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¿Quién es Jorge Enea Spilimbergo? (Parte 2)
Por Alberto J. Franzoia
2. Dos aportes teóricos de Spilimbergo:
Spilimbergo y su mirada alternativa sobre la Comunidad Organizada
En este mes de septiembre en el que se cumple un año de la desaparición del compañero Jorge Enea Spilimbergo, queremos ofrecer un humilde tributo recordando su muy interesante pero poco conocida tesis acerca de la "Comunidad Organizada" (1). Este trabajo encierra en su apretada redacción una riqueza teórica que consideramos oportuno evocar ya que, según nuestra visión, debería constituir un referente necesario para revisar nuestra historia popular. Cercana la fecha en que deberemos renovar parte del Poder Legislativo, cuando se escuchan voces que exigen decisiones políticas propias de una relación de fuerzas inexistente, a la vez que parecen no advertir los avances realizados por el gobierno de Kirchner contrariando la lógica neoliberal que imperó en nuestro país desde 1976, se impone analizar con el menor sectarismo posible y una cuota significativa de autocrítica algunas de las debilidades del campo nacional que no son nuevas.
En abril de 1989 (a cuarenta años de la presentación teórica pública de la Comunidad Organizada en el Congreso de Filosofía de Mendoza) durante el desarrollo del simposio-homenaje organizado por el gobierno de la Provincia de Buenos Aires, Spilimbergo expuso una particular mirada sobre este fundamental acontecimiento de nuestra historia (1). Separando la paja del trigo, claramente identificado con el apoyo al movimiento peronista pero si renunciar a la mayor rigurosidad posible, que es la única garantía para el triunfo de las ideas emanadas del campo nacional y popular, distinguió dos componentes con frecuencia confundidos de la comunidad organizada: su núcleo filosófico (idealizado), con un contenido atemporal y eurocéntrico por un lado; su núcleo dinámico y real, expresión de una concepción solidariamente nacional de la comunidad por otro.
El núcleo filosófico presenta debilidades innegables (que en muy pocas oportunidades han sido abordadas con la necesaria autocrítica) producto de una apoyatura equivocada en el pensamiento clásico griego que había sido gestado como consecuencia directa de reflexiones acaecidas durante la decadencia de la polis esclavista. Dice Spilimbergo al respecto:
"Cabe destacar que la construcción del discurso filosófico tiende a oscurecer antes que a fundamentar ese núcleo dinámico central, en tanto busca su anclaje en el pensamiento clásico griego y en una versión al menos arcaica de la tradición aristotélica-tomista."
"Así se invoca la definición platónica del "Estado de Justicia", donde cada clase ejercita sus funciones en servicio del todo y ejerce su 'virtud especial', educada en 'conformidad con su destino', sirviendo a la 'armonía del todo'".
"Destaquemos que el pensamiento clásico griego fue elaborado en el momento de crisis y decadencia de la polis esclavista, y al no poder concebir un pensamiento superador de ella es por esencia antihistórico."
Ese anclaje incorrecto en el que como el mismo Spilimbergo sostiene deben haber tenido mucho que ver los "ocasionales asesores del texto", es el que permite recurrir a una visión de las clases sociales que no guarda correspondencia con el comportamiento real de la oligarquía en los países de un capitalismo dependiente, cuyos intereses objetivos y su consecuente comportamiento político son contrarios a los de la comunidad nacional organizada. Por otra parte, y retomando una justificada preocupación de este foro (pero que sólo se manifiesta cuando se trata del marxismo), debemos sostener sin temores a ofender a los compañeros peronistas (ya que lo hacemos con el mayor respeto) que dicho anclaje filosófico tiene raíces claramente eurocéntricas, por lo que esta reflexión sobre la práctica del movimiento, carecía de correspondencia con lo que expresaba la realidad de dicha práctica.
La lucha de clases, que lejos de ser una premisa cargada de subjetividad resentida y violenta, es un fenómeno objetivo que emana de la estructura económica de las sociedades basadas en la explotación, y que en un país que lucha por liberarse de la dependencia capitalista adquiere manifestaciones descarnadas, y a su vez muy específicas, se presenta en la comunidad organizada, según Spilimbergo, en los siguientes términos:
"...la lucha de clases excluye toda posibilidad de virtud y de dignidad individual pues es, por esencia, abierta disolución de los elementos naturales de la comunidad."
Mucho tuvieron que ver en esta generalización antihistórica, y por tanto deformada de la realidad nacional, los sectores vinculados a un nacionalismo clerical (preconciliar) y oligárquico, que pretendía inhibir el desarrollo de una expresión teórica orgánica propia de la clase que constituía la columna vertebral del movimiento. Sostiene con meridiana claridad Spilimbergo:
"La ideología clerical medievalista y nacionalista-oligárquica pretendió suministrar para un problema moderno de un país moderno de relativo desarrollo burgués y con fuerte incidencia del movimiento obrero, una teoría paternalista y estamentaria del "equilibrio de clases", reaseguro estático ante desbordes socializantes de la base obrera del movimiento".
"Esta asfixia ideológica no sólo debilitó programáticamente al movimiento sino que, además, contribuyó a aislar a la clase trabajadora de otros sectores populares como la pequeña burguesía estudiantil, al privarla de un discurso articulador del frente nacional."
Tanto el Congreso de Mendoza como la labor académica en la Argentina durante la década peronista, estuvieron dominadas por esa concepción teórica antihistórica que le impedía al movimiento dar cuenta de sí mismo. De allí que los principales aportes favorecedores del desarrollo de una conciencia nacional haya que buscarlos en "intelectuales periféricos" como "Jauretche, Scalabrini Ortiz, Hernández Arregui, Jorge Abelardo Ramos, Rodolfo Puiggrós, John William Cooke sin acceso (salvo, circunstancialmente, Cooke y Arregui) a la cátedra universitaria".
"A nuestro juicio, ello se debe a la tensión interna entre esa fuerte y decisiva base obrera y el componente burgués del proyecto del ´45: un capitalismo autónomo (independencia económica) con apoyo popular (justicia social) destinado a compensar la debilidad orgánica e ideológica de la burguesía nacional argentina. Semejante bloqueo teórico no podía resolverse sino superando prácticamente la situación, o por la consolidación de una burguesía rectora, o por la trasgresión de los límites capitalistas del proyecto original. Ninguna de estas alternativas predominó".
Este planteo es medular, ya que un frente nacional siempre es policlasista en su constitución pero no puede serlo en su ideología. Las ideologías, independientemente de cómo se presenten a la consideración pública, no pueden tener un contenido policlasista real, pues son por definición las visiones de mundo que desarrollan cada una de las clases fundamentales de una sociedad. Por lo que sí el nacionalismo popular del frente no logra expresarse a través de la visión de una burguesía fuerte, necesariamente debe hacerlo mediante la clase obrera, o en su defecto sucumbir ante el bloque oligárquico-imperialista.
La historia posterior es muy conocida. En otras oportunidades hemos planteado en Reconquista Popular (2) la necesidad de reflexionar sobre esta limitación teórica y política que ha resultado fatal para la consolidación en el poder del bloque nacional y popular. ¿Cuál es entonces el componente fundamental de la comunidad organizada que resulta necesario retomar? Por cierto no su núcleo filosófico, expresión de una perspectiva estática, eurocéntrica e idealista de la historia, sino su núcleo concreto y, por lo tanto, nacional, que se manifestó dialécticamente en la consigna "alpargatas o libros". Spilimbergo sostiene que esa dialéctica expresaba:
"(1) La autoreivindicación como sujeto histórico activo de la mujer y el hombre obligados a la alpargata, socialmente preteridos. (2)Su exigencia de zapatos para ellos y sus niños, muchas veces descalzos. (3)Su aspiración a que sus hijos tuviesen acceso a la alfabetización, la enseñanza media y aún superior, privilegios los dos últimos de minorías. (4)La impugnación de los libros (la ideología liberal-imperialista, formulada como razón universal) que enseñaba como "natural", platónicamente "justo", el orden que condenaba a las alpargatas, el hambre y la ignorancia a la inmensa mayoría. (5)La decisión superadora y culturalmente genética de cambiar ese orden".
"Era, pues, dicha consigna, la expresión vigorosa y primaria de un hecho cultural fundador: la nueva relación de fuerzas creada por el ascenso de los trabajadores al primer plano de la vida política".
Efectivamente esa unidad de contrarios expresada con la simpleza de la sabiduría popular, sintetiza el núcleo fundante de la nueva Argentina, que como bien señala Spilimbergo, era la expresión de una relación de fuerzas que se había modificado. La filosofía que intentó dar cuenta de este nuevo fenómeno sólo sirvió para ocultarlo, aislando a la clase obrera de otros componentes esenciales del campo popular (como las capas medias) y obstaculizando a su vez el desarrollo de la autoconciencia histórica. Esa visión armoniosa del todo (estática y antihistórica) en el que cada parte (clase) contribuye a su realización, es retomada hoy por cientistas sociales que adhieren a la teoría funcionalista norteamericana. De allí surge la necesidad de explicitar sin ambages el carácter ajeno a nuestra realidad nacional y a la realización de los intereses objetivos de los sectores populares de este enfoque teórico. Sólo una nueva conducción que transforme la columna vertebral del movimiento en su cerebro, con una teoría que sea capaz de dar cuenta de esta nueva realidad, podrá resolver el desafío:
"...hoy debemos reflexionar sobre la incapacidad rectora de la burguesía en el frente nacional a reconstruir, lo que implica apelar a un nuevo liderazgo político-social, el de la clase trabajadora (en tanto "clase universal"), con su respuesta socialista extraída de la propia entraña nacional y latinoamericana, sin servidumbres externas".
"Estos desarrollos están explícitos o latentes en el último Perón, particularmente en su discurso del 1° de mayo de 1974, suerte de testamento político". Allí Spilimbergo subraya: la invitación a que la clase trabajadora para que "defina qué modelo de país anhela"; "su apelación a la unidad nacional para la liberación"; y su invitación al cambio social a través de un "orden creador y transformador" como respuesta al "orden estático" de la dependencia.
"Sólo es posible elevar al movimiento a un nivel superior de racionalidad si, en primer término, preservamos su carácter totalizador de unidad nacional para la liberación y, en segundo lugar, rebasamos el esquema cíclico del modelo capitalista con "justicia social", incompatible con la hondura de la crisis nacional".
Las crisis no se resuelven retrocediendo sino avanzando con coraje y creatividad pero evaluando con la mayor rigurosidad posible las condiciones existentes, ya que en política lo más importante no son las intenciones que perseguimos sino las consecuencias objetivas de nuestra práctica. No cabe duda que después del avasallamiento imperialista que hemos vivido (con posteridad a estas jornadas filosóficas), generador de una relación de fuerzas mucho más precaria para nuestro pueblo, el sujeto social de la transformación se ha modificado. Consideramos, por lo tanto, que se deben profundizar propuestas y prácticas inclusivas para todos aquellos trabajadores pretéritos o potenciales que carecen de inserción productiva, como así también para las capas medias empobrecidas (sean o no conscientes de su pertenencia al campo nacional y popular), lo que supone abandonar cierta arrogancia sectaria que nada aporta a la construcción de lo nuevo. De todas maneras, más allá de lo inevitablemente nuevo, no olvidamos que la clase obrera que cuantitativamente ha sido diezmada en los últimos años, sigue teniendo un peso específico por su historia y por la conciencia que su práctica genera, que resulta esencial para enfrentar al bloque oligárquico-imperialista. La actual relación de fuerzas supone por un lado fortalecer lo existente, y por otro construir con una vocación inclusiva para dotar al campo nacional, popular y democrático de una potencialidad que hoy no tiene. A su vez, para consolidar lo hecho y profundizarlo, será oportuno recurrir a una autocrítica responsable a la hora de evaluar las condiciones objetivas, pero sin concesiones para estimular el cambio necesario y posible. Ella va mucho más allá de los cuestionamientos a las sombras del actual gobierno, ya que incluye la necesidad de superar un planteo filosófico (platónico) tan equivocado como supone creer que "cada clase ejercita sus funciones en servicio del todo y ejerce su 'virtud especial', educada en 'conformidad con su destino', sirviendo a la 'armonía del todo". La historia de Argentina y de la Patria Grande demuestra que este planteo carece de correspondencia fáctica, ya que es un producto ultra conservador surgido, para colmo, en el remoto pasado de una región de Europa; lo que le impide actuar como instrumento idóneo para comprender y modificar nuestra realidad.
Cedemos las palabras finales al compañero Spilimbergo:
"Nueva relaciones de producción que archiven a las clases usufructuarias de privilegios ética y funcionalmente perimidos, nos permitirán construir ese 'nosotros en su ordenamiento supremo: la comunidad organizada'".
Argentina, La Plata, Septiembre de 2005
NOTAS
(1) Texto presentado por Perón en el Congreso de Filosofía que se desarrolló en 1949 (durante su primer gobierno) en la provincia argentina de Mendoza.
(2) Spilimbergo Jorge: "Hombre, Estado, Comunidad", página 65 a 69, en Proyecciones del Pensamiento Nacional, actas del simposio A 40 años de " La Comunidad Organizada ", convocado por el Gobierno de la Provincia de Buenos Aires y organizado por la Asociación de Filosofía Latinoamericana y Ciencias Sociales desde el 20 al 22 de abril de 1989.
(3) Franzoia Alberto: "Para modificar la ley de la gravedad", publicado en el foro digital Reconquista Popular, mayo de 2005.
