[NOTA: Se han respetado en lo posible las diferentes fuentes y formato de texto utilizado por el autor. Para una correcta visualización del documento se sugiere bajarlo en formato doc. Todas las ilustraciones pertenecen al autor, quien es escritor y artista plástico, salvo la ilustración de tapa del libro "Papeles de la mudanza", obra de Guillermo Kuitca (1988). La obra se ha desdoblado en dos partes a efectos de la publicación web.]
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INDICE
V.
Se impone un patrón, un orden, una reglamentación (¿se impone?)
VI.
Uno o dos años después, se une uno a la experta ex citada
VII.
Todo el asunto se desplaza de Buenos Aires a Miami, y vuelve
VIII.
Llegando a un momento de cruce, reaparecen las jovencitas
X.
Con la muerte del maestro1, se aclara la intención que sostiene la trama…
XI. Casi epílogo
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PARTE DOS
V
Se impone un patrón, un orden, una reglamentación (¿se impone?)
127. Una mañana hace no mucho la misma mujer baja y muy brillante que lo había
elogiado en otra época -(la cito) ¡Mi periodista preferido! (fin de cita :
porque así le dijo la muy falluta y el Margulis se lo tragó)- lo malquistó ante
el auditorio más exigente e influyente del planeta, que hablaba en inglés.
128. —Lo que necesitamos es un nuevo patern de conducta... —decía él sin mirar
el diccionario.
129. Para qué.
130. La intelectual que estaba degustando una copa y/o ingiriendo un canapé de
jamón cocido y ananá y/o un bocadito de pan con semillitas de sésamo y/o un
sangüichito de miga de huevo duro y remolacha y/o un... se quedó con la copa y/o
el canapé y/o el bocadito y/o el sangüichito en la mano y espetó como en el
barrio dicen (cito) a lo perra nomás (fin de cita) haciendo chasquear la lengua
para que el Margulis escuchara claramente las dos tés:
131. —No es patrón, es pattern.
132. —Por eso digo, un parámetro...
133. —No es parámetro, es patrón.
134. —Pará, pará... —fue lo que él no dijo.
135. Pero el mal ya estaba hecho.
136. El bochorno se le vino encima delante de todo el mundo y quedó en evidencia
su ignorancia.
137. Sintiéndose repentinamente acongojado y viejo, que la verdad es que ya
estaba empezando a vivir rodeado de las (cito) muchas incomodidades (fin de
cita) propias de una edad mayor; recordó que ya hacía un buen tiempo había
empezado a actuar (cito) como un miserable (fin de cita), absteniéndose (cito)
de lo conseguido (fin de cita) y temiendo usarlo. De una forma realmente (cito)
tímida y con frialdad (fin de cita) y dando (cito) largas a los asuntos (fin de
cita) al mismo tiempo que cifrando (cito) grandes esperanzas (fin de cita) y
padeciendo de pereza y ansiedad frente al (cito) porvenir (fin de cita). Quejoso
de todo y por todo, había caído en la meneada costumbre de hacer (cito) la
alabanza de aquellos tiempos en los que él era un niño (fin de cita) sin darse
cuenta de que a la vez que se autoelogiaba (corrijo) que se denigraba había
reiniciado la ancestral dedicación a (cito) reprender y censurar a los que son
más jóvenes (fin de cita).
138. Los años, al transcurrir (robo) habían traído consigo muchas cosas buenas,
pero al retirarse se habían llevado muchas otras más. Y lloró esa mañana el
Margulis, saliendo como se dice (cito) con el rabo entre las patas (fin de cita)
del docto auditorio de Norteamerica al que lo habían invitado especialmente para
dar una conferencia sobre una materia resbaladiza y cándida (28). Se daba cuenta de
lo inútil de su esfuerzo: si de joven había querido encarnar el papel de un
anciano ahora que estaba maduro, que ya tenía, bueno, lo que por caso se dice
(cito) una vida hecha (fin de cita), quería encarnar el triste papel de un niño
en edad escolar.
139. En el lujoso hotel donde lo habían alojado, inmune a la belleza del lago y
a los graznidos disonantes de los patos de cabeza verde, se reprochó por no
haber sabido (cito) quedarse en los rasgos característicos de su edad y
apropiados a ella (fin de cita).
140. Y sin embargo en el diccionario (29) acerca de pattern (que en efecto, llevaba
doble t) se decía que era justamente lo que él había querido decir; o sea
(cito): modelo, muestra, diseño, dibujo (fin de cita) e incluso (cito) patrón,
norma, pauta (fin de cita) y por extensión, conducta.
141. ¿Cómo era entonces posible que esa mujer bajita y petulante hubiera logrado
mortificarlo tanto? ¿Era porque él había pronunciado la palabrita en cuestión
con errores de ortografía?
142. Ortografía fue de hecho lo que no (?) le faltó a Molina cuando, llevado por
un impulso inclasificable, decidió agrupar a sus muchachitos según las letras
del abecedario. Ni el Margulis ni ninguno de sus amigos de la colonia del club
Harrods Gath y Chaves se sorpendieron porque ese sistema era el habitual en las
aulas donde pasaban el resto de los días del año. El Margulis daría oblicuamente
cuenta de esta compulsión al reparto de seres en su primer libro (cito): En la
otra escuela eran rosaditos como yo (30) (fin de cita) . Pero ahí no terminaría la
cosa. Muchos años después, y antes de viajar a Norteamericana para intentar
lucirse ante los académicos, mientras veía una película argentina del director
Marco Bechis (31) -argentino pero exiliado en Italia- empezaría a entender la lógica
del funcionamiento burocrático de los represores de su país, para quienes un
disidente político era antes que nada un número de serie que había que
clasificar de algún modo.
143. Visto bajo esta lógica funcional, se dijo el Margulis mientras en la
pantalla del televisor (había alquilado la película) transcurría una escena de
escritorio -el encargado del lugar de detención, campo de exterminio, cárcel o
chupadero rodeado de planillas en las que iba consignando quiénes eran
trasladados hacia la muerte y quiénes permanecerían encerrados un tiempo más-,
la represión de los milicos hijos de puta de la dictadura (cito) no fue quizás
otra cosa que un gran desborde administrativo (fin de cita). Un grupo de
soldados preparados mentalmente para vencer a un enemigo desde el primer día que
ingresaban a la carrera militar había tenido, se dijo el Margulis, por primera
vez en su historia la posibilidad de pasar al acto lo ardua, potencialmente
aprendido durante años. Ineficaces como eran en casi todos sus emprendimientos
de guerra, gracias a la (cito) subversión apátrida (fin de cita) iban a tener la
ocasión de demostrar que ellos también podían hacer las cosas bien a partir del
24 de marzo de 1976.
144. ¿Demostrar ante quién?
145. Ante los militares norteamericanos que les habían enseñado todo lo que
sabían acerca de movimientos insurgentes, en la Escuela de las Américas que
funcionaba en la República de Panamá. Es decir, se dijo el Margulis de pronto,
mientras la escena de la película del director argentino pero exiliado en Italia
salía de la pantalla y dejaba lugar a la siguiente (un avión despegando y
volando sobre el Río de la Plata); es decir, se repitió el Margulis
repentinamente avergonzado de sí mismo, que yo y esos milicos, esos milicos y
yo, algo en común tenemos.
146. ¿Qué cosa descubrió el Margulis que los militares asesinos de la década del
70 y él tenían en común?
147. El público, se dijo.
148. No.
149. Los examinadores.
150. El deseo de ser evaluados positivamente por los examinadores.
VI
Uno o dos años después, se une uno a la experta ex citada
151. El día que Rusia Se Transforma en el Principal Comprador de Peras y
Manzanas de la República Argentina, el Margulis retoma su relato aletargado. Es
decir, me toca nuevamente a mí, Ernesto Mientes, dar cuenta de ello. Uno o dos
años han pasado desde mi anterior ponencia y siento la obligación de disculparme
ante mi auditorio por los temas que sin duda dejé excesivamente abiertos hasta
recién nomás (en el orden de su lectura, señores, señoritas, señoras). Antipatía
debo confesar que es lo que produjo, bueno, en mí, la revelación de los
parámetros de quien fue mi objeto de estudio predilecto. En honor a la verdad,
antipatía y cansancio, ya que el recorrido por sus papeles inéditos me impidió
seguir pensando por mí mismo. Ahora, nuevos elementos vienen a sugerir otra vez
la picada por la que debo seguir el tránsito que me he propuesto, por no decir
la caza o persecución, de ese yo del Margulis que se ha ido tornando más y más
esquivo. Son tan cristalinos que me avergüenza no haberme percatado de ellos
antes. Me inhibe un poco no saber qué saldrá de todo esto pero quiero, necesito
seguir. Me parece por otra parte necesario aclarar que nada tiene que ver con mi
decisión de retomar la cuestión el hecho de que la experta foránea Miss K.
Belbet acabe de publicar en Simon & Schuster su Tratatus Margulius, obra que
viene a saldar la cuenta pendiente que la academia norteamericana tenía para con
la obra de mi amigo: sí, mi amigo, lo asumo. No niego tampoco en este giro la
importancia de la misma aunque el breve retrato que del Margulis hace ella en el
introito (32) -(cito) ... ya sin el ropaje de sus cuentos, sólo cubierto por un cinto
de cuero con tachas alrededor de la cintura, tan viril, peludo, nervudo y
suave... (fin de cita)- sugiere un grado de intimidad que me resulta difícil de
aceptar. ¿Qué clase de fascinación mi amigo lograba provocar en las mujeres?
¿Cómo era posible que aún ostentando un pensamiento absolutamente incorrecto,
políticamente hablando, sus dichos nunca fuesen tomados en cuenta en relación
directa con los hechos que insinuaban? Alguien (algún seguidor secreto de su
breve obra édita) podrá objetar que casi en ninguna de sus páginas pueden
encontrarse vestigios o pruebas de su asimilación alegre a las doctrinas del
horror; podrá ese alguien acusarme de tergiversar sus datos biográficos para
sustentar mi tesis. Lo acepto. Y enfrento el riesgo. Sin embargo hay sucesos
-los hubo- que estimo cubrirán todos los huecos que la confusión general impide
visualizar. Me cuesta mucho dolor hacer este trabajo; sé que no es de hombres de
bien despellejar así el recuerdo de quien confió en nosotros. Pero pese al
remordimiento que seguramente terminaré sintiendo cuando haya concluido, el
deber de dejar para la posteridad una imagen límpida de este autor se me impone,
ineludible. A veces los académicos debemos sacrificar nuestros afectos en honor
a la materia que nos eligió para que la trabajemos. Porque igual que los
artistas nosotros, herederos de la episteme, no elegimos realmente los asuntos
sobre los que investigar sino que nos abandonamos a ellos: los tópicos llegan y
con ellos se juega nuestro nombre y nuestra ciencia; poco vale pretender
mantener en alto la llama de la amistad cuando está en juego la seriedad, el
rigor del conocimiento. Hasta mi madre, una ignorante maestrita sarmientina,
podría entender este movimiento del alma. Mi padre no sé; mi padre es una
historia en sí misma.
152. Mejor volvamos al Horacio.
153. Cito: O la acción transcurre en escena o se cuenta una vez pasada (fin de
cita). Y un poquito más adelante (cito): Lo transmitido por la oreja excita
menos los ánimos que lo que es expuesto ante los ojos, que no le engañan y que
el espectador mismo se apropia para sí; sin embargo, no (se) (el Autor no, ¿no
es cierto?) presentará en escena hechos que deban transcurrir entre bastidores y
apartará de los ojos del espectador gran número de cosas que pronto relatará la
elocuencia de un testigo presencial (fin de cita).
154. ¿Alguna duda alguien acerca de quién ha sido el testigo de esos hechos
impresentables de la vida del Margulis?
155. No.
156. Yo no.
157. Error.
158. La mujer delgadita y demasiado culta. La K. Belbett, sí. ¡Ella! Ella
haciéndole (cito) chas-chas en la cola (fin de cita) al Margulis en los tiempos
en que fue a visitarla con su primer librito bajo el brazo (bueno, no era un
libro tan gordo). Ella recibiéndolo en su atestada y no muy limpia oficina de
aquellos primeros años de la democracia; ella insinuando que el lenguaje
utilizado en algunos de esos cuentos (33) no había estado lo suficientemente
trabajado. Los argumentos con que el Margulis procuró convencerla de la eficacia
de sus textos me llegaron envueltos en la turbia niebla del (cito) correveidiles
(fin de cita) universitario. También sus besos, sus intentos de. El me dijo
(cito): Hubiera hecho cualquier cosa en esa época con tal de que una crítica
literaria como ella avalara mis primeros intentos; sí, eso también... (fin de
cita). Así se explica que también circularan luego ciertos detalles, bueno, de
su comportamiento en los años anteriores a la caída del régimen militar, cuando
a pesar de vivir en el mundo como un desgarbado adolescente se daba maña para
sobrevivir en lo que dio en llamarse (cito) La Resistencia Cultural (fin de
cita) al frente de una revista en papel celcote de nombre epifánico y algo
místico. Algunos pocos ejemplares se conservan en colecciones particulares y en
internet.
159. Ahora sabemos (yo en principio) que los vínculos con el poder en el época
del colegio secundario fueron durante su adolescencia la verdadera escuela en la
que adquirió (cito) cintura (fin de cita) para interrelacionarse con figurones
peligrosos y otros energúmenos de su época de estudiante. Interesante resulta
evaluar el modo en que contemplaba ciertas precocidades de sus compañeros: el
Gordo Reynoso, por ejemplo, el día en que lo nombraron preceptor alumno durante
la ausencia del preceptor oficial. No le parecía una mala persona al Margulis,
aquella bestia hecha persona; se había incluso sentido unido a él por una suerte
de amistad típica de la edad que aquí narramos. El Gordo Reynoso era un alumno
tan aparentemente amplio de físico como de carácter. Había pergeñado un sistema
para destruir a Dios que al Margulis le impresionó por su simpleza: según aquel,
las iglesias del mundo condensaban las energías de los creyentes. Los orates y
los oradores, los olvidadizos y los olvidados, los orteras y los ortivas, todos
podían con sus fuerzas psíquicas enlazadas llegar a Dios, es decir al origen al
que apuntaban tantos rezos hechos uno, en las iglesias del mundo; ya que si
alguien, un Gordo Reynoso de la ciencia, decía el Gordo Reynoso del colegio
utilizando otras palabras -(cito) un científico (fin de cita)- fabricaba un
medidor de fluidos psíquicos era seguro que rastreando el camino de esa energía
se iba a llegar a Dios. ¿Para qué alguien querría llegar a Dios? Era lo que le
preguntaba el Margulis incrédulo y pragmático. Para matarlo por supuesto. Para
destruirlo. La respuesta tenía su veta dramática seductora. Sólo que tiempo
después, el día ése que digo, el Gordo Reynoso quedó a cargo del aula en
reemplazo del preceptor alumno y dio un ejemplo del modo en que, evidentemente,
su criterio destructivo podría llegara utilizarse en caso de encuentro fortuito
con Dios.
