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Vigencia de la visión fanoniana
de la sociedad
Por Mario Wainfeld
"El sabía perfectamente que sus trastornos psíquicos eran provocados por lo
que hacía en las salas de interrogatorio, aunque trataba de rechazar
globalmente su responsabilidad. (...) Como no pensaba dejar de torturar me
pidió sin ambages que como psiquiatra lo ayudara a torturar a los patriotas
argelinos sin remordimientos de conciencia, sin trastornos de conducta, con
serenidad."
"El entierro me repugnó. Todos esos oficiales que venían a llorar por la
muerte de mi padre, 'cuyas altas cualidades morales habían conquistado a la
población indígena', me producían náuseas. Todo el mundo sabía que era
falso. Nadie ignoraba que mi padre dirigía los centros de interrogatorio de
toda la región. Todos sabían que el número de muertos de la tortura era de
diez diarios y venían a contar mentiras sobre la devoción, la abnegación, el
amor a la patria, etc... Debo decir que ahora las palabras para mí no tienen
ningún sentido o no tienen mucho."
Franz Fanon, Los condenados de la tierra
El mencionado libro del argelino Fanon se escribió cuando despuntaba la
década del 60, lo prologó Jean Paul Sartre y fue texto canónico de las
izquierdas latinoamericanas en ese decenio y en el que lo siguió. Los
capítulos más recordados, a fuer de haber sido los más transitados por
entonces, eran los primeros, un formidable alegato a favor de la
descolonización y el nacionalismo africano. Pero el libro contenía un
capítulo (del cual se extraen las citas del epígrafe, una referida al
tratamiento de un torturador, la otra un textual de la hija de un represor)
en los que el autor, psiquiatra de profesión, narraba patologías producto
directo del salvajismo del dominador. Patologías que sufrían los colonizados
y, como se refiere en la cita, los colonizadores. Lo que transmitía,
memorable, el ensayo era la negación de la identidad de la víctima y la
funcionalidad del salvajismo de los represores. La funcionalidad a un
proyecto político.
El ejército francés sirvió de modelo a las Fuerzas Armadas argentinas, que se autorizaron un par de "licencias poéticas" respecto de sus idolatrados ejemplos: aplicar su barbarie a compatriotas e incorporar a sus recursos tácticos la desaparición forzada de personas.
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Recordemos. Una vez terminada la Segunda Guerra Mundial discurrió un cuarto
de siglo (y acaso un fleco más) de vigencia del Estado de Bienestar, pero ya
en los 70 su agotamiento era patente. En la Argentina, esa etapa se expresa
bastante bien en el intervalo que medió entre dos fechas emblemáticas del
peronismo: el 45, el de las vísperas y el 75 el del rodrigazo y el de una
interna que se dirimía a balazo puro. La crisis del estado benefactor
generaba, entre otras, dos respuestas radicales: las de quienes leían a
Fanon y predicaban la liberación nacional adunada con distintas formas de
socialismo y las que proponían un formidable salto hacia atrás, un
desmantelamiento de las instituciones y las salvaguardas que habían hecho
menos ominoso al capitalismo. La Argentina complejizaba ese mapa común de la
época, añadiendo una bastante sólida estructura armada al calor del estado
protector, en especial (pero no exclusivamente) una poderosa organización
sindical, implantada en todo el país, potenciada por el pleno empleo y capaz
de variadísimas formas de resistencia y de adaptación. Arrasar con las
nuevas corrientes revolucionarias y con las conquistas y los portavoces de
una época reformista en aras de un proyecto de minorías, técnicamente
reaccionario, era una tarea inconcebible en democracia. Falta hacía una
dictadura sangrienta y la hubo.
Un cuarto de siglo después la Argentina ha optado mayoritariamente por la
democracia, limitada, imperfecta, lenta pero también con atisbos de
garantismo constitucional. Tras un genocidio planificado, un serpenteante
camino ha llevado al juzgamiento de quienes tuvieron flagrantes
responsabilidades penales en el exterminio. Rara es la naturaleza humana y
paradójica la historia. Quienes sólo pretenden aplicar las leyes son
tildados de extremistas. Quienes procuran gambetear las normas son los
represores que alegan, como los franceses de la cita que encabeza esta nota,
"la devoción, la abnegación, el amor a la patria". Y reclaman como lo hacía
el torturador a Franz Fanon, que se les permita seguir desapareciendo a sus
víctimas sin dilemas, sin estorbos de conciencia.
Página/12, 27/07/03

LOS
CONDENADOS DE LA TIERRA
PREFACIO DE JEAN-PAUL SARTRE
Traducción de JULIETA CAMPOS
FONDO DE CULTURA ECONÓMICA. MÉXICO
COLECCIÓN POPULAR TIEMPO PRESENTE
Título original:
Les damnés de la terre
© 1961 François Maspero, París
D. R. © 1963, FONDO DE CULTURA ECONÓMICA
Av. de la Universidad 975, 03100 México, D. F.
ISBN 968-16-0971-9
INDICE
Prefacio por Jean-Paul Sartre (en esta página)
I. La violencia (en esta página)
La violencia en el contexto internacional
(en esta página)
II. Grandeza y debilidades del espontaneísmo
(en parte 2)
III. Desventuras de la conciencia nacional
(en parte 2)
IV. Sobre la cultura nacional
(en parte 2)
V. Guerra colonial y trastornos mentales
(en parte 3)
Serie A (en parte 3)
Serie B (en parte 3)
Serie C
(en parte 3)
Serie D (en
parte 3)
La Impulsividad criminal del norafricano en la guerra de Liberación Nacional
149 (en parte 3)
Conclusión (en parte 3)
PREFACIO
No hace mucho tiempo, la tierra estaba poblada por dos mil millones de
habitantes, es decir, quinientos millones de hombres y mil quinientos
millones de indígenas. Los primeros disponían del Verbo, los otros lo
tomaban prestado. Entre aquéllos y éstos, reyezuelos vendidos, señores
feudales, una falsa burguesía forjada de una sola pieza servían de
intermediarios. En las colonias, la verdad aparecía desnuda; las
"metrópolis" la preferían vestida; era necesario que los indígenas las
amaran. Como a madres, en cierto sentido. La élite europea se dedicó a
fabricar una élite indígena; se seleccionaron adolescentes, se les marcó en
la frente, con hierro candente, los principios de la cultura occidental, se
les introdujeron en la boca mordazas sonoras, grandes palabras pastosas que
se adherían a los dientes; tras una breve estancia en la metrópoli se les
regresaba a su país, falsificados. Esas mentiras vivientes no tenían ya nada
que decir a sus hermanos; eran un eco; desde París, Londres, Ámsterdam
nosotros lanzábamos palabras: "¡Partenón! ¡Fraternidad!" y en alguna parte,
en África, en Asia, otros labios se abrían: "¡...tenón! ¡...nidad!" Era la
Edad de Oro.
Aquello se acabó: las bocas se abrieron solas; las voces, amarillas y
negras, seguían hablando de nuestro humanismo, pero fue para reprocharnos
nuestra inhumanidad Nosotros escuchábamos sin disgusto esas corteses
expresiones de amargura. Primero con orgullosa admiración: ¿cómo?, ¿hablan
solos? ¡Ved lo que hemos hecho de ellos! No dudábamos de que aceptasen
nuestro ideal, puesto que nos acusaban de no serles fieles; Europa creyó en
su misión: había helenizado a los asiáticos, había creado esa especie nueva.
Los negros grecolatinos. Y añadíamos, entre nosotros, con sentido práctico:
hay que dejarlos gritar, eso los calma: perro que ladra no muerde.
Vino otra generación que desplazó el problema. Sus escritores, sus poetas,
con una increíble paciencia, trataron de explicarnos que nuestros valores no
se ajustaban a la verdad de su vida, que no podían ni rechazarlos del todo
ni asimilarlos. Eso quería decir, más o menos: ustedes nos han convertido en
monstruos, su humanismo pretende que somos universales y sus prácticas
racistas nos particularizan. Nosotros los escuchamos, muy tranquilos: a los
administradores coloniales no se les paga para que lean a Hegel, por eso lo
leen poco, pero no necesitan de ese filósofo para saber que las conciencias
infelices se enredan en sus gemidos, sería la de la integración. No se
trataba de pues, su infelicidad, no surgirá sino el viento. Si hubiera, nos
decían los expertos, la sombra de una reivindicación en sus gemidos, sería
la de la integración. No se trataba de otorgársela, por supuesto: se habría
arruinado el sistema que descansa, como ustedes saben, en la
sobreexplotación. Pero bastaría hacerles creer el embuste: seguirían
adelante. En cuanto a la rebeldía, estamos muy tranquilos. ¿Qué indígena
consciente se dedicaría a matar a los bellos hijos de Europa con el único
fin de convertirse en europeo como ellos? En resumen, alentábamos esa
melancolía y no nos parecía mal, por una vez, otorgar el premio Goncourt a
un negro: eso era antes de 1939.
1961. Escuchen: "No perdamos el tiempo en estériles letanías ni en
mimetismos nauseabundos. Abandonemos a esa Europa que no deja de hablar del
hombre al mismo tiempo que lo asesina por dondequiera que lo encuentra, en
todas las esquinas de sus propias calles, en todos los rincones del mundo.
Hace siglos....que en nombre de una pretendida aventura espiritual' ahoga a
casi toda la humanidad." El tono es nuevo. ¿Quién se atreve a usarlo? Un
africano, hombre del Tercer Mundo, ex colonizado. Añade: "Europa ha
adquirido tal velocidad, local y desordenada... que va... hacia un abismo
del que vale más alejarse." En otras palabras: está perdida. Una verdad que
a nadie le gusta declarar, pero de la que estamos convencidos todos - ¿no es
cierto, queridos europeos?
Hay que hacer, sin embargo, una salvedad. Cuando un francés, por ejemplo,
dice a otros franceses: "Estamos perdidos" -lo que, por lo que yo sé, ocurre
casi todos los días desde 1930- se trata de un discurso emotivo, inflamado
de coraje y de amor, y el orador se incluye a sí mismo con todos sus
compatriotas. Y además, casi siempre añade: "A menos que...". Todos ven de
qué se trata: no puede cometerse un solo error más; si no se siguen sus
recomendaciones al pie de la letra, entonces y sólo entonces el país se
desintegrará. En resumen: es una amenaza seguida de un consejo y esas ideas
chocan tanto menos cuanto que brotan de la intersubjetividad nacional.
Cuando Fanon, por el contrario, dice que Europa se precipita a la perdición,
lejos de lanzar un grito de alarma hace un diagnóstico. Este médico no
pretende ni condenarla sin recurso -otros milagros se han visto- ni darle
los medios para sanar; comprueba que está agonizando, desde fuera, basándose
en los síntomas que ha podido recoger. En cuanto a curarla, no: él tiene
otras preocupaciones; le da igual que se hunda o que sobreviva. Por eso su
libro es escandaloso. Y si ustedes murmuran, medio en broma, medio molestos:
"¡Qué cosas nos dice!", se les escapa la verdadera naturaleza del escándalo:
porque Fanon no les "dice" absolutamente nada; su obra -tan ardiente para
otros- permanece helada para ustedes; con frecuencia se habla de ustedes en
ella, jamás a ustedes. Se acabaron los Goncourt negros y los Nobel
amarillos: no volverá la época de los colonizados laureados. Un ex indígena
"de lengua francesa" adapta esa lengua a nuevas exigencias, la utiliza para
dirigirse únicamente a los colonizados: "¡Indígenas de todos los países
subdesarrollados, uníos!" Qué decadencia la nuestra: para sus padres, éramos
los únicos interlocutores; los hijos no nos consideran ni siquiera
interlocutores válidos: somos los objetos del razonamiento. Por supuesto,
Fanon menciona de pasada nuestros crímenes famosos, Setif, Hanoi,
Madagascar, pero no se molesta en condenarlos: los utiliza. Si descubre las
tácticas del colonialismo, el juego complejo de las relaciones que unen y
oponen a los colonos y los "de la metrópoli" lo hace para sus hermanos; su
finalidad es enseñarles a derrotarnos.
En una palabra, el Tercer Mundo se descubre y se expresa a través de esa
voz. Ya se sabe que no es homogéneo y que todavía se encuentran dentro de
ese mundo pueblos sometidos, otros que han adquirido una falsa
independencia, algunos que luchan por conquistar su soberanía y otros más,
por último, que aunque han ganado la libertad plena viven bajo la amenaza de
una agresión imperialista. Esas diferencias han nacido de la historia
colonial, es decir, de la opresión. Aquí la Metrópoli se ha contentado con
pagar a algunos señores feudales; allá, con el lema de “dividir para
vencer", ha fabricado de una sola pieza una burguesía de colonizados; en
otra parte ha dado un doble golpe: la colonia es a la vez de explotación y
de población. Así Europa ha fomentado las divisiones, las oposiciones, ha
forjado clases y racismos, ha intentado por todos los medios provocar y
aumentar la estratificación de las sociedades colonizadas. Fanon no oculta
nada: para luchar contra nosotros, la antigua colonia debe luchar contra sí
misma. O más bien ambas luchas no son sino una sola. En el fuego del
combate, todas las barreras interiores deben desaparecer, la impotencia
burguesa de los negociantes y los compradores, el proletariado urbano,
siempre privilegiado, el lumpen-proletariat de los barrios miserables, todos
deben alinearse en la misma posición de las masas rurales, verdadera fuente
del ejército colonial y revolucionario; en esas regiones cuyo desarrollo ha
sido detenido deliberadamente por el colonialismo, el campesinado, cuando se
rebela, aparece de inmediato como la clase radical: conoce la opresión al
desnudo, la ha sufrido mucho más que los trabajadores de las ciudades y,
para que no muera de hambre, se necesita nada menos que un desplome de todas
las estructuras. Si triunfa, la Revolución nacional será socialista; si se
corta su aliento, si la burguesía colonizada toma el poder, el nuevo Estado,
a pesar de una soberanía formal, queda en manos de los imperialistas. El
ejemplo de Katanga lo ilustra muy bien. Así, pues, la unidad del Tercer
Mundo no está hecha: es una empresa en vías de realizarse, que ha de pasar
en cada país, tanto después como antes de la independencia, por la unión de
todos los colonizados bajo el mando de la clase campesina. Esto es lo que
Fanon explica a sus hermanos de África, de Asia, de América Latina:
realizaremos todos juntos y en todas partes el socialismo revolucionario o
seremos derrotados uno a uno por nuestros antiguos tiranos. No oculta nada;
ni las debilidades, ni las discordias, ni las mixtificaciones. Aquí, el
movimiento tiene un mal comienzo; allí, tras brillantes éxitos, pierde
velocidad; en otra parte se detiene; si se quiere reanudarlo, será necesario
que los campesinos lancen al mar a su burguesía. Se advierte seriamente al
lector contra las enajenaciones más peligrosas: el dirigente, el culto a la
personalidad, la cultura occidental e, igualmente, el retorno al lejano
pasado de la cultura africana: la verdadera cultura es la Revolución, lo que
quiere decir que se forja al rojo. Fanon habla en voz alta; nosotros los
europeos podemos escucharlo: la prueba es que aquí tienen ustedes este libro
en sus manos; ¿no teme que las potencias coloniales se aprovechen de su
sinceridad?
No. No teme nada. Nuestros procedimientos están anticuados: pueden retardar
ocasionalmente la emancipación, pero no la detendrán. Y no hay que imaginar
que podemos modificar nuestros métodos: el neocolonialismo, ese sueño
lánguido de las metrópolis, no es más que aire; las "Terceras Fuerzas" no
existen o bien son las burguesías de hojalata que el colonialismo ya ha
colocado en el poder. Nuestro maquiavelismo tiene poca influencia sobre ese
mundo, ya muy despierto, que ha descubierto una tras otra nuestras mentiras.
El colono no tiene más que un recurso: la fuerza cuando todavía le queda; el
indígena no tiene más que una alternativa: la servidumbre o la soberanía.
¿Qué puede importarle a Fanon que ustedes lean o no su obra? Es a sus
hermanos a quienes denuncia nuestras viejas malicias, seguro de que no
tenemos alternativa. A ellos les dice: Europa ha dado un zarpazo a nuestros
continentes; hay que acuchillarle las garras hasta que las retire. El
momento nos favorece: no sucede nada en Bizerta, en Elizabethville, en el
campo argelino sin que la tierra entera sea informada; los bloques asumen
posiciones contrarias, se respetan mutuamente, aprovechemos esa parálisis,
entremos en la historia y que nuestra irrupción la haga universal por
primera vez; luchemos: a falta de otras armas, bastará la paciencia del
cuchillo.
Europeos, abran este libro, .penetren en él. Después de dar algunos pasos en
la oscuridad, verán a algunos extranjeros reunidos en torno al fuego,
acérquense, escuchen: discuten la suerte que reservan a las agencias de
ustedes, a los mercenarios que las defienden. Quizá estos extranjeros se den
cuenta de su presencia, pero seguirán hablando entre sí, sin tan siquiera
bajar la voz. Esa indiferencia hiere en lo más hondo: sus padres, criaturas
de sombra, criaturas de ustedes, eran almas muertas, ustedes les dispensaban
la luz, no hablaban sino a ustedes y nadie se ocupaba de responder a esos
zombis. Los hijos, en cambio, los ignoran: los ilumina y los calienta un
fuego que no es el de ustedes, que a distancia respetable se sentirán
furtivos, nocturnos, estremecidos: a cada quien su turno; en esas tinieblas
de donde va a surgir otra aurora, los zombis son ustedes.
En ese caso, dirán, arrojemos este libro por la ventana. ¿Para qué leerlo si
no está escrito para nosotros? Por dos motivos, el primero de los cuales es
que Fanon explica a sus hermanos cómo somos y les descubre el mecanismo de
nuestras enajenaciones: aprovéchenlo para revelarse a ustedes mismos en su
verdad de objetos. Nuestras víctimas nos conocen por sus heridas y por sus
cadenas: eso hace irrefutable su testimonio. Basta que nos muestren lo que
hemos hecho de ellas para que conozcamos lo que hemos hecho de nosotros
mismos. ¿Resulta útil? Sí, porque Europa está en gran peligro de muerte.
Pero, dirán ustedes, nosotros vivimos en la Metrópoli y reprobamos los
excesos. Es verdad, ustedes no son colonos, pero no valen más que ellos.
Ellos son sus pioneros, ustedes los enviaron a las regiones de ultramar,
ellos los han enriquecido; ustedes se lo habían advertido: si hacían correr
demasiada sangre, los desautorizarían de labios afuera; de la misma manera,
un Estado -cualquiera que sea- mantiene en el extranjero una turba de
agitadores, de provocadores y de espías a los que desautoriza cuando se les
sorprende. Ustedes, tan liberales, tan humanos, que llevan al preciosismo el
amor por la cultura, parecen olvidar que tienen colonias y que allí se
asesina en su nombre. Fanon revela a sus camaradas -a algunos de ellos,
sobre todo, que todavía están demasiado occidentalizados- la solidaridad de
los "metropolitanos" con sus agentes coloniales. Tengan el valor de leerlo:
porque les hará avergonzarse y la vergüenza, como ha dicho Marx, es un
sentimiento revolucionario. Como ustedes ven, tampoco yo puedo desprenderme
de la ilusión subjetiva. Yo también les digo: "Todo está perdido, a menos
que..." Como europeo, me apodero del libro de un enemigo y lo convierto en
un medio para curar a Europa. Aprovéchenlo.
Y he aquí la segunda razón: si descartan la verborrea fascista de Sorel,
comprenderán que Fanon es el primero después de Engels que ha vuelto a sacar
a la superficie a la partera de la historia. Y no vayan a creer que una
sangre demasiado ardiente o una infancia desgraciada le han creado algún
gusto singular por la violencia: simplemente se convierte en intérprete de
la situación: nada más. Pero esto basta para que constituya, etapa por
etapa, la dialéctica que la hipocresía liberal les oculta a ustedes y que
nos ha producido a nosotros lo mismo que a él.
En el siglo pasado, la burguesía consideraba a los obreros como envidiosos,
desquiciados por groseros apetitos, pero se preocupaba por incluir a esos
seres brutales en nuestra especie: de no ser hombres y libres ¿cómo podrían
vender libremente su fuerza de trabajo? En Francia, en Inglaterra, el
humanismo presume de universal.
