|
|
|
|
|

El fusilamiento de Dorrego, obra de Rodolfo
Campodónico
NOTAS EN ESTA SECCION
Fue apóstol,
vivió como héroe y murió como mártir |
Juan Lavalle fue el verdugo, pero ¿quién
mató a Manuel Dorrego?, por Mario "Pacho" O'Donnell
Manuel Dorrego, por Hernán Brienza
| Homenaje al padre del
federalismo | El federalismo popular |
"Corajiada" de Dorrego en Salta
Manuel Dorrego, rebelde
y bromista |
Las ideas federales de
Dorrego |
Cartas
de Dorrego sobre su muerte
Historia y memoria
nacional en Argentina, por Alberto Buela
NOTAS RELACIONADAS
Facundo Quiroga
| Chacho Peñaloza |
Felipe Varela |
Mario "Pacho" O'Donnell - Juan Manuel de Rosas
|
Documental Homenaje al Pensamiento Nacional
Pacho O'Donell: "Este país
sería mejor si hubieran ganado los federales" |
Adolfo Saldías
- Historia de la Confederación Argentina
LECTURAS RECOMENDADAS
Epílogo de El loco Dorrego, por Hernán
Brienza |
José María
Rosa - Unitarios y federales y otros textos
Martín Duhalde
- La muerte de Dorrego. La ejecución |
Sebastián Giménez - ¡Fusilados! El triste final de Manuel Dorrego y sus
gauchos
Roberto Baschetti - Dorrego,
una pasión argentina
|
|
|


"Fue
apóstol, vivió como héroe y murió como mártir"
Por Roberto Bardini
Faltaban 11 días para Navidad.
A la orden de "¡fuego!", un pelotón de fusilamiento unitario acribilló de
ocho tiros en el pecho al coronel federal Manuel Dorrego, ex gobernador
de Buenos Aires. Había sido estudiante de leyes, militar indisciplinado
en los cuarteles pero valiente en el campo de batalla, apasionado político
y patriota hasta los huesos. Fue una víctima más del crónico desencuentro
entre argentinos.
Dorrego nació el 11 de junio de 1787 en Buenos Aires. Fue el menor de cinco
hermanos, hijos del rico comerciante portugués José Antonio de Dorrego y
la argentina María de la Ascensión Salas. En 1803, a los 15 años, ingresó
en el Real Colegio de San Carlos y a inicios de 1810 comenzó a estudiar
Derecho en la Universidad de San Felipe, en Santiago de Chile. Pronto abandonó
las aulas y se unió al movimiento independentista chileno. Exaltado, cambió
el traje civil y los libros por el uniforme y las armas. En la milicia del
país andino ganó las tres estrellas de capitán al sofocar un movimiento
contrarrevolucionario. Tenía 23 años.
Antes de concluir 1810, Dorrego regresa a Buenos Aires y con el grado de
mayor se une a las fuerzas armadas encabezadas por Cornelio Saavedra rumbo
al norte. En el combate de Cochabamba sufre dos heridas y gana el ascenso
a teniente coronel. Más tarde, bajo las órdenes de Manuel Belgrano, lucha
en Tucumán (24 de septiembre de 1812) y Salta (20 de febrero de 1813). El
ejército de Belgrano marcha hacia Potosí sin Dorrego: se queda en la retaguardia,
arrestado por indisciplina. Eso le evita las derrotas de Vilcapugio (1º
de octubre de 1813) y Ayohuma (14 de noviembre de 1813), y quizá la muerte
en servicio.
El payador uruguayo José Curbelo lo recuerda así:
Argentino, Americano
En la idea y en los hechos
Impulsivo y corajudo
En los embates guerreros
Recibió sendas heridas
En Sansana y Nazareno
Y le pidió a sus soldados
Para seguir combatiendo
Lo alzaran sobre el caballo
Así fue Manuel Dorrego
A pesar de todo, ese mismo agitado año, Dorrego asciende a coronel y encabeza
la creación de milicias gauchas. Apenas ha cumplido 26 años. Los momentos
de inacción, sin embargo, lo descontrolan. El inflexible general José de
San Martín ordena su confinamiento por nuevas actitudes de indisciplina
y en mayo de 1814 es trasladado a Buenos Aires. Allí se pone a las órdenes
del general Carlos María de Alvear.
Breve
semblanzaManuel Críspulo
Bernabé Dorrego Salas nació en Buenos Aires el 11 de junio de
1787. Hijo de José Antonio do Rego, próspero comerciante portugués
y de María Ascensión Salas. Manuel fue el menor de cinco hermanos,
en 1803 ingresó en el Real Colegio de San Carlos destacándose
por su viva inteligencia y su facilidad de palabra. Comenzó
sus estudios de leyes en Chile, a principios de 1810. Había
participado antes en una azarosa aventura ayudando a fugar a
la Banda Oriental a un pariente comprometido en el fracasado
golpe del 19 de enero de 1809 contra Liniers. |
Temperamental en todo
Bromista en los campamentos
Pudo hasta indisciplinarse
Pero puesto en el gobierno
Supo muy bien dónde iba
En defensa de su pueblo
Ni emperador del Brasil
Ni centralismo porteño
Entreveraron las huellas
Que marcó Manuel Dorrego
Alvear le propone al caudillo oriental, José Gervasio Artigas (1764-1850)
la independencia de la Banda Oriental a cambio de que retire su influencia
de las provincias del litoral. Artigas había dirigido la insurrección de
los orientales contra las autoridades españolas en el llamado Grito de Asencio
y fue proclamado por sus compatriotas como Primer Jefe de los Orientales.
El 20 de enero de 1814, abandonó el sitio de Montevideo -cuyo mando comenzó
a monopolizar José Rondeau- y apoyó los pronunciamientos de los paisanos
de Entre Ríos y Corrientes. El líder rioplatense rechaza el ofrecimiento
de Alvear. Dorrego parte a enfrentarse con el rebelde, con quien -paradójicamente-
tiene ideas bastante cercanas. El militar derrota al artiguista Fernando
Otorgués en las cercanías del arroyo Marmarajá (6 de octubre de 1814), pero
es vencido por Fructuoso Rivera en Guayabos (10 de enero de 1815).
Cada vez que algún retazo
Perteneciente a este suelo
De las Provincias Unidas
Anduvo corriendo un riesgo
Se alzó con su voz valiente
Reclamando ese derecho
Y por la soberanía
Él supo jugarse entero
Así cruzó por la vida
Luchando Manuel Dorrego
Joseph Conrad, autor de novelas marineras, escribe en el cuento La Laguna (1898): "Un hombre no debe hablar sino del amor o la guerra. Tú sabes qué es la guerra y en la hora del peligro me has visto lanzarme en busca de la muerte como tantos otros en busca de la vida". Amor y guerra, muerte y vida: estas palabras pueden aplicarse a la trayectoria de Dorrego, quien a su regreso a Buenos Aires, en 1815, se casa con Angela Baudrix. De la unión nacieron dos hijas: Isabel en 1816 y Angelita en 1821.
El impetuoso Dorrego se lanza a la lucha política. Se declara partidario de un gobierno federativo y fomenta la autonomía de Buenos Aires. Con Manuel Moreno y otros patriotas se opone a Juan Martín de Pueyrredón, Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Finalmente, para no participar en el enfrentamiento civil, solicita que su regimiento se una al ejército que San Martín prepara en Mendoza para la Campaña de los Andes. No alcanza a partir: el 15 de noviembre de 1816, Pueyrredón ordena su destierro. Lo embarcan y recién al tercer día de viaje se entera que su destino es el puerto de Baltimore, en Estados Unidos.
El 9 de julio de 1819, Pueyrredón
renuncia y es reemplazado por el general José Rondeau. Dorrego regresa a
Buenos Aires al año siguiente. Recupera su grado de coronel, obtiene el
mando militar de Buenos Aires y es designado temporalmente gobernador interino.
Presenta su candidatura a gobernador en la provincia pero es derrotado por
Martín Rodríguez. Con caballerosidad, hace reconocer por sus tropas el triunfo
de su adversario. Pero el hecho de estar en la oposición hace que el gobierno
lo destierre en Mendoza. Una mejor idea hubiera sido darle el mando de un
regimiento y ordenarle combatir. La inactividad o el ostracismo no son buenos
para Dorrego: huye a Montevideo.
[Nota al margen: además de los problemas políticos internos de las Provincias
Unidas, desde septiembre de 1816 existía la amenaza militar externa de los
portugueses en la Banda Oriental. Las autoridades nacionales no procedían
con la energía necesaria para expulsarlos. Artigas, el principal perjudicado,
culpaba con razón a las autoridades de Buenos Aires por la falta de respaldo.
Algunos historiadores sostienen que se debería reconocer que el caudillo
oriental procedió como "un auténtico patriota argentino" hasta su derrota
en 1820.]
Por una América Unida
Compartía el alto sueño
Que tuvo Simón Bolívar
Desencontrado en el tiempo
Por intereses extraños
Ajenos al sentimiento
De los hombres que lucharon
Y que hasta su sangre dieron
A veces incomprendidos
Como fue Manuel Dorrego
Dorrego regresa a Buenos Aires -junto con exiliados como Carlos María de
Alvear, Manuel de Sarratea y Miguel Estanislao Soler- gracias a la Ley del
Olvido (noviembre de 1821). En 1823, fue electo representante ante la Junta
de Gobierno y desde su periódico El Argentino respaldó las ideas federalistas,
en oposición al gobierno de Bernardino Rivadavia, lo cual le hizo ganar
prestigio en las provincias. En 1825, se entrevistó con Simón Bolívar, a
quien consideró el único capaz de contener los planes expansionistas del
Imperio de Brasil.
El militar convertido en político resulta elegido representante por Santiago
del Estero en el Congreso Nacional. Cuando se discute la Constitución de
1826 se destaca en los debates sobre la forma de gobierno y el derecho al
sufragio. Desde el periódico El Tribuno continúa atacando la posición centralista
de Rivadavia, lo que aumenta su prestigio en las provincias.
Al referirse a la constitución rivadaviana de ese año, Dorrego afirma: "Forja una aristocracia, la más terrible porque es la aristocracia del dinero. Échese la vista sobre nuestro país pobre, véase qué proporción hay entre domésticos asalariados y jornaleros y las demás clases del Estado (...). Entonces sí que sería fácil influir en las elecciones, porque no es fácil influir en la generalidad de la masa, pero sí en una corta porción de capitalistas; y en ese caso, hablemos claro, el que formaría la elección sería el Banco, porque apenas hay comerciantes que no tengan giro con el Banco, y entonces sería el Banco el que ganaría las elecciones, porque él tiene relación en todas las provincias".
Allá por el veintiséis
Diputado en el Congreso
Defendía el derecho cívico
De los empleados a sueldo
Excluidos de votar
Con el absurdo pretexto
Que el depender de un patrón
Ataría su pensamiento
En defensa del humilde
Se alzó el verbo de Dorrego
|
|
Acosado, Rivadavia renuncia
a la presidencia. Vicente López es designado mandatario provisional. En
agosto de 1827, Dorrego es electo gobernador de la provincia de Buenos Aires.
Pero ante el tratado de paz firmado con Brasil, los unitarios ven la posibilidad
de recuperar el poder aprovechando el descontento de los jefes militares
de regreso. Ex compañeros de exilio, como Soler y Alvear, junto con los
generales Martín Rodríguez, Juan Lavalle y José María Paz comienzan a conspirar
para derrocar al gobierno federal.
El 1° de diciembre de 1828, Lavalle ocupa Buenos Aires con sus tropas. Dorrego
se dirige al sur de la provincia y le pide apoyo a Juan Manuel de Rosas,
entonces comandante de campaña. Rosas le aconseja que vaya a Santa Fe y
le solicite respaldo a Estanislao López, pero Dorrego decide enfrentar a
Lavalle. Las fuerzas de uno y otro se chocan en Navarro. El gobernador cae
prisionero y el vencedor ordena, sin ninguna grandeza, que muera fusilado
el 13 de diciembre. La decisión estremece a la capital y las provincias.
Del veintisiete al veintiocho
En su gestión de gobierno
Propulsó el federalismo
Que siempre fuera su credo
Y cayó buscando luz
Entre las sombras envuelto
No pudo montar de vuelta
Como lo hizo en Nazareno
Y en un trece de diciembre
Se apagó Manuel Dorrego
El valiente general unitario Gregorio Aráoz de Lamadrid, un tucumano que
peleó la guerra de independencia y en las luchas que siguieron en Vilcapugio,
Ayohuma y Sipe Sipe, permanece junto a su ex camarada Dorrego hasta el abrazo
final. A él le entrega el condenado cartas para su mujer y las dos hijas.
A la esposa le escribe: "Mi querida Angelita: En este momento me intiman
que dentro de una hora debo morir. Ignoro por qué; mas la Providencia divina,
en la cual confío en este momento crítico, así lo ha querido. Perdono a
todos mis enemigos y suplico a mis amigos que no den paso alguno en desagravio
de lo recibido por mí. Mi vida: educa a esas amables criaturas. Sé feliz,
ya que no lo has podido ser en compañía del desgraciado Manuel Dorrego".
Tiene 41 años.
Aráoz de Lamadrid es un oficial curtido que combatió en Tucumán, Córdoba,
San Juan y Mendoza. También conoció el exilio en Bolivia y Chile. Dorrego
le pide al compadre su chaqueta para morir y le solicita que le entregue
a su esposa Ángela la que él lleva puesta. El duro Aráoz se "quiebra" ante
la entereza de su amigo-adversario y llora frente a la tropa como un adolescente.
Allí en la Estancia de Almeida
Se ordenó el fusilamiento
Con un pañuelo amarillo
Sus ojos enceguecieron
Cuando el padre Juan José
Lo acompañaba en silencio
Sonaron ocho disparos
Y quedó escrito en un pliego
Besos para esposa e hija
Que Dios proteja mi suelo
Ahorren sangre de venganza
Firmao' Manuel Dorrego
Ángela Baudrix, la viuda, queda en la miseria. Sus hijas tienen seis y 12
años de edad. Tiempo después se ven obligadas a trabajar de costureras en
el taller de Simón Pereyra, un proveedor de uniformes para el ejército y
especulador en la compra-venta de tierras. [Nota al margen: en una de sus
extensas propiedades, ubicada en El Palomar, en 1925 se inició la construcción
del Colegio Militar de la Nación, del que egresarían varios discípulos de
Lavalle. Un general Aramburu, por ejemplo, fusilador de un general Valle.]
Juan Lavalle nació en Buenos Aires el 17 de octubre de 1797. Desde los 14
años hasta su muerte, a los 44, su vida estuvo consagrada a las armas. Al
mando de Dorrego, luchó contra Artigas y combatió en la batalla de Guayabos.
El escritor Esteban Echeverría (1805-1851), autor de El Matadero y La Cautiva,
que también era unitario, lo describió como "una espada sin cabeza".
En cambio, el periodista e historiador José Manuel de Estrada (1842-1894),
considerado uno de los más lúcidos intelectuales de la segunda mitad del
siglo XIX, escribió un homenaje a Manuel Dorrego que puede considerarse
un conmovedor epitafio:
"Fue un apóstol y no de los que se alzan en medio de la prosperidad y de
las garantías, sino apóstol de las tremendas crisis. Pisó la verde campiña
convertida en cadalso, enseñando a sus conciudadanos la clemencia y la fraternidad,
y dejando a sus sacrificadores el perdón, en un día de verano ardiente como
su alma, y sobre el cual la noche comenzaba a echar su velo de tinieblas,
como iba a arrojar sobre él la muerte su velo de misterio. Se dejó matar
con la dulzura de un niño, él que había tenido dentro del pecho todos los
volcanes de la pasión. Supo vivir como los héroes y morir como los mártires".
Fuente: Rebanadas de Realidad

Juan
Lavalle fue el verdugo, pero ¿quién mató a Manuel Dorrego?
El primer jefe popular urbano de la historia argentina ponía en riesgo el poder
de la oligarquía librecambista porteña, cuyo líder era Bernardino Rivadavia. Por
esta razón, su asesinato fue el resultado de una decisión política.
Por Mario "Pacho" O'Donnell*
El fusilamiento del gobernador electo de la provincia de Buenos Aires Manuel
Dorrego no fue consecuencia de un impulso emocional, de un arrebato violento,
sino una decisión fríamente tomada en torno a una mesa. Una decisión política
para eliminar al primer jefe popular urbano de nuestra historia que ponía en
riesgo el poder de la oligarquía librecambista porteña, cuyo líder era
Bernardino Rivadavia. Fue el sangriento antecedente de tantos atentados contra
los intereses populares y democráticos, tan en superficie en los días que
vivimos.
El golpe en su contra se puso en marcha en el mismo momento en que don
Bernardino debió renunciar a la presidencia, que él mismo se había adjudicado,
por la presión popular. La conspiración era tan evidente que, en 1827, aun antes
de asumir Dorrego, al ofrecerle el presidente provisional López y Planes a
Julián de Agüero un ministerio en su Gabinete lo rechazó rotundamente, diciendo
que la caída del partido unitario era "aparente, nada más que transitoria".
Dorrego debió enfrentar también la enemistad del embajador británico en el Río
de la Plata, Lord Ponsomby, quien en un extenso oficio de abril de 1828 diría al
primer ministro Dudley "que el general Dorrego será destituido de su cargo de
gobernador tan pronto como se logre la paz (con Brasil)".
Los conjurados ultimaron los preparativos del golpe contra el gobernador y la
decisión de su muerte en una reunión mantenida el domingo 30 de noviembre en una
casa de la calle del Parque (hoy Lavalle) entre las de San Martín y Reconquista.
