Mascaró, el cazador americano (fragmento)



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"Sin temor a errores"

Informes secretos y argumentos para prohibir y asesinar de la dirección de inteligencia bonaerense muestran cómo y por qué se censuraba a escritores y dramaturgos. Haroldo Conti, Eduardo Galeano, Roberto "Tito" Cossa y Tato Pavlovsky son algunos de los escritores que estuvieron bajo la lupa de la censura de la Policía Bonaerense en el ’76.

Informe sobre "Mascaró, el cazador americano", que da cuenta de como los organismos de inteligencia del Estado lo vigilaban, incluso con anterioridad al golpe de Estado. Fuente del documento: Comisión Provincial por la Memoria, que tiene bajo su custodia el archivo de la Dirección de Inteligencia de la Policía Bonaerense (DIPBA)

En el legajo 2516, elaborado por la Asesoría Literaria de la Dipba en 1975, se "analiza" Mascaró, el cazador americano, de Haroldo Conti. Según el informe, la novela "propicia la difusión de ideologías, doctrinas o sistemas políticos, económicos o sociales marxistas tendientes a derogar los principios sustentados en nuestra Constitución Nacional". Las actitudes del escritor –que se desprenden de la trama de la novela– son calificadas como apologéticas, respecto de los revolucionarios y guerrilleros, y como críticas o negativas, respecto de la represión, de la tortura indiscriminada y de la Iglesia Católica. Además de citar ejemplos textuales, el informante llega a una temeraria conclusión sobre los contenidos de Mascaró... Afirma que el libro "presenta un elevado nivel técnico y literario" y añade que Conti "luce una imaginación compleja y sumamente simbólica". (...) "La novela consiste en las aventuras de un grupo de ‘locos’ que adquieren un circo (llamado Del Arca) y viajan por distintos pueblos (todos en estado de miseria y despoblación, donde aparece el ‘edificio’ de la Iglesia, pero nunca ningún sacerdote), y van ‘despertando’ en los pueblos que visitan el espíritu de una ‘nueva vida’ o bien podría interpretarse ‘una vida revolucionaria’ –precisa el asesor literario–. La novela es muy simbólica, contada además en un tono épico, no definida en sus términos, pero con significados que dan lugar a pensar." Y aunque hacia el final de las conclusiones reitera que "no existe una definición terminológica hacia el marxismo", el asesor dictamina que "la simbología utilizada y la concepción de la novela demuestran su ideología marxista sin temor a errores".

Con Marta, a todos los compañeros

EMECÉ EDITORES
Diseño de tapa: Eduardo Ruiz
© Emecé Editores, S.A.,1993
I.S.B.N.: 950–04–1343–4

PRÓLOGO

Mascaró se me apareció hace cosa de tres años. Yo estaba vacío y triste, después de haber publicado En vida, y como ocurre siempre, pero en este caso muy especialmente, pensé entonces que no volvería a escribir una sola línea en todo el resto de mi vida. No me sorprende ahora haberme equivocado, a tal punto que en esos tres años escribí dos libros, aparte de otras cosas, porque eso me ocurre generalmente. Salvo los premios, no acierto por lo común en nada.
Bueno, yo estaba vacío y triste cuando un buen día escuché de un auténtico vagabundo la in-creíble historia del Príncipe Patagón. Me gusta escuchar a la gente. Creo que eso me salvó. Pegué un salto en el aire. Ahí tenía mi próxima novela. Tan clara la tenía que me abalancé sobre un papel y escribí de un saque el plan. Fue la primera vez que tuve el plan del principio al fin. Sirve tanto como un plan económico o el pronóstico del tiempo. Fue tan sólo un punto de partida, una especie de compromiso. Mascaró tenía que madurar dentro de mí. Eso me llevó su tiempo. Nunca me apresuro en esos casos. Sucede que llega un momento que la historia empuja tanto dentro de uno que sale afuera por sí sola. Así fue. Mascaró me hacía señas desde un costado de mi vida llamándome a su loco camino.
Pues bien, tanto empujó, que otro buen día, para cortar amarras, salté de golpe al camino, me marché inclusive de mi casa, abandoné todo y ahí empezó mi vida con Mascaró, es decir, empezó la novela que para mí es siempre un auténtico modus vivendi. Resumirla en un par de líneas no tiene sentido. Podría intentar una especie de comentario conceptual que, en definitiva, puede aplicarse tanto a Mascaró como a la Imitación de Cristo o a un libro de Napoleón Primero. Eso le corresponde, en todo caso, a los críticos. Contar la historia sin encarnadura sería falsificarla. Y contar la historia tal cual aconteció sería narrar la novela de nuevo. Porque aquel plancito creció y creció como un árbol y así entraron en esa historia desde mis más sencillos amigos, como Tony Beck o el capitán Alfonso Domínguez, alias "Cojones", hasta esta tierra de lucha y esperanza que se llama América.
Mascaró daba para todo. Creció y creció como un tremendo canto, y yo era a medias el cantor porque se juntaron tantas y tantas voces, que Mascaró realmente no me pertenece.
Ahora, a diferencia de esas otras veces, no he quedado triste y vacío, porque Mascaró sigue vivo y me demanda nuevos caminos. Siento, eso sí, la breve tristeza de despedirme de él para que comience a compartir su camino con otras gentes. Aquí estamos, pues, a un costado de ese camino diciendo los adioses y estrechando su firme mano. Pero yo sé que volverá. Yo sé que volverá. Yo sé que volverás, compadre. Por eso te digo hasta siempre. No te olvides de mí ni de mi compañera, los que tanto te amamos. Volvé pronto para que podamos seguir viviendo y amando, oscuro jinete, dulce cazador de hombres. Mascaró, alias Joselito Bembé, alias la Vida.
 

HAROLDO CONTI

"Cuando yo sea hombre
entonces seré un cazador."
INDIOS KWAKIUTL

El circo

Cafuné sopla y sopla la flautilla de hueso. Es un chorrito de aire, un raspón de metal, un alma finita de viento que se enrosca en el aire. El día aquí es esta música que anda por todas partes, gota, bolita, tiempo desnudo, sin recortes. Cada tanto agita un sonajero de uñas para acompañar la música o espantarse las moscas.
Oreste ha pasado la noche en vela, sentado a una mesa. Los músicos estuvieron soplando y rascando hasta que cayeron dormidos, menos el arpero ciego, que no vio venir la noche y siguió tocando, y recién paró cuando se le agarrotaron los dedos. Mitad de la madrugada. Paró y los envolvió el silencio. El arpa ha quedado en medio del salón. Es un arpa bonita, con el clavijero labrado como un altar y el mástil que remata en un ángel que se sostiene en la punta de un pie como si fuera a saltar al piso. El ángel es pequeño pero preciso. Piel de humano, ojos de vidrio, alas de pichón. Está en el aire, livianito. El arpero es hombre a medias sin el arpa. Él entero es el arpa y el ángel y el ciego que cuan-do foca se sacude con gracia, ve cosas de adentro sin la molestia de la carne, raspa de un lado y de otro en lo seguro, comanda. Vida sin peso.
La cuadrilla tiene fama de letrero. Se transporta. Hoy aquí, mañana allí. La leve vida del cami-no. Se anuncia por cartel como La Trova de Arenales. Arenales es este pueblo. Hay un violín, un acordeón, un redoblante, una flauta dulce, una guitarra y el arpa. El guitarrero es un negro de motas blancas. Toca de sentado, con las piernas cruzadas. El violinista es un viejo legañoso, Madariaga, con un sombrero aludo, grasiento, los ojos mellados, un saco blanco, un pañuelo negro, pantalones a rayas, alpargatas. Apoya el violín en el pecho y mira para adelante. Todo tiempo. El violín está hecho con madera de embalar y suena a cascajos. La trova hace música de ruido con asunto sencillo. Polca, marote, zamba, chotis, valseado, pachanga, cositas de retozo como Corazón de canela o Adiós Mariquita linda. El arpero canta la letra cuando cuadra, a veces el negro, que tiene una voz áspera, sumida.

Comenzaron a tocar a la caída del sol, que es cuando se anima el pueblo, cría bultos, echan a andar las sombras y un penacho de arena se descuelga desde el médano más alto, Cafuné lo toma por conjuro y deja de tocar en ese momento.
Oreste fue en la tarde hasta Aguas Dulces, costeando, para ver si había noticias de ese barco. No llegó hasta ahí ni era su propósito. Llegó chorreando sudores hasta el barco hundido que, de lejos, parece una ciudad. El barco no se ve desde Arenales. Sólo a medio camino aparece el bulto que entra en el mar como una prolongación de la Punta del Diablo. La arena que levanta el viento lo vela y aun lo borra y hasta lo remonta por el aire. Después se despega de la Punta, vira, se hincha y, por fin, se convierte en una ciudad que crece a cada paso. Oreste cambia de ánimo según cambia el barco. Mar-cha por tiempos y caminos distintos según sea un roquedal, una nube, un tren, una muralla almenada, una ciudad. Más cerca es un barco, y se alegra, porque piensa que es el Mañana, ese gran barco que navega en su cabeza. Camina envuelto en arena, salpicado de espuma, sacudido por el viento, encogido en la cavidad de su cuerpo. La línea movediza de las olas lo despista, lo adormece. Se agacha y recoge un caracol blanqueado por el sol y lo arroja al mar con un grito. El grito no sale de su boca sino algo más adelante y se aplasta contra el viento. Y ahora el barco es un barco encallado, un cascarón de barco, nombre y tristeza Aldebarán.

Anduvo por el interior del casco, removiendo restos, despegando lapas, simulando navegaciones. Un chorro de mar entraba por un boquete en la banda de estribor. Recogió un grillete musgoso y lo echó en el bolsillo. Subió a cubierta y fue y vino unas cuantas veces de una punta a otra por el puro gusto de escuchar sus pasos. Oreste se detiene de golpe y hay un breve retumbo a sus espaldas, un rumor de chapas, un roce de escamas, el viento. Sube al puente. El sol roza las puntas de los médanos, la playa es una neblina amarilla que recorren luces y fosforescencias, las gaviotas están paradas sobre sus sombras que se alargan en la arena, y se quiebran en la primera ola. No se ve Arenales. Se ve la punta del médano. El barco se agita, zarpa. El Aldebarán navega sobre festones de espuma, entre engañosas neblinas.
Volvió al final de la tarde. El sudor y el agua se le secaron con el viento y le ardía la piel. Los médanos se habían puesto negros y alcanzó a ver el penacho de arena. Algo después Cafuné pasó como un tejo sobre su alada bicicleta con esos parches de colores en las ruedas y una cinta de bayeta en cada punta del manubrio. Levantó una mano, pero Cafuné no responde ni mira. Pura figura. Una vincha de goma le sujeta el pelo, gris, cerdoso, que flota por detrás de su cabeza. Cafuné pájaro. Es de poca carne, agudo, huesos. Cuando no toca la flauta corre de un lado a otro con su bicicleta. Lleva y trae mensajes. Más a menudo los inventa. Lo ha visto, hay seguridad, por un costado del ojo. Ojo de mosca. Se aleja con un chasquido de gomas perseguido por una bandada de gaviotas.
Madejas de sombras resbalan sobre el horizonte. El viento remueve la arena, aventa espumas, una cerrazón salada le humedece suavemente la piel, se licúa entre los pelos de la barba, que disparan brillos, lo empapa, gotea desde sus sienes, le vela los ojos. Oreste camina por el aire, se transporta en el viento. El mar es sólido, sobresale de la tierra. Cambia de colores, según el cielo. Rosa, lila, violeta, azul de finales. El cielo termina, pero el mar guarda, como un resumen en vidrio profundo, palideces. Las gaviotas levantan vuelo delante de sus pasos, siempre de la misma distancia, planean sobre su cabeza, gritan sobre su sombra.
Los ranchos del pueblo se abultan hacia el poniente. Tienen un lado blanco, preciso, y un lado oscuro que se alarga en punta hacia el mar. El faro sobresale por detrás de los ranchos, todavía en el sol, por lo que parece más apartado y más alto. A medida que Oreste se acerca al faro se corre hacia la izquierda, siempre sobre los techos, y después entra en el mar.
El faro es anterior al pueblo. Lo levantaron unos italianos que vinieron desde Palmares, sobre el Cabo de Santa Mana, ese peñón solitario ahora completamente oscuro, que se hace a la mar a medida que Oreste se aproxima al pueblo. Figura en cartas y cuarterones como un asterisco.
La historia de Arenales es sucinta. Cabe en una canción. Primero llegaron unos hombres y empezaron otro faro, un poco más adelante. En la mitad saltearon alguna piedra y el faro les cayó en-cima. Al pie del nuevo faro, el verídico, hay una huerta, un cementerio con siete tumbas, un ángel de cemento, que llora, y un promontorio renegrido. En la canción son siete hermanos que llegan de Palmares. Levantan el faro y lo tumba una maldición. El ángel del baptisterio de la catedral de Palmares desaparece en un vuelo con rumbo al sur. La maldición le pertenece a don Diego de Almaraz, que fundó Arenales, de pedo. Almaraz, que iba en una carraca hacia Ocolora fundando de paso ciudades y aun naciones, extravía el rumbo al confundir un presagio y embiste la costa. Por si fuese un designio, funda Arenales. La maldición se presume, porque a partir de ahí no se sabe nada más de Almaraz como persona. Se trueca en peñón, pervive en las tinieblas, vaga quejoso por la playa, alma dolida, deuda sagrada, materia de espanto. Llegan otros hombres, otros siete, según el canto, en busca del ángel. Un obispo con ornamentos morados asperja el peñón, conjura el alma penosa que se sumerge en el mar o se dispersa hacia los cielos según los cantores. En el primer caso es el peñasco que asoma con la bajante a media milla de la costa. En el segundo es el penacho de arena que levanta el viento al atardecer. En regla el peñón, por si acaso bautizado como criatura humana Cabo de Santa María, levantan el faro tal cual se ve.
El arpero ciego canta esta canción, a pedido, con la variante del peñasco. Chamarrita de Almaraz. Es una chamarrita libre, con tristezas.
El faro le otorga a Arenales apariencia de pueblo. Arenales no es más que eso. El faro, el muelle, la barraca del Lucho y algunos ranchos de paja. Todo eso bailotea ahora en los ojos de Oreste.
La torre del faro emerge blanca y lisa, en otro aire. Lo demás, por debajo, son borrosidades. La torre es de piedra recubierta con mortero. Más cerca se aprecia la carcoma del tiempo. La argamasa descascarada, las ventanas con restos de marcos y batientes, la puerta roída en los bordes, recompuesta con tablas que arroja el mar. Sin embargo, el faro funciona como el día que lo echaron a andar. A esta hora se anima y recobra esa apariencia leve, sin peso ni materia. Cuando apenas queda un brillo en el aire, sobre los médanos, el Bimbo echa el contrapeso por el boquete y la lente comienza a girar. Para entonces la torre se ha ennegrecido y un rato después desaparece. La luz proviene de un farol a mantilla que pierde aire. Cuando la noche se espesa, la cristalera luce como una jaula de vidrio con un pájaro de brasas. A medida que gira la lente, se brota de brillos y resplandores que resbalan en círculo. Esta lente de Fresnel es la mayor riqueza de Arenales. No tiene una melladura. El Bimbo la sopla, la acaricia en las monturas de cobre, jamás toca el cristal. El Bimbo flota entre escamas y velos, láminas de luz que se comban y entrecruzan. Oreste ha subido con el Bimbo y ha puesto el oído junto al engranaje y ha oído el roce arenoso de los dientes de bronce. Aquellas luces movedizas lo envuelven, lo traspasan, lo entumecen. El mar bulle en las sombras, más cerca, más lejos. Se pierden las referencias.

