
RESEÑA DE CONTRATAPA
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Nacido con el siglo, Arturo Jauretche es uno de los testigos más sagaces que
tiene el país desde los últimos cuarenta años. Soldado en la revolución del 33
en El Paso de los Libres, poeta que cantó esa patriada, fundador de FORJA,
acuñador de felices expresiones incorporadas al lenguaje popular de la política,
pensador y fecundador de ideas en una Argentina esterilizada por la oligarquía,
Jauretche, a la edad en que los hombres se tornan cautelosos y prudentes, sigue
empeñado en demoler los mitos que perturban la comprensión de la Argentina real.
Con su estilo coloquial, que alguno dirá plebeyo, nutrido en las vertientes más
profundas del idioma hablado por los argentinos, resultó, sin proponérselo, un
escritor clásico, quizá el último clásico argentino creador de una literatura
política que se creía extinguida y cuya filiación habría que buscarla en
Balestra, Mansilla y Sarmiento.
Así lo ven las últimas generaciones de argentinos para quienes es el maestro; en
este entendimiento los más diversos matices del pensamiento político nacional
rodearon su persona en un homenaje reciente, cuya trascendencia previsible, lo
transformó en un acontecimiento nacional.
Este sello editorial, al presentar hoy El medio pelo en la Sociedad Argentina
(Apuntes para una sociología nacional), siente la honda satisfacción de hacerlo
con un autor cuya voz ha tenido siempre particular resonancia en todos los
medios de la vida nacional. A las formas de la sociología académica, opone
Jauretche una visión sociológica nacida de la vasta experiencia personal y de su
percepción de un sector social del país que no había sido debidamente estudiado.
Su sonrisa es filosa y piadosa a la vez y lo contagioso de su humor vital no es
una de sus menores virtudes como escritor.
EL MEDIO PELO
en la Sociedad Argentina
(Apuntes para una sociología nacional)
A. PEÑA LILLO, Editor
OBRAS DEL MISMO AUTOR
El Paso de los Libres. Prólogo de Jorge Luis Borges Buenos Aires 1934.
El Paso de los Libres. Segunda edición. Prólogo de Jorge Abelardo Ramos.
Ediciones Coyoacán,
Buenos Aires 1960.
El Plan Prebisch. Retorno al coloniaje. Ediciones "El 45", Buenos Aires 1955.
Los Profetas del Odio. Ediciones Trafac, Buenos Aires, 1957.
Los Profetas del Odio. Segunda edición. Ediciones Trafac, 1957.
Ejército y Política. Suplemento de la Revista "QUE", Buenos Aires, 1958.
Política Nacional y Revisionismo Histórico.Colección La Siringa.
A Peña Lillo editor. Buenos Aires 1959.
Prosa de Hacha y Tiza. Ediciones Coyoacán, Buenos Aires 1960.
Forja y la Década Infame. Ediciones Coyoacán, Buenos Aires 1962.
Filo, Contrafilo y Punta. Ediciones Pampa y Cielo, Buenos Aires, 1964.
1ª. Edición Noviembre 1966 ;
2ª. Edición Diciembre 1966;
3ª. Edición Diciembre 1966;
4ª. Edición Enero 1967.
Impreso en la Argentina.
Se terminó de imprimir la presente edición
en los Talleres Gráficos ORESTES S.R.L,
Gascón 274, Capital Federal, en el mes de Febrero de 1967.
Indice general
Advertencia preliminar
CAPÍTULO I - El marco económico de lo social
CAPÍTULO II - La sociedad tradicional
CAPÍTULO III - Desarraigo de la clase alta
CAPÍTULO IV - La crisis de la sociedad tradicional
CAPÍTULO V - La sociedad urbana se modifica
CAPÍTULO VI - La Sociedad y los límites de la "Patria Chica"
CAPÍTULO VII - Una escritora de "medio pelo" para lectores de "me¬dio pelo"
CAPÍTULO VIII - Las clases medias, la nueva burguesía y la aparición del "medio
pelo"
CAPÍTULO IX - La partida de nacimiento del "medio pelo"
CAPÍTULO X - La composición social del "medio pelo. Permeabi¬lidad y filtro
CAPÍTULO XI - Las pautas del "medio pelo"
Conclusiones
Apéndice
Los Piojos - San Jauretche |
Indice de la parte 1
Advertencia preliminar
CAPÍTULO I - El marco económico de lo social
CAPÍTULO II - La sociedad tradicional
CAPÍTULO III - Desarraigo de la clase alta
CAPÍTULO IV - La crisis de la sociedad tradicional
CAPÍTULO V - La sociedad urbana se modifica
ADVERTENCIA PRELIMINAR
Si bien el tema que voy a tratar en este libro es de sociología debo prevenir al
lector que no estoy especializado en la materia, y que sólo ando por ella de
"bozal y lazo", como dijo Hernández, un sociólogo nuestro que tampoco era de la
especialidad. Guardando las distancias con el autor del Martín Fierro intento
colocármele "a la paleta" en el método, proporcionando datos y reflexiones que
he recogido como actor y observador apasionado en el curso de una vida lo
suficientemente prolongada para que pueda ser testigo de casi todo lo que va del
siglo.
Tal vez lo que resulte sea pura anécdota de "mirón", pero no es mi propósito,
como no fue el de Hernández, hacer obra puramente literaria a través de un
personaje de imaginación, que es lo que pretendieron entender durante mucho
tiempo los mandarines de nuestra cultura.
Porque los conocía se previno:
...............................................................................................................
Digo que mis cantos son
para los unos... sonidos
y para otros... intención.
Nos dejó así, el mejor, sino el único, documento histórico sobre una época de
transición en que fue sepultado el pueblo-base de nuestra nacionalidad; de ese
drama tendríamos muy escasas noticias, a pesar de lo reciente, por la labor de
los informantes documentales y eruditos, sin la presencia de su testimonio
poético elaborado en una vida de hombre "comprometido", y en causas perdedoras.
Con esto se comprenderá porque he subtitulado este trabajo como "apuntes para
una sociología" con la esperanza de proporcionar al sociólogo, desde la orilla
de la ciencia, elementos de información y juicio no técnicamente registrados,
que suelen perderse con la desaparición de los contemporáneos. Que lo logre o
no, dependerá de mis aptitudes que "pido a los santos del cielo" me ayuden a
ponerme en la huella de tan ilustre marginal de lo científico.
Al mismo tiempo, pretendo ofrecerle a mis paisanos un espejo donde vean
reflejadas ciertas modalidades nuestras, particularmente en la cuestión de los
status, de cuya evolución histórica me ocuparé en primer término. Deseo hacerlo
amablemente, abusando del escaso humor de que dispongo, para atenerme al
castigat ridendo mores, en espera de que la comprensión de la falsedad de
ciertas situaciones, y el ridículo consiguiente, contribuyan a liberar a muchos
de las celdas de cartón en que se encierran con la aceptación de artificiales
convenciones.
El sociólogo apreciará los hechos que refiero, valorándolos según el juicio que
surja de su particular inclinación interpretativa. Yo sólo pretendo señalarlos y
es su tarea determinar causas, lo que no excluye que ocasionalmente me aventure
hasta las mismas, cuando lo imponga la descripción de los grupos identificados.
Esencialmente aspiro a señalar la gravitación en nuestra historia de las pautas
de conducta vigentes en los grupos sociales que la han influido, y solo
subsidiariamente referirme a las causas originarias de las mismas.
Con lo ya dicho, —la naturaleza de testimonio de este trabajo— excuso la
ausencia de informaciones estadísticas y de investigaciones de laboratorio que
pudieran darle, con la abundancia de citas y cuadritos, el empaque científico de
lo matemático y al autor la catadura de la sabiduría. Las pocas pilchas que lo
visten son las imprescindibles para justificar la presentación del testimonio. 1
RELATIVIDAD DEL DATO "CIENTÍFICO"
A este respecto debo confesar mi prevención contra los datos de ese género que
en muchas ocasiones, con su deficiencia perturban más que ayudan. Creo en la
eficacia utilizar como correctivo del dato numérico la constatación personal
para que no ocurra lo que al espectador de fútbol que con la radio a
transistores pegada a la oreja, cree que dice el locutor con preferencia a lo
que ven sus ojos.
Por vía de ejemplo van pruebas al canto:
"La Nación" del 6 de marzo de 1966, nos informa sobre el resultado de un
relevamiento aerofotográfico realizado en la ciudad de Córdoba, para comprobar
la validez del registro de propiedades urbanas de la Municipalidad de esa
Capital. Dice el ingeniero Víctor Hansjurgen Haar, quien tuvo a su cargo el
relevamiento, que la pesquisa ha indicado que sólo el 50 % de las propiedades se
encuentran correctamente registradas, y de ese 50% si bien cumplen con sus
obligaciones al fisco, no han declarado sus propietarios mejoras que se han
hecho en sus viviendas.
Esto significa que el 50% de la ciudad de Córdoba no existe estadísticamente
pues los datos sobre la construcción se recogen de los registros municipales. El
sesudo investigador que sólo se guía por estos datos y no por las empíricas
comprobaciones, se encontrará con que la oficina en que trabaja y el techo bajo
el que duerme no tienen existencia efectiva, según los datos de la realidad
científicamente documentada, si como es muy probable, ese techo y esa oficina
pertenecen al 50% de construcción que para la estadística es inexistente. En
cambio otras informaciones estadísticas le permitirán comprobar paralelamente
que Córdoba ha crecido varias veces en estos últimos decenios, en población y en
actividad, con lo que tendrá que concluir que Córdoba es un fenómeno urbano en
el cual la mayoría de la población está indomiciliada y donde no existen las
fábricas, los talleres, los escuelas, etc., que resultan de otras estadísticas
que no son las de la construcción. ¿A cuáles se atendrá?
(Limitándome a la construcción, ya había hecho mi composición de lugar hace
mucho tiempo mediante una somera investigación reducida a la manzana céntrica de
Buenos Aires en que resido y que el lector puede hacer en la suya. Pude
comprobar que las modificaciones interiores en las casas de la manzana hechas en
los últimos años sin la correspondiente intervención municipal —presentación de
planos, aprobación, permiso de construcción e inspecciones— importaban una
inversión muy superior a la de los dos o tres edificios nuevos construidos en la
misma manzana con el consiguiente registro municipal. Sáquele la punta el lector
a este hecho y trasládelo a la crítica general de los datos estadísticos).
El caso de Córdoba se repite para el Gran Buenos Aires en dos épocas distintas.
Desde las últimas décadas del siglo pasado Buenos Aires y sus alrededores
recibieron gran parte del contingente inmigratorio europeo cuando el Hotel de
Inmigrantes y el conventillo fueron escalones hacia la casita propia. Es muy
posible que el italiano, el español o el turco que las levantaron construyendo
una pieza y una cocinita, sin sanitarios, haya registrado en la municipalidad
suburbana esa primitiva construcción. Pero ese hombre ahorrativo que realizaba
el sueño de la casa propia fue agregando habitaciones construidas con la ayuda
de un media cuchara, a lo largo del lote que pagaba en mensualidades, pues la
casa crecía a medida que crecía la familia. Y éstas no las registró.
El fenómeno volvió a repetirse cuando a la ola inmigratoria ultramarina sucedió
la migración provinciana hacia los centros industriales. Cualquier inspector
municipal del Gran Buenos Aires podrá decir cómo se suceden barriadas y
barriadas enteras no inscriptas en los padrones municipales. (O tal vez no se lo
diga porque allí hay un "rebusque": sorprender a los vecinos de esas barriadas
en plena construcción sabatina y dominical con el aporte voluntario de vecinos y
amigos, para paralizarle la obra por falta de planos y llegar, después del susto
consiguiente al "arreglo" ¡Pero el "arreglo" tampoco figura en las estadísticas!
Sin embargo, sería interesante registrar estadísticamente el monto de los mismos
que explicarían por qué esos inspectores se resignan al mísero sueldo comunal,
que no alcanza para mantener el automóvil que tienen a la puerta y es elemento
imprescindible para el descubrimiento de las infracciones al Digesto, que dan
origen al arreglo).
Si a la estadística de la construcción le falla la base, ¿qué puede informar la
estadística sobre la mano de obra si el dueño de casa, sus amigos y parientes
que colaboran no pertenecen al gremio de la construcción y están registrados en
otras actividades? ¿Y qué datos sobre el consumo de materiales de construcción
cuando se utilizan restos de demolición, elementos en desuso u objetos de otro
destino habitual que no pasan ni siquiera por el control de producción de la
fábrica? ¿Y qué valor tienen los datos sobre el producto bruto del país si los
datos sobre la construcción de viviendas en la parte más extensa del Gran Buenos
Aires en los últimos veinte años, en que se sumaron millones de habitantes, no
figuran en los mismos ni por lo construido, ni por mano de obra, ni por
materiales empleados?
La rectificación por la experiencia del dato aparentemente científico exige
haberse graduado en la universidad de la vida: por lo menos tener algunas
carreras corridas en esa cancha, sin perjuicio de la bastante Salamanca para
ayudar a Natura. Porque si el ratón de biblioteca, de hábitos sedentarios y
anteojos gruesos, no es el más indicado para corregir el dato con las
observaciones, tampoco basta con mirar para ver.
EL ESTAÑO COMO MÉTODO DE CONOCIMIENTO
Tener estaño es una expresión sucedánea de otra tal vez más gráfica pero menos
presentable, y se refiere al "estaño" de los mostradores. Recuerdo que Lucas
Padilla o el "Colorado" Pearson, no estoy seguro cual de los dos, que actuaban
en los movimientos iniciales del nacionalismo, dijo una vez que la condición de
"pianta-votos", calificación atribuida a Perón, provenía de que los fundadores
del movimiento eran "niños bien" de "familias bien" es decir, los juiciosos
"hijos de mamá"; que otra cosa hubiera ocurrido si los primeros hubieran sido
"niños mal" de "familias bien", esto es "tenido estaño".
