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Intelectuales
y colonialismo*
Por Juan José Hernández Arregui
Esto plantea el problema de los intelectuales en los países coloniales. En
general, los intelectuales forman una capa social admitida y palmoteada mientras
cortejan con su palabra o su anuencia a la clase dirigente.
Este es un fenómeno típico de los países dependientes, en los que la
subordinación económica crea a su vez, intelectuales subsidiarios de las
oligarquías nativas, y en la Argentina actual, de los grupos económicos dóciles
al imperialismo yanqui. O mejor, anglosajón. Pues el poder de Inglaterra en la
Argentina sigue en pie. En tal orden, la "libertad" de la inteligencia es una
ficción escandalosa, o sea, la "libertad" para consentir en forma manifiesta o
encubierta la dependencia del exterior. Y en esto reside la infidencia de los
intelectuales al país que sufre la opresión extranjera. No pueden hablar de
"libertad" aquellos que dependen de diarios, revistas, cátedras, pagadas directa
o indirectamente por el colonialismo, y por ende, controlados por la censura
oficial. En los países coloniales -y la Argentina lo es-la libertad únicamente
alienta en individuos incorporados en la carne y el espíritu al pueblo nacional.
Pues el pueblo es la libertad por la cual lucha en tanto pueblo sin pedir un
mendrugo de gloria.
La mayoría de los intelectuales, se refugian en la abstención política, que es
una forma del sometimiento. Tales intelectuales son parte del espectáculo
colonial. Dígase cuanto se quiera, la realidad que circunda al intelectual es
política y su silencio es político. El silencio de los intelectuales se llama
traición al país. Para ellos, ser escritor es lograr publicidad a costa de
cualquier prevaricato. Por eso, en tanto masajistas del éxito social, no son más
que fugaces pasajeros del prestigio sin honra. Y el pueblo los ignora. Hablan
de libertad, pero medran a la sombra del sistema que deroga la libertad del
pueblo. Si los intelectuales se apartan de la política no es por superioridad
del espíritu, sino por cobardía y adhesión, tácita o explícita, al colonialismo.
Por eso, tales intelectuales, en los programas de radio o televisión, se
expresan con palabras a medias, triviales, conformistas, alejadas de los
problemas candentes del país.
La dependencia colonial no sólo es económica, es una mediatización innoble de la
inteligencia. Un intelectual que calla las causas, la vergüenza y el horror
del colonialismo, es un mercenario que sirve a las potestades que paralizan al
país. El intelectual que no usa sus conocimientos como militancia, de hecho
acepta al régimen colonial que paga la existencia de una inteligencia incolora
y adicta.
La clase dirigente, en efecto, tiene sus escribas a sueldo, cuya tarea, entre
otras no menos despreciables, es mantener vivas las mentiras del colonialismo
que, en substancia, revelan un profundo odio al pueblo. Son escritores que por
excepción pertenecen a la clase alta y, en tal sentido, la clase media
intelectual abastece a la oligarquía. Esto es visible en la Argentina. Tales
trepadores, que la oligarquía gratifica abriéndoles las páginas de sus diarios,
revistas, editoriales, las cátedras y otras sinecuras, son a los que
mencionamos. La Universidad es el escalón más alto de la servidumbre de esta
gente. Tienen por tarea deificar al sistema, la historia oficial, difamar los
símbolos colectivos del pueblo. Lo hacen en nombre de la democracia, de la
"civilización" de Sarmiento contra la "barbarie" de los caudillos. De Mitre
contra el interior. En "La Nación", órgano de la clase oligárquica, estos
chupatintas encuentran acogida destacada, y alquilan sus nombres agrandados por
la dádiva publicitaria de esa prensa de una Argentina habitada por rumiantes.
Aunque no ejerzan ninguna influencia en el pueblo -fracaso que los lleva a la
ridicula autoposición de "élites"-, gravitan en determinados sectores medios.
La oligarquía sabe lo que hace cuando periódicamente mezcla los oscuros
apellidos de la inmigración con algunos escritores del patriciado venido a
menos. Es el único ascenso social que les permite codearse con la clase alta.
Pero nada más que en la firma de manifiestos y comunicados en los diarios. He
aquí un botón aparecido en "La Nación", en la que junto a algunos nombres de la
oligarquía, navegan los corifantes de la clase media intelectual. Los firmantes
están mesturados como una manera de probar que en el Olimpo de la literatura no
hay jerarquías, que todos los ángeles tienen la misma anatomía gaseosa. El
suelto se titula ’’Declaración sobre los caudillos y Montoneros". Napoleón no
exageraba cuando comparaba a estos intelectuales con pulgas a las que había que
sacudir de la ropa. He aquí el texto: Un grupo de escritores dio a conocer una
declaración que dice así: "Los escritores que firman esta declaración han
advertido con justificado estupor la creciente glorificación de las
montoneras, de los caudillos que las capitaneaban, y el nombre de Rosas. Tales
apologías contradicen todo el proceso democrático de la historia argentina y
presuponen una extraña nostalgia de la barbarie, del despotismo y de la
crueldad. No es difícil adivinar, detrás de estos anacrónicos arrebatos, el
designio de instaurar, ahora y aquí, sistemas no menos opresivos e inicuos." [2]
El valor de una obra se mide por su posición crítica frente a la época en que
nace, por la postulación de los problemas que agitan a la comunidad, y esa
misión de los intelectuales, sólo es posible cuando se desafía sin renuncias a
los poderes que velan, a través de las trabas culturales del imperialismo y sus
aliados nativos, las cuestiones nacionales irresueltas. En un país colonizado
la labor del escritor es militancia política. De lo contrario es pura miseria
de la inteligencia pura. ¿Cuándo la Universidad ha alzado su voz contra el
colonialismo?
¿No prueba esto que la Universidad, en tanto institución, es el asilo cultural
del coloniaje?
¿Cuándo los escritores agremiados en la SADE han denunciado la entrega del país,
los fusilamientos de 1956, las torturas, las proscripciones políticas de
millones de argentinos? ¿Cuándo? Los trabajadores hacen bien en recelar de los
intelectuales. De una "inteligentzia" que no osa decir su nombre mientras la
Argentina se debate en la violencia, en la lucha por la liberación nacional.
Mas junto a estos escritores hay otros. Una minoría, que abraza la causa de las
mayorías nacionales sin libros pero con conciencia colectiva de la nacionalidad
allanada. Son argentinos que no se resignan ante el estado de cosas imperante y
muestran tanto los mecanismos y las lacras pestíferas del colonialismo, como el
papel subalterno de esos intelectuales y políticos que mientras el pueblo lucha
en las fábricas y en las calles, aparecen en las pantallas de televisión, y de
este modo, son partes de los avisos comerciales, el lado culto de la
servidumbre imperialista.
Los escritores auténticos saben soportar el silencio y prefieren darle forma a
las intuiciones y heroísmos colectivos convirtiéndose así en testigos, y sobre
todo actores, de la época que les toca vivir. A esta raza de escritores
nacionales perteneció Raúl Scalabrini Ortiz, prototipo del intelectual que hizo
del pensamiento argentino beligerancia política y no de la política algo negable
de antemano por una inteligencia amordazada por la mole de falseamientos, mitos
y cancelaciones canallas de la antipatria.
NOTAS:
[1] Estas declaraciones fueron hechas antes del golpe derechista proyanqui que
derribó al general Juan José Torres
[2] Firman la declaración Horacio Armani, Carlos Avellaneda Huergo, José Bianco,
Adolfo Bioy Casares.
Susana Bombal, Jorge Luis Borges, Jorge Calvetti, José S. Campobassi, José
Edmundo Clemente, Nicolás Cócaro, Jorge Cruz, Bettina Edelberg, Luis de
Elizalde, Fermín Estrella Gutiérrez, Enrique Fernández Latour, Patricio Gannon,
Jorge L. García Venturini, Juan Carlos Ghiano, Roberto Giusti, Joaquín Gómez Bas,
Bernardo González Arrili, Adela Grondona, Alicia Jurado, Bernardo Ezequiel
Korenblit, José Luía Lanuza, Mario A.
Lancelotti, Carlos Mastronardi, Manuel Mujioa Láinez, Silvina Ocampo, Manuel
Peyrou, Jaime Potenze, Ricardo Sáenz-Hayes, Leónidas de Vedia, Osear Hermes
Villordo, David Vogelman, Orlando Williams Alzaga y Andrés Romeo
* Intelectuales y colonialismo [Capítulo III] del texto "Peronismo y Socialismo"
(1972) de Juan José Hernández Arregui. Digitalizado por Marcelo Gil y publicado
en el foro digital "Reconquista Popular"
Izquierda
y peronismo*
Por Juan José Hernández Arregui
Sólo un análisis de la conciencia de clase de la pequeñoburguesía puede
descifrar estas contradicciones. La clase media, en especial los estudiantes, en
una posición que no tenía ni antes ni durante los gobiernos de Perón, aunque con
vacilaciones, es hoy anticolonialista, tercermundista, nacionalista y
socialista. Todo lo que es Perón. Pero aún, determinados sectores, llaman a las
nacionalizaciones ejecutadas por Perón, al ascenso y participación de los
obreros en el Poder, "bonapartismo", o "nacionalismo burgués", a la resistencia
de las masas peronistas después de 1955, "espontaneísmo", al nacionalismo de
esas masas "totalitarismo". En cambio, el nacionalismo de las masas chinas o
cubanas, argelinas o rusas, es "socialista". No puede negarse que las masas;
requieren una ideología avanzada. Pero mas cierto aún, es que son las capas
pequeñoburguesas las que necesitan experiencia política, contacto con el pueblo.
No basta que los grupos de izquierda, aún peronistas, cada uno por su lado, se
proclamen "vanguardia del proletariado" y que haya tantas "vanguardias" como
grupos. Es decir, ninguna vanguardia. Partiditos obreros que la clase obrera no
reconoce. Más bien, esos partidos y grupitos se mueven a la zaga de los
trabajadores. Los programas de estos grupos tienen el inconveniente de funcionar
bien en el paraíso de la imaginación, no en la pesada tierra.
Otro rasgo de estas peñas de izquierda, es su desconocimiento de la obra de
Perón. Tales grupos postulan —y estamos completamente de acuerdo— un programa
socialista. Pero ignoran —y la ignorancia, como decía Spinoza, no es un
argumento— que sin el antecedente de Perón, que fue un paso efectivo hacia la
socialización, las masas argentinas carecerían de la conciencia de clase que hoy
las define. Una conciencia de clase superior a la de la pequeñoburguesía. Y la
conciencia de clase del proletariado, con relación al socialismo, es más
importante que el socialismo aprendido rápido y mal en los libros.
Perón ha dicho, en muchas oportunidades que de haber llegado al poder, no en
1946, sino en 1959, el hubiese sido el primer Fidel Castro de la América latina.
Entre los quince años que mediaron entre el triunfo de Perón y el de Fidel
Castro, el tablero de la política mundial se tornó excepcionalmente favorable
para la aparición del socialismo en Cuba. Perón llegó al poder al término de la
II Guerra Mundial. Las condiciones para un régimen socialista en Iberoamérica,
no existían. Además Perón asumió el mando por vías constitucionales. Esto es,
coartado por un sistema legalista nada fácil de remover. La Constitución de
1949, era ya, en muchos aspectos presocialista. Por eso fue derogada de cuajo al
caer Perón. Suplantada, con el aplauso exaltado de la clase media por la
Constitución de 1853. Restauración conservadora que esa clase media festejó con
delirio patriótico. Desde entonces, mientras el país retrocedía, la clase media,
a fuerza de porrazos, volvía a la realidad. Y las masas argentinas, avanzaban en
las calles, no en los libros, mientras en el plano ideológico Perón ahondaba
cada vez más en la revolución. A comienzos de 1972 se publicaron declaraciones
del ex-presidente Perón cuyos pasajes salientes reproducimos:
-¿Cuál seria para usted, el programa de fuerza revolucionaria peronista;
programa práctico a aplicar desde ya?
-En el mundo, actualmente, se está luchando por una revolución. Indudablemente,
esa revolución está captando una serie de inquietudes, desde la terminación de
la Segunda Guerra Mundial. Las guerras, normalmente paralizan la evolución; pero
como pasa con los diques, el agua sube, al terminar la guerra saca usted la
pantalla del dique y entonces invade el torrente. Esa revolución mundial va
hacia formas socialistas. Los imperialistas, por su lado, llegan a una reflexión
muy lógica: el mundo actual, con 3.500 millones de habitantes, tiene a la mitad
hambrientos.
¿Qué sucederá, se preguntan ellos, en el año 2000, cuando la Tierra tenga 7.000
millones de habitantes?
Cuando en la tierra ha habido superpoblación, los remedios han sido siempre dos:
la supresión biológica (de lo que se encargan la guerra, el hambre y sus
consecuencias) o el reordenamiento geopolítico, una mayor producción y mejor
distribución de los medios de subsistencia. Los imperialismos saben que su ciclo
es como el del hombre: crecen, dominan, decaen, envejecen y mueren. Piensan que
su solución está, en estos momentos críticos de la humanidad, en ser los
salvadores: en programas donde ellos sean imprescindibles. Uno de esos programas
consiste en controlar los procesos de liberación y de independencia. Llega
McNamara a Bs. As. y dice: "Argentina debe ser como un país de pastores y
agricultores". Claro, están defendiendo la comida y la materia prima del futuro.
La comida, mediante el control de la natalidad, la materia prima, mediante el
acopio de todos los bienes.
-¿Cómo se refleja eso en el caso argentino?
-Por lo que le digo, es que ocurre esa penetración intensa, desde la Segunda
Guerra Mundial, en nuestro continente, en todos los países: por las buenas o por
las malas. Cuando los países no se entregan, o no los pueden penetrar, dan un
golpe de estado o ponen un gobierno obediente. La gran virtud que yo veo en la
Revolución Cubana y en la acción de Fidel es precisamente eso: les puso allí un
dique que no han podido pasar. ¿Qué eso ha sido a costa de asociarse con Rusia?
No importa. Con el diablo, con tal de no caer. Porque el diablo, ¿sabe? además
es un poco etéreo. En cambio estos son reales.
