|
|
|
|
|
|
|
|


Biografía
Juan Facundo Quiroga nació en 1778, en San Antonio, departamento de Los
Llanos, en la provincia de La Rioja. A los 16 años comenzó a conducir las
arrias de su padre, el estanciero José Prudencio Ouiroga. Tras un breve
paso como voluntario por el Regimiento de granaderos a caballo, en Buenos
Aires, regresó en 1816 a La Rioja, donde colaboró activamente con el ejército
del norte que luchaba contra los realistas, proveyéndolo de ganado y tropas.
En 1818 recibió de Pueyrredón el título de "benemérito de la Patria" y a
fines de ese año intervino destacadamente para sofocar un motín de prisioneros
españoles en San Luis.
A partir de 1820, con el cargo de jefe de las milicias de Los llanos, se
inició en La Rioja la preponderancia de Quiroga. Convertido en árbitro de
la situación riojana, contribuyó a colocar en el gobierno provincial a Nicolás
Dávila, quien en ausencia de Quiroga intentó apoderarse de la artillería
y el parque de Los Llanos. El caudiillo derrotó al Gobernador en el combate
de El Puesto y aunque asumió la gobernación sólo por tres meses - 28 de
marzo al 28 de Junio de 1823 - continuó siendo, en los hechos, la suprema
autoridad riojana.
Quiroga brindó su apoyo entusiasta al Congreso de 1824 reunido en Buenos
Aires, pero pronto se produjo su ruptura con los unitarios porteños. En
esos momentos, el gobierno de La Rioja se asoció con un grupo de capitalistas
nacionales encabezados por Braulio Costa, a quien se otorgó la concesión
para explotar las minas de plata del cerro de Famatina. Facundo, como comandante
del Departamento, fue también accionista de la compañía y, por el convenio,
quedó encargado de asegurar la explotación, con cuyo producto se acuñaría
moneda a través del Banco de Rescate y la Casa de Moneda de La Rioja. Sin
embargo, la designación de Rivadavia como Presidente de la República, en
1826, alteró estos planes. El Presidente, que durante su permanencia en
Inglaterra había promovido la formación de una compañía minera, nacionalizó
la riqueza del subsuelo y también la moneda, prohibiendo la acuñación a
toda institución que no fuera el Banco Nacional, por él creado. La reacción
de Quiroga fue inmediata. Junto a los otros gobernadores que resistían la
política centralista de Rivadavia que culminó con la sanción de la Constitución
unitaria, se levantó en armas contra el presidente, enarbolando su famoso
lema de Religión o Muerte. Su lucha contra los unitarios había comenzado,
en realidad, en 1825, cuando Quiroga derrotó a La Madrid - usurpador del
gobierno de Tucumán - en El Tala y Rincón de Valladares.
Caído Rivadavia, Quiroga apoyó
la efímera gestión de Dorrego, cuyo fusilamiento volvió a encender la chispa
de la guerra civil. Facundo se convirtió entonces en figura descollante
del movimiento federal y, en el interior, enfrentó a las fuerzas unitarias
del General Paz. El Tigre de Los Llanos, como lo llamaban amigos y adversarios,
cayó derrotado en La Tablada y en Oncativo. En Buenos Aires, con la ayuda
de Rosas, formó una nueva fuerza, llamada División de Los Andes, Al frente
de ella ocupó San Luis y Mendoza, en Córdoba persiguió a La Madrid - el
jefe de las fuerzas unitarias después de la captura de Paz - y, ya en tierra
tucumana, lo derrotó completamente en La Ciudadela. En esos momentos su
poder y su prestigio alcanzaban el punto más alto. Después de participar
en la etapa preparatoria de la campana del desierto realizada por Rosas,
permaneció con su familia en Buenos Aires durante un tiempo. En 1834, a
pedido de Maza, gobernador de Buenos Aires, y del propio Rosas, medió en
un conflicto entre Salta y Tucumán. En Santiago del Estero se enteró del
asesinato de De La Torre, gobernador salteño. Cumplida su misión en el norte,
Quiroga emprendió el regreso hacia Buenos Aires, desoyendo las advertencias
sobre la posibilidad de que se lo intentara asesinar y rechazando el ofrecimiento
de protección que le hizo Ibarra, el gobernador santiagueño. Su coraje lo
condujo, una vez más, a enfrentarse con la muerte. Pero en esta oportunidad,
el Tigre perdió la partida: en Barranca Yaco fue ultimado por un grupo de
asesinos enviados por los hermanos Reynafé, a la sazón dueños del gobierno
de Córdoba.
Fuente: www.historiadelpais.com.ar | La pintura pertenece al
artista Octavio Calvo
|
|
|

Juan
Facundo Quiroga, (San Antonio, provincia
de La Rioja, 1788 - Barranca Yaco, provincia de Córdoba, 16 de febrero de
1835), político y caudillo militar argentino, partidario de un gobierno
federal durante las guerras instestinas en su país, posteriores a la declaración
de la independencia.
Hijo de un hacendado de la norteña
provincia de La Rioja, jefe de las milicias de la comarca, Facundo Quiroga
heredó el título militar de su padre y participó en las luchas por la independencia.
Establecido el gobierno criollo, aumentó su fortuna mediante la concesión,
obtenida del gobierno local, para explotar las minas de cobre y plata de
la región y acuñar moneda. Cuando el ministro de gobierno de la provincia
de Buenos Aires, Bernardino Rivadavia, licita esas minas a inversores británicos,
sobre las cuales no tenían derechos, más la leva forzada realizada por el
general Gregorio Aráoz de Lamadrid en Tucumán y Catamarca para la Guerra
del Brasil, y el tratado realizado por el gobierno de Buenos Aires (como
Representante de las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina)
con Gran Bretaña por el cual se establece la libertad religiosa, lo deciden
a tomar partido en la lucha entre unitarios (partidarios de un gobierno
liberal fuerte establecido en Buenos Aires) y federales. Bajo la bandera
de Religión o Muerte cae sobre la provincia de Tucumán, derrota al ejército
unitario y toma la provincia de San Juan.
En 1829, tras la toma de la provincia de Córdoba por parte del general unitario
José María Paz, Quiroga invade esa provincia pero es vencido en la batalla
de La Tablada. Refugiado en Buenos Aires, encabeza un ejército que intenta
nuevamente derrocar al general Paz, pero es vencido en la Batalla de Oncativo.
Sin embargo, Quiroga realiza un nuevo intento, en 1831, esta vez evitando
la provincia de Córdoba. Invade las provincias de San Luis y Mendoza a través
de territorio indígena, y esta vez tiene éxito. Desde allí, Quiroga avanza
hacia el norte hasta que vence a los últimos reductos del ejército unitario,
liderados por Lamadrid, en la batalla de La Ciudadela, en la provincia de
Tucumán.
Quiroga juega un papel relevante en Buenos Aires en los años siguientes.
Allí se debate si el país debe darse o no una Constitución federal. Quiroga
es partidario de una rápida organización nacional, pero otros caudillos,
entre ellos Rosas, no están de acuerdo, sostienen que aún debe esperarse
a que maduren las condiciones.
Enviado al norte para mediar en un conflicto entre las provincias de Salta
y Tucumán, es emboscado en los breñales de Barranca Yaco y asesinado de
un balazo en un ojo. Su cuerpo es luego tajeado y lanceado. Aunque capturó
y ajustició a los asesinos, encabezados por Santos Pérez (un oficial de
las milicias de Córdoba, los salvajes unitarios intentaron convencer de
que Rosas, el poderoso caudillo bonaerense, estuvo tras el homicidio. No
obstante, no hubo pruebas de ello y el enigma quedó insoluble.
Fuente: Wikipedia | La pintura pertenece al artista
Octavio Calvo
Juan
Facundo Quiroga.
Nació en La Rioja y murió en Barranca Yaco asesinado,
el 16 de febrero de 1835.
Acusado de bárbaro por Sarmiento, conocido por el nombre de "Tigre de los
Llanos", Quiroga jugó un papel prominente en la vida política de la Argentina
(1818-1835).
Combatió contra la constitución centralista de Rivadavia, pero fue derrotado
por los efectivos de éste, bajo el mando de Lamadrid. Sin embargo, por el
año 1828, Quiroga controlaba las provincias norteñas desde Catamarca hasta
Mendoza.
Se unió con otros caudillos bajo la firme determinación de establecer el
federalismo, especialmente después de la ejecución de Manuel Dorrego (diciembre
de 1828), de destruir las fuerzas unitarias comandadas por Lavalle, ahora
gobernador de Buenos Aires.
Quiroga sufrió la derrota de manos del general unitario Paz, en La Tablada,
el 23 de junio de 1829, y en Oncativo, el 25 de febrero de 1830.
Impedido transitoriamente de regresar, Quiroga vio el modo de pasar furtivamente
a Cuyo en 1831 dirigiéndose rápidamente a Tucumán para hacer frente a las
fuerzas unitarias que se hallaban bajo el mando de Lamadrid, desde que el
general Paz inesperadamente había sido hecho prisionero en El Tío.
La batalla librada en La Ciudadela (famosa fortaleza de Tucumán) el 4 de
noviembre de 1831, concluyó con la victoria de Quiroga y puso término a
la guerra civil, pues Rosas había vencido simultáneamente a Lavalle en Buenos
Aires.
Al trasladarse a Buenos Aires, Quiroga dedicó el resto de su vida a intentos
(solo o con otros federales) de convocar un congreso constituyente para
formar la estructura orgánica de una república federal.
Rosas se opuso enérgicamente a tal designio, arguyendo que una organización
formal de esa naturaleza era prematura e insensata hasta tanto las provincias
no hubieran creado sus estructuras políticas individuales y una saludable
vida institucional, citando el ejemplo de los Estados Unidos, que no admitía
que un territorio tomase plena participación en la vida política nacional
hasta haber formado su propio gobierno. Las discusiones se interrumpieron
en 1834 mientras Quiroga era enviado en una misión pacificadora en la esperanza
de que el poder y prestigio de que gozaba en el norte le permitirían impedir
la guerra civil que se cernía amenazante entre los gobernadores de Tucumán
(Felipe Heredia) y Salta (Pablo Latorre).
Cumplida su misión con éxito y regresando a Buenos Aires, desdeñó obstinadamente
las advertencias sobre conspiración en Córdoba, fue sorprendido y asesinado
por efectivos al mando de Santos Pérez en Barranca Yaco, el 16 de febrero
de 1835.
La azorada opinión pública dividió las inculpaciones del crimen entre Rosas,
López y los hermanos Reinafé, pero José Vicente Reinafé, gobernador de Córdoba,
su hermano, Santos Pérez y otros fueron convictos de la conspiración y ejecutados
(1836).
La muerte de Quiroga dejó a Rosas como única autoridad subsistente.
Fuente: www.todo-argentina.net
[Imagen: Facundo, por
Octavio Calvo]
Fue grande. Estaba hecho de la sustancia de los grandes conductores, con
su intuición incomparable, el conocimiento de sus paisanos que le había
dado un intenso comercio con los hombres, su valentía y ese magnetismo que
le infundía calidades de jefe nato.
Juan Facundo Quiroga pudo ser la gran figura de la organización nacional.
Lo traicionó su salud, lo domesticó Rosas, y Buenos Aires gastó su impulso
vital.
EL Tigre de los Llanos fue un hombre excepcional. Descubrir esta condición
fue el gran mérito de Sarmiento. El sanjuanino plagó su "Facundo" de errores,
infundidos y mentiras pero acertó en lo sustancial al revelar la naturaleza
impar del personaje y lo demoníaco e infernal de su índole secreta. Lo demoníaco
en los imprevistos, que es una de sus singularidades mágicas: aparecer a
diez cuadras del campamento de Lamadrid cuando todos lo hacen a cien leguas,
o caer de improvista en la fiesta donde los unitarios de La Rioja celebran
su derrota de La Tablada.
Facundo nació en 1788 en San Antonio, un caserío situado al pie de la sierra
de los Lanos de La Rioja (esa región no es una llanura, sino una comarca,
el nombre le viene de la Sierra de los Llanos que domina la zona, cuya toponimia
deriva de una vieja familia pobladora).
Su padre era un importante hacendado de la región: durante varios años fue
capitán de las milicias de la comarca y su hijo empezó su carrera militar
heredando el cargo. Esto ocurrió en 1816 cuando Facundo tenía 28 años. Hasta
entonces había sido un mozo andariego y jugador. También estuvo en Buenos
Aires, según parece como enganchado del Regimiento de Granaderos a Caballo,
siempre guardó una particular consideración por San Martín.
Pero hacia 1817 terminan las
andanzas juveniles de Quiroga, ahora es capitán de las milicias de los Llanos,
contrae matrimonio y se dedica a las tares rurales.
Su personalidad, sus aventuras juveniles y su cargo lo han convertido en
un hombre importante dentro de la política provincial.
Las facciones oligárquicas que pugnan por el poder en La Rioja la halagan
y lo llaman para contar con el apoyo del cuerpo de "llanistas" que comanda.
Así contribuye a deponer el gobernador Ocampo y a instalar a Dávila, al
que derrocará dos años después en 1823. Para esa época había reforzado sus
milicias con una parte del batallón de Cazadores de los Andes, que venían
desde San Juan sublevado y al que Quiroga derrotó quedándose con parte del
contingente. Para esa época, también había ayudado a sofocar la sublevación
de los españoles prisioneros en San Luis.
Su fama se extendía por Cuyo y el Noroeste como el hombre fuerte de La Rioja.
|
Dueño virtual de la situación
provincial, Quiroga declina la gobernación y se dedica a enriquecerse. Aumenta
el giro de sus negocios, funda una empresa local para la explotación de
las minas del Famatina y acuñación de monedas y obtiene de la Legislatura
catamarqueña la concesión de los yacimientos mineros de esa provincia.
Las cosas que están pasando en el país lo obligan a asomarse al escenario
nacional.
Los desaciertos de los unitarios, empeñados en organizar el país en un sistema
de centralismo y la torpe política de Rivadavia le hacen comprender que
los hombres como él deben defenderse para no ser barridos. Le informan que
Rivadavia ha concedido la explotación del Famatina a una compañía inglesa
que él mismo ha promovido; con el pretexto de la guerra con Brasil, Lamadrid,
que fue enviado por el Congreso a Tucumán para enganchar soldados, ha derrocado
al gobernador federal y se prepara a liquidar todas las situaciones provinciales
que pueden resistir el plan unitario. El cordobés Bustos, el santiagueño
Ibarra y el riojano Quiroga serán los primeros destinatario del golpe, todos
lo saben pero el Congreso aparenta ignorarlo.
Quiroga intuye que los pueblos desprecian ese régimen que ataca la religión
tradicional, roba fuentes de trabajo al interior, agrede las autonomías
conquistadas el año 20 y estafa los anhelos de Constitución. Se lanza sobre
Tucumán. En la primera campaña fuera de su provincia que afirmará el naciente
mito de Facundo. En pocas semanas deshace al gobernador de Catamarca (aliado
deLamadrid), y derrota al jefe unitario en el Tala. Luego ocupa Tucumán
por uno o dos meses para retornar hacia Cuyo.
Basta su aproximación a San Juan para que caiga el gobierno unitario local:
basta los mendocinos sepan que Quiroga está en la provincia vecina para
que su gobierno se pronuncie contra su Constitución unitaria que acaba de
sancionar el Congreso. En cuatro meses, Quiroga a sublevado todo Cuyo y
el Noroeste contra Rivadavia, tal como Ramírez seis años antes, todo el
litoral contra el Directorio.
Pero Lamadrid ha vuelto a hacerse fuerte en Tucumán: se prepara a atacar
Santiago, contando con la ayuda de unos mercenarios colombianos. Quiroga
descansa en San Antonio y luego se abalanza sobre Lamadrid. En julio de
1827, con la batalla del Rincón, el régimen presidencialista desaparece:
Rivadavia renuncia, el congreso se disuelve, la provincia de Buenos Aires
recupera su autonomía. Con una bandera negra que dice "Religión o Muerte",
el riojano ha destruido el plan unitario. Se ha convertido en el jefe virtual
del partido federal y su influencia es decisiva en una liga de once provincias
creada para integrar un nuevo Congreso que constituya el país bajo el sistema
federal.
Pero
un año después el país se ve de nuevo convulsionado. Los unitarios inducen
a Lavalle a tomar el poder por asalto. El fusilamiento del gobernador de
Buenos Aires indigna a la nación y enajena todo apoyo popular al golpe:
pero los unitarios cuentan con un hombre inteligente y resuelto, el General
José María Paz. El manco marcha al interior para reducir a las provincias
mientras Lavalle, en Buenos Aires, se va enredando en las intrigas de Rosas.
En el invierno de 1829 avanza Quiroga desde La Rioja para enfrentar a Paz,
otra vez la parte más pesada en la lucha contra los unitarios. Hábilmente
elude Quiroga el ejército enemigo, lo deja atrás y ocupa Córdoba sin disparar
un tiro, mediante un convenio con defensores. Luego espera al manco en las
afueras, conforme al compromiso contraído con la guarnición rendida. En
La Tablada se traba la lucha tremenda y agotadora, dura tres días, participa
en ella: el Chacho, enlazando los cañones enemigos. Es el primer desastre.
Quiroga retorna a su provincia. Cuando llega a La Rioja se entera que los
unitarios festejan su derrota. Su rabia se desata: hace fusilar a diez caracterizados
vecinos. Luego organiza un nuevo ejército. Mientras tanto Lavalle termina
por exiliarse vencido por las intrigas en que durante un año lo envolvió
Rosas. (mapa nº9).
Ahora es el Restaurador de las Leyes quien domina la primera provincia del
país…y su pingüe aduana. Por su parte, Estanislao López entra en tratativas
con Paz un agravio que facundo no olvidará. Se instala en San Juan, enfermo,
lo acompaña su familia, y desde allí dirige la reconstitución de su ejército.
Todos los medios son buenos para reconstituir el mismo: contribuciones forzosas,
amenazas. Baja luego a Mendoza para concentrar sus efectivos y seis mese
después de La Tablada está en condiciones de volver a dar batalla al jefe
unitario. A fines de febrero las tropas de Quiroga están de nuevo a pocas
leguas de Córdoba, en Oncativo esperando el resultado de una comisión mediadora.
Súbitamente el campamento es atacado por Lamadrid, segundo de Paz, que ardía
en deseos de venganza. Cada cual escapa por donde puede. Facundo toma el
camino de Buenos Aires: Paz le había infligido una nueva derrota. Ahora,
todo el interior queda a merced de los jefes unitarios.
Cuando llega a Buenos Aires, Rosas le recibe triunfalmente, y comienza un asedio que termina por rendir al riojano ante su astucia. Durante el año 30, vive Facundo en Buenos Aires, preocupado por su mujer y sus hijos, que debieron pasa a Chile ante la aproximación de los unitarios, y furioso por el saqueo que Lamadrid hace en San Antonio, y por las vejaciones que tiene que sufrir su madre. Durante su estancia su aspecto personal se modifica. Se afeita la barba, usa trajes cortados por los mejores sastres y alterna con la sociedad porteña sin problemas. Su figura es habitual en el juego donde pierde cantidades de onzas de oro. Hace la vida sosegada y divertida de un hacendado rico en la ciudad pero anhela enfrentar de nuevo a Paz.
Sin embargo no tiene ejército, sus recursos se están agotando, su salud no es buena; entre tanto Paz, sigue ocupando provincias y persiguiendo a los amigos de Quiroga.
