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Buenos Aires,
junio de 1976: se los traga la tierra
Por Eduardo Galeano
Raymundo Gleyzer ha desaparecido. La historia de siempre. Lo arrancaron de
su casa, en Buenos Aires, y no se sabe más. Había hecho películas
imperdonables.
Yo lo había visto por última vez en febrero. Fuimos a cenar con nuestros
hijos, cerca del mar. En la trasnochada, me habló del padre.
La familia de
Raymundo venía de un pueblecito de la frontera entre Polonia y
Rusia. Allá cada casa tenía dos banderas diferentes para izar y dos retratos
para colgar, según marchaban las cosas. Cuando se iban los soldados rusos,
llegaban los polacos, y así. Era una zona de continua guerra, infinito
invierno y hambre sin fin. Sobrevivían los duros y los picaros, y en las
casas se escondían los pedazos de pan bajo los tablones del piso.
La primera guerra mundial no fue novedad para nadie en aquella comarca
sufrida, pero empeoró lo peor. Los que no morían empezaban el día con las
piernas flojas y un nudo en el estómago.
En 1918, llegó a la región un cargamento de zapatos. La Sociedad de Damas de
Beneficencia había enviado zapatos desde los Estados Unidos. Vinieron los
hambrientos de todas las aldeas y disputaron los zapatos a dentelladas.
Veían zapatos por primera vez. Nunca nadie había usado zapatos en aquellas
comarcas. Los más fuertes se marchaban bailando de alegría con la caja de
zapatos nuevos bajo el brazo.
El padre de Raymundo llegó a su casa, se desató los trapos que le envolvían
los pies, abrió la caja y se probó el zapato izquierdo. El pie protestó,
pero entró. El que no entró fue el pie derecho. Lo empujaban entre todos,
pero no había caso. Entonces la madre advirtió que los dos zapatos tenían la
punta torcida para el mismo lado. Él volvió corriendo al centro de
distribución. Ya no quedaba nadie.
Y empezó la persecución del zapato derecho.
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Emisión del programa radial Atrapados en libertad por AM 530, La Voz de las Madres |
Durante meses caminó el padre de Raymundo, de aldea en aldea, averiguando.
Después de mucho andar y preguntar, encontró lo que buscaba. En un lejano
pueblito, más allá de las colinas, estaba el hombre que calzaba el mismo
número y que se había llevado los dos zapatos derechos. Los tenía,
brillantes, sobre una repisa. Eran el único adorno de la casa.
El padre de Raymundo ofreció el zapato izquierdo.
-Ah, no -dijo el hombre-. Si los americanos los mandaron así, así debe ser.
Ellos saben lo que hacen
Raymundo
Raymundo Gleyzer
nació en Buenos Aires en 1941. Hijo de Jacobo (ruso ucraniano) y
Sara Aijen, ambos artistas y activistas que fundaron el teatro IFT ( Idisher
Folks Teater -Teatro Popular Judío- ) donde Raymundo creció.
A los 20 años Raymundo decide dejar la Facultad de Ciencias Económicas y
solicita la inscripción en la de Cine en La Plata. A partir de 1964 comienza el
primero de los tres períodos del cine y documental políticos de Raymundo: será
el de carácter etnológico. De esta época sale la trilogía "Ocurrido en Hualfin".
A partir de 1965 se abre un nuevo período marcado por su trabajo en noticieros
(Canal 7 y Telenoche). En su búsqueda personal, este tipo de trabajos terminará
con una película propia "México, la Revolución congelada". A nivel personal se
incrementa su formación como marxista y su alejamiento definitivo del Partido
Comunista..
En 1972 con una
fuerte crisis dentro del PRT (Partido Revolucionario de los
Trabajadores-Argentina) y con la desintegración del FATRAC (Frente
Antiimperialista de los Trabajadores de la Cultura), Raymundo (militante del
PRT) comienza el camino que lo llevara a su único largometraje de ficción "Los
Traidores". La búsqueda de Raymundo apuntaba a un cine que entretuviera y
concientizara al mismo tiempo. Lo que se podría considerar el tercer período.
Al mismo tiempo que filmaba 'Los traidores', Gleyzer filmó un corto sobre la
masacre de Trelew: "Ni olvido ni perdón". La película se hizo básicamente con la
conferencia de prensa que los fugados del penal habían dado en el aeropuerto
(donde estaban varados) y con una serie de fotos. Al mismo tiempo nacía el FAS
(Frente Antiimperialista por el Socialismo), que se relacionó directamente con
el proyecto de Cine de Base.
