lo ha enseñado Beatriz Guido,
es el alimento natural de la alta clase. (Comentario obligado: "Ya no es como el
de antes de la guerra"... que da tono de consumidor consuetudinario, y está
entre las pautas nostálgicas). Además, hay whisky inglés y sin estampilla, como
corresponde: ¡puro de embajada!
(Con esto del whisky, los "primos pobres" que conservan la línea hasta con el
caviar, se descarrilan. Tener pileta de natación en verano y dando whisky, es
para el dueño de casa motivo de un interrogante: ¿Quién consume más líquido? ¿La
pileta o las visitas? Un burgués de estos me mandó una tarjeta de socio
vitalicio de un club ignorado. Cuando averigüé de qué se trataba descubrí que
separó de su casaquinta la pileta, con una tapia, y edificó un vestuario y un
bar al lado de ella. Fundó el club y puso de cantinero a un paisano de la
vecindad. Entonces le mandó tarjetas de socio vitalicio a todas sus relaciones y
él tiene la suya y concurre como socio pero no como proveedor de whisky. Pero,
evidentemente, se trata de un tipo en que todavía predominan las pautas de
ahorro anteriores a su ascenso).
Hay un lindo chalet en un pueblo de la costa. A la puerta están los dos coches
de la familia. Si entráis comprobaréis que se trata de una familia prolífera y
longeva. Allí viven los abuelos, la tía soltera, el matrimonio y seis o siete
criaturas, en una casita con living comedor, y dos dormitorios. Entonces tenéis
que imaginar lo que ocurre después de las once de la noche: es el imperio del
Gicovate y el Blicamcepero. Empiezan a salir camas y colchones de los lugares
más inverosímiles, en una magia de utilería.
Esto ocurre también en los sectores más modestos de la clase media, pero por
necesidad, o en familias obreras. Pero en el caso las camas son honradamente
camas.
Y sin embargo esa familia es propietaria del chalet y tiene su pedacito de
jardín con un cedro azul que empezó a crecer indiscretamente tapándolo todo.
Podría prescindir del cedro y de uno de los automóviles y, con su importe,
edificar uno o dos dormitorios y un baño más. Pero nadie se entera –ellos lo
creen—del drama nocturno y lo que importa es la representación: el auto se ve,
la falta de confort, no. Habrá que vivir mal para vivir “bien”.3
A la mañana hay que hacer cola por el cuarto de baño. El café con leche es
aguado, y a mediodía y a la noche, el condumio escaso. Es cierto que se llaman
almuerzo y “comida”, como corresponde, y no comida y cena, como dicen “los del
Mercedes” y se comenta divertidamente llenando la boca de palabras y burlas a
falta de cosas más consistentes.
Lo que “allá lejos y hace tiempo”, cuando empezó el ascenso, decir “mi mujer”
era agraviante; se era “esposa” porque se tenía libreta de casamiento que muchas
veces hubo que exhibir a las vecinas incrédulas, o para darle por los dientes a
alguna mal casada.
La situación es para los antiguos peor que la de los parientes pobres de los
Barros, ya mencionados, citando a Silvina Bullrich, porque ante estos no había
que disimular la pobreza y hasta convenía evitar la ostentación. Pero, ¿cómo
mostrarla ante estos nuevos que son a la vez discípulos y competidores en la
búsqueda del status? Porque ahora los dos buscan status: los que lo tenían
relativamente se han entrampado en el juego porque ya no muestran el suyo sino
el que los nuevos creen que tienen, y se obligan a sostener una posición que
además terminan por creer cierta. Y si el nuevo tiene que encargarle a Ruiz
Pizarro que le pinte un antepasado a la manera de "Prilidiano", el antiguo no
está en mejor situación, porque por más que remonte en la historia no puede
pasar de la descolorida fotografía con que se inauguró el álbum familiar. La
verdad que esa rama de la familia nunca estuvo en fondos para hacerse pintar; en
esta materia están mejor colocados los provenientes de la clase media alta, pues
hay retratos familiares pintados por "nenas", ahora tías viejas o abuelas, que
iban a "la Academia" en el barrio desde el cual se han mudado. Pero eso es viejo
sin ser antiguo y, además, irremediablemente "cursi".
