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En
memoria de Claudio Díaz
Por Juan Carlos Jara
Fue un notable periodista, un escritor sin pelos en la lengua cuyo
sencillo lenguaje –ocurrente, barrial, desinhibido- no ocultaba la
profundidad de un pensamiento siempre jugado del lado de las
mayorías. Fue un ensayista riguroso, un polemista temible; pero,
sobre todo, Claudio Díaz fue un excepcional ser humano. Afable,
generoso, sensible, solidario. De ésos que no sobran y cuya madera
servirá algún día para construir el hombre nuevo con que soñara el
Che.
Lo conocí en mi ciudad, La Plata, cuando el gobierno de Néstor
recién comenzaba y todavía muchos guardábamos cierta esperanza
recelosa respecto de su gestión. Me regaló un ejemplar de su por
entonces flamante “Manual del antiperonismo ilustrado” con
dedicatoria que atesoro y en la que entremezclaba nombres que los
dos admirábamos: Manzi, Galasso, Discépolo, Jauretche. Después de
leerlo (devorarlo) en una noche le escribí a su correo, de ingeniosa
y certera denominación: “diazdeoctubre”. Con modestia rechazó mi
elogio en el que lo comparaba con el Hernández Arregui de
“Imperialismo y Cultura”. Hoy sigo creyendo que aquella alabanza no
era exagerada.
Después vendría el cimbronazo de la 125, su corajuda renuncia al
“diario de guerra”, sus esclarecedores artículos en “Contraeditorial”,
su labor de periodista nacional –en el sentido jauretcheano de la
palabra- y otros dos libros insoslayables: “El movimiento obrero
argentino” y “Diario de guerra. Clarín, el gran engaño argentino”.
Lo vi por última vez hace un par de años cuando el compañero Marco
Roselli le entregó el premio Jauretche a la labor periodística. Ya
había pisado “la media raya”, como diría Julián Centeya, pero seguía
siendo un muchacho. Contradecían su edad una mirada límpida, su
ternura siempre a flor de piel y ese entusiasmo contagioso con que
siempre acogía los emprendimientos de los compañeros.
Enemigo de toda alharaca, talentoso pero modesto, Claudio fue
considerablemente menos conocido y reconocido que muchas estentóreas
nulidades del periodismo (de aquél y de este lado del mostrador). Él
lo sabía pero nunca le importó. Luchó por sus convicciones, que eran
las de sus paisanos más humildes. No pedía nada más. Por eso fue
capaz de renunciar a su cómodo puesto en Clarín, corriendo el riesgo
de quedar a la intemperie. Por eso, como Homero Manzi, amó "todo lo
que viene del pueblo". Por eso se identificó con los "condenados de
la tierra" y fustigó sin cortapisas a sus explotadores y verdugos.
Por eso militó toda su vida, sin amargura, sin crispación -eso lo
dejaba para las huestes del gorilismo (seudo) ilustrado- haciendo
flamear la bandera de la jauretcheana alegría, de la guevariana
ternura. Lo lloraremos, lo lloramos, como lo que fue: uno de los
nuestros. Uno de los mejores de los nuestros.
Los
amigos del campeón
Por Alberto J. Franzoia
En el reciente libro de la periodista Sandra Ruso “La Presidenta. Historia de
una vida”, se puede leer la siguiente declaración de Cristina Fernández:
“A mí en el 2008 me quisieron destituir. Sí. No tengo ninguna duda. No habían
querido que fuera yo la candidata. Fundamentalmente el Grupo Clarín. Magnetto lo
había ido a ver a Néstor a Olivos y le había dicho que no me querían como
candidata. Se lo decían a todo el mundo. El otro día me vengo a enterar…
Preguntale a Florencio Randazzo, pedile que te cuente cómo era, cuando él estaba
convencido de que iba a ser yo la candidata, Felipe Solá le decía “no, eso se
cae, mirá que yo hablo con Alberto Fernández y me dice que eso se cae”. Y
Randazzo le decía “pero mirá que yo hablo con Néstor y es la candidata”, y el
otro le insistía que no, que yo no era. El Grupo estaba ejerciendo mucha
presión, eso yo lo sabía. Lo que no sabía era que el vocero del Grupo, hacia
adentro, era nuestro jefe de Gabinete.”
Y luego agrega:
“Radiodifusión Democrática, el colectivo que durante años elaboró los 21 puntos
originales del proyecto de la ley de medios. Quería interiorizarme. Alberto
Fernández me preguntaba: “¿Qué vas a hacer con eso?”. “Nada”, le decía yo. “Me
interesa.” “Mirá que a Clarín eso no le interesa”, me decía, y yo le contestaba:
“No lo hago por si le interesa o no le interesa a Clarín.” Varias veces cruzamos
ese diálogo. Era tenso. Terminé diciéndole:
“Y si al Grupo no le interesa, para qué te hacés problema vos”. Empezamos a
trabajar más fuerte con la Coalición, pero creo que ellos tampoco creían que lo
íbamos a llevar adelante. Nadie creía que nos íbamos a animar. Seamos sinceros.
Nadie.”
Estas palabras muy claras de nuestra presidenta vienen como anillo al dedo para
realizar una breve pero no menos necesaria reflexión sobre el rol que deben
desempeñar los intelectuales nacionales identificados con el proceso conducido
desde 2003 por el kirchnerismo, por lo menos si es que realmente se quiere
librar la batalla cultural con posibilidades ciertas de vencer a las ideas que
gestan y difunden los intelectuales del bloque oligárquico-imperialista.
Ante todo resulta primordial reconocer que la obsecuencia es el peor favor que
le podemos hacer a nuestro proyecto transformador. La historia de la humanidad
está saturada de personajes que han hecho del halago permanente a los
conductores políticos su mayor “mérito” para conservar el poder o recibir
prebendas. También es cierto que ante situaciones difíciles las mentes
obsecuentes son las primeras en abandonar el barco, como lo pudo comprobar el
mismísimo General Perón en 1955. Estos personajes, que abundan en la práctica
política de todos los días, son iguales a los famosos “amigos del campeón”. Esos
sujetos pequeños que lo rodean y colman de elogios en los momentos de gloria,
pero que se esfuman, y no pocas veces lo descalifican, cuando llegan tiempos
difíciles para el ídolo. Son en realidad sujetos mediocres, los eternos amigos
del éxito y del poder. Desde ya la dignidad de los pueblos no será construida
con ellos.
Personalmente considero que el intelectual del bloque nacional-popular,
entendido como actor dedicado a cumplir funciones específicas vinculadas con la
producción y difusión de bienes simbólicos aptos para el desarrollo y
consolidación de un proyecto de liberación, debe tener suficiente capacidad
crítica y noción de los tiempos propicios para alertar sobre posibles errores,
sobre todo cuando los mismos se constituyan como una amenaza para la continuidad
del cambio emprendido. Desde ya ningún intelectual aislado, ni aún un grupo de
ellos, puede presentarse como la encarnación de la verdad revelada; pero
estimular el debate entre la mayor parte de los intelectuales que integran el
bloque nacional-popular, prestando atención a posibles errores o debilidades
observables, no deja de ser esencial para la consolidación y profundización del
proyecto que conduce nuestra práctica política.
El proceso iniciado por los Kirchner en 2003 ha significado un saludable cambio
para la política argentina de las últimas décadas. Sus aciertos para transformar
la historia a favor de los intereses nacionales y populares son muchos, pero eso
no puede ni debe inhibirnos de practicar la crítica cada vez que resulte
imprescindible. En esa dirección no se descubre la pólvora al señalar que una de
las falencias más importantes ha sido la presencia, a veces en puestos
relevantes del gobierno nacional (Cobos, Redrado y otros), de personajes ajenos
a un proceso de liberación. Y dichas presencias han generado no pocos problemas
para el desarrollo del cambio deseado. Sin embargo, no pocos intelectuales han
callado ante las evidencias.
Acorde con la función que considero debe desempeñar la intelectualidad del
bloque nacional-popular, dije en su momento algunas cosas con respecto a quien
hoy es reconocido como un amigo del statu quo de la Argentina oligárquica, me
refiero, claro está, al señor Alberto Fernández. Si se me permite quisiera
refrescar algunos pasajes de artículos en los que escribí sobre este lamentable
personaje; pero no ahora, con el diario de lunes en mis manos, sino al comenzar
el 2008, cuando Fernández tenía poder político y nos hacía daño desde nuestras
propias filas:
“Alberto Fernández ocupa desde la presidencia de Néstor Kirchner el cargo de
Jefe de Gabinete, y ha tenido activa participación en los desplazamientos de
otros sectores internos del kirchnerismo vinculados al campo popular como es el
caso de Luis D´Elía. Recientemente este funcionario “peronista” declaró que
Cristina concurriría a Londres en Abril porque allí se reunirán países
progresistas, aunque aclaró que con los ingleses hay un punto de conflicto,
comparando la situación con la que se da entre Argentina y Uruguay. La curiosa
visión internacional de este muchacho “peronista” tiene dos componentes
fundamentales:
1. Considerar que Cristina “va a una reunión de gobiernos progresistas del
mundo”, que obviamente incluye al anfitrión, uno de los países más imperialistas
del planeta tanto con gobiernos conservadores como laboristas. Y si bien es
cierto que nada nuevo descubrimos al sostener que el progresismo es una pata del
imperialismo, está claro que en el discurso de Fernández el concepto pretende
tener implicancias políticamente positivas para los países de nuestra América
Latina. Como si fuese sinónimo de garantía para el desarrollo de una auténtica
democracia, progreso y, porque no, de una “liberación civilizada y en paz” para
nuestros pueblos, con la que han de colaborar los gobernantes progresistas del
primer mundo.
2. El otro despropósito consiste en comparar la situación internacional que se
da entre Argentina y la colonialista Inglaterra con la surgida con nuestros
hermanos uruguayos a raíz de las papeleras: “Las relaciones bilaterales existen
más allá de que haya un punto de conflicto, que lo hay obviamente, y es
irrenunciable.” Pero parece que es lo mismo que ocurre con Uruguay: “Así como
nosotros sostenemos que esa planta está en violación al Tratado del río Uruguay,
más allá de eso, uno debe seguir pensando como sigue el vínculo con Uruguay en
los otros temas.” Es decir, nuestro muchacho “peronista” Fernández no tiene la
menor idea acerca de qué significa la Patria Grande, y posiblemente poco le
interesa lo que pensaba Perón con relación a este tema. Pero quizás o casi con
seguridad no sean errores, sino que forman parte de una visión de mundo que este
“peronista” tiene desde la cuna.
Alberto Fernández siempre fue un muchacho poco afecto a las masas. Durante la
última dictadura oligárquico-imperialista se dedica a ser un aplicado estudiante
de derecho, milita en el Partido Nacionalista Constitucional y conoce al que
luego sería recordado como el diputado menemista y coimero Varela Cid, para
convertirse (ya recibido de abogado) en apoderado de su fundación. En 1992 es
designado, junto a otro muchacho “peronista” como Gustavo Béliz, uno de los diez
jóvenes brillantes de la Argentina (menemista claro está). Es premiado como
empresario en 1997 y 2000. Durante los primeros años del menemato ocupó cargos
como: Superintendente de Seguros de la Nación. Anteriormente se había
desempeñado como asesor del Honorable Concejo Deliberante de la Ciudad de Buenos
Aires y de la Cámara de Diputados de la Nación Argentina y Director de Sumarios
y Subdirector General de Asuntos Jurídicos del Ministerio de Economía de la
Nación. En el 2000, como buen representante del empresariado nacional”, integra
las listas de candidatos a legislador por la ciudad de Buenos Aires de Encuentro
por la Ciudad, coalición presidida por el inolvidable Domingo Cavallo. Como se
observa, nada para destacar como militante del campo nacional y popular” (1),
Poco tiempo después, en marzo del 2008, cuando el conflicto con la oligarquía
agraria se tornaba feroz y Fernández teorizaba sobre “el campo” pero no decía
una sola palabra de la oligarquía, volvió a estar presente en el análisis
político que por entonces realicé:
“El señor Fernández que dice ser peronista, aunque todos sabemos que no lo es),
se niega a utilizar el concepto oligarquía, porque quizás comparta con su
“enemiga” Carrió (o con los dirigentes de la Rural) que la oligarquía ya no
existe, “es una antigüedad”. O quizás por que en realidad sabe que existe pero
le teme. Ese temor se ha percibido en numerosas oportunidades a lo largo de
nuestra historia, y es uno de los factores que le da oxígeno a una clase que
constituye una auténtica tragedia para la Patria.” (2).
Como no podía ser de otra manera cuando en julio de 2008 Fernández deja el
gobierno, celebré dicho acontecimiento en sintonía con lo que había predicado
sobre el urticante tema:
“Finalmente, tras un largo desgaste muy perceptible, Alberto Fernández ha
presentado su renuncia. ¡Bienvenida sea! Para avanzar con un proyecto de
transformación económica-social y política profundizándolo a través del debate,
entre otras cosas se debe colocar al frente del mismo a hombres y mujeres
consustanciados con una visión de mundo que se corresponda con nuestra historia
de resistencia al bloque oligárquico-imperialista. Fernández no nos hacía ningún
favor con su presencia de alto perfil en el gobierno. Si este conflicto agrario
nos deja entre sus saldos la posibilidad de remplazar figuras ajenas a nuestra
historia, y a otras que más allá de su pertenencia han renunciado a ella, es muy
probable que nuevos aires nos conduzcan por el camino deseable para la
liberación nacional”(3).
Para cerrar estas líneas sobre cómo entiendo la función que debemos cumplir en
el bloque nacional-popular los intelectuales que nos consideramos parte del
mismo, quisiera advertir, por si algún mala leche (que nunca falta) cree que las
autocitas son señal de autobombo, que no cuento con documentación más completa
para ejemplificar lo que sostengo (por cuestiones obvias) que mis propios
trabajos. Sin embargo, eso no significa que no contemos en nuestras filas con un
buen número de intelectuales que entienden su función perfectamente;: cerca de
la crítica constructiva (cada vez que ésta sea necesaria) y alejada de toda
obsecuencia estéril. La profundización del mentado modelo impulsado por el
kirchnerismo mucho tendrá que ver con esa intelectualidad, la que cumple
honestamente su verdadera función, muy distante por cierto de la otra
“intelectualidad”, a la que sin ambigüedades podemos definir como los amigos del
campeón.
(1) Los muchachos peronistas no quieren pasar, febrero de 2008 (Publicado en El
Ortiba y Avizora, entre otros medios digitales)
(2) La oligarquía no es el campo, marzo de 2008 (Publicado en El Ortiba y
Avizora, entre otros medios digitales)
(3) ¡Se fue!, Julio de 2008, (Publicado en El Ortiba y Avizora, entre otros
medios digitales)
La Plata, 9 de agosto de 2011
Imágenes
imperceptibles
Por Hugo Presman
No lo van a creer pero en mi televisor aparecieron imágenes extrañas
mientras se transmitía la inauguración de la embajada argentina en
Brasil.
Detrás de las figuras de las presidentas de Brasil y la Argentina,
vi al colorado Jorge Abelardo Ramos con su sonrisa irónica pero
notablemente satisfecha. Decía, por lo menos yo lo escuché, esta
frase que a veces repite el Pepe Mujica: “Somos argentinos,
uruguayos, brasileros, peruanos o bolivianos, porque fracasamos en
ser latinoamericanos.”
Lo vi a Perón abrazando a Lula y recordándole que por los cincuenta
promovió el ABC (Argentina, Brasil, Chile). Me pareció, pero no
estoy seguro, porque la emoción me nublaba los ojos cuando el
obrero, tornero mecánico y ex presidente del Brasil dijo en su tono
coloquial: “Soy cristiano y creo que existen otras vidas, y creo que
Kirchner debe estar pensando: pobre de mí y pobre de Lula porque la
presidenta Dilma y la presidenta Cristina van a hacer las cosas
mejor que nosotros y van hacer historia en América Latina. Son
mujeres especiales, son militantes políticas, y saben que las dos
juntas tendrán más fuerzas que Kirchner y yo ….y estoy seguro que
las dos juntas van a cambiar un poco la política mundial ” Y lo vi
Néstor Kirchner que con su caminar desgarbado y sus eternos
mocasines se confundía en un abrazo eterno con Lula cuando este
dijo: “Creo que voy a transferir mi residencia para ir a votarla a
Cristina.”
De pronto apareció Manuel Ugarte, aquel socialista que nació rico y
murió pobre invirtiendo su capital en propagar la unidad
latinoamericana superponiéndose a lo que decía Lula, lo que él
predicaba en múltiples tribunas:“Unámonos. Unámonos a tiempo, que
todos nuestros corazones palpiten como si fuesen uno solo y así
unidos, unidas nuestras veinte capitales, se trocarán en otros
tantos centinelas que al divisar al orgulloso enemigo, cuando éste
les pregunte: ¿Quién vive?, les respondan unánimes, con toda la
fuerza de los pulmones: ¡La América Latina!”
Hasta el ex presidente brasileño pareció escucharlo porque repitió
lo que acababa de decir: “Esta embajada tiene el tamaño ( 4000
metros cuadrados) de la relación entre Brasil y Argentina”
Lo vi a Hugo Chávez y su prédica bolivariana que aplaudía
enloquecidamente desde Cuba cuando Cristina Fernández dijo: “Somos
una región muy apetecible para el resto del mundo. Debemos
desarrollar una estrategia inteligente de integración para blindar a
la región, no para aislarnos, sino para ir por más y nunca por
menos….Sólo los necios pueden imaginar que el Sur está completamente
inmune a las desventuras económicas del Norte.” En un costado vi a
Bolívar codeando a San Martín cuando Dilma Roussef afirmó: “ Cuánta
diferencia hay entre nuestra integración regional y la de otra
partes del mundo, donde hay recesión y falta de acción política….El
mayor capital de América Latina son sus 400 millones de habitantes,
motor de una región que está creciendo económicamente a fuerza de
promover la inclusión social y fortalecer la democracia”. En un
momento comentó que sumando las reservas de la región estarían entre
las más importantes del planeta.
Cuando la transmisión concluyó, en la pantalla seguían las imágenes
imperceptibles. A Perón, Ramos, Ugarte, San Martín y Bolívar, se
sumaron José Artigas y el Chacho Peñaloza, Felipe Varela y Julio
César Sandino, Emiliano Zapata y Antonio José de Sucre, Bernardo
Monteagudo, Juana Azurduy y Francisco Morazán. Seguramente había
muchos más que no entraban en la pantalla, de esos latinoamericanos
que fueron asesinados o exiliados por su concepción de la patria
grande latinoamericana. Se podía advertir que había una alegría
desbordante. Incluso parecía que Bolívar decía: “Ha pasado mucho
tiempo, pero ahora creo que no he arado en el mar.”
Cambié de canal para ver si las imágenes imperceptibles estaban en
otros canales. Seguían.
Los vi a Mauricio Macri, Elisa Carrió, Francisco de Narváez, Ricardo
Alfonsín, Javier González Fraga, Eduardo Duhalde, abrazados con
Bernardino Rivadavia, Carlos de Alvear, Bartolomé Mitre, Manuel
García, Juan Lavalle, Justo José Urquiza, Pedro Eugenio Aramburu,
lamentándose del aislamiento argentino del mundo y deplorando no
tener a Brasil como socio.
Apagué el televisor. Las imágenes desaparecieron. Sin embargo las
voces y las ideas siguieron mezclándose. Se superponía el ABC con el
Mercosur. La voz de Julio César Sandino, general de hombres libres,
con el unámonos, unámonos de Manuel Ugarte. La bandera de Felipe
Varela con la leyenda “Unión Americana”, con “el nadie es más nadie”
de José Gervasio Artigas.
Me dormí. Soñé de nuevo todo lo que aquí se ha contado. Cuando
desperté comprobé que una parte del sueño ya integra la realidad.
