Una alianza entre seres libres

"No es posible usar al gato para nada personal, no hay manera de privatizarlos"
Osvaldo Soriano

NOTAS EN ESTA SECCION
Los gatos y sus escritores   |   Cantos a Berenice  |  El gato de Cortázar   |  
El gato, marcador de la modernidad humana
Sobre perros y gatos, por Vicente Battista  |  Leonor Silvestri y "despues de vos"  |  Pasión gatuna - Soriano  |  Pasión gatuna - Borges
Pasión gatuna - Neruda   |   Pasión gatuna - Baudelaire  |  Pasión gatuna - Poe  |  Pasión gatuna - Kipling  |  A mi gato le encanta Mozart, por E. Pérsico
La poetisa, la mística y la gata, por Leonardo Boff  |  El idioma de los gatos, un cuento de Spencer Holst

 

Esta página debería titularse los gatos y sus escritores. Porque si usted convive con un gato habrá notado muchas veces que no "tiene" un gato, como se tiene un perro, un canario o una tortuga. Usted vive en la casa del gato. Antonio Burgos, quien le ha dedicado varios libros al tema, dice que el gato es un animal políticamente incorrecto, pues no es condescendiente con nadie. Si uno trata de llamar a un gato como llama a un perro, aún ese gato que quiere, cuida y alimenta, no recibirá más que frustración.

Gatos & Escritores

Aunque muchos sostengan que el "flechazo" entre escritores y gatos proviene del carácter solitario, sedentario e individualista de la escritura (la típica imagen de Ernest Hemingway escribiendo en la soledad nocturna y ardiente del trópico, rodeado de gatos), creemos que el fundamento de esa singular alianza se explica por la actitud de libertad suprema del felino, que podría traducirse: "Si te hago compañía es porque yo quiero, no porque me lo pides".

El escritor -Borges lo ha dicho- es un anarquista, en el sentido llano del término. No tiene horarios para escribir y su tarea muy raras veces la realiza a pedido. O sea, en pocas y entendibles palabras: "hace lo que quiere". Pues bien, lo mismo hace el gato. Escritores y gatos: una alianza entre seres libres.

Los gatos y sus escritores

Algunos gatos y algunos escritores:

H. G. Wells: tuvo un gato llamado Mr. Peter Wells.

Tennessee Williams
: tuvo un gato llamado Topaz.

Charlotte & Emily Brontë: tuvieron un gato llamado Tiger que jugaba con el pie de Emily mientras ella escribía "Wuthering Heigts".

Alejandro Dumas: tuvo los gatos Mysouff I y Mysouff II, siendo este último de color blanco y negro, el favorito del escritor, pese a que se comiera en una ocasión todos los pájaros exóticos de la casa. También tuvo un gato llamado Le Docteur.

Charles Dickens: tuvo una gata llamada William a la que rebautizó con el nombre de Williamina. Todo ello se debió a que consideraba que su gato era un macho y gracias a que tuvo una numerosa camada de gatitos descubrió que era una hembra. Y eso que la gata avisó al escritor de que no era un macho cuando inició los preparativos del parto con su traslado dentro del estudio de Dickens. De esa camada nació Master's Cat y fue el único que se quedó con Dickens.

Mark Twain
: tuvo numerosos gatos como son Apollinaris, Beelzebub, Blatherskite, Buffalo Bill, Satan, Sin, Sour Mash, Tammany y Zoroaster.

Lord Byron
: tuvo cinco gatos que llegaron a viajar con él. Entre ellos destacamos a Beppo, cuyo nombre fue recogido por Borges para bautizar al suyo, originalmente llamado Pepo.

Edgar Allen Poe
: tuvo una gata llamada Catarina, quien se sentaba frecuentemente en su hombro mientras él escribía. La gata le inspiró la obra "The Black Cat".

Victor Hugo
: tuvo un gato llamado Chanoine, aunque inicialmente se llamaba Gavroche y no le gustaba, y otro que se llamaba Mouche.

F. Scott Fitzgerald
: tuvo un gato llamado Chopin.

Theóphile Gautier
: tuvo numerosos gatos a los que llamó Childebrand (un gato negro y rayado al que mencionó en "La Ménagerie Intime"), Cléopatre (hija de Epoine y a la que le gustaba mantenerse sobre 3 patas, siendo mencionada en la misma obra), Don Pierrot de Navarre (a este gato blanco le gustaba robarle la pluma y engendró a 3 gatitos negros, siendo mencionado en la obra anterior), Enjoras (este gatito negro era hijo de los blancos Don Pierrot y de Séraphita y fue bautizado con un nombre procedente de la obra "Les Miserables", siendo también mencionado en la obra anterior), Eponine (gato de piel negra con los ojos verdes procedente de los mismos padres que Enjoras, con la misma procedencia de su nombre y siendo mencionado en la misma obra), Gavroche (gato negro con idénticas referencias al anterior), Madame Theóphile (gata blanca y roja a la que le gustaba robar la comida y mencionada en la misma obra), Séraphita (gata blanca que tuvo 3 gatos negros con Dom Perriot y también aludida en la obra anterior) y Zizi (un angora que le gustaba tocar las teclas del piano y también mencionado en la misma obra).

Colette
: esta escritora tuvo varios gatos: Franchette, Kapok, Kiki-la-Doucette, Kro, La Chatte, La Chatte Dernière, La Touteu, Mini-mini, Minionne, Muscat, One and Only, Petieu, Pinichette, Toune, Zwerg y Saha, a la que dedicó su novela "La Chatte".

T. S. Elliot
: tuvo varios gatos llamados George Pushdragon, Noilly Prat, Pattipaws o Pettipaws, Tantomile y Wiscus.

Walter Scott
: tuvo un gato llamado Hinse al que le gustaba molestar a los perros de Scott, hasta que en 1826 uno de esos perros acabó con su vida.

[Imagen: Ernest Hemingway y uno de sus gatos. Foto Corbis]


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Cantos a Berenice

Por Olga Orozco

Ilustración: El Tomi

Me gustan los perros. Tenía perros cuando chica pero realmente el animal que ha estado más cerca de mí fue un gato: Berenice. Estuvo conmigo quince años y medio y creo que teníamos una profunda telepatía, pero tampoco podría decir que fuese un animal. Era mi tótem. Tenía en el paladar el círculo oscuro que tienen los animales sagrados en Egipto. Caminaba retrocediendo como los que ven fantasmas y creo que a veces hasta me dictaba lo que escribía. Además, me trataba como si fuera una reina. Podía entrar alguien en la habitación y ella no le hacía el menor caso, se quedaba en su canasta, pero entraba yo y se ponía de pie. Yo canto muy mal, por dentro me siento un ángel pero por fuera sueno a perro; pues bien, en casa había de pronto una reunión en la que otros cantaban, y cantaban bien. Berenice permanecía inconmovible, en la lejanía; pero en cuanto yo daba la primera nota, aparecía Berenice y hacía acto de presencia durante toda mi actuación. Cuando yo terminaba, recién se retiraba. Cuando yo trabajaba y tenía un horario para levantarme o me quedaba dormida, Berenice me tiraba de la manta a la hora señalada; se trepaba a la cama y yo me despertaba como con un zorro alrededor del cuello. Le escribí un libro cuando murió, los Cantos a Berenice, que son diecisiete cantos.

Extraído de Travesías (Sudamericana, Buenos Aires, 1997). Conversaciones entre Olga Orozco y Gloria Alcorta, coordinadas por Antonio Requeni.

Canto I

Si la casualidad es la más empeñosa jugada del destino
alguna vez podremos interrogar con causa a esas escoltas de genealogías
que tendieron un puente desde tu desamparo hasta mi exilio
y cerraron de golpe las bocas del azar.
Cambiaremos panteras de diamante por abuelas de trébol,
dioses egipcios por profetas ciegos, garra tenaz por mano sin descuido,
hasta encontrar las puntas secretas el ovillo que devanamos juntas
y fue nuestro pequeño sol de cada día.
Con errores o trampas, por esta vez hemos ganado la partida.


Canto VI

No comiste del loto del olvido
-el homérico privilegio de los dioses-,
porque sabías ya que quien olvida se convierte en objeto
inanimado
-nada más que en resaca o en resto a la deriva-
al antojo del caprichoso mar de otras memorias.
Y así escarbaste un día en tu depósito de sombras
y volviste a anudar con tiernos ligamentos huesecitos dispersos,
tejidos enamorados del sabor de la lluvia,
vísceras dulces como colmenas sobrenaturales para la abeja reina,
dientes que fueron lobos en las estepas de la luna,
garras que fueron tigres en la profunda selva embalsamada.
Y lo envolviste todo en ese saco de carbón constelado
que arrojaste hacia aquí, como hacia un tren en marcha,
y que en algún lugar dejó un agujero por el que te aspiran
y al que debes volver.
 


El gato de Cortázar

Por Francesc M. Rotger

Imagen: Cortázar en París, con la gata Flanelle. Imagen tomada por A. Girard en 1980 (colección CGAI) Foto tomada de "Cortázar de la A a la Z".

Ahora que hace veinticinco años que se fue para siempre a los tejados de París, a mirar a las magas desde las mansardas (recuerdo con bastante nitidez la jornada; y la correspondencia de aquel día), hemos recuperado las imágenes sepias de Julio Cortázar. En una de ellas, sentado en el suelo, el gran cronopio mira por la ventana; al otro lado del vidrio, un gato le mira a él. En otra aparece con un gato atigrado en los brazos, él con esa belleza triste que apuntaba Matías Vallés en la portada de Bellver el otro día, el gato con ese gesto solemne y enigmático de los gatos. Queda claro que el gato es un ser superior, Charles Darwin debió olvidarse de los gatos en sus análisis. Ya dijo Mark Twain que el cruce de persona con gato sin duda mejoraría la especie humana, pero empeoraría a los gatos.

Teodoro W. Adorno era el gato de Cortázar, aunque esto no es correcto, porque los gatos no son de nadie. Como mucho, te conceden que les des de comer, que los tengas en casa y que les rasques, si a ellos les apetece. El mismo Cortázar describe cuidadosamente el proceso en su cuento La entrada en religión de Teodoro W. Adorno. Julio Cortázar eligió para aquel gato el nombre del filósofo, a quien por cierto la Universitat de les Illes Balears dedicó no ha mucho un simposio, con sus ponencias oportunamente publicadas. Adorno negó que después de Auschwitz pudiera seguir escribiéndose poesía, reflexión que continúa inquietándonos.

´Rayuela´ es uno de esos libros que han cambiado la vida de la gente. Aunque yo tengo que reconocer que empecé a leer a Cortázar por el final, por Los autonautas de la cosmopista, un libro que escribió junto a su segunda mujer, Carol Dunlop, narrando un viaje de París a Marsella en furgoneta. Rayuela es la librería del barrio de mi niñez en Bilbao, en la calle Huertas de la Villa, que en euskera se dice Uriortu; mucho más corto y sin duda menos poético. Hay librerías que se llaman así, Rayuela, en Málaga, Sevilla, Sigüenza, Barbastro. Los gatos no leen, no tienen dinero (ni lo necesitan), pero en Rayuela también salen gatos. Qué sería de los tejados de París sin los gatos, de las calles monacales palmesanas, de los muelles mediterráneos en su conjunto.

Hemingway vivía rodeado de gatos, he leído en algún sitio que de gatos de seis dedos en cada pata, y escribió el relato El gato bajo la lluvia (como el de Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes), del que dijo Gabriel García Márquez que era el mejor cuento que había leído en su vida. Aunque Enrique Vila-Matas confiesa que no lo entiende, y traslada la duda a sus alumnos, en Ella era Hemingway (publicado por Cuadernos Alfabia). Un personaje de la última novela de Baltasar Porcel convive con un gato llamado Giocco, y dice que se siente más próximo a él que a sus nietos. "Almenys li feia companyia".

http://www.diariodemallorca.es/secciones/noticia.jsp?pRef=2009021300_16_435643__Cultura-gato-Cortazar


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El gato, marcador de la modernidad humana

Por Rubén Mario Gatti*

“Has recorrido un largo camino, felino” se podría decir si recorremos la historia de este mamífero de más de cinco mil años y su proceso de domesticación. Si alguna vez tuvo contornos de Divinidad, también tuvo su etapa de brujo durante la Inquisición. En el presente, en las sociedades desarrolladas, compite con los perros por ser ‘primera figura’ en las casas de familia.

La domesticación se inició a partir de un cambio en la forma de vida de los humanos Un trabajo hecho en España en la estación de fauna silvestre de Doñana, ha confirmado que el gato doméstico desciende en forma principal del gato montés africano cuyo nombre científico es Felis Silvestres Lybica. Si bien esto ya se sabía con los estudios arqueológicos de Egipto de hace unos 5000 años, la novedad es que se han encontrado evidencias que la domesticación del gato puede tener casi el doble de antigüedad y podría haberse iniciado en la medialuna fértil de oriente medio o sea en la zona donde actualmente existen Israel, Irack, Siria y Líbano. Ya se había encontrado hace dos años una tumba de 9000 años de antigüedad en la isla de Chipre, donde se hallaba un gato como ajuar funerario.

Con estos últimos estudios se ha determinado que si bien el Felix Lybica es el iniciador de la estirpe doméstica parecería que esta domesticación se inició en oriente medio y posiblemente de allí se trasladó a Egipto donde tomo máximo esplendor, efectivamente allí el gato fue considerado una divinidad, era como un enviado del cielo para cuidar las cosechas y se creó una diosa llamada Bast con cuerpo de mujer y cabeza de gato.

Ahora ¿cómo se domesticó el gato? Es muy interesante y los arqueólogos, antropólogos y etólogos han tratado de determinar la forma en que el gato se ha domesticado.

El primer cambio lo produjo el hombre, que paso de la actividad nómada y cazadora a la de asentarse en un lugar y transformarse en agricultor. Mientras fue nómada y cazador su único compañero fue el perro que derivaba del lobo, como todos sabemos.

En cuanto se dedicó a la agricultura hace unos 10 mil años, comenzó a guardar los granos de sus cosechas y eso fue un gran atractivo para los roedores, que rápidamente se instalaron en sus graneros, ya que tenían mucha comida a disposición. Y como consecuencia de esto, se acercaron los gatos porque también comenzaron a tener mucha comida a disposición, o sea los roedores.

Para los gatos lybicas o monteses la cosa no habrá sido muy fácil ya que tenían que vencer el miedo al humano, así que se supone que tuvo que haber un pequeño cambio genético, que les redujera su temor o dicho en otras palabras que aumentara su tolerancia a la presencia del humano; por otro lado éstos comprendieron rápidamente que el gato protegía sus cosechas, ya que se comía los roedores que eran los que se comían los granos.

