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Esta
página debería titularse los gatos y sus escritores. Porque si usted convive
con un gato habrá notado muchas veces que no "tiene" un gato, como se tiene
un perro, un canario o una tortuga. Usted vive en la casa del gato. Antonio
Burgos, quien le ha dedicado varios libros al tema, dice que el gato es
un animal políticamente incorrecto, pues no es condescendiente con nadie.
Si uno trata de llamar a un gato como llama a un perro, aún ese gato que
quiere, cuida y alimenta, no recibirá más que frustración.
Gatos & Escritores
Aunque muchos sostengan que el "flechazo" entre escritores y gatos proviene del carácter solitario, sedentario e individualista de la escritura (la típica imagen de Ernest Hemingway escribiendo en la soledad nocturna y ardiente del trópico, rodeado de gatos), creemos que el fundamento de esa singular alianza se explica por la actitud de libertad suprema del felino, que podría traducirse: "Si te hago compañía es porque yo quiero, no porque me lo pides".
El escritor
-Borges lo ha dicho- es un anarquista, en el sentido llano del término.
No tiene horarios para escribir y su tarea muy raras veces la realiza a
pedido. O sea, en pocas y entendibles palabras: "hace lo que quiere". Pues
bien, lo mismo hace el gato. Escritores y gatos: una alianza entre seres
libres.
Los gatos
y sus escritores
Algunos gatos y algunos escritores:
H. G. Wells: tuvo un
gato llamado Mr. Peter Wells.
Tennessee Williams: tuvo un gato llamado Topaz.
Charlotte & Emily Brontë: tuvieron un gato llamado Tiger que jugaba con el pie de Emily mientras ella escribía "Wuthering Heigts".
Alejandro Dumas: tuvo los gatos Mysouff I y Mysouff II, siendo este último de color blanco y negro, el favorito del escritor, pese a que se comiera en una ocasión todos los pájaros exóticos de la casa. También tuvo un gato llamado Le Docteur.
Charles Dickens: tuvo una gata llamada William a la que rebautizó
con el nombre de Williamina. Todo ello se debió a que consideraba
que su gato era un macho y gracias a que tuvo una numerosa camada de gatitos
descubrió que era una hembra. Y eso que la gata avisó al escritor de que
no era un macho cuando inició los preparativos del parto con su traslado
dentro del estudio de Dickens. De esa camada nació Master's Cat y
fue el único que se quedó con Dickens.
Mark
Twain: tuvo numerosos gatos como son Apollinaris, Beelzebub, Blatherskite,
Buffalo Bill, Satan, Sin, Sour Mash, Tammany y Zoroaster.
Lord Byron: tuvo cinco gatos que llegaron a viajar con él. Entre
ellos destacamos a Beppo, cuyo nombre fue recogido por Borges para
bautizar al suyo, originalmente llamado Pepo.
Edgar Allen Poe: tuvo una gata llamada Catarina, quien se
sentaba frecuentemente en su hombro mientras él escribía. La gata le inspiró
la obra "The Black Cat".
Victor Hugo: tuvo un gato llamado Chanoine, aunque inicialmente
se llamaba Gavroche y no le gustaba, y otro que se llamaba Mouche.
F. Scott Fitzgerald: tuvo un gato llamado Chopin.
Theóphile Gautier: tuvo numerosos gatos a los que llamó Childebrand
(un gato negro y rayado al que mencionó en "La Ménagerie Intime"), Cléopatre
(hija de Epoine y a la que le gustaba mantenerse sobre 3 patas, siendo
mencionada en la misma obra), Don Pierrot de Navarre (a este gato
blanco le gustaba robarle la pluma y engendró a 3 gatitos negros, siendo
mencionado en la obra anterior), Enjoras (este gatito negro era hijo
de los blancos Don Pierrot y de Séraphita y fue bautizado
con un nombre procedente de la obra "Les Miserables", siendo también mencionado
en la obra anterior), Eponine (gato de piel negra con los ojos verdes
procedente de los mismos padres que Enjoras, con la misma procedencia
de su nombre y siendo mencionado en la misma obra), Gavroche (gato
negro con idénticas referencias al anterior), Madame Theóphile (gata
blanca y roja a la que le gustaba robar la comida y mencionada en la misma
obra), Séraphita (gata blanca que tuvo 3 gatos negros con Dom
Perriot y también aludida en la obra anterior) y Zizi (un angora
que le gustaba tocar las teclas del piano y también mencionado en la misma
obra).
Colette: esta escritora tuvo varios gatos: Franchette, Kapok,
Kiki-la-Doucette, Kro, La Chatte, La Chatte Dernière, La Touteu, Mini-mini,
Minionne, Muscat, One and Only, Petieu, Pinichette, Toune, Zwerg y Saha,
a la que dedicó su novela "La Chatte".
T. S. Elliot: tuvo varios gatos llamados George Pushdragon, Noilly
Prat, Pattipaws o Pettipaws, Tantomile y Wiscus.
Walter Scott: tuvo un gato llamado Hinse al que le gustaba
molestar a los perros de Scott, hasta que en 1826 uno de esos perros acabó
con su vida.
[Imagen: Ernest Hemingway y uno de sus gatos]
www.elortiba.org
El
gato de Cortázar
Por Francesc M. Rotger
Ahora que hace veinticinco años que se fue para siempre a los tejados de París,
a mirar a las magas desde las mansardas (recuerdo con bastante nitidez la
jornada; y la correspondencia de aquel día), hemos recuperado las imágenes
sepias de Julio Cortázar. En una de ellas, sentado en
el suelo, el gran cronopio mira por la ventana; al otro lado del vidrio, un gato
le mira a él. En otra aparece con un gato atigrado en los brazos, él con esa
belleza triste que apuntaba Matías Vallés en la portada de Bellver el otro día,
el gato con ese gesto solemne y enigmático de los gatos. Queda claro que el gato
es un ser superior, Charles Darwin debió olvidarse de los gatos en sus análisis.
Ya dijo Mark Twain que el cruce de persona con gato sin duda mejoraría la
especie humana, pero empeoraría a los gatos.
Teodoro W. Adorno era el gato de Cortázar, aunque esto no es correcto, porque
los gatos no son de nadie. Como mucho, te conceden que les des de comer, que los
tengas en casa y que les rasques, si a ellos les apetece. El mismo Cortázar
describe cuidadosamente el proceso en su cuento La entrada en religión de
Teodoro W. Adorno. Julio Cortázar eligió para aquel gato el nombre del filósofo,
a quien por cierto la Universitat de les Illes Balears dedicó no ha mucho un
simposio, con sus ponencias oportunamente publicadas. Adorno negó que después de
Auschwitz pudiera seguir escribiéndose poesía, reflexión que continúa
inquietándonos.
´Rayuela´ es uno de esos libros que han cambiado la vida de la gente. Aunque yo
tengo que reconocer que empecé a leer a Cortázar por el final, por Los
autonautas de la cosmopista, un libro que escribió junto a su segunda mujer,
Carol Dunlop, narrando un viaje de París a Marsella en furgoneta. Rayuela es la
librería del barrio de mi niñez en Bilbao, en la calle Huertas de la Villa, que
en euskera se dice Uriortu; mucho más corto y sin duda menos poético. Hay
librerías que se llaman así, Rayuela, en Málaga, Sevilla, Sigüenza, Barbastro.
Los gatos no leen, no tienen dinero (ni lo necesitan), pero en Rayuela también
salen gatos. Qué sería de los tejados de París sin los gatos, de las calles
monacales palmesanas, de los muelles mediterráneos en su conjunto.
Hemingway vivía rodeado de gatos, he leído en algún sitio que de gatos de seis
dedos en cada pata, y escribió el relato El gato bajo la lluvia (como el de
Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes), del que dijo Gabriel García Márquez
que era el mejor cuento que había leído en su vida. Aunque Enrique Vila-Matas
confiesa que no lo entiende, y traslada la duda a sus alumnos, en Ella era
Hemingway (publicado por Cuadernos Alfabia). Un personaje de la última novela de
Baltasar Porcel convive con un gato llamado Giocco, y dice que se siente más
próximo a él que a sus nietos. "Almenys li feia companyia".
http://www.diariodemallorca.es/secciones/noticia.jsp?pRef=2009021300_16_435643__Cultura-gato-Cortazar

El
gato, marcador de la modernidad humana
Por Rubén Mario Gatti*
“Has recorrido un largo camino,
felino” se podría decir si recorremos la historia de este mamífero de
más de cinco mil años y su proceso de domesticación. Si alguna vez tuvo
contornos de Divinidad, también tuvo su etapa de brujo durante la
Inquisición. En el presente, en las sociedades desarrolladas, compite
con los perros por ser ‘primera figura’ en las casas de familia.
La domesticación se inició a partir de un cambio en la forma de vida de
los humanos Un trabajo hecho en España en la estación de fauna silvestre
de Doñana, ha confirmado que el gato doméstico desciende en forma
principal del gato montés africano cuyo nombre científico es Felis
Silvestres Lybica. Si bien esto ya se sabía con los estudios
arqueológicos de Egipto de hace unos 5000 años, la novedad es que se han
encontrado evidencias que la domesticación del gato puede tener casi el
doble de antigüedad y podría haberse iniciado en la medialuna fértil de
oriente medio o sea en la zona donde actualmente existen Israel, Irack,
Siria y Líbano. Ya se había encontrado hace dos años una tumba de 9000
años de antigüedad en la isla de Chipre, donde se hallaba un gato como
ajuar funerario.
Con estos últimos estudios se ha determinado que si bien el Felix Lybica
es el iniciador de la estirpe doméstica parecería que esta domesticación
se inició en oriente medio y posiblemente de allí se trasladó a Egipto
donde tomo máximo esplendor, efectivamente allí el gato fue considerado
una divinidad, era como un enviado del cielo para cuidar las cosechas y
se creó una diosa llamada Bast con cuerpo de mujer y cabeza de gato.
Ahora ¿cómo se domesticó el gato? Es muy interesante y los arqueólogos, antropólogos y etólogos han tratado de determinar la forma en que el gato se ha domesticado.
El primer cambio lo produjo el hombre, que paso de la actividad nómada y
cazadora a la de asentarse en un lugar y transformarse en agricultor.
Mientras fue nómada y cazador su único compañero fue el perro que
derivaba del lobo, como todos sabemos.
En cuanto se dedicó a la agricultura hace unos 10 mil años, comenzó a
guardar los granos de sus cosechas y eso fue un gran atractivo para los
roedores, que rápidamente se instalaron en sus graneros, ya que tenían
mucha comida a disposición. Y como consecuencia de esto, se acercaron
los gatos porque también comenzaron a tener mucha comida a disposición,
o sea los roedores.
Para los gatos lybicas o monteses la cosa no habrá sido muy fácil ya que
tenían que vencer el miedo al humano, así que se supone que tuvo que
haber un pequeño cambio genético, que les redujera su temor o dicho en
otras palabras que aumentara su tolerancia a la presencia del humano;
por otro lado éstos comprendieron rápidamente que el gato protegía sus
cosechas, ya que se comía los roedores que eran los que se comían los
granos.
Luego todo anduvo sobre rieles, los gatos que ya tenían la tolerancia se
reprodujeron entre ellos y esto produjo más gatos tolerantes al humano.
Otro hecho que debe haber ayudado a la domesticación fue que las gatas
tenían cría en zonas cercanas a los humanos y esto favoreció lo que
ahora llamamos la socialización al humano, o sea todo gatito que está en
contacto con humanos entre el primer y segundo mes de vida, luego no le
tendrá miedo y hasta buscará su compañía.
Entonces podríamos decir que la domesticación se inició gracias a un
progreso en la forma de vivir de los humanos (agricultura) y desde allí
en más el gato ha ido acompañando la historia, y siempre ha sido un
marcador de modernidad de las sociedades humanas. Como lo es actualmente
donde va tomando posiciones en las sociedades más avanzadas del planeta.
* Médico veterinario. Especialista en medicina felina. Autor de El gato.
Una mascota especial (1996) y Señales de alarma en la salud de nuestro
gato- Edición Argentina 2003, Española 2006 e Inglesa 2007. Coordina el
foro de discusión de la Asociación de Medicina Felina
Fuente: http://www.elarcadigital.com.ar/modules/revistadigital/articulo.php?id=1119

Leonor
Silvestri y "después de vos"
Cuando los gatos se vuelven literatura
En su poemario autotraducido, la poeta y traductora rescata a los felinos
"como la expresión manifiesta y sublime de la libertad absoluta".
"Si un poema está mal, hay que hacharlo o guardarlo, por más que sea tu
separación", asegura Silvestri.
Por Silvina Friera
Una
mariposa es imbatiblePor Eduardo Pérsico Llegó octubre y en mi barrio, la primavera ya vistió al ciruelo con florcitas colorinches. Y por ahí, una mariposa inquieta a mi gato Fidel; es que quizá ella se ufane de llevar en sus alas un dibujo irrepetible, un rasgo a perpetuar en la especie que difiere y transmite la herencia de ese "insecto lepidóptero". Una denominación que, digamos, indica a los entomólogos como gente poco sería al nombrar así a una mariposa… Naturalmente, ninguna alcanza a pesar un gramo pero a puro vuelo comunican su mensaje al planeta entero, así que Fidel, no discutas el dominio del patio por un rato si al fin, ellas demuestran la imbatible armonía de los dioses que a soplo vital y ala diminuta cumplen su parte en este plan gigante y misterioso. Aunque claro, cada vuelo desorienta a mi gato y creo que a estos felinos los perjudicó el desmesurado homenaje que le hicieron ciertos tipos muy famosos. Charles Baudelaire, por ejemplo, creía que la belleza de los gatos sugería lujo y voluptuosidad, y Víctor Hugo dijo que Dios los imaginó para darle al hombre la ilusión de acariciar un tigre. Todo eso parece magnífico, pero yo apenas le pido al mío que baje de la pared y no se humille ante esta invicta mariposa, que con su fuga y retorno volandero puede encender y apagar la primavera cuando quiere. Eduardo Persico nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina. |
Los gatos son animales políticamente
incorrectos. Alí –bellísimo negro azabache con ojos de oro–, Blanquita y
Anita –dos lunas elásticas con manchitas grises y marrones– confirman su
incorrección cuando el fotógrafo trata de juntarlos a los tres en el living
de la poeta y traductora Leonor Silvestri. Cuando parece que se está por
cumplir el objetivo, quizás una partícula de polvo –que sólo ellos pueden
detectar– o un ruidito imperceptible, algo los dispersa y desaparecen como
el gato de Cheshire, de Carroll. Habrá que armarse de paciencia, aunque
con la certeza de que esos seres orgullosos y distantes se saldrán con la
suya. Quizá mejor no reincidir y tratar de capturarlos, si se puede, displicentes,
tomando sol o meditando sobre la mesada de la cocina. "Pero no puedo descifrar
un gato/ mi razón resbaló en su indiferencia", escribió el poeta Pablo Neruda.