31-07-2011
Hugo Chávez conversa en televisión con la compañera Carola Chávez sobre la batalla de ideas en Venezuela
El
sectarismo no conduce a una sociedad igualitaria *
Por Alberto Franzoia
En reciente artículo sostuve que ante la imposibilidad que encuentra
actualmente el bloque oligárquico –imperialista de impulsar un liderzazo
reaccionario con alcances nacionales para enfrentar a Cristina Fernández en las
próximas elecciones de octubre, apostarán sus fichas a dividir nuestro bloque,
el nacional-popular. El objetivo ahora es restarle todo el apoyo que sea posible
a nuestra presidenta, para que no tenga el consenso popular que se requiere de
cara a una profundización del modelo alternativo al neoliberalismo. Esto es así
porque para adoptar medidas como, por ejemplo, una tan necesaria como drástica
democratización de la renta agraria (concentrada en sectores oligárquicos e
imperialistas) hará falta un consenso popular muy superior al 50% de los votos.
No se debe olvidar que en el capitalismo la gran batalla contra el poder
económico concentrado, sólo se puede dar con posibilidades de éxito a través de
un poder popular igualmente concentrado, pero a la vez democrático. Unidad en la
diversidad.
Por dicha razón el trabajo cultural para conquistar muchas voluntades dispersas,
y aún no conscientes de cuál es el espacio político en el que sus intereses
objetivos pueden realizarse (el bloque nacional-popular), sigue siendo la gran
tarea de la hora, aunque no todos los que levantan las banderas de “la batalla
cultural” estén dispuestos a darla en serio, hasta sus últimas consecuencias.
Quizás el mayor inconveniente que los procesos populares encuentren a lo largo
de la historia para ganar esa batalla cultural, es que algunos dirigentes
(oportunistas), saben que cuando eso ocurra ciertos privilegios personales
inexorablemente se acabarán. Entonces prefieren dar la batalla a medias, para
garantizarse el control de sus seguidores. A no dudarlo, el conocimiento da
poder, y si algunos no creen demasiado en una sociedad igualitaria, entonces
tratarán de acapararlo: el conocimiento, y por lo tanto el poder. Problema de
larga data éste, que da para un abordaje mucho más profundo sobre el que volveré
en otro momento. En esta ocasión lo que me interesa es llamar la atención sobre
un factor que siempre opera como obstáculo a la hora de construir y/o consolidar
consensos en el bloque que lucha por los intereses de los sectores populares. Me
refiero, concretamente, al sectarismo.
Para quienes militamos en la Izquierda Nacional, fracción histórica y muy
significativa de la izquierda del bloque nacional-popular, este tema debe tener
especial sensibilidad, ya que la izquierda ha sido blanco frecuente (y en
diversas partes del mundo) de críticas que señalan precisamente su carácter
sectario. Bueno es decir que a veces esa crítica resulta plenamente justificada,
como lo demuestra cierta izquierda latinoamericana, mucho más cerca de un
puritanismo religioso que de los movimientos populares reales. Sin embargo, todo
militante de izquierda ha leído (y si no es así debería hacerlo) a los
fundadores del materialismo histórico y dialéctico: Carlos Marx y Federico
Engels. Ellos nos enseñaron, contra muchos prejuicios instalados por décadas (y
no pocos “izquierdistas” que los alimentaron), que lejos de promover el
sectarismo trabajaron por construir consensos para facilitar la victoria de los
trabajadores y, por añadidura, de una sociedad para todos.
Nada mejor entonces para cerrar aquí esta breve introducción contra el
sectarismo que cederle la palabra al viejo Federico Engels, quien a sus 66 años
escribía pleno de sabiduría:
“Creo que el movimiento norteamericano, precisamente en este momento, se ve
mejor desde el otro lado del océano. En el lugar, las rencillas personales y
disputas locales deben oscurecer gran parte de su grandeza. Y lo único que
realmente podría retardar su marcha sería que se consolidasen esas diferencias.
En cierta medida esto será inevitable, pero cuanto menos ocurra tanto mejor. Y
los alemanes son quienes más deben precaverse contra esto. Nuestra teoría es una
teoría de desarrollo, no un dogma a aprender de memoria y a repetir
mecánicamente. Cuanto menos se les machaque a los norteamericanos desde afuera y
cuanto más la pongan a prueba con su propia experiencia —con ayuda de los
alemanes— tanto más profundamente se incorporará a su carne y su sangre. Cuando
nosotros volvimos a Alemania en la primavera de 1848, nos unimos al Partido
Democrático por ser este el único medio posible de llegar a la clase obrera;
fuimos al ala más avanzada de ese partido, pero al fin y al cabo un ala. Cuando
Marx fundó la Internacional, redactó las reglas generales de manera que pudieran
ingresar todos los socialistas obreros de esa época: proudhonistas, lerouxistas
e incluso el sector más avanzado de las trade unions inglesas; y fue sólo
gracias a esta amplitud que la Internacional llegó a ser lo que fue: el medio
para disolver y absorber gradualmente a todas estas sectas secundarias, con
excepción de los anarquistas, cuya repentina aparición en varios países no fue
sino el efecto de la violenta reacción burguesa que sucedió a la Comuna y que
por ello podíamos dejar que se marchitasen solos, como ocurrió. Si de 1864 a
1873 hubiéramos insistido en trabajar sólo con quienes adoptan ampliamente
nuestra plataforma, ¿dónde estaríamos hoy? Creo que toda nuestra experiencia ha
mostrado que es posible trabajar junto con el movimiento general de la clase
obrera en cada una de sus etapas sin ceder u ocultar nuestra propia posición e
incluso nuestra organización, y temo que si los germanoamericanos eligen una
línea distinta cometerán un grave error” (1).
La Plata, 23 agosto de 2011
(1) CARTA A FLORENCE KELLY WISCHNEWETSKY. Escrita: El 27 de enero de 1887, en
idioma inglés.
Primera edición: La colección de la correspondencia de Marx y Engels se publicó
por vez primera en alemán en 1934 a cargo del Instituto Marx-Engels-Lenin de
Leningrado. La segunda edición, ampliada, se realizó en inglés en 1936.
Fuente de la versión castellana de la presente carta: C. Marx & F. Engels,
Correspondencia, Ediciones Política, La Habana, s.f.
Esta edición: Marxists Internet Archive, 2010.
Hace
siete años partía un imprescindible
Por Alberto J. Franzoia
Un 4 setiembre de 2004, hace ya siete años, el
socialista de la Izquierda Nacional que nunca bajó
la guardia ante las embestidas del enemigo nos dijo
adiós. Estaba a un paso de cumplir los 76, de los
que buena parte estuvieron dedicados a dar la
batalla cultural y política contra el bloque
oligárquico-imperialista, porfiadamente convencido
del triunfo final, porque se sabía eslabón de una
larga cadena.
Fue uno de los integrantes de esa avanzada
intelectual que en otros tiempos integraron la tropa
de los gestores y difusores de idas alternativas a
las que nos proponen los intelectuales de las clases
dominantes (de adentro y de afuera). Esa avanzada
magnífica del siglo XX que se fue dejándonos un
legado inmortal; la de los Arturo Jauretche, Raúl
Scalabrini Ortiz, Manuel Ugarte, Juan José Hernández
Arregui, John W. Cooke, Rodolfo Walsh, Jorge
Abelardo Ramos y unos cuantos más.
Escribió un tan breve como insustituible trabajo
para cualquier compañero que luche por el socialismo
latinoamericano desde la trinchera del bloque
nacional y popular, se lo conoce como “Clase obrera
y poder”, pero en realidad eran las tesis de 1964
del Partido Socialista de la Izquierda Nacional.
Para ese entonces su producción teórica e histórica
ya era muy importante, aunque mucho más por la
calidad de lo expresado que por la cantidad de
textos escritos. Primero nos había puesto en guardia
ante los diversos nacionalismos posibles en una
semicolonia capitalista como la Argentina, entonces
nos advirtió que en estas cuestiones existen dos
especies bien distintas: “Nacionalismo oligárquico y
nacionalismo revolucionario”. Tampoco escapó a su
mirada penetrante la necesidad de una “Historia
crítica del radicalismo”.
Sin embargo, estos dos textos previos a “Clase
obrera y poder” no eran todo lo que tenía para
decir. Por eso, harto de “socialistas” liberales,
los que proliferan en las fértiles tierras de la
pampa húmeda, produjo “Juan B. Justo y el socialismo
cipayo”, que años más tarde formaría parte de su
magnífica “Historia del socialismo argentino”. Y
anclando el socialismo autóctono en la necesidad de
compenetrarse con la cuestión nacional, nos recordó
que para aquel gran maestro con el que sin culpas se
nutrió el tema no era ajeno, entonces nos cautivó
con “La cuestión nacional en Marx”. Luego vinieron
ampliaciones de los textos ya publicados y una gran
cantidad de artículos. Cuando los compañeros le
insistían para que continuara su producción teórica
a través de nuevos libros, solía responder que ya
había dicho todo (lo sustancial) que necesitaba
decir. Sorprendente respuesta para nuestros días, en
los que muchos de los que se cansan de publicar
aportan muy pocas ideas en las que valga la pena
abrevar.
Pero como además de pensar y escribir este hombre
era un militante político de primer nivel, sus días
transcurrieron en medio de una práctica incansable.
Si había que convencer a un compañero él iba
personalmente hasta su casa, y si era necesario
barrer el local del partido (que con humildad
conducía) al finalizar una reunión de militantes,
allí estaba, dándole a la escoba sin complejos. Y
cuando hubo que reorganizar el partido de una
izquierda revolucionaria siempre inmersa en las
filas del frente nacional y popular, después de los
oscuros años noventa cuando el menemismo hacía
estragos hasta en la tropa propia, se colocaba en
primera línea, con el mismo fervor de un adolescente
que quiere cambiar el mundo, convencido de que se
puede.
Un día del 2004, cuando la Patria comenzaba a
divisar en su horizonte político una posibilidad
cierta de cambio, el luchador incansable de mil
batallas, el revolucionario de descomunal estatura
que nada ni nadie lograron doblegar, ese inagotable
gestor de ideas a contrapelo de cualquier discurso
esclerosado, nos dijo adiós. Alguna vez Bertolt
Brecht escribió sabias palabras, válidas para
cualquier latitud del globo terráqueo:
“Hay hombres que luchan un día y son buenos; hay
otros que luchan un año y son mejores; hay otros que
luchan muchos años y son muy buenos. Pero están los
que luchan toda la vida y esos son imprescindibles.
“
No tengo ninguna duda que es así, por eso sé que un
4 de setiembre de aquel esperanzador 2004 partió uno
de esos hombres especiales de los que hablaba
Brecht. Sólo resta decir que el presente y futuro de
los pueblos de la Patria Grande le agradecerán por
siempre los servicios prestados. Se llamó Jorge Enea
Spimbergo, sencillamente un imprescindible. (1)
La Plata, setiembre de 2011
(1) Para una información más detallada sobre su vida y obra se puede consultar mi trabajo ¿Quién es Jorge Enea Spilimbergo? presentado en 2007 en el Congreso del Pensamiento Iberoamericano de Holguín (Cuba). Versión digital completa en PDF en El Ortiba http://www.elortiba.org/pdf/spilimbergo.pdf, o versión en texto común en Avizora http://www.avizora.com/atajo/colaboradores/textos_alberto_franzoia/0004_quien_es_spilimbergo.htm
Ni
un paso atrás ni uno adelante
Carta abierta al Partido Obrero
Por Juan Carlos Jara *
Publicamos este breve texto –lleno de irónico humor- escrito y dado
a conocer en 2008 por nuestro colaborador Juan Carlos Jara, pues lo
consideramos actual y aplicable a la realidad presente del partido
autotitulado trotskysta que en las recientes elecciones Primarias
cristalizó un par de imprevistos milagros. El primero, formar un
frente político con otra agrupación del mismo origen; lo que ya es
decir. El segundo, menos imprevisto para los que entendemos que este
seudotrotskysmo vernáculo constituye el flanco izquierdo del bloque
de clases liderado por la oligarquía, el de lograr la adhesión
mediática de íconos de nuestra TV comercial como Jorge Rial, Samuel
Gelblung o el bueno de Gustavo Sylvestre, los cuales, adoptando la
táctica ultra del “voto lástima” llevaron al molino del FIT la
friolera de medio millón de votos.
Recordemos que en el conflicto del 2008 que enfrentó al gobierno
popular con las patronales del campo, el P. O. se mostró
escrupulosamente prescindente. Alegaron en la ocasión que se trataba
de una simple puja interburguesa. Este subterfugio ideológico,
esgrimido en un momento de extrema polarización política y social,
los ubicó de hecho como tropa funcional al designio de los Magnetto,
Míguenz, Llambías, CIA y cía. que intentaron deponer a la Presidenta
reimplantando la política entreguista que nos llevó al abismo del
2001.
En cuanto a la frase citada al final, “La presidenta parió un
ratón”, fue proferida por el dirigente del P. O. Marcelo Ramal, en
ocasión del envío al Congreso del proyecto presidencial conocido
como “resolución 125”, chispa que originó aquella maniobra de
destitución, felizmente desbaratada.
Muchachos del Pe O:
Desde hace años leo sus periódicos, revistas y folletería varia, y
sigo con interés sus apariciones en radio y televisión. Estas
últimas suelen ser escasas, es cierto, pero no tanto como las de
intelectuales y políticos de otros ámbitos, ésos a los que Jauretche
(¿lo ubican?) gustaba llamar “nacionales” y a los que ustedes
prefieren calificar con el ecuménico remoquete de “burgueses”. Éstos
son prolijamente invisibilizados por la televisión comercial y sus
democráticos “comunicadores” -de la laya, digo, de la talla de
Chiche Gelblung, Luis Majul, Mauro Viale o Marcelo Bonelli-, a cuyos
pluralistas espacios suelen asistir, en cambio, Pitrola, Ramal o el
mismo Altamira cuando aquellos “periodistas” necesitan atacar –
desde la izquierda más revolucionaria, claro- alguna medida del
gobierno que fastidia a la derecha que ustedes dicen combatir. El
inefable Castells suele competir con ustedes en esa tarea, a la que
últimamente se han sumado enérgicamente Vilma Ripoll, Juan Carlos
Alderete, Claudio Lozano y otros representantes de la incendiada
–perdón, incendiaria- izquierda cosmopolita argentina. Con respecto
a Castells les diré que últimamente les ha sacado algunas cabezas de
ventaja ya que el año pasado logró acceder –bien que por vía
vicaria- al espacio más codiciado de nuestra pantalla chica. No
sabemos si Altamira, Rapanelli o sus respectivas esposas cultivan el
arte de Fred Astaire y Juan Carlos Copes, pero sería cuestión de
probar, ¿no es cierto? Un poco más de aire televisivo para mostrar
–entre lambada y lambada, entre caño y caño- su impoluta
equidistancia en la lucha intercapitalista por las retenciones al
agro, no les vendría nada mal. Aunque en realidad creo que la
sugerencia no debería hacérsela a ustedes sino a Tinelli. Por ahí
agarra viaje, ¿quién les dice?
Les comento que también, alguna vez, he conocido a algunos
militantes obreros de su partido (de los pocos proletarios con
conciencia “para sí” que sus inoxidables posiciones han logrado
atraer) y los he visto sufrir persecuciones, despidos y hasta
dolorosas rupturas familiares por adherir sin reservas a la teoría
revolucionaria de la que ustedes son, ¿qué duda cabe?, los más
genuinos representantes en el país. Lamentablemente, esos obreros a
los que ustedes mandan al “muere” en confrontaciones y huelgas a
todo o nada, muy pocas veces perduran en la organización y mucho
menos arriban a puestos de dirección, esos pocos cargos rentados que
parecen estar destinados exclusivamente a militantes de clase media,
catedráticos, empleados o estudiantes con su Trotsky bien (¿bien?)
leído y su Altamira mejor reverenciado.
Les decía que suelo leer todas sus publicaciones y reconozco que si
el tenor férreamente inconmovible de sus argumentaciones, en otras
épocas despertaba cierta estimación de mi parte y me hacía pensar
que su rigurosidad ideológica les impedía “casarse con nadie”, hoy
he llegado a creer que ese largo celibato político –cuasi
sacerdotal, diría- los ha llevado paradójicamente a compartir
cotidiana habitación, no digamos lecho –no me animo a tanto-, con
algunos de los “partidos” más codiciados (y liberales) de la
farándula política vernácula. ¿O acaso hoy no se saben más cercanos
al galán maduro Luciano Miguens o a los recios Buzzi, Biolcatti y De
Angeli que a la actriz de carácter (“la señora que le tocó a la
Argentina como presidenta”, diría Altamira) que suele salir al
balcón a recibir los halagos del Romeo grasa e incorregible al que
ustedes miran con simpatía pero que sigue sin darles ni la hora? Así
como dicen que los extremos políticos se tocan, el obstinado
machismo suele ocultar apegos e inclinaciones más inconfesables.
Por último quiero recordarles que alguna vez don Carlos (no el de
“El día que me quieras”, sino el otro) dijo que durante sus años de
lucha en el movimiento obrero internacional se había preocupado por
sembrar dragones y su magra cosecha sólo le había dispensado un
rebaño de pulgas. Les comento esto mientras leo un titular de Prensa
Obrera: “La presidenta parió un ratón”. Eso me obliga a preguntarme,
y creo que a muchos de sus lectores también: ¿acaso ustedes nunca se
detuvieron a pensar que en casi un cuarto de siglo de acción
revolucionaria (en lo teórico y en lo práctico) el PO no ha logrado
parir, qué digo una pulga, qué digo un ratón, ni el más mísero e
inofensivo microbio, ni la más humilde y mansa de las vaquitas de
San Antonio?
* Juan Carlos Jara es Profesor en Historia, poeta lunfardo,
periodista radial y colaborador permanente de Cuaderno de la
Izquierda Nacional.
Derecho
Canónico
Por Jorge Rendón Vásquez *
Hace unos días, mientras conversaba con varios colegas de la
Facultad de Derecho de la Universidad de San Marcos —de la que soy
profesor emérito— tocamos el conflicto entre el Cardenal y nuestra
vecina, la Pontificia Universidad Católica. Estuvimos de acuerdo en
que esta universidad se rige por la ley peruana, que excluye la
voluntad del Cardenal. Uno de ellos adujo, sin embargo, que los
católicos que la integran están obligados a acatar su voluntad por
disponerlo así el Derecho Canónico. Me extrañó que lo dijera, y le
pregunté si, a su criterio, el Derecho Canónico es vinculante en el
Perú, es decir de cumplimiento obligatorio. Vaciló en contestarme,
pero tuvo que admitir que sólo tiene significación espiritual para
los creyentes católicos. Mis colegas abandonaron aliviados su
sorpresa, puesto que en la enseñanza del derecho es algo elemental
que las normas legales se diferencian de las morales y religiosas en
que aquéllas son obligatorias y pueden ser aplicadas
compulsivamente, en tanto que éstas no lo son. Ningún tribunal de
justicia peruano podría jamás disponer la aplicación de una norma
religiosa. En esto, la separación del Estado peruano de cualquier
religión es absoluta.
El Derecho Canónico es el conjunto de reglas de la Iglesia Católica
rectoras de la celebración de sus sacramentos, liturgia,
organización de su vida religiosa, obligaciones y derechos de sus
adeptos, administración de sus propiedades, etc. Su fuente son los
concilios, decretos papales y otras disposiciones de menor
jerarquía; y, su campo de aplicación, las relaciones con los
miembros de los cleros regular y secular (monjes y curas,
respectivamente), vinculados con sus jerarcas por sus votos de
obediencia y castidad, establecidos en el Concilio de Nicea de 325,
convocado por el emperador romano Constantino. Son votos o
juramentos a perpetuidad. En otros términos, el que entra allí ya no
puede salir, salvo por un procedimiento muy complicado y largo. A
este derecho se le conoce también como Corpus Iuris Canonici (del
griego kanon que significa regla o norma). Ha sido compilado varias
veces y, la última, por disposición del papa Juan Pablo II, el 5 de
enero de 1983, como Código de Derecho Canónico.
Para este Código, los creyentes católicos, llamados fieles, están
también sujetos a sus disposiciones y a obedecer a “los pastores
sagrados, en cuanto representantes de Cristo” (Canon 212,1), y a
proveer el sustento de éstos y el mantenimiento de la Iglesia
Católica (Canon 212,2).