Hay una luz en la barraca del Lucho. El resto del pueblo está a oscuras y seguramente el Bimbo va camino del faro. La barraca chorrea sombras por las pendientes del techo. El Lucho acostumbra colgar un farol de viento en la puerta. Ésa es la luz que ve. Un rato después siente la guitarra del negro. Puntea. Después se siente nada más que la voz. La voz y el parche y muy poco la flauta. Es un aire monótono, lamentoso sonido humano o en todo caso lengua que no se entiende. A ratos un sonajero de pezuñas raspa el aire. Más cerca suena claro el pegapega de un birimbao. No lo ha visto nunca en presencia ni sabe qué es. Sólo escucha esa medrosa vibración que golpea y rebota.
Cafuné ha vuelto pedaleando entre la espuma. Oreste alcanza a ver la sombra zunzumbante que se aleja, pero sobre todo la nubecita de gaviotas que levanta por delante. Oreste se detiene un momento en la loma al pie del Cristo de cemento chorreado por las gaviotas, con un ramito de flores de papel sujeto con una piedra. Está para muerto el Cristo, en ese trance, los ojos vacíos, la boca vacía como una máscara con aritos en las orejas. Desde allí ve el interior de la barraca ahuecado por la luz de los faroles de querosene, alguna sombra movediza, el grupito de músicos. El canto se para de golpe. Hay un silencio, breve, y el arpa arranca con un marote, de apuro.
La luz del faro alumbra en ese momento. Bimbo ha echado el contrapeso. Todo sucede en acuerdo, según parece. Un grupo de pescadores con los pantalones arremangados camina en dirección a la bahía, entre el muelle y el cabo. Cafuné marcha a la cabeza con la melena revuelta. Transportan un trasmallo de cordel de lino enrollado sobre los hombros, y el último hombre; un farol encendido que empuja sus sombras sobre la arena húmeda. Lucumón salta de un lado a otro, corre una gaviota, se zampa en el agua. Sus ladridos van y vienen.
Oreste siente el peso de su cuerpo. Chorritos de arena se deslizan sobre su piel, la barba le pica y hasta chisporrotea. Su mano derecha juega en el bolsillo con el grillete del Aldebarán. El viento lo envuelve, lo afína, lo golpea contra el Cristo de la larga muerte. La luz del faro lo baña de golpe. Ha empezado a girar. Una sombra se descuelga de los párpados y el Cristo mira hacia abajo.
Los músicos estaban de ajuste. Tocaban salteado, buscando el rumbo mientras la noche y el viento atraían a la gente, alivianaban las cosas. Oreste saludó de travesía. El Lucho conferenciaba con el Prefecto, hombre cejudo, ecuestre. Salió a la trasera, repasando el estrecho pasillo con los cuartos a los lados y la cocina al fondo y la voz de la Pila que andaba entre las maderas, recogió una camisa que había puesto a secar, fue a la letrina, arrolló y metió la camisa en la bolsa marinera, mordió un pedazo de queso, volvió al patio y cortó un trozo de cordel de un palangre viejo, se colgó del cuello el grillete y regresó al salón. Lucho había preparado comida de olla. Postas de corvina, almejas, camarones, al-gunas lonjas de tocino, rodajas de papas, cebolla, ají, laurel, unos puños de mostacholes, una cuchara de conserva y un golpe de vino. "Cazuela de raspa." Media horma de pan casero y un jarro de vino para acompañamiento.
Oreste come con avidez en un rincón del salón junto a la ventana por la que se ve el muelle y la punta del cabo y la hilera de cobertizos donde guardan el pescado en el salazón. Ahora no se ve más que la baliza en la punta del muelle, un farol rojo colgado de una percha. El vapor del compuesto le sube a la cara cada vez que hurga con la cuchara en el plato de latón. Corta el pan apoyándolo en el pecho y toma el jarro con toda la mano. Hombre silvestre. Cuando se mueve siente resbalar la arena sobre el cuerpo y piensa si no le estarán naciendo escamas. Hace meses que no come otra cosa que pescado. Por excepción, carne de cordero catinguda, charque con porotos pallares o soja. Hace un buen tiempo, porque la palabra meses ha perdido el sentido para él. No recuerda casi nada de la otra vida, la de Oreste Antonelli. Lo más claro que tiene en la cabeza es la tarde que un camión de hacienda lo dejó en el empalme de Baldecitos y echó a andar por un camino de arena. Ahí se nació.
El humo flota contra el techo del salón, se hace visible alrededor de los faroles, le escuece la garganta. El Lucho huele a humo de laurel porque zahuma el bonito con hojas de laurel verde. Los músicos se han sentado a comer en la mesa mayor con el Lucho y la Pila, que habla a los gritos. Sólo Miranda queda apartado, sigue tocando el violín. Mira derecho adonde está Oreste pero no ve nada, hace música en lo oscuro, Miranda, pobrecito, viejo de edades. ¿O ve?
La Pila revolotea el cucharón de madera, le señala a Oreste la olla de barro que humea en el centro de la mesa. Él rehusa cortésmente. Hembra resbalosa. Para intimidades. Abunda en carnes, tiene la piel del rostro curtida, tirante, huele a jabón de batea y al principio luce como mujer de misa y cocina. Ése es el condimento. El mal empieza por los ojos, llenos de recodos y profundidades. Oreste sueña salteado con la Pila. De día la echa a un lado, la consiente a veces, pero no bien siente el peso de la noche y echa un trago empieza a moverse con ella. Es vientre, entrepierna, hoyos y redondeces de la Pila, combina el ademán del puño con el tirón que produce en el pezón de la izquierda o el giro de la cintura con la torsión de la hendija, esos mareos de la carne, se agacha, se empina, se cierra de brazos y se abre de piernas con la Pila.
De tanto en tanto, sin desviar la mirada, el Prefecto mete la mano con discreción debajo de la mesa. Está a la derecha de la Pila, que lo frota o lo codea sin malicia, por puro esparcimiento. El Lucho habla con el arpero ciego sobre las virtudes de la tintura de ajo. A Oreste le sorprende semejante erudición sobre cosa tan pequeña, de pequeñez real, no en figura. Así se entera de que la tintura de ajo hace desaparecer las angustias y las palpitaciones del corazón, cura las várices y hemorroides, corrige el estreñimiento y el catarro intestinal, alivia molestias y dolores en las articulaciones y músculos, es decir, el reuma, la gota y la ciática, aplaca el insomnio, auxilia a la mujer en su estado crítico, ataca las lombrices, la gordura en general e indisposiciones de hidropesía, cura los padecimientos de los riñones y de la vejiga, eczemas y herpes, conjura la diabetes y sofoca el asma o soplo de letrado.
Miranda toca.
El arpero informa sobre la preparación de la tintura. El guitarrero negro bebe en silencio y mira con ojos cargados a la Pila, que hincha los pechos. Una mano entra por la ventana. Cafuné. Oreste coloca el jarro de vino en la mano. El Lucho promueve discusión sobre la cantidad de ajos. La mano del Prefecto desaparece y al rato la Pila pone los ojos en blanco. La mano de Cafuné vuelve a entrar, Oreste recoge el jarro.
Miranda toca.
Los ladridos de Lucumón ruedan por el aire nocturno en una línea más o menos cierta que re-monta el borde de la primera rompiente. Una luz cabecea en lo hondo, cobrando altura con un giro muy lento. Es el bote del Paspado que arrastra una punta de la relinga.
El haz del faro perfora la oscuridad. En un pestañeo se alcanza a ver a los hombres sumergidos en una niebla blancuzca, el bote que navega en el aire, la curva tensa de la relinga, la silueta de Lucumón que salta sobre la espuma. Un instante. El chorro gira, se aplana, se ensancha, superpone disloca-dos paisajes que extrae de lo negro, remonta sobre la barraca como un gran pájaro, desaparece, volátil, dejando en su lugar una claridad espectral que se asienta como el polvo.
Dura el calor aunque el aire ha comenzado a enfriarse por el lado de la ventana. No irá mucho más lejos. En eso el Lucho saluda por encima de la cabeza del ciego. El acordeón y el redoblante se vuelven en sus asientos, la conversa se falsea. Cara con Callos está de pie en lo oscuro de la puerta. Hombre crudo, es el dueño de la única barca en Arenales, la Malaque, una balandra con un foque y una mayor cangreja y mesas de guarnición como extravagancia. El Cara con Callos es tuerto de nubes y tiene la cara brotada de granos. Lleva un capote de hule. No da gusto ni remueve alharaca, pero tampoco se le conoce maldad. La Malaque hace alguna carga, sale en invierno a la zafra del tiburón, a veces sencillamente desaparece.
El Cara se sienta cerca de Oreste, junto a la otra ventana. El Lucho trae una jarra de vino. El Cara se zampa el primer vaso de un trago y enciende un charuto.
Los músicos han hecho grupo, luego de apartar la mesa, bajo la lámpara de mantilla. Tocan al tanteo, haciendo conversación. Llega más gente, el Noy, Pepe, la Tere, todos de víspera, y el acordeón se suelta con una polca. Miranda para las orejas y endereza el violín detrás de la polca. Oreste aparta el plato, desparrama el cuerpo. La Pila trae otro jarro. La Pila adivina el pensamiento. Se inclina sobre Oreste al descuido, lo justo. Súcubo. Oreste le mete dos dedos en horqueta por el escote y siente la resbalosa tibieza, el temblor de los pechos. La Pila le ríe en la oreja, se aleja con un meneo que Oreste concierta con el frote de las piernas y el vaivén del ombligo. Entra la Trini. Entra Machuco con un bombardino. No toca con argumento, hace ruido. La Trini trepa a una mesa y canta un son montuno, raspando la voz por el estilo de Miguelito Cuní. El Noy golpea la mesa, todo revuelto. El Pepe, a falta de maracas, sacude un sonajero. El Lucho habla a los gritos sobre el ajo y el desenvolvimiento general de la máquina humana. El salón retumba, humea, da bandazos como un barco.
Cara con Callos bebe en silencio.
El farol alumbra el borde de espumas, en la orilla, un racimo de piernas de las que brotan unas varas de sombra que se acometen y se entrecruzan. Los pescadores halan la red. Lucumón ladra sin pausa, se arrebata. Ha entrevisto el hervidero de peces que arrastra la bolsa. Rebrillos, golpeteos entre puñados de arena y chorros de agua. Congrio, lisa, pez sable, corvina, lacha, caracol, lenguado, algún pez aguja, atolondrados cangrejos que embisten la arena y reculan, articulados, costritas movedizas, con alguna pata de menos. El congrio se aparta para cebar los palangres. Lo demás se reparte para alimento. Cafuné recoge en una lata los camarones. Es la sombra más fina. Chorrea agua, huele a salazón. Cafuné pez.
La guitarra y el arpa promueven un "rasguido doble". Finezas. El guitarrero negro toca y bebe. Es hombre espeso. Después la comparsa acomete pasodobles, baión, chotis, milonga, cifra, valseado, zamba, estilo. La Trini canta un bolero quejumbroso entre sudores y nostalgias. Tiene piel de higo, ojos de calentura.
El faro repasa las sombras. El bote del Paspado está varado en la costa. Los hombres se han ido.
Se apartan las mesas, comienza la bailanta. Madrugada. Oreste levanta la copa y brinda. Se nace. Mañana un barco lo llevará lejos de allí, no sabe dónde, pero no hay peso ni tristeza, porque no hay historia ni pasado, sólo la noche, esa plenitud del tiempo donde el hombre recobra su centro. ¡Por los solos! Se pone de pie liviano como un corcho, salta un banco, rebota contra un puntal, abraza a la Trini, que lo mira a los ojos y recuesta la cabeza sobre su hombro. La comparsa se raja con una cum-bia. Bailan los sones, ras–ras de cuerdas loco furioso. El Pepe brinda por sucesos y personas, cronoló-gico. Machuco sopla el bombardino por cada brindis. Entra el Paspado. Se reparten saludos, como nuevos. La Pila baila una pachanga con una copa en la cabeza. Oreste baila solo una mazurca. Los pies saltan sin gobierno, inspirados. Un dedo le escapa de un zapato. Miranda se anima. Recuerdos. Oreste se aliviana, sobrevuela, desparrama trapos y arena. Un círculo de caras resbala por las paredes del cuarto. En las pausas, el arpero ciego toca cositas de sosiego. Tocó una vez la Chamarrita de Almaraz. El Lucho sirve una sartenada de ovas fritas, con lo que crece el tumulto.
Cara con Callos bebe en silencio.
Sin malicia concebida, Oreste se rempuja a la Trini contra un médano, al natural. No hay discursos. El faro rueda, el mar burbujea. Lucumón asoma el hocico y olfatea a la Trini. Vuelven a la barraca chorreando arena y sigue el bailongo.
La música aflojó de a poco, sin advertencias. Primero dejó de soplar el flautista. Tenía la boca entumecida y los carrillos flojos. En los finales sólo soltaba agudos. La Pila salió a ventilarse. Detrás salió el Prefecto. Mejor dicho, salió por delante pero cualquiera podía calcular la convergencia. Se fue el Cara. El acordeón volteó la cabeza en mitad de una polca y el fuelle se cerró solo. Miranda le hizo acompañamiento hasta que expiró. El redoblante se golpeó una mano, gritó "¡uta!", el palillo cayó al suelo y cuando fue a recogerlo se quedó dormido. El Pepe brindó por los presentes yacentes y por la reputa madre que los parió. Machuco hizo tronar el bombardino. El Lucho levantó la cabeza del mos-trador, aturdido, bebió el resto de vino que quedaba en el vaso y se durmió de nuevo. El Pepe se mar-chó con la Tere y el Noy, que volteó una mesa, y Machuco, que salió sonando el bombardino.
Los soplidos se alejan en dirección al mar, tuercen hacia el faro. Oreste se tambalea de pie en el centro del salón. Vuelve trabajosamente hasta la mesa, remando en el aire, saludando a derecha e izquierda, a las sillas vacías, los hombres dormidos, las paredes.
El guitarrista negro muda el temple de la guitarra con dedos expertos. Un rebaño de mariposas revolotea alrededor del farol. El guitarrista negro abraza la guitarra, puntea largo, un esbozo, al fin empuja un son triste. Clausura. Miranda se levanta sin fatiga, soporta el violín bajo un brazo y sale. La guitarra se encrespa, se retrae, perviene con el son cambiado, ahora se parece al aire extravagante que Oreste escuchó antes de entrar. Es. El guitarrero canta bajito, letra y asunto que Oreste no entiende. Termina, reposa la guitarra sobre la mesa, bebe la última copa, apoya la cabeza en las manos y se duerme.
Ha quedado solo, vigía, el arpero ciego. El mar rumorea grueso. El arpero enciende un cigarrillo, bebe el humo despacio, remueve los dedos. La lámpara boquea. El arpero comienza a sonar esca-las y arpegios hamacando la música con el vaivén del mar. Oreste cabeceó y despertó. El arpero seguía tocando. Cabeceó y despertó otra vez. El arpero estaba cruzado de brazos. Dormido o despierto.
Oreste comenzaba a sudar. El día estaba cerca. Extrajo del bolsillo un papel arrugado y un tro-zo de lápiz. Alisó el papel con cuidado. Lo estuvo frotando un buen rato mientras miraba al aire. Por fin empuñó el lápiz y raspando el papel escribió este simple mensaje:
Querida Margarita:
Hoy he tenido noticias de ese gran barco. Mañana salgo para Palmares según todas las previsiones.
Cuida de Pomponina.
Oreste Cafuné comienza a soplar la flauta de hueso. El ángel se ilumina con un temblor anaranjado. Es de día.
El sol apenas había remontado unos metros y ya ardía la arena, cegaba la luz. Oreste ve la claridad que se inflama a través de los párpados cerrados. Su cabeza se ilumina por dentro como una lámpara.
Lirio Rocha cuelga de las varas las hojas de cazón. La Malaque ha desaparecido con la marea. Los botes se fueron. El mar está cresposo, removido. Lirio, a medida que se aleja recorriendo la vara, se afína y se parte contra la claridad del mar.
Oreste abre los ojos y constata.
Lirio va por la tercera vara. Las hojas se viran a un mismo tiempo cuando sopla un poco de viento, los granos de sal chisporrotean. Lirio Rocha es de la Punta del Diablo. Baja a Arenales para la zafra. Hombre correoso, marítimo, compadre de tiburón, fuma una pipa de barro que ahora humea entre las hojas de bacalao.
Cafuné toca ese aire. Sopla el día.
Los músicos se han ido. Queda el arpa, sola, en medio del salón. Por ahí se reconstruye la noche.
Oreste dobla el papel, lo repasa con el filo de la mano, sale al patio. El Lucho está raspando unas brótolas. Oreste jala un balde de agua de la cachimba y se lo echa sobre la cabeza. El agua cho-rrea sobre sus ojos. El Lucho se revira, los médanos se doblan, se sumergen. Levanta la cabeza y sien-te el resbalón del agua sobre la nuca, en la espalda. Un ave negra cruza el cielo en dirección a Aguas Dulces. "Pato viuda", dice el Lucho. "Buen tiempo. Si pasa de noche silbando: malas noticias."
Oreste vuelve al salón y bebe un jarro de café. El Lucho levanta unos postigones en el techo para que escape el calor. Es un ingenio de pastecas y drizas. Un ventarrón sacude el techo, el Lucho amarra las cuerdas a unas cabillas, el salón emprende una singladura. Se navega el día.
Cafuné ha dejado de soplar. Oreste lo nota algo después.
Trae y lleva un ruido en la oreja, de manera que no se repara en el momento. Aun es difícil de-cidir si suena o no. Y cuando suena si no es memoria. Las hojas de cazón blanquean frente a los cober-tizos, entre el mar y los cobertizos. El Cristo tiene una gaviota sobre la cabeza.
Oreste, con el papel en la mano, pregunta al Lucho dónde puede conseguir un sobre. El Lucho lo mira, vacío, sin recordar de momento qué es un sobre. Oreste agita el papel y enmarca el aire con dos dedos. El Lucho revuelve unas cajas. Los estantes. Un libro de tapas negras que se abren y cierran como postigos y en el cual lleva largas y torcidas cuentas con rayada escritura, recetas, devociones, conjuros y contramaleficios, la oración a San Son, nacimientos, casamientos y finales, tres ensalmos para tratar la culebrilla, las embrolladas y auténticas rogativas a Santa Lucía (ojos), San Juan (cabeza), Santa Rita (dolencias incurables), Santos Vicente y Roque (pestes y lepra), San Luis (nariz), la súplica a San Cono del Obispo de Melo y la vera fórmula de la tintura de ajo. Un paquete con recortes de dia-rios. Un morral de caballería. Una cesta de mimbre. Al fin enarbola un sobre.
Oreste pregunta si hay forma de despachar una carta. En apariencia se llega a Arenales pero no se vuelve, no se desanda. Recuerda vagamente meses de marcha. ¿O años? Recuerda una aldea de bisojos, una comarca de pantanos, los tremendos Campos de Talampaya, páramos, salinas, extravíos y, en otra vida, un trozo de camino, un camión rojo, el último hombre que lo saluda desde la cabina.
-El furgón del bacalao. De aquí en un mes. No hay seguridad...
Oreste alisa otro poco el papel y lo mete en el sobre.
Hay una hilera de gaviotas en cada brazo del Cristo. Lirio Rocha ha terminado de colgar las hojas. El resto del día fuma la pipa de barro, recostado contra la pared del cobertizo. Cambia de pared según se mueve el sol. Cuando comienza a caer, entra las hojas.
Oreste extrae el trozo de lápiz, moja la punta y escribe con letras redondas: Margarita.
El Lucho entrecierra los ojos y examina el sobre a la distancia del brazo.
-Falta la dirección. ¿O veo mal?
Oreste concuerda. Una vez al año el Lucho escribe al Almacén de Efectos Navales de Palma-res y recibe algunos meses después un catálogo y un almanaque, y al señor Adolfo Martí, físico y herbolario de Sacramento. El Lucho es hombre de instrucción, le preocupan los mundos.
Oreste escribe una dirección. El Lucho aloja el sobre en un estante, entre dos botellas. Es ocasión para beber un jarro de vino.
Golpean los jarros. Los postigones se agitan. La Pila grita por algún lado. El Lucho suspende el jarro. Ocurre cierta algarabía. Hay un quebranto del aire, raspados y chifles, voces que burbujean, entrechocan. Las gaviotas levantan vuelo de los brazos del Cristo. Lirio Rocha se raja humeante de las sombras del cobertizo. Suceso.
¡Ahí viene Cafuné! Baja una loma a los pedos arrastrando arena, dos ruedas locas de arena, Cafuné suspendido en el medio sobre una raya, agitando el sonajero, hundiendo y remontando las rodi-llas sin mirar a nadie, todo volante. Un tropel de chicos lo sigue a la carrera pateando arena, disparan-do caracoles.
-El Mañana -anuncia el Lucho.
Oreste abarca el mar con los ojos. Sólo brillos.
-No más de una hora. Tiene que montar el cabo.
El Machuco sale a la puerta del rancho medio dormido y comienza a disparar el bombardino. Cafuné pedalea en círculo frente a la barraca. La gente concurre. El Bimbo iza una bandera en la punta del muelle, el Prefecto se reviste, aparece la Malaque a todo paño por detrás del faro.
Oreste ha quedado de pie en la puerta de la barraca. Cuerpo sin peso. Éste era el día. Estaba así tramado. Cuando levantó el vaso no lo sabía, pero la Malaque ya estaba por doblar el cabo y Cafuné trepaba por el otro lado del médano, adelantaba el suceso, había avistado el Mañana a la altura de Punta Almagro, él ya estaba en lo nuevo.
Aparecen los botes un poco más abajo del horizonte. El brillo del agua los borra por momentos.
El señor Pelice, que viste siempre de negro, calza un panamá alerudo y grasiento y no se lo ve más que en ocasiones de solemnidad, se encamina hacia el muelle con una caja de bombas y un mortero. El señor Pelice es cohetero y polvorista, de la escuela de Rossignon, aunque para las bombas se ajusta a las cargas y proporciones de Browne. Su especialidad son las piezas pírricas y las glorias o soles fijos. Algo después lo sigue el Prefecto. Cafuné queda solo, rodando, rodando, Cafuné centauro. Los chicos corren detrás del señor Pelice. La gente proviene con el Prefecto que luce paños distintos, ropa de ornamento: gorra de hule con botón dorado, chaqueta con caponas y trencillas de hilo de oro, pantalón con vivos de color rojo y unas botas de caña corta recién engrasadas. La gorra tiene la visera quebrada; la chaqueta, con algunos botones saltados y un alfiler de gancho a la altura del cuello, varias manchas de grasa y una matadura de cigarrillo que la traspasa; los pantalones, un costurón en los fon-dos y un remiendo en las rodillas; las botas, ajadas como la maleta de un viajante, están partidas en la capellada. Sin embargo, el conjunto es de impresión.
Hay revuelo. Obsérvese. La punta del cabo se estira, se separa, un chorro de humo mayúsculo se eleva sobre el horizonte y tuerce bruscamente hacia Palmares: el Mañana.
El señor Pelice suelta una bomba de ocho pulgadas. El retumbo sacude la barraca. El Mañana responde con unas pitadas que se atoran con el viento. Los chorritos de vapor escapan como corderos por un costado de la chimenea, en la mitad.
La Malaque arría las velas y echa el ancla de apuro, una galápago herrumbrosa. Desde la ba-rraca se siente el repicar de la cadena que resbala por el escobén. Los botes vienen detrás, de competencia. Las palas brillan en el aire, se oscurecen, se hunden, todas a un mismo tiempo. Revueltos hoyos brotan consecuentes a popa. El timonel ordena, cuenta. Los hombres gritan acordes a cada pechazo. Los botes encallan con el último impulso. ¡Ehhh! Bombas y pitadas trastocan el aire.
La Trova de Arenales sobrevive a la carrera detrás de Machuco, que sopla y resopla el bombardino, discordante, mugidor. Cafuné salta, rebate el sonajero. Miranda viene apartado. Camina derecho a los pasitos, apuntando a los ruidos, raspando el violín.
El Mañana remonta la hinchazón de las olas, vomita humo como una fábrica, fuerza la máquina, navega pertinente hacia su forma exacta, adelantando esbozos.
Oreste sigue inmóvil en la puerta de la barraca. Nota el cuerpo liviano, los pies le bailan dentro de los zapatos, se siente ya ido, lo ahueca la nostalgia. Todavía es hombre de tristezas.
El Mañana vira con esfuerzo y enfila hacia el muelle. Más cerca se define. Es un vaporcito con una chimenea mugrosa, una carroza que sobresale como un ropero y se abate a cada bandazo hasta asomar por la borda, un palo piolo que sirve para mástil de carga, una toldilla somera y una proa abollada. Porta un botalón corto y un mascarón todavía indescifrable que lo sostiene con la cabeza. El ruido no guarda proporción con el tamaño de aquel patacho. Se siente un hueco tronar de fierros, el traqueteo del telégrafo y una voz de borrascas que sale de lo alto de la carroza. Un esperpento con los pantalones arremangados y el torso desnudo arroja desde la proa un cabo de bola. El Noy pisa el cabo con un grito de guerra. Varios hombres halan el calabrote, con voces acompasadas. El señor Pelice dispara otra bomba, el Mañana escupe una ronca y larga pitada, hay un tumulto de fierros, soplidos varios, la chimenea lanza un torrente de humo que sofoca a los presentes y el barco sacude el muelle con una recia estropada. Se aclama.
