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Fin de cita

PARTE DOS

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[NOTA: Se han respetado en lo posible las diferentes fuentes y formato de texto utilizado por el autor. Para una correcta visualización del documento se sugiere bajarlo en formato doc. Todas las ilustraciones pertenecen al autor, quien es escritor y artista plástico, salvo la ilustración de tapa del libro "Papeles de la mudanza", obra de Guillermo Kuitca (1988). La obra se ha desdoblado en dos partes a efectos de la publicación web.]

INDICE

V. Se impone un patrón, un orden, una reglamentación (¿se impone?)
VI. Uno o dos años después, se une uno a la experta ex citada
VII. Todo el asunto se desplaza de Buenos Aires a Miami, y vuelve
VIII. Llegando a un momento de cruce, reaparecen las jovencitas
X. Con la muerte del maestro1, se aclara la intención que sostiene la trama…

XI. Casi epílogo

 PARTE DOS

V
Se impone un patrón, un orden, una reglamentación (¿se impone?)

127. Una mañana hace no mucho la misma mujer baja y muy brillante que lo había elogiado en otra época -(la cito) ¡Mi periodista preferido! (fin de cita : porque así le dijo la muy falluta y el Margulis se lo tragó)- lo malquistó ante el auditorio más exigente e influyente del planeta, que hablaba en inglés.

128. —Lo que necesitamos es un nuevo patern de conducta... —decía él sin mirar el diccionario.

129. Para qué.

130. La intelectual que estaba degustando una copa y/o ingiriendo un canapé de jamón cocido y ananá y/o un bocadito de pan con semillitas de sésamo y/o un sangüichito de miga de huevo duro y remolacha y/o un... se quedó con la copa y/o el canapé y/o el bocadito y/o el sangüichito en la mano y espetó como en el barrio dicen (cito) a lo perra nomás (fin de cita) haciendo chasquear la lengua para que el Margulis escuchara claramente las dos tés:

131. —No es patrón, es pattern.

132. —Por eso digo, un parámetro...

133. —No es parámetro, es patrón.

134. —Pará, pará... —fue lo que él no dijo.

135. Pero el mal ya estaba hecho.

136. El bochorno se le vino encima delante de todo el mundo y quedó en evidencia su ignorancia.

137. Sintiéndose repentinamente acongojado y viejo, que la verdad es que ya estaba empezando a vivir rodeado de las (cito) muchas incomodidades (fin de cita) propias de una edad mayor; recordó que ya hacía un buen tiempo había empezado a actuar (cito) como un miserable (fin de cita), absteniéndose (cito) de lo conseguido (fin de cita) y temiendo usarlo. De una forma realmente (cito) tímida y con frialdad (fin de cita) y dando (cito) largas a los asuntos (fin de cita) al mismo tiempo que cifrando (cito) grandes esperanzas (fin de cita) y padeciendo de pereza y ansiedad frente al (cito) porvenir (fin de cita). Quejoso de todo y por todo, había caído en la meneada costumbre de hacer (cito) la alabanza de aquellos tiempos en los que él era un niño (fin de cita) sin darse cuenta de que a la vez que se autoelogiaba (corrijo) que se denigraba había reiniciado la ancestral dedicación a (cito) reprender y censurar a los que son más jóvenes (fin de cita).

138. Los años, al transcurrir (robo) habían traído consigo muchas cosas buenas, pero al retirarse se habían llevado muchas otras más. Y lloró esa mañana el Margulis, saliendo como se dice (cito) con el rabo entre las patas (fin de cita) del docto auditorio de Norteamerica al que lo habían invitado especialmente para dar una conferencia sobre una materia resbaladiza y cándida (28). Se daba cuenta de lo inútil de su esfuerzo: si de joven había querido encarnar el papel de un anciano ahora que estaba maduro, que ya tenía, bueno, lo que por caso se dice (cito) una vida hecha (fin de cita), quería encarnar el triste papel de un niño en edad escolar.

139. En el lujoso hotel donde lo habían alojado, inmune a la belleza del lago y a los graznidos disonantes de los patos de cabeza verde, se reprochó por no haber sabido (cito) quedarse en los rasgos característicos de su edad y apropiados a ella (fin de cita).

140. Y sin embargo en el diccionario (29) acerca de pattern (que en efecto, llevaba doble t) se decía que era justamente lo que él había querido decir; o sea (cito): modelo, muestra, diseño, dibujo (fin de cita) e incluso (cito) patrón, norma, pauta (fin de cita) y por extensión, conducta.

141. ¿Cómo era entonces posible que esa mujer bajita y petulante hubiera logrado mortificarlo tanto? ¿Era porque él había pronunciado la palabrita en cuestión con errores de ortografía?

142. Ortografía fue de hecho lo que no (?) le faltó a Molina cuando, llevado por un impulso inclasificable, decidió agrupar a sus muchachitos según las letras del abecedario. Ni el Margulis ni ninguno de sus amigos de la colonia del club Harrods Gath y Chaves se sorpendieron porque ese sistema era el habitual en las aulas donde pasaban el resto de los días del año. El Margulis daría oblicuamente cuenta de esta compulsión al reparto de seres en su primer libro (cito): En la otra escuela eran rosaditos como yo (30) (fin de cita) . Pero ahí no terminaría la cosa. Muchos años después, y antes de viajar a Norteamericana para intentar lucirse ante los académicos, mientras veía una película argentina del director Marco Bechis (31) -argentino pero exiliado en Italia- empezaría a entender la lógica del funcionamiento burocrático de los represores de su país, para quienes un disidente político era antes que nada un número de serie que había que clasificar de algún modo.

143. Visto bajo esta lógica funcional, se dijo el Margulis mientras en la pantalla del televisor (había alquilado la película) transcurría una escena de escritorio -el encargado del lugar de detención, campo de exterminio, cárcel o chupadero rodeado de planillas en las que iba consignando quiénes eran trasladados hacia la muerte y quiénes permanecerían encerrados un tiempo más-, la represión de los milicos hijos de puta de la dictadura (cito) no fue quizás otra cosa que un gran desborde administrativo (fin de cita). Un grupo de soldados preparados mentalmente para vencer a un enemigo desde el primer día que ingresaban a la carrera militar había tenido, se dijo el Margulis, por primera vez en su historia la posibilidad de pasar al acto lo ardua, potencialmente aprendido durante años. Ineficaces como eran en casi todos sus emprendimientos de guerra, gracias a la (cito) subversión apátrida (fin de cita) iban a tener la ocasión de demostrar que ellos también podían hacer las cosas bien a partir del 24 de marzo de 1976.

144. ¿Demostrar ante quién?

145. Ante los militares norteamericanos que les habían enseñado todo lo que sabían acerca de movimientos insurgentes, en la Escuela de las Américas que funcionaba en la República de Panamá. Es decir, se dijo el Margulis de pronto, mientras la escena de la película del director argentino pero exiliado en Italia salía de la pantalla y dejaba lugar a la siguiente (un avión despegando y volando sobre el Río de la Plata); es decir, se repitió el Margulis repentinamente avergonzado de sí mismo, que yo y esos milicos, esos milicos y yo, algo en común tenemos.

146. ¿Qué cosa descubrió el Margulis que los militares asesinos de la década del 70 y él tenían en común?

147. El público, se dijo.

148. No.

149. Los examinadores.

150. El deseo de ser evaluados positivamente por los examinadores.

VI
Uno o dos años después, se une uno a la experta ex citada

151. El día que Rusia Se Transforma en el Principal Comprador de Peras y Manzanas de la República Argentina, el Margulis retoma su relato aletargado. Es decir, me toca nuevamente a mí, Ernesto Mientes, dar cuenta de ello. Uno o dos años han pasado desde mi anterior ponencia y siento la obligación de disculparme ante mi auditorio por los temas que sin duda dejé excesivamente abiertos hasta recién nomás (en el orden de su lectura, señores, señoritas, señoras). Antipatía debo confesar que es lo que produjo, bueno, en mí, la revelación de los parámetros de quien fue mi objeto de estudio predilecto. En honor a la verdad, antipatía y cansancio, ya que el recorrido por sus papeles inéditos me impidió seguir pensando por mí mismo. Ahora, nuevos elementos vienen a sugerir otra vez la picada por la que debo seguir el tránsito que me he propuesto, por no decir la caza o persecución, de ese yo del Margulis que se ha ido tornando más y más esquivo. Son tan cristalinos que me avergüenza no haberme percatado de ellos antes. Me inhibe un poco no saber qué saldrá de todo esto pero quiero, necesito seguir. Me parece por otra parte necesario aclarar que nada tiene que ver con mi decisión de retomar la cuestión el hecho de que la experta foránea Miss K. Belbet acabe de publicar en Simon & Schuster su Tratatus Margulius, obra que viene a saldar la cuenta pendiente que la academia norteamericana tenía para con la obra de mi amigo: sí, mi amigo, lo asumo. No niego tampoco en este giro la importancia de la misma aunque el breve retrato que del Margulis hace ella en el introito (32) -(cito) ... ya sin el ropaje de sus cuentos, sólo cubierto por un cinto de cuero con tachas alrededor de la cintura, tan viril, peludo, nervudo y suave... (fin de cita)- sugiere un grado de intimidad que me resulta difícil de aceptar. ¿Qué clase de fascinación mi amigo lograba provocar en las mujeres? ¿Cómo era posible que aún ostentando un pensamiento absolutamente incorrecto, políticamente hablando, sus dichos nunca fuesen tomados en cuenta en relación directa con los hechos que insinuaban? Alguien (algún seguidor secreto de su breve obra édita) podrá objetar que casi en ninguna de sus páginas pueden encontrarse vestigios o pruebas de su asimilación alegre a las doctrinas del horror; podrá ese alguien acusarme de tergiversar sus datos biográficos para sustentar mi tesis. Lo acepto. Y enfrento el riesgo. Sin embargo hay sucesos -los hubo- que estimo cubrirán todos los huecos que la confusión general impide visualizar. Me cuesta mucho dolor hacer este trabajo; sé que no es de hombres de bien despellejar así el recuerdo de quien confió en nosotros. Pero pese al remordimiento que seguramente terminaré sintiendo cuando haya concluido, el deber de dejar para la posteridad una imagen límpida de este autor se me impone, ineludible. A veces los académicos debemos sacrificar nuestros afectos en honor a la materia que nos eligió para que la trabajemos. Porque igual que los artistas nosotros, herederos de la episteme, no elegimos realmente los asuntos sobre los que investigar sino que nos abandonamos a ellos: los tópicos llegan y con ellos se juega nuestro nombre y nuestra ciencia; poco vale pretender mantener en alto la llama de la amistad cuando está en juego la seriedad, el rigor del conocimiento. Hasta mi madre, una ignorante maestrita sarmientina, podría entender este movimiento del alma. Mi padre no sé; mi padre es una historia en sí misma.

152. Mejor volvamos al Horacio.

153. Cito: O la acción transcurre en escena o se cuenta una vez pasada (fin de cita). Y un poquito más adelante (cito): Lo transmitido por la oreja excita menos los ánimos que lo que es expuesto ante los ojos, que no le engañan y que el espectador mismo se apropia para sí; sin embargo, no (se) (el Autor no, ¿no es cierto?) presentará en escena hechos que deban transcurrir entre bastidores y apartará de los ojos del espectador gran número de cosas que pronto relatará la elocuencia de un testigo presencial (fin de cita).

154. ¿Alguna duda alguien acerca de quién ha sido el testigo de esos hechos impresentables de la vida del Margulis?

155. No.

156. Yo no.

157. Error.

158. La mujer delgadita y demasiado culta. La K. Belbett, sí. ¡Ella! Ella haciéndole (cito) chas-chas en la cola (fin de cita) al Margulis en los tiempos en que fue a visitarla con su primer librito bajo el brazo (bueno, no era un libro tan gordo). Ella recibiéndolo en su atestada y no muy limpia oficina de aquellos primeros años de la democracia; ella insinuando que el lenguaje utilizado en algunos de esos cuentos (33) no había estado lo suficientemente trabajado. Los argumentos con que el Margulis procuró convencerla de la eficacia de sus textos me llegaron envueltos en la turbia niebla del (cito) correveidiles (fin de cita) universitario. También sus besos, sus intentos de. El me dijo (cito): Hubiera hecho cualquier cosa en esa época con tal de que una crítica literaria como ella avalara mis primeros intentos; sí, eso también... (fin de cita). Así se explica que también circularan luego ciertos detalles, bueno, de su comportamiento en los años anteriores a la caída del régimen militar, cuando a pesar de vivir en el mundo como un desgarbado adolescente se daba maña para sobrevivir en lo que dio en llamarse (cito) La Resistencia Cultural (fin de cita) al frente de una revista en papel celcote de nombre epifánico y algo místico. Algunos pocos ejemplares se conservan en colecciones particulares y en internet.

159. Ahora sabemos (yo en principio) que los vínculos con el poder en el época del colegio secundario fueron durante su adolescencia la verdadera escuela en la que adquirió (cito) cintura (fin de cita) para interrelacionarse con figurones peligrosos y otros energúmenos de su época de estudiante. Interesante resulta evaluar el modo en que contemplaba ciertas precocidades de sus compañeros: el Gordo Reynoso, por ejemplo, el día en que lo nombraron preceptor alumno durante la ausencia del preceptor oficial. No le parecía una mala persona al Margulis, aquella bestia hecha persona; se había incluso sentido unido a él por una suerte de amistad típica de la edad que aquí narramos. El Gordo Reynoso era un alumno tan aparentemente amplio de físico como de carácter. Había pergeñado un sistema para destruir a Dios que al Margulis le impresionó por su simpleza: según aquel, las iglesias del mundo condensaban las energías de los creyentes. Los orates y los oradores, los olvidadizos y los olvidados, los orteras y los ortivas, todos podían con sus fuerzas psíquicas enlazadas llegar a Dios, es decir al origen al que apuntaban tantos rezos hechos uno, en las iglesias del mundo; ya que si alguien, un Gordo Reynoso de la ciencia, decía el Gordo Reynoso del colegio utilizando otras palabras -(cito) un científico (fin de cita)- fabricaba un medidor de fluidos psíquicos era seguro que rastreando el camino de esa energía se iba a llegar a Dios. ¿Para qué alguien querría llegar a Dios? Era lo que le preguntaba el Margulis incrédulo y pragmático. Para matarlo por supuesto. Para destruirlo. La respuesta tenía su veta dramática seductora. Sólo que tiempo después, el día ése que digo, el Gordo Reynoso quedó a cargo del aula en reemplazo del preceptor alumno y dio un ejemplo del modo en que, evidentemente, su criterio destructivo podría llegara utilizarse en caso de encuentro fortuito con Dios.

