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Eduardo Luis Duhalde - El estado terrorista argentino
Comisión Provincial por la Memoria - Dossier Haroldo Conti (colección imágenes pdf 17 Mb)  | 
Nestor Kohan - Tradición y cultura crítica
 

Un místico comprometido

Por Mario Goloboff

Nacido en los suburbios del pueblo pampeano bonaerense de Chacabuco, a los doce años Haroldo Conti ingresó al Colegio Don Bosco de Ramos Mejía y a los catorce al Seminario de los padres salesianos, del cual se fue y reingresó dos veces. En 1944 pasó al Seminario Metropolitano Conciliar y empezó a escribir una novela misional, Luz en Oriente, se formó en filosofía y comenzó a leer al padre Leonardo Castellani. Terminó sus estudios en 1954 en la UBA y desde 1956 ejerció como profesor de escuela secundaria en Santos Lugares. Sobre un suelo místico y existencialista, fueron asentándose en él lecturas de Stevenson, Melville, Conrad, Gorki y, en otra vertiente, Faulkner, Pavese, Dylan Thomas, muy probablemente los personajes de Horacio Quiroga y los del uruguayo Juan José Morosoli.

La obra literaria de Haroldo Conti, que reconoce esas fuentes y otras más, tiene sin embargo una gran originalidad y una gran fuerza, y es de gran importancia para la literatura argentina y latinoamericana. Desde una de las mejores novelas que a mi juicio se han escrito aquí, Sudeste (1962), pasando por los cuentos de Con otra gente (1972), la novelas Alrededor de la jaula (1967) y En vida (que recibió el premio Barral, fallado por primera vez, en mayo de 1971), los relatos de La balada del Alamo Carolina (1975), hasta la novela Mascaró el cazador americano, Premio Casa de las Américas en 1975, ella se caracteriza por su homogeneidad y su considerable densidad.

Lamentablemente, no tuve relaciones personales con Haroldo Conti. Fue, sí, jurado, junto a Humberto Costantini, en un concurso de cuentos de la revista Microcrítica, en el que participé cuando era bastante joven, y donde me concedieron una mención, según recuerdo. Es posible que, luego, me haya cruzado con él en alguna librería o café de los comúnmente frecuentados, pero nada más. Ni siquiera llegué a tratarlo luego de publicar un largo trabajo sobre su obra literaria en la revista Nuevos Aires (“Haroldo Conti y el padecimiento de la máscara”), y cuyo anticipo apareció en La Opinión a fines de 1972, puesto que poco después me fui. Supe de su secuestro estando en Francia, nos preocupamos y conversamos mucho de él con Augusto Roa Bastos, mi ocasional compañero en Toulouse, y con otros exiliados, haciendo lo que se podía para denunciar el atropello y reclamar su libertad.

No obstante esa falta de trato personal, por su lectura, por lo que sé de su vida, por lo que cuentan quienes lo conocieron de cerca, me parece que, de las escrituras con las que tuve contacto, la suya es una de las más parecidas al hombre que la hizo. No suele ocurrir (más bien, sucede lo contrario) y, por eso, desde que lo percibí, me llamó y sigue llamándome la atención. El río, las islas, el viento, el barro, los botes, las lanchas, el barco, el transcurso casi imperceptible del invierno y del verano, las horas muertas como los peces moribundos, y la pasividad de los seres: toda esa quietud que rodea y contiene la vida, admite apenas un leve movimiento de tiempo que se repite, que no surca, que no avanza, pero que deja huellas. Desde Sudeste, su primera novela, siempre sería así en los relatos de Haroldo Conti.

Haroldo Conti nació en Chacabuco, provincia de Buenos Aires, en 1925. Fue maestro rural, actor, director teatral aficionado, seminarista, empresario de transportes, piloto civil, profesor de filosofía y guionista (escribió con Nicolás Sarquis el guión cinematográfico de La muerte de Sebastián Arache y su pobre entierro, 1972-1976.)

Comenzó escribiendo teatro: Examinados (que fue seleccionada en 1955, para ser leída en el teatro Odeón). En 1960 su cuento "La causa" obtuvo una mención en la edición en español de la revista Life y dos años después Fabril Editora premió su primera novela, Sudeste, a la que le siguieron Alrededor de la jaula (1966, llevada al cine en 1977 por Sergio Renán con el título Crecer de golpe), En vida (1971) y Mascaró el cazador americano (1975, Premio Casa de las Américas) y los libros de cuentos Todos los veranos (1965), Con otra gente (1967) y La balada del álamo Carolina (1975).

Según César Aira, "su narrativa es lírica, acuarelada, enigmática a fuerza de simplicidad". Colaboró en la revista Crisis y viajó a Cuba, donde participó como jurado del Premio Casa de las Américas.

Haroldo Conti fue secuestrado en la madrugada del 5 de mayo de 1976 por una patota del Batallón 601 de inteligencia del glorioso Ejército Argentino. Desde entonces continúa desaparecido. En 2000 se editó un libro sobre su vida: Haroldo Conti. Biografía de un cazador

El moroso desenvolvimiento de sus narraciones, la humildad del tono, su anunciada falta de originalidad y de grandeza temática en historias que, como destaca En vida, “no significan un carajo para nadie, (son) un montoncito de verdadera tristeza”, muestran un modo muy especial de aproximación a la materia narrativa. Una insatisfacción que acompaña las idas y vueltas de héroes cuyas vidas no son heroicas, ni ejemplares, ni típicas, ni siquiera importantes: hombres que no tienen nada que contar, como no sea la historia de algún otro; tipos que pueden cruzar la calle o no, torcer para cualquier lado; gente que “va y viene en un tiempo que jamás se consume”.

Es un tiempo casi sin presente, que sólo vive desde el futuro de la memoria. Ella mana el presente: “Fue un lindo tiempo, si se quiere, sólo que estaba destinado a terminar. Todo tiempo está destinado a terminar, naturalmente, y el principio de uno no es más que el término de otro. Pero en éste resultaba tan claro que parecía un recuerdo desde el mismo principio” (Alrededor de la jaula). La falta de certidumbre lleva a la memoria errátil, como a un campo de producción de una escritura prerepresentativa. ¿Qué es, qué son, si no, ese espacio lunar, y esa luna presente, y ese barro, en Sudeste? Origen inapresable, presente sin datos, futuro contingente: se hace necesario recobrar un tiempo también incontaminado en un espacio restituyente.

Es esta narrativa esencialista la que siempre me conmovió, esa monotonía, esa persecución de lo fundamental, del ser y no del tener: los seres despojados de todo (el Oreste de En vida; igualmente, Milo y el viejo, en Alrededor de la jaula), personas que están frente a la naturaleza y al mundo y a las cosas y a los otros seres como desnudos, como desapropiados. Una escritura sin duda también desapropiada, pobre, con la riqueza de lo pobre, de lo trabajado hasta pelarlo, para quitarle todo lo accesorio y dejar sólo lo sustantivo, lo inmanente.

Siendo que “el lujo, el atavío y la disipación no son significantes que sobrevengan aquí o allá, son los perjuicios del significante o del representante mismo”, cabe preguntarse con Derrida cuál sería el agua, cuál el barro y cuál la noche, de estos signos.

No parece absurdo pensar que tan radical poética buscó las respuestas, quizá cerrando la parábola, en un libro como Mascaró el cazador americano, la última novela del escritor, tan premonitoria inclusive de su propio destino. Aquí, en esta fantasía donde los mascarones ya no son sólo máscaras sino proas y guías, la inmersión en un sueño que se quiere colectivo parece anunciar el movimiento de recuperación, aquel por el que la palabra sería de todos.

A esa extraordinaria coherencia entre escritura y vida, entre acción y pensamiento, creo que alude el título de esta nota.

Página|12, 30/05/10


El retrato postergado, documental completo


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Haroldo Conti: Un homenaje merecido

Por Eduardo Anguita

El 5 de mayo de 1976, cuando se cumplían 158 años del nacimiento de Carlos Marx y 161 de la muerte de Napoleón Bonaparte, un grupo del batallón 601 montó una trampa en la casita que el escritor Haroldo Conti tenía en la esquina de Fitz Roy y Humbolt, en pleno Villa Crespo. Los del 601 eran los de Inteligencia y el genial Conti, en esa oportunidad, no era más que un conejo al que los inteligentes cazarían para alimentar la máquina del terror. Marta Scavac, su compañera, estaba con él esa madrugada y dio testimonio de la salvajada: "Apenas entramos, unos diez hombres estrafalariamente vestidos con vinchas, gorras y ropas raras, se nos vino encima. Inmediatamente me ataron las manos detrás de la espalda y me cubrieron, con ropa, la cara y la cabeza. Escucho que hacen lo mismo con Haroldo; aunque él se resiste, no es fácil reducirlo, es muy fuerte, pero le dicen que se quede quieto por el pibe, se referían al bebito (Ernesto, hoy un periodista de 32 años). "Señora, ¿cómo una mujer de su clase se metió en esto?" le preguntó uno de los inteligentes. "Le pedí que me explicara quiénes eran, qué querían. Me respondió que estábamos en guerra" dijo Marta. "O nosotros los matamos o ustedes nos matan a nosotros" contestó el inteligente. "Escucho que sigue rompiendo papeles. Le suplico que no rompa el cuento que Haroldo estaba escribiendo. Después comprobé que dejó la máquina de escribir de Haroldo, junto al borrador del cuento, intacto. Quedó sólo eso sin romper como un símbolo en medio de la casa revuelta, como sacudida por un terremoto" recuerda su compañera años después (revista Crisis, abril de 1986). "Comenzó a molestarse cuanto me preguntó por qué había viajado a Cuba con Haroldo. Le dije el motivo, que Haroldo había sido jurado de novela de Casa de las Américas".

El retrato postergado

Un film documental de Andrés Cuervo

El documental “El retrato postergado” gira en torno a la relación que tuvo el escritor desaparecido Haroldo Pedro Conti con un joven realizador cinematográfico llamado Roberto Cuervo, a mediados de la década del 70 en Argentina.

Haroldo recorre un período de viraje estético, en el que pasa de una literatura costumbrista a otra de alto compromiso político, cuando entabla amistad con Roberto quien comienza a filmarlo para componer un “retrato humano”.

Durante los años de la última dictadura argentina Haroldo es secuestrado y asesinado, sin conocerse aún datos de su destino ni del de sus restos.

Roberto Cuervo, por su parte, muere en un trágico accidente dejando solos a su mujer Cristina, viuda a los veinticinco años, y a su único hijo Andrés.

Hoy el tiempo ha pasado; Andrés Cuervo recupera el material filmado por su padre y completa la película dando cierre así al trabajo comenzado por Roberto hace treinta años.

Sitio del film: www.elretratopostergado.com.ar

Conti estaba por cumplir 41: había nacido el día de la Patria, un 25 de mayo, en un pueblo de la Pampa tranquila, Chacabuco, donde había ejercido como maestro rural, actor y director de teatro. También fue comerciante y piloto de aviones, aficionado a la pesca y profesor de filosofía. Pero antes de cumplir los 30 se reveló como novelista: con Alrededor de la jaula ganó un premio de la Universidad de Veracruz, y luego ganó el premio de la revista Life y el premio Municipal de Buenos Aires. Pero fue con Mascaró, el cazador americano, que obtuvo su mayor reconocimiento: el Premio Casa de las Américas, cuya primera edición se hizo en Cuba en 1959, el año de la revolución.

En ese 1975, cuando la Triple A organizaba sus ataques desde sedes policiales y de gobierno, los inteligentes ya observaban a Conti. La Dirección de Inteligencia de la Policía bonaerense tenía una división literaria destinada a espiar a personas como Conti. Según el legajo 2516 de los inteligentes, Mascaró "propicia la difusión de ideologías, doctrinas o sistemas políticos, económicos o sociales marxistas tendientes a derogar los principios sustentados en nuestra Constitución Nacional". Las actitudes del escritor –que se desprenden de la trama de la novela– son calificadas como apologéticas, respecto de los revolucionarios y guerrilleros, y como críticas o negativas, respecto de la represión, de la tortura indiscriminada y de la Iglesia Católica. Para demostrar que Mascaró había sido leído por algún entendido, el legajo señala que Mascaró "presenta un elevado nivel técnico y literario" y que Conti "luce una imaginación compleja y sumamente simbólica".

Otros inteligentes
 

Por entonces no era posible para muchos levantar la voz por la suerte de secuestrados como Conti. Dos semanas después de su secuestro, el sacerdote Leonardo Castellani –que conocía a Conti de su paso por el seminario- fue a almorzar con el dictador Videla en ese encuentro tremendo donde también estuvieron Ernesto Sábato y Jorge Luis Borges. Esa vez, tras la comida, Borges dijo lo que pensaba, tal como lo consignaba La Prensa del día siguiente: "Le agradecí personalmente el golpe del 24 de marzo, que salvo al país de la ignominia, y le manifesté mi simpatía por haber enfrentado las responsabilidades del gobierno". Castellani, que no comulgaba ideológicamente con Conti fue más valiente y pidió por el escritor. Algunos creen que Castellani pudo verlo, flaco y empalidecido, en los calabozos de la Policía Federal. La versión no tiene asidero, jamás Videla pudo haber autorizado una visita semejante, pero hay que destacarlo: mientras la jerarquía eclesiástica era partícipe del terror, un cura nacionalista pedía por la vida de un escritor revolucionario.

En la oscuridad del genocidio aparecen conductas que deberían oxigenarse con el correr de los años: el actor y dramaturgo Sergio Renán filmó Alrededor de la jaula después del secuestro de Conti. Es decir, mientras el Instituto de Cine estaba en manos del general de turno y la mayoría de los creadores y directores de cine se tenían que exiliar o desaparecían, a Renán le dieron autorización (y recursos) para llevar a la pantalla un cuento del escritor secuestrado y execrado por los militares. La película se estrenó en junio de 1977 y se llamó Crecer de golpe.

¿Cómo se puede explicar que Renán haya aceptado filmar a Conti mientras su familia y hasta un cura de derecha pedían por su paradero y él (Renán) ni tomaba contacto con ellos? Poco después del Mundial de Fútbol, Renán dirigió La fiesta de todos, una apología de la dictadura que no tiene desperdicios para quienes tengan el estómago duro. Fue, ni más ni menos, que propaganda a favor de Videla. En abril de 2007, cuando Renán estrenaba una película (Clarín, 13 de abril), Renán dijo: "En torno a esa película (La fiesta de todos) hay miradas profundamente parciales e injustas. Esa gente no tiene clara la alegría colectiva que se vivió en el Mundial 78 y que yo admito haber compartido. En cambio, nadie habla de Crecer de golpe, la película que hice sobre un texto de Conti, muerto por la dictadura. Crecer de golpe es mi película más querida". Por suerte, el periodismo y la narrativa enseñan a no calificar lo incalificable. Por suerte, este próximo miércoles 7 de mayo (2008), a las 13, en la Biblioteca Nacional, se hará un homenaje a Haroldo Conti. Allí estarán sus hijos Marcelo y Ernesto, su última compañera Marta Scavac, Hebe de Bonafini y el dirigente gremial Julio Piumato, preso político en aquellos años. Este recuerdo será el disparador, intenso, de dos días del seminario Cultura y medios en dictadura y en democracia. El recuerdo es bueno, en muchos aspectos, uno de ellos es para evitar las tergiversaciones o las películas más queridas de Renán.

Fuente: www.mediosydictadura.org.ar
 


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Algo había hecho

Por Juan Sasturain

Ayer (11/05/08), sobre el cierre de la Feria del Libro, se presentó Haroldo Conti, alias Mascaró, alias la vida, un hermoso volumen de más de trescientas páginas que reúne segmentos narrativos y artículos periodísticos de, testimonios sobre, entrevistas y comentarios críticos a y algunas "cartas significativas" del autor de Sudeste, Alrededor de la jaula, La balada del álamo carolina y En vida, entre otras maravillas. Compilados por el inmejorable Eduardo Romano –tan riguroso en la lectura como afectivamente cercano al universo narrativo y personal de Conti–, los textos dan cuenta exacta de la riqueza del mundo del autor y de la multiplicidad de los posibles acercamientos. El volumen inaugura, además, la Colección Presencias, una propuesta conjunta de Editorial Colihue con las Ediciones del Centro Cultural de la Memoria, una institución que funciona precisamente en lo que alguna vez fue la tenebrosa ESMA y que hoy se llama, digna y justamente, Haroldo Conti. Nada menos, casi demasiado.
 

Precisamente eso. Cuando volvemos sobre estos temas y sobre ciertos autores que han quedado como víctimas emblemáticas del terrorismo de Estado hace algo más de treinta años –Urondo, Walsh, Oesterheld y Conti, principalmente– es inevitable, casi inconsciente, la sensación de algo ya transitado con reiteración, dicho, recordado y –de algún modo– archivado en el apartado mental "La Dictadura". Es alevosamente así. Los recordatorios y los aniversarios tienen, entre otras, la equívoca y probablemente inevitable característica de ir acumulándose como capas sucesivas que en lugar de iluminar con crudeza los hechos originarios, los mediatizan, los van convirtiendo en referencias mecánicas que se suponen consabidas: "Ah, sí... Haroldo Conti, un escritor desaparecido". Y en realidad la exclamación que debería despertarnos es otra: "Ah, no... ¿Haroldo Conti, desaparecido" La pregunta que vuelve y vuelve es doble: cómo fue que llegamos a la situación en que semejantes cosas pudieran pasar y pasaron, y cómo es posible que al recordarlas no se nos mueva, no se nos siga moviendo el piso del buen sentido y la buena conciencia.

Este libro que lleva prólogo de Eduardo Jozami, responsable del Centro Cultural de la Memoria, contribuye seria y nada solemnemente a mantenernos inquietos y despiertos, con el piso bien movido. Lo primero que queda claro es que Haroldo Conti, confirmando sin paradojas el adagio, "algo había hecho". Por un lado, para hacerse lugar en la memoria amorosa y agradecida de los lectores de entonces y de hoy: ser uno de los mejores narradores de su generación; por otro, para que la dictadura lo considerara su enemigo: entregar su vida a la militancia revolucionaria.


Cuento Las 12 a Bragado, en la voz de Alejandro Apo (Radio Nacional)

Esas dos verdades aparecen transparentes, elocuentes como nunca, en un texto de algún modo increíble que este libro rescata: el informe anónimo que el "asesor literario" de la Secretaría de Informaciones del Estado (la tenebrosa SIDE), elaboró en 1975, aconsejando la prohibición –que se haría efectiva– de la novela Mascaró, el cazador americano. La tensión alevosa entre la seducción que opera sobre el funcionario-lector el maravilloso texto literario y los criminales imperativos de las razones de Estado es uno de los momentos más escalofriantes de este libro ejemplar.

Haroldo Conti no sólo lo ha escrito en parte; también lo habría leído.

Fuente: Página/12, 12/05/08


 

Haroldo Conti entrevistado por Heber Cardoso y Guillermo Boido (1975)

El escritor Haroldo Conti nació en Chacabuco, provincia de Buenos Aires, el 25 de mayo de 1925. En 1940 ingresó en el Seminario Metropolitano Conciliar, de Villa Devoto, estudios que abandonó siete años más tarde, para ingresar en la Facultad de Filosofía y Letras donde se recibió en 1954. Realizó cursos de piloto civil y vuelos, y en 1952 obtuvo dos becas del Cine Club Gente de Cine trabajando como asistente de dirección. Fue maestro rural, director teatral, empresario de transportes, profesor de Filosofía y de Latín. En 1962, publicó su primera novela, Sudeste, por la que obtuvo el primer premio del concurso organizado por Fabril Editora. A esta novela, le siguieron Todos los veranos (1964), Alrededor de la jaula (1966), Con otra gente (1967) y En vida (1971). En 1971 realizó su primer viaje a Cuba como jurado de Casa de las Américas, viaje que produjo un viraje en su literatura: Conti señaló que Cuba constituyó "su primer contacto a flor de piel con América. Y eso me bastó para hacer una cosa distinta, una novela jubilosa, Mascaró, abierta, donde por primera vez los personajes no mueren. Decidí hacer una literatura con un sentido más americano, cosa que, en ese momento, estaba muy lejos de mí". En 1972 escribió el guión de cine de La muerte de Sebastián Arache y su pobre entierro, dirigida por Nicolás Sarquis y finalizada en 1977.



Comisión Provincial por la Memoria - Dossier Haroldo Conti

Esta entrevista, publicada bajo el título "Un simple trabajador", fue realizada el 15 de junio de 1975 con motivo de la aparición de su libro de cuentos La balada del álamo carolina. En ella, se perfila una imagen alternativa del escritor profesional, pues Conti se caracterizó por su ubicación externa a los círculos literarios y por una poética basada en la experiencia personal de los hechos narrados. Su literatura está ligada a una experiencia de vida que se supone transmutable a la escritura, en un intento imaginario de borrar las diferencias entre el arte y la vida.

Meses después de esta entrevista, publicó la novela Mascaró, el cazador americano, por la que obtuvo el premio Casa de las Américas. Al año siguiente, el 5 de mayo de 1976, fue secuestrado por la dictadura militar de su departamento de la calle Fitz Roy. Hasta el día de hoy, su nombre permanece en la lista de desaparecidos.

