Vida cotidiana en los 70: morir dos
veces
Por Pablo Makovsky / El Ciudadano
La noche del lunes 7 de setiembre de 1970 la policía encerró a Fernando Abal
Medina, buscado por la ejecución del ex dictador Pedro Eugenio Aramburu –tres
meses antes–, junto con Carlos Ramus en un bar de William Morris, en el Gran
Buenos Aires, y lo mató a tiros. Desde entonces Norma Arrostito, una de las
fundadoras del grupo inicial de Montoneros, quedó viuda. Nacida en un hogar
humilde, antiperonista y marxista, Arrostito ocupó un lugar destacado en la
agrupación guerrillera por su formación política y por su relación sentimental
con Abal Medina, siete años menor que ella y por quien rompió su anterior
matrimonio, tal como lo releva Gabriela Saidón en La montonera. Biografía de
Norma Arrostito. En el libro, la autora tampoco dejar pasar ciertos matices en
los que se cruzan, antes que el testimonio mismo de quienes sobrevivieron a la
biografiada, la dimensión privada y la histórica. El efecto final es un relato
en el que, tras la severa investigación histórica, resplandece algo así como la
escena mítica de la época: entre 12 apóstoles, Arrostito y su pareja fundan un
movimiento que pocos años más tarde llenaría la Plaza de Mayo, y entre el año
1976 y el domingo 15 de enero de 1978, cuando es asesinada en la Escuela de
Mecánica de la Armada (Esma), donde estaba secuestrada, es ostentada como trofeo
de los torturadores, quienes la exhibían a los recién caídos para quebrarlos.
Norma Arrostito, "Gaby", según el apodo con el que la recuerda su amiga Antonia
Canizo, fue dada por muerta el 2 de diciembre de 1976. "Esther Norma Arrostito
de Roitvan. Nació en la Capital Federal el 17 de enero de 1940. Cédula de
identidad 4.714.123. Casada con Rubén Roitvan. Separada. Luego compañera de
Fernando Luis Abal Medina. Profesión: maestra". Con esos datos la revista Gente
de esa época informaba la falsa muerte de la montonera. Como para que no
quedaran dudas de que la publicación no se contentaba con la mera información,
la nota –tal como transcribe Saidón– cerraba: "Entre el 24 de marzo y el 6 de
diciembre de 1976, fueron muertos 624 guerrilleros. Llegar a esa cifra, a ese
umbral de la victoria, no fue fácil. Costó mucha sangre de oficiales, de
soldados, de policías. El país no debe olvidarlo". Menos enfáticos, desde el
Buenos Aires Herald hasta Clarín, la mayoría de las publicaciones de la época
celebraron la farsa de la muerte de Arrostito, condenada por la confesa
ejecución del ex dictador en el recordado número de la revista La causa
peronista del 3 de setiembre de 1974 (el título de tapa era: "Mario Firmenich y
Norma Arrostito cuentan cómo murió Aramburu"). Pero no estaba muerta y en el
difundido episodio sobre su final (una emboscada en Lomas de Zamora), la mujer
que fue fusilada a modo de carnada para los vecinos había sido otra.
Desde ese día Arrostito comenzaba a vivir sus cuatrocientas diez noches en la
Esma. Era el final de una mujer que había conocido la clandestinidad y se había
tragado con el estoicismo militante y militar que imponía su condición la muerte
de su pareja, la soledad y el aislamiento.
Antonia Canizo era una de las 15 jóvenes que entre varios nombres propuestos
eligieron "Montoneros" para su agrupación. "En general era coqueta –cuenta
Canizo de Arrostito en el capítulo 4 del libro–. Le gustaba estar bien vestida.
Era sencilla pero se arreglaba". En estos detalles, en la descripción de la
reticencia a los gestos cariñosos en público con su pareja, en el préstamo
casual de una camisa de mujer, La montonera gana también cierto espesor que
acaso no es ni melodramático ni testimonial, pero alumbra sobre ese cono de
sombra que proyecta una época en la que, según se ha entendido, hasta los deseos
más privados eran traducidos a la escena social o comunitaria.
La misma Canizo desmiente la imagen de una Arrostito acosada sexualmente por los
líderes montoneros ("¿Qué otra cosa podías decir de ella?" para "ensuciarla") e,
incluso, por el segundo al mando de la Esma, Rubén Jacinto Chamorro, el Delfín,
quien la visitaba ostentosamente en su "camarote" y mantenía largas charlas con
ella, "cosas de la vida", tal como recuerda en el libro otra sobreviviente.
Pero en los últimos meses en la Esma, aquella mujer que asomó a la vida pública
de la mano de unos proclamados visionarios, se convirtió al catolicismo y "se
volcó al estudio y la práctica del Tarot", según lo recuerda Juan Gasparini en
La montonera. Así, como una Sherezade proletaria de unas tétricas Mil y una
noches, Arrostito demora la muerte a la que todos la ven condenada con profecías
y adivinanzas que van a pedirle sus propios verdugos.
Los libros que ofician de marco, y en algunos casos Saidón pone a "dialogar" con
esta biografía, son muchos y variados, desde la semblanza de Galimberti de
Marcelo Larraquy y Roberto Caballero, el intenso y lúcido Ese infierno, Munú
Actis, Cristina Aldini, Liliana Gardella, Miriam Lewin y Elisa Tokar; las
inevitables páginas de Martín Caparrós y Eduardo Anguita en La Voluntad; las
reflexiones de Beatriz Sarlo en La pasión y la excepción, entre otros, y los
conceptos de Hannah Arendt sobre "la banalidad del Mal". El material
bibliográfico le sirve a la autora para arriesgar las mejores páginas, fundadas
en interpretaciones que el esquema testimonial del volumen a veces opaca.
Fuente: www.elciudadano.com.ar
A
30 años del asesinato de Norma Arrostito
El 15 de enero de 1978 asesinaban a la militante Norma Arrostito, una de las
fundadoras de la organización Montoneros. Desde principios de diciembre de
1976 permaneció secuestrada en la Escuela Superior de Mecánica de la Armada
(ESMA), aunque los medios habían difundido la versión montada por las
fuerzas armadas de que había sido acribillada en Lomas de Zamora. A 30 años
de su asesinato y desaparición, su historia sigue albergando mitos.
Por Luciana Bertoia (ANRed)
Su nombre empezó a resonar antes del invierno de 1970. Su cara comenzó a ser
reconocida para esa época también. Innumerables carteles poblaban la ciudad
señalándola a ella, única mujer, y a otros compañeros por el ajusticiamiento
del general golpista Pedro Eugenio Aramburu. Así el nombre de Norma Esther
Arrostito comenzó a hacerse popular en la vida política argentina. Era, ni
más ni menos, la primera mujer que participaba de una acción de la guerrilla
urbana.
Desde ese 29 de mayo de 1970, día en que un comando que luego se dio a
conocer como Montoneros secuestró al dictador de la Revolución fusiladora-
como la nombraría Rodolfo Walsh-, hasta el 15 de enero de 1978 cuando era
cobardemente asesinada en la Escuela de Mecánica, Arrostito fue tenazmente
perseguida por las fuerzas represivas como una presa más que valiosa.
Militancia
Norma Arrostito nació el 17 de enero de 1940
en Capital Federal. Como en toda familia no escaseaban las paradojas: El
padre era anarquista y la madre, una católica devota. Tenía una hermana
menor, Nora Nélida. Para sus veinticuatro años Norma se había casado con
Rubén Roitvan con quien compartió la militancia en el Partido Comunista
(PC), especialmente en la Federación Juvenil Comunista, la "Fede". En 1965,
Arrostito dejó el PC e ingresó a Acción Revolucionaria Peronista (ARP), la
organización fundada por John William Cooke y Alicia Eguren. A través de
diferentes contactos empezó a acercarse a un grupo de jóvenes vinculados a
Cristianismo y Revolución, la publicación de Juan García Elorrio. De allí
surgirá el comando Camilo Torres que adquirirá notoriedad al irrumpir en
1967 en la Catedral Metropolitana. Aunque Arrostito no sería parte de esa
acción. "Ella no participa en el Tedeum, eso le tocó a los cristianuchis del
elenco. No participó toda la multitudinaria fuerza del Camilo Torres en ese
hecho", bromea Graciela Daleo.
Para esa época ya había quedado atrás su matrimonio con Roitvan. Ya en esos
días, Norma era la compañera de Fernando Abal Medina, el primero en la
conducción de Montoneros. "Primero, lo conozco a Fernando por este
acercamiento a la revista Cristianismo y Revolución. Aparte, porque él
estaba vinculado a los pibes con los que yo había estado en la misión en el
norte de Santa Fe. Y a Norma la conozco como Paula ya en el comando Camilo
Torres, sabiendo que era la novia de Fernando", recuerda Daleo. Paula,
primero; Gaby, después serían los nombres con que la actividad militante
bautizaría para siempre a Norma Arrostito.
"Gaby no tenía formación religiosa. Tenía formación marxista. Ella decía que
era atea. Yo le decía que era atea, gracias a dios. Ella siempre fue muy
respetuosa de nuestras posturas creyentes. Nosotros- incluido Fernando-
llegamos a posturas políticas a través del evangelio, en última instancia",
aporta Antonia
Canizo- quien también participaba del Comando Camilo Torres. Y agrega: "Ella
no hablaba de Carlos Marx. Ella tenía las herramientas del marxismo para el
análisis de la realidad, que es un poco lo que nos enseñó. Más que con la
teoría, lo enseñaba con el modo en que ella analizaba los hechos y las
circunstancias".
De esas reuniones de formación y actividades de agitación se fue cerrando lo
que sería el grupo fundador de Montoneros, la organización que se daría a
conocer con el ajusticiamiento del general de la autodenominada Revolución
Libertadora. Para ese momento, la organización estaba compuesta por poco más
de una docena de militantes y de esa acción participaron diez. Aramburu fue
condenado y ejecutado. Sin embargo, a pesar del éxito inicial de la
operación- ese hecho sirvió como detonante de una etapa en la que se
entremezclaron persecuciones, clandestinidad, asesinatos y - más tarde-
desapariciones. Sin lugar a dudas, el golpe más brutal que le tocó padecer a
Arrostito fue el asesinato de su compañero, Fernando Abal Medina, y de
Carlos Gustavo Ramus el 7 de septiembre de 1970 en una pizzería de William
Morris.
"Después del hecho de Aramburu, yo lo veo a Fernando dos veces. Él tenía la
llave de mi casa, él ha pasado por allí varias veces. Lo dejo de ver una
semana antes de que caiga. Después de la muerte de Carlos y Fernando pierdo
todo el contacto y cuando lo retomo, lo hago con la hermana de Norma y,
después, con ella", relata Canizo. "Sé que estuvo muy mal los primeros días
después de la muerte de Fernando. Porque aparte no se podía mover". No sólo
porque era la guerrillera más buscada sino porque era la única mujer que
había participado de la acción: "En ese momento, aparece un cartel en el que
hay cuatro varones y una mujer. Entonces, era mucho más difícil esconder a
la única mujer. Por eso, a ella durante dos meses largos la mantienen en un
encierro preventivo".
El asesinato de Ramus y, especialmente, el de Abal Medina golpearon a
Arrostito. "Estuvo muy mal porque no solamente era la muerte de Fernando,
una cuestión de pareja sino que era un golpe muy fuerte a la organización",
explica Canizo. Sin embargo, la certeza de que la lucha que se había
emprendido continuaba y más fuerte aún, volvió a ponerla de pie. "Cuando yo
la reencuentro, compruebo que sigue con la firmeza de siempre y
consustanciada con el proyecto de su militancia, de su lucha". Arrostito
seguía a pesar del dolor "cargándose la primavera", como canta Joan Manuel
Serrat. "Cayéndose y volviéndose a levantar, la montonera".
Llegó el fin de la autoproclamada Revolución argentina, el luche y vuelve
estaba dando sus frutos. "En los años 71, 72 y 73- que era la época en la
que estaba muy fresco lo de Aramburu- yo me encontraba en la pizzería Las
carabelas de Lomas con ella. Y puedo asegurar que el que la quería
reconocer, la podía reconocer porque estaba con su pelito de siempre. Era
una persona sencilla y prolija", afirma Canizo. Para esa época, Arrostito ya
estaba desempeñándose en la columna sur de Montoneros, tal como apunta:
"Ella comienza a trabajar con la gente de zona sur antes de la euforia
camporista". Sin embargo la "primavera" fue más efímera que nunca. Al
tiempo, las persecuciones se agudizaron y la noche se volvió infranqueable.
Los desencuentros con Juan Domingo Perón y el asedio lanzado a la izquierda
peronista devolvió a Montoneros a la noche, una noche que se presumía y se
comprobó muy larga.
La caída
Corría el año 76. Las caídas de militantes se daban por doquier. Pero el 3
de diciembre los titulares daban un anuncio escalofriante. Los principales
diarios argentinos destacaban ese día en sus primeras planas que una de las
líderes de la organización revolucionaria Montoneros, Norma Arrostito, había
sido "muerta durante un procedimiento" en el partido bonaerense de Lomas de
Zamora.
