La llegada de los inmigrantes a la Argentina, otrora granero del mundo, no fue simple. En muchos casos, al arribar solo con lo puesto, se les dio alojamiento en los que se conocieron como "Hoteles de inmigrantes". El edificio de uno de ellos ha sido convertido actualmente en Museo de la Inmigración.

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La gran inmigración (Parte 2)

Ausencias infinitas

El cielo nublado.
Catalina sentada,
casi acurrucada, con su atadito
de ropas,
junto a uno de los pilares
del puerto.
Mira con atención a su alrededor, casi con desesperación, y grita:
¡Michele!, ¡ Michele!, ¿dove vai? !Ritorna! ¡Ritorna presto!
¡La nave pronto partirá!

1894...

Partire per l’America.

El puerto de Génova estaba atestado ese día. Una verdadera muchedumbre, algunos contentos, otros esperanzados. Muchos con el rostro lleno de indisimulable preocupación.

Cada cual arrastraba alguno de sus pocos bártulos hacia la rampa de acceso del barco que los llevaría a la Argentina.

Catalina, Domingo y Miguel Germanetto, de 12, 14 y 15 años dejaban Italia. Ya lo habían hecho para siempre con el pueblo de Pervere, en el Piemonte, para emprender un largo e incierto viaje.


Algunas escenas del Hotel de inmigrantes a principios del siglo XX

Ya era la hora de partir, de dejar la amada tierra que los había visto nacer hacía tan pocos años. Con el dolor todavía ardiente, a flor de piel y bien profundo, dentro de sus entrañas, por la muerte de la adorada mamá María. Y por la perversa resolución de la madrastra de desligarse de ellos y mandarlos a ultramar, lejos, donde no molestaran ni regresaran.
La madre había fallecido en 1891, dejando a tres niños, todos de corta edad. El padre, en lugar de asumir la crianza y educación de su prole, con egoísta desesperación, buscó consuelo en otro matrimonio. Pero las cosas no se resolvieron como había pensado.
Un día de 1894, inmensamente triste y con un profundo dolor en el alma, aquel pobre italiano tuvo que resignarse a ver partir a sus hijos, sabiendo que nunca más los vería.

El dolor punza el corazón tierno de Catalina.
¿Porqué será el de ella el más intenso?
Quizás porque es tan solo una dulce niña.
Solamente sus hermanos ahora podrán protegerla.
Pero ellos también son niños.

Asustada, mira su atado de ropas, sus únicas pertenencias. Y los de sus hermanos, equipajes mínimos, con solo lo indispensable. El resto quedó en la casa.
Tampoco era mucho.
La anima saber que en América podrá hacer otra vida.
Su vida.
Alejada de todas las pobrezas y de las maldades de quien fue incapaz de amar la sangre que no era suya. Y de la debilidad de un padre que no supo luchar para retener sus descendientes.
Catalina respira hondo.
Las lágrimas ruedan gruesas por sus mejillas.
Mira el agua azul que golpea rítmicamente la escollera del puerto y el casco del inmenso navío. Con sus ojos perdidos en la distancia y la bruma, se pregunta qué habrá del otro lado del mar.
¡Mamma mía!
¡Protécici dal cielo giá non potuto restare qui per farlo nella terra!
Son muchas sus dudas. ¿Habrá colinas, ríos, praderas verdes y flores como en su querido piemonte?
¡Michele!. ¡Michele! ¡Doménico! ¡Ritorna piú! ¡La nave partirá pronto!

Su grito se pierde en medio de la estridente sirena del barco y del renovado griterío de la gente que saluda, que llama a congregarse, que se despide de los que quedan.
Catalina toca las piedras del piso empedrado. Las acaricia. Luego, despaciosamente, levanta su mirada al cielo que comienza milagrosamente a despejarse.
De pronto intuye que ya nunca volverá. Su vista se nubla. Pareciera que gotas del mar cubrieran sus pupilas. Enjuga con su manga las lágrimas. Toma del brazo a cada uno de sus hermanos. Juntos se encaminan lentamente a la pasarela. No quiere volver la vista. No quiere ver más. Porque no habrá regreso, no hace falta retener imágenes.
El buque levanta las amarras. Ella, junto a sus hermanos, apoyados a las barandas de estribor no dejan de mirar lo que sus lágrimas les permiten.

¡Addío Mamma! ¡Addío pare! ¡Addío Italia!
Los tres saben que jamás nunca volverán al hogar perdido.
No te desanimes, le dice Domingo, no pierdas la fe. Aunque sea duro estaremos juntos para ayudarnos. Reconstruiremos nuestro mundo y el sol saldrá de nuevo.
¡Tenemos tanto por hacer!
El tiempo y la distancia nos ayudará a secar el olvido y dolor.
¡Saremo felici! ¡Voi vedere!

