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Un
místico comprometido
Por Mario Goloboff
Nacido en los suburbios del pueblo pampeano bonaerense de Chacabuco,
a los doce años Haroldo Conti ingresó al Colegio Don Bosco de Ramos
Mejía y a los catorce al Seminario de los padres salesianos, del cual
se fue y reingresó dos veces. En 1944 pasó al Seminario Metropolitano
Conciliar y empezó a escribir una novela misional, Luz en Oriente, se
formó en filosofía y comenzó a leer al padre Leonardo Castellani. Terminó
sus estudios en 1954 en la UBA y desde 1956 ejerció como profesor de
escuela secundaria en Santos Lugares. Sobre un suelo místico y existencialista,
fueron asentándose en él lecturas de Stevenson, Melville, Conrad, Gorki
y, en otra vertiente, Faulkner, Pavese, Dylan Thomas, muy probablemente
los personajes de Horacio Quiroga y los del uruguayo Juan José Morosoli.
La obra literaria de Haroldo Conti, que reconoce esas fuentes y otras
más, tiene sin embargo una gran originalidad y una gran fuerza, y es
de gran importancia para la literatura argentina y latinoamericana.
Desde una de las mejores novelas que a mi juicio se han escrito aquí,
Sudeste (1962), pasando por los cuentos de Con otra gente (1972), la
novelas Alrededor de la jaula (1967) y En vida (que recibió el premio
Barral, fallado por primera vez, en mayo de 1971), los relatos de La
balada del Alamo Carolina (1975), hasta la novela Mascaró el cazador
americano, Premio Casa de las Américas en 1975, ella se caracteriza
por su homogeneidad y su considerable densidad.
Lamentablemente, no tuve relaciones personales con Haroldo Conti. Fue,
sí, jurado, junto a Humberto Costantini, en un concurso de cuentos de
la revista Microcrítica, en el que participé cuando era bastante joven,
y donde me concedieron una mención, según recuerdo. Es posible que,
luego, me haya cruzado con él en alguna librería o café de los comúnmente
frecuentados, pero nada más. Ni siquiera llegué a tratarlo luego de
publicar un largo trabajo sobre su obra literaria en la revista Nuevos
Aires (“Haroldo Conti y el padecimiento de la máscara”), y cuyo anticipo
apareció en La Opinión a fines de 1972, puesto que poco después me fui.
Supe de su secuestro estando en Francia, nos preocupamos y conversamos
mucho de él con Augusto Roa Bastos, mi ocasional compañero en Toulouse,
y con otros exiliados, haciendo lo que se podía para denunciar el atropello
y reclamar su libertad.
No obstante esa falta de trato personal, por su lectura, por lo que
sé de su vida, por lo que cuentan quienes lo conocieron de cerca, me
parece que, de las escrituras con las que tuve contacto, la suya es
una de las más parecidas al hombre que la hizo. No suele ocurrir (más
bien, sucede lo contrario) y, por eso, desde que lo percibí, me llamó
y sigue llamándome la atención. El río, las islas, el viento, el barro,
los botes, las lanchas, el barco, el transcurso casi imperceptible del
invierno y del verano, las horas muertas como los peces moribundos,
y la pasividad de los seres: toda esa quietud que rodea y contiene la
vida, admite apenas un leve movimiento de tiempo que se repite, que
no surca, que no avanza, pero que deja huellas. Desde Sudeste, su primera
novela, siempre sería así en los relatos de Haroldo Conti.
El moroso
desenvolvimiento de sus narraciones, la humildad del tono, su anunciada
falta de originalidad y de grandeza temática en historias que, como
destaca En vida, “no significan un carajo para nadie, (son) un montoncito
de verdadera tristeza”, muestran un modo muy especial de aproximación
a la materia narrativa. Una insatisfacción que acompaña las idas y vueltas
de héroes cuyas vidas no son heroicas, ni ejemplares, ni típicas, ni
siquiera importantes: hombres que no tienen nada que contar, como no
sea la historia de algún otro; tipos que pueden cruzar la calle o no,
torcer para cualquier lado; gente que “va y viene en un tiempo que jamás
se consume”.
Es un tiempo casi sin presente, que sólo vive desde el futuro de la
memoria. Ella mana el presente: “Fue un lindo tiempo, si se quiere,
sólo que estaba destinado a terminar. Todo tiempo está destinado a terminar,
naturalmente, y el principio de uno no es más que el término de otro.
Pero en éste resultaba tan claro que parecía un recuerdo desde el mismo
principio” (Alrededor de la jaula). La falta de certidumbre lleva a
la memoria errátil, como a un campo de producción de una escritura prerepresentativa.
¿Qué es, qué son, si no, ese espacio lunar, y esa luna presente, y ese
barro, en Sudeste? Origen inapresable, presente sin datos, futuro contingente:
se hace necesario recobrar un tiempo también incontaminado en un espacio
restituyente.
Es esta narrativa esencialista la que siempre me conmovió, esa monotonía,
esa persecución de lo fundamental, del ser y no del tener: los seres
despojados de todo (el Oreste de En vida; igualmente, Milo y el viejo,
en Alrededor de la jaula), personas que están frente a la naturaleza
y al mundo y a las cosas y a los otros seres como desnudos, como desapropiados.
Una escritura sin duda también desapropiada, pobre, con la riqueza de
lo pobre, de lo trabajado hasta pelarlo, para quitarle todo lo accesorio
y dejar sólo lo sustantivo, lo inmanente.
Siendo que “el lujo, el atavío y la disipación no son significantes
que sobrevengan aquí o allá, son los perjuicios del significante o del
representante mismo”, cabe preguntarse con Derrida cuál sería el agua,
cuál el barro y cuál la noche, de estos signos.
No parece absurdo pensar que tan radical poética buscó las respuestas,
quizá cerrando la parábola, en un libro como Mascaró el cazador americano,
la última novela del escritor, tan premonitoria inclusive de su propio
destino. Aquí, en esta fantasía donde los mascarones ya no son sólo
máscaras sino proas y guías, la inmersión en un sueño que se quiere
colectivo parece anunciar el movimiento de recuperación, aquel por el
que la palabra sería de todos.
A esa extraordinaria coherencia entre escritura y vida, entre acción
y pensamiento, creo que alude el título de esta nota.
Página|12, 30/05/10
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El retrato postergado,
documental completo
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Haroldo
Conti: Un homenaje merecido
Por Eduardo Anguita
El 5 de mayo de 1976, cuando se cumplían 158 años del nacimiento de
Carlos Marx y 161 de la muerte de Napoleón Bonaparte, un grupo del batallón
601 montó una trampa en la casita que el escritor Haroldo Conti tenía
en la esquina de Fitz Roy y Humbolt, en pleno Villa Crespo. Los del
601 eran los de Inteligencia y el genial Conti, en esa oportunidad,
no era más que un conejo al que los inteligentes cazarían para alimentar
la máquina del terror. Marta Scavac, su compañera, estaba con él esa
madrugada y dio testimonio de la salvajada: "Apenas entramos, unos diez
hombres estrafalariamente vestidos con vinchas, gorras y ropas raras,
se nos vino encima. Inmediatamente me ataron las manos detrás de la
espalda y me cubrieron, con ropa, la cara y la cabeza. Escucho que hacen
lo mismo con Haroldo; aunque él se resiste, no es fácil reducirlo, es
muy fuerte, pero le dicen que se quede quieto por el pibe, se referían
al bebito (Ernesto, hoy un periodista de 32 años). "Señora, ¿cómo una
mujer de su clase se metió en esto?" le preguntó uno de los inteligentes.
"Le pedí que me explicara quiénes eran, qué querían. Me respondió que
estábamos en guerra" dijo Marta. "O nosotros los matamos o ustedes nos
matan a nosotros" contestó el inteligente. "Escucho que sigue rompiendo
papeles. Le suplico que no rompa el cuento que Haroldo estaba escribiendo.
Después comprobé que dejó la máquina de escribir de Haroldo, junto al
borrador del cuento, intacto. Quedó sólo eso sin romper como un símbolo
en medio de la casa revuelta, como sacudida por un terremoto" recuerda
su compañera años después (revista Crisis, abril de 1986). "Comenzó
a molestarse cuanto me preguntó por qué había viajado a Cuba con Haroldo.
Le dije el motivo, que Haroldo había sido jurado de novela de Casa de
las Américas".
El retrato
postergadoUn film documental de Andrés Cuervo El documental “El retrato postergado” gira en torno a la relación que tuvo el escritor desaparecido Haroldo Pedro Conti con un joven realizador cinematográfico llamado Roberto Cuervo, a mediados de la década del 70 en Argentina. Haroldo recorre un período de viraje estético, en el que pasa de una literatura costumbrista a otra de alto compromiso político, cuando entabla amistad con Roberto quien comienza a filmarlo para componer un “retrato humano”. Durante los años de la última dictadura argentina Haroldo es secuestrado y asesinado, sin conocerse aún datos de su destino ni del de sus restos. Roberto Cuervo, por su parte, muere en un trágico accidente dejando solos a su mujer Cristina, viuda a los veinticinco años, y a su único hijo Andrés. Hoy el tiempo ha pasado; Andrés Cuervo recupera el material filmado por su padre y completa la película dando cierre así al trabajo comenzado por Roberto hace treinta años. Sitio del film: www.elretratopostergado.com.ar |
En ese 1975,
cuando la Triple A organizaba sus ataques desde sedes policiales
y de gobierno, los inteligentes ya observaban a Conti. La Dirección
de Inteligencia de la Policía bonaerense tenía una división
literaria destinada a espiar a personas como Conti. Según el
legajo 2516 de los inteligentes, Mascaró "propicia la difusión
de ideologías, doctrinas o sistemas políticos, económicos o
sociales marxistas tendientes a derogar los principios sustentados
en nuestra Constitución Nacional". Las actitudes del escritor
–que se desprenden de la trama de la novela– son calificadas
como apologéticas, respecto de los revolucionarios y guerrilleros,
y como críticas o negativas, respecto de la represión, de la
tortura indiscriminada y de la Iglesia Católica. Para demostrar
que Mascaró había sido leído por algún entendido, el legajo
señala que Mascaró "presenta un elevado nivel técnico y literario"
y que Conti "luce una imaginación compleja y sumamente simbólica".
Otros inteligentes
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Algo
había hecho
Por Juan Sasturain
Ayer (11/05/08),
sobre el cierre de la Feria del Libro, se presentó Haroldo
Conti, alias Mascaró, alias la vida, un hermoso volumen
de más de trescientas páginas que reúne segmentos narrativos
y artículos periodísticos de, testimonios sobre, entrevistas
y comentarios críticos a y algunas "cartas significativas"
del autor de Sudeste, Alrededor de la jaula, La balada del
álamo carolina y En vida, entre otras maravillas. Compilados
por el inmejorable Eduardo Romano –tan riguroso en la lectura
como afectivamente cercano al universo narrativo y personal
de Conti–, los textos dan cuenta exacta de la riqueza del
mundo del autor y de la multiplicidad de los posibles acercamientos.
El volumen inaugura, además, la Colección Presencias, una
propuesta conjunta de Editorial Colihue con las Ediciones
del Centro Cultural de la Memoria, una institución que funciona
precisamente en lo que alguna vez fue la tenebrosa ESMA
y que hoy se llama, digna y justamente, Haroldo Conti. Nada
menos, casi demasiado.
Este libro que lleva prólogo de Eduardo Jozami, responsable del Centro Cultural de la Memoria, contribuye seria y nada solemnemente a mantenernos inquietos y despiertos, con el piso bien movido. Lo primero que queda claro es que Haroldo Conti, confirmando sin paradojas el adagio, "algo había hecho". Por un lado, para hacerse lugar en la memoria amorosa y agradecida de los lectores de entonces y de hoy: ser uno de los mejores narradores de su generación; por otro, para que la dictadura lo considerara su enemigo: entregar su vida a la militancia revolucionaria.
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Esas dos verdades aparecen transparentes, elocuentes
como nunca, en un texto de algún modo increíble que
este libro rescata: el informe anónimo que el "asesor
literario" de la Secretaría de Informaciones del Estado
(la tenebrosa SIDE), elaboró en 1975, aconsejando la
prohibición –que se haría efectiva– de la novela Mascaró,
el cazador americano. La tensión alevosa entre la seducción
que opera sobre el funcionario-lector el maravilloso
texto literario y los criminales imperativos de las
razones de Estado es uno de los momentos más escalofriantes
de este libro ejemplar.
Haroldo Conti no sólo lo ha escrito en parte; también
lo habría leído.
Fuente: Página/12, 12/05/08
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Haroldo
Conti entrevistado por Heber Cardoso y Guillermo Boido
(1975)
El escritor
Haroldo Conti nació en Chacabuco, provincia de Buenos
Aires, el 25 de mayo de 1925. En 1940 ingresó en el
Seminario Metropolitano Conciliar, de Villa Devoto,
estudios que abandonó siete años más tarde, para ingresar
en la Facultad de Filosofía y Letras donde se recibió
en 1954. Realizó cursos de piloto civil y vuelos, y
en 1952 obtuvo dos becas del Cine Club Gente de Cine
trabajando como asistente de dirección. Fue maestro
rural, director teatral, empresario de transportes,
profesor de Filosofía y de Latín. En 1962, publicó su
primera novela, Sudeste, por la que obtuvo el primer
premio del concurso organizado por Fabril Editora. A
esta novela, le siguieron Todos los veranos (1964),
Alrededor de la jaula (1966), Con otra gente (1967)
y En vida (1971). En 1971 realizó su primer viaje a
Cuba como jurado de Casa de las Américas, viaje que
produjo un viraje en su literatura: Conti señaló que
Cuba constituyó "su primer contacto a flor de piel con
América. Y eso me bastó para hacer una cosa distinta,
una novela jubilosa, Mascaró, abierta, donde por primera
vez los personajes no mueren. Decidí hacer una literatura
con un sentido más americano, cosa que, en ese momento,
estaba muy lejos de mí". En 1972 escribió el guión de
cine de La muerte de Sebastián Arache y su pobre entierro,
dirigida por Nicolás Sarquis y finalizada en 1977.
Esta
entrevista, publicada bajo el título "Un simple trabajador",
fue realizada el 15 de junio de 1975 con motivo de la
aparición de su libro de cuentos La balada del álamo
carolina. En ella, se perfila una imagen alternativa
del escritor profesional, pues Conti se caracterizó
por su ubicación externa a los círculos literarios y
por una poética basada en la experiencia personal de
los hechos narrados. Su literatura está ligada a una
experiencia de vida que se supone transmutable a la
escritura, en un intento imaginario de borrar las diferencias
entre el arte y la vida.
Meses después de esta entrevista, publicó la novela
Mascaró, el cazador americano, por la que obtuvo el
premio Casa de las Américas. Al año siguiente, el 5
de mayo de 1976, fue secuestrado por la dictadura militar
de su departamento de la calle Fitz Roy. Hasta el día
de hoy, su nombre permanece en la lista de desaparecidos.
Heber Cardoso y Guillermo Boido colaboraron, a comienzos
de los años setenta, en Crisis y La Opinión Cultural;
posteriormente, fueron editores de la revista Ciencia
Hoy. El periodista y crítico literario Heber Cardoso
nació en Rocha, Uruguay, en 1946. Colaboró en diversas
publicaciones periodísticas y dirigió la colección "Los
grandes éxitos" en el Centro Editor de América Latina.
El físico y poeta Guillermo Boido nació en Buenos Aires
en 1941. Su primer libro de poemas, Situación, se editó
en 1971. Luego publicó Poemas para escribir en un muro,
Once poemas, el ensayo Einstein o la armonía del mundo,
y los diálogos con Roberto Juarroz Poesía y creación.
Actualmente, se dedica a la historia de la ciencia y
la divulgación científica y ha publicado numerosos artículos
en Análisis, Clarín, Hispamérica, El Ornitorrinco, entre
otras publicaciones.
[Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero, Página/12, 18/01/06]

Entrevista
La Opinión, 15 de junio de 1975
¿Cómo Haroldo Conti vino a resultar un escritor?
–Habría que contar la historia de uno mismo. La cosa empezó de esta manera. Yo era alumno de una escuela de pupilos. En aquel tiempo no había cine, y reemplazábamos esa diversión dominical con unas funciones de títeres. Yo me ocupaba de escribir los libretos que, como en todas las seriales, se acababan en el momento de mayor suspenso y se continuaban en el próximo domingo. Así nació en mí una parte de esa vocación por la literatura.
La otra
parte se la debo a mi padre. El siempre fue un gran
cuentero y lo es todavía. Es un hombre de pueblo que
cuenta y cuenta cosas como toda la gente de pueblo,
que a veces no tiene otra cosa que hacer. Mi padre era
un viajante, un tendero ambulante y yo salía a recorrer
el campo con él; se encontraba con la gente y antes
de venderle nada se ponía a charlar y contar cosas.
Así recibí ese hábito de contar oralmente.
Un día en el colegio de curas donde estudiaba, se me
ocurrió escribir una novela misional, sobre aventuras
de misioneros en tierras extrañas. La novela se llamaba
Luz en Oriente. No me acuerdo si la terminé. Así fue
naciendo la cosa. Después ingresé a la Facultad de Filosofía
y Letras y hubo una época de silencio en la que me dediqué
a estudiar y, voluntariamente, dejé todo ese tipo de
inquietudes. Por ese camino acabé siendo un triste profesor
de escuela secundaria. Hace veinte años que enseño latín.
Después se me dio por el teatro. En aquella época estaban
en boga los teatros independientes. La experiencia fue
dramática: en esa época la Municipalidad de Buenos Aires
había organizado jornadas de teatro leído en el Odeón.
Se seleccionaban obras de autores noveles y se leían
al público. Lo lamentable era que el público estaba
constituido por aquellos que habían sido rechazados
en el concurso. En cuanto los actores comenzaban con
el parlamento, los del público, que estaban con una
bronca negra, se levantaban y empezaban a despotricar
contra la obra. Y eso fue lo que me pasó a mí y me borré
para siempre del teatro. Por aquellos años conocí el
Delta, uno de los metejones de mi vida, me dediqué a
construir un barco, me fui metiendo muy adentro de un
determinado mundo, fui conociendo la gente de la costa,
los isleños, la gente de barcos. Y con toda naturalidad,
mientras construía ese barco, surgió Sudeste. Así empezó
todo.
–¿Sudeste es para usted su novela más importante?
–Es quizá la novela mía que más ha importado. Pero cada
novela mía es un pedazo de mi vida, son vidas que he
vivido con la misma intensidad con que se vive una vida.
En la medida en que quiero esas vidas, quiero esas novelas.
Ustedes saben que yo tengo un especial cariño por Alrededor
de la jaula, a diferencia de lo que muchos lectores
opinan.
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–Por supuesto. Uno se pregunta si no es una tarea inútil la nuestra, eso de escribir fatigosamente, de atornillarse a una silla sin saber si vamos a trascender ese acto individual y llegar a un público. A veces ocurre que las ganas de escribir son como una enfermedad y uno escribe para curarse. He dicho muchas veces que yo no escribo la Historia sino las historias de las gentes, de los hombres concretos. Escribo para rescatar hechos, para rescatarme a mí mismo. Podría decirles más: creo que toda mi obra es una obsesiva lucha contra el tiempo, contra el olvido de los seres y las cosas. Uno siente que envejece, que se va y quiere que algunas cosas, de alguna manera, permanezcan. Es una cuestión, diríamos, metafísica, y determina todo lo que escribo.
