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Eterna Cadencia   |  Julia Bownland   |   La Máquina del Tiempo

El escritor Antonio Di Benedetto nació en Mendoza el 2 de noviembre de 1922. Luego de cursar algunas materias de abogacía, se dedicó al periodismo: fue subdirector de los diarios Los Andes y El Andino y corresponsal de La Prensa. En 1953 publicó su primer libro de cuentos, Mundo animal, al que le siguieron, entre otros, El Pentágono (1955), Zama (1956), El cariño de los tontos (1961), El silenciero (1964), Los suicidas (1969).

Su literatura se encuadra en un sistema narrativo que, si bien responde a cánones de filiación realista, registra los desvíos y las nuevas formulaciones de la renovación de los años sesenta. Promueve una literatura alejada de todo regionalismo o pintoresquismo al sostener una perspectiva urbana sobre una temática y un ambiente regional. Obtuvo numerosos premios y distinciones internacionales: el gobierno italiano lo condecoró como Caballero de la Orden de Mérito (1969), fue designado miembro fundador del Club de los XIII (1973) y recibió la Beca Guggenheim (1974). En 1976, pocas horas antes del golpe militar, fue detenido por el Ejército y sometido, durante un año y medio, a cárcel y torturas.

Fue excarcelado el 4 de septiembre de 1977 y se exilió en Estados Unidos, Francia y España. Regresó definitivamente al país a finales de 1984.

Murió en Buenos Aires el 10 de octubre de 1986.


Bibliografía

"Mundo animal". Cuentos. Antonio Di Benedetto, Editorial Fabril, Buenos Aires, 1953.

"El pentágono". Cuentos. Antonio Di Benedetto, Ediciones Doble P, Buenos Aires, 1955.

"Zama". Novela. Antonio Di Benedetto, Ediciones Doble P, Buenos Aires, 1956.

"Declinación y Ángel". Cuentos. Antonio Di Benedetto, Editorial Inca, Mendoza, 1958.

"El cariño de los tontos". Cuentos. Antonio Di Benedetto, Goyanarte, Buenos Aires, 1961.

En este breve audio, grabado en España, Antonio Di Benedetto reflexiona sobre la construcción de la figura del exiliado.

 

"El silenciero". Novela. Antonio Di Benedetto, Troquel, Buenos Aires, 1964.

"Los suicidas". Novela. Antonio Di Benedetto, Sudamericana, Buenos Aires, 1969.

"El juicio de Dios". Antología. Antonio Di Benedetto, Orión, Buenos Aires, 1975.

"Absurdos". Cuentos. Antonio Di Benedetto, Editorial Pomaire, Barcelona, España, 1978.

"Caballo en el salitral". Cuentos. Antonio Di Benedetto, Bruguera, Barcelona, España, 1981.

"Cuentos del exilio". Cuentos. Antonio Di Benedetto, Bruguera, Buenos Aires, 1983.

"Sombras, nada más". Novela. Antonio Di Benedetto, Alianza, Madrid, España, 1985.

"Páginas escogidas". Antología. Antonio Di Benedetto, Sudamericana, Buenos Aires, 1987.
 


 

Sobre el arte de la espera

Por Juan Sasturain

Ayer (6 de mayo de 2012) se recordó, en la Feria del Libro y en el día en que la provincia de Mendoza tuvo su espacio y su momento para hablar de sus creadores, a Antonio Di Benedetto. Un escritor literalmente extraordinario. Fue un homenaje y un gesto de reconocimiento afectivo e intelectual para un narrador sin par no sólo en el campo de nuestra literatura sino en la extensión de la lengua toda. E incluso –yendo un poco más lejos– en la dimensión universal de las letras del siglo XX.

Para hablar de Di Benedetto se puede recurrir al pretexto de los aniversarios –se cumplen este año noventa de su nacimiento en 1922, los veinticinco que ya pasaron hace muy poco de su muerte en 1986, o los sesenta de su primer libro, los cuentos de Mundo animal–; se puede recortarlo generacionalmente y sacar conclusiones o tirar líneas –tenía ocho menos que Cortázar y cinco más que Walsh y siete más que Viñas– y finalmente se lo puede tratar de ubicar según dos pautas o criterios que están ahí, a disposición del encasillamiento crítico: por el lugar donde vivió más de medio siglo y desde donde escribió la mayoría de su obra, lo que llamaríamos su región de pertenencia, Mendoza; y, finalmente, por su alineamiento o desalineamiento (si cabe) dentro, fuera o tangente de las diferentes corrientes estéticas o modalidades de escritura narrativa de su país, su tiempo y su lengua; y ahí se suele decir que su literatura fue y es experimental, una categoría ambigua pero sugerente de su singularidad.

Este concepto conduce casi indefectiblemente a subrayar su condición de adelantado, practicante periférico, más o menos espontáneo o consciente, de algunas de las grandes novedades en las formas del relato universal de la segunda posguerra. Por ese camino, se destaca la excepcional modernidad del procedimiento narrativo en algunos de los primeros relatos de los años cincuenta –como “El abandono y la pasividad” o “Declinación y Angel”– que demostrarían su condición de precursor o compañero de escuela de los autores del nouveau roman francés. Y también, a partir de esos mismos textos, se suele señalar su estrecha y consecuente relación con los modos narrativos del cine. Se destaca habitualmente, además, la cercana filiación de sus tres novelas principales –Zama (1956), El silenciero (1974) y Los suicidas (1979)– con la narrativa existencialista de los novelistas filósofos franceses, el Sartre de La náusea y sobre todo el Camus de El extranjero. No es poco para un escritor y periodista cuyano que –como escritor– recién vino a Buenos Aires en el 58 –y no antes– y sólo cuando Borges lo invitó a dar una conferencia sobre literatura fantástica en la Biblioteca Nacional.

Di Benedetto básico

Antonio Di Benedetto nació en Mendoza el 2 de noviembre de 1922. Luego de cursar algunos años de abogacía, se dedicó al periodismo. Fue subdirector del diario Los Andes, y corresponsal del diario La Prensa.
Publicó los libros de cuentos "Mundo animal" (1953), "El pentágono" (1955), "Cuentos claros o Grot" (1957), "Declinación y Angel" (1958), "El cariño de los tontos" (1961), "Two stories" (1965), "Los suicidas" (1969), "El juicio de Dios" (1975), "Absurdos" (1978), "Cuentos del exilio" (1983); y las novelas "Zama" (1956), "El Silenciero" (1964) y "Sombras, nada más" (1985).

Recibió numerosos premios y distinciones por su labor: el gobierno italiano lo condecoró como caballero de la Orden de mérito en 1969; en 1971 recibió la medalla de oro de Alliance Française; en 1973 fue designado miembro fundador del Club de los XIII, y un año después recibió la Beca Guggenheim.

En 1976, pocas horas después del golpe militar, fue secuestrado por el ejército. Golpeado y destrozado anímicamente, fue excarcelado el 4 de septiembre de 1977 y se exilió en Estados Unidos, Francia y España.

Regresó definitivamente a la Argentina en 1985. Falleció meses más tarde, el 10 de octubre de 1986, en Buenos Aires.

En fin, sea cual fuere el criterio para abordarlo, la cuestión es que Di Benedetto zafa, no calza con comodidad, exige salvedades y aclaraciones. Es, si cabe, un escritor, un caso de radical excentricidad. Pero no es excéntrico por voluntad aparatosa de rareza y figuración. Todo lo contrario: Di Benedetto hizo de la reticencia, del pudor y del secreto un dogma de conducta y una contrarreceta de escritura. Su excentricidad es esencial y literal: nunca se manifestó (escribió, publicó) desde el centro (el foco de irradiación e iluminación) sino que hizo de los espacios distantes, laterales o menos frecuentados, su hábitat natural. Quiero decir: Di Benedetto estaba siempre ahí, pero nunca estuvo ni mucho menos posó para la foto. Los regionalistas, la generación del 55, la novela histórica, el boom latinoamericano, los exiliados de la Dictadura. Nunca escribió de / sobre y cómo se usaba en su momento y contexto más cercano sino que produjo lo suyo sin mirar a los costados inmediatos, o sí, pero consciente de que lo suyo era otra cosa. Siempre atento a lo que estaba más lejos y más adentro, si cabe.

Por eso también, consecuentemente, y en términos temporales, Di Benedetto ha sido y sigue siendo objeto de operaciones en diferido: reeditado y en librerías, reconocido por la crítica, recuperado públicamente por las instituciones, reacomodado en el canon. Ahora –como siempre– necesita ser leído y / o releído, que es otra cosa. Es peligroso convertirse o tener un destino al menos ocasional o transitorio de escritor para escritores. La cadena de equívocos que dispara la extrañeza de una primera aproximación desprevenida no debe impedir el contacto: leer a Di Benedetto es una aventura literaria y existencial que merece emprenderse desde cualquier lugar que se parta. La relativa incomodidad es la de los hermosos zapatos nuevos que no podremos, que no nos querremos sacar nunca.

Sin embargo, hay mejores lugares que otros por lo que empezar a entrarle. Están algunos de los cuentos memorables ya citados acá o algunos más claros –en su nomenclatura– como los tantas veces antologados “Aballay”, “Caballo en el salitral” o “El juicio de Dios”. Pero sobre todo está Zama, esa obra maestra absoluta, recomendada puerta de entrada y piedra de toque de toda su obra.

Cuenta la leyenda literaria que el por entonces joven periodista, crítico de cine y narrador casi secreto Antonio Di Benedetto escribió Zama en un mes. El también lo ha contado, prolijamente. Tenía treinta y tres años, trabajaba en Los Andes de su Mendoza natal y estaba de vacaciones en Córdoba. Se puso, y prácticamente la liquidó tecleando durante dieciocho días en “una casa vacía”. Con una semana larga más, ya de vuelta en el diario y robándole tiempo y escritorio al laburo –como su personaje Manuel Fernández–, la terminó. Zama se publicó a los pocos meses en una editorial chica que sacaba nuevos narradores, en general provincianos: Doble P. Era en 1956. Por esos meses/años también publicaban buenas primeras o primerizas novelas los jóvenes o maduros David Viñas, Marco Denevi, Andrés Rivera, Beatriz Guido, Enrique Wernicke y algún otro pronto reconocible. Sin embargo, los relatos más poderosos que el tiempo ha decantado para el momento, y los debutantes, son tres textos que, cada uno a su manera, resultaban marginales y prácticamente “invisibles” para el sistema narrativo vigente: Operación Masacre de Walsh, El Eternauta de Oesterheld y el increíble, extemporáneo Zama. Que no se parece a nada.

El monólogo de un funcionario colonial anclado en una entrevista Asunción que, víctima de la espera –como el coronel de García Márquez o el protagonista de El pozo– termina hundido en la degradación, el sinsentido o, mejor, en su trágico “destino sudamericano”, rompe con todas las expectativas de una supuesta novela “histórica” o “regionalista” para establecer un cruce inédito de esos clichés con ciertas formas contemporáneas –la citada novela existencialista– pero sin rastro de modelo alguno, sin “traducir” conflictos filosóficos en ficción. Bastan la invención prodigiosa y el rigor del estilo para hacer de Diego de Zama un trágico destino universal.

Como explicó alguna vez Bioy para describir el estilo de La invención de Morel, la aparente simplicidad y las frases cortas de Zama fueron, según Di Benedetto, una manera de no complicarse, hacerla corta, correr menos riesgos de errarle al escribir apurado. Parece chiste. La (modesta) explicación, digo. Porque como ha dicho Saer, que lo leyó bien desde siempre, que le dio lugar a la novela en el podio americano y universal antes que otros, hay en su escritura un sello tan flagrante como el borgeano, una manera Di Benedetto reconocible en pocas líneas. Y esa marca se hace huella en y a partir de Zama. La lengua construida, imaginada para contar una historia alevosamente fechada, es un coloquial elíptico, ascético pero condensado de alusiones, a saludable contrapelo del “torrencial” americano. Es el camino de Rulfo y de Felisberto Hernández, dos referencias que ponen a Di Benedetto en un lugar que no le queda chico.

Su destino de escritor –como el de Diego de Zama– ha sido el de la espera. Y ha esperado con arte y ha hecho un arte de la espera. Nos esperaba a nosotros, claro. A quién, si no, espera un escritor.

07/05/12 Página|12


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“Lentamente estoy volviendo del exilio”

Ocho meses después de su regreso al país Jorge Halperín le realizó esta entrevista que, bajo el título “Lentamente estoy volviendo del exilio”, gira en torno de los principios estéticos de su literatura y de los largos años de exilio. Publicado en Clarín el 14 de julio de 1985.


Entrevista por Jorge Halperín,

Vladimir Nabokov comparó el trabajo del escritor con el de la Naturaleza. Dijo que la Naturaleza tiene un maravilloso sistema de engaños y sortilegios y que el escritor lo reproduce y actúa como un gran embaucador. ¿Usted se siente un embaucador?

–En la medida en que en algunos relatos he cultivado la picaresca, puede ser. Desde luego que en cuanto hay cosas inauténticas, pero que uno puede aceptar como verosímiles, el trabajo del escritor tiene mucho de embaucador, claro que sin una connotación moral represiva. Creo que Borges encontró una fórmula: dice que el autor escribe sobre lo que descree para hacer que lo crea el lector. Lo fantástico es así.

–Usted construye literatura fantástica con personajes carnales. ¿Por qué?

–Es la fuga de la realidad. A mí la realidad siempre me maltrata, me ha dado una vida bastante dura, atormentada. No se puede convocar a la irrealidad para que gobierne nuestra vida cotidiana, pero sí se puede buscarla como consuelo mediante los sueños. Y la otra forma de alcanzar la irrealidad es mediante la literatura fantástica. Entonces, ya no nos queda solamente el consuelo de la noche para soñar. Uno ingresa al cuento y puede llegar hasta el cuello en su ahogo, pero no se muere.

–¿Cuáles son las reglas del sueño?

–Reglas no tiene, sino características. Los rasgos del sueño son la incoherencia, la precipitación de los sucesos, a veces sin gobierno, los finales abruptos que lo dejan a uno con el sueño colgado y la espada sobre la cabeza. A veces, son anuncios tétricos de una visión sobrenatural.

–Su última novela Sombras nada más, se construye a partir de los sueños.

–Yo he tratado de darle una relativa forma novelística. El cauce mayor es una reunión de sueños para los que me ejercité escribiendo un par de cuentos y busqué lo que llamo el sueño inducido.

–¿Qué es?

–Creo que se puede llegar a soñar lo que uno quiera por una necesidad espiritual muy grande de evadirse hacia ese sueño o de reencontrar en él a una persona.

–¿Es una experiencia real?


Este video es uno de los escasos registros audiovisuales donde es posible reencontrarse con el escritor. Di Benedetto recuerda una anécdota de su niñez que preanuncia su destino de periodista y escritor.
Fuente: Audiovideoteca de Buenos Aires

–En algún momento tuve la impresión de que yo me había inducido y había conseguido hacer tales o cuales cosas en el sueño o provocar la aparición de tales o cuales cosas. En un cuento que traje de España relato la necesidad del reencuentro con mi madre fallecida y cómo se va transformando el paisaje o la cantidad de personas que ella frecuentaba, o sus visitas a mi departamento de la calle Fundadores. Y yo escribía de inmediato, como cuando viví en un bosque de New Hampshire, Estados Unidos. También soñé con mi padre, que se escapaba de la tumba y, como lo había hecho en vida, se dedicaba a perseguir mujeres y cometer infracciones. Y yo tenía que atarlo con una cuerda a la tumba para que anduviera pero no tanto, y yo pudiera educarlo, adoctrinarlo.

–¿En la vida de vigilia también siente que tiene un mandato de enseñar y adoctrinar?

–En política, la única participación que tuve fue una muy breve en el Partido Socialista de Alfredo Palacios y pensé que tantos milenios de trampas y miserias cambiarían si se daba una fuerte conciencia moral. También lo propugné como profesor.

–¿Piensa que tiene alguna misión?

–Hablar de misión sería demasiado grande. Yo lo llamaría preocupación ética que, creo, existe en todos mis libros.

–Me hace evocar una anécdota mencionada en un reportaje que le hicieron: decía que en su despacho de director del diario Los Andes tenía una botella de alcohol para lavarse las manos después de saludar a quienes venían a verlo.

–Es que las manos son una parte especial del ser humano, pero lo que uno toca y hace con ellas no siempre es bello. Los crímenes que se cometen con las manos, lo que se ensucia con ellas. Y... aunque no lo haga con las manos, su piel se contamina a tal extremo que la representación más descarnada es la de las manos. Es por donde recibe a la gente, o sea por la mirada y por las manos.

–Es una visión muy particular.

–Fíjese: cuando nos cruzamos con alguien por la calle, le adivinamos los designios con sólo observar dónde posa su mirada o qué frescura o limpidez tiene, o qué grado de condensación hacia la amargura o qué sedimentos de tristeza carga. La mirada indica todo eso. Y luego, la mano es corroboración de todo lo malo, porque suele ser un puño abierto.

–Es como mirar al hombre en posición hostil.

–Lo común es que el hombre se esté clavando las uñas para no clavárselas a los demás, no porque no quiera sino porque no se lo permite. En vez de destrozar al otro con la mano abierta, cierra el puño anímicamente, simbólicamente.

