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"Su actitud cambiaba de un modo evidente cuando se encontraba ante un polaco.
Una tensión se apoderaba de él. Se hubiera dicho que entonces se encontraba
súbitamente en una situación que superaba en mucho las circunstancias reales del
encuentro. Yo pensaba, al mirarle, que tal vez se sentía como delante de su
padre o de su padre, o ante su vida anterior en Polonia.
La presencia de un polaco le recordaba esos problemas de la poloneidad tan
agudos en su vida y en su obra. Se notaba el doloroso esfuerzo que hacía para
estar a la altura frente a todo eso... "
Este comentario que hace el Esperpento y que la Vaca Sagrada registra en "Gombrowicz
en Argentine", no es tan exagerado como pudiera parecer, vamos a darle,
entonces, algunas vueltas a lo que le pasaba a Gombrowicz con un polaco puesto
en la Argentina.
El tipo polaco, confrontado con el tipo argentino, le producía una impresión que
le resultaba difícil de captar. Los polacos lo impresionaban como más hábiles,
con la misma habilidad que tienen los técnicos cuando se inclinan sobre una
máquina, los argentinos, en cambio, lo impresionaban como más artistas, más
perezosos y más dados a la diversión.
"La
astucia de Ulises, aquella astucia dirigida a conquistar la naturaleza, es
propia de los rubios, hijos de esas tierras menos acogedoras que invitan más a
soñar. Sin embargo, en el polaco, este aspecto técnico es, además, romántico, un
ingeniero tendrá también cara de guerrero o de conquistador, de asceta o de
profeta, aunque en realidad no sea más que un pobre diablo o un jugador de
bridge"
Esta impresión era la de un Gombrowicz que ya llevaba más de veinte años en la
Argentina, era una impresión parecida a la que tenía cuando se ponía a hojear
sus obras medio olvidadas para averiguar lo que le parecían después de tanto
tiempo.
Devoraba a los polacos con la vista para investigar las características de sus
movimientos, su forma de hablar y sus caras. Mientras vivió en Polonia no estuvo
seguro de las impresiones que le despertaban los polacos, pero aquí, en la
Argentina, pudo contrastar esas impresiones con un material humano de los más
variado, compuesto de todas las razas y de todas las naciones posibles.
"Es para mí como una especie de placer doloroso el mirar de improviso a un
polaco y verlo de esta nueva forma, igual que se ve a un extranjero, pudiendo
verificar de ese modo mis impresiones anteriores cuando estaba aprisionado por
la polonidad y, ¿para qué ocultarlo?, bastante atormentado por ella.
Hace poco, en Buenos Aires, experimenté de un modo repentino e inesperado una
confrontación así"
Se refiere al encuentro con un director de orquesta polaco del que fui testigo.
Mientras el público escuchaba con atención un concierto en la Facultad de
Derecho, Gombrowicz sacó un gotero del bolsillo, lo ascendió cuanto pudo con el
brazo bien extendido y empezó a descolgarse gotas en la nariz desde lo alto,
haciendo todos los aspavientos posibles para llamar la atención. Cuando terminó
el concierto fuimos a ver al director, habló un rato con él, acordaron un
encuentro para el día siguiente y nos fuimos. Después de un tiempo le pregunté
qué le había parecido nuestra orquesta al maestro polaco: –Vea, no quiero
desanimarlo, me dijo que tiene el nivel, más o menos, de las bandas de música
que tocan en las plazas de Varsovia.
Yo también observé en este encuentro la tensión de la que habla en Esperpento,
pero se la atribuí a los nervios y no le di importancia.
"Fui por casualidad a un concierto, llegué tarde, entré en la sala cuando ya
sonaba el tema del primer alegro de la ‘Eroica’; no tenía idea de quien era
aquel tipo delgado que dirigía, pero la ejecución de la sinfonía beethoveniana
era notable y en algunos detalles tan original que discutí sobre el asunto con
el amigo argentino que me acompañaba"
Cuando terminó el concierto fuimos a ver al director, resultó ser Stanislaw
Skrowaczewski, un compositor y director de orquesta polaco. Las características
físicas y espirituales del maestro que Gombrowicz había notado durante el
concierto, se le organizaron en esa forma de tipo polaco que ya conocía, igual
que lo que ocurre con un paisaje cuando un detalle nos lo permite identificar
como algo familiar.
"Pero al mismo tiempo, creedme, todo eso estuvo acompañado de una desagradable
puntada en el corazón, quizás a causa de tantos enfrentamientos míos con aquel
‘tipo polaco’ al que yo también pertenecía"
No hay que buscar en esta reacción un complejo de inferioridad, su condición de
forastero impenitente lo había curado de ese problema y se sentía cómodo en
cualquier ambiente. Ese exotismo de su país que le recodaba el director de
orquesta no era solamente misterioso, también parecía una forma de huir de las
preocupaciones y de las luchas de cada día muy típica de los polacos.
"Lo captó el ilustre Marcel Prust al describir sus encuentros con un pequeño
grupo de ‘muchachas en flor’; al conocerlas más de cerca, cuando le fueron
reveladas sus preocupaciones, intereses, sueños y penas, las encantadoras
muchachas dejaron de encantarle; y lo mismo le ocurrió con los salones de la
aristocracia parisina, que se le convirtieron en aburrimiento cuando dejaron de
ser algo desconocido y misterioso. Pero para Proust la vida consistía sobre todo
en conocer, o sea en matar el encanto que nace de nuestra ignorancia"
El propósito que tenía Gombrowicz cuando se encontraba con algún polaco era el
de verlo en su misterio, como lo verían, por ejemplo, un español o un boliviano,
en su calidad de extranjero. No obstante el misterio polaco tenía los pies de
barro. Polonia era un país que no se destacaba demasiado, que carecía de una
cara propia, pero los polacos, sin embargo, no pasaban por el mundo
desapercibidos, aunque en la mayoría de los casos llamaban la atención por sus
extravagancias. A pesar de todo, el misterio polaco existe, una cierta manera
polaca que atrae e interesa al extranjero.
"Estuvimos discutiendo sobre este tema con grupo humano de varias lenguas, al
volver de la proyección de una película cuyo título en polaco debe ser Zamach
(El atentado). A aquellos argentinos, ingleses e italianos la película le había
parecido bastante exótica, pero cuando los acosé a preguntas, resultó que no era
por el tema, ni por la forma artística ni por la acción. No, todo eso es más que
conocido, ese patriotismo, la lucha contra el invasor, el heroísmo de la
juventud, sí, es un tema bastante sobado..., pero aquellas gorras..., y aquella
manera de andar... Precisamente esos detalles de tercer orden, que no se sabe
cómo llegan a la pantalla, eran los que más les habían interesado"
Gombrowicz era también un polaco puesto en la Argentina, cuando lo vi por
primera vez me pareció inglés, pero al poco tiempo de conocerlo se me empezó a
parecer a Jaques Tati, el cómico francés.
El aspecto de Gombrowicz despertó impresiones muy diferentes en dos hombres de
letras hispanohablantes que lo admiran muchísimo.
"Ante todo, aclarar la forma ridícula en que surgió mi fascinación por la
literatura de Gombrowicz. Surgió mucho antes de leerle. Nació exactamente de la
visión de una fotografía que acompañaba a la entrevista que le hacían en el
número uno de la revista española Quimera. Gombrowicz posaba con una gorra, muy
altivo en lo alto de lo que parecía un carruaje, en Tandil, Argentina. Tenía lo
que yo entendía que había que tener, un arrogante rostro de persona inteligente.
Aún no sabía que él había escrito: ‘Cuanto más inteligente se es, más estúpido’"
Estas palabras del Orate Blaguer son bien distintas a las del Águila de México,
pero tanto el español como el mexicano están a sus pies.
"La mayoría de las fotos de Gombrowicz que conozco lo muestran fumando en pipa.
Un hombre de orejas muy grandes, patas de gallo en crucigrama, ojos que no miran
la cámara (...), nariz de grandes ventanas, pelo ralo, tórax ancho (...) y una
mano grande ... que agarra una pipa"
Yo quiero que los gombrowiczidas juzguen con su propia cabeza el aspecto que
tiene Gombrowicz en la foto de esta historia verdadera tomada en uno de los
balcones de su piso en Vence.
A mí me parece, cuando la miro, que la descripción que hace el Águila de México
no está a la altura de las circunstancias, me da la impresión de que esa águila
azteca se ha convertido en una cacatúa, una cacatúa que sueña con la pinta de
Carlos Gardel.
La lista de apodos tiene entonces un nuevo inquilino: CACATÚA.
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LA MADRE Y EL PÚDICO
A Gombrowicz le resultaba complicado escribir sobre sus sentimientos, ni que
hablar si tenía que decir que quería a alguien; fue seguramente la madre la
persona a la que más quiso. En las cartas que nos escribió muy pocas veces
aparecían menciones al afecto.
"Además, Goma, trate de explicarle que soy muy púdico para el sentimiento y por
lo tanto siempre escribo como si cualquier cosa, ¿comprende?"
Las
madres son las primeras que nos dan afecto y son las primeras que nos enseñan a
querer, algo pasó entonces entre Marcelina Antonina Kotkowska y Witold
Gombrowicz para que después de sesenta años de nacido siguiera siendo tan
púdico.
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LAS LOLITAS
A Gombrowicz le gustaba representar el papel de viejo verde reblandecido
persiguiendo a las muchachas como un fauno detrás de las campesinas en el
bosque. Unas pocas semanas antes de partir para Berlín nos escribe desde
Piriápolis una carta preocupante.
"Nada de ascensores, ahora viejo, hay una Lolita de nueve años que me tiene
loco, ni te puedes imaginar, ando así que casi estallo, hay que ver cómo me
persigue, se enamoró locamente, ya te voy a contar. Fuera de eso no sé si me
aburro o no"
En el año 1955 Vladimir Nabokov había actualizado la atracción malsana que
ejercen las nínfulas sobre los hombres maduros con su "Lolita". Gombrowicz no
tenía una buena opinión sobre la persona de Vladimir a quien consideraba un don
nadie pero sí la tenía sobre su primo hermano Nicolás.
"Ayer estaba cenando con el príncipe Nabokov, primo hermano de LOLITA –ocurre
que es una excelente familia, lo que yo no sabía. El príncipe vive en un
imponente palacio, es consejero cultural de Berlín y es él quien me invitó junto
con Jelenski (los dos muy amigos). Admirador. Músico bastante conocido, con
varias obras estrenadas, persona muy iniciada en París, amigo de Camus, de
Maritain etc. Estaba pasmado con mis conocimientos de música"
En la época que apareció la "Lolita" de Vladimir Gombrowicz dejaba rastros en
los diarios de que las nínfulas lo habían afectado.
"Marisa, quince años, distinguida y romántica (...) se sumerge continuamente en
las luminosas brumas de la belleza, el amor y el arte (...) Andrea, doce años,
una chiquilla avispada, brillante y perspicaz, me gusta reír con ella, se ha
especializado en robarme la pipa.
Lena, catorce años. Con ella he iniciado un ligero flirteo que consiste en
intercambiar miradas (...) Rubias. ¡Qué bellas son! (...) y miento, miento,
porque es lo que me exige su imaginación, estoy impregnado de mentira hasta la
médula. Les cuento mis batallas en la última guerra"
Hay
dos lolitas de Gombrowicz que se hicieron famosas, la lolita Crisamor de Tandil,
y la lolita Lola Luca de Salto. Gombrowicz le pedía a Flor de Quilombo que le
mostrara las cartas de las novias para hacer estudios psicológicos sobre el
estilo y la forma, se detenía especialmente en las de Crisamor: –Pero, ¿no te
das cuenta que son cartas de amor?, está mortalmente enamorada de vos. Es muy
joven. Sé responsable. Presta atención, puede suicidarse.
La madre de Crisamor lo veía a Quilombo con desconfianza pero su hija no le
obedecía. Un día Gombrowicz se decide y le escribe una carta a Crisamor: –Crisamor
de mi corazón... La madre descubrió la carta, se lo cuenta a un hermano y el tío
de Crisamor le dice al padre de Mariano: –¿Quién es ese hombre tan raro que
trastorna la cabeza de tu hijo y molesta a mi sobrina? Se estaba haciendo la
fama de un corruptor de la juventud. Para colmo, un polaco de Tandil había leído
"Transatlántico": –¿No sabés con qué degenerado anda tu hijo?
Crisamor parecía salida de "Ferdydurke", le escribía a Gombrowicz cartas
alocadas y magníficas. Su humor de prima donna, con gorjeos auténticos, pescaba
al vuelo el tono de las idas y vueltas de los jóvenes comediantes de Tandil.
La otra lolita, Lola Luca, lo veía a Gombrowicz en el Querandí: –Sos un viejo
vanidoso, además muy egoísta y también egocéntrico... Esta lolita se hizo famosa
por una foto que aparece en los libros de testimonios en la que Gombrowicz se
arroja sobre ella en un sofá con la actitud de un viejo verde violador.
La obra que se parece más a estas lolitas es "Pornografía", una obra libidinosa
y oscura en la que la juventud y la belleza se sacan chispas con la madurez.
Henia y Karol son dos jóvenes representantes de la tentación y del pecado;
Waclaw, el prometido de Henia, y su madre Amelia, de la corrección y de los
principios religiosos. Fryderyk y Gombrowicz son dos adultos mirones y lascivos
anhelantes de que los dos jóvenes se presten atención y consumen una atracción
que grita al cielo, salvo para los jóvenes mismos.
Pero el sueño de los dos adultos para que los jóvenes consumen su atracción
innegable se viene abajo, se van convirtiendo poco a poco en una pareja adulta
de enamorados en la frustración, desdeñada por la otra pareja de amantes, el
fuego de su excitación no tenía nada en qué descargarse, llameaba entre ellos,
estaban asqueados el uno del otro y se juntaban en una sensualidad irritada.
Confundido por la excitación que la producía la "Pornografía", y un poco
alentado por sus propias aventuras con las lolitas, Gombrowicz se encarama sobre
la Lola Luca en su pieza de Venezuela como se puede ver en la foto.
[Imagen: Witold Gombrowicz y Lucrecia Ercole]
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EL BUCANERO Y EL
ORATE BLAGUER
Gombrowicz era una persona propensa a provocar a los demás utilizando los
insultos. En una carta que escribe desde Berlín nos dice:
"Anteayer inicié en ZUNTZ las reuniones artísticas pues quiero dotar a esta
ciudad de un café artístico. Escritores: Grass, Johnson, Weiss (...)
Lamentablemente, por ahora, no puedo insultar a nadie, lo que otorga no sé qué
de irreal al ambiente"
Hace seis años, por alguna razón que hasta el día de hoy me es desconocida,
fracasó la invitación que me había hecho el Bucanero, a la sazón director del
Centro Cultural de España, para hacer un viaje a la península, entonces le
escribí:
"¿Qué necesidad tenías de ofenderme de esta manera? Hace más de cuatro meses que
vienes arrastrando, con tu Armada Brancaleone, el designio de conquistar Madrid.
Pero, ¿por qué me complicas en tus proyectos de capitán de una armada fracasada?
Porque tú, más que un intermediario de la cultura, pareces uno de esos viejos
bucaneros con pata de palo y un loro en el hombro.
Para ti, detrás de un nombre no hay una persona sino un botín. Los corsarios
atesoran oro y tú coleccionas personas, por el tiempo que te sirven según el
alcance de tus cortas entendederas, ambos para acrecentar una riqueza vana con
la que os vais a la tumba.
"En tanto que filibustero no tienes que mostrarte educado pero cuando te pones
el disfraz de mensajero de la inteligencia debieras fingir que tienes modales
pues con tus tonterías no sólo me has ofendido a mí sino también a mi familia y
a mis amigos habiendo quedado en claro que eres un hombre sin nobleza.
Y bien, no has desempeñado bien tu papel de auxiliar de la cultura, te has
comportado como un vulgar maleducado y un pusilánime que se esconde detrás de
los teléfonos y de las secretarias. ¡Bonito regalo le dejas a una mujer
distinguida como Mercedes Viviani! Porque cuando tú, finalmente y gracias a
Dios, te vuelvas a España, Mercedes se quedará aquí, con nosotros, afeada
durante un tiempo por el teatro que le obligaste a representar para ocultar la
torpeza y obscuridad de tus quimeras.
"Mientras el mundo me trata con respeto y admiración crecientes, yo, por un
momento, no he estado a la altura de estas consideraciones pues me he dejado
llevar de las narices por un palurdo mediocre, tan poco caballero que ni
siquiera sabe pedir disculpas. Me queda, sin embargo, un recuerdo imborrable. La
paliza que te di con tu ajedrez polaco y esa imagen de tu rey corriendo en
bombachas por todo el tablero aullando de dolor al ritmo de los formidables
azotes que le propinaba.
No hay historia de piratas que tenga un final feliz"
Cuando en el Centro Cultural de España recibieron el fax que les mandé con este
texto empezaron a bailar la jota.