Con el trabajo forzado sucede todo lo contrario. No hay contrato. Además,
hay que intimidar: la opresión resulta evidente. Nuestros soldados, en
ultramar, rechazan el universalismo metropolitano, aplican al género humano
el numerus clausus: como nadie puede despojar a su semejante sin cometer un
crimen, sin someterlo o matarlo, plantean como principio que el colonizado
no es el semejante del hombre. Nuestra fuerza de choque ha recibido la
misión de convertir en realidad esa abstracta certidumbre: se ordena reducir
a los habitantes del territorio anexado al nivel de monos superiores, para
justificar que el colono los trate como bestias. La violencia colonial no se
propone sólo como finalidad mantener en actitud respetuosa a los hombres
sometidos, trata de deshumanizarlos. Nada será ahorrado para liquidar sus
tradiciones, para sustituir sus lenguas por las nuestras, para destruir su
cultura sin darles la nuestra; se les embrutecerá de cansancio. Desnutridos,
enfermos, si resisten todavía al miedo se llevará la tarea hasta el fin: se
dirigen contra el campesino los fusiles; vienen civiles que se instalan en
su tierra y con el látigo lo obligan a cultivarla para ellos. Si se resiste,
los soldados disparan, es un hombre muerto; si cede, se degrada, deja de ser
un hombre; la vergüenza y el miedo van a quebrar su carácter, a desintegrar
su persona. Todo se hace a tambor batiente, por expertos: los "servicios
psicológicos" no datan de hoy. Ni el lavado de cerebro. Y sin embargo, a
pesar de todos los esfuerzos, no se alcanza el fin en ninguna parte: ni en
el Congo, donde se cortaban las manos a los negros ni en Angola donde,
recientemente, se horadaban los labios de los descontentos, para cerrarlos
con cadenas. Y no sostengo que sea imposible convertir a un hombre en
bestia. Solo afirmo que no se logra sin debilitarlo considerablemente; no
bastan los golpes, hay que presionar con la desnutrición. Es lo malo con la
servidumbre: cuando se domestica a un miembro de nuestra especie, se
disminuye su rendimiento y, por poco que se le dé, un hombre de corral acaba
por costar más de lo que rinde. Por esa razón los colonos se ven obligados a
dejar a medias la domesticación: el resultado, ni hombre ni bestia, es el
indígena. Golpeado, subalimentado, enfermo, temeroso, pero sólo hasta cierto
punto, tiene siempre, ya sea amarillo, negro o blanco, los mismos rasgos de
carácter: es perezoso, taimado y ladrón, vive de cualquier cosa y sólo
conoce la fuerza.
¡Pobre colono!: su contradicción queda al desnudo. Debería, como hace, según
se dice, el ogro, matar al que captura. Pero eso no es posible. ¿No hace
falta acaso que los explote? Al no poder llevar la matanza hasta el
genocidio y la servidumbre hasta el embrutecimiento animal, pierde el
control, la operación se invierte, una implacable lógica lo llevará hasta la
descolonización.
Pero no de inmediato. Primero, reina el europeo: ya ha perdido, pero no se
da cuenta; no sabe todavía que los indígenas son falsos indígenas; afirma
que les hace daño para destruir el mal que existe en ellos; al cabo de tres
generaciones, sus perniciosos instintos ya no resurgirán. ¿Qué instintos?
¿Los que impulsan al esclavo a matar al amo? ¿Cómo no reconoce su propia
crueldad dirigida ahora contra él mismo? ¿Cómo no reconoce en el salvajismo
de esos campesinos oprimidos el salvajismo del colono que han absorbido por
todos sus poros y del que no se han curado? La razón es sencilla: ese
personaje déspota, enloquecido por su omnipotencia y por el miedo de
perderla, ya no se acuerda de que ha sido un hombre: se considera un látigo
o un fusil; ha llegado a creer que la domesticación de las "razas
inferiores" se obtiene mediante el condicionamiento de sus reflejos. No toma
en cuenta la memoria humana, los recuerdos imborrables; y, sobre todo, hay
algo que quizá no ha sabido jamás: no nos convertimos en lo que somos sino
mediante la negación íntima y radical de lo que han hecho de nosotros. ¿Tres
generaciones? Desde la segunda, apenas abrían los ojos, los hijos han visto
cómo golpeaban a sus padres. En términos de psiquiatría, están
"traumatizados". Para toda la vida. Pero esas agresiones renovadas sin
cesar, lejos de llevarlos a someterse, los sitúan en una contradicción
insoportable que el europeo pagará, tarde o temprano. Después de eso, aunque
se les domestique a su vez, aunque se les enseñe la vergüenza, el dolor y el
hambre, no se provocará en sus cuerpos sino una rabia volcánica cuya fuerza
es igual a la de la presión que se ejerce sobre ellos. ¿Decían ustedes que
no conocen sino la fuerza? Es cierto; primero será sólo la del colono y
pronto después la suya propia: es decir, la misma, que incide sobre nosotros
como nuestro reflejo que, desde el fondo de un espejo, viene a nuestro
encuentro. No se equivoquen; por esa loca roña, por esa bilis y esa hiel,
por su constante deseo de matarnos, por la contracción permanente de
músculos fuertes que temen reposar, son hombres: por el colono, que quiere
hacerlos esclavos, y contra él. Todavía ciego, abstracto, el odio es su
único tesoro: el Amo lo provoca porque trata de embrutecerlos, no puede
llegar a quebrantarlo porque sus intereses lo detienen a medio camino; así,
los falsos indígenas son todavía humanos, por el poder y la impotencia del
-opresor que se transforman, en ellos, en un Techazo obstinado de la
condición animal. Por lo demás ya se sabe; por supuesto, son perezosos: es
sabotaje. Taimados, ladrones. ¡Claro! Sus pequeños hurtos marcan el comienzo
de una resistencia todavía desorganizada. Eso no basta: hay quienes se
afirman lanzándose con las manos desnudas contra los fusiles; son sus
héroes; y otros se hacen hombres asesinando europeos. Se les mata: bandidos
y mártires, su suplicio exalta a las masas aterrorizadas.
Aterrorizadas, sí: en ese momento, la agresión colonial se interioriza como
Terror en los colonizados. No me refiero sólo al miedo que experimentan
frente a nuestros inagotables medios de represión, sino también al que les
inspira su propio furor. Se encuentran acorralados entre nuestras armas que
les apuntan y esos tremendos impulsos, esos deseos de matar que surgen del
fondo de su .corazón y que no siempre reconocen: porque no es en principio
su violencia, es la nuestra, invertida, que crece y los desgarra; y el
primer movimiento de esos oprimidos es ocultar profundamente esa inaceptable
cólera, reprobada por su moral y por la nuestra y que no es, sin embargo,
sino el último reducto de su humanidad. Lean a Fanon: comprenderán que, en
el momento de impotencia, la locura homicida es el inconsciente colectivo de
los colonizados.
Esa furia contenida, al no estallar, gira en redondo y daña a los propios
oprimidos. Para liberarse de ella, acaban por matarse entre sí: las tribus
luchan unas contra otras al no poder enfrentarse al enemigo verdadero -y,
naturalmente, la política colonial fomenta sus rivalidades; el hermano, al
levantar el cuchillo contra su hermano, cree destruir de una vez por todas
la imagen detestada de su envilecimiento común. Pero esas víctimas
expiatorias no apaciguan su sed de sangre; no evitarán lanzarse contra las
ametralladoras, sino haciéndose nuestros cómplices: ellos mismos van a
acelerar el progreso de esa deshumanización que rechazan. Bajo la mirada
zumbona del colono, se protegerán contra sí mismos con barreras
sobrenaturales, reanimando antiguos mitos terribles o atándose mediante
ritos meticulosos: el obseso evade así su exigencia profunda, infligiéndose
manías que lo ocupan en todo momento. Bailan: eso los ocupa; relaja sus
músculos dolorosamente contraídos y además la danza simula secretamente, con
frecuencia a pesar de ellos, el No que no pueden decir, los asesinatos que
no se atreven a cometer. En ciertas regiones utilizan este último recurso:
el trance. Lo que antes era el hecho religioso en su simplicidad, cierta
comunicación del fiel con lo sagrado, lo convierten en un arma contra la
desesperanza y la humillación: los zars, las loas, los santos de la santería
descienden sobre ellos, gobiernan su violencia y la gastan en el trance
hasta el agotamiento. Al mismo tiempo, esos altos personajes los protegen:
esto quiere decir que los colonizados se defienden de la enajenación
colonial acrecentando la enajenación religiosa. El único resultado a fin de
cuentas, es que se acumulan ambas enajenaciones y que cada una refuerza a la
otra. Así, en ciertas psicosis, cansados de ser insultados todos los días,
los alucinados creen un buen día que han escuchado la voz de un ángel que
los elogia; los denuestos no desaparecen, sin embargo: en lo sucesivo,
alternan con el elogio. Es una defensa y el final de su aventura: la persona
está disociada, el enfermo se encamina a la demencia. Hay que añadir, en el
caso de algunos desgraciados rigurosamente seleccionados, ese otro trance de
que he hablado más arriba: la cultura occidental. En su lugar, dirán
ustedes, yo preferiría mis zars a la Acrópolis. Bueno, eso quiere decir que
han comprendido. Pero no del todo, sin embargo, porque ustedes no se
encuentran en su lugar. Todavía no. De otra manera sabrían que ellos no
pueden escoger: acumulan. Dos mundos, es decir, dos trances: se baila toda
la noche, al alba se apretujan en las iglesias para oír misa; día a día, la
grieta se ensancha. Nuestro enemigo traiciona a sus hermanos y se hace
nuestro cómplice; sus hermanos hacen lo mismo. La condición del indígena es
una neurosis introducida y mantenida por el colono entre los colonizados,
con su consentimiento.
Reclamar y negar, a la vez, la condición humana: la contradicción es
explosiva. Y hace explosión, ustedes lo saben lo mismo que yo. Vivimos en la
época de la deflagración: basta que el aumento de los nacimientos acreciente
la escasez, que los recién llegados tengan que temer a la vida un poco más
que a la muerte, y el torrente de violencia rompe todas las barreras. En
Argelia, en Angola, se mata al azar a los europeos. Es el momento del
boomerang, el tercer tiempo de la violencia: se vuelve contra nosotros, nos
alcanza y, como de costumbre, no comprendemos que es la nuestra. Los
"liberales" se quedan confusos: reconocen que no éramos lo bastante corteses
con los indígenas, que habría sido más justo y más prudente otorgarles
ciertos derechos en la medida de lo posible; no pedían otra cosa sino que se
les admitiera por hornadas y sin padrinos en ese club tan cerrado, nuestra
especie: y he aquí que ese desencadenamiento bárbaro y loco no los respeta
en mayor medida que a los malos colonos. La izquierda metropolitana se
siente molesta: conoce la verdadera suerte de los indígenas, la opresión sin
piedad de que son objeto y no condena su rebeldía, sabiendo que hemos hecho
todo por provocarla. Pero de todos modos, piensa, hay límites: esos
"guerrilleros"? deberían esforzarse por mostrarse caballeros; sería el mejor
medio de probar que son hombres. A veces los reprende: "Van ustedes
demasiado lejos, no seguiremos apoyándolos;" A ellos no les importa; para lo
que sirve el apoyo que les presta, ya puede hacer con él lo que más le
plazca. Desde que empezó su guerra, comprendieron esa rigurosa verdad: todos
valemos lo que somos, todos nos hemos aprovechado de ellos, no tienen que
probar nada, no harán distinciones con nadie. Un solo deber, un objetivo
único: expulsar al colonialismo por todos los medios. Y los más alertas
entre nosotros estarían dispuestos, en rigor, a admitirlo, pero no pueden
dejar de ver en esa prueba de fuerza el medio inhumano que los subhombres
han asumido para lograr que se les otorgue carta de humanidad: que se les
otorgue lo más pronto posible y que traten luego, por medios pacíficos, de
merecerla. Nuestras almas bellas son racistas.
Nos servirá la lectura de Fanon; esa violencia irreprimible, lo demuestra
plenamente, no es una absurda tempestad ni la resurrección de instintos
salvajes ni siquiera un efecto del resentimiento: es el hombre mismo
reintegrándose. Esa verdad, me parece, la hemos conocido y la hemos
olvidado: ninguna dulzura borrará las señales de la violencia; sólo la
violencia puede destruirlas. Y el colonizado se cura de la neurosis colonial
expulsando al colono con las armas. Cuando su ira estalla, recupera su
transparencia perdida, se conoce en la medida misma en que se hace; de
lejos, consideramos su guerra como el triunfo de la barbarie; pero procede
por sí misma a la emancipación progresiva del combatiente, liquida en él y
fuera de él, progresivamente, las tinieblas coloniales. Desde que empieza,
es una guerra sin piedad. O se sigue aterrorizado o se vuelve uno terrible;
es decir: o se abandona uno a las disociaciones de una vida falseada o se
conquista la unidad innata. Cuando los campesinos reciben los fusiles, los
viejos mitos palidecen, las prohibiciones desaparecen una por una; el arma
de un combatiente es su humanidad. Porque, en los primeros momentos de la
rebelión, hay que matar: matar a un europeo es matar dos pujaros de un tiro,
suprimir a la vez a un opresor y a un oprimido: quedan un hombre muerto y un
hombre libre; el superviviente, por primera vez, siente un suelo nacional
bajo la planta de los pies. En ese instante, la Nación no se aleja de él: se
encuentra dondequiera que él va, allí donde él está -nunca más lejos, se
confunde con su libertad. Pero, tras la primera sorpresa, el ejército
colonial reacciona: hay que unirse o dejarse matar. Las discordias tribales
se atenúan, tienden a desaparecer; primero porque ponen en peligro la
Revolución y, más hondamente, porque no tenían más finalidad que derivar la
violencia hacia falsos enemigos. Cuando persisten -como en el Congo- es
porque son alimentadas por los agentes del colonialismo. La Nación se pone
en marcha: para cada hermano está en dondequiera que combaten otros
hermanos. Su amor fraternal es lo contrario del odio que les tienen a
ustedes: son hermanos porque cada uno de ellos ha matado o puede, de un
momento a otro, haber matado. Fanon muestra a sus lectores los límites de la
"espontaneidad", la necesidad y los peligros de la "organización". Pero,
cualquiera que sea la inmensidad de la tarea, en cada paso de la empresa se
profundiza la conciencia social. Los últimos complejos desaparecen: que nos
hablen del "complejo de dependencia" en el soldado del A.L.N. Liberado de
sus anteojeras, el campesino toma conciencia de sus necesidades: ellos lo
mataban, pero él trataba de ignorarlos; ahora los descubre como exigencias
infinitas. En esta violencia popular, para sostenerse cinco años, ocho años
como han hecho los argelinos, las necesidades militares, sociales y
políticas no pueden distinguirse. La guerra -aunque sólo fuera planteando el
asunto del mando y las responsabilidades- instituye nuevas estructuras que
serán las primeras instituciones de la paz. He aquí, pues, al hombre
instaurado hasta en las nuevas tradiciones, hijas futuras de un horrible
presente, helo aquí legitimado por un derecho que va a nacer, que nace cada
día en el fuego mismo: con el último colono muerto, reembarcado o asimilado,
la especie minoritaria desaparece y cede su lugar a la fraternidad
socialista. Y esto no basta: ese combatiente quema las etapas; por supuesto
no arriesga su piel para encontrarse al nivel del viejo "metropolitano".
Tiene mucha paciencia: quizá sueña a veces con un nuevo Dien-Bien-Phu; pero
en realidad no cuenta con eso: es un mendigo que lucha, en su miseria,
contra ricos fuertemente armados. En espera de las victorias decisivas y con
frecuencia sin esperar nada, hostiga a sus adversarios hasta exacerbarlos.
Esto no se hace sin espantosas pérdidas; el ejército colonial se vuelve
feroz: cuadrillas, ratissages,? concentraciones, expediciones punitivas; se
asesina a mujeres y niños. Él lo sabe: ese hombre nuevo comienza su vida de
hombre por el final; se sabe muerto en potencia. Lo matarán: no sólo acepta
el riesgo sino que tiene la certidumbre; ese muerto en potencia ha perdido a
su mujer, a sus hijos; ha visto tantas agonías que prefiere vencer a
sobrevivir; otros gozarán de la victoria, él no: está demasiado cansado.
Pero esa fatiga del corazón es la fuente de un increíble valor. Encontramos
nuestra humanidad más acá de la muerte y de la desesperación, él la
encuentra más allá de los suplicios y de la muerte. Nosotros hemos sembrado
el viento, él es la tempestad. Hijo de la violencia, en ella encuentra a
cada instante su humanidad: éramos hombres a sus expensas, él se hace hombre
a expensas nuestras. Otro hombre: de mejor calidad.
Aquí se detiene Fanon. Ha mostrado el camino: vocero de los combatientes, ha
reclamado la unión, la unidad del Continente africano contra todas las
discordias y todos los particularismos. Su fin está logrado. Si quisiera
describir integralmente el hecho histórico de la descolonización, tendría
que hablar de nosotros, y ése no es, sin duda, su propósito. Pero, cuando
cerramos el libro, continúa en nosotros, a pesar de su autor, porque
experimentamos la fuerza de los pueblos en revolución y respondemos con la
fuerza. Hay, pues, un nuevo momento de violencia y nos es necesario
volvernos hacia nosotros esta vez porque esa violencia nos está cambiando en
la medida en que el falso indígena cambia a través de ella. Que cada cual
reflexione como quiera, con tal de que reflexione: en la Europa de hoy,
aturdida por los golpes que recibe, en Francia, en Bélgica, en Inglaterra,
la menor distracción del pensamiento es una complicidad criminal con el
colonialismo. Este libro no necesitaba un prefacio. Sobre todo, porque no se
dirige a nosotros. Lo escribí, sin embargo, para llevar la dialéctica hasta
sus últimas consecuencias: también a nosotros, los europeos, nos están
descolonizando; es decir, están extirpando en una sangrienta operación al
colono que vive en cada uno de nosotros. Debemos volver la mirada hacia
nosotros mismos, si tenemos el valor de hacerlo, para ver qué hay en
nosotros. Primero hay que afrontar un espectáculo inesperado: el striptease
de nuestro humanismo. Helo aquí desnudo y nada hermoso: no era sino una
ideología mentirosa, la exquisita justificación del pillaje; sus ternuras y
su preciosismo justificaban nuestras agresiones. ¡Qué bello predicar la no
violencia!: ¡Ni víctimas ni verdugos! ¡Vamos! Si no son ustedes víctimas,
cuando el gobierno que han aceptado en un plebiscito, cuando el ejército en
que han servido sus hermanos menores, sin vacilación ni remordimiento, han
emprendido un "genocidio", indudablemente son verdugos. Y si prefieren ser
víctimas, arriesgarse a uno o dos días de cárcel, simplemente optan por
retirar su carta del juego. No pueden retirarla: tiene que permanecer allí
hasta el final. Compréndanlo de una vez: si la violencia acaba de empezar,
si la explotación y la opresión no han existido jamás sobre la Tierra, quizá
la pregonada "no violencia" podría poner fin a la querella. Pero si el
régimen todo y hasta sus ideas sobre la no violencia están condicionados por
una opresión milenaria, su pasividad no sirve sino para alinearlos del lado
de los opresores.
Ustedes saben bien que somos explotadores. Saben que nos apoderamos del oro
y los metales y el petróleo de los "continentes nuevos" para traerlos a las
viejas metrópolis. No sin excelentes resultados: palacios, catedrales,
capitales industriales; y cuando amenazaba la crisis, ahí estaban los
mercados coloniales para amortiguarla o desviarla. Europa, cargada de
riquezas, otorgó de jure la humanidad a todos sus habitantes: un hombre,
entre nosotros, quiere decir un cómplice puesto que todos nos hemos
beneficiado con la explotación colonial. Ese continente gordo y lívido acaba
por caer en lo que Fanon llama justamente el "narcisismo". Cocteau se
irritaba con París, "esa ciudad que habla todo el tiempo de sí misma". ¿Y
qué otra cosa hace Europa? ¿Y ese monstruo supereuropeo, la América del
Norte? Palabras: libertad, igualdad, fraternidad, amor, honor, patria. ¿Qué
se yo? Esto no nos impedía pronunciar al mismo tiempo frases racistas,
cochino negro, cochino judío, cochino ratón. Los buenos espíritus, liberales
y tiernos -los neocolonialistas, en una palabra- pretendían sentirse
asqueados por esa inconsecuencia; error o mala fe: nada más consecuente,
entre nosotros, que un humanismo racista, puesto que el europeo no ha podido
hacerse hombre sino fabricando esclavos y monstruos. Mientras existió la
condición de indígena, la impostura no se descubrió; se encontraba en el
género humano una abstracta formulación de universalidad que servía para
encubrir prácticas más realistas: había, del otro lado del mar, una raza de subhombres que, gracias a nosotros, en mil años quizá, alcanzarían nuestra
condición. En resumen, se confundía el género con la élite. Actualmente el
indígena revela su verdad; de un golpe, nuestro club tan cerrado revela su
debilidad: no era ni más ni menos que una minoría. Lo que es peor: puesto
que los otros se hacen hombres en contra nuestra, se demuestra que somos los
enemigos del género humano; la élite descubre su verdadera naturaleza: la de
una pandilla. Nuestros caros valores pierden sus alas; si los contemplamos
de cerca, no encontraremos uno solo que no esté manchado de sangre. Si
necesitan ustedes un ejemplo, recuerden las grandes frases: ¡cuan generosa
es Francia! ¿Generosos nosotros? ¿Y Setif? ¿Y esos ocho años de guerra feroz
que han costado la vida a más de un millón de argelinos? Y la tortura. Pero
comprendan que no se nos reprocha haber traicionado una misión: simplemente
porque no teníamos ninguna. Es la generosidad misma la que se pone en duda;
esa hermosa palabra cantarina no tiene más que un sentido: condición
otorgada. Para los hombres de enfrente, nuevos y liberados, nadie tiene el
poder ni el privilegio de dar nada a nadie. Cada uno tiene todos los
derechos. Sobre todos; y nuestra especie, cuando un día llegue a ser, no se
definirá como la suma de los habitantes del globo sino como la unidad
infinita de sus reciprocidades. Aquí me detengo; ustedes pueden seguir la
labor sin dificultad. Basta mirar de frente, por primera y última vez,
nuestras aristocráticas virtudes: se mueren; ¿cómo podrían sobrevivir a la
aristocracia de subhombres que las han engendrado? Hace años, un comentador
burgués -y colonialista- para defender a Occidente no pudo decir nada mejor
que esto: "No somos ángeles. Pero, al menos, tenemos remordimientos." ¡Qué
declaración! En otra época, nuestro Continente tenía otros salvavidas: el
Partenón, Chartres, los Derechos del Hombre, la svástica. Ahora sabemos lo
que valen: y ya no pretenden salvarnos del naufragio sino a través del muy
cristiano sentimiento de nuestra culpabilidad. Es el fin, como verán
ustedes: Europa hace agua por todas partes. ¿Qué ha sucedido? Simplemente,
que éramos los sujetos de la historia y que ahora somos sus objetos. La
relación de fuerzas se ha invertido, la descolonización está en camino; lo
único que pueden intentar nuestros mercenarios es retrasar su realización.