-Es interesante su referencia a Cuba, por las posibles analogías. En Cuba, Fidel
se apoyó en una superpotencia para combatir a la otra. Usted considera que ese
recurso puede utilizarse en el caso de otros movimientos latinoamericanos de
liberación.
-Completamente. Y quizás si, en 1955 los rusos hubiesen estado en condiciones de
apoyarnos, yo hubiera sido el primer Fidel Castro del continente.
-¿Usted tuvo posibilidades, en 1955, de haberse apoyado en el Tercer Mundo o en
el bloque soviético, para salir adelante?
-Bueno, en esa época, ninguno de los dos estaba en condiciones, y el Tercer
mundo no existía. Fuimos nosotros, hace veinticinco años, los que lanzamos por
primera vez la Tercera Posición. Claro, aparentemente cayó en el vacío. No
estaba el horno para bollos. Y no pudimos hacer nada. Porque a nosotros no nos
volteó el pueblo argentino; nos voltearon los yanquis. Y quién sabe, si
hubiéramos tomado otras medidas, tal vez hubiese venido otra invasión como la de
santo Domingo.
-¿Qué salidas ve a la situación?
-Ningún pueblo puede entregarse; si hay algo en que el pueblo está claro, es en
que no se puede entregar al imperialismo. Porque lo viene sufriendo desde hace
un siglo por el estómago, o por el bolsillo, que también es una víscera
suficientemente sensible. Liberar al país como lo ha hecho Fidel, esa es la
solución. Y como pienso que lo están por hacer Perú y Bolivia [1]. No se sabe en
qué condiciones, pero vienen intentándolo.
Estos juicios de Perón están relacionados con las medidas que tomó durante su
gobierno. Tales medidas, a pesar del momento histórico, muy desfavorable, fueron
socializadoras. Más aún, ningún país socialista ha logrado éxito, sin tomar
decisiones graduales, adapatadas al desarrollo de cada país. Estas medidas, en
los países socialistas actuales, en los comienzos y en todos los casos, han sido
similares a las tomadas pos Perón. No decimos que Perón haya instaurado el
socialismo en la Argentina. Esto sería una mentira.
Pero sostenemos que muchas de sus reformas abrían el camino al socialismo. Uno
de los excesos del pensamiento de izquierda, mezcla de fantasía y lecturas
desordenadas, es pensar que el tránsito al socialismo es automático a la toma
del poder. Es un grave error pensar así. La Historia enseña que la victoria del
socialismo es antecedida por una serie de etapas intermedias entre el
capitalismo y las nuevas formas sociales, e incluso, de ensayos y errores, de
éxitos y fracasos. Ni Rusia, ni China son enteramente socialistas. Y la
Revolución Rusa se produjo en 1917 y la China en 1949. La experiencia de estos
países y otros, indica que durante un período más o menos largo, el capitalismo
y el socialismo siguen yuxtapuestos.
¿Cuáles han sido, en tales países, considerando siempre el desarrollo desigual
de los mismos, las medidas peparatorias del socialismo? En primer lugar, lograr
la confianza de las masas. Perón obtuvo esa confianza que le permitió resistir
la agresiva resistencia interna y exterior. Perón fue destituido no por un
burgués, sino por la dirección proletaria de su política social. La
Confederación General del Trabajo contaba con 6 millones de afiliados. Visto en
su proyección histórica, Perón estaba en condiciones, por la base obrera del
peronismo, y lo hizo, de imponer reformas básicas a la economía, pero no podía
ir más allá de los límites que le marcaba el momento histórico, los enemigos
internos e internacionales, y la propia estructura del movimiento, que junto a
los trabajadores albergaba a otras clases sociales con sus representantes
moderados cuando no decididamente conservadores. A pesar de estas
contradicciones y de la resistencia política muy unitaria y combativa que lo
acosó, Perón cumplió una obra de excepcional contenido social y nacional.
En un país colonizado, no hay socialización posible, aunque sea parcial, sin una
ruptura con la dependencia exterior. Inglaterra, al producirse la revolución de
junio de 1943, era dueña del país. De su economía y su política. Antes de 1943,
casi la mitad de nuestras exportaciones, en buena parte acaparadas por Gran
Bretaña, se dedicaba al pago de los servicios de la deuda externa. Con las
reservas en oro y divisas, acumuladas por la coyuntura, favorable para la
Argentina, de la II Guerra Mundial, la deuda externa fue totalmente repatriada.
La Argentina entró en la independencia económica. Los empréstitos extranjeros,
pulpos de la economía nacional, e instrumentos del dominio político, fueron
cancelados. La Argentina, por primera vez en toda su historia, fue una nación
soberana. Estas medidas impulsaron el desarrollo industrial. Cabe preguntar si
fue una industrialización burguesa o socialista. Fue ambas cosas y ninguna de
las dos. Es decir, grandes ramas de la producción industrial fueron dirigidas
por el Estado, y otras aunque permanecieron en manos de capitales privados,
estos eran argentinos, y en algunos casos extranjeros pero sometidos a una
legislación proteccionista y, al mismo tiempo, estrictamente controlada por el
Estado. Vale decir, se dio el paso primario y fundamental en toda marcha hacia
la socialización: la estatización de los resortes más importantes de la economía
nacional.
Estos recaudos, no sólo acrecentaron la producción, sino que, caso único en la
historia argentina, se alcanzó la plena ocupación y la participación del
proletariado en la conducción política. Todos los ejercicios financieros
terminaron con superávit. Al abandonar Perón el país, las reservas en oro y
divisas, se calculaban en 1500 millones de dólares. El capital extranjero,
sujeto a una legislación nacional, cumplió una función útil. En algunas ramas de
la industria, la automotriz por ejemplo, el Estado se valió de ellos. También lo
había hecho Rusia en las primeras etapas de la revolución. China lo mismo.
Cuba, Argelia, Egipto, también. Pero los giros al exterior, en concepto de
dividendos, eran fijados por el Estado y las ganancias de las empresas debían
reinvertirse, por cuotas establecidas, y se reinvirtieron, en el país. Una
prosperidad jamás conocida benefició a todas las clases sociales. La legislación
laboral fue una de las más avanzadas del mundo. La educación pública dio un
salto espectacular.
Millares de obreros recibieron en todo el país, en todas las provincias,
enseñanza técnica gratuita. En 1943, la Universidad tenía algo más de 60 mil
alumnos.
Con Perón llegó a 260 mil. La enseñanza universitaria era gratuita, comedores
estudiantiles, apuntes sin cargo impresos en la Fundación Eva Perón, privilegios
para los estudiantes que trabajaban, colonias, supresión de exámenes de ingreso,
mesas examinadoras mensuales, acortamiento de las carreras, etc. Tal cual lo
había reclamado la Reforma del 18, en la Argentina, la enseñanza media y
superior dejó de ser una prerrogativa de clase. La salud pública, bajo la
dirección de un patriota, Ramón Carrillo, que murió perseguido y pobre en
Brasil, insumió 350 millones contra 11 millones en 1943. Nadie ignora que uno de
los objetivos del socialismo es la salud de la población. Otro de los objetivos
del socialismo es la nacionalización de los servicios públicos. Los servicios
públicos nacionalizados no sólo son exigencia de la independencia económica,
sino la base de toda soberanía real. Se adquirieron los ferrocarriles
británicos. O como dijo Scalabrini Ortiz se compró soberanía. La oposición, en
una cerrada acometida, atacó esta brillante operación financiera y política
ejecutada por otro patriota, Miguel Miranda.
Se dijo que Perón había comprado hierro viejo. Que los ferrocarriles daban
pérdidas. Es cierto, daban pérdidas. Lo que no se dijo —hoy tampoco— es que los
ferrocarriles dan pérdidas en todos los países del mundo por la simple razón que
su misión es de fomento de la economía nacional, o sea, que tales pérdidas son
ampliamente compensadas por el desarrollo de regiones, ciudades, plantas
industriales, etc., próximas a las redes ferroviarias.
El único país del mundo cuyos ferrocarriles han producido ganancias es EE.UU.
Pero en 1970, el mayor sistema ferroviario de EE.UU., el Pen Central
Transportation Company se declaró en bancarrota.
Durante Perón, se nacionalizaron los puertos. La marina mercante llegó a ser una
de las mayores del mundo, adelante incluso, de Rusia. Cosa que pocos argentinos
conocen. La casi totalidad de la producción nacional fue transportada por buques
argentinos con una capacidad de 1.700.000 toneladas. El comercio exterior —otra
disposición inicial y básica de todo país socialista— pasó a ser fiscalizado por
el Estado a través del IAPI, la institución más resistida por la oligarquía y
las naciones imperiales. Raúl Prebisch, asesor de Lonardi, entre las primeras
resoluciones, anunció el aniquilamiento de esta institución. El gas, los
teléfonos, las usinas eléctricas existentes y las que se crearon pasaron a
dominio del Estado. Los servicios de transportes en su totalidad, fueron
nacionalizados. Cuando nacionalizaciones de este tipo fueron aplicadas en
Inglaterra por gobiernos laboristas, los izquierdistas cipayos aplaudieron.
Cuando las tomó Perón vociferaron: "¡Totalitarismo!"
Demás está agregar que en los países socialistas las comunicaciones están
nacionalizadas. El consumo de energía, otra de las bases de la socialización de
la economía, aumentó en un 69 %, Y.P.F. creció en un 161,5 %. Pero el desarrollo
industrial pedía más energía eléctrica, más petróleo, más máquinas.
Problemas que han afrontado todos los países socialistas del mundo. Decenas de
diques, centrales hidroeléctricas, termoeléctricas, obras fluviales, etc.,
fueron construidos, o estaban en construcción al caer Perón. Entre 1943 y 1954,
la producción de petróleo se triplicó, la de gas se duplicó, la de carbón se
multiplicó por nueve. Es falso que la situación del campo empeorase. Raúl
Prebisch, un enemigo, en 1949 reconoció que la economía agropecuaria se había
fortalecido. Las carnes de exportación, gracias a un negociador enérgico, Miguel
Miranda, obtuvieron precios beneficiosos al país y no decretados, como hasta
entonces, por Inglaterra. El campo fue tecnificado en amplitudes desconocidas
hasta entonces. El valor de las exportaciones giró de 451 millones en 1943 a
3039 millones en 1947. Millares de medianos y pequeños agricultores entraron en
posesión de sus tierras. Los peones rurales ascendieron a una vida digna; 50.000
chacareros lograron la posesión de sus campos. La renta nacional aumentó en un
55 %. La independencia económica permitió al país comerciar, en contratos
bilaterales, con los países comunistas. La Argentina fue el país que alcanzó, en
toda Iberoamérica, el mayor volumen de comercio con Rusia.
Pero el P. Comunista gritaba "¡Fascismo!". El analfabetismo, con millares de
escuelas construidas, se redujo al 3 %. Hoy, agremiaciones docentes estiman que
la Argentina tiene un índice del 40 % de analfabetos o semianalfabetos. Se
construyeron 500.000 viviendas para 5 millones de personas; 8.000 escuelas, más
que en toda la historia de la Argentina. Y 70.000 obras públicas hoy se levantan
a lo largo del país como testigos de aquellos días de grandeza nacional.
El II Plan Quinquenal, que destinaba $ 35.000 millones de moneda de entonces,
estaba financiado y en plena ejecución. Las bases de la industria pesada
colocadas.
Un argentino insospechable comparaba la política de Perón con la de los países
comunistas. Este escritor nacional se llamaba Raúl Scalabrini Ortiz. No
insistiremos en cifras. Hechemos una ojeada sobre los gobiernos que sucedieron a
Perón.
* Izquierda y Peronismo [Capítulo III] Peronismo y Socialismo, de Juan José
Hernández Arregui, 1972. Digitalizado por Marcelo Felipe Gil.
Clase
obrera y poder*
(fragmento)
Por Jorge Enea Spilimbergo
LA ESTRUCTURA OLIGÁRQUICA
La oligarquía terrateniente, como clase dominante, constituyó su propio aparato
político, administrativo y cultural, presentándolo como expresión del país en
general, e influyendo en alto grado sobre el conjunto de las clases sometidas.
Esta influencia gravitó especialmente sobre las clases de la plataforma
librecambista del litoral agro-portuario (pequeña burguesía urbana y chacarera,
pequeños y medianos ganaderos, proletariado marginal, etc.). Exclusión hecha de
los peones, este sistema de clases populares tenía una posición dual ante la
oligarquía gobernante: discutía su monopolio del poder político y los excedentes
netos; pero coincidía con ella en apoyar el programa librecambista de la
semicolonia agraria. Ignorante del país en su conjunto, separada por su origen
inmigratorio de las tradiciones federal democráticas del siglo XIX, fijada
empíricamente en condiciones transitorias que ya empezaban a deteriorarse en el
momento de su esplendor, e influida por las transposiciones mecánicas de
fórmulas del liberalismo europeo, esta coalición de clases sirvió a la
oligarquía más que lo que la combatió.
El litoral agro-portuario
Si, por ejemplo, consideramos a los chacareros medios y ricos, encontramos que
el fundamento de su conflicto con la oligarquía arrendadora es la aspiración a
la propiedad de la tierra. Bajo esta lucha por la propiedad se esconde la
apetencia del "producto" integro de esa tierra, es decir, una lucha por la
renta. Pero esta renta, siendo una renta diferencial, constituye un impuesto al
trabajo extranjero, a través del mecanismo del cambió internacional. Nos
encontramos, pues, ante una identidad parasitaria, consistente en la alienación
al mercado extranjero y al fetiche del librecambio, que se refuerza con el
enfrentamiento burgués del chacarero con sus peones. La relación descripta se ha
modificado en diversos grados y maneras por el impacto de la crisis y el
incremento de un consumo interno. No lo suficientemente, sin embargo como para
que, al considerarse estas tesis, el ministro de Economía no se jactase ante el
público oligárquico, en la Sociedad Rural, de haber reajustado el precio interno
del trigo a su precio internacional. Pero como el precio internacional excede el
valor realmente creado por el trabajo argentino, resulta que una masa de
riquezas que pertenece al país en su conjunto y debiera integrar su fondo de
acumulación, queda expropiada en favor de terratenientes y chacareros, que lo
destinan preferentemente al consumo individual.