160. El agnosticismo posible quedó imbuido de las mierdas de esos días cuando el Fuchansky apareció en la escena.

161. El Fuchansky había sido el primer objeto de competencia cierto que nuestro Margulis tuvo en el colegio secundario. Antes de él habían estado el Gustavo Ridilenir, el Alejandro Borenzstein, el Juan Cruz Sáenz y el Domingo Faustino Sarmiento, entre otros más –por no volver a nombrar a los ya mencionados, anónimos niños de la colonia de vacaciones del Club Harrod´s Gath & Chaves: el Gordo Vidal, el Gustavo Iriarte, el propio hermano del Margulis, Sergio Kid Boxing... Pero eso fue en los años de la primaria. Ya hablaremos de ellos más adelante, quizás. El Fuchansky era como él judío, inteligente y promisiorio. Quería ser dentista. Odontólogo. El Margulis medía unos cuantos centímetros más que el Fuchansky pero el cerebro del otro destilaba mayor número de precisiones. Veinte o treinta décimas más entre el nueve y el diez los habían dividido desde el término del primer año del colegio impidiéndoles, presumo, el estrechamiento de lazos fraternos; quiero decir que no habían unido sus inteligencias en ningún gestalt amistoso, como algunas profesoras -la Locatelli, pongamos, por poner alguna; o la Cúneo Libarona de Davel- fantaseaban. La inescrutable diferencia que había surgido en el cuadro de honor de primer año había dado triunfador al Fuchansky y esas pocas décimas bastaron para que se disolviera todo afecto, si es que alguna vez había existido alguno durante todo aquel momento de iniciación en el mundo del estudio. La sensación de fracaso envolvió al Margulis más allá de toda lógica. Odiaba salir segundo otra vez. En séptimo, el maestro Monteferrante había organizado un concurso de cuentos de ciencia ficción. Resultaba que por entonces los tres séptimos compartían aula y maestros, resultado insólito que había provocado la primer mudanza de que su biografía nos da cuenta: la que envolvió a todos los niños y niños (escuela de varones, se entiende) de la Juan José Castelli, Número 1 del Distrito Escolar Primero, cuando junto al resto de la manzana y de muchas manzanas más fue demolida por obra y mucha gracia de la pre construcción de la Autopista 9 de Julio de la Ciudad de Buenos Aires, República Argentina, Sudamérica, su ruta. Mucha (me cito) gracia (fin de "me" cito) decimos porque ningún otro espectáculo puede hacer tan feliz a un niño de escuela cómo el de las bolas gigantes de hierro bamboleándose en el aire antes de golpear, de demoler, claro, las paredes de los edificios linderos a su escuela. Desde la terracita de la Juan José Castelli el Margulis niño miraba acodado el movimiento que los obreros ejecutaban, maza en mano, bajando rítmicamente sus brazos contra el delgado sustento de cornisa que se iba rompiendo bajo sus pies; cincuenta, tal vez sesenta metros separaban la terraza de la escuela de los edificios vecinos que iban cayendo indefectiblemente bajo los golpes, bueno, del progreso. El polvo de las estructuras en demolición continua envolvía el aire metiéndose en los resquicios de la ropa, los bolsillos de los guardapolvos (nunca más ineficaces, semánticamente hablando) y terminaba mortificando láminas y cuadernos forrados en papel araña por lo general azul para presumible desesperación de los Alejandro Borenzstein o los Domingos Faustinos Sarmientos, a quienes el Margulis envidiaba precozmente por su prolijidad pasmosa, seguro fruto de los talleres de cerámica particulares a los que sus padres con plata los podían mandar. No como a él, que ni papá tenía.

162. Puede ser interesante, psicológicamente visto, analizar un poco más esta situación de orfandad escolar. ¿Cuál es el norte, el objetivo de un niño que inicia sus estudios? ¿Cuál es el punto al que aspira llegar tras los varios, necesarios años de desenvolvimiento escolar? El último. El de más arriba. En este caso el cuarto (o el tercero, habría que ver). Sabido es que en las escuelas de ciudad los niños más pequeños cultivan el saber en las plantas bajas: el avance en la currícula, la digamos (me auto cito) carrera escolar (fin de auto cita) o, mejor, el cumplimiento de (cito) la ley genética del desarrollo cultural (fin de cita ) (34) adquiere entonces una presencia concreta a medida que pasan los años; el niño va adquiriendo pericias, incorpora saberes que lo harán más disciplinado frente a la disciplina en cuestión (disciplina múltiple y caprichosa, si se nos permite) pero nada de esto puede compararse con el renovado gusto de estar, al año siguiente, un piso más arriba, a otro nivel, ¿no es cierto?, que el resto de los compañeros. La jerarquía urbana de la escuela pública como metáfora del ascenso social, aquí.

163. Algo así.

164. A lo que quiero llegar es al trauma.

165. Al trauma de haber estado aguardando la llegada a séptimo, durante obvios seis años, para poder disfrutar de la cumbre, bueno, del (cito) patio del cielo (fin de cita) (35) en las aulas de arriba y tener que absorver la imposibilidad concreta por culpa de una demolición totalmente ajena a las autoridades escolares. Porque el hecho es que durante el verano que transcurrió entre el sexto y el séptimo año de la primaria del Margulis, la deleitosa visión de los edificios vecinos demoliéndose cedió su espacio de representación no a la deseada, soñada desaparición del séptimo completo -cosa absolutamente previsible según la tópica de la lógica infantil- sino a una vulgar mudanza. ¿Cómo, no vamos a ir viendo cómo destruyen el aula de a poquito? ¿No va a entrar una mañana un obrero dando un mazazo al aula, en medio de la prueba de aritmética? Pues no. No ocurrió. Séptimo grado encontró a todos los niños, en rigor, sólo a los de séptimo, mudados a un edificio ni siquiera quedaba muy cercano: sobre la calle Viamonte, entre Junín y la que le sigue. Al Margulis en formación no le entró en la cabeza preguntarse a dónde habían ido todos los demás porque (fue de suyo que si no había edificio para séptimo tampoco lo podía haber para el resto de los grados) en su acotada imaginación la ausencia de los otros era un problema que ni siquiera valía la pena considerar. Menos aún cuando se corrió el rumor de que el espacio donde ahora los tres séptimos iban a aprender juntos, sin siquiera unos tabiques separándolos, pertenecía al último piso (siempre el último, siempre el último) de lo que todos nombraban con temor (cito) la Morgue (fin de cita ) (36). La Morgue Judicial.

166. Habrá quizás que bucear en este tiempo, en este contexto de cadáveres percibidos a edad demasiado temprana, las razones de su obsesión por los temas negros.

167. Su novela de difuntos, y sí.

168. Citemos lo interrumpido:

169. Roldán o Piaget, según

170. Veinticinco años después, cansado y con resignación en apariencia, el fotógrafo sacó el último de los sobres rectangulares y angostos donde guardaba los recuerdos incriminatorios y lo encimó arriba de todos los demás. Por qué necesitó veinticinco años para realizar un movimiento tan simple, de tan baja demanda de energía física, es algo que me resulta imposible de explicar. Lo único que tengo claro es que la sensación de pesadez que limitaba cada uno de sus movimientos era la misma, en rigor, que a mí mismo me hizo sentir enfermo todas y cada una de las veces en que los avatares de la escritura me hicieron creer que había llegado la hora de cumplir con la decisión de contar su historia. ¿Cuándo me decidí a hacer lo que tenía que hacer?¿Cuándo nos decidimos? Ahora me parece que fue hace mucho, muchísimo tiempo, casi tal vez tanto como el que transcurrió desde la paradójica vez en que enfoqué mis ojos estrábicos juntos en la misma dirección -quiero decir, sin que nadie me lo ordenara- cuando conocí a ese hombre llamado Roldán que se dedicaba a un oficio peculiar. Ese hombre llamado Piaget que vivía de sacar fotos de difuntos había trabajado para un fotógrafo de pueblo primero, después para la policía y por último para el ejército. Cuando yo lo conocí pesaba más de ciento veinte kilos pero mientras se dedicaba al arte de las fotos de los muertos era flaco y desgarbado. Su existencia cobró vida para mí cuando salió a denunciar públicamente que un juez de la nación había ocultado pruebas acerca de dos monjas francesas desaparecidas en la Argentina durante los años de la dictadura militar. El ocultamiento de esas pruebas por parte del juez había consistido, según Roldán (o Piaget, según) en esconder las copias de sus fotos para que no se pudiera identificar a los dos cuerpos que la policía había encontrado en un tanque de aceite flotante a la orilla de las aguas del río Paraná. Según él, los dos cuerpos estaban hinchados y también algo putrefactos, y los policías habían convocado al Carnicero para que los pinchara hasta desinflarlos. Yo trabajaba en ese tiempo en el diario de la nación y propuse a mi jefe hacerle una entrevista al personaje para corroborar o desmentir sus dichos; acostumbrados a mis pedidos insólitos, que yo siempre coronaba con un material muy comentado luego en las radios y por los colegas, mi jefe me dijo sin demasiado entusiasmo que sí, que lo hiciera, de modo que conseguí que el diario me pusiera un auto y me aboqué a rastrear a ese fotógrafo que decía haber visto cosas revulsivas. El rastreo y búsqueda del personaje me demandó poco tiempo porque el notero que había inscripto su primera declaración en el diario tenía un contacto directo, que ya no recuerdo. Pero no. No fue así. El contacto directo con el fotógrafo de muertos me llevó más tiempo del que yo preveía porque el notero no estaba muy interesado en que alguien pudiera dar crédito a la historia de ese rufián (el notero me dijo: "está loco, es un mitómano, un enfermo, no le podemos dar crédito") y yo no le insistí para conocer su paradero. Pensé simplemente que los motivos por los que no me quería dar sus señas se debían a la censura del diario de la nación, que siempre había llevado una política bastante ambigua con las coberturas de las noticias de los desaparecidos. Mi temperamento con relación a ese tema me hacía pensar que yo debía hacerme cargo de la investigación. No por que tuviera algún interés en especial, como Santamarina, sino porque corroborar la tesis del fotógrafo podía ser una gran excusa para publicar un best seller. Aunque el tema me causaba en realidad un enorme sopor, decidí dedicar varias tardes a buscar y rebuscar los sobres que contenían la palabra desaparecidos en el archivo. Curiosamente, encontré muchas noticias recortadas que hablaban de enfrentamientos pero ninguna sobre la desaparición en cuestión. Adelaida, la jefa del archivo desde hacía treinta años, tenía su propia parecer con respecto al asunto: "Los desaparecidos están todos en Suiza. Otra que desaparecidos", dijo cuando fui a pedirle material. No, no fue así. Como en el archivo del diario de la nación no había ningún sobre con el rótulo desaparecidos yo me había puesto a buscar alguno que tuviera la palabra enfrentamientos o, en un arranque intuitivo que me llenó de orgullo por mi capacidad detectivesca, la palabra subversión. Entonces, sin consultar a nadie, encontré montones de noticias, en general muy cortas, de cinco o diez renglones o líneas, en las que se constataban los nombres de algunas personas muertas en enfrentamientos armados con las fuerzas de seguridad. No así los nombres de las monjas francesas pero igual fotocopié casi todos los documentos. Cuando terminé mi búsqueda me junté a solas con la guía de teléfonos y busqué el nombre de Roldán (o Piaget, según). Después de un par de intentos fallidos lo ubiqué en una concensionaria de autos de la zona de Vicente López, donde trabajaba como sereno. No, acá hay algo mal de nuevo. ¿Cómo iba yo a ubicarlo en una concesionaria como sereno por la guía de teléfonos? Alguien tuvo que darme ese dato primero. No me acuerdo cómo fue, ya, la cosa. ¿Cómo habrá sido que lo encontré? Como quiera que haya sido, lo cierto es que ahora su nombre figura en una de mis agendas (nunca las tiro) y que en ese momento mi personaje tenía mucha necesidad de hablar con alguien. Cargaba sobre su conciencia sentimientos nunca antes expurgados y cuando el periodista serio que era yo lo llamó para entrevistarlo aceptó relativamente rápido. Aclaró desde un primer momento que él era un foto periodista y de algún modo insinuó que sus materiales fotográficos estaban a la venta. A mí no me interesaba comprarle nada pero sí conocer el fondo de su historia; en mi imaginación venía construyéndose desde mucho tiempo atrás un ramillete de variaciones como calas acerca del tema de los seres ocultados del mundo por la dictadura y, sin poder evitarlo, buscaba continuamente nexos entre aquellos hechos dramáticos y mi propia vida. En ese tiempo yo creía que un escritor era una suerte de catalizador de los traumas colectivos, alguien cuya obra sólo adquiriría relevancia en la medida en que indagase en sí mismo con absoluta honestidad. El fondo de un escritor de verdad, pensaba yo, debía ser como un río subterráneo o una napa a la que afluían la totalidad de los fondos secretos de las personas de su tiempo. Si alguien entonces lograba acceder a ese cúmulo líquido de experiencias, a esa sustancia viscosa compartida -y lograba contarlo después de un modo lo suficientemente agradable- estaría haciendo una contribución llamada a perdurar durante años. Todo eso en teoría. Ahora, si un antecedente tuvo mi camino hacia Roldán (o a Piaget, según) fue el día en que, al segundo año de trabajar en el diario cayó en mis manos casualmente una revista de fotografía. Después de hojearla distraídamente un artículo centró mi interés. Escrito de modo catedrático pero legible explicaba los orígenes y desarrollo del arte perdido de la fotografía de difuntos. No viene a cuento repetir acá todos los conceptos que vertía apasionadamente su autor (sí quizás consignar que su apellido, Príamo, me resultó familiar). Lo importante es que el trabajo se basaba en la recuperación que él había hecho del archivo fotográfico del famoso retratista esperancino Fernando Paillet, con el auspicio de una fundación benéfica de la capital, y que describía las características de las ars moriendi argentinas a partir de la historia de vida y el trabajo de Paillet. Esa fue la primera vez que vi imágenes de difuntos consideradas como tales; los cuerpos muertos estaban en sus féretros muy bien vestidos y maquillados, había algunos de adultos y otros de bebés de pecho. Vi ahí también criaturas atadas a una sillas y otras más que en este momento me resulta difícil describir con precisión. La vista de esas fotos disparó entonces en mí una explosión de asociaciones. No.No fue así. Las asociaciones iban a empezar a surgir a partir de ese momento en mi conciencia de un modo tedioso. Por algún motivo que entonces no podía explicarme, esas imágenes poco a poco fueron desplazando de mis intereses otros motivos sin duda más amables. Lo primero que hice fue inscribir una hoja de ruta argumental en las mismas páginas de la revista. Con un marcado azul fui colocando redondeles y haciendo dibujitos alrededor de las fotos en blanco y negro que ilustraban la nota. Hice globos obvios con frases del tipo "qué lindo soy" unidas por flechas de historieta a los cadáveres retratados. Los retratos eran de los parientes de Paillet, a quienes él mismo había fotografiado no enendí si para experimentar las técnicas o por pura morbosidad. Un movimiento de la creación siempre lleva a otro y bastó que empezara a animármele a esos espectros para que se despertara en mí la imaginación más macabra. Al cabo de media hora las hojas de la revista estaban llenas de flechas, números y letras. Me sentí exhausto pero feliz ; después me vino un cansancio enorme. En pocas semanas mi casa entera, mi estudio, mis otros proyectos personales sufrieron las consecuencias de esa visión que extrañamente comenzó a resultarme de mal gusto y absolutamente demodé. Sin poderlo evitar empecé a levantarme una hora antes que lo acostumbrado (yo era alguien más bien dormilón) y después de desayunar salía a caminar por las cercanías del cementerio de la Chacarita, donde finalmente tomaba el subte para ir al diario. En la zona visitaba particularmente a los marmoleros. Lo que yo quería era encontrar otros fotógrafos que hicieran eso que había hecho el fotógrafo de la revista. Me resultaba bastante complicado entrar en tema porque —pensaba— alguien podía creer que yo era una especie de loco; para disimular llegué hasta entrar a algunos bares a mojarme los ojos con unas gotitas de colirio cosa de que se me enrojecieran. A un deudo nadie le puede negar una respuesta, me dije la primera vez que me encerré para ponerme las gotitas. No miento mucho si digo que salí de ese baño nervioso como si hubiera estado masturbándome. Pero ocurrió que ninguno de los marmoleros a los que les pregunté por retratistas de difuntos pudieron orientarme. En cambio conocí a personas más normales de lo que yo pensaba que eran, por lo general amantes de los deportes y, en cierto modo frustrante para mí, de hábitos tan rutinarios como los de cualquier hijo de vecino. Al que no esperaba encontrar dentro de esa fauna era al Jockey. El Jockey era un hombre desproporcionadamente liviano que había sufrido una caída unos años atrás y que ahora deambulaba, un poco como yo, pero en silla de ruedas, por el mismo ambiente de los marmoleros. Las razones de su permanencia en ese espacio eran un misterio que nadie supo explicarme por más que lo pregunté con insistencia. Pero su historia me fue llegando con intermitencias, como suelen llegar a los artistas plásticos los raptos de inspiración. El Jockey -por supuesto nadie conocía su nombre verdadero, que yo llegaría a descubrir de un modo inesperado- había nacido en Norteamérica pero vivía en la Argentina desde los años y medio de edad; orgulloso y huérfano de padre, se había conchabado como peón de limpieza y como el trabajo de sacar la mierda de los caballos, y mucho menos gratis, no tenía demasiados pretendientes pronto se convirtió en el limpiamierdas campeón del hipódromo de Agea. Hombre de pocas palabras, ya entonces sus orígenes eran algo que nadie conocía. Tenía los ojos hundidos y hacia atrás, como apoyados en los parietales. Tan por detrás de la nariz y de la boca estaban que más parecía su cara la de una comadreja que la de un animal humano. Y si bien yo nunca lo vi de pie, en un retrato suyo de cuerpo entero que me mostraron enmarcado en uno de los bares de la zona comprobé que también el resto de su figura, delgada y flexible, tenía los dones de una rata mayor. En el hipódromo de Agea trabajó durante un año entero juntando los desechos de los caballos de carrera. Y tal vez fue por su costumbre de andar siempre despierto y al acecho por la noche, como los roedores de su estirpe, o quizás por la velocidad de sus manos, que dejaban cada establo en el que había fijado su atención limpio desde antes del amanecer, que los dueños de los studs vecinos empezaron a pedirle a él que se ocupara de la limpieza. El Jockey aceptó por único pago el permiso para dormir en el heno y algo de comida diaria. Hacía como me contaron su trabajo cuando todo el mundo estaba durmiendo y sin embargo también podía vérselo por las mañanas, durante las rondas previas a las carreras, acodado en las barandas de la pista de entrenamiento con la vista fija en los desplazamientos de sus atendidos. Fue así natural que una vez cierto veterano millonario lo dejase dar una vuelta al paso por la pista montado en uno de sus caballos más excéntricos, uno que bailaba la rumba en el padock y que iba a terminar protagonizando una novela con más de cinco ediciones de cinco mil ejemplares cada una. Dicen entre los marmoleros que en cuanto el Jockey subió al animal fue como si ambos se hubieran estado esperando desde siempre. La espalda del Jockey se puso de inmediato paralela a la columna del animal y, anclados intuitivamente sus pies en los estribos, pareció que en cualquier momento se iba a largar a trotar. El caballo levantó apenas las orejas cuando sintió el leve peso de su jinete y todos vieron cómo se le tensaban los músculos listo para la carrera. La tensión pareció extenderse fuera de la piel del caballo y deslizarse por las crines; como su jinete no le soltaba rienda hociqueó en el aire y resopló moviendo el cuello hacia adelante. Durante unos minutos el Jockey mantuvo en vilo a todos los que estaban presentes en el lugar, estiró él también el cogote como si con el movimiento quisiera comerse el horizonte de la pista y entonces hizo algo absolutamente inesperado: sin dar ninguna explicación, sin trasuntar el menor sentimiento en su cara alargada desmontó. Cruzó los tientos por el cuello del animal, palmeó dos veces la grupa y dijo mirando la arena entre sus pies:
171. —Falta un poco todavía. Tal vez mañana. (fin de cita)