Luego todo anduvo sobre rieles, los gatos que ya tenían la tolerancia se reprodujeron entre ellos y esto produjo más gatos tolerantes al humano. Otro hecho que debe haber ayudado a la domesticación fue que las gatas tenían cría en zonas cercanas a los humanos y esto favoreció lo que ahora llamamos la socialización al humano, o sea todo gatito que está en contacto con humanos entre el primer y segundo mes de vida, luego no le tendrá miedo y hasta buscará su compañía.

Entonces podríamos decir que la domesticación se inició gracias a un progreso en la forma de vivir de los humanos (agricultura) y desde allí en más el gato ha ido acompañando la historia, y siempre ha sido un marcador de modernidad de las sociedades humanas. Como lo es actualmente donde va tomando posiciones en las sociedades más avanzadas del planeta.


* Médico veterinario. Especialista en medicina felina. Autor de El gato. Una mascota especial (1996) y Señales de alarma en la salud de nuestro gato- Edición Argentina 2003, Española 2006 e Inglesa 2007. Coordina el foro de discusión de la Asociación de Medicina Felina

Fuente: http://www.elarcadigital.com.ar/modules/revistadigital/articulo.php?id=1119


Sobre perros y gatos

Por Vicente Battista
Imagen: Pablo Piovano

Desde pequeños nos enseñaron que el perro es el mejor amigo del hombre, aunque no está en condiciones de elegir a sus amigos, ya que les da lo mismo que lo acaricie Hitler o Lenin; sólo se atiene a recibir los arrumacos y a devolverlos con la obediencia y el cariño del caso. Son fieles hasta el hartazgo, siguen a sus amos, cuidan la casa, prodigan cariño y obedecen órdenes, se muestran orgullosos de ser animales domésticos. Los gatos, por el contrario, conservan con hidalguía su condición de salvajes; desde el tiempo de los faraones y tal vez antes, fingen que los han domesticado, desde entonces hasta hoy aparentan ser una mascota para que les brindemos techo y comida. Se limitan a pasear por la casa, pero ni por asomo se les ocurre defenderla, admiten alguna caricia, pero sólo cuando ellos tienen ganas.

En Egipto eran considerados criaturas sagradas, cuando morían se los momificaba y sus dueños se afeitaban las cejas en señal de duelo. Las tribus hebreas que abandonaron la tierra del faraón Thutmosis III en busca de la tierra prometida, no compartían esa reverencia; en el Antiguo Testamento se los menciona en dos oportunidades y en ambos casos de modo negativo. Noé los admitió en su Arca; sin embargo, al desembarcar no cambiaron sus costumbres. Acaso por eso tampoco aparecen a lo largo del Nuevo Testamento. Su peor momento se registró a comienzos del primer milenio: los hombres sabios de aquella época decidieron que la belleza de esos felinos, su independencia, su altanería, su elegancia en todos y cada uno de sus gestos, disimulaban a una bestia diabólica, no en vano las iconografías los mostraban acompañando a las brujas. El hombre, según los teólogos, había sido creado a imagen y semejanza de Dios, por lo que se hacía difícil aceptar a esas criaturas capaces de realizar proezas imposibles para los humanos. Los doctores del Medioevo decidieron aniquilarlos, no comprendieron que con ese disparate rompían el equilibrio ecológico. Podrá decirse que aquellos clérigos poco sabían de ecología y menos aún de equilibrio, lo cierto es que el exterminio de gatos produjo el aumento de ratas. Estas, aseguran, fueron las portadoras de la peste negra en Europa, una calamidad registrada entre los años 1347 y 1350 que puso fin a la Edad Media y mató a cerca de veinticinco millones de personas, casi el cuarenta por ciento de la población.

Como es habitual en tiempo de verano, Página/12 publica en la sección El País un reportaje a dirigentes políticos de distintas ideologías. En el recuadro “Test” se advierte una pertinaz coincidencia en la respuesta a la última pregunta: “¿Perro o gato?”. Hasta este momento, salvo un par de políticos que eligieron gato y un candidato presidencial que, fiel a su estilo, prefirió a los dos, el resto de los encuestados optó por “el mejor amigo del hombre”. Pareciera ser que aún quedan vestigios de aquel milenario estigma que perseguía a los gatos, un prejuicio que, por fortuna, no afecta a los artistas en general y a los escritores en particular. Beppo, se llamó el gato de Borges, quien a la hora de bautizarlo eligió el nombre de uno de los muchos que rodeaban a Lord Byron. T. W. Adorno se llamó el de Cortázar, Catarina era el nombre de la gata de Poe y Rien, el de la de Sartre. Imposible enumerar a los muchísimos que tuvieron Mark Twain, Raymond Chandler, Ernest Hemingway, Patricia Highsmith y Osvaldo Soriano. La lista es vastísima, los poemas que les han dedicado también; entre otros muchos, podríamos mencionar los de Baudelaire, Tolkien, Lovecraft, Bukowski, los de Neruda y los de Borges.

La respuesta de por qué los políticos optan por los perros está en ellos mismos, en los perros, digo, en la fidelidad y el respeto que éstos manifiestan hacia el jefe de la manada, hacia el que manda. Algo imposible de conseguir en los gatos, incluso el más abúlico no soportaría que le organicen la vida. Los perros representan el orden y lo racional, los gatos, en cambio, están más allá de esas circunstancias, habitan ese universo secreto que tal vez intuyó García Lorca en su “Canción Novísima de los Gatos”, en dos versos de ese poema recientemente descubierto, que se leen así: “El gato es inquietante, no es de este mundo. / Tiene el enorme prestigio de haber sido ya Dios”.

19/02/14 Página|12



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Leonor Silvestri y "después de vos"

Cuando los gatos se vuelven literatura

En su poemario autotraducido, la poeta y traductora rescata a los felinos "como la expresión manifiesta y sublime de la libertad absoluta".

"Si un poema está mal, hay que hacharlo o guardarlo, por más que sea tu separación", asegura Silvestri.

Por Silvina Friera

Una mariposa es imbatible

Por Eduardo Pérsico

Llegó octubre y en mi barrio, la primavera ya vistió al ciruelo con florcitas colorinches. Y por ahí, una mariposa inquieta a mi gato Fidel; es que quizá ella se ufane de llevar en sus alas un dibujo irrepetible, un rasgo a perpetuar en la especie que difiere y transmite la herencia de ese "insecto lepidóptero". Una denominación que, digamos, indica a los entomólogos como gente poco sería al nombrar así a una mariposa… Naturalmente, ninguna alcanza a pesar un gramo pero a puro vuelo comunican su mensaje al planeta entero, así que Fidel, no discutas el dominio del patio por un rato si al fin, ellas demuestran la imbatible armonía de los dioses que a soplo vital y ala diminuta cumplen su parte en este plan gigante y misterioso.

Aunque claro, cada vuelo desorienta a mi gato y creo que a estos felinos los perjudicó el desmesurado homenaje que le hicieron ciertos tipos muy famosos. Charles Baudelaire, por ejemplo, creía que la belleza de los gatos sugería lujo y voluptuosidad, y Víctor Hugo dijo que Dios los imaginó para darle al hombre la ilusión de acariciar un tigre. Todo eso parece magnífico, pero yo apenas le pido al mío que baje de la pared y no se humille ante esta invicta mariposa, que con su fuga y retorno volandero puede encender y apagar la primavera cuando quiere.

Eduardo Pérsico nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.
Ilustración: Gentileza de Landrú (Juan Carlos Colombres)

Los gatos son animales políticamente incorrectos. Alí –bellísimo negro azabache con ojos de oro–, Blanquita y Anita –dos lunas elásticas con manchitas grises y marrones– confirman su incorrección cuando el fotógrafo trata de juntarlos a los tres en el living de la poeta y traductora Leonor Silvestri. Cuando parece que se está por cumplir el objetivo, quizás una partícula de polvo –que sólo ellos pueden detectar– o un ruidito imperceptible, algo los dispersa y desaparecen como el gato de Cheshire, de Carroll. Habrá que armarse de paciencia, aunque con la certeza de que esos seres orgullosos y distantes se saldrán con la suya. Quizá mejor no reincidir y tratar de capturarlos, si se puede, displicentes, tomando sol o meditando sobre la mesada de la cocina. "Pero no puedo descifrar un gato/ mi razón resbaló en su indiferencia", escribió el poeta Pablo Neruda. El irresistible encanto que ejercen estos felinos domésticos está en su libertad suprema: no admiten que los manden, no obedecen, no quieren que les saquen fotos. Alí, Blanquita y Anita son los verdaderos protagonistas del poemario bilingüe autotraducido Después de vos (Ardiente Claridad), que poetiza la ausencia de lo más amado a través de esos tres gatos.

Los quince poemas que integran el libro invitan a reflexionar sobre los significados mínimos que dan sentido a nuestra existencia tras una separación ("Cuando por las mañanas/ te dedicás a tirar los juguetes/ desde las nieves eternas de la cómoda/ yo me encuentro feliz de despertar/ estando con vos, Alí"). Los asuntos domésticos, el sentimiento de soledad ("hoy, si la casa se incendia/ no sacaría papeles estampados/ escaparía con vos/ en mis brazos por la ventana/ nadando") y el constante reclamo de afecto se ensamblan de manera pop con los dibujos de Cristina Lancellotti y el diseño de Lucas López (de la revista Acido Surtido). La tapa de color turquesa, con un corazón fucsia con la silueta de un gato, y la portada fucsia proponen visualmente un libro que también parece bilingüe. Silvestri integra un extenso listado de narradores y poetas que han sucumbido al "flechazo" gatuno (ver aparte). Este linaje, esta familiaridad entre un oficio y un animal doméstico, quizá sea por el carácter solitario, sedentario e individualista de la escritura, reforzada por la típica imagen de Ernest Hemingway escribiendo rodeado de gatos.

La poeta y colaboradora de Radar Libros, que pareciera tener menos de 31 años, plantea que no puede hablar en nombre de todos los escritores, pero trata de tirar de la madeja de su pasión por los felinos. "Los gatos son la expresión manifiesta y sublime de la libertad absoluta, eso fue lo que siempre me sedujo. Viví sólo los primeros cuatro años de mi vida sin gatos, y no ha habido casa en la que no los hubiera. Los gatos me siguen, no concibo la vida sin ellos. Hay un montón de cualidades que me gustan, pero no sé si todas están expresadas en los poemas", señala Silvestri en la entrevista con Página/12. "Más que una conexión gato-literatura, que sin duda está presente, hay una conexión gato-mujer y gato-personas oprimidas, excluidas, minorías sexuales." Estos vínculos políticos aparecen en varios de los poemas, como en "Punk not dead" ("Alí es anarkista/ revolucionario/cubano anticapitalista/ no me deja escribir mis estúpidas/ traducciones/ que pagan su comida/ y la mía"), en "Anita Pingüino" ("Anita no quiere ser novia de ningún gato/ no casarse, no tener hijos./ Quiere sí/ ser independiente, feminista") o en A los gatos no le gustan los títulos nobiliarios ("los gatos no son aristogáticos/ todos tienen el poder/ de seducir, de ser gatos/ lumpen/ ociosos y vagos/ gatos linyeras").

"Lo que en general a la gente le molesta de los gatos, su total independencia, sus conductas libertarias, anarquistas, que sean ociosos, vagos, callejeros, a mí me fascina", subraya la poeta, especialista en literatura antigua, autora del libro de ensayo Catulo, Poemas, una introducción, los poemarios bilingües autotraducidos El curso. Mitología grecolatina y Nugae, teoría de la traducción. "En la casa de mis padres son gateros, mi abuela es una de esas viejas locas que les dan de comer a los gatos, esas viejas que no le dan de comer al marido, pero los gatos del barrio comen", bromea Silvestri. "Los gatos son personajes mucho más literarios que otros animales", afirma la poeta. "De todas maneras, soy proanimal: si bien tengo una fascinación casi pluscuamperfecta por los gatos, la verdad es que todos los animales me conmueven, de hecho soy vegetariana hace tres años, con mucho esfuerzo. No como carne, no porque no me guste, sino por no hacerle daño a ningún animal." Alí –rescatado justo a tiempo con Anita cuando Silvestri se dio cuenta de que podría ser la comida de un linyera– aprovecha los rayos de sol que se reflejan en el parquet del living para estirarse, cerca de la batería que la poeta suele tocar. "A los gatos les encanta, los vecinos son el problema", aclara.

Segunda tentativa de juntar a Alí, Blanquita y Anita, y nuevo fracaso. Habrá que sacarlos por separado, como ellos prefieren. Silvestri confiesa que su especialización en literatura clásica empezó a golpear con otras áreas: con la poesía, con su feminismo, con su actividad fuera de la facultad. Eran golpes disonantes, molestos. "Tuve que elegir entre la academia y el afuera. Y elegí el afuera. Hoy la facultad no me atrae en lo más mínimo, lo cual no quita que quizá vuelva a hacer otra cosa. Pero me tenía que alejar de los latines y los griegos como conocimiento erudito, tenía que colectivizar estos conocimientos, cosa que hago en talleres y charlas, para que la gente le dejara de temer. El latín no tiene por qué estar en manos del Opus Dei; ni Barthes ni Foucault es el Opus Dei y ellos tenían estos conocimientos. Si me hubiera quedado en la facultad, además de convertirme en una vieja con una úlcera, amargada, que se casa por obligación y que se separa de su marido tras veinte años de ser cornuda, no hubiera podido desarrollar una carrera literaria. Lo mejor me pasó fuera de la UBA: la poesía, el anarquismo y el feminismo, tres cosas que la facultad no me dio ni de refilón." Asistió a varios talleres y clínicas de poesía en el Centro Cultural Rojas y en la Casa de la Poesía con Diana Bellessi ("la mejor profesora que tuve, es severísima con la forma"), María del Carmen Colombo y Fabián Casas ("un maestro zen"). "Un taller o una clínica de poesía tienen que darte lecturas que no tenés, libros que no se te ocurrió leer, y después ser implacable con lo que Mirta Rosemberg llama ‘tu cajita santa’. Si un poema está mal, hay que hacharlo o guardarlo, por más que sea tu separación."

Silvestri cuenta que Después de vos es su poemario más autorreferencial. "Lo empecé a escribir después de mi separación. Blanquita es la gata de mi ex pareja; en algún momento la miraba y me preguntaba qué hacía esta gata acá, si yo no quería tener nada que me recordara a la persona de la que me había separado. Y tuve que aprender a quererla." La poeta advierte que sus poemarios anteriores tienen una forma más clásica. "Pero en este libro no, excepto por uno de los poemas que es un homenaje a William Blake", explica. "Hay una traducción de El tigre, de Blake, y lo que hice fue cambiar al tigre por el gato. Este libro es más ecléctico y moderno porque pensé en un lector más joven. A mí me gustaría que tuviera un lector adolescente o un adulto joven que no leyera poesía. Pensé en el diseño del libro para que lo pudiera leer los que escuchan a Miranda!."