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Entrevista con Marcelo y Alejandra, hijos de Haroldo Conti. Emision del programa radial Atrapados en libertad por AM 530, La Voz de las Madres, septiembre 2009. |
Eso se ve claramente en Mi vida, que es un claro rescate del pasado. En esa novela puse a Alan Crosby, mi amigo del Tigre y lo llamé Paco. En la vida real, Alan Crosby no se salvó, ahí anda, borracho perdido. Yo quise rescatarlo en Paco, en esa figura literaria. Y en Mascaró, mi nueva novela, y en los cuentos que escribí en estos últimos tiempos incluyo abiertamente a mis amigos, a la gente que quiero. En Mascaró, por ejemplo, casi todos los personajes fueron elaborados a partir de amigos míos: Tony Beck, el Nene Bruzzone, el Capitán Alfonso Domínguez que murió hace años pero yo lo conservo vivo en esa novela, incluso le he dado un poco más de vida de la que tenía en la realidad. Es una manera de compartirlos con todo el mundo. Acabo de dedicar un cuento a mi tía Haydée, que representa mucho para mí; y pongo "A mi tía Haydée para que nunca se muera". Sé que ese cuento, de alguna manera, en alguna biblioteca va a sobrevivir y que de acá a cien años alguien va a abrir ese libro y ella va a estar viva, porque ahí en ese cuento la dejé viva para siempre. También yo me siento vivo en alguno de esos personajes, Oreste, por ejemplo, el protagonista de En vida.
–En alguna ocasión ha dicho que con En vida había terminado haciendo una literatura muy "individualista". ¿Qué significa eso?
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–Simplemente
que estaba contando el drama de un pobre tipo y no el
de un pueblo. La novela apareció en momentos en que
en nuestro país ocurrían hechos sociales de enorme importancia.
Algunos me acusaron de dar la espalda a la realidad
del país; otros dijeron que la novela era francamente
reaccionaria, porque yo me ocupaba de un problema individual
en plena dictadura. A muchos amigos uruguayos, por ejemplo,
la novela no les dijo nada, ellos estaban inmersos en
el clima político de su patria, en la efervescencia
militante. No fue así en España; claro, allá estaban
en otra cosa. Pero creo que hay tiempos y estados de
lectura, y con En vida sucedió esto: el tiempo de lectura
no coincidió con el tiempo social. Tal vez más adelante
pueda ser evaluada como hecho literario y no como desfasaje
entre ambos tiempos.
–¿Para qué sirve, desde el punto social o político,
contar el "drama de un pobre tipo"?
–A veces se habla de compromiso únicamente en términos
políticos, como si el escritor debiera ser solamente
el portaestandarte de una causa política. Uno se puede
comprometer con un sistema político, pero también con
un drama individual, por ejemplo el de un hombre que
padece un cáncer o un drama amoroso. El hombre en su
totalidad es una causa. Mucha gente habla de revolución
y olvida que las revoluciones las hacen los tipos concretos.
En En vida quise hacer la radiografía de un hombre del
montón, jodido por esta sociedad, castrado en sus posibilidades
de elegir.
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Lo que algunos no vieron es que Oreste termina por hacer
su elección, y eso está dicho explícitamente en el último
párrafo. Hay en el protagonista una revolución interior,
un cambio de actitud vital. Es el problema moral por
excelencia: el de la libertad. Y es que la revolución
empieza en el individuo, no se impone por decreto. Si
en mi obra reciente, creo, aparece un mayor compromiso
con lo social, eso ocurrió por añadidura, y me alegro.
Pero no me lo propuse ex profeso. Por ejemplo, en uno
de los cuentos, "Mi madre andaba en la luz", traté de
contar el drama de un pueblito, Warnes. Sin abandonar
mi tono, mis climas anteriores. Sigo creyendo que es
una torpeza fijar de antemano el tipo de literatura
que uno debe escribir. No puede haber otra preceptiva
más que la que surge de la honestidad consigo mismo.
–Hay una polémica muy actual acerca de la condición
del escritor. ¿Se considera un trabajador?
–Sí, acepto ese término.
–¿Aun en esta sociedad burguesa?
–Claro. Y creo que un trabajador no tiene privilegios
en mérito a la función que cumple. Niego esa aureola,
esa condición de aristócrata con que se han revestido
muchos escritores burgueses. ¿Qué diferencia hay entre
lo que hacía mi abuelo, que era carpintero, o mi padre,
un tendero y vendedor ambulante, y lo que yo hago? Mi
abuelo manejaba el serrucho y la garlopa; yo manejo
mi máquina de escribir, mis ideas y un lenguaje. Ni
siquiera estoy exceptuado del esfuerzo físico. No quiero
que mi oficio me destaque o jerarquice: como dice Mario
Benedetti, "no hay prioridades para el escritor". El
único privilegio al que puedo aspirar es que algún día
mis compañeros albañiles o mecánicos me reconozcan como
uno de los suyos. Y así como alguien podrá decir "mi
orgullo es ser albañil", yo diré "mi orgullo es ser
escritor", el de construir historias tal como el albañil
construye casas.
–¿Pero, en esta sociedad, acaso el escritor es tan explotado
como un albañil?
–La explotación se manifiesta concretamente en la lucha
diaria para sobrevivir. Hablo de la Argentina, caso
que conozco bien. A los escritores nos trampean, nos
amarran con contratos leoninos (si es que nos publican),
nos arreglan con el famoso diez por ciento de tapa,
no podemos controlar las ediciones ni los volúmenes
de venta. Y los contratos son puramente formales. ¿No
es una explotación como cualquier otra? Y no me pregunten
si puedo vivir de la literatura de este modo. Está claro
que no. Miren mi caso personal; tengo seis o siete premios
internacionales y sin embargo mi ingreso fijo siguen
siendo los doscientos mil pesos mensuales que gano como
profesor de latín en una escuela secundaria. Otros halagos
económicos no tengo. Me gusta viajar. Creo que para
mi oficio es imprescindible conocer lugares y gentes.
Viajaría eternamente, pero los viajes me los tengo que
financiar yo, generalmente. De modo que un viaje hacia
lo desconocido y maravilloso puede ser irme a mi pueblo,
a doscientos kilómetros; es toda una hazaña, pero cuesta
muchos pesos. Por eso es que no me queda más remedio
que vender mi obra y discutir el precio.
Imagen: Ricardo Ajler
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Buenos Aires,
4 de mayo de 2006 (Por Marta Conti (*), especial para
ANC-UTPBA).- El verano se ha dormido. Un viento fresco
recorre la plaza de mayo en la madrugada. Allí estamos
los tres. El brazo de Haroldo rodea mi espalda. Fuerte,
protector en su ternura. Nuestro bebé duerme apretado
contra mi pecho. Una mujer en soledad golpea un bombo
peronista. Tiene muchos inviernos sobre su piel. Un
cielo poblado de nubes ofrece sus matices blancos, celestes,
azules hasta llegar a un negro intenso cargado de amenazas.
El silencio nos une en un entenderse de almas.
Un helicóptero aparece de la nada. Revolotea cual ave
de rapiña sobre nuestras cabezas. Lo vemos partir hacia
la oscuridad. El sonido del miedo golpea las ventanas
de las casas dormidas. Un gato espantado trepa hasta
la copa de un árbol. Desde allí observa atentamente.
Avanza con estudiada lentitud quedándose en la rama
más alta, más segura. Memoria inteligente que le evita
dificultades ya sufridas. La plaza ha quedado vacía.
Nuestro hijo se sacude en llanto. Intento calmarlo.
Llora más fuerte. Haroldo le habla suavemente.
Sus manos recorren su rostro sin tocarlo. Se miran fijamente. Me impactan sus miradas. Mi cuerpo entero es puro escalofrío. Haroldo besa mi frente. Sus ojos azules / siempre presentes en mi vida / me llevan por el camino de los sueños. Regresamos lentamente. Como queriendo detener el tiempo en ese mismo instante. Mis hijas nos esperan sin dormir. Y están abrazadas muy juntas en un rincón del sillón grande. Nadie habló. Ya estaba todo dicho no mucho antes de esa fatídica noche del 24 de marzo de 1976.
El teléfono comienza a sonar ininterrumpidamente. Así cada día, cada noche.
Se suceden
las preguntas. No hay respuestas. Todavía hoy. ¿Por
qué? ¿Quién? ¿Cómo? ¿Dónde están? Los asesinos callan.
Son cobardes. Tanta maldad no cabe en el infierno. Los
ingleses se emborracharon de risas al ver sus lágrimas.
No los soldaditos, ellos fueron víctimas todos de los
mismos asesinos uniformados. Ellos se mimetizan en sus
caras pintarrajeadas. Los detectamos por el olor que
sale de sus entrañas cual ratas podridas en las cloacas.
Es su hábitat. Cuevas tenebrosas donde no llega el sol.
El sol es la vida. Lo que los señores mensajeros de
la muerte no soportan. Son incapaces de ver un amanecer
en su esplendor, de escuchar el canto de los pájaros,
de amar hasta que el corazón duela.
Un remolino de perdidas me despinto el alma. Y yo aquí
/ en el camino / con todos en algún lugar/. La memoria
intacta esperando en el vacío de mis manos. El dolor
por las ausencias se anidó muy dentro de mí. Golpea
duro. Como las injusticias que se siguen padeciendo.
El país del por algo será, esta devastado. Tanta inocencia
pisoteada en los niños sin futuro. Conmueve el total
desamparo en la vejez. La impotencia es tan grande que
a veces cierro las puertas al mundo y me refugio en
el silencio que invento todavía.
Pero la vida es más que este momento. Es salir con el
corazón bien puesto buscando señales que nos conduzcan
a senderos nuevos aunque el pronóstico anuncie largos
y fríos inviernos y el mar me siga siendo inalcanzable.
Simplemente... porque allí no estarás...
La noche camina sola y ella tampoco escucha sus nombres
(ANC-UTPBA).
(*) Compañera del periodista y escritor detenido-desaparecido
Haroldo Conti
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30
años del secuestro y desaparición de Haroldo Conti
Paisajes contra
otra gente (*)
Buenos Aires, 4 de mayo de 2006 (por Néstor Restivo
(**), especial para ANC-UTPBA).- Se perdía entre la
gente como isleño en el Delta, como piloto civil, camionero,
seminarista casi cura, bancario, maestro de grado, profesor
de filosofía y latín, esgrimista, cineasta, cronista
y náufrago en las costas uruguayas. Más en la línea
viajera de Hemingway o Daylan Thomas que en la de Borges
o Sábato:
"Yo soy escritor nada más que cuando escribo. El resto
del tiempo me pierdo en la gente. Pero el mundo está
tan lleno de vida, de cosas y sucesos, que tarde o temprano
vuelvo con un libro".
Haroldo Conti (1925 – "desaparecido" por la dictadura
militar en 1976) volvía, sí, de cada una de esas experiencias,
con las novelas "Sudeste", "Alrededor de la jaula",
"En vida" y "Mascaró, el cazador americano" o sus libros
de cuentos "Todos los veranos", "Con otra gente" o "La
balada del álamo Carolina", o sus relatos sueltos, o
sus artículos en la revista Crisis. Pero volver a la
literatura no era separarse de la gente. En sus libros,
el paisaje estaba centrado en el hombre: el Boga de
"Sudeste", el tío Agustín de "Las 12 a Bragado", el
niño Milo de "Alrededor de la jaula" o el Oreste, el
alter ego de Conti de "En vida" y "Mascaró, el cazador
americano".
Haroldo
Conti y el Padre CastellaniCorría el mes de mayo de 1976, la dictadura de Videla pretende inicar un acercamiento con las "fuerzas vivas" de la sociedad, realizando una serie de encuentros con intelectuales, periodistas, escritores, etc. Son invitados a almorzar con el dictador, entre otros, los escritores Borges, Sábato y el Padre Castellani. Nadie más alejado de la posición política de Haroldo Conti que el controvertido sacerdote nacionalista, sin embargo el cura tuvo la osadía -entre los arrullos condescendientes y el chupamedismo extremo de Borges y Sábato- de pasarle al dictador un papelito con el nombre del recientemente desaparecido Haroldo Conti. Por supuesto no logró nada, solo la volátil e hipócrita promesa del genocida de ocuparse del caso. Pero el gesto honra al Padre Castellani. Un reportaje de la revista Crisis refleja las diferencias de visiones y criterios entre Sábato y Castellani. |
Tuvo dos mujeres, dos hijos, una hija y amigos por donde quiera que hubo andado. Conoció premios importantes en la Argentina, en América latina y en Europa. Tenía 50 años cuando se lo llevaron, como a Walsh, Santoro, Bustos, Dorronzoro, "Pirí" Lugones y tantos otros. Su amigo, el escritor Humberto Constantini -con quien alguna vez se peleó en la SADE para convertirla en una herramienta del cambio que buscaban- imaginó, al volver del exilio, que si Conti hubiera seguido viviendo, su narrativa se habría volcado a los paisajes del mar. Otro amigo, Aníbal Ford, aventura que habría continuado con algo que ya había comenzado a experimentar: una poética que se traspasaba de la literatura al periodismo y otras formas de testimonio.
"Mis
novelas -afirmó Haroldo una vez- son bastante testimoniales,
aunque uno al decir testimonial piensa enseguida
en el testimonio de un marco social o político.
Yo doy el testimonio de un hombre, y a través de
él enfoco el contorno; generalmente doy testimonios
de soledades. Creo que tocando la soledad de un
hombre, se toca la soledad de muchos o quizá de
todos".
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La
última y mala noticia sobre Haroldo Conti
Por Gabriel García Márquez
5 de mayo de 1976: desaparece Haroldo Conti
A Haroldo Conti, que era un escritor argentino
de los grandes, le advirtieron en octubre de
1975 que las fuerzas armadas lo tenían en una
lista de "agentes subversivos". La advertencia
se repitió por distintos conductos en las semanas
siguientes y, a principios de 1976, era ya de
dominio público en Buenos Aires. Por esos días,
me escribió una carta a Bogotá, en la cual era
evidente su estado de tensión. "Martha y yo
vivimos prácticamente como bandoleros", decía,
"ocultando nuestros movimientos, nuestros domicilios,
hablando en clave". Y terminaba: "Abajo va mi
dirección, por si sigo vivo". Esa dirección
era la de su casa alquilada en el número 1205
de la calle Fitz Roy, en Villa Crespo, donde
siguió viviendo sin precauciones de ninguna
clase hasta que un comando de seis hombres armados
la asaltó a medianoche, nueve meses después
de la primera advertencia, y se lo llevaron
vendado y amarrado de pies y manos, y lo hicieron
desaparecer para siempre. Haroldo Conti tenía
entonces 51 años, había publicado siete libros
excelentes y no se avergonzaba de su gran amor
a la vida. Su casa urbana tenía un ambiente
rural: criaba gatos, criaba palomas, criaba
perros, criaba niños y cultivaba en canteros
legumbres y flores. Como tantos escritores de
nuestra generación, era un lector constante
de Hemingway, de quien aprendió además la disciplina
de cajero de banco. Su pensamiento político
era claro y público, lo expresaba de viva voz
y lo exponía en la prensa, y su identificación
con la revolución cubana no era un misterio
para nadie.
|
|
Quince días después del secuestro, cuatro
escritores argentinos -y entre ellos los
dos más grandes- aceptaron una invitación
para almorzar en la casa presidencial con
el general Jorge Videla. Eran Jorge Luis
Borges, Ernesto Sábato, Alberto Ratti, presidente
de la Sociedad Argentina de Escritores,
v el sacerdote Leonardo Castellani. Todos
habían recibido por distintos conductos
la solicitud de plantearle a Videla el drama
de Haroldo Conti. Alberto Ratti lo hizo,
y entregó además una lista de otros once
escritores presos. El padre Castellani,
entonces tenía casi ochenta años y había
sido maestro de Haroldo Conti, pidió a Videla
que le permitiera verlo en la cárcel. Aunque
la noticia no se publicó nunca, se supo
que, en efecto, el padre Castellani lo vio
el 8 de julio de 1976 en la cárcel de Villa
Devoto, y que lo encontró en tal estado
de postración que no le fue posible conversar
con él.
Otros presos, liberados más tarde, estuvieron
con Haroldo Conti. Uno de ellos rindió un
testimonio escrito, según el cual fue su
compañero de presidio en el campo de concentración
de la Brigada Gómez, situada en la autopista
Richieri, a doce kilómetros de Buenos Aires
por el camino de Ezeiza. "En mayo de 1976",
dice el testimonio, "Haroldo Conti se encontraba
en una celda de dos metros por uno, con
piso de cemento y puerta metálica. Llegó
el día 20. Dijo haber estado en un lugar
del Ejército, donde lo pasó muy mal. Dijo
que se había quedado encerrado en un baño,
donde se desmayó. Apenas sí podía hablar
y no podía comer. El día 21 pudo comer algo.
Se ve que andaba muy mal porque le dieron
una manta y lo iban a ver con frecuencia.
En la madrugada del día 22 lo sacaron de
la celda. Parece que lo iban a revisar o
algo así. Estaba muy mal y no retenía orines".
El testigo no lo volvió a ver en la prisión.
No ha habido gestión, ni derecha ni torcida,
que la esposa y los amigos de Haroldo Conti
no hayamos hecho en el mundo entero para
esclarecer su suerte.
Hace unos dos años sostuve una entrevista
en México con el almirante Emilio Massera,
que ya entonces estaba retirado de las armas
y del Gobierno, pero que mantenía buenos
contactos con el poder. Me prometió averiguar
todo lo que pudiera sobre Haroldo Conti,
pero nunca me dio una respuesta definitiva.
En junio de 1980, la reina Sofía de España
viajó a Argentina al frente de una delegación
cultural que asistió al aniversario de Buenos
Aires. Un grupo de exiliados le pidió a
algunos miembros de la comitiva que intercedieran
ante el Gobierno argentino para la liberación
de varios presos políticos prominentes.
Yo, en nombre de la Fundación Habeas, y
como amigo personal de Haroldo Conti, les
pedí una gestión muy modesta: establecer
de una vez y para siempre cuál era su situación
real. La gestión se hizo, pero el Gobierno
argentino no dio ninguna respuesta. Sin
embargo, en octubre pasado, cuando ya estaba
decidido su retiro de la presidencia, el
general Jorge Videla concedió una entrevista
a una delegación de alto nivel de la agencia
Efe, y respondió algunas preguntas sobre
los presos políticos. Por primera vez habló
entonces de Haroldo Conti. No hizo ninguna
precisión de fecha, ni de lugar ni de ninguna
otra circunstancia, pero reveló sin ninguna
duda que estaba muerto. Fue la primeraivnoticia
oficial, y hasta ahora la única. No obstante,
el general Videla les pidió a los periodistas
españoles que no la publicaran de inmediato,
y ellos cumplieron. Yo considero, ahora
que el general Videla no está en el poder,
y sin haberlo consultado con nadie, que
el mundo tiene derecho a conocer esa noticia.
Copyright 1981, Gabriel García Márquez.
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Por David Viñas
Confuso privilegio ser sobreviviente. En
especial cuando a uno –en este caso, a mí–
le piden que tome la palabra para saludar
a alguien que ya no está. Nada menos que
"hacer uso de la palabra" en relación a
una persona ausente de manera definitiva,
tratando de convocar una presencia que participe
de lo episódico y la congoja. Un conjuro,
en realidad, frente a los agravios del olvido.
Trato de ser muy claro: el elogio de sus
libros (Sudeste o El álamo carolina) resultaría
tan intenso que, eventualmente, pudiera
ser recibido como una apología. Y las apologías
no son mucho más que una colección de ripios,
enfáticos a simple enunciado. O como un
epitafio con signos de admiración. Exorcismo,
entonces, de encomios o alabanzas. Al fin
de cuentas, si algo resuena como lo más
opuesto a las cortesías es la apelación
al luto. Un duelo que nada tiene de rezongo
y mucho menos de victimismo. Y en eso estamos
aquí.
Aludí al dilema de un sobreviviente como
yo. Desde el otro extremo del panegírico
me hacen señas varias discordancias. Y aclaro
aún más: disconformidad en relación a la
piadosa –crédula, incauta– confianza de
Haroldo hacia compatriotas que él creía
personas y no eran más que traficantes.