Catalina se persigna, ya perdida la vista de la costa, y frente al mar abierto, abrazada fuertemente a sus hermanos, bajan a la tercera clase. Desde allí desandará un viaje singularmente largo, hondamente angustiante, notablemente incierto. El cansancio y el abrigo fraternal de su querido Mikele, terminarán por dominar sus temores y su desasosiego. Solo así siente que podrá enfrentar confiada su nuevo destino. ¡Dío mío, protécimi sempre!, imploraba por lo bajo, mientras el sueño la vencía.

 

Fueron 27 días de mar y cielo. De pronto la sirena comenzó a tocar con
fuerza y repetidamente.
¡Sono arrivato a Buenos Aires!,
la París del hemisferio sur.
¡Doménico!, ¡Michele! ¡Andiamo a vere!¡Qué bella! ¡Vede il colore d’aqua, é marrone. ¿Perché le diranno fiumi d’argento?.
Michele, ¿dove restareni?

Non ti preocuppare, Caterina, le responde con seguridad Miguel, tratando de calmar la ansiedad de su hermana menor. Ce uno albergo d’inmiganti per l’aloggio. Da lí partiremmo qualcuno luego per lavorare. Egli si occupano. ¡La nostra mamma dal cielo noi aiutará!

Pálidos, desaliñados, sucios, apresuradamente se agolpan junto a otros cientos de inmigrantes, en la urgencia de salir del navío, ya insoportable, y bajan al fin raudamente la rampa. Pisan por primera vez y para siempre tierra argentina.
¡Andiamo a Santa Fe! ¡Accomoda la roba! dice Miguel a sus hermanos. Partiremo in treno alle quattro della sera. Sarán 12 ore di viaggio .
¡Lí saremo felici! ¡ Andiamo, andiamo presto!

Y llegaron por fin a Sá Pereyra, en la provincia de Santa Fe. ¡Todo un símbolo su nombre! Desde allí el mundo nuevo comenzó a abrirse ante sus ingenuos y siempre asombrados ojos.
Vivieron cada día a pleno.
Cada uno sin alejarse de la mirada de los otros.
Como una manera de desanudar toda eventualidad de separarse, del miedo al abandono familiar anterior. Con el tiempo vino la serenidad y hasta la alegría. Siempre estaban muy unidos, cuidándose, protegiéndose. Protegiéndola a ella que, cada vez más hermosa, lo necesitaba. Encontraron espacios y tiempos para revivir imágenes de cuando iban a juntar castañas, nueces o naranjas en la granja materna.


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Allá, ¡tan lejos! En sus años pequeños.
A veces para reír.
A veces para llorar.
Siempre para renovar la promesa de no separarse.
Sobre el permanente temor de Catalina, estaba siempre la fortaleza y la protección de Miguel. Fue el primero en conseguir trabajo. Catalina, hábil con sus manos aprendió a coser con arte. No fueron días de epopeya. No se sentían colonizadores. No se veían triunfadores. Más bien todo lo contrario. La realidad era dura. Pero sus vidas habían recomenzado. Las jornadas de trabajo eran largas. Comenzaban al amanecer y finalizaban con la última luz del día.
Aunque siempre encontraban el tiempo para compartir lo que cada uno iba viviendo cada día.
Alrededor de la débil luz de una lámpara de kerosén, reviviendo anécdotas, comenzaron a amar a esta noble tierra que, en medio de sus tristezas, les dio trabajo, tranquilidad y afectos.

Los meses y los años hicieron de Catalina una hermosa y delicada mujer. Un día conoció a un inmigrante proveniente de Porta Albera, Pavía, otro italiano, albañil avezado. Hombre conquistador.
El amor entró a su corazón.
Catalina se casó con Vicente el 3 de febrero de 1900.
Tenía 17 años.

1900..partire per Río Cuarto....
Y luego vino una nueva partida. Ahora desde Sá Pereyra hacia la ciudad de Río Cuarto en la provincia de Córdoba. Tierra bien adentro de la Argentina.
Al poco tiempo, sus hermanos vendrían hacia una colonia cercana conocida como San Francisco, a 70 km. de Río Cuarto, a 8 km. de la localidad de Elena, en el ámbito pedemontano de las Sierras Grandes, ésas que se ven hacia el oeste.
Catalina se convirtió en madre de cinco varones: Pedro, Domingo, Fidel, Manuel y Miguel.

La vida no era fácil. Nunca fue fácil para Catalina.
Vicente conducía la construcción del nuevo edificio del Colegio Normal. Ganaba bien, pero no ayudaba a hacer mejor la situación del hogar. La única felicidad de Catalina eran sus pequeños hijos. Y cada mes la visita de alguno de sus queridos hermanos. Río Cuarto era y sigue siendo la ciudad de los vientos y de los crudos inviernos. La pobreza era una constante en la vida de Catalina. El dinero que entraba apenas alcanzaba, porque Vicente siempre le restaba para sus salidas, para sus andanzas por los boliches y las fiestas con sus amigos.

En 1909 la neumonía la vence.
Parte hacia el rumbo final.
La historia se repite.
Como un círculo recurrente.
¡Michele.....