Heber Cardoso y Guillermo Boido colaboraron, a comienzos de los años setenta, en Crisis y La Opinión Cultural; posteriormente, fueron editores de la revista Ciencia Hoy. El periodista y crítico literario Heber Cardoso nació en Rocha, Uruguay, en 1946. Colaboró en diversas publicaciones periodísticas y dirigió la colección "Los grandes éxitos" en el Centro Editor de América Latina. El físico y poeta Guillermo Boido nació en Buenos Aires en 1941. Su primer libro de poemas, Situación, se editó en 1971. Luego publicó Poemas para escribir en un muro, Once poemas, el ensayo Einstein o la armonía del mundo, y los diálogos con Roberto Juarroz Poesía y creación. Actualmente, se dedica a la historia de la ciencia y la divulgación científica y ha publicado numerosos artículos en Análisis, Clarín, Hispamérica, El Ornitorrinco, entre otras publicaciones.

[Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero, Página/12, 18/01/06]
 

Entrevista

La Opinión, 15 de junio de 1975

¿Cómo Haroldo Conti vino a resultar un escritor?

–Habría que contar la historia de uno mismo. La cosa empezó de esta manera. Yo era alumno de una escuela de pupilos. En aquel tiempo no había cine, y reemplazábamos esa diversión dominical con unas funciones de títeres. Yo me ocupaba de escribir los libretos que, como en todas las seriales, se acababan en el momento de mayor suspenso y se continuaban en el próximo domingo. Así nació en mí una parte de esa vocación por la literatura.

La otra parte se la debo a mi padre. El siempre fue un gran cuentero y lo es todavía. Es un hombre de pueblo que cuenta y cuenta cosas como toda la gente de pueblo, que a veces no tiene otra cosa que hacer. Mi padre era un viajante, un tendero ambulante y yo salía a recorrer el campo con él; se encontraba con la gente y antes de venderle nada se ponía a charlar y contar cosas. Así recibí ese hábito de contar oralmente.

Un día en el colegio de curas donde estudiaba, se me ocurrió escribir una novela misional, sobre aventuras de misioneros en tierras extrañas. La novela se llamaba Luz en Oriente. No me acuerdo si la terminé. Así fue naciendo la cosa. Después ingresé a la Facultad de Filosofía y Letras y hubo una época de silencio en la que me dediqué a estudiar y, voluntariamente, dejé todo ese tipo de inquietudes. Por ese camino acabé siendo un triste profesor de escuela secundaria. Hace veinte años que enseño latín. Después se me dio por el teatro. En aquella época estaban en boga los teatros independientes. La experiencia fue dramática: en esa época la Municipalidad de Buenos Aires había organizado jornadas de teatro leído en el Odeón. Se seleccionaban obras de autores noveles y se leían al público. Lo lamentable era que el público estaba constituido por aquellos que habían sido rechazados en el concurso. En cuanto los actores comenzaban con el parlamento, los del público, que estaban con una bronca negra, se levantaban y empezaban a despotricar contra la obra. Y eso fue lo que me pasó a mí y me borré para siempre del teatro. Por aquellos años conocí el Delta, uno de los metejones de mi vida, me dediqué a construir un barco, me fui metiendo muy adentro de un determinado mundo, fui conociendo la gente de la costa, los isleños, la gente de barcos. Y con toda naturalidad, mientras construía ese barco, surgió Sudeste. Así empezó todo.

–¿Sudeste es para usted su novela más importante?

–Es quizá la novela mía que más ha importado. Pero cada novela mía es un pedazo de mi vida, son vidas que he vivido con la misma intensidad con que se vive una vida. En la medida en que quiero esas vidas, quiero esas novelas. Ustedes saben que yo tengo un especial cariño por Alrededor de la jaula, a diferencia de lo que muchos lectores opinan.

–Una vez usted dijo que En vida clausuraba una etapa de su obra.

–En parte sí. En el sentido de que me ayudó a superar esa crisis. Pero, además, hubo otras influencias literarias vitales. Viajé dos veces a Cuba y esa fue una experiencia decisiva. Creo que Mascaró y La balada del álamo carolina, las obras que aparecerán dentro de poco, son el resultado de esas influencias.

–¿Le hace feliz escribir?

–En absoluto. Es un gran dolor, un gran esfuerzo, inclusive físico. Me crea problemas personales, de relación; me vuelvo huraño, fastidioso. Escribo porque no tengo más remedio. Escribo o me muero. Es como estar embarazado, supongo. Después uno pare y se acabó. Se siente mejor, más aliviado.

–Cuando escribe, ¿piensa especialmente en algún tipo de lector?

–No lo sé bien. Faulkner, que tenía un concepto machista del asunto, decía que uno escribe para las mujeres. Yo vengo del cine, hago cine; como novelista me importa mucho precisar imágenes, formas, colores, sonidos, músicas. Incluso suelo pensar mis novelas en secuencias, no en capítulos. Bueno, a veces trato de imaginar a ese lector prototípico para el que escribo. Pero nunca puedo precisar del todo sus riesgos, su condición social, sus exigencias para conmigo. Quizás poco antes de morir venga y me diga: "Estuvo escribiendo para mí". Va a ser una experiencia interesante.

–¿Cómo llega a saber si un tema se convertirá en cuento o novela?

–No lo sé realmente, pero lo intuyo. Sé instintivamente cuándo un tema da para un cuento y otro para novela. La cosa es inapelable. Si una cosa se me da para cuento es inútil que la fuerce como novela. Son técnicas totalmente distintas; incluso mi estado de ánimo es totalmente distinto cuando escribo una novela. La novela es como una vida que tengo que vivir. En cambio si un cuento no lo escribo inmediatamente, de una vez, se me madura interiormente y después no me dice nada; ya me lo conté a mí mismo y ya no lo sé contar de otra forma. Se me maduró demasiado, se me pudrió. Tengo que estar dos días sobre la máquina y el cuento sale.

–A lo largo de su oficio se habrá preguntado muchas veces para qué sirve escribir.

–Por supuesto. Uno se pregunta si no es una tarea inútil la nuestra, eso de escribir fatigosamente, de atornillarse a una silla sin saber si vamos a trascender ese acto individual y llegar a un público. A veces ocurre que las ganas de escribir son como una enfermedad y uno escribe para curarse. He dicho muchas veces que yo no escribo la Historia sino las historias de las gentes, de los hombres concretos. Escribo para rescatar hechos, para rescatarme a mí mismo. Podría decirles más: creo que toda mi obra es una obsesiva lucha contra el tiempo, contra el olvido de los seres y las cosas. Uno siente que envejece, que se va y quiere que algunas cosas, de alguna manera, permanezcan. Es una cuestión, diríamos, metafísica, y determina todo lo que escribo.


Entrevista con Marcelo y Alejandra, hijos de Haroldo Conti. Emision del programa radial Atrapados en libertad por AM 530, La Voz de las Madres, septiembre 2009.

Eso se ve claramente en Mi vida, que es un claro rescate del pasado. En esa novela puse a Alan Crosby, mi amigo del Tigre y lo llamé Paco. En la vida real, Alan Crosby no se salvó, ahí anda, borracho perdido. Yo quise rescatarlo en Paco, en esa figura literaria. Y en Mascaró, mi nueva novela, y en los cuentos que escribí en estos últimos tiempos incluyo abiertamente a mis amigos, a la gente que quiero. En Mascaró, por ejemplo, casi todos los personajes fueron elaborados a partir de amigos míos: Tony Beck, el Nene Bruzzone, el Capitán Alfonso Domínguez que murió hace años pero yo lo conservo vivo en esa novela, incluso le he dado un poco más de vida de la que tenía en la realidad. Es una manera de compartirlos con todo el mundo. Acabo de dedicar un cuento a mi tía Haydée, que representa mucho para mí; y pongo "A mi tía Haydée para que nunca se muera". Sé que ese cuento, de alguna manera, en alguna biblioteca va a sobrevivir y que de acá a cien años alguien va a abrir ese libro y ella va a estar viva, porque ahí en ese cuento la dejé viva para siempre. También yo me siento vivo en alguno de esos personajes, Oreste, por ejemplo, el protagonista de En vida.

–En alguna ocasión ha dicho que con En vida había terminado haciendo una literatura muy "individualista". ¿Qué significa eso?


Cuento La balada del Alamo Carolina, en la voz de Miguel Angel González (Radio Nacional)

–Simplemente que estaba contando el drama de un pobre tipo y no el de un pueblo. La novela apareció en momentos en que en nuestro país ocurrían hechos sociales de enorme importancia. Algunos me acusaron de dar la espalda a la realidad del país; otros dijeron que la novela era francamente reaccionaria, porque yo me ocupaba de un problema individual en plena dictadura. A muchos amigos uruguayos, por ejemplo, la novela no les dijo nada, ellos estaban inmersos en el clima político de su patria, en la efervescencia militante. No fue así en España; claro, allá estaban en otra cosa. Pero creo que hay tiempos y estados de lectura, y con En vida sucedió esto: el tiempo de lectura no coincidió con el tiempo social. Tal vez más adelante pueda ser evaluada como hecho literario y no como desfasaje entre ambos tiempos.

–¿Para qué sirve, desde el punto social o político, contar el "drama de un pobre tipo"?

–A veces se habla de compromiso únicamente en términos políticos, como si el escritor debiera ser solamente el portaestandarte de una causa política. Uno se puede comprometer con un sistema político, pero también con un drama individual, por ejemplo el de un hombre que padece un cáncer o un drama amoroso. El hombre en su totalidad es una causa. Mucha gente habla de revolución y olvida que las revoluciones las hacen los tipos concretos. En En vida quise hacer la radiografía de un hombre del montón, jodido por esta sociedad, castrado en sus posibilidades de elegir.


Haroldo Conti, seminarista, de sotana.

Lo que algunos no vieron es que Oreste termina por hacer su elección, y eso está dicho explícitamente en el último párrafo. Hay en el protagonista una revolución interior, un cambio de actitud vital. Es el problema moral por excelencia: el de la libertad. Y es que la revolución empieza en el individuo, no se impone por decreto. Si en mi obra reciente, creo, aparece un mayor compromiso con lo social, eso ocurrió por añadidura, y me alegro. Pero no me lo propuse ex profeso. Por ejemplo, en uno de los cuentos, "Mi madre andaba en la luz", traté de contar el drama de un pueblito, Warnes. Sin abandonar mi tono, mis climas anteriores. Sigo creyendo que es una torpeza fijar de antemano el tipo de literatura que uno debe escribir. No puede haber otra preceptiva más que la que surge de la honestidad consigo mismo.

–Hay una polémica muy actual acerca de la condición del escritor. ¿Se considera un trabajador?

–Sí, acepto ese término.

–¿Aun en esta sociedad burguesa?

–Claro. Y creo que un trabajador no tiene privilegios en mérito a la función que cumple. Niego esa aureola, esa condición de aristócrata con que se han revestido muchos escritores burgueses. ¿Qué diferencia hay entre lo que hacía mi abuelo, que era carpintero, o mi padre, un tendero y vendedor ambulante, y lo que yo hago? Mi abuelo manejaba el serrucho y la garlopa; yo manejo mi máquina de escribir, mis ideas y un lenguaje. Ni siquiera estoy exceptuado del esfuerzo físico. No quiero que mi oficio me destaque o jerarquice: como dice Mario Benedetti, "no hay prioridades para el escritor". El único privilegio al que puedo aspirar es que algún día mis compañeros albañiles o mecánicos me reconozcan como uno de los suyos. Y así como alguien podrá decir "mi orgullo es ser albañil", yo diré "mi orgullo es ser escritor", el de construir historias tal como el albañil construye casas.

–¿Pero, en esta sociedad, acaso el escritor es tan explotado como un albañil?

–La explotación se manifiesta concretamente en la lucha diaria para sobrevivir. Hablo de la Argentina, caso que conozco bien. A los escritores nos trampean, nos amarran con contratos leoninos (si es que nos publican), nos arreglan con el famoso diez por ciento de tapa, no podemos controlar las ediciones ni los volúmenes de venta. Y los contratos son puramente formales. ¿No es una explotación como cualquier otra? Y no me pregunten si puedo vivir de la literatura de este modo. Está claro que no. Miren mi caso personal; tengo seis o siete premios internacionales y sin embargo mi ingreso fijo siguen siendo los doscientos mil pesos mensuales que gano como profesor de latín en una escuela secundaria. Otros halagos económicos no tengo. Me gusta viajar. Creo que para mi oficio es imprescindible conocer lugares y gentes. Viajaría eternamente, pero los viajes me los tengo que financiar yo, generalmente. De modo que un viaje hacia lo desconocido y maravilloso puede ser irme a mi pueblo, a doscientos kilómetros; es toda una hazaña, pero cuesta muchos pesos. Por eso es que no me queda más remedio que vender mi obra y discutir el precio.

Imagen: Ricardo Ajler


 

Ni olvido ni perdón: justicia

Buenos Aires, 4 de mayo de 2006 (Por Marta Conti (*), especial para ANC-UTPBA).- El verano se ha dormido. Un viento fresco recorre la plaza de mayo en la madrugada. Allí estamos los tres. El brazo de Haroldo rodea mi espalda. Fuerte, protector en su ternura. Nuestro bebé duerme apretado contra mi pecho. Una mujer en soledad golpea un bombo peronista. Tiene muchos inviernos sobre su piel. Un cielo poblado de nubes ofrece sus matices blancos, celestes, azules hasta llegar a un negro intenso cargado de amenazas. El silencio nos une en un entenderse de almas.

Un helicóptero aparece de la nada. Revolotea cual ave de rapiña sobre nuestras cabezas. Lo vemos partir hacia la oscuridad. El sonido del miedo golpea las ventanas de las casas dormidas. Un gato espantado trepa hasta la copa de un árbol. Desde allí observa atentamente. Avanza con estudiada lentitud quedándose en la rama más alta, más segura. Memoria inteligente que le evita dificultades ya sufridas. La plaza ha quedado vacía. Nuestro hijo se sacude en llanto. Intento calmarlo. Llora más fuerte. Haroldo le habla suavemente.

Sus manos recorren su rostro sin tocarlo. Se miran fijamente. Me impactan sus miradas. Mi cuerpo entero es puro escalofrío. Haroldo besa mi frente. Sus ojos azules / siempre presentes en mi vida / me llevan por el camino de los sueños. Regresamos lentamente. Como queriendo detener el tiempo en ese mismo instante. Mis hijas nos esperan sin dormir. Y están abrazadas muy juntas en un rincón del sillón grande. Nadie habló. Ya estaba todo dicho no mucho antes de esa fatídica noche del 24 de marzo de 1976.

El teléfono comienza a sonar ininterrumpidamente. Así cada día, cada noche.

Se suceden las preguntas. No hay respuestas. Todavía hoy. ¿Por qué? ¿Quién? ¿Cómo? ¿Dónde están? Los asesinos callan. Son cobardes. Tanta maldad no cabe en el infierno. Los ingleses se emborracharon de risas al ver sus lágrimas. No los soldaditos, ellos fueron víctimas todos de los mismos asesinos uniformados. Ellos se mimetizan en sus caras pintarrajeadas. Los detectamos por el olor que sale de sus entrañas cual ratas podridas en las cloacas. Es su hábitat. Cuevas tenebrosas donde no llega el sol. El sol es la vida. Lo que los señores mensajeros de la muerte no soportan. Son incapaces de ver un amanecer en su esplendor, de escuchar el canto de los pájaros, de amar hasta que el corazón duela.

Un remolino de perdidas me despinto el alma. Y yo aquí / en el camino / con todos en algún lugar/. La memoria intacta esperando en el vacío de mis manos. El dolor por las ausencias se anidó muy dentro de mí. Golpea duro. Como las injusticias que se siguen padeciendo. El país del por algo será, esta devastado. Tanta inocencia pisoteada en los niños sin futuro. Conmueve el total desamparo en la vejez. La impotencia es tan grande que a veces cierro las puertas al mundo y me refugio en el silencio que invento todavía.

Pero la vida es más que este momento. Es salir con el corazón bien puesto buscando señales que nos conduzcan a senderos nuevos aunque el pronóstico anuncie largos y fríos inviernos y el mar me siga siendo inalcanzable. Simplemente... porque allí no estarás...

La noche camina sola y ella tampoco escucha sus nombres (ANC-UTPBA).

(*) Compañera del periodista y escritor detenido-desaparecido Haroldo Conti



 

30 años del secuestro y desaparición de Haroldo Conti

Paisajes contra otra gente (*)

Buenos Aires, 4 de mayo de 2006 (por Néstor Restivo (**), especial para ANC-UTPBA).- Se perdía entre la gente como isleño en el Delta, como piloto civil, camionero, seminarista casi cura, bancario, maestro de grado, profesor de filosofía y latín, esgrimista, cineasta, cronista y náufrago en las costas uruguayas. Más en la línea viajera de Hemingway o Daylan Thomas que en la de Borges o Sábato:

"Yo soy escritor nada más que cuando escribo. El resto del tiempo me pierdo en la gente. Pero el mundo está tan lleno de vida, de cosas y sucesos, que tarde o temprano vuelvo con un libro".

Haroldo Conti en la tapa de la revista Gente

El año es 1971. PARADOS: Roberto De Vicenzo, Francisco Dorignac, Haroldo Conti, Jack Davis, Omar Pastoriza, Carlos Bianchi.
SENTADOS: Graciela Borges, Cristian Andrade, Raúl de La Torre, Roberto Rimoldi Fraga, María Ester Lovero, Landrú, Arturo Mor Roig, Juanita Bullrich y Cipe Lincovsky.
EN ELPISO: Sabú, Fernando Bravo, Vicente Fernández. CLIC PARA AGRANDAR

Haroldo Conti (1925 – "desaparecido" por la dictadura militar en 1976) volvía, sí, de cada una de esas experiencias, con las novelas "Sudeste", "Alrededor de la jaula", "En vida" y "Mascaró, el cazador americano" o sus libros de cuentos "Todos los veranos", "Con otra gente" o "La balada del álamo Carolina", o sus relatos sueltos, o sus artículos en la revista Crisis. Pero volver a la literatura no era separarse de la gente. En sus libros, el paisaje estaba centrado en el hombre: el Boga de "Sudeste", el tío Agustín de "Las 12 a Bragado", el niño Milo de "Alrededor de la jaula" o el Oreste, el alter ego de Conti de "En vida" y "Mascaró, el cazador americano".

Un paisaje que empieza en la riqueza y memoria cultural de un pueblo bonaerense y que se va desplegando hacia los ríos, el país profundo y, luego, el vasto territorio latinoamericano. Y que fluye desde, quizás, una resignada y piadosa desesperanza hasta el optimismo de su última novela, "Mascaró...", en los años de la utopía.

Pero es difícil encasillar a Conti en una estética realista-naturalista, mucho menos en el pintoresquismo. Su camino es el reconocimiento, primero, de una realidad al detalle, para aspirar entonces, desde los libros pero sobre todo desde su compromiso vital, a una transformación, a una trascendencia de lo humano.

También es difícil encasillar a Conti en una generación. Comenzó a publicar a comienzos de la década del setenta, ¿pero se lo puede referir como un escritor integrante de la llamada Generación del cincuenta y cinco? Es cierto que coincidió temporalmente con aquellos escritores, influido por las mismas variables político-culturales: la caída del peronismo, cierta incidencia sobre todo de las narrativas de Estados Unidos, Francia y España, la Revolución Cubana, el boom de la novela latinoamericana y el auge del marxismo en la región, los debates (o la actitud "parricida") con Borges y Cortázar...

Pero todo esto se hace relativo frente a una escritura donde la relación entre el paisaje y los humanos va más allá de cualquier realismo o costumbrismo, donde la clave pasa por esa "entrañable comprensión de la cultura popular más que nada suburbana, de esa zona fronteriza entre las grandes ciudades y lo propiamente campesino", donde "bajo la aparente inmovilidad provinciana subyacen tensiones a menudo inadvertidas para ojos poco sagaces, como por ejemplo las que provienen de los sucesivos desencuentros y reencuentros entre el ritmo de la vida humana y el de la naturaleza".

Tuvo dos mujeres, dos hijos, una hija y amigos por donde quiera que hubo andado. Conoció premios importantes en la Argentina, en América latina y en Europa. Tenía 50 años cuando se lo llevaron, como a Walsh, Santoro, Bustos, Dorronzoro, "Pirí" Lugones y tantos otros. Su amigo, el escritor Humberto Constantini -con quien alguna vez se peleó en la SADE para convertirla en una herramienta del cambio que buscaban- imaginó, al volver del exilio, que si Conti hubiera seguido viviendo, su narrativa se habría volcado a los paisajes del mar. Otro amigo, Aníbal Ford, aventura que habría continuado con algo que ya había comenzado a experimentar: una poética que se traspasaba de la literatura al periodismo y otras formas de testimonio.

Haroldo Conti y el Padre Castellani

Corría el mes de mayo de 1976, la dictadura de Videla pretende inicar un acercamiento con las "fuerzas vivas" de la sociedad, realizando una serie de encuentros con intelectuales, periodistas, escritores, etc. Son invitados a almorzar con el dictador, entre otros, los escritores Borges, Sábato y el Padre Castellani. Nadie más alejado de la posición política de Haroldo Conti que el controvertido sacerdote nacionalista, sin embargo el cura tuvo la osadía -entre los arrullos condescendientes y el chupamedismo extremo de Borges y Sábato- de pasarle al dictador un papelito con el nombre del recientemente desaparecido Haroldo Conti. Por supuesto no logró nada, solo la volátil e hipócrita promesa del genocida de ocuparse del caso. Pero el gesto honra al Padre Castellani. Un reportaje de la revista Crisis refleja las diferencias de visiones y criterios entre Sábato y Castellani.