Estas disposiciones son irrelevantes para la ley peruana.
Primero, porque, según la Constitución Política, toda persona tiene
derecho “a la libertad de conciencia y de religión, en forma
individual o asociada. No hay persecución por razón de ideas o
creencias. No hay delito de opinión. El ejercicio público de todas
las confesiones es libre, siempre que no ofenda la moral ni altere
el orden público.” (art. 2º-3). Por lo tanto, una persona, incluso
si se vinculó a una iglesia por algún juramento, puede creer en lo
que quiera y cambiar de creencia cuantas veces quiera; y no debe
obediencia a los jerarcas de cualquier religión. Si lo desea, podría
seguir sus consejos, siempre y cuando no vayan contra la ley
peruana, ni ofendan la moral ni alteren el orden público.
Segundo, porque el Derecho Canónico es el derecho del Vaticano,
cabeza de la Iglesia Católica, un Estado extranjero, del cual
nuestro país no es súbdito. Las relaciones entre este Estado y el
Peruano se sujetan al Acuerdo suscrito entre la Santa Sede y la
República del Perú el 19 de julio de 1980, ratificado por el Decreto
Ley 23211, del 24 de julio de 1980, que crea obligaciones precisas,
sobre todo para el pago por el Estado de sueldos a los prelados
católicos y para el establecimiento de centros de enseñanza sujetos
a la ley peruana. Sin mencionarlo, se ha excluido la aplicación del
Derecho Canónico en nuestro territorio. Algo extraño sucedió con
este Acuerdo. Se le tramitó en secreto, se le firmó a pocos días de
la entrega del mando del entonces Presidente Francisco Morales
Bermúdez al Presidente electo (28 de julio de 1980), y se le publicó
en una edición especial del diario oficial El Peruano de unos
doscientos ejemplares que no fueron vendidos al público.
Hasta la abolición de la Inquisición por las Cortes de Cádiz el 22
de febrero de 1813, la Iglesia Católica, por su Derecho Canónico,
mandaba a las autoridades laicas en España y sus colonias de
América, y tenía el poder de juzgar, torturar y condenar a muerte,
casi siempre en la hoguera, a cualquier persona, por herejías y
otras imputaciones similares. Pero, los jerarcas católicos no se
resignaron a perder este derecho y persistieron en aplicarlo luego
de aquella decisión, alegando vacíos legales. En 1826 ejecutaron en
Valencia a un buen señor librepensador, llamado Cayetano Ripoll,
acusándolo de hereje y tiraron su cadáver al río Turia. Por
supuesto, la Iglesia Católica podía también hacer volver a palos a
los monjes y monjas que fugaban de los conventos y monasterios.
Recuerdo una anécdota que me contó un tío mío. Sucedió en algún
momento de la década del veinte del siglo pasado. Una delegación de
monjes mercedarios enviada al pueblo de Viraco había convencido a
dos de mis tíos y a un primo suyo, adolescentes, para incorporarse a
su orden como novicios. Los muchachos, ilusionados, hicieron el
viaje de seis días a caballo a Arequipa, y fueron internados en el
convento. Dos semanas después, se produjo una trompeadera descomunal
en el patio del convento entre los tres muchachos y los monjes,
porque uno de éstos le había metido la mano en el traste al menor de
aquéllos. (¿Derecho Canónico, también?) El mayor de mis tíos, que
tenía unos brazos y puños como los de Popeye y pegaba duro, noqueó a
varios monjes. Ellos querían irse del convento, pero no los dejaban,
y la pelea seguía, hasta que, corriendo por un pasadizo, llegaron a
la iglesia que estaba abierta, y por allí ganaron la calle.
Observando a la grey católica, se puede constatar que su inmensa
mayoría está tan lejos del Derecho Canónico como la Tierra de
Saturno y sus deletéreos anillos.
Con la celebración ad portas del bicentenario de nuestra
independencia, debería procederse a la separación total del Estado
de cualquier iglesia. Los ciudadanos no católicos no están obligados
a financiar o ayudar a la Iglesia Católica por la vía de egresos
presupuestarios o de cualquier otra ventaja concedida por el Estado,
violando la igualdad ante la ley y la libertad de conciencia.
14/9/2011
* Enviado por su autor, desde Perú, para Cuaderno de la Izquierda
Nacional
La
suma (a favor y en contra) de Fernando Cardoso*
Por Alberto J. Franzoia
Fernando Henrique Cardoso fue presidente de Brasil por dos períodos
consecutivos entre 1995 y 2003, pero más allá de este dato conocido por
buena parte de nuestros lectores Cardoso ha sido y es muchas otras
cosas. Intelectual de fuste al que conocimos en América Latina primero
por su condición de sociólogo encolumnado en los años 60 y 70 con la
teoría de la dependencia, hombre en el exilio durante la dictadura
cívico-militar que accedió al poder en su país en 1964 y militante
durante buena parte de esos años en la lucha por el regreso a la
democracia. En 1985 se lanzó como candidato para la Alcaldía de Sao
Paulo, sin imaginar, quizás, que diez años después alcanzaría la
presidencia siendo ya un político neoliberal, cofundador y presidente
del Partido de la Social Democracia Brasilera.
El pasado 18 de junio Cardoso cumplió 80 años y días después de dicho
acontecimiento publicó un artículo cuyo título “La suma y el resto” tomó
prestado, como el mismo se encarga de aclarar, de la autobiografía del
intelectual francés y marxista Henri Lefebvre (1901-1991), de quien fue
colega en la Universidad de Nanterre en París. Ese título le gustó mucho
a Cardoso porque le sirve para dar cuenta de todo aquello que hizo en su
larga trayectoria (la suma) y todo lo que le falta (el resto). En dicho
artículo publicado en varios medios (como diario El Día de La Plata, con
fecha 21 de julio de 2011) afirma:
“Cuando algún reportero me pregunta lo que pienso que dirá de mí la
historia, acostumbro decir, con el realismo de quien está familiarizado
con ella, que de aquí a cien años, probablemente nada; tal vez una línea
que diga que fui Presidente de Brasil de 1995 a 2003. Cuando insisten en
que hice esto o aquello, otra vez mi realismo pondera que en el
transcurrir de la historia, quien queda en ella es visto y revisado por
la posteridad ya sea de modo positivo o negativo, dependiendo de la
atmósfera reinante y de la tendencia de quien revise los acontecimientos
pasados.”
Le cabe toda la razón a Don Fernando por lo que haciéndome cargo de mi
propia tendencia, nunca ocultada porque me enrolo en el campo de los
intelectuales (explícitamente) militantes, diré desde la visión de mundo
que me contiene y expreso sin complejos, que las sumas que su vida ha
aquilatado no transitan por calle de una sola dirección. Y lo mismo
podría decir de otros personajes de nuestra historia reciente, alguno de
los cuales hasta fue uno de mis elegidos para la formación ideológica y
la militancia política durante la adolescencia y juventud (1).
Entre los aspectos muy favorables de la suma de Cardoso coloco lejos, en
un primerísimo lugar, sus enormes aportes a la teoría de la dependencia,
sobre todo ese valioso trabajo que produjo en 1969 con Enzo Faletto
titulado “Dependencia y desarrollo en América Latina”. Cada antología de
los textos esenciales para esa teoría durante los años sesenta y setenta
debe incluir dicho trabajo, junto a otros de Theotonio Dos Santos (La
crisis norteamericana y América Latina), Eduardo Galeano (Las venas
abiertas de América Latina, André Gunder Frank (Capitalismo y
subdesarrollo en América Latina), Vivian Trías (Imperialismo y
geopolítica en América Latina), o un aporte poco conocido pero
fundamental realizado por Jorge Enea Spilimbergo (La guerra civil en
EE.UU. y el subdesarrollo) (2).
En 1981, cuando la pelea por el regreso a la democracia se acentuaba en
Brasil, Cardoso publica otro texto valioso sobre el tema titulado “Las
democracias en las sociedades contemporáneas”, en el que reivindica el
papel de los movimientos populares en América Latina y aboga por una
democracia a la cual desea socialista. Su compañero de ruta, Enzo
Faletto, había escrito meses antes “Dependencia, democracia y movimiento
popular en América Latina”.
Cardoso fue en esos años un incansable batallador contra la dependencia
y contra las dictaduras oligarco-imperialistas que asolaban lo región;
eso no lo olvidaré. Pero, como en muchos otros casos, la posmodernidad
con sus cantos de sirenas sobre el fin de las ideologías lo afectó
gravemente, y empezaron a emerger los aspectos más desfavorables de su
suma. Tanto que cuando se presenta a elecciones para disputar la
presidencia de Brasil por el período 1995-1999, ya lo hace en condición
de un convencido neoliberal (consecuencia del fin de las ideologías).
Eran los años en los que el menemismo gestaba un drama difícil de
revertir en Argentina. Transitando la misma visión de mundo Cardoso tuvo
un segundo mandato hasta 2003, cuando su partido perdió las nuevas
elecciones ante el PT de Lula.
El sociólogo y político que nos enseñó a descubrir las causas que sumían
a la Patria Grande en el subdesarrollo, uno de los que desenmascaró los
vínculos orgánicos de éste con la dependencia histórica de las grandes
metrópolis del capitalismo mundial, el luchador por la democracia
popular contra cualquier forma de dictadura oligárquica, había
claudicado. Difícil creerlo, pero transitaba su sexta década atrapado
entre las garras de una ideología que había combatido durante una
fracción fundamental de su existencia.
No sería el único…
En el artículo comentado, al ingresar a su octava década, Cardoso no
reniega de la metamorfosis experimentada, sostiene sí que hubo errores y
que le quedan cosas por hacer (el resto). Sigue experimentando
sensibilidad ante la pobreza y los problemas ecológicos de la humanidad,
pero cree que la solución debe ser producto de un consenso global ¿Y el
imperialismo? ¿Y la teoría de la dependencia?
Para los que no abandonamos la lucha por la liberación nacional y social
(nuestra tendencia a la hora de evaluar los acontecimientos, como diría
el propio Cardoso), el problema mayor no son sus errores humanos, ni
mucho menos lo que le resta por hacer; para nosotros lo más esencial y
doloroso es la claudicación ideológica (o cambio de tendencia) que lo
llevó a abandonar nuestras filas. Aunque esto no pueda borrar, claro
está, lo mucho que nos aportó.
La Plata, setiembre de 2011
(1) Me refiero a Jorge Abelardo Ramos
(2) Franzoia, Alberto: Spilimbergo y la teoría de la dependencia, en
¿Quién es Jorge Enea Spilimbergo? Versión completa en PDF en El Ortiba
http://www.elortiba.org/pdf/spilimbergo.pdf
La marcha peronista: versión cumbia villera - Nicolás Daniel Báez
Censura privada (Sobre el caso Amigorena)
Por
Jorge Arcolía
Lo sucedido excede largamente el ámbito de la farándula.
Cuando los poderosos aplican la coerción para impedir la libertad de
expresión, merecen nuestro enérgico repudio.
El video enuncia la existencia de un hecho cuasi-mafioso.
Lidia Papaleo da cuenta de la peligrosidad de los personajes en
cuestión.
Pocos medios le han dado al tema la importancia que tiene.
Me queda una esperanza: La columna
del Nieto de Mordisquito, en este mismo espacio.
Estar
atentos al frente interno
Por Alberto J. Franzoia
Desde el regreso a la vida democrática (1983) nunca el resultado de
una elección para presidente de los argentinos tuvo un final más
cantado que el que se aproxima. Porque no caben dudas que Cristina
será consagrada con una diferencia de votos descomunal con relación
a la segunda fuerza. Como tampoco existen dudas con respecto al
carácter patético que ha adquirido la oposición y su imposibilidad
de realizar cualquier aporte sustancial al evento.
Alfonsín es presentado como un líder; la afirmación sólo puede
provocar una carcajada. Otros que votaron en el parlamento contra
proyectos de avanzada del kirchnerismo se presentan como el
“progresismo verdadero”; poco creíble. Los que dicen representar a
los trabajadores, sin registrar que dicho sujeto social está en
realidad en otro espacio político desde hace décadas, festejan un
milagroso porcentaje de adhesiones que podría superar el 4%; para
llorar. Los más reaccionarios intentan camuflar su pelaje. Algunos
candidatos huyen despavoridos para evitar un papelón del que no se
vuelve. Y hasta están los que ejercitan la negación (psicológica)
como mecanismo de defensa ante la inevitable catástrofe.
A esta altura de los acontecimientos y con cuatro años por delante
para seguir gobernando sin partidos opositores de fuste a la vista,
el escenario de conflictos fuertes se presenta en realidad en el
terreno económico. Allí donde los que hoy no logran reunir
adhesiones políticas suficientes tienen, sin embargo, un peso
desmesurado. Porque más allá de los enormes avances registrados
durante los ocho años de gestión kirchnerista, resulta evidente que
tanto el capital financiero de los países imperialistas, como sus
socios nativos de la oligarquía especuladora (agroexportadora,
industrial y financiera) siguen en pie.
Y si el capital más concentrado que expresan estos sectores forma
parte de nuestra realidad, nadie medianamente inteligente puede
suponer que no trabajarán para expresar sus intereses en la
superestructura cultural y política. En realidad la tarea cultural
que apunta a instalar estos intereses corporativos como si fueran
intereses de toda la nación, la seguirán llevando adelante los
medios más reaccionarios, como el grupo Clarín. Por lo tanto allí no
tendremos grandes novedades en relación a lo sucedido hasta ahora;
basta recordar el conflicto de 2008 con la minoritaria oligarquía
agraria y su presentación mediática como un atentado al conjunto del
campo argentino.
Queda entonces por ver cómo las clases dominantes acomodan su
táctica política (de coyuntura) en los próximos cuatro años, para
que su estrategia (de largo alcance) basada en el control
oligopólico del mercado nacional, no sufra consecuencias
irreparables en caso de que el kirchnerismo intente modificar la
relación de fuerzas en el terreno económico adaptándola a la actual
bonanza política que atraviesa el bloque nacional y popular.
Sobre dicha cuestión habrá que estar muy atentos, por lo tanto, al
movimiento de piezas interno, ya que no sería la primera vez que,
ante una imposibilidad cierta de hacerse con el control político de
la situación (ya sea por inexistencia de un partido afín con
posibilidades ciertas de gobernar, o por la inconveniencia de
intentar otras vías menos democráticas muy frecuentes en otros
tiempos), el bloque oligárquico-imperialista buscará fragmentar
nuestro bloque nacional-popular recurriendo a sus componentes más
débiles para captarlos. Esos componentes existen. Algunos son
gobernadores, otros intendentes y diputados, los hubo ministros y
vicepresidentes. Algunos manejan fondos y contactos. Allí estará el
espacio en el que seguramente se librará la principal batalla
política del próximo período: hacia el interior de nuestro propio
bloque. Batalla para debilitar el proyecto en curso e impedirle su
continuidad transformadora.
No descuidarse, apoyar los avances experimentados por el gobierno
kirchnerista, pero manteniendo a la vez una actitud crítica hacia
las debilidades táctico-estratégicas y sobre todo hacia los
ideológicamente débiles (propensos a abandonar sin complejos aquello
que dicen defender), será la tarea política de todo militante que
realmente apueste a profundizar este modelo con un sentido
claramente social y antiimperialista.
La Plata, 19 de octubre de 2011
Un
libro esencial
Por Enrique Lacolla
Acaba de aparecer Historia de la Argentina, de Norberto Galasso.
Destilado magistral de una escuela de interpretación de la historia
argentina, esta obra resulta una aportación de gran valor para el
esclarecimiento de las jóvenes generaciones.
Por su carácter abarcador y sintetizador, del ingente trabajo
historiográfico de Norberto Galasso deben destacarse tres títulos en
especial: la biografía de San Martín –Seamos Libres y lo demás no
importa nada-, los dos gruesos volúmenes consagrados a Perón y,
ahora, esta excelente Historia de la Argentina, que acaba de
publicar Colihue.
Son libros casi definitivos, por el impresionante trabajo heurístico
y hermenéutico que comportan, y por su capacidad de sintetizar un
decurso histórico a menudo deshilachado en los textos de la
historial oficial –engañosa en grado sumo, en tanto sustrae
elementos esenciales para la comprensión del pasado-, y en los de un
revisionismo que, por cierto, contiene obras fundamentales en su
haber, pero que, salvo contadas excepciones, ha tendido a centrarse
en el análisis de personajes, problemas y situaciones particulares.
Las excepciones más notables a esta regla fueron la Historia
Argentina, de José Luis Busaniche, que quedó inconclusa por la
muerte de su autor; y las fundacionales y formidables Revolución y
Contrarrevolución en la Argentina y la Historia de la Nación
Latinoamericana, de Jorge Abelardo Ramos. Pero, escritas de forma
apasionada en el torbellino de los años posteriores al golpe militar
de 1955 y en las vertiginosas décadas que las siguieron, estas
últimas quizá no alcanzaron el grado de exhaustividad, precisión
docente y exposición sistemática de que hacen gala los libros de
Galasso, en especial el que estamos comentando.
La Historia de la Argentina, en efecto, aborda todos los temas
claves de nuestro pasado de manera muy organizada, con una profusión
de datos y fuentes que la hacen irrefutable, al menos en lo referido
a la veracidad objetiva de los hechos que describe. Desde luego,
como bien lo expresa el autor en el prólogo, el historiador no puede
visionar el pasado obviando a su propio lente ideológico. Galasso
expresa que el engaño no consiste en que algunos autores interpreten
la historia desde su propia concepción, “sino de que lo hagan
pretendiendo que sus visiones son neutras, no obedecen a ideología
alguna y, por lo tanto, deben enseñarse en las escuelas como si
fuesen la única y verdadera historia”.
La clave está en distinguir entre una imparcialidad imposible y una
objetividad factible. Esta última resulta de una exposición total y
honesta de los datos que el historiador dispone, aunada a una clara
aceptación de la parcialidad a la que adhiere. Este reconocimiento
es la imprescindible base para abordar la redacción de un texto que
pretende la puesta en escena de un drama polémico, en el que se
entrecruzan las realidades consumadas del pasado con las pulsiones
de un presente afectado por problemas que a menudo están influidos
de forma directa o indirecta por las tendencias del ayer.
Alejándonos de nuestra propia tierra y refiriéndonos al escenario
europeo, por ejemplo, no es casual que las tendencias
historiográficas dominantes hoy abominen de la revolución francesa
(y ni hablemos de la bolchevique). El universo neoliberal posterior
a Fukuyama concibe al presente como un lago chirle y aburrido, donde
una presunta “sensatez” y un acomodamiento a unas circunstancias que
se habrían dado de una vez para siempre, deben primar sobre las
pulsiones “irracionales” de los movimientos de masa milenaristas que
engendraron al comunismo y al fascismo, entre otros fenómenos. Esta
presunta sensatez está siendo puesta en tela de juicio hoy por los
desastres que engendra la globalización imperialista, pero estos no
han alcanzado todavía el punto crítico donde se puede romper la
concepción del mundo predominante en los países del centro.
Y bien, desde la óptica de una periferia sometida al castigo de las
políticas del imperialismo, semejante tranquilidad es inconcebible y
requiere un análisis de la historia formulado desde nuestra propia
perspectiva, para forjarse una composición de lugar que refute el
criterio dominante y permita armarnos para enfrentar un presente
difícil y prepararnos a un imprevisible futuro. Lo cual implica
desembarcar en un universo poblado de contradicciones que necesitan
una comprensión dialéctica y abierta para la representación de los
choques problemáticos del pasado. El libro de Galasso es un aporte
abarcador de enorme utilidad para esclarecer el pasado argentino a
las jóvenes generaciones y para verlo en su conexión
latinoamericana. Una conexión que la historia oficial y sus
derivados han omitido cuidadosamente o han observado con un fingido
desdén, extensivo a los trabajos como al que nos estamos refiriendo.