160. El agnosticismo posible quedó imbuido de las mierdas de esos días cuando el
Fuchansky apareció en la escena.
161. El Fuchansky había sido el primer objeto de competencia cierto que nuestro
Margulis tuvo en el colegio secundario. Antes de él habían estado el Gustavo
Ridilenir, el Alejandro Borenzstein, el Juan Cruz Sáenz y el Domingo Faustino
Sarmiento, entre otros más –por no volver a nombrar a los ya mencionados,
anónimos niños de la colonia de vacaciones del Club Harrod´s Gath & Chaves: el
Gordo Vidal, el Gustavo Iriarte, el propio hermano del Margulis, Sergio Kid
Boxing... Pero eso fue en los años de la primaria. Ya hablaremos de ellos más
adelante, quizás. El Fuchansky era como él judío, inteligente y promisiorio.
Quería ser dentista. Odontólogo. El Margulis medía unos cuantos centímetros más
que el Fuchansky pero el cerebro del otro destilaba mayor número de precisiones.
Veinte o treinta décimas más entre el nueve y el diez los habían dividido desde
el término del primer año del colegio impidiéndoles, presumo, el estrechamiento
de lazos fraternos; quiero decir que no habían unido sus inteligencias en ningún
gestalt amistoso, como algunas profesoras -la Locatelli, pongamos, por poner
alguna; o la Cúneo Libarona de Davel- fantaseaban. La inescrutable diferencia
que había surgido en el cuadro de honor de primer año había dado triunfador al
Fuchansky y esas pocas décimas bastaron para que se disolviera todo afecto, si
es que alguna vez había existido alguno durante todo aquel momento de iniciación
en el mundo del estudio. La sensación de fracaso envolvió al Margulis más allá
de toda lógica. Odiaba salir segundo otra vez. En séptimo, el maestro
Monteferrante había organizado un concurso de cuentos de ciencia ficción.
Resultaba que por entonces los tres séptimos compartían aula y maestros,
resultado insólito que había provocado la primer mudanza de que su biografía nos
da cuenta: la que envolvió a todos los niños y niños (escuela de varones, se
entiende) de la Juan José Castelli, Número 1 del Distrito Escolar Primero,
cuando junto al resto de la manzana y de muchas manzanas más fue demolida por
obra y mucha gracia de la pre construcción de la Autopista 9 de Julio de la
Ciudad de Buenos Aires, República Argentina, Sudamérica, su ruta. Mucha (me
cito) gracia (fin de "me" cito) decimos porque ningún otro espectáculo puede
hacer tan feliz a un niño de escuela cómo el de las bolas gigantes de hierro
bamboleándose en el aire antes de golpear, de demoler, claro, las paredes de los
edificios linderos a su escuela. Desde la terracita de la Juan José Castelli el
Margulis niño miraba acodado el movimiento que los obreros ejecutaban, maza en
mano, bajando rítmicamente sus brazos contra el delgado sustento de cornisa que
se iba rompiendo bajo sus pies; cincuenta, tal vez sesenta metros separaban la
terraza de la escuela de los edificios vecinos que iban cayendo
indefectiblemente bajo los golpes, bueno, del progreso. El polvo de las
estructuras en demolición continua envolvía el aire metiéndose en los resquicios
de la ropa, los bolsillos de los guardapolvos (nunca más ineficaces,
semánticamente hablando) y terminaba mortificando láminas y cuadernos forrados
en papel araña por lo general azul para presumible desesperación de los
Alejandro Borenzstein o los Domingos Faustinos Sarmientos, a quienes el Margulis
envidiaba precozmente por su prolijidad pasmosa, seguro fruto de los talleres de
cerámica particulares a los que sus padres con plata los podían mandar. No como
a él, que ni papá tenía.
162. Puede ser interesante, psicológicamente visto, analizar un poco más esta
situación de orfandad escolar. ¿Cuál es el norte, el objetivo de un niño que
inicia sus estudios? ¿Cuál es el punto al que aspira llegar tras los varios,
necesarios años de desenvolvimiento escolar? El último. El de más arriba. En
este caso el cuarto (o el tercero, habría que ver). Sabido es que en las
escuelas de ciudad los niños más pequeños cultivan el saber en las plantas
bajas: el avance en la currícula, la digamos (me auto cito) carrera escolar (fin
de auto cita) o, mejor, el cumplimiento de (cito) la ley genética del desarrollo
cultural (fin de cita ) (34) adquiere entonces una presencia concreta a medida que
pasan los años; el niño va adquiriendo pericias, incorpora saberes que lo harán
más disciplinado frente a la disciplina en cuestión (disciplina múltiple y
caprichosa, si se nos permite) pero nada de esto puede compararse con el
renovado gusto de estar, al año siguiente, un piso más arriba, a otro nivel, ¿no
es cierto?, que el resto de los compañeros. La jerarquía urbana de la escuela
pública como metáfora del ascenso social, aquí.
163. Algo así.
164. A lo que quiero llegar es al trauma.
165. Al trauma de haber estado aguardando la llegada a séptimo, durante obvios
seis años, para poder disfrutar de la cumbre, bueno, del (cito) patio del cielo
(fin de cita) (35) en las aulas de arriba y tener que absorver la imposibilidad
concreta por culpa de una demolición totalmente ajena a las autoridades
escolares. Porque el hecho es que durante el verano que transcurrió entre el
sexto y el séptimo año de la primaria del Margulis, la deleitosa visión de los
edificios vecinos demoliéndose cedió su espacio de representación no a la
deseada, soñada desaparición del séptimo completo -cosa absolutamente previsible
según la tópica de la lógica infantil- sino a una vulgar mudanza. ¿Cómo, no
vamos a ir viendo cómo destruyen el aula de a poquito? ¿No va a entrar una
mañana un obrero dando un mazazo al aula, en medio de la prueba de aritmética?
Pues no. No ocurrió. Séptimo grado encontró a todos los niños, en rigor, sólo a
los de séptimo, mudados a un edificio ni siquiera quedaba muy cercano: sobre la
calle Viamonte, entre Junín y la que le sigue. Al Margulis en formación no le
entró en la cabeza preguntarse a dónde habían ido todos los demás porque (fue de
suyo que si no había edificio para séptimo tampoco lo podía haber para el resto
de los grados) en su acotada imaginación la ausencia de los otros era un
problema que ni siquiera valía la pena considerar. Menos aún cuando se corrió el
rumor de que el espacio donde ahora los tres séptimos iban a aprender juntos,
sin siquiera unos tabiques separándolos, pertenecía al último piso (siempre el
último, siempre el último) de lo que todos nombraban con temor (cito) la Morgue
(fin de cita ) (36). La Morgue Judicial.
166. Habrá quizás que bucear en este tiempo, en este contexto de cadáveres
percibidos a edad demasiado temprana, las razones de su obsesión por los temas
negros.
167. Su novela de difuntos, y sí.
168. Citemos lo interrumpido:
169. Roldán o Piaget, según
170. Veinticinco años después, cansado y con resignación en apariencia, el
fotógrafo sacó el último de los sobres rectangulares y angostos donde guardaba
los recuerdos incriminatorios y lo encimó arriba de todos los demás. Por qué
necesitó veinticinco años para realizar un movimiento tan simple, de tan baja
demanda de energía física, es algo que me resulta imposible de explicar. Lo
único que tengo claro es que la sensación de pesadez que limitaba cada uno de
sus movimientos era la misma, en rigor, que a mí mismo me hizo sentir enfermo
todas y cada una de las veces en que los avatares de la escritura me hicieron
creer que había llegado la hora de cumplir con la decisión de contar su
historia. ¿Cuándo me decidí a hacer lo que tenía que hacer?¿Cuándo nos
decidimos? Ahora me parece que fue hace mucho, muchísimo tiempo, casi tal vez
tanto como el que transcurrió desde la paradójica vez en que enfoqué mis ojos
estrábicos juntos en la misma dirección -quiero decir, sin que nadie me lo
ordenara- cuando conocí a ese hombre llamado Roldán que se dedicaba a un oficio
peculiar. Ese hombre llamado Piaget que vivía de sacar fotos de difuntos había
trabajado para un fotógrafo de pueblo primero, después para la policía y por
último para el ejército. Cuando yo lo conocí pesaba más de ciento veinte kilos
pero mientras se dedicaba al arte de las fotos de los muertos era flaco y
desgarbado. Su existencia cobró vida para mí cuando salió a denunciar
públicamente que un juez de la nación había ocultado pruebas acerca de dos
monjas francesas desaparecidas en la Argentina durante los años de la dictadura
militar. El ocultamiento de esas pruebas por parte del juez había consistido,
según Roldán (o Piaget, según) en esconder las copias de sus fotos para que no
se pudiera identificar a los dos cuerpos que la policía había encontrado en un
tanque de aceite flotante a la orilla de las aguas del río Paraná. Según él, los
dos cuerpos estaban hinchados y también algo putrefactos, y los policías habían
convocado al Carnicero para que los pinchara hasta desinflarlos. Yo trabajaba en
ese tiempo en el diario de la nación y propuse a mi jefe hacerle una entrevista
al personaje para corroborar o desmentir sus dichos; acostumbrados a mis pedidos
insólitos, que yo siempre coronaba con un material muy comentado luego en las
radios y por los colegas, mi jefe me dijo sin demasiado entusiasmo que sí, que
lo hiciera, de modo que conseguí que el diario me pusiera un auto y me aboqué a
rastrear a ese fotógrafo que decía haber visto cosas revulsivas. El rastreo y
búsqueda del personaje me demandó poco tiempo porque el notero que había
inscripto su primera declaración en el diario tenía un contacto directo, que ya
no recuerdo. Pero no. No fue así. El contacto directo con el fotógrafo de
muertos me llevó más tiempo del que yo preveía porque el notero no estaba muy
interesado en que alguien pudiera dar crédito a la historia de ese rufián (el
notero me dijo: "está loco, es un mitómano, un enfermo, no le podemos dar
crédito") y yo no le insistí para conocer su paradero. Pensé simplemente que los
motivos por los que no me quería dar sus señas se debían a la censura del diario
de la nación, que siempre había llevado una política bastante ambigua con las
coberturas de las noticias de los desaparecidos. Mi temperamento con relación a
ese tema me hacía pensar que yo debía hacerme cargo de la investigación. No por
que tuviera algún interés en especial, como Santamarina, sino porque corroborar
la tesis del fotógrafo podía ser una gran excusa para publicar un best seller.
Aunque el tema me causaba en realidad un enorme sopor, decidí dedicar varias
tardes a buscar y rebuscar los sobres que contenían la palabra desaparecidos en
el archivo. Curiosamente, encontré muchas noticias recortadas que hablaban de
enfrentamientos pero ninguna sobre la desaparición en cuestión. Adelaida, la
jefa del archivo desde hacía treinta años, tenía su propia parecer con respecto
al asunto: "Los desaparecidos están todos en Suiza. Otra que desaparecidos",
dijo cuando fui a pedirle material. No, no fue así. Como en el archivo del
diario de la nación no había ningún sobre con el rótulo desaparecidos yo me
había puesto a buscar alguno que tuviera la palabra enfrentamientos o, en un
arranque intuitivo que me llenó de orgullo por mi capacidad detectivesca, la
palabra subversión. Entonces, sin consultar a nadie, encontré montones de
noticias, en general muy cortas, de cinco o diez renglones o líneas, en las que
se constataban los nombres de algunas personas muertas en enfrentamientos
armados con las fuerzas de seguridad. No así los nombres de las monjas francesas
pero igual fotocopié casi todos los documentos. Cuando terminé mi búsqueda me
junté a solas con la guía de teléfonos y busqué el nombre de Roldán (o Piaget,
según). Después de un par de intentos fallidos lo ubiqué en una concensionaria
de autos de la zona de Vicente López, donde trabajaba como sereno. No, acá hay
algo mal de nuevo. ¿Cómo iba yo a ubicarlo en una concesionaria como sereno por
la guía de teléfonos? Alguien tuvo que darme ese dato primero. No me acuerdo
cómo fue, ya, la cosa. ¿Cómo habrá sido que lo encontré? Como quiera que haya
sido, lo cierto es que ahora su nombre figura en una de mis agendas (nunca las
tiro) y que en ese momento mi personaje tenía mucha necesidad de hablar con
alguien. Cargaba sobre su conciencia sentimientos nunca antes expurgados y
cuando el periodista serio que era yo lo llamó para entrevistarlo aceptó
relativamente rápido. Aclaró desde un primer momento que él era un foto
periodista y de algún modo insinuó que sus materiales fotográficos estaban a la
venta. A mí no me interesaba comprarle nada pero sí conocer el fondo de su
historia; en mi imaginación venía construyéndose desde mucho tiempo atrás un
ramillete de variaciones como calas acerca del tema de los seres ocultados del
mundo por la dictadura y, sin poder evitarlo, buscaba continuamente nexos entre
aquellos hechos dramáticos y mi propia vida. En ese tiempo yo creía que un
escritor era una suerte de catalizador de los traumas colectivos, alguien cuya
obra sólo adquiriría relevancia en la medida en que indagase en sí mismo con
absoluta honestidad. El fondo de un escritor de verdad, pensaba yo, debía ser
como un río subterráneo o una napa a la que afluían la totalidad de los fondos
secretos de las personas de su tiempo. Si alguien entonces lograba acceder a ese
cúmulo líquido de experiencias, a esa sustancia viscosa compartida -y lograba
contarlo después de un modo lo suficientemente agradable- estaría haciendo una
contribución llamada a perdurar durante años. Todo eso en teoría. Ahora, si un
antecedente tuvo mi camino hacia Roldán (o a Piaget, según) fue el día en que,
al segundo año de trabajar en el diario cayó en mis manos casualmente una
revista de fotografía. Después de hojearla distraídamente un artículo centró mi
interés. Escrito de modo catedrático pero legible explicaba los orígenes y
desarrollo del arte perdido de la fotografía de difuntos. No viene a cuento
repetir acá todos los conceptos que vertía apasionadamente su autor (sí quizás
consignar que su apellido, Príamo, me resultó familiar). Lo importante es que el
trabajo se basaba en la recuperación que él había hecho del archivo fotográfico
del famoso retratista esperancino Fernando Paillet, con el auspicio de una
fundación benéfica de la capital, y que describía las características de las ars
moriendi argentinas a partir de la historia de vida y el trabajo de Paillet. Esa
fue la primera vez que vi imágenes de difuntos consideradas como tales; los
cuerpos muertos estaban en sus féretros muy bien vestidos y maquillados, había
algunos de adultos y otros de bebés de pecho. Vi ahí también criaturas atadas a
una sillas y otras más que en este momento me resulta difícil describir con
precisión. La vista de esas fotos disparó entonces en mí una explosión de
asociaciones. No.No fue así. Las asociaciones iban a empezar a surgir a partir
de ese momento en mi conciencia de un modo tedioso. Por algún motivo que
entonces no podía explicarme, esas imágenes poco a poco fueron desplazando de
mis intereses otros motivos sin duda más amables. Lo primero que hice fue
inscribir una hoja de ruta argumental en las mismas páginas de la revista. Con
un marcado azul fui colocando redondeles y haciendo dibujitos alrededor de las
fotos en blanco y negro que ilustraban la nota. Hice globos obvios con frases
del tipo "qué lindo soy" unidas por flechas de historieta a los cadáveres
retratados. Los retratos eran de los parientes de Paillet, a quienes él mismo
había fotografiado no enendí si para experimentar las técnicas o por pura
morbosidad. Un movimiento de la creación siempre lleva a otro y bastó que
empezara a animármele a esos espectros para que se despertara en mí la
imaginación más macabra. Al cabo de media hora las hojas de la revista estaban
llenas de flechas, números y letras. Me sentí exhausto pero feliz ; después me
vino un cansancio enorme. En pocas semanas mi casa entera, mi estudio, mis otros
proyectos personales sufrieron las consecuencias de esa visión que extrañamente
comenzó a resultarme de mal gusto y absolutamente demodé. Sin poderlo evitar
empecé a levantarme una hora antes que lo acostumbrado (yo era alguien más bien
dormilón) y después de desayunar salía a caminar por las cercanías del
cementerio de la Chacarita, donde finalmente tomaba el subte para ir al diario.
