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Rodolfo
Enrique Fogwill nació en Buenos Aires en 1941, sociólogo, profesor
titular de la Universidad de Buenos Aires, editor de una legendaria colección de
libros de poesía, ensayista y columnista especializado en temas de comunicación,
literatura y política cultural.
El cuento “Muchacha punk”, que recibiera el
primer premio en un importante certamen literario en 1980, lo hizo abandonar su
carrera empresaria y comenzar, según sus palabras, "una trama de malentendidos y
desgracias" que lo llevaron a su actual "oficio" de escritor.
Textos suyos integran diversas antologías publicadas en Cuba, México, España y
Estados Unidos.
Entre sus obras están: El efecto de realidad (1979), poemas; Las horas de citas (1980), poemas; Mis muertos punk (1980), cuentos; Música japonesa (1982), cuentos; Los Pichiciegos (1983), novela ; Ejércitos imaginarios (1983), cuentos; Pájaros de la cabeza (1985), cuentos; Partes del todo (1990), poemas; La buena nueva (1990), novela; Una pálida historia de amor (1991), novela; Muchacha punk (1992), cuentos; Restos diurnos (1993), novela; Cantos de marineros en las pampas (1998); Vivir Afuera (1998), novela; La experiencia sensible (2001), novela; En otro orden de cosas (2002), novela. Murió en Buenos Aires el 22 de agosto de 2010.
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Último
adiós al escritor Rodolfo Fogwill
La irreverencia, la pluma mordaz y una intuición al margen de modas
efímeras, son las marcas de identidad que deja como legado el escritor
Rodolfo Fogwill, que falleció ayer a los 69 años como consecuencia de un
problema pulmonar.
El autor de "Restos diurnos" murió en la madrugada del sábado en el Hospital
Italiano, donde se encontraba internado a raíz de un enfisema pulmonar
derivado de su conocida compulsión al cigarrillo.
A tono con su fama diletante, a lo largo de su vida Fogwill ejerció
múltiples oficios, entre ellos sociólogo, empresario, publicista, profesor
titular de la Universidad de Buenos Aires, ensayista y editor de una
legendaria colección de libros de poesía.
También trabajó como agente de la Bolsa y fue columnista de temas políticos
y culturales. Fuera de su agitada actividad pública, estuvo preso, fue
adicto a la cocaína y confesó alguna vez que tuvo un revólver Smith & Wesson
a los 10 años, un barco a los 15 y su primera novia a los 17.
"Por veinte años fui consultor de una tabacalera y pude librarme -en orden-
primero del cine, después del dinero, del alcohol, de la marihuana y
finalmente de la cocaína, pero aún sigo dependiendo de la estúpida
nicotina", aseguró el autor de eslóganes y campañas publicitarias como
"Suaves pero con sabor, el equilibro justo", para los cigarrillos Jockey.
Fue el cuento "Muchacha punk" -con el que obtuvo el primer premio en un
importante certamen literario en 1980- el disparador que lo impulsó a
abandonar su carrera empresaria para comenzar, según sus palabras, "una
trama de malentendidos y desgracias" que lo llevaron a su "oficio" de
escritor.
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Con el dinero de
ese galardón fundó una editorial con la que publicó "Poemas", de Osvaldo
Lamborghini, y "Austria-Hungría" de Néstor Perlongher, entre otros.
Fogwill a secas -le gustaba firmar prescindiendo de su nombre de pila- se
caracterizó por su personalidad explosiva y su pluma irreverente: de hecho,
su permanente uso de la provocación le facilitó contadas enemistadas que
incluso minaron la continuidad editorial de su obra.
El escritor, nacido en Buenos Aires en 1941, deja como legado una veintena
de títulos que atraviesan todos los géneros pero que mantienen como marca
distintiva el sentido del humor y una prosa vertiginosa cargada de
referentes que funcionan para enriquecer lo que se narra y al mismo tiempo
reflejar la época en que fueron escritas.
Entre sus obras más conocidas se encuentran "Los pichiciegos" -considerada
la mejor novela sobre la Guerra de las Malvinas-, "Urbana", "La experiencia
sensible", "Urbana2", "Runa" y "Vivir afuera", con la que consiguió el
Premio Nacional de Literatura en 2004. Hace dos años publicó "Los libros de
la guerra", recopilación de su trabajo en prensa.
También escribió "El efecto de realidad", "Las horas de citas", "Mis muertos
punk", "Música japonesa", "Ejércitos imaginarios", "Pájaros de la cabeza",
"Partes del todo", "La buena nueva", "Una pálida historia de amor ", "Cantos
de marineros en las pampas" y "En otro orden de cosas".
Uno de los temas recurrentes en su narrativa fue el amor: "No sé qué es el
amor, pero sé que si hay algo que te puede salvar es el amor. Creo que tiene
que ver con el amor propio, una cuestión neurofisiológica que te produce una
sensación de totalidad; nada lo puede remplazar", definió en una entrevista.
"Inmediatamente después de salir por la televisión y tener éxito los cinco
minutos de gloria de todos en la sociedad democrática, te das cuenta de que
no existió, que fue sólo una puesta en escena y que está terriblemente
desarticulado... El amor, en cambio, produce un bienestar casi neurológico",
aseguró en esa ocasión.
Ganador de la prestigiosa beca internacional Guggenheim en 2003, Fogwill
deja a sus lectores un puñado de textos urgentes que dan cuenta de un
pensamiento ajeno a las modas y un olfato para intuir "lo distinto", que lo
llevó a descubrir la obra de colegas como Alberto Laiseca, César Aira o
Perlongher cuando nadie antes había apostado por ellos.
Telam, 23 de agosto 2010
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Fogwill,
Quiquito
Por Horacio González*
No va a ser fácil acostumbrarse a la ausencia de Fogwill, porque estaba en
todos los puntos de tensión que pudieran imaginarse en torno de cualquier
falla en la imaginación pública. El mismo era una falla y la representaba
con un gasto doloroso y una risa de fauno corrosivo. Hasta que largaba algo
inesperado, que venía masticando entre acres agresiones, y era una relación
inesperada entre las cosas y el pensamiento. Siempre a la caza,
esencialmente atrapaba relaciones de fuerza, oscuras pulsiones sueltas en la
vida de todos, molestas revelaciones de las potencias sombrías que están en
el lenguaje.
No va a ser
fácil acostumbrarse, porque queda su obra, como siempre se dice, pero su
obra es como él, es como él era, una frágil membrana de la realidad que se
recreaba en cada una de sus actuaciones públicas, de su teatro y comedia del
existir. Cuando uno muere, cuando se muere, nos dan el nombre verdadero, nos
lo devuelven como regalo póstumo en un acto funerario. Se vuelve entonces a
llamar Rodolfo Enrique Fogwill, vuelve a nacer en Quilmes hace 69 años,
vuelve a ser estudiante de sociología y vuelve a escribir su obra, con su
genealogía correcta y adecuada a una biografía, en la que durante muchos
años le dijimos “Quique” hasta que le respetamos el sacramento de su “Fogwill”.
Pero más que una biografía, manejó publicitariamente su nombre y lo
convirtió en un ícono sonoro, emblema visual de mercado y epistemología
errante. Usó la expresión “experiencia sensible” para decir algo que nunca
dijo literalmente: que sólo rescatando la experiencia sensible, que es la
más radicalizada flema lírica y musical debajo de las palabras, podemos
seguir existiendo. Y la experiencia sensible es un humanismo que Fogwill no
declaró nunca como tal, o que incluso lo hizo, pero negándolo. “Publicitaba”
aquello en lo que no creía, como todo gran publicitario. Al hechizo del
mundo técnico, tema contra el cual compuso sus novelas, lo mostró
proviniendo de una ceguera formidable, y la designó como el fin de esa
experiencia sensible. Pero lo que hacía parecía lo contrario, un salmo a la
teoría de la emancipación con que las grandes tecnologías gustan de verse a
sí mismas.
Fue poeta lírico que buscó rehacer el lenguaje vivo en medio de un cultivo
fetichista de los infinitos rezagos de las tecnologías, del marketing, del
habla prefabricada de las profesiones y del pragmatismo positivista con el
que solemos practicar nuestros lenguajes diarios. De ahí saca sus novelas y
poesías. En los Pychicyegos la guerra es el lenguaje, las posiciones en las
trincheras están en el habla. La guerra primero nos exige que conversemos
como ella, en estado fisicoquímico de necesidad, aunque luego nos dejaría
redimirnos como poetas liberados. Cito en la vaguedad de la memoria otros de
sus escritos: en otro orden de cosas muestra hombres aprisionados en los
tejidos metálicos del poder, pero el poder decide entretener a los
intelectuales dejándoles la organización de vanas utopías humanísticas.
También allí la red tecnológica –alerta Fogwill– nos captura. Pero su novela
ofrece la cifra de una implícita redención, sin que nos demos cuenta. Nadie
debía darse cuenta, ni él, porque la existencia no puede declarar sus fines
(pienso que pensaba Fogwill).
En La experiencia sensible, justamente, se propone aferrar el secreto
nominalista de la materia, rebosante de amenazadoras energías, de longitudes
oníricas, de átomos de excitación física, de impulsos sexuales que se trazan
según automatizaciones desoladoras. Pero siempre está la sensación de la
catástrofe inminente, pues el factor técnico y la administración de la
materia no pueden gobernar la vida. Salvo con el terror. Fogwill logra
traducir esas sensaciones salvadoras, las escribe como un cyber-alquimista
en medio de cableados y probetas.
Sus poesías son el intento de encontrar, como en su héroe, Leónidas
Lamborghini, el punto en donde el lenguaje se recobra en las tinieblas luego
de sufrir el divino acoso de los poderes técnicos. Tituló Runa a uno sus
poemarios porque solamente evocando una supuesta lengua originaria y
distraída (debió pensar), se podría volver al mundo humano. Su propio nombre
lo convirtió en una “runa”, en un signo burlón y profético, tomado a la
chacota, pero escribiendo una de las literaturas más asombrosas del país
contemporáneo. Los nombres verdaderos de las cosas debían surgir del trabajo
burlón de un viejo filósofo cínico que condenaba la simulación y la
practicaba a diario. Fue un filósofo del lenguaje, pero actuó como un
entretenido semiólogo sesentista, mostrando que hablar era mover placas
tectónicas, aunque se trataba del zumbido a veces insoportable que producía
en las charlas de bar o en las conferencias que daba, con la estricta misión
de anular el modo falaz con que en todo el mundo se producen esas
convocatorias.
No va a ser fácil acostumbrarse a su ausencia, porque su presencia mantenía
los hilos ocultos de lo que significaba una picaresca y un desértico balance
del existir. Su personaje inquisidor, su socratismo doloroso, poseía un
indicio de redención que sin embargo debía ser percibido –como en toda su
poética-, en términos de una distracción y una humorada. Solo así podía
surgir una “runa”, un signo que descifrara el presente y no generara ningún
poder si eso pasara. Actuó simulando que si eso ocurriera, no debía
importar, porque basta que se confesase un interés, cualquier interés, para
que surgiera un problema de dominio, de hegemonías, de poderes. No solemos
acostumbrarnos fácilmente a la desaparición de un gran comediante, porque
pareciera que pone de inmediato en peligro su obra y la de los demás.
* Sociólogo, director de la Biblioteca Nacional.
Página|12, 23/08/10
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Entrevista por Martín Kohan, 25/03/06
Se está por reeditar su novela sobre la Guerra de Malvinas, "Los pichiciegos".
Dice que en ese relato arroja datos en clave para dar cuenta de "yo me avivé y
que todos los demás son unos pelotudos". Pese a que trabaja su autoimagen se
considera un escritor "sin estrategia". Sus habituales andanadas se reparten
esta vez para Beatriz Sarlo, Ricardo Piglia, y es más duro aún con Alan Pauls,
el autor de la novela "El pasado".
En pocos días estará en la calle una nueva reedición de Los pichiciegos y con la
reedición se despierta su autor, Fogwill, escritor-personaje, famoso por cierta
gestualidad calculadamente excéntrica y por sus latigazos provocativos. También
por la tensión que mantiene entre deseo y rechazo hacia un parnaso literario
argentino, si tal cosa existiera, y por los severos juicios que suele arrojar
sobre sus pares narradores.
Cualquier novela que se reedita permite pensar en las diferencias que puede
haber entre el momento en que se publicó y su relanzamiento. Pero Los
Pichiciegos es un libro tan pegado a Malvinas y a la situación en 1982, en la
escritura y en lo que quería ser su publicación, que es posible imaginarlo más
afectado por los diferencias de las condiciones de una reedición. El, Fogwill,
sin embargo, no lo ve así.
-Yo lo veo al revés. Creo que hay libros buenos -bah, buenos; del nivel de Los
Pichiciegos- de aquella época, que hoy ya no se pueden leer. No voy a decir que
Flores robadas en los jardines de Quilmes, de Jorge Asís, o cosas por el estilo,
pero hay muchos libros que hoy resultan usados. Ningún libro de esa literatura
de la desapariciología, que se puso de moda... ninguno de esos libros hoy se
puede leer.
-Lo que pasa es que "Los Pichiciegos" es un libro concebido desde cierta
inmediatez que también quería ser una intervención. No solamente lo escribís
pegado a los hechos, sino que también estás queriendo que el libro salga lo más
pronto posible.
-En esa época yo vivía en un piso décimo, mi mamá vivía en el quinto. Yo
bajaba, al mediodía, y a la tardecita, a morfar algo, y estaba el televisor
prendido todo el tiempo. Esa fue mi única relación con Malvinas. Y en mi
laburo... Yo había salido de la cana, y me tomaron como director creativo de la
agencia de publicidad que era de la familia del presidente (Roberto) Viola, que
ostentaba todas las cuentas publicitarias de las empresas intervenidas por el
gobierno. El presidente de la agencia era un amigo de Viola, y el vicepresidente
era además el vicepresidente del Banco Central en ese momento, el brigadier
Cabrera. Entonces, la agencia era también un lugar donde se reunían los
generales a charlar boludeces, a tomar whisky, y a hablar sobre cómo iban a
ganar la guerra. Una vez, incluso iba en remís con el brigadier Cabrera, pasamos
por la estación Constitución, para tomar lo que después fue la autopista. Y le
digo: "Qué buena arquitectura". Me dice: "Sí, es maravillosa". "¿Sabe quién
tiene los planos de esto? ¿Sabe dónde están?" "No", me contesta. "Ah, le aviso
que están en el Banco Lloyds de Inglaterra; porque esto está asegurado en
Inglaterra. Y ellos lo pueden hacer mierda en un minuto. Y ustedes no saben
dónde están los caños". Se quedó así duro el tipo, ¿no? Estaba el general Saá
-un general en actividad-, porque el hijo de él laburaba en la agencia; era un
abogado, Teófilo Saá. Y entonces, dice: "General, si usted odia tanto a los
ingleses, ¿por qué toma tanto whisky?" Y el general dijo: "Pa''mearlo". Eran
mamertos, eran curdas de cuarta.
-¿Cómo conseguís armar el registro de la novela en torno de la situación de
los combatientes?
-Fue un experimento mental. Me dije: "Sé de..." Yo sabía mucho del Mar del Sur
y del frío, porque yo sufrí mucho del frío navegando. Sabía de pibes, porque
veía a los pibes. Sabía del Ejército Argentino, porque eso lo sabe todo tipo que
vivió la colimba. Cruzando esa información, construí un experimento ficcional
que está mucho más cerca de la realidad que si me hubiera mandado a las islas
con un grabador y una cámara de fotos en medio de la guerra. Con la inmediatez
de los hechos te perdés.
- Vos hablabas de cómo envejecen ciertas novelas. Pero también está el
envejecimiento de los testimonios de los excombatientes. "Los chicos de la
guerra" sale ese mismo año.
-Bueno, para mí fue un golpe lo de Los chicos de la guerra. Primero, porque me
lo robaron -me lo robó la Editorial Galerna, que conste-, y segundo, porque creó
una mitología, muy parecida a la de Pichis, que podía impedir la venta de mi
libro. No la impidió; el libro anduvo en la escala en que puedo andar yo.
-Pero en "Los Pichiciegos" hay un principio de descreimiento en la guerra y en
toda la mitología nacional. Eso en los testimonios no está, todo lo contrario.
-No está, pero... acá sumaron cuatrocientos suicidas. ¿Vos creés que el
suicidio es cualquier cosa? Beatriz Sarlo escribe un artículo sobre Los
Pichiciegos, que a mí no me gusta -digamos, no defiendo su interpretación-, pero
dice una cosa muy inteligente. Dice que en la situación límite, todo argentino
es un muerto, porque carecen de Nación. Creo que Sarlo lo escribió doce años
después de su primera lectura. Escribió una segunda lectura cuando ya no estaba
Alfonsín. Lo escribió bajo Menem. Cambiaron sus condiciones. Y entendió que lo
que yo estaba escribiendo era contra el alfonsinismo, que yo veía, porque yo
también trabajaba en Socma y sabía cómo se estaba fabricando el tránsito a la
democracia. En realidad, ellos apostaban a (Italo Argentino) Luder, el candidato
del peronismo, pero el plan cultural de la democracia lo escribí yo, en Socma,
para Luder. Era uno de los tantos miles de papers que salían para proyectos de
gobierno.
-Es lógico que una lectura pueda cambiar diez años más tarde. ¿Qué pasó
entonces cuando "Los pichiciegos" se reeditó en el año 1994, y qué idea tenés
sobre cómo puede ser leído el libro en la actualidad?
-La novela tuvo al principio unos catorce ejemplares, y después fotocopias,
que se editaron en Brasil. Ponele que esos catorce ejemplares los hayan leído
tres personas cada uno. Hay setenta y dos lectores del libro antes de que
termine la guerra, antes de que llegue el Papa a la Argentina. Muchos de ellos
eran periodistas de diarios, y todo lo demás. Ese es mi crédito. Cualquier tipo
que lo leyó en enero del ''84, cuando el libro llegó a las librerías, en plenas
vacaciones, cuando dice que los radicales volverán al gobierno, cuando los pibes
hablan de que tienen que votar, creen que está escrito después del llamado a
elecciones. Y yo, el día que empezó la guerra, dije: "Esto termina con una
elección". Más aún, un año antes, yo había publicado un cuento -malo, ponele que
malo-, que es Música japonesa; era un costumbrismo argentino, la historia de un
jubilado viejo que va al hospital, que odia a los radicales mientras se dice que
van a volver al gobierno. Bueno, ahí yo ya estaba viendo las reuniones que Viola
tenía con (Raúl) Alfonsín. Usé la literatura como buzón. Como en otro libro,
también usé el buzón en la guerra sucia. Yo deposito en clave un montón de
datitos, para que vean que yo me avivé y que todos los demás son unos pelotudos.
Es la venganza del tipo que entiende. Y esos datitos tienen un valor literario,
obviamente, ¿no?
-Vos tuviste también un posicionamiento en la literatura, bastante fuerte,
sobre la década menemista. Vos decías: "Quiero escribir la novela del menemismo,
así como otros escribieron la de la dictadura". En tu caso, además, eso estuvo
muy pegado a una decisión estética, que era la de hacerlo en clave de realismo,
cuando "Los Pichiciegos" no es una novela realista en lo más mínimo.
-No, no es realista, pero sin embargo hay un realismo muy fuerte, que es el
peso de la esencia sobre la realidad, de alguna manera. La esencia argentina
sobre la realidad. Yo no escribí la novela del menemismo; muchos dicen que -
Vivir afuera- es eso, pero no, porque no logré captar eso. El menemismo está en
- Los Pichiciegos- , en la imagen del turco. Aguante y merca, merca, merca. No
tiene enemigos. Ese personaje es el que prefigura el menemismo. Eso lo ve, en
pleno menemismo, Sarlo.
-Dejame volver a la cuestión del realismo.
-Yo creo que lo real real... para mí es mucho más real lo inaccesible e
invisible, como es el genoma humano, que la condición de la corrupción política.
Yo digo: nosotros tenemos un genoma histórico, por decirlo de alguna manera, y
yo trabajé sobre ese genoma histórico, con el microscopio de la imaginación ficcional. Es muy así.
-En la comparación con "Vivir afuera", o con "La experiencia sensible", se
puede entender mejor hasta qué punto "Los Pichiciegos" es una novela fuertemente
referencial, pero que no por eso asume una representación realista.
-No, para nada. Está escrita con doce gramos de cocaína en dos días y medio.
La realidad no existía para mí. Digamos, yo resistía cuando dormía catorce
horas, iba a laburar, después de tres días sin dormir, y ahí me topaba con la
realidad. Entonces me decían: "No vino a la reunión de ayer", y yo no sabía
dónde estuve. ¿Entendés? Digamos, no tenía realidad. En realidad Los Pichiciegos
uno podría leerlo como una alegoría del sistema cultural argentino. Las
acomodaciones, los intercambios, los cambios de camiseta, la sumisión a un poder
autogenerado. Porque los Reyes Magos se autogeneran, por el azar de la amistad.
Hoy en día tenemos un gobierno que está generado -el núcleo de poder- por el
azar de la amistad. Vos mirá el gabinete, cómo se compone, y de golpe puede
haber una figura -Taiana, equis-, que puede ser una figura de una carrera
política o de una carrera social significativa, pero en general, son figuras de
un departamentito, que se reunían hace quince años en un pueblito de provincia.
Lo mismo pasa con el poema Gran Menem, que yo publiqué un año antes de que
saliera la campaña publicitaria de Menem, "Menem lo hizo", y es un "Menem lo
hizo". Cuando lo leía, en ese momento, antes de que saliera -porque yo lo leía
en público-, se cagaban de risa, creyendo que era un delirio de un loco.
-¿Y por qué decís que no funcionó esa idea que tenías de hacer la gran novela
del menemismo?
-Porque Vivir afuera es una novela casi te diría intimista. Porque es eso.
Ahora la leo y no veo ninguna doctrina, está escrita por un tipo que llevaba ya
-y sí, bueno, ahora llevo más- quince años ausente de la realidad mediática; yo
no miré televisión en quince años, no sé ni quiénes son los tipos estos que todo
el mundo nombra. Entonces, si no tenés ese elemento, estás muy lejos de lo real
público.
-Más en aquellos años con el peso aplastante que tenía lo mediático.
-Claro, en el 80, yo, por ejemplo, era un mediático internacional; leía la
prensa inglesa, la prensa brasileña y leía Times... y cerraba con eso. Eso me
llevó mucho a entender lo de Malvinas cuando apenas empezaba. En esa época, vos,
con ese background, entendías todo. Entendías todo. Así empezó Los Pichiciegos.
Yo estaba escribiendo una novela que se llamaba Amor a Roma, que era sobre la
Logia propaganda Dos, la P2, de Lucio Gelli Y venía muy embalado, era para
terminar en tres días, y llego a lo de mi vieja, a las seis de la tarde -venía
de mi oficina-, y mi vieja estaba enferma, tenía cáncer, y me dice: "¡Hundimos
un barco!". Y entonces, yo escribí, en esa novela "Mamá hundió un barco". Y ahí
arrancó Los Pichiciegos.
-¿En un punto no te da cierta inquietud que "Los Pichiciegos" pueda quedar en
el centro de tu obra?
-No, me chupa un huevo. Bueno, si fuera, sería así. Pero no, no me preocupa. Y
además, porque yo creo que lo taparé con otras cosas, ¿viste? Suponte ahora, con
una ópera y una obra de cámara. Estoy armando... no una ópera de cámara, no sé,
una escena de cámara, con La siesta del fauno, de Mallarmé, ambientada en el
Paraná. Vos viste que Juan L Ortiz es Mallarmé. Volví a las fuentes e hice una
historia de una violación, que es la historia del Fauno y las Ninfas, de
Mallarmé. Todo con clichés de Mallarmé. Esas minas, las quiero eternizar, dice
el chamamecero. Yo tengo esos tapones, ¿viste? No sé, un día escribiré una
cueca, no sé, una zamba.
-Lo pensaba en términos de tu escritura.
-No me crea inquietud. Mi inquietud es que realmente -y estom es una
confesión- la fuerza, mía y ajena, que había en Los Pichiciegos, no la voy a
volver a tener nunca, porque no voy a volver a tener nunca cuarenta años, soy un
viejito de sesenta y cuatro. En serio, no es chiste eso. Igual que las minas,
¿viste? Los tres polvos aquellos al hilo, se acabó. Ahora es al hilo mensual. Y
sí. Y qué vas a hacer, si la realidad es así. Esa fuerza no vuelve.
-Igual es interesante porque lo seguís pensando en términos de tus condiciones
de escritura. Yo había pensado más que nada en los lugares de los libros leídos,
no en tu escritura.
-Yo vengo sin estrategia y seguiré sin estrategia. No te olvides que publiqué
Una pálida historia de amor y La buena nueva de los libros del Caminante, con requechos de papel abrochados. Nunca tuve una estrategia. Y si al comienzo no la
tuve, no la voy a tener ahora.
-Podés no tenerla en la escritura, pero sabés que en eso que se llama imagen
de escritor, o figura de escritor, sos uno de los tipos a los que se considera
más estrategistas.
-Sí, sí. Pero digamos que es una estrategia inconsciente, como esos boxeadores
que son estrellas sin haber tenido una formación técnica. Fijate en Francia. En
Francia, yo entro de la mano de Alejandro Agresti. Porque a mí me conocen por la
película de Agresti -Buenos Aires viceversa-, y ahora me invitan a un congreso
en Toulouse, para hablar de la memoria... En realidad, debe ser financiado por
el lobby del Holocausto, porque en realidad quieren seguir mostrando judíos
muertos en Polonia, asesinados por los alemanes. Y bueno, dale, total, yo ahí
voy a decir mi discurso, obviamente; no voy a decir el discurso del gobierno
francés.
- ¿Vas a hablar del lobby del Holocausto?
-Por supuesto. Obviamente.
-Con respecto a la cuestión de figura de escritor, me llama la atención que se
tiende a estar más atentos a lo que históricamente pasa con los libros; cómo
funcionan en un momento, en otro, si se desgastan, si no se desgastan, si ganan
vigencia, si pierden vigencia. Y parece quedar afuera esa construcción de figura
de escritor, que en tu caso es tan fuerte. ¿Hay un desgaste también ahí, o no pensás que puede haber un desgaste?
- Si no se gastó en veinticinco años, no se va a gastar.
- Una definición muy fuerte que siempre se genera a propósito de tu lugar gira
en torno de la figura del francotirador. La palabra aparece muy seguido asociada
a vos ¿Seguís pensándote exactamente igual?
-Sigo tirando franco sin saberlo. El otro día publiqué una nota en La voz del
Interior sobre un festival de música en el concheto balneario uruguayo de José
Ignacio. Y las fuerzas vivas del pueblito José Ignacio, la Junta Vecinal, se
armó de una copia, y ahora me llega el mensaje, que estaban contentísimos, que
eran felices y todo lo demás, porque intervine en una interna de propiedades que
yo no tengo la menor idea que existe.
-Y vos tocaste eso.
-Toqué el tema, digamos, de los paraísos artificiales de la burguesía, que
celebran una vida sana, ecológica, sin velocidad, sin ruidos, sin toxinas, sin
pobres, siendo que la pobreza, la toxicidad, la polución y todo eso, son
producto de su propio afán de lucro. Y lo tuvieron que leer, se lo tuvieron que bancar. Pero estaban contentos.
-Hay una anécdota tuya que me pareció significativa: cuando le leen a Borges
un cuento tuyo, pero lo hacen salteando en la lectura las partes demasiado
fuertes...
-Ese era Enrique Pezzoni. Lo hace Pezzoni, la primera vez, y lo hace Josefina
Delgado la segunda.
-Borges elogia el cuento, diciendo que sos un maestro de la elipsis.
-Ahora, vos fijate que pasado tanto tiempo, hace dos años vuelvo a leer El
Aleph- , y veo cuánto más logrado está - El Aleph- que mi versión.
-Help a él.
-El que puede leer bien El Aleph, con menos palabras y una experiencia más
breve, le quedan grabadas más cosas que el que lee Help a él. Porque al final,
con tanta caca, y polvo, y sangre, y explosión y droga, con todo eso, se pierde
la esencia de los celos, la muerte de la mujer. Digamos, las variables
antropológicas fundamentales de lo narrativo. Se pierden. Porque al final, la
coprofagia, la coprolalia, la drogología que hay en Help a él, eso sí es de
época; es mucho más de época que la Guerra de Malvinas. Porque en las policiales
ya no queremos saber nada del impermeable blanco, ni del Colt 38. Nos aburre.