San Martín no tuvo dudas de quiénes fueron los instigadores del golpe: "Los
autores del movimiento del primero (de diciembre) son Rivadavia y sus satélites,
y a usted le consta los inmensos males que estos hombres han hecho, no sólo a
este país, sino al resto de la América con su infernal conducta" (carta a
O’Higgins de abril de 1829).
Navarro,
diciembre 13 de 1828Sr. Ministro: Participo al Gobierno Delegado que el Coronel Manuel Dorrego acaba de ser fusilado por mi orden, al frente de los regimientos que componen esta división. La historia, señor Ministro, juzgará imparcialmente si el Coronel Dorrego ha debido o no morir. Si al sacrificarlo a la tranquilidad de un pueblo enlutado por él, puedo haber estado poseído de otro sentimiento que el del bien público. Quiera persuadirse el pueblo de Buenos Aires que la muerte del coronel Dorrego es el sacrificio mayor que puedo hacer en su obsequio. Saludo al señor Ministro con toda atención. Juan Lavalle |
Tampoco el general unitario Iriarte tenía dudas :
"Los principales instigadores fueron el doctor Agüero, in capite, Carril, Cruz y
otros más subalternos. El nuevo Licurgo, don Bernardino Rivadavia, se mantenía
so capa, conservando siempre, aunque en privado, las atribuciones de Patriarca
de la Unidad: gustaba del movimiento, tuvo noticia de él y lo aprobó, porque
creía que era el primer escalón para volver a subir al mando supremo."
La participación de don Bernardino fue encubierta, siendo representado en las
reuniones conspirativas por un ciudadano francés a quien Vicente Fidel López
llamará "monsieur Verennes" pero cuyo verdadero apellido era Filiberto Héctor
Varaigne. Años más tarde Manuel Sarratea escribiría desde París a Felipe Arana,
a la sazón ministro de Relaciones Exteriores de la Confederación, que monsieur
Varaigne había hecho saber al general San Martín que él se hallaba en el Fuerte
integrando "la Junta nocturna en la que se resolvió la muerte del gobernador
Dorrego".
Washington Mendeville, cónsul francés en el Río de la Plata, en comunicación a
su cancillería eleva el número de participantes en el derrocamiento y posterior
ejecución de Dorrego: "Quince individuos se conocen ahora por haber preparado
este hecho de larga data, o haber participado en su ejecución; pero ellos se nos
presentan en tres diferentes categorías; cinco han estado desde el comienzo en
evidencia, ya sea colocándose a la cabeza del poder o bien por el rol activo que
desempeñaron. Son los generales Lavalle, Brown, Martín Rodríguez, el ministro
Díaz Vélez y el Sr. Larrea. Tres actuaron a cara descubierta pero sin menos
rango: ellos son los señores Varaigne, que se conocía como el representante del
Sr. Rivadavia aunque parecía como actuando por su propia cuenta, Varela y
Gallardo, redactores de dos diarios incendiarios. Y por fin siete que estaban en
todas las reuniones secretas, que participaban en la decisión de todas las
medidas importantes y que a menudo las provocaban, pero que actuaban en la
sombra con el fin de aprovechar las circunstancias si éstas los favorecían y de
mantenerse a un lado si les eran adversas. Estos son los señores Rivadavia,
Agüero, Valentín Gómez, Carril, Ocampo y el general Cruz."
Es bien sabido que el verdugo fue Juan Lavalle,
quien habría cumplido con la orden de la junta secreta a cambio de ocupar la
gobernación de la provincia. San Martín expresó su opinión a Iriarte: "Sería yo
un loco si me mezclase con esos calaveras: entre ellos hay algunos, y Lavalle es
uno de ellos, a quienes no he fusilado de lástima cuando estaban a mis órdenes
en Chile y el Perú. Los he conocido de tenientes y subtenientes, son unos
muchachos sin juicio, hombres desalmados."
Vicente Fidel López, contemporáneo de los hechos, descree que Lavalle fuese sólo
el ejecutor: "Al anoticiarse que el comandante Escribano lo conducía (a Dorrego)
a la ciudad, despachó inmediatamente al coronel Rauch con una buena escolta para
que se hiciera cargo del preso y lo condujese al campamento (en Navarro). Esto
prueba hasta la evidencia que estaba en las mismas ideas de los señores Varela y
Carril, y que no fueron esas cartas las que lo indujeron a la espantosa
resolución que tenía ya premeditada. El sólo hecho de haber dado esa comisión al
coronel Rauch ya era una crueldad exquisita de su parte, pues conocía bien a
este oficial, como conocía también la enemistad mortal con que miraba a Dorrego".
Se justifica que entonces Dorrego le dijese a su hermano: "¡Luis, estoy
perdido!"
Es que hubo otros partícipes necesarios en la tragedia de Navarro, aquellos que
instigaron a Lavalle a cumplir con su parte. El cronista Beruti, también
contemporáneo, denunciaría a Martín Rodríguez y a Rauch como quienes más
influyeron en el ánimo del comandante de las fuerzas amotinadas, pues "aunque
Lavalle es un mozo soberbio, orgulloso, cruel y sanguinario, cuando tuvo preso
en su poder al finado Dorrego trepidó mucho para quitarle la vida, pero que lo
ejecutó porque el coronel Rauch lo incitó a ello diciéndole que si no lo
fusilaba, él mismo lo había de degollar; cuyo consejo apuró el brigadier Martín
Rodríguez expresándose de que no trepidase en hacerlo, porque Dorrego era
perjudicial, mozo revoltoso, y de salvarlo, en cualquier parte había de
vengarse, con otras más razones que dio, por lo que Lavalle, alucinado de estos
malvados consejos, lo hizo fusilar."
Las consecuencias del hecho se expandieron más allá de nuestras fronteras. Así
Bolívar, en mayo de 1829, le escribiría al general Pedro Briceño Méndez que "en
Buenos Aires se ha visto la atrocidad más digna de unos bandidos. Dorrego era
jefe de aquel gobierno constitucionalmente y a pesar de esto el coronel Lavalle
se bate contra el presidente, le derrota, le persigue, y al tomarle le hace
fusilar sin más proceso ni leyes que su voluntad; y en consecuencia, se apodera
del mando y sigue mandando literalmente a lo tártaro."
* Pacho O´Donnell es presidente del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico
Manuel Dorrego.
El loco Dorrego. Canal Encuentro
|
|

La
causa de su fusilamiento
A 183 años del asesinato de Manuel Dorrego
Por Norberto Galasso Historiador.
Los unitarios no podían dejar con vida a Dorrego sin correr grave peligro de que
este los pusiera al desnudo ante la opinión pública de la época y ante la
Historia. Necesitaban acallarlo para siempre.
En estos días, se han publicado varios artículos referidos al fusilamiento de
Dorrego. En general, se ofrecen algunas explicaciones, en este momento tan
importante en que estamos revisando nuestra historia: que Lavalle y otros
militares lo consideraban traidor por haber pactado con el Brasil el
reconocimiento de la Banda Oriental como país independiente (no tuvo otra
solución pues el Banco Nacional, con mayoría de accionistas ingleses, cumplió
con el mandato del cónsul inglés, Lord Ponsomby, de negarle fondos para
proseguir la guerra), o que sostenía una concepción latinoamericana y de ahí su
entrevista con Bolívar, o que se apoyaba en el suburbio de Buenos Aires (siendo,
en esto, antecesor de otros caudillos populares como Alsina, Yrigoyen y Perón),
o sus tratativas con Bustos para sancionar una constitución federal con el apoyo
del resto de los caudillos. Hay verdad en estas aseveraciones, pero no en todas,
y creo que se omite la más importante.
Creo que la causa fundamental obedece a otra razón: los unitarios no podían
dejar con vida a Dorrego sin correr grave peligro de que este los pusiera al
desnudo ante la opinión pública de la época y ante la Historia. Aquí reside el
motivo principal de que Salvador María del Carril y Juan Cruz Varela presionaran
a Lavalle para el asesinato: ellos no podían permitir que Dorrego hablase. No
podían ponerlo preso y hacerle luego un juicio, ni siquiera solamente
desterrarlo como ya lo había hecho Pueyrredón en 1819. Necesitaban acallarlo
para siempre.
Veamos la sucesión de aconteceres. En diciembre de 1824 se constituye la Minning Association en Londres para explotar minas en la Argentina, según autorización otorgada por el gobernador Martín Rodríguez y su ministro Rivadavia. En esa sociedad, su principal accionista es la banca inglesa Hullet y el presidente del directorio es Don Bernardino. En 1825, la empresa envía al capitán Head al Río de la Plata con un equipo de técnicos para iniciar la explotación, pero este se encuentra con que en las provincias -salvo San Juan- le aducen que la riqueza minera es propiedad provincial ya que no existe, desde 1820 –al caer el directorio– un gobierno nacional. La banca Hullet le protesta a Rivadavia y este contesta: “El negocio que más me ha ocupado, que me ha afectado y sobre el cual la prudencia no ha permitido llegar a una solución es el de la sociedad de minas. Con respecto a las de La Rioja (el Famatina), cuya importancia es superior a las de las otras provincias, en el corto plazo, con el establecimiento de un gobierno nacional, todo cuanto debe desearse se obtendrá... Me veo obligado a emplear la mayor circunspección para no comprometer inútilmente mi influencia y no debo decir más por el momento (enero 1826)”. Curiosamente, un mes después, Rivadavia es elegido presidente de las Provincias Unidas del Río de la Plata. El 15 de febrero sanciona la ley que declara propiedades nacionales a las minas de todas las provincias. El 14 de marzo, Rivadavia le escribe a Hullet: “Las minas son ya por ley de propiedad nacional y están exclusivamente bajo la administración del presidente de la República”. Sin embargo, en La Rioja, Facundo Quiroga se niega a que la Minning explote el Famatina. La compañía quiebra. Entonces, Head publica en Londres un folleto donde incorpora las cartas transcriptas, titulado: “Informe sobre la quiebra de la Río de la Plata Association constituida bajo la autorización otorgada por su excelencia don Bernardino Rivadavia”. Y aquí entra a jugar Dorrego. Porque desde su periódico El Tribuno, Dorrego publica ese informe, con las comprometedoras cartas de Rivadavia a la Banca Hullet y le agrega estos versos definitorios: “Dicen que el móvil más grande / de establecer la Unidad/ es que repare su quiebra / de Minas, la Sociedad” (23/6/1827, El Tribuno). Tres días después, Rivadavia renuncia a su cargo de presidente. Se quiebra nuevamente la unidad nacional y pocos meses después, asume Dorrego como gobernador de la Provincia de Buenos Aires.
El 14 de septiembre de 1827, Dorrego envía a la legislatura la demanda de la
Minning por 52.520 libras por los gastos ocasionados, con este comentario: “El
gobierno se encuentra con un recurso de la expresada compañía (Minning), donde
se reclama a la provincia los gastos de aquella empresa. El engaño de aquellos
extranjeros y la conducta escandalosa de un hombre público del país (Rivadavia)
que prepara la especulación, se enrola en ella y es tildado de dividir su
precio, nos causa un amargo pesar, más pérdidas que reparar nuestro crédito.”
Los unitarios intentan justificar a don Bernardino sosteniendo que si bien
actuaba al mismo tiempo como presidente de las Provincias Unidas y como
presidente del directorio de la Minning Association que negociaba con ese
gobierno, y que aunque figura con un sueldo de 1200 libras como presidente de la
empresa inglesa, “nunca tuvo intenciones de cobrarlo”. Manuel Moreno y Manuel
Dorrego contestan con “Impugnación a la respuesta” donde afirman que no sólo
quedan en pie las acusaciones (preparar la especulación, dividir el precio) sino
que nada se contesta acerca de “30 mil libras, precio de esa especulación”, “por
los buenos oficios a favor de la especulación que según afirmaba el señor
Rivadavia en su autorización, estaba fundada en una concesión especial”.
De aquí resulta que aprovechando el regreso de las tropas de la Banda Oriental,
se produce el golpe del 1ro de diciembre de 1828, por el cual Dorrego es
desplazado del gobierno. El general San Martín lo caracteriza así, en carta a
O’Higgins: “...Los autores del movimiento del día primero son Rivadavia y sus
satélites y a usted le consta los inmensos males que estos hombres han hecho, no
sólo a este país, sino al resto de América con su infernal conducta; si mi alma
fuera tan despreciable como las suyas, yo aprovecharía esta ocasión para
vengarme de las persecuciones que mi honor ha sufrido de estos hombres, pero es
necesario enseñarles la diferencia que hay de un hombre de bien a un malvado”
(carta del 13/4/1829).
Derrotado y detenido Dorrego, los unitarios cavilan: ¿qué hacer entonces con ese
hombre que ha revelado el escandaloso negociado? Imposible llevarlo a juicio,
pues volverá sobre el tema manchando la honra de quien luego sería denominado
“el más grande hombre civil de los argentinos.” ¿Dejarlo preso, para que algún
día vuelva al escenario político con esa documentación infamante? ¿Desterrarlo
acaso para que tiempo después regrese a la patria y ponga esos documentos sobre
la mesa? Probablemente, Lavalle no conoce estos entretelones de la negociación
pues es solamente “una espada sin cabeza”, pero los rivadavianos se encargan de
persuadirlo. Dorrego debe ser acallado lo más rápido que se pueda y con su
fusilamiento quedarían silenciadas las denuncias y salvada la honra unitaria.
Y así se hace el 13 de diciembre de 1828.
Años después, el historiador Ricardo Piccirilli, un admirador de Rivadavia pero
honesto investigador, admite que de la testamentaría de don Bernardino surge que
“Rivadavia giró en noviembre de 1825 una letra contra Hullet por 3000 libras
solicitando se imputara a la cuenta de las 1200 libras por gastos de mi singular
comisión... y el remanente lo agregarán ustedes a mi cuenta corriente.”
Resumiendo: para acallar la verdad, en relación a un negociado de un “prócer”
del liberalismo conservador con sus amigos los ingleses, se procede a fusilar a
un caudillo popular y se inicia un período de tremenda violencia en nuestro
país.
La tradición popular recoge ese hecho terrible de este modo: “Cielito y cielo
nublado / por la muerte de Dorrego / Enlútense las provincias / Lloren cantando
este cielo”. En cambio, entre la burguesía comercial del puerto circularán estos
versos: “La gente baja / ya no domina / y a la cocina / se volverá.”
15/12/11 Tiempo Argentino
|
|

Manuel
Dorrego
Por Hernán Brienza *
Ilustración: El Tomi (Télam)
Le decían "el loco", por sus irreverencias militares que enfurecían a San
Martín y Belgrano. Pero desde el gobierno intentó aplicar un muy cuerdo
plan de desarrollo productivo y organización nacional. Tocó intereses que
explican el tamaño y la saña final de sus enemigos.
Por Hernán Brienza
Manuel Dorrego, nacido el 11 de junio de 1787 y fusilado 41 años después
por Juan Galo de Lavalle, fue revolucionario en Santiago de Chile, soldado
y eficaz coronel del Ejército del Norte, exiliado político, periodista –fundador
del diario El Tribuno–, legislador nacional y gobernador de la provincia
de Buenos Aires. Vehemente, díscolo, insubordinado, apasionado, pagó con
su muerte los aciertos de su vida política: haberse mantenido fiel al pensamiento
republicano y democrático y, sobre todo, haber sido el primer líder popular
de la Argentina. Sin embargo, en comparación con su grandeza, es el gran
olvidado de la historia nacional.
"Jacobino y liberalísimo", como lo definió José Ingenieros en su libro La
evolución de las ideas argentinas, es heredero de la línea fundada por Mariano
Moreno y profundizada por Bernardo de Monteagudo tras las jornadas de Mayo
de 1810. Es, también, un caso singular: republicano y federal, ilustrado
y popular, porteño y bolivariano, liberal pero nacionalista, Dorrego.
El "loco"
Manuel Críspulo Bernabé –tal era su nombre completo– fue el quinto y ultimo
hijo de una próspera y comercial familia de portugueses, lo que significaba
en la Buenos Aires colonial poco menos que un enemigo de la corona española.
Dorrego estudiaba Derecho en Santiago de C hile cuando lo sorprendió la
Revolución de Mayo, por eso no participó del proceso en su ciudad natal,
pero sí tuvo una destacada participación en el alzamiento trasandino de
junio.
Fue el primer patriota que cruzó la Cordillera de los Andes a cargo de un
ejército. Lo hizo en 1811, seis años antes que José de San Martín, sólo
que en sentido inverso, desde Chile a la Argentina, con tres contingentes
de 300 hombres por vez.
|
Por Hernán Brienza 1) Dorrego fue el
primer defensor del voto universal; 3) Dorrego viaja
a entrevistarse con Simón Bolívar para pedirle que los ejércitos
republicanos del continente se unan contra los imperiales en
Brasil, pero una carta de George Canning le exige a Bolívar
no entrar “en la guerra de partidarios” (¿Cuál es la acusación
que hace Moreno contra Dorrego? ¿Qué éste era bolivariano y
creía en una federación americana como el venezolano?); |
Durante los años siguientes, Dorrego fue
coronel del ejército del Alto Perú, bajo las órdenes de Manuel Belgrano,
y con su valiente accionar al mando de los Cazadores –la tropa de elite–
se obtuvieron las victorias de Tucumán y Salta, definitivas para consolidar
el poder de la Primera Junta. Enseguida, fue sancionado por alentar a que
dos soldados se batieran a duelo. Quedó confinado en Jujuy, mientras ocurrían
los desastres de Vilcapugio y Ayohuma, derrotas que –según Belgrano– no
se habrían producido si Dorrego hubiera estado al mando de los Cazadores.