Tal vez la deficiencia de nuestros datos científicos obedezca al tipo de nuestra
economía y sociedad en transición, fluida en sus etapas cambiantes —como ocurrió
en los Estados Unidos, cuyas técnicas son ahora modelo imprescindible, desde el
final de la Guerra de Secesión hasta la primera de las guerras mundiales; que
sus métodos sólo sean compatibles con la existencia de un capitalismo de
concentración muy avanzado, o con el socialismo, que excluyen la presencia del
pequeño empresario, del taller patronal que conserva una organización casi
artesanal, de la abundancia de pequeños productores que entre nosotros
representan el grueso de las actividades. (Si Ud. tiene alguna duda al respecto,
averigüe qué dato estadístico proporciona el tallercito donde arregla su
automóvil, el hojalatero que le arregla el balde, el colchonero, el marquero de
sus cuadros, etc., etc., las múltiples actividades de empresarios que calculan
los costos a ojo, no llevan contabilidad, no están inscriptos, no registran su
producción, eluden impuestos, etc.).
En cambio el ajuste de los datos es condición de existencia en las grandes
organizaciones económicas con sus contabilidades organizadas, su propia
estadística, el registro de los costos, es decir, los elementos básicos para una
estadística general.
Parecida cosa ocurre con los censos y encuestas, donde se suman factores
personales propios del informante y del recolector de datos que además pueden
ser típicos de nuestra modalidad, factor del que se prescinde cuando se aplican
sistemas que pueden ser hábiles en su lugar de origen.
Así, frecuentemente, el interrogado está prevenido contra el interrogatorio y
tiende a desfigurar los hechos; además, muchas veces es descomedido y grosero
con el agente de la investigación. Es lo que pasa en las "investigaciones de
mercado".
El "Hombre que está solo y espera" no es un tipo fácil. Pregúntele usted a un
paisano su juicio sobre algo o alguien y oirá que le contesta: Regular. Pero
regular quiere decir bueno; o muy bueno; también malo. Serán su oído y el
conocimiento del hombre los que darán la interpretación, según el tono y tal vea
algún detalle mímico. Pero esto no es para el "potrillo" que hace la encuesta y
menos para la computadora electrónica. ¿Y el "gallego"? —el gallego de Galicia,
se entiende—; hágale usted una pregunta cualquiera y verá que le contesta con
otra: pruebe, y le juego cualquier cantidad a que acierto
Hace pocos días llevé a un industrial, que creía en la eficacia de las
"encuestas", a un café para mostrarle cómo actuaban los agentes de una
investigación que había contratado. Los muchachos a quienes se les paga por el
número de planillas que llenan estaban reunidos a lo largo de dos mesas y los
formularios se alternaban con los pocillos de café. Mi amigo industrial puso los
ojos como "dos de oro" cuando oyó que unos a otros se preguntaban. Y a este,
¿qué le ponemos?, y así las iban llenando, cansados de golpear puertas
estérilmente, o de que los encuestados les hicieran un interrogatorio a ellos en
actitud defensiva, o les contestaran a la "macana". Si todavía tiene alguna
duda, lector, recuerde que le responde a esa vocecita femenina que le pregunta
por teléfono: ¿Qué programa de televisión está usted viendo? Y por lo que usted
le contesta considera la validez del rating que está haciendo la vocecita.
Pero, además de la muy relativa validez de los datos, existe el uso malicioso de
la información, para fines políticos y económicos, como la creada por los
órganos de publicidad y por las manifestaciones de los grupos económicos
agroimportadores interesados en dar una imagen del país que les conviene y que
en los últimos años es directamente depresiva.
EL CHICO DE LA BICICLETA
El doctor Manuel Ortiz Pereyra, uno de los fundadores de F.O.R.J.A., fallecido
hace ya muchos años, dejó un pequeño libro, editado en 1926 ó 1927, que se
titulaba "El S.O.S. de mi pueblo". Era hombre con mucho "estaño", dotado de una
notable inteligencia que le había permitido superar la solemnidad y el empaque,
entonces anexos al título universitario; había sido la suya una vida múltiple y
agitada en la que había tocado los más variados niveles de la fortuna y de las
actividades ciudadanas; además, Dios lo había dotado de gracia.
Sobre esto de la información traía un capítulo titulado "El chico de la
bicicleta".
Comentaba allí la apariencia técnica con que los diarios presentan una página
llena de cuadritos con letras y números diminutos, donde se habla de
cotizaciones de la producción en mercados de los que el chacarero nunca oyó
hablar y en medidas y precios de los que no tiene la menor idea. El chacarero,
decía, se hace una imagen borrosa donde se embarullan Winnipeg, Ontario,
Yokohama, Rotterdam, con dólares, libras, yens, rupias, florines, toneladas y
bushells, todas palabras misteriosas para él. No entiende, pero está muy
agradecido a los grandes diarios que se preocupan por ilustrarlo para la defensa
del precio de su cosecha, y supone que estos sostienen grandes oficinas llenas
de peritos de toda clase, que le proporcionan la información.
No hay nada de eso, decía Ortiz Pereyra. Lo único que hay es un chico con una
bicicleta que va a buscar la página a lo de Bunge y Born o a lo de Dreyfus; es
decir que la aparente información para el vendedor la proporciona el comprador.
¡Y hace tanto tiempo que vamos al almacén con el "Manual del Comprador" escrito
por el almacenero! El último que se ha "avivado" es Raúl Prebisch2.
De tal manera, a los efectos que en sí tiene la supuesta información científica,
se agrega ésta del "chico de la bicicleta" donde la "información científica" es
utilizada, y aun los datos correctos, de manera hábil para despistarnos mediante
el manejo de la publicidad.
Lo que llevo dicho basta para dar la idea que me propongo. He citado sólo
algunos casos, tanto de la falacia del dato, como de su utilización maliciosa
para sorprender al que no está prevenido y carece de "cancha" para leer las
entrelíneas de la información. Deseo que el lector lo tenga presente, cuando
recordando que el que escribe es un hombre comprometido, lo confronte con otros
informantes de apariencia aséptica. La verdad es que todos estamos comprometidos,
por que todos estamos en la vida y la vida es eso: compromiso con la realidad.
Me resta advertir que con frecuencia seré redundante volviendo a lo ya dicho
para ampliar algo, presentarlo desde otro punto de vista, o relacionarlo con lo
que se expone en ese momento. Espero que se me perdone, pues escribo para mis
paisanos del común, a quienes quiero facilitar la lectura que desearía fuese
como un diálogo y que no deje a nadie en ayunas por un prurito de precisión
técnica o sobreentendidos. Cárguelo a la cuenta de la común inteligencia que
busco, y que también me obliga a ser algo difuso y a apelar al socorro de
ejemplos y anécdotas ilustrativas, que pudieran ahorrarse con el lenguaje para
iniciados que simplifica la exposición, pero que puede resultar esotérico para
el profano.
IDENTIFICACIÓN DEL MEDIO PELO
Falta ahora explicar por qué digo medio pelo.
En principio decir que un individuo o un grupo es de medio pelo implica señalar
una posición equívoca en la sociedad; la situación forzada de quien trata de
aparentar un status superior al que en realidad posee. Con lo dicho está claro
que la expresión tiene un valor históricamente variable según la composición de
la sociedad donde se aplica.
Francisco Javier Santamaría ("Diccionario General de Americanismos" México, Ed.
P. Robredo, 1942) define el medio pelo: "En México dícese de la persona que no
pertenece a la clase decente; pardo. No hay que confundir el trabajador, etc.,
con el medio pelo que es la gentuza o pelusa, la gente de mala educación,
mediocre social, palurda y basta. Pero aun este mismo concepto varía con el
lugar. Así dice: En Puerto Rico la persona de color o cruzada que no es de raza
blanca o pura. En México la calificación parte de la estructura social. En
Puerto Rico esencialmente de la racial, tal vez porque raza y clase se
identifican allá.
Tobías Garzón en su "Diccionario de argentinismos" expresa: Aplícase a las
personas de sangre o linaje sospechoso o de oscura condición social que
pretenden aparentar más de lo que son. Aquí sangre no es una referencia racial
sino una complementación de linaje, pues como lo veremos más adelante el linaje,
expresado por la legitimidad de la filiación, es un factor predominante para
marcar la composición de las clases. Pero Garzón está hablando en una época que
corresponde a la estructura tradicional de la sociedad argentina. A renglón se
remite a la Academia que dice: locución figurada y familiar con que se zahiere a
las personas que quieren aparentar más de lo que son o cosa de poco mérito e
importancia.
La primera definición que hace Garzón corresponde al momento local en que la
hace; al remitirse a la expresión de la Academia le da luego la latitud que
corresponde a una situación general. Medio pelo es el sector que dentro de la
sociedad construye su status sobre una ficción en que las pautas vigentes son
las que corresponden a una situación superior a la suya, que es la que se quiere
simular. Es esta ficción lo que determina ahora la designación y no el nivel
social ni la raza.
Cuando en la Argentina cambia la estructura de la sociedad tradicional por una
configuración moderna que redistribuye las clases, el medio pelo está
constituido por aquella que intente fugar de su situación real en el remedo de
un sector que no es el suyo y que considera superior. Esta situación por razones
obvias no se da en la alta clase porteña que es el objeto de la imitación;
tampoco en los trabajadores ni en el grueso de la clase media. El equívoco se
produce a un nivel intermedio entre la clase media y la clase alta, en el
ambiguo perfil de una burguesía en ascenso y sectores ya desclasados de la alta
sociedad.
CAPÍTULO I
EL MARCO ECONÓMICO DE LO SOCIAL Y LOS TRES FRACASOS DE LA BURGUESÍA
EL "PROGRESO INDEFINIDO"... Y SUS LÍMITES
Las generaciones que se propusieron el "progreso indefinido", y lo fundaron en
el exclusivo desarrollo agropecuario, actuaron como si estuviesen en presencia
de un horizonte cuyos límites fugan delante del que marcha. Fueron congruentes
con el pensamiento filosófico de la época, como el personaje de la zarzuela:
"hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad". La superstición
cientificista se alimentaba de una gran simplicidad que suponía que entre la
lente del microscopio y la del telescopio podía caber todo el universo. Pero
mayor simplicidad fue ignorar que el límite de la expansión económica
agropecuaria estaba dado por la extensión de las pampas, su fertilidad y la
curva de las precipitaciones pluviales.
Mucho más adelante este límite podría ser trascendido corriendo la lana más al
sur y al oeste o con la aparición de los sorgos, ampliando la zona
agrícola-ganadera hacia tierras entonces consideradas semiáridas, o con la
diversificación de la producción agraria en los regadíos o en las zonas
tropicales y subtropicales, pero se haría para satisfacción de otros mercados,
particularmente el interno al crecer, y esto estaba fuera del presupuesto del
"progreso indefinido", que consistía en el intercambio cereal-carne por
manufacturas.
También estaba fuera de ese presupuesto la relativa ampliación del espacio
pampeano en sentido vertical, agregando algún pisito a la producción, por el
mejor manejo de tierras, su abono, o por la aplicación a la genética al cereal
de lo que ya se hacía con el refinamiento de las haciendas. En cambio estaba a
la vista la disminución de la producción de cereales, inevitable por la erosión
o el desgaste de los suelos en sucesivas cosechas expoliadoras y la
inmovilización de gran parte de la todavía zona cerealera al convertirse en
alfalfares destinados a la invernada de haciendas.
Los límites de ese progreso estaban marcados por la geografía; una vez ocupado
el espacio de la pampa húmeda se habría llegado al tope de las posibilidades de
la producción previsible para el intercambio con la metrópoli, en cuanto a la
cantidad.
RELACIÓN DE LOS TÉRMINOS DEL INTERCAMBIO
En cuanto al precio, el error es más comprensible: todavía la ciencia económica
no había esclarecido eso de "la relación adversa de los términos del
intercambio", que consiste, simplemente, en saber que el proceso de
transformación de la materia prima va incorporando costos a la misma y que éstos
son absorbidos, en las distintas etapas de la transformación, por el salario y
el capital del país donde se industrializa, de manera tal que las materias
primas, en cuanto productoras de riqueza, sólo benefician en la primera etapa al
país que las produce y exporta en bruto, mientras se le incorporan riqueza en
cada etapa de la transformación, en el país que las transforma.
(Así, al que exporta hierro o lana sólo le queda lo correspondiente a la
producción minera o ganadera, mientras que el proceso que va del hierro o la
lana a la máquina o el traje va dejando, en el país que importa la materia
prima, todos los costos de las sucesivas modificaciones, a los que se incorporan
los costos de los instrumentos utilizados, desde el transporte y el seguro, a la
remota labor de los que preparan las máquinas usadas en la transformación,
sumados a la transformación misma. Con esto quiero decir que la valorización
primaria es la única que beneficia al país productor de la materia, mientras que
el país transformador incorpora los aumentos, o las economías originadas por el
desarrollo técnico, a la capacidad de su propio mercado. Así, si a principios de
siglo equis kilos de lana permiten comprar una locomotora, treinta años después
hacen falta cinco o seisveces más de lana para el mismo cambio, pues, en el
mejor de los casos, el aumento del valor absoluto de la lana es un aumento que
no compensa los innumerables aumentos correspondientes a los innumerables
momentos de la transformación. Esta aclaración no es exactamente técnica, pero
permite dar una idea al profano de en qué consiste ese enunciado un poco
misterioso "de la relación adversa de los términos del intercambio").
La estadística al respecto nos puede ilustrar con precisión. Los índices usados
traducen la capacidad adquisitiva de 100 unidades de materias primas respecto de
los productos manufacturados.
Años Índices
(1958 = 100)
1876/1880 ................................ 147
1901/1910 ................................ 132
1930 .......................................... 105
1938 .......................................... 100
Pero cuando se trata de las materias primas que produce la Argentina la
situación se hace mucho más onerosa. Así la relación de precios del intercambio
de la Argentina, según la CEPAL ("El Desarrollo Económico de la Argentina",
México, 1959, T. I, pág. 20), evoluciona en la siguiente forma:
Año Índice
1949 ................................... 143,8
1953 ................................... 100
1957 ................................... 72,5
Lo que significa que en 10 años el poder adquisitivo de la materia prima
argentina en producto industrial importado ha disminuido al filo de la mitad.
(Ver nota en el Apéndice).