El capitán Alfonso Domínguez asoma medio cuerpo por una ventana y saluda con el puño. La trova arremete con una charanga, algo ecuestre. La flauta y el acordeón llevan la parte del discurso. El redoblante y un tambor de un solo parche que bate un muchacho con un garrotito exponen lo recio del asunto. El violín y la guitarra improvisan adornos, maneritas de relleno. El bombardino remacha los aires con estruendos ordenados siguiendo los volteos de la mano de Cafuné, que marca el compás con una vara. Falta el arpero ciego.
La gente se remueve, se aparta, el capitán Alfonso Domínguez sobreviene en el medio, transita redoblante, lo siguen de algarada en dirección a la barraca.
Oreste lo ve crecer en la cavidad de sus ojos. Avanza parloteando con grandes maneras. Habla de una milla a otra, a olas y peñascos. Más cerca se configura textual. Es hombre de bulto. Empieza por la cara, absolutamente presente, oscura y lustrosa como la de un cetáceo. Se infunde por allí, prima facie, todo Capitán. Tiene ojos de asombro, cargados, que miran en lo interior. Mueve las manos con ajuste, según expone, y si bien no son las manos de un canónigo, tampoco son de esas duras y mella-das como una herramienta. En conjunto, hay desenfado, garbo y cierta mesurada brutalidad. Lleva una gorra marinera con la orla que ondea por detrás de la nuca. Un gabán raído, un pantalón corto, botas de goma que pasean la arena. Debajo del gabán está en cueros. Ése es el hombre que lo llevará a Palmares o lo hundirá en medio del mar.
Oreste se aparta y el capitán Alfonso Domínguez penetra en la barraca con los brazos en alto rodeado por la turba de pendejos que se atasca en la puerta. Detrás vienen los otros, la Trova, Miranda. El Lucho saluda con arrebato. El Capitán abraza a la Pila. La barraca se colma.
El Capitán se sienta en medio del cuarto, cerca del arpa, frente a una mesita que limpia con la manga y se acomoda entre las piernas. El Lucho le sirve un vaso alto de ginebra con agua de pozo y un chorro de limón. Trozos de bonito ahumado, milanesas frías de brótola y mejillones en aceite.
El capitán Alfonso Domínguez informa sobre lugares, personas y sucesos. Trae una carta del Almacén de Efectos Navales. Todos observan con reverencia primero al sobre y después al Lucho, letrado. El Capitán cuenta algunas borrascas, una avería, da cuenta de ciertas luces o fuegos celestes que vio en la noche a la altura del Cabo Sacramento, se sirve otra copa y, a pedido, relata sus aventuras cuando corrido por una tormenta navegaba a la capa con el Vasco Pantoja ciento ochenta millas frente a los esteros de Castillo y en plena noche embistió uno de esos pescos surgentes o errátiles que no figuran en las cartas y fue así como prácticamente descubrió o por lo menos confirmó la isla de Las Cañas, que no es una, como se presume, sino varias que rodean una grande, un país. Del Pantoja no quedó más que la caldera. El resto de esa puta noche estuvo en el agua, y cuando con la luz del día salió a tierra, vino a dar con los indios tartanes, que son muy raros de topar porque nunca están de asiento. Estos indios pasan el día en guerras y las noches en fiestas y areitos, que es cuando beben gran cantidad del zumo de las tunas, dulce y de color de arrope. Primero lo maltrataron y luego lo nombra-ron físico, que fue cuando trabó amistad con el cacique Gambado.
Oreste bebe una jarra de vino en su rincón, junto a la ventana, y aunque de un lado oye el ancho resuello del mar que nunca declina, por el otro escucha al capitán Alfonso Domínguez que, acostumbrado a imponerse a los golpes y arrebatos de la vieja caldera Vickers, habla a los estampidos.
Dos hombres se aproximan desde el muelle. El primero, con la cara cubierta de tizne, es el maquinista Andrés Skavak, una notable osamenta con la sola piel encima. Viene en patas, desnudo y casi transparente de la cintura para arriba. El segundo es el cocinero Nuño. Camina detrás del Andrés con aire distraído, aunque poniendo cuidado en saltear sus pisadas.
El agua ha retrocedido una media cuadra. Sobre la faja oscura de la arena que queda al descubierto brillan las cascaras de almejas y caracoles. Oreste trae a veces los bolsillos repletos de capara-zones, pinzas de cangrejos, piedras pulidas y esas habas que llaman de buena suerte. El palo del Ma-ñana ha descendido casi a ras del muelle, que a su vez parece más largo y más alto, muestra la pasare-la inferior, los postes podridos e incrustados de mejillones.
Entran el Andrés y el Nuño. El Andrés se inclina para transponer la puerta. Saluda con un hue-so en alto y bebe una jarra de vino en el mostrador. El Nuño bebe una sangría con rodajas de limón y un chorro de miel. El Andrés señala un paquete de toscanos, una galleta de campo y una longaniza cantinera. El Nuño habla en un aparte con el arpero ciego. Tiene modales.
El capitán Alfonso Domínguez relata la espantosa creciente del 59, que fue anunciada cinco días antes por el vuelo y los gritos de gran cantidad de bandurrias y en la cual entró con el Pantoja hasta la Casa Municipal del puerto de la Pedrera y amarró a la torre de la iglesia de San Roque y cómo rescató al santo con un grampín que bendijo el párroco desde lo alto del campanario.
La mirada del Capitán se cruza con la de Oreste. Hay otro capitán parapetado en las sombras de aquellos ojos.
Oreste apura el jarro. En un par de horas levantará el agua y el Mañana zarpará de Arenales porque lleva carga de apuro. Un grupo de pescadores transporta fardos de bacalao, algunas bolsas de aleta de tiburón, seis barriles de bonito ahumado y una docena de cajas de camarón salado. Oreste calcula que al término del viaje olerán a conserva de pescado. El arpero ciego comienza a tocar un valseadito. El cocinero Nuño lo sigue con atención, acompasa con la cabeza las maneras y giros de la música, se transporta. Es alma volátil, de sustancia ut supra, en verso.
Oreste atraviesa el salón, y el ruido de voces y cuerdas se opaca detrás de las maderas. Reviene el ruido del mar, el graznido de las gaviotas, los rumores del cuero. Empuja una tabla y penetra en el socucho donde habitó todo este tiempo en millas y nudos. Hay una cama de madera con un colchón de crin, un cajón de embalar, a lo alto, con una lámpara de querosén encima, un trozo de espejo sujeto con dos tachuelas, algunos clavos para colgar la ropa y el bolso marinero. La ventana en la pared abre para arriba. Se sostiene con un palo y se tranca con un alambre. Oreste se siente a gusto en ese capara-zón de madera, sobre todo por la mañana cuando iza la ventana y ve el mismo paisaje de arena y por la noche cuando oye todo ese ruido a través de las maderas y él está echado en la cama y con sólo cerrar los ojos se transporta de un lado a otro de la casa.
La ventana está abierta. La arena se extiende hasta donde alcanza la vista. El viento remueve la superficie. Al rato el suelo entero se desliza, los médanos se borran de un lado. El mar penetra obli-cuamente a la derecha. Es un borde de espumas, brillos y vapores, que se hamaca en los ojos y por momentos se fija. Oreste cierra los ojos y lo ve apenas más pálido, como si lo traspasara de lado a lado y él apenas fuera una idea y después nada. Arena, mar y cielo se juntan a lo lejos, un poco antes del Aldebarán que Oreste adelanta con su memoria y casi lo ve. Si uno se suspende en la punta de los pies el mundo se alarga unos metros.
El barullo del salón ha ido creciendo sin estridencias, traspasa las maderas, se mete en todos los huecos y hendiduras, proviene del aire. El capitán Alfonso Domínguez habla en este momento de la vez que fueron con el padre Crespillo y el Prefecto comisionado de Las Coloradas hasta los tremen-dos pantanos de Abra Vieja en busca del carbunclo o pájaro brasa y cómo al cabo de toda clase de peligros, entre ellos la vieja Julia Lafranconi que les disparó con una escopeta recortada, la vieja que vive allí y decretaron mil veces por muerta y aun como invento, dieron con él sobre un helecho arborescente y lo cazaron vivo y sin daño por medio de un ensalmo que había compuesto el padre Crespillo con las medidas y proporciones exactas, como se demostró in fraganti, y le extrajeron allí mismo la piedra o espejo sin violencias corporales, pero de regreso volcó el bote y se perdió en el movido del agua y con el susto el padre Crespillo olvidó el ensalmo.
En otra punta una voz enlutada remonta vuelo y canta la dolida copla de La madreselva. El arpa envuelve el canto con removidas finezas, esalas y arpegios que entrecruzan las frases, temblorcito del aire.
Oreste recoge sus prendas y cuanta cosa hay desparramada por el cuarto. Además de la ropa que lleva puesta, no son muchas. Un cuchillo de monte, unas botas descoloridas, una pipa con la cazuela rajada que halló en la playa, un libro descuadernado con las aventuras de Los dos pilletes, una linterna, una brocha, una navaja, un reloj de bolsillo al que le falta la manecilla de los minutos, una pava de aluminio, una cantimplora, un costurero, un frasco de linimento, un gorro de piel, un mazo de barajas españolas, un cuaderno, una pluma de caburé dentro de una cajita de pastillas, algunos caracoles y una brújula seca. No posee otras cosas sobre esta tierra. Mete todo en el bolso, sin apuro, repa-sando el origen de cada cosa, pero los recuerdos se mezclan, se trastocan. Al fin tan sólo flotan en su cabeza imágenes sueltas, figuras. Ciñe el cuello del bolso con un tiento, lo sopesa y se lo carga al hombro.
Así, con el bolso al hombro, echa una última mirada al cuarto y permanece un rato de pie cerca de la puerta con aire forastero. Éste es Oreste Antonelli, o más bien Oreste a secas. Un vagabundo, casi un objeto. El pelo le ha crecido detrás de la nuca hasta los hombros. Tiene la cara chupada y oscura, los ojos deslumbrados, una barba escasa y revuelta. Hace meses que viste el mismo capote marine-ro con un capucho en el que suele echar cuanta cosa encuentra en el camino. Debajo no tiene más que la camisa. También los pantalones de brin, estrechos y descoloridos, son los mismos con los que se largó al camino. Los botines están resquebrajados y rotos, el agua le entra por las suelas, pero les ha tomado cariño porque ellos lo transportan a todas partes y hasta escogen el camino. Oreste se figura que anda dentro de ellos y cuando se los quita es precisamente cuando deja de ser el Oreste a secas. Hace tiempo que ha desechado las medias y los calzoncillos, que son prendas de sociedad. El grillete del Aldebarán es cosa nueva, chisme para metafísicas, cosita de encantamiento. Por último está ese bolso marinero que cuando, como ahora, se echa al hombro, clausura un tiempo y tuerce la vida.
En esto se abre la puerta. Ahí está la Pila de pie frente a Oreste, los ojos húmedos, la piel encendida, temblor y arrebato del alma, presente y ausente en lo transeúnte del momento, entera figura para la memoria.
Oreste adelanta un paso, es decir, comienza a irse. Ya de camino, sin descolgar el bolso, la atrae con suavidad y la besa sin el peso de la carne, en ausencia.
Suena un disparo, lejos. Es el aviso del señor Prefecto. Ha subido el agua.
La gente ya se ha ido en bandada detrás del siempre Capitán. El Lucho ha quedado solo cerca de la puerta, en lo oscuro. El salón parece ahora más grande y más fresco y el aire que penetra a los empujones por el techo remueve la paja. Oreste lo recordará así. Unas veces así, vacío y sacudido co-mo un cascarón. Otras de noche, no un cuarto, sino un recorte de luz con el ángel en el medio, presi-dente, y la Trova de Arenales divagando esos aires.
El grupo se aleja en dirección al muelle bajo la luz intensa de la tarde que recorta con dureza sus siluetas. Los ve por el hueco de la puerta, a través de un ojo muy grande, ellos en la luz, caminan-do hacia el muelle, trepando el borde de espumas y después el entero mar y después una parte del cie-lo, simplemente un azul más parejo, y el encuevado en el salón, como si lo viese todo a la sombra de la mano. Ve la gorra del Capitán que sube y baja y la nubecita de gaviotas que revolotean sobre las cabe-zas, un vellón blanco, una mancha oscura según se ladean. El Mañana sobresale del muelle desde la línea de agua, el palo raspa el cielo suavemente. La proa se empina como un zueco, de manera que el mascarón sobrevuela el muelle. El Prefecto y el señor Pelice ya están allí, en oficios.
-Tendrán buen tiempo -dice el Lucho desde la puerta, sin volverse.
Habla del tiempo de ellos, los que se van, que ya no es el mismo.
Oreste, antes de salir, le echa un brazo. El Lucho huele a humo de laurel.
-Nos volveremos a ver -dice Oreste sin convicción, y después lo repite más fuerte, como un augurio o fórmula, y se pregunta si salió verdaderamente de él.
El Lucho asiente con la cabeza, y eso lo confunde todavía más. Dice el Lucho:
-Hay maneras.
Y al tiempo que lo dice le alarga una botellita con un tapón de lacre.
-Es una medicina para viajeros, sobre todo de a pie. Se frota. Está hecha con malvavisco, grasa de buey, sal gruesa y alcohol de quemar, pero todo depende de la mixtura, que es la secreta. Es especial para forzadas, chupos, embichamientos, quebraduras, zafaduras, pasmaduras, tristes y todo mal de camino. Se unta de madrugada.
Oreste toma la botella y la sostiene contra la luz. Una borra blanca se desprende del fondo, se enrosca en mitad del frasco y luego se sumerge. Parece algo animado. Desliza la botella en el bolsillo de la derecha, en señal de respeto.
Se oyen voces de arrebato, los varios gritos. El palo del Mañana se ladea con violencia. El capitán Alfonso Domínguez acaba de saltar a la cubierta.
Oreste echa la cabeza para adelante y se sumerge en la luz. Camina un trecho a tientas, transparente como un frasco. Los chicos corren hacia él dando voces, saltan y gritan en círculo, espantan a las gaviotas que chillan sobre su cabeza. Revuelto aire de partida. Oreste sonríe forzadamente. Atraviesa a los trancos la arena ardiente de las lomas a la cual se han acostumbrado sus pies, se transporta sobre el fino roce de los granos que se trizan debajo de las suelas y el corto vuelo del polvo y después sobre la dura arena de la playa que le humedece la piel a través de los agujeros, mero cuerpo, figura semejante, y él, Oreste, rodando, como un guijarro dentro de una calabaza.
El señor Prefecto, que hierve dentro del uniforme, le sale al encuentro con los brazos extendidos, como si llegara y no que partiera, y Oreste extiende a su vez una mano, la única libre, pero el Prefecto se cuadra y se golpea la gorra con la punta de los dedos. Un gracioso al pedo, descriptivo.
El Mañana comienza a temblar y todos callan y algunos se apartan y en eso arroja una boca-nada de humo y después de unos atoros se sacude entero en razón de maquinaria, totalmente científico.
El señor Pelice dispara un escupidor o candela romana, que los ingleses llaman mina de serpiente, un tiro de fuego que arroja varias luces, una tras otra, y que si bien luce de noche, el señor Pelice utiliza con buen criterio aprovechando la breve oscuridad que procura el humo.
La Trova toca desde hace un rato la Chamarrita de Almaraz, pero no de la manera acostumbrada, sino en forma lenta y hasta triste, para circunstancias.
Oreste abraza a los amigos, que tosen y se friegan los ojos porque el Mañana arroja una especie de brea que escuece la garganta. Abraza en este orden, no por estatuto, a la Tere, que, siempre en lo práctico, le ha preparado una viandita; a la Trini Corazón, al Pepe, al Noy, que lo estruja y le transmite sudores; a Lirio Rocha, que es como abrazar a un bacalao; al Bimbo, gobernante de faros, lámparas y candiles, que, consecuente, le obsequia un farolito de viento para que alumbre su persona y aun la reemplace por las noches; al señor Pelice, que lo besa en ambas mejillas con una bomba en una mano y un pabilo en la otra. Luego, sin interrumpir la música, saluda a cada uno de la Trova. A Miranda lo besa en la frente, decano, y el viejo agradece con un cabeceo, replica con un firulete del violín. Machuco, coadjutor aspirante, cuando no mero rompebolas, lo abraza de costado, en razón de la brillante corpulencia del bombardino, que, al apretarlo, lanza un mugido. Cuando le toca el turno al arpero ciego, Oreste se inclina indeciso, y el arpero le impone una mano sobre la cabeza mientras con la otra sigue repasando las cuerdas, pues esta vez han transportado el arpa hasta el muelle. Oreste está seguro que lo prevé, ya que su mirada alcanza mucho más lejos y no se embarulla con lo exterior de las cosas. De paso repara que el ángel al tope del clavijero se parece en la hechura al mascarón del Mañana, que se columpia en la proa como si en cualquier momento fuese a emprender un vuelo. A veces se zambulle detrás del muelle, pero remonta en seguida, chorreando hilos de agua, y aun se empina sobre las cabezas. Este ángel mayor tiene dos alas atornilladas a los hombros que apoyan en cada banda, pinta-das con cobre para fondos. Es un ángel hembra, pues tiene pechos. Carece de brazos y termina en una cola de pez que apoya en la roda. Los ojos son dos caracoles, dos pequeñas volutas incrustadas en las cuencas, con lo que su mirada parece extrañamente fija en altas visiones, previendo adelantado, como la del arpero. Ángel navegante, para tormentas y descubrimientos.
El Mañana dispara una pitada corta, la Trova se acompasa con un redoble y ataca la Chaparrita de capo, la gente se conmueve. El Prefecto abandona las formalidades y abraza a Oreste, a la vez que ladea la cabeza para evitar golpearle con la visera. Lloran todos, pero por el humo. Oreste repara: falta el Cara. Cafuné, no, porque es todo presente, y tan sólo espera su oportunidad. Ahí viene agitan-do el sonajero. No abraza ni besa, con lo que Oreste no tiene ocasión de palpar su sustancia. Se inclina dos veces, lo mira a los ojos y le alarga una pulsera de tiento. El tiento ensarta tres vértebras de tibu-rón, algunas lapas, cuatro caracoles moteados, unos huesillos redondeados por el agua, dos habas de la buena suerte. Es una "contra". Oreste la toma rozando apenas los dedos de Cafuné, dedos de arena, y la traspasa a su muñeca izquierda. La levanta y la suena girando rápidamente la mano. Es un sonido chiquito, una removida del aire, un entrechocar de arenas, guijarros y escamas. Borras del tiempo.
El Mañana se remueve otro poco y lanza una pitada más larga. Aviso. Se oyen unos tintanes del telégrafo, aceleraciones, el Andrés asoma la cabeza tiznada por un ojo de buey, el vapor está a punto, pero el Capitán no se mueve en lo alto de la cabina.
Cafuné, precursor, sacude el sonajero y señala hacia un médano o más probablemente hacia el lugar por donde se entra y acaso se sale de Arenales, que, desde el muelle, queda por detrás del médano, para el lado de Aguas Dulces. Se oye un rumor lejano, unas voces que vienen por el aire, un estampido, varios, suceden cosas detrás del médano. La gente calla y se confirma. Todo concuerda. Por detrás del médano sale de atropellada un camioncito que humea por el gollete del radiador y enfila hacía la playa como si fuera a precipitarse en el mar. Tuerce un poco antes del agua y ahora viene ha-cia el muelle bordeando los rizos, sonando la bocina. Las cadenas de las ruedas levantan puñaditos de arena, cascaras y espuma. Asoma un brazo por cada ventanilla y entre el chorro de vapor y los brazos y los faroles que se sacuden más bien parece un animal de embuste que se les viene encima. La gente saluda. La Trova vuelve a sonar la Chaparrita. Los chicos corren al encuentro.
Oreste se vuelve con un pie sobre el tablón.
El camioncito se detiene al pie del muelle, casi lo embiste, después de patinar unos metros. Humea y se sacude. Al rato la puerta de la derecha se abre de un puntapié. Oreste ve claramente la pierna que sale por el aire y después queda colgando sobre el pescante. La gente aplaude con sólo ver esa pierna, personal en exceso. El pie tantea ahora el piso.
El Prefecto se adelanta en representación. Se tiene por suceso. Hasta el Lucho ha salido de la barraca y en este momento se acerca a la carrera con un saco y un sombrero que se colocó de apuro.
Aquel hombre que sale por partes detrás del pie, se informa Oreste con el Pepe, que es de naturaleza documental, no es ni más ni menos que el legítimo Príncipe Patagón: versista, recitador, escribiente, mago adivino certificado, algebrista y, en otro tiempo, ministro.
-¿De qué?
-Ministro. De todo. Casi emperador.
El hombre está ahora de pie junto al camión y contiene a los chicos con las dos manos en alto. Es un personaje algo extravagante, de modales suaves y pausados a pesar de su corpulencia. La cabeza sobresale del techo de la cabina. Pelado por delante, lo cual le alarga la cara, luce sin embargo una cabellera abundosa que arranca en mitad de la mollera y le cae hasta los hombros. La alisa de continuo y la menea. Es de cara grande con la carne blanda y lisa, labios abultados y una barba en rizos no muy abundante. Ojos con historia e intenciones. Lleva un manteo o capa que ondea por el viento y si no él mismo la sacude. Debajo de la capa tiene una blusa suelta, blanca y, más cerca, mugrienta. Calza unas sandalias que al caminar hacen un ruido a correas como una cabalgadura. Éste es el hombre que se abre paso hasta Oreste, porque parece que se dirigiera hacia él. Incluso lo mira a los ojos cuando responde distraídamente al saludo del Prefecto y después se acerca y le coloca una mano encima, como si lo reconociera por alguna marca o señal.
Detrás, a la carrera, vienen el Noy y Cafuné transportando bultos y menudencias que el chofer extrae del furgoncito apartando a los chicos con manos y pies.
La capa del Príncipe, de un color rojo desvanecido, es de un lienzo basto y liviano con un cordón de lino, posiblemente el recorte de un cabo, que cuelga hasta la cintura, una orla de raso amarilla y un signo toscamente pintado en la espalda, una cruz ansada o cruz de San Antonio.
Cafuné y el Noy van y vienen entre el camión y el barco, acarreando los bultos. Pasa una victrola con una bocina de latón esmaltado, un calentador Primus y una escopeta de almacén.
El señor Prefecto pronuncia unas palabras apropiadas a las circunstancias. Pasan un lavamanos de loza, tres damajuanas forradas en arpillera, una mandolina, un atril. El Príncipe, que tiene una voz de tonel, agradece con palabras escogidas del Breve manual de oratoria, del profesor Juan Carlos Mer-lini, asegurando que, apenas se lo permitan los múltiples compromisos contraídos, ofrecerá gustoso un recital–espectáculo en el renombrado pueblo de Arenales, del cual se lleva una excelente impresión. Pasan un par de cacerolas, una hamaca paraguaya, una escupidera enlozada. El chofer, que ha cerrado el furgón con una tranca, viene algo más atrás con una bañera de asiento, que la mayoría toma por un bote.
El Príncipe se seca el sudor con un pañuelo a cuadros que de tanto en tanto extiende y sacude. En el fondo aparece un hombre triste o al menos distraído. Oreste ha visto hombres así en la otra vida. Mas en la superficie simplemente parece un hijo de puta de la mejor calidad.
Pasan un sacabuche, un rollo de papeles y una lechucita de las vizcacheras, embalsamada con fuerte poder de ocultismo que el chofer traslada en alto rodeado y entorpecido por los chicos, que sal-tan para tocarla. El Príncipe detiene a Cafuné, que lleva los papeles, y sin desbaratar el rollo extrae un cilindro del medio que entrega al señor Prefecto con una breve inclinación, echando graciosamente la pierna derecha para atrás. El Prefecto desenrolla el papel, que resulta un letrero impreso a dos colores con tipos de madera, y lo expone a las miradas de los vecinos de Arenales, que se interesan sobre todo en una borrosa figura cargada de tinta que reproduce el perfil del Príncipe Patagón. El Lucho lee para todos:


