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Ernest
Hemingway (1899-1961). Novelista estadounidense cuyo estilo se caracteriza por
los diálogos nítidos y lacónicos y por la descripción emocional sugerida.
Su vida y su obra ejercieron una gran influencia en los escritores
estadounidenses de la época. Muchas de sus obras están consideradas como
clásicos de la literatura en lengua inglesa. El modelo de novelista moderno que
encarna Hemingway descansa sobre su leyenda personal, en la que su obra y su
vida se confunden; leyenda que si bien no creó él mismo, sí alimentó sin
descanso.
Hemingway nació el 21 de julio de 1899 en Oak Park, un suburbio de Chicago, en
cuyo instituto estudió. Marcado por la relación conflictiva con su padre, que
fue médico y se suicidó en 1928 debido a una enfermedad incurable, Ernest
Hemingway se aficionó desde joven al deporte y la caza.
Su padre quería que Ernest fuera médico como él y su madre, Grace Hall, que
tenía aficiones artísticas, quería hacerlo músico y lo obligaba a practicar en
el violoncelo por largas horas, durante las cuales, por el solo hecho de
"permanecer sentado pensando", se desarrolló en él su vocación de escritor.
Al acabar sus estudios medios, en 1917, renunció a entrar en la universidad y
consiguió trabajo en el rotativo Kansas City Star.
Al implicarse Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial, Ernest Hemingway
quiso alistarse en el ejército, pero fue declarado inútil a causa de una antigua
herida en el ojo, por lo que hubo de conformarse con servir en la Cruz Roja. Fue
conductor de ambulancias en el frente italiano, donde resultó herido de gravedad
poco antes de cumplir diecinueve años.
De vuelta en su país (1919), Hemingway se casó con una amiga de infancia.
Después de la guerra fue corresponsal del Toronto Star hasta que se marchó a
vivir a París, donde los escritores exiliados Ezra Pound y Gertrude Stein le
animaron a escribir obras literarias. Hemingway le leía a Gertrude Stein todo
cuanto escribía. Ella fue la madrina de su primer libro y de su primer hijo,
John Hadley.
En 1927 regresó a Estados Unidos, donde se casó en segundas nupcias y en 1930
compró su casa en Cayo Hueso (Florida), que desde entonces sería su "base" y su
lugar de trabajo, pesca y descanso. También pasó temporadas en África.
Hemingway volvió a España, durante la Guerra Civil, como corresponsal de guerra,
cargo que también desempeñó en la II Guerra Mundial. Más tarde fue reportero del
primer Ejército de Estados Unidos. Aunque no era soldado, participó en varias
batallas. Después de la guerra, Hemingway se estableció en Cuba, cerca de La
Habana, y en 1958 en Ketchum, Idaho. Hemingway utilizó sus experiencias de
pescador, cazador y aficionado a las corridas de toros en sus obras. Su vida
aventurera le llevó varias veces a las puertas de la muerte: en la Guerra Civil
española cuando estallaron bombas en la habitación de su hotel, en la II Guerra
Mundial al chocar con un taxi durante los apagones de guerra, y en 1954 cuando
su avión se estrelló en África.
Murió en Ketchum el 2 de julio de 1961, disparándose un tiro con una escopeta.
Uno de los escritores más importantes entre las dos guerras mundiales, Hemingway
describe en sus primeros libros la vida de dos tipos de personas. Por un lado,
hombres y mujeres despojados por la II Guerra Mundial de su fe en los valores
morales en los que antes creían, y que viven despreciando todo de forma cínica
excepto sus propias necesidades afectivas. Y por otro, hombres de carácter
simple y emociones primitivas, como los boxeadores profesionales y los toreros,
de los que describe sus valientes y a menudo inútiles batallas contra las
circunstancias. Entre sus primeras obras se encuentran los libros de cuentos
Tres relatos y diez poemas (1923), su primer libro En nuestro tiempo (1924),
relatos que reflejan su juventud, Hombres sin mujeres (1927), libro que incluía
el cuento 'Los asesinos', notable por su descripción de una muerte inminente, y
El que gana no se lleva nada (1933), libro de relatos en los que describe las
desgracias de los europeos.
La novela que le dio la fama, Fiesta (1926), narra la historia de un grupo de
estadounidenses y británicos que vagan sin rumbo fijo por Francia y España,
miembros de la llamada generación perdida del periodo posterior a la I Guerra
Mundial. En 1929 publicó su segunda novela importante, Adiós a las armas,
conmovedora historia de un amor entre un oficial estadounidense del servicio de
ambulancias y una enfermera inglesa que se desarrolla en Italia durante la
guerra, basada en sus propias experiencias. Por su ritmo sostenido e inexorable,
su preocupación por la carne, la sangre y los nervios, más que por las
divagaciones del intelecto, Adiós a las armas es una de las más grandes novelas
del siglo. Su gran significación está en el impulso profundamente humano del
héroe de abandonar el campo de batalla para ir a reunirse con la mujer que ama.
Frente a un mundo que se desmorona, los amantes de Hemingway están siempre
instintivamente juntos. Sus escenas de amor son al parecer simples,
superficiales; están hechas de lo cotidiano, de una broma, un gesto en la noche,
y de una que otra pequeña e insignificante palabra, como "darling", que
encierra, en su intrascendencia, una intraducible ternura. Cuando la violencia
hace tambalearse al mundo que no ofrece al hombre ningún punto de apoyo, nada
sólido bajo sus pies, el amor es, para los héroes de Hemingway, el supremo
refugio, la única religión posible. La novela termina con la muerte de ella al
dar a luz.
Siguieron Muerte en la tarde (1932), verdadero tratado de tauromaquia, a la vez
que un himno apasionado en que celebra las bellezas del sangriento deporte
español, artículos sobre corridas de toros, y Las verdes colinas de Africa
(1935), escritos sobre caza mayor.
Hemingway había explorado temas como la impotencia y el fracaso, pero al final
de la década de 1930 empezó a poner de manifiesto su preocupación por los
problemas sociales. Tanto su novela Tener y no tener (1937) como su única obra
de teatro La quinta columna, publicada en La quinta columna y los primeros
cincuenta y nueve relatos (1938), condenan duramente las injusticias políticas y
económicas. Dos de sus mejores cuentos, 'La vida feliz de Francis Macomber' y
'Las nieves del Kilimanjaro', forman parte de este último libro.
Su presencia en España durante la guerra civil como corresponsal le inspiró una
de sus más relevantes novelas, Por quién doblan las campanas (1940), en la que
intenta demostrar que la pérdida de libertad en cualquier parte del mundo es
señal de que la libertad se encuentra en peligro en todas partes. Por el número
de ejemplares vendidos, esta novela fue su obra de más éxito. Durante la década
siguiente, sus únicos trabajos literarios fueron Hombres en guerra (1942), que
él editó, y la novela Al otro lado del río y entre los árboles (1950) marcó una
fase de cierto divorcio con el público, que enmendó unos años más tarde con una
novela corta, El viejo y el mar (1952), convincente y heroica sobre un viejo
pescador cubano, y que aspira a un profundo simbolismo a partir de personajes y
situaciones casi esquemáticos, y gracias a la que recuperó el favor de público y
crítica. Por esta novela ganó el Premio Pulitzer de Literatura en 1953.
Tras la Segunda Guerra Mundial, Ernest Hemingway prosiguió sus viajes, fuente
inagotable de material literario, por sus países preferidos: España y Cuba.
También frecuentó África, donde pudo dedicarse libremente a su segunda gran
pasión, la caza.
En 1954 Ernest Hemingway recibió el Premio Nobel de Literatura y, poco antes de
suicidarse de un escopetazo, redactó su testamento literario, París era una
fiesta (póstuma, 1964), que relata los recuerdos de sus primeros años en París,
en los que, según sus propias palabras, "éramos pobres y muy felices", su
encuentro con los miembros de la Generación perdida, que acabó capitaneando, y
sus primeros pasos en la literatura. Su última obra publicada en vida fue Poemas
completos (1960). Los libros que se publicaron póstumamente incluyen, además de
París era una fiesta, Enviado especial (1967), que reúne sus artículos y
reportajes periodísticos, Primeros artículos (1970), la novela del mar Islas en
el golfo (1970) y la inacabada El jardín del Edén (1986). Dejó sin publicar
3.000 páginas de manuscritos.
Recientemente ha aparecido otra novela póstuma, Al romper el alba, escrita en
1952 sobre sus experiencias en un safari en Kenia.
Si bien Ernest Hemingway debe su fama principalmente a la novela, sus primeros
escritos, que muchos críticos han coincidido en señalar como lo mejor de su
producción, son relatos breves; las narraciones de la serie dedicada a Nick
Adams constituyen un ciclo educativo único, de un volumen a otro, a pesar de su
aparente desorden. En ellos se encuentran todos los grandes temas que informan
su literatura posterior y se establecen sus rasgos más característicos: la
obsesión por la muerte, la voluntad de reconducir un mundo personal, imaginario,
consciente de sus propios límites y de su fragilidad, la evocación constante del
exilio y del viaje, y una cierta forma, precaria pero intensa, de épica moderna,
en esencia a través de la caza, el toreo y la guerra.
Hemingway constituye, junto a Faulkner, la figura más relevante de la literatura
estadounidense de la primera mitad del siglo XX y uno de los escritores
contemporáneos más influyentes e innovadores, tanto por su estilo seco y preciso
como por su capacidad para resumir en sus héroes su propia vida y las tensiones
morales de la década de 1920.
Escritor concienzudo, Hemingway siempre sostuvo que su talento fue obra de una
paciencia tenaz y de gran disciplina dentro de su innata indisciplina. Todas sus
obras fueron escritas varias veces y corregidas una y otra vez con supresión de
todo lo superfluo hasta lograr ese estilo peculiar que ha pasado a ser tan
característicamente suyo y tan profusamente imitado, un estilo obtenido a base
de una cuidadosa selección y omisión.
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EL VIEJO Y EL MAR
Ernest Hemingway
Título original: The Old Man and the Sea
Traducción: Lino Novas Calvo
Instituto Cubano del Libro
Editorial de Ediciones Especiales
La Habana, Diciembre 2002
PRÓLOGO
Cuando a mediados de los años cincuenta alguien trajo una revista Bohemia al
embarcadero de El Guincho con la traducción de The Old Man and the Sea, la
mayoría de los pescadores y tortugueros de la célebre cayería de Romano no
pudieron disfrutar de ese extraordinario relato, sencillamente no podían, no
sabían leer.
Sin embargo, Ernest Hemingway (Oak Park, Chicago, 1899-1961) ya era conocido en
aquellos parajes; se le recordaba cono el americano que, de Faro Maternillos a
Cayo Guillermo, a bordo de un yate, había estado persiguiendo submarinos
alemanes durante casi dos años.
Algo parecido había ocurrido en los alrededores de la esplendorosa Habana, donde
Hemingway constituía ya uno de los grandes mitos, y no precisamente por la
influencia que pudiera ejercer con su magnífica obra, sino por esa presencia
suya entre los cubanos.
En 1936, con menos de doscientas palabras, Hemingmay había publicado en la
revista Esquire On the blue water la anécdota del pez y el viejo en la
corriente. Era el relato que le hiciera Carlos Gutiérrez primer patrón del
Pilar, sobre un pescador de Cabañas.
Lo cierto es que, a pesar de todos los estudios que se han realizado, Hemingway
sigue siendo en algunos aspectos ese gran desconocido. Incluso, cuando se
publica El viejo y el mar, se desconocía que ese relato había sido desgajado de
un producto mayor, una obra que Hemingway había comenzado a escribir tan pronto
como concluyó la Segunda Guerra Mundial. Se trataba de una extensa novela que
tituló The Sea Book, una trilogía sobre el mar, el aire y la tierra, a la que
nunca le hizo la revisión final y y nunca publicó en vida.
Debieron transcurrir más de veinte años y diversas circunstancias, incluyendo su
muerte, para que una versión de esa novela viera la luz en 1970: Islands in the
Stream (Islas en el Golfo); sin dudas, corregida, mutilada, tal vez castrada,
algo que nunca llegará a conocerse realmente. The Sea Book era una novela
esperada por millones de lectores en el mundo entero, pero Hemingway la echó a
un lado, la sepultó y creó así uno de los grandes misterios de la literatura
contemporánea.
Es la época en que muere su preciado editor: Max Perkins; y en que tratan de
involucrarlo en conspiraciones contra el tirano Trujillo; por lo que acosado y
perseguido (y asaltada Finca Vigía en 1947 por un pelotón del ejército
procedente del Campamento Militar de Colombia), se ve obligado a huir de Cuba,
para refugiarse durante largos meses en los escenarios de Adiós a las armas.
Es a su regreso a la Habana, en 1949, que decide utilizar ciertos elementos de
la novela The Sea Book, para escribir A través del río y entre los árboles,
publicada en 1950; pero esta novela, por lo menos para la crítica especializada,
resultó un fracaso.
Es entonces que, con unas veintiocho mil palabras, Hemingway se dedica a
encarnar una de las más bellas, míticas y fascinantes páginas de la lieratura:
el relato de un viejo pescador de la zona de Cojimar, en lucha permanente
vigorosa, tenaz para arrebatarle a la Corriente del Golfo una de sus más
espléndidas criaturas, sin imaginar que con la muerte del gran pez está en el
umbral de la derrota.
Con la aparición de El viejo y el mar, en el otoño de 1952, este libro se
convierte con rapidez en uno de los más afamados relatos de la literatura
norteamericana. Había aparecido primero en la revista Life, el 10 de septiembre
y una semana más tarde la editorial Scribner's de Nueva York lo publica en forma
de libro. Esto promueve de inmediato toda su obra anterior.
Por El viejo y el mar, en 1953, Hemingway recibe el Premio Pulitzer, y
finalmente, en octubre de 1954, por toda su obra, el Nobel de Literatura.
Por esos días se atrinchera en Finca Vigía y se niega a recibir a la prensa. Es
en una breve entrevista concedida a la televisión cubana, en la que declara que
quien ha ganado el Nobel es "un cubano sato". Luego entregaría la medalla del
Premio Nobel a la Virgen de la Caridad del Cobre, en el Santuario de Santiago de
Cuba.
El viejo y el mar es una pieza magistral, llena de encanto y poesía, tiema y
ruda a la vez: un pez, el mar, un viejo y un muchacho, en los escenarios de
Cojímar, con la sencillez de un texto clásico, genuinamente cubano, entre
sínbolos y míticas reflexiones, que escribió cuando ya llevaba casi veinte años
de contacto con espacios marinos de la cultura cubana, entre pescadores y
navegantes; y, además, empleados, buscavidas, dependientes, limpiabotas,
taxistas y boxeadores.
Este relato, y por lo menos otras dos novelas suyas están vinculadas a las
aristas más preciadas de la literatura cubana. A cincuenta años de su
publicación, el mito del más universal de los escritores norteamericanos en Cuba
alcanza una renovada fuerza y esplendor.
Sin dudas, Hemingway es un autor inagotable. Un escritor que vivió y trabajó en
nuestra Isla durante largas años, primero en el Hotel Ambos Mundos, en la zona
más bulliciosa de La Habana Vieja, y después en las afueras de la capital
cubana, sobre una de lar colinas de San Francisco de Paula. Un autor que sigue
siendo uno de los grandes artífices del lenguaje y de la creación literaria. El
maestro del iceberg; el que de manera genial recreó historias, mitos y
rememoraciones: uno de los autores que más ha influido en la literatura del
siglo XX.