LA POBLACIÓN
La inmigración vino a satisfacer las exigencias del complejo de inferioridad
racial que padeció aquella generación de hispano-americanos avergonzados de su
origen y que se liberaban del mismo calificando al resto de connacionales como
víctimas de taras congénitas que los hacían inadecuados para la civilización; la
promovieron, a pesar de sus reticencias en cuanto a los meridionales de Europa,
porque su brazo y su técnica les eran imprescindibles para ese progreso soñado,
y en función de ese progreso previeron un crecimiento de población por la
continuidad de la ola inmigratoria y el crecimiento vegetativo de los hijos del
país nuevo. Así el "progreso indefinido" tenía una meta muy distante que acuñó
una frase de ritual conmemorativo : "El día en que cien millones de argentinos
irán ante el trono del Altísimo, conducidos por la azul y blanca".
Ni vieron el límite del espacio geográfico apto para la economía que fundaban,
ni vieron el límite de la población que cabía en ese espacio y con esa economía;
jugaron la suerte definitiva del país a un destino de país chico creyendo que
jugaban a la grandeza: creyendo que jugaban a la lotería jugaban a la quiniela;
buscando el premio mayor jugaban a las dos cifras.
Cuando el país llegó a la décima parte de la población prevista y fue ocupado
totalmente el espacio geográfico destinado a la carne y al cereal, el "progreso
indefinido", en el orden agropecuario, se detuvo. En adelante todo progreso
significaría una competencia, un factor de perturbación en la estrategia
económica prevista para la Argentina y, por consecuencia, todo el aparato de
dirección económica que ellos habían dejado en manos del extranjero, por su
incapacidad para realizarse como burguesía, se convertiría en el instrumento del
antiprogreso.
Con esto creo que queda bien evidenciada la naturaleza real de un debate
frecuente en el cual los partidarios del retorno al pasado invocan como su gran
argumento el progresismo de aquellas generaciones para oponerlo al progresismo
de las nuevas, sin comprender que aquel progresismo apresurado, como economía
dependiente, fue el plato de lentejas por el que los primogénitos vendieron las
posibilidades de una economía nacional integrada, que fatalmente reclamaría sus
derechos una vez cubiertas las precarias posibilidades de aquel progresismo.
OLIGARQUÍA = DEPENDENCIA
O comprendiéndolo. Y aquí dejo la palabra a un economista que nos explicará la
alianza de las fuerzas económicas internas correspondientes a ese progreso
limitado, con las fuerzas extranjeras que dirigieron y aun dirigen los resortes
esenciales de nuestra economía, que quedó en sus manos por la incapacidad de
esas mismas fuerzas internas.
Dice Aldo Ferrer ("La economía argentina", Ed. Fondo de Cultura Económica
—1963—) : ... Finalmente, dado el papel clave que el sector agropecuario jugó en
el desarrollo económico del país durante la etapa de economía primaria
exportadora, la concentración de la propiedad territorial en pocas manos
aglutinó la fuerza representativa del sector rural en un grupo social que
ejerció, consecuentemente, una poderosa influencia en la vida nacional. Este
grupo se orientó, en respuesta a sus intereses inmediatos y los de los círculos
extranjeros (particularmente británicos) a los cuales se hallaban vinculados,
hacia una política de libre comercio opuesta a la integración de la estructura
económica del país mediante el desarrollo de los sectores industriales básicos,
naturalmente opuesta también a cualquier reforma del régimen de tenencia de la
tierra. La gravitación de este grupo no llegó a impedir el desarrollo del país
en la etapa de la economía primaria exportadora, dada la decisiva influencia de
la expansión de la demanda, externa y la posibilidad de seguir incorporando
tierras de la zona pampeana a la producción. Sin embargo, después de 1930,
cuando las nuevas condiciones del país exigían una transformación radical de su
estructura económica, la permanente gravitación del pensamiento económico y la
acción política de ese grupo constituyó uno de los obstáculos básicos al
desarrollo nacional.
Con lo dicho queda señalada la miopía de los hombres que desde 1853 han pasado
en nuestra historia como los grandes visionarios del destino racional y también
el proceso por el cual los continuadores de aquellos "chicatos" ilustres se
empeñan en ponerle al país las anteojeras que le impiden encontrar su verdadero
camino, pues lo que en aquellos fue miopía en éstos es un estado de conciencia
que resulta de la fusión de la estructura de sus intereses actuales con el
mantenimiento de nuestra tradicional estructura económica.
GRAN BRETAÑA JUEGA SUS CARTAS
Ahora, dejando a los miopes conviene señalar a quién los condujo con su vista
larga, porque siempre junto al ciego hay un lazarillo que lo guía, como el de
Tormes, contra el guardacantón.
El progreso agropecuario argentino se iba realizando a medida que el país
encajaba como la pieza de un puzzle en la organización económica buscada por el
Imperio Británico con su avanzada ideológica: la doctrina manchesteriana.
Si en un principio el Río de la Plata fue considerado por la política de Gran
Bretaña como una de las tantas plazas comerciales ultramarinas interesantes al
comercio de Su Majestad, el pensamiento se completó después en la fórmula de
Cobden (Inglaterra será el taller del mundo y la América del Sur su granja)
precisada luego en la conformación exclusivamente agrícola-ganadera que hizo de
nuestro país lo que Raúl Scalabrini Ortiz ha llamado "base y arma del
abastecimiento británico".
Bastará para señalar lo acertado de esta afirmación leer las instrucciones que
da Churchill —ya en nuestros días— a Lord Halifax al encargarle las
negociaciones para la intervención norteamericana en la última guerra ("Memorias
de Winston Churchill", Tomo VIII Ed. Boston): "Por otra parte nosotros seguimos
la línea de EE.UU., en Sud América, tanto como es posible, en cuanto no sea
cuestión de carne de vaca o carnero". La expresión de Cobden, América del Sud,
se concreta de manera precisa: Río de la Plata. Si aquí Scalabrini Ortiz acuñaba
su frase, allá Churchill la ratificaba.
El gran ministro británico lo hacía en el momento más dramático de la historia
inglesa, cuando ya no el Imperio sino la misma metrópoli estaba al borde del
derrumbe del que sólo podía sacarla el éxito de la misión encomendada; en ese
momento toda la América del Sur podía ser objeto de negociación con la metrópoli
del Norte, toda, menos el Río de la Plata.
LA DÉCADA INFAME CONFIESA SU JUEGO
Esto nos permite fijar, y para más adelante, el alcance y los límites de ese
progreso. Cuando en 1934 el vicepresidente de la República, Dr. Julio Roca, como
embajador argentino (negociación del tratado Roca-Runciman) dice en Londres que:
"La Argentina forma parte virtual del Imperio Británico", no hace más que
confirmar la naturaleza dependiente de nuestra economía como pieza en el puzzle
imperial. Si la frase es lesiva para nuestra soberanía y honor nacional y
provocó las consiguientes reacciones patrióticas en quienes las sentimos
profundamente, esto no ocurrió porque estuviéramos ajenos al conocimiento de esa
realidad que, precisamente, estábamos denunciando. Lo indignante era la
aceptación como destino definitivo y como finalidad por los gobernantes
argentinos cuando ya la miopía de los fundadores no era posible. Porque el Dr.
Julio Roca no lo expresaba como la comprobación de un hecho destinado a
superarse, sino como ratificación de la conformidad de ese gobierno y los
sectores que representaba con la condición de dependencia que allí se reconocía.
El Tratado Roca-Runciman lo confirmó, porque fue un compromiso para que al
precio de algunas ventajas a un sector dirigente del país se cristalizase
definitivamente esa virtual incorporación al Imperio.
Así, las leyes votadas en 1935, y que constituyeron el estatuto legal del
coloniaje, tuvieron por finalidad detener cualquier progreso argentino en otra
dimensión que pudiera modificar su situación en el puzzle. La política del "progreso"
devenía ya la del antiprogreso, y la fuerza que nos había impulsado a andar, era
ahora la que nos detenía.
Sintetizando: se aceleró nuestro desarrollo para integrarnos eficazmente en el
Imperio. Ahora éste había llegado a los límites técnicamente exigidos y
cualquier progreso de otro orden implicaría una alteración de la finalidad
propuesta.
PRIMER FRACASO: LA GENERACIÓN CONSTITUYENTE. LIBERALISMO INTERNACIONAL O
LIBERALISMO NACIONAL
Es que en toda colonización hay ese momento próspero mientras se avanza hacia el
límite óptimo de sus necesidades. Y el frenazo después. He ahí las dos fases de
una misma política.
¿La adscripción de la Argentina al sistema de la división internacional del
trabajo era inevitable para los vencedores de Caseros? ¿La única perspectiva de
progreso que se tenía por delante era la impuesta por la ortodoxia liberal y el
libre juego de las fuerzas económicas nacionales e internacionales con que se
adoctrinaban?
Ni teórica ni prácticamente era así. Lo que sí puede ser cierto es que las
condiciones históricas determinaban la organización capitalista de la
producción. Es cierto que era la hora del capitalismo en marcha, pero no la del
internacionalismo liberal. Los constituyentes del 53 buscaron su inspiración en
las instituciones de los Estados Unidos, y hay aquí que preguntarse por qué se
quedaron en las apariencias jurídicas y eludieron la imitación práctica. ¿No
entendieron la naturaleza profunda del debate entre Hamilton y Jefferson o la
entendieron y vendieron después a las generaciones argentinas desde la
Universidad, desde el libro y desde la prensa una interpretación superficial y
formulista?
En ese debate está sintetizado el enfrentamiento entre el liberalismo ortodoxo,
que implicaba aferrarse a la división internacional del trabajo, y el
liberalismo nacional, que construyó los Estados Unidos, que fue el instrumento
de su grandeza y le sirvió para delimitar la esfera propia del desarrollo
norteamericano por oposición a la subordinación económica a la metrópoli, que
hubiera convertido la independencia en una ficción. ¿Entre tanto libro que
leyeron "al divino botón" no encontraron una línea de las que habían escrito
Carey e Ingersoll, y no tropezaron con un volumen del "Sistema de Economía
Nacional" de List, que fueron los teóricos del desarrollo da una economía
capitalista nacional, es decir, de un capitalismo y un liberalismo para los
norteamericanos o, los alemanes, y no para los ingleses? ¿No sabían que esa
heterodoxia que le cortó las alas al águila de la división internacional del
trabajo nutrió la gallina prolífica que ponía los huevos para los hijos de su
tierra, defendiendo con la protección aduanera el fruto del trabajo nacional y
promoviendo el desarrollo interno, con el Estado como propulsor de la grandeza?
¿Por qué se atrevieron a la doctrina liberal como mercadería de exportación para
vender a zonzos y no a la doctrina liberal, reelaborada en los Estados Unidos
para la construcción de una economía liberal pero integrada?
Y contemporáneamente también, y más adelante, ¿por qué prescindieron del ejemplo
de Alemania, que realizó su propia política liberal, pero nacional, empezando
por el “zollverein” hasta llegar a la construcción de la gran Alemania cuando el
pensamiento político de Bismarck integró el pensamiento económico del mismo List,
perseguido por los príncipes como liberal y por los liberales como nacional?
Alemania, hasta ese momento, no había sido más que el mísero país del que habla
Voltaire; el campo de batalla de franceses, suecos, austriacos y españoles, en
el que nunca había pesado el interés de sus nacionales. Los factores materiales
de la grandeza alemana habían estado siempre allí: sus puertos y sus ríos, el
genio y la capacidad de trabajo de sus hombres, los bosques en las faldas de las
montañas, los granos y las carnes en los valles y las llanuras, el hierro y el
carbón en las entrañas de la tierra; todas las condiciones materiales de la
grandeza que sólo se manifestaron cuando el pensamiento y la voluntad nacional
se articularon para ponerlos a su servicio.
(Conviene recordarlo a los que creen que sólo los factores materiales determinan
la historia y subestiman el pensamiento y la voluntad que puede hacer una mísera
dependencia de un país rico, y una metrópoli de un país pobre en recursos
materiales.)
LA GUERRA DE SECESIÓN: EJEMPLO PRÁCTICO
Pero hubo después en los Estados Unidos la guerra de Secesión: allí se
enfrentaron sangrientamente el Norte, liberal nacionalista, con el Sur,
adscripto a la producción exclusiva de materias primas, y puede decirse que la
verdadera independencia de los Estados Unidos se resolvió en el campo de batalla
de Gettysburg. ¿Cómo fue que los promotores de la política liberal
internacionalista siempre tratando de imitar a los Estados Unidos, no
comprendieron el verdadero sentido de esa guerra, y cómo el "Destino Manifiesto"
sólo podía cumplirse a condición de que el país industrial que promovía el
desarrollo interno venciese al país de producción primaria que lo obstaculizaba?
¿Lectores pueriles de las doctrinas exportadas como los collares de abalorios
para seducir a los indígenas, sólo vieron en aquella página dramática de la vida
norteamericana la seducción lacrimógena de "La Cabaña del Tío Tom", sin percibir
el trasfondo económico y político de los acontecimientos?
¿Y cómo es posible que generaciones y generaciones de juristas hayan acosado a
los estudiantes de derecho y de economía con la vida de las instituciones
norteamericanas a través de su permanente evolución, en la jurisprudencia del
Supremo Tribunal, sin percibir el hecho económico que rigió y condujo esa
construcción jurídica, en la que la vida fue acordándose a las exigencias de la
realización económica integral, según el país iba creciendo de la estrecha
franja original en el Atlántico hacia el Medio Oeste, los desiertos interiores y
la costa del Pacífico, o el desborde sobre la tierra mexicana?
¿Lo vieron o no lo vieron? ¿Traidores o "chicatos"? Esa es la alternativa. En
"Política y Ejército" he señalado un factor cultural que también pesó en esa
ceguera. Desde el día siguiente de la independencia, directoriales y unitarios,
cuyos continuadores habrían de ser los famosos "visionarios", partieron de la
urgencia por hacer el país no según lo determinaban sus raíces —como se hace el
árbol hasta la copa—, sino según un modelo a trasplantar. Quisieron realizar
Europa en América y todo lo que Europa les ofrecía era válido; y sin valor lo
que surgía de la realidad. Trabajaron para la destrucción de la Patria Grande,
porque, consciente o subconscientemente, les estorbaba a su apuro la montaña, la
selva, el río y el hombre, por español, por indio o por mestizo.