172. La llegada del Margulis al pueblo de Esperanza ocupa tres carillas enteras en un cuaderno (en rigor, libreta de corcho) que se nos olvidó mencionar. Consta en ellas el nombre de un hotel, el número de la habitación del mismo, el horario del cementerio municipal y la dirección de una vieja farmacia. No es dificil seguir a nuestro artista en la descripción de sus acciones pese a que éstas figuran escritas en forma de breves oraciones inicialadas con números romanos, casi indescifrables. Lo más llamativo tal vez sea una frase transcripta de Guy de Maupassant para la edición de las cartas de Gustav Flaubert a George Sand, directamente en francés. La frase señala la impunidad en que se encuentra el auténtico novelista a la hora de escribir : "ellos no tienen la misión de moralizar, ni de flagelar, ni de enseñar", dice en una letra casi microscópica. "Todo acto, bueno o malo, no tiene para el escritor más que una importancia : la del sujeto a describir, sin que ninguna idea buena o mala se le pueda atribuir". El resto de las hojas lo ocupan unas imágenes obscenas imposibles de olvidar. Con un poco de imaginación pueden unirse las acciones a las imágenes; evidentemente aquellas son la ilustración de la idea que representan éstas, algo que provocaría nerviosismo antes que cualquier otra emoción. No se entiende en qué ha estado pensando el dueño de la libreta cuando hacía esas anotaciones. Lo evidente es que no han sido destinadas a un público sino a representar el mapa privado de sus obsesiones.

173. Pero retomemos la cita:

174. Durante todos estos años no avancé mucho más allá de ese bosquejo. La pereza por fantasear, la potencia de los datos reales en mi conciencia de espía, no sé. Yo, que nunca fui un gran imaginador, de pronto me encontré hablando de mis personajes como si fueran parientes o vecinos, hasta por los codos. Para reforzar los cuentos que iba inventando sobre la marcha, entremezclaba todas las verdades públicas de las que yo me iba enterando por mi trabajo corriente en el diario. A los vecinos les parecía creíble que hubieran ocurrido cosas así en este país... "¡Si dá para todo esto!", comentaban en la cola del pan con sus respectivas canastitas llenas de facturas. Por suerte para mí, la mujer del panadero me demostró una particular atención. Era una mujer maciza y alta, poseedora de dos joyas, cómo te explico, de la ornamentación femenina. Bueno, mientras ella despachaba yo la iba devorando meticulosamente. Empezaba mi observación por el pelo pajizo, que ella siempre estaba cambiando de color; dejaba circular somnolientamente mis ojos por el cuello y los brazos transpirados de tanto entrar y sacar bandejas; después me adormilaba escuchando las intrascendencias de su conversación. Luego me detenía a mirar las bolas de frailes, imaginarme al panadero pintándolas con el azucar impalpable, a mí mismo mojándolas con chocolate tibio mientras el localcito se impregnaba, bueno, del aroma a factura recién horneada. Ni quería volver a casa en ese estado. Pero después me sentía culpable, como si por mirar estuviera faltando a la promesa de fidelidad conyugal; el estado de glotonería visual sólo se interrumpía cuando la mujer del panadero me decía, acomodándose el flequillo con un golpe del dorso de la mano: "¿Y con qué nos va a soprender hoy el periodista de la cuadra?". Como nunca sabía en qué momento iba a lanzar ella la frase que me habilitaba a contar yo me quedaba invariablemente duro con mi canastita en la mano y hacía un movimiento vago en el aire con la pinza, como diciendo oh, no es nada importante, nada nuevo que valga la pena decir o escuchar. Y a lo sumo arrojaba algunas palabras breves, unas que otras frases descuajeringadas (la verdad es que yo quería ocultar que no había pasado nunca de hacer aquel listado de ideas con la novela) que provocaban el efecto inverso que yo hubiera deseado. No quiero hacer creer con esto que era una persona importante ni mucho menos. Tampoco que todos los del barrio se quedaban a escucharme. Mi público no era fiel ni decidido pero resultaba un estímulo saber que iba a haber alguien ahí todos los días. Cuando volvía a mi casa con las facturas y el diario me sentaba a tomar un café solo, bien cargado, dejaba otro en una ollita y con el diario doblado en cuatro me iba a hacer mi recorrida inutil por lo de los marmoleros. Una mañana las sirenas de la policía nos despertaron a todos en la cuadra más temprano que de costumbre. Qué había pasado, lo supe al salir a la vereda todavía con las pantuflas puestas. En la óptica vecina a la panadería habían intentado robar al oculista ; cuando se resistió le perforaron el cráneo con un balazo de nueve milímetros. El cuerpo muerto todavía estaba tirado en el piso cuando me acerqué a curiosear. Lo habían tapado con una frazada pero una mano sobresalía de abajo de la tela. La sangre apenas se adivinaba en un manchón parduzco de humedad que iba agrandándose donde deducíamos estaría la cabeza perforada. Los policías del barrio habían cercado la zona con una cinta plástica azul, adentro de la que se instaló el secretario en una silla y con una pesada máquina de escribir mecánica sobre los muslos. A medida que su compañero le iba dando los detalles, el secretario los tipiaba con dos dedos que golpeaba torpemente. No sé porqué quedé fascinado con ese par de salchichas de carne de hombre. Por mucho que lo evitara la vista se me iba hacia esas manos poco prácticas. Pensé en ofrecerme para hacer el trabajo más rápido pero tan pronto como la idea me vino la expulsé. No era mi rol. Creo que mi personaje se me fue entonces de las manos por culpa de esa fijación, o quizás la culpa la tuvieron los murmullos de la gente, que iba recurriendo a su mayor esfuerzo para hacer entendible el asesinato. No digamos nada acerca de lo razonable de la queja ni de las insinuaciones traídas por varios viejos que habían estado llegando a mis oídos en los últimos días, y que apuntaban coincidentemente a que los comerciantes del barrio eran presionados para colaborar con la Cooperadora Policial. Lo que te puedo decir es que cuatro o cinco voces se mezclaron en el aire blanco de esa mañana : "Estaba... andaba en algo raro este... Si nunca entraba nadie al local". "Seguro". "Dicen que al fondo, ahí". "Si, se ve todo... ". "¿Dónde? " "¿No ve?" "Nada. No veo nada". Que uno de los policías se agachó junto a la lona y la levantó de una punta agachado y en cuclillas. Que apareció una cámara de fotos y un ojo que no pude ver y le sacó varias fotos. Que el policía que estaba agachado volvió a cubrir el cadaver. Que de pronto me sentí enojado con el mundo. A esa hora yo debía estar conversando con un marmolero que me había dicho que volviera nuevamente para mostrarme, dijo, algo muy interesante para mi búsqueda. Dejé a todos los cuervos atrás y enfilé para la Chacarita (fin de cita).

175. Sea a donde fuera que iba a llegar, lo cierto es que el Margulis de la época de la dictadura estaba o estuvo lejos de predecir un futuro de créditos y escrúpulos tan morbosos. Su preocupación entonces seguía siendo el modo en que el Gordo Reynoso pensaba matar a Dios. Si las iglesias eran condensadores de la energía de la gente hacia un poder superior, si de cada iglesia se emitían ondas digamos magnéticas o síquicas hacia un punto en el espacio exterior, y si se podían registrar los caminos invisibles de esas ondas, bueno, el Gordo Reynoso estaba seguro de que así, siguiéndolas, se podría ubicar el centro al que todas esas ondas llegaban, es decir, la gurida de Dios. De ahí a apuntarle con algo y destruirlo habia un paso. Al Margulis adolescente, que adoraba al mismo tiempo la lógica de los cuentos policiales de un H. Connan Doyle como la potencia síquica de un Lobsang Rampa, al Margulis que no creía en ninguna deidad que no fuera su propio ombligo (en rigor, la zona del piélago íntimo, el doblez aún no socializado sexualmente de sus propios sentidos) la teoría le fascinó. Venía derecho a coincidir con los planes de exterminio anarquista que habían fraguado con su grupo adolescente poco tiempo antes, sentados todos alrededor de la mesa ovalada de su madre, durante las confusas lecturas del Nietzche y algunos otros monstruos mal entendidos. El Gordo Reynoso había estado presente en esos encuentros junto al Julio Peña Con Geniol, el vasco Echegarya Maurin y el Tucán Yolly. Confabular en virtud de alguna inspiración política rondó vagamente entre esos adolescentes inquietos, pero fue más el sentido de grupo, de juntarse entre varios para pensar algo en conjunto que la salida social lo que los mantuvo reunidos durante varios sábados.

176. Al Margulis adolescente le gustaba el rol de aglutinador de voluntades en la casa de su madre. Se sentía feliz imitando en cierto modo a su hermano Sergio, quien había hecho ágapes parecidos pero con la a su criterio más banal inención de jugar a las cartas, aquello que llamaban (cito) la timba (fin de cita) y que del inicial, clásico solaz del póker había derivado a un juego más emocionante y concreto, que se llamaba (cito) As (fin de cita). El (cito) As (fin de cita) que jugaba su hermano Sergio con los amigos consistía en ir duplicando apuestas a medida que aparecían las cartas.

177. ¿Debemos explicar (37) o representar copiando simplemente la manera literaria en que el Margulis llevó adelante su primer ejercicio lúdico, que tan fundamental iba a resultar en el modo de resolver sus conflictos posteriores?

