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Esta
página debería titularse los gatos y sus escritores. Porque si usted convive con
un gato habrá notado muchas veces que no "tiene" un gato, como se tiene un
perro, un canario, una tortuga. Usted vive en la casa del gato. Antonio Burgos,
quien le ha dedicado varios libros, dice que el gato es un animal políticamente
incorrecto, pues no es condescendiente con nadie. Si uno trata de llamar a un
gato como llama a un perro, aún a ese gato que quiere, cuida y alimenta, no
recibirá más que frustración. Aunque muchos sostengan que el "flechazo" entre
escritores y gatos proviene del carácter solitario, sedentario e individualista
de la escritura (la típica imagen de Ernest Hemingway escribiendo en la soledad
nocturna y ardiente del trópico, rodeado de gatos), creemos que el fundamento de
esa extraña alianza de amor se explica por la actitud de libertad suprema del
felino, que podría traducirse: "Si te hago compañía es porque yo quiero". El
escritor -Borges lo ha dicho- es un anarquista, en el sentido llano del término.
No tiene horarios para escribir y su tarea muy raras veces la
realiza a
pedido. O sea, en pocas y entendibles palabras, "hace lo que quiere". Pues bien,
lo mismo hace el gato. Escritores y gatos: una alianza entre seres libres.
Los
gatos y sus escritores
Algunos gatos y algunos escritores
H. G. Wells: tuvo un gato llamado
Mr. Peter Wells.
Tennessee Williams: tuvo un gato llamado Topaz.
Charlotte & Emily Brontë: tuvieron un gato llamado Tiger que jugaba
con el pie de Emily mientras ella escribía "Wuthering Heigts".
Alejandro Dumas: tuvo los gatos Mysouff I y Mysouff II,
siendo este último de color blanco y negro, el favorito del escritor, pese a
que se comiera en una ocasión todos los pájaros exóticos de la casa. También
tuvo un gato llamado Le Docteur.
Charles Dickens: tuvo una gata llamada William a la que
rebautizó con el nombre de Williamina. Todo ello se debió a que
consideraba que su gato era un macho y gracias a que tuvo una numerosa
camada de gatitos descubrió que era una hembra. Y eso que la gata avisó al
escritor de que no era un macho cuando inició los preparativos del parto con
su traslado dentro del estudio de Dickens. De esa camada nació Master's
Cat y fue el único que se quedó con Dickens.
Mark Twain: tuvo numerosos gatos como son Apollinaris, Beelzebub,
Blatherskite, Buffalo Bill, Satan, Sin, Sour Mash, Tammany y Zoroaster.
Lord Byron: tuvo cinco gatos que llegaron a viajar con él. Entre
ellos destacamos a Beppo, cuyo nombre fue recogido por Borges para
bautizar al suyo, originalmente llamado Pepo.
Edgar Allen Poe: tuvo una gata llamada Catarina, quien se sentaba frecuentemente en su hombro mientras él
escribía. La gata le inspiró la obra "The Black Cat".
Victor Hugo: tuvo un gato llamado Chanoine, aunque
inicialmente se llamaba Gavroche y no le gustaba, y otro que se
llamaba Mouche.
F. Scott Fitzgerald: tuvo un gato llamado Chopin.
Theóphile Gautier: tuvo numerosos gatos a los que llamó
Childebrand (un gato negro y rayado al que mencionó en "La Ménagerie
Intime"), Cléopatre (hija de Epoine y a la que le gustaba
mantenerse sobre 3 patas, siendo mencionada en la misma obra), Don
Pierrot de Navarre (a este gato blanco le gustaba robarle la pluma y
engendró a 3 gatitos negros, siendo mencionado en la obra anterior),
Enjoras (este gatito negro era hijo de los blancos Don Pierrot y
de Séraphita y fue bautizado con un nombre procedente de la obra "Les
Miserables", siendo también mencionado en la obra anterior), Eponine
(gato de piel negra con los ojos verdes procedente de los mismos padres que
Enjoras, con la misma procedencia de su nombre y siendo mencionado en
la misma obra), Gavroche (gato negro con idénticas referencias al
anterior), Madame Theóphile (gata blanca y roja a la que le gustaba
robar la comida y mencionada en la misma obra), Séraphita (gata
blanca que tuvo 3 gatos negros con Dom Perriot y también aludida en
la obra anterior) y Zizi (un angora que le gustaba tocar las teclas
del piano y también mencionado en la misma obra).
Colette: esta escritora tuvo varios gatos: Franchette,
Kapok, Kiki-la-Doucette, Kro, La Chatte, La Chatte Dernière, La Touteu,
Mini-mini, Minionne, Muscat, One and Only, Petieu, Pinichette, Toune, Zwerg
y Saha, a la que dedicó su novela "La Chatte".
T. S. Elliot: tuvo varios gatos llamados George Pushdragon, Noilly
Prat, Pattipaws o Pettipaws, Tantomile y Wiscus.
Walter Scott: tuvo un gato llamado Hinse al que le gustaba
molestar a los perros de Scott, hasta que en 1826 uno de esos perros acabó
con su vida.
Leonor
Silvestri y "despues de vos"
Cuando los gatos se vuelven literatura
En su poemario autotraducido, la poeta y traductora rescata a los felinos "como
la expresión manifiesta y sublime de la libertad absoluta".
"Si un poema está mal, hay que hacharlo o guardarlo, por más que sea tu
separación", asegura Silvestri.
Subnotas
Por Silvina Friera
| Una mariposa es
imbatible Por Eduardo Pérsico Llegó octubre y en mi barrio, la primavera ya vistió al ciruelo con florcitas colorinches. Y por ahí, una mariposa inquieta a mi gato Fidel; es que quizá ella se ufane de llevar en sus alas un dibujo irrepetible, un rasgo a perpetuar en la especie que difiere y transmite la herencia de ese "insecto lepidóptero". Una denominación que, digamos, indica a los entomólogos como gente poco sería al nombrar así a una mariposa… Naturalmente, ninguna alcanza a pesar un gramo pero a puro vuelo comunican su mensaje al planeta entero, así que Fidel, no discutas el dominio del patio por un rato si al fin, ellas demuestran la imbatible armonía de los dioses que a soplo vital y ala diminuta cumplen su parte en este plan gigante y misterioso. Aunque claro, cada vuelo desorienta a mi gato y creo que a estos felinos los perjudicó el desmesurado homenaje que le hicieron ciertos tipos muy famosos. Charles Baudelaire, por ejemplo, creía que la belleza de los gatos sugería lujo y voluptuosidad, y Víctor Hugo dijo que Dios los imaginó para darle al hombre la ilusión de acariciar un tigre. Todo eso parece magnífico, pero yo apenas le pido al mío que baje de la pared y no se humille ante esta invicta mariposa, que con su fuga y retorno volandero puede encender y apagar la primavera cuando quiere. Eduardo Persico nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina. |
Los gatos son animales políticamente incorrectos.
Alí –bellísimo negro azabache con ojos de oro–, Blanquita y Anita –dos lunas
elásticas con manchitas grises y marrones– confirman su incorrección cuando el
fotógrafo trata de juntarlos a los tres en el living de la poeta y traductora
Leonor Silvestri. Cuando parece que se está por cumplir el objetivo, quizás una
partícula de polvo –que sólo ellos pueden detectar– o un ruidito imperceptible,
algo los dispersa y desaparecen como el gato de Cheshire, de Carroll. Habrá que
armarse de paciencia, aunque con la certeza de que esos seres orgullosos y
distantes se saldrán con la suya. Quizá mejor no reincidir y tratar de
capturarlos, si se puede, displicentes, tomando sol o meditando sobre la mesada
de la cocina. "Pero no puedo descifrar un gato/ mi razón resbaló en su
indiferencia", escribió el poeta Pablo Neruda. El irresistible encanto que
ejercen estos felinos domésticos está en su libertad suprema: no admiten que los
manden, no obedecen, no quieren que les saquen fotos. Alí, Blanquita y Anita son
los verdaderos protagonistas del poemario bilingüe autotraducido Después de vos
(Ardiente Claridad), que poetiza la ausencia de lo más amado a través de esos
tres gatos.
Los quince poemas que integran el libro invitan a reflexionar sobre los
significados mínimos que dan sentido a nuestra existencia tras una separación
("Cuando por las mañanas/ te dedicás a tirar los juguetes/ desde las nieves
eternas de la cómoda/ yo me encuentro feliz de despertar/ estando con vos,
Alí"). Los asuntos domésticos, el sentimiento de soledad ("hoy, si la casa se
incendia/ no sacaría papeles estampados/ escaparía con vos/ en mis brazos por la
ventana/ nadando") y el constante reclamo de afecto se ensamblan de manera pop
con los dibujos de Cristina Lancellotti y el diseño de Lucas López (de la
revista Acido Surtido). La tapa de color turquesa, con un corazón fucsia con la
silueta de un gato, y la portada fucsia proponen visualmente un libro que
también parece bilingüe. Silvestri integra un extenso listado de narradores y
poetas que han sucumbido al "flechazo" gatuno (ver aparte). Este linaje, esta
familiaridad entre un oficio y un animal doméstico, quizá sea por el carácter
solitario, sedentario e individualista de la escritura, reforzada por la típica
imagen de Ernest Hemingway escribiendo rodeado de gatos.