Nada parecía contradecir la información de la que se hacían eco los
matutinos. Un parte militar proveía datos precisos: "El Comando de la Zona 1
informa que como resultado de las operaciones de lucha contra la subversión
en desarrollo, fuerzas legales llevaron a cabo una operación el día 2 de
diciembre, a las 21 horas, en (Manuel) Castro y Larrea, de la localidad de
Lomas de Zamora. En esa oportunidad fue abatida la delincuente subversiva
Esther Norma Arrostito de Roitvan, alias Norma, alias Gaby, una de las
fundadoras y cabecillas de la banda autodenominada Montoneros."
|
|
El diario La Razón daba precisiones acerca de
los sucesos que habrían tenido lugar en el sur del Gran Buenos Aires. "El
escenario del tiroteo fue una pared medianera, que circunda a un taller
mecánico, a pocos centímetros de la puerta de acceso al establecimiento. Tan
cerca fueron los disparos que varios de ellos pasaron el portón de hierro e
hicieron trizas el parabrisa y ventanillas de la camioneta Citröen,
estacionada en su interior. Según la misma fuente, desde hora más temprana
varias personas que no se identificaron, exhibían en los comercios del
barrio fotos de una mujer, preguntando dónde se alojaba. Presumen que era
Arrostito".
Sin obviar términos propios de la jerga castrense, el medio gráfico que
dirigía Patricio Peralta Ramos agregaba: "La terrorista estaría en alguna
casa de las inmediaciones que no fue allanada, porque las fuerzas combinadas
sabrían que en el lugar no había reunión de elementos subversivos, sino que
se trataría del domicilio de algún familiar de la mujer muerta. Asimismo,
indicaron los vecinos, que el foco de la luz de mercurio-único en la cuadra-
fue destrozado a balazos poco antes de que se produjera el enfrentamiento".
A casi 32 años, una mujer que vive a media cuadra de los sucesos recuerda
aquel día: "Eso fue una noche. Cerraron todas las calles y me acuerdo que mi
marido tenía que entrar y no lo dejaban pasar. Hicieron todo ese operativo,
pero era todo mentira". La desconfianza que no aparecía en los diarios se
esparcía entre los vecinos. Para ellos era claro que algo no cerraba en la
versión oficial. "Creo que ni tiraron ningún cuerpo. Porque a la gente que
vivía enfrente, los hicieron tirar al suelo para que no miraran por la
ventana. Después, llegó una ambulancia; se vieron unas manchas de sangre
contra la pared y nada más", narró la mujer a esta cronista.
El 9 de diciembre aparecía en los kioscos de diarios, la revista Gente con
una tapa muy elocuente. Una de las fotos de Arrostito publicadas en 1970
tras el ajusticiamiento del general Pedro Eugenio Aramburu llevaba un sello
con la leyenda de: MUERTA (2/12/76- 21 horas). La primera plana dejaba en
evidencia que el asesinato de los opositores era una mera cuestión
burocrática para los militares en el poder. Y, también, que ciertos sectores
de la prensa aplaudían esa metodología.
Al igual que Gente, casi ninguno de los diarios argentinos se privó de
festejar las "hazañas" logradas en ese mes por las "fuerzas legales". La
Razón, se jactaba de los "golpes a la subversión"; La Opinión se
enorgullecía: "Algo huele mejor en la Argentina".
Mientras los medios de comunicación resaltaban los logros de las fuerzas
represivas, los militantes sufrían la peor de las cacerías. "Por esos días,
Norma estaba muy preocupada con las caídas, como todo el mundo. Trataba de
cuidarse lo más posible. Era muy prudente, no era un cuadro que no le daba
bolilla a las cosas de seguridad", comenta Antonia Canizo cómo Arrostito
vivía los tiempos previos a su secuestro. "Era muy loca la situación porque
ella se estaba mudando permanentemente, cambiando de casa. Porque cuando
caía una casa, había despejar todo y pasar a otro lado y ella era una de las
primeras que tenía que dejar todo siempre limpio. En el último tiempo,
andaba muy errante".
La noticia de que había sido abatida Norma Arrostito dio los resultados que
los militares se habían planteado. "Cuando ella cae yo estaba en un ámbito
donde estaba su compañero. Él se entera de la caída de Gaby porque lo
escucha por la radio. Y cuando llega al local donde compartíamos el trabajo,
ya había llegado otro compañero antes y ya venía desencajado porque se había
enterado", recuerda Graciela Daleo. Por su parte, Antonia Canizo cuenta: "Yo
tenía una cita con ella al día siguiente de que cayó".
El intento de hacer creer que Arrostito había muerto tenía varias aristas,
tal como explica Graciela Daleo. "El primer objetivo era desmoralizar a los
compañeros porque era la caída de una compañera conocida, que era una
referencia importante de la militancia. Y el otro objetivo era, como ya lo
habían hecho en otros casos, hacer aparecer en los medios que determinados
compañeros se habían muerto porque la apuesta de los represores era hacer
que el resto bajara la guardia. Si un compañero caía vivo y conocía lo tuyo,
tenías que levantar la cita y mudarte; si lo que se suponía era que había
caído muerto no te mudabas porque ya no le podían arrancar ningún dato por
la tortura".
Elisa Tokar explica también el operativo que era casi moneda común para los
marinos: "Ellos pensaban que probablemente con el tema de la picana, Norma
iba a delatar. Entonces, mejor tenerla por muerta para que los otros, los
que pudiesen caer, estén tranquilos porque estaba muerta y no iba a poder
cantar nada. Era una maniobra militar. Pero ella los cagó: no delató
absolutamente nada. Gaby se empastilló, ellos le sacan la pastilla. Ella
tenía otra pastilla en el corpiño, se toma la otra pastilla en enfermería y
ellos se la vuelven a sacar. Le dan sin asco, pero no cantó nada". Con el
cianuro, Arrostito intentaba obtener una última victoria sobre la barbarie.
La ESMA
Desde que la Marina "chupó" a Arrostito no dejó de
jactarse frente a las otras fuerzas de su hazaña. "Había visitas guiadas y
parte del tour del horror era mostrar compañeros de relevancia, sobre todo
en el caso de Gaby", apunta Graciela Daleo. Arrostito no era una prisionera
más: era probablemente la guerrillera más conocida y estigmatizada de la
Argentina. Además, era todo un emblema para los militantes que estaban
secuestrados en la Escuela de Mecánica, a quien se la mostraban- cual trofeo
de guerra- para minar sus resistencias.
"La veo en la segunda noche en que caigo. En realidad, cuando a mí me están
torturando el milico me dice que tenían a Norma Arrostito, que en la ESMA
estaban todos. Yo le dije que no, que a Norma la habían matado. Aunque ya
afuera había bolas de que Gaby estaba viva. Pero eran bolas como tantas
otras que había", revive Daleo. "Cuando me preguntaban a quién quería ver
yo, yo no quería ver a nadie pero dije que la quería ver a Gaby. Yo estaba
segura que Gaby no había colaborado. Entonces, me dicen: 'No, no, no, ahora
no puede bajar porque está con ruleros'. Entonces, dije: 'No está Gaby
porque no usaría ruleros'". Daleo se reencontraría con quien ella había
conocido como Paula. Arrostito se acercaría a la capucha donde estaba Daleo
y le daría un beso. En ese encuentro, "Gaby" reforzaría con una frase lo que
Daleo no dudaba: "Yo no colaboro".
Elisa Tokar, quien no había conocido personalmente a Arrostito antes de que
la Armada la secuestrara, relata que en la sala de torturas vio a quien daba
por muerta. "En el interrogatorio, los milicos me preguntan: `¿Qué sabés de
Norma Arrostito?'. Y el subprefecto Héctor Antonio Febres- recientemente
asesinado para sellar el pacto de impunidad de los represores- o el capitán
de corbeta Francis William Whamond ordena: `Que traigan a Gaby'. Me la hacen
ver, con grilletes, con esposas y con la capucha. Gaby estaba harta de que
la expongan de esa manera: la lleven, la bajen, la traigan. Por eso cuando
le sacan la capucha, les contesta muy mal a ellos".
En el libro Recuerdo de la muerte, el escritor Miguel Bonasso narra el
instante en que el militante montonero "chupado" en la Escuela de Mecánica
Jaime Dri ve con vida a Arrostito. " El `Pelado' nunca la había conocido
personalmente, pero notó inmediatamente un contraste en esa figura espectral
que todos observaban. Un contraste que provocaba un malestar soterrado. Si
el examen empezaba por la cabeza, se notaba que iba bien peinada y
arreglada, que su vestido gris estaba limpio y planchado, como el de los
detenidos libres. Si la mirada bajaba hasta los pies descubría la causa del
lento caminar: como los galeotes de Capucha, tenía los tobillos aherrojados
por grilletes".
Graciela Daleo confirma: "Ella estaba con grilletes. Los guardias la
llevaban y la traían del baño. Tenía autorización de que algunas horas por
la tarde podía estar en la pecera, donde teóricamente no tenía que hablar
con el resto de los prisioneros". Era clara la intención de mantenerla
alejada, así como la tenían recluida en su camarote en uno de los extremos
de la capucha, en el tercer piso del campo de concentración. "Ella si bien
mantuvo contacto con el resto de los compañeros, los represores buscaron
tenerla en un grado de aislamiento mayor que el que tuvieron otros
prisioneros que efectivamente habían sido seleccionados para el proceso de
recuperación".
Elisa Tokar también recuerda que no había un trato cotidiano con Norma, no
la veía con frecuencia. "En las esperas de los baños y ella me preguntaba
cómo estaba yo. Me acuerdo que una vez yo salía de la pieza de las
embarazadas, tratando de que no me viera nadie y justo me tropiezo con ella,
que salía del baño con la capucha medio levantada y me preguntó cómo estaban
las compañeras." También, Tokar relata cuando los represores le plantearon
realizar trabajos como mano de obra esclava, tareas que no implicaban ningún
tipo de colaboración con los genocidas sino que iban dando algunas pocas
garantías de supervivencia. "A mi me preguntaron y en eso Gaby, que
circulaba por ahí, escuchó y me dijo: `Vos sos una perejila, decí que
escribís a máquina' ". Escuchar esas palabras en el cautiverio, era - sin
duda- corroborar que la resistencia seguía dentro de la ESMA. "Para mí Gaby
era todo un símbolo. No era una compañera de militancia, era un símbolo de
mi militancia".
La presa que buscaba el Ejército y halló la Marina
Arrostito no sólo era exhibida como una valiosa pieza de caza frente a las
otras fuerzas represivas sino que también ejercía una fascinación en la
oficialidad de la Escuela de Mecánica. "El director de la ESMA, Rubén
Jacinto Chamorro, la iba a visitar seguido. Son esas cosas que sucedían ahí.
Primero, porque Gaby era una rehén importante. Creo que había una admiración
de parte de él: no era una mujer común. No tenía cara tampoco porque la
verdad es que él sabía perfectamente que iba a terminar muerta. Si alguno de
los de ahí iba a sobrevivir, Gaby no iba a ser. El ejército la pedía. Era un
personaje emblemático. Era la fundadora de la organización enemiga para
ellos. El Ejército la pedía y ellos la presentaban como un baluarte", resume
Elisa Tokar. "Tampoco es casual- agrega Daleo- que Chamorro con quien
buscara establecer ese diálogo fuera con una jefa montonera".
Pero Arrostito también provocaba admiración en algunos de los alumnos de la
ESMA que oficiaban de guardianes de los detenidos-desaparecidos, los
"verdes". Elisa Tokar recuerda que había uno de los verdes que mantenía
largas charlas con Gaby. "Era un verde muy jovencito, muy enamoradizo. Él me
contaba que le proponía escaparse. Totalmente loco. No hubiesen podido. Él
hubiese muerto en el intento, si la ayudaba".
Asesinato
Había
pasado más de un año desde que los diarios anunciaron que Norma Arrostito
había sido "abatida" en Lomas de Zamora. Fueron largos meses desde que una
patota de la Armada la secuestrara en una cita en la Capital Federal. El
cautiverio tenía que llegar a su fin. "Creo que la decisión de ejecutar a
Gaby estuvo desde el momento en que la secuestran. En el caso de ella, la
decisión era que no iba a sobrevivir", afirma Daleo.
Tokar recuerda que cuando se llevaron a Arrostito de la ESMA fue terrible
para los detenidos porque sabían que no iba a volver. "Estaba con problemas
circulatorios graves. Creo que los milicos aprovecharon la situación para
darle la inyección. Pero que la inyección se la dieron, se la dieron",
revive el 15 de enero de 1978.
Susana Ramus fue una testigo privilegiada de los hechos. Ella había podido
hablar dos o tres veces con "Gaby", cuando las guardias más permisivas la
dejaban acercarse al "camarote". Como siempre, para los genocidas era
necesario que existieran testigos para que el horror se expandiera. Ramus
estaba en el salón dorado actualizando unas fichas cuando entró Jorge
"Tigre" Acosta, alborotado: "Qué le pasa a Arrostito que está mal. Se muere.