–¿El gato estaría asociado a lo pop?

–No, es sólo el diseño del libro. Los gatos me parecen muy punks; de hecho tengo un pin, que se lo compré a Nekro (cantante de Boom Boom Kid), que dice: "Todos los gatos son punks". Los gatos son motivo de literatura en mi vida.

Fuente: Página/12, 22/10/07


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Pasión gatuna

 Osvaldo Soriano: "Un escritor sin gato es como un ciego sin lazarillo"

(...) El día que nací había un gato esperando al otro lado de la puerta. Mi padre fumaba en Mar del Plata, en el patio. Mi madre dice que fue un parto difícil, a las cuatro y veinte de la tarde de un día de verano. El sol rajaba la tierra. Los jóvenes Borges y Bioy Casares paraban cerca de ahí, en Los Troncos alucinando las historias de don Isidro Parodi. A Borges lo seguían los gatos. En una de sus fotos más hermosas está junto a María Kodama, que tiene uno en brazos; Borges lo acaricia como a un amigo.

A mi un gato me trajo la solución para Triste, solitario y final. Un negro de mirada contundente, muy parecido a Taki, la gata de Chandler. Otro, el negro Veni, me acompañó en el exilio y murió en Buenos Aires. Hubo uno llamado Peteco que me sacó de muchos apuros en los días en que escribía A sus plantas rendido un León. Viví con una chica alérgica a los gatos y al poco tiempo nos separamos. En París, mientras trabajaba en El ojo de la patria, en un quinto piso inaccesible, se me apareció un gato equilibrista caminando por la canaleta del desagüe. Para sentirme más seguro de mi mismo puse un gato negro al comienzo y uno colorado al final de Una sombra ya pronto serás.

Para decirlo mal y pronto: hay gatos en todas mis novelas. Soy uno de ellos perezoso y distante. Aunque nunca aprendí la sutileza de la especie. Ahora mismo, una de mis gatas se lava la manos acostada sobre el teclado y tengo que apartarla con suavidad para seguir escribiendo. Hace cinco meses que no prendemos un cigarrillo. Juntos sufrimos el vejamen de la abstinencia y la vida limpia. Hace unos meses esta habitación era un quemadero de fragancias maravillosas. Tabacos de la Argentina, de Cuba y de Holanda, ya no; resignamos algo de la utilería que compone a los duros: cigarrillos, sombrero, impermeable, el revolver de juguete. Los fantásticos vampiros de Matheson; entre los que estaban Laurel y Hardy y el realismo romántico de Chandler, sobreviven a las modas y las vanguardias porque el lector quiere verse ahí en sangre de papel. Necesita leer sus miedos. Con eso Stephen King escribe ahora una obra excesiva e inquietante. En uno de sus libros, un personaje acusa de plagiario al narrador, le mata el gato y se lo deja frente a la puerta. Es un momento insoportable en la literatura de terror. Algo cercano a los escalofriantes efectos de H.P. Lovecraft. Todos los escritores con corazón se han ganado un gato que los sigue y los protege. Tal vez el de Gibbins, cercado por el fuego, le haya pedido auxilio en nombre de los gatos inspiradores: el del Dante, el de Baudelaire, el de Lewis Carrol, el de Borges. Y ahí fue el director de pobres películas, a purificarse en el incendio y cumplir con el ritual de todos los demonios.

Un escritor sin gato es como un ciego sin lazarillo. No es posible usar al gato para nada personal, no hay manera de privatizarlos. En La noche americana, Francois Truffaut aconseja a las realizadores de cine no meterse jamás con un gato en acción. También me lo dijo Hector Olivera a la hora de escribir el guión de Una sombra ya pronto serás. ¿Cómo hacer para que dos gatos de cine interpreten disciplinadamente a los que aparecen en la novela? Yo los puse en el libreto nada más que para aplacar mis miedos. Con una sonrisa; Olivera me dijo que estaba loco: un gato actor, el negro, tendría que seguir al personaje de Miguel Angel Solá, lavarse a su lado comerse una laucha y echarse a dormir. El otro un colorado, aparece al final, poco después que Pepe Soriano, el Coluccini de la película, haya tenido una charla con Dios. Olivera decidió que no hubiera gatos, pero creo que estoy a tiempo de convencerlo de que ponga al menos una silueta. Cuando hablábamos de eso, todavía Gibbins no se había arrojado al incendio. Yo creía, Dios me perdone, que Matheson se había muerto de viejo. Pero no: allí estaba, peleando frente al fuego, apartando maderas en llamas, abriendo un camino para que su gato pudiera escapar con él. En el revoltijo alcanzó a salvar una carpeta con su último manuscrito. Es que siempre cuando uno rescata un manuscrito, hay un gato adentro.

Cuando yo era chico mi gato Pulqui era mono, león, pirata y bandolero. Yo lo acechaba entre las plantas del jardín y me le tiraba encima con el cuchillo de madera entre los dientes. Ahora mi hijo combate contra la gata Virgula que le devuelve los golpes. Son arañazos de mentira, en un revoltijo de sillas volteadas y malvones floridos. Las suyas, como las mías antes, son fantasías de selvas y mares, de castillos y mosqueteros. Esos años felices e irrecuperables en los que uno aprende, si aprende algo, que los gatos nos traen a domicilio el misterio de la creación. Chandler les atribuía toda la sabiduría y creía que provocaban la explosión creadora. Un día le pidieron que hablara de Philip Marlowe y prefirió que fuera Taki la que la hiciera por él. Pretendía que era la gata quien escribía sus novelas bien entrada la noche: A mí suele pasarme algo parecido.

Richard Matheson perdió todo; la casa los muebles y los premios, pero alcanzó a salvar lo esencial: esa mirada que lo sostiene por las noches, cuando la palabra no viene y la novela no avanza. Esa mirada que nos atornilla al sillón, ese ronroneo que precede a la llegada del diablo.
Poe, Lovecraft y Matheson asociaron los gatos al horror; en los dibujos animados Willam Hanna y Joe Barbera le dieron a Tom El papel de víctima y al ratón Jerry el de la picardía. El gato Félix fue un gran héroe yanqui de los año treinta, puritano y travieso. El Fritz the Cat, de Ralph Baskhi y Robert Crumb, sintetizó los eróticos y crueles años de mi juventud; apareciendo en 1968, Fritz es el primer gato de dibujo que vuelve de Vietnam, se droga, callejea de un prostíbulo a otro, fuma como un escuerzo, duerme con las mejores chicas, incluida su hermana, y termina asesinado por una gata vieja a la que había abandonado en tiempos mejores.

En cambio, Walt Disney detestaba a los gatos. Recién en 1970 se decidió a crear un personaje que, por supuesto, no le dejó éxito ni plata. Disney era uno de esos tipos que nunca se hacen querer por los gatos. Creo que fue Chandler quien lo dijo. No se si en la biografía del detective Marlowe o en la propia. Hace unos días, una investigadora que prepara un libro de reportajes a escritores argentinos nos pidió a sus entrevistados que trazáramos cada uno una breve autobiografía. ¿Como hacerlo? ¿Cómo hablar de nosotros si no sabemos quienes somos? Le dije que yo no tengo biografía. Me la van a inventar los gatos que vendrán cuando yo esté, muy orondo, sentado en el redondel de la luna.  [Ver Textos de Osvaldo Soriano]


 Jorge Luis Borges

Entre la biografía de Borges, hay algo que llama la atención, y es su extremado amor por los gatos. Uno estaría tentado de pensar que la compañía de estos felinos, cruzándose de repente por los pasillos o enredándose entre las piernas del escritor, no sería una opción demasiado recomendable para un anciano achacoso y ciego. Pero "un escritor sin gato es como un ciego sin lazarillo", dijo Osvaldo Soriano, y seguramente tenía razón. En cualquier caso, Borges sentía debilidad por sus gatos Odín y Beppo (nacido Pepo pero rebautizado posteriormente en homenaje al gato de Byron). De este último, en particular, cóntó innumerables anécdotas a lo largo de las muchas entrevistas que se le hicieron, e incluso le dedicó uno de sus más conocidos poemas (La Cifra, 1981):


Beppo

Algunos gatos y sus escritores


Jorge Luis Borges


Julio Cortázar


Jacques Prévert


María Elena Walsh


Juan L. Ortiz


Osvaldo Soriano


Alberto Laiseca


Ernest Hemingway


Charles Bukowski


Hermann Hesse


Jack Kerouac


Alejandro Jodorowsky


Philip Dick


Stephen King


Terence Moix


Alberto Moravia


Witold Gombrowicz


Carlos Monsivais


Joao Guimaraes Rosa


Truman Capote

El gato blanco y célibe se mira
en la lúcida luna del espejo
y no puede saber que esa blancura
y esos ojos de oro que no ha visto
nunca en la casa son su propia imagen.
¿Quién le dirá que el otro que lo observa
es apenas un sueño del espejo?
Me digo que esos gatos armoniosos
el de cristal y el de caliente sangre,
son simulacros que concede el tiempo
un arquetipo eterno. Así lo afirma,
sombra también, Plotino en las Ennéadas.
¿De qué Adán anterior al paraíso,
de qué divinidad indescifrable
somos los hombres un espejo roto?

 Pablo Neruda

Oda al gato

Los animales fueron
imperfectos,
largos de cola, tristes
de cabeza.
Poco a poco se fueron
componiendo,
haciéndose paisaje,
adquiriendo lunares, gracia, vuelo.
El gato,
sólo el gato
apareció completo
y orgulloso:
nació completamente terminado,
camina solo y sabe lo que quiere.

El hombre quiere ser pescado y pájaro,
la serpiente quisiera tener alas,
el perro es un león desorientado,
el ingeniero quiere ser poeta,
la mosca estudia para golondrina,
el poeta trata de imitar la mosca,
pero el gato
quiere ser sólo gato
y todo gato es gato
desde bigote a cola,
desde presentimiento a rata viva,
desde la noche hasta sus ojos de oro.
No hay unidad
como él,
no tienen
la luna ni la flor
tal contextura:
es una sola cosa
como el sol o el topacio,
y la elástica línea en su contorno
firme y sutil es como
la línea de la proa de una nave.
Sus ojos amarillos
dejaron una sola
ranura
para echar las monedas de la noche. Oh pequeño
emperador sin orbe,
conquistador sin patria,
mínimo tigre de salón, nupcial
sultán del cielo
de las tejas eróticas,
el viento del amor
en la intemperie
reclamas
cuando pasas
y posas cuatro pies delicados
en el suelo,
oliendo,
desconfiando
de todo lo terrestre,
porque todoes inmundo
para el inmaculado pie del gato.
Oh fiera independiente
de la casa, arrogante
vestigio de la noche,
perezoso, gimnástico
y ajeno,
profundísimo gato,
policía secreta
de las habitaciones,
insignia
de un
desaparecido terciopelo,
seguramente no hay
enigma
en tu manera,
tal vez no eres misterio,
todo el mundo te sabe y perteneces
al habitante menos misterioso,
tal vez todos lo creen,
todos se creen dueños,
propietarios, tíos
de gatos, compañeros,
colegas,
discípulos o amigos
de su gato.
Yo no.
Yo no suscribo.
Yo no conozco al gato.
Todo lo sé, la vida y su archipiélago,
el mar y la ciudad incalculable,
la botánica,
el gineceo con sus extravíos,
el por y el menos de la matemática,
los embudos volcánicos del mundo,
la cáscara irreal del cocodrilo,
la bondad ignorada del bombero,
el atavismo azul del sacerdote,
pero no puedo descifrar un gato.
Mi razón resbaló en su indiferencia,
sus ojos tienen números de oro.


 Charles Baudelaire

Ven, bello, gato, a mi amoroso pecho:
Retén las uñas de tu pata,
Y deja que me hunda en tus ojos hermosos
Mezcla de ágata y metal
Mientras mis dedos peinan suavemente
Tu cabeza y tu lomo elástico,
Mientras mi mano de placer se embriaga
Al palpar tu cuerpo eléctrico,
A mi señora creo ver.
Su mirada como la tuya, amable bestia,
Profunda y fría, hiere cual dardo,
Y, de los pies a la cabeza,
Un sutil aire, un peligroso aroma,
Bogan en torno a su tostado cuerpo.


 Edgar Alan Poe

El gato negro [traducción de Julio Cortázar]

