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COSAS RARAS |
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18-09-76

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En
el año 2002, Clint Mathis, estrella del fútbol de los Estados Unidos,
anunció que su selección iba a ganar el campeonato del mundo. Era lógico,
era natural, como él explicó, “porque nosotros somos el país líder en
todo”. El país líder en todo entró en octavo lugar.
En el fútbol ocurren cosas raras. En un mundo organizado para la cotidiana
confirmación del poder de los poderosos, nada hay más raro que la coronación
de los humillados y la humillación de los coronados; pero en el fútbol,
a veces, esa rareza se da.
Sin ir más lejos, en el año 2004 un club palestino fue campeón de Israel,
por primera vez en la historia, y por primera vez en la historia un
club checheno fue campeón de Rusia. Y en la Olimpíada de Grecia, la
selección de fútbol de Irak, en plena guerra, venció varios partidos
y llegó a disputar las semifinales del torneo, de sorpresa en sorpresa,
contra todo pronóstico y contra toda evidencia, y fue la número uno
en el fervor popular.
El club árabe Bnei Sakhnin y el club checheno Terek Grozny, flamantes
campeones de Israel y de Rusia, tienen algunas cosas en común con la
selección nacional de Irak.
Se trata de equipos que de alguna manera representan a pueblos que no
tienen el derecho de ser lo que quieren ser, que padecen la maldición
de vivir sometidos a banderas ajenas, despojados de su soberanía, bombardeados,
humillados, empujados a la desesperación.
Y no me refiero sólo a la comunión que el hincha celebra con su club cada domingo desde las tribunas del estadio, sino también, y sobre todo, al juego jugado en los potreros, en los campitos, en las playas, en los pocos espacios públicos todavía no devorados por la urbanización enloquecida.
Enrique Pichon-Rivière, psiquiatra argentino, amoroso estudioso del dolor humano, había comprobado la eficacia del fútbol como terapia de laspatologías derivadas del desprecio y de la soledad. Este deporte compartido, que se disfruta en equipo, contiene una energía que mucho puede ayudar a que aprendan a quererse los despreciados y a que se salven de la soledad los que parecen condenados a incomunicación perpetua.
Es muy reveladora, en este sentido, la experiencia en Australia y en Nueva Zelanda. Allí, las lenguas nativas no conocían la palabra “suicidio”, por la sencilla razón de que el suicidio no existía en la población aborigen. Al cabo de algunos siglos de racismo y marginación, la violenta irrupción de la sociedad de consumo y sus implacables valores han logrado que los indígenas elijan ahorcarse. En estos últimos años, sus niños y jóvenes han registrado los índices de suicidios más altos del mundo.
Ante ese panorama aterrador, de tan profundas raíces, de raíces tan rotas, no hay fórmulas mágicas de curación. Pero por algo coinciden los testimonios de la linda gente que trabaja contra la muerte. Son sorprendentes los resultados de esta terapia capaz de devolver los perdidos sentimientos de pertenencia y fraternidad: el deporte, y sobre todo el fútbol, es uno de los pocos lugares que brindan refugio a quienes no encuentran lugar en el mundo, y mucho contribuye al restablecimiento de los lazos solidarios rotos por la cultura del desvínculo que hoy por hoy manda en Australia, en Nueva Zelanda y en el mundo.
No es un milagro químico. Están dopados por el entusiasmo y la alegría. Mejor dicho: dopadas. Los once jugadores de cada equipo son mucho más que once. Mejor dicho: las once jugadoras. En ellos, juega un gentío. Mejor dicho: en ellas. Estos son rituales de afirmación de los humillados. Mejor dicho: las humilladas.
Poquito a poco,
el fútbol de las mujeres ha ido ganando un espacio en los medios
dedicados a la difusión de ese deporte de machos para machos,
que no sabe qué hacer con esta imprevista invasión de tantas
señoras y señoritas.
A nivel profesional, el desarrollo del fútbol femenino encuentra,
hoy por hoy, cierta resonancia. Pero no encuentra eco ninguno,
o despierta ecos enemigos, en el juego que se practica por el
puro placer de jugar.
En Nigeria, la selección femenina es un orgullo nacional. Disputa
los primeros lugares en el mundo. Pero en el norte musulmán
los hombres se oponen, porque el fútbol invita a las doncellas
a la depravación. Pero terminan por aceptarlo, porque el fútbol
es un pecado que puede otorgar fama y salvar a la familia de
la pobreza. Si no fuera por el oro que promete el fútbol profesional,
los padres prohibirían esas ropas indecentes impuestas por un
satánico deporte que deja a las mujeres estériles, por lesión
de juego o castigo de Alá.
En Zanzíbar y en
Sudán, los hermanos varones, custodios del honor de la familia,
castigan con palizas esta loca manía de sus hermanas que se
creen hombres capaces de patear una pelota y que cometen el
sacrilegio de descubrir el cuerpo. El fútbol, cosa de machos,
niega a las mujeres campos de entrenamiento y de juego. Los
hombres se niegan a jugar contra las mujeres. Por respeto a
la tradición religiosa, dicen. Puede ser. Además, ocurre que
cada vez que juegan, pierden.
En Bolivia, al otro lado del mar, no hay problema. Las mujeres
juegan al fútbol, en los pueblos del altiplano, sin desnudar
sus numerosas polleras. Se meten encima una camiseta de colores
y ahí nomás se ponen a hacer goles. Cada partido es una fiesta.
El fútbol es un espacio de libertad abierto a las mujeres llenas
de hijos, abrumadas por el trabajo esclavo en la tierra y los
telares, sometidas a las frecuentes palizas de sus maridos borrachos.
Juegan descalzas. Cada equipo triunfante recibe de premio una
oveja. El equipo derrotado, también. Estas mujeres silenciosas
ríen a lascarcajadas todo a lo largo del partido y después siguen
muriéndose de la risa todo a lo largo del banquete. Festejan
juntas, vencedoras y vencidas. Ningún hombre se atreve a meter
la nariz.