En la zona visitaba particularmente a los marmoleros. Lo que yo quería era
encontrar otros fotógrafos que hicieran eso que había hecho el fotógrafo de la
revista. Me resultaba bastante complicado entrar en tema porque —pensaba—
alguien podía creer que yo era una especie de loco; para disimular llegué hasta
entrar a algunos bares a mojarme los ojos con unas gotitas de colirio cosa de
que se me enrojecieran. A un deudo nadie le puede negar una respuesta, me dije
la primera vez que me encerré para ponerme las gotitas. No miento mucho si digo
que salí de ese baño nervioso como si hubiera estado masturbándome. Pero ocurrió
que ninguno de los marmoleros a los que les pregunté por retratistas de difuntos
pudieron orientarme. En cambio conocí a personas más normales de lo que yo
pensaba que eran, por lo general amantes de los deportes y, en cierto modo
frustrante para mí, de hábitos tan rutinarios como los de cualquier hijo de
vecino. Al que no esperaba encontrar dentro de esa fauna era al Jockey. El
Jockey era un hombre desproporcionadamente liviano que había sufrido una caída
unos años atrás y que ahora deambulaba, un poco como yo, pero en silla de
ruedas, por el mismo ambiente de los marmoleros. Las razones de su permanencia
en ese espacio eran un misterio que nadie supo explicarme por más que lo
pregunté con insistencia. Pero su historia me fue llegando con intermitencias,
como suelen llegar a los artistas plásticos los raptos de inspiración. El Jockey
-por supuesto nadie conocía su nombre verdadero, que yo llegaría a descubrir de
un modo inesperado- había nacido en Norteamérica pero vivía en la Argentina
desde los años y medio de edad; orgulloso y huérfano de padre, se había
conchabado como peón de limpieza y como el trabajo de sacar la mierda de los
caballos, y mucho menos gratis, no tenía demasiados pretendientes pronto se
convirtió en el limpiamierdas campeón del hipódromo de Agea. Hombre de pocas
palabras, ya entonces sus orígenes eran algo que nadie conocía. Tenía los ojos
hundidos y hacia atrás, como apoyados en los parietales. Tan por detrás de la
nariz y de la boca estaban que más parecía su cara la de una comadreja que la de
un animal humano. Y si bien yo nunca lo vi de pie, en un retrato suyo de cuerpo
entero que me mostraron enmarcado en uno de los bares de la zona comprobé que
también el resto de su figura, delgada y flexible, tenía los dones de una rata
mayor. En el hipódromo de Agea trabajó durante un año entero juntando los
desechos de los caballos de carrera. Y tal vez fue por su costumbre de andar
siempre despierto y al acecho por la noche, como los roedores de su estirpe, o
quizás por la velocidad de sus manos, que dejaban cada establo en el que había
fijado su atención limpio desde antes del amanecer, que los dueños de los studs
vecinos empezaron a pedirle a él que se ocupara de la limpieza. El Jockey aceptó
por único pago el permiso para dormir en el heno y algo de comida diaria. Hacía
como me contaron su trabajo cuando todo el mundo estaba durmiendo y sin embargo
también podía vérselo por las mañanas, durante las rondas previas a las
carreras, acodado en las barandas de la pista de entrenamiento con la vista fija
en los desplazamientos de sus atendidos. Fue así natural que una vez cierto
veterano millonario lo dejase dar una vuelta al paso por la pista montado en uno
de sus caballos más excéntricos, uno que bailaba la rumba en el padock y que iba
a terminar protagonizando una novela con más de cinco ediciones de cinco mil
ejemplares cada una. Dicen entre los marmoleros que en cuanto el Jockey subió al
animal fue como si ambos se hubieran estado esperando desde siempre. La espalda
del Jockey se puso de inmediato paralela a la columna del animal y, anclados
intuitivamente sus pies en los estribos, pareció que en cualquier momento se iba
a largar a trotar. El caballo levantó apenas las orejas cuando sintió el leve
peso de su jinete y todos vieron cómo se le tensaban los músculos listo para la
carrera. La tensión pareció extenderse fuera de la piel del caballo y deslizarse
por las crines; como su jinete no le soltaba rienda hociqueó en el aire y
resopló moviendo el cuello hacia adelante. Durante unos minutos el Jockey
mantuvo en vilo a todos los que estaban presentes en el lugar, estiró él también
el cogote como si con el movimiento quisiera comerse el horizonte de la pista y
entonces hizo algo absolutamente inesperado: sin dar ninguna explicación, sin
trasuntar el menor sentimiento en su cara alargada desmontó. Cruzó los tientos
por el cuello del animal, palmeó dos veces la grupa y dijo mirando la arena
entre sus pies:
171. —Falta un poco todavía. Tal vez mañana. (fin de cita)
172. La llegada del Margulis al pueblo de Esperanza ocupa tres carillas enteras
en un cuaderno (en rigor, libreta de corcho) que se nos olvidó mencionar. Consta
en ellas el nombre de un hotel, el número de la habitación del mismo, el horario
del cementerio municipal y la dirección de una vieja farmacia. No es dificil
seguir a nuestro artista en la descripción de sus acciones pese a que éstas
figuran escritas en forma de breves oraciones inicialadas con números romanos,
casi indescifrables. Lo más llamativo tal vez sea una frase transcripta de Guy
de Maupassant para la edición de las cartas de Gustav Flaubert a George Sand,
directamente en francés. La frase señala la impunidad en que se encuentra el
auténtico novelista a la hora de escribir : "ellos no tienen la misión de
moralizar, ni de flagelar, ni de enseñar", dice en una letra casi microscópica.
"Todo acto, bueno o malo, no tiene para el escritor más que una importancia : la
del sujeto a describir, sin que ninguna idea buena o mala se le pueda atribuir".
El resto de las hojas lo ocupan unas imágenes obscenas imposibles de olvidar.
Con un poco de imaginación pueden unirse las acciones a las imágenes;
evidentemente aquellas son la ilustración de la idea que representan éstas, algo
que provocaría nerviosismo antes que cualquier otra emoción. No se entiende en
qué ha estado pensando el dueño de la libreta cuando hacía esas anotaciones. Lo
evidente es que no han sido destinadas a un público sino a representar el mapa
privado de sus obsesiones.
173. Pero retomemos la cita:
174. Durante todos estos años no avancé mucho más allá de ese bosquejo. La
pereza por fantasear, la potencia de los datos reales en mi conciencia de espía,
no sé. Yo, que nunca fui un gran imaginador, de pronto me encontré hablando de
mis personajes como si fueran parientes o vecinos, hasta por los codos. Para
reforzar los cuentos que iba inventando sobre la marcha, entremezclaba todas las
verdades públicas de las que yo me iba enterando por mi trabajo corriente en el
diario. A los vecinos les parecía creíble que hubieran ocurrido cosas así en
este país... "¡Si dá para todo esto!", comentaban en la cola del pan con sus
respectivas canastitas llenas de facturas. Por suerte para mí, la mujer del
panadero me demostró una particular atención. Era una mujer maciza y alta,
poseedora de dos joyas, cómo te explico, de la ornamentación femenina. Bueno,
mientras ella despachaba yo la iba devorando meticulosamente. Empezaba mi
observación por el pelo pajizo, que ella siempre estaba cambiando de color;
dejaba circular somnolientamente mis ojos por el cuello y los brazos
transpirados de tanto entrar y sacar bandejas; después me adormilaba escuchando
las intrascendencias de su conversación. Luego me detenía a mirar las bolas de
frailes, imaginarme al panadero pintándolas con el azucar impalpable, a mí mismo
mojándolas con chocolate tibio mientras el localcito se impregnaba, bueno, del
aroma a factura recién horneada. Ni quería volver a casa en ese estado. Pero
después me sentía culpable, como si por mirar estuviera faltando a la promesa de
fidelidad conyugal; el estado de glotonería visual sólo se interrumpía cuando la
mujer del panadero me decía, acomodándose el flequillo con un golpe del dorso de
la mano: "¿Y con qué nos va a soprender hoy el periodista de la cuadra?". Como
nunca sabía en qué momento iba a lanzar ella la frase que me habilitaba a contar
yo me quedaba invariablemente duro con mi canastita en la mano y hacía un
movimiento vago en el aire con la pinza, como diciendo oh, no es nada
importante, nada nuevo que valga la pena decir o escuchar. Y a lo sumo arrojaba
algunas palabras breves, unas que otras frases descuajeringadas (la verdad es
que yo quería ocultar que no había pasado nunca de hacer aquel listado de ideas
con la novela) que provocaban el efecto inverso que yo hubiera deseado. No
quiero hacer creer con esto que era una persona importante ni mucho menos.
Tampoco que todos los del barrio se quedaban a escucharme. Mi público no era
fiel ni decidido pero resultaba un estímulo saber que iba a haber alguien ahí
todos los días. Cuando volvía a mi casa con las facturas y el diario me sentaba
a tomar un café solo, bien cargado, dejaba otro en una ollita y con el diario
doblado en cuatro me iba a hacer mi recorrida inutil por lo de los marmoleros.
Una mañana las sirenas de la policía nos despertaron a todos en la cuadra más
temprano que de costumbre. Qué había pasado, lo supe al salir a la vereda
todavía con las pantuflas puestas. En la óptica vecina a la panadería habían
intentado robar al oculista ; cuando se resistió le perforaron el cráneo con un
balazo de nueve milímetros. El cuerpo muerto todavía estaba tirado en el piso
cuando me acerqué a curiosear. Lo habían tapado con una frazada pero una mano
sobresalía de abajo de la tela. La sangre apenas se adivinaba en un manchón
parduzco de humedad que iba agrandándose donde deducíamos estaría la cabeza
perforada. Los policías del barrio habían cercado la zona con una cinta plástica
azul, adentro de la que se instaló el secretario en una silla y con una pesada
máquina de escribir mecánica sobre los muslos. A medida que su compañero le iba
dando los detalles, el secretario los tipiaba con dos dedos que golpeaba
torpemente. No sé porqué quedé fascinado con ese par de salchichas de carne de
hombre. Por mucho que lo evitara la vista se me iba hacia esas manos poco
prácticas. Pensé en ofrecerme para hacer el trabajo más rápido pero tan pronto
como la idea me vino la expulsé. No era mi rol. Creo que mi personaje se me fue
entonces de las manos por culpa de esa fijación, o quizás la culpa la tuvieron
los murmullos de la gente, que iba recurriendo a su mayor esfuerzo para hacer
entendible el asesinato. No digamos nada acerca de lo razonable de la queja ni
de las insinuaciones traídas por varios viejos que habían estado llegando a mis
oídos en los últimos días, y que apuntaban coincidentemente a que los
comerciantes del barrio eran presionados para colaborar con la Cooperadora
Policial. Lo que te puedo decir es que cuatro o cinco voces se mezclaron en el
aire blanco de esa mañana : "Estaba... andaba en algo raro este... Si nunca
entraba nadie al local". "Seguro". "Dicen que al fondo, ahí". "Si, se ve todo...
". "¿Dónde? " "¿No ve?" "Nada. No veo nada". Que uno de los policías se agachó
junto a la lona y la levantó de una punta agachado y en cuclillas. Que apareció
una cámara de fotos y un ojo que no pude ver y le sacó varias fotos. Que el
policía que estaba agachado volvió a cubrir el cadaver. Que de pronto me sentí
enojado con el mundo. A esa hora yo debía estar conversando con un marmolero que
me había dicho que volviera nuevamente para mostrarme, dijo, algo muy
interesante para mi búsqueda. Dejé a todos los cuervos atrás y enfilé para la
Chacarita (fin de cita).
175. Sea a donde fuera que iba a llegar, lo cierto es que el Margulis de la
época de la dictadura estaba o estuvo lejos de predecir un futuro de créditos y
escrúpulos tan morbosos. Su preocupación entonces seguía siendo el modo en que
el Gordo Reynoso pensaba matar a Dios. Si las iglesias eran condensadores de la
energía de la gente hacia un poder superior, si de cada iglesia se emitían ondas
digamos magnéticas o síquicas hacia un punto en el espacio exterior, y si se
podían registrar los caminos invisibles de esas ondas, bueno, el Gordo Reynoso
estaba seguro de que así, siguiéndolas, se podría ubicar el centro al que todas
esas ondas llegaban, es decir, la gurida de Dios. De ahí a apuntarle con algo y
destruirlo habia un paso. Al Margulis adolescente, que adoraba al mismo tiempo
la lógica de los cuentos policiales de un H. Connan Doyle como la potencia
síquica de un Lobsang Rampa, al Margulis que no creía en ninguna deidad que no
fuera su propio ombligo (en rigor, la zona del piélago íntimo, el doblez aún no
socializado sexualmente de sus propios sentidos) la teoría le fascinó. Venía
derecho a coincidir con los planes de exterminio anarquista que habían fraguado
con su grupo adolescente poco tiempo antes, sentados todos alrededor de la mesa
ovalada de su madre, durante las confusas lecturas del Nietzche y algunos otros
monstruos mal entendidos. El Gordo Reynoso había estado presente en esos
encuentros junto al Julio Peña Con Geniol, el vasco Echegarya Maurin y el Tucán
Yolly. Confabular en virtud de alguna inspiración política rondó vagamente entre
esos adolescentes inquietos, pero fue más el sentido de grupo, de juntarse entre
varios para pensar algo en conjunto que la salida social lo que los mantuvo
reunidos durante varios sábados.
