"Como los criminales, como los novios y como los cobradores, yo regreso siempre". Enrique Santos Discépolo


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Discepolín y la porteñidad sensiblera y burlona

Por Eduardo Pérsico

Ilustración Ricardo Ajler

Igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches se ha mezclao la vida Y herida por un sable sin remaches...
Cambalache. Enrique Santos Discépolo (1934)

La intrepidez para vincular en un ‘cambalache’ a un valor ‘sagrado’ como la Biblia con un calefón, bien le serviría a Enrique Santos Discépolo al gritar ‘que el mundo fue y será una porquería’; uno más de sus anárquicos reclamos unido a una invocación celestial. Que tan bien perfilaría ese habitual estilo en sus escritos estimados muchas veces de contradictorios y al fin serían una referencia cultural de los argentinos. Es que al margen de tantos pensadores de trasnoche que lo endiosaran como ‘un pensador filosófico’, por su talento instintivo Discepolín sería diferente a los autores de su tiempo por abrevar en la ilustración de su hermano Armando; catorce años mayor y un serio intelectual que estableciera el Grotesco Teatral rioplatense con sus obras ‘Stéfano’, ‘Mateo’ y ‘Mustafá’, por mencionar tres. Ante ese bagaje de ‘espíritu crítico’, a Discepolín se lo exaltaría con desmesura al considerar profética y filosófica toda expresión reiterativa del sentido pesimista de los argentinos. Que al convertirse en ‘sentencias discepolianas’ más allá del universo tanguero, persisten en la entretela conceptual por ese misterio de la idolatría que existir, existe….

Enrique Santos Discépolo, - marzo de 1901-diciembre 1951- fue hijo de don Santo, un músico napolitano radicado en Buenos Aires- y llamado Discepolín por su magra contextura se formaría junto a su hermano Armando, y bajo esa tutela atraído por las expresiones de la época se nutriría en el ambiente del tango, luego de intentar la autoría teatral y la propia actuación. Muy joven en 1917 debutó como actor al lado de Roberto Casaux, intento que él mismo calificaría de fracaso por más que luego insistiera con ‘El hombre solo’ y ‘El organito’, dos obras de intención social bosquejadas con su hermano. Luego actor de reparto en ‘Mustafá’ del mismo Armando y éxito por los años veinte, creció en el entusiasmo de una Argentina con Irigoyen, Gardel y el favor popular por el teatro y el tango. Tiempo en el que Discepolín entrara al ambiente nocturnal de Buenos Aires aunque ‘Bizcochito’, su primer tema y el revulsivo ‘Que vachaché’ de 1926, ‘fracaso epocal’ por cuanto una sacrílega mujer lo ‘piantaba’ al hombre que la mataba de hambre, serían relegados por los temas de Pascual Contursi y Celedonio Flores, dos fundacionales de la tanguedad. Hasta que en 1928 la cancionista Azucena Maizani cantara ‘Esta noche me emborracho’, un tema donde Discepolín le dedica renglones a un viejo amor que maltratara el tiempo, con cierta cargazón machista sobre la mujer que hoy sería primaria ante la realidad siglo veintiuno. Algo que reitera al cometer el imperdonable ‘Justo el 31’, brulote que grabara Tania, - su compañera desde 1928 hasta 1951- quien en 1932 lo grabara para el sello Columbia junto a ‘Yira Yira’, ‘Confesión’, ‘Sueño de Juventud’ y otros temas tan recordables como ciertas frases inmejorables que él acuñara. ‘Una canción es un traje que busca un cuerpo que le quede bien’. ‘La tristeza es el corazón que piensa’, ‘El tango es un pensamiento triste que se puede bailar’. ‘Los hombres de grandes ciudades no se detienen ni ante las lágrimas de un desengaño’. .

Discepolo básico

Nació en Buenos Aires el
27 de marzo de 1901, murió en la misma ciudad el 23 de diciembre de 1951.
Fue actor, dramaturgo y cineasta, aunque se destacó como compositor y letrista de tangos. Huérfano desde los nueve años, lo crío su hermano Armando, un dramaturgo del grotesco rioplatense que le transmitió su pasión por el teatro. Debutó como actor en 1917 y como dramaturgo en 1918 con Los duendes. Pese a la oposición de su hermano, en 1925 comienza a componer los tangos cuyas letras angustiadas e irónicas lo convertirían en uno de los grandes renovadores del género.
Entre sus mayores éxitos figuran "Cambalache" (1935), "Uno" (1943) y "Cafetín de Buenos Aires" (1948).

Luego del éxito de Tita Merello al retomar ‘Que vachaché’ y convertirlo en suceso, varios músicos argentinos en Europa lo difundirían y ya la fama no abandonarían a Discepolín. Con un prestigio constante por el éxito de sus temas y su tarea de charlista en Radio Municipal, donde por 1930 sería apreciado por su irónico desenfado de porteño sobrador y canchero, - por entonces nada frecuente en radio- tanto que por otras emisoras llegaron a repetir lo dicho por Discepolín ante la muerte de Luigi Pirandello, por ejemplo. Un gesto inusual del ambiente que también lo animara de modo paralelo en su tendencia a lo personal y anecdótico. Ese perpetuo perfil de Discepolín evidenciado al contar a gusto improbables situaciones y referencias suyas siempre airosas, por supuesto. Se diría que al menor descuido Discepolín se interpretaba según fuera un pintoresco de la noche dueño de su propio anecdotario y relatara, por ejemplo, su visita a un impreciso club de barrio porteño llamado ‘Lagrimas, Flores y Sonrisas’ y de paso referir un fantástico suceso que entre quienes lo trataran entonces, - el actor Osvaldo Miranda y el mismo Homero Manzi, sus dilectos amigos- entenderían un desafío a la ingenuidad del resto. Y cuando alguien le advertía su adicción a ese ‘libre macaneo’, Discepolín seriamente los corregía ‘ojo, que yo no invento mentiras ni macaneo. Lo mío es un ejercicio de imaginación’. Agudeza propia de quien ‘al fin se interpretaba a sí mismo’.

Con sólo dos dedos sobre el piano, Discepolín compuso letra y música sus temas y sus farragosas lecturas le abrírían aspectos de esa revulsiva época. Un perfil notorio en los primeros escritos de su personaje radial ‘Mordisquito’, sería el reflejo aporteñado del pesimismo canchero y sobrador de los argentinos, ahondado en la letra de su ‘Yira, yira’ al pintar el escepticismo vigente por 1930 en nuestro país. Sus temas además de ratificar al tango como un género cantable con argumento, harían reconocerlo por sus inquietudes teatrales y cinematográficas, a pesar de su despareja película ‘El Hincha’. Ese intento frustrado por la sobrecarga discepoleana del personaje central, que él mismo después admitiera entre amigos.

Enrique Santos Discépolo nació en el barrio porteño del Once, el 27 de marzo de 1901 y murió el 23 de diciembre de 1951. Fue autor de una treintena de temas cantables y no menos de la mitad fueron y son de consentida audiencia. Su compromiso con el peronismo y la adhesión a su personaje radial ‘Mordisquito’, que con mordacidad y certeza callejera bajaba la línea política del gobierno peronista, lo distanció de muchos ‘amigos’ de la farándula bohemia. ‘Gente muy simple, tan simple que no es peronista’ arguyó con tristeza un Discepolín muy enfermo al discontinuar sus charlas radiales. Que para final le escribirían Abel Santa Cruz y Miguel Coronato Paz, dos muy reconocidos autores, más quizá también Julio Porter, coautor con Discépolo de ‘Blum’, la obra teatral de 1948 y 1949 en Buenos Aires.

Sin duda y sobre el mismo Discepolín contradictorio y complejo, Enrique Santos Discépolo culminaría siendo un valor de inevitable importancia en la cultura popular de los argentinos, y dentro del escenario de los mejores. (Nov.2013)

Eduardo Pérsico nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.

www.eduardopersico.blogspot.com.ar

 


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Discepolismo, ensayos filosóficos en tiempo de tango

Por Osvaldo Vergara Bertiche

[Imagen: Muestra Pensamiento y Compromiso Nacional, Palais de Glace, Buenos Aires 17 de marzo - 10 de abril 2011]

Breviario de la colección "Cultura y Nación" (Declarada de Interés por la Honorable Cámara de Diputados de la Provincia de Santa Fe)

I) Vida y Obra de Enrique Santos Discépolo.

Hablar o escribir sobre la vida y obra de Enrique Santos Discépolo, es hacerlo sobre el más "maldito" entre los malditos de la historia argentina.

¿Por qué "maldito"? Porque con este nombre, Don Arturo Jauretche designó a aquellos argentinos "condenados al silencio y al olvido por la superestructura cultural"; superestructura manejada por la clase dominante y productora de "zonzos en serie".

"Malditos"... porque fueron quijotes que tuvieron la osadía, el coraje, la valentía de elevar sus voces contra los "mitos consagrados".

"Malditos"... porque se negaron a la complicidad con intelectuales que lograban fama por "lamer las propias cadenas que los esclavizaban".

"Malditos"... porque nunca participaron de los ilustres cenáculos de la época, a pesar de tener más luces que muchos otros mediocres que ocupaban el escenario.

"Malditos"... porque todo se les negó para impedir que con sus ideas concurriesen a construir una cultura nacional que cuestionara aquella otra cultura, la antinacional, implementada como reaseguro del coloniaje económico y político imperante.

Pero fueron "malditos", porque el pueblo argentino en su incesante descubrimiento de la realidad nacional, paso a paso, fue derrumbando esa cultura oscurantista y reconoció a los que abrieron picadas en la maraña de la confusión organizada.

Enrique Santos Discépolo fue uno de esos "malditos" que escapó, como escapan lo juglares, y sus letras se hicieron presente en las conversaciones de las esquinas, en las radios camioneras de la madrugada, en el tarareo del transeunte preocupado y en el silbido compañero del que está solo y espera.

Un "maldito" que escribió ensayos filosóficos en tiempo de tango y para todos los tiempos. Es, Discépolo, el mayor filósofo popular argentino del Siglo XX.
Plumíferos, o escribas, (al decir de Sarmiento - utilizando un vocablo inserto en el diccionario castellano - los "cagatinta") pretendieron expurgar su nombre de las antologías.

No lograron silenciarlo, y entonces utilizaron otra técnica: la deformación, con el fin de esterilizar su nombre. Un Discépolo torturado, desencantado y anodino.

Así, se ha pretendido "arrinconarlo en la mitología de la noche, meterlo de prepo en algún santuario intelectual para que algunos le recen una lacrimógena oración tanguera".

Trampa... trampa que es lo que acostumbran a tender para confundirnos en el campo de las ideas.

Trampa... porque Discépolo al igual que Homero Manzi, no fueron "hombres de letras"... hicieron "letras para los hombres".

Discépolo hizo letras que expresaron el dolor, la frustración y la protesta de multitudes.

Discépolo percibió e interpretó las emociones colectivas

Ese Discépolo que nos quieren robar o desfigurar dijo:


Historia Clínica - Capítulo 4 - Discepolín

"Me di de corazón a un pueblo, porque los pueblos no engañan nunca y devuelven, como la tierra, un millón de flores por una semilla seca.

Y mi pueblo me ha devuelto exageradamente la ternura que le di sin esperar su premio.

En el largo y penoso diálogo de mi vida, no he tenido más interlocutor que el pueblo. Siempre estuve con él... afortunadamente con él".

Este es el verdadero Discépolo. Y es por ello, simplemente por ello, que nos lo quieren robar o desfigurar...

Es Piero, en una de sus canciones que dice "al Pueblo lo que es del Pueblo, porque el Pueblo se lo ganó". Discépolo comprendió cabalmente al Pueblo, y ese pueblo lo reconoció por siempre.

Discépolo se convirtió en el gran ideal del poeta español, reposado y profundo, Antonio Machado, cuando sentencia: "La felicidad de un poeta está en que se convierta en copla. Que la repita el Pueblo". Sin duda, Discépolo, que junto a Manzi, "se fue al cielo de la noche" es feliz.

Se iniciaba el Siglo XX, y allá, un 27 de Marzo de 1901, nacía Enrique Santos. A los cinco años muere su padre, y cuando tenía siete años, muere su madre.

