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40 AÑOS DE FELICIDAD |

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40 años atrás, Palito Ortega componía 'La
felicidad', una canción que marcó una época y hoy es un mojón: señala el adiós a una Argentina pacífica e
ingenua.
En el mundo, la Argentina siempre fue identificada musicalmente por La
Cumparsita . Pero a fines de los años '60 hubo otra canción, menos
sofisticada que el tango de 1924 pero inevitablemente pegadiza, que recaudó
más por derechos de autor en el exterior que este famoso exponente del 2 x
4. Era La felicidad . Un hit de Ramón Palito Ortega que acaba de cumplir
cuarenta años, un aniversario que pasó inadvertido, a pesar de su
popularidad inmensa, que aún hoy no se ha desvanecido. La melodía no tendrá
la calidad de Sargent Pepper , un éxito casi contemporáneo que aún nos
conmueve, pero no por eso deja de tener lo suyo. Logró vender más de 2,5
millones de copias. Existen de ella un montón de versiones instrumentales.
Fue cantada en español, inglés, italiano, alemán, francés, holandés,
sueco... Y todavía la siguen cantando hasta los chicos de jardín de
infantes.
El año 1967 estaba lejos de ser "ja, ja, ja, ja", como dice la canción. El
general Juan Carlos Onganía había llegado unos meses antes con una
pretensión de instalarse en el poder sin límites ni plazos, tal como lo
haría después la dictadura de Videla y sus secuaces. Estudiantes y
profesores habían sido apaleados en la Facultad de Ciencias Exactas, lo que
no sólo terminó con la autonomía universitaria sino que inició el drenaje de
científicos que aún continúa. El peronismo proscripto era como una olla a
presión que tenía a la sociedad argentina en ebullición, como quedó
demostrado unos años más tarde. Y ése era también un país que hoy, aunque
parezca contradictorio, nos provoca cierta nostalgia. Todavía era la
Argentina industrial, en la que no se corría (tanto) la coneja. La gente de
clase media podía comprarse fácilmente y en cuotas un departamento a
estrenar o, por caso, un tocadiscos automático marca Wincofon: exactamente
en diez pagos de lo que entonces eran 2.270 pesos ("fuertes"). Y con la púa
del Winco avanzando por un surco de un disco fabricado con acetato, sonaba a
todo volumen La felicidad .
Pero bajo la estúpida mirada castrense, la juventud era además sinónimo de amenaza. "Por debajo de su imagen despreocupada y liberal, los '60 fueron años de fuerte hostigamiento sobre los jóvenes –cuenta Sergio Pujol, historiador y crítico, autor, entre otros libros, de La década rebelde, los años '60 en la Argentina –. Tal vez la novedad respecto a años anteriores haya sido la conformación de un eje de cultura joven internacional al que, en mayor o menor medida según diferencias sociales y geográficas, adscribió una buena parte de la juventud argentina. En este sentido, hubo dos momentos o períodos: el de la Nueva Ola, cuya expresión más exitosa en términos comerciales fue Palito Ortega y los chicos de El Club del Clan, y el de la cultura pop o beat posterior a 1966, línea que daría origen al rock nacional. La carga de la represión cayó, lógicamente, sobre este segundo momento, que para los sectores conservadores, claramente representados por Onganía y el catolicismo más retrógrado, suponía la entrada al país de aquellos aspectos más disolventes y subversivos de la modernidad. El hippismo, la psicodelia, la música de los Beatles, los cabellos largos y las prendas estrafalarias y el pop art promocionado por el Instituto Di Tella fueron las manifestaciones externas más receladas por el régimen de Onganía". Era ésta una dictadura de impronta puritana que dedicó esfuerzos a perseguir parejas que se besaban en las plazas o frecuentaban los hoteles alojamientos. "En Buenos Aires, el instrumento de ese plan de adecentamiento de la vida urbana fue el comisario Margaride, quien ya había tenido una actuación durante el gobierno de Frondizi", recuerda Pujol. Luis Margaride (que llegaría a jefe de la Federal en 1974) también visitaba whiskerías y boites. Una noche, hizo llevar presas a todas las mujeres, entre ellas a una cantante que estaba tomando un trago en soledad. ¿El cargo? "Cruzamiento de piernas."
