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El Tribunal Supremo Español confirma que el ex oficial naval Adolfo Scilingo cometió crímenes contra la humanidad. (Equipo Nizkor). Radio Nizkor, 09 Julio 2007. |
El
ex marino argentino Adolfo Scilingo fue
condenado en España a 640 años de
prisión, bajo el principio de
Justicia Universal, por haber arrojado a 30
personas con vida a aguas del Océano Atlántico en los "vuelos de la muerte",
cometidos durante la dictadura militar.
En el juicio, que duró ocho años, el ex militar se mantuvo impávido y en sus
declaraciones, matizadas por algunos fingidos desmayos, manifestó que todo lo
que contó es una farsa: "Vine para contar la fantasía más grande del mundo para
sensibilizar a la opinión pública y ayudar a Garzón".
Pero su confesión hecha ante el periodista Horacio Verbitsky fue dada por
válida, allí narra cómo llevó a la muerte a 30 personas con vida lanzándolas
desde un avión a las aguas del océano Atlántico. Cerca de 2.000 detenidos
políticos fueron eliminados mediante ese método.
Según Scilingo, la eliminación de los opositores estaba avalada por la Iglesia
Católica porque era una muerte "cristiana y humanitaria". Después de participar
en un vuelo, el ex marino fue a buscar a un sacerdote, quien le habló sobre
"la importancia de eliminar la maleza".
En "El silencio" se revela que muchos "subversivos"
detenidos en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) fueron
trasladados a una isla propiedad de la Iglesia Católica, para escapar a los ojos
de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), lo que dejó al
descubierto la complicidad de la institución religiosa con el régimen militar.

En 1995, Scilingo decidió romper el "pacto de silencio" en venganza contra sus
superiores, especialmente contra Emilio Massera, ex jefe de la Junta Militar y
máximo responsable de la Armada, y en 1997 se presentó en forma voluntaria ante
el juez español Baltasar Garzón.
Según la revelación, los "vuelos de la muerte" se realizaban todos los martes,
en algunos casos se ampliaron a los sábados, después de que Inteligencia
propusiera las listas de los que serían arrojados a las aguas del mar desde
aviones de la Marina, siendo previamente anestesiados y notificados de que
serían enviados a un centro de reclusión.
El Vuelo marcó un punto de inflexión en la investigación de los crímenes de la
dictadura y en su persecución penal. Valiéndose de esta obra nacieron los
juicios por la verdad, que a su vez fueron de una importancia vital para abrir
una brecha en el cerco de impunidad conformado por las leyes de punto final y de
obediencia debida y los indultos. Obra insoslayable para entender uno de los
períodos históricos más complejos y sangrientos de nuestra historia, El Vuelo es también
una de las piezas probatorias fundamentales en el juicio hacia Adolfo Scilingo
presidido por el juez español Baltasar Garzón.

Horacio
Verbitsky nació en la Argentina en 1942 y ejerce el periodismo desde 1960. Desde
1987 escribe su columna política semanal para el diario Página/12 de Buenos
Aires.
Ha publicado los libros "Prensa y poder en el Perú", "La última batalla de la
Tercera Guerra Mundial", "Ezeiza", "Rodolfo Walsh y la
prensa clandestina", "La posguerra sucia", "Civiles y militares, memoria secreta
de la transición", "Medio siglo de proclamas militares", "La educación
presidencial", "Robo para la Corona", "Hacer la Corte", "El Vuelo" y "Un mundo
sin Periodistas".
Después del golpe militar de 1976 participó junto con el periodista y escritor
Rodolfo Walsh, asesinado en 1977 por elementos del Estado terrorista, en la difusión de información a
través de la Agencia Clandestina de Noticias (ANCLA) y de Cadena Informativa.
La Latin American Studies Association (LASA), que reúne a los más destacados
académicos del mundo especializados en la región, le otorgó su premio 1995/96 a
los medios de comunicación, en reconocimiento "a la mejor cobertura periodística
de largo plazo en América Latina", por "su comportamiento durante el régimen
militar de 1976 a 1983, cuando jugó un rol absolutamente esencial en la
investigación de las
violaciones a los derechos humanos por fuerzas militares y
paramilitares y en el subsecuente juzgamiento de los responsables" y por "sus
investigaciones acerca de la corrupción en el Estado argentino y el copamiento
de la Corte Suprema de Justicia por el gobierno del presidente Menem".
Es presidente del Centro de Estudios Legales y Sociales y secretario general de
la Asociación PERIODISTAS, para la Defensa del Periodismo Independiente, de la
Argentina. Integra la Junta Directiva de Human Rights Watch/Americas y el
Consejo Rector del Premio al Nuevo Periodismo Iberoamericano. Es profesor de la
Fundación del Nuevo Periodismo Iberoamericano que dirige Gabriel García Márquez.
Ha publicado colaboraciones en los diarios "El País" de España y "The New York
Times" y "The Wall Street Journal" de los Estados Unidos.
En 1997, una encuesta de la Fundación Konrad Adenauer de Alemania y el Centro de
Estudios Unión para una Nueva Mayoría lo señaló como modelo de periodista.
© 1995, Horacio Verbitsky
Derechos exclusivos de edición en castellano
reservados para todo el mundo:
© 1995, Editorial Planeta Argentina S.A.I.C.
© 1995, Grupo Editorial Planeta
ISBN 950-742-608-6
Hecho el depósito que prevé la ley 11.723
INDICE
I - LA CONFESIÓN
DIGAMOS LA VERDAD
ELOGIO DE LA TORTURA
UNA MUERTE CRISTIANA
TIERRA DE SOMBRAS
COMO LA REALIDAD
II - LA NEGACIÓN
LA MENTIRA INSTITUCIONAL
BOOMERANG
LA DESINFECCIÓN
UN HUMANISTA DE UNIFORME
TODOS O NINGUNO
MODUS OPERANDI
III - LA ALIENACIÓN
EL PLATO
UN TEMA SIN IMPORTANCIA
IV - ANEXOS DOCUMENTALES

LA COMISIÓN DE
ACUERDOS
TESTIMONIO DE PERNÍAS EN EL
SENADO
TESTIMONIO DE ROLON EN EL
SENADO
LA CARTA DOCUMENTO A MOLINA PICO
LA CARTA A VIDELA
LA PRIMERA CARTA A FERRER
LA SEGUNDA CARTA A FERRER
LA CARTA A MENEM
EL PEDIDO DE PRÓRROGA
LA NEGATIVA
EL PLATO A SCILINGO
LA SOLICITUD DE RECONSIDERACIÓN
LA RECONSIDERACIÓN
EL PARTE MÉDICO
V - NOTAS
EL VUELO
"History is a nightmare
from which I am trying to awake."
JAMES JOYCE, Ulysses
A mi hermana Alicia
I -
La confesión
DIGAMOS LA VERDAD
-Yo estuve en la ESMA. Quiero hablar con usted -dijo.
Bajo, de nariz grande y bigotes, de unos 45 años. Con pantalón azul, camisa a
rayas de manga corta y un portafolios barato, se parecía a tantos otros
sobrevivientes de los campos clandestinos de concentración de la dictadura
militar que corren de un lado a otro para ganarse la vida, sin desasirse de
aquel mal sueño.
-No. Usted me entendió mal. Yo soy compañero de Rolón-aclaró.
El capitán de fragata Juan Carlos Rolón fue uno de los oficiales de Inteligencia
de la Escuela de Mecánica de la Armada y junto con su camarada Antonio Pernías
desató una de las mayores crisis políticas de 1994. El presidente Carlos Menem
decidió ascenderlos a capitán de navío, pero el día en que el Senado debía
darles el acuerdo la prensa difundió sus antecedentes.
La Justicia había arrestado a Pernías en 1987 por torturar a las monjas
francesas Alice Domon y Leonie Duquet y a otros nueve detenidos. Varios de ellos
también lo oyeron jactarse por la masacre de los sacerdotes de la Iglesia de San
Patricio, otro de los casos más estremecedores de la década del 70. Rolón fue
investigado por el secuestro que terminó con la muerte de Mónica Jáuregui y
dirigió la sección de Inteligencia de la ESMA que intentó lavar el cerebro de un
grupo de prisioneros para que, bajo amenaza de muerte, efectuaran tareas
intelectuales en favor de la carrera política del almirante Emilio Massera. La
ley de Punto Final impidió que Rolón fuera procesado. Pernías recuperó su
libertad gracias a la de Obediencia Debida.
La Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas tenía más denuncias en
sus registros: Pernías y Rolón habían intentado secuestrar en Venezuela al ex
dirigente de la Confederación General Económica Julio Broner. Pernías planeaba
disparar dardos embebidos en una droga, que paralizarían a la víctima. Para
determinar la dosis exacta, probaba sus dardos contra un prisionero, que nunca
reapareció con vida. También fue instructor en un curso sobre "lucha
antisubversiva" para torturadores del Uruguay, Paraguay, Bolivia, Nicaragua,
Brasil y Guatemala y montó una inmobiliaria para vender los inmuebles saqueados
a los detenidos.
Hasta ahí, el forcejeo no difería de los que se sucedieron desde que terminó la
dictadura cada vez que el Poder Ejecutivo remitía los pliegos de ascensos. La
prensa los examinaba con lupa y los organismos de derechos humanos comunicaban
sus objeciones al Senado, que también recibía la presión contraria del gobierno
y los Estados Mayores. Pero esta vez hubo una diferencia. Pernías y Rolón se
sintieron abandonados por la Armada, decidieron hablar y desataron una reacción
en cadena.
Pernías reconoció a la tortura como el arma escogida de una guerra sin leyes,
admitió la actuación de la Armada en el secuestro y asesinato de las monjas
francesas y sugirió que a los curas palotinos los había matado la Policía
Federal. Rolón fue más elíptico. Dijo que no daría bajo ninguna circunstancia
órdenes como las que obedeció y que "fueron equivocadas", pero impartidas por
"superiores que ahora son almirantes con acuerdo del Senado". Además hizo saber
que nadie quedó al margen porque la Armada dispuso que todos los oficiales
rotaran por los grupos de tareas.
-¿No le parece una hijaputez lo que están haciendo con Rolón? -preguntó el
hombre del portafolios barato.
-¿En qué sentido? -siguió el diálogo de preguntas y preguntas.
-¿O usted cree que Rolón actuó por propia iniciativa, que éramos una banda?
-desafió.
-¿Y qué eran, si no una banda?
-¿Una banda puede disponer de las instalaciones de la Armada, mover aviones?
-¿Aviones?
Abrió el portafolios y extrajo una fotocopia:
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-Lea esto. Le va a interesar.
Era una carta documento dirigida al jefe de Estado Mayor de la Armada, almirante
Enrique Emilio Molina Pico: si la comisión de acuerdos del Senado negaba los
ascensos a Pernías y Rolón cometería una injusticia por desconocimiento, decía.
Por eso la Armada debía informar "a la ciudadanía y en especial a los señores
senadores, cuáles fueron los métodos que la superioridad ordenó emplear en la
Escuela de Mecánica de la Armada para detener, interrogar y eliminar al enemigo
durante la guerra contra la subversión y, en caso de existir, el listado de los
mal llamados desaparecidos".
-¿Eliminar al enemigo?
-Termine de leer.
"Estando de pase en la ESMA cumplí órdenes de superiores que ahora son señores
almirantes con acuerdo del Honorable Senado de la Nación".
-Son las mismas palabras de Rolón. -Siga leyendo.
"Informo que en caso de negarse los acuerdos de marras, solicitaré una profunda
investigación judicial para que definitivamente la verdad triunfe sobre la
hipocresía". Firmaba el capitán de corbeta Adolfo Francisco Scilingo.
-Acá tengo el remito firmado por el custodio de Videla -siguió.
Cuando Menem indultó a los ex comandantes y Jorge Videla exigió una
reivindicación, Scilingo llevó personalmente otra carta a su casa.
-Léala pero no se preocupe por retener detalles, porque le voy a dejar una
copia. Usted va a ver que hicimos cosas peores que los nazis.
Su texto es escalofriante: "En 1977, siendo Teniente de navío, estando destinado
en la Escuela de Mecánica, con dependencia operativa del Primer Cuerpo de
Ejército, siendo usted el Comandante en Jefe y en cumplimiento de órdenes
impartidas por el Poder Ejecutivo cuya titularidad usted ejercía, participé de
dos traslados aéreos, el primero con 13 subversivos a bordo de un Skyvan de la
Prefectura, y el otro con 17 terroristas en un Electra de la Aviación Naval. Se
les dijo que serían evacuados a un penal del sur y por ello debían ser
vacunados. Recibieron una primera dosis de anestesia, la que sería reforzada por
otra mayor en vuelo. Finalmente en ambos casos fueron arrojados desnudos a aguas
del Atlántico Sur desde los aviones en vuelo. Personalmente nunca pude superar
el shock que me produjo el cumplimiento de esta orden, pues pese a estar en
plena guerra sucia, el método de ejecución del enemigo me pareció poco ético
para ser empleado por militares, pero creí que encontraría en usted el oportuno
reconocimiento público de su responsabilidad en los hechos", decía.
"Como respuesta ante el tema de los desaparecidos usted dijo: hay subversivos
viviendo con nombres cambiados, otros murieron en combate y fueron enterrados
como NN y por último no descartó algún exceso de sus subordinados. ¿Dónde me
incluyo? ¿Usted cree que esos traslados realizados semanalmente eran producto de
excesos inconsultos? Terminemos con el cinismo. Digamos la verdad. Dé a conocer
la lista de los muertos, pese a que en su momento no asumió la responsabilidad
de firmar la ejecución de los mismos. La injusta condena que dice que cumplió
fue con la firma de un presidente ordenando el juicio, con la firma del fiscal
solicitando condena, con la firma de jueces fijando sentencia. Todos,
equivocados o no, dieron la cara y su firma. Nosotros todavía cargamos con la
responsabilidad de miles de desaparecidos sin dar la cara y decir la verdad y
usted habla de reivindicaciones. La reivindicación no se logra por decreto".
Terminaba anunciándole que si Videla no asumía su responsabilidad, él publicaría
la carta "para que se sepa la verdad."
-¿Qué le contestó Videla?
-Nunca me contestó nada.
Scilingo envió copia de esa carta al entonces jefe de Estado Mayor de la Armada,
almirante Jorge Osvaldo Ferrer. Al no rechazar el indulto los ex comandantes
aceptaron que "su condena careció de motivación política". Desde entonces sus
antiguos subordinados "pasamos a ser ejecutores de órdenes que podrían tener
carácter delictivo. Si bien el Punto Final nos libera de toda condena, no por
ello dejamos de ser responsables de los hechos de los cuales fuimos partícipes",
le escribió. No deseaba ser responsable de encubrimiento "al no asumir mi
autoría en casos de desaparecidos" y había resuelto presentarse a la fiscalía
federal a declarar, "a fin de que se determine si en el cumplimiento de órdenes
he cometido algún ilícito". Como oficial más antiguo que el capitán de fragata
Alfredo Astiz, se proponía declarar ante la justicia de Francia "para explicar
la verdad de los hechos que se imputan y lograr su justo sobreseimiento". Ferrer
debía ordenar "la publicación de los nombres de los subversivos ejecutados por
integrantes de la institución, independientemente del método empleado". Scilingo
pedía que su carta fuera elevada a Menem.