El irresistible encanto que ejercen estos felinos domésticos está en su
libertad suprema: no admiten que los manden, no obedecen, no quieren que
les saquen fotos. Alí, Blanquita y Anita son los verdaderos protagonistas
del poemario bilingüe autotraducido Después de vos (Ardiente Claridad),
que poetiza la ausencia de lo más amado a través de esos tres gatos.
Los quince poemas que integran el libro invitan a reflexionar sobre los
significados mínimos que dan sentido a nuestra existencia tras una separación
("Cuando por las mañanas/ te dedicás a tirar los juguetes/ desde las nieves
eternas de la cómoda/ yo me encuentro feliz de despertar/ estando con vos,
Alí"). Los asuntos domésticos, el sentimiento de soledad ("hoy, si la casa
se incendia/ no sacaría papeles estampados/ escaparía con vos/ en mis brazos
por la ventana/ nadando") y el constante reclamo de afecto se ensamblan
de manera pop con los dibujos de Cristina Lancellotti y el diseño de Lucas
López (de la revista Acido Surtido). La tapa de color turquesa, con un corazón
fucsia con la silueta de un gato, y la portada fucsia proponen visualmente
un libro que también parece bilingüe. Silvestri integra un extenso listado
de narradores y poetas que han sucumbido al "flechazo" gatuno (ver aparte).
Este linaje, esta familiaridad entre un oficio y un animal doméstico, quizá
sea por el carácter solitario, sedentario e individualista de la escritura,
reforzada por la típica imagen de Ernest Hemingway escribiendo rodeado de
gatos.
La poeta y colaboradora de Radar Libros, que pareciera tener menos de 31
años, plantea que no puede hablar en nombre de todos los escritores, pero
trata de tirar de la madeja de su pasión por los felinos. "Los gatos son
la expresión manifiesta y sublime de la libertad absoluta, eso fue lo que
siempre me sedujo. Viví sólo los primeros cuatro años de mi vida sin gatos,
y no ha habido casa en la que no los hubiera. Los gatos me siguen, no concibo
la vida sin ellos. Hay un montón de cualidades que me gustan, pero no sé
si todas están expresadas en los poemas", señala Silvestri en la entrevista
con Página/12. "Más que una conexión gato-literatura, que sin duda está
presente, hay una conexión gato-mujer y gato-personas oprimidas, excluidas,
minorías sexuales." Estos vínculos políticos aparecen en varios de los poemas,
como en "Punk not dead" ("Alí es anarkista/ revolucionario/cubano anticapitalista/
no me deja escribir mis estúpidas/ traducciones/ que pagan su comida/ y
la mía"), en "Anita Pingüino" ("Anita no quiere ser novia de ningún gato/
no casarse, no tener hijos./ Quiere sí/ ser independiente, feminista") o
en A los gatos no le gustan los títulos nobiliarios ("los gatos no son aristogáticos/
todos tienen el poder/ de seducir, de ser gatos/ lumpen/ ociosos y vagos/
gatos linyeras").
"Lo que en general a la gente le molesta de los gatos, su total independencia, sus conductas libertarias, anarquistas, que sean ociosos, vagos, callejeros, a mí me fascina", subraya la poeta, especialista en literatura antigua, autora del libro de ensayo Catulo, Poemas, una introducción, los poemarios bilingües autotraducidos El curso. Mitología grecolatina y Nugae, teoría de la traducción. "En la casa de mis padres son gateros, mi abuela es una de esas viejas locas que les dan de comer a los gatos, esas viejas que no le dan de comer al marido, pero los gatos del barrio comen", bromea Silvestri. "Los gatos son personajes mucho más literarios que otros animales", afirma la poeta. "De todas maneras, soy proanimal: si bien tengo una fascinación casi pluscuamperfecta por los gatos, la verdad es que todos los animales me conmueven, de hecho soy vegetariana hace tres años, con mucho esfuerzo. No como carne, no porque no me guste, sino por no hacerle daño a ningún animal." Alí –rescatado justo a tiempo con Anita cuando Silvestri se dio cuenta de que podría ser la comida de un linyera– aprovecha los rayos de sol que se reflejan en el parquet del living para estirarse, cerca de la batería que la poeta suele tocar. "A los gatos les encanta, los vecinos son el problema", aclara.
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Segunda
tentativa de juntar a Alí, Blanquita y Anita, y nuevo fracaso. Habrá que
sacarlos por separado, como ellos prefieren. Silvestri confiesa que su especialización
en literatura clásica empezó a golpear con otras áreas: con la poesía, con
su feminismo, con su actividad fuera de la facultad. Eran golpes disonantes,
molestos. "Tuve que elegir entre la academia y el afuera. Y elegí el afuera.
Hoy la facultad no me atrae en lo más mínimo, lo cual no quita que quizá
vuelva a hacer otra cosa. Pero me tenía que alejar de los latines y los
griegos como conocimiento erudito, tenía que colectivizar estos conocimientos,
cosa que hago en talleres y charlas, para que la gente le dejara de temer.
El latín no tiene por qué estar en manos del Opus Dei; ni Barthes ni Foucault
es el Opus Dei y ellos tenían estos conocimientos. Si me hubiera quedado
en la facultad, además de convertirme en una vieja con una úlcera, amargada,
que se casa por obligación y que se separa de su marido tras veinte años
de ser cornuda, no hubiera podido desarrollar una carrera literaria. Lo
mejor me pasó fuera de la UBA: la poesía, el anarquismo y el feminismo,
tres cosas que la facultad no me dio ni de refilón." Asistió a varios talleres
y clínicas de poesía en el Centro Cultural Rojas y en la Casa de la Poesía
con Diana Bellessi ("la mejor profesora que tuve, es severísima con la forma"),
María del Carmen Colombo y Fabián Casas ("un maestro zen"). "Un taller o
una clínica de poesía tienen que darte lecturas que no tenés, libros que
no se te ocurrió leer, y después ser implacable con lo que Mirta Rosemberg
llama ‘tu cajita santa’. Si un poema está mal, hay que hacharlo o guardarlo,
por más que sea tu separación."
Silvestri cuenta que Después de vos es su poemario más autorreferencial.
"Lo empecé a escribir después de mi separación. Blanquita es la gata de
mi ex pareja; en algún momento la miraba y me preguntaba qué hacía esta
gata acá, si yo no quería tener nada que me recordara a la persona de la
que me había separado. Y tuve que aprender a quererla." La poeta advierte
que sus poemarios anteriores tienen una forma más clásica. "Pero en este
libro no, excepto por uno de los poemas que es un homenaje a William Blake",
explica. "Hay una traducción de El tigre, de Blake, y lo que hice fue cambiar
al tigre por el gato. Este libro es más ecléctico y moderno porque pensé
en un lector más joven. A mí me gustaría que tuviera un lector adolescente
o un adulto joven que no leyera poesía. Pensé en el diseño del libro para
que lo pudiera leer los que escuchan a Miranda!."
–¿El gato estaría asociado a lo pop?
–No, es sólo el diseño del libro. Los gatos me parecen muy punks; de hecho
tengo un pin, que se lo compré a Nekro (cantante de Boom Boom Kid), que
dice: "Todos los gatos son punks". Los gatos son motivo de literatura en
mi vida.
Fuente: Página/12, 22/10/07
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Osvaldo Soriano: "Un escritor sin gato es
como un ciego sin lazarillo"
(...)
El día que nací había un gato esperando al otro lado de la puerta. Mi padre
fumaba en Mar del Plata, en el patio. Mi madre dice que fue un parto difícil,
a las cuatro y veinte de la tarde de un día de verano. El sol rajaba la
tierra. Los jóvenes Borges y Bioy Casares paraban cerca de ahí, en Los Troncos
alucinando las historias de don Isidro Parodi. A Borges lo seguían los gatos.
En una de sus fotos más hermosas está junto a María Kodama, que tiene uno
en brazos; Borges lo acaricia como a un amigo.
A mi un gato me trajo la solución para Triste, solitario y final. Un negro
de mirada contundente, muy parecido a Taki, la gata de Chandler. Otro, el
negro Veni, me acompañó en el exilio y murió en Buenos Aires. Hubo uno llamado
Peteco que me sacó de muchos apuros en los días en que escribía A sus plantas
rendido un León. Viví con una chica alérgica a los gatos y al poco tiempo
nos separamos. En París, mientras trabajaba en El ojo de la patria, en un
quinto piso inaccesible, se me apareció un gato equilibrista caminando por
la canaleta del desagüe. Para sentirme más seguro de mi mismo puse un gato
negro al comienzo y uno colorado al final de Una sombra ya pronto serás.
Para decirlo mal y pronto: hay gatos en todas mis novelas. Soy uno de ellos
perezoso y distante. Aunque nunca aprendí la sutileza de la especie. Ahora
mismo, una de mis gatas se lava la manos acostada sobre el teclado y tengo
que apartarla con suavidad para seguir escribiendo. Hace cinco meses que
no prendemos un cigarrillo. Juntos sufrimos el vejamen de la abstinencia
y la vida limpia. Hace unos meses esta habitación era un quemadero de fragancias
maravillosas. Tabacos de la Argentina, de Cuba y de Holanda, ya no; resignamos
algo de la utilería que compone a los duros: cigarrillos, sombrero, impermeable,
el revolver de juguete. Los fantásticos vampiros de Matheson; entre los
que estaban Laurel y Hardy y el realismo romántico de Chandler, sobreviven
a las modas y las vanguardias porque el lector quiere verse ahí en sangre
de papel. Necesita leer sus miedos. Con eso Stephen King escribe ahora una
obra excesiva e inquietante. En uno de sus libros, un personaje acusa de
plagiario al narrador, le mata el gato y se lo deja frente a la puerta.
Es un momento insoportable en la literatura de terror. Algo cercano a los
escalofriantes efectos de H.P. Lovecraft. Todos los escritores con corazón
se han ganado un gato que los sigue y los protege. Tal vez el de Gibbins,
cercado por el fuego, le haya pedido auxilio en nombre de los gatos inspiradores:
el del Dante, el de Baudelaire, el de Lewis Carrol, el de Borges. Y ahí
fue el director de pobres películas, a purificarse en el incendio y cumplir
con el ritual de todos los demonios.
Un escritor sin gato es como un ciego sin lazarillo. No es posible usar al gato para nada personal, no hay manera de privatizarlos. En La noche americana, Francois Truffaut aconseja a las realizadores de cine no meterse jamás con un gato en acción. También me lo dijo Hector Olivera a la hora de escribir el guión de Una sombra ya pronto serás. ¿Cómo hacer para que dos gatos de cine interpreten disciplinadamente a los que aparecen en la novela? Yo los puse en el libreto nada más que para aplacar mis miedos. Con una sonrisa; Olivera me dijo que estaba loco: un gato actor, el negro, tendría que seguir al personaje de Miguel Angel Solá, lavarse a su lado comerse una laucha y echarse a dormir. El otro un colorado, aparece al final, poco después que Pepe Soriano, el Coluccini de la película, haya tenido una charla con Dios. Olivera decidió que no hubiera gatos, pero creo que estoy a tiempo de convencerlo de que ponga al menos una silueta. Cuando hablábamos de eso, todavía Gibbins no se había arrojado al incendio. Yo creía, Dios me perdone, que Matheson se había muerto de viejo. Pero no: allí estaba, peleando frente al fuego, apartando maderas en llamas, abriendo un camino para que su gato pudiera escapar con él. En el revoltijo alcanzó a salvar una carpeta con su último manuscrito. Es que siempre cuando uno rescata un manuscrito, hay un gato adentro.
Cuando yo era chico mi gato Pulqui era mono, león, pirata y bandolero. Yo
lo acechaba entre las plantas del jardín y me le tiraba encima con el cuchillo
de madera entre los dientes. Ahora mi hijo combate contra la gata Virgula
que le devuelve los golpes. Son arañazos de mentira, en un revoltijo de
sillas volteadas y malvones floridos. Las suyas, como las mías antes, son
fantasías de selvas y mares, de castillos y mosqueteros. Esos años felices
e irrecuperables en los que uno aprende, si aprende algo, que los gatos
nos traen a domicilio el misterio de la creación. Chandler les atribuía
toda la sabiduría y creía que provocaban la explosión creadora. Un día le
pidieron que hablara de Philip Marlowe y prefirió que fuera Taki la que
la hiciera por él. Pretendía que era la gata quien escribía sus novelas
bien entrada la noche: A mí suele pasarme algo parecido.
Richard Matheson perdió todo; la casa los muebles y los premios, pero alcanzó
a salvar lo esencial: esa mirada que lo sostiene por las noches, cuando
la palabra no viene y la novela no avanza. Esa mirada que nos atornilla
al sillón, ese ronroneo que precede a la llegada del diablo.
