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Dirección general: Lic. Alberto J. Franzoia

 





NOTAS EN ESTA SECCION
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Intelectuales y colonialismo*

Por Juan José Hernández Arregui

Esto plantea el problema de los intelectuales en los países coloniales. En general, los intelectuales forman una capa social admitida y palmoteada mientras cortejan con su palabra o su anuencia a la clase dirigente.

Este es un fenómeno típico de los países dependientes, en los que la subordinación económica crea a su vez, intelectuales subsidiarios de las oligarquías nativas, y en la Argentina actual, de los grupos económicos dóciles al imperialismo yanqui. O mejor, anglosajón. Pues el poder de Inglaterra en la Argentina sigue en pie. En tal orden, la "libertad" de la inteligencia es una ficción escandalosa, o sea, la "libertad" para consentir en forma manifiesta o encubierta la dependencia del exterior. Y en esto reside la infidencia de los intelectuales al país que sufre la opresión extranjera. No pueden hablar de "libertad" aquellos que dependen de diarios, revistas, cátedras, pagadas directa o indirectamente por el colonialismo, y por ende, controlados por la censura oficial. En los países coloniales -y la Argentina lo es-la libertad únicamente alienta en individuos incorporados en la carne y el espíritu al pueblo nacional. Pues el pueblo es la libertad por la cual lucha en tanto pueblo sin pedir un mendrugo de gloria.

La mayoría de los intelectuales, se refugian en la abstención política, que es una forma del someti­miento. Tales intelectuales son parte del espectáculo colonial. Dígase cuanto se quiera, la realidad que circunda al intelectual es política y su silencio es político. El silencio de los intelectuales se llama trai­ción al país. Para ellos, ser escritor es lograr pu­blicidad a costa de cualquier prevaricato. Por eso, en tanto masajistas del éxito social, no son más que fugaces pasajeros del prestigio sin honra. Y el pue­blo los ignora. Hablan de libertad, pero medran a la sombra del sistema que deroga la libertad del pueblo. Si los intelectuales se apartan de la política no es por superioridad del espíritu, sino por cobardía y adhesión, tácita o explícita, al colonialismo. Por eso, tales intelectuales, en los programas de radio o televisión, se expresan con palabras a medias, triviales, conformistas, alejadas de los problemas candentes del país.

La dependencia colonial no sólo es económica, es una mediatización innoble de la inteligencia. Un in­telectual que calla las causas, la vergüenza y el ho­rror del colonialismo, es un mercenario que sirve a las potestades que paralizan al país. El intelectual que no usa sus conocimientos como militancia, de hecho acepta al régimen colonial que paga la exis­tencia de una inteligencia incolora y adicta.

La clase dirigente, en efecto, tiene sus escribas a sueldo, cuya tarea, entre otras no menos despreciables, es mantener vivas las mentiras del colonialismo que, en substancia, revelan un profundo odio al pueblo. Son escritores que por excepción pertenecen a la clase alta y, en tal sentido, la clase media intelectual abastece a la oligarquía. Esto es visible en la Argentina. Tales trepadores, que la oligarquía gratifica abriéndoles las páginas de sus diarios, revistas, editoriales, las cáte­dras y otras sinecuras, son a los que mencionamos. La Universidad es el escalón más alto de la servidumbre de esta gente. Tienen por tarea deificar al sistema, la historia oficial, difamar los símbolos colectivos del pueblo. Lo hacen en nombre de la democracia, de la "civilización" de Sarmiento contra la "barbarie" de los caudillos. De Mitre contra el interior. En "La Nación", órgano de la clase oligárquica, estos chupatintas encuentran acogida destacada, y alquilan sus nombres agrandados por la dádiva publicitaria de esa prensa de una Argentina habitada por rumiantes.
Aunque no ejerzan ninguna influencia en el pueblo -fracaso que los lleva a la ridicula autoposición de "élites"-, gra­vitan en determinados sectores medios.

La oligarquía sabe lo que hace cuando periódicamente mezcla los os­curos apellidos de la inmigración con algunos escritores del patriciado venido a menos. Es el único ascenso so­cial que les permite codearse con la clase alta. Pero nada más que en la firma de manifiestos y comuni­cados en los diarios. He aquí un botón aparecido en "La Nación", en la que junto a algunos nombres de la oligarquía, navegan los corifantes de la clase media intelectual. Los firmantes están mesturados como una manera de probar que en el Olimpo de la literatura no hay jerarquías, que todos los ángeles tienen la misma anatomía gaseosa. El suelto se titula ’’Declaración sobre los caudillos y Montoneros". Napoleón no exageraba cuando comparaba a estos intelectuales con pulgas a las que había que sacudir de la ropa. He aquí el texto: Un grupo de escritores dio a conocer una declaración que dice así: "Los escritores que firman esta declaración han ad­vertido con justificado estupor la creciente glorifica­ción de las montoneras, de los caudillos que las capi­taneaban, y el nombre de Rosas. Tales apologías con­tradicen todo el proceso democrático de la historia ar­gentina y presuponen una extraña nostalgia de la barbarie, del despotismo y de la crueldad. No es di­fícil adivinar, detrás de estos anacrónicos arrebatos, el designio de instaurar, ahora y aquí, sistemas no menos opresivos e inicuos." [2]

El valor de una obra se mide por su posición crí­tica frente a la época en que nace, por la postulación de los problemas que agitan a la comunidad, y esa misión de los intelectuales, sólo es posible cuando se desafía sin renuncias a los poderes que velan, a través de las trabas culturales del imperialismo y sus aliados nativos, las cuestiones nacionales irre­sueltas. En un país colonizado la labor del escritor es militancia política. De lo contrario es pura mi­seria de la inteligencia pura. ¿Cuándo la Universidad ha alzado su voz contra el colonialismo?
¿No prueba esto que la Universidad, en tanto institución, es el asilo cultural del coloniaje?

¿Cuándo los escritores agremiados en la SADE han denunciado la entrega del país, los fusilamientos de 1956, las torturas, las proscripciones políticas de millones de argentinos? ¿Cuándo? Los trabajadores hacen bien en recelar de los intelectuales. De una "inteligentzia" que no osa decir su nombre mientras la Argentina se debate en la violencia, en la lucha por la liberación nacional.

Mas junto a estos escritores hay otros. Una mi­noría, que abraza la causa de las mayorías nacio­nales sin libros pero con conciencia colectiva de la nacionalidad allanada. Son argentinos que no se resignan ante el estado de cosas imperante y muestran tanto los mecanismos y las lacras pestíferas del colonialismo, como el papel subalterno de esos intelectuales y políticos que mientras el pueblo lucha en las fábricas y en las calles, aparecen en las pan­tallas de televisión, y de este modo, son partes de los avisos comerciales, el lado culto de la servidum­bre imperialista.

Los escritores auténticos saben soportar el silencio y prefieren darle forma a las intuiciones y heroís­mos colectivos convirtiéndose así en testigos, y sobre todo actores, de la época que les toca vivir. A esta raza de escritores nacionales perteneció Raúl Scalabrini Ortiz, prototipo del intelectual que hizo del pensamiento argentino beligerancia política y no de la política algo negable de antemano por una inte­ligencia amordazada por la mole de falseamientos, mitos y cancelaciones canallas de la antipatria.

NOTAS:
[1] Estas declaraciones fueron hechas antes del golpe derechista proyanqui que derribó al general Juan José Torres
[2] Firman la declaración Horacio Armani, Carlos Avellaneda Huergo, José Bianco, Adolfo Bioy Casares.
Susana Bombal, Jorge Luis Borges, Jorge Calvetti, José S. Campobassi, José Edmundo Clemente, Nicolás Cócaro, Jorge Cruz, Bettina Edelberg, Luis de Elizalde, Fermín Estrella Gutiérrez, Enrique Fernández Latour, Patricio Gannon, Jorge L. García Venturini, Juan Carlos Ghiano, Roberto Giusti, Joaquín Gómez Bas, Bernardo González Arrili, Adela Grondona, Alicia Jurado, Bernardo Ezequiel Korenblit, José Luía Lanuza, Mario A.
Lancelotti, Carlos Mastronardi, Manuel Mujioa Láinez, Silvina Ocampo, Manuel Peyrou, Jaime Potenze, Ricardo Sáenz-Hayes, Leónidas de Vedia, Osear Hermes Villordo, David Vogelman, Orlando Williams Alzaga y Andrés Romeo

* Intelectuales y colonialismo [Capítulo III] del texto "Peronismo y Socialismo" (1972) de Juan José Hernández Arregui. Digitalizado por Marcelo Gil y publicado en el foro digital "Reconquista Popular"


Izquierda y peronismo*

Por Juan José Hernández Arregui

Sólo un análisis de la conciencia de clase de la pequeñoburguesía puede descifrar estas contradicciones. La clase media, en especial los estudiantes, en una posición que no tenía ni antes ni durante los gobiernos de Perón, aunque con vacilaciones, es hoy anticolonialista, tercermundista, nacionalista y socialista. Todo lo que es Perón. Pero aún, determinados sectores, llaman a las nacionalizaciones ejecutadas por Perón, al ascenso y participación de los obreros en el Poder, "bonapartismo", o "nacionalismo burgués", a la resistencia de las masas peronistas después de 1955, "espontaneísmo", al nacionalismo de esas masas "totalitarismo". En cambio, el nacionalismo de las masas chinas o cubanas, argelinas o rusas, es "socialista". No puede negarse que las masas; requieren una ideología avanzada. Pero mas cierto aún, es que son las capas pequeñoburguesas las que necesitan experiencia política, contacto con el pueblo. No basta que los grupos de izquierda, aún peronistas, cada uno por su lado, se proclamen "vanguardia del proletariado" y que haya tantas "vanguardias" como grupos. Es decir, ninguna vanguardia. Partiditos obreros que la clase obrera no reconoce. Más bien, esos partidos y grupitos se mueven a la zaga de los trabajadores. Los programas de estos grupos tienen el inconveniente de funcionar bien en el paraíso de la imaginación, no en la pesada tierra.
Otro rasgo de estas peñas de izquierda, es su desconocimiento de la obra de Perón. Tales grupos postulan —y estamos completamente de acuerdo— un programa socialista. Pero ignoran —y la ignorancia, como decía Spinoza, no es un argumento— que sin el antecedente de Perón, que fue un paso efectivo hacia la socialización, las masas argentinas carecerían de la conciencia de clase que hoy las define. Una conciencia de clase superior a la de la pequeñoburguesía. Y la conciencia de clase del proletariado, con relación al socialismo, es más importante que el socialismo aprendido rápido y mal en los libros.

Perón ha dicho, en muchas oportunidades que de haber llegado al poder, no en 1946, sino en 1959, el hubiese sido el primer Fidel Castro de la América latina.
Entre los quince años que mediaron entre el triunfo de Perón y el de Fidel Castro, el tablero de la política mundial se tornó excepcionalmente favorable para la aparición del socialismo en Cuba. Perón llegó al poder al término de la II Guerra Mundial. Las condiciones para un régimen socialista en Iberoamérica, no existían. Además Perón asumió el mando por vías constitucionales. Esto es, coartado por un sistema legalista nada fácil de remover. La Constitución de 1949, era ya, en muchos aspectos presocialista. Por eso fue derogada de cuajo al caer Perón. Suplantada, con el aplauso exaltado de la clase media por la Constitución de 1853. Restauración conservadora que esa clase media festejó con delirio patriótico. Desde entonces, mientras el país retrocedía, la clase media, a fuerza de porrazos, volvía a la realidad. Y las masas argentinas, avanzaban en las calles, no en los libros, mientras en el plano ideológico Perón ahondaba cada vez más en la revolución. A comienzos de 1972 se publicaron declaraciones del ex-presidente Perón cuyos pasajes salientes reproducimos:
-¿Cuál seria para usted, el programa de fuerza revolucionaria peronista; programa práctico a aplicar desde ya?

-En el mundo, actualmente, se está luchando por una revolución. Indudablemente, esa revolución está captando una serie de inquietudes, desde la terminación de la Segunda Guerra Mundial. Las guerras, normalmente paralizan la evolución; pero como pasa con los diques, el agua sube, al terminar la guerra saca usted la pantalla del dique y entonces invade el torrente. Esa revolución mundial va hacia formas socialistas. Los imperialistas, por su lado, llegan a una reflexión muy lógica: el mundo actual, con 3.500 millones de habitantes, tiene a la mitad hambrientos.
¿Qué sucederá, se preguntan ellos, en el año 2000, cuando la Tierra tenga 7.000 millones de habitantes?
Cuando en la tierra ha habido superpoblación, los remedios han sido siempre dos: la supresión biológica (de lo que se encargan la guerra, el hambre y sus consecuencias) o el reordenamiento geopolítico, una mayor producción y mejor distribución de los medios de subsistencia. Los imperialismos saben que su ciclo es como el del hombre: crecen, dominan, decaen, envejecen y mueren. Piensan que su solución está, en estos momentos críticos de la humanidad, en ser los salvadores: en programas donde ellos sean imprescindibles. Uno de esos programas consiste en controlar los procesos de liberación y de independencia. Llega McNamara a Bs. As. y dice: "Argentina debe ser como un país de pastores y agricultores". Claro, están defendiendo la comida y la materia prima del futuro. La comida, mediante el control de la natalidad, la materia prima, mediante el acopio de todos los bienes.

-¿Cómo se refleja eso en el caso argentino?

-Por lo que le digo, es que ocurre esa penetración intensa, desde la Segunda Guerra Mundial, en nuestro continente, en todos los países: por las buenas o por las malas. Cuando los países no se entregan, o no los pueden penetrar, dan un golpe de estado o ponen un gobierno obediente. La gran virtud que yo veo en la Revolución Cubana y en la acción de Fidel es precisamente eso: les puso allí un dique que no han podido pasar. ¿Qué eso ha sido a costa de asociarse con Rusia? No importa. Con el diablo, con tal de no caer. Porque el diablo, ¿sabe? además es un poco etéreo. En cambio estos son reales.