–¿El hombre tiene como condición usar las manos para dañar?

–Las manos como síntesis de toda la capacidad corporal. También usa los pies, sobre todo cuando está descontrolado. Cuando puede, guarda las formas y usa la palabra o las manos. Pero cuando está descontrolado, se vuelve animal de cuatro patas y da la patada.

–Usted ha admitido la ambigüedad: la agresión pero también la búsqueda del contacto con el otro por las manos. ¿Para qué se lavaba las manos con alcohol? ¿Para quitarse todo lo que del otro quedó posado en usted?

–En cierto modo sí. Pero creo que el alcohol lo usaba nada más que cuando había hecho un juicio severo sobre la mano que recibí, sobre la persona, que me parecía repelente en lo moral. No se olvide que el despacho del director de un diario suele ser un depositorio de acusaciones, de maldades y tormentos, y si a uno lo contaminan, a lo mejor lo siente en las manos. Además, había una razón práctica: el baño estaba en el otro piso y no tenía tiempo de lavarme con agua.

–Parece la ceremonia religiosa de expurgar el mal.

–Yo tengo un origen fuertemente religioso. Principalmente por mi padre, y también por mi tío que fue sacerdote. Siempre he sido cristiano y fui víctima de cristianos que no lo son.

–Usted ha buscado siempre la soledad, pero también le tocó vivir un encierro no voluntario.

–Pero fíjese que la prisión de un año y medio que sufrí entre 1976 y 1977 fue uno de los encierros más transitados que he tenido en mi vida. Estaba visitado de noche por los sueños –en realidad, por las pesadillas porque allí no era posible soñar diáfanamente–. Y de día, las requisas militares, los atropellos y la violencia eran mis visitantes. Por ejemplo, la tristísima noticia de que un compañero de pabellón se había suicidado colgándose con una toalla en la celda de castigo. Así que era una soledad demasiado visitada.

–¿Esa soledad no elegida cambió su carácter?

–Me parece que sí. En algunas situaciones me he vuelto una persona de mayor capacidad para mover sus antenas en la captación de lo malo y lo dramático. Y, de otra parte, el resarcimiento de aquella experiencia me ha facultado para gozar a veces de la alegría. Soy un lector infatigable de chistes.

–¿Qué siente que perdió a partir de su cautiverio?

–Primero, perdí transitoriamente la fe, aunque luego me recobré. Había perdido la fe que uno puede depositar en un poder sobrenatural, en un Dios que gobierna para el Bien y no para el Mal. Es que vi una crueldad y una maldad infinitas. Y perdí, entonces, la fe en mis semejantes. Ya no me hizo confianza nadie. Pero también perdí la fe en mí mismo porque me sentí culpable, no de las culpas que me atribuían los militares, que, si eran culpas, podían haberse sancionado por una ley de prensa y no en el marco inhumano al que me sometieron. No, yo tenía conciencia de otras culpas de conducta frente a los demás y entonces desconfié mucho de mí. Pero pude salir de eso.

–¿Pudo cerrar la experiencia dentro suyo?

–Yo pensé que los desvíos crueles e innobles no podían ser permanentes ni albergarse en la conducta y el sentimiento de todos los militares. Y como eran indistinguibles –el uniforme los mimetiza en una multitud– yo tenía que aplicar una indulgencia muy amplia con un sistema muy práctico: la ley del olvido. Apliqué el olvido a muchas acciones que cada vez que las recuerdo me hacen sufrir una barbaridad y al otro día me levanto con trastornos hasta en el sistema motor de las piernas. No es fácil aplicar esa regla porque las heridas son muy grandes. Pero, de momento no he levantado el dedo para acusar a nadie, aunque tengo en el fondo de mi memoria algunos nombres (llora).

–¿Esa intensa melancolía que usted siempre transmite es porque siente que no ha encontrado un proyecto nuevo de vida?

–No quedé sin proyecto. Mantengo el de tratar de ser escritor, aunque ese sería el más noble y el más general. También deseo ir reparando el daño que con mi detención le hice a mi familia, que quedó disuelta, aunque yo nunca fuera acusado de nada concreto.

–¿Qué atractivos encontró en el encierro voluntario del bosque de New Hampshire?

–Primero, el no tener ninguna preocupación económica. Porque fue la beca de una fundación para que yo hiciera lo que quisiera durante varios meses en medio del bosque. Tenía todas mis necesidades materiales cubiertas: al mediodía, una caperucita roja me traía una canastilla con el almuerzo. Yo escribía todo el día y al atardecer, con la puesta del sol, cenábamos en una mesa donde lo más común era el pavo asado. Porque New Hampshire no tiene ganado vacuno. Es una zona de coníferas que se prolonga hasta Canadá, pero con unas plantas de hojas grandes de un estupendo rojo carmesí en el otoño. O sea el fuego, los vientos y la luz.

–¿Usted vivía solo la mayor parte del tiempo?

–Vivía totalmente encerrado escribiendo lo principal de Sombras nada más. Soñaba mucho y tomaba inmediatos apuntes en la mesa de dormir.

–¿El cautiverio no le hizo tomar miedo a la soledad?

–No. Si uno llena la soledad, no le tiene miedo. Yo escribía y pensaba. Mi método de trabajo consiste en pensar un párrafo, descomponerlo en frases y, luego, repitiéndolas en voz alta para percibir la cadencia que les he impuesto, corregirlas para que tengan una adecuada sonoridad, pensando cómo le van a resultar al lector.

–¿Como un músico?

–A veces trato de establecer una prolongada melodía. Como la melodía central de la composición armónica. Otras veces, no, pero siempre me esmero para que las frases y las oraciones tengan una construcción armónica y, si es posible, con cadencia.

–Ultimamente, usted ha declarado que siente que perdieron calidad sus narraciones. ¿Qué ha sucedido?

–Es que había períodos, que no consigo recuperar, en que podía evadirme de la forma periodística para pensar en forma puramente literaria. Se me hace difícil, no sé si por la edad o por la vida amarga que llevo, pero me sale comúnmente la forma periodística.

–¿Qué es lo que realmente cambió? ¿Su prosa o la mirada que echa sobre su prosa?

–Francamente, no le he meditado.

–Usted fue periodista gran parte de su vida. ¿Hay un abismo entre periodismo y literatura?

–No, al contrario. El ejercicio del periodismo da una agilidad expresiva y una capacidad de síntesis muy diestra en saber distinguir lo principal de lo secundario. Eso es muy valioso para un escritor. Pero más importante todavía me resultó lo que dijo un escritor, que creo que fue John Steinbeck, sobre su aprendizaje en el periodismo y la fluidez que le había dado para describir la vida y los personajes en la literatura. Fue cuando le dieron un gran premio, que también contó que había sido cartero por muchos años y lo echaron porque le resultaba irresistible violar la correspondencia buscando historias que excitaran su imaginación de escritor.

–¿Podría decirse que el periodista es una categoría diferente de escritor?

–No es diferente. Esencialmente, el escritor es un periodista que no trabaja sobre el tema que sucedió hoy y hay que entregar esta noche para que se publique mañana. El escritor es un cronista, por momentos redactor, por momentos entrevistador. Es decir que varios aspectos de la profesión periodística están aglutinados en el escritor.

–Alguien dijo que es muy difícil que quien escribe regularmente por encargo no quede incapacitado para la literatura.

–Es difícil, pero yo tuve experiencias a favor y en contra. Por ejemplo, mi cuento “Caballo en el salitral”, que tuvo tan buenas consecuencias (premios internacionales, N. del R.) es el producto de una época donde yo trabajaba de sol a sol. Y lo escribí en cuatro horas de la madrugada.

–¿Cómo se inspiró para ese cuento donde casi no hay seres humanos?

–Fue una observación que hice a la hora de la siesta que, como usted sabe, en toda la zona de Cuyo, es el momento en que la ciudad se vacía. Al fondo de la calle Catamarca vi un carruaje de panadero estacionado. Me acerqué y observé el caballo atado, soportando todo el sol y sin comer, mientras que el carro rebosaba de panes. Me pareció absurdo que el animal estuviera atado a su alimento –aunque, claro, él hubiera preferido el pasto– sin poder comer. De ahí que lo pensara en el cuento llevando fardos y dando vueltas en el desierto desesperado de hambre sin saber que llevaba con él el alimento.

–¿Por qué escribió cuentos sin seres humanos?

–Porque me atropelló un desafío de Sabato. El anduvo por Mendoza hace muchos años y un grupo de amigos lo rodeamos para escuchar sus lecciones sobre tal o cual tema literario. Incluso, lo invitamos a nadar en un zanjón donde aprendimos cosas de la Naturaleza. Pasó un hombre con una gran bolsa y extrajo de ella unas ranas. Las excitó y los animalitos comenzaron a hacer una danza sexual que hubiera entusiasmado al autor del El beso de la mujer araña (Manuel Puig). Cuando Sabato concluía su estadía en la provincia, dio una conferencia sobre Madame Bovary, de Flaubert, y en un pasaje dijo que en toda novela no puede faltar el ser humano con sus sentimientos y su conducta.

–¿Usted pensó en una novela con objetos?

–Yo me quedé un instante quieto pero no me animé a replicar. Se me dibujó una contradicción en la mente. Yo vi como un cielo abierto –o cerrado– que descargaba una cantidad de granizo. Algunas de las piedras rompían una ventana, rodaban y golpeaban en su paso un vaso de agua. El vaso se iba sobre una carta escrita y el agua desflecaba la letra. La acción se completa sin que participe el ser humano. Fue por el cielo y el agua, los elementos de la Naturaleza.

–¿Y por qué sigue siendo literatura?

–Porque está escrito con algún estilo. Desde la composición al ordenamiento de los materiales hasta el encadenamiento de cada frase. Y, además, la belleza, la intensidad, el dramatismo o el agonismo que se ha puesto en cada pensamiento. Eso es literatura.

–¿Qué opinó Sabato?

–Yo escribí el cuento “El abandono y la pasividad”, pero como ya había partido hacia Buenos Aires se lo mandé por correo y le escribí: “Mire, Sabato, posiblemente una novela sin seres humanos no se puede hacer porque requiere más acción, la concurrencia de más episodios y la conflagración de los episodios, pero un cuento sí se puede”. Sabato, con su laconismo, que es de una maestría extraordinaria, me contestó: “La excepción confirma la regla”. Es decir que yo había conseguido escribir un cuento, pero no tenía razón.

–Usted ha dicho que uno de sus temas recurrentes es la provocación de la nada. ¿A qué se refiere?

–Hay que entenderlo de dos maneras: por un lado, es la búsqueda del auxilio de la muerte, por el suicidio. Entregarse a la nada por convicción –y en eso me aparto de la visión cristiana– de que después de la muerte no hay nada. En segundo lugar, que la nada se puede construir respecto del prójimo si se siente que él piensa de uno que es la nada. No en un sentido moral sino que no vale, que no existe, que lo “borran”. Es mejor vivir “borrado” cuando al existente lo meten en la cárcel, lo golpean y lo insultan. Pero en un sentido realista y moralista, la nada es también minimizarse, achicarse y eso puede implicar acobardarse. Entonces no lo acepto. Trato de ser valiente en la medida en que mi cobardía me lo permite.

–Hace ocho meses que está reinstalado en Buenos Aires. ¿Cómo le ha ido?

–Siento una gran frustración. Lentamente, estoy volviendo al exilio porque no me han ido bien las cosas. No puedo seguir poniéndole el hombro a una situación absurda. Fui llamado para venir aquí y ahora han dejado sin renovarme el contrato con el área de cultura oficial.

–¿Le dieron explicaciones?

–Me hablaron de “austeridad”. Salvo por mi modesto trabajo en la Casa de la Provincia de Mendoza, me resulta muy difícil sobrevivir. Y yo no sé qué hacer porque no tengo habilidades para otra cosa que no sea la cultura.


Jorge Halperín nació en Buenos Aires en 1948 y se inició en el periodismo en 1967. Fue redactor de la sección de espectáculos de La Razón (1971–1977), y de las secciones de ciencia y de cultura de El Cronista Comercial (1975-1976). Desde 1979 trabaja en la redacción de Clarín, donde se especializa en entrevistas a intelectuales, científicos, artistas y escritores. En la actualidad dirige la sección Opinión y el suplemento Cultura y Nación.


Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero, Grandes entrevistas de la Historia Argentina (1879-1988), Buenos Aires, Punto de Lectura, 2002. Se ha hecho todo lo posible para localizar a todos los derechohabientes de los reportajes incluidos en este volumen. Queremos agradecer a todos los diarios, revistas y periodistas que han autorizado aquellos textos de los cuales declararon ser propietarios, así como también a todos los que de una forma u otra colaboraron y facilitaron la realización de esta obra.

18/02/06 Página|12


Antonio Di Benedetto (primero de la derecha) acompañado por Leonardo Favio, Graciela Borges y Beatriz Guido en el Festival de Cine de Berlín

Cronología

1922
Nace en Mendoza, el 2 de noviembre. Descendiente de italianos por ambas ramas familiares, aunque su madre había nacido en Brasil. Su abuelo paterno era vitivinicultor y tenía una bodega en Mendoza. Su padre había seguido la carrera militar y era enólogo.
"Muchos apelan a la referencia de los signos del zodíaco. Yo los paso por alto porque cuento con una predestinación especial: la fecha de mi nacimiento. Y esa nominación religiosa que corresponde al Día de los Muertos me ha acompañado con una fidelidad absoluta. De modo que me crea dudas a menudo sobre mi existencia", dirá el escritor en una entrevista con Joaquín Soler Serrano en 1985, realizada para la Televisión Española.

1928
Comienza a cursar la escuela primaria en la localidad de Bermejo, en Mendoza.

1933
El 13 de febrero muere su padre en circunstancias imprecisas. Este hecho marcaría definitivamente su vida.
"Mi padre era severo, enérgico, y se retiró de mi vida cuando yo era un niño de 10 años. Lo importante es el misterio sobre la muerte de él que nunca me fue revelado por un acto de compasión. Me dijeron que fue de muerte natural, pero yo esa noche escuché una explosión", recordará el escritor en la entrevista para la Televisión Española.
Va a vivir una temporada con sus abuelos. Viaja por primera vez a Buenos Aires, invitado por un tío.

1938
A los 16 años, comienza a trabajar como periodista en medios gráficos. Su primer trabajo es como cronista de cine de un periódico independiente llamado La Semana.

1941
Cursa estudios de Derecho en la Universidad Nacional de Córdoba y en la Universidad Nacional de Tucumán, pero no concluye la carrera.

1949
Es nombrado jefe de las secciones de artes, letras y espectáculos en el diario Los Andes de la provincia de Mendoza. También es corresponsal del diario La Prensa de Buenos Aires.

1953
La editorial Fabril publica, en Buenos Aires, su primer libro de cuentos, "Mundo animal".
"Los sueños y la muerte adquieren enorme importancia en la obra de Di Benedetto. Y ambos conceptos se entrelazan. [...] La muerte posee un carácter liberador. La muerte es un sueño. En ‘Reducido’, el perro soñado por el personaje le pide que vaya con él a los sueños, al sueño de la muerte. En ‘Bizcocho’ para polillas luego de una soledad extrema, del apolillamiento que genera el destierro, el personaje le pide a esas propias polillas que lo trasladen al sueño de la muerte: ‘Ahora están comiendo mi corazón, ahí han llegado las penetrantes, y yo siento, cada vez más, un grande alivio, como si fuera entrando en un sueño, pasito, pasito...’ [...] La única forma de no muerte, la única forma de combatir la no existencia, es asediar la nada, porque la nada no es la muerte física. La verdadera muerte es la nada en vida. En ‘Caballo’ en el salitral, la muerte, generosa, asedia ella misma la nada y se transforma, en un ciclo inevitable, en generadora de vida. ‘No importa, porque la madre ha encontrado nido hecho donde alumbrar sus huevos. Como una mano combada... la cabeza invertida del caballito ciego acoge en el fondo a la dulcísima ave. Después cuando se abran los huevos, será una caja de trinos", señala Jorge Hardmeier, en la Revista Trinacional de Literatura y Arte, Chile-Argentina-Perú, el 1º de abril de 1999.
Sobre el origen de su vocación de escritor, Di Benedetto dirá en la entrevista realizada por la Televisión Española:
"Yo creo que aprendí a contar gracias a mi madre porque de niño ella era muy animadora de las noches y se dedicaba a contar cosas de mi sufrida y aventurera familia (…) Mi padre dejó muchas cosas escritas, algunas publicadas".