La obra arranca con una apasionante primera parte que es un examen
de las corrientes historiográficas argentinas , lo que sirve al
autor para poner en claro los bandos en que se ha dividido ese
espacio y para explicitar su pertenencia a uno de ellos, al que
genéricamente denomina como corriente historiográfica socialista,
federal-provinciana o latinoamericana. Es una indagación exhaustiva,
que no sólo desnuda las contradicciones o falacias que desde su
punto de vista adolecen otras escuelas, sino que efectúa
evaluaciones de los historiadores pertenecientes al propio campo,
tarea para nada confortable y de la que se escapan a veces chispazos
que provienen de antiguas polémicas. (1)
El examen de nuestra historia, desarrollado a lo largo de unas 1.200
páginas de texto distribuidas en dos volúmenes, es desde todo punto
de vista un logro. Una de las cualidades que deben distinguir al
historiador es su aptitud para narrar eslabonando un discurso
cautivante por su tersura estilística y por la claridad de los
conceptos que va concatenando. Apoyándose siempre en fuentes
verificables Galasso nos ofrece un relato a la vez apasionante y
angustiante de un país desgarrado por una contradicción original
irresuelta todavía, pero reelaborada por el trabajo de los años y
las generaciones. La evidencia de la gestación de un país dividido
entre la ciudad-.puerto que entendía diseñarlo a su manera y un
interior que aspiraba a acabar con el estrangulamiento que suponía
el cuello de botella porteño y su captación de los beneficios de la
Aduana para el provecho de su burguesía comercial y de la clase de
los ganaderos bonaerenses -conjunción no exenta de contradicciones
pero que terminaría conformando a la oligarquía-, está descrita con
minuciosidad y exactitud. La descripción que Galasso hace de la
compleja articulación del morenismo con la Logia Lautaro es también
de una claridad meridiana. También lo es su minuciosa exposición del
eje a través del cual giró la distorsionada organización nacional en
el período de las luchas civiles: la ambivalente posición de las
provincias litorales –Entre Ríos, Santa Fe y Corrientes- que
compartían la general inquina provinciana contra Buenos Aires por su
monopolio de las rentas de la Aduana, potestad que impedía organizar
a la nación en profundidad, pero que interpretaban esa cuestión de
una manera diferenciada. Las provincias litoraleñas, en efecto,
repudiaban el papel de cancerbero que Buenos Aires ejercía respecto
de los ríos, pero al mismo tiempo poseían un interés propio
orientado hacia la construcción de un modelo de país no muy alejado
de la concepción rivadaviano-mitrista. Esto es, fundada en la
aceptación de una economía volcada a la exportación de productos
primarios y orientada hacia el exterior, en vez de serlo hacia la
construcción de una sociedad equilibrada y provista de polos de
desarrollo industrial en el interior. De hecho, el embrión de estos
fue destruido o negado por Buenos Aires al interior a través de las
políticas unitarias –sea en su expresión más cruda del “liberalismo
ilustrado”, sea en su versión atemperada por el barniz nacional que
le dio el rosismo- hasta culminar en las expediciones punitivas de
Mitre después de Pavón, que exterminaron las resistencias internas
en una ecuación que resumió y resolvió (de mala manera) todas las
contradicciones anteriores. La retirada de Urquiza del campo de
Pavón en una batalla casi ganada y su actitud especulativa, renuente
y en definitiva traidora respecto al Interior durante la década
subsiguiente, hasta su asesinato en 1871 a manos de una partida de
federales despechados (o manipulados por el mitrismo), expresan esta
ambigüedad.(2)
La aptitud para percibir y explicar acabadamente esa y otras
ambivalencias –como las difíciles relaciones entre Mitre y Sarmiento
y la tardía proximidad de este a Urquiza- es uno de los rasgos más
atractivos e importantes de la obra de Galasso. No escapa a esta
aguzada percepción el problema historiográfico que se ha planteado
en torno a Roca, un personaje que ha tenido la desdicha de caer
entre las patas de un defensor como Mariano Grondona y la inquina de
un arbitrario Osvaldo Bayer. Galasso no toma en absoluto una
posición intermedia entre ambas posturas, pero establece su
interpretación respecto del papel del “Conquistador del Desierto”
con una finura que aventa tanto la justificación hipócrita de
Grondona y de los que piensan a su manera, como la diatriba colmada
de resentimiento de Bayer.
La historia no es un discurrir maniqueo de buenos y de malos, sino
una combinación de circunstancias donde nada es siempre igual a sí
mismo con el correr del tiempo, y donde los matices a veces revelan
los costados insospechados de las cosas. Esos contornos, variables
en ocasiones, permiten coincidencias inesperadas entre enemigos o
adversarios, coincidencias que bien pueden modificar un desarrollo
social y cambiar al árbol que crece desde sus raíces a través de una
poda oportuna o de un horcón que sostenga a sus ramas más débiles
hasta que estas se vigoricen…
Lejos del determinismo fatalista de José Pablo Feinmann quien
entiende que si Felipe Varela hubiera conquistado Buenos Aires
hubiera hecho lo mismo que Mitre, Galasso pone de relieve que la
voluntad de organizar al país de ese y otros caudillos del interior
pasaba por una exacta comprensión (que era también la de Alberdi,
Fragueiro, Pedro Ferré y hasta el general José María Paz) de que las
rentas usurpadas por Buenos Aires debían revertir en el país todo
para generar una realidad diferente. Sólo la astucia de Rosas, que
contemporizaba con el interior sin ceder en lo básico, y la traición
de Urquiza, atrapado (como antes lo habían estado Estanislao López y
Pancho Ramírez) en el servicio de unos intereses locales que eran
también personales, impidió que la turbulenta resistencia de las
provincias tuviera razón sobre Buenos Aires. Cuando finalmente el
general Roca zanjó en la más sangrienta de las batallas de las
guerras civiles la cuestión del puerto de Buenos Aires,
federalizando a la Capital, se evitó la desintegración, pero el país
ya había sido tallado de acuerdo a un molde económico distorsivo,
que impidió la expansión y el crecimiento de una potencialidad
nacional que sólo revivió muchas décadas más tarde.
La importancia de Roca proviene del saldo que dejó el conjunto de su
obra de estadista, jugada en un plano político-militar, y no de un
hecho aislado, al que se suele evaluar desgajado del contexto social
en que se produjo, como es moda hacerlo en la actualidad con la
Campaña del Desierto. Desde luego este episodio tuvo contornos de
brutalidad suma, pero la ferocidad existía de ambas partes en una
guerra que se arrastraba desde hacía décadas y el imperativo
geopolítico ordenaba ocupar un espacio despoblado que bien podría
haber sido apropiado por Chile o incluso por alguna colonia inglesa.
Pero a Roca no se lo puede reducir a la estatura del ganador de esa
campaña, sino que es preciso evaluarlo en el conjunto de su obra, en
la cual la nacionalización de Buenos Aires, que terminó con el ciclo
de las guerras civiles, es fundamental. No puede haber sido casual,
por otra parte, que su obra de gobierno recibiera el apoyo de la
intelectualidad más preclara y moderna de la época –la generación
del 80- ni que bajo sus gobiernos se efectuaran los primeros
estudios sociales a escala del país y se introdujeran las reformas
educativas más importantes, imponiéndose la educación libre,
gratuita y laica. Esto nos lleva a preguntarnos si en la moda que
hoy pretende defenestrarlo del panteón de los héroes no estará
presente –transmitida a través del cordón umbilical de un servilismo
cultural inconsciente propio de algún sector de la clase media- la
vieja inquina contra el militar que derrotó a Mitre y domeñó el
secesionismo porteño.
La necesidad de una historiografía revisionista seria es hoy más
importante que nunca. Pues si antes la Academia y los grandes medios
de prensa monopolizaban un discurso que congelaba a las figuras del
pasado en el mármol, hoy la banalización de la cultura y la
proliferación de trabajos que sobrevuelan las cuestiones
fundamentales y se aplican a describir la presunta intimidad de los
próceres –a retratarlos en pantuflas, en cierto modo-, olvida
manifestar cuáles eran los motores eficientes de sus vidas y, por lo
tanto, el rasgo que puede hacernos interesantes a sus rutinas
cotidianas. De lo contrario lo que se busca es igualar todo bajo la
pátina de la mediocridad universal. Ahí sí que “los árboles nos
taparían el bosque”…
El libro de Galasso resulta pues una aportación de primer nivel, que
debería integrar la bibliografía universitaria, junto a los textos
de otros animadores de las corrientes revisionistas. El silencio que
la gran prensa, la generalidad de la cátedra y los medios
monopólicos siempre han guardado respecto de estas contribuciones
heterodoxas es indicativo del temor a enfrentar esas
interpretaciones en campo abierto de parte del sistema constituido
de la enseñanza académica y de los guardianes de la interpretación
mitrista de la historia argentina.
Una observación al margen. Sería muy útil que a la obra de Galasso
se le adjuntara un índice analítico. Facilitaría su recorrido y
supondría un aporte más a su enorme valor docente.
Notas
1) Esto es evidente en el caso de Jorge Abelardo Ramos. Galasso
reconoce su importancia, pero a la vez se ocupa –muy pertinentemente
por otra parte- de destacar que gran parte de su pensamiento surgió
de la matriz de otros pensadores de la que sería más adelante la
Izquierda Nacional, que se le adelantaron en la formulación de
algunas categorías básicas en torno del rosismo. el peronismo y la
guerra del Paraguay. Destaca Galasso en especial la originalidad de
Enrique Rivera y Aurelio Narvaja, animadores primigenios de la
revista Frente Obrero. Al hacerlo critica la desenvoltura con que
Ramos integró esas aportaciones a su propio pensamiento a través de
un reconocimiento genérico y no personalizado de esos autores. Esto
puede ser cierto, pero –desde nuestro punto de vista- hubiera
convenido también enfatizar los aportes originales realizados por el
mismo Ramos, su crítica al “foquismo” por su reduccionismo
voluntarista; su brillantez como polemista y la excepcional calidad
literaria de su trabajo y, en la estela de esta, su talento para
difundir de forma eficiente las categorías del revisionismo en una
enorme masa de lectores. De esto muchos le somos deudores, más allá
de la peripecia final de su carrera, que lo vio adherido al
menemismo, como una excrecencia paradójica de este.
2) Resumen y ejemplo de esta política contraria a la industria y al
desarrollo autónomo fue la espantosa guerra del Paraguay, uno de los
pocos fenómenos a los que legítimamente puede calificarse como
genocidio producido en América latina. Buenos Aires, la corte del
Brasil y el partido Colorado de Montevideo fueron los agentes de ese
designio. El país más industrializado, alfabetizado y ordenado del
subcontinente que se rehusaba a aceptar el rol dependiente del
comercio británico que se le había marcado desde Londres, fue
literalmente “devuelto a la edad de las cavernas”. Tal y como
Washington promete hoy a los los “rogue states”.
www.enriquelacolla.com
Publicado en Reconquista Popular
¡Bienvenida
hegemonía! *
Por Alberto J. Franzoia
A un año de la partida de Néstor Kirchner el pueblo argentino dio su
veredicto. Cristina, su compañera de toda la vida, en ciertos
aspectos su mejor discípula, pero también el más importante cuadro
político que gesto la dirigencia peronista en las últimas décadas,
la que soportó estoica las peores agresiones de parte de la siempre
omnipresente y perversa oligarquía argentina, cosechó casi el 54% de
los votos. Ningún otro candidato durante estos 28 años
ininterrumpidos de democracia consiguió semejante apoyo popular, ni
siquiera Raúl Alfonsín en plena euforia del regreso a la vida
constitucional y sin ningún tipo de desgaste previo. Claro está que
el poder sólo desgasta al que mal gobierna, porque cuando se
gobierna para el pueblo lo que se consigue es una creciente
acumulación de consenso.
Los politólogos, sociólogos y comunicadores sociales “neutrales” nos
dirán que ahora se corre un serio peligro hegemónico. Como suele
ocurrir en aquellos medios oligopólicos y comprometidos con
intereses privados concretos, los conceptos se instalan, circulan
hasta la saturación del receptor, pero pocas veces son definidos con
claridad. En este caso, el carácter réprobo que ha adquirido todo
aquello que tenga que ver con la hegemonía (cuando es popular) va
asociado al supuesto de que por hegemonía siempre debe entenderse:
dominio de unos sobre otros. Sin embargo hegemonía deriva del griego
«eghesthai», que significa conducir, ser guía.
Ocurre que para lograr la conducción en una sociedad es necesario
construir consensos. En realidad, a lo largo de la historia han
predominado las conducciones culturales de las clases dominantes
(1); en el capitalismo desarrollado de la burguesía y en el
subdesarrollado habitualmente lo ha conseguido la oligarquía. Para
alcanzar ese objetivo se valen de una poderosa superestructura
ideológica-política (y también jurídica) que produce y transmite
bienes simbólicos (ideas, conceptos, teorías, condenas y
absoluciones) al conjunto de la sociedad, presentando sus intereses
de clase, minoritarios y corporativistas, como si fuesen los
intereses supremos de toda la nación. Por ejemplo: en Argentina,
según la versión mitrista de la historia, el campo es sinónimo de
Patria, porque la Patria habría existido y vivido gracias a éste.
Cuando ideas semejantes son instaladas por clases o fracciones de
clases como la oligarquía agraria (que se presenta a sí misma como
“el campo”) es posible conducir a una parte significativa de la
sociedad recurriendo a los intereses de una minoría; así ocurrió en
2008 con la oposición a la 125.
Sin embargo las clases dominadas (con los obreros a la cabeza)
tienen una historia de lucha y a veces logran gestar procesos de
contra hegemonía (conducción cultural alternativa a la dominante)
que las lleva a iniciar transformaciones estructurales favorables a
los intereses de la mayoría de la nación. No es necesario ser
demasiado lúcido para comprender que ese tipo de hegemonía sólo
puede resultar motivo de preocupación para aquellas clases
minoritarias que verán amenazados sus privilegios de antaño. Todo
indica que en varios países de América Latina lo señalado comienza a
ser una realidad tangible en el siglo XXI.
En Argentina dicho temor invade a las diversas fracciones que
conforman nuestra oligarquía: agraria, comercial, industrial y
financiera. Fracciones todas que maximizan sus ganancias mediante la
especulación, ya sea que para conseguirlo recurran a un régimen de
propiedad privilegiada sobre las tierras más fértiles, al comercio
de exportación-importación, al control oligopólico del mercado
industrial, o la especulación lisa y llana en el mercado financiero.
Pero, además, estas fracciones tienen estrechos vínculos con el
capital financiero internacional, de allí la conformación de un
bloque de intereses que es tanto oligárquico como imperialista.
Como no podía ser de otro modo, ante un gobierno de orientación
nacional-popular como el de Cristina Fernández, que gracias a
reafirmar el rumbo emprendido en 2003 por Néstor Kirchner ha
incrementado sustancialmente su cuota de consenso, el bloque
oligárquico-imperialista y sus voceros se preocupan por la
hegemonía. Si fuesen serios y se interesaran realmente por la verdad
(objetividad), nuestros intelectuales pro statu quo deberían aclarar
que a sus patrones la única hegemonía que les preocupa es la
popular.
Cristina y Néstor podrían haber retrocedido durante el conflicto de
2008, como han hecho buena parte de los gobiernos democráticos que
supimos conseguir; pero no, fueron por más: asignación universal,
ley de medios, fútbol para todos, estatizaciones de intereses
privados, y sigue la lista. La consumación de hechos concretos
condujo a nuestro pueblo a incrementar su apoyo. Ante ese tipo de
conducción el bloque oligárquico-imperialista manifiesta entonces su
natural preocupación, y recurriendo a sus “cerebros independientes”
le llama hegemonía, pero adjudicándole el significado “dominio de
unos sobre otros”.
Está bien que se preocupen, porque lo que el bloque nacional y
popular debe construir, si quiere cambiar la historia en serio, es
precisamente hegemonía, pero entendida como conducción cultural
alternativa, para que de una vez por todas las enormes riquezas de
nuestra nación dejen ser el patrimonio de un grupo selecto de
privilegiados que viven de espaldas a las necesidades populares. En
realidad el 54% que obtuvo Cristina, es el piso necesario para
seguir construyendo consensos aún más amplios que permitan cambios
estructurales; cambios profundos por lo tanto en la estructura
económico-social de nuestra sociedad. Para ello será prioritario
adecuar la realidad material a aquellas transformaciones que ya se
van operando en la superestructura ideológica y política. Sólo así
otro país será definitivamente posible, por lo que no cabe más que
exclamar: ¡bienvenida hegemonía!
(1) Cuando esa conducción cultural no es suficiente para encolumnar
a buena parte de la sociedad entonces se recurre a la coerción, de
allí las dictaduras cívico-militares que hemos padecido en América
Latina.
La Plata, 1 de noviembre de 2011
La
confirmación *
(Elecciones del 23 de octubre)
Por Hugo Presman
Se confirmó la encuesta precisa que fueron, por mal uso generalizado
de todos los partidos, las primarias abiertas, simultáneas y
obligatorias.
Cristina Fernández obtuvo el triunfo más apabullante desde 1983 y
uno de los más notables de toda la historia argentina. No sólo por
la cifra alcanzada del 53,80% sino por la abismal diferencia con el
rezagado lote de sus escoltas, condenados a competir en el
desintegrador territorio de las derrotas sin esperanzas. El
kirchnerismo se recuperó de un profundo traspié político concretado
parlamentariamente de la manera más aviesa, por el voto
temblequeante del propio vicepresidente, y luego ratificada en las
elecciones legislativas de junio del 2009.
Fueron las consecuencias del histórico conflicto del gobierno con
las patronales del campo, apoyado por los sectores medios urbanos y
con el patrocinio y sostén de los medios hegemónicos.
Cristina Fernández y Néstor Kirchner actuaron en forma
diametralmente distinta a lo habitual. Cuando el establishment
celebraba su victoria y se aprestaba a hacerles besar la lona,
dominando el Parlamento, la contraofensiva fue eficaz y llevó el
desconcierto a los dirigentes de los partidos políticos,
prolongación del poder económico y comunicacional. El núcleo duro
minoritario conformado en los días aciagos de la derrota, se fue
ampliando en forma lenta pero firme con la sanción de la ley de
medios audiovisuales, la estatización de las AFJP y de Aerolíneas
Argentinas, el matrimonio igualitario, el fútbol para todos y la
asignación por hijos. Junto a estas medidas trascendentales, se
continuó con la construcción de escuelas y hospitales, el apoyo a la
ciencia y a la educación, la repatriación de científicos, las
políticas activas para atenuar los efectos de la crisis
internacional. Los festejos del bicentenario expresaron con claridad
que se había revertido las consecuencias de la derrota. Los medios y
sus columnistas de opinión fogoneando a los políticos subordinados,
siguieron ignorando el cambio de la situación, describiendo
escenarios dolorosos y anunciando futuros desesperanzadores. Lo
realizado en siete años, la revalorización de la política, la
subordinación de la economía a aquella, el retorno del Estado, fue
seduciendo a los jóvenes que volvieron a interesarse por la cosa
pública. Ese río subterráneo apareció clara y dolorosamente a la
muerte de Néstor Kirchner. La ofensiva contra Cristina Fernández que
se había iniciado antes de asumir como presidenta, ni siquiera se
interrumpió con la muerte de su marido y ex presidente. A pocas
horas de su muerte, el analista del poder, Rosendo Fraga, le
aconsejó dar un viraje en el sendero que se transitaba. Ejerciendo
la presidencia, fue denostada en vida del santacruceño como una
subordinada de su marido, el que era en la boca y pluma de algunos
periodistas "independientes" "el jefe de la jefa de estado" y al
poder ejecutivo unipersonal se lo denominaba canallescamente
"matrimonio presidencial".
Hoy, uno de ellos, el periodista de Clarín Julio Blanck, escribió el
24 de octubre: ".su notable recuperación personal y política (a la
muerte de Kirchner), tan inesperada como la fuerza y la habilidad
con que se sobrepuso al dolor, a la soledad y a los peores
pronósticos sobre su capacidad de gestión y de mando, equivocación
de la que no escapamos casi ninguno de los observadores y analistas
de la política"
Los primeros resultados electorales del 2011, confirmaron la
reversión de la derrota del 2009. Ante ese panorama, dos candidatos
presidenciales, Fernando Pino Solanas y Mauricio Macri, bajaron sus
candidaturas. Luego, las dos derrotas de los candidatos del gobierno
en Capital Federal y Santa Fe, la falta de candidatura propia en
Córdoba, volvieron a alentar esperanzas en la tríada La Nación,
Clarín (con sus más de tres centenares de medios) y Perfil.