-Es interesante su referencia a Cuba, por las posibles analogías. En Cuba, Fidel se apoyó en una superpotencia para combatir a la otra. Usted considera que ese recurso puede utilizarse en el caso de otros movimientos latinoamericanos de liberación.

-Completamente. Y quizás si, en 1955 los rusos hubiesen estado en condiciones de apoyarnos, yo hubiera sido el primer Fidel Castro del continente.

-¿Usted tuvo posibilidades, en 1955, de haberse apoyado en el Tercer Mundo o en el bloque soviético, para salir adelante?

-Bueno, en esa época, ninguno de los dos estaba en condiciones, y el Tercer mundo no existía. Fuimos nosotros, hace veinticinco años, los que lanzamos por primera vez la Tercera Posición. Claro, aparentemente cayó en el vacío. No estaba el horno para bollos. Y no pudimos hacer nada. Porque a nosotros no nos volteó el pueblo argentino; nos voltearon los yanquis. Y quién sabe, si hubiéramos tomado otras medidas, tal vez hubiese venido otra invasión como la de santo Domingo.

-¿Qué salidas ve a la situación?

-Ningún pueblo puede entregarse; si hay algo en que el pueblo está claro, es en que no se puede entregar al imperialismo. Porque lo viene sufriendo desde hace un siglo por el estómago, o por el bolsillo, que también es una víscera suficientemente sensible. Liberar al país como lo ha hecho Fidel, esa es la solución. Y como pienso que lo están por hacer Perú y Bolivia [1]. No se sabe en qué condiciones, pero vienen intentándolo.

Estos juicios de Perón están relacionados con las medidas que tomó durante su gobierno. Tales medidas, a pesar del momento histórico, muy desfavorable, fueron socializadoras. Más aún, ningún país socialista ha logrado éxito, sin tomar decisiones graduales, adapatadas al desarrollo de cada país. Estas medidas, en los países socialistas actuales, en los comienzos y en todos los casos, han sido similares a las tomadas pos Perón. No decimos que Perón haya instaurado el socialismo en la Argentina. Esto sería una mentira.
Pero sostenemos que muchas de sus reformas abrían el camino al socialismo. Uno de los excesos del pensamiento de izquierda, mezcla de fantasía y lecturas desordenadas, es pensar que el tránsito al socialismo es automático a la toma del poder. Es un grave error pensar así. La Historia enseña que la victoria del socialismo es antecedida por una serie de etapas intermedias entre el capitalismo y las nuevas formas sociales, e incluso, de ensayos y errores, de éxitos y fracasos. Ni Rusia, ni China son enteramente socialistas. Y la Revolución Rusa se produjo en 1917 y la China en 1949. La experiencia de estos países y otros, indica que durante un período más o menos largo, el capitalismo y el socialismo siguen yuxtapuestos.

¿Cuáles han sido, en tales países, considerando siempre el desarrollo desigual de los mismos, las medidas peparatorias del socialismo? En primer lugar, lograr la confianza de las masas. Perón obtuvo esa confianza que le permitió resistir la agresiva resistencia interna y exterior. Perón fue destituido no por un burgués, sino por la dirección proletaria de su política social. La Confederación General del Trabajo contaba con 6 millones de afiliados. Visto en su proyección histórica, Perón estaba en condiciones, por la base obrera del peronismo, y lo hizo, de imponer reformas básicas a la economía, pero no podía ir más allá de los límites que le marcaba el momento histórico, los enemigos internos e internacionales, y la propia estructura del movimiento, que junto a los trabajadores albergaba a otras clases sociales con sus representantes moderados cuando no decididamente conservadores. A pesar de estas contradicciones y de la resistencia política muy unitaria y combativa que lo acosó, Perón cumplió una obra de excepcional contenido social y nacional.

En un país colonizado, no hay socialización posible, aunque sea parcial, sin una ruptura con la dependencia exterior. Inglaterra, al producirse la revolución de junio de 1943, era dueña del país. De su economía y su política. Antes de 1943, casi la mitad de nuestras exportaciones, en buena parte acaparadas por Gran Bretaña, se dedicaba al pago de los servicios de la deuda externa. Con las reservas en oro y divisas, acumuladas por la coyuntura, favorable para la Argentina, de la II Guerra Mundial, la deuda externa fue totalmente repatriada. La Argentina entró en la independencia económica. Los empréstitos extranjeros, pulpos de la economía nacional, e instrumentos del dominio político, fueron cancelados. La Argentina, por primera vez en toda su historia, fue una nación soberana. Estas medidas impulsaron el desarrollo industrial. Cabe preguntar si fue una industrialización burguesa o socialista. Fue ambas cosas y ninguna de las dos. Es decir, grandes ramas de la producción industrial fueron dirigidas por el Estado, y otras aunque permanecieron en manos de capitales privados, estos eran argentinos, y en algunos casos extranjeros pero sometidos a una legislación proteccionista y, al mismo tiempo, estrictamente controlada por el Estado. Vale decir, se dio el paso primario y fundamental en toda marcha hacia la socialización: la estatización de los resortes más importantes de la economía nacional.
Estos recaudos, no sólo acrecentaron la producción, sino que, caso único en la historia argentina, se alcanzó la plena ocupación y la participación del proletariado en la conducción política. Todos los ejercicios financieros terminaron con superávit. Al abandonar Perón el país, las reservas en oro y divisas, se calculaban en 1500 millones de dólares. El capital extranjero, sujeto a una legislación nacional, cumplió una función útil. En algunas ramas de la industria, la automotriz por ejemplo, el Estado se valió de ellos. También lo había hecho Rusia en las primeras etapas de la revolución. China lo mismo.
Cuba, Argelia, Egipto, también. Pero los giros al exterior, en concepto de dividendos, eran fijados por el Estado y las ganancias de las empresas debían reinvertirse, por cuotas establecidas, y se reinvirtieron, en el país. Una prosperidad jamás conocida benefició a todas las clases sociales. La legislación laboral fue una de las más avanzadas del mundo. La educación pública dio un salto espectacular.
Millares de obreros recibieron en todo el país, en todas las provincias, enseñanza técnica gratuita. En 1943, la Universidad tenía algo más de 60 mil alumnos.
Con Perón llegó a 260 mil. La enseñanza universitaria era gratuita, comedores estudiantiles, apuntes sin cargo impresos en la Fundación Eva Perón, privilegios para los estudiantes que trabajaban, colonias, supresión de exámenes de ingreso, mesas examinadoras mensuales, acortamiento de las carreras, etc. Tal cual lo había reclamado la Reforma del 18, en la Argentina, la enseñanza media y superior dejó de ser una prerrogativa de clase. La salud pública, bajo la dirección de un patriota, Ramón Carrillo, que murió perseguido y pobre en Brasil, insumió 350 millones contra 11 millones en 1943. Nadie ignora que uno de los objetivos del socialismo es la salud de la población. Otro de los objetivos del socialismo es la nacionalización de los servicios públicos. Los servicios públicos nacionalizados no sólo son exigencia de la independencia económica, sino la base de toda soberanía real. Se adquirieron los ferrocarriles británicos. O como dijo Scalabrini Ortiz se compró soberanía. La oposición, en una cerrada acometida, atacó esta brillante operación financiera y política ejecutada por otro patriota, Miguel Miranda.
Se dijo que Perón había comprado hierro viejo. Que los ferrocarriles daban pérdidas. Es cierto, daban pérdidas. Lo que no se dijo —hoy tampoco— es que los ferrocarriles dan pérdidas en todos los países del mundo por la simple razón que su misión es de fomento de la economía nacional, o sea, que tales pérdidas son ampliamente compensadas por el desarrollo de regiones, ciudades, plantas industriales, etc., próximas a las redes ferroviarias.

El único país del mundo cuyos ferrocarriles han producido ganancias es EE.UU. Pero en 1970, el mayor sistema ferroviario de EE.UU., el Pen Central Transportation Company se declaró en bancarrota.
Durante Perón, se nacionalizaron los puertos. La marina mercante llegó a ser una de las mayores del mundo, adelante incluso, de Rusia. Cosa que pocos argentinos conocen. La casi totalidad de la producción nacional fue transportada por buques argentinos con una capacidad de 1.700.000 toneladas. El comercio exterior —otra disposición inicial y básica de todo país socialista— pasó a ser fiscalizado por el Estado a través del IAPI, la institución más resistida por la oligarquía y las naciones imperiales. Raúl Prebisch, asesor de Lonardi, entre las primeras resoluciones, anunció el aniquilamiento de esta institución. El gas, los teléfonos, las usinas eléctricas existentes y las que se crearon pasaron a dominio del Estado. Los servicios de transportes en su totalidad, fueron nacionalizados. Cuando nacionalizaciones de este tipo fueron aplicadas en Inglaterra por gobiernos laboristas, los izquierdistas cipayos aplaudieron.
Cuando las tomó Perón vociferaron: "¡Totalitarismo!"
Demás está agregar que en los países socialistas las comunicaciones están nacionalizadas. El consumo de energía, otra de las bases de la socialización de la economía, aumentó en un 69 %, Y.P.F. creció en un 161,5 %. Pero el desarrollo industrial pedía más energía eléctrica, más petróleo, más máquinas.
Problemas que han afrontado todos los países socialistas del mundo. Decenas de diques, centrales hidroeléctricas, termoeléctricas, obras fluviales, etc., fueron construidos, o estaban en construcción al caer Perón. Entre 1943 y 1954, la producción de petróleo se triplicó, la de gas se duplicó, la de carbón se multiplicó por nueve. Es falso que la situación del campo empeorase. Raúl Prebisch, un enemigo, en 1949 reconoció que la economía agropecuaria se había fortalecido. Las carnes de exportación, gracias a un negociador enérgico, Miguel Miranda, obtuvieron precios beneficiosos al país y no decretados, como hasta entonces, por Inglaterra. El campo fue tecnificado en amplitudes desconocidas hasta entonces. El valor de las exportaciones giró de 451 millones en 1943 a 3039 millones en 1947. Millares de medianos y pequeños agricultores entraron en posesión de sus tierras. Los peones rurales ascendieron a una vida digna; 50.000 chacareros lograron la posesión de sus campos. La renta nacional aumentó en un 55 %. La independencia económica permitió al país comerciar, en contratos bilaterales, con los países comunistas. La Argentina fue el país que alcanzó, en toda Iberoamérica, el mayor volumen de comercio con Rusia.
Pero el P. Comunista gritaba "¡Fascismo!". El analfabetismo, con millares de escuelas construidas, se redujo al 3 %. Hoy, agremiaciones docentes estiman que la Argentina tiene un índice del 40 % de analfabetos o semianalfabetos. Se construyeron 500.000 viviendas para 5 millones de personas; 8.000 escuelas, más que en toda la historia de la Argentina. Y 70.000 obras públicas hoy se levantan a lo largo del país como testigos de aquellos días de grandeza nacional.
El II Plan Quinquenal, que destinaba $ 35.000 millones de moneda de entonces, estaba financiado y en plena ejecución. Las bases de la industria pesada colocadas.
Un argentino insospechable comparaba la política de Perón con la de los países comunistas. Este escritor nacional se llamaba Raúl Scalabrini Ortiz. No insistiremos en cifras. Hechemos una ojeada sobre los gobiernos que sucedieron a Perón.

* Izquierda y Peronismo [Capítulo III] Peronismo y Socialismo, de Juan José Hernández Arregui, 1972. Digitalizado por Marcelo Felipe Gil.


Clase obrera y poder* (fragmento)

Por Jorge Enea Spilimbergo

LA ESTRUCTURA OLIGÁRQUICA

La oligarquía terrateniente, como clase dominante, constituyó su propio aparato político, administrativo y cultural, presentándolo como expresión del país en general, e influyendo en alto grado sobre el conjunto de las clases sometidas. Esta influencia gravitó especialmente sobre las clases de la plataforma librecambista del litoral agro-portuario (pequeña burguesía urbana y chacarera, pequeños y medianos ganaderos, proletariado marginal, etc.). Exclusión hecha de los peones, este sistema de clases populares tenía una posición dual ante la oligarquía gobernante: discutía su monopolio del poder político y los excedentes netos; pero coincidía con ella en apoyar el programa librecambista de la semicolonia agraria. Ignorante del país en su conjunto, separada por su origen inmigratorio de las tradiciones federal democráticas del siglo XIX, fijada empíricamente en condiciones transitorias que ya empezaban a deteriorarse en el momento de su esplendor, e influida por las transposiciones mecánicas de fórmulas del liberalismo europeo, esta coalición de clases sirvió a la oligarquía más que lo que la combatió.

El litoral agro-portuario

Si, por ejemplo, consideramos a los chacareros medios y ricos, encontramos que el fundamento de su conflicto con la oligarquía arrendadora es la aspiración a la propiedad de la tierra. Bajo esta lucha por la propiedad se esconde la apetencia del "producto" integro de esa tierra, es decir, una lucha por la renta. Pero esta renta, siendo una renta diferencial, constituye un impuesto al trabajo extranjero, a través del mecanismo del cambió internacional. Nos encontramos, pues, ante una identidad parasitaria, consistente en la alienación al mercado extranjero y al fetiche del librecambio, que se refuerza con el enfrentamiento burgués del chacarero con sus peones. La relación descripta se ha modificado en diversos grados y maneras por el impacto de la crisis y el incremento de un consumo interno. No lo suficientemente, sin embargo como para que, al considerarse estas tesis, el ministro de Economía no se jactase ante el público oligárquico, en la Sociedad Rural, de haber reajustado el precio interno del trigo a su precio internacional. Pero como el precio internacional excede el valor realmente creado por el trabajo argentino, resulta que una masa de riquezas que pertenece al país en su conjunto y debiera integrar su fondo de acumulación, queda expropiada en favor de terratenientes y chacareros, que lo destinan preferentemente al consumo individual.