Cuando San Martín se presentó ante Belgrano para reemplazarlo se produjo
uno de los hechos más insólitos de la historia militar argentina. En una
ronda de unificación de voces de mando, Dorrego se burló de la voz finita
de Belgrano y fue separado definitivamente de ese ejército. Ya se lo conocía
entre la tropa como "El loco Dorrego".
Hasta 1816, por recomendación de San Martín que encontraba así un punto
de equilibrio salvaguardando la autoridad de Belgrano sin prescindir de
Dorrego en la lucha por la independencia, participó de las batallas en la
Mesopotamia contra las fuerzas artiguistas. Pero cuando averigua que el
director supremo Juan Martín de Pueyrredón había negociado con el Imperio
del Brasil la entrega de la Banda Oriental para sacarse de encima a Artigas
y al mismo tiempo trasladar recursos de esa guerra al cruce de los Andes,
Dorrego prepara la defensa uruguaya. Pueyrredón ordenó apresarlo y desterrarlo
a Baltimore, Estados Unidos. En pleno viaje, el barco es asaltado por piratas
y a punto estuvo de ser fusilado cuando la nave fue detenida en Jamaica.
Pudo explicar a tiempo que era doble prisionero: del poder de Buenos Aires
y de los bucaneros.
En Norteamérica, se enamora de las ideas federales y cuando regresa a Buenos
Aires, en 1820, ya no es un jovencito díscolo: es todo un hombre político.
El cuerdo
En esta segunda etapa de su vida, Dorrego enfrentó desde la prensa y la
Legislatura a los unitarios cuyo hombre fuerte era Bernardino Rivadavia.
Desde su banca abogó por el voto popular, libre y sin coacciones y la extensión
del sufragio a todos los sectores de la sociedad, incluso para los humildes
que tenían vedado el acceso a los derechos políticos, por ejemplo, los jornaleros
o los empleados domésticos.
Quizás el discurso más interesante que dio fue el del 29 de septiembre de
1826. Ese día delineó su proyecto de un país federal sostenido en economías
regionales viables con mayor racionalidad que el centralismo unitario basado
en la especulación financiera y aduanera. Dorrego buscar germinar la idea
de una gran federación republicana que incluyera no sólo a la Banda Oriental
sino también a los estados del sur de Brasil –los actuales departamentos
de Río Grande, San Pablo y Porto Alegre–, al Paraguay y al territorio de
Bolivia, independizado en 1826 gracias a la desidia de los rivadavianos.
Y completa el trípode doctrinario abogando por un republicanismo no elitista,
basado en la legitimidad popular: "No sé que se pueda presentar el ejemplo
de un país, que constituido bien bajo el sistema federal, haya pasado jamás
a la arbitrariedad y al despotismo; más bien me parece que el paso naturalmente
inmediato es del sistema de unidades al absolutismo…".
Caído Rivadavia en 1826, tras la deshonrosa paz firmada con el Brasil, y
disuelto ya el fraudulento proceso de constitucionalización de la República,
Dorrego asumió el gobierno de la provincia de Buenos Aires.
Hay que descifrar las claves de su gestión para entender el tamaño y la
saña final de sus enemigos. Acusó de "aristocracia mercantilista" a las
autoridades del Banco Nacional, que entonces era el centro del poder económico.
Los créditos de esa banca, dominada por intereses británicos, habían engendrado
la monstruosa deuda externa de 13.100.795 pesos, que sólo era de un millón
al comienzo del gobierno de Rivadavia. Muy poca de esa plata podía verse
en obras y mucha en renegociación de deuda y comisiones de intermediarios.
Dorrego apuntó a un empréstito interno, con la plata de los sectores productivos
–no especulativos– y a una tasa reducida que limitara la usura. Envió a
la Legislatura en 1828 –año de su fusilamiento– un proyecto para transformar
el Banco Nacional en Banco de la Provincia de Buenos Aires, con capitales
de comerciantes y hacendados locales, que pusiera esa entidad al servicio
de un proyecto nacional. Sancionó la ley de curso forzoso con inconvertibilidad
de la moneda en metálico para detener la estruendosa fuga de capitales –episodio
final de todas las experiencias de economía liberal en estos 200 años patrios–,
en este caso de plata que se escurría en buques de bandera inglesa.
Pero Dorrego tuvo que gobernar con una bomba de tiempo que le había dejado
el gobierno rivadaviano: una fabulosa inflación ocasionada por la devaluación
del peso respecto de la libra por la sobreemisión de billetes realizadas
por el Banco Nacional que a su vez lo ahogaba restringiéndole créditos.
El representante de la corona británica, Lord Ponsonby, advirtió que las
potencias europeas podían invadir la Provincias Unidas. Tras un año y medio
de gestión, Dorrego también estaba políticamente débil. Traicionado por
sus embajadores, y obligado a firmar la paz con el Brasil, la suerte estaba
echada. Cuando las experimentadas tropas del ejército regular volvieron
de la Banda Oriental, el golpe de Estado se olía en el aire. La noche del
30 de noviembre, en una tenida masónica, los unitarios decidieron derrocar
al gobierno legal y legítimo y fusilar a Dorrego. El encargado de llevar
adelante el plan era Lavalle. A la mañana siguiente, las tropas realizaban
el primer golpe de Estado de la historia argentina. Dorrego pidió ayuda
militar a Juan Manuel de Rosas, jefe de las fuerzas de la campaña. Y combatió
el 9 de diciembre en los campos de Navarro. Quince minutos le bastaron a
los experimentados coraceros de Lavalle para poner en fuga al improvisado
ejército de gauchos e indios que habían podido reunir los federales. Días
después, Dorrego fue apresado y conducido hasta la estancia de Navarro donde
lo esperaba Lavalle. Era el mediodía del 13 de diciembre de 1828. Lavalle
ya había firmado la sentencia de muerte, a instancia de Salvador María del
Carril y los hermanos Varela. Dorrego tenía apenas un par de horas para
despedirse de su mujer, Ángela Baudrix, y sus hijas. Minutos después de
la 14 fue llevado al patíbulo. Una escena conmovedora se produjo en ese
lugar: Gregorio Aráoz de Lamadrid y Dorrego –enemigos políticos pero compadres–
intercambiaron chaquetas militares. Dorrego murió con la casaca unitaria
y Lamadrid cargaba la camisa federal. Su asesinato cambió los códigos de
la política criolla del siglo XIX. Después de esa descarga de fusilería
ya nada volvería a ser igual: comenzaba la larga guerra civil que ensangrentó
durante cuarenta años la historia argentina.
El Argentino, 12/07/11
* Autor del libro El Loco Dorrego, el último revolucionario

Homenaje
al padre del federalismo
13-12-2008 / Se realizó un acto conmemorando al mentor de la Patria grande
sudamericana a 180 años de su fusilamiento ordenado por Juan Lavalle.
Por Daniel Brion
cultura@miradasalsur.com
Navarro, diciembre 13 de 1828.
Sr. Ministro:
Participo al Gobierno Delegado que el Coronel Manuel Dorrego acaba de ser
fusilado por mi orden, al frente de los regimientos que componen esta división.
La historia, Señor Ministro, juzgará imparcialmente si el Coronel Dorrego
ha debido o no morir. Si al sacrificarlo a la tranquilidad de un pueblo
enlutado por él, puedo haber estado poseído de otro sentimiento que el del
bien público. Quiera persuadirse el pueblo de Buenos Aires que la muerte
del coronel Dorrego es el sacrificio mayor que puedo hacer en su obsequio.
Saludo al señor Ministro con toda atención.
Juan Lavalle.
San Martín tenía un buen concepto militar sobre Lavalle, de quien dijo “igualarlo
en coraje es muy difícil. Superarlo imposible”. Sin embargo, su valentía
no siempre sería bien utilizada, y embalado e incentivado por los doctores,
lo harían equivocarse en varias oportunidades. Era una valiente espada,
pero sin cabeza.
Esteban Echeverría en su poema
Avellaneda dirá:
“Todo estaba en su mano y lo ha perdido. Lavalle es una espada sin cabeza.
Sobre nosotros entre tanto pesa su prestigio fatal, y obrando inerte. Nos
lleva a la derrota y a la muerte.
Lavalle, el precursor de las derrotas. Oh, Lavalle! Lavalle, muy chico era
para echar sobre sí cosas tan grandes.”
Atrás habían quedado los recuerdos
de Dorrego y una vida dedicada al servicio de la Patria. Largo sería rememorar
toda su actuación, su compromiso y su decisiva intervención en el proceso
revolucionario de América y de nuestro país.
Manuel Críspulo Bernabé Dorrego nació un 11 de junio de 1787, en Buenos
Aires, fue el menor de cinco hermanos, hijos de un comerciante portugués:
José Antonio de Dorrego y de una argentina: María de la Ascensión Salas.
En 1803, a los 15 años, ingresó en el Real Colegio de San Carlos y a inicios
de 1810 comenzó a estudiar Derecho en la Universidad de San Felipe, en Santiago
de Chile.
![]()
De Antonio Calabrese |
Pronto abandonó las aulas y se unió al movimiento independentista chileno.
Exaltado, cambió el traje civil y los libros por el uniforme y las armas.
Tenía entonces 23 años y en la milicia del país andino ganó las tres estrellas
de capitán al sofocar un movimiento contrarrevolucionario.
Antes de finalizar el año 1810, regresa a Buenos Aires y con el grado de
mayor se une a las fuerzas armadas encabezadas por Cornelio Saavedra rumbo
al norte. En el combate de Cochabamba sufre dos heridas y gana el ascenso
a teniente coronel.
Más tarde, bajo las órdenes de Manuel Belgrano, lucha en Tucumán (24 de
septiembre de 1812) y Salta (20 de febrero de 1813). El ejército de Belgrano
marcha hacia Potosí sin Dorrego que se queda en la retaguardia, eso le evita
las derrotas de Vilcapugio (1º de octubre de 1813) y Ayohuma (14 de noviembre
de 1813), y quizá la muerte en servicio.
Ese año, apenas ha cumplido 26 años y asciende a coronel encabezando la creación de milicias gauchas.
Los momentos de inacción, sin
embargo, lo descontrolan. El inflexible general José de San Martín ordena
su confinamiento por nuevas actitudes de indisciplina (cuenta Lamadrid que
habiendo San Martín convocado a los oficiales para “uniformar la voz de
mando”, en primer término lo hizo Belgrano. Dorrego, que habló en segundo
término, lo hizo imitando la voz finita de Belgrano, lo que provocó la risa
de los demás oficiales reunidos. San Martín, golpeando fuertemente la mesa,
dijo secamente; “Señor comandante, hemos venido aquí a uniformar las voces
de mando, y no a reír”.
Según el general Paz, “motivó su separación del ejército y la expulsión
de la provincia en el término de dos horas.” En mayo de 1814 es trasladado
a Buenos Aires. Allí se pone a las órdenes del general Carlos María de Alvear.
Alvear le propone al caudillo oriental José Gervasio Artigas la independencia de la Banda Oriental a cambio de que retire su influencia de las provincias del litoral. Artigas había dirigido la insurrección de los orientales contra las autoridades españolas en el llamado Grito de Asencio y fue proclamado por sus compatriotas como Primer Jefe de los Orientales. El 20 de enero de 1814, abandonó el sitio de Montevideo –cuyo mando comenzó a monopolizar José Rondeau– y apoyó los pronunciamientos de los paisanos de Entre Ríos y Corrientes. El líder rioplatense rechaza el ofrecimiento de Alvear. Dorrego parte a enfrentarse con el rebelde, con quien –paradójicamente– tiene ideas bastante cercanas. El militar derrota al artiguista Fernando Otorgués en las cercanías del arroyo Marmarajá (6 de octubre de 1814), pero es vencido por Fructuoso Rivera en Guayabos (10 de enero de 1815).
A los 28 años, el impetuoso Dorrego se lanza a la lucha política declarándose
partidario de un gobierno federativo y fomentando la autonomía de Buenos
Aires. Con Manuel Moreno y otros patriotas se opone a Juan Martín de Pueyrredón,
Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Finalmente,
para no participar en el enfrentamiento civil, solicita que su regimiento
se una al ejército que San Martín prepara en Mendoza para la Campaña de
los Andes.
No alcanza a partir: el 15 de noviembre de 1816, Pueyrredón ordena su destierro.
A los 29 años lo embarcan y recién al tercer día de viaje se entera que
su destino es el puerto de Baltimore, en Estados Unidos.
El 9 de julio de 1819, Pueyrredón renuncia y es reemplazado por el general
José Rondeau. Dorrego regresa a Buenos Aires al año siguiente. Recupera
su grado de coronel, obtiene el mando militar de Buenos Aires y es designado
temporalmente gobernador interino. Presenta su candidatura a gobernador
en la provincia pero es derrotado por Martín Rodríguez. Con caballerosidad,
hace reconocer por sus tropas el triunfo de su adversario. Pero el hecho
de estar en la oposición hace que el gobierno lo destierre en Mendoza. Una
mejor idea hubiera sido darle el mando de un regimiento y ordenarle combatir.
La inactividad o el ostracismo no son buenos para Dorrego: huye a Montevideo.
Allí, desde septiembre de 1816, existía la amenaza militar externa de los
portugueses en la Banda Oriental y las autoridades nacionales no procedían
con la energía necesaria para expulsarlos. Artigas, el principal perjudicado,
culpaba con razón a las autoridades de Buenos Aires por la falta de respaldo.
Algunos historiadores –con quienes
humildemente adhiero– sostienen que se debería reconocer que el caudillo
oriental procedió como “un auténtico patriota argentino” hasta su derrota
en 1820.
Ya con 36 años, Dorrego regresa a Buenos Aires –junto con exiliados como
Carlos María de Alvear, Manuel de Sarratea y Miguel Estanislao Soler– gracias
a la Ley del Olvido (noviembre de 1821). En 1823, fue electo representante
ante la Junta de Gobierno y desde su periódico El Argentino respaldó las
ideas federalistas, en oposición al gobierno de Bernardino Rivadavia, lo
cual le hizo ganar prestigio en las provincias.
En 1825, se entrevistó con Simón Bolívar, a quien consideró el único capaz
de contener los planes expansionistas del Imperio de Brasil.
El
militar convertido en político resulta elegido representante por Santiago
del Estero en el Congreso Nacional. Cuando se discute la Constitución de
1826 se destaca en los debates sobre la forma de gobierno y el derecho al
sufragio. Desde el periódico El Tribuno continúa atacando la posición centralista
de Rivadavia, lo que aumenta su prestigio en las provincias.
Al referirse a la Constitución rivadaviana de ese año, Dorrego afirma: “Forja
una aristocracia, la más terrible porque es la aristocracia del dinero.
Échese la vista sobre nuestro país pobre, véase qué proporción hay entre
domésticos asalariados y jornaleros y las demás clases del Estado (...).
Entonces sí que sería fácil influir en las elecciones, porque no es fácil
influir en la generalidad de la masa, pero sí en una corta porción de capitalistas;
y en ese caso, hablemos claro, el que formaría la elección sería el Banco,
porque apenas hay comerciantes que no tengan giro con el Banco, y entonces
sería el Banco el que ganaría las elecciones, porque él tiene relación en
todas las provincias”. Dorrego, se opuso al proyecto constitucional rivadaviano
de 1826, considerándolo nulo porque se desconocía en él la voluntad general
de las provincias. En el debate sobre el artículo 6º del proyecto constitucional,
se negaba el derecho de voto en las elecciones a los menores de veinte años,
a los analfabetos, a los deudores fallidos, deudores del tesoro público,
dementes, notoriamente vagos, criminales con pena corporal o infamante,
pero también los “criados a sueldo, peones jornaleros y soldadas de línea”.
Se presumía que los domésticos y peones estaban bajo la influencia del patrón.
Acosado, Rivadavia renuncia a la presidencia y Vicente López es designado
mandatario provisional.
A los 40 años, en agosto de 1827, Dorrego es electo gobernador de la provincia
de Buenos Aires.
Ante el tratado de paz firmado con Brasil, los unitarios ven la posibilidad
de recuperar el poder aprovechando el descontento de los jefes militares
de regreso. Ex compañeros de exilio, como Soler y Alvear, junto con los
generales Martín Rodríguez, Juan Lavalle y José María Paz comienzan a conspirar
para derrocar al gobierno federal.
El 1° de diciembre de 1828, Lavalle ocupa Buenos Aires con sus tropas. Dorrego
se dirige al sur de la provincia y le pide apoyo a Juan Manuel de Rosas,
entonces comandante de campaña. Rosas le aconseja que vaya a Santa Fe y
le solicite respaldo a Estanislao López, pero Dorrego decide enfrentar a
Lavalle.
Las fuerzas de uno y otro se chocan en Navarro. Más tarde el gobernador
cae prisionero y el vencedor ordena, sin ninguna grandeza, que muera fusilado.
La decisión estremece a la capital y las provincias.
El valiente general unitario Gregorio Aráoz de Lamadrid, un tucumano que
peleó la guerra de independencia y en las luchas que siguieron en Vilcapugio,
Ayohuma y Sipe Sipe, permanece junto a su ex camarada hasta el abrazo final.
A él Dorrego le entrega cartas para su mujer y sus dos hijas.
A la esposa le escribe en un trozo de papel que le alcanzan:
“Mi querida Angelita: En este momento me intiman que dentro de una hora
debo morir. Ignoro por qué; mas la Providencia divina, en la cual confío
en este momento crítico, así lo ha querido. Perdono a todos mis enemigos
y suplico a mis amigos que no den paso alguno en desagravio de lo recibido
por mí. Mi vida: educa a esas amables criaturas. Sé feliz, ya que no lo
has podido ser en compañía del desgraciado Manuel Dorrego”.
A los 41 años cae víctima de las balas asesinas del pelotón de fusilamiento,
el 13 de diciembre de 1828.