Recordando esos tiempos dijo: "Mi timidez se volvió miedo y mi tristeza... desventura".

Su primera escuela fue religiosa, luego una del Estado.

"Nunca entendía la división de quebrados... numerador... denominador... ¡qué lío!... nunca fui bueno para los números. Y por culpa de las matemáticas me hice la primera rabona. Pero lo que dejé de aprender en el colegio, lo recuperé en la calle... en la vida".

Y en esos años de escuela, entre rabona y rabona, comenzando a andar por la vida, recordó que entre sus útiles tenía un globo terráqueo que "lo cubrí con un paño negro y no volví a destaparlo. Me parecía que el mundo debía quedar así, para siempre, vestido de luto".

Eran los años de la Primera Guerra Mundial (1914 - 1919); de la Revolución Bolchevique en la Rusia Zarista (1917); eran años que "conmovieron al mundo" en las primeras décadas del Siglo XX.

En su juventud visitó Europa. En las tabernas de Madrid y París, y "en esas mesas que nunca preguntan" observó un denominador común con aquellas otras de Buenos Aires y de tantas ciudades argentinas: el hombre que está solo.

Y dijo: "Me impresionó la soledad internacional del hombre frente a sus problemas".

Conoció de la bohemia de los artistas, pero también conoció de los sueños de redención social de los humildes y postergados.

Conoció la obra de Francisco de Goya (1746 - 1828) y fue su admirador. Admirador del célebre pintor, legítima gloria de España, y de sus "aguafuertes", conocidos como "caprichos", en los que se ve lo maravilloso de su potencia pictórica.

Goya fijó en colores la vida misma y representó con todo el poder de su genio dos terribles momentos de la Guerra de la Independencia Española: los fusilamientos del 2 de Marzo de 1808.

Discépolo, justamente, reconocía el valor ético y estético de Goya, al que algunos le colocaron el epíteto de "loco".

Ese "loco" en uno de sus "caprichos" escribió: "Los sueños de la razón producen monstruos".


Emisión radial de Mordisquito (1951)

En 1939, en la letra del tango "Tormento", Enrique Santos Discépolo acompaña el pensamiento de Goya, diciendo:

"Yo siento que mi fe se tambalea
que la gente mala vive... ¡Dios!
mejor que yo".

Es que los monstruos, los malos... se seguían reproduciendo.

Discépolo escribe su primer tango en 1926: sólo tenía 25 años, y lo tituló "Que vachaché". Dijo: "Con mi primer tango comenzaron mis problemas".

A éste debemos agregar: "Yira - Yira" (1930), "¡Qué sapa... Señor!" (1931) y esa denuncia universal que es "Cambalache" en 1935.

Estos cuatro temas son la piedra angular del pensamiento discepoliano.

Le he llamado "Discepolismo" porque sin duda alguna representa una corriente filosófica, universal, humanista y trascendente.

Estamos hablando de temas escritos entre 1926 y 1935.
¿Qué pasaba en el mundo en esos años?


Gardel y Discépolo - Yira, yira

El centro del mundo era Europa. Se produce en esos tiempos la crisis del pensamiento europeo, la bancarrota de un sistema fijo del universo que daba sentido y significado a la vida humana. Se manifiesta esa crisis en la declinación de los valores religiosos tradicionales. El humanismo racionalista creía que bastaba la ilustración para alcanzar la civilización, el progreso definitivo y la paz fundamental. El correr de los años demostró que no era así.

De la última confrontación, la Guerra Franco-Prusiana de 1870, ya nadie se acordaba.

Y en 1912 estalla la Guerra de los Balcanes; en 1914, comienza la Primera Guerra Mundial; en 1919 se produce la Revolución Bolchevique que da fin a la hegemonía capitalista por sólo 73 años; en 1929 estalla la Bolsa neoyorquina y comienza la Gran Depresión; en 1931 se proclama la República en España y el Borbón Alfonso XIII abdica el trono y en 1933, en Alemania, Hitler toma el poder.

La hambruna y el terror se paseaban por doquier.

Y Discépolo exclama: "La tierra está maldita / el amor con gripe en cama / La gente en guerra grita, / bulle, mata, rompe y brama".

¿Por qué pasaba lo que pasaba?. Discépolo da respuesta a este interrogante a través de un planteo de corte netamente filosófico:

"Al hombre lo ha marea’o
el humo al incendiar
y ahora entrevera’o... no sabe dónde va.
Voltea lo que ve... por gusto de voltear
pero sin convicción, ni fe.
Es que el hombre anda sin cueva
voltió la casa vieja
antes de construir la nueva
Creyó que era cuestión de alzarse
y nada más
romper lo consagra’o... cortar lo que adoró"

¡Sin convicción ni fe! Sin principios y sin creencias. Sin ideología, sin trascendencia, porque lo trascendente era relegado para dar paso al que me importa de la belle epoque; como diríamos hoy... por cuatro días locos...

También debe reconocerse que las ideologías de entonces eran totalizadoras y totalitarias.

"Romper lo consagra’o
cortar lo que adoró..."

Y refiriéndose, justamente, a Alfonso XIII, le pregunta a Dios:

"¡Qué sapa Señor!
que los reyes temblando
remueven el mazo,
buscando un yobaca
para disparar".


Interesante reportaje a Enrique Santos Discépolo por Carlos de La Fuente en la Revista Caras y Caretas del 9 de marzo de 1929. Clic para descargar

¿Qué sapa señor?... que lo que parecía eterno, permanente... se derrumbaba.

Y agrega algo que, quizás, fue escrito para todos los tiempos:

"¡Qué sapa señor!
que en medio del caos
que horroriza y espanta
la paz está en yanta
y el peso ha baja’o".

A ese mundo conflictivo al que Discépolo diseca con el bisturí de la creatividad, de la imaginación y de la indignación, y a ese hombre que hizo abandono de preceptos elementales, le dice:

"No hay nada más teatral, más divino, más hermoso, más complejo, más pintoresco, más serio y más cómico que la vida misma".

Queda claro que Discépolo nunca fue un poeta torturado, ni un filósofo del desencanto. No fue un poeta de la angustia existencial, ni fue un filósofo de la hecatombe.
Quién dice: "Yo veo el dolor en todos los que tengo delante, me posesiono de su situación, comprendo cuales son sus problemas y en seguida me pongo en su lugar, y siento como sienten ellos mismos, percibo, como si fuera mío, el sufrimiento ajeno" es alguien que entrecruza la preocupación metafísica con la crítica social.

Discépolo es el filósofo de la comunidad quebrada, es el cronista del realismo universal.

¿Y qué pasaba en nuestro país, por aquellos años, entre 1926 y 1935?

Debemos, para entender lo sucedido en ese tiempo, remontarnos a 1880; hace su aparición una generación ilustrada, a la que pertenecieron Miguel Cané, José María Ramos Mejía y otros; terminan los tiempos de Alsina y finaliza la "Gran Aldea"; comienza la construcción de la Argentina Moderna y gobierna el Partido Autonomista Nacional.

A partir de allí se estructura el estado. Y en 1890 el sistema imperante sufre su primer descalabro: la "Revolución del Parque", dando nacimiento a la Unión Cívica, que un año después se llamaría Unión Cívica Radical, liderada por Leandro N. Alem.

En 1891 el radicalismo se lanza a una campaña electoral con Bernardo de Irigoyen como candidato. En 1893 se suceden revoluciones radicales por todo el país.

En 1905 se sanciona la Ley de Residencia y la Ley de Defensa Social. El régimen comienza a adquirir un carácter represivo.

En 1910 se celebra el Centenario de la Revolución de Mayo con toda pompa. Se mostraba, así, al mundo, los éxitos de un país apoyado en un régimen ganadero-pastoril y agroexportador.

En 1912 se sanciona la Ley Saenz Peña, importante logro que definió el instrumento legal que permite la inserción en la política de los sectores medios en la elección de 1816 y que consagra Presidente de la Nación a Don Hipólito Irigoyen.

Entre 1880 a 1912 se puso en marcha operativa la ideología de Juan Bautista Alberdi expresada en la frase "Gobernar es poblar" y comienza la inmigración más importante que haya tenido un país de habla hispana.

Españoles, italianos, suizos, alemanes, polacos, rusos y judíos, entre tantas otras nacionalidades, ingresan al país.

También y junto con ellos, se introducen las ideas anarquistas y socialistas, y consecuentemente aparecen las primeras organizaciones obreras.


Slivana Gregori - Que Vachache

Esos treinta y dos años que transcurren entre 1880 y 1912 fueron fundamentales en la construcción, justamente, de la Argentina Moderna.

Todos de una manera u otra, somos herederos de esa época. Los majestuosos edificios públicos en todo el país, que hasta hoy se conservan, los grandes parques y la afirmación de las Instituciones, son simples ejemplos de lo logrado en esos años.

La educación en todos sus niveles fue hija de aquel régimen, que tuvo buen olfato para descubrir el papel que la Argentina debía cumplir en el mundo, pero que comete un gran pecado: condena a la marginalidad a los sectores sociales del trabajo, sufriendo un duro proceso de explotación.

Muchos se mueren de hambre... y punto. Ni indemnizaciones ni leyes sociales. Y así Alfredo Palacios se convierte en el Primer Diputado Socialista de América.

En 1912 estalla en el sur santafesino la rebelión campesina conocida como el "Grito de Alcorta". De 1920 a 1922 huelgas ferroviarias y portuarias. La sublevación sureña conocida como "La Patagonia Trágica". Las balas policíacas contra los obreros de Vasena.


La infamia de los que murmuran - Discepolín

En este último punto hay que hacer un paréntesis. El nombre real de la fabrica era la de sus dueños: "Kriegger Vasena"; la historia oficial saco el "Kriegger" para que en los años en que estos fueron ministros, secretarios de estado y asesores de gobiernos de facto, no se los reconociera como herederos de aquella masacre ejecutada en defensa de sus intereses expoliadores.

El 6 de setiembre de 1930 se produce el Golpe de estado y comienza la "Década Infame".
El asesinato de Enzo Bordabehere en el Senado de la Nación.

Las largas "colas" en la ollas populares. El desempleo, el hambre.

Discépolo por entonces dice: "Cuando manyés que a tu lado / se prueban la ropa / que vas a dejar"

"Cuando no tengas ni fe
ni yerba de ayer
secándose al sol...".

Es que por entonces, ante la mirada atenta de Discépolo, desfilan la angustia, los hombres de ropa raída, los hambrientos, los desocupados, las mujeres de la vida, los que "por un pan cambiaste como yo / tus ambiciones de honradez".

También la que gritaba: "No puedo más pasarla sin comida

Lo que hace falta es empacar mucha moneda,
vender el alma, rifar el corazón,
tirar la poca decencia que te queda...
Plata, plata, plata y plata otra vez...
Así es posible que morfés todos los días,
tengas amigos, casa, nombre... y lo que quieras vos.

El verdadero amor se ahogó en la sopa:
la panza es reina y el dinero Dios.
...
Dame puchero, guardate la decencia...
¡Plata, plata y plata! ¡Yo quiero vivir!"

Y con esa suerte de pensamiento anarquista, propio de los verdaderos y auténticos intelectuales de aquella época, ganados por las ideas de la equidad social, dice:

"¿Pero no ves, gilito embanderado,
que la razón la tiene el de más guita?
¿Que la honradez la venden al contado
y a la moral la dan por moneditas?

¿Que no hay ninguna verdad que se resista
frente a dos pesos moneda nacional?
Vos resultás, - haciendo el moralista -,
un disfrazao... sin carnaval..."

Señala también con énfasis: "¡Si aquí, ni Dios rescata lo perdido!".

Agregando: "¿Qué vachaché? Hoy ya murió el criterio! / Vale Jesús lo mismo que el ladrón...".

Enrique Santos Discépolo vio como nadie el país oculto.

Es evidente que en esos años de desolación y de miseria de los sectores populares, se produce la ruptura de la trama social de la solidaridad.

"cuando estés bien en la vía,
sin rumbo, desesperao;
...
cuando rajés los tamangos
buscando ese mango
que te haga morfar...
la indiferencia del mundo
- que es sordo y es mudo -
recién sentirás
...
Aunque te quiebre la vida,
aunque te muerda un dolor,
no esperes nunca una ayuda,
ni una mano, ni un favor".