Hace falta aún que las viejas "metrópolis" intervengan, que comprometan
todas sus fuerzas en una batalla perdida de antemano. Esa vieja brutalidad
colonial que hizo la dudosa gloria de los Bugeaud volvemos a encontrarla, al
final de la aventura, decuplicada e insuficiente. Se envía al ejército a
Argelia y allí se mantiene desde hace siete años sin resultado. La violencia
ha cambiado de sentido; victoriosos, la ejercíamos sin que pareciera
alterarnos: descomponía a los demás y en nosotros, los hombres, nuestro
humanismo permanecía intacto; unidos por la ganancia, los "metropolitanos"
bautizaban como fraternidad, como amor, la comunidad de sus crímenes;
actualmente, bloqueada por todas partes, vuelve sobre nosotros a través de
nuestros soldados, se interioriza y nos posee. La involución comienza: el
colonizado se reintegra y nosotros, ultras y liberales, y colonos y
"metropolitanos" nos descomponemos. Ya la rabia y el miedo están al desnudo:
se muestran al descubierto en las "cacerías de ratas" de Argel. ¿Dónde están
ahora los salvajes? ¿Dónde está la barbarie? Nada falta, ni siquiera el tam-tam:
las bocinas corean "Argelia francesa" mientras los europeos queman vivos a
los musulmanes. No hace mucho, recuerda Fanon, los psiquiatras se afligían
en un congreso por la criminalidad de los indígenas: esa gente se mata entre
sí, decían, eso no es normal; su corteza cerebral debe estar
subdesarrollada. En África central, otros han establecido que "el africano
utiliza muy poco sus lóbulos frontales". Ésos sabios deberían proseguir
ahora su encuesta en Europa y particularmente entre los franceses. Porque
también nosotros, desde hace algunos años, debemos estar afectados de pereza
mental: los Patriotas empiezan a asesinar a sus compatriotas; en caso de
ausencia, hacen volar en trozos al conserje y su casa. No es más que el
principio: la guerra civil está prevista para el otoño o la próxima
primavera. Nuestros lóbulos parecen, sin embargo, en perfecto estado: ¿no
será, más bien, que al no poder aplastar al indígena, la violencia se vuelve
sobre sí misma, se acumula en el fondo de nosotros y busca una salida? La
unión del pueblo argelino produce la desunión del pueblo francés; en todo el
territorio de la antigua metrópoli, las tribus danzan y se preparan para el
combate. El terror ha salido de África para instalarse aquí: porque están
los furiosos, que quieren hacernos pagar con nuestra sangre la vergüenza de
haber sido derrotados por el indígena y están los demás, todos los demás,
igualmente culpables -después de Bizerta, después de los linchamientos de
septiembre ¿quién salió a la calle para decir: basta?-, pero más sosegados:
los liberales, los más duros de los duros de la izquierda muelle. También a
ellos les sube la fiebre. Y el malhumor. ¡Pero qué espanto! Disimulan su
rabia con mitos, con ritos complicados; para retrasar el arreglo final de
cuentas y la hora de la verdad, han puesto a la cabeza del país a un Gran
Brujo cuyo oficio es mantenernos a cualquier precio en la oscuridad. Nada se
logra; proclamada por unos, rechazada por otros, la violencia gira en
redondo: un día hace explosión en Metz, al día siguiente en Burdeos; ha
pasado por aquí, pasará por allá, es el juego de prendas. Ahora nos toca el
turno de recorrer, paso a paso, el camino que lleva a la condición de
indígena. Pero para convertirnos en indígenas del todo, sería necesario que
nuestro suelo fuera ocupado por los antiguos colonizados y que nos
muriéramos de hambre. Esto no sucederá: no, es el colonialismo decadente el
que nos posee, el que nos cabalgará pronto, chocho y soberbio; ése es
nuestro zar, nuestro loa. Y al leer el último capítulo de Fanon uno se
convence de que vale más ser un indígena en el peor momento de la desdicha
que un ex colono. No es bueno que un funcionario de la policía se vea
obligado a torturar diez horas diarias: a ese paso, sus nervios llegarán a
quebrarse a no ser que se prohíba a los verdugos, por su propio bien, el
trabajo en horas suplementarias. Cuando se quiere proteger con el rigor de
las leyes la moral de la Nación y del Ejército, no es bueno que éste
desmoralice sistemáticamente a aquélla. Ni que un país de tradición
republicana confíe a cientos de miles de sus jóvenes a oficiales putchistas.
No es bueno, compatriotas, ustedes que conocen todos los crímenes cometidos
en nuestro nombre, no es realmente bueno que no digan a nadie una sola
palabra, ni siquiera a su propia alma, por miedo a tener que juzgarse a sí
mismos. Al principio ustedes ignoraban, quiero creerlo, luego dudaron y
ahora saben, pero siguen callados. Ocho años de silencio degradan. Y en
vano: ahora, el sol cegador de la tortura está en el cenit, alumbra a todo
el país; bajo esa luz, ninguna risa suena bien, no hay una cara que no se
cubra de afeites para disimular la cólera o el miedo, no hay un acto que no
traicione nuestra repugnancia y complicidad. Basta actualmente que dos
franceses se encuentren para que haya entre ellos un cadáver. Y cuando digo
uno... Francia era antes el nombre de un país, hay que tener cuidado de que
no sea, en 1961, el nombre de una neurosis.
¿Sanaremos? Sí. La violencia, como la lanza de Aquiles, puede cicatrizar las
heridas que ha infligido. En este momento estamos encadenados, humillados,
enfermos de miedo: en lo más bajo. Felizmente esto no basta todavía a la
aristocracia colonialista: no puede concluir su misión retardataria en
Argelia sin colonizar primero a los franceses. Cada día retrocedemos frente
a la contienda, pero pueden estar seguros de que no la evitaremos: ellos,
los asesinos, la necesitan; van a seguir revoloteando a nuestro alrededor, a
seguir golpeando el yunque. Así se acabará la época de los brujos y los
fetiches: tendrán ustedes que pelear o se pudrirán en los campos de
concentración. Es el momento final de la dialéctica: ustedes condenan esa
guerra, pero no se atreven todavía a declararse solidarios de los
combatientes argelinos; no tengan miedo, los colonos y los mercenarios los
obligarán a dar este paso. Quizá entonces, acorralados contra la pared,
liberarán ustedes por fin esa violencia nueva suscitada por los viejos
crímenes rezumados. Pero eso, como suele decirse, es otra historia. La
historia del hombre. Estoy seguro de que ya se acerca el momento en que nos
uniremos a quienes la están haciendo.
Jean-Paul Sartre
Septembre de 1961.
I. LA VIOLENCIA
Liberación nacional, renacimiento nacional, restitución de la nación al
pueblo, Commonwealth, cualesquiera que sean las rúbricas utilizadas o las
nuevas fórmulas introducidas, la descolonización es siempre un fenómeno
violento. En cualquier nivel que se la estudie: encuentros entre individuos,
nuevos nombres de los clubes deportivos, composición humana de los cocktail-parties,
de la policía, de los consejos de administración, de los bancos nacionales o
privados, la descolonización es simplemente la sustitución de una "especie"
de hombres por otra "especie" de hombres. Sin transición, hay una
sustitución total, completa, absoluta. Por supuesto, podría mostrarse
igualmente el surgimiento de una nueva nación, la instauración de un Estado
nuevo, sus relaciones diplomáticas, su orientación política, económica. Pero
hemos querido hablar precisamente de esa tabla rasa que define toda
descolonización en el punto de partida. Su importancia inusitada es que
constituye, desde el primer momento, la reivindicación mínima del
colonizado. A decir verdad, la prueba del éxito reside en un panorama social
modificado en su totalidad. La importancia extraordinaria de ese cambio es
que es deseado, reclamado, exigido. La necesidad de ese cambio existe en
estado bruto, impetuoso y apremiante, en la conciencia y en la vida de los
hombres y mujeres colonizados. Pero la eventualidad de ese cambio es
igualmente vivida en la forma de un futuro aterrador en la conciencia de
otra "especie" de hombres y mujeres: los colonos.
La descolonización, que se propone cambiar el orden del mundo es, como se
ve, un programa de desorden absoluto. Pero no puede ser el resultado de una
operación mágica, de un sacudimiento natural o de un entendimiento amigable.
La descolonización, como se sabe, es un proceso histórico: es decir, que no
puede ser comprendida, que no resulta inteligible, traslúcida a sí misma,
sino en la medida exacta en que se discierne el movimiento historizante que
le da forma y contenido. La descolonización es el encuentro de dos fuerzas
congénitamente antagónicas que extraen precisamente su originalidad de esa
especie de sustanciación que segrega y alimenta la situación colonial. Su
primera confrontación se ha desarrollado bajo el signo de la violencia y su
cohabitación -más precisamente la explotación del colonizado por el colono-
se ha realizado con gran despliegue de bayonetas y de cañones. El colono y
el colonizado se conocen desde hace tiempo. Y, en realidad, tiene razón el
colono cuando dice conocerlos. Es el colono el que ha hecho y sigue haciendo
al colonizado. El colono saca su verdad, es decir, sus bienes, del sistema
colonial.
La descolonización no pasa jamás inadvertida puesto que afecta al ser,
modifica fundamentalmente al ser, transforma a los espectadores aplastados
por la falta de esencia en actores privilegiados, recogidos de manera casi
grandiosa por la hoz de la historia. Introduce en el ser un ritmo propio,
aportado por los nuevos hombres, un nuevo lenguaje, una nueva humanidad. La
descolonización realmente es creación de hombres nuevos. Pero esta creación
no recibe su legitimidad de ninguna potencia sobrenatural: la "cosa"
colonizada se convierte en hombre en el proceso mismo por el cual se libera.
En la descolonización hay, pues, exigencia de un replanteamiento integral de
la situación colonial. Su definición puede encontrarse, si se quiere
describirla con precisión, en la frase bien conocida: "los últimos serán los
primeros". La descolonización es la comprobación de esa frase. Por eso, en
el plano de la rescripción, toda descolonización es un logro.
Expuesta en su desnudez, la descolonización permite adivinar a través de
todos sus poros, balas sangrientas, cuchillos sangrientos. Porque si los
últimos deben ser los primeros, no puede ser sino tras un afrontamiento
decisivo y a muerte de los dos protagonistas. Esa voluntad afirmada de hacer
pasar a los últimos a la cabeza de la fila, de hacerlos subir a un ritmo
(demasiado rápido, dicen algunos) los famosos escalones que definen a una
sociedad organizada, no puede triunfar sino cuando se colocan en la balanza
todos los medios incluida, por supuesto, la violencia.
No se desorganiza una sociedad, por primitiva que sea, con semejante
programa si no se está decidido desde un principio, es decir, desde la
formulación misma de ese programa, a vencer todos los obstáculos con que se
tropiece en el camino. El colonizado que decide realizar ese programa,
convertirse en su motor, está dispuesto en todo momento a la violencia.
Desde su nacimiento, le resulta claro que ese mundo estrecho, sembrado de
contradicciones, no puede ser impugnado sino por la violencia absoluta.
El mundo colonial es un mundo en compartimientos. Sin duda resulta
superfluo, en el plano de la descripción, recordar la existencia de ciudades
indígenas y ciudades europeas, de escuelas para indígenas y escuelas para
europeos, así como es superfluo recordar el apartheid en Sudáfrica. No
obstante, si penetramos en la intimidad de esa separación en
compartimientos, podremos al menos poner en evidencia algunas de las líneas
de fuerza que presupone. Este enfoque del mundo colonial, de su
distribución, de su disposición geográfica va a permitirnos delimitar los
ángulos desde los cuales se reorganizará la sociedad descolonizada.
El mundo colonizado es un mundo cortado en dos. La línea divisoria, la
frontera está indicada por los cuarteles y las delegaciones de policía. En
las colonias, el interlocutor válido e institucional del colonizado, el
vocero del colono y del régimen de opresión es el gendarme o el soldado. En
las sociedades de tipo capitalista, la enseñanza, religiosa o laica, la
formación de reflejos morales trasmisibles de padres a hijos, la honestidad
ejemplar de obreros condecorados después de cincuenta años de buenos y
leales servicios, el amor alentado por la armonía y la prudencia, esas
formas estéticas del respeto al orden establecido, crean en torno al
explotado una atmósfera de sumisión y de inhibición que aligera
considerablemente la tarea de las fuerzas del orden. En los países
capitalistas, entre el explotado ? el poder se interponen una multitud de
profesores de moral, de consejeros, de "desorientadores". En las regiones
coloniales, por el contrario, el gendarme y el soldado, por su presencia
inmediata, sus intervenciones directas y frecuentes, mantienen el contacto
con el colonizado y le aconsejan, a golpes de culata o incendiando sus
poblados, que no se mueva. El intermediario del poder utiliza un lenguaje de
pura violencia. El intermediario no aligera la opresión, no hace más velado
el dominio. Los expone, los manifiesta con la buena conciencia de las
fuerzas del orden. El intermediario lleva la violencia a la casa y al
cerebro del colonizado.
La zona habitada por los colonizados no es complementaria de la zona
habitada por los colonos. Esas dos zonas se oponen, pero no al servicio de
una unidad superior. Regidas por una lógica puramente aristotélica, obedecen
al principio de exclusión recíproca: no hay conciliación posible, uno de los
términos sobra. La ciudad del colono es una ciudad dura, toda de piedra y
hierro. Es una ciudad iluminada, asfaltada, donde los cubos de basura están
siempre llenos de restos desconocidos, nunca vistos, ni siquiera soñados.
Los pies del colono no se ven nunca, salvo quizá en el mar, pero jamás se
está muy cerca de ellos. Pies protegidos por zapatos fuertes, mientras las
calles de su ciudad son limpias, lisas, sin hoyos, sin piedras. La ciudad
del colono es una ciudad harta, perezosa, su vientre está lleno de cosas
buenas permanentemente. La ciudad del colono es una ciudad de blancos, de
extranjeros. La ciudad del colonizado, o al menos la ciudad indígena, la
ciudad negra, la "medina" o barrio árabe, la reserva es un lugar de mala
fama, poblado por hombres de mala fama, allí se nace en cualquier parte, de
cualquier manera. Se muere en cualquier parte, de cualquier cosa. Es un
mundo sin intervalos, los hombres están unos sobre otros, las casuchas unas
sobre otras. La ciudad del colonizado es una ciudad hambrienta, hambrienta
de pan, de carne, de zapatos, de carbón, de luz. La ciudad del colonizado es
una ciudad agachada, una ciudad de rodillas, una ciudad revolcada en el
fango. Es una ciudad de negros, una ciudad de boicots. La mirada que el
colonizado lanza sobre la ciudad del colono es una mirada de lujuria, una
mirada de deseo. Sueños de posesión. Todos los modos de posesión: sentarse a
la mesa del colono, acostarse en la cama del colono, si es posible con su
mujer. El colonizado es un envidioso. El colono no lo ignora cuando,
sorprendiendo su mirada a la deriva, comprueba amargamente, pero siempre
alerta: "Quieren ocupar nuestro lugar." Es verdad, no hay un colonizado que
no sueñe cuando menos una vez al día en instalarse en el lugar del colono.
Ese mundo en compartimientos, ese mundo cortado en dos está habitado por
especies diferentes. La originalidad del contexto colonial es que las
realidades económicas, las desigualdades, la enorme diferencia de los modos
de vida, no llegan nunca a ocultar las realidades humanas. Cuando se percibe
en su aspecto inmediato el contexto colonial, es evidente que lo que divide
al mundo es primero el hecho de pertenecer o no a tal especie, a tal raza.
En las colonias, la infraestructura es igualmente una superestructura. La
causa es consecuencia: se es rico porque se es blanco, se es blanco porque
se es rico. Por eso los análisis marxistas deben modificarse ligeramente
siempre que se aborda el sistema colonial. Hasta el concepto de sociedad
precapitalista, bien estudiado por Marx, tendría que ser reformulado. El
siervo es de una esencia distinta que el caballero, pero es necesaria una
referencia al derecho divino para legitimar esa diferencia de clases. En las
colonias, el extranjero venido de fuera se ha impuesto con la ayuda de sus
cañones y de sus máquinas. A pesar de la domesticación lograda, a pesar de
la apropiación, el colono sigue siendo siempre un extranjero. No son ni las
fábricas, ni las propiedades, ni la cuenta en el banco lo que caracteriza
principalmente a la "clase dirigente". La especie dirigente es, antes que
nada, la que viene de afuera, la que no se parece a los autóctonos, a "los
otros".
La violencia que ha presidido la constitución del mundo colonial, que ha
ritmado incansablemente la destrucción de las formas sociales autóctonas,
que ha demolido sin restricciones los sistemas de referencias de la
economía, los modos de apariencia, la ropa, será reivindicada y asumida por
el colonizado desde el momento en que, decidida a convertirse en la historia
en acción, la masa colonizada penetre violentamente en las ciudades
prohibidas. Provocar un estallido del mundo colonial será, en lo sucesivo,
una imagen de acción muy clara, muy comprensible y capaz de ser asumida por
cada uno de los individuos que constituyen el pueblo colonizado. Dislocar al
mundo colonial no significa que después de la abolición de las fronteras se
arreglará la comunicación entre las dos zonas. Destruir el mundo colonial
es, ni más ni menos, abolir una zona, enterrarla en lo más profundo de la
tierra o expulsarla del territorio.
La impugnación del mundo colonial por el colonizado no es una confrontación
racional de los puntos de vista. No es un discurso sobre lo universal, sino
la afirmación desenfrenada de una originalidad formulada como absoluta. El
mundo colonial es un mundo maniqueo. No le basta al colono limitar
físicamente, es decir, con ayuda de su policía y de sus gendarmes, el
espacio del colonizado. Como para ilustrar el carácter totalitario de la
explotación colonial, el colono hace del colonizado una especie de
quintaesencia del mal.1 La sociedad colonizada no sólo se define como una
sociedad sin valores. No le basta al colono afirmar que los valores han
abandonado o, mejor aún, no han habitado jamás el mundo colonizado. El
indígena es declarado impermeable a la ética; ausencia de valores, pero
también negación de los valores. Es, nos atrevemos a decirlo, el enemigo de
los valores. En este sentido, es el mal absoluto. Elemento corrosivo,
destructor de todo lo que está cerca, elemento deformador, capaz de
desfigurar todo lo que se refiere a la estética o la moral, depositario de
fuerzas maléficas, instrumento inconsciente e irrecuperable de fuerzas
ciegas. Y M. Meyer podía decir seriamente a la Asamblea Nacional Francesa
que no había que prostituir la República haciendo penetrar en ella al pueblo
argelino. Los valores, en efecto, son irreversiblemente envenenados e
infectados cuando se les pone en contacto con el pueblo colonizado. Las
costumbres del colonizado, sus tradiciones, sus mitos, sobre todo sus mitos,
son la señal misma de esa indigencia, de esa depravación constitucional. Por
eso hay que poner en el mismo plano al D.D.T, que destruye los parásitos,
trasmisores de enfermedades, y a la religión cristiana, que extirpa de raíz
las, herejías, los instintos, el mal. El retroceso de la fiebre amarilla y
los progresos de la evangelización forman parte de un mismo balance. Pero
los comunicados triunfantes de las misiones, informan realmente acerca de la
importancia de los fermentos de enajenación introducidos en el seno del
pueblo colonizado. Hablo de la religión cristiana y nadie tiene derecho a
sorprenderse. La Iglesia en las colonias es una Iglesia de blancos, una
Iglesia de extranjeros. No llama al hombre colonizado al camino de Dios sino
al camino del Blanco, del amo, del opresor. Y, como se sabe, en esta
historia son muchos los llamados y pocos los elegidos.