El Socialismo de la Izquierda Nacional ha demostrado, en consecuencia, que el
eje de la revolución agraria en la Argentina lo constituye la masa de peones
agrícolas, jornalizados temporarios, semiocupados de los suburbios de los
pueblos rurales, proletarios de industrias y transportes rurales; los estratos
de chacareros pobres y otras categorías explotadas de la baja clase media rural
Ponemos especial énfasis en nuestra solidaridad con los obreros temporarios del
N. O. y del N. E. argentinos, quienes, junto con los procedentes de Bolivia,
Paraguay y Chile constituyen la principal víctima del aparato succionador de la
oligarquía, y a quienes les está reservado un papel de primer orden en la lucha
por su expropiación. Definimos el objetivo revolucionario en el campo como
nacionalización de la tierra. Con ello afirmamos que se trata de colocar su
renta al servicio de la economía nacional y su desarrollo. Nos delimitamos de la
"reforma agraria" que, en el lenguaje político argentino, envuelve la
reivindicación de esa renta por las clases chacareras librecambistas del
litoral. En cuanto a la organización concreta del régimen de propiedad,
dependerá del curso mismo de la lucha, de las necesidades generales, y de las
relaciones que específicamente se establezcan entre las diversas clases
participantes, como, asimismo, de las reivindicaciones transitorias para los
sectores pobres y medios del campo.
El frente librecambista
Esta identidad por encima de las contradicciones de la plataforma librecambista
del litoral fue bien percibida por Juan B. Justo a fines del siglo, cuando
proponía formar un gran partido librecambista con todos los sectores ligados a
la exportación, erigidos en "burguesía ilustrada" contra la "política criolla",
"caudillista", "feudal", es decir, ... nacional-burguesa. Se "marxistizaba" así
la antinomia "civilización-barbarie", oportunamente pulverizada por la crítica
alberdiana.
En los hechos, la tesis de Justo obtuvo un amplio triunfo a la larga, y cumple
señalar que la totalidad de los partidos argentinos "tradicionales" se
constituyeron bajo el horóscopo de la colonia librecambista privilegiada, en el
medio siglo de su apogeo histórico. Ello es válido, no sólo para el
conservadorismo, el socialismo de Justo, la democracia progresista, sino también
para el radicalismo, aunque por vías diferentes. Aunque aquel apogeo ya es cosa
del pasado, la persistencia de sus efectos en el campo de la superestructura no
puede subestimarse.
Fuera del hecho de que la oligarquía no puede modificar su conciencia
tradicional sin condenarse, ello se debe a que en los referidos sectores
populares se produce una remisión inconsciente a una edad dorada en que el libre
cambio les aseguraba holgura y "status". El viejo optimismo agropecuario y
europeísta se sobrevive como prestigio intangible de los tabúes del pensamiento
cipayo, como remisión a una nostálgica "edad dorada" y como sorda y astuta
resistencia a todo replanteo de la realidad nacional. En el campo de la
izquierda, so pretexto de delimitación "antiburguesa", se da con caracteres de
fijación la vieja oposición reaccionaria a los movimientos de masa de la clase
trabajadora.
Es, pues, con justa tenacidad que el socialismo de la izquierda nacional ha
insistido en la revisión histórica y en la crítica de la historia de los
partidos políticos, no como prólogo erudito de sus tesis, ni por afán
tradicionalista, sino porque la crítica histórica es constitutiva de la
experiencia y de la razón política.
*Clase obrera y Poder son las tesis del Partido Socialista de la Izquierda
Nacional y fueron redactadas en 1964 por Jorge Enea Spìlimbergo. Texto
digitalizado por Fernando Lavallén
Burguesía
y cuestión nacional*
Por Jorge Enea Spilimbergo
La colaboración política de Marx y Engels se remonta a principios de la década
del 40, cuando inician en París una fructífera amistad que durará toda la vida.
Habían nacido en 1818 y 1820, respectivamente. Marx muere en el 83. Engels
–convertido en patriarca del socialismo europeo- lo sobrevive hasta 1895.
La Europa de mediados del siglo XIX experimenta los síntomas de una profunda
transformación revolucionaria, que dará por tierra con la obra del Congreso de
Viena.
Como recordará el lector, el Congreso de Viena, reunido en 1815 a consecuencia
de la caída de Napoleón, se propuso borrar, hasta donde era posible, la obra de
la revolución francesa y del Imperio napoleónico. Los vencedores, constituidos
en Santa Alianza con la participación de Inglaterra, Prusia, Austria, Rusia y
España borbónica, se juramentaron para reprimir, en acción policial conjunta,
cualquier brote democrático y revolucionario. Del mismo modo, trazaron -"de una
vez para siempre"- el mapa político de Europa. Como en sus miras no se
encontraba la voluntad de los pueblos sino el interés de las dinastías y las
aristocracias, muchas nacionalidades quedaron sometidas a pueblos extranjeros.
Así sucedió con Hungría, los eslavos del sur, Polonia, Bélgica, el norte de
Italia. Otros países como Alemania e Italia, siguieron privados del derecho a
constituir un Estado nacional unificado. Alemania, por ejemplo, continuaba
dispersa en una multitud de soberanías. (Casi todas insignificantes) Los estados
alemanes más poderosos eran Prusia y Austria. Ambos, a su vez, extendían su
dominación sobre nacionalidades no alemanas (polacos, magiares, checos, etc.).
Fragmentación y sometimiento nacional constituían las dos caras de una misma
moneda. En efecto, un país fragmentado en una nube de pequeñas soberanías cae
bajo la órbita de aquellos otros que ya han cumplido su centralización política,
aunque no se produzca la ocupación efectiva. Rusia, Francia e Inglaterra, se
beneficiaban económica y militarmente de la división nacional alemana, y se
obstinaron en perpetrarla.
A su vez la fragmentación era el producto de un pasado feudal no superado, el
reflejo de una economía en el que el comercio y la gran industria aun no se
habían desarrollado plenamente.
Dicha economía, fundada en la explotación del campesino semisiervo, en el
artesanado y en el pequeño comercio local, se aferraba tenazmente a su antigua
estrechez regionalista. Las aristocracias y los príncipes, junto a sectores de
las antiguas clases medias urbanas, explotaban el atraso en su provecho. Una
Alemania o una Italia unificadas hubieran significado no sólo el colapso
político de las clases retardatarias, sino también su desplazamiento económico
por la gran burguesía industrial, mercantil y financiera.
Aquel antiguo mundo, asentado en la explotación campesina, se organizaba, pues,
en regímenes absolutistas desde el punto de vista de las instituciones públicas.
Y así como negaba a los pueblos el derecho a gobernarse ellos mismos desconocía
a las naciones facultad para decidir sus propios destinos. Aquí las dispersaba,
allá las anexaba.
Por este entrelazamiento de factores, la inevitable resistencia que no tardan en
suscitar las decisiones del Congreso de Viena, asume un doble carácter
nacionalista y democrático.
En los países sometidos o disgregados, la democracia -la oposición al
absolutismo político- se hace nacionalista, patriótica. A su vez, el
nacionalismo germina entre los sectores más profundos o significativos del
pueblo: campesinos, artesanos y pequeño-burgueses de las ciudades, industriales
y comerciantes intelectuales, etc.
Todos ellos ven en los príncipes y en las aristocracias, no sólo a los enemigos
de la patria, sino también a los tiranos y explotadores. Por esta vía, el
nacionalismo se hace esencialmente democrático.
El gran nucleador de este movimiento es la burguesía. La burguesía exige un
régimen liberal y representativo, porque el individualismo político complementa
y salvaguarda el liberalismo económico asentado en la competencia mercantil, la
libre contratación y la libertad de trabajo e industria, indispensables para el
desarrollo fabril y comercial.
Del mismo modo, la burguesía pugna por asegurarse el dominio del mercado
interno. La producción para la ganancia, que permite valorizar incesantemente
capital, es un rasgo esencial del régimen capitalista. Pero las barreras
aduaneras entre provincias o pequeños Estados de una misma nacionalidad, al
restringir los mercados, impiden el desarrollo de la gran industria y el apogeo
de la producción burguesa. Al promover la unidad (o la independencia) nacional,
la burguesía no lucha por un simple principio abstracto sino por sus propios e
impostergables intereses materiales, que en esta época histórica coinciden con
los del resto de la población.
En consecuencia, democracia y nacionalismo aparecen como las grandes banderas
políticas bajo las cuales (hasta comenzar el último tercio del siglo XIX) se
expresa el ascenso general de la civilización burguesa europea en lucha con las
fuerzas retrógradas del absolutismo y la feudalidad.
Pero a mediados de siglo XIX, el retraso histórico de aquellos países que aun no
habían completado su revolución burguesa, se combinaba con las primeras
manifestaciones de la civilización capitalista desarrollada y, en consecuencia,
con una incipiente lucha de clases moderna entre el proletariado y la burguesía.
Adelantémonos a expresar que esta peculiaridad de desarrollo, perfectamente
verificable en la Alemania de la época, introdujo profundas modificaciones en
las conductas de las clases sociales revolucionarias.
La burguesía francesa había convocado a las grandes masas del pueblo para luchar
contra el absolutismo y la aristocracia semifeudal. Aunque no manejó el timón de
la nave durante el periodo crítico -cuando la revolución hubo de ser salvada por
el jacobinismo pequeño-burgués y los desharrapados de París- puede decirse que
la burguesía actuó entonces, decididamente, como representación nacional, es
decir, como clase conductora que, luchando por su propios intereses, expresaba
los interese inmediatos del conjunto de la población.
Los intereses de ese conjunto no coincidían íntegramente con los de la
burguesía, pero tampoco se hallaban en oposición directa ni, en todo caso, en
condiciones de hacerse valer de una manera peligrosa y efectiva. Era una masa
inorgánica de artesanos, campesinos y pequeño-burgueses dispersos. Pero ya al
estallar el proceso revolucionario de 1848 han proliferado en Europa formaciones
compactas de esa nueva clase social engendrada por la industria: el
proletariado. Allí donde el proletariado asume cierta importancia (como en
París, la Alemania renana, etc.) no se contenta con lanzarse a la arena
revolucionaria tras las reivindicaciones de la burguesía. Aunque desprovisto de
experiencia y de una clara teoría que guíe su acción política, aspira,
confusamente a que la nueva república sea una república social. En otros
términos, no se contentan con los "derechos del ciudadano", exige sean
defendidos los derechos del hombre de trabajo. Aspira a presionar como clase
–recurriendo a manifestaciones, huelgas, asonadas– sobre el gobierno, y a
suprimir la desigualdad económica mediante algún tipo de socialización.
El "fantasma del comunismo" irrumpe así, tangiblemente, ante los ojos de la
burguesía europea. Las jornadas de febrero de 1848, en París, dan el poder a la
burguesía republicana con el apoyo de los obreros en armas. Cuatro meses más
tarde, durante las jornadas de junio, el ejército de línea y las milicias
burguesas aplastan, tras varios días de furiosos combates, la insurrección
obrera de París. Esta crisis, que es el principio del reflujo revolucionario en
toda Europa, quiebra de una vez para siempre aquella unidad de miras
revolucionarias puesta de manifiesto por la burguesía francesa del 89 para
llevar a cabo su propia revolución. En adelante, los burgueses de toda la Europa
atrasada conocerán el peligro de movilizar revolucionariamente a los obreros
contra el absolutismo. Conocerán el peligro de que, producida la victoria, el
proletariado "cambie de hombro el fusil" y al derrocamiento del absolutismo
suceda el de la propia burguesía.
En consecuencia, preferirán, cada vez más, el camino oblicuo de la presión sobre
los antiguos poderes y el compromiso transaccional con ellos antes que el camino
francés, plebeyo, revolucionario. En todas partes, y especialmente en Alemania,
los heroicos burgueses, a punto de alcanzar la victoria, dan marcha atrás, no
desarman a los ejércitos del absolutismo, pactan con reyes, aristócratas y
príncipes, para ser por último arrasados por las fuerzas de la contrarrevolución
triunfante.
Tal es el nuevo protagonista -la clase obrera- y la nueva ideología –el
socialismo- que se manifiestan en Europa cuando Marx y Engels inician su carrera
política.
Ambos jóvenes revolucionarios habían nacido en Renania, la provincia alemana de
mayor adelanto económico, donde más íntimamente se combinaban los problemas
suscitados por el pasado feudal con los modernos antagonismos de la civilización
burguesa. Antes de conocerse habían militado en las filas de la democracia
burguesa. A través de la izquierda hegeliana buscaban un método para
reinterpretar críticamente la realidad. Conservarían de Hegel algunos principios
básicos que interesa destacar para nuestro estudio:
Una concepción unitaria del proceso histórico en pugna con el nacionalismo
hermético de los románticos. La comprensión de la historia como un proceso
ordenado de etapas, que rompe con el racionalismo cartesiano de la Enciclopedia
y sus valoraciones a-históricas de los fenómenos sociales. En consecuencia, una
revalorización de lo cualitativo (que es lo que especifica cada etapa), pero no
a la manera irracional de los románticos, sino sometiéndolo a la racionalidad
objetiva del proceso histórico general. Por último, el método dialéctico, que
explica el cambio, la transformación de una etapa a otra, a través de la
contradicción.
En otro orden, Engels, quien llega antes que Marx al socialismo, ha completado
su imagen de la sociedad burguesa, desarrollada durante su visita a Inglaterra,
el foco de la gran industria. Este viaje, que emprende por orden de su padre –un
industrial alemán-, le permite recoger una abundante documentación, condensada
más tarde en su libro sobre la Situación de la clase obrera en Inglaterra, de
1845.
En cuanto a Marx, su primer contacto orgánico con las ideologías socialistas de
la época se produce, a través de Proudhon, principalmente durante su destierro
en París.
Las teorías comunistas alcanzaban entonces cierta popularidad. Se trataba, sin
embargo, de un comunismo aun fantasmagórico, impregnado de aberraciones utópicas
y sectarias. Participaba del error general de las filosofías idealistas. En
efecto: lejos de considerar las ideas de una época como la expresión de la
realidad de esa época, invertía el orden y explicaba esa realidad por sus ideas.
Explicaba la existencia del capitalismo y sus males por las ideas falsas de los
contemporáneos acerca de la mejor organización social, y se esforzaba por
remediarlos propagando, como un nuevo evangelio, la "idea del socialismo".