Él mismo nos explica esta conducta, esta forma de actuar del hombre frente a su semejante: "Las ciudades grandes no tienen tiempo para mirar el cielo... el hombre de las ciudades se hace cruel. Caza mariposas de chico... de grande no. Las pisa... no las ve... no lo conmueve..."

Y luego y como culminación de sus proclamas filosóficas-literarias-tangueras señala sin titubeos: "Que el mundo fue y sera una porquería", señalando dos fechas el 506 y el 2000.

Alrededor del 506, Teodorico "El Grande" Rey de los Ostrogodos, bárbaros que invadieron el Imperio Romano, luchó contra Odoraco, lo hace prisionero, lo asesina en Roma y se apodera de toda Italia. También asesinó a Anicio Maulio Severino, filósofo romano, el primero de los escolásticos.

Son años de invasión, dominación y muerte.

Y el 2000, no nos cabe duda... nos iba a encontrar "unidos o dominados". Pero en esto Discépolo se equivocó, más allá del 2000, seguimos quedando en situación de postración y marginalidad.

Discépolo fue premonitorio. Cambalache es una denuncia universal, y el eje central, la columna vertebral en esta denuncia es el trastocamiento de los valores. Primero nos cuenta que desde que el mundo es mundo "... siempre ha habido chorros, / maquiavelos y estafaos, / contentos y amargaos, / valores y dubles...", pero el Siglo XX depara algo más lamentable: "es un despliegue de maldad insolente / ya no hay quien lo niegue; / vivimos revolcaos en un merengue / y en un mismo lodo todos manoseaos".

¿Qué es vivir revolcados y manoseados? Es vivir en un mundo de trastocamiento de los valores.

Los valores son cualidades ideales de las cosas, pertenecientes a objetos que no poseen ser, sino que pertenecen a la esfera del valer, situadas por lo tanto fuera del tiempo y del espacio.

Las características fundamentales de los valores son su polaridad - cada valor positivo cuenta con el correspondiente negativo: amor/odio - y su jerarquización que permite clasificarlos.

Los modernos axiólogos (filósofos que estudian los valores) señalan además que los valores son independientes de los sujetos, y que se los puede clasificar en "valores útiles" (lo adecuado, lo conveniente), "valores vitales" (lo fuerte, lo sano), "valores lógicos" (lo verdadero), "valores estéticos" (lo bello), "valores éticos" (lo justo, lo bueno) y "valores religiosos" (lo santo). Podemos, así, con estos datos, construir una escala de valores y por ende de disvalores.

En la base de esa escala, los "valores útiles", lo cotidiano, lo elemental, que es lo adecuado, lo conveniente, lo que necesitamos: la comida, la ropa, la higiene, la educación, la distracción, el dinero para adquirir bienes materiales y necesarios como por ejemplo... el calefón.

Así ascendemos en la escala hasta llegar a los "valores religiosos" (lo santo). Para los creyentes, en primer lugar Dios, El Verbo, La Palabra... La Biblia.

Es aquí donde Discépolo sintetiza este trastocamiento de los valores, porque "igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches, se ha mezclado la vida y herida por un sable sin remache, ves llorar la Biblia contra un calefón".

La base de la escala de valores se equiparó con su peldaño más alto. La asignatura aún está pendiente: no hemos rescatado la Biblia.

Es a partir de esto, que podemos llamar sinrazón, que se abre el camino para que hoy resulte que:

"...es lo mismo
ser derecho que traidor,
ignorante, sabio, chorro,
generoso, estafador.

Todo es igual; nada es mejor;
lo mismo un burro que un gran profesor.
No hay aplazaos ni escalafón;
los inmorales nos han igualao.

Si uno vive en la impostura
y otro roba en su ambición,
da lo mismo que si es cura,
colchonero, rey de bastos,
caradura o polizón.

Que falta de respeto,
que atropello a la razón;
cualquiera es un señor,
cualquiera es un ladrón.
Mezclaos con Stavisky,
van Don Bosco y la Mignon,
don Chicho y Napoleón,
Carnera y San Martín.

Vivir en un "cambalache" hace sufrir, pero también hace pensar... y este sufrir y ese pensar es lo que Discépolo convirtió en poesía. Poesía de ruptura, rara, incómoda para algunos... y por tanto condenada.

"¿Es el tango Cambalache, - se pregunta Sergio A. Pujol - como muchos creen, el verdadero Himno Nacional Argentino? Así lo sugirió el poeta Leónidas Lamborghini hace unos años. También podría considerarse a Cambalache un anti-himno, bien lejos de la demanda patriótica.

Continúa Pujol: "Sus mordaces compases siguen sonando con énfasis de marcha. ¿Quién no reconoce inmediatamente, más allá de toda valla generacional, esos acordes mayores del comienzo? ¿Quién no se ha visto tentado de citar alguna vez esa letra que puntea la totalidad del mundo y la Historia con retórica sardónica? Si se sigue escuchando y cantando Cambalache con sentido de actualidad, como vehículo de protesta popular, es por la sencilla razón de que ninguna otra canción logró identificarse con el sentido común de la gente de manera tan estrecha y cómplice. Aquello de: Ves llorar la Biblia contra un calefón... contiene una parte sustancial del país que desciende de la inmigración.

Aunque es pertinente hacerlo, tal vez no baste con identificar aquella condena moral del mundo (disfrazada de amargo cinismo) con el ánimo nacional. Al fin y al cabo, en Cambalache hay escasas referencias argentinas: su poderosa letra hace hincapié en el siglo XX mundial (el de la... maldá insolente), situándolo en un primer plano excluyente. Su descreimiento ideológico, que en los años ‘70 fue entendido por algunos como reaccionario, encaja perfectamente (tristemente, en verdad) con la visión posmoderna del mundo".

Los pilares en los que se apoya la filosofía de Discépolo son tres: la vida, la soledad y lo trascendente.

Quizás en el tema de la vida, Discépolo, al igual que Cátulo Castillo, pensara que "la vida es una herida absurda", pero con un aditamento importante: absurda por culpa de la injusticia.

Dice, lo que confirma la apreciación precedente: "El hombre nace para vivir y la vida es un premio. Pero la vida hace del hombre una víctima sencilla. Se llena de obligaciones que lo empequeñecen para la lucha y lo entristece para la ambición. Y se va negando, deshaciendo... enfriando.

Hay un hambre que es tan grande como el hambre de pan. Es el hambre de la injusticia, de la incomprensión.

Y así como la variante de un número cambia la suma, la vida del hombre moderno, hermosa y trágica, es un juego de ilusiones y de agonías que desgastan la esperanza... lo sabido... lo deseado... lo querido".

La vida en el concepto discepoliano tiene que vivirse. Vivirse en plenitud porque "la felicidad no tiene normas, ni puede definirse" pero está enmarcada en la dignidad. La vida es para vivirla dignamente.

La soledad es abordada por Discépolo al igual que Raúl Scalabrini Ortíz en su libro "El hombre que está solo y espera". El autor, entre otras obras, de la "Historia de los Ferrocarriles Argentinos", dice: "Soltero o casado, el hombre está desnudo y solo en el interior de su baluarte verbal. Está solo entre millones de hombres solos".

Discépolo en "Martirio" (1940), dice: "Solo... increíblemente solo / vivo el drama de esperarte / Hoy... mañana... siempre igual... Pavorosamente solo / como están los que se mueren / los que sueñan... los que quieren".

Con este poema podemos decir que el tango trascendió el mundo que le dio origen. Trascendió también el sentimentalismo frustrado del que fue abandonado por una percanta y se fue a refugiar en la santa viejecita.

Con Discépolo se incursiona en una problemática universal.

Jean Paul Sartre, el Padre del Existencialismo, que dijo aquello de que "la vida es un paréntesis entre dos nada" no pudo sintetizar el drama de la soledad, y la angustia que ocasiona, como Enrique Santos Discépolo.

Lo trascendente en Discépolo merecería un capítulo especial.

Alguna vez reflexionó así: "Siempre he conversado con Dios. Y de Dios aprendí a sentir, como si fuese un dolor mío, el hambre de los otros, la injusticia de los postergados y la tragedia infinita de vivir en la tierra que lo ofrece todo, para que los más no tengan nada... esa injusticia que orilla por las calles de los pobres... y que termina por agitar la razón del que es honrado.

Grité el dolor de muchos, no porque el dolor de los demás me haga feliz, sino porque de esa manera estoy más cerca de ellos... y traduzco ese silencio de angustia que adivino".

Dios está presente en los temas de Discépolo. Esta presente como la necesaria redención del hombre... de todos los hombres. No sólo por antonomasia la redención de Jesús por medio de su Pasión y Muerte, sino la redención de todos por el amor, por entrega al prójimo.

Leemos estas expresiones en sus tangos: "dónde estaba Dios cuando te fuiste / dónde estaba el sol que no te vio"; y como parafraseando a Job exclama: "¡Aullando entre relámpagos, / perdido en la tormenta / de mi noche interminable, / ¡Dios! busco tu nombre..." agregando "Y entonces de rodillas, / hecho sangre en los guijarros / moriré con vos, ¡Feliz, Señor!"

La problemática metafísica queda expresada cuando en 1941dice: "Soy una canción desesperada".

Antes, en 1928, en "Desencanto":

"Que desencanto más hondo
que desconsuelo brutal
que ganas de echarme en el suelo
y ponerme a llorar"

Y sostiene, a contrapelo de las letras de tango hasta entonces conocidas, que oye a su madre aún "engañándome / porque la vida me negó / las esperanzas que en la cuna me cantó".

En "Condena": "Yo quisiera saber que destino brutal / me condena al horror / de este infierno en que estoy". Y en 1935 en "Alma de bandoneón": "igual que vos soñé / igual que vos viví / sin alcanzar mi ambición".

En "Infamia": "La gente que es brutal cuando se ensaña / la gente que es feroz cuando hace un mal... La gente es brutal / y odia siempre al que sueña / lo burla y con risas despeña / su intento mejor".

Desesperanza, descontento, horror, llanto, burla, ensañamiento, maldad, odio, infierno, brutalidad, ferocidad.., y ante estas adjetivizaciones se pregunta sobre: "lo peor... lo bestial / de este drama sin fin" y se contesta a sí mismo: "Uno busca lleno de esperanzas / el camino que los sueños / prometieron a sus ansias".

Y dice algo de profundo significado: "Yo hubiera dado mi vida / para salvar la ilusión".

¿Qué ilusión?... La ilusión de un mundo mejor.


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"Uno busca lleno de esperanzas
el camino que los sueños prometieron a sus ansias".

Todos buscamos ese camino, aunque nos arrastremos entre espinas.

Discépolo buscó ese camino, luchó por encontrarlo y ayudó a que otros lo encontraran. Sabía que "la lucha es cruel y es mucha", pero el optimismo lo instala firmemente ya que "se lucha y se desangra por la fe que lo empecina".

Y es tanta su porfía que "sin pensar que ya es muy tarde" asume el compromiso de la adhesión militante. primero gremial y luego política. Junto a Homero Manzi funda la Sociedad Argentina de Autores y Compositores y lucha denodadamente por lo que será la Ley 11.723 de Propiedad Intelectual.

Y luego, habiendo presenciado "el dolor que muerde las carnes", el que sintió en su propia carne, adhiere al Movimiento que nace por la acción del "subsuelo de la patria sublevado", maravillosa expresión de Leopoldo Marechal para aquel 17 de Octubre de 1945.

II) MORDISQUITO

Una de las facetas fundamentales del universo de Enrique Santos Discépolo (27 de marzo de 1901 - 23 de diciembre de 1951) fue su comprometida militancia peronista. Y uno de los factores que provocaron su depresión y un final divorciado de la elite intelectual fue, justamente, este aspecto esencial, amén de su propuesta poética vinculada al conflicto social.

Discépolo murió distanciado de varios viejos amigos y criticado por sus pares, que le hicieron un vacío a raíz de su ideología. Defendió con convicción, ironía y vehemencia lo que él entendía un enorme avance en el desarrollo político y social del pueblo argentino, el gobierno del General Perón.