1954
Su libro de cuentos "El pentágono" es publicado en Buenos Aires, por Ediciones Doble P.
"En palabras de Jimena Néspolo, autora del prólogo de esta nueva edición, El pentágono logra ‘poner en jaque ciertas pautas de construcción realista del relato [...] donde todas las alternativas argumentales son posibles puesto que los diversos porvenires conviven en una imagen incompleta, no falsa, del universo amoroso’.
Su pluma gira sobre sí misma, melodiosa, estilizada. Sus monólogos de oraciones cortas (‘Laura no está porque no es. Laura es aquello a lo cual se tiende.’) denotan la extrañeza que anida en las relaciones humanas. Asociado con las tradiciones de vanguardia, Di Benedetto confesó acerca de este libro: ‘Transcurría la década del 40, y, saturado de novela tradicional, cometí el atrevimiento, en grado de tentativa, de ‘contar de otra manera’. Así provoqué esta novela en forma de cuentos.’ Como en un film onírico dirigido por David Lynch, ‘El pentágono’ fuga hacia lo absurdo y lo fantástico, produciendo una realidad literaria única, irreductible a lo referencial o realista. Como cuando el protagonista es obligado a meterse en el barro y chapalear durante un careo judicial (‘Aparte de ser una alusión, importaba colocarme en situación de inferioridad frente al otro’), o la incoherencia que lo asalta al descubrir que su novia vive dentro... ¡de un contrabajo!", escribió Eugenia Zicavo, a propósito de la reedición del libro, en el Diario Perfil, Suplemento Oh, Buenos Aires, 20 de noviembre de 2005.

1956
Ediciones Doble P publica en Buenos Aires, su novela "Zama".
"’Zama’ no se rebaja a la demagogia de lo maravilloso ni a la ilustración de tesis sociológicas; no se obstina en repetirnos las viejas crónicas familiares que marchitan la novela burguesa desde fines del siglo XIX; no divide la realidad, que es problemática, en naciones; no pretende ser la suma de ningún grupo o lugar; no da al lector lo que el lector espera de antemano, porque los prejuicios de la época hayan condicionado a su autor induciéndolo a escribir lo que su público le impone; no honra revoluciones ni héroes de extracción dudosa, y sin embargo, a pesar de su austeridad, de su laconismo, por ser la novela de la espera y de la soledad, no hace sino representar a su modo, oblicuamente, la condición profunda de América, que titila, frágil, en cada uno de nosotros. Nada que ver con ‘Zama’ la exaltación patriotera, la falsa historicidad y el color local. La agonía oscura de ‘Zama’ es solidaria de la del continente en el que esa agonía tiene lugar", escribió Juan José Saer en "El concepto de ficción", Seix Barral, 1997.
Es nombrado Director del Teatro Independencia de la Universidad Nacional de Cuyo y trabaja como corresponsal del diario La Prensa en América y Europa.
Recibe el Primer Premio otorgado por en el Concurso Nacional de Cuentos del Diario La Razón.

1957
Aparece, en Buenos Aires, su libro de cuentos "Grot" que será reeditado en 1969 con el título de "Cuentos claros".
"Conectado con Arlt por su sensibilidad gozosa por la vileza, y con Borges por la silenciosa parquedad con que desliza lo fantástico en lo cotidiano, Di Benedetto aparece a la reflexión como el puente entre ambos, como la tercera pluma, que da sentido de conjunto a una época clave de la literatura argentina. Los tres mantienen su personalidad irreductible, pero poco a poco, por detrás de intentos infructuosos por enfrentarlos, se van consolidando las líneas comunes. Por ejemplo, mientras en el mercado interno y externo se celebraba la orgía de ‘latinoamericanismo for export’, los tres se mantuvieron ejemplarmente alejados de magias y folklores, una línea que gracias a ellos y otros escritores notables identifica hoy a la literatura argentina, aunque el costo en ventas internacionales sea, por ahora, grande. En estos cuentos queda particularmente claro uno de los motores narrativos de Di Benedetto: en esos personajes que recurren al amor como una sublimación de sus soledades, como una ficción que simule vínculos con el mundo, queda plasmada esa ambigua interacción entre el exterior y el interior, esa suspensión existencial en que viven sus personajes y muchos argentinos, y que es uno de los sellos del gran escritor", escribió Jorge Barón Biza, en La Voz del Interior, Córdoba, el 17 de agosto de 2000.
Recibe el Premio Provincial D’Accurzio y el Primer Premio de los Retratos Nacionales de Literatura de la Región Andina.

1958
Su libro de cuentos "Declinación y Ángel" es publicado en Mendoza por la Editorial Inca.
"Un prologuista de mis libros habló de la literatura experimental que yo hacía. Era cierto porque yo trataba de buscar cada vez una forma distinta. Y eso me vino de un gran cansancio porque algo me marcó leer a Balzac y haberme empalagado. Y dije: la literatura no debe ser así, debe cambiar ante todo. Y lo fui intentando", señala en la entrevista realizada por TVE.
Es convocado por Jorge Luis Borges, director de la Biblioteca Nacional, a dar una conferencia sobre la literatura fantástica argentina. Por ese motivo, viaja a Buenos Aires.

1960
El 5 de mayo se estrena, en Buenos Aires, el film "Álamos talados", con dirección de Catrano Catrani y guión de Abelardo Arias y Antonio Di Benedetto.
El Gobierno francés le otorga una beca de estudios de periodismo en París.
Es representante de La Prensa en el Festival Cinematográfico Internacional de Cannes de ese año.

1961
Aparece en Buenos Aires, su libro de cuentos "El cariño de los tontos" (editorial Goyanarte).

1963
Concurre como invitado a los Festivales de Cine de Berlín, San Sebastián y Santa Margherita de Ligure y del Teatro de Suiza.

1964
La editorial Troquel, de Buenos Aires, publica la novela "El silenciero", con prólogo de Juan José Saer.
"Las tres principales novelas de Antonio Di Benedetto, ‘Zama’, ‘El silenciero’ y ‘Los suicidas’, en razón de la unidad estilística y temática que las rige, forman una especie de trilogía y, digámoslo desde ya para que quede claro de una vez por todas, constituyen uno de los momentos culminantes de la narrativa en lengua castellana de nuestro siglo. En la literatura argentina, Di Benedetto es uno de los pocos escritores que han sabido elaborar un estilo propio, fundado en la exactitud y en la economía y que, a pesar de su laconismo y de su aparente pobreza, se modula en muchos matices, coloquiales o reflexivos, descriptivos o líricos, y es de una eficacia sorprendente. [...] De sus construcciones novelísticas, el capricho está desterrado. Su arte sutil va descartando con mano segura las escorias retóricas para concentrarse en lo esencial. De ese arte singular, ‘El silenciero’ es una de las cumbres. Aparecida por primera vez en 1964, esta novela prosigue el soliloquio narrativo iniciado con ‘Zama’ en 1956 y que se prolongará en ‘Los suicidas’, publicada en 1966, formando un sistema tácito que se propone representar el mundo, del que el ruido, en ‘El silenciero’, no es más que una variación metonímica, como "un instrumento de-no-dejar-ser", escribió Juan José Saer, en el prólogo.
La Subsecretaría de Cultura de la Nación le otorga el Gran Premio de Novela.

1967
Es nombrado Subdirector del Diario Los Andes, de Mendoza.

1969
La novela "Los suicidas" recibe por unanimidad la primera mención del concurso organizado por Primera Plana y la Editorial Sudamericana. El jurado fue integrado por Gabriel García Márquez, Augusto Roa Bastos y Leopoldo Marechal.
"En ‘Los suicidas’ el narrador-protagonista se sueña desnudo. ¿Qué otra imagen más clara para describir el deseo de vuelta al refugio inicial frente a la insoportable y abrumadora presencia del contexto exterior? Y, en esta novela, la figura de la madre o de la amante-madre adquiere, también, un valor esencial y la espera y la búsqueda, al igual que en ‘Zama’ o ‘El silenciero’ no concluye jamás, como si se tratara de un bosque tupido, detrás del cual hay otro bosque y otro y otro, sin solución de continuidad. ‘Debo vestirme porque estoy desnudo. Completamente desnudo. Así se nace.’ Es decir, recomienza la búsqueda de esa soledad-refugio. [...] El padre y el mundo exterior son los dos elementos poderosos que hostilizan al hombre, sin permitirle ese estado idílico que tanto anhela. ... En ‘Los suicidas’ el agobio ejercido por el mundo exterior y que provoca la determinación de alcanzar la muerte por mano propia, está centrado en la figura del padre. Finalmente, el personaje principal logra aislarse del aura de muerte que le ha legado. Pero no es el caso de los jóvenes suicidas (cuyas connotaciones el propio personaje investiga): ‘Eligieron el revolver por la rapidez. Lo hurtaron del padre verdugo’", escribió Jorge Hardmeier en la Revista Trinacional de Literatura y Arte, antes citada.
Sobre esta novela, Di Benedetto dirá:
"Este libro es bastante franco sobre este tema (los suicidios en su familia) y hay un capítulo que narra lo que sucedió con mi abuelo y mi primo. La lucha entre el abuelo y el nieto por la misma mujer", de la entrevista realizada por la Televisión Española.
El gobierno italiano lo condecora como Caballero de la Orden de Mérito.

1971
Recibe la medalla de oro de la Alliance Française.

1973
Es designado miembro fundador del Club de los XIII, un grupo de trece escritores y críticos argentinos que otorga, todos los años, un premio a la mejor obra narrativa del año anterior.
Se desempeña como crítico de cine en el Festival Cinematográfico Internacional.

1974
Recibe la beca Guggenheim.

1975
Se publica, en Buenos Aires, una antología de sus cuentos bajo el título de "El juicio de Dios" (editorial Orión).

1976
Pocas horas después del golpe militar del 24 de marzo, Di Benedetto es secuestrado por el Ejército.
"En una entrevista de María Esther Vázquez a Adelma Petroni, una escultora amiga del escritor, nos enteramos de algunos datos puntuales referidos a la gestación de estos cuentos durante los diecinueve meses en que Di Benedetto estuvo preso por la junta militar: ‘Primero estuvo detenido unos meses en Mendoza, en el Colegio Militar. No se lo podía ver, pero sí llevarle ropas y alimentos. Cuando lo trasladaron sorpresivamente a la Unidad 9 de La Plata, no nos dijeron adónde lo habían llevado. Empezamos a buscar con Bernardo Canal Feijóo, y los dos, cada uno por su lado, logramos saber su destino. [...] Estuvo preso un año y siete meses, desde marzo de 1976 hasta septiembre de 1977. Yo pedí a todo el mundo que hiciese lo posible para lograr su libertad. Finalmente el Premio Nobel de Literatura Heinrich Böll le envió un telegrama a Videla’. Antonio Di Benedetto sufrió cuatro simulacros de fusilamiento y numerosos golpes. Sin poder escribir, porque le rompían todos los papeles, encontró entonces un ardid: ‘Me mandaba cartas donde me decía: ‘Anoche tuve un sueño muy lindo, voy a contártelo’. Y transcribía el texto del cuento con letra microscópica (había que leerla con lupa). Después esos cuentos se editaron bajo el título de ‘Absurdos’. Con el anticipo que le dio el editor viajó a Europa, dio algunas vueltas y se instaló en España’", relata una nota de Jimena Néspolo, publicada en el suplemento Radar Libros, de Página 12, el 12 de septiembre de 2004.

1977
El 4 de septiembre es excarcelado gracias a las gestiones de personalidades como Ernesto Sabato, Heinrich Böll y Victoria Ocampo.
Marcha al exilio, primero en Estados Unidos. Después viaja a Francia y España.

1978
La editorial Pomaire, de Barcelona (España) publica su libro de cuentos "Absurdos".
"Los cuentos recopilados en ‘Absurdos’ vuelven a intranquilizar. Los relatos que integran este libro fueron escritos en la cárcel. Como sabemos, la dictadura argentina tuvo prisionero a Di Benedetto 18 meses. [...] El recorrido de los cuentos es arduo; a causa de una prosa fragmentaria, quebradiza y opaca, pero ideada con procedimientos narrativos de una eficacia sorprendente. ‘Renato ha despertado, con las elementales medicinas de las caricias y el agua. Lo vela el cariño de dos seres que no se apartan de él.’ ‘Anochece. Alborea. Jonás ha salido a comprobar el alcance de la devastación…’ Si bien podemos leer a la dictadura como el fantasma que acecha, desde un fondo oculto y simbólico, a todos los cuentos que se han reunido en el libro, también podemos decir que la inteligencia, el rigor y la economía de un estilo no pactan con lo previsible. La destrucción de la identidad socavada por la obsesión, en ‘Hombre invadido’; la pulverización de la voluntad que sufre el personaje de ‘Obstinado visor’; la traición y la muerte de Lumila causadas por su perro ‘Fiel’; son sólo derrotas que cuentan historias… ¿o cuenta una historia?", escribió Carolina Sager para el diario El Ciudadano, Suplemento de Cultura, Rosario, 17 de enero de 2005.

1979
Se estrena, en Buenos Aires, el film "El juicio de Dios", dirigido por Hugo Fili, según cuento homónimo de Antonio Di Benedetto.
Recibe el Premio de Roma, "Italia - América Latina".

1981
La editorial Bruguera, de Barcelona, publica "Caballo en el Salitral". La presentación del libro está a cargo de Jorge Luis Borges, Julio Cortázar y Manuel Mujica Láinez.
Recibe una beca otorgada por la Fundación Mac Dowell, de Estados Unidos.

1983
La editorial Bruguera publica, en Buenos Aires, "Cuentos del exilio".

1984
Recibe el Premio Konex Diploma al Mérito y el Konex de Platino en el rubro "Novela: Primera Obra publicada después de 1950".
Es nombrado Miembro de Número de la Academia Argentina de Letras y Asesor de la Secretaría de Cultura de la Nación.

1985
Regresa definitivamente a la Argentina.
La editorial Alianza, de Madrid (España), publica su novela "Sombras, nada más".
Recibe el Premio Esteban Echeverría, otorgado por la Asociación Gente de Letras.
Es convocado por el gobierno de Raúl Alfonsín para ocupar un cargo de asesor en la Dirección Nacional del Libro. Su contrato no es renovado por "razones de austeridad". Sobrevive sus últimos meses con un modesto empleo en la Casa de Mendoza.

1986
Recibió el Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE).
El 10 de octubre, muere víctima de un derrame cerebral.
Luego de su muerte es nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad Nacional de Cuyo.

1987
La editorial Sudamericana publica "Páginas escogidas".

1999
Adriana Hidalgo Editora comienza a reeditar la totalidad de su obra.

Aballay

Un cuento de Antonio Di Benedetto

En el sermón de la tarde, el fraile ha dicho una palabra bien difícil, que Aballay no supo conservar, sobre los santos que se montaban a una pilastra. Le ha motivado preguntas y las guarda para cuando le dé ocasión, puede que en los fogones.

Son visitantes, los dos, el cura y él, con la diferencia que el otro, cuando termine la novena, tendrá a dónde volver.

La capilla, que se levanta sola encima del peladal en medio del monte bajo, sin viviendas ni otra construcción permanente que se le arrime, se abre para las fiestas de la Virgen, únicamente entonces tiene servicio el sacerdote, que llega de la ciudad, allá por la lejanía, de una parroquia de igual devoción.

Los peregrinos – y los mercaderes – arman campamento. Se van pasando los nueve días entre rezos y procesiones; las noches, atemperadas con costillares dorados, con guitarra, mate y carlón.

Aballay presenció un casorio, de laguneros, muchos bautizos de forasteros. Más bien deambuló de curioso y también necesitado de probarse entre la gente, pero alerta y sin darse con nadie. Contó cuatro milicos.

Mientras tanto en el altar declina la llama de los cirios, afuera se reanima y alimenta el fuego de las brasas, en las enramadas de vida corta, de esas fechas no más.

El cura recorre el sendero de vivaques echando las bendiciones y las buenas noches. Solicitado al pasar por cada grupo, hace honor a una familia venida de Jáchal. Se asa un chivito, la abuela fríe pasteles, un hombre sirve vino, todos en sosiego y discretos. De las quinchas vecinas brotan cantos, tempranamente entonados.

Se nombra a Facundo, por una acción reciente. ( "¿Qué no es que lo habían muerto, hace ya una pila de años? ... " )

Aballay ha sido una persona en la andanza de la sotana, ahora es un bulto quieto, que no se esconde. Espera.

Uno de los jachalleros lo invita a acercarse. Con una seña dice no. Otro es su apetito.

Pero media el cura y Aballay obedece. Nada agrega a la conversación, tampoco propicia su intervención el fraile, tal vez acostumbrado a esos silencios de los humildes y los ariscos.

Pero a cierta altura, cuando ya las estrellas remontan el horizonte, Aballay lo sorprende con un toque en la manga y la consulta que le desliza en voz baja:

- Padre, ¿podrá oírme?...

- ¿En confesión?

Aballay medita y al cabo dice:

- No todavía, padre. Pero ahora hablemos, le pido. Usted y yo.

Más tarde se apartan de la animación de los fogones, eluden a los achispados de la cantina y se pierden entre carretas dormidas donde reposan los niños.

Entonces hablan y, al calar el asunto que el desconocido le trae, el religioso se regocija de su eficacia como orador sagrado. He aquí quien le muestra que su verbo penetra y es capaz de causar inquietudes. Trata de corresponder a ellas agregando claridad y simplifica el lenguaje, la expresión, lo más que puede.

- No, hijo: no dije que fueran santos, sino que vivían en santidad. Era propio de anacoretas o ermitaños.

- Dispense, no fueron sus palabras.

- ¿Qué no?...

- No, padre. Los nombró de otra manera.

- A ver... estilitas. ¿Puede ser?

- Puede.

- Ah, bien. Significa más o menos lo mismo. Solo que los estilitas eran una clase especial de anacoretas... ¿conoces qué quiere decir esta palabra?

