CAPÍTULO
I
8 Caballos... o 96 Hombres, Mujeres y Niños
¡Mea culpa, fue por culpa mía, mea máxima culpa! No puedo acallar mi
remordimiento por ser, en parte, responsable de la muerte de mis padres
y de mis dos hijos. El mundo comprende que no tenía por qué saberlo,
pero en el fondo de mi corazón persiste el sentimiento terrible de que
pudiera haberlos salvado, de que acaso me hubiese sido posible.
Corría el año 1944, casi cinco después de que Hitler invadió Polonia. La
Gestapo lo gobernaba todo, y Alemania se estaba refocilando con el botín
del continente, porque dos tercios de Europa habían quedado bajo las
garras del Tercer Reich. Vivíamos en Cluj , ciudad de 100,000
habitantes, que era la capital de Transilvania. Había pertenecido antes
a Rumania, pero el Laudo de Viena, de 1940, la había anexado a Hungría,
otra de las naciones satélites del Nuevo Orden. Los alemanes eran los
amos, y aunque apenas era posible abrigar esperanza ninguna, no
sentíamos, si no rezábamos porque el día de la justicia no se retrasase.
Entre tanto, procurábamos apaciguar nuestros temores y seguir realizando
nuestros quehaceres diarios, evitando, en lo posible, todo contacto con
ellos. Sabíamos que estábamos a merced de hombres sin entrañas —y de
mujeres también, como más tarde pudimos comprobar—, pero nadie logró
convencernos entonces del grado auténtico de crueldad a que eran capaces
de llegar.
Mi marido, Miklos Lengyel, era director de su propio hospital, el
"Sanatorio del Doctor Lengyel", moderno establecimiento de dos pisos y
setenta camas, que habíamos construido en 1938. Cursó sus estudios en
Berlín, donde consagró mucho tiempo a las clínicas de caridad. Ahora se
había especializado en cirugía general y ginecología. Todo el mundo lo
respetaba por su extraordinario talento y consagración a la ciencia. No
era hombre político, aunque comprendía plenamente que estábamos en el
centro de un verdadero maelstrom y en peligro constante. No tenía tiempo
para dedicarse a otras ocupaciones. Con frecuencia veía a 120 pacientes
en un solo día y se dedicaba a la cirugía hasta bien entrada la noche.
Pero Cluj era una comunidad dinámica y progresiva, y nos sentíamos
orgullosos de representar a uno de sus principales hospitales.
Yo también estaba consagrada a la medicina. Había estudiado en la
Universidad de Cluj y me consideraba con méritos para ser la primera
asistente quirúrgica de mi marido. La verdad era que yo había
contribuido a terminar el nuevo hospital, poniendo en su decoración todo
el cariño que siente la mujer por el color; y así había alegrado las
instalaciones en la manera más avanzada.
Pero, aunque tenía una carrera, me sentía más orgullosa todavía de mi
pequeña familia, integrada por dos hijos, Thomas y Arved. Nadie, pensaba
yo, podía ser más feliz que nosotros. En nuestro hogar residían mis
padres y también mi padrino, el Profesor Elfer Aladar, famoso
internista, dedicado al estudio e investigación del cáncer.
Los primeros años de la guerra habían sido relativamente tranquilos para
nosotros, aunque oíamos con temor los relatos interminables de los
triunfos de la Reichswehr. A medida que asolaban más y más territorios,
iban disminuyendo los médicos y, especialmente, los cirujanos capaces de
servir a la población civil. Mi marido, aunque prudente y bastante
circunspecto, no hacía gran esfuerzo por ocultar ni disimular sus
esperanzas de que la causa de la Humanidad no podría perderse del todo.
Naturalmente, sólo hablaba con libertad a las personas de su confianza,
pero había almas sobornables en todos los círculos y nunca podía saberse
quién iba a ser el próximo "espía". Sin embargo, las autoridades de Cluj
lo dejaron en paz.
Ya en el invierno de 1939, observamos un indicio de lo que estaba
ocurriendo en los territorios ocupados por los nazis, por entonces,
brindamos refugio a numerosos fugitivos polacos, que se habían escapado
de sus hogares después de haberse rendido los ejércitos de su patria.
Los escuchábamos, les dábamos alientos y los ayudábamos. Pero, a pesar
de todo, no éramos capaces de dar crédito total a lo que nos contaban.
Estos individuos estaban llenos de resentimiento y deshechos moralmente:
sin duda, debían de exagerar.
Hasta 1943 no nos llegaron relatos estremecedores de las atrocidades que
se estaban cometiendo dentro de los campos de concentración de Alemania.
Pero, al igual de tantos como me escuchan a mí hoy, no nos cabían en la
cabeza tan horripilantes historias. Seguíamos considerando a Alemania
como una nación que había dado una gran cultura al mundo. Si aquellas
historias eran verídicas, indudablemente tenían que haber sido
perpetradas por un puñado de locos; era imposible que se debiesen a una
política nacional y que constituyesen parte de un plan de dominio y
supremacía mundial. ¡Qué equivocados estábamos!
Ni siquiera cuando un comandante alemán de la Wehrmacht, a quien habían
aposentado en nuestra casa, nos hablaba de la ola de terror que su
nación había desencadenado sobre Europa, fuimos capaces de darle
crédito. No era un hombre que carecía de estudios; por eso estaba yo
convencida de que trataba de asustarnos. Intentamos vivir separados de
él, hasta que una noche nos pidió que lo admitiésemos en nuestra
compañía. Por lo visto, no buscaba más que tener alguien con quién
hablar, pero cuantas más cosas nos contaba, mayor era el rencor y la
amargura que dejaba en nuestras almas. Por todas partes, declaraba, las
gentes sometidas lo miraban con ojos llenos de odio. ¡Y sin embargo, de
su familia no recibía más que constantes quejas, porque no les enviaba
suficiente botín! Otros soldados, tanto rasos como oficiales y clase de
tropa, mandaban a su casa numerosas joyas, ropa, objetos de arte, y
alimentos.
Nos habló del sistema alemán, que estos aplicaban en cada país que
ocupaban, con bastante éxito. Empezaban a aplicarlo con los hebreos,
haciendo creer a los cristianos que la Gestapo perseguía únicamente a
los judíos. También hacían creer a la gente que aquel que cooperara con
los alemanes podía quedarse con las pertenencias de los judíos. Un
método efectivo de transformar ciudadanos en colaboradores. Pero una vez
que los hebreos eran deportados a los campos de concentración, los
alemanes, se apoderaban de todos los bienes que encontraban en sus
casas, y en camiones enviaban todo a Alemania, olvidándose sencillamente
de lo que habían prometido a sus colaboradores. Seguía diciendo que
después de la ocupación de los primeros países europeos, los alemanes
temían que al saber lo que les había ocurrido a sus vecinos, los
habitantes del país recientemente ocupado se resistirían a caer en su
señuelo, pero la realidad comprobó que la gente no siempre daba crédito
a los "cuentos fantásticos" que le contaban, y creían con optimismo que
lo que pasó en otro país no les podía suceder a ellos.
Decía que la persecución de los hebreos se hizo abiertamente, pero a los
cristianos se les persiguió usando cierta discreción. Esto último se
realizaba por secciones especiales del gobierno alemán, una de ellas
llamada: "Departamento de Iglesias Cristianas". Los representantes de
estas secciones operaban conjuntamente con el ejército de ocupación como
operaban también los representantes de la "Solución Final", en la
eliminación de hebreos y elementos políticos indeseables.
El poder del Vaticano, —continuaba—, y la influencia del Papa molestaba
a Hitler grandemente, así que después de los judíos, el blanco de los
alemanes eran los católicos. Wotan, el horrible dios tuerto pagano de
los alemanes, era muy celoso y no toleraba la competencia de un Dios
cristiano. ¡Las monjas, los sacerdotes y los líderes cristianos tenían
que desaparecer! Eran acusados de sabotaje, actividades antigermanas,
etcétera y la Gestapo les llamaba a declarar. Una vez en manos de la
Gestapo, nunca se les daba la oportunidad de probar su inocencia.
No solamente las monjas eran llevadas al cautiverio —el Mayor nos
contaba— sino que también sus protegidos, los niños que cuidaban en
orfanatorios y escuelas, eran tomados subrepticiamente durante la noche
por los alemanes, para evitar ser vistos. Los prisioneros eran enviados
a los innumerables campos de concentración diseminados en Europa
ocupada, o simplemente enviados directamente a la muerte.
Nos decía que los alemanes nunca usaban las palabras asesinato, o muerte
por gas. Simplemente se concretaban a escribir al lado de los nombres de
sus prisioneros las aparentemente inofensivas definiciones de:
"Tratamiento Especial, Liquidación, Recuperación, Experimentación,
Solución Final, etcétera." Cada una de estas inofensivas definiciones
significaba una muerte horrible.
Con este sistema, miles de cristianos civiles desaparecían semanalmente
de los países ocupados en Europa. Nadie sabía su destino. Los periódicos
tenían prohibido publicar listas de los prisioneros o desaparecidos. No
se hacía ninguna publicación respecto de las actividades de la Gestapo.
Quizás para justificar la matanza de millones y millones de inocentes en
países ocupados en Europa, el mayor alemán nos contaba por qué y cómo
Hitler mataba alemanes arios. De acuerdo con la ideología Nazi, los
alemanes eran Arios, descendientes de una raza Caucásica superior sin
mezcla alguna, especialmente con la raza arábiga o judía. En resumen,
una raza "pura", sin lazos semíticos.
El Nazismo, a su vez, excluía el cristianismo. Una nación "superior
racialmente" con aspiraciones como la alemana, no podía aceptar un Dios
que es bondadoso, generoso y tolerante. Los germanos necesitaban un dios
pagano que aceptara los crímenes, las torturas e inhumanidades, un dios
que hiciera de sus acciones bárbaras, su doctrina. De acuerdo con estas
doctrinas, fundadas en las tradiciones de los antiguos dioses paganos,
los alemanes de Hitler celebraran sus ritos bajo el cielo abierto. Sus
ceremonias matrimoniales tenían lugar frente a la gran efigie de piedra
de Wotan, que en los antiguos días de los teutones, fue el altar donde
le ofrecían los sacrificios.
Con objeto de conservar una nación fuerte, Hitler usó un antiguo sistema
griego. Los antiguos griegos lanzaban al precipicio desde la cima de la
montaña Taigetos a todos aquellos niños que nacían inválidos o de
apariencia física débil. El Führer aplicó una versión moderna de este
método entre los adultos de los alemanes arios. El mayor decía que todos
aquellos incapacitados para el trabajo, o inválidos, o que padecieran
serias enfermedades como tuberculosis, cáncer, o los enfermos, mentales,
eran declarados incurables y enviados al "Tratamiento de Recuperación" a
diferentes hospitales. La oficina central de los médicos encargados de
estos tratamientos estaba en un hospital situado en Brandenburg, cerca
de Berlín. Ya en el hospital, eran sometidos a la eutanasia, muerte
producida inyectándoles veneno. El sistema de la eutanasia también era
denominado TA, abreviatura tomada de la dirección de la Cancillería de
Hitler: 4 Tiergarten Strasse. También usaban gas letal para matar a los
pacientes. El gobierno alemán dio el nombre supuesto e impresionable de:
"Fundación de Caridad para Tratamientos Institucionales" al cuerpo de
médicos encargados de estas actividades. Por orden especial de Hitler,
la práctica de la eutanasia fue declarada legal en Alemania y en los
territorios ocupados por los alemanes.
Hacia finales de la década de los años del 30, alrededor de 100,000
alemanes arios fueron exterminados con veneno inyectado. Certificados de
locura fueron falsificados, y eran expedidos al mayoreo para aquellos
que estuvieran casados o mantuvieran relaciones con no germanos. Se
indicó una feroz persecución contra los "Mischlings", que eran mitad
judíos. Miles y miles de ellos fueron castrados, o enviados a campos de
concentración o asesinados.
La Iglesia protestó ante la práctica de la eutanasia. El Arzobispo Von
Gallen, el Cardenal Faulhaber y otros miembros importantes del clero,
condenaron abiertamente esta práctica inhumana desde sus pulpitos. El
temor se adueñó de la población al saber que los asesinados eran arios
puros y alemanes. No por temor a la Iglesia, sino por pura conveniencia,
el gobierno alemán suspendió temporalmente los asesinatos con veneno
inyectado, y reanudó más tarde secretamente estas prácticas.
Escuchando las interminables historias terroríficas que el mayor nos
relataba, me pregunté qué sería exactamente lo que este hombre quería de
nosotros. No sabía si quería asustarme o volverme loca. Le miré con
horror e incredulidad, cosa que le irritó visiblemente. Probablemente
ésta fue la razón por la cual cambió el tema de su conversación y empezó
a hablarme de mi familia y mis amigos. Esbozando una sonrisa diabólica,
mencionó una lista que vio en el cuartel general de la Gestapo en la que
aparecía el nombre del doctor Lengyel. Mencionó que al lado del nombre
de mi esposo había una nota especial, escrita por el Jefe de la Gestapo,
que decía que mi esposo debía ser prontamente "eliminado", así como
aquellos señalados por la "Quinta Columna". El mayor también mencionó
que el doctor Osvath, médico que prestaba sus servicios en nuestro
hospital también "prestaba sus servicios" a los alemanes.
La "Quinta Columna" formaba un papel importante en la maquinaria
alemana. Sus miembros obtenían información acerca de gentes importantes,
sus opiniones y actividades con respecto a los alemanes, previamente a
la ocupación de algún país. En dichas investigaciones se provocaba a las
personas a discutir, anotando sus declaraciones y los nombres de los
investigados.
Entonces recordé que el doctor Osvath frecuentemente tomó parte en las
discusiones que diariamente tenían lugar en la sala de preparación
previa a las intervenciones quirúrgicas. En esa sala el doctor Lengyel y
sus ayudantes se aseaban y desinfectaban, un procedimiento que les
tomaba bastante tiempo. Médicos de la localidad aprovechaban esto para
iniciar discusiones de carácter íntimo con ellos. Hablaban de sus
problemas médicos, pedían consejo al doctor Lengyel para el tratamiento
de sus pacientes, y también hablaban de política. En dichas ocasiones,
el doctor Lengyel con frecuencia sugirió que se boicotearan los
productos alemanes, y que los médicos no compraran medicamentos, equipo
médico o instrumental de los alemanes. Él también expresó que esperaba
que nosotros los húngaros nos uniríamos para luchar contra los nazis,
como lo habían hecho siempre en el pasado cuando Alemania trató de
esclavizarlos.
Oyendo hablar al mayor, me pregunté cómo y por qué mi esposo había sido
incluido en la lista de "Quinta Columnistas". ¿Acaso había sido acusado
por alguien como enemigo del Tercer Reich? ¿Sería Osvath? ¿Era un
colaborador? ¿Sería posible que Osvath fuera un miembro de la "Quinta
Columna"? No podía creerlo. Osvath tenía relaciones amistosas con
nosotros y nos hería profundamente la forma en que el mayor se expresaba
de él, sin explicarme qué razones tenía para mentir así acerca del
colega de mi esposo. ¡Qué atrevimiento difamar en esa forma a un colega
de mi esposo! Cuando él siempre le demostró lealtad y respeto al doctor
Lengyel. El doctor Osvath era un buen médico, a quien mi esposo ayudó
grandemente en su profesión. Tenía cuatro niños, su esposa esperaba al
quinto, era definitivamente un respetable hombre de familia. Y estaba
muy lejos de parecerse a la imagen de bajeza que el mayor nos había
trazado de él.
Parecía que el mayor alemán nunca terminaría de hablar, y lo que es
peor, yo tenía que seguirle escuchando. Lo que más me impresionó fue el
odio que sentía contra él mismo al relatar las marchas de sus tropas por
caminos literalmente flanqueados por cuerpos de los ahorcados. Llegué a
pensar que este hombre estaba ebrio o loco, aun cuando sabía que no era
así. Habló de camiones construidos expresamente para matar prisioneros
con gas; de los enormes campos dedicados exclusivamente a la
exterminación de millones de civiles. No podía dar crédito a lo que oía.
¿Quién iba a creer semejantes historias?
Cuando finalmente el mayor alemán se puso de pie, nos sentimos
aligerados de la tensión que nos embargaba, pero no dio por terminada su
visita, y nos pidió algo para beber. Mi esposo sacó de la cantina una
botella de "Tokay Aszu", un vaso y los colocó sobre la mesa. El mayor
miró interrogativamente el único vaso y luego a mi esposo. El doctor
Lengyel le retuvo la mirada con firmeza. Entonces comprendió el alemán
que nos rehusábamos acompañarle a beber.
El mayor abrió la botella y llenó su vaso con el vino rojo, tomándoselo
de un golpe. Después, volvió a llenar el vaso, dejándolo en la mesa. Se
dirigió lentamente hacia un rincón del cuarto donde estaba colocada una
preciosa antigüedad sobre una pesada columna de mármol, era una estatua
de Jesús. Pasó frente a ella varias veces, mirándola cuidadosamente. Era
ésta, una escultura de origen latino, que fue legada a mi familia por un
amigo, coleccionista de antigüedades, quien murió en París durante la
Revolución Francesa de 1848. El rostro de Jesús en la estatua era de una
magnificencia artística tal, que lo representaba divino y humano a la
vez. Demostraba el sufrimiento, la comprensión y la bondad juntas, una
expresión que posiblemente tendría la cara de Jesús durante la procesión
del Gólgota en Jerusalén.