A veces ese maniqueísmo llega a los extremos de su lógica y deshumaniza al
colonizado. Propiamente hablando lo animaliza. Y, en realidad, el lenguaje
del colono, cuando habla del colonizado, es un lenguaje zoológico. Se alude
a los movimientos de reptil del amarillo, a las emanaciones de la ciudad
indígena, a las hordas, a la peste, el pulular, el hormigueo, las
gesticulaciones. El colono, cuando quiere describir y encontrar la palabra
justa, se refiere constantemente al bestiario. El europeo raramente utiliza
"imágenes". Pero el colonizado, que comprende el proyecto del colono, el
proceso exacto que se pretende hacerle seguir, sabe inmediatamente en qué
piensa. Esa demografía galopante, esas masas histéricas, esos rostros de los
que ha desaparecido toda humanidad, esos cuerpos obesos que no se parecen ya
a nada, esa cohorte sin cabeza ni cola, esos niños que parecen no pertenecer
a nadie, esa pereza desplegada al sol, ese ritmo vegetal, todo eso forma
parte del vocabulario colonial. El general De Gaulle habla de las
"multitudes amarillas" y el señor Mauriac de las masas negras, cobrizas y
amarillas que pronto van a irrumpir en oleadas. El colonizado sabe todo eso
y ríe cada vez que se descubre como animal en las palabras del otro. Porque
sabe que no es un animal. Y precisamente, al mismo tiempo que descubre su
humanidad, comienza a bruñir sus armas para hacerla triunfar.
Cuando el colonizado comienza a presionar sus amarras, a inquietar al
colono, se le envían almas buenas que, en los "Congresos de cultura" le
exponen las calidades específicas, las riquezas de los valores occidentales.
Pero cada vez que se trata de valores occidentales se produce en el
colonizado una especie de endurecimiento, de tetania muscular. En el periodo
de descolonización, se apela a la razón de los colonizados. Se les proponed
valores seguros, se les explica prolijamente que la descolonización no debe
significar regresión, que hay que apoyarse en valores experimentados,
sólidos, bien considerados. Pero sucede que cuando un colonizado oye un
discurso sobre la cultura occidental, saca su machete o al menos se asegura
de que está al alcance de su mano. La violencia con la cual se ha afirmado
la supremacía de los valores blancos, la agresividad que ha impregnado la
confrontación victoriosa de esos valores con los modos de vida o de
pensamiento de los colonizados hacen que, por una justa inversión de las
cosas, el colonizado se burle cuando se evocan frente a él esos valores. En
el contexto colonial, el colono no se detiene en su labor de crítica
violenta del colonizado, sino cuando este último ha reconocido en voz alta e
inteligible la supremacía de los valores blancos. En el periodo de
descolonización, la masa colonizada se burla de esos mismos valores, los
insulta, los vomita con todas sus fuerzas.
Ese fenómeno se disimula generalmente porque, durante el periodo de
descolonización, ciertos intelectuales colonizados han entablado un diálogo
con la burguesía del país colonialista. Durante ese periodo, la población
autóctona es percibida como masa indistinta. Las pocas individualidades
autóctonas que los burgueses colonialistas han tenido ocasión de conocer
aquí y allá no pesan suficientemente sobre esa percepción inmediata para dar
origen a matices. Por el contrario, durante el periodo de liberación, la
burguesía colonialista busca febrilmente establecer contactos con las
"élites". Es con esas élites con las que se establece el famoso diálogo
sobre los valores. La burguesía colonialista, cuando advierte la
imposibilidad de mantener su dominio sobre los países coloniales, decide
entablar un combate en la retaguardia, en el terreno de la cultura, de los
valores, de las técnicas, etc. Pero lo que no hay que perder nunca de vista
es que la inmensa mayoría de los pueblos colonizados es impermeable a esos
problemas. Para el pueblo colonizado, el valor más esencial, por ser el más
concreto, es primordialmente la tierra: la tierra que debe asegurar el pan
y, por supuesto, la dignidad. Pero esa dignidad no tiene nada que ver con la
dignidad de la "persona humana". Esa persona humana ideal, jamás ha oído
hablar de ella. Lo que el colonizado ha visto en su tierra es que podían
arrestarlo, golpearlo hambrearlo impunemente; y ningún profesor de moral,
ningún cura, vino jamás a recibir los golpes en su lugar ni a compartir con
él su pan. Para el colonizado, ser moralista es, muy concretamente,
silenciar la actitud déspota del colono, y así quebrantar su violencia
desplegada, en una palabra, expulsarlo definitivamente del panorama. El
famoso principio que pretende que todos los hombres sean iguales encontrará
su ilustración en las colonias cuando el colonizado plantee que es el igual
del colono. Un paso más querrá pelear para ser más que el colono. En
realidad, ya ha decidido reemplazar al colono, tomar su lugar. Como se ve,
es todo un universo material y moral el que se desploma. El intelectual que
ha seguido, por su parte, al colonialista en el plano de lo universal
abstracto va a pelear porque el colono y el colonizado puedan vivir en paz
en un mundo nuevo. Pero o que no ve, porque precisamente el colonialismo se
ha infiltrado en él con todos sus modos de pensamiento, es que el colono,
cuando desaparece el contexto colonial, no tiene ya interés en quedarse, en
coexistir. No es un azar si, inclusive antes de cualquier negociación entre
el gobierno argelino y el gobierno francés, la minoría europea llamada
"liberal" ya ha dado a conocer su posición: reclama, ni más ni menos, la
doble ciudadanía. Es que acantonándose en el plano abstracto, se quiere
condenar al colono a dar un salto muy concreto a lo desconocido. Digámoslo:
el colono sabe perfectamente que ninguna fraseología sustituye a la
realidad. El colonizado, por tanto, descubre que su vida, su respiración,
los latidos de su corazón son los mismos que los del colono. Descubre que
una piel de colono no vale más que una piel de indígena. Hay que decir, que
ese descubrimiento introduce una sacudida esencial en el mundo. Toda la
nueva y revolucionaria seguridad del colonizado se desprende de esto. Si, en
efecto, mi vida tiene el mismo peso que la del colono, su mirada ya no me
fulmina, ya no me inmoviliza, su voz no me petrifica. Ya no me turbo en su
presencia. Prácticamente, lo fastidio. No sólo su presencia no me afecta ya,
sino que le preparo emboscadas tales que pronto no tendrá más salida que la
huida.
El contexto colonial, hemos dicho, se caracteriza por la dicotomía que
inflige al mundo. La descolonización unifica ese mundo, quitándole por una
decisión radical su heterogeneidad, unificándolo sobre la base de la nación,
a veces de la raza. Conocemos esa frase feroz de los patriotas senegaleses,
al evocar las maniobras de su presidente Senghor: "Hemos pedido la
africanización de los cuadros, y resulta que Senghor africaniza a los
europeos." Lo que quiere decir que el colonizado tiene la posibilidad de
percibir en una inmediatez absoluta si la descolonización tiene lugar o no:
el mínimo exigido es que los últimos sean los primeros.
Pero el intelectual colonizado aporta variantes a esta demanda y, en
realidad, las motivaciones no parecen faltarle: cuadros administrativos,
cuadros técnicos, especialistas. Pero el colonizado interpreta esos
salvoconductos ilegales como otras tantas .maniobras de sabotaje y no es
raro oír a un colonizado declarar aquí y allá: "No valía la pena, entonces,
ser independientes..."
En las regiones colonizadas donde se ha llevado a cabo una verdadera lucha
de liberación, donde la sangre del pueblo ha corrido y donde la duración de
la fase armada ha favorecido el reflujo de los intelectuales sobre bases
populares, se asiste a una verdadera erradicación de la superestructura
bebida por esos intelectuales en los medios burgueses colonialistas. En su
monólogo narcisista, la burguesía colonialista, a través de sus
universitarios, había arraigado profundamente, en efecto, en el espíritu del
colonizado que las esencias son eternas a pesar de todos los errores
imputables a los hombres. Las esencias occidentales, por supuesto. El
colonizado aceptaba lo bien fundado de estas ideas y en un repliegue de su
cerebro podía descubrirse un centinela vigilante encargado de defender el
pedestal grecolatino. Pero, durante la lucha de liberación, cuando el
colonizado vuelve a establecer contacto con su pueblo, ese centinela
ficticio se pulveriza. Todos los valores mediterráneos, triunfo de la
persona humana, de la claridad y de la Belleza, se convierten en adornos sin
vida y sin color. Todos esos argumentos parecen ensambles de palabras
muertas. Esos valores que parecían ennoblecer el alma se revelan
inutilizables porque no se refieren al combate concreto que ha emprendido el
pueblo.
Y, en primer lugar, el individualismo. El intelectual colonizado había
aprendido de sus maestros que el individuo debe afirmarse. La burguesía
colonialista había introducido a martillazos, en el espíritu del colonizado,
la idea de una sociedad de individuos donde cada cual se encierra en su
subjetividad, donde la riqueza es la del pensamiento. Pero el colonizado qué
tenga la oportunidad de sumergirse en el pueblo durante la lucha de
liberación va a descubrir la falsedad de esa teoría. Las formas de
organización de la lucha van a proponerle ya un vocabulario inhabitual. El
hermano, la hermana, el camarada son palabras proscritas por la burguesía
colonialista porque, para ella, mi hermana es mi cartera, mi camarada mi
compinche en la maniobra turbia. El intelectual colonizado asiste, en una
especie de auto de fe, a la destrucción de todos sus ídolos: el egoísmo, la
recriminación orgullosa, la imbecilidad infantil del que siempre quiere
decir la última palabra. Ese intelectual colonizado, atonizado por la
cultura colonialista, descubrirá igualmente la consistencia de las asambleas
de las aldeas, la densidad de las comisiones del pueblo, la extraordinaria
fecundidad de las reuniones de barrio y de célula. Los asuntos de cada uno
ya no dejarán jamás de ser asuntos de todos porque, concretamente, todos
serán descubiertos por los legionarios y asesinados, o todos se salvarán. La
indiferencia hacia los demás, esa forma atea de la salvación, está prohibida
en este contexto.
Se habla mucho desde hace tiempo de la autocrítica: ¿se sabe acaso que fue
primero una institución africana? Ya sea en los djemaas de África del Norte
o en las reuniones de África Occidental, la tradición quiere que los
conflictos que estallan en una aldea sean debatidos en público. Autocrítica
en común, sin duda, con una nota de humor, sin embargo, porque todo el mundo
se siente sin presiones, porque en última instancia todos queremos las
mismas cosas. El cálculo, los silencios insólitos, las reservas, el espíritu
subterráneo, el secreto, todo eso lo abandona el intelectual a medida que se
sumerge en el pueblo. Y es verdad que entonces puede decirse que la
comunidad triunfa ya en ese nivel, que segrega su propia luz, su propia
razón.
Pero puede suceder que la descolonización se produzca en regiones que no han
sido suficientemente sacudidas por la lucha de liberación y allí se
encuentran esos mismos intelectuales hábiles, maliciosos, astutos. En ellos
se encuentran intactas las formas de conducta y de pensamiento recogidas en
el curso de su trato con la burguesía colonialista. Ayer niños mimados del
colonialismo, hoy de la autoridad nacional, organizan el pillaje de los
recursos nacionales. Despiadados, suben por combinaciones o por robos
legales: importación-exportación, sociedades anónimas, juegos de bolsa,
privilegios ilegales, sobre esa miseria actualmente nacional. Demandan con
insistencia la nacionalización de las empresas comerciales, es decir, la
reserva de los mercados y las buenas ocasiones sólo para los nacionales.
Doctrinalmente, proclaman la necesidad imperiosa de nacionalizar el robo de
la nación. En esa aridez del periodo nacional, en, la fase llamada de
austeridad, el éxito de sus rapiñas provoca rápidamente la cólera la
violencia del pueblo. Ese pueblo miserable e independiente, en el contexto
africano e internacional actual, adquiere la conciencia social a un ritmo
acelerado. Las pequeñas individualidades no tardarán en comprenderlo. Para
asimilar la cultura del opresor y aventurarse en ella, el colonizado ha
tenido que dar garantías. Entre otras, ha tenido que hacer suyas las formas
de pensamiento de la burguesía colonial. Esto se comprueba en la ineptitud
del intelectual colonizado para dialogar. Porque no sabe hacerse inesencial
frente al objeto o la idea. Por el contrario, cuando milita en el seno del
pueblo se maravilla continuamente. Se ve literalmente desarmado por la buena
fe y la honestidad del pueblo. El riesgo permanente que lo acecha entonces
es hacer populismo. Se transforma en una especie de bendito-sí-sí, que
asiente ante cada frase del pueblo, convertida por él en sentencia. Pero el
fellah, el desempleado, el hambriento no pretende la verdad. No dice que él
es la verdad, puesto que lo es en su ser mismo.
El intelectual se comporta objetivamente, en esta etapa, como un vulgar
oportunista. Sus maniobras, en realidad, no han cesado. El pueblo no piensa
en rechazarlo ni en acorralarlo. Lo que el pueblo exige es que todo se ponga
en común. La inserción del intelectual colonizado en la marea popular va a
demorarse por la existencia en él de un curioso culto por el detalle. No es
que el pueblo sea rebelde, si se le analiza. Le gusta que le expliquen, le
gusta comprender las articulaciones de un razonamiento, le gusta ver hacia
dónde va. Pero el intelectual colonizado, al principio de su cohabitación
con el pueblo, da mayor importancia al detalle y llega a olvidar la derrota
del colonialismo, el objeto mismo de la lucha. Arrastrado en el movimiento
multiforme de la lucha, tiene tendencia a fijarse en tareas locales,
realizadas con ardor, pero casi siempre demasiado solemnizadas. No ve
siempre la totalidad. Introduce la noción de disciplinas, especialidades,
campos, en esa terrible máquina de mezclar y triturar que es una revolución
popular. Dedicado a puntos precisos del frente, suele perder de vista la
unidad del movimiento y, en caso de fracaso local, se deja llevar por la
duda, la decepción. El pueblo, al contrario, adopta desde el principio
posiciones globales. La tierra y el pan: ¿qué hacer para obtener la tierra y
el pan? Y ese aspecto preciso, aparentemente limitado, restringido del
pueblo es, en definitiva, el modelo operatorio más enriquecedor y más
eficaz.
El problema de la verdad debe solicitar igualmente nuestra atención. En el
seno del pueblo, desde siempre, la verdad sólo corresponde a los nacionales.
Ninguna verdad absoluta, ningún argumento sobre la transparencia del alma
puede destruir esa posición. A la mentira de la situación colonial, el
colonizado responde con una mentira semejante. La conducta con los
nacionales es abierta; crispada e ilegible con los colonos. La verdad es lo
que precipita la dislocación del régimen colonial y pierde a los
extranjeros. En el contexto colonial no existe una conducta regida por la
verdad. Y el bien es simplemente lo que les hace mal a los otros.
Se advierte entonces que el maniqueísmo primario que regía la sociedad
colonial se conserva intacto en el periodo de descolonización. Es que el
colono no deja de ser nunca el enemigo, el antagonista, precisamente el
hombre que hay que eliminar. El opresor, en su zona, hace existir el
movimiento, movimiento de dominio, de explotación, de pillaje. En la otra
zona, la cosa colonizada, arrollada, expoliada, alimenta como puede ese
movimiento, que va sin cesar desde las márgenes del territorio a los
palacios y los muelles de la "metrópoli". En esa zona fija, la superficie
está quieta, la palmera se balancea frente a las nubes, las olas del mar
rebotan sobre los guijarros, las materias primas van y vienen, legitimando
la presencia del colono mientras que agachado, más muerto que vivo, el
colonizado se eterniza en un sueño siempre igual. El colono hace la
historia. Su vida es una epopeya, una odisea. Es el comienzo absoluto: "Esta
tierra, nosotros la hemos hecho." Es la causa permanente: "Si nos vamos,
todo está perdido, esta tierra volverá a la Edad Media." Frente a él, seres
embotados, roídos desde dentro por las fiebres y las costumbres ancestrales,
constituyen un marco casi mineral del dinamismo innovador del mercantilismo
colonial.
El colono hace la historia y sabe que la hace. Y como se refiere
constantemente a la historia de la metrópoli, indica claramente que está
aquí como prolongación de esa metrópoli. La historia que escribe no es,
pues, la historia del país al que despoja, sino la historia de su nación en
tanto que ésta piratea, viola y hambrea. La inmovilidad a que está condenado
el colonizado no puede ser impugnada sino cuando el colonizado decide poner
término a la historia de la colonización, a la historia del pillaje, para
hacer existir la historia de la nación, la historia de la descolonización.
Mundo dividido en compartimientos, maniqueo, inmóvil, mundo de estatuas: la
estatua del general que ha hecho la conquista, la estatua del ingeniero que
ha construido el puente. Mundo seguro de sí, que aplasta con sus piedras las
espaldas desolladas por el látigo. He ahí el mundo colonial. El indígena es
un ser acorralado, el apartheid no es sino una modalidad de la división en
compartimientos del mundo colonial. La primera cosa que aprende el indígena
es a ponerse en su lugar, a no pasarse de sus límites. Por eso sus sueños
son sueños musculares, sueños de acción, sueños agresivos. Sueño que salto,
que nado, que corro, que brinco. Sueño que río a carcajadas, que atravieso
el río de un salto, que me persiguen muchos autos que no me alcanzan jamás.
Durante la colonización, el colonizado no deja de liberarse entre las nueve
de la noche y las seis de la mañana.
Esa agresividad sedimentada en sus músculos, va a manifestarla el colonizado
primero contra los suyos. Es el periodo en que los negros se pelean entre sí
y los policías, los jueces de instrucción no saben qué hacer frente a la
sorprendente criminalidad norafricana. Más adelante veremos lo que debe
pensarse de este fenómeno.2 Frente a la situación colonial, el colonizado se
encuentra en un estado de tensión permanente. El mundo del colono es un
mundo hostil, que rechaza, pero al mismo tiempo es un mundo que suscita
envidia. Hemos visto cómo el colonizado siempre sueña con instalarse en el
lugar del colono. No con convertirse en colono, sino con sustituir al
colono. Ese mundo hostil, pesado, agresivo, porque rechaza con todas sus
asperezas a la masa colonizada, representa no el infierno del que habría que
alejarse lo más pronto posible, sino un paraíso al alcance de la mano
protegido por terribles canes.
El colonizado está siempre alerta, descifrando difícilmente los múltiples
signos del mundo colonial; nunca sabe si ha pasado o no del límite. Frente
al mundo determinado por el colonialista, el colonizado siempre se presume
culpable. La culpabilidad del colonizado no es una culpabilidad asumida, es
más bien una especie de maldición, una espada de Damocles. Pero, en lo más
profundo de sí mismo, el colonizado no reconoce ninguna instancia. Está
dominado, pero no domesticado. Está inferiorizado, pero no convencido de su
inferioridad. Espera pacientemente que el colono descuide su vigilancia para
echársele encima. En sus músculos, el colonizado siempre está en actitud
expectativa. No puede decirse que esté inquieto, que esté aterrorizado En
realidad, siempre está presto a abandonar su papel de presa y asumir el de
cazador. El colonizado es un perseguido que sueña permanentemente con
transformarse en perseguidor. Los símbolos sociales -gendarmes, clarines que
suenan en los cuarteles, desfiles militares y la bandera allá arriba- sirven
a la vez de inhibidores y de excitantes. No significan: "No te muevas", sino
"Prepara bien el golpe". Y de hecho, si el colonizado tuviera tendencia a
dormirse, a olvidar, la altivez del colono y su preocupación por
experimentar la solidez del sistema colonial, le recordarían constantemente
que la gran confrontación no podrá ser indefinidamente demorada. Ese impulso
de tomar el lugar del colono mantiene constantemente su tensión muscular.
Sabemos, en efecto, que en condiciones emocionales dadas, la presencia del
obstáculo acentúa la tendencia al movimiento.
Las relaciones entre colono y colonizado son relaciones de masa. Al número,
el colono opone su fuerza. El colono es un exhibicionista. Su deseo de
seguridad lo lleva a recordar en alta voz al colonizado que: "Aquí el amo
soy yo." El colono alimenta en el colonizado una cólera que detiene al
manifestarse. El colonizado se ve apresado entre las mallas cerradas del
colonialismo. Pero ya hemos visto cómo, en su interior, el colono sólo
obtiene una seudopetrificación. La tensión muscular del colonizado se libera
periódicamente en explosiones sanguinarias: luchas tribales, luchas de çofs,
luchas entre individuos.
Al nivel de los individuos, asistimos a una verdadera negación del buen
sentido. Mientras que el colono o el policía pueden, diariamente, golpear al
colonizado, insultarlo, ponerlo de rodillas, se verá al colonizado sacar su
cuchillo a la menor mirada hostil o agresiva de otro colonizado. Porque el
último recurso del colonizado es defender su personalidad frente a su igual.