"No ofende el que quiere sino el que puede. De modo que guardaré tu carta con
mucha simpatía dentro de la gaveta de actos surrealistas (...) Verás por el
artículo de Vila-Matas, "Esperando al fiel Goma", que algo por lo menos se ha
hecho" José Tono Martínez
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EL
AMOR LIBRE
"La amargura de la parte masculina de los jóvenes argentinos respecto al amor
libre es enorme, tanto más que la imaginación y las mentiras de los europeos les
pintaban a la lejana Europa como un lugar donde ocurrían maravillas"
El joven inmigrante le llenaba la cabeza al joven argentino, recurriendo a un
tono de superioridad despreocupada, con historias de mujeres que en su país eran
más modernas y no ponían inconvenientes, y el joven argentino escuchaba todos
esos relatos lleno de admiración y de envidia.
Desde hace siglos la Argentina sufre la invasión de la mentira europea. Por lo
tanto los argentinos tienen la imaginación trastornada y repleta de cuentos.
Entre la juventud masculina, Polonia tiene una fama excepcional, quizás porque
la trata de blancas se nutría en una gran porcentaje con jóvenes polacas.
A tal punto esto era así que la palabra "polaca" era usada como sinónimo de
ramera. El asunto había tomado estado público y ofendía a la dignidad nacional,
tanto que la colonia polaca, una colonia que tenía más sentido del honor que del
ridículo, hizo un llamado a la prensa argentina para que reemplazara la palabra
"polaca" por "polonesa".
Gombrowicz cita el caso de una joven varsoviana de dieciséis años, rubia y de
ojos azules, que había llegado a la Argentina para vivir con sus tíos en una
pequeña ciudad de provincia. En la escuela, la juventud masculina manifestó un
vivo interés por la llegada de la joven comunista, pero su entusiasmo se
extinguió rápidamente.
La polaca les parecía rara y falsa, pues a pesar del amor libre socialista del
que hacía ostentación, no se dejaba tocar.
"La cosa me intrigó, de modo que me informé mejor y resulta que la chica no era
ningún demonio, al contrario, era una chica delicada e inocente, pero su alma
desequilibrada se desahogaba inventando leyendas negras. Como no se podía
vanagloriar del bienestar y el progreso que no existían en Polonia, se
vanagloriaba del pecado"
Las leyendas europeas influían en el alma apacible de los jóvenes argentinos, la
mujer se modernizaba rápidamente y las muchachas que no tenían prisa por casarse
deseaban que se modernizaran más todavía, y sobre todo que se modernizaran más
rápidamente.
La batalla por la mujer envilecía la actitud de los jóvenes con la iglesia
católica. Gombrowicz estaba en Santiago del Estero cuando el parlamento promulgó
la que se dio en llamar ley Domingorena, una ley que concedía a las
universidades católicas y de otras confesiones los mismos derechos que tenían
las universidades estatales.
Se produjo una protesta enfurecida de la mayoría de los estudiantes
universitarios a la que se unieron los alumnos de las escuelas secundarias.
"Una buena mañana vi en la plaza mayor de Santiago una multitud de adolescentes
bajo la mirada paternal de la policía; uno de aquellos jóvenes pronunciaba un
fogoso discurso exigiendo la dimisión del gobierno y la supresión de la
enseñanza religiosa en las escuelas. Habló con tanta vehemencia, que cuando
terminó le pregunté a solas cuál era el motivo de su odio hacia la iglesia y el
clero: –Las chicas– contestó lacónicamente dándome un codazo"
No era el único motivo, había proliferado un cierto tipo de intelectualoide con
un lío pseudo científico en la cabeza que estaba convencido de haber superado
los prejuicios.
Pero la tendencia revolucionaria del joven argentino no revestía ningún peligro,
era demasiado sonriente y sociable y, pese a todo, vivía demasiado bien.
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RAZONES ARQUITECTÓNICAS
"En seguida reprimí aquel recuerdo, pues advertí que ahora puedo fabricarlos por
razones, digamos, arquitectónicas. ¡Qué manía! Observar un globo de cristal, un
vaso de agua, e incluso ahí logras hilar algo de la nada, la forma..."
Gombrowicz es una verdadera araña hilando sin parar. Vamos a ver cómo teje dos
historias en las que se encuentra consigo mismo, pero a edades diferentes.
A los cincuenta años recuerda que, veinte años atrás, en una fiesta de vecinos
se encontraba una joven que lo transportaba a estados de embeleso. Quería
lucirse y brillar ante ella, en aquel entonces esto era absolutamente necesario
para él. Pero al entrar al salón, en lugar de señales de admiración, se encontró
con la compresión de las tías, las bromas de sus primas y la ironía vulgar de
todos los nobles de la vecindad. Un periodista se había ocupado de uno de sus
cuentos con unas palabras llenas de indulgencia, pero dando a entender que le
faltaba talento.
La publicación había caído en las manos de los presentes y todos conocían su
contenido. Le daban más crédito al crítico, naturalmente, porque era un escritor
de mucho éxito. Esa noche Gombrowicz no sabía dónde esconderse, se sentía
impotente, pero no porque la situación le viniera grande, sino porque era
irrefutable, no merecía refutación. Igualmente sufría, sufría y tenía vergüenza
de su sufrimiento. A pesar de que ya, por aquel entonces, sabía arreglárselas
con demonios más peligrosos, en este asunto se hundía descalificado por su
propio dolor.
Al Gombrowicz cincuentón le hubiera gustado ponerse detrás de aquel otro
veinteañero para que se sintiera completado por el sentido futuro de su vida.
Estaba en la Costanera mirando el Río de la Plata. El Gombrowicz viejo hubiese
querido ayudar al joven completándolo con su madurez, pero se sentía incompleto,
distante, amargado y retrasado a orillas de la costa americana.
La otra historia tiene un tono parecido. A los cincuenta y nueve años Gombrowicz
recuerda que, veinticuatro años atrás, había partido del puerto de Gdynia con
rumbo a Buenos Aires. Hoy estaba regresando a Europa en el Federico Costa, y le
temía al encuentro que inevitablemente tendría con ese Chrobry en el que viajaba
un Gombrowicz de treinta y cinco años. Al Gombrowicz sexagenario también le
hubiera gustado ponerse detrás de aquel otro treinteañero para ayudarlo a
completarse, pero está confuso, no sabe si está preparado para ese encuentro.
Las dos historias tienen cierto parecido. En ambas, el viejo le lleva al joven
la misma cantidad de años, aproximadamente. Pero en la última historia el viejo
está más completado que en la primera, es más maduro, está en mejores
condiciones de ayudar al joven, pero no lo ayuda.
Y no lo ayuda porque esa mayor madurez de Gombrowicz tenía las manos vacías, se
estaba desmoronando por su alejamiento de la Argentina.
Después de treinta y cinco años Gombrowicz regresaba a Francia y se encontraba
con un joven de veinticuatro años que había descuidado sus estudios, que se
había hecho amigo de unos tratantes de blancas, y casi va a parar a la cárcel. A
este joven se le está acercando un señor de cincuenta y nueve años cuya obra de
escritor ya tenía un lugar en el mundo, y que nos estaba abandonando después de
veinticuatro años de vida en la Argentina. ¿Podría finalmente derrotar a París?
Mientras que en aquel lejano 1928 ese joven un poco arrogante se sentía puesto
en una situación inferior, este hombre maduro de hoy nos está diciendo desde
Francia que todo terminó.
El círculo estaba cerrado, la victoria era fulminante, Gombrowicz reinaba ya en
los salones y en la literatura. Nosotros mismos crecimos con esta victoria pues
se nos estaba confirmando que allá, en el ombligo del mundo, el héroe de "Ferdydurke",
como él nos escribe al poco tiempo de llegar, pertenecía ya a toda la humanidad.
Alguna persona mal intencionada podría argüir que el Gombrowicz de las alforjas
vacías que viajaba a bordo del Federico Costa, del que habla él, no es el mismo
que desembarca en Francia, del que hablo yo. Sin embargo, estos dos Gombrowicz
están separados por el escaso tiempo de un mes, no podían ser, pues, tan
diferentes. También es cierto que los jóvenes de los encuentros son distintos,
el de la historia de Gombrowicz es el que abandona Polonia en 1939, y el de la
mía es el que hace el peregrinaje a Francia en 1928, pero de la relación que
existe entre estos dos jóvenes ya hablamos en otro momento. Mientras estamos
dando vueltas alrededor de estos encuentros la araña sigue tejiendo y nos atrapa
como a una mosca.
"En el café Rex, en Buenos Aires, al que iba a menudo a jugar al ajedrez, solía
ver a un joven brasileño, muy delgado, de una timidez enfermiza, y que hablaba
tan bajito que nadie sabía bien lo que estaba diciendo. Por delicadeza, se le
respondía al azar, y, a salto de mata, el diálogo iba avanzando. Un día lo
abordé: –¿Sabe usted que nunca le ha hablado a nadie en toda su vida?"
La incomunicación entre el viejo y el joven Gombrowicz también estaba
relacionada con la inexpresividad del lenguaje. El hombre viejo y el hombre
joven casi no tienen nada en común, pero el lenguaje del hombre viejo es casi
igual al del hombre joven, y esto es así porque el lenguaje no expresa la
existencia individual del hombre, el lenguaje carece de expresividad. Por lo
tanto, Gombrowicz sabía de antemano que los intentos de poner al Gombrowicz
viejo en contacto con el joven Gombrowicz estaban destinados al fracaso, pero la
araña tenía que tejer.
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EL
SEÑOR BARBAVERDE
A pesar de las cosas que escribió el Pato Criollo en el prólogo de "Gombrowicz,
este hombre me causa problemas", y a pesar de las cosas que escribí yo en el
epígrafe de este mismo libro, la fuerza de las cosas me obliga a aceptar que me
he convertido en un escritor.
"Y la sospecha es irreversible, ella también hace real el tiempo: no se vuelve
atrás a un mundo de sentido pleno y confiable. No hay más remedio que seguir
adelante, y el impulso infinito hace de Goma, que era el no escritor por
excelencia, un escritor"
Eso dice el Pato Criollo, yo digo todo lo contrario.
"En cuanto al libro. Yo no sé por qué o para qué escriben los escritores, yo no
soy escritor. Este libro lo escribí para transformar un poquito al mundo, para
que los argentinos y los polacos que lo lean sean un poquito mejores después de
haberlo leído"
Después de ingresado al gremio de los hombres de letras me dispuse de inmediato
a averiguar cuál era, verdaderamente, el propósito que tenían los escritores
cuando escribían.
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Ese asunto de transformar un poquito el mundo no me convencía demasiado, pero a
pesar de que mis intenciones parecían buenas tropecé enseguida con algunas
dificultades.
"Puedo decir, no sin un perverso placer, a mis colegas de la pluma que escriben
para la humanidad, que jamás he escrito una sola palabra con un objetivo que no
fuera egoísta; no obstante, en cada ocasión la obra me traicionaba y se separaba
de mí"
Esto piensa Gombrowicz, pero el Pato Criollo, aunque no la contraria, piensa
otra cosa.
"La literatura comercial debe tener como condición ineludible una completa
sinceridad, pues si hay una gota de ironía el lector lo huele de lejos y deja la
novela. Esta es la razón por la que mis libros fracasan totalmente, pero ya
estoy resignado a eso.
No es mi intención reírme del mundo, no sé bien para qué escribo, pero sería más
bien para una exploración de mi mismo, para entenderme y para entender mi vida"
Me pareció que debía seguir indagando sobre el propósito que tienen los hombres
de letras cuando escriben, pero un comentario que me hizo la Hierática acerca de
la última novela del Pato Criollo interrumpió mis cavilaciones.
No es la primera vez que esta hermosa mujer me ayuda a pensar, hace un tiempo me
sacó de la cabeza una idea preocupante que se me había formado: –El Pato Criollo
ha desaparecido, vas a ver que ese extraviado se va a suicidar; –No digás
macanas, Goma, si acaba de publicar "La cena".
Le pregunté a la Hierática si "La cena" tenía algo que ver con "El gran salmón":
–No, "El gran salmón" según me dijiste transcurre en Rosario y esta novela
transcurre en Coronel Pringles. En cierto momento se produce una gran revolución
en el cementerio, los muertos salen de las tumbas y atacan al pueblo. Le abren
la cabeza a los vecinos y le chupan las endorfinas, los zombis resultan
invencibles.
Sin embargo, en un momento determinado una señora anciana reconoce a uno de los
muertos que se le está viniendo encima: –Pero si éste es el colorado Pereira.
Los viejos comienzan a identificarlos a uno por uno y los zombis derrotados
vuelven a las tumbas.
El último proyecto de Aira que yo conocía era el de "El gran salmón": –¿Y vos,
qué estás haciendo, César; –Y, estoy escribiendo, como siempre; –¿Y ya tenés el
título?; –Y, sí, se llama "El gran salmón"; –Ah, una novela de pesca; –No, no,
es un salmón intergaláctico, se viene para acá nomás; –Caramba, pero, ¿habla?;
–No, no, tiene un gran tamaño, mide cincuenta mil millones de años luz; –Por
favor, está lejísimos, entonces; –No, acá nomás, a quince kilómetros de Rosario.
Esta conversación la había tenido con el Pato Criollo en el año del centenario
de Gombrowicz. Pasó el tiempo y otra vez, en cambio de aparecer "El gran salmón"
aparece después de "La cena" otra novela en la que narra las desventuras de un
joven escritor cuyo destino queda ligado a la conducta contradictoria de un
editor. El editor recibe con entusiasmo la primera novela del autor, una
historia que le parece genial, y le promete la firma del contrato en no más de
dos semanas, pero las cosas no suceden así.
Los contactos entre el escritor y el editor se van haciendo cada vez menos
frecuentes, de semanas pasan a meses y de meses a años, sin embargo, el
entusiasmo y la delicadeza con los que el editor trata al autor aumentan con el
transcurso del tiempo.
Pero es justamente el transcurso del tiempo el que hace pasar al escritor de la
condición de joven promesa a la de autor entrado en años y, como si fuera poco,
lo convierte en un escritor malogrado para siempre, una historia con un marcado
aire kafkiano que me trajo a la memoria "Un artista del hambre". Kafka narra en
este cuento los infortunios de un hombre que ayuna por falta de apetito y que es
exhibido en público como una rareza llamativa. Al final del relato ya nadie se
interesaba por él y lo barren junto a la basura.
A mí me seguía dando vueltas en la cabeza la historia de ese salmón
intergaláctico que se había aparecido a quince kilómetro de Rosario, pero la
espera terminó, hace unos días la Hierática me cuenta: –Apareció "El gran
salmón". Y aquí me di cuenta de que nosotros, los escritores, en vez de pensar
en las ideas principales algunas veces pensamos en las secundarias pues yo, en
vez de pensar en el salmón intergaláctico cuando recibí la noticia, pensé en
Rosario.
Y pensé en Rosario por una obsesión descomunal que se le había formado a
Gombrowicz con esta ciudad tan simpática. Al regreso de unas vacaciones que
había pasado en las Cataratas del Iguazú hace una escala en Rosario, y la ciudad
lo recibe de una manera sorprendente. Cuando le pregunta a un transeúnte dónde
podía desayunar el pobre hombre consultado emite unos sonidos guturales e
incomprensibles, Gombrowicz piensa que es un sordomudo y sigue su camino. Con el
segundo transeúnte que tropieza tampoco tiene suerte, esta vez el hombre
sorprendido balbucea: –Uoebeeeaglugluglu. Piensa que a lo mejor es una
estratagema preparada por los hombres de letras que no le tenían simpatía, no
podía entender cómo en un trayecto tan corto se hubiera encontrado con dos
sordomudos. Con mucho temor intercepta al tercer transeúnte, pero éste le
contesta en forma humana.
"Rosario es la más fea de las grandes ciudades argentinas; en cuanto a cantidad
de habitantes, iguala a Varsovia, pero es pueblerina hasta la médula de los
huesos. Es curioso: toda esa masa de gente hasta ahora no ha creado ningún
movimiento cultural, artístico, aunque tiene una universidad, y no se trata de
una urbe obrera, sino de una ciudad de empleados, comerciantes, vendedores
ambulantes y empresarios de todas clases. Pero sus necesidades espirituales
quedan satisfechas con el juego de billar.
Cada país tiene su monstruo. En Rosario a cada paso se puede ver al monstruo
representativo de la Argentina: es un tipo regordete, mofletudo, de mejillas
rubicundas y brillantes, un bigotito negro de tenor, el pelo engomado, ojos
sensuales, con un reloj, un anillo, de elocuencia fácil y abundante, de una
familiaridad y cordialidad afectadas, que aspira la sopa, se hurga los dientes
con un palillo y está encantado consigo mismo... ¡Dios mío! ¡Qué monstruo!
¡Emana una idiotez imposible de soportar!
Comercio, balance, presupuesto, saldo, inversiones, crédito, inventario, cuenta,
neto, bruto, sólo esto, únicamente esto, toda la ciudad está bajo el signo de la
contabilidad. La vulgaridad de América, la América gorda"
En "Las aventuras de Barbaverde" el Pato Criollo también piensa en Rosario, pero
piensa de una manera diferente. Esta ciudad tiene para él algo de mágico y de
raro, y tiene también una fuerza magnética que lo inspiró para escribir una
novela a la que dio en llamar "Los misterios de Rosario".