Cuando vos ves, por ejemplo, en La ciudad ausente, de Piglia, que empieza con
ese Junior, con un impermeable blanco, cruzado, que busca un papel, con una
clave de algo, bueno...
- De todas maneras, con ese cuento hacés el clásico gesto parricida. Sobre
parricidio, en la literatura, se habla muchísimo. Sobre fratricidio, menos;
sobre filicidio, menos, o no se habla. ¿Por qué no pensar que hay fratricidio y
filicidios también en la literatura?
-No, fratricidio no hay porque no es necesario. Por ejemplo, a Sergio Bizzio
puedo yo considerarlo alternativamente como un hermano, en cuanto a que si no
somos de la misma generación, somos tipos que empezamos al mismo tiempo. Cuando
Sergio publica Rabia, que es una novela mejor que la novela que yo pude haber
escrito en esos años, está cometiendo, sin saberlo, un fratricidio; me está
matando, me está robando el lugar. El fratricidio es parte del proceso natural
de la literatura; cagar a los pares. El parricidio es una operación retórica de
la estrategia. Es la vieja escena táctica del tipo que llega a un pueblo, va al
bar y espera que aparezca el más malo para faltarle el respeto. Es un truco
politiquero y muy usado. Si sale bien, ganaste; si sale mal, vas a otro pueblo a
desafiar a otro, con lo que quede del cuerpo.
-Vos decís que el fratricidio funciona solo.
-Claro. Por ejemplo, mis hermanos, ¿cuáles serían mis hermanos? Por
generación: Héctor Viel Temperley, Leónidas Lamborghini, César Aira, Sergio
Bizzio, no sé... algunos más. Si yo pudiera escribir un gran libro de poemas que
borre del mapa la memoria de Viel Temperley, estaría cometiendo un hermoso
fratricidio.
-¿Y filicidio?
-Bueno, filicidio, si yo escribiera lo que pienso de El pasado de Alan Pauls,
cometería un filicidio. Porque Alan sí, no es un par para mí, es casi un hijo,
porque lo conocí a los dieciocho años, cuando él era alumno de Piglia, laburaba
conmigo en mi oficina... El le dijo una vez a mi hijo que yo era como un padre
para él. Si yo escribiera -que lo tengo escrito, mentalmente- El pasado leído
desde adentro...
-¿Qué quiere decir "leído desde adentro"?
-Yo soy el personaje. El primer hombre que usó calzado náutico, lapicera Mont
Blanc, Dupont. Además, soy el eje, porque soy el tipo que hace aparecer después
el cuadro de Ritse. Digo, él hace un parricidio malo, porque a lo largo de todo
eso, hace la misma operación de Borges: que los mocasines, que la modernidad,
que la droga, que esto, que lo otro, que el yate, que la regata Río de
Janeiro-Ciudad del Cabo. Todo eso. Y en ningún momento dice que yo escribo mejor
que él. Y eso es lo primero que tendría que decir. Yo digo, por ejemplo, él sabe
mucho más francés que yo. Punto. El tiene una mejor formación académica que la
mía, que es nula. Eso lo reconozco. Pero yo sigo diciendo que yo escribo mucho
mejor que él. Que si vamos a un taller literario, con alguien, el alumno
estrella voy a ser siempre yo, porque me van a dar un ejercicio y yo una página
se la hago en tres minutos, cuando él empieza a pensar con qué estrategia
abordar -abordar subrayado- el texto. ¿Entendés?
-Ahora, vos decís "si yo dijera", pero lo estás diciendo. Vos confiás en que
no lo voy a poner.
- No, no, vos podés poner lo que quieras. Sobre el filicidio, yo me quedé
pensando en otra cosa, que es la filifilia. Yo digo, padezco más de filifilia,
porque a mí lo que más me emociona es encontrar tipos muy nuevos, muy jóvenes,
que son muy buenos. Y especialmente eso me pasa en poesía, no me pasa en
narrativa. Me pasa en poesía.
-Ahí vos tenés intervenciones sobre Martín Rodríguez o sobre Alejandro López.
-Alejandro López me parece un fenómeno. Me parece un fenómeno, nada más. De
Martín Rodríguez, Maternidad Sardá es una obra maestra. Y te digo, me tuvo en
vilo una semana; un librito chiquitito. Que no me pasa con un narrador bueno.
-¿Y el lugar que te dan a vos? Por momentos tengo la impresión de que te
empiezan a copiar los gestos del escándalo.
-Está bien. Dejalos, les va a salir como el culo.
-Pero entendés a qué voy. Que en un punto, es más fácil retomar tu gestualidad
de figura de escritor, que rastrear dónde está la recuperación de tu literatura,
de tu escritura.
-A mí me parece que sería muy original, para un pibe que tiene una beca en
Harvard, o en Columbia, escribir sobre tres textos, ya que estamos. Pichiciegos
-porque ya que estamos hablando de Los Pichiciegos-, Plop de Rafael Pinedo, y La
ilusión monarca, de Marcelo Cohen. En Pinedo hay dos sexos, pero La ilusión
monarca también es una novela homosexual. Los Pichiciegos es homosexual, la
única mujer que aparece es la Virgen María, y aparece como una... como una
aparición. Y hay que bancarse una novela de intensa sexualidad, ¿no?, sin
presencia de mujeres, sin testigos femeninos. ¿Notaste que María aparece como
las desaparecidas?
-Sí, y con cuentos de aparecidos. Es el momento de los cuentos de aparecidos.
En ese momento hacés aparecer a Manuel Puig.
-Sí. Y a Borges; Acevedo era Borges. Para mí era mi paradigma. Mirá si pudiera
sacar el diez por ciento de Borges y el diez por ciento de Puig. Yo con ese
veinte por ciento hago una industria.
- ¿Seguirías pensando tu literatura o estás pensando lo que escribís en esa
relación ideológica con el presente de la política argentina?
-Mirá lo que es la vejez. Estoy terminando una novela hace tiempo, y la paro
siempre por razones de poesía, ¿no?, y no me acuerdo nada. Es una novela
posmoderna. Está anclada en una realidad rara, está más anclada en la realidad
de los desarrollos inmobiliarios. Es una historia en las Termas de Flores. Como
el barrio de Flores adquiere mucho significado en el mundo, como La Boca y San
Telmo, un señor que tiene tierras en Ezeiza, encuentra agua caliente, salada,
que existe ahí abajo, a cuatrocientos metros de profundidad, dice que metió una
bomba de cuatro mil metros de profundidad, y hace unas termas. Hace La Salada,
pero de súper elite. Hace un spa, y le pone el nombre de Flores, como el barrio
de Flores, donde nació Aira.
-Lo mencionaste vos, pero uno en seguida empieza a pensar en Aira.
-No, no, pero la novela empieza en la calle Bonorino, cuando el tipo va en un
taxi por la calle Bonorino. Pero es una cosa completamente posmoderna. Pero está
el tema de la desorganización social, del terror, del aislamiento de los ricos.
Pero no hay ejes políticos que tengan referente mediático. Y no sé, creo que el
ciclo ese del aparente realismo anclado en la política argentina murió.
- ¿Porque estéticamente cómo sería esto que estás escribiendo ahora?
- Y, sería tributario de La luz argentina, de Aira.
- Vos nombraste "La luz argentina", cuando decías que querías escribir la
novela del menemismo. Dijiste "Yo querría escribir sobre el menemismo lo que La
luz argentina fue a principios de los 80".
- Ah ¿sí?
-Sí, sí.
-Mirá vos, tengo el trauma ése. ¿Qué querés que te diga? Una cosa con relación
a tu pregunta inicial. Volví a leer, después de treinta y tres años de
diferencia, Hombres de a caballo. Ojalá le pase a cualquiera con Los Pichiciegos
lo que me pasó a mí con "Hombres de a caballo". Es vigente... Digamos, si uno
acepta ese modelo, es vigente. Y es un trabajo titánico. Es un Vargas Llosa. Es
un titán, Viñas.
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"Si
hay algo que te puede salvar es el amor"
Entrevista por Félix Romeo, 30/03/02
Se ha revelado como uno de los escritores más interesantes de Argentina. En
España se le conoce como narrador, pero Fogwill ha escrito una gran obra poética. Ahora se publica En otro orden de cosas, la historia de la construcción de una carretera de circunvalación
en la capital de Argentina.
En quien primero pensé al leer la novela fue en Kafka.
Cuando yo trabajaba en esa empresa también me acordaba de Kafka, de El
castillo; sólo faltaba que llegaran mellizos. Se producían simetrías. Un día
conocí a un contable de la empresa, Benvenuto Giani, y meses más tarde conocí a
otro contable, Giani Benevenuti; eran distintas personas, pero uno era la
inversión del otro, y pensé: «Éstos son los mellizos de Kafka». Siempre me gustó
provocar el extrañamiento con mi literatura, que es una forma de negar la
estúpida literatura chismosa ésa: «Él ingresó y giró sobre sus talones, encendió
un cigarrillo, dijo: "¡Qué calor hace!..."» Trato ilusoriamente de que cada
frase de un cuento o de una novela no se pueda suprimir sin suprimir algo del
significado general de la historia. Agregar páginas por delirio, porque le
agrego delirio mío, sí, pero no agregarle una página para que sea más largo el
libro.
Luego me pareció un contraBartleby. Si Melville inventaba un personaje que
«preferiría no hacerlo», usted inventa a un hombre fascinado por el «preferiría
hacerlo».
Creo que es mucho más humano que cualquier otra mitología sobre el destino o
sobre la vocación personal. Donde haya un espacio posible para el desarrollo de
la voluntad de poder y alguna mítica gratificación que el sujeto pueda creer (la
acumulación de poder, de riqueza, de número...), ya es suficiente para generar
un consenso de ilusión y para insertar un hombre en el mundo.
En su novela, el sueño de la Revolución es sustituido por el sueño del...
Por el sueño del trabajo. El ideal sería, en otra novela, conseguir un
trabajador y convertirlo en un revolucionario. En cualquier caso, se trata de un
revolucionario de pacotilla, a la argentina.
¿El personaje revolucionario tiene mucho que ver con usted?
No, lo mío fue al revés. Fui militante universitario: capaz de matar o de poner
una bomba, pero incapaz de armar una revolución; ni quería. Luego fui
empresario, después fui un desclasado, quebró mi empresa, fui preso... y luego
conocí La Torre, una empresa italiana, y llegó toda la historia de la
construcción, la que se narra en esta novela.
La sensación es que la empresa de la novela fuera antigua, como si estuvieran
construyendo la Torre de Babel.
Las corporaciones son así. Fue realmente una obra faraónica. Ustedes lo han
hecho todo faraónico en la riqueza europea, pero plantearse un proyecto urbano
como éste era absurdo en la Argentina. El trazado de la autopista movilizó a
miles de personas, cambió la geografía de la ciudad, las relaciones sociales...
Pero es verdad que hay una sensación de «esto ha sucedido y terminó». Sergio
Chejfeck, un escritor venezolano, publicó una larga crítica de En otro orden de
cosas donde dice que el libro le produce una sensación de estar leyendo un
relato de sociedades extinguidas, como si fuera un libro histórico sobre
Babilonia. Curiosamente, suele pasar al contrario con las novelas históricas,
que todo parece muy reciente.
Buena parte de la novela gira en torno al amor.
En todas mis novelas aparece la pregunta ¿qué es el amor? En Urbana, que se lee
en dos horas y se desarrolla en cinco, también. Me da la impresión de que el
amor es sólo el amor propio. Para mí, la única experiencia del amor que tuve fue
la paternidad; tengo cinco hijos. Recién puedo acceder al amor de una mujer
después de haber tenido un hijo con ella cuando ya es insoportable; ése es el
tema. No sé qué es el amor, pero sé que si hay algo que te puede salvar es el
amor. Creo que tiene que ver con el amor propio, una cuestión neurofisiológica
que te produce una sensación de totalidad; nada lo puede remplazar.
Inmediatamente después de salir por la televisión y tener éxito los cinco
minutos de gloria de todos en la sociedad democrática, te das cuenta de que no
existió, que fue sólo una puesta en escena y que está terriblemente
desarticulado... Es una sensación pessoana, de ataque metafísico, que señala en
su poema «Tabaquería»: para volver a ser él mismo tiene que prender un
cigarrillo, y descubre que la metafísica es consecuencia de estar mal del
estómago. El amor produce un bienestar estomacal, neurológico, y esa armonía del
hombre con el todo, que sabés que es inalcanzable. La narrativa no puede hablar
del momento del amor (sí de la angustia, del sexo, del trabajo); es el papel de
la literatura erótica, sustituir el amor con una metonimia vulgar y ridícula.
Otro de los temas centrales es la «crítica de la cultura».
En la etapa de la transición democrática en Argentina escribí durante dos años
más de 250 columnas sobre política cultural. Me sentí muy frustrado porque era
el centro de la Prensa, me copiaban fatal y sin entenderme, y dejé de pensar en
ese tema. Pasados veinte años vuelvo a pensar en ello y no tengo ninguna idea
nueva, porque nada cambió: aquellas ideas siguen vigentes.
Los personajes se presentan casi como arquetipos: el japonés, la bella
paisajista, el protagonista sin nombre...
Es un truco para eludir una cosa que no soporto en las novelas: que todos
tengan nombre. ¿Por qué tienen que tener nombre todos los protagonistas? ¿No es
mejor un rasgo físico o nada?
Avanzando en la lectura, me pareció que se trataba de una ópera o de un
musical.
Mi fantasía, cuando empecé a escribir esta novela, cuando no sabía dónde iba a
ir y había sólo un hombre y una mujer en una habitación con luz, era que diera
un aspecto no de ópera sino de ballet, y eso que soy muy malo bailando. Un
ballet escrito no para representar en el teatro, sino para ser filmado en blanco
y negro, con altísima calidad de celuloide: sombras, luz, un cuerpo, el otro
cuerpo... y filmado por Bresson.
¿Qué tienen en común sus ficciones con su poesía?
En una época inventé un eslogan, que entonces era falso y ha acabado siendo
realidad, que decía: «Si no se me ocurre un poema, me consuelo narrando, pero en
realidad narro para ver si llega el poema». Prefiero sentarme a escribir un
poema. La música alucinada del poema, aunque luego no funcione, me ayuda a
escribir. Tengo esa música. Sin embargo, la música de la novela es muy difícil y
acaba convirtiéndose en una obediencia a una trama, y yo detesto esa obediencia.
Prefiero la música matemática de una octava real a la obediencia absurda de una
trama. Voy a recomendar dos poetas argentinos: uno muy joven, Silvio Mattoni, y
otro que es conocido como novelista, Juan José Saer, que tiene un único libro,
El arte de narrar, con una fuerza similar a la de Pavese en Lavorare stanca.
Abordar algo relacionando la poesía y la ficción, como el Pálido fuego de
Nabokov, es muy difícil, y hay otra dificultad añadida, que es mi «trabajo de
argentino».
Resulta inevitable preguntarle algo relacionado con su «trabajo de argentino».
¿Cómo ve la situación de su país?
Veo muy mal las cosas. No sé cómo va a ser el desenlace. No creo que haya un
desenlace armado, que termine en una situación como la colombiana. La gente vive
en una utopía loca. Todos se han vuelto anarquistas, como los de las vísperas de
la Guerra Civil española.
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SOBRE MUCHACHA PUNK - Muchacha
punk fue escrito de un tirón, en tres horas, como al dictado de una voz -ajena-,
al cabo de una noche de diciembre de 1978. Aunque estuve semanas corrigiéndolo,
dudo que la última versión haya perfeccionado en algo lo que había ido
desgranándose aquella madrugada de calor. El relato venía sobrecargado de
propósitos teóricos y abunda en guiños, anagramas, provocaciones al Estado
policial de la época e insidias a escritores de moda. Como suele ocurrir, todo
eso pasó inadvertido a los lectores y al jurado que le concedió el primer premio
en el certamen más concurrido de 1980. Paradojalmente, los auspiciantes del
concurso -una fábrica de gaseosas- quisieron publicar este relato bajo el lema
«Cómo crean en libertad los jóvenes argentinos». Yo era argentino, pera ya no
era joven y por entonces la noción de libertad me resultaba tan hueca y banal
como ahora. Creo que el relato es elocuente al respecto. Por efecto de éste y
otros textos contemporáneos más, yo, un hombre grande, comprometido en una
carrera empresaria, terminé creyendo que era un escritor y que debía escribir y
cambiar de oficio. Visto desde la perspectiva de la especie, puedo atribuir a
Muchacha punk el origen de una trama de malentendidos y desgracias a la que la
presente publicación viene a agregar un nudo. R. F. ["Buenos Aires, una
antologia de nueva ficción argentina" de Juan Forn, ©1992 Editorial Anagrama]
MUCHACHA
PUNK
En diciembre de 1978 hice el amor con una muchacha punk. Decir "hice el amor" es
un decir, porque el amor ya estaba hecho antes de mi llegada a Londres y aquello
que ella y yo hicimos, ese montón de cosas que "hicimos" ella y yo, no eran el
amor y ni siquiera –me atrevería hoy a demostrarlo–, eran un amor: eran eso y
sólo eso eran. Lo que interesa en esta historia es que la muchacha punk y yo nos
"acostamos juntos".
Otro decir, porque todo habría sido igual si no hubiésemos renunciado a nuestra
posición bípeda, –integrando eso (¿el amor?) al hábitat de los sueños: la
horizontal, la oscuridad del cuarto, la oscuridad del interior de nuestros
cuerpos; eso.
Primera decepción del lector: en este relato soy varón. Conocí a la muchacha
frente a una vidriera de Marble Arch. Eran las diez y treinta, el frío calaba
los huesos, había terminado el cine, ni un alma por las calles. La muchacha era
rubia: no vi su cara entonces. Estaba ella con otras dos muchachas punk. La mía,
la rubia, era flacucha y se movía con gracia, a pesar de su atuendo punk y de
cierto despliegue punk de gestos nítidamente punk. El frío calaba los huesos,
creo haberlo contado. Marcaban dos o tres grados bajo cero y el helado viento
del norte arañaba la cara en Oxford Street y en Regent Street. Les cuatro –yo y
aquellas tres muchachas punk– mirábamos esa misma vidriera de . En el ambiente
cálido que prometía el interior de la tienda, una computadora jugaba sola al
ajedrez. Un cartel anunciaba las características y el precio de la máquina:
1.856 libras. Ganaban blancas, el costado derecho de la máquina. Las negras
habían perdido iniciativa, su defensa estaba liquidada y acusaban la desventaja
de un peón central.
Blancas venían atacando con una cuña de peones que protegía su dama, repatingada
en cuatro torre rey. Cuando las tres muchachas se acercaron era turno de negras.
Negras dudaron quince según dos o tal vez más; era la movida l16 ó l18, y los
mirones –nadie a esas horas, por el frío–, habrían podido recomponer la partida
porque una pequeña impresora venía reproduciendo el juego en código de ajedrez,
y un gráfico, que la máquina componía en su pantalla en un par de segundos,
mostraba la imagen del tablero en cada fase previa del desenvolvimiento
estratégico del juego. Las muchachas hablaron un slang que no entendí, se
rieron, y sin prestarme la menor atención siguieron su camino hacia el oeste,
hacia Regent Street. A esas horas, uno podía mirar todo a lo largo de la ciudad
arrasada por el frío sin notar casi presencia humana, salvo las tres muchachas
yéndose.
Cerca de Selfridges alguien debía esperar un ómnibus, porque una sombra se coló
en la garita colorada de esperar ómnibus y algún aliento había nublado los
cristales. Quizás el humano se hallase contra el vidrio, frotándose las manos,
escribiendo su nombre, –garabateando un corazón o el emblema de su equipo de
fútbol; quizá no.
Confirmé su existencia poco después, cuando un ómnibus rumbo a Kings Road se
detuvo y alguien subió. Al pasar frente a nuestra vidriera, semivacío, pude ver
que la sombra de la garita se había convertido en una mujer viejísima,
harapienta, que negociaba su boleto.
Pocos autos pasaban. La mayoría taxis, a la caza de un pasajero,
calefaccionados, lentos, diesel, libres. Pocos autos particulares pasaban;
Daimlers, Jaguars, Bentleys. En sus asientos delanteros conducían hombres
graves, maduros, sensibles a las intermitentes señales de tránsito.
A sus izquierdas, mujeres ancestrales, maquilladas de party o de ópera, parecían
supervisarlos. Un Rolls paró frente a mi vidriero de Selfridges y el conductor
hechó un vistazo a la computadora, (ensayaba la jugada 127, turno de blancas), y
dijo algo a su mujer, una canosa de perfil agrio y aros de brillantes. No pude
oírlo: las ventanillas de cristal antibalas de estos autos componen un espacio
hermético, casi masónico: insondable.
Poco después el Rolls se alejó tal como había llegado y en la esquina de
Glowcester Street vaciló ante el semáforo, como si coqueteara con la luz verde
que recién se prendía. Primera decepción del narrador: la computadora decretó
tablas en la movida 147. Si yo fuese blancas, cambiando caballo por torre y
amenazando jaque en descubierto, reclamaría a negras una permuta de damas
favorable, dada mi ventaja de peones y mi óptima situación posicional. Me fui
con rabia: había dormido toda la tarde de aquel viernes y era temprano para
meterme en el hotel.
El frío calaba los huesos. Traía bajo los jeans un polar–suit inglés que había
comprado para un amigo que navega a vela en Puerto Belgrano y decidí estrenarlo
aquella noche para ponerlo a prueba contra el frío atroz que anunciaba la BBC.
Sentía el cuerpo abrigado, pero la boca y la nariz me dolían de frío. Las manos,
en los hondos bolsillos de la campera de duvet, temían tanto un encuentro con el
aire helado que me obligaron a resistir a la feroz jauría de ganas de fumar, que
aullaba y se agitaba detrás de la garganta, en mi interior. En mi exterior, las
orejas estaban desapareciendo: tarde o temprano serían muñones, o sabañones, si
no las defendía; intenté guarecerlas con las solapas de mi campera. Sin manos,
llevaba las puntitas de las solapas entre los dientes y así, mordiente y frío,
entré a un taxi que olía a combustible diesel y a sudor de chofer, y una vez
instalado en el goce de aquel tufo tibión, nombré una esquina del Soho y prendí
un cigarrillo.
Afuera, nadie. El frío calaba los huesos. El inglés, adelante, manejando, era
una estatua llena de olor y sueño. Antes de bajar, verifiqué que hubiesen taxis
por la zona; vi varios. Pagué con un papel y sólo después de recibir el cambio
abrí mi puerta. El aire frío me ametralló la cara y la papada se me heló, pues
las solapas, chorreadas de saliva, habían depositado sobre mi piel una leve
película de baba, que ahora me hería con sus globitos quebradizos de escarcha.
vi poca gente en el barrio chino de Londres: como siempre, algunos árabes y
africanos salían rebotando de los tugurios pomo. En una esquina, un grupo de
hombres –obreros, pinches de vigilancia, tal vez algunos desgraciados sin hogar
se ilusionaban alrededor de un fueguito de leñas y papeles improvisado por un
negro del kiosco de diarios. Caminé las tres o cuatro cuadras del barrio que sé
reconocer y como no encontré dónde meterme, en la esquina de Charing Cross abrí
la puerta trasera izquierda de un taxi verde, subí, di el nombre de mi hotel, y
decidí que esa noche comería en mi cuarto una hamburguesa muy condimentada y una
ensalada bien salada para fortalecer la sed que tanto se merece la cerveza de
Irlanda. ¡Lástima que la televisión termine tan temprano en Londres! Miré el
reloj: eran las once; quedaba apenas media hora de excelente programación
británica.
Conté del frío, conté del polar–suit. Ahora voy á contar de mí: el frío, que
calaba los huesos, desalentaba a cualquier habitante y a cualquier visitante de
la antigua ciudad, pues era un frío de lontananza inglesa, un frío hecho de
tiempo y de distancia y –¿por qué no?– hecho también de más frío y de miedo, y
era un frío ártico y masivo, resultante de la ola polar que venía siendo
anunciada y promovida durante días en infinitos cortes informativos de la radio
y la televisión. En efecto, la radio y la televisión, los diarios y las revistas
y la gente, los empleados y los vendedores, los chicos del hotel y las señoras
que uno conoce comprando discos –todos no hablaban sino de la ola de frío y de
la asombrosa intensidad que había alcanzado la promoción de la ola de frío que
calaba los huesos.
Yo soy friolento, normalmente friolento, pero jamás he sido tan friolento como
para ignorar que la campaña sobre el frío nos venía helando tanto, o más aún,
que la propia ola de frío que estaba derramándose sobre la semiobsoleta capital.
Pero yo estaba ya en la calle, no tenía ganas de volver a mi hotel y necesitaba
estar en un lugar que no fuese mi cuarto, protegido del frío y protegido
cuidadosamente de cualquier referencia al frío. Entonces vi, dos cuadras antes
del hotel, un local que días atrás me había llamado la atención. Era una
pizzería llamada The Lulu, que no existía en oportunidad de mi último viaje.
Yo recordaba bien aquel lugar porque había sido la oficina de turismo de Rumania
en la que alguna vez hice unos trámites para mis clientes italianos.
Desde el taxi leí el cartel que probaba que el boliche permanecía abierto, vi
clientes comiendo, noté que la decoración era mediocre pero honesta, y de las
mesas y las sillas de mimbre blanco induje una noción de limpieza prometedora.
Golpeé los vidrios del chofer, pagué 60 pence, bajé del auto y me metí en la
pizzería.
Era una pizzería de españoles, con mozos españoles, patrones españoles y
clientes españoles que se conocían entre sí, pues se gritaban –en español–, de
mesa a mesa, opiniones españolas, y frases españolas. Me prometí no entrar en
ese juego y en mi mejor inglés pedí una pizza de espinaca y una botella chica de
vino Chianti. El mozo, si ya había padecido un plazo razonable de exilio en
Londres, me habrá supuesto un viajero del continente, o un nativo de una colonia
marginal del Commonwealth, tal vez un malvinero.
Yo traía en el bolsillo de la campera la edición aérea del diario La Nación,
pero evité mostrarla para no delatar mi carácter hispano–parlante. El Chianti
–embotellado en Argelera delicioso: entre él y el aire tibio del local se
estableció una afinidad que en tres minutos me redimió del frío.
Pero la pizza era mediocre, dura y desabrida. La mastiqué feliz, igual, leyendo
mis recortes del Financial Times y la revista de turismo que dan en el hotel.
Tuve más hambre y pedí otra pizza, reclamando que le echasen más sal. Esta
segunda pizza fue mejor, pero el mozo me había mirado mal, tal vez porque me
descubrió estudiando sus movimientos, perplejo a causa de la semejanza que puede
postularse en un relato entre un mozo español de pizzería inglesa, y cualquier
otro mozo español de pizzería de París, o de Rosario. He elegido Rosario para no
citar tanto a Buenos Aires. Querido.
Masqué la pizza número dos analizando la evolución de los mercados de metales en
la última quincena; un disparate. Los precios que la URSS y los nuevos ricos
petroleros seguían inflando con su descabellada política de compras no auguraban
nada bueno para Europa Occidental. Entonces aparecieron las tres muchachas punk.
Eran las mismas tres que había visto en Selfridges. La mía eligió la peor mesa
junto a la ventana; sus amigotas la siguieron. La gorda, con sus pelos teñidos
color zanahoria, se ubicó mirando hacia mi mesa. La otra, de estatura muy baja y
con cara de sapo, tenía pelos teñidos de verde y en la solapa del gabán traía un
pájaro embalsamado que pensé que debía ser un ruiseñor. Me repugnó. Por fortuna,
la fea con pájaro y cara de sapo se colocó mirando hacia la calle, mostrándome
tan solo la superficie opaca de la espalda del grasiento gabán. La mía, la
rubia, se posó en su sillita de mimbre mirando un poco hacia la gorda, un poco
hacia la calle: yo sólo podía ver su perfil mientras comía mi pizza y procuraba
imaginar cómo sería un ruiseñor.
Un ruiseñor: recordé aquel soneto de Banchs.
El otro tipo también decía llamarse Banchs y era teniente de corbeta o fragata.
Era diciembre; lo había cruzado muchas veces durante el año que estaba
terminando. Esa misma mañana, mientras tomaba mi café, se había acercado a
hablarme de no sé qué inauguración de pintores, y yo le mencioné al poeta, y él,
que se llamaba Banchs juró que oía nombrar al tal Enrique Banchs por primera vez
en su vida. Entonces comprendí por qué el teniente desconocía la existencia de
los polar–suit (al ver mi paquetito con el Helly Hansen, se había asombrado) y
también entendí por qué recorría Europa derrochando sus dólares, tratando de
caerle simpático a todos los residentes argentinos y buscando colarse en toda
fiesta en la que hubiese latinoamericanos. Fumaba Gitanes también en esto se
parecía al Nono.