3 Funciones 3

EL PRÍNCIPE PATAGÓN

Inolvidable espectáculo para los amantes del
ARTE, la CIENCIA y las BELLAS LETRAS.

Relatos de viajes y sucesos con
FIGURAS DEL NATURAL.

Coplas, himnos, acrósticos y monólogos.
Adivinación del FUTURO por infusión
(Método Oriental Legítimo).

GRAN SUCESO en las principales ciudades
del Mundo.

Entrada: 1 peso 1

Se aceptan otras retribuciones.
(Se redacta correspondencia y escritos
de todo estilo entre funciones.)


El Príncipe entretanto se recoge la capa y sube por el tablón. Una vez a bordo saluda con una mano al capitán Alfonso Domínguez, que le corresponde con entusiasmo, y luego a los vecinos de Arenales con los dos brazos en alto.
El redoblante, sin que la Trova interrumpa la Chaparrita, ejecuta un largo redoble. El Príncipe se inclina a uno y otro lado.
Oreste asciende a su vez por el tablón. Antes de saltar se vuelve y por encima de las cabezas mira a lo lejos, en dirección a Aguas Dulces. No alcanza a ver el Aldebarán. Tan sólo una línea más y más borrosa de espumas y vaguedades. Hacia tierra los médanos configuran otro mar. A la izquierda, el faro solitario sobre el que resbala lentamente su propia sombra. Hay una figura en lo alto asomada a la baranda que observa hacia los médanos. Más acá, apartada del resto de los ranchos, la barraca. La Pila está en la puerta. Oreste levanta la mano y agita la pulsera de tiento. ¡Adiós! Salta al barco con decisión, más liviano.
El capitán Alfonso Domínguez se anima. Asoma medio cuerpo por la ventana, grita hacia tierra, rebate el telégrafo. El Noy suelta los cabos y el cocinero Nuño, con experta mesura, los recoge y los enrolla según la costumbre. Luego pasa una pierna por encima de la batayola y afirmándola sobre una estaca aparta el barco del muelle. El señor Pelice dispara una bomba de estruendo que sacude el aire y aturde a los presentes, medio los borra. Lucumón ladra enardecido. Una hilera de gaviotas levanta vuelo mientras el ruido persiste y aun después que se pierde. Luego recruzan el aire y se trans-portan en una sola bandada que se aleja rozando el agua, se empina con un mismo impulso y, de regreso, sobrevuela el Mañana con un breve rumor de hojas. La gente grita. La Trova recrudece. El Maña-na saluda con tres largas pitadas. Cafuné salta y agita el sonajero. Lucumón corre de una punta a otra del muelle. Pero la voz tonante del capitán Domínguez se impone sobre ruidos y clamores:
La guardia es tomada,
la ampolleta muele,
buen viaje haremos
¡si Dios quiere!
El barco se aparta unos metros, y cuando pierde el impulso recula a toda máquina, se recuesta sobre una borda y vira en redondo.
Entonces sucede. Suena un disparo. La gente enmudece. La Trova se interrumpe en el momento que los siete hombres llegan desde Palmares detrás del ángel fugitivo. Retumba otro disparo. El capitán tira de la palanca del telégrafo. La máquina se detiene y el Andrés asoma la cabeza por un tambucho. El Príncipe, que con los brazos abiertos y la capa al viento saluda desde la popa, señala ahora en dirección al médano más alto. Hay un jinete en la punta, inmóvil, enteramente negro. Permanece así un instante. Levanta un brazo y el arma brilla en la mano. Comienza a descender pausado y en eso asoman otros dos jinetes que lo escoltan al paso. Las cabalgaduras arrastran largos chorros de are-na. Al pie del médano se juntan y avanzan luego al trote. Las lomas los ocultan por momentos, pero cada vez reaparecen más cerca, figuras de respeto, ya con nombre. El de la izquierda es el Cara con Callos. En cuanto a los otros dos, Oreste advierte que la gente los ha reconocido y que entre ellos se pasan un nombre con respeto. El capitán Domínguez masculla algo, posiblemente el mismo nombre.
El barco escupe un chorro de humo, se escora, recula otra vez. Desanda lentamente el camino, marcha atrás.
Los jinetes han llegado al pie del muelle. El Cara desmonta primero. Luego el jinete coman-dante. El otro permanece en la silla. Una cicatriz altanera le atraviesa la cara. Tiene una barba prieta, cerdosa. Lleva cartucheras atravesadas sobre el pecho, un Winche con la culata calzada bajo el sobaco y, para completar, un machete de monte que cuelga de la silla.
El barco arrima de popa y antes de que peche el muelle el Nuño echa un cabo que recoge el Cara y anuda al tarugo con una vuelta redonda de ballestrinque aguantando el extremo mientras la máquina tira avante despacito.
El caballero se adelanta a paso firme con un maletín en la mano, y de pasada, sin volverse, palmea al Prefecto. Es hombre de rasgos finos, desenvuelto, con una sonrisa en esbozo. Pero los ojos son dos brasas. Es sujeto de ayuno y vela, esa distancia del alma, siempre en oficio de peligro. Se pre-siente. Viste formal, no para espanto. Traje sencillo, negro. Chambergo de copa alta que le sombrea la cara. Porta con discreción un 38 al cinto y botas de montar debajo de las perneras. Se vuelve junto al Cara y saluda en general, tocando con los dedos el ala del sombrero, hace una señal a la Trova, que reanuda la Chaparrita en el mismo punto que la dejara, y salta al barco.
El Cara suelta el cabo y el Mañana arremete a toda máquina.
El caballero jinete desaparece rápidamente de la cubierta. Sólo permanecen en ella el Príncipe y Oreste, los dos de pie como en un palco, silenciosos. Se parte.
El muelle se va achicando muy despacio, hasta que cabe en un ojo. La gente son puntos y crestas que al fin se emparejan con el muelle. La barraca se eleva por un momento, porque está sobre una loma, pero después se junta en una misma línea con los demás ranchos y al rato todo Arenales es una sola mancha, un único perfil. Después se borra y no queda nada más que la línea interminable de la costa sobre la que ruedan los ladridos de Lucumón, cada vez más espaciados. Sólo permanece el faro, que al principio crece, luego se afina y se hunde, pero persiste largo rato, aunque el ojo lo pierde a veces y es necesario reparar la costa para notar el bulto.
-El que viaja se muere más fácil -dice el Príncipe con voz reposada, medio para adentro, a cuenta de otras meditaciones.
Oreste lo había olvidado.
Dentro de un rato será de noche. Lo siente en la espalda. El mido acompasado de la máquina, el remezón de las olas y la noche. Todo una misma cosa que avanza sobre ellos, los rodea, tos cubre.
La costa se borra también, pero al rato una lucecita parpadea muy lejos. El Bimbo acaba de soltar el contrapeso del fanal. Allí queda Arenales.
Al caer la noche y en el momento que el faro de Arenales comenzaba a destellar el capitán Alfonso Domínguez ordenó izar mayor y foque, maniobra que él mismo ejecutó con notable agilidad para su contexto. Luego se redujo máquina y a un mismo tiempo comenzó la noche y el largo viaje a Palmares. Largo por los motivos que son de conocimiento y todavía más largo por otros que ellos en este momento ignoran, incluidos el propio capitán, y que acaso sólo prevé el Ángel que se zambulle a proa, alegre como un delfín.
Palmares, en línea recta, queda apenas a doscientas cincuenta millas, pero si todo va bien, el Mañana echará lo que va de la tarde, la noche entera y una parte del otro día. Cuando hacía la carrera el Fierabrás a todo trapo, desplegando aquella escandalosa de cuatro puños, tardaba un día. Era una aparición. El Canela, bandolero antojadizo puesto en verso, lo corría a caballo por la playa, por puro placer, alocado, rajando tiros. Ambos murieron por desaparición, el Fierabrás tan bonito y el Canela tan facineroso.
Al comienzo, el Canela hacía la carrera de un día para otro, en números de calendario. Después vinieron los achaques, y cuanto más se alargaba el viaje por defecto o avería, más lo alargaba el tiempo por su cuenta, pues el barco topaba más borrascas y calamidades. Ahora sale y entra a cual-quier hora, sin fijar día.
El chirrido de los motores, el raspón de los garruchos al trepar la vela y el golpe del paño al tomar el viento inauguran otra vida para Oreste. De repente se vuelve pájaro y madero. Travesías.
La chimenea arroja revueltos puñados de chispas, desvanecidas gaviotas planean sobre la este-la, un resplandor verdoso brota del costado de la timonera. El barco navega de bolina, ahora afirmado en el agua.
-Erramos...-dice el Príncipe en las sombras, y murmulla otras vaguedades.
El Capitán y el Ángel vigilan. ¿Y el caballero jinete? Oreste recuerda: había desaparecido en un zas por el tambucho de proa.
Algo después perdieron de vista el faro de Arenales. El Príncipe se metió en el compartimento de popa (sobre el resplandor de la puerta semeja un negro pajarraco que arrastra las alas), pero Oreste siguió un rato en cubierta, hamacándose en aquella oscuridad, apenas cuerpo, alma resumida. Siente por debajo el vaivén de los émbolos, el golpe crudo de la roda al partir el agua. El viento se raja en las jarcias con un silbidito, más bajo, más alto. Las velas drapean de vez en cuando, pero se hinchan en seguida. Se agitan y remueven en el aire negro de la noche como si tuvieran vida.
Un bandazo lo sacudió contra la carroza y chorreando agua se deslizó por la misma abertura que había desaparecido el Príncipe y resbaló por una escalera de barrotes al interior del sollado. El Príncipe estaba sentado en la bañera con una damajuana entre las piernas. Él solo ocupaba la mitad del espacio.
Hay un par de cuchetas a cada lado y el pasillo lleno de trastos, además del Príncipe, que se ha quitado la capa y con la blusa abierta hasta la barriga transpira copiosamente. Un farol de querosene cuelga de un bao y transpone las sombras de un lado a otro a cada vaivén del barco. Tiene la mecha demasiado alta, de manera que humea, la llama se sofoca. Del lado de la escalera hay un mamparo de chapa que separa el compartimento de la sala de máquinas. El otro lado termina casi en punta con el árbol del timón a la vista. A cada giro parece que moliera un puñado de cascajos. Oreste baja la mecha y calzando los pies entre los bultos se tiende en una de las cuchetas.
La voz del Andrés se sobrepone a veces a la máquina, que hierve y golpea con un arrebato de fierros, cada cual en su manejo. Canta o putea.
El Príncipe llena el jarro que sostiene en la mano y se lo alarga a Oreste pateando el borde de la cucheta. Oreste estira la cabeza. Encoge el cuerpo y se sienta con las piernas cruzadas sobre la col-choneta.
-¿Qué otra cosa se puede hacer? -dice el Príncipe. Si parara todo ese ruido su voz alcanza-ría a Arenales. Oreste sacude la cabeza totalmente de acuerdo y toma el jarro.
-¿Cuál es tu nombre, muchacho?
Oreste traga una bolita de fuego. Y dice su nombre, reposado, como llamándose y reconocién-dose, juntándose, uno solo en aquel fárrago.
-Oreste...
Hubo un tronar de fierros.
-¿Cómo? -se superpone el Príncipe. Tiene una voz redonda, bien articulada, que se ajusta con el ruido.
-Oreste.
El Príncipe bebe un sorbo de la damajuana, hace un buche y traga.
-Nombre para viajes.
El timón bate a un lado y el barco se escora. Ruedan cosas. El Príncipe aguanta la victrola con un pie. El Príncipe y el farol quedan ladeados.
-¿Qué te lleva a Palmares?
Oreste tarda en responder. Oye el paso del agua a través de la chapa, a sus espaldas, al mismo tiempo que resbala lentamente hacia el borde de la cucheta.
-No voy a Palmares.
-¿A dónde, entonces?
-A cualquier parte.
-¿Dónde, hijo?
-¡A cualquiera!
-¿Legales?
Oreste niega con la cabeza.
-Alguna hembra.
-No. Nada de eso. Voy.
El Príncipe se alisa el pelo y le apunta con un dedo. Tiene esa costumbre, por lo visto.
-Conozco ese oficio... ¡Digo que conozco ese oficio! Yo hago más o menos lo mismo.
Hay un retumbo y se oye la voz del Andrés.
-Habla más fuerte, muchacho -dice el Príncipe, confundido.
Oreste pregunta por preguntar:
-¿Cuál es el tuyo?
-¿Qué cosa?
-El nombre.
-El Príncipe Patagón, ¡qué duda! Yo mismo me reconozco así hace tiempo. Al principio lo tomaba a broma, me revestía de trapos y un nombre de tamaño, para rústicos. Ahora hace rato que soy el Príncipe Patagón. ¡Soy el que soy!... En la otra vida me llamaban Requena.
Se queda pensando, posiblemente en la otra vida.
-Me cuesta recordarme así.
Lo dice de pasada. Ahora parece más viejo, menos Príncipe.
Bate el timón y se endereza. Entonces se golpea una pierna, se reanima, grita:
-Oreste, muchacho, veo que te esperan grandes cosas. Dame ese jarro.
Llena el jarro, bebe la mitad y se lo pasa a Oreste.
-Al final he terminado por adivinar verdaderamente el futuro.
El Nuño asoma la cabeza por la abertura y rebate una campana. El Príncipe se pone de pie de un salto y golpea la cabeza contra un bao.
-¿Qué mierda pasa ahora?
-¡A comer los del pasaje! -grita el Nuño, como si no los viera. Y desaparece.
-Estos marinos embrollan todas las cosas -dice el Príncipe, encorvado. La voz le sale de la barriga. -Tienen una ceremonia para cada cosa. Supongo que hasta para cagar. Vamos.
Treparon la escalera con grandes zozobras, golpeando por turno en el travesaño de la puerta, resbalaron por la cubierta en aquella alocada oscuridad y entraron o rodaron al interior de la camareta, debajo de la timonera. El capitán Alfonso Domínguez ya estaba allí. Oreste, por fuerza, se preguntó quién diablos comandaba, porque el Andrés y el Nuño estaban igualmente allí. El Andrés todo negro, ahumado y oloroso como un bonito. Pensó en el Ángel.
El Capitán en la cabecera, el Príncipe a su derecha, el Andrés a la izquierda, Oreste al lado del Príncipe y enfrente del Nuño. La otra punta estaba dispuesta, pero vacía.
El Capitán llena los vasos. El Príncipe brinda en silencio levantando el suyo y apuntando a ca-da uno de los presentes. Apunta hacia el sitio vacío. El Capitán moja en el vino trocitos de galleta mientras interroga al Príncipe sobre algunas personas de tierra firme, don Benito Escudero, por ejem-plo, vecino de Salinas, que nunca vio el mar. El Nuño sirve en primer lugar una sopa de ajo, a la que el Capitán añade trozos de galleta y un chorrito de vino. A este propósito se habla sobre algunas variantes de la sopa de ajo: sopa de ajo batida, aigo boulido, gazpacho caliente. Oreste, que se siente hervir con aquella sopa, recuerda algunas propiedades del ajo en general y la famosa tintura. El barco se re-cuesta a babor, el cuarto y los personajes se inclinan a un tiempo, platos y vasos se deslizan a la iz-quierda. El Andrés bebe directamente del plato, y cuando termina lo repasa minuciosamente con la miga de la galleta.
El Nuño entra ahora con una cacerola enlozada que ubica en el centro de la mesa. La tapa tiembla todavía, y cuando el Nuño la retira, una bocanada de vapor empaña la lámpara. Se prueba con grandes voces. El Príncipe olfatea el aire y se frota las manos, el Capitán ordena otra jarra de vino, la tercera. Ahora todo progresa, rueda y golpea en acuerdo. El Nuño colma los platos con un cucharón colgado a la cintura. El Príncipe, que ha pasado hambre, alaba incontinenti la buena mesa, esos sanos excesos. El Nuño describe aquel "cocido de campaña" a base de trozos de carnero, tocino magro, trompa y orejas de cerdo, algunos puñados de garbanzos y otros tantos de fideos.
Por momentos la máquina vacila, se atora. Entonces el Andrés grita algo de costado y la máquina se ordena.
El plato resbala en la punta vacía. Todos miran hacia allí.