Gobernar es poblar, como diría Alberdi, pero despoblando primero como ellos lo
hicieron para abrir la tierra a nuevos hombres que imaginaban no iban a ser
americanos. Así es como también diría Alberdi, resumiendo sin saberlo el
pensamiento original de su grupo: "El mal que aqueja a la Argentina es la
extensión". Por eso había que achicarla. Empezó Rivadavia facilitando la
segregación del Alto Perú y la Banda Oriental; lo harían los unitarios en los
largos años de la guerra civil buscando con la ayuda extranjera la segregación
del Norte y la Mesopotamia; lo haría Mitre abriendo un abismo de sangre y de
luto con el Paraguay. Siempre estuvieron decididos a achicar el espacio, y así
segregaron Buenos Aires frente al gobierno de Paraná. Reducir la patria a la
pampa húmeda, fácilmente europeizable, permitía ahorrar tiempo en el camino de
la grandeza concebida a través de la pequeñez. Congruentemente fue necesario
destruir el Paraguay, que se había puesto a la vanguardia del progreso
americano, cerrándole el camino al pernicioso progreso conseguido contra las
normas manchesterianas.
EL PROFETA DEL LIBRE CAMBIO Y SUS APÓSTOLES
Y esto no es una afirmación al pasar. Oigámoslo a Mitre en la oración
pronunciada saludando a los soldados que venían de desangrarse en los esteros
paraguayos: "Cuando nuestros guerreros vuelvan de su larga y victoriosa campaña
a recibir la larga y merecida ovación que el pueblo les consagre, podrá el
comercio ver inscriptos en sus banderas los grandes principios que los apóstoles
del libre cambio han postulado para mayor felicidad de los hombres”.
Y véase ahora esto de Sarmiento que ajusta perfectamente al alcance de esa
libertad de comercio y el límite fijado por sus apóstoles: “La grandeza del
Estado está en la pampa pastora, en las producciones del Norte y en el gran
sistema de los ríos navegables cuya aorta es el Plata. Por otra parte, los
españoles no somos ni industriales ni navegantes y la Europa nos proveerá por
largos siglos de sus artefactos a cambio de nuestras materias primas”. Así dirá
Billinghurst: Llegaremos a exportar manufacturas dentro de mil años, y Vélez
Sársfield, autor del Código Civil, codificará en una frase la política de una
clase como inseparable del destino argentino: Es imposible proteger a los
industriales, que son los pocos, sin dañar a los ganaderos, que son los más. Esa
fue la mentalidad de los “visionarios” que sólo alcanzaron a verse la punta de
la nariz; ésa la gente que bajé con las Tablas de la Ley del Sinaí del 53.
Así se crearon las condiciones del capitalismo, pero se impidió el surgimiento
de un capitalismo nacional al ponerlo en indefensión frente a la economía
imperial. Así también, a medida que el progreso de la economía dependiente
consolidaba el poder de los intereses extranjeros en el país y ligaban a ellos,
como se ha explicado en la cita de Ferrer, los beneficiarios de la economía
puramente abastecedora, se hacía más difícil la aparición de una economía
capitalista propia. A mayor prosperidad de la economía exclusivamente
agropecuaria, mayor dificultad para fundar una economía nacional integrada. Así
quedaron excluidas las posibilidades del desarrollo de una política liberal
nacional por la rápida expansión de una política liberal internacional. Anotemos
como simple curiosidad el hecho que se ha señalado más arriba: en la deformación
mental que hizo posible que la inteligencia argentina aceptara ese hecho la
irrisión llegó hasta el punto de que el ejemplo de los Estados Unidos que
hubiera servido para fundar una economía nacional integrada, fuera utilizado
para impedirlo.
LA ARGENTINA PREINDUSTRIAL
¿Pudo, a nivel histórico 1853, planearse una política económica nacional?
¿Existía la posibilidad de surgimiento de una burguesía nacional que cumpliera
ese papel?
Existía. Y Juan Manuel de Rosas había sido su máxima expresión. Lo que hay que
saber es si Rosas no fue combatido por eso mismo y si el propósito de los
vencedores no fue precisamente aniquilar toda posibilidad de economía integrada,
que él acababa de demostrar. Vencido políticamente, quedaba su camino económico
para recorrer.
Rosas es uno de los pocos hombres de la alta clase que no desciende de los
Pizarros de la vara de medir que en el contrabando y en el comercio exterior
fundaron su abolengo. Por eso no tuvo inconveniente en ser burgués. Fundó la
estancia moderna y después fundó el saladero para industrializar su producción,
y fundó paralelamente el saladero de pescado para satisfacer la demanda del
mercado interno. Y defendió los ríos interiores y promovió el desarrollo náutico
para que la burguesía argentina transportara su producción; integró la economía
del ganadero con la industrialización y la comercialización del producto y le
dio a Buenos Aires la oportunidad de crear una burguesía a su manera. Pero
además, con la Ley de Aduanas, de 1835, intentó realizar el mismo proceso que
realizaba los Estados Unidos; frenó la importación y colocó al artesanado
nacional del litoral y del interior en condiciones de afirmarse frente a la
competencia extranjera de la importación, abriéndole las posibilidades que la
incorporación de la técnica hubiera representado, con la existencia de un Estado
defensor y promovedor, para pasar del artesanado a la industria1.
Pequeño intento, se dirá, pero para muestra basta un botón. Un botón construido
mientras los unitarios, en insurrección permanente, obligaban a la guerra
constante, y los grandes Imperios de la hora. Francia e Inglaterra y el vecino
Brasil, agredían las fronteras argentinas, atacaban la navegación, bloqueaban
los puertos, cañoneaban las fortificaciones y desembarcaban sobre nuestro
territorio con la complicidad de sus aliados internos.
Pequeña muestra, pero grande si se ve lo que ocurrió después.
Transcribo, también de "Política y Ejército", lo que sigue: "Martín de Moussy
señalaba los efectos de la libertad de comercio que Mitre había inscripto en las
banderas del Ejército según su arenga: La industria disminuye día a día a
consecuencia de la abundancia y baratura de los tejidos de origen extranjero que
inundan el país y con los cuales la industria indígena, operando a mano y con
útiles simples, no puede luchar de manera alguna.”
Dice José María Rosa: Los algodonales y arrozales del Norte se extinguieron por
completo. En 1889 el primer Censo Nacional revelaba que en provincias enteras
apenas si malvivían madurando aceitunas y cambalacheando pelos de cabra.
("Defensa y pérdida de la Independencia económica"). Ramos, de quien extraigo
esta cita ("Revolución y Contrarrevolución en la Argentina"), nos informa que en
1869 había 90.030 tejedores sobre una población de 1.769.000 habitantes, y en
1895 sólo quedaban 30.380 tejedores en una población de 3.857.000. Lejos de
importar máquinas de producción, el capitalismo europeo en expansión nos enviaba
productos de consumo. No venía a contribuir a nuestro desarrollo capitalista,
sino a frenarlo.
LA POSIBLE BURGUESÍA FRUSTRADA DE LA "PATRIA CHICA"
Ni los pálidos exiliados de Montevideo que echaron sebo después de Caseros, ni
los generales uruguayos brasileristas traídos por Mitre para la guerra de
exterminio de la población nativa, ni los pobretones doctores de la
Constituyente, podían haber constituido una burguesía. Pero estaba vivita y
coleando esa burguesía federal que se le había dado vuelta a Rosas después de la
derrota o en sus vísperas, con la parentela del "tirano" a la cabeza, y ese
mismo Dr. Vélez Sársfield, que venía directamente de los salones de Manuelita.
Ellos pudieron pesar para que, aceptando la estructura liberal que se plagiaba
de los Estados Unidos, se condicionase ésta al interés nacional como los mismos
Estados Unidos habían hecho, asumiendo ellos mismos el papel económico que el
"dictador" había representado y sostenido.
Pero aquellos doctores habían adquirido ya el hábito de actuar como agentes
internacionales, y lo siguieron haciendo desde sus bufetes donde fundaron la
dinastía de los abogados de empresas y maestros del derecho y la economía
conveniente a la política antinacional. Los burgueses de Buenos Aires
prefirieron disminuir los recursos de la Aduana —que a Rosas le habían servido
para establecer el orden nacional— para facilitar el orden de la dependencia y
excluyeron la protección económica que significaba la posibilidad de integrar
una economía.
Desde Pavón se aplicó la política del país chico. Ahora los recursos aduaneros,
que se limitaban y habían servido para pelear contra lo extranjero, serían
útiles para aniquilar al interior; y la protección, que había sido la defensa
económica de éste, desaparecía para abrir camino al importador. Ahora el
interior no es más que un desgraciado remanente del país hispanoamericano, sólo
tolerable en la medida que no estorbe la adaptación de las pampas al destino que
le tenía reservado la división internacional del trabajo. Es lo que le
permitiría decir a Sarmiento: "Pudimos en tres años introducir cien mil
pobladores y ahogar en los pliegues de la industria a la chusma criolla inepta,
incivil, ruda, que nos sale al paso a cada instante". Pero ya sabemos de qué
industria habla Sarmiento, según lo dicho más arriba.
SEGUNDO FRACASO: LA BURGUESÍA PROSPERA SE SIENTE ARISTOCRACIA
Hacia el 80 se abre otra perspectiva. Es el momento en que comienza la brusca
expansión agropecuaria del país.
Aldo Ferrer (Op. cit.) sintetiza de manera general el proceso de integración de
los países productores de materias primas en el mercado mundial. Dice (pág. 96)
: "La apertura de los mercados europeos a la producción de alimentos y materias
primas del exterior fue consecuencia del proceso de industrialización de los
países de Europa, la Especialización creciente de éstos en la producción
manufacturera y la mejora de los medios de navegación de ultramar que rebajaron
radicalmente los costos de transporte. Esto abrió en las economías de los países
ajenos a la revolución tecnológica y a la industrialización de la época,
llamados más tarde de la periferia, grandes posibilidades de inversión en las
actividades destinadas a producir para los mercados de los países
industrializados. Naturalmente, según se apuntó antes, los que más posibilidades
ofrecían fueron aquellos de grandes recursos naturales y escasa población".
Señala más adelante, llamando a estos países de "espacio abierto", que "la
Argentina fue un caso típico de integración a la economía mundial de un espacio
abierto". Agrega, también, que las "inversiones se presentaron tanto en las
actividades puramente exportadoras como en la ampliación del capital de
infraestructura, particularmente transportes, y también en los campos vinculados
a las actividades de exportación, sus mecanismos comerciales y financieros, y en
el desarrollo de actividades destinadas a satisfacer las demandas de países
periféricos".
Ya Scalabrini Ortiz en su "Historia de los FF.CC. Argentinos" ha mostrado cómo
la inversión fue muy relativa y se hizo por capitalización del trabajo nacional;
lo mismo puede decirse de los servicios públicos en general, uno de los cuales,
el de la electricidad, ha historiado minuciosamente Jorge del Río. En cuanto a
los mecanismos comerciales y financieros, conviene recordar que los exportadores
y los importadores se financiaron antes y después del IAPI, a través de la banca
por el ahorro nacional, es decir que lo mismo que el IAPI, pero con la
correspondiente diferencia de destino de los márgenes que resultan del comercio
exterior. Estos márgenes se convierten con el sistema restablecido después de
1955, en nuevas inversiones extranjeras cuando no son utilidades que se van.
Pero dejando de lado la cuestión del origen de esas inversiones, el hecho que
anota Ferrer es el mismo que hemos señalado poniendo las iniciales a la política
inteligentemente trazada; las inversiones en la infraestructura no están
dirigidas a desarrollar el país sino a facilitar su deformación en el sentido de
un desarrollo dependiente.
La clase propietaria de la tierra, enriquecida bruscamente por la ampliación de
sus dominios con la Conquista del Desierto, por el orden y la juridicidad, por
el progreso técnico —alambrados, aguadas, genética, etc.—, por la contribución
de los brazos inmigratorios y, sobre todo, por la demanda mundial dirigida a las
producciones de la pampa húmeda, ha cuidado minuciosamente de mantener su
hegemonía territorial, limitando por esto mismo la posibilidad de la formación
de una fuerte burguesía de origen inmigratorio que podría haber nacido de una
mejor distribución de la tierra y de una más amplia distribución de los frutos
del trabajo.
EL ROQUISMO Y LA APARICIÓN DE UNA IDEA INDUSTRIALISTA
Pero en cambio el interior ha vencido a los portuarios y la federalización de
Buenos Aires abre las perspectivas de una visión política nacional sustituyendo
la exclusivamente porteña. Otro pensamiento económico que el vigente hasta ese
momento acompaña a los vencedores. Avellaneda, con la modificación de la Tarifa
de Avalúos, parece volver a la política económica señalada por Rosas. Están los
dos Hernández, Vicente López, Roque Sáenz Peña, Estanislao Zeballos, Nicasio
Oroño, Carlos Pellegrini, Amando Alcorta, Lucio Mansilla, el mismo Roca.
Pellegrini sintetizará el pensamiento de esa generación: "No hay en el mundo un
sólo estadista serio que sea librecambista en el sentido que aquí entienden esa
teoría. Hoy todas las naciones son proteccionistas, y diré algo más: siempre lo
han sido, y tienen fatalmente que serlo para mantener su importancia económica y
política. El proteccionismo puede hacerle práctico de muchas maneras, de las
cuales las leyes de Aduana son sólo una, aunque sin duda la más eficaz, la más
generalizada y la más importante. Es necesario que en la República se trabaje y
se produzca algo más que pasto"
En el plano de la inteligencia política las cosas han cambiado; la generación
del 80 parece no estar arrodillada ante "los apóstoles del libre cambio", como
Mitre, ni creer en la ineptitud congénita de los argentinos como Sarmiento. Con
Roca llegan al gobierno nacional, si no la "chusma incivil" que dijo el
sanjuanino, la "gente decente", los principales de provincia cuyos intereses
difieren de los portuarios.
Pero todo queda en vagos enunciados teóricos. Primero la lana, después la carne
y los cereales, multiplican las cifras de la exportación; el roquismo, como
tentativa de grandeza nacional, se desintegra en las pampas vencido por los
títulos de propiedad que adquieren sus primates, ahora estancieros de la
provincia.