Poe, Lovecraft y Matheson asociaron los gatos al horror; en los dibujos
animados Willam Hanna y Joe Barbera le dieron a Tom El papel de víctima
y al ratón Jerry el de la picardía. El gato Félix fue un gran héroe yanqui
de los año treinta, puritano y travieso. El Fritz the Cat, de Ralph Baskhi
y Robert Crumb, sintetizó los eróticos y crueles años de mi juventud; apareciendo
en 1968, Fritz es el primer gato de dibujo que vuelve de Vietnam, se droga,
callejea de un prostíbulo a otro, fuma como un escuerzo, duerme con las
mejores chicas, incluida su hermana, y termina asesinado por una gata vieja
a la que había abandonado en tiempos mejores.
En cambio, Walt Disney detestaba a los gatos. Recién en 1970 se decidió
a crear un personaje que, por supuesto, no le dejó éxito ni plata. Disney
era uno de esos tipos que nunca se hacen querer por los gatos. Creo que
fue Chandler quien lo dijo. No se si en la biografía del detective Marlowe
o en la propia. Hace unos días, una investigadora que prepara un libro de
reportajes a escritores argentinos nos pidió a sus entrevistados que trazáramos
cada uno una breve autobiografía. ¿Como hacerlo? ¿Cómo hablar de nosotros
si no sabemos quienes somos? Le dije que yo no tengo biografía. Me la van
a inventar los gatos que vendrán cuando yo esté, muy orondo, sentado en
el redondel de la luna. [Ver Textos de Osvaldo
Soriano]

Jorge
Luis Borges
Entre la biografía de Borges,
hay algo que llama la atención, y es su extremado amor por los gatos. Uno
estaría tentado de pensar que la compañía de estos felinos, cruzándose de
repente por los pasillos o enredándose entre las piernas del escritor, no
sería una opción demasiado recomendable para un anciano achacoso y ciego.
Pero "un escritor sin gato es como un ciego sin lazarillo", dijo Osvaldo
Soriano, y seguramente tenía razón. En cualquier caso, Borges sentía debilidad
por sus gatos Odín y Beppo (nacido Pepo pero rebautizado posteriormente
en homenaje al gato de Byron). De este último, en particular, cóntó innumerables
anécdotas a lo largo de las muchas entrevistas que se le hicieron, e incluso
le dedicó uno de sus más conocidos poemas (La Cifra, 1981):
Beppo
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Algunos gatos con sus escritores |
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El gato blanco y célibe se mira
en la lúcida luna del espejo
y no puede saber que esa blancura
y esos ojos de oro que no ha visto
nunca en la casa son su propia imagen.
¿Quién le dirá que el otro que lo observa
es apenas un sueño del espejo?
Me digo que esos gatos armoniosos
el de cristal y el de caliente sangre,
son simulacros que concede el tiempo
un arquetipo eterno. Así lo afirma,
sombra también, Plotino en las Ennéadas.
¿De qué Adán anterior al paraíso,
de qué divinidad indescifrable
somos los hombres un espejo roto?
Pablo
Neruda
Oda al gato
Los animales fueron
imperfectos,
largos de cola, tristes
de cabeza.
Poco a poco se fueron
componiendo,
haciéndose paisaje,
adquiriendo lunares, gracia, vuelo.
El gato,
sólo el gato
apareció completo
y orgulloso:
nació completamente terminado,
camina solo y sabe lo que quiere.
El hombre quiere ser pescado
y pájaro,
la serpiente quisiera tener alas,
el perro es un león desorientado,
el ingeniero quiere ser poeta,
la mosca estudia para golondrina,
el poeta trata de imitar la mosca,
pero el gato
quiere ser sólo gato
y todo gato es gato
desde bigote a cola,
desde presentimiento a rata viva,
desde la noche hasta sus ojos de oro.
No hay unidad
como él,
no tienen
la luna ni la flor
tal contextura:
es una sola cosa
como el sol o el topacio,
y la elástica línea en su contorno
firme y sutil es como
la línea de la proa de una nave.
Sus ojos amarillos
dejaron una sola
ranura
para echar las monedas de la noche. Oh pequeño
emperador sin orbe,
conquistador sin patria,
mínimo tigre de salón, nupcial
sultán del cielo
de las tejas eróticas,
el viento del amor
en la intemperie
reclamas
cuando pasas
y posas cuatro pies delicados
en el suelo,
oliendo,
desconfiando
de todo lo terrestre,
porque todoes inmundo
para el inmaculado pie del gato.
Oh fiera independiente
de la casa, arrogante
vestigio de la noche,
perezoso, gimnástico
y ajeno,
profundísimo gato,
policía secreta
de las habitaciones,
insignia
de un
desaparecido terciopelo,
seguramente no hay
enigma
en tu manera,
tal vez no eres misterio,
todo el mundo te sabe y perteneces
al habitante menos misterioso,
tal vez todos lo creen,
todos se creen dueños,
propietarios, tíos
de gatos, compañeros,
colegas,
discípulos o amigos
de su gato.
Yo no.
Yo no suscribo.
Yo no conozco al gato.
Todo lo sé, la vida y su archipiélago,
el mar y la ciudad incalculable,
la botánica,
el gineceo con sus extravíos,
el por y el menos de la matemática,
los embudos volcánicos del mundo,
la cáscara irreal del cocodrilo,
la bondad ignorada del bombero,
el atavismo azul del sacerdote,
pero no puedo descifrar un gato.
Mi razón resbaló en su indiferencia,
sus ojos tienen números de oro.
Ven, bello, gato, a mi amoroso
pecho:
Retén las uñas de tu pata,
Y deja que me hunda en tus ojos hermosos
Mezcla de ágata y metal
Mientras mis dedos peinan suavemente
Tu cabeza y tu lomo elástico,
Mientras mi mano de placer se embriaga
Al palpar tu cuerpo eléctrico,
A mi señora creo ver.
Su mirada como la tuya, amable bestia,
Profunda y fría, hiere cual dardo,
Y, de los pies a la cabeza,
Un sutil aire, un peligroso aroma,
Bogan en torno a su tostado cuerpo.

Edgar
Alan Poe
El gato negro [traducción de
Julio Cortázar]
No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que
me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos
rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto
no es un sueño. Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma. Mi propósito
inmediato consiste en poner de manifiesto, simple, sucintamente y sin comentarios,
una serie de episodios domésticos. Las consecuencias de esos episodios me
han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no
intentaré explicarlos. Si para mí han sido horribles, para otros resultarán
menos espantosos que barrocos. Más adelante, tal vez, aparecerá alguien
cuya inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes; una inteligencia
más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, capaz de ver
en las circunstancias que temerosamente descriiré, una vulgar sucesión
de causas y efectos naturales. Desde la infancia me destaqué por la docilidad
y bondad de mi carácter. La ternura que abrigaba mi corazón era tan grande
que llegaba a convertirme en objeto de burla para mis compañeros. Me gustaban
especialmente los animales, y mis padres me permitían tener una gran variedad.
Pasaba a su lado la mayor parte del tiempo, y jamás me sentía más feliz
que cuando les daba de comer y los acariciaba. Este rasgo de mi carácter
creció conmigo y, cuando llegué a la virilidad, se convirtió en una de mis
principales fuentes de placer. Aquellos que alguna vez han experimentado
cariño hacia un perro fiel y sagaz no necesitan que me moleste en explicarles
la naturaleza o la intensidad de la retribución que recibía. Hay algo en
el generoso y abnegado amor de un animal que llega directamente al corazón
de aquel que con frecuencia ha probado la falsa amistad y la frágil fidelidad
del hombre. Me casé joven y tuve la alegría de que mi esposa compartiera
mis preferencias. Al observar mi gusto por los animales domésticos, no perdía
oportunidad de procurarme los más agradables de entre ellos. Teníamos pájaros,
peces de colores, un hermoso perro, conejos, un monito y un gato. Este último
era un animal de notable tamaño y hermosura, completamente negro y de una
sagacidad asombrosa. Al referirse a su inteligencia, mi mujer, que en el
fondo era no poco supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia
popular de que todos los gatos negros son brujas metamorfoseadas. No quiero
decir que lo creyera seriamente, y sólo menciono la cosa porque acabo de
recordarla. Plutón -tal era el nombre del gato- se había convertido en mi
favorito y mi camarada. Sólo yo le daba de comer y él me seguía por todas
partes en casa. Me costaba mucho impedir que anduviera tras de mí en la
calle. Nuestra amistad duró así varios años, en el curso de los cuales (enrojezco
al confesarlo) mi temperamento y mi carácter se alteraron radicalmente por
culpa del demonio. Intemperancia. Día a día me fui volviendo más melancólico,
irritable e indiferente hacia los sentimientos ajenos. Llegué, incluso,
a hablar descomedidamente a mi mujer y terminé por infligirle violencias
personales. Mis favoritos, claro está, sintieron igualmente el cambio de
mi carácter. No sólo los descuidaba, sino que llegué a hacerles daño. Hacia
Plutón, sin embargo, conservé suficiente consideración como para abstenerme
de maltratarlo, cosa que hacía con los conejos, el mono y hasta el perro
cuando, por casualidad o movidos por el afecto, se cruzaban en mi camino.
Mi enfermedad, empero, se agravaba -pues, ¿qué enfermedad es comparable
al alcohol?-, y finalmente el mismo Plutón, que ya estaba viejo y, por tanto,
algo enojadizo, empezó a sufrir las consecuencias de mi mal humor. Una noche
en que volvía a casa completamente embriagado, después de una de mis correrías
por la ciudad, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo alcé en brazos,
pero, asustado por mi violencia, me mordió ligeramente en la mano. Al punto
se apoderó de mí una furia demoníaca y ya no supe lo que hacía. Fue como
si la raíz de mi alma se separara de golpe de mi cuerpo; una maldad más
que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció cada fibra de mi ser.
Sacando del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí mientras sujetaba
al pobre animal por el pescuezo y, deliberadamente, le hice saltar un ojo.
Enrojezco, me abraso, tiemblo mientras escribo tan condenable atrocidad.
Cuando la razón retornó con la mañana, cuando hube disipado en el sueño
los vapores de la orgía nocturna, sentí que el horror se mezclaba con el
remordimiento ante el crimen cometido; pero mi sentimiento era débil y ambiguo,
no alcanzaba a interesar al alma. Una vez más me hundí en los excesos y
muy pronto ahogué en vino los recuerdos de lo sucedido. El gato, entretanto,
mejoraba poco a poco. Cierto que la órbita donde faltaba el ojo presentaba
un horrible aspecto, pero el animal no parecía sufrir ya. Se paseaba, como
de costumbre, por la casa, aunque, como es de imaginar, huía aterrorizado
al verme. Me quedaba aún bastante de mi antigua manera de ser para sentirme
agraviado por la evidente antipatía de un animal que alguna vez me había
querido tanto. Pero ese sentimiento no tardó en ceder paso a la irritación.
Y entonces, para mi caída final e irrevocable, se presentó el espíritu de
la perversidad. La filosofía no tiene en cuenta a este espíritu; y, sin
embargo, tan seguro estoy de que mi alma existe como de que la perversidad
es uno de los impulsos primordiales del corazón humano, una de las facultades
primarias indivisibles, uno de esos sentimientos que dirigen el carácter
del hombre. ¿Quién no se ha sorprendido a sí mismo cien veces en momentos
en que cometía una acción tonta o malvada por la simple razón de que no
debía cometerla? ¿No hay en nosotros una tendencia permanente, que enfrenta
descaradamente al buen sentido, una tendencia a transgredir lo que constituye
la Ley por el solo hecho de serlo? Este espíritu de perversidad se presentó,
como he dicho, en mi caída final. Y el insondable anhelo que tenía mi alma
de vejarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer mal por
el mal mismo, me incitó a continuar y, finalmente, a consumar el suplicio
que había infligido a la inocente bestia. Una mañana, obrando a sangre fría,
le pasé un lazo por el pescuezo y lo ahorqué en la rama de un árbol; lo
ahorqué mientras las lágrimas manaban de mis ojos y el más amargo remordimiento
me apretaba el corazón; lo ahorqué porque recordaba que me había querido
y porque estaba seguro de que no me había dado motivo para matarlo; lo ahorqué
porque sabía que, al hacerlo, cometía un pecado, un pecado mortal que comprometería
mi alma hasta llevarla -si ello fuera posible- más allá del alcance de la
infinita misericordia del Dios más misericordioso y más terrible. La noche
de aquel mismo día en que cometí tan cruel acción me despertaron gritos
de: "¡Incendio!" Las cortinas de mi cama eran una llama viva y toda la casa
estaba ardiendo. Con gran dificultad pudimos escapar de la conflagración
mi mujer, un sirviente y yo. Todo quedó destruido. Mis bienes terrenales
se perdieron y desde ese momento tuve que resignarme a la desesperanza.
No incurriré en la debilidad de establecer una relación de causa y efecto
entre el desastre y mi criminal acción. Pero estoy detallando una cadena
de hechos y no quiero dejar ningún eslabón incompleto. Al día siguiente
del incendio acudí a visitar las ruinas. Salvo una, las paredes se habían
desplomado. La que quedaba en pie era un tabique divisorio de poco espesor,
situado en el centro de la casa, y contra el cual se apoyaba antes la cabecera
de mi lecho. El enlucido había quedado a salvo de la acción del fuego, cosa
que atribuí a su reciente aplicación. Una densa muchedumbre habíase reunido
frente a la pared y varias personas parecían examinar parte de la misma
con gran atención y detalle. Las palabras "¡extraño!, ¡curioso!" y otras
similares excitaron mi curiosidad. Al aproximarme vi que en la blanca superficie,
grabada como un bajorrelieve, aparecía la imagen de un gigantesco gato.