Las luchas tribales no hacen sino perpetuar los viejos rencores arraigados
en la memoria. Al lanzarse con todas sus fuerzas a su venganza, el
colonizado trata de convencerse de que el colonialismo no existe, que todo
sigue como antes, que la historia continúa. Observamos con plena claridad,
en el nivel de las colectividades, esas famosas formas de conducta de
prevención, como si anegarse en la sangre fraterna permitiera no ver el
obstáculo, diferir hasta más tarde la opción, sin embargo, inevitable, la
que desemboca en la lucha armada contra el colonialismo. Autodestrucción
colectiva muy concreta en las luchas tribales, tal es, pues, uno de los
caminos por donde se libera la tensión muscular del colonizado. Todos esos
comportamientos son reflejos de muerte frente al peligro, conductas suicidas
que permiten al colono, cuya vida y dominio resultan tanto más consolidados,
comprobar que esos hombres no son racionales. El colonizado logra
igualmente, mediante la religión, no tomar en cuenta al colono. Por el
fatalismo, se retira al opresor toda iniciativa, la causa de los males, de
la miseria, del destino está en Dios. El individuo acepta así la disolución
decidida por Dios, se aplasta frente al colono y frente a la suerte y, por
una especie de reequilibrio interior, logra una serenidad de piedra.
Mientras tanto, la vida continúa y es de los mitos terroríficos, tan
prolíficos en las sociedades subdesarrolladas, de donde el colonizado va a
extraer las inhibiciones de su agresividad: genios maléficos que intervienen
cada vez que alguien se mueve de lado, hombres leopardos, hombres
serpientes, canes con seis patas, zombis, toda una gama inagotable de formas
animales o de gigantes crea en torno del colonizado un mundo de
prohibiciones, de barreras, de inhibiciones, mucho más terrible que el mundo
colonialista. Esta superestructura mágica que impregna a la sociedad
autóctona cumple, dentro del dinamismo de la economía de la libido,
funciones precisas. Una de las características, en efecto, de las sociedades
subdesarrolladas es que la libido es principalmente cuestión de grupo, de
familia. Conocemos ese rasgo, bien descrito por los etnólogos, de sociedades
donde el hombre que sueña que tiene relaciones sexuales con una mujer que no
es la suya debe confesar públicamente ese sueño y pagar el impuesto en
especie o en jornadas de trabajo al marido o a la familia afectada. Lo que
prueba de paso, que las sociedades llamadas prehistóricas dan una gran
importancia la inconsciente.
La atmósfera de mito y de magia, al provocar miedo, actúa como una realidad
indudable. Al aterrorizarme, me integra en las tradiciones, en la historia
de mi comarca o de mi tribu, pero al mismo tiempo me asegura, me señala un
status, un acta de registro civil. El plano del secreto, en los países
subdesarrollados, es un plano colectivo que depende exclusivamente de la
magia. Al circunscribirme dentro de esa red inextricable donde los actos se
repiten con una permanencia cristalina, lo que se afirma es la perennidad de
un mundo mío, de un mundo nuestro. Los zombis son más aterrorizantes,
créamelo, que los colonos. Y el problema no está ya entonces, en ponerse en
regla con el mundo bardado de hierro del colonialismo, sino en pensarlo tres
veces antes de orinar, escupir o salir de noche.
Las fuerzas sobrenaturales, mágicas, son fuerzas sorprendentemente yoicas.
Las fuerzas del colono quedan infinitamente empequeñecidas, resultan ajenas.
Ya no hay que luchar realmente contra ellas puesto que lo que cuenta es la
temible adversidad de las estructuras míticas. Todo se resuelve como se ve,
en un permanente enfrentamiento en el plano fantasmagórico.
De cualquier manera, en la lucha de liberación, ese pueblo antes lanzado en
círculos irreales, presa de un terror indecible, pero feliz de perderse en
una tormenta onírica, se disloca, se reorganiza y engendra, con sangre y
lágrimas, confrontaciones reales e inmediatas. Dar de comer a los
mudjahidines, apostar centinelas, ayudar a las familias creyentes de lo más
necesario, reemplazar al marido muerto o prisionero: ésas son las tareas
concretas que debe emprender el pueblo en la lucha por la liberación.
En el mundo colonial, la efectividad del colonizado se mantiene a flor de
piel como una llaga viva que no puede ser cauterizada. Y la psique se
retracta, se oblitera, se descarga en demostraciones musculares que han
hecho decir a hombres muy sabios que el colonizado es un histérico. Esta
afectividad erecta, espiada por vigías invisibles, pero que se comunican
directamente con el núcleo de la personalidad, va a complacerse eróticamente
en las disoluciones motrices de la crisis.
En otro ángulo, veremos cómo la afectividad del colonizado se agota en
danzas más o menos tendientes al éxtasis. Por eso un estudio del mundo
colonial debe tratar de comprender, forzosamente, el fenómeno de la danza y
el trance. El relajamiento del colonizado es, precisamente, esa orgía
muscular en el curso de la cual la agresividad más aguda, la violencia más
inmediata se canalizan, se transforman, se escamotean. El círculo de la
danza es un círculo permisible. Protege y autoriza. A horas fijas, en fechas
fijas, hombres y mujeres se encuentran en un lugar determinado y, bajo la
mirada grave de la tribu, se lanzan a una pantomima aparentemente
desordenada, pero en realidad muy sistematizada en la que, por múltiples
vías, negaciones con la cabeza, curvatura de la columna vertebral,
inclinación hacia atrás de todo el cuerpo, se descifra abiertamente el
esfuerzo grandioso de una colectividad para exorcizarse, liberarse,
expresarse. Todo está permitido... en el ámbito de la danza. El montículo al
que han subido como para estar más cerca de la luna, el ribazo en el que se
han deslizado como para manifestar la equivalencia de la danza y la
ablución, la purificación, son lugares sagrados. Todo está permitido porque,
en realidad, no se reúnen sino para dejar que surja volcánicamente la libido
acumulada, la agresividad reprimida. Muertes simbólicas, cabalgatas
figuradas, múltiples asesinatos imaginarios todo eso tiene que salir. Los
malos humores se derraman, tumultuosos como torrentes de lava.
Un paso más y caemos en pleno trance. En verdad, son sesiones de
posesión-desposesión las que se organizan: vampirismo, posesión por los
djinns, por los zombis, por Legba, el dios ilustre del Vudú. Estas
trituraciones de la personalidad, esos desdoblamientos, esas disoluciones
cumplen una función económica primordial en la estabilidad del mundo
colonizado. A la ida, los hombres y las mujeres estaban impacientes,
excitados, "nerviosos". Al regreso, vuelven a la aldea la calma, la paz, la
inmovilidad.
En el curso de la lucha de liberación, se asistirá a un despego singular por
esas prácticas. Frente a paredón, con el cuchillo en la garganta o, para ser
más precisos, con los electrodos en las partes genitales, el colonizado va a
verse obligado a dejar de narrarse historias.
Después de azos de irrealismo, después de haberse revolcado entre los
fantasmas más increíbles, el colonizado, empuñando la ametralladora, se
enfrenta por fin a las únicas fuerzas que negaban su ser: las del
colonialismo. Y el joven colonizado que crece en una atmósfera de hierro y
fuego puede burlarse -y no se abstiene de hacerlo- de los antepasados
zombis, de los caballos de dos cabezas, de los muertos que resucitan, de los djinns que se aprovechan de un bostezo para penetrar en nuestro cuerpo. El
colonizado descubre lo real y lo transforma en el movimiento de su praxis,
en el ejercicio de la violencia, en su proyecto de liberación.
Hemos visto que durante todo el periodo colonial esta violencia, aunque a
flor de piel, gira en el vacío. La hemos visto canalizada por las descargas
emocionales de la danza o el trance. La hemos visto agotarse en luchas
fratricidas. Ahora se plantea el problema de captar esa violencia en camino
de reorientarse. Mientras antes se expresaba en los mitos y se ingeniaba en
descubrir ocasiones de suicidio colectivo, he aquí que las condiciones
nuevas van a permitirle cambiar de orientación.
En el plano de la táctica política y de la Historia, en la época
contemporánea se plantea un problema teórico de importancia capital con
motivo de la liberación de las colonias; ¿cuando puede decirse que la
situación está madura para un movimiento de liberación nacional? ¿Cuál debe
ser su vanguardia? Como las descolonizaciones han revestido formas
múltiples, la razón vacila y se prohíbe decir lo que es una verdadera
descolonización y una falsa descolonización. Veremos que para el hombre
comprometido es urgente decidir los medios, es decir, la conducta y la
organización. Fuera de eso, no hay sino un voluntarismo ciego con los
albures terriblemente reaccionarios que supone.
¿Cuáles, son las fuerzas que, en el periodo colonial, proponen a la
violencia del colonizado nuevas vías nuevos polos de inversión? Primero los
partidos políticos y las élites intelectuales o comerciales. Pero lo que
caracteriza a ciertas formas políticas es el hecho de que proclaman
principios, pero se abstienen de dar consignas. Toda la actividad de esos
partidos políticos nacionalistas en el periodo colonial es una actividad de
tipo electoral, una serie de disertaciones filosófico-políticas sobre el
tema del derecho de los pueblos a disponer de ellos mismos, del derecho de
los hombres a la dignidad y al pan, la afirmación continua de “cada hombre
un voto”. Los partidos políticos nacionalistas no insisten jamás en la
necesidad de la prueba de fuerza, porque su objetivo no es precisamente la
transformación radical del sistema. Pacifistas, legalistas, de hecho
partidarios del orden… nuevo, esas formaciones políticas plantean crudamente
a la burguesía colonialista el problema que les parece esencial: “Dennos el
poder.” Sobre el problema específico de la violencia, las élites son
ambiguas. Son violentas en las palabras y reformistas en las actitudes.
Cuando los cuadros políticos nacionalistas burgueses dicen una cosa,
advierten sin ambages que no la piensan realmente.
Hay que interpretar esa característica de los partidos nacionalistas tanto
por la calidad de sus cuadros como por la de sus partidarios. Los
partidarios de los partidos nacionalistas son partidarios urbanos. Esos
obreros, esos maestros, esos artesanos y comerciantes han empezado -en el
nivel menor, por supuesto- a aprovechar ala situación colonial, tienen
intereses particulares. Lo que esos partidarios reclaman es el mejoramiento
de su suerte, el aumento de sus salarios. El diálogo entre estos partidarios
políticos y el colonialismo no se rompe jamás. Se discuten arreglos,
representación electoral, libertad de prensa, libertad de asociación. Se
discuten reformas. No hay que sorprenderse; pues, de ver a gran húmero de
indígenas militar en las sucursales de las formaciones políticas de la
metrópoli: Esos indígenas luchan por un lema abstracto "él poder para el
proletariado" olvidando que, en su región; hay que fundar el combate
principalmente en lemas carácter nacionalista. El intelectual colonizado ha
invertido su agresividad en su voluntad apenas velada de asimilarse al mundo
colonial. Ha puesto su agresividad al servicio de sus propios intereses, de
sus intereses de individuo; Así surge fácilmente una especie de esclavos
manumisos: lo qué reclama el intelectual es la posibilidad de multiplicar
los manumisos, la posibilidad de organizar una auténtica clase de manumisos.
Las masas, por el contrario, no pretenden el aumento de las oportunidades de
éxito de los individuos. Lo que exigen no es el status del colono, sino el
lugar del colono. Los colonizados, en su inmensa mayoría, quieren la finca
del colono. No se trata de entrar en competencia con él. Quieren su lugar.
El campesinado es descuidado sistemáticamente por la propaganda de la
mayoría de los partidos nacionalistas Y es evidente que en los países
coloniales sólo el campesinado es revolucionario. No tiene nada que perder y
tiene todo por ganar. El campesinado, el desclasado, el hambriento, es el
explotado que descubre más pronto que sólo vale la violencia. Para él no hay
transacciones, no hay posibilidad de arreglos. La colonización o la
descolonización, son simplemente una relación de fuerzas. El explotado
percibe que su liberación exige todos los medios y en primer lugar la
fuerza. Cuando en 1956, después de la capitulación de Guy Mollet frente a
los colonos de Argelia, el Frente de Liberación Nacional, en un célebre
folleto, advertía que el colonialismo no cede sino con el cuchillo al
cuello, ningún argelino consideró realmente que esos términos eran demasiado
violentos. El folleto no hacía sino expresar lo que todos los argelinos
resentían en lo más profundo de sí mismos: el colonialismo no es una máquina
de pensar, no es un cuerpo dotado de razón. Es la violencia en estado de
naturaleza y no puede inclinarse sino ante una violencia mayor.
En el momento de la explicación decisiva, la burguesía colonialista que
había permanecido hasta entonces en su lecho de plumas, entra en acción.
Introduce esta nueva noción que es, hablando propiamente, una creación de la
situación colonial: la no violencia. En su forma bruta, esa no violencia
significa para las élites intelectuales y económicas colonizadas que la
burguesía colonialista tiene los mismos intereses que ellas y que resulta
entonces indispensable, urgente, llegar a un acuerdo en pro de la salvación
común. La no violencia es un intento de arreglar el problema colonial en
torno al tapete verde de una mesa de juego, antes de cualquier gesto
irreversible, cualquier efusión de sangre, cualquier acto lamentable. Pero
si las masas, sin esperar a que se dispongan las sillas, no oyen sino su
propia voz y comienzan los incendios y los atentados, se advierte entonces
cómo las "élites" y los dirigentes de los partidos burgueses nacionalistas
se precipitan hacia los colonialistas para decirles: "¡Esto es muy grave!
Nadie sabe como va a acabar todo esto, hay que encontrar una solución hay
que encontrar una transacción."
Ésta idea de la transacción es muy importante en el fenómeno de la
descolonización, ya que está lejos de ser simple. La transacción, en efecto,
concierne tanto al sistema colonial como a la joven burguesía nacional. Los
sustentadores del sistema colonial descubren que las masas corren el riesgo
de destruirlo todo. El sabotaje de puentes, la destrucción de las fincas,
las represiones, la guerra afectan duramente a la economía. Transacción
igualmente para la burguesía nacional que, sin determinar muy bien las
posibles consecuencias del tifón, teme en realidad ser barrida por esa
formidable borrasca y no deja de decir a los colonos: "Todavía somos capaces
de detener la carnicería, las masas tienen aún confianza en nosotros,
apúrense si no quieren comprometer todo." Un paso más y el dirigente del
partido nacionalista guarda su distancia en relación con esa violencia.
Afirma en alta voz que no tiene nada que ver con esos Mau-Mau, con esos
terroristas, con esos degolladores. En el mejor de los casos, se atrinchera
en un no man's land entre los terroristas y los colonos y se presenta
gustosamente como "interlocutor": lo que significa que, como los colonos no
pueden discutir con los Mau-Mau, él está dispuesto a facilitarles las
negociaciones. Es así como la retaguardia de la lucha nacional, esa parte
del pueblo que nunca ha dejado de estar del otro lado de la lucha, se
encuentra situada por una especie de gimnasia a la vanguardia de las
negociaciones y de la transacción -porque precisamente siempre se ha cuidado
de no romper el contacto con el colonialismo.
Antes de la negociación, la mayoría de los partidos nacionalistas se
contentan en el mejor de los casos, con explicar, excusar ese “salvajismo”.
No reivindican la lucha popular y no es raro que se dejen ir, en círculos
cerrados, hasta condenar esos actos espectaculares declarados odiosos por la
prensa y la oposición de la metrópoli. La preocupación por ver las cosas
objetivamente constituye la excusa legítima de esta política de inmovilidad.
Pero esa actitud clásica de intelectual colonizado y de los dirigentes de
los partidos nacionalistas, no es verdaderamente objetiva. En realidad no
están seguros de que esa violencia impaciente de las masas sea el medio más
eficaz para defender sus propios intereses. Además están convencidos de la
ineficacia de los métodos violentos. Para ellos no hay duda: todo intento de
quebrar la opresión colonial mediante la fuerza es una medida desesperada,
una conducta suicida. Es que, en sus cerebros, los tanques de los colonos y
los aviones de caza ocupan un lugar enorme. Cuando se les dice: hay que
actuar, ven las bombas sobre sus cabezas, los tanques blindados avanzando
por las carreteras, la metralla, la policía… y se quedan sentados. Desde un
principio se sienten perdedores. Su incapacidad para triunfar por la
violencia no necesita demostrarse, la asumen en su vida cotidiana y en sus
maniobras. Se han quedado en la posición pueril que Engels adoptaba en su
célebre polémica con esa montaña de puerilidad que era Dühring: “Lo mismo
que Robinson pudo procurarse una espada, podemos admitir igualmente que
Viernes aparezca un buen día con un revolver cargado en la mano y entonces
toda la relación de 'violencia' se invierte: Viernes manda y Robinson se
obliga a trabajar… En consecuencia, el revolver vence a la espada y hasta el
más pueril amante de axiomas concebirá sin duda que la violencia no es un
simple acto de voluntas, sino que exige para ponerse en práctica condiciones
previas muy reales, especialmente instrumentos, el más perfecto de los
cuales prevalece sobre le menos imperfecto; que, además, esos instrumentos
pueden ser producidos, lo que significa que el productor de instrumentos de
violencia más perfectos, hablando en términos gruesos de las armas,
prevalece sobre el productor de los menos perfectos y que, en una palabra,
la victoria de la violencia descansa en la producción de armas y ésta, a su
vez, en la producción en general, por tanto… en el “poder económico”, en el
Estado económico, en los medios materiales que están a disposición de la
violencia.”3 En realidad, los dirigentes reformistas no dicen otra cosa:
“¿Con qué quieren ustedes luchar contra los colonos? ¿Con sus cuchillos?
¿Con sus escopetas de caza?
Es verdad que los instrumentos son tan importantes en el campo de la
violencia puesto que todo descansa en definitiva en el reparto de esos
instrumentos. Pero resulta que, en ese terreno, la liberación de los
territorios coloniales aporta una nueva luz. Hemos visto, por ejemplo, que
en la campaña de España, esa auténtica guerra colonial, Napoleón, a pesar de
los efectivos, que alcanzaron durante las ofensivas de primavera de 1810 la
cifra enorme de 400 000 hombres, se vio obligado a retroceder. No obstante,
el ejército francés hacía temblar a toda Europa por sus instrumentos
bélicos, por el valor de sus soldados, por el genio militar de sus
capitanes. Frente a los medios enormes de las tropas napoleónicas, los
españoles, animados por una fe nacional inquebrantable, descubrieron la
famosa guerrilla que, veinticinco años antes, las milicias norteamericanas
habían experimentado contra las tropas inglesas. Pero la guerrilla del
colonolizado no sería nada como instrumento de violencia opuesto a otros
instrumentos de violencia, si no fuera un elemento nuevo en el proceso
global de la competencia entre trust y monopolios.
Al principio de la colonización, una columna podía ocupar territorios
inmensos: el Congo, Nigeria, la Costa de Marfil, etc... Pero actualmente la
lucha nacional del colonizado se inserta en una situación absolutamente
nueva El capitalismo, en su periodo de ascenso, veía en las colonias una
fuente de materias primas que, elaboradas, podían ser vendidas en el mercado
europeo. Tras una fase de acumulación del capital, ahora modifica su
concepción de la rentabilidad de un negocio. Las colonias se han convertido
en un mercado. La población colonial es una clientela que compra. Si la
guarnición debe ser eternamente reforzada, si el comercio disminuye, es
decir, si los productos manufacturados e industriales no pueden ser
exportados ya, eso prueba que la solución militar debe ser descartada. Un
dominio ciego de tipo esclavista no es económicamente rentable para la
metrópoli. La fracción monopolista de la burguesía metropolitana no sostiene
a un gobierno cuya política es únicamente la de la espada. Lo que esperan de
su gobierno los industriales y los financieros de la metrópoli no es que
diezme a la población, sino que proteja con ayuda de convenios económicos,
sus "intereses legítimos''.
Existe, pues, una complicidad objetiva del capitalismo con las fuerzas
violentas que brotan en el territorio colonial. Además, el colonizado no
está solo frente al opresor. Existe, por supuesto, la ayuda política y
diplomática de los países y pueblos progresistas. Pero, sobre todo, está la
competencia, la guerra despiadada a que se entregan los grupos financieros.
Una Conferencia de Berlín pudo repartir el África despedazada entre tres o
cuatro banderas. Actualmente, lo que importa no es que tal región africana
sea territorio de soberanía francesa o belga: lo que importa es que las
zonas económicas estén protegidas. El bombardeo de artillería, la política
de la tierra quemada han cedido el paso a la sujeción económica. Hoy no se
dirige ya una guerra de represión contra cualquier sultán rebelde. La
actitud es más elegante, menos sanguinaria, y se decide la liquidación
pacífica del régimen castrista. Se trata a estrangular a Guinea, se suprime
a Mossadegh. El dirigente nacional que tiene miedo a la violencia se
equivoca, pues, si imagina que el colonialismo "va a matarnos a todos”. Los
militares, por supuesto, siguen jugando con las muñecas que datan de la
conquista, pero los medios financieros se apresuran a volverlos a la
realidad.