VII
Todo el asunto se desplaza de Buenos Aires a Miami, y vuelve

178. Al Chuchusky lo habían tomado de punto por chiquito y traga. También por judío insoportable. El Chuchusky jamás soplaba ni pasaba los resultados de las pruebas de matemáticas. El Chuchusky era feo. El Chuchusky tenía granitos con pus. El Chuchusky ponía cara de asco cuando el Origone se hacía la paja en la clase de la Lali. La Lali no le hacía asco a nada. La Lali llegaba al aula con marcas de chupones en el cuello. La Lali era la de matemáticas y preparaba a los repetidores como el Leblanc (re pálido el Leblanc) en su propio departamento. El Leblanc contaba en el aula las cosas que pasaban en lo de la Lali y el Origone se empezaba a calentar. El Origone se calentaba tanto que cuando llegaba la Lali tenía la verga roja de tanto golpeteársela contra el pupitre de madera. El Origone hacía un dibujito de un hombre (la silueta, ¿no es cierto) en una hoja de carpeta número 3, rayada, y donde iba la verga hacía un agujero y metía la suya para que se la viéramos todos.

179. Para que se la vieran, perdón.

180. La Lali daba la clase escribiendo fórmulas algebraicas en el pizarrón. El Origone se paraba en el fondo cuando la Lali estaba de espaldas y metía la verga en el agujero del dibujo de la hoja de carpeta número 3, rayada. La Lali iba explicando que más por menos menos, que menos por menos más, que más por más más, que menos por más menos. La Lali tenía todos los dedos manchados con polvo de tiza blanca. La Lali tenía un chupón en el cuello tapado con un pañuelito de seda que no tapaba nada. El Chuchusky copiaba todas las fórmulas. El Margulisben copiaba todas las fórmulas. El Origone decía fuerte:

181. —¡Profesora!

182. La Lali paraba la escritura de las fórmulas. El Chuchusky seguía copiando. El Margulisben seguía copiando. El Origone preguntaba:

183. —¿Le gusta, profesora?

184. Todos mirábamos (perdón, miraban) la verga toda roja que le asomaba por entre los renglones de la hoja rayada número 3, a la altura de donde iba la verga del dibujito del hombre que dibujaba con birome el Origone. La Lali se daba vuelta. El Origone se doblaba sobre sí mismo como si se estuviera haciendo pis (orinando, perdón) y cuando volvía a quedar derecho la verga toda roja de machucársela contra la madera del pupitre quedaba tapada por la hoja de papel número 3, rayada. El Origone ponía cara de buenito y la Lali no podía creer que fuera tan boludo.

185. —¿Qué me muestra, Origone?

186. El Origone mostraba el dibujito.

187. —Siéntese, Origone.

188. La Lali volvía a escribir sus fórmulas. El Chuchusky volvía a escribir sus fórmulas. El Margulisben volvía a escribir sus fórmulas. El Origone recomenzaba a machucarse la verga contra la madera del pupitre. La Lali explicaba que menos por menos más, que más por más más, que menos por más menos, que más por menos menos. La Lali tenía todos los deditos manchados con polvito de tiza blanca. La hoja donde estaba el dibujito del Origone era blanca. La cara del Leblanc repetidor que estudiaba en la casa de la Lali era blanca. La baba que le empezaba a caer de la boca al Memén era blanca. El Memén era el opa de la clase. El Memén se pajeaba igual que el Origone pero sin sacar la verga afuera. El Memén se sentaba al lado del Margulisben. El Memén tenía un aliento asqueroso. El Chuchusky copiaba las fórmulas. El Margulisben copiaba las fórmulas. El Origone suspiraba en el fondo del aula. El Origone largaba un chorrito de leche sobre el pupitre de madera. La Lali copiaba las fórmulas en el pizarrón. El Memén gemía. El Margulisben copiaba las fórmulas. El Gordo Bolú le pegaba un codazo al Eche Yomen. El Eche Yomen le devolvía el codazo al Gordo Bolú. El Gordo Bolú le pegaba al Guidi Di Pesto. El Guidi Di Pesto le pegaba al Eche Yomen. El Origone decía:

189. —¡Profesora!

190. La Lali decía sin dejar de escribir sus fórmulas en el pizarrón.

191. —¿Y ahora qué quiere, Origone?

192. —¿Puedo ir al baño?

193. La Lali interrumpía la escritura de las fórmulas. La Lali se daba vuelta. La Lali tenía un chuponazo en el cuello que no le tapaba la cinta de seda. La Lali tenía un culo fabuloso. Tetas no. La que tenía unas tetas increíbles era la Pochi. La Pochi enseñaba botánica. La Pochi iba a la segunda hora. La Lali llegaba a la primera hora con unos chuponazos en el cuello. La Lali enseñaba álgebra. La Lali miraba al Origone. La Lali le decía al Origone bueno vaya y no moleste más Origone. El Origone se iba al baño a limpiar la verga. El Chuchusky copiaba las fórmulas. El Margulisben copiaba las fórmulas. El Guidi Di Pesto le pegaba un codazo al Margulisben. El Margulisben no le pegaba un codazo al Memén. El Margulisben copiaba las fórmulas. El Margulisben copiaba las fórmulas. El Margulisben copiaba las fórmulas y en las pruebas, en todas las pruebas, el Margulisben le resolvía la prueba al Guidi Di Pesto, y al Gordo Bolú, y al Eche Yomen. El Chuchusky no le resolvía la prueba a ninguno.

194. En Miami los marginados eran criticados por las autoridades del gobierno gringo que en la radio sistemáticamente hablaban mal de ellos, que sistemáticamente los tildaban de (cito) esa gente (fin de cita) que (cito) está muy organizada (fin de cita); o de (cito) esa gente (fin de cita) que (cito) se organiza muy bien (fin de cita), o de (cito) esa gente que trae sus uokitokis y sus médicos (fin de cita). ¿Qué criticaban los marginales de Miami sistemáticamente? Criticaban que el ALCA estuviera por hacer su centro de convenciones o lugar de reunión en esa ciudad del mundo. El Margulisben de los años de la dictadura en la Argentina ya no podía escuchar lo que pasaba en Miami porque estaba muerto; pero las cosas seguían ocurriendo igual a pesar de él. La (cito) importancia del crédito en los Estados Unidos (fin de cita) era tema insustituible en esos días. A comienzos del siglo XXI de las (cito) personas que vienen de otra cultura (fin de cita) se explicaba por ejemplo en las radios norteamericanas que (cito) no tienen la costumbre de utilizar el crédito (cuando) podrían llegar a utilizarlo hasta para comprar la leche (fin de cita). Y así ganaran (cito) 40.000 dólares al año (fin de cita) eran considerados (cito) de bajos recursos (fin de cita). Pagar (cito) el carro, el seguro, la vivienda (fin de cita) era ya cosa imposible. La especialista del buró de crédito recomendaba al aire que (cito) esas personas (fin de cita) consultaran dos veces al año (cito) sólo por 180 dólares el trámite (fin de cita) para asegurarse de que tuvieran (cito) el crédito bueno (fin de cita).

195. —En este país hay que vivir a la americana. Nosostros estamo acostumbrado al romance, compartimo todo amorcito... Aquí no se comparte nada.

196. El cincuenta por ciento de los clientes de la especialista del buró de crédito explicaba que lo tenían dañado porque lo compartían... ¿Podían conseguir intereses bajos las personas que hubieran tenido que recurrir a la bancarrota? Por supuesto que sí, explicaba la especialista del buró de crédito. ¿Cómo era posible que por 180 dólares les removieran la información? La gente tenía que entender que existían tres buró de crédito para todo el país. Y que cometían errores. Las personas tienen que confiar en Sun Caín, decía la especialista otra vez. El que quería ir a la oficina de Sun Caín tenía que llevar un comprobante de que era el dueño de una casa.

197. Había que llamar al 3055128598.

198. Una persona que no pudiera pagar los 500 dólares de pago mínimo se aconsejaba que recurriera a una bancarrota; una vez que la hicieran, las personas que se sintieran atrapadas en una deuda, ya iban a ver lo bien que les iba.

199. —Este país es especial. Te metes en 100.000 dólares de deuda, vas a la corte y en tres meses estás libre de ellas. Lo que más te afecta en este momento es no tener crédito: si no tienes crédito no tienes nada. Si no tienes crédito tienes que pagar cash. Solamente por 198 dólares vas a tener tu vida solucionada.

200. —Pero las personas dicen que es muy difícil caer en la bancarrota...

201. Era según la especialista mentira...

202. ¿Qué tiempo podía demorar ese trámite?

203. Eso dependía. El problema no estaba en los acreedores sino en los colectores. Ah, bueno, no tengo apuro. Pero shico, te metiste cinco años para entrar en un crédito y ahora no tienes ni para comprar chicle en una esquina..

204. —A una mushacha que debía siete mil dólares le tuve que decir mira, si quieres tener crédito ya te embarcaste en esta aventura, ya no te sirve ni mirar para atrás. Tienes que llamar a los acreedores y pagarles.

205. 3055128598.era el teléfono de la experta del buró que el Margulisben que había soñado con USA en la dictadura ya no escuchaba.

206. 198 dólares era el costo del servicio

207. —El Tío Sam te cobra un día u otro. Las deudas de hospitales no son problema, tampoco los créditos estudiantiles. Si debes 10 mil dolares lo pagas de una vez o de lo contrario vas a estar toda una vida pagando...

208. 305 51283598

209. De 9 a 18... todos los días

210. Si..

211. —En el edificio terra bank tienes que traer un kit de propiedad...

212. ¿Y si no pueden pagar?

213. —O-keiii... tienen que pensar cómo hacer: mira, yo siempre pienso que tienes que liberarte de ciertos problemas en la vida. El vivir todo el tiempo con alguien llamándote... cuando la gente está en un punto que debe 40.000 dólares, o-keiii, pide la bancarrota... en ocho meses lo tienes: ¿no vas a hacer el esfuerzo para hacerlo? O-keiii. Tienes deudas, o-keiii, vamo a trabajar en ello....

214. Descontarte el salario era legal, lo que era ilegal era que te estuvieran llamando al trabajo. De cualquier manera, para los días en que el Margulisben ya no estaba ahí para tomar sus notas o recaudos, la cosa estaba muy seria. Los deudores de Bank of America, todos en la Corte, pero antes de llevarte a la Corte te citan con una orden supina y tienes que declarar por una hora ante un grupo de abogados.

215. —305 51283598 es la linea telefónica de Sun Caín.
216. —198 dolares por todo servicio.
217. —¿Y qué garantías le dan ustedes que van a solucionarle todos los problemas?
218. —El cliente va a aprender a leer el reporte de crédito.
219. —¿Hay un tiempo que demora este trámite?
220. —Depende de la velocidad con que me traigan el reporte de crédito.
221. —Reiteramos la oferta especial...
222. —198 dolares por todo pago.
223. —¿La dirección?
224. —Tal y cual...
225. —¿El horario?
226. —De 9 a 18...

227. Y después del reporte sobre la necesidad del crédito en Miami la noticia de una señora que cuando estaba cruzando la calle 48, con su carrito que nunca soltaba, pasando perpendicularmente a la calle, súbitamente, un carro le pasó por encima y la mató: al chofer no le habían impuesto hasta el momento cargos, sólo el ticket por infringir el tránsito.

228. —Y PARA COMPRAR UN TOYOTA. LOS MÁS GRANDES AHORROS, LA MÁS GRAN OCASIÓN, TODO POR 198 DÓLARES AL MES... ¡¡¡¡SALSAAAAAA!!!!

229. Y después de la necesidad de la salsa en Miami la noticia de un chofer en Moscú que se decía extraterrestre gracias a lo cual le había quitado los diamantes a la señora Natascha diciéndole que eran el combustible de su nave... y ahora la señora pagaba el siquiatra...

230. Y después de la estafa de la pobre señora en Moscú la noticia de la condecoración que Carlos Fuentes recibió de manos del gobierno de México, y Angeles Mastretta diciendo que se lo merecía, y Gabriel García Márquez asistiendo a la ceremonia de entrega en Paris.

231. El francotirador de Washington se negaba a asistir a juicio y pedía análisis siquiatricos.

232. ¿Quería ser uno residente legal en ese país? Llamando al Caracol.

233. ¿Le gustaría saber cómo reparar su crédito? ¡Escuchando a los especialistas de Sun Caín los sábados o llamando al 305 51283598!

234. También, claro:

235. LA HISTORIA DE LOS HERMANOS FREIRE

236. —¡No vamos a permitir que esta tonta concrete el disparate de casarse con un viejo!

237. UNA HISTORIA DE AMOR Y DOLOR

238. —¡Papá! ¿¿¿Que te pasóóóó???

239. VÍVELA

240. Los domingos a las 3 de la tarde:

241. TODO DEPORTES

242. ¿Problemas con la pronunciación del inglés?
243. OSHIO LANGUISH
244. Y ESCÚCHENOS EN CARACOL...

245. Subete al ToyoyoyotA que lo vamos a pasar muy bieeeen

246. VEN
i. A TU CON CESIONARIO
1. TO YOYOYO TA
247. HOY
i. MISMO
ii. ¡¡¡LOOOO EEEEN!!!
a. VAS EEE
b. A PA E EE
248. SAR MUY BI

249. ¡¡¡198 DÓLARES POR MES!!!
i. SUN CAÍN

250. El Gordo Bolú era designado preceptor suplente por el preceptor alumno, que se iba por ahí porque tenía cosas que hacer. El Gordo Bolú decía que la Pochi no iba a ir a la segunda hora. La segunda hora quedaba libre. El Gordo Bolú lo encaraba al Chuchusky. El Margulisben copiaba fórmulas. El Gordo Bolú lo hacía pasar al Chuchusky al frente. El Chuchusky se quedaba pálido. El Gordo Bolú le ordenaba al Chuchusky que se levantara. El Chuchusky se levantaba. El Gordo Bolú le decía que se parara de frente al rincón del aula. El Origone y el Memén y el Guidi Di Pesto y el Eche Yomen y el Margulisben y yo, sí yo también, mirábamos.

251. El Leblanc sacaba de su cartera de estudiante repetidor la botellita de Coca Cola. El Gordo Bolú le ordenaba al Chuchusky que se apoyara en la pared con la mano derecha. El Chuchusky hacía caso. El Gordo Bolú le ordenaba que se apoyara con cuatro dedos. El Chuchusky se apoyaba. El Gordo Bolú le ordenaba al Chuchusky que se apoyara con tres dedos. El Chuchusky lagrimeaba. El Gordo Bolú le ordenaba al Chuchusky que se apoyara con dedos. El Chuchusky temblaba. El Gordo Bolú le ordenaba al Chuchusky que se apoyara con un dedo, y que el dedo fuera el meñique. El Chuchusky gemía. El dedo meñique del Chuchusky se ponía rojo. El Gordo Bolú le decía al Memén que le bajara los pantalones al Chuchusky. El Leblanc caminaba desde el fondo con la botellita de Coca Cola en la mano. El Margulisben escribía. El Memén se levantaba de su pupitre de madera y le bajaba los pantalones al Chuchusky. El Margulisben escribía. El Gordo Bolú se ponía todo rojo de la risa. El aula entera temblaba.