Después que el mayor terminó el escrutinio de la estatua, se dirigió a
la mesa, a tomarse su vaso de vino, pensábamos. Pero en lugar de esto,
levantó su vaso y chocando sus tacones, brindó: ¡Heil Hitler! con un
tono de voz que podría ser lo mismo verdadero que sarcástico, y con toda
su fuerza lanzó el vaso a la estatua de Cristo. Por alguna razón
extraña, el impacto no dio perfectamente en el blanco, y su golpe fue
detenido por la corona de espinas que ceñía la cabeza del Redentor. El
vino, rojo como sangre, escurría desde la cabeza de Jesús, manchándole
el torso, hasta caer finalmente al pie de la estatua, donde ésta tenía
una inscripción en Español: "Jesucristo, salva nuestras pobres almas", y
llenando de grandes manchas la alfombra.
Después de su acción sacrílega, el mayor tomó la botella de vino que
estaba en la mesa y sin decir una sola palabra, salió de la habitación.
Al salir el mayor, comentamos lo increíble de las historias que nos
había contado. ¡Qué lúgubre imaginación debía tener este hombre para
inventar tales horrores! Nadie podía creer en la veracidad de los
relatos de un hombre así. ¡Era un pobre fantasma que había vendido su
alma al diablo y estaba en guerra con su conciencia!
* * *
Esa noche, después que se fue el mayor, el doctor Lengyel y yo nos
dirigimos al hospital por una puerta que conectaba nuestra casa con
éste. Mi esposo para realizar una operación fijada para esa hora, y yo
para dar las buenas noches a mis seres queridos. Mi padre y mi padrino
estaban muy enfermos en nuestro hospital. A ambos se les habían
practicado sendas operaciones recientemente. A mi padre le habían
extraído un riñón, y le habían efectuado también ciertas operaciones en
las vías urinarias. Se encontraba en vísperas de ser operado nuevamente,
sin embargo, confiábamos en que su recuperación era cosa segura. Mi
padrino, quien dedicó gran parte de su vida a investigaciones de
enfermedades del estómago y del cáncer, por ironías de la vida, sufría
él mismo de cáncer. Todos sabíamos que sus días estaban contados.
Estaría entre nosotros quizás unas semanas, quizás uno o dos meses más.
Todos deseábamos fervientemente que en sus últimos días se viera librado
de sufrimiento físicos o morales. Para nosotros era un desconsuelo saber
que mi padrino conocía la naturaleza de su mal, y el fin que le
esperaba. Pero siempre demostró un valor a toda prueba, y nunca se
quejaba de sus dolores y siempre estaba sonriente delante de nosotros.
Muchas veces hice yo misma acopio de valor para no romper en amargo
llanto en su presencia.
Mi padre estaba dormido cuando llegué a su lecho. Sentada en una silla,
mi madre leía un libro. Como no quería despertarlo, pasé de largo
dirigiéndome a donde se encontraba mi padrino. La Hermana Esther, de la
Orden de las Trabajadoras Sociales de Dios, que a diario lo visitaba, se
encontraba junto a él, rezando. Los ojos de mi padrino estaban cerrados,
y con desolación noté que su cara, enmarcada por su hermoso cabello
blanco, se había adelgazado más en los últimos días, y se veía también,
más pálida. Su frente se veía más dominante, su nariz más afilada y sus
delgados labios más pálidos. Su expresión hablaba de sufrimientos, de
resignación y de un dulce sentimiento de reconciliación. Era como si la
expresión le viniera de muy, muy lejos.
Cuando abrió sus ojos, el profesor Elfer, sonriendo, me invitó a
sentarme cerca de él y de la Hermana Esther. Ambos esperábamos con
ansiedad las noticias que nos traía la Hermana Esther. En esos días, los
periódicos no hablaban de otra cosa que no fuera las victorias del
"glorioso ejército alemán", y publicaban las órdenes dictadas por las
autoridades alemanas a los civiles acerca de lo que se nos permitía o
prohibía hacer. Los radios que transmitían estaciones extranjeras eran
confiscados. A los que se les encontraba un radio de este tipo, eran
arrestados o deportados. Así que nuestra información se limitaba a las
noticias que nos traían los visitantes. Estas noticias generalmente
empezaban: —Me dijo X, y a él se lo dijo Y. . . —Aceptábamos esa
información con reserva, pues el confirmarla era imposible.
Sin embargo, las noticias que nos daba la Hermana Esther eran
fidedignas. La orden a la que ella pertenecía, sostenía un hotel
familiar adonde mujeres jóvenes solas podían ir a vivir. Actualmente se
encontraba ocupado por el ejército alemán y las Hermanas se vieron
forzadas a servir a los alemanes. Gracias a encontrarse entre oficiales
alemanes, y a encontrarse en el corazón de la ciudad, la hermana Esther
podía oír y ver mucho más que cualquier otra persona. Cada día, cuando
llegaba a su visita diaria, la acosábamos a preguntas, y como de
costumbre, las noticias no eran nada halagadoras. Nos informó que ese
día había visto en las calles por primera vez a los hebreos, viejos,
jóvenes y niños, llevando la obligada estrella de David en color
amarillo en el lado izquierdo de sus vestiduras. No se les permitía
hacer uso de los autobuses o los taxis, y podían salir a la calle a
determinada hora por un corto periodo de tiempo, a comprar comida
racionada en una tienda designada para tal propósito. También a los
cristianos les impusieron los alemanes ciertas restricciones. No se les
permitía salir de sus casas de 8.00 p.m. a las 7.00 a.m. Aquellos que
desobedecían estas órdenes eran fusilados sin previa averiguación.
Las noticias fidedignas que nos traían nuestros amigos eran más y más
alarmantes cada día. Los soldados alemanes violaban a las colegialas
cuando se dirigían a sus casas, a mujeres jóvenes saliendo de la Iglesia
o de las tiendas, o de los lugares donde trabajaban. En la presencia de
sus padres o esposos, jóvenes aldeanas que vendían verduras en los
mercados, eran secuestradas por los soldados alemanes con el mismo fin.
Una joven pareja que surtía al hospital de flores frescas varias veces
por semana, y que se dedicaba a la horticultura en las afueras de Cluj,
fue encontrada muerta en el camino. La mujer esperaba un niño y estaba
en el séptimo mes de embarazo.
Al dirigirse en su carreta a la ciudad, fueron detenidos en el camino
por los soldados alemanes. Cuando el esposo trató de defender a su mujer
de ser violada, lo mataron. Después de haberla mancillado, los soldados
la asesinaron a ella también.
Otro visitante asiduo de mi padrino era el doctor Hajnal Imre, antiguo
alumno suyo en la Universidad de Cluj. El doctor Hajnal estaba a cargo
del "Hospital Rokus" en Budapest, fue nombrado Profesor Universitario y
Director de la Clínica Universitaria para enfemedades internas en Cluj.
Ésta era la misma Universidad en la que mi padrino impartía sus clases,
y de la cual también fue Rector.
Este profesor nos informó que los alemanes no solamente importunaban a
las mujeres en las calles, sino que tampoco respetaban la intimidad de
sus hogares. En grupos irrumpían en los hogares y violaban a las mujeres
de familias respetables. Los hombres que se atrevían a defenderlas eran
muertos inmediatamente. Diariamente eran traídas a su clínica en
ambulancias, mujeres y niñas en estado deplorable. Entre las
innumerables historias que nos relataba el doctor Hajnal, repetiré
aquella del director de la estación en Dej, una ciudad que se encuentra
a dos horas aproximadamente de Cluj.
El día anterior, expresó el doctor, veintiún soldados alemanes golpearon
fuertemente a la puerta de la casa del jefe de la estación. Al rehusar
abrir, derribaron la puerta y lo golpearon hasta dejarlo inconsciente.
Después, los veintiún hombres violaron a su esposa y a sus cuatro hijas.
No tuvieron ni siquiera compasión de la pequeña de nueve meses de edad
que pereció instantáneamente. Las niñas de 5 y 8 años murieron en la
ambulancia. La madre y la hija mayor llegaron con vida a la clínica, en
estado de gravedad.
* * *
El profesor Elfer por su enfermedad, necesitó estar en la cama alrededor
de un año, y miembros del clero le visitaban con frecuencia. Llevaban
relaciones amistosas con él, y mi padrino solía bromear al respecto,
expresando que intercambiaban servicios profesionales, pues mientras él
les cuidaba la salud del cuerpo, ellos le cuidaban la salud del alma, y
que salía ganando en el trato.
Uno de los distinguidos representantes de la Iglesia que solía visitar a
mi padrino era el Obispo de Transilvania, Excelentísimo señor Aron
Marton. Un hombre de extraordinaria capacidad mental y de un valor
inquebrantable. En uno de sus sermones, el Obispo hizo un llamamiento al
pueblo desde su púlpito, diciéndoles que todos los húngaros, de
cualquier religión o clase eran hermanos, y que deberían unirse y
ayudarse unos a otros. Y si era necesario, pelear juntos valientemente
contra el "enemigo". Cuando terminó el sermón que duró más de una hora y
descendió del púlpito, temíamos que el Obispo fuera arrestado por los
alemanes. Años más tarde, me informaron que el Excelentísimo señor
desapareció, nadie sabía adonde lo llevaron. El Obispo fue víctima de su
gran valor, y permanecerá siempre como un ejemplo de entereza. Era en
realidad un baluarte de la Iglesia.
El Obispo y mi padrino frecuentemente discutían la situación de Hungría
y Alemania. Sabían que Alemania, (donde ahora reinaba Wotan
incontrolablemente), desde antes que Hitler asumiera el poder, ya estaba
preparada para adoptar el comunismo. Era tristemente irónico el hecho de
que judíos y cristianos pudientes hacían fuertes donativos al partido de
Hitler en la esperanza de que, una vez realizados sus anhelos, Alemania
no caería en el comunismo. Estos donantes ingenuamente creían que toda
esa palabrería de Hitler y sus seguidores acerca de descartar al Dios
cristiano, y la persecución de los judíos, eran golpes de
sensacionalismo. Tales ideas paganas no llegarían a realizarse, pues
había alrededor de ochenta millones de alemanes que a la hora que
quisieran, podían derrocar al grupo de chiflados que los gobernaban.
¡Qué poco sabían estas personas que las masas siempre dan la bienvenida
al lobo disfrazado en la piel de borrego! ¡Qué poco conocían del
significado "Circo y pan para la gente"!
Hitler desempeñaba su tarea a la perfección, la diversión la
proporcionaban en mítines populares, celebración de conquistas del
ejército, la quema de libros y de objetos sagrados y misteriosas
procesiones con antorchas. Hitler ofrecía mucho más que un simple trozo
de pan al pueblo alemán, todo el comercio, la agricultura y la industria
de la sojuzgada Europa estaba al servicio de Alemania. En
correspondencia a esto, el pueblo intoxicado con las victorias alemanas,
aceptaba las teorías maquiavélicas de Hitler.
Además del viejo concepto alemán "Deutschland Ueber Alies" — "Alemania
sobre todo"—, los Teutones aceptaron una nueva idea, que ellos eran
"superhombres", con derechos sin límite. La teoría que solamente una
nación, la nación alemana debe y tiene el derecho a subsistir con
prosperidad en el mundo, "¡Un Pueblo!, ¡un Imperio!, ¡un Jefe!", tuvo
gran éxito.
El Obispo Aron Marton lamentaba profundamente que los alemanes creyeran
tales vilezas, y que hubieran perdido el camino hacia Dios, hacia la
justicia y hacia la dignidad humana.
Cuando ocurrió la visita del Obispo Aron Marton, todos los judíos en
Hungría se encontraban materialmente en la calle. Fueron despedidos de
sus empleos, las oficinas de los médicos y abogados clausuradas, sus
propiedades, casas y negocios, fábricas, confiscados por el gobierno
húngaro pronazi.
El gobierno Húngaro copió el sistema alemán, referente a los judíos
húngaros y olvidó que el plan alemán para eliminar a la población de
todo el mundo, incluía también al pueblo húngaro. El mayor alemán nos
explicaba que de acuerdo con ese plan, "Alemania se encargaría" de
Europa, los Estados Unidos, los países Latinoamericanos, Asia, África,
etcétera. Exterminarían a aquellos físicamente incapacitados.
Esterilizarían al resto de las poblaciones de ambos sexos, usándolos
como esclavos para levantar un mundo para los alemanes. Mientras tanto,
intensificarían la procreación de niños alemanes legales e ilegales. Ya
funcionaban campos donde hombres alemanes en perfecto estado de salud
permanecían por unos días en compañía de mujeres sanas, con el exclusivo
objeto de embarazarlas para propagar el nacimiento de "superhombres". Al
terminar la guerra, cuando los hombres volvieran a sus hogares,
seguirían multiplicando la especie en gran escala.
El Obispo Aron Marton con profunda tristeza nos dijo que había oído que
el gobierno húngaro pronazi empezaría muy pronto una redada de judíos,
para entregarlos en los campos de concentración alemanes. Qué difícil
era creer que los propios húngaros entregarían a sus hermanos, de
religión judía, aquellos con quienes habían combatido al enemigo. En
guerras anteriores que Hungría peleaba por su libertad, judíos y
cristianos valientemente murieron por igual.
Pero el temor del Excelentísimo señor se basaba en hechos trágicos que
tuvieron lugar en Hungría antes de que ésta fuera ocupada por los
alemanes. La decisión tomada por Hitler en Viena fue de devolver
pequeñas porciones de terreno a los húngaros. Estas porciones de terreno
les fueron quitadas por los aliados y dadas a los rumanos gracias al
"Tratado de Paz de Trianón", después de la Primera Guerra Mundial. Al
recibir Hungría estos obsequios de manos de Hitler, el gobierno Húngaro
empezó su ola de crímenes. Nuestro Primer Ministro, Bárdossy entregó al
ejército alemán en Polonia más de 20,000 judíos que fueron asesinados.
En el mismo año de 1941, el general Bayor-Bayer, el general Feketehalmy-Zeisler
y el capitán Zoeldy ametrallaron a miles de hebreos en los territorios
que le fueron quitados a Yugoslavia y fueron devueltos a Hungría. Estos
judíos que fueron enviados a una muerte segura, eran compatriotas de sus
asesinos.
Hablando sobre estos hechos sangrientos por parte de los húngaros,
recuerdo la extraña experiencia que tuvimos con un pariente nuestro el
doctor S. M., quien era coronel de la policía húngara en Szeged.
Poco después de que la Transilvania del Norte fue devuelta a Hungría, el
doctor S. M. vino a visitarnos. Para celebrar su llegada, organicé una
pequeña reunión familiar, invitando a su hermana Tinike, y a nuestros
parientes y amigos. Yo sabía que en Szeged, donde vivía el doctor S. M.
era muy popular un platillo llamado Szegedi halpaprikas, que consiste en
pescado con verduras sazonadas en una rica salsa a base de pimentón. La
fama de este platillo cruzó las fronteras de Hungría, y los habitantes
de Szeged se sentían orgullosos de ello. Pensé que al doctor S. M. le
agradaría comer este platillo nombrado en honor de su ciudad. A la hora
de la cena, cuando le ofrecieron al coronel el platón, algo muy extraño
ocurrió. Al darse cuenta que contenía pescado, con una expresión
desesperada, palideció grandemente, respirando con dificultad. Mi
esposo, Tinike y yo nos levantamos de nuestros asientos y lo sacamos del
cuarto, pensando que tenía un ataque.
No comprendíamos qué relación podía existir entre la expresión de horror
y el pescado, pero deducimos que algo terrible debía haberle ocurrido.
El doctor S. M. no era un hombre que se horrorizara fácilmente. Había
sido un héroe durante la Primera Guerra Mundial, y Hungría confirió las
más altas condecoraciones. Durante la Primera Guerra Mundial, los
rumanos forzaron la retirada del ejército húngaro en las cercanías de
Brasso. En momentos tan críticos, el doctor S. M., capitán de húsares,
tuvo una brillante idea. En lugar de tratar de salvar su propio pellejo,
montó en su corcel, y ordenó a un pequeño grupo de hombres de su
compañía, que lo siguieran. A galope veloz marchó en dirección contraria
a las tropas húngaras. Con una maniobra audaz, hizo creer al ejército
rumano que su grupo era el ejército húngaro. Con un valor sobrehumano,
se batió ferozmente con el enemigo durante horas. Su heroico acto salvó
al ejército húngaro y cubrió la retirada.
El doctor S. M. no solamente era pariente de nosotros, sino también
amigo de la familia. Cuando estuvimos a solas con él, no quería hablar
del incidente. Finalmente lo convencimos que explicara su actitud tan
extraña. Haciendo la narración, un sudor frío perló su frente.