El riojano decide salir, en la que va a ser su más increíble campaña. En enero de 1831 los gobernadores de Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos firman el "Pacto Federal": que expresa el propósito de constituir la nación bajo el sistema que desean los pueblos, para ello la única fuerza adversa que había que desaparecer era Paz. Ésta será la misión de Quiroga…
Rosas y López arman lentamente
sus tropas y avanzan sobre Córdoba. Facundo en Buenos Aires recluta un centenar
de voluntarios y unos doscientos forajidos extraídos de las cárceles y comisarías
de campaña que formarán: La División Auxiliar de los Andes.
Un mes después de firmado el Pacto Federal, sale Quiroga de pergamino, llega
a Río Cuarto y toma el pueblo; luego derrota a Pringles en Río Quinto y
ocupa San Luis. En Rodeo del Chacón lo enfrenta uno de los mejores lugartenientes
de Paz: Quiroga debe dirigir la batalla desde una carreta, torturado por
el reuma. Triunfa: Mendoza es suya. Refuerza sus huestes con hombres, con
dinero y animales. Luego sube a San Juan y se reúne con su familia, que
retornan de Chile, después baja a Mendoza nuevamente, y allí se entera que
han asesinado a Villafañe, su viejo camarada, el hombre que le guarda las
espaldas en La Rioja. Se enloquece Quiroga. Y pagan por este asesinato los
prisioneros del Chacón; los veintisiete oficiales unitarios que son fusilados
sin saber por qué.
El remordimiento por este hecho, estará en el ánimo de Facundo hasta su
muerte.
Llega a Mendoza la noticia increíble: Paz ha caído prisionero de López.
Tendrá que ser con Lamadrid el encuentro. Quiroga avanza hacia Tucumán,
donde Lamadrid lo espera con el resto de las fuerzas de Paz. Los dos ejércitos
se avistan en la ciudadela; en noviembre de 1831, dos horas dura la lucha;
finalmente el ejército unitario abandona las líneas y sus jefes huyen hacia
las fronteras de Bolivia. La guerra civil que comenzó tres años antes, con
el fusilamiento de Dorrego, ha quedado cerrada.
Si bien Facundo reconquisto su influencia en el panorama nacional, no está
contento; la suerte le permitió a López quedarse con Córdoba, cuando en
justicia la provincia debería haber ingresado al sistema de las adictas
a Quiroga. Pronto gobernarán allí los Reynafé, clan arribista protegido
por el santafesino y los amigos de Quiroga serán sordamente hostilizados.
Además Facundo se enteró que López se quedó con su caballo (por el que sentía
una increíble debilidad) al apropiarse del botín del ejército vencido.
Y para completar el amigo Rosas anda chicaneando la reunión del Congreso
previsto por el Pacto Federal y demorando la organización del País.
Después de cerrar este ciclo de la lucha civil, retorna a su provincia desde
Tucumán, y luego a San Juan. Allí lo reclama otra empresa: la expedición
contra los indios del sur, que aprovechando las continuas luchas civiles
de los cristianos están creciendo en osadía. Pero no podrá dirigirla aunque
figure como su director: el reuma lo tiene a mal traer. Será Rosas quien
emprenda la conquista del Desierto. (mapa nº10).
Casi todo el año 33 vive Quiroga
en San Juan o Mendoza, en alternativas penosas de salud manteniendo correspondencia
con sus amigos de todo el país y ayudando al éxito de la expedición contra
los indios.
A fines de 1833 llega a Buenos Aires conduciendo la División de Auxiliares
de los Andes, que devolverá formalmente al gobierno de Buenos Aires. Ahora
viene con su familia a instalarse definitivamente. Rosas ha terminado su
mandato el año anterior, y existe una dura lucha por el poder entre federales
netos y lomonegros.
En esta lucha Rosas necesita más que nunca de la amistad de Quiroga, y este
se la brinda aunque se niega a hospedarse en la residencia de Rosas.
El año 34 asiste a la completa transformación de Facundo. Él y su familia
se relacionan con la sociedad porteña. Facundo expone ideas de conciliación,
defiende a sus adversarios en las conversaciones; intenta saludar y ayudar
a Rivadavia que ha regresado de su exilio sin lograr desembarcar en Buenos
Aires. De vez en cuando tiene diálogos ásperos con Rosas. No ostenta ninguna
representación ni tiene ejército a su mando, pero su palabra pesa.
Todo el país clama por la constitución, el partido unitario ha desaparecido, nadie se opone a la organización federal de la República. La legislatura de Mendoza invita a San Juan y San Luis a unirse para entrar en la Federación bajo la protección de Quiroga. Muchos federales que temen a Rosas, piensan que el riojano puede ser una solución viable. Quiroga está a favor de una rápida organización del país, pero tampoco ignora la tesis de su amigo Rosas y jamás lo contradice públicamente, a partir de 1833. La tesis de Rosas afirma que el país no está en condiciones de constituirse; que hay que dejar que el tiempo facilite una evolución natural hacia la organización definitiva.
En diciembre de 1834 emprende
Quiroga un viaje al norte. Había estallado un guerra local entre Salta y
Tucumán, el gobernador provisorio de Buenos Aires pide a Quiroga que intervenga
como mediador en el conflicto. Rosas se suma al pedido. Facundo acepta pese
a su enfermedad.
Se dirige hacia el norte, no quiere escolta. Los gauchos bonaerenses, santafesinos,
cordobeses caen a las postas del camino para ver pasar al famoso general.
|
|
En Nochebuena llega a Córdoba:
no quiere quedarse, en poco más de dos semanas llega a Santiago. Antes de
arribar se entera que la guerra entre salteños y tucumanos ha terminado.
Pero su viaje no ha de ser inútil. Durante el mes de enero se reúnen en
Santiago bajo su presidencia, los representantes de las provincias del Norte
y convienen oponerse a todo intento de segregación de Jujuy, factor oculto
de esta querella local que debía mediar Quiroga.
El seco verano santiagueño alivia sus males. En vísperas de su regreso alcanza
a recoger algunos rumores sobre extraños movimientos de los Reynafé: vagos
planes para matarlo, y que la rapidez de su viaje había frustrado.
Quiroga sabe que los gobernantes de Córdoba lo odian. El 13 de febrero parte
de Santiago, el pueblo avisa en cada posta el peligro que lo aguarda apenas
cruce el límite de Córdoba. El ciego empecinamiento del general, su negativa
a desviarse, a aceptar una escolta, la espera de la partida de asesinos
en los solitarios breñales de Barranca Yaco. El 16 de febrero de 1835 al
medio día lo voltea un pistoletazo en el ojo y después le cargan el cuerpo,
ya exámine de tajos y puntazos. Facundo Quiroga muere en Barranca Yaco:
su temeridad inconsciente le llevó a la muerte. Después de una tormenta
de verano encuentran la diligencia a unas cuadras del camino, vacía y ensangrentada,
y los cuerpos diseminados de Facundo y sus compañeros.
La noticia golpea fuerte en todo el país. La intuición popular señala desde
el principio el clan gobernante de Córdoba: partidas de llanistas riojanos
invaden el noroeste cordobés, clamando venganza. Pero el responsable moral
del crimen no aparecerá nunca. Rosas procesó y condenó a los autores materiales
del crimen: Santos Pérez, sus compañeros y los Reynafé.
¿Quién los habría mandado? Los sospechosos son muchos. Indudablemente, en
este momento de la vida política del país, para Rosas el mejor Quiroga,
es un Quiroga muerto. Y muerto de ese modo, bárbara y misteriosamente. Cuando
llega la noticia del crimen a Buenos Aires, Rosas acepta ser gobernador,
se hace conceder la Suma del Poder Público y promete tremendas venganzas
contra los unitarios. Pero fuera del buen provecho que sacó a lo de Barranca
Yaco, no hay ningún indicio serio de su culpabilidad. (mapa nº11).
El santafesino López y su ministro Cullen - habilidoso en intrigas - intentan
al principio una débil defensa de los Reynafé: la verdad es que López y
su ministro tuvieron sospechosas entrevistas con los cordobeses antes de
la tragedia, la cual se festejó en Santa Fe sin el menor pudor y era notoria
la malquerencia entre Quiroga y el santafesino. Pero nada más, no hay otra
prueba. En cuanto a los unitarios no tenían ningún motivo para eliminar
a Quiroga. El enigma subsiste y probablemente no se devele jamás.
Fuente: www.oni.escuelas.edu.ar

Cartas
de Facundo Quiroga a Juan Manuel de Rosas
Los caudillos asumirían un rol de intermediación con respecto al pueblo
soberano, que las minorías ilustradas de las ciudades no podrían alcanzar.
Su autoridad devendría de su condición de héroe, de arquetipo humano y,
al mismo tiempo, de compartir la aguerrida y dura vida militar con sus subordinados,
al margen de las fracciones ideológicas que regían la época. En las presentes
correspondencias, el debate gira en torno a la necesidad o no de constituir
una Comisión Representativa que moderaría el poder de los gobernadores porteños
frente a las demás provincias y en las diferencias entre ambos caudillos.
Tucumán, enero 12 de 1832
SEÑOR DON JUAN MANUEL DE ROSAS.
Amigo de todo mi aprecio: contestando a su favorecida del 14 de diciembre
digo a usted: que el no haberle dicho nada del parecer que me pedía en su
apreciable de 4 de octubre con respecto a la formación de la Comisión Representativa
y de la oportunidad para la reunión del Congreso, fue creyendo que mi silencio
mismo le debía hacer entender el motivo; pero ya que no lo ha comprendido
se lo explicaré claro y terminante. Usted sabe, porque se lo he dicho varias
veces, que yo no soy federal, soy unitario por convencimiento; pero sí con
la diferencia de que mi opinión es muy humilde y que yo respeto demasiado
la de los pueblos constantemente pronunciada por el sistema Federal; por
cuya causa he combatido con constancia contra los que han querido hacer
prevalecer por las bayonetas la opinión a que yo pertenezco, sofocando la
general de la República; y siendo esto así, como efectivamente lo es, ¿cómo
podré yo darle mi parecer en un asunto en que por las razones que llevo
expuestas necesito explorar a fondo la opinión de las provincias, de las
que jamás me he separado, sin embargo, de ser opuesta a la de mi individuo?
Aguarde pues un momento, me informaré y sabré cuál es el sentimiento o parecer
de los pueblos y entonces se lo comunicaré, puesto que es justo que ellos
obren con plena libertad, porque todo lo que se quiera, o pretenda en contrario,
será violentarlos, y aun cuando se consiguiese por el momento lo que se
quiera, no tendría consistencia, porque nadie duda de todo lo que se hace
por la fuerza o arrastrado de un influjo no puede tener duración siempre
que sea contra el sentimiento general de los pueblos(...)
Saluda a usted con la consideración que acostumbra, su amigo afectísimo
que besa su mano.
JUAN FACUNDO QUIROGA
Tucumán, enero 12 de 1832
Señor Don Juan Manuel de Rosas
Muy señor mío y amigo: tengo a la vista su favorecida de 13 del pasado que
voy a contestar en cuatro palabras diciendo a usted que en balde se ha mortificado
en explanar sus ideas y razones para convencerme que debo retrogradar en
mi resolución, así que usted ha tenido bastante motivo para conocer, que
no sé volver atrás en mis propósitos. Usted me dice que no pertenezco a
mí mismo; pero yo quisiera que usted me diga a quién pertenecía Don Juan
Manuel Rosas, y Don Estanislao López, cuando hicieron la guerra al Ejército
sublevado a consecuencia de orden de la Convención Nacional y cuál la causa
porqué dejaron las armas de la mano estando existente el motivo porque las
empuñaron, y cuál la razón porque se me abandonó, y se me dejó solo en el
campo del compromiso, y si era o no honroso a la República que si bien se
ponen en la balanza de la justicia, nadie es responsable sino ustedes de
cuanta sangre se ha vertido, y de tantas fortunas arruinadas; pero como
nadie ve la paja en su ojo, no advierten que se contentaban con tranquilizar
las provincias de Buenos Aires y Santa Fe, dejando al resto de las demás
bajo el yugo de la opresión, y ahora sólo yo debo ser quien voy a causar
perjuicios a la República con mi separación del mando, bien que no dejan
de tener razón en parte, pues que por sí solos no arribarían al objeto que
se proponen, si yo separado del mando quisiera desentenderme enteramente
de trabajar por el bien del país, en que no cesaré, puesto que para ello
ya no es preciso tener la lanza enristrada, y puede ser, sin ser milagro,
que recién me haya colocado en una posición en que pueda ser útil al país
en general como pronto lo veremos, explorada que sea a fondo la voluntad
de las provincias en orden a la constitución de la República.
Páselo usted bien y mande a su afectísimo servidor y amigo que besa su mano.
JUAN FACUNDO QUIROGA
[ARCHIVO GENERAL DE LA NACIÓN. 5-28-2-1]
Acerca de los episodios conocidos
como Barranca Yaco donde resultaría asesinado el federal Juan Facundo Quiroga.
El 16 de febrero de 1835, en el paraje cordobés de Barranca Yaco, una partida
al mando de Santos Pérez asesinó alevosamente al brigadier general don Juan
Facundo Quiroga (nacido en 1788 en San Antonio, un caserío situado al pie
de la sierra en La Rioja).
Una década después Domingo Faustino Sarmiento publicó Facundo, civilización
y barbarie, una de las obras más singulares y significativas de la literatura
hispanoamericana. Plagada de falacias y mentiras para denigrar al gran caudillo
y para desacreditar el régimen rosista, se inscribe sin embargo en la gran
tradición militante de nuestras mejores letras, junto a los cielitos de
Hidalgo y El Matadero, e incluso el mismísimo Martín Fierro. Y es que pese
a su polémico y enérgico alegato político opositor, nos trasmite, aún a
pesar del propio autor, la grandeza y los latidos auténticos del espíritu
estremecedor del Tigre de los Llanos.
Transcribimos algunos párrafos introductorios y su dramático relato de Barranca
Yaco.
¡Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte, para que, sacudiendo el ensangrentado
polvo que cubre tus cenizas, te levantes a explicarnos la vida secreta y
las convulsiones internas que desgarran las entrañas de un noble pueblo!
Tú posees el secreto: ¡revélanoslo! Diez años aún después de tu trágica
muerte, el hombre de las ciudades y el gaucho de los llanos argentinos,
al tomar diversos senderos en el desierto, decían: "¡No, no ha muerto! ¡Vive
aún! ¡El vendrá!". ¡Cierto! Facundo no ha muerto; está vivo en las tradiciones
populares, en la política y revoluciones argentinas; en Rosas, su heredero,
su complemento: su alma ha pasado a este otro molde, más acabado, más perfecto;
y lo que en él era sólo instinto, iniciación, tendencia, convirtióse en
Rosas en sistema, efecto y fin. La naturaleza campestre, colonial y bárbara,
cambióse en esta metamorfosis en arte, en sistema y en política regular
capaz de presentarse a la faz del mundo como el modo de ser de un pueblo
encarnado en un hombre, que ha aspirado a tomar los aires de un genio que
domina los acontecimientos, los hombres y las cosas.
Facundo, en fin, siendo lo que fue, no por un accidente de su carácter,
sino por antecedentes inevitables y ajenos de su voluntad, es el personaje
histórico más singular, más notable, que puede presentarse a la contemplación
de los hombres que comprenden que un caudillo que encabeza un gran movimiento
social no es más que el espejo en que se reflejan, en dimensiones colosales,
las creencias, las necesidades, preocupaciones y hábitos de una nación en
una época dada de su historia.
El hombre de la campaña, lejos de aspirar a semejarse al de la ciudad, rechaza
con desdén su lujo y sus modales corteses, y el vestido del ciudadano, el
frac, la silla, la capa, ningún signo europeo puede presentarse impunemente
en la campaña.
Los argentinos, de cualquier clase que sean, civilizados o ignorantes, tienen
una alta conciencia de su valer como nación; todos los demás pueblos americanos
les echan en cara esta vanidad, y se muestran ofendidos de su presunción
y arrogancia. Creo que el cargo no es del todo infundado, y no me pesa de
ello. ¡Ay del pueblo que no tiene fe en sí mismo! ¡Para ése no se han hecho
las grandes cosas!
El vencedor de la Ciudadela [Quiroga a Lamadrid en 1831] ha empujado fuera
de los confines de la República a los últimos sostenedores del sistema unitario.
Las mechas de los cañones están apagadas y las pisadas de los caballos han
dejado de turbar el silencio de la Pampa. Facundo ha vuelto a San Juan y
desbandado su ejército, no sin devolver en efectos de Tucumán, las sumas
arrancadas por la violencia a los ciudadanos. ¿Qué queda por hacer? La paz
es ahora la condición normal de la República, como lo había sido antes un
estado perpetuo de oscilación y de guerra.
Las conquistas de Quiroga habían terminado por destruir todo sentimiento
de independencia en las provincias, toda regularidad en la administración.
El nombre de Facundo llenaba el vacío de las leyes; la libertad y el espíritu
de ciudad habían dejado de existir, y los caudillos de provincias reasumídose
en uno general, para una porción de la República. Jujuy, Salta, Tucumán,
Catamarca, La Rioja, San Juan, Mendoza y San Luis reposaban, más bien que
se movían, bajo la influencia de Quiroga.
¿Cuál es el pensamiento secreto de Quiroga? ¿Qué ideas lo preocupan desde
entonces? El no es gobernador de ninguna provincia; no conserva ejército
sobre las armas; tan sólo le quedaba un nombre reconocido y temido en ocho
provincias y un armamento. A su paso por La Rioja, ha dejado escondidos
en los bosques, todos los fusiles, sables, lanzas y tercerolas que ha recolectado
en los ocho pueblos que ha recorrido; pasan de doce mil armas. Un parque
de veinte y seis piezas de artillería queda en la ciudad, con depósitos
abundantes de municiones y fornituras; diez y seis mil caballos escogidos
van a pacer en la quebrada de Huaco, que es un inmenso valle cerrado por
una estrecha garganta. La Rioja es, además de la cuna de su poder, el punto
central de las provincias que están bajo su influencia. A la menor señal,
el arsenal aquel proveerá de elementos de guerra a doce mil hombres. Y no
se crea que lo de esconder los fusiles en los bosques es una ficción poética.
Hasta el año 1841, se han estado desenterrando depósitos de fúsiles, y créese
todavía, aunque sin fundamento, que no se han exhumado todas las armas escondidas
bajo la tierra, entonces.
El interior tenía, pues, un jefe; y el derrotado de Oncativo [la victoria
del unitario José María Paz sobre Quiroga en febrero de 1830], a quien no
se habían confiado otras tropas en Buenos Aires que unos centenares de presidarios,
podía ahora mirarse como el segundo, si no el primero, en poder.
Una
poderosa expedición de que él se había nombrado jefe [Juan Manuel de Rosas
y su Campaña del desierto] , se había organizado durante el último período
de su gobierno, para asegurar y ensanchar los límites de la provincia hacia
el sur, teatro de las frecuentes incursiones de los salvajes. Debía hacerse
una batida general bajo un plan grandioso; un ejército compuesto de tres
divisiones obraría sobre un frente de cuatrocientas leguas, desde Buenos
Aires hasta Mendoza. Quiroga debía mandar las fuerzas del interior, mientras
que Rosas seguiría la costa del Atlántico con su división.