Cine de la Base. Cine revolucionario argentino.
En 1973 crea el grupo "Cine de la base" para llevar el cine a los mismos
protagonistas de sus films, los desposeidos de la tierra, los obreros, los
indios y los campesinos.
Entrevista a Juana
Sapire, Radio Estación Sur FM 91.7 La Plata,
programa
Enriqueta se pregunta,
30/05/09 |
Fue una época en donde se organizaban proyecciones para el debate; se
programaban "Los Traidores", "Informes y testimonios", y "Operación Masacre" de
Cedrón basada en la novela de Rodolfo Walsh. Las proyecciones se daban cita en
cualquier lugar y fuera de Buenos Aires también: La Plata, Córdoba, Rosario,
Tucumán. Y el Cine de Base se iba expandiendo... La idea era crear una red que
llegara a todo el interior del país, y que funcionara también como una
distribuidora.
A medida que las cosas van empeorando en el país, la militancia de Raymundo va
creciendo. Estaba con ganas de formar una cadena de salas dentro de las villas,
solo con lo necesario: proyector, un techo y bancos. Nunca llegó a concretarlo.
Desaparecido
Hacia 1975 la Argentina era un hervidero y la situación era caótica y el
funcionamiento de la Triple A (organización terrorista de extrema derecha
-Alianza AntiComunista Argentina-) ya era pleno. Raymundo como otros militantes
de organizaciones de izquierdas se convierte en un blanco móvil, su imagen, su
nombre era el símbolo del Cine de Base. En 1976 realiza un viaje a New York por
trabajo, la filmación se demora y Raymundo decide volver a Argentina. El 27 de
mayo falta a una cita con un amigo... Raymundo había sido secuestrado. Su casa
había sido allanada y la puerta rota a la fuerza; todo estaba roto y revuelto y
de Raymundo no había rastros. Nunca más volvió a aparecer.
Raymundo Gleyzer empujando contra el viento
Por
Néstor Kohan
[Raymundo con su hijo]
No volví a saber de Raymundo hasta que llegó la noticia de su desaparición.
Recordé entonces sus palabras, su vitalidad, su decisión. Y estaba seguro —como
lo estoy ahora— de que algún día volvería a aparecer Raymundo en medio de su
pueblo. Todo parece indicar que así ha de ser.
Tomás «Titón» Gutiérrez Alea
(director de cine cubano)
Un cine de combate
Pocas personalidades de la cultura política latinoamericana resumen con tanta
nitidez y contundencia las apuestas vitales de la izquierda revolucionaria.
Aunque quizás menos celebrado y conocido que Rodolfo Walsh, el cineasta y
militante guevarista argentino Raymundo Gleyzer (1941-1976) representa el
escalón más alto al que llegó su generación. Repensar su obra, su vida y su
militancia implica recuperar del olvido una perspectiva ideológica sepultada por
el establishment intelectual argentino, aquella que vivió el cine como
militancia y la cámara como un arma de combate.
El nombre de Gleyzer ha sido durante años sinónimo de todo lo prohibido y todo
lo reprimido por la cultura oficial, su falso “pluralismo” y su simulacro
“democrático”. En estas apretadas líneas de homenaje no nos interesa recordarlo
como un cadáver “prestigioso”, una “víctima inocente” o un bronce de mausoleo
repleto de hipócritas monumentos oficiales. Lejos de los lugares comunes y los
golpes lacrimógenos a los que nos tiene acostumbrado el progresismo ilustrado y
bienpensante del río de la plata, se nos impone rememorarlo como un militante
revolucionario. Recordamos a Raymundo como alguien vivo e indomesticable, un
hermano mayor del cual las nuevas generaciones debemos seguir aprendiendo.
Hijo de una familia judía argentina en cuya casa se fundó el célebre teatro IFT
(ubicado en el popular barrio de Once de la ciudad de Buenos Aires), Raymundo
recibió su nombre de un guerrillero francés —Raymond Guyot— asesinado por los
nazis. Este joven rebelde trabajó desde muy chico y llegó a ser verdaderamente
un grande, uno de los principales realizadores de cortos y largometrajes
documentales, políticos y de ficción sobre Argentina y América latina.