Enrique Cirules, La Habana, diciembre de 2001
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EL VIEJO Y EL MAR
A Charles Scribrer y Max Perkins
Era un viejo que pescaba solo en un bote en la corriente del Golfo y hacía
ochenta y cuatro días que no cogía un pez. En los primeros cuarenta días había
tenido consigo a un muchacho. Pero después de cuarenta días sin haber pescado,
los padres del muchacho le habían dicho que el viejo estaba definitiva y
rematadamente salao lo cual era la peor forma de la mala suerte; y por orden de
sus padres, el muchacho había salido en otro bote, que cogió tres buenos peces
la primera semana. Entristecía al muchacho ver al viejo regresar todos los días
con su bote vacío, y siempre bajaba a ayudarle a cargar los rollos de sedal o el
bichero y el arpón y la vela arrollada al mástil. La vela estaba remendada con
sacos de harina y, arrollada, parecía una bandera en permanente derrota.
El viejo era flaco y desgarbado, con arrugas profundas en la parte posterior del
cuello. Las pardas manchas del benigno cáncer de la piel que el sol produce con
sus reflejos en el mar tropical, estaban en sus mejillas. Estas pecas corrían
por los lados de su cara hasta bastante abajo, y sus manos tenían las hondas
cicatrices que causa la manipulación de las cuerdas cuando sujetan los grandes
peces. Pero ninguna de estas cicatrices era reciente. Eran tan viejas como las
erosiones de un árido desierto.
Todo en él era viejo, salvo sus ojos; y éstos tenían el color mismo del mar y
eran alegres e invictos.
-Santiago -le dijo el muchacho trepando por la orilla desde donde quedaba varado
el bote-. Yo podría volver con usted. Hemos hecho algún dinero.
El viejo había enseñado al muchacho a pescar, y el muchacho le tenía cariño.
-No -dijo el viejo-. Tú sales en un bote que tiene buena suerte. Sigue con
ellos.
-Pero recuerde que una vez llevaba ochenta y siete días sin pescar nada y luego
cogimos peces grandes todos los días durante tres semanas.
-Lo recuerdo -dijo el viejo-, y yo sé que no me dejaste porque hubieses perdido
la esperanza.
-Fue papá quien me obligó. Soy un chiquillo y tengo que obedecerlo.
-Lo sé -dijo el viejo-. Es completamente normal.
-Papá no tiene mucha fe.
-No. Pero nosotros, sí, ¿verdad?
-Si-dijo el muchacho-. ¿Me permite brindarle una cerveza en La Terraza? Luego
llevaremos las cosas a casa.
-¿Por qué no? -dijo el viejo-. Entre pescadores.
Se sentaron en La Terraza. Muchos de los pescadores se reían del viejo, pero él
no se molestaba. Otros, entre los más viejos, lo miraban y se ponían tristes.
Pero no lo manifestaban y se referían cortésmente a la corriente y a las
hondonadas donde habían tendido sus sedales, al continuo buen tiempo y a los
que habían visto. Los pescadores que aquel día habían tenido éxito habían
llegado y habían limpiado sus agujas y las llevaban tendidas sobre dos tablas
-dos hombres tambaleándose al extremo de cada tabla- a la pescadería, donde
esperaban a que el camión del hielo las llevara al mercado, a La Habana. Los que
habían pescado tiburones los habían llevado a la factoría de tiburones al otro
lado de la ensenada, donde eran izados en aparejos de polea; les sacaban los
hígados, les cortaban las aletas y los desollaban y cortaban su carne en trozos
para salarla.
Cuando el viento soplaba del este, el hedor se extendía a través del puerto,
procedente de la fábrica tiburonera; pero hoy no se notaba más que un débil tufo
porque el viento había vuelto al norte y luego había dejado de soplar. Era
agradable estar allí, al sol, en La Terraza.
-Santiago, -dijo el muchacho.
-¿Qué? -respondió el viejo. Con el vaso en la mano pensaba en las cosas de hacía
muchos años.
-¿Puedo ir a buscarle sardinas para mañana?
-No. Ve a jugar al béisbol. Todavía puedo remar, y Rogelio tirará la atarraya.
-Me gustaría ir. Si no puedo pescar con usted, me gustaría servirlo de alguna
manera.
-Me has pagado una cerveza -dijo el viejo-. Ya eres un hombre.
-¿Que edad tenía yo cuando usted me llevó por primera vez en un bote?
-Cinco años. Y por poco pierdes la vida cuando subí aquel pez demasiado vivo que
estuvo a punto de destrozar el bote. ¿Te acuerdas?
-Recuerdo cómo brincaba y pegaba coletazos, y que el banco se rompía, y el ruido
de los garrotazos. Recuerdo que usted me arrojó a la proa, donde estaban los
sedales mojados y enrollados. Y recuerdo que todo el bote se estremecía, y el
estrépito que usted armaba dándole garrotazos como si talara un árbol, y el
pegajoso olor a sangre que me envolvía.
-¿Lo recuerdas realmente o es que yo te lo he contado?
-Lo recuerdo todo, desde la primera vez que salimos juntos.
El viejo lo miró con sus amorosos y confiados ojos quemados por el sol.
-Si fueras hijo mío, me arriesgaría a llevarte -dijo-. Pero tú eres de tu padre
y de tu madre, y trabajas en un bote que tiene suerte.
-¿Puedo ir a buscarle las sardinas? También sé dónde conseguir cuatro carnadas.
-Tengo las mías, que me han sobrado de hoy. Las puse en sal en la caja.
-Déjeme traerle cuatro cebos frescos.
-Uno -dijo el viejo. Su fe y su esperanza no le habían fallado nunca. Pero ahora
empezaban a revigorizarse como cuando se levanta la brisa.
-Dos -dijo el muchacho.
-Dos -aceptó el viejo-. ¿No los has robado?
-Lo hubiera hecho -dijo el muchacho-. Pero éstos los compré.
-Gracias -dijo el viejo. Era demasiado simple para preguntarse cuándo había
alcanzado la humildad. Pero sabía que la había alcanzado y sabía que no era
vergonzoso y que no comportaba pérdida del orgullo verdadero.
-Con esta brisa ligera, mañana va a hacer buen día dijo.
-¿A dónde piensa ir? -le preguntó el muchacho.
-Saldré lejos para regresar cuando cambie el viento. Quiero estar fuera antes
que sea de día.
-Voy a hacer que mi patrón salga lejos a trabajar -dijo el muchacho-. Si usted
engancha algo realmente grande, podremos ayudarle.
-A tu patrón no le gusta salir demasiado lejos.
-No -dijo el muchacho-, pero yo veré algo que él no podrá ver: un ave
trabajando, por ejemplo. Así haré que salga siguiendo a los dorados.
-¿Tan mala tiene la vista?
-Está casi ciego.
-Es extraño-dijo el viejo-. Jamás ha ido a la pesca de tortugas. Eso es lo que
mata los ojos.
-Pero usted ha ido a la pesca de tortugas durante varios años, por la costa de
los Mosquitos, y tiene buena vista.
-Yo soy un viejo extraño.
-Pero, ¿ahora se siente bastante fuerte como para un pez realmente grande?
-Creo que sí. Y hay muchos trucos.
-Vamos a llevar las cosas a casa -dijo el muchacho-. Luego cogeré la atarraya y
me iré a buscar las sardinas.
Hemingway nunca quiso dejar su casa en Cuba (EFE, 09/03/07) LA HABANA - La periodista Valerie Hemingway, que fue secretaria del célebre escritor estadounidense Ernest Hemingway hasta su muerte, reveló ayer que cuando el autor de El viejo y el mar se fue de Cuba, en 1961, "realmente esperaba regresar" porque en la isla "estaban su casa, sus amigos, sus animales y su barco". Valerie Hemingway, de origen irlandés, se encuentra en Cuba con el propósito de realizar una nota periodística sobre la isla y visitar Finca Vigía, que fue la casa del escritor durante más de 21 años y donde ella trabajó con él y aprendió periodismo durante una estancia de seis meses, en 1960. Tras su primera visita a Cuba en 1928, Ernest Hemingway pasó largas temporadas en la isla, donde mantuvo su casa hasta que se suicidó, en Idaho (EE.UU.), en julio de 1961, disparándose un escopetazo. La periodista ofreció anteayer la conferencia "¿Qué aprendí de Hemingway para convertirme en periodista?" en el Instituto Internacional de Periodismo José Martí, de La Habana. "Su casa estaba aquí y él quería estar aquí, pero las circunstancias cambiaron y a los norteamericanos no se les permitía regresar a Cuba, y creo que eso aumentó su depresión", señaló la periodista, que saltó a la fama cuando hace poco publicó Running with the Bulls , un libro de memorias en el que narra su tiempo junto a la extravagante familia del Nobel y en particular junto al hijo médico del escritor, Gregory, que fue su esposo. Consejos "Escribe sólo de lo que conozcas, concéntrate en lo que sabes", rememoró la mujer a la hora de recordar los consejos que le dio su mentor cuando ella tenía 20 años y él ya era un autor consagrado. Ser exactos, chequear una y otra vez los hechos, observar con detenimiento y mantener la curiosidad, le aconsejó además. Valerie y Hemingway se conocieron en 1959, en España. Entonces, ella trataba de entrevistarlo y el escritor le ofreció un trabajo mecanografiando originales y respondiendo cartas. La periodista viajó a Cuba por primera vez el 25 de enero de 1960 y luego volvió a la isla tras la muerte del novelista, en 1961, acompañando a la viuda del escritor, Mary Welsh, para cumplir la última voluntad de Hemingway de donar Finca Vigía al gobierno cubano. La casa, situada en la localidad de San Francisco de Paula, al sudeste de La Habana, fue convertida en 1962 en un museo que conserva una colección de más de 22.000 objetos personales de Hemingway, entre fotos, trofeos de caza, documentos, implementos deportivos, armas, libros, su barco El Pilar y el diploma del Premio Nobel de Literatura, que recibió en 1954. |
Recogieron el aparejo del bote. El viejo se echó el mástil al hombro y el
muchacho cargó la caja de madera de los enrollados sedales pardos de apretada
malla, el bichero y el arpón con su mango. La caja de las carnadas estaba bajo
la popa, junto a la porra que usaba para rematar a los peces grandes cuando los
arrimaba al bote. Nadie sería capaz de robarle nada al viejo; pero era mejor
llevar la vela y los sedales gruesos, puesto que el rolo los dañaba, y aunque
estaba seguro de que ninguno de la localidad le robaría nada, el viejo pensaba
que el arpón y el bichero eran tentaciones, y que no había por qué dejarlos en
el bote.
Marcharon juntos camino arriba hasta la cabaña del viejo y entraron; la puerta
estaba abierta. El viejo inclinó el mástil con su vela arrollada contra la pared
y el muchacho puso la caja y el resto del aparejo junto a él. El mástil era casi
tan largo como la habitación única de la choza. Esta última estaba hecha de las
recias pencas de la palma real que llaman guano, y había una cama, una mesa, una
silla y un lugar en el piso de tierra para cocinar con carbón. En las paredes,
de pardas, aplastadas y superpuestas hojas de guano de resistente fibra, había
una imagen en colores del Sagrado Corazón de Jesús y otra de la Virgen del
Cobre. Estas eran reliquias de su esposa. En otro tiempo había habido una
desvaída foto de su esposa en la pared, pero la había quitado porque le hacía
sentirse demasiado solo el verla, y ahora estaba en el estante del rincón, bajo
su camisa limpia.
-¿Qué tiene para comer? -preguntó el muchacho.
-Una cazuela de arroz amarillo con pescado. ¿Quieres un poco?
-No. Comeré en casa. ¿Quiere que le encienda la candela?
-No. Yo la encenderé luego. O quizás coma el arroz frío.
-¿Puedo llevarme la atarraya?
-Desde luego.
No había ninguna atarraya. El muchacho recordaba que la habían vendido. Pero
todos los días pasaban por esta ficción. No había ninguna cazuela de arroz
amarillo con pescado, y el muchacho lo sabía igualmente.
-El ochenta y cinco es un número de suerte -dijo el viejo-. ¿Qué te parece si me
vieras volver con un pez que, en canal, pesara más de mil libras?
-Voy a coger la atarraya y saldré a pescar las sardinas. ¿Se quedará sentado al
sol, a la puerta?
-Sí. Tengo ahí el periódico de ayer y voy a leer los resultados de los partidos
de béisbol.
El muchacho se preguntó si el "periódico de ayer" no sería también una ficción.
Pero el viejo lo sacó de debajo de la cama.
-Perico me lo dio en la bodega -explicó.
-Volveré cuando haya cogido las sardinas. Guardaré las suyas junto con las mías
en el hielo y por la mañana nos las repartiremos. Cuando yo vuelva, me contará
lo del béisbol.
-Los Yankees de Nueva York no pueden perder.
-Pero yo les tengo miedo a los Indios de Cleveland.
-Ten fe en los Yankees de Nueva York, hijo, piensa en el gran DiMaggio.
-Les tengo miedo a los Tigres de Detroit y a los Indios de Cleveland.
-Ten cuidado, no vayas a tenerles miedo también a los Rojos de Cincinnatti y a
los White Sox de Chicago.
-Usted estudia eso y me lo cuenta cuando vuelva.
-¿Crees que debiéramos comprar unos billetes de la lotería que terminen en un
ochenta y cinco? Mañana hace el día ochenta y cinco.
-Podemos hacerlo -dijo el muchacho-. Pero, ¿qué me dice de su gran récord, el
ochenta y siete?
-No podría suceder dos veces. ¿Crees que puedas encontrar un ochenta y cinco?
-Puedo pedirlo.
-Un billete entero. Eso hace dos pesos y medio. ¿Quién podría prestárnoslos?
-Eso es fácil. Yo siempre encuentro quien me preste dos pesos y medio.
-Creo que yo también. Pero trato de no pediir prestado. Primero pides prestado;
luego pides limosna.
-Abríguese, viejo -dijo el muchacho-. Recuerde que estamos en septiembre.
-El mes en que vienen los grandes peces -dijo el viejo-. En mayo cualquiera es
pescador.
-Ahora voy por las sardinas -dijo el muchacho.
Cuando volvió el muchacho, el viejo estaba dormido en la silla. El sol se estaba
poniendo. El muchacho cogió de la cama la frazada del viejo y se la echó sobre
los hombros. Eran unos hombros extraños, todavía poderosos, aunque muy viejos, y
el cuello era también fuerte todavía, y las arrugas no se veían tanto cuando el
viejo estaba dormido y con la cabeza derribada hacia adelante. Su camisa había
sido remendada tantas veces, que estaba como la vela; y los remiendos,
descoloridos por el sol, eran de varios tonos. La cabeza del hombre era, sin
embargo, muy vieja y con sus ojos cerrados no había vida en su rostro. El
periódico yacía sobre sus rodillas y el peso de sus brazos lo sujetaba allí
contra la brisa del atardecer. Estaba descalzo.
El muchacho lo dejó allí, y cuando volvió, el viejo estaba todavía dormido.
-Despierte, viejo -dijo el muchacho, y puso su mano en una de las rodillas de
éste.
El viejo abrió los ojos y por un momento fue como si regresara de muy lejos.
Luego sonrió.
-¿Qué traes? -preguntó.
-La comida -dijo el muchacho-. Vamos a comer.
-No tengo mucha hambre.
-Vamos, venga a comer. No puede pescar sin comer.
-Habrá que hacerlo -dijo el viejo, levantándose y cogiendo el periódico y
doblándolo. Luego empezó a doblar la frazada.
-No se quite la frazada -dijo el muchacho-. Mientras yo viva, usted no saldrá a
pescar sin comer.
-Entonces vive mucho tiempo, y cuídate -dijo el viejo-. ¿Qué vamos a comer?
-Frijoles negros con arroz, plátanos fritos y un poco de asado.
El muchacho lo había traído de La Terraza en una cantina. Traía en el bolsillo
dos juegos de cubiertos, cada uno envuelto en una servilleta de papel.
-¿Quién te ha dado esto?
-Martín. El dueño.
-Tengo que darle las gracias.
-Ya yo se las he dado -dijo el muchacho-. No tiene que dárselas usted.
-Le daré la ventrecha de un gran pescado -dijo el viejo-. ¿Ha hecho esto por
nosotros más de una vez?
-Creo que si.