176. Al Margulis adolescente le gustaba el rol de aglutinador de voluntades en
la casa de su madre. Se sentía feliz imitando en cierto modo a su hermano
Sergio, quien había hecho ágapes parecidos pero con la a su criterio más banal
inención de jugar a las cartas, aquello que llamaban (cito) la timba (fin de
cita) y que del inicial, clásico solaz del póker había derivado a un juego más
emocionante y concreto, que se llamaba (cito) As (fin de cita). El (cito) As
(fin de cita) que jugaba su hermano Sergio con los amigos consistía en ir
duplicando apuestas a medida que aparecían las cartas.
177. ¿Debemos explicar (37) o representar copiando simplemente la manera literaria en
que el Margulis llevó adelante su primer ejercicio lúdico, que tan fundamental
iba a resultar en el modo de resolver sus conflictos posteriores?
VII
Todo el asunto se desplaza de Buenos Aires a Miami, y vuelve
178. Al Chuchusky lo habían tomado de punto por chiquito y traga. También por
judío insoportable. El Chuchusky jamás soplaba ni pasaba los resultados de las
pruebas de matemáticas. El Chuchusky era feo. El Chuchusky tenía granitos con
pus. El Chuchusky ponía cara de asco cuando el Origone se hacía la paja en la
clase de la Lali. La Lali no le hacía asco a nada. La Lali llegaba al aula con
marcas de chupones en el cuello. La Lali era la de matemáticas y preparaba a los
repetidores como el Leblanc (re pálido el Leblanc) en su propio departamento. El
Leblanc contaba en el aula las cosas que pasaban en lo de la Lali y el Origone
se empezaba a calentar. El Origone se calentaba tanto que cuando llegaba la Lali
tenía la verga roja de tanto golpeteársela contra el pupitre de madera. El
Origone hacía un dibujito de un hombre (la silueta, ¿no es cierto) en una hoja
de carpeta número 3, rayada, y donde iba la verga hacía un agujero y metía la
suya para que se la viéramos todos.
179. Para que se la vieran, perdón.
180. La Lali daba la clase escribiendo fórmulas algebraicas en el pizarrón. El
Origone se paraba en el fondo cuando la Lali estaba de espaldas y metía la verga
en el agujero del dibujo de la hoja de carpeta número 3, rayada. La Lali iba
explicando que más por menos menos, que menos por menos más, que más por más
más, que menos por más menos. La Lali tenía todos los dedos manchados con polvo
de tiza blanca. La Lali tenía un chupón en el cuello tapado con un pañuelito de
seda que no tapaba nada. El Chuchusky copiaba todas las fórmulas. El Margulisben
copiaba todas las fórmulas. El Origone decía fuerte:
181. —¡Profesora!
182. La Lali paraba la escritura de las fórmulas. El Chuchusky seguía copiando.
El Margulisben seguía copiando. El Origone preguntaba:
183. —¿Le gusta, profesora?
184. Todos mirábamos (perdón, miraban) la verga toda roja que le asomaba por
entre los renglones de la hoja rayada número 3, a la altura de donde iba la
verga del dibujito del hombre que dibujaba con birome el Origone. La Lali se
daba vuelta. El Origone se doblaba sobre sí mismo como si se estuviera haciendo
pis (orinando, perdón) y cuando volvía a quedar derecho la verga toda roja de
machucársela contra la madera del pupitre quedaba tapada por la hoja de papel
número 3, rayada. El Origone ponía cara de buenito y la Lali no podía creer que
fuera tan boludo.
185. —¿Qué me muestra, Origone?
186. El Origone mostraba el dibujito.
187. —Siéntese, Origone.
188. La Lali volvía a escribir sus fórmulas. El Chuchusky volvía a escribir sus
fórmulas. El Margulisben volvía a escribir sus fórmulas. El Origone recomenzaba
a machucarse la verga contra la madera del pupitre. La Lali explicaba que menos
por menos más, que más por más más, que menos por más menos, que más por menos
menos. La Lali tenía todos los deditos manchados con polvito de tiza blanca. La
hoja donde estaba el dibujito del Origone era blanca. La cara del Leblanc
repetidor que estudiaba en la casa de la Lali era blanca. La baba que le
empezaba a caer de la boca al Memén era blanca. El Memén era el opa de la clase.
El Memén se pajeaba igual que el Origone pero sin sacar la verga afuera. El
Memén se sentaba al lado del Margulisben. El Memén tenía un aliento asqueroso.
El Chuchusky copiaba las fórmulas. El Margulisben copiaba las fórmulas. El
Origone suspiraba en el fondo del aula. El Origone largaba un chorrito de leche
sobre el pupitre de madera. La Lali copiaba las fórmulas en el pizarrón. El
Memén gemía. El Margulisben copiaba las fórmulas. El Gordo Bolú le pegaba un
codazo al Eche Yomen. El Eche Yomen le devolvía el codazo al Gordo Bolú. El
Gordo Bolú le pegaba al Guidi Di Pesto. El Guidi Di Pesto le pegaba al Eche
Yomen. El Origone decía:
189. —¡Profesora!
190. La Lali decía sin dejar de escribir sus fórmulas en el pizarrón.
191. —¿Y ahora qué quiere, Origone?
192. —¿Puedo ir al baño?
193. La Lali interrumpía la escritura de las fórmulas. La Lali se daba vuelta.
La Lali tenía un chuponazo en el cuello que no le tapaba la cinta de seda. La
Lali tenía un culo fabuloso. Tetas no. La que tenía unas tetas increíbles era la
Pochi. La Pochi enseñaba botánica. La Pochi iba a la segunda hora. La Lali
llegaba a la primera hora con unos chuponazos en el cuello. La Lali enseñaba
álgebra. La Lali miraba al Origone. La Lali le decía al Origone bueno vaya y no
moleste más Origone. El Origone se iba al baño a limpiar la verga. El Chuchusky
copiaba las fórmulas. El Margulisben copiaba las fórmulas. El Guidi Di Pesto le
pegaba un codazo al Margulisben. El Margulisben no le pegaba un codazo al Memén.
El Margulisben copiaba las fórmulas. El Margulisben copiaba las fórmulas. El
Margulisben copiaba las fórmulas y en las pruebas, en todas las pruebas, el
Margulisben le resolvía la prueba al Guidi Di Pesto, y al Gordo Bolú, y al Eche
Yomen. El Chuchusky no le resolvía la prueba a ninguno.
194. En Miami los marginados eran criticados por las autoridades del gobierno
gringo que en la radio sistemáticamente hablaban mal de ellos, que
sistemáticamente los tildaban de (cito) esa gente (fin de cita) que (cito) está
muy organizada (fin de cita); o de (cito) esa gente (fin de cita) que (cito) se
organiza muy bien (fin de cita), o de (cito) esa gente que trae sus uokitokis y
sus médicos (fin de cita). ¿Qué criticaban los marginales de Miami
sistemáticamente? Criticaban que el ALCA estuviera por hacer su centro de
convenciones o lugar de reunión en esa ciudad del mundo. El Margulisben de los
años de la dictadura en la Argentina ya no podía escuchar lo que pasaba en Miami
porque estaba muerto; pero las cosas seguían ocurriendo igual a pesar de él. La
(cito) importancia del crédito en los Estados Unidos (fin de cita) era tema
insustituible en esos días. A comienzos del siglo XXI de las (cito) personas que
vienen de otra cultura (fin de cita) se explicaba por ejemplo en las radios
norteamericanas que (cito) no tienen la costumbre de utilizar el crédito
(cuando) podrían llegar a utilizarlo hasta para comprar la leche (fin de cita).
Y así ganaran (cito) 40.000 dólares al año (fin de cita) eran considerados
(cito) de bajos recursos (fin de cita). Pagar (cito) el carro, el seguro, la
vivienda (fin de cita) era ya cosa imposible. La especialista del buró de
crédito recomendaba al aire que (cito) esas personas (fin de cita) consultaran
dos veces al año (cito) sólo por 180 dólares el trámite (fin de cita) para
asegurarse de que tuvieran (cito) el crédito bueno (fin de cita).
195. —En este país hay que vivir a la americana. Nosostros estamo acostumbrado
al romance, compartimo todo amorcito... Aquí no se comparte nada.
196. El cincuenta por ciento de los clientes de la especialista del buró de
crédito explicaba que lo tenían dañado porque lo compartían... ¿Podían conseguir
intereses bajos las personas que hubieran tenido que recurrir a la bancarrota?
Por supuesto que sí, explicaba la especialista del buró de crédito. ¿Cómo era
posible que por 180 dólares les removieran la información? La gente tenía que
entender que existían tres buró de crédito para todo el país. Y que cometían
errores. Las personas tienen que confiar en Sun Caín, decía la especialista otra
vez. El que quería ir a la oficina de Sun Caín tenía que llevar un comprobante
de que era el dueño de una casa.
197. Había que llamar al 3055128598.
198. Una persona que no pudiera pagar los 500 dólares de pago mínimo se
aconsejaba que recurriera a una bancarrota; una vez que la hicieran, las
personas que se sintieran atrapadas en una deuda, ya iban a ver lo bien que les
iba.
199. —Este país es especial. Te metes en 100.000 dólares de deuda, vas a la
corte y en tres meses estás libre de ellas. Lo que más te afecta en este momento
es no tener crédito: si no tienes crédito no tienes nada. Si no tienes crédito
tienes que pagar cash. Solamente por 198 dólares vas a tener tu vida
solucionada.
200. —Pero las personas dicen que es muy difícil caer en la bancarrota...
201. Era según la especialista mentira...
202. ¿Qué tiempo podía demorar ese trámite?
203. Eso dependía. El problema no estaba en los acreedores sino en los
colectores. Ah, bueno, no tengo apuro. Pero shico, te metiste cinco años para
entrar en un crédito y ahora no tienes ni para comprar chicle en una esquina..
204. —A una mushacha que debía siete mil dólares le tuve que decir mira, si
quieres tener crédito ya te embarcaste en esta aventura, ya no te sirve ni mirar
para atrás. Tienes que llamar a los acreedores y pagarles.
205. 3055128598.era el teléfono de la experta del buró que el Margulisben que
había soñado con USA en la dictadura ya no escuchaba.
206. 198 dólares era el costo del servicio
207. —El Tío Sam te cobra un día u otro. Las deudas de hospitales no son
problema, tampoco los créditos estudiantiles. Si debes 10 mil dolares lo pagas
de una vez o de lo contrario vas a estar toda una vida pagando...
208. 305 51283598
209. De 9 a 18... todos los días
210. Si..
211. —En el edificio terra bank tienes que traer un kit de propiedad...
212. ¿Y si no pueden pagar?
213. —O-keiii... tienen que pensar cómo hacer: mira, yo siempre pienso que
tienes que liberarte de ciertos problemas en la vida. El vivir todo el tiempo
con alguien llamándote... cuando la gente está en un punto que debe 40.000
dólares, o-keiii, pide la bancarrota... en ocho meses lo tienes: ¿no vas a hacer
el esfuerzo para hacerlo? O-keiii. Tienes deudas, o-keiii, vamo a trabajar en
ello....
214. Descontarte el salario era legal, lo que era ilegal era que te estuvieran
llamando al trabajo. De cualquier manera, para los días en que el Margulisben ya
no estaba ahí para tomar sus notas o recaudos, la cosa estaba muy seria. Los
deudores de Bank of America, todos en la Corte, pero antes de llevarte a la
Corte te citan con una orden supina y tienes que declarar por una hora ante un
grupo de abogados.
215. —305 51283598 es la linea telefónica de Sun Caín.
216. —198 dolares por todo servicio.
217. —¿Y qué garantías le dan ustedes que van a solucionarle todos los
problemas?
218. —El cliente va a aprender a leer el reporte de crédito.
219. —¿Hay un tiempo que demora este trámite?
220. —Depende de la velocidad con que me traigan el reporte de crédito.
221. —Reiteramos la oferta especial...
222. —198 dolares por todo pago.
223. —¿La dirección?
224. —Tal y cual...
225. —¿El horario?
226. —De 9 a 18...
227. Y después del reporte sobre la necesidad del crédito en Miami la noticia de
una señora que cuando estaba cruzando la calle 48, con su carrito que nunca
soltaba, pasando perpendicularmente a la calle, súbitamente, un carro le pasó
por encima y la mató: al chofer no le habían impuesto hasta el momento cargos,
sólo el ticket por infringir el tránsito.
228. —Y PARA COMPRAR UN TOYOTA. LOS MÁS GRANDES AHORROS, LA MÁS GRAN OCASIÓN,
TODO POR 198 DÓLARES AL MES... ¡¡¡¡SALSAAAAAA!!!!
229. Y después de la necesidad de la salsa en Miami la noticia de un chofer en
Moscú que se decía extraterrestre gracias a lo cual le había quitado los
diamantes a la señora Natascha diciéndole que eran el combustible de su nave...
y ahora la señora pagaba el siquiatra...
230. Y después de la estafa de la pobre señora en Moscú la noticia de la
condecoración que Carlos Fuentes recibió de manos del gobierno de México, y
Angeles Mastretta diciendo que se lo merecía, y Gabriel García Márquez
asistiendo a la ceremonia de entrega en Paris.
231. El francotirador de Washington se negaba a asistir a juicio y pedía
análisis siquiatricos.
232. ¿Quería ser uno residente legal en ese país? Llamando al Caracol.
233. ¿Le gustaría saber cómo reparar su crédito? ¡Escuchando a los especialistas
de Sun Caín los sábados o llamando al 305 51283598!
234. También, claro:
235. LA HISTORIA DE LOS HERMANOS FREIRE
236. —¡No vamos a permitir que esta tonta concrete el disparate de casarse con un viejo!
237. UNA HISTORIA DE AMOR Y DOLOR
238. —¡Papá! ¿¿¿Que te pasóóóó???
239. VÍVELA
240. Los domingos a las 3 de la tarde:
241. TODO DEPORTES
242. ¿Problemas con la pronunciación del inglés?