Todo comienza y termina en la ciudad de Rosario, en la que un periodista joven
recibe el encargo de entrevistar al señor Barbaverde hospedado en el Hotel Savoy
y cuyo rostro nadie jamás había visto, un verdadero representante del bien que
intenta detener los diabólicos designios del representante del mal por
excelencia, el malvado profesor Frasca que se propone dominar al mundo
desacreditando el poder del señor Barbaverde haciendo todo lo posible para que
nadie lo tome en serio.
Obedeciendo las órdenes de Frasca aparece un salmón de grandes proporciones
sobre el cielo de Rosario, mientras otros fenómenos también perturban el orden
del cosmos: aparecen juguetes que se transforman en personas, personas que se
desprenden de una pantalla, las pirámides de Egipto se multiplican y avanzan por
el desierto... un gran desorden hace peligrar a la humanidad.
El tremendo volumen del gran salmón lo hace visible desde cualquier parte de la
tierra, había surcado la inmensidad del espacio a la velocidad de la luz para
estrellarse en Rosario con la intención de destruir el mundo, justo enfrente de
esa ciudad que Gombrowicz despreciaba por su monstruosidad pero a la que el Pato
Criollo tanto quería.
Yo creo que el propósito del malvado profesor Frasca hubiera entusiasmado
muchísimo a Gombrowicz, no sé cuánto lo entusiasmó al Pato Criollo pues le opuso
la voluntad del representante del bien, el señor Barbaverde, para que no
realizara el mal en Rosario y tampoco en la tierra.
En todo caso, para presentar "Las aventuras de Barbaverde" el Pato Criollo viajó
a España e hizo declaraciones a los periodistas tan fúnebres como inesperadas,
mientras se encaminaba a la editorial Mondadori para encontrarse con sus colegas
de letras de molde.
"Se me acabó la cuerda, como lo que hacemos los escritores no tiene un fin
práctico, las ganas que tengo de escribir se me están terminado, son muy
volátiles"
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UN
PUÑETAZO EN UN OJO
"Gombrowicz creó un círculo y utilizó su obra para crear su fama, lo que no era
tan difícil, debido a que su figura tenía rasgos promocionables muy evidentes.
No había manera de que a largo plazo la intelectualidad argentina se abstuviera
de caer rendida a sus pies, independientemente de lo que pudiera pensar de sus
libros"
Estaba leyendo estas palabras escritas de puño y letra por el Casanova, un
integrante del grupo de gombrowiczidas al que di en llamar los siete magníficos,
y me vino a la cabeza una idea que no es tan descabellada como pudiera parecer a
primera vista.
Hasta el día de hoy la página en blanco ha sido la primera amenaza que enfrenta
el hombre de letras cuando empieza a escribir, una amenaza que va disminuyendo a
medida que las va llenando, pero la última amenaza no está bien definida hasta
el momento.
Supongamos que al terminar el trabajo las últimas palabras tuvieran la
posibilidad de darle al escritor un fuerte puñetazo en un ojo, para el caso que
hubiese escrito tonterías naturalmente. Esta posibilidad, no puede ser de otra
manera, debiera condicionar en parte la actitud del autor.
Yo creo que el Casanova hubiera tratado de reflexionar un poco más si hubiese
tenido que enfrentarse con la perspectiva de recibir un puñetazo en un ojo. Pero
no siempre la perspectiva de enfrentarse con ese tipo de puñetazo le hace
cambiar el texto a un escritor, no creo por ejemplo que la perspectiva de
recibirlo de un ciudadano alemán le hubiera hecho cambiar a Gombrowicz ni media
palabra de un pasaje de los diarios que escribe en Berlín.
A Gombrowicz se le estaba presentando un problema bastante peliagudo cuando se
ponía a analizar una naturaleza de los alemanes que le aparecía como
contradictoria y a la vez concurrente, un asunto al que debía encontrarle alguna
solución literaria en los diarios que estaba escribiendo.
"Me llevaron a una prisión y me mostraron una habitación corriente, luminosa,
con unas anillas de hierro en el techo que servían para colgar de ellas a
quienes luchaban contra Hitler, o quizás no para colgar, sino para asfixiar"
Tenía una confusión sobre si colgaban o asfixiaban a los prisioneros, como se
tiene en los lugares donde la naturaleza se vuelve fantástica. Por las calles de
una ciudad profundamente moral tenía también que ver perros y hombres
monstruosos junto a una voluntad admirable de ser normales.
El año nuevo de 1964 lo pasó con un grupo de jóvenes en la casa de un pintor. Y
es aquí donde empieza a darle vuelta a las manos, ve a esos jóvenes nórdicos
encadenados a sus propias manos, una manos por otra parte perfectamente
civilizadas.
"Y las cabezas acompañaban esas manos como una nube acompaña la tierra (no fue
una sensación nueva, ya en alguna otra ocasión, en la Argentina, Roby Santucho
se me había asociado, identificado con sus propias manos)"
Eran unas manos nuevas e inocentes y, sin embargo, iguales a aquellas otras
sangrientas. Manos amistosas, fraternales y amorosas, como las de aquel bosque
de manos alzadas, tendidas hacia delante en su heil, en las que también había
amor.
Pero en estos jóvenes alemanes de hoy no tenían ni una sombra de nacionalismo,
era la juventud más madura que había visto jamás.
Una generación que parecía no engendrada por nadie, sin pasado y suspendida en
el vacío, sólo que seguía encadenada a sus propias manos, unas manos que ya no
mataban, sino que se ocupaban de gráficos, de la contabilidad y de la
producción. Eran ricos.
"Para llenar una laguna de mi alemán chapurreado cité el Hier ist der Hund
begraben (Aquí está el perro enterrado) de Goethe, y enseguida vino a pegárseme
un perro enterrado, no, no exactamente un perro, sino un muchacho igual que
ellos, de su edad, que podía estar enterrado en algún lugar próximo, a orillas
del canal, debajo de las casas, donde una muerte joven debió ser muy frecuente
en el último combate. Ese esqueleto estaba en algún lugar cercano... Y al mismo
tiempo miré la pared y vi allá, en lo alto, casi tocando el techo, un gancho
clavado en la pared, clavado en una pared lisa, solitario, trágico como aquellas
anillas de hierro de las que colgaban o asfixiaban a los que luchaban contra
Hitler"
Ese año nuevo en Berlín le resultó plácido, sin la presencia del tiempo ni de la
historia. Sólo aquel gancho en la pared, el esqueleto fraterno y esas manos se
le asociaban con las paradas militares amorosamente mortales. De esos jóvenes se
habían extraído unas manos puestas en la avanzada de un bosque de manos que
mostraban el camino hacia delante.
"Aquí y ahora, en cambio, las manos estaban tranquilas, desocupadas, eran
privadas, y, sin embargo, los vi de nuevo encadenados a sus manos (...) En
realidad no sabía a qué atenerme: nunca había visto una juventud más humanitaria
y universal, democrática y auténticamente inocente..., más tranquila. Pero...
¡con esas manos!"
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LA PRIMERA VEZ
En el año 1957 Gombrowicz me escribe la primera carta, me la manda desde Tandil.
Buscando un alivio para sus bronquios atacados por el asma Gombrowicz se nos va
a Tandil. Algo había que lo atraía en esa ciudad del sur, como la lámpara que
atrae a las mariposas. Pasó cinco temporadas por allá entre los años 1957 y
1960, en total unos diez meses más o menos, y convirtió a Tandil en un lugar
mítico.
Claro, fueron los jóvenes tandilenses los que atrajeron a Gombrowicz, él andaba
detrás de una actualización permanente de su inmadurez porque la inmadurez no se
puede aprender leyendo libros por más inspirados que sean. La barra del Rex de
Buenos Aires empezó a saber algo de la gente de Tandil cuando Gombrowicz nos
escribe desde allá.
"Ocurre que me fui al diario Nueva Era y hablé con el Director preguntando si
hay ambiente, entonces me dijo: ‘Cómo no habrá, si tenemos al gran Salceda’ así
que me fui a ver a Salceda quien resultó Bolche y colaborador de Propósitos pero
igual nos hicimos amigos y conocí a Isidro D. Alperta. Ahora, Alperta me
presentó a Farías, Farías a Mejía y Mejía a Rohel (...)"
Pero Gombrowicz siempre tuvo dos versiones para dar cuenta del mismo asunto,
otra cosa es la que escribe en el "Diario".
"En un edificio vi un anuncio pequeño; ‘Nueva Era, periódico diario’. Entré. Me
presenté al redactor, pero no tenía ganas de hablar, tenía sueño y por eso no me
expresé muy felizmente que digamos. Dije que era un "escritor extranjero" y
pregunté si en Tandil había alguien inteligente a quien valiera la pena
conocer."
Para los de Buenos Aires algunas de las cosas que ocurrieron en Tandil se
volvieron legendarias: el asombro de Gombrowicz cuando supo, casi recién llegado
a Tandil, que el Asno había leído "Ferdydurke"; la compota de Flor de Quilombo
que protegió a Gombrowicz de sus ensueños con su propia muerte; la ceremonia que
armó Deolinda de Mauro en su casa celebrando la llegada del contrato de Julliard
para editar "Ferdydurke" en París.
Tandil, octubre de 1957
Niños, aquí estoy en Tandil, llegue más o menos, paré en el hotel Continental,
100 $ diarios, pero ya me mudé, ahora vivo allí abajo donde termina la gran
avenida que se ve bien y donde está la gran puerta de entrada a la montaña, yo
vivo justo al lado de la puerta y pago 25 diarios sin comida la cual me saldrá
50 más. Ocurre que me fui al diario Nueva Era y hablé con el Director
preguntando si hay ambiente, entonces me dijo: "Como no habrá, si tenemos al
gran Salceda" así que me fui a ver a Salceda quien resulto Bolche y colaborador
de Propósitos pero igual nos hicimos amigos y conocí a Isidro D. Alperta. Ahora,
Alperta me presentó a Farías, Farías a Mejía y Mejía a Rohel, yo deslumbraba uno
por uno con 1) París 2) Ocampo 3) en general pero claro está matizado con mucha
sencillez "che viejo" "que tal" y otras cosas por el estilo. Es triste que son
bastante ordinarios. Hoy a la noche me voy al Ateneo Rivadavia donde habrá
reunión social en mi honor y quién sabe si no me mandaré un discursito. Al día
siguiente: la reunión era así no más pero la bibliotecaria me dio la dirección
de un poeta joven que se está preparando para el bachillerato y hoy me fui a
verlo y le dije: vea joven, soy un famoso escritor extranjero y necesito un
secretario así que venga hoy a las 4 al café Rex (casualmente así se llama) y
llame otros jóvenes poetas, que vengan todos. El joven muy alborotado me juró
fidelidad, así que, supongo, lo tendré aquí de Gómez y aún quién sabe si no lo
bautizaré "Gómez". Hay también un rubio pero lo guardo para cuando habrá que
llevar la valija. Tengo un departamento muy mono, pieza, cocina, baño, solo por
$25 diarios justo al lado de la gran puerta que conduce a la montaña y al lado
del parque así que ante mi toda la ciudad y me hundo en arboles y flores
alabando a Dios y muy recuperado de salud. A Dios, pibes, salud. Yo
Tandil, 23 de octubre de 1957 (Postal)
Aquí vivo, abajo, donde termina la gran avenida. Todo más o menos bien pero no
sé qué pasa, algo no muy claro, hoy vino y dijo que le dará a patadas a
Panagotto, ahora Dipi y Buffalo sostienen que no era él sino Bianchotti, quién
lo sabrá, me piden consejo pero que consejo puedo dar, además hay que andar con
cuidado porque hay no sé qué en el ambiente y lo de Leoplán y Ricardone también
me resulta algo raro que digamos. Veremos. Mi valija manda saludos a su
changador (el Alemán) y yo a los demás infelices del Rex??? !!! ??? !!! Qué sé
yo... La cena. La muela. El paseo y la confitería.
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EL PRINCIPIO DE
COMPLEMENTARIEDAD
Un integrante del club de gombrowiczidas, al que apodé el Abanderado, no por el
apellido ilustre que lleva, sino porque es el único gombrowiczida que se atrevió
a decir una cosa increíble.
"Gracias, Juan Carlos, por el material sobre Gombrowicz, a quien en realidad no
he leído, cosa que en mi caso no significa nada, dado el enorme déficit que
arrastro. Pero estamos a tiempo. Un abrazo"
Pero el Abanderado, a más del de Gombrowicz, tiene otro capiti diminutio
fundamental según él mismo lo siente: con tono lastimero le confesaba a un
periodista la admiración que siente por la filosofía de la ciencia física, y
también su imposibilidad de comprenderla pues sus conocimientos de matemática
son muy elementales.
Si el Abanderado hubiese leído a Gombrowicz hubiera descubierto que ésta no es
una verdadera dificultad. En efecto, los conocimientos de matemática de
Gombrowicz eran menos que elementales, ya desde joven había manifestado un
antitalento muy marcado para asimilar las ciencias exactas, una incompetencia
que no se le atenuó con el tiempo, sino todo lo contrario.
Se paseaba con una aparente seguridad por las teorías de la física: la cuántica,
la ondulatoria, la de la relatividad, aunque reconocía que cualquier
cuestionario de lo más elemental lo hubiese puesto en verdaderos apuros.
Vivió un momento de la historia en el que ya habían fermentado todas las
revoluciones del pensamiento que tuvieron lugar en los cien años que van entre
la mitad del siglo diecinueve y la mitad del veinte, y aunque Gombrowicz no era
científico ni filósofo quedó muy afectado por todo esto.
En el año 1969 Gombrowicz da un curso de filosofía en Vence en el que trata con
cordialidad a Kant y a Husserl, los científicos de la filosofía, y con
descortesía a Sartre, el filósofo de la existencia. Kant tiene que vérselas con
el empirismo de Hume y con la ciencia fisicomatemática de Newton, y su
pensamiento termina oliendo a mecánica racional.
Un siglo después las cosas se habían puesto bastante turbias con el historicismo
de Hegel y el positivismo de Comte. La mecánica racional, como una víbora,
estaba cambiando de piel, aparecen la mecánica cuántica y la ondulatoria, y
también la relatividad. Einstein, Planck, Bohr, de Broglie y Heinsenberg deciden
darle un golpe maestro a Newton, pero no mortal, sólo convierten a su mecánica
racional en un caso particular. El pensamiento filosófico había pasado de la
claridad kantiana a la oscuridad.
Entonces aparece Husserl y prende la luz. La razón se estaba convirtiendo en la
sirvienta de un mundo premeditado al que trataba de servir con mucha gentileza.
Un razonamiento tan devaluado no podía serle útil a la nueva filosofía. Aunque
Gombrowicz no le dedica una clase especial a Husserl, habla de este filósofo
para introducir el existencialismo. Mientras a él le habían puesto un cero en
álgebra y trigonometría en su época escolar, Husserl se doctoró en matemática
con "Contribución al cálculo de las variaciones".
Con este cálculo de las variaciones, es decir, de las combinaciones, que sirve
para determinar la probabilidad de ocurrencia de un suceso físico empieza una
danza que todavía hoy seguimos bailando.
El Natura non facit saltus había imperado desde el tiempo de los griegos, la
naturaleza no crea especies ni géneros absolutamente distintos, existe siempre
entre ellos algún intermediario que los une al anterior.
Pero cuando Planck sienta el principio de que la materia no puede emitir
radiación más que por cantidades finitas, por granos, por cuantos, y Heinsenberg
nos muestra que sólo podemos conocer la probabilidad de existencia y no la
existencia de la partícula misma, la naturaleza empieza a saltar.
Gombrowicz queda deslumbrado con la naturaleza granulada de la energía y
entonces se propone construir una moral granulada.
Puesto que la cantidad de los que sufren le pone límites al dolor, lo fragmenta
y lo disuelve, y como el sentimiento que pone al hombre en contacto con el dolor
del otro proviene de una reflejo moral, entonces, debe disponerse de una moral
limitada, fragmentaria, arbitraria e injusta, una moral que por su naturaleza no
es continua sino granulada. Este tipo de moral es la que Gombrowicz utilizaba
para enfrentar todos los excesos, especialmente los ideológicos.
También queda sobrecogido con el principio de indeterminación de Heinsenberg tan
ligado al azar y a la probabilidad, y aunque Einstein andaba exclamando por ahí
que Dios no juega a los dados, esta concepción sigue siendo fundamental en la
física actual. Gombrowicz busca y encuentra en sus reflexiones sobre la forma
algo parecido.
En el encuentro de una persona con otra hay una zona determinada de la conducta,
de la que se ocupan la psicología y la antropología, y una esfera en la que el
comportamiento no está determinado de antemano, se va ajustando poco a poco y
pasa de un cierto caos a una estructura probabilística en la sobresale el azar
sobre el determinismo, y en la que cada participante del encuentro define en el
otro una función.
Este bamboleo existencial le presenta a Gombrowicz un problema parecido al que
había resuelto Bohr con su noción de complementariedad para el caso de los
protones y de los electrones. Las partículas atómicas hay que describirlas, ora
con la imagen corpuscular, ora con la imagen ondulatoria, y esto debe hacerse
así por que estas dos imágenes contradictorias son concurrentes.