Un día frío de invierno, el doctor S. M. junto con sus policías
recibieron la orden de ir a una ciudad, cerca del Río Danubio, que hacía
poco fue devuelta a Hungría. Allí recibieron nuevas órdenes; tenían que
apoderarse de todos los hebreos existentes y llevarlos a la ribera del
río. Estuvieron a caza de judíos noche y día. Los sacaban de sus
hogares, de los hospitales, de las sinagogas, de sus oficinas y
comercios; secuestraron a los niños de las escuelas, colegios y
guarderías, y los llevaron a la ribera del río. Allí obligaron a los
hombres a romper el hielo a lo largo de la orilla del río y después
ordenaron a todos a desnudarse, poniendo en grandes montones sus sacos,
vestidos, zapatos y juguetes. Millares y millares de seres humanos,
viejos y jóvenes, hombres, mujeres y niños, infantes en brazos de sus
madres fueron alineados completamente desnudos y expuestos al frío
invernal a lo largo de las orillas del río. Una orden con voz de trueno
se oyó, y todos estos desventurados fueron ametrallados y sus cuerpos se
desplomaron al río.
Durante un largo periodo de tiempo, cuando las amas de casa compraban
pescado en el mercado y lo abrían en sus casas para limpiarlo,
encontraban en los estómagos de los peces partículas de cuerpos humanos,
y algunas veces, miembros pequeños de niños.
Desde esa ocasión, el coronel era un hombre enfermo, y decidió presentar
su renuncia. El coronel S. M. era un hombre familiarizado con la muerte
en los campos de batalla, pero nunca podría olvidar los gritos de los
hombres y mujeres, y el llanto desolador de los niños que fueron
inmolados ese día a orillas del río.
* * *
En 1941, el Ministro de Guerra de Hungría, Bartha, y el jefe del Cuerpo
Militar, Werth, en cooperación con otros miembros del gobierno pronazi,
establecieron las "Compañías de Trabajo". En estas compañías fueron
incluidos cristianos de origen rumano, quienes habían permanecido en
Transilvania después de la decisión de Hitler en Viena, además de
150,000 judíos. A raíz del "Tratado de Paz de Trianón", en Francia, los
húngaros y los rumanos eran enemigos.
Una noche, un joven abogado rumano fue traído a nuestro hospital en un
estado deplorable. Se había escapado de una "Compañía de Trabajo". Por
un milagro su madre había trabado contacto con un sargento de su unidad,
y sobornándolo, consiguió que su hijo pudiera escapar. Aun cuando se
encontraba muy enfermo, tenía que cruzar la frontera hacia Rumania en la
noche siguiente, para evitar ser capturado. Este joven anteriormente
fuerte y bien parecido, era hoy un manojo de huesos, escupiendo grandes
cantidades de sangre cada vez que tosía.
Habíamos escuchado muchas historias terroríficas acerca de estas
"Compañías de Trabajo", pero por primera vez palpábamos la horrible
realidad. Nos habló del supuesto "uniforme" que llevaban, su única
posesión la cual consistía en una cobija ceñida a sus cuerpos con un
cordel. En lugar de botas militares, llevaban un trozo de madera atada a
los pies. Bajo el fuego enemigo en el crudo frío de 40 grados bajo cero,
y con esta vestimenta, les obligaban a buscar minas explosivas sin
ninguna protección.
Eran golpeados y torturados por sus superiores. Y morían como moscas a
causa del hambre, o por congelación de sus miembros o simplemente por
enfermedades que nunca les eran atendidas. Cuando una epidemia de tifo
les atacó, era usado un "tratamiento médico" drástico. Encerraron a los
enfermos en grandes barracas de madera, y rociaron con gasolina el
suelo, las cobijas y demás objetos, aplicándoles fuego. Muy pronto los
gritos desesperados de las gentes que se quemaban se dejaron oír.
Ametralladoras apostadas esperaban a aquellos que trataron de escapar a
tan horrible muerte a través de puertas y ventanas.
El joven abogado seguía contando historias horribles, hasta que su
médico le prohibió hablar. Le aguardaba un largo y peligroso viaje, y
tenía que descansar. Cuando iba yo saliendo del cuarto, llegó su madre
con un sacerdote. Ella quería que su hijo se confesara, y que le fueran
aplicados los santos óleos, pues temía que muriera durante la jornada
que le aguardaba, debido a su crítico estado, o podría encontrar la
muerte a manos de algún centinela de la frontera.
Estaba perfectamente justificado el temor del Obispo Aron Marton acerca
de la colaboración del gobierno pronazi húngaro hacia los alemanes. A
partir del 19 de marzo de 1944, cuando llegó el ejército alemán y la
Gestapo a Hungría, la situación de todos los que no estaban de acuerdo
con la ocupación alemana y eran antinazis, como también la de los
hebreos, se había hecho peor cada día. En el pasado, Hungría ya había
sufrido las consecuencias de una ocupación por los alemanes. Pero el
gobierno pronazi parece que ya había olvidado esto, incluyendo el famoso
poema que fue escrito exclusivamente para recordarle al pueblo húngaro
este periodo trágico. La esencia de este poema repite varias veces al
estribillo con la siguiente advertencia: "Húngaros, no creáis en los
alemanes, y haced caso omiso de las dulces promesas que os hacen para
convenceros". Pero el general Dome Stojay, nuevo Primer Ministro, había
prometido a los alemanes su completa colaboración, y el general era un
hombre que cumplía su palabra.
El hombre nombrado por los alemanes como director de la exterminación de
los judíos, era el S.S. Obersturmbannfuehrer Adolfo Eichmann. Después de
dirigir la exterminación de judíos en países europeos ocupados, llegó a
Budapest el 21 de marzo, para "hacerse cargo" de los judíos húngaros.
Dirigía sus operaciones desde su oficina llamada Juden Commando,
(Comando Judío), establecida en el "Hotel Majestic" en Budapest, y
algunos de sus ayudantes eran el Barón Dieter Von Wisliceny, miembro de
una antigua familia prusiana, y convertido ahora en un Hauptsturmfuehrer,
el teniente coronel Hermann Krumey, el coronel Kurt Becher, el
Oberstrumbannfuehrer Brunner, el capitán Hunsche, Novak, el doctor
Seidle, Dannegger y Wrotk, etcétera.
Eichmann, quien ya había sido asignado a un campo de la S.S. en Dachau
en 1934, tenía una larga experiencia en la matanza de judíos, desde
1938. Pero llegó a la cima de su carrera como el mayor asesino de todos
los tiempos en la "Conferencia de Wannsee", en el 20 de enero de 1942.
En esta conferencia, efectuada en el No. 56-58 de Grossen Wannsee
Strasse en Berlín, Eichmann fue nombrado director ejecutivo del
infamante plan de los alemanes llamado: "La Solución Final para los
Judíos". Con gran entusiasmo aceptó el nombramiento y la tarea de
exterminar más de once millones de judíos que habitaban en los
territorios ocupados por los alemanes. Precisamente en esta conferencia,
Eichmann sugirió muchas ideas útiles que fueron acogidas con beneplácito
por parte de los "Grandes de Alemania" ahí reunidos.
Hungría era aliada alemana y fue por lo tanto el último país europeo
ocupado por los alemanes. Eichmann tenía una ardua tarea que hacer en
Hungría. Tenía la vida de cerca de 800,000 judíos en sus manos, para
exterminarlos. En este tiempo la maquinaria de guerra alemana tropezaba
con dificultades, y la posición de Hitler era cada día más crítica. Las
cosas en Bulgaria y Rumania no iban muy bien para el Tercer Reich.
¡Eichmann se encontraba hondamente preocupado! ¿Qué ocurriría si el
pueblo de Hungría, última posesión de la insaciable ambición de Hitler,
se despertara y protestara contra la deportación de judíos...? Pero su
preocupación no tenía fundamento. Desgraciadamente, el gobierno húngaro
pronazi se sobrepasó en su colaboración, tomando una actitud que
sorprendió al mismo Eichmann, prestando más que ayuda a los alemanes.
El 20 de abril de 1944, a las 4 de la tarde, miembros del gobierno
húngaro pronazi solicitaron entrevistar oficialmente a Eichmann en el
Hotel Majestic. Le entregaron personalmente una petición firmada, en la
cual, los húngaros solicitaban al gobierno alemán —su aliado—, y a su
digno representante, el Obersturmbannfuehrer Adolfo Eichmann, la
deportación de los judíos húngaros, prometiendo prestarles toda clase de
ayuda para llevar a cabo esta solicitud, en la forma de reunir a los
judíos en ghettos, y llevarlos a la estación, encerrarlos en vagones de
ferrocarril, para transportarlos a campos de concentración acompañados
por los policías húngaros orgullosos de sus famosas plumas de gallo que
llevaban en sus cascos.
Eichmann tuvo que prometerles a los miembros del gobierno húngaro que
ningún judío regresaría a Hungría con vida. Eichmann sonrió
maliciosamente, ya que en ninguna parte de Europa tuvo una tarea tan
fácil. En otros países había tenido que pelear materialmente con los
gobiernos que rehusaban entregarle a los judíos. Tenía que hacer uso de
toda su fuerza y triquiñuelas para que la vida de los judíos pudiera ser
puesta en sus manos. Eichmann solemnemente juró bajo palabra de honor
que ningún judío volvería con vida a Hungría. Éste era el primer país en
que el gobierno venía por propia voluntad a entregarle a sus hebreos.
Los requisitos necesarios fueron llenados, y los papeles firmados.
800,000 vidas humanas acababan de ser condenadas a muerte.
Después de concertado el trato, y complacidos así los deseos del
gobierno húngaro pronazi, alemanes y húngaros chocaron sus tacones y
amigablemente se dieron un apretón de manos en señal de despedida, como
correspondía despedirse de aliados amigos y perfectos caballeros.
Al tener lugar las deportaciones en masa, el almirante Horthy, regente
de Hungría, recibió innumerables protestas. El Vaticano envió notas
suplicantes a Horthy, insistiéndole que debía impedir la deportación de
hebreos en Hungría. El rey de Suecia, el presidente Roosevelt y otros
firmemente insistieron en que Horthy debería terminar con la persecución
judía. El gobierno de Suiza, Suecia y Estados Unidos ofrecieron refugiar
ciertas cantidades de judíos en sus respectivos países. Similar
ofrecimiento fue hecho también por el Consejo Americano de Refugiados.
Voces oficiales de Norteamérica en discursos por radio, amenazaron a
Horthy diciendo que al final de la guerra todos aquellos que fueran
responsables por la muerte de los judíos, serían juzgados por un
tribunal de guerra. Pero nada detuvo a los húngaros nazis. En julio de
1944 los alemanes y húngaros nazis hicieron un convenio para hacer
prisionero al mismo Horthy y apoderarse del gobierno, pero su plan fue
descubierto por los seguidores de Horthy. Más tarde, Horthy se vio
obligado a renunciar, y escapó de Hungría para salvar su vida.
Cuando Budapest fue parcialmente rodeada por las tropas rusas hacia
finales de noviembre y principios de diciembre, alrededor de 40,000
judíos, en su mayoría mujeres ancianas y enfermas, así como niños
también, fueron enviados a una marcha forzada ordenada por el nuevo
Primer Ministro Szálasy y por el Obersturmbannfuehrer Eichmann,
vigilados por los Honvéds húngaros. Se les obligó a caminar bajo la
lluvia helada y la nieve durante días enteros sin alimento y agua al
campo de concentración alemán más cercano. Los caminos se encontraban
materialmente flanqueados y bloqueados por los miles y miles de
cadáveres de los que nunca pudieron llegar a su destino. La Cruz Roja
desesperada por estos hechos mandó enérgicas protestas a Himmler. 15,000
judíos fueron asesinados en las riberas del Danubio en febrero de 1945,
aun cuando hacia el final de diciembre de 1944, Budapest, la capital de
Hungría ya estaba en poder de los rusos.
Después de la guerra me visitó en Nueva York el doctor Rezsó Kasztner,
un bien conocido periodista y sionista de Cluj, la misma ciudad donde yo
vivía. Me contó acerca de las negociaciones que él hizo con Eichmann en
1944, en Budapest, para tratar de salvar la vida de los hebreos.
Eichmann le hizo una proposición fantástica. Le propuso vender la vida
de 100 judíos por un camión militar. La vida de un millón de judíos a
cambio de 10,000 camiones. Por desgracia esta operación nunca se pudo
llevar a cabo.
Aquí doy algunos nombres de las personas de quienes nosotros, los
húngaros, siempre nos sentiremos avergonzados siquiera en recordar:
Bárdossy Laszlo, Primer Ministro Húngaro, Solymosy, Subsecretario de
Estado. Emil Kovács, Ministro del Gobierno Húngaro, Jaross, Ministro del
Interior. Vites Endre y Laszlo Baky, del Ministerio del Interior. Dome
Stojay, Primer Ministro, Szalasy Ferencz, Primer Ministro Húngaro,
Laszlo Ferenczy, Teniente Coronel de la Policía, Gábor Vajna, Ministro
del Interior y Laszlo Endre. Recuerdo solamente estos nombres por el
momento, pero eso no quiere decir que los nombres de aquellos a quienes
no recuerdo han sido exentos de la responsabilidad de sus crímenes.
Todas estas personas y sus cómplices, culpables en grado máximo por las
atrocidades cometidas, como los de nosotros que no cometimos crímenes,
pero que no hicimos nada por impedir que Hungría llegara a tales
extremos, somos responsables en parte por la posición que Hungría tendrá
en la sociedad de las naciones, después de la Segunda Guerra Mundial,
cuando los hechos sean juzgados por el mundo entero. ¡Nostra culpa,!
¡Nuestra culpa! ¡Nostra máxima culpa!
* * *
Tuvimos en efecto algunas experiencias alarmantes en Cluj, y al meditar
ahora sobre ellas, me doy cuenta que debimos haberlas tomado como avisos
de lo que verdaderamente estaba pasando. La experiencia más
significativa ocurrió a principios del año de 1944. Un día, mi esposo
fue llamado a la Estación de La Policía de Seguridad, y sometido a
interrogatorio por la temida S.S. Fue acusado de boicotear el uso de
medicamentos e instrumentos médicos alemanes en su clínica.
Afortunadamente el doctor Lengyel pudo dar una satisfactoria explicación
y las S.S. lo dejó en libertad. Privadamente, estábamos de acuerdo que
el interrogatorio se debía a una denuncia. Ahora sabíamos que por las
informaciones obtenidas, el doctor Lengyel debía ser vigilado
constantemente por los alemanes. Representantes de la Compañía Bayer
Alemana, como averiguamos después, eran secretamente miembros de las S.S.
y de la "Quinta Columna", y tranquilamente se movían a través de
Transilvania, con objeto de aumentar sus ganancias, y a la vez hacer
propaganda para su país, Alemania. Habían tendido una amplia red de
espionaje, y un hombre que era propietario de un gran hospital y que no
simpatizaba con el Tercer Reich, presentaba un fácil blanco para sus
maquinaciones.
No recuerdo con exactitud los nombres de los representantes de la
Compañía Bayer. Generalmente visitaban a mi esposo o a sus ayudantes.
Pero recuerdo claramente a un hombre llamado doctor Capezius, alto,
fuerte, bien parecido, de cabello oscuro y finos modales. Él era un
húngaro de origen alemán que los húngaros llamaban "svab". Entonces no
podía imaginarme que pronto por mis propias experiencias iba a saber más
sobre el doctor Capezius y que otras ocupaciones tenía además de ser un
alto empleado de la Casa Bayer. Al mismo tiempo que trabajaba para la
Compañía Bayer, tenía un puesto importante en la maquinaria del Tercer
Reich. Era el director del depósito de productos farmacéuticos en
Auschwitz-Birkenau. Este nombramiento en el campo de exterminación más
grande de los alemanes, significaba que el doctor Capezius recibía y
distribuía las inyecciones de veneno para la práctica de la eutanasia,
así como el material que se usaba en los inhumanos experimentos que
practicaban en los prisioneros, y las aplicaciones del famoso gas Cyclon-B,
con el que mataban a millones y millones de personas en Auschwitz.
No pasó mucho tiempo después del primer interrogatorio que de nuevo el
doctor Lengyel fue llevado a la estación de la Policía. Aprovechando la
salida de mi esposo el doctor Osvath, me telefoneó citándome
urgentemente para hablar con él en la oficina de mi esposo. Lo encontré
sentado con mucha desfachatez en el escritorio de mi esposo. Sin
levantarse al entrar yo, apuntó con una mano a una silla que se
encontraba a un lado del escritorio. Pensando en mi esposo y en el lugar
que se encontraba, me preocupaba por qué me había llamado tan
urgentemente el doctor Osvath.
—¿Sabe usted la razón por la que el doctor Lengyel fue llamado a la
Policía Secreta? ¿Está en peligro? ¡No me oculte nada! —Le supliqué.
—No, no le ocultaré nada. El que su esposo se encuentre en peligro o no,
depende de usted —me dijo.
— ¡Oh, yo estoy dispuesta a hacer lo que sea con tal de que él regrese
sano y salvo! —Exclamé, sin tener la más remota idea de lo que este
hombre se proponía.
Entonces el doctor Osvath se dirigió a la doctora Charlotte Holder quien
era ayudante en jefe de cirugía en el hospital de mi esposo, que se
encontraba en el cuarto, y le pidió que saliera de la oficina. Al
quedarnos solos, se inclinó hacia adelante, apoyando ambos codos en el
escritorio, y con una voz leve como un susurro, cual si temiera que
alguien oyera lo que tenía que decirme, comenzó a hablar;
—Creo que no necesito decirle que desde la llegada de los alemanes a
Hungría el país ha sufrido cambios considerables. Por ejemplo, mi
posición actual es envidiable en la actualidad porque tengo muchos
amigos alemanes. Como usted sabe, yo soy de origen alemán, un "svab" ,
como ustedes los húngaros nos llaman. El Jefe de la Gestapo es mi íntimo
amigo. Él y sus compañeros cenan en mi casa casi a diario. Precisamente
ayer les ofrecí una fiesta. La cena consistió en lechón al horno,
chicken paprikas (pollo al pimentón), y como postre apfelstrudel.