UNA TRISTE PÁGINA DE HISTORIA
Quizá una de las páginas más tristes de la historia argentina es aquella entrega
de la banda y el bastón que el general Roca hace al nuevo presidente Quintana.
Es el mismo Quintana abogado del Banco de Londres y América del Sud que habla
amenazado al ministro de Relaciones Exteriores de Avellaneda, Bernardo de
Irigoyen, con movilizar la escuadra inglesa por un incidente bancario en el
Rosario.
Esos eran sus títulos, y los de gran señor con su atuendo londinense, su oficio
y filiación política mitrista que definen su ideología.
Abelardo Ramos (Op. Cit. Tomo II) nos relata el episodio:
Rodeado de un puñado de amigos y con un velo melancólico en sus ojos saltones,
el general Julio Argentino Roca entregaba las insignias del mando al Dr. Manuel
Quintana, con su perilla blanca, retobado y despreciativo, enfundado a presión
en su célebre levita.
... El mandatario saliente pronunció algunas banales palabras de cortesía.
Quintana contestó al ceñirse la banda presidencial: “Soldado como sois,
transmitís el mando en este momento a un hombre civil. Si tenemos el mismo
espíritu conservador, no somos camaradas ni correligionarios y hemos nacido en
dos ilustres ciudades argentinas más distanciadas entre sí que muchas capitales
de Europa”. En esta respuesta desdeñosa, Quintana componía su autorretrato: se
había sentido siempre más próximo a Londres que a Tucumán. Su alusión al común
espíritu conservador no era menos que transparente: comprendía perfectamente el
íntimo sentido de la declinación del roquismo y su incorporación al “statu quo”
de la oligarquía triunfal.
Del soldado de Pavón, la Guerra del Paraguay, Santa Rosa y la Conquista del
Desierto al estanciero de “La Larga”. Lo que no pudieron las armas lo hizo la
estancia. Continuaría su hijo el mismo camino de declinaciones que ahora se
rubricaban con la traición a Pellegrini.
En su mensaje al Congreso, Quintana sería más concreto advirtiendo sobre el
final de toda tentativa de economía nacional. Se imponía reducir los impuestos,
ahorrar en los gastos públicos y renunciar a “ciertos excesos del proteccionismo
aduanero”. El mismo autor agrega que se renunciaba a la orientación
proteccionista que había sido una forma desde la presidencia de Avellaneda en
1875 y que a pesar de su moderación había permitido crear las industrias
nacionales en el último cuarto de siglo de la influencia roquista. Quintana
agregaría en el mensaje; “... corregir las tarifas de otras naciones y
aplicarlas sobre avalúos de verdad... moderar la protección de industrias
precarias si hemos de asegurar con ello la prosperidad de las industrias
capitales”.
LOS “CIVILISTAS” UTILIZAN A LOS MILITARES
Desde entonces, con una sola excepción, los generales que llegaron al poder
terminan por entregarlo a civiles que enuncian estos “sanos” propósitos bajo la
mirada complacida de las metrópolis económicas; convierten las armas nacidas
para instrumento de la grandeza nacional en el recurro cómodo de esa clase de
civilidad de que Manuel Quintana puede ser el símbolo.
Esto es lo que en definitiva dice también José Luis Imaz al hablar de las
Fuerzas Armadas en "Los que Mandan" (Ed. Eudeba): Sin funciones manifiestas —no
ha habido guerras—, el aparato bélico de las FF.AA. ha terminado por ser
visualizado, por todos los grupos políticos, como instrumento potencialmente
útil para satisfacer sus propios objetivos. Así, el recurso de las FF.AA. como
fuente de legitimación ha terminado por ser una regla tácita del juego político
argentino.
La regla es válida para la generalidad de los golpes militares, con sus
"Batallones de Empujadores” y sus "Regimientos de Animémonos y Vayan" (civiles),
que se saben herederos pero no para el caso de 1913 que se engloba en el juicio.
Aquí el Ejército falló a los viejos partidos políticos, a quienes el juego se
les fue de la mano. Lo que sucedió al golpe de Estado fue un proceso nuevo y
distinto que instrumentó la única tentativa seria de economía nacional que hemos
tenido. Porque la cuestión que define el hecho militar, es la de saber si éste
se produce para restablecer el status quo de los viejos partidos políticos como
guardianes de la economía dependiente, o para abrir las perspectivas de una
política nacional para el país y para el mismo ejército, rompiendo el esquema
preestablecido en obsequio al acceso al poder de la parte de sociedad capaz de
realizarse nacionalmente porque no está ligada a la vieja estructura.
Pero no nos apartemos del tema que es el fracaso de la burguesía.
La burguesía argentina fracasa pro segunda vez.
FRACASAN LOS DEL "OCHENTA"
Ese momento de la incorporación de las pampas al mercado mundial, también
ocurrió en Estados Unidos con sus cereales y carnes.
Entonces la burguesía norteamericana capitalizó la riqueza así generada.
Complementó la producción con el manejo de la comercialización, de la navegación
y de la banca. No se limitó a producir y vender sobre el lugar de producción
entregando la parte del león a los exportadores. La hizo suya, la reinvirtió y
proyectó los recursos logrados sobre el desarrollo interno, acompañando la
marcha hacia el Oeste.
Ya hemos visto que la burguesía inmediata a Caseros fue incapaz de continuar el
papel económico señalado por Juan Manuel de Rosas. Puede ella justificar su
incapacidad para cumplirlo en la gravitación de las ideologías, en la caída del
pensamiento nacional, en la conducción política en manos del odio que quería
borrar todo el pasado, y en su propia debilidad económica para emprender en ese
momento la tarea.
Pero la situación es muy distinta del 80 en adelante; esa burguesía se encuentra
bruscamente enriquecida y plena de poder. Tiene conductores políticos que
señalan un rumbo de economía nacional; las provincias pesan en las decisiones
del Estado; sólo les basta asumir su papel como burguesía ilustrándose con el
ejemplo de sus congéneres contemporáneos de los EE.UU. y de Alemania. Y, sin
embargo, no lo cumple; por el contrario, absorbe en sus filas a los políticos y
pensadores que pudieron ser sus mentores, los incorpora a sus intereses y los
somete a las pautas de su status imponiéndoles, junto con su falta de visión
histórica, la subordinación a los intereses extranjeros que la dirigen.
LOS AUSENTISTAS EN SU HORA DE "MEDIO PELO"
Es que esa burguesía de los descendientes de los Pizarro de la vara de medir
prefiere creerse una aristocracia. Es la alta clase ausentista que reproduce en
sus estancias los manors británicos y en sus palacios a la francesa el estilo de
la alta sociedad parisiense. Es la burguesía ausentista que sube, en París y en
Londres, la escalera del refinamiento finisecular después de haber saltado los
escalones del rastacuero y se identifica con las grandes metrópolis del placer,
la cultura, el dinero; entrega sus hijos a manos de "misses" y "mademoiselles" o
a colegios pensionados de dirección extranjera, cuando no extranjeros
directamente; se desentiende de la conducción del país, que deja en manos de
protegidos de segunda fila —con todo, mejores que ella, porque no se han
descastado totalmente—. Imita a la burguesía norteamericana en el dispendio y le
disputa el matrimonio de sus hijas con los títulos de la nobleza tronada. Pero
pretende ser una aristocracia, a diferencia de la "yanqui", que en su
simplicidad arrogante se afirma como burguesía.
Carga sobre la espalda de esa burguesía argentina el complejo de inferioridad
anti-indígena. anti-español y anti-católico, y en lugar de ser como la "yanki",
ella misma, prefiere ser imitadora de la alta clase europea. Tal vez remedando
al príncipe de Gales, que después será Eduardo VII es un poco continental y un
poco isleña y fabrica ese híbrido anglo-francés que después traslada a Buenos
Aires en la arquitectura, en los modos y hasta en el lenguaje.
Los racistas habituales imputarán este fracaso psicológico de los terratenientes
argentinos a la supuesta incapacidad hispánica heredada, cuando si de algo se
ocuparon esos "burgueses" es de borrar toda huella de lo español.
Puestos a imitar, no imitaron a esta burguesía poderosa y constructiva y sólo
quisieron reproducir la imagen de los landlords en sus dominios territoriales.
Anticipan el "medio pelo" contemporáneo en su arribismo de aquella etapa, porque
en París y en Londres son el "medio pelo" de la alta sociedad; "medio pelo" que
cree cotizarse por sus propios valores, hasta que la declinación de la divisa
fuerte le destruye todo el fundamento de su prestigio internacional1.
BUENOS AIRES Y SU CITY
No supieron ser en su país los hombres de la "city" y la "city" fue extranjera.
Por la estúpida vanidad de esa clase, el país frustró la ocasión de capitalizar
para el desarrollo nacional la oportunidad que la historia le brindaba.
Dilapidaron en consumo superfluo la parte de la renta nacional que la burguesía
extranjera les dejó a cambio de la renuncia de su función histórica; cuando la
divisa fuerte se acabó dejaron de ser ''los ricos del mundo" y volvieron para
ser "los ricos del pueblo", no en razón de la riqueza que pudieron crear, sino
del privilegio que les permitió acumular su condición de titulares del dominio,
en la valorización de las tierras originada en la transformación y lo poco que
invirtieron en la producción primaria. Volvieron a cuidar aquí ese orden en
virtud del cual, ya pobres en el mundo, se les permitía ser ricos en el país por
comparación con los más pobres, a condición de garantizarle a la infraestructura
extranjera de la producción el cómodo usufructo del intercambio.
Así, la expansión agropecuaria, que fue la más grande oportunidad que tuvo el
país de capitalizarse, como consecuencia del fracaso de su burguesía sirvió para
consolidar su situación de dependencia.
En la medida que esa clase no cumplió el papel que correspondía a una burguesía,
se resignó a ser la fuerza interna dependiente cuya misión ha sido impedir toda
modificación de la estructura. Es lo mismo que pasa con los ejércitos en todos
los países periféricos: o intentan la realización nacional cumpliendo como tales
con su destino histórico, o se convierten en una mera policía del orden
conveniente a los de afuera. Esa diferencia que hay entre el soldado y el cipayo
ocurre en el orden económico según la burguesía cumpla funciones nacionales o
simplemente sea un sector dependiente.
LOS "PROGRESISTAS" DEVIENEN ANTIPROGRESISTAS
Cuando la producción agropecuaria llegó a los topes previsibles y la población
siguió creciendo, ya no sólo dejó de cumplir su papel como burguesía, ante el
peligro de que la realidad, imponiendo las leyes de la necesidad, alterase la
estructura a que se ligaba. De la euforia del progreso y su hipertensión, que
vivió tirando manteca al techo, pasó a la lipotimia del miedo a la grandeza.
Quiero aquí recordar la frase de ritual de la vieja oligarquía que he dicho al
principio de la nota: '"Cien millones de argentinos conducidos por la azul y
blanca ante el trono del Altísimo". Y agregar dos citas que no me cansaré de
reiterar, porque definen los dos extremos entre la euforia de los triunfadores y
la derrota de los sometidos que quieren someter el país.
En 1956 el Dr. Ernesto Hueyo, ex ministro de la Década Infame y personaje
representativo de su clase, sostiene en un artículo de "La Prensa" que el país
tiene exceso de población y sólo se le ocurre una solución: que emigre el
excedente de argentinos innecesario para la economía pastoril. En 1966 el
presidente de la Sociedad Rural, Sr. Faustino Fano —un nuevo incorporado a la
alta clase— expresa el pensamiento de la misma diciendo en el habitual banquete
de la prensa extranjera —donde los primates del país van a dar examen de buena
conducta e higiene mental— que la población conveniente a la República está en
la relación de cuatro vacunos por cada hombre. Ajustándonos al cálculo de este
último, y partiendo de una existencia presumible de 45 a 50 millones de vacunos,
hoy no debería tener más de 12 millones de habitantes. Si tiene 25 millones se
ha excedido en el 100 por ciento. ¡A esto ha llegado la élite que se dice
continuadora de la que jugaba a los 100 millones de habitantes y los prometía
ante el trono del Señor!
Y lo terrible es que tiene razón si el esquema económico argentino ha de
ajustarse al destino que le tienen reservado al país los que se creen sus
dirigentes por derecho propio, los que habitualmente sacan al Ejército de sus
cuarteles, los que habitualmente vuelven a meterlo en los mismos y los que ponen
al frente de la economía a los expertos profesionales que se turnan en su
dirección.
EN LOS LIMITES DE LA PAMPA
En 1914 —y no en 1930, como lo entiende Ferrer— el país ha llegado al límite
potencial de su riqueza agropecuaria. Habrá coyunturas circunstanciales, como la
excepcional demanda posterior a la primera guerra o la falta de competencia
internacional, o condiciones climáticas extraordinarias que permitan en algunos
años superarlo.
De todos modos se sumará a los factores adversos la cada vez más adversa
relación de los términos del intercambio; ya ni el préstamo internacional ni los
saldos favorables de la balanza comercial podrán compensar la demanda creciente
del mercado interno, que, además, afecta los saldos exportables, ni tampoco el
servicio de amortizaciones y de intereses. Todo lo que el país avance sólo
dependerá de la expansión del mercado interno —de lo que el país sea capaz de
producir y consumir para sí, es decir, de la diversificación de la producción y
el alza de los niveles de consumo generada por el desarrollo de las fuerzas
internas, de la producción al salario—, de su capacitación para integrar una
economía nacional que no repose en los saldos del comercio exterior. Este dejará
de ser eje para ser sólo complementario, como lo es en EE.UU. y en todos los
países que los "'expertos" cipayos nos proponen como ejemplo. Ese problema de
población que preocupa a Hueyo y a Fano, la eliminación del excedente de 13
millones de habitantes, sólo tiene dos soluciones: el genocidio que puede
consistir en el no te morirás, pero te irás secando de un pueblo condenado a la
miseria endémica, que además facilite mano de obra barata para complacer con el
bajo costo "el mercado tradicional", o tomar el toro por las astas —el toro o el
dueño del toro— y marchar hacia la integración de la economía.
Para un argentino no hay otra alternativa que la segunda solución en lo
inmediato. En lo mediato, volver a la expansión internacional, pero con la
producción y los mercados diversificados.