-Entonces tendré que darle más que la ventrecha. Es muy considerado con
nosotros.
-Mandó dos cervezas.
-Me gusta más la cerveza en lata.
-Lo sé. Pero ésta es en botella. Cerveza Hatuey. Y yo devuelvo las botellas.
-Muy amable de tu parte -dijo el viejo-. ¿Comemos?
-Es lo que yo proponía -le dijo el muchacho. No he querido abrir la cantina
hasta que estuviera usted listo.
-Ya estoy listo -dijo el viejo-. Sólo necesitaba tiempo para lavarme.
"¿Dónde se lava?", pensó el muchacho. El pozo del pueblo estaba a dos cuadras de
distancia, camino abajo. "Debí de haberle traído agua -pensó el muchacho-, y
jabón, y una buena toalla. ¿Por qué seré tan desconsiderado? Tengo que
conseguirle otra camisa y un yáquet para el invierno, y alguna clase de zapatos,
y otra frazada."
-Tu asado es excelente -dijo el viejo.
-Hábleme de béisbol -le pidió el muchacho.
-En la Liga Americana, como te dije, los Yankees- dijo el viejo muy contento.
-Hoy perdieron -le dijo el muchacho.
-Eso no significa nada. El gran DiMaggio vuelve a ser lo que era.
-Tienen otros hombres en el equipo.
-Naturalmente. Pero con él la cosa es diferente. En la otra liga, entre el
Brooklyn y el Filadelfia, tengo que quedarme con el Brooklyn.
Pero luego pienso en Dick Sisler y en aquellos lineazos suyos en el viejo
parque.
-Nunca hubo nada como ellos. Jamás he visto a nadie mandar la pelota tan lejos.
-¿Recuerdas cuando venía a La Terraza? Yo quería llevarlo a pescar, pero era
demasiado tímido para proponérselo. Luego te pedí a ti que se lo propusieras, y
tú eras también demasiado tímido.
-Lo sé. Fue un gran error. Pudo haber ido con nosotros. Luego eso nos hubiera
quedado para toda la vida.
-Me hubiese gustado llevar a pescar al gran DiMaggio -dijo el viejo-. Dicen que
su padre era pescador. Quizás fuese tan pobre como nosotros y comprendiera.
-El padre del gran Sisler no fue nunca pobre, y jugó en las Grandes Ligas cuando
tenía mi edad. -Cuando yo tenía tu edad me hallaba de marinero en un velero de
altura que iba al África, y he visto leones en las playas al atardecer.
-Lo sé. Usted me lo ha contado.
-¿Hablamos de África o de béisbol?
-Mejor de béisbol -dijo el muchacho-. Hábleme del gran John J. McGraw.
-A veces, en los viejos tiempos, solía venir también a La Terraza. Pero era rudo
y bocón, y difícil cuando estaba bebido. No sólo pensaba en la pelota, sino
también en los caballos. Por lo menos llevaba listas de caballos constantemente
en el bolsillo y con frecuencia pronunciaba nombres de caballos por teléfono.
-Era un gran director -dijo el muchacho-. Mi padre cree que era el más grande.
¿Quién es realmente mejor director: Luque o Mike González?
-Creo que son iguales.
-El mejor pescador es usted.
-No. Conozco otros mejores.
-Qué va -dijo el muchacho- Hay muchos buenos pescadores y algunos grandes
pescadores. Pero como usted, ninguno.
-Gracias. Me haces feliz. Ojalá no se presente un pez tan grande que nos haga
quedar mal.
-No existe tal pez, si está usted tan fuerte como dice.
-Quizá no esté tan fuerte como creo -dijo el viejo-. Pero conozco muchos trucos,
y tengo voluntad.
-Ahora debiera ir a acostarse para estar descansado por la mañana. Yo llevaré
otra vez las cosas a La Terraza.
-Entonces buenas noches. Te despertaré por la mañana.
-Usted es mi despertador -dijo el muchacho.
-La edad es mi despenador -dijo el viejo-. ¿Por qué los viejos se despertarán
tan temprano? ¿Será para tener un día más largo?
-No lo sé -dijo el muchacho-. Lo único que sé es que los jovencitos duermen
profundamente y hasta tarde.
-Lo recuerdo -dijo el viejo-. Té despertaré temprano.
-No me gusta que el patrón me despierte. Es como si yo fuera inferior.
-Comprendo.
-Que duerma bien, viejo.
El muchacho salió. Habían comido sin luz en la mesa, y el viejo se quitó el
pantalón y se fue a la cama a oscuras. Enrolló el pantalón para hacer una
almohada, y puso luego el periódico dentro. Se envolvió en la frazada y durmió
sobre los otros periódicos viejos que cubrían los muelles de la cama.
Se quedó dormido enseguida y soñó con África, en la época en que era muchacho, y
con las largas playas doradas y las playas blancas, tan blancas que lastimaban
los ojos, y los altos promontorios y las grandes montañas pardas. Vivía entonces
todas las noches a lo largo de aquella costa y en sus sueños sentía el rugido
de las olas contra la rompiente y veía venir a través de ellas los botes de los
nativos. Sentía el olor a brea y estopa de la cubierta mientras dormía, y sentía
el olor de África que la brisa de tierra traía por la mañana.
Generalmente, cuando olía la brisa de tierra, despertaba y se vestía, y se iba a
despertar al muchacho. Pero esta noche el olor de la brisa de tierra vino muy
temprano y él sabía que era demasiado temprano en su sueño, y siguió soñando
para ver los blancos picos de las islas que se levantaban del mar. Y luego
soñaba con los diferentes puertos y fondeaderos de las Islas Canarias.
No soñaba ya con tormentas, ni con mujeres, ni con grandes acontecimientos, ni
con grandes peces, ni con peleas, ni con competiciones de fuerza, ni con su
esposa. Sólo soñaba ya con lugares, y con los leones en la playa. Jugaban como
gatitos a la luz del crepúsculo y él les tenía cariño lo mismo que al muchacho.
No soñaba jamás con el muchacho. Simplemente despertaba, miraba por la puerta
abierta a la luna y desenrollaba su pantalón y se lo ponía. Orinaba junto a la
choza y luego subía al camino a despertar al muchacho. Temblaba por el frío de
la mañana. Pero sabía que temblando se calentaría y que pronto estaría remando.
La puerta de la casa donde vivía el muchacho no estaba cerrada con llave; la
abrió calladamente y entró descalzo. El muchacho estaba dormido en un catre en
el primer cuarto, y el viejo podía verlo claramente a la luz de la luna
moribunda. Le cogió con suavidad un pie y lo apretó hasta que el muchacho
despertó y se volvió y lo miró. El viejo le hizo una seña con la cabeza y el
muchacho cogió su pantalón de la silla junto a la cama y, sentándose en ella, se
lo puso.
El viejo salió afuera, y el muchacho vino tras él. Estaba soñoliento y el viejo
le echó el brazo sobre los hombros y dijo:
-Lo siento.
-Qué va -dijo el muchacho-. Es lo que debe hacer un hombre.
Marcharon camino abajo hasta la cabaña del viejo; y a todo lo largo del camino,
en la oscuridad, se veían hombres descalzos portando los mástiles de sus botes.
Cuando llegaron a la choza del viejo, el muchacho cogió de la cesta los rollos
del sedal, el arpón y el bichero; y el viejo llevó el mástil con la vela
arrollada al hombro.
-¿Quiere usted café? -preguntó el muchacho.
-Pondremos el aparejo en el bote y luego tomaremos un poco.
Tomaron café en latas de leche condensada en un puesto que abría temprano y
servía a los pescadores.
-¿Qué tal ha dormido, viejo? -preguntó el muchacho. Ahora estaba despertando
aunque todavía le era difícil dejar su sueño.
-Muy bien, Manolín -dijo el viejo-. Hoy me siento confiado.
-Lo mismo yo -dijo el muchacho-. Ahora voy a buscar sus sardinas y las mías y
sus carnadas frescas. El dueño trae él mismo el aparejo. No quiere nunca que
nadie lleve nada.
-Somos diferentes -dijo el viejo-. Yo te dejaba llevar las cosas cuando tenías
cinco años.
-Lo sé -dijo el muchacho-. Vuelvo enseguida. Tome otro café. Aquí tenemos
crédito.
Salió, descalzo, por las rocas de coral hasta la nevera donde se guardaban las
carnadas.
El viejo tomó lentamente su café. Era lo único que bebería en todo el día, y
sabía que debía tomarlo. Hacía mucho tiempo que le mortificaba comer, y jamás
llevaba un almuerzo. Tenía una botella de agua en la proa del bote, y eso era lo
único que necesitaba para todo el día.
El muchacho estaba de regreso con las sardinas y las dos carnadas envueltas en
un periódico, y bajaron por la vereda hasta el bote, sintiendo la arena con
piedrecitas debajo de los pies, y levantaron el bote y lo empujaron al agua.
-Buena suerte, viejo.
-Buena suerte dijo el viejo. Ajustó las amarras de los remos a los toletes, y
echándose adelante contra los remos, empezó a remar, y salió del puerto en la
oscuridad. Había otros botes de otras playas que salían a la mar, y el viejo
sentía sumergirse las palas de los remos y empujar, aunque no podía verlos ahora
que la luna se había ocultado detrás de las lomas.
A veces alguien hablaba en un bote. Pero en su mayoría los botes iban en
silencio, salvo por el rumor de los remos. Se desplegaron después de haber
salido de la boca del puerto, y cada uno se dirigió hacia aquella parte del
océano donde esperaba encontrar peces. El viejo sabía que se alejaría mucho de
la costa y dejó atrás el olor a tierra y entró remando en el limpio olor matinal
del océano. Vio la fosforescencia de los sargazos en el agua mientras remaba
sobre aquella parte del océano que los pescadores llaman "el gran hoyo" porque
se producía una súbita hondonada de setecientas brazas, donde se congregaba toda
suerte de peces debido al remolino que hacía la corriente contra las escabrosas
paredes del lecho del océano. Había aquí concentraciones de camarones y peces de
carnada, y a veces manadas de calamares en los hoyos más profundos, y de noche
se levantaban a la superficie, donde todos los peces merodeadores se cebaban en
ellos.
En la oscuridad el viejo podía sentir venir la mañana y, mientras remaba, oía el
tembloroso rumor de los peces voladores que salían del agua y el siseo que sus
rígidas alas hacían surcando el aire en la oscuridad. Sentía una gran atracción
por los peces voladores, que eran sus principales amigos en el océano. Sentía
compasión por las aves; especialmente por las pequeñas, delicadas y oscuras
golondrinas de mar que andaban siempre volando y buscando, y casi nunca
encontraban, y pensó: "Las aves llevan una vida más dura que nosotros, salvo las
de rapiña y las grandes y fuertes. ¿Por qué habrán hecho pájaros tan delicados y
tan finos como esas golondrinas de mar, cuando el océano es capaz de tanta
crueldad? La mar es dulce y hermosa. Pero puede ser cruel, y se encoleriza muy
súbitamente, y esos pájaros que vuelan picando y cazando, con sus tristes
vocecillas, son demasiado delicados para la mar."
Decía siempre la mar. Así es como le dicen en español cuando la quieren. A veces
los que la quieren hablan mal de ella, pero lo hacen siempre como si fuera una
mujer. Algunos de los pescadores más jóvenes, los que usaban boyas y flotadores
para sus sedales y tenían botes de motor comprados cuando los hígados de tiburón
se cotizaban alto, empleaban el articulo masculino, le llamaban el mar. Hablaban
del mar como de un contendiente o un lugar, o a un enemigo. Pero el viejo lo
concebía siempre como perteneciente al género femenino y como algo que concedía
o negaba grandes favores, y si hacía cosas perversas y terribles era porque no
podía remediarlo. La luna, pensaba, le afectaba lo mismo que a una mujer.
Remaba firme y seguidamente, y no le costaba un esfuerzo excesivo porque se
mantenía en su límite de velocidad, y la superficie del océano era plana, salvo
por los ocasionales remolinos de la corriente. Dejaba que la corriente hiciera
un tercio de su trabajo; y cuando empezó a clarear, vio que se hallaba ya más
lejos de lo que había esperado estar a esa hora.
"Durante una semana -pensó- he trabajado en las profundas hondonadas, y no hice
nada. Hoy trabajaré allá donde están las manchas de bonitos y albacoras, y acaso
haya un pez grande con ellos."
Antes de que se hiciera realmente de día, había sacado sus carnadas y estaba
derivando con la corriente. Un cebo llegaba a una profundidad de cuarenta
brazas. El segundo, a sesenta y cinco, y el tercero y el cuarto descendían
hasta el agua azul a cien y ciento veinticinco brazas.
Cada cebo pendía cabeza abajo con el asta o tallo del anzuelo dentro del pescado
que servía de carnada, sólidamente cosido y amarrado; toda la parte saliente del
anzuelo, la curva y el garfio, estaba recubierta de sardinas frescas. Cada
sardina había sido empalada por los ojos, de modo que hacían una semiguirnalda
en el acero saliente. No había ninguna parte del anzuelo que pudiera dar a un
gran pez la impresión de que no era algo sabroso y de olor apetecible.
El muchacho le había dado dos pequeños bonitos frescos, que colgaban de los
sedales más profundos como plomadas, y en los otros tenía una abultada cojinúa y
un cibele que habían sido usados antes, pero estaban en buen estado y las
excelentes sardinas les prestaban aroma y atracción. Cada sedal, del espesor de
un lápiz grande, iba enroscado a una varilla verdosa, de modo que cualquier
tirón o picada al cebo haría sumergir la varilla; y cada sedal tenía dos adujas
o rollos de cuarenta brazas que podían empatarse a los rollos de repuesto, de
modo que, si era necesario, un pez podía llevarse más de trescientas brazas.
El hombre vio ahora descender las tres varillas sobre la borda del bote y remó
suavemente para mantener los sedales estirados y a su debida profundidad. Era
día pleno y el sol podía salir en cualquier momento.
El sol se levantó tenuemente del mar y el viejo pudo ver los otros botes,
bajitos en el agua, y bien hacia la costa, desplegados a través de la corriente.
El sol se tornó más brillante y su resplandor cayó sobre el agua; luego, al
levantarse más en el cielo, el plano mar lo hizo rebotar contra los ojos del
viejo, hasta causarle daño; y siguió remando sin mirarlo. Miraba al agua y
vigilaba los sedales que se sumergían verticalmente en la tiniebla de ésta. Los
mantenía más rectos que nadie, de manera que a cada nivel en la tiniebla de la
corriente hubiera un cebo esperando, exactamente donde él quería que estuviera,
por cualquier pez que pasara por allí. Otros los dejaban correr a la deriva con
la corriente y a veces estaban a sesenta brazas cuando los pescadores creían que
estaban a cien.
"Pero -pensó el viejo-, yo los mantengo con precisión. Lo que pasa es que ya no
tengo suerte. Pero, ¿quién sabe? Acaso hoy. Cada día es un nuevo día. Es mejor
tener suerte Pero yo prefiero ser exacto. Luego, cuando venga la suerte, estaré
dispuesto."
El sol estaba en ese momento a dos horas de altura, y no le hacía tanto daño a
los ojos mirar al este. Ahora sólo había tres botes a la vista, y lucían muy
bajo y muy lejos hacia la orilla.
"Toda mi vida me ha hecho daño en los ojos el sol naciente -pensó-. Sin
embargo, todavía están fuertes. Al atardecer, puedo mirarlo de frente sin
deslumbrarme. Y por la tarde tiene más fuerza. Pero por la mañana es doloroso."
Justamente entonces, vino una de esas aves marinas llamadas fragatas con sus
largas alas negras girando en el cielo sobre él. Hizo una rápida picada,
ladeándose hacia abajo, con sus alas tendidas hacia atrás, y luego siguió
girando nuevamente.
-Ha cogido algo -dijo en voz alta el viejo-. No sólo está mirando.