De
donde se sigue, ni elogios legítimos ni
reproches fraternales. Pero del dilema inicial
(eso sí, y para trascenderlo) pasar a la
diatriba frente a quienes merodearon a Haroldo
abusando de su religiosa –tal cual– credulidad
que renegaba de virtudes oficiales: infidentes,
obscenos amenos bastardos, impostores diestros
y veloces, yesmen para lo que les mandaran;
y en plano inclinado, espías delatores y
verdugos. Las diatribas, menos mal, son
un género muy transitado por las indignaciones
tan clásicas como genuinas; extensas, en
absoluto monótonas, con una inventiva ultrajantemente
equitativa, certeza mediante irrebatibles
juicios fidedignos. Y que suelen especializarse
en figurones impávidos y serviciales. La
memoria de Haroldo Conti se transforma así
en querella de vestales canonizadas.
Pero, dos cosas para destacar –brevemente–
como jubiloso desagravio ante todas esas
miserias: primero el viaje que hicimos juntos
con Haroldo y, después, uno de sus libros
fundamentales.
Salimos de La Habana en uno de aquellos
aviones vetustos, obstinados a los que llamaban
–creo recordar– Britanias con cuatro hélices
aún y con la mitad de la cabina de pasajeros
"despejada" para hacerles lugar a cajas,
bultos y demás correos. Haroldo y yo íbamos
sentados con las rodillas recogidas a la
altura del pecho. Bien. Abajo y de un tajo.
El portaba una especie de cañón de aluminio
relleno con afiches del nuevo cine cubano;
yo, apenas si un cenicero con el emblema
de cierto hotel y destinado a una amiga
del barrio de Boedo. Haroldo me lo reprochó.
Aeropuerto de Terranova: Haroldo descifraba
un monumento a la Queen of England mientras
yo me resbalé en la pista helada tratando
de no resultar demasiado sentimental. En
Irlanda los dos nos descubrimos más corroborados
al verificar el mítico verde calumniado
por Oscar Wilde, Shaw y el Ulises. En Praga
abundamos sobre Kafka y en torno al socialismo
centroeuropeo. Y nos desquitamos en Madrid
encarnizándonos con el Generalísimo. Haroldo
hablaba con fervor de Buenos Aires eludiendo,
reposadamente, toda pasión argentina.
Por eso, de Sudeste quisiera sugerir: se
equivocan quienes lo emparentaron con El
viejo y el mar; no se trata en Haroldo del
Caribe transparente sino del Paraná embarrado
que finge mansedumbre alterada por bruscos
arrebatos a lo Horacio Quiroga. El río es
tiempo que fluye y cuerpo (herida, pejerrey
y agobio) del protagonista, que suele empecinarse
en trabajos robinsonianos o en fantasmas
en un delta grotescamente alucinado, a lo
Fermín Eguía. Sudeste "elemental" con agua,
desde ya, fuego, zanjas yventarrones. Comarca
primordial marcada por faenas y sabidurías
que siempre aluden o preanuncian la presencia
de la muerte.
La muerte, muertes, en Sudeste y en los
otros libros de Haroldo Conti (baladas,
jaulas y cazadores), casi siempre aparecen
como ecos, ráfagas, amagos o inscripciones
en la corteza de los árboles. Es que los
epitafios de Haroldo fundamentalmente son
vegetales. La piedras entre nosotros resultan
mojones o se llaman Walsh, Ortega Peña,
Paco Urondo. Invictos. Como Haroldo Conti,
más sosegado pero también invicto.
Página/12, 04/05/06
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La
noche del secuestro
Haroldo Conti fue secuestrado en la madrugada
del 5 de mayo de 1976 por una brigada del
Batallón 601 de Inteligencia del Ejército
Argentino. Desde entonces continúa desaparecido.
Por Marta Scavac
Apenas entramos, unos diez hombres estrafalariamente vestidos con vinchas, gorras y ropas raras, se nos vino encima. Inmediatamente me ataron las manos detrás de la espalda y me cubrieron, con ropa, la cara y la cabeza. Escucho que hacen lo mismo con Haroldo; aunque él se resiste, no es fácil reducirlo, es muy fuerte, pero le dicen que se quede quieto por el pibe, se referían al bebito. Escucho luego un ruido de cadenas. Pasados los primeros momentos de sorpresa yo también intento resistirme, pero las dos personas que me sujetaban me arrojaron al piso y comenzaron a patearme y a gritarme que me quede quieta. No sabía de qué se trataba. Pensé que era un asalto porque escuché cómo revisaban toda la casa y rompían objetos, quizá buscando dinero. Les dije que no teníamos dinero, que no era una casa de ricos, pero seguían buscando y rompiendo. El otro muchacho gritaba, les decía "dejen a la señora, cobardes, ella no tiene nada que ver, no le peguen, déjenla" y le respondían con fuertes golpes. También pedía agua, aterrada alcancé a pedirles que le diesen agua, que no le pegasen. Él reclamaba por la Convención de Ginebra. Ahí mi desconcierto era total. No entendía qué decía al mencionar la Convención de Ginebra. No entendía nada de toda esa pesadilla espantosa.
Carta
a Roberto Fernández Retamar
(1)Buenos Aires, 2 de enero de 1976 Roberto, hermano: Espero que esta carta llegue a tus manos en alguna forma y que algunos meses después llegue a las mías tu respuesta. Es increíble cómo la distancia nos separa. Este año que pasó casi no hemos tenido señales de vida de la Casa, salvo las formales. Yo sé que ustedes nos piensan más de una vez y esa idea nos sostiene. Nosotros los pensamos casi a diario y necesitamos repetirnos constantemente que Cuba está ahí, en nuestra misma América, y que hay una porción de tierra liberada y ahí están nuestros hermanos. Me dijo Marta que le dijo Gustavo Hernández, de la embajada, que según una carta de Beba yo daba por sentado que este año iba a La Habana. No sé de dónde salió eso pero juro que jamás se me cruzó por la cabeza. Para mí lo que decidan los compañeros está siempre bien porque se hace de acuerdo a los intereses de la Revolución. Así trabajamos aquí noche y día y esto nos salva del individualismo y las decisiones personales tan funestas a menudo. Por otra parte mi mayor alegría es que viaje allí gente nueva para que eso se conozca cada vez más. Sé lo bien que le hace a los compañeros y ojalá que pudiesen ir todos. Muchos se lo merecen y lo necesitan más que yo, inclusive para salvar sus vidas. Quiero que esto quede claro. En cuanto a la situación aquí, las cosas marchan de mal en peor. Me acaba de informar muy confidencialmente […] [un amigo] militar, que se espera un golpe sangriento para marzo. Inclusive los servicios de inteligencia calculan una cuota de 30 mil muertos. Esto coincide con las apreciaciones de nuestros compañeros que evalúan la situación constantemente. Desde el punto de vista de la lucha revolucionaria el aumento de nuestras fuerzas es notable y la preparación magnífica. Ellos lo saben. Calculamos que los que van a sufrir el golpe serán los compañeros de superficie, los niveles medios que se mueven a dos aguas. Nosotros ya nos hemos mudado de casa, por imposición de los compañeros, pero eso no será suficiente. En este mismo momento las Fuerzas Armadas están haciendo un operativo rastrillo a pocas cuadras de aquí. Por otra parte nuestra casa, por lo amplia y desapercibida, sirve a menudo de refugio a compañeros que están con problemas. Ahora mismo habita aquí la hermana de un compañero que cayó los otros días en el ataque al Batallón 601 y hasta hace poco vivía uno de los muchachos del Teatro Libre que huyó de Córdoba después de haber caído su departamento en un allanamiento que observó desde la calle, por suerte. Mi señora, a pesar de su avanzado estado de gravidez, cumple una tarea agotadora de asistencia y atención por caídos y presos. Hay caídos a diario y esa gente necesita atención, mover a medio mundo para ubicarlos y luego que no los maten. Recién nos enteramos de que una caída se salvará con 15 millones de pesos como coima y ayer tuvimos noticias de un compañero de Crisis que desapareció hace 15 días. Está vivo, aunque deshecho. Bueno. Otra cosa, para no alargarme demasiado, hermano. Mascaró está prácticamente agotado. Tuvo gran éxito de lectores pero los diarios y revistas no hablan de él por razones políticas. Soy una especie de contagioso. Sé de algunos órganos donde hubo órdenes expresas de ignorarme. Es curioso recibir notas desde el exterior y no tener una sola en mi país. A propósito, me sería de utilidad recibir cuanto recorte haya de La Habana. Crisis reproduce lo que puede y se proyecta una campaña con ese material para la reedición en marzo. A propósito de Crisis, que se vende muy bien y es lo único que sobrevive, Federico Vogelius, su director propietario, piensa realizar para marzo una gira por Latinoamérica. Naturalmente quisiera entrar en Cuba y establecer relaciones con la Casa para ediciones, etc. Si bien es un hombre rico, es progresista y ayuda mucho. Se puede contar con él ampliamente. No hace todo esto por dinero sino que le interesa apoyar toda actividad cultural. Me pide que vea si se puede arreglar su viaje a través de la Casa. Creo que importa. Para terminar. Sudamericana saca un libro con colaboraciones de todo el mundo (Cortázar, García Márquez, etc.) cuyos beneficios serán dedicados a los presos políticos. Se vería con agrado y me piden que te pida una colaboración tuya (poesía, relato, lo que sea) y de ser posible la de algún otro notable (Guillén, Carpentier, etc.). Te abraza Haroldo (1) Roberto Fernández Retamar, doctor en Filosofía y Letras (1954) y en Ciencias Filológicas (1985) por la Universidad de La Habana. Fundador de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y de la revista Unión (1962). En 1977 recibe el Premio Latinoamericano de Poesía Rubén Darío por Juana y otros poemas personales. Doctor Honoris Causa por la Universidad de Sofía, Bulgaria (1988), y por la Universidad de Buenos Aires, Argentina (1993), preside la revista Casa de las Américas y es profesor Emérito de la Universidad de La Habana. |
Distinguía dos voces entre todas, las del
que al parecer dirigía todo, el "malo" del
grupo, y otra suave, la del "bueno" que
me sacó del comedor y me llevó al escritorio.
Se notaba que era una persona con cierto
nivel cultural y en todo momento tuvo un
trato muy especial conmigo. Lo escuchaba
romper papeles. afiches que teníamos en
las paredes, me decia: "señora, ¿cómo una
mujer de su clase se metió en esto?". Le
pedí que me explicara quiénes eran, qué
querían. Me respondió que estábamos en guerra:
"o nosotros los matamos o ustedes nos matan
a nosotros". Le respondí que nosotros no
matábamos a nadie, que yo no conocía ninguna
guerra en nuestro país. Escucho que sigue
rompiendo papeles. Le suplico que no rompa
el cuento que Haroldo estaba escribiendo.
Después comprobé que dejó la máquina de
escribir de Haroldo, junto al borrador del
cuento, intacto. Quedó sólo eso sin romper
como un símbolo en medio de la casa revuelta,
como sacudida por un terremoto.
Me preguntó de dónde veníamos. Le respondí
que del cine y que en el abrigo estaba el
programa. Comenzó a molestarse cuanto me
preguntó por qué había viajado a Cuba con
Haroldo. Le dije el motivo, que Haroldo
había sido jurado de novela de Casa de las
Américas. Me reprochó por qué no viajaba
a Estados Unidos y le respondí que sí había
viajado a ese país, y que podía comprobarlo
en el pasaporte. Censuró además mi colaboración
con Haroldo en la novela "Mascaró" y le
pregunté qué tenía en contra de la novela.
Me respondió que era una novela subversiva
e insistió en por qué había colaborado en
eso. Le expliqué que trabajaba junto a mi
marido ayudándolo en su tarea de escritor.
Simultáneamente escuchaba cómo el "malo"
le hacía preguntas a Haroldo. No podía distinguir
bien las preguntas y respuestas, aunque
se filtró la voz del "malo" diciendo: "Don
Haroldo ¿por qué se metió en esto? Lo va
a pagar caro". Me aterroricé al escuchar
esto y le pregunté al "bueno" qué estaba
pasando, qué pasaba con mi marido, por qué
le decían eso. No me responadió. Seguía
revisando papeles. Yo escuchaba el ruido
de los libros contra el suelo.
Interrumpió el "malo" para preguntarme sobre
un escrito taquigráfico que había en mi
cartera. Yo, por los nervios, no podía recordar
de qué se trataba. Como soy taquígrafa,
así se lo expliqué, muchas de las notas
que hacíamos con Haroldo para la revista
las escribía yo. Uno de ellos dice que les
estoy tomando el pelo. que voy a hablar
cuando me lleven. Era desesperante, mi impotencia
era total, no sé si me creyeron, pero yo
les decía la verdad.
Me preguntaban sobre la vida del muchacho
que estaba en la casa. Yo no sabía nada
de él, solamente que vivía en Córdoba y
que estaba de paso por la Capital, que nos
había pedido estar unos días en casa mientras
buscaba buenos precios porque trabajaba
de decorador y hacía los arreglos de escenografía
en teatros de Córdoba. Les expliqué que
eran frecuentes las visitas y que yo no
tenía tiempo, por el trabajo de la casa
y los chicos, de conocer la vida de cada
uno. Me decían que era un guerrillero, yo
les preguntaba de dónde, yo no conocía su
vida íntima y seguían insistiendo en que
era un subversivo, que por qué estaba en
mi casa. Otra vez trataba de explicarles
como podía la presencia de esta persona
en casa. que era muy correcto, muy bueno.
Comienza a llorar el nene. Les pido que
me dejen ir con mi hijo que lloraba de hambre.
Haroldo escucha y grita: "dejen que la madre
esté con el nene dejen a mi mujer dejen
que le dé la mamadera". El "bueno" me pregunta
cómo se prepara y cuando termino de darle
las indicaciones, dice que me quede tranquila
que él va a atender a Ernestito. Uno de
los sujetos encuentra unas fotos que Federico
Vogelius nos había sacado. a mí y al nene,
dos meses atrás en Claromecó. Me dice qué
lindo pibe tenía, qué linda que estaba yo
en esa foto, qué bien que habíamos salido
madre e hijo. Vuelve a preguntarme que cómo
era que me había metido en esto. Vuelvo
a decirle que yo no estaba metida en nada
que nuestra vida era pública, normal que
todo era perfectamente legal, que no teníamos
que ocultar nada. Se aleja y me doy cuenta
de que estoy sola en el escritorio. Seguía
escuchando cómo rompían los jarrones de
adorno y me doy cuenta que sacan cosas de
la casa, que se llevan los muebles. Ahí
me confundo de nuevo pensando que podía
tratarse de ladrones comunes. Vuelve el
bueno y me pregunta qué temperatura debe
tener la leche para el nene. yo le explico
y le vuelvo a pedir que me deje atender
a mi hijo. Me dice nuevamente que eso no
podía ser, que me quedara tranquila, que
él se había hecho cargo. Me quedé con la
sensación de que él era padre o estaba por
serlo. Estaba desconcertada. Seguían llevándose
cosas y no entendía cómo podían actuar tan
tranquilamente, siendo que la comisaría
29a. estaba a menos de dos cuadras y el
patrullaje por esta zona era frecuente.
Lo que para nada era común era una mudanza
a estas horas de a noche. Confiaba en que
alguien se diera cuenta de la situación
y que interviniera. pero no pasó nada.
Ya no escucho llorar al bebé. El "bueno"
viene a decirme que me quede tranquila que
Ernestito había comido. Le pregunto por
mi hija, no entendía cómo tanto ruido no
la había despertado. Me dice que está bien,
que no me preocupe. Vuelve el "malo" y me
informa: "nos llevamos a su marido porque
tenemos unas cuantas preguntas que hacerle.
Yo le respondo que había escuchado toda
la noche cómo lo interrogaban y que si querían
continuar con las preguntas que lo hicieran
en casa. El "malo" pierde el control otra
vez y me insulta, me grita, me amenaza.
Interviene el "bueno" pidiendo que me deje
tranquila. Escucho que hablan entre ellos.
No entiendo lo que dicen. Se filtran unas
palabras: "no, no tenemos lugar, el coche
está completo". Yo seguía a los pies de
ellos. tirada. atada y encapuchada. De pronto
se acerca nuevamente el "malo" y me dice:
"bueno, hemos decidido llevarnos a Haroldo
y vos te quedás piola, no intentés escapar
porque dejamos un coche en la puerta y en
cuanto asomés la cabeza te limpiamos". Les
pido nuevamente que no se lo lleven. Fueron
inútiles mis ruegos.
Cuando comprendí que no podía convencerlos
de que lo dejaran, les pedí que se llevasen
los remedios que Haroldo tomaba desde que
un patrullero lo había atropellado en diciembre
del '73. Me preguntan dónde están esos remedios
y les digo que en la mesita de luz. No me
responden. En un momento de desesperación
les grité que quería despedirme de mi marido.
Interviene el "bueno" y me dice: "yo la
voy a llevar señora" . Sigo sus pasos porque,
lógicamente, no veía nada. En el trayecto
uno de ellos le dice al que me llevaba:
"¿vas a bailar el vals con la señora que
está tan elegante?". Yo imagino que estaría
muy elegante después de haber estado en
manos de ellos. Seguimos caminando hasta
que, en un momento, el que me llevaba se
detiene y me doy cuenta que estamos en la
entrada del dormitorio. Comienzo a llamar
a Haroldo. Le pido que se acerque. que no
lo puedo ver y escucho su voz que me responde
y siento su cuerpo próximo al mío. Me desespero
tratando de verlo. de tocarlo pero sigo
con las manos atadas y la cabeza encapuchada.
Haroldo me responde: "estoy bien querida,
no te preocupes por mí, cuidate vos y el
nene, yo estoy bien. Siento que Haroldo
se acerca y me besa la barbilla, que era
la única parte de la cara que tenía descubierta.
Ahí me doy cuenta que Haroldo no estaba
encapuchado, ya que me besó directamente
la parte descubierta. Comienzo a gritar
que no me lo lleven, quiero tender mis manos
hacia Haroldo pero no puedo desatarme. Siento
que bruscamente nos apartan. Todo sucede
rápidamente. Me tiran sobre la cama. Uno
de ellos cubre mi cuerpo con el suyo y me
pone un revólver en la nuca. Siento los
gritos del muchacho cuando se lo llevan,
siento un ruido de cadenas nuevamente y
motores de automóviles que se encienden.
El tipo que me estaba custodiando gritaba
sin parar "no te muevas, no te muevas, no
te muevas". Pero no podía moverme. Apenas
podía respirar con mi cara apretada contra
el colchón. Escucho que se abre la puerta
de calle y una voz llama al sujeto que estaba
conmigo.
Este sale corriendo y ahora escucho un portazo
y que cierran la puerta con llave. Luego
un silencio de muerte me rodea. Me doy cuenta
que se han ido todos. Trato, con gran esfuerzo.
de incorporarme de la cama y llego al cuarto
de mis hijos. No sé cómo logro desatarme
y quitarme la ropa que cubría mi cabeza;
son dos camisas, una de Haroldo y otra de
Miriam. Veo al bebito durmiendo en la cuna,
me acerco a la cama de Miriam y comienzo
a llamarla a los gritos, desesperada. Ella
no me responde, mis fuerzas físicas no dan
más, las piernas se me doblan y la cabeza
me da vueltas. Sigo llamando a la nena,
enloquecida empiezo a sacudirla y siento
un olor muy fuerte. Me doy cuenta que estaba
dormida con cloroformo. Ernestito comienza
a llorar, seguramente asustado por mis gritos,
y Miriam abre los ojos enormes, sus pupilas
están dilatadas. Rápidamente le cuento a
la nena lo que había pasado, le pido que
se levante y me ayude a salir de la casa.
Sigue mirándome espantada y comienza a llorar
cuando ve la casa toda revuelta. Las dos
lloramos juntas, aterrorizadas. Le pongo
un abrigo sobre el camisón y envuelvo al
nene en una frazada. Comienzo a caminar
por la casa hacia la puerta. En el piso
hay que sortear objetos rotos, ropa, papeles
y libros. Miro hacia el comedor y veo platos,
cubiertos y restos de comida. Habían comido
las milanesas que tenía preparadas. También
tomado café. El aparato de teléfono no estaba,
se lo habían llevado.