Fuentes: http://www.avizora.com y http://www.redaccionpopular.com
Spilimbergo y la teoría de la dependencia
Al cumplirse el segundo aniversario del fallecimiento de Jorge Enea Spilimbergo, resulta más que oportuno recordar uno de esas excelentes contribuciones teóricas que ayudan a pensar la realidad latinoamericana en clave nacional, popular y socialista. Cuando en noviembre del 2004 presenté en Reconquista Popular "Las teorías sociales en Latinoamérica durante la segunda mitad del siglo XX" (luego reproducido en otros espacios), señalé que Spilimbergo realizó un significativo aporte a la teoría de la dependencia a pesar de que el mismo no había tenido la difusión que otros muy conocidos durante fines de los años 60 y principios de los 70, etapa en la que esta teoría daba sus primeros pasos. Me refería concretamente al primer capítulo de "La guerra civil en EE.UU. que constituye uno de los tres trabajos incluidos en la edición de 1974 de "La Cuestión Nacional en Marx". El mismo había sido publicado por vez primera en el número 42 de "Izquierda Nacional" en mayo de 1971.
Dicho trabajo toma como referente el estudio realizado por Marx y Engels sobre la guerra civil en EE.UU. para descifrar el carácter equívoco del subdesarrollo, ya que éste no sería el producto de ningún retraso técnico (como afirma la teoría de la modernización o desarrollismo) sino la consecuencia lógica de una determinada estructura socio-económica. Sostiene Spilimbergo en su "Advertencia a la tercera edición de la Cuestión Nacional en Marx"
"...el llamado "subdesarrollo" no consiste en ningún género de primitivismo técnico, sino en el dominio de clases sociales retardatarias ligadas a una estructura de dependencia satélite."
El caso concreto que analiza Spilimbergo a través del enfoque marxista sobre la guerra de secesión es fundamental (lucha entre el norte que expresa un nacionalismo burgués y el sur esclavista vinculado con la burguesía inglesa), pero desde la perspectiva teórica, es en el primer capítulo del trabajo considerado donde se encuentra formulada con nitidez la diferencia central entre el enfoque del subdesarrollo sostenido por los desarrollistas y el que realizan los teóricos de la dependencia. Por lo que centraremos nuestra atención en ese capítulo titulado "¿Subdesarrollo o dependencia colonial?"
OPOSICIÓN TEÓRICA
El problema que formula Spilimbergo no es antojadizo sino que surge como consecuencia de dos posturas teóricas que en aquellos años se enfrentaban dando respuestas de signo opuesto. Recordemos que desde los años 50 los teóricos de la modernización (intentando ser una opción ante el desgastado liberalismo), conceptúan al subdesarrollo como el producto de un retraso o bien como una desviación con respecto a las pautas seguidas por los países desarrollados (industrializados o primer mundo). En cualquier caso el problema es inherente a la propia historia de cada país, por lo que el desarrollo de los países centrales y el subdesarrollo de los periféricos son considerados como procesos independientes. La solución pasaría por alcanzar la etapa en la que se encuentran los primeros recurriendo a su apoyo con capitales, tecnología e inclusive personal calificado. El objetivo era por aquellos años alcanzar (con la colaboración de los países desarrollados) una economía industrial autosostenida realizando inversiones en los sectores estratégicos, como siderurgia, química, electricidad y petroquímica (hoy aparecen otros rubros más importantes como informática, robótica y biotecnología).
Como respuesta a los modernizadores o desarrollistas a partir de fines de los años sesenta (si bien existen algunos trabajos anteriores) surgirán los planteos de la teoría de la dependencia. En ellos el subdesarrollo no es presentado como retraso ni desviación sino como una consecuencia de las relaciones de dependencia con respecto a los países centrales o dominantes en el capitalismo mundial, ya que ambas realidades integran una unidad de opuestos, es decir, dialéctica. Por lo tanto, la solución nunca puede vincularse con recurrir a la "ayuda" de quienes forman parte del problema, sino liberándose de la dependencia y sus agentes para iniciar un proceso de desarrollo autocentrado. Este objetivo se alcanza garantizando la reinversión nacional de los beneficios generados en dichos países, los cuales suelen ser exportados hacia los países dominantes, mientras que el resto queda en manos de los sectores internos parasitarios que, a su vez, tienen sociedad estrecha con ellos.
Si bien la teoría de la dependencia está inexorablemente vinculada a un paradigma como el materialismo histórico y dialéctico, y en su seno con la teoría del imperialismo desarrollada por Lenin, no todos sus exponentes son marxistas, y no todos los análisis hacen hincapié en los vínculos orgánicos entre la dependencia y la estructura de clases al interior de los países dependientes. El trabajo de Spilimbergo tiene el mérito de exponer estos vínculos en el capítulo que analizamos, no por primera vez en el seno de la teoría considerada, pero sí con mucha precisión y claridad conceptual, además de hacerlo en una apretada pero a la vez rigurosa síntesis. Esta combinación no resulta demasiado frecuente, por lo tanto aprovechemos el talento del autor.
¿Subdesarrollo o dependencia colonial? (1)
En este primer capítulo del segundo de los tres trabajos que incluye "La Cuestión Nacional en Marx" Spilimbergo demuestra las diferencias esenciales entre un análisis marxista sobre la cuestión del desarrollo nacional y otro orientado por las versiones modernas (1971) de la concepción burguesa:
"La diferencia entre uno y otro análisis (el de Marx-Engels y el "moderno" de la economía burguesa) reside en que aquellos desentrañan la médula misma de la cuestión, en tanto los economistas del "desarrollo" merodean en torno a los problemas fundamentales inhibidos de captarlos, porque expresan la visión rapaz de la burguesía imperialista o la impotencia de las burguesías nacionales."
Señala Spilimbergo que dicha inhibición se pone de manifiesto en los conceptos utilizados. El subdesarrollo es un concepto supuestamente científico que en realidad esconde más de lo que descubre. EL mismo da a entender dos cosas:
1. el subdesarrollo es una situación inherente a la estructura interna del país considerado;
2. representa un atraso cuantitativo, el eslabón de una cadena que tiene en su extremo opuesto a los exitosos países desarrollados.
"La relación entre las respectivas estructuras (desarrolladas y subdesarrolladas) sería entonces exterior, mecánica y contingente."
Como respuesta categórica a este planteo de la economía burguesa expresada en su versión desarrollista, Spilimbergo expone el núcleo de aquella teoría que es la verdadera manifestación de un abordaje riguroso y alternativo (teoría de la dependencia):
"Pero las cosas discurren de otro modo. No estamos ante una situación inherente de atraso o primitivismo, sino ante una verdadera relación de dependencia, de explotación semicolonial, sobre la cual se basa la prosperidad de las metrópolis desarrolladas y el atraso de las economías tributarias y dependientes."
Spilimbergo considera que el desarrollismo escamotea tanto el origen del problema, como también su solución, ya que ambas cuestiones están íntimamente relacionadas:
"El primer estigma del análisis "desarrollista" consiste, pues, en ocultar la fuente misma del subdesarrollo, o sea, la inserción de economías dependientes en el sistema de la mundial imperialista. El segundo estigma consiste en encarar la caracterización interna del subdesarrollo y la lucha contra él en términos de insuficiencia técnica frente a la cual se requieren, meramente, más ahorro y capitales, mejores métodos e instrumentos de trabajo. Esto ha llegado hoy al paroxismo con la charla especiosa sobre la "brecha tecnológica" y el "Know how". Así por ejemplo, ante la crisis crónica de la ganadería argentina, los teóricos del desarrollismo frigerista afirman que la producción de carnes no aumentará, no podrá resolverse el problema de su venta por debajo del precio internacional, si no se generan previamente las inversiones básicas en siderúrgica, química pesada, electricidad, infraestructura."
En definitiva lo que tenemos es un mero problema técnico, una falta de desarrollo inherente a la historia propia de Argentina que no ha realizado las inversiones necesarias en sectores económicos considerados estratégicos. Sin embargo, esta visión tecnocrática olvida considerar las relaciones históricas entre el capital monopólico proveniente de los países desarrollados y la estructura de clases parasitaria al interior de nuestro país, relaciones de dependencia que resultan funcionales para ambos.
Spilimbergo recurre a algunos ejemplos concretos de la época para validar el carácter falso de la teoría desarrollista:
"Esta asombrosa concepción no explica cómo disponiendo Argentina de un potencial instalado para la producción de tractores y maquinaria agrícola en gran escala, esta rama industrial soporta parálisis crónica y trabaja al 40 por ciento o menos de su capacidad por falta de demanda efectiva, que sí existe en cambio para una producción técnicamente similar pero de bienes de consumo suntuarios, como los automóviles."
"Inversamente tampoco explica el sector frigerista del desarrollismo como en la década del 50 la República Popular China logró espectaculares avances en la producción y productividad sin mecanizar el agro, por la mera transformación de las relaciones sociales y de los medios de cooperación en el trabajo."
La conclusión a la que conduce este planteo resulta evidente: "...no es la "industrialización" la que romperá el tope del atraso ganadero, sino la ruptura de ese tope lo que hará posible y viable el desarrollo industrial básico."
Pero, a su vez, "ese tope no es técnico sino social; deriva del predominio de la oligarquía ganadera en alianza con el capital imperialista." "Así el subdesarrollo no es sólo una relación de dependencia semicolonial sino una determinada estructura social que pone en manos de clases dominantes parásitas (desde el punto de vista de la acumulación capitalista), o sea, no inversoras, los excedentes capitalizables del trabajo nacional."
Extraordinaria síntesis conceptual para exponer un problema clave que las distintas variantes paradigmáticas con las que tantos académicos forman a nuestros estudiantes de economía nunca logran desentrañar. ¡Cuánto dinero y tiempo invertido para formar profesionales en la fe desarrollista o liberal, cuya matriz conceptual, por lo tanto, los inhabilita de entrada para formular problemas económicos pertinentes y las soluciones adecuadas!
Algunos estudios realizados por CEPAL (una organización emblemática en lo que a abordajes desarrollistas se refiere) han destacado en diversas oportunidades la poca sensibilidad ante los estímulos del mercado demostrado por las clases "tradicionales" como se observa en la cuestión agraria (aunque no es el único sector que adopta dicho comportamiento). Pero cuál es la explicación dada por CEPAL, dice Spilimbergo:
"... la Cepal se hunde en la nebulosa del "espíritu capitalista", cuya preexistencia metafísica habría fundado la realidad del capitalismo occidental."
Es decir, lo que nos falta es ese espíritu burgués que hace posible un determinado comportamiento de clase, porque resulta que las ideas preceden a la realidad. Típica explicación de cuño weberiano (2) tal como es presentada en "La ética protestante y el espíritu del capitalismo"; tesis que por otra parte tenía la explícita intención de confrontar con la explicación materialista y dialéctica brindada por Marx y Engels. Pero como acota oportunamente Spilimbergo:
"Se trata de descubrir el fundamento material de esta ética de consumo (precapitalista) que imbuye a tales "burguesías" semicoloniales, tan en las antípodas del "espíritu capitalista" de las viejas burguesías occidentales, del estoicismo mundano de la ética puritana moldeada sobre el proceso trabajo-ahorro-inversión."
Dicho fundamento material, no favorecedor del proceso de reinversión que conduce al desarrollo creciente de las fuerzas productivas, son las relaciones de servidumbre o semiservidumbre que imperan en el campo. Esto lleva al predominio de la producción extensiva, que no necesita de la producción intensiva, en la que el crecimiento no es cuantitativo sino cualitativo, es decir, basado en la inversión y los avances técnicos que generan mayor productividad y a menores costos.
Pero Argentina tiene una peculiaridad que la diferencia de otras economías agrarias subdesarrolladas de nuestra América Latina. Sostiene Spilimbergo:
"La particularidad argentina es que el lugar ocupado por la sobreexplotación servil o semiservil del agricultor indígena, corresponde a la alta fertilidad natural de la llanura pampeana bajo condiciones de latifundio ganadero y cultivo extensivo."
En la economía capitalista la reinversión en el circuito productivo con permanente renovación técnica es imprescindible para poder competir y mantenerse dentro del mercado. El ausentismo es inconcebible para la sobrevivencia del capitalista ya que sólo la inversión e innovación constante le permiten competir bajando los costos. En las economías asentadas en el trabajo servil o con condiciones naturales insuperables la cosa es muy distinta, lo que favorece el parasitismo. Allí radican las condiciones para la reproducción crónica del subdesarrollo. Por lo tanto Spilimbergo sin titubeos dice lo que tantos técnicos callan:
"Abatir el subdesarrollo es, en esencia, destruir socialmente (expropiar) a las clases parasitarias del único modo conocido por la historia, esto es revolucionariamente, como lo demuestran las experiencias de Francia, Inglaterra, EE.UU. y las modernas revoluciones socialistas del siglo XX."
Al arribar a este momento del análisis Spilimbergo va a considerar un aspecto central de todo análisis de clases que se realice sobre un país dependiente como Argentina:
"...en nuestra época la espina dorsal del bloque histórico que la sociología burguesa llama "clases (dominantes) tradicionales", no es otra que la más moderna, la menos "tradicional" de las clases explotadoras: la burguesía imperialista, no bien la miremos no de la atalaya de su respectiva metrópoli, sino desde sus tentáculos en el mundo semicolonial y dependiente."
Efectivamente, la burguesía de los países dominantes ha favorecido el desarrollo capitalista en su lugar de origen como consecuencia de la expansión de las fuerzas productivas, proceso que surge de la necesidad de competir exitosamente entre burgueses de la misma nación, y como condición para conquistar mercados externos. Pero una vez que dichas burguesías se instalan en regiones consideradas la periferia del sistema, actúan como inhibidoras del desarrollo, pues al remitir a sus naciones gran parte de los beneficios obtenidos no favorecen ni la acumulación de capital ni la expansión del mercado interno. Desde ya, la presencia de una clase ajena a la economía propia de los países semicoloniales, cuyo comportamiento allí resulta precapitalista, sólo se puede materializar, no mediando una conquista militar, a partir de una sólida alianza con clases nativas parasitarias o satelizadas. Así lo expresa Spilimbergo:
"Basta decir aquí que el comportamiento de esa burguesía exterior cuyos tentáculos penetran y se instalan en el seno de la sociedad semicolonial formando en ella el cuerpo de la alta burguesía, amalgamándose con la oligarquía nativa, asfixiando y satelizando a un vasto sector del empresariado vernáculo, penetrando las instituciones públicas, el aparato cultural, los órganos de difusión masiva, etc. es "precapitalista" desde el punto de vista de la sociedad dependiente, en la medida que no estimula en ella el proceso de acumulación de capitales y expansión del mercado interno."