Las relaciones de indeterminación, que son una consecuencia del cuanto de
acción, no le permiten a las imágenes entrar en un conflicto directo. Cuanto más
se quiere precisar una imagen por medio de observaciones, más la otra se hace
necesariamente vaga. Las propiedades corpusculares y ondulatorias no entran
jamás en conflicto porque no existen al mismo tiempo, son aspectos que se
contradicen y se completan de manera complementaria.
Esta concepción contradictoria y complementaria de los fenómenos físicos está
presente en el espíritu de la época, la época de la juventud de Gombrowicz, un
espíritu que Gombrowicz expresa a su modo cuando se extraña de estar tan
definido y tan indefinido al mismo tiempo.
Cuando se va de la Argentina siente que puede decir sobre ella una cosa u otra
distinta y hasta contraria, veinte millones de vidas en todas las combinaciones
posibles es demasiado para la vida de un solo hombre.
Quizás la Argentina lo atrajo porque se encontró en ella sin dinero, o porque
había perdido los privilegios de los que gozaba en Polonia, o por la indolencia
de su forma, o por su cruel brutalidad, no lo sabe. Navegando hacia Europa nos
habla como si se hubiese terminado todo, pero poco después escribe:
"Observe Goma lo que es el poder del verbo. Al leer el párrafo de su última
dedicado a Flor de Quilombo comprendí enseguida, de repente y con claridad
meridiana que no hay motivo para que yo me quedara en Europa, pues París es
demasiado caro y además me cansa, otras ciudades no interesan, ahora si me voy a
España puedo lo mismo volver a la Patria y no se ve de veras, por que tuviese yo
estar en España y no en la Argentina (..) Así que de todos modos pienso
establecerme en la Argentina. Imagínese Goma lo que hizo su carta, curioso no es
cierto, le doy mi palabra que hasta este momento ni pensaba volver, escribí
últimamente a Giedroyc para que me busquen alojamiento para el año próximo en
Maisons Laffitte (París). Pero qué voy a hacer yo en esta Europa de mierda que
se me ofrece como un vacío infinito donde todos los lugares son buenos –y malos–
a la vez"
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UNA CUESTIÓN DE PRÓLOGOS
El prólogo que escribió el Pato Criollo para "Gombrowicz, este hombre me causa
problemas" resultó un poco enigmático. A pesar de los ruegos reiterados que le
estuvimos haciendo durante un cierto tiempo tanto yo como mi propia familia, no
hubo caso, no supo, no quiso o no pudo cambiarlo, mejor dicho, le cambió algunas
palabras pero el resultado fue el mismo.
En un almuerzo que tuvimos para celebrar el fin del año 2003 y la conclusión de
lo que de ahora en adelante llamaré el galimatías, el Pato Criollo me dijo
mientras me lo entregaba: –Me parece que este galimatías, perdón, que este
prólogo, le va a traer algunos contratiempos a nuestra amistad. Y así ocurrió.
Tenía dos alternativas para concebirlo, escribir sobre "Gombrowicz, este hombre
me causa problemas" o escribir sobre Gombrowicz, pero ese conspicuo hombre de
letras, probablemente atolondrado por la responsabilidad, se las ingenió para no
escribir ni sobre una cosa ni sobre la otra, es decir, él creyó que estaba
escribiendo algo sobre Gombrowicz cuando en realidad estaba dándole vueltas al
galimatías indigerible en el que la palabra "poseur" y sus derivados tienen un
papel estelar. Esta inclinación a ver en Gombrowicz un hombre que siempre está
en pose es propia de los escritores argentinos borgianos, el Buey Corneta,
pongamos por caso, cuando habla de Gombrowicz se regodea utilizando el vocablo
"posado".
El quilombo que arma el Pato Criollo con la ambigüedad y la sospecha, la
representación y el desdoblamiento, la heterogeneidad y el objeto, es de
película, le va borrado sistemáticamente los contornos a Gombrowicz hasta que al
pobre polaco no le queda más remedio que desaparecer quedándose el lector con
una nube de humo entre las manos.
¿Por qué los escritores argentinos no saben hablar de Gombrowicz? ¿Será por eso
que no fueron a la mesa redonda de la Feria del libro para contestar la pregunta
de si Gombrowicz era un escritor polaco o argentino? ¿Será por eso que el
Boxeador Amateur se tomó las de Villadiego?
"Ando enloquecido, Ferdy aparece el 10 de noviembre en París, precedida por una
publicación de Lettres nouvelles, ahora ocurre que sin avisarme han metido en el
libro un prefacio, lo que me enfureció, mandé telegrama exigiendo que lo saquen
a toda costa, el príncipe se enfermó, Nadeau asustadísimo, ahora después leí
otra vez el prefacio y me pareció tan bueno que estoy temblando que lo van a
sacar y ya mandé otro telegrama. Ahora nada sé, todo está en manos de Dios"
El prefacio lo había escrito el Príncipe Bastardo, un texto que finalmente
apareció en la edición francesa de "Ferdydurke".
Y bien, yo sigo el camino de Gombrowicz, también el prólogo del Pato Criollo, a
pesar de las reservas que le opuse, apareció en "Gombrowicz, este hombre me
causa problemas", y no tuve que temblar en ningún momento.
Sin embargo, hay algo que nunca hice, poner en conocimiento del club de
gombrowiczidas el escrito del Pato Criollo, y creo que ha llegado el momento de
hacerlo, a ver si a ustedes les parece tan bueno como el del Príncipe Bastardo
se lo pareció a Gombrowicz.
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EL PATHOS DE UNA IDEA
Los personajes en la escena no actúan para imitar caracteres, sino que reciben
los caracteres como un accesorio, a causa de las acciones. Las acciones y la
fábula son el fin de la tragedia... Sin acción no puede haber tragedia, pero
puede haberla sin caracteres, más o menos así pensaban los griegos.
Sartre está de acuerdo con esta manera de ver las cosas, Gombrowicz sólo en
parte, y sólo en parte porque para él también el relato, es decir, la fábula es
un elemento accesorio.
La narración en Gombrowicz tiene un aspecto diferente, no tiene caracteres y la
historia es accesoria, mientras que en la de Sartre la historia representa su
ideología.
Sartre se ocupa especialmente de destruir el carácter, para él no existe el
carácter, sólo para otra persona aparecemos como un carácter, como una sustancia
psíquica. Pero Sartre rechaza las sustancia en cualquiera de sus formas: el
carácter, el temperamento o la naturaleza humana. La herencia, la educación, el
ambiente y la constitución fisiológica no son más que los grandes ídolos
explicativos de nuestra época porque corresponden a una interpretación
sustancialista del hombre. Gombrowicz tampoco le tiene un gran apego a las
sustancias.
Sin embargo, ninguno de los dos quiere desmenuzar al individuo hasta convertirlo
en una especie de polvo psíquico, Para uno el individuo vendría a ser algo así
como una unidad de responsabilidad, para el otro una unidad de inmadurez y de
forma.
El carácter es para ambos sólo una sustancia que se nos aparece como una
caricatura, en cambio, la unidad personal, tanto en Gombrowicz como en Sartre,
es unificadora, y esta unificación es anterior a la diversidad que unifica.
La formación inicial de la obra en la cabeza de Gombrowicz es idéntica a la
formación de la realidad en la mismísima obra, aunque no siempre tiene
conciencia de los elementos que participan en ella. La correspondencia de esta
formación en su conciencia y en la realidad de la obra le aseguran a esta
unificación una antelación.
La literatura dramática de Shakespeare, de Goethe, de Racine se funda sobre
caracteres de estructuras definidas, que determinan las acciones en
circunstancia dadas. Pero Gombrowicz y Sartre se convirtieron en autores
dramáticos sin utilizar caracteres.
Gombrowicz liquida la sustancia de los caracteres con la forma y con las
palabras. Y Sartre liquida la sustancia de los caracteres echando mano a uno de
los rasgos más característicos del existencialismo: su total indiferencia y aun
desprecio por la ciencia empírica. En el existencialismo la ciencia ha sido
devorada por la filosofía moral.
La trama no tiene mucha importancia en la obra de Gombrowicz, la utiliza sólo
como pretexto. Tampoco la tienen los caracteres, lo importante para él es la
acción, por eso toda su creación, también las novelas y los cuentos, tiene esa
marcada característica teatral.
En un pasaje de los diarios Gombrowicz ilustra de una manera ejemplar cómo el
baile se pone en el lugar de la acción en un relato donde los caracteres y la
trama apenas asoman la cabeza.
Había llegado a una reunión a las dos de la mañana, era la noche de fin de año.
Inesperadamente, la gente se dividió en parejas y empezó a bailar. Desde el
lugar donde estaba Gombrowicz casi no se oía la música, el ritmo de la danza era
más real que la melodía, parecía que el origen del baile no era la música, sino
que el origen de la música era el baile.
Era un baile de barrigas, de calvas y de los rostros marchitos de gente mayor.
Se trataba de la humanidad más corriente con su inevitable miseria que se
pavoneaba de sí misma desvergonzadamente entre brincos sin música, como
dispuesta a poseer por la fuerza a la belleza, la elegancia y la alegría,
poniendo en el baile todos sus defectos y su vulgaridad.
"Pero ese frenético anhelo de encanto, al llegar a su paroxismo, de repente
arrebataba un signo de vida a la melodía, a aquellas pocas notas felices que al
unirse con el baile lo santificaban por un instante, tras lo cual se reanudaba
la colaboración salvaje, oscura, sorda y sin Dios de unos cuerpos agitados y
arrastrados por su propio ímpetu"
El baile, a pesar de su imperfección, creaba la música, y es aquí donde
Gombrowicz hace una pirueta profunda, a pesar de tener conciencia de que esa
idea se le había ocurrido sin elaboración. La idea de que el baile creaba a la
música era lo que había en el fondo de los libros, de las luchas y del valor de
los escritores. Hacia ese idea se precipitaba toda la humanidad, esa idea se
había convertido en la inspiración y en la meta de nuestro tiempo.
"También yo me dirigía hacia esa idea siguiendo una espiral que estrechaba cada
vez más sus círculos. Pero en este momento me quedé anonadado. ¡Porque me di
cuenta de que había pensado esta idea sólo por su pathos!"
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UNA NATURALEZA BLASFEMA
"Necesitaba víctimas... Me sentía feliz cuando caía en mis manos un interlocutor
cándido y apasionado con quien podía jugar como el gato con el ratón... A veces
ocurría que las víctimas se convertían en adeptos o incluso en amigos (...) En
ocasiones se producían cortocircuitos, la medida se colmaba y uno u otro de los
presentes se ponía violentamente de pie y se marchaba ofendido. Pero
generalmente había más risas que ofensas"
Son comentarios que hace Gombrowicz sobre la bohemia de su juventud en los cafés
de Varsovia, un talante burlón y sarcástico que debió ir atemperando con los
años, pero no ocurrió así. Gombrowicz, como el alacrán, no pudo con el genio, y
no sé si tan feliz como cuando era veintiañero, pero aquí, en los cafés de
Buenos Aires, siguió haciendo lo mismo con nosotros.
Los que nos hacíamos sus adeptos y sus amigos le testimoniábamos de entrada
nuestra simpatía. Su tendencia innata a llevar siempre la contraria le acentuaba
todas las características que lo diferenciaban de nosotros, ésa era su política.
Teníamos debilidad por ese noble polaco venido a menos, nos divertía y nos hacía
reír, delante de él sentíamos que nuestra vida tenía más colorido y era más
interesante.
Cuando lo conocí en el café Rex en 1956 hacía ya algunos años que escribía sus
diarios y que había roto las relaciones con la gente de Polonia y con lo que
creaban. Sus colegas tenían necesidad de asimilar una fe, fuera la que fuese,
una postura ideológica o estética, porque los ayudaba a organizarse, con la
esperanza de que se convertirían en escritores auténticos, pero sólo se
sumergían en una orgía de irrealidad.
"Me bastaba pues, con que de este lado me llegara un soplo de vida auténtica.
Avanzaba en esta dirección a ciegas, simplemente porque cada paso en este
sentido hacía mi palabra más fuerte y mi arte más auténtico. Lo demás no me
preocupaba demasiado. Lo demás, tarde o temprano, llegaría por sí solo"
Pero Polonia no era tan cándida como lo éramos algunos de sus interlocutores en
los cafés, no podía jugar con ella como el gato con el ratón, se produjeron
cortocircuitos y entonces se puso a escribir los diarios.
"Había pues que evitar dar al ‘Diario’ un carácter de confesión; debía
presentarme en él en acción, en mi intención de imponerme al lector de una
determinada manera, en mi voluntad de crearme a la vista y conocimiento de todos
como lo que quería ser para ellos, y no como lo que era"
En los diarios manifiesta también esa tendencia que se le había despertado desde
joven que lo inclinaba inexorablemente a la búsqueda de víctimas, y empieza a
componer en ellos una obra maestra. Este género literario era pariente cercano
de su otra obra maestra: las conversaciones que mantenía con los contertulios en
los cafés. En el ‘Diario’ se pone de relieve a sí mismo, se explica, provoca la
indignación de los lectores, comenta su obra y le declara la guerra a la
crítica. Libra batallas con la literatura y el arte, y lleva ataques sostenidos
contra la poesía, la pintura y París. Abre frentes contra el existencialismo, el
catolicismo, el marxismo y el estructuralismo, y también contra las culturas
secundarias. Ve al hombre como una criatura y un creador de la forma, como a un
ser insuficiente e inmaduro.
Hay páginas de carácter exclusivamente artístico llenas de humor y de lirismo,
otras dedicadas a las excentricidades, a las mentiras, a las bromas y a los
engaños, todo igual que en los cafés de Varsovia y de Buenos Aires, pero en
forma más organizada.
La agresividad que aparece en los diarios no tiene como única causa su tendencia
natural a llevar la contraria. En esta obra lleva adelante con audacia,
despreocupación y encarnizamiento una crítica abierta a toda la cultura moderna.
Lo puede hacer porque no tiene nada que perder, podía escribir todo lo que le
pasara por la cabeza pues a los demás los tenía sin cuidado. Y si bien era un
artista no era un escritor introducido en el mundo literario, alguien con cierta
mundología propia de ese medio y formado en una escuela determinada.
Su inclinación natural a llevar una vida estrictamente personal, su situación
social y el exilio argentino es lo que se hallaba en la raíz de esta agresión.
No era nada, por lo tanto podía permitírselo todo. En el ámbito de la cultura
las cosas van más o menos bien si todo permanece como debe ser, respetable y
digno de consideración. Si se transgreden las reglas la cosa se pone fea.
"Mi ‘Diario’ no se propone profundizar nuestra cultura, enriquecerla, sino
comprobar si está construida a nuestra medida y si permanece en el suelo con
nosotros. No es la cultura la que me interesa, sino nuestras relaciones con
ella. Mi punto de partida es pérfidamente simplista: todos jugamos a ser más
sabios y más maduros de lo que somos"
La sabiduría que menos soportaba era la de la ciencia, con la ciencia nos
estamos encaminando a una raza de pigmeos de cabezas hinchadas y de delantales
blancos.
Los científicos son unos especialistas que manipulan nuestros genes, se
inmiscuyen en nuestros sueños, modifican el cosmos y manosean nuestros órganos
íntimos. La ciencia tiene un carácter abominable, es como un cuerpo extraño
introducido en la razón, que la razón lleva como una carga con el sudor de su
frente. Es como un veneno, y cuanto más débil es la razón tantos menos antídotos
encuentra y tanto más fácilmente sucumbe.
Gombrowicz reconocía que él mismo se había criado en un ambiente de irrealidad
especialmente estimulado por la madre, y que la nobleza, la burguesía rica y una
parte considerable de los intelectuales polacos padecían la misma enfermedad, a
excepción de algunos profesores médicos o ingenieros, cuyo trabajo cotidiano los
relacionaba con la realidad. Sin embargo, el crecimiento del cientificismo
terminó por estimularle su naturaleza profética y blasfema.
"Y si a Sócrates se le hubiera aparecido Casandra con la siguiente profecía: –¡Oh,
mortales! ¡Oh, estirpe humana! Mas os valdría no alcanzar a ver el lejano futuro
que será diligente, escrupuloso, laborioso, liso, llano, miserable... Ojalá las
mujeres dejasen de parir, pues todo lo que nazca nacerá al revés: la grandeza
engendrará la pequeñez, la fuerza la debilidad, y de vuestra razón procederá
vuestra estupidez. ¡Oh, ojalá las mujeres diesen muerte a sus recién
nacidos...!, porque tendréis funcionarios por jefes y héroes, y los buenazos
serán vuestros titanes. Se os privará de belleza, de pasión y de placer...
Os esperan tiempos fríos, tediosos y secos. Y todo eso será obra de vuestra
propia Sabiduría, que se despegará de vosotros y se volverá incomprensible y
feroz. ¡Y ni siquiera podréis llorar, puesto que vuestra desgracia estará
ocurriendo fuera de vosotros!
¿Será esto una blasfemia contra nuestro Supremo Hacedor? ¿Nuestro Creador de
hoy? (Naturalmente me estoy refiriendo a la ciencia) ¡Quién se atrevería!