La radio iba a ser el vehículo para difundir su ideario, en su famoso y fulminante micro-programa: "¿A mí me la vas a contar?".

El último texto leído por Discépolo el 10 de noviembre de 1951, un día antes de las elecciones que concluyeron con el triunfo arrollador de Perón dijo:

"Mordisquito ¿A mí me la vas a contar?
Bueno, mirá, lo digo de una vez. Yo no lo inventé a Perón. Te lo digo de una vez, así termino con esta pulseada de buena voluntad que estoy llevando a cabo en un afán mío de liberarte un poco de tanto macaneo. La verdad: yo no lo inventé a Perón, ni a Eva Perón, la milagrosa. Ellos nacieron como una reacción a los malos gobiernos. Yo no lo inventé a Perón ni a Eva Perón ni a su doctrina. Los trajo, en su defensa, un pueblo a quien vos y los tuyos habían enterrado de un largo camino de miseria.

Nacieron de vos, por vos y para vos. Esa es la verdad. Porque yo no lo inventé a Perón, ni a Eva Perón. Los trajo esta lucha salvaje de gobernar creando miseria, los trajo la ausencia total de leyes sociales que estuvieran en consonancia con la época. Los trajo tu tremendo desprecio por la clases pobres a las que masacraste, desde Santa Cruz hasta lo de Vasena, (se refiere a la Patagonia Rebelde y a la Semana Trágica) porque pedían un mínimo respeto a su dignidad de hombres y un salario que les permitiera salvar a los suyos del hambre. Sí, el hambre y de la terrible promiscuidad de sus viviendas en las que tenían que hacinar lo mismo sus ansias que su asco.

No. Yo no lo inventé a Perón ni a Eva Perón. ¡Vos los creaste! Con tu intolerancia. Con tu crueldad. Con la misma crueldad aquella del candidato a presidente que mataba peones en su ingenio porque le pisaban un poco fuerte las piedritas del camino a la hora de la siesta (se refiere a Robustiano Patrón Costas, cuya postulación en la fórmula con Ramón Castillo se malogró con el golpe del 4 de junio de 1943).

Sí, yo sé que te fastidia que te lo recuerde. Es claro, pero vamos a terminarla de una vez. Porque yo no lo inventé a Perón ni a Eva Perón. Los trajo la injusticia que presidía el país. Porque a fuerza de hacer un estilo de tanto desmán, terminó por parecerte correcto lo más infame. Claro, a vos no te alcanzaba esa injusticia. Tendrías, como un señor que yo conocía y que iba todos los meses a cobrarlo, un puesto de ama de cría para cubrir sus gastos, que se lo pagaban oficialmente, y un sueldo para salir con el clan.

Yo me acuerdo del clan. Y vos también. Aquella mafia siniestra que salía sólo para aterrorizar gente y mataba una vez a gomazos, otra vez a tiros y a veces con el camión para hacerlo más divertido. No, si la memoria fastidia. Pero yo no lo inventé a Perón ni a Eva Perón. Los trajo la injusticia que manejaba el país. Mirá, si vos hubieras estado en la Semana Trágica como yo y como tantos, en Cochabamba y Barcala, y hubieras visto morir primero a aquellos cinco, luego a cientos, y hubieras visto masacrar judíos por una gloriosa institución que nos llenó de vergüenza, no hubieras formado nunca más parte de ese partido que integrás por amor propio y quizá por ignorancia de tantos hechos delictuosos que son los que empezaron a preparar la llegada de Perón y Eva Perón.

En un país milagroso de rico, arriba y abajo del suelo, la gente muerta de hambre. Los maestros sirviendo de burla en lugar de hacer llorar porque estaban sin cobrar un año entero. ¡No! ¡Y todo vendido! ¡Y todo entregado! Yo sé que te da rabia que te lo repitan tantas veces, pero es que entristece también pensar que no lo querés oír. El otro día, en un discurso oí que decías refiriéndote a un gobierno de 1918: Ya por ese entonces los obreros gozaban.... ¿De qué gozaban? ¡Los gozaban!, que no es lo mismo. Y, sí, Mordisquito, ¡los gozaban!

La nuestra es una historia de civismo llena de desilusiones. Cualquiera fuese el color político que nos gobernó, siempre la vimos negra. Aspiramos a gozar y al final nos gozaron. ¡Todos! ¡Siempre! Una curiosa adoración, la que vos sentís por los pajarones, hizo que el país retrocediese cien años. Porque vos tenés la mística de los pajarones y practicás su culto como una religión. Cuanto más pajarón él, más torpe y más crédulo vos. Te gusta oír hablar a la gente que no le entendés nada; la que te habla claro te parece vulgar.

Yo también entré como vos y, ¿por qué no confesarlo?, me sentía más conmovido frente a un pajarón que frente a un hombre de talento. El pajarón tiene presencia, tiene historia larga, la que casi siempre empieza con un tatarabuelo que era pirata. Yo también me sentía dominado por los pajarones cuando era chico. Ahora, ¡no! Cuando era chico, sí. ¡Pero no ahora, Mordisquito! Salvate de los pajarones. El fracaso - por no decir la infamia - de los pajarones fue lo que trajo como una defensa a Perón y Eva Perón. Pero no fui yo quien los inventó.

A Perón lo trajo el fraude, la injusticia y el dolor de un pueblo que se ahogaba de harina blanca y una vez tuvo que inventar un pan radical de harina negra para no morirse de hambre. Tampoco te lo acordabas. ¡Ay, Mordisquito, qué desmemoriado te vuelve el amor propio!.

Te dejo. Con tu conciencia. ¡Perón es tuyo! ¡Vos lo trajiste! ¡Y a Eva Perón también! Por tu inconducta. A mí lo único que me resta es agradecerte el bien enorme que sin querer le hiciste al país. Gracias te doy por él y por ella, por la patria que los esperaba para iniciar su verdadera marcha hacia el porvenir que se merece.

¡A mí ya no me la podés contar, Mordisquito! Hasta otra vez, sí. Hasta otra vez".

En una de sus apariciones radiales anteriores dijo: "... a mí no me duele que vos tengas más... me duele que los demás no tengan nada. ¿Te has olvidado que la vida de los otros vale tanto como la tuya? Por eso me escribís diciendo que este gobierno ha desatado una tormenta de clases. ¡Qué error el tuyo! Lo que ha desatado este gobierno no es una tormenta de clases, sino que ha desatado a un montón de clases que vivían en la tormenta... sin paraguas, sin comida, sin más sueños que los que dan el cansancio y la miseria. De gente como vos. Como vos, que sos capaz de llorar a gritos con una película de esclavos, y los has estado viendo morir de tristeza al lado tuyo durante tu vida, sin comprender cuál era tu destino generoso frente a ellos...".

Enrique Santos Discépolo asumió, como Leopoldo Marechal, aquello que "El hombre por el solo hecho de nacer está comprometido, y el no compromiso es una manera de comprometerse...".

Así sus críticas y denuncias son proféticas. Se convirtieron en su legado; es la voz de aquellos que oprimidos por el dolor o la injusticia no gritan... callan.

Dice Sergio Pujol "A diferencia de otros creadores populares que desplegaron su talento de modo instintivo y un tanto naif, para luego ser reivindicados por futuros exégetas, Discépolo fue siempre consciente de sus aportes. Podría incluso asegurarse que toda su producción artística está articulada por estilo común, un cierto aire o espíritu discepoliano que la gente reconoce inmediatamente, con afecto y admiración, como si su obra - más de una vez definida como profética - expresara el sentido común de los argentinos. La singularidad de Discépolo sigue inquietando, tanto dentro como fuera del universo del tango. Mientras la mayoría de sus coetáneos hoy suena extraña para las nuevas generaciones, el hombre que escribió y compuso Cambalache persiste, está vigente. O para decirlo con una de sus imágenes preferidas: sigue mordiendo".

 
Discépolo en el cine

El Poeta Nicolás Olivari quien mantiene "el compromiso verbal con la problemática humana existente" nos señala de Enrique Santos Discépolo que "todo en él era bondad instantánea, veloz, escudada en el humorismo sarcástico del porteño de ley que no despinta su sentimiento y lo esconde con pudores de varón, para que no se le vea la punta acuosa de la lágrima. Por eso solía decir en su camarín, al cambiarse la ropa: ¡No me mirés que me doy lástima! (...) Frase que desleía desde su vibrátil nariz ciranesca y su acento preciso, matemático... (...) ...del que tironeaba en escena para traducir, como nadie lo podría hacer jamás, su arte instintivo y definitivo. (...) ...había sido el perno del humorismo porteño, engrasado por la angustia. ¡Qué lastima que Carlitos Chaplin no lo conoció!".

Discépolo fue un acertado traductor de las causas y consecuencias que provocan los sentimientos.

Su óptica, siempre aguda, áspera y mordaz, se centró en el dramatismo y la tristeza de la condición humana.

No parece aventurado, entonces, afirmar que la ideología pasional de Discépolo proviene de esa escisión que lo desgarra: la cicatriz ajena.

III) "Siempre tuve más años que kilos..."

Enrique Santos Discépolo, que alguna vez lo dijo, se enfermó por la amargura de sentirse desplazado por su actuación política, y se fue a su casa a morir.

El 23 de Diciembre de 1951, con sólo 50 años, no soportó la soledad, producto de la incomprensión, del fanatismo, del rencor político, y hasta del odio de algunos.

Homero Manzi, desde su genio de poeta, hace que a Enrique Santos Discépolo lo tengamos siempre presente, cuando en su homenaje desde Discepolín, dice:

Conozco de tu largo aburrimiento
y comprendo lo que cuesta ser feliz,
y al son de cada tango te presiento
con tu talento enorme y tu nariz.

Con tu lágrima amargada y escondida,
con tu careta pálida de clown
y con esa sonrisa entristecida
que florece en verso y en canción.

Fue actor y director, tanto de teatro como de cine, letrista... filósofo.

Y cuando a uno de sus personajes le hace decir:

"¡Piantá de aquí! ¡Te creés que al mundo lo vas a arreglar vos!"

Quizás, Discèpolo, tangueramente, le respondería:

¡No chabón! ¡No!... al mundo no lo arreglás vos...!

Al mundo lo arreglamos entre todos, y entonces ese día, Enrique Santos Discépolo archivará "Cambalache", enterrará "¡Qué vachaché!" y no se preguntará más "¡Qué sapa Señor?".

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El poeta de la angustia

Por Sergio A. Pujol (2001)

¿Es el tango Cambalache, como muchos creen, el verdadero Himno Nacional Argentino? Así lo sugirió el poeta Leónidas Lamborghini hace unos años. También podría considerarse a Cambalache un anti-himno, bien lejos de la demanda patriótica. A un siglo del nacimiento de Enrique Santos Discépolo (27 de marzo de 1901) y a más de cinco décadas del estreno de su tango más famoso, sus mordaces compases siguen sonando con énfasis de marcha. ¿Quién no reconoce inmediatamente, más allá de toda valla generacional, esos acordes mayores del comienzo? ¿Quién no se ha visto tentado de citar alguna vez esa letra que puntea la totalidad del mundo y la Historia con retórica sardónica? Si se sigue escuchando y cantando Cambalache con sentido de actualidad, como vehículo de protesta popular, es por la sencilla razón de que ninguna otra canción logró identificarse con el sentido común de la gente de manera tan estrecha y cómplice. Aquello de: "Ves llorar la Biblia contra un calefón" contiene una parte sustancial del país que desciende de la inmigración.

Aunque es pertinente hacerlo, tal vez no baste con identificar aquella condena moral del mundo (disfrazada de amargo cinismo) con el ánimo nacional. Al fin y al cabo, en Cambalache hay escasas referencias argentinas: su poderosa letra hace hincapié en el siglo XX mundial (el de la "maldá insolente"), situándolo en un primer plano excluyente. Su descreimiento ideológico, que en los 70 fue entendido por algunos como reaccionario, encaja perfectamente (tristemente, en verdad) con la visión posmoderna del mundo.