En estas transacciones se hallaba la ciudad de Buenos Aires y Rosas [el
ofrecimiento del gobierno por la Sala de Representantes tras la renuncia
de Viamonte y del doctor Maza, y el reclamo de la suma del poder público],
cuando llega la noticia de un desavenimiento entre los gobiernos de Salta,
Tucumán y Santiago del Estero, que podía hacer estallar la guerra. Cinco
años van corridos desde que los unitarios han desaparecido de la escena
política, y dos desde que los federales de la ciudad, los lomos negros,
han perdido toda influencia en el Gobierno; cuando más, tienen valor para
exigir algunas condiciones que hagan tolerable la capitulación.
Sus relaciones con López de Santa Fe son activas, y tiene además, una entrevista
en que conferencian ambos caudillos; el Gobierno de Córdoba está bajo la
influencia de López, que ha puesto, a su cabeza, a los Reinafé. Invítase
a Facundo a ir a interponer su influencia, para apagar las chispas que se
han levantado en el norte de la República; nadie sino él está llamado para
desempeñar esta misión de paz. Facundo resiste, vacila; pero se decide al
fin. El 18 de diciembre de 1835 sale de Buenos Aires, y al subir a la galera
dirige, en presencia de varios amigos, sus adioses a la ciudad. "Si salgo
bien -dice, agitando la mano-, te volveré a ver; si no, ¡adiós para siempre!"
¿Qué siniestros presentimientos vienen a asomar en aquel momento a su faz
lívida, en el ánimo de este hombre impávido? ¿No recuerda el lector algo
parecido a lo que manifestaba Napoleón al partir de las Tullerías, para
la campaña que debía terminar en Waterloo?
Apenas ha andado media jornada, encuentra un arroyo fangoso que detiene
la galera. El vecino maestre de posta acude solícito a pasarla: se ponen
nuevos caballos, se apuran todos los esfuerzos, y la galera no avanza. Quiroga
se enfurece, y hace uncir a las varas, al mismo maestro de posta. La brutalidad
y el terror vuelven a aparecer desde que se halla en el campo, en medio
de aquella naturaleza y de aquella sociedad semibárbara.
Vencido aquel primer obstáculo, la galera sigue cruzando la pampa, como
una exhalación; camina todos los días hasta las dos de la mañana, y se pone
en marcha de nuevo a las cuatro. Acompáñanle el doctor Ortiz, su secretario,
y un joven conocido, a quien a su salida encontró inhabilitado de ir adelante,
por la fractura de las ruedas de su vehículo. En cada posta a que llega,
hace preguntar inmediatamente: "¿A qué hora ha pasado un chasque de Buenos
Aires? -Hace una hora. -¡Caballos sin pérdida de momento!" -grita Quiroga.
Y la marcha continúa. Para hacer más penosa la situación, parecía que las
cataratas del cielo se habían abierto; durante tres días, la lluvia no cesa
un momento, y el camino se ha convertido en un torrente.
Al entrar en la jurisdicción de Santa Fe, la inquietud de Quiroga se aumenta,
y se torna en visible angustia, cuando en la posta de Pavón sabe que no
hay caballos y que el maestre de posta está ausente. El tiempo que pasa
antes de procurarse nuevos tiros es una agonía mortal para Facundo, que
grita a cada momento: "¡Caballos! ¡Caballos!" Sus compañeros de viaje nada
comprenden de este extraño sobresalto, asombrados de ver a este hombre,
el terror de los pueblos, asustadizo ahora y lleno de temores, al parecer,
quiméricos. Cuando la galera logra ponerse en marcha, murmura en voz baja,
como si hablara consigo mismo: "Si salgo del territorio de Santa Fe,"no
hay cuidado por lo demás". En el paso del Río Tercero, acuden los gauchos
de la vecindad a ver al famoso Quiroga, y pasan la galera, punto menos que
a hombros.
Últimamente, llega a la ciudad de Córdoba, a las nueve y media de la noche,
y una hora después del arribo del chasque de Buenos Aires, a quien ha venido
pisando desde su salida. Uno de los Reinafé acude a la posta, donde Facundo
está aún en la galera, pidiendo caballos, que no hay en aquel momento; salúdalo
con respeto y efusión; suplícale que pase la noche en la ciudad, donde el
Gobierno se prepara a hospedarlo dignamente. "¡Caballos necesito!", es la
breve respuesta que da Quiroga. "¡Caballos!", replica a cada nueva manifestación
de interés o de solicitud de parte de Renaifé, que se retira, al fin, humillado,
y Facundo parte para su destino, a las doce de la noche.
La ciudad de Córdoba, entretanto, estaba agitada por los más extraños rumores:
los amigos del joven que ha venido, por casualidad, en compañía de Quiroga,
y que se queda en Córdoba, su patria, van en tropel a visitarlo. Se admiran
de verlo vivo, y le hablan del peligro inminente de que se ha salvado. Quiroga
debía ser asesinado en tal punto; los asesinos son N. y N.; las pistolas
han sido compradas en tal almacén; han sido vistos N. y N. para encargarse
de la ejecución, y se han negado. Quiroga los ha sorprendido con la asombrosa
rapidez de su marcha, pues no bien llega el chasque que anuncia su próximo
arribo, cuando se presenta él mismo y hace abortar todos los preparativos.
Jamás se ha premeditado un atentado con más descaro; toda Córdoba está instruida
de los más mínimos detalles del crimen que el Gobierno intenta, y la muerte
de Quiroga es el asunto de todas las conversaciones.
Quiroga, en tanto, llega a su destino, arregla las diferencias entre los
gobernantes hostiles y regresa por Córdoba, a despecho de las reiteradas
instancias de los gobernadores de Santiago y Tucumán, que le ofrecen una
gruesa escolta para su custodia, aconsejándole tomar el camino de Cuyo para
regresar. ¿Qué genio vengativo cierra su corazón y sus oídos y le hace obstinarse
en volver a desafiar a sus enemigos, sin escolta, sin medios adecuados de
defensa? ¿Por qué no toma el camino de Cuyo, desentierra sus inmensos depósitos
de armas a su paso por La Rioja y arma las ocho provincias que están bajo
su influencia? Quiroga lo sabe todo: aviso tras aviso ha recibido en Santiago
del Estero; sabe el peligro de que su diligencia lo ha salvado; sabe el
nuevo y más inminente que le aguarda, porque no han desistido sus enemigos
del concebido designio. "¡A Córdoba!", grita a los postillones, al ponerse
en marcha, como si Córdoba fuese el término de su viaje.
Antes
de llegar a la posta del Ojo de Agua, un joven sale del bosque y se dirige
hacia la galera, requiriendo al postillón que se detenga. Quiroga asoma
la cabeza por la portezuela, y le pregunta lo que se le ofrece. "Quiero
hablar al doctor Ortiz". Desciende éste, y sabe lo siguiente: "En las inmediaciones
del lugar llamado Barranca Yaco está apostado Santos Pérez con una partida;
al arribo de la galera deben hacerle fuego de ambos lados y matar en seguida
de postillones arriba; nadie debe escapar; ésta es la orden". El joven,
que ha sido en otro tiempo favorecido por el doctor Ortiz, ha venido a salvarlo;
tiéne el caballo allí mismo para que monte y se escape con él; su hacienda
está inmediata. El secretario, asustado, pone en conocimiento de Facundo
lo que acaba de saber, y lo insta para que se ponga en seguridad. Facundo
interroga de nuevo al joven Sandivaras, le da las gracias por su buena acción,
pero lo tranquiliza sobre los temores que abriga. "No ha nacido todavía
-le dice en voz enérgica- el hombre que ha de matar a Facundo Quiroga. A
un grito mío, esa partida, mañana, se pondrá a mis órdenes y me servirá
de escolta hasta Córdoba. Vaya usted, amigo, sin cuidado".
Facundo, con gesto airado y palabras groseramente enérgicas, le hace entender
[al doctor Ortiz] que hay mayor peligro en contrariarlo allí, que el que
le aguarda en Barranca Yaco, y fuerza es someterse sin más réplica. Quiroga
manda a su asistente, que es un valiente negro, a que limpie algunas armas
de fuego que vienen en la galera y las cargue: a esto se reducen todas sus
precauciones.
Llega el día, por fin, y la galera se pone en camino. Acompáñale, a más
del postillón que va en el tiro, el niño aquel, dos correos que se han reunido
por casualidad y el negro, que va a caballo. Llega al punto fatal, y dos
descargas traspasan la galera por ambos lados, pero sin herir a nadie; los
soldados se echan sobre ella, con los sables desnudos, y en un momento inutilizan
los caballos y descuartizan al postillón, correos y asistente. Quiroga entonces
asoma la cabeza, y hace, por el momento, vacilar a aquella turba. Pregunta
por el comandante de la partida, le manda acercarse, y a la cuestión de
Quiroga "¿Qué significa esto?", recibe por toda contestación un balazo en
un ojo, que le deja muerto.
Entonces Santos Pérez atraviesa repetidas veces con su espada al malaventurado
secretario y manda, concluida la ejecución, tirar hacia el bosque la galera
llena de cadáveres, con los caballos hechos pedazos, y el postillón, que
con la cabeza abierta se mantiene aún a caballo. "¿Qué muchacho es éste?
-pregunta, viendo al niño de posta, único que está vivo-.
-Este es un sobrino mío -contesta el sargento de la partida-; yo respondo
de él con mi vida". Santos Pérez se acerca al sargento, le atraviesa el
corazón de un balazo, y en seguida, desmontándose, toma de un brazo al niño,
lo tiende en el suelo y lo degüella, a pesar de sus gemidos de niño que
se ve amenazado de un peligro.
Este último gemido del niño es, sin embargo, el único suplicio que martiriza
a Santos Pérez; después, huyendo de las partidas que lo persiguen, oculto
en las breñas de las rocas, o en los bosques enmarañados, el viento le trae
al oído el gemido lastimero del niño. Si a la vacilante claridad de las
estrellas se aventura a salir de su guarida, sus miradas inquietas se hunden
en la oscuridad de los árboles sombríos, para cerciorarse de que no se divisa
en ninguna parte el bultito blanquecino del niño; y cuando llega al lugar
donde hacen encrucijada dos caminos, lo arredra ver venir por el que él
deja, al niño animando su caballo. Facundo decía también que un solo remordimiento
lo aquejaba: la muerte de los veintiséis oficiales fusilados en Mendoza.
¿Quién es, mientras tanto, este Santos Pérez? Es el gaucho malo de la campaña
de Córdoba, célebre en la sierra y en la ciudad, por sus numerosas muertes,
por su arrojo extraordinario, por sus aventuras inauditas. Mientras permaneció
el general Paz en Córdoba, acaudilló las montoneras más obstinadas e intangibles
de la Sierra, y por largo tiempo, el pago de Santa Catalina fue una republiqueta,
adonde los veteranos del ejército no pudieron penetrar. Con miras más elevadas,
habría sido el digno rival de Quiroga; con sus vicios, sólo alcanzó a ser
su asesino. Era alto de talle, hermoso de cara, de color pálido y barba
negra y rizada. Largo tiempo fue después perseguido por la justicia, y nada
menos que cuatrocientos hombres andaban en su busca. Al principio, los Reinafé
lo llamaron, y en la casa de Gobierno fue recibido amigablemente. Al salir
de la entrevista, empezó a sentir una extraña descompostura de estómago,
que le sugirió la idea de consultar a un médico amigo suyo, quien informado
por él, de haber tomado una copa de licor que se le brindó, le dio un elixir
que le hizo arrojar, oportunamente, el arsénico que el licor disimulaba.
Al fin, una noche lo cogieron dentro de la ciudad de Córdoba, por una venganza
femenil. Había dado de golpes a la querida con quien dormía: ésta, sintiéndolo
profundamente dormido, se levanta con precaución, le toma las pistola y
el sable, sale a la calle y lo denuncia a una patrulla. Cuando despierta,
rodeado de fusiles apuntados a su pecho, echa mano a las pistolas, y, no
encontrándolas: "Estoy rendido -dice con serenidad-. ¡Me han quitado las
pistolas!". El día que lo entraron a Buenos Aires, una muchedumbre inmensa
se había reunido en la puerta de la casa de Gobierno.
A su vista gritaba el populacho: ¡Muera Santos Pérez!, y él, meneando desdeñosamente
la cabeza y paseando sus miradas por aquella multitud, murmuraba tan sólo
estas palabras: "¡Tuviera aquí mi cuchillo!" Al bajar del carro que lo conducía
a la cárcel, gritó repetidas veces: "¡Muera el tirano!"; y al encaminarse
al patíbulo, su talla gigantesca, como la de Dantón, dominaba la muchedumbre,
y sus miradas se fijaban, de vez en cuando, en el cadalso como en un andamio
de arquitectos.
El Gobierno de Buenos Aires dio un aparato solemne a la ejecución de los
asesinos de Juan Facundo Quiroga; la galera ensangrentada y acribillada
de balazos estuvo largo tiempo expuesta al examen del pueblo, y el retrato
de Quiroga, como la vista del patíbulo y de los ajusticiados, fueron litografiados
y distribuidos por millares, como también extractos del proceso, que se
dio a luz en un volumen en folio.
[Textos según la edición de la Serie del siglo y medio, Eudeba, Buenos Aires,
1961]
Ya en el siglo XX, otro autor, también de ideas antagónicas a las de Facundo,
escribió:
El general Quiroga va en coche al muere
El madrejón desnudo ya sin sed de agua
y una luna perdida en el frío del alba
y el campo muerto de hambre, pobre como una araña.
El coche se hamacaba rezongando la altura;
un
galerón enfático, enorme, funerario.
Cuatro tapaos con pinta de muerte en la negrura
tironeaban seis miedos y un valor desvelado.
Junto a los postillones jineteaba un moreno.
Ir en coche a la muerte ¡qué cosa más oronda!
El general Quiroga quiso entrar en la sombra
llevando seis o siete degollados de escolta.
Esa cordobesa bochinchera y ladina
(meditaba Quiroga) ¿qué ha de poder con mi alma?
Aquí estoy afianzado y metido en la vida
como la estaca pampa bien metida en la pampa.
Yo, que he sobrevivido a millares de tardes
y cuyo nombre pone retemblor en las lanzas,
no he de soltar la vida por estos pedregales.
¿Muere acaso el pampero, se mueren las espadas?
Pero al brillar el día sobre Barranca Yaco
sables a filo y punta menudearon sobre él;
muerte de mala muerte se lo llevó al riojano
y una de puñaladas lo mentó a Juan Manuel.
Ya muerto, ya de pié, ya inmortal, ya fantasma,
se presentó al infierno que Dios le había marcado,
y a sus órdenes iban, rotas y desangradas,
las ánimas en pena de hombres y de caballos.
Jorge Luis Borges, Luna de enfrente, 1925
Fuente: Alejandro Pandra, Agenda de Reflexión Nº 159
Ilustración blanco y negro: Leopoldo Durañona en El Descamisado, 1973.

Facundo,
civilización y barbarie: panfleto épico
Apuntes para una poética del racismo, el autoritarismo y la egomanía en
la Argentina.
Por Pablo Baler. University of California at Berkeley
En la novela El Farmer, Andres Rivera pone en boca de Juan Manuel de Rosas,
ya viejo y exiliado en Inglaterra, un desafío meramente retórico: "Que se
escriba qué diferencia al general Rosas del señor Sarmiento". Y en esta
sola frase puede encontrarse la clave para entender todo el Facundo y revelar
el acertijo que tan abnegadamente se plantea Sarmiento: ¿cómo explicar la
Argentina?
No es otro el objetivo con el que Sarmiento invoca a Quiroga sino el de
instarlo a que nos explique "la vida secreta y las convulsiones internas
que desgarran las entrañas de [este] noble pueblo". Un enigma que reverbera
desde el siglo XIX en la Argentina. Para alcanzar una resolución, sin embargo,
no basta con aceptar la ofrecida en la superficie del Facundo; se hace necesario
explorar aquellas estrategias literarias utilizadas por Sarmiento que puedan
ayudarnos a reconstruir una posible semántica sarmientina.
El Facundo esta vertebrado sobre
un doble sistema semántico tendiente, por un lado, a la profundización y
multiplicación de antagonismos (civilización / barbarie), y por otro a forzadas
conexiones (el frac es civilización / el colorado es barbarie). Una doble
poética de la escisión social y del anclaje de significados, respectivamente
relacionados a ese racismo y a ese autoritarismo que preside el espíritu
argentino desde sus inicios hasta la actualidad y probablemente bien entrado
el futuro.
Sarmiento produce con Facundo la ilusión de nombrar un territorio mudo,
anónimo, cuyas huellas sólo él, demiurgo letrado en un universo ilusoriamente
pre-lingüístico, puede rastrear, leer y plasmar. En medio de sus delirios
mesiánicos, Sarmiento rescata el recurso bíblico del génesis verbal del
universo y escribe la serie de artículos que publica en 1845 en el diario
chileno El Progreso con el título de Civilización y Barbarie. Vida de Juan
Facundo Quiroga. Quizá el gesto literario más radical de Sarmiento es el
de hacer desaparecer con un mismo gesto todos los ensayos barrocos, clásicos,
neoclásicos o hasta románticos con características propias que se habían
sucedido en el Río de la Plata desde la época colonial, haciéndonos creer
(con excepción quizá de alguna referencia a Esteban Echeverría) que él construye
la Argentina desde el vacío. "Poseyendo algo de lo profético y de lo utópico,"
escribió Ricardo Piglia, "[Sarmiento] produce el efecto del espejismo: en
el vacío del desierto, todo lo que uno espera ver, brilla como si fuera
real". La pregunta que se impone es: ¿cuál es el espejismo que produce Sarmiento?
Sarmiento de frac
Todo aquel que se acerca al
Facundo reconoce sobre el eje doble de la civilización y la barbarie, el
esquema exasperantemente maniqueo que lo sustenta. Algunos podrán ver en
ello una influencia de El último de los Mohicanos de Fenimore Cooper (Ricardo
Rojas, Raúl Orgaz), un producto "del choque entre el idealismo de la generación
del 37 y la realidad política; entre las primeras actuaciones del grupo
euro-argentino y el caudillaje." (Eduardo Brizuela Aybar), o se remontarán
hasta el determinismo de Montesquieu (Jaime Pellicer). No deja de ser evidente,
de todas maneras, que la escisión es la infraestructura discursiva que sostiene
este gigantesco proyecto nacional que es el Facundo. Naturalmente, el propio
Sarmiento, su ideología y su visión de mundo comparten el espacio privilegiado
de la civilizada gloria, mientras Quiroga y Rosas y todo lo que no brilla
con barniz europeo están condenados a la eterna barbarie. Basta con llegar
al final del texto para comprender que, en realidad, todo apunta hacia el
sanctosanctorum de la presentación de una plataforma política, de una propuesta
de gobierno que barrena la ola frustrada del ataque del general Paz a Rosas.
Para graficar este esquema de oposiciones, basta contrastar una muestra
del rosario infinito de analogías que se alistan en las filas paralelas
de uno u otro paradigma y que lejos de circunscribirse al espacio argentino
alcanza toda la historia y la geografía universal: Quiroga/Paz, Rosas/Rivadavia,
gaucho/doctor, poncho/frac (!), siglo XII/siglo XIX, caftán y bombachas/
pantalón y corbata, montonera/ejército, Mahometanos/Grecia, beduinos, tártaros,
tribus árabes, Marruecos, Túnez, Argel, etc./ Francia e Inglaterra... y
así de seguido en un juego de espejos enfrentados que se autoreflejan hasta
el infinito y cuyo inevitable contacto, el origen de la tragedia argentina,
queda ilustrado por ese emblemático momento en que Juan Manuel de Rosas
"clava en la culta Buenos Aires el cuchillo del gaucho".