También yo me postro ante la más joven de las Fuerzas Creativas, también yo me
prosterno, hosanna, pues esta profecía canta precisamente al triunfo de la
omnipotente Minerva sobre su enemigo, el hombre"
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EL FILÓSOFO
PAYADOR Y EL VATE MARXISTA
Estos dos hombres de letras hispanohablantes hicieron todo lo posible por
demostrarnos que el Asiriobabilónico Metafísico y Gombrowicz pertenecían a la
misma familia, a pesar de las apariencias.
El Asiriobabiónico Metafísico se refiere a Gombrowicz en forma estrafalaria: que
al polaco lo vio una sola vez, que le pareció un histrión, que vivía
modestamente en una pieza sucia que compartía con otras personas, que se declaró
conde porque siendo los condes de una naturaleza muy sucia no podían pedirle que
limpiara la pieza, que a Mastronardi tuvieron que prohibirle mencionar su nombre
porque se pasaba todo el día hablando de él, que no lo había leído, que cuando
empezó a leer “Ferdydurke” a los diez minutos le vinieron ganas de leer otros
libros, que lo conocía bastante bien, que eran amigos, que hablaban de la
metáfora, la novela, la poesía, la rima, que Gombrowicz hablaba un español
mediocre.
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Gombrowicz no le va en zaga: que escribía libros aburridos, que se había vuelto
demasiado borgiano, que era un Asiriobabilónico Metafísico, retórico y
rebuscado, estéril, que de tanto practicar la literatura sobre la literatura se
había vuelto irreal, impotente frente al destino y de una imaginación retorcida,
que no lo había leído porque tenía muy mala opinión sobre su obra, que era
sopita aguada para literatos.
Son declaraciones diabólicas y, en algunos casos, contradictorias. Cualquier
persona normal se hubiera dedicado a investigar a ver qué pasa con estos dos
hombres, por qué tienen estas diferencias, pero los escritores argentinos no son
personas normales, no escriben para la gente sino para los escritores.
El Asiriobabilónico Metafísico y Gombrowicz entraron en las cabezas de estos dos
gombrowiczidas ilustres con un solo propósito diabólico, ¿a ver qué hacen
ustedes ahora? Estas pobres cabezas empezaron a dar vueltas alrededor de los dos
demonios y se empezaron a calentar hasta convertir sus cavilaciones en la
caldera del diablo. Y estos dos hombres de letras argentinos comenzaron a
padecer un conjunto de síntomas que en los handbooks de la medicina moderna se
conoce como el síndrome de Procusto.
Procusto era un ladrón griego que asaltaba a los viajantes en los caminos.
Después de desplumarlos por completo los acostaba en un lecho de hierro, el
lecho de Procusto; a los que eran más largos que el lecho los mutilaba, a los
que eran más cortos los estiraba hasta descoyuntarlos, la cosa es que todas las
víctimas huían del lecho con la misma medida.
Juan José Saer, es decir, el Filósofo Payador, debe su mote a unas declaraciones
que hizo. "Me hubiera gustado escribir un tratado de filosofía en una lengua
popular del Río de la Plata"
A mi juicio lo hizo, por lo menos en parte, cuando escribió “La perspectiva
exterior”, un ensayo que escribió sobre Gombrowicz. Es de lejos un texto de un
nivel superior a todo lo que escribieron el Vate Marxista, el Pato Criollo, el
Gnomo Pimentón, Revólver a la Orden y el Orate Blaguer, pero cae también en la
trampa, en la trampa de demostrar que Gombrowicz es el mejor escritor argentino
del siglo XX, según el descubrimiento increíble que ya había hecho el Vate
Marxista, y también en la de que no era, sin embargo, tan distinto al
Asiriobabilónico Metafísico.
Vamos a contarle las costillas a este pescador de conciencias, es una pena que
una buena cabeza como la de él se haya encaprichado con la argentinización de
Gombrowicz. Se refiere a la declaración del Vate Marxista y dice que no es tan
descabellada como pudiera parecer por varias razones: por los temas de la
inmadurez y de lo inacabado, porque buena parte de la literatura argentina ha
sido escrita por extranjeros en idiomas extranjeros, y porque la mirada de
Gombrowicz no era sólo la mirada de un artista sino también la de un político.
Por las mismas razones que el Vate Marxista considera a “Transatlántico” una de
sus obras maestras, a pesar de que Gombrowicz pensaba que “Ferdydurke”, el
“Diario” y “Pornografía” constituían una mejor introducción a su obra y a su
vida.
“La evolución de su literatura es inseparable de su experiencia argentina, y esa
experiencia penetra y modela la mayor parte de su obra, que sin ella se volvería
incomprensible”
Esta exageración del Filósofo Payador es la conclusión que saca de la
perspectiva con la que Gombrowicz examina el mundo, que le parece igual al modo
que tiene la cultura argentina de relacionarse con Occidente. Y agrega que si
bien la perspectiva exterior de Gombrowicz puede ser una consecuencia de su
búsqueda de originalidad, es también el resultado del exilio argentino.
¿Por qué una cabeza bien equipada como la del Filósofo Payador no le hace caso a
Gombrowicz, es decir, por qué no se atiene a las diferencias que él desea
mantener con el Asiriobabilónico Metafísico y con la Argentina? Si uno quiere
conocer el significado de una obra debe consultar al autor.
Estos dos hombres no sólo eran diferentes sino que, además, querían ser
diferentes, pero por aquello de que sólo pueden ser diferentes las cosas que son
parecidas, el Filósofo Payador sale a buscar las semejanzas que tienen estos dos
escritores.
Gombrowicz afirma que el Asiriobabilónico Metafísico es europeizante y se ocupa
de literatura, y que él, en cambio, no es europeizante y se ocupa de la vida. El
Filósofo Payador intenta desmontar una parte de esta reflexión afirmando que
Gombrowicz tenía la costumbre de preguntar si había personas inteligentes en el
lugar cuando llegaba a las ciudades del interior argentino, de lo que concluye
que era más partidario de la inteligencia que del vitalismo.
Los encuentra parecidos en: el esnobismo aristocratizante, uno, con los
antepasados militares y los orígenes ingleses, otro, con las pretensiones
nobiliarias y las manías genealógicas; en la atracción por lo bajo, uno, con el
culto al coraje y a los matones de comité, otro, con la atracción por Retiro y
la inmadurez. Para qué seguir, cuanto más parecidos de esta naturaleza encuentre
más diferentes resultarán los dos demonios.
Al Vate Marxista lo conocí hace más de cuarenta años.
"Salimos de Anchorena, tomamos un taxi y fuimos a Galatea, la librería de
Viamonte y Florida donde, en una soireé literaria, se presentaba Hernán, la
novela del Asno (...) Alrededor de cuarenta personas acompañaban a Osio. Yo
llegué un poco más tarde, Canal Feijóo y Marta Lynch ya se habían ido (...) De
la soireé partió un contingente de poetas, críticos, comunistas y atorrantes.
Fuimos a tomar unas copas a la 'Escalerita' de Tucumán y 25 de mayo. Llevaba el
mismo chaleco y la misma corbata de nuestra peregrinación a La Plata y los
asesinos estaban otra vez ahí. Hablé una hora seguida sin parar; me interrumpió
Piglia, un vate marxista, pero sin ningún resultado"
Es el fragmento de una carta que le escribí a Gombrowicz cuando todavía estaba
en Berlín.
Cuando le puse el punto final al relato que hice sobre "Transatlántico" me
acordé de que el Vate Marxista, con uno de esos golpes secos en los que combina
con proporciones armoniosas la paradoja, la logomaquia y la ciencia, había hecho
una declaraciones llamativas.
“El mejor escritor argentino del siglo XX es Witold Gombrowicz”
Bastante tiempo atrás de esta declaración, en el año 1965, el agregado cultural
de la embajada argentina en París le decía a su par polaco que Gombrowicz había
comido del pan argentino durante un cuarto de siglo y ahora ladraba contra la
Argentina. Y dos años antes, en el año 1963, Gombrowicz nos había dicho que
después de veintitrés años era tan polaco y tan extranjero como el primer día de
su llegada, que no había cedido, que no se había adaptado ni desnacionalizado.
Es decir, Gombrowicz era entonces un escritor argentino que ladraba contra la
Argentina, que no se había adaptado a la Argentina y que seguía siendo polaco y
extranjero.
No pude hacer pie firme en un terreno tan escabroso como éste así que decidí
recurrir a otras declaraciones del Vate Marxista en las que el aspecto racional
tuviera relevancia y un poco más de peso que las fantasías del lenguaje y las
paradojas.
En un congreso de escritores que se realizó en Santa Fe hace exactamente
veintiún años, afirmó que "Transatlántico" era una de las mejores novelas
escritas en el país, una afirmación más restringida y específica que la anterior
y que, a la primera mirada, no parece paradojal. Sin embargo, después de leer
esa ponencia a la que llamó “Gombrowicz y la novela argentina” me quedó la
extraña sensación de que los comentarios del Vate Marxista no tomaban contacto
con Gombrowicz sino con las traducciones, los estilos, la lengua y unas
logomaquias que remata diciendo que la novela argentina sería algo así como una
novela polaca traducida a un español futuro.
Cuando yo leo cosas por el estilo, me mareo. No puedo saber nada de
“Transatlántico” ni de Gombrowicz en medio de tantas paradojas, frases
ingeniosas y sutilezas, es un género que yo detesto. Al Vate Marxista le gusta
la escena de “Transatlántico” en la que el polaco polemiza con un escritor
local, pero no entendió la lección. Él sigue dialogando con Sartorio y Madame
Lespinnase en vez de dirigirse Gombrowicz.
"Transatlántico" es, efectivamente la obra polaca más argentina de Gombrowicz,
ya tenía encima más de la mitad del tiempo que vivió en Argentina, y no pudo ni
quiso sustraerse a su influencia.
Hay en esta novela un ambiente en el que aparecen en una misma escena, el estilo
intelectual imperante por estos pagos en esa época, y un puto millonario. Es
probable que el escritor vestido de negro fuera una mezcla de Mallea con Borges,
y el puto millonario, una mezcla del mismo Gombrowicz con Manuel Mujica Láinez,
de Manucho, por lo de millonario.
"Borges me refiere: 'Durante la comida, continuamente Manuel Mujica Láinez venía
de su asiento a nuestra parte de la mesa. El propósito de estos viajes, que
Mujica no ocultó, era tocar la nuca de un muchacho que lo emocionaba. 'Se parece
a Belgrano', exclamó Mujica Láinez. '¿Usted, Manucho, admira a Belgrano?',
preguntó Wally Zenner. '¿Cómo no voy a admirarlo? -replicó-: con esos muslos y
con esas caderas'". Borges comentó: "Va Manucho al Museo de Luján y todas las
antiguallas reviven. Manucho no mira los cuadros fríamente; es un contemporáneo
de lo que está mirando"
En el relato que hice para "Transatlántico" la escena del escritor vestido de
negro y el puto millonario aparece más o menos de esta manera:
La primera consecuencia de la presentación de Gombrowicz en la embajada fue que
lo invitaron a una recepción en la casa de un pintor a la que iban a asistir los
escritores y artistas locales. Tenía una gran seguridad en su maestría y sabía
que como maestro lograría superar y dominar a todos los demás. Cuando llegó sus
compatriotas lo glorificaron, el consejero lo presentaba y ensalzaba como el
gran maestro y genio polaco Gombrowicz, pero nadie le llevaba el apunte,
entonces lo empezó a tratar de comemierda y le exigió que hiciera algo para no
avergonzarlos.
Entró un hombre vestido de negro, una persona muy importante, un gran escritor,
un maestro. Llevaba en los bolsillos una cantidad inconcebible de papeles que
perdía a cada momento, y debajo del brazo algunos libros, se volvía a cada rato
inteligentemente inteligente. Los compatriotas de Gombrowicz lo empezaron a
azuzar para que mordiera al hombre de negro, que si no lo hacía lo iban a tratar
de comemierda y a morder.
Entonces Gombrowicz le dijo a la persona más cercana en voz bastante alta:
“No me gusta la mantequilla demasiado mantecosa, ni los fideos demasiado
fideosos, ni la sémola demasiado semolosa, ni los cereales demasiado
cerealientos”
El hombre de negro le respondió que la idea era interesante pero no nueva, que
ya Sartorio la había expresado en sus “Eglogas”, y cuando Gombrowicz le
manifestó que no le importaba un comino lo que decía Sartorio sino lo que decía
él, el que hablaba, el gran escritor le contestó que esa idea tampoco era mala
pero que existía un problema, ya había dicho algo parecido Madame de Lespinnase
en sus “Cartas”. Gombrowicz perdió el aliento, aquel canalla lo había dejado sin
palabras, entonces empezó a caminar y a caminar, y cada vez caminaba con más
furia, sus compatriotas estaban rojos de vergüenza y los demás de ira. Pero
alguien comenzó a caminar con él, era un hombre alto, moreno, de rostro noble.
Sin embargo, sus labios eran rojos, estaban pintados de rojo. Huyó como si lo
persiguiera el diablo. El moreno lo siguió, era muy rico, vivía en un palacio,
se levantaba al mediodía para tomar café y luego salía a la calle y caminaba en
busca de muchachos; aunque vivía en una mansión simulaba ser su propio lacayo,
tenía miedo que le pegaran o que lo asesinaran para sacarle la plata.
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CON LA ARGENTINA
NO PUEDO ROMPER
"Soy amigo de la Argentina natural, sencilla, cotidiana, popular. Estoy en
guerra con la Argentina superior, ya elaborada, ¡mal elaborada! Hace poco un
argentino me dijo: –Usted es alérgico a nosotros, por eso no nos quiere. En
cambio otro, Jorge Ábalos, me escribió recientemente desde Santiago: ‘Usted
busca en este país lo legítimo, porque usted nos quiere’ ¿Querer a un país?
¿Yo?"
Cuando los novios dudan del amor del otro deshojan una margarita, pétalo por
pétalo: me quiere, no me quiere. El último pétalo les acerca la verdad. A veces
pareciera que Gombrowicz nos quiere.
"Con el pintor español Sanz en El Galeón. Ha venido por dos meses, ha vendido
cuadros por varios centenares de miles de pesos (...) Ha pesar de haber ganado
bastante plata en la Argentina, habla de ésta sin entusiasmo. ‘En Madrid uno
está sentado a la mesa de un café, en plena calle, y aunque no lo espere nada en
concreto, sabe que todo puede ocurrir: la amistad, el amor, la aventura. Aquí se
sabe que no va a pasar nada’. Pero el descontento de Sanz es muy moderado en
comparación con lo que dicen los demás turistas. Los enojos de los extranjeros
con la Argentina, sus críticas altivas y juicios sumarios, no me paren de muy
buen gusto"
Pero a veces pareciera que no nos quiere:
"Y aquí, en la Argentina, estoy privado hasta de una café literario, de un
grupito de amigos artistas en cuyo seno puede acogerse en las ciudades de Europa
cualquier bohemio, innovador o vanguardista (...) Yo me veía en el café Rex con
mi amigo Eisler, a quien conseguía sacarle algunas monedas ganándole al ajedrez
(...) Hubo un tiempo más animado cuando emprendía la audaz tarea de
traducir...(...)"
Y otras veces pareciera que nos quiere de una manera extraña:
"Pero, hablando seriamente, ¿qué aspecto tendré yo si el enemigo me sorprende en
uno de esos momentos de debilidad como un admirador? ¡No, debo ser siempre
difícil, difícil! Y sobre todo ser igual que en la Argentina. Oh, la, la, si yo
cambiara no sería más que un pequeño detalle bajo la influencia de París, ése
sería el efecto. No, así como yo era con Flor o Eisler en el Rex, así debo ser
ahora, ¡tengo que estampar mi sello en la cúpula de los Inválidos o en las
torres de Notre-Dame tal como era con Flor en la Argentina. ¡Con Flor o también
con la vieja Polonia aristocrática!"
Pero cuando hacemos la cuenta global nos da la impresión que la margarita se
marchita. Llegó a Buenos Aires con doscientos dólares que le alcanzaron para
vivir seis meses, el país era muy barato en aquella época. Durante un tiempo
tuvo una modesta subvención de la legación polaca pero, finalmente, no quiso
ayudarlo más. Amenazó con instalarse delante de la puerta del edificio con un
cajón de lustrabotas para limpiar zapatos. Cayó en desgracia porque no quiso
alistarse en el ejército a pesar de la insistencia de todo el mundo.
Sus relaciones con el medio literario argentino fueron escasas. Al principio se
esforzó por entrar en contacto con los hombres de letras por razones prácticas,
pero pronto desistió. Sus libros no habían sido traducidos y eran inaccesibles
para ellos, su español era malo y las conversaciones sobre la literatura no le
interesaban.
Sólo se podría hablar de relaciones tras la aparición de "Ferdydurke", pero para
entonces se había instalado en el anonimato y lo tenía sin cuidado el mundo
literario.
"!Oh, belleza! ¡Crecerás donde te siembren! ¡Y serás como te siembren! No creáis
en las bellezas de Santiago. No son verdad. ¡Me las he inventado!"
"Transatlántico" y "Acerca de lo que ocurrió a bordo de la goleta Banbury" son
narraciones donde aparece la Argentina. "Acerca de lo que ocurrió a bordo de la
goleta Banbury" es la novela corta más larga de Gombrowicz. La escribió en el
año 1932, y sin saber que siete años más tarde desembarcaría en la Argentina,
sueña con ella: "Bajo el hermoso cielo de Argentina, los sentidos gozan gracias
a una niña". Y comienza la narración en forma premonitoria: "Mi situación en el
continente europeo se hacía día a día más penosa y más equívoca".