Podríamos aventurar entonces que la vigencia de Discépolo es transnacional, y ahora más activa que nunca. ¿Recuerdan la versión de Caetano Veloso, con algunos nombres cambiados? ¿O la de Joan Manuel Serrat, que enfervorizaba aquí y allá? Recientemente, también vio su aspiración universal el ensayista francés Pierre Vidal-Naquel en su libro Les assassins de la mémoire, una documentada denuncia contra el revisionismo neofascista que campea hoy en la escena historiográfica europea. El libro termina, de modo sorprendente para el lector argentino, con la transcripción completa de Cambalache. Para el historiador, el mundo fragmentado e inmoral del vieux bazar metaforizó de manera contundente la ambigüedad y el relativismo axiológico de nuestra época. ¿Triunfará la verdad? "¿La verité aura la dernier mot?".

No obstante las proyecciones internacionales de Discepolín, el gran tema de su vida y de su obra ha sido y sigue siendo el tipo de relación que logró establecer con la sociedad argentina. Nadie hizo algo similar. Hoy esta relación resulta evidente: sabemos que atraviesa gran parte de la historia argentina contemporánea. Maduró a través de los años, de modo sincrónico con los avatares del país. Lo tuvo al propio Discépolo como gran difusor, mediante sus intervenciones públicas. Creció geométricamente en la últimas décadas. Cuánto más anacrónicas resultaban las letras de otros autores, más actuales, por contraste, sonaban Qué sapa señor!, Yira...yira..., Tormenta, Tres esperanzas.


Enrique Santos Discépolo rodeado de Margarita Solá, Gladys Rizza y su compañera de toda la vida: Tania (vesre de Anita, su verdadero nombre)

Pero ese lazo tan estrecho entre una sociedad cambiante y multiforme y un conjunto de canciones no fue una creación fortuita, ni una triquiñuela del azar. Tampoco el resultado de una empatía inmediata entre un creador y su público. Lo que hoy nos resulta tan familiar como el idioma que nos une fue bastante resistido en sus comienzos. Podría decirse que, así como Discépolo fue producto de un tiempo y un espacio, en interacción con la sociedad que lo supo escuchar y entender, el autor y compositor "construyó" a su público, (nos) habituó a sus tangos, se hizo históricamente necesario.

Si bien exitoso en su tiempo, mimado y celebrado por la gente y una porción considerable del campo intelectual, Discépolo adquirió el aura de verdadero profeta nacional, muy por encima de todos los demás letristas, después de su muerte en 1951. Es cierto que, a su manera, se preparó para ello durante toda su vida. Pero fue creciendo de modo subterráneo, a contrapelo de circunstancias adversas, cuando él ya no estaba para defender celosamente su producción artística. En los cuatro años restantes de gobierno peronista, su nombre fue el de un prócer un tanto incómodo para los políticos. ¿Acaso no se sospechaba que Discepolín había muerto deprimido, después de aceptar hacer un programa radial de propaganda oficialista? Con el golpe del 55, el silencio fue absoluto. Quien había expresado la rabia y el escepticismo del argentino medio no podía despegarse de sus últimos años de adulación peronista. Fatal paradoja que, de haberle sucedido a otro, hubiera inspirado algún tango discepoliano.

Fue recién a mediados de los 60, en un renovado clima de ideas, cuando la figura y la obra de Discépolo empezaron a descongelarse. Una serie de notas periodísticas de José Barcia dieron cuenta de su vida, mientras Enrique Pichon Rivière y otros ensayistas le dedicaron al autor de Cafetín de Buenos Aires un número completo de la revista Extra, bajo el significativo título de "Discepolín. Aniversario para la angustia". Corría el año 1965 y se estaba operando un claro vuelco de algunos intelectuales a la poética del tango. La especie languidecía como fenómeno bailable y masivo, pero crecía su peso literario y cultural. La poesía de los 60 era muy sensible al influjo popular. Por su parte, Ernesto Sabato declaraba a Discépolo uno de los grandes poetas argentinos de todos los tiempos y Luis Adolfo Sierra y Horacio Ferrer escribían Discepolín. El poeta de Corrientes y Esmeralda, una detallada exégesis de los tangos y los avatares de una vida, aunque el texto omitiera mencionar los vínculos del biografiado con Perón.

Luego vino el trabajo de Norberto Galasso, Discépolo y su época, una reivindicación política —y por lo tanto muy parcial— del tanguero amigo de Evita. Tanto el silencio al que fue sometido Discépolo como tema en tiempos represivos como la entronización que conoció en otros momentos contribuyeron a la polémica y al mito. No faltaron las voces académicas convencidas de que Discépolo, nuestro Horacio del tango, era un mal ejemplo para los argentinos: derrotista, frustrado, cínico... Con similares argumentos, la dictadura militar llegó a prohibir la difusión de Cambalache por radio y televisión.

El creciente interés por las letras de tango, inicialmente apuntalado por Idea Vilariño y Noemí Ulla, estimuló la investigación en ese campo. ¿Cómo no llegar así a Discépolo? En su ensayo Enrique Santos Discépolo: obra poética, Osvaldo Pelletieri se atrevió a considerar a Discepolín por sus valores literarios y como parte de una tradición que había empezado con Celedonio Flores. Sin embargo, ninguna opinión más o menos calificada pudo mediar, positiva o negativamente, en esa relación tan confidente y directa entre un puñado de tangos y lo que podríamos llamar "la mentalidad argentina". En ese sentido, Discépolo es hoy tan clásico como el género del tango en su conjunto.

¡Vamos que todo duele, viejo Discepolín!

Sobre el mármol helado, migas de medialuna
y una mujer absurda que come en un rincón
tu musa está sangrando y ella se desayuna
el alba no perdona, no tiene corazón.
Al fin ¿quién es culpable de la vida grotesca?
ni del alma manchada con sangre de carmín
mejor es que salgamos antes de que amanezca
antes de que lloremos, viejo Discepolín!...

Conozco de tu largo aburrimiento
y comprendo lo que cuesta ser feliz
y al son de cada tango te presiento
con tu talento enorme y tu nariz.
Con tu lágrima amarga y escondida
con tu careta pálida de clown
y con esa sonrisa entristecida
que florecen en verso y en canción.

La gente se te arrima con su montón de penas
y tú las acaricias casi con un temblor
te duele como propia la cicatriz ajena
aquél no tuvo suerte y ésta no tuvo amor.
La pista se ha poblado al ruido de la orquesta
se abrazan bajo el foco muñecos de aserrín
¿No ves que están bailando?... ¿No ves que están de fiesta?...
Vamos que todo duele, viejo Discepolín!...

Homero Manzi

No fue un talento precoz. No en materia de tangos, al menos. Debutó como comparsa en una pieza de su hermano Armando en 1917, y desde ese momento se soñó a sí mismo como actor. Llegó a serlo, y estuvo entre los buenos. Pero no tenía el rigor de un Casaux ni el oficio de un Parravicini. La relación con Armando, el gran Discépolo de los años 20, fue difícil y a la vez necesaria. Sin Armando, ¿qué hubiera sido del debilucho y acomplejado hijo menor de Santo y Luisa? Con un gran autor a su lado, Enrique intentó ser dramaturgo —nunca de tiempo completo— con Páselo, cabo, sainete de influencia anarquista, y El Organito, feroz grotesco escrito a cuatro manos con Armando. Hubo otras piezas menores, pero tampoco en ese terreno, el de la escritura dramática, Enrique llegó a descollar. Si su vida pública hubiese terminado en 1925 o 1926, hoy de Discepolín sólo hablarían algunos historiadores del teatro.

Finalmente, en 1925, Discépolo sopesó seriamente la alternativa del tango. Colaboró con el dramaturgo José Antonio Saldías en Bizcochito, una pieza muy menor, y un año más tarde compuso su primer gran tango: Qué vachaché. A partir de ese momento, las cosas cambiaron definitivamente. Para él y para la canción porteña. Desoyendo las fórmulas fáciles del tango-canción que más y mejor encajaba con el gusto de la época, Discépolo intentó establecer un nuevo "pacto de lectura" con sus potenciales oyentes. Tomó el tema del abandono, tan caro a los sentimientos del tango, y lo convirtió en vehículo de crítica mordaz. "Piantá de aquí/ no vuelvas en tu vida/ Ya me tenés bien requeteamurada/ No puedo más pasarla sin comida/ ni oírte decir tanta pavada.../¿No te das cuenta que sos un engrupido?/ ¿Te crees que al mundo lo vas a arreglar vos?/ Si aquí ni Dios rescata lo perdido.../ ¿Qué querés vos? ¡Hacé el favor!".

Sin malevos retobados ni vecinos heridos de amor, sin pecadoras desalmadas ni bacanes altaneros, Discépolo planteó en Qué vachaché una situación axial inspirada en el ambiente bohemio que había conocido unos años antes de la mano de Armando. Ella lo echaba a él por inútil y soñador. Y por soberbio. La resignación final tenía una contundencia aforística que, con el tiempo, sería frecuente en el corpus discepoliano: "¡Qué vachaché! Hoy ya murió el criterio.../ Vale Jesús lo mismo que el ladrón". Rechazado la noche de su estreno en Montevideo, incomprendido tanto por el público como por los intelectuales a los que indirectamente citaba, aquel tango fue al fin aceptado con la versión teatral de Tita Merello y la discográfica de Carlos Gardel. Aunque esa aceptación llegó sólo después de la consagración que significó su primer gran éxito Esta noche me emborracho, en 1928.

Las principales líneas de su obra ya estaban expuestas antes de 1930, pero fue en la "década infame" cuando los tangos de Discépolo sellaron una alianza indestructible con el argentino medio. Mientras el romanticismo evocador de Homero Manzi definía el mundo del suburbio, de cara al campo y a la arcadia perdida, Discépolo se situaba, como Scalabrini Ortiz, en la encrucijada urbana: Corrientes y Esmeralda, o cualquier otra esquina del centro. Despojado de sus ilusiones de clase media, el hombre discepoliano alcanzó su máxima expresión en Yira...yira..., tango magistralmente interpretado por Gardel. Allí el porteño se podía identificar con la yiranta de la mala vida y acaso también con el flaneur abatido que siente el extrañamiento de su querida ciudad. Ya por entonces, el mundo discepoliano era el de la gracia perdida y el desencanto: "Verás que todo es mentira". El mundo era inestable por naturaleza. Nadie estaba a salvo de ser abandonado "después de cinchar", de encontrarse en la vía como un linyera, sin premios, sin recompensas, sin esperanzas.

Deslizándose entre la tragedia y la comedia, Discépolo había encontrado una manera de decir las cosas terriblemente argentina. Sus hipérboles y analogías, sus metáforas llenas de humor, sus apóstrofes llenos de rabia pero a la vez indulgentes resumieron el verdadero idioma de los argentinos. Más que por las situaciones y los personajes, sus tangos se adhirieron definitivamente a la memoria de toda una sociedad por sus hallazgos lingüísticos, por la violencia de su lenguaje. Con su estilo desmesurado, Discépolo se alejó de la idea canónica del poeta popular que dice las cosas bellamente para ingresar en una zona visceral de la comunicación. Venía del grotesco y se dirigió hacia un mundo musical y literario propio e irreductible. Tal vez por eso sus tangos —en especial los de su primera época— pueden hoy ser valorados después del rock, el punk y otros cortes abruptos. Aunque algunas letras reproducen los clisés del modernismo literario, el núcleo de la obra de Discépolo sigue apelando a la angustia del hombre moderno.

A fines de los años veinte, Dante Linyera lo bautizó "el filósofo del tango". Discépolo se hizo cargo de la definición. No tradujo mecánicamente sus lecturas de Schopenhauer y Pirandello a las formas breves de la canción, pero logró que sus versos transmitieran un cierto efecto filosófico, básicamente existencial. Apeló a los tópicos de la "alta cultura" de su tiempo: el automatismo de los arlequines, el juego de máscaras de la vida moderna, la prédica a un Dios ausente, la soledad y la alienación en el mundo moderno. No eran cuestiones ligeras, y en manos de otros autores hubieran desbordado, por incontinencia o petulancia, el horizonte de la canción popular. En cambio, Discépolo logró "bajar" esas inquietudes a tangos que fueron profundos sin ser densos, reflexivos sin dejar de ser cantables.