Dejaron un sillón grande de cuero, allí
siento a los chicos y me subo al respaldo
tratando de alcanzar una ventana. La abro
y salto a la vereda. No veo ningún coche
vigilando. La nena me pasa al bebito y salta
con mi ayuda Comenzamos a caminar. Eran
alrededor de las seis de la mañana. Llovía
y hacía mucho frío. Un amanecer gris y destemplado,
clásico de un día de mayo. Cuando siento
que las piernas no me dan más, veo pasar
un taxi desocupado. No podía creer en ese
milagro. Lo llamo y el taxista se detiene
y baja a ayudarme. Le cuento brevemente
lo que me había pasado y le pido que nos
lleve hasta la casa de mis padres, pero
le aclaro que no tengo un solo peso para
pagarle, ya que me habían robado hasta las
monedas. El taxista me di jo "señora, yo
trabajo de noche y todos los días veo casos
como el suyo, yo la llevo donde sea". El
hombre tapa la banderita del reloj del taxi,
me ayuda a sentarme, acomoda a mis hijos
y parte a toda velocidad. No hablamos una
palabra en todo el trayecto. Al llegar se
baja y vuelve a ayudarme con los chicos.
Me pregunta: "¿en qué puedo ayudarla?".
No sé quién es este hombre, ignoro su nombre,
sólo tengo este medio para agradecerle profundamente
su solidaridad. Jamás lo olvidaré.
Testimonio de Marta Scavac, esposa de Haroldo
Conti, revista Crisis, Nº 41, abril de 1986.
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Desaparición
de Haroldo Conti, Legajo Nº 77
Por Roberto
Baschetti
Además de periodista, incursionó en la docencia,
el teatro, el cine y la literatura. Mereció
los siguientes premios: Revista "Life" (1960),
Fabril, en narrativa (1962), Municipal (1964),
Universidad Veracruzana (1966), Barral Editor
(1971) y Casa de las Américas (1975). Colaboró
en la revista "Crisis" en Buenos Aires.
El día 4 de mayo de 1976 fue aprehendido
cuando retornaba a su domicilio de Capital
Federal a medianoche, junto a su compañera
Marta Beatriz Scavac Bonavetti y el bebé
de ambos. Allí tenía que aguardarlos un
amigo. Al arribar a la vivienda, el amigo
se encontraba ya maniatado, había un grupo
de individuos vestidos de civil, quienes
golpearon brutalmente a la pareja y la encerraron
allí mismo, mientras se peleaban por el
reparto del "botín": los sueldos de ambos,
percibidos esa mañana, efectos patrimoniales
de toda naturaleza, etc., dejando escasamente
los muebles de gran tamañ0. Robaron los
originales de todas las obras de Conti,
y documentación personal.
Se llevaron a Conti y al amigo, en varios
automotores, que incluían el propio coche
de Conti que tampoco apareció más. La Sra.
Scavac debió salir por una ventana con sus
dos hijos, ya que la puerta fue dejada con
llave, y el aparato telefónico hurtado.
Según versión de los vecinos, poco más tarde
los captores regresaron, tal vez con el
fin de llevársela a ella. Concurrió casi
de inmediato a la Comisaría Seccional 29,
donde la atendieron burlonamente y ni siquiera
se trasladaron para verificar el estado
en que había quedado la vivienda, donde
todo estaba revuelto. Ante el Poder Judicial
no tuvo mejor suerte, ya que en poco tiempo
se archivaron las actuaciones.
Explica la Sra. Scavac que en los medios
de prensa le manifestaron que: "tenían orden
del Gobierno de no informar sobre el secuestro
de Conti".
Al cabo de tramitar diversos recursos de
hábeas corpus con resultado desfavorable,
se inició con fecha 2 de marzo de 1983 una
nueva demanda de hábeas corpus ante el Juzgado
Federal Nº 3 de la Capital Federal, Secretaría
Nº 7. Los elementos innovantes que en esta
acción se incorporaron son los siguientes:
a) Los diarios de fecha 13 de noviembre
de 1982 dieron cuenta de la detención, en
la ciudad de Ginebra, Suiza, de tres argentinos,
quienes declararon pertenecer a grupos secretos
de represión política, autores de secuestros
extorsivos cuyos "rescates" cobrarían en
aquel país donde resultaron aprehendidos,
y que manifestaron estar en condiciones
de proveer información sobre el destino
de Conti ("Clarín" 13l 11/82);
b) En base a las fotografías difundidas
en su momento de los individuos detenidos
en Suiza (Bufano, Martínez y otros), la
Sra. Scavac reconoció que el "amigo" que
se hallaba en el domicilio antes de que
llegaran las fuerzas que capturaron a Conti,
y que decía llamarse "Juan Carlos Fabiani"
(quien había concurrido a casa de Conti
una semana antes del secuestro solicitando
"asilo" por sentirse perseguido por la policía
a causa de su militancia política), era
el detenido Rubén Osvaldo Bufano -perteneciente,
según sus declaraciones al Batallón 601
del Ejército. Los hijos de Conti -Marcelo
Haroldo y Alejandra- del primer matrimonio,
también reconocieron dichas fotografías,
ya en sede judicial, como pertenecientes
al "amigo" a quien veían en la casa de su
padre cuando le efectuaba visitas;
c) El ex cabo de la Fuerza Naval Raúl David
Vilariño recuerda haber visto a Conti secuestrado
en la ESMA; posteriormente, reconoce su
fotografía.
[Fuente: www.desaparecidos.org]
"ESA SENCILLA HISTORIA"
Nació en Chacabuco, provincia de Buenos
Aires, el 25 de mayo de 1925. Fue secuestrado-desaparecido
de su hogar el 5 de mayo de 1976 en Capital
Federal.
Su obra literaria es tan exitosa como extensa.
Veamos: Examinado (pieza teatral), Premio
OLAT, 1955; La Causa (relato), Premio LIFE,
1960; Sudeste (novela), Premio Fabril, 1962;
Todos los veranos (cuentos), Premio Municipalidad
de Buenos Aires, 1964; Alrededor de la jaula
(novela), Premio Universidad de Veracruz
(México), 1966; Con otra gente (cuentos),
En vida (novela), Premio Barral de España,
1971; Con gringo (cuento), 1972; La balada
del álamo Carolina (cuentos), 1975; Mascaró,
el cazador americano (novela), Premio Casa
de las Américas, Cuba, 1975.
Haroldo fue ex seminarista salesiano en
el seminario metropolitano de Villa Devoto
("Estudié de sacerdote, con sotana y todo.
Leía muchos libros misionales, libros escritos
por misioneros. Me imaginaba en algún confín
del mundo redimiendo infieles. Además, me
entrenaba con bufanda y sobretodo en verano,
casi desnudo en julio, comiendo grasa para
poder acostumbrarme a los rigores que sin
duda se agazapaban en mi vida. Finalmente,
todo eso acabó: tuve una gran crisis religiosa
y volví a mi pueblo" A la revista Gente,
el 12-8-71).
Profesor de latín desde 1967 a 1976 en el
Liceo Nacional N0 7 Domingo Faustino Sarmiento
de Buenos Aires.
Relación escritor-vida
Yo soy escritor nada más que cuando escribo.
El resto del tiempo me pierdo entre la gente.
Pero el mundo está tan lleno de vida, de
cosas y sucesos, que tarde o temprano vuelvo
con un libro. Entre la literatura y la vida,
elijo la vida. Con la vida rescato la literatura;
pero aunque no fuera así, la elegiría de
todas maneras.
El mundo de Haroldo Conti
Después de Sudeste conocí por fuerza ese
mundo que llaman de las letras, y pensé
que nunca más iba a poder escribir una línea.
Allí estaba esa gente que suponía espiritualmente
la más rica, sostenida sobre la cabeza de
un alfiler, podada y limitada en sus experiencias
hasta la asfixia y yo con mi novelita debajo
del brazo tratando de hacerme un hueco donde
pudiera meter los pies. Entonces decidí
seguir donde estaba, igual a como estaba,
porque después de todo no es tan importante
vivir como escritor sino escribir como tal.
Lo que yo quería era una literatura que
no se interpusiera entre uno y la vida,
sino que fuera justamente un modo de conocerla
y penetrarla mejor. Una literatura así es
una tarea solitaria; dramática y lúdica
al mismo tiempo, y sobre todo necesita de
los vivos y no de los muertos. De alguna
manera, ellos estaban muertos. En eso no
descubrí nada nuevo sino que, casi por instinto,
acepté el camino de aquellos viejos conocidos
para quienes la literatura no fue una forma
exquisita de la singularidad sino la imperiosa
y hasta trágica necesidad.
A las pequeñas cosas les doy mucha importancia.
Si usted viene a mi casa verá muchos cachivaches.
Bueno, es todo lo que va a quedar de mí,
la lámpara que encendí con tanto cariño,
la lapicera que he usado toda mi vida, esta
ropa que para otro no significa nada y que
para mí tiene mi olor, mi sustancia... Usted
dice en cuanto a lo que dije de otros escritores,
que queda su obra pero partamos de que es
una minoría la que escribe; yo hablo ahora
en general, de toda la humanidad. Además
no es sólo el hecho físico de mi ropa. Yo
le confiero que no le doy más importancia
a mi obra que a las cosas físicas que dejo,
porque ellas han compartido más mi vida,
tienen mucho más sentido que mis libros.
Los libros yo los escribo como vida que
vivo, no como un monumento literario que
dejo. (De la charla en el Instituto Superior
de Periodismo, 1968).
Su militancia política
...Para terminar con esto, sin dejar por
otra parte de ser consecuente con lo que
llevo dicho, quiero dejar establecido, porque
son pocas las oportunidades de proclamar
lo que uno piensa, que apoyo al FAS (Frente
Antiimperialista y por el Socialismo), a
cuyo IV Congreso en el barrio de Ludueña,
de Rosario, acabo de asistir, (...) que
he ofrecido en Córdoba mi colaboración para
lo que mande el compañero Agustín Tosco
y que creo decididamente en la patria socialista.
Más claro, imposible. En "Compartir las
luchas del pueblo" (Crisis, agosto de 1974).
Y bien, en esto, compañero, puede usted
ver lo que significó para mí Cuba. Es lo
que deseo para mi Patria, naturalmente.
¿Cómo no desearlo? Una sociedad más justa,
más digna, más humana. Y mi más encarnizado
deseo es que algún día mis hijos puedan
conocer ese territorio libre de América,
mis hijos y todos los compañeros. Para que
en los momentos de adversidad sepamos que
allí está esa firme bandera, que alguien
en América lo hizo, que esa llama es imparable
y que, tarde o temprano, alumbrará para
todos. En "Compartir las luchas del pueblo".
Su desaparición
El 4 de mayo de 1976 por la noche, Haroldo
y su compañera Marta fueron al cine a ver
"El Padrino" y dejaron dos niños al cuidado
de un amigo que había venido de Córdoba
esa tarde y que iba a pasar la noche en
el sofá del estudio. Cuando volvieron después
de las 12 de la noche, quien le abrió la
puerta de su propia casa fue un civil armado
de una ametralladora. Adentro había otros
cinco hombres con armas semejantes, que
las derribaron a culatazos y los aturdieron
a patadas. El amigo estaba inconsciente
en el suelo, vendado y amarrado y con la
cara desfigurada por los golpes. En su dormitorio,
los niños no se dieron cuenta de nada porque
habían sido adormecidos con cloroformo.
Haroldo y Marta fueron conducidos a dos
habitaciones distintas mientras el comando
saqueaba la casa hasta no dejar ningún objeto
de valor. Luego los sometieron a un interrogatorio
violento. Marta que tiene un recuerdo minucioso
de aquella noche espantosa, escuchó las
preguntas que le hacían a su marido en la
pieza contigua. Todas se referían a dos
viajes que Haroldo Conti había hecho a Cuba.
Las dos veces en 1971 y 1974, había concurrido
como jurado del Concurso de Casa de las
Américas. Los interrogadores trataban de
establecer por esos dos viajes que Haroldo
Conti era un agente cubano.
A las cuatro de la madrugada, uno de los
asaltantes llevó a Marta a la habitación
donde estaba Haroldo para que se despidiera
de él. Estaba deshecha a golpes, con varios
dientes partidos, y el hombre tuvo que llevarla
del brazo porque tenía los ojos vendados.
Otro que los vio pasar por la sala, se burló:
"¿Vas a bailar con la señora?". Haroldo
se despidió de Marta con un beso. Ella se
dio cuenta entonces de que él no estaba
vendado, y esa comprobación la aterrorizó,
porque sabía que sólo a los que iban a morir
les permitían ver la cara de sus torturadores.
Fue la última vez que estuvieron juntos.
Seis meses después del secuestro, habiendo
pasado de un escondite a otro con su hijo
menor, Marta se asiló en la embajada de
Cuba. Allí estuvo un año y medio esperando
el salvoconducto que al final llegó por
una intermediación del general panameño
Torrijos ante el almirante Massera.
El sacerdote y profesor Leonardo Castellani,
junto con otros escritores (Sábato, Ratti
y Borges) se reunió con el general Videla
al poco tiempo de producido el golpe militar
del 24 de marzo de 1976. Una estratagema
de los militares para blanquearse en el
exterior y conseguir el apoyo de los círculos
culturales nativos.
En tanto Sábato confraternizaba con el dictador
Videla y Borges decía textualmente que "fue
una reunión muy grata y el presidente le
pareció una persona simpática y amable",
Castellani pidió por la vida de Haroldo
Conti, ex alumno suyo en el seminario de
Villa Devoto. Inclusive llegó a verlo el
8 de julio de ese año en una celda –según
confió el mismo antes de morir– en Coordinación
Federal, un organismo de la policía capitalina.
Haroldo estaba postrado por el tratamiento
recibido y no le fue posible conversar con
él.
Como homenaje a Haroldo desearía concluir
esta semblanza de él con algo que escribió
en La Rioja en junio de 1967: "No sé si
tiene sentido pero me digo cada vez: contá
la historia de la gente como si cantaras
en medio de un camino, despójate de toda
pretensión y cantá, simplemente cantá con
todo tu corazón: que nadie recuerde tu nombre
sino toda esa vieja y sencilla historia".
Fuente: www.madres.org
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A
mi hermano Haroldo
Por Eduardo Galeano
[Revista Crisis Nº 38, Buenos Aires y diario
Excelsior, Mexico, junio de 1976],
Escuchamos el ruido del motor creciendo
desde lejos. Estábamos en el muelle, de
pie, esperando. Haroldo balanceaba el farol
con un brazo; con el otro envolvía a Marta,
que temblaba de frío.
El faro buscahuellas atravesò la neblina
y nos encontró.
Saltamos a la lancha.
Por un instante alcancé a ver el bote destartalado,
bien tirante de la cuerda; en seguida se
lo tragó la neblina. En ese bote yo remaba,
todas las tardes, hasta la isla del almacén.
La neblina brotaba del río oscuro, como
un hervor.
Hacía mucho frío en la lancha. Los pasajeros
cuchicheaban. El frío golpeaba más porque
se estaba acabando la noche. La Cruz del
Sur descendía lentamente tras las negras
siluetas de los álamos.
Remontamos un arroyo angosto, luego otro
más ancho, y desenbocamos en el rìo. Al
mismo tiempo irrumpió en el aire la primera
claridad del día.
La vaga luz iba desnudando las casitas de
madera medio comidas por las crecientes,
una iglesia blanca, las hileras de àlamos,
los sauces llorones. Poquito a poco se iluminaban
los penachos de las casuarinas.
Me alcè en la popa. Se sentìa un olor a
limpio. La brisa fresca me daba en la cara.
Me entretuve mirando el tajo de espuma que
perseguìaa la lancha y el brillo creciente
de las ondas del rìo. Por el aire iba subiendo
un calor lento.
Haroldo se habìa parado a mi lado. Me hizo
volverme y lo vi, un enorme sol de cobre
estba invadiendo la boca del rìo.
Haroldo conoce como pocos este mundo del
delta. Sabe cuáles son los buenos lugares
para pescar y cuáles los atajos y los rincones
ignorados de las islas; conoce el pulso
de las mareas y las vidas de cada pescador
y cada bote, los secretos de la comarca
y de la gente. Sabe andar por el delta como
sabe viajar, cuando escribe, por los túneles
del tiempo. Vagabundea por los arroyos o
anda días y noches por el río abierto, a
la ventura, buscando aquel navío fantasma
en que navegó allá en la infancia o en los
sueños; y mientras persigue lo que perdió
va escuchando voces y contando historias
a los hombres que se le parecen.
Triste, solo y manso, Haroldo vive al ritmo
del río, que corre sin apuro. Cuando llega
la violencia, le sube de a poco, como crece
suavemente el agua, pero que se cuiden los
hijos de puta: la corriente alzada arranca
àrboles y casas: lo he vistoe mbestir y
le conozco las furias.
¿Cuàntos naufragios sufriò mi hermano Haroldo,
ademàs de aquel que le rompiò el barco contra
las costas del Brasil? ¿Cuàntas veces creyò
descubrir, en la bruma, la perdida nave
azul? ¿Cuántas veces se reventò contra las
rocas? ¿Para qué escribe mi hermano Haroldo
si no es para salvarse y salvar lo que merece
ser salvado?.
Los pescadores van y vienen por el Paranà.
¿Qué aventuras prometen o devuelven, hermano
Haroldo, el rìo barroso y la alta mar? ¿Encontraràs
lo que venìs persiguiendo, un mediodìa cualquiera,
en el centro de las aguas o del cielo? ¿O
has descubierto ya que tu navío imposible
viaja por los caminos del jodido mundo?
¿Es dura la travesía hermano? ¿Andar duele?
Al final del recorrido no està la etrenidad
sino nosotos. No te detengas. No te vayas
a caer, que te andamos precisando.
El rìo se vuelca en la gran vertiente y
moja y abraza las islas solitarias. Asì
nos dan tus palabras agua y calorcito.
¿Está muerto? Quién sabe. Hoy hace una semana
que lo arrancaron de su casa. Le vendaron
los ojos y los golpearon y se lo llevaron.
Tenìan armas con silenciadores. Dejaron
la casa vacía. Robaron todo, hasta las frazadas.
Los diarios no publicaron una línea. Las
radios no dijeron una palabra. El diario
de hoy trae la lista completa de las victimas
del terremoto de Udine, en Italia.
Hoy Marta me estrujò llorando, y me dijo:
"Dame fuerzas". Ella estaba en la casa cuando
ocurriò. Tambien a ella le habìan vendado
los ojos. La dejaron despedirse y se quedó
con un gusto a sangre en los labios.
Hoy hace una semana que se lo llevaron y
yo ya no tengo còmo decirle que lo quiero
y que nunca se lo dije por la vergüenza
o la pereza que me daba.
Buenos Aires, 12 de mayo de 1976
[De "Haroldo Conti, Biografia de un cazador",
de N. Restivo y C. Sanchez, TEA. 1999]
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El abuelo está sentado frente a la casa
en medio de una gran mancha de luz. El sol
le golpea desde arriba y a ratos la cabeza
desaparece en una llamarada que le baja
por el cuerpo. Tiene los pantalones recogidos
hasta las rodillas para que el calor se
le meta en los huesos, pero por lo visto
ya no le cabe ni siquiera eso dentro del
pellejo. Está flaco y sumido como una urraca
y las piernas son dos estacas peladas de
esas que escupe el río. No se le mueve un
pelo y a ratos simplemente parece un muñeco.
Sin embargo el hueco negro de los ojos se
le vacía de repente y los anteojos relumbran
como fogonazos que le vuelan la cara.
Detrás de él la casa se empina contra el
cielo, un poco ladeada hacia el molino.