243. OSHIO LANGUISH
244. Y ESCÚCHENOS EN CARACOL...
245. Subete al ToyoyoyotA que lo vamos a pasar muy bieeeen
246. VEN
i. A TU CON CESIONARIO
1. TO YOYOYO TA
247. HOY
i. MISMO
ii. ¡¡¡LOOOO EEEEN!!!
a. VAS EEE
b. A PA E EE
248. SAR MUY BI
249. ¡¡¡198 DÓLARES POR MES!!!
i. SUN CAÍN
250. El Gordo Bolú era designado preceptor suplente por el preceptor alumno, que
se iba por ahí porque tenía cosas que hacer. El Gordo Bolú decía que la Pochi no
iba a ir a la segunda hora. La segunda hora quedaba libre. El Gordo Bolú lo
encaraba al Chuchusky. El Margulisben copiaba fórmulas. El Gordo Bolú lo hacía
pasar al Chuchusky al frente. El Chuchusky se quedaba pálido. El Gordo Bolú le
ordenaba al Chuchusky que se levantara. El Chuchusky se levantaba. El Gordo Bolú
le decía que se parara de frente al rincón del aula. El Origone y el Memén y el
Guidi Di Pesto y el Eche Yomen y el Margulisben y yo, sí yo también, mirábamos.
251. El Leblanc sacaba de su cartera de estudiante repetidor la botellita de
Coca Cola. El Gordo Bolú le ordenaba al Chuchusky que se apoyara en la pared con
la mano derecha. El Chuchusky hacía caso. El Gordo Bolú le ordenaba que se
apoyara con cuatro dedos. El Chuchusky se apoyaba. El Gordo Bolú le ordenaba al
Chuchusky que se apoyara con tres dedos. El Chuchusky lagrimeaba. El Gordo Bolú
le ordenaba al Chuchusky que se apoyara con dedos. El Chuchusky temblaba. El
Gordo Bolú le ordenaba al Chuchusky que se apoyara con un dedo, y que el dedo
fuera el meñique. El Chuchusky gemía. El dedo meñique del Chuchusky se ponía
rojo. El Gordo Bolú le decía al Memén que le bajara los pantalones al Chuchusky.
El Leblanc caminaba desde el fondo con la botellita de Coca Cola en la mano. El
Margulisben escribía. El Memén se levantaba de su pupitre de madera y le bajaba
los pantalones al Chuchusky. El Margulisben escribía. El Gordo Bolú se ponía
todo rojo de la risa. El aula entera temblaba.
252. El Leblanc le hacía un pase de manos al Memén antes de llegar al frente y
la botellita de Coca Cola aparecía entre las manos sudadas del Memén. El Memén
avanzaba con la botellita de Coca Cola alzada como una antorcha hasta el
Chuchusky. El Gordo Bolú le ordenaba al Memén que se la metiera en el culo al
Chuchusky. El Chuchusky se la veía venir fiera y se apartaba de la pared. El
Eche Yomen y el Origone se lanzaban arriba suyo y le trababan los brazos uno a
cada lado, apoyándole las palmas contra las paredes del rincón. El Chuchusky se
resistía pero sus fuerzas eran palmariamente inferiores. El Gordo Bolú le
palmeaba el hombro al Memén y le guiñaba un ojo para que completara la orden. El
Memén se babeaba y olía asquerosamente. El Chuchusky pedía por favor por favor
noooo. El Gordo Bolú le tapaba la boca. El Memén trataba de meterle la botellita
de Coca Cola en el culo al Chuchusky. El agujero del culo del Chuchusky era muy
estrecho y la botellita de Coca Cola no entraba. El Margulisben escribía. El
Memén hacía fuerza para meterle la botellita de Coca Cola en el culo. El
Chuchusky movía las piernas como un condenado a muerte. El Eche Yomen y el
Origone le trababan las piernas con las suyas. El Chuchusky aprovechaba que
cedía la presión contra sus brazos para soltarse. El Eche Yomen y el Origone
volvían a apretarle los brazos. El Pajares y el Pijerto, el Videla y el Agosti y
el Massera, el Faustino y el Sarmiento, el Roca y el Mitre se levantaban de sus
pupitres y se arrojaban contra el cuerpo del Chuchusky. El Chuchusky no podía
abrir la boca, ni mover los dedos de las manos, ni las manos mismas, ni los
brazos, ni la espalda, ni los muslos, ni las pantorrillas, ni el peroné. El
Chuchusky estaba contra las dos paredes en ángulo del rincón del aula (al lado
del pizarrón) con los pantalones y los calzoncillos en el piso. El Memén le
empujaba la botellita de Coca Cola en el agujero del culo. Los bordes del
agujero del culo del Chuchusky se fruncían para adentro. El pico circular de la
botellita de Coca Cola entraba. Los bordes del agujero del culo se ponían rojos.
La botellita de Coca Cola entraba. El Margulisben escribía.
253. El Subiela, el Kuitca, el Max Beerbohm, el De Simon Nónico, el Gregorio
Matorrales miraban para otro lado. El Gregorio Matorrales no, el Gregorio
Matorrales miraba atento la escena. El Gregorio Matorrales además fumaba. El De
Simon Nónico salía del aula para ir a buscar ayuda. El Max Beerbohm y el Kuitca
hacían dibujitos. El Subiela miraba los dibujitos del Kuitca y hacía
comentarios. El Pao du Queijo, el Alberti, el Liborio Injusto, el Capaz Pordós
no estaban en el aula. El Pao du Queijo, el Alberti, el Liborio Injusto, el
Capaz Pordós escribían en el aula de al lado. El Pao du Queijo, el Alberti, el
Liborio Injusto, el Capaz Pordós concursaban en premios literarios y becas. El
Pao du Queijo, el Alberti, el Liborio Injusto, el Capaz Pordós se ganaban
premios literarios y becas. El Rivak era jurado de premios literarios. El
Margulisben no se ganaba nada. El Chuchusky ya ni gemía. El Memén seguía
metiendo la botellita de Coca Cola en el culo del Chuchusky. El Lucan Yolly leía
al Gurdieff. El Gurdieff vivía en otro país.
254. La Prof. K. Belbett vivía en otro país. La Prof. K. Belbett vivía en
Yugoeslavia. La Prof. K. Belbett se exiliaba de Yugoeslavia. La Yugoeslavia
desaparecía como país. La Prof. K. Belbett se radicaba en los Estados Unidos. La
Prof. K. Belbett estudiaba al Foucalt, al Derridá, al Barthes, al Bourdie, al
Richards y al Carlos Marx. La Prof. K. Belbett completaba sus estudios de grado
en los Estados Unidos tomando botellas llenas de Coca Cola. La Prof. K. Belbett
estaba bastante buena. La Prof. K. Belbett tenía una trucha sabrosa y
chupeteadora. La Prof. K. Belbett se expresaba bonito. La Prof. K. Belbett
gustaba de la obra del Margulisben, aún sin conocerla. La Prof. K. Belbett
quedaba entonces exculpada de las miserias de la ignorancia. El Chuchusky
sangraba por el culo. El De Simon Nónico llegaba al aula con el preceptor
alumno. El preceptor alumno no podía creer lo que veían sus ojos. El preceptor
alumno ponía un grito en el cielo. El Dios se espabilaba en el cielo. Los
ángeles de la guarda se espabilaban en el cielo. El aula se llenaba de ángeles
de la guarda. Los ángeles de la guarda no bajaban a proteger a los judíos. El
Chuchusky era judío. El Margulisben era judío. El Kuitca y el Subiela eran
judíos (aunque sus apellidos lo disimularan). El Gregorio Matorrales se
obsesionaba con todos ellos y los envidiaba por sus inteligencias. El Chuchusky
sangraba por el culo. El Margulisben escribía. El Kuitca hacía dibujitos. El
Subiela comentaba los dibujitos del Kuitca. El preceptor alumno ordenaba que
todos volvieran a sus lugares.
255. El Max Beerbohm hacía la tapas desde la número 1 a la 3 de una revista que
se llamaba Achecha (38). La Achecha era dirigida por el Margulchisben. La Achecha no
contaba la tortura del Chuchusky. La Achecha era la creación del H. Richer
Chaachard. El H. Richer Chaachard no era tenido en cuenta en el sistema
literario argentino durante los años de la dictadura. El sistema literario
argentino durante los años de la dictadura celebraba los puntos de vista del
Eco, del Rest, del Heidegger, del Freud, de la Sontag, del Rosa, de la Sarlo,
entre muchos otros. El Chuchusky no conocía esos puntos de vista. El Chuchusky
copiaba fórmulas algebraicas. El Chuchusky tomaba la decisión de dedicarse a la
odontología. El Margulchisben escribía. El Kuitca hacía dibujitos. El Subiela
comentaba los dibujitos del Kuitca (eran geniales). El Kuitca hacía las tapas de
la número 4 a la 7 de la que se llamaba Achecha. El Eche Yomen volvía a su La
Rioja natal. El Guidi Di Pesto se dedicaba a despachar asuntos en la
Cancillería. El Max Beerbohm hacía dibujitos que nadie comentaba (eran
buenísimos). El De Simon Nónico se hacía periodista económico del Establish
Ment, periódico bilingüe. El Gregorio Matorrales fumaba hasta llenarse el
cerebro con humo de tabaco y represiones. El Origone y el Pajares se fundían en
un recuerdo abstracto. El Sarmiento y el Faustino retornaban a la Historia. El
Videla y el Agosti y el Massera era sucesivamente puestos presos y soltados,
soltados y puestos presos (con sus amiguitos de larga lista y canallada). El
Roca y el Mitre volvían a los cuadernos Rivadavia. Del Memén nunca supimos más
nada. Del Leblanc tampoco. El Gordo Bolú patentaba su máquina para matar a Dios.
256. Años después el Gordo Bolú tenía que ir a atenderse las muelas por un
abceso. El Gordo Bolú caía en manos del Chuchusky odontólogo. El Gordo Bolú
había olvidado sus crueldades de chico. El Gordo Bolú abrazaba al Chuchusky en
un ataque de nostalgia. El Chuchusky lo hacía pasar. El Chuchusky lo invitaba a
sentarse en el sillón de los pacientes. El Gordo Bolú pedía anestesia. El
Chuchuskyu decía sí cómo no. El Gordo Bolú se dejaba aplicar la inyección. La
inyección ni la sentía. El Chuchusky le aplicaba una dosis excesiva para un
abceso. El Gordo Bolú se quedaba dormido. El Chuchusky le hacía un gran trabajo
en las muelas.
257. El Chuchusky demoraba varias horas en trabajarle las muelas al Gordo Bolú.
El Chuchusky se había vuelto un artista en el tallado de muelas. El Chuchusky le
esculpía las muelas con letras. El Chuchusky esculpía letras en relieve en cada
una de las muelas del Gordo Bolú. Lo que decían las letras esculpidas en relieve
en las muelas del Gordo Bolú era irreproducible. El Gordo Bolú se despertaba y
el Chuchusky ya no estaba en el consultorio. La asistente del Chuchusky lo
despedía con una sonrisa profesional. El Gordo Bolú salía del consultorio alegre
por no sentir más dolor de muelas. El Gordo Bolú se miraba las muelas en el
espejo del ascensor. El Gordo Bolú no podía creer lo que le había ocurrido en la
boca. El Gordo Bolú tenía un ataque de nervios. El Gordo Bolú no lograba
localizar al Chuchusky. El Gordo Bolú se quedaba mudo. El Margulisben crecía.
Escribía sus primeras obritas de teatro.
VIII
Llegando a un momento de cruce, reaparecen las jovencitas
258. Fue al reconstruir los días en que el Margulis hizo lo imposible para que
se supiera cabalmente la historia de su vida cuando entendí que ni lobo ni
chacal había sido -ni en verdad jamás sería- el acervo animal del hombre que
esperaba que se cumpliera su escarmiento mirando temerosamente por las rendijas
de la ventana. Miedoso de todos y de todo como él era, se las había ingeniado
durante toda la vida para hacer creer al mundo que los pecados de los otros
habían sido los suyos; acusado siempre que había sido por calamidades o torpezas
el Margulis asumió, como judío culposo en el desierto, que se merecía lo que le
pasaba.
259. A mí me pasa lo mismo.
260. No puedo criticarlo.
261. Cuando la culpa lo alcanzaba le era normal por caso despertar cansado y
sentir, no más abrir los ojos, que tenía otra vez la sensación de estar en deuda
con alguien por algo que ya había pasado. Era una sensación recurrente y
desgraciada: había hecho algo malo y quería borrarlo, ya que no de su vida
-porque lo hecho había estado- de su mente. Por haber hecho lo que había hecho
por ejemplo dejaba de ver a una jovencita que él amaba. A medida que los años
iban pasando se preguntaba, volvió a preguntarse, si realmente aquello por lo
que lo acusaron (y que él asumió inmediatamente) realmente sucedió. ¿No habría
sido todo una confusión ? ¿No habrían todos confundido, como decía la finada,
peras con manzanas?
262. El mismo respondió enseguida, el día que lo acusaron (ya era un hombre
hecho y derecho), diciendo que era todo verdad; habían estado todo ese día al
aire libre y al cansancio del sol y del verde sobre su anatomía se sumó, además,
la pesadez de la ruta cuando volvían -siempre manejaba él- y una abrupta frenada
o volantazo que les salvó, a él y a todos los que iban en el auto con él, la
vida: la mala maniobra había sido suya, ya que iba distraído y no vio que se
estaba metiendo contramano en una diagonal.
263. ¿Por qué él había reconocido su culpabilidad sin defenderse? Porque,
reiteremos, se sintió avergonzado y temió que sus seres más queridos le
perdieran el cariño en caso de enterarse de lo que había hecho. Debería haber
pensado en eso antes, mientras lo hacía, pero mientras lo hacía no le pareció
que estuviera mal lo que estaba haciendo. Sólo tuvo esa impresión durante un
segundo, cuando sintió gran placer, y como una torcida forma de arrepentimiento
sincero (y no cínico, como durante mucho tiempo se reprochó a sí mismo)
enseguida descargó en los oídos de su víctima aquella frase lamentable:
264. —Mejor que te pase esto conmigo, que soy yo mismo (y aquí se nombró a él y
al tipo de relación que hasta entonces lo había unido a la personita en
cuestión) y no con cualquiera.
265. Hubiera querido explicar que su intención al decir eso fue la de
explicitar, la de aclarar las cosas. Que en ningún momento estuvo en su
conciencia el deseo de hacer un daño. Que se había vuelto de pronto caprichoso e
infantil, y al transformarse así olvidó por completo lo que su figura
representaba para ella.
266. Su miedo de ahora era que alguien descubriese aquel incidente oculto
cuidadosamente y lo pusiese en ridículo difundiéndolo. Pero más que su propio
ridículo le preocupaba el efecto desastroso que aquello podía llegar a producir
en las personas sensibles que, pese a lo que él había hecho, y que ellos
ignoraban, lo rodeaban todavía. El Margulis se sentía una especie de Göebels
cargando sobre su espalda un pasado tenebroso; pensaba, con la reiterada
persistencia de un obseso, que nunca le iban a perdonar que hubiese sido malo.