Fue diciendo mientras su voz se apagaba. Porque a su lado estaba Domingo. Fue el último recuerdo de Catalina a su otro hermano tan querido, a aquel que sus pupilas ya no vieron para llevarlas consigo, prendido a las últimas imágenes de su vida.
Era el 24 de agosto.
A las cuatro de la mañana. En una casa de la Av. General Roca.
Tan solo tenía 27 años.
La enfermedad y la pobreza habían desecho para siempre los lazos de vida de Catalina Germanetto.


Hotel de Inmigrantes, 1912 - Archivo General de la Nación

Catalina del Recuerdo
Hasta el agua borró tu imagen.
Cuando niño preguntaba
dónde estabas.
Ni siquiera hubo piedad para tus despojos,
solo una flor entre muchas me dicen que allí
está mi abuela.
Un día volviste como vuelven
los sueños.
Hoy te recuerdo,
no me hacen falta fotos.
La emoción enceguece,
conmueve el alma
que brota hecha lágrimas.
De pronto lo comprendí,
tu espíritu gringo vive en mí
como fruto de aquel sacrificio.
Has vuelto, aquí estás.
Con orgullo testimonio
tu herencia guapa.
Herencia brava.
Y sueño, abuela, volver.
Volver donde naciste,
desde donde partiste.
Para que continúe la historia.
Para que cierre la vida.
Porque sin raíces
no hay alas.

Miguel Angel Tréspidi
http://www.unrc.edu.ar/publicar/24/dossi10.html


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No trajeron casi nada

Un cuento de Eduardo Pérsico

Siempre el hambre nos conduce y explica.
Atraviesa montañas, facilita los mares- leyó
una vez mi madre.

El hombre se llamaba Bernardo Etcheverry y era un vasco de Irún, Hendaya o de por ahí, entre Francia y España, y en algún documento diría 'ambos franceses' si con la María debieron ajustar la mirada a un mapa de inmedible horizonte y lejanía. Él recién cumplía veintidós y su mujer diecinueve, cuando por 1905 entraron al Hotel de los Inmigrantes en Buenos Aires y al saber su procedencia un escribiente supuso 'agricultor' y los mandaron a mil kilómetros del puerto. Bien adentro de aquella pampa india, nada imaginaria, donde por Carro Quemado persistían las tolderías con jinetes de galopar por esa inmensidad que antaño fuera de ellos, para arrearse cualquier animal con o sin marca en el lomo. Sí, a esa inmensidad fueron el Bernardo y la María, una mujerona rubia y hermosa, a plantar y cosechar lo que viniera de la tierra, con cuatro herramientas más dos carretas de ladrillos que les dieron, junto a unos peones que por ahí mismo hicieron rancho.

El Bernardo y la María no trajeron casi nada y por el año veinte, con tres hijas mujeres y la mayor que no era sólo para mirarla, habían plantado, cosechado y pobladas las hectáreas con ovejas y corrales; más la palabra del vasco, un documento en el pueblo. Una ventura familiar que se truncó en 1922, al cumplir el Bernardo treinta y ocho y su carro con la María y dos acompañantes no alcanzó las seis leguas al pueblo. Su cuerpo se fue quedando rígido bajo las mantas, iba oscureciendo y lo volvieron a la casa sin remedio. Treinta y ocho años, un pendejo, se me ocurrió antes de agregar que al hombre lo mató el carbunclo que contagiaban los animales. 'Eso no falla nunca, es infalible', se habrá dicho al terminar el Bernardo su amistad con su campo y hasta la sequía, dejando cuatro mujeres soledad adentro...

Inmigrantes

Por
Alvaro Yunque

En la estación, solemne como un templo,
Sobre los duros bancos de 2a., se aprietan.
Son montones de carne sonrosada
Y rubias cabelleras
Que van a las provincias
Seguidos de su prole y de sus hembras.
Hace unos pocos días nos los trajo el océano,
Ya se van por las pampas, los pueblos y las selvas;
Y el gaucho, el negro, el indio
Sentirán el fermento rubio en su oscura gleba.
Antes sólo teníamos
Sol en tu cielo, América.
A más del sol del cielo tendremos este otro
Que nos viene brillando en las cabezas
De estas jóvenes gentes, sanotas y grandotas
Como parvas de trigo rubio que se movieran.
Ahora, así tendremos sol de día y de noche,
Sol en el alto cielo, sol en la baja tierra;
Sol celeste, el paterno sol: el sol que nos alumbra,
Sol humano, el fraterno sol: el que nos calienta.
Los inmigrantes rubios vienen de tierras frías,
El sol casi no brilla en esas tierras.
Aquí van estos hombre rubios a enriquecerse
Con su sol generoso de luz, cielo de América
Y así vamos a hacernos todos dos veces ricos:
Habrá sol en el cielo y sol en las cabezas.