"Mis novelas -afirmó Haroldo una vez- son bastante testimoniales, aunque uno al decir testimonial piensa enseguida en el testimonio de un marco social o político. Yo doy el testimonio de un hombre, y a través de él enfoco el contorno; generalmente doy testimonios de soledades. Creo que tocando la soledad de un hombre, se toca la soledad de muchos o quizá de todos".

Su fin prematuro e impune impide corroborar estas hipótesis sobre un desarrollo literario ulterior. Pero su historia y sus libros permiten saber que el compromiso de Haroldo Conti existió a lo largo de toda su vida, solitario, en los hechos más básicos y por lo mismo más genuinos de la vida cotidiana.

Hacia sus últimos años, Conti buscó su camino en una lucha política clara, abierta y definida; apoyó la Revolución Cubana, cuyo descubrimiento in situ lo deslumbró, y la tarea del sindicalista Agustín Tosco y los frentes legales que adherían al Partido Revolucionario de los Trabajadores en la Argentina. Pero quienes conocieron a Haroldo afirman que estaba en las antípodas del dogmatismo. Como su literatura, Conti era un humanista. Como narrador, un regalador incurable de solidaridades sin banderías:

"Me reconozco en las pequeñas cosas y las pequeñas vidas sin residuo de historia. En el inmenso tejido de los acontecimientos, de los gestos y de las palabras de que está compuesto el destino de un grupo humano. Prefiero quedarme, a riesgo de perderme con ellos, con el gesto y la palabra y no con el resumen, el hito o la pauta. Y acaso parte del compromiso o de la tarea consiste en eso. En contar una historia de los hombres y no la Historia a sacas" (ANC-UTPBA).

(*) Del libro "Historia crítica de la literatura argentina".
(**) Periodista, se desempeña en el diario Clarín.



 

La última y mala noticia sobre Haroldo Conti

Por Gabriel García Márquez

5 de mayo de 1976: desaparece Haroldo Conti

A Haroldo Conti, que era un escritor argentino de los grandes, le advirtieron en octubre de 1975 que las fuerzas armadas lo tenían en una lista de "agentes subversivos". La advertencia se repitió por distintos conductos en las semanas siguientes y, a principios de 1976, era ya de dominio público en Buenos Aires. Por esos días, me escribió una carta a Bogotá, en la cual era evidente su estado de tensión. "Martha y yo vivimos prácticamente como bandoleros", decía, "ocultando nuestros movimientos, nuestros domicilios, hablando en clave". Y terminaba: "Abajo va mi dirección, por si sigo vivo". Esa dirección era la de su casa alquilada en el número 1205 de la calle Fitz Roy, en Villa Crespo, donde siguió viviendo sin precauciones de ninguna clase hasta que un comando de seis hombres armados la asaltó a medianoche, nueve meses después de la primera advertencia, y se lo llevaron vendado y amarrado de pies y manos, y lo hicieron desaparecer para siempre. Haroldo Conti tenía entonces 51 años, había publicado siete libros excelentes y no se avergonzaba de su gran amor a la vida. Su casa urbana tenía un ambiente rural: criaba gatos, criaba palomas, criaba perros, criaba niños y cultivaba en canteros legumbres y flores. Como tantos escritores de nuestra generación, era un lector constante de Hemingway, de quien aprendió además la disciplina de cajero de banco. Su pensamiento político era claro y público, lo expresaba de viva voz y lo exponía en la prensa, y su identificación con la revolución cubana no era un misterio para nadie.

Desde que recibió las primeras advertencias tenía una invitación para viajar a Ecuador, pero prefirió quedarse en su casa. "Uno elige", me decía en su carta. El pretexto principal para no irse era que Martha estaba encinta de siete meses y no sería aceptada en avión. Pero la verdad es que no quiso irse. "Me quedaré hasta que pueda, y después Dios verá", me decía en su carta, "porque, aparte de escribir, y no muy bien que digamos, no sé hacer otra cosa". En febrero de 1976, Martha dio a luz un varón, a quien pusieron el nombre de Ernesto. Ya para entonces, Haroldo Conti había colgado un letrero frente a su escritorio: "Este es mi lugar de combate, y de aquí no me voy". Pero sus secuestradores no supieron lo que decía ese letrero, porque estaba escrito en latín.

El 4 de mayo de 1976, Haroldo Conti escribió toda la mañana en el estudio y terminó un cuento que había empezado el día anterior: A la diestra. Luego se puso saco y corbata para dictar una clase de rutina en una escuela secundarla del sector, y antes de las seis de la tarde volvió a casa y se cambió de ropa. Al anochecer ayudó a Martha a poner cortinas nuevas en el estudio, jugó con su hijo de tres meses y le echó una mano en las tareas escolares a una hija del matrimonio anterior de Martha, que vivía con ellos: Myriam, de siete años. A las nueve de la noche, después de comerse un pedazo de carne asada, se fueron a ver El Padrino II. Era la primera vez que iban al cine en seis meses. Los dos niños se quedaron al cuidado de un amigo que había llegado esa tarde de Córdoba y lo invitaron a dormir en el sofá del estudio.

Cuando volvieron, a las 12.05 horas de la noche, quien les abrió la puerta de su propia casa fue un civil armado con una ametralladora de guerra. Dentro había otros cinco hombres, con armas semejantes, que los derribaron a culatazos y los aturdieron a patadas.

El amigo estaba inconsciente en el suelo, vendado y amarrado, y con la cara desfigurada a golpes. En su dormitorio, los niños no se dieron cuenta de nada porque habían sido adormecidos con cloroformo.

Haroldo y Martha fueron conducidos a dos habitaciones distintas, mientras el comando saqueaba la casa hasta no dejar ningún objeto de valor. Luego los sometieron a un interrogatorio bárbaro. Martha, que tiene un recuerdo minucioso de aquella noche espantosa, escuchó las preguntas que le hacían a su marido en la habitación contigua. Todas se referían a dos viajes que Haroldo Conti había hecho a La Habana. En realidad. había ido dos veces -en 1971 y en 1974-, y en ambas ocasiones como jurado del concurso de La Casa de las Américas. Los interrogadores trataban de establecer por esos dos viajes que Haroldo Conti era un agente cubano.

A las cuatro de la madrugada, uno de los asaltantes tuvo un gesto humano, y llevó a Martha a la habitación donde estaba Haroldo para que se despidiera de él. Estaba deshecha a golpes, con varios dientes partidos, y el hombre tuvo que llevarla del brazo porque tenía los ojos vendados. Otro que los vio pasar por la sala, se burló: "¿Vas a bailar con la señora?". Haroldo se despidió de Martha con un beso. Ella se dio cuenta entonces de que él no estaba vendado, y esa comprobación la aterrorizó, pues sabía que sólo a los que Iban a morir les permitían ver la cara de sus torturadores. Fue la última vez que estuvieron juntos. Seis meses después del secuestro, habiendo pasado de un escondite a otro con su hijo menor, Martha se asiló en la Embajada de Cuba. Allí estuvo año y medio esperando el salvoconducto, hasta que el general Omar Torrijos intercedió ante el almirante Emilio Massera, que entonces era miembro de la Junta de Gobierno Argentina, y éste le facilitó la salida del país.

 

Quince días después del secuestro, cuatro escritores argentinos -y entre ellos los dos más grandes- aceptaron una invitación para almorzar en la casa presidencial con el general Jorge Videla. Eran Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, Alberto Ratti, presidente de la Sociedad Argentina de Escritores, v el sacerdote Leonardo Castellani. Todos habían recibido por distintos conductos la solicitud de plantearle a Videla el drama de Haroldo Conti. Alberto Ratti lo hizo, y entregó además una lista de otros once escritores presos. El padre Castellani, entonces tenía casi ochenta años y había sido maestro de Haroldo Conti, pidió a Videla que le permitiera verlo en la cárcel. Aunque la noticia no se publicó nunca, se supo que, en efecto, el padre Castellani lo vio el 8 de julio de 1976 en la cárcel de Villa Devoto, y que lo encontró en tal estado de postración que no le fue posible conversar con él.

Otros presos, liberados más tarde, estuvieron con Haroldo Conti. Uno de ellos rindió un testimonio escrito, según el cual fue su compañero de presidio en el campo de concentración de la Brigada Gómez, situada en la autopista Richieri, a doce kilómetros de Buenos Aires por el camino de Ezeiza. "En mayo de 1976", dice el testimonio, "Haroldo Conti se encontraba en una celda de dos metros por uno, con piso de cemento y puerta metálica. Llegó el día 20. Dijo haber estado en un lugar del Ejército, donde lo pasó muy mal. Dijo que se había quedado encerrado en un baño, donde se desmayó. Apenas sí podía hablar y no podía comer. El día 21 pudo comer algo. Se ve que andaba muy mal porque le dieron una manta y lo iban a ver con frecuencia. En la madrugada del día 22 lo sacaron de la celda. Parece que lo iban a revisar o algo así. Estaba muy mal y no retenía orines". El testigo no lo volvió a ver en la prisión. No ha habido gestión, ni derecha ni torcida, que la esposa y los amigos de Haroldo Conti no hayamos hecho en el mundo entero para esclarecer su suerte.

Hace unos dos años sostuve una entrevista en México con el almirante Emilio Massera, que ya entonces estaba retirado de las armas y del Gobierno, pero que mantenía buenos contactos con el poder. Me prometió averiguar todo lo que pudiera sobre Haroldo Conti, pero nunca me dio una respuesta definitiva. En junio de 1980, la reina Sofía de España viajó a Argentina al frente de una delegación cultural que asistió al aniversario de Buenos Aires. Un grupo de exiliados le pidió a algunos miembros de la comitiva que intercedieran ante el Gobierno argentino para la liberación de varios presos políticos prominentes. Yo, en nombre de la Fundación Habeas, y como amigo personal de Haroldo Conti, les pedí una gestión muy modesta: establecer de una vez y para siempre cuál era su situación real. La gestión se hizo, pero el Gobierno argentino no dio ninguna respuesta. Sin embargo, en octubre pasado, cuando ya estaba decidido su retiro de la presidencia, el general Jorge Videla concedió una entrevista a una delegación de alto nivel de la agencia Efe, y respondió algunas preguntas sobre los presos políticos. Por primera vez habló entonces de Haroldo Conti. No hizo ninguna precisión de fecha, ni de lugar ni de ninguna otra circunstancia, pero reveló sin ninguna duda que estaba muerto. Fue la primeraivnoticia oficial, y hasta ahora la única. No obstante, el general Videla les pidió a los periodistas españoles que no la publicaran de inmediato, y ellos cumplieron. Yo considero, ahora que el general Videla no está en el poder, y sin haberlo consultado con nadie, que el mundo tiene derecho a conocer esa noticia.

Copyright 1981, Gabriel García Márquez.



 

Haroldo

Por David Viñas

Confuso privilegio ser sobreviviente. En especial cuando a uno –en este caso, a mí– le piden que tome la palabra para saludar a alguien que ya no está. Nada menos que "hacer uso de la palabra" en relación a una persona ausente de manera definitiva, tratando de convocar una presencia que participe de lo episódico y la congoja. Un conjuro, en realidad, frente a los agravios del olvido.

Trato de ser muy claro: el elogio de sus libros (Sudeste o El álamo carolina) resultaría tan intenso que, eventualmente, pudiera ser recibido como una apología. Y las apologías no son mucho más que una colección de ripios, enfáticos a simple enunciado. O como un epitafio con signos de admiración. Exorcismo, entonces, de encomios o alabanzas. Al fin de cuentas, si algo resuena como lo más opuesto a las cortesías es la apelación al luto. Un duelo que nada tiene de rezongo y mucho menos de victimismo. Y en eso estamos aquí.

Aludí al dilema de un sobreviviente como yo. Desde el otro extremo del panegírico me hacen señas varias discordancias. Y aclaro aún más: disconformidad en relación a la piadosa –crédula, incauta– confianza de Haroldo hacia compatriotas que él creía personas y no eran más que traficantes.

De donde se sigue, ni elogios legítimos ni reproches fraternales. Pero del dilema inicial (eso sí, y para trascenderlo) pasar a la diatriba frente a quienes merodearon a Haroldo abusando de su religiosa –tal cual– credulidad que renegaba de virtudes oficiales: infidentes, obscenos amenos bastardos, impostores diestros y veloces, yesmen para lo que les mandaran; y en plano inclinado, espías delatores y verdugos. Las diatribas, menos mal, son un género muy transitado por las indignaciones tan clásicas como genuinas; extensas, en absoluto monótonas, con una inventiva ultrajantemente equitativa, certeza mediante irrebatibles juicios fidedignos. Y que suelen especializarse en figurones impávidos y serviciales. La memoria de Haroldo Conti se transforma así en querella de vestales canonizadas.

Pero, dos cosas para destacar –brevemente– como jubiloso desagravio ante todas esas miserias: primero el viaje que hicimos juntos con Haroldo y, después, uno de sus libros fundamentales.

Salimos de La Habana en uno de aquellos aviones vetustos, obstinados a los que llamaban –creo recordar– Britanias con cuatro hélices aún y con la mitad de la cabina de pasajeros "despejada" para hacerles lugar a cajas, bultos y demás correos. Haroldo y yo íbamos sentados con las rodillas recogidas a la altura del pecho. Bien. Abajo y de un tajo. El portaba una especie de cañón de aluminio relleno con afiches del nuevo cine cubano; yo, apenas si un cenicero con el emblema de cierto hotel y destinado a una amiga del barrio de Boedo. Haroldo me lo reprochó. Aeropuerto de Terranova: Haroldo descifraba un monumento a la Queen of England mientras yo me resbalé en la pista helada tratando de no resultar demasiado sentimental. En Irlanda los dos nos descubrimos más corroborados al verificar el mítico verde calumniado por Oscar Wilde, Shaw y el Ulises. En Praga abundamos sobre Kafka y en torno al socialismo centroeuropeo. Y nos desquitamos en Madrid encarnizándonos con el Generalísimo. Haroldo hablaba con fervor de Buenos Aires eludiendo, reposadamente, toda pasión argentina.

Por eso, de Sudeste quisiera sugerir: se equivocan quienes lo emparentaron con El viejo y el mar; no se trata en Haroldo del Caribe transparente sino del Paraná embarrado que finge mansedumbre alterada por bruscos arrebatos a lo Horacio Quiroga. El río es tiempo que fluye y cuerpo (herida, pejerrey y agobio) del protagonista, que suele empecinarse en trabajos robinsonianos o en fantasmas en un delta grotescamente alucinado, a lo Fermín Eguía. Sudeste "elemental" con agua, desde ya, fuego, zanjas yventarrones. Comarca primordial marcada por faenas y sabidurías que siempre aluden o preanuncian la presencia de la muerte.

La muerte, muertes, en Sudeste y en los otros libros de Haroldo Conti (baladas, jaulas y cazadores), casi siempre aparecen como ecos, ráfagas, amagos o inscripciones en la corteza de los árboles. Es que los epitafios de Haroldo fundamentalmente son vegetales. La piedras entre nosotros resultan mojones o se llaman Walsh, Ortega Peña, Paco Urondo. Invictos. Como Haroldo Conti, más sosegado pero también invicto.

Página/12, 04/05/06



 

La noche del secuestro

Haroldo Conti fue secuestrado en la madrugada del 5 de mayo de 1976 por una brigada del Batallón 601 de Inteligencia del Ejército Argentino. Desde entonces continúa desaparecido.

Por Marta Scavac

Apenas entramos, unos diez hombres estrafalariamente vestidos con vinchas, gorras y ropas raras, se nos vino encima. Inmediatamente me ataron las manos detrás de la espalda y me cubrieron, con ropa, la cara y la cabeza. Escucho que hacen lo mismo con Haroldo; aunque él se resiste, no es fácil reducirlo, es muy fuerte, pero le dicen que se quede quieto por el pibe, se referían al bebito. Escucho luego un ruido de cadenas. Pasados los primeros momentos de sorpresa yo también intento resistirme, pero las dos personas que me sujetaban me arrojaron al piso y comenzaron a patearme y a gritarme que me quede quieta. No sabía de qué se trataba. Pensé que era un asalto porque escuché cómo revisaban toda la casa y rompían objetos, quizá buscando dinero. Les dije que no teníamos dinero, que no era una casa de ricos, pero seguían buscando y rompiendo. El otro muchacho gritaba, les decía "dejen a la señora, cobardes, ella no tiene nada que ver, no le peguen, déjenla" y le respondían con fuertes golpes. También pedía agua, aterrada alcancé a pedirles que le diesen agua, que no le pegasen. Él reclamaba por la Convención de Ginebra. Ahí mi desconcierto era total. No entendía qué decía al mencionar la Convención de Ginebra. No entendía nada de toda esa pesadilla espantosa.

Carta a Roberto Fernández Retamar (1)

Buenos Aires, 2 de enero de 1976

Roberto, hermano:

Espero que esta carta llegue a tus manos en alguna for­ma y que algunos meses después llegue a las mías tu res­puesta. Es increíble cómo la distancia nos separa. Este año que pasó casi no hemos tenido señales de vida de la Casa, salvo las formales. Yo sé que ustedes nos piensan más de una vez y esa idea nos sostiene. Nosotros los pensamos casi a diario y necesitamos repetirnos constantemente que Cuba está ahí, en nuestra misma América, y que hay una porción de tierra liberada y ahí están nuestros hermanos.

Me dijo Marta que le dijo Gustavo Hernández, de la em­bajada, que según una carta de Beba yo daba por sentado que este año iba a La Habana. No sé de dónde salió eso pero juro que jamás se me cruzó por la cabeza. Para mí lo que de­cidan los compañeros está siempre bien porque se hace de acuerdo a los intereses de la Revolución. Así trabajamos aquí noche y día y esto nos salva del individualismo y las decisiones personales tan funestas a menudo. Por otra parte mi mayor alegría es que viaje allí gente nueva para que eso se conozca cada vez más. Sé lo bien que le hace a los compañeros y ojalá que pudiesen ir todos. Muchos se lo merecen y lo necesitan más que yo, inclusive para salvar sus vidas. Quiero que esto quede claro.

En cuanto a la situación aquí, las cosas marchan de mal en peor. Me acaba de informar muy confidencialmente […] [un amigo] militar, que se espera un golpe sangriento para marzo. Inclusive los servicios de inteligencia calculan una cuota de 30 mil muertos. Esto coincide con las apreciaciones de nuestros compañeros que evalúan la situación constantemente. Desde el punto de vista de la lucha revolucionaria el aumento de nuestras fuerzas es notable y la preparación magnífica. Ellos lo saben. Calculamos que los que van a sufrir el golpe serán los compañeros de superficie, los niveles medios que se mueven a dos aguas. Nosotros ya nos hemos mudado de casa, por imposición de los compañeros, pero eso no será suficiente. En este mismo momento las Fuerzas Ar­madas están haciendo un operativo rastrillo a pocas cuadras de aquí. Por otra parte nuestra casa, por lo amplia y desapercibida, sirve a menudo de refugio a compañeros que están con problemas. Ahora mismo habita aquí la hermana de un compañero que cayó los otros días en el ataque al Batallón 601 y hasta hace poco vivía uno de los muchachos del Teatro Libre que huyó de Córdoba después de haber caído su departamento en un allanamiento que observó desde la calle, por suerte. Mi señora, a pesar de su avanzado estado de gravidez, cumple una tarea agotadora de asistencia y atención por caídos y presos. Hay caídos a diario y esa gente necesita atención, mover a medio mundo para ubicarlos y luego que no los maten. Recién nos enteramos de que una caída se sal­vará con 15 millones de pesos como coima y ayer tuvimos no­ticias de un compañero de Crisis que desapareció hace 15 días. Está vivo, aunque deshecho.

Bueno. Otra cosa, para no alargarme demasiado, hermano. Mascaró está prácticamente agotado. Tuvo gran éxito de lectores pero los diarios y revistas no hablan de él por razo­nes políticas. Soy una especie de contagioso. Sé de algunos órganos donde hubo órdenes expresas de ignorarme. Es cu­rioso recibir notas desde el exterior y no tener una sola en mi país. A propósito, me sería de utilidad recibir cuanto re­corte haya de La Habana. Crisis reproduce lo que puede y se proyecta una campaña con ese material para la reedición en marzo.

A propósito de Crisis, que se vende muy bien y es lo úni­co que sobrevive, Federico Vogelius, su director propietario, piensa realizar para marzo una gira por Latinoamérica. Na­turalmente quisiera entrar en Cuba y establecer relaciones con la Casa para ediciones, etc. Si bien es un hombre rico, es progresista y ayuda mucho. Se puede contar con él amplia­mente. No hace todo esto por dinero sino que le interesa apo­yar toda actividad cultural. Me pide que vea si se puede arreglar su viaje a través de la Casa. Creo que importa.