Por eso se pide a los partidos políticos nacionales razonables que expongan
lo más claramente posible sus reivindicaciones y que busquen con la parte
colonialista, con calma y sin apasionamiento, una solución que respete los
intereses de las dos partes. Si ese reformismo nacionalista, que se presenta
con frecuencia como una caricatura del sindicalismo, se decide a actuar lo
hará por vías altamente pacíficas: paros en las pocas industrias
establecidas en las ciudades, manifestaciones de masas para aclamar al
dirigente, boicot de los autobuses o de los productos importados. Todas
estas acciones sirven a la vez para presionar al colonialismo y permitir que
el pueblo se desgaste. Esta práctica de hibernoterapia, esa "cura de sueño"
del pueblo puede en ocasiones tener éxito. En la discusión en torno al
tapete verde surge la promoción política que permite a M. M'ba, presidente
de la República de Gabón afirmar solemnemente a su llegada en visita oficial
a París: "Gabón es independiente, pero nada ha cambiado entre Gabón y
Francia, todo sigue como antes." En realidad, el único cambio es que M. M'ba
es presidente de la República gabonesa y que es recibido por el presidente
de la República francesa.
La burguesía colonialista es auxiliada en su labor de tranquilizar a los
colonizados, por la inevitable religión. Todos los santos que han ofrecido
la otra mejilla, que han perdonado las ofensas, que han recibido sin
estremecerse los escupitajos y los insultos, son citados y puestos como
ejemplo. Las élites de los países colonizados, esos esclavos manumisos,
cuando se encuentran a la cabeza del movimiento, acaban inevitablemente por
producir un ersatz del combate. Utilizan la esclavitud de sus hermanos para
provocar la vergüenza de los esclavistas o para dar un contenido ideológico
de humanismo ridículo a los grupos financieros competidores de sus
opresores. Nunca en realidad, apelan realmente a los esclavos, jamás los
movilizan concretamente. Por el contrario, a la hora de la verdad, es decir,
para ellos de la mentira, enarbolan la amenaza de una movilización de masas
como el arma decisiva que provocaría como por encanto el “fin del régimen
colonial”. Hay evidentemente en el seno de esos partidos políticos, entre
sus cuadros, revolucionarios que dan deliberadamente la espalda a la farsa
de la independencia nacional. Pero en seguida sus intervenciones, sus
iniciativas, sus movimientos de cólera molestan a la maquinaria del partido.
Progresivamente, esos elementos son aislados y luego, definitivamente
separados. Al mismo tiempo, como si hubiera concomitancia dialéctica, la
policía colonialista se les hecha encima. Sin seguridad en las ciudades,
evitados por los militantes, rechazados por las autoridades del partido,
esos indeseables de mirada incendiaria van a parar al campo. Es entonces
cuando perciben concierto vértigo que las masas campesinas comprenden de
inmediato sus palabras y directamente les plantean la pregunta para la cual
no tienen preparada la respuesta: “¿Para cuando?”
Este encuentro de revolucionarios procedentes de las ciudades con los
campesinos ocupará más adelante nuestra atención. Conviene ahora volver a
los partidos políticos, para mostrar el carácter progresista, a pesar de
todo, de su acción. En sus discursos, los dirigentes políticos “nombran” a
la nación. Las reivindicaciones del colonizado reciben así una forma. No hay
contenido, no hay programa político ni social. Hay una forma vaga, pero no
obstante nacional, un marco, lo llamaremos la exigencia mínima. Los partidos
políticos toman la palabra, que escriben en los periódicos nacionalistas,
hacen soñar al pueblo. Evitan la subversión, pero de hecho introducen
terribles fermentos de subversión en la conciencia de oyentes o lectores.
Con frecuencia se utiliza la lengua nacional o tribal. Esto es también
fomentar el sueño, permitir que la imaginación se libere del orden colonial.
A veces esos políticos dicen: “Nosotros los negros, nosotros lo árabes” y
esa apelación cargada de ambivalencias durante el periodo colonial recibe
una especie de consagración. Los partidos nacionalistas juegan con fuego.
Porque, como decía recientemente un dirigente africano a grupo de jóvenes
intelectuales: “Reflexionen antes de hablar a las masas, pues se inflaman
pronto.” Hay, pues, una astucia de la historia, que actúa terriblemente en
las colonias.
Cuando un dirigente político invita al pueblo a un mitin puede decirse que
hay sangre en el ambiente. Sin embargo, el dirigente, con mucha frecuencia,
se preocupa sobre todo por “mostrar” sus fuerzas… para no tener que
utilizarlas. Pero la agitación así mantenida - ir, venir, oír discursos, ver
al pueblo reunido, a los policías alrededor, las demostraciones militares,
los arrestos, las deportaciones de los dirigentes- todo ese revuelo le da al
pueblo la impresión de que ha llegado el momento de hacer algo. En esos
periodos de inestabilidad, los partidos políticos dirigen a la izquierda
múltiples llamados a la calma, mientras que, a la derecha, escrutan el
horizonte, tratando de descifrar las intenciones liberales del colonialismo.
El pueblo utiliza igualmente para mantenerse en forma, para conservar su
capacidad revolucionaria, ciertos episodios de la vida de la colectividad.
El bandido, por ejemplo, que se sostiene en el campo durante varios días
frente a gendarmes lanzados en su persecución, quien, en combate singular,
sucumbe después de haber matado a cuatro o cinco policías, quien se suicida
para no delatar a sus cómplices son para el pueblo faros, modelos de acción,
“héroes”. Y de nada sirve decir, evidentemente, que ese héroe es un ladrón,
un crapuloso o un depravado. Si el acto por el que ese hombre es perseguido
por las autoridades colonialistas es un acto dirigido exclusivamente contra
una persona o un bien colonial, la demarcación es clara, flagrante. El
proceso de identificación es automático.
Hay que señalar igualmente el papel que desempeña, en ese fenómeno de
maduración, la historia de la resistencia nacional a la conquista. Las
grandes figuras del pueblo colonizado son siempre las que han dirigido la
resistencia nacional a la invasión. Behanzin, Soundiata, Samory, Abd-el-Kader
reviven con singular intensidad en el periodo que precede a la acción. Es la
prueba de que el pueblo se dispone a reanudar la marcha, a interrumpir el
tiempo muerto introducido por el colonialismo, a hacer la Historia.
El surgimiento de la nación nueva, la demolición de las estructuras
coloniales son el resultado de una lucha violenta del pueblo independiente,
o de la acción, que presiona al régimen colonial, de la violencia periférica
asumida por otros pueblos colonizados.
El pueblo colonizado no está solo. A pesar de los esfuerzos del
colonialismo, sus fronteras son permeables a las noticias, a los ecos.
Descubre que la violencia es atmosférica, que estalla aquí y allá y aquí y
allá barre con el régimen colonial. Esta violencia que triunfa tiene un
papel no sólo informativo sino operatorio para el colonizado. La gran
victoria del pueblo vietnamita en Dien-Bien-Phu no es ya, estrictamente
hablando, una victoria vietnamita. Desde julio de 1954, el problema que se
han planteado los pueblos colonialistas ha sido el siguiente: "¿Qué hay que
hacer para lograr un Dien-Bien-Phu? ¿Cómo empezar?" Ningún colonizado podía
dudar ya de la posibilidad de ese Dien-Bien-Phu. Lo que constituía el
problema era la distribución de las fuerzas, su organización, el momento de
su entrada en acción. Esta violencia del ambiente no modifica sólo a los
colonizados, sino igualmente a los colonialistas que toman conciencia de
múltiples Dien-Bien-Phu. Por eso un verdadero pánico ordenado va a
apoderarse de los gobiernos colonialistas. Su propósito es tomar la
delantera, inclinar hacia la derecha los movimientos de liberación, desarmar
al pueblo: descolonicemos rápidamente. Descolonicemos el Congo antes de que
se transforme en Argelia. Votemos la ley fundamental para África, formemos
la Comunidad, renovemos esta Comunidad, pero, os conjuro, descolonicemos,
descolonicemos... Se descoloniza a tal ritmo que se impone la independencia
a Houphouet-Boigny. A la estrategia del Dien-Bien-Phu, definida por el
colonizado, el colonialista responde con la estrategia del encuadramiento...
respetando la soberanía de los Estados.
Pero volvamos a esa violencia atmosférica, a esa violencia a flor de piel.
Hemos visto en el desarrollo de su maduración cómo es impulsada hacia la
salida. A pesar de las metamorfosis que el régimen colonial le impone en las
luchas tribales o regionalistas, la violencia se abre paso, el colonizado
identifica a su enemigo, da un nombre a todas sus desgracias y lanza por esa
nueva vía toda la fuerza exacerbada de su odio y de su cólera. ¿Pero cómo
pasamos de la atmósfera de violencia a la violencia en acción? ¿Qué es lo
que provoca la explosión de la caldera? En primer lugar, está el hecho de
que ese proceso no deja incólume la tranquilidad del colono. El colono que
"conoce" a los indígenas se da cuenta por múltiples indicios, de que algo
está cambiando. Los buenos indígenas van escaseando, se hace el silencio al
acercarse el opresor. En ocasiones, las miradas se endurecen, las actitudes
y las expresiones son abiertamente agresivas. Los partidos nacionalistas se
agitan, multiplican los mítines y, al mismo tiempo, se aumentan las fuerzas
policíacas, llegan refuerzos del ejército. Los colonos, los agricultores
sobre todo, aislados en sus fincas, son los primeros en alarmarse. Reclaman
medidas enérgicas.
Las autoridades toman, en efecto medidas espectaculares, arrestan a uno o
dos dirigentes, organizan desfiles militares, maniobras, incursiones aéreas.
Las demostraciones, lo ejércitos bélicos, el olor a pólvora que carga ahora
la atmósfera no hace retroceder al pueblo. Esas bayonetas y esos cañonazos
fortalecen su agresividad. Una atmósfera dramática se instala, cada cual
quiere probar que está dispuesto a todo. Es en estas circunstancias cuando
la cosa estalla sola, porque los nervios se han debilitado, se ha instalado
el miedo y a la menor cosa se tiene sensibilidad para poner el dedo en el
garillo. Un accidente trivial y empieza el ametrallamiento: Sétif en
Argelia, las Canteras Centrales en Marruecos, Moramanga en Madagascar.
Las represiones, lejos de quebrantar el impuso, favorecen el avance de la
conciencia nacional. En las colonias, las hecatombes, a partir de ciertos
estadios de desarrollo embrionario de la conciencia, fortalecen esa
conciencia, porque indican que entre opresores y oprimidos todo se resuelve
por la fuerza. Hay que señalar aquí que los partidos políticos no han
lanzado la consigna de la insurrección armada, no han preparado esa
insurrección. Todas esas represiones, todos esos actos suscitados por el
miedo, no son deseados por los dirigentes. Los acontecimientos los pillan
por sorpresa. Es entonces cuando los colonialistas pueden decidir el arresto
de los dirigentes nacionalistas. Pero actualmente los gobiernos de los
países colonialistas saben perfectamente que es muy peligroso privar a las
masas de sus dirigentes. Porque entonces el pueblo, ya sin bridas, se lanza
a la sublevación, a los motines y a los “instintos sanguinarios” e imponen
al colonialismo la liberación de los dirigentes a los que tocará la difícil
tarea de restablecer la calma. El pueblo colonizado, que había encauzado
espontáneamente su violencia en la tarea colosal de la destrucción del
sistema colonial, va a encontrarse pronto con la consigna inerte, infecunda:
"Hay que liberar a X o a Y."4 Entonces el colonialismo liberará a esos
hombres y discutirá con ellos. Ha empezado la etapa de los bailes populares.
En otro caso, el aparato de los partidos políticos puede permanecer intacto.
Pero después de la represión colonialista y de la reacción espontánea del
pueblo, los partidos son desbordados por sus militantes. La violencia de las
masas se opone vigorosamente a las fuerzas militares del ocupante, la
situación empeora y se pudre. Los dirigentes en libertad se encuentran
entonces en una situación difícil. Convertidos de pronto en inútiles, con su
burocracia y su programa razonable se les ve, lejos de los acontecimientos,
intentar la suprema impostura de "hablar en nombre de la nación amordazada".
Por regla general, el colonialismo se lanza ávidamente sobre esa
oportunidad, transforma a esos inútiles en interlocutores y, en cuatro
segundos, les otorga la independencia, encargándolos de restablecer el
orden.
Se advierte, pues, que todo el mundo tiene conciencia de esa violencia y que
no se trata siempre de responder con una mayor violencia sino más bien de
ver cómo resolver la crisis.
¿Qué es pues, en realidad, esa violencia? Ya lo hemos visto: es la intuición
que tienen las masas colonizadas de que su liberación debe hacerse, y no
puede hacerse más que por la fuerza. ¿Por qué aberración del espíritu esos
hombres sin técnica, hambrientos y debilitados, no conocedores de los
métodos de organización llegan a convencerse, frente al poderío económico y
militar del ocupante, de que sólo la violencia podrá liberarlos? ¿Cómo
pueden esperar el triunfo?
Porque la violencia, y ahí está el escándalo, puede constituir, como método,
la consigna de un partido político. Los cuadros pueden llamar al pueblo a la
lucha armada. Hay que reflexionar sobre esta problemática de la violencia.
Que el militarismo alemán decida resolver sus problemas de fronteras por la
fuerza no nos sorprende, pero que el pueblo angolés, por ejemplo, decida
tomar las armas, que el pueblo argelino rechace todo método que no sea
violento, prueba que algo ha pasado o está pasando. Los hombres colonizados,
esos esclavos de los tiempos modernos, están impacientes. Saben que sólo esa
locura puede sustraerlos de la opresión colonial. Un nuevo tipo de
relaciones se ha establecido en el mundo. Los pueblos subdesarrollados hacen
saltar sus cadenas y lo extraordinario es que lo logran. Puede afirmarse que
en la época del sputnik es ridículo morirse de hambre, pero para las masas
colonizadas la explicación es menos lunar. La verdad es que ningún país
colonialista es capaz actualmente de adoptar la única forma de lucha que
tendría posibilidades de éxito: el establecimiento prolongado de importantes
fuerzas de ocupación.
En el plano interior, los países colonialistas se enfrentan a
contradicciones, a reivindicaciones obreras que exigen el empleo de sus
fuerzas policíacas. Además, en la coyuntura internacional actual, esos
países necesitan de sus tropas para proteger su régimen. Por último, es bien
conocido el mito de los movimientos de liberación dirigidos desde Moscú. En
la argumentación del régimen para causar pánico, eso significa: "si esto
continúa, existe el peligro de que los comunistas se aprovechen de los
trastornos para infiltrarse en esas regiones".
En la impaciencia del colonizado, el hecho de que esgrima la amenaza de la
violencia prueba que tiene conciencia del carácter excepcional de la
situación contemporánea y que esta dispuesto a aprovecharla. Pero, también
en el plano de la experiencia inmediata, el colonizado, que tiene
oportunidad de ver la penetración del mundo moderno hasta los rincones más
apartados de la selva, cobra conciencia muy aguda de lo que no posee. Las
masas, por una especie de razonamiento... infantil, se convencen de que
todas esas cosas les han sido robadas. Por eso en ciertos países
subdesarrollados, las masas van muy de prisa y comprenden, dos o tres años
después de la independencia, que han sido frustradas, que "no valía la pena"
pelear si la situación no iba a cambiar realmente. En 1789, después de la
Revolución burguesa, los pequeños agricultores franceses se beneficiaron
sustancialmente de esa transformación. Pero resulta trivial comprobar y
decir que en la mayoría de los casos, para el 95 por ciento de la población
de los países subdesarrollados, la independencia no aporta un cambio
inmediato. El observador alerta se da cuenta de la existencia de una especie
de descontento larvado, como esas brasas que, después de la extinción de un
incendio, amenazan siempre con reanimarlo.
Se dice entonces que los colonizados quieren ir demasiado de prisa. Pero no
hay que olvidar nunca que no hace mucho tiempo se afirmaba su lentitud, su
pereza, su fatalismo. Ya se percibe que la violencia encauzada en vías muy
precisas en el momento de la lucha de liberación, no se apaga mágicamente
después de la ceremonia de izar la bandera nacional. Tanto menos cuanto que
la construcción nacional sigue inscrita dentro del marco de la competencia
decisiva entre capitalismo y socialismo.
Esta competencia da una dimensión casi universal a las reivindicaciones más
localizadas. Cada mitin, cada acto de represión repercute en la arena
internacional. Los asesinatos de Sharpeville sacudieron la opinión mundial
durante meses. En los periódicos, en los radios, en las conversaciones
privadas, Sharpeville se convirtió en un símbolo. A través de Sharpeville,
hombres y mujeres han abordado el problema del apartheid en África del Sur.
Y no puede afirmarse que sólo la demagogia explica el súbito interés de los
Grandes por los pequeños problemas de las regiones subdesarrolladas. Cada
rebelión, cada sedición en el Tercer Mundo se inserta en el marco de la
Guerra Fría. Dos hombres son apaleados en Salisbury y todo un bloque se
conmueve, habla de esos dos hombres y, con motivo de ese apaleamiento
plantea el problema particular de Rodesia -ligándolo al conjunto de África y
a la totalidad de los hombres colonizados. Pero el otro bloque mide
igualmente, por la amplitud de la campaña realizada, las debilidades locales
de su sistema. Los pueblos colonizados se dan cuenta de que ningún clan se
desinteresa de los incidentes locales. Dejan de limitarse à sus horizontes
regionales, inmersos como están en esa atmósfera de agitación universal.
Cuando, cada tres meses, nos enteramos de que la 6ª o la 7ª flota se dirige
hacia tal o cual costa, cuando Jruschof amenaza con salvar a Castro mediante
los cohetes, cuando Kennedy, a propósito de Laos, decide recurrir a las
soluciones extremas, el colonizado o el recién independizado tiene la
impresión de que, de buen o mal grado, se ve arrastrado a una especie de
marcha desenfrenada. En realidad, ya está marchando. Tomemos, por ejemplo,
el caso de los gobiernos de países recientemente liberados. Los hombres en
el poder pasan dos terceras partes de su tiempo vigilando los alrededores,
previendo el peligro que los amenaza, y la otra tercera parte trabajando
para su país. Al mismo tiempo, buscan apoyos. Obedeciendo a la misma
dialéctica, las oposiciones nacionales se apartan con desprecio de las vías
parlamentarias. Buscan aliados que acepten apoyarlos en su empresa brutal de
sedición. La atmósfera de violencia, después de haber impregnado la fase
colonial, sigue dominando la vida nacional. Porque, como hemos dicho, el
Tercer Mundo no está excluido. Está, por el contrario, en el centro de la
tormenta. Por eso, en sus discursos, los hombres de Estado de los países
subdesarrollados mantienen indefinidamente el tono de agresividad y de
exasperación que habría debido desaparecer normalmente. De la misma manera
se comprende la descortesía tan frecuentemente señalada de los nuevos
dirigentes. Pero lo que menos se advierte es la extremada cortesía de esos
mismos dirigentes en sus contactos con sus hermanos o camaradas. La
descortesía es una forma de conducta con los otros, con los ex colonialistas
que vienen a ver y a preguntar. El ex colonizado tiene con demasiada
frecuencia la impresión de que la conclusión de esas encuestas ya ha sido
redactada. El viaje del periodista no es sino una justificación. Las
fotografías que ilustran el artículo son la prueba de que se sabe de lo que
se está hablando, que se ha ido al lugar. La encuesta se propone comprobar
la evidencia: todo marcha mal por allá desde que nosotros no estamos. Los
periodistas se quejan frecuentemente de que son mal recibidos, de que no
pueden trabajar en buenas condiciones, de que tropiezan con un muro de
indiferencia o de hostilidad. Todo eso es normal. Los dirigentes
nacionalistas saben que la opinión internacional se forja únicamente a
través de la prensa occidental. Pero cuando un periodista occidental nos
interroga casi nunca es para hacernos un servicio. En la guerra de Argelia,
por ejemplo, los reporteros franceses más liberales no han dejado de
utilizar epítetos ambiguos para caracterizar nuestra lucha. Cuando se les
reprocha, responden de buena fe que son objetivos. Para el colonizado, la
objetividad siempre va dirigida contra él. También se comprende ese nuevo
tono que invadió a la diplomacia internacional en la Asamblea General de las
Naciones Unidas, en septiembre de 1960. Los representantes de los países
coloniales eran agresivos, violentos, excesivos, pero los pueblos coloniales
no sintieron que estuvieran exagerando. El radicalismo de los voceros
africanos provocó la maduración del absceso y permitió advertir mejor el
carácter inadmisible de los vetos, del diálogo de los Grandes y, sobre todo,
del papel ínfimo reservado al Tercer Mundo.
La diplomacia, tal como ha sido iniciada por los pueblos recién
independizados, no está ya en los matices, los sobrentendidos, los pases
magnéticos. Y es porque esos voceros han sido designados por sus pueblos
para defender a la vez la unidad de la nación, el progreso de las masas
hacia el bienestar y el derecho de los pueblos a la libertad y al pan.
Es, pues, una diplomacia en movimiento, furiosa, que contrasta extrañamente
con el mundo inmóvil, petrificado, de la colonización. Y cuando Jruschof
blande su zapato en la ONU y golpea la mesa con él, ningún colonizado,
ningún representante de los países subdesarrollados ríe. Porque lo que
Jruschof demuestra a los países colonizados que lo contemplan es que él, el
mujik, que además posee cohetes, trata a esos miserables capitalistas como
se lo merecen. Lo mismo que Castro al acudir a la ONU con uniforme militar,
no escandaliza a los países subdesarrollados. Lo que demuestra Castro es que
tiene conciencia de la existencia del régimen persistente de la violencia.