252. El Leblanc le hacía un pase de manos al Memén antes de llegar al frente y la botellita de Coca Cola aparecía entre las manos sudadas del Memén. El Memén avanzaba con la botellita de Coca Cola alzada como una antorcha hasta el Chuchusky. El Gordo Bolú le ordenaba al Memén que se la metiera en el culo al Chuchusky. El Chuchusky se la veía venir fiera y se apartaba de la pared. El Eche Yomen y el Origone se lanzaban arriba suyo y le trababan los brazos uno a cada lado, apoyándole las palmas contra las paredes del rincón. El Chuchusky se resistía pero sus fuerzas eran palmariamente inferiores. El Gordo Bolú le palmeaba el hombro al Memén y le guiñaba un ojo para que completara la orden. El Memén se babeaba y olía asquerosamente. El Chuchusky pedía por favor por favor noooo. El Gordo Bolú le tapaba la boca. El Memén trataba de meterle la botellita de Coca Cola en el culo al Chuchusky. El agujero del culo del Chuchusky era muy estrecho y la botellita de Coca Cola no entraba. El Margulisben escribía. El Memén hacía fuerza para meterle la botellita de Coca Cola en el culo. El Chuchusky movía las piernas como un condenado a muerte. El Eche Yomen y el Origone le trababan las piernas con las suyas. El Chuchusky aprovechaba que cedía la presión contra sus brazos para soltarse. El Eche Yomen y el Origone volvían a apretarle los brazos. El Pajares y el Pijerto, el Videla y el Agosti y el Massera, el Faustino y el Sarmiento, el Roca y el Mitre se levantaban de sus pupitres y se arrojaban contra el cuerpo del Chuchusky. El Chuchusky no podía abrir la boca, ni mover los dedos de las manos, ni las manos mismas, ni los brazos, ni la espalda, ni los muslos, ni las pantorrillas, ni el peroné. El Chuchusky estaba contra las dos paredes en ángulo del rincón del aula (al lado del pizarrón) con los pantalones y los calzoncillos en el piso. El Memén le empujaba la botellita de Coca Cola en el agujero del culo. Los bordes del agujero del culo del Chuchusky se fruncían para adentro. El pico circular de la botellita de Coca Cola entraba. Los bordes del agujero del culo se ponían rojos. La botellita de Coca Cola entraba. El Margulisben escribía.

253. El Subiela, el Kuitca, el Max Beerbohm, el De Simon Nónico, el Gregorio Matorrales miraban para otro lado. El Gregorio Matorrales no, el Gregorio Matorrales miraba atento la escena. El Gregorio Matorrales además fumaba. El De Simon Nónico salía del aula para ir a buscar ayuda. El Max Beerbohm y el Kuitca hacían dibujitos. El Subiela miraba los dibujitos del Kuitca y hacía comentarios. El Pao du Queijo, el Alberti, el Liborio Injusto, el Capaz Pordós no estaban en el aula. El Pao du Queijo, el Alberti, el Liborio Injusto, el Capaz Pordós escribían en el aula de al lado. El Pao du Queijo, el Alberti, el Liborio Injusto, el Capaz Pordós concursaban en premios literarios y becas. El Pao du Queijo, el Alberti, el Liborio Injusto, el Capaz Pordós se ganaban premios literarios y becas. El Rivak era jurado de premios literarios. El Margulisben no se ganaba nada. El Chuchusky ya ni gemía. El Memén seguía metiendo la botellita de Coca Cola en el culo del Chuchusky. El Lucan Yolly leía al Gurdieff. El Gurdieff vivía en otro país.

254. La Prof. K. Belbett vivía en otro país. La Prof. K. Belbett vivía en Yugoeslavia. La Prof. K. Belbett se exiliaba de Yugoeslavia. La Yugoeslavia desaparecía como país. La Prof. K. Belbett se radicaba en los Estados Unidos. La Prof. K. Belbett estudiaba al Foucalt, al Derridá, al Barthes, al Bourdie, al Richards y al Carlos Marx. La Prof. K. Belbett completaba sus estudios de grado en los Estados Unidos tomando botellas llenas de Coca Cola. La Prof. K. Belbett estaba bastante buena. La Prof. K. Belbett tenía una trucha sabrosa y chupeteadora. La Prof. K. Belbett se expresaba bonito. La Prof. K. Belbett gustaba de la obra del Margulisben, aún sin conocerla. La Prof. K. Belbett quedaba entonces exculpada de las miserias de la ignorancia. El Chuchusky sangraba por el culo. El De Simon Nónico llegaba al aula con el preceptor alumno. El preceptor alumno no podía creer lo que veían sus ojos. El preceptor alumno ponía un grito en el cielo. El Dios se espabilaba en el cielo. Los ángeles de la guarda se espabilaban en el cielo. El aula se llenaba de ángeles de la guarda. Los ángeles de la guarda no bajaban a proteger a los judíos. El Chuchusky era judío. El Margulisben era judío. El Kuitca y el Subiela eran judíos (aunque sus apellidos lo disimularan). El Gregorio Matorrales se obsesionaba con todos ellos y los envidiaba por sus inteligencias. El Chuchusky sangraba por el culo. El Margulisben escribía. El Kuitca hacía dibujitos. El Subiela comentaba los dibujitos del Kuitca. El preceptor alumno ordenaba que todos volvieran a sus lugares.

255. El Max Beerbohm hacía la tapas desde la número 1 a la 3 de una revista que se llamaba Achecha (38). La Achecha era dirigida por el Margulchisben. La Achecha no contaba la tortura del Chuchusky. La Achecha era la creación del H. Richer Chaachard. El H. Richer Chaachard no era tenido en cuenta en el sistema literario argentino durante los años de la dictadura. El sistema literario argentino durante los años de la dictadura celebraba los puntos de vista del Eco, del Rest, del Heidegger, del Freud, de la Sontag, del Rosa, de la Sarlo, entre muchos otros. El Chuchusky no conocía esos puntos de vista. El Chuchusky copiaba fórmulas algebraicas. El Chuchusky tomaba la decisión de dedicarse a la odontología. El Margulchisben escribía. El Kuitca hacía dibujitos. El Subiela comentaba los dibujitos del Kuitca (eran geniales). El Kuitca hacía las tapas de la número 4 a la 7 de la que se llamaba Achecha. El Eche Yomen volvía a su La Rioja natal. El Guidi Di Pesto se dedicaba a despachar asuntos en la Cancillería. El Max Beerbohm hacía dibujitos que nadie comentaba (eran buenísimos). El De Simon Nónico se hacía periodista económico del Establish Ment, periódico bilingüe. El Gregorio Matorrales fumaba hasta llenarse el cerebro con humo de tabaco y represiones. El Origone y el Pajares se fundían en un recuerdo abstracto. El Sarmiento y el Faustino retornaban a la Historia. El Videla y el Agosti y el Massera era sucesivamente puestos presos y soltados, soltados y puestos presos (con sus amiguitos de larga lista y canallada). El Roca y el Mitre volvían a los cuadernos Rivadavia. Del Memén nunca supimos más nada. Del Leblanc tampoco. El Gordo Bolú patentaba su máquina para matar a Dios.

256. Años después el Gordo Bolú tenía que ir a atenderse las muelas por un abceso. El Gordo Bolú caía en manos del Chuchusky odontólogo. El Gordo Bolú había olvidado sus crueldades de chico. El Gordo Bolú abrazaba al Chuchusky en un ataque de nostalgia. El Chuchusky lo hacía pasar. El Chuchusky lo invitaba a sentarse en el sillón de los pacientes. El Gordo Bolú pedía anestesia. El Chuchuskyu decía sí cómo no. El Gordo Bolú se dejaba aplicar la inyección. La inyección ni la sentía. El Chuchusky le aplicaba una dosis excesiva para un abceso. El Gordo Bolú se quedaba dormido. El Chuchusky le hacía un gran trabajo en las muelas.

257. El Chuchusky demoraba varias horas en trabajarle las muelas al Gordo Bolú. El Chuchusky se había vuelto un artista en el tallado de muelas. El Chuchusky le esculpía las muelas con letras. El Chuchusky esculpía letras en relieve en cada una de las muelas del Gordo Bolú. Lo que decían las letras esculpidas en relieve en las muelas del Gordo Bolú era irreproducible. El Gordo Bolú se despertaba y el Chuchusky ya no estaba en el consultorio. La asistente del Chuchusky lo despedía con una sonrisa profesional. El Gordo Bolú salía del consultorio alegre por no sentir más dolor de muelas. El Gordo Bolú se miraba las muelas en el espejo del ascensor. El Gordo Bolú no podía creer lo que le había ocurrido en la boca. El Gordo Bolú tenía un ataque de nervios. El Gordo Bolú no lograba localizar al Chuchusky. El Gordo Bolú se quedaba mudo. El Margulisben crecía. Escribía sus primeras obritas de teatro.

VIII
Llegando a un momento de cruce, reaparecen las jovencitas

258. Fue al reconstruir los días en que el Margulis hizo lo imposible para que se supiera cabalmente la historia de su vida cuando entendí que ni lobo ni chacal había sido -ni en verdad jamás sería- el acervo animal del hombre que esperaba que se cumpliera su escarmiento mirando temerosamente por las rendijas de la ventana. Miedoso de todos y de todo como él era, se las había ingeniado durante toda la vida para hacer creer al mundo que los pecados de los otros habían sido los suyos; acusado siempre que había sido por calamidades o torpezas el Margulis asumió, como judío culposo en el desierto, que se merecía lo que le pasaba.

259. A mí me pasa lo mismo.

260. No puedo criticarlo.

261. Cuando la culpa lo alcanzaba le era normal por caso despertar cansado y sentir, no más abrir los ojos, que tenía otra vez la sensación de estar en deuda con alguien por algo que ya había pasado. Era una sensación recurrente y desgraciada: había hecho algo malo y quería borrarlo, ya que no de su vida -porque lo hecho había estado- de su mente. Por haber hecho lo que había hecho por ejemplo dejaba de ver a una jovencita que él amaba. A medida que los años iban pasando se preguntaba, volvió a preguntarse, si realmente aquello por lo que lo acusaron (y que él asumió inmediatamente) realmente sucedió. ¿No habría sido todo una confusión ? ¿No habrían todos confundido, como decía la finada, peras con manzanas?

262. El mismo respondió enseguida, el día que lo acusaron (ya era un hombre hecho y derecho), diciendo que era todo verdad; habían estado todo ese día al aire libre y al cansancio del sol y del verde sobre su anatomía se sumó, además, la pesadez de la ruta cuando volvían -siempre manejaba él- y una abrupta frenada o volantazo que les salvó, a él y a todos los que iban en el auto con él, la vida: la mala maniobra había sido suya, ya que iba distraído y no vio que se estaba metiendo contramano en una diagonal.

263. ¿Por qué él había reconocido su culpabilidad sin defenderse? Porque, reiteremos, se sintió avergonzado y temió que sus seres más queridos le perdieran el cariño en caso de enterarse de lo que había hecho. Debería haber pensado en eso antes, mientras lo hacía, pero mientras lo hacía no le pareció que estuviera mal lo que estaba haciendo. Sólo tuvo esa impresión durante un segundo, cuando sintió gran placer, y como una torcida forma de arrepentimiento sincero (y no cínico, como durante mucho tiempo se reprochó a sí mismo) enseguida descargó en los oídos de su víctima aquella frase lamentable:

264. —Mejor que te pase esto conmigo, que soy yo mismo (y aquí se nombró a él y al tipo de relación que hasta entonces lo había unido a la personita en cuestión) y no con cualquiera.

265. Hubiera querido explicar que su intención al decir eso fue la de explicitar, la de aclarar las cosas. Que en ningún momento estuvo en su conciencia el deseo de hacer un daño. Que se había vuelto de pronto caprichoso e infantil, y al transformarse así olvidó por completo lo que su figura representaba para ella.

266. Su miedo de ahora era que alguien descubriese aquel incidente oculto cuidadosamente y lo pusiese en ridículo difundiéndolo. Pero más que su propio ridículo le preocupaba el efecto desastroso que aquello podía llegar a producir en las personas sensibles que, pese a lo que él había hecho, y que ellos ignoraban, lo rodeaban todavía. El Margulis se sentía una especie de Göebels cargando sobre su espalda un pasado tenebroso; pensaba, con la reiterada persistencia de un obseso, que nunca le iban a perdonar que hubiese sido malo. Tan grande era ese temor que se forzaba a ser la mejor persona del mundo, una actitud ésta que le venía de la infancia, como ya hemos visto, cuando tomó conciencia de que su padre lo había rechazado, y entre ser un niño muy buenito o uno travieso exageró sus virtudes para no ser castigado de nuevo. Si alguien alguna vez difundía su miserable renuncio debería hacerlo contando su historia completa, se decía para tranquilizarse.

267. Bueno, decidió abocarse él en persona a esa tarea titánica.

268. Pero el esfuerzo por hacer las cosas siempre bien estaba destinado al fracaso. Como si su moral fuese un agua contenida demasiado en un dique estrecho, tarde o temprano terminaba haciendo siempre alguna estupidez que lo enviaba todavía más abajo. Una vez en su infancia creyó que lo indicado era soportar indefinidamente la tomadura de pelo de un compañerito de la escuela que, igual que muchos otros, se aprovechaban de su pasividad para mortificarlo en exceso. Mientras el otro lo molestaba él seguía masticando su milanesa con puré (estaban en el comedor escolar) sin levantar la vista de su plato. Ninguno de los que estaba en la mesa hacía nada por defenderlo. Tampoco había una maestra cerca. Sin siquiera darse cuenta de que las bromas del otro lo estaban llevando a un punto de ebullición, de improviso él levantó el cuchillo con el que estaba cortando la milanesa y lo clavó en el hombro de su victimario. Fue más el susto por lo inusitado del gesto que el resultado sobre la piel de su compañero (el cuchillo tenía la punta redondeada, sin filo), lo que hizo que el otro chico se callara. Pegó un grito de espanto y no lo volvió a molestar. El Margulis siguió comiendo contento de haber conseguido defenderse tan bien.

269. Fuera que se olvidase una cosa en un lugar público o que no cumpliese con sus responsabilidades inmediatas, el Margulis se daba cuenta (al menos lo sentía así) que debía esmerarse más y más para estar a la altura de las exigencias que le caían encima. Este modo de pensar también lo había percibido durante los años mencionados de la infancia, aunque en aquel caso quien enfrentaba la demanda no era él mismo sino su madre, una mujer insegura y orgullosa que a su vez había sido criada entre la sobrevaloración (había sido un talento precoz) y la peor de las subestimaciones. Su madre siempre le repetía aquello de que él, que era un niño diferente a todos los demás, estaba llamado a hacer cosas importantes. Para él, que era un niño normal, semejante pronóstico resultaba imposible de procesar, pero como amaba a esa mujer más que a sí mismo creció buscando el modo de satisfacerla. Así postergó sus propias demandas hasta sentirse apenado de tenerlas cada vez que alguna le venía a la cabeza. No quería preocupar a su madre más de lo que ya estaba por haber parido a un prodigio.