LA EQUÍVOCA SITUACIÓN AMBIENTAL
El "medio pelo" se amplía aceleradamente desde que los altos empleados son
"executives", y los que arreglan los sobornos hacen "publica relations"; unas
veces para la empresa donde trabajan, y otras, por ellos mismos, con el pretexto
de que lo exige la empresa, comienzan también la dura vida de la representación.
Al margen del "medio pelo" esto de la representación se ha convertido en una
exigencia vital. Pero esto puede tener límites razonables. En Montevideo, por
ejemplo, recuerdo una época en que hasta los analfabetos llevaban "Marcha" bajo
el brazo, porque suponía calidad intelectual. Esta cultura de sobaco ilustrado
se repite aquí con la mayoría de las revistas caras: las políticas dan aire de
“estar en la pomada”, las de hogar y confort, de estar ampliando los horizontes,
y las extranjeras son el acabose, sobre todo las que están en "idioma" como dice
Catita. Sin embargo hay muchos compradores que las leen. (Pero esto no es el
“medio pelo” porque no se propone acreditar un status colectivo, sino un
prestigio individual. Además, induce a suponer que se preocupa de “cosas
serias”, lo que el “medio pelo” entiende –ya hemos visto la visión de Beatriz
Guido—no ocurre en la alta sociedad en la que las preocupaciones son
exclusivamente de alto nivel artístico o sexual. Salvo cuando se trata de "los
negros", de los que en realidad la alta clase se ha olvidado).
Un sociólogo científico podría encuestar en muchas localidades del suburbio
Norte, la dicotomía del comercio minorista de la Av. Maipú hacia el río, y
comprobaría que la clientela de "medio pelo", si es burguesa, compra al contado,
pero la otra estira la cuenta corriente que no se le puede negar por su
relevancia social. Entonces identificaría las dos vertientes.
Cuando las "señoras gordas" se reúnen para sus interminables canastas y demás
actividades típicas de "gente bien", una vez que se han hablado las
generalidades habituales en que todos coinciden por la aplicación de comunes
pautas ideológicas en el comentario de la actualidad, es fácil percibir las dos
vertientes en ciertos cortes de silencio, imposibles entre mujeres, fuera de
este medio. Alguien ha mencionado "la parentela"; el antepasado Juez, Teniente
Coronel, diputado o conscripto de Curumalal.4 Otras veces, y es lo más
frecuente, se insiste en designar a las personas de que se habla con un apodo o
diminutivo familiar. Si el neófito muerde preguntando de quién se trata, se lo
aplasta con el apellido, este sí, verdaderamente de la alta clase. Así, se dice:
"El otro día me dijo Felicito...", como quien no dice nada, para ver si pican.
Una parte de los contertulios guarda un silencio incómodo; es la que se toma la
revancha en seguida hablando del último viaje a Europa y sobre todo a EE.UU., y
de las cosas que se trajeron. Porque toda esta gente es cositera; (cositeros son
esos tipos que no pueden aguantarse de comprar cuanto chiche aparece por ahí en
exposición, sobre todo si es de fabricación extranjera y ha entrado de
contrabando.)
Hay algunas burguesas que se abusan hablando del nuevo tapado de visón. Los
primos pobres, son los que ahora callan.
Tanto embroman con los viajes los nuevos, que los "primos pobres" tienen que
mandar las "nenas" en una excursión, que después habrá que pagar en 36 meses, y
que además les impondrá un terrible trabajo: pasarse dos o tres meses leyendo
algo sobre lo que se vio, porque en la visión fugaz y universal que la excursión
permite, los cuadros, cuando se recuerdan, cambian de museo, y las ciudades de
nación. Menos mal que se han traído el proyector y las diapositivas. ¡Perdón!