"Por el contrario, la inserta en el ciclo de la acumulación metropolitana, tal como la garrapata convierte el sistema digestivo y sanguíneo de la víctima en "momentos de su nutrición parasitaria."
Spilimbergo aclara:
"Naturalmente, en el análisis de la guerra civil norteamericana, Marx y Engels no visualizan este último aspecto de la cuestión, que se refiere a un período histórico posterior."
Así es, los amigos y compañeros de trabajo de toda una vida abordaron las especificidades del capitalismo que les tocó vivir, llamado clásico o de libre competencia, cosa que muchos críticos mal intencionados pretenden obviar. La etapa posterior, cuyas principales manifestaciones se dan a partir de fines del siglo XIX, no la vivieron o era demasiado reciente, por lo tanto no podía formar parte de sus estudios tanto materialistas como dialécticos de la historia. Esa etapa recibe el nombre de imperialismo, y encontró en Lenin a uno de sus principales y más lúcidos teóricos.
Este primer capítulo que estoy analizando es cerrado por Spilimbergo con algunas consideraciones específicas sobre la guerra de secesión, que serán retomadas y profundizadas en los capítulos II, III, IV, V, VI y VII. Cedamos la palabra al autor:
"La esclavitud se desarrolla en los Estados del sur de la Unión bajo el estímulo de la demanda de algodón por la industria textil inglesa: la voracidad de los telares mecánicos multiplicó la demanda de materias primas.
Por ese concurso de circunstancias (sobre el cual volveremos) tenemos aquí el "antiguo régimen" naciendo de las entrañas de una sociedad burguesa en formación, a la cual contrapone su propia ley de desarrollo, incapaz de frenarse en un acuerdo, compromiso, equilibrio de fuerzas, participación, obligando a tomar la ofensiva para expandir su sistema a los Estados de la Unión , monopolizar el gobierno federal, aplastar a la industria del Norte, reemplazar con latifundios esclavistas a los pequeños propietarios del Oeste y convertir el país en una colonia de la industria inglesa.
Programa semejante llevó a cabo la oligarquía bonaerense acaudillada por Mitre (3) en la misma séptima década del siglo pasado. El dispar desenlace de ambas guerras civiles explica los destinos diferentes de EE.UU. y las repúblicas del Plata."
Marx y Engels analizaron la peculiar realidad de la guerra en EE.UU. como se puede constatar en los artículos que publicaron entre 1861 y 1862 en el "New York Daily Tribune" y en "Die Presse" de Viena. Pero, a su vez, en nuestro medio, Alberdi señala que el papel del Sur lo desempeñaban los mitristas.
Los teóricos alemanes logran captar a través de su metodología cómo la contradicción principal de esta guerra, más allá de factores concurrentes, se expresa mediante los intereses irreconciliables entre las clases asociadas al desarrollo y aquellas otras que lo frenan. Según Spilimbergo su análisis tiene el mérito de permitirnos:
"...comprender de qué modo la unidad nacional, la soberanía económico-política, el desarrollo de las fuerzas productivas y la democracia política forman una gran causa cuyo triunfo pasa, inevitablemente, por el aplastamiento y expropiación de las clases dominantes ligadas estructuralmente al sistema del subdesarrollo."
Transcurrido un breve tiempo desde la publicación de este trabajo sobre la guerra civil en EE.UU. (1974), asistíamos en nuestra patria y en el resto del mundo dominado por el imperialismo al inicio de una nueva etapa llamada neoliberal. Esa es otra historia que no integra nuestro objeto de estudio en este análisis, sin embargo, el abordaje estructural de Spilimbergo para desentrañar cómo operan las fuerzas del subdesarrollo, captando la estrecha ligazón entre las burguesías de los países dominantes y las clases nativas a ella asociadas mantiene plena vigencia. De allí que subrayamos a modo de conclusión esta idea-fuerza del autor:
"La lucha contra el subdesarrollo es una lucha de clases y sólo puede llevársela por medios revolucionarios."
Argentina, La Plata, septiembre de 2006
NOTAS
(1) "Subdesarrollo y dependencia colonial" es el capítulo primero de una de los tres trabajos ("La guerra civil en EE.UU. y el ‘subdesarrollo") incluidos en la edición de 1974 de la "Cuestión Nacional en Marx", Editorial Octubre.
(2) Max Weber (1864-1920), sociólogo, economista y politólogo alemán. Analizó el papel desempeñado por ciertas ideas o espíritu (ética protestante) como favorecedor de las condiciones necesarias para el desarrollo del capitalismo, invirtiendo la tesis de Marx y Engels según la cual fue el capitalismo el que generó las condiciones para el surgimiento del protestantismo.
(3) Bartolomé Mitre fue uno de los máximos representantes de la oligarquía agroexportadora argentina. Militar, presidente de la república entre 1862 y 1868, fundador del diario "La Nación" y responsables de la versión oficial y liberal de nuestra historia que se difundió durante décadas.
Fuentes: http://www.redaccionpopular.com y http://www.avizora.com
Autocrítica
de la revolución popular*
Por Jorge Enea Spilimbergo
En el último cuarto de siglo (1930-1955), dos gobiernos populares, el de
Yrigoyen y el de Perón, han sido derrocados por la conspiración oligárquica. La
semejanza entre ambos acontecimientos es demasiado evidente como para que
necesite ser subrayada. En el primer número de "Izquierda" hemos examinado el
mecanismo social y político de la caída de Yrigoyen. Aquellas páginas, escritas
en 1954 y publicadas un año después, más que intención histórica, tenían el
propósito de una advertencia que los acontecimientos de los últimos meses se han
encargado de corroborar .
YRIGOYEN:
IMPOTENCIA DE LA PEQUEÑO-BURGUESIA PARA ACAUDILLAR LA REVOLUCIÓN NACIONAL
Decíamos entonces que Yrigoyen cayó porque su movimiento fue incapaz de superar
las contradicciones que lo frenaban. El presidente radical respetó las palancas
fundamentales del poder oligárquico: la propiedad terrateniente del suelo,
vinculada al sistema del imperialismo mundial, no perdió la hegemonía política,
y a través de ella, su decisiva influencia política.
En el terreno político, el estado burgués argentino, consolidado por la
oligarquía a partir de 1860 fue mantenido por los gobiernos radicales, no
obstante que su estructura neutralizaba los fines de una profunda revolución
popular. La reacción conservadora utilizó la división de poderes para hostilizar
al presidente con un parlamento hijo del fraude; de la independencia judicial
hizo un baluarte oligárquico; otro tanto sucedió con las autonomías
provinciales, que, o fueron reductos "situacionistas" o sirvieron para acusar a
Yrigoyen de "tirano" cuando éste las allanaba.
La "libertad de prensa" (es, decir, la prensa como función de los grandes
capitales) fue ampliamente utilizada en la creación del clima político de la
revuelta.
Semejante sistema de "garantías" permitió a los conservadores preparar
"legalmente" su retorno al poder. A sus, órdenes militó la infiltración
oligárquica en el radicalismo (Alvear-Melo) y la izquierda demagógica
capitaneada por los socialistas.
LA "IZQUIERDA CIPAYA", PEON DEL FRENTE OLIGÁRQUICO
Es necesario, aunque brevemente, referimos a la táctica de esa "izquierda"
servil al imperialismo A ella corresponde buena parte de la responsabilidad por
las derrotas sufridas, y bajo otros nombres la vemos actuar en el presente.
Juan B. Justo educó a su partido en la hostilidad a la industrialización
argentina. Correlativamente vio en el nacionalismo pequeño-burgués de Yrigoyen
una evolución histórica, contra la cual asestó sus golpes.
Aconsejó a los obreros (en nombre de un falseado internacionalismo),
desentenderse de las luchas generales del pueblo por la independencia económica
y el sufragio universal. De este modo, el Partido Socialista separaba a la clase
obrera, el sector más combativo de nuestra sociedad, de las grandes corrientes
que pugnaban por renovarla. Así descabezadas, estas corrientes no podían sino
estancarse en soluciones a medias, pues la experiencia ha probado que la
pequeña-burguesía, como clase, es incapaz de una conducta autónoma tanto del
proletariado como del imperialismo.
LA CRISIS DEL YRlGOYENISMO
Mientras el movimiento yrigoyenista, como resultado de su incapacidad para
reestructurar a fondo la sociedad argentina, daba crecientes muestras de
senectud y estancamiento; mientras se disgregaba y corrompía bajo la molicie
presupuestaria, Juan B. Justo y sus discípulos se negaban pertinazmente a
superar esa primera etapa de la revolución popular argentina, para lo cual era
imprescindible integrarse previamente a ella.
En tales condiciones, la victoria oligárquica era una fatalidad. No hay
revolución popular que logre mantenerse y consolidar sus conquistas, si no es
suplantada a tiempo la conducción burguesa o pequeño-burguesa por la conducción
del proletariado, caudillo natural de la nación oprimida por el imperialismo.
Aunque meticulosamente preparado, tanto en el aspecto militar como en el
psicológico, el golpe del 6 de septiembre logró el triunfo, no tanto por la
fuerza de los conspiradores como por la debilidad del gobierno radical.
Los socialistas, repitámoslo, impidieron --al defeccionar como partido obrero--
que la crisis fuera superada por la izquierda, y con su ensordecedora gritería
coadyuvaron a la creación del clima "golpista".
Quince años más tarde, el peronismo retomaba las banderas de Yrigoyen, mientras
el partido que éste fundara se pasaba con armas y bagajes al nuevo contubernio,
la Unión Democrática.
Pero el lapso transcurrido implicó profundas renovaciones en la estructura
económico-social argentina. La industrialización, acelerada por la guerra
engendró un vigoroso proletariado que da fisonomía distintiva al período que se
abre. Si el yrigoyenismo expresó a la clase media de las primeras décadas del
siglo, el peronismo se apoyó sobre un sector social mucho más homogéneo,
compacto y revolucionario: el proletariado. Eso no impidió que, al cabo de una
década, cayera batido por una nueva conjuración oligárquico-imperialista.
Explicar la derrota es alumbrar el porvenir.
NATURALEZA SOCIAL DEL PERONISMO
LA BURGUESIA MILITAR CONTRA SI MISMA
Hemos dicho que el peronismo se apoyó en el proletariado argentino. Pero no fue
el gobierno del proletariado. En un sentido amplio, el peronismo representó al
país en su conjunto, que pugnaba por liberarse del torniquete imperialista. No
hay que olvidar, sin embargo, que el país no es un todo homogéneo: se divide en
clases cuyos intereses divergen.
La naturaleza social de un gobierno depende de las relaciones de producción que
intenta expandir. Bajo la administración peronista se ha vivido una época de
intensa acumulación industrial. Este desarrollo, logrado a expensas del
imperialismo, trajo consigo el afianzamiento de la propiedad burguesa
(individual) de los medios de producción. La antítesis proletariado-burguesía,
que caracteriza la moderna sociedad capitalista, se desarrolló considerablemente
durante los últimos diez años, pues fue la forma social de la industrialización
en ascenso.
Pero el peronismo, aunque afianzó el desarrollo de la producción burguesa,
particularmente en su aspecto industrial, nunca logró atraerse al grueso de la
burguesía argentina.
En primer término, los industriales temieron chocar abiertamente con Estados
Unidos e Inglaterra, por miedo a represalias económicas. En segundo lugar, no
-aceptaron que se movilizara al pueblo, única manera de afianzar la política
antiimperialista, y mucho menos que parte de lo ganado al capital extranjero se
convirtiera en mejores salarios y otras conquistas sociales. No olvidemos, por
último, las conexiones de nuestra burguesía con la propiedad terrateniente y el
capital internacional, ni su subordinación al mercado yanqui-europeo de medios
de producción.
La burguesía industrial argentina, endeble y temerosa, al punto de no haber
logrado hasta la fecha constituir un partido político que la represente,
prefirió que todo se limitara a un reajuste de las condiciones imperantes
durante la década del 30. Postuló su "lugarcito" en la constelación oligárquica,
y en pos de ese objetivo militó, en la Unión Democrática, no sólo contra Perón y
el pueblo, sino también contra sus propios intereses.
BONAPARTISMO BURGUES CON BASES OBRERAS
De ahí que el peronismo, para cumplir las tareas históricas de una burguesía
nacional que se negaba a ser, y militaba contra sí misma, tuviera que apelar a
una vasta movilización de las masas, efectuando al proletariado sustanciales
concesiones económicas, sindicales y políticas.
Esto confirió al gobierno de Perón un singular carácter bonapartista: para
llevar a cabo la política de la burguesía nacional y resistir la formidable
presión del imperialismo, tuvo que apoyarse en las masas obreras de la ciudad y
el campo, en la pequeña burguesía pobre y en los sectores populares del interior
pre-capitalista.
Pero todo bonapartismo, por indirecto que sea su contenido de clase, no lo
pierde sin embargo, y el de Perón fue, para decirlo en una fórmula, un
bonapartismo nacional-burgués con base obrera y popular.
EL FRENO BUROCRATICO
El bonapartismo, que movilizaba las masas para desbaratar la presión
imperialista-oligárquica, procuró al mismo tiempo canalizar el impulso del
pueblo dentro de los límites de la legalidad burguesa. Ello explica que las
formas clásicas del estado burgués argentino fueran mantenidas y aún
desarrolladas durante la última década.