Para terminar. Sudamericana saca un libro con colaboraciones de todo el mundo (Cortázar, García Márquez, etc.) cu­yos beneficios serán dedicados a los presos políticos. Se vería con agrado y me piden que te pida una colaboración tuya (poesía, relato, lo que sea) y de ser posible la de algún otro notable (Guillén, Carpentier, etc.).

Te abraza
Haroldo
 

(1) Roberto Fernández Retamar, doctor en Filosofía y Letras (1954) y en Ciencias Filológicas (1985) por la Universidad de La Habana. Fundador de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y de la revista Unión (1962). En 1977 recibe el Premio Latinoamericano de Poesía Rubén Darío por Juana y otros poemas personales. Doctor Honoris Causa por la Universidad de Sofía, Bulgaria (1988), y por la Universidad de Buenos Aires, Argentina (1993), preside la revista Casa de las Américas y es profesor Emérito de la Universidad de La Habana.

Distinguía dos voces entre todas, las del que al parecer dirigía todo, el "malo" del grupo, y otra suave, la del "bueno" que me sacó del comedor y me llevó al escritorio. Se notaba que era una persona con cierto nivel cultural y en todo momento tuvo un trato muy especial conmigo. Lo escuchaba romper papeles. afiches que teníamos en las paredes, me decia: "señora, ¿cómo una mujer de su clase se metió en esto?". Le pedí que me explicara quiénes eran, qué querían. Me respondió que estábamos en guerra: "o nosotros los matamos o ustedes nos matan a nosotros". Le respondí que nosotros no matábamos a nadie, que yo no conocía ninguna guerra en nuestro país. Escucho que sigue rompiendo papeles. Le suplico que no rompa el cuento que Haroldo estaba escribiendo. Después comprobé que dejó la máquina de escribir de Haroldo, junto al borrador del cuento, intacto. Quedó sólo eso sin romper como un símbolo en medio de la casa revuelta, como sacudida por un terremoto.

Me preguntó de dónde veníamos. Le respondí que del cine y que en el abrigo estaba el programa. Comenzó a molestarse cuanto me preguntó por qué había viajado a Cuba con Haroldo. Le dije el motivo, que Haroldo había sido jurado de novela de Casa de las Américas. Me reprochó por qué no viajaba a Estados Unidos y le respondí que sí había viajado a ese país, y que podía comprobarlo en el pasaporte. Censuró además mi colaboración con Haroldo en la novela "Mascaró" y le pregunté qué tenía en contra de la novela. Me respondió que era una novela subversiva e insistió en por qué había colaborado en eso. Le expliqué que trabajaba junto a mi marido ayudándolo en su tarea de escritor. Simultáneamente escuchaba cómo el "malo" le hacía preguntas a Haroldo. No podía distinguir bien las preguntas y respuestas, aunque se filtró la voz del "malo" diciendo: "Don Haroldo ¿por qué se metió en esto? Lo va a pagar caro". Me aterroricé al escuchar esto y le pregunté al "bueno" qué estaba pasando, qué pasaba con mi marido, por qué le decían eso. No me responadió. Seguía revisando papeles. Yo escuchaba el ruido de los libros contra el suelo.

Interrumpió el "malo" para preguntarme sobre un escrito taquigráfico que había en mi cartera. Yo, por los nervios, no podía recordar de qué se trataba. Como soy taquígrafa, así se lo expliqué, muchas de las notas que hacíamos con Haroldo para la revista las escribía yo. Uno de ellos dice que les estoy tomando el pelo. que voy a hablar cuando me lleven. Era desesperante, mi impotencia era total, no sé si me creyeron, pero yo les decía la verdad.

Me preguntaban sobre la vida del muchacho que estaba en la casa. Yo no sabía nada de él, solamente que vivía en Córdoba y que estaba de paso por la Capital, que nos había pedido estar unos días en casa mientras buscaba buenos precios porque trabajaba de decorador y hacía los arreglos de escenografía en teatros de Córdoba. Les expliqué que eran frecuentes las visitas y que yo no tenía tiempo, por el trabajo de la casa y los chicos, de conocer la vida de cada uno. Me decían que era un guerrillero, yo les preguntaba de dónde, yo no conocía su vida íntima y seguían insistiendo en que era un subversivo, que por qué estaba en mi casa. Otra vez trataba de explicarles como podía la presencia de esta persona en casa. que era muy correcto, muy bueno.

Comienza a llorar el nene. Les pido que me dejen ir con mi hijo que lloraba de hambre. Haroldo escucha y grita: "dejen que la madre esté con el nene dejen a mi mujer dejen que le dé la mamadera". El "bueno" me pregunta cómo se prepara y cuando termino de darle las indicaciones, dice que me quede tranquila que él va a atender a Ernestito. Uno de los sujetos encuentra unas fotos que Federico Vogelius nos había sacado. a mí y al nene, dos meses atrás en Claromecó. Me dice qué lindo pibe tenía, qué linda que estaba yo en esa foto, qué bien que habíamos salido madre e hijo. Vuelve a preguntarme que cómo era que me había metido en esto. Vuelvo a decirle que yo no estaba metida en nada que nuestra vida era pública, normal que todo era perfectamente legal, que no teníamos que ocultar nada. Se aleja y me doy cuenta de que estoy sola en el escritorio. Seguía escuchando cómo rompían los jarrones de adorno y me doy cuenta que sacan cosas de la casa, que se llevan los muebles. Ahí me confundo de nuevo pensando que podía tratarse de ladrones comunes. Vuelve el bueno y me pregunta qué temperatura debe tener la leche para el nene. yo le explico y le vuelvo a pedir que me deje atender a mi hijo. Me dice nuevamente que eso no podía ser, que me quedara tranquila, que él se había hecho cargo. Me quedé con la sensación de que él era padre o estaba por serlo. Estaba desconcertada. Seguían llevándose cosas y no entendía cómo podían actuar tan tranquilamente, siendo que la comisaría 29a. estaba a menos de dos cuadras y el patrullaje por esta zona era frecuente. Lo que para nada era común era una mudanza a estas horas de a noche. Confiaba en que alguien se diera cuenta de la situación y que interviniera. pero no pasó nada.

Ya no escucho llorar al bebé. El "bueno" viene a decirme que me quede tranquila que Ernestito había comido. Le pregunto por mi hija, no entendía cómo tanto ruido no la había despertado. Me dice que está bien, que no me preocupe. Vuelve el "malo" y me informa: "nos llevamos a su marido porque tenemos unas cuantas preguntas que hacerle. Yo le respondo que había escuchado toda la noche cómo lo interrogaban y que si querían continuar con las preguntas que lo hicieran en casa. El "malo" pierde el control otra vez y me insulta, me grita, me amenaza. Interviene el "bueno" pidiendo que me deje tranquila. Escucho que hablan entre ellos. No entiendo lo que dicen. Se filtran unas palabras: "no, no tenemos lugar, el coche está completo". Yo seguía a los pies de ellos. tirada. atada y encapuchada. De pronto se acerca nuevamente el "malo" y me dice: "bueno, hemos decidido llevarnos a Haroldo y vos te quedás piola, no intentés escapar porque dejamos un coche en la puerta y en cuanto asomés la cabeza te limpiamos". Les pido nuevamente que no se lo lleven. Fueron inútiles mis ruegos.

Cuando comprendí que no podía convencerlos de que lo dejaran, les pedí que se llevasen los remedios que Haroldo tomaba desde que un patrullero lo había atropellado en diciembre del '73. Me preguntan dónde están esos remedios y les digo que en la mesita de luz. No me responden. En un momento de desesperación les grité que quería despedirme de mi marido. Interviene el "bueno" y me dice: "yo la voy a llevar señora" . Sigo sus pasos porque, lógicamente, no veía nada. En el trayecto uno de ellos le dice al que me llevaba: "¿vas a bailar el vals con la señora que está tan elegante?". Yo imagino que estaría muy elegante después de haber estado en manos de ellos. Seguimos caminando hasta que, en un momento, el que me llevaba se detiene y me doy cuenta que estamos en la entrada del dormitorio. Comienzo a llamar a Haroldo. Le pido que se acerque. que no lo puedo ver y escucho su voz que me responde y siento su cuerpo próximo al mío. Me desespero tratando de verlo. de tocarlo pero sigo con las manos atadas y la cabeza encapuchada. Haroldo me responde: "estoy bien querida, no te preocupes por mí, cuidate vos y el nene, yo estoy bien. Siento que Haroldo se acerca y me besa la barbilla, que era la única parte de la cara que tenía descubierta. Ahí me doy cuenta que Haroldo no estaba encapuchado, ya que me besó directamente la parte descubierta. Comienzo a gritar que no me lo lleven, quiero tender mis manos hacia Haroldo pero no puedo desatarme. Siento que bruscamente nos apartan. Todo sucede rápidamente. Me tiran sobre la cama. Uno de ellos cubre mi cuerpo con el suyo y me pone un revólver en la nuca. Siento los gritos del muchacho cuando se lo llevan, siento un ruido de cadenas nuevamente y motores de automóviles que se encienden. El tipo que me estaba custodiando gritaba sin parar "no te muevas, no te muevas, no te muevas". Pero no podía moverme. Apenas podía respirar con mi cara apretada contra el colchón. Escucho que se abre la puerta de calle y una voz llama al sujeto que estaba conmigo.

Este sale corriendo y ahora escucho un portazo y que cierran la puerta con llave. Luego un silencio de muerte me rodea. Me doy cuenta que se han ido todos. Trato, con gran esfuerzo. de incorporarme de la cama y llego al cuarto de mis hijos. No sé cómo logro desatarme y quitarme la ropa que cubría mi cabeza; son dos camisas, una de Haroldo y otra de Miriam. Veo al bebito durmiendo en la cuna, me acerco a la cama de Miriam y comienzo a llamarla a los gritos, desesperada. Ella no me responde, mis fuerzas físicas no dan más, las piernas se me doblan y la cabeza me da vueltas. Sigo llamando a la nena, enloquecida empiezo a sacudirla y siento un olor muy fuerte. Me doy cuenta que estaba dormida con cloroformo. Ernestito comienza a llorar, seguramente asustado por mis gritos, y Miriam abre los ojos enormes, sus pupilas están dilatadas. Rápidamente le cuento a la nena lo que había pasado, le pido que se levante y me ayude a salir de la casa. Sigue mirándome espantada y comienza a llorar cuando ve la casa toda revuelta. Las dos lloramos juntas, aterrorizadas. Le pongo un abrigo sobre el camisón y envuelvo al nene en una frazada. Comienzo a caminar por la casa hacia la puerta. En el piso hay que sortear objetos rotos, ropa, papeles y libros. Miro hacia el comedor y veo platos, cubiertos y restos de comida. Habían comido las milanesas que tenía preparadas. También tomado café. El aparato de teléfono no estaba, se lo habían llevado.

Dejaron un sillón grande de cuero, allí siento a los chicos y me subo al respaldo tratando de alcanzar una ventana. La abro y salto a la vereda. No veo ningún coche vigilando. La nena me pasa al bebito y salta con mi ayuda Comenzamos a caminar. Eran alrededor de las seis de la mañana. Llovía y hacía mucho frío. Un amanecer gris y destemplado, clásico de un día de mayo. Cuando siento que las piernas no me dan más, veo pasar un taxi desocupado. No podía creer en ese milagro. Lo llamo y el taxista se detiene y baja a ayudarme. Le cuento brevemente lo que me había pasado y le pido que nos lleve hasta la casa de mis padres, pero le aclaro que no tengo un solo peso para pagarle, ya que me habían robado hasta las monedas. El taxista me di jo "señora, yo trabajo de noche y todos los días veo casos como el suyo, yo la llevo donde sea". El hombre tapa la banderita del reloj del taxi, me ayuda a sentarme, acomoda a mis hijos y parte a toda velocidad. No hablamos una palabra en todo el trayecto. Al llegar se baja y vuelve a ayudarme con los chicos. Me pregunta: "¿en qué puedo ayudarla?". No sé quién es este hombre, ignoro su nombre, sólo tengo este medio para agradecerle profundamente su solidaridad. Jamás lo olvidaré.

Testimonio de Marta Scavac, esposa de Haroldo Conti, revista Crisis, Nº 41, abril de 1986.



 

Desaparición de Haroldo Conti, Legajo Nº 77

Por Roberto Baschetti

Además de periodista, incursionó en la docencia, el teatro, el cine y la literatura. Mereció los siguientes premios: Revista "Life" (1960), Fabril, en narrativa (1962), Municipal (1964), Universidad Veracruzana (1966), Barral Editor (1971) y Casa de las Américas (1975). Colaboró en la revista "Crisis" en Buenos Aires.

El día 4 de mayo de 1976 fue aprehendido cuando retornaba a su domicilio de Capital Federal a medianoche, junto a su compañera Marta Beatriz Scavac Bonavetti y el bebé de ambos. Allí tenía que aguardarlos un amigo. Al arribar a la vivienda, el amigo se encontraba ya maniatado, había un grupo de individuos vestidos de civil, quienes golpearon brutalmente a la pareja y la encerraron allí mismo, mientras se peleaban por el reparto del "botín": los sueldos de ambos, percibidos esa mañana, efectos patrimoniales de toda naturaleza, etc., dejando escasamente los muebles de gran tamañ0. Robaron los originales de todas las obras de Conti, y documentación personal.

Se llevaron a Conti y al amigo, en varios automotores, que incluían el propio coche de Conti que tampoco apareció más. La Sra. Scavac debió salir por una ventana con sus dos hijos, ya que la puerta fue dejada con llave, y el aparato telefónico hurtado. Según versión de los vecinos, poco más tarde los captores regresaron, tal vez con el fin de llevársela a ella. Concurrió casi de inmediato a la Comisaría Seccional 29, donde la atendieron burlonamente y ni siquiera se trasladaron para verificar el estado en que había quedado la vivienda, donde todo estaba revuelto. Ante el Poder Judicial no tuvo mejor suerte, ya que en poco tiempo se archivaron las actuaciones.

Informe sobre Trelew

Al cumplirse dos años de la masacre de Trelew, un puñado de artistas e intelectuales pertenecientes al grupo de poesía Barrilete y al Frente de Trabajadores de la Cultura (FATRAC), colaboraron con la Comisión de Familiares de Presos Políticos, Estudiantiles y Gremiales (COFAPPEG) para rendir homenaje a los militantes fusilados el 22 de agosto de 1972, en la Base de la Marina Almirante Zar.

El resultado será la edición de un folleto titulado “Informe sobre Trelew”, de escasa distribución, en el que participaron con textos, dibujos y poemas Roberto Santoro, Haroldo Conti, Antonio Clavero, Enrique Courau, Juan D. Polito, Ricardo Carpani, Julio Canteros, Humberto Costantini, Carlos Vitale, Dardo S. Dorronzoro, Alberto Costa, Enrique Puccia, José Antonio Cedrón, Aida Victoria Delpiero, Felipe Reisin, Carlos Patiño, Vicente Zito Lema y Silvio Frondizi.

El archivo incluye una breve presentación, los originales enviados por los autores y el original de imprenta. Clic para descargar.

Explica la Sra. Scavac que en los medios de prensa le manifestaron que: "tenían orden del Gobierno de no informar sobre el secuestro de Conti".

Al cabo de tramitar diversos recursos de hábeas corpus con resultado desfavorable, se inició con fecha 2 de marzo de 1983 una nueva demanda de hábeas corpus ante el Juzgado Federal Nº 3 de la Capital Federal, Secretaría Nº 7. Los elementos innovantes que en esta acción se incorporaron son los siguientes:

a) Los diarios de fecha 13 de noviembre de 1982 dieron cuenta de la detención, en la ciudad de Ginebra, Suiza, de tres argentinos, quienes declararon pertenecer a grupos secretos de represión política, autores de secuestros extorsivos cuyos "rescates" cobrarían en aquel país donde resultaron aprehendidos, y que manifestaron estar en condiciones de proveer información sobre el destino de Conti ("Clarín" 13l 11/82);

b) En base a las fotografías difundidas en su momento de los individuos detenidos en Suiza (Bufano, Martínez y otros), la Sra. Scavac reconoció que el "amigo" que se hallaba en el domicilio antes de que llegaran las fuerzas que capturaron a Conti, y que decía llamarse "Juan Carlos Fabiani" (quien había concurrido a casa de Conti una semana antes del secuestro solicitando "asilo" por sentirse perseguido por la policía a causa de su militancia política), era el detenido Rubén Osvaldo Bufano -perteneciente, según sus declaraciones al Batallón 601 del Ejército. Los hijos de Conti -Marcelo Haroldo y Alejandra- del primer matrimonio, también reconocieron dichas fotografías, ya en sede judicial, como pertenecientes al "amigo" a quien veían en la casa de su padre cuando le efectuaba visitas;

c) El ex cabo de la Fuerza Naval Raúl David Vilariño recuerda haber visto a Conti secuestrado en la ESMA; posteriormente, reconoce su fotografía.

[Fuente: www.desaparecidos.org]


"ESA SENCILLA HISTORIA"

Nació en Chacabuco, provincia de Buenos Aires, el 25 de mayo de 1925. Fue secuestrado-desaparecido de su hogar el 5 de mayo de 1976 en Capital Federal.

Su obra literaria es tan exitosa como extensa. Veamos: Examinado (pieza teatral), Premio OLAT, 1955; La Causa (relato), Premio LIFE, 1960; Sudeste (novela), Premio Fabril, 1962; Todos los veranos (cuentos), Premio Municipalidad de Buenos Aires, 1964; Alrededor de la jaula (novela), Premio Universidad de Veracruz (México), 1966; Con otra gente (cuentos), En vida (novela), Premio Barral de España, 1971; Con gringo (cuento), 1972; La balada del álamo Carolina (cuentos), 1975; Mascaró, el cazador americano (novela), Premio Casa de las Américas, Cuba, 1975.

Haroldo fue ex seminarista salesiano en el seminario metropolitano de Villa Devoto ("Estudié de sacerdote, con sotana y todo. Leía muchos libros misionales, libros escritos por misioneros. Me imaginaba en algún confín del mundo redimiendo infieles. Además, me entrenaba con bufanda y sobretodo en verano, casi desnudo en julio, comiendo grasa para poder acostumbrarme a los rigores que sin duda se agazapaban en mi vida. Finalmente, todo eso acabó: tuve una gran crisis religiosa y volví a mi pueblo" A la revista Gente, el 12-8-71).

Profesor de latín desde 1967 a 1976 en el Liceo Nacional N0 7 Domingo Faustino Sarmiento de Buenos Aires.

Relación escritor-vida

Yo soy escritor nada más que cuando escribo. El resto del tiempo me pierdo entre la gente. Pero el mundo está tan lleno de vida, de cosas y sucesos, que tarde o temprano vuelvo con un libro. Entre la literatura y la vida, elijo la vida. Con la vida rescato la literatura; pero aunque no fuera así, la elegiría de todas maneras.

El mundo de Haroldo Conti

Después de Sudeste conocí por fuerza ese mundo que llaman de las letras, y pensé que nunca más iba a poder escribir una línea. Allí estaba esa gente que suponía espiritualmente la más rica, sostenida sobre la cabeza de un alfiler, podada y limitada en sus experiencias hasta la asfixia y yo con mi novelita debajo del brazo tratando de hacerme un hueco donde pudiera meter los pies. Entonces decidí seguir donde estaba, igual a como estaba, porque después de todo no es tan importante vivir como escritor sino escribir como tal. Lo que yo quería era una literatura que no se interpusiera entre uno y la vida, sino que fuera justamente un modo de conocerla y penetrarla mejor. Una literatura así es una tarea solitaria; dramática y lúdica al mismo tiempo, y sobre todo necesita de los vivos y no de los muertos. De alguna manera, ellos estaban muertos. En eso no descubrí nada nuevo sino que, casi por instinto, acepté el camino de aquellos viejos conocidos para quienes la literatura no fue una forma exquisita de la singularidad sino la imperiosa y hasta trágica necesidad.

A las pequeñas cosas les doy mucha importancia. Si usted viene a mi casa verá muchos cachivaches. Bueno, es todo lo que va a quedar de mí, la lámpara que encendí con tanto cariño, la lapicera que he usado toda mi vida, esta ropa que para otro no significa nada y que para mí tiene mi olor, mi sustancia... Usted dice en cuanto a lo que dije de otros escritores, que queda su obra pero partamos de que es una minoría la que escribe; yo hablo ahora en general, de toda la humanidad. Además no es sólo el hecho físico de mi ropa. Yo le confiero que no le doy más importancia a mi obra que a las cosas físicas que dejo, porque ellas han compartido más mi vida, tienen mucho más sentido que mis libros. Los libros yo los escribo como vida que vivo, no como un monumento literario que dejo. (De la charla en el Instituto Superior de Periodismo, 1968).

Su militancia política

...Para terminar con esto, sin dejar por otra parte de ser consecuente con lo que llevo dicho, quiero dejar establecido, porque son pocas las oportunidades de proclamar lo que uno piensa, que apoyo al FAS (Frente Antiimperialista y por el Socialismo), a cuyo IV Congreso en el barrio de Ludueña, de Rosario, acabo de asistir, (...) que he ofrecido en Córdoba mi colaboración para lo que mande el compañero Agustín Tosco y que creo decididamente en la patria socialista. Más claro, imposible. En "Compartir las luchas del pueblo" (Crisis, agosto de 1974).