Pero es en el final de esta novela donde podemos encontrar una premonición de lo
que sería la Argentina para Gombrowicz.
"No, no quería saberlo y no deseaba el calor, ni la exuberancia, ni el lujo.
Prefería no salir al puente por temor a ver lo que hasta ese momento ofuscado,
oculto y no dicho se desencadenaría con toda su falta de pudor, entre plumajes
de pavos reales y fulgores espléndidos. Desde el comienzo todo había estado en
mí, y yo, yo era exactamente igual a todos los demás. El mundo exterior no es
sino un espejo que refleja el interior"
Gombrowicz empezó a escribir sobre la Argentina recién después de haber vivido
quince años en ella, un conocimiento que tiene mucho que ver con ese camino de
Sísifo que emprendió hacia la madurez cuando salió de Polonia, una Argentina ya
perturbada por su mirada y en gran parte creada por él. Guiado por su
inspiración inicial, seguía buceando en el corazón de los argentinos, un pueblo
simpático, charlatán y quejumbroso, un oligarca orgullosamente asentado en sus
maravillosos territorios. La Argentina, igual que Polonia, es un país
centrífugo, es decir, con su centro fuera de sí, que ajusta su conducta
colectiva a la luz de los soles que la iluminan. De modo que Gombrowicz usó para
comprender este país el mismo cedazo del que se valía para dar cuenta de la
deformación de los polacos.
Gombrowicz intenta dar un paso más en el camino hacia la madurez, pero el hombre
no puede ser más fuerte de lo que es, y la piedra, como a Sísifo, se le siguió
viniendo encima.
"(...) Escríbeme, mis lazos con la Argentina se aflojan y no se puede remediar,
cada vez menos cartas, pero es casi seguro que apareceré un día por Buenos
Aires, porque experimento una curiosidad casi enfermiza; es realmente extraño
que no me atraiga en absoluto Polonia, en cambio, con Argentina no puedo romper
(...) En los últimos tiempos vuelvo a menudo, con mis pensamientos, a Argentina
y también me acordé del momento de la revolución de 1955, cuando escuchábamos la
radio con Karol (...)"
¿Nos quiere o no nos quiere? Los novios saben cuál es su suerte cuando deshojan
el último pétalo de la margarita, pero la relación que tuvo Gombrowicz con la
Argentina no se puede cerrar ni sumar, aunque él está muerto, está abierta como
la vida.
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EL PATO CRIOLLO Y
EL BUEY CORNETA
Por fortuna para mí, el Pato Criollo y el Buey Corneta me tuvieron alguna
simpatía justo en el momento oportuno. En efecto, cuando "Emecé" publicó "Cartas
a un amigo argentino" la editorial decidió presentarlo en el Centro Cultural de
España.
En aquel entonces tuve una conversación breve con la Hierática: –Goma, aparte de
Sabato, ¿querés que alguna otra persona presente el libro?; –Claro, Alan Pauls,
es el más fotogénico de los escritores argentinos.
El Buey Corneta había quedado deslumbrado con "Gombrowicz o la seducción", la
película de Alberto Fischerman, estaba seguro de que no me podía fallar, y así
ocurrió nomás, presentó el libro con mucho entusiasmo pero un poco intimidado
por la presencia del Pterodáctilo.
El Pato Criollo quedó deslumbrado con las cartas de Gombrowicz que el Buey
Corneta había presentado y, un lustro después, no sin cierta renuencia, prologó
"Gombrowicz, este hombre me causa problemas", un libro en el que se hacen
reflexiones sobre ese "Diario" inmarcesible.
Las cartas que me escribió y su "Diario" inspiraron entonces a estos dos hombres
de letras hispanohablantes muy connotados, y escribieron sobre Gombrowicz, un
verdadero problema del que no salieron indemnes, un poco por culpa mía.
El prólogo del Pato Criollo resultó un poco enigmático A pesar de los ruegos
reiterados que le estuvimos haciendo durante un cierto tiempo tanto yo como mi
propia familia, no hubo caso, no supo, no quiso o no pudo cambiarlo, mejor
dicho, le cambió algunas palabras pero el resultado fue el mismo.
En un almuerzo que tuvimos para celebrar el fin del año 2003 y la conclusión de
lo que de ahora en adelante llamaré el galimatías, Aira me dijo mientras me lo
entregaba: –Me parece que este galimatías, es decir, este prólogo le va a traer
algunos contratiempos a nuestra amistad. Y así ocurrió.
![]() Juan Carlos Gómez |
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HAY QUE LIMPIAR EL
PRONTUARIO
Antes de nuestro viaje a Piriápolis, a fines de 1961, Gombrowicz pasa unas
vacaciones en la quinta de Alicia y Silvio Giangrande. Llevaba en la valija
varias decenas de páginas de "Cosmos" y el libro de un grabador alemán dedicado
a Alicia.
Yo pasé algunas tardes en esa "Piedra amorosa", así se llamaba la casa; Alicia y
Silvio eran buenos, cordiales y lo querían a Gombrowicz. En esa quinta conocí a
Sabato, a González Lanuza, a Porchia... y padecí el primer encuentro con los
Giangrande porque Gombrowicz me iba presentado unas esculturas metálicas de
Silvio como si fuesen pluviómetros, y yo no sabía a qué atenerme pues no se
diferenciaban gran cosa de esos artefactos.
Grandes árboles, una casa blanca de una sola planta, y unos perros negros y
greñudos que nos saltaban encima. Silvio había sido capitán de la marina de
guerra italiana, y hablaba poco.
Gombrowicz había ido a Hurlingham a descansar y a encontrarse consigo mismo para
seguir con "Cosmos". Alicia era pintora y Silvio escultor.
En las artes plásticas se ha impuesto una manera de ver y de recrear que hace
que una persona del todo mediocre pueda llegar a crear una obra nada mala.
Gombrowicz estaba complacido con la decadencia de ese arte impuro que siempre
había estado ligado al instinto de posesión y al comercio, más que al placer
estético.
Poco a poco se fue dando cuenta que Helena, la sirvienta, no se comportaba de
modo normal. Era aplicada y amable, pero... Alicia le cuenta que es paranoica,
que el diagnóstico se lo había hecho el psiquiatra. Había dos asuntos que
Gombrowicz distinguía muy especialmente en sus rituales: el placer que le
proporcionaba la comida y el miedo a ser asesinado.
Comía con buen apetito, de una manera disciplinada y ceremoniosa y se negaba
sistemáticamente a compartir su habitación con nadie por temor a que lo
estrangularan. Esta aprensión la usó como argumento para escaparse de las casas
de los Giangrande y de los Swieczewski después de haber pasado unos días de
vacaciones en ellas.
No existe manía de Gombrowicz de la vida de todos los días que no aparezca en
sus creaciones. El asesinato toma las formas de la antropofagia en el cuerpo de
un niño al que unos aristócratas se manducan en un almuerzo, de la
estrangulación de animales y de personas y, en fin, de todo tipo de muertes como
en las obras de Shakespeare.
Mientras toma una decisión sobre qué hacer con la locura de la sirvienta sigue
meditando en esa casa de Hurlingham; a su juicio el hombre nunca se ha planteado
suficientemente el problema de la cantidad.
No es lo mismo ser un hombre entre mil millones que entre doscientos mil. No es
lo mismo un hombre de la época de Demócrito que de la de Brahms.
La expresión debería estar separada entre la fase ascendente de la juventud y la
descendente de la vejez, y la expresión también debería identificar a qué
cantidad de hombres expresa.
La épica, la sociología y la psicología a veces expresan al rebaño humano, pero
desde el exterior, como a cualquier otro rebaño. No es suficiente que Homero o
Zola se ocupen de la masa ni que Marx la analice, esas voces deberían tener algo
que nos permita saber si pertenecen a un mundo de miles o de millones, deberían
estar saturadas de la cantidad hasta la médula.
Estas reflexiones sobre la cantidad las hace a propósito de la sirvienta Helena,
si él no se apiada de ella quién se va a apiadar.
Pero no es la piedad de una sola persona, también la piedad se ha multiplicado,
sólo en Buenos Aires debe haber en ese momento unas cien mil almas apiadándose
de alguien.
Y la piedad en grandes cantidades le produce risa, una risa tan particular y tan
tremendamente humana. Quiere comprobar si este problema es real, pero no tiene
tiempo, tiene que rajar, que otros centenares de miles de cabezas se ocupen de
esto, él tenía miedo de ser asesinado.
Era tal la atracción que el asesinato ejercía sobre Gombrowicz que cuando
sospechaba que nosotros no habíamos leído "Ferdydurke", o lo habíamos leído en
forma incompleta, nos preguntaba en qué capítulo asesinaban al conejo.
Gombrowicz actuaba a menudo como si quisiera limpiar algún prontuario: el de la
razón, el de la verdad, el de la belleza, pero por una cosa o por la otra el
trabajo resultaba incompleto.
Estaba preocupado porque también su prontuario en la Policía Federal estaba
sucio, así que le pidió ayuda al Esperpento a ver si conocía a alguien que se lo
pudiese limpiar.
Ya se sabe que los argentinos somos fanfarrones: cuando se habla de longitud, la
más larga del mundo la tenemos nosotros, por la calle Rivadavia; cuando se habla
de anchura, la ancha del mundo la tenemos nosotros, por la avenida 9 de Julio; y
cuando se habla de la policía, la mejor del mundo la tenemos nosotros, por la
Policía Federal.
El Esperpento concertó una reunión con un comisario de la familia y Gombrowicz
en un café cercano al Departamento Central de la Policía Federal. Las cosa iban
más o menos bien hasta que Gombrowicz, para hacerse el simpático, empezó a
canturrear en voz baja: –La mejor del mundo... la mejor del mundo...
El comisario le contó después al Esperpento que Gombrowicz le había parecido una
persona poco seria, así que no había hecho nada por él.
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DETRÁS DE UN CRISTAL
Ninguno de los hombres de letras del club de gombrowiczidas le da a su propio
país la importancia que le dio Gombrowicz a Polonia. Su empresa literaria de
mayor alcance fue el "Diario", unas narraciones que empieza y termina con
asuntos de Polonia, peripecias en su mayor parte escritas en la Argentina que
concluyen en Francia.
Inmediatamente después de los cuatro yo que mete al comienzo de esta obra nos
cuenta la impresión que le produce la lectura de los periódicos de su país. Es
como si le hablaran de unas aventuras que corriera alguien muy próximo a él en
una tierra extraña.
El alguien ya no es próximo pero le queda con la persona conocida una identidad
diluida.
La presencia del tiempo en las páginas de esos periódicos es tan fuerte que se
le despierta el deseo de un contacto directo con ese alguien, aunque sea para
vivir y relacionarse de una manera imperfecta.
"Pero la vida queda como detrás de un cristal, alejada; parece como si ya no nos
perteneciera y lo observáramos todo desde un tren"
Después de dieciséis años de este comienzo tan fuera de foco se despide del
"Diario" recordándole a los polacos su olvido de que Polonia era un país
ocupado, tan ocupado como lo estaba siendo Checoslovaquia después de la entrada
del ejército soviético.
En la prensa de la emigración habían aparecido protestas valientes que
Gombrowicz comparte mereciéndole todo su respeto.
"Pero hay un detalle que me da que pensar, un detalle casi freudiano: su
indignación casi infantil parece olvidarse que Polonia ha sufrido de la misma
violencia. Al fin y al cabo, Polonia es desde hace años un país ocupado,
exactamente como lo es hoy Checoslovaquia. Si dijeran ‘Para mí la violencia es
un acto cotidiano, sé lo que es, por eso condeno la invasión rusa’, todo estaría
claro. Pero se les ha olvidado..., incluso a quienes viven en el extranjero.
Consternados por Checoslovaquia han olvidado su propio destino"
Estas son las últimas palabras que pone en ese magnífico "Diario", una sinfonía
perfecta de una de las voces más singulares y complejas del siglo XX.
Gombrowicz sentía a Polonia como un mundo fuera de foco, y a él como un pasajero
de un tren que la miraba desde lejos. La falta de foco de Polonia lo ponía
frecuentemente a él mismo fuera de foco, especialmente en la cuestión del
comunismo.
En los albores de su vida argentina dio una conferencia con el tema: "Regresión
cultural en la Europa menos conocida", la dio en el Teatro del Pueblo. Le
adelantaron que era un teatro de primera clase, frecuentado por la flor y nata
de Buenos Aires, en vista de lo cual decidió preparar un texto del más alto
nivel intelectual. Otra vez planteó la cuestión de cómo la ola de barbarie que
había invadido a Europa central y oriental podía aprovecharse para revisar los
fundamentos de la cultura. Leyó el texto, lo aplaudieron y bastante contento
volvió al palco reservado para él donde se encontró con una joven bailarina y
admiradora, muy escotada y con unos collares de monedas.
Cuando estaba por retirarse con la bailarina observa que alguien se sube al
estrado y empieza a vociferar, lo único que puede distinguir con claridad es la
palabra Polonia, la excitación y los aplausos. Acto seguido sube otra persona,
pronuncia un discurso agitando los brazos mientras el público empieza a chillar.
Gombrowicz no entiende nada pero estaba contento de que su conferencia hubiera
despertado tanta animación. Pero, de repente, los miembros de la Legación de
Polonia abandonan la sala, parece que algo andaba mal. Un escándalo, resulta que
la conferencia fue aprovechada por los comunistas allí presentes para atacar a
Polonia. La elite intelectual argentina era medio comunistoide y no exactamente
la flor y nata de la que le habían hablado, de modo que su ataque a la Polonia
fascista no se distinguió precisamente por su buen gusto.
Al día siguiente Gombrowicz fue a la legación donde lo recibieron en forma fría,
como si fuera un traidor. En vano les explicó que el director del teatro, el
señor Barletta, no le había informado que era costumbre seguir las conferencias
con un debate y que, por otra parte, no podía considerar como comunista a ese
señor pues él mismo se hacía pasar por un ciudadano honrado, ilustrado,
progresista, adversario de los imperialistas y amigo del pueblo. Pero lo peor
fue lo de la bailarina: su colorete, sus polvos, su escote pronunciado y el
collar de monedas lo hicieron aparecer como un cínico en un momento tan
dramático. Hasta la prensa polaca de Estados Unidos se puso verde. Hubiese
soportado todo ese torbellino demencial de sospechas y acusaciones si no hubiera
sido por el presidente de la Unión de los Polacos en la Argentina. Ese señor
había escrito un artículo que le hizo perder el escaso contacto que le quedaba
con la realidad. En efecto, le recriminó que en la conferencia no había hecho la
más mínima mención acerca de la enseñanza polaca.
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LA OBSCENIDAD TOTAL
Entre los años 1926 y 1944 Gombrowicz escribió novelas cortas que las conocemos
con dos títulos diferentes: "Memorias de los tiempos de la inmadurez" y "Bacacay",
nombre este último de una calle del barrio de Flores en la que vivió durante
unos meses en el año 1940. A veces llama a estas narraciones novelas cortas,
otras las llama cuentos, novela o cuento "El bailarín del abogado Kraykowski" es
la primera historia conocida y publicada de Gombrowicz.
Adoptó desde el principio un tono fantástico y cortó de inmediato con la
realidad normal para entregarse a las manías, a las locuras y al absurdo. El
absurdo de Gombrowicz tiene, sin embargo, la lógica ceremoniosa de los rituales
y las celebraciones.
Fue su madre, según nos cuenta, quien lo empujó al desatino y a las sandeces, el
deporte de las conversaciones disparatadas que mantenía con ella lo iniciaron en
los misterios del arte y la dialéctica.
El snobismo también jugó un papel importante en la formación de su estilo,
aunque tenía perfecta conciencia de la vanidad y de la estupidez de esa actitud.
Como esos líquidos que están en el mismo recipiente pero no se mezclan,
convivían en Gombrowicz su clase social y una conciencia penetrante y agnóstica
que buscó muy pronto conocer los estilos fundamentales del pensamiento
universal, la independencia, la libertad y la sinceridad. Y en el mismo
recipiente se arremolinaban también las aguas turbias de sus anormalidades
psíquicas y eróticas.
Ninguna de esas realidades tenía predominio sobre las otras, Gombrowicz se
encontraba entre ellas y tenía que fingir para no ser descubierto.
El estilo de estas novelas cortas es brillante, humorístico e irónico pero los
componentes de las narraciones son, la más de las veces, morbosos y repulsivos.
Esos componentes repugnantes, no obstante, pierden mucho de su carácter
repulsivo porque los utiliza como elementos de la forma, tienen un papel
funcional y obedecen a un objetivo superior: la creación artística. El plasma
sombrío que existía dentro de Gombrowicz está metido en estos cuentos, pero no
desparramado como una marea hedionda, sino chispeante de humor y ennoblecido de
poesía para alcanzar por el absurdo la inocencia.
Gombrowicz intenta cancelar su deuda moral, quiere que la obra lo absuelva.