¿Por qué no la acompañás, Jorgelina?", gritaba.
Ramus relata los últimos momentos de Gaby: "La traen, como agonizando, y a
mí me ponen en la parte de atrás de una camioneta junto con ella. Estaba
consciente pero más o menos. Me agarraba la mano, como que sabía todo lo que
estaba pasando". Pero Arrostito no aportó certezas sobre su estado ni sobre
el plan criminal: "No me dijo: `Me mataron', ni nada".
Cuando llegaron al Hospital Naval, bajaron a Arrostito y le golpearon el
corazón, como si intentaran resucitarla. Era todo parte de una misma farsa.
Ramus ya no pudo observar más porque la llevaron nuevamente a la ESMA. Pero
la actuación del "Tigre" siguió. "Al rato me llama y me dice: 'Vos sabés que
Arrostito no quería colaborar. Hubo que hacer esto' ".
Por su parte, Graciela Daleo también fue testigo de la actuación infame del
"Tigre" Acosta. "Yo recuerdo que estábamos en la pecera absolutamente
anonadados porque ya sabíamos lo que había pasado y entra el "Tigre" y se
manda para la oficina del fondo preguntando qué había pasado con Gaby".
En los gritos de Acosta se escondía la intención de mostrar la muerte de
Arrostito como producto de causas naturales. Sin embargo, para los
sobrevivientes no caben dudas de que la sentencia de muerte de Norma
Arrostito ya estaba firmada desde el día en que ingresó en el campo de
concentración de la Armada. "Pero toda esta parodia de estos hijos de puta
era eso, era parodia. En la ESMA, la decisión de traslado o la ejecución de
un compañero no la tomaba un oficialito así nomás. Esa era una decisión que
se tomaba con el director de la ESMA, Chamorro, del jefe del grupo de tareas
y los oficiales de mayor rango. Fue una decisión institucional del grupo de
tareas. Aunque lo más probable sea que Emilio Eduardo Massera haya
participado de la decisión también", confirma Daleo.
El asesinato y la desaparición de Norma Arrostito fue uno más de los
aberrantes crímenes que se cometieron dentro de las paredes de la ESMA. "Era
una persona que para los represores era casi una pieza de caza, un trofeo
importante porque había sido la fundadora de Montoneros por su participación
en el secuestro y ejecución de Aramburu, una tipa que era una militante, una
revolucionaria", tal como la define Daleo. "El represor decide muchas cosas
sobre las personas de los compañeros, no todas, por suerte. Porque el
espacio de libertad que Gaby conservó para decidir su conducta, eso
permaneció". A 30 años de su asesinato, aún parece resonar como mandato,
como legado, como imperativo: "Yo no colaboro ni me rindo". Frente a esa
afirmación se hace presente la frase del escritor desaparecido Haroldo Conti:
"O estamos con ellos, es decir, otra vez en la lucha, que es el mejor
homenaje que les podemos rendir en esta fecha, o estamos con los traidores.
Ya no hay vuelta que darle".
Fuente: lafogata.org
Por Soledad Vallejos (2005)
En cuestión de semanas, dos novedades recogen e investigan las historias de
mujeres relacionadas con la lucha armada: Buscada, la biografía que Laura
Giussani hizo de Lili Massaferro, y La montonera, donde Gabriela Saidon hizo lo
propio con Norma Arrostito. Qué se cuenta, cómo se cuenta, cómo contar a esas
mujeres a las que la Historia, todavía, no narra.
|
|
Había mujeres en la lucha armada, sí. No es la
primera vez que se dice. Había, también, mujeres que en la lucha armada tenían
poder de decisión, ambición, capacidad de acción y, en ciertos casos, hasta una
aplicación tal en la vida militarizada que algunos hombres resultaban
sorprendidos.
Las compañeras, convertidas en compañeros. Eso también se dice. Pero no mucho
más, y debe ser por eso que sorprende que, con diferencia de unas semanas, hayan
aparecido dos libros tan distintos y, en algún punto, tan parecidos: Buscada.
Lili Massaferro: de los dorados años cincuenta a la militancia montonera (ed.
Norma), de Laura Giussani, y La montonera. Biografía de Norma Arrostito (ed.
Sudamericana), de Gabriela Saidon.
Empecemos por lo similar: el rescate, el gesto de recuperar una parte del
rompecabezas que suele quedar oculto bajo el manto de las generalidades, los
relatos ajenos y en ocasiones como complemento (necesario, pero complemento al
fin) de otra historia. Digamos: buscar a Massaferro no (solamente) como la
enamorada abandonada por un Paco Urondo comprometido en las FAR o la compañera
en el exilio de Juan Gelman, y buscar a Arrostito no (solamente) como la
enamorada de Fernando Abal Medina que participó del secuestro de Aramburu. He
allí el primer gesto importante a la hora de toparse con estas dos biografías
que, tal vez, sean el inicio para devanar el ovillo que enlazó a las mujeres con
la guerrilla. Tanto Giussani en Buscada... como Saidon en La montonera...
declaran su firme voluntad de encontrar en sus biografiadas nombres, momentos,
rasgos, narraciones propias en las que estuvieran actuando, pensando, viviendo.
"La historia, al fin, no es más que la sucesión de infinidad de historias
personales", escribe Giussani. Pero llegar allí no es fácil. En el camino mismo
van emergiendo los escollos, como ese brillante momento del testimonio que
Saidon recoge de Amanda Peralta, amiga y también ex compañera de lucha de
Arrostito: "No se hablaba mucho de cuestiones personales (...) Tenés que ubicar
cómo se funcionaba en esa época, todo pasaba un poco por la cuestión política,
trabajo, amigos, salidas. Todo".
Bucear en ese mundo, entonces, todavía hoy es
esforzarse por horadar un hermetismo unificador tal que invade el recuerdo, el
relato, la memoria y, aun, que protege de preguntas capaces de hacer
trastrabillar (en su lógica perenne) lo que, poco a poco, va adquiriendo ribetes
de incuestionable. ¿Por qué, por ejemplo, empeñarse en repetir narraciones que
repiten una imagen sin resquicios? (La pasión militante como un fuego
purificador, el debate ideológico en estrictos términos de estrategias.) ¿Por
qué convertir la historia de la lucha armada meramente en la sucesión de
afirmaciones y contraafirmaciones? La historia oficial de esa historia, a veces,
desplaza la complejidad, ese territorio en el que, aún, queda todo por decir.
Inclusive, una lectura de género.
Pepa
Desde los estertores de los ‘90, Giussani rescata la voz de Lili Massaferro
antes de que se extinga. Ella ha pasado los 70 años, está enferma, ambas saben
que morirá pronto, y sin embargo podría decirse que en esa despedida de
preguntas y respuestas tiene un último gesto de resistencia: dejar que el
grabador se encienda y hablar. Si el objetivo es registrar una historia que
Giussani quiere leer como modélica de cincuenta años de historia argentina,
afortunadamente los resultados exceden la meta, pero curiosamente en la partida
hay una declaración de principios de biografiada y biógrafa que, tal vez –sólo
tal vez–, permitan explicar los límites a los que, de a ratos, arriba
Buscada...: "En los noventa la Argentina nos resulta por completo ajena. Un
mundo sin ideas ni placer, cuyo único mandato es el trabajo y el éxito entendido
como mercancía (...) ‘No sé qué le pasó a la gente (es Massaferro quien habla),
en qué andan,qué piensan, creo que les ha agarrado un ataque de boludez
imposible de sobrellevar’".
Desde esa distancia, desde esa incomprensión, es que
se realiza la lectura del pasado. El retrato de una trayectoria política es
vasto. Massaferro, niña de clase media ilustrada, alumna aplicada de un colegio
de monjas, maestra normal, estudiante frustrada de Medicina (su padre no le
permitió cursar, aunque ella hubiera aprobado el ingreso), ingresante feliz en
Filosofía y Letras, amiga inseparable de Pirí Lugones y Julia Constenla, con las
que fue descubriendo la adrenalina de extender los límites de sus vidas más allá
de sus barrios: hacia la ciudad, los claustros, la política partidaria en su
versión juvenil, pero también los círculos intelectuales más bien elitistas y
sofisticados. La liberación de un padre ofuscado por la creciente liberalidad de
su hija casi veinteañera fue, para Massaferro, el casamiento: un breve
matrimonio, del cual resultaron dos niños de cuya crianza encargó, tras la
separación, a cualquiera menos a ella. Lili Massaferro como una mujer que, poco
a poco, fue descubriendo el significado de la emancipación gracias a los
vericuetos de su vida: el matrimonio mal avenido la arrojó de lleno a una
sociabilidad compulsiva en la que era reina indiscutida de cenas con Bioy,
Murena, Borges, Babsy Torre Nilson y belleza codiciada por cierto mundillo
rector del mundo cultural. Amantes, muchos amantes: Massaferro como una mujer
liberada de los prejuicios de clase media que cifraba la respetabilidad en la
pareja estable y la vida regulada por los rituales de cortesía y honorabilidad.
Y sin embargo, una ruptura se produce, un quiebre, una transformación feroz que
–postula Giussani– terminó convirtiendo a Massaferro-madre doliente (por el
asesinato de Manolo, su hijo mayor, en medio de un operativo guerrillero) en
cuadro político: la amiga y luego mujer (al dejar al marido que había sabido
darle estabilidad, el periodista Marcelo Laferrere) de Paco Urondo, la de la
militante comprometida que formó parte de las FAR y transformó el dolor en
lucha, para reivindicar, al apropiarla, la memoria de su hijo. "Yo –dijo durante
un homenaje a su hijo– no sé nada de política pero tengo los mismos deseos que
ustedes de un país mejor, aquí vengo como una madre, y como madre quiero
hablarles, no se queden solos (...) nosotros vamos a estar siempre, los vamos a
acompañar, porque la lucha de ustedes es la nuestra." Claro que también hay
estrategias, y están las tretas del débil de las que Pilar Calveiro hiciera un
análisis minucioso en Poder y desaparición.
Los campos de concentración en
Argentina (ed. Colihue), uno de los dos libros que, hasta el momento, logran
zafarse del molde de la épica (el otro es Ese infierno, de Munú Actis, Cristina
Aldini, Liliana Gardekia, Miriam Lewin y Elisa Tokar). Es allí donde también
cabe preguntarse si lo que aparece apenas páginas después no habla, en realidad,
de que ese abrazo inicial (la acción como paliativo del sufrimiento maternal)
dejó paso a otro hallazgo, egoísta, soberano, de una voluntad plenamente
individual, el de un sentido para sí: la recriminación a Paco Urondo por haberle
ocultado, durante meses, la participación en una organización. "Mirá, hijo de
puta: me estuviste mintiendo hasta hoy, ocultándome la verdad, sabías que estaba
desesperada, que necesitaba de los compañeros y no me dijiste nada. Si ahora se
te ocurre insinuar que no tengo capacidad para militar, la patada en los huevos
que te doy te la vas a acordar para toda la vida."
Con esa afirmación, Lili Massaferro se convierte en "Pepa" (su bautismo de fuego
fue realizar la seguridad para una pintada callejera), la mujer que en menos de
dos años organizó la Rama Femenina del Movimiento Peronista Montonero y tendió
unas redes que otras agrupaciones no habían sabido lograr. Pepa decidía,
organizaba, debatía con distintas instancias de la conducción y, sin embargo, no
estaba en condiciones de abordar otro poder: engañada y abandonada por Urondo,
su primera reacción es francamente decimonónica. Desde un teléfono público llamó
a Murena, le dijo "estoy en Independencia y San José y me quiero matar". El la
consoló esa noche, disolvió la idea suicida. Al día siguiente, Lili se reunió
con su responsable en la organización y sentó el reclamo. "¡Lindo hombre nuevo
estamos haciendo! ¿Para qué? ¿Para que tenga las mismas hipocresías, las mismas
mañas, para que sea desleal con su compañera, no pueda dar la cara y corra
detrás de la primera pendeja de piernas frescas que encuentre? (...) Si vamos a
hablar de nuevos valores, de una nueva sociedad, hablemos en serio. Si no,
déjenme de joder con eso de ‘compañeros’, son unos machos cobardes y traidores
como cualquier pequeñoburgués." El reclamo se resolvió de una manera
sorprendente: con una suerte de decálogo de la moral revolucionaria. De ello,
nada más rescata Giussani: he allí un límite, en el preciso momento en que se
hubiera podido raspar la pintura de un discurso monolítico. Y es que, tal vez,
haya tenido razón María Moreno cuando escribió, a propósito de la sexualidad y
los militantes de la izquierda, que "nunca hubo un correlato entre la ideología
y las pasiones".