Ahora se llaman Slides.
¿STATUS O IMAGEN DE STATUS? SUS ÚLTIMAS VARIANTES
Estoy dando una visión desordenada de un hecho social a través de un abigarrado
conjunto de anécdotas, situaciones ciertas o hipotéticas, de hechos
inimportantes y otros significativos y saltando de un grupo a otro en un
deliberado desorden. Quiero evidenciar, precisamente, esa situación, que es la
que suscita la observación in vivo del comportamiento del "medio pelo", las
imágenes contradictorias que ofrece y lo desparejo de su composición tanto
social como en el tiempo, porque constantemente se van agregando nuevos aportes
y va cambiando la edad de sus actores como las situaciones económicas de los
mismos, en la constante crisis de su composición desde que no es un status con
una caracterización precisa, sino la imagen de un status que se configura
caprichosamente en la medida en que la imaginación de cada uno de sus
componentes busca el prestigio dentro de muy variables pautas de comportamiento
estético y unas pocas ideológicas más permanentes.5
Para la comodidad de la exposición, lo he designado frecuentemente como status,
pero aquí quiero dejar establecido de una manera precisa, que más que status es
la imagen de un status.
Así, por ejemplo, con referencia a la perdurabilidad, la que vende Beatriz Guido
es ya un poco pasatista, más bien para "señoras gordas".
Hay así, un tipo más internacional, que soslaya un poco a los "primos pobres" y
de más directa procedencia burguesa. Una expresión fácilmente constatable es un
rematador de apellido De Rhone, sobre el que no recuerdo si en "Primera Plana",
"Confirmado" o "Extra" se ha escrito un gracioso comentario y cuyo rico
repertorio "mediopelense" internacional está al alcance del lector que quiera
tomarse la molestia de concurrir a una de sus actuaciones.
El personaje originalmente modisto polaco, ha cambiado de actividad. Con
lenguaje untuoso, la deliberadamente marcada pronunciación extranjera, y un
esteticismo de tipo que se encuentra en el país por circunstancias
desafortunadas, extrañando como un intelectual nativo, el ambiente europeo
propio de su "cultura", llena el oído del auditorio con una riqueza idiomática
de portero de gran hotel. Con aire de experto da a los compradores que tienen la
fortuna de adquirir las piezas que vende, la sensación de que también lo son, y
recalca siempre la ventaja de la calidad de lo importado sobre todo lo de
producción nacional, particularmente en pintura. Cuando vende un pintor
argentino, parece que le hace un favor, y que sufre un desgarramiento cuando
tiene que desprenderse de alguna supuesta firma de cotización mundial. Nada se
remata sin pesar su cotización en todas las monedas fuertes, lo que le da
oportunidad para referencias despectivas al peso moneda nacional.
La tónica en todo es la siguiente: está rematando platería inglesa con una
inevitable referencia histórica matizada de inglés, algunas expresiones
francesas y otras italianas, y después del punzón aplica —sin que venga el caso—
su propio punzón a la platería colonial. Entonces, con un aire displicente,
dice: "No me egplico pogqué hay kente que compga plateguía colonial. Yo de
ninguna manega la tendría en mi casa de Punta Chica" (sic).
En realidad el sector de "medio pelo" que se mueve dentro de esta nueva
característica, está dejando de experimentar acomplejamiento social frente a la
alta clase, pero desgraciadamente ya ha perdido las pautas "guarangas" que
expresaban su potencial y resbala más bien hacia la tilinguería y el snobismo,
que también lo excluyen de la función potencial de la burguesía para actuar en
la modernización del país; en las pautas ideológicas, económicas y sociales,
sigue regido por la mentalidad liberal, ahora en la versión directamente
importada: está en internacionalista.