Remó lentamente y con firmeza hacia donde estaba el ave trazando círculos. No se
apuró y mantuvo los sedales verticalmente. Pero había forzado un poco la marcha
a favor de la corriente, de modo que todavía estaba pescando con corrección,
pero más lejos de lo que hubiera pescado si no tratara de guiarse por el ave.
El ave se elevó más en el aire y volvió a girar, con sus alas inmóviles. Luego
picó de súbito, y el viejo vio una partida de peces voladores que brotaban del
agua y navegaban desesperadamente sobre la superficie.
-Dorados -dijo en voz alta el viejo-. Dorados grandes.
Montó los remos y sacó un pequeño sedal de debajo de la proa. Tenía un alambre y
un anzuelo de tamaño mediano, y lo cebó con una de las sardinas. Lo soltó por
sobre la borda y lo amarró a una argolla a popa. Luego cebó el otro sedal y lo
dejó enrollado a la sombra de la proa. Volvió a remar y a mirar al ave negra de
largas alas que ahora trabajaba a poca altura sobre el agua.
Mientras él miraba, el ave picó de nuevo ladeando sus alas para el buceo, y
luego salió agitándolas fiera y sutilmente, siguiendo a los peces voladores. El
viejo podía ver la leve comba que formaba en el agua el dorado grande siguiendo
a los peces fugitivos. Los dorados corrían, disparados, bajo el vuelo de los
peces y estarían, corriendo velozmente, en el lugar donde cayeran los peces
voladores. "Es un gran bando de dorados -pensó-. Están desplegados ampliamente:
pocas probabilidades de escapar tienen los peces voladores. El ave no tiene
oportunidad. Los peces voladores son demasiado grandes para ella, y van
demasiado velozmente."
El hombre observó cómo los peces voladores irrumpían una y otra vez, y los
inútiles movimientos del ave. "Esa mancha de peces se me ha escapado -pensó-.
Se están alejando demasiado rápidamente, y van demasiado lejos. Pero acaso coja
alguno extraviado, y es posible que mi pez grande esté en sus alrededores. Mi
pescado grande tiene que estar en alguna parte."
Las nubes se levantaban ahora sobre la tierra como montañas, y la costa era sólo
una larga línea verde con las lomas azul-grises detrás de ella. El agua era
ahora de un azul profundo, tan oscuro que casi resultaba violado. Al bajar la
vista, vio el color rojo del plancton en el agua oscura, y la extraña luz que
ahora daba el sol. Examinó sus sedales, y los vio descender rectamente hacia
abajo, y perderse de vista; y se sintió feliz viendo tanto plancton, porque eso
significaba que había peces.
La extraña luz que el sol hacia en el agua, ahora que el sol estaba más alto,
significaba buen tiempo, y lo mismo la forma de las nubes sobre la tierra. Pero
el ave estaba ahora casi fuera del alcance de la vista y en la superficie del
agua no aparecían más que algunos parches de amarillo sargazo requemado por el
sol, y la violada, redondeada, iridiscente y gelatinosa vejiga de una medusa
que flotaba a corta distancia del bote. Flotaba alegremente como una burbuja con
sus largos y mortíferos filamentos purpurinos a remolque por espacio de una
yarda.
-Agua mala -dijo el hombre-. Pura.
Desde donde se balanceaba suavemente contra sus remos, bajó la vista hacia el
agua y vio los diminutos peces que tenían el color de los largos filamentos y
nadaban entre ellos y bajo la breve sombra que hacía la burbuja en su movimiento
a la deriva. Eran inmunes a su veneno. Pero el hombre, no, y cuando algunos de
los filamentos se enredaban en el cordel y permanecían allí, viscosos y
violados, mientras el viejo laboraba por levantar un pez, sufría verdugones y
excoriaciones en los brazos y manos, como los que producen el guao y la hiedra
venenosa. Pero estos envenenamientos por el agua mala actuaban rápidamente y
como latigazos.
Las burbujas iridiscentes eran bellas. Pero eran la cosa más falsa del mar, y el
viejo gozaba viendo cómo se las comían las tortugas marinas. Las tortugas las
veían, se les acercaban por delante, luego cerraban los ojos, de modo que, con
su carapacho, estaban completamente protegidas, y se las comían con filamentos y
todo. El viejo gustaba de ver a las tortugas comiéndoselas y gustaba de caminar
sobre ellas en la playa, después de una tormenta, oírlas reventar cuando les
ponía encima sus pies callosos.
Le encantaban las tortugas verdes y los careyes con su elegancia y velocidad, y
su gran valor; y sentía un amistoso desdén por las estúpidas tortugas llamadas
caguamas, amarillosas en su carapacho, extrañas en sus copulaciones, y comiendo
muy contentas con sus ojos cerrados.
No sentía ningún misticismo acerca de las tortugas, aunque había navegado muchos
años en barcos tortugueros. Les tenía lástima; lástima sentía hasta de los
grandes "baúles", que eran tan largos como el bote y pesaban una tonelada. Por
lo general, la gente no tiene piedad de las tortugas porque el corazón de una
tortuga sigue latiendo varias horas después que han sido muertas. Pero el viejo
pensó: "También yo tengo un corazón así, y mis pies y mis manos son como los
suyos." Se comía sus blancos huevos para darse fuerza. Los comía todo el mes de
mayo para estar fuerte en septiembre y salir en busca de los peces
verdaderamente grandes.
También tomaba a diario una taza de aceite de hígado de tiburón sacándolo del
tanque que había en la barraca donde muchos de los pescadores guardaban su
aparejo. Estaba allí, para todos los pescadores que lo quisieran. La mayoría de
los pescadores detestaban su sabor. Pero no era peor que levantarse a las horas
en que se levantaban, y era muy bueno contra todos los catarros y gripes, y era
bueno para sus ojos.
Ahora el viejo alzó la vista y vio que el ave estaba girando de nuevo en el
aire.
-Ha encontrado peces -dijo en voz alta. Ningún pez volador rompía la superficie
y no había desparramo de peces de carnada. Pero mientras miraba el anciano, un
pequeño bonito se levantó en el aire, giró y cayó de cabeza en el agua. El
bonito emitió unos destellos de plata al sol, y después que hubo vuelto al agua,
otro y otro más se levantaron, y estaban brincando en todas las direcciones,
batiendo el agua y dando largos saltos detrás de sus presas, cercándolas,
espantándolas.
"Si no van demasiado rápidos, los alcanzaréis, pensó el viejo, y vio la mancha
batiendo el agua, de modo que era blanca de espuma, y ahora el ave picaba y
buceaba en busca de los peces, forzados a subir a la superficie por el pánico.
-El ave es una gran ayuda -dijo el viejo. Justamente entonces el sedal de popa
se tensó bajo su pie, en el punto donde había guardado un rollo de sedal, y
soltó los remos y tanteó el sedal para ver qué fuerza tenían los tirones del
pequeño bonito; y sujetando firmemente el sedal, empezó a levantarlo. El
retemblor iba en aumento según tiraba, y pudo ver en el agua el negro-azul del
pez, y el oro de sus costados, antes de levantarlo sobre la borda y echarlo en
el bote.
Quedó tendido a popa, al sol, compacto y en forma de bala, sus grandes ojos sin
inteligencia mirando fijamente mientras dejaba su vida contra la tablazón del
bote con los rápidos y temblorosos golpes de su cola. El viejo le pegó en la
cabeza para que no siguiera sufriendo, y le dio una patada. El cuerpo del pez
temblaba todavía a la sombra de popa.
-Bonito -dijo en voz alta-. Hará una linda carnada. Debe de pesar diez libras.
No recordaba cuánto tiempo hacia que había empezado a hablar solo en voz alta
cuando no tenía a nadie con quien hablar. En los viejos tiempos, cuando estaba
solo, cantaba; a veces, de noche, cuando hacía su guardia al timón de las
chalupas y los tortugueros, cantaba también. Probablemente había empezado a
hablar en voz alta cuando se había ido el muchacho. Pero no recordaba. Cuando él
y el muchacho pescaban juntos, por lo general hablaban únicamente cuando era
necesario. Hablaban de noche o cuando los cogía el mal tiempo. Se consideraba
una virtud no hablar innecesariamente en el mar, y el viejo siempre lo había
reconocido así y lo respetaba. Pero ahora expresaba sus pensamientos en voz alta
muchas veces, puesto que no había nadie a quien pudiera mortificar.
-Si los otros me oyeran hablar en voz alta, creerían que estoy loco -dijo-.
Pero, puesto que no estoy loco, no me importa. Los ricos tienen radios que les
hablan en sus embarcaciones y les dan las noticias del béisbol.
"Ésta no es hora de pensar en el béisbol -pensó-. Ahora hay que pensar en una
sola cosa. Aquella para la que he nacido. Pudiera haber un pez grande en torno a
esa mancha. Sólo he cogido un bonito extraviado de los que estaban comiendo.
Pero están trabajando rápidamente y a lo lejos. Todo lo que asoma hoy a la
superficie viaja muy rápidamente y hacia el nordeste. ¿Será la hora? ¿O será
alguna señal del tiempo, que yo no conozco?" Ahora no podía ver el verdor de la
costa; sólo las cimas de las verdes colinas que asomaban blancas como si
estuvieran coronadas de nieve, y las nubes parecían altas montañas de nieve
sobre ellas. El mar estaba muy oscuro, y la luz hacía prisma en el agua. Y las
miríadas de lunares del plancton eran anuladas ahora por al alto sol, y el
viejo sólo veía los grandes y profundos prismas en el agua azul que tenía una
milla de profundidad, y en la que sus largos sedales descendían verticalmente.
Los pescadores llamaban bonitos a todos los peces de esa especie, y sólo
distinguían entre ellos por sus nombres propios cuando venían a cambiarlos por
carnadas. Los bonitos estaban de nuevo abajo. El sol calentaba fuertemente y el
viejo lo sentía en la parte de atrás del cuello, y sentía el sudor que le corría
por la espalda mientras remaba.
"Pudiera dejarme ir a la deriva -pensó-, y dormir, y echar un lazo al dedo gordo
del pie para despertar si pican. Pero hoy hace ochenta y cinco días, y tengo que
aprovechar el tiempo."
Justamente entonces, mientras vigilaba los sedales, vio que una de las varillas
se sumergía vivamente.
-Sí -dijo-. Sí -y montó los remos sin golpear el bote.
Cogió el sedal y lo sujetó suavemente entre el índice y el pulgar de su mano
derecha. No sintió tensión, ni peso, y aguantó ligeramente. Luego volvió a
sentirlo. Esta vez fue un tirón de tanteo, ni sólido, ni fuerte; y el viejo se
dio cuenta, exactamente, de lo que era. A cien brazas más abajo, una aguja
estaba comiendo las sardinas que cubrían la punta y el cabo del anzuelo en el
punto donde el anzuelo, forjado a mano, sobresalía de la cabeza del pequeño
bonito.
El viejo sujetó delicada y blandamente el sedal, y con la mano izquierda lo
soltó del palito verde. Ahora podía dejarlo correr entre sus dedos sin que el
pez sintiera ninguna tensión.
A esta distancia de la costa, en este mes, debe de ser enorme -pensó el viejo-.
Cómelas, pez. Cómelas. Por favor, cómelas. Están de lo más frescas; y tú, ahí, a
seiscientos pies en el agua fría y a oscuras. Da otra vuelta en la oscuridad y
vuelve a comértelas."
Sentía el leve y delicado tirar; y luego, un tirón más fuerte cuando la cabeza
de una sardina debía de haber sido más difícil de arrancar del anzuelo. Luego,
nada.
-Vamos, ven -dijo el viejo en voz alta-. Da otra vuelta. Da otra vuelta. Ven a
olerlas. ¿Verdad que son sabrosas? Cómetelas ahora, y luego tendrás un bonito.
Duro y frío y sabroso. No seas tímido, pez. Cómetelas.
Esperó con el sedal entre el índice y el pulgar, vigilándolo, y vigilando los
otros al mismo tiempo, pues el pez pudiera virar arriba o abajo. Luego volvió a
sentir la misma y suave tracción.
-Lo cogerá -dijo el viejo en voz alta-. Dios lo ayude a cogerlo.
No lo cogió, sin embargo. Se fue y el viejo no sintió nada más.
-No puede haberse ido -dijo-. ¡No se puede haber ido, maldito! Está dando una
vuelta. Es posible que haya sido enganchado alguna otra vez y que recuerde algo
de eso.
Luego sintió un suave contacto en el sedal y de nuevo fue feliz.
-No ha sido más que una vuelta -dijo-. Lo cogerá.
Era feliz sintiéndolo tirar suavemente, y luego tuvo la sensación de algo duro e
increíblemente pesado. Era el peso del pez, y dejó que el sedal se deslizara
abajo, abajo, llevándose los dos primeros rollos de reserva. Según descendía,
deslizándose suavemente entre los dedos del viejo, todavía él podía sentir el
gran peso, aunque la presión de su índice y de su pulgar era casi imperceptible.
-¡Qué pez! -dijo-. Lo lleva atravesado en la boca, y se está yendo con él.
"Luego virará y se lo tragará", pensó. No dijo esto porque sabía que cuando uno
dice una buena cosa, posiblemente no suceda. Sabía que éste era un pez enorme,
y se lo imaginó alejándose en la tiniebla con el bonito atravesado en la boca.
En ese momento sintió que había dejado de moverse, pero el peso persistía
todavía. Luego el peso fue en aumento, y el viejo le dio más sedal. Acentuó la
presión del índice y el pulgar por un momento, y el peso fue en aumento. Y el
sedal descendía verticalmente.
-Lo ha cogido -dijo-. Ahora dejaré que se lo coma a su gusto.
Dejó que el sedal se deslizara entre sus dedos mientras bajaba la mano izquierda
y amarraba el extremo suelto de los dos rollos de reserva al lazo de los rollos
de reserva del otro sedal. Ahora estaba listo. Tenía tres rollos de cuarenta
brazas de sedal en reserva, además del que estaba usando.
-Come un poquito más -dijo-. Come bien.
"Cómetelo de modo que la punta del anzuelo penetre en tu corazón y te mate -pensó-. Sube sin cuidado y déjame clavarte el arpón. Bueno. ¿Estás listo?
¿Llevas suficiente tiempo a la mesa?"
-¡Ahora! -dijo en voz alta y tiró fuerte con ambas manos; ganó un metro de
sedal; luego tiró de nuevo, y de nuevo, balanceando cada brazo alternativamente
y girando sobre sí mismo.
No sucedió nada. El pez seguía, simplemente, alejándose con lentitud, y el viejo
no podía levantarlo ni una pulgada. Su sedal era fuerte; era cordel catalán y
nuevo, de este año, hecho para peces pesados, y lo sujetó contra su espalda
hasta que estuvo tan tirante que soltó gotas de agua.
Luego empezó a hacer un lento sonido de siseo en el agua.
El viejo seguía sujetándolo, alineándose contra el banco e inclinándose hacia
atrás. El bote empezó a moverse lentamente hacia el noroeste.
El pez seguía moviéndose sin cesar y viajaban ahora lentamente en el agua
tranquila. Los otros cebos estaban todavía en el agua, pero no había nada que
hacer.
-Ojalá estuviera aquí el muchacho -dijo en voz alta-. Voy a remolque de un pez
grande, y yo soy la bita de remolque. Podría amarrar el sedal. Pero entonces
pudiera romperlo. Debo aguantarlo todo lo posible y darle sedal cuando lo
necesite. Gracias a Dios, que va hacia adelante, y no hacia abajo. No sé qué
haré si decide ir hacia abajo. Pero algo haré. Puedo hacer muchas cosas.
Sujetó el sedal contra su espalda y observó su sesgo en el agua; el bote seguía
moviéndose ininterrumpidamente hacia el noroeste.
"Esto lo matará -pensó el viejo-. Alguna vez tendrá que parar."