El fajo de fotocopias que sacó del portafolios seguía con una nueva carta a
Ferrer. Por falta de respuesta a la anterior no se sentía conducido por sus
superiores, sino "usado y descartado". La Escuela Naval Militar "me educó para
ser oficial de Marina" pero en la Escuela de Mecánica de la Armada "me ordenaron
actuar al margen de la ley y me transformaron en delincuente". La actitud de los
ex superiores ante el indulto "me hace cómplice de encubrimiento".
Terminaba con una referencia críptica. Decía que en la vida civil había cometido
errores graves, "tanto de conducta como a nivel económico-empresarial". Los
atribuía a la "soberbia, omnipotencia y sobrevaloración que sentía por sobre los
civiles y que mal adquirí durante el llamado Proceso de Reorganización Nacional,
cuando creía que tanto mis superiores como yo éramos los salvadores de la
Patria. Los golpes que sufrí me han demostrado que sólo la verdad, la democracia
y la Justicia son la verdadera solución para nuestro país".
En la Casa Militar de la Presidencia dejó un juego de copias de las cartas
anteriores que el brigadier Andrés Antonietti debía entregarle a Menem. Le
solicitaba autorización para declarar ante la fiscalía federal y la justicia
francesa y difundir la carta a Videla. También aspiraba a una audiencia privada
en la cual "conocer el pensamiento de mi Comandante en Jefe sobre el tema
planteado".
Menem tampoco le contestó.
ELOGIO DE LA TORTURA
Menem no sabía quiénes eran Pernías y Rolón. Sus nombres fueron incluidos en la
nómina de ascensos por el secretario de asuntos militares, Vicente Massot, un
buen amigo del jefe del campo de concentración en el que se desempeñaron
Pernías, Rolón, Astiz y Scilingo: el almirante Rubén Jacinto Chamorro. Massot,
quien visitaba a Chamorro en la ESMA, fue el primer funcionario del gobierno
constitucional que hizo una defensa pública de la tortura: "Lo que hay que
preguntarse, en términos maquiavélicos, es hasta qué punto, en ciertas
ocasiones, el fin justifica los medios. Un detenido sabe dónde está ubicada una
bomba a punto de estallar que va a matar a centenares de personas. Usted podría
llegar a cargar con la responsabilidad de que volase una bomba en un colegio de
chicos, que murieran cientos de chicos, por no haber aplicado la tortura", dijo
para justificar los ascensos.
El mismo acertijo había propuesto el ministro del Interior de la dictadura
Albano Harguindeguy al monseñor Miguel Hesayne. "No, señor general. El fin no
justifica los medios", le respondió el austero obispo de Viedma. Hesayne predicó
que "una victoria a costa de actos indignos se convierte pronto en derrota,
porque "Fuerzas Armadas que torturen no saldrán impunes ante Dios creador".
Objetó la opción "por los principios maquiavélicos, renunciando a Cristo y a su
Evangelio" y dijo que "la tortura es inmoral, la emplee quien la emplee". La
conjetura maquiavélica de Massot y Harguindeguy partía de supuestos falsos.
Nunca ninguna organización guerrillera en la Argentina atacó un colegio. En las
salas de tormentos no se interrogaba a los detenidos por bombas a punto de
estallar sino por la próxima cita con sus compañeros.
Menem desmintió furioso que se propusiera premiar al verdugo de las monjas
francesas: "Es una burda mentira. En ningún momento el gobierno está propiciando
ascensos de esta magnitud. No hay ninguna posibilidad". Los oficiales que
hubieran intervenido en torturas no serían ascendidos, prometió.
Su respuesta causó consternación en el gobierno y en la Armada. Cuando le
comunicaron que él mismo había firmado los pliegos, Menem ya era rehén de sus
palabras. La comisión de acuerdos del Senado aconsejó rechazarlos. Su dictamen
iba a ser ratificado en sesión pública, pero desde la Casa Rosada llamaron al
presidente del bloque justicialista, quien solicitó que la comisión volviera a
estudiar el caso.
Se convino entonces que Pernías y Rolón formularan su descargo ante la comisión
de acuerdos. Si los ex comandantes habían sido indultados, también debían ser
ascendidos quienes tenían una responsabilidad mucho menor, opinó su presidente,
Deolindo Bittel. Justo cuando comenzaba la mar gruesa, los principales jefes de
la Armada abandonaron el barco: Molina Pico viajó a Túnez para recibir junto con
Menem a la fragata Libertad mientras el subjefe Jorge Enrico asistía en París a
una exposición naval. Pernías y Rolón llegaron al Congreso solos y vestidos de
civil. Pese a que el Senado no les había dado el acuerdo cumplían funciones de
capitanes de navío. Exhibir sus insignias ante los senadores hubiera sido una
provocación, y disfrazarse con las de capitanes de fragata habría disminuido su
autoridad ante los subordinados. Los estupefactos senadores, que ni siquiera los
presionaron con sus preguntas, les oyeron decir aquello que las Fuerzas Armadas
habían negado durante casi dos décadas.
Había un solo precedente. El contraalmirante (R) Horacio Mayorga, había dicho
durante un reportaje en 1985: "La gente se asombra por lo de Astiz. ¿Sabe
cuántos Astiz hubo en la Armada? Trescientos Astiz". Los oficiales de la ESMA
eran personas austeras que mataban por la Patria, "tipos que nunca tenían un
mango. Astiz, el día 15, era un tipo que va a morfar al portaaviones. Era gente
que se jugaba todo por lo que estaba haciendo. ¿Que han matado gente? Claro.
Todo el mundo sabe que los eliminábamos. Se detenían cuatro o cinco y ¿cuántos
había recuperables? Uno. Y era mucho. Lo peor es lo que esa gente tiene que
soportar ahora. A muchos la mujer los echó de la casa, otros se extraviaron, se
volvieron locos".
El que hablaba no era un hombre sin historia. En 1972 había sido el jefe de la
base naval de Trelew, donde se ejecutó la precursora masacre de dos decenas de
detenidos políticos pretextando un intento de fuga. Una década después se
ofreció para defender ante la justicia militar a sus dos discípulos más
notorios, Chamorro y Astiz. Mayorga negó que en la ESMA se les hubieran cortado
los dedos con una sierra a los detenidos para que no fueran identificables por
las impresiones digitales. "¡Mentira! Lo único que teníamos en la ESMA era
picana". También disintió con la conducción naval de la época. "Para mí habría
que haber fusilado en River, con Coca-Cola gratis y televisándolo. Yo no estaba
de acuerdo con eso de trabajar por izquierda". A una escritora norteamericana
intentó convencerla del humanitarismo de la Armada: "Usted me preguntará por qué
teníamos que gastar una inyección en esos prisioneros. Pero lo hicimos". Le dijo
que había visto cosas tremendas pero imprescindibles para ganar la guerra y
comparó a los marinos con los rugbiers uruguayos perdidos en la Cordillera, que
sin embargo "no eran caníbales". Se presentó como un buen cristiano asediado por
su conciencia. "Debemos condenar la tortura. El día en que dejemos de condenar
la tortura -aunque torturamos-, el día en que nos volvamos insensibles ante las
madres que perdieron a sus hijos guerrilleros -aunque eran guerrilleros-,
habremos dejado de ser seres humanos". Pero negó que los señores del mar
hubieran violado o robado. "Hablan de nosotros como si fuéramos salvajes
africanos... ¡Somos oficiales navales! No vamos a ensuciarnos por un reloj de
oro!"
Esa primera y solitaria excepción al pacto de silencio no tuvo consecuencias.
Mayorga había pasado a retiro trece años antes y sus declaraciones fueron
formuladas a una revista marginal y a una escritora que las reprodujo en un
libro muchos años después.
En cambio Pernías y Rolón seguían en actividad, hablaban en primera persona como
ejecutores de actos atroces y el ámbito elegido era el Senado de la Nación ante
periodistas de todos los medios del país. La repercusión fue inmediata. El
abogado de las familias Domon y Duquet, Horacio Méndez Carreras, pidió a la
comisión que reclamara precisiones a Pernías acerca del lugar en que fueron
abandonados los restos "para darles cristiana sepultura". La Cámara de
Apelaciones de París ya había condenado a reclusión a perpetuidad por el
asesinato de las monjas a Astiz, el único militar que no puede salir del país ni
para hacer la guerra sin que lo detenga la policía. El canciller francés Alain
Juppé voló a Buenos Aires, planteó el caso al gobierno argentino, recibió a las
Madres de Plaza de Mayo y declaró que "tratándose de dos ciudadanas francesas
torturadas y asesinadas por su manera de pensar, Francia no olvida". Méndez
Carreras también objetó la afirmación de Pernías de que los tormentos se
aplicaban para obtener información: cuando las monjas y las primeras Madres de
Plaza de Mayo fueron secuestradas en la iglesia de la Santa Cruz, Astiz llevaba
seis meses infiltrado en el grupo y rendía informes diarios a la Inteligencia
naval, que no tenía necesidad de preguntarles nada.
No se trataba de una organización militarizada, ni siquiera política, sino de
una docena de personas desarmadas, cuyo único vínculo era el parentesco con
otros desaparecidos. En el momento de producirse el sacrilegio, no estaban
poniendo una bomba sino recolectando fondos en una iglesia para publicar la
primera solicitada con una lista parcial de las víctimas. Semejante batalla no
puede ser presentada como un acto de servicio sin denigrar la función de las
Fuerzas Armadas en una sociedad medianamente civilizada.
Menem pasó fuera del país la primera semana de la crisis. Sus comentarios al
regresar no provocaron menos asombro que las revelaciones de los torturadores
extrovertidos: "Hubo una guerra sucia y de las partes involucradas unos lucharon
por la vigencia de la ley y otros violaron constantemente esa ley. Yo creo que
triunfó la ley en aquella oportunidad y a ese triunfo debemos mantenerlo
incólume". Pernías acababa de decir que la tortura era la única ley, y Menem
interpretaba que había triunfado la ley.
El bloque de senadores del partido justicialista decidió no dar acuerdo a los
ascensos pero Menem prosiguió su escalada verbal. En el Estado Mayor del
Ejército dijo que "nosotros, gracias a la presencia de las Fuerzas Armadas,
triunfamos en esta guerra sucia". Ante la policía homenajeó al organizador de la
Triple A, el comisario Alberto Villar, a quien llamó "uno de los más grandes
jefes". En una de sus cotidianas poluciones radiales dijo que "más allá de los
errores que se cometieron, desapareció el aparato subversivo y eso se lo debemos
a los hombres de armas".
Su reivindicación de un pasado tenebroso descolocó a las Fuerzas Armadas. En la
misma semana el jefe de Estado Mayor del Ejército, teniente general Martín
Balza, había dicho: "Sobre el pasado no se puede hacer nada. Se puede trabajar
sobre el presente y el futuro. Al pasado debemos analizarlo detenidamente, con
autocrítica y humildad". Balza fue el primer jefe de Estado Mayor que abominó de
la lógica siniestra de la década del 70. "Siempre deberá tener primacía la
ética. El fin no justifica los medios. No hay justificación ética de los fines a
partir de la ilegitimidad de los procedimientos. La obediencia debe ser valorada
entonces en su esencia y en su complejidad: todo militar debe dar y recibir
órdenes, pero lo debe hacer como un ser moral e individual: nunca se ordenará
hacer algo inmoral, y si alguien cumple u obedece una orden inmoral dejamos el
terreno de la virtud para entrar en la inconducta viciosa", proclamó. Al
postular la promoción de los dos capitanes, la conducción naval y el Poder
Ejecutivo entorpecían el difícil y doloroso tránsito de las instituciones
castrenses desde la ciénaga del Estado Terrorista hacia un rol moderno y
compatible con el ordenamiento democrático.
Ni siquiera la alborotada intervención de Menem atenuó el efecto que la
locuacidad de Pernías y Rolón había producido dentro de la Armada. Retirados dos
ladrillos fundamentales, todo el muro de silencio podía derrumbarse. Scilingo
fue al correo y depositó su carta documento a Molina Pico. Si la Armada no decía
la verdad, esta vez él lo haría.
UNA MUERTE CRISTIANA
En los dos primeros encuentros contó su historia. En el tercero debía
documentarla. Llegó a la hora exacta convenida. No se había arrepentido,
entonces. Traía las anunciadas fotocopias de las cartas.
-Ahora usted está seguro que no me voy a echar atrás-dijo.
Sólo restaba registrar su voz.
-Espere, no grabe. Hoy tenemos que preparar un cuestionario -se resistió.
-No, vamos a grabar.
La cinta comenzó a girar. Extendió la mano para detenerla.
-Deje ese grabador.
Scilingo retiró la mano. Esta vez le tocaba contestar. Comenzaba la confesión
demorada dieciocho años.
-¿Cómo llegaron a usted las órdenes de arrojar prisioneros inermes al mar?
-La primera información la recibí del almirante Luis María Mendía, que era
Comandante de Operaciones Navales, ante las planas mayores de todas las unidades
del área Puerto Belgrano, reunidos en el cine de la base en 1976. Planteó que
estaban previstas operaciones militares especiales que se iban a instrumentar de
acuerdo a las circunstancias, para adecuarlas a la lucha contra un enemigo que
no estaba contemplado dentro de los organigramas normales. Explicó que desde la
colonia se usaron uniformes para diferenciarse los dos bandos. Luego habían
servido para mimetizarse con los distintos terrenos. Ahora se iban a usar ropas
civiles para mimetizarse en el medio civil. Estaban todos los oficiales del área
Puerto Belgrano, en el cine de la base, no el de la flota. Con respecto a los
subversivos que fuesen condenados a muerte o que se decidiese eliminarlos
comentó que iban a volar, y así como hay personas que tienen problemas, algunos
no iban a llegar a destino. Y dijo que se había consultado con las autoridades
eclesiásticas, no sé a qué nivel, para buscar que fuese una forma cristiana y
poco violenta.
-¿Quién y cómo los condenaba?
-En la ESMA el número uno era el almirante Chamorro. No sé si lo consultaba con
otra autoridad o era decisión de él. Para mí era un tema que no merecía
discusión, me imagino que estaba perfectamente evaluado. Estábamos convencidos
que era lo más humanitario, como nos dijo Mendía.
-¿Le hicieron preguntas a Mendía?
-Sí.
-¿Qué le preguntaron?
-No recuerdo. Me parece que una de las preguntas fue sobre el uso del uniforme.
Fue sorpresivo. Como no se trató de una reunión naval el tema fue impactante.
-¿Mendía transmitió eso como una decisión tomada?
-Figuraba en los planes escritos de la Armada: operaciones militares especiales.
Eso fue lo que explicó, lo que orgánicamente estaba planificado así. El grupo de
tareas 3.3 que operó en la Escuela de Mecánica de la Armada estaba contemplado
allí.
-Una orden militar debe ser clara y precisa. Por lo que usted cuenta, Mendía
transmitió un concepto difuso con una frase elíptica.