Sin embargo, Palito dice que no escribió La felicidad , la canción más exitosa de toda su carrera, pensando en el país que lo rodeaba, sino en la que era su novia entonces, y luego sería su mujer: Evangelina Salazar. El hit se publicó por primera vez en Un muchacho como yo , el long play que traía un dibujo de la cara del cantante realizado por el pintor Carlos Alonso. "Palito Ortega: de lavacopas a ídolo de la juventud", afirmaba la crítica aparecida en Clarín el 26 de enero de 1967. El artículo no decía nada en especial sobre La felicidad . Sólo afirmaba que era un trabajo "interesante para los fans". En su estudio de Luján, Palito aún conserva colgada la primera copia de aquel disco, que está autografiada por Tita Merello. "Palito Ortega: aquel chico que vendió café, ahora nos da su música: ¿qué más?", decía.
¿Cómo es la historia de la canción?
Es muy simple. En el primer viaje que hice a los Estados Unidos programado
por la compañía discográfica RCA me presentaron a varios artistas, entre
ellos, a Paul Anka. En los años '58, '59, con el nombre de Nery Nelson, yo
cantaba sus canciones o cantaba rock and roll. Entonces, le dije que para mí
era muy fuerte conocerlo personalmente. Se reía. Entonces me contó que iba a
grabar un disco en español y, para devolverme la gentileza de haber cantado
canciones suyas, quería cantar ahora una mía. Para mí era un honor... Pasó
un tiempito. Obviamente influyó el hecho de que yo ya la había conocido a
Evangelina. Entonces, un día agarré la guitarra, y creo yo que, como nacen
las canciones más populares, nació de golpe. Son canciones escritas sin
premeditación. Uno no las trabaja demasiado...
Salen como un aluvión...
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Sí. Yo pensé inmediatamente Paul Anka, porque él cantó montón de canciones
como Pity Pity , con la cual hizo un éxito Billy Cafaro. Entonces, fui a la
compañía y les dije: "Como Paul Anka me pidió una canción hace unos meses,
quiero que le hagan llegar esta canción, creo que es justo para él"... Pero,
la escuchó el que era el presidente de la RCA en ese momento y me dijo: "Vos
estás loco. Esta canción no se la mandamos a nadie; ya mismo la grabás vos".
¿Sabés quién fue el primero que escuchó? Antonio Carrizo. Le dije: "Antonio,
sentate un momento". Agarré la guitarra y arranqué: "La felicidad ja ja ja
ja", y Antonio se me quedó mirando... Al final, me dijo: "Pibe, pero esto es
un éxito". Al poco tiempo me fui a España a hacer una película con Rocío
Durcal y me invitaron a programa de televisión y la canté. Cuando terminé de
cantarla me dijeron: "Esta va a ser la canción del verano". Efectivamente:
el verano siguiente toda España repetía el "ja ja ja ja".
Dicen que soy mersa
Un diario de época repite el testimonio de lo que rememora Ramón frente a
Viva . Es una nota del diario Crónica fechada el 11 de julio, durante el
pleno verano europeo de 1967. Un enviado especial relata un show del
argentino en Plaza de Toros de Madrid. Cuenta que al verlo aparecer, "las
treinta mil gargantas que antes coreaban el nombre (de Palito), ahora
gritaban: ¡La felicidad, La felicidad!". Tanto fue el éxito en España, que
Italia no tardó demasiado en contagiarse. Fue la cantante Iva Zanicchi la
que presentó la canción en el Festival de Venecia, porque Palito no llegó a
asistir: le dio tanta vergüenza que simuló una afonía. Fue un boom igual;
sólo en la península se vendieron quinientas mil copias. Al final, Paul Anka
nunca la grabó, pero sí lo hicieron Ray Connif (Estados Unidos), James Last
(Alemania), Klaane Jan (Bélgica), Johnny & Rick (Holanda), Claude Philippe
(Francia), los Five Tops (Alemania), Ewa Roos (Suecia) y Nada (Canadá). Por
decir algunos. Pero así como fue amada, la canción también fue detestada.