Pero, cuatro horas después, el pez seguía tirando, llevando el bote a remolque,
y el viejo estaba todavía sólidamente afincado, con el sedal atravesado a la
espalda.
-Eran las doce del día cuando lo enganché -dijo-. Y todavía no lo he visto ni
una sola vez.
Se había calado fuertemente el sombrero de yarey en la cabeza antes de enganchar
al pez; ahora el sombrero le cortaba la frente. Tenía sed. Se arrodilló y,
cuidando de no sacudir el sedal, estiró el brazo cuanto pudo por debajo de la
proa, y cogió la botella de agua. La abrió y bebió un poco. Luego reposó contra
la proa. Descansó sentado en la vela y el palo que había quitado de la carlinga,
y trató de no pensar: sólo aguantar.
Luego miró hacia atrás y vio que no había tierra alguna a la vista. "Eso no
importa -pensó-. Siempre podré orientarme por el resplandor de La Habana.
Todavía quedan dos horas de sol, y posiblemente suba antes de la puesta del sol.
Si no, acaso suba al venir la luna. Si no hace eso, puede que suba a la salida
del sol. No tengo calambres, y me siento fuerte. Él es quien tiene el anzuelo en
la boca. Pero para tirar así, tiene que ser un pez de marca mayor. Debe de
llevar la boca fuertemente cerrada contra el alambre. Me gustaría verlo. Me
gustaría verlo aunque sólo fuera una vez para saber con quién tengo que
entendérmelas."
El pez no varió su curso ni su dirección en toda la noche; al menos, hasta donde
el hombre podía juzgar, guiado por las estrellas. Después de la puesta del sol
hacía frío, y el sudor se había secado en su espalda, sus brazos y sus piernas.
De día había cogido el saco que cubría la caja de las carnadas y lo había
tendido a secar al sol. Después de la puesta del sol, se lo enrolló al cuello de
modo que le caía sobre la espalda. Se lo deslizó con cuidado por debajo del
sedal, que ahora le cruzaba los hombros. El saco mullía el sedal, y el hombre
había encontrado la manera de inclinarse hacia adelante contra la proa en una
postura que casi le resultaba confortable. La postura era, en realidad, tan
sólo un poco menos intolerable, pero la concibió como casi confortable.
"No puedo hacer nada con él, y él no puede hacer nada conmigo -pensó-. Al menos
mientras siga este juego."
Una vez se enderezó, orinó por sobre la borda, miró a las estrellas y verificó
el rumbo. El sedal lucía como una lista fosforescente en el agua, que se
extendía, recta, partiendo de sus hombros. Ahora iban más lentamente y el
fulgor de La Habana no era tan fuerte. Esto le indicaba que la corriente debía
de estar arrastrándolo hacia el este. "Si pierdo el resplandor de La Habana,
será que estamos yendo más hacia el este", pensó, pues si el rumbo del pez se
mantuviera invariable vería el fulgor, durante muchas horas más.
"Me pregunto quién habrá ganado hoy en las Grandes Ligas -pensó-. Sería
maravilloso tener un radio portátil para enterarse." Luego reflexionó: "Piensa
en esto; piensa en lo que estás haciendo. No hagas ninguna estupidez." A poco,
dijo en voz alta:
-Ojalá estuviera aquí el muchacho. Para ayudarme y para que viera esto.
"Nadie debiera estar solo en su vejez -pensó. Pero es inevitable. Tengo que
acordarme de comer el bonito antes de que se eche a perder, a fin de conservar
las fuerzas. Recuerda: por poca gana que tengas, tendrás que comerlo por la
mañana. Recuerda", se dijo.
Durante la noche acudieron delfines en torno al bote. Los sentía rolando y
resoplando. Podía percibir la diferencia entre el sonido del soplo del macho y
el suspirante soplo de la hembra.
-Son buena gente –dijo-. Juegan y bromean y se hacen el amor. Son nuestros
hermanos, como los peces voladores.
Entonces empezó a sentir lástima por el gran pez que había enganchado. "Es
maravilloso y extraño, y quién sabe qué edad tendrá -pensó-. Jamás he cogido un
pez tan fuerte, ni que se portara de un modo tan extraño. Puede que sea
demasiado prudente para subir a la superficie. Brincando y precipitándose
locamente pudiera acabar conmigo. Pero es posible que haya sido enganchado ya
muchas veces y que sepa que ésta es la manera de pelear. No puede saber que no
hay más que un hombre contra él, ni que este hombre es un anciano. Pero, ¡qué
pez más grande! y qué bien lo pagarán en el mercado, si su carne es buena. Cogió
la carnada como un macho, y tira como un macho, y no hay pánico en su manera de
pelear. Me pregunto si tendrá algún plan o si estará, como yo, en la
desesperación."
Recordó aquella vez en que había enganchado una de las dos agujas que iban en
pareja. El macho dejaba siempre que la hembra comiera primero, y el pez
enganchado, la hembra, presentó una pelea fiera, desesperada y llena de pánico,
que no tardó en agotarla. Durante todo ese tiempo, el macho permaneció con
ella, cruzando el sedal y girando con ella en la superficie. Había permanecido
tan cerca, que el viejo había temido que cortara el sedal con la cola, que era
afilada como una guadaña y casi de la misma forma y tamaño. Cuando el viejo la
había enganchado con el bichero, la había golpeado sujetando su mandíbula en
forma de espada y de áspero borde, y golpeado en la cabeza hasta que su color se
había tornado como el de la parte de atrás de los espejos; y luego cuando, con
ayuda del muchacho, la había izado a bordo, el macho había permanecido junto al
bote. Después, mientras el viejo levantaba los sedales y preparaba el arpón, el
macho dio un brinco en el aire junto al bote para ver dónde estaba la hembra. Y
luego se había sumergido en la profundidad con sus alas azul-rojizas, que eran
sus aletas pectorales, desplegadas ampliamente y mostrando todas sus franjas del
mismo color. "Era hermoso", recordaba el viejo. Y se había quedado junto a su
hembra.
"Es lo más triste que he visto jamás en ellos -pensó-. El muchacho también había
sentido tristeza, y le pedimos perdón a la hembra y le abrimos el vientre
prontamente."
-Ojalá estuviera aquí el muchacho -dijo en voz alta, y se acomodó contra las
redondeadas tablas de la proa y sintió la fuerza del gran pez en el sedal que
sujetaba contra sus hombros, moviéndose sin cesar hacia no sabía dónde: a donde
el pez hubiese elegido.
"Por mi traición ha tenido que tomar una decisión", pensó el viejo.
Su decisión había sido permanecer en aguas profundas y tenebrosas, lejos de
todas las trampas y cebos y traiciones. Mi decisión fue ir allá a buscarlo, más
allá de toda gente. Más allá de toda gente en el mundo. Ahora estamos solos uno
para el otro y así ha sido desde el mediodía. Y nadie que venga a valernos, ni
a él ni a mí.
"Tal vez yo no debiera ser pescador -pensó-. Pero para eso he nacido. Tengo que
recordar, sin falta, comerme el bonito tan pronto como sea de día"
Algo antes del amanecer cogió uno de los sedales que tenía detrás. Sintió que el
palito se rompía y que el sedal empezaba a correr precipitadamente sobre la
regala del bote. En la oscuridad sacó el cuchillo de la funda y, echando toda la
presión del pez sobre el hombro izquierdo, se inclinó hacia atrás y cortó el
sedal contra la madera de la regala. Luego cortó el otro sedal más próximo, y en
la oscuridad sujetó los extremos sueltos de los rollos de reserva. Trabajó
diestramente con una sola mano y puso su pie sobre los rollos para sujetarlos
mientras apretaba los nudos. Ahora tenía seis rollos de reserva. Había dos de
cada carnada, que había cortado, y los dos del cebo que había cogido el pez. Y
todos estaban enlazados.
"Tan pronto como sea de día -pensó-, me llegaré hasta el cebo de cuarenta brazas
y lo cortaré también y enlazaré los rollos de reserva. Habré perdido doscientas
brazas del buen cordel catalán y los anzuelos y alambres. Eso puede ser
reemplazado. Pero este pez, ¿quién lo reemplaza? Si engancho otros peces,
pudiera soltarse. Me pregunto qué peces habrán sido los que acaban de picar.
Pudiera ser una aguja, o un emperador o un tiburón. No llegué a tomarle el peso.
Tuve que deshacerme de él demasiado pronto."
En voz alta dijo:
-Me gustaría que el muchacho estuviera aquí.
"Pero el muchacho no está contigo", pensó.
"No cuentas más que contigo mismo, y harías bien en llegarte hasta el último
sedal, aunque sea en la oscuridad y empalmar los dos rollos de reserva"
Fue lo que hizo. Fue difícil en la oscuridad, y una vez el pez dio un tirón que
lo lanzó de bruces, y le causó una herida bajo el ojo. La sangre le corrió un
poco por la mejilla. Pero se coaguló y se secó antes de llegar a su barbilla, y
el hombre volvió a la proa y se apoyó contra la madera. Ajustó el saco y
manipuló cuidadosamente el sedal de modo que pasara por otra parte de sus
hombros y, sujetándolo en éstos, tanteó con cuidado la tracción del pez y luego
metió la mano en el agua para sentir la velocidad del bote.
"Me pregunto por qué habrá dado ese nuevo impulso -pensó-. El alambre debe de
haber resbalado sobre la comba de su lomo. Con seguridad su lomo no puede
dolerle tanto como me duele el mío. Pero no puede seguir tirando eternamente de
este bote por grande que sea. Ahora todo lo que pudiera estorbar está despejado
y tengo una gran reserva de sedal: no hay mas que pedir."
-Pez -dijo, dulcemente en voz alta-, seguiré hasta la muerte.
"Y él seguirá también conmigo, me imagino", pensó el viejo, y se puso a esperar
a que fuera de día. Ahora, a esta hora próxima al amanecer, hacía frío, y se
apretó contra la madera en busca de calor. "Voy a aguantar tanto como él",
pensó. Y, con la primera luz, el sedal se extendió a los lejos y hacia abajo en
el agua. El bote se movía sin cesar y cuando se levanto el primer filo de sol
fue a posarse sobre el hombro derecho del viejo.
-Se ha dirigido hacia el norte -dijo el viejo.
"La corriente nos habrá desviado mucho al este -pensó-. Ojalá virara con la
corriente. Eso indicaría que se estaba cansando."
Cuando el sol se hubo levantado más, el viejo se dio cuenta de que el pez no se
estaba cansando. Sólo una señal favorable, el sesgo del sedal, indicaba que
nadaba a menos profundidad. Eso no significaba, necesariamente, que fuera a
brincar a la superficie. Pero pudiera hacerlo.
-Dios quiera que suba -dijo el viejo-. Tengo suficiente sedal para manejarlo.
"Puede que si aumento un poquito la tensión le duela y surja a la superficie -pensó-.
Ahora que es de día, conviene que salga para que llene de aire los sacos a lo
largo de su espinazo y no pueda luego descender a morir a las profundidades."
Trató de aumentar la tensión, pero el sedal había sido estirado ya todo lo que
daba desde que había enganchado al pez y, al inclinarse hacia atrás sintió la
dura tensión de la cuerda y se dio cuenta de que no podía aumentarla. "Tengo que
tener cuidado de no sacudirlo -pensó-. Cada sacudida ensancha la herida que hace
el anzuelo y, si brinca, pudiera soltarlo. De todos modos me siento mejor al
venir el sol y por esta vez no tengo que mirarlo de frente."
Había algas amarillas en el sedal, pero el viejo sabía que eso no hacía más que
aumentar la resistencia del bote, y el viejo se alegró. Eran las algas amarillas
del Golfo -el sargazo- las que habían producido tanta fosforescencia de noche.
-Pez -dijo-, yo te quiero y te respeto muchísimo. Pero acabaré con tu vida antes
de que termine este día…
"Ojalá", pensó.
Un pajarito vino volando hacia el bote, procedente del norte. Era una especie de
curruca que volaba muy bajo sobre el agua. El viejo se dio cuenta de que estaba
muy cansado. El pájaro llegó hasta la popa del bote y descansó allí. Luego voló
en torno a la cabeza del viejo y fue a posarse en el sedal, donde estaba más
cómodo.
-¿Qué edad tienes? -preguntó el viejo al pájaro-. ¿Es éste tu primer viaje?
El pájaro lo miró al oírlo hablar. Estaba demasiado cansado siquiera para
examinar el sedal y se balanceó asiéndose fuertemente a él con sus delicadas
patas.
-Estás firme -le dijo el viejo-. Demasiado firme. Después de una noche sin
viento no debieras estar tan cansado. ¿A qué vienen los pájaros?
"Los gavilanes -pensó- salen al mar a esperarlos." Pero no le dijo nada de esto
al pajarito, que de todos modos no podía entenderlo y que ya tendría tiempo de
conocer a los gavilanes.
-Descansa, pajarito, descansa -dijo-. Luego ve a correr fortuna como cualquier
hombre o pájaro o pez.
Lo estimulaba a hablar porque su espalda se había endurecido de noche y ahora le
dolía realmente.
-Quédate en mi casa si quieres, pajarito -dijo-. Lamento que no pueda izar la
vela y llevarte a tierra, con la suave brisa que se está levantando. Pero estas
con un amigo.
Justamente entonces el pez dio una súbita sacudida; el viejo fue a dar contra la
proa; y hubiera caído por la borda si no se hubiera aferrado y soltado un poco
de sedal.
El pájaro levantó el vuelo cuando el sedal se sacudió, y el viejo ni siquiera lo
había visto irse. Palpó cuidadosamente el sedal con la mano derecha y notó que
su mano sangraba.
-Algo la ha lastimado -dijo en voz alta, y tiró del sedal para ver si podía
virar al pez. Pero cuando llegaba a su máxima tensión, sujetó firme y se echó
hacia atrás para formar contrapeso.
-Ahora lo estás sintiendo, pez -dijo-. Y bien sabe Dios que también yo lo
siento.
Miró en derredor a ver si veía al pájaro, porque le hubiera gustado tenerlo de
compañero. El pájaro se había ido.
"No te has quedado mucho tiempo -pensó el viejo-. Pero a donde vas, va a ser más
difícil, hasta que llegues a la costa. ¿Cómo me habré dejado cortar por esa
rápida sacudida del pez? Me debo de estar volviendo estúpido. O quizá sea que
estaba mirando al pájaro y pensando en él. Ahora prestaré atención a mi trabajo
y luego me comeré el bonito para que las fuerzas no me fallen."
-Ojalá estuviera aquí el muchacho, y que tuviera un poco de sal -dijo en voz
alta.
Pasando la presión del sedal al hombro izquierdo y arrodillándose con cuidado,
lavó la mano en el mar y la mantuvo allí sumergida, por más de un minuto, viendo
correr la sangre y deshacerse en estela, y el continuo movimiento del agua
contra su mano al moverse el bote.
-Ahora va mucho más lentamente -dijo.
Al viejo le hubiera gustado mantener la mano en el agua salada por más tiempo,
pero temía otra súbita sacudida del pez y se levantó y se afianzó y alzó la mano
contra el sol. Era sólo un roce del sedal lo que había cortado su carne. Pero
era en la parte con que tenía que trabajar. El viejo sabia que antes de que esto
terminara necesitaría sus manos, y no le gustaba nada estar herido antes de
empezar.
-Ahora -dijo, cuando su mano se hubo secado- tengo que comer ese pequeño
bonito. Puedo alcanzarlo con el bichero y comérmelo aquí tranquilamente.
Se arrodilló y halló el bonito bajo la popa con el bichero y lo atrajo hacia sí
evitando que se enredara en los rollos de sedal. Sujetando el sedal nuevamente
con el hombro izquierdo y apoyándose en el brazo izquierdo, sacó el bonito del
garfio del bichero y puso de nuevo el bichero en su lugar. Plantó una rodilla
sobre el pescado y arrancó tiras de carne oscura longitudinalmente desde la
parte posterior de la cabeza hasta la cola. Eran tiras en forma de cuña y las
arrancó desde la proximidad del espinazo hasta el borde del vientre. Cuando hubo
arrancado seis tiras las tendió en la madera de la popa, limpió su cuchillo en
el pantalón y levantó el resto del bonito por la cola y lo tiró por sobre la
borda.