Las sombras se le marcan negras e intensas,
a contragolpe de la luz, de manera que parece
más hueca y vacía y, por supuesto, más grande.
A esa hora. A mediodía se achata y llamea.
Por la tarde se empequeñece. Al oscurecer
se anima y hasta se mueve.
Su madre aparece un momento en la puerta,
mira hacia donde está y después se la traga
el hueco de sombras.
La Tere se mueve en los corrales. Entra
y sale de una mancha de sombra a una mancha
de luz. En este momento reaparece sobre
el piso blanco y movedizo del corral de
patos. Está un poco más alta y un poco más
gruesa y el pecho se le hincha debajo de
la blusa. Tiene la cara arrebolada y la
piel lustrosa a punto de reventón como los
caquis que su madre pone a madurar sobre
la campana de la cocina.
Más lejos, a través de las acacias, sobre
un reverbero que palpita, el Román raja
la tierra. Los surcos nuevos son más negros.
Los pájaros revolotean sobre el Román a
veces tan cerca que con alzar una mano podría
tocarlos. De vez en cuando se para, se pasa
la mano por la cara y mira hacia la casa.
Eso acaba de hacer, justamente. Levanta
la mano y le sonríe. Él responde con un
gesto desde la sombra de la acacia. Luego
levanta el barrilete y se lo muestra al
peón, pero éste ha vuelto a inclinarse sobre
la tierra.
El Román le estuvo ayudando a preparar el
barrilete todos esos días, después del trabajo.
Se sentaban en la galería a la caída de
la tarde y, con la Tere que canturreaba
a sus espaldas, primero armaron el esqueleto,
luego pegaron los papeles con aquellos lindos
flecos roncadores y la tarde anterior el
Román, después de sopesar el juguete con
aire crítico, dispuso las riendas y le amarró
una cola. Sosteniéndolo en alto, contra
el viento, se estremecía como un pájaro.
Primero lo hizo el Román. Después él. Entonces
sintió aquel frágil temblor que le bajaba
por el brazo y se le metía en el cuerpo.
El perro bayo, que estaba echado junto al
pozo, cruza lentamente la gran mancha de
luz y va a tirarse al otro lado, debajo
de la sembradora. Casi tropieza con el viejo
porque está cegatón. Antes lo seguía a todas
partes y hasta jugaba con él, pero ahora
parece sumido en muchas y graves cavilaciones.
La Tere se ha puesto a cantar. Oye su voz,
retazos de su voz, detrás de los corrales.
El vastago del molino golpea en lo alto
cada vez más rápido. Lo ha oído golpear
toda la noche. Empezó al atardecer, cuando
se sentó con el Román en la galería. Se
miraron y sonrieron. Llegaba el viento.
A Alejo le gusta ese ruido. Suena en lo
alto y se escucha desde cualquier parte.
A veces se mete debajo del molino y arrima
una oreja a la armadura de fierro. El ruido
baja entonces desde arriba como un trueno
y le hace temblar el cuerpo. Mientras dure
habrá viento.
Alejo termina de ovillar los cincuenta metros
de piola, levanta el barrilete con cuidado
y él mismo sale a la luz. El viento viene
desde el bañado, pasa sobre el galpón y
se pierde por encima de los pinos. Entre
el galpón y los pinos hay suficiente trecho
como para remontar el barrilete.
El viejo sigue quieto como un muñeco. La
Tere canta Cabeza de melón. Es la única
que canta, aparte del molino. Nunca oyó
cantar a su madre y sin embargo tiene una
boca dulce.
Alejo se para frente a los pinos, que siente
zumbar a sus espaldas. El vastago golpea
y golpea. Levanta el barrilete, que tiembla
y se sacude en la mano. Traga aire y echa
a correr. El barrilete se sacude más fuerte
y comienza a tirar de su mano. Por el rabillo
del ojo ve la figura inmóvil del abuelo,
la mancha de luz que cabecea, la punta de
la casa que gira y se recuesta contra el
cielo y el galpón que crece rápidamente.
Los flecos chasquean sobre su cabeza como
si transportara una rama encendida. Entonces
suelta el barrilete y cuando vuelve la cabeza
lo ve colgado del aire contra el brillo
oscuro de los pinos.
Tira de la piola y corre y el barrilete
golpea en el aire y sube más alto. La cola
roza la cresta amarilla de los árboles y
el pino más alto lo oculta por un momento,
pero él siente en la mano su aleteo. Tira
y corre otra vez y el barrilete se empina
sorbido por aquella gran luz que le golpea
en los ojos. Alejo oye allá abajo el ruido
de sus pasos sobre el lomo áspero de la
tierra, pero su cabeza está muy lejos, metida
en el viento.
El vastago golpea alegremente y la yoz de
la Tere rueda de un lado a otro. Tan pronto
le brota en la oreja como golpea al fondo
del camino, débii y entrecortada.
Ahora ve nada más que la cresta encendida
de los pinos y la punta ladeada de la casa
que saltan en el borde de sus ojos. Por
encima, el barrilete trepa y se zambulle
en el aire como un pez de papel. En realidad
no ve otra cosa.
De pronto los golpes del vastago suenan
más espaciados. |B1 barrilete vacila un
momento y comienza a caer a los cabezazos.
Alejo, ya cerca del galpón, cobra rápidamente
la piola y el barrilete se remonta unos
metros, sin fuerza. Cuelga flojamente del
cielo un instante y luego se hunde en dirección
de la casa. Alejo ya no tiene lugar para
correr, de manera que recorre algunos metros
de piola mientras los pinos y la casa suben
por sus ojos. El barrilete cabecea bruscamente
y tira de su mano. Luego corre de lado rozando
el borde oscuro de los pinos y por fin se
precipita de punta sobre el techo de la
casa.
El molino se ha parado por completo. No
hay una gota de viento. La casa, por su
parte, ha comenzado a llamear. Dentro de
un rato aparecerá su padre en la punta del
camino. Apenas ve al abuelo, en medio de
la luz, como una mancha de bordes encendidos.
Alejo recoge el hilo hasta que queda tenso.
Tampoco ve el hilo, sólo unos pocos metros
que suben y se pierden en el aire. Tira
con cuidado y siente que el barrilete se
arrastra sobre el techo. Tira otro poco
y el hilo se resiste. Ha quedado enredado
en el borde oxidado de alguna chapa o en
un clavo. Si sigue tirando terminará por
cortarse o, lo más probable, los filos y
los clavos desgarrarán el papel. Siente
los desgarrones en la propia piel, las chapas
y los clavos con cabeza de plomo que le
brotan en las piernas y los brazos. Al mismo
tiempo siente el olor y el calor de las
chapas recalentadas por el sol. Hace tiempo
que no sube al techo. La última vez fue
con el Román, el verano anterior.
Llovió un día seguido y la casa goteaba
por todas partes. Su padre le previno que
no subiera porque una vez arriba no se estaba
quieto y aflojaba los clavos, pero apenas
se marchó el viejo el Román lo dejó subir
con él. Desde allí las cosas se veían distintas,
tal vez como debían ser realmente. Abajo
veía tan sólo unas pocas y el resto era
un montón de ideas. Sabía todo el tiempo
que más allá de los pinos estaba el camino
y en mitad del camino el puente, la laguna
detrás de la loma y al fondo del campo el
montecito de mimbre, pero salvo un trozo
polvoriento del camino, en realidad un trozo
de tierra pelada y reseca que podía ser
cualquier otra cosa, no veía nada de eso.
Había que ir hasta allí en cada caso y entonces
dejaba de ver todo lo otro, como si se borrara
y perdiera una cosa a cambio de otra.
El abuelo empuja las ruedas y hace correr
la silla unos metros. Los bujes están gastados
y resecos de manera que a cada vuelta producen
un golpeteo áspero y estrangulado que se
mete en los oídos como una lezna. Su madre
asoma la cabeza. El ruido en cierta forma
se parece al abuelo, como si saliera de
sus huesos. A medida que se sume se vuelve
más áspero y dañino. No habla, pero si lo
hiciera, pues lo haría justamente en esa
forma. Nunca fue un tipo alegre como el
Román, por ejemplo, pero de todos modos
cuando estaba sano se comportaba como el
resto de la gente. Después enfermó y comenzó
a secarse como un higo.
Ahora no queda de él más que la piel y los
huesos y esa cabeza de urraca con el pellejo
agrietado de la que no puede salir nada
bueno. Últimamente le ha dado por hacerse
encima y parece sentir cierto placer en
ello. Su madre lo para en medio del patio,
le baja los pantalones, a veces lo desnuda
entero, y lo baldea. El abuelo chilla y
voltea los brazos como aspas y si su madre
se descuida le descarga un golpe en la espalda.
Si uno le mira a la cara descubre por debajo
una expresión contenta, sólo que nadie le
presta atención y cree más bien que sufre.
Alejo cruza el patio en dirección de la
casa. El perro bayo levanta hacia él sus
ojos legañosos desde abajo de la sembradora,
aunque no lo ve. Tiene los ojos mellados
como un par de bolones. El mundo para él
es un mundo de manchas que flotan a distintas
alturas, se comprimen y se dilatan como
nubes de vapor. Alejo es una sombra esfumada
que se estira hacia los ruidos de la casa
sobre un resplandor amarillo.
Primero hay que subirse al excusado. Sobre
el excusado asoma una escalera con las maderas
rajadas por la lluvia y el sol. Está allí
hace tiempo porque siempre hay que emparchar
alguna chapa. Alejo trepa al excusado metiendo
las manos y los pies en los huecos carcomidos
por la humedad. La pared huele a barro podrido.
El techo del excusado está cargado de ladrillos,
tarros picados, una cubierta y un elástico
de cama. Aguanta bien porque es angosto.
Una vez arriba se quita los zapatos para
no hacer ruido. El Román camina sobre la
línea de clavos porque debajo de los clavos
están los tirantes que sostienen las chapas.
Esa es la forma. Todavía mejor deslizarse
acostado, siempre sobre los tirantes. El
techo de la casa es bastante empinado y
cuando uno está en la cresta conviene montarla
para no terminar en el suelo.
Desde el frente llega el ruido plañidero
de los bujes. Tiene que repechar toda la
casa, de manera que suena muy alto.
A medida que asciende por la escalera, que
cimbra y se comba así pise en las uniones,
la luz crece alrededor de su cabeza. Los
ruidos se alargan y se recuestan sobre el
suelo. El cuerpo le tiembla un poco pero
al mismo tiempo se le ha puesto liviano.
El techo aparece por fin al ras de sus ojos.
Trepa otro poco y una vez en la punta de
la escalera se recuesta sobre el borde de
las chapas y voltea las piernas. A la derecha,
el cañón de la chimenea escupe un chorro
de humo. Alejo se arrastra hasta ahí con
la cara pegada a las chapas, que hierven
de calor. Se sienta contra el cañón y afirmando
la espalda se pone de pie. Los ladrillos
están tibios y pringosos con grandes costras
de humo negras como el alquitrán. Los borbollones
de humo sacuden la chimenea como un tazón
vacío y si uno arrima la oreja siente que
la casa tiembla toda entera.
El barrilete está bastante más arriba, cerca
de la cumbrera, y al tirar de la piola se
ha metido debajo de una chapa desclavada
con los bordes negros y mellados. La cabeza
de un clavo asoma a través del papel.
Alejo permanece un rato apoyado contra la
chimenea para acostumbrarse a la altura.
Desde allí se ve la cresta de los pinos
un poco por debajo de sus pies, detrás del
camino, hasta el fondo, como el cauce seco
de un río, la línea inmóvil del alambrado
que lo corta por el medio, el montecito
de mimbre, una mancha oscura claramente
recortada contra el verde escuálido y polvoriento
de la tierra. Por el otro costado asoma
parte del tanque y la cabeza del molino.
Nunca ha subido al molino, pero está seguro
de que podría hacerlo si el viejo lo dejara.
Por ahora ni quiere oír hablar de eso. Alejo
levanta un pie porque el Calor de la chapa
le cocina el pellejo.
No ve al Román, oculto por los árboles,
pero oye su voz que grita algo en dirección
de la casa. Hay unos cuantos clavos que
asoman la cabeza y una punta de la cumbrera
está levantada.
El Román silba ahora.
Alejo se encoge muy despacio y luego se
recuesta de panza contra las chapas. Están
que pelan. En ese momento siente el golpeteo
del vastago e inclusive el zumbido de las
aspas, como si un gran pájaro removiera
las alas por encima de su cabeza. El viento
sacude el barrilete y si alarga un poco
el brazo alcanza la cola. Tendido en medio
del techo siente crujir la casa y el chisporroteo
interior de las chapas. Tira de la cola
y el barrilete se desprende con un desgarrón.
Podría volver ahora, pero en realidad ya
no le interesa tanto el barrilete y quisiera
llegar hasta la cumbrera.
El molino se detiene en seco, pero al rato
vuelve a empezar con más fuerza de manera
que cuando asoma la cabeza por encima de
la cumbrera el viento le golpea de lleno
en la cara y los ruidos se pierden por completo.
Ahora ve todo lo que se puede ver de una
manera clara y precisa, pero curiosamente
no oye nada, como no sea el viento. Alcanza
a ver inclusive el trazo tembloroso de las
vías que reverbera en la mañana. Es algo
que ha visto pocas veces aunque desde abajo
y según el viento oye el golpe oscuro de
los vagones o el silbato de la locomotora
que describe un largo círculo en el borde
de ese mundo imaginado. Abajo, chato y como
suspendido a ras del suelo, ve al abuelo.
Se ha corrido en dirección de la acacia,
pero sigue bajo el sol. El molino gira cada
vez con más fuerza si bien el golpe no es
tan intenso como abajo.
En ese momento brota una nubecita de polvo
en la punta del camino, que se alarga lentamente
en dirección de la casa. Es su padre que
vuelve. Tardará un rato en llegar, pero
de todas maneras conviene que baje.
Alejo levanta el barrilete y lo deja caer
por encima de la cumbrera hacia el patio.
Luego comienza a gatear hacia atrás siguiendo
la línea de clavos. En realidad se hace
más difícil bajar. De pronto uno se resbala
y si no acierta con la chimenea puede seguir
hasta el suelo.
En la mitad, lejos de todo asidero, se pega
bien a las chapas y recula muy despacio
tanteando los clavos con la punta de los
pies. Las chapas huelen a orín y se agitan
por dentro. Clic, clic, traccc, clic...
Un borde áspero lo retiene de la camisa.
Vuelve un poco hacia arriba y trata de desprenderse.
Entonces descubre aquel agujero casi pegado
a un ojo. Se ha corrido de la línea de clavos
y está sencillamente en el aire. Es apenas
más grueso que un clavo de seis pulgadas
aunque brilla de pronto como una gota de
acero fundido. Alejo pega la cara a la chapa
pero no ve nada más que una mancha de bordes
carcomidos y borrosos.
Luego, como a través de un lente, la imagen
se ajusta, los trazos se endurecen y las
sombras calzan en sus huecos. La mancha
de luz es la franja de sol que penetra por
la puerta de la cocina. Al principio no
ve más que eso y el gato tieso en medio
de la franja. Lentamente, a medida que la
cocina se ahueca con aquel resplandor amarillento,
brotan de la penumbra la mesa de pino, el
aparador, la máquina de coser, la caja del
carbón y, más cerca, los tirantes de la
armadura.
La cocina queda oculta por la campana pero
el resplandor del fogón rebota brevemente
en el piso. Las cosas están quietas, naturalmente.
Con todo, desde esa perspectiva no sólo
parecen distintas sino vivas, no en la medida
de un árbol, por ejemplo, sino casi de una
persona. De cualquier forma es la primera
vez que las ve bajo esa luz. Su madre aparece
en ese momento junto a la mesa.
No alcanza a ver su rostro, ya es difícil
vérselo cuando uno está abajo porque vive
inclinada y además no mira o mira muy poco
y si uno no ve los ojos pues realmente no
ve la cara, pero le basta con verla comba
mansa de su espalda y el perfil resignado
de sus hombros para sentir a su madre toda
entera. Acaba de apoyar algo sobre la mesa
y sus manos se mueven afanosamente. Sin
embargo, antes de volver a la cocina, levanta
la cabeza y se abandona un momento.
Parece muy frágil y muy sola en ese instante
y Alejo siente en la garganta un pujo de
vieja ternura. Recuerda o tal vez siente
al mismo tiempo el cálido olor de sus ropas
y el roce blando de su piel.
Su madre desaparece debajo de la campana.
El bayo ladra plañideramente. "El viejo",
piensa. Se había olvidado de él. Ha ido
al pueblo muy temprano, con la jardinera.
Va una vez por semana y a veces dos. Cada
tanto lo lleva a él pero es inútil que se
lo pida. Su madre lo lava, lo peina, le
pone el traje de franela, que ya le queda
chico y además le pica, le calza la gorra
y lo besa. (Es raro, está pensando en su
madre como si estuviera lejos.)
Durante el camino su padre casi no habla
o, mejor dicho, no habla nada porque no
puede decirse que hable porque le grite
al caballo o putee por lo bajo a los Amaga
cuando pasa frente a su campo. Los Arriaga
son unos lindos tipos y los saludan alegremente
pero tienen los ojos espesos y algo les
da vuelta en la cabeza. El hecho es que
su padre no habla más que eso durante las
cuatro leguas de polvo que los separa del
pueblo. Sin embargo, apenas asoman las primeras
casas a Alejo le golpea la cabeza y las
cosas se agrandan y se abrillantan. Pues
ese mismo brillo tiene a veces su viejo
a pesar de todo. Cuando piensa en el pueblo
no tiene más remedio que pensarlo a través
de él, esto es con el viejo por delante,
y el pueblo tiene tanto brillo que al fin
se lo pega.
Una sombra corta por el medio la franja
de sol que entra por la puerta, y el gato
se hace a un lado. Su padre aparece debajo,
en el extremo de la franja. El sombrero
le oculta la cara y la luz le brota debajo
de las botas. Arroja el sombrero sobre la
mesa y se sienta. Permanece un rato inmóvil
con la cabeza volteada sobre el pecho.
De pronto, en ese momento de inmovilidad
teñido por aquella floja luz de otoño, su
padre tiene el mismo aire desdichado del
abuelo. Sí, es eso lo que ha visto últimamente
sólo que desde abajo no lo podía ver tal
como ahora porque su padre, alto y cejijunto,
le infundía una especie de temor. Ahora,
en cambio, aparece realmente viejo y como
abandonado en medio de un desierto. Su madre
está igualmente sola pero la alumbra una
llama interior, a pesar del aspecto débil
y encogido que tiene. El viejo, por el contrario,
ha comenzado a secarse como el abuelo.
Alejo levanta la vista y contempla un instante
la rueda del molino que zumba alegremente.
Piensa en su padre tal como ha sido hasta
ahora, un árbol firme, alto y silencioso.
La voz áspera de su padre rebota en el hueco
de la casa. Habla con su madre, por lo visto,
aunque más bien parece que no se dirigiera
a nadie en particular, o en todo caso al
aparador que tiene justo adelante. No entiende
lo que dice, por supuesto, pero es su voz.
Suena monótona y exasperada y luego de golpear
la mesa con el puño termina en un grito.
Ahora mira hacia su madre, con el rostro
contraído. Solamente ve las manos de su
madre, firmemente entrelazadas. Luego alarga
un brazo hacia su padre, que lo aparta con
brus quedad y vuelve a golpear la mesa con
el puño. Sobre la voz de su padre que resuena
oscuramente en la casa, oye una palabra
que otra de su madre. Oye el sonido, mejor
dicho, porque sigue sin entender nada. Alejo
apoya la oreja contra la chapa y lo que
oye realmente es casi un llanto.
Su padre ha callado, por fin, y comprende
que no volverá a hablar. Arma nerviosamente
un cigarrillo, lo enciende y fuma con la
mirada clavada en el aparador, que ahora
parece todavía más grande y más vivo. Sobre
el techo del aparador está el fusil de madera
que le talló el Román y que creía perdido
hace tiempo. Su padre se pone de pie, aplasta
el cigarrillo con la bota sale con la cabeza
gacha sobre la franja de luz, que lo enciende
todo entero antes de desaparecer.