Y bien, en esto, compañero, puede usted ver lo que significó para mí Cuba. Es lo que deseo para mi Patria, naturalmente. ¿Cómo no desearlo? Una sociedad más justa, más digna, más humana. Y mi más encarnizado deseo es que algún día mis hijos puedan conocer ese territorio libre de América, mis hijos y todos los compañeros. Para que en los momentos de adversidad sepamos que allí está esa firme bandera, que alguien en América lo hizo, que esa llama es imparable y que, tarde o temprano, alumbrará para todos. En "Compartir las luchas del pueblo".

Su desaparición

El 4 de mayo de 1976 por la noche, Haroldo y su compañera Marta fueron al cine a ver "El Padrino" y dejaron dos niños al cuidado de un amigo que había venido de Córdoba esa tarde y que iba a pasar la noche en el sofá del estudio. Cuando volvieron después de las 12 de la noche, quien le abrió la puerta de su propia casa fue un civil armado de una ametralladora. Adentro había otros cinco hombres con armas semejantes, que las derribaron a culatazos y los aturdieron a patadas. El amigo estaba inconsciente en el suelo, vendado y amarrado y con la cara desfigurada por los golpes. En su dormitorio, los niños no se dieron cuenta de nada porque habían sido adormecidos con cloroformo.

Haroldo y Marta fueron conducidos a dos habitaciones distintas mientras el comando saqueaba la casa hasta no dejar ningún objeto de valor. Luego los sometieron a un interrogatorio violento. Marta que tiene un recuerdo minucioso de aquella noche espantosa, escuchó las preguntas que le hacían a su marido en la pieza contigua. Todas se referían a dos viajes que Haroldo Conti había hecho a Cuba. Las dos veces en 1971 y 1974, había concurrido como jurado del Concurso de Casa de las Américas. Los interrogadores trataban de establecer por esos dos viajes que Haroldo Conti era un agente cubano.

A las cuatro de la madrugada, uno de los asaltantes llevó a Marta a la habitación donde estaba Haroldo para que se despidiera de él. Estaba deshecha a golpes, con varios dientes partidos, y el hombre tuvo que llevarla del brazo porque tenía los ojos vendados. Otro que los vio pasar por la sala, se burló: "¿Vas a bailar con la señora?". Haroldo se despidió de Marta con un beso. Ella se dio cuenta entonces de que él no estaba vendado, y esa comprobación la aterrorizó, porque sabía que sólo a los que iban a morir les permitían ver la cara de sus torturadores. Fue la última vez que estuvieron juntos. Seis meses después del secuestro, habiendo pasado de un escondite a otro con su hijo menor, Marta se asiló en la embajada de Cuba. Allí estuvo un año y medio esperando el salvoconducto que al final llegó por una intermediación del general panameño Torrijos ante el almirante Massera.

El sacerdote y profesor Leonardo Castellani, junto con otros escritores (Sábato, Ratti y Borges) se reunió con el general Videla al poco tiempo de producido el golpe militar del 24 de marzo de 1976. Una estratagema de los militares para blanquearse en el exterior y conseguir el apoyo de los círculos culturales nativos.

En tanto Sábato confraternizaba con el dictador Videla y Borges decía textualmente que "fue una reunión muy grata y el presidente le pareció una persona simpática y amable", Castellani pidió por la vida de Haroldo Conti, ex alumno suyo en el seminario de Villa Devoto. Inclusive llegó a verlo el 8 de julio de ese año en una celda –según confió el mismo antes de morir– en Coordinación Federal, un organismo de la policía capitalina.

Haroldo estaba postrado por el tratamiento recibido y no le fue posible conversar con él.

Como homenaje a Haroldo desearía concluir esta semblanza de él con algo que escribió en La Rioja en junio de 1967: "No sé si tiene sentido pero me digo cada vez: contá la historia de la gente como si cantaras en medio de un camino, despójate de toda pretensión y cantá, simplemente cantá con todo tu corazón: que nadie recuerde tu nombre sino toda esa vieja y sencilla historia".

Fuente: www.madres.org



 

A mi hermano Haroldo

Por Eduardo Galeano

[Revista Crisis Nº 38, Buenos Aires y diario Excelsior, Mexico, junio de 1976],

Escuchamos el ruido del motor creciendo desde lejos. Estábamos en el muelle, de pie, esperando. Haroldo balanceaba el farol con un brazo; con el otro envolvía a Marta, que temblaba de frío.
El faro buscahuellas atravesó la neblina y nos encontró.
Saltamos a la lancha.
Por un instante alcancé a ver el bote destartalado, bien tirante de la cuerda; en seguida se lo tragó la neblina. En ese bote yo remaba, todas las tardes, hasta la isla del almacén.
La neblina brotaba del río oscuro, como un hervor.
Hacía mucho frío en la lancha. Los pasajeros cuchicheaban. El frío golpeaba más porque se estaba acabando la noche. La Cruz del Sur descendía lentamente tras las negras siluetas de los álamos.
Remontamos un arroyo angosto, luego otro más ancho, y desembocamos en el río. Al mismo tiempo irrumpió en el aire la primera claridad del día.
La vaga luz iba desnudando las casitas de madera medio comidas por las crecientes, una iglesia blanca, las hileras de álamos, los sauces llorones. Poquito a poco se iluminaban los penachos de las casuarinas.
Me alcé en la popa. Se sentía un olor a limpio. La brisa fresca me daba en la cara. Me entretuve mirando el tajo de espuma que perseguía a la lancha y el brillo creciente de las ondas del río. Por el aire iba subiendo un calor lento.
Haroldo se había parado a mi lado. Me hizo volverme y lo ví, un enorme sol de cobre estaba invadiendo la boca del río.
Haroldo conoce como pocos este mundo del delta. Sabe cuáles son los buenos lugares para pescar y cuáles los atajos y los rincones ignorados de las islas; conoce el pulso de las mareas y las vidas de cada pescador y cada bote, los secretos de la comarca y de la gente. Sabe andar por el delta como sabe viajar, cuando escribe, por los túneles del tiempo. Vagabundea por los arroyos o anda días y noches por el río abierto, a la ventura, buscando aquel navío fantasma en que navegó allá en la infancia o en los sueños; y mientras persigue lo que perdió va escuchando voces y contando historias a los hombres que se le parecen.
Triste, solo y manso, Haroldo vive al ritmo del río, que corre sin apuro. Cuando llega la violencia, le sube de a poco, como crece suavemente el agua, pero que se cuiden los hijos de puta: la corriente alzada arranca árboles y casas: lo he visto embestir y le conozco las furias.
¿Cuántos naufragios sufrió mi hermano Haroldo, además de aquel que le rompió el barco contra las costas del Brasil? ¿Cuántas veces creyó descubrir, en la bruma, la perdida nave azul? ¿Cuántas veces se reventó contra las rocas? ¿Para qué escribe mi hermano Haroldo si no es para salvarse y salvar lo que merece ser salvado?.
Los pescadores van y vienen por el Paraná. ¿Qué aventuras prometen o devuelven, hermano Haroldo, el río barroso y la alta mar? ¿Encontrarás lo que venís persiguiendo, un mediodía cualquiera, en el centro de las aguas o del cielo? ¿O has descubierto ya que tu navío imposible viaja por los caminos del jodido mundo? ¿Es dura la travesía hermano? ¿Andar duele? Al final del recorrido no está la eternidad sino nosotros. No te detengas. No te vayas a caer, que te andamos precisando.
El río se vuelca en la gran vertiente y moja y abraza las islas solitarias. Así nos dan tus palabras agua y calorcito.
¿Está muerto? Quién sabe. Hoy hace una semana que lo arrancaron de su casa. Le vendaron los ojos y los golpearon y se lo llevaron. Tenían armas con silenciadores. Dejaron la casa vacía. Robaron todo, hasta las frazadas. Los diarios no publicaron una línea. Las radios no dijeron una palabra. El diario de hoy trae la lista completa de las victimas del terremoto de Udine, en Italia.
Hoy Marta me estrujó llorando, y me dijo: "Dame fuerzas". Ella estaba en la casa cuando ocurrió. También a ella le habían vendado los ojos. La dejaron despedirse y se quedó con un gusto a sangre en los labios.
Hoy hace una semana que se lo llevaron y yo ya no tengo cómo decirle que lo quiero y que nunca se lo dije por la vergüenza o la pereza que me daba.

Buenos Aires, 12 de mayo de 1976

[De "Haroldo Conti, Biografía de un cazador", de N. Restivo y C. Sánchez, TEA. 1999]




