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Reconstruir la historia a partir de documentos oficiales es sin
duda tarea meritoria. Pero corre un elevado riesgo de convertirse en
involuntariamente parcial. Igual afirmación puede aplicarse a los
documentos emanados de la prensa escrita, por lo general proclives a
favorecer la opinión oficial, especialmente en períodos de gobiernos
autoritarios. Reconstruir, entonces, la historia de los años 60 y 70 en
la Argentina, se vuelve por esa causa un ejercicio sumamente azaroso.
Aunque en lo referido a la información puede dividirse en cuatro
períodos: El primero, desde 1955 hasta 1963, en la cual desde una
férrea censura de prensa se van abriendo canales informativos más
amplios. El segundo, desde 1963 a 1976, período que va desde el
interregno democrático de Arturo Illia hasta el golpe militar de Videla,
Massera y Agosti. Aquí, luego de la apertura permitida por Illia, se
atraviesan situaciones de represión a la prensa o censura abierta o
encubierta, pero pueden obtenerse informaciones de múltiples campos sin
demasiados inconvenientes, hasta la etapa 1973-1976, pródiga en documentos
provenientes de los sectores revolucionarios, antes de ese momento
constantemente obstaculizados o censurados. El tercer período,
señoreado por la dictadura militar -1976-1983-, es de casi absoluta
oscuridad, dado que toda información que no coincide con el discurso
oficial totalitario es reprimida ferozmente. Incluso con el
encarcelamiento, tortura o desaparición de quienes la producen. Estos
ocultamientos o distorsiones no hubieran sido posibles, por cierto, sin la
complicidad abierta o encubierta de los grandes medios informativos, cuyos
propietarios frecuentemente se convirtieron en copartícipes de miles de
homicidios, cometidos por la dictadura militar en la Argentina, debido a
su colaboración para difundir falsas noticias. Del mismo modo la
iglesia Católica, cuyos prelados manejaban información de primera mano,
por medio de sus vicarios castrenses, por lo cual conocían la existencia
de campos de concentración y exterminio de jóvenes -hombres y
mujeres-indefensos. Sin embargo, prefirieron el silencio, esto es la
complicidad, contentándose con una tardía autocrítica muchos años después.
Es decir, cuando esta actitud tiene sólo el valor de un gesto, mientras
que de haberlo hecho durante la vigencia de aquella sangrienta dictadura
militar, la palabra de los obispos hubiera sido útil para salvar vidas
humanas (en la abrumadora mayoría de los casos vidas cristianas). El
cuarto período, a partir del gobierno de Alfonsín hasta el presente, es de
paulatina apertura y revisión de los documentos obtenibles. Pese a ser muy
rica, debido a la sobrevivencia de testigos numerosos del periodo
anterior, aún se hace difícil desentrañar ciertos aspectos de los sucesos.
El terrorismo estatal ejercido durante el periodo del gobierno peronista y
la dictadura militar, ha sido tan cruel, que con frecuencia los testigos
se niegan a hablar. Muchísimos documentos han sido destruidos (con
frecuencia por sus propios dueños, por causa del miedo que les infundió la
criminal represión de las décadas anteriores) y subsiste una tensa
enemistad entre los sectores en pugna, por lo cual no es fácil recuperar
información objetiva. Esta historia, entonces, se basará principalmente
en los testimonios o memorias de quienes han tenido participación activa,
directa o indirecta, de las luchas desarrolladas durante el período
estudiado.
Los sectores en pugna
Desde la
caída del peronismo en 1955 comenzaron a definirse en la Argentina con
mucha claridad los polos de esta contradicción social que iba a concluir
con la tragedia del enfrentamiento armado sucedido entre los años
1968-1980 aproximadamente. Estos sectores eran, por un lado lo que
genéricamente podríamos llamar la izquierda ilegalizada, y por el otro la
derecha institucional. La primera fue constituyéndose con los sectores
combatientes del peronismo y los movimientos guerrilleros o foquistas como
núcleo principal activo. La segunda, la derecha argentina, tenía como
núcleo catalizador a lo que luego fuese denominado el Partido Militar, es
decir, las Fuerzas Armadas. En la izquierda confluyeron movimientos
nacionalistas, trotskistas y el peronismo "de la resistencia", con
variable apoyo de los sectores políticos tradicionales de este movimiento.
Desde 1958 comenzaron a surgir en el Norte de la Argentina movimientos
civiles revolucionarios armados, como los Uturuncos, el Foco de Taco Ralo
(Fuerzas Armadas Peronistas) o "la guerrilla del Ché", impulsada por el
periodista Massetti en Salta ya durante los años 60. El Partido
Militar, se basa en el ejército como referencia principal alrededor de la
cual giran la Armada, Fuerza Aérea, fuerzas policiales y algunos partidos
liberales menores como la Democracia Cristiana, o construidos ad-hoc, como
Nueva Fuerza, de Alvaro Alzogaray o el Partido Federal del capitán
Manrique. Durante sus períodos de máximo poder, asumido a través de golpes
de estado, gobierna abiertamente colocando a militares en los puestos
clave de la administración política nacional. En los periodos de
resurgimiento democrático, se presenta como una alianza multisectorial que
jamás logra controlar una porción importante del electorado. La
izquierda coincide básicamente en su diagnóstico: un país al que se debe
liberar de la dependencia de sus clases dirigentes del imperialismo
mundial capitalista, liderado por EEUU. Para lograr ese objetivo, toda
alianza con sus enemigos o competidores se ve posible, desde la búsqueda
de apoyo en los países comunistas, como China, la URSS o más
frecuentemente Cuba, hasta el establecimiento de pactos económicos
estratégicos con los países de Europa, de acuerdo a las teorías de un
sector del peronismo. Su objetivo es derrotar o aniquilar a la "burguesía
dependiente argentina". La derecha militar y sus aliados por el
contrario, ven en el comunismo su principal enemigo, aceptan para ello
dócilmente las orientaciones ideológicas -también la preparación militar y
un constante apoyo económico- de los Estados Unidos y su estructura
militar, canalizada a través del Pentágono. Su objetivo es aniquilar "al
enemigo comunista infiltrado entre la juventud
Argentina".