El capitán Alfonso Domínguez retoma entonces el hilo y, a propósito de la tintura, informa so-bre la invención del doctor Carbonell, boticario de Trinidad, que viene a cuento para transportes de la especie y figura que ellos soportan, ya que se trata de un licor destinado a prevenir los efectos del mareo. El propio Carbonell, que los padece, los puso a prueba navegando el Mañana con mar gruesa, sin izar paños. El invento es totalmente científico, sin mano revestida ni secreta. Se destila 1/3 de onza de ácido hydroclórico en 5 onzas de alcohol. Al producto de esta destilación se mezclan 32 a 38 onzas de agua y la bebida resultante se endulza con almíbar clara. Finalmente se añade al líquido algunas gotas de esencia de menta piperita o yerba–buena, o bien de almendras amargas y se le da color de rosa mediante una disolución liviana de cochinillas. Se aconseja tomar dos grandes cucharas de este cordial antes de embarcarse.
El Príncipe, por el segundo plato del cocido, se admira con respeto, pero para no ser menos refiere una composición parecida del mismo efecto y rigor, acaso copiada de la anterior, pues no desmerece, sino que alaba al doctor Carbonell, y que se induce asimismo para otros padecimientos e inclusive como piscolabis americano. Hay una manifiesta semejanza, como se comprueba in fraganti, y algunos añadidos que no hacen al fondo. Se mezclan 2 onzas y 2/3 de cloruro de cal anhidra con 8 onzas de agua, a lo cual se añaden 10 onzas y 2/3 de alcohol. La tal mezcla se destila por el procedimiento ordinario a fin de obtener 5 onzas y 1/3 de líquido. Ese producto se mezcla a su vez en una vasija de tierra o de cristal con 32 a 38 onzas de agua y se endulza igualmente con almíbar. También se le añade las mismas esencias y se colorea en idéntica forma.
El capitán Alfonso Domínguez alaba esas ciencias. Lo que importa son los resultados, el alto interés de la humanidad. El Príncipe se exalta y brinda por el progreso, para lo cual se llenan nueva-mente los vasos. Velos y tinieblas se rajan y descorren para alumbrar un futuro plagado de grandezas en el cual el hombre avanza a pie firme duc in altum!, llevado de las manos por la sabiduría, a la derecha, y la belleza estética a la izquierda. El animal del Andrés no tiene la menor idea de dónde queda Duquinalto, pero se entusiasma con la descripción tan cabal de aquellas dos señoras. Oreste, en ca-bio, no entiende muy bien qué importancia tiene que estén a un lado u otro, pero el hecho de transportarse con tanta facilidad removiendo sin esfuerzo toda clase de obstáculos, lo llena de contento, pues se imagina a sí mismo en tal situación pateando el futuro, es decir, de Palmares en adelante sin hambres ni bochornos.
El barco escora y el Príncipe, de pie, golpea la lámpara con la cabeza. El Andrés, que en concreto no ha dicho palabra con sentido, eructa y se levanta de la mesa. El capitán Alfonso Domínguez rellena el vaso, lo apura de un trago y sale también. Se oyen los pasos que se alejan hacia proa, algunas voces.
El Príncipe ha enmudecido. Recostado en la silla observa en apariencia la jarra que resbala so-bre la mesa como si tirasen de ella con un cordel. El cuerpo suda y se hincha, pero el alma divaga lejos de allí. El barco cruje entero. La luz de la lámpara alumbra el centro de la camareta, pero Oreste presiente esa gran noche del mar que los envuelve y los acarrea, y se pregunta si alguna vez alcanzarán el día, como si eso dependiera enteramente del Mañana, este barco de sombras.
La puerta se abre con violencia y un golpe de viento sacude la llama.
El Príncipe levanta la vista, y sin mostrar sorpresa alza el vaso y saluda al recién llegado. Aca-ba de entrar el compadre de negro.
Volvieron al sollado arrastrándose por la cubierta, que batía el agua. El Príncipe cantaba a los rempujones Vivere, de Bixio. Antes de entrar se sostuvo de la borda, aspiró hondo y gritó hacia el mar:
¡Quos ego! ¡Mare Magnum!
¡Motu proprio! ¡Sursum Corda!
¡Me cago ahora mismo in solido!
¡Nota bene! ¡Turba multa!
En el arrebato soltó las manos, y si Oreste no lo sostiene se va de cabeza al agua. Esta vez Oreste bajó la escalera tanteando los barrotes, y si bien salteó un par de ellos, en general fue un des-censo controlado. El Príncipe introdujo una pierna, y como no acertaba con los primeros barrotes, Oreste volvió a subir y la calzó por su cuenta, pero en el momento que el Príncipe pasaba por la abertura el barco escoró y se desprendió de lo alto sin dar aviso. Rodaron entre los bultos hechos unos ovillos de trapos y lamentos, pero como ahora el rodar y golpear era cierta propiedad de su naturaleza no sufrieron daño, sino que fue la manera más rápida de llegar adonde se habían propuesto. El Príncipe se desplomó en la cucheta tal como estaba. Oreste se quitó los botines que sopesó con cariño, bajó la mecha y aprovechando un instante de calma se introdujo en la suya.
-Que duermas como un pez -dijo el Príncipe desde las sombras.
Y luego, todavía el Príncipe, añadió un poco más bajo:
-Así transita la pompa de este mundo. Oreste se ladeó hacia el Príncipe y, antes que se dur-miera, preguntó calculando la dirección de su oído:
-¿Quién es ese tipo?
-¿Cuál?
-El de negro.
El Príncipe se removió en la oscuridad.
-Mascaró.
-¿Qué hace?
-Depende cómo se mire... Tendrás tiempo de averiguarlo. Duerme, ahora.
-Buenas noches, señor.
-Buenas noches, Oreste.
El Príncipe se volvió en la cucheta y al rato estaba roncando.
Oreste cierra los ojos pero no duerme. Piensa en el jinete, repasa el nombre: Mascaró. No le dice nada, por ahora, pero calzan a medida. Nombre y jinete se deshilachan, se aventan. Siente que el sueño le sube por las piernas.
El agua se escurre y gorgotea detrás de las chapas, más arriba de su cuerpo, en cierta forma sumergido. Dormirá como un pez.
A la mañana siguiente el mar amaneció como si fuese de aceite. El barco progresaba a toda máquina, sobre liso, rajando limpiamente la espesura del agua con el ángel en sosegado vuelo y las velas que colgaban como trapos. Las gaviotas resbalaban por el aire, se suspendían largamente sobre la estela.
Oreste dio un par de vueltas por la cubierta mientras el Príncipe quedaba a popa charlando con el Nuño, que había tenido unos sueños. En uno, de trama sencilla, conversaba con su hermano Atilio, muerto quince años atrás, debajo del parral de uva chinche que cubría en verano el patio de la casa paterna. Su hermano se iba de viaje y le pedía que cuidara de la madre y de un gallo de riña Calculta, llamado Crestón. El otro era algo descabellado. Corría por un campo cada vez más despacio y por fin en el mismo lugar perseguido por un perro que se transformaba sucesivamente en un macho cabrío, un bisonte y un encapuchado.
-¿Algo más?
-No. Desperté cuando el encapuchado hijo de puta me daba alcance.
-Bien. El hermano muerto se separa en hermano y muerto. Son dos cosas distintas. El her-mano anuncia sucesos varios y debe jugarse al 02386. El muerto que habla, como todo el mundo sabe, es el 48. Pero si usted confía en el muerto, como supongo, en este caso, juéguele derecho al 02148. ¿Hubo abrazos?
-No.
-En ese caso habría que haberle jugado al 02129. Con esto quiero decirle que hay que abrir bien los ojos. En sueños, se entiende. En cuanto al viaje, depende de si era a pie, a caballo, en carruaje o armado.
-Creo que a caballo.
-Fortuna próspera, 04988. ¿Mencionó tan sólo a su madre o llegó a verla?
-Salió una vez a la puerta de la cocina y nos sonrió. Era su lugar en la casa.
-Muy bien. Ante todo Felicidad (06518), pero además usted quedaba a su lado.
-Así parece, aunque en la vida real sucedió lo contrario.
-¿Qué carajo importa aquí la vida real? ¿Un sueño no es algo real? Añada, pues, Seguridad, la suya, que por lo que veo la necesita en abundancia, y juéguele al 01362. El gallo, si solamente lo mencionó, no significa nada, lo cual es una suerte, pues el gallo de riña, por bueno que sea, alude siempre a lo más obvio: peleas. De cualquier forma juéguele al 03300, que es el número de un gallo visto en combate.
-No lo ví, estoy seguro.
-Mejor. Tiene números suficientes y aún quedan otros... Me olvidaba del parral, que naturalmente, significa Abundancia. Apueste sin miedo al 12210.
La voz del Príncipe suena en todas partes, sobreviene en grandes espirales igual de tamaño, pues no hay una gota de viento. Es una voz espesa como el agua que se hincha a cada lado del barco con un movimiento lento y acompasado. Un brillo aceitoso resbala sobre lo alto de cada pliegue hacia una claridad más grande que borra la línea del horizonte. El Mañana arrastra un penacho de humo que se disipa muy lejos. Transcurre sosegado en tales llanuras rebuscando en el agua el invisible camino a Palmares.
-En cuanto al otro sueño, el correr, en general, es presagio feliz (20399), pero si no quiere correr y no puede, como sucede a menudo, significa indisposiciones (4133). Juéguele a los dos, por-que, en estricta justicia, usted pasa de un estado a otro.
-Así fue.
-El perro por sí solo representa, como se supone, la Fidelidad (15238), pero si corre o ladra hay que tener cuidado (18861). ¿Lo acompaña una perra?
-No... No, estoy seguro.
-Menos mal. Si fuese así resultaría Libertinaje, y lo pregunto porque usted parece propenso, lo cual es una debilidad pero no una afrenta. Yo nací libertino. Si aparece alguna otra vez la perra, hay que jugarle al 19155. El perro se convierte en un macho cabrío, ¿no es así?
-Un macho cabrío, un bisonte y un encapuchado, en ese orden.
-El macho cabrío es el Amor Criminal (06510). ¿Hay algo de eso?
El Nuño se frotó la pelada.
-No. No por ahora.
-Cuídese, compadre. Usted tiene, por lo visto, un futuro retorcido. Bien, el bisonte no es fi-gura reconocida, pero pongamos que fuese un buey. En tal caso habrá que precisar si está labrando o enfurecido, si es gordo o flaco, si tiene o no tiene cuernos, si es blanco o negro, para lo cual tendría que tener usted otro sueño, uno en especial. Esté alerta. El encapuchado o capirote, a menos que sea un fraile, especialmente un benedicto (13), no significa nada más que el 129.
-Me estaba por agarrar.
-Bueno, así terminan por lo general estos sueños con persecuta. El alma es asunto de neblinas. ¿Usted sentía cierto regocijo a pesar de la situación?
-¡No!
-Entonces no se preocupe.
Oreste había terminado por sentarse a proa sobre el tambucho. Ahora que el Príncipe callaba se podía oír el borboteo por el filo de la roda y el agua que se enroscaba a lo largo del barco. La línea de la costa desaparecía en algunos trechos, pero con todo le pareció ver un grupito de palmeras y una choza con una puerta de color rojo y hasta un hombre que sacudía el brazo. El sol ya estaba alto, de manera que con tan buen camino Palmares podía aparecer en cualquier momento.
Lo que apareció en realidad fue una blanda nubecita de esas que exaltan los poetas con graciosas maneras y que al cabo de una hora había cubierto el horizonte y avanzaba en ese momento tronando y fulgurando sobre el Mañana.
El capitán Alfonso Domínguez, enteramente de facto, ordenó cambiar el foque y tomar una fa-ja de rizos, pues carecía de una mayor de capa. El Nuño arrió el foque y alzó otro de viento. Mascaró, que había comparecido apenas oyó los gritos, todo fuego y resueltas maneras, tomó los rizos y dejó las escotas en banda a la espera de lo que decidiese el viento. Entre uno y otro reforzaron y repararon las amarras, alistaron el ancla de capa, atrancaron puertas, lumbreras y escotillas. Era todo de bonita figura, terriblemente.
El capitán Alfonso Domínguez sacó la cabeza por la ventana de la timonera y gritó: "¡Vamos a capear!", como si escogiera cierta partitura. Era lo mejor que podía hacer tratándose del Mañana, bar-co pequeño y de poca arrancada, fuerte de proa pero de popa flaca, mala para la corrida.
A todo esto, el mar se iba rizando y ennegreciendo por delante, debajo de la nube. Y fue así que arremetió el primer golpe de viento y el aire mudó de sustancia en un segundo y el mundo continente se emputeció al siguiente. Mascaró ordenó entonces, fuerte, terrible, como un pistoletazo: "¡El pasaje a cubierto!". El decir, el Príncipe y Oreste, que atropelladamente se zamparon por la escotilla en el momento que arrancaba otra ráfaga, la cual tomó al barco de estreno, de modo que cayeron y roda-ron en la oscuridad del sollado echando mano del aire. Esto de caer y rodar en esas removidas tinieblas duró una eternidad completa, en la cual chocaron con bultos y consistencias que erraban libremente y un par de veces entre ellos mismos. La máquina aflojaba y recrudecía. El Andrés vociferaba en el co-mando del embrollo, imponiendo orden de manejo, peripatético. La puerta, que batía a rajarse, se cerró con un tremendo golpe, probablemente de Mascaró, porque su voz de forzado se impuso al tumulto. Oreste oía ahora gritar y aun reír en todos los rincones, inclusive por encima de su cabeza, como si hubiese varios Príncipes dentro del sollado. El timón molía sin descanso, y una vez golpeó contra él, porque aferró una barra recubierta de grasa y antes de soltarla lo zamarreó de un lado a otro. El barco temblaba a lo largo como si fuera a descoserse cada vez que sacaba la hélice del agua y el temblor lo traspasaba a él también, lo cual, comenzaba a comprender, era el motivo de la risa porque empezaba el temblor y seguía aquélla. Notó, asimismo, cuando terminó de entregar el cuerpo, que éste se acomodaba poco a poco a ese nuevo estado o naturaleza, y hasta llegó un momento en que sintió verdadero placer en resbalar, suspenderse y caer sin gobierno.
Estaba ocupado en eso cuando oyó raspar un fósforo y después de varios rasguños y fogonazos vio la cabeza del Príncipe que en apariencia colgaba del aire. Acontecía, en realidad, que el que colgaba era él, boca abajo, de una pila de bultos. Fue y vino de un extremo a otro perseguido por los bultos, pero el Príncipe no se movió de donde estaba, aferrado a un travesaño que había encontrado en el ca-mino. Como quiera que sea, tenía algún tipo de trato con las potencias oscuras, de manera que al cabo de un rato logró conjurar y encender la lámpara. No hizo más que encenderla y de un salto se metió en la cucheta.
-Oreste, hijo, ya nadie me saca de aquí. Trata ahora por tu cuenta de alcanzar aquella dam-juana.
No fue necesario alcanzarla, porque algo después la damajuana pasó por delante de Oreste, que abrazado a ella rodó hasta donde estaba el Príncipe.
A partir de ahí las cosas resultaron más fáciles. Bebió un trago que le roció la cara y esperó la oportunidad de rodar ahora hasta la otra cucheta. Cuando llegó el momento calzó en ella, se afirmó en los barrotes y con el primer temblor se echó a reír también él.
Afuera seguía y por momentos aumentaba aquel descomunal jaleo, pero adentro se había re-suelto cierto estatuto y las cosas se movían y aun se disponían con curiosa propiedad.
El Príncipe bebía con la boca pegada al cuello de la damajuana, que apartaba brevemente para dejar pasar un poco de aire. Cuando el barco se escoraba hacia el lado de Oreste le pasaba la damajuana y aquél la devolvía en la misma forma, cuando se escoraba a la contraria.
Ahora el Príncipe bebe y canta La paloma, de Yradier, Clavel del aire, de Filiberto, esas cositas que sosiegan el alma. La puerta se abrió una vez y entró un golpe de agua que casi apaga la lámpara. Oreste se levantó muy campante y trepó con soltura a lo alto de la escalera. Antes de cerrar la puerta asomó la cabeza. Vio un paisaje de espanto: abismos que se transportaban de un lado a otro, sombrías pendientes que se empinaban alrededor del barco, la loca silueta de Mascaró brincando en la luz de un relámpago. Pero no se inmutó. Era otro mundo. Cerró la puerta con calma y se volvió a la cuche-ta saltando entre los bultos que se movían animadamente.
El Príncipe se había dormido, la damajuana chorreaba a un lado. Oreste pensó en quitársela pero al volverse se durmió en el acto.