Tanto él como su cine, silenciados, censurados y perseguidos con odio
irracional, fueron durante décadas innombrables. Desde que fue secuestrado,
salvajemente torturado y desaparecido a fines de mayo de 1976 muchos de sus
films fueron inhallables. Símbolos de una rebeldía y una esperanza colectiva que
había que borrar —literalmente— del mapa a sangre, tortura y fuego.
Raymundo Gleyzer nació en 1941 y tenía 35 años cuando fue desaparecido en mayo
de 1976 por la dictadura militar. Era cineasta y militante del Partido
Revolucionario de los Trabajadores. Estaba casado con Juana Sapire, quien
colaboraba en sus películas, y tenía un hijo, Diego. Raymundo fue visto por última
vez junto a el escritor Haroldo Conti, en el campo de
concentración El Vesubio. Gleyzer integra destacadamente la
escuela de documentalistas con alto compromiso social,
característico de los tardíos años sesenta e inicios de los
setenta, pero, a diferencia del gran polo de cineastas
vinculados al peronismo revolucionario, cuyo emergente
máximo fue el
grupo Cine Liberación, la obra de Raymundo en
el grupo Cine de la base es muy crítica respecto a la figura
de Perón y en particular de la dirigencia sindical
peronista. Gleyzer desarrolla en sus documentales una mirada
vinculada a la tradición de izquierda marxista leninista
clásica. |
El guevarismo en la cultura argentina
Raymundo comenzó su temprana militancia en la juventud del Partido Comunista
(PC). Esa fue su primera experiencia política. Pero aquel viejo reformismo no lo
conformó. Por ello, conmocionado íntimamente por la vida y el pensamiento del
Che Guevara, Fidel y por toda la Revolución Cubana (visitó la isla y tomó
contacto con el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfica [ICAIC],
por primera vez en 1969), Raymundo se identificó rápidamente con el guevarismo.
Desde allí se integró al PRT-ERP (Partido Revolucionario de los
Trabajadores-Ejército Revolucionario del Pueblo). Desde esa experiencia política
generó uno de los grupos más radicales e iconoclastas en el ámbito de la cultura
crítica argentina: el Cine de la Base.
Además de ser un militante, en su primera juventud del PC y luego del guevarista
PRT-ERP, Raymundo Gleyzer también fue un camarógrafo de Telenoche, de Canal 7 y
un realizador de documentales para la TV alemana y varias secretarías de turismo
argentinas. Incluso fue uno de los primeros argentinos en filmar en las Islas
Malvinas en los ’60, dos décadas antes de la guerra con Gran Bretaña. Esos
materiales fueron utilizados en los documentales Malvinas, historia de
traiciones (1985) de Jorge Denti y Hundan al Belgrano (1986) de Federico
Urioste. Asimismo, tuvo a su cargo una de las cuatro cámaras de Adiós Sui
Generis (1975, de Bebe Kamín, film que retrata el último recital del mítico
conjunto de rock nacional formado por Charly García y Nito Mestre).
La filmografía de Gleyzer abarca entonces su producción militante —la más
voluminosa y perdurable, realizada para la insurgencia guevarista— y también la
obra “alimenticia” que si bien fue medio de supervivencia sin embargo reviste un
interés más que anecdótico o coyuntural. Algunos de sus films más renombrados
son: El ciclo (1963); La tierra quema (1964); Ceramiqueros de Tras la Sierra
(1965); Nuestras Islas Malvinas (1966); Ocurrido en Hualfín (1965); Pictografías
de Cerro Colorado (1965); Quilino (1966); México, la revolución congelada
(1971); Comunicado cinematográfico del ERP (1972); Ni olvido ni perdón (1972);
Los traidores (1973); Me matan sino trabajo y si trabajo me matan (1974), entre
otros.