-Fue una descripción general sobre el tema. Planteó un cuadro de situación. No
dio detalles ya que eso se hacía después en cada unidad.
-Usted dice que está por escrito. Pero los vuelos no figuran en los planes de la
Armada que se conocieron después.
-No. Lo que figuraban por escrito eran las operaciones militares especiales.
-Concretamente, ¿cómo ocurrieron los traslados que usted menciona en la carta a
Videla?
-¿En los que yo participé?
-Sí. ¿Cómo recibía las órdenes?
-Me las impartía mi jefe directo. A mediados del año 77, estando yo destinado en
la Escuela de Mecánica, me llama el jefe de defensa, capitán de fragata [Adolfo
Mario] Arduino. Era el tercero, pero quedó como segundo cuando fue herido el
capitán [de navío Salvio] Menéndez. Arduino me informa que tengo que hacer un
vuelo, que me tenía que presentar en Dorado, que era la central donde se
impartían las órdenes y funcionaba en el edificio de oficiales. Era totalmente
lógico en ese momento dado que era rotativo, le podía tocar a cualquiera, estaba
involucrada toda la Armada. Era una orden y se cumplía. No había ninguna duda,
no era nada raro ni oculto. Arduino luego fue vicealmirante y Comandante de
Operaciones Navales.
-Sin embargo, en los grupos operativos no se respetaban las jerarquías, se
rompía la cadena de mandos.
-Eran grupos comando. Después se volvía a la normalidad, se volvía a la
autoridad como correspondía. Eran operaciones secretas.
-¿A nadie le llamaba la atención que una decisión tan grave como quitar la vida
a las personas no proviniera de una normativa refrendada en forma responsable?
-No. No existe ninguna fuerza armada donde todas las órdenes se hagan por
escrito, sería imposible mandar. El sistema que estaba montado para eliminar a
los elementos subversivos era orgánico, tanto podía decir fusilamiento como otro
tipo de eliminación. Se imagina que mover aviones no los mueve una banda sino
una fuerza armada. Recibíamos órdenes extremas, pero coherentes en función de
una guerra que se estaba librando, tanto las de detener al enemigo como las de
eliminarlo.
-¿Nadie preguntó por qué no se firmaban órdenes de fusilamiento y se ejecutaban
en forma pública por un pelotón?
-Sí, fue uno de los temas que se plantearon en aquella reunión con Mendía. No se
daba a conocer qué pasaba con los detenidos para evitar la información y crear
incertidumbre en el enemigo. Esa era la razón teórica que nos dieron. El tiempo
demostró que la razón era otra, porque muchos años después, en los juicios,
nadie dijo lo que había pasado.
-¿Usted piensa que ya en ese momento hubo deliberación de eludir
responsabilidades?
-En ese momento, no sé. Pero que después las eludieron no tengo ninguna duda.
¿Por qué hasta el momento no se le ha dicho la verdad a la ciudadanía, después
de veinte años? Si eran todas órdenes legales, ¿qué se está ocultando? ¿Por qué
el Congreso no tiene todos los elementos para saber si tiene que ascender a
Rolón o Pernías, o el día de mañana a Astiz?
-Arduino le ordena que se presente en Dorado. ¿Qué pasa cuando usted se
presenta?
-Hay una orden en un pizarrón que indica quiénes integran la columna que va a ir
a Aeroparque con los detenidos.
-¿Decía "columna que va a ir a Aeroparque"?
-No me acuerdo la expresión, pero era la columna que iba a ir a Aeroparque.
-En las conversaciones entre ustedes, ¿cómo se referían a eso?
-El vuelo.
-¿El vuelo?
-Se le llamaba un vuelo. Era normal, aunque en este momento parezca una
aberración. Así como Pernías o Rolón dijeron a los senadores que el tema de la
tortura para sacar información al enemigo era lo que se había adoptado en forma
regular, esto también. Dentro del esquema, metidos en la guerra que estábamos
convencidos de estar librando, era una de las metodologías.
-¿En el pizarrón encuentra su nombre y el de los demás que van a ir?
-El nombre supuesto.
-¿Entre ustedes tampoco se conocían los nombres?
-Sí, cada cual sabía. Dentro de la Armada se conocen todos.
-¿Qué sentido tenía usar el nombre de encubrimiento?
-Para que no lo supiera el enemigo. Dentro de la Escuela había subversivos que
colaboraban. Inclusive, cuando alguien entraba de uniforme, como norma se le
hacían sacar las jinetas del cuello para que no se pudieran identificar los
grados.
-Descríbame cuál fue el paso siguiente.
-Fui al sótano, donde estaban los que iban a volar. Abajo no quedaba nadie. Ahí
se les informó que iban a ser trasladados al sur y que por ese motivo se les iba
a poner una vacuna. Se les aplicó una vacuna... quiero decir una dosis para
atontarlos, sedante. Así se los adormecía.
-¿Dosis de qué?
-No sé. Una inyección.
-¿Quién la aplicaba?
-Uno de los médicos que estaba destinado allí.
-¿Un médico naval?
-Sí. Después se los subió a un camión de la Armada, un camión verde con toldo de
lona. Fuimos a Aeroparque, entramos por la parte de atrás y ahí nos enteramos
que no era un Electra de la Armada sino un Skyvan de la Prefectura el que hace
el vuelo. Como no cabían todos, se dividió en dos el grupo que iba a volar. Yo
iba como pinche. No sé por qué, me nombran a mí a cargo del primer vuelo. Al
avión subimos dos, yo y mi jefe y supervisor en el tema automotores, el teniente
Vaca, que después resultó que no era tal teniente Vaca, sino un abogado civil
contratado, primo del [jefe de inteligencia del grupo de tareas, el] Tigre
Acosta. A partir de ahí se cargaron como zombies a los subversivos y se
embarcaron en el avión.
-¿ Usted sigue pensando en ellos con esa palabra o la usa ahora porque estamos
grabando?
-Yo le estoy describiendo el hecho como era en ese momento.
-Por eso le cambio el tiempo. ¿Ahora sigue pensando en subversivos?
-No.
-¿Cómo lo diría con sus palabras de hoy?
-Hoy lamentablemente, como están jugadas las cosas, como se sigue ocultando todo
y no se da la cara, creo que tanto los que murieron en esa forma, porque se
jugaban, como los que estábamos ahí, éramos dos grupos de idiotas útiles, que
nos usaron. ¿Cuántos son los subversivos importantes que murieron, fíjese
quiénes son los que murieron?
-¿Quiénes son?
-Yo no creo que haya muerto ninguno que tuviese una trascendencia tremenda como
para afectar... Que el país estaba en una situación caótica, sí. Pero hoy le
digo que de otra forma se podría haber solucionado sin problema. Lo pienso hoy y
no había ninguna necesidad de matarlos. Se los podría haber escondido en
cualquier lugar del país. No solamente fueron responsables las Fuerzas Armadas
sino que gran parte de la población consintió la barbaridad que se estaba
haciendo.
-¿Cómo se expresó ese consentimiento?
-Yo no creo que la sociedad actuara por terror. Creo que le reclamó a las
Fuerzas Armadas o que avaló lo que hicieron. Algún exceso en los procedimientos,
como se hablaba en aquel momento, no era rechazado. Era aceptado. Se alzaron muy
pocas voces de repudio. Si la mayoría de la ciudadanía se hubiese manifestado en
contra, las cosas hubieran sido distintas. Hoy le digo que fue una barbaridad.
En ese momento estábamos totalmente convencidos de lo que hacíamos. En la forma
en que estábamos mentalizados, con la situación que se vivía en el país, sería
una mentira total si le dijese que no lo haría de nuevo en las mismas
condiciones. Sería un hipócrita. Cuando yo hice todo lo que hice estaba
convencido de que eran subversivos. Lo que pasa es que contarle esto en este
momento, y se lo cuento con detalles porque usted me lo pregunta, y creo que la
verdad debe saberse, no crea que me pone muy feliz ni me hace muy bien. En este
momento no puedo decir que eran subversivos. Eran seres humanos. Estábamos tan
convencidos que nadie cuestionaba, no había opción, como dijo Rolón en el
Senado. La mayoría hizo un vuelo, era para rotar gente, una especie de comunión.
-¿En qué consistía esa comunión?
-Era algo que había que hacerlo. No sé lo que vivirán los verdugos cuando tienen
que matar, bajar las cuchillas o en las sillas eléctricas. A nadie le gustaba
hacerlo, no era algo agradable. Pero se hacía y se entendía que era la mejor
forma, no se discutía. Era algo supremo que se hacía por el país. Un acto
supremo. Es muy difícil de entender y de explicar, sobre todo pasado tanto
tiempo, y viendo ahora cosas distintas.
-La palabra comunión tiene un componente místico, carismático.
-Sí. Era así. Cuando se recibía la orden no se hablaba más del tema. Se cumplía
en forma automática.
-¿Todos participaron?
-Venían rotando de todo el país. Alguno puede haberse salvado, pero en forma
anecdótica. Si hubiera sido un grupito, pero no es cierto: fue toda la Armada.
La ESMA tenía un staff permanente, el grupo de tareas, que iba de pase, y otro
transitorio que duraba tres meses. Y además mandaban en comisión a oficiales de
todo el país, por un fin de semana o un día. Los vuelos eran los miércoles. El
staff salía cumpliendo órdenes legales y no mataban ni asesinaban, capturaban y
entregaban. El lavado de cerebro era total. Los chupados eran interrogados en 30
minutos, no había más tiempo, y después Chamorro decidía quien moría.
-¿Cuál era la reacción de los detenidos cuando les decían de la vacuna y del
traslado?
-Estaban contentos.
-¿No sospechaban de qué se trataba?
-Para nada.
-¿En qué lapso se empezaron a atontar por el efecto de la droga?
-Corto.
-¿Durante el viaje?
-No, antes de salir.
-El camión iba en columna...
-... con otros vehículos de custodia. Iban tipo zombie.
-Pero podían moverse para subir al avión.
-El cuestionario este es medio macabro, o totalmente macabro. Es un hecho real y
concreto. Si usted quiere que se lo relate yo se lo relato.
-Es ineludible. Usted lo menciona en la carta a Videla.
-Porque es la verdad, lo que pasó. ¿O tiene alguna duda?
-Ninguna. ¿Podían subir al avión caminando a pesar de la droga?
-No. Había que ayudarlos.
-¿No tenían conciencia de lo que estaba pasando?
-De eso no tengo ninguna duda. Nadie tenía conciencia de que iba a morir.
-El hecho de haber recibido lo que creían que era una vacuna, cuando sentían que
se ponían como zombies, no hacía que...
-No, no, no.
-El vuelo despegaba de Aeroparque. ¿Cómo sigue?
-No tengo ganas de seguir contando.
Esta vez alcanzó a detener el grabador.
-¿Por qué no quiere seguir?
-Porque no. La próxima vez.
Con el grabador apagado se distiende. Vuelve a animarse si se menciona su tema
preferido y acepta continuar.
-Usted dice que si Pernías, Rolón y Astiz no pueden ser ascendidos, tampoco los
más antiguos que ellos deberían haber ascendido.
-Para mí, desde el almirante Massera hasta el más moderno, que creo que era
Astiz, ninguno en la Armada podría haberse quedado. Si era totalmente rotativo.
Todos los de la Armada sabían, y algunos muy pocos casos, de quienes pensábamos
que eran traidores, se fueron. Era ineludible, no era discutido, estábamos todos
convencidos que era lo mejor que se podía hacer para el país, y además eran
órdenes militares. Ahora fíjese el resultado.
-Sí.
-No el resultado de los asesinatos que se cometieron, sino de todos los que no
hablaron. Yo no digo que Arduino no debió haber sido vicealmirante, porque no
soy nadie para juzgarlo. Pero si él puede, Rolón puede. El almirante Molina Pico
no sé por qué tiene miedo para ocultarlo. Será porque todo lo que hicimos fue
fuera de la ley. Entonces somos todos delincuentes y se tienen que ir todos. Ese
es el tema. Eso es lo que yo pienso.
-¿Qué intervención tuvo Molina Pico en aquella época?
-No sé. Pero algo tuvo que ver. Por lo menos estaba en la Armada, no estaba en
una nube de pajaritos.
-¿En la Escuela de Mecánica había una dotación que no fuera rotativa?
-Había un grupo permanente en Dorado y un grupo que rotaba cada tres meses, que
venía de distintos destinos de la Armada.
-¿Los que participaban en los vuelos eran sólo los de Dorado?
-No, no. Era totalmente rotativo. Era toda la Armada, no era una banda.
-¿Incluso los que no tenían destino permanente en la Escuela?
-Sí.
-¿Los que llegaban por tres meses también participaban?
-No sólo participaban los que llegaban por tres meses, sino también algunos que
estaban en otros destinos y que los mandaban a hacer vuelos, específicamente. En
otras palabras, era para comprometerlos. Toda la Armada estaba comprometida en
la lucha antisubversiva, o en esto que ahora no sé que era. Porque si era una
lucha antisubversiva orgánica no sé qué es lo que hay que esconder.
-Usted repite una y otra vez que no eran una banda.
-Si usted cree que una banda de diez tipos puede llegar a movilizar aviones de
Prefectura y de la Armada está un poco equivocado. Era una fuerza armada que se
estaba movilizando. La gran diferencia que tenemos es que usted le llama la
banda. Yo digo que la Armada actuó como Armada hasta que se me crearon dudas.
¿Por qué no se dice la verdad si se actuó como Armada Argentina, si estábamos
cumpliendo órdenes perfectamente dadas a través de la cadena de comando? Toda la
Armada sabía lo que se estaba haciendo.
-La mafia de Sicilia también obedecía órdenes de Totó Runa. Cumplir órdenes no
califica a una institución.
-Pero si usted está dentro de una organización armada, siempre recibe órdenes,
cumple órdenes o da órdenes. En la Armada no hay compañeros, hay más y menos
antiguos.
-Pero esas órdenes tienen que ser legales.
-Estas eran órdenes legales. No existen en la Armada órdenes que no sean
legales. Ahora, si usted me pregunta qué pienso hoy, es otra cosa, pero en ese
momento no tenía ninguna duda.
-¿Hoy qué piensa?
-Si hubieran sido órdenes legales nadie tendría vergüenza de decirle a todo el
mundo qué pasó, cómo se luchó. Sin embargo, este insólito ocultamiento o
encubrimiento, este misterio... Alguien habló de pacto de sangre, acá no hubo
ningún pacto de nada, nadie a mí me dijo de esto no se puede hablar. ¿Cómo voy a
aceptar yo que alguien me diga de esto no se puede hablar? Se puede aceptar no
hablar, porque son secretos de guerra, durante un determinado periodo. Pero
terminada la guerra ya esto es historia y pienso inclusive que le hace bien a la
República que se sepa no sólo qué se hizo, sino que es obligatorio que se
entreguen las listas de abatidos o muertos, por el sistema que sea, para que de
una vez por todas se termine con esa situación insólita de desaparecidos.
-¿Esas listas quién las tiene?