Dentro de él existían elementos abominables, pero si él podía utilizarlos como
componentes de la forma, entonces, a través de este procedimiento, se convertía
en su dueño y señor.
El ser confuso, indolente e inseguro que era, quería ser de otra manera en el
papel, un ser brillante, original, triunfador y purificado.
No estaba en condiciones, pues, de hacer otra cosa más que la parodia de la
realidad y del arte. La sensación de irrealidad lo ponía entre las cosas y no
dentro de ellas, pero Gombrowicz buscaba la realidad y sabía que se la podía
encontrar tanto en lo que es normal y sano como en la enfermedad y en la
demencia.
Los sondeos que estaba haciendo alrededor de la anormalidad y de la locura no
llegaron a tocar fondo, por consiguiente sólo estaba en condiciones de escribir
parodias. Si esas novelas hubiesen sido sinceras Gombrowicz hubiera estado
engañando a los lectores por la sencilla razón de que él no era sincero.
La parodia a la que se vio obligado le permitió liberar a la forma
desvinculándola de su pesantez y convirtiéndola en reveladora.
Con este aparato formal paródico fue penetrando en un mundo que con
posterioridad sacó a la superficie en sus novelas y en sus piezas de teatro.
Hay en estas novelas cortas situaciones y visiones que no le van en zaga a lo
que escribió después. Las reflexiones que estamos haciendo sobre sus comienzos
artísticos tienen como inspiración los propios recuerdos de Gombrowicz. Pero el
pasado no se recuerda tranquilamente, se recuerda con pasión. La memoria sólo
recupera del pasado aquello que puede serle útil al presente para alimentar con
lo que fuimos ayer lo que somos hoy.
Sin embargo, esta entrega a la locura y al absurdo que empezó a practicar desde
la juventud era un asunto que preocupaba realmente a Gombrowicz, la sangre
enfermiza de los Kotkowski que había heredado de su madre pesaba sobre él como
una amenaza de posibles perturbaciones psíquicas.
Ese temor fue más intenso en los años en que su imaginación estaba desbocada y
oscilaba entre la neurosis y la psicosis.
La neurosis estaba radicada en la zona consciente de sus complejos a los que
transformaba en un valor cultural escribiendo. La esfera de la psicosis le
ocultaba, en cambio, sus trastornos psíquicos y el control era menor. Debemos
clasificar a "La virginidad" como perteneciendo a esta segunda clase de sus
creaciones.
En esta novela corta nos cuenta que la virginidad asciende del ser más bajo en
la escala biológica y llega al hombre, y del hombre sube a los ángeles y de los
ángeles a Dios, para perderse en el infinito. De una pequeña particularidad
puramente corporal nace el inmenso mar del idealismo y de los milagros, en
evidente contraste con nuestra triste realidad. Dios repone el candor y la
inocencia que los hombres habían perdido creando la virgen, el recipiente de la
inocencia, a la que selló y envió a vivir entre los hombres que sintieron de
inmediato una nostálgica languidez.. Las casadas son una patraña, una botella
abierta y evaporada. Algunos detalles insignificantes y aparentemente
incoherentes introducen a una pareja inocente en la más oscura entraña de la
sexualidad. Es un relato donde el erotismo más refinado se entrevera y confunde
con la obscenidad total.
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LA INMUNDICIA Y LA
HOMOSEXUALIDAD
El lío de la inmundicia y la homosexualidad es un lío que armé yo y que se lleva
la medalla de oro, lamentablemente no puedo rastrearlo porque no dupliqué la
carta que lo originó. ¿Qué extraña inspiración me llevó a acusar a Gombrowicz de
homosexual si yo sabía que era homosexual? Y no solamente lo sabía yo, nadie
podía dejar de saberlo porque, aunque tenía vergüenza de ser homosexual, tanto
en el diario, como en la vida corriente, como en todo lugar y forma en que
pudiera dejar señales, no se cansaba de declarar que era homosexual.
Yo creo que en este caso me perdieron los detalles. Las encargadas de la casa de
Venezuela 615, donde Gombrowicz vivió dieciocho años, desde l945 a l963, eran
unas mujeres muy chismosas.
Elsa Schultze y su hija Irmgard, al principio, cuando iba a retirar la
correspondencia de Gombrowicz, me hablaban muy bien de él, yo siempre estaba con
el oído muy atento a la espera de alguna noticia truculenta porque también soy
medio chismoso, pero nada, me lo presentaban como a un caballero de modales muy
cuidados.
Sea porque se acostumbraron a verme y me perdieron el miedo, sea porque se
dieron cuenta de que yo estaba esperando de ellas otros relatos, o sea por lo
que fuere, la cuestión es que de a poco me empezaron a hablar de los escándalos,
de los marineros y de... los detalles. Una cosa era para mí pensar en un
homosexual abstracto y otra muy distinta en casi verlo acostado con un marinero,
tan crudas y vívidas era las imágenes que surgían de los relatos de las
alemanas, las putas conventilleras y atorrantas, como las llama Gombrowicz.
Y el cotejo de un homosexual abstracto y un Gombrowicz encamado con la marinería
me llevó a la ruina, se apoderó de mí un estado de confusión moral increíble que
me tomó la mano y me escribió la carta.
Es probable también que yo haya buscado echar leña al fuego azuzándolo a Flor
para que me mostrara la carta en la que Gombrowicz habla de su sodomía, la
cuestión es que caí en un pozo de aire y nada en el mundo pudo detener la caída,
ni siquiera el tiempo que tenía para reflexionar mientras escribía la carta. ¡Mi
Dios!, menos mal que Gombrowicz tenía mano para tratar estas estupideces con
altura, es por eso que la cosa no pasó a mayores. En una carta que me manda dos
semanas después, es como si me estuviera diciendo: –mire cómo respondo a su
traición, Judas, lo nombro mi embajador plenipotenciario y mi delfín ante Marta
Lynch.
Berlín, 21 de julio de 1963
"Mi estimado Goma:
su última me procuró cierto disgusto. Primero lo de la HOMOSEXUALIDAD y la
INMUNDICIA. Qué homosexualidad y qué inmundicia! Sépalo, yo no soy ni nunca he
sido un HOMOSEXUAL, sino que de vez en cuando suelo hacerlo cuando se me da la
gana.
Soy persona sencilla y, sobre todo en materia erótica, mi maestro es el pueblo
que muy felizmente desconoce totalmente la terrible HOMOSEXUALIDAD Y SE ACUESTA
CON QUIEN puede y como puede. Me gustaría que Vds., manga de degenerados, fuesen
la mitad tan sanos como esos inocentes y encantadores niños del Ejercito o de la
Marina.
Sus vociferaciones de INMUNDICIA me suenan archiburguesas. Vds. en general son
unos pitucos y también, creo yo, unos reprimidos e hipócritas y les aconsejaría
a todos que, en vez de dedicarse a interminables discusiones acerca de mi
HOMO... (el tema les interesa, según parece) se acostasen entre sí un día de
estos para ver cómo es esto.
Que triste país, tan puto y tan torcido, donde nadie se atreve a darse el gusto.
Le aconsejo paternalmente a Vd. Goma y a todos: si notasen que algún instinto
reprimido les hace aborrecer a la HOMO, no se olviden acostarse enseguida con un
macho, pues no hay cosa peor que no obedecer a los santos mandatos del cuerpo.
En cuanto a Flor, ya se sabe que no estaba del todo enemistado con esta idea
cierto día en el café del León de Francia. Que no me venga, pues, ahora haciendo
muecas de asco y de abominación. ¡Qué pavo! En general me imagino el pánico que
cunde entre Vds., conejos, después del Eco y de las revelaciones de la vieja
Puta Atorranta. Aprendan a ser valientes y libres y no se dejen asustar por
palabras. Esto es ser macho –y lo demás es pura convención.
Todavía quiero hacerle observar desde el punto d vista estético que la belleza
del amor depende ÚNICAMENTE de las personas que lo hacen. Imagínese al maestro
Frydman encamado con Frau Schultze y observe si esto no es INMUNDICIA, aunque
fuera santificado aun por el Santo Matrimonio. Vd. Goma no sabe nada de nada.
Otra cosa que me disgustó es que Vd. es poco discreto... y poco caballero con
las DAMAS. Una dama es una dama y hay que saber donde termina el conventillo,
cuídese un poco en ese sentido.
A la vieja ladrona la castigaré en forma satánica. Acabo de mandarle una carta
muy dulzona donde digo que recién ahora puedo contestar a su carta, que gano
encima de 6000 mango diarios y que pienso mandarle un regalito de 200 DM
(alrededor de 7 mil $) pero que todavía no encontré tiempo para ir al correo.
¡Qué tortura!
Todavía le quiero significar que si yo trataba estos asuntos con cierta
discreción, no es seguramente por miedo sino porque en las condiciones de
nuestra convivencia era imposible expresarlos sin exponerse a toda clase de
guaranguerías e imbecilidades. Ahora es necesaria una inteligencia tan poderosa
como la suya para no darse cuenta en cinco minutos, después de leer p.e. mi
diario de Retiro, de qué se trata. Vds. nacieron boludos.
No es imprescindible que me notifique sus ascos por CERTIFICADA EXPRES, tuve que
ir al correo, trate de mandarme solo la correspondencia por certificada. Flor es
un imbécil y Vds. una manga de farsantes. Cordialmente suyo"
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EL ORATE BLAGUER
TOMA LA PALABRA
Antes de entrar en materia debo decir con toda claridad y sinceridad que los
gombrowiczidas hispanohablantes de los que suelo ocuparme en estas historias
verdaderas han tenido un desempeño destacado para sostener la presencia de
Gombrowicz en el mundo.
La presentación de "Cartas a un amigo argentino" en el Centro Cultural de España
resultó ser un acontecimiento importante que entusiasmó al Bucanero, tanto que
me invitó a un encuentro en la Casa de América de España. Lamentablemente para
mí el viaje fracasó, Íñigo Ramírez de Haro lo mandó de paseo al Bucanero, le
manifestó que yo era un don nadie y que sólo le daría el visto bueno al proyecto
si también lo invitaba al Pterodáctilo.
Este ilustre hombre de letras hispanohablante, que ya tenía a cuestas el Premio
Cervantes de Literatura, pidió una suma considerable de dólares que Íñigo no
pudo soportar.
"Nuestro amigo José Tono Martínez e Íñigo Ramírez de Haro, el director de la
Casa de América, son, como sabes, vascos. Según se cree el vasco es un animal
pirenaico que cuando lo bautizan se vuelve peligroso y ataca al hombre y, por lo
tanto, habiendo la Divina Providencia en su infinita sabiduría dispuesto que
estos dos cristianos organizaran nuestro encuentro el proyecto estaba destinado
al fracaso desde el comienzo"
Es el fragmento de una carta que le escribí al Orate Blaguer y que él publicó en
"Gombrowicziana", el capítulo de uno de sus libros en el que también habla de la
lectura de "Cartas a un amigo argentino".
"(...) Había enviado al ICI de Buenos Aires, a José Tono Martínez (coorganizador
del acto suspendido), mi crónica sobre el fiel Goma*, y éste debió pasársela a
Goma* que me envió una carta que llegó justo el día en que yo estaba releyendo
un libro apasionante sobre la correspondencia de Gombrowicz (desde Europa) con
su fiel amigo Goma*. El libro se llama "Cartas a un amigo argentino" y a él
hacía referencia también en mi crónica, donde decía ‘el libro es estupendo y
terrible’, comentando la crueldad con la que a veces Gombrowicz trataba a su
joven amigo de Buenos Aires, un amigo que al final, cansado de tanto despotismo
por parte del polaco, decidió enviarle unas líneas de ruptura, de despedida:
‘Usted cambia de personas como los antiguos mensajeros cambiaban de caballos y
es la pura verdad. Chau, Gombrowicz’ (...)"
Después de estas gentilezas que el Orate Blaguer tuvo conmigo todavía tuvo
algunas más.
"Te he convertido en un personaje de ‘El Mal de Montano’, el libro que estoy
escribiendo. Hago autobiografía y ficción. Y hago menciones a algunas de las
cartas que me envías, verás el libro publicado el año que viene. Ya en mi
anterior libro, Bartleby y compañía, me dedicaba a esta actividad en la que
mezclo realidad y ficción. Se trata de una actividad que tú también practicas
cuando me mandas citas de cartas de otros o cartas íntegras de Gombrowicz a Flor
de Quilombo. (...) tal como se refleja en el libro que estoy escribiendo, donde
hay un diccionario de escritores de diarios personales, y donde en el apartado
de Gombrowicz aparece Rita (¡qué honor!), apareces tú. (...)"
Pero mis historias con los escritores y los editores en la mayoría de los casos
no tienen un final feliz. Las últimas cartas que recibí del Orate Blaguer eran
tan breves como elocuentes: "Borrate, Goma"... "Ahora me hacés llorar"
Los españoles han elegido al Orate Blaguer como una de sus trompetas más
penetrantes para anunciar la llegada de Gombrowicz, pero, ¿el Orate Blaguer sabe
hablar de Gombrowicz? Siendo el polaco un escritor cuya obra no admite una
interpretación única se puede entrar a su mundo por muchas puertas distintas,
más diría, se puede entrar por las ventanas.
La puerta que eligió la trompeta conspicua fue la precaución pues desde muy
joven se puso bajo el paraguas de la idea gombrowicziana de que el arte consiste
en escribir sobre algo imprevisto y no sobre lo que se tiene que decir.
Es evidente que el Orate Blaguer escribe sobre Gombrowicz sin tener nada que
decir, pero, ¿es imprevisto?
El Orate Blaguer no quiere leer los gombrowiczidas. El hecho de que yo piense
que es un loco charlatán que huye de las ideas no le da derecho a privarse de
estas lecturas, un paseo irreverente por las artes, la ciencia y la filosofía.
Su cabeza empezó a dar vueltas dentro de mi propia cabeza y no encontraba el
porqué, finalmente recordé algo que les había escrito al Pato Criollo, al Niño
Ruso y al Pequeño K.
"El bueno de Barcelona me imprime en las páginas de sus cartas un cartel con una
gran cabeza, más bien braquicéfala, cubierta casi totalmente con un enorme
sombrero blanco del que apenas asoma una boquilla, un poco más abajo aparece un
libro abierto hojeado por una de las manos del dueño de la cabeza, y más abajo
todavía una inscripción: ‘Cuidad vuestra cabeza, el sombrero, la elegantiza, el
libro, la ennoblece’; parece la publicidad de un fabricante de sombreros, ¿no
será hijo de un fabricante de sombreros"
EL braquicéfalo resolvió desde joven usar su cabeza para los sombreros y no para
pensar: "Tal vez vio las Ramblas. Yo, ese 22 de abril de 1963, acudí con mis
flamantes 15 años a una matinal de música en la que actuaban Los Pájaros Locos.
No creo que Gombrowicz fuera a esa matinal"
EL Orate Blaguer vuelve a las andadas, esta vez en "Letras Libres",
lamentablemente, pasa la prueba del canon del treinta por ciento así que tuve
que leer la nota. Comenta que su fascinación por Gombrowicz comienza cuando ve
la foto de Tandil en la que está posando con gorra en actitud altiva y
arrogante. Se le despiertan entonces las ganas de ser como él, de ser un
escritor extranjero, raro y con un rostro tan orgulloso como el suyo. A
continuación dice una cosa extraña sobre la madre del polaco, afirma que tenía
un sentido normal de la realidad.
Ahora bien, Gombrowicz escribe: "(...) mi madre era toda vivacidad, sensible,
dotada de una excesiva imaginación, poco práctica, perezosa, indolente,
demasiado nerviosa (...) en la familia de los Kotkowski había muchos casos de
enfermedades mentales (...)" ¿Será que Gombrowicz tenía dos madres?
Recorriendo el camino biográfico de las entrevistas con el Hasídico marca otra
vez el territorio: "En Argentina notó que había pasado de su madre polaca
realista a un concluyente mundo de vacas que espiaban". Se refiere enseguida al
pasaje del diario en el que Gombrowicz habla de una vaca sobre el que agrega:
"Estamos tal vez ante un texto fundamental de Gombrowicz". Hasta que no le llegó
el éxito, sólo ajedrez, vacas y pornografía en la Argentina, así habla de
nosotros el Orate Blaguer.
Repite su inveterada tontería de que durante mucho tiempo, antes de leerlo, se
imaginó que su escritura se parecía mucho a la de Gombrowicz, y que después,
cuando lo leyó, se dio cuenta que no se parecía en nada. De idiotez en idiotez
comenta que cuando Gombrowicz se va de Buenos Aires para siempre le grita a los
amigos desde la cubierta del Federico Costa: "¡Maten a Borges!". Yo estaba allí,
Gombrowicz no se ocupó de Borges.
Continúa desbarrando por las entrevistas con el Hasídico y menciona las que,
según él, son sus dos obras maestras: los diarios y la inscripción que dejó en
el baño de una café de la calle Callao que, para abundar en detalles,
transcribe. Es tan imbécil la nota del Orate Blaguer que me pone los pelos de
punta. Eso sí, la termina tratando de no bajar ni un punto el nivel de sus tres
mil novecientos vocablos.