De este modo, las empresas nacionalizadas lo fueron sin el control obrero; los
planes económicos se trazaron y cumplieron sin la intervención de los
sindicatos; la lucha contra el agio no movilizó a los consumidores; la prensa,
cerrada a la voz del pueblo, fue el órgano de la burocracia.
¿Pero era capaz la burocracia de cumplir al estilo burgués, es decir, respetando
el orden heredado, las tareas de liberación nacional que la clase obrera pugna
por cumplir al estilo proletario, o sea, revolucionariamente y no respetando
otros límites que los señalados por el interés del pueblo?
La respuesta es negativa. Aunque la burocracia no es una clase, su elemento
humano se recluta entre la pequeña-burguesía de cuello duro y los técnicos e
intelectuales de las clases dominantes. Los, funcionarios apoltronados, las
ratas de escritorio, poseen una tradición, un espíritu de cuerpo, una conciencia
social, cuyo carácter distintivo es el odio antiobrero, la simpatía hacia el
patrón, la rutina sin riesgos, y el servilismo antinacional. De ahí que las
cuatro quintas partes de la burocracia peronista haya combinado su amor al
presupuesto y a la coima con un rabioso antiperonismo.
LA BUROCRACIA ESTRANGULA A LA REVOLUCION POPULAR
Legalizado el régimen por los comicios del 24 de febrero y elecciones
posteriores, la burocracia burguesa desplazó al proletariado de la gestión
pública directa; mas la sustitución no fue sin consecuencias, pues esa
burocracia, lejos de cumplir las tareas impuestas por el proceso revolucionario,
se convirtió en correa de transmisión del sabotaje oligárquico contra el
gobierno popular. Si el bonapartismo quiso canalizar a las masas mediante el
control burocrático estranguló al bonapartismo, determinando, en último
análisis, su caída. La revolución popular se detuvo ante el tabú de la legalidad
burguesa, y la legalidad burguesa aplastó a la revolución popular en beneficio
del imperialismo.
Por segunda vez en la historia argentina, se prueba, al amargo precio de una
derrota. Que ninguna revolución de masas puede estabilizarse y consolidar sus
conquistas, si no va más allá del simple reajuste de la estructura social y
política heredada; si no destruye las viejas formas de Estado y crea otras
nuevas, basadas en la democracia directa de las masas, en el control efectivo y
diario, en la autoridad suprema de las organizaciones populares.
LA IDEOLOGIA NACIONAL-DEMOCRATICA
Una prueba visible de nuestras afirmaciones la suministra la experiencia
cultural del peronismo. Ninguna revolución puede afianzarse si no elabora una
ideología que explique científicamente sus tradiciones, su dinámica interna y
sus perspectivas últimas. La ideología asegura la continuidad del movimiento más
allá de los hombres que lo encarnan. Suelda a las masas en un compacto frente y
educa sin cesar a nuevos dirigentes para que sean la fiel expresión de las
aspiraciones colectivas. Impide, por último, que la conducción política
naufrague en el empirismo, en las soluciones de un día para el otro, conforme se
presentan los problemas. El bonapartismo no logró elaborar una ideología de la
revolución argentina, porque hacerlo hubiera significado poner al desnudo su
contradicción esencial de movimiento burgués con apoyo obrero, en un país que,
como el nuestro, es el de mayor desarrollo capitalista de toda América Latina.
De este modo, durante mucho tiempo, el sector más reaccionario de cuantos
apoyaban al gobierno (los clerical-nacionalistas) tuvieron el virtual monopolio
de la cultura (colegios, universidades) e influyeron decisivamente sobre el
periodismo.
Cuando a partir de 1954 se quiso salvar esa contradicción, ya era demasiado
tarde En torno a la Iglesia se coaligaron las fuerzas imperialistas, que dieron
por tierra con el régimen popular. La falta de una clara ideología
nacional-democrática impidió explicar ante las masas el sentido trascendente de
la lucha. La movilización contra la Iglesia, legítima desde todo punto de vista,
y desatada en virtud de iniciativas del clero, no del gobierno, desembocó en
desenfadadas provocaciones burocráticas, que en vez de aplastar favorecieron al
enemigo.
LA PROPIEDIAD TERRATENIENTE
Como hemos dicho, la limitación nacional-burguesa que sufrió el proceso
revolucionario, impidió que la oligarquía fuera expropiada como clase.
Dueña de sus campos y de sus estancias, conservó intacto el poder
económico-político. La nacionalización de la tierra hubiera liquidado una clase
totalmente superflua, acelerando de ese modo el proceso de acomodación
industrial. Al mismo tiempo, era indispensable esa medida para romper la espina
dorsal, la base concreta del frente reaccionario. Pero esta tarea, que pone fin
a la forma más parasitaria de propiedad privada, trascendía los objetivos de un
régimen cuyo propósito declarado era operar reajustes en el capitalismo
argentino, sin alterar en ningún caso su estructura fundamental.
EL CONTROL OBRERO DE LA PRODUCCIÓN
Del mismo modo, la industrialización, que fue consecuencia de una vigorosa
política nacionalista, no estuvo acompañada de transformaciones cualitativas en
el régimen de las empresas. Se elevaron salarios; las organizaciones sindicales
y la legislación obrera conocieron un auge sin precedentes. Pero estas medidas
no bastan, pues el problema esencial es democratizar la producción.
La clase obrera no puede limitarse a producir. Necesita participar en la
dirección de las empresas. En caso contrario, toda batalla por la productividad
se convierte en una ofensiva para aplastar a los trabajadores, en una lucha por
mayores ganancias a costa de menores salarios y jornadas más prolongadas e
intensas.
El control obrero de la producción es el primer paso para democratizar la
economía, para elevar la productividad poniendo en juego la rica experiencia
técnica del proletariado, para mejorar el nivel de los salarios, para consolidar
al país frente al imperialismo.
La estructura del capitalismo clásico confiere a los patrones -como un corolario
de su derecho de propiedad- el derecho absoluto a la administración de las
empresas. La revolución popular debe cruzar el límite de esa estructura tan
inhumana como reaccionaria, y dar a los obreros -a través de sus comisiones
internas- la participación que les corresponde en el planeamiento y control de
la actividad productiva.
CONTROL EFECTIVO DE LA SOBERANIA POPULAR
En su sentido más escueto, el Estado es la organización de la Fuerza como poder
autónomo enfrentando a la sociedad. Llegada una etapa de la evolución histórica
que coincide con el surgimiento de las clases sociales y del antagonismo entre
explotadores y explotados, el armamento colectivo del pueblo cede su lugar a
castas diferenciadas que monopolizan los medios de represión y defensa (ejército
permanente; policía) en beneficio de los explotadores, para impedir a la mayoría
oprimida liberarse del yugo que la aplasta.
Por tal motivo, a lo largo de la historia, toda revolución popular destinada a
operar profundas transformaciones en el régimen social, económico y político, se
ha planteado como tarea concreta romper el monopolio de la fuerza de que gozan
las, clases dominantes y devolver a las masas el derecho a armarse, es decir, a
garantizar y hacer efectivo el principio de la soberanía popular, que por su
naturaleza es indivisible e indelegable (Rousseau).
Es ésta una necesidad perentoria de toda revolución que ansíe consolidarse. Por
tal motivo, las clases dominantes han envuelto el problema de las "fuerzas
armadas" en una maraña de prejuicios y mitologías realmente fabulosas. Pero los
hechos sociales cortan a machetazos la intrincada red de mentiras. El período de
junio a septiembre, que fue de intensa agudización de todos los conflictos, puso
a la orden del día la creación de las milicias obreras, como única garantía
contra el golpe oligárquico en desarrollo. Es análoga la experiencia boliviana,
cuya revolución, al armar a los sindicatos y disolver el ejército permanente, ha
podido resistir todas las tentativas de subversión oligárquica.
Por su extracción social, educación y tradiciones, nivel de vida, etc., la casta
de oficiales tiende a respaldar el orden establecido y a ver un cataclismo
cósmico, el reinado del Anticristo, en todo intento de reestructurar la sociedad
en interés de las masas populares.
Diciembre de 1955
CONCLUSIÓN
La presencia de la clase trabajadora en el primer plano de la política argentina
es el hecho decisivo de estos últimos diez años y una de sus consecuencias, la
liquidación para siempre de la vieja "izquierda" socialista y comunista.
Pero los trabajadores no lograron en ese lapso sacudir el peso de la dirección
burocrática, con la que se intentaba someter el movimiento a las conveniencias
del capitalismo nacional.
La traición de la burocracia; la falta absoluta de perspectiva histórica de
nuestra burguesía; la inexistencia de un partido nacionalista burgués
consecuente, prueban que sobre la clase obrera recae la honrosa y dura misión de
conducir a las masas pobres y explotadas hasta la liquidación definitiva del
bloque terrateniente- imperialista.
El problema de nuestra revolución popular es antes que nada, un problema
instrumental. Demoler el antiguo Estado, poner fin al imperio de la burocracia
incontrolada e irresponsable, dar a las masas los medios prácticos para imponer
su soberanía. Solo así podrá pensarse en la democracia económica, el control
obrero, la expropiación de los terratenientes, el capital parasitario y el
imperialismo colonizador.
Pero aquel problema se resume en este otro: el del partido revolucionario de los
trabajadores. La dolorosa derrota de septiembre impulsará a los cuadros
sindicales y políticos del movimiento de masas a investigar sus causas y extraer
las necesarias conclusiones. De nada valen en este terreno las efusiones fáciles
de quienes pretenden postergar sine die este imperioso balance autocrítico.
También el imperialismo transige con los símbolos populares, para estrangular
renovaciones que pondrán fin para siempre a su dominación sobre América Latina.
Esta depuración y concentración de las propias fuerzas no excluye - por el
contrario, implica- el frente general de lucha con todos aquellos que no crean
que la democracia consiste en disolver partidos, vetar candidatos, fraguar
elecciones con alternativas análogas, amordazar los sindicatos y entregar el
país a la Sociedad Rural y la banca extranjera. No espere nadie la liberación
del pueblo sino de la actividad política de las propias masas. Ha pasado el
tiempo si alguna vez lo hubo, de confiar en los cuarteles. De uno u otro lado de
la frontera, la guerra misma es política, aunque con otras armas. Quien como
amigo o enemigo separa al pueblo de la política, contrae una pesada
responsabilidad. Mal que les pese a unos y a otros el movimiento de las masas se
hará escuchar con toda la voz que tiene, y no necesita de bandos ni de edictos
para hacer valer en los hechos lo que por derecho propio le corresponde.
¿Y qué son estas tareas, sino la herencia histórica y la continuación natural de
las grandes jornadas del 45, de la revolución yrigoyenista, del federalismo
democrático, de la generación libertadora de Moreno, San Martín y Monteagudo?
Honrosa tradición que nos pertenece a los marxistas revolucionarios y a ese
pueblo insobornable que otra vez hará de la Argentina ciudadela de los hombres
libres en la América del Sur.
*Escrito: En diciembre de 1955. Primera publicación: como apéndice de
Nacionalismo Oligárquico y Nacionalismo Revolucionario en 1956.
Digitalización: Néstor Miguel Gorojovsky e Izquierda Nacional de Argentina,
marzo de 2005.
Fuente: http://www.marxists.org/espanol/spilimbergo/index.htm
Nacionalismo
oligárquico y nacionalismo revolucionario*
Por Jorge Enea Spilimbergo
Editorial Amerindia, 1956
PRÓLOGO
Este folleto fue escrito en la primavera de 1956 y concluido, tras algunas
interrupciones, a principio de noviembre. Dificultades de diversa naturaleza
retrasaron su impresión hasta este momento. Su relectura nos ha convencido de
que faltan desarrollar algunos temas de importancia, pero ya es tarde para la
empresa. Va, pues, como quedó entonces, salvo agregados secundarios, reajustes y
algunas notas. Reservamos para un próximo trabajo el análisis histórico de la
Iglesia en relación con los movimientos nacionales. Todo lo que a la Iglesia se
refiere es objeto de intrincadas confusiones, que la jerarquía pontificia crea y
explota para confundir el aspecto "espiritual" de la religión con su aspecto
político concreto, o -dicho más claramente- con los objetivos y tácticas
empleados por el papado romano, con fines exclusivamente terrenales, bien que se
los enmascare bajo fórmulas de santidad.
Aquí hemos esbozado la crítica de tales fórmulas en lo que respecta a la
divinización de la propiedad privada, eje del sistema capitalista. Histórica-
mente y en nuestro país, hay una tendencia católica que anhela vincularse a las
masas y asumir su defensa. No nos referimos por ahora a los engatusadores:
hablamos de la gente sincera. Nuestro propósito es demostrar cómo la Iglesia
contradice tales anhelos al basar su doctrina social en la defensa del
privilegio capitalista. El asunto está teóricamente demostrado desde hace mucho,
y nos hemos limitado a una divulgación somera.
Tanto o más importante es otro aspecto de la cuestión, que dejamos para ulterior
desarrollo: La Argentina pertenece al área colonial del planeta, no por que
carezca de soberanía política, sino por su dependencia económica frente a
Estados Unidos y Gran Bretaña. La lucha contra esos vínculos está
indisolublemente ligada a la de las masas populares contra sus opresores. Tiene
como objetivo histórico fundamental la alianza entre los pueblos
latinoamericanos y la constitución del Estado federativo que los agrupe en un
inmenso frente capaz de neutralizar la ingerencia extranjera. Ahora bien: el
papado romano y sus jerarquías adictas, siempre han militado contra los
movimientos nacionales; se han opuesto en el pasado ala constitución del Estado
moderno, que es la forma histórica de la sociedad burguesa; son hostiles hoy, en
la era del imperialismo, alas reivindicaciones nacionales de los pueblos
sometidos.