Aráoz de Lamadrid es un oficial
curtido que combatió en Tucumán, Córdoba, San Juan y Mendoza. También conoció
el exilio en Bolivia y Chile. Dorrego le pide su chaqueta para morir y le
solicita que le entregue a su esposa Ángela la que él lleva puesta, junto
con una carta. El duro Aráoz se “quiebra” ante la entereza de su amigo-adversario
y llora frente a la tropa como un adolescente.
Mientras Lavalle escribía el parte, a 300 metros el cuerpo de Manuel Dorrego
yacía tirado en el campo. Hay indicios ciertos de que luego de la ejecución
hubo ensañamiento con el cadáver. Así lo indica el testimonio de la Comisión
Oficial, que por orden de Rosas, no bien asumió el Gobierno, se trasladó
de Buenos Aires a Navarro con el fin de exhumar los restos de Dorrego, tarea
que se llevó a cabo el 13 de diciembre de 1829, es decir al año justo de
su muerte.
El informe firmado por el camarista don Miguel de Villegas dice en parte:
“Que encontraron el cadáver entero, a excepción de la cabeza que estaba
separada del cuerpo en parte, y dividida en varios pedazos, con un golpe
de fusil al parecer, en el costado izquierdo del pecho...” Luego del fusilamiento
(si así se lo puede llamar) el acongojado pariente de Manuel Dorrego, el
clérigo Juan José Castañer, se hace cargo del cadáver, ya que ni siquiera
se permitió a los más cercanos parientes llegarse hasta Navarro para ver
los restos, no obstante los ruegos de los familiares que, al efecto, hicieron
llegar al Sr. Ministro Díaz Vélez.
Ángela Baudrix, la viuda, queda
en la miseria. Sus hijas tienen 6 y 12 años de edad.
Tiempo después se ven obligadas a trabajar de costureras en el taller de
Simón Pereyra, un proveedor de uniformes para el ejército y especulador
en la compra-venta de tierras; en una de sus extensas propiedades, ubicada
en El Palomar, en 1925 se inició la construcción del Colegio Militar de
la Nación, del que egresarían varios discípulos de Lavalle, un general Aramburu
–por ejemplo–, fusilador y asesino, en junio de 1956 del general Juan José
Valle y 31 patriotas que con él hicieron frente a la dictadura que encabezaran
Aramburu y Rojas luego de un golpe de Estado contra el presidente constitucional
Juan Domingo Perón. También la hija, la nieta Soledad y los nueve bisnietos
del general Valle han quedado en la miseria bajo la indiferencia de quienes
podrían solucionar su problema.
|
|
Cuánta semejanza en la vida de estos hombres. Al coronel Dorrego y al general
Valle los une la misma muerte: condenados a morir –por un ilegal revanchismo
asesino– fusilados; escriben cartas casi similares a sus asesinos y a sus
mujeres y a sus hijas; sus familias condenadas a la miseria; y su lucha
aún vigente. Tantos años han pasado, tanta sangre caída por nuestra libertad
e independencia, por la justicia social, tantos compañeros inmolados, perseguidos,
encarcelados, torturados, asesinados, desaparecidos; y la lucha continúa,
pareciera que recién comenzara; se alarga, se estira, como una lucha sin
fin, como de desgaste, como si no le bastase la sangre derramada, quiere
ahora ahogar en la desmemoria, en la falta de conciencia nacional, en el
desgano de actuar en política, en anunciar a gritos la muerte de las utopías
y los ideales, una victoria final que no estamos dispuestos a darles.
Por eso ni un solo paso atrás, ni para tomar carrera, la sangre de tantos
héroes, de tantos patriotas, de tantos compañeros no nos permite siquiera
la duda en continuar defendiendo el pensamiento nacional, y en seguir luchando
por la patria grande que todos ellos y nosotros soñamos. Para generar una
memoria, pero no una memoria pasiva que sólo recuerde cantidades, sí una
memoria generadora de conciencia, ésa es la memoria que nos lleva de la
mano, ésa la conciencia que nos dice, parafraseando a Milton Sechinca, en
su Exhortación de los Jóvenes (que pretendemos extender también a todos
los viejos militantes, y a quienes un vez tuvieron un sueño):
“Me dijeron que enrollaste la bandera, no como quien la guarda hasta el
próximo acto sino casi como quien está arriando una bandera… Ahora pensá
en tu adolescencia, en lo que caminaste por dentro de ti mismo, en lo que
caminó el país junto contigo. ¡Cuidado! Porque estás en un filo difícil
en que la palabra decepción con sólo cambiarle un sonido se puede convertir
en deserción. Que no te ocurra eso…”
“Cada vez que algún retazo Perteneciente a este suelo. De las Provincias
Unidas Anduvo corriendo un riesgo. Se alzó con su voz valiente. Reclamando
ese derecho Y por la soberanía. Él supo jugarse entero. Así cruzó por la
vida Luchando Manuel Dorrego. Por una América Unida. Compartía el alto sueño.
Que tuvo Simón Bolívar. Desencontrado en el tiempo- Por intereses extraños.
Ajenos al sentimiento. De los hombres que lucharon. Y que hasta su sangre
dieron. A veces incomprendidos
Como fue Manuel Dorrego. Del veintisiete al veintiocho en su gestión de
gobierno propulsó el federalismo que siempre fuera su credo. Y cayó buscando
luz. Entre las sombras envuelto, no pudo montar de vuelta. Como lo hizo
en Nazareno. Y en un trece de diciembre se apagó Manuel Dorrego. Se ordenó
el fusilamiento. Con un pañuelo amarillo, sus ojos enceguecieron cuando
el padre Juan José lo acompañaba en silencio sonaron ocho disparos. Y quedó
escrito en un pliego. Besos para esposa e hija. Que Dios proteja mi suelo.
Ahorren sangre de venganza.
Firmao' Manuel Dorrego”
Estrofas del payador uruguayo José Curbelo recordando a Manuel Dorrego.
Fuente: MIradas al Sur
Nota Lavalle: Diario del Bicentenario

Federalismo
popular
MANUEL DORREGO (1787-1828)
Arquetipo del federalismo argentino, el guerrero de la Independencia, cayó
bajo las balas de la oligarquía porteña. Su ejecutor, el general Juan Lavalle,
bien fue definido por Esteban Echeverría como ‘una espada sin cabeza’.
'El artículo 6 (de la constitución rivadaviana de 1826) forja una aristocracia,
la más terrible porque es la aristocracia del dinero. Echese la vista sobre
nuestro país pobre, véase qué proporción hay entre domésticos asalariados
y jornaleros y las demás clases del Estado, y se advertirá al momento que
quien va a tener parte en las elecciones, excluyéndose las clases que se
expresan en el artículo, es una pequeñísima parte del país, tal vez no exceda
de una vigésima parte. He aquí la aristocracia del dinero; y si esto es
así, podría ponerse en giro la suerte del país. Entonces sí que sería fácil
influir en las elecciones, porque no es fácil influir en la generalidad
de la masa, pero sí en una corta porción de capitalistas; y en ese caso,
hablemos claro, el que formaría la elección sería el Banco, porque apenas
hay comerciantes que no tengan giro con el Banco, y entonces sería el Banco
el que ganaría las elecciones, porque él tiene relación en todas las provincias'.
Manuel Dorrego (1826)
La oposición al unitarismo de la burguesía comercial porteña hizo federales
a los estancieros bonaerenses. Pero su federalismo -que coincidía tácticamente
con el federalismo del Interior en su lucha contra el centralismo de la
burguesía porteña- difería profundamente, por los intereses que lo movían,
del federalismo provinciano.
Las provincias, enfrentadas a la declinación de su comercio y su industria,
trataban de salvar su mayor grado de autosuficiencia. Trataban así de mantener
e incrementar su participación en el comercio nacional, pero, además, de
proteger sus industrias recurriendo a tarifas especiales, aduanas de tránsito
e impuestos diferenciales. Pronto resultó evidente que una política tan
perjudicial para los intereses comerciales de Buenos Aires no podía solucionarse
sino en condiciones de una amplia autonomía política para cada provincia,
es decir, un amplio federalismo. Los estancieros de Buenos Aires, en cambio
querían la federalización para que Buenos Aires pudiera seguir disfrutando
de su aduana sin tener que rendir cuentas a las provincias, dominándolas,
y evitando la nacionalización de la ciudad, ya decidida por Rivadavia.
De modo que el partido federal
era una especie de frente único en el que coexistían distintos intereses
y tendencias. Para los estancieros bonaerenses la cuestión decisiva era
quien dominaría en el país: Buenos Aires o toda la nación, coincidiendo
más con sus enemigos unitarios que con sus aliados federales del interior.
Sin embargo, el federalismo bonaerense produjo una tendencia 'doctrinaria
y política' de contenido nacional: fue la que encarnó, en un momento decisivo,
Manuel Dorrego. Las ideas del 'mártir de Navarro' en materia económica y
constitucional, poco se han difundido entre nosotros, salvo en algunos libros
especializados. Y por eso merecen una consideración muy especial.
El joven díscolo
Manuel Dorrego nació en Buenos
Aires el 11 de junio de 1787 y era hijo de un próspero comerciante portugués.
Desde muy joven demostró un significativo talento intelectual, estudiando
leyes en la Universidad de San Felipe, en Chile. En 1810 abandonó sus estudios
para enrolarse en los movimientos conspirativos de los patriotas contra
la dominación española. Así ingresó al ejército y ganó rápidamente el grado
de capitán al reprimir un movimiento contrarrevolucionario. Fue herido dos
veces en combate, batiéndose a las órdenes de San Martín y Belgrano. Díscolo,
rebelde, San Martín lo confinó a raíz de actos de indisciplina, en mayo
de 1814, ordenando su traslado a Buenos Aires.
Lanzado a la lucha política se pronunció por el federalismo y auspició la
autonomía de Buenos Aires. Junto con Manuel Moreno, Domingo French, Agrelo,
Pagola y otros, fue decidido opositor del director Pueyrredón. Firme demócrata,
Dorrego se opuso a los planes monárquicos de Pueyrredón por lo cual fue
deportado el 15 de noviembre de 1816, residiendo en el exilio en Baltimore,
donde conoció las ideas de Hamilton, Madison y Jay, a través de las célebres
páginas de El Federalista.
De vuelta al país -tras distintas alternativas-, en 1823 fue electo representante
ante la Junta, donde proyectó la supresión de las levas y desde las páginas
de El Argentino defendió las tesis federalistas en contra del gobierno de
Martín Rodríguez y de Rivadavia. En 1825, interesado en negocios de minas,
viajó al Norte, visitando a los gobernadores federales Bustos, Quiroga e
Ibarra. Vio luego a Simón Bolívar, quien lo impresionó profundamente y a
quien consideró capaz de contener al emperador de Brasil, entonces en actitud
amenazante contra las Provincias Unidas.
Contra la Constitución del 26
Dorrego, diputado por Santiago del Estero, se opuso a la totalidad del proyecto
constitucional rivadaviano de 1826, considerándolo nulo porque se desconocía
en él la voluntad general de las provincias. A partir de ese momento se
convirtió en cabeza de la oposición federal, incorporando con su actuación
elementos ideológicos en los aspectos políticos, sociales y económicos.
Ese federalismo doctrinario dejaba atrás el federalismo intuitivo y espontáneo.
En el gran debate sobre el artículo 6º del proyecto constitucional, se negaba
el derecho de voto en las elecciones a los menores de veinte años, a los
analfabetos, a los deudores fallidos, deudores del tesoro público, dementes,
notoriamente vagos, criminales con pena corporal o infamante y además, a
los 'domésticos a sueldo, jornaleros y soldados'.
Se presumía para ello que los domésticos y peones estaban bajo la influencia
del patrón. Dorrego señaló que estaban en la misma situación de los empleados
públicos y sin embargo se les permitía votar. Señaló que también los capitalistas
no eran independientes, porque dependían de los bancos y que como estaba
redactado el artículo votaría apenas una pequeñísima porción del país. Los
unitarios impusieron su Constitución, pero el interior la rechazó en bloque.
Salvo la provincia Oriental por razones tácticas, y Misiones, que carecía
de autoridades y por ello no se pronunció.
La reconciliación nacional
Dorrego influyó con su prédica en la crisis que culminó con la renuncia
de Rivadavia a la presidencia de la Nación. En agosto de 1827 fue electo
gobernador de la provincia de Buenos Aires, y desde el poder realizó una
política tendiente a lograr la reconciliación nacional. Esto iba a contrastar,
tras su fusilamiento, con el período de terror unitario, a manos de Lavalle,
y el extenso período de persecuciones y asesinatos de la mazorca rosista.
Pero lo más importante en la gestión gubernamental de Dorrego fue su política
económica. Al hacerse cargo del gobierno de la provincia de Buenos Aires,
encontró al estado en una grave crisis financiera; la deuda acumulada llegaba
a los 30.000.000 de pesos. La onza, desde enero de 1826, había subido de
17 a 55 pesos; la circulación de $ 10.250.000 triplicó el dinero en giro
existente antes de la guerra con el Brasil; la Aduana recaudaba cifras insignificantes
a causa del bloqueo, y el mercado enrarecido incrementaba paulatinamente
el drenaje de oro.
En esas circunstancias, Dorrego decidió prohibir la exportación de metálico
y negociar un empréstito interno de 500.000 pesos al interés de seis por
ciento. Para pagar los intereses del empréstito con la Baring, se planea
la venta de tierra pública y se intenta la venta de dos fragatas mandadas
a construir a Inglaterra. Es cuando los ingleses comienzan a reclamar insistentemente
el pago de los intereses, y Lord Dudley insiste en que se haga la paz con
el Brasil. Dorrego, pese a todo, decide 'olvidarse' del empréstito y de
hecho suspende el pago de sus servicios.
En materia de tierras públicas, Dorrego perfecciona la ley de enfiteusis
de los campos pastoriles y pone a los campos agrícolas bajo un sistema similar.
Una
política democrática
En setiembre de 1827 presentó un proyecto a la Legislatura: la gobernación
garantizaría los billetes ya emitidos, pero se opondría a cualquier otro
tipo de emisión. A esos efectos, el gobierno inspeccionaría al Banco, y
la deuda con éste sería reconocida por la provincia a nombre de la Nación.
El diputado Nicolás Anchorena acusaría poco después al Banco por emisiones
clandestinas, y su violenta denuncia contra capitalistas y terratenientes
extranjeros injertará una nota nacionalista en la ideología federal. El
13 de noviembre, la comisión de la Legislatura propone la caducidad del
Banco y la creación de un Banco provincial. El 16 de enero de 1826 faculta
a la Sala de Representantes a reformar el estatuto del Banco.
Dorrego trataba de afirmar el apoyo inicial de los ganaderos -que son mayoría
en la Legislatura- y decreta la libre exportación de carnes. Con el apoyo
de Rosas, que logra un status de paz con los indios, hace serios esfuerzos
por extender la frontera sur.
A favor de las clases populares, fijó precios máximos sobre el pan y la
carne para bajar la presión del costo de la vida; suspendió el odiado régimen
del reclutamiento forzoso y prohibió el monopolio de los renglones de primera
necesidad.
Su política tuvo éxito, y en febrero y marzo de 1828 -afirma Miron Burgin-
'el peso recuperó casi todo el terreno que había perdido el año anterior'
gracias a 'la cautelosa política de Dorrego'.
A mediados de 1828, la mayor parte de la clase terrateniente, afectada por
la prolongación de la guerra, retiró a Dorrego su apoyo político y económico.
Boicoteando su política integradora y popular, le negó los recursos a través
de la Legislatura, forzándolo a transigir e iniciar conversaciones de paz
con el imperio. Es que los terratenientes y saladeristas bonaerenses, integraban
también la capa de la burguesía mercantil porteña ligada a los intereses
británicos por la importación y la exportación. Por eso dejaron de apoyar
al gobernador y se volvieron 'pacifistas'.
Abandonado por sus aliados circunstanciales, Dorrego se quedó solo frente
al enemigo unitario. El 1º de diciembre fue derrocado por la conspiración
que encabezaba Juan Lavalle, a quien Esteban Echeverría definiría años después,
como 'esa espada sin cabeza'. La tragedia se consumaría, el 13 de diciembre,
en Navarro, con el fusilamiento del líder federal.
El pueblo cantó al inolvidable caudillo y pensador federal: 'Cielito y cielo
enlutado/ por la muerte de Dorrego,/ enlútense las provincias,/ lloren cantando
este cielo'.
'Cielo, mi cielo sereno/ nunca más pompa se vio/ que el día en que Buenos
Aires/ a Dorrego funeró'.
Con su muerte injusta, se abría en el país un período de guerras civiles
que detendría, por varias décadas, su organización nacional.
Fuente: Argenpress.info

"Corajiada"
de Dorrego en Salta
Cuando la Patria pasó por sus
cerros y ríos, esas verdes lomas de San Lorenzo también guardan un retazo
de la histórica Guerra de la Independencia
Por Darío Illanes y Luis Borelli
Bien sabemos que el Valle de Lerma fue uno de los más importantes escenarios
de la Guerra de la Independencia, pero pocas noticias cuentan que en entre
esas hermosas lomas de la actual villa veraniega de San Lorenzo, se dio
el primer enfrentamiento armado, cuando se produjo la segunda invasión realista
a Salta en 1814.
En ella no combatieron los bravos gauchos de Güemes, pero si los valientes
soldados del Ejército del Alto Perú, que venían en retirada y derrotados
desde los llanos de Ayohuma. Quizá, esa misma noche de la batalla de San
Lorenzo, Güemes era designado en Yatasto por el general San Martín, Jefe
de la Línea del Pasaje. Quizá esa misma noche en aquella histórica posta
de Metán, San Martín lograba la tan ansiada reconciliación entre Belgrano
y Güemes.