(De "Poemas gringos", 1932)

Aunque la María tenía su estilo; liquidó la chacra y se mudó a Buenos Aires sin la hija mayor que se arregló con un comisionista de Victorica, y esa sería otra historia, pero antes del carbunclo y el año veintidós el vasco Etcheverry mantuvo un entrevero desconocido, - nunca se sabe- cuando unos ocupados en época de pelar las ovejas no terminaban de irse y siguieron merodeando. La esquila sabía darse en octubre con algún contratista que traía gente del oficio, hábiles en aprovechar hasta el último vellón cortando a tijera o a navajones de puño, chilenos, que no eran para cualquiera. Entonces el grupo solía trabajar de corrido los días necesarios, dormían en el mismo galpón donde esquilaban y al terminar ataban los fardos de lana y plata en mano, cumplían el ritual de asar unos corderos y entonar algo de música si había con qué. La gente de la casa sabía compartir la reunión y a veces las mujeres eran miradas con mucho empeño, así que un jueves se acabó pronto la despedida cuando el vasco con dos vistazos y ni una palabra mandó a su mujer adentro con las hijas, sin saludarse con nadie. Otra ojeada sin comentario y el contratista y su gente la emprendieron para otro campo a empezar de nuevo; a Telén, punta de vía, a pocos kilómetros, aunque uno de los navajeros, un rubio de pelo largo algo versero y cantor, no siguió al grupo y se demoró con un chinazo bigotudo y provocador por los cuatro rincones del pueblo. Por entonces, cada sábado el Etcheverry acostumbraba bajar al centro con sus peones en el carro de dos caballos, de balancín y ruedas delanteras más petisas, y por ahí comían, se jugaban sus partidas de baraja con la paisanada y al oscurecer él se volvía solo, al tranquito, con algún jarro de moscato agregado a las ideas y disfrutando esas pequeñas libertades de cada uno. Aunque aquel mediodía, en el Ramos Generales vio a los dos esquiladores rezagados que algo se hablaron al verlo entrar y siguieron probándose algún sombrero y unas alpargatas nuevas. Uno dijo con voz audible que les haría un tajito porque eran bajas de empeine, mientras el vasco Etcheverry pagó alguna cuenta, llenó sus canastos con necesidades de la semana y saludando al dueño del almacén se sentó en el carro para darse la vuelta sin más palabra. Despacioso el hombre, antes de entrar al camino principal levantó la tapa del cajón que servía de asiento y revisó sus herramientas: una pala de punta, su llave grande de fierro para las tuercas del eje, unas riendas y la maza de mango largo. Y acomodó con cuidado y bien a mano aquello que trajeran de Europa y la María le tejiera una funda colorada y flaca...

El sol entibiaba lindo y sin esa molestia se hubiera divertido en el boliche y reírse de cuánto podía al saberse sin deuda con la vida. No había alambrados a la vista y por más profunda que fuera la mirada, aquella inmensidad seguía inquebrantable, monótona, irrepetible; paisaje más nostalgia adherido al sentimiento. La pampa inexplicable, por suerte.

Y por las tres de la tarde el vasco llegó con su carro al atajo de ir derecho a casa. El hombre ya estaba en lo suyo y el cañadón de poca hondura detrás del montecito de caldenes era un buen sitio para el aguardo. Soltó el correaje de la yunta y los dejó bajar a darse agua y sombra a gusto, se lo merecían. Los gorriones se regodeaban entre los surcos y pensó en darle arreglo a ese abuso que le diezmaba la semilla, pero eso lo haría con tiempo porque ese día su preocupación estaba cubierta y más cuando dos jinetes, a trescientos metros, llegaban en su dirección. Los tipos no entraban a robar y sabían bien a qué, doscientos metros y el vasco le quitó la funda de lana colorada a la herramienta. Los dejaría venir mientras los viera tras la primera hilera de caldenes y al tenerlos a tiro se quitó la boina y dio tres pasos al medio del sendero; 'aquí estamos los tres' casi pronuncia cuando el de la melena amarilla taloneó sorprendido para salir de vuelo y fue el primero en probarle la puntería. El jetón de bigote tupido reaccionó pronto pero dos disparos encimados y certeros del Winchester le evitaron andar visitando gente a cualquier hora. El pajarerío revoloteó una vuelta en redondo y los pingos de los esquiladores con los jinetes colgando se juntaron al borde de la senda.

El Bernardo se tomó su momento para guardar de nuevo el Winchester en la funda que la María le tejiera en el barco, del cajón levantó la pala y para seguir la tarea se quitó la camisa y de nuevo se calzó la boina. Debió destrabarles un estribo a cada uno y el rubión traía el esparto de su alpargata impecable de jamás pisar la tierra. Así que a lo bruto los arrastró de los tobillos al borde del agua y empezó a puntear el pozo. Nadie lo vería y briosamente cavó mucho más de un metro de hondo, o hasta las seis de la tarde y ya el día se fuera declinando.