Jamás vi un ruiseñor. Estaba por terminar la pizza y desde atrás me vino un vaho
de musk.
Miré. La más fea de las gallegas de la mesa del fondo estaba sentándose. Vendría
del baño; habría rociado todo su horrible cuerpo con un vaporizador de Chanel,
de Patou, o de –alguna marquita de esas que ahora le agregan musk a todos sus
perfumes. ¿Cómo sería el olor de mi muchacha punk? Yo mismo, como el tal Banchs,
me había condenado a averiguar y averiguar; faltaba bien poco para finiquitar la
pizza y el asuntito de las cotizaciones de metales. Pero algo sucedía fuera de
mi cabeza.
Los dueños, los mozos y los otros parroquianos, en su totalidad o en su mayoría
españoles, me miraban. Yo era el único testigo de lo que estaban viendo y eso
debió aumentar mi valor para ellos.
Tres punks habían entrado al local, yo era el único no español capaz de
atestiguar que eso ocurría, que no las habían llamado, que ellos no eran punk y
que no había allí otro punk salvo las tres muchachas punk y que ningún punk
había pisado ese local desde hacía por lo menos un cuarto de hora. Sólo yo
estaba para testimoniar que la mala pizza y el excelente vino del local no eran
desde ningún punto de vista algo que pudiera considerarse punk. Por eso me
miraban, para eso parecían necesitarme aquella vez.
Trabado para mirar a mi muchacha –pues la forma de la de pájaro embalsamado y
cara de sapo la tapaba cada vez más– me concentré sobre mi pizza y mi lectura
desatendiendo las miradas cómplices de tantos españoles. Al termianar la pizza y
la lectura, pedí la cuenta, me fui al baño a pishar y a lavarme las inanes y
allí me hice una larga friega con agua calentísima de la canilla. Desde el
espejo, nitré contento cómo subían los tonos rosados de los cachetes y la frente
reales. Habían vuelto a nacer mis orejas; fui feliz.
Al volver, un rodeo injustificable me permitió rozar la mesa de las muchachas y
contemplar mejor a la mía: tenía hermosos ojos celestes casi transparentes y el
ensamble de rasgos que más irte gusta, esos que se suelen llamar
"aristocráticos", porque los aristócratas buscan incorporarlos a su progenie,
tomándolos de miembros de la plebe con la secreta finalidad de mejorar o refinar
su capital genético hereditario. ¡Florecillas silvestres! ¡Cenicientas de las
masas que engullirán los insaciables cromosomas del señor! ¡Se inicia en
vuestros óvulos un viaje ala porvenir soñado en lo más íntimo del programa
genético del amo). Es sabido, en épocas de cambio, lo mejor del patrimonio
fisiognómico heredable (esas pieles delicadas, esos ojos transparentes, esas
narices de rasgos exactos "cinceladas" bajo sedosos párpados y justo encima de
labios y de encías y puntitas de lengua cuyo carmín perfecto titila por el
inundo proclamando la belleza interior del cuerpo aristocrático) se suele
resignar a cambio de un campo en Marruecos, la mayoría accionaria del Nuevo
Banco tal, una Acción heroica en la guerra pasada o un Premio Nacional de
Medicina, y así brotan narices chatas, ojos chicos, bocas chirlonas y pieles
chagrinadas en los cuerpitos de las recientes crías de la mejor aristocracia,
obligando a las familias aristocráticas o recurrir a las malas familias de la
plebe en busca de buena sangre piara corregir los rasgos y restablecer el
equilibrio estético de las generaciones que catapultarán sus apellidos y un poco
de ellas mismas, a vaya a saber uno dónde en algún improbable siglo del
porvenir.
La chica me gustó. Vestía un traje de hombre holgado, tres o más números mayor
que su talle.
De altura normal, no pesaría más de 44 kilos. su piel tan suave (algo de ella me
recordó a Grace Kelly, algo de ella me recordó a Catherine Deneuve) era más que
atractiva para mí. Calzaba botitas de astrakán perfectas, en contraste con la
rasposa confección de su traje de lana. Una camisa de cuello Oxford se le abría
a la altura del busto mostrando algo que creí su piel y comprobé después que era
tina campera de gimnasta. Ella, a mí, ni me miró.
Pero en cambio, su amiga, la más gorda, la del pelo teñido color naranja, venía
emitiendo una onda asaz provocativa. No quise sugerir sexual: provocativo, como
buscando riña, como buscando o planificando un ataque verbal, como buscando tina
humillación, como ella misma habría mirado a un oficial de la policía inglesa.
Así mirábame la gorda de pelo zanahoria. La mía, en cambio no me mira ha. Pero.
. .
Tampoco miraba a sus acompañantes. Miraba hacia la calle vacía de transeúntes,
con las pupilas extraviadas en el paso del viento. Así me dije: "se pierde su
mirada pincelando el frío viento de Oxford Street". Era etérea. Esa nota, lo
etéreo, es la que mejor habría definido a mi muchacha para mí, de no mediar
aquellas actitudes punk y los detalles punk, que lucía, punk, como al descuido,
negligentemente punk, ella. Por ejemplo: fumaba cigarrillos de hoja; los tomaba
con el gesto exhultante de un europeo meridional, pitaba fuerte el humo y lo
tiraba insidiosamente contra el cristal de la vidriera. Al pasar por su mesa
había visto en sus manos una mancha amarilla, azafranada, de alquitrán de
tabaco. ¡Y jamás vi manitas sucias de alquitrán de tabaco como las de mi
muchachita punk! El índice, el mayor y el anular de su derecha, desde las uñas
hasta los nudillos, estaban embebidos de ese amarillo intenso que sólo puede
conseguir algún gran fumador para la primer falange del dedo índice, tras años
de fumar y fumar evitando lavados. Me impresionó. Pero era hermosa, tenía algo
de Catherine Deneuve y algo de Isabelle Adjani que en aquel momento no pude
definir: me estaba confundiendo. Pagué la cuenta, eché las rémoras de mi botella
de Chianti en la copa verde del restaurante, y copa en mano –so british–, como
si fuese un parroquiano de algún pub confianzudo, me apersoné a la mesa de las
muchachas punk asumiendo los riesgos. Antes de partir había calculado mi chance:
una en cinco, una en diez en el peor de los casos; se justificaba. voy a
contarlo en español: –¿Puedo yo sentarme? Las tres punk se miraron. La gorda
punk acariciaba su victoria: debió creer que yo bajaba a reclamar explicaciones
por sus miradas punk provocativas. Para evitar un rápido rechazo me senté sin
esperar respuestas. Para evitar desanimarme eché un trago de vino a mi garguero.
Para evitar impresionarme miré hacia arriba, expulsando de mi campo visual al
pajarito embalsalmado. La gorda reía. La punk mía miró a la del pelo verde, miró
a la gorda, sopló el humo de su cigarro contra la nada, no me miró, y sin
mirarme tomó un sorbito de aquella mezcla de Coca Cola y Chianti que estuvo
preparando en la página anterior, pero que yo, con esta prisa por escribirla,
había olvidado registrar. Habló la punk con pájaro
–¿Qué usted quiere? –Nada, sentarme... Estar aquí como una sustancia de hecho...
–dije en cachuzo inglés.
Sin duda mi acento raro acicateó los deseos de saber de la gorda: –¿Dónde viene
usted de...? –ladró.
La pregunta era fuerte, agresiva, despectiva.
–De Sudamérica... Brasil y Argentina –dije, para ahorrarles una agobiante
explicación que llenaría el relato de lugares comunes. Me preguntaba si era
inglés: se asombraba "¿Cómo puede venir uno de Brasil y Argentina sin ser
británico?", imaginé que habría imaginado ella.
¿Sería un inglés? –No. Soy sudamericano, lamentado –dije.
–Gran campo Sudamérica –se ensañaba la gorda.
–Sí: lejos. Así, lejos. Regresaré mes próximo –le respondí.
–Oh sí... Yo veo dijo la gorda mirando fijo a la cara de sapo que hamacó su
cabeza como si confirmase la más elaborada teoría del universo. Entonces habló
por vez primera y sólo para mí mi Muchacha Punk. Tenía voz deliciosa y tímbrica
en este párrafo: –¿Qué usted hace aquí? –quiso saber su melodía verbal.
–Nada, paseo –dije, y recordé un modelo que siempre marchó bien con beatniks y
con hippys y que pensé que podía funcionar con punks. Lo puse a prueba: –Yo
disfruto conocer gente y entonces viajo... Conocer gente, ¿Me entiende?...
Viajar... Conocer... ¡Gente!.. ¿Eh.? ¡Ah..! ¡Así..! ¡Gente..!
Funcionó: la carita de mi Muchacha Punk se iluminaba. –Yo también amo viajar
–fue desgranando sin mirarme–. Conozco África, India y los Estados (se refería a
USA). Yo creo que yo conozco casi todo. ¡Yo no nunca he ido yo a Portugal! ¿Cómo
es Portugal? –me preguntó.
Compuse un Portugal a su medida: –Portugal es lleno de maravilla... Hay allí
gente preciosamente interesante y bien buena. Se vive una ola en completo
distinta a la nuestra...
" seguí así, y ella se fue envolviendo en mi relato. Lo percibí por la
incomodidad que comenzaban a mostrar sus punks amigas. Lo confirmé por esa luz
que vi crecer en su carita aristocráticamente punk. Susurraba ella: –Una vez mi
avión tomó suelo en Lisboa y quise yo bajar, pero no permitieron –dijo–:
Encuentro que la gente del aeropuerto de Lisboa son unos cerdos sucios hijos de
perra. ¿Es no, eso ...Lisboa, Portugal?–. La duda tintineaba en su voz.
–Sí –adoctriné, pero en todos los aeropuertos son iguales: son todos piojosos
malolientes sucios hijos de perra.
–Como los choferes de taxi, así son –me interrumpió la gorda, sacudiendo el humo
de su Players.
–Como los porteros del hotel, sucios hijos de perra –concedió la pajarófora
gorda cara de sapo, quieta.
–Como los vendedores de libros –dijo la mía –¡Hijos de una perra!–. Y flotaba en
el aire, etérea.
–Sí, de curso –dije yo, festejando el acuerdo que reinaba entre los cuatro.
Entonces ocurrió algo imprevisto; la de pelo verde habló a la gorda: –Deja
nosotros ir, dejemos a estos trabajar en lo suyo, eh... –y desenrolló un billete
de cinco libras, lo apoyó en el platillo de la cuenta, se paró y se marchó
arrastrando en su estela a la cara de sapo. Bien había visto yo que ellas habían
con sumido diez o quince libras, pero dejé que se borraran, eso simplificaba la
narración.
–Bay, Borges –me gritó la cara de sapo desde la vereda, amagando sacar de su
cintura una inexistente espadita o un puñal; entonces yo me alegré de ver tanta
fealdad hundiéndose en el frío, y me alegré aún más, pensando que asistía a otra
prueba de que el prestigio deportivo de mi patria ya había franqueado las peores
fronteras sociales de Londres. Pregunté a mi muchacha por qué no las había
saludado: –Porque son unas ceras sucias hijas de perra.
¿Ve? –dijo mostrándome los billetitos de cinco libras que iba sacando de su
bolsillo para completar el pago de la cuenta. Asentí.
Como un cernícalo, que a través de las nubes más densas de un cielo tormentoso
descubre los movimientos de su pequeña presa entre las hierbas, atraído por el
fluir de las libras , un mozo muy gallego brotó a su lado, frente a mí. Guiñó un
ojo, cobró, recibió los pocos penns de propina que mi muchacha dejó caer en su
platillo, y yo pedí otra botella de Chianti y dos de Coke y ella me devolvió un
hermoso gesto: abrió la boca, frunció un poquito la nariz, alzó la ceja del
mismo lado y movió la cabeza como queriendo devolver la pelota a alguien que se
la habría lanzado desde atrás.
Conjeturé que sería un gesto de acuerdo. Poco después, su manera golosa de beber
la mezcla de vino y Coca Cola, acabó de confirmándome aquella presunción de
momento: todo había sido un gesto de acuerdo.
Me contó que se llamaba Coreen. Era etérea: al promediar el diálogo sus ojos se
extraviaban siguiendo tras la ventana de la pizzería española de Graham Avenue
al viento de la calle. Tomamos dos botellas de Chianti, tres de Coke. Ella
mezclaba esos colores en mi copa. Yo bebía el vino por placer y la Coke por la
sed que habían provocado la pizza, el calor del local y este mismo deseo de
averiguar el desenlace de mi relato de la Muchacha Punk. La convidé a mi hotel.
No quiso. Habló: –Si yo voy a tu hotel, tendrás que a ellos pagar mi
permanencia. Es no sentido –afirmó y me invitó a su casa. Antes de salir pagamos
en alícuotas todo lo bebido; pero yo necesito hablar más de ella. Ya escribí que
tenía rasgos aristocráticos. A esa altura de nuestra relación (eran las 12.30,
no había un alma en la calle, el frío inglés del relato, calaba, los huesos,
argentinos, del narrador), mi deseo de hacerla mía se había despojado de
cualquier snobismo inicial. Mi Muchacha –aristocrática o punk, eso ya no
importaba–, me enardecía: yo me extraviaba ya por ese ardor creciente, ya era un
ciego, yo. Yo era ya el cuerpo sin huellas digitales de un ahogado que la
corriente, delatora, entra boyando al fiord donde todo se vuelve nada. Pero
antes, cuando la vi frente a mi vidriera de Selfridges había notado detalles
raros, nítidamente punk, en su tenue carita: su mejilla izquierda estaba muy
marcada, no supe entonces cómo ni por qué, y el lado derecho de su cara tenía
una peculiaridad, pues sobre el ala derecha de su nariz, se apoyaba –creí– una
pieza de metal dorado (creí) que trazando una comba sobre la mejilla derecha
ascendía hasta insertarse en la espiga de trigo, que creí dorada, afeando el
lóbulo de su oreja a la manera de un arete de fantasía. Del tallo de esa espiga,
de unos dos centímetros, colgaba otra cadena, más gruesa, que caía sobre su
cuello libremente y acababa en la miniatura de la lata de Coke, de metal dorado
y esmalte rojo que siempre iba y venía rozándole los rubios pelos, el hombro, y
el pecho, o golpeaba la copa verde provocando una música parecida a su voz, y
algunas veces se instalaba, quieta, sobre su hermosa clavícula blanca, curvada
como el alma de una ballesta, armónica como un golpe de tai chi. Durante nuestra
charla aprendí que lo que había creído antes metal dorado era oro dieciocho
kilates, y descubrí que lo que había creído un grano de maíz de tamaño casi
natural aplicado sobre el ala de su nariz era una pieza de oro con forma de
grano de maíz y tamaño casi natural, sostenido por un mecanismo de cierre
delicadísimo, que atravesaba sin pudor y enteramente la alita izquierda de su
bella nariz. Ella misma me mostró el orificio, haciendo un poco de palanca con
la uña azafranada de su índice, entre el maíz y la piel, para lucir mejor su
agujerito en forma de estrella, de unos cuatro milímetros de diámetro. ¡Estaba
chocha de su orificio... ! Del lado izquierdo, lo que temprano en Oxford Street
me había parecido una marca en su mejilla, era una cicatriz profunda, de unos
tres centímetros de largo, que parecía provocada por algo muy cortante. Surcaban
ese tajo tres costuras bien desprolijas, trabajo de un aficionado, o de algún
practicante de primer año de medicina más chapucero que el común de los
practicantes de medicina ingleses y en ausencia de los jefes de guardia. Segunda
decepción del narrador: la cicatriz de la izquierda, a diferencia de las cositas
de oro de su lado derecho, era falsa. La había fraguado un maquillador y mi
muchachita se apenaba, pues había comenzado a deshacerse por la humedad y por el
frío y ahora necesitaba un service para recuperar su color y su consistencia
original.
Poco antes de irnos, ella fue al baño y al volver me sorprendió cavilando en la
mesa: . –¿Cuál es el problema con tú? –me preguntó en inglés–. ¿Qué eres tú
pensando? –Nada –respondí–. Pensaba en este frío maldito que estropea
cicatrices...
Pero mentí: yo había pensado en aquel frío sólo por un instante. Después había
mirado la calle que se orientaba hacia la nada, y había tratado de imaginar qué
andaría haciendo la poca gente que, de cuando en cuando, producía breves
interrupciones en la constancia de aquel paisaje urbano vacío. Toqué el cristal
helado; olí los bordes de la copa verde de ella para reconocer su olor, y volví
a pensar en las figuras que iban pasando tras los cristales, esfumadas por el
vapor humano de la pizzería. Entonces quise saber por qué cualquier humano
desplazándose por esas calles, siempre me parecía encubrir a un terrorista
irlandés, llevando mensajes, instrucciones, cargas de plástico, equipos médicos
en miniatura y todo eso que ellos atesoran y mudan, noche por medio, de casa en
casa, de local en local, de taller en taller, y hasta de cualquier sitio en
cualquier otro sitio. "¿Por qué?" –me preguntaba" ¿Por qué será?" Trataba de
entender, mientras mi bella Muchachita estaría cerquísima pishando, o lavándose
con agua tibia, y cuando apenas tironeé del hilito de la tibieza de su imagen,
estalló en mil fragmentos una granada de visiones y asociaciones íntimas,
intensas, pero por rúas, por argentinas y por inconfesables, poco leales hacia
ella. ¿Hay Dios? No creo que haya Dios, pero algo o alguien me castigó, porque
cuando advertí que estaba siendo desleal e innoble con mi Muchachita Punk y
sentí que empezaba a crecer en mi cuerpo –o en mi alma–, la deliciosa idea del
pecado, cruzó por la vidriera la forma de un ciclista, y lo vi pedalear
suspendido en el frío y supe que ése era el hombre cuyo falso pasaporte francés
ocultaba la identidad del ex jesuita del IRA que alguna vez haría estallar con
su bomba de plástico el pub donde yo, esperando algún burócrata de BAT,
encontraría mi fin y entonces cerré los ojos, apreté los puños contra mis sienes
y la vi pasar a ella apurada por la vereda del pub, zafé de allí, corrí tras
ella respirando el aire libre y perfumado de abril en Londres, y en el instante
de alcanzarla sentimos juntos la explosión, y ella me abrazaba, y yo veía en sus
ojos –dos espejos azules que ese hombre que rodeaban los brazos de mi Muchacha
Punk no era más yo, sino el jesuita de piel escarbada por la viruela, y adiviné
que pronto, entre pedazos de mampostería y flippers retorcidos, Scotland Yard
identificaría los fragmentos de un autor' que jamás pudo componer bien la
historia de su Muchacha Punk. Pero ella ahora estaba allí, salía del texto y
comenzaba a oír mi frase: ' –Nada... pensaba en este frío maldito que arruina
cicatrices... –oía ella.
Y después inclinaba la cabeza (¡chau irlandeses!), me clavaba sus espejos azules
y decía "gracias", que en inglés ("agradecer tú", había dicho en su lengua con
su lengua), y en el medio de la noche inglesa, me hizo sentir que agradecía mi
solidaridad; yo, contra el frío, luchando en pro de la consevación de su
preciosa cicatriz, y que también agradecía que yo fuera yo, tal como soy, y que
la fuera construyendo a ella tal como es, como la hice, como la quise yo.
Debió advertir mis lágrimas. Justifiqué: –Tuve gripe. . . además. . . ¡El frío
me entristece, es un bajón...! "¡lt downs me!" traduje–. ¡Eso abájame! –¡Vayamos
al hotel! –dije yo, ya sin lágrimas.
–¡Hotel no! –dijo ella, la historia se repite.
No insistí. Entonces no sabía –sigo sin saber–, cómo puede alguien imponer su
voluntad a una muchacha punk. Salimos al frío; calaba. Los huesos. Ni un alma.
Por las calles. Llamé a un taxi. El no paró. Pronto se acercó otro. Se detuvo y
subimos. Olía a transpiración de chofer y a gas oil. Mi Muchacha nombró una
calle y varios números. imaginé que viviría en un barrio bajo, en una pocilga de
subsuelo, o en un helado altillo y calculé que compartiría el cuarto con media
docena de punks malolientes y drogados, que a esa altura de la noche se
arrastrarían por el suelo disputando los restos de la comida, o, peor, los
restos de una hipodérmica sin esterilizar que circularía entre ellos con la
misma arrogante naturalidad con que nuestros gauchos se dejan chupar sus
piorreicas bombillas de mate frío y lavado. Me equivoqué: ella vivía en un piso
paquetísimo, frente a Hyde Park. En la puerta del edificio decía "Shadley
House". En la puerta de su apartamento –doble batiente, de bronce y de lujuria
–decía "R. H. Shadley".
–Es la casa de mi familia –dijo humilde mi Punk y pasamos a una gran recepción.
A la derecha, la sala de armas conservaba trofeos de caza y numerosas armas
largas y cortas se exhibían junto a otras, más medianas, en mesas de cristal y
en vitrinas. A la izquierda, había un salón tapizado con capitoné de raso
bordeaux que brillaba a la luz de tres arañas de cristal grandes como
Volkswagens. El pasillo de entrada desembocaba en un salón de música, donde
sonaban voces. Al pasar por la puerta ella gritó "hello" y una voz le devolvió
en francés una ristra de guarangadas. Detrás pasaba yo, las escuché, memoricé
nuestra oración "queterrecontra" y con una mirada relámpago, busqué la boca
sucia y gala en el salón. No la identifiqué. En cambio vi dos pianos, una
pequeña tarima de concierto, varios sillones y dos viejos sofás enfrentados.
Entre ellos, sobre almohadones, media docena de punks malolientes fumaban
haschich disputando en francés por algo que no alcancé a entender.
Un negro desnudo y esquelético yacía tirado sobre la alfombra purpúrea. Por su
flacura y el color verdoso de su piel me pareció un cadáver, pero después vi sus
costillas que se movían espasmódicamente y me tranquilicé: epilepsia.
Imaginé que el negro punk entre sus sueños estaría muriéndose de frío, pero no
sería yo quien abrigase a un punk esa noche de perros, estando él, punk,
reventado de droga punk entre tantos estúpidos amigos punk.
Copamos la cocina. Mi Muchacha me dijo que los batracios del salón de música
eran "su gente" y mientras trababa la puerta me explicó que estaban enculados
("angry", dijo) con ella, porque les había prohibido la entrada a la cocina.
Ellos argumentaban que era una "zorra mezquina", creyendo que la veda obedecía a
su deseo de impedir depredaciones en heladeras y alacenas, pero el motivo eran
las quejas y los temores de los sirvientes de la casa, que en varias
oportunidades habían topado contra semidesnudos punks que comían con las manos
en un área de la casa que el personal consideraba suya desde hacía tres
generaciones y en la que siempre debían reinar las leyes de El Imperio. Ese día
había recibido nuevas quejas del ama de llaves, pues uno de los punks, el
marroquí, había estado toqueteando las armas automáticas de la colección y
cuando el viejo mayordomo lo reprendió, el punk le había hecho oler una daga
beduina, que siempre llevaba pegada con cinta adhesiva en su entrepierna. Coreen
estaba entre dos fuegos y muy pronto tendría que elegir entre sus amigos y la
servidumbre de la casa. Vacilaba: –Son unos cerdos malolientes hijos de perra
–me dijo refiriéndose a los dos franceses, cl marroquí, el sudanés y el
americano, quien además –contenía "costumbres repugnantes". No pude saber
cuáles, pero me senté en un banquito a imaginar media docena de posibilidades
punk, mientras ella filtraba un delicioso café con canela. Cuando la cafetera ya
borboteaba, me contó que aquel departamento había sido de los abuelos de su
madre, que era una crítica de museos que trabajaba en New York. El padre, veinte
años mayor, se había casado por prestigio, tomando el apellido de la mujer
cuando lo hicieron caballero de la reina vieja en recompensa de sus 'sevicios de
espía, o policía, en la India.
Vinculado a la compañía de petróleo del gobierno, el viejo había hecho una
apreciable fortuna y ahora pasaba sus últimos años en África, administrando
propiedades. Mi Muchacha Punk lo admiraba. También admiraba a su madre. No
obstante, al referirse a las relaciones de los dos viejos con ella y con su
hermana mayor, puntualizó varias veces que eran unos "hijos de perra
malolientes". Creí entender que había un banco encargado de los gastos de la
casa, los sueldos de los sirvientes y choferes y las cuentas de alimentos,
limpieza e impuestos, y que las dos muchachas –la mía y su hermana recibían
cincuenta libras. "Cerdos malolientes", había vuelto a decir tocándose la
cicatriz y explicando que el service –que en tiempos de humedad debía realizarse
semanalmente le costaba veinticinco libras, y que así no se podía vivir. Pedía
mi opinión. Yo preferí no tomar el partido de sus padres, pero tampoco quise
comprometerme dando a su posición un apoyo del que, a mí, moralmente, no me
parecía merecedora. Entonces la besé.
Mientras bebía el café la muchacha salió a arreglar algunos asuntos con sus
amigos. Yo aproveché para mirar un poco la cocina: estábamos en un cuarto piso,
pero uno de los anaqueles se abría a un sótano de cien o más metros cuadrados
que oficiaba de bodega y depósito de alimentos. Había jamones, embutidos y
ciento cuarenta y cuatro cajas con latas de bebidas sin alcohol y conservas. vi
cajones de whisky, de vinos y champañas de varias marcas.
Contra la pared que enfrentaba a mi escalera, dormían millares de botellas de
vino, acostadas sobre pupitres de madera blanca muy suave.
Había olor a especias en el lugar. Calculé un stock de alimentos suficiente para
que toda una familia y sus amigos argentinos sitiados pudiesen resistir el
asedio del invasor normando por seis lunas, hasta la llegada de los ejércitos
libertadores del Rey Charles, y al avanzar los atacantes, obligándonos a lanzar
nuestras últimas reservas de bolas de granito con la gran catapulta de la almena
oeste, apareció otra vez mi princesita punk, que repuesta del fragor del
combate, volvía a trabar la puerta con dos vueltas de llave y me miraba, carita
de disculpa.
Yo dije, por decir, que me parecía justificado el temor de sus sirvientes.
"Nunca se sabe", dije en español, y le aclaré en inglés "es no fácil saber".
Ella se encogió de hombros y dijo que sus amigos eran capaces de cualquier cosa,
"como pobre Charlie". Quise saber quién era "pobre Charlie" y me contó que era
un pariente, que se había hecho famoso cuando arrancó las orejas de una bebita
en Gilderdale Gardens pero que ahora envejecía olvidado en un asilo cercano a
Dundall, fingiéndose loco, para evitar una condena.
Entonces volvió a preguntar mi nombre y el de mis padres y se rió. También
volvió a hablarme de su cicatriz que había costado cincuenta libras: el precio
de su pensión semanal, "como una substancia de hecho". El banco le liquidaba
cincuenta libras por semana a mi Muchacha y otras tantas a su hermana mayor,
pero el maquillaje requería service. (Estoy seguro de haberlo escrito, pero ella
volvía a contármelo y yo soy respetuoso de mis protagonistas. El arte –pienso
debe testimoniar la realidad, para no convertirse en una torpe forma de
onanismo, ya que las hay mejores.) Necesitaba service la cicatriz y le impedía,
entre otras cosas, la práctica de natación y de esquí acuático. Coreen adoraba
el esquí y las largas estadías al aire libre en tiempo de humedad y me invitó
con un cigarrillo de marihuana: un joint. Lo rechacé porque había bebido mucho,
me sentía ebrio de planes, y no quería que una caída súbita de mi presión los
echara a perder. Mi Muchacha empapaba el papel de su pequeño joint con un
líquido untuoso que guardaba en la miniatura de Coke de su colgante de oro.
"Aceite de heroína", explicó. Ella había sido adicta y friendo ese juguito que
impregnaba el papel y la yerba, tranquilizaba sus deseos.
Hacía un año que venía abandonando el hábito, temía recaer en los pinchazos que
habían matado a sus mejores amigos una noche en París –septicemia y ahora quería
curarse y salir de aquello porque su pensión no le alcanzaba para solventar el
hábito: ya bastantes problemas le traía el service de su maquilladora. Después
volvió a dejarme solo en la cocina, fue al baño y yo robé del sótano una lata de
queso cammembert, y a medida que me lo iba comiendo con mi cuchara de madera,
hice una recorrida por las dependencias de la cocina: arte testimonial.