-No creo que pueda comerme uno entero -dijo, y cortó por la mitad una de las
tiras.
Sentía la firme tensión del sedal y su mano izquierda tenía calambre. La corrió
hacia arriba sobre el duro sedal y la miró con disgusto.
-¿Qué clase de mano es ésta? -dijo-. Puedes coger calambre si quieres. Puedes
convenirse en una garra. De nada te va a servir.
"Vamos", pensó, y miró al agua oscura y al sesgo del sedal. "Cómetelo ahora y le
dará fuerza a la mano. No es culpa de la mano, y llevas muchas horas con el pez.
Pero puedes quedarte siempre con él. Cómete ahora el bonito."
Cogió un pedazo, se lo llevó a la boca y lo masticó lentamente. No era
desagradable.
"Mastícalo bien -pensó-, y no pierdas ningún jugo. Con un poco de limón o lima o
con sal no estaría mal."
-¿Cómo te sientes, mano? -preguntó a la que tenía calambre y que estaba casi
rígida como un cadáver-. Ahora comeré un poco para ti.
Comió la otra parte del pedazo que había cortado en dos. La masticó con cuidado
y luego escupió el pellejo.
-¿Cómo va eso, mano? ¿O es demasiado pronto para saberlo?
Cogió otro pedazo entero y lo masticó.
"Es un pez fuerte y de calidad -pensó-. Tuve suerte de engancharlo a él, en vez
de a un dorado. El dorado es demasiado dulce. Éste no es nada dulce y guarda
toda la fuerza.
"Sin embargo, hay que ser práctico -pensó-. Otra cosa no tiene sentido. Ojalá
tuviera un poco de sal. Y no sé si el sol secará o pudrirá lo que me queda. Por
tanto, será mejor que me lo coma todo aunque no tengo hambre. El pez sigue
tirando firme y tranquilamente. Me comeré todo el bonito y entonces estaré
preparado."
-Ten paciencia, mano -dijo-. Esto lo hago por ti.
"Me gustaría dar de comer al pez -pensó-. Es mi hermano. Pero tengo que matarlo
y cobrar fuerzas para hacerlo." Lenta y deliberadamente se comió todas las tiras
en forma de coda del pescado.
Se enderezó, limpiándose la mano en el pantalón.
-Ahora -dijo-, mano, puedes soltar el sedal. Yo sujetaré al pez con el brazo
hasta que se te pase esa bobería.
Puso su pie izquierdo sobre el pesado sedal que había aguantado la mano
izquierda y se echó hacia atrás para llevar con la espalda la presión.
-Dios quiera que se me quite el calambre -dijo-. Porque no sé qué hará el pez.
"Pero parece tranquilo -pensó-, y sigue su plan. Pero, ¿cuál será su plan? ¿Y
cuál es el mío? El mío tendré que improvisarlo de acuerdo con el suyo, porque es
un pez muy grande. Si brinca, podré matarlo. Pero no acaba de salir de allá
abajo. Entonces, seguiré con él allá abajo."
Se frotó la mano que tenía calambre contra el pantalón y trató de obligar los
dedos. Pero éstos se resistían a abrirse. "Puede que se abra con el sol -pensó-.
Puede que se abra cuando el fuerte bonito crudo haya sido digerido. Si la
necesito, la abriré cueste lo que cueste. Pero no quiero abrirla ahora por la
fuerza. Que se abra por sí misma y que vuelva por su voluntad. Después de todo,
abusé mucho de ella de noche cuando era necesario soltar y empatar los varios
sedales."
Miró por sobre el mar y ahora se dio cuenta de cuán solo se encontraba. Pero
veía los prismas en el agua profunda y oscura, el sedal estirado adelante y la
extraña ondulación de la calma. Las nubes se estaban acumulando ahora para la
brisa, y miró adelante y vio una bandada de patos salvajes que se proyectaban
contra el cielo sobre el agua, luego formaban un borrón y volvían a destacarse
como un aguafuerte; y se dio cuenta de que nadie está jamás solo en el mar.
Recordó cómo algunos hombres temían hallarse fuera de la vista de tierra en un
botecito; y en los mares de súbito mal tiempo tenían razón. Pero ahora era el
tiempo de los ciclones, y cuando no hay ciclón en el tiempo de los ciclones es
el mejor tiempo del año.
"Si hay ciclón, siempre puede uno ver las señales varios días antes en el mar.
En tierra no las ven porque no saben reconocerlas –pensó-. En tierra debe
notarse también por la forma de las nubes. Pero ahora no hay ciclón a la vista."
Miró al cielo y vio la formación de los blancos cúmulos, como sabrosas pilas de
mantecado, y más arriba se veían las tenues plumas de los cirros contra el alto
de septiembre.
-Brisa ligera -dijo-. Mejor tiempo para mí que para ti, pez.
Su mano izquierda estaba todavía presa del calambre, pero la iba soltando poco a
poco.
"Detesto el calambre -pensó-. Es una traición del propio cuerpo. Es humillante
ante los demás tener diarrea producida por envenenamiento de promaínas o vomitar
por lo mismo. Pero el calambre lo humilla a uno, especialmente cuando está solo.
"Si el muchacho estuviera aquí podría frotarme la mano y soltarla, desde el
antebrazo -pensó-. Pero ya se soltará."
Luego palpó con la mano derecha para conocer la diferencia de tensión en el
sedal; después vio que el sesgo cambiaba en el agua. Seguidamente, al
inclinarse contra el muslo, vio que cobraba un lento sesgo ascendente.
-Está subiendo -dijo-. Vamos, mano. Ven, te lo pido.
El sedal se alzaba lenta y continuamente. Luego la superficie del mar se combó
delante del bote y salió el pez. Surgió interminablemente y manaba agua por sus
copados. Brillaba al sol, y su cabeza y lomo eran de un púrpura oscuro, y al sol
las franjas de sus costados lucían anchas y de un tenue color azul-rojizo. Su
espada era tan larga como un bate de béisbol, yendo de mayor a menor como un
estoque. El pez apareció sobre el agua en toda su longitud, y luego volvió a
entrar en ella dulcemente, como un buzo, y el viejo vio la gran hoja de guadaña
de su cola sumergiéndose, y el sedal comenzó a correr velozmente.
-Es dos pies más largo que el bote -dijo el viejo. El sedal seguía corriendo
veloz pero gradualmente, y el pez no tenía pánico. El viejo trataba de mantener
con ambas manos el sedal a la mayor tensión posible sin que se rompiera. Sabía
que si no podía demorar al pez con una presión continuada, el pez podía llevarse
todo el sedal y romperlo.
"Es un gran pez y tengo que convencerlo - pensó-. No debo permitirle jamás que
se dé cuenta de su fuerza ni de lo que podría hacer si echara "a correr". Si yo
fuera él emplearía ahora toda la fuerza y seguiría hasta que algo se rompiera.
Pero, a Dios gracias, los peces no son tan inteligentes como los que los
matamos; aunque son más nobles y más hábiles."
El viejo había visto muchos peces grandes. Había visto muchos que pesaban más de
mil libras, y había cogido dos de aquel tamaño en su vida, pero nunca solo.
Ahora, solo, y fuera de la vista de tierra, estaba sujeto al más grande pez que
había visto jamás, más grande que cuantos conocía de oídas, y su mano izquierda
estaba todavía tan rígida como las garras convulsas de un águila.
"Pero ya se soltará -pensó-. Con seguridad que se le quitará el calambre para
que pueda ayudar a la mano derecha. Tres cosas se pueden considerar hermanas: el
pez y mis dos manos. Tiene que quitársele el calambre." El pez había demorado de
nuevo su velocidad y seguía a su ritmo habitual.
"Me pregunto por qué habrá salido a la superficie -pensó el viejo-. Brincó para
mostrarme lo grande que era. Ahora ya lo sé -pensó-. Me gustaría demostrarle qué
clase de hombre soy. Pero entonces vería la mano con calambre. Que piense que
soy más hombre de lo que soy, y lo seré. Quisiera ser el pez, con todo lo que
tiene, frente a mi voluntad y mi inteligencia solamente."
Se acomodó confortablemente contra la madera y aceptó sin protestar su
sufrimiento. Y el pez seguía nadando sin cesar, y el bote se movía lentamente
sobre el agua oscura. Se estaba levantando un poco de oleaje con el viento que
venía del este, y al mediodía la mano izquierda del viejo estaba libre del
calambre.
-Malas noticias para ti, pez -dijo, y movió el sedal sobre los sacos que cubrían
sus hombros.
Estaba cómodo, pero sufría, aunque era incapaz de confesar su sufrimiento.
-No soy religioso -dijo- Pero rezaría diez padrenuestros y diez avemarías por
pescar este pez, y prometo hacer una peregrinación a la Virgen del Cobre si lo
pesco. Lo prometo.
Comenzó a decir sus oraciones de modo mecánico. A veces se sentía tan cansado
que no recordaba la oración, pero luego las decía rápidamente, para que salieran
automáticamente. "Las avemarías son más fáciles de decir que los padrenuestros",
pensó.
-Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú
eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa
María, madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de
nuestra muerte, Amén.
Luego añadió:
-Virgen bendita, ruega por la muerte de este pez. Aunque es tan maravilloso.
Dichas sus oraciones y sintiéndose mejor, pero sufriendo igualmente, y acaso un
poco más, se inclinó contra la madera de proa y empezó a activar mecánicamente
los dedos de su mano izquierda.
El sol calentaba fuerte ahora, aunque se estaba levantando ligeramente la brisa.
-Será mejor que vuelva a poner cebo al sedal de popa -dijo-. Si el pez decide
quedarse otra noche, necesitaré comer de nuevo y queda poca agua en la botella.
No creo que pueda conseguir aquí más que un dorado. Pero si lo como bastante
fresco, no será malo. Me gustaría que viniera a bordo esta noche un pez volador.
Pero no tengo luz para atraerlo. Un pez volador es excelente para comerlo crudo
y no tendría que limpiarlo. Tengo que ahorrar ahora toda mi fuerza.
"¡Cristo! ¡No sabia que fuera tan grande!"
-Sin embargo, lo mataré -dijo-. Con toda su gloria y su grandeza.
"Aunque es injusto -pensó-. Pero le demostraré lo que puede hacer un hombre y lo
que es capaz de aguantar."
-Ya le dije al muchacho que yo era un hombre extraño dijo-. Ahora es el momento
de demostrarlo.
El millar de veces que lo había demostrado no significaba nada. Ahora lo estaba
probando de nuevo. Cada vez era una nueva circunstancia y cuando lo hacía no
pensaba jamás en el pasado.
"Me gustaría que se durmiera y poder dormir yo, y soñar con los leones -pensó-.
¿Por qué, de lo que queda, serán los leones lo principal? No pienses, viejo -se
dijo-. Reposa dulcemente contra la madera y no pienses en nada. El pez trabaja.
Trabaja tú lo menos que puedas."
Estaba ya entrada la tarde y el bote todavía se movía lenta y seguidamente. Pero
la brisa del este contribuía ahora a la resistencia del bote, y el viejo
navegaba suavemente con el ligero oleaje, y el escozor del sedal en la espalda
le era leve y llevadero.
Una vez, en la tarde, el sedal empezó a alzarse de nuevo. Pero el pez siguió
nadando a un nivel ligeramente más alto. El sol le daba ahora en el brazo y el
hombro izquierdos y en la espalda. Por eso sabia que el pez había virado al
nordeste.
Ahora que lo había vino una vez, podía imaginárselo nadando en el agua con sus
purpurinas aletas pectorales desplegadas como alas y la gran cola erecta tajando
la tiniebla. "Me pregunto cómo podrá ver a tanta profundidad -pensó-. Sus ojos
son enormes, y un caballo, con mucho menos ojo, puede ver en la oscuridad. En
otro tiempo yo veía perfectamente en la oscuridad. No en la tiniebla completa.
Pero veía casi como los gatos."
El sol y el continuo movimiento de sus dedos habían librado completamente de
calambre la mano izquierda, y empezó a pasar más presión a esta mano
contrayendo los músculos de su espalda para repartir un poco el escozor del
sedal.
-Si no estás cansado, pez -dijo en voz alta-, debes de ser muy extraño.
Se sentía ahora muy cansado y sabía que pronto vendría la noche y trató de
pensar en otras cosas. Pensó en las Grandes Ligas. Sabía que los Yankees de
Nueva York estaban jugando contra los Tigres de Detroit.
"Éste es el segundo día en que no me entero del resultado de los juegos -pensó-.
Pero debo tener confianza y debo ser digno del gran DiMaggio, que hace todas las
cosas perfectamente, aun con el dolor de la espuela de hueso en el talón. ¿Qué
cosa es una espuela de hueso? -se preguntó-. Nosotros no las tenemos. ¿Será tan
dolorosa como la espuela de un gallo de pelea en el talón de una persona? Creo
que no podría soportar eso, ni la pérdida de uno de los ojos, o de los dedos, y
seguir peleando como hacen los gallos de pelea. El hombre no es gran cosa junto
a las grandes aves y a las fieras. Con todo, preferiría ser esa bestia que está
allá abajo en la tiniebla del mar."
-No sé -dijo en voz alta-. Nunca he tenido una espuela de hueso.
El sol se estaba poniendo. Para darse más confianza, el viejo recordó aquella
vez, cuando, en la taberna de Casablanca, había pulseado con el gran negro de
Cienfuegos, que era el hombre más fuerte de los muelles. Habían estado un día y
una noche con sus codos sobre una raya de tiza en la mesa, y los antebrazos
verticales, y las manos agarradas. Cada uno trataba de bajar la mano del otro
hasta la mesa. Se hicieron muchas apuestas y la gente entraba y salía del local
bajo las luces de queroseno, y él miraba al brazo y a la mano del negro, y a la
cara del negro. Cambiaban de árbitro cada cuatro horas, después de las primeras
ocho, para que los árbitros pudieran dormir. Por debajo de las uñas de los dedos
manaba sangre, y se miraban a los ojos y a sus antebrazos, y los apostadores
entraban y salían del local, y se sentaban en altas sillas contra la pared para
mirar. Las paredes estaban pintadas de un azul brillante. Eran de madera, y las
lámparas arrojaban las sombras de los pulseadores contra ellas. La sombra del
negro era enorme y se movía contra la pared según la brisa hacía oscilar las
lámparas.
Las apuestas siguieron subiendo y bajando toda la noche, y al negro le daban ron
y le encendían cigarrillos en la boca. Luego, después del ron, el negro hacia un
tremendo esfuerzo y una vez había tenido al viejo, que entonces no era viejo,
sino Santiago, el Campeón, cerca de tres pulgadas fuera de la vertical. Pero el
viejo había levantado de nuevo la mano y la había puesto a nivel. Entonces tuvo
la seguridad de que tenía derrotado al negro, que era un hombre magnífico y un
gran atleta. Y al venir el día, cuando los apostadores estaban pidiendo que se
declarara tablas, había aplicado todo su esfuerzo y forzado la mano del negro
hacia abajo, más y mas, hasta hacerle tocar la madera. La competencia había
empezado el domingo por la mañana y terminado el lunes por la mañana. Muchos de
los apostadores habían pedido un empate porque tenían que irse a trabajar a los
muelles, a cargar sacos de azúcar, o a la Havana Coal Company. De no ser por
eso, todo el mundo hubiera querido que continuara hasta el fin. Pero él la había
terminado de todos modos antes de la hora en que la gente tenía que ir a
trabajar.