Los dejó como cayeron, boca abajo, antes de la primer palada de tierra les tiró encima los cueros de oveja que vinieran montando, a los caballos le bastó un chirlo para echarlos al campo y antes del anochecer el Bernardo ya andaba por la casa descargando los canastos que trajera de Victorica. Acaso mi abuela se alegrara al verlo llegar antes de oscurecer y sorprenderla con una palmada en las nalgas, porque esa noche calentaron los fuentones del baño más temprano y las hijas se turbaron en silencio al oírlos reír y cuchichear hasta bien tarde.



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Sobre las condiciones de vida insalubre en los conventillos de Buenos Aires en 1885

Por Guillermo Rawson


Fuente: Guillermo Rawson, Estudio sobre las casas de inquilinato de Buenos Aires.

Acomodados holgadamente en nuestros domicilios, cuando vemos desfilar ante nosotros a los representantes de la escasez y de la miseria, nos parece que cumplimos un deber moral y religioso ayudando a esos infelices con una limosna; y nuestra conciencia queda tranquila después de haber puesto el óbolo de la caridad en la mano temblorosa del anciano, de la madre desvalida o del niño pálido, débil y enfermizo que se nos acercan.

Pero sigámoslos, aunque sea con el pensamiento, hasta la desolada mansión que los alberga; entremos con ellos a ese recinto oscuro, estrecho, húmedo e infecto donde pasan sus horas, donde viven, donde duermen, donde sufren los dolores de la enfermedad y donde los alcanza la muerte prematura; y entonces nos sentiremos conmovidos hasta lo más profundo del alma, no solo por la compasión intensísima que ese espectáculo despierta, sino por el horror de semejante condición.

De aquellas fétidas pocilgas, cuyo aire jamás se renueva y en cuyo ambiente se cultivan los gérmenes de las más terribles enfermedades, salen esas emanaciones, se incorporan a la atmósfera circunvecina y son conducidas por ella tal vez hasta los lujosos palacios de los ricos.

Un día, uno de los seres queridos del hogar, un hijo, que es un ángel a quien rodeamos de cuidados y de caricias, se despierta ardiendo con la fiebre y con el sufrimiento de una grave dolencia. El corazón de la madres se llena ansiedad y de amargura; búscase sin demora al médico experimentado que acude presuroso al lado del enfermo; y aquél declara que se trata de una fiebre eruptiva, de un tifus, de una difteria o de alguna otra de esas enfermedades cimóticas que son el terror de cuantos las conocen. El tratamiento científico se inicia; el tierno enfermo sigue luchando con la muerte en aquella mansión antes dichosa, y convertida ahora en un centro de aflicción, el niño salva, en fin, o sucumbe bajo el peso del mal que lo aqueja.

¿De dónde ha venido esa cruel enfermedad? La casa es limpia, espaciosa, bien ventilada y con luz suficiente según las prescripciones de la higiene. El alimento es escogido y su uso ha sido cuidadosamente dirigido. Nada se descubre para explicar cómo ese organismo sano y vigoroso hasta la víspera, sufriera de improviso una transformación de esta naturaleza. El enfermo ha sanado quizá, y damos gracias al cielo y al médico por esta feliz terminación; o ha muerto dejando para siempre en el alma de la familia el duelo y el vacío; pero no investigamos el origen del mal; las cosas quedan en las mismas condiciones anteriores y los peligros persisten para los demás.

Acordémonos entonces de aquel cuadro de horror que hemos contemplado un momento en la casa del pobre. Pensemos en aquella acumulación de centenares de personas, de todas las edades y condiciones, amontonadas en el recinto malsano de sus habitaciones; recordemos que allí se desenvuelven y se reproducen por millares, bajo aquellas mortíferas influencias, los gérmenes eficaces para producir las infecciones, y que ese aire envenenado se escapa lentamente con su carga de muerte, se difunde en las calles, penetra sin ser visto en las casas, aun en las mejor dispuestas; y que aquel niño querido, en medio de su infantil alegría y aun bajo las caricias de sus padres, ha respirado acaso un porción pequeña de aquel aire viajero que va llevando a todas partes el germen de la muerte.

[...]

En el año 1883, la población de Buenos Aires ha sido probablemente de 310.000 habitantes. El número de defunciones alcanzó a 8.510, incluida la enorme cantidad de 1.505 muertos de la viruela; y ese total representaría el 26 por mil de la población calculada. Si se sustraen las defunciones por viruela, que han podido reducirse a una mínima expresión mediante una vacunación y revacunación severamente impuesta, la mortalidad quedaría reducida a una 23 por mil.

Y bien, los que hayan tenido la oportunidad de observar la vida que se pasa en esas habitaciones malsanas que venimos estudiando, los que hayan seguido con interés el proceso de afocamiento de las enfermedades infecciosas y epidémicas, podrán comprender que de la alta cifra de defunciones, 2.200 a lo menos, proceden de las casas de inquilinato, lo que daría, sobres los 64.156 habitantes que ellas tenían, una mortalidad de 34 por mil. Y si se considera que de los 1.500 muertos de viruela, más de mil han ocurrido en aquellas acumulaciones, se puede apreciar la influencia perniciosísima que esas casas ejercen, no solo por el sufrimiento de sus moradores, tan dignos de compasión, sino por la difusión de las enfermedades infecciosas, y la mayor gravedad que ellas asumen en aquellos focos horribles de donde se transmiten al resto de la población.