-No sé quién las tiene en este momento. Pero en forma orgánica, no a nivel de
banda, se informó a través de los comandos que en una de las últimas reuniones
de la Junta Militar el entonces almirante Massera antes de irse había planteado
que era imprescindible dar a conocer la lista de los desaparecidos. Según lo que
se nos dijo a través de la cadena de comando, los otros integrantes de la Junta
se negaron, especialmente Videla.
-¿A usted le consta que esas listas existen?
-Tienen que existir, en aquel momento existían. Yo creo que las deben tener los
Jefes de Estado Mayor. Es lo lógico. No se pueden tirar las listas de los
muertos, si es que se actuó como yo creo. Ahora, si la sospecha que yo tengo,
que se actuó en forma insólita, rara y tenebrosa, porque ahora no decimos la
verdad... No sé. Puede ser que algún jefe de Estado Mayor las haya tirado. Eso
sería interesante que lo dieran a publicidad. Yo he planteado ese tema en alguna
de mis notas, pero nunca tuve respuesta.
-Usted insiste en que no eran una banda. Pero en una carta al almirante Ferrer
dice que en la Escuela de Mecánica de la Armada le ordenaron actuar al margen de
la ley y lo transformaron en delincuente.
-Sí. Usted me está preguntando lo que hicimos. Y yo estaba totalmente
convencido. Cuando asume Alfonsín son juzgadas las juntas. Se dice que es un
problema político. Son condenados. Se insiste en que es un problema político.
Pero después son indultados y se acepta sin ningún problema. ¿Entonces qué pasó
con todo lo anterior? Si se acepta el indulto quiere decir que se acepta la
condena, todo lo anterior, el juicio. Quiere decir que todo es veraz y nada fue
juego político, quiere decir que se actuó fuera de la ley.
-Pero usted no necesitaba que aceptaran el indulto para saber que actuaron al
margen de la ley y que las afirmaciones en el juicio fueron veraces. Los
sobrevivientes contaron exactamente lo mismo que usted vivió. Todos los relatos
de las víctimas y de los organismos de derechos humanos que se oyeron en el
juicio coinciden con su relato.
-¿Videla dijo eso?
-No.
-¿Y por qué no lo dijo?
-¿Usted por qué cree que no lo dijo?
-Me cuesta aceptarlo. Ya se lo dije al almirante Ferrer, que no me contestó. Si
usted me exige que defina si actuamos dentro o fuera de la ley, yo creo que
actuamos como delincuentes comunes. Me cuesta mucho aceptarlo, pero los otros me
lo demuestran. El almirante Molina Pico no habla del tema, el almirante Ferrer
no habla del tema. Les escribo y no me contestan. Si fueron actos de guerra y
órdenes militares, ¿por qué no me contestan? No lo entiendo. No dudo porque sí.
-En aquel momento, ¿nadie tuvo un instante de duda sobre la legitimidad de esas
órdenes de arrojar detenidos al mar desde un avión en vuelo? La formación
cristiana, la educación militar, ¿no entraban en contradicción con esto?
-Los pocos que se fueron de la Armada se opusieron evidentemente a esto. Casi
todos pensábamos que éramos traidores... perdón, que eran traidores.
-¿Cuántos conoce que se hayan ido?
-[El capitán de fragata Jorge] Búsico y otro que no recuerdo el nombre.
-Sólo dos. Esto supone una falla grave de formación.
-No, no, no. Yo creo que no. Porque si las Fuerzas Armadas son como deben ser
usted tiene que confiar totalmente en su superior. Tal vez le cueste entenderlo,
pero lo lógico es que usted no dude de su superior. Si se va a parar a analizar
cada orden...
-Pero no es un problema técnico.
-Técnico no. Pero todos estábamos convencidos que estábamos en una guerra
distinta, para la que no estábamos preparados, y se empleaban los elementos que
se tenían al alcance, el enemigo tenía permanentemente buena información y había
que negársela. Desde el punto de vista religioso, charlado con capellanes,
estaba aceptado.
-¿Los capellanes aprobaban el método?
-Sí. Después del primer vuelo, pese a todo lo que le estoy diciendo, me costó a
nivel personal aceptarlo. Al regreso, aunque fríamente pensara que estaba bien,
interiormente la realidad no era así. Creo que es un problema del ser humano, si
hubiese tenido que fusilar me hubiese sentido igual. No creo que a ningún ser
humano matar a otro le cause placer. Al día siguiente no me sentía muy bien y
estuve hablando con el capellán de la Escuela, que le encontró una explicación
cristiana al tema. No sé si me reconfortó, pero por lo menos me hizo sentir
mejor.
-¿Cuál fue la explicación cristiana?
-No me acuerdo bien, pero me hablaba de que era una muerte cristiana, porque no
sufrían, porque no era traumática, que había que eliminarlos, que la guerra era
la guerra, que incluso en la Biblia está prevista la eliminación del yuyo del
trigal. Me dio cierto apoyo.
-¿Otros compañeros suyos también se sintieron perturbados?
-En el fondo todos se sentían perturbados.
-¿Pero hablaban entre ustedes?
-Era tabú.
-Ustedes iban, tiraban treinta personas vivas al mar, volvían y no hablaban
entre ustedes del tema.
-No.
-Retomaban la rutina como si eso no hubiera existido.
-Sí. Todo el mundo lo quiere borrar. Yo no puedo.
-¿Qué se supone, que cada uno lo hablaba en su casa, con su familia?
-No sé.
-¿Usted lo habló con su familia?
-De a poco. Con la única persona con que lo hablé a fondo, de a poco, porque me
costaba, fue con mi mujer. Después con el tiempo lo hablé con dos amigos
civiles. Yo en el fondo deseaba que algún superior mío le dijera a la ciudadanía
qué había pasado en aquella época. Ese es el tema clave. Si lo que yo digo es
cierto, que se actuó dentro de las normas militares, cumpliendo órdenes y no hay
duda de que todo estaba bien, ¿por qué se oculta? Pero usted me dice que
actuábamos como banda.
-Actuaban como banda e hicieron cosas que van en contra de las leyes de la
guerra, de las convenciones internacionales, de la moral cristiana, de la moral
judía, de la moral musulmana.
-El fusilamiento es otra inmoralidad. ¿O está mejor? ¿Quién sufre más, el que
sabe que lo van a fusilar o el que murió mediante este método?
-El derecho de saber que va a morir no se le niega a ningún ser humano. Es una
medida elemental de respeto a la dignidad humana, aun en una situación límite.
-En eso estoy de acuerdo con usted. Si yo estuviese del otro lado preferiría
saberlo. Tiene razón. En ese momento no lo pensé. Pensé que era real lo de...
-¿No le parece que el hacerlo de esa manera es, aparte de todo, una enorme
cobardía, evitar la mirada de la persona que se va a matar, llevarlos contentos,
con engaños, para poder después volver y hacer de cuenta que no pasó nada, para
no recordar ni un grito ni una mirada?
-Planteado así, puede ser. Que no es un acto normal, hoy no tengo ninguna duda.
Yo lo condeno, y no porque me quiera justificar. Creo que es injustificable.
Pero también creo que es injustificable seguir ocultándolo. Yo he criticado
mucho a las Madres de Plaza de Mayo y las he considerado enemigas. Pero si a mí
me hubiese pasado lo que les pasó a las Madres de Plaza de Mayo, la Bonafini al
lado mío era un poroto.
-No creo. Ella es mucho más valiente que usted.
-¿Por qué lo dice?
-Por la vida de cada uno.
-Le estoy diciendo si estuviese en el lugar de ella.
-Se hubiese quedado en su casa.
-Eso es lo que opina usted.
-Sí.
-No lo comparto. No creo que haya aberración mayor para un padre que tener un
hijo desaparecido. Un hijo está vivo o está muerto, pero desaparecido no existe.
Y eso es culpa de las Fuerzas Armadas.
-¿Y eso a nadie se le pasó por la cabeza en el momento en que lo hacían?
-No.
-Entonces aparte de ser una banda de delincuentes, eran enfermos. Ahora lo dice
con toda claridad. Una aberración, culpa de las Fuerzas Armadas.
-Esta aberración es responsabilidad de las Fuerzas Armadas y ahora también del
gobierno, que debe exigirles que den a publicidad el listado de los muertos. No
me malinterprete lo que yo digo de las Madres de Plaza de Mayo. No sé si hubiese
tenido el coraje que tuvieron ellas.
-No hay militar argentino que haya tenido el coraje de las Madres.
-Esa es una apreciación política suya que no viene al caso. ¿Por qué lo dice?
-Por la práctica de cada uno. Mientras ustedes tiraban personas indefensas desde
los aviones, ellas salían en las condiciones más adversas a reclamar justicia.
Eso es mucho más valiente.
-No me malinterprete.
-¿En la Escuela de Mecánica de la Armada ¿se llevaban registros?
-Estaba perfectamente estructurada, era una organización militar, no una banda,
como usted dice.
-Era una banda con contabilidad escrita.
-Eso lo dice usted.
-¿Tenían la contabilidad escrita?
-Tenían la contabilidad de todo. No era una contabilidad de muertos. Estaba
dentro de la organización militar. Usted interpreta que la ESMA era un grupo
armado, ¿usted quiere separar la Armada de la ESMA, o la ESMA de la Armada?
-No.
-¿Usted dice que la banda era toda la Armada?
-Sí.
-En eso estoy de acuerdo. En ese momento no era así. Si usted dice que en eso
estaba toda la Armada, ¿algunos pueden ascender y otros no? El Senado ¿puede
ascender a algunos sí y a otros no, cuenta con todos los elementos? ¿Hay uno,
dos o tres que torturaron o mataron y el resto no?
-¿Me está diciendo que todos torturaron y mataron?
-No. Todos estaban dentro de la Armada cuando se estaba haciendo eso y en forma
rotatoria cumplían distintas funciones. En una guerra uno limpia, otro cocina,
otros matan. Pero eso no significa que no hayan estado todos en la guerra, o en
una banda, como usted dice o como hacen sentir las autoridades de la Armada al
no decir la verdad.
-Pero no es lo mismo cocinar que torturar.
-Cuando está en la guerra no piensa. Es el enemigo. Si no, explíqueme por qué la
Armada actuó así. ¿En la Escuela de Guerra se forman asesinos para luchar contra
civiles indefensos?
-Usted lo dice en su carta a Ferrer: "Me convirtieron en un delincuente".
-Porque el tiempo demostró, con las actitudes de los superiores al ocultar todo,
que se actuó en una forma rara. Si usted cumple órdenes y pasado el tiempo
suficiente para que dejen de ser secretas por razones operativas, se siguen
ocultando o se miente directamente como lo hizo Videla diciendo que reconocía
que algunos subversivos se habían ido del país, otros estarían muertos y no
identificados y que habría habido algún exceso, eso es mentir en forma alevosa.
En función de eso digo que nos transformaron en delincuentes. Porque todos los
que estábamos subordinados dentro de la organización naval creíamos que eran
órdenes serias y coherentes. Pero después se oculta la verdad. ¿Por qué se
oculta? Se oculta cuando se está haciendo algo que no corresponde. ¿Por qué cree
que no me han contestado estas notas?
-Porque no tienen qué contestar. Usted decía que el Senado no tiene todos los
elementos. Tiene muchos y podría tener más, pero Pernías y Rolón son los
primeros protagonistas que comienzan a contar lo que ocurrió. Hasta ahora eso se
sabía por las víctimas, los organismos de derechos humanos y la Justicia. Pero
nunca un oficial había dicho en primera persona lo que dijo Pernías, que el
tormento era la herramienta utilizada en los interrogatorios.
-Pero es que no le corresponde a un capitán de fragata hablar de ese tema.
-Frente a la Justicia desfilaron todos los almirantes que dieron las órdenes, y
nadie lo había admitido.
-¿Por qué?
-Por cobardía. ¿O usted tiene otra explicación?
-Ninguna. Entonces tiene razón mi nota, que actuamos como delincuentes.
-Por supuesto. ¿Cómo se decidió a escribir la primera nota?
-Para mí es inaceptable la declaración que hace Videla al salir de la cárcel con
el indulto. Llevé personalmente la carta a su casa y se la entregué al custodio,
que me firmó el remito. Nunca me contestó. Entonces le informé por nota al
almirante Ferrer. Cuando me cansé de que mis superiores no me respondieran envié
otra carta, con fotocopia de todas las anteriores al Presidente de la Nación en
su condición de Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas. La recibió el
brigadier Andrés Antonietti, que era jefe de la Casa Militar.
-¿Qué pasó?
-Nunca me contestaron. Por lo que supe, el presidente Menem leyó la nota y le
pidió a Antonietti: "Paren a este loco". Se ve que es un tema muy difícil. No
encontré quién me apoyara. Hablé con otros oficiales pero es un tema muy
complicado.
-¿Qué les planteaba?
-Que de una vez por todas esto tenía que salir a la luz, que había que terminar
con el tema diciendo la verdad. No para defenderse ni justificarse, pero la
cruda realidad es esa. Me parece inaceptable el término desaparecido, y que
encima cargue sobre mis espaldas. Porque yo no hice desaparecer a nadie, ni
nadie en la Armada. Se eliminó al enemigo en una guerra, también podría haber
sido por fusilamiento. ¿Quiénes los han transformado en desaparecidos? Los que
tienen la responsabilidad de la conducción naval y del gobierno. El tema vuelve
a tocarse con el no ascenso de los capitanes Pernías y Rolón, que yo considero
la más grande injusticia. Y le aclaro que yo no he hablado personalmente con
ellos hace muchísimo tiempo. Ni siquiera sé qué piensan de mis notas. Cuando
Astiz supo de mis gestiones para presentarme a declarar a la embajada de Francia
y demostrar que se estaba cometiendo una injusticia me mandó pedir que mejor no
hiciera líos, porque le habían prometido que su situación se arreglaría
discretamente. Nunca pensé que el silencio pudiera llegar hasta permitir que la
comisión de acuerdos del Senado, por falta de información, cometa una
injusticia, ya que era un tema de toda la Armada, y desde el almirante Massera
hasta el último teniente de corbeta que participó, no tendría que haber
ascendido a nadie si no asciende a Pernías y Rolón.
-¿Usted dice que todos los oficiales de la Armada participaron en secuestros,
torturas y ejecuciones clandestinas?
-Ninguno de los oficiales de la Armada participó en secuestros, torturas y
eliminaciones clandestinas. Toda la Armada participó en detenciones,
interrogatorios y eliminación de los subversivos, que podría haber sido por
distintos métodos. Usted sabe que hubiera sido un disparate hacer allanamientos
con orden judicial; con interrogatorio muy elemental no se hubiese sacado ningún
tipo de información; y lo mismo hubiera sido eliminarlos con fusilamientos, si
así se decidía a través de la cadena de comando. No es que quiera justificarme
ni justificar a los que estuvieron ahí.
-¿Usted participó en torturas?
-No. Pero soy partícipe del tema, yo no tenía ninguna duda de que existía. Vi un
interrogatorio.
-Participó, entonces.
-No, no, no; observé.
-¿Qué es ver un interrogatorio? Era parte.
-No, no, no, porque no interrogué ni nada. Fui, me acerqué por un tema que
oportunamente le voy a comentar.
-¿Tenía que hablar con alguien que estaba ahí?