Amén de varios hornos verticales, y un gran hogar revestido de barro para hacer
pan en la sala contigua tenían una máquina de asar eléctrica, con un spiedo que
mediría tres metros de ancho por uno de circunferencia. Calculé que un pueblo en
marcha hacia la liberación podía asar allí media docena de misioneros mormones
ante un millar de fervientes watussi desesperados por su alícuota de dulzona
carne de misionero mormón rotí. Más allá de la sala estaba el depósito de tubos
de gas, leñas, carbón y especias. Olía a ajo el lugar, pero no vi ajo sino ramas
de laurel y bolsas de yute con hierbas aromáticas que no supe calificar.
¿Romero? ¿Peter Nollys? ¿Kelpsias? ¡vaya uno a distinguir las sofisticadas
preferencias de esos maniáticos magnates británicos...! Cuando Coreen –mi
Muchacha Punk, dueña y señora de la casa volvía del –baño, trabó la puerta que
separaba la cocina del office –al que ella llamaba "hogar" en inglés de los
salones donde seguían gritándose barbaridades sus amigos. Ignoro lo que habrán
dicho ellos, pero como resumen dijo que eran unos piojos hijos de perra; grave.
Prendió otro joint con la brasa de mis 555, y –¡Achalay!– nos fuimos con él a
apestar el dormitorio de su hermana, donde, dormiríamos, pues el suyo venía
desordenado de la tarde anterior.
El pasillo que llevaba a los cuartos, estaba custodiado por grandes cuadros que
parecían de buena calidad. Reparé en el piso: listones de roble enteros se
extendían a lo largo de quince o veinte metros. Sin alfombra ni lustre alguno,
la madera blanca repulida me evocó la cubierta de aquellos clippers que se hacía
construir la pandilla de nobles que rondaba a Disraeli para gastar sus
vacaciones en Gibraltar. ¡Un derroche! El cuarto de la hermana era amplio,
sobriamente alfombrado, y en un rincón había una piel de tigre, en otro, una de
cebra viel y otras pieles gruesas que supuse serían de algún lanar exótico, pues
eran más grandes que las pieles de las ovejas más grandes que mis ojos han visto
y que las que cualquier humano podría imaginar con o sin joints embebidos en
substancias equis.
Nos acostamos. Tercera decepción del narrador: mi Muchacha Punk era tan limpia
como cualquier chitrula de Flores o de Belgrano R. Nada previsible en una
inglesa y en todo discordante con mis expectativas hacia lo punk. ¡Las
sábanas...! ¡Las sábanas eran más suaves que las del mejor hotel que conocí en
mi vida! Yo, que por mi antigua profesión solía camouflarme en todos los hoteles
de primera clase y hasta he dormido –en casos de errores en las reservas que de
ese modo trataron los gerentes de repararen suites especiales para noches de
bodas o para huéspedes VIP, nunca sentí en mi piel fibras tan suaves como las de
esas sábanas de seda suave, que olían a lima o a capullitos de bergamota en
vísperas de la apertura de sus cálices. Tercera decepción del lector: Yo jamás
me acosté con una muchacha punk. Peor: yo jamás vi muchachas punk, ni estuve en
Londres, ni me fueron franqueadas las puertas de residencias tan distinguidas.
Puedo probarlo: desde marzo de 1976 no he vuelto a hacer el amor con otras
personas. (Ella se fue, se fue a la quinta, nunca volvió, jamás volvió a
llamarme. La franquean otros hombres, otros. Nos ha olvidado; creo que me ha
olvidado).
Cuarta decepción del narrador: no diré que era virgen, pero era más torpe que la
peor muchacha virgen del barrio de Belgrano o de Parque Centenario. Al promediar
eso (¿el amor?) le largó a declamar la letanía bien conocida por cualquier
visitante de Londres: "ai camin ai camin ai camin ai camin ai camin", gritaba,
gritaba, gritaba, sustituyendo los conocidos "ai voi ai voi ai voi ai voi" de
las pebetas de mi pago, que sumen al varón en el más turbado pajar de dudas
sobre la naturaleza de ese sitio sagrado hacia el que dicen ir las muchachas del
hemisferio sur y del que creen venir sus contrapartidas británicas. Pero uno
hace todo esto para vivir y se amolda. ¡vaya si se amolda! Por ejemplo: Y
después se durmió. Habrá sido el vino o las drogas, pero durmió sonriendo, y su
cuerpo fue presa de una prodigiosa blandura. Miré el reloj: eran las 5.30 y no
podía pegar un ojo, tal vez a causa del café, o de lo que agregamos al café.
Revisé los libros que se apilaban en la mesa de luz del cuarto de la hermana (le
mi Muchacha Punk. ¡Buenos libros! Blake, Woolf, Sollers: buena literatura.
¡Cortázar en inglés! (¡Hay que ver en una de esas camas señoriales lo que parece
el finado Cortázar puesto en inglés!) Había manuales de física y muchos números
de revistas de ciencias naturales y de Teoría de los Sistemas.
Separé algunas para informarme qué era esa teoría que yo desconocía pero que
justificaba tina publicación mensual que ya iba por el número ciento treinta y
cuatro. Las miré. interesante: enriquecería mi conversación por un tiempo.
Andaba en eso citando llegó la hermana de mi Muchacha Punk con su novio. La
chica dijo llamarse Dianne y era naturista, marxista, estudiaba biología, odiaba
las drogas, despreciaba a los punks y no tomó nada bien que estuviésemos
acostados en su cuarto, pero disimuló. Cuando le hablé, su expresión se hizo aún
más severa como reprochando que un desnudo, desde su propia cama, se dirigiese a
ella en un inglés tan choto.
No le gusté y ella no pudo disimularlo más.
En cambio el novio me mostró simpatía. Era estudiante de biología, naturista,
marxista, odiaba profundamente a las punks y manifestó un intenso desprecio
hacia las drogas y sus clientes.
Creo que de no haber mediado el episodio del encuentro y la irritación de su
novia, habríamos podido entablar tina provechosa amistad. Me convidaron con sus
frutas, algo muy delicioso, parecido al níspero y muy refrescante, que erradicó
de mis encías el gustito a Coreen. Ella, a pesar de nuestra conversación en voz
muy alta, mis gritos angloargentinos, mis carcajadas y 1()s mendrugos de risa
que alguno de mis chistes lograron de la bióloga, no despertaba.
Dije a los chicos que me vestiría y que debía partir pues me –esperaban en mi
hotel. Ellos dijeron que no era necesario, que siempre dormían en el suelo por
motivos higiénicos y que yo podía seguir leyendo, pues "'la luz de la luz no nos
molesta". Así dijeron. Se desnudaron, se echaron sobre una piel de oso y se
cubrieron hasta los ojos con una manta hindú. De inmediato entraron en un
profundo sueño y los vi dormir y respirar a un mismo ritmo, boca arriba y
agarraditos de las manos. Pero yo no podía dormir; apagué la luz de la luz y
estuve un rato velando y escuchando el contraste entre las respiraciones
simétricas de la pareja, y la de Coreen, más fuerte y de ritmo más que sinuoso.
Prendí la luz y revisé el reloj: serían las siete, pronto amanecería. Acaricié
los pelos de mi Muchacha, su carita, sus lindísimos hombros y sus brazos, y casi
estuve a punto de hacer el amor una vez más, pero temí que un movimiento
involuntario pudiese despertarla. Aproveché para mirar su piel delicada y suave.
Nada punk, muy aristocrática la piel de mi Muchacha. Le estudié bien el
agujerito de la nariz: medía seis milímetros de ancho y formaba una estrella de
cinco puntas. ¿O eran cinco milímetros y la estrella tenía seis puntas? Nunca lo
volveré a mirar. Para esta historia basta consignar que estaba dibujado con
precisión y que debió ser obra de algún cirujano plástico que habrá cargado no
menos de quinientos pounds de honorarios. ¡Un derroche! Miré la cicatriz de la
mitad izquierda de mi chica: había perdido más color y estaba apelmazada por el
roce de mi mentón que la barba crecida de dos días tornó abrasivo. Me apenó
imaginar que en la tarde siguiente, al despertar, mi Muchachita Punk me
guardaría rencor por eso. Escribí un papelito diciendo que el service quedaba a
mi cargo y lo dejé abrochado con un clip junto a un billete de cincuenta libras
que había comprado tan barato en Buenos Aires, en la garganta de su botita de
astrakán. Así asumía mi responsabilidad, y ella no necesitaría esperar otra
semana para poner su cicatriz a cero kilómetro. Actué como hombre y como
argentino y aunque nadie atine nunca a determinar qué espera un punk de la
gente, yo no podía permitir que al otro día mi Muchachita se amargase y
anduviera por todas las discotheques de Londres insinuando que nosotros somos
unos hijos de perra que perturbamos sus cicatrices y no pagamos el service,
desmereciendo aún más la horrible imagen de mi patria que desde hace un tiempo
inculcan a los jóvenes europeos. Me vestí. Al dejar el cuarto apagué las luces.
Para salir destrabé la cerradura de la cocina pero volví a cerrarla y deslicé la
llave bajo la puerta. Los punks seguían peleando: el africano reprochaba a los
otros no haberlo despertado para la cena. Otro lloraba, creo que era el francés.
Después oí una sílabas rarísimas: era alguien que hablaba en holandés.
Gracias a Dios no me vieron y encontré un taxi no bien salí a la calle, fría
como una daga rusa olvidada por un geólogo ruso recién graduado en la heladera
de un hotel próximo a las obras suspendidas de Paraná Medio.
La tarde siguiente, leí en The Guardian que durante la noche catorce vagabundos,
a causa del frío, habían muerto, o crepado, estirando sin rencor sus
veintitantas vagabundas patas inglesas, en pleno corazón de la ciudad de
Londres.
Hicieron no sé cuántos grados Farenheit; calculo que serían unos diez grados
bajo cero, penique más, penique menos. En el hotel me pegué un baño de inmersión
y calentito y con el agua hasta la nariz leí en la edición internacional de
Clarín las hermosas noticias de mi patria. Quise volver.
Al día siguiente 'volé a Bonn y de allí fui a Copenhague. Al cuarto día estaba
lo más campante en Londres y no bien me instalé en el hotel quise encontrar a mi
Muchacha Punk. No tenía su teléfono; su nombre no figura en el directorio de la
vieja ciudad. Corrí a su casa. Me recibió amistosamente Ferdinand, el novio de
la hermana: mi Muchacha estaba en New York visitando a la madre y de allí
saltaría a Zambia, para reunirse con el padre. volvería recién a fines de abril,
y él no me invitaba a pasar porque en ese momento salía para la universidad,
donde daba sus clases de citología. Tipo agradable Ferdinand: tenía un Morris
blanco y negro y manejaba con prudencia en medio de la rougb hour de aquel
atardecer de invierno. Se mostró preocupado porque hacía un año le venían
fallando las luces indicadoras de giro del autito. Le sugerí que debía ser un
fusible, que seguramente eso era lo más probable que le sucedería al Morris.
Rumió un rato mi hipótesis y finalmente concedió: –No lo sé, tal vez tengas
razón...
Me dejó en victoria Station, donde yo debía comprar unos catálogos de armas y
unos artículos de caza mayor para mi gente de Buenos Aires.
Nos despedimos afectuosamente. El armero de Aldwick era un judío inglés de
barbita con rulos y trenzas negras, lubricadas con reflejos azules.
Entre él y el librero de victoria Embankment –un paquistaní– acabaron de
estropearme la tarde con su poca colaboración y su velada censura a mi acento.
El judío me preguntó cuál era mi procedencia; el pakistano me preguntó de dónde
yo venía. Contesté en ambos casos la verdad. ¿Qué iba a decir? ¿Iba a andar con
remilgos y tapujos cuando más precisaba de ellos? ¿Qué habría hecho otro en mi
lugar...? ¡A muchos querría ver en una situación como la de aquel atardecer
tristísimo de invierno inglés...! Oscurecía. Inapelable, se nos estaba
derrumbando la noche encima. Cuando escuchó la palabra "Argentina", el armero
judío hizo un gesto con sus manos: las extendió hacia mí, cerró los puños,
separó los pulgares y giró sus codos describiendo un círculo con los extremos de
los dedos. No entendí bien, pero supuse que sería un ademán ritual vinculado a
la manera de bautizar de ellos.
El paqui, cuando oyó que decía "Buenos Aires, Argentina, Sur" arregló su
turbante violeta y adoptó una pose de danzarín griego, tipo Zorba (¿O sería una
pose de danza del folklore de su tierra...?). Giró en el aire, chistó
rítmicamente, palmeó sus manos y (cantó muy desafinado la frase "cidade
maravilhosa dincantos mil", pero apoyándola contra la melodía de la opereta
Evita.
Después volvió a girar, se tocó el culo con las dos manos, se aplaudió, y se
quedó muy contento mostrándome sus dientes perfectos de marfil.
Sentí envidia y pedí a Dios que se muriera, pero no se murió. Entonces le sonreí
argentinamente y él sonrió a su manera y yo miré el pedazo visible de Londres
tras el cristal de su vidriera: pura noche era el cielo, debía partir y señalé
varias veces mi reloj para apurarlo. No era antipático aquel mulato hijo de mala
perra, pero, como todo propietario de comercio inglés, era petulante y
achanchado: tardó casi una hora para encontrar un simple catálogo de Webley &
Scott. ¡Así les va...!
[de "Muchacha Punk", ©1992
Editorial Planeta]
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Cantos
de marineros en las pampas
Habló el que siempre repetía la cantilena de la flota de mar:
–¡Por el sol..! –Le sintieron decir.
Y si alguien mas lo oyó también debió pensar que era la prImer cosa atinada de
lo mucho que dijo durante todas esas semanas de marcha.
Días malgastados y leguas descaminadas en esa pampa interminable, tolerando las
serenatas de los payucas y dichos hasta peores y mas desquiciados que los del
marino, cuidando parecer que seguían creídos de que tarde o temprano llegarían
al oeste y que alcanzarían la sierra chica y mas atrás el nacimiento del río
que, corriente abajo, los llevaría justo hasta El Lugar.
Llamaban El Lugar al sitio de encuentro de todos los que seguían firmes en la
idea de juntarse y volver a empezar. Se platicaba eso pero de los derroches de
tiempo y del descaminar leguas y jornadas nadie en la tropa cometió la
imprudencia de hablar.
Tropa: solo tanta arma y munición encajonada demorándose en las carretas
justificaba llamar tropa a ese montón indisciplinado y desparejo que traía
semanas y semanas de marchar, montar, apearse, ensillar y volver a montar, solo
para volver a juntarse y tratar de empezar otra vez.
¿Cuántas semanas ?
Si alguno tuvo voluntad de ir llevando la cuenta supo guardarse el número y ni
cuando las conversaciones daban lugar para lucirse con la cifra y amargarle la
noche a todos dejó entrever que la sabía y que no la decía por respeto.
Se conversaba siempre en la comida de la noche. Se aprovechaba la poca luz de
los fogones para platicar sin que alguien, por escudriñador que fuese, pudiera
descubrir de la cara del que iba hablando, o del que oía, los pensamientos
verdaderos que no se dicen en la conversación.
Y la hora del sueño ayudaba: se podía platicar confiado en que al momento de no
querer oír mas, o decir mas, estaba a mano el pretexto de caerse dormido y Dios
Guarde que mañana será otro día.
Volteaba el sueño y todos se dejaban voltear y mas cuando se andaba cerca de la
cuestión de cuántos eran y del tema de de con cuántos mas sería menester contar
y el de cuánto sería que faltaba en meses o años, en tropa o armas, en caballos
y en plata, o en voluntad y en muertos, para la hora de ganar, o para lo que
cada uno pretendiera.
Ganar era lo que querían los mas, que eran los mas ilusos. Los menos, ya desde
antes de arrancar querían ganar pero se contentaban con perder siempre que les
dieran ocasión de perder al modo propio y no al que elijan los favorecido por la
fortuna de ganar.
Los cuándo, cuánto, y el ganar y perder eran los temas "que ni nombrar". Todavía
se dice de ese modo en muchas partes.
Y lo que "ni escuchar" era lo que agobiaba: hablar de las criaturas, las mujeres
y las haciendas quedaron atrás y de cosas parecidas que no conducen a nada. Tal
esa cantilena del que venían llamando El Marinero desde los primeros días de
marcha.
Porque siempre repetía lo mismo: que años y años revistó en la flota de mar y
que en la flota ésto o que en la flota aquello o que ellos en la flota de mar
solían hacer tal o cual otra cosa de tal o cual manera y nunca pudieron pasar
dos noches sin que alguien tuviera que mandarle que pare de una vez de contar y
de estorbar y que deje dormir la tropa.
De día, uno que por dormirse oyéndola la voz del marinero se le había convertido
en un mal sueño, le rogaba por el Sacrosanto que la termine con la historia de
que en el mar los que mas cantan son los mejores marineros y que se guarde para
él solo el cuento de que en la flota no es como en el campo y en los pueblos,
que en la flota de mar se toma menos, y que entre los marinos el que mas canta
nunca es el borracho, porque al revés: mejor y mas dispuesto a bordo se muestra
un personal mas canta y menos chupa y porque, igual que en todos lados, en el
mar el tomador le esquiva el bulto a la pelea y en el peligro se ve bien que los
que toman se achican primero que nadie.
Y de noche, a la hora de contar, le copiaban los dichos y hasta la manera medio
goda de hablar con zetas para anoticiarlo de que ya todos se sabían la cantilena
de memoria.
En cuanto amenazaba empezar algún imitador le ganaba el turno y, poniendo voz de
bastonero de circo, anticipaba:
–Para esta velada anunciamos a la digna concurrencia de damas, clero,
nobiliario, gente de armas y chinas de culear que habremos el honor de oír a
quien ha visto faluchos corsarios llenos de hindús y chinos iguales a los que la
Britannia dio de escolta a San Martín, que mas semejan lazareto de leprosos o
quilombo de remate de esclavos que a cosa de utilidad para la guerra y ha
tripulado naves insignia con gavieros a proa que calzan botín de caucho y
ostentan uniforme de -lana inglés bordado en hilos de oro y dará fe de que por
igual en ambas barcas como en toda nave de mar cualquiera sea su enseña, mas
canta el marinero, mejor marino es y mas se lo respeta a la hora en que a bordo
se reclama personal que sirva...
Copiándolo, los imitadores agrandaban la boca cuando les tocaba decir la aés y
la és, y tanto ceceaban que se sentía "abodo ze nejzezita pesoall que zirja..."
Y a fuerza de copiar la forma goda de hablar de los marinos mezturaban una que
otra voz lusitana en las frases mas largas y hacían sonar las zetas mas fuerte
que cualquier español que, por descuido, hayan dejado vivo los ejércitos de la
Patria.
Pocos han de quedar, si queda alguno, de los que supieron recibir al Capitán de
San Martín cuando bajó por primera vez de la fragata inglesa y lo escucharon
hablar como un godo.
Y no ha de haber muchos vivos que pudieron oírlo cuando fue General de estas
Provincias y Gran Libertador de América y ni zetas ni eshes se le escapaban. Si
hasta los mandos de batalla los profería estirando el labio para que ni oés ni
ás sonaran como en la voz de un monárquico hidemilputas.
Valiente y puro sacrificio fue el puñado de criollos que se alistó en las naves
de Brown y de Bouchard sin conocimiento de en dónde se metían. Las que pasaron
en esas goletas de tablones podridos, calafateadas a lo bestia por gauchos y
peones de herrero y mandadas por corsarios sin Dios, ni patria, ni respeto por
la gente, obliga a tolerarles mañas y salvajadas a los pocos que pudieron
volver.
Pero hasta en esos patriotas disgusta ésa ínfulas de hablar como asesinos
virreinales: ni para burlar a un loco habría que permitir que un criollo hable
así y revuelva a sus paisanos los tiempos en que el que el monárquico se creía
mas y se jactaba de que siempre esta patria iba a seguir dejándose pisotear.
Pero la pampa que endurece al hombre en tantas cosas en otras lo hace mas blando
y lo distrae. Por eso que hablara igual que uno de la flota era lo último que le
amonestarían al marinero. Lo primero era lo peor de aquellas noches: su repetir
y el agobiar repitiendo tanto y cansando.
A él que lo copiaran y burlaran no parecía bochornarlo. Mismo cuando la tropa,
meta risa y palmada, estaba festejando a algún imitador, podía apersonarse ante
cualquiera a pedir un chala, o el yesquero de llama pronta para prender un chala
o un tabaco enrollado que algún otro le convidó: ni bochorno ni nada parecía
producirle la burla al hombre.
Y menos enojo: igual que todos por esos días era capaz de perdonarle lo peor al
otro con tal de que no fuese un flojo, un federal con tirador de plata, o un
salvaje unitario de librea de tarciopelo y cachete entalcado.
Si cuando se empezó a oír que había unos que andaban por ahí comprando caballos
y encargando reservas y encurtidos con el plan de empezar otra vez el marino se
compareció en la capilla de Flores entre los primeros y ahí mismo donó unas
libras de plata –que debía ser todo lo que tuvo en la vida– y reclamó que le
tomasen juramento y lo contasen como enrolado porque, sin eso, –le dijo al
escribiente–, y sin arrancar en la primer partida que saliera a juntarse para
empezar de nuevo, nunca mas iría a dormir tranquilo.
Y ahora justo venía a ser él lo que no dejaba dormir en paz a la tropa. Mejor
dicho: sería él o causa de él porque si no empezaba él con la cantilena desde lo
oscuro saltaban las voces que se le anticipaban para burlarlo o incitarlo.
No bien hablaba uno poniendo voz de godo marinero quien siguiera despierto lo
festejaba y se reía. Casi todos reían cuando escuchaban a un imitador diciendo o
cantando. En cambio si se lo oían a él al revés: agobiaba, daba como una
tristeza y rabia y al mismo tiempo y ganas de que se calle de una vez.
Él no festejaba burlas ni imitaciones. Pero escuchaba atento y al reflejo de
algún fogón o al relumbrar de la brasa de un chala que pitaba ávido daba la
impresión de medio sonreír.
Y si hablaba era para corregir algo que le estaban copiando mal. Mas que
enfadarlo parecía que se daba por satisfecho con que se escuche lo que quiso
decir aunque diera a reír a todos y aunque el que lo repetía se estuviera
burlando y no creyese nada de lo que le copió.
Había uno con jeta de mazorquero y que por eso mismo lo llamaban Mazorquero
aunque se conocía que fue procurador con diploma en Chuquisaca y hasta la
víspera del día que pidió juntarse con los que iban a volver a empezar figuró
como letrado de la Legación del Litoral. Poco que ver con mazorqueros, pero, en
el fondo, las ideas son casi las mismas: vivir de los gobiernos.
Fue el que mas le discutió la primeras veces, cuando todavía pensaban que valía
la pena discutirle, y en esas últimas noches era el que lo imitaba mejor.
Poniendo voz de ceremonia para destacarse y que lo oyeran, recitaba el
Mazorquero:
–Y que ningún criollo vaya a sentir que no haberlo sabido era ignorancia, porque
nuestro invitado, antes de servir en la flota de mar era también de los que se
creían que cantos de marineros como el "Boga Boga" o el "Mi Bonito Se Fue Por
Los Mares" que las gentes entonan sin entender eran güevada que cuanto mas se
las escucha mas güevada parecen. El sabe bien –decía y, alumbrado amarillo por
la linterna de parafina, señalaba a la oscuridad– cuánto cuesta meterle en la
cabeza a un milico pueblero o a un pajuerano de fortín que los viejos marinos no
exageran cuando hablan de que al canto de los marineros nadie lo va a entender
del todo hasta que padezca algún naufragio o una desgracia grande de mar...
A esa altura empezaban los gritos desde el oscuro:
–¡Naufragio ! ¡Transnluchada impestuosa ! –Podía oírse una voz.
–¡Vías de agua en el codaste que no hay quien pueda, no hay quien pueda, no hay
quien pueda... Reparar.. ! –Canturreaba otro.
–¡Veráis cuando la nave encalle y tengáis que abandonalle..! –Decía alguien mas
y parecía la amenaza de un fraile loco.
–Hasta la rocas, hasta las rocas os lleva el mar... –Era lo único que sabía
decir el domador chileno de voz finita. Y siempre lo repetía.
–¡Que hasta las rocas arrastre la corriente al marinante y hasta las bolas se
entierre entre las olas el que le cante..! –Ese era otro chileno, medio borracho
pero buen payador.
Y pocos acertaban con la gramática arrevesada del marino. Si hasta se podía oír:
–O hacerois encallar en la costa o dejarseis llevaros por las corrientes hasta
que las rompientes de las rocas del mar le naufragareis..
Y así seguían hasta que el mazorquero, o alguien con mas idea y condiciones de
imitador, copiaba una de las frases que mas le gustaba lucir al marino:
–¡Hasta que una tormenta desarbole ñamave y la escoree tanto que las olas se
desmadren direictiño a la bodega y el hombre sepa que todo se termina, no se
hará carne en nadie la veracidad del canto del marinero en estos tiempos de urbe
toda alumbrada a gas y puro ferrocarril y güinchisters de repetición..!
El marino nunca había nombrado güinchisters ni reilgüeis.
Al fusil él lo llamaba "rifle" como los godos. Y a lo que ahora empezaba a
nombrarse "trenes" le desconfiaba tanto que si una vez los mentó, les habrá
dicho "convoys" a la manera de sureños y brasileiros.
Pero el mazorquero, como la media docena de doctores y bardos que siempre
andaban revolotéandolo, estaba envenenado contra las máquinas y no desperdiciaba
la ocasión para decir lo suyo antes de cerrar con un alarido que parecía en
verdad grito de mazorquero y despertaba al mas cansado:
–¡Oid carajos..! ¡Escuchad ahora al hombre y no vayáis a creer que lo que
habréis de oír es bolazo venido de dichos que cuentan los sabaleros de la boca
del Río Reconquista..!
Sabaleros son los que viven en ranchos horcajados en postes de sauce en las
orillas del zanjón del puerto.
Zarpan de noche en sus falúas para tirar la red y levantar su pesca: sábalos
rechonchos cebados con las sobras que la correntada arrastra desde los
mataderos. Al sábalo lo venden para hacer jabón de gelatina y velas finas a las
perfumerías y parece mentira que los franceses pidan para hacer sus velitas sin
olor algo tan hediondo como la pescadera que cargan esas carretas de sábalo,
que, de mañana, cuando suben la barranca de El Retiro, hasta el mercado de la
Victoria llega el olor a sábalo podrido, no importa el lado para el que vaya el
viento.
Pero mas que de la pesca, el sabalero hace su plata por los chelines que junta
en el fondeadero cuando llega una temporada de carga.
Basta que entre un barco británico para que salga el sabalero a darle servicio y
así se pasa días rema que te tema parado en la falúa y cantando shangós de
negros para darse ánimos y no quedarse dormido mientras carga, descarga o le
hace alcahueterías a la oficialidad.
Boga parado mirando adelante como postillón de carroza y en épocas de carga se
lo ve ir y venir día y noche con las falúa atosigada de ferretería británica y
cajas con ajuares de contrabando para las tiendas.
Si lo arrastra a una leva, el sabalero entra al cuartel contando como propia
cualquier historia que le sintió decir a un marinero o a un peón de muelles que
como él mismo nunca tripuló nada mas allá de los playones de Quilmes, o de la
Banda Oriental del Uruguay en el mejor de los casos.
Bastaba que mentasen los sabaleros para que el marino saltara a corregir y
arrancara de nuevo con su cantilena de la flota.
Y entonces sí mas de uno, deseoso de dormir y encarpado hasta la coronilla bajo
su poncho, habrá pedido al cielo que se muriera de una vez, o que se murieran
todos de una vez para no escuchar mas y hundirse por fin en el fondo de algún
pozo sin ruido.
Muerto, por milagro, hasta el momento, nadie había muerto.
Y que se muera, mas que a ninguno se le debió desear al cordobés que perdió un
tobiano, el potro que el fraile de Mercedes donó para que le entregase como
prenda al cacique si se daba la necesidad de apaciguarlo.
–No maten pampas, no se dejen matar por un malón, esténse siempre bien lejecitos
de la indiada... Y si les cruzan sean mas amistosos que ellos y van a ver que se
los ganan... –Dijo el de sotana y se entendió que quería decir que cuidasen la
pólvora que el Señor la creó para apurar al infierno a los herejes de Cristo y
al Sanguinario Hispánico y no para asesinar salvajes que, según él, eran los
inocentes mas preferidos de Dios.