Cuando Oreste despertó, la puerta estaba abierta y se veía un trozo de cielo azul, parejo como un lienzo. El barco parecía inmóvil. Sin embargo, sintió el rasponcito del agua que resbalaba sin des-canso. La voz del Príncipe erraba por el barco. No tenía idea del tiempo que había salteado. Debió ser largo, un transcurso, lo dedujo por el peso y la extrañeza del cuerpo.
Alzó la mano y agitó la pulsera de tiento. Los caracoles y los huesitos entrechocaron delicadamente. Chocaban y vibraban y el barullito ese crecía en espiral, crecía. Y fue algo vivo que penetró en Oreste.
Subió a cubierta. El sol alumbraba con fijeza sobre un mar tan azul como el cielo, y aparte del Mañana no había otra cosa en esa redonda inmensidad. El barco navegaba a la cuadra impulsado por una brisa firme que hinchaba las velas y azotaba las drizas contra el palo. No se veía señales de tierra. Mar y cáelo, todo presente, y en el mismo centro de esa claridad, desplazándolo en un viaje sin térmi-no, el Mañana.
Oreste entrecerró los ojos deslumbrado y caminó a tientas hacia la voz del Príncipe. Cuando se acomodó a la luz, vio: al capitán Alfonso Domínguez sentado en la orilla de la carroza, al Nuño recostado contra la borda, cruzado de piernas y brazos, al Príncipe, tonante y sobresaliente, que además de la capa tenía puesto un sombrero cordobés con una cinta escarlata y finalmente, apartado, a Mascaró, que de espaldas contemplaba el horizonte con un pie calzado en la punta de la roda.
-¡Oreste! -Saludó el Príncipe extendiendo los brazos. Era ostentoso por natural, pero había verdadera alegría en su voz. -Por lo que veo persistes entero, en lo visible.
El Andrés asomó la cabeza por la ventana de la timonera.
-Acomódate, muchacho -dijo el Capitán-. Nuño, trae más vino y un poco de queso.
Mientras el Nuño fue y vino Oreste se enteró de que la máquina había terminado por hacerse mierda con una tremenda exhalación, lo cual, por el momento, era un alivio, y de que navegaban sin precisión de rumbo orientándose por el sol. Sin embargo, ninguno parecía preocupado. Mascaró vigilaba por costumbre. Hombre de rigor, siempre en sí mismo. Mascaró. Y el Ángel del Arca, o Arcángel.
-Tarde o temprano Palmares aparecerá por esa punta -resumió el capitán señalando a proa, como si la ciudad y no el barco se moviese de un lado a otro.
Oreste miró a lo lejos, y como no viese otra cosa más que agua pensó si realmente existía Pal-mares, si no era un invento de la Trova o, en todo caso, una de esas fundaciones que dispensaba a la derecha e izquierda don Diego de Almaraz, recordó en seguida aquella vieja maldición y observó con cierto espanto al capitán Alfonso Domínguez, dudó si consistía encarnado y no mera figura o si, fi-nalmente, no era el propio Almaraz.
-Está ahí en alguna parte -dijo el Capitán, como si desde ya fuese una verdadera casualidad acertar en cuál, y abarcó con un gesto una porción del horizonte-. Por la noche nos guiará el resplandor o de lo contrario las estrellas, si el tiempo acompaña. ¡Prueba a un largo! -le gritó al Andrés.
El barco arribó otro poco, pegó un tirón y levantó camino. El Nuño volvió con el vino y el queso y unas albóndigas de bacalao.
El Príncipe propuso entonces, ahora que estaban todos reunidos, una cierta celebración con motivo de aquel feliz naufragio. El capitán estuvo de acuerdo. La vida es una entera travesía, se erraba desde el nacimiento, ese puertito de luces tan recogido, tan breve, suceso pequeño, como todo lo que viene después. Él había cruzado y recruzado mil veces aquellas aguas y ahora, ¿dónde estaba el camino? ¿Qué se hizo del Vasco Pantoja que conoció de niño, barco que amó? Lo soñaba con capitán y todo, el Barbas Gianelli, que le enseñó el primer nudo marinero, el doble cote. Y bien, un día pisó la cubierta y otro fue capitán y el Barbas ya viejo, ya niño, lo venía a ver partir, lo aguardaba al llegar, hasta que otro de otros días lo trajeron en una silla de paja, aprovechando el solcito de la tarde, y él zarpó de gusto y navegó empavesado a la vista del viejo. Uno es historia. ¿Qué hay para adelante? Caminos... Por ese tiempo ya hacía la carrera a Arenales en el Fierabrás, grandeza de barco. ¿Dónde está ahora? No era para olvidar, ni era para morir. Lo comandaba aquel galés cimarrón, don Einion Jones, que había nacido capitán. Sucedió también, tan fuerte que era, majestuoso. Los dos sucedieron. Él ya sucedía entretanto. Todo sucede. La vida es un barco más o menos bonito. ¿De qué sirve sujetar-lo? Va y va. ¿Por qué digo esto? Porque lo mejor de la vida se gasta en seguridades. En puertos, abrigos y fuertes amarras. Es un puro suceso, eso digo. ¿En, señor Mascaró? Por lo tanto conviene pasarla en celebraciones, livianito. Todo es una celebración.
Alzó la jarra y bebió.
El Príncipe se rajó un aplauso. Animaba con la cabeza al Nuño y a Oreste, que aplaudieron también. Las gaviotas revolotearon sobre el grupito, emprendieron unos vuelos y, cuando terminaron los aplausos, se ordenaron otra vez a popa.
Mascaró se volvió por primera vez. Levantó una mano, aprobó.
-La vida es célebre, de cualquier tamaño, o no sirve para un carajo.
-¡Confirmo! -gritó el Príncipe, y miró a todos, uno a uno.
El Capitán alargó la jarra al Andrés a través de la ventana. El Andrés la devolvió vacía y el Nuño fue por más vino. El Príncipe y Oreste bajaron al sollado y trajeron la victrola con una caja de discos. El Príncipe acomodó la bocina, instruyendo de paso a Oreste sobre tan simple mecanismo, colocó un disco, giró la manivela y reclamando silencio con un ademán de la mano calzó el diafragma. El platillo comenzó a girar y el disco a disparar unos reflejos y por la bocina salieron unos barullos, como si hirvieran aceite. Tan luego, y cuando ya parecía que el aparato iba a saltar en pedazos, salió un chorrito de música, apretada finita. Oreste forzó el oído, y así que la música se acomodó y ordenó en medio de los otros ruidos, reconoció, aunque un tanto desfigurado por la velocidad y esas apreturas, el noble vals Sobre las olas. Después los ruidos se enfundaron, la música se traspasó a él, se alivianó y se suspendió, rumbeó por el aire. El Nuño entornó los ojos y comenzó a hamacarse. Mascaró volvió a la contemplación del mar. El capitán Alfonso Domínguez se acompasó con la jarra. El alma se expe-día, divagaba fuera del cuerpo.
El Príncipe juntó las manos, cerró los ojos y anunció con voz grave: "La Tempestad y la Cal-ma". Dio unas vueltas de manija y apuntando al cielo recitó estos versos:

Yo vi del rojo sol la luz serena
turbarse, y que en un punto desaparece
su alegre faz, y en torno se oscurece
el cielo con tiniebla de horror llena.

El viento proceloso airado suena,
crece su furia, la tormenta crece,
y en los hombros de Atlante se estremece
el alto Olimpo y con espanto truena.

Mas luego vi romperse el negro velo
desecho en agua, y a su luz primera
restituirse alegre al claro día

y de nuevo esplendor ornado el cielo
miré, y dije: ¿Quién sabe si le espera
igual mudanza a la fortuna mía?