No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño. Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma. Mi propósito inmediato consiste en poner de manifiesto, simple, sucintamente y sin comentarios, una serie de episodios domésticos. Las consecuencias de esos episodios me han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no intentaré explicarlos. Si para mí han sido horribles, para otros resultarán menos espantosos que barrocos. Más adelante, tal vez, aparecerá alguien cuya inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes; una inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, capaz de ver en las circunstancias que temerosamente descriiré, una vulgar sucesión de causas y efectos naturales. Desde la infancia me destaqué por la docilidad y bondad de mi carácter. La ternura que abrigaba mi corazón era tan grande que llegaba a convertirme en objeto de burla para mis compañeros. Me gustaban especialmente los animales, y mis padres me permitían tener una gran variedad. Pasaba a su lado la mayor parte del tiempo, y jamás me sentía más feliz que cuando les daba de comer y los acariciaba. Este rasgo de mi carácter creció conmigo y, cuando llegué a la virilidad, se convirtió en una de mis principales fuentes de placer. Aquellos que alguna vez han experimentado cariño hacia un perro fiel y sagaz no necesitan que me moleste en explicarles la naturaleza o la intensidad de la retribución que recibía. Hay algo en el generoso y abnegado amor de un animal que llega directamente al corazón de aquel que con frecuencia ha probado la falsa amistad y la frágil fidelidad del hombre. Me casé joven y tuve la alegría de que mi esposa compartiera mis preferencias. Al observar mi gusto por los animales domésticos, no perdía oportunidad de procurarme los más agradables de entre ellos. Teníamos pájaros, peces de colores, un hermoso perro, conejos, un monito y un gato. Este último era un animal de notable tamaño y hermosura, completamente negro y de una sagacidad asombrosa. Al referirse a su inteligencia, mi mujer, que en el fondo era no poco supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia popular de que todos los gatos negros son brujas metamorfoseadas. No quiero decir que lo creyera seriamente, y sólo menciono la cosa porque acabo de recordarla. Plutón -tal era el nombre del gato- se había convertido en mi favorito y mi camarada. Sólo yo le daba de comer y él me seguía por todas partes en casa. Me costaba mucho impedir que anduviera tras de mí en la calle. Nuestra amistad duró así varios años, en el curso de los cuales (enrojezco al confesarlo) mi temperamento y mi carácter se alteraron radicalmente por culpa del demonio. Intemperancia. Día a día me fui volviendo más melancólico, irritable e indiferente hacia los sentimientos ajenos. Llegué, incluso, a hablar descomedidamente a mi mujer y terminé por infligirle violencias personales. Mis favoritos, claro está, sintieron igualmente el cambio de mi carácter. No sólo los descuidaba, sino que llegué a hacerles daño. Hacia Plutón, sin embargo, conservé suficiente consideración como para abstenerme de maltratarlo, cosa que hacía con los conejos, el mono y hasta el perro cuando, por casualidad o movidos por el afecto, se cruzaban en mi camino. Mi enfermedad, empero, se agravaba -pues, ¿qué enfermedad es comparable al alcohol?-, y finalmente el mismo Plutón, que ya estaba viejo y, por tanto, algo enojadizo, empezó a sufrir las consecuencias de mi mal humor. Una noche en que volvía a casa completamente embriagado, después de una de mis correrías por la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo alcé en brazos, pero, asustado por mi violencia, me mordió ligeramente en la mano. Al punto se apoderó de mí una furia demoníaca y ya no supe lo que hacía. Fue como si la raíz de mi alma se separara de golpe de mi cuerpo; una maldad más que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de mi ser. Sacando del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí mientras sujetaba al pobre animal por el pescuezo y, deliberadamente, le hice saltar un ojo. Enrojezco, me abraso, tiemblo mientras escribo tan condenable atrocidad. Cuando la razón retornó con la mañana, cuando hube disipado en el sueño los vapores de la orgía nocturna, sentí que el horror se mezclaba con el remordimiento ante el crimen cometido; pero mi sentimiento era débil y ambiguo, no alcanzaba a interesar al alma. Una vez más me hundí en los excesos y muy pronto ahogué en vino los recuerdos de lo sucedido. El gato, entretanto, mejoraba poco a poco. Cierto que la órbita donde faltaba el ojo presentaba un horrible aspecto, pero el animal no parecía sufrir ya. Se paseaba, como de costumbre, por la casa, aunque, como es de imaginar, huía aterrorizado al verme. Me quedaba aún bastante de mi antigua manera de ser para sentirme agraviado por la evidente antipatía de un animal que alguna vez me había querido tanto. Pero ese sentimiento no tardó en ceder paso a la irritación. Y entonces, para mi caída final e irrevocable, se presentó el espíritu de la perversidad. La filosofía no tiene en cuenta a este espíritu; y, sin embargo, tan seguro estoy de que mi alma existe como de que la perversidad es uno de los impulsos primordiales del corazón humano, una de las facultades primarias indivisibles, uno de esos sentimientos que dirigen el carácter del hombre. ¿Quién no se ha sorprendido a sí mismo cien veces en momentos en que cometía una acción tonta o malvada por la simple razón de que no debía cometerla? ¿No hay en nosotros una tendencia permanente, que enfrenta descaradamente al buen sentido, una tendencia a transgredir lo que constituye la Ley por el solo hecho de serlo? Este espíritu de perversidad se presentó, como he dicho, en mi caída final. Y el insondable anhelo que tenía mi alma de vejarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer mal por el mal mismo, me incitó a continuar y, finalmente, a consumar el suplicio que había infligido a la inocente bestia. Una mañana, obrando a sangre fría, le pasé un lazo por el pescuezo y lo ahorqué en la rama de un árbol; lo ahorqué mientras las lágrimas manaban de mis ojos y el más amargo remordimiento me apretaba el corazón; lo ahorqué porque recordaba que me había querido y porque estaba seguro de que no me había dado motivo para matarlo; lo ahorqué porque sabía que, al hacerlo, cometía un pecado, un pecado mortal que comprometería mi alma hasta llevarla -si ello fuera posible- más allá del alcance de la infinita misericordia del Dios más misericordioso y más terrible. La noche de aquel mismo día en que cometí tan cruel acción me despertaron gritos de: "¡Incendio!" Las cortinas de mi cama eran una llama viva y toda la casa estaba ardiendo. Con gran dificultad pudimos escapar de la conflagración mi mujer, un sirviente y yo. Todo quedó destruido. Mis bienes terrenales se perdieron y desde ese momento tuve que resignarme a la desesperanza. No incurriré en la debilidad de establecer una relación de causa y efecto entre el desastre y mi criminal acción. Pero estoy detallando una cadena de hechos y no quiero dejar ningún eslabón incompleto. Al día siguiente del incendio acudí a visitar las ruinas. Salvo una, las paredes se habían desplomado. La que quedaba en pie era un tabique divisorio de poco espesor, situado en el centro de la casa, y contra el cual se apoyaba antes la cabecera de mi lecho. El enlucido había quedado a salvo de la acción del fuego, cosa que atribuí a su reciente aplicación. Una densa muchedumbre habíase reunido frente a la pared y varias personas parecían examinar parte de la misma con gran atención y detalle. Las palabras "¡extraño!, ¡curioso!" y otras similares excitaron mi curiosidad. Al aproximarme vi que en la blanca superficie, grabada como un bajorrelieve, aparecía la imagen de un gigantesco gato. El contorno tenía una nitidez verdaderamente maravillosa. Había una soga alrededor del pescuezo del animal. Al descubrir esta aparición -ya que no podía considerarla otra cosa- me sentí dominado por el asombro y el terror. Pero la reflexión vino luego en mi ayuda. Recordé que había ahorcado al gato en un jardín contiguo a la casa. Al producirse la alarma del incendio, la multitud había invadido inmediatamente el jardín: alguien debió de cortar la soga y tirar al gato en mi habitación por la ventana abierta. Sin duda, habían tratado de despertarme en esa forma. Probablemente la caída de las paredes comprimió a la víctima de mi crueldad contra el enlucido recién aplicado, cuya cal, junto con la acción de las llamas y el amoniaco del cadáver, produjo la imagen que acababa de ver. Si bien en esta forma quedó satisfecha mi razón, ya que no mi conciencia, sobre el extraño episodio, lo ocurrido impresionó profundamente mi imaginación. Durante muchos meses no pude librarme del fantasma del gato, y en todo ese tiempo dominó mi espíritu un sentimiento informe que se parecía, sin serlo, al remordimiento. Llegué al punto de lamentar la pérdida del animal y buscar, en los viles antros que habitualmente frecuentaba, algún otro de la misma especie y apariencia que pudiera ocupar su lugar. Una noche en que, borracho a medias, me hallaba en una taberna más que infame, reclamó mi atención algo negro posado sobre uno de los enormes toneles de ginebra que constituían el principal moblaje del lugar. Durante algunos minutos había estado mirando dicho tonel y me sorprendió no haber advertido antes la presencia de la mancha negra en lo alto. Me aproximé y la toqué con la mano. Era un gato negro muy grande, tan grande como Plutón y absolutamente igual a éste, salvo un detalle. Plutón no tenía el menor pelo blanco en el cuerpo, mientras este gato mostraba una vasta aunque indefinida mancha blanca que le cubría casi todo el pecho. Al sentirse acariciado se enderezó prontamente, ronroneando con fuerza, se frotó contra mi mano y pareció encantado de mis atenciones. Acababa, pues, de encontrar el animal que precisamente andaba buscando. De inmediato, propuse su compra al tabernero, pero me contestó que el animal no era suyo y que jamás lo había visto antes ni sabía nada de él. Continué acariciando al gato y, cuando me disponía a volver a casa, el animal pareció dispuesto a acompañarme. Le permití que lo hiciera, deteniéndome una y otra vez para inclinarme y acariciarlo. Cuando estuvo en casa, se acostumbró a ella de inmediato y se convirtió en el gran favorito de mi mujer. Por mi parte, pronto sentí nacer en mí una antipatía hacia aquel animal. Era exactamente lo contrario de lo que había anticipado, pero -sin que pueda decir cómo ni por qué- su marcado cariño por mí me disgustaba y me fatigaba. Gradualmente, el sentimiento de disgusto y fatiga creció hasta alcanzar la amargura del odio. Evitaba encontrarme con el animal; un resto de vergüenza y el recuerdo de mi crueldad de antaño me vedaban maltratarlo. Durante algunas semanas me abstuve de pegarle o de hacerlo víctima de cualquier violencia; pero gradualmente -muy gradualmente- llegué a mirarlo con inexpresable odio y a huir en silencio de su detestable presencia, como si fuera una emanación de la peste. Lo que, sin duda, contribuyó a aumentar mi odio fue descubrir, a la mañana siguiente de haberlo traído a casa, que aquel gato, igual que Plutón, era tuerto. Esta circunstancia fue precisamente la que lo hizo más grato a mi mujer, quien, como ya dije, poseía en alto grado esos sentimientos humanitarios que alguna vez habían sido mi rasgo distintivo y la fuente de mis placeres más simples y más puros. El cariño del gato por mí parecía aumentar en el mismo grado que mi aversión. Seguía mis pasos con una pertinencia que me costaría hacer entender al lector. Dondequiera que me sentara venía a ovillarse bajo mi silla o saltaba a mis rodillas, prodigándome sus odiosas caricias. Si echaba a caminar, se metía entre mis pies, amenazando con hacerme caer, o bien clavaba sus largas y afiladas uñas en mis ropas, para poder trepar hasta mi pecho. En esos momentos, aunque ansiaba aniquilarlo de un solo golpe, me sentía paralizado por el recuerdo de mi primer crimen, pero sobre todo -quiero confesarlo ahora mismo- por un espantoso temor al animal. Aquel temor no era precisamente miedo de un mal físico y, sin embargo, me sería imposible definirlo de otra manera. Me siento casi avergonzado de reconocer, sí, aún en esta celda de criminales me siento casi avergonzado de reconocer que el terror, el espanto que aquel animal me inspiraba, era intensificado por una de las más insensatas quimeras que sería dado concebir. Más de una vez mi mujer me había llamado la atención sobre la forma de la mancha blanca de la cual ya he hablado, y que constituía la única diferencia entre el extraño animal y el que yo había matado. El lector recordará que esta mancha, aunque grande, me había parecido al principio de forma indefinida; pero gradualmente, de manera tan imperceptible que mi razón luchó durante largo tiempo por rechazarla como fantástica, la mancha fue asumiendo un contorno de rigurosa precisión. Representaba ahora algo que me estremezco al nombrar, y por ello odiaba, temía y hubiera querido librarme del monstruo si hubiese sido capaz de atreverme; representaba, digo, la imagen de una cosa atroz, siniestra..., ¡la imagen del patíbulo! ¡Oh lúgubre y terrible máquina del horror y del crimen, de la agonía y de la muerte! Me sentí entonces más miserable que todas las miserias humanas. ¡Pensar que una bestia, cuyo semejante había yo destruido desdeñosamente, una bestia era capaz de producir tan insoportable angustia en un hombre creado a imagen y semejanza de Dios! ¡Ay, ni de día ni de noche pude ya gozar de la bendición del reposo! De día, aquella criatura no me dejaba un instante solo; de noche, despertaba hora a hora de los más horrorosos sueños, para sentir el ardiente aliento de la cosa en mi rostro y su terrible peso -pesadilla encarnada de la que no me era posible desprenderme- apoyado eternamente sobre mi corazón. Bajo el agobio de tormentos semejantes, sucumbió en mí lo poco que me quedaba de bueno. Sólo los malos pensamientos disfrutaban ya de mi intimidad; los más tenebrosos, los más perversos pensamientos. La melancolía habitual de mi humor creció hasta convertirse en aborrecimiento de todo lo que me rodeaba y de la entera humanidad; y mi pobre mujer, que de nada se quejaba, llegó a ser la habitual y paciente víctima de los repentinos y frecuentes arrebatos de ciega cólera a que me abandonaba. Cierto día, para cumplir una tarea doméstica, me acompañó al sótano de la vieja casa donde nuestra pobreza nos obligaba a vivir. El gato me siguió mientras bajaba la empinada escalera y estuvo a punto de tirarme cabeza abajo, lo cual me exasperó hasta la locura. Alzando un hacha y olvidando en mi rabia los pueriles temores que hasta entonces habían detenido mi mano, descargué un golpe que hubiera matado instantáneamente al animal de haberlo alcanzado. Pero la mano de mi mujer detuvo su trayectoria. Entonces, llevado por su intervención a una rabia más que demoníaca, me zafé de su abrazo y le hundí el hacha en la cabeza. Sin un solo quejido, cayó muerta a mis pies. Cumplido este espantoso asesinato, me entregué al punto y con toda sangre fría a la tarea de ocultar el cadáver. Sabía que era imposible sacarlo de casa, tanto de día como de noche, sin correr el riesgo de que algún vecino me observara. Diversos proyectos cruzaron mi mente. Por un momento pensé en descuartizar el cuerpo y quemar los pedazos. Luego se me ocurrió cavar una tumba en el piso del sótano. Pensé también si no convenía arrojar el cuerpo al pozo del patio o meterlo en un cajón, como si se tratara de una mercadería común, y llamar a un mozo de cordel para que lo retirara de casa. Pero, al fin, di con lo que me pareció el mejor expediente y decidí emparedar el cadáver en el sótano, tal como se dice que los monjes de la Edad Media emparedaban a sus víctimas. El sótano se adaptaba bien a este propósito. Sus muros eran de material poco resistente y estaban recién revocados con un mortero ordinario, que la humedad de la atmósfera no había dejado endurecer. Además, en una de las paredes se veía la saliencia de una falsa chimenea, la cual había sido rellenada y tratada de manera semejante al resto del sótano. Sin lugar a dudas, sería muy fácil sacar los ladrillos en esa parte, introducir el cadáver y tapar el agujero como antes, de manera que ninguna mirada pudiese descubrir algo sospechoso. No me equivocaba en mis cálculos. Fácilmente saqué los ladrillos con ayuda de una palanca y, luego de colocar cuidadosamente el cuerpo contra la pared interna, lo mantuve en esa posición mientras aplicaba de nuevo la mampostería en su forma original. Después de procurarme argamasa, arena y cerda, preparé un enlucido que no se distinguía del anterior y revoqué cuidadosamente el nuevo enladrillado. Concluida la tarea, me sentí seguro de que todo estaba bien. La pared no mostraba la menor señal de haber sido tocada. Había barrido hasta el menor fragmento de material suelto. Miré en torno, triunfante, y me dije: "Aquí, por lo menos, no he trabajado en vano". Mi paso siguiente consistió en buscar a la bestia causante de tanta desgracia, pues al final me había decidido a matarla. Si en aquel momento el gato hubiera surgido ante mí, su destino habría quedado sellado, pero, por lo visto, el astuto animal, alarmado por la violencia de mi primer acceso de cólera, se cuidaba de aparecer mientras no cambiara mi humor. Imposible describir o imaginar el profundo, el maravilloso alivio que la ausencia de la detestada criatura trajo a mi pecho. No se presentó aquella noche, y así, por primera vez desde su llegada a la casa, pude dormir profunda y tranquilamente; sí, pude dormir, aun con el peso del crimen sobre mi alma. Pasaron el segundo y el tercer día y mi atormentador no volvía. Una vez más respiré como un hombre libre. ¡Aterrado, el monstruo había huido de casa para siempre! ¡Ya no volvería a contemplarlo! Gozaba de una suprema felicidad, y la culpa de mi negra acción me preocupaba muy poco. Se practicaron algunas averiguaciones, a las que no me costó mucho responder. Incluso hubo una perquisición en la casa; pero, naturalmente, no se descubrió nada. Mi tranquilidad futura me parecía asegurada. Al cuarto día del asesinato, un grupo de policías se presentó inesperadamente y procedió a una nueva y rigurosa inspección. Convencido de que mi escondrijo era impenetrable, no sentí la más leve inquietud. Los oficiales me pidieron que los acompañara en su examen. No dejaron hueco ni rincón sin revisar. Al final, por tercera o cuarta vez, bajaron al sótano. Los seguí sin que me temblara un solo músculo. Mi corazón latía tranquilamente, como el de aquel que duerme en la inocencia. Me paseé de un lado al otro del sótano. Había cruzado los brazos sobre el pecho y andaba tranquilamente de aquí para allá. Los policías estaban completamente satisfechos y se disponían a marcharse. La alegría de mi corazón era demasiado grande para reprimirla. Ardía en deseos de decirles, por lo menos, una palabra como prueba de triunfo y confirmar doblemente mi inocencia. -Caballeros -dije, por fin, cuando el grupo subía la escalera-, me alegro mucho de haber disipado sus sospechas. Les deseo felicidad y un poco más de cortesía. Dicho sea de paso, caballeros, esta casa está muy bien construida... (En mi frenético deseo de decir alguna cosa con naturalidad, casi no me daba cuenta de mis palabras). Repito que es una casa de excelente construcción. Estas paredes... ¿ya se marchan ustedes, caballeros?... tienen una gran solidez. Y entonces, arrastrado por mis propias bravatas, golpeé fuertemente con el bastón que llevaba en la mano sobre la pared del enladrillado tras de la cual se hallaba el cadáver de la esposa de mi corazón. ¡Que Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonio! Apenas había cesado el eco de mis golpes cuando una voz respondió desde dentro de la tumba. Un quejido, sordo y entrecortado al comienzo, semejante al sollozar de un niño, que luego creció rápidamente hasta convertirse en un largo, agudo y continuo alarido, anormal, como inhumano, un aullido, un clamor de lamentación, mitad de horror, mitad de triunfo, como sólo puede haber brotado en el infierno de la garganta de los condenados en su agonía y de los demonios exultantes en la condenación. Hablar de lo que pensé en ese momento sería locura. Presa de vértigo, fui tambaleándome hasta la pared opuesta. Por un instante el grupo de hombres en la escalera quedó paralizado por el terror. Luego, una docena de robustos brazos atacaron la pared, que cayó de una pieza. El cadáver, ya muy corrompido y manchado de sangre coagulada, apareció de pie ante los ojos de los espectadores. Sobre su cabeza, con la roja boca abierta y el único ojo como de fuego, estaba agazapada la horrible bestia cuya astucia me había inducido al asesinato y cuya voz delatadora me entregaba al verdugo. ¡Había emparedado al monstruo en la tumba!