Cuando Sarmiento quiere "conocer a fondo los hechos sobre que fundo mi teorías"
en cuanto el estado de La Rioja, incluye una pregunta que revela, en su
capciosa ingenuidad, todo su sistema: "¿Cuántos hombres visten de frac?".
Según Sarmiento, La Rioja perdió el tren de la civilización porque ya no
hay hombres que vistan frac; Mendoza, por el contrario, era "un pueblo eminentemente
civilizado" porque "formóse una maestranza, en la que se construían espadas,
sables, corazas, lanzas, bayonetas y fusiles". El poncho es barbarie, la
violencia organizada es civilización.
Este esquema dual ya complejo, como se ve, desde su concepción; tiene, sin
embargo, conexiones subterráneas que lo complican aún más y desde donde
se proyecta la verdadera fuerza literaria de la obra de Sarmiento. Facundo
Quiroga, "el hombre bestia", es también "el hombre grande, el hombre genio",
equiparable al propio "César, el Tamerlán, el Mahoma"; mientras que "si
levantáis un poco las solapas del frac con que el argentino se disfraza,
hallaréis siempre el gaucho más o menos civilizado". Hay, en fin, una anfibología
que transita el fondo de esta novela donde la oposición y el oxímoron son
intercambiados con imperturbable indiferencia: "Facundo, genio bárbaro";
Rosas: "un poeta, un Platón".
Sarmiento gaucho malo
Por otro lado, en concordancia con este flagrante dualismo que invade todos
los niveles del Facundo (más allá de flujos y reflujos internos), encontramos
un impulso inverso a nivel lingüístico que intenta reforzar conexiones arbitrarias
al punto de impedir todo desplazamiento. La novela está plagada de figuras
retóricas que se proponen intensificar esta ilusión: El propio Rosas "no
es un hecho aislado, una aberración, una monstruosidad" (Saussure diría:
no es arbitrario) "Es, por el contrario (…) una fórmula de una manera de
ser de un pueblo". "El terreno, el paisaje, el teatro sobre que va a representarse
la escena", ya revela al personaje "sin comentarios ni explicaciones". Sarmiento
refuerza muy a su favor esta conexión inamovible entre la materia y la idea,
entre lo palpable y lo inteligible.
Entre la materia (espacio territorial) y el espíritu de un pueblo (historia,
política, etc), hay una conexión íntima y profunda que Sarmiento va a intentar
revelar. Mas allá de las pampas aún no alambradas, las extensiones sin límites,
los ríos no navegados; hay una indefinición aún más radical y problemática
que la topográfica. Respetando la lógica de la tierra, Sarmiento intenta
abarcar con Facundo una geografía más vasta que la del espacio. Todas las
actividades referidas a la tierra virgen: arar, surcar, labrar, sembrar;
se pueden entender aquí como metáforas del proyecto literario/político de
Sarmiento consistente en producir la ilusión que la Argentina de mediados
del siglo XIX constituye un espacio aún no "gramaticalizado", cuya representación
discursiva se le ha dado concebir a él de manera exclusiva. La pampa, escribe,
"es la imagen del mar en la tierra (...) la tierra aguardando todavía que
se le mande producir plantas y toda clase de simiente." Hay que admitir
que Sarmiento ha logrado proyectar el género de la propaganda política hacia
el universo poético; y quizá allí radique gran parte de su originalidad.
Facundo es una novela de especulación, de conceptualización de un espacio
aparentemente vació pero lleno de "huellas" que la palabra puede alcanzar
no sólo a descifrar, sino también a moldear. De esta manera, el yo narrativo
desproporcionado que desborda en esta obra literaria/panfleto político no
es un hecho aislado; pues el protagonista principal de Facundo no es el
héroe epónimo sino el propio autor. Es Sarmiento el Rastreador de huellas,
el Baquiano, el Gaucho malo, el Payador de esa otra extensión que él mismo
define como "inteligencia" en contraste con el plano material.
Facundo podría verse así, como una obra épica; pero no sólo en términos
de esa épica nacional que remite al romanticismo europeo; sino más interesante
aún como un texto épico que recorre, a vuelo de pájaro, este campo de batalla
secreto que conecta lo material con lo discursivo. Es revelador que esta
obra fundacional de la literatura argentina se presente como una épica cuya
mayor violencia se expresa no sólo en el choque de armas o el tropel de
caballerías (Tala, Rincón, La Tablada, Oncativo, Chacón, Ciudadela, etc.),
sino sobre todo, en el terreno de las lucubraciones filosóficas. Argentina
también tendría, de esta manera, su texto épico, con características que
no le serían extrañas al temperamento especulativo de gran parte de su producción
posterior, de Macedonio Fernández a J.J. Saer por el camino de Borges.
Civilización es Barbarie
Facundo es el resultado de un intento por demarcar la llanura inmensa de
una historia que es enigma, y para eso recurre Sarmiento a estos dos gestos
retóricos que parecerían contradictorios: por un lado, una construcción
de simetrías irreconciliables; y por el otro, un enlace irreversible, una
concepción lingüística que tiende a anclar los polos del signo (huella de
la realidad/significado) en una presentación incontestable.
Desde esta perspectiva, se nos ofrece como un hecho elocuente el que Sarmiento
haya finalmente develado el enigma de la Argentina no tanto gracias a ese
intento casi científico por entender la relación entre civilización y barbarie
sino justamente, y de manera más insospechada, por el racismo y autoritarismo
que su propio discurso destila. Es revelador que los dos gestos retóricos
a que recurre Sarmiento (la división y el nudo), remitan respectivamente
a los dos polos que sustentan el temperamento racista (violencia por escisión)
y autoritario (violencia por fijación) de la obra. Es allí finalmente, en
el temperamento, donde se encuentra la idiosincrasia argentina, donde se
resuelve el enigma que ingenuamente plantea el Facundo. Diría aún más, el
inconfesado proyecto de Sarmiento (inconfesado a sí mismo), parece ser el
de dar forma poética a ese inveterado racismo y autoritarismo de que se
fue haciendo la Argentina y cuya patogenia, él mismo especula, viene de
España: "¡Mirad que sois españoles y la Inquisición educó así a la España!
Esta enfermedad la traemos en la sangre. ¡Cuidado pues!".
Pero la enfermedad que desde España traemos en la sangre, la fobia hacia
el otro y la violencia con que se expresa, tiene en Argentina un matiz particular;
pues no se trata de un miedo, una repulsión hacia el otro como probablemente
era el caso durante la Inquisición, sino más singularmente un miedo, una
repulsión a ser confundido con el otro. ¿Qué diferencia a Rosas de Sarmiento?
Uno se tienta en contestar la pregunta retórica formulada en El Farmer,
desdeñando toda diferencia; porque en Argentina civilización es barbarie
y esa es la tragedia velada que narra la épica (bioépica, autobioépica)
fundacional del Facundo.
Aprovechando una comunicación de un funcionario de Rosas que definía la
cinta colorada como "un signo que su gobierno ha mandado llevar a sus empleados
en señal de conciliación y de paz", Sarmiento ironiza "Las palabras Mueran
los salvajes, asquerosos, inmundos unitarios, son por cierto muy conciliadoras.".
¿Se le habrá pasado por alto a Sarmiento la naturaleza hostil, caprichosa
e inflexible de su propia escritura? Juan Manuel de Rosas hace el mal sin
pasión: "calcula en la quietud de su gabinete, y desde allí salen las órdenes
a sus sicarios" (escribe Sarmiento). Sarmiento, por su parte, "escribió
desde el silencio de un escritorio: 'Derrame sangre de gauchos, que es barata'"
(citado por Rivera en El Farmer). Tanto en Rosas como en Sarmiento hay una
violencia sistemática y en ambos parecen estar ellas coreografiadas como
actos literarios. De hecho, como dice David Viñas: "El estilo de Sarmiento
adquirirá definición política a través de una eficiente centralización del
poder; él acompaña este progreso con sistemáticos llamados a la guerra a
muerte contra los paraguayos, los Indios, y las montoneras entre 1863 y
1879".
No se trataría como propone Ricardo Piglia que Facundo, Civilización y Barbarie
esté escrito en el borde entre la conjunción y la disyunción, donde la aproximación
política nos haría ver "civilización Y barbarie" cuando en realidad se propone
"civilización O barbarie". El soslayado mensaje del Facundo se cifra en
el oxímoron "civilización ES barbarie". No se trata siquiera de una figura
retórica sino de una realidad: ni la conjunción ni la disyunción sino la
compenetración ontológica de dos dimensiones que se pretenden irreconciliables:
ese es el enigma aún no resuelto de la Argentina, y esa es la razón por
la cual el Facundo gana en dimensión literaria con el tiempo; pues su fuerza
poética reside justamente en las conexiones secretas que Sarmiento enlaza
entre ambos paradigmas más allá de todo antagonismo.
Ilustración: Gabriel Keppl
Fuente texto: www.everba.org
|
|

Sarmiento:
"La novela del prócer de cartón"
Por Guillermo Mircovich
Sarmiento era hijo de Doña Paula Albarracín y del peculiar José Clemente
Quiroga Sarmiento, el que luego usará solamente el último apellido, muy
posiblemente no era un hombre de andar mintiendo, porque el mismo Sarmiento
en “Recuerdos de Provincia”, hace referencia a los dichos de su padre “...
la familia de los Sarmiento tiene en San Juan una no disputada reputación
que han heredado de sus padres a hijos, dírelo con mucha mortificación mía,
de embusteros. Nadie les ha negado esta cualidad y yo les he visto dar tan
relevantes pruebas de esta innata y adorable disposición, que no queda duda
de que es alguna cualidad de Familia”.
Muy interesante apreciación del tutor de la familia, que se nos hará dudoso
en el tiempo pensar, si es realmente el prócer que dicen ser y si Sarmiento
cambiase su forma de, a pesar de lo escribía su propio padre
Dice de Paoli, en su libro, “Domingo Faustino, sí, él ha sido embustero,
como ya lo veremos. Y es que mentiroso es, quien sostiene algo que no es
exacto, pero sin intención dañosa; mientras que el embustero usa artificio
en su embuste y tiene intención dañina”.
2 - UNA DOCENCIA CON MUCHAS DUDAS
La historia nos explica que concurrió a la escuela desde 1816 y sale en
1824, con trece años de edad, y su asistencia era perfecta, pero en 1820
es llevado a Córdoba, y anotado en el Colegio de Montserrat, Sarmiento dice
que “... regresé muy luego, por enfermedades que me atacaron”, pero resulta
que en el Catálogo de Alumnos del Colegio Montserrat , publicado por el
historiador R. P. Ignacio Greñón, el nombre del niño Sarmiento no figura
como inscripto en ese colegio y tampoco en otro importante de la zona.
El meticuloso Sarmiento se jacta de fundar en San Francisco del Monte una
escuela de primeras letras y es curioso el tema ya que contaba solamente
con quince años y al frente de esa localidad estaba el cura José de Oro,
que era justamente el que le enseña latín, gramática, etc. a él mismo, esto
contado por Sarmiento, es decir, muy presuntamente se quedó con la obra
del fraile.
Siendo Presidente, funda una gran escuela en La Rioja, y por decreto nombra
a todos los responsables de las áreas, la escuela funcionaba desde hace
rato y las autoridades eran las mismas que estaban, en 1866 le dice a Mann,
“en todos estos años solamente pude fundar dos escuelas”
Hablando de su niñez en Recuerdo de Provincia, dice, ”... era yo unitario”,
no debemos olvidar que salió de la escuela en 1824 y que en 1827, tenía
dieciséis años justamente cuando el unitario Rivadavia siembra una actuación
fraudulenta en el Congreso Constituyente de ese entonces en Buenos Aires,
y Sarmiento ya tomaba parte de lo que sería la historia negra de Buenos
Aires, la fama de embustero la ha de dejar bien sentada, no solamente en
San Juan, sino en lugar que pise por su larguísima actuación política y
de escritor lo ha de acreditar con creces.
3 - LAS MENTIRAS DE PATAS CORTAS
Con motivo de unas escaramuzas en Pilar, Sarmiento con el grado de teniente
unitario, cuenta con verborragia de novela todo lo que ha sucedido con su
ser, su espectacular fuga entre las filas enemigas, la súplica de Laprida
para sacarlo de tan embarazosa situación, hasta había que pasar sobre el
cadáver de un comandante para llegar al joven Sarmiento, historia develada
por Jorge A. Calle, testigo y actor de esos mismos hechos, que cuenta que
Sarmiento huye del combate, y en su huida lo toma prisionero un negro de
San Juan y lo entrega a un oficial.
Así, más o menos finaliza la joven vida de Sarmiento en su adolescencia,
en 1936, vuelve a San Juan “... Comiéndome privaciones llegué por la amistad
de mis parientes a colocarme entre jóvenes que descollaban en San Juan”,
anoten la expresión “llegué por amistad”, no hay mucha diferencia al día
de hoy.
4 - EL PERIODISMO DIFAMADOR
Una de las manifestaciones más elocuentes en aulas escolares escuchadas
por los docentes, es la creación del diario “El Zonda”, de San Juan, con
el cual Sarmiento aparece como un periodista de suma fama que a través del
periódico informó al pueblo de los sucesos acaecidos en Buenos Aires, cuando
la verdad es que el Zonda apareció el 20 de julio de 1839 y desapareció
el 12 de agosto del mismo año, es decir que estuvo en la calle solamente
24 días con 25 ejemplares por tirada.
Pero si su historia periodística es folletinesca, más aun lo es, su cuento
“... estando preso y engrillado en un calabozo inmundo, lleno de ratas,
un grupo de unas seis niñas, alumnas del Colegio del que es director, lo
visitan”. Y “... a la luz de una vela de sebo, porque es el anochecer, colocada
sobre los adobes, recitan sus lecciones de geografía, de francés, de aritmética
y de gramática y mostraban los ensayos de dibujos de dos semanas”, lo cuenta
en “Recuerdos de Provincia”. Hagamos la situación de la escena, de noche,
entremedio de ratas, engrillado y por lo menos debe haber otros presos,
las “mamitas” dejan ir a sus “pobres hijitas” a ver a su maestro a la cárcel
para recitarle sus deberes, pues creemos que Sarmiento se adelantó a la
época y descolocó a Alberto Migre, Abel Santa Cruz, y hasta la mismísima
editorial Corin Tellado.
5 - UN POLITICO CON FINES EQUIVOCADOS
Sarmiento se va a Chile, desde allí comienza su obra contra el “dictador
Rosas”, trabajando justamente para el “dictador Portales”, ¿comodidad? ¿Desahogo?
¿Interés?, vaya a saber que, pero él, el gran defensor de la libertad, emancipación,
autonomía, escribe en un ataque de furia desplegando quizás su pensamiento
oculto sobre los gobiernos que él pretende “... es preciso emplear el terror
para vencer en la guerra. Debe darse muerte a todos los prisioneros y los
enemigos. Debe manifestarse un brazo de hierro y no tener consideración...
“, si según él, Rosas era eso justamente lo que hacía, Sarmiento, ¿En contra
de que estaba?, y para terminar con la historia del ilustre luchador de
la “libertad”, el 14 de noviembre de 1841, escribe “... nosotros pensamos
que en los países sudamericanos la palabra libertad importa sainete ridículo,
melodrama horrible y larguísima comedia que no manifiesta tener fin”, esto
es, el pensamiento del gran luchador de las libertades individuales.
Ya en 1942, el gran maestro asocia a su pensamiento liberal-golpista, el
de la traición a la patria, en el diario “El Progreso” de chile, publica
, “...seamos francos, esta invasión es útil a la civilización y al progreso”,
Inglaterra había invadido las Islas Malvinas, este es el prócer de lata,
encumbrado por la docencia que no es capaz de informar debidamente a los
alumnos argentinos, y no le echemos culpa a la educación porque nadie está
obligado a no contar lo que sabe y además está escrito ¡¡ y por el mismo
Sarmiento !!, pero su triste designo sigue con el estrecho de Magallanes,
aconseja al General chileno Bulnes “...mandar al estrecho algunas compañías
de soldados y los víveres necesarios para su mantenimiento”, los chilenos
toman Magallanes y dictan un bando tomando posesión en nombre del gobierno
chileno ¿ si el Estrecho de Magallanes era chileno para que labren un acta
de posesión ?, es decir, sabían que el estrecho no era chileno.
Como no quería volver a Buenos Aires porque gobernaba Rosas, se dedica a
realizar campaña desde Chile, el 11 de enero pública “...los argentinos
residentes en Chile pierden desde hoy su nacionalidad. Los que no se resignen
a volver a la Argentina deben considerarse chilenos desde ahora. Chile puede
ser en adelante nuestra patria querida. Debemos vivir totalmente para Chile
y en esta nueva afección deben ahogarse las antiguas afecciones nacionales”,
palabras que repetiría el 15 de abril de 1884, representando al gobierno
argentino en forma oficial.
No son casualidades los pensamientos de Sarmiento, el Estrecho de Magallanes
es chileno, insinúa tratar el asunto de la Patagonia, la posesión de San
Juan y Mendoza, todos estos territorios para Chile. Está de acuerdo con
la logia de Montevideo e Inglaterra por el cual Corrientes y Entre Ríos
pasen a ser territorios de la Banda Oriental, que Misiones pasara a Brasil,
Jujuy y Salta a Bolivia y hasta habla en “La Crónica” de “...los Andes chilenos”,
y escribe en ese mismo diario el 11 de noviembre de 1849 “...es preciso
reconcentrar sus fuerzas en poco espacio para tener poder, es preciso aumentar
la población para ser fuerte y entonces imponerle la ley a los vencidos”.
Dice Arturo Jauretche “---y esta imagen de Sarmiento imponiendo la ley a
los vencidos, a los países cuya separación promoviera, como se concilia
con el Sarmiento que nos han vendido”. En ese momento Rosas, según Ricardo
Rojas , decía”...es preciso conquistar Tarija, Magallanes, Montevideo y
Paraguay, esta es la diferencia que siempre marcamos, los unitarios pensando
en su negocio comercial en una patria chica, y los Federales pensando en
una Patria Grande donde el hombre americano goce de las libertades individuales.
Recomendamos leer “En Ejército y Política, la Patria Grande y la Patria
Chica”
6
- UNA CONFUSION DE IDEAS
Su odio a España, lo representa admirando a Francia o a Inglaterra, pues
más adelante hablará de la “... gran Albión”, las frases de Sarmiento sobre
España lo dicen todo”...tengo que luchar con la raza española, tan incapaz
de comprender el gobierno libre, crearlo y sostenerlo, aquí como en España
(...) España, condenó a la barbarie a los descendientes de europeos en América
(...) el castellano es barrera infranqueable para la transmisión de las
luces (...) no ha habido en España un hombre que piense (...) España no
ha tenido un solo escritor de nota, ningún filósofo, ningún sabio, no posee
un escritor que pueda educarnos, ni tiene libros que nos sean útiles”. Sarmiento
dice cosas que rayan la locura, ataca a España por sus letras y sus costumbres
culturales ignorando que en ese momento tenía 1800 años más que nosotros,
por lo tanto su conocimiento sobre ese país era totalmente nulo, sorprendente
en un hombre que acá en Argentina es denominado “ el maestro de las aulas”,
pero lo peor en Sarmiento es no entender la lucha comenzada por San Martín
y seguida por Rosas, es decir, confundió la lucha de la Independencia y
la Soberanía Nacional con la impresión de un libro escrito por españoles,
¿no sabía Sarmiento que ya existían Calderón de la Barca, Tirso de Molina,
Miguel de Cervantes, Santa Teresa de Ávila, los pintores Murillo, Velázquez,
Goya y pensadores como Jovellanos, Feijoo, Vitoria ?, este hombre, es al
que hoy lo recordamos en el día del maestro.