"Ortega pasó pronto a ser un símbolo de todo aquello que los hippies
argentinos repudiaban, con el agravante de que Palito también era joven, una
especie de propagandista del mundo adulto en el planeta joven. Ciertamente,
una canción como La felicidad era la negación del espíritu rebelde de los
tiempos, y así fue entendida y denostada. Pero no sólo eso. Hubo también, en
aquel rechazo visceral, una cierta incomprensión del fenómeno social que
representaban las formas de idolatría juvenil de principios de los '60.
Finalmente, tras el repudio a La felicidad se escondía una mirada de clase
de la que el incipiente rock nacional no pudo sustraerse. En otras palabras,
el problema con Palito no era sólo que cantaba canciones superficiales; él
era también el epítome de lo mersa , en un tiempo en el que la maquinaria
del pop aún no había ejercitado una ironía tan afilada como para poder citar
o reciclar esos signos de una cultura popular sin duda novedosa", sostiene
Pujol. Palito no es ajeno a ese debate de amor/odio con los progres, hippies
y rockeros. Pero no puede dejar de reflexionar sobre lo que él vio en esa
época en los Estados Unidos, cuando la guerra de Vietnam abría enormes
heridas internas. "A la vez que Elvis Presley cantaba canciones divertidas,
surgían otros como Bob Dylan, que ya empezaban a reflejar una realidad
política muy dura", recuerda. ¿Será que en la Argentina el mercado era muy
chico como para que dos expresiones tan antagónicas estética y políticamente
–los incipientes rockeros y los hijos del Club del Clan– pudieran no
odiarse? Contra lo que puede pensar un prejuicioso, Ortega conocía
perfectamente desde Jimmy Hendrix a Jacques Brel, de Víctor Jara a Georges
Brassens y Paco Ibáñez. "Yo escuchaba de todo –revela–. Hasta fui el primer
editor de Serrat en la Argentina." Al catalán, esas canciones – Balada de
otoño, Tu nombre me sabe a hierba, Poema de amor– le abrirían para
siempre las puertas de Sudamérica. Paradójicamente, en esos días Palito
lejos estaba del compromiso político de Serrat.
Hasta que escribiste 'Yo tengo fe', vos no politizaste tus letras...
Sí. Antes había cantado cosas que no se conocen. Ya Changuito cañero era una
pintura de una clase social. Si bien yo no iba a pelar caña, yo convivía con
ellos. Hijo de un hombre pobre es una canción que yo grabé
contemporáneamente a Changuito cañero y que no trascendió. Saliendo de donde
uno sale, ¿qué hubo dentro mío para aferrarme más a la vida, a la vida en el
sentido de la esperanza, más que al dolor de la vida? Porque lo que yo he
visto ha sido mucho dolor. ¿Qué ha habido para que, viniendo del hogar que
yo vengo, con dificultades enormes, de padres separados, con necesidad de
madre, yo no viviera resentido con la vida? Tenía necesidad de cantarle a la
vida más en su perfil positivo que en el del dolor, la frustración o la
bronca. Cuando se puso de moda la canción de protesta, parecía que yo seguía
empecinado en cantar Viva la vida . En decir: "No bajes los brazos,
levantate".
¿Te molesta que te hayan malinterpretado?
No. Lo entiendo, si bien no lo comparto. Yo escribí La felicidad en el año
'67 porque era un momento de mi vida que yo sentía eso. Las canciones que
uno rememora son un instante, no una constante, sino sentiríamos siempre lo
mismo. Sentimos todo el tiempo cosas, sensaciones diferentes, y así también
las expresamos. A veces sale una cosa bien expresada, linda, con una linda
melodía.