Engañosamente alentaron nuevamente la posibilidad de una próxima
derrota gubernamental. El resultado de las PASO desconcertó a la
oposición y sus voceros, que a partir de ahí intentaron convertir
las presidenciales en legislativas, con el llamativo argumento, de
escasa consistencia republicana con la que alardean, de la necesidad
del equilibrio de poderes, aunque las nuevas mayorías surjan del
pronunciamiento popular.
LAS ELECCIONES DEL 23 DE OCTUBRE
Está claro que después de las PASO, el voto antikirchnerista se
dirigió hacia el candidato que había salido cuarto y que se
presentaba como el único que podía crecer, por lo que se produjo una
traslación de los votos antikirchneristas, principalmente de Eduardo
Duhalde hacia Hermes Binner. Eso quedó claramente evidenciado en el
territorio de la Capital. En los barrios de Nuñez, Belgrano,
Colegiales, Palermo, Recoleta y Caballito, los votos del Peronismo
Federal que había ganado ahí en las PASO, pasaron al Frente Amplio
Progresista, que triunfó en las elecciones nacionales en los mismos
lugares.
El resultado ha sido un epitafio a las carreras políticas de Elisa
Carrió y el ex gobernador y senador en ejercicio de la presidencia y
a Ricardo Alfonsín, que sólo el desierto dirigencial radical
catapultó a un cargo a todas luces que le quedaba enormemente
holgado.
Previamente las PASO, extendieron un certificado de caducidad
provisorio a las posibilidades políticas de Pino Solanas. Cristina
le ganó a Binner en su propia provincia. Éste sólo triunfó en su
territorio en tres distritos y en la ciudad de Rosario, la única de
las grandes ciudades en que perdió la presidenta.
El resultado electoral favorable al Frente para la Victoria, en
porcentaje y distribución territorial superó a las presidenciales
del 2007 en que Cristina fue elegida.
A los que sostienen que a Menem obtuvo resultados parecidos en 1995,
conviene puntualizar que dos años más tarde, en 1997, perdió las
legislativas y empezó a transitar sus meses finales.
Lo mismo les había sucedido a Ricardo Alfonsín en 1987 y a Fernando
de la Rúa en el 2001. Todas anticiparon finales penosos. En cambio
no se conocen antecedentes cercanos de un gobierno que, luego de
perder elecciones legislativas transcurridos 6 años del inicio de su
gestión, dos años más tarde bate todos los records.
En la oposición, Binner deberá tener la cordura para no repetir los
errores de Pino Solanas y Francisco de Narváez, que recogieron el
voto coyuntural antikirchnerista, y luego quedaron desnudos cuando
en escenarios diferentes volvieron a sus registros históricos.
Mención aparte merece Elisa Carrió, quien tuvo un merecido castigo
que la condenó al último puesto. En declaraciones posteriores a su
impresionante derrota, afirmó que pasaba a la resistencia al
régimen. Parece una incoherencia, pero es sólo la prolongación
coherente de una larga e increíble retahíla de desatinos. Es la
pitonisa, invariablemente equivocada, que ante la estatización de
las AFJP, afirmó que los aportantes estaban en la misma situación de
los judíos que eran conducidos en trenes a Auschwitz. La que sostuvo
que el kirchnerismo era el nazismo sin campos de concentración. Por
eso hoy se considera una partisana que pasa a la resistencia al
nazismo.
Eso sí, acompañada hasta ahora por Mario Llambías, el dirigente de
Confederaciones Rurales Argentina, uno de los cuatro jinetes del
apocalipsis campestre del diario Clarín, del poder económico en
general, que la ha usado hasta que huérfana de apoyo electoral, será
abandonada como un limón exprimido.
LA CONFIRMACIÓN
Mientras intelectuales y analistas buscan causas exóticas y
pintorescas al rotundo triunfo, sería bueno gritar: ¡Es la política,
estúpidos! Es la consecuencia lógica de los dos mejores gobiernos
desde los de Perón para acá. Es el haber recuperado, para la
generación del setenta, sueños que habían sido enterrados. Para los
jóvenes que se incorporan a un mundo que los excluía donde hoy la
política es un instrumento de cambio y no un corset para mantener el
status quo. Mientras en el nuevo período, el gobierno deberá
profundizar las rupturas de lo mucho que queda de los noventa y
eliminar errores y equivocaciones o afrontar asignaturas pendientes
como la sojización, la minería, la reforma impositiva, la reforma
financiera.
La oposición sobreviviente tiene con Mauricio Macri un partido
provincial ( en esta elección consiguió poner además de la Capital,
un pie en Vicente López) y con Binner, otra expresión de escasa
penetración territorial. Paradojalmente, un partido en franco
declive, como el radical, sigue siendo el de mayor representación
legislativa y que administra un número interesante de intendencias.
La oposición debería seguir algunas de las consideraciones de Jorge
Fernández Díaz, un periodista crítico del gobierno, pero que con
lucidez ha escrito en el diario La Nación del 24 de octubre: "La
oposición me temo, debe cuanto antes declarar y asimilar su derrota,
entenderla y asumirla en toda su dimensión, lo que implica tomar
aceite de ricino, es decir: admitir las cosas positivas que el
oficialismo logró. Sólo desde ese lavaje de estómago, desde esa
dolorosa pero purificadora penitencia, la oposición podría adquirir
la autoridad moral frente a la sociedad para reclamar cambios. Hoy
reclama cambios anclados en el pasado. Se percibe, de manera
inconsciente, que nos propone volver a algún sitio ( el ochentismo
alfonsinista, el liberalismo de los noventa, los tiempos del Frepaso
o de la Alianza) porque el kirchnerismo arrasó con las reglas de
juego que en esos pretéritos imperaban. El electorado percibe que la
oposición propone más de aquello, poco de esto y nada de futuro.
Para proponer algo de futuro la oposición tiene que aceptar los
logros oficiales y construir un discurso poskirchnerista. Que en
esta campaña no se vio".
En el mismo sentido, el agudo politólogo Edgardo Mocca, apunta en la
revista Debate del 29 de octubre: "Para emprender estas revisiones
hay que abandonar el sonsonete del "viento de cola" como fundamento
de los logros, lo que lleva a jugar todas las cartas a los costos
que la crisis internacional pudiera provocar a nuestra situación
económica- social. Menos Majul y más Maquiavelo podría ser una
fórmula adecuada para entender que la conquista del poder nunca es
solamente fortuna sino que incluye necesariamente la virtú, que no
es virtud moral sino aptitud política"
En cambio si sigue al licenciado en filosofía Tomás Abraham, que
considera que estamos ante un gobierno de actitudes fascistas, o al
licenciado Santiago Kovadloff que sostiene que "el kirchnerismo no
es sino el producto terminal de una transición incumplida desde el
autoritarismo hacia la democracia republicana, de la injusticia
social a la sociedad del trabajo y la educación" seguirá la
oposición revolviéndose en su impotencia. Mucho más si cree como la
intelectual orgánica del establishment Beatriz Sarlo, que desde La
Nación escribe bajo el título de "Victoriosa autoinvención":
"Después del entierro de Néstor, Cristina Kirchner dispuso casi de
inmediato todos los elementos de la puesta en escena y vestuario: su
luto, su palidez (atenuada con el transcurso de los meses), su
figura erguida, su voz potente, que podía quebrarse por la emoción
que ella misma se provocaba al mencionar al marido ausente. La
Presidenta hizo una actuación de alta escuela, mezcla de vigor y
emoción; se colocó a si misma al borde del llanto y se rescató por
un ejercicio público de voluntad. Es la gran actriz de carácter
sobre un escenario diseñado meticulosamente por ella misma. No
compartió jamás el rol protagónico. Los focos, todos, convergieron,
en un solo punto..La Presidenta Viuda fue la protagonista y la
directora de la obra, una creación suya y de un grupo muy chico de
publicitarios". Tanta lectura, tanto pavoneo crítico, para terminar
siendo una versión pretendidamente "culta" de Mirta Legrand. A su
vez, el periodista Jorge Lanata en la misma línea le declaró al
bisemanario Perfil, que lo tiene contratado: "La muerte de Néstor
ayudó a algo, cuyos efectos vamos a ver más adelante, que tiene que
ver con la creación del mito de Néstor. La muerte de Néstor es un
mito más de imagen que de contenido. ¿Te acordás de algún discurso
de Néstor? Es curioso. Los estadistas hacen discursos y proponen
cosas y en general te acordás de los discursos. Bueno no me acuerdo
de una frase de Néstor. Sin embargo, hay un fanatismo como no hubo
nunca desde Perón para acá.que la gente recuerde con cariño al ex
presidente es una construcción deliberada, audaz e inteligente de
parte del Gobierno... Hubo una preparación televisiva para el
velatorio, con tipos a los que hicieron saludar dos veces ante la
cámara. No hubo tanto de improvisación como parecía. Fue todo muy
armado".
El intelectual Álvaro Abos, habitual columnista de diarios
hegemónicos, con un pasado en el campo popular del que no queda
rastros, escribió en Perfil del 30 de octubre: "Ahora que los
hegemónicos son ellos, ¿cómo harán los partidarios del Gobierno para
acusar de todos los males a los poderes hegemónicos, a la prensa
hegemónica, y a los enemigos hegemónicos de toda laya a los que
durante estos años erigieron como sus demonios? A pesar que ya
superó la edad del pavo, Abos no alcanza a diferenciar el poder de
las urnas que se renueva cada dos o cuatro años del poder económico
que se impone desde la prepotencia del mercado, que no se vota ni se
elige. Hablar de uno y omitir el otro, es objetivamente ser
funcional al ignorado. "...... Si hubiera algún escritor o
periodista auténticamente kirchnerista, debiera estar criticando al
poder al cual adhiere. En ningún caso ensalzándolo, si es que
quisiera decir alguna cosa". Efectivamente toda posición
intelectual, una vez proclamada desde qué vereda se la hace, debe
ser crítica. Abós posa de intelectual aséptico. Será por eso que el
poder económico a través de sus medios, se disputa sus opiniones. Y
para sobreabundar el elogio a sus contratantes, termina
desparramando azúcar a la peor etapa de Clarín en toda su historia,
donde el periodismo ha quedado de lado, como lo reconocen hasta los
que lo defienden. Escribe Abós: "El conflicto del Gobierno con el
grupo empresario Clarín quizás deterioró económicamente a ese
consorcio lucrativo, pero no cabe duda de que mejoró
periodísticamente al diario Clarín, que pasó a ser un matutino
políticamente neutro, por no decir eternamente gubernativo, a ser un
diario crítico que rebusca lacras para denunciarlas, y permanece
alerta." Pasar mucho tiempo en la torre de marfil, como se ve,
produce distorsiones de la realidad.
Estas interpretaciones traen a cuento una frase del escritor
italiano Cesare Pavese: " Hay momentos en la historia, que los que
saben escribir no tienen nada que decir, y los que tienen algo que
decir no saben escribir"
A una semana de la confirmación, una corrida cambiaria intenta
torcer las líneas generales de la política económica. Igual que en
el inicio de su primera presidencia, Cristina Fernández afronta una
pulseada para condicionarla.
31-10-2011
*Enviado por el autor
Toni
Negri, cuando la teoría navega entre lo aparente y lo obvio*
Por Alberto J: Franzoia
De Toni Negri, quien ganó fama en América Latina por su tan
recordado como poco serio libro Imperio, me he ocupado en ocasión de
escribir un breve ensayo publicado en 2004 (1). Ahora, el 6 de
noviembre, nos informa Ignacio Chausis en Tiempo Argentino: “El
intelectual italiano visitó Buenos Aires para participar de un
seminario organizado por la Secretaría de Cultura. Preocupado por el
futuro de los movimientos sociales de protesta contra la
pauperización, como el de los indignados, advirtió que los actuales
gobiernos europeos, incluidos los socialdemócratas y de izquierda,
defienden el orden capitalista y, por lo tanto, truncan los procesos
transicionales que procuran un cambio.”
Ante tan “aguda” observación vale la pena volver sobre el personaje
analizado, sobre todo si es que pretende deslumbrarnos con su chapa
de intelectual europeo, ya que la obviedad de lo que afirma resulta
tan notoria que constituye una verdadera ofensa a nuestra
inteligencia. De todas maneras, no debemos sorprendernos porque
Negri hace años dejó de ser agudo y peligroso para el capitalismo
para transformarse en una versión progre de la filosofía practicada
por los doxósofos.
En aquel ensayo de 2004 sostuve (retomando el pensamiento del
sociólogo Pierre Bourdieu) que doxósofo es todo aquel que con aires
de gran filósofo reflexiona sobre la apariencia de las cosas, motivo
por el cual no logra captar su real funcionamiento interno. Es
decir, no pasa de ser un falso filósofo, ya que lo aparente nunca es
la verdadera cosa que estudia la filosofía y mucho menos la ciencia.
Doxósofos hay de derecha, como el archiconocido Francis Fukuyama con
su ya fenecida fantasía del fin de la historia (que a tantos
intelectuales colonizados de estas latitudes logró seducir), y los
hay de izquierda (aunque descafeinada) como es el caso de Toni
Negri, que también sedujo a una pléyade de progresistas locales con
su desafortunado Imperio.
Sostuve en aquel ensayo de 2004:
“Antonio Negri no pertenecía al universo de la intelectualidad
posmoderna. No era un pensador bien acogido por la clase dominante y
sus aparatos ideológicos, prueba de ello es que sufrió silencio,
cárcel, exilio y nuevamente cárcel. Se embargo, en el año 2000
publica junto a Hardt “Imperio” y su biografía experimenta un cambio
sustancial. Comienza a recibir el elogio de sus perseguidores y de
la intelectualidad adversaria, la opinión publicada descubre de
pronto su talento y el de Hardt, así lo atestiguan tanto el New York
Times como entre nosotros nada menos que La Nación. ¿Qué fue lo que
ocurrió? Basta con examinar los principales argumentos desarrollados
por los autores para justificar la presencia de un “imperio” para
comprender el nacimiento de tan abrupto idilio.
En primer lugar el título del libro analizado no es antojadizo ni
anecdótico, ya que simboliza un claro cambio de orientación en los
estudios de estos pensadores, afirmando una tendencia que también
hemos constatado en nuestra América Latina. “Imperio” no es otra
cosa que el concepto utilizado para dar cuenta del fin del
imperialismo. La concepción leninista, si bien debe ser actualizada,
y hay estudios propios del materialismo histórico que van en esa
dirección, establece algunas de las características esenciales del
fenómeno. Independientemente del tiempo transcurrido desde que “El
imperialismo fase superior del capitalismo” fue producido en 1916,
hay una cuestión central a considerar, el imperialismo es producto
de la expansión fundamentalmente económica de los países centrales
que buscan maximizar sus ganancias aprovechando las ventajas que se
obtienen en las economías periféricas. Esto genera dos realidades
bien distintas dentro de un mismo sistema capitalista, a saber: la
presencia de países opresores y países oprimidos.
¿Por qué Imperio no es lo mismo que imperialismo? Porque, como nos
informan Hardt y Negri, el imperio es una nueva estructura mundial
en la que los estados nacionales tienden a desaparecer, absorbidas
por un poder omnipresente que carece de un territorio específico. A
la hora de analizar la relación que a lo largo de la historia han
tenido el estado y el capital nos dicen: “Hoy ha madurado plenamente
una tercera fase de esta relación, en la cual las grandes compañías
transnacionales han superado efectivamente la jurisdicción y la
autoridad de los estados-nación... ¡el estado ha sido derrotado y
las grandes empresas hoy gobiernan la Tierra!”(2).””
Más adelante agregué:
…”Si no hay estados nacionales, tampoco pueden existir
comportamientos imperialistas, porque para que ello sea posible es
necesaria la presencia de un poder situado (económico, luego
político) y otros que carezcan de poder. Esta hipótesis es negada
por toda la evidencia disponible. Los autores, aunque provienen de
la izquierda, evitan un estudio materialista de la historia, motivo
por el cual no hay demasiados indicios del modus operandi de los
conglomerados transnacionales en el campo industrial-financiero, que
si bien se expanden en el ámbito mundial, tienen a sus cerebros y
propietarios instalados en los países dominantes…”
”Como no existe ya el imperialismo tampoco tendría sentido plantear
la dependencia, ni las luchas por la liberación nacional, ni las
defensas de las identidades culturales. “Imperio” es un trabajo en
el que los principales análisis se instalan en la superestructura
del sistema, pero con un predominio del aspecto jurídico.
Aparentemente estamos en presencia de una construcción legal válida
para el conjunto del imperio, cuya expresión más conspicua estaría
dada por las Naciones Unidas, en cuyo seno se producen nuevas normas
para garantizar la resolución de conflictos...”
“Ahora bien, cómo es posible que si los estados nacionales se
extinguen y el derecho internacional rige las relaciones entre
regiones y ciudadanos del imperio, un país como EE.UU. no haya
adherido al protocolo de Kioto, ni ratificado el Pacto de Río o se
haya opuesto a la Corte Criminal Internacional. Cómo explicar el uso
de la violencia para desplazar a Husseim, sin recurrir a consensos
básicos con la Unión Europea, o la imposibilidad de citar a declarar
(ni hablemos de juzgar) a un personaje como Kissinger, seriamente
comprometido con golpes militares y terrorismo de estado en
Latinoamérica…”
Hasta aquí recordé algunos fragmentos de aquel ensayo de 2004, que
no estaba dedicado sólo Negri sino a todos los filósofos de las
apariencias que han proliferado como hongos en esa sociedad que se
suele definir como posmoderna (en realidad una nueva etapa del
capitalismo). Mi objetivo fue en ese momento poner en evidencia el
carácter falso de la teoría expuesta, tanto en los planteos más
conservadores que sirvieron de soporte ideológico (fin de la
historia entendido como fin de las ideologías) para gobiernos
similares al de Menem en Argentina, como en la versión progre que
resulta hipercrítica del Imperio (Negri) pero nada molesta ,por su
ambigüedad, para las clases dominantes, en tanto oculta la verdadera
esencia del mundo actual: la continuidad salvaje del imperialismo
con sus mecanismos de reproducción.
Ahora Negri vuelve a filosofar, pero forzado por las excepciones
circunstancias que atraviesa su Europa se ve en la necesidad de
bajar desde esa abstracción que supo construir (llamada Imperio) a
realidades concretas. Y la verdad es que desde su famosa y nunca
probada teoría no puede encontrar ninguna respuesta útil. Lo cual no
hace más que confirmar el carácter falso de su filosofía. Entonces
el pensador de las grandes cosas (cuanto más abstractas mejor) se
encuentra en un brete.
Si su teoría navegaba en un mundo de
apariencias como suele ocurrir con todo doxósofo, para ir a lo
concreto no le queda otro camino que dar rienda suelta a la
obviedad, ya que su teorización demuestra una total incapacidad para
explicar nada y sus virtudes como observador (a diferencia de un
Arturo Jauretche) parecen no ser demasiado notables. Es así como en
su reciente visita a Buenos Aires, ante diversas preguntas del
entrevistador, Ignacio Chausis, afirma (3):
“La europea es una crisis que va a modelar la esencia de los
gobiernos. Los gobiernos europeos son gobiernos del capital. Ahí no
hay ninguna esperanza, la socialdemocracia y la izquierda han sido
completamente absorbidas por un modelo constitucional liberal…”
“El problema de la pobreza en Europa es un problema fundamental que
se nutre de la inmigración y en resumen es el problema de ciudadanía
en el sentido pleno de la palabra…”
“Hay que tomar en cuenta el lugar de la comunicación, que es la
nueva forma de relacionarse entre los jóvenes. En Europa hay una
revolución tecnológica en las comunicaciones que hace que los
jóvenes de hoy sean distintos a los de sus padres. Hay una inserción
del trabajo precario, pero este trabajo precario y difuso no son
sólo formas de miseria sino también de comunicación...”