AVANCES Y RETROCESOS
Desde 1914 estamos en eso: en la lucha del país nuevo y real con el país viejo y
perimido, que para vivir él impide el surgimiento de nuestras fuerzas
potenciales. Es un andar y desandar continuo; un avanzar tres pasos y retroceder
dos. En ese andar hacia adelante muchos sectores del interior han encontrado su
solución transitoria en el crecimiento del mercado del litoral y sólo por él; el
algodón del Chaco, el vino y la fruta de Mendoza y Río Negro, la yerba y el té
de Misiones, los citrus de la Mesopotamia y del Norte, el tabaco, el azúcar, el
arroz y la variada gama de productos que han permitido avanzar a algunas
provincias de las condenadas a vegetar miserablemente en el mecanismo
exportador-importador del litoral.
Las dos grandes guerras, la de 1914 y la de 1939, y la neutralidad mantenida a
pesar de todas las presiones, rompieron en dos oportunidades críticas el esquema
agro-importador y dieron lugar a un incipiente desarrollo industrial en la
primera, que tuvo carácter mucho más, definido y profundo en la segunda. Las
condiciones históricas favorables fueron relativamente acompañadas en la primera
oportunidad, por el gobierno de Yrigoyen, con medidas imprecisas pero que
ayudaron, como el cierre de la Caja de Conversión, el incremento de la actividad
del Estado como promotor y el primer reconocimiento de los trabajadores como
fuerza dinámica de la realización argentina en la segunda, desde la política
inicial de Castillo, con la creación del Banco Industrial y la creación de la
Marina Mercante, a la decidida y enérgica política de Perón, ejecutada
audazmente por Miranda y con la efectiva acción de los trabajadores que, con la
lúcida conciencia de su papel, ocuparon el lugar vacante de la burguesía en la
conducción nacional, pues la burguesía que surgía entonces, al amparo de
condiciones favorables, tampoco tuvo conciencia de su valor histórico ni de la
línea política de sus intereses.
1930 y 1955 son fechas equivalentes, y la Década Infame y la Revolución
Libertadora se identifican en los fines, en la técnica revolucionaria, en los
equipos de gobierno y en el mismo aprovechamiento de las fuerzas militares
destinadas al increíble papel de frenar la grandeza nacional y cerrarle al país
—cuya expresión armada de potencia son— el camino que les abriría la posibilidad
de ser potencia.
No se trata aquí de hacer el análisis de la política económica del gobierno
caído en 1955. Sólo bastará con decir que, cabalgando la única tentativa de
política económica nacional en gran escala después del precario ensayo que pudo
hacer Rosas. (Ésta analogía que quiso ser injuriosa resultó un cumplido y lo
resultará cada vez más a medida que se vaya conociendo la historia verdadera de
las “Tiranías Sangrientas” y la de sus adversarios). El establecimiento de
prioridades, la concentración de la banca y el manejo de las divisas para
proyectar sus recursos sobre las mismas, el manejo del comercio de exportación y
el control de la infraestructura económica y la paralela redistribución de la
renta, con la consiguiente promoción social del país, son caminos que habrá
siempre que recorrer, corrigiendo errores, perfeccionando aciertos y aportando
nuevas soluciones y perspectivas, porque son los únicos caminos posibles de una
integración económica nacional.
EL TERCER FRACASO DE LA BURGUESÍA
Esta vez también la burguesía traicionó su destino. Y ahora no fue la burguesía
tradicional, ya ligada definitivamente al anti-progreso como expresión del país
estático frente al país dinámico, porque el proceso de desarrollo que se cumplió
en la etapa 1945-1955 significaba la oportunidad de la aparición de un
capitalismo nacional con fines nacionales.
Era el avance hacia una frontera interior de progreso donde todavía el
capitalismo tiene un amplio margen de posibilidades y una tarea que cumplir.
También los trabajadores lo comprendían, demandando como precio el ascenso
social que ese avance generaba, aceptando los márgenes de capitalización y
reclamando sólo una distribución digna de la capacidad del consumo. Sociedad
ésta signada por el inmigrante con la voluntad de los ascensos individuales,
levantó con el mismo sentido las masas criollas del interior secularmente
resignadas a ser marginales de la historia; el movimiento social tuvo así
características propias del país, en que se conjugaron la demanda gremial de las
reivindicaciones gregarias y la individual afirmación de las posibilidades
personales; porque el movimiento social se da en un país de frontera interior en
las dos dimensiones que la riqueza en expectativa permite, lo mismo que la
fluidez de las situaciones de trabajo, originadas en una economía de expansión.
EL MEDIO PELO Y LA NUEVA BURGUESÍA
A la sombra de esa expansión del mercado interno y el correlativo desarrollo
industrial surgió una nueva promoción de ricos, distinta a la de los
propietarios de la tierra que venía de las clases medias, y aun del rango de los
trabajadores manuales, y se complementaba con una inmigración reciente de
individuos con aptitud técnica para el capitalismo.
Pero esta burguesía recorrió el mismo camino que los propietarios de la tierra,
pero con minúscula.
Bajo la presión de una superestructura cultural que sólo da las satisfacciones
complementarias del éxito social según los cánones de la vieja clase, buscó
ávidamente la figuración, el prestigio y el buen tono. No lo fue a buscar como
los modelos propuestos lo habían hecho a París o a Londres. Creyó encontrarla en
la boite de lujo, en los departamentos del Barrio Norte, en los clubes
supuestamente aristocráticos y malbarató su posición burguesa a cambio de una
simulada situación social. No quiso ser guaranga, como corresponde a una
burguesía en ascenso, y fue tilinga, como corresponde a la imitación de una
aristocracia.
Eso la hizo incapaz de elaborar su propio ideario en correspondencia con la
transformación que se operaba en el país, hasta el punto que los trabajadores
tuvieron más clara conciencia del papel que les tocaba jugar a esa clase. Basta
leer, después de 1955, la literatura sindical y la de la burguesía —con la sola
excepción parcial de la CGE— para verificarlo.
Esta nueva burguesía evadió gran parte de sus recursos hacia la constitución de
propiedades territoriales y cabañas que le abrieran el status de ascenso al
plano social que buscaba. Fue incapaz de comprender que su lucha con el
sindicato era a su vez la garantía del mercado que su industria estaba
abasteciendo y que todo el sistema económico que le molestaba, en cuanto
significaba trabas a su libre disposición, era el que le permitía generar los
bienes de que estaba disponiendo. Pero, ¿cómo iba a comprenderlo si no fue capaz
de comprender que los chismes, las injurias y los dicterios que repetía contra
los "nuevos" de la política o del gremio eran también dirigidos a su propia
existencia? Así asimiló todos los prejuicios y todas las consignas de los
terratenientes, que eran sus enemigos naturales, sin comprender que los chistes,
las injurias y los dicterios también eran válidos para ella. Como los
propietarios de la tierra en su oportunidad, perdió el rumbo. Pero no se
extravió como la vieja clase en los altos niveles del gran mundo internacional.
Se extravió aquí nomás, entre San Isidro y La Recoleta, y no la llevaron de la
mano los grandes señores de la aristocracia europea, sino unos primos pobres de
la oligarquía que jugaron ante ella el papel de vieja clase.
El tema del "medio pelo" es un filón inagotable para humoristas del lápiz y de
la pluma. Tanto han "cargado" éstos que parece inexplicable la subsistencia de
la actitud que lo caracteriza. Esto revela que se trata de algo más que una de
esas modas pasajeras que constituyan las frivolidades de nuestra tilinguería; es
que estamos en presencia de un verdadero status correspondiente a un grupo
social ya conformado.
Si este grupo social estuviera aislado no tendría importancia y hasta podríamos
agradecerle la diversión que nos proporciona su espectáculo; pero lo grave es
que ejerce magisterio y se extiende hasta ir absorbiendo la nueva burguesía y
parte de la clase media con sus pautas de imitación, con su calcomanía de una
supuesta aristocracia, y esto perjudica al país en el momento que reclama una
urgente transformación que debe contar con el empuje creador de la clase hija de
esa transformación, en riesgo de cometer el mismo error de la burguesía del 80,
confundiendo esta vez el oro fix de sus mentores porteños con el oro viejo de
los que guiaron a aquellos.
CAPITULO II
LA SOCIEDAD TRADICIONAL
FUNDACIÓN DE BUENOS AIRES Y DESPUEBLE
El "Diccionario de los conquistadores del Río de la Plata", de Lafuente Machain,
sólo incluye por excepción algún apellido correspondiente a la actual guía
social de Buenos Aires; en cambio son frecuentes en los sindicatos, tanto en los
"cabecitas negras" provenientes del interior, como en gente de origen paisano de
la provincia de Buenos Aires.
Es que a diferencia de Europa —donde la sociedad aristócrata proviene de la
nobleza feudal— en Buenos Aires la alta clase es directamente de origen burgués.
Allá los estamentos feudales, basados en el dominio territorial y en la espada,
fueron penetrados por la burguesía a medida que el desarrollo del estado moderno
rompía la estructura política feudal, paralelamente con la desaparición del
aislamiento geográfico. Aquí la alta sociedad no proviene de un feudalismo
prexistente: nace directamente de la incorporación del Río de la Plata al
mercado mundial; es burguesa desde sus orígenes.
Buenos Aires se funda como un fuerte y la plata de su engañoso reclamo metálico
no existe. Tampoco la posibilidad de la encomienda que permite asentarse a los
colonizadores sobre una base de vasallos o siervos, en un remedo de la sociedad
medieval europea. Además de la falta de mano de obra indígena, el clima y el
suelo no son propicios al establecimiento de la plantación, en la que el esclavo
pudiera reemplazarlos. Ni existen ganados, ni la agricultura del clima templado
es posible porque el transporte marítimo, a una distancia tan grande como la del
extremo sur, sólo es hábil con su menguado tonelaje para el comercio de los
metales preciosos o las mercaderías agrícolas de primera como el añil, el
tabaco, el algodón, el azúcar, etc., que toleran altos fletes.
Así la propiedad privada de la tierra no tiene sentido más allá de las pocas
chacras necesarias para el abastecimiento del fuerte. Buenos Aires no es más que
“una puerta de la tierra”, pero de entrada, no de salida, en el camino al Perú
de los metales. Su creación es una exigencia política que Gil Munilla esclarece
en su libro sobre la fundación del Virreynato del Río de la Plata: poner un
obstáculo al avance portugués y crear una base en el Atlántico Sur para cerrar
el acceso del estrecho de Magallanes a los navíos holandeses e ingleses cuyo
objetivo son los puertos en el Pacífico.
El fuerte fundado por don Pedro de Mendoza carece de abastecimientos y no puede
subsistir: sus pobladores emigran al Paraguay, donde se establecen.
Allí el repartimiento de los indios, más dóciles y abundantes, y que conocen
algunas artes de agricultura, y la variedad de los frutos de la tierra que
proporciona alimentos sustitutivos o complementarios de los habituales del
europeo, hacen posible una economía doméstica de auto-satisfacción1.
SEGUNDA FUNDACIÓN
De Asunción bajan ochenta años después, con Juan de Garay, los autores de la
Segunda Fundación. Pero las circunstancias han cambiado por el milagro de la
multiplicación de las haciendas provenientes de Europa: las pampas se han
poblado de baguales y cimarrones y esta nueva riqueza hará del nuevo fuerte una
villa y de la villa una metrópoli. Así vacunos y yeguarizos signarán por siglos
el destino del Río de la Plata constituyendo su riqueza básica, sobre un medio
geográfico que parece estuvo a la expectativa de este destino desde los orígenes
de los tiempos2.
Ahora el mantenimiento y prosperidad de la fundación está asegurado porque
existe su base elemental: la alimentación proporcionada sin necesidad de una
mano de obra prexistente, en una ganadería que más se aproxima a la caza que a
la producción rural. Además, los nuevos pobladores tienen experiencia americana:
son los "mancebos" de la tierra, hijos puros de españoles o mestizos, hábiles ya
en las artes necesarias para la vida americana. Sobre la base del abastecimiento
de carnes y cueros —cuyo aprovechamiento en sustitución de otros recursos
permite hablar de una "civilización del cuero"— los repartimientos de las
tierras colindantes con la villa bastan para complementar, desde las
"chácharas", el mantenimiento de la misma con tambos y huertas.
Es una economía como la asunceña, autosuficiente, sin perspectivas de riqueza,
con intercambios domésticos, modestas construcciones y hábitos elementales de
convivencia social.
La misma ganadería, que ha resuelto el problema de la subsistencia, provocará el
cambio incorporando a Buenos Aires al mercado mundial, dando vida al puerto que
genera la base de una economía burguesa de riqueza en expansión. De aquí
provendrá el establecimiento de la burguesía que es raíz histórica de la actual
clase alta argentina.
El pregón hecho en Asunción y repetido en Santa Fe por el caudillo Juan de
Garay, recluta "vecinos" de estas ciudades y "estantes". El "vecino" tiene
privilegio por nacimiento, como los hijosdalgos españoles, entre los que cuenta
el de los cargos públicos y el poder solicitar "merced" de tierras con reparto
de indios. Aquí se crea un derecho típico del Río de la Plata: el de "accionar"
contra "cimarrones" y "baguales", es decir, hacer "vaquerías", apropiándose de
estas haciendas; además, desde que contrae matrimonio y tiene casa poblada puede
ingresar al Cabildo como Alcalde o Regidor. Su obligación esencial es empuñar
las armas.
Los "estantes" que se han incorporado a la fundación respondiendo al pregón:
"constituidos por domiciliados llegados recientemente de España o descendientes
de "vecinos" de las ciudades fundadoras adquieren también condición de "vecinos"
en la nueva población con todos sus privilegios. (José María Rosa, "Historia
Argentina").
Así derechos patrimoniales y cívicos se van fijando en la clase constituida por
los descendientes de los fundadores juntamente con las obligaciones que surgen
del servicio de las armas3.
Toca ahora explicar por qué esos hidalgos fundadores desaparecen del primer
plano social hasta el punto que se ha señalado al principio de que sus linajes
no existan en la alta sociedad porteña.
