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NOTAS EN ESTA SECCION
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El exilio fecundo de Gombrowicz
Por Alejandro Michelena
Uno de los episodios más extravagantes en la historia literaria
argentina fue protagonizado por un polaco, llegado en circunstancias
azarosas a Buenos Aires, que extendiera por casi un cuarto de siglo
su estadía en ella, un poco por accidente, pero también porque le
atraían la ciudad y su gente. Sin dominar bien el idioma, se atrevió
a emprender la incierta aventura de traducir su única novela, publicada
en Polonia en 1937. Llevó a cabo la tarea asesorado por un puñado
de amigos escritores, en jornadas que se llevaban a cabo –en permanente
debate muchas veces caótico– a lo largo de muchas tardes de la segunda
mitad de los cuarenta, en varios cafés del centro porteño.
Su nombre: Witold Gombrowicz; la novela en cuestión: Ferdydurke.
Participaron en la peculiar empresa los escritores argentinos Carlos
Mastronardi y Eduardo González Lanuza, y los poetas cubanos Virgilio
Piñera y Humberto Rodríguez Tomeu (por esos años residentes en la
gran capital del sur), junto a algunos jóvenes aspirantes a las
letras. Los lugares de trabajo fueron ciertos cafés y confiterías
propicios al encuentro y la tertulia.
Pero no piense el lector que no se aplicó una metodología en ese
trabajo colectivo. En cada encuentro, Witoldo –como le llamaban
sus amigos– llevaba un fragmento traducido por él más o menos en
forma literal, texto que sometía a la no muy ordenada asamblea,
que entre cafés y bebidas espirituosas iba buscando las palabras
más adecuadas y puliendo así cada párrafo.
Gracias al proceso de trasladar Ferdydurke a nuestro idioma, su
autor volvió a sintonizarse con la literatura luego de una crisis
que se había extendido demasíado, comenzando de ahí en más la escritura
de sus novelas mayores, como Pornografía, Transatlántico y Cosmos.
Por otra parte, esa edición de Ferdydurke –con el prólogo, casi
clarividente, de Ernesto Sábato– marcó el inicio del lento camino
hacia el reconocimiento mundial.
DE SUR DE VARSOVIA A AVENIDA DE MAYO
El escritor tenía treinta
y cinco años cumplidos y una trayectoria literaria en su país cuando,
en 1939, aceptó la invitación a participar en el viaje inaugural
de un transatlántico con destino a la lejana Buenos Aires. Desembarcó
el mes de agosto de ese año crucial, y pensó que iba a pasar allí
un par de meses a lo sumo.
La invasíón de Alemania a Polonia, ocurrida en septiembre, volvió
permanente su estadía, resignándose a esperar el final de la contienda.
Pero mucho antes de que llegara la paz, Gombrowicz había sido encandilado
y atrapado por los laberintos de esa ciudad extraña, con aires de
Paris, pero también caracterizada por cierto aliento vital telúrico
vinculado a lo nuevo, lo primigenio, lo original.
No lo deslumbraron los brillos europeizantes del grupo intelectual
más prestigioso, que era el que rodeaba a Victoria Ocampo y la revista
Sur, al punto que luego de algunos fugaces y controvertidos contactos
con algunas de sus figuras notorias, se automarginó por el resto
de las dos décadas y media que iba a permanecer en Buenos Aires.
Sí lo deslumbró el potencial de juventud del país, y más que nada
los jóvenes en concreto –nada ilustrados, algunos recién llegados
del interior– con los que alternaba ambiguamente en las inmediaciones
de la Estación Retiro. De alguna forma encontró en la pujante Buenos
Aires en crecimiento de los primeros años cuarenta la confirmación
de la filosofía planteada en Ferdydurke, donde quiebra una lanza
en favor de la inmadurez en cuanto energía base de toda creatividad,
contrapuesta al mundo adulto que vinculaba a lo rutinario y poco
estimulante. El dionisiaco Witoldo se encontró en su elemento relacionándose
con esos oscuros muchachos (en un doble sentido: por el color de
la piel y por lo anónimos) en bares y cantinas del "bajo" bonaerense.
La
otra parte de su vida, la diurna, se desplegaba en las confiterías
Rex y La Fragata de la calle Corrientes, y también en el clásico
Café Tortoni de Avenida de Mayo. En esos salones algo anticuados
y solemnes encontró más calidez que en los hoteles y pensiones donde
se vio obligado a habitar durante los primeros años de su residencia
porteña. Allí reflexionaba, a veces escribía, mantenía conversaciones
sin mayor compromiso y, sobre todo, jugaba al ajedrez. El "juego
ciencia" iba a ser su pasíón constante.
UN CORPUS LITERARIO BURILADO EN EL SILENCIO
Gombrowicz sobrevivió pobremente, manteniéndose gracias a colaboraciones en periódicos y revistas. Recién en 1947 accedió a un empleo más seguro como funcionario del Banco Polaco. Allí se mantuvo casi una década, hasta que renunció en 1956. Luego, gracias a la indemnización recibida, a inversiones que había logrado hacer, a una beca más bien política (proveniente de una organización anticomunista) y a algunos derechos de autor que ya comenzaba a cobrar, logró vivir con cierto desahogo, y sobre todo con el tiempo y la tranquilidad necesarias para concentrarse en su obra.
¿Cómo fueron los largos años del escritor polaco en Buenos Aires? Su hogar estuvo en los cafés durante las décadas del cuarenta y cincuenta, cuando la capital argentina era una ciudad donde los mismos se multiplicaban. Aparte de los sitios antes nombrados, que fueron de alguna forma sus espacios más habituales, solía recorrer otros lugares, como Los 36 billares, penumbroso café de Avenida de Mayo cercano a la plaza Lorea, o La Academia, de Callao casi Corrientes. Ambos recintos caracterizados por una similar estructura espacial: un primer salón con mesas de mármol y cómodos butacones; otro dedicado al juego de dados, y al fondo mesas de billares.
Por sobre todas las
cosas era un gran conversador, siempre interesante y polémico, irónico
y punzante, que naturalmente atraía a otros contertulios, sobre
todo a aquellos más sensibles e inquietos.
Mientras tanto, en silencio y sin apremios editoriales iba elaborando
su obra. Transatlántico es de 1953. Cosmos surgirá unos años después,
en la primera temporada pasada por el escritor en Tandil, un pueblo
de la Provincia de Buenos Aires que quedará unido indisolublemente
al mito de Gombrowicz en la Argentina. Vale aclarar que el proceso
de escritura de esta novela fue largo, al punto que aparecerá en
1965, cuando el autor ya está establecido en Francia, luego de ganar
el Premio Formentor. Uno de sus textos hoy más leídos y comentados,
el Diario, comenzó a publicarse por aquellos tiempos en la revista
Kultura, vocero de emigrados polacos, donde apareció además su tercera
novela, La seducción. En Buenos Aires se editará también su obra
teatral El casamiento, que más adelante –en 1964– el gran director
argentino Jorge Lavelli llevará a escena con gran suceso en Paris.
Otro aporte de la gran ciudad platense al universo literario gombrowiciano
tuvo que ver con un título. Su libro de cuentos, que reúne relatos
cortos escritos en Polonia entre los años 1927 y 1928, titulado
originalmente Memorias del tiempo de la inmadurez, fue cambiado
luego por el aparentemente enigmático Bakakai. Este es, apenas,
la leve deformación de la calle Bacacay del característico barrio
porteño de Flores, por muchos motivos cercano al autor.
EL GRUPO DE TANDIL
Los jóvenes se le acercaban. No solamente aquellos, míticos, de sus originales andanzas dionisíacas por los bares y entorno de la Estación Retiro, sino además los que tenían pretensiones literarias. Fue el caso de Juan Carlos Gómez, a quien llamaba con el apelativo Goma, quien formaba parte de sus mesas de las confiterías Rex y La Fragata. Goma mantuvo correspondencia con Gombrowicz luego que éste aprovechara una beca en Berlín para saltar a Europa, en 1963; ese intercambio se extendería casi hasta la muerte del escritor, en 1969. Las cartas del polaco a Goma fueron publicadas por éste recientemente, bajo el título Cartas a un amigo argentino.
Otros de sus jóvenes amigos, entonces aspirantes a las letras, fueron Alejandro Russovich y Miguel Grimberg. Ambos, junto al antes mencionado, formaron parte –en los años cincuenta– de la segunda generación de "ferdydurkistas" fervorosos. La primera fue la que se complotó con el autor para la traducción de su novela. Pero habrá todavía una tercera, vinculada a Tandil.
Lo primero que hizo Witoldo al llegar allí por primera vez, fue visitar la municipalidad y preguntar si había en la ciudad alguien inteligente... Los funcionarios, desconcertados, lo conectaron con un grupo teatral. Allí encontraría al jovencísimo Jorge di Paola, a quien apodó Dipi, uno de sus fieles de ahí en más que a partir de los setenta iba a desarrollar una interesante peripecia como narrador. Di Paola, Mariano Betelú y Jorge Vilela, iban a rodear al "viejo" –así lo llamaban– en sus frecuentes visitas a Tandil. Ese hombre, que bordeaba los cincuenta años, fue para estos veinteañeros provincianos un auténtico maestro socrático, con el que tanto podían hablar de la vida en Tandil como analizar el estado literario y cultural de la Argentina, o abordar temas metafísicos o filosóficos.
Estos jóvenes, los de
Buenos Aires y los de Tandil, siempre tuvieron claro el privilegio
que implicaba compartir las horas con un gran escritor. Y esa convicción
la tuvieron (y mantuvieron) bastante tiempo antes de que, desde
Francia, lo redescubrieran y comenzara su renombre mundial, iniciada
ya la década del sesenta.
EL EXTRAÑO SALUDO A BORGES
No deja de pertenecer
a la dimensión de lo anecdótico, pero ilustra bien una auténtica
contraposición literaria y cultural. De vez en cuando, en sus diarias
andanzas por el centro porteño a través de los años, el polaco solía
cruzarse con Jorge Luis Borges, por entonces un escritor de enorme
prestigio nacional e internacional, pero todavía "de culto" y lejos
de la fama que iba a alcanzar más tarde. Borges, que aún no estaba
ciego, nunca lo reconocía. En cada encuentro Witoldo le gritaba
desde lejos, a veces desde la acera de enfrente: "¡Hey Borges, acá
Gombrowicz!"
Corrían todavía los años cuarenta cuando Carlos Mastronardi se animó
a presentarlo en una cena en casa de Silvina Ocampo y Adolfo Bioy
Casares, matrimonio de escritores que encarnaba la conjunción del
prestigio intelectual y social. Borges, gran amigo de ellos, también
participaba de la velada, y fue esa la única oportunidad en que
estuvieron juntos con posibilidad de dialogar y conocerse. Si bien
el autor de Ferdydurke se mostró discreto y sociable, la impresión
que dejó en el prestigioso trío fue que se trataba "de una especie
de anarquista algo turbio y de segunda mano".
LA DÁRSENA Y EL ÚLTIMO CAFÉ
En el final de su último verano en el Río de la Plata, retirado
en una playa de Uruguay y dándole los últimos toques a su novela
Cosmos, recibió una invitación de la Fundación Ford para una estadía
de un año en Berlín. La misma se traspapeló en los laberintos del
correo y llegó tarde a sus manos. Y cuando pensaba que la posibilidad
de transitar el camino contrario al de su viaje del año ’39 –tantas
veces rumiada en años anteriores, al compás del aumento de su fama
europea– se había evaporado, llegó la noticia que la invitación
y la beca seguían en pie.
En pocos días Gombrowicz vendió sus pertenencias y arregló sus asuntos
en Buenos Aires. Y a pesar de las dudas y conflictos interiores
en relación al viaje que, de acuerdo con el testimonio de su Diario,
lo iban a asediar incluso durante el cruce oceánico, se dispuso
a quemar las naves (esta vez de manera deliberada).
Los últimos momentos en la Reina del Plata los pasó en un café cercano
a la dársena, rodeado de sus más fieles amigos, mirando el muelle
y la placidez del agua portuaria. Luego, ya instalado en cubierta
y contemplando a lo lejos el perfil de Buenos Aires alejándose implacablemente,
en un episodio de auténtica cepa "ferdydurkeana" el escritor se
dio cuenta de que había perdido los 250 dólares, único dinero que
tenía para gastos hasta llegar a destino.
Un telegrama de auxilio a sus contactos europeos solucionó el problema
a su llegada a Cannes, donde daría comienzo otra historia: la de
la etapa consagratoria de Witold Gombrowicz, muy distinta que ese
largo y paradójico período bonaerense que resultó a la postre el
marco apropiado para la decantación de un corpus narrativo que ocupa
un lugar de privilegio en la literatura del siglo XX.
Fuente: www.jornada.unam.mx/2007/05/20/sem-michelena.html
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La lengua de los desposeídos
Por Ricardo Piglia
El 28 de agosto de 1947, Witold Gombrowicz dio una conferencia en
Buenos Aires que nos puede servir de base para discutir algunas
características de lo que llamamos "el espacio del lector". La conferencia
es ahora un texto célebre, "Contra los poetas", y Gombrowicz la
incluyó, años después, como apéndice en su Diario .
Gombrowicz era un completo desconocido en aquel entonces. Vivía,
pobremente, en oscuras piezas de pensión. Había llegado a la Argentina
casi por casualidad, en 1939, y lo sorprendió la guerra y ya no
se fue. En verdad, los años de Gombrowicz en la Argentina son una
alegoría del artista tan extraña como la alegoría de los manuscritos
salvados de Kafka. Luego de unos primeros meses dificilísimos, de
los que casi no se sabe nada, Gombrowicz va entrando de a poco en
circulación en Buenos Aires. Su centro de operaciones es la confitería
Rex, en lo alto de un cine, en la calle Corrientes, donde juega
al ajedrez y va ganando un grupo de iniciados y de adeptos, entre
ellos al poeta Carlos Mastronardi y al gran Virgilio Piñera. Ha
empezado a anunciar a quienes puedan oírlo que es un escritor del
nivel de Kafka, pero, por supuesto, todo el mundo piensa que es
un farsante: nadie lo conoce, nadie lo leyó. Además sostiene que
es un conde, que su familia es aristocrática, aunque vive en la
indigencia. Borges, con su malicia habitual, lo cristalizará, años
después, con esta imagen:
A ese hombre, Gombrowicz, lo vi una sola vez. El vivía muy modestamente
y tenía que compartir la pieza, una azotea, con otras tres personas
y entre ellas tenían que repartirse la limpieza del cubículo. El
les hizo creer que era conde y utilizó el siguiente argumento: los
condes somos muy sucios, con esa argucia consiguió que los demás
limpiaran por él.
Entonces, en 1947 Gombrowicz sale a la superficie. Estaba por ahogarse,
pero logra salir a flote, aunque volvió a hundirse varias veces
después. Ese año aparece la traducción al castellano de Ferdydurke
, y se publica, también en español, su obra de teatro El matrimonio
. Pero, como sabemos, esas obras no tienen la menor repercusión.
Son pequeñas ediciones que nadie lee, aunque quienes las leen nunca
lo olvidan. La conferencia está ligada a la aparición de esos textos.
Es un intento de hacerse ver, el inicio de una campaña de larga
duración. Cualquiera que lee los testimonios o la correspondencia
de esos años, lo ve a Gombrowicz intrigando y armando redes y conspiraciones
microscópicas. Redes de amigos, de jóvenes, que intentan dar a conocer
su obra.
Cómo llegó a dar esa conferencia, quién la organizó, cuántos asistieron,
es algo que no sabemos bien. Solo sabemos que fue en la librería
Fray Mocho, en la calle Sarmiento, casi Callao, en el centro de
Buenos Aires. Una librería pequeña, muy buena. Se trataba de un
lugar ajeno a los circuitos prestigiosos de las conferencias de
aquellos años, como el Colegio Libre de Estudios Superiores, donde
Borges empezó a dictar sus conferencias en 1946, o el Centro de
Amigos del Arte, donde Ortega y Gasset daba sus multitudinarias
conferencias en esa época.
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"Llegó una nueva
nave de bandera polaca: El Chrobry" Conduce a un calificado grupo de figuras de esa nacionalidad y turistas Luciendo un vistoso empavesado, y a los acordes de los himnos nacional y polaco, tendió sus amarras ayer a las 11, aproximadamente, en el desembarcadero de la Dársena Norte, la flamante motonave Chrobry, de la Gdynia America Line, poniendo término a su viaje inaugural. [...] Entre los viajeros que llegaron en el Chrobry se encontraba el Sr. Ladislao Mazurkiewicz, ex enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de Polonia en Buenos Aries y su esposa, Da. Nieves Ramos Montero; el senador Jan Remblelinski; los escritores Bohdan Pawlowicz; Witold Gombrowicz y Czeslaw Strazewicz; el oficial de prensa D. L. Kollupallo; el doctor Ernesto Lebreton y su esposa, quienes regresan de Río de Janeiro; D. J. J. Taleb, un grupo de turistas, y otras personas. [...] Witol [sic] Gombrowicz es un humorista moderno, de vasta cultura. Acaba de tener un éxito de resonancia con un folleto titulado “Ferdydurke”. En puridad de verdad, la conversación que mantuvimos con estos tres hombres de letras versó sobre el tema de angustiosa actualidad. Había avidez por obtener noticias sobre la situación europea, y si bien es cierto que ninguno de los tres cree en la inminencia de una guerra, no desechan la idea de que esta estalle en la primavera próxima.” [Artículo de La Nación el 21 de agosto de 1939, citado por Rita Gombrowicz en Gombrowicz en Argentina, edición 2004, descargar adelanto] |
El 28 de agosto de 1947,
entonces. Las siete de la tarde, esa es la hora de las conferencias,
la hora del crepúsculo. Pleno invierno en Buenos Aires. Gente con
sobretodo, con abrigos, mujeres con tapados de piel quizá. Gombrowicz
con su impermeable gris y su sombrero, el conde como pordiosero
elegante.
Hay un primer dato que nos interesa especialmente. Gombrowicz da
esa conferencia en castellano, en ese castellano áspero, de gramática
incierta, que hablará siempre. No da la conferencia en francés,
lengua que conocía y hablaba fluidamente, como era habitual en Buenos
Aires. Victoria Ocampo daba sus conferencias en francés, y también
lo hacía, con gran éxito, Roger Caillois, otro europeo en Buenos
Aires. Una conferencia dicha en castellano, entonces, por un escritor
polaco desconocido, en una oscura librería de Buenos Aires.
El castellano de Gombrowicz es el idioma de la desposesión. Nada
que ver con el inglés de Nabokov, aprendido de chico con las institutrices
inglesas. Gombrowicz aprende el castellano en Retiro, en los bares
del puerto, con los muchachos, con los obreros, los marineros que
frecuentaba; una lengua que está cerca de la circulación sexual
y del intercambio con desconocidos. Retiro, con ese nombre tan significativo,
es la zona del Bajo, del llamado Paseo de Julio, la zona por donde
va a vagar Emma Zunz, la Recova, los bares de mala vida, los piringundines.
El español aparece ligado a los espacios secretos y a ciertas formas
bajas de la vida social.
Desde luego, Gombrowicz lo vive como una iniciación cultural, como
una contraeducación. "Me bastaba con unirme espiritualmente por
un momento con Retiro para que el lenguaje de la Cultura empezara
a sonarme falso y vacío", escribe. Y de eso trata la conferencia:
una crítica al lenguaje estereotipado, cristalizado en la poesía.
Una crítica a la sociabilidad implícita en esos lenguajes falsamente
cultivados.
Por su lado, Gombrowicz elige la inferioridad, la carencia, como
condición de la enunciación. Y a eso se refiere de entrada en la
conferencia. Cito la versión original conservada por Nicolás Espino,
que no aparece luego en la edición del texto en su Diario :
Sería más razonable de mi parte no meterme en temas drásticos porque
me encuentro en desventaja. Soy un forastero totalmente desconocido,
carezco de autoridad y mi castellano es un niño de pocos años que
apenas sabe hablar. No puedo hacer frases potentes, ni ágiles, ni
distinguidas ni finas, pero ¿quién sabe si esta dieta obligatoria
no resultará buena para la salud? A veces me gustaría mandar a todos
los escritores al extranjero, fuera de su propio idioma y fuera
de todo ornamento y filigrana verbales para comprobar qué quedará
de ellos entonces.
El escritor siempre habla en una lengua extranjera, decía Proust,
y sobre esa frase Deleuze ha construido su admirable teoría de la
literatura menor referida al alemán de Kafka. Pero la posición Gombrowicz
me parece más tajante. Lo inferior, lo inmaduro, se cristaliza en
esa lengua en la que se ve obligado a hablar como un niño. Desde
su primer libro, los cuentos que llamó Memoria de la inmadurez ,Gombrowicz
se colocó en esa posición. Y la inmadurez será el centro de Ferdydurke
: el adulto que a los treinta años debe volver a la escuela, infantilizado.
Pero ¿una lengua menor para decir qué? Quizá, como escribe Gombrowicz
el 30 de octubre de 1966 en su Diario , viviendo ya en Europa como
un escritor consagrado, "el escándalo es que no tenemos todavía
una lengua para expresar nuestra ignorancia". En Buenos Aires ha
encontrado ese lenguaje. La lengua como expresión de una forma de
vida. La pobreza de la lengua duplica la falta de dinero, la precariedad
en la que vive. El conde como pordiosero es simétrico del gran estilista
que no sabe hablar. La desposesión como condición de la gran literatura.
La opción Beckett, Céline, Néstor Sánchez; el escritor como clochard
, el escritor que balbucea.
Gombrowicz está siempre cerca de la afasia. Mejor sería decir, Gombrowicz
trabaja sobre la afasia como condición del estilo. El afásico es
un infante crónico. Estamos otra vez en Ferdydurke .
Gombrowicz hace de la inferioridad, del anonimato, de la carencia,
una ventajay una posibilidad. No sé hablar, hablo como un chico
y me refiero por eso a la más alta expresión del lenguaje: la poesía.
Y sé lo que digo porque soy un gran artista.
Segunda cuestión, el castellano como lengua perdida de la cultura.
El castellano como una lengua menor en la circulación cultural a
mediados del siglo XX (y no solo del siglo XX). Circuitos débiles
de la influencia y la difusión literarias. Gombrowicz tiene muy
claros los efectos retrasados, la marcha lenta. Y a la vez los desvíos.
Y las sorpresas. Porque Gombrowicz tiene mucho que agradecerle al
castellano.
En principio, a la lectura de Ferdydurke que hace François Bondy,
el director de la revista Preuves , el primer gran difusor de Gombrowicz
en Francia. "En 1952 leí Ferdydurke en español", ha contado Bondy.
Fue a partir de esa lectura que se interesó por él y lo hizo traducir
al francés. Una lectura que le va a cambiar la vida a Gombrowicz.
Porque Bondy es quien le consigue la invitación a Berlín en 1963,
que va a permitir el regreso de Gombrowicz a Europa y su triunfo
final.
Cómo le llegó a Bondy ese libro en español es una intriga. Un ejemplar
de Ferdydurke en castellano, editado en Buenos Aires, llega a París.
Cuando Gombrowicz conoce personalmente a Bondy en 1960 en Buenos
Aires, durante un congreso del PEN Club, lo primero que quiere saber
es en qué circunstancias ha llegado a leer Ferdydurke en castellano.
Los libros recorren grandes distancias.Hay una cuestión geográfica
en la circulación de la literatura, una cuestión de mapas y de fronteras,
de ciertas rutas que lleva tiempo recorrer. Y quizá algo de la calidad
de los textos tiene que ver con esa lentitud para llegar a destino.
Por ejemplo, la conferencia de Gombrowicz es contemporánea del texto
de Sartre ¿Qué es la literatura ? Los dos son de 1947. Los dos se
plantean la misma pregunta y sus respuestas son simétricas y antagónicas.
Y los dos tienen en común ser panfletos contra el arte (contra cierta
noción espiritualizada del arte y contra su ilusión de autonomía).
Y podemos decir que la conferencia de Gombrowicz, como síntesis
de su poética, tiene hoy tanta (o mayor) influencia que la intervención
de Sartre. (Y sería interesante comparar las dos concepciones de
la poesía que están en juego en esos textos, porque para Sartre
la poesía no se puede comprometer.)
Lenguas, tiempos, espacios. Puntos ciegos de la lógica literaria,
inversiones. Del polaco al francés pasando por el español: otro
circuito de difusión. Habría que hacer una historia de la lengua
española y de las circulaciones culturales. El castellano no suele
estar en esa red, pero Gombrowicz lo pone en una red central.
Por eso la conferencia en castellano dicha por Gombrowicz en Buenos
Aires debe ser vista como un gran acontecimiento, casi invisible
pero extraordinario. Uno de los grandes acontecimientos de nuestra
historia cultural. Un gran paso adelante en la historia de la crítica
literaria.
Y para seguir con la relación de Gombrowicz con el castellano hay
otra escena que me gustaría recordar. Es otra vez una escena lateral,
menor, que sin embargo condensa redes múltiples de la cultura argentina,
y no solo de la cultura argentina.
En 1960, Gombrowicz tiene una entrevista con Jacobo Muchnik, uno
de los grandes editores en la Argentina, el director de Fabril Editora,
que publicó lo más interesante de la literatura europea y norteamericana
de esos años, como El cazador oculto de Salinger o La modificación
de Butor y también El astillero de Onetti. Entonces, por recomendación
de Ernesto Sabato, que iba a publicar Sobre héroes y tumbas en esa
editora, Muchnik recibe a Gombrowicz y le propone publicar Ferdydurke
, que no se había reeditado desde 1947, en Los Libros del Mirasol,
una de las primeras colecciones de libros de bolsillo en América
latina, una colección popular muy buena, donde entre otras cosas
habían aparecido El sonido y la furia de Faulkner y El largo de
adiós de Chandler. Muchnik, que cuenta esta historia con mucha sinceridad
en sus recuerdos de Gombrowicz, le propone hacer una edición de
10.000 ejemplares y le ofrece como anticipo un tercio de los derechos.
"Eso es lo de menos", le contesta Gombrowicz. "Yo estoy dispuesto
a autorizarle esa edición, si usted se compromete a editar otro
libro muy importante que estoy escribiendo. Ustedes me hacen un
contrato de edición del Diario argentino , y yo les autorizo a editar
Ferdydurke ." Muchnik le responde que no puede comprometerse sin
haber leído el libro. Y entonces, cuenta Muchnik, "sin quitarme
los ojos de encima, Gombrowicz se llevó las manos al bolsillo del
saco, extrajo un par de páginas escritas a máquina y me las alcanzó
por encima de mi escritorio". Muchnik le sugiere que se las deje
para leer. "No", insiste cortante Gombrowicz. "Dos páginas se leen
en un momento, léalas ahora, yo espero." Entonces Muchnik se pone
a leer, con Gombrowicz delante, "y ese texto", dice Muchnik, "me
atrapó desde la primera frase. Pero cuando terminé de leerlo le
dije, bueno, es extraordinario, pero no puedo comprometerme a publicarlo
sin conocer todo el libro. Gombrowicz no me respondió, se puso de
pie. Por encima del escritorio me quitó sus dos hojas, murmuró algo
que no sé si fue un insulto o un saludo de despedida, y sin más
giró sobre sus talones y se fue". Prefirió no reeditar Ferdydurke
, no recibir el dinero del anticipo que seguro necesitaba porque
quería ver publicado el Diario argentino . Y están esas dos páginas
escritas en castellano. Un pequeño enigma: ¿qué páginas eran esas,
quién las había traducido?, ¿Gombrowicz las escribió directamente
en castellano?
Algo de la ética de nuestra literatura está en esa escena. Y algo
que nos incumbe a todos nosotros y a nuestra tradición literaria
está en la historia de la relación de Gombrowicz con la lengua argentina.
Fuente: La Nación, 19/04/08
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Gombrowicz en Argentina
Por Witold Gombrowicz
Partí hacia la Argentina
un mes antes de que estallara la guerra y allí permanecí los siguientes
veintitrés años. Todo sucedió por casualidad. ¿Casualidad?. Un día
en el café Zodiac, en Varsovia, conocí a un escritor de mi edad,
Czeslaw Straszewicz. Me dijo: 'Viajo a Sudamérica.' '¿Cómo?' 'En
un mes el nuevo vapor trans-atlántico polaco Chorbry sale para Buenos
Aires. Su viaje inaugural. Fui invitado como escritor, para escribir
algunas columnas para los diarios.' '¿Te parece que me invitarían
también a mí?' 'Puedes probar. Voy a mencionar tu nombre. Quién
sabe, quizás funcione. La travesía sería más divertida si somos
dos.'
Funcionó. A veces leo en los diarios que fui a la Argentina para
escapar de la guerra. ¡Para nada!. Me preparé para el viaje sin
pensar demasíado, y fue sólo por casualidad (¿casualidad?) que no
permanecí en Polonia.
El día antes de partir tenía todo preparado, mis papeles en orden,
y pasé por el café. 'Tienes el permiso de las autoridades militares,
¿no?' dijo uno. 'Tengo mi pasaporte. Presenté todos los certificados
militares que tenía, de otro modo no lo hubiese obtenido.' '¡Con
eso no alcanza!' Necesitas un permiso especial de las autoridades
militares. Es sólo un formalismo, pero no te dejarán subir al barco
sin él.'
Miré mi reloj. Las siete menos veinte. Las oficinas del ejército
cierran a las siete. Me metí en un taxi y corrí al cuarto piso.
Demasíado tarde. Las puertas estaban cerradas. Habían pasado tres
minutos después de las siete. Golpeé de todos modos. Apareció el
portero. 'La oficina está cerrada. Por favor acabe con ese ruido'.
La puerta se cerró una vez más. ¡Adiós, América!. Comencé a bajar
las escaleras apesadumbrado: de repente, abajo, un barullo terrible.
Era el equipo de fútbol que partía a jugar un match internacional
en Dinamarca. También habían llegado tarde. Golpeamos la puerta
de nuevo. Esta vez el portero nos dejó entrar, y como favor especial
nos sellaron los permisos. Ya lo ven, mis veintitrés años en Argentina
dependieron de unos minutos...
Cómo habrá sido este asunto de partir... fue como si una gigantesca
mano me hubiese tomado del cuello de la camisa para sacarme de Polonia
y arrojarme en esta tierra perdida en el medio del océano –perdida
pero europea... apenas un mes antes de la guerra. Me pregunto porqué
aquella mano no me puso en Europa occidental. Porque, supongo, hubiese
terminado en París. Si no hubiera dejado Europa hubiese vivido en
París después de la guerra, casi con seguridad. Pero la mano no
pareció quererlo así porque, a la larga, París me hubiese convertido
en un parisino. Y sentía el deber de ser anti-parisino. Es que,
por esos tiempos, no estaba lo suficientemente inmunizado. Mi destino
era pasar muchos más, largos años en los bordes de Europa, lejos
de sus capitales, y lejos de sus aparatos literarios, escribiendo,
como dicen hoy en Polonia, 'para los cajones de escritorio'. Miren
el mapa. Sería difícil elegir mejor lugar que Buenos Aires. La Argentina
es un país europeo. Uno siente allí la presencia de Europa, aun
más fuertemente que en la propia Europa, pero al mismo tiempo uno
está fuera de Europa –y además, en aquel país ganadero, no se aprecia
la literatura.
Magia. Una casi preconcebida forma de vida. Cuanto más nos alejamos
de la Forma, más nos sometemos a su poder. Misteriosas contradicciones,
contrastes...
Desembarcamos
en Buenos Aires el 22 de agosto (el 2 es mi número) de 1939 (la
suma de los dígitos es también 22) después de un tranquilo cruce
que duró tres semanas. La situación internacional parecía mejorar.
Pero el día siguiente a nuestro arribo los telegramas de Moscú y
Berlín anunciando el pacto Nazi-Soviético cayeron en el mundo como
un rayo. ¡Guerra! Una semana después las primeras bombas alemanas
caían en Varsovia.
Todavía vivía en el barco con mi amigo Straszewicz. Cuando escuchó
que se había declarado la guerra, el capitán decidió regresar a
Inglaterra (no había ya discusión alguna sobre si volver a Polonia).
Straszewicz y yo tuvimos un concejo de guerra. Él optó por Inglaterra.
Yo permanecí en la Argentina.
En mi novela Trans-Atlántico recapitulé estos incidentes y me pinté
en el papel de desertor. Pero no hubo una cuestión de deserción,
puesto que Polonia había sido separada ya del resto del mundo. Me
presenté inmediatamente ante la Embajada Polaca en Buenos Aires
apenas dejé el barco. Más tarde, cuando un ejército polaco se estaba
formando en Inglaterra, aparecí desnudo frente a la comisión de
reclutamiento en la Embajada. En pocas palabras, a nivel oficial,
todo estaba en orden. Si aparezco como un desertor en Trans-Atlántico
es porque, moralmente, era un desertor. Estaba angustiado, desesperado,
pero al mismo tiempo complacido de encontrarme milagrosamente protegido
detrás del océano.
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Escribí
algo sobre mis primeros años en la Argentina en mi diario (volumen
1, capítulo 7). Doscientos dólares, toda mi fortuna, me duraron
casi seis meses. La Argentina era increíblemente barata. Viví en
hoteles de tercera categoría. Algunos polacos me ayudaron y empecé
a escribir un poco para los periódicos –más que nada series de notas
bajo seudónimo. Por algún tiempo nuestra Embajada me dio un modesto
subsidio. Pero eso no era suficiente; no sabía cómo sobreviviría
el mes siguiente, y tuve que tomar prestados unos pesos para comer.
Así siguió todo, a veces mejor, a veces peor, de acuerdo a las circunstancias,
hasta 1947, para luego trabajar los siguientes siete años en el
Banco Polaco. Fue muchísimo más aburrido. Pero el amargo, trágico,
poético sabor de los primeros años dejó su marca en mí.
Apenas si puedo hablar de mis primeras experiencias en la Argentina,
pero no puedo dejarlas afuera. Viví, como dije, en los hoteles más
baratos, hasta en conventillos. ¡Yo, el Sr. Gombrowicz, me sumergí
en la degradación con pasíón! Luego, repentinamente, rejuvenecí,
moral y físicamente. En las calles la gente me llamaba joven, como
si no tuviera treinta y cinco años. Nunca fui tan poeta como entonces,
en aquellas calurosas calles abarrotadas de gente, completamente
perdido (perdido en el gentío, y perdido también en cuanto a mi
destino). Enjambres de gente, multitudes, luces, barullo ensordecedor,
olores y mi pobreza era mi alegría; mi caída fue mi nuevo contrato
de vida. Me dejé arrastrar sin hesitar, desprejuiciado, en esta
Babel de lenguajes. Formé parte de ella. Y mis conocidos circunstanciales,
con quienes trabé amistad con sorprendente facilidad (descubrí esta
neutralidad en mí, el mí artificial, y se apareció como el más preciado
tesoro, una piedad, un respiro, una liberación), me ayudaron como
pudieron. Un día, caminando por la calle Corrientes, fijé mi mirada,
prolongada, en una vidriera (¡Qué honor para el Sr. Gombrowicz!).
Le dije al muchacho que estaba conmigo que tenía hambre. (¡Qué honor!)
'No te preocupes', dijo. 'Tengo un muerto. Habrá suficiente para
los dos.' Tomamos un tranvía y fuimos a los suburbios, a una casa
en un barrio proletario donde, efectivamente, un hombre muerto yacía
en su ataúd. No sé de qué nacionalidad sería, pero estaba cubierto
de flores. Y su familia, amigos y conocidos aceptaban su partida
en un silencio macabro. Después de decir nuestras oraciones pasamos
al cuarto contiguo donde había un buffet para los participantes
–¡sandwiches y vino!. Mientras comíamos mi amigo me dijo que por
lo general buscaba muertos en aquel barrio, y que la mejor manera
de obtener las direcciones era preguntando al sacristán.
Este 'cadavérico' repaso, este joven y elegante consumo de un muerto,
parece simbolizar ahora aquel periodo. Un festín cadavérico devorado
con juvenil voracidad al que, a mi edad, no tenía más derecho. Después
de todo, mi naturaleza no era otra que la diversión y los juegos
–pero los más sublimes, gloriosos juegos que pudiera jugar conmigo
mismo. Gracias a este paradójico gusto por la descomposición que
descubrí en mí, sobreviví triunfalmente la guerra y la pobreza.
Y hoy no siento remordimiento por haber usado mi derrota, mi desgracia
o la de mi familia –o, de hecho, la de la mitad del mundo– como
puente hacia un amargo, condenado regocijo. No, tenía derecho a
hacerlo. Pero mantuve cierta prudencia burguesa y nunca me dejé
entreverar en actividades más peligrosas. La cana me llevó en varias
ocasiones, pero nunca por mucho tiempo, y casi siempre por culpa
de mis amigos y no por crímenes que yo haya cometido.
Y he aquí otro recuerdo, que también resulta simbólico: en Marzo
de 1942 el dueño de mi hotel comenzó a insistir demasíado enérgicamente
por los seis meses atrasados que le debía, así que debí mudarme.
Una noche dejé el hotel y mi vecino, Don Alfredo, generosamente
me alcanzó las bolsas por la ventana. Me las llevé a un café, me
senté en una mesa y no supe qué hacer. Mi crédito se había acabado.
De pronto oigo: '¿Tú aquí?' Era un polaco, un periodista llamado
Taworski que había vivido en la Argentina muchos años.
Le conté lo que me había pasado. 'Sabes,' replicó, 'Ahora tengo
unos socios y alquilamos un chalet cerca de Buenos Aires, en Morón,
para poner una pequeña fábrica textil. Puedes vivir allí.' El chalet
no estaba mal –cinco habitaciones con vista al jardín, aunque casi
completamente desamueblado. Taworski dormía en una cama y yo sobre
una parva de diarios. Desde que llegué me avisó misteriosamente:
'Si entra alguien, ya sea por la ventana o de noche, por el amor
de Dios no te muevas. No delates signo de vida alguno.'
Pasé unas cuantas noches tranquilas sobre mi parva de diarios. Después,
una noche, a eso de las tres de la mañana, unos ruidos me despertaron
y vi dos tipos grandotes que estaban desenroscando las bombitas
de luz y removiendo los fusibles. No me moví. Desaparecieron. Resultó
que eran los socios de Taworski, que no podían deshacerse de él
y que trataban de hacerle todo tipo de jugarretas. Taworski, que
tenía por su cuenta sentencia de prisión en suspenso por alguna
pequeña travesura, no se atrevía a protestar, y los tipos lo sabían.
Así que estas brutales y ebrias visitas nocturnas (por lo general
estaban borrachos), junto a nuestra imposibilidad de defendernos,
tomó la calidad de un símbolo, tan patético como significativo.
Pasé unos seis meses en el chalet, que era gradualmente desvalijado.
Taworski era la bondad en sí misma y me cuidaba como un padre. Vivíamos
casi exclusivamente a base de carne ahumada y choclo, que él cocinaba
una vez a la semana. Yo era muy popular en Morón, tanto en la pizzería
de la plaza como en el café donde jugaba billar y ajedrez. Tomaba
mi diario vaso de leche y comía mi pan al sol, sentado en el pasto,
mirando la calle. En la pizzería, un mozo que me tomó cariño me
dio un un sandwiche de veinte centavos con una feta de jamón cuatro
veces más gruesa que lo usual –era casi un bife.
Y luego, de repente, en el suplemento literario de La Nación, un
artículo mío apareció en la primera página. Desde ese momento mi
posición social en Morón se iluminó. Empezaron a tratarme con consideración.
La vida no era fácil. Me mantenía por catástrofes. Mi catástrofe,
la catástrofe de Polonia, la catástrofe de Europa. Pero al mismo
tiempo actuaba en otro, más elevado nivel.
[...]
Del capítulo IV de W.Gombrowicz - "A kind of testament" (1973).
Calder & Boyars, London [traducción Ernesto Resnik]
![]()
©The
New York Review of Books y Clarín [11/02/06]
Traducción de Cristina Sardoy
El poeta Charles Simic
acaba de publicar una nota consagratoria de Witold Gombrowicz en
el prestigioso "The New York Review of Books". El texto que aquí
se reproduce destaca la filosofía sarcástica del polaco, exiliado
en la Argentina durante años, que opuso la "inmadurez" a las convenciones
y las ideologías. Luis Gusmán y Eduardo Berti señalan las profundas
huellas que dejó en este país.
Para la celebración del centenario de su nacimiento en Polonia,
2004 fue proclamado oficialmente por el Ministerio de Cultura de
su país como "El Año de Gombrowicz" y la Universidad de Yale organizó
un congreso internacional acompañado de una exposición con materiales
de Gombrowicz en los archivos de la Biblioteca Beinecke, además
de mesas redondas académicas, películas y representaciones teatrales
de sus obras. A pesar de todas estas muestras de deferencia, de
que sus libros están traducidos a más de treinta idiomas, y de un
amplio número de lectores en el exterior, en Estados Unidos, Gombrowicz
es conocido esencialmente entre los escritores. Susan Sontag y John
Updike lo consideran una figura influyente en la literatura moderna,
comparable a Proust y a Joyce. Yo no sé si eso habría agradado a
Gombrowicz, que tenía una idea totalmente distinta de la fama que
quería para sí mismo. No deseaba en absoluto que lo compararan,
dijo, con el Tolstoi de Yasnaya Polyana, el Goethe de Olympus o
el Thomas Mann que relacionaba el genio con la decadencia, y no
le interesaba en absoluto el dandismo metafísico de Alfred Jarry
o la maestría afectada de Anatole France. Ni siquiera quería ser
conocido como escritor polaco, sino simplemente como Gombrowicz.
Según su propia percepción, asociarse con él resultaba siempre bastante
difícil, porque generalmente apuntaba al debate y el conflicto y
llevaba adelante la discusión de tal manera que ésta se volvía peligrosa,
desagradable, incómoda e indiscreta. No era el típico intelectual
de la época en el sentido de que no era nacionalista, ni católico,
ni comunista. "Era un hombre de los cafés; me encantaba decir cosas
absurdas durante horas tomando un café negro y abandonarme a distintos
tipos de juegos psicológicos", escribe en Recuerdos polacos. También
se burlaba de la literatura. El ejercicio mental de un mozo que
debe recordar órdenes de cinco mesas sin equivocarse, caminando
al mismo tiempo a toda prisa con bandejas, botellas, platos y ensaladas,
le resultaba infinitamente más arduo que los ejercicios de un autor
tratando de disponer las diferentes líneas sutiles de sus historias.
Gombrowicz decía que cada vez que encontraba alguna mistificación,
ya fuera de virtud o familia, credo o patria, se sentía tentado
de cometer un acto indecente. Definía a la cultura polaca como una
flor abrochada en el abrigo de oveja de un campesino.
Gombrowicz afirmaba que odiaba la poesía: "De todos los artistas,
los poetas son los que más caen de rodillas", dijo.
Se burlaba de todos los sistemas de pensamiento que intentan separar
lo espiritual de lo físico, lo fantástico de lo real. Su mayor orgullo
como artista no era habitar el Reino del Espíritu, sino no haber
roto la relación con la carne. Escribiendo sobre el existencialismo,
diría lo siguiente: "Es imposible asumir todas las exigencias del
Dasein y al mismo tiempo tomar café con masas durante la merienda.
Sentirse angustiado ante la nada, pero más ante el dentista. Ser
una conciencia en pantalones que conversa por teléfono. Ser una
responsabilidad, que anda de compras por la calle. Cargar con el
peso de la existencia significativa, darle sentido al mundo y dar
vuelto de un billete de diez pesos."
Los héroes de Gombrowicz no solamente están divididos entre las
expectativas sociales que les exigen comportarse según una serie
de normas dadas y su "inmadurez" (su deseo de hacer lo que se les
antoja), sino que también parecen luchar por liberarse de las convenciones
literarias de los argumentos en los que se encuentran. Como dice
Gombrowicz en su autobiografía de esa época, su propósito era introducir
un nuevo tipo de intranquilidad en el lector.
Lo que más deseaba era tener un estilo singular como escritor. Su
objetivo en la vida, decía, era hacer un personaje como Hamlet o
Don Quijote de un hombre llamado Gombrowicz. Existimos como escritores,
creía, para conquistar lectores, para seducirlos, encantarlos y
poseerlos, no en nombre de algún objetivo más elevado, sino para
reafirmar nuestra propia existencia.
Su primera novela, Ferdydurke, fue publicada en 1937. El enigmático
título surgió de la novela de Sinclair Lewis, Babbitt, donde un
personaje menciona que se encuentra con un tal Freddy Durkee en
un restaurante. El libro de Gombrowicz tiene algo de Rabelais y
de Voltaire, la tradición de la novela cómica y el relato filosófico.
Desarrolla a fondo el mismo tema de la inmadurez y la juventud.
Un hombre de treinta y tres años recibe la visita de su viejo maestro
y es arrastrado nuevamente al colegio donde se ve reducido a ser
nuevamente niño y donde le resulta casi imposible liberarse. La
narrativa se interrumpe dos veces para incluir historias breves
que tienen muy poco que ver con el argumento, cada una con un prefacio
muy gracioso que trata de clarificar, sustanciar, racionalizar y
explicar las numerosas digresiones y convencer al lector de que
el autor no se volvió loco. No muchos reseñadores entendieron la
broma. La extrema izquierda y la extrema derecha atacaron la novela.
Hubo algunas reacciones entusiastas, entre ellas la de Bruno Schulz,
quien diseñó la tapa. Vincent Girond escribe que, para Schulz, Ferdydurke
demuestra con convicción que debajo de nuestros yos "oficiales",
adultos racionales, socializados, respetables, cultos, subsisten
elementos de inmadurez, irracionalidad, anarquía, picardía, que
tratan de aflorar a la superficie y, cuando lo hacen, exponen la
falta de autenticidad de las costumbres, las creencias, las ideologías
y la cultura establecidas.
La idea no es nueva, por supuesto. El antepasado literario más obvio
de Gombrowicz es el narrador anónimo de Memorias del subsuelo de
Dostoievsky quien se propone exponer su propia vileza y mezquindad
y atacar el cómodo cuento de hadas sobre los seres humanos racionales
que sus contemporáneos nunca se cansan de oír.
Gombrowicz no tenía dinero y no hablaba español. Desconocido total,
era de escaso interés para los escritores argentinos que se sentían
atraídos por el marxismo y exigían una literatura política o seguían
las tendencias de los literatos parisinos. Conoció a Borges una
vez en una reunión, pero no derivó en nada. Su relación con la numerosa
colectividad polaca también era complicada. Dependió de sus limosnas
durante los años difíciles, llegando incluso a asístir a funerales
para poder aprovechar después la comida.
Al mismo tiempo, escandalizaba sin cesar sus gustos conservadores.
Como señala en su diario, ingresó por un tiempo en un medio de homosexualidad
extrema y salvaje. "Eran putos a punto de ebullición, no conocían
ni un momento de descanso, estaban en permanente búsqueda, ''destrozados
por muchachos y por perros.''" Frecuentó una parte sórdida de la
ciudad en la que se encontraban el puerto y la principal estación
de trenes y donde levantaba marineros y soldados. Cuando no estaba
inmerso en sus conquistas amorosas, trataba de encontrar a alguien
que tradujera sus libros al español.
Los libros que había escrito en Polonia estaban agotados y eran
desconocidos en el exterior. Sus obras más importantes, las novelas
Transatlántico (1952), Pornografía (1960), la obra El matrimonio
(1947) y el Diario (1953-1967) en tres volúmenes, fueron escritas
en Argentina y publicadas por primera vez gracias a Kultura, la
revista de emigrados polacos en París. El régimen comunista en Polonia
levantó brevemente la prohibición que pesaba sobre sus libros en
1956 y 1957, lo cual restableció su prestigio literario, pero una
nueva lista negra en 1958 eliminó su obra de las librerías polacas.
Finalmente, comenzaron a aparecer las primeras traducciones de su
obra al francés, seguidas por otros idiomas. Absurdamente, las traducciones
al inglés no fueron hechas en un primer momento del polaco sino
del francés, lo cual hizo que pareciera muchas veces un escritor
penosamente torpe.
No es que Gombrowicz resulte precisamente fácil de traducir. Su
novela semi-autobiográfica y satírica Transatlántico, que relata
sus primeros años en Argentina, está construida en el lenguaje extrañamente
lleno de imágenes utilizado por la nobleza polaca en el siglo XVIII.
Para Stanislaw Baranczak y otros críticos polacos eminentes, ésta
es una de las obras más originales y divertidas en su literatura,
pero un lector inglés apenas puede percibirlo.
La otra novela de Gombrowicz de ese período, Pornografía, plantea
distintos tipos de problemas. La acción transcurre en 1943, en Polonia
ocupada, que Gombrowicz sólo podía imaginar por la información que
le llegaba a Argentina. Un director de teatro y un escritor de Varsovia
que visitan una propiedad rural quedan prendados de la sensualidad
púber de la hija adolescente de su anfitrión y un muchacho del lugar
que ésta conoce. Era increíble, dice el escritor, que no pasara
nada entre ellos —o sea, nada, fuera de la pornografía en su propia
mente—. A espaldas de los jóvenes, los dos hombres mayores se alían
para hacer que se enamoren. Con el tiempo, los adultos se ven obligados
a matar a un importante miembro de la resistencia que ha perdido
fuerza y, de ser capturado, podría llegar a traicionar la causa.
Incapaces de cometer el crimen por propia mano, confían el asesinato
al muchacho, Frederick. Gombrowicz explica sus intenciones en la
introducción al libro:
"El héroe de la novela, Frederick, es un Cristóbal Colón que zarpa
en busca de continentes desconocidos. ¿Qué está buscando? Esa nueva
belleza, esa nueva poesía, oculta entre el adulto y el muchacho.
El es el poeta de una conciencia llevada al extremo o, por lo menos,
así es como yo quería que fuera. ¡Pero qué difícil resulta ahora
entendernos! Ciertos críticos lo vieron como Satanás, ni más ni
menos, en tanto que otros, principalmente anglosajones, se contentaron
con una definición más trivial —un voyeur."
Esto no me resulta convincente. Por una vez, Gombrowicz no parece
captar en su totalidad lo que implica su historia. Pornografía no
es una ópera cómica — aunque por momentos trate de serlo. La realidad
sanguinaria de Polonia durante la guerra imprime una cualidad sombría
aun a sus momentos más livianos. Hay locura y violencia en el aire.
"Soy Cristo crucificado en una cruz de dieciséis años", dice Frederick.
Pornografía es en definitiva una novela poco plausible con muchas
páginas de buena escritura. La descripción del oficio religioso
en una iglesia de pueblo al comienzo es de una gran contundencia,
y lo mismo sucede con algunas otras escenas del libro. En el templo,
Frederick, un no creyente para quien la iglesia era "el peor lugar
del mundo", de todos modos se pone de rodillas y reza, para él "un
acto negativo, el acto mismo de la negación".
Los tres volúmenes del Diario de Gombrowicz son una de las obras
literarias indispensables del siglo pasado. Polémicos, ingeniosos,
inmensamente entretenidos, auténticamente conmovedores, y a menudo
profundos, los diarios son, en opinión de lectores como Czeslaw
Milosz, el mayor logro de Gombrowicz. A diferencia de sus novelas,
que en su fijación en la juventud tienden a ser repetitivas, los
diarios abordan una amplia gama de temas. Si le daban la posibilidad
de elegir, decía Gombrowicz, prefería mirar a pensar —y de hecho,
eso es lo que hace habitualmente en el diario—, primero mira y después
piensa. Al encontrarse con soldados marchando que interrumpían el
paseo dominical de los ciudadanos locales en una pequeña localidad
provinciana de Argentina, comenta:
"Irrumpieron aquellos pies conducidos por las riendas, cuerpos metidos
en uniformes, esclavos, unidos por movimientos que fueron ordenados.
¡Ja, ja, ja, señores humanistas, demócratas, socialistas! Todo el
orden social se basa en estos esclavos, apenas salidos de la niñez,
que han sido atados a riendas cortas, forzados a jurar ciega obediencia
(¡Oh, inapreciable hipocresía de ese juramento obligatorio-voluntario!)
y preparados para matar o dejarse matar... ¡Pero si todos los sistemas,
socialistas o capitalistas, se fundan en la esclavitud, —y, para
colmo, de los jóvenes—, señores racionalistas, humanistas, ja, ja,
ja, señores demócratas!"
Una beca de la Fundación Ford en 1962 permitió a Gombrowicz abandonar
Argentina y pasar un año en Berlín. Como sufría de asma, se trasladó
a Vence en el sur de Francia, donde vivió los cinco años restantes
de su vida. Nunca visitó Polonia ni regresó a Argentina, a la que
extrañaba mucho. En 1967 recibió el prestigioso Premio Internacional
de Literatura por su cuarta novela, Cosmos. Hacia el final, estaba
prácticamente imposibilitado de hablar debido al asma, que también
le afectaba el corazón. Sobrevivió a un ataque cardíaco, e incluso
al poco tiempo se casó, pero un segundo ataque le quitó la vida
el 24 de julio de 1969. Tres años antes había escrito en su diario:
"Digan lo que digan, existe, en toda la extensión del Universo,
a lo largo de todo el espacio del Ser, un solo y único elemento
horrible, espantoso e inaceptable, una sola y única cosa que está
verdadera y absolutamente en contra de nosotros y es totalmente
aniquiladora: el dolor. Del dolor, y de ninguna otra cosa, depende
la entera dinámica de la existencia. Eliminando el dolor, el mundo
pasa a ser un asunto de absoluta indiferencia..."
La filosofía de Gombrowicz se centra en el eterno conflicto entre
el individuo y el mundo en el que se encuentra. La cultura para
él tiene poco que ver con valores, verdades, ejemplos y modelos,
y debería ser vista como una serie de convenciones, una colección
de estereotipos y roles, tanto sociales como psicológicos; todos
los necesitamos para comunicarnos entre nosotros en la medida que
nuestro ser interior permanece caótico, no expresado e incomprensible.
Para él la literatura era una provocación moral, intelectual e ideológica.
Quería perturbar al lector y al mismo tiempo seducirlo. "El verdadero
arte es conseguir que alguien lea lo que uno escribe", escribió.
Es interesante comparar estos puntos de vista con los de Czeslaw
Milosz, cuyos ensayos y cartas desde la Polonia ocupada acaban de
ser traducidos. Su Leyendas de la Modernidad es un libro sabio.
Mientras lo leía, recordaba constantemente las circunstancias en
las que escribió estos reflexivos ensayos sobre Defoe, Balzac, Stendhal,
Gide, Tolstoi, William James, su profesora en Wilno Marian Zdziechowski
y el dramaturgo, novelista y filósofo polaco Stanislaw Ignacy Witkiewicz.
Para Milosz, los horrores en los que se encontró la civilización
europea fueron preparados por la prolongada labor de charlatanes
del pensamiento, pacificadores de conciencias, que envolvieron con
un manto de belleza y progreso las corrientes intelectuales más
destructivas y nihilistas que eliminaron la idea tradicional de
bien y mal. "Las delicadas manos de los intelectuales están manchadas
con sangre a partir del momento que una palabra portadora de muerte
surge de ellos", escribe en su ensayo sobre Gide. Milosz desconfía
de las ideas que tratan de realizar la felicidad de la humanidad
y en el camino liberan el "libre albedrío" reprimido, el inconsciente
y otros demonios y fantasmas que acechan la mente humana. Para él,
el hastío de la cultura contemporánea deriva del repudio de la verdad
a favor de la acción. Nietzsche y sus numerosos descendientes fueron
los principales culpables. Es necesario condenar incluso el pragmatismo
de William James, que Milosz ve como una victoria de los valores
relativos sobre los absolutos. Milosz percibía el elemento demoníaco
en la naturaleza humana. Gombrowicz también pero, para él, el aburrimiento
era tanto la causa del mal que hacemos como una cabeza llena de
ideas erradas.
Para Milosz, el pasado no estaba muerto ni era irrelevante. Era
una parte de nosotros mismos que necesitamos recordar, comprender
y respetar. Admitía ser hostil a la tradición "oscura" en la literatura
del siglo XX. Su burla, su sarcasmo y su profanación le parecían
vulgares comparados con el poder del Mal que hemos experimentado
en nuestra vida; podía ser mordaz, diciéndole a un amigo en una
carta, por ejemplo, que las personas se las arreglan perfectamente
sin libertad de pensamiento. Con referencia a Gombrowicz dijo: "Cada
vez que se hace el destructor y el irónico, se suma a los escritores
que durante décadas dejaron congelar sus oídos simplemente para
fastidiar a sus mamás, aunque mamá —léase el cosmos— ignorara sus
caprichos."
Milosz admiraba la prosa y la originalidad de Gombrowicz, pero a
la larga su ateísmo y sus blasfemias salvajes fueron demasíado para
él.
Gombrowicz, como era de esperar, veía las cosas de otra forma. Nunca
le molestó que pudiéramos estar viviendo en un universo sin sentido.
Pretender lo contrario era alejarse de la verdad. No tenía necesidad
de una religión ni de Dios para dormir mejor. Ser fiel a sus convicciones
más profundas tenía que ver con mantener la propia dignidad. El
arte para él era la propiedad más privada que un hombre había alcanzado
para sí mismo.
A diferencia del filósofo, el moralista, el sacerdote, el artista
se encuentra en un juego permanente, una forma de juego, agrega,
que tiene el derecho a existir solo en la medida que abra nuestros
ojos a la realidad —una realidad nueva, a veces chocante, que el
arte torna palpable. Si eso significaba mofarse de alguna conducta
seria o alguna creencia profundamente arraigada, adelante. Al mismo
tiempo, advertía a sus lectores: no me conviertan en un demonio.
Lo único que podía llegar a salvarlo, escribió Gombrowicz hacia
el final de su vida, era la risa.
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Diario "La
Prensa", Buenos Aires, 20 de Julio de 1962
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al
castellano. La realizamos en un clima elegante, de generosidad
y de un fervor juguetón, pero cuando se publicó, editada
por Argos, mi novela desapareció", nos dijo con una sonrisa,
y agregó: "No los ejemplares, que, al contrario, no querían
desaparecer de las librerías, sino la novela como ente espiritual. "Se la tragó la Nada", prosiguió diciendo el entrevistado, "y sólo dejó tras de sí unas cuantas reseñas tibias y un tanto desorientadas, que guardo religiosamente en un cajón de mi escritorio". "¿No convive con el mundo literario de este país?", insistimos en preguntarle: ''No", fue la contestación terminante. Luego afirmó: "Soy una persona de poca seriedad. En medio de mis desgracias: destierro, miseria, anónimo fracaso y alguna que otra humillación, lo único que me quedaba era divertirme. La seriedad en las condiciones en que yo vivía habría sido mortal para mí. "Pero le aclaro que no tengo ni el más mínimo resentimiento contra nadie. Reconozco que mi caso es difícil y que yo no hice nada para facilitarlo; por otra parte, debo anotar "en mi cuaderno que leo todos los días", como dice Shakespeare, no pocas demostraciones de simpatía y de comprensión por parte de mis colegas argentinos". "Este año –le decimos– usted es uno de los más probables ganadores del Premio Internacional de Editores quo el año pasado ganó Borges. ¿Tiene usted, en el plano literario, alguna relación con Borges?". "Me encuentro con él a veces, pero sólo en las notas de la prensa europea donde nos mencionan juntos. Aprecio a este escritor, pero confieso que pertenecemos a mundos muy diferentes".
Sus opiniones
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Durante el mes
pasado la prensa literaria más importante de Europa mencionó
insistentemente la novela "Ferdydurque", del autor-polaco
"residente en la Argentina" Witold Gombrowicz, como una
de las más probables ganadoras del Premio Internacional
de Editores que anualmente se otorga en Formentor, Mallorca,
y que el año pasado compartieron el escritor argentino Jorge
Luis Borges y el dramaturgo irlandés Samuel Beckett. Aquella circunstancia hizo que procuráramos localizar al mencionado escritor y lo entrevistáramos en su domicilio de la calle Venezuela de esta ciudad.
Antecedentes |
"Welt an Sontag",
de Berlín; "Succeso de Italia". El "Times" de Londres, textualmente,
dice:" «Ferdydurque» es una mezcla brillante de agudeza
de ideas y mordacidad que debe tomarse muy en serio", etcétera.
La
entrevista
Su vida en la Argentina |
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Gombrowicz está en nosotros
Por Juan Carlos Gómez
Yo conocí a Gombrowicz en Buenos Aires en al año 1956 en la confitería
Rex, un lugar de bohemios y de artistas donde también se jugaba
al ajedrez. Se presentó como un poeta polaco y me dijo: "Con permiso
le voy a recitar mi último poema".
Chip, Chip me decía la chiva
mientras yo imitaba al viejo rico
Oh rey de Inglaterra viva
El nombre de tu esposa Federico
Y el 8 de abril de 1963 a bordo del Federico C cuando regresaba
a su Europa después de 24 años de exilio en Argentina, alineó a
los amigos y alejándose un poco nos dijo: "Con permiso, los voy
a mirar como si fuesen una fotografía".
Durante estos ocho años llegó a ser mi mejor amigo porque entre
aquel poema poco serio y esta última frase melancólica Gombrowicz
se convirtió para mí en algo inusitadamente importante y conmovedor
tanto que hasta hoy no he logrado desprenderme de él.
Pero a quién le puede importar, excepto a mí, cuál es la naturaleza
de los infinitos puntos del camino que hemos recorrido juntos. Voy
a recordarlo de otro modo.
Gombrowicz es una conciencia personal y dolorosa del hombre que
reclama por los derechos que el individuo ha cedido a lo general
y a lo abstracto, pero no desde arriba sino mezclado entre nosotros,
con ruido histriónico y arrodillado ante lo humano.
La fidelidad a sí mismo lo condena a la vieja soledad de Kierkegaard
y Schopenhauer pero de una manera diferente, pues mientras ellos
pusieron el énfasís en su obra y desde ese acento lograron reestablecer
el pacto original con la vida, Gombrowicz, en cambio, se viste con
el traje de persona privada, enciende su pipa y permanece en la
tierra, como un rey de incógnito, para resistir las amenazas de
una civilización forzada a trabajar sin descanso en la fabricación
de inteligencias, doctrinas, artes, ciencias, morales y responsabilidad.
Pelea a cada paso con las presiones desformantes de la vida corriente;
a cada paso libra una batalla con la esfera cultural, hinchada hasta
la exageración, que le imponen a él y a nosotros las muecas del
mono sabio.
Gombrowicz se parece a los personajes de sus libros, a veces infantil,
tonto, estrafalario y grotesco y otras veces, brillante, genial
y trágico; como si una de sus manos estuviera tomada por Dios y
la otra por una vida sin valor, derrotada, derrumbada y absorbida
por un remolino del cosmos que lo arrastra hacia lo bajo.
Pero Gombrowicz, en medio de esta soledad, se las arregla para provocar
escándalos arriba y abajo, buscando su fracaso personal y mundano.
Este proyecto no lo concibió seguramente al nivel del conocimiento
y la voluntad, sino que le fue dictado desde la hondura del ser,
pero al final de su vida esta disposición patética se convirtió
en conciente y premeditada, a la que parecía manejar desde una lejanía
dramática, que lo acercó más al mundo pero lo alejó un poco de nosotros.
La poesía y el humor perverso de Gombrowicz no son una muestra tardía
de la literatura del absurdo ni tampoco una combinación de juegos
estetizantes. Su visión del mundo no proclama la vuelta al pasado
ni es un desarrollo del irracionalismo simbólico. Tiene un parentesco
de primos lejanos con el existencialismo y el estructuralismo, pero
la diferencia específica e insalvable entre su obra y estos parientes
lejanos encuentra su raíz en el origen de la inspiración: para Gombrowicz
en el dolor y en la belleza, para los primos en la epistemología
y en la conciencia.
Los personajes de Gombrowicz son arrojados, formado juntos una víctima
para un Moloc desconocido, a las realidades típicamente modernas:
la escuela, la familia, la cultura, el amor, la extracción social,
la nación.
La fuerte polarizacion de estas estructuras los obliga a pensar,
sentir y actuar de una manera particular que les resulta extraña,
sometiéndolos alternativamente al infantilismo y a la seriedad.
Aunque se dan cuenta de que sucumben a un proceso de falsificación
y tratan de huir de sí mismos y de los otros, no consiguen liberarse.
Gombrowicz caracteriza esta dialéctica de mundos opuestos y complementarios
como una lucha entre los principios de la Forma y de la Inmadurez
que, desde un punto de vista estrictamente filosófico, resultan
tan básicos para la descripción del hombre como cualquiera de las
reducciones ontológicas llevadas a cabo por el existencialismo contemporáneo.
Pero Gombrowicz ha conseguido estilizar, además, una profunda tendencia
de nuestra época que resbala por igual entre las manos de los artistas
y de los filósofos: la integración del cuerpo en la conciencia.
Los conceptos y las realidades abstractas de su obra están sumergidos
en los actos y en los cuerpos de sus personajes. A través del erotismo,
la seducción, la perversión, el dolor y la sensualidad se ajustan
alternativamente a polifonías trágicas y burbujeantes que nacen
entre ellos casi por azar y los presionan desde afuera.
Una idea seria impersonal y responsable se les impregna imprevistamente
de lascivia y no porque el objeto de esa idea sea la concupiscencia
sino por la manera de expresarla, por la tonalidad inesperada de
las voces, por una peculiar relación establecida involuntariamente
entre las manos, por una atracción repentina entre las piernas o
por un desvío ilegítimo del brazo izquierdo.
La conciencia transparente descarnada sublime y orgullosa es atrapada
por esta música carnal, cae de rodillas ante el cuerpo liberador
y se incorpora a la tierra.
Un polaco perdido en Argentina durante 24 años que acostumbraba
a proclamarse conde y pertenecía a la nobleza polaca; pero cuántas
luchas, cuánto trabajo para no dejarse definir por nada; ni por
la clase social, ni por la literatura, ni por el espíritu. Cuánto
empeño ponía para quedarse en las antesalas pues el crecimiento
de alguna de esas formas lo intranquilizaba como si necesitara que
cada una de ellas ejerciera un control compensatorio sobre las otras.
¿Por qué no pudo encontrar un refugio en la literatura? ¿Por qué
no cierta paz? Porque una mano que lo agarraba por la garganta lo
convertía en Artista, en un fabricante de formas, en la Forma de
las formas y se hundía y desmoronaba en el centro de su propio valor.
Gombrowicz soportaba el asalto de estas energías demoníacas inflando
sus máscaras hasta que como globos ridículos, se desprendían e iniciaban
un viaje ajeno y fantasmagórico pero por fuera de él.
Desconfiaba de la Verdad, del Arte y de lo Auténtico o, mejor dicho,
del sentido actual de estas palabras. Era partidario del aflojamiento,
le quitaba lastre a las cargas desformantes y con las manos libres
y cierta ligereza su Verdad se volvía marginal y aparecía de costado,
en diagonal, y nunca de propósito: y la Autenticidad se le daba
como un hecho y no como una búsqueda.
Los protagonistas de su obra son una parodia de Gombrowicz, hondamente
artística y sumergida en un sueño conciente. Estos poemas prácticos
llenos de una gracia conmovedora, heridos por el sufrimiento y el
derrumbe, no son tan sólo la voz que confiesa a su autor sino a
todos los hombres.
El libro en el que Gombrowicz se alcanza a sí mismo y a partir del
cual su estilo queda configurado es Ferdydurke.
Pepe, su personaje principal, siente que su ser exterior e íntimo
le es impuesto, a la vez, por los seres vinculados a su vida y por
la región impersonal de significaciones y valores donde los actos
quedan atrapados, clasíficados y clausurados. De modo que se ve
obligado a adaptarse a la idea que los otros se forman sobre él
y le resulta imposible alejarse de esta imagen porque, teniéndola
frente a su cara, no le pertenece y lo sobrepasa.
Los esfuerzos para salir de sí mismo, natural y espontáneamente,
también fracasan. Cada gesto dirigido hacia afuera le es devuelto
bajo un aspecto irreconocible pues Pepe intenta acercarse a la gente
de un modo directo y desnudo pero su pretensión tropieza con escollos
infinitos.
La clase de distancia que lo separa del señor X no puede salvarse
de un salto personal y simple debido a que, en rigor, nunca toma
contacto con este señor X sino con su forma. ¿Por qué? El señor
X, por ejemplo, es amigo de Juan, esposo de Beatriz, hijo de Pedro,
empleado de oficina, revolucionario, agnóstico, sensible a la pintura
y a la música, avaro e inclinado a las meditaciones filosóficas.
El señor X representa y lleva consigo estas realidades que, por
ser comunes a otros hombres, se despersonalizan y agigantan desdoblándolo.
Sus maneras de ser llegan a Pepe, después de haber recibido un soplo
de intelegibilidad y rigidez, vale decir, una figura interhumana.
El concreto señor X se convierte, involuntariamente, en un mensajero
de lo abstracto y cargado por significados de los que no es dueño
ni responsable, presiona sobre nuestro protagonista que, perdido
en un laberinto inconmensurable, es sometido y arrastrado a la inferioridad.
Pepe se da cuenta que estas formas no están hechas a la medida de
su existencia privada, informe, más discreta y cálida, más apartada
y acogedora. Sabe que este mundo bajo alumbra con luz diferente,
menos intensa pero más seductora, a él y los demás. Pero los caminos
para llegar a la Inmadurez también están cerrados por el fracaso,
pues si dirige hacia allí la mirada, esta región tibia sube a la
superficie, adquiere la transparencia de la Forma y se aleja sin
remedio de sus manos.
Por otra parte, la intervención franca de este clima liviano, reduce
a nuestro señor X a dimensiones ridículas y demasíado pueriles.
Pepe se libera de la situación inferior que lo atormenta pero la
inmadurez le impide realizarse y entonces, cae nuevamente en la
original deformación interhumana.
Este proceso de falsificación es interminable; ante él no hay huida
posible. Estamos forzados a representar artificialmente nuestras
propias vidas. Esta revelación le ha permitido a Gombrowicz recuperar
la dignidad perdida y reconquistar su libertad interior tomando
distancia frente a todo aquello que lo define y traiciona en el
escenario del mundo.
Gombrowicz está en nosotros pero hay que encontrarlo, así como yo,
Juan Carlos Gómez, nacido un 26 de noviembre de 1934, lo he encontrado,
porque los nombres de GOMbrowicZ y de Gómez empiezan y teminan con
iguales letras y de la misma manera y porque, fracasado el conjuro
de mis palabras para traerlo nuevamente a Buenos Aires tuve que
cabalgar sobre el tiempo y buscar allá en Vence una forma misteriosa
del destino para acompañar a Gombrowicz hasta su muerte.
Adiós querido polaco. Mi amigo, mi señor y mi maestro.
www.albany.edu/offcourse/nov98/Gómez.html
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"Ferdydurke"
PREFACIO
Por Ernesto Sábato
Creo que fue en 1939 cuando por primera vez leí algo de Gombrowicz.
Yo vivía aún en La Plata, donde habíamos inventado con mi amigo
el astrónomo Miguel Itsigzohn un tipo de humor paranoico que denominamos
margotinismo. Con los años aprendí que tales invenciones en rigor
son siempre descubrimientos, y que aquella reacción un poco demencial
contra un universo deshumanizado era casi inevitable. Fue por entonces
cuando me llegó la revista Papeles de Buenos Aires, que dirigía
Adolfo de Obieta. Con estupor leí el cuento titulado Filifor forrado
de niño, de un desconocido de nombre polaco: Witold Gombrowicz.
Corrí a buscar a Miguel, con la revista en la mano. Nos pareció
de pronto milagroso que algo tan aparentemente descabellado como
el margotinismo (y, por lo tanto, producto de la pura casualidad)
pudiera surgir en otro remoto lugar de la tierra, con características
tan similares.
No recuerdo ahora cómo nos encontramos, más tarde, con el propio
autor de aquel relato. Era un individuo flaco, muy nervioso, que
chupaba ávidamente su cigarrillo, que desdeñosamente emitía juicios
arrogantes e inesperados. Parecía helado y cerebral. Era difícil
adivinar debajo de esa coraza el cálido fondo humano que latía en
aquel exilado vagamente conde, pero auténticamente aristócrata.
Supe entonces que Filifor formaba parte de una novela llamada Ferdydurke,
que ardía por leer. Pero su autor no estaba en condiciones de hacerla
traducir ni editar. Pobre, desanimado, trabajando en una oficina
bancaria, caminando por las calles del Bajo, jugando partidas de
ajedrez en cafés llenos de humo, nadie o casi nadie adivinaba en
aquel sujeto a un formidable artista; más bien la gente se inclinaba
a considerarlo como a un mistificador o a un mitómano. Hasta que
una mujer (significativa paradoja para aquel irónico enemigo del
género femenino), Cecilia Debenedetti, decidió e hizo posible la
edición castellana del libro, que empezó a ser traducido por un
grupo de creyentes. Cuando en 1947 apareció con el sello de Argos,
el escritor cubano Virgilio Piñera, que por aquel tiempo vivía en
Buenos Aires, escribió en la solapa: "Resulta difícil prever la
suerte de este mensaje, sobre todo cuando no nos llega de París.
Creo, sin embargo, que con estas breves líneas no hago otra cosa
que disparar el primer tiro en la batalla que tarde o temprano van
a librar los ferdydurkistas de Hispanoamérica." Hoy, cuando W. G.
tiene fama mundial, es justicia rendir homenaje a aquel pequeño
grupo de fervorosos que aquí advirtieron y saludaron su talento.
Las palabras de Piñera fueron lamentablemente proféticas. Es muy
improbable que en la Argentina la gente se atreva a considerar genial
a un escritor que no venga patentado desde París.
Por
otra parte, es cierto que la obra no era de fácil acceso, sobre
todo en 1946. Especie de grotesco sueño de un clown, con páginas
de irresistible comicidad, con una fuerza de pronto rabelesiana,
el reinado al parecer del puro absurdo, ¿cómo adivinar que en el
fondo era algo así como una payasada metafísica, en que delirantemente
estaban en juego los más graves dilemas de la existencia del hombre?
El autor previó y temió la incomprensión. Por lo cual juzgó conveniente
un prólogo en que intentaba explicar al lector las ideas básicas
de su visión del mundo. No creo, sin embargo, que el prólogo ayudara
mucho. Pues si es verdad que debajo de la obra de un gran escritor
hay siempre una Weltanschaung, no siempre esa concepción del universo
puede expresarse en ideas claras y distintas; o, en todo caso, la
natural forma de expresarla es, en el poeta, su mágica creación,
lo que es algo menos pero también algo más que una filosofía, algo
menos y algo más que un conjunto de conceptos: es una visión total
de la realidad, en parte conceptual y en parte intuitiva, parcialmente
intelectual y en sumo grado emocional y mágica. Motivo por el cual,
aunque los críticos puedan ofrecernos una interpretación de las
ideas de Kafka, la sola lectura de un cuento suyo nos da una vivencia
de su mundo (incluso de su mundo ideológico) que ninguna exposición
conceptual es capaz dc revelarnos, por extensa e inteligente que
sea.
Y es precisamente esta causa la que diferencia a este escritor existencialista
(que escribía su obra en 1936, cuando no tenía la menor noticia
de esa doctrina) de un filósofo como Heidegger. Pues éste, en tanto
que pensador, no puede sino operar con razones, siendo a la postre
una especie de racionalista, inevitablemente; lo que equivale a
decir que en definitiva resulta, paradójicamente, un tipo de antiexistencialista.
Mientras que un escritor como W. G. simplemente es existencialista,
por su sola presencia integral, por su manera de ver y sentir la
realidad.
No se trata, pues, de incapacidad para las ideas: su Journal demuestra
la extraordinaria inteligencia y la cantidad de ideas de este poeta.
Se trata de la radical incapacidad del ensayo para reemplazar a
la ficción y a la poesía, manifestaciones del espíritu que no pueden
ser reducidas a los términos del pensamiento puro.
En estas condiciones, sería inconsecuente con la propia tesis que
acabo de exponer todo intento de reemplazar la lectura de Ferdydurke
con una serie de explicaciones. Pero, y del mismo modo que, aun
sin poder sustituir la visión personal de París con palabras ajenas,
se le puede decir al viajero que se fije con cuidado en tal o cual
monumento o calle o mercado o rincón del Sena (perturbado y un poco
atontado como está el recién venido por el tumulto, la novedad y
la contingencia), se le puede advertir al lector de este libro de
choque que trate de ver, en esta novela en apariencia tan descabellada,
las ideas básicas que son las típicas del existencialismo: la angustia,
la nada, la libertad, la autenticidad, el absurdo. Y, sobre todo,
o debajo de todo, el problema típico de Gombrowicz, la categoría
que es esencial en su concepción del mundo: la Inmadurez; categoría
íntimamente vinculada a otra que le es obsesiva: la de la Forma.
Pues para Gombrowicz el combate capital del hombre se libra entre
dos tendencias fundamentales: la que busca la Forma y la que la
rechaza. La realidad no se deja encerrar totalmente en la Forma,
el hombre es de tal modo caótico que necesita continuamente definirse
en una forma, pero esa forma es siempre excedida por su caos. No
hay pensamiento ni forma que pueda abarcar la existencia entera
(y de ahí, como yo decía antes, la imposibilidad de sustituir la
expresión poética o mágica de la existencia mediante el puro pensamiento
abstracto). Y esta lucha entre esas dos tendencias opuestas no se
realiza en un hombre solitario sino entre los hombres, pues el hombre
vive en comunidad, y vivir es con-vivir; siendo las formas que adopta
la consecuencia de esa ineluctable convivencia. (De paso, y como
me hace notar mi mujer, esa tenaz y cálida necesidad que Gombrowicz
siente por la comunicación lo aleja del existencialismo negativo
de un Sartre, para acercarlo, curiosa e inesperadamente, al pensamiento
de un escritor como Saint-Exupéry.)
No creo demasíado arbitrario aducir que ese combate es el que eternamente
se ha librado entre el espíritu dionisíaco y el espíritu apolíneo,
siendo la existencia del ser humano un como equilibrio (inestable)
entre ambos, en virtud de esa ley psicológica, ya entrevista por
Heráclito, de la enantiodromia, reguladora de los contrastes. Tampoco
creo arriesgado suponer que lo que Gombrowicz llama la Inmadurez
no es otra cosa que el espíritu dionisíaco, la potencia oscura,
que desde abajo, como fuerza inferior (en el sentido psíquico y
hasta teológico del vocablo, no en el sentido ético) presiona y
a menudo rompe la máscara, es decir la persona, la Forma que la
convivencia y la sociedad nos obliga a adoptar (una y otra vez,
porque nos es imposible sobrevivir sino mediante máscaras o formas).
Y así como la Inmadurez es la vida (y por lo tan to la adolescencia,
el circo, el absurdo, el romanticismo, la desmesura y lo barroco),
la Forma es la Madurez, pero también la fosilización, la retórica
y en definitiva la muerte; una muerte (curiosa dialéctica de la
existencia) que nos es imprescindible para vivir y entendernos.
Hasta el punto que el mismo dionisíaco Gombrowicz debe acceder a
ello, intentando finalmente expresar su caos y su ambigüedad mediante
una obra de arte; que, como toda obra de arte, en última instancia
es un orden, una Forma. Forma que al mismo tiempo que expresa a
Gombrowicz, como a todo artista, también lo traiciona e intenta
agotarlo; motivo por el cual el poeta o novelista necesita lanzarse
a la creación de otra obra, y luego de otra y así ad infinitum;
resultando de ese modo que el creador es superior a su obra misma,
al menos hasta el momento de su muerte física.
Esta angustiosa lucha entre extremos opuestos, esta esencial antagonía
del espíritu humano, se trasluce en Ferdydurke. Y el lector percibirá
cómo encaja en este cuadro una escena al parecer tan descabellada
como la frenéticamente cómica parte en que el Flaco pugna por explicar
a sus alumnos la grandeza del poeta Slawoski, tratando de arrancarles
la admiración oficial que hay en las historias del arte y en los
museos por los caparazones fosilizados. De ahí también el temor
al Envejecimiento de este creador a la vez viejo de mil años y conmovedoramente
infantil (como todo creador, ya que la magia es atributo de la infancia
y de la Inmadurez). De ahí el combate que en todas sus obras lleva
contra las falsificaciones de la cultura libresca, contra la deshumanización
del hombre contemporáneo, contra el esteticismo estéril del Profesor
y la Academia; y no, es bueno advertirlo, como un mero problema
estético sino como problema existencial y metafísico.
Hay, en fin, un aspecto en las ideas de Gombrowicz que lo hace particularmente
útil para nosotros los argentinos. No hay casualidades en el reino
del espíritu, ni tampoco causalidades. En buena medida el hombre
es libre para construir su destino, y no creo que por puro azar
este polaco haya permanecido veinticuatro años entre nosotros; ya
que si pudiera admitirse como acto gratuito y contingente que Gombrowicz
se embarcara en el viaje inaugural de un transatlántico polaco hacia
Buenos Aires, invitado a visitar esta región del mundo, y si el
hecho luego de producirse la guerra mundial no es, claro, un hecho
que la voluntad de Gombrowicz pudiera haber evitado, en cambio su
permanencia aquí es sí un acto que en buena medida es producto de
su voluntad.
Es que nuestro país, como Polonia, forma parte de lo que en su lenguaje
podríamos llamar Territorio de la Inmadurez. Y esto lo vinculo a
una vieja teoría que tengo sobre lo que llamo la periferia del Renacimiento.
Países como Polonia, Rusia, Noruega, Dinamarca, Suecia y España
no sufrieron de modo estricto el proceso renacentista, fenómeno
burgués, caracterizado por el maquinismo y la razón que tuvo su
epicentro en Italia y Francia. Aquellos países mantuvieron rasgos
semifeudales casi hasta este siglo, no debiendo extrañarnos que
un personaje como el Quijote pocas veces haya sido bien interpretado
en Francia, siendo en cambio entrañablemente sentido en Rusia. En
ambos extremos de Europa, la desmesura y la sinrazón eran los restos
de una mentalidad preburguesa. Y el parentesco se acentuó en la
vieja Argentina de las grandes llanuras pastoriles; hasta el punto
de que una novela como Ana Karenina, con sus criadores de toros
de raza y sus gobernantas francesas, con sus estancieros y burócratas,
podía entenderse cabalmente aquí. Y si al célebre personaje de Gontcharoff
se le colo cara un mate en la mano en lugar de su eterno vaso de
té ¿quién dudaría en encontrarle casi todas las características
de un argentino viejo? La desorganización, un sentido del tiempo
medieval, no cuantificado por el interés, la vida patriarcal de
las antiguas familias, una educación afrancesada, el desdén y al
propio tiempo la arrogancia por lo nacional; todo ello explica por
qué un estudiante argentino entendía mejor las Memorias desde el
Subterráneo (por lo menos hasta la segunda guerra mundial) que un
profesor de la Sorbona, al que los personajes de Dostoievsky le
resultaban nouveaux riches de la conscience, individuos poco menos
que demenciales, incapaces de apreciar las ideas claras y distintas,
tan disparatados como para afirmar (contra todas las tradiciones
de cartesianos y ahorristas franceses) que dos más dos puede ser
igual a cinco. Lo curioso, pero psicológicamente explicable, es
que aquellos bárbaros moscovitas, como nuestros bárbaros aborígenes,
admiraban la refinada cultura occidental, sus toros escoceses, sus
novelas (¡Dostoievsky aspiraba a escribir como George Sand!), la
filosofía alemana, los establecimientos de Baden-Baden y sus casinos.
Y así, por los mismos motivos que nosotros, se hicieron "europeístas",
rasgo tan típicamente eslavo o rioplatense como el vodka o el mate;
al revés de lo que aquí sostienen algunos superficiales pensadores,
que lo consideran un rasgo de enajenamiento. Los europeos no son
europeístas: son simplemente europeos.
Leyendo ese Journal que debería traducirse cuanto antes, observo
que mi teoría es correcta y que vale para la intelliguentsia polaca
las mismas reflexiones que podemos hacer para la argentina. Allá
como aquí es palpitante el problema de la inmadurez intelectual;
allá como aquí se prefiere lamentarse de la situación inferior con
respecto a Europa, en lugar de aceptarlo como un fecundo y poderoso
punto de partida de algo original. Nosotros, como ellos, tenemos
las ventajas de los países "bárbaros", por haber resguardado una
vitalidad y un candor que la civilización renacentista no alcanzó
a desecar. Es un hecho significativo que la formidable reacción
existencial contra esa civilización se levantara precisamente en
esa periferia bárbara, y bastarían los nombres de Dostoievsky, Kierkegaard,
Nietzsche y Unamuno para probarlo. Polacos y argentinos estamos,
sin embargo, llegando a valorar en medio de la gran crisis de nuestro
tiempo (y se ve también por esto cómo "crisis" significa "enjuiciamiento")
lo que cabalmente somos y lo q ue podemos represen tar en el mundo,
superan do al mismo tiempo dos actitudes simultáneas e igualmente
equivocadas: nuestro sentimiento de inferioridad y nuestra loca
arrogancia con relación a Europa. Con toda la razón, Gombrowicz
les dice a sus compatriotas en su Diario que no traten de rivalizar
con Occidente y sus formas, sino que traten de tomar conciencia
de la fuerza que implica su propia y no acabada forma, su propia
y no acabada inmadurez; con todo lo que ello supone de fresca y
franca libertad en un mundo de formas fosilizadas. En suma, recomienda
y practica él mismo la barbarie dionisíaca, haciendo de su juventud
e inmadurez una potencia renovadora. Buena lección para nosotros.
ERNESTO SÁBATO, Santos Lugares, julio de 1964.
W. Gombrowicz - "Ferdydurke", Editorial Sudamericana, Buenos Aires,
1964
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Por Ricardo Piglia
En Transatlántico de
Gombrowicz (para empezar con una de las mejores novelas escritas
en este país) hay una escena memorable. Se trata de una especie
de payada sarcástica entre un oscuro escritor polaco, llamado por
supuesto "Gombrowicz", y un escritor argentino en el que se identifican
fácilmente los rastros de Eduardo Mallea, el novelista argentino
por excelencia en esos años. Este "Mallea" (que también puede ser
Mujica Láinez pero sobre todo recuerda a Carlos Argentino Daneri)
posa de refinado y erudito y se pasea por el infierno de las influencias:
cada vez que "Gombrowicz" habla le hace ver que todo lo que dice
ya ha sido dicho por otro. Lo despojan de su originalidad y este
europeo aristocrático y vanguardista se ve empujado casi sin darse
cuenta al lugar de la barbarie. A partir de ahí la política de "Gombrowicz"
en este duelo será la táctica de la ironía salvaje y del malón hermético:
actúa como uno hubiera esperado que actuaran los ranqueles en el
libro de Mansilla.
Me gusta esa escena: circulan ahí los tonos y las intrigas de la
ficción argentina. Los lenguajes extranjeros, la guerra y la pasíón
de las citas. Son los problemas de la inferioridad cultural los
que están puestos en juego y ficcionalizados. Transatlántico es
en este sentido una versión ampliada y nacional de Ferdydurke: lo
inferior, lo inmaduro y todavía no desarrollado es aquí la tradición
polaca, heroica y romántica. ¿Qué pasa cuando uno pertenece a una
cultura secundaria? ¿Qué pasa cuando uno escribe en una lengua marginal?
Sobre estas cuestiones reflexiona Gombrowicz en su Diario y la cultura
argentina le sirve de laboratorio para experimentar sus hipótesis.
En este punto Borges y Gombrowicz se acercan. Basta pensar en uno
de los textos fundamentales de la poética borgeana: "El escritor
argentino y la tradición". ¿Qué quiere decir la tradición argentina?
Borges parte de esa pregunta y el ensayo es un manifiesto que acompaña
la construcción ficcional de "El aleph", su relato sobre la escritura
nacional. ¿Cómo llegar a ser universal en este suburbio del mundo?
¿Cómo zafarse del nacionalismo sin dejar de ser "argentino" (o "polaco")?
¿Hay que ser "polaco" (o "argentino") o resignarse a ser un "europeo
exiliado" (como Gombrowicz en Buenos Aires)? En el Corán, ya se
sabe, no hay camellos, pero el universo, cifrado en un aleph (quizás
apócrifo, quizás un falso aleph), puede estar en el sótano de una
casa de la calle Garay, en el barrio de Constitución, invadido por
los italianos y la modernidad kitsch.
La tesis central del ensayo de Borges es que las literaturas secundarias
y marginales, desplazadas de las grandes corrientes europeas tienen
la posibilidad de un manejo propio, "irreverente" de las grandes
tradiciones. Borges pone como ejemplo de esta colocación, junto
con la literatura argentina, a la cultura judía y a la literatura
irlandesa. Sin duda, podríamos agregar en esa lista a la literatura
polaca y en especial a Gombrowicz.
Pueblos de frontera, que se manejan entre dos historias, en dos
tiempos y a menudo en dos lenguas. Una cultura nacional dispersa
y fracturada, en tensión con una tradición dominante de alta cultura
extranjera. Para Borges (como para Gombrowicz) este lugar incierto
permite un uso específico de la herencia cultural: los mecanismos
de falsificación, la tentación del robo, la traducción como plagio,
la mezcla, la combinación de registros, el entrevero de filiaciones.
Esa sería la tradición argentina.
Y cuando digo tradición, quiero decir la gran tradición: la historia
de los estilos.
Es posible imaginar la escena de Transatlántico hablada en francés
(y eso no la haría menos "argentina"). O tiene que imaginarse el
español de Gombrowicz. ¿Y qué hubiera pasado si Gombrowicz hubiera
escrito Transatlántico en español? Quiero decir ¿qué hubiera pasado
si Gombrowicz se hubiera hecho el Conrad? (un polaco que, como todos
sabemos, cambió de lengua y ayudó a definir el inglés literario
moderno). Podemos sospechar los efectos del español de Gombrowicz
en la literatura argentina. Uno piensa inmediatamente en Roberto
Arlt. Alguien que quiso denigrarlo dijo que Arlt hablaba el lunfardo
con acento extranjero. Esa es una excelente definición del efecto
que produce su estilo. Y sirve también para imaginar lo que pudo
haber sido el español de Gombrowicz: esa mezcla rara de formas populares
y acento eslavo.
Vivir en otra lengua, se ha dicho, es la experiencia de la novela
moderna: Conrad, claro, o Jerzy Kosinski, pero también Nabokov,
Beckett o Isak Dinesen. El polaco era una lengua que Gombrowicz
usaba casi exclusivamente en la escritura, como si fuera un idiolecto,
una lengua privada. Por eso Transatlántico, primera novela que escribe
en el exilio, quince años después de Ferdydurke, establece un pacto
extremo con la lengua perdida. La novela es casi intraducible, como
sucede siempre que un artista está lejos de su lengua y mantiene
con ella una relación excesiva donde se mezclan el odio y la nostalgia.
¿O no es el Finnegan's Wake el gran texto de la lengua exiliada?
Digo esto porque me parece que la extrañeza es la marca de los dos
grandes estilos que se han producido en la novela argentina del
siglo XX: el de Roberto Arlt y el de Macedonio Fernández. Parecen
lenguas exiliadas: suenan como el español de Gombrowicz.
Cuando uno piensa en el cruce de dos lenguas recuerda por supuesto
de inmediato a Borges, el español de Borges, preciso y claro, casi
perfecto. Un estilo cuya genealogía el mismo Borges remontaba a
Paul Groussac. Un europeo aclimatado en el Plata que a diferencia
de Gombrowicz sí cambió de lengua y pasó a escribir en español y
definió, por primera vez, las normas del estilo literario en la
Argentina. (En este sentido hay que decir que nuestro Conrad es
Groussac.) Allí busca Borges los orígenes "argentinos" de su estilo.
Por supuesto cualquiera de nosotros encuentra hoy fácilmente giros
borgeanos en la escritura de Groussac (pero esto es culpa de "Kafka
y sus precursores").
El estilo de Borges produce un efecto paradojal: estilo inimitable,
(pero fácil de plagiar), las maneras de su escritura se han convertido
en las garantías escolares del buen uso de la lengua. "Para nosotros
escribir bien era escribir como Lugones", decía Borges, definiendo
perversamente su propio lugar en la literatura argentina contemporánea.
¿Cómo hacer callar a los epígonos? (Para escapar a veces es preciso
cambiar de lengua).
El estilo de Borges ha influido retrospectivamente en la historia
y en la jerarquía de los estilos en la literatura argentina. Groussac,
Lugones, Borges: esa línea define las convenciones dominantes de
la lengua literaria. Para esa tradición los estilos de Arlt y de
Macedonio son lenguas extranjeras.
Borges lleva a la perfección un estilo construido a partir de una
relación desplazada con la lengua materna. Tensión entre el idioma
en que se lee y el idioma en que se escribe que Borges condensó
en una sola anécdota (sin duda apócrifa). En primer libro que leí
en mi vida, dijo, fue el Quijote en inglés. Cuando lo leí en el
original pensé que era una mala traducción (en esa anécdota ya está,
por supuesto, el Pierre Menard). ¿Cómo leer el español como si fuera
el inglés? O mejor: ¿cómo escribir en un español que tenga la precisión
del inglés pero que conserve los ritmos y los tonos del decir nacional?
Cuando resolvió ese dilema Borges construyó una de las mejores prosas
que se han escrito en esta lengua desde Quevedo.
De la relación de Gombrowicz con las dos lenguas, del cruce entre
el polaco y el español, nos queda la traducción argentina de Ferdydurke,
publicada en 1947. Conozco pocas experiencias literarias tan extravagantes
y tan significativas. Gombrowicz escribía un primer borrador trasladando
la novela a un español inesperado y casi onírico, que apenas conocía.
Un escritor que escribe en una lengua que no conoce o que conoce
apenas y con la que mantiene una relación externa y fascinada. O
si ustedes prefieren: un gran novelista que explora una lengua desconocida,
tratando de llevar del otro lado los ritmos de su prosa polaca La
tendencia de Gombrowicz, según cuentan, era a inventar una lengua
nueva: no crear neologismos (aunque los hay en la novela, como el
inolvidable de los culeítos) sino a forzar el sentido de las palabras.
trasladarlas de un contexto a otro, y obligarlas a aceptar significados
nuevos. Sobre este material primario comenzaba el trabajo de un
equipo heterogéneo y delirante "bajo la presidencia de Virgilio
Piñera distinguido representante de las letras de la lejana Cuba",
según recuerda Gombrowicz en el prólogo a la primera edición. Gombrowicz
y Piñera estaban rodeados por una serie móvil de ayudantes. entre
los que se contaban, por supuesto, los parroquianos y los jugadores
de ajedrez y de codillo que frecuentaban la confitería Rex y que
aportaban sus opiniones lingüísticas cuando las discusiones subían
demasíado de tono. Este equipo no conocía el polaco y los debates
se trasladaban a menudo al francés, lengua a la que Gombrowicz y
Piñera se cruzaban cuando el español ya no admitía nuevas torsiones.
Cubano, francés, polaco, "argentino": lo que se llama una mezcla
verbal, una materia viva.
Gombrowicz de hecho reescribió Ferdydurke. Hay que comparar esta
versión con las traducciones en inglés o en francés para notar enseguida
que se trata de un texto único. Conocemos hasta dónde fue capaz
de llegar Joyce cuando tradujo al italiano el fragmento de "Anna
Livia Plurabelle" de Finnegan; conocemos las versiones al inglés
de sus novelas que nos ha dejado Beckett, pero es difícil imaginar
una experiencia parecida a la de Gombrowicz con Ferdydurke, en Buenos
Aires, en los altos del café Rex de la calle Corrientes, a mediados
de los años 40.
Las traducciones tienen una importancia decisiva en la historia
de los estilos. El Ferdydurke "argentino" de Gombrowicz es uno de
los textos más singulares de nuestra literatura. Antes que nada
hay que decir que una mala traducción en el sentido en que Borges
hablaba así de la lengua de Cervantes. En la versión argentina de
Ferdydurke el español está forzado casi hasta la ruptura, crispado
y artificial, parece una lengua futura. Suena en realidad como una
combinación (una cruza) de los estilos de Roberto Arlt y de Macedonio
Fernández.
Y hay algo de eso, diría yo. Como si el Ferdydurke "argentino" se
ligara en secreto con las líneas centrales de la novela argentina
contemporánea. Hoy que el debate sobre el estilo de Arlt parece
saldado, habría que decir que fue Gombrowicz uno de los primeros
que abrió paso a la lectura de esos tonos que se apartan de las
normas definidas del estilo medio y convencional. Este es un país,
escribió, donde el canillita que vocea la revista literaria de la
elite refinada, tiene más estilo que todos los redactores de esa
misma revista Quería decir, obviamente, que las formas cristalizadas
de la lengua literaria, las maneras y las manías de los estilos
ya convencionalizados anulan cualquier música de la lengua y que
en los lugares más oscuros e inesperados se pueden captar los tonos
de un estilo nuevo.
En cuanto a Macedonio Fernández habría que decir que es el único
escritor argentino con el que realmente se encuentra Gombrowicz
De hecho Macedonio es el primero que da a conocer un texto de Gombrowicz
en español. En 1944 publica en su revista Los papeles de Buenos
Aires, el relato "Filifor forrado de niño" de Ferdydurke. ¿Se habrán
visto Macedonio y Gombrowicz? En aquellos años los dos vivían aislados,
en pobrísimas piezas de pensión, seguros de su valor pero indecisos
sobre el futuro de sus obras. En más de un sentido eran, el uno
para el otro, el único lector posible. Se puede suponer casi con
seguridad que Macedonio leyó Ferdydurke porque aparecen referencias
a la novela en uno de sus papeles inéditos. Y en cuanto a Gombrowicz
era sin duda el único lector posible del Museo de la novela de la
Eterna el único, quiero decir, a la altura del proyecto macedoniano.
Arlt, Macedonio, Gombrowicz. La novela argentina se construye en
esos cruces (pero también con otras intrigas). La novela argentina
sería una novela polaca. Quiero decir una novela polaca traducida
a un español futuro, en un café de Buenos Aires, por una banda de
conspiradores liderados por un conde apócrifo. Toda verdadera tradición
es clandestina y se construye retrospectivamente y tiene la forma
de un complot.
Ahora bien (después de todo) ¿se puede hablar de una novela argentina?
¿Qué características tendría?
Los novelistas argentinos escribimos (también) para contestar esa
pregunta.
["Espacios de Crítica y Producción" 6: 13-15 (1987). Buenos Aires]
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"El hombre
sudamericano y su ideal de belleza"
Por Witold Gombrowicz
Acaso el hombre sudamericano también quiere ser hermoso y entonces,
qué ideal de belleza se propone?
No cabe duda de que el criollo suspira por la hermosura o, por lo
menos, aspira a ser bien parecido, bien peinado y bien vestido.
En pocos países del mundo se pueden observar corbatas mejor armonizadas
con la camisa y el saco, zapatos elegidos con más cuidado y medías
mejor adaptadas al pañuelo. "Los muchachos de antes no usaban gomina".
Los muchachos de hoy no solamente usan usan gomina, sino que usan
y abusan de cremas, masajes, baños faciales, casi como las mujeres.
Un "instituto de belleza" para los hombres tendría grandes probabilidades
de éxito.
Esos serías los rasgos femeninos de la belleza masculina sudamericana.
El rasgo más masculino lo constituye el bigote. Cuando uno llega
de Europa su primera exclamación es: Caramba! Cuántos bigotes! Pero...
pero... el sudamericano es muy pícaro y calculador en lo concerniente
a su bigote: él lo usa porque sabe que así gusta a las "chicas".
El bigote es un adorno destinado a conmover al sexo bello, es una
coquetería que se asemeja mucho a la coquetería femenina.
El criollo no perdió su "hombría"
En estas circunstancias surgen algunas preguntas de enorme importancia.
Acaso el sudamericano no se volvió demasíado afeminado? Acaso esas
apariencias no son actitudes accidentales que no corresponden a
una realidad psíquica espiritual? Sería muy superficial fundar una
acusación tan grave sobre la base de hechos tan secundarios y, examinando
con más cuidado el problema, veremos todo lo contrario: el criollo
no perdió nada de su hereditaria valentía y audacia españolas; tiene
el sentido del honor propio de los hombres y, lo que a lo mejor
es lo más importante, no carece de cierta severidad espiritual que
constituye la diferencia básica entre el alma masculina y el alma
femenina. Así que lo más justo sería decir que el criollo, permaneciendo
en el fondo de su alma hombre cien por cien, demuestra cierta tendencia
a afeminarse en su modo de ser, de vestirse, de hablar... que su
"modo de ser" social es más femenino que él.
Parecería que aquí la mujer logró imponer sus gustos, sus sutilezas,
sus debilidades en todo lo que forma el "modo de ser" del hombre,
es decir, su modo de exteriorizarse. Por ejemplo, el criollo es
muy valiente cuando esa valentía hay que demostrarla en una pelea,
pero cae en la cobardía absoluta cuando hay que hacer una advertencia
desagradable a un amigo; será atrevido y hasta rudo si fuera necesario
en los negocios o en la política, pero al mismo tiempo su conversación
es suave, su trato dulce y pasívo, su corbata coqueta y su sensibilidad
muy a menudo exagerada. Lo más fácil de observar en cada país es
quién ha dominado la cultura: si el hombre o la mujer. Hay países
donde la ley del hombre domina tanto en la moral sexual como en
las formas de convivencia sexual, donde hasta los chistes de las
mujeres son "masculinos", pero América del Sur está conquistada
por la mujer. Y eso a pesar de que ellas son tan esclavas del hombre,
de que se adaptan tanto a sus gustos y caprichos! Mientras cada
una separadamente no es más que "flor", "niña", todas ellas en conjunto,
a pesar de su aparente debilidad y timidez lograron la conquista
del continente!
Cuando quiere conquistar a una mujer...
Esto se ve justamente en el modo en que el hombre de aquí encara
su propio ideal de belleza. El hombre no necesita mirarse en los
ojos femeninos para comprobar su hermosura y tampoco ésta es únicamente
sexual... Cuando un hombre quiere conquistar a una mujer tiene dos
caminos a elegir: puede tratar de conseguir sus favores haciéndose
agradable, adaptándose a sus exigencias o, por el contrario, puede
imponer la ley de su propia naturaleza. Ahora, un hombre en verdad
enamorado de su belleza masculina, más bien es capaz de sufrir una
derrota antes que resignar sus ciertas dotes naturales: nunca, por
ejemplo, un hombre así va a hacer concesiones a la mezquindad femenina,
porque aunque de ese modo él logre a la mujer, pierde al mismo tiempo
su propia belleza. Mas para muchos sudamericanos las mujeres parecen
constituir un fin en sí; cuanto más gusta a las mujeres, tanto más
hermoso es; cuantas más mujeres logró conseguir, tanto más gozó
de la vida; y si de pronto las mujeres exigiesen que los hombres
se pintasen la nariz de verde, ellos encantados se pintarían la
nariz de verde... Aquí no solamente la mujer vive casi únicamente
para el hombre, prescindiendo de su propia personalidad, también
el hombre muy a menudo no vive para sí mismo, sino para la mujer.
De dónde proviene esa debilidad psíquica del hombre y por qué en
Europa el sexo fuerte siente mejor su fuerza y se aprovecha más
de ella?
La propia poesía masculina
En América del Sur el hombre y sobre todo el muchacho, se encuentra
solo frente a las mujeres. La belleza masculina, el hábito masculino,
los mitos y las formas de convivencia masculinos se forman entre
los hombres. Son el compañerismo, la confianza de camaradas en los
clubes, las asociaciones dentro de la clase de actuación y diversiones
gremiales, los que crean aquella específica belleza del hombre.
Los muchachos en el colegio se forman sus propios mitos, sus costumbres,
hasta su propio lenguaje, y son tan fieles a ese estilo suyo que
ninguno de ellos lo traicionaría ni por la más hermosa mujer. Del
mismo modo, en el ejército los hombres se crean su propio mundo,
del cual a veces se enamoran profundamente. Y, entonces, la mujer
deja de ser para ellos la única fuente del amor y de la belleza:
un marinero siente su propia belleza y su fuerza tanto a través
de los labios femeninos como a través de su acorazado, de sus canciones
y de su uniforme; a través de todo eso que se llama la "marina".
Esta propia poesía masculina le ayuda mucho a resistir al encanto
erótico de las hijas de Eva, a dominarlo y a oponer a él su propio
encanto.
Cuando un joven sudamericano entra en estas grandes instituciones
gremiales, como el ejército o la armada, dotados de tradición y
estilo, se presta muy bien a sus exigencias espirituales. Pero en
la vida civil la convivencia de los hombres entre sí resulta algo
pobre e ineficaz. Es curioso comparar, por ejemplo, el ambiente
de la joven literatura aquí y en Europa. Los jóvenes artistas sudamericanos
andan con preferencia solos, se juntan poco y en general poca inclinación
a "excitarse por sí mismos". En las capitales europeas los jóvenes
tiene su café, "bar" o restaurante, donde se embriagan tanto con
las bebidas, como con chistes, extravagancias verbales, combates
ideológicos. Esos jóvenes tiene su propio estilo y lenguaje, igual
que los colegiales, y ya antes de "formarse" como escritores, gozan
mucho de esa belleza que se crearon entre sí. Un hombre, formado
en tal escuela, lleva para toda su vida un capital de santa locura
que lo defiende contra la tristeza, el cinismo y el aburrimiento.
Por qué en América del Sur no ocurre lo mismo? Por qué aquí la mujer
tapa al hombre todo, hasta tal punto que lo convirtió en su esclavo?
Falta "estilo masculino"
Es un "circulus viciosus". El joven sudamericano se junta poco con
sus compañeros y lo hace de modo superficial, porque lo que necesita,
antes que nada psíquica y físicamente, es la mujer. Preocupado por
su capital problema no tiene ganas de entrar de lleno en otras realidades
de la vida. Todo lo demás es secundario; él cree -y esto es muy
natural a su edad- que pierde el tiempo cuando no está "afilando"
a una "chica". Pero la convivencia gremial de los hombres, menos
desarrollada que en Europa no se impone por sí misma. Así que, preocupado
por la mujer, no se junta con los hombres; y justamente por eso,
cuando tiene que afrontar a una mujer se encuentra en posición inferior,
le falta ese "estilo masculino" que los hombres se forman entre
sí. El no quiere tanto encantarla por su propia belleza como conseguir
la belleza de ella. No la domina, sino que se deja dominar por ella.
La necesita y por eso debe adaptarse: mientras el joven europeo
va a decir a su compañera con autoridad y energía: "iremos al cine",
el sudamericano dirá: "qué te parece, querida, si vamos al cine".
El europeo tratará de conseguir a la chica luciendo su belleza masculina,
su voluntad, su energía, su fuerza. El criollo tratará más bien
de satisfacer los deseos de ella, de serle agradable. El europeo
no temerá tanto perder a la mujer porque toda la poesía de su vida
no se reduce a ella; el criollo, cuando pierde a "su chica" está
condenado a la soledad y no le queda otro remedio que sentarse en
un café y cambiar chistes con amigos que no siempre son amigos de
verdad.
Así sería... más o menos si nos obstinásemos en pintar a la América
en negros colores, elogiando a la vieja, a la más madura Europa.
No hay que olvidar ni por un momento que todo lo que decimos tiene
que ser necesariamente un esquema, injusto y exagerado como todo
esquema de esa índole. Europa muy a menudo resulta tan bruta, tan
chata, tan viciosa y execrable, que la joven y fresca América en
realidad, no tiene mucho que envidiarle. En todo caso creemos que
son justificadas las principales tesis de esta nota: que el criollo
cuida su belleza casi tanto como las mujeres, es decir de modo algo
afeminado; que por falta de convivencia con los hombres carece hasta
cierto punto de lo que podríamos llamar el "estilo masculino", y
no siempre sabe exteriorizar su natural virilidad en el trato con
las mujeres; y que, aunque siente profundamente la belleza y el
encanto de la mujer, todavía no llegó a sentir su propia belleza.
[Publicado en la revista Viva 100 años, 1945]
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Gombrowicz,
o la costumbre de decirle a todo que no
Por Silvina Friera
Witold Gombrowicz llegó a ser universalmente reconocido como uno
de los creadores literarios fundamentales del siglo XX. A pesar
de que vivió 24 años en la Argentina, su obra, escrita en gran parte
en este país, continúa teniendo un carácter marginal, más allá de
los esfuerzos de Alejandro Rússovich y Jorge Di Paola, quienes elaboraron
dos ensayos para Historia crítica de la literatura argentina. "Witoldo"
–como lo llamaban sus amigos y admiradores– prefirió evitar las
formas relucientes y cinceladas. Optó, en cambio, por protestar,
en nombre de la individualidad, a través de la ironía y el sarcasmo.
El escritor tábano zumbaba con sus observaciones: veía a los argentinos
emperrados en una seriedad funeraria y a la joven América, empecinada
en asímilar los pecados de la vieja y loca Europa. En la inclasíficable
Ferdydurke (1937) –intentar hacerlo aún hoy conduce a un irremediable
callejón sin salida-, el protagonista, un hombre de 30 años que
inesperadamente es reducido al estadio de la adolescencia por un
implacable pedagogo, dice: "¡Hay que transformarlo todo! Destruir
en la patria todos los viejos lugares y dejar sólo lugares nuevos".
En un mundo donde estallaba la Segunda Guerra, el escritor polaco
que había nacido en el señorío de Maloszyce, el 4 de agosto de 1904,
estaba realizando una travesía por Latinoamérica a bordo del crucero
"Chroby" en 1939. Su estadía en Buenos Aires, pensaba, sería breve
y fugaz. Se equivocó. Y aunque conoció la degradación y la pobreza,
Gombrowicz nunca dejó de escribir y de declararle abiertamente la
guerra, sin subterfugios, al ambiente literario oficial y a sus
más encumbrados representantes.
A cien años de su nacimiento, la Embajada de Polonia y el Centro
Cultural Borges organizan conjuntamente una muestra, El enigma de
Gombrowicz, que se inauguró esta semana, mientras que el Malba proyectará
durante todo el mes el film Gombrowicz, la Argentina y yo, de Alberto
Yaccelini (ver aparte). "Yo no idolatro la poesía, yo no soy excesivamente
progresista ni moderno, yo no soy un intelectual típico, yo no soy
ni nacionalista ni católico, ni comunista ni hombre de derecha,
yo no venero ni a la ciencia ni al arte ni a Marx. ¿Qué soy, entonces?
La mayoría de las veces soy simplemente la negación de todo lo que
afirma mi interlocutor." Acaso por esta definición, en la senda
de la más pura negatividad, sea apropiado pensar en Gombrowicz como
un enigma: un escritor que odiaba a los "literatos", esos estetas
que a su juicio se regodean con las formas, pero jamás hablan de
lo que duele, de los problemas de estar en el mundo. El escritor
polaco, autor de El casamiento (o El matrimonio, 1947), Transatlántico
(1951), La seducción (o Pornografía, 1958), Cosmos (1965), Bakakai
(1974) y Recuerdos de Polonia (1960-1962), entre otros, supo sembrar
y cosechar enemigos a la vez en múltiples frentes. Gombrowicz dijo
que Borges hacía una literatura abstracta, como corresponde a la
condición de un ciego. Es curiosa la reacción de Borges que, alejado
de su fina ironía y más próximo al exabrupto, ninguneó al polaco:
"Es un invento de (Carlos) Mastronardi".
No. Witoldo distaba mucho de ser un artificio; en todo caso fue
un sujeto errante, que tropezó con las calles de un país desconocido
del que se terminaría enamorando. Aunque Ferdydurke fue escrita
en Polonia, la traducción del polaco al castellano estuvo a cargo
de un equipo encabezado por el escritor cubano Virgilio Piñera.
"Me acuerdo que nos encontrábamos en un café de la calle Corrientes.
Gombrowicz se miraba en un espejo que revestía un muro contra el
cual se apoyaba nuestra mesa, hacía muecas y tomaba actitudes de
emperador, de obispo o de militar. Le pregunto: ‘¿Está dialogando
con sus dobles?’ Sin dejar de gesticular, me contestó serio, pero
lleno de su particular humor: ‘Miro mis rasgos de aristócrata, parece
que mis facciones, día a día, registran mejor todo mi linaje’."
Esta evocación de Antonio Berni capta no sólo en escena al personaje
Gombrowicz. La anécdota ilustra una puesta en escena superior: la
literatura del escritor polaco, atravesada por relaciones oblicuas
y guiños que simulan el goce. Una literatura-ensayo que invoca la
risa, que provoca carcajadas estridentes, que no resulta fácil de
digerir, porque las sustancias con las que está hecha atentan contra
los principios vitales del estómago.
"No era capaz de otra cosa que de hacer parodia. Aquí, el estilo
es la parodia del estilo. El arte juega al arte, y lo imita", decía
el escritor, que fue uno de los candidatos al Premio Nobel en 1967.
De las influencias que reconocía Witoldo, hay una que explica esa
multiplicación del efecto carcajada en sus textos. Para él, además
de ser una obra magnífica, Papeles de Pickwick, de Charles Dickens,
era "una especie de Evangelio del humor". El primer libro que escribió
por completo en la Argentina, Transatlántico, no se refiere a una
nave sino al hecho de que esa obra sobre Polonia fue escrita del
otro lado del Atlántico. Argentina y esa Polonia, tan adorada como
satanizada, tenían muchos rasgos en común: estaban fuera del mapa,
en una posición periférica, y sus habitantes, desde el sótano de
la cartografía, asomaban los ojos y miraban obnubilados la cultura
europea. Un bosquejo del periplo gombrowicziano, de ese andar a
la deriva ("Me encontraba siempre ‘entre’, no estaba inserto en
nada", confesaba), bien podría condensarse en un título periodístico:
"De Polonia a Bacacay". Si lo que garabateó en Ferdydurke culminó
en cierto sentido en Transatlántico, con Bakakai, relatos que ocultan
en su grafía la calle porteña donde el escritor viviera varios años,
ese peculiar ámbito del "entre", una tierra de nadie, se transforma
en una constante de su literatura. Los personajes de Gombrowicz
luchan entre la forma concluida (el adulto) y la que se halla en
proceso de elaboración (el joven). "La forma es aquello en que nos
refugiamos para esconder nuestra desnudez."
Aborrecía las estructuras, y si descubría las formas era para defenderse
de ellas y permanecer fiel a sí mismo. La preocupación central de
su obra es el hombre y su búsqueda constante de libertad. En Polonia,
durante largo tiempo, se lo consideró uno de los enemigos ideológicos.
"Las formas cambian", diría con sorna Gombrowicz. La legislatura
polaca declaró el año 2004 como Año de Gombrowicz. Un acto de justicia
que acaso sea posible homologar en Buenos Aires con la muestra y
los debates organizados –vaya paradoja– en un centro cultural que
lleva precisamente el nombre del escritor argentino que menospreció
a Gombrowicz, la proyección de un documental (en el Malba) y la
reedición de buena parte de sus obras (Seix Barral, Planeta). Pero
las efemérides son como un champagne demi sec burbujeante, recién
servido en la copa de los comensales. El problema es que cuando
las burbujas descienden, cuando lo que queda es la maldita resaca,
permanecen los mismos comensales de siempre, a lo sumo se añade
un puñado de novatos, ungidos con la prosa-burbuja de Witoldo.
Entre los textos del escritor que se pueden conseguir fácilmente,
Curso de filosofía en seis horas y cuarto (Tusquets) es una de las
obras más prodigiosas y disparatadas de su vida intelectual. Gombrowicz,
a pedido de su mujer Rita y un amigo, aceptó dar un curso de filosofía
casero, entre el 27 de abril y el 25 de mayo de 1969, pocas semanas
antes de morir (el 24 de julio). Un hombre agonizante, paciente,
meticuloso, explica a sus oyentes lo esencial del pensamiento filosófico
de los últimos doscientos años. "La fuerza de Nietzsche consistió
en una crítica extremadamente perspicaz y cruel de todas nuestras
ideas, del alma humana, de la moral y la filosofía. Demostró que
el pensamiento filosófico no se realiza fuera de la vida, como si
los filósofos mirasen de lejos el mundo y su evolución, sino que
este pensamiento se baña en la vida y expresa la vida cuando no
está falsificado." Se despidió de este mundo diciendo lo que se
le antojaba, como siempre: "Un genio no puede tener éxito porque
sobrepasa a su tiempo. Por esta razón el genio resulta incomprensible
y no sirve para nadie. Así que Schopenhauer y yo nos consolamos
bastante bien".
Fuente: Página/12
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Germán García
al rescate de Witold Gombrowicz
Por Silvina Friera
El escritor y psicoanalista partió del texto Contra los poetas para
dar cuenta del espíritu provocador del autor polaco, que supo quebrantar
diversas mistificaciones de la literatura argentina. Al final, ni
Borges se salvó.
A confesión de partes, relevo de pruebas. "Gombrowicz me cambió
el humor. Cuando me encontré con sus libros, me tenía que bajar
del colectivo porque no podía parar de reírme", confesó el escritor
y psicoanalista Germán García durante la conferencia "Contra los
poetas" –panfleto publicado por el escritor polaco en la revista
parisina Kultura en 1951– con la que inauguró el ciclo Pensamiento
Incómodo, organizado por la Sociedad de Escritoras y Escritores
de la Argentina (SEA).
Fueron muchos los testigos que pudieron comprobar la filosa ironía
del autor de la legendaria Nanina, novela que fue prohibida por
la dictadura de Onganía. Y hasta más de uno opinó que este ataque
contra los poetas conserva una vigencia asombrosa.
Incómodo por lúcido y arrogante, Gombrowicz supo quebrantar algunas
de nuestras más enclenques pero entronizadas mistificaciones. "Que
me disculpen los poetas. Yo no los ataco para molestarlos y gustoso
tributaré homenaje a los altos valores personales de muchos de ellos;
sin embargo, ya se ha colmado el cáliz de sus pecados. Hay que abrir
las ventanas de esta hermética casa y sacar sus habitantes al aire
fresco, hay que sacudir la pesada, majestuosa y rígida forma que
los abruma", advirtió el autor de Ferdydurke hace más de medio siglo,
aunque aún se puede sentir la frescura de la frase, como si estuviera
escrita ayer nomás.
El escritor polaco vivió en la Argentina entre 1939 y 1963 y escribió
algunas de sus obras fundamentales en la periferia de la cultura
de Buenos Aires, que por aquellos años tenía como insignia la revista
Sur, de Victoria Ocampo.
García, a tono con el personaje Gombrowicz, demolió, de entrada,
algunas mistificaciones que no comparte. "Es costumbre decir que
todo lo que leímos fue gracias a Sur, pero no estoy de acuerdo –planteó–.
No me cae muy bien esta afirmación porque siempre me pareció mezquina
la política de Sur, que no publicó a Proust, a Joyce o a Sartre".
Cuando Gombrowicz dio la conferencia, originalmente titulada "Contra
la poesía", en la librería Fray Mocho en 1947, el escritor polaco
"era una especie de Tristan Tzara, un dadaísta solitario", según
lo comparó García. "En Cosmos explica que por la repetición se llega
a la mitología –precisó el escritor y psicoanalista–. Gombrowicz
practica un estilo basado en la repetición, una traslación del humor
chaplinesco a la literatura".
Asumiendo su condición de forastero que carece de autoridad, Gombrowicz
afirmó en esa conferencia que su castellano era un niño de pocos
años que apenas sabía hablar. #No puedo hacer frases potentes, ni
ágiles, ni distinguidas, ni finas, pero ¿quién sabe si esta dieta
obligatoria no resultará buena para la salud? A veces me gustaría
mandar a todos los escritores del mundo al extranjero, fuera de
su propio idioma y fuera de todo ornamento y filigranas verbales,
para comprobar qué quedará de ellos entonces#.
A pesar de que admitía que su tesis podría parecer "desesperadamente
infantil2, subrayaba "que los versos no gustan a casi nadie y que
el mundo de la poesía versificada es un mundo ficticio y falsificado".
García aseguró que en ese castellano de niño el escritor encontró
los elementos que le permitieron situar la poesía fuera de lo que
llamará "el mundo profesional de los poetas", mediante una apelación
de vanguardia: "El poeta no toma como punto de partida la sensibilidad
del hombre común sino la de otro poeta". Para el escritor y psicoanalista,
Gombrowicz instituyó así el polo de la vida y del hombre común para
descolocar la empresa intrapoética. "¿Por qué no me gusta la poesía
pura? –se preguntaba Gombrowicz–. Por las mismas razones por las
cuales no me gusta el azúcar ‘pura’. El azúcar encanta cuando lo
tomamos junto con el café, pero nadie se comería un plato de azúcar:
sería ya demasiado."
Gombrowicz cuestionaba la mistificación de la misión del poeta.
"Ningún poeta es exclusivamente poeta, sino que en cada uno de ellos
existe también el no poeta, el que ni canta ni ama el canto. Ser
hombre es algo más amplio que ser poeta". El escritor polaco recupera
por momentos el tono de su novela Ferdydurke, donde una lógica es
puesta en contacto con el absurdo mediante secuencias de paradojas.
"Otro aspecto, igualmente comprometedor, es el de la cantidad de
poetas, el exceso de vates. Una abundancia ultrademocrática que
mina desde dentro la orgullosa y aristocrática fortaleza de la poesía."
García abrió el juego para que participara el público. El escritor
Mario Goloboff le preguntó si hubo algún contacto entre Macedonio
Fernández y Gombrowicz, si percibía similitudes entre las propuestas
literarias. "Macedonio tiene una veta mística que Gombrowicz no
tiene –respondió García–. Hay una frase de Macedonio que se puede
agregar al panfleto: ‘No soy lector de soniditos’, decía burlándose
de la poesía." Alguien del público mencionó otras revistas que coexistieron
con Sur. "Nos encanta profetizar el pasado; cuando uno ganó, buscamos
argumentos para decir por qué ganó. Es evidente que hubo una dispersión
de publicaciones y siempre se hace un recorte con lo que quedó visible.
La revista Contorno no tuvo ninguna importancia mientras existió,
después la inventaron en la universidad porque los chicos tienen
que hacer tesis", bromeó el escritor y psicoanalista, al mismo tiempo
que demolía, a lo Gombrowicz, otra de las mistificaciones más recientes
de la cultura argentina.
"Era un tipo provocador, no era políticamente correcto", señaló
el autor de Nanina. "Hay una carta muy divertida que Gombrowicz
le mandó a Gómez, en la que le decía: ‘No se metan con Sabato que
es mi agencia de publicidad en Buenos Aires". Acaso respondiendo
al eco lejano del "maten a Borges", frase que dijo el escritor polaco
antes de subirse al barco que lo llevaría de regreso a Europa, la
poeta Mirta Rosemberg subrayó que "Borges no es un poeta, no tiene
cabeza de poeta". Silencio, primero; segundos después, murmullos
acompañados con cabezas que asienten y otras que niegan, y el sonido
de una ambulancia que parecía que venía a auxiliar a la poeta. "No
estoy hablando mal de Borges –aclaró–, pero si tengo que hablar
de poesía argentina, no lo tomo a Borges como paradigma". Al final,
las copas de vino apaciguaron los pensamientos incómodos.
Fuente: Página 12, 20/03/08
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ACERCA
DE WITOLD GOMBROWICZ Y JULIO CORTAZAR
Ferdydurke, campeón de
rayuela
Por Carlos Brück*
Todavía es necesaria alguna teoría sobre el seudónimo. Witold Gombrowicz
–ese escritor polaco que llega un día a Argentina en una incierta
misión cultural, semanas antes de que su Varsovia fuese invadida–
tenía uno donde develaba que allí faltaba algo: algunas notas las
firmaba como Jorge Alejandro, dejando suspendido lo que haría a
un apellido. Había allí un espacio en blanco, quizá como el propio
espacio del autor.
Respecto de Julio Cortázar podría establecerse una relación más
elíptica con los seudónimos. Una vez, el director de una clínica
psiquiátrica le envió unas cartas dictadas por una paciente que,
además de presentar un cuadro delirante, sufría de una parálisis
progresiva. Esta persona sostenía que Cortázar era un seudónimo
o, más aún, un nombre falso, pero que ella igualmente estaba enamorada
de él y que por eso mismo le escribía pidiéndole respuesta. Cortázar
contestó con varias cartas, donde le preguntaba al director qué
podía hacer por esa muchacha y le respondía a ella con delicadeza
y ternura.
Articular en un solo término a Cortázar/Gombrowicz puede funcionar
como un seudónimo; una condensación donde se articula una verdad
que se cuenta como extrañeza y exilio. Tanto Cortázar como Gombrowicz
son exiliados pero también viajeros. Julio Cortázar decidió irse
de una Argentina que no le resultaba favorable. Witold Gombrowicz
decidió quedarse en la Argentina porque regresar a Polonia no le
resultaba favorable, poco después de la invasíón nazi.
En la operación del destierro, se procedía al extrañamiento (así
se llamaba) del sujeto. El poder colocaba en los bordes de un territorio
a quien hasta entonces mantenía una relación familiar con una escena.
La situación de extrañamiento, no formulada ya como un imperativo
social, podría retomarse respecto de la posición de escritura de
alguien ubicado como autor. No otra cosa sucede en un análisis con
relación al hueco, la brecha entre la persona que se presenta a
la consulta y aquello que, al hablar, le toma la voz ubicándolo
como sujeto de inconsciente.
Proponemos: en esas brechas de lo familiar, entre la persona y el
autor, entre el paisaje y la escena, se encuentra eso que retorna
como lejano.
No es el paisaje de la geografía (cercano o distante) lo que produce
ese efecto. Por ello Emilio Salgari, que nunca se alejó de su casa
más que a una distancia de bicicleta, pudo narrar lo que pasaba
en la Malasía. Aquí donde lo importante es la extrañeza y no la
geografía, se ubica la novela Los Premios, de Cortázar. También
allí hay un barco: un lugar para que transcurra la otra escena inquietante,
aunque todo sea tan cerca de Buenos Aires y se vean las luces domésticas
de Quilmes.
Pero, hablando de tierra y travesía, o sea de des/tierro, de un
cambio de posición que va desde una persona a un autor, disponemos
de una palabra clave: "rayuela". Juego que consiste en partir de
un lugar y concluir en otro: el cielo. En Rayuela, Cortázar cita
Ferdydurke, de Gombrowicz, traducido al castellano en 1947. También
allí procede a hacer extraña la geografía al priorizar la condición
del significante: un bebé se llamará Rocamadour, como una región
de Francia; una señora arbitraria tendrá el nombre de una zona,
Herzegovina.
El escritor polaco no se quedó atrás al plantear la cuestión del
yo como un permanente juego de desconocimiento y de imaginarios
equívocos.
En la década de 1950, un asombrado Witold Gombrowicz se choca en
Tandil con un grupo de jovencitos que lo había leído. Poco les interesaba
que ese señor entre desolado e irreverente hubiera quedado anclado
en la París de América o que trabajase en un banco polaco. Ellos
le otorgaban la única filiación posible: ser el autor de un texto,
pero más aún de un raro título. Witoldo –como lo llamaban esos jovencitos–
hacía circular un texto titulado Ferdydurke de sí mismo, Gombrowicz
de Polonia. ¿Cómo situar las coordenadas que hacen a este seudónimo
Cortázar/Gombrowicz y a su verdad: el exilio y la extrañeza? Es
posible que se entrelazasen en las líneas de esa rayuela. En lo
más íntimo del ser. En la lengua materna, haciéndola trabajar, no
en la superficie sino a pérdida. De manera que aparezca anudada
en los juegos de palabras, deslizamientos, inflexiones y hasta en
algunas reflexiones sobre la escritura, cuando la letra se hace
materia de inciertos sentidos, de modelos para armar.
* Extracto de un texto presentado en el Encuentro Cortázar/Gombrowicz:
Extrañeza y Exilio, organizado por la Fundación Proyecto al Sur.
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Yo y mi doble
Por Witold Gombrowicz
Witold Gombrowicz nació en Polonia, en 1904, y murió en Vence en
1969. Entre las obras con las que renovó la literatura de este siglo
se encuentran Transatlántico, Cosmos, La seducción y Ferdydurke.
Durante muchos años vivió en Argentina, y al tomar el barco de regreso
a Europa dio un consejo a los nuevos escritores porteños: "¡Muchachos,
maten a Borges!" El desafío de la nueva literatura argentina era
superar al prodigioso autor de "El aleph". En este texto, inédito
en español, Gombrowicz aborda un tema borgiano y le otorga su sello
indiscutible.
¡Dulcinea de mis primeros días, soy tuyo de nuevo! Sin duda, todos
conocen ese estado de ánimo que se siente al despertar cuando, dormido,
uno ha soñado con la juventud. Te frotas los ojos, trastornado hasta
el fondo de las entrañas, revolucionado de arriba abajo, te acuerdas
de tu primera dulcinea y la nostalgia --no se sabe de qué-- te hace
trizas. Algo te empuja y, sin embargo, no te mueves de tu lugar,
la vida derrama en ti su marea tempestuosa, golpea contra tus riberas,
y tus riberas perciben con cuánta fuerza te yergues, bañado en sudor,
frente a tu destino, frente a tu vida echada como comida a los perros.
Precisamente bajo el signo de una constelación eroticosensual de
este tipo, sombría y lúgubre, desperté el martes a las cinco de
la mañana. Por uno de esos fenómenos de resurgimiento que deberían
estar prohibidos a la naturaleza, acababa de ver una cosa totalmente
perdida para mí, a saber, mi juventud y mi primera bienamada, allá
en la roca, junto al molino, al borde del río.
Mi bienamada estaba sentada con un ramito de violetas en la mano
y yo murmuraba algo. Una ola que venía de allá me golpeó y me hundió.
¿Qué hacer? Todo esto ya no volverá, mi juventud está atrás de mí,
y con ella mi bienamada, la belleza está atrás de mí, también terminada,
así como la inquietud viva de la juventud, sus relaciones inestables
pero violentas, su marea desbordante y panteísta. Mis mejillas han
perdido su frescura. Vejete, antipoético y rigidizado, ya nunca
inspiraré poemas, ya nadie me admirará ni a través del canto ni
en el cine.
La nostalgia de mi propia belleza desvanecida, de la poesía de mi
propia persona aniquilada para siempre, me agitaba cada vez más,
como una hoja. Se había terminado, pues, de una vez por todas; terminados
los azules y las lontananzas y la incertidumbre, las muchachas sufrirían
por otro y otro bajo las lilas en flor murmuraría las mismas palabras,
eternamente repetidas. ¿Qué me quedaba? El trabajo, el trabajo:
conseguir un buen puesto en mi trabajo al menos para darles miedo,
dado que ya no las hacía languidecer. ¿O tal vez tener un hijo y,
por medio de él, vivir una vida plena, repetir a través del hijo
y, por medio de él, vivir una vida plena, repetir a través del hijo
el canto eterno de la juventud, de la felicidad y de la belleza?
¿O tal vez sacrificar la vida a ideales, adquirir así una segunda
belleza, aún más bella, y convertirme de nuevo en objeto de nostalgia?
Porque yo estaba totalmente lúcido, percibía con gran claridad que
en el estado actual de las cosas ya no tenía ningún atractivo, ya
nada que pudiera hacer suspirar ni a un perro ni a una nutria, ni
gato, ni árbol, ni mujer, ni hombre. Porque, ¿quién era yo? Un macaco
tan seductor como una mesa de billar, un empleado de planta o por
contrato, globo vacío de todo el gas de la juventud, me aburría
solo y aburría a los demás, a veces frecuentaba reuniones y jugaba
al bridge, pero no había la menor vida en todo eso. Además, mis
diversas debilidades espirituales, hasta ahora tan vagas y difusas
como la juventud, afloraban poco a poco, a medida que se instalaba
la rigidez de la edad madura, y empezaba a sentirme mal con mis
defectos.
Trastornado por mis debilidades y por mi bienamada, o más precisamente,
por las debilidades nacidas del recuerdo de mi bienamada, lleno
de repugnancia y de desprecio, ya estaba listo para echar a la hoguera
esta carroña sin interés que era yo, a dar mi vida que de todas
maneras se disipaba, por lo menos para suscitar después de la muerte
la atracción y la nostalgia en los corazones, y vivir plenamente
mi vida en tanto que estatua, ya que no podía hacerlo como hombre
privado. Pensaba también en convertirme en bombero debido al uniforme
tan bonito, a pesar de todo, con sus galones. Sí, estaba a un paso
de tomar las decisiones más insensatas con una prisa tanto mayor
porque resultaba de la repugnancia por mí mismo, cuando de pronto
la forma vaga de un espectro se desprendió del calentador de carbón
y me pareció que me llamaba con una voz que corría sobre mi corazón
como los dedos sobre un teclado.
Desde luego, mi primera idea fue que la patria era la que me llamaba.
Porque ¿qué espíritu puede llamarlo a uno al alba si no es la patria,
como lo atestiguaron nuestros tres bardos-profetas,1 así como otros
tres mil de menor envergadura, cantores actuales y de circunstancia
que publican en una treintena de periódicos? Pero una mirada a la
silueta me convenció más decididamente de que era un ser humano
y no la patria. Pensé entonces que era mi primera dulcinea y ya
iba a murmurar: ``Ahí voy, Zochna, ahí voy'', cuando, al mirar de
nuevo, descubrí que no era Zochna sino un hombre, sin lugar a dudas.
Imaginé entonces que debía ser la humanidad que me llamaba para
que me sacrificara y le diera mi vida (que de todas maneras se disipaba);
pero no, era un individuo, no una noción abstracta de género neutro,
sino un hombre bien concreto que acababa de surgir de abajo del
calentador, y que vestía un saco azul marino. Al ver que no era
ni mi dulcinea ni la patria ni la humanidad, o sea, nada que evocara
la melancolía, sino un tipo bastante prosaico y poco atractivo,
controlé mi ardor --porque ¿qué provecho podrían haber derivado
mis encantos de un hombre mediocre?--, y me aprestaba ya para voltear
al otro lado y volverme a dormir cuando de pronto me di cuenta de
que era yo mismo quien estaba de pie frente el calentador, esperando.
¿Yo mismo? Al principio tuve miedo de mi sosías. Me cubrí la cara
y sólo después de un momento tuve el valor de espiar de reojo por
entre los dedos. Pero me calmé enseguida porque, evidentemente,
el aparecido no tenía la intención de atemorizarme; al contrario,
tuve la impresión de que él también se sentía bastante incómodo.
Estaba inmóvil, sin la menor pose, no me miraba, sus ojos estaban
fijos sobre sus zapatos --los míos--, pellizcaba maquinalmente la
manga del saco y parecía avergonzado. Dado que él no me miraba,
yo podía mirarlo, y eso fue lo que hice, al principio con prudencia
y luego cada vez con mayor insolencia. Un instante después, hasta
arriesgué una mueca. Distinguí un grano en su mejilla izquierda
y al ver que lo veía, el espíritu se avergonzó un poco más. Discerní
entonces sus numerosos defectos y mezquindades: egoísmo y cobardía,
sibaritismo, aburguesamiento y apatía, una debilidad agravada por
la suficiencia, la lubricidad y el orgullo. Y su vergüenza aumentó
todavía más. Me di cuenta de que una oreja era más corta que la
otra, que tenía a la derecha un diente tapado, y una vez más se
avergonzó; en lo que a mí se refiere, incapaz de controlarme en
ese momento, ¡salté donde estaba y me lancé hacia adelante!; empecé
a espulgarlo con la mirada, lo observaba, me fijaba en todo, cada
detalle, y él se dejaba examinar, se conformaba con acurrucarse,
sus dedos pellizcaban la manga cada vez más nerviosamente, y en
su rostro apareció una mueca fácil, artificial, irónica, tras la
cual intentaba escapar de mi mirada, cada vez más indiscreta. Era
más triste que todas mis bienamadas juntas. El espectáculo de todos
estos detalles --que me pertenecían-- acurrucados en un rincón y
sonrojados, bañados en esta atmósfera de tontería lamentable, era
difícil de soportar. La fría crueldad de mi mirada me provocaba
una tortura física. Sin embargo, no podía dejar de mirar puesto
que él me dejaba examinarlo, no quería, pero debía hacerlo, ya que
se exhibía. Miraba, pues, y analizaba en detalle ese objeto siniestro,
el único, entre todos los objetos de esta habitación, que estaba
avergonzado y provocaba vergüenza. Los calcetines sobre la silla,
las jarreteras, la silla misma, el calentador, todo me miraba tonta
pero duramente, como todas las mañanas, sólo él era incapaz de hacerlo.
¿Sentía vergüenza? ¿De qué? ¿De tener una oreja más corta que la
otra? De hecho, a la luz de esa vergüenza, la oreja más corta se
separaba --con la mayor indecencia-- como un pedazo de algo. Y yo
seguía mirándolo, examinándolo como si se tratara de una vaca de
feria, un ganso, un puerco atrapado, y hacía el inventario. La locura
de los inventarios me invadió. Una oreja demasíado corta, la nariz
chueca, una pierna enferma, en los ojos algo desagradable, una afectación
estúpida: un producto fallido, una vaca deforme, un objeto estropeado,
un error, una calaverada, una rareza, una criatura extravagante,
ni buena para la crianza ni para el matadero. Tosió en respuesta
e, intimidado, siguió mirando fijamente el suelo. Grité con voz
histérica:
--¡Ya no puedo más, ya no puedo más, ya no puedo más!
Y para ya no mirar, ya no ver, ya no registrar, caí de rodillas
frente a él, oculté mi rostro y `produje tal cantidad de vergüenza
que me quedé sin aliento.
Entonces alzó lentamente la cabeza y me miró, todavía sonrojado
por la vergüenza. La impresión fue tal que me tocó a mí bajar la
mirada, atreviéndome apenas a mirar de reojo el rostro del ídolo
que me miraba. El grano, los defectos, las debilidades, las miserias
y las mezquindades habían desaparecido, o más bien todo esto había
empezado a vivir y brotaba en forma de mirada. El rostro me miraba.
Un rostro único, temible, singular, un rostro que no se repetiría
nunca más hasta el fin del mundo. Y ya no era yo quien miraba la
mezquindad y la tontería, sino que la Tontería y la Mezquindad me
miraban a mí. La vergüenza dejó de tener vergüenza, miraba, imperturbable
como una roca, como un fenómeno orgulloso y soberano de la naturaleza.
Los signos particulares, antes fuente de vergüenza y de indecencia,
animados ahora por el brillo de la mirada, se convirtieron en algo
indiscutible, irrefutable, tan absoluto como las barbas de Dios
Padre. Y las arrugas y las taras_ y todos esos síntomas de debilidad
o de muerte que, para alguien de afuera, habrían parecido dignos
de compasíón, miraban con toda la fuerza y la soberanía de la vida;
más aún, era la vida misma, esa vida que hasta entonces yo había
buscado en todas partes, salvo dentro de mí mismo. Porque, ¿dónde
no la había buscado?: en las mujeres, en las ideas, en mil combinaciones
de las más raras, en las palabras más o menos ampulosas, en la belleza,
la gracia y lo bonito, en el pecado, en el derroche, en la fealdad,
en el deber, en el sacrificio, en el ideal, en el trabajo y en el
esfuerzo; y allí, de pronto, se revelaba que yo mismo era la vida,
así de simple. Extraño. ¡Ah, qué alivio! ¡Qué alegría! Por fin la
calma: la felicidad, ya no era necesario sentir miedo ni vergüenza,
podía existir, yo, yo. ¡Qué delicia! El amor y la nostalgia por
mí mismo, mezclados con el temor, me hicieron volar como una pluma.
Presa de un caos de sentimientos violentos, extendí las manos y
murmuré: ``Hermano'', y quise abrazarle la pierna. Balbuceé algo
como: ``¡Oh tú, dulcinea, patria, tú que eres!'' Pero, de pronto,
cambié de opinión, me levanté y metí las manos en los bolsillos.
En realidad, era tonto extender las manos a un hombre, sobre todo
si ese hombre era yo mismo. Caer de rodillas era igualmente tonto.
Experimentar un sentimiento de fidelidad: también tonto. De manera
general, me sentía tonto con mi amor inopinadamente despierto. ¿Por
qué no era yo un fulano(??) a quien acababa de aparecérsele una
muchacha o la patria? Desafortunadamente, me había aparecido yo
a mí mismo. Ahora bien, ¿cómo, en qué categoría de lo sublime podría
yo mirar con ojos amorosos no a mi bienamada sino a mí mismo? Se
instaló un penoso malestar. No podía encontrar las palabras, las
palabras apropiadas para este tipo de amor; tampoco había un ritual
convencional, ni gestos adecuados. Al contrario, mi cabeza bullía
con términos medicopsicológicos desagradables, aquellos que suelen
utilizar los periodistas para aterrar a sus suscriptores en los
artículos de fondo, a saber: egoísmo plano, egocentrismo podrido,
egoísmo decadente y narcisismo sucio. Me estremecí ante la idea
de que nuestra juventud, tan llena de espíritu de sacrificio y de
ardor, estaba a punto de burlarse de mí y despreciarme como a un
miserable egoísta, que ante las alumnas del liceo de gusto dudoso
este Narciso perdería todo lo que le quedaba de atractivo sexual.
A fin de cuentas, no sé por qué, posiblemente para comprobarle a
los periodistas ausentes que yo no era del todo corrupto y para
conseguir la gracia de las alumnas del liceo, escupí en el rostro
del espectro. ¡Qué magnífica renuncia de mí mismo! El espectro lanzó
un gemido y desapareció. Quedé solo, o más bien no solo, sino con
la sensación de un vacío profundo, como si mi vida se hubiese desvanecido,
ya sin otra perspectiva frente a mí que una miserable y vana existencia
con la muerte inevitable al final; me quedé dormido.
¡Ay, malditos imbéciles ustedes con sus artículos de fondo! ¡Ay,
tres veces malditas alumnas del liceo! Así desapareció el espíritu
y quedé sin espíritu. Desperté de todo esto confuso e inseguro,
en una inopia terrible en lo que al espíritu se refiere. ``¿Quién
soy? --me pregunté, lleno de dudas--. ¿Soy una simple función social,
soy una función proporcional a la opinión de los periodistas y de
las alumnas del liceo? ¿O, tal vez, simplemente, soy, y nada más?''
Pero esa palabra, ``soy'', sin atributo, ese hecho desnudo y terrible,
me llenaba de espanto. Parecía que no había nada más difícil que
ser uno mismo, ni más ni menos. Esa palabra implicaba una horrorosa
desnudez. Por otra parte, había escupido al espíritu y se había
desvanecido. ``No, no --murmuré, encogido y trémulo--, no quiero
ser yo mismo. Prefiero ser un empleado subalterno en el Ministerio
de Relaciones Exteriores, prefiero servir para algo, servir para
algo o a alguien, inmediatamente, sin más tardanza, hay que tratar
de servir, buscar con qué cubrirse porque hace frío y es indecente.
Es necesario, hay que servir.''
Traducción del polaco al francés por Chistophe Jezewski y Dominique
Autrand; traducido al español por Mónica Mansour.
Fuente: www.jornada.unam.mx
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Gombrowicz habla de Santucho
[W. Gombrowicz - "Diario argentino", Buenos
Aires, Ed. Sudamericana, 1967]
Por la tarde rendez-vous con Santucho (uno de los hombres de letras
y redactor de la revista Dimensión) en el café Ideal.
Huele a Oriente. A cada momento unos pillos atrevidos me meten en
las narices billetes de la lotería. Luego un anciano con setenta
mil arrugas hace lo mismo; me mete los billetes en las narices como
si fuera un niño. Una ancianita, extrañamente disecada al estilo
indio, entra y me pone unos billetes bajo las narices. Un niño me
coge el pie y quiere limpiar mis zapatos, otro, con una espléndida
cabellera india, erizada, le ofrece a uno el periódico. Una maravilla-de-muchacha-odalisca-hurí,
tierna, cálida, elástica, lleva del brazo a un ciego entre las mesitas
y alguien lo golpea a uno suavemente por atrás: un mendigo con una
cara triangular y menuda. Si en este café hubiera entrado una chiva,
una mula, un perro, no me asombraría. No hay mozos. Uno debe servirse
a sí mismo.
Se creó una situación un poco humillante, pero que me es difícil,
sin embargo, pasar en silencio.
Estaba sentado con Santucho, que es fornido, con una cara terca
y olivácea, apasionada, con una tensión hacia atrás, enraizada en
el pasado. Me hablaba infatigablemente sobre las esencias indias
de estas regiones. "¿Quiénes somos? No lo sabemos. No nos conocemos.
No somos europeos. El pensamiento europeo, el espíritu europeo,
es lo ajeno que nos invade tal como antaño lo hicieron los españoles;
nuestra desgracia es poseer la cultura de ese vuestro 'mundo occidental'
con la que nos han saturado como si fuera una capa de pintura, y
hoy tenemos que servirnos del pensamiento de Europa, del lenguaje
de Europa, por falta de nuestras esencias, perdidas, indoamericanas.
¡Somos estériles porque incluso sobre nosotros mismos tenemos que
pensar a la europea!... " Escuchaba aquellos razonamientos, tal
vez un tanto sospechosos, pero estaba contemplando a un "chango"
sentado dos mesitas más allá con su muchacha; tomaban: él, vermut;
ella, limonada. Estaban sentados de espaldas a mí y podía adivinar
su aspecto basándome solamente en ciertos indicios tales como la
disposición, la inmovilidad de sus miembros, esa libertad interior
difícil de describir de los cuerpos ágiles. Y no sé por qué (quizás
fue algún reflejo lejano de mi Pornografía, novela terminada hacía
poco, o el efecto de mi excitación en esta ciudad), el hecho es
que me pareció que esos rostros invisibles debían ser bellos, es
más, muy hermosos, y quizás cinematográficamente elegantes, artísticos...
de pronto ocurrió no sé cómo, algo como que entre ellos estaba contemplada
la tensión más alta de la belleza de aquí, de Santiago... y tanto
más probable me parecía ya que realmente el mero contorno de la
pareja, tal como desde mi asiento la veía, era tan feliz cuanto
lujoso.
Al fin no resistí más. Pedí permiso a Santucho (que abundaba sobre
el imperialismo europeo) y fui a pedir un vaso de agua... pero en
realidad lo que quería era verle los ojos al secreto que me atormentaba,
para verles las caras... ¡Estaba seguro de que aquel secreto se
me revelaría como una aparición del Olimpo, en su archí excelsitud,
y divinamente ligero como un potrillo! ¡Decepción! El "chango" se
hurgaba los dientes con un palillo y le decía algo a la chica, quien
mientras tanto se comía los cacahuetes servidos con el vermut, pero
nada más... nada... nada... a tal punto que casi me caí, como si
le hubiesen cortado la base a mi adoración.
Miércoles
¡Innumerables niños y perros!
Nunca he visto semejante cantidad de perros... y tan tranquilos.
Aquí si ladra un perro lo hace por broma.
Los niños morenamente despeinados dan saltitos... nunca he visto
niños más "parecidos a una imagen"... ¡deliciosos! Frente a mí dos
muchachitos; van abrazados por el cuello y se cuentan secretos.
¡Pero cómo! Un chiquillo enseña algo con el dedo a un grupito infantil
de grandes ojos abiertos. Otro le canta algo solamente a un palito,
sobre el que ha colocado un papel de caramelo.
Lo que vi ayer en el parque: un chiquillo de cuatro años desafió
a boxear a una muchachita que no tenía idea de lo que era el box,
pero que por ser más gordita y más alta le daba muy duro. Y un grupito
de pequeñuelos de dos y tres años, en camisones largos, tomándose
de las manos, saltaban y gritaban en su honor: –¡No-na! ¡No-na!
¡No-na!
Jueves
Extraña repetición anteayer de la escena con Santucho en el café,
aunque en otra variante.
Restaurante del hotel Plaza. Estoy en la mesita del doctor P. M.,
abogado, quien representa en Santiago la majestad de la sabiduría,
contenida en su biblioteca; con nosotros, su "barra", o sea el grupo
de compañeros de café, un médico, varios comerciantes... Yo, lleno
de las mejores intenciones, me entrego a una conversación sobre
política, cuando.... ¡Oh! ... ¡ya estoy pescado!... allá, no lejos,
se sienta una pareja fabulosa... y se anegan el uno en el otro,
como si un lago se ahogara en otro lago. ¡Otra vez "la belleza"!
Pero tengo que sostener la discusión en mi mesita, en cuya sopa
nadan perogrulladas de los nacionalismos sudamericanos, sazonadas
de odio hacia los Estados Unidos y terror pánico ante los "aviesos
propósitos del imperialismo"; sí, desgraciadamente tengo que responderle
algo a este tipo, aunque me encuentre contemplando y escuchando
con todos mis oídos a la belleza que acontece cerca de mí... yo,
esclavo enamorado a muerte y apasíonado, yo, artista... Y vuelvo
a preguntarme cómo es posible que semejantes maravillas se sienten
en estos restaurantes a un paso de... pues, de esa Argentina parlanchina...
"Siempre hemos exigido moral en las relaciones internacionales"...
"El imperialismo yanqui en connivencia con el británico pretende..."
"Ya no somos una colonia..." Todo eso lo declara (no desde hoy)
mi interlocutor, y yo no puedo comprender, no puedo comprender,
no puedo comprender... "¿Por qué los Estados Unidos conceden préstamos
a Europa y no a nosotros?"...
"¡La historia de Argentina demuestra que por encima de todo hemos
apreciado la dignidad!..."
¡Ah, si alguien pudiera sacarle del vientre la fraseología a este
simpático pueblito! ¡Esa burguesía, que por la noche toma vino y
durante el día "mate", es tan plañidera! Si les dijera que en comparación
con otras naciones están viviendo como en las manos de Papá Dios,
en esta maravillosa estancia suya, tan grande como la mitad de Europa
y si hubiera añadido que no sólo se les hice injusticia, sino que
Argentina es un "estanciero" entre las naciones, un "oligarca" orgullosamente
sentado sobre sus espléndidos territorios... ¡Se ofenderían mortalmente!
Mejor no... ¡Y qué, ya se los digo en su cara! ¿Pero qué me importa
eso?
Allá, en aquella mesita está la Argentina que me fascina silenciosa
y sin embargo con una resonancia de gran arte, no ésta, parlanchina,
holgazana, politiquera. ¿Por qué no estoy allá, con ellos? ¡Aquel
es mi lugar! ¡Junto a aquella muchacha como un ramo de temblores
blanquinegros, junto a aquel joven semejante a Rodolfo Valentino!¡Belleza!
Pero.. . ¿qué ocurre? Nada. Nada a tal punto que hasta este momento
no sé cómo y qué llegó hasta mí desde ellos... tal vez un fragmento
de frase. . . un acento. . . un brillo de ojos. . . Bastó para que
de repente me sintiera informado.
¡Toda esa "belleza" era precisamente igual que todo! Igual que la
mesa, el mozo, el plato, el mantel, igual que nuestra discusión,
no se diferenciaba en nada... igual... del mismo mundo. . . de la
misma materia.
Jueves
¿Belleza? ¿En Santiago? ¡¿Pero, caramba, dónde?!
[....]
Viernes
Llegó Roby. Es el más joven de los diez hermanos S. de Santiago.
En ese Santiago del Estero (mil kilómetros al norte de Buenos Aires)
pasé varios meses hace dos años –dedicado a contemplar todas las
chifladuras, susceptibilidades y represiones de aquella provincia
perdida, que se cuece en su propia salsa. La librería del llamado
"Cacique", otro de los miembros de la numerosa familia S., era el
sitio de encuentro de las inquietudes espirituales del pueblo, tranquilo
como una vaca, dulce como una ciruela, con ambiciones de destruir
y crear el mundo (se trataba de las quince personas que se dan cita
en el café Águila). ¡Santiago desprecia a la capital, Buenos Aires!
Santiago considera que sólo ella mantiene la Argentina, la América
auténtica (legitima) y lo demás, el Sur, es un conjunto de metecos,
gringos, inmigrantes, europeos: mezcla, churria, basura.
La familia S. es típica de la vegetación santiagueña, que se transforma
por medio de una incomprensible voltereta en arranque y pasión.
Aquellos hermanos son de una santa benignidad y no les falta esa
dulzura ciruelina, son un poco como un fruto que madura al sol.
Y al mismo tiempo los sacuden pasiones violentas que vienen de algún
lado del subsuelo, de carácter telúrico u modorra, entonces, galopa
inflamada por la urgencia de reformar, de crear. Cada uno de ellos
es prosélito jurado de alguna tendencia política, gracias a lo cual
la familia no tiene que temer a las revoluciones, frecuentes aquí,
pues sean cuales fueren siempre darán el triunfo a alguno de los
hermanos, al comunista o al nacionalista, al liberal, al cura o
al peronista... (todo esto me lo refirió Beduino en una ocasión).
Durante mi estadía en Santiago dos de los hermanos tenían sus propios
órganos de prensa, editados por propia cuenta con un tiraje de unas
decenas de ejemplares.
Uno publicaba la revista cultural mensual Dimensión y el otro, un
periódico cuya misión era combatir al gobernador de la provincia.
Roby me sorprendió poco antes de su visita a Buenos Aires nunca
nos habíamos escrito –con una carta enviada de Tucumán en la que
me pedía le enviara Ferdydurke en la edición castellana:
"Witoldo: algo de lo que dices en la introducción a El Matrimonio
me ha interesado... esas ideas sobre la inmadurez y la forma que
parecen constituir la tranza de tu obra y tienen relación con el
problema de la creación.
Claro está que no tuve paciencia para leer más de veinte páginas
de El Matrimonio"...
Luego me pide Ferdydurke y escribe: "Hablé con Negro (es su hermano,
el librero) y veo que sigues atado a tu chauvinismo europeo; lo
peor es que esa limitación no te permitirá lograr una profundización
de este problema de la creación. No puedes comprender que lo más
importante 'actualmente' es la situación de los países subdesarrollados.
De saberlo podías extraer elementos fundamentales para cualquier
empresa."
Con esta muchachada me hablo de "tú" y consiento en que me digan
lo que les viene en gana. Comprendo también que prefieran, por si
acaso, ser los primeros en atacar –nuestras relaciones distan mucho
de ser un tierno idilio. A pesar de eso la carta me pareció ya demasiado
presuntuosa... ¿qué se estaba imaginando? Contesté telegráficamente:
ROBY S. TUCUMÁN –SUBDESARROLLADO NO HABLES TONTERÍAS FERDYDURKE
NO LO PUEDO ENVIAR PROHIBICIÓN DE WASHINGTON LO VEDA A TRIBUS DE
NATIVOS PARA IMPOSIBILITAR DESARROLLO, CONDENADOS A PERPETUA INFERIORIDAD–
TOLDOGOM.
Puse el telegrama en un sobre y lo envié como carta (en realidad
son telegramas-cartas). Pronto me respondió en tono indulgente:
"Querido Witoldito, recibí tu cartita, veo que progresas, pero vanamente
te esfuerzas en ser original", etcétera, etcétera. Quizás no valga
la pena anotar todas esas majaderías... pero la vida, la vida auténtica,
no tiene nada de extraordinariamente brillante, y a mí me importa
recrearla, no en sus culminaciones, sino precisamente en esa medianía
que es la cotidianidad. Y no olvidemos que entre las frivolidades
puede a veces haber también un león, un tigre o una víbora escondidos.
Roby llegó a Buenos Aires y se presentó en el barcito donde paso
un rato casi todas las noches: es un muchacho de "color subido",
cabellera negra ala de cuervo, piel aceite-ladrillo, boca color
tomate, dentadura deslumbrante. Un poco oblicuo, a lo indio, robusto,
sano, con ojos de astuto soñador, dulce y terco... ¿qué porcentaje
tendrá de indio? Y algo más todavía, algo importante, es un soldado
nato. Sirve para el fusil, las trincheras, el caballo. Me interesaba
saber si en los dos años que habíamos dejado de vernos había cambiado
algo en aquel estudiante. ¿algo cambió?
Porque en Santiago nada cambia. Cada noche se expresan allá en el
café Águila las mismas atrevidas ideas "continentales": Europa está
acabada, llegó la hora de la América Latina, tenemos que ser nosotros
mismos y no imitar a los europeos, nos encontraremos de verdad si
regresamos a nuestra tradición indígena, tenemos que ser creadores,
etcétera. Así, así, Santiago, el café Águila, la coca-cola y estas
ideas audaces repetidas día tras día con la monotonía de un borracho
que adelanta un pie y no sabe qué hacer con el otro, Santiago es
una vaca que rumia diariamente su vuelo, es una pesadilla en la
que uno corre una carrera vertiginosa pero sin moverse de un lugar.
Sin embargo me parecía imposible que Roby, a su edad, pudiera evitar
una mutación aunque fuese parcial, y a la una de la madrugada fui
con él y con Goma a otro bar para discutir en un círculo más íntimo.
Consintió con muchas ganas, estaba dispuesto a pasar la noche hablando,
se veía que ese "hablar genial, loco, estudiantil" como dice Zeromski
en su diario, le había entrado en la sangre. En general, ellos me
recuerdan mucho a Zeromski y a sus compañeros de los años 1890:
entusiasmo, fe en el progreso, idealismo, fe en el pueblo, romanticismo,
socialismo y patria.
¿Las impresiones de nuestra conversación? Salí desalentado e inquieto,
aburrido y divertido, irritado y resignado, y como apagado... como
si me hubieran dicho: ¡basta ya de eso!
El tonto no ha asimilado nada desde que lo dejé en Santiago hace
dos años. Volvió a la misma discusión de entonces, como Si sólo
hubiera sido el día anterior. Igual como dos gotas de agua. . .
sólo que está mejor afianzado en su tontería y por consiguiente
más presuntuoso y omnisapiente. Otra vez tuve que escuchar: ¡Europa
se acabó! ¡Ha llegado la hora de América! Tenemos que crear nuestra
propia cultura americana. Para crearla, debemos ser creadores, ¿pero
cómo lograrlo? Seremos creadores si contamos con un programa que
desate en nosotros las fuerzas creadoras, etcétera, etcétera. La
pintura abstracta es una traición, es europea. El pintor, el escritor
deberían cultivar temas americanos. El arte tiene que vincularse
con el pueblo, con el folklore... Tenemos que descubrir nuestra
problemática exclusivamente americana, etc.
Me lo sé de memoria. Su "creación" empieza y termina con esas declaraciones.
W. Gombrowicz - "Diario argentino", Buenos Aires, Ed. Sudamericana,
1967
Fuente: www.elhistoriador.com.ar
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Contra los poetas
Witold Gombrowicz
Contra los poetas, Witold Gombrowicz, © Ediciones sequitur, 2006
Formato: 115x170. Páginas: 96
Descripción: La filosofía de este polaco, afincado veinticuatro
años en la Argentina, se antoja cargada de sentido, transparente,
certera, ajustada a nuestro momento histórico. Su ataque a la poesía
está muy alejado del de aquel ateniense que tenía a los poetas por
inmorales y subversivos: "El problema de la Forma, el hombre como
productor de Forma, como esclavo de las formas, la idea de la Forma
Interhumana como soberana fuerza creadora, el hombre no auténtico,
son cuestiones que vengo tratando y sobre las que he procurado siempre
llamar la atención."
Índice del libro:
Contra la Poesía (1947)
Contra los poetas (1951)
Carta a Gombrowicz de Czeslaw Milosz (1951)
El maldito empequeñecimiento (1952)
A propósito de Dante (1966)
A propósito de Ferdydurke (1957)
A propósito de Dante (1966)
A PROPOSITO DEL DANTE
Inferno. Canto terzo
Per me si va nella città dolente,
Per me si va nell’eterno dolore,
Per me si va tra la perduta gente.
Giustizia mosse il mio fattore:
fecemi la divina potestate,
la somma sapienza
e’l primo amore.
Dinanzi a me non fuor cose create
se non eterne, e io eterna duro.
Lasciate ogni speranza, voi che entrate
Por mi se va a la ciudad doliente, por mi se ingresa en el eterno
dolor, por mi se va con la perdida gente.
"La ciudad doliente" escribe... ¿para referirse al infierno? ¡¿No
se le ocurrió nada mejor?!
Torpe y banal definición, sin duda... demasíado "cerca de la vida".
Hoy, yo lo habría dicho mejor. ¡Meta! El infierno es ante todo metafísico.
Al hablar del infierno hay que recurrir a palabras que estén en
contradicción interna, y den así cabida al elemento de lo indecible.
En lugar de " Per me si va nella città dolente" podríamos escribir,
Por mí, se va a la ciudad sin fondo
Eternidad que persigue su propio abismo.
¡Mucho mejor! Mucho más profundo resulta este infierno que se precipita
en su propio abismo.
Pasemos ahora al segundo verso de la inscripción dantesca grabada
sobre el dintel de la puerta del infierno (se trata del principio
del tercer canto de La Divina comedia: Dante y Virgilio se acercan
al infernal umbral donde se leen estas palabras):
Per me si va nell’eterno dolore
Aquí lo único que puede molestar es lo de "eterno". ¡¿No dio con
mejor adjetivo?! Veamos. Pensemos y escribamos... tampoco hace falta
empeñarse mucho, se me ocurren no pocas, sino muchas, ideas más
brillantes ya listas en mi cabeza. Por ejemplo:
Por mí, se va ahí donde el mal
se infecta a sí mismo y supura para la eternidad
En cuanto a la exégesis de mis versos: si mi primera (y metafísica)
definición del infierno subraya su absoluta inhumanidad, esta segunda
expresa el único elemento capaz de humanizarlo, por poco que sea:
de hacerlo comprensible al hombre. Claro está: estamos ante una
chapuza. Este infierno es una empresa remendada.
Se trata de una idea moderna (y no poco fascinante, a mi entender).
En efecto, el mal absoluto debe estar "mal hecho" hasta en su propia
existencia. El Mal que sólo quiere el mal y nada más que el mal
no puede realizarse "bien", es decir, cabalmente. El "hombre malo"
comete una "mala acción" –matar a su vecino, por ejemplo-, pero
para él ese mal es un bien. No lo comete porque esté mal sino porque,
para él, es un bien, que se ajusta a sus intereses... de ahí que
lo quiera hacer "bien" y no mal. Este hombre no se distingue de
los demás: busca el bien; la única diferencia radica en que encuentra
el bien en el crimen. ¿Y Satanás? Satanás quiere el mal y sólo el
mal, y no podría desear el bien, de suerte que "hará mal" su función.
Así el infierno es algo mal hecho; está torcido en su propia esencia;
es una baratija.
Interesante idea. Moderna. Acaso se pasa de dialéctica, pero amplía
nuestra imaginación...
Sólo con esta idea de la chapuza puede la Humanidad aprehender el
infernal abismo. Una visión del Mal que se roe a sí mismo, que se
tortura... no está mal... interesante.
Pero el peregrino de Florencia desconocía esta idea y nunca podría
haberla concebido. De haberla atisbado, la habría acogido arrodillado
y, con él, Virgilio. ¡Qué salto habría dado el infierno con semejante
acicate!
El tercer verso,
Per me si va tra la perduta gente
Puede quedarse así, nada que objetar por mi parte: la "perdición"
sabemos bien lo que significa... sin embargo, completaría el verso
con un calificativo acaso sorprendente:
por mi se va con la perdida gente
e Incansable...
Sí "incansable", un adjetivo sencillo, tosco, como cuando decimos
"un bailarín incansable", "un trabajador incansable", pero que nos
remite a la idea de "indestructible". La humanidad del condenado
es en efecto irreductible, eterna: el Diablo y el Hombre son las
dos columnas indestructibles del infierno.
Recompongamos el todo:
Por mí, se va a la ciudad sin fondo
Eternidad que persigue su propio abismo,
Por mí, se va ahí donde el mal
se infecta a sí mismo y supura para la eternidad,
Por mi se va con la perdida gente
e Incansable...
Y comparen mi versión con el terceto original, tan superficial y
torpe. Con estas tres ideas nuevas, ¡sí que estamos ante un infierno
dantesco! Insisto: podría haber echado mano de otras diez ideas,
igualmente vertiginosas y desconocidas por Dante (podría concebirlo
como "continuidad", o como algo "granulado", o usar categorías como
las de "transfert", "fondo", "trascendencia", "alienación", "función",
"psiquismo", "existencia en sí y para sí", etc., etc., etc. ah,
ah!, ah!).
Heme aquí, comunicando por entre el tupido torbellino de seis siglos
colmados de existencia; heme zambulléndome en el Tiempo concluido
para alcanzarlo a él, el muerto, el Alighieri que ya fue. En nuestra
convivencia con los muertos lo único anormal es que nos resulte
tan normal. Decimos: vivió, murió, escribió la Divina comedia y
yo ahora me la leo...
Y sin embargo, de seguro, el pasado es lo que ya no existe. No digamos
un pasado de seis siglos: algo tan lejano que ni yo mismo –aún en
mi propio pasado- jamás pude encontrarlo. Desde que vivo, ese pasado
ya fue. Entonces, ¿qué quiere decir "vivió en el pasado"? En mi
presente encuentro restos del pasado –un poema- con los que puedo
deducir esa existencia que ya fue, pero debo recrearla. Sin embargo,
para poder decir de alguien que ya "fue" (término ininteligible:
parece un "es", pero debilitado), ese "fue" debe aparecerse en el
horizonte de mi presente, como un punto en el que se entrecruzan
dos rayos: uno que viene de mí, de mi empeño recreador, y el segundo
que procede del exterior, en ese cruce entre el pasado y el futuro,
ahí donde transcurre el tiempo y que me permite comprender que lo
que "fue" "es", en tanto que cosa que "fue".
Convivir con el pasado significa aprehenderlo sin pausa, convocarlo
sin fin a la existencia... pero como lo leemos a través de los restos
que nos dejó y éstos dependen del azar, de los materiales –más o
menos frágiles y accidentados- que nos han llegado, ese pasado es
caótico, fragmentario, casual. Nada sé de una de mis tatarabuelas:
su aspecto, su carácter, su vida, nada salvo este hecho: el 16 de
junio de 1669, el día de la elección del rey Miguel Korybut mandó
comprar dos medidas de fustán y jengibre. Tan solo ha quedado de
ella un apolillado papel lleno de sumas y en el margen una anotación,
(no recuerdo exactamente) algo así como: "Sr. Szolt, a su regreso
de Remigola, tendrá a bien traerme dos anas de fustán y jengibre".
Jengibre y fustán, nada más.
El pasado es pues un gigantesco escenario hecho de minucias... así
es... Y, sin embargo, sorprende ese deseo de tener un pasado lleno,
vivo, colmado de personajes, concreto... y sorprende que ese deseo
sea tan pertinaz.
Son las diez de la mañana... niebla en la montaña... de pronto dispersada
por la luz.
Una vez, en Argentina, navegando el Paraná superior, cruzando sus
tortuosos meandros, iba recibiendo con gran tensión la visión del
nuevo paisaje que surgía tras cada recodo del río; como si esos
paisajes hubieran de debilitarme o fortalecerme; de la misma manera
que, a lo largo de mis muchos años de trabajo literario, escruté
con mi mirada el mundo, intentando saber si mi época me confirmaba
o negaba. Durante años lo avistado fue positivo y nada reconforta
más que constatar que la evolución del gusto, de las ideas, de los
usos, de las técnicas se alía con uno y le va abriendo caminos.
Hoy en día, sin embargo, las cosas son más complicadas. Veo multiplicarse
en torno a mí fenómenos sin duda familiares pero que parecen estar
envenenados por intenciones que me resultan molestas.
El problema de la Forma, el hombre como productor de Forma, como
esclavo de las formas, la idea de la Forma Interhumana como soberana
fuerza creadora, el hombre no auténtico, son cuestiones de las que
vengo hablando y sobre las que he procurado siempre llamar la atención:
pues bien, intenten cambiar el concepto de "Forma" por el de "Estructuralismo"
y me verán en el centro mismo de la actual problemática intelectual
francesa.
¿Cómo se explica entonces esa antipatía, entre yo y ellos... parece
como que, dándome la espalda, se dirigieran en otra dirección? Sus
obras, ya sea el Nouveau roman français, su sociología, su lingüística
o su crítica literaria denotan una propensión de espíritu que me
resulta desagradable, detestable, fuera de lugar, poco práctica,
ineficaz... Sin duda, lo que nos separa de entrada es que ellos
proceden de la ciencia y yo, del arte. Rezuman universidad: esa
pedantería, consciente y obstinada; ¡esos aires magistrales! Esa
acritud, su insistencia en el tedio, su asocialidad, su soberbia
de intelectuales, su rigidez... cuanto me molestan, cuan altivo
es su lenguaje... pero hay más: una razón más profunda de desacuerdo.
Así como yo pretendo ser distendido, ellos resultan crispados, tensos,
estirados, obstinados... y mientras yo me "aproximo a mí mismo",
ellos sólo saben de una pasíón: la autodestrucción; quieren huir
de sí mismos, renunciarse. El objeto. El objetivismo. Una ascesis
casi medieval: esa "pureza" que, en su deshumanización, les atrae.
Pero cuidado, ese objetivismo lejos de ser frío (ellos lo quisieran
gélido) esconde una trampa: el dardo de una intención agresiva,
provocadora; sí, es provocación. Y con estupor recibo su nomenclatura
(que creía para siempre enterrada); ese vocabulario que recuerda
a la astrología, la cábala, la magia y, además, es belicoso y rebosa
de una especie de desafío: es como la muerte renaciendo...
Para mí, cada intento del hombre de salir de sí mismo –ya sea la
estética pura, el estructuralismo puro, la religión o el marxismo-
es una ingenuidad condenada al fracaso. Un misticismo propio de
mártires. La propensión a deshumanizarse (que yo mismo practico)
debe necesariamente complementarse con su opuesta: la propensión
a humanizarse, de lo contrario lo real se derrumba como un castillo
de naipes y nace el peligro de ahogarse en el verbalismo de lo irreal.
¡No! Sus fórmulas no saciarán a nadie. Vuestras construcciones,
todos esos edificios que levantan permanecerán vacíos mientras no
venga alguien a habitarlos. Cuanto más os parezca que el hombre
es inaprensible, inalcanzable, abismal, inmerso en otros elementos,
prisionero de las formas, como articulado por unas palabras que
no le pertenecen, tanto más necesaria e imperiosa se hará la presencia
del hombre normal, el que experimentamos y sentimos en nuestra cotidianeidad:
el hombre de la calle, del bar, el hombre concreto. El alcanzar
las fronteras de lo humano debe contrarrestarse de inmediato con
un repliegue en lo más humano, en lo normalmente humano. Se puede
sondear lo más abisal de lo humano pero siempre que se vuelva a
la superficie.
Y si me preguntan que dé una definición, profunda y compleja, de
ese alguien que debería, a mi entender, habitar esa ristra de construcciones
diría, sencillamente, que es el Dolor. La realidad, en efecto, es
aquello que se nos resiste, que nos hace daño. El hombre real es
el que siente dolor.
Más allá de todo lo que nos cuentan, en todo el universo, en toda
la extensión del Ser, solo existe un único elemento atroz, imposible,
inaceptable, una sola cosa verdadera y completamente opuesta a nosotros,
que nos aplasta: el dolor. Sobre él, y sólo sobre él, se basa toda
la dinámica de la existencia. Supriman el dolor y el universo se
tornará indiferente...
¡Bueno! Todo esto resulta demasíado serio como para andar filosofeando.
Pero la cosa resulta, sin duda, angustiosa. Y, sin embargo, para
todos esos pensadores (y para otros muchos), el universo sigue siendo
el terreno de tranquilas, cuando no olímpicas, especulaciones cerebrales.
Sus análisis rebosan salud siendo como son obra de unos profesores
con muy buena salud y bien acomodados en sus cátedras. Su desconsideración,
perfectamente infantil, hacia el Dolor está en la base de sus incasables
puzzles intelectuales. Si ya la libertad sartriana no sentía ni
temía el dolor, los objetivismos de hoy parecen surgir directamente
de la anestesia.
Inútil subrayar la contradicción de mi razonamiento. Abogo por un
hombre distendido y "normal" pero, al mismo tiempo, transido por
el Dolor. La contradicción es sólo aparente.
¿Debo pues luchar contra su ascetismo guerrero o, por el contrario,
sumirme en mí mismo, darme a mí mismo, instalarme en mí como en
una fortaleza?
Les deseo un buen dolor de muelas.
Este libro, la Divina comedia, abierto sobre mi mesa, se escribió
hace seis siglos.
¿Qué debería significar para mí el pasado del género humano? Estoy
sobre una inmensa montaña de cadáveres: todos los que ya fueron.
¿Estoy encima de qué? ¿Qué sentido tiene el magma bajo mis pies,
ese hormigueo de existencias terminadas lejos de mí?
¿He de buscar en el pasado seres humanos o, más bien, una suerte
de abstracta dialéctica sobre la evolución?
Lo que de inmediato se percibe es que de los hombres del pasado
sólo llegan a mí los más importantes. En la Historia para permanecer
se debe devenir... todos los cementerios de la antigua Grecia se
reducen a unos pocos centenares de personas: Alejandro, Solón, Pericles...
y de la Florencia medieval, ¿cuántos otros hombres destacan aparte
de Dante?
En el gran desfile de todos los muertos del mundo sólo podría reconocer
a los Grandes. Me gusta la aritmética, me permite abordar no pocos
problemas. ¿Cuánta gente muere cada día? ¿Doscientos, trescientos
mil? Cada día, un ejército entero –unas veinte divisiones- se va
para la tumba. Y no sé nada, no oigo nada, no estoy al tanto...
nada, absolutamente nada... todo ocurre fuera de mí. La discreción
de la muerte (¡y la de la enfermedad!). Quien no supiere que en
este bajo mundo se muere podría atravesar durante años nuestras
calles, nuestras plazas, nuestros parques o nuestros campos antes
de descubrir que tal cosa como la muerte existe de verdad. ¿Y los
animales? ¡Qué asombrosa discreción! ¿Cómo consiguen los pájaros
que nadie sepa que han muerto? Sus despojos deberían estar por doquier,
pero podremos caminar hasta el infinito sin encontrar (apenas) el
más mínimo esqueleto. ¿Dónde desaparecen? No son tantas las hormigas
o los roedores.
La muerte es universal, imprecisa, no deja rastro. Pero yo en estas
condiciones? Yo con mis necesidades, con las necesidades de mi yo?
Cuanto menos consigo discernir de entre esas masas de cementerio
más me aferro a los Grandes. Les conozco en persona. Son la Historia.
Ningún escenario de almoneda podría sustituirlos.
Pero mi actitud hacia ellos, ¿es lo suficientemente personal? Se
trata de una pregunta muy importante para mí.
¿La Divina comedia? No me basta. Lo que busco es Dante, pero sin
encontrarlo porque el Dante que me ha trasmitido la historia es
justamente el autor de la Divina comedia. Esos grandes hombres dejaron
de ser hombres para ser obras.
Pero aún irrita más el hecho de que nuestra actitud hacia las obras
resulta inadecuada. En el colegio y en casa nos enseñan tan sólo
a respetar y venerar a los Grandes pero nuestra actitud para con
ellos no deja de ser ambigua: admiro y me postro ante los Grandes
pero al mismo tiempo los trato altivamente, con conmiseración y
suficiencia. Valgo menos, puesto que ellos son los Grandes. Pero
también valgo más al haber nacido después de ellos y estar en un
estadio más alto de la evolución.
Esta segunda actitud que definiría "brutal" o "inmediata" no suele
darse. Nos limitamos a concebir al autor y su obra conforme a su
dimensión y relevancia históricas. Veamos que da de sí esa visión
más directa. ¿Puedo, honestamente, con mi imaginación de hoy, entusiasmarme
con los productos de una imaginación naciente, casi campesina como
la de Dante? Los tormentos de todos sus condenados, ¡qué zafios
y simplones!. ¡Tan míseros y tan parlanchines! Esos sermones declamados
entre dos torturas... esas situaciones idénticas que se repiten
con cansina monotonía (sin embargo, desde una perspectiva histórica
habría que decir que como obra del siglo XIV esas situaciones rebosan
recursos e imaginación), mientras XXX lo temporal penetra in crudo
en lo Eterno, con sus XXX
¿Y el pecado? Él no parece sentirlo: sus pecados carecen de fuerza,
parecen más bien infracciones, ni nos atraen ni nos repelen.
En esta misma línea podrían decirse muchas más cosas y demostrar
que se trata de un poema simplón, pobre, aburrido, cansino. Y acabar
concluyendo melancólicamente: nunca alcanzaré este hombre a través
de su obra. Atrapado por la Historia no es para mí sino una gran
obra histórica. Y cuando intento alcanzarlo a mi manera, brutal
e inmediata, prescindiendo de la Historia, ¡su Divina comedia no
vale un duro!
Entonces, ¿qué es el pasado para mí? ¿Un agujero? Y los hombres
de verdad, ¿dónde los ponemos?.
Retomo el terceto
Per me si va nella città dolente,
Per me si va nell’eterno dolore,
Per me si va tra la perduta gente.
Y prosigamos
Giustizia mosse il mio fattore:
fecemi la divina potestate,
la somma sapienza
e’l primo amore.
¡¿Qué ocurre?!
¿Cómo?
¿Cómo pudo hacerlo?
¿Qué horror?
¿qué bajeza?
Ahora sí que lo veo: es el poema más monstruoso de la literatura
mundial; un poema que página tras página va despachando letanías
de tormentos, listados de torturas. El primer Amor, justamente este
su primer Amor desvela de pronto toda la monstruosidad de la empresa.
Y su bajeza. Pase aún el Purgatorio, si concedemos que tales pecados
exijan realmente castigos tan satánicos... mas se avista la barlume
de la salvación. `Pero ¿el Infierno?
El infierno no es castigo, ya que el castigo lleva a la purificación,
tiene un fin. El infierno es tortura eterna, y ese condenado dentro
de diez millones de años gritará de dolor del mismo modo que está
gritando ahora: nada, jamás, cambiará para él. Algo intolerable,
que nuestro sentido de la justicia rechaza.
Él, sin embargo, escribe sobre la puerta del Infierno:
Fecemi il primo amore
Sólo por miedo y por vileza puede escribirse tal cosa... por la
más ruin de las adulaciones. Aterrorizado y temblado, acaba rindiendo
los mayores honores al mayor de los terrores, llamado Supremo Amor
al colmo de la crueldad. Jamás se usó la palabra Amor de una manera
tan descaradamente paradójica. Ninguna palabra dicha por los hombres
se habrá jamás usando con tanta perversión. Justamente la palabra
más sagrada, la más querida de todas. Se nos cae de las manos, este
libro de la vergüenza, y nuestros labios ofendidos murmuran: no
hay derecho...
Recojo el libro de la vergüenza, ojeo el poema en su conjunto...
no hay duda, todo este baño infernal desprende el perfume del Amor
supremo. Dante acepta el Infierno, lo aprueba, es más, lo venera!
¿Cómo puede ser? ¿Que pasó para que una obra tan viciada por el
miedo enloquecido, tan servil y tan contraria al más esencial sentido
de la justicia humana acabara convirtiéndose con los siglos en un
Libro Edificante, en el poema más solemne?
¡Católicos! Esta Divina comedia no deja de ser vuestra... ¿cómo
habéis podido encajarla en vuestras conciencias?
Según la Iglesia y su doctrina el hombre se creó a imagen y semejanza
de Dios.
De suerte que todo lo que se oponga al más profundo sentido de la
justicia no puede ser justo, ni acá ni allá.
Un artista católico no tiene derecho a escribir contra sí. Toda
la Divina Comedia está en pecado mortal.
Pero el mundo católico la adora.
Bien, Bien... pero ya lo agarré, lo alcancé y no lo suelto: acaba
de ofenderme, de indignarme y esto me indica que está ahí abajo...
detrás del muro del tiempo... se convirtió en persona...
El supremo Dolor, lo convirtió en alguien.
¡Bien! Curioso, sí: el Dolor nos hace reales. Sólo el Dolor nos
une a través del tiempo y del espacio; el Dolor reduce las generaciones
a un mismo denominador común.
¡Pero bueno! ¿Qué profuso coro es este, esta especie de coral de
sapos que se me acerca, me envuelve como la niebla y se disuelve
como la humedad? Acabo de ver al hombre que encarna este libro,
pero escuchando con más atención, entiendo que no es él quien canta.
Canta toda la Edad Media.
¿Cómo pudo indignarme antes? No sólo Dante aprueba el Infierno,
es todo el Medioevo. Él se limita a reiterar fórmulas, a repetir
lo que una conciencia colectiva codificó. Palabras... palabras vanas...
así se hablaba entonces, poco más...
Y hete aquí que la Divina Comedia vuelve a ser para mi un monumento,
una forma, una codificación, un ritual, un gesto, un oficio, un
ceremonial... Curioso: cuando entendí antes que este poeta escribía
contra sí mismo, conseguí entablar un contacto personal con él.
Pero al descubrir que escribe contra sí mismo, entiendo que escribe
al dictado de su época y esta contradicción interna pierde así su
fuerza de realización. Todo palidece.
Además. ¿Cómo pude tomar en serio la solemnidad del poema, todo
ese prestigio del que goza? Palabras... nada más que vanas palabras!
No es más que un ritual de inter-humana veneración; ajustado a ese
otro rito de los cantos interhumanos. Ahí abajo, él celebra su función
y, en consonancia, aquí, otros se arrodillan. La veneración es la
mejor prueba del descreimiento.
¿El Infierno? ¡Cuentos! ¡Es un mito!
Bien! Bien! Todo adquiere otra dimensión. ¿Cómo pudo escribir tan
impunemente "el primer amor"? Muy sencillo: ese Infierno no es verdadero.
Las torturas son retóricas, los condenados declaman. La eternidad
es la indolente eternidad de los monumentos. Sólo retórica: los
jirones que se sumergen y vuelven a la superficie; las majestuosas
jerarquías de pecados, de tormentos; las iniciaciones, las profecías,
la creciente luminosidad, las virtudes y los coros, la teología
y la ciencia; los misterios, los malditos y los sagrados; todo,
todo. Dante recitaba su época. Pero también la época recitaba, de
suerte que el poema viene a ser una doble fraseología: el poeta
se ha molestado en recitar lo que ya todos había recitado. Algo
parecido a ese ambiente de domingo en los bares, cuando la gente
hable de los partidos del día: ¿realmente les apasíona el fútbol?
No lo creo. Tan sólo han aprendido a hacer uso de ese vocabulario,
a expresarse de esa manera, a falta de un lenguaje ya listo con
el que hablar de otras cosas. La humanidad se mueve por el camino
trillado de los modos de expresión.
¡Un poema vacío, que existe oponiéndose a la realidad, casi contradiciéndola!
¡Cuidado! Todo este discurrir se antoja, ¡demasíado ligero! ¡No
se escapa al Infierno tan fácilmente, listillo! El Infierno existe,
cómo no. Existe, existe...
Acaso olvidas que según el código recogido en la Divina comedia
los herejes eran verdadera, realmente quemados vivos. El fuego abrasa,
por tanto...
Y, así, el diabólico poema vuelve a gritar como un alma condenada;
y a vomitar tormentos.
Resulta muy instructivo (y recomiendo esta experiencia a todos los
teóricos de la cultura) acercarse de vez en cuando al centro del
Dolor. Os atrae y os atrapa siempre más. La verdad se torna entonces
grito y desgarro.
No obstante,...
Vuelvo a recordar que esta Realización del Infierno se hizo posible
sólo en una atmósfera de Irrealidad perfectamente irresponsable.
¡Claro! La deslumbrante austeridad de Santo Domingo debió descender
entre los magnates del "brazo secular", y caer presa de la política,
de la ambición, de tantos apetitos más que terrestres; llegó hasta
los escritorios de los burócratas; se escondió tras las funciones,
las tareas, los oficios y, llegando más abajo, filtró hasta las
toscas manos de los verdugos, insensibles, ellos, al Dolor. Sin
esta progresiva degradación, ¿qué hombre sería capaz de quemar a
otro vivo? La idea, la radical idea del pecado, del infierno, de
la tortura debió desperdigarse por muchas mentes oscuras, por muchas
obtusas sensibilidades, antes de llegar a estallar en una llama
dura, implacable, que abrasa de verdad.
¿Qué eres, pues, Divina Comedia?
¿Torpe obra del pequeño Dante?
¿Poderosa obra del gran Dante?
¿Monstruosa obra del vil Dante?
¿Retórica declamación del hipócrita Dante
¿Un fuego de artificio? ¿Un fuego real?
¿Una irrealidad?
¿Un nudo difícil y complejo de real e irreal?
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Martes (Diario argentino)
Por Witold Gombrowicz
Me ocurrió ayer… Debo decir que nada puede igualarse, en ciertos
aspectos, en cierto modo, con el horror del dilema que viví… Me
encontré en la situación en que lo humano que hay en uno debe vomitar…
Podría decirlo. Puedo atormentarme o no con esto, en realidad sólo
depende de mí.
Estaba acostado bajo el sol, estratégicamente situado en la cordillera
que forma la arena acumulada por el viento en el extremo de la playa.
Son unas montañas de arena, dunas, ricas en colinas, vertientes,
valles, un laberinto curvilíneo y polvoriento, en algunas partes
coronado por un arbusto que vibra bajo el incesante empuje del viento.
A mí me protegía una Jungfrau bastante alta, notablemente cúbica,
altiva, pero a unos diez centímetros de mi nariz empezaba el ventarrón
que azotaba sin tregua un Sahara quemado por el sol. Unos escarabajos
– no sé cómo llamarlos – erraban penosamente por ese desierto, con
fines ignorados. Y uno de ellos, al alcance de mi mano, yacía patas
para arriba. Lo había volteado el viento. El sol le quemaba el vientre,
lo que tenía que ser particularmente desagradable si se toma en
consideración que ese vientre suele permanecer moviendo las patitas,
y sabía que no le quedaba sino ese monótono y desesperado movimiento
de las patas… ya desfallecía, quizás llevaba así muchas horas, ya
agonizaba.
Yo, gigante inaccesible para él, con una inmensidad que me hacía
ausente para él, miraba ese movimiento… alargué la mano y lo libré
del suplicio. Se puso a caminar hacia delante. En un segundo había
vuelto a la vida.
Apenas lo había hecho, cuando vi un poco más allá a otro escarabajo
idéntico al anterior, en idéntica situación. Movía las patitas.
Y el sol le quemaba el vientre. No tenía ninguna gana de levantarme…
Pero, ¿por qué salvar a uno y al otro no? ¿Por qué a aquél, mientras
que a éste…? Hiciste a uno feliz, ¿pero tiene que sufrir el otro?
Tomé una ramita, alargué la mano…lo salvé.
Acababa de hacerlo cuando ví un poco más allá a otro escarabajo
idéntico, en posición idéntica. Movía las patitas y el sol le quemaba
el vientre.
¿Debía transformar mi siesta en una servicio de socorros de emergencia
para escarabajos agonizantes? Pero ya me había familiarizado demasiado
con ellos, con su ridículamente indefenso movimiento de patitas…
y comprenderán quizá que si ya había empezado a salvarlos no tenía
derecho a detenerme precisamente en el umbral de su derrota… demasiado
cruel y en cierta forma imposible, imposible de cometer…¡Bah! Si
entre aquél y los que había salvado existiera alguna frontera, algo
que me autorizara a desistir… pero no había nada, solamente diez
centímetros de arena más, siempre el mismo espacio arenoso, "un
poco más lejos" es verdad, pero solamente "un poco". Y movía las
patitas de la misma manera. Sin embargo, después de mirar a mi alrededor
ví "un poco" más lejos a cuatro escarabajos moviendo las patitas,
abrazados por el sol… no había remedio, me levanté y los salvé a
todos. Se fueron.
Entonces apareció ante mis ojos la vertiente deslumbradora-calcinante-arenosa
de la loma vecina y en ella cinco o seis puntitos que movían las
patas: escarabajos. Me apresuré a salvarlos. Los salvé. Y ya me
había quemado tanto con su tormento, integrado a ellos, que al ver
cerca otros escarabajos, en las llanuras, en las colinas, en las
barrancas, aquella islita de puntos torturados, empecé a moverme
en la arena como un loco, ¡ayudando, ayudando! Pero sabía que eso
no podía continuar eternamente, pues no sólo esta playa sino toda
la costa hasta más allá de donde la vista se perdía estaba sembrada
de ellos, entonces tenía que llegar el momento en que diría "basta"
y tenía que llegar a un escarabajo que ya no salvaría. ¿Cuál? ¿Cuál?
¿Cuál? A cada rato me decía "éste", pero lo salvaba, no pudiendo
decidirme a la terrible, casi ignominiosa arbitrariedad -¿por qué
ése, por qué aquél? Hasta que al fin se realizó en mí la quiebra,
de pronto, llanamente, suspendí en mí la compasión, me detuve, pensé
con indiferencia "bueno, debo regresar", recogí mis cosas y me marché.
Y el escarabajo, ese escarabajo ante el que interrumpí mi socorro
quedó moviendo las patitas (lo que en realidad ya me era indiferente,
como si hubiera perdido el interés por ese juego… pero sabía que
tal indiferencia me era impuesta por las circunstancias y las llevaba
en mí como algo ajeno).
[En Diario argentino. Adriana Hidalgo editora, Buenos Aires, 2001]
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