El molino ha dejado de zumbar. Oye la voz
del Román que azuza a los caballos.
¡Va, va!...
La voz del Román es fuerte y llena, como
un tazón de leche caliente. Ésa es la imagen,
aunque no tenga nada que ver una cosa con
otra.
La casa, abajo, está ahora vacía y silenciosa
y parece que respirara igual que un animal
dormido. La luz se ha corrido basta la mesa
y enciende las patas del aparador. > Alejo
aplasta el ojo contra la chapa y trata de
ver debajo de la campana. Su madre está
sentada en la punta oscura de la mesa, quieta
o dormida ella también. Alejo siente deseos
de meter el brazo por el agujero y apoyar
la mano en su espalda, sólo que el agujero
es muy pequeño aunque de pronto quepa tanto
dentro de él.
El sol cae a plomo sobre la casa y las chapas
vibran ligeramente. A Alejo le arde el cuello
y le zumban los oídos. Se vuelve un rato
de espaldas y contempla el cielo que es
simplemente una gran mancha de luz con un
boquete de fuego en el atedio. Al principio
sólo ve puntos de luz que saltan de un lado
a otro y luego la silueta furtiva de un
chimango que planea en lo alto. Los ojos
le arden y la piel se le estira alrededor
de ellos pero sin embargo ve cada vez mejor.
En cierta forma la luz está ahora dentro
de él, la luz y el pájaro solitario. Por
momentos se ve a sí mismo tendido en cruz
sobre las chapas calcinadas y el campo inmenso
y las cosas inmóviles sumergidas en aquella
espesa claridad.
-¡Va, va!... -grita el Román.
El pájaro se borra al pasar frente al sol.
Alguien golpea las manos en el patio. Es
el abuelo que llama a su madre para que
lo saque de allí. Algo después se tiente
el chirrido de las ruedas que se mete debajo
de la casa.
El pájaro reaparece en el borde de sus ojos.
Alejo se vuelve y trata de mirar a través
del agujero pero no ve absolutamente nada,
tan sólo esponjosas manchas de luz que se
derraman en el hueco de sus ojos y cambian
lentamente de forma y color. Se cubre la
cara con las manos y al rato vuelve a mirar.
El abuelo está allá abajo en su silla, entre
el aparador y la mesa. Alejo se sentó una
vez en ella y la echó a andar, pero no pudo
aguantar mucho tiempo el olor del abuelo.
Además, aunque el viejo no esté metido en
ella, se le parece demasiado. Es una vulgar
silla de madera a la que su padre le adaptó
el par de ruedas de una segadora y un par
de rulemanes detrás. Por eso mete tanto
ruido cuando se mueve.
Alejo oye la voz de su madre en el patio
y, algo después, la voz de la Tere que le
responde desde la huerta, detrás del galpón.
El abuelo se pone trabajosamente de pie
y permanece un momento junto a la silla
hamacándose sobre sus piernas. Alejo lo
mira con sorpresa porque creía que no era
capaz de hacerlo por sí solo. Luego comienza
a moverse, es decir, a caminar, aunque no
parezca exactamente eso. Se bambolea sobre
las piernas, tiesas como dos estacas, girando
un poco de lado cada vez que adelanta una
de ellas. Como de todas maneras avanza,
se puede decir igualmente que camina. Por
fin llega junto al aparador, abre una de
las puertas de arriba y mirando de lado,
hacia la entrada, hurga dentro con mano
ávida. Saca una botella, la descorcha con
los dientes y bebe un buen trago. Luego
se recuesta contra el aparador, tose y se
sacude todo entero y bebe otro trago. Alejo
no ve bien pero cree reconocer una botella
que ha visto a menudo en manos de su padre.
Generalmente después de las comidas se sirve
un vasito. Un vasito él y otro el Román.
Su padre chasquea la lengua, se anima un
poco y recién entonces se le suelta la lengua.
El Román no necesita de eso porque es charlatán
y animoso de por sí pero los ojos se le
encienden como " dos brasas y se le arrebata
la cara. Su madre le ha dicho una vez que
se trata de cierta medicina y en ese caso
él no comprende qué le puede estar pasando
al Román, por lo menos. Tampoco comprende
por qué no la bebe el abuelo, que es el
que más la necesita, y al mismo tiempo comprende
por qué la bebe ahora, sólo que le haría
falta un frasco cada día.
El abuelo vuelve la botella al aparador
y voleando siempre las piernas da toda una
vuelta alrededor de la mesa. Tarda mucho
en hacerlo y se detiene cada tanto, tosiendo
y golpeándose el pecho con un puño. De pronto
levanta la cabeza y aquellos dos espejuelos
ciegos y relucientes le apuntan directamente.
No sabe si el abuelo tan sólo mira el techo
o acaso lo mira a él. Aguanta la respiración
y tapa el agujero con una mano.
Oye la voz de su madre que lo llama desde
el patio.
-¡Alejo! ¡Alejo!
Quita la mano. El abuelo está de nuevo en
la silla como si nunca se hubiera movido
de allí.
-¡Aleeejo!
La voz de su madre rebota en la casa y se
pierde hacia arriba, en el viento, pero
él no puede responderle.
-Sí, ma..., dice de todas maneras, por lo
bajo.
Pero es como si la voz de su madre sonara
muy lejos, en otro tiempo, y él fuera ahora
grande y solitario como su padre.
El Román canturrea en el patio mientras
se lava debajo de la bomba. Su padre está
sentado en la punta de la mesa con la expresión
de siempre. Por más que lo mire Alejo no
descubre en él ningún rastro del hombre
que viera hace apenas un rato desde arriba.
En realidad, todo, no sólo su padre está
igual que antes. Es como si las cosas se
hubieran cerrado, por así decir. Su madre
se mueve junto a la cocina, la Tere aguarda
a un lado con la sopera en las manos y el
abuelo golpea con la cuchara sobre el brazo
de la silla.
La voz del Román se interrumpe.
Alejo mira hacia el techo pero apenas distingue
el trazo oscuro de los primeros tirantes.
La voz del Román se aproxima hacia la puerta.
Su sombra se derrama velozmente sobre la
mesa, se vuelca sobre el piso y se quiebra
contra la cocina. Le zamarrea el pelo al
pasar y se sienta a la derecha de su padre.
El aire parece animarse cuando él entra
en la cocina.
Alejo recuerda todavía el día en que apareció
en la punta del camino, un año atrás. Había
comenzado el otoño, justamente. Los árboles
se estaban pelando y dejaban ver el camino
hasta la primera vuelta, detrás del montecito
de mimbre. Para Alejo era como si empezara
ahí realmente.
El Román apareció empujado por una nubecita
de polvo. En el primer momento creyó que
iba a pasar de largo, mejor dicho, pasó
de largo y al rato volvió hacia atrás, miró
la casa y cruzó el alambrado. En aquel tiempo
el perro bayo estaba sano, igual que el
abuelo, y apenas lo vio se le fue encima
pero él siguió caminando. Cuando pasó junto
al primer corral el perro le trotaba al
lado.
El Román habló con su padre y mientras hablaba
lo miró y le sonrió. Tenía la ropa cubierta
de polvo y la tierra se le pegaba a la cara.
Así llegó el Román. Brotó una tarde del
camino como si el polvo y la tierra lo hubieran
amasado y estuviera hecho con la misma sustancia
del camino. No es sólo una imagen sino que
verdaderamente se le parecía. Era seguro,
alegre y solitario como él.
Alejo se sentaba a veces a la orilla del
camino y al rato sentía toda la gente y
los pueblos que estaban sobre él. Algo por
el estilo le sucedía con el Román. Su padre,
en cambio, terminaba en la espalda, igual
que los otros, si se entiende esto. Pensándolo
mejor, ahora que lo tenía al lado, el Román
era el tínico de ellos que no había cambiado
mirándolo desde arriba.
El patio brilla intensamente a través de
la puerta. Alcanza a ver las copas borrosas
de los árboles pero más abajo desaparecen
en la luz que brota del suelo. No hay una
gota de viento y la claridad se inflama
y termina de borrar los árboles. Cuando
se vuelve, la cocina se ahueca con un resplandor
amarillento. Su padre se aleja hacia el
extremo de la mesa pero reaparece al cabo
de un rato en el mismo lugar.
Los platos de sopa humean sobre la mesa.
El abuelo corta trocitos de galleta y los
echa dentro del plato. Cuando estaba J"en
le agregaba un chorrito de vino y si por
él fuera lo seguiría haciendo. Inclina la
cabeza sobre el plato y come con avidez
soplando después de cada sorbo. Su madre
le espanta las moscas con el repasador y
él a su vez espanta a su madre alargando
un brazo, sin dejar de comer y soplar.
Su padre golpea el vaso con el canto del
cuchillo y la Tere, que estaba por sentarse,
va hasta el aparador y trae la botella de
vino.
-Alejo, no te llenes de pan -dice la voz
de su madre desde el rincón del abuelo.
Alejo deja la galleta, mira a su madre y
empuña la cuchara.
El Román lo mira divertido y le arroja una
miga.
-¿Qué tal te fue con el barrilete?
Piensa un rato y dice:
-Se ensartó en una rama.
El Román menea la cabeza.
-Hay que esperar que el viento se afirme.
Su padre, que ha terminado con la sopa,
chasquea la lengua y llena los vasos de
vino. Bebe la mitad del suyo de un trago
y al rato se le afloja la cara.
Comienza a hablar con el Román sobre la
siembra de forrajeras, que es lo que tienen
entre manos. Hace días que está con eso
pero todavía sigue dudando entre el sudan
grass dulce y di pasto llorón. En realidad
no duda nada porque su padre decide las
cosas de una vez, pero de cualquier forma
le gusta darle vueltas al asunto. El Román
mueve la cabeza, arquea las cejas y de vez
en cuando suelta una palabra.
Alejo alarga el brazo hacia la jarra de
agua y mira hacia el techo. Tampoco así
alcanza a ver el boquetito. Está entre las
dos primeras viguetas, casi sobre su padre.
Piensa cómo se verá aquello desde arriba
pero sencillamente ve a otra gente. Están
quietos y silenciosos y como apartados en
medio de esa claridad cenagosa que brota
del suelo. Su padre, con la cabeza volteada
sobre el pecho, parece el más solo de todos.
La Tere canta algo que no alcanza a oír.
Solamente ve el movimiento de su boca y
por la expresión debe ser un canto más bien
triste. Su madre escucha de pie al borde
de la franja de luz que entra por la puerta.
Alejo siente sobre su pecho el peso leve
de aquella espalda pero su madre está lejos
y él no puede hacer nada para llamar su
atención.
El Román está igualmente inmóvil y desde
arriba no alcanza a ver la expresión de
su rostro, pero a esa imagen quieta y doblegada
se superpone aquel rostro polvoriento que
le sonríe como el primer día y de pronto
ve el camino que se alarga en la distancia
sobre un reverbero de luz. Y siente el viento
que se enrosca alrededor de su cabeza y
el golpeteo del molino y desde la mancha
que palpita muy alto en el cielo se descuelga
lentamente aquel pájaro solitario. El sol
lo deslumbra, pero luego no es el sol sino
los ojos crueles y vacíos del abuelo que
le apuntan brevemente.
El repique del tren sobre las vías brota
muy lejos, en un punto impreciso a sus espaldas,
y crece rápidamente hacia el centro de su
cabeza. Llena el vaso de agua. Cuando levanta
la vista tropieza con la mirada de su padre
que lo observa con alguna atención.
El ruido describe un gran semicírculo. Los
hombres han dejado de hablar. Su padre saca
el reloj del bolsillo y observa la hora.
El ruido se ahueca bruscamente. El tren
está atravesando el puente.
Alejo ha ido un par de veces hasta las vías,
una legua al norte. Cuando el viento sopla
de ahí el tren se oye mucho más cerca, naturalmente.
Ninguna de las veces vio pasar el tren.
Sin embargo, apoyando una oreja sobre las
vías se siente un ruido parecido. Zumban
y se agitan por dentro y hasta le parece
oír un montón de voces que se atropellan
a lo lejos.
El ruido se pierde con un último rebote
en dirección al pueblo. Cuando pasa de largo
por la estación vuelve a oírse un breve
y lejano repiqueteo.
Terminan de comer y la Tere trae la medicina
que su padre guarda en el aparador. El viejo
llena dos copitas hasta el borde, bebe un
trago, entrecierra los ojos y se queda como
esperando que le suceda algo.
Los anteojos del abuelo brillan furtivamente
en el rincón.
El viejo bebe otro trago y estirándose en
la silla vuelve a hablar sobre el asunto
de las forrajeras.
El sol está exactamente sobre la casa. Alejo
ha tratado de mirarlo una vez pero ha sido
como si saltara disparado por el aire. Los
ojos se le ahuecaron como dos cavernas por
las que ambulaban opacas antorchas que cambiaban
de formas. El sol es lo único vivo en este
momento porque lo demás aparece seco y desolado,
sin bordes ni sombras.
Su padre está echado debajo del aromo con
el sombrero volteado sobre la frente. El
aromo ha perdido las flores y el brillo.
Parece el plumaje hinchado y polvoriento
de un pavo. Una mancha de luz resbala lentamente
por el cuerpo de su padre.
" Detrás de los pinos el campo se borra
en el aire encendido. El montecito de mimbre
llamea un instante y por fin desaparece
consumido por ese fuego que baja del cielo.
Muy lejos brotan como disparos unos destellos
que cambian de lugar.
Alejo levanta un brazo y un breve chorro
de sombra se descuelga sobre las chapas.
Luego el brazo se abrillanta y comienza
a borrarse él también. Alejo cierra los
ojos y apoya la frente sobre las manos cruzadas,
de espaldas al sol.
La silla del abuelo se mueve debajo. El
ruido se detiene un momento y luego se hace
más áspero y continuo. Está atravesando
el patio. Atraviesa el patio en dirección
del galpón. El viejo se mete allí hasta
que pasa la resolana. El galpón es caliente
pero si se abren los portones de cada lado
el poco viento que anda suelto se cuela
por ahí. El viejo dormita entre los aperos
y fardos de pasto.
La voz de la Tere rebota en la cavidad de
la casa. Canta la misma canción de siempre.
Alejo no entiende qué gusto puede encontrar
en eso. Es simplemente un ruido, aunque
hay ruidos, como el del molino, que se parecen
a un canto.
Ahora que recuerda, su padre, en otro tiempo,
también tenía un canto. Algo muy simple,
sobre la guardia civil. Lo había olvidado.
Mejor dicho, recién ahora lo recuerda. Antes,
de alguna manera no había olvido porque
no había pasado. Ahora, de pronto, su padre
tiene una historia, y las cosas también.
Su padre cantaba en otro tiempo, eso es.
"Yo me voy, yo me voy... a la guardia civil".
No tan seguido ni por cualquier cosa como
la Tere, es decir, por nada, sino cuando
se sentaba en la galería al caer la tarde
o cuando se poma a sobar las botas con aceite
castor, debajo del mismo aromo donde está
echado ahora. ¿Qué sería eso de la guardia
civil?
A medida que recuerda ese tiempo, sin levantar
la cabeza ni abrir los ojos, Alejo vuelve
a ver la misma casa y el mismo campo sólo
que bajo otra luz. El molino voltea la tarde,
la cerca luce recién encalada, el perro
bayo arrastra una bolsa vacía de una punta
a otra del patio, su madre está sentada
en el sillón de mimbre con la costura en
la mano, la Tere pela un manojo de arvejas
junto a la bomba. Ellos están en medio de
esa luz que no ciega, ni adormece, mientras
a lo lejos, exactamente sobre las vías,
el cielo comienza a oscurecerse. Un pájaro
tardío vuela; muy alto, por encima de los
pinos. Su madre levanta la cabeza y le sonríe.
¿Cómo pudo olvidar todo eso?...
El molino se sacude sobre su cabeza, el
montecito de mimbre reaparece brevemente,
una nubecita de polvo se desprende del camino
y, mucho más lejos, siguiendo el trazo del
viento, se sacuden esos reverberos que flotan
en el horizonte.
Su madre atraviesa el patio con el pañuelo
atado a la cabeza y el balde con los restos
de la comida. La figura, neta y sin relieve,
desaparece detrás del galpón.
Hacia el este, casi sobre la tierra, hay
un par de nubes.
El canturreo de la Tere se interrumpe y
al rato Alejo oye una risa sofocada que
viene desde abajo.
Esta vez tarda un poco en acomodar el ojo
a la penumbra de la cocina. Al principio
distingue nada más que los trazos oscuros
de los tirantes y unas roscas de luz que
se inflaman hasta cambiar de color. Cuelgan
blandamente entre los tirantes como guirnaldas
de niebla. Se comprimen, se superponen y
por último se funden en un tremendo ojo
grumoso con los bordes agrietados. Al rato,
la mancha se disuelve y la cosas aparecen
claras y precisas. La mesa, una pila de
platos sobre la mesa, el aparador, algo
más oscuro y corpulento, el rifle de madera,
la máquina de coser con el gato tendido
a un costado, la caja de carbón, el farol
de viento que cuelga de un clavo en la pared.
La franja de sol ha desaparecido pero en
cambio envuelve a todas las cosas una Opaca
y difusa claridad.
El cuerpo de la Tere asoma por el borde,
en una perspectiva confusa. Tan sólo la
nuca y la espalda, aunque él sabe muy bien
que es la Tere. Se apoya en la mesa, apretando
el canto con las manos. Luego el cuerpo
se inclina otro poco y el rostro arrebolado
de la Tere se vuelve hacia arriba, con los
ojos entrecerrados.
Alejo no entiende al principio. Hay una
mano que le acaricia el cuerpo y una cabeza
que se encima a aquel rostro y por ultimo
una espalda ancha y dura que la oculta.
No entiende, de cualquier forma.
La cabeza se aparta bruscamente y permanece
un segundo vuelta hacia la puerta.
Ahora no hay nadie en el boquete, nada más
que las cosas y al rato una mano breve que
entra por el borde y posa un plato encima
de la pila. La voz de la Tere canturrea
otra vez.
Alejo alza la vista y ve a su madre que
se aproxima a la casa por el medio del patio.
Las nubes están sobre las vías. La mancha
de sol trepa por el pecho de su padre. Un
borde de sombras cuelga ahora de las cosas,
que comienzan a crecer y a animarse.
Alejo alcanza a ver la figura del Román
que desaparece detrás de los árboles, por
el lado del galpón.
Otro golpe de viento sacude el molino, al
segundo se agita el montecito de mimbre
y algo después se remonta una nube de polvo
en la punta del camino. El montecito es
ahora un vellón amarillento con los bordes
encendidos. La sombra de una nube atraviesa
el campo velozmente, entre el montecito
y las vías.
Acaba de ver a la Tere en la misma dirección.
El molino se afirma y una nube de polvo
más grande que las otras borra el camino.
El hombre vino en mitad de la tarde y se
metió en la casa con su padre. El hombre
se sentó a la mesa y su padre sacó la botella
del aparador. Alejo no podía verle el rostro
porque estaba casi debajo suyo y tenía el
chambergo puesto. Ni siquiera se lo quitó
para saludar a su madre.
Su padre habló casi todo el tiempo y el
tipo escuchaba. Su padre tenía una expresión
ansiosa y de vez en cuando se fregaba la
cara, lo cual es una mala señal.
El tipo levantó el rostro una vez. Alejo
se había puesto a escarbar el boquete y
un chorrito de basura cayó sobre la mesa.
Entonces el tipo miró hacia arriba.
Su padre seguía hablando.
El tipo habló a su vez, por fin. Se inclinó
sobre la mesa y dijo poca cosa porque en
seguida se levantó y salió de la casa. Su
padre lo siguió fregándose la cara.
El tipo se ha ido ahora. El sulky trota
sobre el camino, en dirección al pueblo.