Otro matiz más extenso es esencialmente juvenil. Constituye la clientela de
Landrú en su "Gente Como Uno". Está influenciado por factores muy heterogéneos,
donde las pautas del "medio pelo" pierden importancia ante las internacionales
que provienen del mundo de los play-boys. En realidad del "medio pelo" sólo
conservan la actitud frente al "negro" traducida en la postura con relación al
"mersa", y la preocupación por justificarse socialmente en el amaneramiento del
lenguaje, en la elección de los sitios de diversión y en la necesidad de
sacrificarse exigiendo la selección a través del precio de las consumiciones,
con el consiguiente perjuicio de los padres de "medio pelo" y aun de otros
sectores donde la registradora está descuidada o confiada a su vigilancia por el
optimismo paterno. Abundan aquí los estudiantes crónicos que utilizan la
universidad como contacto de relaciones públicas.
Pero aun en el enfrentamiento al "mersa", en que aplica la actitud de los padres
de "medio pelo" con referencia al "negro", la diferencia que establece no es de
nivel económico, porque con frecuencia el "mersa" es la expresión pura de la
burguesía joven en ascenso, que no se ha sofisticado.
En realidad aquí estamos ante un hecho de disgregación del status que el "medio
pelo" se atribuyó. Lo que el humorismo de Landrú ha divulgado está más dentro de
las fronteras de la moda que de los status, y la generalización del tipo,
particularmente en el mundo de la juventud femenina, preanuncia su desaparición,
como todas las modas que mueren a medida que descienden hacia los otros niveles
sociales, donde subsisten un tiempo entre los que llegaron tarde.
Al apreciar las pautas por las que rige el "medio pelo", convendrá tenerlo
presente, porque las variantes que se han señalado sólo coinciden en figuras y
ya pierden las características definitorias del status o de la imagen de status
que determina el comportamiento como grupo social.
CAPITULO XI
LAS PAUTAS DEL “MEDIO PELO”
Por su misma ambigüedad y lo equívoco de la situación, las pautas que rigen la
conducta de la gente del "medio pelo", son más numerosas y de observancia más
prolija que las que corresponden a los status consolidados.
En esto del prestigio es de aplicación la diferencia que hay entre orgullo y
vanidad; parecen la misma cosa y son opuestas, por cuanto a la vanidad sólo le
interesa parecer, y al parecer sacrifica el ser. El orgullo en cambio es una
afirmación del ser en que lo subsidiario es parecer, y en todo caso, es esto lo
que se sacrifica.
Las pautas que corresponden al grupo de pertenencia están en el subconsciente de
los individuos que lo componen, y el comportamiento se rige por ellas en razón
del hábito sin que generalmente intervenga la voluntad; hay el asentamiento que
los españoles llaman tolera, como en los vinos; por lo mismo, poco preocupa una
infracción accidental, porque no hay el temor de descolocarse. Pero cuando se
trata de un falso status, cuando en realidad se trata de aplicar pautas de
imitación de otro grupo de pertenencia, la observación de las pautas es
religiosa. Como no hay autenticidad, las pautas no nacen del grupo; será más
acertado decir que el grupo nace de las pautan porque estas crean la imagen del
status, y lógicamente sólo por éstas se logra la apariencia de pertenecer al
mismo: es la apariencia de una apariencia.
Con lo dicho basta para señalar que la práctica puntillosa de las pautas es
esencial al "medio pelo". El colchón no tiene lana y existe en la medida en que
se lo crea colchón.
De las dos vertientes que proveen el material humano que concurre a la formación
de este falso status, la primera, constituida por los que se han llamado “primos
pobres” y la alta clase media, no necesita contrariar profundamente su íntima
naturaleza, ya que el filo de clase en que está ubicada, de por sí le asigna una
situación equívoca pero aproximada; para este grupo el equívoco surge del pie
forzado del “quiero y no puedo”; no proviene del estilo sino de la escasez de
recursos para mantener el tren.
La que se desnaturaliza profundamente es la que proviene de la burguesía
reciente, porque sustituye las pautas burguesas del prestigio que son su fuerza,
por las de imitación en que se degrada.