Buen domador, el cordobés venía encargado de cuidar los pingos de remonta, pero
chuzándolo para mostrarle a una china el corcoveo del potro, en una distracción
le permitió escapar. La caballada estuvo arisca toda la jornada y pasaron muchos
días y al desmontar y reunir los pingos antes de hacer noche seguía sintiéndose
la falta de ese brillo nervioso del tobiano del cura.
Y quien por recordar al potro y su pelo lujoso y quien otro por acordarse del
fraile, todos habrán rezado alguna vez pidiendo que el cordobés se desnuque en
una rodada o que le caiga encima del cielo una de esas piedras que pasan de
noche ardiendo y van a dar al valle de los cometas entre las sierras de Tandil.
Hasta dormido se le deseó la muerte. Y a nadie le pareció que la espantada fue
una tontera de momento, ni un accidente que a quienquera le puede llegar a
ocurrir. Pura maldad, pensaban todos.
En cambio bastaba que el marinero cerrara la boca o que se apartara a la
vanguardia cuando las bestias olisqueaban salvajes cerca, para que nadie le
deseara daño y todos lo respetaran, igual que cuando estaba dormido, manso.
Era uno de esos que, haciendo, convence mas que con cualquier cosa que se le
oiga decir, pero como nadie puede cerrarse las orejas basta que abra la boca
para que la gente sople y busque verle la cara a otros para mirarse
compadeciendo lo que van a tener que aguantar.
Pero la vez que se le oyó gritar:
–¡Por el sol..!
Y mas cuando para explicarlo refirió que hasta el pirata menos disciplinado
sabía que viendo de dónde salió el sol bastaba orzar o derivar conforme al
viento para rumbear al lado contrario del horizonte y así ganar el oeste, que en
el Mar Sur siempre va a dar a tierra firme, los que entendieron dijeron sí. Y
los mas cavilosos se dieron a pensar que, de tarde, mirando el punto por donde
baje el sol, tendrían noticia justa de cuanto se fueron desviando por no tener
en esa pampa nada hacia lo que enfilar y por las propias distracciones que
comete el hombre cuando anda medio desorientado.
No sé si se comprende, pero esa noche a todos les resultó tan atinado que les
nació como una gratitud con el marino, mas no por eso iban a dejar de escaparle
cuando amenazaba empezar la cantilena, ni dejarían de festejar a los que se
burlaban, que cada día eran mas y que el hombre escuchaba como si se rieran de
otro.
Aunque pensándolo mejor, si por las risotadas entendió que lo estaban burlando,
no es de descartar que se diera por contento con que sus dichos se repitan y que
cada quien lo tome como quiera tomarlo, puesto que para eso debió haberlos
repetido tanto.
Mirar de dónde sale el sol: quien mas, quien menos, todos se habrán dormido
reprochándose por qué esa idea no se les cruzó por la cabeza a ellos.
Pero por cuerdo que sea el hombre, él propone las cosas y es siempre la
desgracia lo que termina disponiéndolas.
Así en los pueblos como en la pampa, o al menos en esos lados de la pampa y en
el tiempo contado desde la noche en que el marinero gritó la idea del sol, y
hasta cuando ya nadie mas la quiso recordar, el sol nunca nació desde ninguna
parte.
Amanecer en esa pampa quería decir ver de repente que el cielo negro se
iluminaba y que bien alto arriba se le formaba como una cúpula de fuego
anaranjado.
Por ahí debía andar ubicado el sol, pero tan lejos, y a tal distancia del piso
del horizonte, que para averiguar por donde había empezado a levantarse, un
hombre iba a tener que aguantarse quieto todo el tiempo, mirándose la sombra y
clavando una cañita cada media hora para después seguir con un solo ojo la línea
de cañas o de estacas, que, si había una lógica en todo eso, tendría que acabar
apuntando justo al sitio donde debió haber iniciado su recorrida el sol.
Venía a ser una cuestión de paciencia: justo a esa altura de la marcha cuando a
cualquiera se le podía pedir de todo menos paciencia.
Al principio se habló de tener hormiga y la tropa se dió a decir que tenía
hormigas, pero después uno habló de que tenía lagartijas, vino otro que por
gracioso lo agrandó mas y dijo que él tenía una culebra, otro figuró que el
tenía serpientes yarará y al final varios terminaron diciendo que sentían potros
cimarrones galopándoles. Cada quien lo agrandaba como podía buscando la forma
mas graciosa para decir que sentían un movimiento incontrolable de algo animal,
justo en ese lugar, en el culo.
Venia la luz y ni matear buscaban. Pensaban nada mas que en arrancar y avanzar y
ni tiempo se daban para discutir desde cual rumbo habían venido a dar al sitio
donde les tocó hacer noche: saltaba uno y señalaba un lugar con su rebenque, y
en cuanto terminaba de ensillar y alzar las cosas, todos apuntaban para ese lado
sin que nadie se lo discutiera. Por instinto, los caballos caracoleaban,
resoplaban y sacudían las crines tascando el freno y dándose ímpetus para salir
galopando en esa misma dirección.
El plan de sol, para los que pudieron entenderlo, decía que cuando el sol se
pusiera el lugar mismo donde lo viesen desaparecer, iría a enseñar la
corrección, o sea, lo cuánto se habían venido desviando del rumbo a lo largo del
día.
Pero tal como salía el sol también la noche bajaba de repente, como si además
del sol, a todo lo que había sido luz y camino se lo hubiera tragado aquel vacío
de la pampa.
Ese vacío que mas de uno pensó que iba a terminar chupándoselos a todos.
Y no de a uno en uno: a todos de una vez, tal como venía haciendo con el sol y
como el día menos pensado estaba por hacer con el verano, con las chatas
cargadas de cajas de fusiles y munición que siempre se demoraban y con todas las
cosas, menos con esa tierra de pasto tan igual legua a legua y semana tras
semana, que era imposible calcular como podrían hacerla desaparecer.
El sol arriba, la tierra abajo, y adelante mas tierra igual. De noche y todo
alrededor, la pura oscuridad y el picoteo lustroso de las estrellas techando.
Atrás, uno que otro quejido de hombre en sueños y el griterío salteado de las
chinas, que ahora que nadie se arrimaba a pedirles servicio, hacían ruido entre
ellas para que se creyera que algún hombre había vuelto a solicitarlas.
Ya tendían miedo de que por no necesitarlas, una mañana los hombres les quitasen
la carreta y los pingos y las dejen ahí para que se las lleven los salvajes si
antes no las prendía fuego el sol o las helaba la primer noche del invierno que
debía estar pronto a venir.
Pobres chinas: de tan montadas por milicos puebleros, debió habérseles hecho una
doctrina el miedo al indio, y ni se les cruzaba el pensamiento de que en la
toldería no la iban a pasar peor que carreteando siempre media legua o media
hora atrás de la tropa.
Porque seguro los salvajes las solicitarían menos salteado y las obsequiarían
mejor que estos que mas ganas tenían de llegar y juntarse con los que iban a
volver a empezar, cuanto mas seguros estaban de no estar yendo hacia ninguna
parte.
Huellas, jamás ni una pudieron encontrar.
¿Quién no tiene oídas historias de baquianos que encuentran huellas donde nadie
las supo ver, y van marcándolas cortando yuyos mordisqueados por la hacienda de
un rodeo, mostrando raíces pisoteadas por un potrillo de dos meses, y
confirmándole al descreído que andan siempre en lo cierto anticipando cuando
tendrían a la vista una res carneada por la tropa, o un rescoldo de leña de una
fogatas y señalando lejos el sitio donde tendrían que aparecer esos montones de
bosta en seguidilla que marcan el lugar donde pampas o cristianos estuvieron
haciendo noche..?
No tenían baquiano. Habían pagado un baqueano que comprometió esperarlos en un
puesto de la estancia de Duarte, atrás del bañado de Tortugas.
Pero cuando pasaron por el puesto encontraron a una india feísima con que tenía
un solo diente arriba. Era la mujer del baqueano.
Parecía vieja. Temblaba toda por el miedo. Pero si había parido esos dos chicos,
que decian ser los hijos hijos del baquiano, tan vieja no debía ser.
Cuando pudo hablar, dijo medio en castilla medio en pampa, que los que le
pagaron al marido habían pasado muchos días antes, que el jefe era un coronel y
que la comitiva de mas de cuatro manos –serian cuarenta– con carretas y mucho
gauchaje a la rastra había rumbeado de prisa al sur porque hacían posta esa
noche misma en los corrales de Buenos Aires.
Empezaron a creerle cuando les mostró un tirador con las monedas que había
dejado el coronel: libras británicas y pesos fuerte con cuño de oro, mezcladas
con muchos cobres del Paraguay y contos dorados del Imperio del Brasil.
Muerta de miedo, quería devolver el tirador y dejarles el mayor de los críos que
les juró que ya era muy baqueano y hasta mejor peleador que el padre.
Contenta ella y triste el chico quedaron cuando nadie aceptó sacarle las monedas
y todos se jactaron de que se las iban a arreglar sin baqueano.
Después, cuando se vio que ni uno era capaz de descubrir huellas ni de adivinar
cosas conforme el estado del pasto, unos se lamentaron no haber traído al chico,
y otros los consolaron hablando de que estaban mejor así, porque con tan mal
ánimo ningún baqueano les iba a durar y a la primer desesperanza le iban a
cargar la culpa de todo y ya estaría degollado, o tan enemistado que los iría
arreando directo a donde olfateara que podía estar el malón.
De las mentadas marcas en el horizonte –el palo, el árbol, la lomada, el
pastizal de un color diferente: todo lo que se enseña en la milicia– ni una vez
alcanzaron a ver ejemplos en tantos días de marchar ilusionados con el punto de
encuentro.
Casi seguro muchos habrán pensado en el viento. Y mas por el rencor que les
quedó después del entusiasmo con el método del sol.
Sin exagerar ni un poco mas: aunque pensar, lo que se dice pensar, es algo que
se le podía atribuir a pocos de los que tuvieron idea de volver a empezar, y
casi a nadie entre los que se les fueron agregando, no es difícil que alguien
también haya pensado en el viento.
Porque esta pampa te hace cavilador: será la forma de marchar, que a los pocos
trancos acompasa a hombres, montas y animales de carga. O por el silencio de las
paradas.
¿O por la tanta luz que palma y no bien se hace el oscuro, comés algo y te caés
dormido hundiéndote ahí como cascote en la laguna..?
Cascotes no. Y mucho menos piedra: ni una se alcanzó a ver en tantos días de
marcha. El suelo siempre igual: pasto y mas pasto. Y hurgando bajo el pasto,
terrones negros y tan secos que no se entiende como se las compone el yuyal para
guardar un verde tan fresco que se nota por el engorde de la monta y de la carne
de reserva mas que con los ojos, que se acostumbran rápido a ver verde y todo
puro verde hasta que el sol se esconde y no se ve mas nada.
Ya en una de las primeras noches, ya punto de dormirse, alguien hablaba de dar
gracias al pasto porque si no ya habrían clavado guampa en la tierra, y cuando
desde lo oscuro sonó una voz diciendo que a ese pasto lo regaba el rocío, y,
aunque nadie había visto rocío y nunca un poncho amaneció mojado ni con ese olor
a bicho que le vuelve al pelo de la vicuña con la humedad, se dijo que el hombre
debía tener razón.
Varios se habían dormido. Se oía roncar de un lado y de otro, y después la
cantilena del de la flota que había cantado por primera vez:
"los boniiiiiitos barcos del asia...
los boniiiiiitos barcos de aquí...
alguno me llevará lejos,
lejos, muy lejos de ti....
bon bon,bon bin
bonita no llores por mi..."
Cantaba para el solo: nadie lo quería oír. Pero en aquellos primeros dias de
marcha después de resignarse a tantas cosas con tal de ir a juntarse con los que
querían empezar otra vez, era mas fácil tolerarlo que encontrar voluntad de
pedir que se calle, hasta cuando se ponía mas pesado, cambiaba de tonada y
poniendo voz gruesa de africano repetía:
"que mal... que mal.... que mal
que mal armé mi barco...
la proa parece un balcón...
a popa parece zapallo...
las velas parecen cartón...
y el mástil, el mástil...
que mal armé mi mástil...
parece rezarle al tifón
que venga que venga
que venga el temporal
y el barco malarmado
se vaya al carajo en el mar..."
Alguno ha de andar todavía vivo capaz de recordárselo mejor.
Tanto repitió el canto en esos primeros días de marcha que antes de que le
quedara El Marino, los que no le sabían el verdadero nombre –Esteban– le decían
"malarmado", y los mas puercos "el malarmeado".
Ahí en la peor la oscuridad cada cual sabía bien donde tenía su poncho porque lo
que empezó como una fila tipo milicia, con cuerpos estirados a la par todo a lo
largo de un potrero, los pies para el lado de los carros y la cabeza apuntando
del lado del fogón, había terminado formando ese redondel, que era cada vez mas
respetado y cada vez mas se parecía a un círculo dibujado, copia del horizonte
igual que los tenía siempre en el medio, dando vueltas y vueltas, camino de
borrachos.
Borrachos sin tomar. Por cansancio, por pampa y por desánimo: tres venenos
peores que el peor aguardiente y que a cada quien le producía el peor efecto que
su vida y los daños que debió haber hecho en su vida lo hicieron merecer.
En un lado, los mas juiciosos se resistían al sueño y no era fácil hacerseló
reconocer pero igual que a éste que cuenta, algo del canto del marinero se les
clavaba en la memoria, y anticipaban con la mente las repeticiones de palabras y
estribillos de versos pensando que alguna vez, bajo un alero en un rancho, o
haciendo noche en una tierra mas amistosa, tratarían de cantarlo.
Eso, a condición de que no hubiese presente alguno de los que ahí estaban
cayéndose dormidos, para no llevarles un mal recuerdo.
Se sentía alguna puteada contra el marinero, y la voz zeceosa volviendo a
empezar:
"no me gusta la carne
no me gusta los libros
me voy al mar, me voy al mar
no me gusta la gente
no me gustan las casas
me voy al mar, me voy al mar
ni esa hembra ni ese crío
ni el jardín ni la estufa
son para mi...¡ me voy al mar !
prefiero las tormentas
prefiero naufragar
porque ahogado en el fondo
sabré cantar sabré cantar"
–¡Putas que los parió al marino.. ! ¡Se me pegó el cantito.. !–Protestó un
teniente chiquilín, como que hablaba para si, pero a la par de unos criollos que
le habían hecho custodia en una avanzada.
Se contó que lo había dicho sin rabia y que con medias palabras les dio a
entender que cada vez que montaba y aflojaba las riendas empezaba a sonarle
dentro de la cabeza "mi boni, mi boni, mi boni".
Que el pingo, –el suyo o cualquier otro de remonta que ensillara para darle un
respiro a su zaino– también parecía conocerlo y moverse marcando el paso del
cantito. Y que ni trotando ni galopando –dicen que se quejaba– conseguía parara
de sonarle dentro de la cabeza y en las patas del pingo.
Por maldad o por vergüenza, nadie lo quiso consolar y se murió mucho después,
lanceado por la caballería del Imperio y sin saber que a muchos les estaba
pasando igual, pero que no tenían las bolas colocadas como tendrían que estar
para reconocer que a ellos también se les había metido.
Por ahí alguno, rezagado o medio alejado de la formación, se lo habrá dicho a su
caballo en secreto. Pero reconocerlo era tan difícail como hablar de que no
estaban haciendo mas que dar vueltas y vueltas al eje de la noria invisible del
medio de la pampa. Estirando un cascarón de yuyos. Un pedazo apenas de la
Ceación que dejó Dios nada mas que para que ellos y uno que otro araucano
siguieran vivos, ignorantes de que ya había pasado el fin del mundo.
Guardarse para uno mismo la tonada o los versos que se le habían pegado para
siempre, y hablar de formas de estar seguros de ir en línea recta aunque sea por
una jornada, era la única manera de dar a entender que uno también estaba
sintiendo algo parecido.
El que dos noches seguidas soñó que había un viento que quebraba mástiles altos
y anchos como la torre de la catedral, y nunca en su vida había visto un mástil,
habló del viento.
Se dijo que amaneciendo el viento era fresco y, tan fuerte, que era capaz de
mantener un poncho medio acostado en el aire. Que después iba bajando hasta que
apenas daba para que flote el gallardete de la escolta y que, cuando todos
querían parar por el hambre y ya la luz que del mediodía que encandilaba no
permitia ver mas, el viento ni se sentía, la bandera caía pegada a la tacuara y
bajo las sombrillas de ponchos que se armaban para matear y masticar el charqui
de mediodía se notaba que el humo del fogón del mate y de los cigarros de chala
se iba derecho para arriba.
Hacia arriba: no al cielo, porque esos medio días el lugar del cielo lo ocupaba
una plancha de luz con un centro redondo amarillo quemante, que debía ser el
sol.
Cuando después del mate se siesteaba, y después, cuando a empezaba la segunda
posta de la jornada, el viento volvía a empezar y seguía creciendo hasta que se
hacía noche y como dormían tanto, nadie sabría hasta que hora seguía aumentando,
ni a que hora empezaba a aflojar.
El último en dormirse nunca debió llegar a mas de tres o cuatro mates de los
primeros ronquidos, o a la tercer pitada, en esos días en que quedaban tabaco y
chalas para armar.
Los que oyeron esa conversación del viento, no bien se hizo la luz lo hablaron
con todos, y hasta el momento de palmar como muertos sobre los cueros no se
habló ni se pensó en otra cosa.
–El viento es lo menos de fiar que hay... –Cabildeaban y en eso estuvo de
acuerdo hasta el marino.
El viento no es de fiar, es puro aire y puede ir para cualquier parte.
Allí seguro que le pasaría como a ellos: arrancaría yendo para a cualquier parte
y de a poco iría cambiando la dirección, según las horas y según vaya a saberse
por cuál otra razón si hubiera alguna razón en las cosas.
El marino aprovechó para volver a la cantilena de la flota y dijo que en el mar
el viento cambia y arranca del norte y termina viniendo del sur en días
normales. Cuando hay tormentas, da vueltas desde el este al oeste y al norte y
para ver de donde viene da a lo mismo mirar la brújula que mirar como llueve
porque si está dejando de llover y refresca, seguro ya esta viniendo desde el
sur, y si sigue caliente el aire seguro viene de un sitio entre el norte y el
este.
Allí tampoco se comprendió la explicación, pero oír la palabra brújula y empezar
todos a putear contra todos por no habérsele ocurrido a nadie traer una brújula
fue casi lo mismo.
El marino apaciguó a los recriminadores cuando dijo que nunca a nadie de la
flota se le ocurrió llevar bolas –las boleadoras– ni rebenque a los barcos, y
por eso a ellos le sucedió lo mismo.
Eso sí se entendió pero por el calor de la siesta o por la rabia de no tener
brújula y llevar en cambio tanto rebenque al pedo, ninguno lo festejó como un
chiste, y si pudo haber habido uno que lo escuchó como chiste supo aguantarse
las ganas de reír.
Ni hablar de las estrellas. Todos sabían reconocer las Tres Marías, el Lucero y
la Cruz del Sur. Pero ahí caía la noche y al mismo tiempo que el Lucero tan
verde, aparecía blanquísima y bien alta la Cruz del Sur con los brazos apuntando
a los lados, el pie hacia abajo, hacia la propia pampa, y la cabecera apuntando
hacia la parte del cielo donde no había ni una estrellas y debía ser sur del
firmamento.
¿Pero de que iría a servirles conocer ese sur, que aunque de día se lo pudiera
ver y se mantuviera todo el tiempo a la izquierda de la formación, si giraba, y
tal como parecía girar, los haría hacer girar también a la par a ellos.
Y si como la cordura invitaba a pensar se quedaba quieto allí en su lugar: ¿No
iba a tenerlos para siempre, igual que ahora, girando alrededor de algo que, por
mas alto o lejano que fuera no podía impedir que giraran y no parasen de girar y
girar..?
No pensar, mejor.
Buena señal fue que cada vez mas seguido aparecieran osamentas. Y en cabezas de
vacas y caballos blanqueadas por tanto tiempo al sol casi siempre se encontraba
un nido de hornero recién terminado.
Eso algo debía anunciar, aunque el yuyo seguía siendo el mismo, siempre igual, y
ni señales de arroyos, lagunas, montes, taperas, ni cosa que se pareciese a
restos de fortines
Los pájaros, pobres bichos aquerenciados donde ni árbol, ni poste, ni piedra
elevada hallan para anidar, se conforman con lo único que sobresale un poco de
los pastos y empollan huevos y pichones al alcance de culebras, cuises y
sabandijas de la tierra que ya han de haberse hecho un vicio el gustito del ave
pichona y sus huevos.
El pasto seguía igual, pero nunca faltaba uno a quien le daba por decir que
estaban pasando por un brocalón de tierra blanda, y pretendiendo que todos
vieran pasto mas verde y fresco, detenía a la tropa para cavar y rabdomar y
probar que ahí nomás había agua.
Eso pasa por tanto oír historias sobre travesías con sed y de campañas donde la
sed hizo mas muertos que la indiada, la peste, y el salvajismo hispánico. Pero
sobrando tinas de barro y toneles de pino con agua buena de Córdoba no había mas
razón para atrasarse leguas que darle el gusto a uno que se sintió en el deber
hacer noticia.
–Acá sí...
Siempre había uno que le daba la razón al que se encaprichaba en demostrar que
era tierra mas blanda, pasto mas fresco, yuyo mas verde. Y siempre se formaba un
pelotón que los rodeaba y les decía que no vieran visiones y que miraran siempre
adelante, para no terminar de volver loca a la tropa.
Otros veían un humito, lejos, siempre en el horizonte. Al principio, se apretaba
el paso, algunos arrancaban a galopar, las chinas y los reseros que venían a
cargo de los animales de carnear empezaban con alaridos y reclamos porque no
querían que los de buena monta los dejasen atrás, y cada humo que se creyó haber
visto se producía una reyerta y a la noche, calmados los ánimos, todos, menos el
que dio la voz de alarma terminaban reconociendo que no habían visto nada.
Volvieron a encontrar una calavera de caballo con su nido de horneros.
–¡Pobres bichos ! – Habló alguien.
–Al menos vuelan... –Le contestaron.
–En el fuerte de Montevideo, cuando el sitio, los franceses subían en un globo
de colores, a vapor de carbón...
–¿Alguien lo vio a eso?
–No... Yo lo sentí decir a las tropas de López y Lamadrid cuando vinieron a
hacer diana en el funeral del gobernador...
–¿Y lo creistes vos..?
–Y si.. Les creí. ¿Que mi costaba creír? –Hablaba así el del funeral para que no
se le notara la tonadita paraguaya.
–Yo globos vi subir, fueron tan alto arriba que ni se vieron mas, pero eran
nomás así de grandes... –señalaba con la vaina del sable patrio– como una carpa
de carreta a lo mas...
–Con globos de esos podés subir y ver de lejos todo lo que haya...
–En esos que yo vi, que eran así –volvía a señalar–no cabía un francés ni
nadies...
–Si hicieran globos grandes se podría ver...
–Mierda verías aquí...
–Pasto y mas nada, verías aquí...
Cansados, sabiendo que de un momento a otro iba a oscurecer, a uno que le había
dado la locura de apartarse encontró una cagada y se apareció al galope
gritando:
–¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!
Y despues dijo señalando a un lado:
–¡Vi mierda! ¡Yo hallé mierda allí ! ¡Menos de media legua de donde estamos
ahora..!
Todos, hasta uno que no entendió, se le arrimaron y desmontaron para abrazarlo,
y a los que se fueron arrimando al llegar apelotonamiento de caballos apeaban y
los abrazaban y les repetían "mierda mierda", locos de contentos.
Esa noche salían del oscuro voces que hablaban, sin saber bien con quien, porque
tendido culo arriba y encarpado en el poncho es difícil que se te reconozca por
la voz.
–Fresca al parecer era, uno que andaba bien cerquita debió ser el que la cagó...
–Lástima nos haya desertado el baquiano...
–Lo engañaron... Seguro que los que dejaron el tirador con tantas libras eran
los Nacionales...
–De ser así quiere decir que alguno fue y contó...
–¿Que lo contó a qué ?
–Que íbamos...Que veníamos.. ¡Que vamos a empezar otra vez! ¿Que mas iban a
necesitar saber ?
–¡Lástima no tener baquiano..!
–Por ahí mejor que no haya...¿Cuántos éramos ?
–Trescientos, creo...
–¿Quien los contó ?...
–Nadie contó, trae desgracia contar.
–Contar sí, trae desgracia... –Era una voz de mas lejos, que acababa de meterse
en la conversación.
–Ponéle que seamos cientos, raro con tanto cristiano criado en puro campo, no
habemos ni uno que se dea maña para baquiano...
–Culastrones sí que debe de haber...
–Seguro que eso usté lo conoce en carne propia, paisano...
–Será cuestión de que se arrime y pruebe, aparcero... –Habló una voz cercana,
que como parecía venir de arriba, a alguno mas debió darle impresión de que era
uno se cabrió. Por eso salió a calmar los ánimos:
–En Mercedes, por mentar algo parecido, mataron a dos...
–Un baquiano sabría decir, mirando la suciedad, para donde iba el hombre, y si
era un pampa o un cristiano... –Otro que quiso cambiar de tema.
–Baquiano es el que se da ánimos para inventar siempre, y tiene la fortuna de
embocar todas las veces... –Pasó el tema de la carne propia, por suerte.
–Dice que la mierda del indio es seca, porque no come verde, nada mas carne y
grasa come…
–Seca y dulzona, como la bosta de caballo es la mierda del pampa, porque el
salvaje no usa sal...
–No sé... Yo no probé... –Era un chiste pero nadie lo festejó.
–Eso de no usar sal fue antes... Ahora el pampa copia todo al cristiano... ¿No
es verdad?
–Sí que es verdad... Yo en la frontera vi uno que no mas le quitó el facón, la
bota y las espuelas a un oficial muerto y hay mismo se los calzó...
–Yo vi indios con reloses y cadena de plata...
–No sabía andar calzado... Andaba como pisando abrojo y agarrame que me caigo...
Grandote, el pampa, se pegaba en la panza como si en vez de esquilmarle, se lo
hubiera comido al oficial...
–Al indio le gusta mas el aguardiente en botella que el de ellos mismos, ese de
los jarritos de barro horneado... ¡Son capaces de cambiarte dos mujeres nuevas
por una libra de chocolate del Brasil..!
–¿Se atreverá de veras un baquiano a sentirle el gusto a una mierda de indios..
?
–Se atreve, o hace como que se atreve: toca con este dedo, y lo lengüetea con
este otro... –Seguro que sacaba una mano de abajo del poncho, pero nadie lo iría
a mirar.
–El baquiano bolacea y acierta siempre...
–Adivinan... Hay gente que tiene el don...
–Pero ahora los indios saben ponerle sal a todo a todo... ¡Seguro que también se
roban sal en los malones !
–Hacen de todo menos sembrar... Si nos vieran comer patata y chaucha, ya
andarían ellos alzándose con toda la verdura en los malones...
–Podridos de lo verde tendrían que estar los pampas si se criaron aquí...
–¿Pescado comen che en la flota..?
–Casi jamás...
Fácil se reconoció la manera de hablar del Marinero y ahora se me hace que se
sintió el ruido de varios acomodándose los cueros y los ponchos para taparse y
aguantar mejor la cantilena que se vieron venir. SI fue así, acertaron porque el
hombre fue arrancando de a poco:
– Pez casi jamás se come... El la flota de mar no hay quien quiera pescar, en la
flota de mar se caza el pulpo y el pez vaca, que es como un perro que acompaña a
las naves y se lo arrebata con lanza y cabo engarfiado... Sabe como a la carne
de ternera... Pero el marino...
–Ahí arrancó... –Confirmó uno...
–No.. No... Oye tú... Aprende esto... ¡Que los marinos no gustan de comer al pez
vaca pues cuando lo alzan con garfio y cabrestantes, gime como personas..!
¡Llora y quien lo haya oído gemir no puede hincarle el diente!
–Suerte que no canta el pez vaca...
–Te he dicho que llora y es como un perro... La carne se la dan a los
prisioneros... Y el oficial de mar.... –Era la voz hispana.
–¡Canta..!
–No... El oficial pide para sí los sesos y la partes de bajo vientre, si es
macho... Oid esto...¡El macho tiene sus partes como las de un burro y los
oficiales las cuecen en aceite y las devoran..!
–Como los correntinos que se comen la criadilla del toro antes que nada...
–Los marinos prefieren el pulpo y la langosta canastera que se le dice la
calamara... El canto dice así... –Iba a cantar.