Bebimos vino y champaña hasta las 4 de la mañana. Estas fiestas las
hacemos con frecuencia. ¡Yo soy un hermano de ellos! No hay nada que yo
deseara que no fuera cumplido en el acto. Bastaría una palabra mía y las
gentes desaparecerían sin dejar el más leve rastro.
—Pero, doctor Osvath, ¿qué tiene esto que ver con mi esposo? Perdone mi
impaciencia, no quiero ser mal educada, pero dígame, ¿sabe usted algo de
mi esposo? —Para entonces era tal mi inquietud, que me sentía
desesperada.
Al doctor Osvath no pareció gustarle que le hubiera interrumpido.
Cambiando el tono de su voz, me dijo:
—Puedo ver que está usted muy impaciente, así que despacharemos este
asunto con rapidez. Sucede que he averiguado que el doctor Lengyel está
en las oficinas de la Gestapo donde está registrado como enemigo del
"Tercer Reich", y mientras tanto, usted y yo debemos arreglar un asunto.
Usted debe firmarme estos documentos. —Y con esto me entregó unos
papeles escritos a máquina.
Con impaciencia, empecé a leer los papeles. Al irme enterando de su
contenido, mi asombro y disgusto iban creciendo Los documentos habían
sido redactados cuidadosamente por el abogado del doctor Osvath. En uno
de ellos se especificaba que nuestro hospital y nuestra casa le habían
sido rentados al doctor Osvath. En el otro, se especificaba que dichas
propiedades le habían sido vendidas. En el primer contrato se decía que
yo había recibido el equivalente a las rentas por adelantado, y en el
segundo se especificaba que yo ya había recibido el importe de dichas
ventas, en efectivo. Adjunto a los contratos venían sendos recibos en
los cuales especificaba yo haber recibido ya el importe de los mismos.
Sentí cómo la sangre me subía a la cabeza. De pronto recordé las
palabras del mayor alemán acerca de Osvath, que estuvo viviendo en mi
casa. Tuve que hacer uso de toda mi fuerza para dominar mi furia y mis
emociones.
—Doctor Osvath —empecé a decirle—, no encuentro las palabras apropiadas
para...
Pero el doctor Osvath me interrumpió:
—No hay necesidad de que usted diga nada, señora Lengyel, entiendo cómo
debe sentirse. Pero usted también debe hacerse cargo de mi situación. En
caso de una victoria alemana, no tengo preocupaciones por mi futuro, ya
que de acuerdo con la teoría nazi, si los alemanes convierten el
hospital del doctor Lengyel en hospital del Estado, yo seré su Director.
He trabajado duro toda mi vida, y he adquirido una buena práctica en la
medicina. Es verdad que todo esto se lo debo mayormente al doctor
Lengyel. Pero imagínese usted cuántos años tendría que trabajar para
llegar a tener un hospital o una casa como la suya. ¡Cuánto tendría que
luchar para llegar a reunir lo suficiente para comprar el instrumental
quirúrgico y los enseres! En circunstancias normales, probablemente
nunca podría llegar a tenerlo. Pero afortunadamente, pasamos por tiempos
anormales, y puedo aprovecharlos. ¡Ésta es la oportunidad de mi vida!
Con sólo usted firmar estos papeles, yo me convertiré en el propietario
de todo y lo podría probar en caso de una victoria aliada.
Diciendo lo anterior, colocó la pluma fuente junto a los papeles, frente
a mí, y en un tono malicioso añadió:
—¿No le parece que soy un hombre listo?
La escena que acababa de ocurrir, parecía parte de un drama barato
actuado por un pésimo actor. Las frases dichas por Osvath me sonaban
torpes y carentes de naturalidad.
Miré fijamente a Osvath, y dudé por un segundo, después, recobrando mi
compostura, le dije:
—La persona que me pida que firme estos contratos, ciertamente necesita
ser algo más que listo —le dije, acentuando la palabra "algo más".
Amenazándome con visible disgusto, me respondió:
—Le sugiero que no me ofenda.
—No estoy tratando de ofenderle, doctor, le estoy diciendo la verdad.
— ¡Firme esos contratos! —Me ordenó con la furia reflejada en el rostro.
—Se dará cuenta, doctor, que el firmar estos papeles es una
responsabilidad muy grande, que no puedo asumir yo sola, tengo que
esperar a que regrese mi esposo para poderlo hacer.
—Si no firma... —dijo sacando una Luger alemana de su bolsillo...
—Si no firmo, ¿qué? —le contesté, fingiendo una calma que no sentía.
—Si no firma... nunca volverá a ver a su esposo... porque usted se
suicidará aquí mismo, en esta oficina.
—Puede usted asesinarme, doctor Osvath, pero eso no le hará el
propietario del hospital o de mi casa. ¡Recuerde que no es usted mi
heredero!
Por la expresión de su cara, pude darme cuenta que comprendió
perfectamente el significado de mis palabras, y que no le convenía
matarme. En este preciso instante, se oyó el ulular de las sirenas que
anunciaban bombardeo, advirtiendo a las gentes que se refugiaran en los
sótanos. ¡Los aviones aliados volaban sobre la ciudad! pronto oímos los
pasos apresurados de las gentes corriendo por los corredores.
No pude reprimir una sonrisa plena de satisfacción. El ejército
libertador se acercaba cada vez más a Hungría, y estos ataques por aire
se repetían varias veces al día. Los aviones aliados volaban sobre el
país con frecuencia, bombardeando importantes puntos.
Con una poca de suerte, los libertadores se encontrarían en territorio
húngaro muy pronto... ¡Nada más necesitábamos un poco de suerte... y un
poco de tiempo...!
Osvath estaba visiblemente nervioso:
—Firme los contratos, y nos iremos a refugiar a los sótanos.
—No tengo miedo, doctor Osvath —le dije.
En realidad no podía haber sonado música más agradable a mis oídos, ni
el ataque podía haber sucedido en mejor momento. Y con verdadera calma,
le pregunté:
—¿Por qué necesita usted dos contratos, doctor Osvath? ¿No sería
suficiente que le firmara el que especifica que le he rentado el
hospital?
—¡No! He calculado cuidadosamente todas las eventualidades que pudieran
presentarse, y redactado ambos contratos junto con mi abogado. El futuro
decidirá cuál de los dos contratos servirá mejor a mis propósitos, si el
de la renta o el de la venta. Si los aliados ganan la guerra, alguno de
estos contratos probará que he operado dentro de la ley y no he cometido
nada delictuoso. ¡Y nadie podrá comprobar lo contrario!
—¿No se le ha ocurrido pensar, doctor Osvath, que en caso de una
victoria por parte de los aliados, yo tendría algo que declarar acerca
de la forma en que mi firma fue puesta al calce de estos contratos? ¡El
hecho de que existan dos contratos, es prueba suficiente contra usted!
—No habrá más que un contrato del que las autoridades tendrán
conocimiento a su tiempo. Y usted no tendrá oportunidad de hacer ninguna
declaración en contra mía, porque ninguno, absolutamente ninguno de
ustedes estará aquí presente.
Entonces comprendí que detrás de las aparentes francas explicaciones se
ocultaba un plan cruelmente calculado. El doctor Osvath tenía que haber
trabajado con los alemanes, ya que sabía que el doctor Lengyel, por ser
un enemigo del Tercer Reich estaba fichado en la Gestapo y por lo tanto,
no se podía escapar de sus garras. Calculaba que debido a esto el doctor
Lengyel y toda su familia sería eliminada, y lo que él quería era sacar
una ventaja personal de esta situación en caso de una victoria alemana o
de los aliados.
Esforzándome por librar a mi esposo de la Gestapo, le dije:
—Si mi esposo regresa, probablemente firme los contratos.
— ¡Es usted una necia! —me gritó Osvath con furia—. ¿No se da cuenta que
la vida de toda su familia está comprometida?
Después, con un violento movimiento levantó el teléfono y llamó al
cuartel general de la Gestapo pidiendo hablar con el jefe. Las
esperanzas que todavía tenía de que Osvath trataba de amedrentarme, se
esfumaron. Pronto, la voz del Director de la Gestapo se dejó oír al otro
lado de la línea.
—¿Está el doctor Lengyel ahí?... ¡Si no vuelvo a llamar dentro de cinco
minutos, por favor ejecuten sus planes! —Le dijo Osvath.
Comprendí entonces que me encontraba en una ratonera. Tenía que firmar
los contratos. ¡El poder de la "Geheime Staats-polizei", se igualaba
únicamente al de Hitler, Himmler, Heydrich, Müller y Eichmann! Ni
siquiera la Suprema Corte Alemana tenía el derecho de revocar sus
decisiones. Aquellos que eran arrestados por los "Camisas Negras", no
tenían derecho alguno, y podían considerarse condenados de antemano.
Si antes había tenido la sensación de encontrarme envuelta en un
remolino, ahora estaba segura que toda mi familia, junto conmigo se
encontraba completamente perdida en éste. ¡Habíamos sido sentenciados!
Tenía yo cinco minutos para tratar de salvar la vida de mi esposo. La
Gestapo tenía el poder de la vida o de la muerte, y Osvath era su
instrumento. Sin decir una sola palabra más tomé la pluma y firmé en
aquellos sitios en que Osvath me indicó. Con este simple gesto, tiré por
la borda todos nuestros ahorros, nuestro hospital, nuestra casa, en fin,
todos nuestros bienes. Con un pequeño trazo de la pluma dejé a mi
familia en la miseria. Nos habíamos convertido en mendigos, sin tener
nada que pudiéramos llamar nuestro en el mundo. El trabajo de
generaciones, producto del sudor de mis padres, de mi esposo y mío
propio, se había esfumado en sólo unos segundos. ..
Después que firmé los contratos, Osvath llamó al Jefe de la Gestapo y
además lo invitó a cenar "gulash" esa noche a su casa. Un plato de
"gulash" había sido el precio que Osvath pagó por nuestro hospital y
nuestra casa.
El episodio con Osvath debería habernos prevenido para lo que nos
esperaba. Sin embargo, no habíamos aquilatado qué tan sabiamente los
alemanes y sus colaboradores habían trazado sus planes. Con minuciosidad
tendían las trampas, pero esperaban cobrar una buena pieza por cada una
de ellas.
Al siguiente día, Osvath nos mandó llamar a mi esposo y a mí a la
oficina del doctor Lengyel, y que ahora le pertenecía. Con su
acostumbrado cinismo, nos ordenó que a partir de esa fecha, deberíamos
decir a todo el mundo que le habíamos vendido el hospital, y que ya
habíamos recibido el importe correspondiente. También nos dijo que si
oía alguna versión distinta al respecto, sabría que nadie más que
nosotros podríamos haberla originado, y que no necesitaba recordarnos
las consecuencias que sufriríamos por esto. Así que tuviéramos mucho
cuidado con lo que hablábamos. Igualmente, Osvath le ordenó a mi esposo
que le hiciera entrega de todas las llaves del hospital y de toda clase
de documentos y papeles relacionados con el mismo. Además le advirtió al
doctor Lengyel que no podría tomar una sola cosa del hospital, ni
siquiera una jeringa hipodérmica. En caso de que se contravinieran sus
órdenes, Osvath lo entregaría a las S.S. acusado de robo.
Miré con preocupación a mi marido. Las palabras vertidas por Osvath le
hicieron hervir la sangre, notándolo en las venas de sus sienes que cada
vez que se enojaba se le hinchaban. Me acerqué y le puse mi mano sobre
su brazo para calmarlo. Le hice prometerme antes de esta entrevista que
tenía que tomar con calma todo lo que Osvath hablara o hiciera.
Oyendo las amenazas de Osvath, llegué a pensar que no me encontraba bien
del oído. Todos los acontecimientos que tuvieron lugar en esos días, me
parecían parte de una horrible pesadilla, de la que esperaba que algún
día pudiéramos despertar. Desgraciadamente, era una cruel realidad.
Después, Osvath se volvió hacia mí y me ordenó que empacara
cuidadosamente todos los objetos de valor que poseíamos en nuestra casa.
Las pinturas, la plata, las estatuillas, las porcelanas, los floreros y
jarrones de cristal, las alfombras persas, las joyas y las pieles.
Absolutamente todo. Esto debía ser hecho en tres días. Nos dijo también
que iba ampliar el hospital, agregándole nuestra casa.
Después nos ordenó que fuéramos a casa de nuestro amigo, el doctor
Zoltán Vass, y les dijéramos a él y a su esposa Olly, quienes vivían en
una casa contigua al hospital, que dentro de dos semanas tenían que
desalojar su casa.
—¿Pero adonde va a vivir el doctor Vass con su familia? —pregunté con
indignación.
—No me importa en lo más mínimo dónde van a vivir ellos o ustedes o sus
familiares. Estoy seguro que no tendrán dificultad en encontrar alguna
vivienda en las afueras de la ciudad, donde habitan los gitanos
—respondió Osvath.
Nos disponíamos a salir del cuarto, cuando Osvath nos detuvo:
—Se me olvidaba, tienen dos días para sacar del hospital a esos
vejestorios. —Y nombró los números de los cuartos que ocupaban mi padre
y mi padrino.
—¡Uno de ellos es mi padre, y el otro fue profesor de usted en la
Universidad! Debería usted tener más respeto hacia ellos. —Le dije,
sintiéndome profundamente enojada.
—Ya le dije antes, señora Lengyel, que en estos días no hay lugar para
sentimentalismos. Solamente un tonto no sacaría ventajas de las
circunstancias. ¡Y como usted bien sabe, yo no soy un tonto!
Con la cara súbitamente enrojecida, el doctor Lengyel se acercó al
escritorio donde Osvath estaba sentado.
— ¡Doctor Osvath...! —empezó con voz amenazante. Antes que él pudiera
seguir, ya estaba yo a su lado recordándole que cualquier cosa que
hiciera o dijera a Osvath, destruiría a toda nuestra familia. Difícil
tarea la mía, de sacarlo del cuarto sin dejar que Osvath recibiese su
merecido. Pero vivíamos en tiempos difíciles, teníamos que actuar con
sobriedad y controlar nuestras emociones.
Ese mismo día tuve que desalojar mi oficina que ocupaba en el hospital.
Y cuando quise entrar a mi casa a través de la puerta que conectaba ésta
con la clínica, encontré que estaba cerrada. Poniendo un grueso candado,
Osvath había mandado condenarla.
De ahí en adelante, los hechos se sucedieron con vertiginosa rapidez,
hacia una dirección trágica. Osvath nos había dado sólo dos días de
plazo para sacar a mi padre y a mi padrino del hospital, y teníamos que
actuar con rapidez. Mi esposo llamó al profesor Hajnal para que nos
ayudara a decidir qué podíamos hacer acerca de mi padrino. Debido a su
condición física, necesitaba definitivamente cuidados que sólo le podían
ser prodigados en un hospital. El doctor Hajnal demostró ser un tipo
diferente de alumno al doctor Osvath, y tratando de ayudar,
generosamente nos ofreció se internara a mi padrino en su clínica.
Al día siguiente nos tocó a nosotros y al doctor Hajnal la difícil tarea
de comunicar a mi padrino la triste noticia de que tenía que ser llevado
a otra clínica. Como no queríamos que supiera los verdaderos motivos que
habían originado tal decisión, esto hacía nuestra tarea más difícil.
Cuando finalmente le contamos que teníamos que mudarlo, mi padrino nos
escuchó con asombro y se entristeció grandemente. Con un tono de amarga
decepción en la voz, nos preguntó:
—¿Están echándome fuera, queridos? Ustedes saben muy bien que yo ya no
viviré mucho tiempo...
Al oír esto, comprendimos que debíamos decirle toda la verdad, para no
herirlo tanto, y que quizás el conocimiento de esta verdad amarga le
haría menos daño que el pensar que mi esposo y yo teníamos otros motivos
para mudarlo de nuestra clínica. Entonces le contamos que su salida del
hospital obedecía a los deseos del doctor Osvath, y que cuanto
pertenecía a nosotros, el hospital, la casa, todo había pasado a manos
de éste por los papeles que yo le había firmado. La indignación y rabia
que mi padrino sintió hacia el ingrato Osvath era sin límites.
Empacar las pertenencias de mi padrino no nos tomó mucho tiempo. En su
pequeña maleta, colocamos cuatro pijamas, sus medicamentos y algunos de
su libros de medicina. Era un hombre que no creía en las posesiones
terrenales. Todo el dinero que tenía lo gastaba en libros, y en
medicamentos para la gente pobre. Se pasaba la vida estudiando.
Acostumbraba celebrar la noche del Año Nuevo rodeado de libros
científicos y materialmente devoraba las páginas de los mismos. En
ocasiones solía encerrarse en su biblioteca durante días enteros con el
objeto de leer y aprender cosas nuevas. Cuando un sacerdote, profesor,
rabino o una persona cualquiera de escasos recursos solicitaba su ayuda
desde una lejana aldea adonde no se podía conseguir un médico, él
viajaba a esos lugares, llevando consigo toda clase de medicinas,
permaneciendo al lado de sus pacientes durante semanas enteras, hasta
que éstos se encontraban recuperados. Haciéndolo sin cobrar nada por sus
servicios médicos.