Otra gente

El abuelo está sentado frente a la casa en medio de una gran mancha de luz. El sol le golpea desde arriba y a ratos la cabeza desaparece en una llamarada que le baja por el cuerpo. Tiene los pantalones recogidos hasta las rodillas para que el calor se le meta en los huesos, pero por lo visto ya no le cabe ni siquiera eso dentro del pellejo. Está flaco y sumido como una urraca y las piernas son dos estacas peladas de esas que escupe el río. No se le mueve un pelo y a ratos simplemente parece un muñeco. Sin embargo el hueco negro de los ojos se le vacía de repente y los anteojos relumbran como fogonazos que le vuelan la cara.
Detrás de él la casa se empina contra el cielo, un poco ladeada hacia el molino. Las sombras se le marcan negras e intensas, a contragolpe de la luz, de manera que parece más hueca y vacía y, por supuesto, más grande. A esa hora. A mediodía se achata y llamea. Por la tarde se empequeñece. Al oscurecer se anima y hasta se mueve.
Su madre aparece un momento en la puerta, mira hacia donde está y después se la traga el hueco de sombras.
La Tere se mueve en los corrales. Entra y sale de una mancha de sombra a una mancha de luz. En este momento reaparece sobre el piso blanco y movedizo del corral de patos. Está un poco más alta y un poco más gruesa y el pecho se le hincha debajo de la blusa. Tiene la cara arrebolada y la piel lustrosa a punto de reventón como los caquis que su madre pone a madurar sobre la campana de la cocina.
Más lejos, a través de las acacias, sobre un reverbero que palpita, el Román raja la tierra. Los surcos nuevos son más negros. Los pájaros revolotean sobre el Román a veces tan cerca que con alzar una mano podría tocarlos. De vez en cuando se para, se pasa la mano por la cara y mira hacia la casa. Eso acaba de hacer, justamente. Levanta la mano y le sonríe. Él responde con un gesto desde la sombra de la acacia. Luego levanta el barrilete y se lo muestra al peón, pero éste ha vuelto a inclinarse sobre la tierra.
El Román le estuvo ayudando a preparar el barrilete todos esos días, después del trabajo. Se sentaban en la galería a la caída de la tarde y, con la Tere que canturreaba a sus espaldas, primero armaron el esqueleto, luego pegaron los papeles con aquellos lindos flecos roncadores y la tarde anterior el Román, después de sopesar el juguete con aire crítico, dispuso las riendas y le amarró una cola. Sosteniéndolo en alto, contra el viento, se estremecía como un pájaro. Primero lo hizo el Román. Después él. Entonces sintió aquel frágil temblor que le bajaba por el brazo y se le metía en el cuerpo.
El perro bayo, que estaba echado junto al pozo, cruza lentamente la gran mancha de luz y va a tirarse al otro lado, debajo de la sembradora. Casi tropieza con el viejo porque está cegatón. Antes lo seguía a todas partes y hasta jugaba con él, pero ahora parece sumido en muchas y graves cavilaciones. La Tere se ha puesto a cantar. Oye su voz, retazos de su voz, detrás de los corrales. El vastago del molino golpea en lo alto cada vez más rápido. Lo ha oído golpear toda la noche. Empezó al atardecer, cuando se sentó con el Román en la galería. Se miraron y sonrieron. Llegaba el viento. A Alejo le gusta ese ruido. Suena en lo alto y se escucha desde cualquier parte. A veces se mete debajo del molino y arrima una oreja a la armadura de fierro. El ruido baja entonces desde arriba como un trueno y le hace temblar el cuerpo. Mientras dure habrá viento.
Alejo termina de ovillar los cincuenta metros de piola, levanta el barrilete con cuidado y él mismo sale a la luz. El viento viene desde el bañado, pasa sobre el galpón y se pierde por encima de los pinos. Entre el galpón y los pinos hay suficiente trecho como para remontar el barrilete.
El viejo sigue quieto como un muñeco. La Tere canta Cabeza de melón. Es la única que canta, aparte del molino. Nunca oyó cantar a su madre y sin embargo tiene una boca dulce.
Alejo se para frente a los pinos, que siente zumbar a sus espaldas. El vastago golpea y golpea. Levanta el barrilete, que tiembla y se sacude en la mano. Traga aire y echa a correr. El barrilete se sacude más fuerte y comienza a tirar de su mano. Por el rabillo del ojo ve la figura inmóvil del abuelo, la mancha de luz que cabecea, la punta de la casa que gira y se recuesta contra el cielo y el galpón que crece rápidamente. Los flecos chasquean sobre su cabeza como si transportara una rama encendida. Entonces suelta el barrilete y cuando vuelve la cabeza lo ve colgado del aire contra el brillo oscuro de los pinos.
Tira de la piola y corre y el barrilete golpea en el aire y sube más alto. La cola roza la cresta amarilla de los árboles y el pino más alto lo oculta por un momento, pero él siente en la mano su aleteo. Tira y corre otra vez y el barrilete se empina sorbido por aquella gran luz que le golpea en los ojos. Alejo oye allá abajo el ruido de sus pasos sobre el lomo áspero de la tierra, pero su cabeza está muy lejos, metida en el viento.
El vastago golpea alegremente y la yoz de la Tere rueda de un lado a otro. Tan pronto le brota en la oreja como golpea al fondo del camino, débii y entrecortada.
Ahora ve nada más que la cresta encendida de los pinos y la punta ladeada de la casa que saltan en el borde de sus ojos. Por encima, el barrilete trepa y se zambulle en el aire como un pez de papel. En realidad no ve otra cosa.
De pronto los golpes del vastago suenan más espaciados. |B1 barrilete vacila un momento y comienza a caer a los cabezazos. Alejo, ya cerca del galpón, cobra rápidamente la piola y el barrilete se remonta unos metros, sin fuerza. Cuelga flojamente del cielo un instante y luego se hunde en dirección de la casa. Alejo ya no tiene lugar para correr, de manera que recorre algunos metros de piola mientras los pinos y la casa suben por sus ojos. El barrilete cabecea bruscamente y tira de su mano. Luego corre de lado rozando el borde oscuro de los pinos y por fin se precipita de punta sobre el techo de la casa.
El molino se ha parado por completo. No hay una gota de viento. La casa, por su parte, ha comenzado a llamear. Dentro de un rato aparecerá su padre en la punta del camino. Apenas ve al abuelo, en medio de la luz, como una mancha de bordes encendidos.
Alejo recoge el hilo hasta que queda tenso. Tampoco ve el hilo, sólo unos pocos metros que suben y se pierden en el aire. Tira con cuidado y siente que el barrilete se arrastra sobre el techo. Tira otro poco y el hilo se resiste. Ha quedado enredado en el borde oxidado de alguna chapa o en un clavo. Si sigue tirando terminará por cortarse o, lo más probable, los filos y los clavos desgarrarán el papel. Siente los desgarrones en la propia piel, las chapas y los clavos con cabeza de plomo que le brotan en las piernas y los brazos. Al mismo tiempo siente el olor y el calor de las chapas recalentadas por el sol. Hace tiempo que no sube al techo. La última vez fue con el Román, el verano anterior.
Llovió un día seguido y la casa goteaba por todas partes. Su padre le previno que no subiera porque una vez arriba no se estaba quieto y aflojaba los clavos, pero apenas se marchó el viejo el Román lo dejó subir con él. Desde allí las cosas se veían distintas, tal vez como debían ser realmente. Abajo veía tan sólo unas pocas y el resto era un montón de ideas. Sabía todo el tiempo que más allá de los pinos estaba el camino y en mitad del camino el puente, la laguna detrás de la loma y al fondo del campo el montecito de mimbre, pero salvo un trozo polvoriento del camino, en realidad un trozo de tierra pelada y reseca que podía ser cualquier otra cosa, no veía nada de eso.
Había que ir hasta allí en cada caso y entonces dejaba de ver todo lo otro, como si se borrara y perdiera una cosa a cambio de otra.
El abuelo empuja las ruedas y hace correr la silla unos metros. Los bujes están gastados y resecos de manera que a cada vuelta producen un golpeteo áspero y estrangulado que se mete en los oídos como una lezna. Su madre asoma la cabeza. El ruido en cierta forma se parece al abuelo, como si saliera de sus huesos. A medida que se sume se vuelve más áspero y dañino. No habla, pero si lo hiciera, pues lo haría justamente en esa forma. Nunca fue un tipo alegre como el Román, por ejemplo, pero de todos modos cuando estaba sano se comportaba como el resto de la gente. Después enfermó y comenzó a secarse como un higo.
Ahora no queda de él más que la piel y los huesos y esa cabeza de urraca con el pellejo agrietado de la que no puede salir nada bueno. Últimamente le ha dado por hacerse encima y parece sentir cierto placer en ello. Su madre lo para en medio del patio, le baja los pantalones, a veces lo desnuda entero, y lo baldea. El abuelo chilla y voltea los brazos como aspas y si su madre se descuida le descarga un golpe en la espalda. Si uno le mira a la cara descubre por debajo una expresión contenta, sólo que nadie le presta atención y cree más bien que sufre.
Alejo cruza el patio en dirección de la casa. El perro bayo levanta hacia él sus ojos legañosos desde abajo de la sembradora, aunque no lo ve. Tiene los ojos mellados como un par de bolones. El mundo para él es un mundo de manchas que flotan a distintas alturas, se comprimen y se dilatan como nubes de vapor. Alejo es una sombra esfumada que se estira hacia los ruidos de la casa sobre un resplandor amarillo.
Primero hay que subirse al excusado. Sobre el excusado asoma una escalera con las maderas rajadas por la lluvia y el sol. Está allí hace tiempo porque siempre hay que emparchar alguna chapa. Alejo trepa al excusado metiendo las manos y los pies en los huecos carcomidos por la humedad. La pared huele a barro podrido. El techo del excusado está cargado de ladrillos, tarros picados, una cubierta y un elástico de cama. Aguanta bien porque es angosto. Una vez arriba se quita los zapatos para no hacer ruido. El Román camina sobre la línea de clavos porque debajo de los clavos están los tirantes que sostienen las chapas. Esa es la forma. Todavía mejor deslizarse acostado, siempre sobre los tirantes. El techo de la casa es bastante empinado y cuando uno está en la cresta conviene montarla para no terminar en el suelo.
Desde el frente llega el ruido plañidero de los bujes. Tiene que repechar toda la casa, de manera que suena muy alto.
A medida que asciende por la escalera, que cimbra y se comba así pise en las uniones, la luz crece alrededor de su cabeza. Los ruidos se alargan y se recuestan sobre el suelo. El cuerpo le tiembla un poco pero al mismo tiempo se le ha puesto liviano.
El techo aparece por fin al ras de sus ojos. Trepa otro poco y una vez en la punta de la escalera se recuesta sobre el borde de las chapas y voltea las piernas. A la derecha, el cañón de la chimenea escupe un chorro de humo. Alejo se arrastra hasta ahí con la cara pegada a las chapas, que hierven de calor. Se sienta contra el cañón y afirmando la espalda se pone de pie. Los ladrillos están tibios y pringosos con grandes costras de humo negras como el alquitrán. Los borbollones de humo sacuden la chimenea como un tazón vacío y si uno arrima la oreja siente que la casa tiembla toda entera.
El barrilete está bastante más arriba, cerca de la cumbrera, y al tirar de la piola se ha metido debajo de una chapa desclavada con los bordes negros y mellados. La cabeza de un clavo asoma a través del papel.
Alejo permanece un rato apoyado contra la chimenea para acostumbrarse a la altura. Desde allí se ve la cresta de los pinos un poco por debajo de sus pies, detrás del camino, hasta el fondo, como el cauce seco de un río, la línea inmóvil del alambrado que lo corta por el medio, el montecito de mimbre, una mancha oscura claramente recortada contra el verde escuálido y polvoriento de la tierra. Por el otro costado asoma parte del tanque y la cabeza del molino. Nunca ha subido al molino, pero está seguro de que podría hacerlo si el viejo lo dejara. Por ahora ni quiere oír hablar de eso. Alejo levanta un pie porque el Calor de la chapa le cocina el pellejo.
No ve al Román, oculto por los árboles, pero oye su voz que grita algo en dirección de la casa. Hay unos cuantos clavos que asoman la cabeza y una punta de la cumbrera está levantada.
El Román silba ahora.
Alejo se encoge muy despacio y luego se recuesta de panza contra las chapas. Están que pelan. En ese momento siente el golpeteo del vastago e inclusive el zumbido de las aspas, como si un gran pájaro removiera las alas por encima de su cabeza. El viento sacude el barrilete y si alarga un poco el brazo alcanza la cola. Tendido en medio del techo siente crujir la casa y el chisporroteo interior de las chapas. Tira de la cola y el barrilete se desprende con un desgarrón. Podría volver ahora, pero en realidad ya no le interesa tanto el barrilete y quisiera llegar hasta la cumbrera.
El molino se detiene en seco, pero al rato vuelve a empezar con más fuerza de manera que cuando asoma la cabeza por encima de la cumbrera el viento le golpea de lleno en la cara y los ruidos se pierden por completo. Ahora ve todo lo que se puede ver de una manera clara y precisa, pero curiosamente no oye nada, como no sea el viento. Alcanza a ver inclusive el trazo tembloroso de las vías que reverbera en la mañana. Es algo que ha visto pocas veces aunque desde abajo y según el viento oye el golpe oscuro de los vagones o el silbato de la locomotora que describe un largo círculo en el borde de ese mundo imaginado. Abajo, chato y como suspendido a ras del suelo, ve al abuelo. Se ha corrido en dirección de la acacia, pero sigue bajo el sol. El molino gira cada vez con más fuerza si bien el golpe no es tan intenso como abajo.
En ese momento brota una nubecita de polvo en la punta del camino, que se alarga lentamente en dirección de la casa. Es su padre que vuelve. Tardará un rato en llegar, pero de todas maneras conviene que baje.
Alejo levanta el barrilete y lo deja caer por encima de la cumbrera hacia el patio. Luego comienza a gatear hacia atrás siguiendo la línea de clavos. En realidad se hace más difícil bajar. De pronto uno se resbala y si no acierta con la chimenea puede seguir hasta el suelo.
En la mitad, lejos de todo asidero, se pega bien a las chapas y recula muy despacio tanteando los clavos con la punta de los pies. Las chapas huelen a orín y se agitan por dentro. Clic, clic, traccc, clic... Un borde áspero lo retiene de la camisa. Vuelve un poco hacia arriba y trata de desprenderse.
Entonces descubre aquel agujero casi pegado a un ojo. Se ha corrido de la línea de clavos y está sencillamente en el aire. Es apenas más grueso que un clavo de seis pulgadas aunque brilla de pronto como una gota de acero fundido. Alejo pega la cara a la chapa pero no ve nada más que una mancha de bordes carcomidos y borrosos.
Luego, como a través de un lente, la imagen se ajusta, los trazos se endurecen y las sombras calzan en sus huecos. La mancha de luz es la franja de sol que penetra por la puerta de la cocina. Al principio no ve más que eso y el gato tieso en medio de la franja. Lentamente, a medida que la cocina se ahueca con aquel resplandor amarillento, brotan de la penumbra la mesa de pino, el aparador, la máquina de coser, la caja del carbón y, más cerca, los tirantes de la armadura.
La cocina queda oculta por la campana pero el resplandor del fogón rebota brevemente en el piso. Las cosas están quietas, naturalmente. Con todo, desde esa perspectiva no sólo parecen distintas sino vivas, no en la medida de un árbol, por ejemplo, sino casi de una persona. De cualquier forma es la primera vez que las ve bajo esa luz. Su madre aparece en ese momento junto a la mesa.
No alcanza a ver su rostro, ya es difícil vérselo cuando uno está abajo porque vive inclinada y además no mira o mira muy poco y si uno no ve los ojos pues realmente no ve la cara, pero le basta con verla comba mansa de su espalda y el perfil resignado de sus hombros para sentir a su madre toda entera. Acaba de apoyar algo sobre la mesa y sus manos se mueven afanosamente. Sin embargo, antes de volver a la cocina, levanta la cabeza y se abandona un momento.
Parece muy frágil y muy sola en ese instante y Alejo siente en la garganta un pujo de vieja ternura. Recuerda o tal vez siente al mismo tiempo el cálido olor de sus ropas y el roce blando de su piel.
Su madre desaparece debajo de la campana.
El bayo ladra plañideramente. "El viejo", piensa. Se había olvidado de él. Ha ido al pueblo muy temprano, con la jardinera. Va una vez por semana y a veces dos. Cada tanto lo lleva a él pero es inútil que se lo pida. Su madre lo lava, lo peina, le pone el traje de franela, que ya le queda chico y además le pica, le calza la gorra y lo besa. (Es raro, está pensando en su madre como si estuviera lejos.)
Durante el camino su padre casi no habla o, mejor dicho, no habla nada porque no puede decirse que hable porque le grite al caballo o putee por lo bajo a los Amaga cuando pasa frente a su campo. Los Arriaga son unos lindos tipos y los saludan alegremente pero tienen los ojos espesos y algo les da vuelta en la cabeza. El hecho es que su padre no habla más que eso durante las cuatro leguas de polvo que los separa del pueblo. Sin embargo, apenas asoman las primeras casas a Alejo le golpea la cabeza y las cosas se agrandan y se abrillantan. Pues ese mismo brillo tiene a veces su viejo a pesar de todo. Cuando piensa en el pueblo no tiene más remedio que pensarlo a través de él, esto es con el viejo por delante, y el pueblo tiene tanto brillo que al fin se lo pega.
Una sombra corta por el medio la franja de sol que entra por la puerta, y el gato se hace a un lado. Su padre aparece debajo, en el extremo de la franja. El sombrero le oculta la cara y la luz le brota debajo de las botas. Arroja el sombrero sobre la mesa y se sienta. Permanece un rato inmóvil con la cabeza volteada sobre el pecho.
De pronto, en ese momento de inmovilidad teñido por aquella floja luz de otoño, su padre tiene el mismo aire desdichado del abuelo. Sí, es eso lo que ha visto últimamente sólo que desde abajo no lo podía ver tal como ahora porque su padre, alto y cejijunto, le infundía una especie de temor. Ahora, en cambio, aparece realmente viejo y como abandonado en medio de un desierto. Su madre está igualmente sola pero la alumbra una llama interior, a pesar del aspecto débil y encogido que tiene. El viejo, por el contrario, ha comenzado a secarse como el abuelo.
Alejo levanta la vista y contempla un instante la rueda del molino que zumba alegremente. Piensa en su padre tal como ha sido hasta ahora, un árbol firme, alto y silencioso.
La voz áspera de su padre rebota en el hueco de la casa. Habla con su madre, por lo visto, aunque más bien parece que no se dirigiera a nadie en particular, o en todo caso al aparador que tiene justo adelante. No entiende lo que dice, por supuesto, pero es su voz. Suena monótona y exasperada y luego de golpear la mesa con el puño termina en un grito.
Ahora mira hacia su madre, con el rostro contraído. Solamente ve las manos de su madre, firmemente entrelazadas. Luego alarga un brazo hacia su padre, que lo aparta con brus quedad y vuelve a golpear la mesa con el puño. Sobre la voz de su padre que resuena oscuramente en la casa, oye una palabra que otra de su madre. Oye el sonido, mejor dicho, porque sigue sin entender nada. Alejo apoya la oreja contra la chapa y lo que oye realmente es casi un llanto.
Su padre ha callado, por fin, y comprende que no volverá a hablar. Arma nerviosamente un cigarrillo, lo enciende y fuma con la mirada clavada en el aparador, que ahora parece todavía más grande y más vivo. Sobre el techo del aparador está el fusil de madera que le talló el Román y que creía perdido hace tiempo. Su padre se pone de pie, aplasta el cigarrillo con la bota sale con la cabeza gacha sobre la franja de luz, que lo enciende todo entero antes de desaparecer.
El molino ha dejado de zumbar. Oye la voz del Román que azuza a los caballos.
¡Va, va!...
La voz del Román es fuerte y llena, como un tazón de leche caliente. Ésa es la imagen, aunque no tenga nada que ver una cosa con otra.
La casa, abajo, está ahora vacía y silenciosa y parece que respirara igual que un animal dormido. La luz se ha corrido basta la mesa y enciende las patas del aparador. > Alejo aplasta el ojo contra la chapa y trata de ver debajo de la campana. Su madre está sentada en la punta oscura de la mesa, quieta o dormida ella también. Alejo siente deseos de meter el brazo por el agujero y apoyar la mano en su espalda, sólo que el agujero es muy pequeño aunque de pronto quepa tanto dentro de él.
El sol cae a plomo sobre la casa y las chapas vibran ligeramente. A Alejo le arde el cuello y le zumban los oídos. Se vuelve un rato de espaldas y contempla el cielo que es simplemente una gran mancha de luz con un boquete de fuego en el atedio. Al principio sólo ve puntos de luz que saltan de un lado a otro y luego la silueta furtiva de un chimango que planea en lo alto. Los ojos le arden y la piel se le estira alrededor de ellos pero sin embargo ve cada vez mejor. En cierta forma la luz está ahora dentro de él, la luz y el pájaro solitario. Por momentos se ve a sí mismo tendido en cruz sobre las chapas calcinadas y el campo inmenso y las cosas inmóviles sumergidas en aquella espesa claridad.
-¡Va, va!... -grita el Román.
El pájaro se borra al pasar frente al sol.
Alguien golpea las manos en el patio. Es el abuelo que llama a su madre para que lo saque de allí. Algo después se tiente el chirrido de las ruedas que se mete debajo de la casa.
El pájaro reaparece en el borde de sus ojos.
Alejo se vuelve y trata de mirar a través del agujero pero no ve absolutamente nada, tan sólo esponjosas manchas de luz que se derraman en el hueco de sus ojos y cambian lentamente de forma y color. Se cubre la cara con las manos y al rato vuelve a mirar.
El abuelo está allá abajo en su silla, entre el aparador y la mesa. Alejo se sentó una vez en ella y la echó a andar, pero no pudo aguantar mucho tiempo el olor del abuelo. Además, aunque el viejo no esté metido en ella, se le parece demasiado. Es una vulgar silla de madera a la que su padre le adaptó el par de ruedas de una segadora y un par de rulemanes detrás. Por eso mete tanto ruido cuando se mueve.
Alejo oye la voz de su madre en el patio y, algo después, la voz de la Tere que le responde desde la huerta, detrás del galpón.
El abuelo se pone trabajosamente de pie y permanece un momento junto a la silla hamacándose sobre sus piernas. Alejo lo mira con sorpresa porque creía que no era capaz de hacerlo por sí solo. Luego comienza a moverse, es decir, a caminar, aunque no parezca exactamente eso. Se bambolea sobre las piernas, tiesas como dos estacas, girando un poco de lado cada vez que adelanta una de ellas. Como de todas maneras avanza, se puede decir igualmente que camina. Por fin llega junto al aparador, abre una de las puertas de arriba y mirando de lado, hacia la entrada, hurga dentro con mano ávida. Saca una botella, la descorcha con los dientes y bebe un buen trago. Luego se recuesta contra el aparador, tose y se sacude todo entero y bebe otro trago. Alejo no ve bien pero cree reconocer una botella que ha visto a menudo en manos de su padre.
Generalmente después de las comidas se sirve un vasito. Un vasito él y otro el Román. Su padre chasquea la lengua, se anima un poco y recién entonces se le suelta la lengua. El Román no necesita de eso porque es charlatán y animoso de por sí pero los ojos se le encienden como " dos brasas y se le arrebata la cara. Su madre le ha dicho una vez que se trata de cierta medicina y en ese caso él no comprende qué le puede estar pasando al Román, por lo menos. Tampoco comprende por qué no la bebe el abuelo, que es el que más la necesita, y al mismo tiempo comprende por qué la bebe ahora, sólo que le haría falta un frasco cada día.
El abuelo vuelve la botella al aparador y voleando siempre las piernas da toda una vuelta alrededor de la mesa. Tarda mucho en hacerlo y se detiene cada tanto, tosiendo y golpeándose el pecho con un puño. De pronto levanta la cabeza y aquellos dos espejuelos ciegos y relucientes le apuntan directamente. No sabe si el abuelo tan sólo mira el techo o acaso lo mira a él. Aguanta la respiración y tapa el agujero con una mano.
Oye la voz de su madre que lo llama desde el patio.
-¡Alejo! ¡Alejo!
Quita la mano. El abuelo está de nuevo en la silla como si nunca se hubiera movido de allí.
-¡Aleeejo!
La voz de su madre rebota en la casa y se pierde hacia arriba, en el viento, pero él no puede responderle.
-Sí, ma..., dice de todas maneras, por lo bajo.
Pero es como si la voz de su madre sonara muy lejos, en otro tiempo, y él fuera ahora grande y solitario como su padre.
El Román canturrea en el patio mientras se lava debajo de la bomba. Su padre está sentado en la punta de la mesa con la expresión de siempre. Por más que lo mire Alejo no descubre en él ningún rastro del hombre que viera hace apenas un rato desde arriba. En realidad, todo, no sólo su padre está igual que antes. Es como si las cosas se hubieran cerrado, por así decir. Su madre se mueve junto a la cocina, la Tere aguarda a un lado con la sopera en las manos y el abuelo golpea con la cuchara sobre el brazo de la silla.
La voz del Román se interrumpe.
Alejo mira hacia el techo pero apenas distingue el trazo oscuro de los primeros tirantes.
La voz del Román se aproxima hacia la puerta. Su sombra se derrama velozmente sobre la mesa, se vuelca sobre el piso y se quiebra contra la cocina. Le zamarrea el pelo al pasar y se sienta a la derecha de su padre. El aire parece animarse cuando él entra en la cocina.
Alejo recuerda todavía el día en que apareció en la punta del camino, un año atrás. Había comenzado el otoño, justamente. Los árboles se estaban pelando y dejaban ver el camino hasta la primera vuelta, detrás del montecito de mimbre. Para Alejo era como si empezara ahí realmente.
El Román apareció empujado por una nubecita de polvo. En el primer momento creyó que iba a pasar de largo, mejor dicho, pasó de largo y al rato volvió hacia atrás, miró la casa y cruzó el alambrado. En aquel tiempo el perro bayo estaba sano, igual que el abuelo, y apenas lo vio se le fue encima pero él siguió caminando. Cuando pasó junto al primer corral el perro le trotaba al lado.
El Román habló con su padre y mientras hablaba lo miró y le sonrió. Tenía la ropa cubierta de polvo y la tierra se le pegaba a la cara.
Así llegó el Román. Brotó una tarde del camino como si el polvo y la tierra lo hubieran amasado y estuviera hecho con la misma sustancia del camino. No es sólo una imagen sino que verdaderamente se le parecía. Era seguro, alegre y solitario como él.
Alejo se sentaba a veces a la orilla del camino y al rato sentía toda la gente y los pueblos que estaban sobre él. Algo por el estilo le sucedía con el Román. Su padre, en cambio, terminaba en la espalda, igual que los otros, si se entiende esto. Pensándolo mejor, ahora que lo tenía al lado, el Román era el tínico de ellos que no había cambiado mirándolo desde arriba.
El patio brilla intensamente a través de la puerta. Alcanza a ver las copas borrosas de los árboles pero más abajo desaparecen en la luz que brota del suelo. No hay una gota de viento y la claridad se inflama y termina de borrar los árboles. Cuando se vuelve, la cocina se ahueca con un resplandor amarillento. Su padre se aleja hacia el extremo de la mesa pero reaparece al cabo de un rato en el mismo lugar.
Los platos de sopa humean sobre la mesa. El abuelo corta trocitos de galleta y los echa dentro del plato. Cuando estaba J"en le agregaba un chorrito de vino y si por él fuera lo seguiría haciendo. Inclina la cabeza sobre el plato y come con avidez soplando después de cada sorbo. Su madre le espanta las moscas con el repasador y él a su vez espanta a su madre alargando un brazo, sin dejar de comer y soplar.
Su padre golpea el vaso con el canto del cuchillo y la Tere, que estaba por sentarse, va hasta el aparador y trae la botella de vino.
-Alejo, no te llenes de pan -dice la voz de su madre desde el rincón del abuelo.
Alejo deja la galleta, mira a su madre y empuña la cuchara.
El Román lo mira divertido y le arroja una miga.
-¿Qué tal te fue con el barrilete?
Piensa un rato y dice:
-Se ensartó en una rama.
El Román menea la cabeza.
-Hay que esperar que el viento se afirme.
Su padre, que ha terminado con la sopa, chasquea la lengua y llena los vasos de vino. Bebe la mitad del suyo de un trago y al rato se le afloja la cara.
Comienza a hablar con el Román sobre la siembra de forrajeras, que es lo que tienen entre manos. Hace días que está con eso pero todavía sigue dudando entre el sudan grass dulce y di pasto llorón. En realidad no duda nada porque su padre decide las cosas de una vez, pero de cualquier forma le gusta darle vueltas al asunto. El Román mueve la cabeza, arquea las cejas y de vez en cuando suelta una palabra.
Alejo alarga el brazo hacia la jarra de agua y mira hacia el techo. Tampoco así alcanza a ver el boquetito. Está entre las dos primeras viguetas, casi sobre su padre. Piensa cómo se verá aquello desde arriba pero sencillamente ve a otra gente. Están quietos y silenciosos y como apartados en medio de esa claridad cenagosa que brota del suelo. Su padre, con la cabeza volteada sobre el pecho, parece el más solo de todos.
La Tere canta algo que no alcanza a oír. Solamente ve el movimiento de su boca y por la expresión debe ser un canto más bien triste. Su madre escucha de pie al borde de la franja de luz que entra por la puerta. Alejo siente sobre su pecho el peso leve de aquella espalda pero su madre está lejos y él no puede hacer nada para llamar su atención.
El Román está igualmente inmóvil y desde arriba no alcanza a ver la expresión de su rostro, pero a esa imagen quieta y doblegada se superpone aquel rostro polvoriento que le sonríe como el primer día y de pronto ve el camino que se alarga en la distancia sobre un reverbero de luz. Y siente el viento que se enrosca alrededor de su cabeza y el golpeteo del molino y desde la mancha que palpita muy alto en el cielo se descuelga lentamente aquel pájaro solitario. El sol lo deslumbra, pero luego no es el sol sino los ojos crueles y vacíos del abuelo que le apuntan brevemente.
El repique del tren sobre las vías brota muy lejos, en un punto impreciso a sus espaldas, y crece rápidamente hacia el centro de su cabeza. Llena el vaso de agua. Cuando levanta la vista tropieza con la mirada de su padre que lo observa con alguna atención.
El ruido describe un gran semicírculo. Los hombres han dejado de hablar. Su padre saca el reloj del bolsillo y observa la hora. El ruido se ahueca bruscamente. El tren está atravesando el puente.
Alejo ha ido un par de veces hasta las vías, una legua al norte. Cuando el viento sopla de ahí el tren se oye mucho más cerca, naturalmente. Ninguna de las veces vio pasar el tren. Sin embargo, apoyando una oreja sobre las vías se siente un ruido parecido. Zumban y se agitan por dentro y hasta le parece oír un montón de voces que se atropellan a lo lejos.
El ruido se pierde con un último rebote en dirección al pueblo. Cuando pasa de largo por la estación vuelve a oírse un breve y lejano repiqueteo.
Terminan de comer y la Tere trae la medicina que su padre guarda en el aparador. El viejo llena dos copitas hasta el borde, bebe un trago, entrecierra los ojos y se queda como esperando que le suceda algo.
Los anteojos del abuelo brillan furtivamente en el rincón.
El viejo bebe otro trago y estirándose en la silla vuelve a hablar sobre el asunto de las forrajeras.
El sol está exactamente sobre la casa. Alejo ha tratado de mirarlo una vez pero ha sido como si saltara disparado por el aire. Los ojos se le ahuecaron como dos cavernas por las que ambulaban opacas antorchas que cambiaban de formas. El sol es lo único vivo en este momento porque lo demás aparece seco y desolado, sin bordes ni sombras.
Su padre está echado debajo del aromo con el sombrero volteado sobre la frente. El aromo ha perdido las flores y el brillo. Parece el plumaje hinchado y polvoriento de un pavo. Una mancha de luz resbala lentamente por el cuerpo de su padre.
" Detrás de los pinos el campo se borra en el aire encendido. El montecito de mimbre llamea un instante y por fin desaparece consumido por ese fuego que baja del cielo. Muy lejos brotan como disparos unos destellos que cambian de lugar.
Alejo levanta un brazo y un breve chorro de sombra se descuelga sobre las chapas. Luego el brazo se abrillanta y comienza a borrarse él también. Alejo cierra los ojos y apoya la frente sobre las manos cruzadas, de espaldas al sol.
La silla del abuelo se mueve debajo. El ruido se detiene un momento y luego se hace más áspero y continuo. Está atravesando el patio. Atraviesa el patio en dirección del galpón. El viejo se mete allí hasta que pasa la resolana. El galpón es caliente pero si se abren los portones de cada lado el poco viento que anda suelto se cuela por ahí. El viejo dormita entre los aperos y fardos de pasto.
La voz de la Tere rebota en la cavidad de la casa. Canta la misma canción de siempre. Alejo no entiende qué gusto puede encontrar en eso. Es simplemente un ruido, aunque hay ruidos, como el del molino, que se parecen a un canto.
Ahora que recuerda, su padre, en otro tiempo, también tenía un canto. Algo muy simple, sobre la guardia civil. Lo había olvidado. Mejor dicho, recién ahora lo recuerda. Antes, de alguna manera no había olvido porque no había pasado. Ahora, de pronto, su padre tiene una historia, y las cosas también. Su padre cantaba en otro tiempo, eso es. "Yo me voy, yo me voy... a la guardia civil". No tan seguido ni por cualquier cosa como la Tere, es decir, por nada, sino cuando se sentaba en la galería al caer la tarde o cuando se poma a sobar las botas con aceite castor, debajo del mismo aromo donde está echado ahora. ¿Qué sería eso de la guardia civil?
A medida que recuerda ese tiempo, sin levantar la cabeza ni abrir los ojos, Alejo vuelve a ver la misma casa y el mismo campo sólo que bajo otra luz. El molino voltea la tarde, la cerca luce recién encalada, el perro bayo arrastra una bolsa vacía de una punta a otra del patio, su madre está sentada en el sillón de mimbre con la costura en la mano, la Tere pela un manojo de arvejas junto a la bomba. Ellos están en medio de esa luz que no ciega, ni adormece, mientras a lo lejos, exactamente sobre las vías, el cielo comienza a oscurecerse. Un pájaro tardío vuela; muy alto, por encima de los pinos. Su madre levanta la cabeza y le sonríe. ¿Cómo pudo olvidar todo eso?...
El molino se sacude sobre su cabeza, el montecito de mimbre reaparece brevemente, una nubecita de polvo se desprende del camino y, mucho más lejos, siguiendo el trazo del viento, se sacuden esos reverberos que flotan en el horizonte.
Su madre atraviesa el patio con el pañuelo atado a la cabeza y el balde con los restos de la comida. La figura, neta y sin relieve, desaparece detrás del galpón.
Hacia el este, casi sobre la tierra, hay un par de nubes.
El canturreo de la Tere se interrumpe y al rato Alejo oye una risa sofocada que viene desde abajo.
Esta vez tarda un poco en acomodar el ojo a la penumbra de la cocina. Al principio distingue nada más que los trazos oscuros de los tirantes y unas roscas de luz que se inflaman hasta cambiar de color. Cuelgan blandamente entre los tirantes como guirnaldas de niebla. Se comprimen, se superponen y por último se funden en un tremendo ojo grumoso con los bordes agrietados. Al rato, la mancha se disuelve y la cosas aparecen claras y precisas. La mesa, una pila de platos sobre la mesa, el aparador, algo más oscuro y corpulento, el rifle de madera, la máquina de coser con el gato tendido a un costado, la caja de carbón, el farol de viento que cuelga de un clavo en la pared. La franja de sol ha desaparecido pero en cambio envuelve a todas las cosas una Opaca y difusa claridad.
El cuerpo de la Tere asoma por el borde, en una perspectiva confusa. Tan sólo la nuca y la espalda, aunque él sabe muy bien que es la Tere. Se apoya en la mesa, apretando el canto con las manos. Luego el cuerpo se inclina otro poco y el rostro arrebolado de la Tere se vuelve hacia arriba, con los ojos entrecerrados.
Alejo no entiende al principio. Hay una mano que le acaricia el cuerpo y una cabeza que se encima a aquel rostro y por ultimo una espalda ancha y dura que la oculta. No entiende, de cualquier forma.
La cabeza se aparta bruscamente y permanece un segundo vuelta hacia la puerta.
Ahora no hay nadie en el boquete, nada más que las cosas y al rato una mano breve que entra por el borde y posa un plato encima de la pila. La voz de la Tere canturrea otra vez.
Alejo alza la vista y ve a su madre que se aproxima a la casa por el medio del patio.
Las nubes están sobre las vías. La mancha de sol trepa por el pecho de su padre. Un borde de sombras cuelga ahora de las cosas, que comienzan a crecer y a animarse.
Alejo alcanza a ver la figura del Román que desaparece detrás de los árboles, por el lado del galpón.
Otro golpe de viento sacude el molino, al segundo se agita el montecito de mimbre y algo después se remonta una nube de polvo en la punta del camino. El montecito es ahora un vellón amarillento con los bordes encendidos. La sombra de una nube atraviesa el campo velozmente, entre el montecito y las vías.
Acaba de ver a la Tere en la misma dirección.
El molino se afirma y una nube de polvo más grande que las otras borra el camino.
El hombre vino en mitad de la tarde y se metió en la casa con su padre. El hombre se sentó a la mesa y su padre sacó la botella del aparador. Alejo no podía verle el rostro porque estaba casi debajo suyo y tenía el chambergo puesto. Ni siquiera se lo quitó para saludar a su madre.
Su padre habló casi todo el tiempo y el tipo escuchaba. Su padre tenía una expresión ansiosa y de vez en cuando se fregaba la cara, lo cual es una mala señal.
El tipo levantó el rostro una vez. Alejo se había puesto a escarbar el boquete y un chorrito de basura cayó sobre la mesa. Entonces el tipo miró hacia arriba.
Su padre seguía hablando.
El tipo habló a su vez, por fin. Se inclinó sobre la mesa y dijo poca cosa porque en seguida se levantó y salió de la casa. Su padre lo siguió fregándose la cara.
El tipo se ha ido ahora. El sulky trota sobre el camino, en dirección al pueblo. En realidad, no ve el sulky sino el montón de polvo que levanta. La luz del camino es todavía firme pero la tierra se desvanece hacia el este.
Su padre sigue apoyado en la tranquera. Hace un rato que está ahí.
Del otro lado, al oeste, la punta de los árboles relumbran como un cacharro de bronce. De pronto los árboles se inflaman y desaparecen. Un molino solitario se agranda de golpe y se recuesta a lo largo del campo. Los postes y los alambrados cambian de lugar.
Su padre vuelve lentamente hacia la casa.
Para ese lado hay otro pueblo, que no conoce. Y luego otro y otro. Así debe ser. Ahora el día está sobre ellos mientras aquí entra la noche. ¿Qué tal serán esos pueblos? Él trata de imaginarlos pero simplemente cambia de lugar las casas del único que conoce.
Arriba, justo sobre su cabeza, el cielo es muy claro, leve y profundo. Más abajo se oscurece y se comba. Hay un gran silencio. Mejor dicho, de la tierra brotan toda clase de rumores, como si respirara, pero de cualquier forma se parece a un gran silencio.
Todavía hay polvo sobre el camino pero el sulky ha desaparecido por el lado de los Amaga.
Su padre ha desaparecido también.
Ahora no hay viento. Solamente el aliento húmedo de la noche que llega desde el este.
Alejo se sienta en la cumbrera. La casa, desde abajo, es un bulto de sombras de manera que nadie alcanza a ver lo que hay allá arriba. Él mismo ya no ve las cosas con claridad.
La voz de la Tere suena en alguna parte, muy débil.
Más allá del patio tiene que imaginarse el resto. En ese momento el patio aparece iluminado por esa misma quieta y melancólica claridad que tiene en su recuerdo.
Por un instante la cerca se endereza y se blanquea, su padre se instala bajo el aromo, su madre aparece sentada en el sillón de mimbre con la costura en la mano y la Tere limpia la verdura junto a la bomba. Su padre soba las botas de cuero y silba.
Alejo se quita los zapatos, se para con cuidado y echando un pie delante del otro comienza a caminar a lo largo de la cumbrera con los brazos en cruz. Cerca de la punta se detiene y observa a su padre. Su madre y la Tere levantan los ojos y le sonríen animosamente. Su padre lo ha visto también pero sigue silbando como si tal cosa.
Alejo se siente liviano como un pájaro. Sonríe a su vez y agita una mano. Entonces resbala y cae. Cierra los ojos y se pega a las chapas y cuando termina de resbalar se queda quieto un buen rato. Después vuelve a trepar hasta la cumbrera y se calza los zapatos.
En realidad, el patio está vacío. Gastado y vacío.
La luz en lo alto se reduce cada vez más. Abajo simplemente es de noche. Todavía queda una nube morada sobre el horizonte pero el resto es oscuridad y silencio.
Una vara de luz brota repentinamente del boquete y un trazo amarillento asoma por debajo de la casa, sobre el patio oscurecido. Alguien acaba de encender el sol de noche.
Alejo arrima un ojo a la chapa.
Su padre y el Román están sentados a la mesa. El abuelo espera en el rincón con la cuchara en la mano. Los tres aguardan en silencio blanqueados por la luz que derrama sobre ellos el sol de noche.
Entonces oye la voz de su madre en el patio.
- ¡Alejo!
Una sombra borra en parte el rectángulo de luz que atraviesa el patio hasta el pie de la bomba.
- ¡Aleejo!
-Sí, má -dice Alejo por lo bajo.
Su madre no lo puede oír, naturalmente. Su madre camina en las sombras y lo llama y él dice, o lo piensa, "sí, ma" pero es inútil. Nunca más podrá oírlo.
La sombra desaparece del patio. Los platos de sopa humean sobre la mesa. Hay un plato frente a la silla vacía de Alejo.
La Tere coloca la botella de vino al alcance de su padre, que sigue sin moverse. Ahora están todos sentados a la mesa, debajo de la luz que los cubre y los aparta.
Su padre llena los vasos y bebe un trago.
Parecen haberlo olvidado. Más bien parece que nunca hubiese vivido entre ellos.