El contorno tenía una nitidez verdaderamente maravillosa. Había una soga
alrededor del pescuezo del animal. Al descubrir esta aparición -ya que no
podía considerarla otra cosa- me sentí dominado por el asombro y el terror.
Pero la reflexión vino luego en mi ayuda. Recordé que había ahorcado al
gato en un jardín contiguo a la casa. Al producirse la alarma del incendio,
la multitud había invadido inmediatamente el jardín: alguien debió de cortar
la soga y tirar al gato en mi habitación por la ventana abierta. Sin duda,
habían tratado de despertarme en esa forma. Probablemente la caída de las
paredes comprimió a la víctima de mi crueldad contra el enlucido recién
aplicado, cuya cal, junto con la acción de las llamas y el amoniaco del
cadáver, produjo la imagen que acababa de ver. Si bien en esta forma quedó
satisfecha mi razón, ya que no mi conciencia, sobre el extraño episodio,
lo ocurrido impresionó profundamente mi imaginación. Durante muchos meses
no pude librarme del fantasma del gato, y en todo ese tiempo dominó mi espíritu
un sentimiento informe que se parecía, sin serlo, al remordimiento. Llegué
al punto de lamentar la pérdida del animal y buscar, en los viles antros
que habitualmente frecuentaba, algún otro de la misma especie y apariencia
que pudiera ocupar su lugar. Una noche en que, borracho a medias, me hallaba
en una taberna más que infame, reclamó mi atención algo negro posado sobre
uno de los enormes toneles de ginebra que constituían el principal moblaje
del lugar. Durante algunos minutos había estado mirando dicho tonel y me
sorprendió no haber advertido antes la presencia de la mancha negra en lo
alto. Me aproximé y la toqué con la mano. Era un gato negro muy grande,
tan grande como Plutón y absolutamente igual a éste, salvo un detalle. Plutón
no tenía el menor pelo blanco en el cuerpo, mientras este gato mostraba
una vasta aunque indefinida mancha blanca que le cubría casi todo el pecho.
Al sentirse acariciado se enderezó prontamente, ronroneando con fuerza,
se frotó contra mi mano y pareció encantado de mis atenciones. Acababa,
pues, de encontrar el animal que precisamente andaba buscando. De inmediato,
propuse su compra al tabernero, pero me contestó que el animal no era suyo
y que jamás lo había visto antes ni sabía nada de él. Continué acariciando
al gato y, cuando me disponía a volver a casa, el animal pareció dispuesto
a acompañarme. Le permití que lo hiciera, deteniéndome una y otra vez para
inclinarme y acariciarlo. Cuando estuvo en casa, se acostumbró a ella de
inmediato y se convirtió en el gran favorito de mi mujer. Por mi parte,
pronto sentí nacer en mí una antipatía hacia aquel animal. Era exactamente
lo contrario de lo que había anticipado, pero -sin que pueda decir cómo
ni por qué- su marcado cariño por mí me disgustaba y me fatigaba. Gradualmente,
el sentimiento de disgusto y fatiga creció hasta alcanzar la amargura del
odio. Evitaba encontrarme con el animal; un resto de vergüenza y el recuerdo
de mi crueldad de antaño me vedaban maltratarlo. Durante algunas semanas
me abstuve de pegarle o de hacerlo víctima de cualquier violencia; pero
gradualmente -muy gradualmente- llegué a mirarlo con inexpresable odio y
a huir en silencio de su detestable presencia, como si fuera una emanación
de la peste. Lo que, sin duda, contribuyó a aumentar mi odio fue descubrir,
a la mañana siguiente de haberlo traído a casa, que aquel gato, igual que
Plutón, era tuerto. Esta circunstancia fue precisamente la que lo hizo más
grato a mi mujer, quien, como ya dije, poseía en alto grado esos sentimientos
humanitarios que alguna vez habían sido mi rasgo distintivo y la fuente
de mis placeres más simples y más puros. El cariño del gato por mí parecía
aumentar en el mismo grado que mi aversión. Seguía mis pasos con una pertinencia
que me costaría hacer entender al lector. Dondequiera que me sentara venía
a ovillarse bajo mi silla o saltaba a mis rodillas, prodigándome sus odiosas
caricias. Si echaba a caminar, se metía entre mis pies, amenazando con hacerme
caer, o bien clavaba sus largas y afiladas uñas en mis ropas, para poder
trepar hasta mi pecho. En esos momentos, aunque ansiaba aniquilarlo de un
solo golpe, me sentía paralizado por el recuerdo de mi primer crimen, pero
sobre todo -quiero confesarlo ahora mismo- por un espantoso temor al animal.
Aquel temor no era precisamente miedo de un mal físico y, sin embargo, me
sería imposible definirlo de otra manera. Me siento casi avergonzado de
reconocer, sí, aún en esta celda de criminales me siento casi avergonzado
de reconocer que el terror, el espanto que aquel animal me inspiraba, era
intensificado por una de las más insensatas quimeras que sería dado concebir.
Más de una vez mi mujer me había llamado la atención sobre la forma de la
mancha blanca de la cual ya he hablado, y que constituía la única diferencia
entre el extraño animal y el que yo había matado. El lector recordará que
esta mancha, aunque grande, me había parecido al principio de forma indefinida;
pero gradualmente, de manera tan imperceptible que mi razón luchó durante
largo tiempo por rechazarla como fantástica, la mancha fue asumiendo un
contorno de rigurosa precisión. Representaba ahora algo que me estremezco
al nombrar, y por ello odiaba, temía y hubiera querido librarme del monstruo
si hubiese sido capaz de atreverme; representaba, digo, la imagen de una
cosa atroz, siniestra..., ¡la imagen del patíbulo! ¡Oh lúgubre y terrible
máquina del horror y del crimen, de la agonía y de la muerte! Me sentí entonces
más miserable que todas las miserias humanas. ¡Pensar que una bestia, cuyo
semejante había yo destruido desdeñosamente, una bestia era capaz de producir
tan insoportable angustia en un hombre creado a imagen y semejanza de Dios!
¡Ay, ni de día ni de noche pude ya gozar de la bendición del reposo! De
día, aquella criatura no me dejaba un instante solo; de noche, despertaba
hora a hora de los más horrorosos sueños, para sentir el ardiente aliento
de la cosa en mi rostro y su terrible peso -pesadilla encarnada de la que
no me era posible desprenderme- apoyado eternamente sobre mi corazón. Bajo
el agobio de tormentos semejantes, sucumbió en mí lo poco que me quedaba
de bueno. Sólo los malos pensamientos disfrutaban ya de mi intimidad; los
más tenebrosos, los más perversos pensamientos. La melancolía habitual de
mi humor creció hasta convertirse en aborrecimiento de todo lo que me rodeaba
y de la entera humanidad; y mi pobre mujer, que de nada se quejaba, llegó
a ser la habitual y paciente víctima de los repentinos y frecuentes arrebatos
de ciega cólera a que me abandonaba. Cierto día, para cumplir una tarea
doméstica, me acompañó al sótano de la vieja casa donde nuestra pobreza
nos obligaba a vivir. El gato me siguió mientras bajaba la empinada escalera
y estuvo a punto de tirarme cabeza abajo, lo cual me exasperó hasta la locura.
Alzando un hacha y olvidando en mi rabia los pueriles temores que hasta
entonces habían detenido mi mano, descargué un golpe que hubiera matado
instantáneamente al animal de haberlo alcanzado. Pero la mano de mi mujer
detuvo su trayectoria. Entonces, llevado por su intervención a una rabia
más que demoníaca, me zafé de su abrazo y le hundí el hacha en la cabeza.
Sin un solo quejido, cayó muerta a mis pies. Cumplido este espantoso asesinato,
me entregué al punto y con toda sangre fría a la tarea de ocultar el cadáver.
Sabía que era imposible sacarlo de casa, tanto de día como de noche, sin
correr el riesgo de que algún vecino me observara. Diversos proyectos cruzaron
mi mente. Por un momento pensé en descuartizar el cuerpo y quemar los pedazos.
Luego se me ocurrió cavar una tumba en el piso del sótano. Pensé también
si no convenía arrojar el cuerpo al pozo del patio o meterlo en un cajón,
como si se tratara de una mercadería común, y llamar a un mozo de cordel
para que lo retirara de casa. Pero, al fin, di con lo que me pareció el
mejor expediente y decidí emparedar el cadáver en el sótano, tal como se
dice que los monjes de la Edad Media emparedaban a sus víctimas. El sótano
se adaptaba bien a este propósito. Sus muros eran de material poco resistente
y estaban recién revocados con un mortero ordinario, que la humedad de la
atmósfera no había dejado endurecer. Además, en una de las paredes se veía
la saliencia de una falsa chimenea, la cual había sido rellenada y tratada
de manera semejante al resto del sótano. Sin lugar a dudas, sería muy fácil
sacar los ladrillos en esa parte, introducir el cadáver y tapar el agujero
como antes, de manera que ninguna mirada pudiese descubrir algo sospechoso.
No me equivocaba en mis cálculos. Fácilmente saqué los ladrillos con ayuda
de una palanca y, luego de colocar cuidadosamente el cuerpo contra la pared
interna, lo mantuve en esa posición mientras aplicaba de nuevo la mampostería
en su forma original. Después de procurarme argamasa, arena y cerda, preparé
un enlucido que no se distinguía del anterior y revoqué cuidadosamente el
nuevo enladrillado. Concluida la tarea, me sentí seguro de que todo estaba
bien. La pared no mostraba la menor señal de haber sido tocada. Había barrido
hasta el menor fragmento de material suelto. Miré en torno, triunfante,
y me dije: "Aquí, por lo menos, no he trabajado en vano". Mi paso siguiente
consistió en buscar a la bestia causante de tanta desgracia, pues al final
me había decidido a matarla. Si en aquel momento el gato hubiera surgido
ante mí, su destino habría quedado sellado, pero, por lo visto, el astuto
animal, alarmado por la violencia de mi primer acceso de cólera, se cuidaba
de aparecer mientras no cambiara mi humor. Imposible describir o imaginar
el profundo, el maravilloso alivio que la ausencia de la detestada criatura
trajo a mi pecho. No se presentó aquella noche, y así, por primera vez desde
su llegada a la casa, pude dormir profunda y tranquilamente; sí, pude dormir,
aun con el peso del crimen sobre mi alma. Pasaron el segundo y el tercer
día y mi atormentador no volvía. Una vez más respiré como un hombre libre.
¡Aterrado, el monstruo había huido de casa para siempre! ¡Ya no volvería
a contemplarlo! Gozaba de una suprema felicidad, y la culpa de mi negra
acción me preocupaba muy poco. Se practicaron algunas averiguaciones, a
las que no me costó mucho responder. Incluso hubo una perquisición en la
casa; pero, naturalmente, no se descubrió nada. Mi tranquilidad futura me
parecía asegurada. Al cuarto día del asesinato, un grupo de policías se
presentó inesperadamente y procedió a una nueva y rigurosa inspección. Convencido
de que mi escondrijo era impenetrable, no sentí la más leve inquietud. Los
oficiales me pidieron que los acompañara en su examen. No dejaron hueco
ni rincón sin revisar. Al final, por tercera o cuarta vez, bajaron al sótano.
Los seguí sin que me temblara un solo músculo. Mi corazón latía tranquilamente,
como el de aquel que duerme en la inocencia. Me paseé de un lado al otro
del sótano. Había cruzado los brazos sobre el pecho y andaba tranquilamente
de aquí para allá. Los policías estaban completamente satisfechos y se disponían
a marcharse. La alegría de mi corazón era demasiado grande para reprimirla.
Ardía en deseos de decirles, por lo menos, una palabra como prueba de triunfo
y confirmar doblemente mi inocencia. -Caballeros -dije, por fin, cuando
el grupo subía la escalera-, me alegro mucho de haber disipado sus sospechas.
Les deseo felicidad y un poco más de cortesía. Dicho sea de paso, caballeros,
esta casa está muy bien construida... (En mi frenético deseo de decir alguna
cosa con naturalidad, casi no me daba cuenta de mis palabras). Repito que
es una casa de excelente construcción. Estas paredes... ¿ya se marchan ustedes,
caballeros?... tienen una gran solidez. Y entonces, arrastrado por mis propias
bravatas, golpeé fuertemente con el bastón que llevaba en la mano sobre
la pared del enladrillado tras de la cual se hallaba el cadáver de la esposa
de mi corazón. ¡Que Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonio!
Apenas había cesado el eco de mis golpes cuando una voz respondió desde
dentro de la tumba. Un quejido, sordo y entrecortado al comienzo, semejante
al sollozar de un niño, que luego creció rápidamente hasta convertirse en
un largo, agudo y continuo alarido, anormal, como inhumano, un aullido,
un clamor de lamentación, mitad de horror, mitad de triunfo, como sólo puede
haber brotado en el infierno de la garganta de los condenados en su agonía
y de los demonios exultantes en la condenación. Hablar de lo que pensé en
ese momento sería locura. Presa de vértigo, fui tambaleándome hasta la pared
opuesta. Por un instante el grupo de hombres en la escalera quedó paralizado
por el terror. Luego, una docena de robustos brazos atacaron la pared, que
cayó de una pieza. El cadáver, ya muy corrompido y manchado de sangre coagulada,
apareció de pie ante los ojos de los espectadores. Sobre su cabeza, con
la roja boca abierta y el único ojo como de fuego, estaba agazapada la horrible
bestia cuya astucia me había inducido al asesinato y cuya voz delatadora
me entregaba al verdugo. ¡Había emparedado al monstruo en la tumba!
El gato que caminaba solo
Sucedieron estos hechos que voy a contarte, oh, querido mío, cuando los animales
domésticos eran salvajes. El Perro era salvaje, como lo eran también el Caballo,
la Vaca, la Oveja y el Cerdo, tan salvajes como pueda imaginarse, y vagaban por
la húmeda y salvaje espesura en compañía de sus salvajes parientes; pero el más
salvaje de todos los animales salvajes era el Gato. El Gato caminaba solo y no
le importaba estar aquí o allá.