Mi padrino no tenía sentido alguno de las finanzas, y acostumbraba usar
un taxi para transportarse a los lugares donde lo necesitaban, ocupando
el vehículo a veces durante tres o cuatro semanas. Cuando los choferes
le pasaban la cuenta, no compartían los sentimientos humanitarios de mi
padrino, dejándole casi sin un centavo. Durante algún tiempo contrató
los servicios del mismo taxi porque el chofer "comprendía" la misión de
los viajes de mi padrino, y le cobraba muy poco. Mi padrino nunca llegó
a saber que existía un arreglo entre mi esposo y el chofer, el cual
debía cobrar a mi padrino una suma moderada, y después venía a la
oficina de mi esposo por el resto de su cuenta.
Para ayudar a mi padrino en su labor, y para que viajara más cómodo, le
dimos un automóvil con asientos traseros convertibles en cama; también
le proporcionamos un chofer de confianza. En lugar de usar la cama para
él, desde largas distancias, mi padrino continuamente traía enfermos al
hospital que necesitaban urgente operación, y que eran transportados en
el asiento cama de su coche. Estos pacientes eran tan pobres, que a
menudo además de las operaciones y atención que se les prodigaba en el
hospital gratuitamente, teníamos que ayudarles económicamente a sus
familiares.
Mi esposo también gustaba de hacer obras de caridad. Nunca le oí decir
no a alguien que acudía en busca de ayuda. Nunca vio a sus pacientes
como un medio de ganar dinero. Tanto sus amigos como otros doctores y
empleados del hospital con frecuencia le decían que las gentes abusaban
de su bondad, pero él permanecía fiel a su teoría de que prefería que
abusaran de él, a negar un favor a quien lo necesitara. Nuestro hospital
fue construido y amueblado para ser un hospital de lujo, pero a veces me
pregunté si en realidad no era un paraíso de los pobres. Fue un
verdadero milagro que a pesar de mis dos "genios financieros", (mi
padrino y mi esposo), quienes nunca en sus vidas preguntaron cuáles eran
las ganancias del hospital, el "Sanatorio del doctor Lengyel" funcionó
siempre con mucho éxito.
Después que terminamos de empacar sus pocas pertenencias, mi padrino
quería hacernos ciertos encargos. Nos dio instrucciones de lo que
teníamos que hacer en caso de su muerte con su biblioteca, cuya fama
traspasaba las fronteras del país, así como lo que había que hacer con
otros objetos. Nos encargó me le dijéramos a su único hijo, quien se
encontraba estudiando en Inglaterra, que hasta los últimos momentos de
su vida, siempre lo recordaría con cariño.
Al día siguiente, el doctor Hajnal envió la ambulancia que se llevaría a
mi padrino. Cuando lo bajaron en el elevador y llegó al piso principal
del sanatorio, les pidió que aguardaran un momento. Con lágrimas en los
ojos dirigió la mirada a su alrededor, y después murmuró:
—Nunca volveré a ver el hospital, me es muy doloroso decirle adiós.
La ambulancia echó a andar. Cuando pasamos frente a nuestra casa, donde
mi padrino había convivido con nosotros, exhalando un suspiro, dijo:
—Por primera vez en mi vida, tenía un verdadero hogar, y tenía que
perderlo cuando más lo necesitaba. No soy sino un moribundo en busca de
un techo donde morir.
Esto era más de lo que yo podía resistir, no pude contenerme más, y
rompí en amargos sollozos. Mi esposo, que llevaba la mano de su antiguo
profesor entre las suyas, nos miró con gran tristeza. Le dolía
enormemente que no pudiéramos ofrecer al Profesor Elfer el calor y la
seguridad de un hogar en los últimos días de su vida.
Al llegar a la clínica, las monjas recibieron al profesor Elfer con el
regocijo que los niños reciben a su padre cuando éste regresa a casa
después de un largo viaje. Muchas de las monjas que ahí laboraban,
habían trabajado en la clínica con mi padrino años atrás y le habían
ayudado a la muy triste tarea de entregar la clínica y la Universidad
Húngara, de la cual el Profesor Elfer era rector en aquel tiempo, al
gobierno rumano, después del "Tratado de Paz de Trianón". Las monjas más
jóvenes, a quienes las más antiguas les habían hablado de la fama
legendaria de mi padrino, le observaban con mudo asombro. No sólo era
conocido como un médico excepcional y benefactor de los pobres, sino que
también tenía fama por su memoria extraordinaria y se le consideraba una
enciclopedia ambulante, por sus vastos conocimientos.
Después que lo instalamos en su cama, coloqué sus libros en un buró
cercano. Era tan difícil para nosotros dejarle ahí. Estaba acostumbrado
que siempre alguno de nosotros estuviera a su lado. Ahora, debido a la
distancia, y al toque de queda que impedía las salidas nocturnas,
sabíamos que no lo podríamos ver con mucha frecuencia. Antes de irnos
nos dijo que tenía un último favor que pedirnos, y que sería una tarea
difícil para nosotros.
—Queridos hijos míos —comenzó— quiero que me prometan que ambos estarán
a mi lado a la hora de mi muerte. Me haría muy feliz el tenerles cerca
en mis últimos momentos.
Con lágrimas en los ojos, accedimos a su petición. Y firmemente nos
propusimos, desde el fondo de nuestros corazones, cumplir esta promesa.
Cuando regresamos de la clínica de la Universidad, sin decirle a mi
esposo adonde iba, me dirigí a ver a Osvath para informarle que tanto mi
padre como mi padrino habían sido evacuados ya del hospital, y que
deseaba yo sacar los objetos que pertenecían a mi padrino, tales como su
instrumental médico, su equipo de Rayos X, su biblioteca y demás objetos
personales, en el plazo de una semana.
Osvath me miró fríamente y me dijo:
—Está visto, señora Lengyel, que todavía usted no entiende que
absolutamente todo lo que se encuentra dentro de este hospital me
pertenece. ¡Nada puede ser sacado de aquí! Y desde ahora mismo les
prohíbo que pongan los pies en este edificio. Dirigí una mirada de
despedida al hospital, la realización de un largo sueño de mi esposo, de
mis padres y mío. Un edificio construido a costa de muchos sacrificios
con todo nuestro cariño. Di mi último adiós al mobiliario que en largas
noches de desvelo yo misma diseñé. Ésta fue la última vez que estuve en
nuestro hospital.
* * *
Esa
misma noche tuvimos en Cluj el sonido de la alarma de bombardeo más
largo de los que habíamos experimentado. Los aliados bombardearon el
polvorín que estaba situado en la cima del cerro de Fellegvar, no lejos
del final de nuestro jardín. El ruido era tan fuerte que parecía que
nuestra propia casa estaba siendo bombardeada y esperábamos que se
derrumbara de un momento a otro. Sabíamos muy bien que las bombas de los
aliados caían por igual entre amigos o enemigos. De prisa vestimos a los
niños llenos de pánico, y a mi padre. Las explosiones ocurrían con mayor
frecuencia e intensidad a cada momento. De acuerdo con la ley, los
vecinos debían ser admitidos en el refugio antiaéreo de nuestro
hospital, así que fui al refugio a pedir que mis familiares y yo
fuéramos admitidos, golpeando con fuerza la puerta trasera del refugio.
Pero al dar mi nombre, la persona que me abrió me dijo que tenían
órdenes del doctor Osvath de no dejarnos entrar. Cuando regresé a
nuestra casa, a través del jardín, el bombardeo teñía al cielo de color
rojo vivo, alumbrando las cercanías, y el estruendo era tal que parecía
que me iban a estallar los oídos.
En la sala, con los niños en los brazos, rodeamos a mi padre, quien se
encontraba sentado en su sillón favorito entre las cajas preparadas para
Osvath. Durante toda la noche, en medio del ulular de las sirenas del
bombardeo y de la oscuridad, estuvo relatando cuentos a los niños con
objeto de mantenerlos calmados. Esto, que hubiera sido una tarea pesada
para cualquier persona sana, era más difícil todavía para él, que había
permanecido en cama durante meses seriamente enfermo.
Esa noche, no pude escuchar con atención los relatos de mi padre; estaba
pensando. Mi padre, quien había sido director de las minas de carbón en
Transilvania, era conocido como un hombre en extremo culto, con un gran
talento para escribir, cuya bondad sólo podía ser igualada por mi
padrino y por mi esposo, con quienes representaba el triunvirato de
benefactores. Ayudaba económicamente a numerosos amigos y parientes, y
su ayuda para los necesitados no conocía límites. Mi madre tenía fama de
ser la mejor esposa, la mejor madre y toda una dama. Era considerada
como una de las mujeres más hermosas, y de una gran calidad humana.
Siempre pensando en los suyos y en los que acudían a ella en busca de
ayuda. ¡Mis hijos eran tan pequeños e inocentes todavía...! El tiempo
pasaba y yo estaba pensando y pensando en nuestra suerte y el por qué
nos ocurrían todas estas cosas, pero no podía encontrar respuesta a esta
pregunta que me estaba consumiendo por dentro. No sabía yo las penas y
tribulaciones tan duras que tendríamos que sufrir y que nos esperaban en
el futuro.
Al tercer día, como nos había dicho, Osvath se presentó a recoger
nuestros valores. Todo había sido reunido y empacado en grandes cajas
siguiendo sus órdenes. Actuaba como si fuera realmente el propietario de
todo y nosotros tratáramos de robarle. Mirando en cada caja,
personalmente comprobó el contenido de las mismas. Después, recorrió
toda la casa, certificando que no hubiéramos dejado cuadros en las
paredes, objetos en las vitrinas o alfombras en el piso. Y al fin, las
cajas fueron sacadas de nuestra casa. Con dolor contemplamos su
contenido, objetos tan queridos para nosotros. Algunos de ellos habían
estado en posesión de mi familia por generaciones, y otros que habíamos
comprado para dar calor y encanto a nuestro hogar. Ahora se los
llevaban.. . Nuestra casa se veía vacía y desnuda.
¡Nosotros no podíamos hacer nada contra Osvath! Si lo denunciábamos a
los alemanes ellos le oirían solamente a él y nosotros sufriríamos las
consecuencias de haber denunciado a uno de ellos. El poder estaba en
manos de los alemanes y Osvath era su protegido.
Después que la última caja hubo salido, Osvath, refiriéndose a lo
ocurrido la noche anterior, nos dijo:
—Estos frecuentes bombardeos no tienen importancia, los aliados nunca
ganarán la guerra. Y si por un milagro los rusos vinieran, yo estoy
cubierto. Estoy preparando pruebas y testigos que demostrarán que en mi
juventud fui un ardiente comunista y que lo sigo siendo,
subrepticiamente, claro está. Soy un hombre que puede nadar con o contra
la corriente, y siempre permanezco en la superficie.
¡Qué verdad tan grande había dicho Osvath! Cuando los rusos liberaron
Transilvania, fue nombrado profesor de la Universidad en Marosvasarhely.
Una fría mañana de abril, a las 6, el timbre del teléfono nos despertó.
¡Era de la clínica! Una de las hermanas que había trabajado con el
profesor Elfer anteriormente, llamaba para darnos la mala noticia. Mi
padrino había muerto la noche anterior, a las dos. Nos estuvo llamando
hasta el último minuto de su vida.
—Oh, ¿por qué no nos llamó cuando estaba agonizando. .. ? ¿Por qué no lo
hizo, querida hermana? —le reproché amargamente—. Su última voluntad era
que nos encontráramos a su lado en los momentos finales de su vida...
—Has olvidado, hija mía, que hay un toque de queda y nadie puede andar
en las calles antes de las siete de la mañana —me dijo la hermana
tratando de calmarme.
—De todos modos habría acudido a su lado. . . nuestro lugar era junto a
él —insistí con desesperación.
—Precisamente porque sabía que habrían venido, no les llamé. Tu padrino
los quería muchísimo, y no deseaba que tú y tu esposo fuesen muertos en
la calle.
Nos vestimos con rapidez y a las 7 de la mañana estábamos camino de la
clínica. No encontrábamos un taxi o medio de transporte que nos llevara.
Sabíamos que mi padrino estaba muerto, y que nuestra prisa no le
ayudaría en nada, pero la pena tan grande de no haber estado a su lado
en su última hora nos impelía a correr.
Finalmente, llegamos al cuarto donde se encontraba el profesor Elfer en
la clínica. Mi padrino permanecía en su cama, con la cruz entre sus
manos, y con una leve y dolorosa sonrisa dibujada en los labios. Mi
esposo y yo nos sentamos en la cama, llorando en silencio larga y
desconsoladamente. Antes de salir del cuarto, el doctor Lengyel cortó un
mechón del blanco pelo de mi padrino. Este mechón de pelo era el único
recuerdo que nos quedaba de él.
La última vez que vi a mi padrino, se encontraba en su ataúd dentro de
la capilla del antiguo e histórico cementerio en la calle de Petófi,
bordeada a ambos lados de viejos árboles de acacia. Mi padrino estaba
vestido de negro, rodeado por hermosas coronas de flores, su último
homenaje. Cerca de él, en una caja negra de terciopelo se encontraban
sus condecoraciones, la Legión de Honor Francesa y otras de países
extranjeros, así como las del gobierno húngaro. Mi madre colocó cerca
del corazón de mi padrino un gran ramo de violetas que nosotros
personalmente habíamos cortado en nuestro jardín esa mañana. Eran sus
flores favoritas. Le miré largamente... ¡Cómo sufrió mi pobrecito
padrino durante toda su vida! ¡Qué pena! No haber cumplido el último
deseo de un gran hombre que siempre dedicó su vida a ayudar a otros y
nunca pensó en sí misino.
¡El hecho de que mi padrino fue lanzado de nuestro hospital durante los
últimos días de su vida, y que fue privado de su deseo de estar con
nosotros a la hora de su muerte, siempre pesaría sobre la conciencia de
Osvath! Mi corazón estaba lleno de tristeza.
Poco antes de salir de la capilla, la hermana Esther me dijo que había
visto a mi padrino el mismo día que murió. Estaba muy preocupado por
nuestro futuro e hizo que la hermana Esther le prometiera que ella y las
demás hermanas no nos abandonarían nunca. ¡La hermana me dijo que tanto
ella como las otras hermanas consideraban esta promesa como una sagrada
obligación!
El funeral del profesor Elfer se hizo de acuerdo con sus deseos. Fue tan
sencillo como su vida. No hubo discursos, solamente algunos de sus
amigos le dijeron adiós. Cuando mi madre, mi esposo y yo nos alejamos
del cementerio, sentimos que habíamos dejado una gran parte de nuestros
corazones, una gran parte de nosotros mismos sepultada en ese pequeño
pedazo de tierra que era la tumba de mi padrino. ¡Padrino querido,
descansa en paz!
* * *
A la gente le extrañó que hubiera yo mandado erigir un monumento en la
tumba de mi padrino 24 horas después de su entierro. ¿Cómo podía
explicarles que hacía tal cosa porque presentía algo fatal? Sabía muy
bien que el profesor Elfer no tenía a nadie más que nosotros para
cuidarle cuando estaba vivo, que no había quien le erigiera un monumento
después de su muerte. Quería dejar terminada la tumba de mi padrino para
cuando nosotros no estuviéramos aquí para cuidarla.
El profesor Elfer deseaba que se colocara una sencilla cruz a la
cabecera de su tumba. Traté de arreglar todo a la medida de sus deseos,
y en la forma que él lo merecía. Di órdenes para que su tumba fuera
cubierta completamente de mármol y que le fueran colocadas urnas a los
lados para poner flores. En la cabecera, fue puesta una cruz de mármol
negro con su nombre, y con la inscripción que fue el lema de su vida:
"¡Nihil sine Deo!" - "Nada Sin Dios".
Al ordenar el monumento, pagué la mitad y entregué a la hermana Esther
la otra mitad, y le pedí que cuando el trabajo estuviera terminado,
comprobara que éste había sido hecho de acuerdo con mis instrucciones.
¡Qué justificados resultaron mis presentimientos! Cuando el monumento
estuvo terminado algunas semanas después, nunca pudimos verlo, pues ya
nos encontrábamos en nuestra jornada hacia la muerte.
* * *
La situación en Cluj se hacía más y más tirante. Surgieron varias
epidemias y las enfermedades se extendieron amenazantes sobre la ciudad.
Las autoridades, alarmadas, tomaron medidas precautorias y dividieron la
ciudad en zonas. Un médico fue designado para cada zona como responsable
sanitario y al doctor Lengyel le encomendaron una de estas secciones.
Los médicos tenían que enviar los reportes sanitarios de sus zonas al
doctor Konczwald, médico en Jefe de la Policía, nombrado para este
puesto poco después de la ocupación alemana en Hungría.
Recuerdo, que la primera vez que oí mencionar el nombre del nuevo médico
en jefe de la policía, fue en la sala de preparación del hospital, donde
se reunían los doctores a hablar con el doctor Lengyel. Al oír este
nombre, me dirigí al doctor Dory, profesor auxiliar de la Universidad, y
le pregunté:
—Doctor Konczwald. . . doctor Konczwald. . . Éste no es un nombre
húngaro. ¿Es Konczwald alemán?