-No. Fue un tema circunstancial que me llevó a entrar al lugar donde estaban
interrogando a una persona.
-¿Quería escuchar el interrogatorio, le interesaba esa persona?
-No. Se me planteó una duda personal que puede ser que después se la comente.
-Usted dice que no participó en torturas.
-¿Pero usted cree que yo no sabía que en los interrogatorios se usaba la
tortura, o usted cree por casualidad que alguien en la Armada no lo sabía?
-Una cosa es saber y otra cosa es participar.
-¿Cuál es la diferencia? No son cosas distintas. Si usted sabe que eso no
corresponde, aunque no participe, se tiene que ir, o hacer un planteo por nota.
-Pero no es lo mismo saber que algo ocurre que hacerlo uno mismo.
-Era el método normal y todos lo habíamos asumido, así que esa responsabilidad
es ineludible para todos. Es distinto si usted está afuera y es totalmente
ajeno; usted no tiene nada que ver, podrá hacer denuncias. Pero si está adentro
y lo acepta es cómplice. Todos, de una forma u otra, participaron. No puede
diluirse la responsabilidad de los que no participaron en forma directa.
-¿Qué porcentaje son los que no participaron en forma directa?
-No sé. Los que participaban en interrogatorios eran muy pocos. ¿Usted sabe que
los tipos que torturaban eran de Prefectura y Policía?*
-Bajo la atenta mirada y las órdenes de los señores del mar, que no se
ensuciaban las manos.
-Los que participaban en operaciones, como usted dice, de secuestros, que eran
detenciones, eran muchos, porque iban rotando. Incluso los fines de semana,
además de los rotativos, venían oficiales de distintos destinos a cumplir
funciones. En vuelos, no sé que porcentaje voló y no voló.
-¿La tortura era una especialidad de pocos?
-De los que interrogaban. Pienso que no es tan fácil torturar.
-¿Por razones técnicas?
-Por eso. Sé de dos personas que interrogaban. Había gente que necesitaba la
información y se la pedía a los que interrogaban. Pero usted centra el tema en
la tortura, como si sólo fueran responsables los que la aplicaban. De ninguna
manera. Todos éramos responsables de lo mismo. ¿Usted qué quiere, justificar a
los que estaban en la Armada en ese momento?
-No. Quiero llegar a fondo en la descripción de lo que sucedía, conociendo todo
lo que usted conoce. ¿Todos participaban en los vuelos, o también eran una
especialidad de pocos?
-Eran rotativos. No sé si participó el cien por ciento pero cada vez que había
un vuelo iban personas distintas. Hay oficiales superiores que participaron en
vuelos y fueron ascendidos. ¿Por qué Rolón no? Hay que reunir todos los
elementos y darlos a conocer, porque el país tiene que saber esto que ocurrió,
ésta es la historia real. Están los vivientes y están los sufrientes, e insisto
con el tema de los desaparecidos, que es aberrante. El país ha hecho muy poco.
-Aparte de los vuelos, ¿cuál era su función?
-Estuve en la calle, era jefe de automotores de la ESMA a cargo de 202
vehículos. Cincuenta y pico de la Armada. El resto aparecían...
-Robados en la calle...
-Eso lo dice usted. Eran recuperados.
-¿Que aparecieran esos autos también era una decisión orgánica?
-Por supuesto. El tema es así: si se precisaba un tanque se conseguía un tanque
y si se precisaba un Falcon se conseguía un Falcon. El objetivo era destruir al
enemigo, por los medios que fueran y con los elementos que se necesitaran. Había
un sistema por el cual todos los vehículos que se necesitaban se obtenían.
-¿Cómo los obtenían? ¿Los oficiales les hacían el puente en la calle y se los
llevaban?
-Nooo. No iban a ir los oficiales.
-¿Los suboficiales?
-No sé.
-¿Cómo, el jefe de automotores no sabe?
-A mí los vehículos me los traían. Evidentemente eran vehículos non sanctos.
"Este vehículo hay que transformarlo, cambiarle el color, pintarlo de verde."
Esas órdenes me las daba el teniente Vaca, alias teniente Vaca. Y se hacía.
-Y cambiarle la chapa.
-No. La chapa era un tema que no manejaba automotores. Se la cambiaban en la
playa. Esa era una tarea de Vaca. Era tal el movimiento de vehículos y de
repuestos que había mucha plata en juego. La plata la manejaba contaduría, pero
había descontrol. Tuve que buscar un nuevo jefe de taller, que terminó siendo un
suboficial del Ejército, don Juan se llamaba, brillante. Intentó poner las cosas
tan en serio que se le desbocaban. Un problema era que no podía llevar el
control de los vehículos por chapas porque cambiaban permanentemente las chapas.
Fue un año muy particular, qué quiere que le diga. Automotores estaba organizado
como un taller no ya militar sino civil. Inclusive teníamos manuales de Ford,
por la cantidad de vehículos que había. Se contrató personal civil ajeno a la
Armada. Esto trajo algunos problemas porque a veces llegaban vehículos
ensangrentados y los civiles no estaban acostumbrados. Era un taller normal.
-¿Qué era la camioneta F-100 SWAT, que se usaba para torturar en movimiento?
-No era para torturar en movimiento. Eso no es así para nada.
-Con cuchetas...
-Era para hacer inteligencia. Casi siempre iba un subversivo o una subversiva
para marcar gente y había que estar horas y horas. Era una casilla rodante. Se
lo digo porque estaba en el taller muchas veces. Tenía aire acondicionado y
otros sistemas como para hacer una tarea de inteligencia larga en forma no
identificable. Pero no tenía nada para torturar. Inteligencia no es torturar,
sino obtener información del enemigo.
-¿Cuál era su nombre de encubrimiento?
-No me acuerdo ya.
-No le creo.
-Me parece que era Puma, o algo así. Pero no estoy seguro. La mayoría del tiempo
estaba de uniforme con los automotores, tenía que tener cara visible. Participé
en operaciones, pero poco. No estaba todo el día de civil. Tal vez el hecho de
estar tanto tiempo de uniforme me hizo ser hipercrítico de algunas cosas.
-¿Participó también en operaciones de secuestro de personas?
-Participé en una. Yo estaba en temas netamente logísticos, pero participé en
una. Usted dice secuestro, pero ahí era detención de personas.
-¿Cómo fue?
-Estaba la camioneta que usted decía, con "marcadores". Iba a haber un encuentro
e identificaron a la persona que se iba a detener y se apresó.
-¿Cómo la apresaron?
-Cuando se dio cuenta empezó a los tiros. Se resistió, hubo que dispararle y se
le hirió. Recibió un proyectil en la cadera. A mí me tocó conducirlo en
ambulancia al Hospital Naval donde lo operaron para sacarle el proyectil.
-¿Después qué pasó con esa persona?
-No sé qué pasó. Habrá sido interrogada y demás.
-¿Usted no sabe quién es?
-Creo que es el jefe del operativo que intentó volar el avión presidencial en
Aeroparque. Tuve oportunidad de hablar con él en la ambulancia. Eran
conversaciones entre dos enemigos convencidos. No sé quién estaba más convencido
de lo que hacía. Muy firme, muy serio. Para respetarlo. Siempre me quedó
grabado. Creo que era buzo y por lo que se comentaba ahí se había entrenado en
Madryn.
-¿Era un hombre de qué edad?
-Treinta y pico de años.
-Por su descripción podría ser Alfredo Nicoletti, que el año pasado fue detenido
con la superbanda después de robar un blindado.
(Mira el grabador. Comprueba que está funcionando y sólo hace un gesto con el
pulgar señalando al cielo, mientras niega con la cabeza. Duda antes de dejarlo
grabado.)
-No creo que pueda ser, porque me parece que después desapareció -reanuda el
diálogo-. Tanto se le echa la culpa a Astiz, pero el grupo entrega ahí al
detenido y después no sabe lo que pasa.
-Usted sabía lo que pasaba. Sabía que los interrogaban con torturas y que
después los tiraban de los aviones.
-Sí, pero lo que le quiero decir es que a Astiz... ¿de qué se lo acusa? De haber
secuestrado, torturado y matado. Usted se da cuenta que era la Armada Argentina,
que detuvo, interrogó y eliminó. El detenido se entrega en Dorado, y a partir de
ese momento interviene la gente de Inteligencia, para interrogarlo y demás. De
paso, le digo que si en lugar de Molina Pico hubiera estado el contraalmirante
[Carlos Alberto] Frasch, Pernías y Rolón no hubieran quedado solos ante la
comisión de acuerdos, porque Frasch defiende a sus subordinados hasta la médula.
Aunque tenía un grado más alto y no estaba destinado en la ESMA, él participó
conmigo en esa detención que le conté, los dos acurrucados en un escondrijo,
esperando a la persona.
-Si la Armada informara de todo a la comisión de acuerdos del Senado, ¿qué se
imagina que pasaría? ¿Diría: "Ah, no, si es así tenemos que ascender a Pernías o
a Astiz"?
-Pueden decir que no, pero tendrán que evaluarlo a él y a los demás. No pueden
medir con dos varas distintas.
-¿Cuál vara cree usted que deberían usar?
-No sé. Que lo decida la comisión de acuerdos. O se van todos o ascienden todos,
así de simple.
-¿Y usted qué piensa: se van todos o ascienden todos?
-No es lógico que se vayan todos.
-¿Entonces tendrían que ascender todos?
-Todos los que pasen por los filtros normales, pero no por problemas políticos.
-Pero éste no es un problema político. ¿Tendrían que ascender todos los que
participaron?
-¿Cuál es la diferencia entre el teniente NN y el teniente Rolón?
-Usted la sabe.
-Ninguna. En algún momento trascendió el nombre de Rolón, pero hay otros que
pueden haber hecho cosas peores, desde el punto de vista humano, digamos. Tengo
mis dudas si Rolón hizo un vuelo, estaba en gabinete de Inteligencia ¿Quién va a
medir esto? La comisión de acuerdos podría, si contara con todos los elementos.
Usted vio que fueron los dos solos a declarar. Me llamó la atención. Alguien lo
habrá decidido. No me imagino un caso similar en Ejército: a un teniente coronel
yendo solo y sin uniforme a declarar ante la comisión de acuerdos, sin un
superior al lado que lo asesore. Esto le da la razón a usted, que fueron todos
bandoleros. Son cosas que me crean tantas dudas que no sé quién tiene razón, si
usted o yo.
-Para terminar con la banda, ¿en qué nivel habría que cortar?
-Capitán de fragata.
-¿De capitán de fragata para arriba participaron todos?
-Sí.
-¿Qué consecuencias operativas tendría pasarlos a retiro?
-Descabezar a una fuerza armada en forma traumática no creo que sea muy
coherente.
-Usted cree que hay que establecer que participaron todos y en consecuencia no
puede haber sanciones para nadie.
-No puedo ni opinar de semejante decisión. Excede totalmente lo que puedo decir.
Debería ser analizado al más alto nivel político.
-Pero su motivación ¿cuál es? En una de las notas usted se ofrece a declarar en
la embajada de Francia en favor de Astiz.
-Astiz era teniente de corbeta, cumplía órdenes. Es impensable que un teniente
de corbeta, por más banda que usted diga que había, pueda tomar decisiones como
las que se pretende atribuirle a Astiz. Cumplía órdenes, no podemos llamarlo un
bandolero. Nadie fue a decirle la verdad a la justicia de Francia.
-Tampoco la dijo Astiz.
-Hubiera quedado preso allá.
-La podría haber dicho aquí.
-Astiz no puede declarar públicamente, está en actividad, tiene que pedir
autorización.
-Pero fue juzgado en la Argentina y declaró.
-Le habrán dado órdenes de lo que tenía que decir. Porque la banda, como usted
dice, que para mí no es ninguna banda, se manejaba así, con autorizaciones, con
cumplimiento de órdenes. Usted verá que yo pido autorización.
-Y nadie le contesta.
-¿Usted sabe por qué no lo perdonan a Astiz? Porque se infiltró entre las Madres
de Plaza de Mayo. Pero para hacer eso hay que tener pelotas.
-Para entregar a una docena de viejas y dos monjas no hace falta ningún coraje,
es una cobardía.
-¿Pero usted sabe lo que le hubieran hecho si lo descubrían?
-Lo hubieran alejado. ¿Qué coraje hace falta para entregar a diez viejas y dos
monjas?
-Pero ¿estaban solas ellas? Si a usted le dan la orden de infiltrarse en un
lugar para determinar ciertas cosas... ¿Para usted no pasaba nada en el país?
-¿Pero qué riesgo corría el señor Astiz infiltrándose en un grupo de familiares
de desaparecidos que estaban juntando fondos para publicar una solicitada en la
Navidad tratando de reconstruir, con todas las dificultades de quien no tiene el
poder que tenían ustedes, la lista de los desaparecidos que usted mismo dice que
tendría que haber publicado la banda?
-La banda no, la Armada. Yo lo digo ahora, pero en ese momento tal vez no era
conveniente publicarla. Porque si se emplearon tantos métodos no convencionales
era porque la guerra no era convencional. Se trataba de negarle información al
enemigo, crearle incertidumbre de qué había pasado con sus detenidos, o lo que
usted llama secuestrados. Lo lógico hubiese sido informarle a la ciudadanía
antes de que asumiese el Presidente Alfonsín qué había pasado, cuáles eran los
muertos. Con una información no termina nada, no le va a devolver la vida a los
que murieron de un lado u otro, inclusive habrá heridas que quién sabe cuánto
tiempo va a pasar sin que se cierren. Por más que se creen leyes de amnistía,
por decreto o por comunicado no se soluciona este tema. Pero qué distinto
hubiese sido si se hubiese sabido la verdad, si se hubiesen eliminado los
desaparecidos para transformarlos en muertos. ¿Se acuerda quién dijo que no
existían los desaparecidos? Balbín. Balbín dijo: "¿Qué desaparecidos? Están
todos muertos". Sin embargo, siguen en estado de desaparecidos.
-Sí a Astiz lo hubieran descubierto, infiltrado en la Iglesia de la Santa Cruz,
¿qué cree que le hubiera pasado?
-Lo podrían haber matado.
-¿Quién?
-¿Cómo quién?
-¿Las monjas?
-No, no, pero ¿usted cree que estaban solas, solas, solas?
-¿Y qué cree usted?
-Yo creo que estaban los grupos subversivos apoyándolas.
-Apoyándolas ¿cómo? ¿Usted cree que era una organización militar equivalente a
la de ustedes? Me parece que tiene una visión muy distorsionada de los hechos.
Han pasado muchos años y no ha habido un solo episodio de venganza personal
contra nadie.
-Pero en ese momento hubo militares secuestrados.
-¿Cuántos?
-No sé.
-Dos, tres casos. El general Pita, el teniente coronel Del Valle Larrabure, el
almirante Alemán. ¿Quién más?
-La próxima vez que nos veamos voy a ver si consigo información de ésta. Tengo
en casa.
-¿Cuáles fueron los errores de conducta y empresariales que dice haber cometido
por soberbia al dejar la Armada?
-Me metí con gente que... Pero porque estaba muerto de hambre.
-¿Tuvo alguna condena judicial?
-Sí. Por estafa.