El Socialismo de la Izquierda Nacional ha demostrado, en consecuencia, que el eje de la revolución agraria en la Argentina lo constituye la masa de peones agrícolas, jornalizados temporarios, semiocupados de los suburbios de los pueblos rurales, proletarios de industrias y transportes rurales; los estratos de chacareros pobres y otras categorías explotadas de la baja clase media rural Ponemos especial énfasis en nuestra solidaridad con los obreros temporarios del N. O. y del N. E. argentinos, quienes, junto con los procedentes de Bolivia, Paraguay y Chile constituyen la principal víctima del aparato succionador de la oligarquía, y a quienes les está reservado un papel de primer orden en la lucha por su expropiación. Definimos el objetivo revolucionario en el campo como nacionalización de la tierra. Con ello afirmamos que se trata de colocar su renta al servicio de la economía nacional y su desarrollo. Nos delimitamos de la "reforma agraria" que, en el lenguaje político argentino, envuelve la reivindicación de esa renta por las clases chacareras librecambistas del litoral. En cuanto a la organización concreta del régimen de propiedad, dependerá del curso mismo de la lucha, de las necesidades generales, y de las relaciones que específicamente se establezcan entre las diversas clases participantes, como, asimismo, de las reivindicaciones transitorias para los sectores pobres y medios del campo.

El frente librecambista

Esta identidad por encima de las contradicciones de la plataforma librecambista del litoral fue bien percibida por Juan B. Justo a fines del siglo, cuando proponía formar un gran partido librecambista con todos los sectores ligados a la exportación, erigidos en "burguesía ilustrada" contra la "política criolla", "caudillista", "feudal", es decir, ... nacional-burguesa. Se "marxistizaba" así la antinomia "civilización-barbarie", oportunamente pulverizada por la crítica alberdiana.

En los hechos, la tesis de Justo obtuvo un amplio triunfo a la larga, y cumple señalar que la totalidad de los partidos argentinos "tradicionales" se constituyeron bajo el horóscopo de la colonia librecambista privilegiada, en el medio siglo de su apogeo histórico. Ello es válido, no sólo para el conservadorismo, el socialismo de Justo, la democracia progresista, sino también para el radicalismo, aunque por vías diferentes. Aunque aquel apogeo ya es cosa del pasado, la persistencia de sus efectos en el campo de la superestructura no puede subestimarse.

Fuera del hecho de que la oligarquía no puede modificar su conciencia tradicional sin condenarse, ello se debe a que en los referidos sectores populares se produce una remisión inconsciente a una edad dorada en que el libre cambio les aseguraba holgura y "status". El viejo optimismo agropecuario y europeísta se sobrevive como prestigio intangible de los tabúes del pensamiento cipayo, como remisión a una nostálgica "edad dorada" y como sorda y astuta resistencia a todo replanteo de la realidad nacional. En el campo de la izquierda, so pretexto de delimitación "antiburguesa", se da con caracteres de fijación la vieja oposición reaccionaria a los movimientos de masa de la clase trabajadora.

Es, pues, con justa tenacidad que el socialismo de la izquierda nacional ha insistido en la revisión histórica y en la crítica de la historia de los partidos políticos, no como prólogo erudito de sus tesis, ni por afán tradicionalista, sino porque la crítica histórica es constitutiva de la experiencia y de la razón política.

*Clase obrera y Poder son las tesis del Partido Socialista de la Izquierda Nacional y fueron redactadas en 1964 por Jorge Enea Spìlimbergo. Texto digitalizado por Fernando Lavallén


Burguesía y cuestión nacional*

Por Jorge Enea Spilimbergo

La colaboración política de Marx y Engels se remonta a principios de la década del 40, cuando inician en París una fructífera amistad que durará toda la vida. Habían nacido en 1818 y 1820, respectivamente. Marx muere en el 83. Engels –convertido en patriarca del socialismo europeo- lo sobrevive hasta 1895.

La Europa de mediados del siglo XIX experimenta los síntomas de una profunda transformación revolucionaria, que dará por tierra con la obra del Congreso de Viena.

Como recordará el lector, el Congreso de Viena, reunido en 1815 a consecuencia de la caída de Napoleón, se propuso borrar, hasta donde era posible, la obra de la revolución francesa y del Imperio napoleónico. Los vencedores, constituidos en Santa Alianza con la participación de Inglaterra, Prusia, Austria, Rusia y España borbónica, se juramentaron para reprimir, en acción policial conjunta, cualquier brote democrático y revolucionario. Del mismo modo, trazaron -"de una vez para siempre"- el mapa político de Europa. Como en sus miras no se encontraba la voluntad de los pueblos sino el interés de las dinastías y las aristocracias, muchas nacionalidades quedaron sometidas a pueblos extranjeros. Así sucedió con Hungría, los eslavos del sur, Polonia, Bélgica, el norte de Italia. Otros países como Alemania e Italia, siguieron privados del derecho a constituir un Estado nacional unificado. Alemania, por ejemplo, continuaba dispersa en una multitud de soberanías. (Casi todas insignificantes) Los estados alemanes más poderosos eran Prusia y Austria. Ambos, a su vez, extendían su dominación sobre nacionalidades no alemanas (polacos, magiares, checos, etc.).

Fragmentación y sometimiento nacional constituían las dos caras de una misma moneda. En efecto, un país fragmentado en una nube de pequeñas soberanías cae bajo la órbita de aquellos otros que ya han cumplido su centralización política, aunque no se produzca la ocupación efectiva. Rusia, Francia e Inglaterra, se beneficiaban económica y militarmente de la división nacional alemana, y se obstinaron en perpetrarla.

A su vez la fragmentación era el producto de un pasado feudal no superado, el reflejo de una economía en el que el comercio y la gran industria aun no se habían desarrollado plenamente.

Dicha economía, fundada en la explotación del campesino semisiervo, en el artesanado y en el pequeño comercio local, se aferraba tenazmente a su antigua estrechez regionalista. Las aristocracias y los príncipes, junto a sectores de las antiguas clases medias urbanas, explotaban el atraso en su provecho. Una Alemania o una Italia unificadas hubieran significado no sólo el colapso político de las clases retardatarias, sino también su desplazamiento económico por la gran burguesía industrial, mercantil y financiera.

Aquel antiguo mundo, asentado en la explotación campesina, se organizaba, pues, en regímenes absolutistas desde el punto de vista de las instituciones públicas. Y así como negaba a los pueblos el derecho a gobernarse ellos mismos desconocía a las naciones facultad para decidir sus propios destinos. Aquí las dispersaba, allá las anexaba.

Por este entrelazamiento de factores, la inevitable resistencia que no tardan en suscitar las decisiones del Congreso de Viena, asume un doble carácter nacionalista y democrático.

En los países sometidos o disgregados, la democracia -la oposición al absolutismo político- se hace nacionalista, patriótica. A su vez, el nacionalismo germina entre los sectores más profundos o significativos del pueblo: campesinos, artesanos y pequeño-burgueses de las ciudades, industriales y comerciantes intelectuales, etc.

Todos ellos ven en los príncipes y en las aristocracias, no sólo a los enemigos de la patria, sino también a los tiranos y explotadores. Por esta vía, el nacionalismo se hace esencialmente democrático.

El gran nucleador de este movimiento es la burguesía. La burguesía exige un régimen liberal y representativo, porque el individualismo político complementa y salvaguarda el liberalismo económico asentado en la competencia mercantil, la libre contratación y la libertad de trabajo e industria, indispensables para el desarrollo fabril y comercial.

Del mismo modo, la burguesía pugna por asegurarse el dominio del mercado interno. La producción para la ganancia, que permite valorizar incesantemente capital, es un rasgo esencial del régimen capitalista. Pero las barreras aduaneras entre provincias o pequeños Estados de una misma nacionalidad, al restringir los mercados, impiden el desarrollo de la gran industria y el apogeo de la producción burguesa. Al promover la unidad (o la independencia) nacional, la burguesía no lucha por un simple principio abstracto sino por sus propios e impostergables intereses materiales, que en esta época histórica coinciden con los del resto de la población.

En consecuencia, democracia y nacionalismo aparecen como las grandes banderas políticas bajo las cuales (hasta comenzar el último tercio del siglo XIX) se expresa el ascenso general de la civilización burguesa europea en lucha con las fuerzas retrógradas del absolutismo y la feudalidad.

Pero a mediados de siglo XIX, el retraso histórico de aquellos países que aun no habían completado su revolución burguesa, se combinaba con las primeras manifestaciones de la civilización capitalista desarrollada y, en consecuencia, con una incipiente lucha de clases moderna entre el proletariado y la burguesía.

Adelantémonos a expresar que esta peculiaridad de desarrollo, perfectamente verificable en la Alemania de la época, introdujo profundas modificaciones en las conductas de las clases sociales revolucionarias.

La burguesía francesa había convocado a las grandes masas del pueblo para luchar contra el absolutismo y la aristocracia semifeudal. Aunque no manejó el timón de la nave durante el periodo crítico -cuando la revolución hubo de ser salvada por el jacobinismo pequeño-burgués y los desharrapados de París- puede decirse que la burguesía actuó entonces, decididamente, como representación nacional, es decir, como clase conductora que, luchando por su propios intereses, expresaba los interese inmediatos del conjunto de la población.

Los intereses de ese conjunto no coincidían íntegramente con los de la burguesía, pero tampoco se hallaban en oposición directa ni, en todo caso, en condiciones de hacerse valer de una manera peligrosa y efectiva. Era una masa inorgánica de artesanos, campesinos y pequeño-burgueses dispersos. Pero ya al estallar el proceso revolucionario de 1848 han proliferado en Europa formaciones compactas de esa nueva clase social engendrada por la industria: el proletariado. Allí donde el proletariado asume cierta importancia (como en París, la Alemania renana, etc.) no se contenta con lanzarse a la arena revolucionaria tras las reivindicaciones de la burguesía. Aunque desprovisto de experiencia y de una clara teoría que guíe su acción política, aspira, confusamente a que la nueva república sea una república social. En otros términos, no se contentan con los "derechos del ciudadano", exige sean defendidos los derechos del hombre de trabajo. Aspira a presionar como clase –recurriendo a manifestaciones, huelgas, asonadas– sobre el gobierno, y a suprimir la desigualdad económica mediante algún tipo de socialización.

El "fantasma del comunismo" irrumpe así, tangiblemente, ante los ojos de la burguesía europea. Las jornadas de febrero de 1848, en París, dan el poder a la burguesía republicana con el apoyo de los obreros en armas. Cuatro meses más tarde, durante las jornadas de junio, el ejército de línea y las milicias burguesas aplastan, tras varios días de furiosos combates, la insurrección obrera de París. Esta crisis, que es el principio del reflujo revolucionario en toda Europa, quiebra de una vez para siempre aquella unidad de miras revolucionarias puesta de manifiesto por la burguesía francesa del 89 para llevar a cabo su propia revolución. En adelante, los burgueses de toda la Europa atrasada conocerán el peligro de movilizar revolucionariamente a los obreros contra el absolutismo. Conocerán el peligro de que, producida la victoria, el proletariado "cambie de hombro el fusil" y al derrocamiento del absolutismo suceda el de la propia burguesía.

En consecuencia, preferirán, cada vez más, el camino oblicuo de la presión sobre los antiguos poderes y el compromiso transaccional con ellos antes que el camino francés, plebeyo, revolucionario. En todas partes, y especialmente en Alemania, los heroicos burgueses, a punto de alcanzar la victoria, dan marcha atrás, no desarman a los ejércitos del absolutismo, pactan con reyes, aristócratas y príncipes, para ser por último arrasados por las fuerzas de la contrarrevolución triunfante.

Tal es el nuevo protagonista -la clase obrera- y la nueva ideología –el socialismo- que se manifiestan en Europa cuando Marx y Engels inician su carrera política.

Ambos jóvenes revolucionarios habían nacido en Renania, la provincia alemana de mayor adelanto económico, donde más íntimamente se combinaban los problemas suscitados por el pasado feudal con los modernos antagonismos de la civilización burguesa. Antes de conocerse habían militado en las filas de la democracia burguesa. A través de la izquierda hegeliana buscaban un método para reinterpretar críticamente la realidad. Conservarían de Hegel algunos principios básicos que interesa destacar para nuestro estudio:

Una concepción unitaria del proceso histórico en pugna con el nacionalismo hermético de los románticos. La comprensión de la historia como un proceso ordenado de etapas, que rompe con el racionalismo cartesiano de la Enciclopedia y sus valoraciones a-históricas de los fenómenos sociales. En consecuencia, una revalorización de lo cualitativo (que es lo que especifica cada etapa), pero no a la manera irracional de los románticos, sino sometiéndolo a la racionalidad objetiva del proceso histórico general. Por último, el método dialéctico, que explica el cambio, la transformación de una etapa a otra, a través de la contradicción.

En otro orden, Engels, quien llega antes que Marx al socialismo, ha completado su imagen de la sociedad burguesa, desarrollada durante su visita a Inglaterra, el foco de la gran industria. Este viaje, que emprende por orden de su padre –un industrial alemán-, le permite recoger una abundante documentación, condensada más tarde en su libro sobre la Situación de la clase obrera en Inglaterra, de 1845.

En cuanto a Marx, su primer contacto orgánico con las ideologías socialistas de la época se produce, a través de Proudhon, principalmente durante su destierro en París.

Las teorías comunistas alcanzaban entonces cierta popularidad. Se trataba, sin embargo, de un comunismo aun fantasmagórico, impregnado de aberraciones utópicas y sectarias. Participaba del error general de las filosofías idealistas. En efecto: lejos de considerar las ideas de una época como la expresión de la realidad de esa época, invertía el orden y explicaba esa realidad por sus ideas. Explicaba la existencia del capitalismo y sus males por las ideas falsas de los contemporáneos acerca de la mejor organización social, y se esforzaba por remediarlos propagando, como un nuevo evangelio, la "idea del socialismo". Reducía la historia al conflicto y a la sucesión de ideologías.