—Él habla húngaro perfectamente, pero tiene usted razón. Él es un "Svab"
—dijo el doctor Dory—, y debe haber hecho méritos con los alemanes para
haber sido nombrado en un puesto tan importante.
Cuando el doctor Lengyel fue nombrado médico responsable sanitario de
una zona, todavía vivíamos en nuestra casa, pero no olvidábamos que
Osvath era nuestro enemigo. Por algún tiempo, debido a ciertos detalles
nos dimos cuenta que nosotros y las personas que entraban a nuestra
casa, éramos vigilados por las S.S. Los alemanes sabían muy bien que se
estaba organizando la resistencia en Hungría y trataban de averiguar
quiénes eran las gentes conectadas con la misma, para capturarlas. Me
encontraba hondamente preocupada por la suerte de mi familia. Durante
largas noches y días buscaba cómo escapar de las garras de los alemanes.
Finalmente, llegué a la conclusión que no quedaban más que dos
soluciones: podríamos cruzar la frontera clandestinamente a Rumania,
donde la potente resistencia estaba ya lista para sacudirse el yugo
alemán, y unirse a las fuerzas aliadas, o buscar algún escondite.
El señor Cámpian, durante años proveedor de la leche que se consumía en
el hospital, era un paciente agradecido del doctor Lengyel. Vivía en una
granja que se encontraba a sólo una hora de distancia de nuestra casa,
alejada de ojos curiosos y rodeada de árboles y arbustos. Aunque Cámpian
era un hombre sencillo, tenía una gran inteligencia innata. Cuando se
dio cuenta que Osvath nos había quitado nuestro hospital, convencido que
Osvath deseaba eliminar al doctor Lengyel, preparó para nosotros un
sótano oculto bajo su casa. A menudo venía a la ciudad en su carreta
tirada por un caballo, sin atraer la atención de la gente, y nos rogaba
que nos refugiáramos en su granja. Decidí que había llegado el momento
de tomar alguna de las dos soluciones pensadas.
Durante el último mes, mi cuñada y sus tres hijas a quienes teníamos
gran cariño habían vivido con nosotros. Debido a los atropellos de los
soldados alemanes, no podía dejarlas vivir solas. Las jóvenes tenían 16,
18 y 20 años de edad. Eran lo suficientemente grandes para discutir la
situación con ellas. Cuando les expuse mi plan, me sorprendí, ante la
rotunda negativa que me dieron. Se rehusaron a cruzar la frontera, y
tampoco querían enterrarse en vida en el escondite de la granja donde no
podrían salir. Mi esposo y yo estábamos desesperados. Mientras más
argumentábamos, las chicas parecían estar más renuentes a seguirnos.
¿Qué podríamos hacer? Teníamos ante nosotros una responsabilidad muy
grande. No podíamos abandonar a estas mujeres a su destino. Discutimos
el asunto muchas veces, y llegamos a la conclusión que nos quedaríamos a
esperar resignadamente nuestro destino.
El almirante Horthy, Regente de Hungría, se dio cuenta gradualmente que
Alemania estaba perdiendo la guerra. Gentes prominentes que veían esta
situación se arriesgaron y se unieron a la resistencia contra los
alemanes.
Uno de los partidos más activos, era el Kisgazda Part. Algunos líderes
del partido eran amigos y pacientes agradecidos del doctor Lengyel, y
visitaban a mi esposo con frecuencia. Desgraciadamente, algunos de estos
grupos no pudieron escapar a la vigilancia alemana. Personas importantes
conectadas con las actividades antigermanas fueron hechas prisioneras.
Muchas de ellas fueron enviadas a los campos de concentración alemanes
de Matthausen y Bergen Belsen y otros.
En la mañana de un día fatal para nosotros, mi esposo fue citado a una
junta médica en la Estación de Policía. El citatorio había sido
redactado y firmado por el doctor Konczwald.
¿Una junta médica en la Estación de Policía?. . . ¡Qué extraño! ¿No se
trataría de una trampa? Pensaba yo en los terribles hombres de las S.S.
que estaban allí y un extraño presentimiento me llenó de terror. No
solamente yo, mi esposo también, presentía que algo malo iba a ocurrir.
—¿Qué debo hacer? —me preguntó mi esposo—. Si acudo al llamamiento y se
trata de una trampa, es probable que no vuelva jamás. Si queremos
escapar, tenemos que escondernos inmediatamente. Pero. . . ¿cómo podemos
localizar a Cámpian? No sabemos dónde buscarle. Para cruzar la frontera
tendríamos que haber organizado la escapatoria con anterioridad. Si no
me presento de inmediato como me ha sido ordenado, vendrán ellos a
buscarme. ¡No hay salvación posible! ¡Tengo que presentarme!
Mi esposo se despidió de los niños y de mí con un beso y se dirigió a la
puerta. Ahí se detuvo por un momento, indeciso, como si esperara que le
diera una solución. Yo estaba desesperada. La situación era demasiado
complicada para poder tomar una decisión rápida. Quizás no había razón
para temer nada, y efectivamente lo habían citado para una junta médica.
. . ¿Qué hacer?... yo no sabía qué debía aconsejarle.
Mi esposo debe haber percibido la tremenda lucha que sostenía dentro de
mí, y con una expresión comprensiva, emocionado, me dijo:
—Bien, creo que no podemos hacer nada, que el Señor nos proteja. —Y
salió, cerrando la puerta tras él.
Poco después que él salió, me torné recelosa, y empecé a hacer
investigaciones. Como si se tratara de una pesadilla, recibí la noticia
que mi esposo sería deportado para Alemania inmediatamente. Presa del
terror, seguí buscando información. Todo lo que pude saber fue que
saldría para Alemania por ferrocarril en pocas horas. ¿Qué podría hacer?
¿A quién podría acudir en busca de ayuda No había tiempo que perder.
Pensé en Osvath, él debía saber algo acerca de esto. Llamé a Osvath por
teléfono pero me dijeron que no estaba, y comprendí que no quería hablar
conmigo. Tomé un taxi y me dirigí a ver al médico en jefe de la policía.
Cuando hablé con el doctor Konczwald, me dijo que en realidad, el doctor
Lengyel sería enviado a Alemania. También me dijo que, como el doctor
Lengyel era un famoso cirujano, y en Alemania existía escasez de
médicos, seguramente le pondrían a trabajar en algún hospital
metropolitano o en alguna clínica. Le dije al doctor Konczwald que yo
quería reunirme con mi esposo, y le pregunté qué me sugería hacer con
mis hijos y con mis padres. Si él me aconsejaba llevarlos con nosotros.
Y me respondió:
— ¡Definitivamente, llévelos usted!
¿Qué ideas cruzaron por mi mente? En verdad, mi esposo era un famoso
cirujano. En verdad, yo sabía que había escasez de médicos en Alemania,
y lo que dijo el doctor Konczwald acerca de la suerte de mi esposo
sonaba lógico. Pregunté a las autoridades alemanes si me permitirían
acompañar a mi esposo. El oficial de las S.S. me dijo que no tenía
ningún inconveniente. Si yo deseaba ir, era bienvenida. En realidad, me
dijeron, no hay nada que temer. Y de mil maneras, me animaron y
convencieron que así lo hiciera.
Instantáneamente, tomé una decisión. Tendríamos que afrontar muchas
penalidades; la vida agradable que habíamos vivido podría no volver
jamás. Pero la separación sería peor. La guerra podía continuar por
meses, quizás por años, y tal vez en el torbellino de la misma, seríamos
separados el uno del otro para siempre. Pero al irnos juntos, por lo
menos compartiríamos el mismo destino. En el futuro, así como en el
pasado, mi lugar estaba al lado de mi esposo.
¡Qué fatal decisión acababa de tomar deliberadamente! Antes de tres
horas, me iba a convertir en la causante de la desgracia de mis padres y
de mis hijos.
Mis padres trataron de convencerme que nos quedáramos.
—Si tu esposo fuera llamado a filas, tú no podrías seguirle hasta el
frente— dijo mi padre con preocupación.
Insistí en mi decisión. Después de todo, el colega de mi esposo, doctor
Konczwald, así como los oficiales alemanes me habían asegurado que no
había nada que temer. ¿Cómo iba yo a imaginar adonde nos enviaban y que
sólo querían engañarnos?
No había tiempos para discusiones. Los minutos corrían velozmente y
tenía que alcanzar a mi esposo. Viendo que era inútil tratar de
disuadirme, mis padres, también, decidieron venir con nosotros. Por
supuesto, no podía dejar a mis hijos. Con suma rapidez, empaqué lo más
indispensable en una maleta, tomamos un taxi y fuimos al encuentro de mi
esposo. Se encontraba detenido en la cárcel municipal.
Nos acercábamos a la prisión, cuando de repente, me sentí muy inquieta.
Algo dentro de mí me advirtió que no debía llevar a mis padres y a mis
hijos a un destino desconocido, y también que debería evitar a toda
costa que mi esposo hiciera este viaje. Entonces me acordé de la hermana
Esther. La hermana Esther tenía una inteligencia excepcional. Todos los
problemas que surgían en la casa de las hermanas referentes a la Orden o
de otra índole, eran puestos en sus manos y ella siempre daba pruebas de
su eficiencia, resolviéndolos. Yo confiaba plenamente en su juicio y
estaba segura que ella podía ayudarnos y aconsejarnos.
¡Qué desesperada me sentí cuando me dijeron en la casa de las Hermanas
que la hermana Esther había ido a Oradea-Mare, una ciudad bastante
retirada de Cluj a arreglar ciertos asuntos importantes y que no
volvería hasta dentro de unos días!
Le pedí a una de las hermanas que rogara a la Madre Superiora que me
recibiera. Fui conducida a la oficina de la Madre Superiora y le conté
lo que nos pasaba. También le dije que regresaría a ver al doctor
Konczwald para tratar de impedir el viaje de mi esposo. Después de
escucharme, con amabilidad nos ofreció un cuarto.
Dejamos nuestras pertenencias en el cuarto y llamé a mi casa
preguntando, sin decir desde dónde hablaba, si había alguna noticia
sobre mi esposo. Me dijeron que no, pero que el Cámpian aguardaba con su
carreta afuera de la casa. Apenas había terminado mi llamada, cuando una
hermana entró y nos dijo que la Madre Superiora ya había hablado con la
señora Konczwald, a quien ella conocía, y que llegaría de un momento a
otro. Nos llenamos de regocijo y de esperanza. Pensábamos que la visita
de la señora Konczwald significaba que nos iba a prestar ayuda.
Probablemente se trataba de una mujer bondadosa que me ayudaría a
rescatar a mi esposo.
Pero cuando la señora Konczwald llegó, fue muy grande nuestra
desilusión. Pues no sólo se negó a hacer algo para tratar de libertar a
mi esposo, sino que insistió en que todos debíamos presentarnos
inmediatamente adonde se encontraba el doctor Lengyel. Traté de
explicarle que yo deseaba ardientemente reunirme con mi esposo, pero que
no quería arrastrar a mi familia a un futuro incierto, así que deseaba
avisarle a Cámpian que se llevara a mis padres y a mis hijos a su
granja. Pero la señora enérgicamente se rehusó a aceptar este plan,
insistiendo en que ella misma debía llevarnos a la prisión en un carro
que esperaba afuera.
¿Por qué la señora Konczwald disponía así del futuro de nuestras vidas?
¿Qué derecho le asignaba para hacerlo? Pero también, yo sabía que si me
negaba a obedecer sus órdenes, ella podría llamar a la Gestapo.
Le dije a una de las Hermanas que quería despedirme personalmente de la
Madre Superiora. Pero la hermana regresó y me dijo que la Madre
Superiora se excusaba, y no podía venir. Yo estoy segura que la Madre
Superiora obró de buena fe. ¡Pobre Madre Superiora! ¡Qué situación tan
difícil en la que ella se encontraba!
En silencio tomamos nuestro equipaje y nos dirigimos a la puerta de
salida. ¿Qué negro futuro había decidido para nosotros esta cruel mujer?
Camino de la prisión, le rogué a la señora Konczwald que dejara bajar
del carro a mi familia. Pero se rehusó terminantemente. Cuando llegamos
a la prisión, ella nos acompañó al edificio y ya dentro nos entregó.
En este crítico momento cuando debíamos enfrentarnos a lo desconocido,
traté de convencerla y le supliqué que por lo menos los niños deberían
ser salvados del viaje, y le rogué que los entregara a Cámpian. Pero
otra vez, ella se rehusó rotundamente a cumplir mi petición. La miré con
asombro al oír su respuesta, preguntándome cómo puede una mujer que
también tiene hijos desoír la súplica desesperada de una madre. ¿Sería
que carecía completamente de sentimientos?
Momentos después, estábamos ya detrás de las rejas que nos separaban de
la libertad. Antes que la señora Konczwald se retirara, le entregué un
sobre que contenía 5,000 pengos.
—Como puedo ver, nosotros ya no necesitaremos este dinero —le dije
esbozando una amarga sonrisa—. Entregúelo a la hermana Esther.
—Usaré este dinero para mandar decir misas por sus almas —dijo, tomando
el dinero de mi mano y guardándolo en su bolso. . .
—¿Mandar decir misas por nuestras almas?. . . ¿Qué significa esto?
Entonces me di cuenta que sabía desde el principio que tanto a mí como a
mi familia nos había enviado a una muerte segura, y que esto había sido
hecho en combinación con su esposo y con los alemanes. ¡Con qué frío
calculo habían planeado todo! La miré con gran desesperación y
resignadamente le dije:
—Usted puede mandar decir las misas, señora Konczwald, pero después de
lo que acaba de hacernos, mándelas decir también por su propia alma.
No nos pasó por las mentes la idea de la traición que estaban urdiendo
contra nosotros, hasta que nos vimos juntos en el andén de la estación
del ferrocarril. Nos enteramos entonces de que lo mismo les ocurrió a
multitud de vecinos y amigos, que estaban allí como nosotros. Muchos
otros hombres fueron detenidos de la misma manera, y a sus familias las
habían animado a que los acompañasen. Sin embargo, todavía no existía
motivo para demasiada alarma. Los alemanes hacían las cosas a
conciencia. Utilizaron para todos la misma técnica. ¿Por qué? Estábamos
desconcertados, perplejos y llenos de aprensión, pero no había nadie a
quién podérselo preguntar.
De pronto, caímos en la cuenta de que la estación estaba totalmente
rodeada por centenares de soldados. Alguien manifestó a voces su deseo
de volverse, pero la falange de sombríos centinelas lo hacía imposible.
Unos a otros nos agarramos las manos y tratamos de aparentar
indiferencia, por el bien de nuestros pequeños.
La escena adquirió caracteres de pesadilla. En las vías esperaba un tren
interminable. No estaba formado por coches para pasajeros, sino de
vagones para ganado, atestados de candidatos a la deportación. Nos
quedamos mirándolos. Se llamaban unos a otros con gritos estremecidos.
Los rótulos de los distintos vagones indicaban su punto de origen:
Hungría, Yugoslavia, Rumania. . . sólo Dios sabía desde dónde venían los
primeros contingentes de aquel tren.
Las protestas eran inútiles. Nos había llegado el turno. Los soldados
empezaron a acercársenos y a empujarnos. Se nos condujo como a ovejas,
obligándonos a subir a un vagón vacío, de ganado. Nuestro único interés,
de momento, era mantenernos juntos según nos iban empujando. Luego, la
única puerta del vagón se cerró detrás de nosotros. No recuerdo si
rompimos a llorar o a gritar. El tren empezaba a moverse.
Noventa y seis personas habían sido embutidas en nuestro vagón, y entre
ellas muchos niños que estaban casi aplastados entre el equipaje... el
miserable y escaso equipaje, que sólo contenía lo más precioso o lo más
útil. Noventa y seis hombres, mujeres y niños en un espacio donde sólo
cabían ocho caballos. Sin embargo, no era aquello lo peor.
Estábamos tan apretados que sólo la mitad de los que íbamos allí tenían
sitio para sentarse. Apretujados unos contra otros, mi marido, mi hijo
mayor y yo nos quedamos de pie para que pudiese sentarse mi padre. Hacía
muy poco, había sufrido una operación grave y necesitaba forzosamente
descansar.
Además, a medida que fue pasando la primera y la segunda hora, íbamos
cayendo en la cuenta de que los detalles más fundamentales de la
existencia se estaban poniendo extremadamente complicados. Ni hablar de
retretes o cosa parecida. Afortunadamente, muchas madres tuvieron la
precaución de llevar bacinicas para sus pequeños. Con una manta por
cortina, aislamos un rincón del vagón. Podíamos vaciarlas por la única
diminuta ventana que había, pero no disponíamos de agua con qué
limpiarlas. Pedimos ayuda, pero nadie nos contestó. El tren seguía
adelante. . . rumbo a lo desconocido.
Como el viaje iba prolongándose interminablemente y el vagón no cesaba
de saltar y traquetear, todas las fuerzas de la naturaleza se pusieron
de acuerdo contra los noventa y seis. Un sol abrasador socarraba las
paredes del vagón, hasta que el aire se hizo irrespirable. El interior
estaba casi totalmente a oscuras, porque la luz del día que se filtraba
por la ventanilla sólo iluminaba aquel rincón. Al cabo de cierto tiempo
decidimos que aquello era lo mejor. La escena se estaba poniendo cada
vez más repulsiva.