La poeta y colaboradora de Radar Libros, que pareciera tener menos de 31 años,
plantea que no puede hablar en nombre de todos los escritores, pero trata de
tirar de la madeja de su pasión por los felinos. "Los gatos son la expresión
manifiesta y sublime de la libertad absoluta, eso fue lo que siempre me sedujo.
Viví sólo los primeros cuatro años de mi vida sin gatos, y no ha habido casa en
la que no los hubiera. Los gatos me siguen, no concibo la vida sin ellos. Hay un
montón de cualidades que me gustan, pero no sé si todas están expresadas en los
poemas", señala Silvestri en la entrevista con Página/12. "Más que una conexión
gato-literatura, que sin duda está presente, hay una conexión gato-mujer y
gato-personas oprimidas, excluidas, minorías sexuales." Estos vínculos políticos
aparecen en varios de los poemas, como en "Punk not dead" ("Alí es anarkista/
revolucionario/cubano anticapitalista/ no me deja escribir mis estúpidas/
traducciones/ que pagan su comida/ y la mía"), en "Anita Pingüino" ("Anita no
quiere ser novia de ningún gato/ no casarse, no tener hijos./ Quiere sí/ ser
independiente, feminista") o en A los gatos no le gustan los títulos nobiliarios
("los gatos no son aristogáticos/ todos tienen el poder/ de seducir, de ser
gatos/ lumpen/ ociosos y vagos/ gatos linyeras").
"Lo
que en general a la gente le molesta de los gatos, su total independencia, sus
conductas libertarias, anarquistas, que sean ociosos, vagos, callejeros, a mí me
fascina", subraya la poeta, especialista en literatura antigua, autora del libro
de ensayo Catulo, Poemas, una introducción, los poemarios bilingües
autotraducidos El curso. Mitología grecolatina y Nugae, teoría de la traducción.
"En la casa de mis padres son gateros, mi abuela es una de esas viejas locas que
les dan de comer a los gatos, esas viejas que no le dan de comer al marido, pero
los gatos del barrio comen", bromea Silvestri. "Los gatos son personajes mucho
más literarios que otros animales", afirma la poeta. "De todas maneras, soy
proanimal: si bien tengo una fascinación casi pluscuamperfecta por los gatos, la
verdad es que todos los animales me conmueven, de hecho soy vegetariana hace
tres años, con mucho esfuerzo. No como carne, no porque no me guste, sino por no
hacerle daño a ningún animal." Alí –rescatado justo a tiempo con Anita cuando
Silvestri se dio cuenta de que podría ser la comida de un linyera– aprovecha los
rayos de sol que se reflejan en el parquet del living para estirarse, cerca de
la batería que la poeta suele tocar. "A los gatos les encanta, los vecinos son
el problema", aclara.
Segunda tentativa de juntar a Alí, Blanquita y Anita, y nuevo fracaso. Habrá que
sacarlos por separado, como ellos prefieren. Silvestri confiesa que su
especialización en literatura clásica empezó a golpear con otras áreas: con la
poesía, con su feminismo, con su actividad fuera de la facultad. Eran golpes
disonantes, molestos. "Tuve que elegir entre la academia y el afuera. Y elegí el
afuera. Hoy la facultad no me atrae en lo más mínimo, lo cual no quita que quizá
vuelva a hacer otra cosa. Pero me tenía que alejar de los latines y los griegos
como conocimiento erudito, tenía que colectivizar estos conocimientos, cosa que
hago en talleres y charlas, para que la gente le dejara de temer. El latín no
tiene por qué estar en manos del Opus Dei; ni Barthes ni Foucault es el Opus Dei
y ellos tenían estos conocimientos. Si me hubiera quedado en la facultad, además
de convertirme en una vieja con una úlcera, amargada, que se casa por obligación
y que se separa de su marido tras veinte años de ser cornuda, no hubiera podido
desarrollar una carrera literaria. Lo mejor me pasó fuera de la UBA: la poesía,
el anarquismo y el feminismo, tres cosas que la facultad no me dio ni de
refilón." Asistió a varios talleres y clínicas de poesía en el Centro Cultural
Rojas y en la Casa de la Poesía con Diana Bellessi ("la mejor profesora que
tuve, es severísima con la forma"), María del Carmen Colombo y Fabián Casas ("un
maestro zen"). "Un taller o una clínica de poesía tienen que darte lecturas que
no tenés, libros que no se te ocurrió leer, y después ser implacable con lo que
Mirta Rosemberg llama ‘tu cajita santa’. Si un poema está mal, hay que hacharlo
o guardarlo, por más que sea tu separación."
Silvestri cuenta que Después de vos es su poemario más autorreferencial. "Lo
empecé a escribir después de mi separación. Blanquita es la gata de mi ex
pareja; en algún momento la miraba y me preguntaba qué hacía esta gata acá, si
yo no quería tener nada que me recordara a la persona de la que me había
separado. Y tuve que aprender a quererla." La poeta advierte que sus poemarios
anteriores tienen una forma más clásica. "Pero en este libro no, excepto por uno
de los poemas que es un homenaje a William Blake", explica. "Hay una traducción
de El tigre, de Blake, y lo que hice fue cambiar al tigre por el gato. Este
libro es más ecléctico y moderno porque pensé en un lector más joven. A mí me
gustaría que tuviera un lector adolescente o un adulto joven que no leyera
poesía. Pensé en el diseño del libro para que lo pudiera leer los que escuchan a
Miranda!."
–¿El gato estaría asociado a lo pop?
–No, es sólo el diseño del libro. Los gatos me parecen muy punks; de hecho tengo
un pin, que se lo compré a Nekro (cantante de Boom Boom Kid), que dice: "Todos
los gatos son punks". Los gatos son motivo de literatura en mi vida.
Fuente: Página/12, 22/10/07
Osvaldo Soriano: "Un escritor sin gato es como un ciego sin lazarillo"
(...) El día que nací había un gato esperando
al otro lado de la puerta. Mi padre fumaba en Mar del Plata, en el patio. Mi
madre dice que fue un parto difícil, a las cuatro y veinte de la tarde de un
día de verano. El sol rajaba la tierra. Los jóvenes Borges y Bioy Casares
paraban cerca de ahí, en Los Troncos alucinando las historias de don Isidro
Parodi. A Borges lo seguían los gatos. En una de sus fotos más hermosas está
junto a María Kodama, que tiene uno en brazos; Borges lo acaricia como a un
amigo.
A mi un gato me trajo la solución para Triste, solitario y final. Un negro
de mirada contundente, muy parecido a Taki, la gata de Chandler. Otro, el
negro Veni, me acompañó en el exilio y murió en Buenos Aires. Hubo uno
llamado Peteco que me sacó de muchos apuros en los días en que escribía A
sus plantas rendido un León. Viví con una chica alérgica a los gatos y al
poco tiempo nos separamos. En París, mientras trabajaba en El ojo de la
patria, en un quinto piso inaccesible, se me apareció un gato equilibrista
caminando por la canaleta del desagüe. Para sentirme más seguro de mi mismo
puse un gato negro al comienzo y uno colorado al final de Una sombra ya
pronto serás.
Para decirlo mal y pronto: hay gatos en todas mis novelas. Soy uno de ellos
perezoso y distante. Aunque nunca aprendí la sutileza de la especie. Ahora
mismo, una de mis gatas se lava la manos acostada sobre el teclado y tengo
que apartarla con suavidad para seguir escribiendo. Hace cinco meses que no
prendemos un cigarrillo. Juntos sufrimos el vejamen de la abstinencia y la
vida limpia. Hace unos meses esta habitación era un quemadero de fragancias
maravillosas. Tabacos de la Argentina, de Cuba y de Holanda, ya no;
resignamos algo de la utilería que compone a los duros: cigarrillos,
sombrero, impermeable, el revolver de juguete. Los fantásticos vampiros de
Matheson; entre los que estaban Laurel y Hardy y el realismo romántico de
Chandler, sobreviven a las modas y las vanguardias porque el lector quiere
verse ahí en sangre de papel. Necesita leer sus miedos. Con eso Stephen King
escribe ahora una obra excesiva e inquietante. En uno de sus libros, un
personaje acusa de plagiario al narrador, le mata el gato y se lo deja
frente a la puerta. Es un momento insoportable en la literatura de terror.
Algo cercano a los escalofriantes efectos de H.P. Lovecraft. Todos los
escritores con corazón se han ganado un gato que los sigue y los protege.
Tal vez el de Gibbins, cercado por el fuego, le haya pedido auxilio en
nombre de los gatos inspiradores: el del Dante, el de Baudelaire, el de
Lewis Carrol, el de Borges. Y ahí fue el director de pobres películas, a
purificarse en el incendio y cumplir con el ritual de todos los demonios.