APARICIÓN DE LA BURGUESÍA PORTEÑA. CONTRABANDO Y TRATA DE NEGROS
Como consecuencia del derrumbe de la economía española empezada bajo los Austria
y acelerada por la influencia del oro de América, que convierte a la metrópoli
en un poderoso comprador externo en beneficio de las industrias francesas,
flamencas e italianas, y en perjuicio de la interna, en España se van creando
las condiciones que reflejará la literatura picaresca: un país de gran des
señores, lacayos y mendigos en la misma medida que decaen las artesanías y el
agro. Ahora no emigran a América los hombres de espada, sino cirujanos,
maestros, artesanos y menestrales, comerciantes, y hasta jornaleros para las
chacras a falta de indios encomendados o negros esclavos.
Desde fines del siglo XVII van llegando a Buenos Aires judíos portugueses,
catalanes, vascos, asturianos, que no son simples emigrantes de la metrópoli;
son gente con recursos monetarios atraídas por las posibilidades económicas que
crea el negocio del contrabando de cueros y la importación de esclavos. En poco
tiempo se constituye una burguesía poderosa que consigue que los cargos del
Cabildo sean puestos a la venta con lo que, por la posesión del dinero,
desplazan a los descendientes de los fundadores en las funciones públicas. Así
ocurre con todos los privilegios de éstos y aun con sus obligaciones de la
milicia; los viejos herederos son desplazados políticamente —como ya lo habían
sido económicamente con la venta en remate de su antiguo privilegio de las
"vaquerías"— a medida que Buenos Aires deja de ser una pobre villa de economía
cerrada y se incorpora al mercado internacional.
Dice José María Rosa, a quien estamos siguiendo: Una nueva manera de vivir
sucede en el siglo XVII a la heroica del siglo XVI, corre el dinero y las
mercaderías de contrabando mientras se desvalorizan los productos de las
chacras. Ya no habrá "vecinos" ni "domiciliarios", sino ricos y pobres, "clase
principal", también llamada "sana y decente", y clase inferior.
Los principales, dueños del dinero, sustituyen a la vieja aristocracia vecinal;
la burguesía mercantil al feudalismo militar4.
Recién en este momento surgen las estancias pues las excesivas “vaquerías”, en
competencia con las incursiones de los indios araucanos, ahora dueños del
caballo que les permite cruzar los desiertos intermedios entre la cordillera y
la pampa, y hacer sus arreos hacia Chile, amenazan terminar con “baguales” y
“cimarrones”.5
Se hace necesario “aquerenciar” las haciendas y llevarlas a la propiedad
privada, pues hasta ese momento “baguales” y “cimarrones” eran propiedad de la
Corona, sólo concedida al “vecino” accionero para su aprovechamiento en las
“vaquerías”. Así junto al origen de la estancia argentina está la propiedad
privada de las haciendas6.
Conviene señalarlo, pues hay una larga tradición, especialmente en cierta
izquierda, que en el afán de atribuir a América los fenómenos sociales y
económicos de Europa, supone que necesariamente la estancia fue anterior al
desarrollo de la burguesía, y hace surgir a ésta de la estancia, cuando el
proceso fue precisamente inverso. Hasta ha inventado un término al caso
–feudal-burgués-- para hacer conciliables la realidad que no está en sus libros,
con las lecciones importadas.
De este cambio de situaciones originado, como se ha dicho, en la transformación
de la villa-fuerte en puerto comercial –vinculado al comercio mundial por el
contrabando y las sucesivas excepciones al monopolio hasta llegar a la libertad
de comercio—surge el hecho que el siglo XVIII contempla ya consolidado: la
burguesía y sus dependientes urbanos que constituyen la clase principal de la
sociedad, mientras lo que pudo ser una aristocracia fundadora, proveniente de la
hidalguía del “vecino”, pasa a constituir la clase inferior, predominantemente
suburbana o rural. Es así, por esta inversión de las clases que los linajes
fundadores de los hidalgos, provienen el orillero y el gaucho, en tanto que la
burguesía inmigrada posteriormente constituirá lo que se ha de llamar la
aristocracia argentina.
EL DESCLASAMIENTO DE LOS VECINOS FUNDADORES
La nueva y alta clase, la de los ricos, va comprando los lotes urbanos bien
situados y el crecimiento de la Villa asiste a la sustitución del caserío de
adobe y "chorizo", por las casas de ladrillos de los nuevos. Los descendientes
de los fundadores, cuyos derechos y privilegios han pasado a los ricos, ceden su
lugar en la urbe a los descendientes de contrabandistas y comerciantes y se van
retirando hacia el suburbio como peones de las matanzas ("matanzeros"), carreros,
jornaleros o vagos sin oficio. Aun los que conservan las chacras en propiedad y
atienden con los tambos y las huertas al abasto de la ciudad, según se
multiplican se van desclasando, y el conjunto de los descendientes de unos y
otros van poblando la campaña, unas veces como intrusos en las mercedes reales,
otros como peones de las mismas; o simplemente se asientan en las tierras no
repartidas, atendiendo a su subsistencia con los recursos que proporcionan las
habilidades del gaucho carente de propiedad. Terminarán prácticamente adscriptos
a la estancia de los nuevos en una servidumbre atenuada por la posibilidad
permanente de evasión que ofrece al gaucho la amplitud del espacio y la
abundancia de recursos naturales.
Contra éste se alzarán las Leyes de Vagos vigentes hasta finales del siglo
pasado destinadas a resolver a favor de los propietarios, el conflicto entre los
derechos reales del titular y los consuetudinarios del ocupante, para quien
campo y hacienda continúan siendo res nullius.
GENTE PRINCIPAL (PARTE SANA Y DECENTE DE LA POBLACIÓN) Y GENTE INFERIOR
Esta constitución de la sociedad en dos clases: la gente principal o decente,
parte sana de la población, y la gente inferior estará vigente en la sociedad
argentina hasta fines del siglo XIX 7.
Pero no es simplemente la riqueza la que determina la caracterización de estas
dos clases, pues si en la “clase inferior” todos son pobres, no toda la "gente
principal o decente" es rica; esta se integra con un amplio sector de habitantes
urbanos que en ciertas artesanías o en funciones dependientes de las actividades
comerciales u oficiales gozan relativamente del mismo status.
Este sector, si desprovisto de los medios de los ricos, por su residencia urbana
participa de la vida cívica y religiosa y comparte sus pautas, sobre todo en una
vida familiar conforme a las exigencias éticas de la clase principal.
En cambio, el habitante de los suburbios y la campaña, radiado de hecho de esa
convivencia por las distancias y el aislamiento, va perdiendo el hábito de las
normas cívicas y religiosas que practicó originariamente.
Excluido de las normas de la vida urbana se resiente principalmente en su
organización familiar, pues la dificultad de transporte y la azarosa vida de la
naturaleza sin control social, civil y religioso, destruye la práctica de las
uniones matrimoniales legítimas, dificultosas y muchas veces imposibles, y no
exigidas por el consenso del medio. Así la ilegitimidad del nacimiento se va
convirtiendo en un elemento característico de la "clase inferior", y con él
hasta la pérdida de la memoria del linaje, a diferencia de lo que ocurre en el
medio urbano donde los pobres de la "clase principal" se aferran a las prácticas
que le aseguran su permanencia en la misma. Dice Juan Agustín García en "La
Ciudad Indiana": desaparece la familia cristiana en la clase proletaria,
deshecha por el nuevo medio".
Estos dos estratos —"principales" e "inferiores"— si bien se corresponden con
diferencias económicas, no coinciden con la habitual distinción de las clases en
altas, intermedia y bajas; definen la estructura social de la Colonia y aun la
posterior a la independencia durante casi todo el siglo XIX y persisten hasta
que se organiza la producción agrícola y ganadera en vasta escala, conjuntamente
con la incorporación de los inmigrantes al país (En todo caso la distinción
entre las clases altas y las medias sólo podría hacerse dentro del esquema de la
"clase principal") Para ser "gente decente o principal" no es imprescindible ser
rico, aunque obste una pobreza extrema que puede desplazar hacia la clase
inferior por sus efectos mediatos, que ya se han visto al hablar del
desclasamiento de los fundadores de Buenos Aires. Lo inexcusable es no practicar
las pautas sociales comunes a toda la "gente decente" ajustándose a la ética y
al modo del medio urbano cívico-religioso, cosa posible mientras hay un mínimo
económico; así el cuidado de su situación se hace obsesivo en los estratos más
pobres de la "gente principal" pues perderlo significa sumergirse en el abismo
de la ''gente inferior" a la que le está cerrada toda posibilidad de ascenso
futuro. La condición sine qua non para pertenecer a la "gente decente" se
vincula esencialmente a un elemento cultural: el linaje, cuya única exigencia es
la filiación legítima transmitida familiarmente. El individuo antes que por sus
hechos significa por su correcta situación de familia. Aquí está el elemento de
separación entre los dos estratos que hace de los "inferiores" algo parecido a
una casta de intocables con las atenuaciones de una sociedad reducida y de
religión católica.
En Buenos Aires los gauchos provenientes de los primeros pobladores, constituyen
el grueso de la "gente inferior" que tiene una situación peculiar; no es la del
siervo de la gleba por la inexistencia previa del feudalismo territorial; son
hombres libres, pero sin posibilidades de ser propietarios. Marginales en la
economía viven en la alternativa del peón estable u ocasional y del gaucho
alzado8.
EL CAUDILLO "SINDICATO DEL GAUCHO"
La guerra de la Independencia, y la Independencia misma, no alteran la situación
de fondo. Pero la guerra da a la clase inferior una movilidad que la saca de su
situación pasiva al incorporarla a la milicia. La caída económica del interior
con el derrumbe de su artesanado a consecuencia del comercio libre desplaza
también hacia la clase inferior a sectores cuyas actividades económicas le
habían permitido mantenerlo en el estrato casi marginal de la "gente decente".
Aparece el caudillo. Será primero el caudillo de la Independencia, militar o no,
que hace la recluta de sus soldados en la clase inferior, lo cual es ya un
motivo de fricción de la "gente principal" con el jefe, salido generalmente de
la misma, porque al hacer soldado al peón, lo priva de su brazo perjudicando la
explotación de sus bienes. En este conflicto el caudillo, jefe militar,
hostilizado por la "gente principal" se hace fuerte en la solidaridad que la
guerra crea entre la tropa y el mando. De esta manera el militar deviene
caudillo, y más en la medida que la guerra de recursos hace depender el éxito de
una absoluta identificación, que para esa guerra es más eficaz que los
reglamentos de cuartel y el arte académico de mandar.
Dice José María Paz en sus "Memorias" (Ed. Cultura Argentina, 1917) refiriéndose
al general Martín Güemes: Principió por identificarse con los gauchos en su
traje y formas..., ...desde entonces empleó el bien conocido arbitrio de otros
caudillos, de indisponer a la plebe con las clases elevadas de la sociedad.
(Como se ve, esta terminología está todavía vigente, cuando se altera el
predominio exclusivo de la clase principal).
Agrega: Adorado de los gauchos que no veían en su ídolo sino al representante de
la ínfima clase, el Protector y Padre de los Pobres como le llamaban.
(El abuso de la expresión carismática, en cuanto ésta implica una elección de
los dioses, es en mi concepto un modo de retacear la verdadera significación del
caudillo como hecho social, pues tiende a darle un carácter de magia o brujería
a una adhesión consciente de la masa en el terreno de los intereses, aunque ésta
se haya hecho subconsciente una vez dados los elementos de prestigio y autoridad
y el acatamiento consiguiente. No otra cosa he querido significar en “Los
Profetas del Odio” cuando digo que el Caudillo es el sindicato del gaucho).
FEDERALES Y UNITARIOS ANTE EL HECHO SOCIAL
Joaquín Díaz de Vivar (Revista del Instituto de Investigación Histórica "Juan
Manuel de Rosas". N° 22: Pág. 147), refiriéndose a la única institución
consuetudinaria de nuestra Constitución vigente, el Ejecutivo fuerte, dice que
los Estatutos Provinciales Constitucionales que lo crearon se inspiraban en la
realidad social a que estaban destinados: Por su parte las organizaciones
lugareñas, las de las provincias argentinas en las que convivían políticamente
su clase principal, cuyos representantes ocupaban una silla curul en su
legislatura y frente a ello, su más importante magistratura, el Gobernador que
era —casi siempre— el jefe natural de las muchedumbres rurales, sobre todo, y a
veces también de las urbanas; el gobernador, que era una especie de personalidad
hipostasiada de ese mismo pueblo, de esas masas que habían hecho la historia
argentina y que se expresaban a través de su natural conductor, ese aludido
gobernador, que indistintamente era plebeyo como Estanislao López o el "Indio"
Heredia (no obstante su casamiento con la linajuda Fernández Cornejo) o "Quebracho"
López o Nazario Benavídez, o que era un hidalgo como Artigas, como Quiroga, como
Güemes y desde luego como Juan Manuel de Rosas.
Lo dicho por Díaz de Vivar trasciende al Derecho Público y explica en mucho las
substanciales diferencias entre federales y unitarios, pues revela que los
primeros comprendieron la relación entre el derecho y el hecho social, frente a
los revolucionarios teóricos, nutridos de ideologías y de proposiciones
importadas cuyo supuesto igualitarismo democrático era el producto de la
consideración exclusiva de uno de los estratos sociales: el de la "gente
principal" o "decente" y prescindía de la existencia de los inferiores. Mientras
para los federales el pueblo tenía una significación total —ahora dirían
totalitaria— para los unitarios es sola la clase principal, la parte “sana y
decente” de la población como ahora.
Veamos el debate sobre el sufragio en la Constitución Unitaria de 1828. En el
artículo 6° se excluía del derecho al voto a los criados a sueldo, peones,
jornaleros y soldados de línea. Galisteo expresa la oposición federal diciendo:
El jornalero y el doméstico no están libres de los deberes que la República les
impone, tampoco deben estar privados de sus voces... al contrario, son estos
sujetos, precisamente, de quienes se echa mano en tiempos de guerra para el
servicio militar.