Pero eran tiempos turbulentos. En esos días se moría el Che en Bolivia...
Yo estaba con Alonso en el taller cuando supimos que habían matado al Che.
Carlos hizo un dibujo porque por la tarde apareció una foto en un diario del
cuerpo yaciente del Che, que parecía Jesucristo... Y Carlos dibujó una
cabeza impresionante; después la llevó a una muestra y no se la dejaban
exponer.
¿Y vos qué sentiste?
Yo escribí al poco tiempo El camino a la libertad. La grabé, y no pasó
nada. Muchas veces pensé cuán cierto es eso de "hazte fama y échate a
dormir", porque después de La felicidad o Un muchacho como yo la gente
siempre espera que uno cante ese tipo de canciones. Si bien estoy feliz de
cantarlas y de haberlas escrito, lamento que no me hayan comprado otro tipo
de expresiones.
¿El público no quería oír eso de vos?
Aparentemente, no.
La rebeldía light
Los sesenta no sólo fueron trascendentes por la explosión de creatividad,
sino porque fue cuando mo Mau Mau, tanto como en los clubes de barrio. "La
presencia del inglés en el español porteño es una clave de El Club del Clan
y de los ritmos musicales", cuenta Mirta Varela, investigadora del Instituto
de Investigaciones Gino Germani. "Pero también el inglés es de imitación.
Antes que el sentido, es la onomatopeya lo que cuenta. No debe ser inglés,
sino parecerlo. A la vez, el programa, lejos de ser completamente norteamericanizante, engendró híbridos inverosímiles. Johny Tedesco, que
usaba pulóveres bariloche. Twists cantados por tucumanos... No casualmente,
los más exitosos fueron Violeta Rivas o Palito Ortega, que estaban lejos de
ser meras importaciones de la RCA Victor, que inventó al grupo", agrega. "El
tono de El Club del Clan marca el tono de la televisión argentina de los
sesenta, que parece haber filtrado todas sus voces con un ecualizador:
consigue que los contrastes no resulten agresivos y que los polos se
neutralicen. Así son los jóvenes de El Club del Clan: rebeldes de una
rebeldía sana y tolerable. Cuando se los contrasta con los jóvenes del
Cordobazo, los chicos y chicas de este programa parecen buenos hijos de
familia, parte del sistema que la política venía a derribar", sostiene
Varela, autora de La televisión criolla: desde sus inicios hasta la llegada
del hombre a la Luna . Fue Mejía el que le puso Palito a Ramón, porque lo
vio flaquito.
¿Y por qué lo de "el Clan"?
Porque éramos todos de una compañía discográfica. Era como un clancito de la
RCA. Todos los sábados teníamos 40, 45 puntos de ráting. Después del show,
yo ya tenía la ropa para irme de ahí a todos los clubes de barrio donde
hacíamos las presentaciones. Hasta cuatro o
cinco por noche.
¿Y por qué te parece que había tanto interés por esa música?
La familia se reunía a ver programas como El Club del Clan. Los chicos
tenían, especialmente en los barrios, más contención. Había como más pureza.
Sacar a bailar a una chica en un club era todo un jueguito amoroso.
Cuatro décadas más tarde, ¿'La felicidad' es un himno de esos años?
No sé si un himno, pero sí un referente. Cuando se escriba la historia será
difícil obviar la música que en esos años era un éxito. La historia ya está
escrita. Nadie que se precie de honesto puede obviar El Club del Clan. Hoy,
hago presentaciones en eventos privados. Empiezo a cantar, pero podría dejar
de hacerlo en el segundo compás porque la gente sigue cantando sola. Incluso
los que son jóvenes.