Reducía la historia al conflicto y a la sucesión de ideologías.
La debilidad de semejante socialismo es doble. Por un lado, al partir
absolutamente de la "idea socialista", se somete a la fantasía más o menos
caprichosa de los teorizadores, encargados, como es lógico, de definir aquella
"idea". Proliferan así el arbitrismo y las sectas. Por el otro, al dirigirse a
los seres humanos en general, no descubre las fuerzas sociales concretas que son
el fundamento dinámico del socialismo.
Por el contrario, para Marx y para Engels, las ideologías no se nutren de sí
mismas, ni se despliegan las unas de las otras. Son la expresión intelectual de
una sociedad dada, y toda sociedad consiste, en primer término, en el conjunto
de actividades, relaciones humanas y recursos técnicos empleados para asegurar
las funciones más perentorias: producción económica, reproducción física.
Por consiguiente, la sociedad real, y en particular, su estructura económica,
engendra el mundo de las ideas y no al revés. Toda idea dominante es la
expresión de una fuerza social dominante. Toda idea nueva llamada a
generalizarse manifiesta una nueva fuerza social promovida al triunfo por el
desarrollo histórico.
Pero, ¿cúal es la fuerza social nueva ignorada hasta entonces (o subestimada en
su valor operativo) por los teóricos de la "idea socialista" aunque subyace en
ella, es su sustancia histórica medular? El proletariado.
Allí donde el utopismo propaga un evangelio dirigido a los "seres humanos" para
persuadirlos a una organización "mas justa" y "racional" de la sociedad, Marx y
Engels hacen del proletariado y su conflicto objetivo con el régimen burgués, el
fundamento material del movimiento socialista. Por consiguiente, ellos no añaden
una "ideología" a las ya existentes. Su materialismo histórico es nada más -y
nada menos- que la autoconciencia científica del movimiento real del
proletariado dentro de la sociedad burguesa que lo engendra, y contra ese orden
social.
La miseria, objeto hasta entonces de piadosas meditaciones, caridades y
remedios, juega ahora un papel dinámico, positivo. El régimen burgués genera al
proletariado, una clase cuya existencia está en viva contradicción con la
esencia del hombre, que es la libertad. No la libertad parcial del ciudadano –en
relación con el cuerpo político- sino la libertad del hombre total, entendida a
la manera rousseauniana, como plena expansión de las virtualidades humanas. Pero
esa clase obrera marginada de toda humanidad por su instrumentación a la
ganancia burguesa, será, a su vez, el sepulturero del capitalismo.
Al destruir el capitalismo, no perderá sino sus cadenas. Al librarse de su
explotación particular, liberará a todos los hombres en general. El proletariado
no aspira a sustituirse como clase dominante, sino a suprimir, junto con la
burguesía, toda explotación de clase sobre clase.
Según lo expuesto, la concepción materialista de la historia aparece dominada
por la idea de la lucha de clases, que no es un "mandato", ni un "imperativo
ético" o "táctico" sino el movimiento mismo de la historia, reducido a su
esencialidad, y el propio marxismo, lejos de inventarla, atizarla o suscitarla,
su reflejo auto consciente, encarnado en la clase revolucionaria: el
proletariado.
Pero las clases sociales no se suceden al azar. La lucha de clases (Marx mismo
lo señala) ya había sido descubierta por los historiadores burgueses de Francia
e Inglaterra. Lo que Marx demuestra es que la existencia de determinadas clases
esta ligada a niveles dados de desarrollo técnico y organización del trabajo. 1
bis
Al disolverse la comunidad tribal primitiva se establece la primera división de
clases, cristalizada –en su forma última- entre hombres libres y esclavos. Los
esclavistas, desligados del agobio de la producción material, crean la primera
civilización propiamente dicha, la economía urbana, el comercio, la ciencia, la
literatura, el Estado. Pero la sociedad antigua tiene su límite en la propia
esclavitud, que la estanca por la misma gratuidad del esclavo-cosa.
El medioevo reorganiza las relaciones de producción fundándose en una nueva
ordenación del trabajo, la del ciervo feudal a mitad de camino entre el esclavo
y el obrero libre. A este ordenamiento, no tarda en agregársele el sistema de
los gremios artesanales urbanos.
Por ultimo, las generalizaciones del comercio, el desarrollo manufacturero y
fabril, producen la ruina del artesanado y concentran los medios de producción
en una nueva clase –considerablemente más dinámica y expansiva-, la burguesía.
A diferencia de los anteriores, el sistema burgués de producción se expande en
revoluciones técnicas y económicas incesantes, que llevan a la ruina a las
antiguas formaciones ecodial e industrializan vertiginosamente el foco
irradiador del sistema: los países más avanzados de Europa y los Estados Unidos.
El tránsito de una forma social a otra no se produce pacíficamente, sino a
través de luchas y desgarraduras. A un cierto nivel de fuerzas productivas
corresponden determinadas relaciones sociales. El crecimiento de las fuerzas
productivas exige la remodelación del orden social, económico y político para
ponerlo en consonancia con los nuevos niveles alcanzados. Esta contradicción se
resuelve a través de antagonismos violentos, revolucionarios, porque las clases
dominantes en la antigua sociedad se resisten a abandonar sus privilegios y a
sacrificarse por el progreso histórico.
Hoy, concluyen Marx y Engels, la humanidad vive uno de esos conflictos
revolucionarios entre relaciones de producción que ya han agotado su papel
progresivo, y las necesidades de desarrollo de las fuerzas productivas. La
burguesía, que ha generado la gran industria y cambiado, con ello, la faz del
mundo, ya no puede controlar las fuerza por ella liberadas. Se debate en la
anarquía de la competencia, las crisis cíclicas, las guerras y los conflictos
sociales. El carácter cada vez más social de la producción (en el doble sentido
de la empresa como colectividad y de la influencia de las grandes empresas sobre
los destinos generales de una comunidad) se contradice crecientemente con el
carácter individual de la apropiación. Las fuerzas productivas del hombre han
crecido hasta tal punto que no solo es posible sino perentorio reordenar la
economía según un plan racional y sustraerla a esta o aquella clase dominante,
para colocarla bajo el control de la sociedad en su conjunto.
Así, la lucha de clases constituye el nervio del proceso histórico en cuanto es
su factor dinámico y consolidador. Dinámico, porque el antagonismo cíclico entre
fuerzas productivas y relaciones de producción se encarna en clases hostiles,
que lo asumen objetivamente. Consolidador, porque el triunfo de la clase
revolucionaria da un sentido irreversible al proceso y acelera su ulterior
desarrollo.
La historia deja de ser la sucesión más o menos arbitraria de héroes, ideas,
instituciones, etc., para convertirse en el proceso mediante el cual los hombres
se van elevando de una pasiva subordinación a la naturaleza -próxima a la
animalidad- hasta la libertad, decir, el dominio sobre la naturaleza y la
sociedad. Este tránsito se realiza a través de regímenes de clase, o sea,
cubriendo toda una época en que los hombres, bárbaramente, se sirven de otros,
los instrumentalizan y expolian, animalizándolos no ya en el nivel natural, sino
en el nivel social.
La conciencia que cada época tiene de sí misma –observan Marx y Engels- dista
mucho de responder a la naturaleza real de los conflictos. El papel de los
historiadores no consiste en tomar al pie de la letra estas representaciones
aberrantes, extrapoladas y míticas, sino en desentrañar su fundamento real.
Cuando Aristóteles habla de la inferioridad natural del bárbaro, no comete un
error científico: racionaliza a posteriori los intereses de los esclavistas
griegos. Bajo las guerras religiosas del siglo XVl, no subyace un antagonismo
sobrenatural entre Dios y el diablo, sino una lucha de clases burguesa y
campesina en una época en que la religión constituye la estructura cultural
vertebradora, y es por ello, el orden fenoménico de todas las tendencias
fundamentales.
A diferencia de otros filósofos de la historia, Marx y Engels no se proponen
interpretarla especulativamente, sino actuar sobre ella. El materialismo
histórico descubre el papel de la lucha de clases y es, como vimos, un momento
de esa lucha, el de la autoconciencia revolucionaria. Esta autoconciencia dicta
al proletariado la necesidad de organizarse en partido político que luche por la
conquista del poder. Pero no se trata de una lucha circunscripta a las fronteras
nacionales de cada país. El proletariado, más que la burguesía, es una clase
internacional. Su solidaridad trasciende las fronteras. Sus enemigos están en
todas partes.
"Desde el fin de la Edad Media, escribe Federico Engels, la historia trabaja por
erigir en Europa un conjunto de grandes Estados nacionales... Ellos constituyen
la norma política de la dominación burguesa sobre el continente..." La
burguesía, al vincular con la industria y el comercio ciudades y provincias
antes dispersas bajo las condiciones del feudalismo, cohesionó en nacionalidades
pueblos que habitan un mismo territorio y una misma lengua. De esta manera echó
los cimientos materiales del sentimiento nacional común, los prerrequisitos que
hicieron posible y necesaria la consolidación del Estado nacional centralizado.
Pero esa misma burguesía, al generar al proletariado, lo excluye de toda
participación comunitaria. El proletariado es un extraño en su propia casa. Si
se acusa a los comunistas de combatir la idea patriótica, habrá de responderse:
"El proletariado no tiene patria. No se le puede privar de lo que no tiene". Al
mismo tiempo, el desarrollo del mercado mundial, vincula los pueblos entre sí,
crea lazos de solidaridad entre los obreros de todo el mundo, y así como las
clases reaccionarias, no obstante sus querellas recíprocas, se apoyan las unas a
las otras contra la rebelión de los de abajo, así también la clase trabajadora
de cada país debe adquirir conciencia de su solidaridad internacional.
"La gran industria -expresan Marx y Engels en Ideología Alemana, obra anterior
al 48- suscita generalmente en todas partes las mismas relaciones entre clases.
Con ello va borrando todo sello privativo de nacionalidad. Cierto es que la
burguesía conserva aún en cada nación sus intereses nacionales particulares.
Pero hay una clase que no tiene absolutamente ninguna especia de intereses
nacionales: el proletariado... Expulsado del seno de la sociedad, se ve
constreñido a vivir en el más resuelto antagonismo con todas las demás clases."
Como, por otra parte, el triunfo del socialismo en un país determinado sería
seguido de la más feroz intervención burguesa de los restantes países, Marx y
Engels (exagerando la determinación temporal del problema) añaden en la misma
obra:
"El comunismo solo es viable empíricamente si lo implantan de golpe y al mismo
tiempo todos los pueblos dominantes."
Conforme a lo expuesto, existe un abismo entre la lucha de clases y el
patriotismo. La lucha de clases llama al proletariado a derrocar a su burguesía,
apoyándose en la alianza con los otros proletariados. El patriotismo, por el
contrario, sostiene la existencia de intereses comunes entre el proletariado y
su burguesía; los obreros de otros países son, para el patriota, tan
"extranjeros" como sus burgueses.
Y, sin embargo, al abordar, los problemas de la lucha política inmediata, Marx y
Engels encuentran que en todas partes (con la excepción parcial de Inglaterra,
cuyo movimiento cartista es el primer movimiento obrero en masas, pero no
socialista) lo que está a la orden del día no es la lucha de clases entre
proletarios y burgueses sino el conflicto entre la burguesía y las masas por un
lado, y el viejo orden feudal por el otro.
Queda así planteada una contradicción aparente entre la teoría y la práctica. La
teoría pone de manifiesto la crisis de la sociedad burguesa y hace un llamado a
una acción internacional revolucionaria del proletariado. La práctica muestra un
conjunto de sociedades enfermas no tanto por las miserias del régimen burgués
sino por la ausencia de él. La propia metodología del materialismo histórico
resuelve esta contradicción excluyendo todo oportunismo táctico.
En efecto, puesto que el régimen socialista no nace de una "ideología" sino de
los conflictos inherentes a la sociedad burguesa, en aquellos países en que el
desarrollo burgués esta obstaculizado por el dominio de las clases sociales
precapitalistas, el proletariado debe intervenir activamente para la supresión
de estos obstáculos opuestos al desarrollo histórico, lo cual puede llevarlo a
coincidir, en forma transitoria, con el movimiento político de la burguesía
liberal.
Como hemos visto, el incumplimiento de las llamadas tareas nacionales
(unificación e independencia políticas) es una rémora para el desarrollo burgués
tanto o más importante que las demás manifestaciones del atraso precapitalista.
(Servidumbre campesina, corporativismo artesanal, absolutismo político, etc.) En
consecuencia, la clase obrera debe apoyar resueltamente todas las luchas
nacionales, en la medida en que ellas aceleren la generalización del régimen
burgués (caso de Italia y Alemania) o contribuyan al quebrantamiento de los
baluartes reaccionarios opuestos a la revolución europea. (Polonia con relación
a Rusia; Irlanda respecto a Inglaterra)
Cumplida esta etapa necesaria del desenvolvimiento histórico, cesaba toda
solidaridad nacional. La clase trabajadora, como Jesús del Evangelio, podía
responder a la burguesía, cuando esta la requiriera para una alianza patriótica
contra otros pueblos o cuando la instara a confundir los intereses de la
comunidad con los del privilegio burgués: "¿Qué hay de común entre tú y yo?"
Como puede verse, el apoyo que Marx y Engels prestan a las nacionalidades
oprimidas o dispersas no se deduce de un abstracto "principio de las
nacionalidades" (según el cual cada nacionalidad tendría derecho a una vida
política independiente), ni de ninguna "idea eterna", llámese justicia, moral,
derecho o lo que sea. Se funda en el grado de la progresividad histórica que
representen las luchas nacionales, de acuerdo a una perspectiva orientada hacia
el establecimiento del régimen socialista.
Porque no toda nacionalidad irredenta contribuye, con su movimiento, al
movimiento progresivo de la historia humana. La tendencia del capitalismo no se
ejerce en el simple sentido de constituir naciones, sino de constituir grandes
naciones, es decir, núcleos históricamente viables capaces de suministrar un
mercado interno de suficiente envergadura y solidez a las fuerzas productivas de
expansión.
A partir del siglo XI, el crecimiento del mercado y el desarrollo de las
ciudades van multiplicando los vínculos regionales, primero, e interregionales,
después. Este proceso, sin embargo, no desemboca en una Europa unificada.