 

El último

Un buen día me hice un vago. Así como lo oyen. No sé cuándo empezó pero aquí me tienen, tumbado a un costado del camino esperando que pase un camión y me lleve a cualquier parte. Ustedes deben haber visto un tipo de esos desde la ventanilla de un ómnibus o del tren. Pues yo soy uno de esos exactamente y puedo asegurarles que me siento muy a gusto. Cualquiera de ustedes dirian que solamente al último de los hombres se le puede ocurrir tal cosa. Soy el último de los hombres. También eso. Lo que posiblemente a nadie se le pase por la cabeza es que alguien pueda ser feliz justamente siendo el último de los hombres. Ni siquiera a mí mismo se me hubiera ocurrido hace un tiempo, cuando, dentro de mis alcances, luchaba con todas mis fuerzas para estar entre los primeros. Pero no es eso lo que quiero decir, al menos por ahora.
Me preguntaba sencillamente cuándo empezó. Éste es un hábito que me queda de la otra vida, es decir, la vida de ustedes porque qué puede importarle a un verdadero vago cómo y cuándo empezó cualquier cosa. El día que se me quite esta costumbre habré alcanzado la perfección pero comprenderán ustedes que no puedo proponérmelo porque, ante todo, un vago no se propone nada, de manera que lo mejor es dejar así las cosas.
Mezclando un asunto y otro, lo mismo me pregunté el día que, del brazo de Margarita, mis manoseos en Parque Lezama, que entonces no tenía esas malditas luces de mercurio que le alumbran a uno hasta el pensamiento, me encontré frente a un cura. Tal vez la cosa empezó ahí. No quiero decir que me tomara desprevenido pero de cualquier forma con el tiempo pareció que había sido así. Entonces me estaba preguntando cómo y cuándo fue que empezó aquella vida de perro. No es que hubiese dejado de querer a Margarita.
Supongo que tampoco ella había dejado de quererme, a su manera. Pero justamente era esa podrida manera lo que me tenía desconcertado. Bastara que yo dijera blanco para que ella dijera negro. De saberlo un poco antes yo también habría dicho negro aunque estoy seguro de que eso tampoco habría servido para nada porque lo más probable es que entonces ella hubiese dicho blanco. Así era Margarita y no le guardo rencor.
Quiero que comprendan esto. No le guardo rencor a Margarita ni a toda esa puta vida, como se dice vulgarmente y para abreviar. En ese caso no sería un verdadero vago, si bien tampoco lo soy del todo, aunque por otro motivo, como queda dicho.
¿Me creerán ustedes si les digo que, a pesar de todo, conservo muy buenos recuerdos de aquel tiempo? Yo era feliz, también a mi manera, y si aquello terminó es porque no podía pasar otra cosa. Quiero decir que mis pies apuntaban en una dirección y los de ella en otra y la tristeza habría sido seguir juntos cuando cada uno tenía su camino por delante. En cuanto a ella, es posible que a estas horas esté maldiciendo al tipo aquel que se le cruzó un día en el camino, lo cual es muy propio de Margarita. Si dejara de hacerlo pues simplemente dejaría de ser Margarita. Eso es lo que trato de decir. Cada uno es una flecha lanzada en una dirección y no hay como dejarse llevar para acertar en el blanco, cualquiera sea.
Hablando con estricta justicia más bien fue Margarita la que se me cruzó en mi camino y no yo en el de ella. Sin embargo, estoy dispuesto a reconocer que fue una simple coincidencia. Por coincidencia tomábamos el 48 a la misma hora, por coincidencia bajábamos en la misma esquina y, supongo que por coincidencia, un día me atravesó una de sus piernas entre las mías. En fin, otro día la acompañé hasta la casa y por coincidencia estaba el viejo en la puerta. Cuando quise acordarme estaba adentro tomando una copita de anís y hablando de la decadencia de las costumbres, un tema, como se ve, que puede terminar en cualquier cosa. En aquel tiempo yo era hincha furioso de Estudiantes de La Plata, cosa que todavía hoy no me explico. Los domingos iba a la cancha con toda la bosta en el camioncito de los hermanos Antonelli. La bosta fue lo que dijo Margarita el primer domingo después de casados que traté de ir a la cancha. Jugaban Estudiantes y Chacarita, lo recuerdo aunque no viene al caso. Hasta entonces la bosta habían sido "los muchachos", cariñosamente. Inclusive llegó a tejerme una bufanda con los colores de Estudiantes. Esto es lo que se dice astucia femenina pero yo digo simplemente la vida.
Dije adiós a la bosta y me puse a trabajar como un condenado a trabajos forzados. Soy un tipo optimista por naturaleza, como ustedes habrán visto, de manera que con el tiempo hasta a eso le encontré el gusto. Los demás tipos, es decir, la verdadera bosta, gemían y crujían a mi alrededor. Yo en cambio pateaba alegremente la calle primero vendiendo seguros de La Agrícola y después caminos, esteras y carpetas de formio, coco y sisal. Los sábados me la pasaba cambiando los muebles de lugar, tapando las manchas de humedad y escuchando en todo momento los reproches y maldiciones de Margarita. Yo no escuchaba las palabras sino simplemente la voz y por inexplicable que les parezca esto me ponía más bien contento porque Margarita era algo vivo e intenso que me obligaba a tirar para adelante cuando los demás hacía tiempo que estaban muertos.
Los domingos íbamos a comer a lo de los viejos y por la tarde veíamos la tele hasta que se nos saltaban los ojos. He oído muchas cosas contra la tele pero yo digo que es el mejor invento de la bosta. Por de pronto era la única manera de callar a Margarita. Entonces la sentía más viva e intensa, sólo que en otro sentido. Si no había manera de entendernos el resto de la semana en aquel momento nuestros cuerpos se acercaban misteriosamente y éramos una sola y misma cosa pendientes de aquel agujero en la pared. El agujero que digo era la tele, como se comprende, y convendrán ustedes en que es una imagen bastante feliz. De cualquier forma, ésa era la impresión. Bastaba con girar la perilla y entonces se abría aquel boquete en el mísero departamento de la calle México, 5 piso "C", al lado del ascensor, que no funcionaba la mitad de las veces, y el mundo se derramaba alegremente por allí.
Ahora que lo pienso, tal vez la cosa empezó recién entonces. Yo me quitaba los zapatos en la penumbra, me aflojaba el cinturón y al rato estaba en las islas Marquesas, por ejemplo. Como dije las Marquesas pude haber dicho Hong Kong o Miami o el fondo del mar. En un par de horas saltaba de un lado a otro e inclusive de un tiempo a otro. Randall, Peter Gunn, Kentucky Jones, Maverick y hasta Gorila Maguila me resultaban tan familiares como mi viejo o mi vieja, por así decir, porque en realidad nunca entendí a mi vieja y apenas si conocí a mi padre. Hablábamos de ellos con Margarita como si vivieran en la misma cuadra y algunas veces les hablaba a ellos mismos, como si pudieran oírme. Opino que son todos unos grandes tipos, los verdaderos grandes tipos que se necesitan y no esos pelmas que salen en los diarios todos los días, y sinceramente me felicito de que los domingos se asomaran por aquel agujero para hacernos ver las cosas tal cual son.
En cuanto a los avisos, que para muchos resultan la cosa más estúpida del mundo, nos divertían como locos. No sé qué sentido tiene pretender que nos echen un discurso con citas de algún gran tipo para vendemos una pasta de afeitar o un frasco de café instantáneo. Las cosas hay que tomarlas como son. Eso es lo que siempre he dicho. Para nosotros, en cambio, aquello fue una verdadera revelación. Yo,fpor lo menos, aprendí a apreciar las cosa recién entonces y hoy me parece perfectamente natural que una lata de tomates le hable a una cacerola a presión y que un reloj con voz de pito nos avise el momento de tomar tal o cual pastilla para la digestión.
Quiero decir que las cosas están llenas de vida, o por lo menos muertas o vivas en la medida que nosotros estamos muertos o vivos, y que mis zapatos tienen algo que decirme con sólo que les preste un poco de atención. Que es lo que hago, justamente, cuando no sé para dónde tirar el primer paso.
A Margarita le gustaba acompañar los jingles, mientras yo le hacía una especie de contracanto, y por lo que recuerdo fue la única ocasión en que oí cantar a Margarita. Por lo que a mí toca, muchas veces pateando la calle con las muestras de aquellas benditas esteras y carpetas y el mundo que se ponía realmente negro me bastaba con silbar una de esas musiquitas y el cielo se abría en alguna parte.
En fin, que todo eso también terminó. Margarita le tomó fastidio a Mike Hammer que, según ella, en el fondo era un fascista hijo de puta y a mí que se me dio por defender al tipo como si fuera mi hermano. Total que un día, mientras volaban los tiros de un lado a otro detrás del agujero, Margarita le zampó la plancha justo en el medio. El televisor, es decir, el mundo saltó en mil pedazos y al principio creí que uno de los tiros me había volado la cabeza. Herido como estaba, tomé lo primero que encontré a mano, creo que uno de esos ceniceros hechos con un pistón recortado, y se lo tiré a la cabeza con tan buena puntería que cayó al suelo como si la hubiera tumbado un rayo. Todavía humeaba el televisor y ya estaban allí los viejos, el administrador y un cabo de policía con cara de patíbulo que parecía salido de la propia televisión.
Cuando volví de la 2a el administrador todavía estaba allí, o simplemente estaba de nuevo allí. Es un detalle. Lo que me interesa señalar es que había llegado la hora de que cada uno echara a andar para su lado, sólo que en ese momento no me di cuenta. De todas maneras fue lo que pasó. La vida decide por uno las más de las veces y todo lo que queda por hacer es preguntarse un tiempo después cómo y cuándo empezó, lo que sea.
Por esos días, y ésta es otra señal, quebró el tipo de las esteras y quedé en la calle, lo cual es un decir porque nunca había salido de ella. Las cosas iban tan mal entonces que en lugar de amargarme más bien me alegré. Sea lo que fuere que me reservara la vida nunca iba a ser peor de lo que había sido hasta entonces. Cuando uno siente deseos de darse la cabeza contra la pared ése es el momento preciso para las grandes cosas porque uno en realidad está tan limpio y vacío como si acabara de nacer.
Claro que yo no pensé en eso. Eché mano de un par de diarios y en una página de los clasificados topé con el siguiente aviso: "Joven emprendedor con experiencia comercial para importante negocio". Allí estaba el destino. Me corté el pelo a la americana, me puse un saco sport con cueritos y al rato estaba golpeando en la puerta de una oficina en el segundo patio de una especie de gallinero en la calle Lima y que a primera vista no tenía el aspecto de un negocio ni de otra cosa importante sino más bien de una pocilga.
Me atendió un tipo parecido al de "Patrulla de caminos" que sin mirarme siquiera dijo: "Usted es el hombre!" y se puso a hablar sobre el futuro, un futuro que no sé muy bien a quién correspondía, en todo caso a la humanidad en general y como tal proporcionalmente a mí también. Cualquier otro se habría dado cuenta de que el tipo estaba medio chiflado, por no decir del todo.
En realidad eso me pareció a mí también pero en lugar de largarme como hubiera hecho cualquiera de ustedes en su sano juicio ya que nada bueno podía salir de allí, en el sentido de la bosta, me quedé escuchando al tipo tal vez por eso mismo. Quiero decir que esta clase de chiflados son justamente la sal del mundo sólo que la bosta se da cuenta demasiado tarde.
El tipo hablaba como un profeta. Nunca he oído hablar a un profeta, por supuesto, pero me figuro que deben hacerlo así.
Según me pareció se trataba de fundar una sociedad nueva a partir de la venta de lotes en mensualidades. Digo que me pareció porque, como siempre, yo más bien le prestaba atención al sonido de la voz y al aspecto general del fulano. Tal vez las cosas que decía no tuvieran mucho sentido pero igual era hermoso oírlas porque en medio de toda la roña sencillamente había un tipo que creía en algo distinto de lo que cree el resto de la bosta.
Cuando terminó el discurso sacó un plano que extendió sobre el piso y comenzó a explicarme el aspecto más vulgar del asunto. Se trataba de unos lotes en San Vicente con el pomposo título de Barrio Parque "La Esperanza". Según el tipo aquélla era la tierra del futuro y estoy seguro de que estaba en lo cierto porque, como decía mi viejo, si hay algo que tiene futuro es la tierra, cualquiera sea. Solamente se trata de esperar el tiempo necesario. Lo digo aun de esta tierra en la que estoy echado y que, por ahora, no es más que polvo y silencio. Día vendrá. ..
¿Pero para qué hablar del día que vendrá? Es el estilo que me contagió el tipo. Lo arreglaba todo con el día que vendrá.
Cuando le pregunté cuánto me tocaba en todo eso, no del futuro, se entiende, sino de lo que pagarían por él me echó otro discurso. Yo lo miré a la cara y comprendí en el acto que era el destino el que me hablaba a través de aquel chiflado. De manera que tomé los planos, boletas y folletos que me dio y salí a patear la calle como si esta vez tirara de mí una fuerza desconocida y cada paso que diera de ahora en adelante fuese a abrir un camino entre la gente.
Al domingo siguiente fuimos a San Vicente en una "banadera" que cargamos con los candidatos que habíamos juntado entre Requena y yo. Requena se llamaba el tipo. La mitad de los candidatos iban porque no tenían nada que hacer y seguramente habrían ido al mismo culo del mundo con tal de viajar de arriba. Antes de partir, desde la plaza Congreso, Requena enarboló una especie de estandarte e improvisó un breve discurso sobre el futuro, el día que vendrá y todas esas cosas. Los tipos quedaron desconcertados y uno preguntó si detrás de eso no estaban los comunistas. De cualquier forma subieron a la "banadera", Requena colgó el estandarte de un costado y zarpamos alegremente hacia esa tierra de promisión.
Aquello era un desierto. Me refiero a los terrenos. Sólo faltaba un par de camellos y no me hubiera sorprendido que aparecieran en cualquier momento. La mitad de los tipos ni siquiera quiso bajar a cambiar el agua. Yo vi tan pronto como los otros que era un verdadero desierto y que lo seguiría siendo aún por mucho tiempo pero el sur me tiró siempre y la tierra pelada y vacía me llena de ansiedad, aunque no está bien dicho ansiedad, ni entusiasmo, ni ninguna otra cosa de las que ustedes dicen en tales casos.
Es algo distinto. Yo sé que entre ustedes hay muchos que esperan el día, que quisieran sacudirle un puntapié a la vieja o al jefe o al primer botón que se les cruce en el camino y por eso me permito un consejo. No hagan nada de eso. No lo van a hacer de todas maneras. Vengan y miren la tierra vacía, así como la veo yo ahora, y tal vez las cosas les dejen de dar vueltas dentro de la cabeza y echen a andar por su camino.
En ese sentido Requena tenía razón. Aquélla era la tierra del futuro, por lo menos para mí. De manera que eché a andar detrás del estandarte sin importarme un pito los tipos que quedaban en la "banadera". No tenían ni ojos, ni oídos.
Requena plantó el estandarte en medio del campo y se puso a hablar. El viento traía y llevaba su voz y al rato nos pareció que hablaba la misma tierra. Así era aquel tipo. Yo sé que estaba solo y que en el fondo le importaba muy poco de nosotros porque sencillamente no necesitaba de nosotros ni de nadie y veía con claridad dónde ponía los pies. Mientras hablaba empezamos a ver que brotaban de la tierra casas, torres, fábricas, negocios, una estación del Roca, un supermercado, dos escuelas, cuatro edificios en torre y un lago artificial.
Cuando terminó, los tipos siguieron haciendo cálculos y suposiciones por su cuenta y al rato había una usina, un cuartel, dos hospitales, un matadero, un frigorífico, un canal de televisión, un monumento a San Martín y por lo menos cuatro Bancos. Vendimos 15 lotes en total. Tres mil quinientos en la mano y 24 cuotas de mil. En los meses que siguieron vendimos otros 30 pero llegó el invierno y con las primeras lluvias un arroyito de esos que nunca faltan se salió de madre y de la noche a la mañana el desierto se transformó en un lago, casi en un mar interior. La policía tuvo que sacar en un bote a un tipo que había levantado una casilla.
De la calle Lima nos mudamos a la calle Piedras. De Piedras a Bolívar. De Bolívar a Golfarini, que en realidad es una calle que no existe. Su verdadero nombre es Giuffra pero todo el mundo la conoce por Golfarini. Para Requena era una cosa u otra según los casos. Golfarini cuando tenía que cobrar y Giuffra en todos los demás. Les digo, de paso, que si quieren conocer una calle de la vida vayan alguna vez por ahí.
A todo esto yo apenas si pisaba el departamento de México. Estaba todo el día en la calle o en uno de esos desiertos que loteaba Requena, marcando calles o clavando banderitas o plantando un letrero y atendiendo al mismo tiempo a los tipos. Era una vida vagabunda. Sólo que yo no era un vago propiamente dicho sino como un tipo perdido, hasta que tomara la medida justa de la tierra. Dormía en cualquier parte y comía salteado. Eso puede desmoralizar a cualquiera, para mí, en cambio, fue un gran aprendizaje. Uno duerme y come más de la cuenta.
No me voy a poner en moralista ahora. Precisamente estoy echado sobre la tierra hace un par de horas sin hacer nada, como no sea pensar en esto que les digo. Además aunque no estuviera tirado aquí tampoco haría nada. En el sentido de la bosta, se entiende. De manera que soy el menos indicado para echarles un sermón, aparte de que me importa un queso. Pero quiero poner las cosas en su lugar. Hay que dejar que el cuerpo se maneje solo y no estarle todo el día encima. En ese caso se vuelve un estorbo y nos planta cuando todavía nos quedan un par de cosas por hacer. Eso fue lo que aprendí entonces. Cuando menos atención le prestaba más liviano y alegre se volvía. Es justo el cuerpo que necesita un vago.
Las pocas veces que aparecía por mi casa (para llamarla de algún modo) entraba o salía el administrador. Sigue siendo un detalle. Margarita había dado vuelta el televisor contra la pared y no se habló más del asunto. En realidad tampoco hablábamos de otra cosa. No parecía guardarme rencor sino que se mostraba más bien solícita. Tal vez yo hubiera preferido que me regañara porque así me resultaba casi una desconocida, pero no tiene importancia. Cenamos una vez en casa del administrador y otra el tipo cenó en la nuestra. Ambos se interesaron juiciosamente en mi nueva vida y, supongo que por casualidad, también ellos hablaron del futuro. A cada rato nos mirábamos y sonreíamos. Dimos vuelta el asunto de todos lados pero la verdad que no daba para mucho.
Lo de Requena tenía que terminar tarde o temprano, si es que iba a seguir mi camino. Fue por la venta de unos lotes en Garín. Trescientos veinte fabulosos lotes, 2a serie, barrio Los Tilos, sobre ruta pavimentada, 3 cuotas de anticipo y posesión 3 cuotas más. Los tilos brillaban por su ausencia y la ruta pavimentada era sólo un proyecto del año 34, pero de cualquier forma los lotes eran muy buenos. En una sola tarde vendimos 54 lotes. Yo mismo compré uno de tan entusiasmado que estaba con lo que decía. Y eso fue lo que me salvó. Los lotes eran buenos, como dije, pero resulta que ya habían sido vendidos en un loteo anterior. Cuando cayó la taquería estaba solo en la oficina y me salvé por un pelo porque, perdido por perdido, les mostré la boleta y les dije que era uno de los candidatos.
No sé qué se habrá hecho de Requena pero donde quiera que esté allá va la vida. Era un gran tipo, a pesar de todo, y estaba vivo de la cabeza a los pies. Al principio, después que me largué solo, si alguna vez me sentía descorazonado pensaba en Requena y las cosas volvían a sonreír. Yo sé que debe estar en alguna parte sobre esta misma tierra hablando sobre el futuro y el día que vendrá y espero toparme con él un día de éstos, en la primera vuelta del camino.
Había llegado mi momento. Con la poca plata que pude arañar en los bolsillos me compré una bicicleta de paseo. Ustedes se preguntarán qué tiene que ver en esto una bicicleta. Si quena largarme todo lo que debía hacer era tomar el primer camino que se me pusiera por delante.
Tienen razón. Sin embargo todavía estaba lleno de dudas y vacilaciones, es decir, en el fondo aún tomaba en cuenta a la bosta. De manera que me compré una bicicleta, como digo, le reforcé el cuadro, le alargué el portaequipaje, me conseguí un equipo de boyscout, me saqué una foto e hice imprimir un centenar de hojas en las cuales anunciaba mis propósitos, daba una serie de detalles sobre la bicicleta, fijaba metas y objetivos, recomendaba el uso de gomas Pirelli, por lo cual me habían pagado unos pesos, y terminaba con un par de consejos que saqué de un libro titulado La mansedumbre de las flores que me había regalado Margarita cuando andábamos de novios, seguramente para impresionarme.
Cuando estuve listo le anuncié mis proyectos a Margarita para ver la cara que ponía.
Contra lo que esperaba, le pareció la mejor idea que había tenido en toda mi vida. Entre ella y el administrador me ayudaron a terminar lo que faltaba, me proveyeron de vituallas y dinero, me sugirieron rutas prolongadas y desconocidas y, por fin, una neblinosa mañana de abril me despidieron junto con un grupito de curiosos que se había reunido en la vereda. Di una vuelta a la manzana seguido por un par de chicos y cuando pasé frente a la casa Margarita ya había desaparecido. Levanté una mano de cualquier forma y dije adiós a aquella vida.
No voy a contarles los pormenores del viaje pero, en general, la pasé bien y todavía le estaría dando a los pedales si no fuese que estaba hecho para otra cosa. Es necesario que entiendan esto. Tengo en un gran concepto a los andarines, exploradores, raidistas y demás gente por el estilo, pero un vago es otra cosa. No establezco comparaciones. Son algo distinto, simplemente. Desde afuera parece todo lo contrario. Por eso comencé yo en esa forma, porque veía las cosas desde afuera.
Por un tiempo me encontré a gusto con aquella vida. La gente me trataba bien. No me tomaba muy en serio pero estoy seguro de que más de uno habría cambiado su maldita jaula por mi bicicleta Alpina. A ése le digo que todavía está a tiempo.
Allá iba yo silbando y pedaleando y el mundo tiraba de mí alegremente. Hasta que un día la verdad me golpeó en la cabeza, así de rápido y simple. Y fue el día que vi un verdadero vago tumbado al costado del camino. Estaba echado así como yo en este momento y aunque seguramente era la única persona que veía en mucho tiempo no se le movió un pelo cuando pasé junto a él arrastrando una nube de polvo. Sin embargo me bastó mirarlo a los ojos y comprendí en el acto. Yo iba de un punto a otro, él sencillamente estaba tumbado en el centro del mundo. Quiero decir que para mí las cosas se resolvían en distancias, estaban más o menos lejos y yo más o menos cerca, pero por mucho que me moviera no iban a cambiar demasiado.
No pretendo que me comprendan, pero con sólo que hagan un esfuerzo sabrán lo que digo. Algunos, por supuesto. Los que todavía están vivos pero con el agua al cuello.
Vendí la bicicleta en el primer pueblo que me salió al paso y volví al camino nada más que con lo que tenía puesto. Desde ahí arranca mi verdadera historia porque en cierta forma acababa de nacer. No les voy a contar esa historia porque sólo tiene sentido para un vago.
Veo una nube de polvo en la punta del camino. Debe ser un camión.
Solamente les digo esto. No tengo nada, de manera que tampoco tengo de qué preocuparme, lo poco que recuerdo, en los términos de ustedes, lo recuerdo como si fuera de otro y si miro para adelante pues sencillamente no espero nada, lo cual es la mejor manera de estar preparado para lo que sea. Debiera explicar lo que entiendo por estar preparado porque es un término más bien de ustedes pero no vale la pena y además el camión está cerca.
Es un camión, efectivamente.
Mi cuerpo se pone de pie liviano y contento. Es la ventaja que les decía. Eso me tiene constantemente de buen humor o a lo sumo de un humor melancólico, lo cual me ayuda a pensar en todas estas cosas que me enseña el camino. Estoy limpio y vacío en medio de él, de manera que siento la tierra como nadie podría hacerlo en este momento, excepto otro vago.
El tipo me debe haber visto y tal vez se alegre porque viene solo. Extiendo mi admiración por los raidistas a los camioneros también. Por lo menos cuando están en el camino se parecen más a nosotros que a ustedes. Lo digo sin rencor.
No sé a dónde me llevará ese camión ni qué será de mí el día de mañana. La verdad que el día de mañana no existe para mí y creo que por eso me siento vivo.
Levanto la mano y el camión se detiene.
Hace un rato era una mancha borrosa al extremo del camino. Sé que en este punto mi vida se cruza con la del tipo que trae encima y que a partir de ahora me nace otra vida, por así decir. Sé también que como estoy limpio y vacío le sacaré todo el gusto posible.
Así una vez y otra vez.
El tipo abre la puerta y agita una mano.
¡Allá voy, donde sea!