- Pongámosle que no y te explicaré. Los anacoretas eran solitarios, por su propia voluntad se habían retirado de los seres humanos. A lo más, mantenían la compañía de un animal fiel. Recorrían los desiertos o habitaban una cueva o la cumbre de una montaña.

- ¿Para qué?

- Para servir a Dios, a su manera.

- No lo entiendo. En el sermón usted dijo que estaban arriba de un pilar.

- Si ... pilar o columna. Esos precisamente son los estilitas. Su rara costumbre sólo era posible en aquellos países del mundo antiguo, donde, antes de Cristo, fueron levantados templos monumentales, que apoyaban su techo en pilastras. Al desaparecer sus religiones y ser abandonados por los hombres, durante siglos y siglos, se fueron destruyendo. En algunos casos, solamente quedaron en pie las columnas. Los estilitas subían a ellas para tratarse con rigor y alejarse de las tentaciones. Permanecían allí con viento o lluvia, enfermos o hambrientos.

- ¿Cuántos días?

- ¿Días?... ¡Eternidades! Se dice que Simón el Mayor vivió así 37 años y Simón el Menor 69.

Aballay entra en un denso silencio. El sacerdote lo estimula:

- ¿Y?... ¿Qué piensas ahora que sabes el tamaño de su sacrificio? ¿Podías imaginarlo?

Aballay no recoge sus preguntas. Tiene otras, muchas más, minuciosas: que si en tan estrecho sitio podían sentarse o debían estar de pie, en cuclillas o arrodillados; que por qué no morían de sed; que si nunca jamás bajaban, por ningún motivo, ni por sus necesidades naturales; que si puede creerse que no los tumbara, al suelo, el sueño...

El sacerdote está contestando, más no omite sospechar que esa inquisitoria sea la de un descreído rústico, que lo esté incitando a perder fe en lo que ha predicado desde el púlpito. No obstante, se dice, hay respuesta para todo.

- ¿Cómo se alimentaban? Lo hacían moderadamente, aunque algunos, según el lugar donde se estableciesen, se veían favorecidos por la naturaleza. Estos tal vez disponían de miel silvestre y del fruto de los árboles. De otros, especialmente de los caminantes del desierto, se cuenta que comieron arañas, insectos, hasta serpientes.

El tipo repulsivo de animales que evoca ahonda la naciente preocupación del cura. Por un sentido de seguridad, está observando a donde han llegado. "Al fondo de la noche", se dice , considerando la espesura del matorral inmediato. Se han apartado del aduar, la concentración de carretas y animales de tiro. Se analiza junto a ese emponchado nunca visto previamente, que parece ansioso y díscolo, y de quien desconoce si debe temer el mal. Se sobrepone; hace por tranquilizarse y piensa que tiene que complacerse de esta provocación, tal vez ingenua, que lo ha llevado a la memoria de sus lecturas, aunque sea para transmitirlas a un solo feligrés y en tan irregulares circunstancias.

El religioso está explicando que así mismo podrían sostenerse por obra de la caridad ajena, pero Aballay le cuestiona. "¿No era que estaban solos y les escapaban a los demás?"

- Desdichados y creyentes hacían peregrinaciones para rogarles su ayuda ante Dios y a esas personas de tanta fe les aceptaban algunos alimentos muy puros.

- ¿Eran santos, entonces? ¿Podían pedir a Dios?

- Todos podemos.

Aballay se interna de nuevo en los callejones del espíritu y se distrae del cura. Este ya lo deja estar, hasta que reaccione solo.

Después:

- Usted dijo, en el sermón, que se retiraban para hacer penitencia.

- Dije más; penitencia y contemplación.

- Contemplación... ¿Acaso veían a Dios?

- Quién sabe. Pero la contemplación no consiste sólo en tratar de conocer el rostro de Jesús o su resplandor divino, sino en entregar el alma al pensamiento de Cristo y los misterios de la religión.

Aballay ha asimilado, pero su empeño consiste en despejar específicamente el primer punto:

- Usted dijo: penitencia. ¿Por qué hacían penitencia?

- Por sus faltas, o por que asumían los yerros de sus semejantes. Concretamente en el caso de los estilitas: montaban una columna para acercarse al cielo y despegarse de la tierra, porque en ella habían pecado.

Aballay sabe qué grande pecado es matar. Aballay ha matado.

Esta noche, Aballay ha decidido despegarse de la tierra.

Bien es real que el llano, que es lo único que él conoce, no tiene columnas, ni nunca ha visto más que las de un pórtico, en la iglesia de San Luis de los Venados.

Recuerda que para escabullirse de las disciplinas de su madre, se trepaba a un árbol. Acepta que al presente está intentando lo mismo: huirse de su culpa, y busca a dónde subir.

No le valdría, actualmente. Ni un ombú, si probara el refugio de su altura y follaje. Sería descubierto, sería apedreado, aunque no supieran la verdadera causa, solamente por portarse de una manera extraña. Tampoco nadie le alcanzaría un mendrugo.

Está firme, a conciencia, en el trato consigo mismo de separarse del suelo y llevar su vida en penitencia. Mató, y de un modo fiero. No se le perderá la mirada del gurí, que lo vio matar a su padre, uno de los escasos recuerdos que le han quedado de aquella noche de alcohol.

Pero él podría quedarse quieto en su remordimiento. En tiene que andar. Salirse (de un sitio en otro).

¿Cómo, si quiere copiar a los de antes, lo que contó el cura?

El fraile dijo que montaban a la columna. El, Aballay, es un hombre de a caballo. Tempranito, a los primeros colores del día, Aballay monta en su alazán.

Le palmea con cariño el cuello y consulta: "¿Me aguantarás?". Supone que su compañero acepta y, mientras avanzan al trote suave, lo prepara: "Mirá que no es por un día... Es por siempre".

La primera jornada ha sido de voluntario ayuno, la segunda de atormentarse pensando en comer y no amañarse para hacerlo.

Gozó de aquélla. Privarse un día da pureza a la sangre, se argumentó como consuelo.

Después vino el hambre tan grande y con tal reclamo que entró a desesperar de conseguir ayuda, y por consecuencia de no ser capaz de cumplir su intención.

Lo orientó el humo. Se ganó al rancho. Habían carneado y asaban las achuras en el mismo patio. No hizo falta que pidiera. Solo que llamó la atención con su resistencia a ponerse a gusto, junto al puestero y los suyos. De todos modos, le alcanzaron una generosa porción ensartada en su propio cuchillo.

Supo que esta vez era diferente a otras. Había recibido el bocado hospitalario que, sin preguntas, nunca se niega al que hace camino. Antes también lo tuvo, en distintos sitios. Sin embargo, desde esta ocasión podría volvérsele necesidad de todos los días, y se le nubló el orgullo de su nueva condición.

Ya estaba cercado por los apuros que no pudo prever y los que la penuria comenzaba a mostrarle.

En adelante debió socorrerse con imaginación y ahí donde la astucia fallaba o vislumbraba riesgo de quebrantar su designio, tomaba enseñanza del relato del cura.

No menudeaban los ranchos, por esas soledades, ni él se figuraba de entenado. Se haría de avíos o provista, algún recurso guardaba como para poder pagarla. ¿Cazar? Sí , pero ¿cómo cocer la carne? ¿Fruta? La naturaleza de esa región la negaba.

Habilidoso fue siempre para las suertes sobre el estribo o colgado de las cinchas, con lo que le vino a resultar sencillo recoger agua en el jarro o, por probarse destreza, beberla aplicando directamente los labios a la superficie de los arroyos.

De dormir sobre el caballo tenía experiencia y éste de soportarlo. Pero, si no lo aliviaba de su carga, no le concedería descanso y sobrevendría la muerte del animal. Enlazó su cimarrón, lo convirtió en su parejero y se pasaba de una cabalgadura a otra, para darles respiro. El segundo no hizo resistencia ni al jinete ni a la rutina; seguramente había tenido dueño.

Pudieron someterlo a las prácticas menos ilustres sus necesidades naturales, de haber tomado con absoluto rigor de la ley vivir montado. Tuvo el tino, aquella noche, de consultárselo al cura, que nunca supo a qué tanta averiguación sobre los hábitos y vedas de los encimados a las columnas. Dijo el fraile que no concebía penitentes a tal punto severos que se prohibieran descender a tierra por tan justificada razón, aunque no dudaba que algunos cometieron esos excesos de mortificación.

De todos modos, Aballay se proponía se limpio. ¿Acaso no penaba por limpiarse el alma?

Aballay remueve las ramas de un arbusto, buscando vainas comestibles. Sorprende a un pájaro atolondrado que demoraba en volarse. Lo manotea en el aire. Lo retiene con cuidado para no dañarlo. Nota su agitación desesperada y lo dispensa del pavor.

Ya se proyecta el ave hacia arriba y al hombre le da contento su libertad.

Pero se le atraviesa una memoria empecinada: la mirada del gurí, cuando le mató al padre.

También terca, porfiada en volver, es su imaginación de los empilados. Suele como esta noche, estremezclársele con las impresiones del día.

El, Aballay, es un penitente y está parado en un pilar. No una columna de las de iglesia, tampoco pilón de portal de cementerio: pilar de puente, de piedra, sólo que más fino y encumbrado, él arriba.

No está solo. Hay otros pilares y otros que penan. Son los antiguos, los santos, y para él resultan extranjeros. No se hablan, porque así tiene que ser, y si hablaran él no entendería su lengua. Se cubren, como él, con ponchos.

En una parte del sueño hay paz, después cambia en pesadilla: llegan los pájaros.

Le caminan por la cabeza y los hombros. Le picotean las orejas, los ojos y la nariz, o quieren alimentarlo en la boca. Hacen nidos, ponen huevos... y él, en todo momento, está muerto de miedo al vacío, donde caerá si se mueve.

Aballay despierta a medias. Le ordena a su alazán: "¡Quieto..."

Encuentra una pulpería. Pasa de largo, no le sirve: no tiene reja empotrada al muro del frente para hacer su compra desde el caballo.

Al tiempo halla otra. El pulpero antes de entregarle el charque pone la condición: "Platita en mano". Aballay descuelga de su sitio algunos de los cobres que, con otras monedas de diferente ley, hacen el esplendor de su rastra.

Desemboca en el patio de una posta. Se juega. Baraja, taba. En el redondel, los gallos se dan la muerte a primera vista, o a ciegas, si se revientan los ojos a puazos. Se apuesta.

Se come y se bebe.

Aballay, ha atado el cimarrón al palenque, con su alazán circula entre los grupos, por ver. Lo mismo ante el asador. Pero alguien lo provoca: "el que no se pone, no come". Aballay comprende. El provocador está por tirar la taba. Aballay desune de la rastra una moneda. El hueso que hace su vuelo e hinca el borde en la tierra decide que gane Aballay. El perdedor paga: con desprecio arroja dos monedas al suelo, entre las patas del alazán.

Aballay observa los dineritos que podrían ser suyos, si se humillara a solicitar a alguien los recoja del polvo y se los ponga más al alcance. Podría tomarlos él mismo, corriéndose por la barriga del animal, asido de la cincha, pero daría risa, y tendría que pelear. Considera con vaga tristeza el doble relumbrón que lo espera, enfila hacia el palenque a desatar al parejero, y parte.

Desde entonces, por ese gesto, para los testigos nada fáciles descifrar y que tendría relación con el desprendimiento, a Aballay le nacen famas.

El no se entera. Si fuera más avisado, las habría visto dar lumbre a los ojos admirativos de la moza que una mañanita le tendió unos mates con azúcar.

Amargos son los que él se ceba, de madrugada y a todo requerimiento de las tripas cuando de vuelven quejosas. No abusa de la licencia por causa de extrema necesidad o fuerza mayor – aunque para él lo sea la yerba – que creyó sobreentender de los ejemplos del cura. No pone pie a tierra ni para encender leña.

Dispone de los cacharros debidos. Elige un desnivel del terreno que le sirve de mesa en tanto él pueda arrimarle el caballo de manera que, aproximadamente, se recueste en el borde. Sobre esa prominencia, no más alta que donde va la montura, hace un fueguito y caldea el agua. Cuando la llanura exagera de chata, se interna en las rajaduras profundas y anchas de la tierra que abrieron olvidadas correntadas. De esta manera, busca un nivel desde abajo.

Para sus pausadas mateadas del ocaso, se entiende que coopere el cimarrón, tan sosegado como es. Sin incomodar al amo, ramonea toda planta que halle a tiro. Mientras, el compañero libre de tareas explora a su gusto la terneza de los brotes y los pastos. Aballay tiene las piernas cruzadas sobre el dorso del cuadrúpedo, que es su asiento. Entrelaza los dedos para abarcar en el hueco de las manos el volumen de la liviana calabaza. Sorbe, con dilatadas pausas, de la labrada bombilla de metal plateado. Se absorbe, Aballay, no en sus pensamientos quizás, sino simplemente en su parsimoniosa mística del zumo verde y cálido. No obstante, él, que no suele hablar solo, una vez, en voz alta, exclama: "¡Dios es testigo!".

Extrañado del clamor, entre un silencio tan tendido, el cimarrón reacciona con un relincho y se sacude. Por el remezón, Aballay se despeja.

En una trocha tropieza con cuatro indios mansos. Desprendidamente, le ofertan pescado, que a poco hiede. Está crudo, lo transportan en canastas de totora expuestas al sol, a campo traviesa, para feriar en poblado. Aballay no acepta, pero retribuye la intención: de sus alforjas les provee dos puñados de sal.

De inmediato los indios acampan, encienden un fuego, destripan y asan los bichos de escamas nacaradas.

Ahora huelen pasablemente, para el hambre sin curar de Aballay. Aguarda, se horqueta en su potro.

Los cuatro pescadores se han puesto efusivos y pretenden forzarlo a bajas con ellos. El no accede pero recibe su porción.

Los indígenas mascan en cuclillas. Uno lo observa de reojo, prolijamente en todos los instantes. Deduce que no es que el blanco no quiera, sino que no puede despegarse de los lomos del animal, y traslada a su clan esta preocupada conclusión: "hombre – caballo".

Bultos duermen en la noche. Forman uno Aballay y su cabalgadura; hace el segundo la otra bestia buena. Anidan en un malezal, nada mejor han hallado en lo que la vista podía alcanzar. No hay luz lunar, la impide una cubierta de nubes.

Aballay está encaramado en un pilar. El sol le hace arder la boca que guarda resabios de pescado echado a perder.

Hay otro anciano. La columna de éste es más espléndida, pero la sed los iguala. No tiene aguante. Se abre el escote del poncho, para ventilarse. Todo transcurre en silencio, hasta que el santo antiguo clama: "¡Agua!". No le parece a Aballay que dijera agua, aunque ése es el sentido que le encuentra a lo que hizo el otro; más bien se le figuró un trueno, casi encimado a un relámpago.

Cae, Aballay, cree que volteado por el relámpago o el rayo, al golpearse despierta y ya lo empapa la lluvia. Un instante disfruta del agua que le contenta la boca ardida. Hasta que descubre que ha tocado tierra con el cuerpo.

Batidos los ojos por el chaparrón , intenta no obstante elevar la mirada, al menos la frente, en un confuso acto que no sabría desentrañar él mismo: ¿Está pidiendo perdón, haciendo valer que no fue a propósito?...

Embarrado y trastornado, salta sobre el pingo y a su juicio y riesgo, aunque temeroso, decide que esta bajada no hay que ponerla en la cuenta. Admite que lo tiene agarrado un yugo que él mismo se echó. Lo acata con la obediencia más sumisa.

Los días de la polvareda grande lo tienen exigido y del apremio saca listeza para mejorar su sustento.

Por los indicios entiende que no es polvo del viento, sino de caballada, y no montaraz, si no caballada de tropa armada. Malo eso para Aballay: puede ser reclutado o lanceado, sin causa; puede perder los pingos, por requisa o por codicia.

Se ampara en las lejanías y yendo a ellas se aparta de las últimas huellas de la gente, cae en la bruta pampa.

Toma referencia de las ilustraciones del cura, cuando le contó de aquellos arrepentidos de los tiempos de antes que, si iban a dar al desierto, no todo era miel para ellos: de comer arañas y hasta víboras le habló.

Sopesa la alforja del charque y se le pinta, no muy distante, el hambre. Esta le encadena ideas: serpiente – lagartija – piche. Posiblemente en el desierto de los santos antiguos no correteaban los armadillos.

Precisamente de sus mareadoras corridas en varias direcciones, de sus zambullidas en las cuevas, del ahínco con que ellas se prenden de las raíces, depende la dificultad para que Aballay logre cazarlos desde el caballo. No obstante, arriesga rodadas (suyas, al colgarse del potro lanzado a la carrera; del animal, si hunde la pata en los agujeros que cava el piche para vivir).

Fracasa y fracasa. Persevera y aprende.

Después, cocerlos es como caldear agua para matear. Sólo que hay que sacrificar los bichos. Puestos boca arriba, a punta de cuchillo los despensa y los abre en cruz. En su propia cáscara, que sirve de olla, y en su misma grasa, que tiene abundante, se fríe el almuerzo.

De esta suerte, sobra comida. Pero falta el agua, carencia que obliga al regreso.