Cristaliza, por el contrario, en varios núcleos nacionales, que responden a
determinaciones geográficas, culturales y lingüísticas. Pero los elementos de
unidad cultural, geográfica y lingüística no son factores previos al proceso de
unidad nacional, sino al resultado histórico de dicho proceso. Esto significa
que, en realidad, las naciones clásicas de Europa occidental se plasman en el
curso de sucesivos aglutinamientos nacionales. Es lícito hablar, en este
sentido, de una nacionalidad española; y, simultáneamente –hasta cierto punto-,
de las nacionalidades castellana, catalana, gallega, leonesa, etc.
Basta con que imaginemos que por cualquier circunstancia histórica los núcleos
cultural, política y lingüísticamente diferenciados de la España cristiana
anterior al siglo XV hubiesen evolucionado hacia la fijación de sus diferencias
y su consolidación como Estados soberanos, para comprender de qué manera los
elementos constitutivos de la unidad nacional se van moldeando en el proceso
histórico mismo, sin preexistirlo.
De acuerdo a esto, la formación de las nacionalidades europeas resulta de una
selección histórico-natural en que tal lengua, tal país, tal monarquía –por
causas económicas, geopolíticas, militares- realiza su ciclo expansivo
incorporándose provincias y culturas afines, desplazando aquí, fusionando allá,
hasta tropezar con una frontera absoluta: la otra nación en desarrollo.
La índole de tales fronteras no responde a ningún determinismo del "factor"
cultural, político o geográfico. La geografía –en su significación humana- es
una variable y no una constante histórica.
El área lingüística es esencialmente móvil. En cuanto al poder político, resulta
de la situación total que lo condiciona.
La determinación histórica es aquí general. Se refiere al hecho de que el nivel
alcanzado por las fuerzas productivas en la época en que analizamos ha
sobrepasado la posibilidad del regionalismo económico sin llegar a una etapa que
permita la expansión continental homogénea. Por eso, la tendencia unificadora no
culmina en un vértice común sino en varios núcleos poderosos que serán los
Estados nacionales.
Pero en este proceso, ya sea por anomalías de desarrollo o por la marginación de
zonas retrasadas (España en cierto modo; Europa suroriental, etc.) quedan a un
lado las formaciones nacionales exiguas, cuya independencia política resulta
utópica a menos que, para lograrla y permanecer, se respalden en un poder
exterior y se conviertan en su instrumento. Las fuerzas más reaccionarias suelen
recurrir a esos pequeños nacionalismos para oponerlos a las nacionalidades
históricamente viables.
Tal es el caso, señalado repetidas veces por Marx y Engels, de las
nacionalidades eslavas meridionales, manipuladas por austríacos y rusos contra
los movimientos nacionales de Alemania y Hungría. Ni Marx ni Engels se sentían
solidarios con dichos nacionalismos, a los que combatieron sin contemplaciones
y, alguna vez, con injusticia.
Del mismo modo que rechazan elevar la nación a finalidad histórica suprema,
concibiéndola por el contrario, como una estructura histórica y socialmente
condicionada, Marx y Engels, ridiculizan el internacionalismo abstracto, el
punto de vista que prescinden de las determinaciones reales, para oponerles una
teórica fraternidad universal. Es ilustrativa al respecto la polémica con
Proudhon y sus adeptos, quienes dominaron en el movimiento obrero francés hasta
los tiempos de la Comuna. (1871) Proudhon opuso a la unidad italiana la idea de
una "libre federación" y combatió, entre otras, las reivindicaciones nacionales
del pueblo polaco. A mediados de 1866, la discusión se planteó ásperamente en el
seno de la Internacional. Polonia volvía a estar sobre el tapete, después de la
heroica aunque desgraciada insurrección de 1863. Marx y Engels defendieron, una
vez más, la causa de Polonia independiente. Veían en ella un baluarte
indispensable contra el absolutismo zarista, principal amenaza de la revolución
europea. Opinaban, además, que el triunfo de la revolución polaca comunicaría a
Rusia la guerra campesina, desmoronando los pilares del absolutismo. Por
consiguiente, se pronunciaban por el pleno apoyo a la independencia política de
Polonia, es decir, no subordinaban su defensa de la nación polaca al
establecimiento de un Estado socialista en Polonia, perspectiva en ese momento
utópica. Condicionar su apoyo a la victoria del socialismo en Polonia era, bajo
un disfraz de izquierda, un pésimo favor a la causa del proletariado socialista
europeo, cuya posición estratégica se fortalecería con el triunfo de una Polonia
democrático-burguesa enfrentada al zar. En este asunto Marx y Engels quedaron en
minoría durante el Congreso de la Internacional celebrado en Ginebra.
En medio de la polémica, aquel escribe a su amigo (junio de 1866):
"Los representantes de la ‘joven Francia’ (no obreros) se vinieron con el
anuncio de que todas las nacionalidades, y aun las naciones eran ‘prejuicios
anticuados’... Todo el que estorbe la cuestión "social" con las "supersticiones"
del viejo mundo es ‘reaccionario’. Los ingleses se rieron mucho cuando empecé mi
discurso diciendo que nuestro amigo Lafargue, etc., que había terminado con las
nacionalidades, nos había hablado en ‘francés’, esto es en un idioma que no
comprenden las nueve décimas partes del auditorio."
Y concluye con esta importante observación:
"también sugerí que por negación de las nacionalidades, él parecía entender muy
inconscientemente, su absorción en la nación francesa modelo."
En efecto, el antinacionalismo que los socialistas de las naciones opresoras
predican a los socialistas de las naciones oprimidas es la expresión negativa de
un mal disimulado chauvinismo.
A lo largo de este estudio, el lector echará de menos toda referencia a la
cuestión nacional en los países "de la periferia". Es que, en la época de Marx y
Engels, esto países aun no se habían incorporado como protagonistas en el
torrente de la historia universal. Marx y Engels confiaban en el triunfo del
socialismo en Europa antes de que la independencia de las colonias se pusiera a
la orden del día.
"Ud. me pregunta –escribe Engels a Kautsky en diciembre de 1882- lo que piensan
los obreros ingleses de la política colonial. Pues exactamente lo mismo que
piensan a cerca de la política en general: lo mismo que piensa un burgués. En mi
opinión... los países ocupados por población europea -Canadá, El Cabo,
Australia- se volverán todas independientes; en cambio, los países habitados por
población nativa... debe tomarlo el proletariado transitoriamente en sus manos y
conducirlos con toda la rapidez posible hacia la independencia... En la India,
quizás... estallará una revolución... Lo mismo podría ocurrir también en alguna
parte, por ejemplo en Argelia y Egipto; para nosotros sería por cierto lo
mejor... Una vez lograda la reorganización de Europa y Norteamérica, constituirá
un poder tan colosal y un ejemplo tal, que todos los países semicivilizados se
despertarán por si mismo... (Pero) el proletariado victorioso no puede impartir
ninguna bendición de ninguna clase a ninguna nación extranjera sin minar su
propia victoria." (2 bis)
*Burguesía y cuestión nacional" es el primer capítulo del texto de Jorge Enea
spilimbergo "La Cuestión Nacional en Marx", cuya primera edición es de 1962.
NOTAS
1 "La nueva clase que sustituye a la que se hallaba en el poder antes que ella,
se ve precisada, para llevar a cabo sus miras, a presentar sus intereses como si
fueran los de todos los miembros de la sociedad...
Sale a la liza, no como clase, sino como representante de una sociedad entera...
Y, realmente, en un principio, sus intereses están hermanados con los intereses
de todas las demás clases excluidas del poder. Eso no es óbice, sin embargo,
para que después, una vez en plena posesión del mismo, agudice y profundice
tanto más marcadamente el contraste entre los que mandan y los que no mandan,
cuanto más amplia haya sido esa base (de acuerdo)". Marx y Engels, Ideología
alemana, 1846.
1 bis "Lo que distingue a las épocas económicas unas de otras no es lo que se
hace sino el cómo se hace, con qué instrumentos de trabajos se hace. No son
solamente el barómetro indicador del desarrollo de las fuerzas de trabajo del
hombre, sino también el exponente de las condiciones sociales en que se
trabaja." (Marx, El Capital, t.I, pág. 149, Ed. Cártago, Buenos Aires, 1956)
2 "Las leyes mercantiles del capitalismo en ascenso exigen la eliminación de los
pequeños Estados, el aniquilamiento del sub-estatismo". Hay que unificar el
régimen aduanero, hacer de muchas legislaciones, una. Fuerza es que la burguesía
se afane por llevar a su máxima expresión el vigor y el poderío del Estado
nacional... De ahí que el capitalismo en ascenso no se limite a luchar por el
simple Estado nacional: busca, por el contrario, la creación de un gran Estado
nacional. Cuanto más populoso sea un dominio económico, más numerosas y amplias
serán las empresas productoras de mercancías. Como sabemos, la ampliación de una
empresa disminuye los costos y aumenta la productividad. Si los otros factores
no cambian, se extiende la división del trabajo, las comunicaciones mejoran,
etc. Es mucho más difícil conocer las condiciones del mercado extranjero que las
del propio." (Zinoviev, Las guerras nacionales en el siglo XIX)
(2 bis) Uno de los análisis más explícitos de Marx sobre la colonización
capitalista en los países de Oriente se encuentran en los artículos de la
Tribuna de Nueva York, aparecidos el 25 de junio y el 8 de agosto de 1853.
Explica en ellos la destrucción de la artesanía y la comunidad aldeana de la
India por obra del capitalismo británico cuyas mercancías –más que la ingerencia
burocrático-militar- "destruyeron hasta las raíces la unión de la agricultura y
manufactura." Marx pone de relieve el carácter implacable del proceso: "La
profunda hipocresía y la barbarie congénita de la civilización burguesa se
despliega con toda amplitud ante nuestros ojos, no bien nos apartamos de su
patria, donde asienta sus respetables lomos, para examinar las colonias, donde
se manifiesta con toda desnudez."
No obstante, agrega Marx, la indignación moral no debe obscurecernos el panorama
objetivo. Al destruir el sistema de la comuna rural con su manufactura
doméstica, el capitalismo destruye las bases seculares del régimen estático y su
despotismo político, produciendo, "en verdad, la única revolución social que
Asia jamás haya conocido." Marx interroga: "¿Puede la humanidad satisfacer sus
destinos, sin una revolución fundamental en el estado social de Asia? Si no lo
puede, entonces Inglaterra, cualesquiera hayan sido sus crímenes, resultó, al
realizar esta revolución el instrumento inconsciente de la historia".
Pero Marx avanza un paso más, todavía, y distingue dos momentos en la acción del
capitalismo inglés sobre la India. "Inglaterra debe cumplir en la india una
doble misión destructora y creadora: el aniquilamiento del antiguo orden social
asiático y la creación de las bases materiales para un orden social occidental
en Asia".
Como lo probó la experiencia histórica posterior, ni el capitalismo
librecambista ni, mucho menos, el capitalismo monopólico, cumplieron el segundo
papel y, en cuanto al primero, lo hicieron de una manera defectuosa y mezquina.
Más de una vez (hasta llegar a ser la norma) entrelazaron sus intereses con el
de las castas feudales reaccionarias. En todo caso, su influencia no se ejerció
en el sentido de echar las bases objetivas para un desarrollo "burgués
occidental".
Marx se equivocaba, pues, al formular el siguiente pronóstico:
"Cuanto la burguesía inglesa se vea obligada a hacer no producirá la liberación
de la masa del pueblo ni el mejoramiento de su situación social, que no depende
solamente del desarrollo de las fuerzas productivas, sino del grado de su
apropiación por el pueblo. Lo que de todas maneras, hará, es crear las
condiciones de su realización." No hay tal desarrollo de las fuerzas
productivas, sino deformación y subordinación económicas, como es sabido.
En la interpretación de la historia argentina, los teóricos marxistas vinculados
a la tradición liberal-unitaria, han hecho suya la expresada (y errónea) tesis
de Marx, para hacer coincidir "revolución burguesa" con burguesía comercial
porteña, aliada al capitalismo británico, el cual, por estar en su período
ascensional librecambista actuaba "progresivamente". Por contraste, la
resistencia federal del interior (cuyo fundamento económico era la protección de
las artesanías regionales) es descalificada como "pre-capitalista". Se presentan
las cosas como si el arrasamiento de tales artesanías hubiera sido el
prerrequisito para un efectivo desarrollo burgués. Es fácil advertir el
trasplante mecánico a las condiciones del Río de la Plata de las categorías
burguesía-feudalismo de la historia europea, aplicadas a la dialéctica
unitario-federal. El mismo Vivian Trías en su, por otra parte, notable ensayo El
imperialismo en el Río de la Plata, incurre en una simplificación semejante, al
sobrevalorar el progresismo burgués del partido Colorado batlista, subestimando,
correlativamente, la significación del nacionalismo herrerista.
Pero nuestro federalismo provinciano, como el de las masas rurales del partido
blanco oriental, aunque con raíces precapitalistas, ejerció una resistencia a
las aristocracias portuarias que no puede ser calificada de reaccionaria.
En efecto, aquellos movimientos tendían a asegurar condiciones de
autodeterminación y soberanía indispensables (esas sí) para un futuro
desenvolvimiento capitalista. Por el contrario, el burguesismo de los
patriciados portuarios era de carácter formal, desarrollaba ciertas
instituciones, cierto orden de relaciones propias de la sociedad burguesa, pero
no a la sociedad misma, sino su complemento colonial.
Ciertamente cuanto más postrada nuestras economías a la penetración británica,
más próspero se expandía el capitalismo europeo y el nivel de sus fuerzas
productivas. Pero, por eso mismo, más se retardaba la saturación histórica del
régimen que obtenía suplemento de desarrollos, a costa del nuestro.
Por otra parte, ¿cómo explicar que la tradición "precapitalista"
(nacional-democrática) subyace, como humus fecundo en nuestros movimientos de
masas contemporáneos, cuya filiación histórica es indiscutible? Si, en verdad,
el unitarismo y sus secuelas hubieran cumplido un papel revolucionario-burgués,
la tradición federal de masas se habría absorbido y desaparecido definitivamente
(como lo pretendía J. B. Justo) en el desarrollo de la nueva sociedad. Pero ni
el librecambismo clásico ni, mucho menos, la época imperialista, produjeron
semejante desarrollo. La vieja tradición pervive y se renueva sin solución de
continuidad, hasta desembocar en los modernos movimientos nacionales. Entronca,
críticamente superada, con su vanguardia natural: el proletariado.