«Cine de la Base», en el camino de Guevara y Santucho
Su compromiso militante con la insurgencia guevarista del PRT-ERP lo llevó a
agruparse junto con otros jóvenes revolucionarios en el «Cine de la Base», uno
de los dos principales nucleamientos del cine político de aquellos años,
paralelo al grupo «Cine Liberación» (que realizó La hora de los hornos), de
Solanas y Getino. Con ellos Gleyzer mantuvo estrecha colaboración pero también
duras polémicas. Sobre todo cuando aquellos cambiaron el final de la primera
versión de La hora de los hornos (Raymundo la había visto en Venezuela y quedó
muy impresionado) en 1973 —año en que el general Perón regresa a la Argentina
luego de 18 años de exilio en el Paraguay de Stroessner, en la República
Dominicana de Trujillo y en la España del generalísimo Francisco Franco—. El
final original de este documental famosísimo tenía una imagen del Che Guevara de
varios minutos acompañada por una voz en off. En el segundo final, trastocado en
1973, aparecían el general Perón y su tristemente célebre esposa Isabel
Martínez, enrolada en el macartismo de la extrema derecha peronista. El grupo
«Cine Liberación» se “aggiornó” al regreso del mítico líder moderando su
anterior radicalismo político, mientras Raymundo Gleyzer y el Cine de la Base se
mantuvieron firmes en la defensa de una perspectiva clasista y socialista,
obrera y popular, aun frente al regreso del general.
Tanto Gleyzer como sus compañeros del «Cine de la Base» compartían la
perspectiva ideológica de Mario Roberto Santucho, máximo dirigente del PRT-ERP.
Santucho había publicado en 1974 un libro titulado Poder burgués, poder
revolucionario donde analizaba toda la historia argentina —al calor de la
Revolución Cubana y la Revolución Vietnamita—, polemizando con dos vertientes
del campo popular: el reformismo del PC y el populismo de Montoneros. Mientras
polemizaba en el terreno ideológico Santucho promovía (infructuosamente) la
unidad práctica con estas corrientes políticas. Gran parte de las polémicas de
Raymundo Gleyzer comparten ese mismo horizonte de sentido político.
«Los traidores» y el cáncer de la burocracia sindical
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Raymundo Gleyzer había realizado una impiadosa radiografía de la burocracia
sindical argentina. El título que eligió para su film, hoy mítico, lo dice todo:
Los traidores (el título original iba a ser Una muerte cualquiera). Ese film
estaba basado en un cuento de Víctor Proncet, “La víctima”, que narraba un hecho
verídico, el autosecuestro del dirigente sindical peronista Andrés Framini
(aunque el título Los traidores ya había sido utilizado por el escritor
comunista José Murillo en la novela homónima —publicada en 1968— donde relataba
la traición de la burocracia sindical a una huelga metalúrgica).
En la película de Gleyzer Proncet encarnaba a “Barrera”, un burócrata sindical
peronista, síntesis de Augusto Timoteo Vandor, Lorenzo Miguel y Andrés Framini,
tres conocidos y emblemáticos dirigentes de la burocracia sindical. En el film
“Barrera” se parecía físicamente a José Ignacio Rucci (otro paradigma del
sindicalismo amarillo, macartista y burocrático), su había autosecuestrado como
lo había hecho Framini, decía frases de Lorenzo Miguel y terminaba muriendo a
manos de un atentado guerrillero como Vandor.
Al realizar cine político desde la ficción (incorporando a las imágenes del
Cordobazo “La marcha de la bronca” del dúo de la canción de protesta “Pedro y
Pablo”), Gleyzer apostó a la polémica y pensó el film para ser exhibido en
fábricas y barrios, apoyándose en las corrientes clasistas de los sindicatos
SITRAC-SITRAM (sindicatos de las empresas FIAT, afines al PRT y otras
organizaciones revolucionarias), o en dirigentes sindicales como Agustín Tosco y
René Salamanca (el primero muerto en la clandestinidad en 1975, el segundo
secuestrado y desaparecido en 1976). Incluso Gleyzer planeó volcar Los traidores
en fotonovela, para que circulara en un público más amplio.
Su otro gran film político —aunque todos fueron importantes— es México, la
revolución congelada, donde trata la institucionalización del proceso político
mexicano, el populismo represivo del PRI, el doble discurso permanente de sus
dirigentes (similar al del peronismo en Argentina), la explotación de los
indígenas, la matanza de Tlatelolco, el papel sumiso y obediente de aquella
“izquierda” que con lenguaje progresista y durante décadas legitimó al PRI,
incluyendo la matanza de 1968, y el papel nefasto de la sempiterna burocracia
sindical. Cabe destacar que en el film de Raymundo aparece retratada la miseria
de Chiapas, varias décadas antes de que surgiera el neozapatismo en los ’90.