La Reforma protestante, en el siglo XVI, fue en Alemania, Holanda, Inglaterra y
otros países, una formidable tentativa de romper los vínculos con la más
importante institución feudal: el papado.. Pero antes de que ese conflicto
hubiese estallado, los mismos Estados que permanecieron dentro de la órbita
católica enfrentáronse con Roma, enemiga del moderno nacionalismo y defensora
del Imperio cristiano - universal. Carlos I de España saqueó a sangre y fuego la
capital del papado. Felipe el Hermoso, rey de la católica Francia, puso preso
aun pontífice y provoco su muerte. La Iglesia se vengaría, dos siglos más tarde,
haciendo quemar como hereje a Juana de Arco, la heroína del nacionalismo
francés, lo que no le impidió, hace algunas décadas, canonizarla.
Enemigos de la Revolución Francesa, 106 papas condenaron las insurrecciones
hispanoamericanas contra la metrópoli, en las cuales veían una consecuencia de
aquel movimiento. Austria. Hija dilecta de Roma, encabezó con la Santa Alianza
la ofensiva contra la democracia republicana del siglo XIX. Contra Austria y
contra los papas hubieron de luchar Italia y Alemania, países que tardíamente
conquistaron su unidad nacional.
Todas las tentativas de constituir estados modernos fundados en los principios
de soberanía y nacionalidad, chocaron con la cerrada oposición del papado
romano, empecinado en subordinar el poder civil y en establecer un imperio
unificado para toda la cristiandad. Bajo la abstracción del imperio se ocultaba
la defensa del viejo orden feudal, cuyo principal beneficiario era la propia
Iglesia, dueña en la Edad Media de un tercio de las tierras de Europa. Este
internacionalismo católico se vinculaba, pues, a la defensa de privilegios
caducos. Mientras la burguesía luchaba por el Estado nacional que englobase en
una sola frontera a los pueblos que hablaban la misma lengua; mientras se
movilizaba para obtener el mercado común, sin aduanas internas, con leyes,
monedas, pesas y medidas unificados, y hacia de la reforma protestante primero y
del racionalismo después, ariete contra el papado, éste ligaba su suerte al del
antiguo orden, santificando sus empresas políticas y militares. Caído el
feudalismo, supo la Iglesia amoldarse a la nueva época, al par que la burguesía,
ayer atea, encontraba en aquella benemérita institución armas espirituales para
aherrojar a los explotados con cadenas de docilidad mental.
Presenciamos la época del capitalismo en descomposición. El futuro pertenece a
la clase trabajadora y a los pueblos coloniales en lucha por su efectiva
soberanía. Frente al orden burgués que se derrumba, nuevamente el papado sale a
la lucha para apuntalar el privilegio. A la alianza con Mussolini sucede la
alianza con Estados Unidos e Inglaterra "protestantes", lo cual prueba que los
abismos entre sectas nada significan ante la identidad fundada en el dinero. 'Wall
Street reemplaza a los emperadores germánicos, mal que les pese a quienes buscan
en el catolicismo apoyo ideológico para diferenciarse de los imperialismos
sajones.
En realidad, Estados Unidos utiliza la jerarquía eclesiástica como instrumento
de penetración espiritual en nuestro Continente. Por eso las tendencias
nacionalistas que fincan su programa en el catolicismo, terminan, sin comprender
lo que sucede, atadas al carro de la estrategia imperialista, a la que sin
embargo deseaban combatir.
Hablo en el folleto de "nacionalismo católico". Simple concesión verbal. Porque
catolicismo -en su acepción etimológica y en su acepción práctica- se contradice
con nacionalismo, a menos que los católicos acepten romper con el papado. La
revista "Mayoría" acaba de consignar, con objetividad plausible, el apoyo de la
jerarquía eclesiástica argentina al sector "internacionalista" (corrijamos:
antinacional) del catolicismo: al partido Demócrata Cristiano, por oposición a
la Unión Federal de Amadeo. Falta decir que ese apoyo no podía dejar de
prestarse, pues la internacional del dólar y la internacional papista,
perdurables aliados, son puntales de la oligarquía en su agresión contra el
pueblo argentino.
A quienes nos acusen de hacer propaganda antirreligiosa les respondemos: Como
políticos, lo único que nos interesa es señalar que la Iglesia -no la religión
católica- tiene un programa terrenal que consta de dos puntos: Defensa del
capitalismo; Defensa del imperialismo contra los movimientos nacionales en los
países sometidos. Ambos puntos de ese programa son esencialmente antipopulares.
O se está con el pueblo o se está con la jerarquía papista. En buena hora
aparezcan los católicos que prefieran al pueblo.
La crisis del Nacionalismo comienza en 1945, cuando la clase trabajadora
reinicia la revolución popular, cuyo anterior ciclo se había cerrado con la
caída de Yrigoyen. Un sector militó en la oposición al nuevo gobierno; otro
sector constituyó su ala derecha y acabó por romper y organizar el golpe
oligárquico. Pero tampoco faltaron aquellos que supieron vincular su destino al
de las masas y hoy enfrentan al régimen antipopular.
Al criticar la tendencia de Amadeo y " Azul y Blanco" -lo que hacemos sin
distinguir, pues aún no se había producido la escisión- pretendemos señalar, en
primer término, cuáles son los límites objetivos del nacionalismo
oligárquico-burgués, y en qué forma su pasado determina su presente.
Indirectamente nos dirigimos también a quienes, de una manera subjetiva, se
colocan junto a los trabajadores, pero apoyándose en ideologías heredadas, que
ni responden a los intereses obreros, ni ayudan a la posición que se pretende
asumir. Es con estupor que leímos en "Consigna", hace ya varios meses, el poema
de un "nacionalista" francés -o para decirlo con más elegancia: de un cipayo pro-nazi
de Vichy- fusilado, con muy buen acuerdo, cuando los alemanes evacuaron Francia.
Ahora bien, a ese señor -que en paz descanse- se lo pretendía comparar con
nuestros muertos, cuya memoria honramos al punto de rechazar semejante
identificación.
Será pues necesario, y quede también esto para más adelante, romper con un
lamentable equívoco del sector nacionalista que busca, no sólo un camino
democrático, sino la vinculación perdurable con la clase obrera y el estudio de
la ideología que históricamente le corresponde: el marxismo.
Un curioso escritor francés, Thierry Maulnier, ofrece el asidero necesario para
este pacto entre el ayer y el hoy. Para Thierry Maulnier, la comunidad nacional
-"tribu, ciudad, pueblo o nación"- es una forma histórica que subordina a las
restantes, incluso a las clases sociales y sus' luchas. He puesto entre comillas
lo que Maulnier entiende por comunidad nacional. La imprecisión de la fórmula la
reduce a lugar común: el hombre es animal social. Pero los tipos de sociedad
varían históricamente, y no hay Thierry Maulnier que demuestre, antes de la
aparición de la burguesía, un solo caso de nación política y culturalmente
constituida. Semejante intento de colocar a la nación fuera y por encima de la
historia, sólo triunfa al precio de destruir el concepto científico que la
define.
Con esto nos hemos colocado en el centro del problema: el nacionalismo jamás ha
logrado dilucidar teóricamente su propia premisa, jamás ha logrado explicar qué
es la nación. Y no lo ha logrado porque nada que se pretenda eterno puede ser
definido, ya que el devenir es la esencia del ser. Puede el marxismo explicar
las clases, pues basando su concepción histórica en la lucha que las enfrenta,
considerándose ideología del proletariado, tiende a suprimir aquella lucha, a
liquidar la existencia del proletariado como clase. No puede el nacionalismo
explicar a la nación, porque la transforma en categoría eterna, antihistórica.
La polémica tiene implicaciones prácticas de primer orden. Es fácil demostrar,
por un lado, que Marx y Lenin --los apóstoles del internacionalismo proletario--
fueron los primeros en elaborar una teoría satisfactoria de la cuestión
nacional. Por el otro, que ellos señalaron, antes que nadie, la importancia
decisiva de las insurrecciones nacionales en la lucha mundial por el socialismo.
Pero ambos establecían una diferencia que pasan por alto los discípulos de
Thierry Maulnier: la diferencia entre el nacionalismo imperialista y el
nacionalismo colonial y semicolonial. Claro es que una concepción antihistórica
del Estado nacional no puede comprender que el tránsito de una forma a la otra
es el tránsito de la revolución a la reacción.
Que Thierry Maulnier sostenga que hay algo por encima de la lucha entre los
obreros y los burgueses de Francia, no hace más que ratificar lo que diariamente
manifiestan los representantes del monopolio imperialista cuando invitan a sus
obreros a apoyarlos en la común cruzada de expoliación contra Argelia, Túnez,
Indochina o cualquier otro país sometido. Que un nacionalista de estos países
quiera inspirarse en Thierry Maulnier, ya se comprende menos, porque es un duro
trago buscar mentores que nos liberen ideológicamente entre los artífices de la
propia opresión.
Aquí, en América Latina, sufrimos principalmente por nuestra actual impotencia
para constituirnos en Estado nacional. Francia y los demás países de Europa,
sufren en cambio porque los marcos de ese Estado impiden el desarrollo de las
fuerzas productivas. Pero tales marcos, que no dejan a la sociedad vivir, son el
fundamento del privilegio burgués. La burguesía entonces, a través del
imperialismo, pretende mantener un sistema estadual que ya se sobrevive mediante
el saqueo de las cuatro quintas partes del mundo. El precio para mantener el
nacionalismo político francés es impedir el triunfo del nacionalismo en los
sectores periféricos.
Tan lógico como que en nuestros países la clase obrera asuma la bandera nacional
-que es bandera de liberación- resulta que el proletariado revolucionario en
Francia enarbole el estandarte del internacionalismo. También nosotros seremos
internacionalistas a nuestra manera: solidaridad con los pueblos coloniales de
todo el mundo, solidaridad latinoamericana. Es una perspectiva histórica cierta,
que la alianza entre nuestros pueblos y el proletariado revolucionario de los
países metropolitanos, mandará al museo de antigüedades a un régimen infame que
ya no tiene justificación alguna de existencia.
Pero cuidado con las confusiones. La bandera nacional es el eje de nuestra
revolución. Ello significa que no sólo los obreros se alinean en las barricadas
del pueblo. ¿Ha desaparecido por eso la lucha de clases? De ninguna manera. El
proletariado, que reconoce en el imperialismo y la oligarquía a sus principales
opresores, no deja por eso de enfrentar un solo instante a la burguesía
nacional. Distintos son los términos de la lucha que en un país desarrollado,
pero no menos ásperos. La burguesía pretende subordinar la revolución nacional a
sus fines: es decir, a sus capitulaciones frente al imperialismo, a su alianza o
"statu quo" con la oligarquía comercial-terrateniente, a la explotación
económica de la clase obrera.
No encuentra mejor táctica ahora que llamar a la constitución de un frente
nacional donde todas las clases tendrán su partido menos la obrera; todas: las
ideologías su lugar, menos el socialismo revolucionario. Busca, mediante
alharacas demagógicas y concesiones, atenuar la necesidad, que ya germina en los
mejores cuadros sindicales, de constituir el partido obrero revolucionario.
Semejante táctica es particularmente nociva por cuanto toda nuestra experiencia
y la de otros países prueban hasta el hartazgo que ninguna batalla contra el
imperialismo permitirá victorias perdurables si no es el sector más combativo
del Frente Nacional, la clase trabajadora, quien asuma la dirección efectiva. ¿Y
cómo sucederá así si carece de partido propio y se ve obligada a apoyar a
sectores burgueses o pequeño-burgueses con plataforma "obrerista" (¡qué duda
cabe!) ...precisamente porque no son obreros?.
En esa táctica coinciden los nacionalistas oligárquicos y Frondizi. Bien está
que ambos convenzan a sectores de la clase media, enfangados hasta ayer en el
frente reaccionario, de que la independencia económica, la soberanía y la
justicia social son las banderas auténticas del pueblo argentino, y de que es
necesario un reencuentro con el proletariado. En tal sentido, pese a todas las
reservas, estrecheces y confusiones de sus respectivos programas, nos parece
magnífico que encuentren apoyo... fuera de la clase obrera. Pero que pretendan
inculcar a ésta la idea utópica de que repetirán el ciclo democrático-burgués
del gobierno peronista -salvo sus "errores" y "demasías"- es de un
reaccionarismo infantil: el peronismo cayó, no por sus errores, sino porque
victima de sus propias limitaciones históricas, -a saber: plantear la justicia
social y la independencia económica, sin destruir hasta los cimientos las formas
heredadas del Estado oligárquico-burgués y sin afectar el actual régimen de
producción capitalista.
Por su parte, el sector burgués del peronismo tiende a reacomodarse a la nueva
situación creada, y busca un pacto de caballeros entre las clases dominantes
para impedir lo que Jauretche denomina "el proceso dialéctico de la historia",
es decir, que la clase trabajadora se organice políticamente y salga a la lucha
vinculando sus propios objetivos a los del pueblo en su conjunto.
No faltan, por último, ciertos "ortodoxos" que combinan el ultimatismo práctico,
el extremismo golpista -estéril, en cuanto impide la movilización de las masas-
con los afanes clericales. Mientras la jerarquía obispal apoya el frente del
gobierno -que no controla- los clericales copan la expresión legal del
peronismo. ¿Olvidan que fue la Iglesia la que encabezó la lucha contra Perón?
Allá ellos si su memoria es mala: no lograrán enceguecer al pueblo. La ruptura
entre Perón y el clero era necesaria, en cuanto abría el camino a un
esclarecimiento ideológico de la clase trabajadora; e inevitable, en cuanto
-según lo demostramos- la Iglesia es instrumento antinacional, arma del
privilegio, pilar del imperialismo. Pretender ahora insuflar de rondón una
ideología que no corresponde al estadio actual de la conciencia de las masas y a
sus necesidades de lucha, revela perfidia antes que sincera defensa de los
trabajadores.