Tan grande era ese temor que se forzaba a ser la mejor persona del mundo, una
actitud ésta que le venía de la infancia, como ya hemos visto, cuando tomó
conciencia de que su padre lo había rechazado, y entre ser un niño muy buenito o
uno travieso exageró sus virtudes para no ser castigado de nuevo. Si alguien
alguna vez difundía su miserable renuncio debería hacerlo contando su historia
completa, se decía para tranquilizarse.
267. Bueno, decidió abocarse él en persona a esa tarea titánica.
268. Pero el esfuerzo por hacer las cosas siempre bien estaba destinado al
fracaso. Como si su moral fuese un agua contenida demasiado en un dique
estrecho, tarde o temprano terminaba haciendo siempre alguna estupidez que lo
enviaba todavía más abajo. Una vez en su infancia creyó que lo indicado era
soportar indefinidamente la tomadura de pelo de un compañerito de la escuela
que, igual que muchos otros, se aprovechaban de su pasividad para mortificarlo
en exceso. Mientras el otro lo molestaba él seguía masticando su milanesa con
puré (estaban en el comedor escolar) sin levantar la vista de su plato. Ninguno
de los que estaba en la mesa hacía nada por defenderlo. Tampoco había una
maestra cerca. Sin siquiera darse cuenta de que las bromas del otro lo estaban
llevando a un punto de ebullición, de improviso él levantó el cuchillo con el
que estaba cortando la milanesa y lo clavó en el hombro de su victimario. Fue
más el susto por lo inusitado del gesto que el resultado sobre la piel de su
compañero (el cuchillo tenía la punta redondeada, sin filo), lo que hizo que el
otro chico se callara. Pegó un grito de espanto y no lo volvió a molestar. El
Margulis siguió comiendo contento de haber conseguido defenderse tan bien.
269. Fuera que se olvidase una cosa en un lugar público o que no cumpliese con
sus responsabilidades inmediatas, el Margulis se daba cuenta (al menos lo sentía
así) que debía esmerarse más y más para estar a la altura de las exigencias que
le caían encima. Este modo de pensar también lo había percibido durante los años
mencionados de la infancia, aunque en aquel caso quien enfrentaba la demanda no
era él mismo sino su madre, una mujer insegura y orgullosa que a su vez había
sido criada entre la sobrevaloración (había sido un talento precoz) y la peor de
las subestimaciones. Su madre siempre le repetía aquello de que él, que era un
niño diferente a todos los demás, estaba llamado a hacer cosas importantes. Para
él, que era un niño normal, semejante pronóstico resultaba imposible de
procesar, pero como amaba a esa mujer más que a sí mismo creció buscando el modo
de satisfacerla. Así postergó sus propias demandas hasta sentirse apenado de
tenerlas cada vez que alguna le venía a la cabeza. No quería preocupar a su
madre más de lo que ya estaba por haber parido a un prodigio.
270. Curiosamente no fue su madre sino una mujer anónima, bajita pero de lindas
caderas, quien mirándole las palmas de las manos le dijo que él era uno en
quinientos.
271. —Tenés la línea simeana. Son casos muy raros... —dijo la mujer y el
Margulis sintió repentinamente vergüenza.
272. El Margulis sacó velozmente las manos de arriba del escritorio donde la
mujer trabajaba como asistente del Lebenglik (era en un centro cultural
universitario que estaba muy de moda, donde el Lebenglik había sido designado
director) y ni quiso mirarse la línea entrelazada que iba de izquierda a
derecha, o viceversa, como una larga trenza de pelo que daba vueltas sobre sí
misma. Hasta ese momento el Margulis había creído que la así llamada Línea de la
Cabeza estaba entrelazada con la Línea del Corazón. Pero la quiromántica del
despacho acababa de decir que no, que el Margulis no tenía una de las dos.
273. ¿Cuál le faltaba?
274. La del Corazón, había dicho la mujer.
275. —Soy muy pensante. Muy cerebral vos.
276. El Margulis no sólo retiró las manos del escritorio suspendiendo la
intención de hacer una gestión interesante con el Lebenglik, quien finalmente
había sido su condiscípulo en los tiempos de la niñez; retiró también su propia
anatomía del despacho y se fue a comer una ensalada de frutas al barcito de
abajo, para pensar bien qué hacer. Mientras estaba comiendo la ensalada de
frutas en el barcito de abajo se sintió molesto con la mujer:
277. ¿Qué podía saber ella de él, si acababa de conocerlo?
278. De él podía de hecho saber mucho más la adolescente de rulos rubios que
acababa de entrar al centro cultural, vestida con un jumper gris, corbata suelta
y camisa prieta, la mochila atascada en la espalda y los pies graciosamente
vueltos hacia adentro en un gesto corporal clásico, que al Margulis solía
llenarlo de concupiscencia. Los pechos bien redondos llenaban la camisa blanca
con absoluta inocencia, pero el Margulis no podía dejar de pensar que en
realidad el talle de ésta era uno o dos números más chico que lo que
anatómicamente le correspondía. Concentró la atención en su ensalada de frutas
para no caer presa del embrujo pero pronto empezó él a confundir, bueno, los
trocitos de peras con los de manzanas, algún durazno en almíbar con un pedazo de
ananá, y hasta una cereza con carozo que casi le parte las muelas con una
frutillita cortada por su línea más transversal. Se dijo a sí mismo que él ya no
estaba en edad para llenarse la boca con cerezas inmaduras, que ni las naranjas
hechas pulpa ni mucho menos los pomelos eran parte de su dieta: el Margulis
intentaba a toda costa aceptar los límites que su propia elección de vida le
habían autoimpuesto, y que su editora tanto le había festejado, en las lejanas
horas con que había empezado su semana de trabajo. Prioridad por prioridad, se
dijo, que primero sea la finalización de la novela. Si me distraigo con cada
nínfula que pase no voy a poder entregarla jamás. Así mentalizado, masticó con
placer el último trozo de fruta de su ensalada. Volvió al trabajo de pensar en
los motivos reales, profundos, psicológicos, nerviosos por los cuales se había
trastocado la trama de sus días.
279. ¿Cuál, cuáles habían sido ese motivo?
280. La pregunta iba tomando forma en su cerebro cuando la jovencita se levantó
de su silla junto a la ventana y caminó hacia donde estaba él. La punta
posterior de la corbata parecía querer meterse entre las tablas del jumper y los
botones de la camisa blanca amenazaban soltarse por la presión que los empujaba
desde adentro. El Margulis fingió observarla avanzar con mesura platónica.
Alguien debería enseñarle con paciencia a hacerse mejor el nudo, pensó.
281 1
282 1 De él llegaría a saber mucho más la adolescente que acababa de entrar al
centro cultural, vestida con un jumper gris, corbata suelta y camisa prieta, la
mochila atascada en la espalda y los pies graciosamente vueltos hacia adentro en
un gesto corporal clásico, que al Margulis solía llenarlo de concupiscencia. Los
pechos pequeños pero llenos empujaban la camisa blanca con absoluta inocencia,
pero el Margulis no podía dejar de pensar que en realidad el talle de ésta era
uno o dos números más chico que lo que anatómicamente le correspondía. Concentró
la atención en su ensalada de frutas para no caer preso del embrujo pero pronto
empezó él a confundir, bueno, los trocitos de peras con los de manzanas, algún
durazno en almíbar con un pedazo de ananá, y hasta una cereza con carozo que
casi le parte las muelas con una frutillita cortada por su línea más
transversal. Se dijo a sí mismo que él ya no estaba en edad para llenarse la
boca con cerezas inmaduras, que ni las naranjas hechas pulpa ni mucho menos los
pomelos eran parte de su dieta: el Margulis intentaba a toda costa aceptar los
límites que su propia elección de vida le habían autoimpuesto, y que su editora
alguna vez le había festejado. Prioridad por prioridad, se dijo, que primero sea
la finalización del trabajo largamente postergado. Si me distraigo con cada nena
que pase no voy a poder entregarlo jamás. Así mentalizado, masticó con placer el
último trozo de fruta de su ensalada.
283 1 ¿Cómo había llegado a esa situación?
284 1 La pregunta iba tomando forma en su cerebro cuando la nena se levantó de
su silla junto a la ventana y caminó hacia donde estaba él. La punta posterior
de la corbata parecía querer meterse entre las tablas del jumper y los botones
de la camisa blanca amenazaban soltarse por la presión que los empujaba desde
adentro. El Margulis fingió observarla avanzar con mesura platónica. Alguien
debería enseñarle con paciencia a hacerse mejor el nudo, pensó.
285 1 —Va a lloverga –dijo de pronto la jovencita y el Margulis se sobresaltó.
286 1 —¿Cómo?
287 1 —Sí, ¿no tenés un paragüascazo?
288 1 El Margulis Sencillamente No Podía Creer Loque Scuchaba.
289 1 —No, mirá, nena, estás confundida...
290 1 —Confundariola.
291 1 El Margulis miró alternativamente a su alrededor y hacia su propia mesa,
donde la ensalada de frutas ya a esa altura Brillaba Por Su Ausencia.
292 1 —Me Llama Poderosamente La Tensión que seas tan mal hablada —dijo el
Margulis poniéndose el impermeable de profesor, un perramus dicho sea de paso
muy correcto, que llevaba siempre doblado en dieciséis para ocasiones
imprevistas como ésta—. Mirá, nena, ¿por qué no te volvés a tu mesita y me
dejás terminar de comer la ensalada tranquilo?
293 1 —Ya acabaste. Dale, vamos al cine... —dijo la jovencita pasando
concienzudamente un dedo por los bordes internos del vasito de plástico donde
habían estado mezclándose las peras, las manzanas y todos los otros cubos de
frutas de la ensalada del Margulis; después de pasar el dedo por los bordes
internos (dos veces) se lo acercó a la cara, lo miró como si se tratara de un
objeto extraterrestre y se lo metió en la boca: lo Chupó Con Fruición.
294 1 Al Margulis se le puso dura.
295 1 Miró para todas partes.
296 1 Uy, si bajaba el Lebenglik adiós gestiones culturales; por no hablar de
las quirománticas.
297 1 —Mejor andate... ¿cómo te llamás vos? —preguntó cambiando de parecer.
298 1 —Natassja Bovary —dijo la jovencita de jumper que se Chupaba el Dedito
con Fruición.
299 1 —Como Madame... —dijo el Margulis.
300 1 —Mademoiselle... —dijo la Bovary mordisqueándose el dedo con inocencia
estrernecedora.
301 1 —Trés bien! —pensó el Margulis, que no sabía decir más de seis palabras en
la lengua del Flaubert.
302 1 Cuestión que esa misma tarde fueron a ver la película de un actor
carilindo y bien mantenido que hacía de cocinero que zampaba tantas mujeres como
ensaladas de apio, manzana y queso, y de una actriz treinta y pico de años más
joven que él que se moría de leucemia o algo por el estilo cuando en la película
llegaba la Navidad y todas las calles se venían blanco lechosas y luminosas de
deseo.
303 1 Ahora, deseo, lo que se dice deseo (por no hacer evidente la lujuria) fue
el que se le amontonó al Margulis en la bragueta donde la pija parecía que le
iba a reventar. La nena que estaba sentada al lado suyo en las butacas, con el
jumper arremolinado en los muslos, era apenas mayor que su hija y se había hecho
comprar una paleta de caramelo clásica, toda llena de colores puros bien
dispuestos en líneas relativamente curvas por las que iba pasando la punta de la
lengua con descarada fruición. El Margulis la verdad que no podía ni prestar
atención a la película, tantas eran las ganas que le daban de meterle mano de
inmediato. Entonces la miraba de costado y se entretenía imaginando los efectos
que el glande provocaría sobre los cachetes de su cara.
304 1 Cuando la película terminó se sintió obligado a decirle que saliera antes
que él; era un papelón que lo vieran junto a un bocadito semejante; así que
prefirió simplemente seguirla, cuatro o cinco pasos más atrás, cruzando los
brazos por delante con las manos enchufadas en lo hondo de los bolsillos del
perramus. De paso la veía andar moviendo el culo con el jumper que se balanceaba
como las campanitas tubulares que hay en las puertas de entrada de algunas casas
de decoración (y también en lo de su mamá, recordó de pronto). La Natassja
Bovary caminó bamboleándose sin darse vuelta y con el codo derecho levantado
porque todavía le quedaba paleta que chupar; las medias grises hacían un
montoncito agradable por debajo de las pantorrillas, uno de los zapatos tenía el
cordón desatado. Antes de doblar por la rampa que iba hacia el exterior giró la
cabeza y le puso una carita que casi nos vamos en seco todos ahí nomás.
305 1 De modo que el Margulis tuvo que apurar el paso para no perderla. Pidió
permiso a los señorones y señoronas que disfrutaban comentando la película sobre
la alfombra pop, y atravesó casi de un salto el espacio que quedaba libre entre
las puertas de los baños y la luz que anticipaba la rampa de la esquina. La nena
lo estaba esperando paradita contra la pared con la paleta de caramelo en la
mano. Al Margulis ya no le importó lo que pudieran decir si lo veían. Se le tiró
encima y la apretujó contra la pared abriendo el perramus para que ella quedara
dentro de su tela. La paleta se cayó y quedó pegoteada entre la camisa blanca de
ella y la corbata de él; el Margulis la agarró por las muñecas estiradas encima
de la cabeza y le clavó los labios en los labios: le sorprendió un poco no
encontrar pegajosa la lengua sino dulce y movediza; ella movió la cadera para
adelante y se friccionó contra la pija que empujaba desde el pantalón.
306 1 Al cabo de un rato quedaron solos.
307 1 El Margulis la arrastró otra vez hacia el pasillo con alfombra pop y la
metió de un empujón al baño de hombres. Se sentó de un saltito en el lavabo y
sacó la verga del pantalón. Ella abrió la boca como para protestar pero él le
pasó la mano por detrás de la cabeza y la obligó a metérsela enterita. La chica
del jumper se sofocó pero no hizo ningún ruido de protesta. Por el contrario,
puso sus dos manos alrededor de la pija y la empezó a sobar como con un ritmo
interior. El Margulis apoyó entonces las manos en el lavabo y cerró los ojos, la
cabeza echada hacia atrás. Ella era muy buena haciendo eso. Ella era muy buena.
Antes de que le saltara la leche ella separó la pija. El lechazo fue a darle en
la pera y la camisa. Ella se rió.
308 1 Desde ese día el Margulis volvió a pensar en los motivos reales,
profundos, psicológicos, nerviosos por los cuales se había trastocado la trama
de sus días, pero en otro estado de ánimo. Para empezar, dejó de culparse por la
ruptura matrimonial. Algunos años antes, y con el nacimiento de los hijos, su
vida sexual había disminuido estadísticamente al punto de haber vuelto a tener
poluciones nocturnas durante los sueños más inesperados; había incluso retomado
los toqueteos solitarios con la mano enjabonada y en su modorra lúbrica empezó a
mirar, con desubicada ternura, a la gruesa muchacha cama adentro que consintió
contratar pese a que el presupuesto no era precisamente holgado como ella.