El secuestro y la desaparición de Raymundo
Luego de años de silencio inducido y “olvido” fabricado comienzan a surgir
libros, grupos de estudio, centros culturales, talleres de video y películas que
recuerdan a Raymundo Gleyzer. Entre otros merecen destacarse el libro El cine
quema de Fernando Martín Peña y Carlos Vallina y el formidable largometraje
documental Raymundo de los jóvenes realizadores Virna Molina y Ernesto Ardito.
También el excelente film Un arma cargada de futuro (destinado específicamente a
reconstruir la política cultural del PRT-ERP), parte de la saga de Gaviotas
blindadas, de Omar Neri y el grupo de Cine Mascaró.
En todos estos casos, junto a documentos políticos de la época y a los
testimonios de militantes y combatientes guevaristas que lograron sobrevivir al
exterminio genocida de los militares argentinos, aparece retratado el Gleyzer
padre, el amante, el amigo, el inquieto documentalista itinerante y trotamundos,
el revolucionario, el intelectual, con todas sus contradicciones, sus miedos,
sus angustias, sus dudas, sus alegrías y su compromiso.
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El cineasta fue secuestrado pocos días después del escritor Haroldo Conti quien,
junto con el periodista Enrique Raab, el profesor Silvio Frondizi y el propio
Gleyzer, también adhirió al guevarismo del PRT-ERP. Conti y Gleyzer estuvieron
en el campo de concentración El Vesubio y el cineasta también habría estado
prisionero en el destacamento Güemes, cerca del barrio de Ezeiza. Secuestrados y
prisioneros que lograron sobrevivir a la represión relataron que los militares
torturaron salvajemente a Raymundo. En sesiones de tortura, le habrían cortado
los ligamentos de los pies e incluso habría quedado ciego. Mientras a Silvio
Frondizi lo asesinó en 1974 la Triple A, Raab, Conti y Gleyzer permanecen
desaparecidos. La dictadura militar fue impiadosa con todos los revolucionarios,
especialmente con los de origen marxista y guevarista a los que siempre
clasificó como “irrecuperables”.
Varios directores del mundo iniciaron en los festivales de cine una campaña
mundial por la liberación de Gleyzer. Entre otros escritores García Márquez
escribió una carta pidiendo su aparición con vida. Mientras tanto, el 1 de junio
de 1976 Alfredo Guevara, Walter Achugar, Miguel Littin, Carlos Rebolledo y
Manuel Pérez publicaron una declaración del Comité de cineastas latinoamericanos
reclamando por su libertad. Entonces la CIA informó, legitimando de hecho el
secuestro y las torturas, que según su “expediente” en Buenos Aires, en su casa
había albergado a refugiados chilenos perseguidos por el general Pinochet. Su
mamá se convirtió a partir de allí en una Madre de Plaza de Mayo. En el momento
del secuestro Raymundo tenía apenas 35 años.
Ejemplo y paradigma para las nuevas generaciones
Lautaro Murúa, director de cine y teatro y uno de los actores de Los Traidores,
lo rememora cálidamente afirmando que: “A Raymundo lo veo como alguien muy
valiente y romántico, algo que se repetía en miles de muchachos de su edad”. Una
caracterización sobre su vida que quizás sintetice a toda su generación.
Lo que Gleyzer generó en la cultura argentina y latinoamericana excede los
circuitos y perímetros del universo cinematográfico. Su obra también expresa que
se puede vivir de otra manera. Que los cálculos, el egoísmo, las mezquindades y
la mediocridad tan habituales en nuestros días, no están en el corazón del ser
humano. Son apenas un triste producto histórico. El compromiso vital de Raymundo
también demuestra que cuando el estudio y el talento van acompañados de una
ética inquebrantable y de una militancia insobornable, la cultura puede
transformarse en una arma explosiva y demoledora contra el poder. Y que eso
siempre tiene un costo. Raymundo Gleyzer estuvo dispuesto a pagarlo hasta con la
vida.
Su sacrificio no fue en vano. Nuevas generaciones de jóvenes militantes,
cineastas y documentalistas, pero también jóvenes que hacen formación política y
militan en los barrios, en las fábricas recuperadas, en las luchas piqueteras,
en el estudiantado secundario, en el universitario y en todo el movimiento
popular argentino, hoy vuelven a retomar las mismas banderas y los mismos
ideales del Che Guevara por los que Raymundo luchó y entregó su vida.