PAUTA DE COMPORTAMIENTO: DOMICILIO
Hay pautas de comportamiento y pautas ideológicas y trataré de atenerme a esta
separación, lo que no impedirá que se interfieran en la exposición porque, como
es natural, son recíprocas y se compenetran.
Veamos las de comportamiento.
La primera es el lugar de domicilio al que ya me he referido con anterioridad en
el señalamiento del Barrio Norte.
Precisando, el verdadero Barrio Norte es muy restringido y constituye el reducto
de la clase alta, cuyo problema de prestigio es hoy más que destacarse del resto
del país –cosa que no necesita--, defenderse del “medio pelo” que la acecha, la
rodea y trata de filtrarse; como en la selva, no son los leones y las panteras,
sino los mosquitos los que molestan.
Ese barrio restringido se extiende desde la plaza San Martín hasta la Recoleta,
y desde Charcas o Paraguay hasta el bajo: la parroquia del Socorro y el perfil
este del Pilar, con alguna prolongación después de la Recoleta en la loma que
empieza en Pueyrredón y Las Heras y termina en la barranca que caen en plaza
Francia y los jardines que fueron de la casa presidencial. Ya vimos que Mallea
nos señaló su epicentro en el codo aristocrático de Arroyo. (Ese increíble socio
del Jockey Club al que me referí anteriormente, un tal Ángel Vega Olmos, en la
asamblea de este año en que se resolvió adquirir el Palacio Álzaga Unzué, frente
a la plazoleta Pellegrini; tuvo una precisión topográfica aun mayor que la de
Mallea. Refiriéndose a la ubicación, dijo: “Este lugar, donde se encuentran las
pocas virtudes argentinas que quedan”. Hay quien afirma que no puede existir
nadie tan cursi, pero la información fue publicada en La Nación”, que es muy
respetuosa de los socios y de la entidad, por lo que hay dos corrientes
interpretativas: la que cree que Vega Olmos es un humorista inédito, pues casi
todo el frente de la plazoleta está ocupado por embajadas extranjeras, y la de
los que creen que este desconocido socio es un infiltrado peronista que quiso
facilitar un argumento justificativo post-incendio.
En el Gran Norte geográfico —más allá del restricto espacio deslindado—, se
expande el “pequeño norte” social, que es el hábitat natural del "medio pelo",
que llega casi hasta San Fernando. Así como se ha advertido que no todo el Norte
es "medio pelo", conviene también saber que hay “medio pelo” fuera del radio,
porque algunos viejos caprichosos no quieren renunciar al confort ni al ambiente
de sus antiguos domicilios a pesar de la presión femenina. "Las chicas" pasan
momentos difíciles cuando se ven en la obligación de dar su dirección", decía
una señora.
AUTOMÓVIL Y ESTANCIA
Del automóvil como símbolo también ya se ha dicho lo suficiente.
Está incorporado a la moderna sociedad casi como una necesidad vital, pero en
los casos en que su utilidad práctica es secundaria —muy frecuentemente en los
sectores pobres del "medio pelo" que tienen actividades sedentarias a las que
bastarían los medios colectivos de comunicación, se produce una dramática
inversión: en lugar de ser el automóvil para el individuo, el individuo es para
el automóvil, convertido en una cruel deidad moderna a la que hay que sacrificar
las necesidades primarias, el sueño sobresaltado por el temor del robo, y el
descanso, entregándose a la gamuza, el plumero y la mecánica, ante la
esquilmante exigencia de talleres y estaciones de servicio.
En cambio para los burgueses —aun los incorporados a la mentalidad del "medio
pelo"—, el automóvil sólo proporciona satisfacciones, porque los coloca en un
terreno favorable donde el antepasado conscripto de Curumalal no gravita, y sí
los billetes.
En Norteamérica, en el barrio residencial donde todos poseen el modelo 1965,
aparece un "canalla" con uno 1966. Todo el barrio es desgraciado hasta que cada
uno tiene su último modelo, hecho que se repetirá en 1967.