270. Curiosamente no fue su madre sino una mujer anónima, bajita pero de lindas caderas, quien mirándole las palmas de las manos le dijo que él era uno en quinientos.

271. —Tenés la línea simeana. Son casos muy raros... —dijo la mujer y el Margulis sintió repentinamente vergüenza.

272. El Margulis sacó velozmente las manos de arriba del escritorio donde la mujer trabajaba como asistente del Lebenglik (era en un centro cultural universitario que estaba muy de moda, donde el Lebenglik había sido designado director) y ni quiso mirarse la línea entrelazada que iba de izquierda a derecha, o viceversa, como una larga trenza de pelo que daba vueltas sobre sí misma. Hasta ese momento el Margulis había creído que la así llamada Línea de la Cabeza estaba entrelazada con la Línea del Corazón. Pero la quiromántica del despacho acababa de decir que no, que el Margulis no tenía una de las dos.

273. ¿Cuál le faltaba?

274. La del Corazón, había dicho la mujer.

275. —Soy muy pensante. Muy cerebral vos.

276. El Margulis no sólo retiró las manos del escritorio suspendiendo la intención de hacer una gestión interesante con el Lebenglik, quien finalmente había sido su condiscípulo en los tiempos de la niñez; retiró también su propia anatomía del despacho y se fue a comer una ensalada de frutas al barcito de abajo, para pensar bien qué hacer. Mientras estaba comiendo la ensalada de frutas en el barcito de abajo se sintió molesto con la mujer:

277. ¿Qué podía saber ella de él, si acababa de conocerlo?

278. De él podía de hecho saber mucho más la adolescente de rulos rubios que acababa de entrar al centro cultural, vestida con un jumper gris, corbata suelta y camisa prieta, la mochila atascada en la espalda y los pies graciosamente vueltos hacia adentro en un gesto corporal clásico, que al Margulis solía llenarlo de concupiscencia. Los pechos bien redondos llenaban la camisa blanca con absoluta inocencia, pero el Margulis no podía dejar de pensar que en realidad el talle de ésta era uno o dos números más chico que lo que anatómicamente le correspondía. Concentró la atención en su ensalada de frutas para no caer presa del embrujo pero pronto empezó él a confundir, bueno, los trocitos de peras con los de manzanas, algún durazno en almíbar con un pedazo de ananá, y hasta una cereza con carozo que casi le parte las muelas con una frutillita cortada por su línea más transversal. Se dijo a sí mismo que él ya no estaba en edad para llenarse la boca con cerezas inmaduras, que ni las naranjas hechas pulpa ni mucho menos los pomelos eran parte de su dieta: el Margulis intentaba a toda costa aceptar los límites que su propia elección de vida le habían autoimpuesto, y que su editora tanto le había festejado, en las lejanas horas con que había empezado su semana de trabajo. Prioridad por prioridad, se dijo, que primero sea la finalización de la novela. Si me distraigo con cada nínfula que pase no voy a poder entregarla jamás. Así mentalizado, masticó con placer el último trozo de fruta de su ensalada. Volvió al trabajo de pensar en los motivos reales, profundos, psicológicos, nerviosos por los cuales se había trastocado la trama de sus días.

279. ¿Cuál, cuáles habían sido ese motivo?

280. La pregunta iba tomando forma en su cerebro cuando la jovencita se levantó de su silla junto a la ventana y caminó hacia donde estaba él. La punta posterior de la corbata parecía querer meterse entre las tablas del jumper y los botones de la camisa blanca amenazaban soltarse por la presión que los empujaba desde adentro. El Margulis fingió observarla avanzar con mesura platónica. Alguien debería enseñarle con paciencia a hacerse mejor el nudo, pensó.

281 1

282 1 De él llegaría a saber mucho más la adolescente que acababa de entrar al centro cultural, vestida con un jumper gris, corbata suelta y camisa prieta, la mochila atascada en la espalda y los pies graciosamente vueltos hacia adentro en un gesto corporal clásico, que al Margulis solía llenarlo de concupiscencia. Los pechos pequeños pero llenos empujaban la camisa blanca con absoluta inocencia, pero el Margulis no podía dejar de pensar que en realidad el talle de ésta era uno o dos números más chico que lo que anatómicamente le correspondía. Concentró la atención en su ensalada de frutas para no caer preso del embrujo pero pronto empezó él a confundir, bueno, los trocitos de peras con los de manzanas, algún durazno en almíbar con un pedazo de ananá, y hasta una cereza con carozo que casi le parte las muelas con una frutillita cortada por su línea más transversal. Se dijo a sí mismo que él ya no estaba en edad para llenarse la boca con cerezas inmaduras, que ni las naranjas hechas pulpa ni mucho menos los pomelos eran parte de su dieta: el Margulis intentaba a toda costa aceptar los límites que su propia elección de vida le habían autoimpuesto, y que su editora alguna vez le había festejado. Prioridad por prioridad, se dijo, que primero sea la finalización del trabajo largamente postergado. Si me distraigo con cada nena que pase no voy a poder entregarlo jamás. Así mentalizado, masticó con placer el último trozo de fruta de su ensalada.
283 1 ¿Cómo había llegado a esa situación?
284 1 La pregunta iba tomando forma en su cerebro cuando la nena se levantó de su silla junto a la ventana y caminó hacia donde estaba él. La punta posterior de la corbata parecía querer meterse entre las tablas del jumper y los botones de la camisa blanca amenazaban soltarse por la presión que los empujaba desde adentro. El Margulis fingió observarla avanzar con mesura platónica. Alguien debería enseñarle con paciencia a hacerse mejor el nudo, pensó.
285 1 —Va a lloverga –dijo de pronto la jovencita y el Margulis se sobresaltó.
286 1 —¿Cómo?
287 1 —Sí, ¿no tenés un paragüascazo?
288 1 El Margulis Sencillamente No Podía Creer Loque Scuchaba.
289 1 —No, mirá, nena, estás confundida...
290 1 —Confundariola.
291 1 El Margulis miró alternativamente a su alrededor y hacia su propia mesa, donde la ensalada de frutas ya a esa altura Brillaba Por Su Ausencia.
292 1 —Me Llama Poderosamente La Tensión que seas tan mal hablada —dijo el Margulis poniéndose el impermeable de profesor, un perramus dicho sea de paso muy correcto, que llevaba siempre doblado en dieciséis para ocasiones imprevistas como ésta—. Mirá, nena, ¿por qué no te volvés a tu mesita y me dejás terminar de comer la ensalada tranquilo?
293 1 —Ya acabaste. Dale, vamos al cine... —dijo la jovencita pasando concienzudamente un dedo por los bordes internos del vasito de plástico donde habían estado mezclándose las peras, las manzanas y todos los otros cubos de frutas de la ensalada del Margulis; después de pasar el dedo por los bordes internos (dos veces) se lo acercó a la cara, lo miró como si se tratara de un objeto extraterrestre y se lo metió en la boca: lo Chupó Con Fruición.
294 1 Al Margulis se le puso dura.
295 1 Miró para todas partes.
296 1 Uy, si bajaba el Lebenglik adiós gestiones culturales; por no hablar de las quirománticas.
297 1 —Mejor andate... ¿cómo te llamás vos? —preguntó cambiando de parecer.
298 1 —Natassja Bovary —dijo la jovencita de jumper que se Chupaba el Dedito con Fruición.
299 1 —Como Madame... —dijo el Margulis.
300 1 —Mademoiselle... —dijo la Bovary mordisqueándose el dedo con inocencia estrernecedora.
301 1 —Trés bien! —pensó el Margulis, que no sabía decir más de seis palabras en la lengua del Flaubert.
302 1 Cuestión que esa misma tarde fueron a ver la película de un actor carilindo y bien mantenido que hacía de cocinero que zampaba tantas mujeres como ensaladas de apio, manzana y queso, y de una actriz treinta y pico de años más joven que él que se moría de leucemia o algo por el estilo cuando en la película llegaba la Navidad y todas las calles se venían blanco lechosas y luminosas de deseo.
303 1 Ahora, deseo, lo que se dice deseo (por no hacer evidente la lujuria) fue el que se le amontonó al Margulis en la bragueta donde la pija parecía que le iba a reventar. La nena que estaba sentada al lado suyo en las butacas, con el jumper arremolinado en los muslos, era apenas mayor que su hija y se había hecho comprar una paleta de caramelo clásica, toda llena de colores puros bien dispuestos en líneas relativamente curvas por las que iba pasando la punta de la lengua con descarada fruición. El Margulis la verdad que no podía ni prestar atención a la película, tantas eran las ganas que le daban de meterle mano de inmediato. Entonces la miraba de costado y se entretenía imaginando los efectos que el glande provocaría sobre los cachetes de su cara.
304 1 Cuando la película terminó se sintió obligado a decirle que saliera antes que él; era un papelón que lo vieran junto a un bocadito semejante; así que prefirió simplemente seguirla, cuatro o cinco pasos más atrás, cruzando los brazos por delante con las manos enchufadas en lo hondo de los bolsillos del perramus. De paso la veía andar moviendo el culo con el jumper que se balanceaba como las campanitas tubulares que hay en las puertas de entrada de algunas casas de decoración (y también en lo de su mamá, recordó de pronto). La Natassja Bovary caminó bamboleándose sin darse vuelta y con el codo derecho levantado porque todavía le quedaba paleta que chupar; las medias grises hacían un montoncito agradable por debajo de las pantorrillas, uno de los zapatos tenía el cordón desatado. Antes de doblar por la rampa que iba hacia el exterior giró la cabeza y le puso una carita que casi nos vamos en seco todos ahí nomás.
305 1 De modo que el Margulis tuvo que apurar el paso para no perderla. Pidió permiso a los señorones y señoronas que disfrutaban comentando la película sobre la alfombra pop, y atravesó casi de un salto el espacio que quedaba libre entre las puertas de los baños y la luz que anticipaba la rampa de la esquina. La nena lo estaba esperando paradita contra la pared con la paleta de caramelo en la mano. Al Margulis ya no le importó lo que pudieran decir si lo veían. Se le tiró encima y la apretujó contra la pared abriendo el perramus para que ella quedara dentro de su tela. La paleta se cayó y quedó pegoteada entre la camisa blanca de ella y la corbata de él; el Margulis la agarró por las muñecas estiradas encima de la cabeza y le clavó los labios en los labios: le sorprendió un poco no encontrar pegajosa la lengua sino dulce y movediza; ella movió la cadera para adelante y se friccionó contra la pija que empujaba desde el pantalón.
306 1 Al cabo de un rato quedaron solos.
307 1 El Margulis la arrastró otra vez hacia el pasillo con alfombra pop y la metió de un empujón al baño de hombres. Se sentó de un saltito en el lavabo y sacó la verga del pantalón. Ella abrió la boca como para protestar pero él le pasó la mano por detrás de la cabeza y la obligó a metérsela enterita. La chica del jumper se sofocó pero no hizo ningún ruido de protesta. Por el contrario, puso sus dos manos alrededor de la pija y la empezó a sobar como con un ritmo interior. El Margulis apoyó entonces las manos en el lavabo y cerró los ojos, la cabeza echada hacia atrás. Ella era muy buena haciendo eso. Ella era muy buena. Antes de que le saltara la leche ella separó la pija. El lechazo fue a darle en la pera y la camisa. Ella se rió.
308 1 Desde ese día el Margulis volvió a pensar en los motivos reales, profundos, psicológicos, nerviosos por los cuales se había trastocado la trama de sus días, pero en otro estado de ánimo. Para empezar, dejó de culparse por la ruptura matrimonial. Algunos años antes, y con el nacimiento de los hijos, su vida sexual había disminuido estadísticamente al punto de haber vuelto a tener poluciones nocturnas durante los sueños más inesperados; había incluso retomado los toqueteos solitarios con la mano enjabonada y en su modorra lúbrica empezó a mirar, con desubicada ternura, a la gruesa muchacha cama adentro que consintió contratar pese a que el presupuesto no era precisamente holgado como ella.
309 1 Por las mañanas, mientras hacía su trabajo en el estudio alejado del corazón de la casa, se distraía mirándola colgar la ropa y la vista se le iba por entre la tersura café con leche de sus brazos hasta que se le anunciaba una erección. Le gustaba sostenerla como quien no quiere la cosa mientras la muchacha completaba la carga de ropa húmeda en las sogas de la terraza. Con uno que otro movimiento lento ella se secaba el sudor de la frente en el dorso de la mano, apartaba un mechón de pelo negro que insistía en pegoteársele a la transpiración de la cara y levantaba al fin la vista al cielo, maravillosamente azulino y cálido. El Margulis se dejaba distraer por la contemplación y se iba al mismo tiempo viendo a sí mismo como un judío del desierto, dueño de un caudal de siervas entre las cuales una, justamente una muchacha de cara redonda y mofletuda, con la piel de los brazos gruesos y fuertes lustrosa por el sudor, se había dado cuenta de las intenciones básicas escondidas en los ojos azules de su patrón; entreverado en el clasicismo bíblico el Margulis afirmaba un poco todavía más su decisión de seguir mirando, recorriendo con felicidad el panorama de la espalda ancha y la musculosa arrugada que confundía sus pliegues con los naturales de la barriga de esa muchacha ahora esclava y silenciosa. No había por cierto calzas en los tiempos de la biblia ni tampoco edificios circundantes, ni vecinos curiosos asomando las narices para vigilar por entre las rendijas de las persianas lo que personas más libres estaban por hacer en sus terrazas.
310 1 Pero hacer hacer, lo que se dice hacer, no era mucho lo que el Margulis hacía. Indefectiblemente la muchacha terminaba de tender la ropa sin siquiera darse por enterada de que había sido objeto de veneración, y su patrón retomaba el trabajo con aburrimiento. Hacia media mañana la esposa de toda la vida ocupaba el escritorio vecino después de saludarlo, aleteando los dedos, desde la puerta del suyo y el Margulis fingía una concentración que no se correspondía a la verdad del trabajo que estaba procurando terminar. Eso de trabajar junto a una mujer, pared de por medio, era algo que había fantaseado desde que era muy joven. Claro que en aquel entonces la ilusión de ese espacio compartido estaba depositada en una pintora cuya historia trágica él había obtenido por retazos, y de la cual se iba a enterar en detalle, de la manera más impensada y en un contexto totalmente diferente, toda una vida después.
311 1 La pintora estaba enamorada de un hombre mayor con quien se entretenía caminando por la playa sin rumbo fijo. Esos paseos eran como el libre fluir de los cuerpos duros y los corpúsculos que flotaban en la espuma de las últimas olitas antes de disolverse en la arena. Tirado en su lona, adolescente, el Margulis veía el andar de la pintora junto al hombre mayor y deseaba estar en el lugar del otro; lamentaba no tener todavía barba suficiente ni saber cantar canciones en francés, que era con eso evidentemente con lo que aquel había seducido a la misma que le gustaba a él. En el hostal para estudiantes donde ambos pasaban ese verano la vida social no era infrecuente que los hombres de la otra generación llegasen a ver el panorama; como en los asaltos donde siempre obtenían más réditos los egresados del secundario, a quienes las chicas gustaban coquetear y más aún si se aparecían con anteojos ahumados, también en el hostal esas visitas masculinas eran de una rutina pasmosa. Hasta la aparición del otro, mayor, el Margulis había venido desarrollando una estrategia de seducción centrada en el genuino interés y en la piedad: en un rellano de la escalera la pintora le contó, mientras se limpiaba los granitos de arena pegoteados en los muslos con el toallón, que el año anterior había estado detenida por la gendarmería; que prefería justamente por lo cercano del suceso no hablar mucho sobre el tema pero que al cabo de seis meses la habían trasladado a una cárcel común, de donde acababa de salir.
312 1 ¿Había sufrido ella vejámenes, abusos, humillaciones, maltratos? El Margulis estaba encendido de curiosidad y quería consolarla a toda costa; la veía hermosa con la mirada baja concentrada en los granitos de arena de los muslos, y mientras la bien pulida uña del índice femenino hacía en esa zona su labor minuciosa, quitando todo rastro de la playa desde la rodilla hasta el borde de la bikini, en movimientos veloces y cortos, la historia fue elidiéndose hasta desaparecer; con espíritu de cangrejo, su relato fue desprendiéndose de ella hacia los oídos del Margulis sin carnadura precisa. Ninguna escena específica, ningún motivo salía de la boca con ánimo de reconstrucción. Y al mismo tiempo, todo lo que ella iba diciendo, quizás por el modo entristecido en que se decía, fue adquiriendo un espesor patético. El Margulis hubiera querido ser telépata para evitarle a la narradora el suplicio de contar.
313 1 Comenzó a planear, parsimonioso, el modo de alzarle la cabeza y de besarla en la boca y en los ojos, donde luego iba a descubrir en un solo, incongruente parpadeo, picardía y tristeza, un sofocado brillo de humor y un defecto físico que le resultó de inmediato conocido y por eso mismo muchísimo más seductor que todas las lozanías de los ojos que hasta ese momento de su vida había conocido. El también había sido estrábico de niño, iba a querer decirle un rato después de abrazarla, buscando transmitirle la emoción que le produjo ese reconocimiento. El había sido objeto de burlas durante toda su infancia por los exagerados anteojos que tuvo hasta los doce años, y que su madre insistió en encargarle cuando tenía seis oponiéndose a la opinión de su marido quien consideraba, desde su cruento saber de médico, que la única solución para el problemita óptico del hijo menor era la intervención quirúrgica.