[...]


Las casas de inquilinato, con raras excepciones, si las hay, son edificios antiguos, mal construidos en su origen, decadentes ahora, y que nunca fueron calculados para el destino a que se les aplica.

Los propietarios de las casas no tienen interés en mejorarlas, puesto que así como están les producen una renta que no podrían percibir en cualquier otra colocación que dieran a su dinero.

Había el año pasado 1.868 casas de inquilinato, teniendo entre todas 25.645 habitaciones y el término medio del alquiler mensual de cada una de éstas era de m$n 136. La renta que estas propiedades producen ascienden, según estos datos, a m$n 3.487.720 cada mes y el producto anual sube a m$n 41.852.640, o sea 1.730.162 pesos nacionales oro.

[...]

Es claro que a los propietarios no les conviene vender estas fincas; y la prueba de ello es que se han enajenado 2.600 casas de 22.500 que existían en 1862, lo que corresponde al 10% del número de casas en esa fecha; y no se encuentran entre estas ventas ni el 2% siquiera de las casas de inquilinato, siendo de notar que en el mayor número de los casos esas enajenaciones tan escasas habrán sido determinadas por arreglos de familia o por otras causas que están lejos de ser financieras o comerciales.

En Jorge Páez, El conventillo, La Historia Popular, Vida y milagros de nuestro pueblo. Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1970.


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Carta de un inmigrante a "El Obrero"

Buenos Ayres, 26 de Septiembre de 1891

"Aprovecho la ida de un amigo a la ciudad para volver a escribirles. No sé si mi anterior habrá llegado a sus manos. Aquí estoy sin comunicación con nadie en el mundo. Sé que las cartas que mandé a mis amigos no llegaron. Es probable que éstos nuestros patrones que nos explotan y nos tratan como a esclavos, intercepten nuestra correspondencia para que nuestras quejas no lleguen a conocerse.

"Vine al país halagado por las grandes promesas que nos hicieron los agentes argentinos en Viena. Estos vendedores de almas humanas sin conciencia, hacían descripciones tan brillantes de la riqueza del país y del bienestar que esperaba aquí a los trabajadores, que a mí con otros amigos nos halagaron y nos vinimos.

"Todo había sido mentira y engaño.

"En B. Ayres no he hallado ocupación y en el Hotel de Inmigrantes, una inmunda cueva sucia, los empleados nos trataron como si hubiésemos sido esclavos. Nos amenazaron de echarnos a la calle si no aceptábamos su oferta de ir como jornaleros para el trabajo en plantaciones a Tucumán. Prometían que se nos daría habitación, manutención y $20 al mes de salario. Ellos se empeñaron hacernos creer que $20 equivalen a 100 francos, y cuando yo les dije que eso no era cierto, que $20 no valían más hoy en día que apenas 25 francos, me insultaron, me decían Gringo de m... y otras abominaciones por el estilo, y que si no me callara me iban hacer llevar preso por la policía.

"Comprendí que no había más que obedecer.

"¿Qué podía yo hacer? No tenía más que 2,15 francos en el bolsillo.

"Hacían ya diez días que andaba por estas largas calles sin fin buscando trabajo sin hallar algo y estaba cansado de esta incertidumbre.

"En fin resolví irme a Tucumán y con unos setenta compañeros de miseria y desgracia me embarqué en el tren que salía a las 5 p.m. El viaje duró 42 horas. Dos noches y un día y medio. Sentados y apretados como las sardinas en una caja estábamos. A cada uno nos habían dado en el Hotel de Inmigrantes un kilo de pan y una libra de carne para el viaje. Hacía mucho frío y soplaba un aire heladísimo por el carruaje. Las noches eran insufribles y los pobres niños que iban sobre las faldas de sus madres sufrían mucho. Los carneros que iban en el vagón jaula iban mucho mejor que nosotros, podían y tenían pasto de los que querían comer.

"Molidos a más no poder y muertos de hambre, llegamos al fin a Tucumán. Muchos iban enfermos y fue aquello un toser continuo.

"En Tucumán nos hicieron bajar del tren. Nos recibió un empleado de la oficina de inmigración que se daba aires y gritaba como un bajá turco. Tuvimos que cargar nuestros equipajes sobre los hombros y de ese modo en larga procesión nos obligaron a caminar al Hotel de Inmigrantes. Los buenos tucumanos se apiñaban en la calle para vernos pasar. Aquello fue una chacota y risa sin interrupción. íAh Gringo! íGringo de m...a! Los muchachos silbaban y gritaban, fue aquello una algazara endiablada.