La debilidad de semejante socialismo es doble. Por un lado, al partir absolutamente de la "idea socialista", se somete a la fantasía más o menos caprichosa de los teorizadores, encargados, como es lógico, de definir aquella "idea". Proliferan así el arbitrismo y las sectas. Por el otro, al dirigirse a los seres humanos en general, no descubre las fuerzas sociales concretas que son el fundamento dinámico del socialismo.

Por el contrario, para Marx y para Engels, las ideologías no se nutren de sí mismas, ni se despliegan las unas de las otras. Son la expresión intelectual de una sociedad dada, y toda sociedad consiste, en primer término, en el conjunto de actividades, relaciones humanas y recursos técnicos empleados para asegurar las funciones más perentorias: producción económica, reproducción física.

Por consiguiente, la sociedad real, y en particular, su estructura económica, engendra el mundo de las ideas y no al revés. Toda idea dominante es la expresión de una fuerza social dominante. Toda idea nueva llamada a generalizarse manifiesta una nueva fuerza social promovida al triunfo por el desarrollo histórico.

Pero, ¿cúal es la fuerza social nueva ignorada hasta entonces (o subestimada en su valor operativo) por los teóricos de la "idea socialista" aunque subyace en ella, es su sustancia histórica medular? El proletariado.

Allí donde el utopismo propaga un evangelio dirigido a los "seres humanos" para persuadirlos a una organización "mas justa" y "racional" de la sociedad, Marx y Engels hacen del proletariado y su conflicto objetivo con el régimen burgués, el fundamento material del movimiento socialista. Por consiguiente, ellos no añaden una "ideología" a las ya existentes. Su materialismo histórico es nada más -y nada menos- que la autoconciencia científica del movimiento real del proletariado dentro de la sociedad burguesa que lo engendra, y contra ese orden social.

La miseria, objeto hasta entonces de piadosas meditaciones, caridades y remedios, juega ahora un papel dinámico, positivo. El régimen burgués genera al proletariado, una clase cuya existencia está en viva contradicción con la esencia del hombre, que es la libertad. No la libertad parcial del ciudadano –en relación con el cuerpo político- sino la libertad del hombre total, entendida a la manera rousseauniana, como plena expansión de las virtualidades humanas. Pero esa clase obrera marginada de toda humanidad por su instrumentación a la ganancia burguesa, será, a su vez, el sepulturero del capitalismo.

Al destruir el capitalismo, no perderá sino sus cadenas. Al librarse de su explotación particular, liberará a todos los hombres en general. El proletariado no aspira a sustituirse como clase dominante, sino a suprimir, junto con la burguesía, toda explotación de clase sobre clase.

Según lo expuesto, la concepción materialista de la historia aparece dominada por la idea de la lucha de clases, que no es un "mandato", ni un "imperativo ético" o "táctico" sino el movimiento mismo de la historia, reducido a su esencialidad, y el propio marxismo, lejos de inventarla, atizarla o suscitarla, su reflejo auto consciente, encarnado en la clase revolucionaria: el proletariado.

Pero las clases sociales no se suceden al azar. La lucha de clases (Marx mismo lo señala) ya había sido descubierta por los historiadores burgueses de Francia e Inglaterra. Lo que Marx demuestra es que la existencia de determinadas clases esta ligada a niveles dados de desarrollo técnico y organización del trabajo. 1 bis

Al disolverse la comunidad tribal primitiva se establece la primera división de clases, cristalizada –en su forma última- entre hombres libres y esclavos. Los esclavistas, desligados del agobio de la producción material, crean la primera civilización propiamente dicha, la economía urbana, el comercio, la ciencia, la literatura, el Estado. Pero la sociedad antigua tiene su límite en la propia esclavitud, que la estanca por la misma gratuidad del esclavo-cosa.

El medioevo reorganiza las relaciones de producción fundándose en una nueva ordenación del trabajo, la del ciervo feudal a mitad de camino entre el esclavo y el obrero libre. A este ordenamiento, no tarda en agregársele el sistema de los gremios artesanales urbanos.

Por ultimo, las generalizaciones del comercio, el desarrollo manufacturero y fabril, producen la ruina del artesanado y concentran los medios de producción en una nueva clase –considerablemente más dinámica y expansiva-, la burguesía.

A diferencia de los anteriores, el sistema burgués de producción se expande en revoluciones técnicas y económicas incesantes, que llevan a la ruina a las antiguas formaciones ecodial e industrializan vertiginosamente el foco irradiador del sistema: los países más avanzados de Europa y los Estados Unidos. El tránsito de una forma social a otra no se produce pacíficamente, sino a través de luchas y desgarraduras. A un cierto nivel de fuerzas productivas corresponden determinadas relaciones sociales. El crecimiento de las fuerzas productivas exige la remodelación del orden social, económico y político para ponerlo en consonancia con los nuevos niveles alcanzados. Esta contradicción se resuelve a través de antagonismos violentos, revolucionarios, porque las clases dominantes en la antigua sociedad se resisten a abandonar sus privilegios y a sacrificarse por el progreso histórico.

Hoy, concluyen Marx y Engels, la humanidad vive uno de esos conflictos revolucionarios entre relaciones de producción que ya han agotado su papel progresivo, y las necesidades de desarrollo de las fuerzas productivas. La burguesía, que ha generado la gran industria y cambiado, con ello, la faz del mundo, ya no puede controlar las fuerza por ella liberadas. Se debate en la anarquía de la competencia, las crisis cíclicas, las guerras y los conflictos sociales. El carácter cada vez más social de la producción (en el doble sentido de la empresa como colectividad y de la influencia de las grandes empresas sobre los destinos generales de una comunidad) se contradice crecientemente con el carácter individual de la apropiación. Las fuerzas productivas del hombre han crecido hasta tal punto que no solo es posible sino perentorio reordenar la economía según un plan racional y sustraerla a esta o aquella clase dominante, para colocarla bajo el control de la sociedad en su conjunto.

Así, la lucha de clases constituye el nervio del proceso histórico en cuanto es su factor dinámico y consolidador. Dinámico, porque el antagonismo cíclico entre fuerzas productivas y relaciones de producción se encarna en clases hostiles, que lo asumen objetivamente. Consolidador, porque el triunfo de la clase revolucionaria da un sentido irreversible al proceso y acelera su ulterior desarrollo.

La historia deja de ser la sucesión más o menos arbitraria de héroes, ideas, instituciones, etc., para convertirse en el proceso mediante el cual los hombres se van elevando de una pasiva subordinación a la naturaleza -próxima a la animalidad- hasta la libertad, decir, el dominio sobre la naturaleza y la sociedad. Este tránsito se realiza a través de regímenes de clase, o sea, cubriendo toda una época en que los hombres, bárbaramente, se sirven de otros, los instrumentalizan y expolian, animalizándolos no ya en el nivel natural, sino en el nivel social.

La conciencia que cada época tiene de sí misma –observan Marx y Engels- dista mucho de responder a la naturaleza real de los conflictos. El papel de los historiadores no consiste en tomar al pie de la letra estas representaciones aberrantes, extrapoladas y míticas, sino en desentrañar su fundamento real. Cuando Aristóteles habla de la inferioridad natural del bárbaro, no comete un error científico: racionaliza a posteriori los intereses de los esclavistas griegos. Bajo las guerras religiosas del siglo XVl, no subyace un antagonismo sobrenatural entre Dios y el diablo, sino una lucha de clases burguesa y campesina en una época en que la religión constituye la estructura cultural vertebradora, y es por ello, el orden fenoménico de todas las tendencias fundamentales.

A diferencia de otros filósofos de la historia, Marx y Engels no se proponen interpretarla especulativamente, sino actuar sobre ella. El materialismo histórico descubre el papel de la lucha de clases y es, como vimos, un momento de esa lucha, el de la autoconciencia revolucionaria. Esta autoconciencia dicta al proletariado la necesidad de organizarse en partido político que luche por la conquista del poder. Pero no se trata de una lucha circunscripta a las fronteras nacionales de cada país. El proletariado, más que la burguesía, es una clase internacional. Su solidaridad trasciende las fronteras. Sus enemigos están en todas partes.

"Desde el fin de la Edad Media, escribe Federico Engels, la historia trabaja por erigir en Europa un conjunto de grandes Estados nacionales... Ellos constituyen la norma política de la dominación burguesa sobre el continente..." La burguesía, al vincular con la industria y el comercio ciudades y provincias antes dispersas bajo las condiciones del feudalismo, cohesionó en nacionalidades pueblos que habitan un mismo territorio y una misma lengua. De esta manera echó los cimientos materiales del sentimiento nacional común, los prerrequisitos que hicieron posible y necesaria la consolidación del Estado nacional centralizado. Pero esa misma burguesía, al generar al proletariado, lo excluye de toda participación comunitaria. El proletariado es un extraño en su propia casa. Si se acusa a los comunistas de combatir la idea patriótica, habrá de responderse: "El proletariado no tiene patria. No se le puede privar de lo que no tiene". Al mismo tiempo, el desarrollo del mercado mundial, vincula los pueblos entre sí, crea lazos de solidaridad entre los obreros de todo el mundo, y así como las clases reaccionarias, no obstante sus querellas recíprocas, se apoyan las unas a las otras contra la rebelión de los de abajo, así también la clase trabajadora de cada país debe adquirir conciencia de su solidaridad internacional.

"La gran industria -expresan Marx y Engels en Ideología Alemana, obra anterior al 48- suscita generalmente en todas partes las mismas relaciones entre clases. Con ello va borrando todo sello privativo de nacionalidad. Cierto es que la burguesía conserva aún en cada nación sus intereses nacionales particulares. Pero hay una clase que no tiene absolutamente ninguna especia de intereses nacionales: el proletariado... Expulsado del seno de la sociedad, se ve constreñido a vivir en el más resuelto antagonismo con todas las demás clases."

Como, por otra parte, el triunfo del socialismo en un país determinado sería seguido de la más feroz intervención burguesa de los restantes países, Marx y Engels (exagerando la determinación temporal del problema) añaden en la misma obra:

"El comunismo solo es viable empíricamente si lo implantan de golpe y al mismo tiempo todos los pueblos dominantes."

Conforme a lo expuesto, existe un abismo entre la lucha de clases y el patriotismo. La lucha de clases llama al proletariado a derrocar a su burguesía, apoyándose en la alianza con los otros proletariados. El patriotismo, por el contrario, sostiene la existencia de intereses comunes entre el proletariado y su burguesía; los obreros de otros países son, para el patriota, tan "extranjeros" como sus burgueses.

Y, sin embargo, al abordar, los problemas de la lucha política inmediata, Marx y Engels encuentran que en todas partes (con la excepción parcial de Inglaterra, cuyo movimiento cartista es el primer movimiento obrero en masas, pero no socialista) lo que está a la orden del día no es la lucha de clases entre proletarios y burgueses sino el conflicto entre la burguesía y las masas por un lado, y el viejo orden feudal por el otro.

Queda así planteada una contradicción aparente entre la teoría y la práctica. La teoría pone de manifiesto la crisis de la sociedad burguesa y hace un llamado a una acción internacional revolucionaria del proletariado. La práctica muestra un conjunto de sociedades enfermas no tanto por las miserias del régimen burgués sino por la ausencia de él. La propia metodología del materialismo histórico resuelve esta contradicción excluyendo todo oportunismo táctico.

En efecto, puesto que el régimen socialista no nace de una "ideología" sino de los conflictos inherentes a la sociedad burguesa, en aquellos países en que el desarrollo burgués esta obstaculizado por el dominio de las clases sociales precapitalistas, el proletariado debe intervenir activamente para la supresión de estos obstáculos opuestos al desarrollo histórico, lo cual puede llevarlo a coincidir, en forma transitoria, con el movimiento político de la burguesía liberal.

Como hemos visto, el incumplimiento de las llamadas tareas nacionales (unificación e independencia políticas) es una rémora para el desarrollo burgués tanto o más importante que las demás manifestaciones del atraso precapitalista. (Servidumbre campesina, corporativismo artesanal, absolutismo político, etc.) En consecuencia, la clase obrera debe apoyar resueltamente todas las luchas nacionales, en la medida en que ellas aceleren la generalización del régimen burgués (caso de Italia y Alemania) o contribuyan al quebrantamiento de los baluartes reaccionarios opuestos a la revolución europea. (Polonia con relación a Rusia; Irlanda respecto a Inglaterra)

Cumplida esta etapa necesaria del desenvolvimiento histórico, cesaba toda solidaridad nacional. La clase trabajadora, como Jesús del Evangelio, podía responder a la burguesía, cuando esta la requiriera para una alianza patriótica contra otros pueblos o cuando la instara a confundir los intereses de la comunidad con los del privilegio burgués: "¿Qué hay de común entre tú y yo?"

Como puede verse, el apoyo que Marx y Engels prestan a las nacionalidades oprimidas o dispersas no se deduce de un abstracto "principio de las nacionalidades" (según el cual cada nacionalidad tendría derecho a una vida política independiente), ni de ninguna "idea eterna", llámese justicia, moral, derecho o lo que sea. Se funda en el grado de la progresividad histórica que representen las luchas nacionales, de acuerdo a una perspectiva orientada hacia el establecimiento del régimen socialista.

Porque no toda nacionalidad irredenta contribuye, con su movimiento, al movimiento progresivo de la historia humana. La tendencia del capitalismo no se ejerce en el simple sentido de constituir naciones, sino de constituir grandes naciones, es decir, núcleos históricamente viables capaces de suministrar un mercado interno de suficiente envergadura y solidez a las fuerzas productivas de expansión.