–¡A babor en la jarcia, que la carne esta triste..!–Se le adelantó una voz
áspera, como de tomador, aunque aquella noche nadie había dispuesto de ración de
caña ni de vino.
– ¡Y a los libros del mar tu también los leíste! –Era alguien que habló desde
lejos, y que imitaba bastante bien.
–No es así... El canto dice:
Calamar Calamar a la mesa
que te quiero comer la cabeza
a mi pies a mis pies hubo un pez
que boqueaba diciendo tal vez
cuando bajes al fondo del mar
serás tu quien esté en mi lugar
Aquel día el Marino había andado por la vanguardia y con una monta de reposta.
El caballo era un mañero de esos que mas vale dejar que engorde y venderlo para
que lo cocinen vivo en el autoclave de una fábrica de velas. Medio ignorante de
animales, le creyó al pingo que se había resentido una pata y, –cosa de viejos–
se negó a venir de vuelta en el anca de alguno de los chiquilines que habían
salido a otear con él. Ya estaba por caer noche, y se hizo sus leguas de a pata,
trayendo al mañero del cabestro y con la carabina terciada en la espalda.
Debió ser por eso que se durmió de los primeros: gallegueó dos o tres veces la
Calamara y no se lo escuchó mas ni entro en las ultimas conversaciones.
Eran unos que hablaban bajito pero, por eso de empujar cada palabra con el
aliento, se los oye mejor que si hablaran sin miedo a despertar o a decir algo
que alguien no tiene que enterarse.
Contaban que de un tiempo a esta parte la mujeres estaban diciendo "ponete en mi
lugar" cada vez que protestaban por algo. Que era una manera de hablar que
empezó en el teatro de los corrales, y enseguida copiaron las damas de la
catedral.
–Las mas putas de todas...
–Unas mas, otras menos... Todas igual son.
–Dice mi mama que mas ricas son, mas fácil se le hace hacerse putas, porque
tienen criadas que les preparan baños todos los días...
–¿De veras?
–Dijo mi mama... Cosas que dicen las mujeres...
–A mi me daba por culiar lavanderas si había morenas o mulatas..
–Nunca yo..¿De veras son mas limpias?
–Vaya a saber... Yo nunca me fijé.
–¡Pero yo te vide unas nochecitas ir con las chinas de las carretas...!
–Y a quién no lo videron...
–Al cura... Al loco Clueco.
–El loco Clueco se culia ovejas y yeguas... Nada mas.
–El animal tiene de bueno el no pedir plata...
–Y es mas limpio... Ellos mismo se lamen entre ellos...
–Las chinas mismo se lamen entre ellas...
–Pero al ratito se vuelven a empuercar...
–Se lavan nomás cuando tienen la sangría...
–¡Que chinas puercas..! ¿Sintieron el jedor que largan cuando les viene la
sangría?
–Hay quien llega a tirarle ese jedor...¡Les calienta el jedor!
–Hay loco para todo...
–A mi me gustaba culiarme lavanderas y ni pensé que eran mas limpias o menos
sucias...
–Ponete en su lugar...
–¡Ponete un dedo en el bujero donde no te dio el sol y deja de hablar guevada..!
–De nuevo se escuchó al que quería dormir.
–Disculpemé paisano... ¡Ni se me había cruzado la idea de que mañana tiene que
madrugar para alzar la cosecha del máis..! –Le contestú uno y cantó:
A dormir... A dormir
dijo uno sin saber
que se iba a morir...
Ahora empezaban dichos de pulpería pueblera. Recitó otro:
Negrito Negrito,
dijo el abuelo,
quedate dormidito
aqui en el suelo
antes que el perro ladre
y antes que empiece
a culiar tu madre...
Era un dicho de los payucas, que todavía hoy siguen creyendo que las negras son
mejores o peores, pero distintas, tal como les mintieron en tiempos del
esclavismo Español. Cantaba ahora un payuca:
por que las lavanderas
se harán tan putas...?
taran tan tan tuta
tarán tan tera
porque entran en el río
se lavan solas
me lo dijo mi tió
¡suerte que haiga olas!
–Y lavate las bolas... Y una mas y dejar dormir o cargo los trabucos y les
aujereo el ponchoa todos de macramé... –Gritaba ahora la del que pretendía
dormir.
–¡Cantá la del doctor...!
–No hoy canto otra mejor... La canta el Lopecito de Lamadrid que la aprendió en
los viajes...
–Ya se... ¡La del portugués que se hace encima de gusto..!
–No... Esa no me la pude todavía aprender todavía.. La de los sacristanes,
sentila y aprendetelá:
la señoras pudientes
son todas putas
por que tienen sirvientes
y los disfrutan
las negras le hacen baños
de agua caliente
los negros les dan duchas
de lecheirviente
–¿Que es lechirvente?
–Algo de la parte de la ducha, con regadora en flor...¿No es eso?
–A mi me da otra idea... ¿No Viste que los negros le dicen "laleche" a la salida
del varón..?
–¿Al guascazo? ¡Que asco la leche..!
–¡Que porquería la leche!
–El masónico propugna leche para los grandes... Que de grande el hombre siga
tomando leche en vez de vino.
–Los masónicos pidieron una Ley de Obligación para todas las iglesias que manda
a las Iglesias dice que si quieren enseñar chicos, les tienen que convidar una
copa de leche todos los días...
–¡Pobres criaturitas de Dios...!
–Mi tata quiere que el hijito que tuvieron ahora vaya a la iglesia para el
catecismo y la cartilla..
–Leche le van a dar...
–Se va poner gordito y de los masones...
–Dicen que el señor Mi Coronel es de los masones...
–Decir, dicen todo de todos...¿Usté acredita que el señor Mi Coronel es de los
masones?
–Ni creo ni dejo de creer.. Pero a Mi Coronel, no me lo hago de los masones...¿Y
usted?
–"Dificulto dijo Orduna que a un chancho le salga pluma..." –Era otro dicho– Los
masones mandan matar: el gringo Mitre, y el Cornelio Domingo Faustino que son
los llevan la voz cantante de los masones y mandan matar ¡Y de que modo...!
–No me lo veo a Mi Coronel siendo de los masones y mandado a matar de gusto...
–No me lo veo al pelado Domingo Sarmiento tomando leche en copita...
–Yo me lo veo justo para eso... ¡Chupando leche..! Un tiempo que iban a
nombrarlo de Plenipotenciario se lo veía todas las tardecitas en la peluquería
de la avenido Real...
–Igual que el Mitre...¡Meta barbero!
–Pero el Mitre tiene pelo...El Domingo anda con toda la ropa arrugada y no tiene
pelo...
–Se hacen hacer fomentos de ocalitos para salir sin arruga en los retratos... A
eso van al barbero...
–Lo masones se la pasan haciéndose retratar...
–El obispo tiene toda la estancia de la catedral cubierta de daguerrotipos con
la cara suya...
–El obispo dicen que culea y culea con las mujeres del club de la libertad...
–Las pintadas...¡Todas putas!
–No se me hace que un obispo se dea tiempo a culiar... Pero si culea, alla él...
–Y allá él, allá justito a la chucha de la madre puta que lo parió...
–Mas respeto... Será un obispo o lo que quiera.. Pero ese no manda nunca a matar
a nadie... El obispo... –Lo interrupio el que quería dormir:
–Los voy a hacer cagar con una pedigonada de sal gruesa...Dejen de hablar
güevada y dejen dormir a la gente... –Todos se callaron y escucharon que decía
en voz baja: – ¡Payucas negros de mierda..!
Nadie se le retobó y nadie mas dijo ni una palabra. Se habrían creído que cargó
el trabuco con perdigones de sal y se mandaron a dormir.
Eso es ser mierda: aguantarse cuando te dicen cosas así. Primero de todos se
había dormido el marino: cosa muy rara. Es lo peor que hay, quedarse a pata.
Mejor preso, que a pata. Mejor enfermo o apestado que a pata. Muerto podrá ser
peor que a pata, pero es casi lo mismo. Aquí si vas de a pata, te comen los
perros cimarrones en menos de dos días. Y si no hay perros, peor: quiere decir
que va a haber zorros, jaguares y pajarracos de rapiña que te empiezan a cueriar
antes de que termines de morirte.
El tuerto Airas es tuerto de eso: lo lancearon los Asesinos Monárquicos y lo
dejaron por muerto, y por hacerse el muerto estirado en el charco de sangre que
le salía de un tajito chiquito así, los zorros le comieron una pata y una mano a
su pingo y de noche, sintió un chillido era un carancho que le vino encima y le
quito el ojo completo.
Historias que se cuentan y pueden ser así o de otra manera.
Pero lo que seguro no fue de otra manera es la cara susto que le quedó al pobre
Airas para siempre: un solo ojo. Habría que apurarlo cuando toma y conseguir que
diga la verdad: no sería raro que al ojo se lo hayan arrancado los húsares
Hispánicos, que eran muy de hacer esa clase de daños.
Lo bueno de la guerra
ya te lo explico
que siemopre los que mueren
son los los milicos...
Siempre que los yucas cantaban esas cosas, algún oficial se ofendía y les decía
que desde ahora ellos también eran milicos y ordenaba que no canten mariconadas
de negros y que se reacordaran que si no fuera por los milicos del Ejército
Libertador, ellos andarían yerrados en los lomos con el sello del nombre del
propietario.
Los que mejor peliaron
eran los negros
por que antes de la guerra
ya estaban muertos...
Sin darse cuenta, cada vez mas, esas coplas del barrio del Arrime, se cantaban
con la tonada de la música rara del marino, como si por tanto y tanto oírla se
hubieran olvidado de sus candombes.
Al silencio sin viento de la siguiente siesta no había que ser baquiano ni
apretar demasiado la otra oreja contra el yuyo para saber que mucho caballo
galopaba cerca de ahí.
Nadie temía al malón. Los que habían hecho campaña contra el indio sabían que un
malón dura poco y que nunca termina de matar a todos. Sean pocos o bastantes,
los que salen vivos de un malón salen mejor, no tienen miedo a nada y por mucho
tiempo no sienten la desgracia.
Si te salvaste de un malón: ¿Qué te puede importar si vas en dirección a un lado
o a otro o si estás tardando mas menos a una parte, o si no vas a llegar
nunca...?
–Una guasca de burro. Una cagadita de indio. Algo menos que nada te importa
cualquier cosa si te salvaste de un malón.
Cierto que el salvaje disfruta como un chico degollando, pero el instinto le
manda escapar en cuanto puede alzarse con vituallas y chucherías de la tropa.
Eso lo entretiene mas que degollar.
Quien conoció lo peor de los cuarteles y de las poblaciones grandes, mucho no
puede padecer si los pampas lo hacen cautivo. Sabiendo pelear y siendo macho, es
mas fácil amistarse con una tribu que con los comisarios y los librepensadores
de la capital.
Mal que bien de esa manera se pensaba, y hasta hubo capaces de decirlo frente a
toda la tropa.
Mas dados a decir las cosas se pusieron en esos días últimos cuando aparecieron
montones de ceniza, seguidillas de bosta casi fresca y telas grasientas de
envolver que todavía soltaban olor a jamón con pimientos.
Por una cruz de madera, –no de palo: de madera de tablas pulidas pintadaa a con
con barniz como de cajas de fusiles– marcando unos palmos de tierra removida, se
notaba que habían pasado cristianos enterrando sus muertos como es debido, y de
allí en mas, –pobre la caballada–, se apretó el paso y se acortaron los
siesteos.
La desesperación es cosa tan complicada que no sería propio decir que alguien
hubiera desesperado.
La pampa tiene algo que no permite desesperar.
Desesperanza si: lo mismo que lo pone cavilador y que no permite desesperar al
hombre, causa desesperanza: la idea de volver a empezar y el plan de juntarse
seguían ahí pero como algo mas certero que una ilusión: igual que el horizonte
en círculo, el cielo plano, el sol que nunca se termina de ver y el subir y
bajar del viento, era como si ya se hubieran juntado, o si ya hubieran empezado
otra vez.
Una noche de frío, justo antes de que se iluminara el cielo, muchos se
despertaron por unos alaridos o por la agitación que los alaridos produjeron en
la caballada y en la hacienda.
Era una vaca que había parido: algo normal, pero resultó extraño que entre tanto
peón de campo, estanciero y entendido en animales nadie se hubiera dado cuenta
de que venían arreando una preñada.
El ternero apenas se mantenía parado, y si alguien pensó carnearlo ahí mismo se
lo guardó cuando una china dio la idea de que lo dejaran con la vaca y pasto
para alimentarse no le iba a faltar.
Un oriental pidió que también dejaran a un novillo que ya habían visto tratando
de montarse a otras bestias para que se hagan compañía entre los tres y por ahí
a la vuelta encuentren un manada de cimarrones y selo puede arrear de vuelta a
las poblaciones.
Sin esperar que los principales cabildearan y diesen aprobación, el oriental
espantó al novillo, y el animal, como si lo hubiera oído, se apartó del arreo y,
obediente, se arrimó a la vaca que los miraba mientras la cría le cabeceaba la
tetas.
La pampa siempre paga, dicen.
Será un decir, pero esa misma tarde encontraron, una carreta abandonada con su
carga completa de leña.
Pintura verde, y el eje partido, mostraban que alguna caravana de los nacionales
la había dejado ahí por no darse tiempo o maña para arreglarla. No fue difícil
hacer lugar para esos palos de quebracho en las chatas de carga, aliviadas de
tanto que se comió y chupó en las primeras semanas de marcha.
Y al rato nomás, cuando empezaba a oscurecer, un barullo que oarecia subir desde
abajo del pasto, asustó mucho hasta que los que habían campañas a reconocieron
el tembleteo de una estampida de jabalíes.
Lo estaban explicando cuando apareció una hilera de ñandús escapando de la nube
de polvo que avanzaba hacia ellos. Apenas tiempo tuvieron para contener a los
artilleros que querían disparar su culebrina al bulto, como si desviándolos con
el ruido se pudiera evitar que la chanchería le pase por encima a todo lo que no
sea pasto. Que cebaran el gollete de los cañones con pólvora húmeda y trapos
engrasados y embebidos de parafina fue la orden los fogueados en casos casi
iguales.
–Había que ser una manga de cagatintas para no haber traído perros dogos… –Se
dijo mientras la mayoría seguía montada, y nadie acertaba a elegir entre apearse
y escapar al galope y rogar que no fallara el fulminante ni se apagaran las
estopas que tanto demoró el yesquero en ponerlas a arder.
Contar dicen que llama a la desgracia, pero doscientos, o trescientos, sus
montas, su caballada de reposta y otras tantas bestias de carga y de servicio
quedaron envueltas en una humareda acre, con los ojos chorreando, la boca
hinchada, y la cara negra del pegoteo de lágrimas y hollín.
Y el tironeo de estómago que produce el trueno del cañón cuando se ha perdido la
costumbre.
Por la humareda, pocos llegaron a ver la retaguardia de los chanchos huyendo,
muchos de ellos con el lomo pegoteado de grasa ardiendo antes de perderse de
vista se convertían en bolas de llamas aullantes que dejaban una estela de humo
blanco con olor a pelo quemado.
La monta respondió con mas prudencia que la tropa y las chinas de atrás que
lloraban a los gritos y pedían socorro y auxilio no se sabe pensando en quién
las iría a escuchar.
Algunos vomitaron y quien pudo, cargó la carabina para hacerse de algún cancho
paralizado que se atrasó en dar su media vuelta y emprender la disparada en
sentido contrario.
–Así también nosotros… –Dijo alguien, el primero que habló desde el montón que
había buscado reparo o detrás de las carretas.
Todos tosiendo o vomitando, nadie trató de averiguar a qué venia esa frase que
sonaba a sermón de cura iluminado.
Pero la pampa paga, o al menos te hace sentir que asusta de repente para que
cualquier cosa que después consigas sacarle te parezca un premio.
Con semanas y mas semanas de marcha carneando vaca y asando y comiendo carne de
vaca las mas de las veces, y cuando no, charqui y carne de cordero o de vaca en
conserva de grasa con pimiento, ver asarse a los chanchos y saborear una carne
que no fuera de oveja o vaca fue para la gente una fiesta como cuando al cabo de
meses de comer nada mas que ázimo y pescado hervido, un tripulante de la flota
de mar llega con plata dulce a la primer posada del puerto y ve la mesa grande
llena de pollo asado, cuadriles frescos y hojas verdes, manzanas y naranjas
jugosas.
Horas costó cuerear y asar una docena de chanchos o jabalís de carne dura y tan
fuerte que justificó meter espiches en uno de los toneles de carlón que venían
reservados para el encuentro que cada vez parecía mas lejano, menos posible.
Muchos cayeron dormidos antes de que los asadores empezaran a trozar costillares
crudones para alcanzarle a la cola de los mas hambrientos.
Y cuando los que tuvieron paciencia de esperar que las carnes estuviesen a punto
empezaban a disfrutarla en medio de esa oscuridad, ya el vino se había terminado
y los apresurados medio borrachos, se habían dormido sin tiempo de cubrirse bajo
sus ponchos.
Algunos quedaron tirados lejos de sus monturas y sus cueros. Mullaban y
eructaban dormidos. Hablaban en sueños. Se quejaban. Uno soltaban un grito como
de terror, de mucho miedo, otro una risa larga, y entre tanto cuerpo tirado,
como una aparición, se veía un fanal de parafina flotando en el aire,
hamacándosé a un metro de altura, apareciendo y despareciendo por distintos
lados del campamento.
A veces la luz dejaba ver la sombra del que la sostenía. Era uno que rondaba por
el campamento, buscando jarros abandonados para recuperar el restito de vino que
alguno se habría dormido sin tomar.
Todo se oscurecía en los momentos cuando esa figura se inclinaba y apoyaba el
fanal en el pasto para alzar un jarrro. Después, alumbrado desde abajo, se veía
con cuánta paciencia trasvasaba, unas gotitas a algo que sería una bota cuero, o
un cuenco de barro.
No parecía apurado: terminaba de vaciar el jarrito, lo apoyaba en el pasto sin
hacer ruido, como cuidando no despertar, y recién entonces levantaba el farol y
volvía a convertirse en una forma amarillenta que flotaba sobre los cuerpos.
Pasó dos y hasta tres o cuatro veces por los mismos lugares, buscando y
buscando. Siguió juntando vino hasta que la luz amarilla empezó arder,
chisporroteando como señal de que la parafina se acababa. Ya oscuro, se lo dejó
de ver. Estaría tumbado en sus cueros tomándose el poco vino que pudo conseguir.
Se habrá dormido medio mamado, creyéndose hasta el final que era el único
despierto en toda la tropa. El viento soplaba bastante fresco, como siempre a
medianoche.
El olor de la grasa de chancho quemada y el de la tierra y el pasto verde que
algún prudente paleó para sofocar la lumbre del asado, no bastaron para limpiar
el olor a pólvora de aquellos pocos cañonazos de la tarde. Es un olor que
impregna el cuero de las monturas, la piel de oveja de los aperos y las lanas de
ponchos casacas. Dicen que por el azufre que le ponen al explosivo el olor de la
pólvora se parece al hedor que despide el Diablo: difícil que sea verdad. Pero
si es cierto que ese te entra en la cabeza y no se va. Por eso debe ser que
artillero tiene fama de loco: se jacta de la potencia del ruido de sus
explosiones, mas bien truenos que hasta al mas curtido le revuelven las tripas y
lo hacen vomitar.
Los ves apenas en medio de la cerrazón de su humareda y está saltando por los
ruidos, pero él, bailándolos de contento: salta igual que vos con la música de
sus explosiones.
Como el lancero, el domador, el baquiano, y como los que nunca erran un tiro con
carabina o con fusil, el artillero no más por ser como es se piensa el mejor de
todos.
En guerra es bueno que cada cual se crea mejor que todos los demás. Entre los
artilleros abundan los que les faltan un dedos que en algún zafarrancho se quedó
atravesado en un un cerrojo o se hizo de carbón en una escapada de gas de la
fogonadura de un serpentín de treinta onzas. No pocos son mancos, tuertos o
quedaron desfigurados por quemaduras en la cara.
Pero cada vez que vuelve la hora de juntarse a pelear, eligen de nuevo el
polvorín y los cañones, aunque por méritos o acomodo les ofrezcan cargos de
intendencia, que son los que codician todos porque habilitan a ser primero en
todos los repartos y, a veces, quedarse con la paga de muertos y desertores.
Chasquis, domadores, lanceros y jinetes de tiro rápido: todos tienen una ilusión
de revistar una temporada en intendencia. En cambio el artillero e se empecina
en no quedarse estar nunca lejos de sus fierros y polvorines.
Los artilleros cantan sus zambas:
somos los artilleros
los que al pie de un cañon
clavan rodilla en tierra
porque a la guerra
van por amor...
Como todos, hasta el mismo corneta de la banda, los de artillería saben que les
puede tocar morir, pero igual que el fusilero y los de caballería rápida, viven
convencidos de que ellos son los que mas mueren, o los primeros en morir. Cantan
pidiendo a la mujer:
cuando recés por mí
quiero que le pidas a Dios
que si la muerte gana
me lleve a un cielo
donde estés vos
Y como todos los demás, en la guerra se la pasan pensando en la mujer, pero
seguro que cuando están un tiempo con la mujer y arreglan el rancho, empiezan a
pensar otra vez en la guerra y en esos truenos de la pólvora que solo ellos se
pueden aguantar.
Y además, les gustan.
Los artilleros hacen cantos contra la lluvia, para ellos mas enemiga que el
Odiado Enspañol, porque bastan dos días de lluvia para que la pólvora se les
vuelva pelmaza y tengan que seguir cargando balas, metrallas y cañones de puro
adorno, y deslomarse empujándolos en el piso barroso.
Pero en esos últimos días ni ellos han de haber pensado en la lluvia.
La pampa tiene también eso: te malacostumbra a lo que lleva a creer que es: ni
el marinero, que nunca paró de hablar de tormentas y de cantar canciones y
contar dichos sobre temporales y huracanes debió haber pensado en serio en la
lluvia.
Pero a final llovió.
Todo llovió.
El día siguiente de la corrida de los chanchos amaneció nublado y sin viento, y
no bien se apearon a mediodía para matear, empezaron las gotas anchas.
Fue una lluvia cansina, de esas que con el calor y el poco viento, ni ruido
hacen.
Pero de a poco oscureció, tronó, empezaron los refucilos, y nadie hablaba porque
no se escuchaba ni lo que te decía el del costado.
Ya antes de hacerse noche los animales andaban asustados y rebeldes y, al
apearse, la tropa se encontraba con el agua hasta la rodilla y el cuerpo hecho
un temblor, de frío.
Cuando oscureció, fue peor: los pingos se entendían entre ellos mismos mejor que
los cristianos. Como si hubieran resuelto no parar, se rebelaban al freno y
elegían su camino. Y eso fue lo único acertado que hizo la tropa: resignarse a
obedecerle a la caballada.
Otra vez mas resultó cierto que lo mejor que hacés resulta que lo haces cuando
no podés hacer otra cosa.
Después se habló que había que agradecerle a la caballada que tan pocos se
perdieran en esa noche de frío y desinteligencia.
Si no se podía ver nada: todo era oscuridad y lluvia, y no bien refucilaba o se
cruzaba un rayo por el cielo, el resplandor encandilaba tanto que apenas se
podían ver el borde de las sombras que venían un paso adelante.
Y escuchar, se escuchaban solo la lluvia y truenos, y de momentos, el chapoteo a
los gritos de alguno que rodó y pedía auxilio o gritaba por Dios hasta que, sin
querer, algún caballo que venía atrás lo pechaba y lo mandaba empujaba de vuelta
a la grupa de su monta.
De cuando en cuando, una puteada se alcanzaba a oír.
Al volver la luz se supo que faltaban las carretas de las chinas, mas de la
mitad de la hacienda, y dos de las chatas de munición, que por el peso se habrán
clavado en el barro, y, sin nadie que las suelte, se habrán ahogado las pobres
yeguas de tiro.
Caían gotas mas finas y mucho mas frías que las de la noche. El agua llegaba
hasta la cinchas del caballo y la correntada se llevaba a todo lo que no supiera
flotar. El agua se estaba llevando todo un parque de leña que parecía un
camalote y se perdió de vista sin darle a nadie ganas hubo de recuperar algo de
tanto que se veía perder.
Si alguien queda por ahí y cuenta que temblaba del frío y no por miedo, macanea
o es de los tantos que ahora se hacen pasar por haber entrado en esta marcha,
pero que a su debido tiempo no se animaron a venir.
Vos está solo y desarmado, se te viene un malón, y al menos te mueren los
salvajes con el consuelo de haber hecho como que le ibas a pelear. Pero al agua
puta y a la corriente que te arrastra no le podés pelar ni hacerle cara de nada
para engañarla. No podés nada.
Cuando se empezó a poder oír y a hablar, algunos temerosos de que siguiera
subiendo mas el agua y empezaran a ahogarse o a desbocarse del todo los
caballos, pidieron subir corriente arriba, buscando tierras altas.
Como si con un solo día de lluvia se hubieran olvidado de todo lo plana que era
esa pampa. Como si no se dieran cuenta que cuando los animales mandan, ya no
nadie va a poderles mandar.
O por facilidad o por instinto –no se puede saber– pero la caballada solo
aceptaba ir a favor de la corriente. Al paso por momentos, y casi braceando,
como nadando, la mayor parte de la jornada, fueron los pingos los que decidieron
el camino.
No hubo posta. Ni hubo donde parar ni motivo para parar: con las carretas medio
flotando y las otras a los tumbos, tapadas de agua hasta lo mas alto de la
carga, no había donde hacer fuego ni ilusión de matear. Charqui y galleta hubo
para el hambre. Y nada para el frío.
Mas finas se hacían las gotas, mas clara era la visión de la pampa cubierta de
agua marrón y correntada, mas frío pasaban la ropas y mas hombres se
desmontaban. Esos, atados a las riendas, se hacían arrastrar como bolsa de
pesca: así aliviaban a sus pingos y aguantaban mejor el frío, porque todo lo que
cubriera el agua marrón, no padecía las gotitas heladas y el viento frío que
venía de frente.
Porque venía del lado hacia que tiraba la corriente, que después se supo que era
el sur.
–Oscurece temprano…–Dijo alguien y lo fueron repitiendo a los lados y hacia
adelante como si la noticia fuese la orden de un comandante.
Pero no era que oscureciese antes de lo debido: era por el miedo de ahogarse o
de perderse, que era casi lo mismo, y por no tener nada que hacer mas que
dejarse llevar adelante por el agua y por el tiempo que que el susto hacía pasar
mas rápido.
Mago debió ser el sargento que consiguió dar lumbre a una linterna de aceite, y,
aprovechando la mecha uno que no habrá querido irse de este mundo sin una buena
acción hizo aparecer una gruesa de chalas finitos que traía escondidos en un
buche de ciervo y fue prendiéndolos y haciéndolos pasar, de modo que casi toda
la tropa pudo fumar al menos su medio pucho húmedo y hubo momento en el que toda
la tropa estuvo montada bien derecha y fumando. ¡Lástima que no hubiera un
salvaje ni un criminal hispánico que, viéndonos desde lejos, se quedara con esa
impresión de cosa digna y milicia que debimos dar en el agua !
Había parado de llover cuando se pintaron unas unas estrellas bien adelante y
nadie quería mirar la oscuridad de atrás, seguros de que chatas y carretas se
habían perdido.
Unos mas y otros menos, casi todos se durmieron montados, o enganchados a las
riendas y quien pudo, medio se durmió tendido en el lomo de su pingo.
Si otros vieron la luz, se la callaron. Primero apareció como una llamita
amarilla que se podía confundir con una estrella, pero era al sur, en el lado
del cielo donde nunca hay estrellas.
Ya antes de amanecer era una luz blanca y alta y los despiertos y los que
aprovechaban una atropellada de su pingo para saludar y dar noticias de que no
se habían ahogado, si la vieron no dijeron una palabra.
Y si alguien despierto llega a decir que no la vio, o era ciego o se pasó a la
noche con los ojos apretados de miedo.
Ahora se entiende que, no más por verla, esperanzaba.
Mas que los ruidos de galope y esos humitos de espejismo que tanto
encarajinamiento provocaron antes de la lluvia, esperanzaba.
Y así como sin necesidad de hablarse y sin mirarse, los caballos supieron para
donde tenían que tirar, la tropa obedeció la orden de callarse, que nadie dio,
para no ilusionar demasiado y para no llamar de nuevo a la desgracia de no saber
a dónde se iba yendo.