Copia unas palabras de Cohn Bendit que se refieren a los acontecimientos del
mayo francés: "En realidad, si quiere que le diga la verdad, nuestra Revolución
se sublevó contra el matrimonio De Gaulle, eso fue todo". Y de su propia cosecha
agrega: "Estoy mirando ahora una foto del matrimonio De Gaulle. Se les ve de
espaldas a la cámara, románticamente abrazados, sentados en el rellano que hay
en lo alto de una tapia de su jardín. Dos gruesos culos. Ahora comprendo a la
Revolución. Y de paso a Gombrowicz". Un final desinflado, al estilo Gombrowicz,
pero Gombrowicz elegía esta forma desvaída de la huida después de haber
construido un mundo magnífico, el Orate Blaguer después de enhebrar un collar de
idioteces y pavadas.
El Orate Blaguer se parece a Gombrowicz más de lo que algunos hombres de letras
presumen.
"El oficio de escritor es un trabajo moral. Escribir bien es una manera de ser
moral con uno mismo, tratar de escribir una frase que nadie ha escrito antes,
tratar de ir más allá. Es una actitud moral porque puede estar en oposición a la
corrupción reinante en el exterior"
Son palabras del Orate Blaguer.
"Y la moral del escritor se resume finalmente en una máxima de lo más elemental,
tan elemental que resulta casi embarazoso formularla: escribe de tal manera que
quien te lea vea en ti un hombre honesto. Nada más. Sólo eso. Pero, ¿acaso no es
así como se escribe desde el principio del mundo? La literatura y el arte se
apoyan más en su gloriosa tradición que en el razonamiento"
Son palabras de Gombrowicz
"En ‘Exploradores del Vacío’ me resisto a pensar que vamos hacia el vacío, los
personajes de mi libro buscan si existe lo que no sabemos, están perdidos o
avanzando en ese abismo en el que nos hemos movido siempre (...) Algunos de sus
protagonistas son gente de la calle, exploro los límites de la literatura y hay
una indagación sobre el más allá, tanto el de la literatura como el de la vida
(...) El pretexto inicial era cómo rellenar el vacío del propio libro"
El vacío es y ha sido siempre desde los tiempos remotos, un concepto incómodo,
recién aceptado por la física y la cosmología después de Newton, pero el ‘horror
vacui’ persiste en términos anímicos y metafísicos. El vacío es un concepto
límite, casi impensable, pues se refiere a la ausencia. Esta idea fue rechazada
por Aristóteles como una realidad impensable y un concepto inconsistente.
El horror al vacío metafísico es diferente, se refiere al nihilismo y no al
vacío, al horror que produce la falta de fundamentos, a la inquietud frente a la
desolación interior. La naturaleza ha aceptado finalmente el vacío, pero la
cultura no, el ‘horror vacui’ sigue acechando, por ejemplo, a hombres de letras
tan connotados como el Orate Blaguer.
Gombrowicz trataba estos asuntos del más allá y del vacío con otro talante.
"Pero estoy harto de los gimoteos actuales. Hay que renovar nuestros problemas
(...) La muerte, por ejemplo. Para cambiar un poco de óptica, nos basta con
pensar: No, no es ningún drama, estamos adaptados a la muerte desde que nacemos;
y aunque nos vaya devorando poco a poco cada día, nunca nos enfrentamos con ella
a cara (...)
¿Enajenación? No, no es tan terrible (...) esas enajenaciones le reportan al
obrero a lo largo del año, casi tantos días libres y maravillosos, días de
fiesta, como días de trabajo.
¿El vacío? ¿El absurdo de la existencia? ¿La nada? (...) No se necesita un Dios
o unos ideales para descubrir el valor supremo. Basta con permanecer tres días
sin comer para que un mendrugo de pan adquiera ese valor; nuestras necesidades
son la base de nuestros valores, del sentido y del orden de nuestra vida (...)
Hace algunos siglos, la gente moría antes de los treinta años. La epidemias, la
miseria, el diablo, las brujas, el infierno, el purgatorio, las torturas...
¿Acaso los triunfos se nos han subido demasiado a la cabeza? ¿Acaso hemos
olvidado lo que éramos ayer? (...)
No es que me rebele contra una visión trágica de la existencia, no soy de los
que pintan el mundo de color de rosa. Pero no se puede estar siempre repitiendo
lo mismo (...)
El rasgo más trágico de las grandes tragedias es que suscitan pequeñas
tragedias; en nuestro caso, el aburrimiento, la monotonía, y una especie de
explotación superficial y monótona de las profundidades"
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NO PUDO IR AL ESTRENO
"En cuanto al curso de filosofía me gustaría dictarlo a partir de Kant, con él
empieza el pensamiento moderno, calculo una hora para Kant, otra para Hegel,
treinta minutos para Marx, una hora para Husserl, otra para el existencialismo y
otra para el estructuralismo, en total, cinco horas y media. Pero no estoy
seguro de poder hacerlo, pues me fatigo cuando hablo demasiado"
Éste es el fragmento de una carta que Gombrowicz le escribe al Hasídico
anunciándole que estaba trabajando en la preparación del curso. Gombrowicz es un
hombre de letras que le hizo honor al viejo nombre de Facultad de Filosofía y
Letras, cosa que la mayoría de los escritores no hacen.
Los apuntes que armó la Vaca Sagrada sobre estas lecciones que, con el
asesoramiento especializado del Cagamármoles, se convirtieron en "Curso de
filosofía en seis horas y cuarto", no tienen el nivel de los que armaron los
estudiantes de la Universidad de Tucumán sobre las lecciones de García Morente,
pero llegan a ser mejores que un puñetazo en un ojo.
A mí me sirvieron para recordar episodios de la filosofía que viví con
Gombrowicz y con los contertulios del Rex, y para vincularlos con pasajes de sus
diarios en los que camina de la mano con la madre puerca de las ciencias.
Siguiendo un itinerario un tanto caprichoso se me ocurrió que Gombrowicz es una
especie de bastonero de estos pensadores, los odia y los quiere como si fueran
de su propia familia.
Pero cuando las seis horas y cuarto llegaron a Buenos Aires, uno de los
gombrowiczidas más connotados –forma parte del grupo de los siete magníficos,
precisamente el Boxeador Amateur– publicó una nota de un tono decididamente
ditirámbico y heroico, por lo menos en lo que respecta a su primer y último
párrafo.
"En seis horas, diseminadas entre el 27 de abril y el 29 de mayo de 1969, Witold
Gombrowicz llevó a cabo, sin saberlo, una de las obras más prodigiosas y
disparatadas de su vida intelectual"
"Sócrates, después de la cicuta, conversando con sus discípulos sin rebajarse a
aceptar el consuelo de la inmortalidad del alma, no me parece más probo, más
sereno, más estoico, que el hombre que improvisó estas lecciones, para dos
personas, unos días antes de la muerte"
En presencia de los extremos de un panegírico tan promisorio pensé que este
hombre de letras era la persona más indicada para hablar de Gombrowicz en la
Feria del libro en el año de su centenario.
Cuando lo visitamos en Hipólito Irigoyen, una casa de lo más extraña, el Pequeño
K se llevó una buena impresión de su mujer pero una no tan buena del Boxeador
Amateur. El malestar empezó frente a un tablero de ajedrez muy bonito que se
exhibía en la entrada, pues mientras el dueño de casa coqueteaba con sus
conocimientos de la apertura española y sus variantes, no tomaba en cuenta los
comentarios que le hacía el Pequeño K sobre que yo había sido amigo de Miguel
Najdorf y alguna partida le había ganado.
A medida que pasaba el tiempo el polaco fue cayendo en la cuenta de que el
Boxeador Amateur se interesaba mucho más en su propia grandeza que en la de
Gombrowicz y que delegaba en la Vasca el conocimiento del que, en verdad, era el
motivo de nuestra visita.
Yo estaba preocupado en cambio porque, fuera de quien fuere ese conocimiento, me
empezó a parecer que estaba colgado de alfileres, los recuerdos más frescos que
tenía el Boxeador Amateur sobre Gombrowicz se referían a "La virginidad" y a
sobre cómo al final del relato los dos protagonistas empiezan a roer un hueso.
Para colaborar con el buen desempeño del Boxeador Amateur en la mesa redonda de
la Feria del libro, se me ocurrió proponerle la lectura de "Gombrowicz, este
hombre me causa problemas" de modo que convinimos en que se lo traería para
nuestro próximo encuentro. El Pequeño K quedó disgustado y esta vez no quiso
acompañarme, yo le reproché esta decisión sin presentir ni por un momento lo que
iba a pasar al día siguiente.
Cuando llegué a su casa de la calle Hipólito Irigoyen, la Vasca me dice que está
en el medio de una entrevista filmada y que no puede atenderme, y cuando le
pregunto por el Boxeador Amateur, me dice que estaba con una afonía imposible.
Me retiré muy disgustado y le manifesté que eran un par de maleducados. Con la
sensación de que la participación del Boxeador Amateur se había malogrado
regresé a mi casa.
Sin embargo, ese mismo día, la Vasca habló con mi mujer para que intercediera en
el conflicto y se ofreció a pasar por mi casa para retirar "Gombrowicz, este
hombre me causa problemas", proposición que yo no acepté. La Vasca, de igual
manera, prometió que para el día de la mesa redonda tanto ella como el Boxeador
Amateur estarían allí muy emperifollados. Ya saben lo que pasó el día de la mesa
redonda, el matrimonio pegó el faltazo.
Sobre la defección de los escritores argentinos se tejieron varias historias que
iban del pánico académico hasta el mismísimo desaire. Pero yo quiero hablar de
un solo escritor, del único que aceptó la invitación, del Boxeador Amateur, pues
me hace acordar a lo que le pasó a Erich Kleiber con los músicos del Teatro
Colón cuando preparaba "Las Bodas de Fígaro", la ópera de Mozart. El maestro
austríaco estaba preocupado porque le cambiaban algunos músicos en cada ensayo
hasta que en la víspera de la primera función les dijo: –He notado que los
músicos de este último ensayo son completamente distintos a los que tuve en el
primero, al único que reconozco es al segundo fagot; –Ah, perdón, maestro, pero
mañana no voy a poder venir al estreno.
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LA HERÁLDICA DE LOS
COMUNISTAS
Las contrariedades que tenía con la familia fueron las primeras, y el origen de
todas las otras contrariedades, vamos a entrar a esta casa de los misterios por
una puerta más:
"Fui con el joven Pawel Zdziechowski al campo, a la finca de sus padres en la
región de Poznan, y enseguida llegó también Witold Malcuzynski. Pasé allí varias
semanas acogido con una gran hospitalidad (...) pasábamos el tiempo charlando y
escuchando música. Al volver a Varsovia escribí algunos folletines sobre mi
estancia en la región de Poznan, pero estaba tan cargado de una extraña ira y
guardaba todavía desde mi infancia tanto rencor hacia las mansiones de campo de
los terratenientes, empezando por la mía propia, que no pude evitar hacer
ciertos comentarios maliciosos (...) En el café discutíamos de todo esto con
sinceridad, y explicaba a los allí reunidos que, en contra de lo que pudiera
parecer mi comportamiento desde el punto de vista del decoro ordinario, esta
conducta revestía para mí un sentido más profundo, era un experimento, una
infracción consciente de la forma"
Estos humores contrapuestos, agradar o desagradar, no estaban separados, estaban
superpuestos, no se mezclaban pero existían al mismo tiempo. Muchos años atrás,
en las vísperas de la guerra, cuando Europa estaba arrastrada por la vanguardia,
el proletariado, el surrealismo, el social realismo, el ocaso de la burguesía y
del feudalismo, Gombrowicz maniobraba en una mesa del café Ziemianska con su
abolengo: –Mi abuela es prima de los Borbones españoles.
Realizaba también actos de servidumbre, por ejemplo, le alcanzaba el azúcar a un
poeta de clase social alta, y no al mejor poeta que era de familia pobre.
Apoyaba la opinión de otro porque era de una familia de terratenientes: –La
poesía es muy importante pero ante todo te aconsejo que no seas provinciano.
Aparecían algunas protestas: –No, señores, el arte es un fenómeno esencialmente
heráldico.
Y así durante meses, años, con la imperturbable lógica del absurdo. Los otros
chillaban y vociferaban pero, poco a poco, sucumbían; una ya decía que su abuelo
era terrateniente, otro, que la hermana de su abuela era del campo, otro más
empezaba a dibujar su blasón en la servilleta.
"¿Socialismo? ¿Surrealismo? ¿Vanguardia? ¿Proletariado? ¿Poesía? ¿Arte? No. Un
bosque de árboles genealógicos y nosotros a su sombra. Me dijo el poeta
Broniewski: –¿Qué está haciendo? ¿Qué sabotaje es éste? ¡Usted ha logrado
contagiar de heráldica hasta a los comunistas!"
Gombrowicz era escurridizo como una anguila o un camaleón, con estos artificios
quería aproximarse en los diarios a verdades más profundas. La palabra humana
tiene la consoladora particularidad de que se halla muy cerca de la sinceridad,
no por lo que confiesa, sino por lo que busca.
Ahora bien, ¿qué buscaba Gombrowicz? A veces pareciera que buscara la miseria de
las mansiones de campo, otras veces el abolengo de su abuela y la heráldica, dos
búsquedas al parecer contradictorias.
Las discusiones que Gombrowicz mantenía con su madre lo iniciaron en las burlas
a unos principios morales y a un estilo demasiado rígidos. Marcelina Antonina
participaba de la vida social, durante un tiempo presidió la Asociación de
Mujeres Terratenientes, una institución terriblemente devota que se
caracterizaba por una incurable grandilocuencia de estilo. Gombrowicz
experimentaba un salvaje placer haciendo caer esos altos vuelos del cielo a la
tierra, más aún, le gustaba escuchar detrás de la puerta el contenido de esas
sesiones para obtener material satírico.
La nobleza terrateniente vivía una vida fácil y no conocía la lucha esencial por
la existencia y sus valores. Jan Onufry, su padre, sólo muy de vez en cuando se
daba cuenta de lo anormal de su situación social, para él un lacayo era algo
absolutamente natural, se comportaba como un señor, relajadamente, con gran
desenvoltura. Su madre también aceptaba su posición social como algo
completamente lógico, pertenecía a una generación que no había experimentado lo
que Hegel llama mala conciencia. Pero la generación joven empezó a sentir el
peso de este problema.
Con el material satírico que sacaba de las reuniones de la madre escuchando
detrás de la puerta más algunas otras ocurrencias ajusta las cuentas con su
familia y con su clase social provocando un verdadero descalabro en el final de
su primera novela: "Ferdydurke".
En esta narración la fraternización entre el señorito y el peón va
descomponiendo poco a poco las formas del señorío a pesar de los esfuerzos que
hace el tío por encontrarle alguna analogía a esa aparente perversión sexual con
la conducta del príncipe Severino a quien también le gustaba de vez en cuando.
Después de que el peón rompe la bisagra mística con un soberbio cachetazo que le
da al señor en medio de la facha, la servidumbre y el pueblo asaltan la casa
señorial mientras el protagonista intenta raptar a su prima de un modo maduro y
noble.
El deseo del señorito de entrar en contacto con un peón de la casa de campo de
los tíos del protagonista empieza a descomponer el estilo de los terratenientes.
El tono altanero y aristocrático del tío tenía sus raíces en un fondo plebeyo, y
era de la plebe de donde obtenía sus jugos.
Vivían en un sistema según el cual la mano del amo quedaba al nivel del rostro
del criado, y el pie del señor llegaba hasta el medio del cuerpo del campesino.
Se trataba de un ley eterna, un canon, un orden. Después de que el protagonista
le da un sopapo en la cara al peón y el peón le da otro al señorito a su pedido,
se empiezan a producir acontecimientos irregulares que provocan la confusión de
los roles. El protagonista descubre que el misterio del caserón campestre de la
nobleza rural es la servidumbre. El comportamiento de los tíos quería
distinguirse de la servidumbre, estaba concebido contra la servidumbre para
conservar el hábito señorial. El orgulloso señorío racial del tío crecía
directamente del subsuelo plebeyo. Sólo a través de la servidumbre se puede
comprender la médula misma de la nobleza rural. El hecho perverso de que el
sirvientito pegara con su mano en la cara del señorito, un huesped de señores y
un señor, tenía que provocar consecuencias también perversas.
El desarrollo histriónico de este capítulo es hilarante, yo no podía parar de
reír, y esta fue la razón por la cual Gombrowicz me hizo miembro de la logia
ferdydurkista. Veamos el remate de este capítulo a ver si no tengo razón.
"Oí todavía el chillar del primo Alfredo y el chillar del tío, parecía que los
tomaban de algún modo entre sí y empezaban con ellos lerda e indolentemente,
pero ya no veía por la oscuridad... Salté detrás de la cortina. ¡La tía! ¡La
tía! Recordé a la tía. Corrí descalzo al fumoir, atrapé a la tía que, sobre el
canapé, trataba de no existir y ¡a tirarla, a empujarla en el montón! para que
se mezclara con el montón. –Niño, niño, ¿qué haces? –suplicaba y pataleaba y me
convidaba con bombones, pero yo justamente como niño tiro y tiro, tiro al montón
a la tía, ya la tienen, ya la agarran. ¡Ya la tía en el montón! ¡Ya en el
montón!"
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