A partir del siglo XI, el crecimiento del mercado y el desarrollo de las ciudades van multiplicando los vínculos regionales, primero, e interregionales, después. Este proceso, sin embargo, no desemboca en una Europa unificada. Cristaliza, por el contrario, en varios núcleos nacionales, que responden a determinaciones geográficas, culturales y lingüísticas. Pero los elementos de unidad cultural, geográfica y lingüística no son factores previos al proceso de unidad nacional, sino al resultado histórico de dicho proceso. Esto significa que, en realidad, las naciones clásicas de Europa occidental se plasman en el curso de sucesivos aglutinamientos nacionales. Es lícito hablar, en este sentido, de una nacionalidad española; y, simultáneamente –hasta cierto punto-, de las nacionalidades castellana, catalana, gallega, leonesa, etc.

Basta con que imaginemos que por cualquier circunstancia histórica los núcleos cultural, política y lingüísticamente diferenciados de la España cristiana anterior al siglo XV hubiesen evolucionado hacia la fijación de sus diferencias y su consolidación como Estados soberanos, para comprender de qué manera los elementos constitutivos de la unidad nacional se van moldeando en el proceso histórico mismo, sin preexistirlo.

De acuerdo a esto, la formación de las nacionalidades europeas resulta de una selección histórico-natural en que tal lengua, tal país, tal monarquía –por causas económicas, geopolíticas, militares- realiza su ciclo expansivo incorporándose provincias y culturas afines, desplazando aquí, fusionando allá, hasta tropezar con una frontera absoluta: la otra nación en desarrollo.

La índole de tales fronteras no responde a ningún determinismo del "factor" cultural, político o geográfico. La geografía –en su significación humana- es una variable y no una constante histórica.
El área lingüística es esencialmente móvil. En cuanto al poder político, resulta de la situación total que lo condiciona.

La determinación histórica es aquí general. Se refiere al hecho de que el nivel alcanzado por las fuerzas productivas en la época en que analizamos ha sobrepasado la posibilidad del regionalismo económico sin llegar a una etapa que permita la expansión continental homogénea. Por eso, la tendencia unificadora no culmina en un vértice común sino en varios núcleos poderosos que serán los Estados nacionales.

Pero en este proceso, ya sea por anomalías de desarrollo o por la marginación de zonas retrasadas (España en cierto modo; Europa suroriental, etc.) quedan a un lado las formaciones nacionales exiguas, cuya independencia política resulta utópica a menos que, para lograrla y permanecer, se respalden en un poder exterior y se conviertan en su instrumento. Las fuerzas más reaccionarias suelen recurrir a esos pequeños nacionalismos para oponerlos a las nacionalidades históricamente viables.

Tal es el caso, señalado repetidas veces por Marx y Engels, de las nacionalidades eslavas meridionales, manipuladas por austríacos y rusos contra los movimientos nacionales de Alemania y Hungría. Ni Marx ni Engels se sentían solidarios con dichos nacionalismos, a los que combatieron sin contemplaciones y, alguna vez, con injusticia.

Del mismo modo que rechazan elevar la nación a finalidad histórica suprema, concibiéndola por el contrario, como una estructura histórica y socialmente condicionada, Marx y Engels, ridiculizan el internacionalismo abstracto, el punto de vista que prescinden de las determinaciones reales, para oponerles una teórica fraternidad universal. Es ilustrativa al respecto la polémica con Proudhon y sus adeptos, quienes dominaron en el movimiento obrero francés hasta los tiempos de la Comuna. (1871) Proudhon opuso a la unidad italiana la idea de una "libre federación" y combatió, entre otras, las reivindicaciones nacionales del pueblo polaco. A mediados de 1866, la discusión se planteó ásperamente en el seno de la Internacional. Polonia volvía a estar sobre el tapete, después de la heroica aunque desgraciada insurrección de 1863. Marx y Engels defendieron, una vez más, la causa de Polonia independiente. Veían en ella un baluarte indispensable contra el absolutismo zarista, principal amenaza de la revolución europea. Opinaban, además, que el triunfo de la revolución polaca comunicaría a Rusia la guerra campesina, desmoronando los pilares del absolutismo. Por consiguiente, se pronunciaban por el pleno apoyo a la independencia política de Polonia, es decir, no subordinaban su defensa de la nación polaca al establecimiento de un Estado socialista en Polonia, perspectiva en ese momento utópica. Condicionar su apoyo a la victoria del socialismo en Polonia era, bajo un disfraz de izquierda, un pésimo favor a la causa del proletariado socialista europeo, cuya posición estratégica se fortalecería con el triunfo de una Polonia democrático-burguesa enfrentada al zar. En este asunto Marx y Engels quedaron en minoría durante el Congreso de la Internacional celebrado en Ginebra.

En medio de la polémica, aquel escribe a su amigo (junio de 1866):

"Los representantes de la ‘joven Francia’ (no obreros) se vinieron con el anuncio de que todas las nacionalidades, y aun las naciones eran ‘prejuicios anticuados’... Todo el que estorbe la cuestión "social" con las "supersticiones" del viejo mundo es ‘reaccionario’. Los ingleses se rieron mucho cuando empecé mi discurso diciendo que nuestro amigo Lafargue, etc., que había terminado con las nacionalidades, nos había hablado en ‘francés’, esto es en un idioma que no comprenden las nueve décimas partes del auditorio."

Y concluye con esta importante observación:

"también sugerí que por negación de las nacionalidades, él parecía entender muy inconscientemente, su absorción en la nación francesa modelo."
En efecto, el antinacionalismo que los socialistas de las naciones opresoras predican a los socialistas de las naciones oprimidas es la expresión negativa de un mal disimulado chauvinismo.

A lo largo de este estudio, el lector echará de menos toda referencia a la cuestión nacional en los países "de la periferia". Es que, en la época de Marx y Engels, esto países aun no se habían incorporado como protagonistas en el torrente de la historia universal. Marx y Engels confiaban en el triunfo del socialismo en Europa antes de que la independencia de las colonias se pusiera a la orden del día.

"Ud. me pregunta –escribe Engels a Kautsky en diciembre de 1882- lo que piensan los obreros ingleses de la política colonial. Pues exactamente lo mismo que piensan a cerca de la política en general: lo mismo que piensa un burgués. En mi opinión... los países ocupados por población europea -Canadá, El Cabo, Australia- se volverán todas independientes; en cambio, los países habitados por población nativa... debe tomarlo el proletariado transitoriamente en sus manos y conducirlos con toda la rapidez posible hacia la independencia... En la India, quizás... estallará una revolución... Lo mismo podría ocurrir también en alguna parte, por ejemplo en Argelia y Egipto; para nosotros sería por cierto lo mejor... Una vez lograda la reorganización de Europa y Norteamérica, constituirá un poder tan colosal y un ejemplo tal, que todos los países semicivilizados se despertarán por si mismo... (Pero) el proletariado victorioso no puede impartir ninguna bendición de ninguna clase a ninguna nación extranjera sin minar su propia victoria." (2 bis)

*Burguesía y cuestión nacional" es el primer capítulo del texto de Jorge Enea spilimbergo "La Cuestión Nacional en Marx", cuya primera edición es de 1962.

NOTAS
1 "La nueva clase que sustituye a la que se hallaba en el poder antes que ella, se ve precisada, para llevar a cabo sus miras, a presentar sus intereses como si fueran los de todos los miembros de la sociedad...
Sale a la liza, no como clase, sino como representante de una sociedad entera... Y, realmente, en un principio, sus intereses están hermanados con los intereses de todas las demás clases excluidas del poder. Eso no es óbice, sin embargo, para que después, una vez en plena posesión del mismo, agudice y profundice tanto más marcadamente el contraste entre los que mandan y los que no mandan, cuanto más amplia haya sido esa base (de acuerdo)". Marx y Engels, Ideología alemana, 1846.

1 bis "Lo que distingue a las épocas económicas unas de otras no es lo que se hace sino el cómo se hace, con qué instrumentos de trabajos se hace. No son solamente el barómetro indicador del desarrollo de las fuerzas de trabajo del hombre, sino también el exponente de las condiciones sociales en que se trabaja." (Marx, El Capital, t.I, pág. 149, Ed. Cártago, Buenos Aires, 1956)

2 "Las leyes mercantiles del capitalismo en ascenso exigen la eliminación de los pequeños Estados, el aniquilamiento del sub-estatismo". Hay que unificar el régimen aduanero, hacer de muchas legislaciones, una. Fuerza es que la burguesía se afane por llevar a su máxima expresión el vigor y el poderío del Estado nacional... De ahí que el capitalismo en ascenso no se limite a luchar por el simple Estado nacional: busca, por el contrario, la creación de un gran Estado nacional. Cuanto más populoso sea un dominio económico, más numerosas y amplias serán las empresas productoras de mercancías. Como sabemos, la ampliación de una empresa disminuye los costos y aumenta la productividad. Si los otros factores no cambian, se extiende la división del trabajo, las comunicaciones mejoran, etc. Es mucho más difícil conocer las condiciones del mercado extranjero que las del propio." (Zinoviev, Las guerras nacionales en el siglo XIX)

(2 bis) Uno de los análisis más explícitos de Marx sobre la colonización capitalista en los países de Oriente se encuentran en los artículos de la Tribuna de Nueva York, aparecidos el 25 de junio y el 8 de agosto de 1853. Explica en ellos la destrucción de la artesanía y la comunidad aldeana de la India por obra del capitalismo británico cuyas mercancías –más que la ingerencia burocrático-militar- "destruyeron hasta las raíces la unión de la agricultura y manufactura." Marx pone de relieve el carácter implacable del proceso: "La profunda hipocresía y la barbarie congénita de la civilización burguesa se despliega con toda amplitud ante nuestros ojos, no bien nos apartamos de su patria, donde asienta sus respetables lomos, para examinar las colonias, donde se manifiesta con toda desnudez."
No obstante, agrega Marx, la indignación moral no debe obscurecernos el panorama objetivo. Al destruir el sistema de la comuna rural con su manufactura doméstica, el capitalismo destruye las bases seculares del régimen estático y su despotismo político, produciendo, "en verdad, la única revolución social que Asia jamás haya conocido." Marx interroga: "¿Puede la humanidad satisfacer sus destinos, sin una revolución fundamental en el estado social de Asia? Si no lo puede, entonces Inglaterra, cualesquiera hayan sido sus crímenes, resultó, al realizar esta revolución el instrumento inconsciente de la historia".
Pero Marx avanza un paso más, todavía, y distingue dos momentos en la acción del capitalismo inglés sobre la India. "Inglaterra debe cumplir en la india una doble misión destructora y creadora: el aniquilamiento del antiguo orden social asiático y la creación de las bases materiales para un orden social occidental en Asia".
Como lo probó la experiencia histórica posterior, ni el capitalismo librecambista ni, mucho menos, el capitalismo monopólico, cumplieron el segundo papel y, en cuanto al primero, lo hicieron de una manera defectuosa y mezquina. Más de una vez (hasta llegar a ser la norma) entrelazaron sus intereses con el de las castas feudales reaccionarias. En todo caso, su influencia no se ejerció en el sentido de echar las bases objetivas para un desarrollo "burgués occidental".
Marx se equivocaba, pues, al formular el siguiente pronóstico:
"Cuanto la burguesía inglesa se vea obligada a hacer no producirá la liberación de la masa del pueblo ni el mejoramiento de su situación social, que no depende solamente del desarrollo de las fuerzas productivas, sino del grado de su apropiación por el pueblo. Lo que de todas maneras, hará, es crear las condiciones de su realización." No hay tal desarrollo de las fuerzas productivas, sino deformación y subordinación económicas, como es sabido.
En la interpretación de la historia argentina, los teóricos marxistas vinculados a la tradición liberal-unitaria, han hecho suya la expresada (y errónea) tesis de Marx, para hacer coincidir "revolución burguesa" con burguesía comercial porteña, aliada al capitalismo británico, el cual, por estar en su período ascensional librecambista actuaba "progresivamente". Por contraste, la resistencia federal del interior (cuyo fundamento económico era la protección de las artesanías regionales) es descalificada como "pre-capitalista". Se presentan las cosas como si el arrasamiento de tales artesanías hubiera sido el prerrequisito para un efectivo desarrollo burgués. Es fácil advertir el trasplante mecánico a las condiciones del Río de la Plata de las categorías burguesía-feudalismo de la historia europea, aplicadas a la dialéctica unitario-federal. El mismo Vivian Trías en su, por otra parte, notable ensayo El imperialismo en el Río de la Plata, incurre en una simplificación semejante, al sobrevalorar el progresismo burgués del partido Colorado batlista, subestimando, correlativamente, la significación del nacionalismo herrerista.
Pero nuestro federalismo provinciano, como el de las masas rurales del partido blanco oriental, aunque con raíces precapitalistas, ejerció una resistencia a las aristocracias portuarias que no puede ser calificada de reaccionaria.
En efecto, aquellos movimientos tendían a asegurar condiciones de autodeterminación y soberanía indispensables (esas sí) para un futuro desenvolvimiento capitalista. Por el contrario, el burguesismo de los patriciados portuarios era de carácter formal, desarrollaba ciertas instituciones, cierto orden de relaciones propias de la sociedad burguesa, pero no a la sociedad misma, sino su complemento colonial.
Ciertamente cuanto más postrada nuestras economías a la penetración británica, más próspero se expandía el capitalismo europeo y el nivel de sus fuerzas productivas. Pero, por eso mismo, más se retardaba la saturación histórica del régimen que obtenía suplemento de desarrollos, a costa del nuestro.
Por otra parte, ¿cómo explicar que la tradición "precapitalista" (nacional-democrática) subyace, como humus fecundo en nuestros movimientos de masas contemporáneos, cuya filiación histórica es indiscutible? Si, en verdad, el unitarismo y sus secuelas hubieran cumplido un papel revolucionario-burgués, la tradición federal de masas se habría absorbido y desaparecido definitivamente (como lo pretendía J. B. Justo) en el desarrollo de la nueva sociedad. Pero ni el librecambismo clásico ni, mucho menos, la época imperialista, produjeron semejante desarrollo. La vieja tradición pervive y se renueva sin solución de continuidad, hasta desembocar en los modernos movimientos nacionales. Entronca, críticamente superada, con su vanguardia natural: el proletariado.
Este vinculo de continuidad tiene un triple aspecto:
1) El carácter popular, de masas, de uno y de otro movimiento.
2) El carácter potencialmente burgués-nacional del federalismo por oposición al burguesismo colonial (antiburgués) del unitarismo.
3) El papel de todo movimiento nacional, antiguo y moderno, como acelerador de la saturación y crisis del capitalismo metropolitano.
(V., además, sobre la "agrarizacion" de las colonias asiáticas, El Capital, t. I, Pág. 360 y sobre el saqueo colonial en relación con la acumulación primitiva t. I, págs. 601 y 55. citamos ed. Cártago, Bs. As. 1956).
En consonancia con lo expresado al principio de esta nota, escribe Trotsky: "En la medida en que Marx y Engels pensaban que la revolución socialista en los países civilizados por lo menos, era un asunto de los años próximos, los problemas de la colonia estaban resueltos para ellos, no como resultado de un movimiento autónomo de los pueblos oprimidos, sino como consecuencia de la victoria del proletariado en las metrópolis del capitalismo... El mérito de haber desarrollado la estrategia revolucionaria de los pueblos oprimidos recae especialmente sobre Lenin." (L. Trotsky, A 90 años del Manifiesto)