Desde su papel en el filme Mateo hasta su despedida en El Hincha, Discépolo cifró en el cine muchas de sus expectativas actorales. Pero las veces que se animó a dirigir no logró desarrollar sus ideas dentro de los límites de un buen guión. Su talento, más episódico que argumental, su agudeza para el destello poético, su incapacidad para entender la trama industrial de eso que solía llamar "el monstruo moderno" le permitieron plasmar algunas buenas escenas —generalmente musicales, como las de Cuatro corazones, su mejor trabajo para la pantalla— pero no una producción coherente que estuviese a la altura de sus mejores tangos.

No obstante las limitaciones de su cine y la discontinuidad de su teatro (Blum fue su último acierto), Discépolo cristalizó una imagen, fue una figura porteña —casi siempre al lado de su querida y conflictiva Tania—, un "caso" argentino involucrado, al menos en la creencia de sus seguidores, con sus tangos, especialmente los de su última etapa: Uno, Sin palabras y Cafetín de Buenos Aires, los tres escritos en colaboración con Mariano Mores.

Cuando hoy nos preguntamos por la clave de su trascendencia, no debemos desechar esa cualidad iconográfica. He ahí el Discépolo de los filmes y las fotografías, de las anécdotas y los rumores. Desde su papel de antihéroe nacional, Discépolo fue una estrella. Un intelectual-estrella, capaz de encarnar las historias de sus tangos valiéndose de su máscara de actor. Esto no sucedió con ningún otro autor de su generación.

Fuente: Clarín, 25/03/01


Retrato del eterno poeta del tango

Sus hallazgos de artista —entre maldito y mesiánico— desterraron del tango la cursilería e inmortalizaron el nombre de Enrique Santos Discépolo. A 55 años de la muerte del autor de "Cambalache", este retrato coral, que incluye sabrosos testimonios inéditos de Tania, su mujer, recupera la intimidad de un creador visionario y singular y analiza su compleja relación con el peronismo.

Por Edgardo Freijo

Fuiste lo único en la vida que se pareció a mi vieja", se atrevió a agradecer el compositor Enrique Santos Discépolo, de cuya muerte se cumplen hoy 55 años, al café de las-mesas-que-nunca-preguntan y un país coreó la imagen. No dijo, en cambio —es posible que no lo haya sabido— que Juan Domingo Perón asomó como la figura paterna más fuerte que se le acercara, ya adulto.

Profunda y compleja relación la de Discépolo y Perón, que se extendería a Eva Duarte y Ana Luciano (alias Tania). Con ellas conformaron las parejas amorosas más populares de la Argentina entre los años 30 y 1952, aunque la que condujo la nación excede toda frontera temporal. Ranking facilitado, claro, por el crónico celibato de Carlos Gardel. A Discépolo lo uniría con Perón y Evita una estrecha amistad, trazada por vías paralelas y discretamente boicoteada por Tania.

Nacido el 23 de marzo de 1901, Discépolo tuvo una niñez realmente dura que marcó lo que serían su poética, su metafísica, su vida. En 1906 falleció el padre, Santo, violinista italiano que llegó a dirigir bandas y orquestas, y a garabatear un par de tangos. Y en 1910 murió la madre, Luisa Deluchi. El chico de cuerpecito esmirriado debió irse a vivir con sus tíos: "Al acostarme me ubicaba en una posición fija y me exigía no moverme durante el sueño, tenía miedo de hacer algún ruido y que me echaran"— recordaría. A partir de 1913 vivió en la casa de su hermano el dramaturgo Armando Discépolo, donde se reunían escritores, plásticos y músicos socialistas y anarcos: Benito Quinquela Martín, Juan de Dios Filiberto, el escultor Agustín Riganelli y el dibujante Guillermo Facio Hebecquer.

El encuentro con Tania

El humilde, callado muchacho sabía escuchar. Pronto comenzó a escribir teatro, influido por la lectura de Luigi Pirandello. Enrolado en el grotesco, luego del éxito de El organito (1925), Enrique se volcó al tango. "Componer un tango no es cosa de payadores. He perseguido la idea madre de un tango con el rigor de los poetas clásicos. Tuve que rumiar, madurarla, darle vueltas y vueltas en el ventilador del mate antes de conseguir lo que buscaba", dijo alguna vez. Con tamaña entrega y su talento se convirtió en poeta mayor del tango, "un sentimiento triste que se baila", según su lúcida definición.

Fue Discépolo quien impuso imágenes de cruda violencia en los versos, los "desfranelizó" y desterró la cursilería con sus hallazgos de poeta entre maldito y mesiánico. Faltaba aggiornar melodía y armonía, y Astor Piazzolla le contó al tango cómo sonaba la música del mundo después de Hiroshima. Y hubo que hablar de música de Buenos Aires.

Discépolo conoció a Tania en 1931 la primera noche que pisó un cabaret: el Folies Bergere porteño. Acababa de escribir Esta noche me emborracho y ella lo cantó sin desprenderse de su estilo de cupletista. "Yo era la Madonna del año 30. Manejaba mi cupé y mi ambiente era el de grandes apellidos: Alzaga Unzué, Basavilbaso, Basualdo. Enrique tenía amigos intelectuales, aburridos y secos, no se salían del cafecito y el puchero. Era culto él, sí, pero en el fondo para mí era un actorcito. Me besaba la mano y mandaba flores, tantos ramos tiraba yo cada noche... Lo fui arrimando a mi gente, o sea que lo llevé por mal camino. Le enseñé a vivir a Chachi", evocaba Tania en una charla con este cronista, en 1995. Detrás de las veleidades de soberbia desilustrada surgió una confesión contradictoria. "Aprendí todo de él, creí en su talento, y cuando hubo que poner el hombro, empeñé mis joyas. Qué no hice por él. Le compraba dátiles, nueces, para que engordara, pero no había caso. Me arrancaba una protección casi maternal. Chachi —yo le puse el sobrenombre de un chico— me decía: ''Antes de ir a bombardear Japón los aviadores yanquis apenas comen un chocolatín; como yo no pienso bombardear a nadie, ¿para qué voy a comer?''".

La vida por Perón

En 1938, siendo Perón agregado militar a la Embajada Argentina en Chile, quiso conocer a Discépolo, de paso por Santiago. Perón había bailado tango con su primera esposa, María Tizón, placer que —quizá porque Perón nunca fue menemista— no se permitiría lucir en público. Se dice, además, que a solas tarareaba letras discepoleanas con un registro que orillaba el de Edmundo Rivero. Recíprocamente cautivados, tardarían en reencontrarse.

A mediados de 1944 el gobierno militar lanzó una campaña de censura de las letras de tango más desnudas y las lunfardescas. Delegados de SADAIC, Homero Manzi y Discépolo entrevistaron a Perón, entonces secretario de Trabajo y Previsión. "Si lo dejan, el lunfardo se va a morfar a la academia, coronel" —deslizó Enrique. Risotada de Perón y sentencia: "Van a tener que convivir". Ahí renació la amistad abierta en Chile y como eco inmediato Discépolo se mudó de su casa en La Lucila al departamento de Callao al 700.

El matrimonio con Tania mostraba en ese punto serias fisuras. A La Gallega se le atribuían furtivas relaciones paralelas. Ella pretendía explicar sus salidas: "Venían amigos a comer y cuando se iban, por ahí Chachi decía: ''Andá a dar una vuelta con los señores''. Entonces yo iba. Cosas de él...". Cuesta creer el chisme. El amor no era un juego para Discépolo, aterrorizado por la menor deslealtad y capaz de proclamar "soñé que era Jesús y te salvaba". "Actitud puramente creadora, nada era tan negro en su vida"—juzgaba Enrique Cadícamo. Tampoco Mariano Mores comulga con la imagen de fragilidad afectiva: "Uno se sentía tan seguro al lado de Enrique; yo lo escuchaba religiosamente, me enseñó todo lo que soy".

"Con sus amigos era otro tipo, ella no estaba a su altura" —separaba tantos Tita Merello. En el 45 Discépolo viaja a México en un barco de carga "para estar solo, pensar y probarme a mí mismo, apartado de todo". En el D.F. vive en el edificio donde se alojan Luis Sandrini y la Merello, por entonces, sólida pareja. En seguida crece un encendido romance con una mujer mexicana y casi todas las noches los cuatro comparten la cena.

Fue precisamente Tita quien confirmó que habían tenido un niño que posteriormente, ya adolescente, pretendería en vano —Tania contrató un ejército de abogados— ser reconocido como hijo de Discépolo.

Truco y política

En febrero de 1946 Perón es elegido presidente y Enrique Santos Discépolo regresó al país. Se hacen frecuentes las charlas y también se trenzan, mano a mano, en interminables, alegóricas partidas de truco. "Un día Perón cantó envido, Chachi grito real envido con un 6. Hasta el gato supo que mentía. Perón tenía 31, lo miró a los ojos y dijo no quiero. Nunca se lo conté, pero me reventaba eso de sobrar a Chachi", refería Tania un episodio del juego. ¿Lo sobraría Perón, o se limitaba a complacer, rasgo de ese paternalismo que no cesaba de ejercer hacia el rival truquero y también los 100.000 descamisados que encendían la plaza de Mayo?

Más allá del naipe, Perón escuchaba a Discépolo y esencialmente había medido con precisión la honda llegada al pueblo de su bronca, su humor, su poesía, la certeza con que siempre rescataba las palabras justas, ésas que el pueblo consideraba suyas. "Usted es un visionario. En 1932 escribió ''cachá el bufoso y chau, vamo a dormir'' y en el 34 en Buenos Aires se batió el récord de suicidios: 627 certeros y 355 que fallaron" —elogiaba Perón a un Enrique incrédulo de las estadísticas, no del arrugue ante el real envido.

La amistad con Eva

"Nos caímos bien de entrada, ella me gusta porque es auténtica, toda verdad" —celebró Discépolo al conocer a Eva en 1947. "Evita lo quiso a Chachi más que Perón", subrayaba Tania. Solían juntarse dos o tres noches por semana. "Venga a cenar", invitaba ella, pero ninguno de los dos probaba más de un par de bocados. Intercambiaron amarillentas fotos de Los Toldos y Parque Patricios, y descubrieron que de niños él había despreciado el fútbol y las bolitas, pero a ella le había encantado la ceremonia del hoyo y la quema tanto como las muñecas.

Contaba Discépolo que en "la humillante comunidad del conventillo, enmarcando el permanente corso de cucarachas, la lata era un trofeo y la rata, un animal doméstico", su timidez infantil se desangró para cicatrizar en costras de miedo y tristeza. Amargura, dolor, resentimiento, astillas de un odio de clase animaban a los inapetentes. Discépolo los traducía en poemas, Evita quería pelear por una vida mejor para su gente. Podría arriesgarse que la presencia de Perón debía alterar sus diálogos en la vigilia nocturna con escenografía de platos, copas y cubiertos inútiles (Discépolo bebía whisky, pero no estando con ella). Los dos habían padecido tempranamente la ausencia del padre, los dos se amparaban bajo la aureola protectora de Perón.

De todos modos Enrique Santos Discépolo era el único amigo que lograba arrancarle risas al cabo de quince horas de trabajo. Para ensuciar esa amistad se comentó que Eva Perón le había otorgado un permiso de importación de rulemanes, garantía de espléndidas ganancias en tiempos de posguerra. "Qué turro hay que ser para imaginarse a Discépolo metido a importador. Estoy seguro que nunca llegó a pronunciar la palabra rulemanes"— lo defendió José Barcia.

Dudas derrotadas

Enrique y Tania continuaban yendo a la quinta de San Vicente. La visión de esas reuniones de La Gallega era implacable: "Me aburría soberanamente yo. No comían, no tomaban y sólo se hablaba de alta política, todo en serio. De la familia mi único amigo era Juan Duarte, Juancito... Ese loco me divertía. Es que no éramos del palo de los sabihondos. Mire cómo ''lo terminaron'' al pobre Juancito. Lo pasaba regio con él. También con Jorge Antonio. No criticaban mi vida de artista. ¿O quién era yo: Tania de Arco?".