Antecedentes
Fracasada la segunda campaña libertadora al Alto Perú, luego de las derrotas
de Vilcapujio y Ayohuma, el General Manuel Belgrano emprende la retirada
hacia el sur, a mediados de noviembre de 1813 dirigiéndose primero a Potosí
y después a Tobaco-Ñaco, Lajatambo, Quirve, Humahuaca y Jujuy, a donde llega
a fines de diciembre.
En pos del Ejercito del Norte, venía el realista Pezuela con la intención
de avanzar con sus 4 o 5 mil soldados, primero sobre Jujuy, luego Salta
y finalmente pasar a Tucumán, para ocupar toda la actual frontera norte
de Argentina.
Así es que de nuevo el general Belgrano está en Jujuy, con las pocas fuerzas
que le quedaban, habiendo perdido hombres, artillería, armamento y ... ¡cuanta
sangre!.
Urge pues, la formación de una buena retaguardia que cubra sus espaldas
mientras continúa con su retirada rumbo a Salta y Tucumán, ya que Pezuela
no demorará en hacer sentir su acoso. Y Belgrano recurre a Manuel Dorrego,
pues necesita un jefe con actitudes especiales para maniobrar hábilmente
la retirada y retardar al enemigo entre los cerros de La Caldera.
Con Dorrego como jefe de la retaguardia, Belgrano inicia su marcha de Jujuy
a Salta, el 8 de enero de 1814 por el camino de montaña. Dorrego comenzó
con su trabajo de retrasar al enemigo, al menos hasta que los 1.800 hombres
que quedan del Ejercito del Alto Perú abandonen Salta y se encaminen por
el Pasaje a Tucumán, hasta encontrarse con el Ejército Auxiliar del Perú,
que viene al mando del general José de San Martín.
Manuel Belgrano permaneció en Salta pocos días y continuó lentamente rumbo
al sur, pasando con sus tropas por Cerrillos, La Merced, Sumalao, Río Pasaje
hasta La Junta, a donde llega el 20 de enero, día que se encuentra con San
Martín en Yatasto. A todo esto Dorrego debe moverse al frente de la retaguardia,
pues el frente realista, al mando de Ramírez Orozco avanza hacia Jujuy.
En esta ciudad destaca el 16 de enero, al salteño Saturnino Castro para
que se apodere de Salta, por sus conocimientos del terreno. Dorrego maniobra
entre cerros, quebradas y los crecidos ríos que separan Jujuy de Salta,
hostilizando al enemigo en audaces arremetidas, haciendo retumbar entre
las montañas el estampido de los fusiles.
El jefe patriota hace lo que puede mientras retrocede a Salta, siempre hostigando,
hasta que después de pasar por el pueblito de La Caldera, ya tiene la ciudad
a la vista, al pie de las cumbres aledañas al Campo de Castañares, y sin
dudar, enfila con sus tropas para el poniente, para ocupar las lomas de
San Lorenzo, a la espera de Castro, el que se hace presente el 20 de enero.
Son las 3 de la tarde cuando ambas caballerías se avistan. El jefe realista
no espera y se lanza al ataque, seguro de arrollar a Dorrego, pero éste
hace un hábil uso del terreno, y con serenidad y astucia logra sacarle provecho
a las lomas de San Lorenzo, logrando por cuatro horas, no solo resistir
el asedio de los españoles, sino hostigarlos y demorarlos en la zona mas
bella del noroeste del Valle de Lerma.
La noche cae y Castro con su ejército invasor se paraliza, contrariado al
verse defraudado en sus certezas de arrollar fácilmente a los patriotas,
los que ya entre las sombras se escabullen rumbo al Sur, hasta Quinta Grande
y Cerrillos. Así, San Lorenzo inscribió su nombre en una de las páginas
más gloriosas de la Guerra de la Independencia, un 20 de enero de 1814.
[El Tribuno, domingo 21 de octubre de 2001]
Fuente: www.camdipsalta.gov.ar

Manuel
Dorrego, rebelde y bromista
Manuel Dorrego, además de un militar de coraje, tenía un espíritu bromista
y rebelde. Se había incorporado al ejercito como oficial "aventurero" (sin
paga), y después de la acción de Suipacha fue ascendido a teniente coronel.
Belgrano le encarga traer desde Buenos Aires un soldado (Francisco Burgos)
que le sirviera de intérprete, el que se encontraba incorporado en el regimiento
del coronel Francisco Ocampo. Como Dorrego retirara al soldado sin los debidos
trámites, a denuncia de Ocampo se le manda un oficio a Dorrego, que se estaba
a en viaje, para que regrese el soldado. Dorrego desconoce el oficio por
no ser original: "Esta es una indecencia, y el que lo manda a usted lo expone
a que con mi espada lo parta. Vaya usted y diga a su coronel que yo no paso
por este oficio que es un borrador" En Córdoba es detenido con fuerte custodia,
enviado a Buenos Aires y acusado de insubordinación.
Dorrego usaba su genio en burlas y bromas con sus subordinados. Participa
en un confuso episodio como "padrino" en un duelo ente dos oficiales que
reciben graves heridas. Dorrego es acusado de incentivar, o al menos no
evitar este lamentable hecho.
En 1814 San Martín reemplaza a Belgrano en el Ejercito del Norte. Tiene
idea de nombrar a Dorrego segundo jefe, de lo que desiste al poco tiempo
y lo manda a esperar en Santiago, dando parte a Posadas que "podía ser útil
en cualquier otro destino". Dorrego dice que no recibió explicación de esta
decisión de San Martín. El general Lamadrid en sus memoria, publicadas en
1855, da cuenta de un episodio, consecuencia del espíritu bromista de Dorrego.
Cuenta Lamadrid que habiendo San Matín convocado a los oficiales para "uniformar
la voz demando", en primer término lo hizo Belgrano. Dorrego, que habló
en segundo término, lo hizo imitando la voz finita de Belgrano, lo que provocó
la risa de los demás oficiales reunidos. San Martín, golpeando fuertemente
la mesa dijo secamente; "Señor comandante, hemos venido aquí a uniformar
las voces de mando, y no a reír". Según el general Paz, "motivó su separación
del ejercito y la expulsión de la provincia en el término de dos horas."
El destierro
|
|
Dorrego tuvo continuas deferencias con Gascón, a quien se resistía a subordinarse. En diversas oportunidades se negó a cumplir la órdenes de éste, lo que motivo el cruce de hirientes oficios entre ambos e informes y quejas a Pueyrredón, quejándose de la conducta de Dorrego: "Manuel Dorrego, tan conocido por su altanería e insubordinación." En una oportunidad, Gascón le recrimina por nota el negase al pase del cabo Fernández y "le previene sobre su modo de escribir y la falta de respeto a su representación y persona", citando los artículos de las ordenanzas, y en segunda oportunidad le reclama informe sobre el estado de sus tropas, número de desertores, dispersos o prisioneros, el estado del arma y rendición de cuentas de los fondos recibido. Dorrego le contesta por oficio que "Cuando la Inspección oficiase al coronel del N° 8 con el decoro que su clase y servicios le hacen acreedor (pues se halla en la clase de coronel en premio a sus continuas campañas, no como otros, que han llegado a la misma sin haber visto al enemigo) entonces será contestado y cumplido lo que quiso prevenirle en los oficios de fecha siete."
Estos enfrentamientos, entre
otros, terminan en la determinación de Pueyrredón de invitarlo a Dorrego,
con quien mantenía buena relación, a reunirse, lo que hacen en dos oportunidades,
y que derivaría en el destierro de Dorrego. Según Vicente Fidel López, (por
referencias de su padre Vicente López), en la primera reunión Pueyrredón
intenta convencer a Dorrego de su incorporación al ejército de San Martín.
Dorrego, que sospecha una maniobra para alejarlo del escenario, se niega,
y ambos se mantienen en una posición irreductible. El la segunda entrevista
Pueyrredón, que sospechaba de una rebelión por parte de Dorrego, insiste
en convencerlo para que se incorpore al ejército de San Martín, a lo que
Dorrego se niega terminantemente:
- "La alternativa en que estamos es cruel, Yo declaro, señor, que nunca
he de hacer armas contra el gobierno con los soldados que el gobierno ha
puesto bajo mis órdenes. Pero declaro también que si V.E. insiste en que
marche hacia Mendoza, puede nombrar desde luego otro jefe para el batallón
N° 8, porque yo no iré con él."
- "Lo he oído a Ud. Con suma atención, señor coronel, y lamento que un oficial
tan importante esté sujeto a estos delirios. Le he llamado porque el gobierno
y el general deseamos que Ud. coopere."
- ¡Gracias!, ¡gracias! -dijo irónicamente Dorrego- yo no aceptaré, señor,
tanto favor".
- Ud se olvida coronel, de que habla con el Jefe del Estado, y que tiene
también deber de recordar de que habla con un hombre que ha sido su jefe
al fente de los enemigos.
- (Dorrego con cara de asombro) No recuerdo en cual campo de batalla habrá
sido eso, señor director. Mis charreteras no son sino las de un coronel;
pero no las he ganado convoyando cargas, sino grado a grado en acciones
de guerra en que no recuerdo haber tenido jamás el honor de ver a V.E.
Pueyrredón, con una sonrisa de disimulo, terminó la entrevista:
- El coronel Dorrego puede retirarse.
Pueyrredón con la colaboración de dos testigos ocultos, como era su costumbre,
reconstruyen el diálogo que derivaría en el destierro de Dorrego.
Bibliografía: Bonifacio del Carril. "El destierro de Dorrego". "Entrevista
del coronel Dorrego con el director supremo general Pueyrredón. Versión
de Vicente López, ministro de Pueyrredón" . Publicado por Vicente Fidel
López. Revista Río de La Plata N 23. t. VI. Bs. As., 1873.
[Imagen: Monumento Histórico Nacional que recuerda el fusilamiento del Coronel Don Manuel Dorrego. enclavado en el Parque que lleva su nombre a pocos kilómetros de la Ciudad de Navarro]

Las
ideas federales de Manuel Dorrego
Manuel Críspulo Bernabé Dorrego
(1787-1828) fue electo representante por la provincia de Santiago del Estero
en el Congreso General Constituyente, que sancionó la Constitución unitaria
de 1826. Se destacó en los debates sobre la forma de gobierno y el derecho
al sufragio. Desde el periódico El Tribuno atacó las medidas centralizadoras
de Rivadavia, ganando prestigio en las provincias, en donde se lo consideraba
uno de los dirigentes más caracterizados del federalismo en Buenos Aires.
A continuación se transcribe la intervención del coronel don Manuel Dorrego
en la sesión del 29 de setiembre de 1826, extraída de Las Asambleas Constituyentes
Argentinas, según recopilación de Emilio Ravignani, Tomo III, página 812:
"Señor: El asunto es tan abundante en sí que lo único que creo será dificultoso,
es el coordinar las ideas, y aplicarlas al estado en que nuestra provincia
se halla. Yo dejaré al señor Representante, que acaba de hablar, en su molino
de viento y en la comparación que ha hecho con él, y pasaré a contestar
a algunas u otras razones, que ha indicado para querer probar lo complicado
del sistema federal, para fijar después algo más los conceptos que por ahora
se le ocurran al que habla. El sistema "Representativo Republicano bajo
la forma federal" es débil y complicado, porque así lo ha dicho Wáshington.
Y ¿cómo éste votó por él, siendo Presidente de los Estados Unidos?
Esto prueba que él estuvo más bien a los hechos que a lo que se ha indicado.
En cuanto a lo que se ha dicho de la actual república de Colombia, yo creo
efectivamente que su opinión está pronunciada por el sistema de unidad,
puesto que se ha constituido libremente por él a pesar de ciertas vulgaridades
que se han anunciado y de haber división a este respecto, y puedo asegurar
que son falsas. Tan falso es este hecho como lo que se dijo de que 3 mil
hombres salían a Talcahuano; y eran tres mil colombianos, que no siendo
necesarios allí, se retiraban a su patria. Pero se ha dicho por el señor
preopinante que las facciones que forman las provincias formarían una federación
de pueblos dispersos y no más. Primeramente yo creo que es una equivocación
notable decir que bajo el sistema federal, y he aquí todo el error de donde
arranca el dictamen de la comisión a juicio del que habla, y diré que las
provincias quieren de tal modo el sistema federal que lo quieren bajo la
misma clasificación de límites de territorio en que se hallan. Ninguna lo
ha dicho más terminantemente que la que represento; dijo que concurriría
al cuerpo nacional con tal que no se la quiera sujetar a ninguna otra. Y
he aquí el cimiento de arena sobre que la Comisión fija su dictamen, que
más bien es una disertación académica que un verdadero convencimiento. Así,
pues, era un error decir que las provincias pedían de tal modo, la demarcación
en que se hallan que de ningún modo admitirían otro. He dicho, pues, que
la provincia que represento, que es la que cabalmente lo ha dicho el su
instrucción, concurriría a la asociación en término que había de ser bajo
la condición –sine qua non– de que no se las sujetaría a otra; no ha dicho
que concurriría de un modo tal que ella no formaría parte con otra. Esta
es la gran equivocación notable. A juicio del que habla, persuadido con
conocimientos prácticos, la nación puede constituirse en este orden u otro
semejante; y hago esta indicación, no porque sea preciso y necesario que
se constituya así, sino como para desvanecer la base en que la Comisión
ha fundado su dictamen. Por ejemplo, la Banda Oriental podría formar un
estado. Entre Ríos, Corrientes y Misiones otro, de lo que ya hay un ejemplo,
en que mandando al coronel Ramírez formaron una provincia; otro la provincia
de Santa Fe con Buenos Aires, bajo tal organización que su capital se fijase
en San Nicolás o en el Rosario o en el punto que se considere más céntrico.
La de Córdoba tiene todas las aptitudes por su riqueza y todo lo necesario
para ser sola; Rioja y Catamarca, otro Estado; la de Santiago del Estero
y Tucumán otro; la de Salta se halla en el mismo caso que Córdoba; la de
Cuyo otro; y he aquí vencidas todas las dificultades. ¿Se tiene una resistencia
de las provincias en este caso? No, señor, porque en este caso ni una tiene
dependencia de otra ni se sujeta a otra, sino que entran en igualdad de
derechos a formar un Estado, y sería consumar en ellas el –ultimátum– lo
del capricho y de la tenacidad el creer que no se sujetasen a tal organización.
Dígase ahora si en estas provincias en este Estado hay población y riqueza,
e instrucción cual es necesario. Yo digo que sí. Se me había olvidado indicar
que el Paraguay se halla en el mismo caso que los de Salta y Córdoba. ¿Cuál
es, pues, la gran dificultad? ¿Hay alguna? ¿Han dicho las provincias por
medio de sus Representantes, de algún periódico, o por otro medio, que quieren
constituirse del modo que se hallan en la actualidad formando un Estado?
No señor; lo que han dicho es base de un sistema federal, que sea compatible
con su instrucción, población y demás circunstancias, y esta indicación
precisamente lo manifiesta. Cuando se hubiese satisfecho este reparo y se
hubiese demostrado que estas provincias no están por esta división u otra
semejante, entonces se habría demostrado la incapacidad en que se halla
de constituirse bajo la forma federal, y de llevarlo a efecto. Para cuando
se me satisfaga me reservo a hablar, y haré ver que las provincias se hallan
en la aptitud necesaria para organizarse bajo la forma federal. Pasaré ahora
a los tres argumentos que sé hacen de ilustración, población y riqueza.
En cuanto el ramo de ilustración es lo que en mi juicio conforma con la
opinión de la provincia que represento, y es lo que me ha decidido por el
sistema federal; una de las razones que se han indicado de la conveniencia
que tenemos en que Bolivia quedase en el uso de sus derechos es ésta: la
ilustración de Bolivia no es comparable, después de la salida del dominio
Español, con estas provincias; luego formando una masa de ella, tendrían
que contramarchar las nuestras en el sistema de unidad. Mañana se incorporará
el Paraguay, y aquí hay una masa general que tiene que contramarchar o dar
un salto imposible al Paraguay. Aplíquese el mismo caso a Corrientes y a
Misiones, porque la ilustración de Corrientes es mucho mayor que la de Misiones;
pero no se podrá decir que es igual a la de Buenos Aires o Córdoba. ¿Cuál,
es pues, el único remedio? El sistema federal; porque v. gr. Buenos Aires
tiene ilustración y una experiencia práctica con el roce y trato que le
proporciona su posición con los extranjeros, ha adoptado la tolerancia de
cultos como cosa ventajosa al país; ¿pero la admitiría la de Córdoba?; y
he aquí cómo en esta provincia el sistema federal obra según su ilustración,
y las ventajas que consiga serán en proporción a su ilustración, y para
que cada provincia conozca las ventajas y se ilustre, es que se debe dejar
que cada una en su órbita se coloque en la situación y capacidad que tiene,
sin que a ninguna se la obligue, oponiéndole las trabas a contramarchar
ni a depender de otra.