"Al fin llegamos al hotel y pudimos tirarnos sobre el suelo. Nos dieron pan por toda comida. A nadie permitían salir de la puerta de calle. Estábamos presos y bien presos.

"A la tarde nos obligaron a subir en unos carros. Iban 24 inmigrantes parados en cada carro, apretados uno contra el otro de un modo terrible, y así nos llevaron hasta muy tarde en la noche a la chacra.

"Completamente entumecidos, nos bajamos de estos terribles carros y al rato nos tiramos sobre el suelo. Al fin nos dieron una media libra de carne a cada uno e hicimos fuego. Hacían 58 horas que nadie de nosotros había probado un bocado caliente.

"En seguida nos tiramos sobre el suelo a dormir. Llovía, una garúa muy fina. Cuando me desperté estaba mojado y me hallé en un charco.

"íEl otro día al trabajo! y así sigue esto desde tres meses.

"La manutención consiste en puchero y maíz, y no alcanza para apaciguar el hambre de un hombre que trabaja. La habitación tiene de techo la grande bóveda del firmamento con sus millares de astros, una hermosura espléndida. íAh qué miseria! Y hay que aguantar nomás. ¿Qué hacerle? "Hay tantísima gente aquí en busca de trabajo, que vejetan en miseria y hambre, que por el puchero no más se ofrecen a trabajar. Sería tontera fugarse, y luego, ¿para dónde? Y nos deben siempre un mes de salario, para tenernos atados. En la pulpería nos fían lo que necesitamos indispensablemente a precios sumamente elevados y el patrón nos descuenta lo que debemos en el día de pago. Los desgraciados que tienen mujer e hijos nunca alcanzan a recibir en dinero y siempre deben.

"Les ruego compañeros que publiquen esta carta, para que en Europa la prensa proletaria prevenga a los pobres que no vayan a venirse a este país. íAh, si pudiera volver hoy! "íEsto aquí es el infierno y miseria negra! Y luego hay que tener el chucho, la fiebre intermitente de que cae mucha gente aquí. Espero que llegue ésta a sus manos: Saluda ...

José Wanza


Los hoteles de inmigrantes

El 17 de julio de 1857 se aprueba por unanimidad el texto del contrato de alquiler del local destinado a los inmigrantes. El edificio ocupaba un frente sobre la calle Corrientes, con su puerta principal correspondiente al Nro. 8 de la citada arteria.

Se desprende que el primer grupo de inmigrantes que se alojó en el asilo lo hizo el 13/8/1857, procedente del Havre. Aquel primer grupo estaba constituído por 36 personas, todas de nacionalidad suiza, compuesto por 7 hombres, 7 mujeres, 11 niños y 11 niñas. Treinta de sus componentes figuraban como labradores y seis sin profesión.

Entre el 13 de agosto de 1857 y el 11 de marzo de 1859, fueron alojados en el asilo 462 personas; 260 eran hombres, 169 mujeres, 82 niños y 45 niñas: 202 figuraban como labradores, 161 como obreros y 98 sin profesión. Sus nacionalidades eran: 142 suizos, 70 españoles, 127 franceses, 64 lombardos, 10 belgas, 33 sardos, 8 prusianos, 2 holandeses y 6 toscanos.

El 25/9/1862 se convoca a sesión extraordinaria para deliberar sobre la publicación en el diario "Standrat" del día 23 del mismo mes. En el artículo de referencia se llamaba la atención a los lectores (que se presume británicos) sobre "...los vascos e italianos parece que aceptan la hospitalidad del asilo sin quejarse, pero el mismo es un engaño; no tienen camas ni comodidades, ni asilo o habitación en que puedan reposar sus cansados huesos [...] Con todo, tal fue la miseria sufrida por nuestros compatriotas el año pasado, que los residentes ingleses, escoceses y americanos contribuyeron liberalmente para librarlos de semejante hospitalidad". De ahí que no hubiera británicos en el asilo, pero si bien los términos de la nota del diario parecen excesivos, no deberían estar alejados de la realidad.

Con fecha de 5 de enero de 1874 la Comisión de Inmigración recibió una orden de la Municipalidad de cerrar el asilo de la calle Corrientes y no alojar en él a ningún inmigrante. No encontrándose en los suburbios "casa aparente", la municipalidad cedió en Palermo un terreno de 8 manzanas en el que se construyeron casillas de madera y se instalaron 30 carpas para 10 y hasta 30 personas cada una. Este fue el que se dio en llamar el "Asilo de Inmigrantes Provisorio de Palermo". El 14 de enero se trasladáron a este "Asilo Provisorio" 300 emigrantes de los cuales algunos cayeron enfermos de la epidemia de cólera que ya azotaba a la ciudad. El día 27, la municipalidad ordenó levantar el campamento de Palermo poniéndose a disposición de la aún llamada Comisión, la "Quinta Bollini" que estaba situada en la calle Chamango (hoy Avenida Las Heras) entre Bustamante y Bollini (hoy Billinghurst). Los propietarios arrendaron la "Quinta" con la condición de que no se hicieran cambios en las instalaciones, ni obras en los edificios. No disponía de cocinas suficientes ni de comodidades para el servicio de las comidas; fue por esta razón que, cada mañana y cada noche, los inmigrantes que allí estaban "asilados" debían trasladarse a las instalaciones de Palermo para su almuerzo y cena. Algunos días después se declaró allí también el cólera. Con el objeto de paliar la situación durante aquel enero se despacharon directamente al interior 598 emigrantes que, a poco de su llegada encontraron trabajos remunerativos.