Un
escritor sin gato es como un ciego sin lazarillo. No es posible usar al gato
para nada personal, no hay manera de privatizarlos. En La noche americana,
Francois Truffaut aconseja a las realizadores de cine no meterse jamás con
un gato en acción. También me lo dijo Hector Olivera a la hora de escribir
el guión de Una sombra ya pronto serás. ¿Cómo hacer para que dos gatos de
cine interpreten disciplinadamente a los que aparecen en la novela? Yo los
puse en el libreto nada más que para aplacar mis miedos. Con una sonrisa;
Olivera me dijo que estaba loco: un gato actor, el negro, tendría que seguir
al personaje de Miguel Angel Solá, lavarse a su lado comerse una laucha y
echarse a dormir. El otro un colorado, aparece al final, poco después que
Pepe Soriano, el Coluccini de la película, haya tenido una charla con Dios.
Olivera decidió que no hubiera gatos, pero creo que estoy a tiempo de
convencerlo de que ponga al menos una silueta. Cuando hablábamos de eso,
todavía Gibbins no se había arrojado al incendio. Yo creía, Dios me perdone,
que Matheson se había muerto de viejo. Pero no: allí estaba, peleando frente
al fuego, apartando maderas en llamas, abriendo un camino para que su gato
pudiera escapar con él. En el revoltijo alcanzó a salvar una carpeta con su
último manuscrito. Es que siempre cuando uno rescata un manuscrito, hay un
gato adentro.
Cuando yo era chico mi gato Pulqui era mono, león,
pirata y bandolero. Yo lo acechaba entre las plantas del jardín y me le
tiraba encima con el cuchillo de madera entre los dientes. Ahora mi hijo
combate contra la gata Virgula que le devuelve los golpes. Son arañazos de
mentira, en un revoltijo de sillas volteadas y malvones floridos. Las suyas,
como las mías antes, son fantasías de selvas y mares, de castillos y
mosqueteros. Esos años felices e irrecuperables en los que uno aprende, si
aprende algo, que los gatos nos traen a domicilio el misterio de la
creación. Chandler les atribuía toda la sabiduría y creía que provocaban la
explosión creadora. Un día le pidieron que hablara de Philip Marlowe y
prefirió que fuera Taki la que la hiciera por él. Pretendía que era la gata
quien escribía sus novelas bien entrada la noche: A mí suele pasarme algo
parecido.
Richard
Matheson perdió todo; la casa los muebles y los premios, pero alcanzó a
salvar lo esencial: esa mirada que lo sostiene por las noches, cuando la
palabra no viene y la novela no avanza. Esa mirada que nos atornilla al
sillón, ese ronroneo que precede a la llegada del diablo.
Poe, Lovecraft y Matheson asociaron los gatos al horror; en los dibujos
animados Willam Hanna y Joe Barbera le dieron a Tom El papel de víctima y al
ratón Jerry el de la picardía. El gato Félix fue un gran héroe yanqui de los
año treinta, puritano y travieso. El Fritz the Cat, de Ralph Baskhi y Robert
Crumb, sintetizó los eróticos y crueles años de mi juventud; apareciendo en
1968, Fritz es el primer gato de dibujo que vuelve de Vietnam, se droga,
callejea de un prostíbulo a otro, fuma como un escuerzo, duerme con las
mejores chicas, incluida su hermana, y termina asesinado por una gata vieja
a la que había abandonado en tiempos mejores.
En cambio, Walt Disney detestaba a los gatos. Recién
en 1970 se decidió a crear un personaje que, por supuesto, no le dejó éxito
ni plata. Disney era uno de esos tipos que nunca se hacen querer por los
gatos. Creo que fue Chandler quien lo dijo. No se si en la biografía del
detective Marlowe o en la propia. Hace unos días, una investigadora que
prepara un libro de reportajes a escritores argentinos nos pidió a sus
entrevistados que trazáramos cada uno una breve autobiografía. ¿Como
hacerlo? ¿Cómo hablar de nosotros si no sabemos quienes somos? Le dije que
yo no tengo biografía. Me la van a inventar los gatos que vendrán cuando yo
esté, muy orondo, sentado en el redondel de la luna.
Jorge Luis Borges
Entre la biografía de Borges, hay algo que
llama la atención, y es su extremado amor por los gatos. Uno estaría tentado
de pensar que la compañía de estos felinos, cruzándose de repente por los
pasillos o enredándose entre las piernas del escritor, no sería una opción
demasiado recomendable para un anciano achacoso y ciego. Pero "un escritor
sin gato es como un ciego sin lazarillo", dijo Osvaldo Soriano, y
seguramente tenía razón. En cualquier caso, Borges sentía debilidad por sus
gatos Odín y Beppo (nacido Pepo pero rebautizado
posteriormente en homenaje al gato de Byron). De este último, en particular,
cóntó innumerables anécdotas a lo largo de las muchas entrevistas que se le
hicieron, e incluso le dedicó uno de sus más conocidos poemas (La Cifra,
1981):
Beppo
El gato blanco y célibe se mira
en la lúcida luna del espejo
y no puede saber que esa blancura
y esos ojos de oro que no ha visto
nunca en la casa son su propia imagen.
¿Quién le dirá que el otro que lo observa
es apenas un sueño del espejo?
Me digo que esos gatos armoniosos
el de cristal y el de caliente sangre,
son simulacros que concede el tiempo
un arquetipo eterno. Así lo afirma,
sombra también, Plotino en las Ennéadas.
¿De qué Adán anterior al paraíso,
de qué divinidad indescifrable
somos los hombres un espejo roto?
Pablo Neruda
Oda al gato
Los animales fueron
imperfectos,
largos de cola, tristes
de cabeza.
Poco a poco se fueron
componiendo,
haciéndose paisaje,
adquiriendo lunares, gracia, vuelo.
El gato,
sólo el gato
apareció completo
y orgulloso:
nació completamente terminado,
camina solo y sabe lo que quiere.
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El hombre quiere ser pescado y pájaro,
la serpiente quisiera tener alas,
el perro es un león desorientado,
el ingeniero quiere ser poeta,
la mosca estudia para golondrina,
el poeta trata de imitar la mosca,
pero el gato
quiere ser sólo gato
y todo gato es gato
desde bigote a cola,
desde presentimiento a rata viva,
desde la noche hasta sus ojos de oro.
No hay unidad
como él,
no tienen
la luna ni la flor
tal contextura:
es una sola cosa
como el sol o el topacio,
y la elástica línea en su contorno
firme y sutil es como
la línea de la proa de una nave.
Sus ojos amarillos
dejaron una sola
ranura
para echar las monedas de la noche. Oh pequeño
emperador sin orbe,
conquistador sin patria,
mínimo tigre de salón, nupcial
sultán del cielo
de las tejas eróticas,
el viento del amor
en la intemperie
reclamas
cuando pasas
y posas cuatro pies delicados
en el suelo,
oliendo,
desconfiando
de todo lo terrestre,
porque todoes inmundo
para el inmaculado pie del gato.
Oh fiera independiente
de la casa, arrogante
vestigio de la noche,
perezoso, gimnástico
y ajeno,
profundísimo gato,
policía secreta
de las habitaciones,
insignia
de un
desaparecido terciopelo,
seguramente no hay
enigma
en tu manera,
tal vez no eres misterio,
todo el mundo te sabe y perteneces
al habitante menos misterioso,
tal vez todos lo creen,
todos se creen dueños,
propietarios, tíos
de gatos, compañeros,
colegas,
discípulos o amigos
de su gato.
Yo no.
Yo no suscribo.
Yo no conozco al gato.
Todo lo sé, la vida y su archipiélago,
el mar y la ciudad incalculable,
la botánica,
el gineceo con sus extravíos,
el por y el menos de la matemática,
los embudos volcánicos del mundo,
la cáscara irreal del cocodrilo,
la bondad ignorada del bombero,
el atavismo azul del sacerdote,
pero no puedo descifrar un gato.
Mi razón resbaló en su indiferencia,
sus ojos tienen números de oro.
Ven, bello, gato, a mi amoroso pecho:
Retén las uñas de tu pata,
Y deja que me hunda en tus ojos hermosos
Mezcla de ágata y metal
Mientras mis dedos peinan suavemente
Tu cabeza y tu lomo elástico,
Mientras mi mano de placer se embriaga
Al palpar tu cuerpo eléctrico,
A mi señora creo ver.
Su mirada como la tuya, amable bestia,
Profunda y fría, hiere cual dardo,
Y, de los pies a la cabeza,
Un sutil aire, un peligroso aroma,
Bogan en torno a su tostado cuerpo.
Edgar Alan Poe
El gato negro [traducción de Julio Cortázar]
No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me
dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos
rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no
es un sueño. Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma. Mi propósito
inmediato consiste en poner de manifiesto, simple, sucintamente y sin
comentarios, una serie de episodios domésticos. Las consecuencias de esos
episodios me han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han
destruido. Pero no intentaré explicarlos. Si para mí han sido horribles,
para otros resultarán menos espantosos que barrocos. Más adelante, tal vez,
aparecerá alguien cuya inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes;
una inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía,
capaz de ver en las circunstancias que temerosamente describiré, una vulgar
sucesión de causas y efectos naturales. Desde la infancia me destaqué por la
docilidad y bondad de mi carácter. La ternura que abrigaba mi corazón era
tan grande que llegaba a convertirme en objeto de burla para mis compañeros.