También el Hombre era salvaje, claro está. Era terriblemente salvaje. No comenzó
a domesticarse hasta que conoció a la Mujer y ella repudió su montaraz modo de
vida. La Mujer escogió para dormir una bonita cueva sin humedades en lugar de un
montón de hojas mojadas, y esparció arena limpia sobre el suelo, encendió un
buen fuego de leña al fondo de la cueva y colgó una piel de Caballo Salvaje, con
la cola hacia abajo, sobre la entrada; después dijo:
- Límpiate los pies antes de entrar; de ahora en adelante tendremos un hogar.
Esa noche, querido mío, comieron Cordero Salvaje asado sobre piedras calientes y
sazonado con ajo y pimienta silvestres, y Pato Salvaje relleno de arroz
silvestre, y alholva y cilantro silvestres, y tuétano de Buey Salvaje, y cerezas
y granadillas silvestres. Luego, cuando el Hombre se durmió más feliz que un
niño delante de la hoguera, la Mujer se sentó a cardar lana. Cogió un hueso del
hombro de cordero, la gran paletilla plana, contempló los portentosos signos que
había en él, arrojó más leña al fuego e hizo un conjuro, el primer Conjuro
Cantado del mundo.
En la húmeda y salvaje espesura, los animales salvajes se congregaron en un
lugar desde donde se alcanzaba a divisar desde muy lejos la luz del fuego y se
preguntaron qué podría significar aquello.
Entonces Caballo Salvaje golpeó el suelo con la pezuña y dijo:
- Oh, amigos y enemigos míos, ¿por qué han hecho esa luz tan grande el Hombre y
la Mujer en esa enorme cueva? ¿cómo nos perjudicará a nosotros?
Perro Salvaje alzó el morro, olfateó el aroma del asado de cordero y dijo:
- Voy a ir allí, observaré todo y me enteraré de lo que sucede, y me quedaré,
porque creo que es algo bueno. Acompáñame, Gato.
- ¡ Ni hablar! - replicó el Gato - . Soy el Gato que camina solo y a quien no le
importa estar aquí o allá. No pienso acompañarte.
- Entonces nunca volveremos a ser amigos - apostilló Perro Salvaje, y marchóse
trotando hacia la cueva.
Pero cuando el Perro se hubo alejado un corto trecho, el Gato se dijo a si
mismo:
- Si no me importa estar aquí o allá, ¿por qué no he de ir allí para observarlo
todo y enterarme de lo que sucede y después marcharme?
De manera que siguió al Perro con mucho, muchísimo sigilo, y se escondió en un
lugar desde donde podría oír todo lo que se dijera.
Cuando Perro Salvaje llegó a la boca de la cueva, levantó ligeramente la piel de
Caballo con el morro y husmeó el maravilloso olor del cordero asado. La Mujer lo
oyó, se rió y dijo:
- Aquí llega la primera criatura salvaje de la salvaje espesura. ¿Qué deseas?
- Oh, enemiga mía y esposa de mi enemigo, ¿qué es eso que tan buen aroma
desprende en la salvaje espesura? - preguntó Perro Salvaje.
Entonces la Mujer cogió un hueso de cordero asado y se lo arrojó a Perro Salvaje
diciendo:
- Criatura salvaje de la salvaje espesura, si ayudas a mi Hombre a cazar de día
y a vigilar esta cueva de noche, te daré tantos huesos asados como quieras.
- ¡Ah! - exclamó el Gato al oírla - , esta Mujer es muy sabia, pero no tan sabia
como yo.
Perro Salvaje entró a rastras en la cueva, recostó la cabeza en el regazo de la
Mujer y dijo:
- Oh, amiga mía y esposa de mi amigo, ayudaré a tu Hombre a cazar durante el día
y de noche vigilaré vuestra cueva.
- ¡Ah! - repitió el Gato, que seguía escuchando - , este Perro es un verdadero
estúpido.
Y se alejó por la salvaje y húmeda espesura meneando la cola y andando sin otra
compañía que su salvaje soledad. Pero no le contó nada a nadie.
Al despertar por la mañana, el Hombre exclamo:
- ¿Qué hace aquí Perro Salvaje?
- Ya no se llama Perro Salvaje - le corrigió la Mujer - , sino Primer Amigo,
porque va a ser nuestro amigo por los siglos de los siglos. Llévalo contigo
cuando salgas de caza.
Gato,
Gatti, GatosPor José María Gatti Osvaldo Soriano me hablaba de gatos. Mi vecina tiene dos gatos siameses. La Biblioteca Nacional está llena de gatos. Por televisión, una mentalista dice que los gatos son los que anticipan el destino de todas las cosas. En el café donde suelo escribir algunos textos, un gato negro siempre me mira y no sé si saludarlo o ignorarlo. Tessie llegó a tener 6 gatos. Daniela tiene ojos de gato. En La Rosa Peregrina de Almagro el gato Boris era un embajador hasta que un maldito lo envenenó. Cuenta la leyenda que un capitán de navío le regaló a Hemingway un gato de seis dedos llamado Snowball. El felino sufría una alteración genética conocida como polidactilia que transmitió a sus descendientes. Ernest llenó Key West de gatos de seis dedos que aún pasean por la residencia. Pedro Buscarón cuidaba en Finca Vigía los 58 gatos del Papa. Me viene a la memoria "El gato bajo la lluvia". Baudelaire escribió Poemas sobre gatos. Lorca: Oda al gato. Cortázar amaba los gatos. Puedo seguir, pero me atemorizo porque mi apellido es Gatti, muchos gatos, conjunto de gatos. Cada uno de ellos son parte de mi carácter. Y ahora resulta que Giuseppe Recchia en su página www.hemingwayforcuba.net me tira los "gatos" en su crítica y ya no sé qué pensar. Trataré de olvidar pero no será fácil. Los gatos no son mi debilidad. Convivimos. Guardamos la respetuosa distancia. Nos relacionamos, pero hasta cierto punto. De todos modos, le agradezco a Giuseppe su metáfora y comparto con ustedes las palabras escritas sobre La pipa de Hemingway. Fuente: www.evaristocultural.com.ar/columna_gatti.htm |
La noche siguiente la Mujer cortó grandes brazadas de hierba fresca de los
prados y las secó junto al fuego, de manera que olieran como heno recién segado;
luego tomó asiento a la entrada de la cueva y trenzó una soga con una piel de
caballo; después se quedó mirando el hueso de hombro de cordero, la enorme
paletilla, e hizo un conjuro, el segundo Conjuro Cantado del mundo.
En la salvaje espesura, los animales salvajes se preguntaban qué le habría
ocurrido a Perro Salvaje. Finalmente, Caballo Salvaje golpeó el suelo con la
pezuña y dijo:
- Iré a ver por qué Perro Salvaje no ha regresado. Gato, acompáñame.
- ¡ Ni hablar! - respondió el Gato - . Soy el Gato que camina solo y a quien no
le importa estar aquí o allá. No pienso acompañarte.
Sin embargo, siguió a Caballo Salvaje con mucho, muchísimo sigilo, y se escondió
en un lugar desde donde podría oír todo lo que se dijera.
Cuando la Mujer oyó a Caballo Salvaje dando traspiés y tropezando con sus largas
crines, se rió y dijo:
- Aquí llega la segunda criatura salvaje de la salvaje espesura. ¿Qué deseas?
- Oh, enemiga mía y esposa de mi enemigo - respondió Caballo Salvaje - , ¿dónde
está Perro Salvaje?
La Mujer se rió, cogió la paletilla de cordero, la observó y dijo:
- Criatura salvaje de la salvaje espesura, no has venido buscando a Perro
Salvaje, sino porque te ha atraído esta hierba tan rica.
Y dando traspiés y tropezando con sus largas crines, Caballo Salvaje dijo:
- Es cierto, dame de comer de esa hierba.
- Criatura salvaje de la salvaje espesura - repuso la Mujer - , inclina tu
salvaje cabeza, ponte esto que te voy a dar y podrás comer esta maravillosa
hierba tres veces al día.
- ¡Ah! - exclamó el Gato al oírla - , esta Mujer es muy lista, pero no tan lista
como yo.
Caballo Salvaje inclinó su salvaje cabeza y la Mujer le colocó la trenzada soga
de piel en torno al cuello. Caballo Salvaje relinchó a los pies de la Mujer y
dijo:
- Oh, dueña mía y esposa de mi dueño, seré tu servidor a cambio de esa hierba
maravillosa.
- ¡Ah! - repitió el Gato, que seguía escuchando - , ese Caballo es un verdadero
estúpido.
Y se alejó por la salvaje y húmeda espesura meneando la cola y andando sin otra
compañía que su salvaje soledad.
Cuando el Hombre y el Perro regresaron después de la caza, el Hombre preguntó:
Soriano
y los gatosEs conocida la pasión que sentía Osvaldo Soriano por los gatos. Anécdotas y crónicas sobran. Antonio Dal Masetto cuenta un episodio que le sucedió con su amigo: "Un día, algo molesto, me dijo: Pero, che, qué cosa, a vos nunca te va a ir bien con los libros, no vas a vender nada. ¿Por qué?, le pregunté sorprendido. Porque en todos tus textos, respondió, ¡¡le pasan cosas horribles a los gatos!! ¡Los destrozás, los matás, sos muy cruel con ellos! Vos no querés nada a los gatos -seguía apostrofándome- y los gatos, aunque vos no lo creas, tienen poderes. Así que más te vale hacerte amigo de ellos. Si vos no los respetás, nadie te va a leer. Después de largar todo esto, Osvaldo se tranquilizó. Yo me quedé pensando en lo que me había dicho. Y, por un tiempo, cada vez que me topaba con un gato por las calles, de noche, me arrodillaba y, chasqueando los dedos de mi mano derecha, le decía michi, michi, michi." [Antonio Dal Masetto, en una entrevista de Agustina Roca para La Nación, 1998] |
- ¿Qué está haciendo aquí Caballo Salvaje?
- Ya no se llama Caballo Salvaje - replicó la Mujer - , sino Primer Servidor,
porque nos llevará a su grupa de un lado a otro por los siglos de los siglos.
Llévalo contigo cuando vayas de caza.
Al día siguiente, manteniendo su salvaje cabeza enhiesta para que sus salvajes
cuernos no se engancharan en los árboles silvestres, Vaca Salvaje se aproximó a
la cueva, y el Gato la siguió y se escondió como lo había hecho en las ocasiones
anteriores; y todo sucedió de la misma forma que las otras veces; y el Gato
repitió las mismas cosas que había dicho antes, y cuando Vaca Salvaje prometió
darle su leche a la Mujer día tras día a cambio de aquella hierba maravillosa,
el Gato se alejó por la salvaje y húmeda espesura, caminando solo como era su
costumbre.
Y cuando el Hombre, el Caballo y el Perro regresaron a casa después de cazar y
el Hombre formuló las mismas preguntas que en las ocasiones anteriores, la Mujer
dijo:
- Ya no se llama Vaca Salvaje, sino Donante de Cosas Buenas. Nos dará su leche
blanca y tibia por los siglos de los siglos, y yo cuidaré de ella mientras
vosotros tres salís de caza.
Al día siguiente, el Gato aguardó para ver si alguna otra criatura salvaje se
dirigía a la cueva, pero como nadie se movió, el Gato fue allí solo, y vio a la
Mujer ordeñando a la Vaca, y vio la luz del fuego en la cueva, y olió el aroma
de la leche blanca y tibia.
- Oh, enemiga mía y esposa de mi enemigo - dijo el Gato - , ¿a dónde ha ido Vaca
Salvaje?
La Mujer rió y respondió:
- Criatura salvaje de la salvaje espesura, regresa a los bosques de donde has
venido, porque ya he trenzado mi cabello y he guardado la paletilla, y no nos
hacen falta más amigos ni servidores en nuestra cueva.
- No soy un amigo ni un servidor - replicó el Gato - . Soy el Gato que camina
solo y quiero entrar en vuestra cueva.
- ¿Por qué no viniste con Primer Amigo la primera noche? - preguntó la Mujer.
- ¿Ha estado contando chismes sobre mí Perro Salvaje? - inquirió el Gato,
enfadado.
Entonces la Mujer se rió y respondió:
- Eres el Gato que camina solo y a quien no le importa estar aquí o allá. No
eres un amigo ni un servidor. Tú mismo lo has dicho. Márchate y camina solo por
cualquier lugar.
Fingiendo estar compungido, el Gato dijo:
- ¿Nunca podré entrar en la cueva? ¿Nunca podré sentarme junto a la cálida
lumbre? ¿Nunca podré beber la leche blanca y tibia? Eres muy sabia y muy
hermosa. No deberías tratar con crueldad ni siquiera a un gato.
- Que era sabia no me era desconocido, mas hasta ahora no sabía que fuera
hermosa. Por eso voy a hacer un trato contigo. Si alguna vez te digo una sola
palabra de alabanza, podrás entrar en la cueva.
- ¿Y si me dices dos palabras de alabanza? - preguntó el Gato.
- Nunca las diré - repuso la Mujer - , mas si te dijera dos palabras de
alabanza, podrías sentarte en la cueva junto al fuego.
- ¿Y si me dijeras tres palabras? - insistió el Gato.
- Nunca las diré - replicó la Mujer - , pero si llegara a decirlas, podrías
beber leche blanca y tibia tres veces al día por los siglos de los siglos.
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|
Entonces el Gato arqueó el lomo y dijo:
- Que la cortina de la entrada de la cueva y el fuego del rincón del fondo y los
cántaros de leche que hay junto al fuego recuerden lo que ha dicho mi enemiga y
esposa de mi enemigo - y se alejó a través de la salvaje y húmeda espesura
meneando su salvaje rabo y andando sin más compañía que su propia y salvaje
soledad
Por la noche, cuando el Hombre, el Caballo y el Perro volvieron a casa después
de la caza, la Mujer no les contó el trato que había hecho, pensando que tal vez
no les parecería bien.