Este vinculo de continuidad tiene un triple aspecto:
1) El carácter popular, de masas, de uno y de otro movimiento.
2) El carácter potencialmente burgués-nacional del federalismo por oposición al
burguesismo colonial (antiburgués) del unitarismo.
3) El papel de todo movimiento nacional, antiguo y moderno, como acelerador de
la saturación y crisis del capitalismo metropolitano.
(V., además, sobre la "agrarizacion" de las colonias asiáticas, El Capital, t.
I, Pág. 360 y sobre el saqueo colonial en relación con la acumulación primitiva
t. I, págs. 601 y 55. citamos ed. Cártago, Bs. As. 1956).
En consonancia con lo expresado al principio de esta nota, escribe Trotsky: "En
la medida en que Marx y Engels pensaban que la revolución socialista en los
países civilizados por lo menos, era un asunto de los años próximos, los
problemas de la colonia estaban resueltos para ellos, no como resultado de un
movimiento autónomo de los pueblos oprimidos, sino como consecuencia de la
victoria del proletariado en las metrópolis del capitalismo... El mérito de
haber desarrollado la estrategia revolucionaria de los pueblos oprimidos recae
especialmente sobre Lenin." (L. Trotsky, A 90 años del Manifiesto)
3 Para la izquierda nacional, el nacionalismo
oligárquico, reserva su indignación mas florida y elocuente, pues ha
"descubierto" que la izquierda nacional (es decir, el marxismo argentino)
especula "demagógicamente" con las banderas nacionales de nuestra revolución.
Fuera de que el marxismo se complace en abandonar a los señores nacionalistas el
honor del patriotismo "argentino" –pues ni es, ni aspira a ser, ni se siente, ni
admite que se lo considere argentino sino latinoamericano-, conviene examinar el
argumento acusatorio que, en suma, se reduce a lo siguiente; que los marxistas
argentinos asumimos las banderas nacionales en función de la lucha general por
el socialismo y no incondicionalmente. Lo cual es cierto salvo el que lo
ocultemos.
[Texto enviado por Fernando Lavallén]
1945-1965:
Citación nacional y actuación revolucionaria de las masas *
Por John William Cooke
En el año 1945, los bárbaros invadieron el reducto de la democracia para
esquistos, distorsionaron todas las relaciones sociales, desmontaron los cómodos
engranajes del comercio ultramarino y para colmo, se mofaron de las estatuas y
cenotafios con que la oligarquía gusta perpetuarse en el mármol y en el bronce.
El 17 de octubre era algo tan nuevo, que rápidamente lo redujeron a su verdadero
valor: era una especie de congregación de papanatas, delincuentes o como decían
los cultos de la izquierda oficial, lumpen proletariado, arriados por la policía
en una especie de carnaval siniestro. Lógicamente el 24 de febrero, cuando se
reunieron todos los partidos políticos, los que tenían todos los votos, el
candidato imposible como llamaban a Perón, no tenía otra perspectiva que la de
conseguir algunos votos de esos elementos marginados.
La verdad es que los dueños de todos los votos perdieron, en lugar de unos pocos
sufragios de la canalla, la canalla sacó más sufragios que todos los partidos
juntos desde la izquierda a la derecha.
Inmediatamente los teóricos buscaron explicación y lo plantearon como un
episodio de la lucha de nazis y antinazis dentro de su característica habitual
de trasladar a escala nacional los problemas universales. Pero por detrás de
todas esas explicaciones, en el fondo del subconsciente les baila la hipótesis
de que había sido cuestión de magia negra.
Pero en todo esto había algo más que mala fe, había la incapacidad de la clase
dirigente argentina para comprender un fenómeno que no cabía dentro de las
formas conceptuales del liberalismo tradicional
Ese ostracismo de las clases dirigentes debió haber sido definitivo. Solamente
duró 10 años, y sobre el perjurio de algunas espadas se restableció el régimen y
resolvió aplicar sus tesis. Los juristas de almas heladas inventaban decretos de
desnazificación y crearon maravillas de la juricidad como el 4161 famoso,
mientras los intelectuales inventaban teorías que iban, desde la tesis de que
constituíamos una acumulación multitudinaria de abribocas encandilados por
métodos de propaganda totalitaria hasta la distinción sociológica entre masa y
pueblo, la masa como algo informe, innoble, indiferenciada; y el pueblo, para
decir una palabra, constituido por gente que votaba al radicalismo, a los
conservadores o a los socialistas. Hasta monseñor Plaza, el conocido clérigo
financista del Banco Popular, anunció que la epidemia de poliomelitis que
padecían los niños argentinos era el castigo de Dios por el extravía del
peronismo.
Nosotros dijimos: soberanía política, independencia económica y justicia social.
Pero si para esos objetivos aplicamos métodos que eran adecuados a una realidad
de hace 20 años, la inoperancia de los métodos desvirtúa y desmiente la
fidelidad a los objetivos. Esa manera burocrática de conseguir las cosas, no es
ortodoxia peronista, es apenas oficialismo peronista. Una teoría política que
refiere a una realidad debe cambiar con esa realidad. Le reprochábamos
casualmente a la ideología liberal que las ideas eran universales y tanto valían
para EEUU, África o Francia, y que tanto valían en la época ascendente de la
burguesía como en la época de la expansión imperialista sobre las zonas
subdesarrolladas de la tierra y lo que nosotros negamos en 1945, lo que negamos
de toda esa superestructura ideológica implantada sobre una triste realidad del
país, así como negamos los mitos de la historiografía mitrista y a los
presupuestos de la Constitución de 1853, de la misma manera, para ser fieles con
esa negativa y toda Revolución, debe ser primero rechazo si después quiere ser
afirmación, fieles a esa negativa debemos también cuestionar dentro de nuestro
bagaje ideológico todo aquello ya perimido por el tiempo, por los hechos y por
el fluir de la historia nacional e internacional.
Moreno, Dorrego o Rosas... han merecido nuestra admiración y nos sentimos
identificados con ellos en cuanto a defensores de la soberanía, en cuanto a
actores de la lucha independentista, a nadie se le ocurriría, sin embargo, ir a
repetir el plan de ninguno de ellos, pero en ese tiempo histórico presente de
las revoluciones de los pueblos y los levantamientos de los continentes, tanto
da estar atrasados 20 años como estarlo 100 o 140.
Nosotros postulamos la defensa y la continuidad de la tradición, el pensamiento
conservador es partidario del tradicionalismo, es decir, de la fijación de
categorías que alguna vez fueron, la época de la montonera no era para ellos la
dinámica de las luchas de las masas argentinas en sus etapas de ascenso, sino
que es el reflejo, la época de oro para una utópica restauración del fijismo de
la estancia rosista.
Por eso, en el año 45, a pesar de la crítica que hizo el nacionalismo de derecha
al régimen liberal y la historiografía mitrista, pronto nuestros caminos nos
separaron, porque donde ellos todavía soñaban con la vuelta a la tierra, y se
veían caudillos de gauchos sometidos a la elite de la aristocracia de la que
formaban parte, nosotros veíamos el gaucho de carne y hueso transformado en
cabecita negra, obrero y que buscaba conducción sindical, orientación para sus
luchas, conquistas políticas, líderes de las masas.
Hay miles y miles de hombres que sólo conocieron la derrota, pero lo que no
conocieron fue el deshonor.
En el año 1945 Perón planteó perfectamente el problema nacional, acá hay una
frase clave y que él de una manera o de otra la ha repetido siempre: "Cien años
de explotación interna e internacional han creado un fuerte sentimiento
libertario en el espíritu de las masas populares".
La izquierda inclusive no la entendió. Posiblemente si Perón en vez de decir
frase tan sencilla hubiese dicho: La dialéctica de la lucha de clases internas,
en relación con la liberación de los pueblos semicoloniales en la época de la
expansión financiera del imperialismo, se conjuga en una unidad dialéctica
dentro de las coordenadas de la economía y de la historia mundial. Si lo hubiese
dicho así, de esa forma, la izquierda tal vez lo hubiese reconocido como un
hombre genial.
La lucha de clases estaba agudizada pero el régimen peronista seguía planteando
el problema del país, como si todavía existiese el frente policlasista
antiimperialista del año 1945, con Perón como Gral en Jefe, y ese frente ya
estaba desintegrado. La parte marginal de ciertos sectores de la burguesía media
y alta se fueron retirando rápidamente, de la pequeña burguesía, algunos
movilizados por el problema religioso, otros por diversos factores coyunturales,
expuestos como están a los factores propagandísticos de la burguesía,
rápidamente abandonaron este frente popular, y entonces, así se explica no
solamente la caída del peronismo, sino la forma en que cayó, porque la única
fuerza real con que contaba el peronismo a esa altura de los acontecimientos era
la clase obrera.
No es insólito que esto ocurra, lo insólito es que si bien el general Lucero es
lógico que creyera en la palabra de honor de sus camaradas, qué diablos tenía
que depender de la fuerza de la clase trabajadora de la palabra de honor de
ningún militar, si la única fuerza real con que contaba eran sus propios puño y
su propia fuerza. Y aunque el peronismo no era un régimen del proletariado,
tampoco era la dictadura de la burguesía.
Sin embargo había donde pudo haberse planteado todo eso, eso era el partido,
pero lo que ocurre es que también el partido y la administración y gran parte
del sindicalismo sufrieron un proceso de burocratización, y ahí donde debía
haber sido el campo de desarrollo ideológico se transformó en una esclerotizada
estructura burocrática donde cualquier recomendado por el mismo podía ir de
gerente de una empresa, como interventor del partido. Se identificaron las
tareas administrativas con las tareas políticas y lógicamente en estos casos se
produce una cierta degeneración: cualquier burócrata firma un decreto y cree que
ha contribuido a la grandeza de la nación, dice tres palabras de obsecuentes y
cree que es artífice del triunfo peronista, murmura una arenga patriótica y cree
que la República le está en deuda. El mal proceso de selección determinó que
ante esa coyuntura a que me estoy refiriendo, el salto cualitativo no podía ser
tomado como medida técnica, debía haber sido tomado desde el punto de vista de
la media política.
Se produce por consecuencia un enfrentamiento con una tremenda coalición interna
e internacional, en la que el peronismo actuaba como si contase, como en el caso
de un general que creyese que tiene determinadas divisiones que están en el
campo adversario y no en el campo de él, y todos los lamentos póstumos sobre las
milicias obreras, para mí son simples especulaciones fantasiosas. Porque no se
puede armar la clase trabajadora para que defiende a su régimen y al otro día
decirle: Bueno m’hijo, devuelva las armas y vaya a producir plusvalía para el
patrón.
La milicia obrera y la defensa del régimen implicaba los cambios sociales,
cuando se quiso formar ya era tarde, porque el régimen se vio entre la
contradicción de que el paso de su respaldo militar a un respaldo compartido por
la clase obrera armada, hubiese significado perder ese aparato militar, y en ese
desajuste hubiese caído irreversiblemente.
El régimen fue vendido el 16 de julio, porque casualmente Perón proclamó que era
el presidente de todos los argentinos, en ese momento no era más el presidente
de la clase obrera, nadie más lo reconocía. Entonces, siguió pidiendo la
pacificación como la había pedido en el ’52, creyendo que le acababan de dar el
último golpe a la contrarrevolucionario, y lo que acababan de dar el primero, un
golpe prematuro de una coalición de fuerzas que seguía inconmovible.
(...) Se podría seguir todo el tiempo con esta clase de cosas. El senador Fassi
dice que la URSS es fascista y que el régimen de Fidel Castro es imperialista, y
podría acumular así disparates constantemente.
Es un problema mucho más serio, eso no depende de Illia ni de Onganía ni de
nadie. Depende de determinadas estructuras que no pueden permitir el acceso del
peronismo, y que cuando lo permitan será porque el peronismo no será la
expresión política de los trabajadores.
Todo lo demás pertenece al mundo de la magia, al mundo del milagrerismo, en el
fondo se reduce a lo siguiente: Que se arme un bochinche y pase no se sabe qué y
como consecuencia de eso aparezcamos no sé como en el gobierno sin darse cuenta
de que el hecho que yo diga que el régimen está en crisis, en descomposición, no
significa que el régimen cae, porque sólo no va a caer, hay que voltearlo,
porque una situación histórica así puede durar cualquier cantidad de años.
Cualquiera que hayan sido los factores que hayan intervenido, que en todas
partes no fueron lo mimo, el hecho concreto es que en el momento, para lo que yo
llamo una alta conducción burocrática, plantearse el problema de su mito, lo que
había que plantear llenándolo de su verdadero significado y no como hacen con
Perón, que es como Sócrates, que le dan la interpretación que quieren, entonces
todos proclaman una adhesión abstracta que parece que es la más obsecuente y el
máximo de fidelidad y la verdad es que es la mayor falta de respeto.
En el fondo todo radica en lo mismo, como en el año 1945 el pueblo y las fuerzas
armadas marcharon juntos en una etapa de la historia, una vez que se despejen
los malentendidos que siembran los malvados, nos volveremos a juntar -¡nunca más
nos volveremos a juntar!- En primer lugar porque en 1945 eso de pueblo y
ejército fue una verdad a medias. Al fin y al cabo el 9 de octubre a Perón lo
echó el Ejército. Lo que pasa es que como en aquel entonces el balance, el
equilibrio de fuerzas internas de las FFAA era muy parejo, la irrupción del
movimiento de masas fue suficiente para volcar de nuevo la balanza a favor de
Perón. Pero ese ejército ya lo perdimos. Porque ese nos acompañaba en el
industrialismo, en la lucha antiimperialista, en una serie de cosas, pero no en
el contenido social ni en el avance social que representaba, no el la subversión
de las jerarquías. Por eso que mientras unos se levantaron contra el peronismo
en septiembre, otros pelearon con bastante desgano y esto corresponde sí a un
estado de espíritu, a un estado de conciencia, pero siquiera esos estaban
formados en un cierto repertorio mínimo de ideas nacionalistas.