Es
preciso observar que cada una debe arreglarse a la capacidad que tenga para
dirigirse. Y yo pregunto: ¿Es tanta la diferencia y multiplicación que hay
de empleados que se necesite de esa ilustración en el grado que se pretende
para el desempeño de los destinos públicos? Yo creo que es muy poca la diferencia
que hay de una a otra provincias. Señor, gastos para estas legislaturas;
primero: las legislaturas, siendo dentro del territorio de las provincias,
se hallan en igual caso que la de Buenos Aires, que los miembros de ellas
no tuvieron sueldo alguno para servir este destino, sino que lo observan
por honor, mirando este cargo como una carga concejil. ¿Cuál es, pues, la
multiplicación de gastos? En cuanto a la capacidad y aptitud de sus habitantes,
yo encuentro que en esos pueblos hay hombres con tanta capacidad y aptitud
como los que se pueden encontrar aquí, y aunque no en tanto número, esto
es lo general, porque yo lo he observado muy de cerca habiendo transitado
por ellos; y me he sorprendido al observar que hay mas ilustración que la
que se creía. Además de que para la organización y arreglo interior de cada
provincia lo que se necesita es un conocimiento práctico y un deseo de mejorar,
y éste es más nato, y es más propio de los vecinos y naturales de aquel
lugar, y de aquellos cuya permanencia está allí arraigada, que de otros
que tengan que venir de fuera. ¿Dónde, pues, está este obstáculo de la falta
de ilustración? Yo no sé cómo se pueda demostrar. Insistiendo más sobre
la materia ¿qué es lo que buscamos? Que el país se ilustre lo más breve
posible. ¿Y cuál es el medio más fácil de conseguir esto?; la ilustración
práctica, que se adquiere en el ejercicio de esos empleos públicos, que
son como escala para venir en la misma clase y línea a desempeñar en la
reunión de la federación empleos de igual naturaleza, pero que requieren
mayor contingente de luces y capacidad.
Pasemos a la falta de población. Señor: los cantones suizos yo no sé que
población ni qué ilustración tenían cuando se declararon independientes;
estoy por decir, según lo que he leído, que era menos que la nuestra; primero,
porque en aquella época en que ellos se declararon independientes las luces
eran bastantes escasas; segundo, porque la clase de un pueblo puramente
pastor, no le podía proporcionar sino conocimientos muy escasos. En cuanto
a los Estados Unidos de América, donde hay una extensión inmensa de territorio,
que tomaba desde el Atlántico hasta el Pacífico 800 a 900 leguas, en ese
territorio ¿qué población tenían en aquella época en que se declararon independientes?
Menos de tres millones; ¿y qué población era ésta? Yo creo que la población
debe considerarse respectiva al lugar; ¿qué ha sucedido?; lo que era natural:
que siendo el medio más fácil para aumentar su población una marcha que
guarda consonancia con los principios de sus naturales, hoy asciende su
población a once millones. ¿Qué población tenían las Floridas cuando entraron
en poder de los Estados Unidos por el gobierno español?: una población pequeña
como de 15 mil habitantes; ¿Y esta población de qué era compuesta?; por
lo general de algunos españoles pescadores y castas; y esto ha obligado
a los Estados Unidos a hacer que la Indiana y otros territorios, posteriormente
compongan estados independientes unos de otros, pasando actualmente de veinte.
¿Y ha sido óbice el ser poblaciones pequeñas para que los Estados Unidos
hayan hecho esto? No señor; todo lo contrario; desde el momento que los
Estados Unidos han encontrado un territorio regular capaz de declararlo
Estado, ya lo declaró tal. Mas entre nosotros todo al revés, todo el empeño
es coartar que un Estado llegue a constituirse tal Estado, y hacer que se
organice de tal modo que los unos detengan sus progresos y los otros retrograden.
¿Y qué inconvenientes han hallado los Estados Unidos en este caso? Ninguno.
Lo único que se ha palpado es la prosperidad y todo género de ventaja, y
eso es lo que les ha hecho llegar a un estado de perfección, según nos lo
refiere la historia, a pesar de haber tenido el intermedio de una guerra.
Pero aproximándonos más a la cuestión, se entra en lo práctico, y éste es
tal vez el punto de contacto de donde debe arrancar la cuestión. ¿Cuál es
la forma del gobierno porque la mayoría de la población de las provincias
se ha decidido? Yo prescindí de lo que dijo un señor diputado, que no le
llamé al orden, porque es muy odioso el acto de llamar al orden al que habla,
cuando decía que era un yugo el que sufrían las provincias; cuando por una
cosa menor en que se hablaba de un gobierno pasado, en que había alguna
diferencia, tuvimos recientemente un ejemplo práctico, que yo quisiera que
no hubiera sucedido en la Sala; pero yo deseando que sea la opinión libre,
en el juicio del que habla, ésa es su opinión; y así lo pudo manifestar
igualmente el señor preopinante. ¿Pero podrá negarse lo que un representante
de Corrientes dijo, que antes tomó la palabra, de que la provincia Oriental
se ha decidido por el sistema federal? ¿Y cuál es ese caudillo o ese gobernador
vitalicio que la oprime para que la obligue a dar esta opinión? ¿Podrá negarse
que la provincia de Entre Ríos acaba de manifestar su opinión de un modo
el más propio, consultando a sus departamentos y diciéndoles que manifestasen
cuál era su voluntad, y los cinco contestes han declarado que están por
el sistema de federación? ¿Dónde hay aquí una cosa que prueba que el Gobierno
haya impelido a obrar de este modo y no de otro a estos departamentos? La
de Córdoba lo ha hecho tan fuertemente que el señor diputado ha supuesto
ser ella el jefe de la federación, y que se le debe a Artigas; ¿este mismo
acto no lo reprodujo el año 20, y actualmente no lo acaba de manifestar?
Señor, si la provincia de Córdoba estuviera oprimida, como se ha dicho,
no hubieran tenido los Representantes de la Junta de Córdoba la energía
de representar a la faz de ese gobernador, al Congreso, nada de coacción,
siendo en contra de los sentimientos de tal jefe. Pero al contrario, los
sentimientos que animan a ese gobernador van en tanta consonancia con los
individuos de la Junta y hasta con los de la provincia toda, que no hay
prueba de que la opinión de ésta sea forzada. Si es la provincia que represento,
tampoco encuentro elementos en qué apoyar esa opresión del jefe que la gobierna,
ni cómo puede sostenerse ese despotismo donde no hay fuerzas ni medio para
ello; ni sé con quién pueda contar para esto, cuando ella sostuvo una guerra
dilatada por no depender de la del Tucumán, como subalterna. Pasemos, pues,
a la provincia de Salta. Dígase lo que se quiera, yo he estado en esta provincia
cuando se consultaba del modo más fuerte y libre, y convocando a que fuesen
a dar sus ideas los ciudadanos que quisiesen ejecutarlo. La provincia misma
de Salta tomó en consideración (y no uso de expresiones que en aquel caso
vertió un representante) los males que habían causado la dislocación de
un verdadero sistema federal; y este es error clásico.
Sr. Castellanos: Me parece que es demasiado avanzar entrar a clasificar
la opinión de la provincia de Salta.
Sr. Dorrego: Pero si yo digo que esto es a mi juicio.
Sr. Castellano: Pues es falso, es errado, porque está considerado por la
misma provincia.
Sr.
Dorrego: Si yo voy hablando en mi opinión; lo he dicho así, que es lo que
he observado; como hombre público y privado ¿puede hacérseme cambiar esto?
Contésteme, pero yo puedo expresar mis ideas del modo que quiera. La provincia
de Salta cuando menos, a juicio del que habla, no está pronunciada de un
modo exclusivo y terminante por el sistema de unidad; y la prueba es que
creo que en las instrucciones se ordena que en el caso de que se decida
el Congreso por el sistema federal, no se haga oposición o resistencia,
porque tiene deseo de conformarse con él. Ésta es una prueba clásica; ya
no es mi opinión sola, ya son las instrucciones. De consiguiente, señor,
queda demostrado que la opinión pública por más que se diga y se reclame
por actos positivos y terminantes, está tan decidida por el sistema federal,
que aun confundiéndose en alguna parte la desorganización y los males que
ella causa, sin embargo están por el sistema federal. ¿Qué será cuando se
considere que este sistema es una perfección de organización, es el medio
de arribar al camino más breve de adquirir más ventajas que el de unidad,
que nos pone en distancia de ellas? Pero hay más, hasta el local de la capital
se encuentra en este caso; porque en un sistema de unidad generalmente debería
desearse ese impulso que da la proximidad a todos los puntos de la capital,
para que no nos presentásemos en un estado de debilidad. En la otra forma
de gobierno los recursos serían más prontos, porque es indudable que cada
Estado tendría su milicia disciplinada y arreglada de un modo más exacto,
y como en la forma de gobierno que tenemos no solamente las tropas de línea,
sino las masas de cuerpos nacionales han de contribuir a la defensa del
Estado, éstas serían mejor dispuestas y mucho más emuladas para demostrar
tanto valor y energía en la campaña como el que más. Lo real y positivo
es que aquel sistema es mejor donde el absolutismo y la tiranía están más
distantes. Yo creo que no hay quien pueda creer que haya igual distancia
y proporción bajo el sistema federal que bajo el sistema de unidad. Uno
solo gira bajo el sistema de unidad; bajo el nombre de gobierno dispone
toda la máquina y la hace rodar; pero bajo el sistema federal todas las
ruedas ruedan a la par de la rueda grande. No sé que se pueda presentar
el ejemplo de un país, que constituido bien bajo el sistema federal, haya
pasado jamás a la arbitrariedad y al despotismo; más bien me parece que
el paso naturalmente inmediato es del sistema de unidades al absolutismo
o sistema monárquico. Pero quiero estrechar más la cuestión a mi modo de
ver. Supongamos que este sistema federal contengan errores y males que vengan
a perjudicarnos pregunto, ¿la masa general decidida por el sistema federal,
no pondría un empeño en que él se ponga en planta, si probase que los errores
que se le atribuyen son falsos?. Así como en la guerra de la Independencia
era el clamoreo del gobierno de España y de toda la Europa de que no éramos
capaces, y que no teníamos recursos para quedar independientes, y todos
nosotros hicimos empeños y esfuerzos para hacerles creer que teníamos recursos
y disposición bastante para hacernos independientes. Esta tendencia o disposición
de la masa general a recibir con gusto el sistema federal ¿no es una ventaja?
¿Por qué los legisladores han querido hacer creer que la dominación era
una emanación de la divinidad para inspirarles un deseo de respetarla? Pero
pongamos aun la cuestión bajo el punto de vista de que efectivamente ella
nos proporcione ventajas reales y que pueda causar algunos males ¿no podrá
ponerse un artículo en la Constitución, fijando un término o período regular
para que ella sea revisada? Si es posible aún establecer por la misma Constitución
unos censores públicos de ella, que observen las dificultades y defectos
que ocurran para ponerla en planta. Por medio de esto y en vista de los
convencimientos prácticos que hagan presente el Congreso en su reunión a
una época dada, sería imposible que se opusiesen los pueblos, ni es creíble
que ellos quisieran hacerse desgraciados, ni que quieran una Constitución
que les proporcione males, y que los ponga en una disposición más fácil
de ser invadidos y confiscados. Por este medio, pues, que he indicado de
un término regular dado para revisarse la Constitución, queda el Congreso
en aptitud de ver si realmente existen estos males y temores que se han
indicado. Pero ya que esto es lo que urge de un modo fuerte a juicio del
que habla, no es un paso natural y sencillo el que se da del sistema federal
al de unidad. Indudablemente a la inversa, señor, es un paso violento e
implicado y que el menos en la misma autoridad encontraría resistencia el
que se diera del sistema de unidad al federal. Así es que he observado de
muchos que, aunque con sana intención, creyeron que el país necesitaba una
autoridad que fuera emanada de las legitimidades para mandarnos, siendo
eternamente los pueblos
inclinados
a ésta, han opinado por esto por el sistema de unidad, por ser lo natural.
No se me reproche la falta de método con que he considerado los argumentos;
y así pasaré ahora a lo que se ha dicho sobre la falta de recursos. Yo pregunto:
¿se han deslindado hasta ahora, o se han organizado en la mayor parte de
las provincias las rentas que pueden dar? No, señor. Si ellas se deslindasen
bajo el sistema federal, se vería que tenían suficientes recursos; por otra
parte ¿la riqueza y la población no van en aumento? Si hoy se encuentra
que hay algún pequeño déficit, mañana habrá algún sobrante. Nos ha arredrado
nuestra revolución en el caso en que nos hallamos por no estar igualadas
las entradas con las salidas. Pero se ha pasado, a pesar de que no se podía
creer, porque se ha dicho, esto no es común ahora, y metodizándonos debemos
esperar en adelante que haya rentas suficientes para sostener no solamente
a los empleados públicos, sino también para amortizar nuestras deudas y
aun para establecer un fondo, que nos ponga en aptitud de entablar proyectos
de lujo que nos proporcione ventajas. Pero hay más; un jefe bajo el sistema
federal demanda tan pocos empleados, que se observa en los Estados Unidos
que el Presidente de la nación no goza más renta que la de 25 mil pesos
y así proporcionalmente en los demás; pero bajo el sistema de unidad el
lujo y el boato y la multiplicación de empleos ha de ser de una naturaleza
diferente. No nos engañemos, y esto ha de ser práctico: bajo el sistema
federal los funcionarios públicos adoptan ese espartanismo que en los gobiernos
nacientes como el nuestro es tan necesario, y que no sólo produce la economía,
sino que conserva el amor a la libertad; porque aunque despreciable aquel
principio que la libertad y la riqueza no se amalgaman; es indudable que
el considerarlo de otro modo, en ese caso es perjudicial.
No sé, pues, si me será fácil hacer un pequeño epílogo para reasumir las
razones que he dado. Tales son que no existen el inconveniente de que las
provincias formarían pueblos dispersos en fracciones muy pequeñas; que la
ilustración no está en contra de esto, sino que al contrario ellas son las
que lo exigen: tales son que no hay falta de rentas y recursos para poderse
conservar en el sistema federal; tales son: que el sistema federal está
en consonancia con una mayoría tal que no sólo se ha pronunciado por él
de un modo formal y enérgico, sino que será dificultoso hacerla contramarchar,
para que reciba otra forma de gobierno. Y aquí se me recuerda lo que dijo
un señor diputado que me precedió en la palabra, que no sé con qué objeto
trajo el ejército de la Banda Oriental. En dos extremos lo indicó. Dijo
que ha encontrado trabas, no bajo el sistema federal, porque éste no existe,
sino que las ha encontrado bajo de esa especie de simulacro, bajo el sistema
federal. Al contrario, bajo el sistema de unidad imperfecto y desorganizado
en que nos hallamos, es que se encuentran trabas, mas cuando estaban en
el de federación, aunque imperfecto, ellas concurrieron para la formación
de ese ejército con sus contingentes, y algunas lo dieron aun con exceso,
porque el espíritu de patriotismo y de la independencia está en la sangre
de la masa, y cuando ocurre una guerra los individuos cooperan de todos
modos. Pues qué: ¿se cree que haya un individuo que merezca el nombre de
argentino, que no sea capaz de desear que llevemos al Brasil nuestro sistema?
No señor, eso sería una equivocación y una injuria a los pueblos. De lo
expuesto, pues, parece que los inconvenientes y dificultades que se indicaron
cuando se trató de la forma de gobierno, no son de la naturaleza tal como
entonces se manifestaron; y que el sistema federal es no sólo conforme al
voto de la provincia que represento, sino al voto general de todas ellas;
y acabo de exponer las razones que me condujeron en aquella época a decir
que las expuestas por la Comisión no me habían hecho fuerza".
Fuente: www.urquizadenis.com.ar
[Imagen: Monumento Histórico Nacional que recuerda el fusilamiento del Coronel
Don Manuel Dorrego, enclavado en el Parque que lleva su nombre a pocos kilómetros
de la Ciudad de Navarro]
Cartas
de Dorrego y otros documentos sobre su muerte
El trágico fusilamiento de Dorrego por orden de
Juan Lavalle constituye hasta el presente uno de los episodios más inexplicables
de la historia argentina del siglo XIX. Los historiadores han podido reconstruir
hasta al mínimo detalle los acontecimientos que rodearon aquel trágico 13
de diciembre, gracias a la supervivencia de abundante material documental:
las cartas del propio Dorrego a sus seres queridos, las misivas entre Lavalle
y sus ministros, los pedidos de clemencia de diversas personalidades y las
memorias de testigos presenciales.
Comunicado de Lavalle dando cuenta de la captura de Dorrego, 11-12-1828
Señor ministro.
En este momento he recibido una nota del teniente coronel de húsares don
Bernardino Escribano, dándome parte de haber prendido al coronel Dorrego
en las inmediaciones de Areco, y de conducirlo a este punto...
Saludo al señor ministro, repitiéndole mis asentimientos de aprecio"
Juan Lavalle
Carta del Almirante Brown, gobernador delegado en Buenos Aires, a Lavalle, aconsejándole que permita a Dorrego salir del país, 12-12-1828 (a la noche)
![]() El 1 de diciembre de 1828, el primer gobernador de Buenos Aires elegido por el voto popular es destituido por una revolución nacida en espurios intereses. El primer Federal que accedía a gobernar Buenos Aires, él, el indómito al que tanto admiraban los habitantes de las orillas urbanas de Buenos Aires y el gaucho de la campaña, era derrocado por los representantes de intereses absolutamente contrapuestos. Las fuerzas del Gral. Juan Galo Lavalle hacen huir al Gobernador Dorrego, y éste sale en procura de apoyo para reconquistar el poder perdido. El 9 de diciembre, ocho días mas tarde del derrocamiento, ambas fuerzas antagónicas se enfrentan en batalla en los campos de Navarro. Las fuerzas de combate de Dorrego no pueden con el armamento y el número de sus opositores, y derrotado, vuelve a huir. Lavalle, al mando de sus hombres, queda acampando a la vera de la laguna, en la estancia de Juan Almeyra, a la espera de la captura de su derrocado y derrotado. En su huída, el 10 de diciembre, al atardecer, Dorrego llega a Salto Argentino y creyéndose a salvo de sus perseguidores se decide a descansar en la estancia de su hermano Luis, lugar donde también se encuentra acampando el Regimiento N° 5 de Húsares, comandado por el amigo de Dorrego, Coronel Ángel Pacheco, quien está dispuesto a ayudar al Gobernador destituido, pero su segundo jefe de Regimiento, el Comandante Bernardino Escribano, obedece la orden de detención de la que se entera en el momento y sublevando el regimiento acampado a favor de los revolucionarios comandados por Lavalle, toma prisioneros al Cnel. Manuel Dorrego, a su hermano Luis y a su jefe directo, el Cnel. Pacheco. Los
tres detenidos son conducidos a Buenos Aires en un birlocho
debidamente custodiado, pero en las cercanías de la Cañada de
Giles, la comitiva es interceptada por el Coronel Federico Rauch
(declarado enemigo del Gobernador) quien otorga libertad a Luis
Dorrego y a Pacheco y los hace seguir viaje a Buenos Aires,
mientras que a Manuel lo conduce detenido hasta Navarro. En
la mañana del 13 de diciembre, -muy temprano- Dorrego es demorado
en el pueblito de Navarro a la espera de las órdenes de Lavalle
que estaba instalado en la estancia El Talar -de Almeyra-.