Gaby
| MILITARISMO
En el año 1978 la Comandancia del Ejército
Montonero publicó una resolución sobre "Implantación y
utilización de uniforme e insignias del Ejercito Montonero y de
las milicias montoneras". En los considerandos de dicha
resolución -número 001/78- se expresaba entre otras cosas: "…Que
las tareas de preparación de la contraofensiva consisten, para
el Partido Montonero y el Ejercito Montonero, en la
consolidación ideológica, política, militar y organizativa con
el fin interno de clarificar el objetivo, ratificar la confianza
en el triunfo y fortalecer aún más el espíritu del cuerpo; y el
fin externo de brindar a las masas una corporización mayor de
las fuerzas políticas y militares que conducen sus luchas."… |
"¿Cómo era esa chica?", se pregunta Gabriela Saidon al promediar La montonera,
mientras desliza algunos datos para ir trazando el perfil: "Se casa por primera
vez a los 24 años, recorre un camino político de ‘salida’ del comunismo con su
marido (...) se va abriendo otro camino por el lado del cristianismo, el
nacionalismo y el peronismo, con el marxismo como telón de fondo y como
continuidad, (...) apenas dos años después de haberse casado se enamora de ese
chico nacionalista católico siete años más joven que ella (Fernando Abal
Medina), se va a vivir con él y con él participa del nacimiento de una nueva
organización que apuesta al camino de las armas". Cómo era Norma Arrostito,
entonces, es la pregunta. "Dura" y "tierna", responde Saidon, "prolija" también,
"limpia", lectora, matera... A veces, la búsqueda queda perdida en las brumas de
un retrato que quizás debe demasiado a la reproducción de archivo y hemeroteca,
al tomar a pie juntillas (y reproducir) testimonios valiosísimos que, sin
embargo, podrían desmenuzarse a fuerza de interpretación y confrontaciones (pero
"no es el objetivo de este libro juzgar"). Norma Arrostito, "Gaby", en el
testimonio de su compañera y amiga Antonia Canizo, llevaba su militancia a los
gestos mínimos: con Abal Medina, su compañero, "era más seca o más tímida" de lo
que él lo era con ella, "porque con todo ese tema de la militarización se
cortaba mucho la afectividad". Hubiera, continúa Canizo, querido tener hijos, "pero el compromiso militante" pesaba más: no era posible. Años más adelante,
soñó con casarse de blanco. Y aún más: si no logró un lugar aún más destacado en
la conducción de Montoneros fue por una cuestión de género: "Ese techo de
cristal es real, existe. En las situaciones límite una mujer llega a un grado de
poder de decisión. En Gaby creo que primó la decisión del varón, de Mario
(Firmenich) y de los que estaban en ese momento", relata Canizo a Saidon.
Su cuerpo se disputaba, en términos simbólicos, como trofeo: lo fue para sus
compañeros militantes (que veían en ella, arriesga Saidon en una de las pocas y
fructíferas interpretaciones de La montonera, la posta para poseer el prestigio,
el poder, el halo del líder muerto) que, como Firmenich y Galimberti, se
esforzaron por divulgar supuestas relaciones amorosas con ella; lo fue, también,
para los represores que la exhibían como joya invalorable y única en la ESMA.
Fue la viuda, la guerrillera que participó de la fundación mítica y shockeante
de Montoneros (el secuestro de Aramburu), la eclipsada por la clandestinidad
forzada. Y, sin embargo, quién era ella todavía no queda claro, al menos no
mientras se la siga reconstruyendo con esos modelos.
La pregunta podría ser: ¿cómo narrar por fuera del molde de la épica (el formato
del rescate, pero también de la reivindicación) para poder construir una memoria
de lo que, no casualmente, no suele formar parte de las memorias? O bien: ¿cómo
plantarse para visibilizar algo que –porconflictivo, por su potencial
desorganizador de categorías que (aún hoy) siguen en proceso, por su inmensa
capacidad para volver todavía más complejo ese mapa que sigue incompleto– o bien
desborda al modelo épico, o bien pierde todas sus aristas si se acomoda a él?
Las respuestas cuestan. Y es que el conflicto aquí viste, por decirlo
tangueramente, polleras: cuál era el lugar de las mujeres en la guerrilla,
quiénes eran ellas, cómo la cotidianidad de las mujeres militantes en
organizaciones políticas (de meta y programa totalizadores) que impregnaban la
vida social e individual en toda su extensión... He allí la carga que, todavía
hoy, cuesta desactivar, a tal punto que en las narraciones de la guerrilla y de
la represión hay un gran vacío: el de la cotidianidad. Y es que, detrás del
estatuto de la excepción, tiene que haber un más allá.
Fuente:
Página/12, 31/07/05
Mil nombres, un nombre
Gabriela Saidon es la autora de una biografía sobre Norma Arrostito, la única
mujer que integró la conducción de Montoneros en sus inicios
Lisy Smiles / La Capital
"La Gaby", "Irma", "Norma", "La Viuda", una "asesina/o", "La Montonera" son sólo
algunas de las maneras de nombrar a Norma Arrostito, pero también de hablarla.
Porque justamente eso es lo que rastrea Gabriela Saidon en su libro "La
Montonera", hacer hablar los silencios sobre la historia de la única mujer que
formó parte del grupo que dio origen a Montoneros.
Arrostito cautiva a Saidon más que por sus palabras, por sus silencios.
Silencios que, de acuerdo a las palabras vertidas por múltiples testimonios, la
ubican en un alias o en otro. Y detrás de cada nombre se construye una historia.
Entonces la autora -licenciada en letras, periodista y escritora- usa esas
historias relatadas para armar una mujer y en esa construcción, ella también se
permite hablar la historia de Arrostito.
El libro (editado por Sudamericana) abre con la reconstrucción del hecho
fundacional de lo que luego sería Montoneros: el secuestro del teniente general
Pedro Eugenio Aramburu. En ese capítulo, justamente titulado "Aramburu", Saidon
incluso deja que Arrostito hable al reproducir sus testimonios publicados en "La
Causa Peronista". Allí se muestra a la militante pura acción, detallando cómo se
habían llevado a cabo en el plano real las tácticas ideadas por aquel grupo (el
comando Juan José Valle) que se lanzó al terreno un 29 de mayo de 1970, a un año
del Cordobazo y en el Día del Ejército.
El 1º de junio Aramburu es ejecutado luego de haber sido juzgado por un
"tribunal" (comillas de la autora) por su responsabilidad en los fusilamientos
de civiles en José León Suárez, en junio de 1956, y por el secuestro del cadáver
de Evita, entre otras acusaciones. Pasaría más de un mes para que el rostro de
Arrostito se viera en la tapa de los principales diarios como una de las
buscadas por la muerte del militar. Y a los pocos días esa foto, junto a las de
Fernando Abal Medina, Carlos Ramus y Carlos Capuano Martínez, tomaría forma de
afiche para ser pegado en las paredes de las ciudades pidiendo por ella. Allí
dicen que había recibido adiestramiento militar en Cuba, que era "una hábil
maquilladora" y que usaba pelucas.
Así como ese comando, que "en términos generales no superaba la docena de
integrantes", había realizado su acto fundacional, Saidon funda su libro en este
primer capítulo donde permite entrever qué vendrá luego. Y así deja traslucir a
"esa mujer" (en este caso Arrostito) pareja de Abal Medina, militante
proveniente del Partido Comunista, hija de un matrimonio de clase media, que
sintió "la fortaleza" de encarar la acción y no sólo palabras, pero también
descubrió la profundidad de lo actuado, que la llevaría al límite: la muerte.
La presencia de Arrostito en ese grupo fundador de Montoneros interroga a Saidon
sobre la prehistoria de ese momento. Entonces la autora describe el hogar dónde
nació quien después sería "La Gaby" para su compañeros, cómo eran sus padres,
dónde estudió y su primer matrimonio. Después volverá sobre los hechos cuando la
describe como "La Viuda", tras la muerte de Fernando Abal Medina, su gran amor,
y a través de testimonios, de búsquedas bibliográficas y de artículos de
distintos medios cuenta el silencio de Arrostito cuando debió guardarse y
comenzar a alejarse de la estructura de conducción.
Y es quizá una entrevista con Antonia Canizo cuando Saidon disfruta más de dejar
que Arrostito se cuele en el libro como "La Amiga". Canizo fue eso, amiga muy
cercana de Arrostito. Saidon publica, en forma completa y casi sin edición, una
entrevista que le realiza a Canizo, donde se descubren nuevas voces sobre otra
vez "esa mujer" (la Arrostito) como compañera, su salud, su relación con los
hombres, su inserción en Montoneros, sus supuestos cruces con Galimberti y
Firmenich.
Después vendrá Ezeiza, Cámpora, Perón, la Plaza de Mayo, las disputas, Isabel,
López Rega y el límite se acerca. Pero Saidon lo desafía también desde el
principio, quizá como Arrostito, cuando en la tapa del libro publica como
ilustración la foto del supuesto lugar donde matan a la montonera. Supuesto no,
fraguado.
Allí, Lomas de Zamora, 2 de diciembre de 1976, no matan a Arrostito como sí se
publicó en los medios argentinos. Allí, se monta una escena, otra mujer fue
fusilada y no "esa". Arrostito vivía por entonces en Barracas, el sur porteño, y
"tenía pautada una cita con una tal «Mercedes» a las 11. Salió hacia ella y
nunca más se la vio. Un grupo de tareas de la Marina la capturó y la llevó a la
Esma", advierte la autora.
Ese siniestro montaje es reproducido por los medios y el 4 de diciembre del 76
los argentinos empiezan a leer en detalle y hasta por entregas cómo había muerto
Arrostito (imperdible cómo Saidon desmenuza la cobertura de la revista Gente,
por ejemplo). Mientras, en la Esma capucha y grilletes esperaban a "La Gaby",
quien pasó a convertirse en trofeo de los represores para blandir ante las otras
fuerzas e incluso ante los demás detenidos. La mostraban como un símbolo,
"querían demostrar que si la tenían a ella, habíamos perdido", recuerdan ex
detenidos.
A esa altura del libro, Saidon busca el final, y cuenta cómo fueron los días de
"La Gaby" en ese "infierno". Para eso echa mano de testimonios de otros
detenidos que cuentan hasta con versiones contrapuestas cómo se manejaba y
manejaban a Arrostito en ese campo de concentración, la relación con los
captores, su vuelco al misticismo y el final. Una inyección de pentotal entró en
su cuerpo el 15 de enero de 1978, sujetada por un enfermero, bajo la atenta
mirada de un médico y por orden del "Tigre" Acosta, según coinciden los
testimonios.
Saidon opina que no sólo el secuestro y ejecución de Aramburu sellaron su
muerte, sino que al fraguar su asesinato se ponía en marcha su agonía hasta que
llegara nada más que la decisión de desaparecerla definitivamente. Y Arrostito
pasó a integrar esa siniestra lista de 5 mil detenidos-desaparecidos de la Esma,
porque su cuerpo nunca apareció. Se supone que fue una pasajera más de los
vuelos de la muerte.
"No hay dos demonios, hay uno. El mal absoluto, sin filtros ni disimulos. El
infierno está en esta tierra", escribe Saidon en un intento de hacer hablar a
los sentimientos de Arrostito en su agónica detención. "Sabe, también, que ella
no se va a salvar, que en cualquier momento la matarán... Sabe que no hay
libertad para Gaby, "La Montonera. Lo sabe desde el infierno. Lo sabe cada
amanecer", arriesga Saidon tras dedicar 171 páginas a desmenuzar la historia de
vida de esa chica de clase media: Norma Arrostito, "La Montonera".
Fuente:
www.lacapital.com.ar
La montonera. Biografía de Norma
Arrostito
Por Graciela Saidón
Bajar el documento en formato pdf
Capítulo 1: Aramburu
1
Aramburu
El ajusticiamiento de Aramburu era un
viejo sueño nuestro.
Mario Firmenich
La historia estallaría nuevamente en 1970.
María Seoane
Who wants yesterday.s papers Who wants
yesterday girl.
Mick Jagger
Son las nueve y cuarto de la mañana del viernes 29 de mayo de 1970. Una mujer
rubia está parada en la vereda, junto a la puerta del edificio de Montevideo
1053, en el Barrio Norte de la Ciudad de Buenos Aires. Lleva un bolso en una
mano. A pocos metros, en un garaje de la misma cuadra, dos hombres con uniforme
militar esperan en un Peugeot 504 blanco, tapizado de rojo. Mal estacionada
sobre la vereda de enfrente, hay una pick-up Chevrolet con el chofer, un cabo de
la policía y un cura. Uno de los militares se baja del Peugeot y camina hasta el
edificio de Montevideo 1053. No saluda a la mujer rubia. Nadie sabe, salvo los
ocupantes de los dos autos, y el capitán y el teniente primero a quienes acaban
de abrirles la puerta desde el portero eléctrico del edificio de Montevideo
1053, que lo que esa mujer tiene en el bolso es un arma, que en realidad no es
rubia sino morocha y que usa una peluca.
Nueve y media de la mañana. Una mañana soleada y fresca de otoño en Buenos
Aires. El capitán y el teniente primero salen del edificio con el teniente
general Pedro Eugenio Aramburu. Ese viernes 29 de mayo de 1970 pasará a la
historia como el día en que un comando autodenominado Juan José Valle, de una
nueva organización hasta el momento desconocida, Montoneros, secuestró al ex
presidente de la Revolución Libertadora, que derrocó a Juan Domingo Perón.