7 - COMIENZA A CONFUNDIR SU VIDA COMO ESCRITOR
Se hace evidente que Sarmiento va perdiendo su posición política, se afianza
un nuevo gobierno en Chile, Rosas maneja la Confederación en Argentina,
y él sigue autoexiliado en Chile, es entonces que se le presenta la oportunidad
de su vida, muere el General Félix Frías Aldao, “ el Fraile Aldao”, combativo
y sobresaliente figura de la época, y Sarmiento comienza a escribir la “
Vida de Aldao”, dice Pedro de Paoli en la hoja 75 de Sarmiento y el Desarrollo
Nacional “...todo lo tergiversa Sarmiento en esta biografía: Las supuestas
borracheras, la crueldad, el despotismo. Llega hasta hacer una verdadera
novela con la asistencia médica que tiene Aldao en el proceso de su enfermedad
y muerte. Lástima de pluma y de imaginación tan dominados por el espíritu
de la mentira y el ensañamiento”. No debemos olvidar que decía que España
no tenía escritores y que no podía enseñar nada.
Así todo, comienza a publicar en un diario chileno, la vida de Juan Facundo
Quiroga, Caudillo Federal Argentino, hombre de ideas de libertad y religión,
debemos recordar que el estandarte de lucha del General Quiroga era “ RELIGIÓN
O MUERTE” , Sarmiento lo enfoca desde su escritorio cómodamente sentado
luchando por la libertad ¿ de quien ?, su publicación la denomina “ civilización
y barbarie “, que luego cobraría inusitado interés por parte de los unitarios,
y hoy es considerada una obra de extraordinario valor cultural, notablemente,
los escritos de Sarmiento a pesar de ser mentirosos, aberrantes en sus apreciaciones,
incoherentes referentes a la cultura argentina y todo lo que proceda del
campo, aun hoy sus obras son consideradas leíbles, es muy común que un chico
de escuela solicite por pedido de su docente “ Recuerdos de Provincia” o
“ Facundo”, como si en esos libros encontrarán los objetivos nacionales
que necesita un país para encontrar su verdadera identidad.
Un dato por más elocuente de las fantasías de Sarmiento, es que comienza
su “ Facundo “, a solo diez años de la muerte del caudillo, cual es la información
que posee para hacer la biografía de “...este bárbaro hombre que pobló nuestro
suelo”, es muy posible que haya consultado amigos, pues por escritos no
se pudo asesorar ya que estaba en Chile, se hace entonces más entendible
“ la consulta con amigos”, que por supuesto eran unitarios y no amigos precisamente
de Facundo Quiroga
Su comparación es tan irreal, como despreciable, porque habla de su raza,
de su país, de sus antecesores, pero a él, nada le importa, escribe “...
puede ser muy injusto exterminar salvajes, sofocar civilizaciones nacientes,
conquistar pueblos que están en posesión de un terreno privilegiado (...)
Caupolicán, Colocolo y Lautaro no son más que unos indios asquerosos, a
quienes habríamos hecho colgar ahora, si aparecieran ahora en una guerra
de los araucanos contra Chile”. El maestro de maestros le escribe a Mitre
el 20 de septiembre de 1861 “...no trate de economizar sangre de gauchos.
Este es un abono que es preciso hacer útil al país, la sangre de esta chusma
criolla, incivil, bárbara y ruda, es lo único que tienen de seres humanos”.
De Paoli dice en hoja 79, en su libro, “... con tales ideas sobre habitantes
y los problemas de la República Argentina, era lógico que titulara, como
lo hizo, a su folletín: “Civilización y Barbarie”. La premisa era falsa,
y falsas tenían que ser las conclusiones a que llegara (...) gobierna la
campaña, la gente de frac piensa en los europeos; los ingleses y los franceses;
aman la cultura, el progreso, las bellas artes y las ciencias. Esos eran
Rivadavia, del Carril, Varela, Rivera Indarte, Echeverría. Esos eran el
partido unitario, el partido de las luces; mientras que Rosas y Quiroga,
que son la barbarie, la campaña, son el partido federal, el partido del
atraso; el resabio de España. Así va desarrollando su pensamiento Sarmiento.
8 - EL MUNDO CAMBIA PARA MAL DE SARMIENTO
Es tan calamitoso lo de Sarmiento, que ignora que en el mundo se han sucedido
episodios que han cambiado en muchas de sus formas, las vidas, las culturas,
las políticas: Ha comenzado la lucha de clases, las revoluciones sociales,
la igualdad de condiciones ante las injusticias a la clase obrera, aparece
Henales, Rousseau, Engels, con su manifiesto comunista, Carlos Marx, con
el marxismo, ¿En donde vive Sarmiento?, seguramente dentro de una botella,
lógicamente con corcho.
En 1848, Engels denunciaba la economía capitalista y la situación de la
clase obrera y al estado burgués, Blanc predica en el mismo año a favor
de los derechos obreros, Owen (1771-1858), dueño de un establecimiento fabril,
trabaja sobre la organización obrera, Fourier
(1772-1835) había publicado el “ Tratado de asociación doméstica agrícola”,
Saint-Simón (1760-1825), realizo una gran labor a favor de las nuevas ideas
sociales, mientras Sarmiento el 20 de septiembre de 1861 le escribe a Mitre
“...tengo odio a la barbarie popular...la chusma y el pueblo gaucho nos
es hostil ”, ya había escrito en 1841 “...es un bien de la oligarquía chilena,
formada por la clase pudiente e ilustrada”.
Si Sarmiento es escritor instruido, si gusta de los adelantos sucedidos
en la Europa, si aboga por las costumbres europeas, como puede ser que ignore
lo que sucede en el mundo de esa época, hipocresía, simulador, impostor,
falsedad, solo la mente distorsionada de Sarmiento puede concebir semejante
posición política, porque se hace muy elocuente que en el mundo las ideas
sociales ya estaban cambiando la forma de vida y el seguía con su hostilidad
al gaucho, que al fin y al cabo, él, y solo él, le debía enseñar nuevas
costumbres, ya que él, era el gran maestro.
“...que servicio prestan a la patria las huérfanas, hijas de padres viciosos
o extraviados, ¿Por qué ha de gastar el estado su dinero en alimentar a
nadie? Son dineros mal gastados los destinados a colegios de huérfanos,
si los pobres se han de morir que se mueran, que importa que el estado deje
morir al que no puede vivir a causa de sus defectos”, discurso de Sarmiento
en el Senado de la Nación el 13 de septiembre de 1859.
El ocultamiento del verdadero Sarmiento lo podemos leer en la “Historia
Argentina” de José C. Ibáñez, el cual de la página 211 hasta la 214, no
dice absolutamente nada sobre lo escrito en estas páginas, como si esto
no hubiese sucedido, pero debe ser casi seguro, que si analizamos lo escrito
sobre otros presidentes, figuras o próceres, seguramente encontraremos que
esa historia tiene decididamente inclinaciones políticas que no reflejan
un sentido Nacional y Popular.
Los escritos de Sarmiento sobre Facundo Quiroga, la campaña y el gaucho,
tienen tal rechazo, que Valentín Alsina, Florencio Varela, Juan Bautista
Alberdi, entre otros, profesos declarados unitarios, manifiestan que es
inexacto todo como lo describe Sarmiento.
Esta política de desmerecimiento encarada por Sarmiento, cuesta entender
como un fin político, en ese momento, pero tengamos en cuenta que años después
Sarmiento sería nombrado Presidente de la Nación, se puede concebir en una
mente humana, que el pensamiento de este hombre haya sido el que dirigió
los destinos del país entre 1868 y 1874, pensemos en los avatares que estamos
viviendo en la vida moderna por las ideas que impuso Sarmiento hace 150
años atrás y que todavía siguen rondando en las mentes de algunos argentinos.
Lo escrito por Sarmiento en el Facundo toma interés inusitado para la oligarquía
liberal y masónica que gobierna el país. El Facundo se convierte en un instrumento
de propaganda política e ideológica al necesitar esa oligarquía aniquilar
todo vestigio de tradición católica, hispánica y criolla. Hay que transformar
este país, comenzando por transformar la conciencia de sus habitantes, cambiar
sus mentes, borrar de su memoria la verdad del pasado argentino, sobre todo
la grandeza moral del gaucho y la libertad y el bienestar de que gozaba.
Solamente al iniciarse el siglo XX, se edita el Martín Fierro, la antítesis
del Facundo, ahí se reivindica al gaucho y se cuenta sus penurias.
Sarmiento nunca llegó a comprenderlos.
9 - COMIENZA A DIVAGAR SOBRE GOBERNABILIDAD
Sarmiento comienza a posesionarse pensando en la caída de Rosas, y fluyen
sus ideales de lo que debe ser una nación escribiendo un “Proyecto de Reorganización
de la República”, en una de sus partes especifica “...quien no reconozca
el gobierno del General Paz, debe ser ahorcado”, escribe “...un gobierno
despótico, tirano y sanguinario”. El gobierno de Chile comienza a dudar
de las facultades mentales de Sarmiento y le inventan un viaje a Europa
con el fin de estudiar el sistema educativo europeo.
En Europa lo que menos visita son los ministerios de educación, a el le
importa solamente la caída de Rosas, está obsesionado con esa idea, se acerca
a políticos como Thiers y Guizot, pero resulta que son Rosistas a pesar
de estar a miles de kilómetros de Buenos Aires, por intermedio del General
Las Heras consigue entrevistar al General san Martín que ya se encuentra
viviendo en Grand Bourg, cuando comienza a hablar mal de Rosas, San Martín
lo recrimina y sostiene el pensamiento del restaurador sobre su patriotismo.
Nuevamente su pensamiento de gobernabilidad sufre un duro revés y justamente
con San Martín.
10 – EL PACTO PARA QUE SARMIENTO SEA PRESIDENTE
El sistema político que comienza a imperar en Buenos Aires le es muy conocido
a Sarmiento, pues ya estuvo en todos los pensamientos sediciosos de los
unitarios, no desconoce como se mueven entre las sombras las fuerzas políticas,
las financieras, el ejército, la marina, ya tiene en claro como llegar a
lo más alto del poder.
Sarmiento se fue al Partido Conservador, porque el Partido Liberal ofrecía
abrir un camino hacía las ideas populares, y él, de ninguna forma aceptaría
ese tipo de ideas, y lo escribirá en sus memorias “...las huelgas son invenciones
de los ociosos que buscan motivos de alarma. El socialismo las usa como
instrumento de perturbación... ”, Es decir, nunca se dignó a pensar que
tras un conflicto laboral, había una necesidad pendiente.
El único hombre que se le oponía en el mismo partido era Adolfo Alsina el
cual era él mas querido de todos los candidatos. Pero la oligarquía no le
tiene confianza, y los intereses solamente se los defenderá Sarmiento, el
12 de junio de 1868 es elegido presidente. En Buenos Aires no contó con
un solo elector, el pueblo no votaba libremente. Y en esta elección la violencia
a favor de Sarmiento fue tan brutal que Mitre tuvo que destruir al General
Arredondo por sus excesos armados a favor de Sarmiento. Para ser gobernador
de San Juan fue necesario degollar al Chacho, para ser presidente, fueron
necesarios los sables del General Arredondo.
Llega a presidente, pero contrariamente a lo que se conoce, no es el gran
maestro que lleva adelante la educación, en España, país odiado por Sarmiento
conoce a Torres, el cual será el técnico del ministerio de Educación durante
la presidencia de Sarmiento, Fue Torres el de las iniciativas en las escuelas
normales y colegios nacionales. Este gran aporte a la enseñanza en la presidencia
de Sarmiento se debe, pues, a esa España educacional, que tanto denigrara
Sarmiento. Es Torres el que restablece la disciplina del colegio Nacional
de Buenos Aires; que ocupa con gran eficacia la Inspección de Colegios Nacionales
de la Nación; inculca las nociones y los métodos de Montesino y Pestalozzi
en nuestro país, hombres que Sarmiento en su viaje a España no los consideró
importantes para la enseñanza. Sarmiento era el presidente.
No ha de extrañar estos altos y bajos en los pensamientos de Sarmiento,
porque él, está alejado de esa figurita escolar a la cual estamos ligados
docentemente, porque él mismo será la contradicción de sus pensamientos,
y a pesar de tomar parte de una Constitución a la norteamericana, a pesar
de su disgusto, la gobernabilidad de el pasa por su propia constitución.
Siendo gobernador de San Juan arrasa Entre Ríos, siendo presidente persigue
a López Jordán hasta los cantones de la frontera, pone precio a las cabezas
de los jefes jordanistas y persigue a José Hernández, el autor del Martín
Fierro, cosa para el lógica, pues Hernández era opositor a sus ideas.
Ya tiene el poder que necesitaba, era presidente, y amuebla parte de su
despacho con los muebles que el ejército brasileño ha saqueado en la residencia
de Madame Linch, de Asunción, y que se venden en subasta pública en Buenos
Aires. Son muebles robados.
Le niega el subsidio al Ferrocarril del Oeste, una iniciativa argentina
y le brinda el apoyo al Ferrocarril Pacífico que es inglés, la gran iniciativa
argentina en ferrocarriles, fundada por argentinos, dirigido por argentinos
y con capitales argentinos, era la demostración inexcusable de la falsedad
de la tesis de Sarmiento de que los argentinos éramos incapaces de dirigir
el progreso del país. La competencia ferroviaria cesa, y los ingleses quedan
dueños exclusivos del tráfico ferroviario.
Ante el monumento de Belgrano, siendo presidente, en uno de sus párrafos
expresa,”...la poderosa Albión, la enérgica raza inglesa, cuya misión es
someter al mundo bárbaro del Asia, África, y nuevos continentes e islas”.
Entre esos nuevos continentes, lógicamente, está América del Sur, nuestro
país.
Lo escrito en este informe no se encuentra en los libros escolares, ellos
están automatizados en contar una historia que ocultan las verdades que
harían cambiar de pensamiento a quienes la lean.
Por eso, se hace necesario desenmascarar las identidades que encubren estas
falsedades, lo peor que le puede pasar a la Patria y a su Pueblo que oscuros
intereses desinformen con propósitos inconfesables, pero que mayormente
están dirigidos a perder la Identidad Nacional, decía San Martín “...seamos
libres, después no importa nada”, y esta es la libertad que nos quieren
quitar, el del Pensamiento Nacional, fuera de las figuras de cartón que
enseñan en las escuelas, por definiciones políticas, San Martín, nunca estaría
al lado de Rivadavia y de Sarmiento, no, por lo que contemos nosotros, sino,
por lo que escribió San Martín de ellos, por eso nos atrevemos a contar
una historia por la cual lucharemos toda la vida: por la Independencia,
por la Soberanía Nacional, por la Justicia Social y por la Patria Grande
.
Bibliografía consultada
Pedro de Paoli, Sarmiento y el Desarrollo Nacional.
Juan A. Bustinza/Gabriel A. Ribas, Las Edades Moderna y Contemporánea
José C. Ibáñez, Síntesis de Historia Argentina
Mariano de Vedia y Mitre, Páginas inéditas de Sarmiento, año 1931
Arturo Jautetche, Manual de Zonceras Argentinas
Adolfo Saldías, Un Siglo de Instituciones.
Raúl Scalabrini Ortiz, La Historia de los Ferrocarriles Argentinos
Fuente: www.peronvencealtiempo.com.ar

Gloria
y loor al gran cipayo argentino
Algunos dichos del ilustre sanjuanino
SOBRE LA PATRIA: "Los argentinos residentes en Chile pierden desde hoy su
nacionalidad. Chile es nuestra Patria querida. Para Chile debemos vivir.
En esta nueva afección deben ahogarse todas las antiguas afecciones nacionales"
(El Progreso, 11/10/1843). "Fui chileno, señores, os consta a todos" (5/4/1884).
SOBRE LA PATAGONIA AUSTRAL: "He contribuido con mis escritos aconsejando
con tesón al gobierno chileno a dar aquel paso... El gobierno argentino,
engañado por una falsa gloria, provoca una cuestión ociosa que no merece
cambiar dos notas, Para Buenos Aires tal posesión es inútil. Magallanes
pertenece a Chile y quizá toda la Patagonia... No se me ocurre después de
mis demostraciones, como se atreve el gobierno de Buenos Aires a sostener
ni mentar siquiera sus derechos. Ni sombra ni pretexto de controversia les
queda". (El Progreso 11 al 28 de Nov. 1842 y La Crónica 11/3 y 4/8/1849).
"Es una guerra desértica, frígida e inútil. No vale la pena gastar un barril
de pólvora en su defensa. ¿Por qué obstinarse en llevar adelante una ocupación
nominal?" (1868; 30/5/1881 y El Nacional, 19/7/1878)
SOBRE LA MARINA NACIONAL: "El día que Buenos Aires vendió su Escuadra hizo
un acto de inteligencia que le honra. Las costas del Sur no valdrán nunca
la pena de crear para ellas una Marina. Líbrenos Dios de ello y guardémonos
nosotros de intentarlo". (El Nacional, 12/12/1857 y 7/6/1879).
SOBRE LAS COLONIAS EXTRANJERAS Y LAS MALVINAS: "La Inglaterra se estaciona
en las Malvinas. Seamos francos: esta invasión es útil a la civilización
y al progreso" (El Progreso, 28/11/1842). "Propicio una colonia yanqui en
San Juan y otra en el Chaco hasta convertirse en colonias norteamericanas
de habla inglesa (años 1866 y 1868) porque EEUU es el único país culto que
existe sobre la tierra. España, en cambio, es inculta y barbara. En trescientos
años no ha habido en ella un hombre que piense... Europa ha concluido su
misión en la historia de la humanidad". Por último se lamenta que hallamos
vencido a los ingleses en las invasiones. (Cf. Gálvez, 449, 90 y 132)
SOBRE EL GAUCHO: "Se nos habla de gauchos...La lucha ha dado cuenta de ellos,
de toda esa chusma de haraganes. No trate de economizar sangre de gauchos.
Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre de esta chusma
criolla incivil, bárbara y ruda, es lo único que tienen de seres humanos".(Carta
a Mitre de 20 de Septiembre de 1861 y "El Nacional" 3/2/1857)
SOBRE LA IGUALDAD DE CLASES: "Cuando decimos pueblo, entendemos los notables,
activos, inteligentes: clase gobernante. Somos gentes decentes. Patricios
a cuya clase pertenecemos nosotros, pues, no ha de verse en nuestra Cámara
(Diputados y Senadores) ni gauchos, ni negros, ni pobres (interesante apreciación
de Sarmiento descendiente de negros, por parte materna y nacido pobre, N.
del A.). Somos la gente decente, es decir, patriota" (Discurso de 1866)
SOBRE LOS DESHEREDADOS SOCIALES: "Si los pobres de los hospitales, de los
asilos de mendigos y de las casas de huérfanos se han de morir, que se mueran:
porque el Estado no tiene caridad, no tiene alma. El mendigo es un insecto,
como la hormiga. Recoge los desperdicios. De manera que es útil sin necesidad
de que se le dé dinero. ¿Qué importa que el Estado deje morir al que no
puede vivir por sus defectos?. ¿Los huérfanos son los últimos seres de la
sociedad, hijos de padres viciosos, no se les debe dar más que de comer".