 Rudyard Kipling

El gato que caminaba solo

Sucedieron estos hechos que voy a contarte, oh, querido mío, cuando los animales domésticos eran salvajes. El Perro era salvaje, como lo eran también el Caballo, la Vaca, la Oveja y el Cerdo, tan salvajes como pueda imaginarse, y vagaban por la húmeda y salvaje espesura en compañía de sus salvajes parientes; pero el más salvaje de todos los animales salvajes era el Gato. El Gato caminaba solo y no le importaba estar aquí o allá.
También el Hombre era salvaje, claro está. Era terriblemente salvaje. No comenzó a domesticarse hasta que conoció a la Mujer y ella repudió su montaraz modo de vida. La Mujer escogió para dormir una bonita cueva sin humedades en lugar de un montón de hojas mojadas, y esparció arena limpia sobre el suelo, encendió un buen fuego de leña al fondo de la cueva y colgó una piel de Caballo Salvaje, con la cola hacia abajo, sobre la entrada; después dijo:

- Límpiate los pies antes de entrar; de ahora en adelante tendremos un hogar.

Esa noche, querido mío, comieron Cordero Salvaje asado sobre piedras calientes y sazonado con ajo y pimienta silvestres, y Pato Salvaje relleno de arroz silvestre, y alholva y cilantro silvestres, y tuétano de Buey Salvaje, y cerezas y granadillas silvestres. Luego, cuando el Hombre se durmió más feliz que un niño delante de la hoguera, la Mujer se sentó a cardar lana. Cogió un hueso del hombro de cordero, la gran paletilla plana, contempló los portentosos signos que había en él, arrojó más leña al fuego e hizo un conjuro, el primer Conjuro Cantado del mundo.

En la húmeda y salvaje espesura, los animales salvajes se congregaron en un lugar desde donde se alcanzaba a divisar desde muy lejos la luz del fuego y se preguntaron qué podría significar aquello.

Entonces Caballo Salvaje golpeó el suelo con la pezuña y dijo:

- Oh, amigos y enemigos míos, ¿por qué han hecho esa luz tan grande el Hombre y la Mujer en esa enorme cueva? ¿cómo nos perjudicará a nosotros?

Perro Salvaje alzó el morro, olfateó el aroma del asado de cordero y dijo:

- Voy a ir allí, observaré todo y me enteraré de lo que sucede, y me quedaré, porque creo que es algo bueno. Acompáñame, Gato.
- ¡ Ni hablar! - replicó el Gato - . Soy el Gato que camina solo y a quien no le importa estar aquí o allá. No pienso acompañarte.
- Entonces nunca volveremos a ser amigos - apostilló Perro Salvaje, y marchóse trotando hacia la cueva.

Pero cuando el Perro se hubo alejado un corto trecho, el Gato se dijo a si mismo:

- Si no me importa estar aquí o allá, ¿por qué no he de ir allí para observarlo todo y enterarme de lo que sucede y después marcharme?

De manera que siguió al Perro con mucho, muchísimo sigilo, y se escondió en un lugar desde donde podría oír todo lo que se dijera.
Cuando Perro Salvaje llegó a la boca de la cueva, levantó ligeramente la piel de Caballo con el morro y husmeó el maravilloso olor del cordero asado. La Mujer lo oyó, se rió y dijo:

- Aquí llega la primera criatura salvaje de la salvaje espesura. ¿Qué deseas?
- Oh, enemiga mía y esposa de mi enemigo, ¿qué es eso que tan buen aroma desprende en la salvaje espesura? - preguntó Perro Salvaje.

Entonces la Mujer cogió un hueso de cordero asado y se lo arrojó a Perro Salvaje diciendo:

- Criatura salvaje de la salvaje espesura, si ayudas a mi Hombre a cazar de día y a vigilar esta cueva de noche, te daré tantos huesos asados como quieras.
- ¡Ah! - exclamó el Gato al oírla - , esta Mujer es muy sabia, pero no tan sabia como yo.

Perro Salvaje entró a rastras en la cueva, recostó la cabeza en el regazo de la Mujer y dijo:

- Oh, amiga mía y esposa de mi amigo, ayudaré a tu Hombre a cazar durante el día y de noche vigilaré vuestra cueva.
- ¡Ah! - repitió el Gato, que seguía escuchando - , este Perro es un verdadero estúpido.

Y se alejó por la salvaje y húmeda espesura meneando la cola y andando sin otra compañía que su salvaje soledad. Pero no le contó nada a nadie.
Al despertar por la mañana, el Hombre exclamo:

- ¿Qué hace aquí Perro Salvaje?
- Ya no se llama Perro Salvaje - le corrigió la Mujer - , sino Primer Amigo, porque va a ser nuestro amigo por los siglos de los siglos. Llévalo contigo cuando salgas de caza.

Gato, Gatti, Gatos

Por José María Gatti

Osvaldo Soriano me hablaba de gatos. Mi vecina tiene dos gatos siameses. La Biblioteca Nacional está llena de gatos. Por televisión, una mentalista dice que los gatos son los que anticipan el destino de todas las cosas. En el café donde suelo escribir algunos textos, un gato negro siempre me mira y no sé si saludarlo o ignorarlo. Tessie llegó a tener 6 gatos. Daniela tiene ojos de gato. En La Rosa Peregrina de Almagro el gato Boris era un embajador hasta que un maldito lo envenenó. Cuenta la leyenda que un capitán de navío le regaló a Hemingway un gato de seis dedos llamado Snowball. El felino sufría una alteración genética conocida como polidactilia que transmitió a sus descendientes. Ernest llenó Key West de gatos de seis dedos que aún pasean por la residencia. Pedro Buscarón cuidaba en Finca Vigía los 58 gatos del Papa. Me viene a la memoria "El gato bajo la lluvia". Baudelaire escribió Poemas sobre gatos. Lorca: Oda al gato. Cortázar amaba los gatos. Puedo seguir, pero me atemorizo porque mi apellido es Gatti, muchos gatos, conjunto de gatos. Cada uno de ellos son parte de mi carácter. Y ahora resulta que Giuseppe Recchia en su página www.hemingwayforcuba.net me tira los "gatos" en su crítica y ya no sé qué pensar. Trataré de olvidar pero no será fácil. Los gatos no son mi debilidad. Convivimos. Guardamos la respetuosa distancia. Nos relacionamos, pero hasta cierto punto. De todos modos, le agradezco a Giuseppe su metáfora y comparto con ustedes las palabras escritas sobre La pipa de Hemingway.

Fuente: www.evaristocultural.com.ar/columna_gatti.htm

La noche siguiente la Mujer cortó grandes brazadas de hierba fresca de los prados y las secó junto al fuego, de manera que olieran como heno recién segado; luego tomó asiento a la entrada de la cueva y trenzó una soga con una piel de caballo; después se quedó mirando el hueso de hombro de cordero, la enorme paletilla, e hizo un conjuro, el segundo Conjuro Cantado del mundo.
En la salvaje espesura, los animales salvajes se preguntaban qué le habría ocurrido a Perro Salvaje. Finalmente, Caballo Salvaje golpeó el suelo con la pezuña y dijo:

- Iré a ver por qué Perro Salvaje no ha regresado. Gato, acompáñame.
- ¡ Ni hablar! - respondió el Gato - . Soy el Gato que camina solo y a quien no le importa estar aquí o allá. No pienso acompañarte.

Sin embargo, siguió a Caballo Salvaje con mucho, muchísimo sigilo, y se escondió en un lugar desde donde podría oír todo lo que se dijera.
Cuando la Mujer oyó a Caballo Salvaje dando traspiés y tropezando con sus largas crines, se rió y dijo:

- Aquí llega la segunda criatura salvaje de la salvaje espesura. ¿Qué deseas?
- Oh, enemiga mía y esposa de mi enemigo - respondió Caballo Salvaje - , ¿dónde está Perro Salvaje?

La Mujer se rió, cogió la paletilla de cordero, la observó y dijo:

- Criatura salvaje de la salvaje espesura, no has venido buscando a Perro Salvaje, sino porque te ha atraído esta hierba tan rica.

Y dando traspiés y tropezando con sus largas crines, Caballo Salvaje dijo:

- Es cierto, dame de comer de esa hierba.
- Criatura salvaje de la salvaje espesura - repuso la Mujer - , inclina tu salvaje cabeza, ponte esto que te voy a dar y podrás comer esta maravillosa hierba tres veces al día.
- ¡Ah! - exclamó el Gato al oírla - , esta Mujer es muy lista, pero no tan lista como yo.

Caballo Salvaje inclinó su salvaje cabeza y la Mujer le colocó la trenzada soga de piel en torno al cuello. Caballo Salvaje relinchó a los pies de la Mujer y dijo:

- Oh, dueña mía y esposa de mi dueño, seré tu servidor a cambio de esa hierba maravillosa.
- ¡Ah! - repitió el Gato, que seguía escuchando - , ese Caballo es un verdadero estúpido.

Y se alejó por la salvaje y húmeda espesura meneando la cola y andando sin otra compañía que su salvaje soledad.
Cuando el Hombre y el Perro regresaron después de la caza, el Hombre preguntó:

Soriano y los gatos

Es conocida la pasión que sentía Osvaldo Soriano por los gatos. Anécdotas y crónicas sobran. Antonio Dal Masetto cuenta un episodio que le sucedió con su amigo:

"Un día, algo molesto, me dijo: Pero, che, qué cosa, a vos nunca te va a ir bien con los libros, no vas a vender nada. ¿Por qué?, le pregunté sorprendido. Porque en todos tus textos, respondió, ¡¡le pasan cosas horribles a los gatos!! ¡Los destrozás, los matás, sos muy cruel con ellos! Vos no querés nada a los gatos -seguía apostrofándome- y los gatos, aunque vos no lo creas, tienen poderes. Así que más te vale hacerte amigo de ellos. Si vos no los respetás, nadie te va a leer. Después de largar todo esto, Osvaldo se tranquilizó. Yo me quedé pensando en lo que me había dicho. Y, por un tiempo, cada vez que me topaba con un gato por las calles, de noche, me arrodillaba y, chasqueando los dedos de mi mano derecha, le decía michi, michi, michi."

[Antonio Dal Masetto, en una entrevista de Agustina Roca para La Nación, 1998]

- ¿Qué está haciendo aquí Caballo Salvaje?
- Ya no se llama Caballo Salvaje - replicó la Mujer - , sino Primer Servidor, porque nos llevará a su grupa de un lado a otro por los siglos de los siglos. Llévalo contigo cuando vayas de caza.

Al día siguiente, manteniendo su salvaje cabeza enhiesta para que sus salvajes cuernos no se engancharan en los árboles silvestres, Vaca Salvaje se aproximó a la cueva, y el Gato la siguió y se escondió como lo había hecho en las ocasiones anteriores; y todo sucedió de la misma forma que las otras veces; y el Gato repitió las mismas cosas que había dicho antes, y cuando Vaca Salvaje prometió darle su leche a la Mujer día tras día a cambio de aquella hierba maravillosa, el Gato se alejó por la salvaje y húmeda espesura, caminando solo como era su costumbre.
Y cuando el Hombre, el Caballo y el Perro regresaron a casa después de cazar y el Hombre formuló las mismas preguntas que en las ocasiones anteriores, la Mujer dijo:

- Ya no se llama Vaca Salvaje, sino Donante de Cosas Buenas. Nos dará su leche blanca y tibia por los siglos de los siglos, y yo cuidaré de ella mientras vosotros tres salís de caza.