Tras esta grave pregunta en gruesa voz entrecortada el Príncipe quedó con los brazos extendi-dos.
El Nuño aplaude con ardor, el capitán Alfonso Domínguez patea la cubierta, el Andrés hace unos ruidos. Mascaró aprueba con la cabeza, y Oreste, para no ser menos, abraza al Príncipe. Las ga-viotas vuelven a repasar sobre sus cabezas.
Agradeció el Príncipe con unas reverencias, mientras duraron las efusiones, y expresó luego, sin alardes, que había compuesto aquellos versos fuertemente impresionado por las Circunstancias que le tocaban compartir. Era un humilde tributo al arrojo y condición de estos bravos amigos (señaló vagamente a cada uno, inclusive al propio Oreste) y a través de ellos, a quienes desde ya guardaba en el lugar más recogido de su corazón, a todos los hombres de mar, incluyendo al Barbas Gianelli y al tremendo capitán Einion Jones, cosa que arrebató al capitán Alfonso Domínguez, que se golpeó el pecho y reclinó la cabeza.
Nuevos aplausos y pataleos, esta vez más breves por la intención del asunto. Ante la insisten-cia de los presentes el Príncipe recita otros versos de su total invención y hasta improvisa una "Mari-na", de Rubén Darío. Declama, en este orden, "La Tempestad", de José Zorrilla, compuesta en ocasión de la tormenta que voló sobre los techos de Miraflores, sobre el fondo ligeramente borrascoso de la obertura de Semíramis, de Rossini; "Barcarola", de Antonio Amao, a cuyo propósito y por la intensi-dad del discurso el capitán Alfonso Domínguez pregunta quién era aquella Leda, si figura cierta o fingida invención, no por malsana curiosidad, sino por idéntica congoja, a lo que el Príncipe responde con un suspiro y un dedo sobre el corazón, por lo que el Capitán aprueba y saltea con un gesto no me-nos magnífico; "Semper", de Emilio Ferrari, que debe repetir por lo atinente de la trama, esa somera pero aguda memoria de todos los barcos difuntos, los Fierabrases y los Pantojas, ¿los Mañanas?; "Se pinta el mar", de Eduardo Marquina, motivo para Oreste de algún espanto cuando afirma tan resuelto que: "Todo el mar es misterio resonante... nada hay a espaldas de él, nada hay delante". Cuando el Príncipe llegó "entre las rocas de la costa alzada", un puntapié en el tobillo rescató a Oreste de aquellos pormenores. El disco había perdido velocidad y el Príncipe ya gritaba "¡Oh, mar! ¡Oh, extraño mar! ¡Oh, gran Misterio!", motivo de nuevos sobresaltos; "Luz por la amura", de José del Río Sainz, que sorprendió gratamente por los conocimientos navales del Príncipe; "El pensamiento sobre el mar", de Fernando González, alta navegación del alma, metafísica, y por último, empapado en alcohol y sudores, tras recogerse y cobrar impulso, deteniéndose a veces para cazar la inspiración, midiendo otras a grandes pasos la cubierta, aquella "Marina" de Darío donde se atropellan los tritones, salen unos brazos de las ondas, suenan vagas canciones y se enumeran otros graciosos espantos.
El Nuño es quien ahora abraza al Príncipe, de verdad conmovido. El capitán Alfonso Domín-guez se pone de pie, se descubre e inclina su notable cabeza. El Nuño besa al Príncipe en ambas meji-llas. El Andrés se agita y patea dentro de la timonera. El propio Mascaró se fuma un gordo "Romeo y Julieta" del tipo Sobresalientes, lo palmea en un hombro. Las gaviotas se tiran unos vuelos.
Mientras el Príncipe se recobra, el capitán Alfonso Domínguez ejecuta una serie de nudos ma-rineros, desde aquel sencillo doble cote que le enseñara el Barbas Gianelli hasta el nudo de escota con vuelta redonda, el auténtico as de guía y el nudo llano o de rizo de engañosa simpleza.
Oreste, que se ha hecho cargo de la victrola, expide entre tanto un disco tras otro, y cuando el Capitán termina con los nudos, el Nuño, que siempre tuvo en la más elevada estima las Artes y las Letras y había tratado inclusive en el Viejo Hotel Unión al célebre Gamarra, bufó y "hombre incom-bustible" del Circo Olímpico y luego del Gran Pabellón Americano, alentado primero por el Príncipe y exaltado luego por la voz de Tito Schipa que gorjeaba a través del embudo Core' ngrato, cantó, al principio de espaldas para evitar que lo traicionaran los nervios, Barcarola Triste y, más animado, Torna Piccina, Se vuoi goder te vita, ya de frente, Amapola, a todo trapo, y a dúo con el Príncipe, Vivere, de Bixio.
En total, resultó una fulminante revelación aun para el propio Nuño, que agradeció los aplausos cubriéndose la cara con las manos y espiando entre los dedos. El Andrés sacó la Cabeza por la ventana e imitó el ruido del pito, enmudecido por falta de vapor.
Mascaró declaró que apreciaba esos intermedios, que estaba de acuerdo en que la vida del hombre sobre la tierra es una milicia, pero que ésta, a su vez, era un arte que se ejercitaba, que las bue-nas guerras se adornan como una representación, son casi un festejo, que él, Mascaró, por otra parte, era en lo personal hombre de concretos, como el capitán Alfonso Domínguez, que se expedía de oficio, no con simulacros, sin ánimo de ofensa en esto ni apreciar ventajas entre una forma u otra de vida, que uno nace volatín y otro capitán y cada cual tiene su misión sobre esta tierra. Expresado lo cual extrajo y revoleó el temible 38 con cachas de nogal sagriñado que portaba al costado. Tras lo cual ejecutó unos tiros de precisión que trastornaron el aire y espantaron a las gaviotas. El estrago fue así combinado. Mascaró arrojó a lo alto el plato de latón de las albóndigas y lo tiroteó mientras caía, de-morándolo en el aire. El plato cayó a los pies del Capitán con seis perforaciones. Mascaró recargó el arma y ordenó a Oreste que levantara el plato por encima de su cabeza. Oreste cerró los ojos y lo sostuvo todo lo alto que alcanzaba el brazo. Mascaró apreció el blanco. Giró luego rápidamente sobre la punta de un pie, como un trompo, y de pasada arrancó el plato de la mano con un tirito instruido que retumbó sobre el agua. Mascaró, cada vez más oscuro y fino, acometió otras inopinadas y vistosas atrocidades, como extraer un puñal de la bota y clavarlo por arriba de la cabeza del Capitán, y después, cuando el Capitán lo extrajo, acertar un puñalito que escondía en el sombrero en la misma hendidura para terminar encendiendo uno de esos Sobresalientes que llevaba en el bolsillo del saco y arrojarlo al aire, donde explotó con un terrible estampido.
Si bien no había nada establecido y con aquella explosión se podía dar por concluido el pro-grama, el Príncipe, que por un lado parecía desatenderse de las cosas y por otro estar en constante acecho, esto es, dos príncipes y hasta tres, porque había uno oscuro que marchaba detrás de los otros dos, tal vez Requena, preguntó a Oreste con naturalidad cuál era su número, Oreste, con la manivela todavía en la mano y tratando de ser tan natural como el Príncipe, respondió que ni siquiera sabía jugar a los naipes.
-Vamos, hijo -lo animó el Príncipe-. Cualquier prueba de salón, alguna gracia.
-En ese sentido, he sido un desgraciado toda mi vida -dijo Oreste.
-Ya lo ves -retrucó el Príncipe-, acabas de hacer una. Luego, apuntándole con el dedo se-gún su costumbre, y ¿levando un poco la voz, sin estridencias, dijo:
-¡Yo digo que en ti hay un Príncipe!
Oreste sonrió torcido, un breve temblor lo removió por dentro. Esa voz había sonado como una trompeta, en figura. El dedo lo apuntaba todavía, el Príncipe lo miraba a los ojos. Pensó, y volvió a temblar, que iba a añadir algo más.
El Príncipe dijo:
-Dale a la manija.
Oreste echó a andar Oro y Plata, de Lehar, y como si lo hubiera tramado realmente anunció el siguiente número: "Del Reino Animal o la Visita del Señor Tesero".
Básicamente consistía en una imitación más o menos graciosa de ciertos animales que actuaban y aun dialogaban, por gestos y señales, con el señor Tesero en una supuesta visita al Jardín Zoológico. Para el efecto, Oreste no hizo más que transponer algo que recordaba de la infancia, reviviéndolo con tal fuerza en la cabeza que aquel tiempo, sin los pormenores de la materia física, se infundió en su cuerpo. Su padre, al que recordaba vagamente, tenía por hábito llevarlo al Zoológico una vez a la se-mana, de manera que terminaron por trabar amistad con tos animales y los guardianes y con dos o tres paseantes que como ellos tomaban el jardín por residencia sin establecer distinciones de cualidad o especie entre sus moradores. Cuando vino hombre dejó de ir, ocupado en las necesidades y urgencias de la vida que establece un tiempo para cada cosa (el viejo seguía yendo, antes de morir se pasaba allí el día entero). Sin embargo, volvió al Jardín mucho antes de lo tolerable, contrariando los usos y manejos de un buen ciudadano, probablemente chiflado y no por el torcido argumento de que tenía las pelotas llenas. El Jardín no había cambiado en todo ese tiempo, salvo la ausencia de su padre, que ocupaba muy poco lugar en el mundo.
A decir verdad, si se mide en tiempo, aquélla fue su última morada en la otra vida. Exactamen-te hasta el día que con una sierra para metales se puso a serruchar los barrotes de la jaula del oso polar, que reventaba de calor, y lo echaron a patadas. Y desde allí, en resumen, no paró hasta donde ahora estaba.
Se expone el asunto: El señor Tesero va de visita al Zoológico. Oreste hace unas veces de señor Tesero y otras de león, elefante o chimpancé. Anuncia cada episodio elevando un letrero imaginario. Por ejemplo, eleva el letrero y dice: "El señor Tesero va de visita al Jardín Zoológico". El episodio del león resulta algo confuso, aunque la imitación del viejo león es convincente y promueve un generoso aplauso. En el episodio del elefante, más complicado en la trama pero claro en la exposición, el animal le arrebata el sombrero y el señor Tesero manotea el aire con jocosa desesperación. Finalmente, el elefante lo toma con la trompa y lo arroja al lago de los cisnes, que emprenden vuelo. El señor Tese-ro, convertido en cisne, vuela también. Desde lo alto saluda a todo el mundo.
Casualmente retoman las gaviotas y observan con curiosidad aquel vuelo extravagante. El Príncipe da vuelta a la manivela.
El episodio del chimpancé viene a ser lo que se llama el número de fuerza. Tras una serie de graciosas alternativas que sitúan claramente a los dos personajes, el señor Tesero imita al chimpancé y el chimpancé imita al señor Tesero. Por último, el chimpancé en gobernado disloque muda de lugar con Tesero, que queda albergado en la jaula, mientras el señor Chimpancé, ciudadano, concluye la visita y se marcha del Zoológico. Oreste levanta el letrero y dice "Fin".
Una cerrada ovación festeja tan ocurrente embrollo. El Andrés patea largamente dentro de la timonera hasta que el capitán Alfonso Domínguez se alarma y ordena mantener el rumbo.
El Príncipe, una vez aplacados los aplausos y su propio entusiasmo, observa juiciosamente que la actuación de Oreste representa una curiosa variante o especie de transformista. Por el momento es cauteloso en sus pronósticos, porque ante todo debe aparecer Palmares (esto tan sólo lo piensa), pero conmina a Oreste a persistir en aquellas extravagancias. El sol, a todo esto, ha pasado de un lado a otro y ahora resbala por la pendiente de la tarde. Las sombras mudan silenciosamente de lugar. El cielo ha empalidecido a proa y el agua se ha vuelto de un espeso color anaranjado, una llanura de pequeños huecos que saltan de un lado a otro. Cuando se produce algún silencio se oye el golpe de la roda que hiende el agua sin pausa y, aunque todavía lejos, se presiente la noche, ese corredor de pies enfunda-dos que en algún momento les dará alcance.
Hay un poco más de viento. En un rato los obligará a ceñir. El Capitán caza un poco las velas, el barco carga a un lado, y Oreste sujeta a tiempo la victrola.
El Príncipe, que no pierde de vista la ilación o figura general, combina un final de órdago. Con gran acompañamiento de orquesta, es decir, de discos que sólo reproducen la música, canta Granada, de Lara, La paloma, de Yradier, y en impresionante dúo con el Nuño Ay, Ay, Ay, de Freiré, sujetándose mutuamente cada vez que el barco se tumba. Oreste, sentado en la cubierta, aguanta la victrola entre las piernas mientras con un dedo contiene el diafragma para que no se corra. El Príncipe canta y gesti-cula y a veces se vuelve hacia Oreste y dirige a la invisible orquesta. Evidentemente se trata de un gran artista, no sólo por la propiedad de sus ejecuciones, sino por el aliento e inspiración que transmite a los demás. Un golpe de viento los toma de frente. El Capitán salta y tesa la escota de la mayor. Mascaró caza el foque. El Príncipe y el Nuño se tambalean, el Príncipe trastabilla, pero siguen cantando. El barco ciñe ahora en dirección a la noche.
Allá va el Mañana, unos trapos y unas voces, cosa de cuento, tema para una chaparrita, barco del Ángel casi fantasma. Va y va, sucediendo.
El Príncipe y Oreste aguardan en silencio que encarne la primera estrella. El mar y el cielo se borran poco a poco. El espacio se reduce al barco.
El Andrés enciende los faroles de posición, repasa las escotas. El capitán Alfonso Domínguez ha vuelto a ocupar su lugar en la timonera.
En este momento la estrella tiembla en lo alto como una gota de miel. El Príncipe la saluda con una reverencia.
Mascaró vigila a proa. Su sombra trepa contra el pálido cielo, se borra contra el mar. Alumbran otras estrellas ahora que la oscuridad es casi completa. Pero no se avista ningún resplandor.
Durante la cena, el Capitán induce que están más lejos de Palmares de lo que suponía y que el temporal no sólo los apartó de la costa, sino que inclusive los arrastró más arriba. Mientras dure ese viento no es mucho lo que pueden avanzar. Aparte de tenerlo en contra, que tal ocurre de hecho, el Mañana no se puede forzar de vela porque abate demasiado. Se hacen otras suposiciones. En realidad la situación podría ser peor. Hay en perspectiva una gran variedad de calamidades, pero no tiene sentido tomarlas en cuenta, pues se carece de gobierno sobre ellas. El Mañana, además, es un barco bien nacido, jamás zarpó un martes 13, no cambió de nombre, nunca embarcó un pingüino u otro animal de yeta, nadie murió a bordo de avería recibida o provocada, ni siquiera de muerte natural, embarcó la venerada imagen de Nuestra Señora de la Paloma, tallada lo mismo que el ángel en un taco de fresno por el maestro Silvestre Nardi, en viaje al puerto de Albardón, donde reside y milagrea desde entonces en la iglesia–faro que se levantó para la ocasión, condujo asimismo al obispo monseñor don Alipio Morejón, prelado doméstico de Su Santidad y misionero apostólico que llevaba el palio al ilustrísimo señor don Fernández Sánchez Arce y Peñuela, obispo de Irala, descubrió el islote del Pelado, que se presumía a unas cien millas al este de Puerto Miruelo, rescató a los náufragos del Navarro y más tarde a los del Tacoma y, en fin, cometió otros beneficios que obraban en su favor, además del ángel que portaba a la pendura y de una "contra" especialmente concebida que llevaba ensartada en espiga del palo.
La conversa derivó de allí a la hechura, virtudes y efectos de éste y otros elementos metafísicos, como la piedra imán, la piedra bezoar y la medalla de San Antonio, siempre que sea robada, estableciéndose una erudita competición entre el Príncipe y el capitán Alfonso Domínguez, con lo que Palmares se perdió de vista una vez más. El Capitán mencionaba a cada rato su amistad con el turco Velorian, célebre curandero de Las Flores que nació a las tres de la tarde de un Viernes Santo, tiene una cruz marcada en el paladar y cura por el aliento y la saliva, de manera que, con propiedad, se trata de un "saludador". El Príncipe llegó a asegurar que había sido tocado por un rayo, sin testigos ni daño, señal de que Santiago lo había elegido para la misión de adivino, algo de lo que no quería abusar. La discusión subió de punto cuando se debatió sobre el sitio y ubicación de la Salamanca de Arenales, que es de donde salieron los mejores brujos de la comarca.
Esta discusión terminó algunas horas después con un tremendo bandazo, en el momento que el Príncipe descifró el aspecto y carácter de un kaparilo que se le apareció en el camino entre Saladillo y Punta Gorda. Había cambiado el viento.
El Príncipe está echado en la cucheta, y salvo sus grandes pies, que sobresalen desde los tobi-llos y que en verdad hacen bastante creíble su ascendencia patagónica, el resto del cuerpo yace en las sombras. Antes de acostarse, Oreste bajó la mecha del farol y observa ahora con las manos cruzadas debajo de la nuca esa ampollita de luz que se agita como una mariposa. El barco embiste las olas y se conmueven sus viejas maderas, pero su cuerpo ya se ha acostumbrado a aquella agitada cavidad, es una parte del barco y con él hiende confiadamente la noche. Ya no piensa en Palmares.
-Oreste, ese número "Del Reino Animal" fue una verdadera ocurrencia -dice el Príncipe-. Del Reino Animal y ¿qué otra cosa?
-O "la visita del señor Tesero".
-Eso es. Hasta el título es una ocurrencia. Algo elegante y mágico. Hace un rato que estoy pensando en ese señor Tesero. ¿Cómo te lo imaginas?
-En parte como mi padre. Mejor dicho, pensé en mi padre, porque como figura no lo recuerdo.
-Bueno, no es uno, sino varios y magníficos señores. Tú mismo estabas ahí.
-Yo mismo.
-Me pregunto cómo se te dio así de pronto.
-Tal cual, de pronto.
-Lo creo. El arte es un arrebato. Fue una pregunta al pedo, o mejor dicho, para que te res-pondieras tú mismo. Sé bien lo que es eso. Puedes hacerlo con una figurita de nada, con una rasposa historia, no sólo son sencillos materiales, sino hasta con los más vulgares. Todo depende del aliento, la forma y disposición... Si el señor Tesero se hubiese llamado Raimundo tal vez hubiese cambiado todo el asunto.
-Es probable.
-Es seguro. Pensó un rato.
-Yo creo que basado en esa historia se puede componer un grande y magnífico número. Para empezar habría que añadir algunos otros animales.
-Puede ser.
-Por lo menos una visita a la jaula de los pájaros. Los pájaros son siempre motivo de exaltación y lucimiento. En verdad, lo que más me conmovió fue cuando el señor Tesero se convierte en cisne. ¿Estás seguro de que vuelan los cisnes?
-...No.
-No importa. Los haremos volar de cualquier forma. Vuelve a pensar.
-Oreste, no sé lo que te propones realmente.
-Nada, señor.
-Bueno, en eso ya eres un artista. Oye, muchacho. Te lo diré de una vez.
Se volvió en la oscuridad.
-Voy a Palmares con un contrato para el grandioso y afamado circo de los hermanos Scarpa.
-No lo conozco.
-No has perdido nada, pero siempre son grandiosos y afamados así sean una mierda. Vicente Scarpa murió hace algún tiempo por una sobrecarga del cañón que según malas lenguas preparó su hermano, José Scarpa, el actual propietario, un rufián.
-No entiendo lo del cañón.
-Vicente Scarpa era "la bala humana", entre otras cosas. El pobre perforó la carpa y cayó dos manzanas más allá. Por esas ironías del destino fue su mejor número. Pero no es eso lo que te quiero decir. Vicente Scarpa fue un gran artista, por el estilo de Raffetto, un gran artista y un hombre de empresa. Él presentó la primera cuadrilla de caballos amaestrados a la palabra y fundó en Palmares, hace ya años, la academia de pruebas físicas, mecánica y gran ligereza de manos, de la que salieron tantos buenos artistas. Si el circo sobrevive entonces es por el lustre que él le dio. En resumen, que el circo de los hermanos Scarpa es de cualquier manera un grandioso y afamado circo.
-Y bien...
-Hijo, es tu oportunidad en la vida.
-No entiendo.
-Para empezar, te propondría como mi ayudante. Desde ya te revisto.
Oreste tardó un rato en responder.
-Jamás se me hubiera ocurrido.
-Así es el destino. Se vuelve y te mira una vez... ¿Te imaginas?: "El Príncipe Patagón y Oreste el Magnífico", o bien "El Circo de los Príncipes Magos".