Me gustaban especialmente los animales, y mis padres me permitían tener una
gran variedad. Pasaba a su lado la mayor parte del tiempo, y jamás me sentía
más feliz que cuando les daba de comer y los acariciaba. Este rasgo de mi
carácter creció conmigo y, cuando llegué a la virilidad, se convirtió en una
de mis principales fuentes de placer. Aquellos que alguna vez han
experimentado cariño hacia un perro fiel y sagaz no necesitan que me moleste
en explicarles la naturaleza o la intensidad de la retribución que recibía.
Hay algo en el generoso y abnegado amor de un animal que llega directamente
al corazón de aquel que con frecuencia ha probado la falsa amistad y la
frágil fidelidad del hombre. Me casé joven y tuve la alegría de que mi
esposa compartiera mis preferencias. Al observar mi gusto por los animales
domésticos, no perdía oportunidad de procurarme los más agradables de entre
ellos. Teníamos pájaros, peces de colores, un hermoso perro, conejos, un
monito y un gato. Este último era un animal de notable tamaño y hermosura,
completamente negro y de una sagacidad asombrosa. Al referirse a su
inteligencia, mi mujer, que en el fondo era no poco supersticiosa, aludía
con frecuencia a la antigua creencia popular de que todos los gatos negros
son brujas metamorfoseadas. No quiero decir que lo creyera seriamente, y
sólo menciono la cosa porque acabo de recordarla. Plutón -tal era el nombre
del gato- se había convertido en mi favorito y mi camarada. Sólo yo le daba
de comer y él me seguía por todas partes en casa. Me costaba mucho impedir
que anduviera tras de mí en la calle. Nuestra amistad duró así varios años,
en el curso de los cuales (enrojezco al confesarlo) mi temperamento y mi
carácter se alteraron radicalmente por culpa del demonio. Intemperancia. Día
a día me fui volviendo más melancólico, irritable e indiferente hacia los
sentimientos ajenos. Llegué, incluso, a hablar descomedidamente a mi mujer y
terminé por infligirle violencias personales. Mis favoritos, claro está,
sintieron igualmente el cambio de mi carácter. No sólo los descuidaba, sino
que llegué a hacerles daño. Hacia Plutón, sin embargo, conservé suficiente
consideración como para abstenerme de maltratarlo, cosa que hacía con los
conejos, el mono y hasta el perro cuando, por casualidad o movidos por el
afecto, se cruzaban en mi camino. Mi enfermedad, empero, se agravaba -pues,
¿qué enfermedad es comparable al alcohol?-, y finalmente el mismo Plutón,
que ya estaba viejo y, por tanto, algo enojadizo, empezó a sufrir las
consecuencias de mi mal humor. Una noche en que volvía a casa completamente
embriagado, después de una de mis correrías por la ciudad, me pareció que el
gato evitaba mi presencia. Lo alcé en brazos, pero, asustado por mi
violencia, me mordió ligeramente en la mano. Al punto se apoderó de mí una
furia demoníaca y ya no supe lo que hacía. Fue como si la raíz de mi alma se
separara de golpe de mi cuerpo; una maldad más que diabólica, alimentada por
la ginebra, estremeció cada fibra de mi ser. Sacando del bolsillo del
chaleco un cortaplumas, lo abrí mientras sujetaba al pobre animal por el
pescuezo y, deliberadamente, le hice saltar un ojo. Enrojezco, me abraso,
tiemblo mientras escribo tan condenable atrocidad. Cuando la razón retornó
con la mañana, cuando hube disipado en el sueño los vapores de la orgía
nocturna, sentí que el horror se mezclaba con el remordimiento ante el
crimen cometido; pero mi sentimiento era débil y ambiguo, no alcanzaba a
interesar al alma. Una vez más me hundí en los excesos y muy pronto ahogué
en vino los recuerdos de lo sucedido. El gato, entretanto, mejoraba poco a
poco. Cierto que la órbita donde faltaba el ojo presentaba un horrible
aspecto, pero el animal no parecía sufrir ya. Se paseaba, como de costumbre,
por la casa, aunque, como es de imaginar, huía aterrorizado al verme. Me
quedaba aún bastante de mi antigua manera de ser para sentirme agraviado por
la evidente antipatía de un animal que alguna vez me había querido tanto.
Pero ese sentimiento no tardó en ceder paso a la irritación. Y entonces,
para mi caída final e irrevocable, se presentó el espíritu de la
perversidad. La filosofía no tiene en cuenta a este espíritu; y, sin
embargo, tan seguro estoy de que mi alma existe como de que la perversidad
es uno de los impulsos primordiales del corazón humano, una de las
facultades primarias indivisibles, uno de esos sentimientos que dirigen el
carácter del hombre. ¿Quién no se ha sorprendido a sí mismo cien veces en
momentos en que cometía una acción tonta o malvada por la simple razón de
que no debía cometerla? ¿No hay en nosotros una tendencia permanente, que
enfrenta descaradamente al buen sentido, una tendencia a transgredir lo que
constituye la Ley por el solo hecho de serlo? Este espíritu de perversidad
se presentó, como he dicho, en mi caída final. Y el insondable anhelo que
tenía mi alma de vejarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de
hacer mal por el mal mismo, me incitó a continuar y, finalmente, a consumar
el suplicio que había infligido a la inocente bestia. Una mañana, obrando a
sangre fría, le pasé un lazo por el pescuezo y lo ahorqué en la rama de un
árbol; lo ahorqué mientras las lágrimas manaban de mis ojos y el más amargo
remordimiento me apretaba el corazón; lo ahorqué porque recordaba que me
había querido y porque estaba seguro de que no me había dado motivo para
matarlo; lo ahorqué porque sabía que, al hacerlo, cometía un pecado, un
pecado mortal que comprometería mi alma hasta llevarla -si ello fuera
posible- más allá del alcance de la infinita misericordia del Dios más
misericordioso y más terrible. La noche de aquel mismo día en que cometí tan
cruel acción me despertaron gritos de: "¡Incendio!" Las cortinas de mi cama
eran una llama viva y toda la casa estaba ardiendo. Con gran dificultad
pudimos escapar de la conflagración mi mujer, un sirviente y yo. Todo quedó
destruido. Mis bienes terrenales se perdieron y desde ese momento tuve que
resignarme a la desesperanza. No incurriré en la debilidad de establecer una
relación de causa y efecto entre el desastre y mi criminal acción. Pero
estoy detallando una cadena de hechos y no quiero dejar ningún eslabón
incompleto. Al día siguiente del incendio acudí a visitar las ruinas. Salvo
una, las paredes se habían desplomado. La que quedaba en pie era un tabique
divisorio de poco espesor, situado en el centro de la casa, y contra el cual
se apoyaba antes la cabecera de mi lecho. El enlucido había quedado a salvo
de la acción del fuego, cosa que atribuí a su reciente aplicación. Una densa
muchedumbre habíase reunido frente a la pared y varias personas parecían
examinar parte de la misma con gran atención y detalle. Las palabras
"¡extraño!, ¡curioso!" y otras similares excitaron mi curiosidad. Al
aproximarme vi que en la blanca superficie, grabada como un bajorrelieve,
aparecía la imagen de un gigantesco gato. El contorno tenía una nitidez
verdaderamente maravillosa. Había una soga alrededor del pescuezo del
animal. Al descubrir esta aparición -ya que no podía considerarla otra cosa-
me sentí dominado por el asombro y el terror. Pero la reflexión vino luego
en mi ayuda. Recordé que había ahorcado al gato en un jardín contiguo a la
casa. Al producirse la alarma del incendio, la multitud había invadido
inmediatamente el jardín: alguien debió de cortar la soga y tirar al gato en
mi habitación por la ventana abierta. Sin duda, habían tratado de
despertarme en esa forma. Probablemente la caída de las paredes comprimió a
la víctima de mi crueldad contra el enlucido recién aplicado, cuya cal,
junto con la acción de las llamas y el amoniaco del cadáver, produjo la
imagen que acababa de ver. Si bien en esta forma quedó satisfecha mi razón,
ya que no mi conciencia, sobre el extraño episodio, lo ocurrido impresionó
profundamente mi imaginación. Durante muchos meses no pude librarme del
fantasma del gato, y en todo ese tiempo dominó mi espíritu un sentimiento
informe que se parecía, sin serlo, al remordimiento. Llegué al punto de
lamentar la pérdida del animal y buscar, en los viles antros que
habitualmente frecuentaba, algún otro de la misma especie y apariencia que
pudiera ocupar su lugar. Una noche en que, borracho a medias, me hallaba en
una taberna más que infame, reclamó mi atención algo negro posado sobre uno
de los enormes toneles de ginebra que constituían el principal moblaje del
lugar. Durante algunos minutos había estado mirando dicho tonel y me
sorprendió no haber advertido antes la presencia de la mancha negra en lo
alto. Me aproximé y la toqué con la mano. Era un gato negro muy grande, tan
grande como Plutón y absolutamente igual a éste, salvo un detalle. Plutón no
tenía el menor pelo blanco en el cuerpo, mientras este gato mostraba una
vasta aunque indefinida mancha blanca que le cubría casi todo el pecho. Al
sentirse acariciado se enderezó prontamente, ronroneando con fuerza, se
frotó contra mi mano y pareció encantado de mis atenciones. Acababa, pues,