Al día siguiente, el Gato aguardó para ver si alguna otra criatura salvaje se dirigía a la cueva, pero como nadie se movió, el Gato fue allí solo, y vio a la Mujer ordeñando a la Vaca, y vio la luz del fuego en la cueva, y olió el aroma de la leche blanca y tibia.

- Oh, enemiga mía y esposa de mi enemigo - dijo el Gato - , ¿a dónde ha ido Vaca Salvaje?

La Mujer rió y respondió:

- Criatura salvaje de la salvaje espesura, regresa a los bosques de donde has venido, porque ya he trenzado mi cabello y he guardado la paletilla, y no nos hacen falta más amigos ni servidores en nuestra cueva.
- No soy un amigo ni un servidor - replicó el Gato - . Soy el Gato que camina solo y quiero entrar en vuestra cueva.
- ¿Por qué no viniste con Primer Amigo la primera noche? - preguntó la Mujer.
- ¿Ha estado contando chismes sobre mí Perro Salvaje? - inquirió el Gato, enfadado.

Entonces la Mujer se rió y respondió:

- Eres el Gato que camina solo y a quien no le importa estar aquí o allá. No eres un amigo ni un servidor. Tú mismo lo has dicho. Márchate y camina solo por cualquier lugar.

Fingiendo estar compungido, el Gato dijo:

- ¿Nunca podré entrar en la cueva? ¿Nunca podré sentarme junto a la cálida lumbre? ¿Nunca podré beber la leche blanca y tibia? Eres muy sabia y muy hermosa. No deberías tratar con crueldad ni siquiera a un gato.
- Que era sabia no me era desconocido, mas hasta ahora no sabía que fuera hermosa. Por eso voy a hacer un trato contigo. Si alguna vez te digo una sola palabra de alabanza, podrás entrar en la cueva.
- ¿Y si me dices dos palabras de alabanza? - preguntó el Gato.
- Nunca las diré - repuso la Mujer - , mas si te dijera dos palabras de alabanza, podrías sentarte en la cueva junto al fuego.
- ¿Y si me dijeras tres palabras? - insistió el Gato.
- Nunca las diré - replicó la Mujer - , pero si llegara a decirlas, podrías beber leche blanca y tibia tres veces al día por los siglos de los siglos.


Chica con gatito. Lucian Freud (1922-2011)

Entonces el Gato arqueó el lomo y dijo:

- Que la cortina de la entrada de la cueva y el fuego del rincón del fondo y los cántaros de leche que hay junto al fuego recuerden lo que ha dicho mi enemiga y esposa de mi enemigo - y se alejó a través de la salvaje y húmeda espesura meneando su salvaje rabo y andando sin más compañía que su propia y salvaje soledad

Por la noche, cuando el Hombre, el Caballo y el Perro volvieron a casa después de la caza, la Mujer no les contó el trato que había hecho, pensando que tal vez no les parecería bien.

El Gato se fue lejos, muy lejos, y se escondió en la salvaje v húmeda espesura sin más compañía que su salvaje soledad durante largo tiempo, hasta que la Mujer se olvidó de él por completo. Sólo el Murciélago, el pequeño Murciélago Cabezabajo que colgaba del techo de la cueva sabía dónde se había escondido el Gato y todas las noches volaba hasta allí para transmitirle las últimas novedades.
Una noche el Murciélago dijo:

- Hay un Bebé en la cueva. Es una criatura recién nacida, rosada, rolliza y pequeña, y a la Mujer le gusta mucho.
- Ah - dijo el Gato, sin perderse una palabra - , pero ¿qué le gusta al Bebé?
- Al Bebé le gustan las cosas suaves que hacen cosquillas - respondió el Murciélago - . Le gustan las cosas cálidas a las que puede abrazarse para dormir Le gusta que jueguen con él. Le gustan todas esas cosas.
- Ah - concluyó el Gato - , entonces ha llegado mi hora.

La noche siguiente, el Gato atravesó la salvaje y húmeda espesura y se ocultó muy cerca de la cueva a la espera de que amaneciera. Al alba, la mujer se afanaba en cocinar y el Bebé no cesaba de llorar ni de interrumpirla; así que lo sacó fuera de la cueva y le dio un puñado de piedrecitas para que jugara con ellas. Pero el Bebé continuó llorando.
Entonces el Gato extendió su almohadillada pata y le dio unas palmaditas en la mejilla, y el Bebé hizo gorgoritos; luego el Gato se frotó contra sus rechonchas rodillas y le hizo cosquillas con el rabo bajo la regordeta barbilla. Y el Bebé rió; al oírlo, la Mujer sonrío.
Entonces el Murciélago, el pequeño Murciélago Cabezabajo que estaba colgado a la entrada de la cueva dijo:

- Oh, anfitriona mía, esposa de mi anfitrión v madre de mi anfitrión, una criatura salvaje de la salvaje espesura está jugando con tu Bebé y lo tiene encantado.
- Loada sea esa criatura salvaje, quienquiera que sea - dijo la Mujer enderezando la espalda - , porque esta mañana he estado muy ocupada y me ha prestado un buen servicio.

En ese mismísimo instante, querido mío, la piel de caballo que estaba colgada con la cola hacia abajo a la entrada de la cueva cayó al suelo... ¡Cómo así!... porque la cortina recordaba el trato, y cuando la Mujer fue a recogerla... ¡hete aquí que el Gato estaba confortablemente sentado dentro de la cueva!

- Oh, enemiga mía, esposa de mi enemigo y madre de mi enemigo - dijo el Gato - , soy yo, porque has dicho una palabra elogiándome y ahora puedo quedarme en la cueva por los siglos de los siglos. Mas sigo siendo el Gato que camina solo y a quien no le importa estar aquí o allá.

Muy enfadada, la Mujer apretó los labios, cogió su rueca y comenzó a hilar.
Pero el Bebé rompió a llorar en cuanto el Gato se marchó; la Mujer no logró apaciguarlo y él no cesó de revolverse ni de patalear hasta que se le amorató el semblante.

- Oh, enemiga mía, esposa de mi enemigo y madre de mi enemigo - dijo el Gato - , coge una hebra del hilo que estás hilando y átala al huso, luego arrastra éste por el suelo y te enseñaré un truco que hará que tu Bebé ría tan fuerte como ahora está llorando.
- Voy a hacer lo que me aconsejas - comentó la Mujer - , porque estoy a punto de volverme loca, pero no pienso darte las gracias.

Ató la hebra al pequeño y panzudo huso y empezó a arrastrarlo por el suelo. El Gato se lanzó en su persecución, lo empujó con las patas, dio una voltereta y lo tiró hacia atrás por encima de su hombro; luego lo arrinconó entre sus patas traseras, fingió que se le escapaba y volvió a abalanzarse sobre él. Viéndole hacer estas cosas, el Bebé terminó por reír tan fuerte como antes llorara, gateó en pos de su amigo y estuvo retozando por toda la cueva hasta que, ya fatigado, se acomodó para descabezar un sueño con el Gato en brazos.

- Ahora - dijo el Gato - le voy a cantar A Bebé una canción que le mantendrá dormido durante una hora.

Y comenzó a ronronear subiendo y bajando el tono hasta que el Bebé se quedó profundamente dormido. contemplándolos, la Mujer sonrió y dijo:

- Has hecho una labor estupenda. No cabe duda de que eres muy listo, oh, Gato.

En ese preciso instante, querido mío, el humo de la fogata que estaba encendida al fondo de la cueva descendió desde el techo cubriéndolo todo de negros nubarrones, porque el humo recordaba el trato, y cuando se disipó, hete aquí que el Gato estaba cómodamente sentado junto al fuego.

- Oh, enemiga mía, esposa de mi enemigo y madre de mi enemigo - dijo el Gato - , aquí me tienes, porque me has elogiado por segunda vez y ahora podré sentarme junto al cálido fuego del fondo de la cueva por los siglos de los siglos. Pero sigo siendo el Gato que camina solo y a quien no le importa estar aquí o allá.

Entonces la Mujer se enfadó mucho, muchísimo, se soltó el pelo, echó más leña al fuego, sacó la ancha paletilla de cordero y comenzó a hacer un conjuro que le impediría elogiar al Gato por tercera vez. No fue un Conjuro Cantado, querido mío, sino un Conjuro Silencioso; y, poco a poco, en la cueva se hizo un silencio tan profundo que un Ratoncito diminuto salió sigilosamente de un rincón y echó a correr por el suelo.

- Oh, enemiga mía, esposa de mi enemigo y madre de mi enemigo - dijo el Gato - , ¿forma parte de tu conjuro ese Ratoncito?
- No - repuso la Mujer, y, tirando la paletilla al suelo, se encaramó a un escabel que había frente al fuego y se apresuró a recoger su melena en una trenza por miedo a que el Ratoncito trepara por ella.
- ¡Ah! - exclamó el Gato, muy atento - , entonces ¿el Ratón no me sentará mal si me lo zampo?
- No - contestó la Mujer, trenzándose el pelo - ; zámpatelo ahora mismo y te quedaré eternamente agradecida.

El Gato dio un salto y cayó sobre el Ratón.

- Un millón de gracias, oh, Gato - dijo la Mujer - . Ni siquiera Primer Amigo es lo bastante rápido para atrapar Ratoncitos como tú lo has hecho. Debes de ser muy inteligente.

En ese preciso instante, querido mío, el cántaro de leche que estaba junto al fuego se partió en dos pedazos... ¿Cómo así?... porque recordaba el trato, y cuando la Mujer bajó del escabel... ¡hete aquí que el Gato estaba bebiendo a lametazos la leche blanca y tibia que quedaba en uno de los pedazos rotos!

- Oh, enemiga mía, esposa de mi enemigo y madre de mi enemigo - dijo el Gato - , aquí me tienes, porque me has elogiado por tercera vez y ahora podré beber leche blanca y tibia tres veces al día por los siglos de los siglos. Pero sigo siendo el Gato que camina solo y a quien no le importa estar aquí o allá.

Entonces la Mujer rompió a reír, puso delante del Gato un cuenco de leche blanca y tibia y comentó:

- Oh, Gato, eres tan inteligente como un Hombre, pero recuerda que ni el Hombre ni el Perro han participado en el trato y no sé qué harán cuando regresen a casa.
- ¿Y a mi qué más me da? - exclamó el Gato - . Mientras tenga un lugar reservado junto al fuego y leche para beber tres veces al día me da igual lo que puedan hacer el Hombre o el Perro.

Aquella noche, cuando el Hombre y el Perro entraron en la cueva, la Mujer les contó de cabo a rabo la historia del acuerdo, y el Hombre dijo:

- Está bien, pero el Gato no ha llegado a ningún acuerdo conmigo ni con los Hombres cabales que me sucederán.

Se quitó las dos botas de cuero, cogió su pequeña hacha de piedra (y ya suman tres) y fue a buscar un trozo de madera y su cuchillo de hueso (y ya suman cinco), y colocando en fila todos los objetos, prosiguió:


- Ahora vamos a hacer un trato. Si cuando estás en la cueva no atrapas Ratones por los siglos de los siglos, arrojaré contra ti estos cinco objetos siempre que te vea y todos los Hombres cabales que me sucedan harán lo mismo.
- Ah - dijo la Mujer, muy atenta - . Este Gato es muy - listo, pero no tan listo como mi Hombre.

El Gato contó los cinco objetos (todos parecían muy contundentes) y dijo:

- Atraparé Ratones cuando esté en la cueva por los siglos de los siglos, pero sigo siendo el Gato que camina solo y a quien no le importa estar aquí o allá.
- No será así mientras yo esté cerca - concluyó el Hombre - . Si no hubieras dicho eso, habría guardado estas cosas (por los siglos de los siglos), pero ahora voy arrojar contra ti mis dos botas y mi pequeña hacha de piedra (y ya suman tres) siempre que tropiece contigo, y lo mismo harán todos los Hombres cabales que me sucedan.
- Espera un momento - terció el Perro - , yo todavía no he llegado a un acuerdo con él - sentóse en el suelo, lanzando terribles gruñidos y enseñando los dientes, y prosiguió - : Si no te portas bien con el Bebé por los siglos de los siglos mientras yo esté en la cueva, te perseguiré hasta atraparte, y cuando te coja te morderé, y lo mismo harán todos los Perros cabales que me sucedan.
- ¡Ah! - exclamó la Mujer; que estaba escuchando - . Este Gato es muy listo, pero no es tan listo como el Perro.

El Gato contó los dientes del Perro (todos parecían muy afilados) y dijo:

- Me portaré bien con el Bebé mientras esté en la cueva por los siglos de los siglos, siempre que no me tire del rabo con demasiada fuerza. Pero sigo siendo el Gato que camina solo y a quien no le importa estar aquí o allá.
- No será así mientras yo esté cerca - dijo el Perro - . Si no hubieras dicho eso, habría cerrado la boca por los siglos de los siglos, pero ahora pienso perseguirte y hacerte trepar a los árboles siempre que te vea, y lo mismo harán los Perros cabales que me sucedan.

A continuación, el Hombre arrojó contra el Gato sus dos botas y su pequeña hacha de piedra (que suman tres), y el Gato salió corriendo de la cueva perseguido por el Perro, que lo obligó a trepar a un árbol; y desde entonces, querido mío, tres de cada cinco Hombres cabales siempre han arrojado objetos contra el Gato cuando se topaban con él y todos los Perros cabales lo han perseguido, obligándolo a trepar a los árboles. Pero el Gato también ha cumplido su parte del trato. Ha matado Ratones y se ha portado bien con los Bebés mientras estaba en casa, siempre que no le tirasen del rabo con demasiada fuerza. Pero una vez cumplidas sus obligaciones y en sus ratos libres, es el Gato que camina solo y a quien no le importa estar aquí o allá, y si miras por la ventana de noche, lo verás meneando su salvaje rabo y andando sin más compañía que su salvaje soledad... como siempre lo ha hecho.   [Ver Rudyard Kipling]


La poetisa, la mística y la gata

Por Leonardo Boff *

La Iglesia católica italiana viene presentando a lo largo de su historia una contradicción fecunda. Por un lado está la fuerte presencia del Vaticano, representando a la Iglesia oficial con su masa de fieles mantenidos bajo un vigilante control social por las doctrinas y especialmente por la moral familiar y sexual. Por otro, está la presencia de cristianos, laicos y laicas, no alineados, resistentes al poder monárquico e implacable de la burocracia de la Curia romana, pero abiertos al evangelio y a los valores cristianos; sin romper con el papado, aunque críticos de sus prácticas y del apoyo que da a regímenes conservadores e incluso autoritarios.

Así tenemos en el siglo XIX la figura de Antonio Rosmini, fino filósofo y crítico del antimodernismo de los Papas. En tiempos recientes identificamos a figuras como Mazzolari, Raniero La Valle, Arturo Paoli, la eremita Maria Campello. Entre todos destaca Adriana Zarri, eremita, teóloga, poetisa y eximia escritora. Además de varios libros, escribía semanalmente en el diario Il Manifesto y quincenalmente en la revista de cultura Rocca.