309 1 Por las mañanas, mientras hacía su trabajo en el estudio alejado del
corazón de la casa, se distraía mirándola colgar la ropa y la vista se le iba
por entre la tersura café con leche de sus brazos hasta que se le anunciaba una
erección. Le gustaba sostenerla como quien no quiere la cosa mientras la
muchacha completaba la carga de ropa húmeda en las sogas de la terraza. Con uno
que otro movimiento lento ella se secaba el sudor de la frente en el dorso de la
mano, apartaba un mechón de pelo negro que insistía en pegoteársele a la
transpiración de la cara y levantaba al fin la vista al cielo, maravillosamente
azulino y cálido. El Margulis se dejaba distraer por la contemplación y se iba
al mismo tiempo viendo a sí mismo como un judío del desierto, dueño de un caudal
de siervas entre las cuales una, justamente una muchacha de cara redonda y
mofletuda, con la piel de los brazos gruesos y fuertes lustrosa por el sudor, se
había dado cuenta de las intenciones básicas escondidas en los ojos azules de su
patrón; entreverado en el clasicismo bíblico el Margulis afirmaba un poco
todavía más su decisión de seguir mirando, recorriendo con felicidad el panorama
de la espalda ancha y la musculosa arrugada que confundía sus pliegues con los
naturales de la barriga de esa muchacha ahora esclava y silenciosa. No había por
cierto calzas en los tiempos de la biblia ni tampoco edificios circundantes, ni
vecinos curiosos asomando las narices para vigilar por entre las rendijas de las
persianas lo que personas más libres estaban por hacer en sus terrazas.
310 1 Pero hacer hacer, lo que se dice hacer, no era mucho lo que el Margulis
hacía. Indefectiblemente la muchacha terminaba de tender la ropa sin siquiera
darse por enterada de que había sido objeto de veneración, y su patrón retomaba
el trabajo con aburrimiento. Hacia media mañana la esposa de toda la vida
ocupaba el escritorio vecino después de saludarlo, aleteando los dedos, desde la
puerta del suyo y el Margulis fingía una concentración que no se correspondía a
la verdad del trabajo que estaba procurando terminar. Eso de trabajar junto a
una mujer, pared de por medio, era algo que había fantaseado desde que era muy
joven. Claro que en aquel entonces la ilusión de ese espacio compartido estaba
depositada en una pintora cuya historia trágica él había obtenido por retazos, y
de la cual se iba a enterar en detalle, de la manera más impensada y en un
contexto totalmente diferente, toda una vida después.
311 1 La pintora estaba enamorada de un hombre mayor con quien se entretenía
caminando por la playa sin rumbo fijo. Esos paseos eran como el libre fluir de
los cuerpos duros y los corpúsculos que flotaban en la espuma de las últimas
olitas antes de disolverse en la arena. Tirado en su lona, adolescente, el
Margulis veía el andar de la pintora junto al hombre mayor y deseaba estar en el
lugar del otro; lamentaba no tener todavía barba suficiente ni saber cantar
canciones en francés, que era con eso evidentemente con lo que aquel había
seducido a la misma que le gustaba a él. En el hostal para estudiantes donde
ambos pasaban ese verano la vida social no era infrecuente que los hombres de la
otra generación llegasen a ver el panorama; como en los asaltos donde siempre
obtenían más réditos los egresados del secundario, a quienes las chicas gustaban
coquetear y más aún si se aparecían con anteojos ahumados, también en el hostal
esas visitas masculinas eran de una rutina pasmosa. Hasta la aparición del otro,
mayor, el Margulis había venido desarrollando una estrategia de seducción
centrada en el genuino interés y en la piedad: en un rellano de la escalera la
pintora le contó, mientras se limpiaba los granitos de arena pegoteados en los
muslos con el toallón, que el año anterior había estado detenida por la
gendarmería; que prefería justamente por lo cercano del suceso no hablar mucho
sobre el tema pero que al cabo de seis meses la habían trasladado a una cárcel
común, de donde acababa de salir.
312 1 ¿Había sufrido ella vejámenes, abusos, humillaciones, maltratos? El
Margulis estaba encendido de curiosidad y quería consolarla a toda costa; la
veía hermosa con la mirada baja concentrada en los granitos de arena de los
muslos, y mientras la bien pulida uña del índice femenino hacía en esa zona su
labor minuciosa, quitando todo rastro de la playa desde la rodilla hasta el
borde de la bikini, en movimientos veloces y cortos, la historia fue elidiéndose
hasta desaparecer; con espíritu de cangrejo, su relato fue desprendiéndose de
ella hacia los oídos del Margulis sin carnadura precisa. Ninguna escena
específica, ningún motivo salía de la boca con ánimo de reconstrucción. Y al
mismo tiempo, todo lo que ella iba diciendo, quizás por el modo entristecido en
que se decía, fue adquiriendo un espesor patético. El Margulis hubiera querido
ser telépata para evitarle a la narradora el suplicio de contar.
313 1 Comenzó a planear, parsimonioso, el modo de alzarle la cabeza y de besarla
en la boca y en los ojos, donde luego iba a descubrir en un solo, incongruente
parpadeo, picardía y tristeza, un sofocado brillo de humor y un defecto físico
que le resultó de inmediato conocido y por eso mismo muchísimo más seductor que
todas las lozanías de los ojos que hasta ese momento de su vida había conocido.
El también había sido estrábico de niño, iba a querer decirle un rato después de
abrazarla, buscando transmitirle la emoción que le produjo ese reconocimiento.
El había sido objeto de burlas durante toda su infancia por los exagerados
anteojos que tuvo hasta los doce años, y que su madre insistió en encargarle
cuando tenía seis oponiéndose a la opinión de su marido quien consideraba, desde
su cruento saber de médico, que la única solución para el problemita óptico del
hijo menor era la intervención quirúrgica.
X
Con la muerte del maestro1, se aclara la intención que sostiene la trama…
281. Pero fue todavía un año después, y no sé si un poco más también, cuando al
Margulis comenzaron a acusarlo de todo un poco, y por motivos bien disímiles. No
parece tampoco exageración consignar que las críticas contra él sobrevolaron
desde los cuatros puntos cardinales.
282. Desde la izquierda de su casa, algo así como el noreste, un vecino que lo
tenía entre pelada y ceja desde que el Margulis había estado en la televisión
descerrajó sobre él una feroz insidia: con un punzón perforó meticulosamente los
neumáticos del auto que entonces tenía el Margulis sumiéndolo en un estado de
ansiedad y persecución que le duró varios meses. Resultó que el programa de
televisión al que aquel había ido era el más repudiado por el progresismo local;
una antigua amante acaso despechada le había conseguido la invitación y siendo
como él era en ese tiempo animoso y ávido de exhibición mediática, aceptó y
durante horas toleró insultos y regodeo ajeno. Sin embargo el día que llegó al
estudio de televisión se sintió un ídolo. Su madre, cuya sensibilidad seguía
siendo igual de fina aunque sus manos ya no eran tan hermosas como antes, seguro
iba a estar orgullosa de él; desde jovencita había soñado ella con aparecer en
la tapa de la Radiolandia y si bien hacía mucho tiempo ya que no se ocupaba de
la formación de su hijo seguía la carrera de éste, como se dice (voy a citar) a
pies juntillas (fin de cita): aunque el Margulis nunca más había vuelto a
sentarse frente a un piano –no lo invitaron a la televisión precisamente para
tocar ese instrumento-, ella no perdía la esperanza de que el prodigio que ella
había parido renaciese, bueno (cito) de sus cenizas (fin de cita).
283. Y también su novia de entonces, una muchacha algo agriada de carácter por
exceso de voluptuosidad reprimida, y que a decir verdad ya no era su novia pero
igualmente aceptó acompañarlo a su cita con la fama.
284. Lo que se encontró en ese estudio de televisión no era como nada que el
Margulis hubiera podido imaginarse. En su recuerdo estaba la imagen de uno que
había visitado veinte años atrás, cuando con su colegio fueron a un concurso de
preguntas y respuestas; para empezar, el conductor de aquella primera vez era
mucho más simpático y usaba peluquín; luego, en ese otro programa los
participantes eran un grupo eufórico y deseoso de hacer morisquetas frente a las
cámaras con tal de ganarse un viaje de fin de curso al Bariloche nevado. Y
además había un jurado de notables ecuánime y respetuoso. Claro es que el
Margulis no se acordaba que a último momento él había desistido de responder la
ronda de preguntas sobre culturas oriundas de la América precolombina, azuzado
por un repentino escándalo en los intestinos que lo obligó a salir prácticamente
corriendo rumbo a los baños del canal. Sus compañeros nunca se lo perdonaron
pero por suerte para ellos el Chuchusky había logrado responder a casi todo con
maravillosa agudeza. Casi todo. Porque cuando el conductor, sonriente y
exultante, anunció el bloque final el Chuchusky empezó confundiendo diaguitas
con araucanos y luego, bochornosamente, en el repechaje, a los misérrimos,
salvajes nahuatl con los orgullosos y pacíficos incas. El Margulis tenía el tema
perfectamente preparado. Había leído al Salvador Debenedetti y podía decir sin
sombra de dudas, sin temor a equivocarse, sin repetir y sin soplar todas y cada
una de las principales características de las culturas de tiawanacu o tihuanaco,
de chavín de huantar, de la tahuantisuyo o incaica, de la nahuatl o azteca.
Porque inca era. Era inca. No azteca o nahuatl como dijo el comelibros del
Chuchusky. Inca era. Como los duraznos en almíbar que no tendría que haber
comido tantos, él, la noche anterior, pero bueno.
285. Cuestión que cuando la vida le ofreció ponerlo ya de adulto frente a las
cámaras de televisión el Margulis lo tomó como una reinvindicación histórica. Lo
sentaron maquillado y solitario junto al conductor, frente a una gran mesa de
vidrio, y un instante antes de que se encendieran las tremendas luces que lo
comunicarían con millones de televidentes en vivo y en directo tuvo un último
pensamiento para el Chuchusky. Y con el Chuchusky se acordó también del Origone,
y con el Origone del Echegarya Maurin, y con el Echegarya Maurin del Con Geniol,
y ahí le vino a la memoria el Kuitca. Ah, pensó exultante el Margulis cuando se
encendieron las tremendas luces que lo comunicarían con millones de televidentes
argentinos, exultante como exultante había estado aquel antiguo conductor que
preguntaba por los precolombinos, si el Kuitca lo viera…
286. No sabemos, no podemos decir si el Kuitca lo vio. Nosotros lo vimos. Qué
papelón. Y no una sola vez. Empujado por un misterioso afán de seguir siendo
vapuleado ante millones, el Margulis regresó a la escena mediática dos días
después (la primera aparición había sido un viernes); no fue atenuante que se
hubiese recluído todo ese fin de semana a estudiar, con pelos y señales, la
causa judicial sobre la que había estado trabajando como un poseso durante dos
años; una inutilidad absoluta que tuviera, como tenía en el momento del
verdadero repechaje de su vida pública, una carpetita número 3, con tapa
plástica y folios robados a sus alumnos de la Universidad, llena de
documentación: verbigracia, la fotocopia de una ficha odontológica premortem que
mostraba, indubitablemente, su coincidencia total con otra tomada al occiso
después del accidente, y que también tenía en su carpetita número 3; por no
hablar de otros materiales, bueno, periodísticos, que realmente no viene al caso
mencionar ahora, como no vinieron en aquella jornada expiatoria donde lo único
que pudo hacer, pese a toda su buena voluntad y sentido de revancha, fue quedar
para la posteridad como un desaforado sin sentimientos, un menesteroso, un
improvisado, un mentecato, un pollerudo, un pusilánime falto de palabras, un
chambón de cuero duro, eso sí, aunque a juzgar entre otras por la reacción de su
vecino cejijunto y calvo de la casa de la izquierda, también un vulgar adláter,
un chupamedias o empleaducho, en fin, de lo peor del oficialismo nacional.
287. Mala imagen.
288. Absolutamente no soñada.
BLANCO
BLANCO
BLANCO
BLANCO
BLANCO
289. ….lo catapultaron no diremos que desaforadamente pero sí con firmeza hacia
el (cito) ninguneo (fin de cita). Resentido por la situación, vengativo, el
Margulis atacó desde los espacios impasibles del (cito) periodismo digital (fin
de cita).
290. Pese a -o quizás debido justamente a- que el nombre con el que se conoció
primeramente a esta nueva modalidad de la Era de la Intuición, con la que
cualquier adolescente de hoy en día se encuentra familiarizado, fue resistido en
buenas zonas del mundo en los primeros años del siglo XXI, el Margulis adhirió a
la nueva tendencia con la pasión de un cruzado. Así acumuló en su computadora
personal numerosas frases de apoyo, que sentía dirigidas personalmente a él.
291. Cito a un David de Ugarte español: Las asociaciones de periodistas declaran
como objetivo "luchar contra el intrusismo profesional", conocidos comunicadores
braman contra los "los que pretenden hacerse pasar por periodistas" en la web y
nuestras saturadas facultades alertan a sus estudiantes de que sus futuros
puestos de trabajo están en peligro no porque el modelo informativo del siglo
pasado esté en crisis, sino porque hay quien hace periodismo sin ser periodista.
La Bitácora de las Indias, con 12.000 lectores y tras casi dos años de vida se
ha convertido en uno de los objetivos favoritos de los enemigos del "intrusismo"
(39) (fin de cita).
• a una Dolores de Zorraguieta argentina, radicada en la ínclita ciudad de Nueva
York (cito de memoria): la literatura de la Internet está revolucionando el
mercado editorial (fin de cita). No era precisamente una mujer bellísima la
Zorraguieta, y al Margulis en rigor le resultó curioso que hablase un castellano
con acento neoyorquino, esa curiosa manera de referirse a los dones y perdones
del momento como si explicara las bondades de un jabón en polvo. Pero le alegró
sentir que incluso mirando aburrido por la ventana enrejada, incluso
deteniéndose a contar cada uno de los despellejamientos de pintura en el techo
de tejas rojas de su casa, ahora podía estar no ya en la periferia de la ciudad
sino de la del centro cultural del mundo.
• a una Dolores de Zooraguieta argentina, radicada en la ínclita ciudad de Nueva
York (cito textual) Hola Alejandro,
Gracias por lo de las felicitaciones. Llegué a NY y me
enfermé. Pero ya estoy mejor.
Me alegro que el curso te haya parecido interesante.