El Gato se fue lejos, muy lejos, y se escondió en la salvaje v húmeda espesura
sin más compañía que su salvaje soledad durante largo tiempo, hasta que la Mujer
se olvidó de él por completo. Sólo el Murciélago, el pequeño Murciélago
Cabezabajo que colgaba del techo de la cueva sabía dónde se había escondido el
Gato y todas las noches volaba hasta allí para transmitirle las últimas
novedades.
Una noche el Murciélago dijo:
- Hay un Bebé en la cueva. Es una criatura recién nacida, rosada, rolliza y
pequeña, y a la Mujer le gusta mucho.
- Ah - dijo el Gato, sin perderse una palabra - , pero ¿qué le gusta al Bebé?
- Al Bebé le gustan las cosas suaves que hacen cosquillas - respondió el
Murciélago - . Le gustan las cosas cálidas a las que puede abrazarse para dormir
Le gusta que jueguen con él. Le gustan todas esas cosas.
- Ah - concluyó el Gato - , entonces ha llegado mi hora.
La noche siguiente, el Gato atravesó la salvaje y húmeda espesura y se ocultó
muy cerca de la cueva a la espera de que amaneciera. Al alba, la mujer se
afanaba en cocinar y el Bebé no cesaba de llorar ni de interrumpirla; así que lo
sacó fuera de la cueva y le dio un puñado de piedrecitas para que jugara con
ellas. Pero el Bebé continuó llorando.
Entonces el Gato extendió su almohadillada pata y le dio unas palmaditas en la
mejilla, y el Bebé hizo gorgoritos; luego el Gato se frotó contra sus rechonchas
rodillas y le hizo cosquillas con el rabo bajo la regordeta barbilla. Y el Bebé
rió; al oírlo, la Mujer sonrío.
Entonces el Murciélago, el pequeño Murciélago Cabezabajo que estaba colgado a la
entrada de la cueva dijo:
- Oh, anfitriona mía, esposa de mi anfitrión v madre de mi anfitrión, una
criatura salvaje de la salvaje espesura está jugando con tu Bebé y lo tiene
encantado.
- Loada sea esa criatura salvaje, quienquiera que sea - dijo la Mujer
enderezando la espalda - , porque esta mañana he estado muy ocupada y me ha
prestado un buen servicio.
En ese mismísimo instante, querido mío, la piel de caballo que estaba colgada
con la cola hacia abajo a la entrada de la cueva cayó al suelo... ¡Cómo así!...
porque la cortina recordaba el trato, y cuando la Mujer fue a recogerla... ¡hete
aquí que el Gato estaba confortablemente sentado dentro de la cueva!
- Oh, enemiga mía, esposa de mi enemigo y madre de mi enemigo - dijo el Gato - ,
soy yo, porque has dicho una palabra elogiándome y ahora puedo quedarme en la
cueva por los siglos de los siglos. Mas sigo siendo el Gato que camina solo y a
quien no le importa estar aquí o allá.
Muy enfadada, la Mujer apretó los labios, cogió su rueca y comenzó a hilar.
Pero el Bebé rompió a llorar en cuanto el Gato se marchó; la Mujer no logró
apaciguarlo y él no cesó de revolverse ni de patalear hasta que se le amorató el
semblante.
- Oh, enemiga mía, esposa de mi enemigo y madre de mi enemigo - dijo el Gato - ,
coge una hebra del hilo que estás hilando y átala al huso, luego arrastra éste
por el suelo y te enseñaré un truco que hará que tu Bebé ría tan fuerte como
ahora está llorando.
- Voy a hacer lo que me aconsejas - comentó la Mujer - , porque estoy a punto de
volverme loca, pero no pienso darte las gracias.
Ató la hebra al pequeño y panzudo huso y empezó a arrastrarlo por el suelo. El
Gato se lanzó en su persecución, lo empujó con las patas, dio una voltereta y lo
tiró hacia atrás por encima de su hombro; luego lo arrinconó entre sus patas
traseras, fingió que se le escapaba y volvió a abalanzarse sobre él. Viéndole
hacer estas cosas, el Bebé terminó por reír tan fuerte como antes llorara, gateó
en pos de su amigo y estuvo retozando por toda la cueva hasta que, ya fatigado,
se acomodó para descabezar un sueño con el Gato en brazos.
- Ahora - dijo el Gato - le voy a cantar A Bebé una canción que le mantendrá
dormido durante una hora.
Y comenzó a ronronear subiendo y bajando el tono hasta que el Bebé se quedó
profundamente dormido. contemplándolos, la Mujer sonrió y dijo:
- Has hecho una labor estupenda. No cabe duda de que eres muy listo, oh, Gato.
En ese preciso instante, querido mío, el humo de la fogata que estaba encendida
al fondo de la cueva descendió desde el techo cubriéndolo todo de negros
nubarrones, porque el humo recordaba el trato, y cuando se disipó, hete aquí que
el Gato estaba cómodamente sentado junto al fuego.
- Oh, enemiga mía, esposa de mi enemigo y madre de mi enemigo - dijo el Gato - ,
aquí me tienes, porque me has elogiado por segunda vez y ahora podré sentarme
junto al cálido fuego del fondo de la cueva por los siglos de los siglos. Pero
sigo siendo el Gato que camina solo y a quien no le importa estar aquí o allá.
Entonces la Mujer se enfadó mucho, muchísimo, se soltó el pelo, echó más leña al
fuego, sacó la ancha paletilla de cordero y comenzó a hacer un conjuro que le
impediría elogiar al Gato por tercera vez. No fue un Conjuro Cantado, querido
mío, sino un Conjuro Silencioso; y, poco a poco, en la cueva se hizo un silencio
tan profundo que un Ratoncito diminuto salió sigilosamente de un rincón y echó a
correr por el suelo.
- Oh, enemiga mía, esposa de mi enemigo y madre de mi enemigo - dijo el Gato - ,
¿forma parte de tu conjuro ese Ratoncito?
- No - repuso la Mujer, y, tirando la paletilla al suelo, se encaramó a un
escabel que había frente al fuego y se apresuró a recoger su melena en una
trenza por miedo a que el Ratoncito trepara por ella.
- ¡Ah! - exclamó el Gato, muy atento - , entonces ¿el Ratón no me sentará mal si
me lo zampo?
- No - contestó la Mujer, trenzándose el pelo - ; zámpatelo ahora mismo y te
quedaré eternamente agradecida.
El Gato dio un salto y cayó sobre el Ratón.
- Un millón de gracias, oh, Gato - dijo la Mujer - . Ni siquiera Primer Amigo es
lo bastante rápido para atrapar Ratoncitos como tú lo has hecho. Debes de ser
muy inteligente.
En ese preciso instante, querido mío, el cántaro de leche que estaba junto al
fuego se partió en dos pedazos... ¿Cómo así?... porque recordaba el trato, y
cuando la Mujer bajó del escabel... ¡hete aquí que el Gato estaba bebiendo a
lametazos la leche blanca y tibia que quedaba en uno de los pedazos rotos!
- Oh, enemiga mía, esposa de mi enemigo y madre de mi enemigo - dijo el Gato - ,
aquí me tienes, porque me has elogiado por tercera vez y ahora podré beber leche
blanca y tibia tres veces al día por los siglos de los siglos. Pero sigo siendo
el Gato que camina solo y a quien no le importa estar aquí o allá.
Entonces la Mujer rompió a reír, puso delante del Gato un cuenco de leche blanca
y tibia y comentó:
- Oh, Gato, eres tan inteligente como un Hombre, pero recuerda que ni el Hombre
ni el Perro han participado en el trato y no sé qué harán cuando regresen a
casa.
- ¿Y a mi qué más me da? - exclamó el Gato - . Mientras tenga un lugar reservado
junto al fuego y leche para beber tres veces al día me da igual lo que puedan
hacer el Hombre o el Perro.
Aquella noche, cuando el Hombre y el Perro entraron en la cueva, la Mujer les
contó de cabo a rabo la historia del acuerdo, y el Hombre dijo:
- Está bien, pero el Gato no ha llegado a ningún acuerdo conmigo ni con los
Hombres cabales que me sucederán.
Se quitó las dos botas de cuero, cogió su pequeña hacha de piedra (y ya suman
tres) y fue a buscar un trozo de madera y su cuchillo de hueso (y ya suman
cinco), y colocando en fila todos los objetos, prosiguió:
- Ahora vamos a hacer un trato. Si cuando estás en la cueva no atrapas Ratones
por los siglos de los siglos, arrojaré contra ti estos cinco objetos siempre que
te vea y todos los Hombres cabales que me sucedan harán lo mismo.
- Ah - dijo la Mujer, muy atenta - . Este Gato es muy - listo, pero no tan listo
como mi Hombre.
El Gato contó los cinco objetos (todos parecían muy contundentes) y dijo:
- Atraparé Ratones cuando esté en la cueva por los siglos de los siglos, pero
sigo siendo el Gato que camina solo y a quien no le importa estar aquí o allá.
- No será así mientras yo esté cerca - concluyó el Hombre - . Si no hubieras
dicho eso, habría guardado estas cosas (por los siglos de los siglos), pero
ahora voy arrojar contra ti mis dos botas y mi pequeña hacha de piedra (y ya
suman tres) siempre que tropiece contigo, y lo mismo harán todos los Hombres
cabales que me sucedan.
- Espera un momento - terció el Perro - , yo todavía no he llegado a un acuerdo
con él - sentóse en el suelo, lanzando terribles gruñidos y enseñando los
dientes, y prosiguió - : Si no te portas bien con el Bebé por los siglos de los
siglos mientras yo esté en la cueva, te perseguiré hasta atraparte, y cuando te
coja te morderé, y lo mismo harán todos los Perros cabales que me sucedan.
- ¡Ah! - exclamó la Mujer; que estaba escuchando - . Este Gato es muy listo,
pero no es tan listo como el Perro.
El Gato contó los dientes del Perro (todos parecían muy afilados) y dijo:
- Me portaré bien con el Bebé mientras esté en la cueva por los siglos de los
siglos, siempre que no me tire del rabo con demasiada fuerza. Pero sigo siendo
el Gato que camina solo y a quien no le importa estar aquí o allá.
- No será así mientras yo esté cerca - dijo el Perro - . Si no hubieras dicho
eso, habría cerrado la boca por los siglos de los siglos, pero ahora pienso
perseguirte y hacerte trepar a los árboles siempre que te vea, y lo mismo harán
los Perros cabales que me sucedan.
A continuación, el Hombre arrojó contra el Gato sus dos botas y su pequeña hacha
de piedra (que suman tres), y el Gato salió corriendo de la cueva perseguido por
el Perro, que lo obligó a trepar a un árbol; y desde entonces, querido mío, tres
de cada cinco Hombres cabales siempre han arrojado objetos contra el Gato cuando
se topaban con él y todos los Perros cabales lo han perseguido, obligándolo a
trepar a los árboles. Pero el Gato también ha cumplido su parte del trato. Ha
matado Ratones y se ha portado bien con los Bebés mientras estaba en casa,
siempre que no le tirasen del rabo con demasiada fuerza. Pero una vez cumplidas
sus obligaciones y en sus ratos libres, es el Gato que camina solo y a quien no
le importa estar aquí o allá, y si miras por la ventana de noche, lo verás
meneando su salvaje rabo y andando sin más compañía que su salvaje soledad...
como siempre lo ha hecho. [Ver Rudyard
Kipling]
La
poetisa, la mística y la gata
Por Leonardo Boff *
La Iglesia católica italiana viene presentando a lo largo de su historia
una contradicción fecunda. Por un lado está la fuerte presencia del
Vaticano, representando a la Iglesia oficial con su masa de fieles
mantenidos bajo un vigilante control social por las doctrinas y
especialmente por la moral familiar y sexual. Por otro, está la
presencia de cristianos, laicos y laicas, no alineados, resistentes al
poder monárquico e implacable de la burocracia de la Curia romana, pero
abiertos al evangelio y a los valores cristianos; sin romper con el
papado, aunque críticos de sus prácticas y del apoyo que da a regímenes
conservadores e incluso autoritarios.
Así tenemos en el siglo XIX la figura de Antonio Rosmini, fino filósofo
y crítico del antimodernismo de los Papas. En tiempos recientes
identificamos a figuras como Mazzolari, Raniero La Valle, Arturo Paoli,
la eremita Maria Campello. Entre todos destaca Adriana Zarri, eremita,
teóloga, poetisa y eximia escritora. Además de varios libros, escribía
semanalmente en el diario Il Manifesto y quincenalmente en la revista de
cultura Rocca.
Era durísima con respecto al actual curso de la Iglesia bajo los papas
Wojtyla y Ratzinger, a quienes acusaba directamente de traicionar los
intentos de reforma aprobados por el Concilio Vaticano II (1962-1965) y
de volver a un modelo medieval de ejercicio de poder y de presencia de
la Iglesia en la sociedad. Falleció el 18 de noviembre de 2010 con más
de 90 años.
La visité algunas veces en su eremitorio cerca de Strambino en el norte
de Italia. Vivía sola en un enorme y vetusto caserón, lleno de rosas y
con su querida gata Archibalda. Tenía una capilla con el Santísimo
expuesto donde se recogía varias horas al día en oración y profunda
meditación.
En nuestras conversaciones, ella quería saber todo sobre las comunidades
eclesiales de base, del compromiso de la Iglesia en la causa de los
pobres, de los negros y de los indígenas. Tenía un especial cariño por
los teólogos de la liberación, al ver la persecución que sufrían por
parte de las autoridades del Vaticano que los trataban, según ella, «a
bastonazos», mientras que usaban guantes de seda con los seguidores del
cismático Mons. Lefèbvre.