Aquí también la importancia del símbolo está graduada por marcas y modelos. Pero
lo que para el burgués norteamericano es un acto sencillo, se complica aquí para
el burgués de "medio pelo" en su tribulación entre el que le gusta y el que
gusta al status a que cree pertenecer.1
También se ha hablado antes de la compra de estancias como símbolo y se ha
explicado cómo está regulado el acceso a la clase alta a través de la Sociedad
Rural. La burguesía reciente que compró campo, hace poco, todavía no lo sabe, y
los que compraron en los últimos años, ya desde la perspectiva rural que no
permite la sofisticación en materia económica, porque novillos y hectáreas se
tienen o no se tienen, siguen la comedia del "medio pelo", pero conscientemente,
en la espera de que sus hijos tengan el "reconocimiento". Entretanto, a falta de
pan, buenas son tortas.
LOS COLEGIOS
El colegio para los hijos es una de las pautas más importantes.
Por lo pronto la escuela del Estado está excluida. (Sin embargo hay algunos
establecimientos oficiales que dan categoría porque son selectivos y tal vez sus
direcciones se ajustan a este criterio, en la admisión. Tal ocurre con la
escuela primaria de Libertad y avenida Quintana, con la escuela Normal de
Lenguas Vivas y algún otro establecimiento).
En épocas anteriores, sobre todo en el internado de los colegios secundarios,
especialmente en los colegios religiosos, la mayor parte de los alumnos
provenían de las familias de los propietarios de medios rurales radicados en el
campo. Los colegios laicos eran el recurso desesperado de los padres para meter
en vereda a los chiquitines muy vagos, y especialmente los díscolos con los que
hacía falta una mano fuerte. (Era el sucedáneo de "te voy a meter en un barco de
guerra", misterioso castigo con que han sido amenazados los adolescentes de mi
época, en que todavía se haya podido averiguar el origen de la leyenda, que
supongo británica).
Esto no contradice lo advertido antes con respecto a la clase alta que para la
educación de las niñas tenía sus colegios particulares tradicionales —casi
exclusivamente religiosos— y para los varones optaba con frecuencia por los
colegios de las colectividades extranjeras de alta calificación racial,
particularmente los comprendidos en el tono del "High School", correspondientes
al racista status particular que analiza Imaz, citado, al hablar de la burguesía
de origen anglosajón, germánico y francés.
Pero fuera de estos casos excepcionales la función de las escuelas privadas
—laicas o religiosas— era complementaria de la de los colegios del Estado y
estaba impregnada de su mismo espíritu democrático. Ser alumno del Salvador, del
San José del Lasalle o de los padres Bayonenses, es lo mismo que de los
incorporados no religiosos, no atribuía status a la familia. El mismo Colegio
Internacional de Olivos que con su ubicación y el papel asignado a los deportes
reproducía una imagen criolla de las escuelas británicas tenía un carácter
diferente de los actuales en que sin duda influía la personalidad un tanto
proteica de su director, el Chivo Chelia. No era nada pituco a pesar de sus
apariencias: con decir que Perón salió de él, está todo dicho. ¡Qué horror! ¿No?
Sería ahora interminable la lista de colegios particulares en que la enseñanza
es un afecto exclusivamente secundario, sean religiosos o particulares, y más en
éstos: lo único que importa es el prestigio social del plantel básico que pone
los apellidos, tras los que corre el "medio pelo" especialmente en los colegios
de niñas, con una terrible repercusión económica en los recursos familiares:,
donde el costo de colegios y sus agregados es otro de los gravosos gastos de
representación que ahogan a los de recursos pocos elásticos e imponen
privaciones en lo imprescindible.
Pero si la representación traumatiza económicamente a la familia más traumatiza
psicológicamente las criaturas, particularmente las niñas. Sé que mucha gente me
va a odiar porque estoy mostrando las llagas que más duelen y las más
escrupulosamente ocultadas.