Después de esto, y por mucho tiempo, todo el mundo le había llamado el Campeón y
había habido un encuentro de desquite en la primavera. Pero no se había apostado
mucho dinero y él había ganado fácilmente, puesto que en el primer match había
roto la confianza del negro de Cienfuegos. Después había pulseado unas cuantas
veces más y luego había dejado de hacerlo. Decidió que podía derrotar a
cualquiera si lo quería de veras pero pensó que perjudicaba su mano derecha
para pescar. Algunas veces había practicado con la izquierda. Pero su mano
izquierda había sido siempre una traidora y no hacia lo que le pedía; no
confiaba en ella.
"El sol la tostará bien ahora -pensó-. No debe volver a engarrotárseme, salvo
que haga demasiado frío de noche. Me pregunto qué me traerá esta noche."
Un aeroplano pasó por encima en su viaje hacia Miami y el viejo vio cómo su
sombra espantaba a las manchas de peces voladores.
-Con tantos peces voladores, debe de haber dorados -dijo, y se echó hacia atrás
contra el sedal para ver si era posible ganar alguna ventaja sobre su pez. Pero
no: el sedal permaneció en esa tensión, ese temblor y ese rezumar de agua que
precede a la rotura. El bote avanzaba lentamente y el viejo siguió con la mirada
al aeroplano hasta que lo perdió de vista.
"Debe de ser muy extraño ir en un aeroplano -pensó-. Me pregunto cómo lucirá la
mar desde esa altura. Si no volaran demasiado alto, podrían ver los peces. Me
gustaría volar muy lentamente a doscientas brazas de altura y ver los peces
desde arriba. En los barcos tortugueros, yo iba en las crucetas de los
masteleros y aun a esa altura veía muchos. Desde allí los dorados lucen más
verdes y se puede ver sus franjas y sus manchas violáceas y se ve todo el banco
buceando. ¿Por qué todos los peces voladores de la corriente oscura tienen lomos
violáceos y generalmente franjas o manchas del mismo color? El dorado parece
verde, desde luego, porque es realmente dorado. Pero cuando viene a comer,
verdaderamente hambriento, aparecen franjas de color violáceo en sus costados,
como en las agujas. ¿Será la cólera o mayor velocidad lo que las hace salir?"
Justamente antes del anochecer, cuando pasaban junto a una gran isla de sargazo
que se alzaba y bajaba y balanceaba con el leve oleaje, como si el océano
estuviera haciendo el amor con alguna cosa, bajo una manta amarilla un dorado se
prendió en su sedal pequeño. El viejo lo vio primero cuando brincó al aire, oro
verdadero a los últimos rayos del sol, doblándose y debatiéndose fieramente.
Volvió a surgir, una y otra vez, en las acrobáticas salidas que le dictaba su
miedo. El hombre volvió como pudo a la popa y agachándose y sujetando el sedal
grande con la mano y el brazo derecho, tiró del dorado con su mano izquierda,
plantando su descalzo pie izquierdo sobre cada tramo de sedal que iba ganando.
Cuando el pez llegó a popa, dando cortes y zambullidas, el viejo se inclinó
sobre la popa y levantó al bruñido pez de oro de pintas violáceas por sobre
ésta. Sus mandíbulas actuaban convulsivamente en rápidas mordidas contra el
anzuelo y batió el fondo del bote con su largo cuerpo plano, su cola y su
cabeza, hasta que el viejo le pegó en la brillante cabeza dorada. Entonces se
estremeció y se quedó quieto.
El viejo desenganchó al pez, volvió a cebar el sedal con otra sardina y lo
arrojó al agua. Después volvió lentamente a la proa. Se lavó la mano izquierda y
se la secó en el pantalón. Luego pasó el grueso sedal de la mano derecha a la
mano izquierda y lavó la mano derecha en el mar mientras lavaba la mirada en el
sol que se hundía en el océano, y en el sesgo del sedal grande.
-No ha cambiado nada en absoluto -dijo.
Pero observando el movimiento del agua contra su mano, notó que era
perceptiblemente más lento.
-Voy a amarrar los dos remos uno contra otro y a colocarlos de través detrás de
la popa: eso retardará de noche su velocidad -dijo-. Si el pez se defiende bien
de noche, yo también.
"Sería mejor limpiar el dorado un poco después para que la sangre se quedara en
la carne - pensó-. Puedo hacer eso un poco más tarde y amarrar los remos para
hacer un remolque al mismo tiempo. Será mejor dejar tranquilo al pez por ahora y
no perturbarlo demasiado a la puesta del sol. La puesta del sol es un momento
difícil para todos los peces."
Dejó secar su mano en el aire, luego cogió el sedal con ella y se acomodó lo
mejor posible y se dejó tirar adelante contra la madera para que el bote
aguantara la presión tanto o más que él.
"Estoy aprendiendo a hacerlo -pensó-. Por lo menos esta parte. Y luego,
recuerda que el pez no ha comido desde que cogió la carnada, y que es enorme, y
necesita mucha comida. Ya me he comido un bonito entero. Mañana me comeré el
dorado. Quizá me coma un poco cuando lo limpie. Será más difícil de comer que el
bonito. Pero, después de todo, nada es fácil."
-¿Cómo te sientes, pez? -preguntó en voz alta-. Yo me siento bien, y mi mano
izquierda va mejor, y tengo comida para una noche y un día. Sigue tirando del
bote, pez.
No se sentía realmente bien porque el dolor que le causaba el sedal en la
espalda habla rebasado casi el dolor y pasado a un entumecimiento que le parcela
sospechoso. "Pero he pasado cosas peores -pensó-. Mi mano sólo está un poco
rozada y el calambre ha desaparecido de la otra. Mis piernas están
perfectamente. Y además, ahora te llevo ventaja en la cuestión del sustento."
Ahora es de noche, pues en septiembre se hace de noche rápidamente después de la
puesta del sol. Se echó contra la madera gastada de la proa y reposó todo lo
posible. Habían salido las primeras estrellas. No conocía el nombre de Venus,
pero la vio, y sabía que pronto estarían todas a la vista, y que tendría consigo
a todas sus amigas lejanas.
-El pez es también mi amigo -dijo en voz alta-. Jamás he visto un pez así, ni he
oído hablar de él. Pero tengo que matarlo. Me alegra que no tengamos que tratar
de matar a las estrellas.
"Imagínate que cada día tuviera uno que tratar de matar a la luna -pensó-. La
luna se escapa. Pero, imagínate que tuviera uno que tratar diariamente de matar
al sol! Nacimos con suerte."
Luego sintió pena por el gran pez que no tenía nada que comer, y su decisión de
matarlo no se aflojó por eso un instante. "Podría alimentar a mucha gente -pensó-. Pero, ¿serán dignos de comerlo? No, desde luego que no. No hay persona
digna de comérselo, a juzgar por su comportamiento y su gran dignidad.
"No comprendo estas cosas -pensó-. Pero es bueno que no tengamos que tratar de
matar al sol o a la luna o a las estrellas. Basta con vivir del mar y matar a
nuestros verdaderos hermanos.
"Ahora -meditó- tengo que pensar en el remolque para demorar la velocidad. Tiene
sus peligros y sus méritos. Pudiera perder tanto sedal que pierda al pez si hace
su esfuerzo y si el remolque de remos está en su lugar y el bote pierde toda su
ligereza. Su ligereza prolonga el sufrimiento de nosotros dos, pero es mi
seguridad, puesto que el pez tiene una gran velocidad que no ha empleado
todavía. Pase lo que pase, tengo que limpiar el dorado a fin de que no se eche a
perder y comer una parte de él para estar fuerte.
"Ahora descansaré una hora más, y veré si continúa firme y sin alteración antes
de volver a la popa, y hacer el trabajo, y tomar una decisión. Entre tanto, veré
cómo se porta y si presenta algún cambio. Los remos son un buen truco, pero ha
llegado el momento de actuar sobre seguro. Todavía es mucho pez, y he visto que
el anzuelo estaba en el canto de su boca, y ha mantenido la boca herméticamente
cerrada. El castigo del anzuelo no es nada. El castigo del hambre y el que se
halle frente a una cosa que no comprende, lo es todo. Descansa ahora, viejo, y
déjalo trabajar hasta que llegue tu turno."
Descansó durante lo que creyó serían dos horas. La luna no se levantaba ahora
hasta tarde y no tenía modo de calcular el tiempo. Y no descansaba realmente,
salvo por comparación. Todavía llevaba con los hombros la presión del sedal,
pero puso la mano izquierda en la regala de proa y fue confiando cada vez más
resistencia al propio bote.
"Qué simple seria si pudiera amarrar el sedal -pensó-. Pero con una brusca
sacudida podría romperlo. Tengo que amortiguar la tensión del sedal con mi
cuerpo y estar dispuesto en todo momento a soltar sedal con ambas manos."
-Pero todavía no has dormido, viejo -dijo en voz alta-. Ha pasado medio día y
una noche, y ahora otro día, y no has dormido. Tienes que idear algo para poder
dormir un poco si el pez sigue tirando tranquila y seguidamente. Si no duermes,
pudiera nublársete la cabeza.
"Ahora tengo la cabeza despejada -pensó-. Demasiado despejada. Estoy tan claro
como las estrellas, que son mis hermanas. Con todo, debo dormir. Ellas duermen,
y la luna y el sol también duermen, y hasta el océano duerme a veces, en ciertos
días, cuando no hay corriente y se produce una calma chicha.
"Pero recuerda dormir -pensó-. Oblígate a hacerlo e inventa algún modo simple y
seguro de atender a los sedales. Ahora vuelve allá y prepara el dorado. Es
demasiado peligroso armar los remos en forma de remolque y dormirse.
"Podría pasarme sin dormir -se dijo-. Pero sería demasiado peligroso."
Empezó a abrirse paso de nuevo hacia la popa, a gatas, con manos y rodillas,
cuidando de no sacudir el sedal del pez. "Éste pudiera estar ya medio dormido -pensó-.
Pero no quiero que descanse. Debe seguir tirando hasta que muera."
De vuelta en la popa, se volvió de modo que su mano izquierda aguantaba la
tensión del sedal a través de sus hombros y sacó el cuchillo de la funda con la
mano derecha.
Ahora las estrellas estaban brillantes, y vio claramente el dorado, y le clavó
el cuchillo en la cabeza y lo sacó de debajo de la popa. Puso uno de sus pies
sobre el pescado, y lo abrió rápidamente desde la cola hasta la punta de su
mandíbula inferior. Luego soltó el cuchillo y lo destripó con la mano derecha
limpiándolo completamente y arrancándole de cuajo las agallas. Sintió la tripa
pesada y resbaladiza en su mano, y la abrió. Dentro había dos peces voladores.
Estaban frescos y duros, y los puso uno junto al otro, y arrojó las tripas a las
aguas por sobre la popa. Se hundieron dejando una estela de fosforescencia en el
agua. El dorado estaba ahora frío y de de un leproso blanco gris a la luz de
las estrellas; y el viejo le arrancó el pellejo de un costado mientras sujetaba
su cabeza con el pie derecho. Luego lo viró y peló la otra parte, y con el
cuchillo levantó la carne de cada costado desde la cabeza a la cola.
Soltó el resto sobre la borda y miró a ver si se producía algún remolino en el
agua. Pero sólo se percibía la luz de su lento descenso. Se volvió entonces y
puso los dos peces voladores dentro de los filetes de pescado y, volviendo el
cuchillo a la funda, regresó lentamente a la proa. Su espalda era doblada por la
presión del sedal que corría sobre ella mientras él avanzaba con el pescado en
la mano derecha.
De vuelta en la proa, puso los dos filetes de pescado en la madera y los peces
voladores junto a ellos. Después de esto, afirmó el sedal a través de sus
hombros y en un lugar distinto, y lo sujetó de nuevo con la mano izquierda
apoyada en la regala. Luego se inclinó sobre la borda y lavó los peces
voladores en el agua notando la velocidad del agua contra su mano. Su mano
estaba fosforescente por haber pelado al pescado y observó el flujo del agua
contra ella. El flujo era menos fuerte y al frotar el canto de su mano contra
la tablazón del bote salieron flotando partículas de fósforo y derivaron
lentamente hacia popa.
-Se está cansando o descansando -dijo el viejo-. Ahora déjame comer este dorado,
y tomar algún descanso, y dormir un poco.
Bajo las estrellas en la noche, que se iba tornando cada vez más fría, se comió
la mitad de uno de los filetes de dorado y uno de los peces voladores limpio de
tripa y sin cabeza.
-Qué excelente pescado es el dorado para comerlo cocinado -dijo-. Y qué pescado
más malo es crudo. Jamás volveré a salir en un bote sin sal o limones.
"Si hubiera tenido cerebro, habría echado agua sobre la proa todo el día. Al
secarse, habría hecho sal -pensó-. Pero el hecho es que no enganché el dorado
hasta cerca de la puesta del sol. Sin embargo, fue una falta de previsión. Pero
lo he masticado bien y no siento náuseas."
El cielo se estaba nublando sobre el este y una tras otra las estrellas que
conocía fueron desapareciendo. Ahora parceía como si estuvieran entrando en un
gran desfiladero de nubes, y el viento había amainado.
-Dentro de tres o cuatro días habrá mal tiempo -dijo-. Pero nó esta noche, ni
mañana. Apareja ahora para dormir un poco, viejo, mientras el pez está tranquilo
y sigue tirando seguido.
Sujetó firmemente el sedal en su mano derecha, luego empujó su muslo contra su
mano derecha mientras echaba todo el peso contra la madera de la proa. Después
pasó el sedal un poco más abajo, en los hombros, y lo aguantó con la mano
izquierda en forma de soporte.
"Mi mano derecha puede sujetarlo mientras tenga soporte -pensó-. Si se afloja en
el sueño, mi mano izquierda me despertará cuando el sedal empiece a correr. Es
duro para la mano derecha. Pero está acostumbrada al castigo. Aun cuando sólo
duerma veinte minutos o media hora, me hará bien."
Se inclinó adelante, afianzándose contra el sedal con todo su cuerpo, echando
todo su peso sobre la mano derecha, y se quedó dormido.
No soñó con los leones marinos. Soñó con una vasta mancha de marsopas que se
extendía por espacio de ocho a diez millas. Y esto era en la época de su
apareamiento, y brincaban muy alto en el aire, y volvían al mismo hoyo que
habían abierto en el agua al brincar fuera de ella.
Luego soñó que estaba en el pueblo, en su cama, y soplaba un norte, y hacia
mucho frío, y su mano derecha estaba dormida porque su cabeza había descansado
sobre ella en vez de hacerlo sobre una almohada.
Después sí empezó a soñar con la larga playa amarilla, y vio al primero de los
leones que descendían a ella al anochecer. Y luego vinieron los otros leones. Y
él apoyó la barbilla sobre la madera de la proa del barco que allí estaba
fondeado, y sintió la vespertina brisa de tierra mientras aguardaba a ver si
venían más leones. Y era feliz.
La luna se había levantado hacía mucho tiempo, pero él seguía durmiendo, y el
pez seguía tirando seguidamente del bote, y éste entraba en un túnel de nubes.
Lo despertó la sacudida de su puño derecho contra su cara y el escozor del sedal
pasando por su mano derecha. No tenía sensación en su mano izquierda, pero frenó
todo lo que pudo con la derecha y el sedal seguía corriendo precipitadamente.
Por fin su mano izquierda halló el sedal, y el viejo se echó hacia atrás contra
el sedal, y ahora le quemaba la espalda y la mano izquierda, y su mano
izquierda estaba aguantando toda la tracción, y se estaba desollando malamente.
Volvió la vista a los rollos de sedal y vio que se estaban desenrollando
suavemente. Justo entonces, el pez irrumpió en la superficie haciendo un gran
desgarrón en el océano, y cayó pesadamente luego. A poco, volvió a irrumpir,
brincando una y otra vez, y el bote iba velozmente aunque el sedal seguía
corriendo, y el viejo estaba llevando la tensión hasta su máximo de resistencia,
repetidamente, una y otra vez. El pez había tirado de él contra la proa, y su
cara estaba contra la tajada suelta de dorado y no podía moverse.