Su último artículo, publicado tres días antes de su muerte, se lo dedicó
a su querida Archibalda. Con ella, como pude testimoniar personalmente,
tenía una relación afectuosa, como de íntimos amigos. Aquello que
nuestra gran psicoanalista junguiana Nise da Silveira describió en su
libro Gatos, la emoción de convivir, lo confirmó Zarri: «el gato tiene
la capacidad de captar nuestro estado de ánimo; si me ve llorando,
inmediatamente viene a lamer mis lágrimas». Cuentan que la gata estuvo
junto a ella mientras expiraba. Al ver llegar a los amigos para el
velatorio se enrollaba, nerviosa, en la cortina de la sala. Poco antes
de que cerrasen el féretro, como si supiese la hora, entró discretamente
en la capilla.
Alguien, sabiendo del amor de la gata por Adriana Zarri, la cogió por el
cuello y la acercó al rostro de la difunta. La miró largamente; parecía
que lagrimeaba. Después se puso debajo de féretro y permaneció allí en
absoluta quietud.
Esto me hace recordar a nuestra gata Blanquita. Parece una niña frágil y
elegante. Se apegó de tal manera a mi compañera Márcia que la acompaña
siempre y duerme a sus pies, especialmente cuando tiene algún disgusto.
Capta su estado de ánimo y procura consolarla restregándose contra ella
y maullando suavemente.
Adriana Zarri dejó escrito su epitafio que vale la pena reproducir: «No
me vistan de negro: es triste y fúnebre. Ni de blanco, porque es
soberbio y retórico. Vístanme de flores amarillas y rojas, y con alas de
pajarillos. Y Tú, Señor, mira mis manos. Tal vez me han puesto un
rosario, o una cruz. Pero se equivocaron. En las manos tengo hojas
verdes y sobre la cruz, tu resurrección. No coloquen sobre mi tumba un
mármol frío, con las mentiras acostumbradas para consolar a los vivos.
Dejen que la tierra escriba, en primavera, un epitafio de yerbas. Allí
se dirá que viví y que espero. Entonces, Señor, tú escribirás tu nombre
y el mío, unidos como dos pétalos de amapolas».
La escritora y mística de los ojos abiertos, Adriana Zarri, nos mostró
cómo vivir y morir bella y dulcemente.
* Leonardo Boff nació en Concórdia, Brasil, en 1938. Teólogo, filósofo,
escritor, profesor y ecologista.
Información de Leonardo Boff en Wikipedia:
www.es.wikipedia.org/wiki/Leonardo_Boff
Columnas semanales de Leonardo Boff:
http://servicioskoinonia.org/boff
Página web de Leonardo Boff:
http://leonardoboff.com

A
mi gato le encanta Mozart
Un relato de Eduardo Pérsico
Hoy
me distraje mirando a mi gato. Con decoro, porque él es distante, discreto
y sabe callar. En verdad, le anduve alrededor y recordé a Lord Byron: el
gato posee belleza sin vanidad, fuerza sin insolencia, coraje sin ferocidad;
todas las virtudes del hombre sin sus vicios. Una semblanza menos cínica
que la de Ambrose Bierce: Gato. Suave autómata indestructible preparado
por la naturaleza para recibir patadas cuando las cosas van mal en el círculo
doméstico.
Al mirarlo entiendo que los gatos se vuelvan invisibles cuatro veces al
día, y si ellos quieren nadie pueden verlos de guardia baja, empobrecidos
de lluvia y madrugada. Al tiempo de atenuar su exhibición cualquier gato
se hace etéreo, inatacable, y su corazón late en una verdad lejana y superior.
Ya deberíamos saber ese misterio.
Mi gato se llama Fidel y revive al escuchar música en mi falda; sigilo al
distenderse, sutileza ajena a la gravedad, reflejo de mi espejo, cuerpo
imperceptible. Al oir el Pugliese yumbeado de "Negracha" o "La Cachila",
Fidel conmueve su pelaje y pierde su mirada lejos. Eso me anima un poco,
aunque al Piazolla de "Verano Porteño" mi gato no lo disfruta. Fidel, es
música con esencia y te hace ver a Buenos Aires desde el cielo, le digo
pero él ni se entera. Y me apena porque aún no aprendió que el tango es
una catarsis nostalgiosa y absurda, que de pronto irrumpe cabalgando un
silbido para hablarnos muy quedo, despacito, de nuestras plenitudes, sin
testigos. Porque el tango es el vino a solas, el sueño demolido, la mirada
de esa piba que a ráfagas retorna y a contraluz de todo pensamiento se adueña
del momento. Fidel, el tango es en voz baja. Nos trabaja por adentro su
rasguido de viola misteriosa si los gnomos del recuerdo nos llegan de costado,
versallescos, o cuando los olvidos olvidados retornan de rebrote y se apropian
al fin de nuestro cuerpo. Por eso el tango en alta voz y teatralero es una
grosería de recién venido; sin una confesión a solas cada tanto o deschavarle
a otro un "vos sabés como fueron esas cosas", sería una música más, carnestolenda.
En cambio, siempre nos vuelve el tango y no perdona...
Aunque ¿cómo contarle a un felino sin necesidades el enigma tanguero de
los derrotados, cigarrillo de lenta ceniza meditada, reloj de insaciable
desgarro? En cambio, oyendo el "Concierto Número Cuatro de Mozart" Fidel
se hace una fiesta. Levita leve y ligero, gato definitivo que se convierte
en dos sílabas sin cuerpo y vuela oyendo el sólo de corno de Dale Clevenger.
Y ya es bueno decirlo sin jactancias: mi gato tal vez sea un atigrado cualunque
cabezón y sin prosapia pero su gusto musical lo diferencia. Cualquier felino
puede ser un amante a hurtadillas, merodeador de habitaciones sin apenas
proyectar su sombra, clandestino de hacer silencios a su antojo y llevar
en sus ojos el secreto de la libertad, aunque sin pedantería, ninguno supera
a Fidel para disfrutar a Mozart en mi bemol mayor. [Ver
Eduardo Pérsico]
Un cuento de Spencer Holst, del libro homónimo, Ediciones de la Flor, 1995.
Spencer Holst (1926-2001) Se le conoció como el "Kafka de los barrios bajos de Nueva York". Leía sus historias en templos religiosos y en cafés literarios. Creador de fábulas contemporáneas que narra con una inocencia que paraliza los sentidos. Ganó el Premio Rosenthal, de la American Academy and Institute of Arts and Letters. A pesar de su muerte reciente es considerado ya una leyenda.
El idioma de los gatos
1
Hubo una vez un caballero.
Era un científico. Después de su nombre, venían letras.
Hablaba cien idiomas, del iroqués al esperanto.
Era autor de varios folletos sobre matemática astral.
Tenía treinta y cinco años, era autoritario y hablaba en voz baja.
Su hobby era jugar al ajedrez en un tablero tridimensional.
Su trabajo era el más dramático entre los eruditos, y el más frenético.
Las fuerzas armadas lo contrataban para descifrar claves, y durante la guerra
había hecho un trabajo brillante, pasando días enteros sin dormir. Los generales
se habían asombrado ante él porque varias veces -decían- había salvado,
literalmente, la guerra, al descifrar las claves maestras del enemigo. Y,
en verdad, eso significaba que había salvado al mundo.
Pero en toda su vida no pudo acordarse de poner los cigarrillos en los ceniceros,
así que todo el mobiliario estaba marcado con pequeñas quemaduras pardas.
Su mujer era rubia y menuda y delgada, y era un ama de casa muy prolija.
Él la arrastraba a la desesperación.
Él estaba siempre haciendo desastres en toda la casa, comiendo en el living,
dejando sus medias tiradas por el piso, sus zapatos en el alféizar de la
ventana; y, de vez en cuando, un pucho tirado sin apagar en el cesto de
papeles provocaba llamaradas; pero, afortunadamente, la casa estaba todavía
en pie.
Lo que hizo de su mujer una rezongona.
Ella le gritaba diez veces al día, hasta que él ya no lo pudo soportar;
no podía ni quería discutir con ella semejantes tonterías; su mente estaba
llena de fórmulas y cifras y extrañas palabras de idiomas antiguos, y, además,
era un caballero.
Un día, él la dejó. Hizo sus valijas y se fue a una casa de campo, ahí cerca,
en West Virginia, con un gato siamés.
2
El gato lo hipnotizaba.
Era un hermoso siamés de cola azul que hablaba mucho; es decir, maullaba,
maullaba, maullaba, maullaba todo el tiempo.
El sabio se sentaba en su cama y se quedaba mirándolo durante horas, mientras
el gato jugaba con pelotas de celofán y saltaba de la cama a la cómoda,
después al lavatorio, al piso y luego de vuelta, una y otra vez, a la cama.
De vez en cuando le daba un arañazo al aire.
De pronto se detenía y se dormía.
El sabio se sentaba y miraba esa pelota de piel gris pálido que respiraba
tranquilamente, y sus pensamientos divagaban por las insatisfacciones de
su vida.
Voltaire había dicho una vez que despreciaba todas las profesiones que debían
su existencia sólo al resentimiento de los hombres. Y la suya era por cierto
una de ellas.
Él había perdido todo interés en sus amigos, y en las mujeres. Encontraba
vacía y vulgar a la mayoría de la gente.
Algunas noches hacía la ronda de los bares, como buscando a alguien, sin
tan siquiera el éxito ocasional de emborracharse alguna vez. Los libros
lo hacían dormir.
Y finalmente el gato se convirtió en el centro de su vida, su única compañía.
Una noche, mientras estaba sentado mirándolo, creció en él un peculiar deseo.
Quiso comunicarse con él.
Decidió hacer algunos experimentos.
De modo que tapizó las paredes de su garaje con mil jaulitas y en cada una
de ellas puso un gato. La mayoría de los gatos los compró, a otros los recogió
directamente de la calle, y algunos hasta los robó a amigos casuales, tan
imbuido estaba este hombre de ciencia de su proyecto.
En un magnetófono empezó a recopilar todos los sonidos gatunos.
Grabó sus aullidos de hambre, distinguiendo entre los que querían atún y
los que querían salmón. Algunos querían pulmón, hígado o pájaros. Y todos
estos sonidos los archivó sistemáticamente en su creciente cintoteca.
Cuidadosamente, comparó el grito cuando era amputada una pata delantera
derecha, con el grito lanzado cuando se cortaba una pata delantera izquierda.
Registró todos los sonidos que los gatos hacían al aparearse, pelear, morir
y parir.
Entonces abandonó su trabajo gubernamental y comenzó a estudiar ansiosamente
los miles de gritos y ronroneos que había grabado y, después de un tiempo,
los sonidos empezaron a adquirir significado.
Después empezó a practicar, imitando sus registros hasta que dominó el vocabulario
básico del idioma.
Hacia el final, ensayó ronronear.
Nunca había experimentado con su propio gato. Quería sorprenderlo.
Una noche entró en su departamento, colgó su saco en el placard, como siempre,
se volvió hacia su gato y le dijo: "¡MIAU!".
3
![]() Una de las mejores y más efectivas maneras se saber que está pensando tu gato, es observar su cola. A continuación una tabla con algunos de los tantos mensajes que puedes descifrar. Fuente: Cats Inc. |
Así era como los gatos decían,
al encontrarse, "Buenas noches".
Pero el gato no se mostró sorprendido.
Contestó: "Mrrrrouarroau", que quiere decir: "Ya era hora".
El gato le hizo entender que lo ayudaría en las más complejas sutilezas
del idioma, que estaba bien al tanto de lodos sus experimentos, y que si
el hombre no prestaba atención a sus lecciones, sería mraur... ¡perdón!
Al deslizarse las semanas, el hombre descubrió, para su continuo asombro,
la fantástica inteligencia de su gato siamés.
Poco a poco, aprendió la historia de los gatos.
Miles de años atrás, los gatos tenían una tremenda civilización; tenían
un gobierno mundial que funcionaba perfectamente; tenían naves espaciales
y habían investigado el universo; tenían grandes plantas energéticas que
utilizaban una energía que no era atómica; no necesitaban ni radios ni televisión,
porque usaban una especie de telepatía y algunos otros portentos.
Pero una cosa que los gatos descubrieron fue que la importancia de cualquier
experiencia dependía de la intensidad con la cual era vivida.
Se dieron cuenta de que su civilización se había vuelto demasiado compleja,
de modo que decidieron simplificar sus vidas.
Por supuesto, no pretendieron tan sólo "volver a la naturaleza" -eso habría
sido demasiado-, así que crearon una raza de robots para que los cuidaran.
Estos robots eran un progreso, mecánicamente estaban por encima de cualquier
cosa producida por la naturaleza.
Un par de sus más grandes inventos fueron el "pulgar oponible" y la "postura
erguida".
No quisieron molestarse en arreglar los robots cuando se rompían, de modo
que les dieron una inteligencia elemental y la facultad de reproducirse.
Por supuesto, nosotros somos los robots a los que el gato se refería.
Y ahora el científico entendió por qué los gatos habían parecido siempre
tan desdeñosos de sus amos.
El gato le explicó que ellos no temían a la muerte; en verdad, vivían vidas
constantemente apasionadas y heroicas, y cuando estaban bien preparados,
cuando les llegaba la hora, daban la bienvenida a la muerte.
Pero no querían una muerte atómica.
Y los robots habían desarrollado una mezquina e irracional actitud hacia
los ratones.
"Se nos ocurrió que bastaría barrer con la raza, pero entonces tendríamos
que volver a tomarnos el trabajo de crear una nueva", dijo el gato (a su
manera, por supuesto), "de modo que decidimos intentar algo que, francamente,
muchos gatos pensaron que sería imposible: ¡enseñarle a un robot cómo hablar
el idioma de los gatos, para que pudiera transmitir nuestras órdenes al
mundo!"