“Los indignados españoles son un movimiento que debe ser estudiado
de manera muy profunda. Son movimientos que no se plantean el
problema del poder y del gobierno, pero sí de la participación en
las luchas. ¿Qué efecto pueden tener las luchas? No lo sé. Esto no
es una Tercera Internacional, ni una Cuarta, ni una Quinta (risas).
Es un esquema abierto…”
Nada de lo que sostiene Negri sobre su mundo europeo constituye una
novedad; cualquier ciudadano medianamente informado de América
Latina lo sabe y no necesita escuchar una conferencia suya para
enterarse. Pero quizás Negri, como no pocos intelectuales europeos
con aires de superioridad, crea que diserta para una masa de
desinformados sudacas.
Desde luego se le preguntó también por la realidad concreta
argentina, y allí Negri entre lo abstracto y lo obvio tiene un
espacio considerable para intercalar confusiones y conceptos propios
de la intelectualidad conservadora; con lo cual termina naufragando
definitivamente. Sus comentarios apurados (no son nada más que eso)
sobre Argentina no tienen desperdicio (4): “Indudablemente, la
característica de la economía argentina asociada a la producción en
el campo plantea desequilibrios. Jugando en este desequilibrio es
que el campo logró organizar una resistencia. En ese sentido fue una
batalla fundamental la que logró ganar Cristina Kirchner. Es el
petróleo verde.”
¿Qué quiere decir que la economía argentina asociada a la producción
en el campo plantea desequilibrios? Nunca lo sabremos porque nada
aclaró en el reportaje. Con lo cual, sostener luego que gracias a
esos desequilibrios el campo logró organizar la resistencia, sólo
sirve para oscurecer aún más su pensamiento. Obsérvese por otra
parte que Negri, el intelectual de “izquierda”, recurre al mismo
concepto (el campo) acuñado por la clase dominante y sus
intelectuales para presentarse y ocultar lo que realmente es (una
clase social a la que definimos como oligarquía parasitaria). Pero
como si lo dicho no fuera poco, para demostrar una alarmante
debilidad teórica más una vaga información sobre los hechos
concretos, Negri nos plantea que esa batalla con el campo logró
ganarla Cristina. En realidad Cristina ha logrado en poco tiempo
ganar varias batallas importantes, pero no precisamente ésta. Si
bien es cierto que el gobierno logró revertir la derrota en el
terreno cultural, aún la oligarquía agraria constituye un sector
absolutamente privilegiado que gracias al control oligopólico de las
tierras más fértiles del país y con bajos impuestos logra acaparar
una riqueza inmensa. En definitiva la 125 no fue aprobada por el
Congreso. Esa batalla, por ahora, es una batalla que se está
perdiendo. Pero Negri, desde la “izquierda”, aún no se enteró o no
lo dice.
Como si lo anterior no fuera suficiente el intelectual-turista
cierra sus improvisadas respuestas al reportaje con una suma de
lugares comunes y una frase final para el olvido (5):
“El campo es una reserva fundamental. El proceso de modernización es
posible evidentemente solo con la utilización de ese capital social
organizado a través del conocimiento y la activación productiva
social máxima. Sólo así este tipo de dificultades pueden superarse.
Aunque sea importante, no es la manufactura lo que puede resolver
este desequilibrio histórico de la Argentina.”
La modernización del campo que Negri y casi todos reclamamos sólo
será posible cuando se gane esa batalla aún pendiente contra la
oligarquía agraria y el capital financiero imperialista (no contra
una ambigüedad llamada Imperio). Pero allí nos encontramos en un
callejón sin salida para el pensamiento de Negri, porque nuestro
doxósofo dejaba entrever en su famoso libro que la lucha de clases
ya no es un problema sociológico y mucho menos político (recordemos
que planteaba en aquel texto que el nuevo sujeto de cambio es una
indiferenciada “multitud”) y el imperialismo ha dejado de existir
(porque no hay un lugar de centralización del Imperio, por el
contrario lo que existe es un “no lugar”). Por otra parte no cabe
duda de la importancia de modernizar el campo e incorporar la nueva
tecnología pero: ¿y la industria? ¿Saltar del campo a la tecnología
de punta sin escalas? Algo parecido decían algunos neodesarrollistas
allá por los años ochenta y noventa, uno llamado Rodolfo Terragno
escribió Argentina siglo XXI.
Con las abstracciones a las que nos tiene acostumbrado Negri cuando
intenta construir teoría, no cabía esperar otra posibilidad (cada
vez que sea convocado a dar respuestas concretas para problemas
concretos) que una catarata de lugares comunes, más no pocas
inexactitudes y recurrencia a conceptos como “el campo”, gestados
precisamente por los intelectuales identificados con ese statu quo
que él dice querer modificar. Una vez más estamos ante la
insustancialidad de un progresismo que poco o nada aporta al cambio
real del mundo, pero que llena sus bolsillos publicando libros tan
desbordantes de literatura como huérfanos de rigor metodológico y
conceptual, o dictando conferencias a partir de la fama ganada
gracias a dichos libros. Pero ocurre que esas producciones suelen
ser financiadas por el capital mercantilista para distraer zonzos,
no para ayudar a comprender y resolver ningunas de las cuestiones
esenciales de la sociedad imperialista de nuestros días. Justo es
reconocer que en Argentina tenemos ejemplares similares, seguramente
muchos son los mismos que se babean escuchando a Negri en sus
conferencias. A ellos les viene como anillo al dedo esa
aleccionadora historia que cuenta Eduardo Galeano en El libro de los
abrazos:
“¡El pastor Miguel Brun me contó que hace algunos años estuvo con
los indios del Chaco paraguayo. Él formaba parte de una misión
evangelizadora. Los misioneros visitaron a un cacique que tenía
prestigio de muy sabio. El cacique, un gordo quieto y callado,
escuchó sin pestañar la propaganda religiosa que le leyeron en
lengua de los indios. Cuando la lectura terminó, los misioneros se
quedaron esperando. El cacique se tomó su tiempo.
Después opinó:
Eso rasca. Y rasca mucho, y rasca muy bien.
Y sentenció:
Pero rasca donde no pica.”
(1) Franzoia, Alberto J., La teoría de los doxósofos, publicado en
Investigaciones Rodolfo Walsh (http://www.rodolfowalsh.org/spip.php?auteur112)
y en Reconquista Popular(http://greenhouse.economics.utah.edu/pipermail/reconquista-popular/
) en octubre de 2004
(2) Hard, Michael y Negri, Antonio: Imperio, Paidos, versión
original 2000, traducción al castellano 2002.
(3) (4) (5) Reportaje realizado a Tono Negri por Ignacio Chausis, el
06/11/11, para Tiempo Argentino
*Trabajo producido para Cuaderno de la Izquierda Nacional http://www.elortiba.org/in.html
Nelly Omar cumplió 100 años el 11 del
11 de 2011, y lo festejó sobre el escenario del Luna Park.
Interpreta “La descamisada”, un tango bien peronista. Felicidades
Nelly!!!
Ajuste
Por Jorge Arcolía
(En exclusividad para Cuaderno de la Izquierda Nacional)
Los grupos económicos concentradores de poder, utilizan a través de
los organismos multilaterales una serie de vocablos surgidos de un
aparente lenguaje técnico que en realidad esconde su auténtica
ideología.
Vivimos en una región dotada por la naturaleza de una amplia
variedad de recursos naturales. Aún así, pese a no ser el continente
mas pobre, sí es el mas desigual.
Teóricamente esto se modifica mejorando la “distribución de la
riqueza”, como si fuera un hecho sencillo sentar en una misma mesa a
opresores y oprimidos a resolver una inequidad que lleva siglos.
Cualquier medida orientada a ese aspecto, por tímida que fuera, es
calificada de “socializante” y los gobiernos que la impulsan son
acusados de “confiscatorios, que atentan contra el derecho a la
propiedad”.
Esos grupos, ante los primeros síntomas de crisis despiden personal
al que se le hace infructuoso el acceso a las indemnizaciones de
rigor. El consiguiente aumento en el índice de desocupación lleva a
que aquellos afortunados que mantienen el empleo vayan perdiendo de
un modo paulatino sus derechos laborales a riesgo de engrosar ese
porcentaje.
A esto se lo llamó “flexibilización laboral”. Costó en su momento la
cabeza de un vice-presidente avergonzado por los métodos mafiosos
utilizados para aprobar una ley, pero no por el contenido de la
misma que era a todas luces vergonzante “per sé”.
Cada punto que se reduce en el presupuesto de salud, aunque no se
diga, produce muertes por causas evitables. Esto guarda una relación
directa con la reducción de presupuesto educativo que origina en los
estratos más bajos de la sociedad a un número de individuos que ya
no les sirven ni siquiera para ser explotados.
Todas estas prácticas perversas pueden resumirse en una única
palabra de seis letras: “AJUSTE”. Lo hemos sufrido en carne propia.
Para su implementación debieron existir complicidades de todo tipo,
aunque surgió también esa rebeldía indómita que les fue oponiendo
resistencia.
Para ese tiempo, en pleno auge del neoliberalismo mas feroz, le
escuché al hoy diputado Carlos Heller un diagnóstico muy exacto: “El
límite del ajuste lo pone la capacidad de absorción de los
ajustados”.
Los “formadores de opinión” nos tildaban de atrasados que viven en
huelga permanente. Contraponían la calma de los países desarrollados
con un nivel de conflicto social muy inferior al nuestro. No estaban
considerando aquella cita de Eduardo Galeano que dice: “El
subdesarrollo no es una etapa hacia el desarrollo, sino su
consecuencia”.
Todos estos encomillados harían las delicias de don Arturo Jauretche,
aportándole sobrado material para nuevas ediciones de su Manual de
zonceras …
Desde las entrañas mismas de la tierra fueron surgiendo movimientos
sociales. Primero resistieron, luego supieron construir alternativas
de poder.
Así se llegó al impensado hecho de encontrar gobernados casi
simultáneamente a Venezuela por un militar nacionalista, a Brasil
por un obrero metalúrgico, a Bolivia por un descendiente de los
pueblos originarios, a Paraguay por un cura revolucionario, a
Ecuador por un graduado en universidades extranjeras que aporta su
saber al servicio de su pueblo y en nuestra Argentina a un par de
sobrevivientes de aquella juventud maravillosa de ese movimiento de
masas que parecía haber perdido toda su virulencia.
Todos ellos con la legitimidad que otorga el haber sido elegidos por
el voto popular.
Hoy resulta muy significativo los casos de Pepe Mujica, Dilma
Roussef, Daniel Ortega y en menor medida, en la misma tónica, a
Gustavo Petra; recientemente elegido alcalde de Bogotá. Ellos
hallaron en el camino de las urnas aquello que les negara el de las
armas. En Nicaragua lo habían conseguido y no pudieron consolidarlo.
Algunos perfeccionistas aluden que en su camino de adaptación
perdieron su mística revolucionaria. Otros en cambio, transitando un
terreno más comprensivo, creemos que aún con matices, en su
evolución no han perdido el fuego sagrado que alguna vez los llevó a
arriesgar la vida por una causa.
Así en base a ese cambio de actitud de los gobernantes encontramos a
una Latinoamérica de pié, en medio de una crisis mundial de las
mayores que se recuerden.
Eso se logró repitiendo una vieja receta de la época de la
Independencia: Nadie se salva solo … De poco servía liberar de
realistas tu propio territorio si estos se hacían fuertes en el de
tu vecino. Así se originaron las campañas de San Martin y Bolívar.
Hoy con criterio similar hemos asistido a gestos de solidaridad
continental que evitaron asonadas golpistas contra Evo Morales y
Rafael Correa.
Curiosamente en Honduras, donde hubo una mayor participación
estadounidense a través de la OEA, no pudo evitarse el derrocamiento
de Manuel Zelaya.
Esto ha sido advertido hasta por gobernantes de signo contrario. En
Colombia, el presidente Santos tradicionalmente alineado a los
Estados Unidos, sin dejar de hacerlo, buscó integrarse también a
este nuevo bloque de poder continental.
Obtuvo sus beneficios en la mediación que lo ayudó a resolver su
diferendo con los vecinos venezolanos. En otros tiempos hubieran
transitado juntos un clima belicista y un armamentismo creciente que
hubiera perjudicado a ambos.
Es esta la primera ocasión en que a consecuencia de políticas
acertadas que lograron el desendeudamiento pudiéramos
desembarazarnos de la tutela del Fondo Monetario Internacional. Esto
evitó que los países desarrollados nos transfirieran su propia
crisis, tal como hicieran históricamente.
Así las recetas recesivas que tanto daño nos han hecho, les
explotaron fronteras adentro destapando sus propias miserias. Hoy el
fantasma que recorre la vieja Europa es el de la indignación. El
descontento rebotó hasta en la propia Wall Streett. En su habitual
ceguera los organismos internacionales les imponen apagar el
incendio con nafta. Aún sin helicópteros caen los gobiernos
claudicantes en un efecto dominó. Son reemplazados por “técnicos”
que funcionan como gerentes de esos organismos de crédito a los que
poco les importa las consecuencias de “flexibilizar” e imponerles
ahora a ellos nuevos “ajustes”.
Ante igual medicina errónea reaccionan del mismo modo que nosotros
hiciéramos en su oportunidad. Vuelven a conocer la huelga, la
represión y el descontento. Ese que manifestaban los atrasados
pueblos “sudacas”.
En este caso, por saber de que se trata, podemos brindarles a los
pueblos toda nuestra solidaridad y comprensión con el deseo que al
igual que nosotros lo hiciéramos, encuentren la salida.
Nos impulsa un internacionalismo de neto corte americano. Es fruto
del pensamiento fecundo de uno de los padres de nuestra Patria
Grande.
Dijo alguna vez José Martí: “Cada hombre verdadero debe sentir en su
mejilla, el golpe dado a cualquier mejilla de hombre”,
Juan
y Eva: del romance “de barrio” hacia la construcción de la patria
grande
Por Raúl Isman *
(Primicia para Cuaderno de la Izquierda Nacional)
Lo personal es político.
Vieja consigna del movimiento feminista.
Con enorme suceso de público- que sólo puede atribuirse a la
resignificación operada en lo últimos tiempos argentinos hacia la
política y sus resonancias históricas- viene proyectándose desde el
15 de septiembre de 2011 la película Juan y Eva, que propone una
singular mirada con relación al viejo planteo del movimiento
feminista; es decir como un romance alcanza dimensiones políticas o
como un movimiento nacional y popular resulta el encuadre para una
bella historia de amor. El film puede ser apreciado en salas
cinematográficas, adquirido en cualquier truchería de la ciudad de
Buenos Aires, conurbano o interior del país y para quienes no
pudieren acceder a dichos medios para apreciar la “vista” las nuevas
tecnologías de la comunicación permiten bajarla desde
http://www.taringa.net/posts/tv-peliculas-series/13132418/_ARG_-Juan-Y-Eva-_2011_-DVDscr-XviD-_Jenizaro_.html
o verla on-line desde
http://www.sipeliculas.com/ver_3503_juan-y-eva.html
Inmediatamente los títulos y luego
nuestros comentarios acerca de Juan y Eva.
Juan y Eva (2011)
Dirección: Paula de Luque
Guión: Paula de Luque
INTÉRPRETES
Julieta Díaz: María Eva Duarte
Osmar Núñez: Juan Domingo Perón
Fernán Mirás: Ávalos
Alfredo Casero: Braden
María Ucedo: Blanca Luz
Sergio Boris: Domingo Mercante
Fabián Arenillas: Imbert
Lorena Vega:Erminda Duarte
Alberto Ajaka:Juan Duarte
Vanesa Maja:Rita Molina
María Zubiri: Pierina
Jimena Anganuzzi_María Cecilia
Sergio Pángaro: Locutor
María Laura Cali: María Tizón
Susana Varela: Margarita
Horacio Acosta: Velazco
Ricardo Díaz Mourelle: Doctor Mazza
Pablo Burzstyn: Durán
Germán de Silva: Delegado Federación Sanjuanina
Carlos Casella: Cantante Cabaret
Karina K: Cantante Luna Park
Gustavo Garzón: Bramuglia
Pompeyo Audivert: Presidente Edelmiro Farrel
Más actores secundarios y de reparto
Personal técnico y de dirección
Ricardo Piterbag: Asistente de Dirección
Alejandro Israel: Producción
Marcelo Schapces: Producción
María Vacas: Dirección de producción
Marco Rossi: Jefe de Producción
Willi Behnisch: Fotografía
Willi Behnisch: Cámara
Iván Wyszogrod: Música
Nicolás Giusti: Dirección de sonido
Gonzalo Guerra: Dirección de sonido
Rodolfo Pagliere: Dirección de arte
Marcela Vilariño: Vestuario
Alberto Ponce: Montaje
Florencia Murno: Foto fija
Laura Fortini: Maquillaje
Fernando Gallucci: Meritorio de sonido (ENERC)
Marcelo Iúdice: Peinados.
La película, que puede ser apreciada como un gran fresco acerca de
los orígenes de un gran movimiento nacional y popular, se inicia con
los prolegómenos del romance que le provee el título. El amor entre
ambos puede ser comprendido como el eje central del relato, matizado
con referencias históricas. Gracias a la copiosa historiografía
tales sucesos son bastamente conocidos; aún por parte de personas
poco habituadas a las polémicas sociales. El terremoto en San Juan y
la necesidad de coordinar y centralizar la ayuda permitieron que el
ya maduro coronel y la muy joven actriz resultaran visibles el uno
para el otro. Los acontecimientos en la relación afectiva se
aceleran, como fuera de ella en la historia social y política de
nuestro país. Durante el transcurso de un célebre festival artístico
realizado en el Luna Park Eva “avanza” sobre el coronel, lo cual se
halla magistralmente resuelto desde el punto de vista estrictamente
cinematográfico (solo con lo visual, sin diálogos). Julieta Díaz se
asemeja muy poco físicamente a Evita. Pero sus ojos exhalan la misma
pasión ígnea, tanto para acometer tareas políticas, como para
jugarse en la aventura de “ganarse” al hombre de su vida. En
aquellos tiempos la mujer cumplía un rol pasivo en el proceso de
seducción; motivo por el cual las cosas que Eva le dice en secreto
al oído a Perón resultaban una audacia en la década del ’40. Pero el
espectador tiene perfecta conciencia de los dichos proferidos por la
dama; dada la profunda turbación y extrañeza que se observa en el
rostro del militar. Tampoco Osmar Núñez es una gota de agua con
Perón, pero su composición actoral reconstruye adecuadamente la
“serenidad” que era exigible para un conductor clausewitchiano, que
dirigía su naciente movimiento con una mirada de estratega militar
sobre la política concreta.
Puede decirse que Juan y Eva es un film de las solvencias. Las
referidas en las líneas precedentes a la capacidad actoral son
aplicables a todo el elenco; en el que se destacan un excepcional
Alfredo Casero interpretando nada menos que a Spruille Braden,
embajador (procónsul) de los Estados Unidos. En la escena en que le
pasa sus sugerencias (exigencias) a Perón se halla sintetizada gran
parte de la historia de la segunda mitad del siglo XX argentino.
Precisamente la gran solvencia del film se encuentra en la capacidad
de narrar de la directora y guionista Paula de Luque a la cual nos
referiremos poco más adelante. Otra breve, pero descollante labor
actoral la realiza Pompeyo Audivert- un excepcional intérprete poco
conocido por el público por dedicarse más al teatro que a la T.V.-
en la piel del general Farrell, presidente de la nación durante el
crucial octubre de 1945. En general el conjunto del elenco se
muestra sólidamente conducido por la directora y sumamente afiatado
en la piel, la voz, los tonos, el espíritu de los personajes que
deben componer.