Ellos, los que esa mañana están apostados en lugares estratégicos en la calle
Montevideo entre Avenida Santa Fe y Marcelo T. de Alvear, son: Mario Eduardo
Firmenich como cabo de la policía, Carlos Capuano Martínez como chofer, Carlos
Maguid como cura, Ignacio Vélez y Carlos Gustavo Ramus como los civiles en el
Peugeot, Fernando Luis Abal Medina como teniente primero, Emilio Maza como
capitán. Y una mujer, la única del grupo, la montonera Esther Norma Arrostito.
Gaby para los amigos.
Yo llevaba una peluca rubia con claritos y andaba bien vestida y un poco
pintarrajeada, contará Arrostito más adelante1.
Un local ofrecía pelucas a sólo dos cuadras del lugar donde el 29 de mayo de
1970 la historia estallaría nuevamente. Un aviso en la revista dominical de
Clarín publicitaba así el producto: .Pelucas y Minipelucas Fontaine, de Felipe
Sinópoli, Arenales 1473: Prepárese a cambiar de la noche a la mañana, o de la
mañana a la noche, o en cualquier momento. Un peinado diferente la transforma.
Fontaine es la clave para las travesuras más femeninas y los cambios más
amorosos. Vale la pena curiosear la última novedad Fontaine: la peluca que se
peina con y sin flequillo.
Son las nueve y cuarto de la mañana. Se cumple exactamente un año del Cordobazo,
la rebelión en la ciudad de Córdoba donde obreros y estudiantes levantaron
barricadas, atacaron con piedras y cócteles Molotov a policías y soldados, y que
terminó con la cruenta intervención de las Fuerzas Armadas. El Ejército celebra
su día. El capitán y el teniente primero acaban de entrar al edificio de
Montevideo 1053. Han atravesado la puerta de vidrio y toman el ascensor hasta el
octavo A, último piso al frente del edificio que hasta el sexto tiene balcones
redondos con rejas blancas. Apostada junto a la puerta, Norma Arrostito cruza la
calle con la mirada, sorteando la cuadrilla de la Municipalidad que repara la
vereda, y ve que un Fiat 600 se acerca a la pick-up. Todo el plan puede
fracasar. El joven vestido de cabo le hace señas al fitito para que no se
detenga. Circule, oye Arrostito. O mejor dicho le lee los labios al joven
vestido de cabo y se da cuenta de que, desde su uniforme de policía, Mario
Firmenich le está dando órdenes al otro que se paró detrás de la pick-up para
que circule, modula Mario, no se detenga. Y cuando el otro arranca puteando
porque no entiende (ella no alcanza a oír esa parte), no entiende por qué la
pick-up sí puede estacionar y él no, Norma ve que Firmenich levanta apenas la
comisura derecha de los labios.
Cuando más adelante la escena se convierta en caso y todos los diarios se ocupen
del tema, una empleada de la boutique de Montevideo 1051 va a describir ante los
periodistas a los dos uniformados que subieron al octavo A del edificio vecino
como dos hombres altos y rubios de entre 26 y 28 años, uno con bigotes, y va a
decir: Un detalle que me llamó la atención fue que los uniformes eran
flamantes y estaban muy bien cortados. Ahí va a ser Norma la que quizá
levante apenas la comisura derecha de sus labios, o se ría con una risa franca.
Porque ella misma tuvo que arreglarle el uniforme a Fernando. En esos afiches de
"Buscados" por el secuestro del ex presidente de facto Pedro Eugenio Aramburu
que en quince días van a empapelar la ciudad, al mejor estilo Lejano Oeste,
además de alias, números de documentos de identidad, edad, estado civil y
estatura de Norma Arrostito, Mario Firmenich, Carlos Raúl Capuano Martínez y
Carlos Gustavo Ramus, sobre Fernando Abal Medina la policía aportará un dato
adicional: delgado. Llamaba la atención lo flaco que era.
Arrostito: Compraron parte de la ropa en la casa Isola, una sastrería militar en
la Avenida de Mayo, al lado de Casa Muñoz. Fernando Abal tenía 23 años, Ramus y
Firmenich, 22, Capuano Martínez, 21. Cortándose el pelo pasaban por colimbas.
Así que allí compramos las insignias, las gorras, los pantalones, las medias,
las corbatas. Para comprar algunas cosas, hasta se hicieron pasar por
boy-scouts. Un oficial retirado peronista donó su uniforme: simpatizaba con
nosotros, aunque no sabía para qué lo íbamos a usar. El problema es que a
Fernando le quedaba enorme. Tuve que hacer de costurera, amoldárselo al cuerpo.
La gorra la tiramos "era un gorrón", le bailaba en la cabeza, pero usamos la
chaquetilla y las insignias.
De pronto, Norma Arrostito los ve salir del edificio. Fernando Abal Medina y el
gordo Maza llevan al mismísimo Pedro Eugenio Aramburu, que parece no entender
del todo lo que está pasando. Emilio lo abraza, como palmeándolo. Parecen
milicos de verdad, hasta en el porte y en la manera de caminar. Practicar sirvió
para algo, al margen de que Firmenich decía que el gordo tenía algo de milico,
que de veras le gustaba. Además conocía los gajes del oficio: había sido
liceísta en Córdoba. El mismo Maza fue quien le enseñó a Abal las poses y las
actitudes. Y Fernando tenía esa cualidad de ir siempre al frente, no importaba
qué. El porte, la indiscutible pertenencia de clase de Emilio Maza y Fernando
Abal Medina, sumados a esa seguridad que mostraban los dos y, obviamente, los
uniformes "bien cortados" jugaron a favor. Por eso la mujer de Aramburu los hizo
pasar, por eso los trató con amabilidad y le indicó a la empleada que les
sirviera café mientras su marido terminaba de vestirse, por eso salió a hacer
los mandados. Por eso seguramente también Aramburu no desconfió cuando le
ofrecieron protección. Claro, ya era demasiado tarde cuando los jóvenes
oficiales mostraron sus verdaderas cartas: las armas que tenían escondidas entre
la ropa, y Abal Medina le dijo, sin demasiada explicación:
Mi general, usted viene con nosotros.
Desfachatado, va a decir Firmenich de Abal Medina, cuatro años después (Era
bastante desfachatado, dirá). Norma Arrostito prefiere pensar que es un hombre
de acción. Fernando nunca se detiene a pensar. Ni dos segundos. Va y ejecuta.
Ahora se lo ve algo duro dentro del uniforme, debe ser por la metralleta que
lleva debajo del pilotín verde oliva. Incluso parece como que empuja a Aramburu
levemente con el arma, hasta que llegan al Peugeot. Lo sientan entre los dos en
la parte trasera. Arrancan y Arrostito sube a la pickup, junto con Firmenich y
los otros. Doblan por Charcas, Rodríguez Peña2 y van hacia Libertador. En el
camino, los muchachos se sacan los disfraces. Cuando llegan al bajo, cerca de la
Facultad de Derecho, los que estaban en el Peugeot se pasan a la pick-up y se
apretujan atrás. Aramburu queda sentado sobre la rueda de auxilio.
En los bosques de Palermo cambian de autos. Dejan tirada la pick-up y Arrostito,
Maza, que ahora tiene puesto un pilotín para disimular el uniforme, Vélez y
Maguid se suben al Renault 4L chapa C 184540, propiedad de Arrostito, que
dejaron en el lugar. Allí cargan los bolsos con los uniformes y parte de las
armas. Abal, Carlos Ramus y Firmenich entran en la Gladiator, llevándose a
Aramburu. Capuano Martínez sube al taxi Ford Falcon que hará de apoyo. Se
comunican con walkie-talkies entre los dos autos, y entre la cabina y la caja de
la Gladiator. En todo el trayecto Aramburu va a permanecer callado. Solo dirá
dos palabras, pero lo hará después de que hayan cruzado la General Paz. Será
cuando alguien pregunte quién vio el bidón de nafta. Entonces Aramburu va a
decir:
Aquí está.
Ésos son los autos con los que han partido esa misma mañana temprano, desde
Parque Chas. Cuenta Arrostito: La casa operativa era la que alquilábamos
Fernando y yo, en Bucarelli y Ballivián, Villa Urquiza. Allí teníamos un
laboratorio fotográfico. La noche del 28 de mayo, Fernando lo llamó a Aramburu
por teléfono, con un pretexto cualquiera. Aramburu lo trató bastante mal, le
dijo que se dejara de molestar o algo así. Pero ya sabíamos que estaba en su
casa. Dentro de Parque Chas dejamos estacionados esa noche los dos autos
operativos: la pick-up Chevrolet y un Peugeot 404 blanco3, y tres coches más que
se iban a necesitar: una Renoleta 4L blanca mía, un taxi Ford Falcon que estaba
a nombre de Firmenich, y una pick-up Gladiator 380, a nombre de la madre de
Ramus.
En realidad, la casa operativa que menciona Arrostito, un PH en ochava, en
Bucarelli 1752, queda en Parque Chas, en el límite con Villa Urquiza. En
realidad, además, no es la casa que alquilaban Norma Arrostito y Fernando Abal
Medina sino Nélida (su hermana) y Carlos Maguid (su cuñado). De todos modos, en
el barrio circulan algunas leyendas en relación con esa casa. Algunos vecinos
aseguran que a Aramburu lo tuvieron allí. o que a la Arrostito la agarraron en
esa casa. Después del secuestro de Aramburu, la propiedad en la zona llegó a
devaluarse por las molestias que generaba en el vecindario la constante
presencia policial.
Si bien Norma había ocupado un cuarto de esa casa por un tiempo, en mayo de 1970
estaba viviendo con Abal Medina en un departamento en la calle Dorrego 169, a
pocas cuadras del cementerio de la Chacarita. ¿Por qué, entonces, la confusión?
Imposible pensar en un error de la memoria. Lo más probable es apuntar a un
gesto de protección hacia su hermana y su cuñado (hipótesis que se apoya además
en que Maguid sólo es mencionado en ese texto como "otro compañero"). Por otra
parte, como ella realmente ha vivido ahí, el dato no es del todo falso. En ese
sentido, falsear levemente la realidad es uno de los tantos recursos de la
ficción desparramados en el texto de La Causa Peronista.
La casa de Bucarelli tiene una ventana que asoma a la calle Ballivián y una
escalerita para llegar a la puerta de madera que recientemente fue reforzada con
una reja. En ese mismo año, 1970, alrededor de la mesa, en la cocina comedor de
esa casa solían reunirse el grupo Córdoba y el grupo Buenos Aires, que
conformaron el núcleo fundador de Montoneros. Allí, probablemente, hablaron por
primera vez del secuestro de Aramburu. Tal vez incluso fue en ese comedor donde
planearon la operación. Norma Arrostito participaba de las reuniones como un
compañero más. Hablaba lo necesario, y siempre apoyando las decisiones
orgánicas. No era, en ningún caso, la encargada de servir el café. A veces,
cuando Abal Medina se mostraba incontenible para la acción, ella hacía un gesto
como diciendo: "Así es él". Para 1970, ya hacía más de dos años que estaban
juntos. Ella le llevaba siete años.
La mañana del 29 salimos de casa (insiste la narración de Arrostito). Dos
compañeros se encargaron de llevar los coches de recambio a los puntos
convenidos. La Renoleta quedó en Pampa y Figueroa Alcorta, con un compañero
adentro. El taxi y la Gladiator cerca de Aeroparque, en una cortada, el taxi
cerrado con llave y un compañero dentro de la Gladiator. En el Peugeot 404
subieron Capuano Martínez, que iba de chofer, con otro compañero, los dos de
civil pero con el pelo bien cortito, y detrás, Maza con uniforme de capitán y
Fernando Abal, como teniente primero.
Y Firmenich: Ramus manejaba la pick-up Chevrolet y la "flaca" (Norma) lo
acompañaba en el asiento de adelante. Detrás iba un compañero disfrazado de
cura, y yo con uniforme de cabo de la policía.
Son las doce y media de ese viernes 29 de mayo de 1970 en la República
Argentina. La temperatura alcanza su pico: 19,3 grados. La policía recién se
entera de que Aramburu fue secuestrado por el comando Juan José Valle, como se
consignará en el primer comunicado. Entonces montan un operativo sin
antecedentes, que en el transcurso de esos días llegará a movilizar a 1.600
hombres, además de 100 patrulleros de comisarías y 136 del Comando
Radioeléctrico. Hubo, además, 1.200 inspecciones diarias de promedio en
domicilios particulares de la Capital, más 2.000 controles de autos por día, 721
procedimientos originados en denuncias anónimas y
1.200 en pensiones, galpones, hoteles, etc.., según informa, en la conferencia
de prensa que dará la policía (y los diarios reproducirán el 21 de julio de
1970), el director de Seguridad, inspector general Horacio Héctor González
Figoli. Un despliegue apabullante, que también incluirá helicópteros y
embarcaciones, para que Firmenich diga: En toda mi vida operativa no recuerdo
una vía de escape más sencilla que ésta. Fue un paseo. El único punto que nos
preocupaba era la General Paz, pero la pasamos sin problemas: no estaba tan
controlada como ahora. Siguiendo con la contabilidad de Figoli, las 50
comisarías porteñas, Comando Radioeléctrico, direcciones generales, jefatura y
regionales de la Policía Bonaerense y sus estaciones de radio, así como las 32
delegaciones regionales de la Policía Federal en las provincias, tuvieron
conocimiento del secuestro del ex presidente provisional recién tres horas y
diez minutos después de haberse producido. Tiempo de ventaja para los
secuestradores. Para decirlo en criollo: "Los madrugaron". Una buena razón para
no encontrarlos.