(Discurso en el Senado de Buenos Aires, 13 de Septiembre de 1859)
SOBRE LA MASA: "Tengo odio a la barbarie popular... La chusma y el pueblo
gaucho nos es hostil... Mientras haya un chiripá no habrá ciudadanos, ¿son
acaso las masas la única fuente de poder y legitimidad?. El poncho, el chiripá
y el rancho son de origen salvaje y forman una división entre la ciudad
culta y el pueblo, haciendo que los cristianos se degraden... Usted tendrá
la gloria de establecer en toda la República el poder de la clase culta
aniquilando el levantamiento de las masas". (En Buenos Aires, 1853; Carta
a Mitre del 24 de Septiembre 1861; en EEUU., 1865)
SOBRE EL INDIO AMERICANO: "¿Lograremos exterminar los indios? Por los salvajes
de América siento una invencible repugnancia sin poderlo remediar. Esa canalla
no son más que unos indios asquerosos a quienes mandaría colgar ahora si
reapareciesen. Lautaro y Caupolicán son unos indios piojosos, porque así
son todos. Incapaces de progreso, su exterminio es providencial y útil,
sublime y grande. Se los debe exterminar sin ni siquiera perdonar al pequeño,
que tiene ya el odio instintivo al hombre civilizado". (El Progreso, 27/9/1844;
El Nacional, 25/11/1876)
SOBRE LA PALABRA DE HONOR: "Si miento lo hago como don de familia, con la
naturalidad y la sencillez de la verdad" (Carta a M. R. Garcia, 18/10/1868)
(Palabra de honor del presidente de los argentinos e historiador nacional)
SOBRE EL LIBRO FACUNDO: "Jovencito: no tome como oro de buena ley todo lo
que he escrito contra Rosas" (Consejo dado a Ramos Mexía). "Los muchos errores
que contiene son una de las causas de su popularidad" (La Crónica, 26/12/1853).
"Lleno de inexactitudes, a designio a veces" (Carta a Paz, 22/12/1845).
"Cada pagina revela la precipitación con que ha sido escrito" (Rec. de Pcia.).
"Sin documentos a la mano y ejecutado con propósitos de acción inmediata"
(Carta a V. Alsina, 7/4/1851).
SOBRE EL "MODELO" DE ESTUDIANTE: "La plana (libreta escolar) era abominablemente
mala, tenia notas de policía (conducta deficiente), había llegado tarde,
me escabullía sin licencia (se rateaba) y otra diabluras con que me desquitaba
del aburrimiento" (Mi defensa, año 1843)
SOBRE LA FUNDACION DE ESCUELAS: "En Buenos Aires SOLO LOGRE FUNDAR 2 ESCUELAS"
(Carta a M. Mann, 15/5/1866). "De treinta jóvenes que era la dotación de
la Escuela de Preceptores que dirigía en Chile, veintiocho fueron expulsados"
(El Monitor, 15/8/1852). "En Santa Rosa de Chile fui real maestro de escuela,
no habiéndolo sido antes ni después" (8/4/1884) . "En la ciudad de Buenos
Aires se han construido solo dos edificios de escuelas en estos veinte años
(de 1858 a 1878). Mientras tanto no se intenta nada. En la única escuela
normal de varones el 95% son ineptos; el 30% debió ser expulsado, y el resto
solo concurre por el aliciente del viático con que se premia su asistencia
a clase. De las dos escuelas normales de mujeres se debió suprimir una"
(Informe de 1878).
SOBRE LOS UNIVERSITARIOS: "Si algo habría de hacer por el interés publico
seria tratar de contener el desarrollo de las universidades... En las ciudades
argentinas se han acumulado jóvenes que salen de las universidades y se
han visto en todas las perturbaciones electorales... Son jóvenes que necesitan
coligarse en algo porque se han inutilizado para el comercio y la industria.
La apelación de "Doctor" contribuye a pervertirles el juicio... El proyecto
de anexar colegios nacionales a la universidad es ruinoso y malo, pues contribuirá
a perturbar las cabezas de los estudiantes secundarios e inutilizarlas para
la vida real que no es la de las universidades ni de los doctores. La educación
universitaria no interesa a la nacion ni interesa a la comunidad del país...
Generalmente en todo el mundo las universidades son realmente libres. Nada
tiene que ver ni el estado ni nadie con las universidades" (Senado Nacional,
27/7/1878 y 19/9/1878)
SOBRE LA MASACRE PATRIOTICA: "Necesitamos entrar por la fuerza en la Nacion,
la guerra si es necesario" (año 1861). "Los sublevados serán todos ahorcados,
oficiales y soldados, en cualquier numero que sean" (año 1868. "Es preciso
emplear el terror para triunfar. Debe darse muerte a todos los prisioneros
y a todos los enemigos. Todos los medios de obrar son buenos y deben emplearse
sin vacilación alguna, imitando a los jacobinos de la época de Robespierre"
(año 1840). "A los que no reconozcan a Paz debiera mandarlos ahorcar y no
fusilar o degollar. Este es el medio de imponer en los ánimos mayor idea
de la autoridad" (año 1845). "Hemos jurado con Sarmiento que ni uno solo
ha de quedar vivo" (Mitre en 1852).
SOBRE KA DEMOCRACIA SANGUINARIA: La muerte del gobernador Benavidez "es
acción santa sobre un notorio malvado. !Dios sea loado" (El Nacional, 23/10/1858).
"Acabé con el Chacho(el General Peñaloza). He aplaudido la medida precisamente
por la forma. Sin cortarle la cabeza a ese pícaro, las chusmas no se habrían
aquietado" (Carta a Mitre, 18/11/1863).
"Córteles la cabeza y déjelas de muestra en el camino" (Carta a Arreondo,
12/4/1873). "Si el coronel Sandes mata gente(en las provincias) cállense
la boca. Son animales bípedos de tan perversa condición (esos provincianos
que defienden sus autonomías) que no se que se obtenga con tratarlos mejor"
(Informe a Mitre, 1863). El fusilamiento en masa de un batallón correntino:
"brillante conducta". A los sublevados enterrianos en 1868. "Proceda a diezmarlos,
pasando por las armas a los que le toque en suerte". El degüello de Santa
Coloma: "acto de que gusté" (año 1852). Asesinato del gobernador Virasoro
que él instigó desde Buenos Aires: "San Juan tenia derecho a deshacerse
de su tirano" (año 1860). Aprobó el asesinato en masa en Villamayor el 2/2/1856
y como presidente ofreció $100.000 por la cabeza de López Jordán y entre
las cabezas valuadas a 1000 patacones estaba la de José Hernández, que acababa
de publicar el "Martín Fierro", y era un ferviente antirrosista.
SOBRE EL SOCIALISMO : "Las huelgas son invenciones de los ociosos que buscan
motivos de alarmar. El socialismo las usó como instrumento de perturbación;
pero el socialismo es una necedad en América". (El Nacional, 14/9/1878).
SOBRE LA LIBERTAD DE SUFRAGIO: "Después de la caída de Rosas, Buenos Aires
fue educada en la practicas de la libertad por demagogos. El fraude, la
falsificación de las urnas electorales vienen de 1852 por los comicios organizados
por Mitre. Después de veinte años de este sistema Mitre se ha quedado solo
en la República con sus paniaguados. En Buenos aires hay tal libertad de
sufragios que ni a palos harán que el pueblo concurra a elecciones". (Año
1872 ¡El era presidente!).
SOBRE LA DEMOCRACIA LIBERAL: "Aquí en América la palabra libertad importa
sainete ridículo; Riquísima comedia que no manifiesta tener fin" (14/11/1841).
"Esta demostrado que no puede haber mas política que la del garrote y la
macana" (año 1880). "A quien no quiere pagar lo soplo a la cárcel. En materia
de contribución directa hago peor, pues les rasco el bolsillo" (Gobernado
de San Juan en carta a Mitre, 1862).
"Una Constitución pública no es una regla de conducta para todos los hombres.
La Constitución de las masas populares son las leyes ordinarias, los jueces
que las aplican y la policía de seguridad. No queremos exigir a la democracia
más igualdad que la que consienten la diferencia de raza y posiciones sociales.
Nuestra simpatía para la raza de ojos azules."(OO. CC., 1886)
SOBRE EL CONGRESO DE TUCUMÁN: "Formado en su mayoría por curas de aldea,
ignorantes de la historia contemporánea. Era un niño que declara la independencia;
pues no se necesita inteligencia ni ciencia para emanciparse y constituirse
una fracción de pueblo independiente de otra" (Tomo 48º, p. 103 y 302 de
OO.CC)
SOBRE LAS LAS PROVINCIAS: "Son pobres satélites que esperan saber quien
ha triunfado para aplaudir. La Rioja, Santiago del Estero y San Luis son
piltrafas políticas, provincias que no tienen ni ciudad, ni hombres, ni
cosa que valga. Son las entidades mas pobres que existen en la tierra" (El
Nacional, 9/10/1857).
SOBRE LOS PORTEÑOS: "Las elecciones de 1857 fueron las mas libres y mas
ordenadas que ha presentado la América". (El Nacional, 13/10/1857). "Para
ganarlas, nuestra base de operaciones ha consistido en la audacia y el terror,
que empleados hábilmente han dado este resultado (de las elecciones del
29 de marzo). Los gauchos que se resistieron a votar por nuestros candidatos
fueron puestos en el cepo o enviados a las fronteras con los indios y quemados
sus ranchos. Bandas de soldados armados recorrían las calles acuchillando
y persiguiendo a los opositores. Tal fue el terror que sembramos entre toda
esa gente, que el día 29 triunfamos sin oposición. El miedo es una enfermedad
endémica de este pueblo. Esta es la palanca con que siempre se gobernara
a los porteños, que son unos necios, fatuos y tontos". (Carta a D. Oro 17/6/1857)
SOBRE SAN MARTÍN: "San Martín el ariete desmontado ya que sirvió a la destrucción
de los españoles; hombre de una pieza; anciano batido y ajado por las revoluciones
americanas, ve en Rosas el defensor de la independencia amenazada y su ánimo
noble se exalta y ofusca... Fastidiado estoy de los grandes hombres que
he visto... Hace tiempo que me tienen cansado los héroes sudamericanos (como
si el fuera europeo), personajes fabulosos todos... La expatriación de San
Martín fue una expiación. Sus violencias se han vuelto contra él y lo han
anonadado... Pesan sobre él ejecuciones clandestinas... Dejemos de ser panegiristas
de cuanta maldad se ha cometido. San Martín, castigado por la opinión, expulsado
para siempre de la América, olvidado por veinte años, es una digna y útil
lección". (Año 1845. La Crónica, 26/12/1853; carta a Alberdi 19/7/1852;
y año 1885)
SOBRE ROSAS: ... falso, corazón helado, espíritu calculador... Tirano sin
rival hoy en la tierra,...... una aberración, una monstruosidad... legislador
de esta civilización tártara... el tirano... el lobezno que se está criando
aún...... el caníbal de Buenos Aires... las miradas suspicaces del tirano...
el azote del verdugo... otros execraban aquel monstruo sediento de sangre
y de crímenes,... el despotismo de Rosas... tirano semibárbaro.... Degüella,
castra, descuartiza a sus enemigos para acabar de un solo golpe... el execrable
Nerón, el tirano brutal.... la sangre derramada ahogue al tirano!... Rosas
con sus atrocidades... ese monstruo,... los bandidos, desde Facundo hasta
Rosas... este genio maldito ... el monstruo... horrible monstruo... del
execrable tirano... sus mismas brutalidades y su desenfreno... un forajido,
un furioso, o un loco frenético...
SOBRE URQUIZA : "No deje cicatrizar la herida de Pavón. Urquiza debe desaparecer
de la escena, cueste lo que cueste. Southampton o la horca. El es la única
nube negra que queda en el horizonte". (Carta a Mitre, dic. 1861). "Además
es preciso acogotar a Alberdi, del Carril, Gutiérrez y Fragueiro con Vicente
F. López, Cané, Luis Domínguez y Tejedor". (Carta a J. Posse, mayo 1860).
"Urquiza es el verdugo vendido a Rosas. Su historia es negra y salpicada
de sangre. Un reguero de sangre señala su camino. Después de despoblar la
tierra con sus atrocidades, la despuebla con sus rapiñas. Suscita secuaces
donde quiera haya un bárbaro. Es un escuerzo, un viejo montonero, un ambicioso,
un cacique y soldado desvergonzado, un padrillo inmundo, un gaucho mazorquero
e insolente: monstruo de carnicerías humanas". (Tomo 17, p. 93 y 121 y Tomo
49, p. 295)
SOBRE EL CHACHO
“Quedaron en nuestro poder el mayor don Cicerón Quiroga , jefe de la infantería,
y siete oficiales, los que fueron pasados por las armas a día siguiente;
se cuentan treinta hombres muertos” (Parte de Sandes 13-2-1862) “ Ha sido
una repetición de o de Cañada de Gómez (Informa Sandes a Mitre) “El coronel
Sandes llevó orden por escrito del infrasripto de pasar por las armas a
todos los que se encontrase con las armas en la mano, y lo ha ejecutado
en jefes y oficiales” (Carta de Sarmiento a Mitre 15-2-1862) Más tarde,
siendo presidente Sarmiento, la oposición (Mitre) reproduce la carta La
Nación Argentina el 25-11/1868. Sarmiento atribuye a matanza al ejercito
de Mitre que él “por un acto de generosidad… puso a cubierto de reproches”
(JMR tVI p.24)
Fuente: www.elortiba.org

Don
Juan Facundo Quiroga - Romance histórico
Anónimo
Don Juan Facundo Quiroga
1° Parte
Don Juan Facundo Quiroga,
General de mucho bando,
Que tuvo tropas de líneas
Muchos pueblos a su mando.
Hombre funesto y terrible
Que fue el terror de Los Llanos,
Era feroz, sanguinario,
Bárbaro, cruel e inhumano.
Tenía por apodo "El Tigre",
Por su alma tan alevosa,
Por su presencia terrible
y su crueldad espantosa.

Salta, Tucumán, Santiago,
Se hallaban desavenidos.
Marchó Quiroga a arreglarlos
Para dejarlos unidos.
Al partir le dice al pueblo
Como algo que ya presiente:
Sí salgo bien, volveré,
Si no ¡Adiós, para siempre!
Al ausentarse Quiroga
Ya le anunciaba el destino
Que había de perder la vida,
En ese largo camino.
Llevaba por compañero
A su secretario Ortiz,
Y apuraba la galera
En aquel viaje infeliz.
A pocas horas de andar
En un arroyo fangoso,
Se le agarró la galera,
Y allí se puso penoso.
Acude el maestro de posta,
Mas no pudiendo salir,
Al maestro mismo, Quiroga,
A las varas lo hizo uñir.
Al fin pudieron zafar,
Y como una exhalación
Cruzaba el coche la pampa,
Sin hallar interrupción.
En cada posta que llega,
Pregunta muy afligido
La hora que ha pasado un chasqui
De Buenos Aires venido.
Le contestan que hará una hora,
Entonces, con duro acento,
¡Caballos!, les pega el grito,
¡Sin pérdida de momento!
Y su marcha continúa,
Mas quiso también el cielo,
Molestar a ese bandido
Que había ensangrentado el suelo.
Durante tres días seguidos
Le hace llover permanente;
Se pone el camino horrible
Convertido en un torrente.
Al entrar en Santa Fe,
Se le aumenta su inquietud
Y en desesperada angustia,
Se pone con prontitud.
Le avisan que no hay caballos
En la "Posta de Pavón"
Y que el maistro estaba ausente,
Para mayor confusión.
Sufre una horrible agonía
Al prever una parada,
Y grita ¡Traigan caballos!
Con una voz angustiada.
Causaba asombro de ver
En este hombre tan terrible,
Ese extraño sobresalto
Donde el miedo era visible.
Después que logran marchar
Dice, viendo para atrás:
-"Si salgo de Santa Fe
No temo por lo demás."
Al pasar el río Tercero
Todos los gauchos acuden,
A ver a ese hombre famoso,
Tal vez que en algo le ayuden,
De alli lo hicieron pasar
Casi alzando la galera.
Por último, llega a Córdoba,
Donde Reinafé lo espera.
Estando en la posta ya,
Pidiendo a gritos caballos,
Ha llegado Reinafé,
Solícito a saludarlo.
Quiroga a las nueve y media
Había a este punto llegado,
No encontró caballo pronto,
Por su arribo inesperado.
Muy amable Reinafé
Lo invitaba atentamente:
-Pase en la ciudad la noche,
Lo atenderé dignamente.
Pero el salvaje Quiroga,

Sin ninguna educación,
Dice: ¡Caballos preciso,
Para mejor atención!
Viéndose así Reinafé,
Por ese hombre, despreciado,
Se regresó a la ciudad
Enteramente humillado.
Le llevaron los caballos
A las doce de la noche,
Hora en que siguió su viaje
Con Ortiz dentro del coche.
Al fin Quiroga llegó,
A Tucumán y Santiago,
Arregló todas las cosas
Y emprende su viaje aciago.
¡A Córdoba! pega el grito,
Y los postillones tiran,
Resuenan los latigazos
Y los caballos se estiran.
Quiroga lo sabe todo,
Hasta el peligro salvado,
Sabe el grande que le espera
Del enemigo burlado.
2° Parte
Mientras tanto Reinafé
Le prepara los puñales,
Que habían de acabar con él
En desiertas soledades.
Proponen los Reinafé.
Como hombres muy advertidos,
Llamar a un tal Santos Pérez
Y a otros gauchos pervertidos.
Santos Pérez se presenta,
Como mozo de obediencia
Y ¡Santas noches!, le dice:
¿Cómo se halla Vuecelencia?
Allí mismo le proponen
El matar a Don Facundo,
Haciéndole ver el bien
Que hará a la patria y al mundo.
Y le dice Santos Pérez:
-"Yo he de rendir obediencia
Pero si lleva la firma
de manos de Vuecelencia."
Al escritorio se entraron,
Estos hombres ya entendidos,
A trabajar este plan,
Sin que puedan ser sentidos.
Y le dice Santos Pérez,
Al acabar de firmar:
Preciso en este momento
Un chasqui para mandar.
Y manda al Totoral Grande
Que vuelvan por El Chiquito,
Que le llaman a su gente,
Yaques, Juncos y Benito.
Yaques, juncos y Benito,
Estos eran los bomberos,
Que marchaban adelante
Señalando el derrotero.
Hacia el sud de "El Ojo de Agua"
Al correo habían topado,
Le preguntaron del coche,
Que a dónde lo había dejado.
Y le responde el correo,
Hablando por sus cabales:
En la posta "El Ojo de Agua"
Quedan mudando animales.
3° Parte
Quiroga seguía su viaje
Sin mayor inconveniente,
Fía en el terror de su nombre
Y su orgullo de valiente.
Un poco antes de llegar,
A la posta "El Ojo de Agua"
Un joven salió del monte,
Pidiendo que se pararan.
Quiroga asomó primero
Preguntando: ¿Qué se ofrece?
-"Señor, quiero hablar a Ortiz,
Si inconveniente no hubiese."
Baja Ortiz de adentro el coche
Para saber lo siguiente:
"Deben matarlos a ustedes
"Santos Pérez con su gente.
"Se hallan en Barranca Yaco
"Aguardando a la galera,
"Del camino a los dos lados
"Se han colocado de espera.