Visité algunas de las direcciones que me diste, aunque
debería leer más de tus escritos, para tener un sabor
más claro de tu trabajo literario. Tu trabajo plástico
es muy atractivo.
También visité www.ayeshalibros.com.ar. Un proyecto
interesante. La idea de publicar online el trabajo
inédito de escritores está revolucionando la industria
editorial. Como dije en mi curso es una manera de que
los creadores se apropien de medios de difusión a
través de la Internet y subvertir la verticalidad en
este caso editorial/escritor.
Seguimos en contacto, un abrazo,
Dolores (fin de cita).
292. Y se sintió una vez más contento de ser él también un gusano en la Big
Manzana Internética pese a estar viviendo lo que se dice (cito) en el culo del
mundo (fin de cita).
293. No podremos decir ahora si fue debido a su pasión por las nuevas
tecnologías o a su presencia en el programa más repudiado por el progresismo
vernáculo; tampoco si los furores del vecino de la izquierda se debieron a una
causa de estricto corte barrial. Lo cierto es que por la misma época en que una
y otra cosa sucedía, la soledad del Margulis dio en aumentar. Vivió nuevamente
estados de tristeza y desánimo como en su adolescencia. Volvió a llorar mucho,
sobre todo por las noches, sin emitir sonidos. El trabajo comenzó a fatigarlo y
odió todo movimiento que tuviera que exigirle a su cuerpo, reblandecido un poco
por los años, algo más que subir o bajar las escaleras de su casa. También los
cambios meteorológicos lo afectaron como hacía tiempo no le pasaba: si llovía
porque llovía, si hacía sol porque hacía sol, si estaba nublado porque estaba
nublado. No hubo lo que se dice (cito… no, mejor elido) que le viniera bien (fin
de elisión).
294. Clima.
295. Tuvo nostalgias del clima de libertad que vivía en su adolescencia, una
ilusión desde todo punto de vista porque cualquiera que haya leído la semblanza
que sobre él publicó su hijo homónimo (40), obtenida a partir de revisar sus papeles
bien guardados.
296. Cito: Pegado a la tapa de un cuaderno con espiral hallé también un recorte
de revista sin fecha pero amarillento. El papelito, arriba, en letras cursivas
blancas sobre fondo negro, decía:
Un conflicto personal
Abajo, en tipografía más chica, Bodoni:
Resuelto por el psicoanalista.
El artículo en cuestión:
JOVEN DEPRIMIDO
"Vencido, de Capital, pregunta: "Soy joven, de 25 años. Deseo vivir. Sin
embargo, la vida me es imposible. Si trabajo tengo ganas de hacer abandono del
mismo y retirarme a casa para acostarme y no levantarme por varios días.
Haciendo fuerza de voluntad termino la tarea pero parece que me falta ánimo para
emprenderla y no dejarme vencer por las penas y la tristeza. Deseo sacarme esta
duda de una vez por todas. ¿Estaré verdaderamente vencido? ¿Habrá llegado mi
hora?"
Fue premonitorio.
Alejandro Margulis
297. (fin de cita) podrá deducir cuánto de verdad y cuánto de exageración
autocomplaciente y narcisista hubo en estos sentimientos.
298. Ocurrió que también la derecha, bien peinada y hasta con barbas renacidas,
para no ser menos, la emprendió contra su (cito) genio y figura (fin de cita).
El corazón del brulote provino en este caso de los escritorios libérrimos del
diario de los Mitre, y entre sus más jóvenes y celosos editores surgió hacia el
Margulis la acusación de que era (cito) un acosador sexual (fin de cita). No
entonces (cito) un play boy (fin de cita) sino, repito (y cito), un vulgar
baboso con alucinaciones misóginas y capacidad de dolo (fin de cita) había sido
él en realidad durante los años de su estadía en el supuesto vergel, también
llamado (cito) tribuna de doctrina (fin de cita). ¿Cómo llegó esa información a
sus
oídos?
299. Pero antes de contar esto se hace preciso consignar un nuevo
descubrimiento. O quizás un nuevo invento ﴾(si, como observa Bateson
(41) , la
gravedad no fue en rigor un descubrimiento de Newton sino un invento, puesto que
el físico (cito) fingó (fin de cita) una idea: es decir (cito) fabricó (fin de
cita) , como bien se desprende del latin moderno, ya que la palabra en cuestión
proviene del tal, hasta formar el sustantivo verbal (cito) fictio (fin de cita),
de donde si Bateson extrae la palabra (cito) ficción (fin de cita), por qué no
nosotros, qué joder)).
300. Inventemos quizás entonces, es decir ficcionemos, el hallazgo en cuestión.
301. El hallazgo en cuestión son cuatro hojas tipiadas a máquina en papel de
avión, firmadas por el ya algunas veces hemos mencionado en esta historia como
El Artista Plástico Guillermo Kuitca, en las cuales éste explica, explicó los
motivos personales por los que decidió, decide dejar de publicar una revista de
difusión de escritores inéditos llamada, a su juicio quizás algo
caprichosamente, Ayesha. No reproduciremos ahora la totalidad de ese texto, que
por otra parte puede ser consultado por cualquier interesado en seguir ahondando
aún más este panegírico.(42)
APENDICE DOCUMENTAL
Piaget, sí Piaget
Ese hombre jamás había visto a Piaget haciendo fotos de sus muertos, pero en
cambio conocía la sordidez del poder: ese hombre había ordenado cosas horrendas,
cosas por las que estaba muy bien que fuera juzgado. Muy temprano por la mañana,
con frío de cementerio, ese hombre se dejó colgar una bufanda gris al cuello y
también anudar una corbata roja como paladar de perro fino, y mientras una mano
femenina se ocupaba de acicalarlo de un modo indecorosamente amoroso, en la otra
punta de la ciudad Piaget terminaba, decidido, de sacar el último de los sobres
rectangulares y angostos de la caja donde los había tenido guardados desde
veinticinco años atrás; respirando con dificultad se entretenía Piaget en
despegar uno por uno las bordes secos de cada uno de los sobres con sus dedos
gordos, adentro de los cuales había tiras y tiras de negativos que fue sacando
despacio, mirándolas luego a contraluz y sosteniéndolas con la pinza de depilar
bajo la luz de una lámpara, una de la que ya sólo quedaba, a esta altura de la
vida, una base repujada en cobre, que imitaba una roca o piedra gigante, sobre
la cual se agitaba con las alas extendidas un águila voraz. La lámpara del
televisor en la casa de Piaget permitía que se vieran, en tanto, las imágenes
del hombre que no era ya ni lobo ni chacal, entrando con aires de cordero a los
tribunales federales para ser notificado de la detención en su contra que -decía
un locutor- había sido "dispuesta a pedido de la Justicia española por los
crímenes de la dictadura que encabezó"; y al escuchar esa frase Piaget suspendía
un instante la morosa observación de los negativos a contraluz, la morosa visión
de unas formas oscuras de mujer tendida sobre el pasto, de noche, mal cubierta
por una campera de lana o cuero, los ojos abiertos y la boca cerrada, la sangre
ya seca distribuida por la frente, las cejas, los pómulos y la cara inexpresiva
de tan muerta; como inexpresiva pero viva se veía, en la pantalla del televisor,
la cara de ese hombre al que le habían comunicado que pronto volvería a ser
juzgado: ninguna, ninguna emoción: ninguna ahí, en la puerta exterior del
juzgado; como ninguna había habido o hubo en el interior -nosotros lo vimos- del
despacho donde ese hombre estaba o había estado como entretenido mirando sin ver
a los amanuenses, figurándose quizá que las caras de los amanuenses eran en
verdad los rostros muertos de sus viejos enemigos, formas lúgubres que no había
visto fotografiar pero sí trasladar, en varias ocasiones, con los ojos cubiertos
por vendas o las cabezas enteras con capuchas, mudados los colores de sus pieles
desde el rojo ira al blanco macilento, como frutas podridas que poco a poco
irían recuperando, pensaba él, su espíritu original gracias a la eficacia de los
tormentos: delincuentes, volvía o volvió a pensar ese hombre mientras su abogado
hacía la presentación judicial, se les había subido hasta los labios la
verdadera luz de la justicia y la verdad. "De verdad hay que terminar con la
fruta podrida, Piaget", le dijo Feced al fotógrafo en más de una ocasión,
citando a conciencia a su comandante en jefe; y mientras lo decía miraba
respetuosamente, en el C.C.D. del Servicio de Informaciones de la Jefatura de la
Policía Provincial, la foto (enmarcada) del hombre que veinticinco años después
iba a ser visto por millones de seres a través de la televisión entrando y
saliendo de los tribunales federales para recibir, quizá al fin, su merecido
castigo. Entre la visión de la pantalla del televisor y la de los negativos al
contraluz de la lámpara con un águila en su base –águila voraz abierto el pico,
águila comedora de intenstinos- Piaget no supo con cuál de las dos imágenes
quedarse. Sin embargo los modos y las circunstancias en que lo había mirado por
primera vez, al ahora viejo y macilento (de lejos, en el palco, arengando a los
hombres de su estirpe, habituándolos a la dureza con el ejemplo de su magra
postura) se le vinieron al recuerdo con más presencia que las imágenes de la
realidad o del presente, recordando pero sin mirar se le vinieron los recuerdos;
como mirando pero no recordando estaría en cambio ese hombre ahora, imaginó, en
el despacho del juez federal; manteniendo rígida su cabeza plateada con prolija
gomina, imaginó; acusando recibo de cada información aunque sin dejar rastro
visible; es decir: con la misma rígida solemnidad que lo había hecho odioso y
temido, y tal vez enfermizamente amado por una mujer magra, piadosa y tan
embrutecida como él. Si a algo se parecía ese hombre entonces no era a un lobo
ni a un chacal, pensó con nosotros Piaget al verlo salir del despacho del juez
federal, en la pantalla del televisor; distraído de sus fotos, a Piaget ese
hombre se le figuró una laucha, una laucha a punto de clavar los dientes en la
mano del gato que la estaba molestando; una laucha de cola larga y fibrosa,
apretadas las manos contra el pecho en estado de alerta, lista para huir desde
la luz que dejaba su boca de cloaca mal cerrada o tal vez, bueno, del bajo fondo
de un ropero en una casa de Floresta. Y en efecto, ese hombre que dejaba pasar
los minutos completamente inmóvil mientras escuchaba al juez leerle su aviso de
sentencia en realidad se sentía por encima de las pasiones de las personas
normales: ya dios lo había juzgado y perdonado, se decía a sí mismo, por los
actos erróneos posibles, exceso a su criterio de celo en el cumplimiento del
deber; un profesional de las armas como él se sentía, quiero decir, más fondo
que figura de la gran escena de la historia nacional, modestia del hombre de
armas que asegura creer hasta último momento que simplemente ha cumplido con su
deber. En cambio en el pasto, pensó Piaget, habían sido figuras y no fondo bajo
su lente, pero por cierto sin poder elegirlo, las siluetas de los militantes
masacrados. Un repentino olor a mierda le llenó en ese momento la nariz. ¿De
dónde venía? ¿Del ropero de su pieza en la terraza de su casa en el barrio
porteño de Floresta? ¿Del bajo fondo del ropero donde guardaba las cajas
muertas? ¿De Tucumán? ¿De Rosario? ¿Del pico abierto del águila comedora de
intestinos en la base de su vieja lámpara repujada en cobre? Cuanto más rápido
lo tuviera a él de vuelta en casa -así le gustaba referirse a su provincia el
general tucumano Acdel Vilas-, mejor. Pero Feced movió sus influencias y Piaget
quedó bajo su administración en el C.C.D. del Servicio de Informaciones de la
Jefatura de la Policía Provincial en Rosario.
Piaget discurre sobre el barroco fúnebre
|
—Ahora dígame, Piaget, ¿usted realmente piensa que Echeverría leyó los Anales de
Tácito antes de sentarse a escribir El matadero? |
"¿Ya estai güeveando otra vez, ñato?", me dice el Jockey. Pero yo no lo escucho.
|
—No, no hubo tal cosa. La cosa se les fue de las manos. Fue un caos esa masacre,
querido Piaget. Son cosas que pasan. |
"Largá el porro, ñato...", me dice el Jockey. Pero yo no lo escucho.
|
—El problema de los argentinos es que no conocen los términos medios. Las cosas
no son nunca blancas o negras, Piaget, ¿no cree? |
De modo que Piaget se sintió honrado con el interés del jefe de los gendarmes rosarinos. No le importó tener que empezar a viajar al C.C.D. del Servicio de Informaciones de la Jefatura de la Policía Provincial en Rosario para ampliar, bueno, su cartera de clientes. "Creo que en esos años hice las mejores fotografías de mi vida", me dijo cuando finalmente lo encontré, pero ése es más bien el cuento del Tigre que el de los lobos. Del Tigre porque nos encontramos en el Tigre, ¿no es cierto? Bueno, ya. Salgamos de acá. Juira. "Es notable cómo algunos artistas funcionamos mejor bajo presión", dijo. Yo quería ver las famosas fotos de las monjas francesas pero él se hacía el misterioso. "Tengo otras más interesantes para mostrarte antes", murmuró en voz baja. Estábamos en un bar de la estación de tren de San Fernando (San Fernando, no Tigre); su hija de quince años había ido con él... ¿o no era tan grande entonces? Cuando él tenía apenas veinte años, la edad más linda... Uno sabe que es potente y que la muerte no va a venir a visitarlo por mucho que haga contorsiones de vedet delante de la cámara... Piaget había llegado a esa edad en cierta forma a un callejón sin salida desde un punto de vista profesional. Antes incluso de salir al ruedo -como quien diría- de su propia personalidad como creador, las circunstancias de la vida lo habían obligado a tener que trabajar para comer. No lo estoy justificando. Ni yo. "A mí el trabajo me gustaba y las pocas experiencias previas (ese concursito escolar, las escenas familiares) no habían salido, bueno, precisamente para enorgullecerse", me dijo hablando frente a su hija como si se refiriera a obras maestras. Quince añitos tenía la hija, en el 91. Tal vez dieciséis. Un bomboncito la hija. No dejaba de mirarme con sus ojos achinados. Rubiecita teñida pero bueno. Lindos rulos. Y en uniforme de colegio. Mmh. Pollera tableada gris. Suéter azul marino. Llenito el suéter. Llenitos mis ojos con la hijita de Piaget. Afortunadamente para el mundo no quedaron casi rastros de esos primeros experimentos formales; en su memoria en cambio se acumularon las expresiones del primer público que los vio. Es interesante comprobar cuántas veces una madre o una tía, por poco que sepan de arte, descubren intuitivamente la boca de la picada por la que se ha encaminado la sangre de su sangre. "Incluso contra lo que yo mismo sentía (vergûenza no de la intención sino de los resultados) ellas me alentaron a seguir el camino p