A la una y media, todas las radios del país cortaban sus transmisiones para
informar, por cadena nacional, que habría sido secuestrado el ex presidente
provisional de la Nación, el teniente general Pedro Eugenio Aramburu. El
rotativo del aire de Radio Rivadavia detallaba: El ex presidente se retiró de
su domicilio esta mañana, poco después de las nueve, escoltado por dos hombres
que vestían uniformes militares. Desde entonces no hay noticias del paradero del
teniente general Pedro Eugenio Aramburu. En medios generalmente bien informados
se habla de la posibilidad de que haya sido secuestrado por un grupo comando....4.
Era la una y media de la tarde. Esquivando puestos policiales y evitando caminos
transitados, una pick-up Gladiator avanzaba desde hacía cuatro horas rumbo a
Timote.
En la caja, escondido tras una carga de fardos de pasto, viajaba "el fusilador"
de Valle escoltado por dos jóvenes peronistas. Lo habían ido a buscar a su
propia casa. Lo habían sacado a pleno día, en pleno centro de la Capital, y lo
habían detenido en nombre del pueblo.
A las cinco y media de la tarde, Aramburu y sus secuestradores llegan a la
estancia La Celma, que la familia Ramus tenía en Timote, Carlos Tejedor,
sudoeste de la provincia de Buenos Aires. Los recibe el cuidador, el vasco
Acébal. Carlos Ramus se dedica a distraerlo.
A las ocho y media de la noche, asegurado el éxito de la primera fase del
"Operativo Pindapoy", en una confitería de la avenida Cabildo al 700, aparece un
primer comunicado del grupo comando. Aramburu será sometido a juicio
revolucionario, dice la hoja que está encabezada con la leyenda Perón vuelve y
la palabra Montoneros, nombre de la organización5.
Después del secuestro, entonces, mientras Firmenich y los demás tomen el camino
más largo para cubrir, en ocho horas, los 379 kilómetros que separan La Celma de
la Capital, Norma Arrostito y compañía harán tareas de prensa: se dedicarán a
escribir los comunicados que presenten en sociedad a la hasta ahora desconocida
organización. En los cuatro días siguientes escribirán en total cinco
comunicados6, en papel Witcel Bond, en una Olivetti que, según las pericias
policiales, sería la máquina autora de esos textos y que habría comprado en 1969
el padre de Arrostito, Osvaldo Luis, en un negocio de la localidad de San
Martín, en el noroeste del conurbano bonaerense. En esa misma máquina Arrostito
también habría redactado un permiso para que Emilio Maza se llevara el Renault
4L a Córdoba y que, como se verá más abajo, será un gran hallazgo para la
policía. La autorización tiene el sello de la comisaría 49 y la fecha: 29 de
mayo de 1970.
Esa misma noche, allá en Timote, comenzaba el juicio a Aramburu. Sentado en una
cama, el teniente general de la Revolución Libertadora oye las palabras de
Fernando Abal Medina, ese joven oficial con quien compartió un café en su propia
casa:
General Aramburu, usted está detenido por una organización revolucionaria
peronista, que lo va a someter a juicio revolucionario.
El condenado sólo atinará a decir:
Bueno.
Al día siguiente, los diarios daban la noticia en tapa. "Fue secuestrado ayer el
ex presidente Aramburu", tituló La Nación a cinco columnas. Las otras tres las
dejó para informar que "Se celebró el Día del Ejército: .El comandante en jefe
del Ejército, teniente general Alejandro A. Lanusse, pronuncia su discurso en el
acto central de la celebración del Día del Ejército, que fue presidido por el
jefe de Estado"7.
Son las tres de la tarde del domingo 31 de mayo. Los montoneros que juzgan a
Aramburu, erigidos en tribunal popular, han apagado el grabador. Ya le han leído
al reo los cargos, que consisten en (obviando su condición de "cerebro y
artífice" de la Revolución Libertadora8 que en 1955 derrocó a Juan Domingo
Perón, lo obligó al exilio y resultó en la proscripción del peronismo) su
responsabilidad en los fusilamientos de civiles en José León Suárez, en junio de
1956 9, el secuestro del cadáver de Evita y el conocimiento de que Aramburu
planea un golpe contra Onganía, para luego pactar una fuerza gubernamental con
un "peronismo domesticado" o "de corbata".
Sobre los fusilamientos de José León Suárez, Aramburu reconocerá: Y bueno,
nosotros hicimos una revolución, y cualquier revolución fusila a los
contrarrevolucionarios10. Sobre el cadáver de Evita, sólo dará algunos datos:
Revela que el cadáver de Evita está en un cementerio de Roma, con nombre falso,
bajo custodia del Vaticano. La documentación vinculada con el robo del cadáver
estaba en una caja de seguridad del Banco Central a nombre del coronel
Cabanillas. Más que eso no podía decir, porque su honor se lo impedía. Entonces,
como no puede decir nada más, no hay retorno.
Al anochecer, Aramburu pide papel y lápiz. En la soledad de su cuarto, el
teniente general escribe. A la mañana siguiente, los secuestradores encuentran
pedacitos de papel en el inodoro. Luego aparecerá una nota en un bolsillo de su
traje.
Habiendo juzgado a Aramburu, el tribunal comienza a deliberar la noche del 31 de
mayo. A la madrugada del 1° de junio, el jefe del operativo, Fernando Abal
Medina, le comunica al reo la sentencia de muerte. Aramburu pide afeitarse y que
le traigan un confesor. Las dos cosas le son negadas. Pregunta cómo van a hacer
para sacar el cadáver, entonces. Igualmente, el tratamiento que se le da al reo
es el de "general", lo que implica la conservación de un grado militar que no le
ha sido retirado como parte de la sentencia (en este punto, Montoneros inaugura
una tradición de trato con los militares, en la que presos de un campo de
desaparecidos siguen usando como vocativo el grado, como se puede leer en
Recuerdo de la muerte, de Miguel Bonasso)11.
(...) se lo había atado a la cama y sigue atado durante la media hora siguiente
a la comunicación de la sentencia, ese plazo que, clásicamente, se otorga a los
condenados a muerte para que arreglen sus cuentas en la intimidad de sus
conciencias.
Con las manos atadas a la espalda, lo llevan al sótano, un lugar pequeño que
obliga a una adecuación del ceremonial militar del fusilamiento. Como no se
pueden usar las armas largas que indica la tradición, se lo ejecutará con
pistola (...)
Con las manos atadas a la espalda, Aramburu bajó con dificultad las escaleras.
En el sótano, sus secuestradores le ponen un pañuelo en la boca; ni ofrecen ni
intentan vendarle los ojos; Aramburu no lo pide ni se ve en la situación de
rechazarlo. En ese momento, el relato se bifurca. Firmenich, que está contando,
es enviado arriba, a golpear .sobre una morsa con una llave para disimular el
ruido de los disparos. (de noche, en el medio del campo, sólo había que
disimular frente al Vasco, cuidador de la casa). Firmenich, entonces, no
presencia la ejecución. Fernando Abal Medina, como cuadra a un jefe, se hizo
cargo. Él pronunció las palabras rituales y él oyó la respuesta: ..General dijo
Fernando, vamos a proceder. Proceda, dijo Aramburu. Y procedió con un tiro de
una 9 mm y tres tiros de gracia, uno de ellos con una 45 12.
Quizá, como dice Beatriz Sarlo, haber disparado cuatro tiros podría responder a
un ritual militar, de la división entre primer tiro y tiro de gracia. Pero
también, atando el episodio con otros datos, como que a Abal Medina se le ha
trabado la cámara de fotos, que es un desfachatado, un "mandado", poco proclive
al pensamiento previo a la acción, lo opuesto al arquero zen que practica
durante años el movimiento y que sólo lanza su flecha una certera vez, podría
suponerse que cometió una torpeza al disparar, y que falló con la puntería.
Tampoco sería descabellado pensar que ese 1° de junio a las siete de la mañana,
cincuenta minutos antes de que afuera saliera el sol, en ese oscuro y frío
sótano, solo frente a su víctima, en el momento de disparar a Fernando Abal
Medina le haya temblado la mano.
Años después, en La novela de Perón, Tomás Eloy Martínez le hará decir al
General: "Esa palabra es imposible: Proceda". Se trata de un Perón ficticio, de
papel, que aparece allí como el primer crítico del texto de La Causa Peronista,
sugiriendo el carácter ficcional que tiene, en definitiva, todo relato, marcando
sus contradicciones, y que otros, tal vez menos críticos, tomaron al pie de la
letra13.
Un día después del asesinato de Aramburu, el presidente de facto, Juan Carlos
Onganía, instaura la pena de muerte.
Para los montoneros el Aramburazo ha sido un éxito. Más allá de los detalles
truculentos del asesinato, el establishment fue sacudido como si la cal viva que
cubrió el cadáver del militar amenazara con corroer su propio futuro, ha escrito
María Seoane14. No sólo el factor sorpresa les juega a favor, sino también una
minuciosa planificación, que cuatro años después contarán con detalle.
Arrostito: Toda la "organización" éramos doce personas, entre los de Buenos
Aires y los de Córdoba. En el operativo jugamos diez.
Lo empezamos a fichar a comienzos del '70, sin mayor información. Para sacar
direcciones, nombres, fotos, fuimos a las colecciones de los diarios,
principalmente de La Prensa. En una revista, Fernando encontró fotos interiores
del departamento de la calle Montevideo. Eso nos dio una idea de cómo podían ser
las cosas adentro.
Firmenich: Pero dedicamos el máximo esfuerzo al fichaje externo. El edificio
donde él vivía está frente al colegio Champagnat, y averiguamos que en el primer
piso de ese colegio había una sala de lectura o una biblioteca. Entonces nos
colamos y fuimos a leer ahí. El que inauguró el método fue Fernando, que era
bastante desfachatado. Más que leer, mirábamos por la ventana. Nos quedábamos
por períodos cortos, media hora, una hora. Nunca nadie nos preguntó nada.
Arrostito: Allí lo vimos por primera vez, de cerca. Solía salir alrededor de las
once de la mañana, a veces antes, a veces después, a veces no salía. Lo vimos
tres veces desde el Champagnat.
Después fichamos desde la esquina de Santa Fe, en forma rotativa. Llegamos a
hacer relevos cada cinco minutos. Teníamos que hacer así porque en esa esquina
había un cabo de consigna, uno rubio, gordito, y no queríamos llamar la
atención.
Lo que no cuentan es si en uno de esos días de observación desde el colegio
Champagnat han visto cuando tres hombres visitaron al teniente general Aramburu
en el semipiso de Montevideo 1053, madera, vidrio y mármol en la entrada. Es
probable que no hayan visto a Ricardo Rojo, que llevaba un mensaje oral de Juan
Domingo Perón para Aramburu, y les había pedido a los otros dos que fueran
testigos de sus palabras, que giraron alrededor del regreso. Rojo nos pidió a
Manuel Álvarez Pereyra y a mí que lo acompañáramos. Venía de Madrid, de estar
con Perón cuenta Rogelio García Lupo15. Le traía la respuesta a una pregunta que
Aramburu
también le había enviado en forma oral. El diálogo giraba alrededor de la
posibilidad de producir un entendimiento político entre Perón y Aramburu.
Allí, en ese departamento oscuro, que en la planta baja tenía apostado un hombre
de vigilancia, desde un gran escritorio de madera, tipo ministerial, con varios
libros y un teléfono apoyados sobre el vidrio, Aramburu habló con Rojo y los dos
testigos.
Rojo vivía a la vuelta, en Santa Fe 1555, lo fuimos a buscar y de allí fuimos a
la casa de Aramburu recuerda García Lupo. Álvarez Pereyra era un diplomático en
ese momento sin destino. Cuando Rojo nos presentó, Aramburu dice: Álvarez
Pereyra, Álvarez Pereyra, este apellido me suena... Cómo no le va a sonar: usted
puso preso a mi padre. El padre de Álvarez Pereyra era un militar yrigoyenista
que luego fue diputado peronista. En el '55, Aramburu lo metió preso. Cuando nos
fuimos, Rojo le dijo: "Cómo me hacés esto, casi echás a perder la reunión". La
entrevista había estado a punto de arruinarse.
Ese acercamiento que Aramburu estaba gestionando con Perón es uno de los
argumentos que se esgrimieron en la época para suscribir la tesis de que el
secuestro del ex presidente de la Revolución Libertadora fue promovido por los
mismos militares, que habrían hecho un arreglo con los montoneros16. Ellos, en
el texto de La Causa Peronista, cuatro años después, quieren dejar en claro que
no sólo fueron los autores del hecho sino que además el propio Perón los avaló.