Harto astroso ha vuelto. No se ve a sí mismo, hace tiempo. Pero los ojos de los demás le controlan la presencia, no porque salga de lo común la aparición de un menesteroso, sino por resistencia a los malentretenidos, que pueden cometer iniquidades cuando caen en la miseria extrema.

Halla conocimiento en un rancho. No lo reconocen a él, nunca lo vieron; le reconocen sus famas, que le han crecido, sin él saberlo, que son diversas y contradictorias, aunque lo realzan, dentro de una concepción reverente.

"Lleva su cruz", se susurran, con actitud reverente.

Aballay, que afina el oído para pillar el secreto, considera que la verdad es justamente lo contrario: él no tiene ni una cruz, ni una medallita, ni una estampita siquiera.

Acepta unas pilchas, que le son propuestas con comedimiento.

Es un día cálido.

Busca el arroyo y se sumerge en prolijas abluciones.

No tiene peine y se fija como primera meta un boliche o pulpería donde adquirirlo y reponer la provista de sal, yerba mate y tasajo.

En camino, al tranquito corto, una tarde a eso de la oración, con el cuchillo descorteza y pule un trozo de rama seca, luego uno segundo y más corto. Los une en cruz con un tiento. Con otro se la enlaza al cuello y la echa por fuera de la camisa o blusa que ahora posee por dádiva de los puesteros.

Del paraje donde conviven unas cinco casas le salen al encuentro unos estampidos que no han de ser de guerra, como lo distingue al poco por exclamaciones que son de entusiasmo y muestran alegría. Al pasar hacia la pulpería observa al costado la causa: entre tablones y con un tope de tronco, circulan, por mano de hombre, pelotas macizas y duras, de quebracho pueden ser, que ora buscan su senda con independencia y ligereza, ora se dan golpazos de matasiete. Lo tientan las bochas. Seguro que se podrá apostar. Lo ataja un recuerdo deprimente. ¿ y hacer un tiro? ¡Lindo sería!... ¿Desde el caballo?...

El peine, el charque, sal y yerba le consumen los valores de la rastra. Solamente retiene una moneda, la más valiosa, el patacón de plata, que era el centro del vistoso ornamento. Lo guarda en un pliegue, como bolsillo, que lleva por dentro de ese cuero curtido que le faja la cintura con donaire y solidez.

Se incorpora no al juego sino al espectáculo de las bochas, sin meterse entre la hombrada. Como permanece, lo toman en cuenta, a la hora del asado:

- Hágale, con confianza.

Como está indeciso, le insisten:

- ¿Y?... ¿Gusta?

Aballay asiente, apenas con una inclinación de cabeza, sin comprometerse del todo, ya adivinan lo que sucederá a continuación: pretenderán que para arrimarse al asador descienda y se entablará el repetido duelo con sus resistencias.

Así ocurre hasta que alguien toma razón del crucifijo y pide parecer a un vecino: "¿Será ese que...?". Hay acuerdo en que puede ser. Van ellos, entonces, a rendir su ofrenda – pan y vino, como principio - a ese peregrino extraño que, según decires, no descabalga nunca.

Así terminó la primavera y pasó el verano, Aballay.

El invierno le hizo pensar que el estío había sido una gloria, para su vida al raso.

Por el fondo de los campos estaba subiendo el sol, pero Aballay no terminaba de despertarse. Helaba, y él estaba helando. Lo poseían vagas sensaciones de vivir un asombro, y que se había vuelto quebradizo. No intentaba movimiento y lo ganaba una benigna modorra.

Mucho rato duró el letargo, ese orillar una muerte dulce, mas atinó a reaccionar su sangre a las primeras tibiezas de la atmósfera.

Al tomar conciencia del riesgo que había vadeado, se santiguó, besó la cruz de palo y controló sus apoyos, sobre los que discurrió.

"Si muriera encima de un caballo... ¿Quién me despegaría de él? ¿Podría, la muerte?..."

Desde su carretón ambulante, el mercachifle lo convocó con una voz: "¡Gaucho!", que Aballay no reconoció para sí o lo predispuso contra la intención de quien lo nombraba de esa manera, por unos cuantos aplicada con menoscabo. Iba a desentenderse de él; no obstante, el otro, a gritos para hacerse oír, sólo quiso preguntarle si tenía plumas.

Aballay se contuvo.

- ¿Plumas?...

- De avestruz. Las compro, o cambio por mercadería, buena mercadería.

Por este encuentro y la tal propuesta, Aballay creyó hallar oficio que no lo hiciera renegar de su voto.

Tuvo que correrse a la llanura central, menos árida, más solitaria, y rumbear al sur, hasta confines odiosos por sus peligros, los de tener encimados los territorios de tribus no avenidas con el blanco.

Acechó al ñandú. No para faenar sus carnes (empresa imposible sin echar pie a tierra). No que quedara sin vida, quería Aballay: que quedara sin plumas.

Supo de pacientes vigilias, aplicó el ojo avisor, se sometió a la inmovilidad (por no delatarse al zancudo).

Ensayó carrerearlos y sobre la marcha, al emparejarse, arrancarles los alerones o parte de la cola. Demasiado resistentes le resultaron; si el alazán por un trecho alcanzaba al ñandú y él se le aferraba a las plumas, los enviones del patas largas amenazaban arrastrarlo o le dejaban como recompensa un manojo escaso o maltrecho.

Lamentó su ineficacia con las boleadoras, de las que de todos modos, carecía.

Ensayó el lazo. Aprendió que voltear de un tirón al avestruz no es dominarlo. El ave grande pateaba con una energía temible y le espantaba el caballo.

Comprobó, por último, ante la reja del pulpero, lo engañoso de las ilusiones del trueque.

Que fuera oficio para mujeres, nunca se le avisó; lo daba por hecho como menester de varones. Sin embargo, ahí, al comando de la carreta, estaba una.

Por el momento en aprietos considerables.

Aballay no fue tenido en cuenta, ni él se postuló, ni adelantó palabra. Meramente se detuvo a un costado a apreciar la situación y tomó nota que en el interior de carruaje estaban atrapados: otra mujer, de apariencia más delicada; un civil, quizás el marido, y hasta tres niñas.

Resaltaba que para la mujer carretera sacar del agua fangosa esa mole con ruedas era obligación de los bueyes y se lo exigía con voces de mucho imperio y el duro estímulo de una picana bien manejada.

Aballay entró al pantano, a probar honduras. A continuación, desenrolló el trenzado y enlazó el pértigo. Se paso a la vanguardia y con el de montar y el parejero comenzó a cinchar, cuidadosa pero firmemente. Todo ello, sin perder su posición sobre el alazán, lo cual motivó primero la atención, luego la estimación de la mayorala. Esta entro a colaborar con él.

No sirvió el esfuerzo inicial por el mucho peso del carro y la carga entera. Menguó: Aballay desembarcó, uno a uno, a los cinco transportados y sin dar tregua a sus caballitos los reimplantó a la cuarteada.

Hacia el crepúsculo, liberados de la prisión del cieno, aunque abundaran las injurias de éste sobre botas, ropa y rostros, los confortaban a un fuego animoso sobre piso seco. La olla de mazamorra se confiaba al influjo de las llamas quedas.

Aballay pudo comprobar su destino – que no pretendía – de provocar desconcierto, teñido de admiración.

Con este estado de ánimo, la carretera acató sin insistencia ni comentarios que rehusara desensillar para tomar una comida caliente y más tarde su descanso en forma natural. Ejerció una prudencia elemental y confió en hallar ocasión para retribuir mejor la ayuda.

Aballay durmió sobre el cimarrón.

Al despertar, sabedor del apego que le profesaba el alazán, que como de costumbre había quedado suelto, no le preocupó su falta; lo supuso vadeando largamente en resarcimiento del desgaste que tuvo el día anterior.

Saboreó él, Aballay, su propio verde amoroso, en sucesivas rondas que el postillón adolescente le sirvió con tortitas de maíz. Luego salió en procura del demorado.

Cuando lo encontró, estaba tumbado, sin inquietud, sin violencia, sin resuello.

Aballay entró a pensar y hubo de inquirirse si bajar por su potro le sería dispensado. Rumiada la duda, no lo hizo. Colgado del cimarrón, retiró el cabezal del alazán y dejo que su mano se demorara tiernamente asentando el pelaje sano y parejo.

Se le instaló el desamparo en la voluntad, una desolación que lo puso inservible, hasta el punto de no atinar qué hacer para no matar con su peso al cimarrón. Estaba igual que al principio; para no asentar la bota en tierra precisaba un caballo más con que alternar.

Sin decisión, siguió la carreta.

Más adelante, en una parada, hubo ocasión:

- Concédame...

Con esta sola palabra, la mayorala le hizo don de la mulita, la de servicio, la que llevaba de rabo del carro para un rodeo o avanzada del postillón mozo.

Se sumó a la travesía, sin resistirse a la ojeriza que le dedicaba el hombre que mudaba destino, de un costado a otro del país, con sus bártulos y su familia de cuatro polleras entre los cueros del galerudo y lerdo transporte de bueyes.

Para Aballay estaba bien con que la mayorala tolerara sus hábitos. Si no se hacía mella de éstos, conllevaba tareas. De tal modo resultó que pudo darle a ella algunos desahogos, de media jornada más, conduciendo él la carreta. Le bastaba pegar un salto de su cimarrón al pescante: no pecaba de posarse en tierra.

En la noche, el resguardo de la caja del carretón le aligeraba el trámite hacia un sueño con menos escalofríos. El yantar se había vuelto seguro.

Aballay se incómodo a sí mismo con dos preguntas ¿Por qué ella me ampara? Lo que yo hago, ¿es penitencia?

De la primera pidió respuesta a la bienhechora:

- ¿Por qué?

- Por que me ayudás. (Ella lo voseaba, no él a ella.)

No lo convenció y se fue al silencio.

Entonces, la mujer se allanó a confesarle:

- Porque me recordás a un hijo que supe tener.

Conversaban en igualdad (a igual altura), en la noche. Para hacerlo real, él se arrimaba en la mulita y ella se sentaba en el piso del pescante de la carreta quieta.

Cuando la mayorala le alcanzaba un tazón o un cacharro, vale decir, alimento de tomar con cuchara, a Aballay le asomaba la inquietud. La cuchara, en su mano, le representaba el bienestar, y era cuando se preguntaba si de verdad hacía penitencia.

La llamaba "vida de balde" y sabía que eso era como "vivir de regalo", pero también sospechaba que fuera vivir en vano.

Pensó, una vez, ir al encuentro del cura o de otro hombre mayor e instruido con quien aconsejarse.

A sus dudas, como de una tiniebla, le venía la réplica, casi parecida a una justificación: vivir para pagar una culpa no era vivir en vano.

Podrían haberlo tranquilizado, esos pensamientos, si no se hubiera interpuesto en cada caso, la cara del chico. ¡ No había arreglos, con el gurí!.

Aballay desaparece dos días.

De vuelta, se distingue sobre la mulita un fardo. Esa diferencia podría no tener significado; no obstante, la mujer de la carta le atribuye alguno, aunque todavía incierto.

Que Aballay se lo confíe, como está haciendo, podría creerle contribución de su parte a los consumos del viaje. No es lo que la mujer considera, menos cuando deslía el bulto y encuentra: tocino, ginebra, sal, galleta... sí; pero además una pieza de percal, agua de olor, un pañuelo...

Algo, en la mayorala, se pone muy flojo.

Ahora ya casi comprende... Quizá, que no es un presente común. Que Aballay se va y paga. No, no paga: retribuye.

Casi lo puede entender de esa manera, pese a que Aballay aún nada explica, ni cuenta nada.

Ni dirá que entregó el patacón de plata, aquel guardado en el pliegue de la rastra para la ocasión especial. O para una gran necesidad (como la de hacer lo que ha hecho)

Como se perdió la carreta con su mayorala, se perdió el invierno y se pierden los años.

Murió el alazán, murieron el cimarrón y la mulita. Siempre pudo sustituirlos, nunca con ventaja. Lo más, orejanos; los menos, dóciles. Por hallar sumisos, cuando enlazaba perdidos sin marca, los elegía viejos, reputados de mansos. Precisaba uno preferido para montar, y el ladero. Un tiempo se avino a llevar, de parejero, un burro. Precisaba, propiamente, un sillero. Ni silla, ni montura, ni bastos llegó a tener.

Sospechoso de abigeato, y en reincidencia, un policía le cargó la mirada.

Aballay y su yunta fueron arreados al destacamento.

El milico le mandó el "Bajate, que el comisario te quiere ver".

Soportó el tono, soportó el enojo y las palabras puercas. Calculaba para enseguida unos guascazos y unos tirones, pero el milico decidió darle una oportunidad.

- Tenés que entrar, por las buenas

- No me niego, si es montado.

- ¡Ah, vos, con tu manía!... – lo reconocía y lo despreció, el uniformado, sin atreverse a más.

Fue a poner el litigio al arbitrio del comisario. Salió de vuelta no por contrariado menos altanero, e hizo las cosas como si se dirigiera a un tercero.

- De orden de mi superior, que el citado Aballay tiene que comparecer no más.

Si bien debió agregar, de distinta manera: "Andá adentro, te las tendrás que ver con el jefe. Pero pasa derecho al patio, podés entrar con tu flete".

El comisario, para no ser menos que el indagado, fingió que estaba por salir con apuro y subió a su caballo. Sólo entonces, como condescendiendo a no dejar desatendida la cuestión, planteó el reclamo: "!Despachemos pronto! Me va a decir, Aballay, en qué asuntos se ha metido... ".

Pero fue indulgente. Sabía ( o creía saber) ante quién se hallaba.

Al tiempo de vida errante, le había salido al cruce una partida de jinetes.

Eran tres y pensó en malandanza. De él quisieron sondear una suposición semejante (el crucifijo al cuello podía usarlo como un despiste) y, al parecer, con unos datos creíbles se les pasó tal idea.

- ¿Querés trabajar?

- Según...

Enganchaban peones. Dos de ellos lo eran y el otro su capataz. Estaban formando una hacienda, para un patrón. Reclutaban hombres para el desmonte.

Aballay dijo no, que él no.

- Pretencioso el gaucho – soltó uno. Con agresividad.

"¿Otra vez?", se consultó Aballay, y no pudo impedir que se le embravaran los ojos. Se los controló el retador y para acentuar la provocación le caracoleó el caballo por delante.

No le gustó el lance inútil, al capataz. Lo llamó al orden: "¡Pereira!", e increpó a Aballay

- ¿Quién sos?

A Aballay le salió la respuesta: "Un pobre", como un tenue desprendimiento. Lo miraba de frente y ya no tenía cólera ni soberbia en el rostro.

Entonces, para el principal de la partida cobraron sentido la cruz de palo y las trazas, ya de mucho oídas, del montado errante. Con respeto llevó la mano al sombrero y se descubrió la cabeza.

Y Aballay supo que, al cabo de tanto, había regresado a la comarca acogedora de donde lo apartó la carreta.

Otras veces se encontró con gente de a pie: "Más pobrecitos que yo...", comprobaba.

Podía transcurrir un día sin que distinguiera persona, y quizás lo mismo le ocurría al otro; sin embargo, al coincidir raramente se excedían de estas manifestaciones

- Buenas...

- Y santas, amigo.

Y cada cual proseguía, con el nudo de lo suyo, cerrado, dentro de un mundo tan abierto (y solo).

Podía dar testimonio de éxodo - vaya a saberse hacia dónde que imaginaban el pan – de familias que nada poseían, salvo los hijos. Tropitas polvorientas, en las que el padre hacía punta, y luego los chicos; uno, puede que de leche, bajo el cobijo del amplio chal de la madre, negras por lo común las vestiduras de ésta. El más animado, cuando no extenuado por la hambruna, era el perro.

- Buenas...

- ... y santas, señor.

Resaltaba la respetuosidad, no sólo por darle a Aballay el trato de señor. Al ver de cerca al montado, se había recuperado del borde de donde descansaba. Sombero en mano, lo sacudía del polvo contra la pierna.

- ¿Me conocés?

- De mentas, señor.

Aballay lo dejó parado y meditó. El caminante era el tipo del venido a menos hasta lo muy mínimo donde ya ni fe en sí mismo le queda. Aballay consideró que podían hacer juntos el camino y se dio cuenta de lo provechoso de la cooperación entre un hombre privado de la tierra y un hombre que puede desenvolverse al ras del suelo. Aballay se dijo que andar con otro demandaba plática y él no era de mucho hablar. Tan bien lo probó que al rato se fue sin revelarle que lo estuvo pensando de acompañante.

En una cuesta descollaba a distancia uno como ensotanado, por el poncho negro y caído hasta los pies. Gesticulaba, llamándolo a llegar a él mas de prisa, lo que no obligó a Aballay.

Sostenía un largo palo, más alto que él, y el personaje se parecía al palo.

Desplegó méritos para acreditarse, vivísimamente interesado en conquistar el uso del caballo que consideraba vacante.

Aballay toleró el discurso, notó codicia, midió la potencia del palo. Sencillamente le notició que se inclinaba a no tener socio alguno, lo cual exasperó al figura y ante este resultado Aballay se decidió a partir sin agregar palabra.

El taimado zumbó un varazo propio para hacer volar la cabeza del jinete, que con agacharse la salvó, mientras ponía distancia con la ligereza de sus caballos.