"Tienen orden de matar
"De postillones arriba,
"Ninguna debe salvar
"Ni los caballos con vida.
"Aquí tiene este caballo
"Que le traigo para usted,
"Con el deseo de salvarlo
"A casa lo llevaré."
Era un joven Sandivaras
Con un caballo ensillado
Que quiere salvar a Ortiz,
Por un servicio prestado.
Con semejante noticia
Ortiz se puso a temblar
Y manifestó a Quiroga
No debían continuar.
Entonces dijo Quiroga:
-No tenga ningún cuidado
Mañana mismo esos hombres,
Estarán a mi mandado.
Facundo agradece al joven,
Y de nuevo lo interroga,
Mas le dice: -¡No ha nacido
Quien lo matará a Quiroga!
A un grito mío la partida,
A mi orden se ha de poner,
Y hasta Córdoba hemos de ir,
Mañana usted lo ha de ver.
Llegaron al "Ojo de Agua"
Y allí saben igual cosa,
Pasando el pobre de Ortiz,
La noche más angustiosa.
Esa noche sin dormir
Pasó en amarga congoja,
Todas las horas pensando,
En sus hijos y en su esposa.
Le manifiesta a Quiroga
Su intención de no seguir,
A lo que éste le contesta:
-Es peor, amigo, no ir.
Tuvo Ortiz que someterse
Sufriendo mayor suplicio,
Y como humilde cordero,
Marchaba a su sacrificio.
Quiroga llamó a su negro,
Que le servía de asistente,
En él ponía su confianza
Porque era hombre muy valiente.
Le ordenó limpiar las armas
Y tenerlas bien cargadas,
Por si llega la ocasión
De ser bien aprovechadas.
Y alzando nubes de tierra
Se alejaron de estos puntos.
El polvo íbalos cubriendo
Porque iban a ser difuntos.
En la "Posta de Intiguasi"
No fueron pronto auxiliados,
Dándoles tiempo a los gauchos
Que estuvieran preparados.
4° Parte
Al pie de "Barranca Yaco"
Treinta hombres había apostados,
Para asaltar la galera
En cuanto hubiera llegado.
Ya sienten los latigazos
De los pobres postillones,
Y el andar de la galera
Que viene a los sacudones.
Ya miran venir el coche
Rodando por el camino
¡A la carga! dice Pérez,
Matemos a ese asesino.
¡Bendito Dios poderoso!
En aquel terrible asalto,
Un loro que allí venía,
Les gritaba que hagan alto.
"Hagan alto", decía el loro,
Con su lengüita parlera,
"Hagan alto, mi general,
"Que le asaltan la galera."
Y se asomó el General
Con sus armas apuntando,
Y pega el grito: A esa gente,
¿Quién la viene gobernando?
Le responde Santos Pérez
Y de este modo lo trata:
"La hora te llegó, Quiroga,
"Pierdes la vida y la patria."
-¡No me mates, Santos Pérez!
Le gritaba el General. . .
Dame tregua de minutos
Siquiera para rezar.
Le responde Santos Pérez:
-Yo, tregua no te he de dar,
Yo no te daré más tregua
Que al golpe de un pedernal.
Y le dio un tiro en el ojo
Sin dejarlo respirar,
Y le dice: ¡Oiga el Quiroga!
Se acabó ese General.
También mataron a Ortiz
A pesar de sus clamores.
Allí sí que la pagaron
Los justos por pecadores.
Diez muertes son las que hicieron
Con unos dos postillones,
Que al ver morir a uno de ellos
Se partían los corazones.
-¡No me mate, señor Santos!
Le decía el postillón,
"Señor, ¡líbrame la vida,
"Téngame usted compasión!"
Le respondió el gaucho Pérez:
-Yo no te puedo salvar
Porque si te dejo vida
Tú mismo me has de juzgar.
Entonces dice uno de ellos:
|
|
"De favor le pediré,
Señor, líbrele la vida,
Yo con él me ausentaré."
Por respuesta Santos Pérez
Le voló todos los sesos,
En seguida al postillón
Le cortó libre el pescuezo.
Pegó un grito el postillón
Cuando el cuchillo le entró.
Este grito, decía Pérez,
Que siempre lo atormentó.
Se le grabó en el oído
Aquel grito lastimero,
Y en todas partes oía
Del niño aquel ¡ay! postrero.
Después de hacer estas muertes
A ese gaucho le pesó,
Y desfilando de a cuatro,
A Sinsacate marchó.
Tomó por refugio el monte
A causa de su delito,
Y allá oyó continuamente
De aquel postillón el grito.
Al fin lo empuja el destino,
O de sus muertos las almas,
A volver a la ciudad
A la casa de su dama.
Hacía unas cuantas noches
A que Pérez, disgustado,
Dio una paliza a su dama,
Y luego se había ausentado.
¡Buenas noches, le dice ella!
¿Cómo has podido venir?
Está la cama tendida,
Ven, acostate a dormir.
El gaucho estaba borracho,
Y ella con gran aflicción,
Lo invitaba a que se acueste
Con su traidora intención.
Este gaucho era temido,
Por su valor temerario,
Por muchos hechos de sangre
en "La Sierra" y "El Rosario".
La policía lo buscaba
Temerosa de encontrarlo,
Porque temblaba de miedo
Al sólo pensar de hallarlo.
Ella se acostó con él,
Y al sentir que se ha dormido
Se levantó de la cama
Procurando no hacer ruido.
Cuando ya se hubo vestido,
A la calle se salió,
Y en marcha a la policía
Corriendo se presentó.
-¡Albricias!, le dice al jefe,
Y él dice: Las puede dar.
-A Santos lo tengo en casa,
Si lo quiere asegurar:
A esto le contestó el jefe:
¡De dónde vas a saber
Si Santos no ha de venir,
Ni aun lo has de conocer!
Y le responde la dama:
¡Como no hi conocer
Si ahora noches pasadas
Yo supe dormir con él!
|
|
Entonces le dice el jefe:
Cuatro onzas te voy a dar
Y te voy a premiar bien
Si lo haces asegurar.
Y le responde la dama:
Sin nada de eso, señor,
Mande la escolta conmigo
Y ya vendrá el malhechor.
El jefe le dio los hombres
Y a sus órdenes los puso.
Vivo o muerto lo han de traer
En seguida, les repuso.
Cuando ya estuvieron cerca,
Un poco antes de llegar,
Les dice: Esperen aquí,
Que lo voy a desarmar.
Allí quedaron los hombres
Esperando que volviera,
Y preparando las armas
Por lo que tal vez pudiera.
Ya asomó por la ventana
Haciendo señas por cierto
De arrimarse sin cuidado,
Que el gaucho parecía muerto.
Sin embargo no llegaban
Creyendo en esa ocasión
Que aquella mujer pudiera
Hacerles una traición.
¡Qué diablos de cordobeses,
Les dice aquella mujer,
Si ustedes no habían servido
Ni para sapos prender!
Al fin llegan a la puerta
Y empiezan a tiritar,
Ni aún oyendo los ronquidos
No se quieren arrimar.
Al fin pudieron entrar
Y le rodiaron el lecho,
Poniendo todas las armas
Apuntadas a su pecho.
¡Bienhaya el valor de Santos
Y la leche que mamó!
Después de estar apretado
A sus armas manotió.
Ya se levanta la dama
Haciéndose que llorar:
¡Lo llevan a mi querido,
No me podré consolar!
Y le dice Santos Pérez:
¡Qué te hacís la que llorás,
Con estos llantos fingidos
A mí no me has de engañar!
Ya lo llevan a la cárcel
A que sufra allí su pena,
Para más seguridad
Le ponen una cadena.
Después pasó a Buenos Aires
A donde fue procesado
Y ante un gentío numeroso
En la plaza fusilado.
¡Amigos, aquí presentes!
Que les sirva de ejemplar
La vida de Santos Pérez
Y cómo vino a acabar.
[Fuente: Cancionero tradicional argentino. Recopilación, estudio preliminar, notas y bibliografía de Horacio Jorge Becco, Buenos Aires, Hachette, 1960]
Por María Rosa Lojo (escritora
e investigadora)
mrlojo@speedy.com.ar |
mrlojo@gmail.com |
www.mariarosalojo.com.ar
[Del libro "Amores insólitos", Alfaguara, 2001 y reimpresiones]
El moro es veloz como el
corcel de Philotas, inteligente como el de César, sagrado como el de Calígula
¿De dónde ha tomado Facundo el modelo de amor que Alejandro profesaba a
su Bucéfalo?(...) más de un honor desdeña en la ciudad por quedar en el
campo acompañando a su cabalgadura. Un caballo es un tesoro y hay tesoros
que no valen un caballo. Si Ricardo III halla el moro de Facundo, por dos
veces da su reino.
David Peña, Juan Facundo Quiroga
De puro brujo, no más,
Lo pensaban sus paisanos
Otra vez sobre su moro,
Haciendo temblar los llanos
León Benarós.
La polvareda avanza a una velocidad
inusitada. Rayos de luna se trizan y se reflejan en esa coraza móvil y porosa
de tierra seca, apenas humedecida por la niebla del amanecer. Esa nube destellante
se desplaza mucho más rápido que los carruajes, más velozmente aún que la
sombra ambiciosa de cualquier buen caballo de pelea. Sólo hubo un caballo,
uno solo, capaz de correr parejas con el viento, que podía golpear el pecho
de la tierra de tal manera: rozándola apenas con un fulgor de chispa, suspendido
en el aire brusco de la fuga como si fuera el aliento mismo del planeta.
El general Quiroga contiene su propia respiración para dejar que únicamente
ese mundo más antiguo respire en las patas del animal que se aproxima. ¿Y
si fuera él? A medida que el bulto se acerca comienza a distinguir un brillo
disperso, como de plata molida, sobre el lomo sudoroso y oscuro. Reconoce
el dibujo tenso de los músculos, las crines que hace tiempo no han sido
tusadas y le dan el aspecto de un animal salvaje, el relincho que anuncia
las batallas y el estallido inesperado de las tormentas. Ya lo tiene apenas
a unos metros, perfectamente visible y casi tangible. Ya puede estirar las
manos para acercar a su cara el hocico jadeante, y apoyar la cabeza sobre
el cuello largo que late al compás de su propia sangre, con un solo deseo,
con un solo rumor. Juan Facundo Quiroga deja enredarse sus dedos en ese
pelaje rebelde, que nadie, salvo él mismo, ha podido peinar y domesticar.
El Moro, pues, ha vuelto, ha huido de su captor, ha respondido a su llamado
persistente. Los años pasados no parecen haber dejado marca alguna de humillación
o incuria sobre el cuerpo que ahora emerge, intacto y súbito, de la noche
profunda, como si no hubiese vivido en cautiverio, sino a la cabeza de tropillas
nómades en campos de pastoreo, inaccesible al lazo y a la ajena montura.
Facundo quiere mirarse otra vez en esos ojos, como cuando indagaba en ellos
su destino, en las noches que precedían al combate. Pero el Moro sacude
la cabeza y los remos tiemblan. Facundo comienza a temblar también, mientras
intenta, en vano, montar en pelo sobre el lomo espejado que amenaza deshacerse
bajo sus muslos como la polvareda. El latigazo del reumatismo le castiga
la pelvis y las últimas vértebras mientras una mano lo sacude, tomándolo
del hombro izquierdo.
- ¡General! ¡General, por Dios, despierte usted!
Quiroga abre los ojos. Han desaparecido el Moro, las esquirlas de plata
sobre el lomo sombrío del caballo y del camino, el gozo desaforado del reencuentro.
Está en una cama de la Posta de Ojo de Agua, camino de Sinsacate. La cara
demudada de José Santos Ortiz, su confidente y secretario, es ahora el único
espejo donde el destino puede reflejarse.
- ¿Qué quiere usted, hombre? ¿Por qué no descansa? Aproveche el poco fresco
de la noche. En tres horas más el calor no nos dará respiro.
- Si fuera sólo el calor, general. Está confirmado.
- ¿Qué?
- Todos lo han dicho: el maestro de posta, los peones, los arrieros, el
pueblo. Todos lo saben. Santos Pérez se ha emboscado para asesinarlo, por
orden de los Reinafé. Está esperándonos con una partida, quizá en Macha,
quizá en el Portezuelo. Pero en cualquier caso no pasaremos de Barranca-Yaco.
Facundo se levanta a medias. Responde, tajante.
- Sosiéguese usted. Aun no ha nacido quien se atreva a matar al general
Quiroga. A un grito mío, esa misma partida se pondrá a mis órdenes y me
servirá de escolta.
José Santos Ortiz sabe que no hay apelación posible. Ese hombre que ahora
es ante todo su general, no ya su amigo, se ha decretado inmortal, y extiende
el escudo mágico de su poder sobre los integrantes de su comitiva. Ortiz
vuelve al catre. Detrás de las cortinas que ondean sobre la cómplice oscuridad,
lo espera el camino de regreso a Santiago del Estero. Un muchacho al que
antaño protegiera, el joven Usandivaras, le ha llevado esa tarde un caballo
de repuesto para facilitarle la huida. Pero Santos Ortiz no se irá sin Quiroga.
Si la partida de Santos Pérez no lo mata, tendrá que arrastrarse luego por
la vida como un muerto civil, convicto de su deshonra.
Facundo lo oye removerse, suspirando. Las patas de la cama precaria crujen
bajo el peso de una gran congoja. El cuerpo se sacude, sin poder acomodar
el alma para que permanezca dignamente quieta dentro de su terror. Él, en
cambio, se mantiene rígido, doblado sobre su brazo derecho, en posición
casi fetal. Cualquier desplazamiento, en su estado, puede causar dolores
inmediatos, mucho más intolerables que el mero presagio de lo porvenir.
Sabe que ha dicho solamente una bravata para ocultar lo inevitable. Dondequiera
que vayan, hacia atrás o hacia delante, la partida asesina los seguirá,
pero es mejor creer que uno muere porque ha tenido el coraje de enfrentarse
al Destino. Con el Moro, acaso, Facundo Quiroga sería invulnerable. Sin
el Moro, Facundo, el Tigre de Los Llanos, ese personaje magnífico y feroz,
capaz de aniquilar al enemigo con sólo fijar en él las pupilas negras, donde
brilla un fantasma de azogue que hechiza las voluntades, resulta apenas
un reflejo inerte.
A pocos seres se les concede el extraño privilegio de contemplar el resplandor
de su alma entera, enfrente de sí mismos. Juan Facundo Quiroga se sabe uno
de ellos. Ha visto su alma por primera vez una mañana, bajo el sol que cae
a pico en un monte de Los Llanos. Es tal como él la ha soñado y casi palpado
en las noches transparentes, congeladas tras los muros de un aire de vidrio,
al pie de la cordillera. Tiene un color gris azulino que puede virar al
negro según la capturen o la esquiven las sombras. Aun a pleno sol parece
mojada por la luna, y es, como ella, secreta. Su alma tiene la velocidad
del pensamiento y el fuego del deseo. Fuerte como la muerte, cruzará la
muchedumbre de las aguas; los grandes ríos no podrán sofocarla.
Facundo desmonta ahora del zaino al que no volverá a subir. Lo deja en el
camino con todos sus aperos, como una cosa que ya no le pertenece. Se dirige
a su alma que corcovea en lo alto del monte, solitaria e indómita. Sus hombres
lo miran, azorados: su comandante no ha hecho siquiera ademán de sacar el
lazo o las boleadoras. Camina en línea recta hacia el caballo que parece
esperarlo. Lo ven, a la distancia, acariciar el lomo del animal, rodearle
el cuello con el brazo. El viento no les trae el eco de la voz, pero entienden
que le está hablando y que el tordillo le contesta con movimientos del hocico,
y con breves relinchos. A poco, Quiroga baja por la ladera del montecito.
El caballo, al que por su color llamarán "el Moro" y que apenas ha dejado
de ser un potro, sigue tras él, apacible.
Facundo ya no ha de separarse de esa máquina sensitiva y fulgurante, que
conoce sus deseos antes de que él mismo pueda formularlos, que lo asiste
en sus dudas y lo acompaña en sus cavilaciones. Sobre el lomo del Moro se
convierte en el caudillo que reúne y concierta las voluntades de la Tierra
Adentro contra la Liga del Norte y el poder unitario del porteño Rivadavia.
Las herraduras del Moro marcan el suelo de San Miguel de Tucumán cuando
Facundo entra en la ciudad, después de la victoria en los campos de El Tala.
Cree que ha muerto en batalla el general Lamadrid, cuya espada lleva al
cinto como trofeo. Esa muerte, sin embargo, es su frustración mayor, y así
se lo escribirá a doña Dolores, su mujer. La Madrid es el único rival digno
de él. Los dos saben entrar a la pelea dando gritos más hirientes que un
filo de cuchillo, los dos saben hacer brotar de la tierra sangre y agua
con un golpe de lanza. Facundo sólo estará satisfecho cuando sepa que su
adversario ha logrado sobrevivir a sus once heridas de fusil, de sable y
de bayoneta, y que otra vez podrá retarlo a combate hasta que uno de los
dos desaparezca.
Con el Moro invade Facundo la ciudad de San Juan cuando Buenos Aires levanta
contra él nuevas fuerzas conspirativas. San Juan no le opone armas, quizá
porque el pueblo llano lo está esperando o porque la fama del Tigre basta
para pudrir la pólvora dentro de los fusiles y poner alas infames en los
pies de la fuga. El general Quiroga desdeña a los notables que se han reunido
para recibirlo, por temor o porque esperan ser favorecidos. Ignora los techos
de la Casa de Gobierno que lo aguarda con honores, prefiere un potrero de
alfalfa donde el Moro se reponga de la fatiga de las marchas, y donde él
mismo pueda hablar tranquilo, en el remanso de un afecto, con la nodriza
negra de su infancia a quien abraza y sienta a su lado, mientras que los
dignatarios civiles y eclesiásticos quedan de pie, sin que nadie les dirija
la palabra, sin que el Jinete se digne despedirlos.
En las noches sanjuaninas Facundo duerme bajo un toldo, a unos metros del
Moro. Los amaneceres los sorprenden en diálogo mudo. Sus enemigos toman
por afrenta bárbara estos hábitos ciertamente anómalos para un hombre de
ciudad. Pero él se enorgullece de haberse criado en los campos de Los Llanos,
en la estancia paterna de San Antonio, entre viñedos y tropillas bravas.
Sus hombres creen que el Moro es capaz de habitar en un tiempo más ancho
y más profundo que la memoria humana y que le transmite recuerdos de lo
porvenir. Quiroga no los desmiente; sin embargo no es ésa la razón que lo
detiene junto a su caballo en el campo raso. Sabe que la libertad y la cólera
se ablandan y se corrompen bajo sábanas de Holanda, en la trampa dorada
de las camas con baldaquino, en los comedores iluminados por cristales y
candelabros. Sabe que su alma se reconcilia consigo misma sólo bajo la luz
perfecta y distante de las estrellas que únicamente a la intemperie llega
a la tierra con absoluta pureza, como si el aire fuera un pozo traslúcido
y sereno de agua de lluvia.