"Te elegimos a ti", dijo el gato condescendientemente, acaso como le hablarían
nuestros científicos a un mono al que hubieran enseñado a hablar, "porque
de todos los robots nos pareciste el más promisorio y receptivo, y la mayor
autoridad en tu pequeño terreno".
El gato le dio al hombre una lista de reglas, que él copió en un pedazo
de papel.
Las reglas eran:
NO PATEES A LOS GATOS.
NADA DE GUERRAS ATÓMICAS.
NADA DE TRAMPAS PARA RATONES.
MATA A LOS PERROS.
"Si el mundo no obedece estas reglas, simplemente eliminaremos la raza",
dijo el gato, y después cerró sus ojos y bostezó y se estiró e inmediatamente
se quedó dormido.
"¡Espera un momento! ¡Despiértate! ¡Por favor!", rogó el hombre, tocando
tímidamente al gato en la frente.
"¡Déjame dormir!", gruñó el gato. "Tienes un trabajo que hacer. ¡Hazlo!"
"Pero yo no puedo llevarle estas reglas a la gente y decirle que un gato
me las dio. ¡Nadie me creería!
El gato frunció el ceño y dijo: "¿Y si te diéramos una pequeña demostración
de nuestro poder? Entonces la gente comprendería que esto no es una broma.
En una semana a partir de hoy, haré que algunos gatos atraviesen Moscú y
Washington desparramando un gas que enloquecerá a todos durante veinticuatro
horas. El gas desatará todos sus impulsos destructivos. No se harán daño
entre sí, pero destruirán todo aquello a lo que puedan echar mano, todos
los edificios, puentes, obras públicas, todos los documentos y hasta todas
sus ropas".
Entonces el gato bostezó de nuevo y se volvió a dormir.
El hombre, con la lista de reglas en la mano, salió a la calle para hacer
lo que le habían indicado, pero primero, y apenas si sabía lo que estaba
haciendo, una extraña malicia iluminó sus ojos al pensar en sus vecinos.
Abrió las mil jaulas.
4
Una brisa de octubre lo golpeó en la cara, hojas del color de la llama crujieron
bajo sus pies, el sol poniente enrojeció todo con sus últimos, espléndidos
rayos, los ruidos callejeros invadieron sus oídos como en un sueño, y una
campana tañía patéticamente ante la proximidad de la negra noche de invierno,
o así le pareció a él mientras caminaba, marcado por la tremenda responsabilidad
que le habían conferido, con su mente girando en grandes círculos, encontrando
desesperadamente poesía y hermosura en las grietas de la acera, en las rayas
de las insignias de los barberos, en los fragmentos de conversaciones de
muchachitas que oía al pasar junto a ellas, en los ofensivos olores de las
latas de basura, con la totalidad de la escena ciudadana que realmente él
nunca había advertido antes y por la cual había transitado a ciegas, con
los ojos vueltos hacia adentro, en su trabajo, pero que ahora tragaba a
grandes sorbos con regocijada ansiedad: ¡pero si tan sólo pudiera escapar!
Para escapar de su fantástico deber para con el mundo, se perdía en todas
sus bellezas, pero este nuevo mundo que él veía era visto por otros, estoy
seguro, que se hallaban en situaciones muy distintas, y como es este extraño
mundo que él veía el que estoy tratando de describir, haré un digresión
momentánea: imagínense a un chico en Inglaterra, un par de siglos atrás,
que hubiera robado un pedazo de pan o un pañuelo o una media corona, y a
quien algún juez severo y estúpido hubiera mandado a prisión, para hacerse
hombre en la cárcel, sin conocer nunca la suavidad de una mujer, sin conocer
nunca una comida dada con amor, sin probar nunca una golosina, sin ver nunca
un espectáculo, o cualquiera de nuestros placeres más comunes; al ser liberado,
podemos fácilmente imaginar su asombro, deleite y terror, su gran ansia
de tocar a cuanta chica encuentra, su necesidad de un amor paciente y de
interminables explicaciones (pues él no entendería casi nada de nuestro
mundo libre), y que, al no encontrar una persona con tal paciencia, pronto
estaría de vuelta en la prisión; pero todo eso está fuera de la cuestión,
la cuestión es que el mundo de este científico que escapa de su responsabilidad
y el mundo del muchacho que acaba de ser rudamente vomitado de una cárcel,
se verían igual; y así, para comprender cómo aparecía esta noche de octubre
a través de su mareo y su confusión, imagínense cómo se le aparecería el
mundo a una persona después de terminar una condena tan ridículamente larga
y sin sentido.
5
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Las luces empezaron a titilar
a medida que la oscuridad descendía.
Un convertible color crema, dentro del cual cuatro estudiantes secundarios
borrachos estaban cantando alegremente y gritándole profusamente a los transeúntes,
de pronto se salió de la calzada, arrancó la tapa de una toma de agua, arrojó
a dos de los muchachos a través de la vidriera de una joyería, lanzó a otro
a veinte pies por el aire, haciéndolo aterrizar sobre su espalda y encima
del pavimento, y dejó al otro, el único sobreviviente, gimiendo miserablemente
con costillas rotas contra el volante; las llamas brotaron de abajo de esa
ruina retorcida que abruptamente se detuvo sobre el hidrante roto; el agua
empapó la parte de atrás del automóvil pero no tocó la parte delantera en
llamas.
Una multitud excitada empezó a congregarse alrededor de la catástrofe y
a devorar, hambrienta, el espectáculo.
El científico, que estaba del otro lado de la calle, testigo de todo el
accidente, lo vio como si fuera un accidente en el cine, y continuó su deambular
entre sueños y sin meta; y aferraba en su puño la lista de reglas, aunque
ni se daba cuenta de ello, tan perdido estaba en los hermosos movimientos,
luces y ruidos de la ciudad.
Aunque todavía caminaba, su mente volvió a sumergirse en él mismo, y se
preguntó a quién diablos le llevaría esas reglas: no conocía al Presidente,
y cualquier funcionario al que le hablara se le reiría, sin duda.
Reflexionó largamente sobre este problema.
Volvió a asomarse al mundo de afuera y descubrió con sorpresa que estaba
frente a su antigua casa.
Las luces estaban prendidas. Desde el día en que se fue, no se había comunicado
con su mujer. Enderezó por el angosto sendero y entró en la casa sin llamar,
por hábito, como lo había hecho siempre.
Su mujer tenía el sombrero puesto.
"¡Vete de aquí!", le gritó. "¡Tengo una cita! ¡No quiero volver a verte
nunca!"
El científico echó una mirada a su antigua casa. Todo estaba igual. Hasta
los muebles estaban colocados de la misma manera prolija, nítida.
¡Los muebles! Estos muebles habían sido los causantes de la separación.
Ella amaba más a sus muebles que a él.
Él agarró un florero. Ella amaba este florero más que a él. Él lo tiró contra
la pared.
¡Smash!
Su mujer gritó.
Enseguida, esta silla antigua que a ella le gustaba tanto.
¡Smash!
Se rompió en tres pedazos.
Él tiró la lámpara por la ventana.
¡Crash!
"¡Basta!", gritó su mujer. "¿Estás loco?"
Él fue a la cocina y tomó un cuchillo, tirando algunos ceniceros en el suelo
y derribando la biblioteca que se le interpuso en el camino, y empezó a
destripar las sillas tapizadas.
"¡Basta! ¡Basta!", gritó su mujer, ahora histérica y sollozante.
Pero el científico apenas si la escuchaba. Estaba desgarrando, rompiendo,
arrancando, destrozando, demoliendo, en verdad, en un frenesí de rabia más
poderoso que las lágrimas de ella, todos los muebles de la casa.
Después se detuvo.
Y ella dejó de llorar.
Sus ojos se encontraron y cayeron el uno contra el otro, más enamorados
que nunca.
La violenta escena de alguna manera los había cambiado a ambos. Los ojos
del hombre estaban claros ahora, y su ceño había perdido la gravedad. La
voz de ella era suave y cálida.
Después el hombre se acordó de los gatos y de lo que iban a hacer.
"Vámonos de Washington por un tiempo. Vámonos en una segunda luna de miel.
Agarremos el auto y vámonos al oeste, a las montañas, alejémonos de todo
y de todos. Encontraremos algún lugar salvaje y viviremos allí. No me hagas
preguntas. Haz lo que te digo".
Ella hizo lo que él le decía, y una hora después estaban saliendo de Washington
rumbo al oeste.
"¡Querido!", le dijo su mujer súbitamente. "¡Vamos a tener que volver!"
"¿Por qué?"
"¿No tienes un gato siamés en tu casa de campo? Se morirá de hambre. No
puedes dejarlo encerrado ahí. Y si volvemos, podrás recoger alguna ropa.
Parece tonto comprar ropa nueva cuando todo lo que tenemos que hacer es
volver a la casa de campo".
"¡Mira!", le dijo su marido, apretando el acelerador, aumentando perceptiblemente
la velocidad del coche. "¡Ese gato puede cuidarse a sí mismo!"
6
Viajando en etapas, les llevó tres días y medio llegar al linde de las montañas,
donde compraron un rifle, mochilas, bolsas de dormir, utensilios de cocina
y toda la parafernalia que necesitarían para vivir fuera de la civilización
por un tiempo. Empezaron su viaje a pie, sudando y gruñendo bajo el peso
de sus mochilas.
Por un par de meses no vieron a otro ser humano.
Pero en una ocasión, mientras caminaban a corta distancia de su campamento,
se encontraron con un gato montés.
El gato montés gruñó amenazadoramente.
El hombre había dejado su rifle en el campamento.
El gato montés estaba entre ellos y el campamento.
Así que el hombre de ciencia empujó a su esposa detrás de él y empezó a
gruñir y miaurra-miauuuu.
Durante varios minutos hablaron, y luego el gato montés se dio vuelta y
escapó.
"Querido, ¿qué estabas haciendo? Parecía como si realmente estuvieras hablando
con ese gato montés".
Y así el hombre le contó toda la historia de cómo había aprendido a hablar
el idioma de los gatos, y que ahora probablemente Washington y Moscú estarían
en ruinas, y pronto toda la raza humana sería destruida.
Explicó que había sido demasiado. La raza humana no valía la pena. Y así,
él había resuelto alejarse de todo y obtener la pequeña felicidad que pudiera
de esos pocos días restantes.
"No tengo idea de cómo o cuándo los gatos nos destruirán, pero lo harán,
porque tienen poderes que nunca podríamos imaginar", y su voz se apagó con
tristeza. Ella lo tomó de la mano y volvieron lentamente a su campamento.
Ahora ella entendía los ojos brillantes de él y esta nueva energía que tenía,
su nueva juventud -su locura se le estaba volviendo aparente ante ella-;
y, encontró raro que, aun así, lo amara más ahora que antes.
7
Un par de semanas más tarde, estaban sentados junto al fuego de su campamento.
La nieve los rodeaba, y mientras el científico miraba las estrellas en silencio,
la mujer tuvo frío y empezó a temblar. Por fin se puso de pie y empezó a
caminar de arriba abajo.
"¿Qué día es hoy?"
"No sé", contestó el hombre, ausente.
"Debemos de estar cerca de Navidad", dijo ella.
El hombre la miró, penetrante, y después se puso pensativo. Pocos minutos
más tarde saltó sobre sus pies y gritó: "¿Qué fue eso? Oí ruidos".
Su mujer escuchó por un instante y respondió:
"Yo no oí nada".
"¡Oye! ¡Ahí está otra vez! Son como cascos de caballos".
"Pero, querido, yo no oigo nada".
"Bueno, ¡saldré a ver qué es!", dijo su marido con decisión.
Y salió a la oscuridad.
Su mujer lo oyó hablar en voz alta, como con alguien, pero no escuchó otras
voces. Lo llamó: "¡Querido! ¿Quién está ahí? ¿Con quién estás hablando?"
Él le contestó a los gritos: "Nada, está bien. Es Papá Noel, nada más. Los
que oímos eran sus renos".
Su mujer se dijo a sí misma, tristemente: "Para qué le voy a decir que no
hay Papá Noel".
8
Él volvió con una planta verde, un cactus que obviamente había arrancado
de la nieve, y con una gran reverencia de viejo estilo se la entregó, diciéndole:
"Papá Noel me dio esto para que yo te lo diera a ti como regalo de Navidad.
Se molestó en venir expresamente hasta acá, a fin de que no te quedaras
sin tu regalo".
Ella tomó la planta en sus manos y se acercó más al fuego. Estas ráfagas
de locura la aterraban, ¿o era que él bromeaba, simplemente? ¿O es que era
galante? Lo miró; él miraba fijamente más allá de las montañas, hacia aquellas
estrellas lejanas. Cuán noble y loco parecía. Pero entonces el terror la
tocó nuevamente, y ella dijo, con bastante timidez: "Sabes, querido, cuando
estábamos en casa, cuando te enfurecías tanto, fuiste muy bueno al no pegarme".
Él la miró un instante, un poco incómodo, pero guardó silencio y volvió
a mirar el horizonte.
"Pero, claro -agregó ella-, no tenía por qué preocuparme. Eres tan caballero".
Poco después de esto, volvieron a la civilización. Moscú y Washington no
estaban en ruinas.
Y, para gran asombro de su mujer, resultó que su marido no estaba loco:
el loco era aquel gato siamés. Descubrieron su cadáver en la casa de campo:
había muerto de hambre.
Porque hay un idioma de los gatos, pero todos los gatos siameses son locos:
siempre están hablando de telepatía mental, poderes cósmicos, tesoros fabulosos,
naves espaciales y grandes civilizaciones del pasado, pero no son más que
maullidos; son impotentes: ¡sólo maullidos!
¡Maullidos!
¡Maullidos!
¡Maullidos!
¡Maullidos!
Maullidos...
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