X
Con la muerte del maestro1, se aclara la intención que sostiene la trama…

281. Pero fue todavía un año después, y no sé si un poco más también, cuando al Margulis comenzaron a acusarlo de todo un poco, y por motivos bien disímiles. No parece tampoco exageración consignar que las críticas contra él sobrevolaron desde los cuatros puntos cardinales.

282. Desde la izquierda de su casa, algo así como el noreste, un vecino que lo tenía entre pelada y ceja desde que el Margulis había estado en la televisión descerrajó sobre él una feroz insidia: con un punzón perforó meticulosamente los neumáticos del auto que entonces tenía el Margulis sumiéndolo en un estado de ansiedad y persecución que le duró varios meses. Resultó que el programa de televisión al que aquel había ido era el más repudiado por el progresismo local; una antigua amante acaso despechada le había conseguido la invitación y siendo como él era en ese tiempo animoso y ávido de exhibición mediática, aceptó y durante horas toleró insultos y regodeo ajeno. Sin embargo el día que llegó al estudio de televisión se sintió un ídolo. Su madre, cuya sensibilidad seguía siendo igual de fina aunque sus manos ya no eran tan hermosas como antes, seguro iba a estar orgullosa de él; desde jovencita había soñado ella con aparecer en la tapa de la Radiolandia y si bien hacía mucho tiempo ya que no se ocupaba de la formación de su hijo seguía la carrera de éste, como se dice (voy a citar) a pies juntillas (fin de cita): aunque el Margulis nunca más había vuelto a sentarse frente a un piano –no lo invitaron a la televisión precisamente para tocar ese instrumento-, ella no perdía la esperanza de que el prodigio que ella había parido renaciese, bueno (cito) de sus cenizas (fin de cita).
283. Y también su novia de entonces, una muchacha algo agriada de carácter por exceso de voluptuosidad reprimida, y que a decir verdad ya no era su novia pero igualmente aceptó acompañarlo a su cita con la fama.

284. Lo que se encontró en ese estudio de televisión no era como nada que el Margulis hubiera podido imaginarse. En su recuerdo estaba la imagen de uno que había visitado veinte años atrás, cuando con su colegio fueron a un concurso de preguntas y respuestas; para empezar, el conductor de aquella primera vez era mucho más simpático y usaba peluquín; luego, en ese otro programa los participantes eran un grupo eufórico y deseoso de hacer morisquetas frente a las cámaras con tal de ganarse un viaje de fin de curso al Bariloche nevado. Y además había un jurado de notables ecuánime y respetuoso. Claro es que el Margulis no se acordaba que a último momento él había desistido de responder la ronda de preguntas sobre culturas oriundas de la América precolombina, azuzado por un repentino escándalo en los intestinos que lo obligó a salir prácticamente corriendo rumbo a los baños del canal. Sus compañeros nunca se lo perdonaron pero por suerte para ellos el Chuchusky había logrado responder a casi todo con maravillosa agudeza. Casi todo. Porque cuando el conductor, sonriente y exultante, anunció el bloque final el Chuchusky empezó confundiendo diaguitas con araucanos y luego, bochornosamente, en el repechaje, a los misérrimos, salvajes nahuatl con los orgullosos y pacíficos incas. El Margulis tenía el tema perfectamente preparado. Había leído al Salvador Debenedetti y podía decir sin sombra de dudas, sin temor a equivocarse, sin repetir y sin soplar todas y cada una de las principales características de las culturas de tiawanacu o tihuanaco, de chavín de huantar, de la tahuantisuyo o incaica, de la nahuatl o azteca. Porque inca era. Era inca. No azteca o nahuatl como dijo el comelibros del Chuchusky. Inca era. Como los duraznos en almíbar que no tendría que haber comido tantos, él, la noche anterior, pero bueno.

285. Cuestión que cuando la vida le ofreció ponerlo ya de adulto frente a las cámaras de televisión el Margulis lo tomó como una reinvindicación histórica. Lo sentaron maquillado y solitario junto al conductor, frente a una gran mesa de vidrio, y un instante antes de que se encendieran las tremendas luces que lo comunicarían con millones de televidentes en vivo y en directo tuvo un último pensamiento para el Chuchusky. Y con el Chuchusky se acordó también del Origone, y con el Origone del Echegarya Maurin, y con el Echegarya Maurin del Con Geniol, y ahí le vino a la memoria el Kuitca. Ah, pensó exultante el Margulis cuando se encendieron las tremendas luces que lo comunicarían con millones de televidentes argentinos, exultante como exultante había estado aquel antiguo conductor que preguntaba por los precolombinos, si el Kuitca lo viera…

286. No sabemos, no podemos decir si el Kuitca lo vio. Nosotros lo vimos. Qué papelón. Y no una sola vez. Empujado por un misterioso afán de seguir siendo vapuleado ante millones, el Margulis regresó a la escena mediática dos días después (la primera aparición había sido un viernes); no fue atenuante que se hubiese recluído todo ese fin de semana a estudiar, con pelos y señales, la causa judicial sobre la que había estado trabajando como un poseso durante dos años; una inutilidad absoluta que tuviera, como tenía en el momento del verdadero repechaje de su vida pública, una carpetita número 3, con tapa plástica y folios robados a sus alumnos de la Universidad, llena de documentación: verbigracia, la fotocopia de una ficha odontológica premortem que mostraba, indubitablemente, su coincidencia total con otra tomada al occiso después del accidente, y que también tenía en su carpetita número 3; por no hablar de otros materiales, bueno, periodísticos, que realmente no viene al caso mencionar ahora, como no vinieron en aquella jornada expiatoria donde lo único que pudo hacer, pese a toda su buena voluntad y sentido de revancha, fue quedar para la posteridad como un desaforado sin sentimientos, un menesteroso, un improvisado, un mentecato, un pollerudo, un pusilánime falto de palabras, un chambón de cuero duro, eso sí, aunque a juzgar entre otras por la reacción de su vecino cejijunto y calvo de la casa de la izquierda, también un vulgar adláter, un chupamedias o empleaducho, en fin, de lo peor del oficialismo nacional.

287. Mala imagen.

288. Absolutamente no soñada.

BLANCO
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289. ….lo catapultaron no diremos que desaforadamente pero sí con firmeza hacia el (cito) ninguneo (fin de cita). Resentido por la situación, vengativo, el Margulis atacó desde los espacios impasibles del (cito) periodismo digital (fin de cita).

290. Pese a -o quizás debido justamente a- que el nombre con el que se conoció primeramente a esta nueva modalidad de la Era de la Intuición, con la que cualquier adolescente de hoy en día se encuentra familiarizado, fue resistido en buenas zonas del mundo en los primeros años del siglo XXI, el Margulis adhirió a la nueva tendencia con la pasión de un cruzado. Así acumuló en su computadora personal numerosas frases de apoyo, que sentía dirigidas personalmente a él.

291. Cito a un David de Ugarte español: Las asociaciones de periodistas declaran como objetivo "luchar contra el intrusismo profesional", conocidos comunicadores braman contra los "los que pretenden hacerse pasar por periodistas" en la web y nuestras saturadas facultades alertan a sus estudiantes de que sus futuros puestos de trabajo están en peligro no porque el modelo informativo del siglo pasado esté en crisis, sino porque hay quien hace periodismo sin ser periodista. La Bitácora de las Indias, con 12.000 lectores y tras casi dos años de vida se ha convertido en uno de los objetivos favoritos de los enemigos del "intrusismo" (39) (fin de cita).

• a una Dolores de Zorraguieta argentina, radicada en la ínclita ciudad de Nueva York (cito de memoria): la literatura de la Internet está revolucionando el mercado editorial (fin de cita). No era precisamente una mujer bellísima la Zorraguieta, y al Margulis en rigor le resultó curioso que hablase un castellano con acento neoyorquino, esa curiosa manera de referirse a los dones y perdones del momento como si explicara las bondades de un jabón en polvo. Pero le alegró sentir que incluso mirando aburrido por la ventana enrejada, incluso deteniéndose a contar cada uno de los despellejamientos de pintura en el techo de tejas rojas de su casa, ahora podía estar no ya en la periferia de la ciudad sino de la del centro cultural del mundo.
• a una Dolores de Zooraguieta argentina, radicada en la ínclita ciudad de Nueva York (cito textual) Hola Alejandro,
Gracias por lo de las felicitaciones. Llegué a NY y me
enfermé. Pero ya estoy mejor.
Me alegro que el curso te haya parecido interesante.
Visité algunas de las direcciones que me diste, aunque
debería leer más de tus escritos, para tener un sabor
más claro de tu trabajo literario. Tu trabajo plástico
es muy atractivo.
También visité www.ayeshalibros.com.ar. Un proyecto
interesante. La idea de publicar online el trabajo
inédito de escritores está revolucionando la industria
editorial. Como dije en mi curso es una manera de que
los creadores se apropien de medios de difusión a
través de la Internet y subvertir la verticalidad en
este caso editorial/escritor.

Seguimos en contacto, un abrazo,

Dolores (fin de cita).

292. Y se sintió una vez más contento de ser él también un gusano en la Big Manzana Internética pese a estar viviendo lo que se dice (cito) en el culo del mundo (fin de cita).

293. No podremos decir ahora si fue debido a su pasión por las nuevas tecnologías o a su presencia en el programa más repudiado por el progresismo vernáculo; tampoco si los furores del vecino de la izquierda se debieron a una causa de estricto corte barrial. Lo cierto es que por la misma época en que una y otra cosa sucedía, la soledad del Margulis dio en aumentar. Vivió nuevamente estados de tristeza y desánimo como en su adolescencia. Volvió a llorar mucho, sobre todo por las noches, sin emitir sonidos. El trabajo comenzó a fatigarlo y odió todo movimiento que tuviera que exigirle a su cuerpo, reblandecido un poco por los años, algo más que subir o bajar las escaleras de su casa. También los cambios meteorológicos lo afectaron como hacía tiempo no le pasaba: si llovía porque llovía, si hacía sol porque hacía sol, si estaba nublado porque estaba nublado. No hubo lo que se dice (cito… no, mejor elido) que le viniera bien (fin de elisión).

294. Clima.

295. Tuvo nostalgias del clima de libertad que vivía en su adolescencia, una ilusión desde todo punto de vista porque cualquiera que haya leído la semblanza que sobre él publicó su hijo homónimo (40), obtenida a partir de revisar sus papeles bien guardados.

296. Cito: Pegado a la tapa de un cuaderno con espiral hallé también un recorte de revista sin fecha pero amarillento. El papelito, arriba, en letras cursivas blancas sobre fondo negro, decía:

Un conflicto personal

Abajo, en tipografía más chica, Bodoni:

Resuelto por el psicoanalista.

El artículo en cuestión:

JOVEN DEPRIMIDO

"Vencido, de Capital, pregunta: "Soy joven, de 25 años. Deseo vivir. Sin embargo, la vida me es imposible. Si trabajo tengo ganas de hacer abandono del mismo y retirarme a casa para acostarme y no levantarme por varios días. Haciendo fuerza de voluntad termino la tarea pero parece que me falta ánimo para emprenderla y no dejarme vencer por las penas y la tristeza. Deseo sacarme esta duda de una vez por todas. ¿Estaré verdaderamente vencido? ¿Habrá llegado mi hora?"

Fue premonitorio.
Alejandro Margulis

297. (fin de cita) podrá deducir cuánto de verdad y cuánto de exageración autocomplaciente y narcisista hubo en estos sentimientos.

298. Ocurrió que también la derecha, bien peinada y hasta con barbas renacidas, para no ser menos, la emprendió contra su (cito) genio y figura (fin de cita). El corazón del brulote provino en este caso de los escritorios libérrimos del diario de los Mitre, y entre sus más jóvenes y celosos editores surgió hacia el Margulis la acusación de que era (cito) un acosador sexual (fin de cita). No entonces (cito) un play boy (fin de cita) sino, repito (y cito), un vulgar baboso con alucinaciones misóginas y capacidad de dolo (fin de cita) había sido él en realidad durante los años de su estadía en el supuesto vergel, también llamado (cito) tribuna de doctrina (fin de cita). ¿Cómo llegó esa información a sus oídos?