Oreste sonrió suavemente.
-Lo haremos con el tiempo.
-No espero terminar como Vicente Scarpa.
-De cualquier manera, debe haber sido un magnífico disparo, un estupendo vuelo... Y bien, ¿qué dices? Oreste dudó un momento.
-Tú ya lo sabes, sólo me interesa andar de un lado a otro.
-Hay formas de hacerlo. Mascaró lo hace de una, tú de otra. Creo que lo importante es hacer-lo con alegría.
-¿Por qué se te ocurre que la tuya ha de ser así?
-Porque el arte es la más intensa alegría que el hombre se proporciona a sí mismo. ¿Acaso no lo has visto? Esa forma blanda y jubilosa de pisar la tierra.
Oreste aprobó con la cabeza en la oscuridad, pero el Príncipe no podía verlo.
-¿Lo has visto o no, señor Tesero?
-Desde una graciosa y dorada jaula.
-Estaba en ti quedar o salir de ella. Oreste adivinó que le apuntaba con un dedo.
-De acuerdo, señor. Iremos por esos mundos.
-Cantando y bailando, en representación de la vida. Quedaron en silencio, cada cual pensan-do en lo suyo.
-Hasta mañana, muchacho.
-Hasta mañana, señor.
Los días se dan alcance. Es un mismo día repetido. Por la noche se arma un poco de viento, pero amanece en calma. El mismo cielo que despunta rosado y persiste azul, el mismo sol mandando fuego, el mismo mar apenas removido, agua y agua. El Mañana va detrás del viento escarbando el aire, rebuscando el camino, derivando. Rumbea.
El Príncipe y Oreste tramaron nuevas combinaciones con el número "Del Reino Animal". El señor Tesero fue mudando de sustancia. Se convirtió en pájaro, en pez, en el oso Basilio, en iré de paraíso, la legítima, en animales extravagantes, como el bolidonte o el canuto, o de naturaleza infernal, como el tigre–urutungo. A veces echaba fuego por boca y orejas o desaparecía por una trampa con una explosión de azufre o ascendía a los cielos colgado de un aparejo. El Príncipe fraguaba situaciones dé gran efecto sin reparar demasiado en la materia del asunto. Oreste, en cambio, respetaba los gustos e inclinaciones del señor Tesero, la leve y natural extravagancia del embuste. De cualquier forma, el Príncipe quería un final con apoteosis y gran desfile con saltos por alto y bajo de toda la compañía, mientras la banda expedía una selección de Cavalleria rusticana, por ejemplo. Oreste no se oponía a un remate de brillo, pero insistía en la naturaleza del señor Tesero, que era un buen hombre o en todo caso un verdadero animal, sin malicia combinada. En suma, quedó para otro momento maquinar la última parte de la patraña, dejando por ahora al señor Tesero entre las rejas. La real importancia del proyecto estaba en la práctica y ejercitación de Oreste, su entrevero con el arte.
Una tarde les pareció avistar una isla, peñón o cabo, por la tanda de babor, es decir, supuesta-mente mar adentro, pero Mascaró trepó a lo alto del palo y comunicó que no se veía nada. Comparan-do las visiones, cada uno describía una cosa distinta. El Capitán dedujo que se trataba de uno de esos peñascos errátiles que emergen y se sumergen a voluntad y que en tales casos conviene "chalar", esto es, dar de comer al mar, por lo que ordenó al Nuño que le arrojara unos panes y un pedazo de tocino, con lo que desapareció la visión.
Aprovechando aquellos ocios, el Nuño rogó al Príncipe que lo instruyera sobre los principios y rudimentos del arte dramático, ya que en el fondo de su corazón, sobre todo después de haber tratado al gran Gamarra, no había deseado otra cosa en la vida que llegar a ser un comediante, de cualquier especie establecida: rigoleto, caricato e incluso augusto, al menos como inicio, pues la susodicha vida merecía otro destino, que entre vivir una impuesta prefería representar varias voluntariamente escogidas y que, por último, aludiendo sin duda a su oscuro oficio, superponía a los alimentos y manjares del cuerpo los finos bocados del alma.
El Príncipe, conmovido por aquel breve discurso, alabó en primer lugar el oficio de maestro cocinero, citando, entre otros, al famoso Cumonsky y al no menos célebre cordonbleu Pacón Echeve-rrito, creador del "sancocho a la paisana", exaltando en segundo lugar el libre albedrío, la voluntad de poder y la naturaleza libertaria del alma humana.
La disposición del Nuño al bel canto orientó la instrucción hacia el drama lírico, comenzando con algunas generalidades sobre la voz, diferentes aperturas de boca y ejercicios de respiración. El Nuño, que tendía a barítono drammatico o diforza, mugía redondas ventosidades mientras el Príncipe lo alentaba con grandes ademanes, acompañándolo a veces, oprimiéndole la barriga otras. Las lecciones sobre mímica, expresión y caracterización, con los ejercicios y demostraciones pertinentes, resulta-ron más animadas. Las últimas, sobre todo, fueron objeto de general curiosidad. El Nuño se pasaba cambiando trajes y postizos y el mismo Oreste tomó contagio, de tal suerte que el barco parecía estar más lleno de gente de la que en realidad había. El capitán Alfonso Domínguez probó una barba llena de rizos, partida al medio, y el Andrés un uniforme estrambótico con casco y coraza de latón dorado, espada de madera, capa de Calatrava y unos calzoncillos largos con cordoncitos metálicos que aparen-taban una malla de acero y que el Príncipe utilizaba para recitar su memorable Marcha triunfal, así como también himnos, bandos, arengas, proclamas y toda otra materia de ruido militar.
Mascaró, siempre apartado, ocupaba el tiempo en la pesca, trepando al palo cada tanto. Armó con una cuchara una currica que arrastraba a popa y otros varios señuelos que echaba por la borda procurando alimento fresco, que a menudo él mismo cocinaba para no distraer al Nuño de sus ejercicios y expansiones.
Otra tarde que levantó un poco de viento vieron pasar con la última luz, una media milla a babor, que era la borda por la que se daban las visiones, una goleta de cinco palos con todas las velas desplegadas. Los cinco hombres contemplaron en silencio aquella brava aparición, mientras duró. Los foques de cuchillo brillaban en lo alto coloreados por los postreros rayos del sol, los de proa antecedían como estandartes a los pálidos bastidores de las mayores, todo tan liviano y gallardo, tan extravagante. Para el capitán Alfonso Domínguez aquel barco era la completa imagen del Barón Grampo, velero de alta escuela construido en 1898 por Laird Brothers, en Birkenhead, que corría a las Europas comandado por el capitán don Felipe Novoa, marino cum laude, fuerte bebedor, poeta a ratos, Gran Manija de la Hermandad de la Costa. El Barón Grampo se desapareció en el invierno del 36.
El capitán Alfonso Domínguez ordenó arriar el pabellón, como forma establecida de saludo, y Mascaró disparó unos tiros. El Barón Grampo viró suavemente hacia la noche. Así fue.
El sol brilla en lo alto del cielo. Las velas cuelgan como trapos. El Mañana deriva. Los cinco hombres dormitan o piensan sentados en la cubierta. Mascaró fuma la última mitad de un Sobresalientes.
Oreste levanta la cabeza y pasea la mirada en redondo. Cielo y mar. ¿Qué es ese cuento de la tierra firme? Hace dos días tuvieron la última visión. Muy lejos pasó a los pedos una fragata de ruedas. Para el Nuño era una corbeta, pero el capitán Alfonso Domínguez decidió que fuese una de esas fragatas de 1845 y se aprobó. Ahora ni eso.
Oreste se levanta, cada vez más liviano, y camina hacia la proa. Permanece allí de pie. Al rato le parece estar solo, suspendido unos metros sobre el agua. Su mano derecha palpa el frasquito con la medicina para todo mal de camino, que le regalara el Lucho. Finalmente extrae el frasco del bolsillo, lo sopesa, lo agita. De pronto toma impulso y lo arroja al mar, lejos. Se siente claro el ruido del frasco al golpear el agua. Los demás levantan la cabeza.
En esto comienza a soplar un viento que remueve el agua e hincha las velas. El capitán Alfon-o Domínguez se pone de pie de un salto.
-¡A sus puestos! -ordena con un grito descomunal.
Y de otro salto trepa a la timonera. Desde allí, sacando su gorda cabeza por la ventana, prescribe con fuertes voces los avíos y maniobras. Mascaró caza el foque, el Andrés larga escotas a la mayor, el Nuño despeja la cubierta.
El barco se recuesta, clava la trompa, empieza a singlar con un fuerte alboroto de paños y maderas. El viento sopla ahora medio frescachón. Se embala.
-¡Avante por la aleta! -truena el Capitán, y su voz se revuelve, se agranda, se pierde sobre el agua.
El Mañana navega a todo trapo. ¡Ahí va!
Una hora después aparece a proa un punto que crece, se afina, al fin se convierte en un faro.
Palmares.
El Mañana atracó a un costado del muelle, entre otros barcos, sin novedad apreciable. El Andrés echó el cabo de bola y un marinero forzudo cazó de él y, sin dejar de charlar con el vecino, atrajo el cabo de amarre y lo sujetó a la bita. El viaje a Palmares había terminado. Recién ahora era lo que fue. El largo viaje a Palmares. Camino.
El capitán Alfonso Domínguez saluda con su gruesa voz de tonel a los hombres de los otros barcos, el Mandufia, El Jovito, el Siempre Republicano, el Tuntuna, el Dichosa Madre, el Bragado, cada uno con su historia más o menos del mismo tamaño. "¡En, compadre!..." "¿Cómo va?..." Las voces se propagan entre los palos y las jarcias y las negras chimeneas. El Mañana, que al parecer se ha empequeñecido, cruje y se menea, al igual que los otros, sobre espesas manchas de petróleo de las que asoman botellas, corchos, maderas. "¡Se vive!..." Las voces se recruzan alegremente en el humo agrio y pegajoso de un remolcador, se entreveran con los graznidos de las gaviotas que sobrevuelan toda esa linda mugre.
Palmares es bochinche de casas con las paredes sucias y torcidas que trepa hacia lo alto y re-mata en una punta: la iglesia de Nuestra Señora del Buen Tiempo, que sostiene una barca en una mano y una estrella en la otra y está de pie sobre un gran pez, una especie de recamado esturión con cabeza más bien de bagre, obra del maestro Nardi, que se empeñó en ángeles y demonios y algunos ejemplares de monstruos marinos, la misma iglesia de cuyo baptisterio huyó el Ángel en vuelo a Arenales, de donde fue recuperado con jaculatorias y abluciones. El sol rebota en los florones de latón, en el enor-me reloj que alumbra en la noche como una baliza y en la estera sobre la que encaja la cruz.
El aire huele a salazón, a brea, a lonas y cabos. Un mendigo raspa una guitarra y un chico cu-bierto de harapos baila a los saltitos. Una vieja oferta ostiones y pescado frito. Algunos vagos miran con cierta curiosidad al Príncipe, que se ha vuelto a calzar el sombrero cordobés.
Dos sombríos jinetes, dos, aguardan sobre el muelle con una cabalgadura vacía al medio. Sus negras y quietas figuras se pierden y se recuperan entre el humo de los remolcadores, la nudosa mu-chedumbre, redes tendidas, canastas de pescado, nasas, panetas, algunos barcos en reparación.
Una jamona de brazos encarnados se abre paso a los gritos. El Andrés lanza un mugido, levan-ta los brazos. La puta señora, con un pañuelo atado a la cabeza y una falda de colores chillones, ríe fuerte, no sólo con la boca, sino probablemente con su experta hendija. El guitarrero se suma al albo-roto con unos golpes de caja y unos rasgueos. Figuritas.
Oreste se vuelve y contempla el mar. Allí están esos días, esa breve y apretada historia de la cual no queda nada a la vista, tan sólo el agua que se ha cerrado sobre ella. Aquel Mañana que todavía navega en su cabeza no es ahora muy distinto de ese Barón Grampo que vieron por la borda de babor, velero fantasmón, historias y tránsitos, montoncito de polvo sucedido que se resiste al olvido.
No bien se completa la maniobra, Mascaró emerge por el tambucho, de traje entero, con el chambergo de copa alta y el maletín en la mano. Clava a cada uno la fuerte mirada, saluda con un ademán conciso y salta al muelle. Los faldones del saco ondean brevemente, asoma la punta del 38, rebrillan las botas negras, sujeto recortado de tremenda catadura. Se aleja a paso rápido, se introduce entre la gente, monta a caballo de un brinco. El guitarrero ha suspendido la música. Mascaró levanta una mano. Los tres jinetes se alejan al galope aporreando los adoquines con los cascos, tres jinetes, tres, tres, tres...
Oreste y el Príncipe acarrean las cosas a tierra. Principalmente Oreste, que es quien sube por el tablón que acaba de colocar el Andrés. Por poco se mata cuando sube con el baño de asiento y pierde de vista el tablón.
Bien, ha llegado el momento de despedirse. Para el caso, el Príncipe, que con la capa y aquel sombrero parece un arzobispo, pronuncia un compuesto discurso de ocasión, en el propio nombre y en el de su ayudante o príncipe coadjutor, Oreste. Al efecto, se dirige con gesto sencillo al señor capitán don Alfonso Domínguez, al señor contramaestre señor Andrés y al señor maestro de cocina señor Nu-ño, momentáneamente ausente, elevando la voz no de comienzo sino en forma apropicuante de modo tal que en mitad del exordio, donde se expone el nudo del asunto, que es sobre el tiempo y la amistad, se promueve con naturalidad en toda su corpulencia concitando la atención no sólo de los susodichos, sino, poco a poco, de otras tripulaciones, de los vagos que pasean por el muelle, de la puta señora, del mendigo guitarrero y del público en general, por lo que de momento se atenúa y aun se suspende el bullicio. En la misma proporción el Príncipe acompaña el discurso con gestos y ademanes que refuerzan o suplen la virtud de la palabra, sobre todo con tramados movimientos de manos en oportuna combinación que se ajusta a los preceptos de Quintiliano sobre el lenguaje de acción incluidos en el Breve Manual de Oratoria del profesor Juan Carlos Merlini.
Acerca del tiempo, el Príncipe memora con voz lúgubre su naturaleza pasajera que destruye todo lo que arrastra en su flujo, las hechuras más sólidas, los más soberbios monumentos, ¡cuánto más a los propios humanos pro forma transitables! Panta rhei! Vanitas vanitatum! Pero con todo había ciertos carismas y pertrechos del alma que hacían llevadero este tránsito y aun afirmaban perdurante esa mudable esencia. Tal por cual la amistad, sobre la que se explaya en la parte de la narración y confirmación o pruebas del discurso, a cuyo efecto retrotrae aquellos días en la mar, las alegres efusiones, las bravas peripecias, las altas visiones, sazonando el parlamento con epifonemas, diversiloquia, expoliciones, etopeyas, hipérboles, repartidas convenientemente en hinchadas paráfrasis, para rematar, de acuerdo con la disposición o plan que aconseja el abate Bautain, con una fogosa peroración destinada a inflamar y atraer los ánimos de los oyentes, ya renovando las impresiones que había excitado precedentemente, ya resumiendo las pruebas.
El capitán Alfonso Domínguez y el Andrés aguantan la perorata con la cabeza gacha, tiesos. El Capitán aprueba algunos pasajes con un gesto, pero ni siquiera levanta los ojos cuando en la confirmación o pruebas de la primera parte, referidas al tiempo, un perro mugriento, cuyos huesos empujan el cuero a cada movimiento del cuerpo, desciende por el tablón y olfatea los pies del Príncipe y comienza a mordisquear la correa de una sandalia hasta que el desgraciado vuela de un puntapié aprovechando la exaltación de una perífrasis.
El Príncipe, cuya voz en este punto se sobrepone a todo otro ruido, termina el discurso con un gran temblor del cuerpo y, acto seguido, abraza al capitán Alfonso Domínguez y al Andrés, que es como abrazar a un único y sólido hueso.
La multitud prorrumpe en gritos, aplausos y alguna pedorreta. La puta señora expele un bruto chillido. El guitarrero sacude un bailote, el chico salta, un remolcador dispara una pitada. Fragote.
Oreste abraza a su vez a los dos amigos, realmente conmovido. Se echa el bolso al hombro y trepa por el tablón, medio atolondrado.
El Príncipe lo sigue con paso lento, saludando a derecha e izquierda como un verdadero arzobispo. Pero en mitad del tablón se vuelve atraído por la voz del Nuño.
El maestro cocinero está de pie delante del Capitán con un traje de calle arrugado y una valija de mano sujeta con un trozo de cabo. El saco, que se brota de frunces a cada movimiento, lo ciñe como una tripa. Los brazos sobresalen de las mangas un buen pedazo y el botón del medio, que ha conseguido abrochar a duras penas, amenaza con saltar en cualquier momento. Con la otra mano sostiene un sombrero contra el pecho en actitud atribulada.
El Príncipe aparenta cierta sorpresa.
El Capitán coloca una mano sobre un hombro del Nuño. Lo palmotea suavemente.
-Ve, hijo. Jamás desoigas la voz de tu corazón.
-¡Señor Capitán! -exclama el Nuño, y lo abraza. Luego abraza al Andrés, que no entiende muy bien lo que pasa.
-Extrañaremos ese bravo "cocido de campaña" -añade el Capitán cariñosamente para aliviar la situación-. Pero la vida está llena de extrañezas. Ve, que te echaremos de menos, pero no te nos mueras. Siempre habrá un lugar para ti en este barco.
-¡Señor padre Capitán! -solloza ahora el Nuño, y vuelve a abrazarlo y en esto salta el botón.
Se encaja el sombrero y trepa rápidamente por el tablón. Al llegar a lo alto se quita el sombrero y saluda al Ángel, pero no mira más allá para no ver a los dos hombres que lo contemplan desde la cubierta del Mañana, ese barco que desde ahora se le aparecerá en sueños.
Mientras acomodan los trastos en un carro apartando al perro que olfatea cada cosa y mea de paso el baño de asiento, el Príncipe interroga a la gente que lo rodea y aun lo toca dónde se halla ubi-cado el Gran Circo de los Hermanos Scarpa. El Príncipe repite nuevamente el nombre, aclarando a los señores palurdos que se trata de un circo de primera y segunda parte, con tienda a la americana. Así y todo, nadie parece haber oído hablar de tal circo. Uno pregunta si acaso no se trata del Pabellón sudamericano que de todas maneras estaba en Pinilla, a noventa kilómetros de allí, por la costa. Por fin, el chico de los harapos, que ha dejado de brincar y se acerca atraído por una moneda que te muestra el Príncipe, informa que efectivamente hay un circo o algo semejante en un baldío al otro lado de la ciudad, que no «cuerda el nombre, sino el número de Las tres barras fijas, y el otro llamado Juego de la Muerte por el conde Stroface, que generalmente aparece vendado.
El conde Stroface no es otro que José Scarpa, que hace tanto de volatín como de histrión mudo o bufo–mimo, beluario, ecuestre y hombre de caucho sin sobresalir en nada. En cambio su hermano Vicente fue toda la vida "bala humana" y no más que eso, como los viejos maestros, pero de los mejo-res, haciendo de ese solo número un entero y completo espectáculo hasta que terminó en bala perdida, no per se, sino per accidens, y con todo cumplió este último disparo como un verdadero artista, saliendo por los aires en posición gimnástica con su lindo casco reluciente y una larga estela de humo blanco que despedía comprimiendo una vejiga.
El Príncipe agradece al servicial rapaz con unas palmaditas y sube al carro apoyándose en un hombro de Oreste. Con todo, el pequeño desgraciado reclama la moneda, que ha vuelto al bolsillo del Príncipe, tironeando descaradamente de la capa. El Príncipe, que se ha acomodado en la bañera de asiento, acaricia paternalmente su mugrienta cabeza y con un gran ademán ordena emprender la mar-cha. El cochero, un tipo con un pajizo echado sobre la cara, que pita un nervudo cigarro de especie venenosa, lanza un grito como si le hubiese picado un alacrán, el caballo sacude la cabeza algo sor-prendido y arranca de un tirón sin rumbo fijo.
Mientras el carro se aleja entre la gente, el Príncipe saluda con los brazos en alto, muy compuesto señor, Oreste se vuelve y contempla por última vez el Mañana. Allí están todavía de pie, en el mismo lugar, el capitán Alfonso Domínguez y el señor contramaestre señor Andrés.

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