He aquí una:
En un curso secundario hay un pequeño grupito —siete u ocho— de alumnas
procedentes de la alta clase. Forman un círculo cerrado, lógico, porque están
vinculadas desde afuera del colegio donde sus familias están emparentadas o son
amigas, frecuentan los mismos ambientes y viven a nivel social y económico
equivalente. Sin proponérselo, constituyen el foco de atracción que provoca en
las demás niñas la emulación por incorporarse al mismo, frecuentemente inducidas
por sus propios padres que ven en la “nena” la posibilidad de utilizarla como
oficina de relaciones públicas.
El pequeño círculo acepta a unas y a otras no, por simples razones de simpatía,
y a veces también usando la discriminación, con esa inocente crueldad de las
criaturas.
El resultado no puede ser más dramático. En una psiquis tan traumatizable como
la de la adolescencia, el colegio se convierte en una verdadera tortura, que se
repite cinco años para las que se sienten rechazadas y van acumulando un
resentimiento que no se vuelve contra quienes la rechazan sino contra su propia
familia, a quien terminan por considerar despreciable.2
Esto sin perjuicio de la preocupación de la dirección de los colegios por
ajustar la enseñanza y el tono a las pautas ideológicas de la clase alta,
exagerando sus más mínimos prejuicios para asegurarte las alumnas que dan el
prestigio de la institución y restringir en lo posible las que lo quitan.
PAUTAS MENORES DE COMPORTAMIENTO
Barrio Norte, automóvil, estancia (o el yate o la quinta en el medio pelo
próspero), colegios, son los símbolos básicos.
Le llamo pautas menores a una cantidad de signos de exteriorización del status
cuya característica constante es el cambio y la movilidad. La propia
inestabilidad del medio pelo determina que su posición vertical dependa, como en
el trompo, de la velocidad, del giro. Carente de base, parado sobre la punta, si
se detiene cae.
Aquí viene aquello de "in" y "out". Es necesario estar "a la page"; lo que es
"bien" hoy deja de serlo mañana. "Saberlas todas", es un índice seguro de
status.
Así el medio pelo se construye su propio idioma que es una imitación del modo de
decir rápido y apocopado de la clase alta. No logra adquirir el tono displicente
que disimula el interés personal bajo la apariencia de estar de vuelta de todo
en un alejamiento señorial de las cosas concretas, porque la urgencia de las
situaciones no da tiempo, pero imita las expresiones apocopadas que multiplica y
cambia todos los días convirtiendo el modo de hablar en una especie de lunfardo
al revés, para iniciados que están en el secreto cuyas claves también cambian
todos los días. Lo mismo ocurre con las preferencias artísticas, con las prendas
que se llevan o no se llevan, con el aliño y desaliño tensantes, que se
manifiesta en el modo de vestir y el peinado. Igual con la elección de sitios de
esparcimiento.3
Esta inseguridad "very exciting" rige también para los lugares de veraneo y
dentro de ellos para las playas preferidas. Anótese que digo playas y no
sierras, aunque no puedo asegurar lo que va a pasar este año, porque la reciente
visita de Jacqueline puede haber provocado una revisión de las pautas vigentes.
En esto no hay nunca seguridad, pues la presencia en estos días del de
Edimburgo, puede acarrear muy graves consecuencias; tanto se insiste en su
escasez de recursos, que lo obliga a abstenerse de todo lo que le gusta. No
sería extraño que lo elegante fuera dentro de poco "andar tirado", lo que sería
lamentable para el medio pelo de origen burgués pero una gran ventaja para los
primos pobres y la alta clase media, donde los maridos y padres añoran la
gloriosa época del Palacio de los Patos, cuando se daban corte con su pobreza.4
A cada temporada veraniega el "medio pelo” pobre agota sus nervios en la
preparación del descanso, porque si la playa es un signo del que no se puede
prescindir, este signo va acompañado de otros innumerables que exigen la
provisión de variados renglones de la indumentaria que tienen que adecuarse
anticipadamente a todas las hipótesis posibles de exhibición. Es un hecho
universal que las mujeres nunca "tienen nada que ponerse", pero en verano y en
el “medio pelo” la situación es peor.