- ¡Anda, ve con Dios! – le vociferaba, muy castizamente, el salteador fallido - . ¡Anda, ve con Dios!...

"En eso estoy", se consoló Aballay.

En una época siguiente, padece deterioro de salud. No lo esconde, tampoco lo pregona.

Las puesteras hacen lo que pueden por él: un té de yuyos, un caldo de ave, una tibia leche de cabra... No se atreven a medicar: piensan que a un hombre en ese estado hay que mandarlo a la cama, pero no a ese hombre.

Menos osaría ninguna propiciarle un rezo. Por descontado que Aballay llena sus retiros con la oración.

No es tanto así, como creen las mujeres. Sin embargo, Aballay reza, a su manera, y no para implorar por su salud. De siempre lo ha hecho igual.. su rezo es como un pensamiento, que continúa después que ha dicho las frases de la doctrina. Nunca hizo de la plegaria una queja.

Hoy, que se ha arrinconado con su fiebre en una barranco y tiene mucho frío, nota, con la vecindad de la noche, las majestuosas pinturas del cielo. Le llenan el espíritu y se le antoja de hacer lo que nunca se le ocurrió: rezar de rodillas, sin que tenga que quebrar su voto, sin hincarse en la tierra: doblado sobre su potro.

Prueba, con unción, con vehemencia, con tenacidad, pero no puede: arriesga una ruidosa caída.

Ciñe desesperadamente sus piernas al cuerpo del animal, dispuesto a no derrumbarse, a afrontar la infinitud de las sombras que se lo están tragando.

Sueña con hojas de flor de durazno.

Sueña que interpreta: ha de ser mi remedio, el tiempo soleado, ya que la flor se abre en primavera.

Un día, a la vista de un duraznero que estalla en flores por todas las ramas, recuerda con benevolencia aquel sueño y se enseña del acierto de su presagio.

Una mujer le pide que salve a su hijo.

Aballay no entiende. ¿ Que le ayude a llevarlo a donde se pueda dar con un médico? ...

No. Que él lo bendiga y el niño se pondrá sano.

Aballay se espanta de esa atribución: lo están confundiendo con un santón.

Después se duele: "De haber podido, yo..."

El antiguo, que se cubre con poncho blanco, le impacienta el ánimo.

Entre tantos pilares de los templos descabezados, vino a subirse a la columna quebrada más cercana a la suya.

Tenía un silencio odioso, muy diferente al que cumplía Aballay, porque en Aballay era como una costumbre de estar callado sin ostentación.

Aballay se sintió vigilado y aunque no pretendía ser más que nadie, no cedió, y vigilaba al vecino.

Se daba cuenta si el antiguo bajaba más de lo perdonable y tomaba nota igual que si nutriera un encono.

Al padecer la lluvia o el frío, resistía y comparaba, por verlo aflojar.

Si granizaba, menos calculaba los coscorrones en su cabeza que los que machucaban al otro.

Su comportamiento era mezquino, tenía que reconocerlo; pero, alegaba, por causa del control malintencionado que le aplicaba al intruso.

De todos modos, uno y otro lo pasaban pendientes de quien cayera primero.

Permanecían al acecho de los indicios: si se ladeaba a dormir, si lo marea el sol, si lo zamarrea el chucho...

"Puede que el poncho blanco le éste dando apariencia que lo favorezca de bendito..." – Aballay juntaba argumentos por menospreciar la ventaja que le llevaba el antiguo en recibir ofrendas: se acumulaban, éstas, en la base de la columna.

Después de unos cien años de rivalizarse, ninguno ganó en morirse. Los dos quedaron sin gestos justito en el mismo instante, y se secaron de a poco. Después se desmenuzaron como un par de panes viejos.

No pasó sin huella para el montado esta fantasía de la noche: le marcó ondas graves de desabrimiento y melancolía.

Siempre piensa en el gurí que le hincó la mirada.

Pasan años. Un día se encuentra con esa mirada.

Sabe que el niño, hecho hombre, viene a cobrarse.

Lo ha seguido el mozo. Lo topa en el cañaveral.

Podría parecer un santón de poca edad, en digno caballo. Trae templados los ojos, pero decididos. Igual que Aballay, está en harapos.

Le comunica:

- Lo he buscado.

- ¿Mucho tiempo?

- Toda mi vida, desde que crecí.

No pregunta, afirma:

- Conoció a mi padre. Sería ociosopreguntarle quién es él y quién era su padre.

Le pide:

- Señor, eche pie a tierra.

Aballay decide que tampoco por este motivo puede. Además, esta rumiando que no debe revelar el porqué: parecería un disimulo del miedo.

Como demora en su cavilación, padece que el otro lo apure.

- Señor, he venido a pelearlo.

Aballay hace un gesto sereno, que muestra conformidad, y el joven resume:

-Sé que tiene fama de que no se abaja nunca del caballo. Tendré que abajarlo. Le ofrecía, no más, la ocasión de un frente en que los dos pisemos firme. Si usted no la quiere, me acomodaré a su modo.

Lentamente, del dorso desenvaina el facón cruzado, que es largo como la búsqueda que ha terminado.

Agil y rápido, Aballay se inclina pronunciadamente y con incisión certera y enérgico forcejeo corta una caña gruesa y poderosa como de más de un metro. Toma posición, con ella en ristre igual que lanza y ya ha guardado en la faja la hoja triangular del cuchillito.

El desafiante se asombra:

- ¿No tiene cuchillo que valga?... ¿Ni ese cortón piensa usar?

Pero ni más palabras usa Aballay, aguarda.

No quiere matar, pero opondrá defensa.

Luchan. Con la caña hostiga y lastima superficialmente. Busca herirle la mano que empuña el arma, para que la suelte. El contendor lo pasa a la carrera, por el costado, bajando planazos que aciertan y escuecen. Vuelve y suelta un mandoble de partir la cara. Aballay esquiva y lo que corta el facón es la caña, formándole un chanfle perfecto. Aballay, por instinto, la mantiene rígida y no afloja. Con el extremo por ese azar afilado, la caña se incrusta en la boca del retador que atropella, y se la destroza. Resbala, manoteando inútilmente el pretendido sostén de las riendas.

Desde arriba, Aballay lo estudia, un segundo. No ha cometido lo que no quería: matar otra vez. Compasión y náusea le causa la efusión de sangre que ahoga los ayes y enturbia el bramido.

Desmonta a dar socorro y llega hasta el vencido, pero lo bloquea su ley: no bajar al suelo, y lo ha hecho.

Angustiado, levanta la mirada, para consultar, y por su cuenta resuelve que en esta ocasión será justo que permanezca todo lo que haga falta.

El instante de vacilación basta para que el vengador, de abajo, alce la punta del cuchillo y le abra el vientre.

Aballay cae, perdiendo aceleradamente las energías, y lo que se embota primero es el sufrimiento de la cortadura.

Alcanza a saber que su cuerpo, ya siempre, quedará unido a la tierra. Con el pensamiento velado, borronea disculpas: "Por causa de fuerza mayor, ha sido...".

Aballay, tendido en el polvo, se está muriendo, con una dolorosa sonrisa en los labios.


[Incluido en "Absurdos", Aballay es el texto en que está basada
la película del director Fernando Spiner]

Los suicidas

Antonio Di Benedetto

 (fragmento)


Todos los hombres sanos han
pensado en su suicidio alguna vez.
Albert Camus


PRIMERA PARTE

LOS DÍAS CARGADOS DE MUERTE

Mi padre se quitó la vida un viernes por la tarde.
Tenía 33 años.
El cuarto viernes del mes próximo yo tendré la misma edad.
Aunque tía Constanza, con reserva pero sin tacto, mencionó esa coinciden-cia, no he vuelto a ella mi pensamiento hasta hoy que el tema, de cierta mane-ra, ha salido a mi encuentro.
En la agencia el jefe me dijo: "Puede ser su oportunidad".
Sin requerir consentimiento, me introdujo en la tarea. Sobre el escritorio desplegó tres fotografías y me incitó a descubrir lo que posiblemente él ya había observado.

-¿Qué ve en ellas?

Consideré que esperaba de mí una deducción fuera de lo corriente. Inclinado, examiné las fotos, que tenían, cada una, un cuerpo humano, tumbado y vestido. Dije:

-Veo que están muertos, los tres.


-No es una respuesta muy sagaz.

Acepté su mordacidad como una advertencia de que debía ver mejor, y pronto. Me molestó, pero transigí, más bien por el presentimiento de que comenzaba a descifrar. Indiqué:

-Una es mujer, dos son hombres.

Remarqué lentamente, como si costara enterarse. Proseguí, sin prisa:

-Ella y este otro conservan los ojos abiertos. El tercero no.

-¡Oh! -dijo el jefe, se arrancó del escritorio y caminó.

Entonces pensé que no soy un bromista y ya bastaba porque asimismo él podía decir basta. Dije:

-Los que tienen los ojos abiertos siguen mirando ...

Informe hospitalario (06/04/2011): Antonio Di Benedetto

Por Daniel Espinar

Hay muchas razones para elegir el siguiente libro. Me parecía apropiado elegir Los suicidas, de Antonio Di Benedetto, el día que ingreso en el hospital a la espera de una cirugía. Llevo solo dos días aquí. La planta está llena de ancianos dándoles a sus familias un último susto (o penúltimo, con suerte). Aquí no hay suicidas, que yo sepa, pero hay tiempo libre y buenas razones. Afortunadamente, en mi caso, mi naturaleza suicida se circunscribe a la lectura de la novela de Di Benedetto. Hago lo posible por abandonar la realidad, en esta planta no hay un rincón para sentirme aislado y no hay una red wifi para sentirme conectado. Mi suicidio, como siempre, es lanzarme a la ficción para sobrevivir, a la vez, a esta realidad. La cirugía, por otra parte, es el momento híbrido, porque para mí es una elipsis.

¿Cómo organizo todo estos acontecimientos para amueblar Los suicidas en mi cabeza? Siempre es una cuestión lingüística. Con Di Benedetto, en especial, siempre es una cuestión lingüística. Nos gusta hablar del estilo de un escritor cuando reconocemos sus trucos, pero Di Benedetto no es un mago televisivo, sino un timador profesional. A mí, al menos, ha sabido timarme con cada una de las obras de su trilogía, y yo estoy encantado por ello. Uno cree que conoce a Di Benedetto, que lo tiene calado, pero no es así. Siempre es distinto. Es como esos dibujos animados llamados Ben 10. El protagonista tiene la capacidad de transformarse en varias criaturas, dependiendo de las características que requiera en cada situación. Del mismo modo se transforma el lenguaje de Di Benedetto para adaptarse a las ideas de cada novela.

En Zama, nos encontramos ante un uso del lenguaje que nos sumerge en una atemporalidad desconcertante. Uno se pregunta ¿en qué siglo está escrita Zama? En El Silenciero sufrimos un jet lag fortísimo y nos encontramos con que un autor argentino pertenece, repentinamente, a la nouveau roman. Las mismas técnicas descriptivas para explicar las consecuencias del ruido mundano. Finalmente, en Los suicidas, parece que nos encontramos ante una novela inacabada, la novela de alguien que ha terminado su vida antes de tiempo. Los suicidas puede entenderse como una sucesión de notas y apuntes bien desarrollados, pero sin una última revisión que les dé una forma gramatical adecuada y una unidad. El protagonista que nos habla es un periodista que va reuniendo esta información acerca de diversos suicidios.

No se trata, en ningún caso, de la pose de un existencialista en un café de París, pensando en si uno debe suicidarse o no. Afortunadamente, no hay rastro de esa solemnidad por ningún lado. No hay solemnidad, entre otras cosas, porque no hay moral. Hay observación, hay contemplación y hay registro. Quizá se trate de una sutil pornografía del suicidio.

Descubrí a Antonio Di Benedetto, supongo que como más de un lector, gracias al famoso cuento de Roberto Bolaño, Sensini. Como buen timador profesional, Di Benedetto ha sabido pasar inadvertido, pese a que –supuestamente– se adelantó a la idea que Julio Cortázar tenía para Rayuela. Esa misma estructura fragmentaria ya está en El pentágono. También se dice por ahí que Borges ya había reconocido en su momento los logros de Di Benedetto. Pero, como todos sabemos, en boca de Borges se han puesto todo tipo de citas apócrifas, porque siempre resulta ser un buen escaparate. Aunque Miedo a la literatura sea un escaparate infinitamente más pequeño, en este comienzo de la temporada primavera-verano debería montar un maniquí con una boina, unas gruesas gafas y una tupida barba, a imagen y semejanza de Antonio Di Benedetto, para que todos ustedes lo contemplen cuando pasen por aquí.

ACTUALIZADO (Añado esta posdata el día de publicación de este post): ¡Todo ha ido bien, ya he vuelto a casa!

http://miedoalaliteratura.wordpress.com/2011/04/12/informe-hospitalario-06042011-antonio-di-benedetto/

El jefe se detuvo, yo también.
Sentí que entendía y que me importaba lo que había entendido:

-Miran ... como si miraran para adentro, pero con horror.

No necesitaba su aprobación -un sonido que me echó-, ni el silencio con que propició la impresión de que algo faltaba. Sí, en mi mente había una señal, confusa, hasta que pude afirmar:

-Están espantados, tienen el espanto en los ojos y sin embargo, en la boca se les ha formado una mueca de placer sombrío.

No dudé que había acertado, que le había ampliado la visión. Eso ya estaba. Lo que a continuación, con urgencia, precisaba saber, era lo que le pregunté:

-¿Los mataron?

-No, se mataron.

Era el embrión de una serie de notas. Un embrión informe.
Discutimos la serie: Historia de los dos casos de los ojos espantados. No conocemos la historia. Alguien, un profesional respetable, proporcionó las fotos; no puede ayudarnos ni decirnos quiénes son ni quién las tomó. Dos casos no dan para una serie. Pero su historia nos hace falta. Hay que averi-guar, pesquisa propia. La policía no colaborará.
Se puede probar. No colaborará, no informa sobre suicidios. La publicación provoca el contagio. Suicidios por imitación, epidemia de suicidios, peste de suicidios.
¿Por qué el horror introspectivo? ¿Por qué el placer sombrío? Por ahí puede darse la generalización, más material para más notas, la serie si confirmamos la generalización.
Sí. No puede ser la historia de dos, o dos historias que dejaron de ser noticia. Precisamos casos frescos. Habrá que esperar. ¿Esperar qué? Que se produz-can, y ver. No, no se puede esperar, dispone de dos meses. Tenemos lista la circular para ofrecer la serie a los diarios. Podemos venderla a treinta vesper-tinos y tres revistas en color. ¿La quiere sensacionalista? No, seria. Nuestra agencia no es sensacionalista. Como usted dijo vespertinos ... Dije no más. Para las revistas precisará diapositivas. ¿Por qué solo revistas color?
Por la sangre, para que se aprecie el rojo; si no, hay que marcarla con una flecha y explicar en el epígrafe, y se pierde. Tiene razón. Trabaje con Marcela. ¿Por qué Marcela?
Recuerde, el reportaje del avión caído en la cordillera. Sabe arriesgarse. En este asunto no habrá riesgos, trataremos con muertos. ¿No habrá? Así lo espero. Quién sabe.
Recurro: Mejor sería Pedro, preferiría trabajar con un hombre. Manda: No, Marcela.
Sin decirlo, pienso en Marcela como en un negocio particular. Es ascética, parece. Es casi nueva en la agencia y apenas la conozco. No nos gustamos. No me gusta, he soltado por ahí. Uno me preguntó por qué. Dije:

"Tiene 30 o 32". Años, quise decir.


Salgo y me alivio. Me deslumbra el verano. Me deslumbra y rápidamente me pone pegajoso el cuerpo.
Viene por la vereda una blusa con interiores. Podría decirle algo. Otra, esco-tada. Nada le digo a ésta tampoco, es inútil para el vínculo, pasan; pero la miro, quién sabe cómo, porque una señora me mira. Es la censura y pretende arrinconarme.
Pienso en la serie. Tendré que ver gente que no me importa porque no es la que lo hizo; personas prevenidas, reacias (quizá Marcela me ayude a llegar a ellas; en su estilo es un cebo, tiene 30).
Pongo el pie en el cajón de lustrar.
Y tendré que hablar, hablar de eso.
Pienso en papá. Yo era como este niño, el lustrador, así de pequeño. Supe que había muerto, ignoraba cómo.
Lloré hasta secarme, dormí, desperté, la ceremonia seguía, las visitas susurraban. Alguien, posiblemente mi madre, clamaba: "¡Muerte injusta!" Comprendí lo de injusta -nos dejaba sin él-, pero no pude entender cómo la Muerte se introdujo en la casa y se apoderó de papá.
Porque en la mañana él estaba vivo, de pie y sano como cualquiera, y murió en la tarde mientras había sol, y yo tenía el convencimiento de que la Muerte era una figura siniestra que daba sus golpes en la oscuridad de la noche.
Pregunto, al niño que me lustra los zapatos, qué es la muerte.
Levanta sus ojos marrones y me considera, desde abajo, entre sorprendido e intimidado, si bien no cesa de cepillar.
Mi pregunta ha sido excesivamente abstracta. Me corrijo y sonrío, para atraerlo:

-¿Nunca murió alguien que conocías, un vecino, un tío? ..