 

Perdido

El tren salía a las ocho o tal vez a las ocho y media. Recién diez minutos antes enganchaban la locomotora pero de cualquier forma el tío se ponía nervioso una hora antes. Todos los del pueblo eran así. Apenas llegaban y ya estaban pensando en la vuelta. Su padre había hecho lo mismo. La mitad del tiempo pensaba en las gallinas, que comían a su hora, o en el perro, que había dejado en lo del vecino. Para el Buenos Aires era la Torre de los Ingleses, Alem, la avenida de Mayo y, por excepción, el monumento a Garibaldi, en Plaza Italia, porque la primera vez que vino, con la vieja, se extraviaron y fueron a parar allí. Se sacaron una foto y el tipo de la máquina los puso en un tranvía que los llevó a Retiro. De cualquier forma llegaron una hora antes y con todo estaban tan excitados que casi se meten en otro tren.
Mientras cruzaba la Plaza Británica con aquella torre que de alguna manera presidia su vida, vista o entrevista a cualquier hora del día en que pisó Buenos Aires, y luego los años y toda la perra vida, y ahora esa vieja tristeza que le nacía de adentro, bueno, y la torre siempre alli como el primer día. mientras cruzaba la plaza, pues, vió al tío por anticipado en un rincón del hall del Pacífico (ellos todavía decían Pacífico) encogido dentro del sobretodo que olía a tabaco, con la valija de cartón imitación cuero a un lado y un montón de paquetes sobre las rodillas, manoseando el boleto de segunda dentro del bolsillo para asegurarse de que todavía seguia allí.
Lo había llamado dos o tres veces desde el hotel Universo pero él estaba fuera y la muchacha entendió las cosas a medias. Después trato de llegar hasta la casa, a pie, por supuesto, pues los troles y los colectivos lo espantaban. Se había extraviado en algún punto de Leandro Alem y antes de perder de vista la Plaza Britanica prefirió volver a Retiro y esperar el tren.
Hacía un par de años que Oreste no veía al tío pero estaba seguro de encontrarlo igual. La misma cara blanca y esponjosa salpicada de barritos y de pelos con aquellos ojos deslumbrados que se empequeñecían cuando miraba algo fijo, el moñito a lunares marchito y grasiento, el mismo sobretodo negro con el cuello de terciopelo, el chambergo alto y aludo que se calzaba con las dos manos y el par de botines con elásticos.
La estación Pacífico se había empequeñecido con los años. Eso parecía, al menos. En realidad era un mísero galpón con un par de andenes mal iluminados. En otro tiempo, sin embargo, veóa todo aquello coloreado por una luz misteriosa. La propia gente estaba impregnada de esa luz. Era espléndida, leve y gentil, como si no fuera a cambiar ni a morir nunca y la estación lucía como un circo. Pero la gente había cambiado de cualquier forma y la vieja estación Pacífico lucía ahora como lo que era, un misero galpón de chapas lleno de ruidos y olor a frito.
Vió al tío en un banco, debajo del horario de trenes. Parecía muy pequeño e insignificante. Tenía las manos metidas en los bolsillos, las piernas bien juntas, un paraguas sobre las rodillas y la mirada perdida en el aire.
Miraba en su dirección pero no lo veía. No veía nada.
Reaccionó cuando lo tuvo delante. --!Oreste!
Se abrazaron y se besaron, de acuerdo a la vieja costumbre. Oreste dejó que el tío lo palmeara un buen rato. Tenía ese olor familiar, un olor masculino que evocaba a aquellos hombres reservados de su infancia que le sonreían, con breve indulgencia, como el tío Ernesto, grande como un ropero y delante del cual tragaba saliva invariablemente, o el gran tío Agustín, la única vez que lo vió el día que vino de Bragado en aquel Ford A con cadenas que echaba una nube de vapor por el gollete del radiador, o al propio tío Bautista cuando era el mismo por entero y no apenas esta sombra.
Se apartaron y el tío pregunto sin soltarle los brazos:
-¿Cómo va? --Bien, bien.
Se miraron y sonrieron un rato y después se volvieron a abrazar.
-¿Y usted, que tal? --Bien, bien.
-¿La tía?
-Y, bien.....
Le puso una mano sobre un hombro y lo miró largamente. Oreste sonrió despacio. Estaba acostumbrado a aquel estilo.
-¿A qué hora sale el tren? -A las ocho y media.
-Son las siete y cuarto. Vamos a tomar algo.
-No... mejor nos quedamos aquí. ¿Adónde vamos a ir? Entre que arriman el tren,y enganchan la locomotora se va el tiempo.
Sí, pero nosotros no tenemos nada que ver en todo eso. Vamos.
-¿Y a dónde? No hagas cumplidos conmigo, hijo.
Estuvieron forcejeando un rato hasta que por fin lo convenció y se metieron en el bar de la estación. Consiguieron un lugar desde el cual, a través de una perspectiva complicada, veían un pedazo del andén número 4.
Oreste pidió hesperidina y el tío, a fuerza de insistir, un Cinzano con bíter.
-¿Cómo se largó hasta aquí?
-¡Eh!... hacia tiempo que lo tenía pensado.
El tío miró el reloj del bar y puso cara de espanto.
-Está parado --dijo Oreste sujetándolo por un brazo.
No parecía convencido. Sacó y examinó el viejo Tissot con agujas orientales.
-¿Que te decía?... ¡Ah, si! Vine a ver a mi primo, Vicente. Hacía seis años que no lo veía. Somos del mismo pueblo, Baigorrita. Le estaba prometiendo siempre. Que hoy, que mañana. Sorbió un traguito de Cinzano.
-Está viejo. Casi no lo conozco.
Permaneció un rato en silencio con el mismo gesto abstraído que tenía cuando esperaba en el hall.
-¿Qué tal? ¿Como va eso?--volvió a preguntar con desgano.
-Bien, bien.
-¿Se progresa?
-Se progresa.
Se miraron con afecto, sonrieron y callaron.
El tío había sido siempre así. El tío y todos ellos.
-Traje una punta de encargues. La tía me pidió unas latas de "Sal de Hunt". Hace mas de un año que anda detrás de eso. Fui a buscarlas a Junín hace dos meses. No... en noviembre. Hace cuatro meses.
-¿Para qué sirve?
-Para el estómago. Es una gran cosa. La gente toma ahora toda clase de porquerías, pero ésto es realmente bueno.
Silbó una locomotora y el tío se alarmó.
-Falta todavía.
Volvió a mirar el reloj y sorbió otro poco de Cinzano.
-Bueno, fui a la Franco-Inglesa y conseguí todo lo que quise. Le mostré el tarrito al tipo y me dijo: "Cuantos quiere?". Apenas lo miró. ¿Te das cuenta?
Dentro de un rato iba a desaparecer en la ventanilla de un vagón de segunda y no lo vería hasta dentro de cuatro o cinco años. Había otros cinco antes de ahora. Su viejo desapareció así un día y no lo vió más.
-¿Qué tal todo aquello? --preguntó Oreste después de un rato.
Todo aquello. Era un roce lastimero, un crepitar de años envejecidos, una pregunta hecha a si mismo, a un negro hoyo de sombras.
-Igual.
-¿Los muchachos?
-Siempre igual.
Callaron otra vez.
El tío hizo girar la copa y sorbió el último trago.
-¿Qué hora es?
-Las ocho menos cuarto.
El tío saco el reloj y lo observó inquieto.
-Casi menos diez. ¿Vamos?
Oreste dudó un rato.
Vamos.
Estaban enganchando la locomotora. El tío recogió los paquetes y la valijas y comenzó a caminar apresuradamente hacia el andén número 4. Parecía haberlo olvidado.
Oreste trató de tomarle la valija y el tío lo miró con extrañeza.
-Está bien, muchacho. No te molestés.
-Déle saludos a la tía. A todos.
-Gracias, querido. Gracias.
Corrieron a lo largo del tren tropezando con los tipos de segunda que corrían a su vez como si la estación se les fuera a caer encima y metían por las ventanillas los chicos o las valijas para conseguir asiento. El tío trepó a uno de los vagones cerca de la locomotora y al rato sacó la cabeza por una ventanilla.
-¿Cuándo vas a ir por allá? -preguntó mirando mas bien a la gente que se apiñaba sobre el andén.
-Apenas pueda.
-Tenés que ir, eso es. ¿Cuándo dijiste?
-Cuando pueda.
El tío se apartó un momento para acomodar la valija. Después se sentó en la punta del banco y permaneció en silencio.
Se miraron una vez y el tío sonrió y dijo:
-¡Oreste!...
Él sonrió también, desde muy lejos, al borde del andén.
Sonó la campana y el tío asomó apresuradamente medio cuerpo por la ventanilla.
-¡Chau, querido, chau! -dijo y lo besó en la mejilla como pudo.
Trató de besarlo a su vez pero ya se había sentado.
El tren se sacudió de punta a punta. El tío agitó una mano y sonrió seguro.
Oreste corrió un trecho a la par del tren. Corría y miraba al tío que sonreía satisfecho, como aquellos hombres de la infancia.
Luego el tren se embaló y Oreste levantó una mano que no encontró respuesta.

[Del libro "Con otra gente", ©Centro Editor de América Latina, 1972]

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