"Esto es lo que esperábamos -pensó-. Así pues, vamos a aguantarlo.
"Que tenga que pagar por el sedal -pensó-. Que tenga que pagarlo bien."
No podía ver los brincos del pez sobre el agua: sólo sentía la rotura del océano
y el pesado golpe contra el agua al caer.
La velocidad del sedal desollaba sus manos, pero nunca había ignorado que esto
sucedería, y trató de mantener el roce sobre sus partes callosas y de no dejar
escapar el sedal a la palma, para evitar que le desollara los dedos.
"Si el muchacho estuviera aquí, mojaría los rollos de sedal -pensó-. Si. Si el
muchacho estuviera aquí. Si el muchacho estuviera aquí."
El sedal se iba más y más, pero ahora más lentamente, y el viejo estaba
obligando al pez a ganar con trabajo cada pulgada de sedal. Ahora levantó la
cabeza de la madera y la sacó de la tajada de pescado que su mejilla había
aplastado. Luego se puso de rodillas y seguidamente se puso de pie con
lentitud. Estaba cediendo sedal, pero más lentamente cada vez. Logró volver
adonde podía sentir con el pie los rollos de sedal que no veía. Quedaba todavía
suficiente sedal y ahora el pez tenía que vencer la fricción de todo aquel nuevo
sedal a través del agua.
"Sí -pensó-. Y ahora ha salido más de una docena de veces fuera del agua y ha
llenado de aire las bolsas a lo largo del lomo y no puede descender a morir a
las profundidades de donde yo no pueda levantarlo. Pronto empezará a dar
vueltas. Entonces tendré que empezar a trabajarlo. Me pregunto qué le habrá
hecho brincar tan de repente fuera del agua. ¿Habrá sido el hambre, llevándolo a
la desesperación, o habrá sido algo que lo asustó en la noche? Quizás haya
tenido miedo de repente. Pero era un pez tranquilo, tan fuerte, y pareció tan
valeroso y confiado... Es extraño."
-Mejor será que tú mismo no tengas miedo y que tengas confianza, viejo -dijo-.
Lo estás sujetando de nuevo, pero no puedes recoger sedal. Pronto tendrá que
empezar a girar en derredor.
El viejo sujetaba ahora al pez con su mano izquierda y con sus hombros, y se
inclinó y cogió agua en el hueco de la mano derecha para quitarse de la cara la
carne aplastada del dorado. Temía que le diera náuseas, y vomitara, y perdiera
sus fuerzas. Cuando hubo limpiado la cara, lavó la mano derecha en el agua por
sobre la borda, y luego la dejó en el agua salada mientras percibía la aparición
de la primera luz que precede a la salida del sol.
"Va casi derecho al este -pensó-. Eso quiere decir que está cansado y que sigue
la corriente. Pronto tendrá que girar. Entonces empezará nuestro verdadero
trabajo."
Después de considerar que su mano derecha llevaba suficiente tiempo en el agua,
la sacó y la miró.
-No está mal dijo-. Para un hombre, el dolor no importa.
Sujetó el sedal con cuidado, de tal forma que no se ajustara a ninguna de las
recientes rozaduras, y lo corrió de modo que pudiera poner su mano izquierda en
el mar por sobre el otro costado del bote.
-Lo has hecho bastante bien y no en balde -dijo a su mano izquierda-. Pero hubo
un momento en que no podía encontrarte.
"¿Por qué no habré nacido con dos buenas manos? -pensó-. Quizá yo haya tenido la
culpa, por no entrenar ésta debidamente. Pero bien sabe Dios que ha tenido
bastantes ocasiones de aprender. No lo ha hecho tan mal esta noche, después de
todo, y sólo ha sufrido calambre una vez. Si le vuelve a dar, deja que el sedal
le arranque la piel."
Cuando le pareció que se le estaba nublando un poco la cabeza, pensó que debía
comer un poco más de dorado. "Pero no puedo -se dijo-. Es mejor tener la mente
un poco nublada que perder fuerzas por la náusea. Y yo sé que no podré guardar
la carne si me la como después de haberme embarrado la cara con ella. La dejaré
para un caso de apuro hasta que se ponga mala. Pero es demasiado tarde para
tratar de ganar fuerzas por medio de la alimentación. Eres estúpido -se dijo-.
Cómete el otro pez volador."
Estaba allí, limpio y listo, y lo recogió con la mano izquierda, y se lo comió
todo, hasta la cola, masticando cuidadosamente.
"Era más alimenticio que casi cualquier otro pez -pensó-. Por lo menos me dará
el tipo de fuerza que necesito. Ahora he hecho lo que podía -pensó-. Que empiece
a trazar círculos, y venga la pelea."
El sol estaba saliendo por tercera vez desde que se había hecho a la mar, cuando
el pez empezó a dar vueltas.
El viejo no podía ver, por el sesgo del sedal, que el pez estaba girando. Era
demasiado pronto para eso. Sentía simplemente un débil aflojamiento de la
presión del sedal y comenzó a tirar de él suavemente con la mano derecha. Se
tensó, como siempre, pero justo cuando llegó al punto en que se hubiera roto, el
sedal empezó a ceder. El viejo sacó con cuidado la cabeza y los hombros de
debajo del sedal, y empezó a recogerlo suave y seguidamente. Usó las dos manos
sucesivamente, balanceándose y tratando de efectuar la tracción, lo más posible,
con el cuerpo y con las piernas. Sus viejas piernas y sus hombros giraban con
ese movimiento de montoneo a que lo obligaba la tracción.
-Es un ancho círculo erijo-. Pero está girando.
Luego el sedal terminó de ceder, y el viejo lo sujetó hasta que vio que empezaba
a soltar las gotas al sol. Luego empezó a correr, y el viejo se arrodilló y lo
dejó ir nuevamente, a regañadientes, al agua oscura.
-Ahora está haciendo la parte más lejana del círculo -dijo.
"Debo aguantar todo lo posible -pensó-. La tirantez acortará su círculo cada vez
más. Es posible que lo vea dentro de una hora. Ahora debo convencerlo y luego
debo matarlo."
Pero el pez seguía girando lentamente y el viejo estaba empapado en sudor y
fatigado hasta la médula dos horas después, pero los círculos eran mucho más
cortos; y, por la forma en que el sedal se sesgaba, podía apreciar que el pez
había ido subiendo mientras giraba.
Durante una hora, el viejo había estado viendo puntos negros ante los ojos, y el
sudor salaba sus ojos y salaba la herida que tenía en su ceja y en su frente.
No temía a los puntos negros. Eran normales a la tensión a que estaba tirando
del sedal. Dos veces, sin embargo, había sentido vahídos y mareos, y eso lo
preocupaba.
-No puedo fallarme a mí mismo y morir frente a un pez como éste -dijo-. Ahora
que lo estoy acercando tan lindamente, Dios me ayude a resistir. Rezaré cien
padrenuestros y cien avemarías. Pero no puedo rezarlos ahora.
"Considéralos rezados -pensó-. Los rezaré más tarde."
Justamente entonces, sintió de súbito una serie de tirones y sacudidas en el
sedal, que sujetaba con ambas manos. Era una sensación viva, dura y pesada.
"Está golpeando el alambre con su pico -pensó-. Tenía que suceder. Tenía que
hacer eso. Sin embargo, puede que lo haga brincar fuera del agua, y yo
preferiría que ahora siguiera dando vueltas. Los brincos fuera del agua le eran
necesarios para tomar aire. Pero después de eso, cada uno puede ensanchar la
herida del anzuelo, y pudiera llegar a soltar el anzuelo."
-No brinques, pez -dijo-. No brinques.
El pez golpeó el alambre varias veces más, y cada vez que sacudía la cabeza, el
viejo cedía un poco más de sedal.
"Tengo que evitar que aumente su dolor -pensó-. El mío no importa. Yo puedo
controlarlo. Pero su dolor pudiera exasperarlo."
Después de un rato, el pez dejó de golpear el alambre y empezó a girar de nuevo
lentamente. Ahora el viejo estaba ganando sedal gradualmente. Pero de nuevo
sintió un vahído. Cogió un poco de agua del mar con la mano izquierda y se mojó
la cabeza. Luego cogió más agua y se frotó la parte de atrás del cuello.
-No tengo calambres -dijo-. El pez estará pronto arriba y tengo que resistir.
Tienes que resistir. De eso, ni hablar.
Se arrodilló contra la proa y, por un momento, deslizó de nuevo el sedal sobre
su espalda. “Ahora descansaré mientras él sale a trazar su círculo, y luego,
cuando venga, me pondré de pie y lo trabajaré”, decidió.
Era una gran tentación descansar en la proa y dejar que el pez trazara un
círculo por sí mismo sin recoger sedal alguno. Pero cuando la tirantez indicó
que el pez había virado para venir hacia el bote, el viejo se puso de pie y
empezó a tirar en ese movimiento giratorio y de contoneo, hasta recoger todo el
sedal ganado al pez.
Jamás me he sentido tan cansado -pensó-, y ahora se está levantando la brisa.
Pero eso me ayudará a llevarlo a tierra. Lo necesito mucho."
-Descansaré en la próxima vuelta que salga a dar -dijo-. Me siento mucho mejor.
Luego, en dos o tres vueltas más, lo tendré en mi poder.
Su sombrero de yarey estaba allá en la parte de atrás de la cabeza. El viejo
sintió girar de nuevo al pez, y un fuerte tirón del sedal lo hundió contra la
proa.
"Pez, ahora tú estás trabajando -pensó-. A la vuelta te pescaré."
El mar estaba bastante más agitado. Pero era una brisa de buen tiempo y el viejo
la necesitaba para volver a tierra.
-Pondré, simplemente, proa al sur y al oeste -dijo-. Un hombre no se pierde
nunca en la mar. Y la isla es larga.
Fue en la tercera vuelta cuando primero vio al pez. Lo vio primero como una
sombra oscura que tardó tanto tiempo en pasar bajo el bote, que el viejo no
podía creer su longitud.
-No -dijo-. No puede ser tan grande.
Pero era tan grande, y al cabo de su vuelta salió a la superficie solo a treinta
yardas de distancia, y el hombre vio su cola fuera del agua. Era más alta que
una gran hoja de guadaña, y de un color azuloso-rojizo muy pálido sobre la
oscura agua azul. Volvió a hundirse, y mientras el pez nadaba justamente bajo la
superficie, el viejo pudo ver su enorme bulto y las franjas purpurinas que lo
ceñían. Su aleta dorsal estaba aplanada; y sus enormes aletas pectorales
desplegadas a todo lo que daban.
En ese circulo pudo el viejo ver el ojo del pez y las dos rémoras grises que
nadaban en torno a él. A veces se adherían a él. A veces saltan disparadas. A
veces nadaban tranquilamente a su sombra. Cada una tenía más de tres pies de
largo, y cuando nadaban rápidamente meneaban todo su cuerpo como anguilas.
El viejo estaba ahora sudando, pero por algo más, que por el sol. En cada vuelta
que daba plácida y tranquilamente el pez, el viejo iba ganando sedal y estaba
seguro de que en dos vueltas más tendría ocasión de clavarle el arpón.
"Pero tengo que acercarlo, acercarlo, acercarlo -pensó-. No debo apuntar a la
cabeza. Tengo que metérselo en el corazón.
-Calma y fuerza, viejo -dijo.
En la vuelta siguiente, el lomo del pez salió del agua; pero estaba demasiado
lejos del bote. En la siguiente vuelta, estaba todavía lejos, pero sobresalía
más del agua, y el viejo estaba seguro de que cobrando un poco más de sedal
habría podido arrimarlo al bote.
Había preparado su arpón mucho antes y su rollo de cabo ligero estaba en una
cena redonda, y el extremo estaba amarrado a la bita en la proa.
Ahora el pez se estaba acercando, bello y tranquilo, a la mirada, y sin mover
más que su gran cola. El viejo tiró de él todo lo que pudo para acercarlo más.
Por un instante el pez se viró un poco sobre un costado. Luego se enderezó y
emprendió otra vuelta.
-Lo moví-dijo el viejo-. Esta vez lo moví.
Sintió nuevamente un vahído, pero siguió aplicando toda la presión de que era
capaz el gran pez. "Lo he movido -pensó-. Quizá esta vez pueda virarlo. Tirad,
manos -pensó-. Aguantad firmes, piernas. No me falles, cabeza. No me falles.
Nunca te has dejado llevar. Esta vez voy a virarlo."
Pero cuando puso en ello todo su esfuerzo empezando a bastante distancia antes
de que el pez se pusiera a lo largo del bote, y tirando con todas sus fuerzas,
el pez se viró en parte, y luego se enderezó, y se alejó nadando.
-Pez dijo el viejo-. Pez, vas a tener que morir de todos modos. ¿Tienes que
matarme también a mí?
"De ese modo no se consigue nada", pensó. Su boca estaba demasiado seca para
hablar, pero ahora no podía alcanzar el agua. "Esta vez tengo que arrimarlo -pensó-. No estoy para muchas vueltas más. ¡Si, como no!
-se dijo a sí mismo-. Estás para eso y para mucho más."
En la siguiente vuelta, estuvo a punto de vencerlo. Pero de nuevo el pez se
enderezó y salió nadando lentamente.
"Me estás matando, pez -pensó el viejo-. Pero tienes derecho. Hermano, jamás en
mi vida he visto cosa más grande, ni más hermosa, ni más tranquila, ni más noble
que tú. Vamos, ven a matarme. No me importa quién mate a quién.
"Ahora se está confundiendo mi mente -pensó-. Tienes que mantener tu cabeza
despejada. Mantén tu cabeza despejada y aprende a sufrir como un hombre. O como
un pez", pensó.
-Despéjate, cabeza -dijo en voz que apenas podía oír-. !Despéjate!
Dos veces más ocurrió lo mismo en las vueltas.
"No sé -pensó el viejo. Cada vez se había sentido a punto de desfallecer-. No
sé. Pero probaré otra vez."
Probó una vez más y se sintió desfallecer cuando viró al pez. El pez se enderezó
y salió nadando de nuevo lentamente, meneando en el aire su gran cola.
"Probaré de nuevo", prometió el viejo, aunque sus manos estaban ahora pulposas,
y sólo podía ver bien a intervalos.
Probó de nuevo y fue lo mismo. "Vaya -pensó, y se sintió desfallecer antes de
empezar-. Voy a probar otra vez."
Cogió todo su dolor y lo que quedaba de su fuerza y del orgullo que había
perdido hacia mucho tiempo y lo enfrentó a la agonía del pez. Y éste se viró
sobre su costado y nadó suavemente así, de costado, tocando, casi con el pico la
tablazón del bote y empezó a pasarlo: largo, espeso, ancho, plateado y listado
de púrpura e interminable en el agua.
El viejo soltó el sedal y puso su pie sobre él, y levantó el arpón tan alto como
pudo y lo lanzó hacia abajo con toda su fuerza, y más fuerza que acababa de
crear, al costado del pez, justamente detrás de la gran aleta pectoral que se
elevaba en el aire, a la altura del pecho de un hombre. Sintió que el hierro
penetraba en el pez y se inclinó sobre él y lo forzó a penetrar más, y luego le
echó encima todo su peso.
Luego, el pez cobró vida, con la muerte en la entraña, y se levantó del agua,
mostrando toda su gran longitud y anchura y todo su poder y su belleza. Pareció
flotar en el aire sobre el viejo que estaba en el bote. Luego cayó en el agua
con un estampido que arrojó un reguero de agua sobre el viejo y sobre todo el
bote.
El viejo se sentía desfallecer y estaba mareado y no veía bien. Pero soltó el
sedal del arpón y lo dejó correr lentamente entre sus manos en carne viva, y
cuando pudo ver, vio que el pez estaba de espalda, con su plateado vientre hacia
arriba. El mango del arpón se proyectaba