Los viajeros eran, en su mayor parte, personas de cultura y de posición
en nuestra comunidad. Muchos eran doctores judíos, o profesionistas
diversos, y miembros de sus familias. Al principio todos procuraron ser
corteses y tratar con atención y solicitud a los demás, a pesar del
terror común. Pero a medida que fueron deslizándose las horas, empezaron
a saltar los nervios. Pronto surgieron incidentes y, más tarde, hasta
reyertas graves. Así, poco a poco, la atmósfera fue envenenándose. Los
niños lloraban, los enfermos se quejaban, lamentábanse las personas
ancianas, y hasta los que, como yo, gozaban de perfecta salud, empezaron
a sentir las incomodidades.
El viaje estaba resultando increíblemente triste y lúgubre, y aunque
pudiera decirse otro tanto de cualquiera de los vagones que formaban
nuestro tren, y sin duda ninguna, los innumerables trenes procedentes de
todos los rincones de Europa —de Francia, Italia, Bélgica, Holanda,
Polonia, Ucrania, los países bálticos y los Balcanes, todos los cuales
caminaban hacia el mismo destino inhumano—, nosotros sólo conocíamos los
problemas que personalmente nos afectaban.
Pronto se hizo intolerable la situación. Hombres, mujeres y niños se
disputaban histéricamente cada pulgada cuadrada de terreno. Cuando cayó
la noche, perdimos todos la última idea de comportamiento humano, y el
escándalo subió de tono hasta que el vagón se convirtió en un verdadero
infierno.
Por fin, las mentes más serenas se impusieron, y se restableció una
aparente orden. Nos eligieron capitanes a cargo de la situación a un
médico y a mí. Nuestra tarea fue hercúlea: teníamos que mantener la
disciplina e higiene más elemental, atender a los enfermos, calmar a los
que estaban nerviosos y dominar a los que perdían los estribos. Y sobre
todo, nuestra obligación era mantener la moral del grupo, cometido
absolutamente imposible, porque nosotros mismos estábamos al borde de la
desesperación.
Había que resolver un sinnúmero de problemas prácticos. El alimenticio
era abrumador. Nuestros guardianes no nos habían dado nada, y las
menguadas provisiones que habíamos llevado por nuestra cuenta empezaron
a desaparecer. Era ya el tercer día. El corazón se me subió a la
garganta. ¡Ya habían pasado tres días! ¿Cuánto más nos quedaría todavía?
¿Y adonde íbamos? Lo peor de todo era que nos constaba que muchos de
nuestros compañeros habían escondido parte de sus bastimentos. Creían
ingenuamente que se los iba a poner a trabajar en cuanto llegásemos a
nuestro destino, y que iban a necesitar lo que llevaban para completar
las raciones regulares de rancho que les diesen.
Afortunadamente, nuestra desgracia disminuía nuestro apetito. Pero
observamos que la salud del grupo, en general, se estaba quebrantando
rápidamente. Los que ya venían débiles o tenían algún padecimiento
cuando comenzó nuestro sufrimiento, iban perdiendo fuerzas, como le
ocurría a los mismos elementos sanos.
En la ventanilla apareció la cabeza de un guardia especial de la S.S.,
amenazando con su pistola Luger:
— ¡Treinta relojes de pulsera, inmediatamente! Si no, pueden darse todos
por muertos!
Exigía su primera recaudación del "impuesto" alemán, y no teníamos más
remedio que reunir objetos suficientes para darle gusto. Así fue como mi
pequeño Thomas hubo de despedirse del reloj de pulsera que le habíamos
regalado después de haber salido triunfante de sus exámenes de tercer
grado en la escuela.
—¡Sus plumas fuentes y sus portafolios! Otro "impuesto".
—¡Vengan las joyas, y les traeremos un caldero de agua fresca!
Un caldero de agua para noventa y seis seres humanos, de los cuales
treinta eran niños pequeños. Aquello equivalía a unas cuantas gotas para
cada uno, pero iban a ser las primeras que probásemos en veinticuatro
horas.
—¡Agua, agua! —gemían los enfermos al ver que disminuía el contenido de
la cubeta.
Miré a Thomas, mi hijo más pequeño. Tenía los ojos clavados en el agua.
¡Qué resecos estaban sus labios! Se volvió y me miró a los ojos. Él
también se hacía cargo de lo precario de nuestra situación. Tragó saliva
y no pidió nada. No se le dio nada de beber, porque había muchos que
necesitaban las preciosas gotas más que él. Me hizo sufrir, pero también
me sentí orgullosa de su valor y energía.
Ahora teníamos más enfermos en nuestro vagón. Había dos torturados por
úlceras de estómago. Otros dos, atacados de erisipela. Muchos estaban
aquejados de disentería.
Tres niños yacían junto a la puerta. Parecían calenturientos. Uno de los
médicos los reconoció y dio en seguida un paso atrás. ¡Tenían
escarlatina!
Me pasó un escalofrío por la espalda. Con la escasez de espacio vital
que teníamos, todo nuestro grupo podría contraer la enfermedad.
Era imposible aislar a los pequeños. La única "cuarentena" que podíamos
establecer era hacer que los que estaban cerca de los infectados les
volviesen la espalda.
Al principio, todo el mundo procuró mantenerse apartado de los enfermos
para evitar el contagio, pero a medida que fueron pasando los días, nos
hicimos indiferentes al peligro.
El segundo día, uno de los comerciantes principales de Cluj padeció un
ataque al corazón. Su hijo, quien también era médico se arrodilló junto
a él. Sin medicinas, no podía hacer nada y no le quedaba más remedio que
observar cómo agonizaba su padre mientras el tren seguía traqueteando.
¡La muerte en el vagón! Una ráfaga de horror cruzó entre aquel rebaño de
seres humanos.
Llevado de su amor filial, el hijo empezó a murmurar el canto
tradicional de las exequias fúnebres, y muchos elevaron su voz para
acompañarlo.
En la primera estación se detuvo el tren. Se abrió la puerta y entró un
soldado de la Wehrmacht. El hijo del muerto gimió:
—Tenemos un cadáver entre nosotros. Se ha muerto mi padre.
—Pues quédense con su cadáver —replicó el otro brutalmente—. ¡Pronto
tendrán muchos más!
Nos indignó su indiferencia. Pero no tardamos mucho en tener, en efecto,
bastantes más cadáveres; y pasando el tiempo, también nosotros nos
hicimos insensibles hasta el extremo de que no nos importó.
—Por fin —suspiró un marido, cerrando los párpados de su adorada esposa,
que acababa de sucumbir.
— ¡Dios mío, cuánto tiempo nos lleva! —sollozó una madre, inclinándose
sobre su hijo de dieciocho años que agonizaba.
¿Era éste el quinto día, o el sexto de aquel viaje sin fin?
El vagón de ganado se había convertido en matadero. Más y más plegarias
fueron surgiendo por los muertos, en la atmósfera agobiante. Pero los
miembros de las S.S. no nos permitían enterrarlos ni retirarlos. No
teníamos más remedio que vivir con los cadáveres alrededor nuestro. Los
muertos, los enfermos contagiosos, los aquejados de enfermedades
orgánicas, los consumidos, los hambrientos y los locos, todos tenían que
viajar juntos en aquel infierno de madera.
Al séptimo día, mi amiga Olly intentó suicidarse envenenándose. Sus
hijos, dos niños adorables; sus ancianos padres, que llegaran a Cluj
como refugiados de Viena; y su marido, aún siendo médico, suplicaron al
doctor Lengyel que la salvase.
Lo primero que tenía que hacer era limpiar el estómago de la mujer. Para
ello era indispensable un tubo de goma. Afortunadamente, si se me
permite expresarme así, mi padre había usado, desde que lo operaron, un
aparato para orinar, que tenía un tubo de dicha materia. Para llevar
este tubo a la pobre Olly era literalmente necesario pasar por encima de
nuestros vecinos enfermos. Luego, mi marido tenía que administrarle el
tratamiento de un espacio reducido, sin los instrumentos necesarios y
sin luz. Pero el mayor problema era la escasez de agua.
En el fondo de unas cuantas cantimploras y botas, quedaban todavía
menguadas reservas del precioso líquido vital. Ninguno estaba dispuesto
a desprenderse de una gota. Se necesitó toda la autoridad de mi marido
para que le cediesen un poco.
Pese a todas estas dificultades, el tratamiento fue un éxito, y la mujer
se salvó. Provisionalmente, por lo menos. Porque al día siguiente,
moría.
De cuando en cuando, en el decurso de aquel viaje infernal, trataba de
olvidarme de la realidad, de los muertos, de los agonizantes, del hedor
y de los horrores. Me trepé a varias maletas y miré por la ventanilla.
Observé el panorama encantador de los Tatras, los bosques magníficos de
abetos, las verdes praderas, los pacíficos pastizales y las pintorescas
casitas. Todo
aquello se antojaba un paisaje para anunciar chocolates suizos. ¡Qué
irreal me pareció!
Dos veces al día, los guardianes pasaban su revista. Creíamos que
deberían observar con extremado rigor lo que pasaba, porque los
imaginábamos que tenían ficheros de todos y estaban en condiciones de
escudriñar los detalles más mínimos con la proverbial minuciosidad
alemana. Pero aquello no era más que otra ilusión que habríamos de
perder. Sólo estaban interesados en nosotros como grupo, y no les
importaban los individuos.
A veces, pasábamos por estaciones en que esperaban trenes militares y
hospitales. Los soldados tenían una moral entusiasta. No sé si estarían
ebrios de triunfo o exasperados por las derrotas, pero aquellas tropas,
lo mismo las de hombres sanos que las de heridos, no tenían más que
sonrisas burlonas para los pobres apestados, deportados en vagones de
ganado. Los insultos más crueles y soeces llegaban a nuestros oídos. Una
y otra vez me preguntaba si sería posible que aquellos hombres de
uniforme verde no tuviesen más emociones que las del odio y la
perversidad. Sea lo que fuere, el caso es que no fui testigo de la más
ligera manifestación de compasión o piedad.
Por fin, al terminar el séptimo día, el vagón de la muerte se detuvo.
Habíamos llegado. ¿Pero adonde? ¿Era aquello una ciudad? ¿Qué nos irían
a hacer ahora?
CAPÍTULO II
La Llegada
Cuando recuerdo hoy nuestra llegada al campo de concentración, se me
antojan los vagones de nuestro tren como otros tantos ataúdes. Era, en
realidad, un tren funeral. Los agentes de la S.S. y de la Gestapo eran
nuestros sepultureros; los oficiales que más tarde valoraron nuestras
"riquezas" eran nuestros herederos voraces e impacientes.
No podíamos experimentar más que un profundo sentimiento de alivio.
Cualquier cosa era mejor que aquella terrible incertidumbre. ¿Podría
haber algo más truculento que una cárcel sobre ruedas, con su lobreguez
abrumadora, con la fetidez de olores hediondos y con los gemidos y
lamentaciones que partían el alma?
Esperábamos ser sacados del vagón sin más demoras. Pero aquella
esperanza pronto resultó fallida. Teníamos que pasar todavía la octava
noche en el tren, apilados los vivos unos encima de otros para evitar el
contacto con los cadáveres en descomposición.
Nadie durmió aquella noche. La emoción de alivio que nos había embargado
cedió a otra de ansiedad, como si un sexto sentido nos advirtiese el
desastre que se cernía sobre nosotros.
A duras penas me fui abriendo paso entre la masa compacta de humanidad
animal para llegar a la ventanilla. Desde allí contemplé un espectáculo
macabro. Fuera teníamos un verdadero bosque de alambradas con púas, que
estaba iluminado a intervalos por reflectores poderosos.
Un inmenso sudario de luz cubría cuánto alcanzaba la vista. Era un
espectáculo que helaba a uno la sangre, pero que al mismo tiempo le daba
confianza. Aquel derroche escandaloso de electricidad indicaba
indudablemente que la civilización estaba cerca y que iban a terminar
las circunstancias que hasta entonces habíamos tenido que soportar.
Sin embargo, estaba muy lejos de comprender el significado auténtico de
aquello. ¿Qué nos tendría reservado el destino a nosotros? Hice las
conjeturas más razonables, pero mi imaginación se negaba a encontrar una
explicación lógica.
Por fin, volví adonde estaban mis padres, porque sentía una gran
necesidad de hablar con ellos.
—¿Pueden perdonarme, a pesar de todo? —murmuré, besándoles las manos.
—¿Perdonarte? —me preguntó mi madre con su ternura característica—. No
has hecho nada por lo que necesites perdón.
Pero sus ojos estaban arrasados de lágrimas. ¿Qué sospecharía ella en
aquella hora?
—Tú siempre has sido la mejor de las hijas —añadió mi padre.
—Acaso muramos nosotros —continuó diciendo suavemente mi madre—, pero tú
eres joven. Tienes fuerzas para luchar, y vivirás. Todavía puedes hacer
mucho para ti misma y para los demás.
Aquélla fue la última vez que los abracé.
Por fin, amaneció pálidamente el día. Al poco tiempo, un oficial, que
nos enteramos era el comandante del campo, vino a recibirnos bajo su
custodia. Estaba acompañado por un intérprete que, según se nos dijo más
tarde, hablaba nueve idiomas. La misión de éste, era traducir cada una
de las órdenes al idioma nativo de los deportados. Nos advirtió que
teníamos que observar la más estricta disciplina y cumplir todas las
órdenes sin discusión. Lo escuchamos. ¿Qué motivo teníamos para
sospechar que nos fuesen a hacer víctimas de peores tratos que los que
hasta entonces habíamos recibido?
En el andén, vimos un grupo uniformado con el traje a rayas de los
penados. Aquel espectáculo nos produjo una impresión dolorosa. ¿Nos
quedaríamos también nosotros tan macilentos y quebrantados como aquellas
pobres criaturas? Habían sido conducidos a la estación para hacerse
cargo de nuestros equipajes, o más bien, de lo que quedaba de ellos
después de haber recaudado sus "impuestos". Allí se nos desposeyó de
todo en absoluto.
Se oyó la orden seca y perentoria:
— ¡Salgan!
Las mujeres fueron colocadas a un lado y los hombres a otro, de cinco en
fondo.
Los
médicos debían situarse en un grupo separado con sus maletines
quirúrgicos. Aquello nos pareció más bien esperanzador. Si se
necesitaban doctores, quería decir que los enfermos recibirían atención
médica. Llegaron cuatro o cinco ambulancias. Se nos notificó que estaban
destinadas al transporte de los enfermos. Otro buen síntoma.
¿Cómo íbamos a sospechar que todo aquello no era más que una forma de
cubrir las apariencias para mantener el orden entre los deportados con
un mínimo de fuerza armada? De ninguna manera hubiésemos podido suponer
que las ambulancias iban a conducir a los enfermos directamente a las
cámaras de gas, de cuya existencia había yo dudado. . . ¡Y de allí a los
crematorios!
Apaciguados por aquellos indicios astutamente preparados, no opusimos
resistencia a que se nos despojase de nuestras pertenencias, y marchamos
dócilmente hacia los mataderos.
Mientras se nos reunía en el andén de la estación, los equipajes fueron
cargados por las criaturas vestidas como penados. Luego, fueron
retirados los cadáveres de los que habían perecido durante el viaje.
Después de varios días entre nosotros, algunos estaban horriblemente
hinchados y en distintas fases de descomposición. El hedor era tan
nauseabundo, que millares de moscas fueron atraídas hacia los muertos.
Se cebaban en los cadáveres y atacaban a los vivos, atormentándonos
incesantemente.
En cuanto salimos del vagón de ganado, mi madre, mis hijos y yo quedamos
separados de mi padre y de mi marido. Ahora estábamos formados en
columnas que se extendían hasta centenares de metros. El tren había
descargado de cuatro a cinco mil pasajeros, todos tan perplejos y
consternados como nosotros.
Después de distintas órdenes, fuimos desfilando ante treinta hombres de
las S.S., entre los cuales estaba el jefe del campo y otros oficiales.
Empezaron a escogernos, poniéndonos a unos a la derecha y a otros a la
izquierda. Aquélla fue la primera "selección" en la cual se separaron
los primeros que iban a ser sacrificados, para ser después enviados a
los crematorios, cosa que estábamos muy lejos; de soñar siquiera.
A los niños y a los viejos se les ordenaba automáticamente:
—¡A la izquierda!
Cuando se despedían, se oían gritos desesperados, llantos frenéticos y
voces de:
—¡Mamá, mamá!
Iban a repercutir siempre ya en mis oídos. Pero los guardianes de las
S.S. estaban dando muestras de que no tenían sentimientos de ningún
género. A los que intentaban resistirse, lo mismo viejos que jóvenes,
los golpeaban sin compasión; e inmediatamente reconstruían nuestras
columnas en los dos nuevos grupos, derecho e izquierdo, pero siempre de
cinco en fondo.
La única explicación que se nos dio, fue la de un oficial de las S.S.,
quien nos aseguró que los ancianos iban a quedar a cargo de los
pequeños. Yo lo creí, suponiendo, naturalmente, que los adultos capaces
serían destinados a trabajar y que los viejos y los niños quedarían
atendidos.