Es en cambio para los provenientes de la burguesía el momento en que pueden dar
suelta con más esplendor a sus posibilidades de consumo. Los pobres retornan a
la ciudad en busca de descanso, agotados después de las innumerables piruetas a
que obliga el buen parecer y además endeudados, y más dispuestos que nunca a
aprovechar el resto del año haciéndoles sentir a sus neófitos burgueses las
diferencias de origen y estilo, pues han pasado el verano disimulando
cautelosamente sus alojamientos en las modestas pensiones y hotelitos donde se
apilan, o amargándole la vida a algún pariente propietario. ("Uno de estos me
dijo: "Para evitar huéspedes me achiqué, pero las visitas no han diminuido y
muchas veces tengo que dormir en la bañadera").
Ser propietario tiene otros inconvenientes, pues el prestigio de las playas
varía de un año a otro, y la inversión inmobiliaria apareja el inconveniente de
que obliga a ser consecuente con Mar del Plata o Punta del Este. Afortunadamente
la alta clase también está invertida, y esto la ha obligado a aceptar la
convivencia con el desborde multitudinario habitual.
En los grandes hoteles y los casinos, la burguesía del “medio pelo” recobra sus
pautas y respira a pleno pulmón un aire que si usted no está en el asunto puede
creer que es del mar.
La enumeración y análisis de todos los símbolos que definen el “medio pelo”
sería interminable; por eso me limito a las pautas más continuadas y que parecen
identificarse con la existencia de esta imagen de status.
El trompo gira tan velozmente que la pauta que nace en este momento que escribo
puede estar olvidada cuando las líneas lleguen a la imprenta y con seguridad
cuando el libro esté en la mesa de la librería. Su fugacidad sólo la hace
compatible con el periódico, la radio, la televisión. Son para Landrú, para
Tato, para Niní Marshall, tres personajes que me hacen reír mucho. Sobre todo
cuando nuestros sociólogos dicen que los argentinos somos tristes.
¿Tristes, con las ganas de reír que tenemos y con la cantidad de personajes
reideros que pasan por delante? En realidad nuestros únicos tristes son los
zonzos solemnes que lo dicen. Pero también esa es otra historia, que vendrá en
un librito que se llama “Manual de Zonceras Rioplatenses” que algún día
aparecerá, si los lectores son benignos con este.
PAUTAS IDEOLÓGICAS
De algún modo hay que llamar al repertorio de ideas con que la gente del "medio
pelo" parece expresar una visión del mundo y del país. Como se trata de una
postura y no de una posición, la ideología no tiene ningún fundamento ético y es
exclusivamente estética: se adoptan las ideas como medios de acreditar la
pertenencia al imaginario status.
Todas estas pautas tienden a dar una idea depresiva del país.
A este propósito dije en el artículo de "Confirmado" que ya cité: "Que ese
sector se consuma a sí mismo en su propia tontería no tiene importancia. Lo
peligroso para el país es que siga gravitando con su tilinguería en la imagen
del mundo. Porque son los tilingos los que desde 1955 en adelante han construido
esta imagen argentina de país derrotado, sustituyendo la —si se quiere
guaranga,— que siempre dio la Argentina, aun en su oligarquía cuando tiraba
manteca al techo. Porque guaranga —arrogante y consentida— fue la Argentina del
viejo régimen con su rastacuerismo; y lo fue la Argentina de Yrigoyen,
pretenciosa de ser algo en el concierto del mundo, y lo fue la de Perón.
Riámonos de esas pretensiones y digámosle guaranguería. Pero por ese camino con
seguridad se va hacia adelante; por lo menos no se va hacia atrás como en la
idea del país mendicante, de "último orejón del tarro" que el tilingo siembra
cuando se trata de lo nuestro. Esto no ayuda a marchar, que es lo que el país
necesita. Descorazona, destruye la fe, limita el empuje."
"Esos desclasados como primos pobres están ahora teniendo que alimentar los
símbolos sin las rentas necesarias que la simplista estructura