Que haya "marxistas" capaces de aceptar la situación, de clamar por un frente
nacional al precio de arriar las banderas de la acción política independiente
del proletariado, sólo demuestra que las masas están más adelantadas que los
dirigentes. En lo que a nosotros respecta, primero nos delimitamos ideológica y
organizativamente antes de hablar de alianza con los representantes de las otras
clases. No es la línea del éxito, pero es la línea de la victoria.
*Fragmento perteneciente al texto original enviado digitalmente por Fernando
Lavallén
Sobre
el concepto de pequeña burguesía y nuestra alianza plebeya*
Por Alberto J. Franzoia
El concepto pequeña burguesía ha sido utilizado con frecuencia de modo poco
riguroso, algún amigo, compañero o colistero dirá: "otra vez rompiendo las b....
con la precisión científica". Pido disculpas por anticipado pero ocurre que esto
de utilizar o no el concepto más apropiado no es sólo una cuestión teórica sino
también política. Y si bien pueden existir algunos alérgicos a las disciplinas
que integran la ciencia social (ja...ja...), seguro que en el espacio digital.
Reconquista Popular casi ninguno se brota con la política.
Para los compañeros de la IN (izquierda nacional) el concepto pequeña burguesía
resulta fundamental ya que una de nuestras ideas fuerza es: trabajar por la
alianza clase obrera-pequeña burguesía. Pero si no aportamos claridad con
respecto a qué queremos decir cuando decimos "pequeña burguesía", o en su
defecto remplazamos el concepto (lo cual no viola ninguna ortodoxia como puedo
explicar en otro momento), estamos en problemas. Concretamente, o no sabríamos
con exactitud cuáles son los sujetos que queremos conquistar (aunque no me
parece que sea este el caso) o el discurso más frecuente no sería el más
apropiado. Claro está que una cosa es el discurso teórico general (habitualmente
correcto de nuestra perspectiva política) y otra muy distinta el discurso
cotidiano, el que guía la práctica de todos los días en el barrio, la fábrica,
la universidad, o ante un proceso electoral inminente.
Ayer decía que el concepto ha sido utilizado con una extensión desmedida,
incluyendo en su seno a sectores amplios y heterogéneos: sectores intermedios
que se ubican objetivamente en la estructura económica de nuestra sociedad por
un lado y sectores cuya presencia está ligada a la superestructura por otro. Así
la pequeña burguesía que originalmente eran sólo los pequeños productores y
comerciantes independientes (que a su vez trabajan con sus medios de producción
y /o comercialización), termina incluyendo a personal técnico y gerentes de
empresas, empleados bancarios, docentes, funcionarios estatales, profesionales
independientes, artistas y los trabajadores del sector terciario y
administrativo (más algunos agregados que obviamos por la extensión de este
comentario). Si además el concepto pequeña burguesía va asociado en nuestro
discurso político con una carga ideológicamente negativa (explícita o
implícita), el problema se torna realmente serio, ya que la alianza propuesta es
con un sector muy amplio (eso es correctísimo), pero a su vez esa multitud
social no logra ser representada por el discurso de quién pretende ser su
representante cada vez que bajamos a la realidad cotidiana.
A modo introductorio considero pertinente trabajar por lo tanto algunas ideas en
el seno de la IN, pero de ninguna manera eso supone que el resto del campo
nacional y popular esté al margen de esta consideración (recordemos que el
peronismo no desarrolló una política adecuada para el sector abordado):
1. Necesidad de recurrir a un concepto más abarcativo y descriptivo de la
realidad social del capitalismo actual, no sólo del dominante sino también del
dominado: capas o sectores medios. Claro que a continuación será necesario
precisar diferencias entre las capas medias de un capitalismo desarrollado y
otro subdesarrollado. Sólo captando la realidad con conceptos adecuados podremos
expresar claramente lo que queremos decir y a quiénes nos queremos dirigir.
2. Utilizar el concepto pequeña burguesía sólo para expresar lo que
originalmente expresaba, siendo este un grupo social en constante disminución
ante el avance de la propiedad monopólica u oligopólica.
3. Si bien al recurrir al concepto capas o sectores medios en principio se
podría sugerir la idea de que ya sido despojado de la carga negativa asignada a
la pequeña burguesía, se impone aún así un cuidado trabajo cultural con estos
sectores. Partiendo de una realidad compleja en el plano simbólico por la tarea
previa desarrollada a lo largo de décadas por los intelectuales de las clases
dominantes (pero sin atacarlos con discursos destemplados que sólo alejan al
destinatario del discurso), resulta imprescindible una tarea alternativa que
apunte a la construcción de consensos con los obreros ocupados y desocupados.
Para construir dicho consenso es evidente que en muchos casos habrá que
modificar una visión de mundo instalada. La tarea no es habitualmente sencilla
pero en la actual coyuntura juegan a nuestro favor dos factores esenciales:
a. la situación objetiva de gran parte de esas capas medias en los países
oprimidos por el imperialismo las acerca a los intereses de la clase obrera.
Tengamos en cuenta que en Argentina los nuevos pobres surgieron mayoritariamente
de esas capas medias, no así los pobres estructurales (los que siempre lo
fueron), por otra parte sólo una minoría ha quedado integrada objetivamente a
las clases dominantes (burguesía imperialista y oligarquíasnativas);
b. los procesos de liberación que se están desarrollando en regiones de la
Patria Grande, alcanzando grados de realización muy importantes como en Cuba,
Venezuela o Bolivia, no pueden más que estimular procesos similares en otras
regiones más rezagadas o en las que dichos procesos se presentan con mayores
debilidades. Estos ejemplos pueden facilitar el trabajo cultural sobre todo con
los sectores más empobrecidos de las capas medias.
Estas frases sueltas constituyen un borrador de un trabajo cultural que, según
mi modesto entender, es necesario desarrollar. En la Escuela Spilimbergo nos
hemos impuesto un área de difusión y formación cultural en principio con
nuestros militantes, pero también organizando jornadas con sectores real o
potencialmente afines. Sin embargo, creo que además de difundir ideas ya
producidas en otro contexto histórico, habrá que producir nuevos bienes
simbólicos para esta etapa del capitalismo imperialista que algunos llaman
globalización. Eso no supone una ruptura con el pasado, sí continuidad,
actualización y cambio dialéctico.
La Plata, 13 de septiembre de 2007
*Publicado en www.redaccionpopular.com
La
"contradicción fundamental" *
Por Jorge Enea Spilimbergo
La descripción que antecede nos conduce a la naturaleza de la "contradicción
fundamental", cuya búsqueda se ha revelado la cuadratura del círculo para
ciertos marxistas argentinos. Se trata de una contradicción nacional con el
bloque oligárquico-imperialista. Por consiguiente, las tareas impulsoras de la
revolución argentina tienen un contenido democrático burgués, a pesar de la
generalización de las relaciones sociales capitalistas en el país. La tarea
estratégica central la constituye la integración del país en la Federación
nacional latinoamericana.
El primitivismo ideológico tradicional de la izquierda cipaya exige algunas
precisiones obvias para evitar equívocos no siempre ingenuos.
Para el marxismo, nunca fue dudoso que la naturaleza de una revolución derivaba
del contenido originario de sus .tareas y no de las clases que la conducían.
Toda la polémica contra el menchevismo busca demostrar que, siendo correcto que
la revolución rusa era una revolución burguesa, de allí no resultaba que la
burguesía habría de dirigirla, sino el bloque revolucionario de obreros y
campesinos, con una dictadura compartida (Lenin), con una dictadura proletaria
con apoyo campesino (Trotsky).
Tampoco resultaba discutible para los políticos marxistas el que las tareas
demo-burguesas no estaban separadas por una muralla china de las tareas
socialistas, a las que se entrelazaban en un proceso continuado acentuándose,
según los casos, la sucesión o coexistencia de tal entrelazamiento. Pero no se
prestaba a dudas el hecho de que el impulso histórico que conducía al
proletariado al poder no provenía de una saturación de capitalismo, con las
contradicciones socialistas inherentes, sino de la declinación de un orden
capitalista, combinada con 1a impotencia burguesa para acaudillar el movimiento
revolucionario. Se trataba de arrebatar a la burguesía las banderas de la
democracia revolucionaria. El poder obrero se erigió, finalmente, sobre cuatro
pilares fundamentales: la cohesión y peso del proletariado, la revolución
campesina, la revolución de las nacionalidades oprimidas, la cuestión de la paz.
En los países semicoloniales y coloniales, el proletariado, no obstante su valor
minoritario, puede encontrar la ruta del poder, a condición de no aislar
sectariamente sus tareas "específicas", sino de asumir la "contradicción
fundamental", de proyectarse como representación nacional, disputando a la
burguesía la jefatura histórica, impeliendo el curso "jacobino", plebeyo, de la
lucha.
Cuando se habla de contradicción fundamental en la Argentina, dícese que las
masas son empujadas a la revolución por la frustración del desarrollo nacional
ante la quiebra del orden oligárquico y la impotencia burguesa para sucederlo,
es decir, para resolver las tareas, que los sectores más lúcidos de la burguesía
se vieron obligados a plantear como respuesta a la crisis. Todo el cretinismo
intelectual cipayo se ha dado cita, a lo largo de los años, para tergiversar
nuestra interpretación revolucionaria de la realidad argentina. Para los lacayos
del Barrio Norte, se trata, ante todo, de llevar a la impotencia y el
aislamiento al "principal enemigo": el proletariado. También ellos son fieles a
su "contradicción fundamental".
* Fragmento de "Clase Obrera y Poder" (1964). Texto digitalizado por Fernando Lavallén.
Lo que sigue es el texto de una carta enviada por Jorge Abelardo
Ramos a la revista Cuestionario, cuyo director era Rodolfo Terragno. Se publicó
en la revista Izquierda Nacional N° 25, Agosto de 1973.
Carta
a "Cuestionario" sobre González Tuñón
En el último número de "Cuestionario",
Raúl González Tuñón narra una autobiografía que el lector
puede juzgar por sí mismo. En una parte de ella puede leerse lo siguiente,
referido a la guerra civil española:
"Claro que después hubo gente como Barea que dijo que muchos habían ido a tomar
manzanilla en la retaguardia. Abelardo Ramos también se hace eco de esta
calumnia. Esto trae el asunto de mi escrito contra Trotsky. Yo ataqué cruelmente
a Trotsky porque lo consideraba un provocador: conocía sus artículos en las
revistas más reaccionarias de Austria, de Holanda, de Copenhague; no contra
Stalin sino contra la Revolución Rusa. Conocía su campaña –de él y los
trotskystas- que contribuyeron al suicidio de Maiacovsky (decían que la poesía
revolucionaria de él ya no se comprendía). Eso, unido a una neuritis muy aguda y
a un amor imposible, hizo que Maiacovsky se pegara un tiro. Eso no quiere decir
que yo deseara la muerte de Trotsky, así como murió, con un pico de hielo; pero
no me retracto de lo que escribí aunque ahora lo pueda considerar exagerado. El
canallesco Abelardo Ramos, en el fondo me hizo un favor, atancándome; hay que
volver a leer sus artículos en Democracia que escribía bajo el seudónimo de
Víctor Almagro... esas cosas lamentables. (Por algo no ponía el nombre). O la
defensa innoble de un miembro del FIP, preso por la ley de Onganía, diciendo que
esa ley anticomunista estaba mal aplicada porque el FIP no tenía nada que ver
con el comunismo..."
Hace casi exactamente 33 años, el 20 de agosto de 1940, un agente de los
servicios secretos de Stalin, asesinó a León Trotsky, organizador de la
Insurrección de Octubre y fundador del Ejército Rojo. El señor González Tuñón
escribió con ese motivo la siguiente página:
"Sobre el cadáver de León Trotsky: en Coyoacán, palacete campestre pagado por el
dinero norteamericano, ha muerto León Trotsky, literato notable, hombre pequeño
y traidor del Partido Comunista y de la Unión Soviética. Nunca fue antifascista
como nosotros lo fuimos –y lo somos- recordad, camaradas, los terribles años.
Estaba inquieto últimamente porque mientras los imperialismos se desangran la
Unión Soviética construye avión tras tanque día a día... En la radio de
Ámsterdam por diez mil dólares –en los años terribles- dirigió al "New York
Times" un mensaje –él, el hombre de la ‘revolución permanente’- delatando y
calumniando a sus viejos camaradas del Partido... Dijo al "Plan Quinquenal":
"No..." y el Plan Quinquenal... vosotros lo sabéis... Hoy que la prensa
reaccionaria del mundo canta loas a su pobre cadáver de viejo resentido
arrojándole la final paletada de tierra de ignominia, como se agranda la figura
de Lenin cuya memoria fue escupida por los que hoy exaltan al Traidor, y cómo,
cómo se agranda la figura de Stalin, el fantasma del fascismo y del
imperialismo, la expresión suprema de nuestra causa y de nuestro Partido. ..
Atrás, pequeño hombre. La tierra generosa hará con tus cenizas lo que hace con
las cenizas de todos los hombres: algo útil a la tierra. Recién ahora tu carne
torturada de envidia y fiebre oscura, tendrá un sentido, una función, pero los
pueblos y el Partido no olvidarán que hubo un traidor... Atrás, pequeña sombra
de lúcida maldad. Silencio sobre la tumba del pobre León Trotsky, cuidador de
conejos, esposo y padre... Que su ceniza tenga paz, pero no su memoria". (1)
Al describir la "década infame" y la degradación del intelectual rosa, escribí
en mi historia de la Argentina (Volumen V), lo que va a leerse:
"Eran los días de esplendor del Hombre Stalinista, ese híbrido singular de
liberal y rusófilo formado a la sombra del gran puerto cosmopolita. Su
psicología se alimentaba de dos elementos indestructibles: el odio a las
revoluciones vivas del presente y la adulación a los Estados sólidos nacidos de
revoluciones remotas. Cabe agregar que el stalinismo no reclutaba prosélitos
entre los rebeldes sino entre los sometidos. Esta selección era completamente
natural. Por lo demás, su predilección por las revoluciones aumentaba cuanto más
lejanas eran y disminuía cuando estallaban en alarmantes lugares próximos. Las
masas populares, en las calles del propio país, los petrificaría de despecho. No
obedecía a ningún azar la adhesión de esta repugnante especie política al
"socialismo en un solo país" proclamado por Stalin en sus verdes tiempos. Esta
doctrina serenaba los nervios y permitía la continuación de su vida burguesa en
la práctica de la rifa, la colecta o el terno manifiesto. En este género de
faena, la división del trabajo entre asesinos y versificadores fue perfecta.