-¿Qué pasó?
-Cuando me retiro instalo el primer video club grande que hubo en Bahía Blanca.
Después termino instalando el primer sistema de televisión por cable con unos
familiares. Tuve una evolución económica gigantesca, muy acelerada, y así como
subí me caí. Me fundí y a partir de ahí anduve medio a los tumbos hasta que me
recuperé.
-¿Cómo fue el juicio por estafa?
-Estando en Buenos Aires, presenté a un amigo civil ante una empresa productora
de videos. Pagó siete videocasetes con cheque a 30 días. Y descubren que la
cuenta, que era de él, estaba cerrada. A mí me procesan como cómplice. Yo pagué
los siete videocasetes pero el juicio continuó. El defensor pidió a Bahía Blanca
los certificados de que yo era propietario de un videoclub, pero los registros
de toda la provincia están en La Plata y el juez me condena afirmando que nunca
pude probar que era propietario de una sociedad de video. Pero ahora conseguí
toda la documentación en La Plata y voy a presentarla para solicitar la
reconsideración.
-Cuando se publique esto los valientes de la Armada van a contestar
descalificándolo por esa condena. ¿Lo sabe?
-Sí. Ese es uno de los temas por los cuales dudé en hablar. Pero entre una cosa
y otra, me siento mejor hablando.
(Cubrió el micrófono con la mano. Le costaba más hablar de la estafa que del
vuelo. Prefería seguir en la ESMA.)
-¿Había otro método de eliminación de los prisioneros?
-Se dijo que el campo de deportes estaba sembrado de cadáveres de guerrilleros y
eso es un error. Podía haber ocurrido que se cremara eventualmente el cadáver de
algún herido que no soportó y se murió.
-¿De qué manera?
-Se lo quemaba. Era otro tema que andaba dando vueltas. Yo tuve problemas por
eso con el personal civil que estaba a mi cargo, porque se daban cuenta que algo
raro había porque la gente del Dorado iba a pedir cubiertas viejas para cremar
el cuerpo. Esa era otra forma. Pero fueron muy pocos.
-¿Cuántos?
-Muy pocos.
-Es decir que se los subía a los aviones cuando estaban en condiciones de
caminar.
-Siempre estaban en condiciones de caminar. A los heridos se los curaba.
-Pero en estos casos que usted menciona, eran heridos que no podían...
-No, heridos no; muertos. Llegaban heridos. Eran detenidos y ofrecían
resistencia y a veces no sobrevivían, como cualquier herido de guerra.
-¿Había algún lugar especial para eso?
-No, no. Atrás. Pero eran casos muy raros.
-¿Tenían alguna instalación especial?
-No, nunca hubo nada raro. Es más, siempre estuvo en uso el campo de deportes.
Nunca se clausuró.
-¿Quemaban un cuerpo y después jugaban al fútbol en el campo de deportes?
-Nooooo. Ese campo de deportes es muy grande, de tierras recuperadas al río. La
última parte es prácticamente inaccesible, no está en uso. Era al fondo de todo,
junto al río.
La grabación ha concluido. Pero no se levanta. Pide que coloque otro cásete. Hay
algo que aún quiere decir.
TIERRA DE SOMBRAS
Varias veces había merodeado sin decidirse a entrar de lleno en sus peores
recuerdos. Pero se había aproximado lo suficiente y no quería retroceder, como
si hallara en la confesión un atroz alivio. Introdujo la cuestión
espontáneamente:
-Usted me preguntó qué pasaba en los aviones. Una vez que decolaba el avión, el
médico que iba a bordo les aplicaba una segunda dosis, un calmante poderosísimo.
Quedaban dormidos totalmente.
-Cuando los prisioneros se dormían, ¿qué hacían ustedes?
-Esto es muy morboso.
-Morboso es lo que hicieron ustedes.
-No me gustaría que alguien pudiera pensar que siento placer al contar esto.
-Ya ha quedado claro que usted quiere hablar de Rolón y Astiz. Soy yo quien le
pregunta por los detalles del vuelo, para que no quede como una abstracción.
-Hay cuatro cosas que me tienen mal. Los dos vuelos que hice, la persona que vi
torturar y el recuerdo del ruido de las cadenas y los grillos. Los vi apenas un
par de veces, pero no puedo olvidar ese ruido. No quiero hablar de eso. Déjeme
ir.
-Esto no es la ESMA. Usted está aquí por su voluntad y se puede ir cuando
quiera.
-Sí, ya sé. No quise decir eso. Hay detalles que son importantes pero me cuesta
contarlos. Lo pienso y me rayo. Se los desvestía desmayados y, cuando el
comandante del avión daba la orden, en función de donde estaba el avión, se
abría la portezuela y se los arrojaba desnudos uno por uno. Esa es la historia.
Macabra historia, real, y que nadie puede desmentir. Se hacía desde aviones
Skyvan de Prefectura y en aviones Electra de la Armada. En el Skyvan por la
portezuela de atrás, que se abre de arriba hacia abajo. Es un gran portón pero
sin posiciones intermedias. Está cerrada o está abierta, por lo cual se mantiene
en posición de abierta. El suboficial pisaba la puerta, una especie de puerta
basculante, para que quedaran 40 centímetros de hueco hacia el vacío. Después
empezamos a bajar a los subversivos por ahí. Yo, que estaba bastante nervioso
por la situación que se estaba viviendo casi me caigo y me voy por el vacío.
-¿Cómo?
-Patiné y me agarraron.
-Usted mencionó dos vuelos en el mismo mes.
-Sí, en junio o julio de 1977. El segundo vuelo fue un día sábado. Mi familia
vivía en Bahía Blanca y yo viajaba cada quince días, o sea que trabajaba sábado
y domingo, estaba en la Escuela. Me dieron la orden. Me pusieron de jefe de la
columna, seguimos los mismos pasos, esta vez en un Electra. El procedimiento era
el mismo pero por la puerta de emergencia en la parte de popa, o sea atrás, a
estribor, es decir a la derecha. Se sacaba esa puerta y se ataba con una cuerda
al operador que iba a hacer la tarea. En ese segundo vuelo, siguiendo la teoría
de ese entonces de la Armada, también había invitados especiales.
-¿Qué quiere decir invitados especiales?
-Oficiales de la Armada de mayor jerarquía, que no participaban pero que venían
en el vuelo para darnos respaldo, por ejemplo capitanes de navío, oficiales
superiores de otros destinos.
-¿Ellos qué hacían?
-Nada. Era una forma de dar apoyo moral a la tarea que uno estaba haciendo.
-¿Iban sentados junto a los prisioneros?
-No, no. Prácticamente no había asientos. Había una pequeña cantidad de asientos
adelante y el resto estaba todo vacío.
-¿Y los oficiales superiores dónde iban?
-Iban sentados y después durante la operación se pararon y estaban ahí mirando.
-Miraban.
-Sí, sí, miraban.
-Pero no participaban.
-Bueno, que no participaran...
-Evidentemente sí participaban y ése era el sentido de su presencia.
-Claro.
-¿Por qué no intervenían activamente, con sus manos?
-Porque no era necesario.
-¿Cómo llevaban a las personas dormidas hasta la puerta?
-Entre dos.
-¿Los arrastraban?
-Los levantábamos hasta la puerta.
-Ellos permanecían dormidos.
-Totalmente dormidos. Nadie sufrió absolutamente nada.
-¿Nunca hubo ninguna excepción?
(Esta pregunta parece inquietarlo más que otras. Piensa y repiensa antes de
contestar.)
-No, que pueda certificarlo.
-¿Usted nunca vio una persona que se despertara?
-¿Que se...?
-Que se despertara.
-No, nunca vi.
-¿Que se resistiera?
-No, no, no.
-¿Y su resbalón a qué se debió?
-Patiné, porque es metálico el piso del avión, y casi me voy para abajo,
haciendo fuerza moviendo cuerpos de subversivos.
-¿Se hacía algún estudio de en qué lugar...?
-Debían hacerse, me imagino que sí. Mar adentro.
-¿Qué cantidad de personas calcula que fueron asesinadas de ese modo?
-De 15 a 20 por miércoles.
-¿Durante cuánto tiempo?
-Dos años.
-Dos años, cien miércoles: de 1500 a 2000 personas.
-Sí.
-¿Primero iban hacia Punta Indio?
-Sí, sí. Al salir de Aeroparque se daba un plan de vuelo, Punta Indio. Al llegar
a Punta Indio se enfilaba mar afuera. Alguien dijo que los planes de vuelo de
esa época habían desaparecido de Aeroparque, otro tema que me parece una
barbaridad. En ese momento podía ser, pero ya no sé. En el segundo vuelo que
hice, en Punta Indio subieron a un tipo que no sé de dónde salió.
-¿Qué personal naval iba en cada vuelo?
-En la cabina iba la tripulación normal del avión.
-¿Y con los prisioneros?
-Dos oficiales, un suboficial, un cabo y el médico. En mi primer vuelo, el cabo
de Prefectura desconocía totalmente cuál era la misión. Cuando se da cuenta a
bordo lo que tenía que hacer entra en una crisis de nervios. Se puso a llorar.
No entendía nada, se le trabucaban las palabras. Eso me puso nervioso a mí
también. Le empecé a explicar y le dije al suboficial que hable con los pilotos,
porque realmente ya era una situación... Yo no sabía cómo tratar a un hombre de
Prefectura en una situación tan crítica. Al final lo mandan a cabina. El Skyvan
es una gran caja, con la cabina separada. Terminamos de desvestir a los
subversivos...
-Usted, Vaca, el médico...
-No, no. El médico les daba la segunda inyección y nada más. Después se iba a la
cabina. En el segundo vuelo que hice también.
-¿Por qué?
-Decían que por el juramento hipocrático. Creo que en todos los vuelos era así.
Se comentaba que ése era el motivo, y en cierta forma era razonablemente bien
visto. Vamos a ser concretos. El comandante de un avión de esos, volaba. El
piloto, el copiloto, volaban. Vamos a emplear sus términos. ¿No secuestraban, no
torturaban y no mataban?
-¿Cómo que no?
-Según usted, sólo es culpable el que está ahí, en el problema, el que tortura.
¿Cuál es la diferencia entre el piloto del avión y Rolón y Pernías?
-Ninguna.
-Ahhhh. Entonces, o ninguno o todos, dentro de los filtros que tiene la Armada,
pero una vez que pasaron los filtros, ninguno o todos. ¿Está de acuerdo o no
conmigo? Tal vez usted me diga ninguno. Pero es ninguno o todos.
-Todos los que participaron. El que manejaba el avión en el que se asesinó a esa
gente participaba. El cocinero no participaba.
-El cocinero es un mal ejemplo.
-Lo puso usted.
-El cocinero no, porque estamos hablando de los jefes y oficiales en actividad
en aquel momento.
-Lo que usted me está diciendo es que o participaban en el secuestro, o
participaban en la tortura, o participaban en la ejecución clandestina. ¿No
había ninguno que no participara en ninguna de las tres?
-Alguno puede ser que no haya participado, en forma anecdótica. Rotaban todos.
Podrá aparecer alguno que diga "yo no estuve". Pero sabía, y si no participó no
fue porque no quiso sino porque no lo designaron. No confundamos.
-¿Lo que usted sugiere es que habría que invertir la carga de la prueba, partir
de la base de que todos participaron, y después analizar en cada caso concreto
quién puede demostrar que él no?
-Si quiere justificarlo que lo justifique él. Podría ser. Es un análisis que
hizo usted, pero hay que ver si quiere justificarlo. Puede ser que alguno
aparezca.
-Si la decisión política fuera esa, aparecerían muchísimos que tratarían de
justificarlo.
-Podría ser la solución, puede ser. Pero así como están dadas las cosas, es
injusto.
-¿Es injusto con quién?
-Es injusto que hayan sido aprobados por la comisión de acuerdos del Senado los
que tuvieron participación realmente activa. ¿Cuál es la diferencia entre el
almirante Arduino que me dio la orden a mí y el capitán Rolón? Y Arduino llegó a
Comandante de Operaciones Navales, en un gobierno constitucional, pasando por la
comisión de acuerdos del Senado. No hay que ser hipócrita. Hay que decir la
verdad. Esa es la historia. Y a partir de la verdad, que se tomen decisiones.
Usted me pregunta qué haría yo. Yo no haría nada. Primero, que no estoy en
actividad y segundo, que no soy político. Yo lo que digo es: señores, basta.
Digamos la verdad, y a partir de la verdad, que decidan lo que tienen que
decidir. Pero seguir jugando a las escondidas, y de pronto aparece alguien que
no asciende porque dicen que fue torturador, es mentira. No asciende porque no
se dice la verdad. ¿A quién se encubre al no contar la verdad?
-Usted dice que no quiere ser encubridor. ¿Encubridor de qué?
-De ocultar algo, de negar información, no sólo a la comisión de acuerdos. Están
negando información a la sociedad sobre los desaparecidos.
-Si todos participaron no son todos encubridores. Son todos partícipes. Son
autores de homicidio, no encubridores.
-¿Quién es el que está encubriendo?
-Usted dice que están encubriendo.
-¿Quién es el que debería haber dado la información? ¿O usted cree que es normal
que un capitán de fragata vaya a tratar de defenderse ante la comisión de
acuerdos del Senado diciendo cuál era el método? Fue tremendamente llamativo,
usted vio los titulares de los diarios. Fueron a defenderse de algo que ellos
saben en el fondo que es una injusticia. ¿Y qué dijeron? ¿Mintieron los dos
jefes que fueron a hablar con la comisión de acuerdos o dijeron la verdad?
-Dijeron una parte de la verdad.
-No se la preguntaron toda. ¿Son ellos los que tienen que decirla?
-¿Si les hubieran preguntado por las ejecuciones clandestinas lo hubieran dicho?
-No sé. No se lo preguntaron. Pero, ¿tiene que llegarse a esa situación o tiene
que decirse de una vez por todas la verdad? ¿No cree que es hora de que esto
salga a la luz en forma definitiva y clara? Mi información es mínima. ¿O usted
cree que si yo tuviera los nombres de los desaparecidos me los hubiera guardado?
Pero no los tengo.
-¿Cuando hizo esos traslados, usted sabía quiénes eran esas personas?
-Ni idea.
-¿No las conocía previamente, no las había visto en la Escuela?
-No, no. Tampoco me interesaba. Yo estaba confiado totalmente en las decisiones
que habían tomado mis superiores.
-Pero, por su tarea, ¿usted no tenía contacto...?
-No, no, yo tenía en forma esporádica contacto con los detenidos.
-¿Contacto de qué tipo?
-De hablar con ellos, no. De verlos, y demás. No tenía trato directo. Una
versión de café decía que al ex marino Jorge Devoto lo tiraron despierto, pero
nunca supe si era cierto.
-¿No sabía quiénes eran los detenidos?
-No, pero tampoco lo investigaba. Yo no dudé nunca de lo que se estaba haciendo
ahí. Si usted quiere que yo le diga: mire, yo no... Le mentiría totalmente.
-No quiero que me diga eso.