Dorrego dice: He aquí la aristocracia, la más terrible, porque es la
aristocracia del dinero... Échese la vista sobre nuestro país pobre: véase qué
proporción hay entre domésticos, asalariados y jornaleros y las demás clases y
se advertirá quieres van a tomar parte en las elecciones. Excluyéndose las
clases que se expresa en el artículo, es una pequeñísima parte del país que tal
vez no exceda de la vigésima parte... ¿Es posible esto en un país
republicano?... ¿Es posible que los asalariados sean buenos para lo que es
penoso y odioso en la sociedad, pero que no puedan tomar parte en las
elecciones?... Señalando a la bancada unitaria agregó: He aquí la aristocracia
del dinero y si esto es así podría ponerse en giro la suerte del país y
merccarse... Sería fácil influir en las elecciones; porque no es fácil influir
en la generalidad de la masa, pero sí en una cierta porción de capitalistas... Y
en ese caso, hablemos claro: ¡El que formaría la elección sería el Banco! Con
razón Estanislao López escribía en 1831: Los unitarios se han arrogado
exclusivamente la calidad de hombres decentes y han proclamado en su rabioso
despecho que sus rivales, es decir, la inmensa mayoría de los ciudadanos
argentinos, son hordas de salvajes y una chusma y una canalla vil y despreciable
que es preciso exterminar para constituir la República (José María Rosa,
''Historia Argentina", tomo, IV, pág. 53 y sig.). En el mismo debate Ugarteche
protestaba por los derechos que se le negaban a los nativos y los privilegios
que se le acordaban a los extranjeros: Yo quisiera saber en qué país hay tanta
generosidad... Todas nuestras tierras las vamos vendiendo a extranjeros y mañana
dirá la Inglaterra: esos terrenos son míos, porque la mayor parte de tus
propietarios son súbditos míos, luego yo soy dueña de esas propiedades. Y lo que
no se pudo el año 1806 con las bayonetas cuando todavía éramos muy tontos se
podrá con las guineas y las libras inglesas...
Trasladémonos ahora al escenario actual y percibiremos las verdaderas
filiaciones históricas que no son las que distribuyen los profesores de
Educación Democrática; también se ve clarito que los jefes federales percibían
la identidad de la voluntad popular con los intereses nacionales, y la de los
privilegiados con los extranjeros.
Con la caída del Partido Federal y los caudillos la clase inferior deja de ser
elemento activo de la historia; su presencia en la vida del Estado no alteraba
la situación en la relación de los estratos sociales entre sí, pero obligaba a
contarla como parte de la sociedad.
Después de Caseros, y más precisamente de Pavón, deja de jugar papel alguno y es
sólo sujeto pasivo de la historia. Sus problemas no cuentan en las soluciones a
buscar, ni sus inquietudes nacionales perturban las directivas imperiales. La
política será cuestión exclusiva de la "gente principal" durante más de
cincuenta años.
LA CLASE ALTA SE AMPLÍA
Volviendo a la gente principal, veamos ahora como se va conformando dentro de
ella la clase alta porteña.
Ya se ha visto su origen burgués; por lo mismo nunca fue muy exclusivista.
Durante la Colonia era muy reciente su estabilización para que obstaculizase la
incorporación de los nuevos ricos y además muy escasos los contactos exteriores
que permitiesen la relación con la hidalguía metropolitana; en este sentido sólo
contaron las alianzas matrimoniales con funcionarios reales o sus descendientes
que daban prestigio social a la burguesía. (Así don Bernardino González
Rivadavia contaba entre sus numerosas vanidades la muy importante de haberse
casado con la hija del Virrey del Pino).
Las sucesivas capas de burguesía comercial iban integrando la alta clase en la
medida de su ascenso económico, y hasta los bolicheros de campaña tuvieron sus
descendientes en ella cuando sus recursos le permitieron pasar al contrabando
primero, o hacerse estancieros directamente. La estancia, a su vez iba dejando
de ser un complemento del comercio, como originalmente, para pasar a fundamento
de la riqueza y la posición social; así de la estancia, sin haber pasado por el
mostrador vienen por ejemplo los Ugarte; de un modesto vasco cuyo hijo, un
notable jurista saltó en primera promoción a la alta clase, y ya cuenta entre la
gente de peso en la primera mitad del siglo pasado, caso parecido al de los
Unzué, que tampoco provienen de la burguesía de los siglos XVII y XVIII 9.
La permeabilidad se hizo mayor con el contacto que el comercio libre estableció
con el mundo europeo. Se despertó entonces la preocupación por estilos y modos
de sociabilidad que importaban los primeros viajeros comerciales y que mucho
después, en el apogeo de la economía agropecuaria, se iría a buscar a Europa,
pagando el derecho de piso en la etapa de los “rastacueros” y el "guarango"
cuando brasiliens et argentines aparecieron en los grandes hoteles o en el mundo
de las demimondaines, tirando manteca al techo. (Porque la alta clase argentina
tuvo su época correspondiente al "medio pelo" actual y jugó su papel en otra
dimensión geográfica y cultural —lejos del país y con resonancia apagada en el
discreto "cotorreo" de los ya iniciados, y ante la sonrisa complaciente de una
sociedad acostumbrada a los traspiés del pródigo “meteco”, que iba pasando las
etapas del guarango y del tilingo hasta llegar al asentamiento.)
El más numeroso núcleo de viajeros comerciales fue el de los súbditos británicos
que nos visitaron y recorrieron el país, unas veces como corredores de comercio
y siempre como informantes del Imperio en expansión, por lo que nos han dejado
una abundante y muy ilustrativa literatura sobre la época; se trataba de jóvenes
procedentes de las clases medias inglesas y vástagos de la burguesía comercial e
industrial que estaban cumpliendo el aprendizaje del mundo que sus padres les
exigían antes de incorporarlos a sus negocios. Muchos quedaron aquí, en el
asiento local de los mismos, de la banca y el comercio exterior. Otros fundaron
establecimientos rurales.
Sabido es que el más modesto hijo de John Bull en el exterior trata de practicar
entre los nativos –aun lo hace hoy hasta entre los nativos norteamericanos, sus
primos rurales—las maneras del gentleman, que frecuentemente sólo conoce por
referencia y a costa de un sacrificado entrenamiento. Lo ayuda la seguridad, que
aun sigue siendo la típica del inglés en el exterior, de que los extranjeros son
los indígenas y el aplomo que le da una diferenciación que como gentleman cuida
minuciosamente en los modos; está, además, vigilado por los otros residentes
británicos, pues todos están atentos a que un connacional no desmerezca la
imagen que el Imperio exhibe para el exterior. Muy "patán" tiene que ser el
recién llegado que no perciba las venteas que le reporta el cuidado de su
condición de "gentleman" entre “natives”.
Fácil les fue a los "nuevos" acceder a los salones porteños de la más alta
categoría que se honraron en recibirlos y obsequiarlos, así los entronques
familiares y de fortunas se realizaron con facilidad a medida que las danzas
europeas desplazaban a los bailes típicos de la colonia y el mate era desalojado
de los salones por el té.
También hubo una numerosa incorporación de otras procedencias europeas,
constituida en especial por ex oficiales de los ejércitos napoleónicos, algunos
de los cuales participaron en nuestra guerra de la Independencia, burócratas o
miembros de la pequeña nobleza bonapartista en derrota con la Restauración,
igual que secundones de la minimizada nobleza centro-europea, o del abigarrado y
confuso nobiliario italiano de los bajos rangos; también muchos profesionales y
hasta artistas y artesanos de calidad: plateros, dibujantes, pintores, etc. De
tal manera no es sólo la relación en los niveles del alto comercio y la
propiedad lo que determina la incorporación de estos extranjeros. Se estaba a la
búsqueda del “buen tono” europeo que ellos aportaban en sustitución del que
había caracterizado las formas tradicionales de la Colonia.
CASEROS Y LAS NUEVAS INCORPORACIONES
Después de Caseros se producen otras incorporaciores.
La literatura de los expatriados ha hecho creer durante mucho tiempo que ellos
representaban lo más granado de dicha sociedad, olvidando que ya para la época
rosista la propiedad de la tierra, aun en los provenientes de la burguesía
originaria había pasado a ser rasgo de más alta calificación que el comercio. Si
Rosas dice despectivamente y para menoscabar a sus adversarios agiotistas y
especuladores del puerto de Buenos Aires, es porque ya se ha establecido una
diferenciación cualitativa a favor de la clase estanciera. La verdad es que al
principio los ganaderos y terratenientes habían constituido la base originaria
de los federales porteños; pero después gran parte de ellos —los '"Libres del
Sur"— se habían alzado contra el "Tirano" por su política nacional que
perturbaba, con los bloqueos, el comercio exterior, afectando el valor de las
haciendas. Muchos no se sublevaron, porque no les dio el cuero para tanto, pero
ya Rosas —como expresión del interés general de la Nación que los perjudicaba—
había perdido el apoyo de los grandes terratenientes y éstos se incorporaron
enseguida al bando de los vencedores; el conflicto con el gobierno de Paraná dio
oportunidad a los rezagados para incorporarse. Los que no lo hicieron lo pagaron
con un “luto social” y quedaron marginados de la alta clase, por lo menos en la
acción pública, durante varios decenios.
Por la brecha abierta entraron nuevos aportes provenientes de familias
principales de provincias que habían hecho mérito en la expatriación, y otros de
extracción más modesta, como Mitre y sus generales uruguayos. También la
victoria y el poder político los proveyó de recursos para establecerse en el
nuevo nivel social.
La incorporación de nuevos a través de la fortuna comercial y territorial, o el
ejercicio destacado de las profesiones liberales o de la política, se fue
haciendo paulatinamente con argentinos de primera y segunda generación.
"PRINCIPALES" PORTEÑOS Y PROVINCIANOS
Esta permeabilidad de la alta clase pareció tener una solución de continuidad en
la crisis del 80 como consecuencia de la derrota política de los viejos
porteños. Con Roca pasan a la esfera política nacional figuras de la “gente
principal” de provincias; en esa medida el roquismo significa una integración
nacional pues después de Pavón sólo habían contado los porteños y aporteñados.
Ahora el poder estaba en manos de la “liga de gobernadores” y el caudillo del
ejército, también provinciano.
La alta clase resistió la incorporación de estos “nuevos” a pesar de que por su
origen arribeño ostentaban mejor genealogía que sus antepasados, comerciantes
abajeños. La actitud del riflero del 80 continuando a los pandilleros contra los
chupandinos –al margen de las motivaciones político-económicas del unitarismo
porteño—corresponde a una postura de rechazo social, en su esquema mental que
sigue siendo el que originó "civilización y barbarie". A la oposición
ciudad-campaña en cada provincia, identificada con la oposición gente
decente-plebe en lo social, se corresponden la oposición del puerto, ciudad de
las luces, a los “catorce ranchos”.
Bien está que la gente principal de provincias ejerza su despotismo ilustrado,
—que sigue siendo la idea democrática de los liberales aun hoy— como
representante local de la alta clase porteña; pero resulta inadmisible que esos
provincianos intenten ponerse a su nivel político y social en Buenos Aires.
Vencidos los porteños, la alta clase opuso a los vencedores llegados a las altas
funciones de gobierno una reticencia despectiva y una agresividad humorística,
mayor que a los "parvenus" surgidos del agio y la especulación en el ''boom"
económico de la época. La literatura porteña de fin de siglo alterna la
ridiculización del "rasta" cuyos troncos Orloff y los Landós, Victorias y Cupés
ofendían sensibilidad de los antiguos, con la de las maneras y modos de decir de
los provincianos. Esta actitud también cuenta en la confusa motivación de la
Revolución del 90, a la que no fue ajena el revanchismo de los vencidos en Los
Corrales y Puente Alsina.
Pero los políticos provincianos se aporteñaron rápidamente a la vez que se
afincaban como estancieros de la provincia de Buenos Aires. Juárez Celman
estanciero dejará pronto de ser el “burrito cordobés” como Roca y Avellaneda han
dejado de ser tucumanos.
CAPITULO III
DESARRAIGO DE LA CLASE ALTA
EL "AUSENTISMO" DE LA ALTA CLASE
Se ha visto que el nuevo siglo, encontró en el mismo grupo a la alta clase
porteña y las figuras provincianas del roquismo. Había terminado también el
"luto social" impuesto a las familias rosistas recalcitrantes.
La Argentina entraba triunfalmente en el mercado mundial y se abandonaba la
pretensión de una economía integrada nacionalmente, de más largo alcance, pero
inconvenientes para la prosperidad inmediata. La política manchesteriana estaba
acreditando su eficacia en los bolsillos de los propietarios de la tierra y aun
en los de muchos inmigrantes.
La conquista del desierto, los ferrocarriles, la inmigración, el alambrado, el
Registro de la Propiedad, el mejoramiento de las razas y, enseguida, el
frigorífico, realizaban de hecho el unitarismo, concentrando en el litoral y en
sus grupos afincados, todo el destino de la República, en una estratificación
social que garantizaba —por el poblamiento por gringos— la perdurabilidad del
sistema sin el riesgo de la "chusma incivil" de que hablaba Sarmiento.
Para los propietarios de la tierra estábamos en Jauja y ésa era también Jauja
para muchos en la ola inmigratoria.
Esa Jauja de la alta clase, hija de la divisa fuerte, permitió un ausentismo
casi permanente de gran parte de la misma, que vivía más en Europa que en su
propio país; allí educaron sus hijos y entroncaron con algunas ramas de la
nobleza europea, y allí las niñas porteñas disputaron los títulos a las hijas de
los Vanderbilt o los Morgan.
Del "rastacuero" de los primeros viajes pasamos al retiramiento de los salones
de París; refinamiento que se traslada luego a Buenos Aires y de cuya existencia
dan testimonio los lujosos palacios a la francesa del barrio Norte, hoy en
trance de demolición, pero de los cuales bastan como testigos de época las
residencias Anchorena y Paz, que subsisten como bienes del Estado (Ministerio de
Relaciones Exteriores y Círculo Militar) en la plaza San Martín. Los
amoblamientos y decoraciones y la increíble importación de objetos de arte que
permite que hoy Buenos Aires sea un importante proveedor en los remates de
Sotheby.
La colonia argentina en París tiene una significación especial y Buenos Aires
adquiere de reflejo la importancia que ahora ha perdido y que nuestros
comentaristas económicos atribuyen a una decadencia, cuando es el producto de un
mejor equilibrio de su sociedad1.
Todo el pensamiento liberal, toda la enseñanza, todos los medios culturales
tienden a lo mismo: desamericanizar el país —"este