A las 13,15, el Mayor Juan Elías, responsable de la vigilancia y cuidado del detenido, es informado por un ayudante de Lavalle que debe transportar a Dorrego hasta la estancia donde él tiene instalado su campamento. El Gobernador capturado llega a El Talar alrededor de las 14 horas. La orden fue terminante por parte de Lavalle: -"...Intímele que en una hora será fusilado" seguido de: - " ¡No quiero verle ni oírle" El párroco de Navarro, Juan José Castañer –primo del infortunado condenado- lo asiste espiritualmente en esos últimos momentos. Dorrego redacta sendas cartas a su esposa y a sus hijas, redacta instrucciones de orden administrativo y se despide mediante cartas de sus amigos, a la vez que ruega se renuncie a cualquier acto de venganza derivado de su muerte. Apoyado en el brazo de su primo y sacerdote de Navarro, y en el de amigo y camarada Lamadrid marcha hacia el patíbulo. Intercambia su chaqueta con el Gral. Lamadrid, entrega los tiradores de seda de sus pantalones para que le sean alcanzados a su hija, y entrega su vida ante el pelotón de fusilamiento en una tórrida siesta de diciembre. El pueblo de Navarro junto al gauchaje de toda la provincia lloraron el injusto fusilamiento de su Gobernador, anónimamente a modo de póstumo y secreto homenaje se escribían versos como estos: "Cielito, cielo que sí cielito, cielo nublado. Murió el coronel del Pueblo. En los pagos de Navarro..." Una cruz de ñandubay marcó por muchos años el lugar del fusilamiento y, ciertamente, otras habrán sucedido a ella en la función señal y memoria; hasta que en el año 1925, una delegación de niños y docentes de la Escuela N° 17 a cargo de la maestra Ana Bildostegui y con el niño Poncio Ariet como abanderado, reemplazó la dañada cruz de madera dura por una nueva de hierro forjado realizada en la herrería de Aristía Hnos. El
encargado de la Estancia El Talar de entonces, alambró un pequeño
perímetro para protegerla del daño de vacas y caballos, hasta
que en el año 1928 –centenario del fusilamiento- familiares
de Dorrego costean un monolito de ladrillo que servía de basamento
a una cruz de lapacho.En la misma fecha, 13 de diciembre de 1928, en Navarro se impone el nombre Dorrego a la actual calle 111 y se inaugura el busto del prócer en la plaza homónima. Cuarenta años después, en ese mismo sitio donde se levantaba el monolito y la cruz, se construye el monumento y templete gestionado por el entonces Intendente Municipal Don Roberto Romeo, y es inaugurado el 7 de mayo de 1968 con la presencia del Gobernador de Buenos Aires, Gral. Francisco Imaz. Raúl Lambert Fuente: www.navarropueblo.com.ar |
Señor gobernador don Juan Lavalle:
Mi apreciado señor:
La carta original de Dorrego que incluyo a usted le informará de sus deseos
de salir a un país extranjero, bajo seguridades: mi opinión a este respecto,
como particular, está de conformidad, pero asegurando su comportamiento
de no mezclarse en los negocios políticos de este país... Esta es mi opinión
privada, mas usted dispondrá lo que considere mejor, para asegurar los grandes
intereses de la provincia; quedando su muy atento amigo y servidor
W. Brown
Carta de Juan Cruz Varela
a Lavalle, sugiriendo veladamente la necesidad de la ejecución de Dorrego,
12-12-1828
Señor don Juan Lavalle
Mi general:
Después de la sangre que se ha derramado en Navarro, el proceso del que
la ha hecho correr, está formado: ésta es la opinión de todos sus amigos
de usted; esto será lo que decida de la revolución; sobre todo, si andamos
a medias... En fin, usted piense que 200 o más muertos y 500 heridos deben
hacer entender a usted cuál es su deber...
Cartas como éstas se rompen, y en circunstancias como las presentes, se
dispensan estas confianzas a los que usted sabe que no lo engañan, como
su atento amigo y servidor
Juan C. Varela
Carta de Salvador María del
Carril a Lavalle, sugiriendo la necesidad de tomar medidas drásticas contra
Dorrego, 12-12-1828
Señor general don Juan Lavalle
Querido general:
(...) Ahora bien, general, prescindamos del corazón en este caso (...)
Así, considere usted la suerte de Dorrego. Mire usted que este país se fatiga
18 años hace, en revoluciones, sin que una sola haya producido un escarmiento
(...). En tal caso, la ley es que una revolución es un juego de azar en
el que gana hasta la vida de los vencidos cuando se cree necesario disponer
de ella. Haciendo la aplicación de este principio de una evidencia práctica,
la cuestión me parece de fácil resolución. Si usted, general, la aborda
así, a sangre fría, la decide; si no, yo habré importunado a usted; habré
escrito inútilmente, y lo que es más sensible, habrá usted perdido la ocasión
de cortar la primera cabeza a la hidra, y no cortará usted las restantes;
¿ entonces, qué gloria puede recogerse en este campo desolado por estas
fieras ?. Nada queda en la República para un hombre de corazón".
Salvador María del Carril
Fragmento de las memorias
del general Gregorio Aráoz de Lamadrid, escritas veinte años después de
los hechos de que fuera testigo presencial
"Fui a ver al general Juan Lavalle a solicitar su permiso para hablar con
el señor Dorrego así que llegara. Dicho general (...) me permitió verle
así que llegara y lo hice en efecto, al momento mismo de haber parado el
birlocho en medio del campamento y puéstosele una guardia. Subido yo al
birlocho y habiéndome abrazado, díjome: "¡ Compadre, quiero que usted me
sirva de empeño en esta vez para con el general Lavalle, a fin de que me
permita un momento de entrevista con él!" (...). "Compadre -le dije-, con
el mayor gusto voy a servir a usted en este momento". Corrí a ver al general,
hícele presente el empeño justo de Dorrego...; mas viendo yo que se negó
abiertamente a ello, le dije: "¿ qué pierde el señor general con oírle un
momento...?". "¡No quiero verle, ni oírlo un momento¡"...
Salí desagradado, y volví sin demora con esta funesta noticia a mi sobresaltado
compadre.
Al dársela se sobresaltó aún más, pero lleno de entereza mi dijo: "¡Compadre,
no sabe Lavalle a lo que se expone con no oírme! Asegúrele usted que estoy
pronto a salir del país; a escribir a mis amigos de las provincias que no
tomen parte alguna por mi...
Bajéme conmovido y pasé con repugnancia a ver al general. Apenas me vio
entrar, díjome: "Ya se le ha pasado la orden para que se disponga a morir,
pues dentro de dos horas será fusilado; no me venga con muchas peticiones
de su parte". ¡Me quedé frío! "General, le dije, ¿ por qué no le oye un
momento, aunque lo fusile después?". "¡No lo quiero!", díjome, y me salí
en extremo desagradado y, sin ánimo de volver a verme con mi buen compadre...;
pero en el momento se me presenta un soldado a llamarme de parte de Dorrego,
pidiéndome que fuera en el momento.
Al momento de subir al birlocho se paró con entereza y me dijo: "Compadre,
se me acaba de dar la orden de prepararme a morir dentro de dos horas. A
un desertor al frente del enemigo, a un bandido, se le da más termino y
no se le condena sin oírle y sin permitirle su defensa. ¿Dónde estamos?
¿Quien ha dado esta facultad a un general sublevado? Proporcióneme usted,
compadre, papel y tintero, y hágase de mi lo que se quiera. ¡Pero cuidado
con las consecuencias!".
Fragmento de una carta de
Juan Estanislao Elías, edecán de Lavalle en 1828, y encargado de comunicar
a Dorrego su inminente ejecución, quien años después narra a su hermano
la reacción inicial del condenado (12 de junio de 1869)
Señor don Angel Elías
Mi estimado hermano:
(...) Cerca de las dos de la tarde hice detener el carro frente a la sala
que ocupaba el general Lavalle, y desmontándome del caballo fui a decirle
que acababa de llegar con el coronel Dorrego.
El general se paseaba agitado a grandes pasos y al parecer sumido en una
profunda meditación, y apenas oyó el anuncio de la llegada de Dorrego, me
dijo estas palabras que aún resuenen en mis oídos después de cuarenta años:
Vaya usted e intímele que dentro de una hora será fusilado.
El coronel Dorrego había abierto la puerta del carruaje y me esperaba con
inquietud. Me aproximé a él conmovido y le intimé la orden funesta de que
era portador.
Al oírla, el infeliz se dio un fuerte golpe en la frente, exclamando: ¡Santo
Dios!
Amigo mío, me dijo entonces, proporcióneme papel y tintero y hágame llamar
con urgencia al clérigo Castañer, mi deudo, al que quiero consultar en mis
últimos momentos (...).
Como la hora funesta se aproximaba, el coronel Dorrego me llamó y me dio
las cartas, una que todo el mundo conoce, para su esposa, y la otra de que
yo solo conozco su contenido, para el gobernador de Santa Fe don Estanislao
López.
Ambas cartas se las presenté al general Lavalle, quien sin leerlas me las
devolvió, ordenándome que entregase la dirigida a su señora y que a la otra
no le diera dirección.
Juan Elías
Carta de Manuel Dorrego a
su esposa, 13-12-1828
Mi querida Angelita: En este momento me intiman que dentro de una hora debo
morir; ignoro por qué; mas la Providencia Divina, en la cual confío en este
momento crítico, así lo ha querido. Perdono a todos mis enemigos y suplico
a mis amigos que no den paso alguno en desagravio de lo recibido por mí.
Mi vida, educa a esas amables criaturas, sé feliz, ya que no lo has podido
ser en compañía de este desgraciado.
M. Dorrego
![]() Mientras Lavalle escribía el parte al Almirante Brown, a 300 metros suyos el cuerpo de Manuel Dorrego yacía tirado en el campo. Hay indicios ciertos que luego de la ejecución, hubo ensañamiento con el cadáver. Así lo indica el testimonio de la Comisión Oficial, que por orden de Rosas, ni bien asumió el Gobierno se trasladó de Buenos Aires a Navarro con el fin de exhumar los restos de Dorrego, tarea que se llevó a cabo el 13 de diciembre de 1829, es decir al año justo de su muerte. El informe firmado por el camarista don Miguel de Villegas dice en parte: "Que encontraron el cadáver entero, a excepción de la cabeza que estaba separada del cuerpo en parte, y dividida en varios pedazos, con un golpe de fusil al parecer, en el costado izquierdo del pecho..." Luego del fusilamiento (si así se lo puede llamar) el acongojado pariente de Manuel Dorrego, el clérigo Juan José Castañer, se hace cargo del cadáver, ya que ni siquiera se permitió a los más cercanos deudos llegarse hasta Navarro para ver los restos, no obstante los ruegos de los familiares que hicieron llegar al Sr. Ministro Díaz Vélez con tal fin. En cambio el recinto sagrado de nuestra histórica Parroquia, el mismo día 13, abrió de par en par sus puertas para recibir el cuerpo del infortunado Gobernador de Buenos Aires. Luego que fuera velado toda la noche, con la presencia escasa de algunos vecinos asombrados, que esporádicamente se acercaron al féretro. El día 14, Manuel Dorrego fue enterrado en el Cementerio de Navarro, que entonces estaba junto a la Iglesia. El lugar de su sepultura dice el mismo parte de Villegas que estaba: "a cinco y media varas de su frente y puerta principal, con la diferencia de dos tercios en que daba hacia su parte lateral izquierda..." Concluido el sepelio, el párroco de Navarro, de puño y letra, dejó labrada la siguiente acta de Defunción, que está guardada como reliquia histórica de gran valor en nuestra iglesia y dice así: "Manuel Dorrego- En el día 14 de diciembre de 1828, yo, el abajo firmado, teniente cura de esta Capilla de Navarro, sepulté con oficio y misa de cuerpo presente, todo cantado de primera clase, el cadáver del coronel don Manuel Dorrego, natural de Buenos Aires, esposo de doña Angela Baudrix. Recibió los Sacramentos de que doy fé. Firmado: Juan José Castañer." |
Misivas a sus hijas escritas
en otros trozo de papel, 13-12-1828
Mi querida Angelita [se refiere ahora a una de sus hijas, no a su esposa]:
te acompaño esta sortija para memoria de tu desgraciado padre.
Mi querida Isabel [otra de sus hijas]: te devuelvo los tiradores que hiciste
a tu infortunado padre.
Sed católicos y virtuosos, que esa religión es la que me consuela en este
momento".
M. Dorrego
Carta de Manuel Dorrego a
su amigo Miguel de Azcuénaga, 13-12-1828
Señor don Miguel S. Azcuénaga:
Mi amigo, y por usted a todos: Dentro de una hora me intiman debo morir,
ignoro por qué; la Providencia así lo ha querido. Adiós, mis buenos amigos,
acuérdense ustedes de su
M. Dorrego
Carta de Manuel Dorrego a
su sobrino, 13-12-1828
Señor don Fortunato Miró:
Mi apreciado sobrino: Te suplico arregles mis cuentas con Angela, por si
algo le toca para vivir a esa desgraciada, recibe el adiós de tu tío
M. Dorrego
Nuevas indicaciones a su
esposa en otro trozo de papel, 13-12-1828
Mi vida: mándame a hacer funerales, y que sean sin fausto. Otra prueba de
que muero en la religión de mis padres,
tu Manuel
[y añade]
"Todos los documentos de minas en compañía de Lecoc están en la cómoda vieja;
que Lecoc sea dueño de todas y dé a mi familia lo que tuviese a bien.
Que Fortunato te entregue lo que a conciencia crea tener mío.
Calculo que Azcuénaga me debe como tres mil pesos.
José María Miró, mil quinientos.
De los cien mil pesos de fondos públicos que me adeuda el Estado, sólo recibirás
las dos terceras partes; el resto lo dejarás al Estado.
A Manuel, la mujer de Fernández, les darás trescientos pesos.
A mis hermanos, y demás coherederos, debes darles o recabar de ellos como
mil quinientos pesos, que recuerdo tomé de mi padre y no he repartido a
ellos".
Carta a Estanislao López,
gobernador de Santa Fe, 13-12-1828
Señor gobernador de Santa Fe don Estanislao López.
Mi apreciable amigo: En este momento me intiman a morir dentro de una hora.
Ignoro la causa de mi muerte; pero de todos modos perdono a mis perseguidores.
Cese usted por mi parte todo preparativo, y que mi muerte no sea causa de
derramamiento de sangre. Soy su afectivo amigo.
Manuel Dorrego
Comunicado de Lavalle dando
cuenta del fusilamiento, 13-12-1828
Señor Ministro:
Participo al gobierno delegado que el coronel don Manuel Dorrego acaba de
ser fusilado por mi orden al frente de los regimientos que componen esta
división.
La historia, señor ministro, juzgará imparcialmente si el coronel Dorrego
ha debido o no morir; y si al sacrificarlo a la tranquilidad de un pueblo
enlutado por él, puedo haber estado poseído de otro sentimiento que el del
bien público.
Quisiera persuadirse el pueblo de Buenos Aires, que la muerte del coronel
Dorrego es el sacrificio mayor que pueda hacer en su obsequio.
Saludo al señor ministro con toda atención
Juan Lavalle
Carta de Díaz Vélez a Lavalle,
quien ignorando que el fusilamiento ya se ha producido, comunica que el
representante del gobierno de EE.UU. estaba dispuesto a facilitar a salida
de Dorrego del país, 13-12-1828
Señor don Juan Lavalle
Mi querido general y amigo de toda mi estimación:
(...) En esta misma posición, es en la que llego como amigo suyo y de Dorrego,
a interponer mi mediación, para que él vaya a Estados Unidos, y explicaré
cómo debe ser en mi opinión... Dorrego debe salir inmediatamente sin toca
en el pueblo, extrañado perpetuamente, dando garantías que podrán prestarlas
los mismos mediadores, y privado también de la ciudadanía, etc. Esto es
digno, más que fusilarlo, aun después de un juicio muy dudoso, si se han
de consultar los ápices de la justicia"
Díaz Vélez
P.D.: en caso que Dorrego vaya a Estados Unidos, Forbes dará buque al instante.
Carta de Del Carril a Lavalle,
en el que le aconseja fraguar un proceso, para salvar las apariencias de
la ejecución sumaria de Dorrego, 15-12-1828
Señor general don Juan Lavalle
Mi querido general:
(...) Me tomo la libertad de prevenirle, que es conveniente recoja usted
un acta del consejo verbal que debe haber precedido a la fusilación. Un
instrumento de esta clase, redactado con destreza, será un documento histórico
muy importante para su vida póstuma (...). Que lo firmen todos los jefes
y que aparezca usted confirmándolo. Debe fundarse en la rebelión de Dorrego
con fuerza armada contra la autoridad legítima elegida por el pueblo; en
el empleo de los salvajes para ese atentado; en sus depredaciones posteriores...etc.etc.