de encontrar el animal que precisamente andaba buscando. De inmediato,
propuse su compra al tabernero, pero me contestó que el animal no era suyo y
que jamás lo había visto antes ni sabía nada de él. Continué acariciando al
gato y, cuando me disponía a volver a casa, el animal pareció dispuesto a
acompañarme. Le permití que lo hiciera, deteniéndome una y otra vez para
inclinarme y acariciarlo. Cuando estuvo en casa, se acostumbró a ella de
inmediato y se convirtió en el gran favorito de mi mujer. Por mi parte,
pronto sentí nacer en mí una antipatía hacia aquel animal. Era exactamente
lo contrario de lo que había anticipado, pero -sin que pueda decir cómo ni
por qué- su marcado cariño por mí me disgustaba y me fatigaba. Gradualmente,
el sentimiento de disgusto y fatiga creció hasta alcanzar la amargura del
odio. Evitaba encontrarme con el animal; un resto de vergüenza y el recuerdo
de mi crueldad de antaño me vedaban maltratarlo. Durante algunas semanas me
abstuve de pegarle o de hacerlo víctima de cualquier violencia; pero
gradualmente -muy gradualmente- llegué a mirarlo con inexpresable odio y a
huir en silencio de su detestable presencia, como si fuera una emanación de
la peste. Lo que, sin duda, contribuyó a aumentar mi odio fue descubrir, a
la mañana siguiente de haberlo traído a casa, que aquel gato, igual que
Plutón, era tuerto. Esta circunstancia fue precisamente la que lo hizo más
grato a mi mujer, quien, como ya dije, poseía en alto grado esos
sentimientos humanitarios que alguna vez habían sido mi rasgo distintivo y
la fuente de mis placeres más simples y más puros. El cariño del gato por mí
parecía aumentar en el mismo grado que mi aversión. Seguía mis pasos con una
pertinencia que me costaría hacer entender al lector. Dondequiera que me
sentara venía a ovillarse bajo mi silla o saltaba a mis rodillas,
prodigándome sus odiosas caricias. Si echaba a caminar, se metía entre mis
pies, amenazando con hacerme caer, o bien clavaba sus largas y afiladas uñas
en mis ropas, para poder trepar hasta mi pecho. En esos momentos, aunque
ansiaba aniquilarlo de un solo golpe, me sentía paralizado por el recuerdo
de mi primer crimen, pero sobre todo -quiero confesarlo ahora mismo- por un
espantoso temor al animal. Aquel temor no era precisamente miedo de un mal
físico y, sin embargo, me sería imposible definirlo de otra manera. Me
siento casi avergonzado de reconocer, sí, aún en esta celda de criminales me
siento casi avergonzado de reconocer que el terror, el espanto que aquel
animal me inspiraba, era intensificado por una de las más insensatas
quimeras que sería dado concebir. Más de una vez mi mujer me había llamado
la atención sobre la forma de la mancha blanca de la cual ya he hablado, y
que constituía la única diferencia entre el extraño animal y el que yo había
matado. El lector recordará que esta mancha, aunque grande, me había
parecido al principio de forma indefinida; pero gradualmente, de manera tan
imperceptible que mi razón luchó durante largo tiempo por rechazarla como
fantástica, la mancha fue asumiendo un contorno de rigurosa precisión.
Representaba ahora algo que me estremezco al nombrar, y por ello odiaba,
temía y hubiera querido librarme del monstruo si hubiese sido capaz de
atreverme; representaba, digo, la imagen de una cosa atroz, siniestra...,
¡la imagen del patíbulo! ¡Oh lúgubre y terrible máquina del horror y del
crimen, de la agonía y de la muerte! Me sentí entonces más miserable que
todas las miserias humanas. ¡Pensar que una bestia, cuyo semejante había yo
destruido desdeñosamente, una bestia era capaz de producir tan insoportable
angustia en un hombre creado a imagen y semejanza de Dios! ¡Ay, ni de día ni
de noche pude ya gozar de la bendición del reposo! De día, aquella criatura
no me dejaba un instante solo; de noche, despertaba hora a hora de los más
horrorosos sueños, para sentir el ardiente aliento de la cosa en mi rostro y
su terrible peso -pesadilla encarnada de la que no me era posible
desprenderme- apoyado eternamente sobre mi corazón. Bajo el agobio de
tormentos semejantes, sucumbió en mí lo poco que me quedaba de bueno. Sólo
los malos pensamientos disfrutaban ya de mi intimidad; los más tenebrosos,
los más perversos pensamientos. La melancolía habitual de mi humor creció
hasta convertirse en aborrecimiento de todo lo que me rodeaba y de la entera
humanidad; y mi pobre mujer, que de nada se quejaba, llegó a ser la habitual
y paciente víctima de los repentinos y frecuentes arrebatos de ciega cólera
a que me abandonaba. Cierto día, para cumplir una tarea doméstica, me
acompañó al sótano de la vieja casa donde nuestra pobreza nos obligaba a
vivir. El gato me siguió mientras bajaba la empinada escalera y estuvo a
punto de tirarme cabeza abajo, lo cual me exasperó hasta la locura. Alzando
un hacha y olvidando en mi rabia los pueriles temores que hasta entonces
habían detenido mi mano, descargué un golpe que hubiera matado
instantáneamente al animal de haberlo alcanzado. Pero la mano de mi mujer
detuvo su trayectoria. Entonces, llevado por su intervención a una rabia más
que demoníaca, me zafé de su abrazo y le hundí el hacha en la cabeza. Sin un
solo quejido, cayó muerta a mis pies. Cumplido este espantoso asesinato, me
entregué al punto y con toda sangre fría a la tarea de ocultar el cadáver.
Sabía que era imposible sacarlo de casa, tanto de día como de noche, sin
correr el riesgo de que algún vecino me observara. Diversos proyectos
cruzaron mi mente. Por un momento pensé en descuartizar el cuerpo y quemar
los pedazos. Luego se me ocurrió cavar una tumba en el piso del sótano.
Pensé también si no convenía arrojar el cuerpo al pozo del patio o meterlo
en un cajón, como si se tratara de una mercadería común, y llamar a un mozo
de cordel para que lo retirara de casa. Pero, al fin, di con lo que me
pareció el mejor expediente y decidí emparedar el cadáver en el sótano, tal
como se dice que los monjes de la Edad Media emparedaban a sus víctimas. El
sótano se adaptaba bien a este propósito. Sus muros eran de material poco
resistente y estaban recién revocados con un mortero ordinario, que la
humedad de la atmósfera no había dejado endurecer. Además, en una de las
paredes se veía la saliencia de una falsa chimenea, la cual había sido
rellenada y tratada de manera semejante al resto del sótano. Sin lugar a
dudas, sería muy fácil sacar los ladrillos en esa parte, introducir el
cadáver y tapar el agujero como antes, de manera que ninguna mirada pudiese
descubrir algo sospechoso. No me equivocaba en mis cálculos. Fácilmente
saqué los ladrillos con ayuda de una palanca y, luego de colocar
cuidadosamente el cuerpo contra la pared interna, lo mantuve en esa posición
mientras aplicaba de nuevo la mampostería en su forma original. Después de
procurarme argamasa, arena y cerda, preparé un enlucido que no se distinguía
del anterior y revoqué cuidadosamente el nuevo enladrillado. Concluida la
tarea, me sentí seguro de que todo estaba bien. La pared no mostraba la
menor señal de haber sido tocada. Había barrido hasta el menor fragmento de
material suelto. Miré en torno, triunfante, y me dije: "Aquí, por lo menos,
no he trabajado en vano". Mi paso siguiente consistió en buscar a la bestia
causante de tanta desgracia, pues al final me había decidido a matarla. Si
en aquel momento el gato hubiera surgido ante mí, su destino habría quedado
sellado, pero, por lo visto, el astuto animal, alarmado por la violencia de
mi primer acceso de cólera, se cuidaba de aparecer mientras no cambiara mi
humor. Imposible describir o imaginar el profundo, el maravilloso alivio que
la ausencia de la detestada criatura trajo a mi pecho. No se presentó
aquella noche, y así, por primera vez desde su llegada a la casa, pude
dormir profunda y tranquilamente; sí, pude dormir, aun con el peso del
crimen sobre mi alma. Pasaron el segundo y el tercer día y mi atormentador
no volvía. Una vez más respiré como un hombre libre. ¡Aterrado, el monstruo
había huido de casa para siempre! ¡Ya no volvería a contemplarlo! Gozaba de
una suprema felicidad, y la culpa de mi negra acción me preocupaba muy poco.
Se practicaron algunas averiguaciones, a las que no me costó mucho
responder. Incluso hubo una perquisición en la casa; pero, naturalmente, no
se descubrió nada. Mi tranquilidad futura me parecía asegurada. Al cuarto
día del asesinato, un grupo de policías se presentó inesperadamente y
procedió a una nueva y rigurosa inspección. Convencido de que mi escondrijo
era impenetrable, no sentí la más leve inquietud. Los oficiales me pidieron
que los acompañara en su examen. No dejaron hueco ni rincón sin revisar. Al
final, por tercera o cuarta vez, bajaron al sótano. Los seguí sin que me
temblara un solo músculo. Mi corazón latía tranquilamente, como el de aquel
que duerme en la inocencia. Me paseé de un lado al otro del sótano. Había
cruzado los brazos sobre el pecho y andaba tranquilamente de aquí para allá.