Para probarlo publican una carta de 1971 en la que el líder manifiesta su apoyo
en reglas generales, con frases como "Estoy completamente de acuerdo y encomio
todo lo actuado". Y donde, además, les recuerda que ellos no inventaron la
pólvora: "Ni es nueva la 'Guerra revolucionaria' y menos aún las 'Guerras de
Guerrillas'. Pienso que tal vez la guerra de guerrillas ha sido la primitiva
forma de guerra, tan empleada en la afamada 'guerra de los escitas' y de Darío
Segundo".
Pero volviendo al tiempo y el lugar de los hechos, además de las tareas de
observación y de control del domicilio de Aramburu, los muchachos (y la chica)
habían realizado algunos golpes menores para hacerse de armas y de efectivo. Por
ejemplo, el robo a un garaje de la calle Emilio Lamarca 3121, en el barrio de
Villa del Parque, o el asalto a un par de destacamentos policiales. Igual que en
las charlas alrededor de la mesa del comedor de Bucarelli, en los robos Norma
Arrostito participará como uno más. Sobre la irrupción del 29 de abril en la
comisaría de Villa Devoto, en Avenida General Mosconi casi llegando a la Avenida
General Paz, un testigo contará a La Nación del 12 de julio: "Llegaron dos
autos: un Rambler y un Ford Falcon verde, y estacionaron uno a corta distancia
del otro. Del Rambler descendió una chiquilla que vestía buzo azul marino,
pollera pantalón azul de las que se usan para hacer gimnasia en las escuelas,
medias y zapatillas blancas. Detrás de ella bajó un joven con barba y melena
larga. Vi cómo la chica se acercó al policía y le preguntó algo. Cuando el
agente le respondía, la jovencita (era rubia, de pelo largo) le puso su pistola
entre las costillas". A la tarde de ese día, el mismo grupo asaltaba el Banco
Alemán Transatlántico en Ciudad Jardín en Lomas de Palomar y se llevaban seis
millones de pesos moneda nacional17.
A las siete de la mañana del 1° de julio, exactamente un mes después de que
Fernando Abal Medina con pulso tembloroso o intención de asegurarse de que el
muerto estuviera bien muerto, haya descerrajado los tiros que mataron a
Aramburu, los montoneros producen su segundo hecho notorio: el copamiento de La
Calera, una pequeña localidad a 17 kilómetros de Córdoba capital. A pesar de que
la organización defenderá los objetivos cubiertos en ese hecho militar18, la
retirada sale mal y son heridos de gravedad Ignacio Vélez y Emilio Maza, que
muere a los pocos días. En el barrio de Los Naranjos, donde Maza estaba parando,
encuentran, entre otras cosas, el permiso que Norma Arrostito le había extendido
para que Maza manejara su renoleta 4L, y que va a actuar como hilo de Ariadna.
Una punta para empezar a buscar: Córdoba se convierte en el mejor camino para
llegar a Buenos Aires19. Curiosamente, Aramburu había nacido en esa misma
provincia, en la localidad de Río Cuarto, 67 años antes.
El domingo 12 de julio las caras de Norma Arrostito, Mario Firmenich y Fernando
Abal Medina, en ese orden, ilustraban la tapa de La Nación. Tres días después,
esas mismas caras iban a empapelar la ciudad de Buenos Aires, junto con las de
Carlos Ramus y Carlos Capuano Martínez.
Una foto carnet mostraba la cara de Arrostito, el pelo castaño oscuro corto y
con flequillo, grandes solapas de una blusa blanca. El epígrafe decía: "Igual
que Abal Medina, una mujer, Norma Arrostito (a) Irma, argentina, de 30 años,
maestra, estuvo en Cuba donde fue adiestrada para efectuar actividades de
carácter terrorista. También participó del asalto al garaje de Emilio Lamarca y,
posteriormente, actuó como "campana" durante el secuestro del ex presidente
provisional. Tiene cédula de identidad número 4.714.123, y libreta cívica
3.876.285. Es una hábil maquilladora y usa pelucas. Mide 1,62 m de estatura y
tiene el cutis blanco".
Justo debajo de esas fotos se anunciaba "La posibilidad de aumentos salariales".
Decía la noticia: ....a esta altura del proceso (¿el proceso militar?), un
aumento salarial puede considerarse casi un hecho, aun cuando bastante camino
hay por recorrer hasta encontrar los medios y las magnitudes adecuadas para
concretarlo.
En página 20 del domingo 12 de julio, Clarín titulaba: "Piden la Colaboración de
la Población Para Hallar a Tres de los Principales Implicados en el Secuestro".
Un día después, La Nación hablaba en tapa de otro secuestro vinculado con el
caso de Felipe Vallese20. Y en su sección En otras columnas informaba la fuga de
la cárcel del líder del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), Mario
Santucho, y la asunción de José Ignacio Rucci al frente de la CGT. Desde su
minisección Cien años atrás, el mismo diario recordaba una frase de Lucio V.
Mansilla: Toda acción buena o mala tiene un móvil.
El miércoles 15 de julio la ciudad de Buenos Aires amanecía empapelada con
millares de afiches impresos por la Policía Federal que, según el epígrafe de
Clarín, fueron distribuidos en todo el país, a través de las Delegaciones
Regionales. La pegatina se inició anoche, simultáneamente, en esta capital y en
el interior. Allí, otra vez, estaban las fotos de Arrostito, Firmenich y Abal
Medina, aunque no eran las mismas que las publicadas tres días antes. Arrostito
estaba tomada de tres cuartos de perfil, el pelo largo, más oscuro y peinado con
las puntas para afuera. Mantenía el flequillo (¿otra peluca?), la solapa del
saco era oscura. Los volantes estaban encabezados por la contundente frase: "Por
el secuestro del señor teniente general D. Pedro Eugenio Aramburu se requiere la
captura de: Esther Norma Arrostito con sus datos, Mario Eduardo Firmenich (alias
Manuel.21, argentino, 22 años de edad, soltero. Cutis blanco, 1,66 mts. de
estatura. C.I. N° 6.072.024 P.F. L.E. N° 7.794.388.) y Fernando Luis Abal Medina
(alias Fernando, argentino, 23 años de edad, soltero. Cutis blanco, 1,85 mts. de
estatura, delgado, C.I. N° 5.576.377 P.F. L.E. N° 4.557.175)"
En letras grandes, centrado, destacado, el imperativo DENÚNCIELOS! (así, con el
signo de exclamación sólo cerrando, como en inglés), y abajo, A la POLICÍA
FEDERAL o al organismo policial más próximo en todo el país.22
El 16 de julio, la policía encuentra el cadáver de Aramburu. Las pruebas
dactilares certifican que es él. Dos días después, Clarín publicaba un
suplemento extra de doce páginas dedicado a informar sobre la desaparición del
teniente general Pedro E. Aramburu. El día es decretado de duelo nacional: en la
Recoleta, hoy a las 11.30 inhumarán sus restos mortales. La foto del féretro
custodiado por un gendarme, en la iglesia de las Esclavas del Sagrado Corazón,
Montevideo 1348 (a tres cuadras de su casa), cubierto por la bandera nacional
enlutada, con la gorra y el sable corvo, contrastaba con la que tres días
después publicaban los diarios, mostrando la frazada con la que los montoneros
envolvieron el cuerpo de Aramburu. Y mayor era el contraste con el estado en que
se encontró el cuerpo: Estaba en un sótano, parcialmente cubierto de cal, con
las manos atadas a la espalda, los ojos vendados y una mordaza, según informó el
jefe de la Policía Federal, general Jorge Cáceres Monié23
El epígrafe decía: Una multitud impresionante se congrega en el lugar para
rendir su homenaje al hombre que una vez dirigió los destinos del país, y cuya
vida se perdiera en el absurdo de un crimen que enluta a todos y agravia a la
Nación.
El día del entierro llueve. Los diarios mostraban en tapa fotos de una
muchedumbre con paraguas en el cortejo fúnebre. La Nación reproducía las
palabras de Lanusse, diciendo que Aramburu fue cruelmente inmolado por el odio
ciego e irracional de un grupo de individuos cuya sola existencia constituye una
afrenta para la dignidad e hidalguía del pueblo argentino. Agregaba Lanusse una
frase en tono profético: El peso de la justicia habrá de caer inexorable sobre
los autores materiales del hecho, sobre sus instigadores y sobre sus cómplices.
El lunes 7 de setiembre de 1970 a las ocho de la noche, en la confitería La
Rueda de la localidad de William Morris, provincia de Buenos Aires, Fernando
Abal Medina y Carlos Ramus son muertos a balazos por la policía. Han llegado a
la cita antes de lo acordado, junto con otros dos montoneros, Luis Rodeiro y
Sabino Navarro. Rodeiro cae preso, Navarro logra huir. El tiroteo ha durado
veinte minutos. Norma Arrostito y Mario Firmenich están retrasados, llegan a las
ocho y veinte. Ven los cuerpos tirados en la calle y escapan. El peso de la
justicia de Lanusse había empezado a caer, inexorable.
NOTAS
1 La Causa Peronista, N° 9, 3 de setiembre de 1974, pp. 25 a 31. La nota de tapa
se publicó con el título Mario Firmenich y Norma Arrostito cuentan cómo murió
Aramburu, junto al logotipo peronista con la P dentro de la V (de vive). Después
de ese número, la revista cerró. En adelante, en este capítulo, todos los textos
tomados de esa fuente aparecen en bastardilla, y no se la vuelve a mencionar.
2 En 1970, Rodríguez Peña corría hacia Libertador. Posteriormente, al hacerse
Callao doble mano, el sentido de la calle se invirtió.
3 Todos los relatos publicados en los diarios, tanto de la policía como de
testigos y del dueño del garaje de Emilio Lamarca donde lo robaron, además de la
foto que publica la revista Gente del 16 de julio de 1970, indican que el modelo
del Peugeot es 504, por lo cual podría haber una errata en el texto de La Causa
Peronista. El modelo de Gladiator, mencionado más abajo, no era 380 sino T80.
Podría pensarse, entonces, que se trata de errores 'femeninos'.
4 Eduardo Anguita y Martín Caparrós, La voluntad, Norma, 1997, p. 362.
5 Mónica Deleis et al., El libro de los presidentes argentinos del siglo XX,
Aguilar, 2000, p. 240
6 Tres de esos comunicados, el 3, el 4 y el 5, son transcriptos en el número de
La Causa Peronista mencionado. Aquí transcribimos el 3 y el 4, que corresponden
a los cargos y la sentencia del juicio a Aramburu, y a la comunicación sobre su
ejecución.
COMUNICADO Nº 3
31 de Mayo de 1970
Al PUEBLO DE LA NACIÓN:
En el día de la fecha, domingo 31 de mayo de 1970, la conducción de nuestra
organización, constituida en Tribunal Revolucionario, luego de interrogar
detenidamente a Pedro Eugenio Aramburu, declara:
I-Por cuanto Pedro Eugenio Aramburu se ha reconocido responsable:
1º) De los decretos 10.362 y 10.363 de fecha 9 de junio de 1956 por los que se
legaliza la matanza de 27 argentinos sin juicio previo ni causa justificada.
2º) Del decreto 10.364 por el que son condenados a muerte 8 militares, por
expresa resolución del Poder Ejecutivo Nacional, burlando la autoridad del
Consejo de Guerra reunido en Campo de Mayo y presidido por el General Lorio, que
había fallado la inocencia de los acusados.
3º) De haber encabezado la represión del movimiento político mayoritario
representativo del pueblo argentino, proscribiendo sus organizaciones,
interviniendo sus sindicatos, encarcelando a sus dirigentes y fomentando la
represión en los lugares de trabajo.
4º) De la profanación del lugar donde reposaban los restos de la compañera Evita
y la posterior desaparición de los mismos, para quitarle al Pueblo hasta el
último resto material de quien fuera su abanderada.
II-Por cuanto el Tribunal lo ha encontrado culpable de los siguientes cargos,
que no han sido reconocidos por el acusado:
1º) La pública difamación del nombre de los legítimos dirigentes populares en
general y especialmente de nuestro líder Juan Domingo Perón y nuestros
compañeros Eva Perón y Juan José Valle.
2º) Haber anulado las legítimas conquistas sociales instauradas por la
Revolución Justicialista.
3º) Haber iniciado la entrega del patrimonio nacional a los intereses foráneos.
4º) Ser actualmente una carta del régimen que pretende reponerlo en el poder
para tratar de burlar una vez más al pueblo con una falsa democracia y legalizar
la entrega de nuestra patria.
5º) Haber sido vehículo de la revancha de la oligarquía contra lo que
significaba el cambio del orden social hacia un sentido de estricta justicia
cristiana.
El Tribunal Revolucionario, Resuelve:
1º) Condenar a Pedro Eugenio Aramburu a ser pasado por las armas en lugar y
fecha a determinar.
2º) Hacer conocer oportunamente la documentación que fundamenta la resolución de
este Tribunal.