-Yo no tenía la más mínima duda de que se estaba obrando en forma totalmente
legal, como correspondía. Yo tenía veintiocho años y diez en la Armada. No es ni
mucho ni poco. Era teniente de navío y era lo suficientemente preparado y
antiguo como para no tener dudas de mis superiores. Estaba totalmente
compenetrado con la carrera.
-El tema no es dudar del superior. Pero, en la formación que ustedes
recibieron...
-... eso no existía. Pero sí existía matar al enemigo.
-¿Cómo se mata al enemigo?
-En la guerra. Esta era una guerra sucia, para la que no estábamos preparados.
-¿Es cierto que no estaban preparados o es una excusa?
-Preparados para esto no estábamos.
-Desde el año 58 en adelante, el servicio de informaciones navales trabajó sobre
esta hipótesis, haciendo cursos, publicando artículos, folletos, libros,
especializando gente...
-Todo lo que quiera, pero eso no tiene nada que ver con la preparación real de
la gente de la Armada para la lucha antisubversiva. ¿O usted cree que se hacían
cursos para luchar en la calle? Después empezaron, cuando empezaron los
combates, pero antes no. Si Rolón fuese infante de Marina, pero es comando
naval.
-¿Pernías?
-También. No, Pernías es infante. Había aviadores también. ¿Hay algún aviador
preparado para la lucha antisubversiva en la calle?
-Tal vez alguna especialidad no, pero la Armada como institución hacía veinte
años que se estaba preparando.
-Una cosa es la preparación ideológica, ¿qué tiene que ver? Lo que había eran
intentos por contrarrestar la penetración ideológica de la izquierda. Si usted
me pregunta qué se hacía sobre el tema en el alto nivel naval, no sé. Ah, usted
dice que como consecuencia de eso, nosotros estábamos convencidos.
-Preparados. Tengo el testimonio de un oficial al que le dieron instrucción para
torturar.
-¿En la Armada?
-SÍ. Un oficial de la ESMA. Durante un ejercicio antisubversivo se torturaban
entre ellos. Lo mismo hacían los comandos del Ejército.
-Nunca oí eso. Tal vez en la infantería de Marina.
-Me parece que es al revés de lo que usted cree. Los habían preparado para lo
que hicieron. Por eso nadie dudó.
(Cada vez que una idea lo sorprende permanece en silencio. Se resiste a aceptar
un enfoque distinto, pero tampoco es categórico. "Es su análisis, eso lo dice
usted, puede ser, tal vez tenga razón", dice cada vez al reanudar el diálogo,
con una flexibilidad extraña en una personalidad tan institucionalizada.)
-Es un análisis que usted puede hacer. No sé. Si la orden hubiese sido salir a
matar chilenos o subversivos, hubiera sido aceptada igual. Las órdenes
superiores no son discutibles. Si usted empieza a dudar... Yo puedo dudar de mis
superiores a partir del momento en que no me contestan notas que son claras.
¿Por qué no me contestan? Usted está convencido de que la Armada actuaba como
banda y yo no me quiero convencer. Pero hechos como estos me crean dudas. No me
contesta el almirante Ferrer, no me contesta el almirante Molina Pico. Sigue el
silencio. No sé. Incluso sondeé adentro y nadie sabe qué pasó. Tampoco quiero
ser tan hipócrita de decir: yo soy el bueno ahora, que cuento esto. No. Porque
el día de mañana van a decir "Scilingo el arrepentido". No es así. Scilingo, en
las mismas circunstancias, hubiese hecho exactamente lo mismo. Pero todo ha ido
cambiando, y en vez de contárselo como un triunfo, se lo cuento en una situación
que ni se la puedo describir, gracias a mis superiores... Y en el fondo gracias
a mí también. Porque yo creí absolutamente todo lo que hacía y cumplí todas las
órdenes completamente convencido. Esa es la guerra sucia que ganamos.
La habitación está en penumbras. El tiempo se ha detenido. Al encenderse la luz,
Scilingo mira el reloj. Se ha puesto taciturno. Le cuesta regresar de la tierra
de sombras de su memoria. Se despide sin combinar un nuevo encuentro.
COMO LA REALIDAD
La voz de Scilingo sigue en la cinta, los documentos aún llevan su firma. En su
casa atienden las llamadas y le pasan el teléfono, en el que se oye la misma voz
de la grabación. Esto ha ocurrido, no es un sueño. ¿Pero no se desvanecerá como
si lo fuera?
Cuando un secreto de casi veinte años se le hizo insoportable, contó las cosas
más tremendas a alguien que sólo por azar no fue su víctima. Contestó todas las
preguntas, se sometió a un rol que no había imaginado. ¿Cómo reaccionaría
después del desahogo, cuando midiera el paso dado y sus consecuencias? ¿Volvería
a refugiarse en las viejas certidumbres institucionales, cortaría todo contacto,
trataría de impedir la publicación?
Nada de eso. Diez días después se disponía a seguir hablando.
-Cuando decida publicar esto, le pido que me avise por lo menos con veinticuatro
horas de antelación. Yo sé que me estoy metiendo en un lío muy grande y tengo
que tomar algunas precauciones.
-¿Por la Armada?
-No. Los de Videla. Son los únicos que siguen organizados. Son un grupo de
fanáticos católicos.
Parecía tranquilo, sin embargo.
-Aunque usted no lo crea, hablar me hizo bien. Me sentí mejor. Pero usted es muy
parco. No me dice lo que piensa.
-Usted dijo que además de su mujer había hablado con dos amigos civiles ¿Cuándo?
-Seis años después.
-¿Para qué lo contó?
-Por la misma necesidad que me lleva ahora a hablar con usted. En ese momento
quería saber qué opinaba alguien ajeno a lo que se había vivido. En cierta forma
creo que lo sabían, como lo sabe mucha gente, pero nunca se habla. El tema sigue
siendo tabú. Creo que ha llegado la hora de decir la verdad. Son momentos en la
vida de cada uno. No sé cómo reaccionará el resto y si muchos van a estar de
acuerdo en que yo comente esto.
-¿Cómo reaccionaron sus amigos?
-En silencio. Entendieron lo que yo había hecho. No fue una charla para pedir
perdón o dar explicaciones. También hablé con mi madre antes de que muriera.
-¿Cómo fueron esas charlas?
-Por preguntas de ella. Creo que ella relacionó el tema de mi retiro con esto.
Yo nunca se lo expliqué en forma directa pero ella sospechaba. Entonces trataba
de ver cuál era el problema y de darme cierto apoyo como madre. Yo me ponía
agresivo con ella, porque no quería tratar el tema. En determinado momento de
estrés me vuelve a la memoria automáticamente el tema de los vuelos. He tenido
periodos en que he tenido que tomar lexotanil, periodos en que me he excedido en
la bebida. Creo que no ha afectado a la Armada pero sí a mi familia. Me afectó
totalmente. La Armada no acepta que yo tenga problemas de ese tipo.
-¿Sus hijos saben?
-Mi mujer les fue contando. Y últimamente hablé con ellos. Mi hija de quince
años tiene una profesora de educación cívica que les planteó el tema. Bien, en
forma equilibrada. Dijo que la subversión ponía bombas y que para reprimirla las
Fuerzas Armadas también cometieron barbaridades. Para hablar con ella busqué en
la biblioteca algunas cosas que tengo. Consulté el folleto de las Fuerzas
Armadas sobre la guerra contra la subversión y me dio vergüenza. Los secuestros
de militares fueron muy pocos, tenía razón usted. También le mostré la revista
donde Firmenich cuenta cómo mataron a Aramburu. Mi hija sabe todo lo que pasó,
no se olvida de las bombas ni de nada. Pero cuando tiene que hacer su balance me
dice que las Fuerzas Armadas hicieron cosas peores. Cuando usted habla de banda
yo no estoy de acuerdo, pero con ese término usted me lleva a un callejón sin
salida, porque llega un momento en que no le encuentro explicación. No sé si la
Armada actuó como banda o como fuerza armada. O actuamos nosotros creyendo que
éramos fuerza armada y en realidad se estaba manejando como banda. Y el silencio
actual en cierta forma lo justifica a usted. Hasta el momento de los indultos yo
sentía que había cumplido órdenes y que la condena a mis jefes era política.
Pero todo se me derrumbó cuando aceptaron irse tranquilamente a sus casas y
Videla empezó a decir barbaridades. Me afectó tremendamente. Me di cuenta que
algo andaba mal. Lo que yo había hecho, ¿estaba bien o estaba mal?
-¿Hasta ese momento usted no se había cuestionado?
-No es que no me haya cuestionado como ser humano. No me lo había cuestionado
militarmente.
-¿Cuál es la diferencia?
-Como ser humano, frente a frente con el enemigo, cuando usted mata se lo tiene
que cuestionar. Yo le comenté que del primer vuelo volví mal. Mal. Yo no me
sentía bien, pero no dudé de que militarmente había cumplido una orden de la que
estaba completamente convencido. Pero ¿qué ocurre cuando descubre que sus
superiores se van tranquilamente a la casa y aceptan: bueno, está bien, me
condenaron, ahora me indultan? ¿Quiere decir que estaban bien condenados? Si lo
hubieran rechazado, yo, militarmente, hubiera pensado: el juego político sigue,
pero estos señores se están portando como corresponde. Pero irse a la casa como
se fueron, eso no lo acepto. No sólo no lo acepto, sino que cada vez que pienso
en el tema me pone mal, porque me hace cuestionar todo lo que yo hice en la
Escuela de Mecánica. Tal vez si los ex comandantes siguieran presos porque no
aceptaron el indulto, usted pensaría lo mismo que ahora. Yo no.
-La única persona que no aceptó el indulto fue Graciela Daleo, una ex prisionera
de la ESMA.
-Ya ve. Equivocada o no, estaba convencida y sigue convencida. Y Videla, ¿está
convencido de lo que hizo o se fue a la casa? Ellos solucionaron su problema
personal y se olvidaron de todos los que cumplimos órdenes.
-¿Se decidió a hablar de las torturas que presenció?
-Un día estaba en la Cámara de oficiales de la Escuela, en la zona del bar,
entró el falso teniente Vaca y me dijo que había hecho detener a una abogada en
una investigación que había llevado a cabo él personalmente. Me dijo que la
estaban interrogando en ese momento y si no quería ir. Fui porque quería ver qué
investigación podía haber hecho el teniente Vaca, porque tenía mis grandes
dudas. Estaba siendo interrogada empleando los métodos que, tal como se dijo en
el Congreso, eran los que se usaban... En una palabra, estaba siendo torturada
con una picana. Estuve muy poco, primero porque... no sé si soy... un poco
blando para el tema... Era una mujer. Por lo que escuché de las personas que
estaban interrogándola, no tenía absolutamente nada que ver con nada. Me fui.
Pregunté al tiempo y había desaparecido.
-¿"Había desaparecido" qué quiere decir?
-Y, que había desaparecido. Entonces...
-Que la habían hecho desaparecer.
-La habían... había desaparecido, sí. Y le pregunté a Vaca: "Pero si no tenía
nada que ver". No, no, dice, después se determinó que tenía cosas muy serias.
Siempre me quedó la duda. No sé más nada del tema. Pero siempre me quedó la
duda. Esto me cuesta comentárselo. Es real, es así, tal cual. Pero en las
discusiones que tenemos, cuando usted habla de banda y yo se lo niego
totalmente, estos hechos me hacen dudar si no hubo actitudes de banda.
-Por empezar, con el comandante en jefe, que salía a navegar con el esposo de su
amante y volvía solo.
-¿Cómo?
-Que el comandante en jefe de la Armada salió una tarde a navegar con el marido
de su amante y volvió solo.
-¿Cómo que volvió solo?
-Lo tiró al mar.
-Ahhh, en el...
-A Fernando Branca, el marido de su amante.
(Scilingo no contesta. Como el dinero de los autos, el vaciamiento del pañol
donde se guardaban los bienes requisados en los secuestros o la prosperidad del
Tigre Acosta, la referencia a la causa por la cual Massera fue detenido aun bajo
la dictadura, por un juez designado por el gobierno militar, parece perturbarlo
más que el recuerdo de los vuelos).
-Ese era el jefe de la Armada.
-¿Usted sabe que yo creía ciegamente en el almiran... en el entonces almirante
Massera? Es más, tenía total y absoluta admiración por el almirante Massera. Al
año siguiente de estar en la Escuela de Mecánica me dieron pase a la Fragata
Libertad; antes de zarpar hubo una cena y por casualidad me hicieron cenar al
lado del almirante Massera. ¡No se imagina lo orgulloso que estaba! Es así.
Después dejó de ser almirante, aceptó que lo indultaran, se fue callado y se
olvidó de todos los que estábamos debajo de él. Y bueh. ¿Qué va'cer?
-¿Usted siguió tratamiento psiquiátrico?
-Fui varias veces al psicólogo del Hospital Naval, que me dio lexotanil. Pero el
psicólogo era civil y tampoco quería meterse en el tema. Después me quería
derivar a que hiciese terapia en el diván con una chica jovencita que había.
Entonces dije, esto no sirve para nada y dejé de ir.
-¿ Usted leyó el Nunca Más?
-No lo leí en forma imparcial, sino como una publicación parcial hecha por el
enemigo. Tal vez tendría que releerlo en este momento.
-Ahí se relata exactamente lo mismo que usted vivió.
-Siempre creí que el juicio a los ex comandantes era político. Porque estaba
convencido de todo lo actuado. En esa época creía que Sabato era subversivo y
ahora me doy cuenta que eso era una tontería. ¡Sabato!
-¿Y ahora qué piensa, del Nunca Más y del juicio?
-Me parecen intrascendentes frente al hecho de haber cumplido órdenes de gente
que me ha defraudado.
-Sigue con la misma soberbia. Lo único trascendente sería que sus jefes
asumieran la responsabilidad. La valentía de los sobrevivientes que narraron lo
sucedido, de los miembros de la Conadep y de los jueces que reconstruyeron la
verdad...
-¿Qué valentía, si estábamos en un gobierno democrático?
-Las Fuerzas Armadas permanecían amenazantes resistiendo los juicios.
-Las Fuerzas Armadas no estaban amenazantes. La prueba es que el juicio se hizo.
-Todo lo que hagan los civiles le parece intrascendente, no le importa.
-¿A usted le parece poco que los jefes militares no asuman la responsabilidad de
lo que hicimos?
-Me parece mucho. Además no son sólo los jefes. Nadie de ningún nivel asumió
nada. Pero no entiendo por qué todo lo que sea distinto de eso le parece
intrascendente.
-Relatar lo que ocurrió es intrascendente, porque es real. El juicio se hizo
sobre hechos concretos.
-¿Entonces por qué pensaba que era político?
-Porque estaba convencido en ese momento.
-El tema de los vuelos está en la página 235 del Nunca Más y apareció en los
testimonios de los juicios. ¿Qué sentía al enterarse de eso?
-Que era un relato de los hechos contado por gente cuyas ideas no compartía. Es
real, como la realidad. Lo que me parece aberrante es que mis superiores no lo
digan. Sigo shockeado con esa actitud. Lo otro lo veo como cosa menor.
No hay mucho más que discutir. Está ansioso y eufórico. Pero tiene una duda:
-¿Me va a destruir en lo que escriba? -pregunta.