Por otra parte, cuando nos disolvamos como peronistas, si es que nos disolvemos
como peronismo, es porque otra fuerza representará el papel revolucionario que
representa en este momento al peronismo.
La revolución social entonces no es un orden ideal fijado porque nosotros lo
consideramos que es el que preferimos con respecto a otro, es una necesidad
técnica, como necesidad económica y como necesidad del país para realizarse como
integridad nacional, es una tarea nacional postergada, exige ese pre-requisito
de la revolución social, así que cuando nosotros decimos el régimen burgués no
da más, estamos diciendo no una preferencia, porque aunque el régimen burgués
fuera capaz de desarrollarse yo igual estaría en contra, pero al mismo tiempo
eso no quitaría que pudiese el país recorrer etapas dentro de él, pero ahora lo
que yo opine o no opine no tiene importancia, lo que tiene importancia es si los
análisis son correctos y si los análisis tal como yo los he planteado son
exactos, entonces hay que replantearse una nueva visión del país, una
correspondencia entre las luchas del pueblo que son sacrificadas, que son
abnegadas y que ya vienen desde hace 10 años, y una estrategia de poder. A nadie
se le pide que nos ponga en el poder mañana ni pasado.
Se les pide que nos encaminemos al poder, que no nos encaminemos a la
disgregación, que no nos encaminemos a la esterilidad histórica. Lógicamente
como yo hago estas críticas, comprendo que puedan hacer otras, pero siempre
desde la lucha. La primera condición para criticar el combate, es estar en el
combate.
Estamos en un equilibrio: el régimen que no tiene fuerza para
institucionalizarse pero sí para mantenerse mientras el peronismo y la masa
popular y otras fuerzas tiene suficiente potencia para no dejarse
institucionalizar, pero no para cambiarlo. ¿Quién tiene que romper ese
equilibrio? Nosotros; a la burguesía con durar le basta.
*Fragmento de "Apuntes para la militancia" de John W:
Cooke (1964). Digitalizado por Diego Burd 2004.
Fuente: www.marxists.org/espanol/cooke/apuntes.htm
El
revisionismo de izquierda
Por Juan José Hernández Arregui
[Del libro La formación de la conciencia nacional]
Entre los representantes de la izquierda nacional no incorporados al peronismo,
que surgen a la vida política en los alrededores de 1945, debe citarse al más
influyente: Jorge Abelardo Ramos.
"La palabra ‘política’ –según Wilhem Bauer- comparte en alemán con la palara
‘historia’, el doble sentido de una significación objetiva y otra subjetiva, en
cuanto se quiere entender con ella no sólo la teoría de la acción política, sino
la acción política misma". Y esto es la obra de Jorge A. Ramos. El pensamiento
histórico-político de Ramos está expuesto en su obra más elaborada. Revolución y
Contrarrevolución en la Argentina (Las masas en nuestra historia). (1)
En este libro, la historia escrita de la oligarquía es desenmascarada en su
esencia ensangrentada por los valores de la Bolsa portuaria, afirmada en la
barbarie política de la clase dominante y orientada por el interés extranjero.
El libro, en su doble acorde histórico y político está vertebrado sobre una idea
fundamental: sólo los personajes de nuestra historia que se han apoyado en las
masas y en su voluntad histórica de ser, han representado tendencias sociales
auténticas. La aplicación metodológica de esta tesis marxista da por resultado
una reconstrucción donde el pasado y el presente argentinos se ensamblan en la
orgánica continuidad de los hechos colectivos de la historia nacional. Actividad
colectiva revolucionaria, o constante histórica, que Jorge Abelardo Ramos sigue
y analiza desde las alturas de la Argentina actual y no desde las abstracciones
secas de una historia oficial fraudulenta. Por eso, la clave del libro de Ramos
está en sus propias palabras: "La historia es prisionera de la política".
El método y la documentación
Jorge Abelardo Ramos no maneja una documentación inédita. Esto podrá ser un
defecto, pero al mismo tiempo prueba, por contraste, la insignificancia de la
mayoría de nuestros historiadores profesionales. No parece preocuparle mucho, en
efecto, la técnica heurística, -esa técnica que hace creer a los trotapapeles
melancólicos que hacen historia cuando en realidad son archivistas- pero en
cambio, la documentación edita utilizada, es en cierto modo nueva, pues ha sido
exhumada de libros que la oligarquía ha radiado de la circulación, o bien es
recreada por la originalidad interpretativa de Ramos, a lo cual contribuye tanto
la fuerza literaria del autor como el método marxista que hace de soporte
teórico.
Comienza Ramos, estableciendo las relaciones entre las ideas emancipadoras de
Mayo y el liberalismo español de los siglos XVIII y XIX, tanto como la
diferencia entre las dos Españas. La tesis sobre la influencia liberal hispánica
no es nueva, pero sí verdadera.
Ramos presenta la sucesión de hechos y personajes que en las historias oficiales
aparecen determinados por azares psicológicos, sujetos al matraz invisible de
los vastos y lentos procesos de la economía internacional. En este marco, los
actores adquieren vida y se esclarecen a sí mismo en sus motivaciones de clase,
al encajar dentro de los fenómenos colectivos, bases de toda explicación
racional de la historia. El hecho central de nuestra historia –para Ramos- es el
conflicto entre el interior mediterráneo empobrecido, el litoral ganadero
indeciso entre el país y Buenos Aires, y en definitiva, en permanente compromiso
con la aduana de la ciudad puerto. De estos antagonismos surge el primer plano
político, el triunfo de la oligarquía portuaria, unitaria, primero, liberal
después y finalmente apartida. Todo esto sobre el trasfondo de una voluntad
desdibujada e inflexible: Inglaterra.
Mediante este entrecruzamiento de los factores económicos, de la política
nacional e internacional y de los procesos ideológicos derivados de las
condiciones materiales de la vida histórica argentina, Ramos, que nunca pierde
de vista la reciprocidad múltiple e interrelacionada de los factores históricos,
indaga las causas del drama nacional. Liberado de esquematismos escolares –con
lo cual le hace un favor al marxismo servido en la Argentina por intérpretes
dogmáticos o incultos- señala correctamente el papel defensivo frente a lo
extranjero, jugado por determinadas tradiciones culturales colectivas. Así por
ejemplo, destaca el papel ideológico de la religión –aunque la Iglesia sea
históricamente reaccionaria- y que en ciertas condiciones puede coincidir en los
países atrasados con las luchas de las masas por la liberación nacional.
Refiriéndose a esta especie de patriarcalismo bíblico corporizado en el siglo
XIX por Facundo Quiroga o el Chacho, dirá Ramos: "No había por entonces otra
defensa ideológica viable para las grandes masas". Juicio que prueba tanto la
fecundidad del marxismo como la inoperancia de la mayoría de los historiadores
adscriptos a esta concepción de la historia y que en lugar de materialismo
histórico han hecho liberalismo mitrista con espeluznantes citas de Marx y
Engels. "Resulta evidente –agrega más adelante- la naturaleza social de este
reflejo defensivo (la religión). El desenvolvimiento de las revoluciones
nacionales enfrentará luego a la Iglesia Romana con las masas. Así ocurrió en la
Alemania de Bismarck, en la Italia de Cavour, en la Argentina de Roca y de
Perón". Son también válidas las reflexiones del autor sobre el papel nacional
positivo cumplido con relación al Paraguay, en un determinado momento histórico,
por las misiones jesuíticas. Y en el orden inverso, es decir en otra situación
histórica, también es justa la valoración del nacionalismo católico en la
Argentina, en la que se desgaja el fruto reaccionario de esta corriente
ideológica convertida por sus supuestos teóricos conservadores, en un
instrumento del imperialismo destinado a obstaculizar y confundir la verdadera
lucha de las masas democráticas por la liberación nacional y latinoamericana.
Rosas, Mitre, Roca
La figura de Rosas, pivote de nuestra historia, es enfocada en sus orígenes y
consecuencias históricas. Tal visión, ajena al odio liberal y a la apologética
católica, devuelve sus dimensiones a esta personalidad histórica.
Lo mismo puede decirse del boceto nuevo –aunque puede citarse el valioso
antecedente de Luis Franco- que hace del general Paz. Las páginas más brillantes
del trabajo apuntan a la destrucción de un trágico mito histórico: Mitre. Una
documentación que los historiadores marxistas han rehuido u oscurecido, le
permite a Ramos presentar a Mitre como la figura antinacional por excelencia,
negador del federalismo, campeón del separatismo y encarnación de la política
impuesta por el imperialismo, con su resultado, la conformación colonial del
país. Lo mismo puede decirse del enjuiciamiento de la guerra con el Paraguay,
conducida por Mitre al servicio del interés británico y en beneficio del Brasil.
La tesis, algo estrepitosa del autor, está en su reivindicación del general
Julio A. Roca, en quien ve la personificación, con relación a un período
histórico complejo y mal estudiado o deformado por los intereses del presente,
del federalismo popular, que en diverso sentido encarnaron Rosas y los
caudillos, opuestos estos últimos, al poder de Buenos Aires. Roca habría sido
una especie de fórmula transaccional entre el país y la ciudad puerto obligada a
conceder parte de su hegemonía ante el peso político y militar de las
provincias. De esta corriente nacional –en parte representada también por
Sarmiento, de quien hace Ramos un retrato exultante de vida- y a través de
Adolfo Alsina surgirá el radicalismo de Alem, Irigoyen y Aristóbulo del Valle.
Pero si esta tesis es renovadora, al mismo tiempo, desde el punto de vista
documental, es la más débil. Es visible el esfuerzo intelectual de Ramos. Sus
razonamientos se apoyan en documentos fragmentarios, y en todo caso, rebatibles.
Puede aceptarse que dentro de la oligarquía nacional en formación, Roca
representó su tendencia más argentina. No es que Ramos ignore la dificultad del
planteo: "A esta ideología nacional del roquismo le faltaba la base material
para el desarrollo técnico". Y en esto reside, justamente, la dificultad de la
tesis. La historia es lo que fue, no lo que pudo ser. El hecho que, pese al "nacionalismo" provinciano que representó, Roca no haya podido quebrar la
política de la oligarquía portuaria, demostraría más bien, que las condiciones
objetivas –Buenos Aires- eran superiores a la voluntad nacional de las
provincias. Como dicen los ingleses: "La prueba del pudding consiste en
comerlo". Y ramos deja el pastel en la bandeja. Es decir, arriba a una
conclusión sin pruebas.
De cualquier modo, después de Jorge A. Ramos, Roca aparece bajo una nueva luz y
nos parece bien orientada la revisión que inicia de esta importante figura, a la
que vincula, en la continuidad del suceder histórico, con Irigoyen y Perón. El
pensamiento de Ramos puede resumirse así: "La ideología nacionalista
democrática, que representaba un nacionalismo posible, una forma de adaptación a
la situación general del país y del mundo, fue sustituida por un liberalismo
económico ruinoso que debía resultar funesto para el futuro argentino". De este
modo, la brillante tesis, reparte su mérito entre el talento del autor y la
astucia del abogado, más interesado en su causa que en la verdad.
Nuestra crítica consiste en lo siguiente. A raíz de la política nacional de Roca
–y a pesar de él mismo y de la línea progresista que representaba en el orden
ideológico- la oligarquía portuaria derrotada política y militarmente por Roca,
en realidad heredó un país más vasto. La explotación oligarco-imperialista, a
raíz de la unificación del país por Roca, se hizo posible en escala nacional,
pero al mismo tiempo quedaron creadas las bases –y ésta sería la inesperada
consecuencia positiva del roquismo- de la lucha por la liberación también en
escala nacional. La sustentación popular y nacional del roquismo, terminó
efectivamente por diversos imbricamientos y ramificaciones, nada uniformes de
las tendencias económicas y políticas de las épocas, en el yrigoyenismo y en el
peronismo, pero con un sentido nacional enteramente distinto. Roca, en última
instancia, fue absorbido por la oligarquía y nunca dejó de ser su representante.
Incluso como gran propietario de tierras. Por eso tiene en el corazón de la
ciudad-puerto una horrible estatua. La final conciliación de Roca y Mitre tiende
a confirmar este destino de Roca. Pero en su estado actual, después de Jorge A.
Ramos, Roca es una de las figuras de la historia nacional que exige revisión por
encima de las disonancias liberales y católicas.(2)
Polemista de garra, los acontecimientos posteriores a 1930 son narrados por
Jorge A. Ramos con un estilo directo que transporta al lector a las zonas
cálidas de la historia real. El P. Socialista es vivisecado en su esencia
reaccionaria pro-imperialista, y Ramos, con una documentación irrefutable,
denuncia las tácticas del P. Comunista como un conjunto de desastres organizados
en beneficio de las fuerzas antinacionales.
Al abordar el estudio del poder militar en la Argentina –al margen de los
esquematismos de "nazismo" o "antinazismo" caros a los pelucones de la
pequeñoburguesía intelectual horrorizados frente a la irrupción de las masas
proletarias en la historia– Ramos reivindica la función nacional del Ejército
Argentino que, en 1943, cumplió una tarea histórica liberadora. El capítulo
dedicado al peronismo, es el primer análisis serio de este gran proceso
histórico colectivo: "Si el radicalismo había muerto con Irigoyen –escribe-
volviéndose un partido antinacional, y si los partidos "obreros" habían
abandonado los intereses del proletariado para aliarse con la oligarquía, las
masas tendieron oscuramente a expresarse a través de un hombre para actuar
políticamente. La hora de formar el propio partido no había sonado todavía, pero
había llegado el tiempo de que la clase trabajadora ingresase a la política
argentina. No lo hacía sola, integraba un frente nacional antiimperialista. La
significación histórica de este acontecimiento quedó oscurecida por las
consecuencias del triunfo y por el desarrollo ulterior del régimen bonapartista.
Pero es inequívoca al más breve examen. A diferencia del escéptico profeta
europeo, el pueblo argentino no entraba al porvenir retrocediendo".