La situación en Santiago del
Estero
Estos polos mortalmente contrapuestos tienen sus
versiones locales, a través de diferentes nucleamientos políticos legales
o clandestinos. Durante el período que va desde la caída del peronismo
en 1955 hasta 1976, la militancia local y sus enemigos tienen variado
protagonismo en la escena política. Desde la creación de la primera
guerrilla en 1959 (Los Uturuncos, comandada por el bandeño Seravalle e
integrada por Uriondo y Cárdenas, entre otros santiagueños, cuya acción de
más envergadura fue el copamiento y confiscación de armas en la jefatura
de policía de la ciudad de Frías), el nacimiento del FRIP (Frente
Revolucionario Indoamericano y Popular, creación de Francisco R. Santucho)
que luego se continuaría en el PRT-ERP, hasta la participación de
dirigentes locales, como Abraham Abdulajad o López Bustos, en la toma de
decisiones a nivel nacional durante el nuevo auge del
peronismo. Santiago del Estero, por diversas razones de tipo
estratégico o político, jugó constantemente, a lo largo de toda la extensa
gesta revolucionaria, el papel de "apoyo logístico" o "reserva
estratégica" para los principales actores de esta lucha que dividió a la
nación. El presente estudio intentará demostrar también ese criterio, a
través, principalmente, del testimonio directo de sus protagonistas,
tomando con preferencia aquellos cuya actividad no fue reflejada
directamente por los medios de comunicación locales. Asimismo hemos
efectuado una larga -y por momentos agotadora- recopilación de documentos,
dispersos en artículos o notas periodísticas publicadas por revistas
alternativas, en muchos casos tan ricas en su ajustamiento a la realidad,
que sus narraciones fueron incluidas, cuando lo consideramos pertinente,
de un modo exhaustivo.
La función de este
libro
No es novedosa la estrategia de los grupos de poder
consistente en distorsionar la historia, para consolidar sus logros
obtenidos mediante todo tipo de crímenes y violaciones a los derechos de
la población. Argentina tuvo la desgracia de parir dos aventureros
falsificadores como Mitre y Sarmiento, cuya desmesurada ambición los llevó
a convertirse en generales, presidentes de la república y luego
historiadores. Ellos se autoerigieron en paradigma de una larga corriente
de ocultamiento histórico, de la cual emana la tenebrosa confusión actual
de nuestros habitantes, respecto a su propio origen como nación, su
desarrollo y los posibles sentidos reales de su existencia. De la misma
manera que en el plano individual no se puede construir una personalidad
sana sobre una autobiografía amañada o incompleta, es imposible construir
una sociedad equilibrada partiendo de datos históricos falsos. La
necesidad justamente pregonada por los psicólogos, "de enfrentar nuestros
monstruos y fantasmas", se convierte en imperativo absoluto cuando se
trata de una sociedad tan abrumada por conflictos tortuosos e indecisiones
como ha llegado a ser la nuestra. Por ello se trata, en este libro, de
aportar datos con la más rigurosa honestidad, sin retroceder ante lo
conmovedor del tema o el peligro de no resultar agradable para muchos de
los beneficiarios de los sangrientos atropellos perpetrados durante el
período analizado, todavía activos y en algunos casos con mucho poder.
Como el actual ministro Cavallo o casi el 80 % de quienes sustentan cargos
decisivos en Santiago del Estero o los van delegando paulatinamente en
otros miembros de sus familias. Sin embargo, la tarea es
imprescindible, al menos por tres razones capitales. La primera, el amor
profundo que sustentamos por nuestra Patria, de la cual no somos
habitantes advenedizos, sino provenientes de conocidas familias argentinas
que trabajaron y amaron a esta tierra y su cultura desde tiempos
inmemoriales. Luego el haber sido protagonistas constantes de las
luchas para dignificar esta nación, habiendo sufrido cárceles y torturas,
además de numerosas humillaciones o persecuciones debido a tal compromiso
activo. Hemos dejado para el final la razón más importante de esta
obra: la necesidad de que las generaciones futuras, nuestros hijos y
nietos, hereden una versión precisa de los sucesos históricos de este
período, sin duda el más importante del siglo XX, por las consecuencias
que este acarreó a nuestra Argentina, muchas de las cuales padecemos hoy y
seguramente serán factores de gravitación central por muchos años durante
este principio de siglo.
17 de agosto de
2001
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