Los policías estaban completamente satisfechos y se disponían a marcharse.
La alegría de mi corazón era demasiado grande para reprimirla. Ardía en
deseos de decirles, por lo menos, una palabra como prueba de triunfo y
confirmar doblemente mi inocencia. -Caballeros -dije, por fin, cuando el
grupo subía la escalera-, me alegro mucho de haber disipado sus sospechas.
Les deseo felicidad y un poco más de cortesía. Dicho sea de paso,
caballeros, esta casa está muy bien construida... (En mi frenético deseo de
decir alguna cosa con naturalidad, casi no me daba cuenta de mis palabras).
Repito que es una casa de excelente construcción. Estas paredes... ¿ya se
marchan ustedes, caballeros?... tienen una gran solidez. Y entonces,
arrastrado por mis propias bravatas, golpeé fuertemente con el bastón que
llevaba en la mano sobre la pared del enladrillado tras de la cual se
hallaba el cadáver de la esposa de mi corazón. ¡Que Dios me proteja y me
libre de las garras del archidemonio! Apenas había cesado el eco de mis
golpes cuando una voz respondió desde dentro de la tumba. Un quejido, sordo
y entrecortado al comienzo, semejante al sollozar de un niño, que luego
creció rápidamente hasta convertirse en un largo, agudo y continuo alarido,
anormal, como inhumano, un aullido, un clamor de lamentación, mitad de
horror, mitad de triunfo, como sólo puede haber brotado en el infierno de la
garganta de los condenados en su agonía y de los demonios exultantes en la
condenación. Hablar de lo que pensé en ese momento sería locura. Presa de
vértigo, fui tambaleándome hasta la pared opuesta. Por un instante el grupo
de hombres en la escalera quedó paralizado por el terror. Luego, una docena
de robustos brazos atacaron la pared, que cayó de una pieza. El cadáver, ya
muy corrompido y manchado de sangre coagulada, apareció de pie ante los ojos
de los espectadores. Sobre su cabeza, con la roja boca abierta y el único
ojo como de fuego, estaba agazapada la horrible bestia cuya astucia me había
inducido al asesinato y cuya voz delatadora me entregaba al verdugo. ¡Había
emparedado al monstruo en la tumba!
A
mi gato le encanta Mozart
Por Eduardo Pérsico
Hoy me distraje mirando a mi gato. Con decoro, porque él es distante, discreto y
sabe callar. En verdad, le anduve alrededor y recordé a Lord Byron: el gato
posee belleza sin vanidad, fuerza sin insolencia, coraje sin ferocidad; todas
las virtudes del hombre sin sus vicios. Una semblanza menos cínica que la de
Ambrose Bierce: Gato. Suave autómata indestructible preparado por la naturaleza
para recibir patadas cuando las cosas van mal en el círculo doméstico.
Al mirarlo entiendo que los gatos se vuelvan invisibles cuatro veces al día, y
si ellos quieren nadie pueden verlos de guardia baja, empobrecidos de lluvia y
madrugada. Al tiempo de atenuar su exhibición cualquier gato se hace etéreo,
inatacable, y su corazón late en una verdad lejana y superior. Ya deberíamos
saber ese misterio.
Mi gato se llama Fidel y revive al escuchar música en mi falda; sigilo al
distenderse, sutileza ajena a la gravedad, reflejo de mi espejo, cuerpo
imperceptible. Al oir el Pugliese yumbeado de "Negracha" o "La Cachila", Fidel
conmueve su pelaje y pierde su mirada lejos. Eso me anima un poco, aunque al
Piazolla de "Verano Porteño" mi gato no lo disfruta. Fidel, es música con
esencia y te hace ver a Buenos Aires desde el cielo, le digo pero él ni se
entera. Y me apena porque aún no aprendió que el tango es una catarsis
nostalgiosa y absurda, que de pronto irrumpe cabalgando un silbido para
hablarnos muy quedo, despacito, de nuestras plenitudes, sin testigos. Porque el
tango es el vino a solas, el sueño demolido, la mirada de esa piba que a ráfagas
retorna y a contraluz de todo pensamiento se adueña del momento. Fidel, el tango
es en voz baja. Nos trabaja por adentro su rasguido de viola misteriosa si los
gnomos del recuerdo nos llegan de costado, versallescos, o cuando los olvidos
olvidados retornan de rebrote y se apropian al fin de nuestro cuerpo. Por eso el
tango en alta voz y teatralero es una grosería de recién venido; sin una
confesión a solas cada tanto o deschavarle a otro un "vos sabés como fueron esas
cosas", sería una música más, carnestolenda. En cambio, siempre nos vuelve el
tango y no perdona...
Aunque ¿cómo contarle a un felino sin necesidades el enigma tanguero de los
derrotados, cigarrillo de lenta ceniza meditada, reloj de insaciable desgarro?
En cambio, oyendo el "Concierto Número Cuatro de Mozart" Fidel se hace una
fiesta. Levita leve y ligero, gato definitivo que se convierte en dos sílabas
sin cuerpo y vuela oyendo el sólo de corno de Dale Clevenger. Y ya es bueno
decirlo sin jactancias: mi gato tal vez sea un atigrado cualunque cabezón y sin
prosapia pero su gusto musical lo diferencia. Cualquier felino puede ser un
amante a hurtadillas, merodeador de habitaciones sin apenas proyectar su sombra,
clandestino de hacer silencios a su antojo y llevar en sus ojos el secreto de la
libertad, aunque sin pedantería, ninguno supera a Fidel para disfrutar a Mozart
en mi bemol mayor.
Un cuento de Spencer Holst, del libro homónimo, Ediciones de la Flor, 1995.
Spencer Holst (1926-2001) Se le conoció como el "Kafka de los barrios bajos de Nueva York". Leía sus historias en templos religiosos y en cafés literarios. Creador de fábulas contemporáneas que narra con una inocencia que paraliza los sentidos. Ganó el Premio Rosenthal, de la American Academy and Institute of Arts and Letters. A pesar de su muerte reciente es considerado ya una leyenda.
El idioma de los gatos
1
Hubo una vez un caballero.
Era un científico. Después de su nombre, venían letras.
Hablaba cien idiomas, del iroqués al esperanto.
Era autor de varios folletos sobre matemática astral.
Tenía treinta y cinco años, era autoritario y hablaba en voz baja.
Su hobby era jugar al ajedrez en un tablero tridimensional.
Su trabajo era el más dramático entre los eruditos, y el más frenético. Las
fuerzas armadas lo contrataban para descifrar claves, y durante la guerra había
hecho un trabajo brillante, pasando días enteros sin dormir. Los generales se
habían asombrado ante él porque varias veces -decían- había salvado,
literalmente, la guerra, al descifrar las claves maestras del enemigo. Y, en
verdad, eso significaba que había salvado al mundo.
Pero en toda su vida no pudo acordarse de poner los cigarrillos en los
ceniceros, así que todo el mobiliario estaba marcado con pequeñas quemaduras
pardas.
Su mujer era rubia y menuda y delgada, y era un ama de casa muy prolija.
Él la arrastraba a la desesperación.
Él estaba siempre haciendo desastres en toda la casa, comiendo en el living,
dejando sus medias tiradas por el piso, sus zapatos en el alféizar de la
ventana; y, de vez en cuando, un pucho tirado sin apagar en el cesto de papeles
provocaba llamaradas; pero, afortunadamente, la casa estaba todavía en pie.
Lo que hizo de su mujer una rezongona.
Ella le gritaba diez veces al día, hasta que él ya no lo pudo soportar; no podía
ni quería discutir con ella semejantes tonterías; su mente estaba llena de
fórmulas y cifras y extrañas palabras de idiomas antiguos, y, además, era un
caballero.
Un día, él la dejó. Hizo sus valijas y se fue a una casa de campo, ahí cerca, en
West Virginia, con un gato siamés.
2
El gato lo hipnotizaba.
Era un hermoso siamés de cola azul que hablaba mucho; es decir, maullaba,
maullaba, maullaba, maullaba todo el tiempo.
El sabio se sentaba en su cama y se quedaba mirándolo durante horas, mientras el
gato jugaba con pelotas de celofán y saltaba de la cama a la cómoda, después al
lavatorio, al piso y luego de vuelta, una y otra vez, a la cama.
De vez en cuando le daba un arañazo al aire.
De pronto se detenía y se dormía.
El sabio se sentaba y miraba esa pelota de piel gris pálido que respiraba
tranquilamente, y sus pensamientos divagaban por las insatisfacciones de su
vida.
Voltaire había dicho una vez que despreciaba todas las profesiones que debían su
existencia sólo al resentimiento de los hombres. Y la suya era por cierto una de
ellas.
Él había perdido todo interés en sus amigos, y en las mujeres. Encontraba vacía
y vulgar a la mayoría de la gente.