-Voy a opinar lo menos posible.
II -
LA NEGACIÓN
LA MENTIRA INSTITUCIONAL
El silencio que Pernías y Rolón comenzaron a romper en el Senado había sido
fruto de una construcción deliberada. Pero recién la confesión de Scilingo llegó
al hueso, al cabo de casi dos décadas. Desde la completa negación inicial
pasando por las admisiones parciales y los eufemismos vale la pena recorrer el
itinerario que conduce de la mentira institucional a la verdad de un hombre
solo, al que nadie quería escuchar.
A poco del golpe, Massera definió el sentido del combate: "Los que están a favor
de la muerte y los que estamos a favor de la vida". Comenzó diciendo: "No vamos
a tolerar que la muerte pueda andar suelta en la Argentina", y terminó con esta
admonición: "No vamos a combatir hasta la muerte, vamos a combatir hasta la
victoria, esté más allá o más acá de la muerte". En el medio describió una
guerra oblicua, primitiva y cruel, en la que "una máquina de horror fue
desatando su impunidad sobre los desprevenidos y los inocentes". Una abstracción
sin cuerpos, pura elipsis y vanidad metafísica.
Al año siguiente, cuando ya se había producido más de la mitad de los secuestros
y homicidios de todo el periodo castrense, Videla habló por primera vez de los
desaparecidos, que hasta entonces se negaban como un tema de propaganda de los
perversos y poderosos enemigos del país. En un diálogo con periodistas
extranjeros describió cuatro tipos de desaparecidos: los que pasaron a la
clandestinidad, los traidores eliminados por la guerrilla, los irreconocibles
por incendios y explosiones en enfrentamientos, y, sólo por último, los que
padecieron "excesos" cometidos por la represión. Se abstuvo de cuantificar cada
rubro y no aceptó el diálogo sobre ningún caso concreto.
Pocos días después el jefe del Estado Mayor del Ejército, Roberto Viola, explicó
en la Sociedad Rural que habían sido abatidos o detenidos unos siete mil u ocho
mil subversivos, asombrosa imprecisión tratándose de la vida o la muerte de
miles de personas. Viola jugaba con las cifras; Massera con las palabras. Cada
cual a su manera se mofaba de sus interlocutores. Un periodista preguntó:
-Al exterior llegan informaciones según las cuales en la Argentina
presumiblemente no se respetarían suficientemente los derechos humanos, llegando
a decirse, inclusive, que hay personas a quienes injustamente se habría privado
de libertad o se les habría quitado la vida.
-¿Qué duda le cabe de que en la Argentina no se respetan los derechos humanos,
se priva injustamente de la libertad y se cometen asesinatos? ¿Qué significa, si
no, la larga, la inmensa lista de miembros de las Fuerzas Armadas, del
empresariado, de los dirigentes de la comunidad y de personas ajenas a la
política, mujeres y niños, asesinados sin misericordia o mantenidos durante
meses en las llamadas cárceles del pueblo en condiciones de vida que resultarían
agraviantes para el más despreciable de los animales?- replicó Massera.
Su interrogador ni siquiera atinó a preguntarle a qué animales despreciaba.
Según Viola, peor que perder la vida era perder la guerra. La única explicación
que el Ejército daría al país sería decirle que había cumplido con su misión. En
una insidiosa frase se refirió a las bajas, los muertos, los heridos, los
detenidos y lo que llamó los ausentes para siempre. Para que nadie insistiera
reiteró que no debían buscarse explicaciones porque no las habría.
La Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA visitó cárceles, se
entrevistó con políticos, militares, sindicalistas, empresarios, directores de
medios de comunicación, recibió a familiares de desaparecidos, recogió pruebas y
testimonios. "La Argentina sólo se confiesa ante su Dios y a los Ejércitos
vencedores no se los enjuicia ni se les pide rendición de cuentas luego de la
guerra", se vanaglorió el ministro Harguindeguy, con una altanería que estaba
tocando a su fin.
Al despedirse de las filas del Ejército para preparar su candidatura
presidencial, Viola dijo que el tránsito a la democracia tenía una condición
fundamental: las Fuerzas Armadas nunca admitirían la revisión de lo actuado
porque para su concepto ético constituiría una traición y un agravio permitir el
enjuiciamiento de quienes habían combatido con honor y sacrificio. Durante una
visita a los Estados Unidos, Viola expuso su convicción de que la victoria
militar eximía de responsabilidades, y afirmó que si Alemania hubiera ganado la
Segunda Guerra Mundial, los juicios de Nuremberg se hubieran realizado en
Virginia, lo cual implicaba una involuntaria homologación de la dictadura con el
nazismo.
Su reemplazante en el Ejército, Leopoldo Galtieri, pretendió que los militares
habían preservado la integridad de la Nación, lo cual justificaba los medios
empleados. "No nos pidan explicaciones porque no las daremos, como no las darían
nuestros enemigos si hubieran ganado la guerra", gritó. Videla manifestó que la
concurrencia de los partidos a la segunda ronda del diálogo político con el
gobierno constituía una legitimación formal del asalto al poder y que los
interlocutores habían asumido el compromiso de comunicar públicamente su
aprobación a todo lo actuado en la lucha contra la subversión. Ya no negaban las
acusaciones ni acudían a explicaciones inverosímiles sobre las desapariciones.
Las justificaban y colocaban ese reconocimiento como condición de existencia
para los políticos que aspiraran a sentarse a su magnánima mesa. Pero seguían
hablando de ellas con eufemismos vergonzantes.
El informe de la OEA consideró muertos por fuerzas oficiales a los miles de
detenidos-desaparecidos y dio por acreditado el empleo alarmante y sistemático
de torturas. En la respuesta oficial cristalizó la nueva posición militar. El
gobierno declamó que el riesgo de disgregación nacional había creado un estado
de necesidad frente al cual el Estado ejerció su potestad de autodefensa
recurriendo a los medios aptos. No hacerlo hubiera sido condenarse a la
impotencia y a una forma de suicidio. Pero siguió sin decir cuáles habían sido
esos métodos. Eran el absoluto innombrable.
El problema que las cuatro primeras juntas habían menospreciado en el apogeo de
su poder demostró, luego del colapso de Malvinas, un vigor que ningún militar
había siquiera sospechado. El último dictador, Benito Bignone, fue encargado de
organizar la retirada castrense del poder. Antes de asumir se reunió con
representantes de todos los partidos y sólo el conservador ex capitán de navío
Francisco Manrique se atrevió a sugerir la conveniencia de publicar una lista de
desaparecidos. Bignone dijo que no habría tal lista y nadie insistió.
Aterrada por las posibles consecuencias sociales de la disolución del régimen,
la Iglesia promovió un Servicio y una Misa de la Reconciliación, para que los
partidos pactaran con el gobierno las condiciones de la sucesión y negociaran
una amnistía. Sectores internos militares vetaron el canje de impunidad por
cronograma electoral. Pero obtenida de todos modos la convocatoria a las urnas
en un plazo que les permitía reacondicionar sus herrumbrados aparatos
partidarios, los políticos tampoco mostraron interés en convenir nada con un
régimen que se deshacía a pedazos.
En ausencia de un acuerdo negociado, el gobierno publicó en forma unilateral un
bando de condiciones. La no revisión de la guerra y de los negocios sucios
cometidos por militares, la estabilidad de los jueces designados por la
dictadura y la participación de las Fuerzas Armadas en el próximo gobierno eran
las principales.
La Santísima Trinidad castrense firmó su "Documento Final de la Junta Militar
sobre la guerra contra la subversión y el terrorismo". Las Fuerzas Armadas
sostuvieron que los procedimientos empleados en la guerra sucia fueron inéditos,
porque así lo obligó la organización celular y la compartimentación del enemigo.
Como las fuerzas militares actuaron según apreciaciones que debieron realizarse
en plena lucha, con la cuota de pasión que el combate y la defensa de la propia
vida genera "en ese marco casi apocalíptico se cometieron errores que, como
sucede en todo conflicto bélico, pudieron traspasar a veces los límites del
respeto a los derechos fundamentales". Tales errores debían quedar sujetos al
juicio de Dios y a la comprensión de los hombres. Se cometieron operando
orgánicamente y bajo sus comandos naturales en cumplimiento de órdenes propias
del servicio, decía.
Acerca de los desaparecidos, la Junta aceptaba como mera hipótesis de un
observador externo que hubieran fallecido en forma violenta en combates con
fuerzas legales y que estuvieran sepultados sin identificación.
Un Acta Institucional reiteró que todas las operaciones fueron ejecutadas
conforme a planes aprobados y supervisados por los mandos superiores. En la
guerra clásica, donde los contendientes son de nacionalidades distintas, usan
uniformes que los diferencian y están separados por líneas perfectamente
identificables, existen numerosos desaparecidos. En una guerra de
características tan peculiares como la vivida, donde el enemigo no usaba
uniforme y sus documentos de identificación eran apócrifos, el número de muertos
no identificados se incrementa significativamente, mentía.
Esta meditada inversión de los términos (los familiares reclamaban por el
destino de personas identificadas que fueron detenidas con vida, y la Junta
respondía sobre muertos sin identificación) introducía el párrafo central del
informe castrense. Negaba la existencia de lugares secretos de detención y
declaraba muertos a los desaparecidos que no se encontraran exiliados o en la
clandestinidad "aun cuando no pueda precisarse hasta el momento la causa y
oportunidad del eventual deceso, ni la ubicación de sus sepulturas". Como era
infaltable en la prosa castrense de la época, añadía el deseo de que los
enemigos muertos recibieran el perdón de Dios.
La clave que el documento no revelaba era precisamente qué había ocurrido en ese
tránsito que va desde la detención de una persona viva, con nombre y apellido
que los militares le obligaban a revelar, hasta su conversión en un muerto
anónimo cuyo cadáver flotaba en el limbo. El ochenta por ciento de los
desaparecidos habían sido raptados de sus casas, en la calle o en sus lugares de
trabajo, ante testigos. Había sido una guerra sin batallas.
El documento se cerraba afirmando que únicamente el juicio histórico podría
determinar con exactitud a quién correspondía la responsabilidad de métodos
injustos o muertes inocentes, que las Fuerzas Armadas sentían el dolor auténtico
de cristianos y que reconocían los "errores que pudieron haberse cometido" en
cumplimiento de la misión asignada. Una vez más la idea de una noble misión
cumplida, en la cual a lo sumo pueden concederse hipotéticos errores nunca
especificados, y no sujetos a otra revisión que la del Cielo o la Historia.
A un mes de las elecciones presidenciales Bignone firmó la ley de autoamnistía.
Sus considerandos afirmaban que la subversión terrorista planteó la batalla en
forma cruel y artera, lo que "pudo llevar" a que en el curso de la lucha se
produjeran hechos incompatibles con el propósito de las Fuerzas Armadas, que
lucharon por la dignidad del hombre.
La indulgencia comprendía a los militares y sus colaboradores civiles que, como
siempre en potencial, "pudieron haber apelado al empleo de procedimientos que
sobrepasaron el marco legal", naturalmente no por su voluntad sino por la
consabida "imposición de las inéditas y extremas condiciones en las que aquellas
tuvieron lugar".
Scilingo era ayudante del jefe de la Casa Militar de la presidencia, el
contraalmirante Ramón Arosa, quien con Alfonsín llegaría a la jefatura de Estado
Mayor de la Armada.
-Yo pienso que hay que dar a publicidad el listado de los desaparecidos -le
planteó Scilingo en los días del Documento Final.
Arosa no dijo ni sí ni no.
Las Fuerzas Armadas huyeron del gobierno el 10 de diciembre de 1983, sin haber
admitido nunca las aberraciones que se cometieron por orden de sus comandantes.
BOOMERANG
Desde el primer momento la información sobre el destino de los
detenidos-desaparecidos comenzó a fluir, pese a la rígida censura de prensa y al
secreto militar de las operaciones. Con algunas imprecisiones quedó constancia
hasta del vuelo, que Scilingo describiría en detalle tanto tiempo después.
El 20 de agosto de 1976 un cable de la Agencia de Noticias Clandestina (ANCLA),
creada por Rodolfo J. Walsh, afirmó que el gobierno no daría a conocer las
listas de detenidos porque "muchos de los registrados habían aparecido como
muertos en combate en fechas muy posteriores a su detención". Citaba el caso de
la Escuela de Mecánica de la Armada, "donde aparecen en los registros 160
detenidos, de los cuales se encuentran alojados solamente 45. Ninguno de los
restantes ha sido enviado a otra dependencia, por lo que se cree que han sido
eliminados y tirados al Río de la Plata".
Poco después, la misma agencia distribuyó dentro y fuera del país un extenso
trabajo sobre la Escuela de Mecánica de la Armada titulado Historia de la guerra
sucia en la Argentina. Fue la primera sistematización de datos dispersos sobre
aquel campo clandestino de concentración. Comenzaba así:
"El 6 de septiembre de 1976 se cumplieron 46 años del primer golpe militar en la
Argentina del siglo veinte. Ese día, el Río de la Plata arrojó sobre las costas
uruguayas los cadáveres de tres hombres jóvenes, maniatados y mutilados.
"Ese macabro espectáculo se ha repetido decenas de veces a partir del 24 de
marzo de 1976 cuando los militares argentinos volvieron a apoderarse del
gobierno y una Junta Militar lo entregó al teniente general Jorge Rafael Videla,
el undécimo hombre que se mudó de los cuarteles a la Casa Rosada de Buenos Aires
en el último medio siglo.
"En noviembre de 1975, cuando aún prometía acatamiento a la presidenta María
Estela Martínez, Videla participó de la XI Conferencia de Ejércitos Americanos
que se realiza a iniciativa del Pentágono norteamericano. Allí declaró que "en
la Argentina deberán morir todas las personas que sea necesario para que vuelva
a reinar la paz". La Conferencia de Ejércitos se celebró en Montevideo, la
capital del Uruguay, donde los militares gobiernan desde hace un lustro bajo la
máscara civil prestada sucesivamente por los presidentes Juan Bordaberry,
Alberto Demichelli y Aparicio Méndez.
"Cuatro meses más tarde, cuando Videla desechó esa táctica para su país y
desplazó a la señora Martínez, en Uruguay comenzó a sentirse el eco de aquellas
palabras suyas.
"El primer cadáver fue hallado pocos días después de la instalación del nuevo
gobierno militar argentino. Estaba desfigurado y su identificación resultaba
problemática. Oficialmente el Uruguay informó que por los rasgos podría ser
japonés o coreano, y el periodismo rioplatense ideó una fantástica orgía
asiática en alta mar, que habría concluido trágicamente.
"La hipótesis prosperó con el hallazgo de otros dos cuerpos, pero soportó mal el
cotejo de las evidencias. Ningún buque navegando a la deriva, ninguna denuncia
sobre la desaparición de personas la avalaban.
"El río siguió depositando sus misteriosas cargas en las playas atlánticas del
Uruguay, de fina arena y tibio clima, frecuentadas por turistas de todo el cono
sur latinoamericano. Algunos cadáveres estaban tajeados, otros carecían de
miembros, a la mayor parte le faltaban las uñas de manos y pi