299. Pero antes de contar esto se hace preciso consignar un nuevo descubrimiento. O quizás un nuevo invento ﴾(si, como observa Bateson (41) , la gravedad no fue en rigor un descubrimiento de Newton sino un invento, puesto que el físico (cito) fingó (fin de cita) una idea: es decir (cito) fabricó (fin de cita) , como bien se desprende del latin moderno, ya que la palabra en cuestión proviene del tal, hasta formar el sustantivo verbal (cito) fictio (fin de cita), de donde si Bateson extrae la palabra (cito) ficción (fin de cita), por qué no nosotros, qué joder)).

300. Inventemos quizás entonces, es decir ficcionemos, el hallazgo en cuestión.

301. El hallazgo en cuestión son cuatro hojas tipiadas a máquina en papel de avión, firmadas por el ya algunas veces hemos mencionado en esta historia como El Artista Plástico Guillermo Kuitca, en las cuales éste explica, explicó los motivos personales por los que decidió, decide dejar de publicar una revista de difusión de escritores inéditos llamada, a su juicio quizás algo caprichosamente, Ayesha. No reproduciremos ahora la totalidad de ese texto, que por otra parte puede ser consultado por cualquier interesado en seguir ahondando aún más este panegírico.(42)



APENDICE DOCUMENTAL

Piaget, sí Piaget

Ese hombre jamás había visto a Piaget haciendo fotos de sus muertos, pero en cambio conocía la sordidez del poder: ese hombre había ordenado cosas horrendas, cosas por las que estaba muy bien que fuera juzgado. Muy temprano por la mañana, con frío de cementerio, ese hombre se dejó colgar una bufanda gris al cuello y también anudar una corbata roja como paladar de perro fino, y mientras una mano femenina se ocupaba de acicalarlo de un modo indecorosamente amoroso, en la otra punta de la ciudad Piaget terminaba, decidido, de sacar el último de los sobres rectangulares y angostos de la caja donde los había tenido guardados desde veinticinco años atrás; respirando con dificultad se entretenía Piaget en despegar uno por uno las bordes secos de cada uno de los sobres con sus dedos gordos, adentro de los cuales había tiras y tiras de negativos que fue sacando despacio, mirándolas luego a contraluz y sosteniéndolas con la pinza de depilar bajo la luz de una lámpara, una de la que ya sólo quedaba, a esta altura de la vida, una base repujada en cobre, que imitaba una roca o piedra gigante, sobre la cual se agitaba con las alas extendidas un águila voraz. La lámpara del televisor en la casa de Piaget permitía que se vieran, en tanto, las imágenes del hombre que no era ya ni lobo ni chacal, entrando con aires de cordero a los tribunales federales para ser notificado de la detención en su contra que -decía un locutor- había sido "dispuesta a pedido de la Justicia española por los crímenes de la dictadura que encabezó"; y al escuchar esa frase Piaget suspendía un instante la morosa observación de los negativos a contraluz, la morosa visión de unas formas oscuras de mujer tendida sobre el pasto, de noche, mal cubierta por una campera de lana o cuero, los ojos abiertos y la boca cerrada, la sangre ya seca distribuida por la frente, las cejas, los pómulos y la cara inexpresiva de tan muerta; como inexpresiva pero viva se veía, en la pantalla del televisor, la cara de ese hombre al que le habían comunicado que pronto volvería a ser juzgado: ninguna, ninguna emoción: ninguna ahí, en la puerta exterior del juzgado; como ninguna había habido o hubo en el interior -nosotros lo vimos- del despacho donde ese hombre estaba o había estado como entretenido mirando sin ver a los amanuenses, figurándose quizá que las caras de los amanuenses eran en verdad los rostros muertos de sus viejos enemigos, formas lúgubres que no había visto fotografiar pero sí trasladar, en varias ocasiones, con los ojos cubiertos por vendas o las cabezas enteras con capuchas, mudados los colores de sus pieles desde el rojo ira al blanco macilento, como frutas podridas que poco a poco irían recuperando, pensaba él, su espíritu original gracias a la eficacia de los tormentos: delincuentes, volvía o volvió a pensar ese hombre mientras su abogado hacía la presentación judicial, se les había subido hasta los labios la verdadera luz de la justicia y la verdad. "De verdad hay que terminar con la fruta podrida, Piaget", le dijo Feced al fotógrafo en más de una ocasión, citando a conciencia a su comandante en jefe; y mientras lo decía miraba respetuosamente, en el C.C.D. del Servicio de Informaciones de la Jefatura de la Policía Provincial, la foto (enmarcada) del hombre que veinticinco años después iba a ser visto por millones de seres a través de la televisión entrando y saliendo de los tribunales federales para recibir, quizá al fin, su merecido castigo. Entre la visión de la pantalla del televisor y la de los negativos al contraluz de la lámpara con un águila en su base –águila voraz abierto el pico, águila comedora de intenstinos- Piaget no supo con cuál de las dos imágenes quedarse. Sin embargo los modos y las circunstancias en que lo había mirado por primera vez, al ahora viejo y macilento (de lejos, en el palco, arengando a los hombres de su estirpe, habituándolos a la dureza con el ejemplo de su magra postura) se le vinieron al recuerdo con más presencia que las imágenes de la realidad o del presente, recordando pero sin mirar se le vinieron los recuerdos; como mirando pero no recordando estaría en cambio ese hombre ahora, imaginó, en el despacho del juez federal; manteniendo rígida su cabeza plateada con prolija gomina, imaginó; acusando recibo de cada información aunque sin dejar rastro visible; es decir: con la misma rígida solemnidad que lo había hecho odioso y temido, y tal vez enfermizamente amado por una mujer magra, piadosa y tan embrutecida como él. Si a algo se parecía ese hombre entonces no era a un lobo ni a un chacal, pensó con nosotros Piaget al verlo salir del despacho del juez federal, en la pantalla del televisor; distraído de sus fotos, a Piaget ese hombre se le figuró una laucha, una laucha a punto de clavar los dientes en la mano del gato que la estaba molestando; una laucha de cola larga y fibrosa, apretadas las manos contra el pecho en estado de alerta, lista para huir desde la luz que dejaba su boca de cloaca mal cerrada o tal vez, bueno, del bajo fondo de un ropero en una casa de Floresta. Y en efecto, ese hombre que dejaba pasar los minutos completamente inmóvil mientras escuchaba al juez leerle su aviso de sentencia en realidad se sentía por encima de las pasiones de las personas normales: ya dios lo había juzgado y perdonado, se decía a sí mismo, por los actos erróneos posibles, exceso a su criterio de celo en el cumplimiento del deber; un profesional de las armas como él se sentía, quiero decir, más fondo que figura de la gran escena de la historia nacional, modestia del hombre de armas que asegura creer hasta último momento que simplemente ha cumplido con su deber. En cambio en el pasto, pensó Piaget, habían sido figuras y no fondo bajo su lente, pero por cierto sin poder elegirlo, las siluetas de los militantes masacrados. Un repentino olor a mierda le llenó en ese momento la nariz. ¿De dónde venía? ¿Del ropero de su pieza en la terraza de su casa en el barrio porteño de Floresta? ¿Del bajo fondo del ropero donde guardaba las cajas muertas? ¿De Tucumán? ¿De Rosario? ¿Del pico abierto del águila comedora de intestinos en la base de su vieja lámpara repujada en cobre? Cuanto más rápido lo tuviera a él de vuelta en casa -así le gustaba referirse a su provincia el general tucumano Acdel Vilas-, mejor. Pero Feced movió sus influencias y Piaget quedó bajo su administración en el C.C.D. del Servicio de Informaciones de la Jefatura de la Policía Provincial en Rosario.

Piaget discurre sobre el barroco fúnebre

—Ahora dígame, Piaget, ¿usted realmente piensa que Echeverría leyó los Anales de Tácito antes de sentarse a escribir El matadero?
—Tácito... Tácito.... ¿De los Tácitos de Rosario?
—¡Tácito! El Tácito de Roma. Usted sabe, Tácito. No se haga el burro. Tácito, el testigo de las atrocidades de Tiberio.
—Tiberio me suena... .
—Tácito, el de la muerte como sistema abierto, sometido a la vez a una estructura y un proceso, a una repetición y una dirección...
—Ah, sí algo me acuerdo... Tácito. Lo estudiamos en el colegio... Mataba a troche y moche.
—El mismo. Bueno, ahí tiene: en Tácito parece que la muerte prolifera por todas partes y sin embargo permanece cautiva de un gran objetivo esencial y moral.
—¿Quién lo dice eso?
—Cualquiera, no importa. Alguien lo dijo. Pero volviendo a estos pagos, ¿usted diría que Echeverría lo conocía a Tácito antes de sentarse a escribir El matadero?
—Conocerlo puede ser...
—Pero no lo leyó. O no vino al cuento. Porque acá la muerte siempre fue un sistema cerrado, sin estructura ni proceso, salvo el de la casualidad o la furia, ¿no?
—Bueno, fue el Proceso de Reorganización Nacional.

—Ahí tiene: el nombre éste, gran malentendido. En Tácito, en Tiberio contado por Tácito, la muerte se repite todo el tiempo igual. Acá aparentemente se parece pero jamás es idéntica a sí misma.
—¿Quién dice eso?
—No importa el quién sino el qué, ¿no es cierto? En Echeverría la muerte no existe más que en ese corral donde morirá el unitario.
—¿En Echeverría o con las Juntas?
—En ambos dos. Algunas cosas no han cambiado en este país a pesar de los años.
—Si usted lo dice...
—Me corrijo: en ambos tres. No nos olvidemos del número. Acá las tres armas administraron conjuntamente las muertes y los suplicios, la determinación de las víctimas y los modos de desprenderse de los cadáveres.
—Si usted lo dice...
—El problema justamente es que nosotros tuvimos a un Tiberio o a un Rosas, según como los quiera mirar, multiplicados.
—Ya voy viendo a dónde quiere llegar...
—El otro asunto es el de los lugares.
—¿A ver?
—En El matadero de Echeverría (y en la ESMA, y en los campos, en todos los chupaderos en suma) la precisión del espacio dejó demostrada la absoluta arbitrariedad con que se administró la muerte en estos pagos.
—Ahora sí que no le entiendo
—¿No le suena conocido todo esto, Piaget?
—¿Que el sistema adoptado por los militares del Proceso fue igual al de los mazorqueros de Rosas?
—Que el sistema de quienes lo emplearon a usted, no se haga el zonzo, que por algo se tuvo que venir a esconder acá, fue la continuidad inevitable del que utilizaron los mazorqueros de Rosas, pero también los otros...
—¿Usted dice que el sistema no estuvo matemáticamente definido? ¿Qué otros?
—Exacto. Los alemanes que nacieron del huevo...
—Un plan estratégico de exterminio hubo; todos lo dicen...
—...del huevo de la serpiente.

"¿Ya estai güeveando otra vez, ñato?", me dice el Jockey. Pero yo no lo escucho.

—No, no hubo tal cosa. La cosa se les fue de las manos. Fue un caos esa masacre, querido Piaget. Son cosas que pasan.
—Eso es lo mismo que decir que sólo hubo errores o excesos.

"Largá el porro, ñato...", me dice el Jockey. Pero yo no lo escucho.

—El problema de los argentinos es que no conocen los términos medios. Las cosas no son nunca blancas o negras, Piaget, ¿no cree?
—Yo no creo nada, yo hice algunas fotos nomás.
—Ah, sí, claro ; usted argentino. Pero acá hubo una guerra, mi viejo...
—Vasco francés. Y además no me escondo de nadie. Me tomé unas vacaciones de invierno nomás...
—Sí, claro. Y mi tía tiene un paraguas...
—Guerra dice... ¿de qué guerra me habla?
—No va a ser la guerra de las aceitunas.
—Muy gracioso.
—Digame, Piaget, ¿a cuántos fiambres les sacó el retrato usted?
—Unos treinta y seis, creo. Sin contar a los pibes ésos del colegio. Toda una división, creo. Y una escritora con unas tetas preciosas. ¿Pero eso qué tiene que ver?
—Me preguntaba una cosita...
—¿Qué cosita?

—¿Qué habrían dicho sus fotografiados sobre el benemérito sistema?

De modo que Piaget se sintió honrado con el interés del jefe de los gendarmes rosarinos. No le importó tener que empezar a viajar al C.C.D. del Servicio de Informaciones de la Jefatura de la Policía Provincial en Rosario para ampliar, bueno, su cartera de clientes. "Creo que en esos años hice las mejores fotografías de mi vida", me dijo cuando finalmente lo encontré, pero ése es más bien el cuento del Tigre que el de los lobos. Del Tigre porque nos encontramos en el Tigre, ¿no es cierto? Bueno, ya. Salgamos de acá. Juira. "Es notable cómo algunos artistas funcionamos mejor bajo presión", dijo. Yo quería ver las famosas fotos de las monjas francesas pero él se hacía el misterioso. "Tengo otras más interesantes para mostrarte antes", murmuró en voz baja. Estábamos en un bar de la estación de tren de San Fernando (San Fernando, no Tigre); su hija de quince años había ido con él... ¿o no era tan grande entonces? Cuando él tenía apenas veinte años, la edad más linda... Uno sabe que es potente y que la muerte no va a venir a visitarlo por mucho que haga contorsiones de vedet delante de la cámara... Piaget había llegado a esa edad en cierta forma a un callejón sin salida desde un punto de vista profesional. Antes incluso de salir al ruedo -como quien diría- de su propia personalidad como creador, las circunstancias de la vida lo habían obligado a tener que trabajar para comer. No lo estoy justificando. Ni yo. "A mí el trabajo me gustaba y las pocas experiencias previas (ese concursito escolar, las escenas familiares) no habían salido, bueno, precisamente para enorgullecerse", me dijo hablando frente a su hija como si se refiriera a obras maestras. Quince añitos tenía la hija, en el 91. Tal vez dieciséis. Un bomboncito la hija. No dejaba de mirarme con sus ojos achinados. Rubiecita teñida pero bueno. Lindos rulos. Y en uniforme de colegio. Mmh. Pollera tableada gris. Suéter azul marino. Llenito el suéter. Llenitos mis ojos con la hijita de Piaget. Afortunadamente para el mundo no quedaron casi rastros de esos primeros experimentos formales; en su memoria en cambio se acumularon las expresiones del primer público que los vio. Es interesante comprobar cuántas veces una madre o una tía, por poco que sepan de arte, descubren intuitivamente la boca de la picada por la que se ha encaminado la sangre de su sangre. "Incluso contra lo que yo mismo sentía (vergûenza no de la intención sino de los resultados) ellas me alentaron a seguir el camino p