Allí, en San Juan, recibe Facundo mensajes de Rivadavia, que le envía el
comisionado Dalmacio Vélez Sársfield por medio de un correo. Quiroga desestima
tanto al doctor porteño que no ha osado presentarse ante sus ojos, como
a los papeles que le remite. Se los manda de vuelta con el chasque, sin
abrir los sobres, y escribe en la cubierta su rechazo. No leerá comunicaciones
de individuos que le han declarado la guerra; prefiere responderles con
obras, dice, pues no conoce peligros que le arredren y se halla muy distante
de rendirse a las cadenas con que se pretende ligarlo al pomposo carro del
despotismo. Cuando el correo parte, desconcertado, Quiroga busca un guiño
luminoso en la mirada del Moro. Su caballo lo aprueba porque tampoco tiene
amos. No es él quien lo ha encontrado y domado; es el Moro quien ha querido
esperarlo en el centro de la mañana, bajo el sol cenital, para adueñarse
de esa mitad humana que le falta, para completar el acuerdo de la tierra
y el cielo en una sola fuerza y un solo pensamiento.
El general oye toser a Santos Ortiz, que no se anima a hablarle. Su secretario
no puede desprenderse sin temblor y sin desgarramiento de los afectos que
lo atan a la vida como se apega un animal a su querencia. También él, Quiroga,
tiene hijos: Ramón, Facundo, Norberto, Jesús, Mercedes. Y una mujer hermosa
que a veces ha debido huir con ellos de la casa familiar, perseguida por
las tropas unitarias, y que lo ha esperado siempre, en Malanzán o en Buenos
Aires, a la vuelta de las campañas o de las mesas de juego, donde Facundo
desfoga su único vicio perdurable. Suspira a su pesar, inmóvil. Si sucede
lo que teme Santos Ortiz, sus hijos varones heredarán el deber de vengarlo.
Su esposa y sus hijas, con la tenacidad más lenta y más sutil de las mujeres,
conservarán su memoria.
Una puñalada de dolor en la base de las vértebras le arranca lágrimas de
los ojos cerrados, pero no una queja que Ortiz podría oír. ¿Tendrán su esposa
y sus hijas, realmente, memorias suyas? Ha estado mucho más tiempo fuera
de su casa que dentro de ella, se ha demorado tanto más en las antesalas
furiosas de la batalla que en los tapices y almohadones del estrado, en
el hogar solariego. Ha dormido más veces al raso, junto al Moro, preparado
para responder al enemigo entrevisto, que abrazado a Dolores, entre las
sábanas de lino perfumadas con bolsitas de alhucema. Aun en su juventud,
ha pasado más días vigilando las haciendas y entrenando los mejores parejeros
para las carreras provinciales, que a la sombra de las viñas de Malanzán,
donde la piel pálida de Dolores enrojecía también bajo los besos como las
uvas maduras.
"Vas a morir en un campamento, en un catre, en cualquier parte menos en
esta casa" -le ha dicho su mujer una mañana de despedida, pero sin reproches,
con dolor tranquilo, como si constatara un hecho inevitable. Nunca le ha
dicho, en cambio "Otra te cerrará los ojos". Nunca ha temido que mujeres
ajenas se instalen en cada hueco de su ausencia, y apresen el corazón de
Facundo en la armadura de su corsé, y le aten las manos imperceptiblemente
con las cintas de seda que adornan las cabelleras.
Doña Dolores Fernández jamás ha temido las seducciones de otras, ya se tratase
de chinas o de señoras. Un solo ser, ni hembra, ni siquiera humano, le ha
inspirado celos. Un solo ser: el Moro.
Facundo respira con cautela. Planea la complicada operación de darse vuelta
con el cuidado y la precisión de una estrategia militar. Por fin, logra
apoyarse del otro lado sin acrecentar mayormente sus dolores. El vuelco
le refresca la espalda, que no respira, agobiada por el sudor.
"En dos días me olvidarás, te olvidarás de todo. No tendrás más casa que
un toldo volado por los vientos del llano. Vas a correr como un ciego, sin
medir los peligros. El humo te nublará los ojos, la pólvora te tapará los
oídos. Ese animal, que es tu oráculo, te llevará al desastre", ha dicho
Dolores, y él aparta la trenza deshecha que cae sobre el seno izquierdo
y besa la zona tersa del hombro que la camisilla de encaje, sin mangas,
deja al descubierto.
No la olvida, pero tampoco encuentra en el casco redondo de la noche el
tambor sordo de los duelos, ni los redobles pavorosos de las ejecuciones.
Sólo oye el tumulto de su montonera -llanistos campesinos, viñateros, pequeños
comerciantes, hacendados humildes- que se dispara en direcciones imprevisibles
para las tropas de línea. Vuelve a Rincón de Valladares, donde ha vencido
de nuevo a Lamadrid y también a los mercenarios colombianos de López Matute,
que saben degollar de a veinte, mejor que los argentinos, y deshacer doncellas
santiagueñas y tucumanas con seca brutalidad, a tiro de fusil. Los enemigos
huyen a Salta y a Bolivia. Caen Rivadavia, el presidente unitario, y su
fallida Constitución. Facundo encabeza el partido federal, domina Cuyo y
el Noroeste.
Pero en el corazón deslumbrante de la victoria late el principio oscuro
de todas las derrotas, y el Moro lo sabe. Sabe que el Manco Paz, el artillero
unitario, victorioso en San Roque, dejará entrar a Facundo a la ciudad de
Córdoba sólo para emboscarlo. Sabe que de nada valdrá una tropa de cinco
mil combatientes. El general Quiroga bebe el hondo y último frescor de la
noche en Ojo de Agua. Lamenta haber traicionado la clarividencia de su alma
cuando aún estaba a tiempo. Lo han engañado la luz neutral de las estrellas
-siempre idéntica a sí misma y al cabo indiferente a los avatares de los
hombres-, las adulaciones de sus ambiguos aliados, la borrachera de la propia
fuerza que parecía haber enlazado y amansado al destino bagual. Paz lo espera
en La Tablada, y Facundo saldrá a darle batalla, pero no sobre el Moro,
que rehusa, encabritado, cualquier jinete: tal es su disgusto porque Quiroga
no ha querido acceder a las alarmas severas de sus ojos. La lucha dura dos
días, y más de mil federales perecen.
Facundo salva su vida, pero pierde al Moro.
Dolores recupera a su marido. Lo cree salvado. Se lo lleva a Mendoza. Después,
a Buenos Aires.
El doctor Ortiz se está vistiendo a la luz aún turbia del amanecer. Afuera,
los hombres de la posta aprontan caballos para uncirlos a la galera. En
la cocina de tierra, una chinita descalza se despereza mientas calienta
el agua del mate, y prepara un cocido de hierbas medicinales para los dolores
del general.
- Que venga Funes, ordena Quiroga.
Entra el asistente, le da unas fricciones con linimento que traspasa a los
huesos un sabor anestésico de alcanfor y eucaliptos. Le alcanza la ropa
de viaje, lo ayuda a vestirse y a calzarse.
Cuando suben a la galera, el sol ya pinta el camino y alegra los colores
cansados de las cosas. Las caras de los peones parecen recién hechas, limpias,
aunque los rumores les han envenenado el sueño con pequeñas dosis de muerte.
Van cuatro hombres montados, dos postillones -uno de ellos un niño que ha
pedido el privilegio de acompañar al general Quiroga- y dos correos: Agustín
Marín y José María Luejes.
José Santos Ortiz también parece haber olvidado la conmoción de la noche.
Fuma un cigarro, distrae los ojos en la vegetación sedienta: chañares o
espinillos, que ponen manchas verdes y ásperas en la seca de febrero.
Juan Facundo Quiroga ve las caras casi borradas de sus muertos. Los que
él ha mandado degollar o fusilar, y los que los otros le han matado. Los
muertos de la independencia y los de la guerra civil. Sólo tiene un remordimiento:
veintiséis prisioneros que ha hecho ejecutar furiosamente en represalia
por el asesinato del entrañable amigo José Benito Villafañe.
Hasta que uno de los dos desaparezca. Pelear una vez para no pelear toda
la vida. Las exhortaciones que ha dirigido a sus consuetudinarios y cíclicos
enemigos Paz y Lamadrid, a veces derrotados, y otras vencedores, se han
perdido en el eco de batallas, saqueos y mutuas crueldades que se reiteran
y se multiplican. Después de quince años de luchas los mismos adversarios
siguen cambiando sus papeles sobre los mismos territorios, devastados siempre.
- ¿Ha quedado usted satisfecho de la gestión pacificadora, general?
- Bastante. No sólo Salta, Tucumán y Santiago han acordado la paz. También
coinciden en la necesidad de constituir la nación. Claro que en Buenos Aires
no estarán igual de conformes.
Quiroga muestra a Santos Ortiz unos pliegos que guarda en el bolsillo.
- He aquí una carta de Rosas. Él considera que nuestros pueblos no se hallan,
ni se hallarán por mucho tiempo en condiciones de constituirse. Que las
dificultades son aún insuperables, porque ni siquiera en cada estado hay
concordia, ni sus gobiernos propios se encuentran armoniosamente establecidos.
- ¿Y qué cree usted, general?
- Me asquean los políticos y me ahoga la sangre. Quisiera llegar a una resolución.
No tengo voluntad de volver a combate. Tuve que enfrentar a Paz en La Ciudadela
con un ejército de presidiarios por el que nadie apostaba nada. Y ya antes,
en La Tablada y en Oncativo, Rosas y López me dejaron solo, y volverían
a hacerlo en cuanto les conviniera.
Quiroga calla. Mira al camino como si el animal radiante que ha soñado en
la víspera pudiese volver ahora.
- Si por lo menos López me hubiese devuelto al Moro.
- ¿Pero está usted seguro de que él lo tiene? El ha jurado que no se trata
de su caballo. ¿No han intercedido incluso Rosas y Tomás de Anchorena para
que se lo retornase?
- Conozco bien a ese gaucho ladrón de vacas. Él dirá lo que quiera. Pero
mis propios hombres lo han visto montando al Moro después de que se lo quitó
a Lamadrid, en San Juan. No me extraña que todos crean que van a matarme,
puesto que nos hallamos en el territorio de sus títeres, los Reinafé. Pero
se equivocan. López es demasiado cobarde para permitirles que se atrevan
conmigo.
Quiroga cierra los ojos y acomoda los cojines de la galera. El ataque reumático
apenas ha cedido, a pesar de las friegas y las tisanas calmantes. Sin el
Moro nada ha vuelto a ser lo mismo: las victorias se vacían inmediatamente,
como cáscaras de frutas exprimidas y desechadas; su humor y su salud se
han desgastado como el filo de una espada que ya no quiere derramar sangre
humana. De nada valió la carta que le ha escrito a Anchorena, exponiéndose
a sus burlas: yo bien veo que para usted, es ésta cosa muy pequeña y que
aún tiene por ridículo el que yo pare mi consideración en un caballo; sí,
amigo, que usted lo sienta no lo dudo, pero como yo estoy seguro que se
pasarán muchos siglos de años para que salga en la República otro igual,
y también le protesto a usted de buena fe que no soy capaz de recibir en
cambio de ese caballo el valor que contiene la República Argentina, es que
me hallo disgustado más allá de lo posible.
Después de perder al Moro se deja encarcelar en los salones de Buenos Aires.
Se entrega a las atenciones asiduas y oficiosas de la Restauradora, doña
Encarnación Ezcurra, abandona la ropa rústica de las campañas para vestirse
en la sastrería de Lacomba y Dudignac, la misma donde Rosas y el general
Mansilla mandan cortar sus trajes. Sólo en la hirsuta cabellera rizada,
todavía completamente negra, y en la barba que ha jurado no afeitarse hasta
vengar el agravio del Moro, se reconoce al Tigre de los Llanos. Comienza
a extraviarse en los laberintos de la ciudad, donde los perfumes tapan y
confunden el olor acre del peligro, donde las víboras ponzoñosas se ocultan
bajo los paisajes bordados de las alfombras. El Moro ya no puede alertarlo
contra esas otras emboscadas, que no se preparan a la intemperie. Los caireles
de las arañas francesas, que se balancean a la menor correntada, reemplazan
el alto mapa inmóvil de las constelaciones. Las pampas son ahora un pedazo
de felpa verde sobre las mesas de juego, donde los doctores y los hacendados
dibujan a su gusto las sendas de la política.
Compra finalmente una casa en la ciudad del puerto, para no hallarse en
ella tan extranjero. Muda allí a su familia. Hace educar a sus hijos en
las leyes, la música, los idiomas; no sufrirá que los motejen de gauchos
bárbaros. Su mujer lo acompaña. Juntos pasean por la Alameda, en un coche
tirado por caballos inofensivos que desconocen el dibujo errante de la guerra.
Dolores cree que ha olvidado al Moro. Se cree feliz. No le importa el oro
abandonado sobre el campo de un azar incruento, en los salones. Ya no son
cuerpos de otros en el campo de batalla, y el cuerpo de Facundo ha vuelto,
definitivamente, al lugar adecuado, ceñido por sus brazos entre sábanas
justas, mientras el Moro corre por el cauce de su especie: un caballo más
entre los otros, anónimo, sin dones de previsión ni de palabra.
Pero Facundo se siente solo ante el asedio de voces contrapuestas que no
estiman tanto su opinión como su brazo, o el grito de guerra capaz de levantar
en armas, no ya a los profesionales de la muerte, sino a los paisanos analfabetos
que convalidan su poder y se alistan bajo su mando como quien se convierte
a la religión verdadera. Todos, los dueños de los negocios, como su amigo
Braulio Costa, o los dueños de la palabra, se aproximan para seducir al
general retirado que no acierta a desentrañar las redes de las voces y las
corta con gestos como disparos y con interjecciones que hacen tajos en la
malla del aire.
Todos. Y sobre todos, Rosas, el más fuerte o el más astuto, que cubre con
papeles, con leguas negras de prolija escritura, las extensiones que no
puede vigilar de a caballo.
Juan Facundo Quiroga estudia el camino que se va tupiendo con talas y algarrobales.
El calor aumenta dentro de la galera; los dos hombres se han desembarazado
ya de las chaquetas. Ortiz atisba las alturas.
- Hay nubes al Noroeste. Pronto tendremos lluvia.
Las ruedas van descendiendo a medida que el bosque se adelanta y se cierra
como una montonera sublevada. Sin embargo un alivio fresco afloja y desata
por momentos los nudos de sopor cálido que aprietan el cuello y el pecho
de los hombres. Han entrado en la sombra de Barranca-Yaco, por donde una
vez, antes de la Historia, corrieron las aguas piadosas de algún río. Cuando
salgan de entre esos túneles vegetales, piensa Facundo, verán al sol en
la mitad del cielo.
Un cruce de gritos y relinchos detiene bruscamente la galera. Alguien, que
no es el general, ha osado dar la voz de alto. Santos Ortiz se santigua,
con un gesto que aúna despedida y penitencia. Sables y disparos brotan de
un cerco de ponchos azules. Cuatro peones se derrumban, heridos.
Facundo Quiroga sabe que no alcanzarán las pistolas que ha hecho limpiar,
menos por temor que por rutina, la noche antes. Tampoco la partida que mandan
los Reinafé va a detenerse o a cambiar de amos cuando él mismo se incorpore
para increparlos. No hay esperanza porque nadie puede seguir viviendo si
ha perdido su alma.
Asoma la cabeza por la ventanilla.
- ¿Qué significa esto?, pregunta inútilmente.
Un tiro de pistola le perfora el centro de la pupila, donde persiste un
sol de mediodía, un incendio sin llama sobre la crin del Moro.
Fuente: www.mariarosalojo.com.ar

Develan
un misterio que data de 1834
Hallaron los restos del caudillo Facundo Quiroga
El ataúd estaba dentro de una pared del cementerio de La Recoleta, en posición
vertical. Usaron un dispositivo electrónico para encontrarlo.
El misterio del paradero de los restos de Facundo Quiroga fue develado por
un grupo de antropólogos, arqueólogos e historiadores, que encontró su ataúd
dentro de una pared del cementerio porteño de La Recoleta, se anunció ayer
oficialmente.
El ataúd fue descubierto mediante un dispositivo electrónico, en posición
vertical, como indicaba la leyenda popular, empotrado en una pared de la
bóveda familiar, bajo tierra, informó el Instituto Nacional de Investigaciones
Históricas "Juan Manuel de Rosas", a cargo de este emprendimiento que comenzó
en el 2004.
El organismo, que depende de la Presidencia de la Nación, señaló que el
equipo, encabezado por el historiador Jorge Alfonsín, logró "resolver el
misterio del inhallable ataúd y el paradero de los restos de Facundo Quiroga",
el máximo caudillo y prócer riojano y figura descollante del movimiento
federal.
El director de Relaciones Institucionales del Instituto, Eduardo Cattaneo,
dijo ayer que "se sabía que el cadáver estaba en La Recoleta, a donde fue
llevado, se cree, por pedido de Rosas".
"Al cuerpo de Facundo lo trajeron en la misma carreta en que murió, pero
después se pierde el rastro, también desapareció la carreta y comenzaron
a correr numerosas versiones", añadió.
Una de las más creíbles, dijo, es la que sostiene que "estuvo un tiempo
en la iglesia de San José de Flores", y que "el cadáver se encontraba de
pie y con una espada, para luchar contra la muerte".
"Se sabía que el cadáver había sido traído a La Recoleta y que estaba en
la bóveda familiar", agregó Cattaneo, quien explicó que se lo había ocultado
"presuntamente para preservarlo de enemigos, ya que había muchas amenazas
de que lo iban a exhumar y quemar los restos".
Cuando el Instituto decidió emprender la investigación y búsqueda del cuerpo
de Facundo, primero se realizó un trabajo bibliográfico, luego "se pidió
permiso a la familia y se empezó a estudiar qué cadáveres había y su procedencia",
siguió el funcionario.
La Comisión Nacional de Energía Atómica aportó al proyecto un aparato que
funciona como un ecógrafo, que mide y registra los huecos a través de los
muros.
Ese dispositivo detectó un hueco grande en una pared subterránea, detrás
de tres catres con cajones, los que fueron retirados para hacer un agujero
con una mecha gruesa que permitió ver algo metálico, que luego se comprobó
que era un ataúd en forma vertical, como señalaba la leyenda que estaba
el de Facundo.
"El ataúd fue encontrado en el 2004 y recientemente se pudo comprobar que
el cuerpo era el de Facundo Quiroga y ahora hacemos el anuncio", precisó
Cattaneo. El proyecto fue elaborado por el historiador Jorge Alfonsín, mientras
el equipo de arqueólogos, antropólogos e historiadores fue dirigido por
Juan Carlos Denovi, secretario general del Instituto, que preside Alberto
Gelly Cantilo.
Quiroga nació en 1778, en la localidad de San Antonio, del departamento
riojano de Los Llanos, y murió asesinado en 1834 en Barranca Yaco, Córdoba.
Según Cattaneo, el hallazgo de los restos también permitirá saber con precisión
datos históricos, como las circunstancias de su muerte, que la historia
oficial adjudica a una emboscada en Barranca Yaco, mientras viajaba en una
carreta a Buenos Aires, a manos de sicarios de los hermanos Reynafé, comandados
por Santos Pérez.
Una versión de la historia popular señala que "El Tigre" fue baleado mientras
se encontraba en la cama con una de sus amantes, lo que no es descartado
por historiadores del Instituto, quienes señalan que tras ese episodio pudo
haber llegado herido a Barranca Yaco, y morir allí en la carreta mencionada.
Otra versión indica que Quiroga fue emboscado en Barranca Yaco, donde recibió
un balazo en el ojo izquierdo que lo mató instantáneamente, y que como pago
Santos Pérez fue designado por los hermanos Reynafé como intendente de la
localidad serrana de Villa Tulumba, a pocos kilómetros del lugar de la emboscada.
VOLVER A CUADERNOS DE
LA MEMORIA
|
|