3 Para la izquierda nacional, el nacionalismo oligárquico, reserva su indignación mas florida y elocuente, pues ha "descubierto" que la izquierda nacional (es decir, el marxismo argentino) especula "demagógicamente" con las banderas nacionales de nuestra revolución. Fuera de que el marxismo se complace en abandonar a los señores nacionalistas el honor del patriotismo "argentino" –pues ni es, ni aspira a ser, ni se siente, ni admite que se lo considere argentino sino latinoamericano-, conviene examinar el argumento acusatorio que, en suma, se reduce a lo siguiente; que los marxistas argentinos asumimos las banderas nacionales en función de la lucha general por el socialismo y no incondicionalmente. Lo cual es cierto salvo el que lo ocultemos.

[Texto enviado por Fernando Lavallén]


1945-1965: Citación nacional y actuación revolucionaria de las masas *

Por John William Cooke

En el año 1945, los bárbaros invadieron el reducto de la democracia para esquistos, distorsionaron todas las relaciones sociales, desmontaron los cómodos engranajes del comercio ultramarino y para colmo, se mofaron de las estatuas y cenotafios con que la oligarquía gusta perpetuarse en el mármol y en el bronce.
El 17 de octubre era algo tan nuevo, que rápidamente lo redujeron a su verdadero valor: era una especie de congregación de papanatas, delincuentes o como decían los cultos de la izquierda oficial, lumpen proletariado, arriados por la policía en una especie de carnaval siniestro. Lógicamente el 24 de febrero, cuando se reunieron todos los partidos políticos, los que tenían todos los votos, el candidato imposible como llamaban a Perón, no tenía otra perspectiva que la de conseguir algunos votos de esos elementos marginados.
La verdad es que los dueños de todos los votos perdieron, en lugar de unos pocos sufragios de la canalla, la canalla sacó más sufragios que todos los partidos juntos desde la izquierda a la derecha.
Inmediatamente los teóricos buscaron explicación y lo plantearon como un episodio de la lucha de nazis y antinazis dentro de su característica habitual de trasladar a escala nacional los problemas universales. Pero por detrás de todas esas explicaciones, en el fondo del subconsciente les baila la hipótesis de que había sido cuestión de magia negra.
Pero en todo esto había algo más que mala fe, había la incapacidad de la clase dirigente argentina para comprender un fenómeno que no cabía dentro de las formas conceptuales del liberalismo tradicional
Ese ostracismo de las clases dirigentes debió haber sido definitivo. Solamente duró 10 años, y sobre el perjurio de algunas espadas se restableció el régimen y resolvió aplicar sus tesis. Los juristas de almas heladas inventaban decretos de desnazificación y crearon maravillas de la juricidad como el 4161 famoso, mientras los intelectuales inventaban teorías que iban, desde la tesis de que constituíamos una acumulación multitudinaria de abribocas encandilados por métodos de propaganda totalitaria hasta la distinción sociológica entre masa y pueblo, la masa como algo informe, innoble, indiferenciada; y el pueblo, para decir una palabra, constituido por gente que votaba al radicalismo, a los conservadores o a los socialistas. Hasta monseñor Plaza, el conocido clérigo financista del Banco Popular, anunció que la epidemia de poliomelitis que padecían los niños argentinos era el castigo de Dios por el extravía del peronismo.
Nosotros dijimos: soberanía política, independencia económica y justicia social. Pero si para esos objetivos aplicamos métodos que eran adecuados a una realidad de hace 20 años, la inoperancia de los métodos desvirtúa y desmiente la fidelidad a los objetivos. Esa manera burocrática de conseguir las cosas, no es ortodoxia peronista, es apenas oficialismo peronista. Una teoría política que refiere a una realidad debe cambiar con esa realidad. Le reprochábamos casualmente a la ideología liberal que las ideas eran universales y tanto valían para EEUU, África o Francia, y que tanto valían en la época ascendente de la burguesía como en la época de la expansión imperialista sobre las zonas subdesarrolladas de la tierra y lo que nosotros negamos en 1945, lo que negamos de toda esa superestructura ideológica implantada sobre una triste realidad del país, así como negamos los mitos de la historiografía mitrista y a los presupuestos de la Constitución de 1853, de la misma manera, para ser fieles con esa negativa y toda Revolución, debe ser primero rechazo si después quiere ser afirmación, fieles a esa negativa debemos también cuestionar dentro de nuestro bagaje ideológico todo aquello ya perimido por el tiempo, por los hechos y por el fluir de la historia nacional e internacional.
Moreno, Dorrego o Rosas... han merecido nuestra admiración y nos sentimos identificados con ellos en cuanto a defensores de la soberanía, en cuanto a actores de la lucha independentista, a nadie se le ocurriría, sin embargo, ir a repetir el plan de ninguno de ellos, pero en ese tiempo histórico presente de las revoluciones de los pueblos y los levantamientos de los continentes, tanto da estar atrasados 20 años como estarlo 100 o 140.
Nosotros postulamos la defensa y la continuidad de la tradición, el pensamiento conservador es partidario del tradicionalismo, es decir, de la fijación de categorías que alguna vez fueron, la época de la montonera no era para ellos la dinámica de las luchas de las masas argentinas en sus etapas de ascenso, sino que es el reflejo, la época de oro para una utópica restauración del fijismo de la estancia rosista.
Por eso, en el año 45, a pesar de la crítica que hizo el nacionalismo de derecha al régimen liberal y la historiografía mitrista, pronto nuestros caminos nos separaron, porque donde ellos todavía soñaban con la vuelta a la tierra, y se veían caudillos de gauchos sometidos a la elite de la aristocracia de la que formaban parte, nosotros veíamos el gaucho de carne y hueso transformado en cabecita negra, obrero y que buscaba conducción sindical, orientación para sus luchas, conquistas políticas, líderes de las masas.
Hay miles y miles de hombres que sólo conocieron la derrota, pero lo que no conocieron fue el deshonor.
En el año 1945 Perón planteó perfectamente el problema nacional, acá hay una frase clave y que él de una manera o de otra la ha repetido siempre: "Cien años de explotación interna e internacional han creado un fuerte sentimiento libertario en el espíritu de las masas populares".
La izquierda inclusive no la entendió. Posiblemente si Perón en vez de decir frase tan sencilla hubiese dicho: La dialéctica de la lucha de clases internas, en relación con la liberación de los pueblos semicoloniales en la época de la expansión financiera del imperialismo, se conjuga en una unidad dialéctica dentro de las coordenadas de la economía y de la historia mundial. Si lo hubiese dicho así, de esa forma, la izquierda tal vez lo hubiese reconocido como un hombre genial.
La lucha de clases estaba agudizada pero el régimen peronista seguía planteando el problema del país, como si todavía existiese el frente policlasista antiimperialista del año 1945, con Perón como Gral en Jefe, y ese frente ya estaba desintegrado. La parte marginal de ciertos sectores de la burguesía media y alta se fueron retirando rápidamente, de la pequeña burguesía, algunos movilizados por el problema religioso, otros por diversos factores coyunturales, expuestos como están a los factores propagandísticos de la burguesía, rápidamente abandonaron este frente popular, y entonces, así se explica no solamente la caída del peronismo, sino la forma en que cayó, porque la única fuerza real con que contaba el peronismo a esa altura de los acontecimientos era la clase obrera.
No es insólito que esto ocurra, lo insólito es que si bien el general Lucero es lógico que creyera en la palabra de honor de sus camaradas, qué diablos tenía que depender de la fuerza de la clase trabajadora de la palabra de honor de ningún militar, si la única fuerza real con que contaba eran sus propios puño y su propia fuerza. Y aunque el peronismo no era un régimen del proletariado, tampoco era la dictadura de la burguesía.
Sin embargo había donde pudo haberse planteado todo eso, eso era el partido, pero lo que ocurre es que también el partido y la administración y gran parte del sindicalismo sufrieron un proceso de burocratización, y ahí donde debía haber sido el campo de desarrollo ideológico se transformó en una esclerotizada estructura burocrática donde cualquier recomendado por el mismo podía ir de gerente de una empresa, como interventor del partido. Se identificaron las tareas administrativas con las tareas políticas y lógicamente en estos casos se produce una cierta degeneración: cualquier burócrata firma un decreto y cree que ha contribuido a la grandeza de la nación, dice tres palabras de obsecuentes y cree que es artífice del triunfo peronista, murmura una arenga patriótica y cree que la República le está en deuda. El mal proceso de selección determinó que ante esa coyuntura a que me estoy refiriendo, el salto cualitativo no podía ser tomado como medida técnica, debía haber sido tomado desde el punto de vista de la media política.
Se produce por consecuencia un enfrentamiento con una tremenda coalición interna e internacional, en la que el peronismo actuaba como si contase, como en el caso de un general que creyese que tiene determinadas divisiones que están en el campo adversario y no en el campo de él, y todos los lamentos póstumos sobre las milicias obreras, para mí son simples especulaciones fantasiosas. Porque no se puede armar la clase trabajadora para que defiende a su régimen y al otro día decirle: Bueno m’hijo, devuelva las armas y vaya a producir plusvalía para el patrón.
La milicia obrera y la defensa del régimen implicaba los cambios sociales, cuando se quiso formar ya era tarde, porque el régimen se vio entre la contradicción de que el paso de su respaldo militar a un respaldo compartido por la clase obrera armada, hubiese significado perder ese aparato militar, y en ese desajuste hubiese caído irreversiblemente.
El régimen fue vendido el 16 de julio, porque casualmente Perón proclamó que era el presidente de todos los argentinos, en ese momento no era más el presidente de la clase obrera, nadie más lo reconocía. Entonces, siguió pidiendo la pacificación como la había pedido en el ’52, creyendo que le acababan de dar el último golpe a la contrarrevolucionario, y lo que acababan de dar el primero, un golpe prematuro de una coalición de fuerzas que seguía inconmovible.
(...) Se podría seguir todo el tiempo con esta clase de cosas. El senador Fassi dice que la URSS es fascista y que el régimen de Fidel Castro es imperialista, y podría acumular así disparates constantemente.
Es un problema mucho más serio, eso no depende de Illia ni de Onganía ni de nadie. Depende de determinadas estructuras que no pueden permitir el acceso del peronismo, y que cuando lo permitan será porque el peronismo no será la expresión política de los trabajadores.
Todo lo demás pertenece al mundo de la magia, al mundo del milagrerismo, en el fondo se reduce a lo siguiente: Que se arme un bochinche y pase no se sabe qué y como consecuencia de eso aparezcamos no sé como en el gobierno sin darse cuenta de que el hecho que yo diga que el régimen está en crisis, en descomposición, no significa que el régimen cae, porque sólo no va a caer, hay que voltearlo, porque una situación histórica así puede durar cualquier cantidad de años.
Cualquiera que hayan sido los factores que hayan intervenido, que en todas partes no fueron lo mimo, el hecho concreto es que en el momento, para lo que yo llamo una alta conducción burocrática, plantearse el problema de su mito, lo que había que plantear llenándolo de su verdadero significado y no como hacen con Perón, que es como Sócrates, que le dan la interpretación que quieren, entonces todos proclaman una adhesión abstracta que parece que es la más obsecuente y el máximo de fidelidad y la verdad es que es la mayor falta de respeto.
En el fondo todo radica en lo mismo, como en el año 1945 el pueblo y las fuerzas armadas marcharon juntos en una etapa de la historia, una vez que se despejen los malentendidos que siembran los malvados, nos volveremos a juntar -¡nunca más nos volveremos a juntar!- En primer lugar porque en 1945 eso de pueblo y ejército fue una verdad a medias. Al fin y al cabo el 9 de octubre a Perón lo echó el Ejército. Lo que pasa es que como en aquel entonces el balance, el equilibrio de fuerzas internas de las FFAA era muy parejo, la irrupción del movimiento de masas fue suficiente para volcar de nuevo la balanza a favor de Perón. Pero ese ejército ya lo perdimos. Porque ese nos acompañaba en el industrialismo, en la lucha antiimperialista, en una serie de cosas, pero no en el contenido social ni en el avance social que representaba, no el la subversión de las jerarquías. Por eso que mientras unos se levantaron contra el peronismo en septiembre, otros pelearon con bastante desgano y esto corresponde sí a un estado de espíritu, a un estado de conciencia, pero siquiera esos estaban formados en un cierto repertorio mínimo de ideas nacionalistas.
Por otra parte, cuando nos disolvamos como peronistas, si es que nos disolvemos como peronismo, es porque otra fuerza representará el papel revolucionario que representa en este momento al peronismo.
La revolución social entonces no es un orden ideal fijado porque nosotros lo consideramos que es el que preferimos con respecto a otro, es una necesidad técnica, como necesidad económica y como necesidad del país para realizarse como integridad nacional, es una tarea nacional postergada, exige ese pre-requisito de la revolución social, así que cuando nosotros decimos el régimen burgués no da más, estamos diciendo no una preferencia, porque aunque el régimen burgués fuera capaz de desarrollarse yo igual estaría en contra, pero al mismo tiempo eso no quitaría que pudiese el país recorrer etapas dentro de él, pero ahora lo que yo opine o no opine no tiene importancia, lo que tiene importancia es si los análisis son correctos y si los análisis tal como yo los he planteado son exactos, entonces hay que replantearse una nueva visión del país, una correspondencia entre las luchas del pueblo que son sacrificadas, que son abnegadas y que ya vienen desde hace 10 años, y una estrategia de poder. A nadie se le pide que nos ponga en el poder mañana ni pasado.
Se les pide que nos encaminemos al poder, que no nos encaminemos a la disgregación, que no nos encaminemos a la esterilidad histórica. Lógicamente como yo hago estas críticas, comprendo que puedan hacer otras, pero siempre desde la lucha. La primera condición para criticar el combate, es estar en el combate.
Estamos en un equilibrio: el régimen que no tiene fuerza para institucionalizarse pero sí para mantenerse mientras el peronismo y la masa popular y otras fuerzas tiene suficiente potencia para no dejarse institucionalizar, pero no para cambiarlo. ¿Quién tiene que romper ese equilibrio? Nosotros; a la burguesía con durar le basta.