Fuente: Clarín, 04/11/07
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El Club del Clan fue un programa de
televisión argentino, transmitido en varios países de América Latina a
comienzos de la década del 60, que reunió a un grupo de cantantes beat-pop
que cantaban en español (algo inhabitual para la época) y que lograron una
enorme difusión popular y que tuvo una notable influencia en los gustos
musicales de una parte sustancial de la juventud. Algunos de sus miembros
eran Palito Ortega, Violeta Rivas, Leo Dan, Johnny Tedesco, Chico Novarro,
entre otros.
La Nueva Ola
El Club del Clan tuvo su origen en lo que se llamó La Nueva Ola, una serie
de artistas juveniles contratados por RCA y difundidos bajo ese eslógan a
partir de 1959, con el fin de competir localmente en el mercado del rock and
roll que monopolizaba Elvis Presley. La idea original fue del directivo de
RCA, el ecuatoriano Ricardo Mejía. El sello grabador se dio una estrategia
inicial de difusión con centro en la grabación de discos y la realización de
recitales públicos en sus instalaciones y shows televisivos ("Swing,
Juventud y Fantasía" en Canal 7; "La cantina de la guardia nueva" en Canal
11).
Los tres primeros artistas en ser contratados fueron Rocky Pontoni (Orlando
Amador Pontón), Marty Cosens (Rubén Cosentin) y Mariquita Gallegos. En los
años siguientes serían contratados otros músicos que tendrían una larga
actuación en el pop argentino, entre ellos: Fernando Borges, Jolly Land,
Victor Buchino, Violeta Rivas, Chico Novarro, Lalo Frensen, Edith Scandro,
Nena y Terry Morán, Raúl Lavié, Raúl "Tanguito" Cobián, Pino Valenti, Johnny
Tedesco, Nicky Jones & The Rocklands, y Palito Ortega.
La RCA realizaba versiones en castellano de famosos temas extranjeros,
adaptadas por Ben Molar y algunos casos por su hermano Rafael Molar.
El primer gran hit de esa serie llamada "Explosivos", previa al Club del
Clan, fue el tema Eso de los TNT, en 1960. Luego siguieron la ultrafamosa
"La novia", cantada por Antonio Prieto y "Llorando me dormí", interpretada
por Bobby Capó y Violeta Rivas. Se trató de éxitos inéditos, que superaban
cada uno el millón de copias vendidas y que se hicieron conocidos en todo el
continente.
En los programas de televisión, la RCA contrató a Hugo Moser con el fin de
diseñar las personalidades que los cantantes de la nueva ola debían
representar ante el público.
Como una continuación natural del éxito de La Nueva Ola pergeñada por
Ricardo Mejía, en 1962 el sello RCA Víctor y el Canal 13 de televisión de
Buenos Aires, firmaron un contrato para poner en el aire un programa
semanal, musical-juvenil, denominado El Club del Clan.
El Club del Clan salió al aire por primera vez el sábado 10 de noviembre de
1962 a las 20:30, bajo la dirección de María Inés Andrés.
La estructura del programa presentaba a un clan juvenil, un grupo de amigos
en el que cada artista representaba un personaje con una personalidad
relativamente estereotipada, a la que correspondía un cierto género musical:
melódico, tango, twist, bolero, cumbia, ritmos caribeños. Lógicamente, los
números musicales que constituían el eje del programa, pero durante el curso
del programa los jóvenes también conversaban y protagonizaban situaciones
situaciones humorísticas creadas por Quique Atuel.
Poco a poco los covers comenzaron a ser reemplazados por canciones propias
de los más creativos del programa, entre los que se destacaban Chico
Novarro, Palito Ortega (asociado con Dino Ramos) y el propio Ricardo Mejía
bajo el seudónimo de Henry Becerra. La orquesta y los arreglos estaban a
cargo de Oscar Toscano.
El éxito del programa fue histórico. En 1963 fue el segundo en audiencia,
luego de "Viendo a Biondi" (Pepe Biondi), con 55,3 puntos, algo realmente
sorprendente, para la época (un solo televisor por familia aún estructurada
alrededor de la autoridad patriarcal), si se tiene en cuenta que era un
programa dirigido al gusto juvenil. Los jóvenes habían formulado la consigna
espontánea de cada sábado no se podía salir hasta que terminase El Club del
Clan. En un año se lanzaron tres álbumes con las canciones que se cantaban
en el programa que se agotaron. Los cantantes se transformaron en ídolos
juveniles y producían escenas de histeria colectiva, mientras que los clubes
se disputaban su presencia en vivo.