Salvador María del Carril
Fragmento de las memorias
de Tomás de Iriarte, escritas años después de los acontecimientos de diciembre
de 1828
He dicho que desde que supe que Dorrego estaba en poder de Lavalle no dudé
un momento de que éste lo fusilaría, y como prueba de esta convicción, haré
mención de un sueño que tuve en la noche del 13 al 14: bien que no soy hombre
que crea en sueños. Dorrego fue fusilado en la tarde del 13 al frente del
ejército en una estancia inmediata a Navarro; pues bien, yo soñé esto mismo
y mi imaginación ocupada de esta escena mientras estaba despierto, me la
representó muy al vivo mientras dormía, de modo que por la mañana comuniqué
el sueño a varios individuos de mi familia, y varios amigos de confianza.
Por la tarde cuando llegó la noticia del infame asesinato, no me sorprendí
lo más mínimo; y al primero que me la comunicó, le contesté lo que había
soñado. La cosa era muy natural, cuando el ánimo está preocupado y excitado
con gran interés en un objeto, en un desenlace probable de algún suceso,
las ideas se repiten durante el sueño...

Historia
y memoria nacional en Argentina
Por Alberto Buela*
Aclaración semántica
¡Qué manía inveterada la de querernos hacer nacer, por la prepotencia en
el uso abusivo del término "latinoamericano", a todos los hispanoamericanos
en el valle del Lacio!.
Una vez más, antes de entrar en nuestro tema tenemos que relatar el origen
espurio del término. Y mostrar que el uso de dicha denominación ya marca
un extrañamiento de nosotros mismos. Uno de los tanto signos de lo que Arturo
Jauretche llamó en Los Profetas del Odio y la Yapa: "la colonización cultural
y pedagógica"(1) .
En nuestro trabajo El sentido de América (1990) decíamos al respecto: "El
término Latinoamérica si bien empleado por primera vez por el franco-colombiano
José Torres Caicedo en 1851, es utilizado en su sentido estricto por Michel
Chevallier consejero de Napoleón III en el momento de la expedición francesa
a Méjico, quien en sus crónicas habla de la "otra América, católica y latina".
Así la prensa francesa con motivo de la expedición de Maximiliano en 1861
comenzó a hablar de "América Latina" y Napoleón III en 1863 al dar sus instrucciones
al general Forey para la expedición militar a Méjico, afirmará: "Es dable
devolver a la raza latina...su prestigio...allende el océano". Lo que pretendía
Napoleón III era hacer jugar a Francia una función decisiva en América hispánica,
sobre la base de su ulterior extensión "como país latino". En definitiva,
Latinoamérica o América latina es un invento de la intelligenzia colonial
francesa para "curarse en salud". Es decir, para incorporar sus territorios
americanos a un proyecto que siendo hispanoamericano le resultaría totalmente
extraño y pondría en cuestión sus mismas posesiones en América del Sur"(2).Como
eso no pudo ser, porque Napoleón III, y su proyecto Maximiliano, fue derrotado
militarmente en Méjico, lo continuó en el plano de la cultura expandiendo
la idea de revolución en las élites criollas. Tarea, que por otra parte
continúa hasta nuestros días, claro que bajos otros ropajes. Hoy nos proponen
la globalización mundial de la democracia, diciéndonos con Alain Touraine
que estamos mal porque no somos lo suficientemente democráticos, dado que
no se llevó hasta sus últimas consecuencias el proyecto moderno del Iluminismo
en nuestras tierras. Cuan acertado estuvo el rumano Vintila Horia, ganador
del premio Goncourt de l960, cuando dijo: "La guerra intelectual contra
la herencia española en las Américas culmina con la aceptación internacional
del término Latinoamérica"(3).
En este mismo sentido, el penetrante Hernández Arregui en el prólogo a la
II edición de ¿Qué es el ser nacional? afirma: "esta versión que el lector
tiene a la vista es exactamente igual a la primera, salvo en el reemplazo,
cada vez que lo he estimado necesario, del falso concepto de América Latina
un término creado en Europa y utilizado desde entonces por los Estados Unidos
con relación a estos países, y que disfraza una de las tantas formas de
colonización mental. No somos latinoamericanos".(4)
Como al pasar hacemos notar que, ni los habitantes del Canadá francés (Québec),
ni los italo-norteamericanos, ni los haitianos se llaman a sí mismos latinoamericanos,
lo que muestra a las claras la imposición ideológica del término, habida
cuenta que todas estas comunidades son de lengua derivada del latín. Con
lo cual se produce un doble mentís a un término bastardo e interesado, que
sólo a servido para extrañarnos a nosotros mismos en el modo o manera de
designarnos. En una palabra, no es un término ni de carácter lingüístico
ni cultural, es una creación ideológica ex professo para enmascarar los
intereses de las potencias coloniales en Nuestra América.
Historia e Historiadores
Aun cuando se sabe - desde Aristóteles, pasando por Lineo hasta nuestros
días- que ninguna clasificación es exhaustiva. No obstante la técnica de
la clasificación sigue siendo la posibilidad más adecuada para ofrecer una
visión breve y completa sobre el asunto a exponer.
En el tratamiento de la historia argentina pueden distinguirse grosso modo
cuatro grandes corrientes historiográficas: la liberal u oficial, la revisionista
o rosista, la liberal de izquierda o universitaria y la izquierda nacional
o sincretista.
La corriente liberal caracterizada por la línea Mayo-Caseros es la que escribió
la "historia oficial" de la Argentina. Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López
son sus fundadores en el último cuarto del siglo XIX y la Academia Nacional
de Historia con Ricardo Levene y compañía, ha sido su continuadora hasta
nuestros días (5).
La corriente revisionista, como su nombre lo indica, es la que revisa la
historia oficial, transformándose en su contrapartida.
Esta corriente se inicia con la reivindicación de la figura de Juan Manuel
de Rosas y tiene como antecedentes a Francisco Bilbao y su Historia de Rosas(1872)
y a Adolfo Saldías con Historia de la Confederación Argentina(1892).Pero
el revisionismo como corriente historiográfica nace con el trabajo de Ernesto
Quesada, La Epoca de Rosas(1898) que es cuando por primera vez se denunció
la necesidad de superar el método lineal-positivista de la historiografía
liberal. Tanto Bilbao como Saldías tienen un propósito reivindicatorio,
pero su método histórico es liberal, pues "ninguno de los dos consiguió
desaferrarse de la sujeción estricta a la letra escrita"(6),en cambio Quesada
establece, a través de su método, el festina lente(7), la diferencia entre
la explicación liberal-positivista y la comprensión historicista. De modo
que el aporte de la corriente revisionista no se agota en lo reivindicativo
sino que se extiende a lo metodológico.
Esta corriente se continúa en la enciclopédica Historia Argentina de José
María Rosa, en los ocho tomos de Vida política de Rosas a través de su correspondencia
de Julio Irazusta, en la didáctica Historia Argentina de Ernesto Palacio
y en múltiples historiadores vinculados al Instituto de Investigaciones
históricas Juan Manuel de Rosas.
Las corriente liberal de izquierda o progresista nace más recientemente.
Aun cuando se incuba antes, tiene su floruit después del golpe de Estado
de l955 que derroca a Perón. Sus principales mentores son Tulio Halperín
Donghi y Luis Alberto Romero, hijo de quien fuera rector de la Universidad
de Buenos Aires con la "revolución libertadora", quienes se caracterizan
,obviamente, por su marcado antiperonismo.
Sus análisis históricos están signados por una diarquía de origen, pues
aplican categorías marxistas pero entendidas sub specie política liberal.
Esta ambigüedad, tildada de demócrata y progresista, le ha permitido reemplazar
a la "vieja historia liberal" en todos los programas de enseñanza de historia
tanto en la escuela secundaria como en la universidad.
Finalmente tenemos la corriente de izquierda nacional, cuyos principales
expositores, a diferencia de la liberal de izquierda, son pro-peronistas.
Posee un marcado tinte economicista en el tratamiento de la historia, propio
de su marxismo de origen. Al que debemos sumar un alto contenido como "historia
social". Es una corriente de clara y expresa vocación de integración continental
iberoamericana. Sus principales exponentes y fundadores han sido Jorge Abelardo
Ramos (Historia de la nación latinoamericana), Rodolfo Puiggrós(Historia
crítica de los partidos políticos argentinos) y el pensador Juan José Hernández
Arregui(La formación de la conciencia nacional). Existe, en nuestra opinión,
un antecedente ilustre de esta corriente en el historiador y sociólogo de
principios de siglo don Juan Agustín García con su trabajo sobre la época
colonial titulado La Ciudad Indiana(1900).
Memoria nacional
Ahora bien, ¿qué tienen que ver? y ¿cómo tienen que ver? estas cuatro corrientes
historiográficas en la constitución de la memoria nacional de nuestro pueblo.
Estas son las cuestiones que debemos resolver aquí.
Si como se dice, un problema bien planteado está ya medio resuelto. El problema
de la existencia de las memorias nacionales se encuentra intrínsecamente
vinculado con la existencia de los pueblos. O más precisamente, la existencia
de los pueblos es la conditio sine qua non de la existencia de las memorias
nacionales. Porque el pueblo es el sujeto de esas memorias, en tanto que
portador de retenciones no caídas en el olvido.
Claro está, para aquellos que niegan la existencia de los pueblos como sujetos
históricos esta meditación carece de sentido. Pero como para nosotros lo
tiene, definamos entonces, qué entendemos por pueblo.
Es el conjunto de hombres y mujeres unidos por una conciencia étnico-cultural
(lengua y valores), de pertenencia a una comunidad determinada. Esta comunidad
no es necesariamente política, pues hubo y hay pueblos -los judíos ayer
y los kurdos hoy- que no existieron o no existen como naciones.
A su vez el concepto de nación se expresa en el proyecto político-cultural
que un pueblo determinado se da en la historia del mundo. Por su parte,
la nación adquiere existencia real, pasa de la potencia al acto, cuando
es reconocida por la comunidad internacional. Esto es, cuando se encarna
en un Estado, que es el que le ofrece el marco jurídico de su organización.
De lo contrario, queda en potencia, como el caso de la Gran Nación Hispanoamericana
soñada por Bolivar, San Martín, Morazán, Melgarejo y tantos otros.
Vemos como el concepto de nación es, primero y antes que nada, una noción
político-cultural, que adquiere un status oficial cuando se plasma en un
Estado reconocido como tal. De modo, que según esto, la memorias nacionales
van más allá de los Estados nacionales. Es por este motivo que nosotros
podemos hablar con razón de la memoria nacional del pueblo iberoamericano.
Pero además, así como la idea de nación es anterior a la de Estado porque
lo funda. Tiene primacía ontológica porque: Lo hace ser. La idea de pueblo
tiene una prioridad histórica, pues el concepto de pueblo es históricamente
anterior al concepto de Estado-Nación que es una categoría moderna. Es,
sin lugar a dudas, el fruto político más logrado de la modernidad.
Luego de este desbroce de conceptos lo que queda claro es, que la memoria
nacional tiene que ver con la memoria de los pueblos, que a su vez va más
allá de las historias nacionales particulares, sobretodo en el caso iberoamericano.
Ya tenemos, pues, una pauta. Toda corriente limitada a un "nacionalismo
de fronteras adentro", de Patria Chica, poco y nada tendrá que ver con la
memoria nacional. Ni que decir de aquellas corrientes que "Como nuestros
cultos, al decir del poeta Homero Manzi, adscriben a todos los problemas
y soluciones extrañas, y cuando intervienen en los nuestros, lo hacen como
extranjeros".
Y si esto es así, respondamos, entonces, a las preguntas planteadas:
¿Qué y cómo tienen que ver las corrientes historiográficas argentinas en
la memoria de nuestro pueblo?
La historiografía de corte liberal: En nada. Es un producto de la intelligenzia
colonial anglo-francesa del siglo pasado que se encuentra en las antípodas
valorativas de la memoria nacional de nuestro pueblo. Por otra parte, su
propio método historiográfico de "sujeción estricta a la letra escrita"
la inhabilita para incorporar ningún aporte de la memoria oral colectiva.
Así pues, tanto ideológica como metodológicamente la corriente de corte
liberal se encuentra escindida de la memoria nacional del pueblo argentino.
La revisionista se encuentra vinculada en parte a la memoria de nuestro
pueblo. Sobretodo en el rescate del tema de nuestra génesis como nación.
No nacimos en mayo de 1810 sino tres siglos antes. Y en la determinación
de nuestros enemigos históricos: Inglaterra y Francia y la lucha de Rosas
contra ellos.
La liberal de izquierda, no sólo nada tiene que ver, sino que además niega
expresamente la memoria popular. Un ejemplo típico es el reciente trabajo
de Dina Quattrocchi-Woisson: Los males de la memoria, Bs.As. Emece, 1995,
que desde su como puesto en el CNRS francés opone las categorías de memoria
(saber subjetivo) a historia(saber objetivo). Negándole así a la memoria
popular su carácter de "verificabilidad ínter subjetiva" como criterio de
verdad sobre los hechos históricos
En definitiva, es un subproducto no sólo de la vieja corriente liberal a
la que se le suma un visceral antiperonismo, que desde la cátedra universitaria,
sea argentina, estadounidense o europea no habla ya sobre lo que fuimos
sino acerca de lo que debemos ser. Es una visión totalmente ideologizada
en favor del ideario del socialismo democrático internacional.
Finalmente la corriente de izquierda nacional, algo tiene que ver con la
memoria de nuestro pueblo. Sobretodo con su tarea de rescate histórico de
pertenencia de la Argentina a la común Patria Grande hispanoamericana y
en la explicitación de los mecanismos de explotación económica de las sociedades
dependientes.
Resumiendo vemos que sólo el revisionismo rosista y la izquierda nacional
tienen algo en común con la memoria nacional de nuestro pueblo. Sólo en
la medida en que rescatan valores que conforman la memoria nacional de los
argentinos como son su génesis hispano-criolla y explicitan sus enemigos.
Al par que superando el huero nacionalismo del Estado-nación nos insertan
en el destino común de la Patria Grande Hispanoamericana y muestran los
mecanismos de la dependencia económica.
Conclusión
Hemos afirmado al comenzar esta exposición que ninguna clasificación es
exhaustiva. De modo tal que, no escapará al lector atento, que existen un
sin número de historiadores que realizan su tarea al margen de las corrientes
mencionadas.
Observará, también, que la distinción entre pueblo como sujeto de valores-;
nación como proyecto político cultural y Estado, es de singular importancia
para determinar el emplazamiento de la memoria nacional en el pueblo como
portador de retenciones no caídas en el olvido.
Se preguntará, entonces, ¿cómo constituyen los pueblos sus respectivas memorias?.
Respondemos que a través de la conservación de sus vivencias-luchas por
existir- y de sus valores transmitidos de generación en generación. Lo que
en buen castellano se denomina tradición. Esto es, la transmisión de algo
valioso de una generación a otra.
De modo tal que las corrientes historiográficas participan en mayor o menor
medida en la memoria nacional de los pueblos, en tanto y cuanto participan
en la explicitación de las vivencias y valores que un pueblo retiene como
propios.
Notas:
1.-Jauretche, Arturo: Los Profetas del Odio y la Yapa, Buenos Aires, Ed.
Peña Lillo, 1967.-
2.- Buela, Alberto: El Sentido de América, Buenos Aires, Ed. Theoría, 1990,
.56.-
3.-Horia, Vintila: Reconquista del descubrimiento, Madrid, Ed. Veintiuno,
1992, p. 119.-
4.-Hernández Arregui, J.J.: ¿Qué es el ser nacional?, Bs.As., Plus Ultra,
1973, p.5.-
5.- Al margen de estas corrientes existen un cúmulo de historiadores que
podríamos denominar "profesionales" pues su tratamiento de la historia argentina
se limita a la objetividad metodológica. Se destacan entre otros: Antonio
Pérez Amuchástegui, Jorge Ocon, José Luis Busaniche, Carlos Segreti, Jorge
Luis Cassani.
6.-Pérez Amuchástegui, Antonio: Federalismo e Historiografía, Buenos Aires,
Revista Escuela de Defensa Nacional Nº13, p.21
7.-Buela, Alberto: Quesada y su método histórico-hermenéutico, en internet,
abril, 2005.-: "Su lema el festina lente que aconsejaban los historiadores
romanos denomina su método. Esto es, "apresurar con calma", o "presuroso
con circunspección". En una palabra, obrar con máxima prudencia pero actuar
rápido.
Y viene acá el meollo de su método: " publicar fragmentariamente el resultado
de la investigación en tal o cual punto o faz de la cuestión (festina),
procurando así provocar la rectificación, aclaración o complemento eventual
(lente), por parte de cualquiera de los que tengan posibilidad de hacerlo.
Sea por conservar vivaces aún los recuerdos de cerca de un siglo entero,
sea por poseer papeles o documentos que puedan arrojar vivísima luz sobre
lo que parece a primer vista inexplicable".
No es necesario ser un genio para darse cuenta que este método, el festina
lente, al exigir la descripción del fenómeno (publicar fragmentariamente
el resultado) y reclamar la verificación ínter subjetiva (provocar la rectificación
o aclaración) de la investigación realizada, está más cerca del método fenomenológico
de Husserl y del historicismo de Dilthey, que del positivismo de Comte o
Spencer."
(*) Filosofo Vice Presidente del CEES (Centro de Estudios Estratégicos Suramericanos)
alberto.buela@gmail.com
VOLVER A CUADERNOS DE LA MEMORIA