Nos llegó el turno. Mi madre, mis hijos y yo avanzamos hacia los
"seleccionadores". Entonces cometí mi segundo y terrible error. El
seleccionador hizo una seña a mi madre y a mí para que nos
incorporásemos al grupo de los adultos. Mandó a mi hijo más pequeño,
Thomas, con los niños y los ancianos, lo cual iba a equivaler a su
exterminación inmediata. Ante Arved, mi hijo mayor, se quedó indeciso.
El corazón me dio un vuelco. Aquel oficial, hombre corpulento, moreno y
con gafas, parecía estar haciendo lo posible por tomar una decisión
equitativa. Luego me enteré de que era el doctor Fritz Klein, el
"Seleccionador Jefe".
—Este muchacho debe tener más de doce años —me indicó.
—No —protesté.
La verdad era que Arved no había cumplido todavía los doce, y así podía
decirlo. Estaba muy crecido para su edad, pero yo quería ahorrarle los
trabajos que acaso resultasen para él demasiado duros.
—Está bien —asintió con gesto amistoso Klein—. ¡A la izquierda!
Yo había persuadido a mi madre de que debía seguir a los niños y
atenderlos aun cuando ella era joven, siendo abuela, era acreedora al
trato concedido a los ancianos, y alguien tenía que cuidar de Arved y
Thomas.
—A mi madre le gustaría quedarse con los pequeños —dije.
—Muy bien —accedió él nuevamente—. Todos ustedes van a estar en el mismo
campo.
—Y al cabo de unas cuantas semanas, todos volverán a reunirse —añadió
otro oficial, con una sonrisa—. ¡El siguiente!
¿Cómo iba yo a poder sospecharlo? Les había ahorrado los trabajos
forzados, pero había condenado a Arved y a mi madre a morir.
* * *
La carretera estaba bien reparada. Era a principios de mayo, y una brisa
fresca nos traía un olor peculiar y dulzón, muy parecido a la carne que
se quema, aunque no lo identificamos como tal. Aquel olor nos recibió a
nuestra llegada y permaneció para siempre entre nosotros.
El campamento ocupaba un vasto espacio de unos nueve y medio kilómetros
por cerca de trece, como comprobé más tarde. Estaba rodeado de postes de
cemento, de una altura de tres a cuatro metros y de un espesor de cerca
de cuarenta centímetros, plantados a intervalos de tres metros y medio
aproximadamente, con una doble red de alambradas entre sí. En cada poste
había una lámpara eléctrica, un enorme ojo brillante, enfocado sobre los
presos y jamás apagado. Dentro del inmenso recinto había muchos
campamentos, cada uno de los cuales estaba designado por una letra.
Los campos se hallaban separados por terraplenes de un metro. Encima de
ellos había tres hileras de alambradas con púas, cargadas de fluido
eléctrico.
Al entrar en los terrenos del campamento, y al pasar por los distintos
campos, distinguimos diversos edificios de madera. Las alambradas que
rodeaban estas estructuras nos parecieron jaulas. Encerradas en estas
jaulas había mujeres cubiertas con miserables harapos, con las cabezas
rapadas y los pies descalzos. Hablando en todos los idiomas de Europa,
imploraban un mendrugo de pan o un chal para cubrir su desnudez.
Oímos sus gritos penetrantes:
—¡También ustedes se acabarán, como tantas de nosotras!
—Pasarán frío y hambre como nosotras.
—¡Y serán golpeadas también!
De pronto, apareció en medio de aquel rebaño humano una mujer corpulenta
y bien vestida. Con un garrote macizo, soltaba golpes a diestra y
siniestra sobre las que se interponían en su camino.
No podíamos dar crédito a nuestros ojos. ¿Quiénes eran aquellas mujeres?
¿Qué crimen habían cometido? ¿Qué nos tendría destinada la suerte a
nosotras?Aquello era como una pesadilla. ¿No sería esto, pensábamos, el
patio de un manicomio? Quizás esa mujer fuese una loquera que apelaba al
último recurso... a la fuerza bruta.
—No hay duda —dije para mis adentros—, estas mujeres son anormales, y
por eso es por lo que están aisladas.
No me cabía en la cabeza, a pesar de todo, que se humillasen y
degradasen de aquella manera mujeres que estaban en su sano juicio y no
eran culpables de crimen alguno.
Pero, sobre todo, estaba muy lejos de imaginar que, en muy poco tiempo,
yo también iba a quedar reducida a aquella lamentable condición.
Después de esperar unas dos horas frente a un edificio de grandes
proporciones, aunque construido muy toscamente, nos quedamos
completamente heladas. Luego, un pelotón de soldados nos metió, a
empujones. Nos encontramos en el interior de una especie de hangar, de 8
a 10 metros de ancho por unos 30 de largo. A empellones, los guardianes
nos convirtieron, en un grupo tan compacto que era verdaderamente
doloroso tratar de moverse. Se cerraron las grandes puertas.
Unos veinte soldados, la mayor parte de los cuales estaban borrachos, se
quedaron dentro. Nos miraron despectivamente e hicieron a gritos
comentarios sarcásticos. Un oficial empezó a ladrar órdenes:
—¡Desnúdense! Dejen aquí toda su ropa. Dejen también sus papeles,
objetos de valor y equipos médicos; y fórmense en filas contra la pared.
Surgió un murmullo general de indignación. ¿Por qué habíamos de
desnudarnos?
—¡Silencio! ¡Si no quieren ser apaleadas hasta morir, cierren la boca!
Así vociferaba el oficial.
El intérprete fue traduciendo aquello a todos los idiomas.
—De ahora en adelante, no se olviden de que son prisioneras.
Las dos docenas de guardianes que tenían a su cargo la operación de
hacer que nos desnudásemos, empezaron su tarea.
En aquel momento, nuestras últimas dudas, las que pudieran quedarnos, se
desvanecieron. Comprendimos, por fin, que habíamos sido terriblemente
engañadas. Los equipajes que dejáramos en la estación quedaban perdidos
para siempre. Los alemanes nos habían despojado de todo, hasta de los
más insignificantes recuerdos que nos pudieran traer añoranzas de
nuestra vida pasada. A mí, la pérdida de las fotografías de mis seres
queridos me sumió en una profunda tristeza. Pero había comenzado la hora
de nuestra vergüenza y de nuestra desgracia. En cuanto principiamos a
quitarnos la ropa, nos sentimos asaltadas por las sensaciones más
extrañas. Muchas de nosotras éramos médicos o esposas de médicos, y nos
habíamos proveído de cápsulas de veneno, por si se ponían las cosas
peores. ¿Por qué? Porque habíamos vivido en una atmósfera de terror y
necesitábamos estar preparadas para cualquier emergencia. Aunque yo me
había sentido optimista cuando salimos, y abrigaba todavía esperanzas, y
también me había provisto de dicha arma de autodestrucción. ¡Siempre se
experimenta un consuelo al pensar en eso como último recurso, y al
sentirse amo de su vida o su muerte! Hasta cierto punto, esto representa
el valor último de la libertad. Al despojarnos de cuanto teníamos, los
alemanes nos estaban exigiendo también estos venenos.
En un momento, la doctora G., húngara, agarró su jeringa de morfina y,
ante la imposibilidad de ponerse a sí misma una inyección intravenosa,
se tragó el contenido de la ampolleta. Sin embargo, el veneno fue
absorbido por el conducto bucal y no obró el efecto deseado.
Un pensamiento me consumía y obsesionaba: ¿Cómo me las arreglaría para
esconder mi veneno? Se nos ordenó ir a los baños. Teníamos que pasar a
otra habitación, completamente desnudas a excepción de los zapatos, y
tener las manos abiertas mientras nos inspeccionaban.
La suerte me acompañó. Se nos ordenó quitarnos los zapatos, pero las que
los tenían muy viejos podían quedarse con ellos puestos; a los alemanes
no les interesaban los artículos sin valor. Yo llevaba botas, lo cual,
como estábamos al principio de la primavera, no interesó en absoluto a
los guardianes, sobre todo estando cubiertos de cieno y fango como
estaban. En un segundo logré esconder mi mayor tesoro, el veneno, en una
abertura del forro de mis botas.
— ¡Contra la pared! —gritaron los guardianes.
Entonces descargaron sus cachiporras sobre nuestros cuerpos desnudos,
como habíamos visto hacer a aquella mujer poco antes con las
desgraciadas internadas.
Algunas vecinas mías intentaron en su desesperación quedarse con sus
papeles. . . otras, hasta con sus libros de rezo o sus fotografías. Pero
los guardianes tenían ojos de águila. Las golpeaban con sus garrotes
terminados en conteras de hierro, o las tiraban del pelo tan brutalmente
que las pobres mujeres se contorsionaban y terminaban por desplomarse al
suelo.
— ¡Ya no van a necesitar ustedes documentos de identificación ni fotos!
—les gritaban burlonamente.
Me coloqué en mi fila, completamente desnuda, pero mi vergüenza estaba
superada por mi miedo. A los pies, tenía mis prendas de vestir, y encima
de ellas, las fotografías de mi familia. Contemplé una vez más los
rostros de mis seres queridos. Mis padres, mi marido y mis hijos
parecían sonreírme... me encorvé y metí aquellas imágenes queridas
dentro de mi chaqueta arrugada. No quería que ellos presenciasen mi
horrenda degradación.
En torno mío, continuaba la temerosa situación, los llantos y los
sollozos. En un momento de ira, encontré cierta satisfacción en
desgarrar mi blusa y mi vestido. Sería un gesto todo lo estúpido que se
quiera, pero no dejaba de consolarme saber que, por lo menos, mis
prendas de vestir no iban a poder ser usadas por aquellos repugnantes
"superhombres".
Se nos sometió a un reconocimiento a fondo, según la exactitud
característica de los nazis, a un examen oral, rectal y vaginal... lo
cual constituyó para nosotras otra horrible experiencia. Teníamos que
tendernos sobre una mesa, absolutamente desnudas, para dejarnos tantear
por ellos. Y todo, en presencia de soldados borrachos, que estaban
sentados alrededor de la mesa, haciendo muecas y sonrisas obscenas.
Cuando terminó el reconocimiento, se nos metió en una estancia contigua.
Allí tuvimos que esperar otro interminable periodo de tiempo, ante una
división sobre la que se veía el rótulo "Duchas". Tiritábamos de frío y
de oprobio. A pesar de nuestras tribulaciones y padecimientos, muchas
mujeres conservaban todavía la belleza de su rostro y de su cuerpo.
Una vez más, hubimos de desfilar ante una mesa a la que estaban sentados
soldados alemanes con expresión burlona. Se nos empujó a otra habitación
donde nos esperaban hombres y mujeres, armados de tijeras y maquinillas
para cortar el pelo. Nos iban a rapar y a depilar. El cabello cortado
era recogido en grandes sacos, indudablemente, para ser utilizado de
alguna manera. El pelo humano era una de las materias primas más
valiosas que necesitaba la industria alemana.
Hubo unas cuantas mujeres que tuvieron la suerte de que se las rapase
con máquinas rápidas. Eran envidiadas por las que tenían que someterse a
esa operación, pero con tijeras; por que nuestros peluqueros y
peluqueras apenas conocían el oficio. Y, además, tenían tanta prisa, que
marcaban en nuestros cráneos cortes y escaleras irregulares, como si se
complaciesen deliberadamente en dejarnos con una facha ridícula.
Mucho antes de que me llegase el turno, un oficial alemán me separó del
resto de mis compañeras.
—No cortes el pelo a ésta —ordenó al guardián.
El soldado me apartó y luego se olvidó de mí.
Procuré analizar qué significaba aquello. ¿Qué quería el oficial de mí?
Sentí miedo. ¿Por qué había de ser yo la única a quien no cortasen el
pelo? A lo mejor, me destinaban a un trato más fino. Pero no, de aquella
gentuza no podía una esperar misericordia, como no fuese a un precio
sucio. Yo no quería preferencia ninguna; mejor sería correr la suerte de
mis compañeras. Por eso desobedecí la orden y me metí otra vez en la
cola para que me rapasen.
De repente volvió a aparecer el oficial. Me miró el cráneo liso, se
enfureció y me abofeteó en la cara con toda su fuerza. Luego respondió
al guardián y le mandó que me propinase unos azotes con un látigo.
Aquélla fue la primera vez que me azotaron en el cuerpo. Cada golpe me
abría el corazón lo mismo que la carne. Éramos almas perdidas. Dios,
¿dónde estás?
Llegué a un estado tal de insensibilidad, que ya no me importaba el
garrote ni el látigo. Viví el resto de aquella escena casi como mera
espectadora, pensando únicamente en mis botas y en el veneno que en su
forro se escondía. Lo único que me mantenía en pie y vigorizaba mis
fuerzas desfallecidas era el pensamiento y la esperanza de que sería yo
quien pronunciase la última palabra.
* * *
Terminadas las "formalidades" del registro, se nos empujó como a un
rebaño a la estancia de duchas. Fuimos pasando en rueda bajo las
regaderas que nos mojaban con un hilo de agua caliente. En todo aquello
no empleábamos más que un minuto. Luego nos espolvorearon con
desinfectante la cabeza y las partes corrientes del cuerpo. No estábamos
secas todavía cuando nos hicieron pasar a la tercera habitación. Las
ventanas y puertas estaban abiertas de par en par, pero, debíamos tener
presente que nos hallábamos en su poder y que nuestras vidas no
significaban nada para nadie.
Allí fue donde recibimos nuestra ropa carcelaria. No encuentro palabras
para describir los extraños harapos que se nos entregaron como ropa
íntima. Nos preguntábamos qué podrían significar o para qué podrían
valer aquellas prendas interiores. No eran blancas ni tenían color
ninguno concreto; sólo eran guiñapos gastados de tela basta para quitar
el polvo y limpiar. Y ni aquello siquiera quedaba a todas. Sólo unas
cuantas favorecidas tuvieron el privilegio de llevar ropa íntima. La
mayoría hubieron de contentarse con ponerse el vestido sobre la piel. La
indumentaria sugería también una mascarada grotesca. Había unas cuantas
blusas del material a rayas destinado a los presos, pero el resto no
eran más que trapos que en otro tiempo pudieron haber pertenecido a
vestidos de vistosos colores, pero que ahora estaban convertidos en
guiñapos.
A nadie le importaba que estos harapos sentasen bien o mal a las
prisioneras. Había mujeres corpulentas y de gran busto que tenían que
llevar vestidos pequeños, demasiado cortos y demasiado estrechos, que no
les llegaban siquiera a las rodillas. En cambio, a las flacas, les
tocaban acaso trajes enormes que hasta tenían cola. Sin embargo, a pesar
de lo absurdo de aquella distribución, la mayor parte de las internadas
se negaban a cambiar sus "vestidos" con sus vecinas, aunque tuviesen
oportunidad de hacerlo. No había manera de convencerlas. Ni hablar
siquiera de botones, hilo, agujas y alfileres de seguridad.
Para poner el último toque degradante al estilo, los alemanes pintaban
una flecha roja de más de un decímetro de ancha y de medio metro de
largo en la espalda de cada vestido. Se nos marcaba como a parias.
A mí me cupo en suerte un equipo corriente. Constaba de uno de esos
vestidos de tul que fueron en su tiempo elegantes, desgarrado y
transparente, sin fondo. Con él se me entregaron unos pantalones de
hombre de tela rayada. El vestido estaba abierto por delante hasta el
ombligo y por detrás hasta las caderas.
Pese a lo trágico de nuestra situación, no pudimos contener la risa al
vernos unas a otras tan ridículamente engalanadas. Al poco tiempo, nos
costaba trabajo dominar el asco que nos inspiraban nuestras compañeras y
nosotras mismas.
Vestidas así, se nos llevó en filas frente al edificio de las duchas. De
nuevo, tuvimos que esperar horas y horas. A nadie se le permitía
menearse. El tiempo era frío. El cielo se estaba encapotando. Se
levantaba el viento. La ropa que nos habíamos puesto cuando todavía no
estábamos secas, se mojó. Aquella primera prueba de resistencia iba a
producir muchas víctimas.
Pronto habían de aparecer casos de pulmonía, otitis y meningitis, muchos
de los cuales iban a ser mortales.
A través de las prisioneras veteranas, nos enteramos de que estábamos a
unos sesenta y cinco kilómetros al Oeste de Cracovia. El lugar se
llamaba Birkenau, nombre que había recibido por estar cerca del bosque
de Birkenwald. Birkenau estaba a ocho kilómetros de la aldea y campo de
concentración de Auschwitz, o Oswiecim. El correo quedaba a cerca de
trece kilómetros, en Neuberun.
Por fin, nos llevaron en formación a otra parte. Pasamos por delante de
un bosque encantador, en cuyo lindero se levantaba un edificio de rojos
ladrillos. De la chimenea salían grandes llamaradas. Aquel olor extraño,
dulzón y mareante que nos recibiera a nuestra llegada, se intensificó
más poderosamente.
A lo largo de cerca de cien metros, había leños apilados contra las
paredes. Preguntamos a una de las guías, prisionera veterana, para qué
era aquel edificio.
—Es una "panadería" del campo —contestó.
Nos lo tragamos sin la menor sospecha. Si nos hubiese dicho la verdad
lisa y llana, no la habríamos creído. Aquella panadería, de la que
emanaba el olorcillo repugnante, era el crematorio, al cual iban a parar
por igual los pequeños, los viejos y los enfermos, y al que todas
nosotras estábamos destinadas a fin de cuentas.
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