*Fragmento de "Apuntes para la militancia" de John W: Cooke (1964). Digitalizado por Diego Burd 2004.
Fuente: www.marxists.org/espanol/cooke/apuntes.htm


El revisionismo de izquierda

Por Juan José Hernández Arregui

[Del libro La formación de la conciencia nacional]

Entre los representantes de la izquierda nacional no incorporados al peronismo, que surgen a la vida política en los alrededores de 1945, debe citarse al más influyente: Jorge Abelardo Ramos.
"La palabra ‘política’ –según Wilhem Bauer- comparte en alemán con la palara ‘historia’, el doble sentido de una significación objetiva y otra subjetiva, en cuanto se quiere entender con ella no sólo la teoría de la acción política, sino la acción política misma". Y esto es la obra de Jorge A. Ramos. El pensamiento histórico-político de Ramos está expuesto en su obra más elaborada. Revolución y Contrarrevolución en la Argentina (Las masas en nuestra historia). (1)
En este libro, la historia escrita de la oligarquía es desenmascarada en su esencia ensangrentada por los valores de la Bolsa portuaria, afirmada en la barbarie política de la clase dominante y orientada por el interés extranjero. El libro, en su doble acorde histórico y político está vertebrado sobre una idea fundamental: sólo los personajes de nuestra historia que se han apoyado en las masas y en su voluntad histórica de ser, han representado tendencias sociales auténticas. La aplicación metodológica de esta tesis marxista da por resultado una reconstrucción donde el pasado y el presente argentinos se ensamblan en la orgánica continuidad de los hechos colectivos de la historia nacional. Actividad colectiva revolucionaria, o constante histórica, que Jorge Abelardo Ramos sigue y analiza desde las alturas de la Argentina actual y no desde las abstracciones secas de una historia oficial fraudulenta. Por eso, la clave del libro de Ramos está en sus propias palabras: "La historia es prisionera de la política".
El método y la documentación
Jorge Abelardo Ramos no maneja una documentación inédita. Esto podrá ser un defecto, pero al mismo tiempo prueba, por contraste, la insignificancia de la mayoría de nuestros historiadores profesionales. No parece preocuparle mucho, en efecto, la técnica heurística, -esa técnica que hace creer a los trotapapeles melancólicos que hacen historia cuando en realidad son archivistas- pero en cambio, la documentación edita utilizada, es en cierto modo nueva, pues ha sido exhumada de libros que la oligarquía ha radiado de la circulación, o bien es recreada por la originalidad interpretativa de Ramos, a lo cual contribuye tanto la fuerza literaria del autor como el método marxista que hace de soporte teórico.
Comienza Ramos, estableciendo las relaciones entre las ideas emancipadoras de Mayo y el liberalismo español de los siglos XVIII y XIX, tanto como la diferencia entre las dos Españas. La tesis sobre la influencia liberal hispánica no es nueva, pero sí verdadera.
Ramos presenta la sucesión de hechos y personajes que en las historias oficiales aparecen determinados por azares psicológicos, sujetos al matraz invisible de los vastos y lentos procesos de la economía internacional. En este marco, los actores adquieren vida y se esclarecen a sí mismo en sus motivaciones de clase, al encajar dentro de los fenómenos colectivos, bases de toda explicación racional de la historia. El hecho central de nuestra historia –para Ramos- es el conflicto entre el interior mediterráneo empobrecido, el litoral ganadero indeciso entre el país y Buenos Aires, y en definitiva, en permanente compromiso con la aduana de la ciudad puerto. De estos antagonismos surge el primer plano político, el triunfo de la oligarquía portuaria, unitaria, primero, liberal después y finalmente apartida. Todo esto sobre el trasfondo de una voluntad desdibujada e inflexible: Inglaterra.
Mediante este entrecruzamiento de los factores económicos, de la política nacional e internacional y de los procesos ideológicos derivados de las condiciones materiales de la vida histórica argentina, Ramos, que nunca pierde de vista la reciprocidad múltiple e interrelacionada de los factores históricos, indaga las causas del drama nacional. Liberado de esquematismos escolares –con lo cual le hace un favor al marxismo servido en la Argentina por intérpretes dogmáticos o incultos- señala correctamente el papel defensivo frente a lo extranjero, jugado por determinadas tradiciones culturales colectivas. Así por ejemplo, destaca el papel ideológico de la religión –aunque la Iglesia sea históricamente reaccionaria- y que en ciertas condiciones puede coincidir en los países atrasados con las luchas de las masas por la liberación nacional. Refiriéndose a esta especie de patriarcalismo bíblico corporizado en el siglo XIX por Facundo Quiroga o el Chacho, dirá Ramos: "No había por entonces otra defensa ideológica viable para las grandes masas". Juicio que prueba tanto la fecundidad del marxismo como la inoperancia de la mayoría de los historiadores adscriptos a esta concepción de la historia y que en lugar de materialismo histórico han hecho liberalismo mitrista con espeluznantes citas de Marx y Engels. "Resulta evidente –agrega más adelante- la naturaleza social de este reflejo defensivo (la religión). El desenvolvimiento de las revoluciones nacionales enfrentará luego a la Iglesia Romana con las masas. Así ocurrió en la Alemania de Bismarck, en la Italia de Cavour, en la Argentina de Roca y de Perón". Son también válidas las reflexiones del autor sobre el papel nacional positivo cumplido con relación al Paraguay, en un determinado momento histórico, por las misiones jesuíticas. Y en el orden inverso, es decir en otra situación histórica, también es justa la valoración del nacionalismo católico en la Argentina, en la que se desgaja el fruto reaccionario de esta corriente ideológica convertida por sus supuestos teóricos conservadores, en un instrumento del imperialismo destinado a obstaculizar y confundir la verdadera lucha de las masas democráticas por la liberación nacional y latinoamericana.
Rosas, Mitre, Roca
La figura de Rosas, pivote de nuestra historia, es enfocada en sus orígenes y consecuencias históricas. Tal visión, ajena al odio liberal y a la apologética católica, devuelve sus dimensiones a esta personalidad histórica.
Lo mismo puede decirse del boceto nuevo –aunque puede citarse el valioso antecedente de Luis Franco- que hace del general Paz. Las páginas más brillantes del trabajo apuntan a la destrucción de un trágico mito histórico: Mitre. Una documentación que los historiadores marxistas han rehuido u oscurecido, le permite a Ramos presentar a Mitre como la figura antinacional por excelencia, negador del federalismo, campeón del separatismo y encarnación de la política impuesta por el imperialismo, con su resultado, la conformación colonial del país. Lo mismo puede decirse del enjuiciamiento de la guerra con el Paraguay, conducida por Mitre al servicio del interés británico y en beneficio del Brasil.
La tesis, algo estrepitosa del autor, está en su reivindicación del general Julio A. Roca, en quien ve la personificación, con relación a un período histórico complejo y mal estudiado o deformado por los intereses del presente, del federalismo popular, que en diverso sentido encarnaron Rosas y los caudillos, opuestos estos últimos, al poder de Buenos Aires. Roca habría sido una especie de fórmula transaccional entre el país y la ciudad puerto obligada a conceder parte de su hegemonía ante el peso político y militar de las provincias. De esta corriente nacional –en parte representada también por Sarmiento, de quien hace Ramos un retrato exultante de vida- y a través de Adolfo Alsina surgirá el radicalismo de Alem, Irigoyen y Aristóbulo del Valle. Pero si esta tesis es renovadora, al mismo tiempo, desde el punto de vista documental, es la más débil. Es visible el esfuerzo intelectual de Ramos. Sus razonamientos se apoyan en documentos fragmentarios, y en todo caso, rebatibles. Puede aceptarse que dentro de la oligarquía nacional en formación, Roca representó su tendencia más argentina. No es que Ramos ignore la dificultad del planteo: "A esta ideología nacional del roquismo le faltaba la base material para el desarrollo técnico". Y en esto reside, justamente, la dificultad de la tesis. La historia es lo que fue, no lo que pudo ser. El hecho que, pese al "nacionalismo" provinciano que representó, Roca no haya podido quebrar la política de la oligarquía portuaria, demostraría más bien, que las condiciones objetivas –Buenos Aires- eran superiores a la voluntad nacional de las provincias. Como dicen los ingleses: "La prueba del pudding consiste en comerlo". Y ramos deja el pastel en la bandeja. Es decir, arriba a una conclusión sin pruebas.
De cualquier modo, después de Jorge A. Ramos, Roca aparece bajo una nueva luz y nos parece bien orientada la revisión que inicia de esta importante figura, a la que vincula, en la continuidad del suceder histórico, con Irigoyen y Perón. El pensamiento de Ramos puede resumirse así: "La ideología nacionalista democrática, que representaba un nacionalismo posible, una forma de adaptación a la situación general del país y del mundo, fue sustituida por un liberalismo económico ruinoso que debía resultar funesto para el futuro argentino". De este modo, la brillante tesis, reparte su mérito entre el talento del autor y la astucia del abogado, más interesado en su causa que en la verdad.
Nuestra crítica consiste en lo siguiente. A raíz de la política nacional de Roca –y a pesar de él mismo y de la línea progresista que representaba en el orden ideológico- la oligarquía portuaria derrotada política y militarmente por Roca, en realidad heredó un país más vasto. La explotación oligarco-imperialista, a raíz de la unificación del país por Roca, se hizo posible en escala nacional, pero al mismo tiempo quedaron creadas las bases –y ésta sería la inesperada consecuencia positiva del roquismo- de la lucha por la liberación también en escala nacional. La sustentación popular y nacional del roquismo, terminó efectivamente por diversos imbricamientos y ramificaciones, nada uniformes de las tendencias económicas y políticas de las épocas, en el yrigoyenismo y en el peronismo, pero con un sentido nacional enteramente distinto. Roca, en última instancia, fue absorbido por la oligarquía y nunca dejó de ser su representante. Incluso como gran propietario de tierras. Por eso tiene en el corazón de la ciudad-puerto una horrible estatua. La final conciliación de Roca y Mitre tiende a confirmar este destino de Roca. Pero en su estado actual, después de Jorge A. Ramos, Roca es una de las figuras de la historia nacional que exige revisión por encima de las disonancias liberales y católicas.(2)
Polemista de garra, los acontecimientos posteriores a 1930 son narrados por Jorge A. Ramos con un estilo directo que transporta al lector a las zonas cálidas de la historia real. El P. Socialista es vivisecado en su esencia reaccionaria pro-imperialista, y Ramos, con una documentación irrefutable, denuncia las tácticas del P. Comunista como un conjunto de desastres organizados en beneficio de las fuerzas antinacionales.
Al abordar el estudio del poder militar en la Argentina –al margen de los esquematismos de "nazismo" o "antinazismo" caros a los pelucones de la pequeñoburguesía intelectual horrorizados frente a la irrupción de las masas proletarias en la historia– Ramos reivindica la función nacional del Ejército Argentino que, en 1943, cumplió una tarea histórica liberadora. El capítulo dedicado al peronismo, es el primer análisis serio de este gran proceso histórico colectivo: "Si el radicalismo había muerto con Irigoyen –escribe- volviéndose un partido antinacional, y si los partidos "obreros" habían abandonado los intereses del proletariado para aliarse con la oligarquía, las masas tendieron oscuramente a expresarse a través de un hombre para actuar políticamente. La hora de formar el propio partido no había sonado todavía, pero había llegado el tiempo de que la clase trabajadora ingresase a la política argentina. No lo hacía sola, integraba un frente nacional antiimperialista. La significación histórica de este acontecimiento quedó oscurecida por las consecuencias del triunfo y por el desarrollo ulterior del régimen bonapartista. Pero es inequívoca al más breve examen. A diferencia del escéptico profeta europeo, el pueblo argentino no entraba al porvenir retrocediendo".
Reafirma Ramos el carácter progresista del régimen, tanto como de las fuerzas económicas –la industria- que representó objetivamente, sin que esas fuerzas tuvieran conciencia del significado histórico de Perón. Este hecho, entre otros factores, creó las condiciones, según la tesis de Ramos, del régimen bonapartista en el sentido formulado por F. Engels pero que el autor toma de la versión de Trotsky: "Una semidictadura según el modelo bonapartista conforma los principales intereses de la burguesía, aun en oposición a la burguesía misma, pero no le deja ninguna participación en el control de los negocios. Por otra parte, la dictadura se ve obligada en contra de su voluntad a adoptar los intereses materiales de la burguesía! (F. Engels.)
La tesis del "régimen bonapartista", aplicada a Perón –y empobrecida con bastante posterioridad por Rodolfo Ghioldi- ha sido utilizada por primera vez en la Argentina por Jorge A. Ramos. Se funda en un célebre pasaje de una carta de Engels, pero en realidad, el concepto de "bonapartismo" pertenece al propio Marx. Engels la resumió en un concepto metodológico general y, en cierto modo, la esquematizó en exceso. Según Engels, el régimen bonapartista consiste en que objetivamente representa los intereses materiales de la burguesía sin darle participación en el poder político efectivo, tomando el Estado la dirección de los negocios, sin que por eso el Estado deje de representar a la burguesía. Este rasgo del régimen bonapartista, permítele hacer concesiones a las otras clases. Tal oportunismo político, explica las vacilaciones de estos gobiernos, en los momentos críticos, entre la revolución y el orden conservador que en la opción se resuelve en el último sentido.
Pero el concepto de "bonapartismo", no se puede usar rígidamente con relación a situaciones distintas sin introducir importantes salvedades. El mismo Marx lo aplicó a una situación histórica diferente a la mentada por Engels. El "bonapartismo" deriva de un trabajo de Marx sobre el sobrino de Napoleón I, Luis Bonaparte, sobrenombrado "Napoleón el Pequeño", por Víctor Hugo., apodo aceptado por Marx. El concepto de "bonapartismo", como categoría histórica, es en tal sentido general, aplicable al régimen de Perón. Pero en su sentido particular, exige fundamentales aclaraciones. Marx, justamente, usó el concepto, en un sentido particular, como correspondía. Por eso, la aplicación del concepto general, es insuficiente: 1°) Por tratarse de épocas distintas., 2°) Por ser Francia, durante el siglo XIX un país capitalista avanzado y la Argentina actual, un país semicolonial.
El concepto de "bonapartismo", como se ha dicho más arriba, fue reactualizado por León Trotski, con relación a los países coloniales, pero en un sentido bastante diferente al de Engels, de quien lo extrajo.
Es cierto, que ciertos rasgos del "régimen bonapartista", equilibrio por encima de las clases, etc., permiten calificar al peronismo en tal forma. Pero Luis Bonaparte, que con concesiones parciales a las diversas clases logró mantenerse en el poder durante un largo período, en los hechos, se apoyaba en la clase más reaccionaria, el campesinado francés. El mismo Marx ha revelado la esencia particular del régimen de Luis Bonaparte: "La dinastía de Bonaparte no representa al campesinado que pugna por salir de su condición social de vida, determinada por la parcela, sino que, al contrario, quiere consolidarla; no a la población campesina que con su propia energía y unida a las ciudades quiere derribar al viejo orden, sino que, por el contrario, sombríamente retraída en ese viejo orden, quiere verse salvada y preferida, en unión de su parcela, por el espectro del imperio. No representa la ilustración sino la superstición del campesino, no su juicio sino su prejuicio, no su porvenir sino su pasado, no su Cévennes sino su moderna Vendeé". Y en otra parte, dice Marx: "Bonaparte representaba la clase más numerosa de la sociedad francesa, la de los cultivadores de parcelas".
El "bonapartismo" de Perón sólo relativamente puede ajustarse a la Argentina. Tal bonapartismo, en su contenido particular, no fue reaccionario sino revolucionario, conciliador a medias por su recostamiento en la clase trabajadora y no en las clases altas –oligarquía terrateniente, burguesía industrial naciente, campesinado chacarero- fuerzas que, en definitiva, nunca le prestaron su apoyo, y en última instancia, resistieron al sistema en tanto el proletariado permanecía fiel al mismo. De este modo es como Rodolfo Ghioldi, luego de plagiar a Jorge A. Ramos, reduce, como siempre, el marxismo a groseras depravaciones. El propio Engels, concibe, también en una aplicación particular del concepto, formas del "bonapartismo" progresistas, no reaccionarias. Engels, en efecto, estudió el contenido particular, no del régimen de Luis Bonaparte, sino de la monarquía prusiana bonapartista. Y consideraba este "bonapartismo" como un avance, con relación al feudalismo, en tanto sacrificó "a los junkers como clase". Engels, sostenía que el bonapartismo fue la forma que adoptó la revolución burguesa en Alemania. Pero la burguesía "paga su emancipación social, gradualmente concedida, con la renuncia total a su propio poder político".
Los ejemplos de Marx y Engels, distintos entre sí, no responden al caso argentino, más allá como se ha repetido, de la generalidad del concepto.
Otra de las críticas al régimen de Perón, formulada por J. A. Ramos –y por curiosa coincidencia utilizada por Rodolfo Ghioldi- consiste en señalar que la industria pesada fue postergada en beneficio de la liviana. Esta crítica pone como ejemplo, de primera intención convincente, a Lenin, quien enfiló todo el esfuerzo nacional ruso, después de 1917, hacia la consolidación de la industria pesada, a pesar de los sacrificios cruentos pero necesarios, impuestos a la población en su conjunto y particularmente al campesinado. Tal crítica es también inaplicable a la Argentina. Se olvida que ya en Rusia, en la época de los zares, existía una gran industria pesada. La situación no es la misma en un país colonial, donde los gobiernos de orientación nacional se ven obligados a luchar con medios legales contra la antigua clase de los grandes propietarios territoriales, etc.
En tales países, la posibilidad de la industria pesada tiene por causas, o bien necesidades militares, o bien el desarrollo desordenado de la industria liviana, y generalmente, ambas causas se complementan.
Durante el gobierno de Perón, ese desarrollo, en un breve plazo de tiempo, fue tan poderoso que creó la necesidad de la industria pesada en términos perentorios. Esto explica que Perón se viese obligado a solucionar el problema energético, particularmente, el del petróleo. Además, la idea de la industria pesada había estado presente desde los comienzos del régimen, y a tales fines se construyeron las gigantescas usinas de San Nicolás, actualmente controladas por monopolios extranjeros, los diques, altos hornos, etc., medidas todas orientadas en el sentido de fundar una siderurgia nacional. Esta crítica de la izquierda pone los bueyes tras el carro. Fue esa inminencia de una industria pesada que surgía en su momento justo, la que aceleró el golpe británico y la vuelta a la antigua situación colonial en el orden financiero.
La industria ligera, o productora de artículos no durables, durante el último gobierno de Perón, se convirtió en "causa" de la industria pesada. Sólo en una sociedad colectivista, donde la producción está estrictamente planificada, es posible –como lo prueba el caso de China moderna- el desarrollo de la industria pesada con anterioridad a la liviana. En los países semicoloniales, el desarrollo parece responder a una ley inversa. A raíz de hechos externos –guerras mundiales, crisis, etc.- se desarrolla una industria ligera subsidiaria de las necesidades no satisfechas por la importación. El caso del Japón, que parecería contrariar esta regla, en verdad, la confirma. En la primera mitad del siglo XX, cuando ingresa a la categoría de país industrial, ya Japón poseía una importante industria artesana centralizada, hecho al que, además, debe agregársele una evolución del imperialismo, por entonces en su etapa inicial de desarrollo, y que no estaba por eso, en condiciones de estrangular el desarrollo nacional nipón. Japón agrupó en empresas modernas las que ya existían y las cimentó con una poderosa industria pesada, proceso al que contribuyó el mismo régimen feudal militar que favoreció el esfuerzo nacional concentrado.
Tales las ideas críticas e históricas de Jorge Abelardo Ramos que ha realizado la primera síntesis madurada de un revisionismo histórico de izquierda. Este hecho no es casual. El libro de Ramos, es la consecuencia del desarrollo de las ideas políticas en la Argentina, su florecimiento marxista, ni definitivo ni irrefutable en los detalles, pero decisivo en la orientación futura del pensamiento histórico argentino. Este remate marxista no rehuye las fuentes antimarxistas, ni el aporte del revisionismo histórico nacionalista posterior a 1930.
No faltarán partidarios de esta última tendencia que señalarán lo que Ramos les debe. Pero al formular tal juicio, callarán lo mucho que ellos, historiadores nacionalistas, le adeuda al marxismo como método. En rigor, el esclarecimiento económico de la historia nacional, cumplido por el revisionismo histórico rosista –y especialmente por José María Rosa- despojado de su cáscara ideológica ultramontana, ha sido una aplicación subrepticia y parcial de los supuestos metodológicos del materialismo histórico. De este modo, las diversas tendencias nacionales, condicionadas por la realidad histórica argentina que las supera a todas, contribuyen a la verdad histórica al destruir desde la derecha y la izquierda nacionales, la historia de los vencedores en Caseros. Queda como un mérito de Jorge A. Ramos, haber formulado una interpretación histórico-política de contenido nacional, de innegables consecuencias educativas.