Lo que nunca se va a terminar de comprender es por qué aquella tarde, pisando de
nuevo seco y colgando ponchos, chaquetas y chiripás en los tientos que les
tendieron entre los postes del fortín para que, a falta de sol, el viento los
secara, nadie se jactó de haber notado la señal desde el comienzo, cuando
todavía goteba grueso.
–¡Estabamos seguros de que la correntada los tenía que arrimarlos..! –Dijo,
mejor dicho, dijeron los varios oficiales cuando todavía contentos de agregar
tanta tropa y de recibir tanto güinchister y munición de lujo como los que por
milagro les salvamos del agua, andaban confianzudos entre los nuestros y todavía
no habían empezado a mandonear.
–¡Por eso quemamos todo el aceite para hacer farola en el mangruyo..! –Decían,
como si quisieran cobrar esa miseria de aceite que gastó el fuego.
Milicos hijos de mil putas.
Cierto que pusieron sus peones a preparar ollas de locro y asadores, y
dispusieon tientos entre las tablaestacas del fuerte para secarnos todo al
viento y nos hicieron sitio para dormir en la barraca que llamaban la plaza de
armas.
Pero carnearon los mejores terneros de que a puro lazo habíamos salvado del
aguacero y la corriente,y escatimaron el tabaco y guardaron en el polvorín los
toneles de vino y las tinas de aguardiente que trajimos.
No se niega que brindaron guitarreadas, pero tristes, porque escuchar música de
verdad por primera vez en tanto tiempo, puso a los nuestros a pensar en todo lo
que se había perdido, las tres carretas, unas chatas de munición, las pobres
chinas y las bajas de personal que nadie quiso tomar lista porque, a no dudarlo:
contar es llamar la desgracia, y para contar, en el fortín sobraban escribientes
y pícaros de intendencia entre quienes, desde los oficiales hasta el último
chiquilín recién incorporado de conscripto, todos andaban como si fueran los
dueños de la plaza, de la sierra petisa donde a los apurones habían edificado el
fuerte y de toda la pampa, que, no aquel atardecer en el que se la veía tapada
por el agua, sino hasta en en el mejor momento del año, nunca serán capaces de
cruzar ni de entenderla.
–Son un mal necesario, como la inundación, como la correntada... –Se dijo y
muchos siguieron repitiéndolo como una novedad, aunque fue el tema de las
conversaciones de esa primera noche bajo techo, pero sin chala, con poquísimo
vino y con todo ese sueño que se estuvo juntando abajo del agua.
De a uno iban cayendo dormidos, mientras los mas fogueados seguían hablando de
esto y de los tiempos de privación que se veían venir, disponiendo los ánimos de
la gente para que fuera haciéndose a la idea de que la guerra también tiene su
parte mierda de dianas, escribientes y contabilidades y de que es menester que
el hombre se tome el trabajo de aprender a aguantar si de verdad pretendía
juntarse con los que quieren empezar, otra vez, todo de nuevo.
[De "Cantos de Marineros en las pampas" Mondadori, España ©1998
Fogwill]
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Luz
mala
Para Leónidas Lamborghini
No quedan vírgenes; mujeres vírgenes. Tengo sesenta y cuatro años y puedo
atestiguarlo. Hace cuarenta años, y hasta hace apenas tres décadas, abundaban
las vírgenes; ahora no. Antes no podía terminar un mes sin que una virgen se le
cruzara a alguno de nosotros por la vida. Vida distinta la de entonces en Buenos
Aires: hace cuarenta años, en esta ciudad, casi no había hoteles de esos que
ahora florecen como hongos y que las chicas llaman “telos”. A los pocos de
entonces los llamaban “amuebladas” o “muebles” y casi no se conocían. Para
meterse en ellos había que ir con el auto, y quien no tuviera auto debía
contratar un remise y dejar al chofer transpirando en verano, tiritando en las
noches de invierno y envenenándose de soledad por las cuatro estaciones para
hacer guardia durante las cuatro horas que duraban los larguísimos turnos de
aquellos tiempos. No sé por qué. Si sé que eran tiempos distintos, y que no era
tan fácil encontrar sitio donde una mujer y un hombre pudieran encerrarse solos.
Eso sí: los autos de antes eran enormes y también teníamos los paseos del campo
y los botes que se alquilaban en el Tigre y los departamentos que iban heredando
los amigos. Pero lo que más abundaba por entonces eran las vírgenes, infinidad
de ellas había, y tantas, que buena parte de las personas -jóvenes y mayores-
creía tenazmente en la existencia del virgo. ¿Qué sería el virgo? Para mí, el
virgo era algo que existía como un animalito de lengua bífida y cuerpo de
molusco surcado por gruesas arterias cuya rotura producía un ruido idéntico al
de una petaca al cerrarse y desencadenaba una hemorragia más que difícil de
parar. Para mí, y para cualquier muchacho de mi clase, o de mis condiciones,
habría bastado con detenerse a reflexionar por un instante para concluir que en
un ser humano, por más mujer que fuese, no podían habitar impunemente animalitos
de lengua bífida y que si ninguna jamás moría en la noche de bodas ni al perder
su “honestidad”, las famosas arterias no debían ser tan gruesas. Pero esos
tiempos eran así y nadie, por mejores condiciones sociales o culturales que
tuviese, iba a poner en tela de juicio la consistencia lógica de un saber que,
por necesario o por justificable, había que “dar por descontado”, como solía
decirse entonces. Siempre lo supe, y siempre supe que el virgo tarde o temprano
debía romperse, y aprendí que romperlo era una de las misiones del varón.
Los virgos, al quebrarse, producían un ruido idéntico al de una petaca de metal
cuando se cierra. Esto lo conocíamos todos. Rodney Plunkett, que era de familia
agnóstica y que por tener una educación liberal nos merecía mucha confianza en
estas cuestiones, después de una reunión de mi grupo de oficios de la FORA, nos
explicó que a las mujeres vírgenes se las podía reconocer por el olfato, porque
mientras las que habían perdido la virginidad soltaban un olor a pescado podrido
que se volvía olor a carne de chancho podrida durante la menstruación -algo
doloroso-, entre las piernas de las vírgenes predominaba un olor parecido al del
queso roquefort y no cambiaba mayormente con la menstruación, que en ellas se
manifestaba con apenas una gotita de sangre que les manchaba las bombachas y se
llamaba “choni”. Años después me presentaron a una tal Choni, y aunque la vida
me probó que Rodney nos había engatusado a todos, igual pensé que las ropas de
esa señora tendrían, en algún pliegue, una mancha de sangre del tamaño de una
monedita roja. Imagino a un lector de estos tiempos:
-¡No me venga ahora con historia de chiquilines...! -podrá decir.
Pero ésta no es una historia de chiquilines: la FORA (Federación Obrera Regional
Argentina) era una organización que hacia 1952 operaba en la clandestinidad, los
que íbamos allí, Plunket, yo y no sé cuántos más, teníamos la edad de la
política -diecisiete, diecinueve, veinte y hasta veintiún años- y la FORA nos
atraía por el prestigio de haber generado, por así decir, la Semana Trágica y el
de albergar a los sobrevivientes de los grupos Antorcha y de las gloriosas
bandas de Di Giovanni y Scarfó, y hasta a sobrevivientes de la guerra de España,
entre ellos, a comandos destacados de la brigada Durruty, que se batió en
Guadarrama. Éramos grandes; cualquiera de esas noches, a la salida de las
reuniones, algunos armados con revólveres .32, los más fuertes con Star 9 mm
españolas, o con pistolas Mauser .765 que tiraban aquellas balas “botella”,
inconseguibles, todos salíamos convencidos de que éramos hombres.
Y éramos hombres: ninguno de nosotros era virgen. Para estudiar, para trabajar y
estudiar y además militar y conspirar contra el gobierno, la libertad sexual era
algo tan necesario como el aire que respirábamos. Y aunque vivíamos rodeados de
mujeres vírgenes, ninguno de nosotros era virgen, porque cada mes, generalmente
los primeros viernes de cada mes, íbamos al departamento de Raúl, que conseguía
mujeres.
Hacíamos dos o tres turnos. Raúl citaba a las dos mujeres a las ocho, y los
cuatro, o los seis de ese viernes, recién volvíamos a reunirnos en la confitería
de la esquina a las doce de la noche. Esas noches, después de haber tenido
nuestro desahogo sexual, íbamos a comer a Chiquín. Era una norma: comer
ensalada, un bife ancho, huevos fritos, papas, un gran helado de postre, y tomar
medio litro de vino, y al día siguiente dormir hasta las dos de la tarde para
recuperar la energía. Al departamento de Raúl estuve yendo desde los dieciséis
hasta los veinte años. En esa etapa, algunas veces, conseguí citas, pero me las
llevé a la amueblada de Viamonte.
Como me parecía peligroso ir en el auto de la familia, iba en remise y todo el
trámite salía costando el equivalente de diez horas de vuelo en el club
universitario, más o menos el precio de una guitarra de buena calidad. De vuelta
del hotel, llegaba al bar, y viéndome bajar de un auto con chofer todos sabían
que venía de un desahogo. Pero en esos años habré ido al hotel no más de cuatro
veces. Lo más común era que las reuniones con los socialistas de Agronomía se
hicieran en un café de Chacarita, y cuando llegaba al bar todos imaginaban que
venía de una cita y algunos, los más viejos, me decían que me iba a volver
tísico.
De mi tío Pablo se decía que había muerto tísico, pero murió loco por negarse a
comer. Vivía doblado de dolor, y tenía el color de la tiza, así que vengan
ahora, pasados los sesenta y siete años de edad, a librarme de la asociación
entre la tisis y el color blanco. Todavía hoy, queda gente que cree que algunas
prácticas sexuales -la masturbación, por ejemplo- predisponen a las enfermedades
infecciosas. Yo estaría muerto, en ese caso. Hacia 1952 no éramos tan ingenuos
como para creer que la masturbación produjese tisis, pero estábamos convencidos
de que afectaba el pulso, y de que por masturbarse se perdía la puntería.
Colombo decía que los católicos se masturbaban, porque eran masoquistas, para
sentir pecado a solas con Dios. Después se hizo psicoanalista y dejó la
política. Por entonces era anarquista, y sostenía que masturbarse era aceptar el
juego de la burguesía, que privaba a los pueblos del placer sexual. Los
anarquistas viejos no conocían nuestras idas al departamento de Raúl, pero como
algo debían sospechar siempre repetían que pagarse una mujer era falsificar el
amor y ser como cualquier capitalista, cómplice de los explotadores. Colombo
decía que el fin del acto sexual justificaba cualquier medio, y que había que
practicarlo porque los revolucionarios necesitaban tener todo el tiempo la
cabeza fresca. Papá una vez me reprochó que no sabía en qué cosas andaba yo y
pidió que me cuidase. Yo di vuelta la cara, sentí que me atragantaba, creyendo
que el viejo se refería a la revolución de Rawson y Menéndez, que después no se
hizo, pero más tarde me di cuenta de que pedía que me cuidara de las
enfermedades. Porque en aquellos tiempos los que tenían actividad sexual podían
enfermarse.
Enfermos, tísicos, con el pulso alterado y las ideas confusas, y días y noches
enteros rodeados por un ejército de mujeres que había que desvirgar: así
vivíamos. La revolución necesitaba mentes claras y pulsos serenos y los hombres
debían desvirgar. Y yo quería hacer la revolución y soñaba con un confuso olor y
con el ruido de la petaca que se cerraba hermética sobre mí.
Fue durante el verano de 1953, poco después de Navidad, cuando encontré la
petaca.
Era una cajita de bronce, bañada en oro. Estaba en un baúl del altillo de la
casa Tudor del campo. Tenía un espejito de cristal, un cisne de tela algodonosa
casi impalpable, y todavía guardaba restos de un talco de color lila y con
perfume de magnolias. Recuerdo que me llevé la polvera al cuarto y que unas
cuantas veces usé su espejo para mirarme entre las piernas mientras olía el
polvillo lila y usaba el tacto suavísimo del cisne para invocar la sensación de
algo muy suave, de algo muy tenue y delicado como capullo o nube rozándome la
pija y las pelotas.
Escondí la petaca en el cajón donde guardaba mis espejos de aumento, los
condones y una caja de balas Mauser que habíamos rellenado con mercurio y corcho
molido para volverlas explosivas y venenosas. Mi hermana las había visto un día
y las llamábamos “las balas de Perón”.
Por esos días, cerca del bebedero de los potreros del fondo, encontré una
culebra. Cuando la vi en el pasto creí que era una pulserita de Victoria. Tenía
una serie de cuentas verdes, como bolitas unidas por bandas color magenta,
amarillo y blanco. Desmonté y, cuando iba a agacharme, la pulserita se movió. Me
dio miedo. Quise pisarla, pero se protegía bajo los tallos secos de pasto, duros
como cañas. Se erguía toda haciendo equilibrio sobre la cola y sacaba su
lengüita doble, de un color que parecía una llamarada de fuego.
Uno podría preguntarse qué otra clase de llamarada hay, pero en aquel momento,
con el corazón encabritado, medio ciego por una mezcla de rabia y miedo que ni
sentí en las peores manifestaciones de la FUBA, pensé así -que la lengua tenía
el color de una llamarada de fuego- y me convencí de que yo no sería un hombre
si no era capaz de cazar viva una culebra. “Si la cazo, desvirgo; si la cazo,
volteamos a Perón; si la cazo, hacemos la revolución social”, me comprometí con
el corazón galopándome en la garganta, agachado, cerca del bebedero del que una
manada de chivitos, que habrían olfateado el miedo, empezaban a alejarse
despacio. Traté de taparla con el pañuelo del cuello; se me escapaba. La
perseguí, todo agachado. Los chivos apuraron el paso. Yo sudaba y me ahogaba,
agachado, hasta que ella llegó a una parte de tierra -barro seco- apisonada por
las vacas y allí jugué entero y la aplasté con el taco de mi bota contra aquel
piso polvoriento de bosta.
No murió. Para que dejase de retorcerse y para matarla definitivamente, la
ahogué en un frasco de remedio contra las garrapatas, pero aun sumergida en ese
líquido aceitoso tardó un buen rato en dejar de sacudirse y recién cuando me
aseguré de que estaba muerta, la saqué y la enjuagué bajo el chorro de la bomba
del jardín. No fue fácil quitarle todo ese olor a DDT.
Medía doce centímetros de largo. Tenía el calibre de una balita 22 y cuando
estuvo seca se acortó y se afinó más o menos a la mitad, pero seguía pareciendo
una pulsera. Los ojitos se le habían hinchado por causa del veneno, y la lengua,
que le había quedado afuera, pronto perdió su color de llama y fue poniéndose
marrón. En los labios, mirándola con atención, podían descubrírsele dos puntitos
blancos, que serían los colmillos. Revisándola con lupa y hurgando con la aguja,
no se podía hallar nada parecido a una glándula de veneno. Desde la primera
noche la guardé en la petaca.
Al día siguiente la culebra se había impregnado del olor a flores podridas del
cisne lila. Apreté con rabia la petaca, porque empecé a sentir que pronto esa
culebra que tanto susto me había dado se reduciría a la forma de un gusano
podrido y quedaría pudriéndose como testimonio de la irracionalidad de los
miedos y de las rabias (Perón, Desfloración, Revolución) y el ruido de los
resortes de la trabita de la petaca al cerrarse me pareció la burla de las cosas
contra algo que nunca podría llegar a ser un hombre.
Yo acababa de cumplir dieciocho, estaba en segundo de Derecho, quinto de violín,
séptimo curso de la Alliance. Esa mañana, me la pasé tirando tiros con la
carabina halcón de Funes, el administrador de papá. Apuntando a monedas de
cincuenta centavos, a veinticinco metros, con un pulso pésimo, dilapidé mas de
cien balas inútiles que después hubo que reponerle a Funes.
A la siesta se me ocurrió que el virgo podía ser una culebra así, no un molusco.
Busqué la polvera. La olí: magnolia triste. Guardé el cisne lila entre los
libros, lavé la polvera muchas veces con coñac hasta que se le fue el olor a
magnolia y le quedó tan sólo tufo a borracho y bajé a buscar roquefort en la
heladera. No había. En casa siempre teníamos roquefort en alguna heladera, pero
en la Tudor del campo sólo había queso mantecoso y queso de rallar. A la tarde
vi que no había nadie en la casita del capataz, y busqué en su heladera a
querosén. No tenían roquefort, pero había quesillo de cabra. Robé un pedazo. El
queso de cabra no olía a roquefort, pero era lo más parecido a roquefort a mi
alcance. Yo sabía algo de quesos: mezclé miga de pan con quesillo de cabra, le
agregué una pizca de levadura y un chorrito de cuajo para hacer yogur de nuestra
cocina, amasé el queso y lo guardé en vuelto con papel dentro de la petaca.
Durante varios días estuve guardando la petaca con el quesillo fermentando bajo
la tierra. Mientras, la culebra seguía secándose en mi cajón escondida en un
sobre de fotografías. Se había afinado; estaba dura y quebradiza. El magenta y
el amarillo de las bandas se había opacado; en cambio, el verde estaba más
brillosos y viéndolo con la lupa se le notaban las vetas de un tono más claro,
que señalaban el nacimiento de las escamitas. La lengua ya se había convertido
en una tirita marrón que iba deshilachándose por donde antes aparecían las dos
vertientes de la llamarada de fuego.
Ayer, sábado 2 de julio, en el nuevo diario de los Bulgheroni, el escritor
argentino de más éxito se jactaba de que su personaje Samantha era “muy
creíble”, como si la verdad tuviera alguna importancia en los libros, ahora que
la ha perdido en las cosas del mundo. Imagino al crítico que lea esto, pensando
que es imposible que alguien que escribe como yo a los sesenta y nueve años, a
los dieciocho anduviera todavía haciendo conjuros con petacas, fermentos y
culebras. Y sin embargo fue posible. Yo, a los dieciocho, escribía bien,
redactaba arengas y manifiestos que siguen siendo piezas de valor en su género,
componía los poemas de amor que publiqué en 1957 y ya había escrito partes que
después salieron en mis novelas de los años sesenta, y sin embargo, fermentaba
queso en mi petaca y estudiaba mi culebra como el salvaje que tranquilo
interroga las vísceras de un enemigo muerto. La vida es un raro aprendizaje que
se produce a saltos desiguales y combinados, como repetía Hermes Radio cuando
trataba de influir sobre Colombo y sobre mí con sus ideas marxistas.
Se fueron unos parientes, llegaron otros. Osorio cazó un puma justo la noche que
no quisimos acompañarlo y a la madrugada lo ayudé a cuerearlo y a salar la
cabeza para mandarla al embalsamador del pueblo. Al día siguiente desenterré por
última vez la petaca. Se había impregnado del olor del quesillo. En algo se
estaba pareciendo al roquefort, pero, como no había roquefort en el campo, y las
pocas veces que fui al pueblo lo hice de noche y el almacén estaba cerrado, ya
no tenía más que la memoria para comparar.
Tiré el papel con el queso antes de que acabara de pudrirse, guardé la culebra
en la petaca y volví a esconderla en el cajón. La llevaba en un bolsillo cuando
salíamos al campo de noche, y de tanto menear y sacudir la caja, a la culebra se
le soltó la lengua, que ya suelta parecía un alambrecito de cobre retorcido
contra el espejo.
Durante alguna de mis inspecciones debió caerse al abrir o al cerrar la petaca,
porque no sé bien cuando desapareció. A la culebra, en lugar de ojos, le
quedaron dos agujeritos oscuros. Los labios ni se le notaban. El olor era fuerte
y podía impregnar el pañuelo y el forro del bolsillo en un ratito.
Tendría que volver a dedicarme a la música: “ratito” me parece una palabra
pésima.
Mi violín en el campo sonaba mejor. Por el aire seco, llegaba al campo y las
cuerdas se estiraban y se desafinaba rápido. Pero después, cada día sonaba mejor
y empezaba a exhalar el olor de esa resina que los ópticos llaman “bálsamo de
Canadá”. Cada vez que me encuentro con ese olor recuerdo el violín y el estuche
del violín, pero sólo me los represento sobre mi cómoda en el cuarto piso alto
de la Tudor del campo. No en otra parte. Aquel olor emanaba solamente en
Córdoba.
De vuelta a Buenos Aires, no se sentía más el olor, solía desafinarse menos pero
sonaba muy mal. Dice Kröpfl que mi violín no sólo se modificaba con el cambio
del tenor de humedad, sino que los mensajes químicos de la zona -sería el polen
de los quebrachos y jacarandáes, la resina volátil del bosquecito de cedros o
las sales que el viento traía desde las cuestas- alteraban los solventes
naturales que hacía más de noventa años habían impregnado mi viejo Schmidt & Hapte en Stuttgart. Le digo: ¿Te imaginás si el campo le hace esto a un violín
de noventa años, lo que puede llegar a producirle a una persona de dieciocho? y
la mujer de él dice que no, que nada, que a las personas sólo les hacen efecto
las cosas que ellas quieren, y que los efectos que hacen las cosas son sólo
cosas que inventan los otros, y alguien opina lo contrario y todos se ponen a
opinar sobre el poder y terminan hablando de Alfonsín y de Pony Rodríguez
Larreta y me recuerdan a la FUBA de 1952. Por eso subí al cuarto a escribir,
aunque ahora interrumpo porque alguien se ha puesto a improvisar en el piano
eléctrico de Andrés y desde el living me llega el olor de los cigarrillitos de
porro que estuvo armando Paula, y aunque rían con estrépito y estén gritando
como imbéciles, me vienen ganas de bajar.
En los tiempos de mi petaca y de los fermentos de la libertad, una tarde que no
pude usar mi canasto, porque Funes había entrado a ducharse en mi baño, fui a
dejar mi camisa en el canasto del baño de mamá. Había una blusa de Magdalena -la
amiga de Victoria-, varios pares de medias de mujer y una bombacha. ¿A qué
olería? Sentí curiosidad, la toqué y ya estaba a punto de olerla cuando se me
ocurrió que podía ser de mamá y la hice desaparecer envolviéndola entre los
pliegues de una sábana arrugada. Era negra, de una de esas telas elásticas
gruesas como las que se usan para confeccionar trajes de baño. Podía ser de
Vicky, de Magdalena o de mamá, pero pensar en esta última posibilidad me impidió
avanzar con la prueba. Me prometí esperar otra oportunidad y revisar aquel
canasto todos los días hasta que apareciesen los pantalones de brin que usaban
las chicas.
Mamá sólo usaba breeches; al atardecer, después del baño, volvía a sus polleras
y a sus zapatos de taco alto y por eso jamás bajaba al campo de noche.
Nosotros sí: después de la comida, tomábamos el café en la galería, tocábamos
música y más tarde bajábamos al campo. Yo iba con Vicky y con su amiga Magdalena
a los potreros de alfalfa y nos sentábamos a mirar las estrellas y buscar luz
mala.
Era toda una historia: como la gente de la zona temía a la luz mala, papá nos
había llevado una noche con unos chicos del pueblo, amigos de los hijos de Leoni
-el capataz-, y con un tal León, compadre de Leoni, que al viejo le caía
simpático porque era conservador. Nos había hecho buscar luz mala, para
convencernos de que eran fosforescencias naturales que salían de los huesos de
animales en ciertas condiciones, y aunque eso había ocurrido mucho antes -por el
cuarenta y seis-, la costumbre de ir a buscar luz mala nos duró muchos años,
durante los cuales los peones, Leoni y hasta los hijos de Leoni, que ya eran
grandes, seguían recelándole a luz mala y siempre estaban encontrando excusas
para evitar andar solos de noche por el campo.
La mayoría de las noches encontrábamos luz mala: eran huesos desparramados de
vacas muertas en la sequía del cincuenta, o esqueletos todavía enteros de
vizcachas que mataron los perros, o que los cazadores habrían herido en la
cuesta y que vinieron a morir al llano. A la vizcacha recién muerta la devoran
los perros hasta dejar sólo huesos pelados, pegados entre sí por los cartílagos
y sostenidos como en un envase por el cuero duro y áspero del lomo. Cuando hubo
mucho sol, y al anochecer refrescó de golpe, los restos de vizcacha fosforecen y
son la fuente más común de luz mala que se puede descubrir por esas zonas. La
hija de Leoni, que era feísima, cuando nos veía pasar pos su casita yendo al
alfalfar se escondía en la cocina, y la vez que la invitamos no se atrevió a
venir. Como toda la gente de la región, temía no sólo a la luz mala, sino a La
Viuda, que se aparece a medianoche, al hombre tigre, que dicen que baja desde
Catamarca a robar chicos y mata a todo el que se le cruza por el camino, y
especialmente tenía terror a la niña Juana.
-¿Pero no es milagrosa? ¡Si se le reza!
-Sí -decía ella-, le rezan pero igual se puede aparecer y matarte del susto
Nos reíamos. Yo llevaba la linterna y una pistola del .12 que me había regalado
papá. Cargada con cartuchos comunes, podía arrancarle la cabeza a un cordero a
veinte metros de distancia; tenía dos caños.
Raro, papá: nos quería tanto y sin embargo, si yo tuviera un hijo -y a veces
imagino que un hijo idéntico a mí cuando tenía doce años me acompaña mientras
duermo solo- jamás le dejaría usar un arma tan tentadora. No entiendo cómo yo
mismo no me...
Pero en aquella época a mí no se me hubiera ocurrido. Además, era muy prudente,
llevaba los cartuchos en el bolsillo de la campera y, en la oscuridad, siempre
volvía a hurgar con un dedo en las recámaras para confirmar cada tanto que la
Webley seguía descargada.
Tomábamos: algunas noches traíamos vino blanco cordobés, otras guindado.
Tomábamos guindado, que les gustaba más a ellas que a mí, o vino -que ellas
aceptaban sólo las noches de calor-, y nos sentábamos a fumar.
Primero prendía yo. Fumábamos American Club, la mejor marca de la época. Cada
nuevo cigarrillo lo iba prendiendo con la brasa del otro. Un fósforo, o la
llamita corta del Monopol, bastaba para encandilar a cualquiera dejándolo fuera
de combate por varios minutos hasta que los ojos se volvían a acostumbrar a la
negrura.
Jugábamos a quién descubría antes una luz mala y acertaba a marcar justo su
posición. Después jugábamos a encontrar la osamenta o el cuero con huesos
pegados que la había producido.
Cada uno elegía un sector. Yo prefería el de la cuesta, que aunque tenía menos
luz mala permitía ver la región norte del cielo, la más poblada de estrellas.
Vicky prefería mirar hacia la casa, para ver cómo iban apagando las luces a
medida que la gente se iba a dormir, hasta que sólo quedaba prendido el farolito
de querosén amarillo de la galería. A Magdalena le dejábamos la parte más fácil,
donde era más común ver la luz mala, la del llano.
Cuando nos sentábamos, yo sacaba los American Club y los ponía cerca de
Magdalena; dejaba la pistola delante de mis pies, y volvía a abrirla para volver
a revisar si estaba descargada. Después ponía la linterna entre Vicky y yo. No
nos veíamos: cada uno miraba su sector. Nos pasábamos los puchos para prender.
Nos pasábamos la botellita de guindado o el termo de vino blanco para tomar, y
hablábamos de cualquier cosa. A veces discutíamos. Me gustaba sentir la espalda
flaca de Vicky, en contraste con los músculos de Magdalena. Magdalena practicaba
atletismo en el colegio; las paletillas -esas placas de huesos subcutáneos que
se llaman omóplatos y que jamás alguien nombraría en un relato literario sin una
justificación- eran fuertes y redondas. Las mías y las de Vicky tenían ese corte
típico de huesos de la familia Wolf. Los hombros de Magdalena eran redondeados y
fuertes. Practicaba disco y jabalina; para arrojar piedras tenía más fuerza y
más puntería que yo.
En esa época hablábamos en voz baja, aunque discutiéramos por cosas importantes.
No como ahora. Me sube desde el living un diálogo entre Diana y Carlos: hablan
de un general Merlo, de un almirante Massera y de otras cosas que ni a ella ni a
él tendrían que importarles, y gritan. Interviene por momentos Marcelo y también
él alza la voz: nosotros hablábamos en voz bastante baja... A menudo veíamos
caer estrellas y, cuando descubría una, yo pedía tres gracias. Generalmente,
pedía primero la muerte de Perón, después desvirgar y por último dirigir la
revolución. Si caía otra estrella les avisaba a las chicas:
-¡Miren! -decía, tocando a Magdalena para orientarle la cabeza hacia el lugar
del cielo donde había aparecido la estrella.