A la luz de la realidad política de 1951, el insistente requerimiento del presidente amigo hizo que Discépolo se entregara, sin plena convicción, a colaborar en la campaña electoral. Dudaba mucho en incorporarse a un partido político, acosado por sus raíces anárquicas que lo llevaban a desconfiar de los militares y su saberse genuina voz del pueblo y rebelde sin incondicionalidades. Mores y Cadícamo estaban de acuerdo: Enrique no era peronista y sí, amigo de Perón. Pero el presidente lo necesitaba y apretó el asedio.

Para servir al movimiento no había otro poeta y dramaturgo de la autoridad de Discépolo. Leopoldo Marechal y Castiñeira de Dios eran demasiado cultos y con cierta veta mística. Manzi venía del radicalismo y FORJA, y estimaba que Perón podía ser un seguidor del primer Yrigoyen, pero su apoyo era reticente. Leónidas Lamborghini aún no tenía 20 años. Enrique aportaba calidez a las charlas con Perón creando cuentos y fábulas.

Cadícamo rescataba una que a Perón le había causado mucha gracia. Un violinista, excéntrico musical, presenta a un empresario de circo su número de excéntrico musical. Coloca una tarima alta sobre una mesa, encima de ésta pone una silla, arriba de la silla, un taburete, y luego, violín en mano, se encarama hasta el último piso y acrobáticamente se para de cabeza abajo en la cima de la peligrosa plataforma. En esa posición comienza a tocar una melodía oriental. Al rato el empresario le dice que era suficiente. El artista le pregunta su opinión, entonces, sin mirarlo, el otro dictamina: "Si no fuera tan desafinado... Una lástima".

Días de radio

Aun sin un sí definitivo empezaron los encargos que él, de ser otro el origen, solía rechazar preservando su autonomía ideológica y literaria. Desde una nueva versión de El choclo a una serie de audiciones radiales para evocar momentos de su vida y su carrera, y de paso arrimar apoyo proselitista. Proyecto que culminaría con la aparición de Mordisquito, figura que representaba a un opositor ("contrera", en el lenguaje oficial), a quien desafía a no trampear en el análisis de la realidad de la "nueva Argentina". En los libretos iniciales colaboraron Abel Santa Cruz y Julio Porter. A Enrique no lo conformaban los textos y decidió meter mano. Con su pluma, lejos de su estilo, puso en acción enconos que no poblaban su alma. Sin odiar, hería a fondo. Había oficio y bronca. La oposición y muchos amigos y camaradas del ambiente artístico lo condenarían a perpetuidad. "La vocecita aguda, chillona, empezó a molestar a la gente decente", ironiza Norberto Galazo. "Enrique fue muy, muy feliz hasta que Perón le encargó lo de la radio. Lo puteaban por teléfono y quiso devolver, pero no estaba hecho para esas peleas, no resistió. Todos los días nos llegaban paquetes, adentro había discos con sus tangos rotos a martillazos y pilas de mierda, eso, mierda todavía caliente. Lo volvieron loco. Perón mandó los mejores médicos, pero Chachi se dejó consumir en su sillón. Murió de tristeza. A mí no me hubiera pasado", perdía la serenidad Tania al evocar aquellos días.

Discépolo escribe su último tango: Cafetín de Buenos Aires, con música de Mores. En la letra asoma, como si fuese un anuncio, el "me entregué sin luchar". Dato curioso: un verso de la letra, para muchos inolvidable — "de chiquilín te miraba de afuera"— fue aportado por un amigo extranjero de Enrique. El hallazgo fue de Arturo de Córdova, galán de Zully Moreno en el célebre culebrón de la época, Dios se lo pague. Se habían conocido en México, tierra de Arturo, y éste, de sólo escucharlo a Enrique, se trasformó en fervoroso tanguero.

La sentencia de Cafetín no se cumple todavía: antes del final sus enemigos lo van a balear sin asco ni piedad. Cadícamo contaba que Enrique le había dicho: "En media hora liquido cada audición, en una de ésas porque en el fondo me jode hacerlas". Personajes de la talla de Francisco Petrone, Arturo García Buhr y Orestes Caviglia cuestionan su adhesión al peronismo y terminan por negarle el saludo. Perón, además, lo pone al frente del Teatro Cervantes y Enrique admite que no sabe decirle no a su amigo.

A esta altura se dan tres sucesos extrañamente encadenados y con siete meses de distancia entre uno y otro. Acorralado por un cáncer y ya sin esperanzas, Homero Manzi le dedica a Enrique (con música de Troilo) el extraordinario tango Discepolín. En el último verso dice: "No ves que están bailando, no ves que están de fiesta, vamos, que todo duele, viejo Discepolín". Invitación a un encuentro no precisamente terrenal. Manzi muere en mayo de 195l. En diciembre del mismo año se derrumba Discépolo y Eva Perón envía una corona de flores en la que la clásica leyenda en letras doradas sólo dice: "Hasta pronto". Cita con sabor a deseo tan premonitorio como certero. En julio del 52 muere ella.

Flores de cabaret

Perón cita en sus discursos fragmentos de los diálogos con Mordisquito y ordena una discreta protección policial sobre Discépolo. Triunfa en los comicios y consigue la reelección, pero con escenas de violencia o calladamente, Discépolo se va quedando más y más solo. Y recurre al humor: "Si mi esqueleto sirve para algo, lo pongo a su disposición", le manda a decir a Perón ante el fallido golpe militar del general Benjamín Menéndez (setiembre del 51). La revista Mundo radial publica la que será foto postrera de Enrique. Se lo ve con un vaso de whisky en la mano. "Perón es la patria, Eva Perón es nuestra bandera, el puente para el goce pleno de esta felicidad tan criolla", declara. Al proclamarse la fórmula Balbín-Frondizi, Balbín acusa a Discépolo de "haberse vendido a la dictadura". Veintitrés años después, en el entierro de Perón, declamará que despide a un amigo. De Discépolo volverá a acordarse. Pero si alcanzó a consagrar la amistad con Perón, se diría que cabe sobreseer a Discépolo de la acusación de mercenario.

Aplastado por la soledad y la fiebre de Malta, Discépolo le anuncia a Perón su deseo de hacer un viaje a México y Europa. En un barco de carga, naturalmente, para que dure largo. Perón le pide que lo postergue y propone que esperen juntos la Navidad, como otros años, en la quinta de San Vicente. "Usted tiene que aplicarse inyecciones todos los días. Mejor quédese aquí hasta finalizar el tratamiento", presiona Perón. "Las últimas inyecciones me las van a dar en el sobretodo", bromea Enrique. Sintiéndose atado, invita a Mores a pasar tres meses, hasta el inalcanzable marzo del 52, en Pinamar. Pero Mariano debe extender una exitosa gira por Brasil. "Todavía hoy me pesa la culpa de no haber podido irme con Enrique, mi amigo, casi mi padre"— admite Mores. Discépolo fuma, no come, bebe un par de whiskies al día. El domingo 23 de diciembre su estado se agrava. Un hondo dolor le tajea el pecho, respira con dificultad. Se deja caer en su sillón. Será sin luchar, nomás. "Tengo frío", es lo último que dice. Llega Troilo, pero ya ha perdido el conocimiento. Muere a las 11 de la noche. En la capilla ardiente, montada en SADAIC, lo rodean el Gordo, Catulo Castillo, Quinquela y a las 2 aparece Perón. Al enterarse de la muerte, las bataclanas del Marabú juntan las flores de las mesas del cabaret y las llevan al velorio. Son las primeras flores, acaso las únicas que habría elegido. Sus criaturas no le fallan.

Ya casi un clásico de diciembre, se realizó recientemente en la ciudad de Rosario el Festival Experimenta 8 Teatro, organizado por el grupo El rayo misterioso que dirige Aldo El-Jalib. De la mañana a la noche hubo talleres, mesas redondas, seminarios y representaciones en la sala que el grupo rosarino tiene a pocos pasos del Paraná. "Se convoca a aquellos que trabajan con la actitud de grupo y una modalidad de investigación —especifica El-Jalib— y uno de los objetivos es generar espacios de reflexión. Cada grupo presenta su estética pero también su ética, su forma de ver el mundo, de sostener su espectáculo y de encarar la búsqueda". Acorde con sus palabras, las salas del Teatro El rayo fueron bautizadas Jerzy Grotowski y Antonin Artaud, primeras influencias (además de Tadeusz Kantor y Eugenio Barba) de locales e invitados, mayormente inscriptos en el llamado teatro físico. Aunque los grupos participantes aclaran que ya no siguen al pie de la letra las técnicas de aquellos antecesores y cada uno mostró un camino personal, sí coinciden en rescatar el espíritu y la ética del creador del "teatro pobre". No casualmente se realizó una charla de Rubens Correa acerca de Teatro Abierto.

El más antiguo y emblemático de los grupos participantes, Comuna Baires, fue en los 60 uno de los primeros en instalar en nuestro país el concepto de teatro-laboratorio. En esta oportunidad presentó una obra que ya lleva diez años, Amapola, y que según su director, Renzo Casali, surgió de "pensar la comicidad como el choque patético con una realidad que nos cuesta comprender". Casali sintetizó la tendencia de Experimenta con una frase: "El actor es un poeta que escribe con el cuerpo". Contó que da a los actores una idea pero no les dice cómo hacerla: "Cada actor la desarrolla desde su propia experiencia genuina". Comuna reside en Milan, visitó anteriormente nuestro país e incluso realizó giras por el interior. Se expresa en un particular cocoliche que su director explicó como una necesidad: "El grupo se formó pocos días antes del Cordobazo y luego editamos la revista Teatro 70. Cuando la Triple A secuestró a algunos integrantes, nos fuimos a Europa; los que se quedaron, desaparecieron. Vivimos diez años en gira permanente y se nos iban uniendo otro tipo de exiliados de otros países; lo primero que quita el exilio es la propia lengua, que es un paisaje mental y la posibilidad de poder contar algo a otro, por eso decidí que cada uno debía seguir hablando en su propio idioma, el teatro no es información sino expresión. Casali, que inauguró el Festival, ubicó también la ética en primer lugar: "Somos el único grupo en Europa que no pide ni acepta subsidios. El Estado tiene que garantizar lugares para hacer teatro, las condiciones, la técnica y la información; en el resto se debe ser absolutamente independientes. Cuando empezamos fue justamente porque queríamos repetir experiencias como las del Teatro del Pueblo o La máscara." Casali nació en Italia pero se crió desde niño en Argentina y estudió en Praga. Aquella formación checa y en una época en que Praga era un faro para el teatro lo convenció de que "deberíamos cambiar la idea del crítico por la del dramaturgo, un teórico que acompaña todo el proceso de la obra desde su gestación y puede aportar una mirada desde adentro; el crítico lo ve desde afuera y una sola noche que puede ser mala". En cuanto a nuestro país, que de algún modo es suyo también, se lamentó de encontrar "un empobrecimiento del lenguaje, una reducción del esfuerzo de creaciones complejas, en todos los niveles. " Este grupo pionero debatió en el encuentro con otros nuevos y de integrantes jóvenes que en cambio interpretaban la reducción como búsqueda de menos ampulosidad y de mayor naturalidad, aunque una idea no excluye la otra. Entre los argentinos se encontraban el grupo cordobés Acto, los rosarinos Ruega por nosotros y Punto 0 y los bonaerenses Mondo Pasta, Tiempo de Teatro y Filumena. Cada grupo presentó el desmontaje de su obra, es decir el análisis del proceso desde su comienzo, y en lo que todos coincidieron fue en una dramaturgia posterior y no previa, tendencia que se corroboró en el Seminario "Dramaturgia y sus múltiplos", del brasileño Albemar Araujo, y en el Taller de dirección dictado por la mexicana Claudia García Villa. Además de Comuna, los grupos que generaron mayores expectativas fueron el finlandés The mime centre y Escena de Caracas; este último presentó Arbol que crece torcido, basada en el libro homónimo de poemas de Rafael Castillo Zapata. "Desarrollamos coreografías para el cancionero del 50, que estaba implícito en los poemas —detalló Miguel Issa, director invitado por este grupo venezolano que lidera Delbis Cardona—; a la vez leímos Fenomenología del bolero; sintetizamos imágenes a partir de fotos personales y ajenas, y por separado decíamos los textos según nuestras partituras corporales. Luego, como en un rompecabezas, las piezas que funcionaban se fueron uniendo. El montaje final lo realiza cada espectador."