Lo sorprendente es que no haya entrado en la ONU con su ametralladora. ¿Se
habrían opuesto quizá? Las sublevaciones, los actos desesperados, los grupos
armados con cuchillos o hachas encuentran su nacionalidad en la lucha
implacable que enfrenta mutuamente al capitalismo y al socialismo.
En 1945, los 45 000 muertos de Setif podían pasar inadvertidos; en 1947, los
90 000 muertos de Madagascar podían ser objeto de una simple noticia en los
periódicos; en 1952, las 200 000 víctimas de la represión en Kenya podían no
suscitar más que una indiferencia relativa. Las contradicciones
internacionales no estaban suficientemente definidas. Ya la guerra de Corea
y la guerra de Indochina abrieron una nueva etapa. Pero sobre todo Budapest
y Suez constituyen los momentos decisivos de esa confrontación.
Fortalecidos por el apoyo incondicional de los países socialistas, los
colonizados se lanzan con las armas que poseen contra la ciudadela
inexpugnable del colonialismo. Si esa ciudadela es invulnerable a los
cuchillos y a los puños desnudos, no lo es cuando se decide tener en cuenta
el contexto de la guerra fría.
En esta nueva coyuntura, los norteamericanos toman muy en serio su papel de
patronos del capitalismo internacional. En una primera etapa, aconsejan
amistosamente a los países europeos que deben descolonizar. En una segunda
etapa, no vacilan en proclamar primero el respeto y luego el apoyo del
principio: África para los africanos. Los Estados Unidos no temen afirmar
oficialmente en la actualidad que son los defensores del derecho de los
pueblos a la autodeterminación. El último viaje de Mennen Williams no hace
ilustrar la conciencia que tienen los norteamericanos de que el Tercer Mundo
no debe ser sacrificado. Se comprende entonces por qué la violencia del
colonizado no es desesperada, sino cuando se la compara en abstracto con la
maquinaria militar de los opresores. Por el contrario, si se la sitúa dentro
de la dinámica internacional, se percibe que constituye una terrible amenaza
para el opresor. La persistencia de las sublevaciones y de la agitación
Mau-Mau desequilibra la vida económica de la colonia, pero no pone en
peligro a la metrópoli. Lo que resulta más importante a los ojos del
imperialismo es la posibilidad de que la propaganda socialista se infiltre
entre las masas, las contamine. Ya resulta un grave peligro durante la etapa
fría del conflicto; ¿pero qué sucedería en caso de guerra caliente, con esa
colonia podrida por las guerrillas asesinas?
El capitalismo comprende entonces que su estrategia militar lleva todas las
de perder en el desarrollo de las guerras nacionales. En el marco de la
coexistencia pacífica, todas las colonias están llamadas a desaparecer y, en
última instancia, la neutralidad ha sido respetada por el capitalismo. Lo
que hay que evitar antes que nada es la inseguridad estratégica, el acceso a
las masas de una doctrina enemiga, el odio radical de decenas de millones de
hombres. Los pueblos colonizados son perfectamente conscientes de esos
imperativos que dominan la vida política internacional. Y por eso, aun
aquellos que se expresan contra la violencia deciden y actúan siempre en
función de esa violencia universal. Actualmente, la coexistencia pacífica
entre los dos bloques mantiene y provoca la violencia en los países
coloniales. Mañana quizá veamos desplazarse ese campo de la violencia
después de la liberación integral de los territorios coloniales. Quizá se
plantee la cuestión de las minorías. Ya algunas de ellas no vacilan en
favorecer los métodos violentos para resolver sus problemas y no es por azar
si, como se nos afirma, los extremistas negros en los Estados Unidos forman
milicias y en consecuencia se arman. Tampoco se debe al azar que, en el
mundo llamado libre, existan comités de defensa de las minorías judías de la
URSS o que el general De Gaulle, en uno de sus discursos, haya derramado
algunas lágrimas por los millones de musulmanes oprimidos por la dictadura
comunista. El capitalismo y el imperialismo están convencidos de que la
lucha contra el racismo y los movimientos de liberación nacional son pura y
simplemente trastornos teledirigidos, fomentados "desde el exterior".
Entonces deciden utilizar la siguiente táctica eficaz: Radio-Europa Libre,
comité de apoyo a las minorías dominadas... Hacen anticolonialismo, como los
coroneles franceses en Argelia hacían la guerra subversiva con los S.A.S. o
los servicios psicológicos. "Utilizaban al pueblo contra el pueblo." Ya
sabemos el resultado de esto.
Esta atmósfera de violencia, de amenaza, esos cohetes apostados no asustan
ni desorientan a los colonizados. Hemos visto cómo toda la historia reciente
los predispone a "comprender" esa situación. Entre la violencia colonial y
la violencia pacífica en la que está inmerso el mundo contemporáneo hay una
especie de correspondencia cómplice, una homogeneidad. Los colonizados están
adaptados a esta atmósfera. Son, por una vez, de su tiempo. A veces
sorprende que los colonizados, en vez de comprarle un vestido a su mujer,
compren un radio de transistores. No debería sorprender. Los colonizados
están convencidos de que ahora se juega su destino. Viven en una atmósfera
de fin del mundo y estiman que nada debe escapárseles. Por eso comprenden
muy bien a Fuma y a Fumi, a Lumumba y a Chombé, a Ahidjo y Mumié, a Kenyatta
y a los que periódicamente lanzan para sustituirlo. Comprenden muy bien a
todos esos hombres porque desenmascaran a las fuerzas que están tras ellos.
El colonizado, el subdesarrollado son actualmente animales políticos en el
sentido más universal del término.
La independencia ha aportado ciertamente a los hombres colonizados la
reparación moral y ha consagrado su dignidad. Pero todavía no han tenido
tiempo de elaborar una sociedad, de construir y afirmar valores. El hogar
incandescente en que el ciudadano y el hombre se desarrollan y se enriquecen
en campos cada vez más amplios no existe todavía. Situados en una especie de
indeterminación, esos hombres se convencen fácilmente de que todo va a
decidirse en otra parte y para todo el mundo al mismo tiempo. En cuanto a
los dirigentes, frente a esta coyuntura, vacilan y optan por el neutralismo.
Habría mucho que decir sobre el neutralismo. Algunos lo asimilan a una
especie de mercantilismo infecto que consistiría en aceptar a diestra y
siniestra. Ahora bien, el neutralismo, esa creación de la guerra fría, si
permite a los países subdesarrollados recibir la ayuda económica de las dos
partes, no permite en realidad a ninguna de esas dos partes ayudar en la
medida necesaria a las regiones subdesarrolladas. Esas sumas literalmente
astronómicas que se invierten en las investigaciones militares, esos
ingenieros transformados en técnicos de la guerra nuclear podrían aumentar,
en quince años, el nivel de vida de los países subdesarrollados en un 60 por
ciento. Es evidente entonces que el interés bien entendido de los países
subdesarrollados no reside ni en la prolongación ni en la acentuación de la
guerra fría. Pero sucede que no se les pide su opinión. Entonces, cuando
tienen posibilidad de hacerlo, dejan de comprometerse. ¿Pero pueden hacerlo
realmente? He aquí, por ejemplo, que Francia experimenta en África sus
bombas atómicas. Si se exceptúan las mociones, los mítines y las rupturas
diplomáticas no puede decirse que los pueblos africanos hayan pesado, en ese
sector preciso, en la actitud de Francia.
El neutralismo produce en el ciudadano del Tercer Mundo una actitud de
espíritu que se traduce en la vida corriente por una intrepidez y un orgullo
hierático que se parecen mucho al desafío. Ese rechazo declarado de la
transacción, esa voluntad rígida de no comprometerse recuerdan el
comportamiento de esos adolescentes orgullosos y desinteresados, siempre
dispuestos a sacrificarse por una palabra. Todo esto desconcierta a los
observadores occidentales. Porque, propiamente hablando, hay un abismo entre
lo que esos hombres pretenden ser y lo que tienen detrás. Esos países sin
tranvías, sin tropas, sin dinero no justifican la bravata que despliegan.
Sin duda se trata de una impostura. El Tercer Mundo da la impresión,
frecuentemente, de que se goza en el drama y necesita su dosis semanal de
crisis. Esos dirigentes de países vacíos, que hablan fuerte, irritan. Dan
ganas de hacerlos callar. Se les corteja. Se les envían flores. Se les
invita. Digámoslo: se los disputan. Eso es neutralismo. Iletrados en un 98
por ciento, existe, sin embargo, una colosal bibliografía acerca de ellos.
Viajan enormemente. Los dirigentes de los países subdesarrollados, los
estudiantes de los países subdesarrollados son la clientela dorada de las
compañías de aviación. Los responsables africanos y asiáticos tienen la
posibilidad de seguir en un mismo mes un curso sobre la planificación
socialista, en Moscú, y sobre los beneficios de la economía liberal, en
Londres o en la Columbia University. Los sindicalistas africanos, por su
parte, progresan a un ritmo acelerado. Apenas se les confían puestos en los
organismos de dirección, cuando deciden constituirse en centrales autónomas.
No tienen cincuenta años de práctica sindical en el marco de un país
industrializado, pero ya saben que el sindicalismo apolítico no tiene
sentido. No han tenido que hacer frente a la maquinaria burguesa, no han
desarrollado su conciencia en la lucha de clases, pero quizá no sea
necesario. Quizá. Veremos cómo esa voluntad totalizadora, que frecuentemente
se caricaturiza como globalismo es una de las características fundamentales
de los países subdesarrollados.
Pero volvamos al combate singular entre el colonizado y el colono. Se trata,
como se ha visto, de la franca lucha armada. Los ejemplos históricos son:
Indochina, Indonesia y, por supuesto, el norte de África. Pero lo que no hay
que perder de vista es que habría podido estallar en cualquier parte, en
Guinea o en Somalia y que todavía hoy puede estallar en dondequiera que el
colonialismo pretende durar aún, en Angola por ejemplo-. La existencia de la
lucha armada indica que el pueblo decide no confiar, sino en los medios
violentos. El pueblo, a quien ha dicho incesantemente que no entendía sino
el lenguaje de la fuerza, decide expresarse mediante la fuerza. En realidad,
el colono le ha señalado desde siempre el camino que habría de ser el suyo,
si quería liberarse. El argumento que escoge el colonizado se lo ha indicado
el colono y, por una irónica inversión de las cosas es el colonizado el que
afirma ahora que el colonialista sólo entiende el lenguaje de la fuerza. El
régimen colonial adquiere de la fuerza su legitimidad y en ningún momento
trata de engañar acerca de esa naturaleza de las cosas. Cada estatua, la de
Faidherbe o Lyautey, la de Bugeaud o la del sargento Blandan, todos estos
conquistadores encaramados sobre el suelo colonial no dejan de significar
una y la misma cosa: "Estamos aquí por la fuerza de las bayonetas..." Es
fácil completar la frase. Durante la fase insurreccional, cada colono razona
con una aritmética precisa. Esta lógica no sorprende a los demás colonos,
pero resulta importante decir que tampoco sorprende a los colonizados. Y, en
primer lugar, la afirmación de principio: "Se trata de ellos o nosotros" no
es una paradoja, puesto que el colonialismo, lo hemos visto, es justamente
la organización de un mundo maniqueo, de un mundo dividido en
compartimientos. Y cuando, preconizando medios precisos, el colono pide a
cada representante de la minoría opresora que mate a 30, 100 o 200
indígenas, se dan cuenta de que nadie se indigna y de que, en última
instancia, todo el problema consiste en saber si puede hacerse de un solo
golpe o por etapas.5
Este razonamiento, que prevé aritméticamente la desaparición del pueblo
colonizado, no llena al colonizado de indignación moral. Siempre ha sabido
que sus encuentros con el colono se desarrollarían en un campo cerrado. Por
eso el colonizado no pierde tiempo en lamentaciones ni trata, casi nunca, de
que se le haga justicia dentro del marco colonial. En realidad, si la
argumentación del colono tropieza con un colonizado inconmovible, es porque
este último ha planteado prácticamente el problema de su liberación en
términos idénticos. "Debemos constituir grupos de doscientos o de quinientos
y cada grupo se ocupara de un colono." Es en esta disposición de ánimo
recíproca como cada uno de los protagonistas comienza la lucha.
Para el colonizado, esta violencia representa la praxis absoluta. El
militante es, además, el que trabaja. Las preguntas que la organización
formula al militante llevan la marca de esa visión de las cosas: "¿Dónde has
trabajado? ¿Con quién? ¿Qué has hecho?" El grupo exige que cada individuo
realice un acto irreversible. En Argelia, por ejemplo, donde la casi
totalidad de los hombres que han llamado al pueblo a la lucha nacional
estaban condenados a muerte o eran buscados por la policía francesa, la
confianza era proporcional al carácter desesperado de cada caso. Un nuevo
militante era "seguro" cuando ya no podía volver a entrar en el sistema
colonial. Ese mecanismo existió, al parecer, en Kenya entre los Mau-Mau que
exigían que cada miembro del grupo golpeara a la víctima. Cada uno era así
personalmente responsable de la muerte de esa víctima. Trabajar es trabajar
por la muerte del colono. La violencia asumida permite a la vez a los
extraviados y a los proscritos del grupo volver, recuperar su lugar,
reintegrarse. La violencia es entendida así como la mediación real. El
hombre colonizado se libera en y por la violencia. Esta praxis ilumina al
agente porque le indica los medios y el fin. La poesía de Césaire adquiere
en la perspectiva precisa de la violencia una significación profética. Es
bueno recordar una página decisiva de su tragedia, donde el Rebelde (¡cosa
extraña!) se explica:
EL REBELDE (duramente)
Mi apellido: ofendido; mi nombre: humillado; mi estado civil: la rebeldía;
mi edad: la edad de piedra.
LA MADRE
Mi la raza humana. Mi religión: la fraternidad...
EL REBELDE
Mi raza: la raza caída. Mi religión...
pero no serás tú quien la prepares con su desarme...
soy yo con mi rebeldía y mis pobres puños cenados y mi cabeza hirsuta.
(Muy tranquilo).
Me acuerdo de un día de noviembre; no tenía seis meses [mi hijo] cuando el
amo entró en la casucha fuliginosa como una luna de abril y palpó sus
pequeños miembros musculosos, era un amo muy bueno, paseaba en una caricia
sus dedos gruesos por la carita llena de hoyuelos. Sus ojos azules reían y
su boca le decía cosas azucaradas: será una buena pieza, dijo mirándome, y
decía otras cosas amables, el amo, que había que empezar temprano, que
veinte años no eran demasiados para hacer un buen cristiano y un buen
esclavo, buen súbdito y leal, un buen capataz, con la mirada viva y el brazo
firme. Y aquel hombre especulaba sobre la cuna de mi hijo, una cuna de
capataz.
Nos arrastramos con el cuchillo en la mano...
LA MADRE
¡Ay! tú morirás
EL REBELDE
Muerto... lo he matado con mis propias manos...
Sí: de muerte fecunda y fértil...
era de noche. Nos arrastramos entre las cañas.
Los cuchillos reían bajo las estrellas, pero no nos importaban las
estrellas.
Las cañas nos pintaban la cara de arroyos de hojas verdes.
LA MADRE
Yo había soñado con un hijo que cenara los ojos de su madre.
EL REBELDE
Yo he decidido abrir bajo otro sol los ojos de mi hijo.
LA MADRE
Oh hijo mío... de muerte mala y perniciosa.
EL REBELDE
Madre, de muerte vivaz y suntuosa
LA MADRE
por haber amado demasiado...
EL REBELDE
por haber amado demasiado...
LA MADRE
Evítame todo esto, me asfixian tus ataduras. Sangro por tus heridas.
EL REBELDE
Y a mí el mundo no me da cuartel...
No hay en el mundo un pobre tipo linchado, un pobre hombre torturado, en el
que no sea yo asesinado y humillado.
LA MADRE
Dios del cielo, líbralo.
EL REBELDE
Corazón mío, tú no me librarás de mis recuerdos...
Era una noche de noviembre...
Y súbitamente los clamores iluminaron el silencio.
Nos habíamos movido, los esclavos; nosotros, el abono; nosotros, las bestias
amarradas al poste de la paciencia. Corríamos como arrebatados; sonaron los
tiros...
Golpeamos.
El sudor y la sangre nos refrescaban.
Golpeamos entre los gritos y los gritos se hicieron más estridentes y un
gran clamor se elevó hacia el este, eran los barracones que ardían y la
llama lamía suavemente nuestras mejillas.
Entonces asaltamos la casa del amo.
Tiraban desde las ventanas.
Forzamos las puertas.
La alcoba del amo estaba abierta de par en par.
La alcoba del amo estaba brillantemente iluminada, y el amo estaba allí muy
tranquilo... y los nuestros se detuvieron... era el amo... Yo entré. Eres
tú, me dijo, muy tranquilo... Era yo, sí soy yo, le dije, el buen esclavo,
el fiel esclavo, el esclavo esclavo, y de súbito sus ojos fueron dos
alimañas asustadas en días de lluvia... lo herí, chorreó la sangre: es el
único bautismo que recuerdo.6
Se comprende cómo en esta atmósfera lo cotidiano se vuelve simplemente
imposible. Ya no se puede ser fellah, rufián ni alcohólico como antes. La
violencia del régimen colonial y la contraviolencia del colonizado se
equilibran y se responden mutuamente con una homogeneidad recíproca
extraordinaria. Ese reino de la violencia será tanto más terrible cuanto
mayor sea la sobrepoblación metropolitana. El desarrollo de la violencia en
el seno del pueblo colonizado será proporcional a la violencia ejercida por
el régimen colonial impugnado. Los gobiernos de la metrópoli son, en esta
primera fase del periodo insurreccional, esclavos de los colonos. Esos
colonos amenazan a la vez a los colonizados y a sus gobiernos. Utilizarán
contra unos y otros los mismos métodos. El asesinato del alcalde de Évain,
en su mecanismo y motivaciones, se identifica con el asesinato de Alí
Boumendjel. Para los colonos, la alternativa no está entre una Argelia
argelina y una Argelia francesa sino entre una Argelia independiente y una
Argelia colonial. Todo lo demás es literatura o intento de traición. La
lógica del colono es implacable y no nos desconcierta la contralógica
descifrada en la conducta del colonizado sino en la medida en que no se han
descubierto previamente los mecanismos de reflexión del colono. Desde el
momento en que el colonizado escoge la contraviolencia, las represalias
policíacas provocan mecánicamente las represalias de las fuerzas nacionales.
No hay equivalencia de resultados, sin embargo, porque los ametrallamientos
por avión o los cañonazos de la flota superan en horror y en importancia a
las respuestas del colonizado. Ese ir y venir del terror desmixtifica
definitivamente a los más enajenados de los colonizados. Comprueban sobre el
terreno, en efecto, que todos los discursos sobre la igualdad de la persona
humana acumulados unos sobre otros no ocultan esa banalidad que pretende que
los siete franceses muertos o heridos en el paso de Sakamody despierten la
indignación de las conciencias civilizadas en tanto que "no cuentan" la
entrada a saco en los aduares Guergour, de la derecha Djerah, la matanza de
poblaciones en masa que fueron precisamente la causa de la emboscada.
Terror, contra-terror, violencia, contraviolencia. .. He aquí lo que
registran con amargura los observadores cuando describen el círculo del
odio, tan manifiesto y tan tenaz en Argelia.
En las luchas armadas, hay lo que podría llamarse el point of no return. Es
casi siempre la enorme represión que engloba a todos los sectores del pueblo
colonizado, lo que lleva a él. Ese punto fue alcanzado en Argelia, en 1955,
con las 12 000 víctimas de Philippeville y, en 1956, con la instauración,
por Lacoste, de las milicias urbanas y rurales.7 Entonces se hizo evidente
para todo el mundo y aun para los colonos que "eso no podía volver a
empezar" como antes. De todos modos, el pueblo colonizado no lleva la
contabilidad de sus muertos. Registra los enormes vacíos causados en sus
filas como una especie de mal necesario. Porque tan pronto como ha decidido
responder con la violencia, admite todas sus consecuencias. Sólo exige que
tampoco se le pida que lleve la contabilidad de los muertos de los otros. A
la fórmula "Todos los indígenas son iguales", el colonizado responde: "Todos
los colonos son iguales."8 El colonizado, cuando se le tortura, cuando matan
a su mujer o la violan, no va a quejarse a nadie. El gobierno que oprime
podría nombrar cada día comisiones de encuesta y de información. A los ojos
del colonizado, esas comisiones no existen. Y de hecho, ya han pasado siete
años de crímenes en Argelia y ni un solo francés ha sido presentado a un
tribunal francés por el asesinato de un argelino. En Indochina, en
Madagascar, en las colonias, el indígena siempre ha sabido que no tenía nada
que esperar del otro lado. La labor del colono es hacer imposible hasta los
sueños de libertad del colonizado. La labor del colonizado es imaginar todas
las combinaciones eventuales para aniquilar al colono. En el plano del
razonamiento, el maniqueísmo del colono produce un maniqueísmo del
colonizado. A la teoría del "indígena como mal absoluto" responde la teoría
del "colono como mal absoluto".