El chico se encorva sobre su trabajo, se concentra y dice:

-Sí, mi papá.

Callo.
Él me espía, con curiosidad: advierto que no me rechaza. Procuro establecer -¿he comenzado mi tarea?- qué conoce de los alcances de la muerte, dónde supone que está el que muere.
Contesta que el padre está en un nicho, pero la madre, al principio contaba que se fue de viaje, y ahora dice que está en el Cielo. Él no lo cree. ¿No cree en el Cielo? En el Cielo sí, pero el Cielo es para los buenos y el padre le pegaba a la madre.
Estoy pasando un día cargado de muerte. Es suficiente. Entro a un cine donde dan Alphaville. Trabajaré mañana.


Sin embargo, en la noche, despegado de Julia, aunque junto a ella, repaso lo que dijo el lustrabotas y noto que, en definitiva, no llegué de vuelta al interro-gante inicial: ¿Qué es, para un niño, la muerte?
Pido a Julia que lo averigüe entre sus alumnos, en la escuela. Se alarma, se defiende, se ofusca. Explico, apaciguo. La serie, mi trabajo ...
Se niega, obstinadamente. Dice que no es normal.
"¿Que no soy normal? .. ", y la desconcierto.
Sé perfectamente que no dijo eso.


Desayuno con mamá. Habitualmente, es el único rato que pasamos reunidos.
Me cuenta que se ha encontrado con Mercedes, su amiga, y doña Mercedes le ha dicho: "No tengo familia, tengo televisor". Yo objeto: "Tiene hijos y nie-tos, y vive con ellos".

-Sí, pero la dejan sola: entran y salen; cenan con el televisor encendido.

No es un reproche para mí, aunque puedo deducir una moraleja.
El calor, que está tomando posesión del día, me altera.
Mamá lo nota. Baja persianas, me ofrece el ventilador.
Creo que mamá es la única persona que me quiere.

-Me gustaría vivir en un país con nieve -dice.

Siempre lo ha dicho. A mi vez, le he ofrecido unas vacaciones de invierno. Anualmente renuevo el plan.

Repito: "Este año iremos".

-¿Adónde?

-A la nieve.

-Ah sí. Sí, hijo, iremos.

Algunas mañanas se opone y me dice que ahorre para el auto pequeño. "Lo necesitas, es por tu trabajo".
Me deprime, otros lo consiguen: auto y nieve.
Mi hermano, que tiene un Fiat 1500, ofrece:

-¿Te llevo?

Mamá comprende que ha terminado su ración diaria de ese hijo y se entris-tece. Me doy cuenta pero mi vida está enredada con la calle.
Mi hermano besa a su hijo y a su hija y al segundo varón y al tercer varón. El tercero trae en las manos, bien destrozada, Minotauro 7. La reconozco por los pedazos de tapa. Le doy un bofetón y se la quito. Mi cuñada, desde la puerta de la cocina, dice: "¡Mauricio!", nada más. Da la alarma al marido, le reclama, por ese hermano que el marido tiene.
Mi hermano se abstiene. Dice: "Calma", como un magistrado.
En camino, no habla.
Un imprudente se mete y se salva porque Mauricio clavó los frenos. Podía insultarlo, con todo derecho; no lo hace, yo lo hago.
Normalmente, no insulto a nadie, excepto los sábados.


A Marcela le corresponde el turno de la tarde. No podré verla hasta las 4. Sin duda, no está avisada de que la ponen conmigo.

Aceituno, el cronista de la agencia que actúa en el Departamento Central de Policía, no liga las fotos con sucesos que a él lo hayan ocupado. Las hace circu-lar entre los colegas de la sala de periodistas y las imágenes vuelven a mi po-der sin suscitar ningún recuerdo entre los especializados.
Aceituno me vincula con la policía científica. Me deja con el jefe.
Solicito colaboración informativa para la agencia. La agencia tendrá toda la colaboración que precise, a menos que se trate de causas pendientes de deci-sión judicial, delitos en investigación reservada, abusos morales contra meno-res y suicidios.
Yo no he mencionado, aún, las fotografías. Haré como que no entiendo que encuadran en las excepciones que se me vedan.
¿Dispongo de tiempo para conocer el museo interno? Sí, dispongo. Lo que contará, al final, es el costado amistoso.
Tomamos café junto a la cabeza de un mafioso con la cara perforada por tres balas. Lleva treinta años en la vitrina. Existe una fórmula para conservar el color de la piel.
Nombra los "cadáveres judiciales" y le planteo el problema: Si yo poseo la foto de un cadáver judicial -es decir, con circunstancias que dan lugar a la intervención de la policía y la justicia-, pero desconozco nombre y toda otra referencia, ¿cómo puede ser identificado?
Menciona el archivo de personas desaparecidas, el protocolo de todo el que pasó la autopsia, la memoria visual de los técnicos, el criterio selectivo que cierra el campo de investigación determinando el sexo, la edad aproximada, la época en que murió (por la ropa), el escenario ambiente y mucho más.

-Entonces, ¿es posible?

-Absolutamente posible.

En consecuencia, extraigo las fotos y pido la identificación y la historia.
Las recibe, las observa, las aparta y dice:

-Aparentemente, son suicidas.

-Son suicidas.

Entonces dice:

-Absolutamente imposible.

Al salir pasamos por los gabinetes. Hay una muchacha de guardapolvo blanco y de piel muy blanca. Me nota.
Es algo.


Ando por elegir restaurante con dos virtudes: pescado a la parrilla y gente que yo no conozca y que no me hable de lo que ya sé, sale en los diarios, nos formamos opinión en las mismas revistas.
Coincido ante el menú de la vidriera con un turista que me pregunta dónde se puede comer platos típicos, y cambia de idea, no sé si adivina qué buscaba yo para mi almuerzo: quiere que le informe cómo se llega al acuario. Por úl-timo me agradece y declara: "Tienen una ciudad muy bonita, ustedes", y a este cumplido respondo que él no puede decir "tienen", porque yo no tengo nada, la ciudad no es mía. Quizá no nos hemos entendido bien porque dice: ''Ah, usted tampoco es de acá".
Es la época, y se ven muchos turistas, a las turistas "se les ve" mucho, ellas lo quieren así, lo cual resulta muy agradable.
Justamente, anoche he soñado de nuevo que andaba desnudo.


En la agencia paso las fotos a la jefa del archivo. Por hábito profesional de primera intención no toma mayormente en cuenta lo que representan, las da vuelta: busca el número de registro y la fecha de ingreso o publicación. El re-verso no tiene inscripción alguna.

-No son nuestras -me aclara, innecesariamente.

-¿Las recuerda, por algún motivo? ¿Le dicen algo?

Ya las está disfrutando.

-¡Son fantásticas! -proclama y quiere saber más-: ¿Quiénes son? Qué le pasó a ésta, ¿la forzaron?


Después visito a Bibi. Está saqueando una revista polaca escrita en inglés. Es la traductora de la agencia, y por eso y por su memoria indeleble y ordenada la llamamos Fichero.
Pongo una silla frente a ella, que está detrás de su mesa. Trato de resultar simpático, a partir del rostro.

-¿Me ayudará?

Otros la tutean, no yo. Corrientemente, no "está" conmigo: no soy depor-tista, como ella; no vivo de chacota, como los demás.

-¿De qué se trata?

-Suicidio.

-¿De quién?

-Si yo lo supiera ... No el mío, al menos.

-Ah, sí. -Fichero funciona-: El melanesio que se tira de las ramas de una palmera y el N° 350 que el 12 de marzo de 1967 pega el salto desde la torre Eiffel.
Demóstenes y Marilyn Monroe, Stefan Zweig y señora, Werther y Kirilov, Ana Karenina, Safo y el mandugumor que aborda solo la isla enemiga para que la tribu se lo coma. Todo eso, ¿verdad?

-Todo eso.

-Y también: 1963, Vietnam, monjes budistas con túnicas amarillas, nafta y un fosforito; harakiri con espada de madera para el guerrero que se quedó sin trabajo, pobrecito no hay guerra; gas de la cocina para la señora que no le cree al médico, su dolor de estómago es por un cáncer, ¿no es cierto?

-Eso también, sí, y esto -exhibo las fotos.

Bibi se concentra en el examen, pero evidentemente no saca nada en limpio. Hago para ella un resumen de la situación, a fin de ubicarla, para que vea por dónde debo empezar: por resolver, al menos, esos dos casos. Lo de los mela-nesios vendrá después.
No obstante, ella se ocupa, quiere saber más sobre lo que se puede lograr de la policía científica. Insisto en que no hay colaboración. Bibi me avisa: "Tengo una amiga", y en ese momento entra, silenciosa, y espera, Marcela. Bibi me cita: "Mañana, en la noche, en el bowling".
Retiro las fotos, se las paso a Marcela y digo: “Vamos”.


La conduzco abajo, al café. En el ascensor va estudiando a la mujer tum-bada.
Nos sentamos. Desliza las fotos sobre la mesita, hacia mí. Atiende y aguar-da, tan seria. Todavía no ha dicho una palabra ni ha saludado.
Le pregunto si sabe en qué estamos. Un gesto: más o menos.
Detenida ante uno, tan equilibrada y fresca (tal vez viene de darse una du-cha), resulta más pasable y no incita mayormente a andar de litigio con ella.
Le pregunto si sería capaz de fotografiar un temblor.
Dice que sí, por lo cual, para que se dé cuenta correctamente, aclaro: "Un temblor de tierra", y hago el crack.
Reitera la afirmación, sin conceder importancia a la tarea.
Insisto: "El temblor en sí mismo, no los efectos y consecuencias: ni gente que corre ni una pared agrietada ni la torre caída de una iglesia".
Como se ratifica le pregunto qué hizo con el temblor del lunes, ¿lo fotogra-fió?

-Dormía y no me di cuenta. Me pareció que alguien movía la cama.

-¿Quién puede mover su cama? -averiguo con malicia.

-Un temblor -explica sin molestarse.

¿Pretende aplanarme porque traté de chocarla? De todos modos, le indico que el trabajo que tenemos -la serie- “es más posible que todo eso, se trata de gente quieta”.

Asiente: "Sí".

Señala con el dedo la contradictoria fisonomía de la mujer y me interroga con los ojos.
Explico que ese es el pretexto, y como quiere saber si yo lo elegí, digo que no tengo muchas iniciativas y que si ella tiene.
Dice que no le dejan tiempo, siempre hay que hacer y la están mandando.
Le pregunto qué le gustaría andar fotografiando si le sobrara tiempo y pelí-cula, y responde: "La pureza". Le hago notar que eso es tan abstracto y fugi-tivo como el temblor.
Me dice que también la parte de atrás de las personas, porque es la que me-nos se cuidan, la gente cree que le ven sólo lo que quiere que le vean los ojos pintados, el bigote, la corbata de Italia, el gesto inteligente. Opino que la parte de la espalda y todo eso es lo menos expresivo, y lo admite, y que tanto daría entonces que tome a personas dormidas, aunque debe de ser menos fácil co-larse en los dormitorios sobre todo si duermen de a dos, y si es por individuos que no se cuidan de que los estén fotografiando, tendrá los de la serie. Con lo cual, digo, volvemos a lo que tal vez no le gusta mucho, si bien le aclaro que yo no la propuse para este trabajo. Añado, sin necesidad, que eso no basta para ser compañeros.
Como no responde a mi cortesía, le indico que tenemos que empezar por descubrir quiénes eran los dueños de ese par de rostros; de la policía podemos esperar cero y los colegas se declaran sin memoria.
Le encargo copias de las fotografías y le digo que se las vamos a mostrar "a todo el mundo: al mozo, a tres aviadores, a Jean-Louis Trintignant y Anouk Aimée, a mi tía Constanza, a Carlos Gardel y al novio de Marcela".
Suelta una mirada de prevención.
Creo que lo hice a propósito, lo de nombrarle novio, por probar si tiene con quién. Debo trabajar con ella dos meses: si resulta ...
Media hora más tarde estoy viendo La fogosa criatura del planeta Ultra.


Después busco a Julia.
Me recibe con un mazo de hojas de block escolar, que arroja bruscamente en mis brazos, como para separarse de su contacto.
Presiento de qué se trata, finjo ignorarlo (las ordeno, las retengo pero no las analizo) e intento una expresión cariñosa y reconciliadora. No sirve: bulle.
Entonces la dejo que disfrute su enojo y tomo la primera página: "Tema: La muerte". Hojeo las siguientes; son de distinta letra, el tema es constante.
Leo:

La muerte de Bobby -"Lloré mucho, mucho. Lo
enterramos debajo de un árbol y yo le llevo comida
y agua".

(No dice quién fue Bobby, tiene que haber sido su perro. Supone que vive o que algo de él vive).
Otra:

"Un camión tenía hundida la rueda en la acequia.
El hombre con el hierro hacía fuerza para levantar el
eje. Soltó la palanca, retrocedió, cayó como si se sen-
tara y quedó con la espalda apoyada en la pared. Esta-
ba muy pálido y a nosotros nos echaron de allí".

(No concibe la muerte: sólo sabe que vio a un muerto).
Otra:

"El padre cura dice que hay tres clases de muer-
tos: los del Paraíso, los del Purgatorio y los del In-
fierno donde hace mucho calor, más que acá en ve-
rano y más que en África. Creo que el Paraíso me va
a gustar: se parece al recreo. También sería lindo si
se pareciera al África y tuviera pileta para nadar".

Otra:

"La muerte debe de ser una señora que vive cer-
ca de mi casa. Tiene muchos gatos con sarna. Es
vieja, es sucia y es mala. Por eso la dejan que viva
sola. Nadie la quiere".

(La muerte es una persona).
Decepcionado, paro. Sin embargo, como me siento agradecido, comento:

-Te resolviste a ayudarme ...

-¡Perderé el puesto! ¡Cuando el inspector vea lo que les hice escribir ...

Me molesto:

-¿Tiene que verlo?

Me inclino sobre los papeles.
Leo:

"El hermano de Rosita, que iba al secundario y
estaba enfermo, se murió. En la siesta la Rosita me
llamó y me dijo querés verlo? Yo quería pero dije y
si nos ven? Ella dijo no hay nadie, hace calor. Subi-
mos en una silla y lo miramos por el vidrio que
tenía sobre la cara. Yo creo que estaba dormido.
Este es un secreto entre Rosita y yo".

(Asimila la muerte al sueño).
Julia suspira. Suspendo. Es una advertencia: si no me ocupo de ella llorará. Pero que no pretenda ser mi víctima. No la dejaré frotarme lo que ha hecho.
Prefiero explicarle lo de anoche. Se puede y la conformaré.

-Los hombres -digo- quieren que la mujer obedezca, tienen jefes, tienen pa-trones que los mandan todo el día. Vuelven a casa y precisan descargarse: mandan ellos.
Yo obedezco. Tengo jefes y tengo patrón. Sin embargo, no me interesa que al-guien me obedezca. No espero eso. Cuando te pedí que me ayudaras, con tus chicos de la escuela, no quise mandarte ... Pero no me contradigas. Otras ve-ces sí; ésta no.

-¿Por qué ésta no? -y, a pesar de todo, solloza.

Cavilo, no consiento que su pena me perturbe, me tomo tiempo. Al cabo, digo:

-Porque este asunto, parece, me apasiona.

(Aunque, en general, yo nunca me apasiono).
Julia, que se advierte desplazada nuevamente, renuncia:

-Por hoy es bastante.

Parte. No me opongo.
Ha olvidado las hojas de block escolar.
Leo:

"Mi hermanito, el Bebe, se suicidó. Yo lo quería
mucho, pero no lo extraño, porque él no sabía ha-
blar, ni caminaba, ni nada, aunque le faltaba poco
para cumplir los seis meses. Él y mi otro hermano,
el que vive, nacieron juntos, eran mellizos. Dice mi
mamá que ella se acostumbró a darle el pecho pri-
mero a uno y después a otro, y que el primero era el
que vive porque lo ponía a la izquierda. El otro, el
Bebe, cuando le tocaba mamar no quería y dejó de
tornar la leche y murió de hambre. Que fue porque
no lo atendía primero, dice mi mamá, pero cuando
ella se dio cuenta ya era tarde. El doctor dijo que el
Bebe se suicidó y mi papá le contestó que era una
gran desgracia, pero que él estaba acostumbrado
porque en la familia ya otros se habían matado. Yo
mismo lo oí y no me lo contaron".

En la cocina mi madre deja al resguardo, para mí, una cena fría.
Ceno. Todo está limpio, el silencio es una maravilla y me siento muy a gusto. Vivir es bueno, a ratos.
Voy al comedor, a buscar otra botella. Enciendo la luz y me encuentro con papá, en su retrato.
Ha quedado, en el retrato, para siempre, joven. Ya nunca será viejo.
Nadie podrá humillarlo.
Si no se vive no hay que aguantar que nos dejen vivir. Los demás nos dejan vivir, pero mandan cómo.
¿Seré viejo yo? ¿Estaré un día en la vereda en la cola de los jubilados?
¿Hay que esperar la muerte, como un jubilado, o hay que hacerlo, como hizo papá?
Descorcho la botella, e igual que a una criatura, se me personaliza la muer-te. Que no es una vieja con gatos sarnosos. Es una dama parecida a Mae West -quiero significar, un poco anticuada-, gordita y sensual, de piernas cruzadas, que fuma trepada en el banco de un bar, junto al mostrador. Espera, es decir, nos está esperando.
Le sirvo un vaso de mi vino tinto.