Era durísima con respecto al actual curso de la Iglesia bajo los papas Wojtyla y Ratzinger, a quienes acusaba directamente de traicionar los intentos de reforma aprobados por el Concilio Vaticano II (1962-1965) y de volver a un modelo medieval de ejercicio de poder y de presencia de la Iglesia en la sociedad. Falleció el 18 de noviembre de 2010 con más de 90 años.

La visité algunas veces en su eremitorio cerca de Strambino en el norte de Italia. Vivía sola en un enorme y vetusto caserón, lleno de rosas y con su querida gata Archibalda. Tenía una capilla con el Santísimo expuesto donde se recogía varias horas al día en oración y profunda meditación.

En nuestras conversaciones, ella quería saber todo sobre las comunidades eclesiales de base, del compromiso de la Iglesia en la causa de los pobres, de los negros y de los indígenas. Tenía un especial cariño por los teólogos de la liberación, al ver la persecución que sufrían por parte de las autoridades del Vaticano que los trataban, según ella, «a bastonazos», mientras que usaban guantes de seda con los seguidores del cismático Mons. Lefèbvre.

Su último artículo, publicado tres días antes de su muerte, se lo dedicó a su querida Archibalda. Con ella, como pude testimoniar personalmente, tenía una relación afectuosa, como de íntimos amigos. Aquello que nuestra gran psicoanalista junguiana Nise da Silveira describió en su libro Gatos, la emoción de convivir, lo confirmó Zarri: «el gato tiene la capacidad de captar nuestro estado de ánimo; si me ve llorando, inmediatamente viene a lamer mis lágrimas». Cuentan que la gata estuvo junto a ella mientras expiraba. Al ver llegar a los amigos para el velatorio se enrollaba, nerviosa, en la cortina de la sala. Poco antes de que cerrasen el féretro, como si supiese la hora, entró discretamente en la capilla.

Alguien, sabiendo del amor de la gata por Adriana Zarri, la cogió por el cuello y la acercó al rostro de la difunta. La miró largamente; parecía que lagrimeaba. Después se puso debajo de féretro y permaneció allí en absoluta quietud.

Esto me hace recordar a nuestra gata Blanquita. Parece una niña frágil y elegante. Se apegó de tal manera a mi compañera Márcia que la acompaña siempre y duerme a sus pies, especialmente cuando tiene algún disgusto. Capta su estado de ánimo y procura consolarla restregándose contra ella y maullando suavemente.

Adriana Zarri dejó escrito su epitafio que vale la pena reproducir: «No me vistan de negro: es triste y fúnebre. Ni de blanco, porque es soberbio y retórico. Vístanme de flores amarillas y rojas, y con alas de pajarillos. Y Tú, Señor, mira mis manos. Tal vez me han puesto un rosario, o una cruz. Pero se equivocaron. En las manos tengo hojas verdes y sobre la cruz, tu resurrección. No coloquen sobre mi tumba un mármol frío, con las mentiras acostumbradas para consolar a los vivos. Dejen que la tierra escriba, en primavera, un epitafio de yerbas. Allí se dirá que viví y que espero. Entonces, Señor, tú escribirás tu nombre y el mío, unidos como dos pétalos de amapolas».

La escritora y mística de los ojos abiertos, Adriana Zarri, nos mostró cómo vivir y morir bella y dulcemente.

* Leonardo Boff nació en Concórdia, Brasil, en 1938. Teólogo, filósofo, escritor, profesor y ecologista.
Información de Leonardo Boff en Wikipedia: www.es.wikipedia.org/wiki/Leonardo_Boff
Columnas semanales de Leonardo Boff: http://servicioskoinonia.org/boff
Página web de Leonardo Boff: http://leonardoboff.com


A mi gato le encanta Mozart

Un relato de Eduardo Pérsico

Hoy me distraje mirando a mi gato. Con decoro, porque él es distante, discreto y sabe callar. En verdad, le anduve alrededor y recordé a Lord Byron: el gato posee belleza sin vanidad, fuerza sin insolencia, coraje sin ferocidad; todas las virtudes del hombre sin sus vicios. Una semblanza menos cínica que la de Ambrose Bierce: Gato. Suave autómata indestructible preparado por la naturaleza para recibir patadas cuando las cosas van mal en el círculo doméstico.

Al mirarlo entiendo que los gatos se vuelvan invisibles cuatro veces al día, y si ellos quieren nadie pueden verlos de guardia baja, empobrecidos de lluvia y madrugada. Al tiempo de atenuar su exhibición cualquier gato se hace etéreo, inatacable, y su corazón late en una verdad lejana y superior. Ya deberíamos saber ese misterio.

Mi gato se llama Fidel y revive al escuchar música en mi falda; sigilo al distenderse, sutileza ajena a la gravedad, reflejo de mi espejo, cuerpo imperceptible. Al oir el Pugliese yumbeado de "Negracha" o "La Cachila", Fidel conmueve su pelaje y pierde su mirada lejos. Eso me anima un poco, aunque al Piazolla de "Verano Porteño" mi gato no lo disfruta. Fidel, es música con esencia y te hace ver a Buenos Aires desde el cielo, le digo pero él ni se entera. Y me apena porque aún no aprendió que el tango es una catarsis nostalgiosa y absurda, que de pronto irrumpe cabalgando un silbido para hablarnos muy quedo, despacito, de nuestras plenitudes, sin testigos. Porque el tango es el vino a solas, el sueño demolido, la mirada de esa piba que a ráfagas retorna y a contraluz de todo pensamiento se adueña del momento. Fidel, el tango es en voz baja. Nos trabaja por adentro su rasguido de viola misteriosa si los gnomos del recuerdo nos llegan de costado, versallescos, o cuando los olvidos olvidados retornan de rebrote y se apropian al fin de nuestro cuerpo. Por eso el tango en alta voz y teatralero es una grosería de recién venido; sin una confesión a solas cada tanto o deschavarle a otro un "vos sabés como fueron esas cosas", sería una música más, carnestolenda. En cambio, siempre nos vuelve el tango y no perdona...

Aunque ¿cómo contarle a un felino sin necesidades el enigma tanguero de los derrotados, cigarrillo de lenta ceniza meditada, reloj de insaciable desgarro? En cambio, oyendo el "Concierto Número Cuatro de Mozart" Fidel se hace una fiesta. Levita leve y ligero, gato definitivo que se convierte en dos sílabas sin cuerpo y vuela oyendo el sólo de corno de Dale Clevenger. Y ya es bueno decirlo sin jactancias: mi gato tal vez sea un atigrado cualunque cabezón y sin prosapia pero su gusto musical lo diferencia. Cualquier felino puede ser un amante a hurtadillas, merodeador de habitaciones sin apenas proyectar su sombra, clandestino de hacer silencios a su antojo y llevar en sus ojos el secreto de la libertad, aunque sin pedantería, ninguno supera a Fidel para disfrutar a Mozart en mi bemol mayor.

[Ver Eduardo Pérsico]


El idioma de los gatos

Un cuento de Spencer Holst, del libro homónimo, Ediciones de la Flor, 1995.

Spencer Holst (1926-2001) Se le conoció como el "Kafka de los barrios bajos de Nueva York". Leía sus historias en templos religiosos y en cafés literarios. Creador de fábulas contemporáneas que narra con una inocencia que paraliza los sentidos. Ganó el Premio Rosenthal, de la American Academy and Institute of Arts and Letters. A pesar de su muerte reciente es considerado ya una leyenda.

El idioma de los gatos
1

Hubo una vez un caballero.
Era un científico. Después de su nombre, venían letras.
Hablaba cien idiomas, del iroqués al esperanto.
Era autor de varios folletos sobre matemática astral.
Tenía treinta y cinco años, era autoritario y hablaba en voz baja.
Su hobby era jugar al ajedrez en un tablero tridimensional.
Su trabajo era el más dramático entre los eruditos, y el más frenético. Las fuerzas armadas lo contrataban para descifrar claves, y durante la guerra había hecho un trabajo brillante, pasando días enteros sin dormir. Los generales se habían asombrado ante él porque varias veces -decían- había salvado, literalmente, la guerra, al descifrar las claves maestras del enemigo. Y, en verdad, eso significaba que había salvado al mundo.
Pero en toda su vida no pudo acordarse de poner los cigarrillos en los ceniceros, así que todo el mobiliario estaba marcado con pequeñas quemaduras pardas.
Su mujer era rubia y menuda y delgada, y era un ama de casa muy prolija.
Él la arrastraba a la desesperación.
Él estaba siempre haciendo desastres en toda la casa, comiendo en el living, dejando sus medias tiradas por el piso, sus zapatos en el alféizar de la ventana; y, de vez en cuando, un pucho tirado sin apagar en el cesto de papeles provocaba llamaradas; pero, afortunadamente, la casa estaba todavía en pie.
Lo que hizo de su mujer una rezongona.
Ella le gritaba diez veces al día, hasta que él ya no lo pudo soportar; no podía ni quería discutir con ella semejantes tonterías; su mente estaba llena de fórmulas y cifras y extrañas palabras de idiomas antiguos, y, además, era un caballero.
Un día, él la dejó. Hizo sus valijas y se fue a una casa de campo, ahí cerca, en West Virginia, con un gato siamés.

2

El gato lo hipnotizaba.
Era un hermoso siamés de cola azul que hablaba mucho; es decir, maullaba, maullaba, maullaba, maullaba todo el tiempo.
El sabio se sentaba en su cama y se quedaba mirándolo durante horas, mientras el gato jugaba con pelotas de celofán y saltaba de la cama a la cómoda, después al lavatorio, al piso y luego de vuelta, una y otra vez, a la cama.
De vez en cuando le daba un arañazo al aire.
De pronto se detenía y se dormía.
El sabio se sentaba y miraba esa pelota de piel gris pálido que respiraba tranquilamente, y sus pensamientos divagaban por las insatisfacciones de su vida.
Voltaire había dicho una vez que despreciaba todas las profesiones que debían su existencia sólo al resentimiento de los hombres. Y la suya era por cierto una de ellas.
Él había perdido todo interés en sus amigos, y en las mujeres. Encontraba vacía y vulgar a la mayoría de la gente.
Algunas noches hacía la ronda de los bares, como buscando a alguien, sin tan siquiera el éxito ocasional de emborracharse alguna vez. Los libros lo hacían dormir.
Y finalmente el gato se convirtió en el centro de su vida, su única compañía.
Una noche, mientras estaba sentado mirándolo, creció en él un peculiar deseo.
Quiso comunicarse con él.
Decidió hacer algunos experimentos.
De modo que tapizó las paredes de su garaje con mil jaulitas y en cada una de ellas puso un gato. La mayoría de los gatos los compró, a otros los recogió directamente de la calle, y algunos hasta los robó a amigos casuales, tan imbuido estaba este hombre de ciencia de su proyecto.
En un magnetófono empezó a recopilar todos los sonidos gatunos.
Grabó sus aullidos de hambre, distinguiendo entre los que querían atún y los que querían salmón. Algunos querían pulmón, hígado o pájaros. Y todos estos sonidos los archivó sistemáticamente en su creciente cintoteca.
Cuidadosamente, comparó el grito cuando era amputada una pata delantera derecha, con el grito lanzado cuando se cortaba una pata delantera izquierda.
Registró todos los sonidos que los gatos hacían al aparearse, pelear, morir y parir.
Entonces abandonó su trabajo gubernamental y comenzó a estudiar ansiosamente los miles de gritos y ronroneos que había grabado y, después de un tiempo, los sonidos empezaron a adquirir significado.
Después empezó a practicar, imitando sus registros hasta que dominó el vocabulario básico del idioma.
Hacia el final, ensayó ronronear.
Nunca había experimentado con su propio gato. Quería sorprenderlo.
Una noche entró en su departamento, colgó su saco en el placard, como siempre, se volvió hacia su gato y le dijo: "¡MIAU!".

3

 La cola del gato habla

Una de las mejores y más efectivas maneras se saber que está pensando tu gato, es observar su cola. A continuación una tabla con algunos de los tantos mensajes que pueden descifrarse.

Si la cola esta curvada ligeramente hacia abajo, luego curvada en la punta; el gato está relajado y cómodo.

Si la cola esta ligeramente elevada y suavemente curvada; el gato está empezando a interesarse en algo.

Si la cola esta erecta, pero la punta esta doblada hacia adelante o hacia atrás; el gato está muy interesado y amistoso.

Si la cola esta totalmente erecta y la punta vertical; el gato está ofreciendo un saludo amistoso y alegre.

Si la cola esta erecta y moviéndose o solo la punta moviéndose ligeramente; el gato está mostrando afecto

Si la cola esta inmóvil, pero la punta se mueve ocasionalmente; el gato está ligeramente irritado o pensativo.

Si la cola esta inmóvil, pero la punta se mueve intensamente; el gato está ¡muy fastidiado!

Si la cola se esta moviendo vigorosamente de lado a lado; el gato esta ¡muy enojado!

Si la cola esta erecta y totalmente esponjada: El gato esta mostrando agresión.

Si la cola esta arqueada y esponjada; el gato puede atacar si se lo provoca.

Si la cola esta hacia abajo y esponjada; el gato tiene miedo.

Si la cola esta totalmente hacia abajo, tal vez entre las patas; el gato esta mostrando su derrota o siendo sumiso.

Si la cola esta echada hacia un lado y la gata está agachada con los cuartos traseros hacia arriba; la gata esta lista para aparearse.

Fuente: Cats Inc.