-¡No tenés que avisar...! ¡Pedí tres gracias! -me reprochaba ella, o Vicky, y yo
les contestaba que era una estupidez, que no creía en esas supersticiones y que
si estuviera dispuesto a creer en pavadas me habría hecho cura para dedicarme al
violín en un monasterio alpino.
Otras veces, al caer la estrella me olvidaba de Perón y de la revolución y pedía
amor, dinero y pareja libre. Yo quería tener una pareja libre. Hablábamos de
eso.
-¿Qué es una pareja libre? -me preguntaba Magdalena.
Les explicaba que mi amigo Gellon tenía una pareja libre: se amaban, vivían
juntos, eran fieles, pero no se casaban ni se casarían nunca y siempre
imaginaban que al día siguiente podrían separarse y ser felices con otro hombre
o con otra mujer. Trataba de que Vicky comprendiera que el amor era algo
demasiado noble para permitir que el Estado lo regulase. Magdalena compartía
conmigo la opinión de que la Iglesia no debía intervenir: le bastaba saber que
los curas eran peronistas y que su jefe -el cardenal Copello- estaba siempre
cerca de Perón, para odiar a los curas, pero pensaba que había que casarse por
civil, porque si no los hijos “pagaban el pato”.
-¿Qué pato...? -preguntaba yo, y Vicky, mi hermana, decía que yo siempre
seguiría siendo un idiota.
Pero una noche apareció un pato. Estaba nublado, no se veían estrellas, sentimos
un aleteo sobre nuestras cabezas y yo busqué la pistola y estuve a punto de
cargarla. Pensé que sería un carancho o un buitre que se acercaba entusiasmado,
creyendo que nosotros éramos tres animales muertos. El aleteo volvió a pasar dos
veces cerca de nuestras cabezas y fue como si unas enormes alas blancas nos
echaran encima un viento helado: el terror.
Vicky gritó. La espalda de Magdalena se endureció y su garganta soltó un
chillido. Yo rastreé el cielo con la linterna y nos pareció ver una forma
descomunal, huyendo hacia la cuesta. Pero pronto las alas bajaron a la alfalfa y
vimos que era un pato, casi pichón.
Cuando nos acercamos, hinchó las alas y tiraba picotazos amenazantes, pero no se
animó a volar. Tendría el tamaño de un pollo de tres meses. Era blanco.
Temblaba.
Aquella tarde habíamos oído tiros cerca del dique. Tal vez los cazadores lo
habían herido, pero resultaba muy raro que anduviese volando en la oscuridad, y
fue una pena que no apareciese la noche de nuestra discusión sobre los hijos y
las parejas libres.
Como le sucedía al violín, la oscuridad, el olor de la alfalfa temprana crecida
a fuerza de riego y tozudez, el silencio de las noches sin viento, el humo de
los rubios, el guindado o el vino, según las noches, todo eso actuaba sobre
nosotros. Por ejemplo, Vicky, que en Buenos Aires siempre quería discutir y
acababa llorando cuando mis opiniones se imponían, durante esas noches de campo
abierto escuchaba callada y hasta a veces me daba la razón. Tal vez porque
quería lucir a su hermano ante su amiga, que era hija única, tal vez por el
“mensaje químico”, como diría Kröpfl.
Fumábamos, tomábamos, a Magdalena se le erizaba la piel de los brazos y yo
sentía su hombro contra mi espalda, y fingiendo mirar el cielo buscaba que sus
huesos rozasen contra mi espalda y contra mi brazo, y a veces me volvía hacia su
lado buscando que su pelo suelto me hiciera cosquillas y se enredase en las
puntas de mi barba de dos días.
Dejaba la pistola a unos centímetros de los pies y la linterna bien cerca de mi
mano derecha. Tomaba la linterna y la alejaba, la ponía junto a la pistola.
Tocaba los cartuchos en mi bolsillo. Ponía la cantimplora entre mis piernas y me
soltaba los botones del pantalón, y después de tomar un trago de vino o de
guindado, me pasaba el pico de vidrio de la cantimplora por la cabeza inflamada
de la pija. El vidrio frío me estimulaba más y cuando Magdalena me reclamaba la
cantimplora, volvía a frotarle el pico contra la pija.
-¿Cómo está...? -preguntaba, imaginando que ella, como hacía con todas las
cosas, olería primero el pico antes de llevárselo a la boca-. ¡Delicioso! -decía
ella si era guindado. Cuando era vino tomaba apenas un sorbito y decía con
repugnancia-: ¡Ej vino cordobé...!
Que imitara la tonada de la zona me excitaba más, porque oyéndola podía imaginar
que era una chica de la región -una criada de la casa- dispuesta a obedecer mis
órdenes, y yo siempre le hablaba en cordobés para que ella me respondiera como
una cordobesa y me ayudara a pensar que si le exigía que me tocara o que me la
besara, de puro sumisa, sería capaz de hacerlo. Así se me hacía más fácil
acabar.
Porque en aquella posición, tocando apenas con la mano para que el movimiento no
se reflejase más allá de la muñeca y no fuese percibido por ellas, sentado
mirando el cielo negro y fingiendo buscar una luz mala en la cuesta invisible,
se hacía difícil terminar. Algunas noches se volvía imposible.
Necesitaba sacudir, hacer fuerza y estirar las piernas, porque pasaba el tiempo,
venía llegando la hora de volver a casa y quería terminar.
A veces aullaba. Imitaba el bramido de un puma, haciéndoles creer que quería
asustar a las vacas y a las ovejas, y aprovechaba el ruido y los sacudones de mi
cuerpo imitando a un puma para acabar dentro de mi pañuelo.
Y otras veces me paraba, diciendo que necesitaba estirar las piernas, y cerca de
ellas, mirando por encima del hombro la brasa del cigarrillo de Magdalena que
por momentos alumbraba su cara, acababa sobre la alfalfa y recién después
buscaba mi pañuelo para secarme los dedos antes de enjuagarlos con guindado, o
con vino.
Una vez Magdalena me tocó la mano para alertarme de una luz mala y preguntó qué
tenía:
-Guindado -dije yo, y le acerqué la mano a la boca, para que la oliese, y le
dejé una gota de guindado en la punta de la nariz. Pensando en eso tuve que
volver a empezar, pero como era la segunda vez me fui a terminar cerca del
bosque de cedros. Ellas habrán pensado que había ido a mear.
Otra noche llevé la petaca. La abrí sobre la alfalfa y volví a abrirla y
cerrarla varias veces. Ellas escucharon el ruido, pero no preguntaron nada.
Después, antes de volver a casa -no habíamos visto estrellas ni luz mala esa
vez-, volví a abrir la petaca y la alumbré con la linterna. El espejo reflejó un
chorro de luz directamente hacia el cielo: los tres quedamos encandilados por un
rato. Después las hice mirar.
Se arrodillaron sobre la alfalfa seca para mirar la culebra, Magdalena se acercó
y dijo que despedía un olor horrible. A mí, que estaba arrodillado, pensando que
el olor que salía del espejo era una nube que le entraba a ella por la nariz y
por la boca, se me paró.
-¿Qué es? -preguntaba Victoria.
-No sé... me la dio Menditeguy... dicen que se llama Tirgo.
-¿Tirgo? ¡Es una viborita! -dijo Magdalena.
-Un lagarto -dijo Vicky y se puso a porfiar que la petaca era una vieja polvera
suya.
Dije que no, que era mía, que hacía años que la venía guardando en un baúl y que
ahora la usaba para guardar el Tirgo.
Seguíamos arrodillados, sentía el olor a petaca resaltando sobre el fondo de la
alfalfa y sentía desde atrás un enorme toro invisible que me estaba montando, y
entraba un tubo de carne caliente para inundarme con su sangre, que bajaba a la
bolsa de mis bolas haciéndome crecer y crecer tanto la pija que se me hizo muy
fácil acabar arrodillado, mientras ellas avanzaban por el camino de los
alambrados hacia casa.
-Me la arruinaste con ese bicho podrido... ¡Qué olor! -se quejaba Vicky cuando
las alcancé. Se olía la mano-: Ahora devolvémela -pedía.
Yo le decía que no.
-¡Devolvésela! -reclamaba Magdalena.
-¡Es mía...! -insistí yo. Y Vicky, enojada, apuró el paso y se alejó adelante,
seguida por el halo de mi linterna. Mag volvió a insistir y en un momento debió
estirar una mano tratando de quitármela del bolsillo trasero del pantalón. Oí un
grito: el brazo atlético se encogió, chupado por su hombro.
-¿Qué pasa? -pregunté.
-¡Asco! ¡Te sentaste arriba de algo! Tenés pegado algo atrás...
Palpé. Eran los bordes de mi pañuelo empapados de semen. Alumbré mis dedos
pegajosos.
-¿Qué algo? -pregunté.
-Algo pegajoso... Asqueroso... ¡Mierda de un pájaro...! -aseguró.
Me olí los dedos. Dije que no con la cabeza.
-Un huevito... ¡Ya sé...! ¡Aplastaste un huevo...!
Vicky, curiosa, se quedó esperándonos en la barranca del cerro, y cuando la
alcanzamos, olió mis dedos, alumbró mi pantalón con la linterna y también opinó
que al sentarme había reventado un huevo o un animalito.
Bromeando, me puse una gota en la punta de la nariz, y le puse otra en la punta
de la nariz a Mag, que se limpió con la manga de su blusa, enojada. Siguieron
caminando adelante y cuando entramos en la casa se fueron a dormir sin
saludarme.
Yo estaba cansado. Subí a bañarme, me puse el pijama, tiré la ropa sucia en el
canasto de la lavandera y me encerré en el cuarto, lleno de planes de leer algo
y dormir. Prendí mi lámpara de querosén, porque a las once y media dejaba de
llegar la luz de la Cooperativa, y me acosté a leer. Había escondido la polvera
en mi cajón, previendo que en algún momento Vicky trataría de recuperarla. No se
la pensaba dar: en Buenos Aires le compraría una nueva.
Estaba leyendo un libro inglés y acababan de cortar la luz eléctrica cuando me
golpearon la puerta. Adiviné que vendría Vicky a buscar su polvera. Las dejé
entrar. Ya estaban vestidas para dormir, con esos camisones largos que por
entonces usaban las chicas.
-¡La polvera! -reclamó Vicky al entrar. Había acertado. Mag me miraba.
-¡Es mía! Está guardada. ¡No molesten! -les ordené.
Magdalena se acercó y levantó la lámpara sobre mi cabeza. Su brazo había formado
una línea, como un solo músculo, que arrancando de su largo pulgar se sumergía
en la bocamanga alta del camisón y bajaba hasta el pecho.
Pensé que no tendría corpiño. Ella, desde arriba, me miraba con rabia:
-No seas turro y devolvésela, o te chorreo el querosén encima -amenazó
destornillando la tapa del tanquecito de bronce.
Justo en ese momento la llama titiló y creció de golpe. Me cubrí con la manta y
aproveché para tocarme. Fue instantáneo: mi pija, limpia, recibió por tercera
vez en la noche -sería tal vez la cuarta del día- un envión de sangre y se
hinchó. Asomé la cara cuando ella inclinaba más la lámpara. Exigía que le dijera
a Vicky dónde estaba su petaca, o me quemaría vivo. Gritó a Vicky pidiéndole los
fósforos. Vicky revisaba como loca los cajones de la cómoda y sacudía la cabeza.
-¡Traé fósforos -gritaba Mag- y lo quemamos con querosén...!
Cayó una gota de querosén sobre mi almohada. Vicky, que había tomado la pistola,
nos dio la espalda y sentí el ruido del cerrojo al trabarse y los dos ruidos de
los martillos al levantarse. Era una Webley, no tenía seguro de gatillo. Mucha
gente debe de haber muerto destrozada al cabo de una escena así.
Magdalena corrió hacia la ventana y dejó la lámpara sobre el piso. La luz de
querosén transparentó el camisón y las tetas se le movieron al saltar, pero ya
mi erección había desaparecido: sólo sentía miedo y la certidumbre de que
muchos, antes de mí, debieron de haber muerto en el desenlace de alguna escena
parecida.
-¡No apuntés, esa pistola no tiene seguro! -grité.
-¡Callate o tiro! -me gritaba sosteniendo la Webley con las dos manos. Se había
sentado sobre la cómoda y apuntaba directo hacia mi cara. Nada puede quedar de
lo que fue una cara al cabo del impacto de una andanada de perdigones de un
cartucho de 12.
Mag, desde la ventana, se mordía un dedo mientras la boca se le estiraba en una
mezcla de sonrisa y de miedo. Aquella noche habían tomado mucho. Detrás del vaho
de querosén y de mecha quemada creí percibir el aliento a guindado de las dos, y
ahí sentí como nunca que mi iban a matar. Vicky insistía:
-Ya mismo: la polvera o tiro...
No me iba a ser posible llegar hasta la cómoda sin peligro. Salí de la cama
lentamente, para no provocarla. Las piernas me temblaban; quise hablar pero no
me salió la voz. El aire frío entró por la bragueta floja de mi pijama, pero
encontró sólo vacío. Mag miró hacia el campo.
-Y no se te ocurra hacernos trampa... -dijo Vicky. Nunca le había oído esa voz
tan gruesa de borracha o de loca. Me acuerdo que a la luz del farol me pareció
verle la comisura de los labios empapada de espuma blanca, como la de un perro
rabioso. No podía hablar, pero dentro de mí sonó mi voz gritando “perra rabiosa”
mientras mis piernas se disolvían abajo y me sentía derrumbar. Cuando pude
llegar al ropero, busqué la llave y abrí el cajón, evitando que mirasen; pedí
despacio que no apuntara más y le pasé la polvera a Mag.
Vicky me seguía apuntando. Pensé que recibir el tiro desde atrás sería lo menos
peligroso, y que verme con la cabeza cubierta por la almohada, la cara contra la
sábana y el cuerpo extendido la impulsaría a dejar la pistola. Me acosté. Mordí
la almohada.
Seguía mordiéndola y temblando cuando se acercó Mag. Reía. Traía los dos
cartuchos bailoteando entre sus dedos. Desde la cómoda, Vicky se reía y me
miraba, y sacudiendo la cabeza y sin dejar de apuntarme, disparó los dos
gatillos y entre sus carcajadas pude entender que decía maricón:
-Maricón... cagón... -volvió a decir después, cuando depositó la Webley sobre la
cómoda, mostrando las dos recámaras vacías.
Entonces empecé a gritar -no me importó que mamá oyera los gritos- que eran unas
hijas de puta, que les iba a cortar las tetas y que las iba a matar. Vicky se
acercó y me tapó la boca con la mano tratando de callarme, de tranquilizarme. El
corazón, ahora, me latía, loco. La mano de ella también temblaba, pero olía a
petaca, a culebra y a queso podrido, y seguía riéndose. Magdalena salió y cuando
cerraba la puerta me gritó “boludo”, de modo que toda la casa debió de haberla
oído.
Nunca antes una mujer me había dicho boludo: se me volvió a parar. La rabia
continuaba: pensé que si apretaba más el bracito de Vicky podría llegar a
arrancarle uno de sus delgados músculos. Debía dolerle, pero no se quejaba. Se
me pasaba el miedo. Le clavé las uñas cuando sentí que se me estaba volviendo a
parar. Ella me miraba el pijama con los ojos enormes y seguía riéndose cuando a
los gritos llamó a la otra:
-Vení... ¡Vení pronto... Magda...!
Yo pensé que desde la otra ala del piso mamá estaría oyéndolas, que la
despertaría el ruido que hizo Mag con la puerta cuando entró atropellando todo,
porque venía a defender a mi hermana. Pero la expresión le cambió cuando Vicky
le dijo, señalándome casi hasta tocarme con la uña:
-¡Mirá, Maggy! ¡Es enorme...!
Y la otra miró, después subió e farol para mirar de nuevo, se le transparentó el
camisón, y me calentó más cuando dijo, sin dejar de alumbrarme:
-¡Es horrible...!
Quería decirles que si me tocaban era capaz de seguir creciendo, pero no tenía
voz, no pude hablar. Maggy apoyó el farol en el piso y salió al balcón. Yo
seguía apretando el brazo de Victoria, en una mezcla de odio, rabia y confusión.
Al fin pude hablar:
-¡No hay que apuntar...! ¡Nunca hay que apuntar, puta...! -le dije, y ella dejó
de reír, seguía mirándome, pero por la sombra que proyectaban la mesa de noche y
el borde de la cama, mucho no podría ver.
Con la llamita del farol temblequeando en el piso, había oscurecido en ese
momento, yo podía mirarle el pelo y el brazo que le seguía torciendo y
apretando, y pensar que era Magdalena, no Victoria, la que estaba sobre mi cama.
Tomé su mano libre y la acerqué a mi pija.
-¡Tocá! -pedí, guiándole la mano y procurando aflojar sus dedos para que me
acariciasen.
Tocó mal. Yo puse mi mano entre sus piernas, jugué a que mis dedos le subían
caminando y empecé a tocar a través de la bombacha como me había enseñado Anita,
una de las chicas de Raúl. Fue todo simultáneo: empezó a aparecer una materia
untuosa, que en ella me pareció más limpia, su voz empezó a quejarse y a jadear
y sus dedos se crisparon torpes, alrededor de la base de mi pija. La mano se
había muerto: ella seguía jadeando y yo pensaba que sus dedos, que imaginaba que
eran los dedos de Mag, se iban a endurecer, que después se iban a encoger y a
retorcer como culebras muertas anudadas a mí. Le hablé contra la oreja:
-¡No hay que apuntar... puta! ¿Ves, puta, lo que pasa por apuntar...?
Y apretaba la boca contra su oreja, porque tenía miedo de besarle la boca, o
porque no quería verle la cara. Empecé a moverme. Mi mano se había librado de la
bombacha y seguía acariciándola. Mi dedo índice se había internado en un tubito
de carne húmeda. Me ubiqué entre sus piernas. Tardé en liberarme de la torpe
presión de sus dedos y con la mano izquierda libre empecé a frotar mi pija
contra la sábana, justo debajo de sus nalgas. Ella jadeaba más. La posición no
era muy cómoda, ya sólo podía acariciarla con el pulgar y sentía que en
cualquier momento mi cuerpo perdería el equilibrio sobre esa cama demasiado
elástica. Ella sacudía la cabeza a los lados de la almohada, el largo pelo se le
volaba a los costados y yo, para detenerla, hacía fuerza con la boca contra su
oreja, sintiendo cómo el tornillo de su arito se le clavaba en la piel del
cuello.
-¡No apuntar! ¿Ves que no hay que apuntar? ¿Ves? -repetía yo, frotando, ya sin
tocarla, porque sus piernas se cruzaron tras mis piernas, obligándome a caer
sobre ella cuando ya ni el pulgar cabía entre nosotros. Con mi mano inmovilizada
levanté la pija y la froté en su zona húmeda. Ella se sacudía más, jadeaba más,
y la cabeza de mi pija estaba entrándole -sin ruido- justo cuando yo empezaba a
terminar y corría leche en su tubito de carne, y desde la zona de sus pelos de
rulos apretados y ásperos desbordaba sobre la colcha. Debió de haber sido la
cuarta vez que acabé aquel día.
Y ahora pueden pasar día y semanas enteras sin que acabe ni una sola vez.
¿Habría oído algo mamá? Tuve miedo. Sentía ganas de mear. Vicky seguía sentada a
los pies de mi cama, quejándose, jadeando. Estaba empapada del sudor suyo y el
mío, mezclados. Mi pija se había vuelto un animalito muerto, infinitesimal, sin
ojos. Toda su zona y el pantalón alrededor eran una sola humedad de los dos. En
el cuadro de la ventana del balcón, se veía la cabeza de Mag, amarilla por el
reflejo del farol: el pelo seco se hinchaba por el viento. Había muy poca luz.
Ella, mucho no debió de habernos visto desde el balcón, si es que había mirado.
Al rato, una ráfaga de viento entró en la pieza. Atrás llegaba Mag. Levantó el
faro, y mientras nos miraba, atornillaba con indiferencia la tapa del tanquecito
de querosén. Sentí frío y vacío en la bragueta cuando ella inclinó la lámpara
para mirarme. Debí justificar:
-¡Se murió! -le expliqué.
-¿A ver cómo es...? -miraba ella, pero como no podía ver, le saqué el cigarrillo
de los dedos y puse su mano en mi pelambre. ¿Tendría asco?, temí, pero ella dejó
su mano quieta mientras la sangre comenzó a hincharme, y le quité el farol, lo
apoyé sobre la mesa de noche, y después le abracé la cintura para hacerla sentar
entre Vicky y yo.
Ya la tenía bien dura cuando Vicky fue a la cómoda a buscar cigarrillos. Yo me
abracé con Mag y apoyé la cara contra su pelo amarillito y sentí un pecho
elástico apretándose contra mi cuello. No tenía corpiño y sus dedos acariciaban
mejor que Vicky. Pero yo ya sentía unas ganas insoportables de mear.
Vicky nos dio cigarrillos y guindado, y cada sorbo parecía caer dentro de mi
vejiga como la última gota que desborda un lago de dolor. Fumábamos. Los
movimientos de la mano de Mag me repercutían dentro y las ganas de mear ya eran
sólo un dolor terminal. Pero, ¿podría salir? Si dejaba la pieza ya no podría
volver a empezar con la mano de Mag. Recordé la llave, que estaba sobre la
cómoda, y salté de la cama.
Las chicas debieron de asustarse al verme correr hacia la puerta y salir
dejándolas encerradas con dos vueltas de llave. Cuento esto porque cuando, como
un fantasma loco y apurado volvía del baño trayendo la llave del cuarto en la
mano, una parte del pantalón, enchastrado por la humedad de Vicky, y la rodilla
y las bocamangas chorreadas por el pis a causa del apuro, en el instante en que
cruzaba frente al cuarto de ellas, iluminado a pleno por uno de esos faroles a
gas de querosén que se llamaban “sol de noche”, vi que se abría una puerta del
cuarto de mamá, y mi corazón, que venía agitado, tuvo un cambio de compás que me
detuvo en el aire. Mamá estaba parada frente a su espejo. Tenía puesta una
peluca rubia, un vestido muy corto de tela negra, los labios pintarrajeados
sostenían un cigarrillo humeante mientras sus manos hacían el gesto teatral de
llamar a alguien desesperadamente. Vi que emergía una sombra del cuarto y el
capataz Leoni, arreglándose la ropa, pasó a mi lado sin notarme y se perdió en
la oscuridad de la escalera. Bajaba teniéndose de los dos pasamanos, para pesar
menos sobre las tablas y no hacer ruido. Estoy seguro de que no me vio. Tampoco
mamá me había visto, pero yo seguí viendo por mucho tiempo aquella escena, el
vestidito negro birllante, con una puntilla de color colgando de la pollera
corta, la cara tan pintada y los pelos ajenos y largos. Puedo seguir viendo esta
escena inolvidable porque fue la única vez que vi fumar a mamá.
La vieja odiaba el tabaco. Mandaba lavar los ceniceros cada vez que alguien
apagaba un pucho y amargó los últimos años de papá obligándolo a abrir las
ventanas del living en invierno para hacerlo cagar de frío mientras fumaba su
cigarro de sobremesa.
En mi cuarto, las otras dos habían abierto mi caja de alfajores y los comían
desparramando las miguitas sobre la sábana. Les quité la botella de guindado,
después trabé la puerta, guardé mi caja de alfajores y volví a sentarme entre
las dos. Cuando abracé a Mag, Vicky se puso a hacer sombras en la pared imitando
con los brazos los movimientos de baile de Mag, una especie de ejercicio de
atletismo desarrollado en tiempos asombrosamente lentos. Mag reía. La abracé más
y volví a llevar su mano a mi entrepierna. La explosión de sangre fue más fuerte
esta vez, porque cuando mis dedos descubrieron que se había quitado la bombacha,
pensar que ella había estado esperándome todo ese tiempo me hizo sentir que se
me hinchaban también el pecho y la garganta. Me tendí sobre ella, le dije
“amor”. No sé por qué, pero le dije “amor” y busqué su boca y encontré su
lengüita ágil. Tenía gusto a guindado y estaba cubierta de cascaritas de azúcar
de mis alfajores: a ella sí pude besarla en la boca.
Mag era virgen, pero resultaba más fácil entrar en ella que en Vicky. No
jadeaba. Apenas le temblaba la mandíbula cuando los brazos fuertes me apretaban,
clavando las uñas con una fuerza que solamente ella podía tener. También con Mag
acabé en el momento en que estaba entrando, mientras sus ojitos despistados
recorrían el cuarto buscando las sombras de mi hermana, que seguía moviéndose a
la luz de la llamita amarilla. Y era la quinta o quizá la sexta vez que
terminaba aquella noche: pensarlo ahora me parece un sueño, algo que nunca ha
sucedido, pero que pronto puede volver a producirse.
Después quedamos abrazados. Había más viento afuera, vibraba la ventana y
entraban corrientes de aire helado al cuarto. Vicky llegó a cubrirse con mi
manta. Los tres teníamos frío. Prendimos American Clubs y fumamos tirando las
cenizas al suelo, alrededor del farol, entre papelitos y migas de alfajores.
¿Qué me importaba la limpieza del cuarto en una noche como aquélla?
Varias veces Vicky me dijo al oído:
-¡Qué bien me tocaste...! -parecía muy borracha y se abrazaba a mí.
Y cuando Mag quiso saber qué me decía, y ella le dijo que nunca lo sabría,
porque eso era un secreto de familia y volvió a tocarme la pija, yo sentí que se
me estaba volviendo a parar aunque tocaba con torpeza.
Cuando noté que no iba a poder terminar le pedí a Mag que ella también tocase.
Las dos tocaban, riéndose.
Pero tampoco ella servía. Las mismas manos, que en otra ocasión podían haber
sido un estímulo, en ese momento no eran más que un obstáculo para mí. Entonces,
copiando algo que había leído alguna vez, empecé a frotarme con el ruedo del
camisón de Mag. Era suave, de tela livianísima. Ella se quejó:
-¡Asqueroso! -me dijo y trató de correrse, pero Vicky le exigió que me dejara en
paz y dijo que ella me iba a defender porque yo era su hermanito, y las dos se
rieron de mí, mientras jugaban a tocarme como si yo tuviese un botón comandando
los mecanismos. Al acabar me salieron apenas unas gotitas transparentes,
absurdas: era la quinta, o sexta vez que terminaba. En cambio ahora no puedo
terminar ni una sola vez, aunque evoque todos los recuerdos de aquella noche.
Cuando emponchándonos los tres en mi manta de viaje salimos al balcón, el aire
frío nos quitó toda la borrachera del guindado. Apretados, temblando, fuimos por
el balcón a espiar el cuarto de mamá: nos arrodillamos en el piso de mosaicos.
Yo les abrazaba las cinturas y las dos me hablaban al oído echándome el vapor
caliente de sus bocas.
Adentro, en el calor de nuestra casa, con sus tetas chatas y desinfladas, mamá
le estaba bailando al pobre Leoni, que vestido sólo con su camisita empinaba el
porrón de ginebra y se chorreaba el cuello. Ella lo llamaba; él hacía que no con
la cabeza -¿no se atrevería a acercarse a la señora del patrón?- y ella le
bailaba y le gritaba algo que después coincidimos los tres en que era la frase
“Dale, puto” y él seguía negándose -creo que no fingía- hasta que ella fue a la
cama y se le montó encima y se le reía, mientras yo bajaba la mano derecha y
acariciaba la conchita de Mag que volvía a empaparse, y los tres tratábamos de
contener la risa que nos daba ver la cara seria de papá, que desde la sillita
enana del rincón, vestido solo con su saco pijama de rayas azules y coloradas,
trataba de tener enfocada la linterna sobre la peluca rubia que mamá le sacudía
encima al pobre Leoni.
Mag me abrazaba, me acariciaba la espalda, el cuello y las pelotas y a cada
instante me buscaba la cara para meter su lengua entre mis labios y los dientes,
pero como no pude convencerla de que me chupase la pija -tendría asco, o no
querría dejar de espiar lo que ocurría en el cuarto- empecé yo mismo a pajearme
de nuevo con la derecha, mientras metía un dedo de la izquierda en el tubito
tibio de Vicky y seguía acariciando con el pulgar esa conchita cálida, que se
empezaba a mover acompasadamente aunque el resto del cuerpo le temblaba de frío.
Acabé pronto, contra la manta impregnada por el olor de la conchita de Vicky,
donde mi piel sentía esa humedad nueva y tibiona que me pareció más limpia que
cualquiera de las que hasta entonces, con mis otros hermanos, habíamos besado y
acariciado tantas veces en el departamento de Raúl.
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