En 1964 se realizó la segunda temporada, pero los otros canales tomaron
medidas para recuperar posiciones. Canal 9 le ofreció a las princiales
figuras contratos por diez veces más dinero, debido a lo cual varios de
ellos (Palito Ortega, Chico Novarro, Violeta Rivas, entre otros) se pasaron
al exitoso programa "Sábados continuados", conducido por Antonio Carrizo.
Por su parte Canal 7 puso en el aire un programa similar que se llamó
"Ídolos de la juventud".
El Club del Clan contrató entonces nuevos artistas: Fernando De Soria,
Simonette, Anita Martínez, Rolo Puente (Rolo Moreno), Gino Renni, Taco
Morales, Alfalfa, Pecas Mónaco, Cora y Candy Roca, Grillo Mejía. Pero el
éxito de 1963 ya no era repetible. Ese año, el 12 de marzo se estrenó la
película "El club del clan", con dirección de Enrique Carreras, pero el
programa fue levantado.
Simultáneamente llegaba a la Argentina la beatlemanía que modificó de raíz
el gusto juvenil y abrió un nuevo panorama musical-contracultural que en
1967 estallaría con el tema La Balsa de Los Gatos.
Los artistas
Jolly Land, Daba una imagen de rubia ingenua y simpática, reconocible
por su amplia sonrisa. Era la coqueta del clan. Cantaba en inglés y
simbolizaba al grupo frente al público. En el curso del programa formó
pareja con Ricardo Mejía, director general del proyecto, con quien se casó.
Charly García la inmortalizó en una canción de Serú Girán, Mientras miro las
nuevas olas, donde dice: «¿Te acuerdas del Club del Clan y la sonrisa de
Jolly Land?»] .
Johnny Tedesco (Alberto Felipe Soria) fue el primero en volverse una
estrella. Su personaje era precisamente el de un ídolo rockero, joven y
rubio. Hacía temas del que a su vez era su ídolo, Elvis Presley. Usaba
«jopo» (pelo ondeado sobre la frente) y suéters llamativos que impuso como
moda. Las jóvenes suspiraban por él y se le abalanzaban para tocarlo y
besarlo.
Nicky Jones (Norberto Fago) había sido contratado con su banda The
Rocklands. Se caracterizaba por su gran sentido del humor, sus camisas
floreadas y guirnaldas de flores, de estilo hawaiano. Cantaba temas
humorísticos.
Lalo Fransen (Norberto Fransoni). Había integrado Los Paters, una de
los primeras bandas de rock and roll de Argentina creada en 1958, en ese
momento con el nombre de Danny Santos, donde hacía un cover del éxito de
Marty Robbins, "Saco de sport blanco", y un solo de guitarra en "Me olvidé
de olvidarla", de Elvis Presley. Su personaje en el Clan era el de un joven
de clase alta, al que los miembros del clan llamaban "play boy". Sus
canciones eran todas sobre temas de amor.
Raúl Lavié (Raúl Alberto Peralta) era cantante de tango antes de ser
contratado para el Club del Clan. Su personaje era el del "canchero" del
grupo, el estereotipo del joven porteño de clase media que se las sabía
todas. Cantaba temas de Paul Anka en castellano. Más adelante se casaría con
Pinky, una conocida conductora del programas de TV.
Perico Gómez. El único afroamericano. Usaba un sombrero de galera. Su
música era la cumbia.
Galo Cárdenas era ecuatoriano. Debido a su registro de tenor, cantaba
canciones líricas. Se casó con Cachita Galán.
Cachita Galán, era una joven de simpatía desbordante. Su música eran
los ritmos caribeños.