En realidad, no ve el sulky sino el montón
de polvo que levanta. La luz del camino
es todavía firme pero la tierra se desvanece
hacia el este.
Su padre sigue apoyado en la tranquera.
Hace un rato que está ahí.
Del otro lado, al oeste, la punta de los
árboles relumbran como un cacharro de bronce.
De pronto los árboles se inflaman y desaparecen.
Un molino solitario se agranda de golpe
y se recuesta a lo largo del campo. Los
postes y los alambrados cambian de lugar.
Su padre vuelve lentamente hacia la casa.
Para ese lado hay otro pueblo, que no conoce.
Y luego otro y otro. Así debe ser. Ahora
el día está sobre ellos mientras aquí entra
la noche. ¿Qué tal serán esos pueblos? Él
trata de imaginarlos pero simplemente cambia
de lugar las casas del único que conoce.
Arriba, justo sobre su cabeza, el cielo
es muy claro, leve y profundo. Más abajo
se oscurece y se comba. Hay un gran silencio.
Mejor dicho, de la tierra brotan toda clase
de rumores, como si respirara, pero de cualquier
forma se parece a un gran silencio.
Todavía hay polvo sobre el camino pero el
sulky ha desaparecido por el lado de los
Amaga.
Su padre ha desaparecido también.
Ahora no hay viento. Solamente el aliento
húmedo de la noche que llega desde el este.
Alejo se sienta en la cumbrera. La casa,
desde abajo, es un bulto de sombras de manera
que nadie alcanza a ver lo que hay allá
arriba. Él mismo ya no ve las cosas con
claridad.
La voz de la Tere suena en alguna parte,
muy débil.
Más allá del patio tiene que imaginarse
el resto. En ese momento el patio aparece
iluminado por esa misma quieta y melancólica
claridad que tiene en su recuerdo.
Por un instante la cerca se endereza y se
blanquea, su padre se instala bajo el aromo,
su madre aparece sentada en el sillón de
mimbre con la costura en la mano y la Tere
limpia la verdura junto a la bomba. Su padre
soba las botas de cuero y silba.
Alejo se quita los zapatos, se para con
cuidado y echando un pie delante del otro
comienza a caminar a lo largo de la cumbrera
con los brazos en cruz. Cerca de la punta
se detiene y observa a su padre. Su madre
y la Tere levantan los ojos y le sonríen
animosamente. Su padre lo ha visto también
pero sigue silbando como si tal cosa.
Alejo se siente liviano como un pájaro.
Sonríe a su vez y agita una mano. Entonces
resbala y cae. Cierra los ojos y se pega
a las chapas y cuando termina de resbalar
se queda quieto un buen rato. Después vuelve
a trepar hasta la cumbrera y se calza los
zapatos.
En realidad, el patio está vacío. Gastado
y vacío.
La luz en lo alto se reduce cada vez más.
Abajo simplemente es de noche. Todavía queda
una nube morada sobre el horizonte pero
el resto es oscuridad y silencio.
Una vara de luz brota repentinamente del
boquete y un trazo amarillento asoma por
debajo de la casa, sobre el patio oscurecido.
Alguien acaba de encender el sol de noche.
Alejo arrima un ojo a la chapa.
Su padre y el Román están sentados a la
mesa. El abuelo espera en el rincón con
la cuchara en la mano. Los tres aguardan
en silencio blanqueados por la luz que derrama
sobre ellos el sol de noche.
Entonces oye la voz de su madre en el patio.
- ¡Alejo!
Una sombra borra en parte el rectángulo
de luz que atraviesa el patio hasta el pie
de la bomba.
- ¡Aleejo!
-Sí, má -dice Alejo por lo bajo.
Su madre no lo puede oír, naturalmente.
Su madre camina en las sombras y lo llama
y él dice, o lo piensa, "sí, ma" pero es
inútil. Nunca más podrá oírlo.
La sombra desaparece del patio. Los platos
de sopa humean sobre la mesa. Hay un plato
frente a la silla vacía de Alejo.
La Tere coloca la botella de vino al alcance
de su padre, que sigue sin moverse. Ahora
están todos sentados a la mesa, debajo de
la luz que los cubre y los aparta.
Su padre llena los vasos y bebe un trago.
Parecen haberlo olvidado. Más bien parece
que nunca hubiese vivido entre ellos.
![]()
Un buen día me hice un vago. Así como lo
oyen. No sé cuándo empezó pero aquí me tienen,
tumbado a un costado del camino esperando
que pase un camión y me lleve a cualquier
parte. Ustedes deben haber visto un tipo
de esos desde la ventanilla de un ómnibus
o del tren. Pues yo soy uno de esos exactamente
y puedo asegurarles que me siento muy a
gusto. Cualquiera de ustedes dirian que
solamente al último de los hombres se le
puede ocurrir tal cosa. Soy el último de
los hombres. También eso. Lo que posiblemente
a nadie se le pase por la cabeza es que
alguien pueda ser feliz justamente siendo
el último de los hombres. Ni siquiera a
mí mismo se me hubiera ocurrido hace un
tiempo, cuando, dentro de mis alcances,
luchaba con todas mis fuerzas para estar
entre los primeros. Pero no es eso lo que
quiero decir, al menos por ahora.
Me preguntaba sencillamente cuándo empezó.
Éste es un hábito que me queda de la otra
vida, es decir, la vida de ustedes porque
qué puede importarle a un verdadero vago
cómo y cuándo empezó cualquier cosa. El
día que se me quite esta costumbre habré
alcanzado la perfección pero comprenderán
ustedes que no puedo proponérmelo porque,
ante todo, un vago no se propone nada, de
manera que lo mejor es dejar así las cosas.
Mezclando un asunto y otro, lo mismo me
pregunté el día que, del brazo de Margarita,
mis manoseos en Parque Lezama, que entonces
no tenía esas malditas luces de mercurio
que le alumbran a uno hasta el pensamiento,
me encontré frente a un cura. Tal vez la
cosa empezó ahí. No quiero decir que me
tomara desprevenido pero de cualquier forma
con el tiempo pareció que había sido así.
Entonces me estaba preguntando cómo y cuándo
fue que empezó aquella vida de perro. No
es que hubiese dejado de querer a Margarita.
Supongo que tampoco ella había dejado de
quererme, a su manera. Pero justamente era
esa podrida manera lo que me tenía desconcertado.
Bastara que yo dijera blanco para que ella
dijera negro. De saberlo un poco antes yo
también habría dicho negro aunque estoy
seguro de que eso tampoco habría servido
para nada porque lo más probable es que
entonces ella hubiese dicho blanco. Así
era Margarita y no le guardo rencor.
Quiero que comprendan esto. No le guardo
rencor a Margarita ni a toda esa puta vida,
como se dice vulgarmente y para abreviar.
En ese caso no sería un verdadero vago,
si bien tampoco lo soy del todo, aunque
por otro motivo, como queda dicho.
¿Me creerán ustedes si les digo que, a pesar
de todo, conservo muy buenos recuerdos de
aquel tiempo? Yo era feliz, también a mi
manera, y si aquello terminó es porque no
podía pasar otra cosa. Quiero decir que
mis pies apuntaban en una dirección y los
de ella en otra y la tristeza habría sido
seguir juntos cuando cada uno tenía su camino
por delante. En cuanto a ella, es posible
que a estas horas esté maldiciendo al tipo
aquel que se le cruzó un día en el camino,
lo cual es muy propio de Margarita. Si dejara
de hacerlo pues simplemente dejaría de ser
Margarita. Eso es lo que trato de decir.
Cada uno es una flecha lanzada en una dirección
y no hay como dejarse llevar para acertar
en el blanco, cualquiera sea.
Hablando con estricta justicia más bien
fue Margarita la que se me cruzó en mi camino
y no yo en el de ella. Sin embargo, estoy
dispuesto a reconocer que fue una simple
coincidencia. Por coincidencia tomábamos
el 48 a la misma hora, por coincidencia
bajábamos en la misma esquina y, supongo
que por coincidencia, un día me atravesó
una de sus piernas entre las mías. En fin,
otro día la acompañé hasta la casa y por
coincidencia estaba el viejo en la puerta.
Cuando quise acordarme estaba adentro tomando
una copita de anís y hablando de la decadencia
de las costumbres, un tema, como se ve,
que puede terminar en cualquier cosa. En
aquel tiempo yo era hincha furioso de Estudiantes
de La Plata, cosa que todavía hoy no me
explico. Los domingos iba a la cancha con
toda la bosta en el camioncito de los hermanos
Antonelli. La bosta fue lo que dijo Margarita
el primer domingo después de casados que
traté de ir a la cancha. Jugaban Estudiantes
y Chacarita, lo recuerdo aunque no viene
al caso. Hasta entonces la bosta habían
sido "los muchachos", cariñosamente. Inclusive
llegó a tejerme una bufanda con los colores
de Estudiantes. Esto es lo que se dice astucia
femenina pero yo digo simplemente la vida.
Dije adiós a la bosta y me puse a trabajar
como un condenado a trabajos forzados. Soy
un tipo optimista por naturaleza, como ustedes
habrán visto, de manera que con el tiempo
hasta a eso le encontré el gusto. Los demás
tipos, es decir, la verdadera bosta, gemían
y crujían a mi alrededor. Yo en cambio pateaba
alegremente la calle primero vendiendo seguros
de La Agrícola y después caminos, esteras
y carpetas de formio, coco y sisal. Los
sábados me la pasaba cambiando los muebles
de lugar, tapando las manchas de humedad
y escuchando en todo momento los reproches
y maldiciones de Margarita. Yo no escuchaba
las palabras sino simplemente la voz y por
inexplicable que les parezca esto me ponía
más bien contento porque Margarita era algo
vivo e intenso que me obligaba a tirar para
adelante cuando los demás hacía tiempo que
estaban muertos.
Los domingos íbamos a comer a lo de los
viejos y por la tarde veíamos la tele hasta
que se nos saltaban los ojos. He oído muchas
cosas contra la tele pero yo digo que es
el mejor invento de la bosta. Por de pronto
era la única manera de callar a Margarita.
Entonces la sentía más viva e intensa, sólo
que en otro sentido. Si no había manera
de entendernos el resto de la semana en
aquel momento nuestros cuerpos se acercaban
misteriosamente y éramos una sola y misma
cosa pendientes de aquel agujero en la pared.
El agujero que digo era la tele, como se
comprende, y convendrán ustedes en que es
una imagen bastante feliz. De cualquier
forma, ésa era la impresión. Bastaba con
girar la perilla y entonces se abría aquel
boquete en el mísero departamento de la
calle México, 5 piso "C", al lado del ascensor,
que no funcionaba la mitad de las veces,
y el mundo se derramaba alegremente por
allí.
Ahora que lo pienso, tal vez la cosa empezó
recién entonces. Yo me quitaba los zapatos
en la penumbra, me aflojaba el cinturón
y al rato estaba en las islas Marquesas,
por ejemplo. Como dije las Marquesas pude
haber dicho Hong Kong o Miami o el fondo
del mar. En un par de horas saltaba de un
lado a otro e inclusive de un tiempo a otro.
Randall, Peter Gunn, Kentucky Jones, Maverick
y hasta Gorila Maguila me resultaban tan
familiares como mi viejo o mi vieja, por
así decir, porque en realidad nunca entendí
a mi vieja y apenas si conocí a mi padre.
Hablábamos de ellos con Margarita como si
vivieran en la misma cuadra y algunas veces
les hablaba a ellos mismos, como si pudieran
oírme. Opino que son todos unos grandes
tipos, los verdaderos grandes tipos que
se necesitan y no esos pelmas que salen
en los diarios todos los días, y sinceramente
me felicito de que los domingos se asomaran
por aquel agujero para hacernos ver las
cosas tal cual son.
En cuanto a los avisos, que para muchos
resultan la cosa más estúpida del mundo,
nos divertían como locos. No sé qué sentido
tiene pretender que nos echen un discurso
con citas de algún gran tipo para vendemos
una pasta de afeitar o un frasco de café
instantáneo. Las cosas hay que tomarlas
como son. Eso es lo que siempre he dicho.
Para nosotros, en cambio, aquello fue una
verdadera revelación. Yo,fpor lo menos,
aprendí a apreciar las cosa recién entonces
y hoy me parece perfectamente natural que
una lata de tomates le hable a una cacerola
a presión y que un reloj con voz de pito
nos avise el momento de tomar tal o cual
pastilla para la digestión.
Quiero decir que las cosas están llenas
de vida, o por lo menos muertas o vivas
en la medida que nosotros estamos muertos
o vivos, y que mis zapatos tienen algo que
decirme con sólo que les preste un poco
de atención. Que es lo que hago, justamente,
cuando no sé para dónde tirar el primer
paso.
A Margarita le gustaba acompañar los jingles,
mientras yo le hacía una especie de contracanto,
y por lo que recuerdo fue la única ocasión
en que oí cantar a Margarita. Por lo que
a mí toca, muchas veces pateando la calle
con las muestras de aquellas benditas esteras
y carpetas y el mundo que se ponía realmente
negro me bastaba con silbar una de esas
musiquitas y el cielo se abría en alguna
parte.
En fin, que todo eso también terminó. Margarita
le tomó fastidio a Mike Hammer que, según
ella, en el fondo era un fascista hijo de
puta y a mí que se me dio por defender al
tipo como si fuera mi hermano. Total que
un día, mientras volaban los tiros de un
lado a otro detrás del agujero, Margarita
le zampó la plancha justo en el medio. El
televisor, es decir, el mundo saltó en mil
pedazos y al principio creí que uno de los
tiros me había volado la cabeza. Herido
como estaba, tomé lo primero que encontré
a mano, creo que uno de esos ceniceros hechos
con un pistón recortado, y se lo tiré a
la cabeza con tan buena puntería que cayó
al suelo como si la hubiera tumbado un rayo.
Todavía humeaba el televisor y ya estaban
allí los viejos, el administrador y un cabo
de policía con cara de patíbulo que parecía
salido de la propia televisión.
Cuando volví de la 2a el administrador todavía
estaba allí, o simplemente estaba de nuevo
allí. Es un detalle. Lo que me interesa
señalar es que había llegado la hora de
que cada uno echara a andar para su lado,
sólo que en ese momento no me di cuenta.
De todas maneras fue lo que pasó. La vida
decide por uno las más de las veces y todo
lo que queda por hacer es preguntarse un
tiempo después cómo y cuándo empezó, lo
que sea.
Por esos días, y ésta es otra señal, quebró
el tipo de las esteras y quedé en la calle,
lo cual es un decir porque nunca había salido
de ella. Las cosas iban tan mal entonces
que en lugar de amargarme más bien me alegré.
Sea lo que fuere que me reservara la vida
nunca iba a ser peor de lo que había sido
hasta entonces. Cuando uno siente deseos
de darse la cabeza contra la pared ése es
el momento preciso para las grandes cosas
porque uno en realidad está tan limpio y
vacío como si acabara de nacer.
Claro que yo no pensé en eso. Eché mano
de un par de diarios y en una página de
los clasificados topé con el siguiente aviso:
"Joven emprendedor con experiencia comercial
para importante negocio". Allí estaba el
destino. Me corté el pelo a la americana,
me puse un saco sport con cueritos y al
rato estaba golpeando en la puerta de una
oficina en el segundo patio de una especie
de gallinero en la calle Lima y que a primera
vista no tenía el aspecto de un negocio
ni de otra cosa importante sino más bien
de una pocilga.
Me atendió un tipo parecido al de "Patrulla
de caminos" que sin mirarme siquiera dijo:
"Usted es el hombre!" y se puso a hablar
sobre el futuro, un futuro que no sé muy
bien a quién correspondía, en todo caso
a la humanidad en general y como tal proporcionalmente
a mí también. Cualquier otro se habría dado
cuenta de que el tipo estaba medio chiflado,
por no decir del todo.
En realidad eso me pareció a mí también
pero en lugar de largarme como hubiera hecho
cualquiera de ustedes en su sano juicio
ya que nada bueno podía salir de allí, en
el sentido de la bosta, me quedé escuchando
al tipo tal vez por eso mismo. Quiero decir
que esta clase de chiflados son justamente
la sal del mundo sólo que la bosta se da
cuenta demasiado tarde.
El tipo hablaba como un profeta. Nunca he
oído hablar a un profeta, por supuesto,
pero me figuro que deben hacerlo así.
Según me pareció se trataba de fundar una
sociedad nueva a partir de la venta de lotes
en mensualidades. Digo que me pareció porque,
como siempre, yo más bien le prestaba atención
al sonido de la voz y al aspecto general
del fulano. Tal vez las cosas que decía
no tuvieran mucho sentido pero igual era
hermoso oírlas porque en medio de toda la
roña sencillamente había un tipo que creía
en algo distinto de lo que cree el resto
de la bosta.
Cuando terminó el discurso sacó un plano
que extendió sobre el piso y comenzó a explicarme
el aspecto más vulgar del asunto. Se trataba
de unos lotes en San Vicente con el pomposo
título de Barrio Parque "La Esperanza".
Según el tipo aquélla era la tierra del
futuro y estoy seguro de que estaba en lo
cierto porque, como decía mi viejo, si hay
algo que tiene futuro es la tierra, cualquiera
sea. Solamente se trata de esperar el tiempo
necesario. Lo digo aun de esta tierra en
la que estoy echado y que, por ahora, no
es más que polvo y silencio. Día vendrá.
..
¿Pero para qué hablar del día que vendrá?
Es el estilo que me contagió el tipo. Lo
arreglaba todo con el día que vendrá.
Cuando le pregunté cuánto me tocaba en todo
eso, no del futuro, se entiende, sino de
lo que pagarían por él me echó otro discurso.
Yo lo miré a la cara y comprendí en el acto
que era el destino el que me hablaba a través
de aquel chiflado. De manera que tomé los
planos, boletas y folletos que me dio y
salí a patear la calle como si esta vez
tirara de mí una fuerza desconocida y cada
paso que diera de ahora en adelante fuese
a abrir un camino entre la gente.
Al domingo siguiente fuimos a San Vicente
en una "banadera" que cargamos con los candidatos
que habíamos juntado entre Requena y yo.
Requena se llamaba el tipo. La mitad de
los candidatos iban porque no tenían nada
que hacer y seguramente habrían ido al mismo
culo del mundo con tal de viajar de arriba.
Antes de partir, desde la plaza Congreso,
Requena enarboló una especie de estandarte
e improvisó un breve discurso sobre el futuro,
el día que vendrá y todas esas cosas. Los
tipos quedaron desconcertados y uno preguntó
si detrás de eso no estaban los comunistas.
De cualquier forma subieron a la "banadera",
Requena colgó el estandarte de un costado
y zarpamos alegremente hacia esa tierra
de promisión.
Aquello era un desierto. Me refiero a los
terrenos. Sólo faltaba un par de camellos
y no me hubiera sorprendido que aparecieran
en cualquier momento. La mitad de los tipos
ni siquiera quiso bajar a cambiar el agua.
Yo vi tan pronto como los otros que era
un verdadero desierto y que lo seguiría
siendo aún por mucho tiempo pero el sur
me tiró siempre y la tierra pelada y vacía
me llena de ansiedad, aunque no está bien
dicho ansiedad, ni entusiasmo, ni ninguna
otra cosa de las que ustedes dicen en tales
casos.
Es algo distinto. Yo sé que entre ustedes
hay muchos que esperan el día, que quisieran
sacudirle un puntapié a la vieja o al jefe
o al primer botón que se les cruce en el
camino y por eso me permito un consejo.
No hagan nada de eso. No lo van a hacer
de todas maneras. Vengan y miren la tierra
vacía, así como la veo yo ahora, y tal vez
las cosas les dejen de dar vueltas dentro
de la cabeza y echen a andar por su camino.
En ese sentido Requena tenía razón. Aquélla
era la tierra del futuro, por lo menos para
mí. De manera que eché a andar detrás del
estandarte sin importarme un pito los tipos
que quedaban en la "banadera". No tenían
ni ojos, ni oídos.