Algunas noches hacía la ronda de los bares, como buscando a alguien, sin tan
siquiera el éxito ocasional de emborracharse alguna vez. Los libros lo hacían
dormir.
Y finalmente el gato se convirtió en el centro de su vida, su única compañía.
Una noche, mientras estaba sentado mirándolo, creció en él un peculiar deseo.
Quiso comunicarse con él.
Decidió hacer algunos experimentos.
De modo que tapizó las paredes de su garaje con mil jaulitas y en cada una de
ellas puso un gato. La mayoría de los gatos los compró, a otros los recogió
directamente de la calle, y algunos hasta los robó a amigos casuales, tan
imbuido estaba este hombre de ciencia de su proyecto.
En un magnetófono empezó a recopilar todos los sonidos gatunos.
Grabó sus aullidos de hambre, distinguiendo entre los que querían atún y los que
querían salmón. Algunos querían pulmón, hígado o pájaros. Y todos estos sonidos
los archivó sistemáticamente en su creciente cintoteca.
Cuidadosamente, comparó el grito cuando era amputada una pata delantera derecha,
con el grito lanzado cuando se cortaba una pata delantera izquierda.
Registró todos los sonidos que los gatos hacían al aparearse, pelear, morir y
parir.
Entonces abandonó su trabajo gubernamental y comenzó a estudiar ansiosamente los
miles de gritos y ronroneos que había grabado y, después de un tiempo, los
sonidos empezaron a adquirir significado.
Después empezó a practicar, imitando sus registros hasta que dominó el
vocabulario básico del idioma.
Hacia el final, ensayó ronronear.
Nunca había experimentado con su propio gato. Quería sorprenderlo.
Una noche entró en su departamento, colgó su saco en el placard, como siempre,
se volvió hacia su gato y le dijo: "¡MIAU!".
3
Así era como los gatos decían, al encontrarse, "Buenas noches".
Pero el gato no se mostró sorprendido.
Contestó: "Mrrrrouarroau", que quiere decir: "Ya era hora".
El gato le hizo entender que lo ayudaría en las más complejas sutilezas del
idioma, que estaba bien al tanto de lodos sus experimentos, y que si el hombre
no prestaba atención a sus lecciones, sería mraur... ¡perdón!
Al deslizarse las semanas, el hombre descubrió, para su continuo asombro, la
fantástica inteligencia de su gato siamés.
Poco a poco, aprendió la historia de los gatos.
Miles de años atrás, los gatos tenían una tremenda civilización; tenían un
gobierno mundial que funcionaba perfectamente; tenían naves espaciales y habían
investigado el universo; tenían grandes plantas energéticas que utilizaban una
energía que no era atómica; no necesitaban ni radios ni televisión, porque
usaban una especie de telepatía y algunos otros portentos.
Pero una cosa que los gatos descubrieron fue que la importancia de cualquier
experiencia dependía de la intensidad con la cual era vivida.
Se dieron cuenta de que su civilización se había vuelto demasiado compleja, de
modo que decidieron simplificar sus vidas.
Por supuesto, no pretendieron tan sólo "volver a la naturaleza" -eso habría sido
demasiado-, así que crearon una raza de robots para que los cuidaran.
Estos robots eran un progreso, mecánicamente estaban por encima de cualquier
cosa producida por la naturaleza.
Un par de sus más grandes inventos fueron el "pulgar oponible" y la "postura
erguida".
No quisieron molestarse en arreglar los robots cuando se rompían, de modo que
les dieron una inteligencia elemental y la facultad de reproducirse.
Por supuesto, nosotros somos los robots a los que el gato se refería.
Y ahora el científico entendió por qué los gatos habían parecido siempre tan
desdeñosos de sus amos.
El gato le explicó que ellos no temían a la muerte; en verdad, vivían vidas
constantemente apasionadas y heroicas, y cuando estaban bien preparados, cuando
les llegaba la hora, daban la bienvenida a la muerte.
Pero no querían una muerte atómica.
Y los robots habían desarrollado una mezquina e irracional actitud hacia los
ratones.
"Se nos ocurrió que bastaría barrer con la raza, pero entonces tendríamos que
volver a tomarnos el trabajo de crear una nueva", dijo el gato (a su manera, por
supuesto), "de modo que decidimos intentar algo que, francamente, muchos gatos
pensaron que sería imposible: ¡enseñarle a un robot cómo hablar el idioma de los
gatos, para que pudiera transmitir nuestras órdenes al mundo!"
"Te elegimos a ti", dijo el gato condescendientemente, acaso como le hablarían
nuestros científicos a un mono al que hubieran enseñado a hablar, "porque de
todos los robots nos pareciste el más promisorio y receptivo, y la mayor
autoridad en tu pequeño terreno".
El gato le dio al hombre una lista de reglas, que él copió en un pedazo de
papel.
Las reglas eran:
NO PATEES A LOS GATOS.
NADA DE GUERRAS ATÓMICAS.
NADA DE TRAMPAS PARA RATONES.
MATA A LOS PERROS.
"Si el mundo no obedece estas reglas, simplemente eliminaremos la raza", dijo el
gato, y después cerró sus ojos y bostezó y se estiró e inmediatamente se quedó
dormido.
"¡Espera un momento! ¡Despiértate! ¡Por favor!", rogó el hombre, tocando
tímidamente al gato en la frente.
"¡Déjame dormir!", gruñó el gato. "Tienes un trabajo que hacer. ¡Hazlo!"
"Pero yo no puedo llevarle estas reglas a la gente y decirle que un gato me las
dio. ¡Nadie me creería!
El gato frunció el ceño y dijo: "¿Y si te diéramos una pequeña demostración de
nuestro poder? Entonces la gente comprendería que esto no es una broma. En una
semana a partir de hoy, haré que algunos gatos atraviesen Moscú y Washington
desparramando un gas que enloquecerá a todos durante veinticuatro horas. El gas
desatará todos sus impulsos destructivos. No se harán daño entre sí, pero
destruirán todo aquello a lo que puedan echar mano, todos los edificios,
puentes, obras públicas, todos los documentos y hasta todas sus ropas".
Entonces el gato bostezó de nuevo y se volvió a dormir.
El hombre, con la lista de reglas en la mano, salió a la calle para hacer lo que
le habían indicado, pero primero, y apenas si sabía lo que estaba haciendo, una
extraña malicia iluminó sus ojos al pensar en sus vecinos. Abrió las mil jaulas.
4
Una brisa de octubre lo golpeó en la cara, hojas del color de la llama crujieron
bajo sus pies, el sol poniente enrojeció todo con sus últimos, espléndidos
rayos, los ruidos callejeros invadieron sus oídos como en un sueño, y una
campana tañía patéticamente ante la proximidad de la negra noche de invierno, o
así le pareció a él mientras caminaba, marcado por la tremenda responsabilidad
que le habían conferido, con su mente girando en grandes círculos, encontrando
desesperadamente poesía y hermosura en las grietas de la acera, en las rayas de
las insignias de los barberos, en los fragmentos de conversaciones de
muchachitas que oía al pasar junto a ellas, en los ofensivos olores de las latas
de basura, con la totalidad de la escena ciudadana que realmente él nunca había
advertido antes y por la cual había transitado a ciegas, con los ojos vueltos
hacia adentro, en su trabajo, pero que ahora tragaba a grandes sorbos con
regocijada ansiedad: ¡pero si tan sólo pudiera escapar! Para escapar de su
fantástico deber para con el mundo, se perdía en todas sus bellezas, pero este
nuevo mundo que él veía era visto por otros, estoy seguro, que se hallaban en
situaciones muy distintas, y como es este extraño mundo que él veía el que estoy
tratando de describir, haré un digresión momentánea: imagínense a un chico en
Inglaterra, un par de siglos atrás, que hubiera robado un pedazo de pan o un
pañuelo o una media corona, y a quien algún juez severo y estúpido hubiera
mandado a prisión, para hacerse hombre en la cárcel, sin conocer nunca la
suavidad de una mujer, sin conocer nunca una comida dada con amor, sin probar
nunca una golosina, sin ver nunca un espectáculo, o cualquiera de nuestros
placeres más comunes; al ser liberado, podemos fácilmente imaginar su asombro,
deleite y terror, su gran ansia de tocar a cuanta chica encuentra, su necesidad
de un amor paciente y de interminables explicaciones (pues él no entendería casi
nada de nuestro mundo libre), y que, al no encontrar una persona con tal
paciencia, pronto estaría de vuelta en la prisión; pero todo eso está fuera de
la cuestión, la cuestión es que el mundo de este científico que escapa de su
responsabilidad y el mundo del muchacho que acaba de ser rudamente vomitado de
una cárcel, se verían igual; y así, para comprender cómo aparecía esta noche de
octubre a través de su mareo y su confusión, imagínense cómo se le aparecería el
mundo a una persona después de terminar una condena tan ridículamente larga y
sin sentido.
5
Las luces empezaron a titilar a medida que la oscuridad descendía.