Después del asesinato, a Raúl González Tuñón, mediocre cortesano para todo
servicio, se le encomendó la sórdida misión de cantar "ad gloriam" de los
verdugos. Debía enlodar el cadáver del jefe de la Insurrección de Octubre.
González Tuñón, arrodillado desde hacía veinte años en el stalinismo, estaba
dispuesto a todo. Los incesantes viajes a Moscú, París o Madrid debían pagarse.
Con el corazón alegre el lacayo borroneó algo que no merece caer en el olvido"
(aquí transcribo su inmortal página) y concluyo:
"Encubridor y cómplice, González Tuñón poseía en alto grado la ‘tendencia al
lodo’ que Freud había observado con su ojo certero en ciertos seres. No crea el
lector que esta página absolutamente típica había nacido de una sola mano. En
estas palabras del poeta eunuco se retrataba una generación y una época" (2)
Ahora en "Cuestionario", el versificador se atreve a recordar el episodio.
Agrega que su heroico ataque a Trotsky obedecía a que "conocía" sus artículos en
revistas de Austria, Holanda y Copenhague. González Tuñón desconoce la lengua
alemana, la holandesa y la danesa. También inspira dudas sus relaciones con la
lengua castellana, si hemos de juzgarlo por la calidad de los productos verbales
que expende. Mucho menos ha conocido nada de lo escrito por Trotsky. Miente, lo
que en un stalinista veterano es ya una primera naturaleza, del mismo modo que
su fábula sobre el suicidio de Maiakovsky no puede creerla ya ni siquiera un
lector de "Nuestra Palabra". Bastará leer "Literatura y Revolución" de Trotsky
para advertir la agudeza de su juicio sobre los grandes poetas revolucionarios
que como Maiakovsky, Essenin y Alejandro block, se mataron o enmudecieron en el
crepúsculo stalinista. Parece que Tuñón no deseaba que asesinaran a Trotsky "con
un pico de hielo". Lo hicieron con unos zapapicos de montaña. Es de esperar que
esta rectificación tranquilice sus escrúpulos por completo.
Tampoco parece henchido de alegría por mis artículos publicados en el diario
"Democracia" durante el gobierno de Perón. Lo califica de "cosas lamentables" y
aventura la sagaz hipótesis de que por esa razón, yo los firmaba con seudónimo.
Sin embargo, el editor Peña Lillo editó dichos artículos en 1959 con el título
de "De Octubre a Setiembre" y con el verdadero nombre de su autor, que podía
firmarlos de ambos modos.
El lector que dude sobre su contenido, podrá leerlos pues el mismo editor
prepara una segunda edición que pronto estará en las librerías.
El triste versificador objeta calumniosamente mi defensa del compañero Simón
Gómez, que realicé ante el Tribunal de la Cámara del Terror el año pasado. En la
sala había público y muchos detenidos, asimismo, pudieron escuchar mi
exposición, que duró 25 minutos. Defendí el pensamiento marxista, su raigambre
profunda en América Latina y su originalidad creadora, así como deslindé el
ancho terreno que lo separa del seudo marxismo que defiende el partido
comunista, aunque subrayé ante la Cámara que no era ese el lugar más apropiado
para hacer la crítica a ese partido. La resolución de dicha Cámara, al absolver
al procesado se fundó en que no podía ser incluido en las disposiciones
previstas en la ley.
No me habría ocupado del señor Tuñón si no hubiera regresado del campo de los
muertos a tañer su desmedrada lira. Ingrata como es, esta puntualización reviste
cierto valor. Por ella, la nueva generación conocerá una época a la que Tuñón
pertenece con pleno derecho.
Jorge Abelardo Ramos
o "Canciones del Tercer Frente", pág. 67, Ed. Problemas, Buenos Aires, 1941.
o "Revolución y Contrarrevolución en la Argentina", volumen V, "La era del
bonapartismo".
Fuente: http://www.abelardoramos.com.ar/_doc/doc051.php
Imágen: Portada de un número de "Cuestionario" de 1975
Eduardo Galeano: Las dos Iglesias en América Latina
Clase
obrera y poder (fragmento)*
Por Jorge Enea Spilimbergo
Naturaleza de la oligarquía
Las formas concretas de esa dependencia se definen a partir de las relaciones
sociales internas preexistentes. Países en similar relación con el mercado
mundial (exportadores agroganaderos de economía rural capitalista) como Canadá,
Australia, Nueva Zelanda, terminan por adquirir altos niveles de
industrialización e ingreso per cápita. En todos esos casos nos encontramos con
una burguesía y pequeña burguesía agrarias, sometidas a las leyes de acumulación
capitalista, la competencia, las revoluciones técnicas y la expansión de una a
otra rama de la producción.
En Argentina, por el contrario, el acaparamiento de las tierras públicas
consolida una oligarquía ganadera como la clase dominante. Se trata de una clase
capitalista pero, en lo fundamental, no burguesa, en la medida en que su ingreso
básico no proviene del proceso de valorización del capital sino de un monopolio
rentístico sobre la tierra y de la participación (los invernadores) en el
monopolio inglés de las carnes. No se niega la función industrial de esa
oligarquía en el proceso de refinamiento, mejoras, tecnificación, etc. Pero esa
función -accesoria en cuanto a los ingresos- opera como condición para poder
ejercer el parasitismo de la renta y el monopolio mercantil. Ello es así porque,
en la formación de la renta agraria, la renta diferencial jugó un papel
preponderante hasta las últimas evoluciones técnicas de la agricultura europea y
norteamericana, que han anulado los menores costos por fertilidad natural. Más,
para que esa renta diferencial funcione, es preciso acceder al precio
internacional, es decir, adaptarse técnicamente al nivel de la demanda europea.
La naturaleza parasitaria de la aristocracia ganadera se corresponde con una
ética de consumo de los ingresos, cuya fuente monopólica los asegura por la mera
repetición del ciclo económico. El grueso de la plusvalía neta, trasmutada en
renta, fue consumida improductivamente por una clase estancieril ausentista
frenando gravemente el proceso de acumulación capitalista.
Ninguna investigación parcial puede ignorar este fenómeno básico, y es falso que
la oligarquía haya impulsado el desarrollo de la industria. Los ejemplos
particulares contrarios deben integrarse en el panorama que antecede,
El periodo dorado
El período dorado de esta estructura corrió, aproximadamente, entre 1880 y 1930,
es decir, entre el cierre del ciclo de nuestras guerras civiles y la gran
crisis. Fue un período de expansión ininterrumpida del mercado mundial y altas
cotizaciones con relación a nuestros costos. Así, en contraste con las colonias
y semicolonias típicas, en que la expoliación imperialista se ejerce a nivel del
propio fondo de reproducción del trabajador directo, la Argentina retenía una
masa apreciable de sus excedentes (estrictamente, de valores producidos por los
trabajadores agrícolas extranjeros, incorporados a la economía nacional por el
mecanismo de la plusvalía extra). De este modo, pese al carácter
semiconfiscatorio de la renta oligárquica, quedaban saldos, todavía, para
engendrar una clase media relativamente numerosa.
Durante el período de auge, el punto vulnerable de esta economía fue la bajísima
absorción de mano de obra. La renta diferencial y el monopolio mercantil sobre
las carnes imponían un ruralismo extensivo, o sea, hacer "producir" a la tierra
y no a los hombres. Un desplazamiento en sentido contrario habría obligado a
intensificar la tecnificación desviando la masa de ingresos, de la renta a la
plusvalía industrial agrícola ganadera. Ello, a su vez, habría suprimido el
ausentismo como género de vida y la ética de consumo como actitud hacia la
ganancia, juntamente con el automatismo cíclico del ingreso. Contados peones
bastaban para trabajar grandes áreas. Esta constante demográfica de la
oligarquía, ya enunciada por Roxas y Patrón en la polémica con Ferré, reaparece
en la añoranza de la Sociedad. Rural, de los tiempos en que había "un argentino
cada 4 vacas". Como en los latifundios romanos, la alta lucratividad de la
unidad económica está en relación inversa con la producción y productividad
globales. El desempleo crónico estimula una hipertrofia urbana parasitaria, en
que el lugar del proletariado ocioso pasa a ocuparlo, con más decoro formal, una
clase media vinculada a la intermediación, a la burocracia pública y privada, y
a otras actividades del "terciario", a la que se anexa un proletariado marginal
de industrias de exportación, servicios públicos y mercado interno de la
plataforma semicolonial. En el polo opuesto, el desempleo abierto de los
marginalizados urbanos, las provincias "pobres" y los rancheríos intersticiales
de trabajadores temporarios.
Prosperidad ficticia
Emerge así una semicolonia privilegiada, con sus ciudades-puerto "europeas", y
con su sistema multiclasista de sectores beneficiados por el librecambio
exportador-importador, predispuestos a secundar la colonización imperialista del
país. Particular gravitación asume la clase media urbana, fenómeno típicamente
rioplatense sin parangón mensurable en el resto de América Latina. La sociedad
adquiere así un carácter "burgués" y "europeo", aún prescindiendo de la
presencia inmigratoria. El malentendido reside (para hablar en términos de
economía burguesa), en que el peso del sector "servicios" dentro del producto
bruto nacional no resulta de una alta productividad del trabajo en la plataforma
técnica, sino de los beneficios de la renta diferencial. Así se explica que la
quiebra del mercado mundial, a partir de 1930, suma en la mayor crisis a la
pomposamente llamada Argentina moderna. El deterioro de los términos del
intercambio es la ley que preside la descomposición de esa estructura. En un
momento dado, la asfixia económica llega a afectar las condiciones de. la
reproducción simple en la misma plataforma industrial y burguesa que, mientras
tanto, había alcanzado a delinearse.
Se hunden los cimientos
Si consideramos la economía argentina como un sistema cerrado, es decir, si
reemplazamos los valores de uso exportados por los- importados, las vacas y el
trigo se convierten (desde que se altera la composición de nuestras
importaciones y al predominio de importaciones industriales de consumo sucede el
de bienes de producción), en el Ruhr argentino, en el corazón de la Rama 1 cuyo
intercambio con la Rama II (en la que figura el grueso de la industria liviana
surgida en los últimos años) forma el cauce fundamental del mercado interno y
del mecanismo de reproducción simple y ampliada. Pero este Ruhr arcádico y
envidiable comenzó a achicarse, a la manera de una piel de zapa, o como si un
microbio incontrastable atacase de pronto los altos hornos y fundiciones del
Ruhr auténtico, comprometiéndose así la industrialización liviana, los niveles
de servicios públicos, el empleo obrero, los excedentes alimentarios de la
pequeña burguesía; en una palabra, no ya el proceso de acumulación sino el de la
misma reproducción simple.
Mientras las crisis capitalistas clásicas involucran en cierto modo el mecanismo
de su propia superación, al restablecer la tasa de ganancia a través del
desempleo y la liquidación de los, saldos, y promover desarrollos tecnológicos y
de la concentración, la naturaleza esclerósica de la crisis argentina excluye
tales mecanismos. Ella se presenta como una crisis crónica y progresiva.
* Clase obrera y Poder son las tesis del Partido Socialista de la Izquierda
Nacional y fueron redactadas en 1964 por Jorge Enea Spìlimbergo.
Texto digitalizado por Fernando Lavallén
Conferencia de Norberto Galasso en la que aborda la historia de América (fragmento)
Jorge Spilimbergo habla del peronismo de izquierda
¿Cómo
construyó Marx su "Bolívar y Ponte"?
Por Alberto J. Franzoia
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Introducción
Carlos Marx ha sido no sólo un filósofo muy destacado, gestor de una concepción
política revolucionaria, sino uno de los más grandes teóricos que dio la ciencia
social, fundador junto con Federico Engels del materialismo histórico. Está
claro que para poder construir una teoría de envergadura hay que manejar
adecuadamente, por otra parte, algún método. Marx no se conformó con ello sino
que creó con su amigo de toda la vida uno alternativo al dominante (ese
inductivismo ingenuo utilizado por los positivistas de su tiempo), al que
conocemos como materialismo dialéctico. Recurriendo a dicho método logró gestar
no sólo una teoría general sobre los modos de producción, con especial atención
puesta en el capitalismo, sino teorías regionales (más concretas que la
anterior) centradas en formaciones sociales diversas, aunque claro está, la que
dominó sus estudios fue el capitalismo maduro europeo (sobre todo inglés) de la
segunda mitad del siglo XIX. Sin embargo, dedicando tiempo y esfuerzo al estudio
de otras realidades alejadas de su contexto, realizó importantes aportes al
conocimiento de problemas como la guerra civil en EE.UU. o sobre las diversas
formaciones sociales que se gestaron a partir de la disolución de la comunidad
primitiva.
En 1858 Marx produce por encargo un artículo, que por su desarrollo podría ser
catalogado más bien como un breve ensayo sobre nuestro libertador Simón Bolívar.