Requena plantó el estandarte en medio del
campo y se puso a hablar. El viento traía
y llevaba su voz y al rato nos pareció que
hablaba la misma tierra. Así era aquel tipo.
Yo sé que estaba solo y que en el fondo
le importaba muy poco de nosotros porque
sencillamente no necesitaba de nosotros
ni de nadie y veía con claridad dónde ponía
los pies. Mientras hablaba empezamos a ver
que brotaban de la tierra casas, torres,
fábricas, negocios, una estación del Roca,
un supermercado, dos escuelas, cuatro edificios
en torre y un lago artificial.
Cuando terminó, los tipos siguieron haciendo
cálculos y suposiciones por su cuenta y
al rato había una usina, un cuartel, dos
hospitales, un matadero, un frigorífico,
un canal de televisión, un monumento a San
Martín y por lo menos cuatro Bancos. Vendimos
15 lotes en total. Tres mil quinientos en
la mano y 24 cuotas de mil. En los meses
que siguieron vendimos otros 30 pero llegó
el invierno y con las primeras lluvias un
arroyito de esos que nunca faltan se salió
de madre y de la noche a la mañana el desierto
se transformó en un lago, casi en un mar
interior. La policía tuvo que sacar en un
bote a un tipo que había levantado una casilla.
De la calle Lima nos mudamos a la calle
Piedras. De Piedras a Bolívar. De Bolívar
a Golfarini, que en realidad es una calle
que no existe. Su verdadero nombre es Giuffra
pero todo el mundo la conoce por Golfarini.
Para Requena era una cosa u otra según los
casos. Golfarini cuando tenía que cobrar
y Giuffra en todos los demás. Les digo,
de paso, que si quieren conocer una calle
de la vida vayan alguna vez por ahí.
A todo esto yo apenas si pisaba el departamento
de México. Estaba todo el día en la calle
o en uno de esos desiertos que loteaba Requena,
marcando calles o clavando banderitas o
plantando un letrero y atendiendo al mismo
tiempo a los tipos. Era una vida vagabunda.
Sólo que yo no era un vago propiamente dicho
sino como un tipo perdido, hasta que tomara
la medida justa de la tierra. Dormía en
cualquier parte y comía salteado. Eso puede
desmoralizar a cualquiera, para mí, en cambio,
fue un gran aprendizaje. Uno duerme y come
más de la cuenta.
No me voy a poner en moralista ahora. Precisamente
estoy echado sobre la tierra hace un par
de horas sin hacer nada, como no sea pensar
en esto que les digo. Además aunque no estuviera
tirado aquí tampoco haría nada. En el sentido
de la bosta, se entiende. De manera que
soy el menos indicado para echarles un sermón,
aparte de que me importa un queso. Pero
quiero poner las cosas en su lugar. Hay
que dejar que el cuerpo se maneje solo y
no estarle todo el día encima. En ese caso
se vuelve un estorbo y nos planta cuando
todavía nos quedan un par de cosas por hacer.
Eso fue lo que aprendí entonces. Cuando
menos atención le prestaba más liviano y
alegre se volvía. Es justo el cuerpo que
necesita un vago.
Las pocas veces que aparecía por mi casa
(para llamarla de algún modo) entraba o
salía el administrador. Sigue siendo un
detalle. Margarita había dado vuelta el
televisor contra la pared y no se habló
más del asunto. En realidad tampoco hablábamos
de otra cosa. No parecía guardarme rencor
sino que se mostraba más bien solícita.
Tal vez yo hubiera preferido que me regañara
porque así me resultaba casi una desconocida,
pero no tiene importancia. Cenamos una vez
en casa del administrador y otra el tipo
cenó en la nuestra. Ambos se interesaron
juiciosamente en mi nueva vida y, supongo
que por casualidad, también ellos hablaron
del futuro. A cada rato nos mirábamos y
sonreíamos. Dimos vuelta el asunto de todos
lados pero la verdad que no daba para mucho.
Lo de Requena tenía que terminar tarde o
temprano, si es que iba a seguir mi camino.
Fue por la venta de unos lotes en Garín.
Trescientos veinte fabulosos lotes, 2a serie,
barrio Los Tilos, sobre ruta pavimentada,
3 cuotas de anticipo y posesión 3 cuotas
más. Los tilos brillaban por su ausencia
y la ruta pavimentada era sólo un proyecto
del año 34, pero de cualquier forma los
lotes eran muy buenos. En una sola tarde
vendimos 54 lotes. Yo mismo compré uno de
tan entusiasmado que estaba con lo que decía.
Y eso fue lo que me salvó. Los lotes eran
buenos, como dije, pero resulta que ya habían
sido vendidos en un loteo anterior. Cuando
cayó la taquería estaba solo en la oficina
y me salvé por un pelo porque, perdido por
perdido, les mostré la boleta y les dije
que era uno de los candidatos.
No sé qué se habrá hecho de Requena pero
donde quiera que esté allá va la vida. Era
un gran tipo, a pesar de todo, y estaba
vivo de la cabeza a los pies. Al principio,
después que me largué solo, si alguna vez
me sentía descorazonado pensaba en Requena
y las cosas volvían a sonreír. Yo sé que
debe estar en alguna parte sobre esta misma
tierra hablando sobre el futuro y el día
que vendrá y espero toparme con él un día
de éstos, en la primera vuelta del camino.
Había llegado mi momento. Con la poca plata
que pude arañar en los bolsillos me compré
una bicicleta de paseo. Ustedes se preguntarán
qué tiene que ver en esto una bicicleta.
Si quena largarme todo lo que debía hacer
era tomar el primer camino que se me pusiera
por delante.
Tienen razón. Sin embargo todavía estaba
lleno de dudas y vacilaciones, es decir,
en el fondo aún tomaba en cuenta a la bosta.
De manera que me compré una bicicleta, como
digo, le reforcé el cuadro, le alargué el
portaequipaje, me conseguí un equipo de
boyscout, me saqué una foto e hice imprimir
un centenar de hojas en las cuales anunciaba
mis propósitos, daba una serie de detalles
sobre la bicicleta, fijaba metas y objetivos,
recomendaba el uso de gomas Pirelli, por
lo cual me habían pagado unos pesos, y terminaba
con un par de consejos que saqué de un libro
titulado La mansedumbre de las flores que
me había regalado Margarita cuando andábamos
de novios, seguramente para impresionarme.
Cuando estuve listo le anuncié mis proyectos
a Margarita para ver la cara que ponía.
Contra lo que esperaba, le pareció la mejor
idea que había tenido en toda mi vida. Entre
ella y el administrador me ayudaron a terminar
lo que faltaba, me proveyeron de vituallas
y dinero, me sugirieron rutas prolongadas
y desconocidas y, por fin, una neblinosa
mañana de abril me despidieron junto con
un grupito de curiosos que se había reunido
en la vereda. Di una vuelta a la manzana
seguido por un par de chicos y cuando pasé
frente a la casa Margarita ya había desaparecido.
Levanté una mano de cualquier forma y dije
adiós a aquella vida.
No voy a contarles los pormenores del viaje
pero, en general, la pasé bien y todavía
le estaría dando a los pedales si no fuese
que estaba hecho para otra cosa. Es necesario
que entiendan esto. Tengo en un gran concepto
a los andarines, exploradores, raidistas
y demás gente por el estilo, pero un vago
es otra cosa. No establezco comparaciones.
Son algo distinto, simplemente. Desde afuera
parece todo lo contrario. Por eso comencé
yo en esa forma, porque veía las cosas desde
afuera.
Por un tiempo me encontré a gusto con aquella
vida. La gente me trataba bien. No me tomaba
muy en serio pero estoy seguro de que más
de uno habría cambiado su maldita jaula
por mi bicicleta Alpina. A ése le digo que
todavía está a tiempo.
Allá iba yo silbando y pedaleando y el mundo
tiraba de mí alegremente. Hasta que un día
la verdad me golpeó en la cabeza, así de
rápido y simple. Y fue el día que vi un
verdadero vago tumbado al costado del camino.
Estaba echado así como yo en este momento
y aunque seguramente era la única persona
que veía en mucho tiempo no se le movió
un pelo cuando pasé junto a él arrastrando
una nube de polvo. Sin embargo me bastó
mirarlo a los ojos y comprendí en el acto.
Yo iba de un punto a otro, él sencillamente
estaba tumbado en el centro del mundo. Quiero
decir que para mí las cosas se resolvían
en distancias, estaban más o menos lejos
y yo más o menos cerca, pero por mucho que
me moviera no iban a cambiar demasiado.
No pretendo que me comprendan, pero con
sólo que hagan un esfuerzo sabrán lo que
digo. Algunos, por supuesto. Los que todavía
están vivos pero con el agua al cuello.
Vendí la bicicleta en el primer pueblo que
me salió al paso y volví al camino nada
más que con lo que tenía puesto. Desde ahí
arranca mi verdadera historia porque en
cierta forma acababa de nacer. No les voy
a contar esa historia porque sólo tiene
sentido para un vago.
Veo una nube de polvo en la punta del camino.
Debe ser un camión.
Solamente les digo esto. No tengo nada,
de manera que tampoco tengo de qué preocuparme,
lo poco que recuerdo, en los términos de
ustedes, lo recuerdo como si fuera de otro
y si miro para adelante pues sencillamente
no espero nada, lo cual es la mejor manera
de estar preparado para lo que sea. Debiera
explicar lo que entiendo por estar preparado
porque es un término más bien de ustedes
pero no vale la pena y además el camión
está cerca.
Es un camión, efectivamente.
Mi cuerpo se pone de pie liviano y contento.
Es la ventaja que les decía. Eso me tiene
constantemente de buen humor o a lo sumo
de un humor melancólico, lo cual me ayuda
a pensar en todas estas cosas que me enseña
el camino. Estoy limpio y vacío en medio
de él, de manera que siento la tierra como
nadie podría hacerlo en este momento, excepto
otro vago.
El tipo me debe haber visto y tal vez se
alegre porque viene solo. Extiendo mi admiración
por los raidistas a los camioneros también.
Por lo menos cuando están en el camino se
parecen más a nosotros que a ustedes. Lo
digo sin rencor.
No sé a dónde me llevará ese camión ni qué
será de mí el día de mañana. La verdad que
el día de mañana no existe para mí y creo
que por eso me siento vivo.
Levanto la mano y el camión se detiene.
Hace un rato era una mancha borrosa al extremo
del camino. Sé que en este punto mi vida
se cruza con la del tipo que trae encima
y que a partir de ahora me nace otra vida,
por así decir. Sé también que como estoy
limpio y vacío le sacaré todo el gusto posible.
Así una vez y otra vez.
El tipo abre la puerta y agita una mano.
¡Allá voy, donde sea!
![]()
El tren salía a las
ocho o tal vez a las ocho y media. Recién diez minutos antes enganchaban la locomotora
pero de cualquier forma el tío se ponía nervioso una hora antes. Todos los del pueblo
eran así. Apenas llegaban y ya estaban pensando en la vuelta. Su padre había hecho
lo mismo. La mitad del tiempo pensaba en las gallinas, que comían a su hora, o en
el perro, que había dejado en lo del vecino. Para el Buenos Aires era la Torre de
los Ingleses, Alem, la avenida de Mayo y, por excepción, el monumento a Garibaldi,
en Plaza Italia, porque la primera vez que vino, con la vieja, se extraviaron y
fueron a parar allí. Se sacaron una foto y el tipo de la máquina los puso en un
tranvía que los llevó a Retiro. De cualquier forma llegaron una hora antes y con
todo estaban tan excitados que casi se meten en otro tren.
Mientras cruzaba la Plaza Británica con aquella torre que de alguna manera presidia
su vida, vista o entrevista a cualquier hora del día en que pisó Buenos Aires, y
luego los años y toda la perra vida, y ahora esa vieja tristeza que le nacía de
adentro, bueno, y la torre siempre alli como el primer día. mientras cruzaba la
plaza, pues, vió al tío por anticipado en un rincón del hall del Pacífico (ellos
todavía decían Pacífico) encogido dentro del sobretodo que olía a tabaco, con la
valija de cartón imitación cuero a un lado y un montón de paquetes sobre las rodillas,
manoseando el boleto de segunda dentro del bolsillo para asegurarse de que todavía
seguia allí.
Lo había llamado dos o tres veces desde el hotel Universo pero él estaba fuera y
la muchacha entendió las cosas a medias. Después trato de llegar hasta la casa,
a pie, por supuesto, pues los troles y los colectivos lo espantaban. Se había extraviado
en algún punto de Leandro Alem y antes de perder de vista la Plaza Britanica prefirió
volver a Retiro y esperar el tren.
Hacía un par de años que Oreste no veía al tío pero estaba seguro de encontrarlo
igual. La misma cara blanca y esponjosa salpicada de barritos y de pelos con aquellos
ojos deslumbrados que se empequeñecían cuando miraba algo fijo, el moñito a lunares
marchito y grasiento, el mismo sobretodo negro con el cuello de terciopelo, el chambergo
alto y aludo que se calzaba con las dos manos y el par de botines con elásticos.
La estación Pacífico se había empequeñecido con los años. Eso parecía, al menos.
En realidad era un mísero galpón con un par de andenes mal iluminados. En otro tiempo,
sin embargo, veóa todo aquello coloreado por una luz misteriosa. La propia gente
estaba impregnada de esa luz. Era espléndida, leve y gentil, como si no fuera a
cambiar ni a morir nunca y la estación lucía como un circo. Pero la gente había
cambiado de cualquier forma y la vieja estación Pacífico lucía ahora como lo que
era, un misero galpón de chapas lleno de ruidos y olor a frito.
Vió al tío en un banco, debajo del horario de trenes. Parecía muy pequeño e insignificante.
Tenía las manos metidas en los bolsillos, las piernas bien juntas, un paraguas sobre
las rodillas y la mirada perdida en el aire.
Miraba en su dirección pero no lo veía. No veía nada.
Reaccionó cuando lo tuvo delante. --!Oreste!
Se abrazaron y se besaron, de acuerdo a la vieja costumbre. Oreste dejó que el tío
lo palmeara un buen rato. Tenía ese olor familiar, un olor masculino que evocaba
a aquellos hombres reservados de su infancia que le sonreían, con breve indulgencia,
como el tío Ernesto, grande como un ropero y delante del cual tragaba saliva invariablemente,
o el gran tío Agustín, la única vez que lo vió el día que vino de Bragado en aquel
Ford A con cadenas que echaba una nube de vapor por el gollete del radiador, o al
propio tío Bautista cuando era el mismo por entero y no apenas esta sombra.
Se apartaron y el tío pregunto sin soltarle los brazos:
-¿Cómo va? --Bien, bien.
Se miraron y sonrieron un rato y después se volvieron a abrazar.
-¿Y usted, que tal? --Bien, bien.
-¿La tía?
-Y, bien.....
Le puso una mano sobre un hombro y lo miró largamente. Oreste sonrió despacio. Estaba
acostumbrado a aquel estilo.
-¿A qué hora sale el tren? -A las ocho y media.
-Son las siete y cuarto. Vamos a tomar algo.
-No... mejor nos quedamos aquí. ¿Adónde vamos a ir? Entre que arriman el tren,y
enganchan la locomotora se va el tiempo.
Sí, pero nosotros no tenemos nada que ver en todo eso. Vamos.
-¿Y a dónde? No hagas cumplidos conmigo, hijo.
Estuvieron forcejeando un rato hasta que por fin lo convenció y se metieron en el
bar de la estación. Consiguieron un lugar desde el cual, a través de una perspectiva
complicada, veían un pedazo del andén número 4.
Oreste pidió hesperidina y el tío, a fuerza de insistir, un Cinzano con bíter.
-¿Cómo se largó hasta aquí?
-¡Eh!... hacia tiempo que lo tenía pensado.
El tío miró el reloj del bar y puso cara de espanto.
-Está parado --dijo Oreste sujetándolo por un brazo.
No parecía convencido. Sacó y examinó el viejo Tissot con agujas orientales.
-¿Que te decía?... ¡Ah, si! Vine a ver a mi primo, Vicente. Hacía seis años que
no lo veía. Somos del mismo pueblo, Baigorrita. Le estaba prometiendo siempre. Que
hoy, que mañana. Sorbió un traguito de Cinzano.
-Está viejo. Casi no lo conozco.
Permaneció un rato en silencio con el mismo gesto abstraído que tenía cuando esperaba
en el hall.
-¿Qué tal? ¿Como va eso?--volvió a preguntar con desgano.
-Bien, bien.
-¿Se progresa?
-Se progresa.
Se miraron con afecto, sonrieron y callaron.
El tío había sido siempre así. El tío y todos ellos.
-Traje una punta de encargues. La tía me pidió unas latas de "Sal de Hunt". Hace
mas de un año que anda detrás de eso. Fui a buscarlas a Junín hace dos meses. No...
en noviembre. Hace cuatro meses.
-¿Para qué sirve?
-Para el estómago. Es una gran cosa. La gente toma ahora toda clase de porquerías,
pero ésto es realmente bueno.
Silbó una locomotora y el tío se alarmó.
-Falta todavía.
Volvió a mirar el reloj y sorbió otro poco de Cinzano.
-Bueno, fui a la Franco-Inglesa y conseguí todo lo que quise. Le mostré el tarrito
al tipo y me dijo: "Cuantos quiere?". Apenas lo miró. ¿Te das cuenta?
Dentro de un rato iba a desaparecer en la ventanilla de un vagón de segunda y no
lo vería hasta dentro de cuatro o cinco años. Había otros cinco antes de ahora.
Su viejo desapareció así un día y no lo vió más.
-¿Qué tal todo aquello? --preguntó Oreste después de un rato.
Todo aquello. Era un roce lastimero, un crepitar de años envejecidos, una pregunta
hecha a si mismo, a un negro hoyo de sombras.
-Igual.
-¿Los muchachos?
-Siempre igual.
Callaron otra vez.
El tío hizo girar la copa y sorbió el último trago.
-¿Qué hora es?
-Las ocho menos cuarto.
El tío saco el reloj y lo observó inquieto.
-Casi menos diez. ¿Vamos?
Oreste dudó un rato.
Vamos.
Estaban enganchando la locomotora. El tío recogió los paquetes y la valijas y comenzó
a caminar apresuradamente hacia el andén número 4. Parecía haberlo olvidado.
Oreste trató de tomarle la valija y el tío lo miró con extrañeza.
-Está bien, muchacho. No te molestés.
-Déle saludos a la tía. A todos.
-Gracias, querido. Gracias.
Corrieron a lo largo del tren tropezando con los tipos de segunda que corrían a
su vez como si la estación se les fuera a caer encima y metían por las ventanillas
los chicos o las valijas para conseguir asiento. El tío trepó a uno de los vagones
cerca de la locomotora y al rato sacó la cabeza por una ventanilla.
-¿Cuándo vas a ir por allá? -preguntó mirando mas bien a la gente que se apiñaba
sobre el andén.
-Apenas pueda.
-Tenés que ir, eso es. ¿Cuándo dijiste?
-Cuando pueda.
El tío se apartó un momento para acomodar la valija. Después se sentó en la punta
del banco y permaneció en silencio.
Se miraron una vez y el tío sonrió y dijo:
-¡Oreste!...
Él sonrió también, desde muy lejos, al borde del andén.
Sonó la campana y el tío asomó apresuradamente medio cuerpo por la ventanilla.
-¡Chau, querido, chau! -dijo y lo besó en la mejilla como pudo.
Trató de besarlo a su vez pero ya se había sentado.
El tren se sacudió de punta a punta. El tío agitó una mano y sonrió seguro.
Oreste corrió un trecho a la par del tren. Corría y miraba al tío que sonreía satisfecho,
como aquellos hombres de la infancia.
Luego el tren se embaló y Oreste levantó una mano que no encontró respuesta.
[Del libro "Con otra gente", ©Centro Editor de América Latina, 1972]
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