Raúl Cobián (Tanguito), era el tanguero del clan, adoptando la pose
de un compadrito. Obviamente su música era el tango. Cobián no debe ser
confundido con el cantante de rock Tanguito, en realidad José Alberto
Iglesias Correa. Precisamente debido a que el nombre artístico "Tanguito" ya
era usado por Cobián, Iglesias debió cambiar el suyo por Ramsés VII.
Chico Novarro (Bernardo Mitnik), llegó al programa con cierto
reconocimiento sobre sus condiciones de autor de boleros y canciones
tropicales. Era el "cumbiero" del grupo y cantaba temas de aire caribeño, un
estilo que la orquesta de Tito Alberti había instalado no muchos años antes.
Ya en esos años compuso hits populares como El camaleón, El orangután,
Despeinada (en coautoría con Palito Ortega). Con el tiempo se volvería uno
de los más talentosos compositores argentinos con canciones como Un sombrero
de paja, Carta de un león a otro, Algo contigo, Un sábado más, entre otras.
"Palito" Ortega (Ramón Bautista Ortega Saavedra) era presentado como
"el chico triste de las canciones alegres". Su personaje melancólico quizás
se inspirara en James Dean. Gracias a sus canciones propias muy pegadizas se
transformó en el símbolo y figura indiscutible del Club del Clan.
Violeta Rivas (Ana María Adinolfi) fue otra de las figuras simbólicas
del Club del Clan. Inicialmente cantaba en castellano los éxitos Mina y Rita
Pavone. Siempre usaba vestidos llamativos, floreados, que llegaban a parecer
ridículos para los gustos tradicionales de la época. Luego se casaría con
Néstor Fabián en una ceremonia muy difundida por los medios de comunicación.
Los Red Cap's fueron una banda pop creada en el mismo programa, que
integraban Palito Ortega (batería), Johny Tedesco (guitarra), Lalo Fransen
(guitarra) y Nicky Jones (bajo).
Pino Valente hacía de "el tano" del clan y cantaba los hits de los
artistas triunfadores en el Festival de San Remo.
Rocky Pontoni cantaba en español los temas de Neil Sedaka.
Horacio Molina, cantaba boleros susurrándolos.
La fabricación de ídolos
El Club del Clan y los procesos de comercialización musical que lo
acompañaron pusieron en evidencia los mecanismos de creación de ídolos por
parte de la industria cultural, abriendo un debate sobre el valor de los
mismos.
Tres años después de terminado el ciclo, la revista Panorama publicó un
artículo titulado Ídolos de barro , escrito por Luis Santagada, analizando
el fenómeno. La nota empezaba con la siguiente frase:
Era un ídolo mas de la nueva ola, reunía miles de acalorados adolescentes,
que bramaban al compás de sus urticantes canciones, en los clubes de barrio.
Cobraba jugosos cachets. Se desinfló como casi todos. Esto es vox populi en
el ambiente. El mayor fenómeno de venta popular de discos y suceso publico,
la "nueva ola", ha sido barrida por el olvido. Nada queda de Nicky Jones,
Tanguito, Jolly Land, Jonhy Tedesco, Rocky Pontoni. Solo Palito Ortega ha
sobrevivido, trabajosamente.
Ricardo Mejía declaraba en esa nota que el ídolo era básicamente una
creación comercial:
Con las mismas posibilidades de aquel entonces, yo me comprometo a crear
otro Palito Ortega igual o mejor que el actual.
El tema fue tratado también con un enfoque crítico (y trágico) por la
película Pajarito Gómez, una vida feliz (1965) de Rodolfo Khun,
protagonizada por Héctor Pellegrini (Pajarito Gómez), María Cristina Laurenz,
Nelly Beltrán y Lautaro Murúa, en la que se muestra "ese tipo de música"
como un producto artificial que no expresa la sensibilidad profunda de
ningún sector social, y que termina destruyendo a sus propias estrellas,
arrojadas a la basura como un producto usado.
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