Fuente: www.abelardoramos.com.ar/_doc/doc042.php


Prólogo a la reedición del libro de Jorge Spilimbergo "La cuestión nacional en Marx"

Un justo reconocimiento: los aportes de la izquierda nacional (2003)

Por Mario Casalla

En una época en que el facilismo, la comodidad y la fugacidad hacen estragos a nivel del pensamiento, reeditar un libro publicado hace cuarenta años atrás puede parecer una herejía in-comprensible. Y no lo es en este caso. Esta obra de Jorge Enea Spilimbergo, El marxismo y la cuestión nacional, ha soportado el paso del tiempo y –como lo buenos vinos- "mejora" con los años.

¿Por qué, se me preguntará de inmediato? No por cierto porque en el medio no hayan pasado "cosas", ni porque los dos términos que se combinan en el título no se hayan modificado con ese suceder, sino porque lo realmente novedoso fue ponerlos en diálogo y renovar con ello buena parte de la tradición intelectual argentina de mitad del siglo pasado.

"Marxismo" decía allí "cuestión social" y poner ésta en relación directa con la "cuestión nacional", era un mérito que cosquilleaba entonces tanto por derecha como por izquierda. El viejo nacionalismo argentino era conservador y "patricio", por lo tanto la cuestión social no era su fuerte, su "anticomunismo" siempre pudo más. Nunca comprendió del todo el drama popular que se jugaba en ese gran escenario que era la patria y por eso muchas veces la confundió con la geografía o con el idioma. Comprensión insuficiente que la privó de desarrollar una teoría rigurosa de lo nacional que -sin lo popular- terminaba en la simple inversión de los íconos liberales. En una guerra santa de fechas y de nombres que agitaba "salones", pero no las calles.

Otro tanto le sucedía a la izquierda. Atravesada por un "internacionalismo" abstracto y también fuertemente declamativo, lo nacional era una simple "circunstancia" que nos apartaba de la contradicción principal. El error aquí se invertía, si bien se prestaba atención a la "cuestión social", se lo hacía en desmedro de la "cuestión nacional", a la cual se reputaba como nacionalismo o fascismo. Craso error que –de haber leído mejor a Marx y conocer aunque más no sea algo de Hegel- acaso se hubiera morigerado. No eliminado, pero sí al menos morigerado.

Sin embargo no pudieron aquéllas derechas ni aquéllas izquierdas argentinas tradicionales de los ’50 y los ’60, pensar esa relación ni mucho menos practicarla. El peronismo los enfurecía como el trapo rojo al toro y gastaron casi toda su energía en combatirlo, antes que en comprenderlo. O sea, mientras esa conexión vital entre lo popular y lo nacional estaba ocurriendo delante de sus narices, prefirieron tapárselas y mirar para otro lado. Desaprovecharon así una posibilidad histórica y política excepcional, error que terminaron pagando muy caro. El pueblo se les fue por otro lado cada vez que pudo decidir por sí mismo.

Por cierto que el peronismo les daba "argumentos" de sobra para protestar de aquí y de allá. Aquello no era ni un té de caballeros a las cinco de la tarde, ni una vanguardia proletaria rebosante de luz y de saber. Les cuestionaba con su práctica "guaranga" todos sus esquemas teóricos y procedieron exactamente al revés de lo aconsejado: en vez de revisar sus teorías, negaron y vilipendiaron la realidad. Por eso ambos vivieron el golpe militar de 1955 como una "gesta libertadora" y se sintieron muy aliviados con Perón en el exilio y la proscripción brutal de sus seguidores.
Estos últimos (para la derecha "chusma", para la izquierda "lumpen") debían ser "reedu-cados" y en ese programa ya imposible volvieron a consumir las pocas energías que les quedaban. Pero apenas ese pueblo pudo votar, volvió a darle las espaldas. Eran, como dijo alguien, "incorregibles".

Sin embargo, terció en aquella batalla -por las ideas y por la comprensión de lo popular- un tercer grupo de políticos e intelectuales que, a su manera, venían también haciendo lo suyo. Era la "izquierda nacional", quién buscó unir aquello que la derecha y la izquierda tradicionales mantenían divorciado, esto es: que la cuestión nacional es ámbito inseparable de la cuestión social y que aquélla es también cáscara vacía si no se la piensa en profunda conectividad con ésta. Así de sencillo, pero así también de profundo y sugeridor.

Estaban al principio en diferentes partidos, más tarde convergieron el algunos propios que entusiasta y valientemente fundaron y sostuvieron. Compitieron naturalmente con el peronismo –como no podía ser de otra manera- pero lo hicieron lealmente y de la misma vereda: del lado del pueblo y junto a él. La mayor parte de las veces fueron sus aliados, pero con la precaución siempre de conservar la propia identidad. Y esto, justo es también reconocerlo, no fue por figuración sino antes bien, por resgua