Un convertible color crema, dentro del cual cuatro estudiantes secundarios
borrachos estaban cantando alegremente y gritándole profusamente a los
transeúntes, de pronto se salió de la calzada, arrancó la tapa de una toma de
agua, arrojó a dos de los muchachos a través de la vidriera de una joyería,
lanzó a otro a veinte pies por el aire, haciéndolo aterrizar sobre su espalda y
encima del pavimento, y dejó al otro, el único sobreviviente, gimiendo
miserablemente con costillas rotas contra el volante; las llamas brotaron de
abajo de esa ruina retorcida que abruptamente se detuvo sobre el hidrante roto;
el agua empapó la parte de atrás del automóvil pero no tocó la parte delantera
en llamas.
Una multitud excitada empezó a congregarse alrededor de la catástrofe y a
devorar, hambrienta, el espectáculo.
El científico, que estaba del otro lado de la calle, testigo de todo el
accidente, lo vio como si fuera un accidente en el cine, y continuó su deambular
entre sueños y sin meta; y aferraba en su puño la lista de reglas, aunque ni se
daba cuenta de ello, tan perdido estaba en los hermosos movimientos, luces y
ruidos de la ciudad.
Aunque todavía caminaba, su mente volvió a sumergirse en él mismo, y se preguntó
a quién diablos le llevaría esas reglas: no conocía al Presidente, y cualquier
funcionario al que le hablara se le reiría, sin duda.
Reflexionó largamente sobre este problema.
Volvió a asomarse al mundo de afuera y descubrió con sorpresa que estaba frente
a su antigua casa.
Las luces estaban prendidas. Desde el día en que se fue, no se había comunicado
con su mujer. Enderezó por el angosto sendero y entró en la casa sin llamar, por
hábito, como lo había hecho siempre.
Su mujer tenía el sombrero puesto.
"¡Vete de aquí!", le gritó. "¡Tengo una cita! ¡No quiero volver a verte nunca!"
El científico echó una mirada a su antigua casa. Todo estaba igual. Hasta los
muebles estaban colocados de la misma manera prolija, nítida.
¡Los muebles! Estos muebles habían sido los causantes de la separación. Ella
amaba más a sus muebles que a él.
Él agarró un florero. Ella amaba este florero más que a él. Él lo tiró contra la
pared.
¡Smash!
Su mujer gritó.
Enseguida, esta silla antigua que a ella le gustaba tanto.
¡Smash!
Se rompió en tres pedazos.
Él tiró la lámpara por la ventana.
¡Crash!
"¡Basta!", gritó su mujer. "¿Estás loco?"
Él fue a la cocina y tomó un cuchillo, tirando algunos ceniceros en el suelo y
derribando la biblioteca que se le interpuso en el camino, y empezó a destripar
las sillas tapizadas.
"¡Basta! ¡Basta!", gritó su mujer, ahora histérica y sollozante.
Pero el científico apenas si la escuchaba. Estaba desgarrando, rompiendo,
arrancando, destrozando, demoliendo, en verdad, en un frenesí de rabia más
poderoso que las lágrimas de ella, todos los muebles de la casa.
Después se detuvo.
Y ella dejó de llorar.
Sus ojos se encontraron y cayeron el uno contra el otro, más enamorados que
nunca.
La violenta escena de alguna manera los había cambiado a ambos. Los ojos del
hombre estaban claros ahora, y su ceño había perdido la gravedad. La voz de ella
era suave y cálida.
Después el hombre se acordó de los gatos y de lo que iban a hacer.
"Vámonos de Washington por un tiempo. Vámonos en una segunda luna de miel.
Agarremos el auto y vámonos al oeste, a las montañas, alejémonos de todo y de
todos. Encontraremos algún lugar salvaje y viviremos allí. No me hagas
preguntas. Haz lo que te digo".
Ella hizo lo que él le decía, y una hora después estaban saliendo de Washington
rumbo al oeste.
"¡Querido!", le dijo su mujer súbitamente. "¡Vamos a tener que volver!"
"¿Por qué?"
"¿No tienes un gato siamés en tu casa de campo? Se morirá de hambre. No puedes
dejarlo encerrado ahí. Y si volvemos, podrás recoger alguna ropa. Parece tonto
comprar ropa nueva cuando todo lo que tenemos que hacer es volver a la casa de
campo".
"¡Mira!", le dijo su marido, apretando el acelerador, aumentando
perceptiblemente la velocidad del coche. "¡Ese gato puede cuidarse a sí mismo!"
6
Viajando en etapas, les llevó tres días y medio llegar al linde de las montañas,
donde compraron un rifle, mochilas, bolsas de dormir, utensilios de cocina y
toda la parafernalia que necesitarían para vivir fuera de la civilización por un
tiempo. Empezaron su viaje a pie, sudando y gruñendo bajo el peso de sus
mochilas.
Por un par de meses no vieron a otro ser humano.
Pero en una ocasión, mientras caminaban a corta distancia de su campamento, se
encontraron con un gato montés.
El gato montés gruñó amenazadoramente.
El hombre había dejado su rifle en el campamento.
El gato montés estaba entre ellos y el campamento.
Así que el hombre de ciencia empujó a su esposa detrás de él y empezó a gruñir y
miaurra-miauuuu.
Durante varios minutos hablaron, y luego el gato montés se dio vuelta y escapó.
"Querido, ¿qué estabas haciendo? Parecía como si realmente estuvieras hablando
con ese gato montés".
Y así el hombre le contó toda la historia de cómo había aprendido a hablar el
idioma de los gatos, y que ahora probablemente Washington y Moscú estarían en
ruinas, y pronto toda la raza humana sería destruida.
Explicó que había sido demasiado. La raza humana no valía la pena. Y así, él
había resuelto alejarse de todo y obtener la pequeña felicidad que pudiera de
esos pocos días restantes.
"No tengo idea de cómo o cuándo los gatos nos destruirán, pero lo harán, porque
tienen poderes que nunca podríamos imaginar", y su voz se apagó con tristeza.
Ella lo tomó de la mano y volvieron lentamente a su campamento.
Ahora ella entendía los ojos brillantes de él y esta nueva energía que tenía, su
nueva juventud -su locura se le estaba volviendo aparente ante ella-; y,
encontró raro que, aun así, lo amara más ahora que antes.
7
Un par de semanas más tarde, estaban sentados junto al fuego de su campamento.
La nieve los rodeaba, y mientras el científico miraba las estrellas en silencio,
la mujer tuvo frío y empezó a temblar. Por fin se puso de pie y empezó a caminar
de arriba abajo.
"¿Qué día es hoy?"
"No sé", contestó el hombre, ausente.
"Debemos de estar cerca de Navidad", dijo ella.
El hombre la miró, penetrante, y después se puso pensativo. Pocos minutos más
tarde saltó sobre sus pies y gritó: "¿Qué fue eso? Oí ruidos".
Su mujer escuchó por un instante y respondió:
"Yo no oí nada".
"¡Oye! ¡Ahí está otra vez! Son como cascos de caballos".
"Pero, querido, yo no oigo nada".
"Bueno, ¡saldré a ver qué es!", dijo su marido con decisión.
Y salió a la oscuridad.
Su mujer lo oyó hablar en voz alta, como con alguien, pero no escuchó otras
voces. Lo llamó: "¡Querido! ¿Quién está ahí? ¿Con quién estás hablando?"
Él le contestó a los gritos: "Nada, está bien. Es Papá Noel, nada más. Los que
oímos eran sus renos".
Su mujer se dijo a sí misma, tristemente: "Para qué le voy a decir que no hay
Papá Noel".
8
Él volvió con una planta verde, un cactus que obviamente había arrancado de la
nieve, y con una gran reverencia de viejo estilo se la entregó, diciéndole:
"Papá Noel me dio esto para que yo te lo diera a ti como regalo de Navidad. Se
molestó en venir expresamente hasta acá, a fin de que no te quedaras sin tu
regalo".
Ella tomó la planta en sus manos y se acercó más al fuego. Estas ráfagas de
locura la aterraban, ¿o era que él bromeaba, simplemente? ¿O es que era galante?
Lo miró; él miraba fijamente más allá de las montañas, hacia aquellas estrellas
lejanas. Cuán noble y loco parecía. Pero entonces el terror la tocó nuevamente,
y ella dijo, con bastante timidez: "Sabes, querido, cuando estábamos en casa,
cuando te enfurecías tanto, fuiste muy bueno al no pegarme".
Él la miró un instante, un poco incómodo, pero guardó silencio y volvió a mirar
el horizonte.
"Pero, claro -agregó ella-, no tenía por qué preocuparme. Eres tan caballero".
Poco después de esto, volvieron a la civilización. Moscú y Washington no estaban
en ruinas.
Y, para gran asombro de su mujer, resultó que su marido no estaba loco: el loco
era aquel gato siamés. Descubrieron su cadáver en la casa de campo: había muerto
de hambre.
Porque hay un idioma de los gatos, pero todos los gatos siameses son locos:
siempre están hablando de telepatía mental, poderes cósmicos, tesoros fabulosos,
naves espaciales y grandes civilizaciones del pasado, pero no son más que
maullidos; son impotentes: ¡sólo maullidos!
¡Maullidos!
¡Maullidos!
¡Maullidos!
¡Maullidos!
Maullidos...
No son escritores, pero tenían igual pasión por los gatos
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