Pasada la epidemia, los inmigrantes fueron enviados nuevamente al local de la calle Corrientes 8, en espera de la finalización de las obras del Asilo que se construía en la ribera.

Pero cuando se suspendieron las obras de aquel local, Wilken, a cargo de las funciones de la anterior Comisión renunciante describe al Ministro del Interior Frías diciéndole "...que viendo que la obra se retarde indefinidamente hace ya tiempo que me ocupo en buscar un edificio que reúna alguna siquiera de las condiciones requeridas para trasladar provisionalmente el Asilo, cuya permanencia en el local que hoy ocupa sería un hecho indisculpable pues, sobre ser un sótano húmedo, sin ventilación y completamente velado a la acción del sol, su patio es el pasaje de una mal construida e inmunda cloaca, cuyas emanaciones, aún en la presente estación son insoportables y pestíferas. He tenido al menos la fortuna de encontrar un sitio que, por su ubicación, amplitud y elevación ofrece todas las conveniencias para el objeto". El 20 de agosto se autorizan los gastos para contratar el terreno sólo por un año (pensaban terminar al otro) y realizar las obras pertinentes. Éste ocupaba parte de la actual Plaza San Martín. El 10 de noviembre de 1874 hubo un traslado de inmigrantes a este sitio, que duró hasta 1882. Luego los ocupantes fueron trasladados al hotel de Cerrito.

El 3 de noviembre de 1881 se aprueba el contrato para instalar el Asilo de Inmigrantes en el local que había servido para la exposición Industrial y Artística Italiana en Cerrito entre Arenales y Juncal. Como el lugar quedó completo rápidamente, el 5 de enero de 1884 se propone levantar habitaciones en el terreno alquilado para ensanchar las instalaciones en razón del aumento de su población.

Con el tiempo se deteriora y se hace inhabitable. Finalmente queda así hasta principios de 1888. En 1884 el cólera afectó nuevamente a la población y fue causa de gran parte de la emigración a las "cuadras" de los terrenos de la Exposición Rural y a diferentes cuarteles. El 29 de noviembre del mismo año se extiende una orden de pago para un hotel de inmigrentes en San Fernando. Su uso fue intermitente.

El 29 de octubre de 1883 se aprueba la construcción del edificio en la manzana: Paseo Colón, Balcarce, San Juan y Comercio (hoy, Humberto I). Se traba la construcción por protesta de vecinos, por la existencia de una iglesia a media cuadra y por el interés de los propietarios. Entoces no se continuó con el proyecto y se siguió utilizando Cerrito, San Fernado y el de Caballito.

San Fernando y Caballito

El Asilo de San Fernando se usaba en forma temporaria cuando arribaban oleadas grandes de inmigrantes o en las epidemias de cólera. Se supone que se usó hasta principio de los años 90. El 9 de abril de 1886 se arrienda la quinta del Dr. José Ocantos en Caballito y el 27 de enero de 1887 se ordena transladar allí un grupo de inmigrantes después de haber hecho las reparaciones necesarias. Esto generó la protesta de los vecinos como en los otros casos, aunque no llegó a mayores porque el uso del Asilo fue esporádico y en abril del 88 caduca el contrato de alquiler sin extender el mismo.

El hotel de la rotonda

Conocido también como el "Hotel de Inmigrantes Redondo", se encontraba en algún lugar de la Ribera, aproximadamente en el edificio de la terminal del F.C.G.B.M. Es el que quedó más documentado fotográficamente. Se usó durante dos décadas y estaba compuesto por dos cuerpos adosados pero distinguibles:

a) Poligonal: la gente creía que era el único edificio que componía el hotel. Se sospecha que sólo había dormitorios en ese cuerpo.

b) Alargado rectangular: compuesto por cocinas, comedores, sanitarios, baños, oficina de administración, patios y tanques de agua.

Se lo amplió varias veces dado que se dudaba si iba a ser finalmente el edificio final . Se ocupó el 27 de enero del 88 finalizando su uso en julio de 1911.

Último hotel

En 1905 se adjudica la obra para construir el desembarcadero y el que sería el hotel definitivo. El edificio del desembarcadero se entregó el 8 de diciembre de 1907. En 1911 se termina su construcción. Fue el asilo más importante y es donde actualmente funciona la Dirección Nacional de Población y Migraciones.

Fuente: http://www.oni.escuelas.edu.ar



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