Con el paso de los años dicho trabajo despertó todo tipo de polémicas ya que el
Bolívar que nos presenta el científico alemán aparece muy desdibujado para todos
aquellos que hemos intentado indagar con la mayor rigurosidad posible la
historia de América Latina, tanto que se detectan serias inconsistencias
metodológicas como la presencia de fuertes prejuicios. Sin bien no creo en la
infalibilidad de nadie y en esto incluyo a los hombres más lúcidos que ha dado
la humanidad (por lo que Marx no constituye una excepción), se imponen algunos
interrogantes que nos permitan dilucidar la cuestión, ya que estamos ante un
problema caro a los intereses objetivos del pueblo latinoamericanos. ¿Qué
ocurrió con dicho estudio? ¿En qué medida el contexto histórico-social influyó
negativamente? ¿Con qué tipo de limitaciones personales encaró Marx el trabajo?
¿Recurrió realmente a su materialismo dialéctico? ¿Es definitivo este
desencuentro entre el marxismo y la figura de Bolívar?
Intentar respuestas en esta dirección es desde mi punto de vista una tarea
definitivamente necesaria, ya que en momentos en que América Latina inicia una
nueva etapa en sus luchas por la liberación nacional y social, no faltaran los
sectores comprometidos explícitamente con el imperialismo y grupos
consecuentemente antimarxistas, que recurrirán a este tipo de errores reales
para promover un interesado desencuentro entre el pensamiento de Marx y la
figura del libertador. En esa línea hostil a los procesos revolucionarios de
nuestra Patria Grande se encuentran personajes como el sociólogo argentino José
Enrique Miguens, quien en su artículo "Chávez parece ignorar que C. Marx odiaba
a S. Bolívar" (publicado en el diario de la oligarquía argentina "La Nación"),
intenta utilizar los errores de Marx para promover una mirada interesada cuyo
primer objetivo seria minar teóricamente el proceso revolucionario conducido por
el líder venezolano: "Cunde en algunos países de América latina, incluida la
Argentina, la impresión de que las grandes decisiones políticas se están
manejando con un bajísimo nivel cultural, de conocimiento de los asuntos y de
responsabilidad por las consecuencias. Se está viendo en los gobernantes una
incomprensión de las dificultades que atraviesan las sociedades actuales, una
infantil simplificación de las alternativas que se presentan y una enorme
irresponsabilidad con respecto a las posibles consecuencias de lo que deciden.
El autoritarismo que conlleva el pensamiento único hace que las decisiones
políticas se adopten en conciliábulos de no más de tres o cuatro personas, con
lo que se pierde el valioso aporte de las muchas personas capaces e informadas
que hay en todo país. Un caso paradigmático de este tipo de manejo político,
sorprendente por varias razones, es el del llamado "socialismo bolivariano" del
presidente de Venezuela, general Hugo Chávez, con su decadente retorno al
marxismo y su inconsulta decisión de imponer la enseñanza del marxismo en todas
las escuelas del país" (1).
Antes de buscar posibles respuestas para los interrogantes formulados, conviene
recordar pero brevemente (ya que el tema ha sido abordado en reiteradas
oportunidades por diversos investigadores) cómo es el Bolívar de Marx. Aclaro
sin embargo que no realizaré ningún análisis de contenido sobre del texto; sólo
me limitaré a transcribir algunas frases clave para que cada lector las juzgue
por sí mismo, ya que no trato de demostrar que estamos en presencia de un gran
error (eso no merece ser discutido), sino que estoy interesado en indagar cuáles
pueden haber sido los factores que influyeron en este tropezón del investigador
alemán. Las frases que transcribo manifiestan un contenido acorde con lo que es
el conjunto del ensayo y por dicho motivo han sido seleccionadas como frases
pertinentes.
Lo que dijo Marx de Bolívar
Fragmentos de "Bolívar y Ponte" de Carlos Marx (1958). Archivo Marx y Engels:
http://www.marxists.org/espanol/m-e/1850s/58-boliv.htm
"Cuando los prisioneros de guerra españoles, que Miranda enviaba regularmente a
Puerto Cabello para mantenerlos encerrados en la ciudadela, lograron atacar por
sorpresa la guardia y la dominaron, apoderándose de la ciudadela, Bolívar,
aunque los españoles estaban desarmados, mientras que él disponía de una fuerte
guarnición y de un gran arsenal, se embarcó precipitadamente por la noche con
ocho de sus oficiales, sin poner al tanto de lo ocurría ni a sus propias tropas,
arribó al amanecer a Guaira y se retiró a su hacienda de San Mateo. Cuando la
guarnición se enteró de la huida de su comandante, abandonó en buen orden la
plaza, a la que ocupan de inmediato los españoles al mando de Monteverde. Este
acontecimiento inclinó la balanza a favor de España y forzó a Miranda a
suscribir, el 26 de julio de 1812, por encargo del congreso, el tratado de La
Victoria, que sometió nuevamente a Venezuela al dominio español."
"Para fortalecer su poder tambaleante Bolívar reunió, el 1 de enero de 1814, una
junta constituida por los vecinos caraqueños más influyentes y les manifestó que
no deseaba soportar más tiempo el fardo de la dictadura. Hurtado de Mendoza, por
su parte, fundamentó en un prolongado discurso "la necesidad de que el poder
supremo se mantuviese en las manos del general Bolívar hasta que el Congreso de
Nueva Granada pudiera reunirse y Venezuela unificarse bajo un solo gobierno". Se
aprobó esta propuesta y, de tal modo, la dictadura recibió una sanción legal."
"Tras la derrota que Boves infligió a los insurrectos en Arguita, el 8 de agosto
de 1814, Bolívar abandonó furtivamente a sus tropas, esa misma noche, para
dirigirse apresuradamente y por atajos hacia Cumaná, donde pese a las airadas
protestas de Ribas se embarcó de inmediato en el "Bianchi", junto con Mariño y
otros oficiales. Si Ribas, Páez y los demás generales hubieran seguido a los
dictadores en su fuga, todo se habría perdido."
"En Ocumare difundió un nuevo manifiesto, en el que prometía "exterminar a los
tiranos" y "convocar al pueblo para que designe sus diputados al congreso. Al
avanzar en dirección a Valencia, se topó, no lejos de Ocumare, con el general
español Morales, a la cabeza de unos 200 soldados y 100 milicianos. Cuando los
cazadores de Morales dispersaron la vanguardia de Bolívar, éste, según un
testigo ocular, perdió "toda presencia de ánimo y sin pronunciar palabra, en un
santiamén volvió grupas y huyó a rienda suelta hacia Ocumare, atravesó el pueblo
a toda carrera, llegó a la bahía cercana, saltó del caballo, se introdujo en un
bote y subió a bordo del « Diana», dando orden a toda la escuadra de que lo
siguiera a la pequeña isla de Bonaire y dejando a todos sus compañeros privados
del menor auxilio."
"Sin embargo Piar, el conquistador de Guayana, que otrora había amenazado con
someter a Bolívar ante un consejo de guerra por deserción, no escatimaba
sarcasmos contra el "Napoleón de las retiradas", y Bolívar aprobó por ello un
plan para eliminarlo. Bajo las falsas imputaciones de haber conspirado contra
los blancos, atentado contra la vida de Bolívar y aspirado al poder supremo,
Piar fue llevado ante un consejo de guerra presidido por Brion y, condenado a
muerte, se le fusiló el 16 de octubre de 1817."
"…las tropas extranjeras, compuestas fundamentalmente por ingleses, decidieron
el destino de Nueva Granada merced a las victorias sucesivas alcanzadas el 1 y
23 de julio y el 7 de agosto en la provincia de Tunja. El 12 de agosto Bolívar
entró triunfalmente a Bogotá, mientras que los españoles, contra los cuales se
habían sublevado todas las provincias de Nueva Granada, se atrincheraban en la
ciudad fortificada de Mompós. Luego de dejar en funciones al congreso granadino
y al general Santander como comandante en jefe Bolívar marchó hacia Pamplona,
donde paso mas de dos meses en festejos y saraos."
"A pesar de que disponía de fuerzas holgadamente superiores, Bolívar se las
arregló para no conseguir nada durante la campaña de 1820."
"Un rápido avance del ejército victorioso hubiera producido, inevitablemente, la
rendición de Puerto Cabello, pero Bolívar perdió su tiempo haciéndose homenajear
en Valencia y Caracas."
"Esta campaña, que finalizó con la incorporación de Quito, Pasto y Guayaquil a
Colombia, se efectuó bajo la dirección nominal de Bolívar y el general Sucre,
pero los pocos éxitos alcanzados por el cuerpo de ejército se debieron
íntegramente a los oficiales británicos, y en particular al coronel Sands."
"Mediante su guardia de corps colombiana manipuló las decisiones del Congreso de
Lima, que el 10 de febrero de 1823 le encomendó la dictadura; gracias a un nuevo
simulacro de renuncia, Bolívar se aseguró la reelección como presidente de
Colombia. Mientras tanto su posición se había fortalecido, en parte con el
reconocimiento oficial del nuevo estado por Inglaterra, en parte por la
conquista de las provincias altoperuanas por Sucre, quién unificó a las últimas
en una república independiente, la de Bolivia. En este país, sometido a las
bayonetas de Sucre, Bolívar dio curso libre a sus tendencias al despotismo y
proclamó el Código Boliviano, remedo del Code Napoleón. Proyectaba trasplantar
ese código de Bolivia al Perú, y de éste a Colombia, y mantener a raya a los dos
primeros estados por medio de tropas colombianas, y al último mediante la legión
extranjera y soldados peruanos. Valiéndose de la violencia, pero también de la
intriga, de hecho logró imponer, aunque tan sólo por unas pocas semanas, su
código al Perú. Como presidente y libertador de Colombia, protector y dictador
del Perú y padrino de Bolivia, había alcanzado la cúspide de su gloria."
"En el año 1826, cuando su poder comenzaba a declinar, logro reunir un congreso
en Panamá, con el objeto aparente de aprobar un nuevo código democrático
internacional. Llegaron plenipotenciarios de Colombia, Brasil, La Plata,
Bolivia, México, Guatemala, etc. La intención real de Bolívar era unificar a
toda América del Sur en una república federal, cuyo dictador quería ser él
mismo. Mientras daba así amplio vuelo a sus sueños de ligar medio mundo a su
nombre, el poder efectivo se le escurría rápidamente de las manos."
El Bolívar de Marx es como se observa militarmente inepto y cobarde, debía todos
sus éxitos a otros militares como Paez o Sucre, y en su faz política era
partidario de una dictadura aristocrática. Tanto es así que en posterior carta a
Engels, fechada el 14 de febrero de 1958, lo califica en los siguientes
términos: ""Simón Bolívar es el canalla más cobarde, brutal y miserable. Bolívar
es el verdadero Soulouque". Éste personaje con el que compara a Bolívar, también
llamado Faustino I, era un déspota ambicioso, amigo del lujo, las cortes y el
poder absoluto, que fue erigido emperador de Haití en 1849 y gobernó hasta 1859.
¿En qué contexto construye Marx su "Bolívar y Ponte"?
En el año 1857 Charles Dana, un periodista serio e íntegro, quien por entonces
dirigía el New York Darly Tribune (convirtiéndose a partir de 1868 en
propietario del diario The Sun) les encargó a Marx y Engels un conjunto de
biografías para la Enciclopedia New American. Marx fue quien se encargó de
escribir la correspondiente a Simón Bolívar durante enero de 1858 y fue
publicada en el tercer tomo de dicha enciclopedia. Sin embargo, este trabajo fue
olvidado y resultó poco conocido para la mayoría de sus partidarios como así
también de sus detractores. Fue el ensayista Aníbal Ponce (1898-1938), pionero
en el campo de la psicología argentina y colaborador de José Ingenieros, quien
dio con el mismo en 1934 en una edición en ruso de las obras de Marx y Engels;
luego lo traduce al castellano y lo publica en la revista Dialéctica de Buenos
Aires cuando transcurría el año 1936, apenas dos años antes de su prematura
muerte en México. Sin embargo no pocos intelectuales latinoamericanos estuvieron
insuficientemente informados sobre el ensayo de Marx, tanto es así que Carlos
Ayala Corao publica su artículo crítico sobre el Bolívar del investigador alemán
en El Universal de Caracas en 2001, mencionando que dio por primera con el mismo
en el transcurso de ese año.
Como sabemos la biografía de Marx se desarrolló en varias naciones europeas
(aunque predominantemente en Alemania e Inglaterra) y su producción intelectual
transcurre durante cuatro décadas del siglo XIX, entre la del cuarenta y los
primeros años de la del ochenta. Era por lo tanto un intelectual situado en el
seno del capitalismo maduro europeo durante la etapa de libre competencia, y
transcurrió sus últimos años cuando recién éste comenzaba a perfilarse hacia la
etapa catalogada por Lenin como monopólica e imperialista. Resulta evidente,
sobre todo desde una perspectiva marxista, que el contexto histórico actuará
como condicionante no favorable para su ensayo. Sin embargo en otro trabajo
escribí sobre el eurocentrismo que sectores nacionalistas de América Latina le
atribuyen a Marx: "…los fundadores del nuevo paradigma centraron sus estudios
obviamente sobre la realidad europea en la etapa del capitalismo de libre
competencia, es decir, partiendo de su propia práctica. Por otra parte, por
aquellos años la información disponible sobre el mundo periférico era mínima si
la comparamos con la existente en la actualidad y tenía un sesgo marcadamente
etnocentrista. Cuando Marx y Engels desarrollan su trabajo intelectual, América
Latina recién está gestando formas de organización política alternativas a la
existente en tiempos del colonialismo clásico. Si no se considera este contexto
se puede caer en el error de acusarlos de falta de rigurosidad a la hora de
abordar aquella situación ajena al capitalismo desarrollado. En realidad por
aquellos días ningún intelectual tenía una idea acabada sobre lo que ocurría por
estas tierras (tanto que para Hegel formaban parte de los pueblos sin historia),
incluyendo a todos aquellos que fueron tomados como referente