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Como director:
1. Me matan si no trabajo y si trabajo me matan - La huelga obrera en la fábrica
INSUD (corto - 1974)
2. Los traidores (no estrenada comercialmente - 1973)
3. Ni olvido ni perdón: 1972, la masacre de Trelew (mediometraje - 1973)
4. México, la revolución congelada (1971)
5. Swift (corto - 1971)
6. Nuestras Islas Malvinas (corto - 1966)
7. Ocurrido en Hualfín (mediometraje - 1965)
8. Ceramiqueros de tras la sierra (corto - 1965)
9. Pictografías del Cerro Colorado (corto - 1965)
10. La tierra quema (corto - 1964)
Como guionista:
1. Los traidores (no estrenada comercialmente - 1973)
2. México, la revolución congelada (1971)
En fotografía:
1. El otro oficio (corto - 1967)

"Nosotros no hacemos films para morir, sino para vivir, para vivir mejor. Y si se nos va la vida en ello, vendrán otros que continuaran... " (Raymundo Gleyzer, 1974)
Escrito y Dirigido por: Ernesto Ardito y Virna Molina
Investigación y Producción: Ernesto Ardito.
Animación y Gráfica: Virna Molina
Productor Asociado: Juana Sapire
Montaje y Sonido: Ernesto Ardito y Virna Molina
Cámara: Sebastián Díaz, Ernesto Ardito, Virna Molina
Este largometraje documental cuenta la vida y obra de Raymundo Gleyzer, un
cineasta argentino secuestrado y asesinado por la dictadura militar en 1976.
Convencido de que el cine es un arma de contrainformación, un instrumento para
los de abajo, Raymundo documentó la situación social y política de América
Latina desde 1963.
Sus comienzos fueron etnográficos y periodísticos pasando a hacer luego un cine
fuertemente político de cuestionamiento y denuncia, desde su militancia
revolucionaria. Desarrollándolo desde la clandestinidad.
En 1973 crea el grupo "Cine de la base" para llevar el cine a los mismos
protagonistas de sus films, los desposeídos de la tierra, los obreros, los
indios y los campesinos.
Tematicamente se aborda el desarrollo cronológico de su filmografía. Las
circunstancias - personales y de contexto- en que se originaron las películas.
Los obstáculos que debió sortear para llevarlas a cabo. El impacto que produjo
cada una y las condiciones de la difusión bajo condiciones políticas adversas.
Raymundo filmó y fotografió todo, no sólo lo referente a sus películas, sino
también a su vida privada o el fuera de cámara de sus films, lo que nos permite
recuperar y redescubrir el modo de sentir y pensar de toda una generación, desde
sus actos más cotidianos hasta los más trascendentes. Esta investigación logró
por tanto vencer el aniquilamiento cultural que generaron las políticas
culturales oficiales, que tras borrar a esta generación de la faz de la tierra,
también hizo todo lo posible para borrar su memoria.
En conjunto con la vida de Raymundo se narra el inicio, desarrollo y persecución
del cine revolucionario latinoamericano y el contexto histórico desde lo
político y social.
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Jorge Prelorán. Emisión del programa radial Atrapados en libertad por AM 530, La Voz de las Madres |
Este contexto, a través de la mirada y las películas de Raymundo, nos define y
ayuda a describir en forma paralela los movimientos políticos de liberación
latinoamericanos durante las décadas de los 60' y 70', con las continuas
violaciones a los derechos humanos y sociales por parte del poder.
Los films y las posiciones de Raymundo nos conducen al desarrollo de un
revisionismo histórico que marca a fuego nuestro padecer actual. Se hace
hincapié en la personalidad de Raymundo y en su compromiso, elementos que lo
llevaron a forjar su método: una cámara que no roba imágenes sino que se instala
en el núcleo interno del conflicto.
Finalmente se trata la crónica de su desaparición, la que significó el detonante
para que una generación de realizadores militantes que estaban perfilando el
nacimiento de un nuevo cine de "identidad" latinoamericana, se desperdigonara
por el resto del mundo, sujetos al exilio.
En vida, Gleyzer fue uno de los principales referentes del cine combativo y
militante, y luego de su "desaparición" quedó en el más oscuro de los olvidos
para la sociedad. Este documental busca por tanto devolver lo que la CIA y las
dictaduras latinoamericanas no pudieron destruir: la memoria, los ideales y el
valor de la verdad.
Fuente: www.filmraymundo.com.ar
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