Reafirma Ramos el carácter progresista del régimen, tanto como de las fuerzas
económicas –la industria- que representó objetivamente, sin que esas fuerzas
tuvieran conciencia del significado histórico de Perón. Este hecho, entre otros
factores, creó las condiciones, según la tesis de Ramos, del régimen
bonapartista en el sentido formulado por F. Engels pero que el autor toma de la
versión de Trotsky: "Una semidictadura según el modelo bonapartista conforma los
principales intereses de la burguesía, aun en oposición a la burguesía misma,
pero no le deja ninguna participación en el control de los negocios. Por otra
parte, la dictadura se ve obligada en contra de su voluntad a adoptar los
intereses materiales de la burguesía! (F. Engels.)
La tesis del "régimen bonapartista", aplicada a Perón –y empobrecida con
bastante posterioridad por Rodolfo Ghioldi- ha sido utilizada por primera vez en
la Argentina por Jorge A. Ramos. Se funda en un célebre pasaje de una carta de
Engels, pero en realidad, el concepto de "bonapartismo" pertenece al propio
Marx. Engels la resumió en un concepto metodológico general y, en cierto modo,
la esquematizó en exceso. Según Engels, el régimen bonapartista consiste en que
objetivamente representa los intereses materiales de la burguesía sin darle
participación en el poder político efectivo, tomando el Estado la dirección de
los negocios, sin que por eso el Estado deje de representar a la burguesía. Este
rasgo del régimen bonapartista, permítele hacer concesiones a las otras clases.
Tal oportunismo político, explica las vacilaciones de estos gobiernos, en los
momentos críticos, entre la revolución y el orden conservador que en la opción
se resuelve en el último sentido.
Pero el concepto de "bonapartismo", no se puede usar rígidamente con relación a
situaciones distintas sin introducir importantes salvedades. El mismo Marx lo
aplicó a una situación histórica diferente a la mentada por Engels. El "bonapartismo" deriva de un trabajo de Marx sobre el sobrino de Napoleón I, Luis
Bonaparte, sobrenombrado "Napoleón el Pequeño", por Víctor Hugo., apodo aceptado
por Marx. El concepto de "bonapartismo", como categoría histórica, es en tal
sentido general, aplicable al régimen de Perón. Pero en su sentido particular,
exige fundamentales aclaraciones. Marx, justamente, usó el concepto, en un
sentido particular, como correspondía. Por eso, la aplicación del concepto
general, es insuficiente: 1°) Por tratarse de épocas distintas., 2°) Por ser
Francia, durante el siglo XIX un país capitalista avanzado y la Argentina
actual, un país semicolonial.
El concepto de "bonapartismo", como se ha dicho más arriba, fue reactualizado
por León Trotski, con relación a los países coloniales, pero en un sentido
bastante diferente al de Engels, de quien lo extrajo.
Es cierto, que ciertos rasgos del "régimen bonapartista", equilibrio por encima
de las clases, etc., permiten calificar al peronismo en tal forma. Pero Luis
Bonaparte, que con concesiones parciales a las diversas clases logró mantenerse
en el poder durante un largo período, en los hechos, se apoyaba en la clase más
reaccionaria, el campesinado francés. El mismo Marx ha revelado la esencia
particular del régimen de Luis Bonaparte: "La dinastía de Bonaparte no
representa al campesinado que pugna por salir de su condición social de vida,
determinada por la parcela, sino que, al contrario, quiere consolidarla; no a la
población campesina que con su propia energía y unida a las ciudades quiere
derribar al viejo orden, sino que, por el contrario, sombríamente retraída en
ese viejo orden, quiere verse salvada y preferida, en unión de su parcela, por
el espectro del imperio. No representa la ilustración sino la superstición del
campesino, no su juicio sino su prejuicio, no su porvenir sino su pasado, no su
Cévennes sino su moderna Vendeé". Y en otra parte, dice Marx: "Bonaparte
representaba la clase más numerosa de la sociedad francesa, la de los
cultivadores de parcelas".
El "bonapartismo" de Perón sólo relativamente puede ajustarse a la Argentina.
Tal bonapartismo, en su contenido particular, no fue reaccionario sino
revolucionario, conciliador a medias por su recostamiento en la clase
trabajadora y no en las clases altas –oligarquía terrateniente, burguesía
industrial naciente, campesinado chacarero- fuerzas que, en definitiva, nunca le
prestaron su apoyo, y en última instancia, resistieron al sistema en tanto el
proletariado permanecía fiel al mismo. De este modo es como Rodolfo Ghioldi,
luego de plagiar a Jorge A. Ramos, reduce, como siempre, el marxismo a groseras
depravaciones. El propio Engels, concibe, también en una aplicación particular
del concepto, formas del "bonapartismo" progresistas, no reaccionarias. Engels,
en efecto, estudió el contenido particular, no del régimen de Luis Bonaparte,
sino de la monarquía prusiana bonapartista. Y consideraba este "bonapartismo"
como un avance, con relación al feudalismo, en tanto sacrificó "a los junkers
como clase". Engels, sostenía que el bonapartismo fue la forma que adoptó la
revolución burguesa en Alemania. Pero la burguesía "paga su emancipación social,
gradualmente concedida, con la renuncia total a su propio poder político".
Los ejemplos de Marx y Engels, distintos entre sí, no responden al caso
argentino, más allá como se ha repetido, de la generalidad del concepto.
Otra de las críticas al régimen de Perón, formulada por J. A. Ramos –y por
curiosa coincidencia utilizada por Rodolfo Ghioldi- consiste en señalar que la
industria pesada fue postergada en beneficio de la liviana. Esta crítica pone
como ejemplo, de primera intención convincente, a Lenin, quien enfiló todo el
esfuerzo nacional ruso, después de 1917, hacia la consolidación de la industria
pesada, a pesar de los sacrificios cruentos pero necesarios, impuestos a la
población en su conjunto y particularmente al campesinado. Tal crítica es
también inaplicable a la Argentina. Se olvida que ya en Rusia, en la época de
los zares, existía una gran industria pesada. La situación no es la misma en un
país colonial, donde los gobiernos de orientación nacional se ven obligados a
luchar con medios legales contra la antigua clase de los grandes propietarios
territoriales, etc.
En tales países, la posibilidad de la industria pesada tiene por causas, o bien
necesidades militares, o bien el desarrollo desordenado de la industria liviana,
y generalmente, ambas causas se complementan.
Durante el gobierno de Perón, ese desarrollo, en un breve plazo de tiempo, fue
tan poderoso que creó la necesidad de la industria pesada en términos
perentorios. Esto explica que Perón se viese obligado a solucionar el problema
energético, particularmente, el del petróleo. Además, la idea de la industria
pesada había estado presente desde los comienzos del régimen, y a tales fines se
construyeron las gigantescas usinas de San Nicolás, actualmente controladas por
monopolios extranjeros, los diques, altos hornos, etc., medidas todas orientadas
en el sentido de fundar una siderurgia nacional. Esta crítica de la izquierda
pone los bueyes tras el carro. Fue esa inminencia de una industria pesada que
surgía en su momento justo, la que aceleró el golpe británico y la vuelta a la
antigua situación colonial en el orden financiero.
La industria ligera, o productora de artículos no durables, durante el último
gobierno de Perón, se convirtió en "causa" de la industria pesada. Sólo en una
sociedad colectivista, donde la producción está estrictamente planificada, es
posible –como lo prueba el caso de China moderna- el desarrollo de la industria
pesada con anterioridad a la liviana. En los países semicoloniales, el
desarrollo parece responder a una ley inversa. A raíz de hechos externos
–guerras mundiales, crisis, etc.- se desarrolla una industria ligera subsidiaria
de las necesidades no satisfechas por la importación. El caso del Japón, que
parecería contrariar esta regla, en verdad, la confirma. En la primera mitad del
siglo XX, cuando ingresa a la categoría de país industrial, ya Japón poseía una
importante industria artesana centralizada, hecho al que, además, debe
agregársele una evolución del imperialismo, por entonces en su etapa inicial de
desarrollo, y que no estaba por eso, en condiciones de estrangular el desarrollo
nacional nipón. Japón agrupó en empresas modernas las que ya existían y las
cimentó con una poderosa industria pesada, proceso al que contribuyó el mismo
régimen feudal militar que favoreció el esfuerzo nacional concentrado.
Tales las ideas críticas e históricas de Jorge Abelardo Ramos que ha realizado
la primera síntesis madurada de un revisionismo histórico de izquierda. Este
hecho no es casual. El libro de Ramos, es la consecuencia del desarrollo de las
ideas políticas en la Argentina, su florecimiento marxista, ni definitivo ni
irrefutable en los detalles, pero decisivo en la orientación futura del
pensamiento histórico argentino. Este remate marxista no rehuye las fuentes
antimarxistas, ni el aporte del revisionismo histórico nacionalista posterior a
1930.
No faltarán partidarios de esta última tendencia que señalarán lo que Ramos les
debe. Pero al formular tal juicio, callarán lo mucho que ellos, historiadores
nacionalistas, le adeuda al marxismo como método. En rigor, el esclarecimiento
económico de la historia nacional, cumplido por el revisionismo histórico
rosista –y especialmente por José María Rosa- despojado de su cáscara ideológica
ultramontana, ha sido una aplicación subrepticia y parcial de los supuestos
metodológicos del materialismo histórico. De este modo, las diversas tendencias
nacionales, condicionadas por la realidad histórica argentina que las supera a
todas, contribuyen a la verdad histórica al destruir desde la derecha y la
izquierda nacionales, la historia de los vencedores en Caseros. Queda como un
mérito de Jorge A. Ramos, haber formulado una interpretación histórico-política
de contenido nacional, de innegables consecuencias educativas.
Fuente: www.abelardoramos.com.ar/_doc/doc042.php
Prólogo
a la reedición del libro de Jorge Spilimbergo "La cuestión nacional en Marx"
Un justo reconocimiento: los aportes de la izquierda nacional
(2003)
Por Mario Casalla
En una época en que el facilismo, la comodidad y la fugacidad hacen estragos a
nivel del pensamiento, reeditar un libro publicado hace cuarenta años atrás
puede parecer una herejía in-comprensible. Y no lo es en este caso. Esta obra de
Jorge Enea Spilimbergo, El marxismo y la cuestión nacional, ha soportado el paso
del tiempo y –como lo buenos vinos- "mejora" con los años.
¿Por qué, se me preguntará de inmediato? No por cierto porque en el medio no
hayan pasado "cosas", ni porque los dos términos que se combinan en el título no
se hayan modificado con ese suceder, sino porque lo realmente novedoso fue
ponerlos en diálogo y renovar con ello buena parte de la tradición intelectual
argentina de mitad del siglo pasado.
"Marxismo" decía allí "cuestión social" y poner ésta en relación directa con la
"cuestión nacional", era un mérito que cosquilleaba entonces tanto por derecha
como por izquierda. El viejo nacionalismo argentino era conservador y
"patricio", por lo tanto la cuestión social no era su fuerte, su "anticomunismo"
siempre pudo más. Nunca comprendió del todo el drama popular que se jugaba en
ese gran escenario que era la patria y por eso muchas veces la confundió con la
geografía o con el idioma. Comprensión insuficiente que la privó de desarrollar
una teoría rigurosa de lo nacional que -sin lo popular- terminaba en la simple
inversión de los íconos liberales. En una guerra santa de fechas y de nombres
que agitaba "salones", pero no las calles.
Otro tanto le sucedía a la izquierda. Atravesada por un "internacionalismo"
abstracto y también fuertemente declamativo, lo nacional era una simple
"circunstancia" que nos apartaba de la contradicción principal. El error aquí se
invertía, si bien se prestaba atención a la "cuestión social", se lo hacía en
desmedro de la "cuestión nacional", a la cual se reputaba como nacionalismo o
fascismo. Craso error que –de haber leído mejor a Marx y conocer aunque más no
sea algo de Hegel- acaso se hubiera morigerado. No eliminado, pero sí al menos
morigerado.
Sin embargo no pudieron aquéllas derechas ni aquéllas izquierdas argentinas
tradicionales de los ’50 y los ’60, pensar esa relación ni mucho menos
practicarla. El peronismo los enfurecía como el trapo rojo al toro y gastaron
casi toda su energía en combatirlo, antes que en comprenderlo. O sea, mientras
esa conexión vital entre lo popular y lo nacional estaba ocurriendo delante de
sus narices, prefirieron tapárselas y mirar para otro lado. Desaprovecharon así
una posibilidad histórica y política excepcional, error que terminaron pagando
muy caro. El pueblo se les fue por otro lado cada vez que pudo decidir por sí
mismo.
Por cierto que el peronismo les daba "argumentos" de sobra para protestar de
aquí y de allá. Aquello no era ni un té de caballeros a las cinco de la tarde,
ni una vanguardia proletaria rebosante de luz y de saber. Les cuestionaba con su
práctica "guaranga" todos sus esquemas teóricos y procedieron exactamente al
revés de lo aconsejado: en vez de revisar sus teorías, negaron y vilipendiaron
la realidad. Por eso ambos vivieron el golpe militar de 1955 como una "gesta
libertadora" y se sintieron muy aliviados con Perón en el exilio y la
proscripción brutal de sus seguidores.
Estos últimos (para la derecha "chusma", para la izquierda "lumpen") debían ser
"reedu-cados" y en ese programa ya imposible volvieron a consumir las pocas
energías que les quedaban. Pero apenas ese pueblo pudo votar, volvió a darle las
espaldas. Eran, como dijo alguien, "incorregibles".
Sin embargo, terció en aquella batalla -por las ideas y por la comprensión de lo
popular- un tercer grupo de políticos e intelectuales que, a su manera, venían
también haciendo lo suyo. Era la "izquierda nacional", quién buscó unir aquello
que la derecha y la izquierda tradicionales mantenían divorciado, esto es: que
la cuestión nacional es ámbito inseparable de la cuestión social y que aquélla
es también cáscara vacía si no se la piensa en profunda conectividad con ésta.
Así de sencillo, pero así también de profundo y sugeridor.
Estaban al principio en diferentes partidos, más tarde convergieron el algunos
propios que entusiasta y valientemente fundaron y sostuvieron. Compitieron
naturalmente con el peronismo –como no podía ser de otra manera- pero lo
hicieron lealmente y de la misma vereda: del lado del pueblo y junto a él. La
mayor parte de las veces fueron sus aliados, pero con la precaución siempre de
conservar la propia identidad. Y esto, justo es también reconocerlo, no fue por
figuración sino antes bien, por resgua