En toda obra cinematográfica existe una cierta distancia entre lo
previsto en el guión y lo realizado por el reggiseur. De Luque salva
dicho conflicto con una prestancia que se basa en el manejo notable
de recursos cinematográficos. Ya nos hemos referido al tratamiento
brindado a comienzos del film al romance. Otro momento fundamental
lo comentamos a continuación. El peronismo es (mucho más que) un
gran mito argentino. Y toda construcción mítica cuenta con una
epopeya fundacional. En este caso, el 17 de octubre de 1945; día en
que “el subsuelo de la patria sublevada”, al decir de Scalabrini
Ortiz, en rigor la nueva clase obrera nacida de la industrialización
sustitutiva, salió a la calle a reclamar la libertad de Perón,
figura que significaba la síntesis de las mejoras obtenidas por el
novel proletariado en menos de un trienio. No puede dejar de
destacarse que la central obrera, la Confederación General del
Trabajo, había convocado a huelga y movilización… para el 18 de
octubre, siendo desbordados por completo por las bases trabajadoras.
La directora resuelve de modo magistral estas escenas intercambiando
momentos documentales, imágenes filmadas para esta película con un
uso del color realmente notable. En la mitología nacional la fecha
quedo para siempre como el día de la lealtad.
El conde León Tolstoi, escritor y humanista ruso de fines del siglo
XIX y comienzos del XX, dijo en su momento- antes que Marshal Mac
Luhan acuñase la expresión “aldea global”- “pinta tu aldea y serás
universal”. Por su parte, Juan Domingo Perón decía que la verdadera
política es la política internacional. Aceptando de hecho la premisa
del coronel protagonista del film y la reflexión tolstoiana Paula de
Luque compone un magnífico fresco acerca de como nace un movimiento
nacional y popular y como un romance es parte inescindible de esa
historia. Se trata de un valioso aporte para un río conceptual-
conformado por libros, folletos, revistas, polémicas, programas
radiales, publicaciones, entre otros formatos- que apuntare para
conocer un muy complejo y esquivo objeto del deseo epistemológico:
la comprensión del peronismo. Apuntemos simplemente que nacido de
los cambios originados en la crisis de 1929, el peronismo le brindó
al pueblo argentino un nivel de vida que, en los ’40, no existía en
los grandes países industrializados. Pero como gran parte de sus
congéneres latinoamericanos (A.P.R.A. peruano, P.R.I. mejicano) se
sometió a los dictados del poder financiero mundial y el consenso de
Washington durante la década del ’90, bajo las presidencias del
sátrapa Carlos Saúl Menem. Por cierto que la grandeza del peronismo
reside en su capacidad de “regenerarse”, al punto que una formación
política entusiastamente comprometida al servicio de las
privatizaciones, la pérdida de conquistas para los trabajadores, la
sumisión colonial, la impunidad para los crímenes de la dictadura,
entre otras aberraciones; se reconvierte en la dirección (aún con
muchos de los referentes y dirigentes que habían servido al
menemismo) del proceso de reconstitución de la nación operado ya
bajo el mandato de Néstor Carlos Kirchner. Inocultablemente lo
logrado por el Kirchnerismo es el contexto necesario para volver a
polemizar acerca de las relaciones entre historia y política (en las
cuales el interés por el pasado se halla regido por la inquietud por
el presente) y revalorizar obras como la de Paula de Luque en la
cual se corrobora una vez más que “lo personal es político”.
* Docente. Escritor. Columnista del Noticiero televisivo
Señal de Noticias y del programa radial periodismo consentido.
Colaborador habitual del periódico Socialista “el Ideal” Director de
la revista Electrónica Redacción popular.
raulisman@yahoo.com.ar
Instituto
Dorrego: dudas, aclaraciones y batalla cultural *
Por Alberto J. Franzoia
Hace ya unos días estalló la polémica en torno a la creación del Instituto
Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego. Si
bien en un primer momento dicha polémica surgió a partir de las fobias
manifestadas por los exponentes de la historia oficial, ya que sospechan que el
gobierno intenta “imponer” un relato histórico alternativo al que Bartolomé
Mitre y sus discípulos produjeron y difundieron por décadas, lo que me interesa
abordar en este artículo son las reacciones que la cuestión ha generado entre
algunos intelectuales que adscriben o apoyan al kirchnerismo formulando algunas
reflexiones, a partir de ellas, sobre la batalla cultural. La primera cuestión
(la fobia mitrista) no es un tema menor pero ya ha tenido suficientes y
contundentes respuestas desde la intelectualidad nacional-popular, por lo tanto
pasemos a la segunda.
Para comenzar vale una aclaración: quien escribe dará su punto de vista desde el
interior del bloque nacional, poniendo de manifiesto un absoluto desinterés por
sostener un simulacro de neutralidad; tema que con frecuencia desvela a ciertos
intelectuales que sobreactúan su rol de científicos. Por otra parte, si bien he
escrito bastante sobre este problema epistemológico, debo dejar en claro que
siempre defenderé la necesidad de cultivar ese rigor conceptual y metodológico
que algunos compañeros equivocadamente subestiman; pero esto nada tiene que ver
con la postura cientificista de quienes reclaman una (falsa) neutralidad como
requisito para gestar conocimiento verdadero, ni con la descalificación
automática de todo aquel que carezca de diploma, minimizando numerosos aportes
realizados en largos años de práctica fecunda y comprobable; pero sólo en esos
casos, lo que no supone ningún tipo de concesión a los improvisados de cualquier
ideología, que suelen aprovechar las aguas del río cuando viene revuelto para
macanear.
No faltarán desde ya quienes desde una tan vieja como desautorizada (por lo
hechos) filosofía cientificista intenten convencernos de que la neutralidad es
producto de los últimos avances registrados por las ciencias sociales, por lo
que resistirse representaría una manifestación de anacronismo intelectual. En
realidad la propia historia de la epistemología demuestra que semejante
pretensión, contaminada por una cuota inocultable de soberbia, no representa más
que un reciclaje de los viejos postulados positivistas del siglo XIX, tan afines
con la versión liberal (y neoliberal) de la historia o de cualquier otra
disciplina social. Esta visión cientificista de la ciencia fue desarticulada en
nuestro país (y en el seno de su universidad) hace unas cuatro décadas por Oscar
Varsavsky en un estupendo libro de lectura muy recomendable: Ciencia, política y
cientificismo” (1).
Dudas y aclaraciones
Resulta evidente que todo cientista social que participe del bloque
nacional-popular (y en primer lugar sus historiadores), no puede acordar con la
crítica prejuiciosa cuando no falaz surgida desde la intelectualidad liberal
para justificar su rechazo al Instituto Dorrego. Sin embargo, como entre el
apoyo al gobierno por todos sus logros y el aplauso bobo de los adulones (que en
muchos casos son menemistas reciclados) hay un gigantesco abismo, algunos nos
vemos en la obligación de manifestar dudas y ciertos cuestionamientos fundados,
ya sea por los antecedentes de Pacho O’Donnell (el elegido para dirigirlo), como
por algunas líneas internas presentes en su seno que motivaron la negativa nada
menos que de Norberto Galasso a la invitación para integrarse como Miembro de
Honor.
Enrique Lacolla en su artículo Los muertos que vos matais… (2) manifiesta dudas
que comparto plenamente si nos remitimos a recientes declaraciones realizadas en
un reportaje, concedido al diario La Nación (el diario fundado precisamente por
Mitre), por el director del Instituto Dorrego. Refiriéndose a ellas Lacolla
sostiene: “En el reportaje O’Donnell se apresuró a puntualizar que no será
objetivo del Instituto incorporar textos revisionistas a las escuelas
secundarias. Estima que la historia de “ese personaje maravilloso que es Mitre”
no será cuestionada. Nos preguntamos entonces para qué ha sido fundado el
instituto. Pues si algo requiere este país es una visión que ponga en discusión
–en sede escolar, universitaria y en los institutos militares-la pesada carga de
una manera de comprender a la Argentina forjada en el siglo XIX a partir del
interés coaligado de la burguesía comercial porteña, los usufructuarios de la
renta agraria y la presencia del poder imperial de origen británico, que
encontró en los libros fundadores de Mitre y de Sarmiento la base conceptual que
suministró el relato que necesitaba para consolidar intelectualmente lo que ya
había logrado con las armas.”
Por si alguna duda cabe sobre su pensamiento, O´Donnell expresó conceptos
similares en posterior programa televisivo (Hora Clave) conducido por Mariano
Grondona en la noche del 4 de diciembre de 2011.
En otro trabajo sobre el mismo tema (titulado La discusión histórica es siempre
sobre el presente) (3), Hugo Presman si bien considera positiva la creación del
Instituto, simultáneamente manifiesta inquietantes reservas en relación a la
figura de su director:
“O´Donnell, como hábil equilibrista, es revisionista en muchos aspectos pero al
mismo tiempo no quiere romper con el guardaespaldas que dejó Mitre en cuyas
páginas llegó a defender la guerra de la triple infamia. Ser revisionista
mitrista es como atacar en materia futbolística lo que sucede en la AFA y
defender al mismo tiempo a Grondona. O criticar la dictadura establishment
-militar y defender a Videla. Incluso ahora que desde La Nación critican a
O´Donnell recordándole " que participa en la televisión de las campañas
publicitarias del gobierno", no tiene empacho en afirmar: " La historia de
Mitre no será cuestionada. Yo soy un revisionista que nunca ha hecho
antimitrismo...La historia oficial nace de ese personaje maravilloso que es
Mitre". La Nación, lunes 28 de noviembre de 2011.
Si Mitre colocó arbitrariamente en la misma trinchera a enemigos
irreconciliables como San Martín y Rivadavia, O´Donnell con el mismo método
manifiesta su admiración por los caudillos federales sobre los cuales ha escrito
conmovedoras páginas y enaltece al enemigo y asesino de algunos de ellos como
Bartolomé Mitre. Siguiendo el mismo criterio, algún divulgador histórico del
siglo XXII, imitando a Mitre y O´Donnell podrá escribir páginas emotivas sobre
las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo y reivindicar a los terroristas de estado,
colocando a todos en la misma trinchera histórica.”
Las dudas que despierta en Lacolla un espacio dedicado a investigar y difundir
nuestra historia, argentina e iberoamericana, como consecuencia de las
declaraciones de O’Donnell, más el detallado abordaje que hace Presman sobre su
figura, resultarían suficientes para entender, por otra parte, la no aceptación
de Norberto Galasso para integrarse al Instituto Dorrego. Pero, en realidad, su
rechazo es producto no sólo de la particular visión y trayectoria del director
sino de otras cuestiones no menos preocupantes. Al respecto son reveladores dos
fragmentos de la conocida respuesta (con fecha 30/11) de Galasso a Víctor Ramos,
hijo de Jorge Abelardo Ramos, quien en texto dirigido personalmente al
historiador se había lamentado por sus “enigmáticos” argumentos para justificar
el rechazo (4). Sostiene Galasso en dicha respuesta:
“Carecería, pues, de sentido, sumarme a otro grupo donde es fácil advertir que
no coincidimos en interpretaciones sobre asuntos importantes, como por ejemplo,
la Revolución de Mayo, la caracterización de Rosas, Urquiza, Mitre y Sarmiento
hasta diferencias políticas respecto al Golpe del 30 o al menemismo que derivan
de la influencia liberal-conservadora que pesa sobre algunos integrantes de ese
Instituto así como la influencia nacionalista clerical que pesa sobre otros.
Trabajemos, pues, cada uno por nuestro lado. Por esta razón, señalé en mi
declinación al nombramiento, que deberíamos evitar equívocos para dar la
polémica a la Historia Social con posibilidades de éxito. Para esa polémica es
necesario, a nuestro juicio, tener en claro que hay enorme distancia entre
saavedrismo y morenismo, entre rosismo y “chachismo-varelismo”, entre uriburismo
e irigoyeinismo, entre menemismo y peronismo histórico, entre nacionalismo e
izquierda nacional.”
La batalla cultural
El proyecto político del kirchnerismo desde hace tiempo viene insistiendo, con
acierto, en la necesidad de librar una batalla cultural, consciente de que si
esa batalla no se gana será imposible construir otro país. El mismo deberá ser
muy distinto al que se impuso a sangre y fuego durante la dictadura
cívico-militar iniciada en 1976, y profundizado luego en los nefastos años de la
democracia menemista. Este segundo dato no es para nada secundario como algunos
compañeros pretenden, por lo que no puede soslayarse en el debate que desde
adentro del campo nacional-popular estamos dando, y que desde ya debe incluir
una revisión de ese periodo por parte de TODOS los que ahora apoyan (¿por
convicción?) al kirchnerismo.
Una batalla cultural es obviamente una batalla de ideas, un intento por instalar
una visión de mundo en este caso nacional, popular, latinoamericanista y
democrática que confronte con otra antinacional, oligárquica, balcanizadora y
autoritaria que durante décadas guió los destinos de nuestra nación. Nación que
por imperio de la hegemonía cultural ejercida por esta última no fue durante
gran parte de su historia una nación (y mucho menos latinoamericana), sino una
semicolonia al servicio de los intereses materiales minoritarios de su
oligarquía (con todas sus fracciones, incluida una supuesta e inexistente gran
“burguesía nacional”) y de su aliado externo, la burguesía imperialista del
capitalismo desarrollado.
Desarrollar, difundir e instalar una cultura alternativa, propia de los sectores
mayoritarios y populares (trabajadores, capas medias y grupos sociales
frecuentemente marginados) necesita entre otras cosas de un relato histórico
(desde ya validado por toda la documentación disponible) acorde con sus
intereses, que les permita reconocer una identidad para proyectarla desde un
presente promisorio hacia un futuro definitivamente alternativo. Un pueblo que
ignore su historia verdadera, porque ese lugar ha sido ocupado por una versión
falsificada que lo excluye como sujeto, tendrá serías dificultades para
construir un futuro de liberación. Dicha falsificación se ha construido con
curiosos criterios “científicos” que conducen a sus cultores a ocultar,
fragmentar, adulterar o diluir toda documentación existente contraria a los
intereses de las clases dominantes, para que su producto se convierta luego en
texto y discurso “verdadero” de los medios encargados de educar y formar
generaciones enteras. Los sectores del privilegio con su fiel intelectualidad,
conscientes de las ventajas que acarrea el ocultamiento de la verdadera historia
de un pueblo, no pueden menos que crisparse cuando sus certezas corren algún
riesgo.
En ese marco se inscribe el temor y la desmedida reacción que ha generado el
Instituto Dorrego. Pero lo cierto es que la crispada respuesta de la
intelectualidad pro statu quo no alcanza para aplaudir su aparición obviando
cualquier crítica, so pretexto de hacerle el juego al enemigo. Semejante postura
sólo serviría para empobrecer la propuesta kirchnerista, cuando lo que se
necesita es profundizar el modelo a través del debate franco entre compañeros.
Desde ese lugar de compromiso militante y a la vez crítico considero pertinente
entonces exponer cuestionamientos, algunos implícitos en grandes interrogantes
que varios nos formulamos. Por ejemplo:
¿Es posible dar la batalla cultural, generando y difundiendo un relato histórico
alternativo y riguroso (que sea capaz de sacar a la luz todos los documentos
históricos existentes), con una actitud simultáneamente respetuosa hacia
Bartolomé Mitre (según declara O´Donnell, su director), quien fue maestro en el
“arte” de ocultar la historia que contrariaba los intereses de la oligarquía y
la burguesía inglesa durante el siglo XIX? ¿No hay una evidente contradicción en
ese dualismo histórico? ¿Tiene sentido dar la batalla cultural con algunos
intelectuales que en los noventa fueron parte del relato menemista, que entre
otras cosas incluyó el abrazo de Carlos Menem con el fusilador Isaac Rojas, algo
bastante parecido por cierto a un revisionismo respetuoso de Mitre y su
descendencia? ¿Esa postura no tendrá consecuencias políticas no deseadas para
nuestro presente y futuro si lo que buscamos es profundizar el modelo para
gestar una Argentina realmente liberada de sus opresores? ¿Se puede construir un
relato histórico no sólo alternativo sino riguroso si comenzamos ocultando en
recientes declaraciones y artículos datos pertinentes, como por ejemplo aquellos
que dan cuenta de los aportes gestados por todas las figuras destacadas de la
izquierda nacional y no sólo de una fracción afín con la conducción del Dorrego?
¿Se puede desvincular la política mitrista del siglo XIX de lo que expresó el
menemismo en las postrimerías del siglo XX?
Tanto la pretensión del fin de los paradigmas como de la supuesta fusión de los
mismos en el campo de las ciencias sociales, si bien tiene varios antecedentes a
lo largo del siglo XX, es consolidado como producto simbólico por los
intelectuales orgánicos de la clase dominante (burguesía financiera
imperialista) en el último tramo de dicho siglo. La intención era gestar una
hegemonía cultural a nivel mundial (legitimada por la “ciencia”), como
superestructura del dominio económico que el neoliberalismo venía desarrollando
desde mediados de los setenta. Su caballito de batalla fue el fin de las
ideologías que se manifestó con tremenda potencia a partir de la crisis y
posterior desaparición de la Unión Soviética. Y su expresión más burda, “el fin
de la historia”, que fue proclamado por Fujimori, no ocultó que en realidad lo
que se estaba planteando era el definitivo triunfo del neoliberalismo. El
conflicto había concluido y sus teóricos (científicos o no) estaban enterrados,
por lo menos ese era el deseo de la reacción mundial. Desde ya esta visión
internacionalista llegó a nuestro país y se instaló con numerosos cultores que
intentaban consolidar hacia adentro la hegemonía oligárquica, clase aliada desde
siempre a la clase dominante del mundo imperialista y fiel reproductora de su
pensamiento. El menemismo de los años 90 resultó la expresión más brutal (por su
desfachatez) de esta aberrante ideología con pretensiones de “verdad
científica”. Pero lo peor fue que más allá de su magra producción intelectual,
no estuvo exento de consecuencias políticas, económicas, sociales e ideológicas
que aún hoy estamos tratando de revertir. Entonces: ¿qué hacer para revertirlas
hasta sus últimas consecuencias?
Una historia revisionista que no ponga en tela de juicio la historia oficial
narrada por Mitre y sus descendientes (incluida la historia social y su supuesta
cientificidad surgida en la universidad de la “revolución libertadora”), no es
otra cosa que causa y consecuencia de aquella fenomenal derrota vivida hace más
de veinte años, cuando el peronismo fue vaciado de contenido nacional y popular.
Y una historia que no explicite los vínculos entre mitrismo y menemismo nos
condena a un futuro incierto. No resulta secundario por lo tanto que el
designado director del Dorrego haya actuado como funcionario de Menem y
reivindicado su acción política (como deja constancia en el prólogo que escribió
para las memorias del riojano), o que exista una línea interna en el instituto
que, en el mejor de los casos, no se expide con claridad (y mucha autocrítica)
sobre aquellos años de derrota. Si este revisionismo no es antagónico con la
figura de Mitre y su corriente histórica por qué motivo habría de cuestionar,
entre muchas otras cosas, el abrazo Menem-Rojas. La lógica de esa visión
historiográfica que O´Donnell expresa, sirvió precisamente para consensuar la
lógica política de los noventa, y ésta, a su vez., se apoyó en ella. Pregunto
entonces ¿es este tipo de visión las más aconsejable para profundizar el actual
modelo con una historia de claro contenido nacional y popular que lo avale y
potencie? ¿O no tiene nada que ver, por ejemplo, el Plan de Operaciones de
Mariano Moreno (que Mitre ocultó o “perdió” cuando Norberto Piñero se lo pide
para publicarlo en la edición de “Escritos de Mariano Moreno”) con la Argentina
que queremos ser?