Una mano, sobre mi mano, me despierta. Es la prudencia de mamá para llamar sin darme sobresaltos.

-Una señorita te busca, es de la agencia.

Bostezo.

-¿Una señorita?.. ¿Como es?

-Tiene una cucaracha.

Marcela y su Citroën. Salto de la cama: algo ha conseguido.

-Hágala pasar.

-Ya lo hice. Está en el living, pero no quiere sentarse.
Dice que tiene apuro, que te diga que hay un caso.

Prescindo del desayuno, tomo un café negro, en la cocina, donde perma-nece con su vino tinto el vaso que le serví a Mae West.


Ha sido en las colinas, lo cual representa una hora de viaje y la perspectiva de llegar cuando todo haya sido barrido. Se han matado dos estudiantes, el uno al otro y luego él o cada uno por su cuenta, aunque juntos.
Marcela se enteró en una redacción. Andaba por los diarios, con las fotos, explotando las amistades. Ninguna memoria de los dos casos, entre los cronis-tas de policía.
Le cuento la historia de Bebe. La encuentra razonable:

-La madre lo había postergado.

Yo creo la historia y pienso, como el escolar, que fue un suicidio. Sin embar-go, digo lo contrario, a fin de provocar a Marcela.
Marcela se muestra indiferente.
Insisto:

-¿ Un suicidio en la cuna? ... ¡Es increíble!

No se deja enredar en una discusión; simplemente, me traslada su conven-cimiento:

-Nacemos con la muerte adentro.

Recurro a Mae West:

-La muerte nos espera afuera.

No me contesta ni yo persevero, porque parece que sólo hice un juego de palabras. Ella dijo "adentro", yo dije "afuera". Me disgusta la ineficacia de mi réplica, con la que he agotado mi argumentación, a pesar de que quise expre-sar algo con sentido, un sentido que se me escapa. Me analizo y reconozco que estoy vacío.
El sol se ha apoderado de las colinas sin árboles y golpea con su fuego y con sus resplandores. El camino asciende y desde una altura localizamos dónde se agrupan los vehículos.
Marcela baja con su equipo, pero el índice rígido de un oficial se mueve para decir "No hay fotos". Cuestionamos sin ganancia el impedimento. Como condi-ción para permitimos avanzar hacen que Marcela mantenga la cámara en el auto.
Los cuerpos ya se hallan en las camillas, pero éstas permanecen en el suelo. Lienzos ásperos los cubren.
Quiero ver el rostro. La policía me lo impide. Apelo:

"¿Dónde está el juez?"

Se adelanta un hombre maduro de esos que imponen respeto con sólo hacerse ver, no sé si a causa de su porte o, en esta ocasión, de su seriedad profunda. Pregunta si puede ser útil y declara:

"Soy el padre".

Noto que casi no me mira, observa, fugaz pero penetrantemente, a Marcela.
El padre se dirige a otro señor, que es el secretario del juzgado -el juez no ha venido- y cumple la gestión.
Para nosotros dos descubren la cabeza de uno de los muertos. Los párpados han caído y me roban la expresión de los ojos. En la boca hay sangre y tierra, pero ninguna mueca. Supuse que tendría baleada la sien; no es así. Pregunto por dónde entró la bala.

-A este joven lo mató el otro.

El policía levanta la carpa. La camisa está rota; el pecho presenta desbordes rojos y quemaduras de pólvora.
Pasamos al segundo. Mató y se mató.
Tampoco se pueden ver sus ojos. Necesito preguntar,

¿A quién?

El padre está junto a nosotros, más bien junto a Marcela. Ella lo consulta, discretamente:

-¿Su hijo?

Asiente, con gravedad.
Tendría que preguntar cuánto hace que sucedió, que se enteraron, que el padre llegó allí (lo estoy viendo más interesado en la cercanía de Marcela que lastimado por el fin de su muchacho); pregunto:

-¿Es que lo hallaron con los ojos cerrados? ¿Estaba así como ahora?

-No, señor. Yo mismo ... -y exhibe, tendida hacia mí, la mano con que los cerró.

-¿Puede decirme qué revelaba su mirada?

Pierde dominio, no sabe qué manifestar. Le ayudo:

-Algún sentimiento, señor, algún dolor. Pena, miedo, fiereza, dulzura, ¿qué?

-¿Miedo? No, señor. Mi hijo no tuvo miedo. Usted ve. Un hombre grande no hace lo que hizo él. ¿Miedo mi hijo? No, no señor. En sus ojos no había nada. Palabra de caballero, nada vi, nada.

Está violento. Se ha aferrado a una sola palabra: miedo. ¿Por qué?
Este ya no me rinde, quizás el padre del otro, pero no descubro quién puede ser.
Además, están alzando las camillas y Marcela me conmina por lo bajo "Va-mos con ellos", digo "Para qué" y me dice "Tiene que cubrirme". El padre del suicida revela buen oído y es más rápido que yo; le dice, con reserva, "Venga conmigo, desconfiarán menos".
Se adelantan y los dejo. Prefiero distraer al oficial y al secretario del juzgado, que van a la par.

-¿Dónde está la familia del otro chico?

-Se mandó un mensaje. No sabemos si lo han recibido, pero no se puede es-perar más: este calor, las moscas ...

Realmente, las moscas. También sobre mí se precipitan.
Se hace una pausa y en el repentino silencio entra nítidamente la frase de un camillero al otro:

-Lindo día, ¿no?

Lo dice con convicción. Mientras camina y soporta el esfuerzo de la carga, mira como puede el firmamento, tan azul y diáfano, y tal vez percibe el olor de la hierba y piensa en los zorros y las perdices que podría cazar y en el asado y los mates del atardecer.
Lindo día, sí; no para los muchachos: se privaron de él.

-¿Por qué lo hicieron? ¿No funcionaban bien?

El oficial: “De qué”.

-Usted me entiende.

El secretario del juzgado: "Pienso en un pacto. Es una corazonada mía."

-¿Un pacto?

-Un pacto: se ponen de acuerdo para matarse.

Por si les falta coraje o porque han descubierto que tienen los mismos moti-vos. Quién sabe.


Para el regreso formamos caravana, el camino es angosto. Nos toca circular al final y la tierra se pone cargosa.
Como Marcela no me informa, le pregunto si realizó un buen trabajo.

-Hasta que revele no lo sabré, no podía enfocar.

Me muestra una cámara miniatura y la tomo para examinarla. Se puede con-fundir con un juguete.

-El viejo cooperó -le digo.

-No es viejo.

-Creo que prefería estar con usted.

-Es natural. No había otra mujer y precisaba alguna solidaridad afectiva.

-¿Se lo dijo?

-No. Supongo.

-Me parece que a él le gustaría verla de nuevo, y a solas.

-Quiere ver las fotos. Me llamará.

Ella sabe por qué llamará, no por las fotos, y no se niega. ¿Está disponible Marcela? Saldría de lo corriente, no hay mujer sin hombre. Siempre ya tienen. Marcela puede estar en una pausa. En la época selectiva. ¿Y por qué el viejo y no yo? ...
Una leve excitación me provoca, pero entra polvo, el Citroën lo absorbe, y por la transpiración y el calor me siento como untado.
Mañana.


En el bowling Bibi está jugando con un tipo. Me hago notar. Ni la interrumpo ni se interrumpe.
Permanezco en la barra del bar. Barra del barro
El bowling resuena hacia adentro, como encañonado.
El ruido de los palos, que las bolas abaten, no es chocante. Pienso en palillos de tambor, troncos secos y huecos, indios, carpintería, descarga de tablas, los 12 lápices de colores ruedan de la caja, el lápiz de la maestra contra el pupitre, batuta, Toscanini golpea dos batutas en el aire, leña que arde y se desmorona, carbón, un pelo negro en la nuca de un negro (Cassius Clay), knock out.
Entra ella. Tenía que ser.
Es la piel blanca de la policía científica y trata de ubicar a Bibi, está cerca.
Bibi le ofrece un par de zapatillas para el juego. Parecen de boxeo o de bas-quet. Piel Blanca se descalza y guarda los zapatos en la cartera, lo cual es una cosa bastante sucia. Toma el puesto del tipo. El tipo besa a Bibi en la mejilla, como una amiga. Se pierde de vista.
Sigo en el bar. Barr. Berr. Bier. Pido cerveza.
Piel Blanca se inclina para lanzar la bola. Su cuerpo se manifiesta. Me excita.
Cuarentisiete minutos más tarde estamos en una mesita redonda.
Después de todo Piel Blanca se llama, realmente, Blanca. Bibi le dice Blan-quita.
Policía científica no colabora. ¿De qué se trata exactamente? De identificar a dos suicidas. ¿Con qué cuenta? Fotos. ¿Las tiene ahí? Son bastante demostra-tivas. ¿Qué más? No tengo otra cosa. Qué más precisa, ¿nada más? Sí, la his-toria. ¿Para publicarla? No sé. ¿Entonces? ... Tengo que descubrir algo, ¿debo decirlo? Si quiere ... Por qué esa cara, por qué esos ojos, por qué esa boca. Bueno, porque se mataron. ¿No es raro? Sí. ¿Por qué le parece raro a usted también? No lo descubro.
Miedo y placer. ¿Lo ha visto en otros? No me he fijado, palabra. Pero tampoco me fijé en éstos; si usted no lo dice ...
Piel Blanca colaborará.
Cuando la dejamos por ahí, donde tomará un micro, le pregunto a Bibi:

-¿Por qué se arriesga?

En realidad, quiero saber si es por dinero; pero esto no debe estar en el pen-samiento de ninguna de las dos mujeres, porque Bibi se encrespa:

-¿No le dije que somos amigas? ¿O cree que es por usted?

Titubea, pero termina:

-Usted es bien antipático.

Contra lo que ella puede esperar, lo admito, y esto la confunde y la retrae.
Después de unos momentos de silencio en común, me dice:

-Tengo el 4 L a la vuelta. ¿Lo llevo a alguna parte?

Acepto. Veré a Julia.
Cuando desciendo Bibi me dice ''Ah, un momento", escarba en su bolso y me pasa un papelito. Se disculpa, "Lo había olvidado", y arranca.
Una luz roja la contiene en la esquina, mientras percibo que tal vez lo que sea yo querré considerarlo de inmediato con ella. Aunque no lo esperaba, sos-pecho algo personal e íntimo. Imagino una complicidad sentimental, y mien-tras, para leer, me corro a la luz de mercurio, veo que para el 4 L se abre el ojo verde del semáforo.

Leo:
Un joven de 26 años se vuelve melancólico y se
arroja desde el techo de su casa. El hermano, que lo
cuidaba, se reprocha su muerte, varias veces intenta
suicidarse, y muere un año después, a causa de una
prolongada abstinencia de alimentos. Otro herma-
no de los anteriores, que dos años atrás manifestaba
con horrible desesperación que no escaparía a su
suerte, se mata. (Esquirol, citado como pude).
¿Que es ....

-Mi hermano se suicidó a los 60 años. Nunca me
había preocupado seriamente por eso, pero cuando
llegué a los 50 el recuerdo adquirió vivacidad para mi
espíritu, y ahora lo tengo presente de un modo cons-
tante. (Un paciente, a Brierre de Boisrnont).

¿Qué es esto ....

"Un joven de 26 años se vuelve melancólico ... " "Esquirol, citado como pude".
Ah, ya: Fichero.


-Me arruinaste, esta vez me arruinaste. ¿Por qué te habré conocido? ..

Julia dice por qué te habré conocido, yo pienso por qué habré venido.
Digo:

-Me voy.

Entonces se encoleriza, a raíz de lo cual se me ocurre que todavía no la he arruinado, que exagera para obtener algo. ¿Qué? Le pregunto buenamente qué es lo que quiere de mí, y esta iluminación la conmueve. Sin embargo, pretende encerrarse:

-Ya nada.

Le hago presente que si dice ya nada es que antes esperaba cualquier cosa que no he sabido darle.
Dice:

-Te he dado mi vida.

Me parece una exageración, pero acato:

-Sí.

Ahora exclama:

-Oh, si lo único que yo deseo es que me ames verdaderamente un poco.

-Si te amo ...

-Lo sé, lo sé; pero un poquito más.

Digo bueno y la beso y se tranquiliza.

-¿Te he arruinado realmente? ¿Es que hoy ocurrió algo?

-Una niña, Clota Barbuján, contó en su casa que les hice escribir de la muer-te. El padre fue a la escuela y habló con el director.

-¿Qué dice el director?

-Tiene miedo: Dice que el doctor Barbuján es influyente.

-¿Qué harás?

-Defenderme. Pero el director quería ver los trabajos y yo no los tenía: te los llevaste.

-No los llevé. Me los diste, me los tiraste, los olvidaste, ¿cómo podía saber qué te proponías con ellos?

-Pudiste devolvérmelos, pudiste traerlos ahora. Dije que los tenía en casa para corregirlos, pero la excusa vale hasta mañana, no más.

Digo:

-Conozco a Barbuján. Le romperé la cabeza.

También exagero: tengo verdaderas ganas de hacerlo; pero no lo haré.
Julia lo toma al pie de la letra y se alarma:
-No, no. No hagas nada contra él. Ni se te ocurra pensar en el director. Me comprometerías más y más.

"Me comprometerías", perfecta egoísta. Aunque, por cierto, hace bien en serlo.
Tomo taxi, voy, vuelvo y le traigo sus hojas de block.

-Mañana, ¿te veré?

-No, es sábado.

¿Por qué pregunta? Ella lo sabe; los sábados, boxeo.


Emprendo con desgano mi cena de madrugada, pero no la omito: apenaría a mi madre encontrar intactos los platos que me ha preparado.
Releo los apuntes de Bibi- Fichero:
"Otro hermano ... que dos años atrás manifestaba con horrible desespera-ción que no escaparía a su suerte, se mata ".
"Mi hermano se suicidó a los 60 años; nunca me había preocupado seria-mente por eso, pero cuando llegué a los 50 el recuerdo adquirió vivacidad para mi espíritu, y ahora lo tengo presente de un modo constante".
Descubro que bastaría cambiar algunas palabras:
"Mi padre se suicidó a los 33 años; nunca me había preocupado seriamente por eso, pero cuando llegué cerca de esa edad el recuerdo adquirió vivacidad para mi espíritu…"
Hasta ahí, realmente, encuadra; no el final, "ahora lo tengo presente de un modo constante", no.
Percibo que estoy defendiéndome, alegando que no pienso en eso a cada momento, y al mismo tiempo en mi memoria se infiltran remotos cuadros en que predominan los aspectos visuales:
Primero estoy andando por un lugar especial -un sanatorio-, con mi padre. No lo veo a él, no recuerdo cómo era entonces. Distingo su mano de hombre y la mía, de niño, confiada a la suya.
Luego, su mano me ha dejado y yo me encuentro en el patio del sanatorio, que presenta los muros cubiertos de azulejos. Estoy en un raro banco circular, de mimbre, pintado de celeste, con una maceta en el centro.
Después, abandono el asiento de mimbre. (Me fatigué de esperar, papá no regresa, tengo un poco de miedo del lugar). Camino hacia la habitación donde lo vi entrar. Es verano y el cuarto está abierto. Llego al vano de la puerta y me detengo. Hay una cama y papá se halla al lado, En el lecho yace Paolo, con el rostro volcado sobre el alto respaldo de almohadas. Mantiene cerrados los ojos y respira con dificultad.
(Paolo es mi primo, mi primo grande. Se ha disparado un tiro de escopeta en el estómago).
Sueño con mi profesora de inglés.
(No tengo profesora de inglés).


Durante el desayuno, requiero de mi madre que complete aquellas imágenes que, hasta ahora, permanecieron arrumbadas en el fondo de mi infancia.
Con ellas poseo otras que nunca nadie removió ante mí en las tertulias hoga-reñas, por lo cual me atrevo a dudar de su autenticidad o al menos de la fideli-dad de mis recuerdos.
Son éstas, que me abstengo de revivir ante mi madre:
Mi abuelo paterno, con su figura campesina, su ropa gruesa, su barba con perita y su alto bastón recto, no de apoyo sino de mando, de guerra. Su afición a llevarme de caminata por los cultivos, el gesto de hacer un alto, tomar una fruta de la planta y conversar. Y entonces su preocupación por volcar en mi alma, con firmeza y amargura, su niñez infortunada y su vida de duros traba-jos; también su vehemencia y su pasión al pasar caóticamente a lejanos capí-tulos de la historia familiar, sus motivos de orgullo: el coraje, el arrojo de los antecesores -suyos y míos, puntualizaba- que fueron militares o suicidas. Y proclamaba en su dialecto italiano que yo comprendía bien. "Doce, doce suici-das hubo ya entre los nuestros".
¿Eran fantasías de gloria, revanchas de quien venía de una existencia de hu-millada adversidad? ¿Él lo soñaba o yo soñé que él lo soñaba?
Si no era sueño, con mi padre, que todavía no entraba en la cuenta de mi abuelo, los suicidas suman 13.
Y aun descartando las cifras enormes que exaltaba el abuelo, ