Ante la partida del pelado Gorriarán (1941-2006)
Por Luis Mattini
Mi último encuentro político con Enrique Haroldo Gorriarán había sido en un café de París, si no me equivoco a principios de 1979, en una escena digna del cine argentino de los cuarenta. Solo faltó que nevara en la ciudad luz para completar un tango.
Ahora, ante su imprevista muerte, quisiera dejar mis impresiones sobre un hombre que, para bien y para mal, no pasó en vano por la vida y que fue parte insoslayable en la historia del PRT-ERP y de mi historia militante. Un primer equívoco a saldar es la idea que el Pelado y yo habríamos sido algo así como el agua y el aceite en las internas del PRT. Cierto es que tuvimos un fuerte enfrentamiento en Europa, cuando nosotros lo acusamos de actividad fraccional durante el período de intento de reconstrucción en el exterior, pero es menester ubicar las cosas en su contexto. En esos momentos de acorralamiento y de impotencia para revertir la situación, la mayoría de las organizaciones se vuelven hacia adentro, encontrando enemigos internos como vías explicativas. Y nosotros, ni mi grupo ni el del Pelado, fuimos excepción y, por supuesto, ni todos lo "malos" estaban de aquel lado ni todos los "buenos" de este, ni éramos todos totalmente "buenos o malos". Parte del equívoco es también considerar que el Pelado era el "militarista" y yo el "político". Como he analizado en varias oportunidades, todos teníamos algo de militaristas aunque no todos hayan tenido la misma intensidad de contacto con las armas. Incluso algunos que por las circunstancias nunca participaron en una operación armada podían ser más militaristas que los combatientes experimentados.
Mis diferencias con el Pelado no pasaban por militarismo o no militarismo sino por la concepción de construcción política y de la vida misma. La ruptura de 1978 reflejó eso claramente. Mientras él acudía a los cuadros probados y experimentados yo llamaba a un congreso abierto. En realidad ninguno de los dos tenía razón y a los hechos me remito, no logramos el objetivo propuesto, pero ello no quita que la conducta política posterior de los últimos veinte y pico de años de ambos revela que esa diferencia era real.
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El otro equívoco fue la cuestión con respecto al censurable asalto a la base militar de La Tablada que él dirigiera con tan poco acierto en pleno gobierno alfonsinista. Yo fui de los pocos que no condenaron al Pelado como "demente", "mesiánico" , "irracional", "agente de los servicios" , epítetos que le endilgaron hasta muchos de sus seguidores y sobre todo admiradores desilusionados. Y no me uní al coro de filisteos, entre otras cosas porque, para mi entender, la paternidad de La Tablada está compartida con padres inconfesos que en aquel momento se relacionaban con las llamadas juventudes políticas, quienes de una manera u otra lo alentaron. La frágil memoria de este país olvidó rápidamente los discursos incendiarios de los dirigentes de esas agrupaciones, acusando a Alfonsín de pusilánime, mientras ofrecían no se sabe qué ridículas brigadas cafeteras para enfrentar los alzamientos carapintadas. Por eso es que la sociedad argentina no tiene autoridad moral para juzgar a los protagonistas del asalto al cuartel. Y es menester aclarar que si remplazo la categoría "pueblo" por "sociedad" es porque considero que no hay pueblo cuando no hay sujeto. Pero ese es otro tema. Mi desacuerdo fundamental con la acción de La Tablada excede los fundamentos tácticos, de oportunidad o de legitimidad, de uso o no uso de la violencia. Estoy convencido que el Pelado lo hizo creyendo salvar la democracia y yo estuve y estoy en desacuerdo en arriesgar una sola vida por esta democracia. Esta democracia no vale un gramo de sangre joven porque ya se las cobra por sí misma a toneladas. Para decirlo utilizando categorías de la época, hoy perimidas, en esa acción se expresó el "reformismo armado". En cambio fui muy crítico con él cuando se presentó como protagonista en un incalificable video relatando en detalles impropios de un jefe guerrillero la ejecución de Somoza. Califiqué esa presentación televisiva, como una "Tablada mediática".
En todo caso lo notable del Pelado, como de muchos jóvenes de los setenta, es que dejó sus supuestas juergas en el Club Social de San Nicolás (noticia esta de la que no me hago cargo, solo repito el testimonio de sus coterráneos) para dedicarse a la revolución. Y hay que reconocer que puso el cuerpo y todas sus energías en eso a punto tal de llegar a parecerse peligrosamente a algo así como un revolucionario profesional que, por suerte, no llegó a alcanzar la categoría de amo liberador.
Cuando se realizó el V congreso del PRT el Pelado era ya un "pesado" con prestigio bien ganado. Había participado en el Rosariazo y con su incorporación al PRT efectuado un golpe comando espectacular de recuperación de dinero con el que se estaba financiando el propio Congreso. Fue elegido vicepresidente y con tal mala suerte que a la vez le tocó para la defensa una escopeta recortada. Digo "mala suerte" pues en su carácter de vicetitular del evento, debió turnarse con el presidente, Luis Pujals, para dirigir las deliberaciones y, como es natural, no podía dejar el arma en un rincón o calzarla en la cintura como los que teníamos solo una pistola. Me es imborrable su figura parada en el centro de la sesión sosteniendo la incómoda escopeta mientras señalaba con el dedo a quien le tocaba hablar. No pretendo hacer freudianismo de entrecasa sino grabar una de las tantas escenas jocosas de aquel encuentro.
En el congreso se destacó por su silencio. Solo usó de la palabra practicamente para ordenar el debate y su única propuesta fue la de una sigla diferente para la fuerza militar, elección en la que salió favorecida la moción de Arancibia con las siglas ERP. Hay que recordar que después de la llamada "revolución ideológica", previa al este congreso, en el PRT se consideraba al silencio como una de las virtudes máximas, una supuesta expresión de la "modestia proletaria" frente al "charlatanerismo pequeño burgués". Los obreros cordobeses se encargarían de demostrar que, o bien este criterio era un burdo prejuicio, o bien ellos eran unos pequeño burgueses.
No lo volví a ver hasta fines de 1972 en la primera reunión del Comité Central de inmediato al regreso de Santucho después de los dolorosos acontecimientos de Trelew. Fué una reunión durísima en donde el prestigio y la energía de Santucho se impusieron. El Pelado casi no abrió la boca en todo el desarrollo. Sentado en el suelo, como muchos otros, casi en un rincón, pasaba desapercibido a pesar de ser el máximo jefe del estado mayor del ERP y seguir teniendo enorme prestigio interno aumentado por su papel importante en la fuga del penal de Rawson. Hay que decir también que Gorriaran tenía modales de caballero, era un tipo buen mozo, correcto y amable aunque a veces no le salía bien el gesto. En ese tiempo, para mucha gente el Pelado sería el reemplazante natural de Santucho. Sin embargo Roby, ya había decidido por Benito Urteaga, también oriundo de San Nicolás, como su hombre de mayor confianza. Desde luego que esto se manifestaba de hecho, no de derecho, puesto que formalmente, en los organismos colegiados solo había un secretario general y los demás éramos pares. Hay que señalar, no obstante, que en ese momento Roby hacia descansar todo el peso de la reconstrucción de la fuerza militar en la jefatura de Gorriarán. De todos modos el Pelado tenia también importantes responsabilidades políticas además de su participación en el Buró Político. Tuvo,por ejemplo, la no fácil tarea de reconstruir la regional Buenos Aires que había quedado desbaratada durante la "desviación militarista" entre 1972 y 1973. Militó un largo tiempo en los frentes fabriles de Córdoba, más adelante realizó trabajos entre los campesinos tucumanos como apoyo a la guerrilla. Con esto quiero señalar que no era un simple "fierrero" como se lo pinta, ni el menos experimentado de los demás compañeros del Comité Central. Porque así como el Pelado era el mito del "fierrero" estaban los mitos "de masas" supuestos cuadros históricos cuyo contacto con el proletariado y el campesinado –incluso alardeando de conocer dos o tres frases en quichua– les otorgaba palabra inapelable. Parecía como si en el noroeste argentino no existiera la burguesía ni la pequeña burguesía.
También se ha chicaneado injustamente con la supuesta falta de "cultura" de Gorriarán, lo cual, dicho sea de paso, para la escatología perretiana era más un mérito que una falencia. El Pelado había sido estudiante de economía y en ese tema dominaba más que en otros, pero no sólo porque hubo cursado por lo menos parte la carrera, sino porque su mentalidad cartesiana se ajustaba a esa disciplina. Por eso cuando Maria Seoane –no por casualidad también ex estudiante de economía– en "Todo o Nada" ironiza haciéndose eco de un testigo que cuenta que supuestamente el Pelado no podía pasar la primera página de la Fenomenología del Espíritu de Hegel, no hace más que demostrar su propia estrechez intelectual. Estoy seguro que, de no haberse dedicado a la revolución, Gorriarán hubiese sido uno más de las decenas de economistas, (liberales o marxistas) verdaderos "fierreros" mentales aunque sean pacifistas, con sus dificultades para entender la dialéctica, menos aún la política.
Militamos más de un año en el Buró Político con una relación de cotidianidad, primero con sede en la ciudad de Córdoba, luego nos trasladamos a Buenos Aires. El Pelado continuaba con su estilo parco. Solía lanzar alguna frase lapidaria tras algún informe de problemas internos: "Cada vez quiero más a Stalin". Cuando hablaba se dirigía a los demás mirando de frente con su ojos azules penetrantes, con un deje de ironía en la expresión. Podía tener algunas salidas ocurrentes, algo ácidas, pero siempre más menos juiciosas.
Dificilmente manifestaba alguna duda y menos aún contradecía ni a Santucho ni a los cuadros "consagrados", sea porque el Roby demostrara especial confianza o por ser "proletarios" o simplemente "probados". Siempre percibí en él una actitud de autoconstrucción, una represión de sus íntimos sentimientos que producía cierto chisporroteo con personalidades tan espontáneas como las de Domingo Mena o Rogelio Galeano. Es verdad que esa era una pauta de la época y particularmente del PRT, mayor aún en sus estructuras dirigentes. Pero en Gorriarán al igual que en el negrito Fernández era especialmente marcado. Precísamente por esa característica nunca tuvimos entre él y yo un enfrentamiento político. Siempre mantuvimos una relación de cordialidad o quizás sea mejor decir fría cortesía. Sin embargo yo tenía la sensación que el Pelado no las iba conmigo y más bien se reservaba opinión, por así decirlo. A mi vez me chocaba su mecanismo lógico-análitico que le impedía "volar" la imaginación.
Cuando Santucho presentó el plan de ataque a la base de Azul en el corazón de la provincia de Buenos Aires, en 1974, Gorriarán, quien sería el jefe del mismo, no hizo observaciones de importancia. Años después me confiaría que él fue al frente sin estar convencido por no oponerse a la autoridad de Santucho. Esto debía de ser verdad y explica los errores de conducción durante la operación que le costaron el relevamiento de la responsabilidad de jefe del ERP. Porque a corto tiempo de lanzadas las unidades de ataque, Gorriarán perdió el control sobre la operación y ordenó la retirada, al parecer prematuramente, con el agravante que no verificó fehaciéntemente que los distintos grupos de ataque hubieran recibido y cumplido la orden. Santucho había insistido en dirigir él personalmente la operación pero no lo dejamos amparados en la resolución del Comité Central que le impedía participar directamente en acciones militares en las ciudades. Pero como era muy tozudo le concedimos una aproximación al teatro de la acción para recibir el regreso del jefe supuestamente después de la retirada victoriosa. Precisamente yo le llevé con mi coche esa noche y nos estacionamos en un cruce de carreteras, del que no recuerdo el nombre, a medio camino entre Buenos Aires y Azul. El Pelado debía pasar por ahí y detenerse para contactarnos. Lo cierto es que estuvimos con el Roby hasta la madrugada esperando y no lo vimos pasar. Regresamos y al otro día nos reunimos en Buró Político con el Pelado. Santucho estaba muy enojado y por lo menos una hora la pasamos dilucidando las causas por las cuales no nos habíamos encontrado en el cruce de caminos. Mientras tanto llegaban los informes: el grupo de Molina, que tenía cierta autonomía por el tipo de misión, había tomado prisionero al jefe de la base y se retiró en orden. El grupo de Santiago había penetrado en profundidad en el cuartel y combatido durante horas sin recibir orden de retirada. Puede decirse que cuando se cansaron de tirotearse se marcharon también en orden. El problema se había dado en el grupo principal de choque a cuyo frente iba Gorriarán al encontrar una inesperada y fuerte resistencia. En todo caso puede decirse que el problema fue que el Pelado, no supo reaccionar frente a lo inesperado y perdió el control de la operación dando por derrota lo que podía haber sido posibilidad de victoria.
La reunión fue muy tensa, Roby era demoledor en las recriminaciones y el Pelado recibía los golpes estoicamente. Reconocía que se habían cometido errores y asumió toda la responsabilidad, como me diría después, más por hábito partidario que por convicción. Domingo Mena era el más duro y consideraba que correspondía el relevamiento y sanciones. Benito Urteaga miraba fijamente atuzándose el bigotillo. Yo dije, con intencionada ironía, debo confesarlo, que por mucho menos que eso Stalin mandaba a los generales a Siberia. Santucho, después de su implacable critica, relativizó las cosas asumiendo parte de la responsabilidad colectiva puesto que de un modo u otro estábamos aprendiendo y se limitó a proponer el relevamiento del jefe sin más sanciones que destinarlo a tareas políticas para que el contacto con las masas "contrarrestara las tendencias subjetivas". Formalmente no fue una sanción sino un simple cambio de jefatura.
A partir de ahí lo veía menos seguido aunque como miembro del Buró Político seguía su trayectoria por los informes y las decisiones que se tomaban al respecto. Una acción notable dirigida por él fue el rescate de un grupo de compañeras, entre ellas la suya, prisioneras en la cárcel del Buen Pastor de Córdoba. Según cuentan se llevó a cabo impecablemente y con una escena del cine romántico, cuando El Pelado arrancó la verja que estaba a cierta altura con un camión. Su compañera se paró al borde y gritó ¿Qué hago, me tiro? ¡Tirate! respondió el Pelado y la recibía en los brazos.
A los pocos meses, militando en Córdoba el Pelado tomó un decisión arbitraria sin respetar los órganos partidarios y entonces sí fue sancionado con publicación en el boletín interno. El aceptó la sanción e incluso publicó una carta en el B.I. de disciplinamiento. Bien es cierto que siempre quedó la duda sobre la sinceridad de esa declaración.
El tiempo pasó y Gorriarán cumplió distintas tareas en diversos puntos del país hasta que finalmente –después de la derrota de Monte Chingolo en donde él no participó– a propuesta de Santucho fue incorporado al estado mayor del flamante batallón de Buenos Aires. El 18 de julio de 1976, la víspera de su muerte, Santucho, entre otras recomendaciones, nos decía que había que tener en cuenta al Pelado pues venía mejorando mucho y que podía reforzar los órganos dirigentes, sobre todo en esos momentos de creciente debilidad por la represión. Más influido por este juicio de Santucho que por mis propios conocimientos y atenazado por la necesidad de cuadros, es que al asumir la dirección máxima del PRT-ERP en reemplazo de Roby, propuse incorporar a Gorriarán al nuevo Buró Político y así se inició una etapa de dos años de trabajo juntos, la mayor parte del mismo fuera del país. Aquí es donde empecé a conocerlo más a fondo.
El Buró Político decidió que viajáramos a Cuba para lograr preparación para el próximo auge de masas que esperábamos para fines de la década del setenta. Lo hicimos vía Italia, país en la que ya teníamos una pequeña infraestructura. Naturalmente viajamos separados y yo le dí una cita para nuestro encuentro en Roma: "te espero al pie de ese arco del triunfo que está a lado del Coliseo", El pelado llegó a Roma y después me contó que al buscar el arco pensó: "Este Luis está en pedo: ¿Qué arco del triunfo puede haber aquí si los tanos nunca ganaron una guerra?" Desde luego yo sabía que el famoso "Arc du Tryunph" estaba en París, pero había llamado "arco del triunfo" al Arco de Constantino que conocía sólo por fotos porque, como es sabido, todos los emperadores romanos hacían construir un arco al regreso de sus guerras triunfales. El chiste no tiene mucha gracia si uno no advierte que el Pelado, cuestionando con ese ácido humor la historia bélica de los italianos, no podía quejarse que lo llamaran militarista.
El asunto es que en esos días compartíamos vivienda y vivencias y, desde luego, la oportunidad de hablar en forma más suelta de los problemas del Partido. Viajamos a Praga en donde tuvimos diez días y una larga entrevista con un miembro de la dirección del Partido Comunista Cubano que nos llamó la atención sobre nuestra tendencia a no detenernos a mirar que estaba pasando. Parecía como si cada día tuviéramos más acuerdos sobre la situación y lo que había que hacer. El Pelado no demostraba competencia alguna por la función que yo sustentaba como continuidad orgánica de la dirección creada por Santucho. Nos abrimos a nuestros íntimos pensamientos y allí me confió sus dudas, cosa que actuó muy favorablemente en mi consideración hacia él. Al fin de cuentas era humano y no esa imagen de bronce que se había construido o que le habían armado alrededor suyo.
Se realizó la reunión del Comité Ejecutivo de Abril en Roma, en la vía Crescencio. Desde la ventana de la casa en que sesionábamos podía verse la cúpula de la Catedral de San Pedro en el Vaticano, todo un símbolo. En ese evento el Pelado participó como nunca lo había hecho y se unía al entusiasmo colectivo que restablecía ese optimismo que caracterizó toda la trayectoria del PRT-ERP, aún en las peores circunstancias. "Persistir y vencer" había sido la vital consigna que dejaba la herencia de Santucho sin que nadie se percatara que suplantaba la muy latinoamericana "Patria o muerte" , "Victoria o muerte" o "A vencer o morir".
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Después el Buró Político se instaló en Madrid en un plan de reconstrucción que duraría de cuatro a seis meses, según lo planeado. Un trio dirigente regreso a Buenos Aires con las resoluciones del Comité Ejecutivo y la misión de replegar aún más las fuerzas hacia el movimiento social dosificando la acciones militares guerrilleras. Yo viajé a Cuba para completar la misión que había originado la salida del país y en ese lapso se dieron los golpes represivos en Argentina que destruyeron los restos organizados del PRT-ERP. El Buró Político estaba dividido en dos y dos por la forma que se enfrentó la ola represiva anunciando la ruptura.
A esta altura de estos recuerdos sería ocioso relatar los hechos que llevaron a la ruptura. Había una causa de fondo que no se hacía conciencia en ninguno de nosotros, causa de causas, por jugar con las palabras y que engendró un microclima magistralmente expresado por Rolo Diez en su novela "Los Compañeros" y que reproduzco a continuación:
"De a poco se ha ido dando cuenta de que han caído en una trampa. El diversionismo ideológico se servirá en el desayuno, tenderá sus dulces emboscadas, ofertará sus halagos en la feria. Las diferencias comenzarán a llamarse actividades contra la dirección, el paso siguiente consistirá en llamarlas actividades contra el partido. La desesperación cerrará su círculo: Hija de la impotencia engendrará la intolerancia, la persecución. Caminarán su calle sin salida, repetirán sus mismos pasos, las palabras heladas, las sentencias. Encontrarán el enemigo en el espejo. Quemarán su bruja a medianoche y no podrán dormir." .
Y en efecto, la ruptura, producida en el fondo por la impotencia de no hallar el camino de retorno simbólico y concreto a la lucha en el país, se produjo a fines de 1978. Mi último encuentro con el pelado fue, como dije al empezar, en Paris. La zarzuela se había convertido en sainete.
Yo y la mayoría del Buró Político funcionábamos en Madrid y habíamos llamado al VI Congreso del PRT. Gorriarán con la mayoría del CC se había atrincherado en Paris y en principio impugnaban dicho llamado pero a fin de cuentas se avinieron a participar del mismo siempre que se convinieran las reglas. Al mismo tiempo ambas facciones recorríamos los grupos partidarios haciendo proselitismo interno y por supuesto, acusando a la otra parte de las peores herejías en el sistema de creencias del PRT. La principal, claro está, el abandono de la lucha armada como forma principal de lucha, manifestación inequívoca del "reformismo". Naturalmente, más allá de las mejores intenciones de todo el mundo, más allá del alto grado de alienación del conjunto, había algún que otro piantado. Y con el grupo de Gorriarán había uno particularmente singular: Jorge Masetti quien disfrutaba de un apellido histórico y que en un momento propuso a su grupo matar a Luis Mattini para acabar con su influencia reformista.
Como de este lado tampoco faltaba algún chiflado medio se lo tomó en serio y se dio la paradoja de custodiar al secretario general más por temor a una agresión interna que por miedo a los servicios de seguridad de la dictadura que actuaban en el extranjero.
Por eso es que la reunión con el pelado en Paris fue mucho más cómico que lamentable. No recuerdo bien como se eligió el Café del encuentro, pero seguramente que mi equipo verificó el lugar. Lo cierto es que yo ingresé acompañado de Julio Santucho y ya mi "custodia" había tomado posiciones. Recorrimos el Café con la mirada y no vimos la supuesta custodia del Pelado. Al rato llegó acompañado por el Cuervo, compañero que se había iniciado en la lucha armada en Rosario junto con él, gran organizador de eventos. Se sentaron frente a nosotros y comenzamos a tratar el asunto. Parecía una mesa de juego. El problema es que yo no sé jugar al pocker y el Pelado demostró ser experto. Sin embargo, ahora a la distancia, puede verse que esa reunión puso en evidencia que el PRT - ERP ya estaba muerto, sólo firmábamos el certificado de defunción.
Ahora, ante su partida definitiva, pienso –como Miguel Benasayag– que yo no sé si el Pelado quería y luchaba por la misma sociedad que quiero y lucho yo, pero sí es seguro que siempre peleó contra la misma sociedad que yo peleo, y puedo decirle con el corazón y sin rencores: Hasta la victoria siempre.
Fuente: www.nodo50.org/casapueblos
22 de septiembre de 2006, murió Enrique Gorriarán Merlo
Por Susana Viau
El parte oficial consignó que la muerte de Enrique Haroldo Gorriarán Merlo se produjo hacia las 16.30 [del 22/09/06] a causa de la rotura de un aneurisma en la aorta abdominal. Ingresó a la guardia del hospital Argerich en parada cardiorrespiratoria. La noche anterior había estado con antiguos compañeros en una reunión política. Gorriarán era considerado por la opinión pública un hombre polémico. No se le perdonó el desastre de fuego y sangre desatado en el copamiento del regimiento de La Tablada, el 23 de enero de 1989. Sin embargo, luego de largos años de cárcel y de una durísima huelga de hambre, obtuvo la libertad en mayo de 2003, por un indulto. Desde ese momento se preparó para regresar. Estaba tratando de concretarlo a través del Partido del Trabajo y el Desarrollo, un grupo de objetivos moderados y proyectos electorales asentado en Santa Fe. Es probable que su muerte despierte sentimientos encontrados. Eso sí, nadie podrá decir que no ha sido prematura: tenía 64 años y era uno de los últimos mohicanos de la dirección del PRT-ERP, la guerrilla marxista más importante de los años ’70.
La Tablada lo expulsó de la vida legal y de la lucha democrática en la que, a diferencia de otros de sus camaradas, pretendió incursionar. A mediados de los ’80 había realizado una autocrítica devastadora, marcando como un error las acciones armadas llevadas a cabo bajo el gobierno de Isabel Perón. Antes de La Tablada había cometido otro error: describir, sin una pizca de pasión, los instantes finales de Anastasio Somoza, un personaje siniestro y despreciable cuya muerte en atentado llevó la firma de un sector del PRT-ERP que él lideraba. Ocurrió en Asunción del Paraguay, donde Somoza estaba exiliado, el 17 de septiembre de 1980. Es curioso, la vida fue construyéndole una imagen brutal que, quienes lo rodeaban, niegan de plano. "Tenía un enorme sentido de la amistad –sostiene su amigo y conmilitón, el médico Roberto "el Turco" Habichayn– y para mí lo fue. Un gran amigo, familiero, sin dobleces. Se emocionaba con mi hijo, que tenía la edad de sus mellizas y estaban lejos. Sentía una especial debilidad por su madre. Ella murió estando preso y no le permitieron verla".
Daniel De Santis, ex miembro del Comité Central del PRT e integrante de la corriente que siguió a Gorriarán al producirse en los ‘80 la última y definitiva división de la organización, coincide con esa impresión. "Mi relación con él era bastante buena. Lo que tenía para criticarle no me lo callaba. El se revolvía en la silla, pero se lo aguantaba. Era un tipo que se emocionaba con facilidad. Se le humedecían los ojos en cuanto hablaba de algo que lo conmovía. Fue muy solidario conmigo."
Gorriarán había ingresado a mediados de los ’60 a Palabra Obrera, la corriente trotskista que, fusionada con el Frente Revolucionario Indoamericano Popular (FRIP, un movimiento indigenista impulsado por Mario Roberto Santucho) dio origen al PRT. Había nacido en San Nicolás, de una familia radical, pero Rosario y la universidad eran el polo de atracción para los jóvenes de la ribera del Paraná. Con Luis Pujals, Emilia Susana Gaggero y Benito Urteaga formaron parte de la "regional Rosario", de enorme gravitación en el desarrollo del PRT. En 1970 fue elegido delegado al Congreso que decidió la fundación de un brazo militar: el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). Ese mismo congreso designó Secretario General a Santucho y a Gorriarán uno de sus jefes militares. Santucho ya era "Carlos" y Gorriarán, "Ricardo".
Las rupturas posteriores dejaron heridas y según pertenezcan a uno u otro bando, las opiniones respecto de la capacidad política y militar de Gorriarán, difieren: para De Santis, uno de sus antiguos hombres, no es cierto que, tal como piensan muchos, "Ricardo" careciera de conocimientos teóricos: "Al volver de Cuba, después de la fuga de Rawson, ocupó con Santucho una casita en Gonnet. La había alquilado un pariente mío, que también militaba en el partido. Cuando abrí la puerta me encontré con un pelado que estaba leyendo El Capital. No era un hombre sin formación o que no hubiera estudiado el marxismo. Ahora tenía tendencias socialdemócratas, eso es verdad, pero creo que se trataba de una cuestión táctica. Estaba totalmente identificado con la Revolución Cubana y la Revolución Bolivariana. En lo militar, tuvo que ver con la construcción del ERP, estaba en el comando que dirigió la fuga de Rawson, fue jefe del comando que ejecutó a Somoza y, más importante que eso, como estaba en la inteligencia nicaragüense participó del ajusticiamiento del comandante Bravo, en Honduras. Bravo era el jefe de las tropas especiales del somocismo que, apoyado por la CIA, se había reorganizado alrededor de él"
Luis Mattini, nombrado secretario general del PRT tras la muerte de Santucho, y adversario ideológico de Gorriarán, tiene una visión más crítica:
"Lo conocí en el 70, en el V Congreso. Y tenía prestigio en el aspecto militar. Estuvo al frente del asalto a un tren pagador, en Rosario, y con ese dinero se financió el congreso. Su primera acción militar importante había sido, precisamente, durante "el rosariazo". Ese congreso lo convirtió en miembro del Comité Central y miembro del Estado Mayor del ERP. Santucho, era el comandante en Jefe. En 1972 pasa a revistar en el Buró Político. Urteaga ("Mariano" era su nombre de guerra) y Santucho tenían mucha afinidad y yo me entendía bien con Domingo "el gringo" Mena y con Eduardo Merbilháa ("Alberto"). El Pelado era el Pelado. No tenía un par en el Buró. Era muy solitario. Muy reservado".
Mattini señala que la toma del cuartel de Azul marcó un punto de inflexión en el prestigio militar de Gorriarán dentro de la organización: "lo despromovieron del Estado Mayor y quedó en su reemplazo Juan Ledesma, el "comandante Pedro". Gorriarán nunca alcanzó el grado de "comandante". Era "capitán"." A regañadientes, Mattini acepta explicar que la despromoción se debió a "errores de mando": en buen romance, una orden de retirada prematura y sin asegurar que todas sus fuerzas estuvieran en condiciones de abandonar el lugar. "Por eso lo enviaron a Córdoba, a realizar trabajo en el frente de masas. Allí, una decisión suya, altamente arbitraria, desencadenó su exclusión del Buró Político. Sin embargo, siempre permaneció como integrante del Comité Central". Mattini tiene ideas claras respecto de su viejo compañero: "no es ni un héroe ni un demonio. Es como lo que produjo latinoamérica, gente que dio mucho y erró mucho. Si se quiere tenía, en lo operativo, un estilo desprolijo que le era muy característico, claro que en medio de una desprolijidad general. Tenía la lógica del sentido común ¿Qué entiendo por eso? El pensar linealmente que si algo se planifica bien, tiene que salir bien. Su gran acción, la más meritoria, es la ejecución de Somoza. Lo que hizo en Nicaragua no fue poca cosa, no"
Algo muy parecido es lo que sostiene Humberto Pedregosa, "Gerardo", un ex importante cuadro militar del ERP. "El Pelado fue fundamental en los inicios de la acción armada, en las primeras etapas de la organización militar. Después, el surgimiento de nuevos cuadros militares y el salto cualitativo del PRT-ERP lo relegaron a un segundo plano, su papel se diluía. Pero lo que merece destacarse es que fue un hombre que nació en cuna de oro, pertenecía a las clases medias altas y renunció a todos los privilegios para abrazar una causa que implicaba muchos sacrificios. No era de los que estaban obligados a luchar porque no les quedaba otra salida. Y desde el punto de vista de su lealtad, era irreprochable". Mattini no cree que la muerte de "Ricardo" marque el fin de una época. "El fin de una época morirá cuando desaparezcamos todos. Somos los últimos guevaristas. La revolución sigue, pero por otras vías. Gorriarán fue reflejo de una época, con lo bueno y lo malo. Para evaluar una época hay que agarrar las bolsas llenas y las vacías" .
Fuente: Página/12, 23/09/06
Entrevista
a Enrique Gorriarán Merlo. FM De la Azotea 88.7 Mar Del Plata
Crónica de una fuga
El 22 de agosto de 1972 la Marina asesinó en Trelew a dieciséis
militantes de organizaciones revolucionarias que habían intentado
fugarse del Penal de Rawson siete días antes. Enrique Gorriarán Merlo,
uno de los seis que lograron escaparse, recuerda como fueron aquellos
hechos. Cómo se planeó el escape, el diálogo con Agustín Tosco, la
llegada a Chile donde se enteraron de la masacre y el posterior viaje a
Cuba son algunos de los temas que se charlaron en esta entrevista.
Por Esteban Tedesco
Rawson, 15 de agosto de 1972, hora 18, Penal de máxima seguridad. Un
grupo de 116 militantes de las principales organizaciones de la
izquierda revolucionaria argentina, presos por razones políticas, planea
fugarse del lugar. La apuesta, se sabe, es ambiciosa. Un error podría
ser fatal. La idea es controlar el Penal desde adentro y luego escapar
en camiones hasta el aeropuerto de Trelew, distante a 20 kilómetros,
para ocupar allí dos aviones que los lleven hasta Chile -donde gobierna
el socialista Salvador Allende- y más tarde seguir viaje rumbo a la Cuba
de Fidel. La fuga se complica y sólo logran su cometido los seis
principales líderes políticos de cada organización: Mario Roberto
Santucho, Domingo Menna y Enrique Haroldo Gorriarán Merlo (Partido
Revolucionario de los Trabajadores – Ejército Revolucionario del
Pueblo); Fernando Vaca Narvaja (Montoneros) y Roberto Quieto y Marcos
Osatinsky (Fuerzas Armadas Revolucionarias). Un grupo de diecinueve
militantes llegará tarde al aeropuerto, cuando el avión ya había
despegado. Son rodeados y luego de una ardua negociación se rinden con
la promesa hecha por el Capitán de Corbeta Luis Emilio Sosa de que no se
tomarían represalias en su contra. De allí son trasladados a la Base
Aeronaval Almirante Zar, bajo control de la Marina, donde Sosa y su
segundo el Teniente de Fragata Roberto Guillermo Bravo harán todo lo
contrario a lo pactado en el aeropuerto. En la madrugada del 22 de
agosto de 1972, luego de torturarlos durante varios días, Sosa, Bravo y
sus secuaces irrumpen a los tiros en las celdas donde se encontraban los
detenidos. Dieciséis de ellos mueren en el acto. Pero tres sobreviven.
La Marina intenta explicar lo inexplicable. En palabras de Sosa: “el
guerrillero Mariano Pujadas, con un golpe de karate, intentó desarmarme.
Allí se produjo el enfrentamiento”. Curiosamente, ningún hombre de la
Marina resultó herido, ni siquiera un rasguño. Los sobrevivientes Maria
Berger, Ricardo Haidar y Alberto Camps, le contarán tiempo más tarde a
Paco Urondo la verdadera historia de esta masacre que sentó un
precedente en el terrorismo de Estado como práctica sistemática en la
Argentina de los años setenta. Por cierto, Sosa y Bravo, responsables
directos de estos asesinatos, fueron premiados por el gobierno de
Alejandro Agustín Lanusse con una Agregaduría Naval en Washington, como
para que nadie los molestara aquí en la Argentina y pudieran seguir
recibiendo instrucción antisubversiva. Es decir, aprendiendo a matar
cobardemente a personas indefensas. Enrique Haroldo Gorriarán Merlo, uno
de los seis que lograron fugarse del Penal de Rawson recuerda que hacia
el año 1972 “todo el movimiento de resistencia a la dictadura, no sólo
el PRT – ERP, sino también por ejemplo la resistencia en el terreno
sindical que encabezaba Agustín Tosco, en fin todos esos sectores tenían
un gran consenso en la población y habían logrado una aprobación muy
importante, que se vio reflejada en el repudio que ocurrió
inmediatamente a los sucesos del 22 de agosto de 1972 en Trelew. En el
caso mío, de Roby Santucho, de Alejandro Ulla y Humberto Toschi,
habíamos sido detenidos el 30 de agosto del año ´71. Primero estuvimos
en la cárcel de Córdoba, después en Villa Devoto y desde abril del año
1972 nos habían trasladado al penal de Rawson, que era una cárcel de
máxima seguridad, a donde llevaban a quienes ellos -por el gobierno del
general Lanusse- consideraban más peligrosos, ya que se trataba de una
cárcel edificada en una zona desértica”.
¿Cómo
eran caracterizados el gobierno del General Lanusse y la coyuntura
política que vivía el país por entonces?
El gobierno de Lanusse era parte de la política de aplicación de la
Doctrina de Seguridad Nacional, impulsada desde los Estados Unidos para
América Latina, que consistía en promover dictaduras militares con el
objetivo -según los Estados Unidos- de impedir el advenimiento del
comunismo en el continente y en esa coyuntura, debido al acoso que había
por parte de la resistencia popular, ellos habían planteado el G.A.N
-Gran Acuerdo Nacional-, que consistía en un retorno a la
democratización del país.
¿Cuál era la principal diferencia que tenía el PRT – ERP con la
organización Montoneros?
Teníamos diferencias en un sentido y no en otro. Después la diferencia
se profundizó. En ese momento, tal como lo reflejan las declaraciones de
Mariano Pujadas –militante montonero, asesinado el 22 de agosto de 1972-
en el aeropuerto de Trelew previo el traslado a la Base Almirante Zar,
todos coincidíamos en la unidad de las organizaciones revolucionarias y
en seguir enfrentando al régimen sobre el cual se desconfiaba de que
realmente quisiera una verdadera democratización. La gran diferencia que
teníamos con Montoneros era otra y se expresó más abiertamente después
de 1973. Los Montoneros y el sector más numeroso del peronismo
revolucionario, adscribía a la teoría de John William Cooke. Esta
consistía en que cualquier transformación revolucionaria en la
Argentina, tenía que pasar por la transformación previa del Movimiento
Peronista en un Movimiento Revolucionario. Nosotros contrariamente a eso
creíamos que cualquier construcción revolucionaria debía estar hecha por
fuera de las estructuras tradicionales, ya que estas iban a ser
controladas siempre por los politiqueros de turno. Esa fue una
diferencia que tuvo graves consecuencias, porque cualquier triunfo
revolucionario requiere de la unidad de las fuerzas que proponen el
cambio -tanto organizaciones armadas como políticas y sindicales- y de
la división de las élites dominantes. Eso ocurrió en la Argentina hasta
1973 y por eso cayó la dictadura, como producto de esa resistencia.
Desde 1973 en adelante se produjo la situación inversa, se dividieron
las fuerzas revolucionarias y se unieron las élites dominantes. Esa fue
la principal limitación, creo yo, de la resistencia argentina, que no
logró resolver el problema de la unidad a pesar de tener coincidencias
en los objetivos finales.
¿Cómo surge la idea de planear la fuga del Penal de Rawson?
Por el momento que se vivía –muy distinto a otros- no había ninguna
alternativa en materia jurídica. Apenas uno caía preso, la principal
tarea que asumía era ver como se fugaba. Nosotros ya habíamos tenido
planes de fuga en Devoto, en La Plata, donde estuve una semana, pero me
trasladaron antes de que se produjera y después apenas llegamos a
Rawson. No había otra alternativa de volver a retomar la lucha en la
calle que no fuera fugándose. Cuando nosotros llegamos en abril a
Rawson, ya había un plan de fuga elaborado por los compañeros que
estaban en el Penal, a partir de una idea que había tenido el “gringo”
Domingo Menna, dirigente del PRT-ERP. Este plan contemplaba la fuga de
seis compañeros, precisamente por la ubicación que tenía la cárcel. La
fuga consistía en hacer un túnel hasta pasar el paredón de la cárcel, y
de ahí en auto fugar hasta Bahía Blanca, que queda a una distancia de
700 kilómetros. Para eso había que aprovechar un lapso de tiempo que iba
desde el último recuento de la noche hasta el primero de la mañana, que
nos daba unas diez horas de plazo. Si los guardia cárceles percibían que
había habido una fuga a las dos o tres horas de ocurrida, era muy fácil
detectar a los fugitivos por las características del terreno. Esa fuga
se había planeado a partir de un vínculo que había hecho el “gringo”
Menna con un guardia cárcel de apellido Fazio. Cuando nosotros llegamos,
vimos que con la colaboración de esa persona podíamos hacer algo mayor,
que era ocupar el penal a partir de que él nos entrara armas y un
uniforme. Esto se dio así porque habíamos detectado que las Fuerzas
Armadas tenían montado un operativo de seguridad para que no fugáramos
del Penal, a partir de la hipótesis de que iba a ser un ataque de afuera
hacia adentro del Penal. Entonces nosotros copamos el Penal desde
adentro, lo cual exigía una colaboración mínima de no más de diez
compañeros afuera, cuyos movimientos eran imperceptibles. Eso fue lo que
se hizo y Fazio entró armas y un uniforme que fue con el cual ocupamos
el Penal y pudimos armar toda la estratagema que nos dimos para salir de
ahí.
En ese momento estaba también detenido en el Penal de Rawson el
dirigente sindical Agustín Tosco. Por allí se comentaba que Tosco había
pronunciado la frase de que él no se fugaba porque “lo iban a liberar
las masas”. ¿Era Tosco capaz de pronunciar semejante frase?
Eso es una gran mentira. Tosco era incapaz de decir algo así. Era una
persona seria y humilde y lo suficientemente respetuosa como para ser
tan despectivo con respecto a los otros, como para menospreciar a los
demás. Él fue a la única persona de los que no se fugaban a la cual
nosotros le avisamos que nos íbamos a fugar. Eso fue en un recreo de las
cuatro de la tarde del mismo día quince de agosto –día de la fuga-, dos
horas antes de que nos fugáramos. Fuimos a verlo Marcos Osatinsky, Roby
Santucho y yo. Roby le dijo que nos íbamos a fugar y él lógicamente se
sorprendió. También le dijo que si quería venir, por supuesto que podía
hacerlo, pero que sabíamos que nos iba a decir que no porque eso no
convenía, puesto que fugarse lo haría pasar inmediatamente a la
clandestinidad y tenía que dejar de cumplir el rol que él cumplía como
parte de la resistencia. Agustín Tosco, hasta el día que falleció
lamentablemente, siempre coordinó todas las actividades políticas con
nosotros y es falso eso que también se dice por ahí, de que uno estaba
con la lucha armada y otro con la lucha pacífica. Estábamos de acuerdo
con la resistencia y todos sabíamos que era una combinación de las
formas que había para enfrentar a la dictadura. Entonces, el Roby le
dijo eso, el se puso unos instantes en cuclillas mirando el suelo, luego
levantó la vista y sus únicas palabras fueron: “¿y yo que tengo que
hacer?”.
¿Y ustedes que le dijeron?
Le dijimos que por favor controlara a los presos comunes que estaban en
el Pabellón enfrente al suyo y a la gente de su propio Pabellón, porque
ellos al ver que el Penal estaba ocupado por nosotros a lo mejor
intentaban fugar. Y el problema no era tanto que intentaran fugar, sino
que los iban a masacrar porque ahí no había a donde irse. Entonces Tosco
dijo que iba a hacer eso y eso, en definitiva, fue lo que hizo.
¿De qué manera tomaron conocimiento de que la operación se había
complicado?
En
el último paso para ocupar el Penal se produjo un enfrentamiento armado
de unos seis o siete disparos nomás, donde lamentablemente muere un
guardia cárcel de apellido Valenzuela. Nosotros pensamos que él se dio
cuenta de que los que venían, a pesar de llevar uniforme, eran
compañeros nuestros; resistió y se produjo este enfrentamiento. Al
escuchar los disparos, Carlos Goldemberg, que era un compañero de las
FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias) que manejaba el auto en el que
estaba previsto que nos fuéramos los seis que salimos, ingresa al Penal
para ver en que podía ayudar sin esperar la orden de un responsable, ni
nada. Entonces pasaban los minutos y los dos camiones que tenían que
entrar para recoger al resto de los compañeros, éramos 116 en total, no
entraban. Ahí los compañeros nos empezaron a insistir a nosotros para
que nos fuéramos. Previo a eso empezamos a hablar por teléfono a
compañías de taxi de Rawson para que por favor vinieran con el argumento
de que tenían que pasar a recoger a visitantes de la cárcel. En esos
taxis llegaron luego los diecinueve compañeros al aeropuerto de Trelew.
Nosotros jamás pensamos que había pasado lo que pasó. Pensábamos que se
habían perdido en el pueblo a pesar de ser muy chico. Por eso lo
recorrimos en auto para ver si los encontrábamos. Vimos que nos estaban
y nos fuimos al aeropuerto de Trelew que estaba a 20 kilómetros, donde
estaba Jorge Luis Marcos, que era miembro del PRT-ERP y responsable de
todo el grupo de afuera. Llegamos al aeropuerto y no había ninguno de
los compañeros que estaban en el Penal y el avión que teníamos pensado
ocupar ya estaba carreteando, listo para salir. Entonces subimos a la
Torre de Control Fernando Vaca Narvaja (que tenía puesto el uniforme) y
yo. Le dijimos al controlador del aeropuerto que éramos del Ejército y
que había una denuncia de atentado contra el avión para que lo detuviera
porque lo teníamos que revisar. Y eso fue lo que efectivamente sucedió.
Luego ocupamos el avión y nos fuimos a la cabecera de la pista, a
esperar, tal como habíamos quedado con los compañeros. Es importante
decir que todas las posibilidades de éxito y de distintos grados de
fracaso de la acción las habíamos evaluado. Fuimos a la cabecera de la
pista a esperar y cuando vimos que la acción estaba en conocimiento de
las fuerzas represivas y comenzaban a rodear los distintos lugares, de
lo cual nos íbamos enterando por la radio del propio avión, ahí, tal
como habíamos acordado con los compañeros, partimos. Mantuvimos una
comunicación del avión al aeropuerto mientras pudimos y nos enteramos
recién en Chile de la llegada de los compañeros al aeropuerto. Lo que
hicieron los compañeros ahí fue todo lo que estaba previsto. Es decir,
llamar a los abogados, llamar a los jueces, no con el objetivo de evitar
una masacre puesto que eso no lo pensábamos de ninguna manera, porque
eso después se convirtió en el primer antecedente en ese sentido de esa
época, sino con el objetivo de evitar torturas brutales o algún crimen
individual. Pero nunca pensamos que ocurriría lo que ocurrió.
¿Qué tenían pensado hacer al llegar a Chile?
La idea era abastecernos de nafta y seguir rumbo a Cuba. Pero ahí nos
esperaba Arsenio Pupán, que era el Jefe de Investigaciones y miembro del
Partido Socialista de Chile, que nos dijo en nombre del presidente
Salvador Allende, que él nos pedía que nos quedáramos en Chile, porque
si seguíamos teníamos que reabastecer de nafta el avión en Manaos -al
norte de Brasil- o en Caracas, lugares en donde no había garantías de
que no nos devolvieran. Nos dijo que ellos iban a buscar la forma
política de evitar una ruptura mayor con la Argentina pero que en ningún
caso íbamos a ser devueltos al país. Aceptamos esta propuesta y por eso
nos quedamos en Chile. El presidente Allende cumplió estrictamente con
lo dicho, sin ponerlo en duda en ningún momento. Sin embargo, nosotros
nunca lo vimos a Allende. Vimos a todos los miembros de la Unidad
Popular, menos al Presidente Allende. También es mentira eso de que le
regaló una pistola a Roby. Allende era un pacifista, podía hacer
cualquier regalo menos una pistola. Nosotros teníamos comunicación con
Allende a través del Secretario General del Partido Socialista de la
zona centro de Chile, Juan Bustos, que actualmente es diputado por el
Partido Socialista. Él era el que transmitía lo que nosotros queríamos
decirle a Allende y lo que el Presidente quería decirnos a nosotros. Lo
veíamos hasta dos o tres veces por día por las idas y venidas de los
mensajes. Siempre en muy buen tono y muy solidario.
¿Ustedes nunca pensaron que el gobierno de Lanusse podía tomar una
represalia de este tipo? Es decir mandar a fusilar a diecinueve
personas...
No, para nada. Estábamos evaluando con Juan Bustos y los dirigentes de
la Unidad Popular cual era la mejor salida de Chile para nosotros, de
manera de seguir viaje a Cuba, cuando se produce la masacre. Eso fue por
la mañana, a nosotros nos resultó raro no tener una radio que teníamos
habitualmente. Estábamos ahí en calidad de retenidos y en realidad más
que custodiados estábamos compartiendo el espacio con guardias de
Investigaciones de Chile que eran todos del Partido Socialista, con lo
cual para nosotros eran como compañeros, nada más que había que guardar
la formalidad de que aparentemente estábamos custodiados. Entonces esa
mañana nos encontramos con que no teníamos la radio; nos dijeron que se
había descompuesto pero que ya la iban a traer. A media mañana, yo voy a
buscar un café y uno de los compañeros de Investigaciones me dice que
habían matado a unos compañeros en el sur argentino. Yo inicialmente no
reacciono. Habrán pasado quince segundos hasta que vuelvo y encuentro a
Roby (Santucho) y a Marcos (Osatinsky), que me dicen: “andá a
preguntarle”. Vuelvo y este hombre ya no estaba. Los otros me dicen “no,
fue un comentario, debe haber sido una acción de la guerrilla”, como si
hubiera sido otra cosa. Pero ya nos había quedado la preocupación.
Entonces empezamos a exigir con más vehemencia que nos devolvieran la
radio, hasta que en un momento ejercimos una presión fuerte y le dijimos
que si no nos devolvían la radio nos íbamos. Y como ellos no podían ni
querían reprimirnos era una situación difícil que nosotros saliéramos
por la puerta caminando. Para esto había manifestaciones del Partido
Socialista y del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria) en la
puerta del Cuartel de Investigaciones que era donde estábamos, en el
centro de Santiago. Entonces ahí nos piden por favor que nos quedemos
que ya iba a venir Arsenio Pupán. Efectivamente a la tardecita llegó él.
Se sentó en una mesa grande, en la cabecera. Primero nos pidió disculpas
por la incertidumbre y la demora que se había producido, diciendo que no
quería darnos la información de un suceso tan grave como el que nos iba
a anunciar sin que antes no estuviera perfectamente confirmado. Fue ahí
cuando nos empezó a dar la lista de los dieciséis compañeros asesinados,
entre los cuales estaba la compañera de Vaca Narvaja, Susana Lesgart y
Ana María Villarreal de Santucho, compañera de Roby y los compañeros de
todos nosotros. Después de eso, estábamos absolutamente impactados y
consternados, se produjo un silencio. Yo insulté, algún otro también
habrá insultado, pero fueron palabras aisladas, nos quedamos en silencio
durante un tiempo. Ahí mismo, Arsenio Pupán nos informó que el
Presidente Allende había decidido que nos fuéramos inmediatamente a Cuba
y que solo íbamos a esperar lo que demorara solucionar los problemas
técnicos. Dos días después salimos rumbo a Cuba, totalmente impactados
por el crimen que se había cometido, que terminó transformándose en el
primer antecedente de asesinato de prisioneros como política sistemática
del Estado. Antes habían existido los fusilamientos de José León Suárez
en el año 1956, igualmente condenable, igualmente brutal e igualmente
deleznable. Pero fue un hecho puntual y no tuvo una continuidad como
política sistemática.
Imagino que después de este hecho las ganas de volver al país eran mucho
mayores...
Apenas llegamos a Cuba, con la anuencia por supuesto del gobierno
cubano, planteamos que queríamos volver lo más pronto posible a la
Argentina e inmediatamente nos abocamos a preparar las condiciones para
el regreso. Llegamos a la Isla el 25 de agosto, en noviembre ya
estábamos de vuelta en Santiago de Chile y antes de fin de año habíamos
retornado al país. En nuestro caso, de los tres que éramos del PRT-ERP,
había que sumar a Víctor Fernández Palmeiro y Alejandro Ferreira, que
venían en el avión como grupo de apoyo externo de la fuga, de modo que
éramos cinco en total. Primero entraron ellos por separado, el “gringo”
Menna después y finalmente Roby (Santucho) y yo en una avioneta en la
que cruzamos la cordillera, a partir de la colaboración de un compañero
aviador ligado al MIR de Chile que nos dejó en un aeropuerto de Neuquen
y de ahí volvimos a Buenos Aires. Eso fue a mediados de diciembre de
1972.
Fuente: www.fmdelaazotea.com.ar
Entrevista a Enrique Gorriarán Merlo
Enrique Haroldo Gorriarán Merlo es uno de los más célebres revolucionarios latinoamericanos. Fue militante y dirigente del Partido Revolucionario de los Trabajadores y del Ejército Revolucionario del Pueblo [PRT-ERP], organización guevarista argentina dirigida por Mario Roberto Santucho [1936-1976]. Gorriarán combatió en Argentina, en Nicaragua y en otros países latinoamericanos. Entre muchas otras acciones, en 1979 participó del ajusticiamiento del sanguinario dictador nicaragüense Anastasio Somoza, por entonces exiliado en Asunción, Paraguay. Más tarde —ya disuelto el PRT-ERP y como dirigente del Movimiento Todos por la Patria [MTP]—, Gorriarán Merlo integró y dirigió el grupo que en 1989 asalta el cuartel militar de La Tablada [Argentina]. Por esta acción pasó varios años en prisión. Gorriarán Merlo constituye un testigo privilegiado de toda una época y un protagonista directo de varios hechos fundamentales de nuestra historia política. Con sus aciertos y con sus errores, este militante argentino, como muchos de sus compañeros y compañeras, le dedicó toda su vida a la revolución latinoamericana. Falleció de un paro cardiorrespiratorio en Buenos Aires, el 22 de septiembre de 2006, a los 64 años.
Por Néstor Kohan, 2006
Néstor Kohan: En los relatos oficiales de la historia argentina se ha intentado deslegitimar la lucha revolucionaria de nuestro pueblo por diversas vías. La más famosa ha sido la teoría de los "dos demonios" (en la cual son homologados los militares asesinos y los revolucionarios). Otra forma más sutil ha consistido en atribuir a los revolucionarios una visión puramente "foquista" donde la batalla hegemónica y cultural y la lucha de ideas no habrían jugado ningún papel. ¿Cómo fue la integración de la lucha cultural e intelectual dentro de la vida política de la organización a la que vos perteneciste, el PRT-ERP?
Gorriarán Merlo: Al contrario de ese relato oficial, el PRT-ERP siempre le dio importancia a la faz popular y a la dimensión cultural de la lucha. Te doy un ejemplo. En 1973, cuando se dieron mayores condiciones de posibilidad, el partido [PRT] impulsó la publicación de un diario masivo. Se llamaba El Mundo y editaba los días domingos 100.000 ejemplares...
N.K.: ¿Durante cuánto tiempo existió esa publicación masiva?
G.M.: Bueno, hasta que lo cerraron... hasta que lo prohibieron en 1974. Además, clandestinamente, se editaban las revistas Estrella Roja y El Combatiente. La primera era el medio de comunicación del ERP, mientras que la segunda del PRT. Estrella Roja llegó a editar 30.000 ejemplares y El Combatiente alcanzó la cifra de 20.000. En 1973, durante los cortos meses del gobierno de Héctor J.Cámpora, se editaron legalmente. Luego, continuaron editándose clandestinamente. Lo que quiero decir es que entre ambas publicaciones se editaron 50.000 ejemplares cada 15 días. Si vos no tenés a quien llegar con estos periódicos, con estos medios de comunicación, si no tenés un público, si no hubiese habido una batalla cultural y de ideas apuntando a las masas, no hubiese tenido sentido publicarlos.
N.K.: ¿Existió algún trabajo o área específica para la batalla cultural dentro del PRT?
G.M.: Sí, por supuesto. Existió el Frente de Trabajadores de la Cultura (FTC), que aglutinaba a los trabajadores de la cultura, a los artistas y a los intelectuales. El FTC se creó y funcionó desde el comienzo. El ERP se fundó en junio de 1970 y ya desde ese momento comenzó a funcionar el Frente de Trabajadores de la Cultura. Varios de estos compañeros, que formaban parte del FTC, integrarán después el Frente Antiimperialista por el Socialismo (FAS) que, mostrando una gran capacidad de movilización, realizó varios congresos masivos, cinco en total. Por ejemplo, en el año 1974, en pleno auge de la Alianza Anticomunista Argentina (AAA [grupo paramilitar y parapolicial de la extrema derecha argentina dedicado a asesinar dirigentes y militantes de izquierda]), el FAS logró reunir a 30.000 personas en un acto en la ciudad de Rosario. No era fácil reunir tantas personas en un marco político determinado por la derecha más represiva, por la extrema derecha del peronismo.
N.K.: ¿Haroldo Conti era integrante del Frente de Trabajadores de la Cultura y del Frente Antiimperialista por el Socialismo (FAS)?
G.M.: Efectivamente. Haroldo era uno de sus integrantes. El 5 de mayo se cumple un nuevo aniversario de su desaparición. Haroldo, reconocido escritor de ficción, trabajaba la faz cultural. Eso no lo hacía a pesar de su militancia sino por su misma militancia. La militancia no iba en contra de su actividad cultural sino a favor de ella. No había otra posibilidad. Lo menos conocido de su personalidad, lo que ha permanecido más oculto, es que también era un militante pleno de la causa revolucionaria, integrante del PRT.
N.K.: ¿Vos lo conociste personalmente a Haroldo?
G.M.: No lo conocí personalmente. Sí lo conocí a través del los informes diarios. Yo estaba en ese entonces en Córdoba y en Tucumán [dos provincias argentinas] y Haroldo estaba en Buenos Aires [capital de Argentina]. Lo he visto en un acto del FAS, pero no tuvimos actividad conjunta. Haroldo Conti trabajaba en el área cultural y también en la esfera de informaciones del PRT y el ERP. Él tenía muchas relaciones y mucha información. Por ejemplo, cuando Haroldo desaparece él estaba encabezando un proyecto que consistía en la salida pública de una radio clandestina que iba a interferir la frecuencia de onda de Radio Colonia [popular radio de Uruguay que se escucha habitualmente desde Buenos Aires] con el objetivo de difundir nuestro pensamiento en forma masiva. Posteriormente, se intentó ocultar su militancia revolucionaria. Se lo caracterizó única y exclusivamente como escritor. Pero Haroldo fue secuestrado y desapareció porque era un revolucionario.
N.K.: ¿Cómo se expresaba ese pensamiento en su obra?
G.M.: Bueno, si vos leés su obra literaria, encontrás que todos sus cuentos, o la mayoría, son sobre la vida cotidiana. Además de que son bellos, expresan la vida de los verdaderos hacedores de la sociedad: las personas comunes. En su obra la gente común está mucho más presente que los "grandes personajes". Por ejemplo Haroldo Conti escribe muchos relatos sobre la vida en Chacabuco [un pueblo de la provincia de Buenos Aires]: "La balada del álamo Carolina"; "Los novios", etc. Una de las principales obras de carácter más político es Mascaró, el cazador americano, novela que escribe luego de ser jurado del premio cubano Casa de las Américas. Haroldo Conti, entonces, además de ser un escritor reconocido desaparece por esa militancia. Él tenía una vida pública muy prestigiosa. A mí me sorprendió, por ejemplo, que una vez el escritor José Saramago declarara en una entrevista que él tenía una profunda admiración por la obra de Haroldo Conti. A raíz de esas declaraciones nos comunicamos con Saramago. Le agradecimos lo que dijo y además le explicamos que Haroldo Conti también era compañero nuestro y militante del PRT. Incluso Saramago se solidarizó con nosotros [Gorriarán se refiere aquí a los presos políticos de La Tablada. N.K.] cuando estábamos prisioneros haciendo una huelga de hambre. Lo conocimos a Saramago por Haroldo, quien hacía más de veinte años que estaba desaparecido.
N.K.: Otro de los compañeros que formaron parte de ese espacio cultural fue el cineasta Raymundo Gleyzer...
G.M.: Sí, por supuesto. También ahora —el 27 de mayo— se cumple otro aniversario de la desaparición de Raymundo.
N.K.: ¿Raymundo también participó del Frente de Trabajadores de la Cultura?
G.M.: Sí, allí militaba. Pero además Raymundo había creado una corriente de cine que se llamaba Cine de la base. Él la dirigía. Gleyzer, por ejemplo, había dirigido el film México: la revolución congelada. Es de 1970, si no recuerdo mal. Allí hace toda una crítica a la política mexicana del oficialista Partido Revolucionario Institucional (PRI). El contenido de esa crítica de Gleyzer al PRI, donde le critica toda la burocratización de la revolución de Villa y Zapata, hoy es reconocida mundialmente. A mí me parece que Raymundo hubiera sido uno de los principales y más importantes cineastas de la Argentina si no hubiera desaparecido. Él era muy joven. Tenía menos de cuarenta años.
N.K.: ¿En la película dirigida por Raymundo Los traidores intervino el PRT?
G.M.: ¡Esa es una gran película! Los traidores expresa, como yo no vi nunca en ningún otro film, lo que es y lo que significa la burocracia sindical. Allí él retrata la complicidad de la burocracia sindical con los gobiernos dictatoriales y con todas las patronales, especialmente con las peores patronales. Cuando Raymundo nos pasa la película Los traidores tuve la oportunidad de conocerlo personalmente. Luego de verla fuimos a preguntarle si acaso se podía modificar el final. No cambiar nada del contenido de la película, pero sí el final.
N.K.: ¿Por qué justo el final? ¿Por qué allí lo matan al burócrata?
G.M.: Exactamente. En el final de Los traidores un comando mata al personaje del burócrata sindical. Este personaje era una especie de ficción pero tenía fuertes connotaciones que lo asimilaban al burócrata sindical peronista Augusto Timoteo Vandor de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM). Pero cuando le pedimos que modificara ese final ya era tarde, no había nada que hacer, pues la el film estaba en edición. Tanto Raymundo Gleyzer como sus compañeros de Cine de la base —Nerio Barbieri, Jorge Denti, etc.— eran militantes del partido [PRT]. Por eso nos mostraron la película.
N.K.: ¿Conversaste con él sobre ese final?
G.M.: Sí, nos encontramos en un departamento de la avenida Rivadavia, no recuerdo bien, pero creo que era en el barrio de Flores [barrio de capital federal de Argentina]. Lo fuimos a ver donde él vivía. Yo lo conocí en realidad casi "de casualidad", porque no era mi tarea específica.
N.K.: ¿Cómo era Raymundo en términos personales?
G.M.: Era una persona totalmente sencilla y humilde. Sin ningún tipo de ostentación en lo personal. Su compañera, Juanita Sapire, y su hijo, viven ahora en Estados Unidos. Cuando Juanita vino a la Argentina nos fue a visitar a la cárcel [Gorriarán se refiere aquí a la década del ’90, luego del ataque al cuartel militar de la Tablada. N.K.]. En esa visita a la cárcel me regaló copias de todas las películas de Raymundo Gleyzer. Hay además una biografía de dos cineastas argentinos que es muy buena, refleja muy bien cómo era Raymundo.
N.K.: ¿Te referís a la película Raymundo de Ernesto Ardito y Virna Molina?
G.M.: Sí, es una excelente película construida en base a testimonios y relatos, personales y políticos de Raymundo Gleyzer. Raymundo también filmó una película sobre el asalto al Banco de Desarrollo que realizó el ERP y otra sobre el secuestro de Stanley Manwering Farrer Silverster, que era gerente de la empresa Swift —un frigorífico— en la ciudad de Rosario [Argentina]. Raymundo filmó en el film Los comunicados toda la distribución de alimentos que esa empresa realizó en la población a raíz del reclamo. Lo mismo puede decirse de esa película sobre la explotación cuyo título es Me matan si no trabajo y si trabajo me matan. Es una denuncia de la enfermedad laboral llamada saturnismo —plomo en la sangre de los trabajadores— en la fábrica de la provincia de Buenos Aires Insud.
N.K.: ¿Raymundo Gleyzer también trabajó en canal 13?
G.M.: Sí, ya en esa época existía canal 13. Él trabajó allí. Pero lo importante que habría que destacar es que Raymundo decidió volcar su vida a la denuncia de toda la injusticia de la sociedad capitalista argentina y no sólo de la Argentina.
N.K.: Además filmó en las islas Malvinas...
G.M.: Sí, ¡también en Malvinas!. Raymundo fue realmente una gran personalidad.
N.K.: ¿El PRT financiaba las películas que realizaba el Cine de la Base?
G.M.: Bueno, había parte de financiación que se lograba a través de la misma producción de ellos o de los trabajos paralelos que ellos realizaban y también con aportes.
N.K.: ¿Qué otros compañeros del campo de la cultura estaban vinculados al PRT?
G.M.: Existía otro compañero, Luis Cerruti Costa. Mirá qué curioso. Cerruti Costa había sido ministro de trabajo de la dictadura de Lonardi [Gorriarán se refiere aquí a la dictadura militar de 1955 que derrocó a Juan Domingo Perón. N.K.]. En aquella época, como otra gente antiperonista, este hombre creía que el golpe de 1955 había sido realmente una "revolución libertadora" [nombre con el que se autobautizaron los golpistas de 1955. N.K.]. Renunció y todavía sin conocernos a nosotros [el PRT nace diez años después, en 1965. N.K.] fue adquiriendo posiciones más progresistas, cada vez más radicalizadas. Muchos años más tarde, en los ’70, nos conoció a nosotros y terminó siendo director del diario El Mundo. Como director de El Mundo realizó una gira internacional. Entre otros lugares estuvo en Vietnam, en plena guerra con Estados Unidos. Desde allá, desde Vietnam, enviaba diariamente sus testimonios para El Mundo. Luis Cerruti Costa fue también un gran compañero. "Don Luis", le decíamos nosotros, porque él era más grande, más viejo, que todos nosotros.
N.K.: ¿A Silvio Frondizi lo conociste?
G.M.: A Silvio no lo conocí personalmente. Como yo estaba en la dirección de nuestra organización conocía a todos por los informes, pero no lo conocía personalmente. Cada uno tenía sus responsabilidades específicas. Cuando conocía a algunos compañeros era quizás porque los conocía de antes. A Silvio lo vi una vez en un acto del Frente Antiimperialista por el Socialismo. Silvio Frondizi trabajaba y hacía todo con el PRT pero en carácter de independiente. Tenía un grado de afinidad y coincidencias muy cercano.
N.K.: ¿Ustedes reeditaron su libro La realidad argentina?
G.M.: Sí, editamos esos textos. Silvio era una gran personalidad. Como todos sabemos, era hermano del ex presidente Arturo Frondizi y del filósofo Risieri Frondizi, rector de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Silvio tenía una personalidad política fuerte y era muy consecuente. No tenía buena relación con su hermano ex presidente que en otros tiempos había aparecido como "progresista", sobre todo por su libro famoso Petróleo y política. Silvio se fue distanciando de él cada vez más. Y terminó su vida como en nuestro país terminaron muchas veces su vida las personas honestas y luchadoras. Un día llegaron los de la Alianza Anticomunista Argentina (AAA) a su casa, lo sacaron de allí y lo asesinaron brutalmente.
N.K.: Cuando sus asesinos de la Triple A sacan un comunicado, luego de matarlo, lo acusan a Silvio de ser "comunista y bolchevique, fundador del ERP e infiltrador de ideas comunistas en nuestra juventud"...
G.M.: Sí, exactamente, así dijeron, pero Silvio no fue fundador del ERP. Sí fue muy cercano a nosotros y trabajaba junto a nosotros con una cercanía creciente, pero no fundó el ERP. Silvio no era militante del ERP, era un militante muy pero muy activo del FAS, el Frente Antiimperialista por el Socialismo. Ahí estábamos juntos.
N.K.: ¿Silvio Frondizi era abogado de presos políticos?
G.M.: Sí, fue un gran abogado de presos políticos. Él fue uno de los abogados que logró detectar y descubrir, a través de testimonios, la desaparición de dos compañeros que habían asaltado el cuartel militar de Azul en 1974. Silvio formaba parte de un grupo de siete abogados. Los mataron o desaparecieron a todos. Eso marca una característica de esa época en Argentina. ¡Todos los abogados que intervinieron en esa causa terminaron asesinados o desaparecidos! Otro de los abogados era Manuela Santucho, hermana de Robi [Robi era el sobrenombre de Mario Roberto Santucho. N.K.]. Cuando lo secuestran y asesinan a Silvio Frondizi también lo matan al esposo de su hija, una persona muy buena y con una buena relación familiar pero que no tenía relación en la política.
N.K.: Silvio fue uno de loa directores de la revista Nuevo Hombre. ¿Cómo fue que se decidió publicar esa revista?
G.M.: Nuevo Hombre expresaba una postura frentista vinculada al FAS. Silvio llegó a dirigirlo. Luego estuvieron como directores Rodolfo Mattarolo y Enrique Raab. Éste último también está desaparecido. En esa política frentista, junto al PRT participaba también un sector del peronismo revolucionario.
N.K.: Esa parte de la historia no es tan conocida. Habitualmente, en los relatos de nuestra época, sólo se menciona a Montoneros como parte de ese espacio político...
G.M.: Lo que sucede es que la historia se ha contado de manera muy parcializada. Los motivos son diversos. No vamos a discutirlos en esta entrevista, habría que hacerlo en otra ocasión, pero la historia real de la Argentina es distinta. Había otros sectores del peronismo revolucionario que trabajaban junto a la izquierda marxista, junto al PRT-ERP. Aunque quizás hoy se los olvide intencionadamente o se los desconozca, en la historia real existieron. Muchas veces en Nuevo Hombre se expresaban esas posiciones de unidad con la izquierda marxista.
N.K.: ¿Cuáles eran los referentes más importantes de ese otro sector que no tenía problemas en trabajar junto a la izquierda marxista?
G.M.: Mirá, por ejemplo, entre muchos otros, uno de los más importantes fue Rodolfo Ortega Peña. No sólo él. También estaba Alicia Eguren, quien además había sido compañera de John William Cooke. Las organizaciones armadas peronistas basaban su estrategia en aquella teoría de Cooke de que la única forma de lograr una transformación revolucionaria en Argentina pasaba por la transformación del peronismo en un movimiento revolucionario. Pero en los años ’70, ya fallecido Cooke, Alicia Eguren había llegado a la conclusión de que el peronismo iba a terminar siendo manejado por los sectores tradicionales del aparato partidario. La historia demostró que efectivamente eso ocurrió.
N.K.: ¿A Ortega Peña y a Alicia Eguren los conociste personalmente?
G.M.: Sí, a los dos. Rodolfo fue abogado mío a inicios de los años ’70, más precisamente en 1972, cuando hicimos la fuga de Trelew [Gorriarán hace aquí referencia a una célebre fuga del penal de Rawson —provincia de Chubut—, donde la máxima dirección de la insurgencia argentina logra escaparse hacia el Chile de Salvador Allende y de allí a Cuba. A aquellos combatientes presos —hombres y mujeres— que no alcanzaron a escapar la dictadura militar los fusiló a sangre fría en un hecho que se conoce popularmente como "la masacre de Trelew". N.K.]. Rodolfo fue asesinado en 1974, siendo abogado. El mismo día que fue asesinado, Rodolfo Ortega Peña había presentado su solicitud de ingreso al PRT. Él había asumido en 1973 como diputado del Frente Justicialista de Liberación (FREJULI). Luego, viendo que no podía actuar dentro de ese espacio político, Rodolfo había formado en la cámara de diputados un bloque unipersonal. Yo creo que Rodolfo, como diputado, es uno de los mejores ejemplos, al menos de la segunda mitad del siglo XX, ya que utilizaba su banca de diputado para apoyar los conflictos sociales y defender a la gente que estaba más desprotegida frente al avasallamiento del estado y las patronales. Eso le costó que lo asesinaran en pleno centro de la capital federal, en las calles Arenales y 9 de julio. Lo asesinan de noche; el encuentro con nosotros, con el PRT, había sido a la tarde. Después, en 1976, despareció Alicia Eguren. Esta relación del PRT con ese espacio expresa claramente que teníamos como política prioritaria una posición de masas y la conciencia de que era imposible avanzar en la dirección de un proceso revolucionario si ese proyecto no estaba avalado por millones de personas. Además, teníamos la conciencia de que ese proyecto revolucionario no era viable si no se contaba con el ámbito de la cultura y con la intelectualidad. Los ejemplos concretos que te estoy mencionando muestran que sí teníamos una posición política en ese sentido.
N.K.: Pero en los relatos posteriores, incluso en los que supuestamente defienden las causas populares, se parcializa la historia para deslegitimar las luchas revolucionarias...
G.M.: Se parcializa la historia y se la presenta de manera deformada o unilateral. Por ejemplo, con la acusación de "foquismo" que se le atribuye al PRT. Nosotros éramos críticos del foquismo. Estábamos tan compenetrados de anti-foquismo que, incluso, a veces cometimos errores inversos. Para no caer en el foquismo aplicábamos tácticas que eran incorrectas.
N.K.: ¿De dónde proviene el foquismo?
G.M.: El foquismo proviene de una teoría de Regis Debray, intelectual francés a quien conocí bastante.
N.K.: ¿Lo conociste en La Habana?
G.M.: No, lo conocí en Chile. Cuando a Debray lo liberan en Bolivia de la cárcel de Camiri va a parar a Chile. Yo voy a Chile luego de la asunción de Salvador Allende y allí tenemos con él una reunión de todo un día. Más tarde, lo volví a ver en Nicaragua en 1979... en fin. Lo que quería decir es que Debray es quien elaboró la teoría del foquismo. ¡La teoría del foquismo no es del Che Guevara! La teoría del foquismo de Debray constituye una simplificación de la teoría del Che Guevara. Precisamente la revolución cubana triunfa, no por un supuesto foquismo sino por el gran aval de masas que tiene. En Cuba el denominado foco guerrillero era una táctica militar dentro de un contexto mucho más abarcativo.
N.K.: ¿Vos pudiste hablar con Debray sobre este tema?
G.M.: Sí, por supuesto. Pero cuando nosotros hablamos con él, Debray ya estaba crítico de su propia teoría foquista. Por entonces él estaba escribiendo el libro Crítica de las armas. Estuvimos todo el día, de la mañana a la noche, discutiendo esto en la casa donde él paraba en Chile; una casa prestada por el gobierno de Allende. Luego lo vi en Nicaragua, pocos días después del triunfo sandinista de 1979. Ya por aquel tiempo Debray tenía un cargo con Mitterand referido a las relaciones de Francia con América latina. Nunca hubo una posición favorable del PRT al foquismo. Primero fue una preocupación y luego una posición definida. Hay que ubicarse en la época, bajo la vigencia de la doctrina de seguridad nacional, las dictaduras militares, el imperio del terrorismo de estado, la intervención brutal del imperialismo. Entonces lo que se discutía en aquella época no era si había que hacer la lucha armada o no, sino cómo había que hacerla. Los foquistas creían que sólo había que estar en el monte. Los otros sostenían que en Argentina no había que estar en el monte sino en las grandes ciudades. Y nosotros, que pensábamos que había que utilizar los dos frentes de lucha, pero con un desarrollo fundamental en los sectores fabriles e industriales. Por ejemplo, toda la supervivencia de nuestra columna guerrillera en la provincia de Tucumán estaba basada en un trabajo político previo en el sindicato azucarero, donde teníamos una presencia muy importante entre los trabajadores. No era algo "caído del cielo".
N.K.: ¿Cómo difundía el PRT sus materiales para encarar esas discusiones políticas?
G.M.: A través de las revistas y de libros.
N.K.: ¿Ustedes publicaban a través de la editorial La Rosa Blindada?
G.M.: Sí, La Rosa Blindada jugó un gran papel. El otro día, hace poco tiempo, me encontré con su antiguo director José Luis Mangieri, cuando presentaban una película sobre el poeta Raúl González Tuñón. Mangieri era el director y habíamos hecho un acuerdo. Por ejemplo, todos los libros que analizaban la experiencia de Vietnam los publicábamos por La Rosa Blindada. Fue la primera vez que su publicó en Argentina sobre la guerra de Vietnam. También teníamos imprentas. Y además de las revistas que te mencioné también teníamos revistas regionales. Por ejemplo, la revista Posición, que publicábamos en la provincia de Córdoba. Ninguna de estas revistas aparecía como perteneciente al PRT, sino con un carácter más amplio, frentista.
N.K.: A través de esa política frentista se vincularon con "el gringo" Agustín Tosco?
G.M.: El gringo abrió todos los actos del FAS y todos los actos del Movimiento Sindical de Base, que era el movimiento sindical impulsado por nuestra corriente.
N.K.: ¿Vos lo pudiste conocer a Agustín Tosco?
G.M.: Sí, al gringo lo conocí y bien. Estuve con él en la cárcel de Rawson el día de la fuga. Tosco fue el único detenido que no participó de la fuga a quien le avisamos, antes de fugarnos, que nos íbamos a escapar. Cuando le avisamos, fuimos Robi Santucho [máximo dirigente del PRT-ERP], Marcos Osatinsky [uno de los máximos dirigentes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias-FAR] y yo. Y entonces hablamos con el gringo. Allí, nuevamente, nos encontramos con esas historias tergiversadas que se tejen a posteriori. Algunos dicen por allí que Tosco nos respondió: "No, yo no me fugo porque a mí me van a sacar de la cárcel las masas". Tosco no dijo nada de eso. Yo estuve allí y hablé con él. Nosotros fuimos a hablar con él sabiendo de antemano que él no se iba a fugar. Porque fugarse hubiera implicado que pasaba a la clandestinidad y dejaba de cumplir el rol que él cumplía en la resistencia. Ya para esa época Agustín Tosco se había transformado en una personalidad importante del sindicalismo y terminó siendo el sindicalista más importante de la república argentina. Nosotros le informamos antes de la fuga por el respeto que le teníamos y por la relación que teníamos con él. Con Tosco, hasta el último día, hasta el momento en que murió, coordinamos todo y hablamos todo con él. Desde lo político y lo sindical hasta lo militar.
N.K.: ¿Cómo fue ese diálogo antes de la fuga del penal?
G.M.: Bueno, en el recreo de las cuatro de la tarde —nosotros nos fugábamos a las seis, dos horas después— Robi Santucho le dice: "Mirá gringo, nos vamos a fugar. Lógicamente, si vos querés venir, no hay duda alguna, pero sabemos que no vas a venir".
N.K.: ¿Qué le respondió Tosco?
G.M.: En un primer momento no dijo nada. Lo que hizo fue ponerse en cuchillas, flexionó las piernas, bajó la cabeza unos cinco o diez segundos, se levantó y lo único que dijo fue: "¿Y yo qué tengo que hacer?". Esa es la verdad histórica. Eso fue lo que allí realmente sucedió. Entonces yo le dije que habíamos pensado que controlara a los presos que estaban en su pabellón, que eran sindicalistas, etc., y a los de enfrente de su pabellón, que eran presos comunes, pero que a él le tenían un gran respeto. Eso fue lo que hizo.
N.K.: ¿Se despidieron antes de la fuga?
G.M.: Sí, nos despedimos. Cuando nos íbamos, Roberto Quieto [otro alto dirigente de las Fuerzas Armadas Revolucionarias-FAR] y yo, que formábamos uno de los grupos que íbamos tomando pabellón por pabellón, nos tocó copar el pabellón donde estaba Tosco. Pasamos frente a su reja, él se acercó, nos dimos la mano y nos fuimos rápido. Luego vino la masacre de Trelew, el fusilamiento de nuestros compañeros desarmados. Tosco fue el gran denunciante de la masacre, el principal y quien les dio ánimo a todos en la cárcel luego de los asesinatos. El gringo pronunció un discurso desde la ventana de su celda para el resto de los presos reivindicando a los compañeros asesinados y denunciando el crimen de los militares. No era cualquier momento, ya que en ese instante el ejército argentino estaba con una ferocidad tremenda en relación a los presos como venganza por nuestra fuga.
N.K.: ¿Lo volviste a ver después de Trelew?
G.M.: Sí, lo volví a ver durante todo el año 1975, que fue el año en que yo estuve en Córdoba. Nos veíamos semanalmente. Lo vi por última vez el día que estábamos en una reunión, era viernes; se estaba programando un paro activo para el martes siguiente. Yo no tenía que ir ahí, pero fui con los compañeros nuestros que eran dirigentes sindicales de las distintas fábricas. Entonces, después de la reunión, nos quedábamos ahí, comíamos un asado y charlábamos de política en general. A esa reunión yo fui por eso, no por los sindicatos. Yo tenía otra tarea, era responsable del PRT en Córdoba. Cuando estábamos conversando Tosco se desvaneció un poquito, unos segundos, le dieron una aspirina y reaccionó bien. Seguimos hablando. Por entonces, durante todo ese año, el gringo Tosco estaba en la clandestinidad. Quien lo ayudó fue un compañero nuestro que está vivo y se llama Roberto Adichaín. Roberto era médico, miembro del ERP y médico del sindicato Luz y Fuerza de Córdoba. Le decíamos "el turco". Cuando yo veía a Tosco lo veía junto con este compañero, que lo cuidaba, le alquilaba las casas clandestinas, lo llevaba en auto (tenía un Ford Falcon), etc. Esa vez también vino una compañera monja, que era amiga de Tosco. Entonces cuando termina la reunión, luego que se desvanece, se van y ya en el auto el turco me dice "Estoy muy preocupado porque es la tercera vez en una semana que le pasa esto del desvanecimiento y no sabemos qué es". Habíamos quedado en vernos el lunes, para preparar los detalles de la huelga del martes. Nunca nos vimos porque el sábado se descompuso, de ahí lo llevaron a internar, después fue operado en una clínica, tuvo una pequeña recuperación de unos días, volvió a descomponerse y murió. Al final nos habíamos hecho amigos, bien amigos. Contrariamente a lo que se dice, a las historias posteriores que se tejen para deslegitimar la lucha, el gringo Tosco era partidario de la lucha revolucionaria en Argentina. Y pensaba que así como algunos de nosotros estábamos en la guerrilla, él cumplía ese otro rol, pero perfectamente consciente y coordinado con nosotros. El gringo consideraba que ambas tareas no eran de ningún modo incompatibles. Para corroborarlo basta leer objetivamente los discursos de Tosco en el Frente Antiimperialista por el Socialismo (FAS) y todas sus declaraciones. El gringo era una persona extremadamente importante para el proceso argentino porque tenía una gran capacidad de unir a los revolucionarios. Por ejemplo, en Córdoba, se había logrado una gran unidad entre las fuerzas progresistas, fundamentalmente a partir de la lucidez y la claridad de Tosco.
N.K.: Luego de la muerte de Tosco en 1975, viene la dictadura militar (1976), el genocidio de nuestro pueblo, el exilio, tu participación en la revolución en Nicaragua (1979) y el ajusticiamiento de Anastasio Somoza. A partir de allí lo conociste a Julio Cortázar. ¿Cómo se produjo ese encuentro con Cortázar?
G.M.: Julio estaba muy impactado por la revolución en Nicaragua, entonces comenzó a viajar, a visitar aquel país, frecuentemente. Entonces un día lo conocí en Nicaragua en la casa de Tomás Borge [dirigente del Frente Sandinista de Liberación Nacional-FSLN. N.K.]. Allí conversamos con él. Si no sabías quien era o nunca habías visto una fotografía de Julio Cortázar podías estar conversando con él cinco horas y no te dabas cuenta. En ningún momento hacía ostentación. Si estuviera en este lugar, estaría aquí sentado conversando como lo estamos haciendo nosotros sin ningún tipo de ademán, ostentación o pose. Yo esperaba encontrarme con una persona que haría gala de su importancia y de su fama, pero me encontré con un hombre sumamente sencillo. Me llamó poderosamente la atención esa sencillez. También su inteligencia, pero eso yo lo descartaba, porque sabía que él era muy inteligente. Sí me sorprendió su sencillez. Julio estaba impactado por lo de Somoza.
N.K.: ¿Por el ajusticiamiento?
G.M.: Sí. Entonces él nos manifestó que le hubiera gustado escribir un libro sobre ese hecho. Nosotros le contamos cómo había sido. Cortázar sabía lo que había significado Somoza para Nicaragua. Nosotros le agregamos un elemento que quizás no era muy conocido. Somoza no fue ajusticiado por las cosas terribles que había hecho en el pasado dictatorial. No fue un hecho de venganza. Fue el ajusticiamiento del jefe de la contrarrevolución que ya estaba actuando contra Nicaragua y contra la nueva revolución que había triunfado en julio de 1979. Ya para esa altura había instructores en represión que la dictadura militar argentina había enviado a Honduras para reprimir internamente y organizar la contrarrevolución contra la revolución sandinista, de la mano de la CIA. Eso era lo que Somoza había acordado con la dictadura argentina desde Paraguay.
N.K.: Incluso esos militares argentinos participaron activamente en la tortura en Honduras...
G.M.: Sí, el jefe de ellos e instructor de los contras nicaragüenses, el coronel José Osvaldo Barreiro, apodado "Balita", está acusado de 174 desapariciones en Honduras. El gobierno de Honduras lo pide a la Argentina, no lo extraditan aunque se sabe que durante los años ’90 este torturador estaba trabajando de asesor del ministro de defensa argentino Domínguez, ministro de Carlos Saúl Menem. Este torturador y todos sus asesores estaban operando en Honduras contra Nicaragua [véase Clarín: "La exportación del terror", suplemento especial del 24/3/2006. N.K.] cuando se produce el ajusticiamiento de Somoza en Paraguay. Entonces nosotros siempre decimos que lo que hicimos no fue una venganza por lo que había hecho en el pasado sino una emboscada contra el jefe operante de la contrarrevolución. Lo hicimos en Paraguay porque él estaba en Paraguay, si hubiera estado en Nicaragua, lo hubiéramos hecho en Nicaragua.
N.K.: ¿Cómo sabían que Somoza estaba en Paraguay?
G.M.: Que estaba en Paraguay era público, lo que no sabíamos era donde estaba. Estuvimos seis meses hasta que lo detectamos. Entonces todo eso se lo comentamos a Cortázar. Él nos dijo que le gustaría hacer un libro al respecto, pero que no podía y entonces propuso que fuera otro escritor argentino, Osvaldo Soriano. Nos dijo que él iba a hablar con Soriano en Francia. Pero Soriano tampoco pudo. Finalmente el libro lo hicieron la escritora salvadoreña Claribel Alegría y su esposo Bob Fakol. Hicieron una trama novelada pero completamente ajustada a lo que sucedió en la acción. Lo que nos sorprendió de Bob, el marido de esta escritora salvadoreña, es algo que nos cuenta mientras estamos preparando las conversaciones sobre el libro. Nunca supe porqué nos cuenta eso. Quizás supuso que nosotros tendríamos información al respecto, pero nosotros no sabíamos nada. Nos contó que veinte años atrás, durante el gobierno del presidente Arturo Frondizi [1958-1962] él había trabajado de joven como agente de la CIA en la embajada norteamericana en Argentina. Obviamente él había abandonado más tarde todo eso, decepcionado y espantado. Nos contó cómo se abrió. La conoció después a Claribel, se casaron, vivieron muchísimos años juntos. Era una excelente persona. Pero ¿sabés qué misión había tenido como agente de la CIA?
N.K.: No. ¿Cuál era su tarea?
G.M.: Estaba encargado de pasar datos sobre todo el sector cultural argentino: escritores, periodistas e intelectuales. Tenía que seguir qué posiciones tenían los intelectuales en relación a Estados Unidos. Entonces lo conversamos mucho con él. Estábamos en 1980 y 1981, ya habían sucedido la mayor parte de las desapariciones de personas en Argentina y en toda América latina, entre las cuales estaban muchos intelectuales de izquierda, marxistas o progresistas. Entonces lo conversamos y él me hizo notar cómo Estados Unidos venía planificando desde bastante tiempo antes y seleccionando entre los intelectuales antiimperialistas las futuras víctimas.
Fuente: www.argentina.indymedia.org
El
día que mataron a Somoza
Para Gorriarán Merlo, en la década del setenta, el imaginario de la lucha
revolucionaria formaba parte de todo el territorio latinoamericano. Después
de que Roberto Santucho fuera muerto por el Ejército en 1976, y el ERP fuera
aniquilado pocos meses más tarde, Gorriarán Merlo, como muchos líderes
guerrilleros, formó parte de la revolución sandinista. No sólo en la toma
del palacio presidencial en julio de 1979, sino también para eliminar
cualquier foco de conspiración que atentara contra el gobierno
revolucionario.
Por Marcelo Larraquy, periodista e historiador. Autor de Fuimos Soldados.
Historia secreta de la contraofensiva montonera
Pocas horas antes de la toma de Managua y después de un breve paso por
Estados Unidos, Somoza se asiló en Paraguay, con la protección del general
Stroessner. Un grupo de guerrilleros argentinos, liderado por Gorriarán
Merlo, se ofreció para eliminarlo.
Simulando diferentes nacionalidades e identidades supuestas, el grupo fue
llegando a Asunción a partir de febrero de 1980. Una de las primeras tareas
fue conocer su domicilio. Habían obtenido uno, pero estaba desactualizado. A
esas alturas, la búsqueda ya llevaba varios meses. Harta de merodear sin
resultados positivos, una mujer, miembro del grupo, decidió ir a una
comisaría y preguntó: "¿dónde queda la peluquería, que está a una cuadra de
la casa de Somoza?". La peluquería existía, y estaba a tres cuadras de la
casa de Somoza, sobre avenida España.
El
grupo empezó a realizar un plan de observación en distintos turnos; algunos
caminando, otros en un auto alquilado. Intentaban cruzarse con Somoza. Pero
no lo veían. A cinco meses de haber llegado a Paraguay, todavía no lo habían
visto nunca. En julio, un miembro del grupo lo encontró, de casualidad, en
el centro de Asunción. Detectó su auto: un Mercedes Benz, y también otro
auto más, que integraba la custodia cedida por Stroessner.
El grupo intentó establecer la rutina de movimientos de Somoza, pero para un
hombre ya retirado del poder, sus salidas eran imprevisibles. Entonces
decidieron observarlo desde un punto fijo. Un miembro del grupo se ofreció
como socio en un kiosco, que estaba a menos de dos cuadras de la casa de
Somoza. Le ofreció al dueño poner un puesto de ventas de revistas en la
vereda. Esto le permitió observar los movimientos de la casa, y no sólo eso:
también empezó a venderles revistas para adultos a los custodios de Somoza,
que jugaban al bowling en el local de al lado.
Para completar la logística de la operación, en agosto de 1980, una pareja
alquiló una casa sobre avenida España. Argumentaron ser los representantes
artísticos argentinos de Julio Iglesias, quien tenía pasión por Paraguay, e
iba a pasar una temporada; ellos se ocuparían de refaccionarla para
dejársela a gusto. Este argumento les permitió justificar las entradas y
salidas del grupo dentro de la casa. La comunicación comenzó a desarrollarse
entre el kiosco y la casa alquilada, a través de un walkie takie, que
informaba cada vez que veía pasar el Mercedes Benz de Somoza.
El grupo liderado por Gorriarán comenzó a comprar armamento: pistolas,
fusiles m16 y cohetes RPG2. Pero una vez que la logística ya estaba armada,
Somoza desapareció. Fue casi un mes de incertidumbre en el que pensaron
desactivar la operación, e incluso llegaron a irse de la casa alquilada.
Hasta que el supuesto vendedor de revistas, volvió a ver el Mercedes.
Entonces decidieron realizar el atentado apenas lo vieran. Una mañana que el
Mercedes de Somoza pasó frente al kiosco, el walkie takie dio la señal de
ataque. Del garage de la casa alquilada salió una camioneta que, detuvo el
paso del Mercedes, y le lanzaron un cohete RPG2. Pero el cohete falló, y
mientras fueron a buscar otro adentro de la casa, se generó un combate con
la custodia, pero el nuevo RPG2, el último que les quedaba, una vez lanzado,
destruyó el auto de Somoza y terminó por definir la operación. Somoza fue
herido de muerte. La salida del grupo fue muy dificultosa por el cierre de
fronteras, y "Santiago", Hugo Alfredo Irurzun, fue ultimado en una casa en
la retirada. Gorriarán Merlo demoró casi dos semanas en salir. Simuló ser un
ciudadano venezolano.
Fuente: www.perfil.com
El atentado contra el dictador Somoza
Asuncion, Paraguay, 17 de septiembre de 1980
Enrique Gorriarán Merlo (1941-2006) fue uno de los líderes del PRT-ERP (Partido Revolucionario de los Trabajadores-Ejército Revolucionario del Pueblo) durante el proceso de lucha que vivió la Argentina en los años '70. Ante la muerte en combate del conductor y fundador histórico del PRT-ERP, Mario Roberto Santucho, y el profundo debilitamiento de la organización, tuvo que exiliarse en Nicaragua a fines de los años setenta. Allí luchó junto al Ejército Sandinista por la liberación de Nicaragua y participó en los '80 en el ajusticiamiento del sangriento ex dictador nicaragüense Anastasio Somoza. En 1989 participó en el asalto al cuartel militar de La Tablada como líder del MTP (Movimiento Todos por la Patria) para fustrar un golpe de Estado que, según las apreciaciones del MTP, un sector del ejército estaba gestando. Logró fugar, pero posteriormente fue detenido en México por los servicios secretos argentinos y condenado a cadena perpetua por los hechos de La Tablada. Fue indultado por el presidente Eduardo Duhalde junto a al grupo del MTP que aún continuaban presos y a otros militares golpistas (carapintadas, recobrando su libertad el 25 de mayo de 2003.
Enrique Gorriarán Merlo, quien falleció en Buenos Aires el 22 de septiembre de 2006, es quizás el más nítido representante de la llamada "política de los fierros" de los años '70, para gran parte de la sociedad argentina.
El atentado
Los días del dictador estaban contados desde mayo de 1980 cuando el comando guerrillero lo ubicó en Asunción. Cuando Somoza fue localizado, los guerrilleros alquilaron una casa en Avenida España a nombre del cantante español Julio Iglesias. Los guerrilleros supuestamente compraron armamento en el mercado negro del Paraguay y lo embuzonaron cerca de la frontera del lado argentino. Entre las armas se encontraban una bazuka, un M-16 y un Ingram.
La conspiración contra el dictador Anastasio Somoza Debayle surgió de una conversación entre amigos que disfrutaban de cervezas y asados en el restaurante capitalino Los Gauchos, donde Ramón, Santiago y Armando solían reunirse una vez a la semana a recordar la época guerrillera.
ERAN ULTIMOS DIAS DEL '79
Según el testimonio que los guerrilleros argentinos brindaron a Claribel Alegría y D.J. Flakoll, la posibilidad de que el dictador muriera de viejo en un exilio dorado les provocaba asco.
"Da rabia pensar que ese criminal está gozando de sus millones en Paraguay"- decía Armando-.
— "¡Ah no!, -añadió-, sería una vergüenza histórica permitir que ese asesino se muera tranquilamente en su cama de tanto beber guaro".
"Ramón", "Armando", "Francisco y "Santiago", habían combatido con la guerrilla sandinista en el Frente Sur "Benjamín Zeledón", como integrantes de una columna guerrillera de internacionalistas que se enfrentó a la Guardia Nacional en la zona de Rivas y San Carlos, Río San Juan, durante la ofensiva militar contra el régimen somocista.
Al ser derrocado Somoza, los guerrilleros argentinos se reencontraron en la recién bautizada "Plaza de la Revolución" el 19 de julio, en medio del júbilo del pueblo nicaragüense que celebraba el derrocamiento de la dictadura de los Somoza. Las guerrilleras argentinas, Julia, Ana y Susana, llegaron en avión horas después, reuniéndose con sus compañeros por pura casualidad en las cercanías del Hospital Militar de Managua.
Cuando se decidieron a acabar con Somoza Debayle, durante una conversación en Los Gauchos, los guerrilleros argentinos se dedicaron a prepararse militarmente y obtener información de inteligencia sobre los pasos del dictador.
Tras huir de Nicaragua el 17 de julio de 1979, Somoza Debayle –quien se jactaba de comunicarse mejor en inglés que en español–, apenas tuvo tiempo para permanecer en Miami varias horas antes que el ex Presidente Jimmy Carter le hiciera saber que era non grato en ese país. Inició así un peregrinaje que lo llevó a Panamá y finalmente a Paraguay, donde el dictador Alfredo Stroessner le ofreció asilo político.
SOMOZA CAMBIO DE DOMICILIO
Según el relato que los guerrilleros hicieron a Flakoll y Alegría, el "Capitán Santiago" estableció las máximas de la operación: "entrar sin levantar sospechas", "hacer el trabajo sin que te agarren" y "salir sin dejar huella".
Las dos últimas no le fue posible cumplirlas.
"Ramón", seudónimo de Enrique Gorriarán Merlo, decidió que los integrantes del comando serían además de él: Julia, Santiago, Susana, Armando y Ana. Julia estaba embarazada de Ramón y así formó parte de la operación. Osvaldo era el séptimo miembro del grupo.
Se dedicaron a obtener documentación falsa que les permitiera entrar a Paraguay sin levantar sospechas, introducir las armas necesarias para la operación y a especializarse en técnicas conspirativas. (Aprender a arreglar encuentros clandestinos, pasar información y órdenes bajo secreto, detectar la vigilancia y escaparse de ella sin levantar la más mínima sospecha, entre otras técnicas).
Establecieron Colombia como centro de entrenamiento, preparándose cada uno de ellos en el uso de la bazuka. De inmediato, procedieron a localizar a Somoza en el Paraguay.
Averiguaron en recortes periodísticos de la época que "Somoza vivía en la Avenida Marisca López en Asunción y que cada vez que aparecía en la ciudad en un limosina con chofer, lo acompañaba invariablemente un Ford Falcon rojo con cuatro guardaespaldas adentro".
Sin embargo, después confirmaron que Somoza había cambiado de domicilio. Decidieron llamar "Eduardo" a Somoza, después que Susana y Francisco dieran –tras seis días de exploración–, con la casa del dictador en Asunción, capital del Paraguay.
Después que reubicaron la residencia de Somoza en la Avenida España, para los primeros días de julio de 1980, habían logrado establecer un sistema de vigilancia de la residencia, anotar los datos de las matrículas de los vehículos que usaba Somoza y establecer el principal problema de la operación: Somoza tenía una rutina completamente irregular.
COMPRAN KIOSKO DE REVISTAS PARA CHEQUEO
Somoza, quien vivía entonces con su amante Dinorah Sampson, tenía a su disposición dos limosinas Mercedes Benz (una blanca y otra azul), un Falcon rojo (para sus guardaespaldas) y un Cherokee Chief, de uso general.
Ramón narró a Alegría y Flakoll que la avenida donde vivía Somoza era muy transitada, no había puestos naturales de observación, por lo que los chequeos tuvieron que efectuarse desde un supermercado, dos estaciones de servicio y un recorrido a pie de diez cuadras y de 45 minutos de duración.
Mientras los guerrilleros dirigidos por Ramón establecían el cerco de vigilancia alrededor de Somoza, otro grupo integrado por los guerrilleros Pedro, Francisco y Osvaldo, se encargaban de trasladar el buzón de armas desde la frontera argentina, el cual después fue embuzonado en casas de seguridad utilizadas por los guerrilleros.
El armamento para la operación incluía una bazuka, un M-16, un Ingram, entre otros, que supuestamente habían sido comprados por los guerrilleros en el mercado negro de armas del Paraguay y embuzonado cerca de la frontera del lado argentino.
Después de cuarenta días de intentar ver a Somoza, Armando logra avistarlo casualmente el 22 de julio de 1980. Como se tenía problemas con el "chequeo del objetivo" Osvaldo ideó comprar un kiosco de venta de revistas a 250 metros de la casa de Somoza, desde donde se mejoró la observación. Allí, Osvaldo vendía revistas pornográficas a los policías con quienes hizo amistad sin que sospecharan de él en lo absoluto.
Antes de que Armando viera a Somoza el 22 de julio, habían visto el Mercedes blanco de Somoza y el Falcon rojo de sus guardaespaldas en varios restaurantes de lujo en Asunción, por lo que estudiaron la posibilidad de efectuar el atentado en dichos lugares. También pensaron alquilar un camión para vender verduras sobre la Avenida España y esconder en el mismo las armas hasta que apareciera el dictador.
Sin embargo, posteriormente descubrieron una entrada trasera a la casa de Somoza por donde también salía su caravana. Pero el 21 de agosto de 1980, Osvaldo no volvió a ver salir a Somoza de su casa desde su puesto de observación en el kiosco de revistas.
EN LAS NARICES DEL EJERCITO PARAGUAYO
Cuando el grupo de guerrilleros se dio cuenta que los movimientos de Somoza eran caprichosos por completo, descubrieron que uno de los pocos movimientos previsibles era que "siempre salía de su casa en el Mercedes Benz, continuaba recto por la Avenida España, en vez de doblar a un lado o al otro, en la intersección donde estaban los semáforos", narraron los guerrilleros a Alegría y Flakoll.
Luego averiguaron que dos de las casas ubicadas sobre la Avenida estaban en alquiler y rentaron una de ellas con la estratagema de que era para Julio Iglesias, quien en su último disco había dedicado tres canciones al Paraguay. De ese modo habían logrado establecer una base operativa sobre la ruta del dictador, rentada por tres meses a $4,500 dólares.
Pero la Avenida España era un nido de víboras, según explicó Ramón a Claribel Alegría y Bud Flakoll: "A 400 metros estaba el Estado Mayor del Ejército, a 300 metros la Embajada Norteamericana. Enfrente de la casa de Stroessner había una custodia de seguridad permanente. Tuvimos que cuidar mucho de cada uno de nuestros movimientos para no despertar la más mínima sospecha".
SOMOZA REAPARECE EN ASUNCION
Después de 21 días de ausencia, Somoza reapareció en su Mercedes Benz azul, escoltado una vez más por el Falcon rojo. Era el 10 de septiembre de 1980.
Los guerrilleros entonces decidieron los últimos detalles: compraron una camioneta Chevrolet para la retirada –la cual no encendía bien cuando estaba fría–, que permitía tener un amplio campo de fuego para quien iría en la tina.
Y para la mañana del 15 de septiembre, cada uno de los guerrilleros estaba listo con sus respectivas armas: Armando con un Fal; Ramón con un rifle M-16 y 30 balas en el cargador, más una pistola Browning 9 milímetros. El arma del Capitán Santiago era un RPG-2, la bazuka.
Según relataron los guerrilleros al matrimonio Flakoll y Alegría, la señal de Osvaldo al ver la caravana de Somoza sería decir el color del auto en que vendría el dictador, vía walkie-talkie. Luego, cada uno de los guerrilleros tendrían que salir de la "Casa de Julio Iglesias" y apostarse en sus respectivos lugares en un lapso de veinte segundos.
LLEGO LA "HORA CERO"
El miércoles 17 de septiembre de 1980, después de arreglar el problema de comunicación de los walkie-talkie, ensayar la emboscada a Somoza y acordar encender la camioneta cada hora para que funcionara al momento del escape, los guerrilleros estaban en disposición de avanzar a sus posiciones en un lapso de trece segundos, desde el interior de la "casa de Julio Iglesias".
La "Hora Cero" llegó a las 10:35 de la mañana del 17 de septiembre de 1980, cuando Osvaldo divisó su caravana desde el kiosco de revistas y transmitió la señal convenida a los guerrilleros a través de los radio-comunicadores.
— "¡Blanco! ¡Blanco!", dijo.
"Julio César Gallardo, antiguo chofer y guardaespaldas de Somoza, manejaba el Mercedes. Atrás, junto al ex dictador iba Joseph Bainitin, su asesor económico de nacionalidad norteamericana", narran Alegría y Flakoll.
De acuerdo al plan convenido, Ramón se apostó con su M-16 en el jardín de la "casa de Julio Iglesias", mientras Armando salió con la camioneta Cherokee al borde de la acera para estar listo a interceptar la caravana de Somoza. El Mercedes Benz de Somoza estaba a unos cien metros detenido por el semáforo en rojo, detrás de unos seis vehículos.
Cuando el semáforo dio luz verde, Armando calculó el tiempo para dejar pasar unos tres vehículos e interceptar el Mercedes, mientras Ramón esperaba para dar la señal de salir a Santiago con la bazuka.
En ese momento, ya no había marcha atrás.
FALLO PRIMER BAZUKAZO
Armando irrumpió en la calle con la Cherokee haciendo frenar una Volkswagen Combi. "El Mercedes de Somoza frenó. Ramón escuchó un ruido detrás suyo, se volvió y vio a Santiago luchando con la bazuka. Pensó que se había deslizado, que se había caído; giró sobre sus talones, levantó el M-16 a la altura del hombro y empezó a disparar", narran Alegría y Flakoll.
El plan inicial señalaba que Santiago dispararía la bazuka primero por si el Mercedes era blindado, pero se le atoró el proyectil y Ramón tuvo que abrir fuego.
Al fallar el primer tiro de la bazuka, Santiago se arrodilló, sacó el proyectil defectuoso y la volvió a cargar, se puso de pie, tomó puntería de nuevo, pero no disparó.
Según el relato de Claribel Alegría y Bud Flakoll, después de la primer ráfaga de M-16, "la limosina de Somoza con el chofer ya muerto, se había ido a la deriva hacia la casa operativa, deteniéndose junto a la cuneta, frente a Ramón, quien metódicamente seguía disparándole al asiento trasero. La limosina no era blindada y cada uno de los tiros entró a través de los cristales rotos de la ventanilla de atrás. Ramón estaba tan cerca del Mercedes que un proyectil de bazuka en ese momento lo hubiera matado".
Según Ramón, en los siguientes instantes, la custodia de Somoza comenzó a disparar, hasta que le dio la señal a Santiago para que disparara la bazuka.
"La explosión fue impresionante. (El techo y una puerta delantera del Mercedes volaron en pedazos) Pudimos ver el auto totalmente destrozado y la custodia escondida detrás de un murito de la casa de al lado. Ya no tiraban más", recordó Ramón.
Un testigo, el doctor Julio César Troche dijo minutos después al diario paraguayo ABC, que "escuchamos una fortísima explosión que hizo temblar toda nuestra casa y nosotros aún no queríamos mirar por el riesgo de ser alcanzados por una de las ráfagas que el sujeto enmascarado de la Chevrolet azul, a quien a cada momento se la caía la capucha, repartía a diestra y siniestra. Tras la explosión siguió nuevamente el tiroteo. Después vino el silencio".
El Mercedes Benz quedó destrozado, los trozos del cadáver del chofer de Somoza quedaron en el pavimento a treinta metros, mientras Somoza y Bainitin quedaron muertos en el asiento de atrás.
Armando, Ramón, Osvaldo y Santiago, huyeron en la camioneta Chevrolet azul, pero a pocas cuadras tuvieron que abandonarla, pues no caminó más. Interceptaron un Mitsubishi-Lancer placas 61915 sobre la calle América, según relató su dueño Julio Eduardo Carbone, al ABC.
La radio comenzó a dar la noticia: "Le dispararon una bomba a un Mercedes Blanco". Quince minutos después estaba identificada la víctima: Anastasio Somoza Debayle.
Mientras, los guerrilleros huían por rutas alternas. Todos, menos el Capitán Santiago.
Fuente: www.pinoleros.com

Por Octavio Enríquez, El Nuevo Diario, 2002
El 12 de julio lo esperaba su familia aquí. Enrique Gorriarán Merlo, el jefe del comando que ajustició a Anastasio Somoza Debayle, abrazaría a su hija Cecilia y conocería al último de sus nietos. Pero no. La decisión del ministro de Gobernación, que impide su ingreso a Nicaragua, le parece una «venganza, una defensa de la memoria de Somoza», muerto el 17 de septiembre de 1980.
Gorriarán concedió una entrevista a EL NUEVO DIARIO en días difíciles para él en Argentina y Nicaragua. Encuentros con amigos, entrevistas en medios de comunicación argentinos. Agitación. Y ahora surge, después de las declaraciones del ministro Urcuyo, abandonar la idea de venir a este país.
«Está como reverdeciendo los hechos del pasado que nadie quiere repetir y toda la cuestión de Somoza que se me adjudica, que fue una acción contra el jefe de la contrarrevolución. No fue una acción por venganza, ni por delitos que habían cometido antes. Esos conflictos tanto en Nicaragua como en otras partes del mundo han sido superados. (La del ministro) es una actitud de venganza».
Tampoco acepta el adjetivo de terrorista. La Dirección de Migración y Extranjería envió a las aerolíneas comerciales que operan acá la advertencia de que no lo dejaran subirse a ninguno de sus aviones. Las razones que adujeron fue de seguridad, pero Gorriarán Merlo dice que no es para nada terrorista, sino que parte de la resistencia que se opuso a las dictaduras en América Latina, entre ellas la dinastía de Somoza en Nicaragua.
La última vez que vio a su hija Cecilia, que vive aquí, fue hace año y medio. Ella lo encontró en la cárcel con una barba de profeta. Estaba en un pabellón, al que fue confinado y al que le llamaban de aislamiento. Soledad. Tormento. Esos adjetivos los conocía mejor que cualquier otro.
END.- ¿Qué planes tenía usted a su llegada a Nicaragua?
«Mi plan era concurrir al acto del 19 de julio, porque hay relaciones históricas entre Nicaragua y Argentina. Rubén Darío estuvo aquí en el siglo XIX e hizo amistad con Lugones y hombres progresistas de la época. Hay solidaridad con Sandino cuando la invasión norteamericana. Tenemos una vinculación histórica, aparte del hecho de haber participado en la lucha de liberación de Nicaragua. El motivo mío era concurrir al acto, porque yo me siento sandinista».
«Allá está mi hija, Cecilia, tengo tres nietos de los cuales al más pequeño no lo conozco. Lo intentaba conocer ahora.
END.- Y ahora que el Gobierno ha decidido impedirle su entrada, ¿qué pasa por su mente?
«Me duele. Hace ocho años estaba preso. Hace año y medio que no veo a mi hija Cecilia, a mis nietos y no conozco al tercer nieto. Para mí es motivo de dolor.
END.- ¿Qué recuerda del último encuentro con su hija?
«Esa fue la última vez que me vino a visitar, estaba solo, en un pabellón de aislamiento. El último día que vi a Cecilia vino con Camilo y Santiago, quienes son mis otros dos nietos.
«Tenía la barba grande. Fue muy emotivo el encuentro, porque los dos sabíamos que íbamos a estar un tiempo impredecible sin vernos. Los dos teníamos la expectativa en el marco de la lucha contra la libertad que algún día se produjera, y habíamos tenido varias frustraciones y pensábamos que se podía prolongar más de lo que se prolongó.
«Espero que la decisión del ministro se revierta. No sé si se puede hacer algo. Yo leí lo del señor Ministro y también lo del Embajador argentino».
END.- Entonces leyó que no le dejan entrar por «terrorista»...
«Yo soy como miles de latinoamericanos que se vieron agredidos en los tiempos de la doctrina de seguridad nacional con Somoza. Soy parte de la resistencia al autoritarismo de esa época. Todos confiamos que no va a retornar. Precisamente todos los que estuvimos involucrados en aquellos episodios, por propia voluntad- cierto-, seríamos quienes estaríamos más en desacuerdo con que vuelvan a haber dictaduras. Ha sido una vida tan traumática.
«Si uno justifica el término de terrorista por haber usado la violencia en determinado momento, serían terroristas los partisanos italianos o Sandino cuando resistió a la intervención norteamericana.
«Nosotros actuamos desde la defensa de nuestros derechos. Un revolucionario no sólo lucha por el hecho de llegar al poder. Fundamentalmente lucha por mantener la dignidad y no dejarse llevar. Yo lo he tratado de hacer toda mi vida. A Nicaragua yo la siento como mi país. Cada vez que llegaba, era como que llegaba a mi país».
LA TABLADA
END.- Cuéntenos qué pasó en La Tablada...
«Había una conspiración militar que partía de un acuerdo entre el ex presidente Menem y un ex coronel, cuyo proyecto era desplazar al presidente Alfonsín en cualquier momento, reemplazarlo por el vicepresidente y en el marco de un proyecto, el coronel iba a quedar como jefe del Ejército.
«Nosotros considerábamos que si bien no era un golpe tradicional, porque pensaban llamar a elecciones, seguro Menem las ganaba por el desprestigio del Gobierno saliente. No era un golpe al estilo tradicional, pero debilitaba las instituciones.
«Nosotros optamos por actuar frente a la complicidad de algunos, la incompetencia del gobierno por resistir el golpe y por abotarlo en su nacimiento. En el año 83 cuando se recuperó la democracia, no pensábamos que se fuera a dar un golpe. Por un lado por el efecto sicológico que había tenido la guerra de Las Malvinas en los militares y porque la gente no quería dictaduras.
END.-Pero entonces ¿qué pasó?
«Sin embargo en 1987 empezaron las sublevaciones. La cuarta fue la tablada. Era un contexto acá que desde el seis de septiembre de 1930 hasta el tres de diciembre de 1990, fueron 60 años y dos meses donde hubo un intento de golpe de Estado, triunfante o no, cada dos años, y cuatro meses. Había una situación política convulsionada.
END.-¿Cómo fue que lo capturaron en México durante octubre de 1995?
«Yo estaba en México, pensaba ir a Nicaragua. La idea era tener solidaridad con los compañeros presos en ese momento, y que le hicieran tomar al gobierno una medida. Estaba a la espera de una reunión con dos diputados, noté seguimientos de policías mexicanos, pero confiado en la tradición de protección y no persecución de los mexicanos no le di importancia.
«Me habían detectado y pensé que estaban controlando alguna actividad clandestina. Cuando me di cuenta que había argentinos siguiéndome, ya no tuve tiempo. Eso fue un acuerdo, me secuestraron el 28 de octubre al mediodía y me trasladaron el domingo 29 a un cuartel de Buenos Aires.
«La acusación por la que me expulsaron de México era por portación de documentos falsos, la misma que tiene un argentino que han trasladado a España, Cavallo, al cual tuvieron dos años juzgándolo. Quiero decir que no hubo juicio de extradición, era una acción ilegal que solo se puede hacer en el marco de un acuerdo de dos presidentes Menem y Zedillo».
END.- ¿Qué fue lo más duro de sus años de cárcel?
«El aislamiento. No podía ver a los presos. Podía ver sólo a quienes me visitaban. El trato de ellos fue correcto, aunque hubo dos intentos de asesinato. El último, dicen, que estaba desequilibrado y no me terminó de matar porque se asustó.
«Ahorita tengo una vida agitada, entre ver familiares, amigos, ingenieros, reestructurarnos para actuar políticamente. Anoche estuve hasta las 1 de la mañana en televisión de Canal Siete de Argentina.
LO HAN TRATADO BIEN EN LA CALLE
END.- ¿Cómo lo ha recibido la gente al salir? «Me tengo que cuidar, aunque la respuesta en la calle es mucho mejor, porque con tanta campaña de prensa al estilo del ministro nicaragüense, yo me imaginaba que tendría un problema. Fui al partido de River y Boca, donde debe haber habido 60 mil personas. Todos los que estaban alrededor mío me reconocieron. Hubo dos mujeres que me insultaron. Debían ser familiares de militares, pero los militares y policías me tratan respetuosamente.
«Siempre puede haber alguien que puede intentar hacer una locura. Yo ando con cuidado, voy al teatro, al cine. Lógicamente ando acompañado con algunos compañeros».
END.- ¿Por qué aún después de la prohibición del ministro quiere venir a Nicaragua?
«La última vez que estuve fue en 1990. Me fui de Nicaragua el día que asumía Violeta Chamorro (25 de febrero de 1990). Volví, pero era cortito. Estaba cambiado lo que conocía. Ahora son más profundos los cambios. Lo sé porque han venido compañeros como Edwin Castro, Nelson Artola, Daniel (Ortega). Siempre he tenido una relación con Nicaragua.
END.- ¿Le han contado de Arnoldo Alemán, entonces?
«Sí no sólo me han contado, él estuvo acá con su amigo Menem. A ver cuál de los dos era más ladrón. No sé. Sería disputa pareja. ¡ja, ja, ja!
COMO FUE EL AJUSTICIAMIENTO DE SOMOZA
1980. El taxista no la conocía, menos ella que era extranjera. Lo único que tenían en común ambos en Paraguay era la carrera. La joven buscaba una peluquería que estaba a media cuadra de donde vivía un tal Anastasio Somoza Debayle. La información serviría para algo más que para un corte de cabello...Paró en la delegación de la Policía.
- ¿Alguien sabe dónde vive ese señor?, preguntó el taxista. Allí le dieron el punto exacto. Vivía en una urbanización donde cada residencia se alquilaba en más de 1 mil 500 dólares mensuales. «Vaya señor», le dijeron, «es zona exclusiva. Allí viven los más ricos».
Es Asunción, Paraguay, la ciudad del relato. Con lo dicho por el oficial inició sin que lo supiera el ajusticiamiento de Somoza Debayle, quien moriría el 17 de septiembre, por una acción armada que dirigía Enrique Gorriarán Merlo. Es él quien cuenta esta historia, ahora que está libre tras ocho años de encierro en Argentina. Lo indultó el Presidente saliente, Eduardo Duhalde, el 25 de mayo. Hace dos semanas publicó sus memorias, unas 600 páginas de recuerdos, que lanzó al mundo la editorial Planeta.
Somoza Debayle escapó hacia Miami, Florida, dos días antes de su caída del poder en Nicaragua el 19 de julio de 1979. En ese 19, que cumplirá 24 años en estos días, finalizó la dictadura que forjó el papá de Somoza Debayle, Anastasio Somoza García desde 1936.
En Paraguay, adonde se estableció después de Miami, Somoza Debayle estaba bien custodiado. Era muy amigo del dictador Alfredo Stroesner. «La planificación fue minuciosa», dice Gorriarán vía telefónica. Seis meses en Paraguay haciendo contactos, viendo cómo llegar a la hora de la hora.
Enrique Gorriarán estuvo cuatro meses y medio antes de septiembre de 1980, pero Hugo Irurzún (El Capitán Santiago), una de las siete personas que participaron en el ajusticiamiento, llegó seis meses antes. Fue uno de los primeros. Lo difícil, después de localizar la casa, fue alquilar un sitio que permitiera vigilarlo 24 horas. La casa estaba a unas cuatro cuadras.
Cuatro varones y tres mujeres, entre ellas la del corte de pelo, trabajaban a la par de las manecillas del reloj. Hasta parecían que entraban en competencia. Gorriarán dice que fueron 10 «compañeros» los participantes en total y que se recuerde, entre ellos, estaba Roberto Sánchez, hermano de Aurora Sánchez «La Cachorra», Hugo Irurzún (El Capitán Santiago), y Claudia Lareu.
El comando reclutó al dueño de un kiosco de venta de periódicos, dos cuadras antes de donde vivía Somoza Debayle. Fue desde la venta que avisaron el 17 de septiembre que venía. Venía en el vehículo de siempre, pero el chofer no era el mismo. «Teníamos que cuidarnos de la custodia que traía Somoza, cambiar el objetivo, y atacar el vehículo con un chofer que después supimos era de apellido Gallardo. Era la primera vez que mirábamos a ese chofe