Si lo que intentamos construir es un presente distinto de aquel pasado cercano
(aún demasiado cercano) para proyectarnos hacia un futuro superador de la
Argentina que estalló en 2001, resulta conveniente impulsar un conocimiento
riguroso de toda nuestra historia que nos permita gestar y difundir un relato
realmente alternativo al de la historia oficial (ocultadora de datos y de otras
interpretaciones posibles); en su defecto estaremos condenados a repetir errores
y dramas. Esto nada tiene que ver con el intercambio democrático de opiniones,
como pretende hacernos creer la descafeinada visión posmoderna o el menemismo
desmemoriado. Cuando se aborda la historia no hay opiniones sino relatos
verdaderos o falsos. Un relato verdadero (nunca la verdad absoluta pero tampoco
el inconsistente relativismo) se construye con toda la documentación histórica
disponible; recién a partir de allí pueden surgir diversas interpretaciones del
dato. Pero, y ese es el meollo de la cuestión, sin datos validados por la
documentación observable (y diversas técnicas complementarias) no hay ninguna
posibilidad de tener un relato histórico verdadero. Desde ese lugar es que se le
debe negar entidad a la figura del “historiador” Mitre y descendientes. Si el
revisionismo nacional y popular tiene una razón para existir (con los enormes
aportes del revisionismo de la izquierda nacional incluido) es porque ha sacado
a la luz lo que la historia oficial ocultó. Y esos datos revelados le dieron un
sentido totalmente distinto a nuestra historia. Por lo tanto no se trata de
incorporarle al mitrismo un poco de revisionismo, o al revisionismo un poco de
mitrismo para posar de democráticos. La única posibilidad de conocer la historia
verdadera (con la mayor objetividad posible pero sin neutralidad) es exponiendo
todos los datos, validándolos con la documentación disponible e interpretándolos
con el rigor conceptual (nada neutral) que los oprimidos necesitan para
liberarse de sus históricos opresores.
En el final debo dejar constancia entonces, de que los hechos señalados por
otros compañeros, unidos a los que he podido constatar personalmente, me generan
más dudas que euforia a la hora de evaluar el surgimiento del Instituto Dorrego.
Necesitamos consolidar y difundir un relato histórico definitivamente distinto
al liberal-conservador (o su versión progre) para la construcción y desarrollo
de un proyecto de liberación consecuente. Lo deseable es que, con los matices
que nos diferencian, podamos marchar juntos con aquellos integrantes del Dorrego
que han sido militantes consecuentes del campo nacional y popular, ya que el
enemigo es demasiado poderoso como para dividir esfuerzos. De los que
extraviaron el rumbo en los noventa lo menos que se puede esperar es una sincera
autocrítica, en su defecto no resultarán confiables. Se sabe que en política las
sumas a veces restan, por lo tanto lo mejor será poner el necesario filtro para
que este intento no sea copado por los oportunistas de siempre. Desde ya,
tratándose de historia, ella tendrá la última palabra…
La Plata, 13 de diciembre de 2011
(1) Oscar Varsavsky: Ciencia, política y cientificismo, Centro Editor de América
Latina, 1972.
(2) http://www.elortiba.org/cs_doc5.html#Los_muertos_que_vos_mat%C3%A1is
(3)
http://www.elortiba.org/cs_doc5.html#La_discusi%C3%B3n_hist%C3%B3rica_es_siempre_sobre_el_presente
(4)
http://www.facebook.com/pages/Corriente-Pol%C3%ADtica-Enrique-Santos-Disc%C3%A9polo/212288542152335
* Producido para Cuaderno de la Izquierda Nacional http://www.elortiba.org/in.html
Cuando
un militante de izquierda confunde táctica y estrategia *
Por Alberto J. Franzoia
Uno de los principales obstáculos con los que ha tropezado cierta izquierda en
América Latina ha sido confundir táctica y estrategia. Claro que como no son
conceptos intercambiables, sinónimos, ni nada parecido, no descubrirlo a tiempo
puede conducir a fracasos tan duros como el aislamiento político, la peor
tragedia que puede padecer todo militante que aspire a protagonizar un cambio
popular revolucionario.
Formular una estrategia significa fijar y explicitar un objetivo fundamental de
largo alcance, que requiere para su concreción de un conjunto de pasos o camino.
Dichos pasos integran las tácticas para conquistar el gran objetivo. Pero cuando
la inmadurez política favorece la confusión y el político de izquierda termina
estableciendo por todo táctica aquello que es su objetivo final o estrategia, se
gestan las condiciones para que los síntomas de esa patología que tanto preocupó
a Lenin se manifiesten; el gran revolucionario ruso la calificó “El
izquierdismo, enfermedad infantil en el comunismo” (título de uno de sus libro,
escrito en 1920 y convertido luego en clásico de la literatura marxista). En ese
texto el autor plantea la necesidad, entre otras cuestiones, de no ejercer un
doctrinarismo sectario cuando lo esencial (como táctica) pasa por la
construcción de alianzas sociales y políticas posibles para avanzar hacia el
objetivo estratégico, que para Lenin era la construcción de una sociedad sin
clases. (1).
Cuando un revolucionario confunde los conceptos aludidos emergen dos
posibilidades siniestras para el progreso del cambio revolucionario. Si su
estrategia pasa a ser la táctica permanente, si considera por ejemplo que en
Argentina todo lo que no es socialismo es la misma cosa (capitalismo a secas,
sin matices), y por caso el kirchnerismo en nada se diferencia del menemismo,
será definitivamente un izquierdista aislado del pueblo. Porque lo cierto es que
para la clase social fundamental (clase obrera) que aspira expresar el militante
de izquierda, no es lo mismo una Argentina sin industrias, y por lo tanto sin
trabajo como la de Menem, que la actual, con un creciente (aunque aún
insuficiente) desarrollo industrial generador de nuevos empleos. Y tampoco da lo
mismo una jubilación privatizada que en la órbita del Estado, o un país que
mantenga relaciones carnales con EE.UU. que el que desarrolle una política
exterior autónoma orientada hacia la unidad de la Patria Grande Latinoamericana.
La otra posibilidad es que quien fue un militante de izquierda se transforme en
un abanderado del realismo político (entre otras cosas por temor a contraer el
infantilismo aludido por Lenin), en donde realismo resultaría sinónimo de
abandono de toda perspectiva revolucionaria y socialista. Habitualmente esta
conducta se tipifica como oportunismo hacia la burguesía. En dicho caso la
perspectiva revolucionaria desaparece como estrategia.
Se puede concluir, en apretada síntesis, que el izquierdista (sujeto que padece
la enfermedad infantil del comunismo) no está capacitado para realizar cambio
revolucionario alguno, porque su intolerancia doctrinaria,, que lo lleva a
conducirse sólo con la estrategia (el objetivo socialista) pero sin ninguna
táctica concreta (ya que todo da lo mismo si no es socialista) lo aísla del
protagonista real del cambio que son los trabajadores. Mientras que, por otra
parte, el oportunista (que practica un realismo extremo huérfano de convicciones
revolucionarias) tampoco realiza cambio alguno en una dirección revolucionaria,
ya que ha renunciado concientemente a dicha posibilidad. El primero convirtió su
estrategia en táctica (socialismo ya o nada), el segundo su táctica en
estrategia (pues el socialismo no sería posible). En ambos casos estamos muy
lejos de una izquierda madura y latinoamericanista que es la que aspiramos
constituir, y que afortunadamente comienza a pisar cada vez más firme en la
Patria Grande.
La Población (Córdoba), 30 de enero de 2012
1. El Izquierdismo enfermedad infantil en el comunismo. V. I. Lenin: Obras
completas, tomo 33. pág. 202. Ed. Cartago. Bs. As. 1969.
*Producido para Cuaderno de Izquierda Nacional
¡Toda
América Latina reclama por Malvinas!
Por Fernando Bossi *
La respuesta del gobierno argentino, ante la absurda manifestación del primer
ministro británico David Cameron, quien calificó de colonialista a la Argentina
por reclamar la soberanía sobre las islas Malvinas, no se hizo esperar. El
canciller argentino Jacobo Timerman, contestó: "La mejor respuesta es reenviarle
un libro de historia de regalo. Cameron no leyó ninguno de los libros de
historia ingleses. No se entiende que el país que fue el símbolo del
colonialismo en los siglos XVII, XVIII y XIX, e incluso en el XX, puede acusar a
un país que ha sido víctima del colonialismo”.
Esta situación de “endurecimiento” de las relaciones entre Argentina e
Inglaterra se da a propósito del éxito obtenido por el gobierno argentino, en el
histórico reclamo por la recuperación de las Malvinas, al lograr el apoyo del
MERCOSUR, la UNASUR y de la CELAC. El pasado 20 de diciembre, todos los
integrantes del Mercosur adoptaron una declaración mediante la cual prohíben el
arribo a sus puertos de buques que enarbolan la bandera ilegal de las Malvinas.
Asimismo la acción desplegada por la cancillería argentina en toda la región
latinoamericana ha sumado importantísimas adhesiones a la causa descolonizadora,
a la inversa de lo que cosechó el canciller británico, William Hague en su
reciente visita a Brasil, donde su par, Antonio Patriota, claramente sostuvo el
respaldo del gobierno brasileño a la soberanía de Argentina, ratificando que
Brasil "apoya las resoluciones de las Naciones Unidas que instan a Argentina y
el Reino Unido a negociar la soberanía de las islas”, a lo cual Londres se
opone.
El tema Malvinas se ha regionalizado y la intransigencia británica choca ahora
contra el muro de la soberanía e integración latinoamericana. De allí que el
canciller Timerman haya manifestado que "la única vía que tiene Inglaterra para
salir de este embrollo es la negociación directa con Argentina”.
Ahora, ¿cuál es el argumento británico para negarse a discutir con Argentina
ante tantas resoluciones de las Naciones Unidas que así lo exigen? Hay un solo
pretexto que utilizan, sin derecho alguno, y es el que el mismo Cameron ha
esgrimido: "El punto clave es que nosotros apoyamos el derecho de los habitantes
de las Falklands (denominación británica de las islas) a la autodeterminación.
Esta gente quiere seguir siendo británica y los argentinos quieren que hagan
otra cosa".
Las islas Malvinas desde finales del siglo XVIII fueron pobladas, primero por la
corona española y luego por la Confederación Argentina. Cuando los marinos
ingleses se apoderaron violentamente de la isla, el 3 de enero de 1833, había
población argentina desde hacía varios años. A tal punto que unos meses después
de la usurpación, un grupo de gauchos, peones y esquiladores, se rebelaron bajo
la conducción de Antonio Rivero, recuperando la isla e izando nuevamente la
bandera argentina. Desde el 26 de agosto hasta enero de 1834, los hombres de
Rivera recobraron la soberanía, pero luego fueron derrotados por nuevos
contingentes de soldados ingleses que desembarcaron para reprimir a los
patriotas. La población criolla entonces fue evacuada por la fuerza y de allí en
más, los británicos comenzaron a poblar la isla con “súbditos de su majestad”,
traídos desde Inglaterra.
Desde aquella época, el gobierno argentino ha venido reclamando
ininterrumpidamente la soberanía sobre las islas del Atlántico Sur y el gobierno
inglés ha hecho oídos sordos a los permanentes reclamos. Gran Bretaña tomó por
la fuerza el territorio, expulsó a sus legítimos pobladores, trasplantó
ciudadanos ingleses a ese territorio usurpado y ahora apela a la
¡autodeterminación de los pueblos! La infamia no puede ser mayor. Los kelpers no
tienen derecho a la autodeterminación, tal como lo señalan las resoluciones de
Naciones Unidas. Los kelpers, por el contrario, son agentes de la ocupación
extranjera.
La verdad del problema no radica en el deseo de los “kelpers” (así se denomina,
por las algas marinas “Kerp”, a los habitantes ingleses de Malvinas), de seguir
siendo ingleses, sino en los intereses del imperialismo británico en la región.
Y entre esos intereses dos se presentan con mayor preponderancia: 1) adueñarse
de las riquezas petrolíferas existentes y 2) consolidarse en una ubicación
geográfica estratégica, que proyecta a Inglaterra sobre el inmenso territorio
antártico.
Pero tales pretensiones imperialistas se ven dificultadas por la decisión que
adoptaron los países del Mercosur y de América Latina en general, al negarse a
facilitar sus puertos a las obligadas escalas que deben hacer sus barcos a fin
de proveer suministros, tanto a la población kelper como a los soldados
colonialistas instalados en las islas después de la Guerra de Malvinas. El
“negocio les sale caro”, mantener a los casi 3.000 habitantes más los 1.500
uniformados del destacamento de la Real Fuerza Aérea Británica sin apoyo
continental latinoamericano es un serio problema para el decadente imperio
británico.
Sin embargo el gobierno inglés, insensatamente, ha anunciado el reforzamiento
militar de las islas, recibiendo la enérgica respuesta del Palacio San Martín
(la cancillería argentina) que ha manifestado que "no va a contestar ningún
agravio en tono militarista" ya que "cree en la resolución pacífica de los
conflictos".
Toda la América Latina está apoyando el justo reclamo de la Argentina. La
firmeza con que está actuando el gobierno de Cristina Kirchner ha arrinconado al
gobierno británico, y esto gracias a la política de integración y unidad que se
está desarrollando en toda nuestra América. Los tiempos del colonialismo y de
los imperios se va derrumbando y una verdadera Patria Grande está naciendo en
esta región del planeta.
Bien lo ha dicho el presidente de Venezuela Hugo Chávez en su oportunidad:
“Reina de Inglaterra, a ti te hablo Reina de Inglaterra; ya se han acabado los
imperios ¿no te has dado cuenta Reina de Inglaterra? ¡Devuélvele las islas
Malvinas al pueblo argentino, Reina de Inglaterra! No estamos en 1982, en caso
de agresión contra Argentina tenga la seguridad que no estará sola la patria
Argentina, que es patria nuestra también”.
* Secretario General de la Unión Bicentenaria de los Pueblos y Presidente de la
Fundación Emancipación.
¿Burguesía?
*
Por Claudio Scaletta
El resultado de las últimas elecciones resolvió en parte la puja por el modelo
de país, tensión revivida tras su potente reaparición en 2008. Muchos de los
votos recibidos por CFK fueron a favor de la continuidad. Más estrictamente, un
cheque en blanco bajo el supuesto fuerte de que la mandataria continuará con el
desarrollo con inclusión. Quienes aún no pueden digerir estos resultados
electorales esperan que, tal vez, la Presidenta renuncie a sus banderas
históricas y regrese a la recta senda del endeudamiento y la buena onda con los
organismos financieros internacionales. Esta perspectiva de subordinación al
poder financiero es la que todavía ilusiona a quienes reclaman eufemísticamente
por un país serio e integrado al mundo.
Contra toda esperanza, y aun dentro del tradicional hermetismo con que se toman
las decisiones en el kirchnerismo, el discurso de la Presidenta en la UIA de
hace dos semanas brindó un panorama explícito de lo que vendrá. A falta de
mayores precisiones de otras fuentes, el discurso fue sobradamente interpretado.
Pero importa rescatar aquí uno de sus aspectos centrales: la evidencia de la
continuidad de cierto setentismo, mejor dicho: de ciertos problemas económicos
propios de aquellos años. Tras la interrupción neoliberal de 1976-2001, con su
destructivo patrón de acumulación de valorización financiera, la economía local
vuelve a reencontrarse con muchas de las contradicciones que enfrentaba en la
primera mitad de la década del ’70, cuando se hablaba de un supuesto agotamiento
del modelo de industrialización sustitutiva.
Por supuesto, el contexto internacional e histórico es bien distinto: el centro
está en crisis, la periferia en pleno desarrollo, los términos del intercambio
resultan favorables a los emergentes, la guerra fría es un recuerdo lejano y no
existe la excusa de organizaciones que pugnan por la toma del poder por las
armas. Lo que se parece a los ’70 es otra cosa: los desafíos del desarrollo
económico y sus restricciones y, también, la puja entre distintas alianzas de
clase por definir la continuidad de uno u otro patrón de acumulación. Hoy, como
en los ’70, frente a la amenaza de la restricción externa vuelve a hablarse de
la necesidad de profundizar la sustitución de importaciones, de la integración
de las cadenas de valor local y de la función de mediación e intervención del
Estado en la conducción de este proceso económico. Hoy, como en los ’70, también
aparecen facciones de la vieja oligarquía diversificada, y ahora también
transnacionalizada, cuestionando el avance del proceso, poniendo el foco en la
supuesta corrupción inmanente a la intervención estatal en algunas empresas y
sectores clave, intentando hacer creer que la inflación es una causa y no un
efecto, insistiendo en que lo realmente eficiente es dejar que el mercado sea el
último árbitro y que la economía se especialice en agro, actividades extractivas
y finanzas.
En paralelo, aparece también una diferencia cualitativa. Tras la experiencia
histórica de un cuarto de siglo de neoliberalismo, con sobreendeudamiento y
relaciones carnales, la sociedad civil ya no consume estos espejitos de colores
y sabe que estas pocas ramas de la actividad jamás alcanzarían para generar
empleo para una población que en esta década alcanzará los 50 millones de
habitantes. Hoy no queda más alternativa que la salida hacia adelante, avanzar
en el modelo superando sus propias contradicciones, no cambiando de canal.
Otra vez aparece aquí un debate de los ’70, la pregunta por el sujeto que
llevará adelante los cambios. Hablar de la idealizada burguesía nacional del
primer peronismo genera las mismas contradicciones que ya generaba hace cuatro
décadas. Para sustituir, integrar cadenas de valor y generar mejores condiciones
de empleo para una población creciente parece necesaria una burguesía que
invierta y conduzca este desarrollo. Si esta clase no existe, la intervención
pública tendrá el deber de ser mucho más potente.
Lamentablemente, para el desarrollo armónico del proceso, existen algunos
indicios fuertes de las reticencias de esta clase a impulsar el mismo modelo en
el que piensa el Gobierno. El primer indicio son los más de 18.000 millones de
dólares fugados este año; el segundo es otro dato también marcado por la
Presidenta en su discurso ante los industriales: la reticencia inversora de las
principales empresas del país aun en un contexto económico muy favorable y en el
marco de una muy alta rentabilidad promedio.
Sobre esta reticencia inversora resultan de interés las conclusiones de un
reciente estudio del investigador de Flacso, Pablo Manzanelli, “Peculiaridades
en el comportamiento de la formación de capital en las grandes empresas durante
la posconvertibilidad”. Las 500 empresas de mayor tamaño, detalla el
investigador, tuvieron entre 1993-2001 una tasa de inversión bruta del 24,7 por
ciento, mientras que entre 2002-2009 la tasa fue del 14,7 por ciento. El
comportamiento marchó a contrapelo del conjunto de la economía nacional, donde
la inversión pasó del 20,7 al 21,0 por ciento entre estos dos períodos. Así,
durante la década de 1990 la gravitación de las grandes firmas en la inversión
total fue del 23,0 por ciento, “guarismo que se redujo más de 6 puntos
porcentuales durante el septenio 2002-2009, alcanzando el nivel promedio de 17,4
por ciento”. El siguiente dato “peculiar” surge de la comparación de estas tasas
de inversión con las tasas de ganancia. En el período 2002-2009, continúa
Manzanelli, las grandes empresas internalizaron tasas de ganancia del 31,8 por
ciento versus tasas de inversión bruta del 14,7.
La primera conclusión parece clara: a pesar del favorable contexto
macroeconómico, las grandes corporaciones no son los agentes difusores de la
inversión reproductiva y el crecimiento de largo plazo.
Manzanelli aporta algunas hipótesis interesantes sobre las razones de este
comportamiento, entre ellas: a) el elevado grado de oligopolización, con lo que
no necesitan ampliar significativamente la capacidad productiva para ganar
posiciones en sus mercados; b) la fuerte extranjerización, con lo que sus
estrategias globales no necesariamente coinciden con el contexto local; c) los
“efectos no deseados” de la promoción industrial, dado que los beneficios a las
inversiones aumentarían la masa de ganancias pero no la inversión potencial y,
por último, d) factores políticos que no se circunscriben al plano estrictamente
económico. Por ejemplo, el retaceo de inversión como herramienta de presión para
obtener más subsidios, instrumentos de promoción o poder en las renegociaciones
salariales.
La segunda conclusión, ya dejando la investigación de Manzanelli, es que
difícilmente esta fracción de la burguesía diversificada y transnacionalizada
conductora de estas grandes empresas puede ser el aliado natural de un modelo
que busque la maximización del desarrollo local con inclusión. De hecho, en
diversos momentos de la historia local, estas empresas se movieron siempre en
sentido contrario, desde la última dictadura a la 125.
Diciembre de 2011
jaius@yahoo.com
*Publicado en
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/cash/17-5644-2011-12-04.html.
Autodeterminación
de los kelpers. Un grotesco de la política internacional *