Reveladora fue la experiencia relatada por Nixon García, director del Festival Internacional de Manta, Ecuador: "Cuando comenzamos no había teatro en nuestra pequeña ciudad costera. No sólo hicimos el esfuerzo de formar el grupo La trinchera, también generamos un público y una necesidad. El Festival ya tiene 19 años y logramos que la universidad y la municipalidad dieran espacio y apoyo para nuestra tarea docente con que formamos casi cincuenta chicos por año."

Fuente: Clarín, 23/12/06


Discépolo, de la década infame al estatuto del peón

Por Osvaldo Vergara Bertiche

Ilustración: Ricardo Ajler

Hace 55 años, en 1951, gambeteándole a la muerte por algunos meses hasta el 23 de Diciembre, Enrique Santos Discépolo, decide "jugarse entero" explicando el peronismo, sin alegorías, sin interpretaciones complejas, desde Radio Nacional, en el programa "Pienso y digo lo que pienso".
Discépolo habla de peronismo mientras lo vive. Manifiesta, así, su apoyo al gobierno que venía a redimir las décadas que también él las vivió, que las contempló y que contempló la angustia de muchos, "el hambre de los otros, la injusticia de los postergados y la tristeza infinita de vivir en la tierra que lo ofrece todo para que los más no tengan nada. Esa injusticia que orilla por las calles de los pobres...".

Es en esos tiempos que le empezó a doler la "cicatriz ajena".
En estos otros momentos, distintos, muy distintos, en la historia de los argentinos, "la exclusividad de los umbrales han vuelto a tenerla los novios; ahora no hay limosneros en los umbrales, ni en los andenes, ni en los cementerios. A los limosneros se los podía encontrar en un pasado cruel y desaprensivo". (Mordisquito, Audición IV)
En la Década Infame (1930/1940), expresión que debemos al periodista tucumano y agitador de rebeldías, José Luis Torres, quien sintetizó como nadie el país real, Discépolo decía, como símbolo de la ruptura del tejido social de la solidaridad:

Cuando la suerte que es grela, / fallando y fallando / te largue parao...
Cuando estés bien en la vía, / sin rumbo, desesperao...
Cuando no tengas ni fe, / ni yerba de ayer / secándose al sol...
Cuando rajés los tamangos / buscando ese mango / que te haga morfar...
La indiferencia del mundo / que es sordo y es mudo / recién sentirás.
Verás que todo es mentira, / Verás que nada es amor...
Que al mundo nada le importa... / Yira... Yira...
Aunque te quiebre la vida, / aunque te muerda un dolor, / No esperes nunca una ayuda, / ni una mano, ni un favor.
Cuando estén secas las pilas / de todos los timbres /que vos apretás.
Buscando un pecho fraterno / para morir abrazao...
Cuando te dejen tirao / después de cinchar, / lo mismo que a mí...
Cuando manyés que a tu lado / Se prueban la ropa / que vas a dejar...
¡Te acordarás de este otario / que un día, cansado, / se puso a ladrar!

Y cansado de ver tantas injusticias, no solo ladró sino que mordió rabiosamente cuando en 1951, expresa: "¿Por qué no pensás un poco vos también? Yo no te pido que inventés una escuela filosófica o que leas a Einstein y te vayas a dormir con el teorema puesto. Yo te pido que abandones tu posición de terco y pienses... pienses en lo que estaba pasando y en lo que pasa ahora. Tenías una patria como una rosa, pero esa rosa no perfumaba tu vida sino que estaba deshojando en el ojal de los otros. Ahora la solapa de tus enemigos está vacía y la rosa es tuya..." (Mordisquito, Audición VII)

"Para alcanzar lo que se está alcanzando hubo que resistir y que vencer las más crueles penitencias del extranjero y los más ingratos sabotajes a este momento de lucha y de felicidad". (Mordisquito, Audición II)

"Estamos viviendo el tecnicolor de los días gloriosos..." (Mordisquito, Audición V)

En 1934, en "Quién más, quién menos", ve desfilar ante sus ojos, la miseria de la mujer explotada:

Te vi saltar sobre el mantel, / gritando una canción...
y obscena y cruel, en tu embriaguez, / ya sin control mostrar
- muerta de risa - al cabaret tu desnudez...
...bizca de alcohol... pisoteando al zapatear, / entre los vidrios tu ilusión!...

17 años después, diría:

"Que la mujer nos guste es una de las costumbres más bellas que Dios nos puso dentro. Claro unos están más acostumbrados que otros, ¡pero la costumbre es de todos! Desde el enamorado tropical que la pregona con un mambo hasta el esquimal que ama con el pingüino puesto.

Si la mujer embellece nuestra vida, ¿cómo podríamos soportar la explotación de aquellos tiempos superados y cómo podríamos no agradecer estas leyes justas y dignas de una sociedad culta, que ahora protegen su delicado esfuerzo; estas leyes, mirá, que a veces más que ser leyes parecen piropos?

Dignificando a la mujer, de rebote mejoramos la dignidad de los hombres, porque no me digas que el respeto hacia la mujer querida – que es tu madre, tu novia o tu esposa – no es respeto que se te ofrece a vos también". (Mordisquito, Audición XVII)

En aquellos otros tiempos dice en "Tormenta"

Yo siento que mi fe se tambalea,
que la gente mala, vive
¡Dios! mejor que yo...

Desde 1946, esto había cambiado. Y a raíz de una supuesta carta anónima, que le atribuye a Mordisquito (Audición IX), le contesta: "Tirás y, lógico, escondes la mano. Todos los ingredientes del resentimiento se mezclan en el magro pucherete de tu carta: la envidia, el rencor, la sin razón, la injuria. Ingredientes que resumen una sola resultante: tu rabia. Una rabia de pichicho que no puede morder su propia cola y entonces ladra de este modo: claro vos hablas bien porque estás acomodado. Para vos todos los que comprenden que el país transita un destino de bienestar y de justicia están acomodados. ¿Y sabés una cosa? ¡Sí! Tenés razón. Francamente, mirá, estamos todos acomodados.

Desde los pibes, para quienes se viene construyendo una escuela por día...

Y también están acomodados los muchachos, aquellos que antes vendían diarios, que tienen ahora cientos de escuelas de enseñanza técnico-profesional y enseñanza universitaria gratuita.

Y también se acomodaron los obreros, los laburantes de nuestra sufrida carga y la clase baja de tu irreflexiva soberbia, que aumentaron al triple sus jornales y lograron la dignificación del trabajo. ¿Te das cuenta que todos estamos acomodados?...

Es brutal el acomodo. Se acomodó la salud y el bienestar general...

Estamos todos acomodados... y no me vas contar que no entraste en el beneficio de esta generala servida".

Ahora, no sólo los malos vivían bien; y la fe, Discépolo, la reencuentra y la transmite con atrevida y filosa lengua.

"Tres esperanzas", su tango de 1933, es quizás un símbolo. Ganas de olvidar un pasado de desventuras y miedo al porvenir. Soñaba, pero ese presente, impedía tener sueños de justicia, le hacía un gil. El futuro era adverso, no se vislumbraba cambio alguno.

No tengo ni rencor,
ni veneno, ni maldad...
son ganas de olvidar,
terror al porvenir...
Me he vuelto pa´ mirar
y el pasao me ha hecho reír.
¡Las cosas que he soñao!
¡Me caché en dié, qué gil!

Con la llegada del peronismo, "¿No son más dignos y más hermosos estos momentos que aquellos?". (Mordisquito, Audición XIV)

"Desde todos los vértices de este triángulo de felicidad que es la Argentina se derramará el río estupendo de los que no vienen a buscar una esperanza sino a mantener una realidad". (Mordisquito, Audición XXVIII)

Pavorosamente solo...
como están los que se mueren,
los que sufren,
los que quieren...

En "Martirio" de 1940, la soledad sigue siendo un tema central de la filosofía discepoliana.

Pero, ahora arremete, desenfunda su indignación y exclama:

"... vivís en un mundo que nunca tuvo ni expectativas ni angustias. Pero había otros viejos, Mordisquito, los tristes y los solitarios, los que giraban lentamente para mirar el camino recorrido y se hacían esta pregunta sin esperanzas, esta pregunta inhumana y terrible: ¿Para qué caminé? ¿De ese camino, qué me queda? ¿Qué quise tener, qué soñé tener y qué tengo ahora?

Ahora... "¡Miles de ancianos salvados de la infamia y del hambre, techo para todos, pensiones a la vejez, descanso y respeto en sus útimas horas, y no la limosna sino la dignidad, y no el asilo sino el hogar!". (Mordisquito, Audición XXXV)

Enrique Santos Discépolo, que en 1947, pusiera letra definitiva al tango de Ángel Villoldo, "El choclo", verdadera síntesis de la historia de nuestra música ciudadana, nos dice que "ardió en los conventillos".

El tango "mezcla de rabia, de dolor, de fe, de ausencia" nació en los arrabales, en los barrios.

Barrios "... estos que yo recorro. No son aquellos de antes. No, no creas que voy a hablarte en nombre de la nostalgia y que voy a evocar melancólicamente la zanja cargada de ramas impermeables, ni el potrero adonde íbamos a comer el huevito de gallo o el farol que apuntaba las espaldas dramáticas del gaucho. No, no; lo mío tiene otro sentido. ¿Sabés lo que es lo mío?. Un viaje a través de la geografía arrabalera, un viaje que no pretende encontrar algo, sino al contrario: pretende... no encontrarlo....

Yo me meto en el barrio, corazón adentro, y, después de recorrerlo, te pregunto ¿está el conventillo? ¡Y no, no está, claro que no está! ¿Me entendés ahora?. Yo no quería encontrar más el conventillo, y no lo encuentro. Toda aquella miseria organizada fue barrida por otra organización. ¡La del amor! ¡¿Cómo?! ¡¿qué a vos te gustaba más aquello?! No; puede ser que te gustase como elemento pintoresco, pero no como medio de tu propia vida. El suburbio de antes era lindo para leerlo, pero no para vivirlo. Porque a mí no me vas a contar que preferías el charco a la vereda prolija y que resultaba más entretenido el barro que el portland...

Durante años y años los inquilinos del suburbio vivieron aquella comunidad absurda. La humillante comunidad del conventillo. Una oxidada sinfonía de latas. Toda una intimidad doméstica al aire, un verdadero festival para la profilaxis, ¡un mundo donde el tacho era un trofeo y la rata un animal doméstico!

Vos nunca te habías metido en el laberinto del inquilinato, en la prosa infamante de aquellas cuevas con la fila de los piletones, el corso de las cucarachas viajeras y las gentes apiladas no como personas sino como cosas. Vos conocías el barrio de los tangos, cuando los tocaba una orquesta vestida de smokin. Por eso no puede conmoverte como a mí este desfile de las casitas dignas, que hacen flamear la banderola roja de un techo, el trapo verde y fragante de los jardines bien cuidados". (Mordisquito, Audición XI)

Discépolo vivió dos realidades, la de La Década Infame y la otra, cuando se pone en vigencia El Estatuto del Peón, la dignidad de los más que tenían menos.

Y por eso fue como fue. ¿Exagerado? ¿Destemplado? ¿Crudo? ¿Sectario? ¿Dogmático? ¿Injuriante? ¿Intolerante? ¡NO!

Cuando quién había ganado las elecciones más democráticas en la historia de los argentinos y contra todo el arco opositor unido, era tratado de "tirano" y las mayorías populares que le dieron el triunfo eran "el aluvión zoológico", toda desmesura fue un recurso.

Al fin y al cabo, cuando hay dos proyectos, uno de Nación y el otro de entrega, dependencia y explotación, los tonos del debate resultan destemplados.

Después de 55 años, a Discépolo lo seguiremos escuchando, porque "voy a estar en el grillo de tus noches, en la canilla que gotea, en el ropero que cruje a medianoche, en el humo final del pucho que apretás rabioso contra el cenicero, en el chas-chás del cinc cuando llueve, en todos los pequeños ruidos de la obsesión, allí voy a estar, persuadiéndote".

"Aunque me marche, como me marcho ahora, se que seguirás oyéndome..." (Mordisquito, Audición XXXVII)

Diciembre 2006

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