La aparición del colono ha significado sincréticamente la muerte de la
sociedad autóctona, letargo cultural, petrificación de los individuos. Para
el colonizado, la vida no puede surgir sino del cadáver en descomposición
del colono. Tal es, pues, esa correspondencia estricta de los dos
razonamientos.
Pero resulta que para el pueblo colonizado esta violencia, como constituye
su única labor, reviste caracteres positivos, formativos. Esta praxis
violenta es totalizadora, puesto que cada uno se convierte en un eslabón
violento de la gran cadena, del gran organismo violento surgido como
reacción a la violencia primaria del colonialista. Los grupos se reconocen
entre sí y la nación futura ya es indivisible. La lucha armada moviliza al
pueblo, es decir, lo lanza en una misma dirección, en un sentido único.
La movilización de las masas, cuando se realiza con motivo de la guerra de
liberación, introduce en cada conciencia la noción de causa común, de
destino nacional, de historia colectiva. Así la segunda fase, la de la
construcción de la nación, se facilita por la existencia de esa mezcla hecha
de sangre y de cólera. Se comprende mejor entonces la originalidad del
vocabulario utilizado en los países subdesarrollados. Durante el periodo
colonial, se invitaba al pueblo a luchar contra la opresión. Después de la
liberación nacional, se le invita a luchar contra la miseria, el
analfabetismo, el subdesarrollo. La lucha, se afirma, continúa. El pueblo
comprueba que la vida es un combate interminable.
La violencia del colonizado, lo hemos dicho, unifica al pueblo.
Efectivamente, el colonialismo es, por su estructura, separatista y
regionalista. El colonialismo no se contenta con comprobar la existencia de
tribus; las fomenta, las diferencia. El sistema colonial alimenta a los
jefes locales y reactiva las viejas cofradías morabíticas. La violencia en
su práctica es totalizadora, nacional. Por este hecho, lleva en lo más
íntimo la eliminación del regionalismo y-del tribalismo. Los partidos
nacionalistas se muestran particularmente despiadados con los caids y con
los jefes tradicionales. La eliminación de los caids y de los jefes es una
condición previa para la unificación del pueblo.
En el plano de los individuos, la violencia desintoxica. Libra al colonizado
de su complejo de inferioridad, de sus actitudes contemplativas o
desesperadas. Lo hace intrépido, lo rehabilita ante sus propios ojos. Aunque
la lucha armada haya sido simbólica y aunque se haya desmovilizado por una
rápida descolonización, el pueblo tiene tiempo de convencerse de que la
liberación ha sido labor de todos y de cada uno de ellos, que el dirigente
no tiene mérito especial. La violencia eleva al pueblo a la altura del
dirigente. De ahí esa especie de reticencia agresiva hacia la maquinaria
protocolar que los jóvenes gobiernos se apresuran a instalar. Cuando han
participado, mediante la violencia, en la liberación nacional, las masas no
permiten a nadie posar como "liberador". Se muestran celosas del resultado
de su acción y se cuidan de no entregar a un dios vivo su futuro, su
destino, la suerte de la patria. Totalmente irresponsables ayer, ahora
quieren comprender todo y decidir todo. Iluminada por la violencia, la
conciencia del pueblo se rebela contra toda pacificación. Los demagogos, los
optimistas, los magos tropiezan ya con una tarea difícil. La praxis que las
ha lanzado a un cuerpo a cuerpo desesperado confiere a las masas un gesto
voraz por lo concreto. La empresa de mixtificación se convierte, a largo
plazo, en algo prácticamente imposible.
LA VIOLENCIA EN EL CONTEXTO INTERNACIONAL
Repetidas veces hemos señalado en las páginas anteriores que en las regiones
subdesarrolladas el responsable político siempre está llamando a su pueblo
al combate. Combate contra el colonialismo, combate contra la miseria y el
subdesarrollo, combate contra las tradiciones esterilizantes. El vocabulario
que utiliza en sus llamadas es un vocabulario de jefe de estado mayor:
"movilización de las masas", "frente de la agricultura", "frente del
analfabetismo", "derrotas sufridas", "victorias logradas". La joven nación
independiente evoluciona durante los primeros años en una atmósfera de campo
de batalla. Es que el dirigente político de un país subdesarrollado mide con
espanto el camino inmenso que debe recorrer su país. Llama al pueblo y le
dice: "Hay que apretarse el cinturón y trabajar." El país, tenazmente
transido de una especie de locura creadora, se lanza a un esfuerzo
gigantesco y desproporcionado. El programa es no sólo salir adelante sino
alcanzar a las demás naciones con los medios al alcance. Si los pueblos
europeos, se piensa, han llegado a esta etapa de desarrollo, ha sido por sus
esfuerzos. Probemos, pues, al mundo y a nosotros mismos que somos capaces de
las mismas realizaciones. Esta manera de plantear el problema de la
evolución de los países subdesarrollados no nos parece ni justa ni
razonable.
Los europeos hicieron su unidad nacional en un momento en que las burguesías
nacionales habían concentrado en sus manos la mayoría de las riquezas.
Comerciantes y artesanos, intelectuales y banqueros monopolizaban en el
marco nacional las finanzas, el comercio y las ciencias. La burguesía
representaba la clase más dinámica, la más próspera. Su acceso al poder le
permitía lanzarse a operaciones decisivas: industrialización, desarrollo de
las comunicaciones y muy pronto busca de mercados de "ultramar".
En Europa, con excepción de ciertos matices (Inglaterra, por ejemplo, había
cobrado cierto adelanto) los diferentes Estados en el momento en que se
realizaba su unidad nacional conocían una situación económica más o menos
uniforme. Realmente ninguna nación, por los caracteres de su desarrollo y de
su evolución, insultaba a las demás.
Actualmente, la independencia nacional, la formación nacional en las
regiones subdesarrolladas revisten aspectos totalmente nuevos. En esas
regiones, con excepción de algunas realizaciones espectaculares, los
diferentes países presentan la misma ausencia de infraestructura. Las masas
luchan contra la misma miseria, se debaten con los mismos gestos y dibujan
con sus estómagos reducidos lo que ha podido llamarse la geografía del
hambre. Mundo subdesarrollado, mundo de miseria e inhumano. Pero también
mundo sin médicos, sin ingenieros, sin funcionarios. Frente a ese mundo, las
naciones europeas se regodean en la opulencia más ostentosa. Esta opulencia
europea es literalmente escandalosa porque ha sido construida sobre-las
espaldas de los esclavos, se ha alimentado de la sangre de los esclavos,
viene directamente del suelo y del subsuelo de ese mundo subdesarrollado. El
bienestar y el progreso de Europa han sido construidos con el sudor y los
cadáveres de los negros, los árabes, los indios y los amarillos. Hemos
decidido no olvidarlo. Cuando un país colonialista, molesto por las
reivindicaciones de independencia de una colonia, proclama aludiendo a los
dirigentes nacionalistas: "Si quieren ustedes la independencia, tómenla y
vuelvan a la Edad Media", el pueblo recién independizado propende a aceptar
y recoger el desafío. Y, efectivamente, el colonialismo retira sus capitales
y sus técnicos y rodea al nuevo Estado con un mecanismo de presión
económica.9 La apoteosis de la independencia se transforma en maldición de
la independencia. La potencia colonial, por medios enormes de coacción
condena a la joven nación a la regresión. La potencia colonial afirma
claramente: "Si ustedes quieren la independencia, tómenla y muéranse.” Los
dirigentes nacionalistas no tienen otro recurso entonces sino acudir a su
pueblo y pedirle un gran esfuerzo. A esos hombres hambrientos se les exige
régimen de austeridad, a esos músculos atrofiados se les pide un trabajo
desproporcionado. Un régimen autárquico se intuye en cada Estado, con los
medios miserables de que dispone, trata de responder a la inmensa hambre
nacional. Asistimos a la movilización del pueblo que se abruma y se agota
frente a una Europa harta y despectiva.
Otros países del Tercer mundo rechazan esa prueba y aceptan las condiciones
de la antigua potencia tutelar. Utilizando su posición estratégica, posición
que les otorga un privilegio en la lucha de los bloques, esos países firman
acuerdos, se comprometen. El antiguo país dominado se transforma en país
económicamente dependiente. La ex potencia colonial que ha mantenido
intactos e inclusive ha reforzado los circuitos comerciales de tipo
colonialista, acepta alimentar mediante pequeñas inyecciones el presupuesto
de la nación independiente. Entonces se advierto como el acceso a la
independencia de los países coloniales sitúa al mundo frente a un problema
capital: la liberación nacional de los países colonizados revela y hace más
insoportable su situación real. La confrontación fundamental, que parecía
ser la del colonialismo y el anticolonialismo, es decir, el capitalismo y
socialismo, pierde importancia. Lo que cuenta ahora, el problema que cierra
el horizonte, es la necesidad de una redistribución de las riquezas. La
humanidad, so pena de verse sacudida, debe responder a este problema.
Generalmente, se ha pensado que había llegado la hora para el mundo, y
singularmente para el Tercer Mundo, de escoger entre el sistema capitalista
y el sistema socialista. Los países subdesarrollados, que han utilizado la
competencia feroz que existe entre los dos sistemas para asegurar el triunfo
de su lucha de liberación nacional, deben negarse, sin embargo, a participar
en esa competencia. El Tercer Mundo no debe contentarse con definirse en
relación con valores previos. Los países subdesarrollados, por el contrario,
deben esforzarse por descubrir valores propios, métodos y un estilo
específicos. El problema concreto frente al cual nos encontramos no es el de
la opción, a toda costa, entre socialismo y capitalismo tal como son
definidos por hombres de continentes y épocas diferentes. Sabemos,
ciertamente, que el régimen capitalista no puede, como modo de vida,
permitirnos realizar nuestra tarea nacional y universal. La explotación
capitalista, los trusts y los monopolios son los enemigos de los países
subdesarrollados. Por otra parte, la elección de un régimen socialista, de
un régimen dirigido a la totalidad del pueblo, basado en el principio de que
el hombre es el bien más precioso, nos permitirá ir más rápidamente, más
armónicamente, imposibilitando así esa caricatura de sociedad donde unos
cuantos poseen todos los poderes económicos y políticos a expensas de la
totalidad nacional.
Pero para que este régimen pueda funcionar válidamente, para que podamos en
todo momento respetar los principios en los que nos inspiramos, hace falta
algo más que la inversión humana. Ciertos países subdesarrollados despliegan
un esfuerzo colosal en esta dirección. Hombres y mujeres, jóvenes y viejos,
se entregan con entusiasmo a un verdadero trabajo forzado y se proclaman
esclavos de la nación. El don de sí, el desprecio de toda preocupación que
no sea colectiva, crean una moral nacional que reconforta al hombre, le da
confianza en el destino del mundo y desarma a los observadores más
reticentes. Creemos, sin embargo, que semejante esfuerzo no podrá
prolongarse largo tiempo a ese ritmo infernal. Esos jóvenes países han
aceptado el desafío después de la retirada incondicional del antiguo país
colonial. El país se encuentra en manos del nuevo equipo, pero, en realidad,
hay que recomenzar todo, que reformular todo. El sistema colonial se
interesaba, en efecto, por ciertas riquezas, por ciertos recursos,
precisamente los que alimentaban a sus industrias. Ningún balance serio se
había hecho hasta entonces del suelo o del subsuelo. La joven nación
independiente se ve obligada entonces a continuar los circuitos económicos
establecidos por el régimen colonial. Puede exportar, ciertamente, a otros
países, a otras áreas monetarias, pero la base de sus exportaciones no se
modifica fundamentalmente. El régimen colonial ha cristalizado determinados
circuitos y hay que limitarse, so pena de sufrir una catástrofe, a
mantenerlos. Habría que recomenzar todo quizá, cambiar la naturaleza de las
exportaciones y no sólo su destino, interrogar nuevamente al suelo, a los
ríos y ¿por qué no? también al Sol. Pero para hacerlo hace falta algo más
que la inversión humana. Hacen falta capitales, técnicos, ingenieros,
mecánicos, etc... Hay que decirlo: creemos que el esfuerzo colosal al que
son instados los pueblos subdesarrollados por sus dirigentes no dará los
resultados previstos. Si las condiciones de trabajo no se modifican, pasarán
siglos para humanizar ese mundo animalizado por las fuerzas imperialistas.10
La verdad es que no debemos aceptar esas condiciones. Debemos rechazar de
plano la situación a la que quieren condenarnos los países occidentales. El
colonialismo y el imperialismo no saldaron sus cuentas con nosotros cuando
retiraron de nuestros territorios sus banderas y sus fuerzas policíacas.
Durante siglos, los capitalistas se han comportado en el mundo
subdesarrollado como verdaderos criminales de guerra. Las deportaciones, las
matanzas, el trabajo forzado, la esclavitud han sido los principales medios
utilizados por el capitalismo para aumentar sus reservas en oro y en
diamantes, sus riquezas y para establecer su poder. Hace poco tiempo, el
nazismo transformó a toda Europa en una verdadera colonia. Las riquezas de
las diversas naciones europeas exigieron reparaciones y demandaron la
restitución en dinero y en especie de las riquezas que les habían sido
robadas: obras culturales, cuadros, esculturas, vitrales fueron devueltos a
sus propietarios. Una sola frase se escuchaba en boca de los europeos en
1945: "Alemania pagará." Por su parte Adenauer, cuando se abrió el proceso
Eichmann, en nombre del pueblo alemán pidió perdón una vez más al pueblo
judío. Adenauer renovó el compromiso de su país de seguir pagando al Estado
de Israel las sumas enormes que deben servir de compensación a los crímenes
nazis.11
Decimos igualmente que los Estados imperialistas cometerían un grave error y
una injusticia incalificable si se contentaran con retirar de nuestro
territorio las cohortes militares, los servicios administrativos y de
intendencia cuya función era descubrir riquezas, extraerlas y expedirlas
hacia las metrópolis. La reparación moral de la independencia nacional no
nos ciega, no nos satisface. La riqueza de los países imperialistas es
también nuestra riqueza. En el plano dé lo universal, esta afirmación no
significa absolutamente que nos sintamos afectados por las creaciones de la
técnica o las artes occidentales. Muy concretamente, Europa se ha inflado de
manera desmesurada con el oro y las materias primas de los países
coloniales; América Latina, China, África. De todos esos continentes, frente
a los cuales la Europa de hoy eleva su torre opulenta, parten desde hace
siglos hacia esa misma Europa los diamantes y el petróleo, la seda y el
algodón, las maderas y los productos exóticos. Europa es, literalmente, la
creación del Tercer Mundo. Las riquezas que la ahogan son las que han sido
robadas a los pueblos subdesarrollados. Los puertos de Holanda, de
Liverpool, los muelles de Burdeos y de Liverpool especializados en la trata
de negros deben su renombre a los millones de esclavos deportados. Y cuando
escuchamos a un jefe de Estado europeo declarar, con la mano sobre el
corazón, que hay que ir en ayuda de los infelices pueblos subdesarrollados,
no temblamos de agradecimiento. Por el contrario, nos decimos, "es una justa
reparación que van a hacernos". No aceptaremos que la ayuda a los países
subdesarrollados sea un programa de "Hermanas de la Caridad". Esa ayuda debe
ser la consagración de una doble toma de conciencia, toma de conciencia para
los colonizados de que las potencias capitalistas se la deben y, para éstas,
de que efectivamente tienen que pagar.12 Que si, por falta de inteligencia
-no hablemos de ingratitud- los países capitalistas se negaran a pagar,
entonces la dialéctica implacable de su propio sistema se encargaría de
asfixiarlos. Las jóvenes naciones, es un hecho, atraen poco a los capitales
privados. Múltiples razones legitiman y explican esta reserva de los
monopolios. Cuando los capitalistas saben, y son evidentemente los primeros
en saberlo, que su gobierno se dispone a descolonizar, se apresuran a
retirar de la colonia la totalidad de sus capitales. La evasión espectacular
de capitales es uno de los fenómenos más constantes de la descolonización.
Las compañías privadas, para invertir en los países independientes, exigen
condiciones que la experiencia califica de inaceptables o irrealizables.
Fieles al principio de rentabilidad inmediata, que sostienen cuando actúan
en "ultramar", los capitalistas se muestran reticentes acerca de cualquier
inversión a largo plazo. Son rebeldes y con frecuencia abiertamente hostiles
a los programas de planificación de los jóvenes equipos en el poder. En
rigor, aceptarían gustosamente prestar dinero a los jóvenes estados, pero a
condición de que ese dinero sirviera para comprar productos manufacturados,
máquinas, es decir, a mantener activas las fábricas de la metrópoli.
En realidad, la desconfianza de los grupos financieros occidentales se
explica por su deseo de no correr ningún riesgo. Exigen, además, una
estabilidad política y un clima social sereno que es imposible obtener si se
tiene en cuenta la situación lamentable de la población global
inmediatamente después de la independencia. Entonces, en busca de esa
garantía, que no puede asegurar la ex colonia, exigen el mantenimiento de
ciertas tropas o la entrada del joven Estado en pactos económicos o
militares. Las compañías privadas presionan sobre su propio gobierno para
que, al menos, las bases militares sean instaladas en esos países con la
misión de asegurar la protección de sus intereses. En última instancia, esas
compañías exigen a su gobierno la garantía de las inversiones que deciden
hacer en tal o cual región subdesarrollada.
Resulta que pocos países satisfacen las condiciones exigidas por los trusts
y los monopolios. Los capitales, faltos de mercados seguros, siguen
bloqueados en Europa y se inmovilizan. Tanto más cuanto que los capitalistas
se niegan a invertir en su propio territorio. La rentabilidad en ese caso
es, en efecto, irrisoria y el control fiscal desespera a los más audaces.
La situación es catastrófica a largo plazo. Los capitales no circulan o ven
considerablemente disminuida su circulación. Los bancos suizos rechazan los
capitales, Europa se ahoga. A pesar de las sumas enormes que se tragan los
gastos militares, el capitalismo internacional se encuentra acorralado.
Pero otro peligro lo amenaza. En la medida en que el Tercer Mundo está
abandonado y condenado a la regresión, o al estancamiento en todo caso, por
el egoísmo y la inmoralidad de las naciones occidentales, los pueblos
subdesarrollados decidirán evolucionar en autarquía colectiva. Las
industrias occidentales se verán rápidamente privadas de sus mercados de
ultramar. Las máquinas se amontonarán en los depósitos y, en el mercado
europeo, se desarrollará una lucha inexorable entre los grupos financieros y
los trusts. Cierre de fábricas, lock-out o desempleo conducirán al
proletariado europeo a desencadenar una lucha abierta contra el régimen
capitalista. Los monopolios comprenderán entonces que su interés bien
entendido consiste en ayudar y hacerlo masivamente y sin demasiadas
condiciones a los países subdesarrollados. Vemos, pues, que las jóvenes
naciones del Tercer Mundo no deben ser objeto de risa para los países
capitalistas. Somos fuertes por derecho propio y por lo justo de nuestras
posiciones. Por el contrario, debemos decir y explicar a los países
capitalistas que el problema fundamental de la época contemporánea no es la
guerra entre el régimen socialista y ellos. Hay que poner fin a esa guerra
fría que no lleva a ninguna parte, detener los preparativos de la
destrucción nuclear del mundo, invertir generosamente y ayudar técnicamente
a las regiones subdesarrolladas. La suerte del mundo depende de la respuesta
que se dé a esta cuestión.
Y que los regímenes capitalistas no traten de ligar a los regímenes
socialistas a la "suerte de Europa" frente a las hambrientas multitudes de
color. La hazaña del comandante Gagarin, aunque se disguste el general De
Gaulle, no es un triunfo "que honre a Europa". Desde hace algún tiempo, los
jefes de Estado de los regímenes capitalistas, los nombres de cultura
abrigan una actitud ambivalente respecto de la Unión Soviética. Después de
haber coligado todas sus fuerzas para aniquilar al régimen socialista, ahora
comprenden que hay que contar con él. Entonces se vuelven amables,
multiplican las maniobras de seducción y recuerdan constantemente al pueblo
soviético que "pertenece a Europa".
Agitando al Tercer Mundo como una marea que amenazara tragarse a toda
Europa, no se logrará dividir a las fuerzas progresistas que tratan de
conducir a la humanidad a la felicidad. El Tercer Mundo no pretende
organizar una inmensa cruzada del hambre contra toda Europa. Lo que espera
de quienes lo han mantenido en la esclavitud durante siglos es que lo ayuden
a rehabilitar al hombre, a hacer triunfar al hombre en todas partes, de una
vez por todas.
Pero es claro que nuestra ingenuidad no llega hasta creer que esto va a
hacerse con la cooperación y la buena voluntad de los gobiernos europeos.
Ese trabajo colosal que consiste en reintroducir al hombre en el mundo, al
hombre total, se hará con la ayuda decisiva de las masas europeas que, es
necesario que lo reconozcan, se han alineado en cuanto a los problemas
coloniales en las posiciones de nuestros amos comunes. Para ello, será
necesario primero que las masas europeas decidan despertarse, se desempolven
el cerebro y abandonen el juego irresponsable de la bella durmiente del
bosque.