3º) Dar cristiana sepultura a los restos del acusado, que sólo serán restituidos
a sus familiares cuando al Pueblo Argentino le sean devueltos los restos de su
querida compañera Evita.
¡PERÓN O MUERTE! ¡VIVA LA PATRIA!
MONTONEROS..
1º de Junio de 1970
COMUNICADO Nº 4
AL PUEBLO DE LA NACIÓN:
La conducción de MONTONEROS comunica que hoy a las 7.00 horas fue ejecutado
Pedro Eugenio Aramburu..
El comunicado número 2 dará la pauta de la veracidad del secuestro, porque en él
se enumeran las pertenencias de Aramburu a la hora de ser secuestrado.
7 En la foto, todos los micrófonos apuntaban a Lanusse, quien asumiría el
gobierno el 23 de marzo de 1971, y tras las caídas sucesivas, primero, de
Onganía (el 8 de junio) y de su sucesor, el general de brigada Roberto
Levingston.
8 'Revolución fusiladora' dirán en el artículo Montoneros. Comunicado, en la
revista Cristianismo y Revolución, n° 26, noviembre-diciembre de 1970, pp. 13 y
14.
9 Sobre el tema, véase el clásico de Rodolfo Walsh, Operación masacre, publicado
por primera vez en 1957. Hay reedición de Planeta, 1998.
10 Una frase que, como bien señala Beatriz Sarlo en su libro La pasión y la
excepción (Siglo XXI, 2003, p. 139 y ss.), podría aplicarse al mismo Aramburu en
su condición.
11 Sarlo, op. cit. El respeto por las jerarquías militares será relevante en el
futuro de Arrostito, como se verá en el capítulo 8.
12 Sarlo, op. cit.
13 Novela significa licencia para mentir, entrevista con Tomás Eloy Martínez por
Juan Pablo Neyret, en Espéculo, Revista de estudios literarios, Universidad
Complutense de Madrid, 2002.
14 María Seoane, Todo o nada. La historia secreta y la historia pública del jefe
guerrillero Mario Roberto Santucho, Planeta, 1991,
p. 18. 23
15 Ricardo Rojo es autor de Mi amigo el Che, un testimonio invalorable y el
primer libro publicado sobre Ernesto Guevara después de su muerte, el 9 de
octubre de 1967. Rojo perteneció a la UCR y como abogado defendió a presos
políticos en América Latina. Vivió exiliado en Venezuela y España desde 1976. El
2 de agosto de 1968, Perón le escribió una carta desde Madrid, elogiando el
libro y valorando la figura del Che. Rogelio García Lupo es uno de los grandes
referentes del periodismo argentino y de la industria editorial independiente,
además de ensayista. En 1970 trabajaba como redactor en la revista Primera
Plana, pero como su aparición pública estaba prohibida firmaba con el seudónimo
Benjamín Venegas.
16 La tesis fue abonada por actores de la Revolución Libertadora. El primero en
ponerla por escrito fue un civil amigo del ex presidente de facto, Próspero
Fernández Alvariño, alias Capitán Gandhi, en su libro Z Argentina. El crimen del
siglo (1973). Siguiendo esta línea, el capitán de navío Aldo Molinari denuncia
la falsedad de la documentación de La Causa Peronista y asegura que Aramburu
murió el 30 de mayo de 1970 en el Hospital Militar (La Semana, 25 de mayo de
1984). Molinari refuerza y desarrolla esta teoría en su libro Aramburu. La
verdad sobre su muerte, edición de autor, 1993, que además incluye el facsímil
del texto de La Causa Peronista, los cinco comunicados de Montoneros y la carta
de Perón. La teoría de la conspiración es abonada por Martin Andersen en Dossier
secreto, el mito de la guerra sucia, Buenos Aires, Planeta, 1993. El título más
completo en esta línea es el de Eugenio Méndez, Aramburu. El crimen imperfecto,
Grupo Editorial Planeta, 1987, que además contiene información de primera mano
de fuentes policiales y militares. Un artículo de Ernesto Salas, El falso enigma
del Caso Aramburu (Revista Lucha Armada en la Argentina, año 1, Nº 2), da por
tierra con estas hipótesis.
17 Contado por Araceli Bellotta en su artículo Norma Arrostito. Vida, pasión y
muerte de una guerrillera. En Todo es Historia, N° 342, enero de 1996, p. 42. El
texto de Bellotta da por sentado que la 'chiquilla' es Arrostito.
18 Cristianismo y Revolución, número citado. Allí, los montoneros enumeran los
objetivos de la toma de La Calera: a) Recuperación de dinero, b) Recuperación de
armas, c) Desarrollo de la propaganda armada, d) Dar testimonio concreto de
nuestra solidaridad combatiente con los mecánicos cordobeses reprimidos por la
patronal y el gobierno, e) Demostrar que los hechos militares de envergadura son
posibles y que el enemigo es vulnerable, y f) Poner a prueba la capacidad,
disciplina y responsabilidad de los militantes en operativos de volumen.
19 A la parte no programada parecen referirse los propios montoneros en el
número de Cristianismo y Revolución citado, escrito en homenaje a los compañeros
caídos, después de las muertes de Abal Medina, Ramus y Maza, cuando dicen, a
modo de extraño mea culpa relativizado en el mismo acto de escritura: A estos
hechos siguieron una serie de graves inconvenientes de los cuales nos hacemos
responsables, pero cuya autocrítica no corresponde hacer en este documento, ya
que afecta elementales normas de seguridad, y no modifica en lo más mínimo la
concepción general estratégica de la guerra popular.
20 Felipe Vallese, militante de la JP, es el primer detenido-desaparecido de la
historia contemporánea argentina. Fue secuestrado el 23 de agosto de 1962 y
brutalmente torturado en una comisaría de Villa Adelina.
21 Manuel por Manolito, el hijo del almacenero gallego de Mafalda. En 1970, la
tira de Quino que criticaba la sociedad con humor desde la mirada de un grupo de
chicos cumplía seis años.
22 Los afiches callejeros mostraron a Norma Arrostito en las dos versiones
mencionadas: pelo largo y pelo corto. El texto de los dos 'modelos' de afiches
variaba levemente. En la versión pelo corto, el mensaje a la ciudadanía decía:
Toda información hacerla llegar a la dependencia policial más próxima. (Durán,
Chiaramonte et al., Historia y geografía de Argentina, Ciencias Sociales,
Troquel, p. 109). En todos los afiches figura el alias 'Irma', que corresponde a
la prehistoria de Montoneros.
23 Deleis et al., op. cit.
JOSE SABINO
NAVARRO. Nació en Corrientes el 11 de diciembre de 1942.
Su padre, ferviente peronista, contagió a su hijo con esa pasión de pueblo. En
una oportunidad lo llevó a la Plaza de Mayo, a escuchar uno de los históricos
discursos del líder del movimiento.
Una gestión directa de Evita permitió que la madre de Sabino pudiera viajar a Bs
As para que la operaran.
A los 12 años, la familia lo trajo hasta Buenos Aires. Y todavía era un pibe de
15 años cuando acompañó al viejo hasta los basurales de José León Suárez, apenas
se enteraron de la masacre, para buscar algún sobreviviente. El Negro,
recordaría para siempre el recuerdo del odio al pueblo de los mismos que
pintaban "viva el cáncer" cuando Evita se moría.
En 1959 conoció a Pina, su mujer y madre de sus hijos, fue en la Algodonera
Textil, empresa donde ambos trabajaban.
Entre 1962 y 1963 hizo la colimba y recibió su primera instrucción militar.
Al finalizar la conscripción Sabino pasó a trabajar en Deutz Cantábrica y se
incorporó a SMATA, llegando a ser delegado, ganando un prestigio entre sus
compañeros por sus luchas sindicales, y todavía más, debido a una feroz paliza
que le propinó a José Rodríguez, quien había traicionado una huelga.
Ahí empieza a distanciarse del sindicato y comienza a surgir la idea de
acompañar la lucha político sindical con el desarrollo de acciones armadas.
Era un fervoroso militante en la Juventud Obrera Católica. Ahí conoce a García
Elorrio, director de Cristianismo y Revolución, y comienza a participar en
actividades en ese ámbito.
En agosto de 1968 Sabino participó del primer congreso del peronismo
revolucionario y, en enero del año siguiente, concurrió al plenario peronista en
Pajas Blancas, Córdoba.
Para entonces, ya no quedaban dudas acerca de la necesidad de complementar la
lucha político sindical con la lucha armada.
Dos meses más tarde se produjo una de las últimas apariciones públicas de
Sabino, cuando fue invitado por los trabajadores de la empresa Renault para
intervenir en un conflicto gremial.
A principios de 1969, comenzó a participar en los primeros operativos armados.
Con "fierros" en mal estado y sin municiones, encararon los primeros operativos
para autoabastecer el grupo. Siempre, convencidos de que el peronismo era
revolucionario y debía actuar como tal, para lograr el retorno de Perón al país,
y avanzar en la construcción de la patria socialista.
El grupo jamás abandonó su militancia política y gremial, junto a los operativos
armados.
Tras el aramburazo, en mayo de 1970, el grupo de El Negro comenzó a identificar
sus acciones con un mismo sello: Montoneros.
A mediados de 1970, José Sabino Navarro se transformó en uno de los dirigentes
de la conducción de Montoneros. En setiembre, la organización incipiente tiene
un enfrentamiento con la policía en William Morris. Caen muertos Fernando Abal
Medina y Gustavo Ramus, él salva su vida milagrosamente.
Fue buscado intensamente por las fuerzas represivas de la dictadura de Lanusse,
Lo detectaron en Villa Ballester, donde se enfrenta con ellos y mata a dos
policías a quienes les quita sus armas.
En 1971, Sabino se traslada a Córdoba y queda a cargo de la regional y su
reestructuración, tras su debilitamiento después de la Toma de La Calera.
El 21 de Julio de ese año viaja a Rio Cuarto, junto a, el santafecino,
estudiante en "la Docta", Jorge Cotone. Van a realizar una operación de apoyo al
conflicto de trabajadores de Fiat Con otros compañeros toman un garaje y
recuperan 2 vehículos para llevarlos a la ciudad de Córdoba.
La policía es alertada. Monta operativos de control en toda la ruta que va de
Río Cuarto a Córdoba. A los 40 ó 50 kilómetros, comienzan los enfrentamientos.
El grupo montonero logra superar los primeros cercos. Sin embargo, deben
abandonar uno de los vehículos, y en otro combate cae , en Berrotarán, el
"Negro" Juan Antonio Díaz. Tenía 28 años, era de Río Cuarto, hijo de obrero
ferroviario y peronista, un tipo bien de base, que había comenzado a trabajar
desde los 9 años, también peón ferroviario y delegado. Había participado en la
toma de La Calera.
El grupo continúa. Ya sin auto, deciden internarse en el monte, que es bastante
bajo y, con pocas hojas, ofrece poca protección. Cecilio Salguero, otro de los
militantes, se queda cuidando la retaguardia, para que los demás puedan avanzar
más. Es detenido al día siguiente.
El Negro Sabino y Cotone siguen, van obteniendo provisiones en las pocas casas
que van encontrando. A esa altura son rastreados por helicópteros y por la
infantería. Las fuerzas de la represión ya peinaban todo el monte.
Los combatientes montoneros se movilizan de noche. Ante cada intento de salir a
la ruta se ven obligados a entablar combate y deben volver a internarse en el
monte. Una noche encuentran el camino que buscaban, conducía al dique Los
Molinos. Toman un Citroen, pero son perseguidos y Sabino es herido en un hombro.
Para avanzar, "recuperan" un colectivo. El propio Negro maneja, mientras
continuaba la persecución y el tiroteo. Chocan y se internan de nuevo al monte.
Llevaban más de una semana de combates y persecución, estaban casi sin munición
y Sabino Navarro había perdido bastante sangre, sin recibir atención médica. Le
pide a Cottone que sigua e intente salvarse, que él va a quedarse. Ante la
negativa de Cottone a abandonar al compañero, Sabino se lo ordenó. "Yo no caigo
-le dijo-, no quiero caer y me muero". A los 200 metros, contaría después
Cottone, cuando ya se alejaba, se escuchó un disparo…
La policía lo buscó durante semanas, hasta que lo encontró, ya muerto. Estaba en
una cueva escondido entre las piedras, el revolver 38 todavía en su mano
derecha.
Como hicieron con el Che Guevara, le cortaron las manos, se las llevaron como
trofeo y escondieron su cuerpo, enterrándolo debajo de otra sepultura.
Recién en 1974, dos de nuestros Gobernadores de la Victoria, Oscar Bidegain y
Ricardo Obregón Cano, consiguieron la información del lugar en el que se
encontraban los restos del Negro. Arnaldo Lizaso, otro de nuestros luchadores,
colaboró con el traslado del cuerpo hasta El Cementerio de Olivos.
Fuente: www.eldesacamisado.org
|
|
VOLVER A CUADERNOS DE LA MEMORIA
Solo10.com: Dominios - Registro de Dominios - Alojamiento Web - Hospedaje Web - Web Hosting