Así era como los gatos decían, al encontrarse, "Buenas noches".
Pero el gato no se mostró sorprendido.
Contestó: "Mrrrrouarroau", que quiere decir: "Ya era hora".
El gato le hizo entender que lo ayudaría en las más complejas sutilezas del idioma, que estaba bien al tanto de lodos sus experimentos, y que si el hombre no prestaba atención a sus lecciones, sería mraur... ¡perdón!
Al deslizarse las semanas, el hombre descubrió, para su continuo asombro, la fantástica inteligencia de su gato siamés.
Poco a poco, aprendió la historia de los gatos.
Miles de años atrás, los gatos tenían una tremenda civilización; tenían un gobierno mundial que funcionaba perfectamente; tenían naves espaciales y habían investigado el universo; tenían grandes plantas energéticas que utilizaban una energía que no era atómica; no necesitaban ni radios ni televisión, porque usaban una especie de telepatía y algunos otros portentos.
Pero una cosa que los gatos descubrieron fue que la importancia de cualquier experiencia dependía de la intensidad con la cual era vivida.
Se dieron cuenta de que su civilización se había vuelto demasiado compleja, de modo que decidieron simplificar sus vidas.
Por supuesto, no pretendieron tan sólo "volver a la naturaleza" -eso habría sido demasiado-, así que crearon una raza de robots para que los cuidaran.
Estos robots eran un progreso, mecánicamente estaban por encima de cualquier cosa producida por la naturaleza.
Un par de sus más grandes inventos fueron el "pulgar oponible" y la "postura erguida".
No quisieron molestarse en arreglar los robots cuando se rompían, de modo que les dieron una inteligencia elemental y la facultad de reproducirse.
Por supuesto, nosotros somos los robots a los que el gato se refería.
Y ahora el científico entendió por qué los gatos habían parecido siempre tan desdeñosos de sus amos.
El gato le explicó que ellos no temían a la muerte; en verdad, vivían vidas constantemente apasionadas y heroicas, y cuando estaban bien preparados, cuando les llegaba la hora, daban la bienvenida a la muerte.
Pero no querían una muerte atómica.
Y los robots habían desarrollado una mezquina e irracional actitud hacia los ratones.
"Se nos ocurrió que bastaría barrer con la raza, pero entonces tendríamos que volver a tomarnos el trabajo de crear una nueva", dijo el gato (a su manera, por supuesto), "de modo que decidimos intentar algo que, francamente, muchos gatos pensaron que sería imposible: ¡enseñarle a un robot cómo hablar el idioma de los gatos, para que pudiera transmitir nuestras órdenes al mundo!"
"Te elegimos a ti", dijo el gato condescendientemente, acaso como le hablarían nuestros científicos a un mono al que hubieran enseñado a hablar, "porque de todos los robots nos pareciste el más promisorio y receptivo, y la mayor autoridad en tu pequeño terreno".
El gato le dio al hombre una lista de reglas, que él copió en un pedazo de papel.
Las reglas eran:

NO PATEES A LOS GATOS.
NADA DE GUERRAS ATÓMICAS.
NADA DE TRAMPAS PARA RATONES.
MATA A LOS PERROS.

"Si el mundo no obedece estas reglas, simplemente eliminaremos la raza", dijo el gato, y después cerró sus ojos y bostezó y se estiró e inmediatamente se quedó dormido.
"¡Espera un momento! ¡Despiértate! ¡Por favor!", rogó el hombre, tocando tímidamente al gato en la frente.
"¡Déjame dormir!", gruñó el gato. "Tienes un trabajo que hacer. ¡Hazlo!"
"Pero yo no puedo llevarle estas reglas a la gente y decirle que un gato me las dio. ¡Nadie me creería!
El gato frunció el ceño y dijo: "¿Y si te diéramos una pequeña demostración de nuestro poder? Entonces la gente comprendería que esto no es una broma. En una semana a partir de hoy, haré que algunos gatos atraviesen Moscú y Washington desparramando un gas que enloquecerá a todos durante veinticuatro horas. El gas desatará todos sus impulsos destructivos. No se harán daño entre sí, pero destruirán todo aquello a lo que puedan echar mano, todos los edificios, puentes, obras públicas, todos los documentos y hasta todas sus ropas".
Entonces el gato bostezó de nuevo y se volvió a dormir.
El hombre, con la lista de reglas en la mano, salió a la calle para hacer lo que le habían indicado, pero primero, y apenas si sabía lo que estaba haciendo, una extraña malicia iluminó sus ojos al pensar en sus vecinos. Abrió las mil jaulas.
4

Una brisa de octubre lo golpeó en la cara, hojas del color de la llama crujieron bajo sus pies, el sol poniente enrojeció todo con sus últimos, espléndidos rayos, los ruidos callejeros invadieron sus oídos como en un sueño, y una campana tañía patéticamente ante la proximidad de la negra noche de invierno, o así le pareció a él mientras caminaba, marcado por la tremenda responsabilidad que le habían conferido, con su mente girando en grandes círculos, encontrando desesperadamente poesía y hermosura en las grietas de la acera, en las rayas de las insignias de los barberos, en los fragmentos de conversaciones de muchachitas que oía al pasar junto a ellas, en los ofensivos olores de las latas de basura, con la totalidad de la escena ciudadana que realmente él nunca había advertido antes y por la cual había transitado a ciegas, con los ojos vueltos hacia adentro, en su trabajo, pero que ahora tragaba a grandes sorbos con regocijada ansiedad: ¡pero si tan sólo pudiera escapar! Para escapar de su fantástico deber para con el mundo, se perdía en todas sus bellezas, pero este nuevo mundo que él veía era visto por otros, estoy seguro, que se hallaban en situaciones muy distintas, y como es este extraño mundo que él veía el que estoy tratando de describir, haré un digresión momentánea: imagínense a un chico en Inglaterra, un par de siglos atrás, que hubiera robado un pedazo de pan o un pañuelo o una media corona, y a quien algún juez severo y estúpido hubiera mandado a prisión, para hacerse hombre en la cárcel, sin conocer nunca la suavidad de una mujer, sin conocer nunca una comida dada con amor, sin probar nunca una golosina, sin ver nunca un espectáculo, o cualquiera de nuestros placeres más comunes; al ser liberado, podemos fácilmente imaginar su asombro, deleite y terror, su gran ansia de tocar a cuanta chica encuentra, su necesidad de un amor paciente y de interminables explicaciones (pues él no entendería casi nada de nuestro mundo libre), y que, al no encontrar una persona con tal paciencia, pronto estaría de vuelta en la prisión; pero todo eso está fuera de la cuestión, la cuestión es que el mundo de este científico que escapa de su responsabilidad y el mundo del muchacho que acaba de ser rudamente vomitado de una cárcel, se verían igual; y así, para comprender cómo aparecía esta noche de octubre a través de su mareo y su confusión, imagínense cómo se le aparecería el mundo a una persona después de terminar una condena tan ridículamente larga y sin sentido.

5


Ernest Hemingway

Las luces empezaron a titilar a medida que la oscuridad descendía.
Un convertible color crema, dentro del cual cuatro estudiantes secundarios borrachos estaban cantando alegremente y gritándole profusamente a los transeúntes, de pronto se salió de la calzada, arrancó la tapa de una toma de agua, arrojó a dos de los muchachos a través de la vidriera de una joyería, lanzó a otro a veinte pies por el aire, haciéndolo aterrizar sobre su espalda y encima del pavimento, y dejó al otro, el único sobreviviente, gimiendo miserablemente con costillas rotas contra el volante; las llamas brotaron de abajo de esa ruina retorcida que abruptamente se detuvo sobre el hidrante roto; el agua empapó la parte de atrás del automóvil pero no tocó la parte delantera en llamas.
Una multitud excitada empezó a congregarse alrededor de la catástrofe y a devorar, hambrienta, el espectáculo.
El científico, que estaba del otro lado de la calle, testigo de todo el accidente, lo vio como si fuera un accidente en el cine, y continuó su deambular entre sueños y sin meta; y aferraba en su puño la lista de reglas, aunque ni se daba cuenta de ello, tan perdido estaba en los hermosos movimientos, luces y ruidos de la ciudad.
Aunque todavía caminaba, su mente volvió a sumergirse en él mismo, y se preguntó a quién diablos le llevaría esas reglas: no conocía al Presidente, y cualquier funcionario al que le hablara se le reiría, sin duda.
Reflexionó largamente sobre este problema.
Volvió a asomarse al mundo de afuera y descubrió con sorpresa que estaba frente a su antigua casa.
Las luces estaban prendidas. Desde el día en que se fue, no se había comunicado con su mujer. Enderezó por el angosto sendero y entró en la casa sin llamar, por hábito, como lo había hecho siempre.
Su mujer tenía el sombrero puesto.
"¡Vete de aquí!", le gritó. "¡Tengo una cita! ¡No quiero volver a verte nunca!"
El científico echó una mirada a su antigua casa. Todo estaba igual. Hasta los muebles estaban colocados de la misma manera prolija, nítida.
¡Los muebles! Estos muebles habían sido los causantes de la separación. Ella amaba más a sus muebles que a él.
Él agarró un florero. Ella amaba este florero más que a él. Él lo tiró contra la pared.
¡Smash!
Su mujer gritó.
Enseguida, esta silla antigua que a ella le gustaba tanto.
¡Smash!
Se rompió en tres pedazos.
Él tiró la lámpara por la ventana.
¡Crash!
"¡Basta!", gritó su mujer. "¿Estás loco?"
Él fue a la cocina y tomó un cuchillo, tirando algunos ceniceros en el suelo y derribando la biblioteca que se le interpuso en el camino, y empezó a destripar las sillas tapizadas.
"¡Basta! ¡Basta!", gritó su mujer, ahora histérica y sollozante.
Pero el científico apenas si la escuchaba. Estaba desgarrando, rompiendo, arrancando, destrozando, demoliendo, en verdad, en un frenesí de rabia más poderoso que las lágrimas de ella, todos los muebles de la casa.
Después se detuvo.
Y ella dejó de llorar.
Sus ojos se encontraron y cayeron el uno contra el otro, más enamorados que nunca.
La violenta escena de alguna manera los había cambiado a ambos. Los ojos del hombre estaban claros ahora, y su ceño había perdido la gravedad. La voz de ella era suave y cálida.
Después el hombre se acordó de los gatos y de lo que iban a hacer.
"Vámonos de Washington por un tiempo. Vámonos en una segunda luna de miel. Agarremos el auto y vámonos al oeste, a las montañas, alejémonos de todo y de todos. Encontraremos algún lugar salvaje y viviremos allí. No me hagas preguntas. Haz lo que te digo".
Ella hizo lo que él le decía, y una hora después estaban saliendo de Washington rumbo al oeste.
"¡Querido!", le dijo su mujer súbitamente. "¡Vamos a tener que volver!"
"¿Por qué?"
"¿No tienes un gato siamés en tu casa de campo? Se morirá de hambre. No puedes dejarlo encerrado ahí. Y si volvemos, podrás recoger alguna ropa. Parece tonto comprar ropa nueva cuando todo lo que tenemos que hacer es volver a la casa de campo".
"¡Mira!", le dijo su marido, apretando el acelerador, aumentando perceptiblemente la velocidad del coche. "¡Ese gato puede cuidarse a sí mismo!"

6

Viajando en etapas, les llevó tres días y medio llegar al linde de las montañas, donde compraron un rifle, mochilas, bolsas de dormir, utensilios de cocina y toda la parafernalia que necesitarían para vivir fuera de la civilización por un tiempo. Empezaron su viaje a pie, sudando y gruñendo bajo el peso de sus mochilas.
Por un par de meses no vieron a otro ser humano.
Pero en una ocasión, mientras caminaban a corta distancia de su campamento, se encontraron con un gato montés.
El gato montés gruñó amenazadoramente.
El hombre había dejado su rifle en el campamento.
El gato montés estaba entre ellos y el campamento.
Así que el hombre de ciencia empujó a su esposa detrás de él y empezó a gruñir y miaurra-miauuuu.
Durante varios minutos hablaron, y luego el gato montés se dio vuelta y escapó.
"Querido, ¿qué estabas haciendo? Parecía como si realmente estuvieras hablando con ese gato montés".
Y así el hombre le contó toda la historia de cómo había aprendido a hablar el idioma de los gatos, y que ahora probablemente Washington y Moscú estarían en ruinas, y pronto toda la raza humana sería destruida.
Explicó que había sido demasiado. La raza humana no valía la pena. Y así, él había resuelto alejarse de todo y obtener la pequeña felicidad que pudiera de esos pocos días restantes.
"No tengo idea de cómo o cuándo los gatos nos destruirán, pero lo harán, porque tienen poderes que nunca podríamos imaginar", y su voz se apagó con tristeza. Ella lo tomó de la mano y volvieron lentamente a su campamento.
Ahora ella entendía los ojos brillantes de él y esta nueva energía que tenía, su nueva juventud -su locura se le estaba volviendo aparente ante ella-; y, encontró raro que, aun así, lo amara más ahora que antes.

7

Un par de semanas más tarde, estaban sentados junto al fuego de su campamento. La nieve los rodeaba, y mientras el científico miraba las estrellas en silencio, la mujer tuvo frío y empezó a temblar. Por fin se puso de pie y empezó a caminar de arriba abajo.
"¿Qué día es hoy?"
"No sé", contestó el hombre, ausente.
"Debemos de estar cerca de Navidad", dijo ella.
El hombre la miró, penetrante, y después se puso pensativo. Pocos minutos más tarde saltó sobre sus pies y gritó: "¿Qué fue eso? Oí ruidos".
Su mujer escuchó por un instante y respondió:
"Yo no oí nada".
"¡Oye! ¡Ahí está otra vez! Son como cascos de caballos".
"Pero, querido, yo no oigo nada".
"Bueno, ¡saldré a ver qué es!", dijo su marido con decisión.
Y salió a la oscuridad.
Su mujer lo oyó hablar en voz alta, como con alguien, pero no escuchó otras voces. Lo llamó: "¡Querido! ¿Quién está ahí? ¿Con quién estás hablando?"
Él le contestó a los gritos: "Nada, está bien. Es Papá Noel, nada más. Los que oímos eran sus renos".
Su mujer se dijo a sí misma, tristemente: "Para qué le voy a decir que no hay Papá Noel".

8

Él volvió con una planta verde, un cactus que obviamente había arrancado de la nieve, y con una gran reverencia de viejo estilo se la entregó, diciéndole: "Papá Noel me dio esto para que yo te lo diera a ti como regalo de Navidad. Se molestó en venir expresamente hasta acá, a fin de que no te quedaras sin tu regalo".
Ella tomó la planta en sus manos y se acercó más al fuego. Estas ráfagas de locura la aterraban, ¿o era que él bromeaba, simplemente? ¿O es que era galante? Lo miró; él miraba fijamente más allá de las montañas, hacia aquellas estrellas lejanas. Cuán noble y loco parecía. Pero entonces el terror la tocó nuevamente, y ella dijo, con bastante timidez: "Sabes, querido, cuando estábamos en casa, cuando te enfurecías tanto, fuiste muy bueno al no pegarme".
Él la miró un instante, un poco incómodo, pero guardó silencio y volvió a mirar el horizonte.
"Pero, claro -agregó ella-, no tenía por qué preocuparme. Eres tan caballero".
Poco después de esto, volvieron a la civilización. Moscú y Washington no estaban en ruinas.
Y, para gran asombro de su mujer, resultó que su marido no estaba loco: el loco era aquel gato siamés. Descubrieron su cadáver en la casa de campo: había muerto de hambre.
Porque hay un idioma de los gatos, pero todos los gatos siameses son locos: siempre están hablando de telepatía mental, poderes cósmicos, tesoros fabulosos, naves espaciales y grandes civilizaciones del pasado, pero no son más que maullidos; son impotentes: ¡sólo maullidos!
¡Maullidos!
¡Maullidos!
¡Maullidos!
¡Maullidos!
Maullidos...


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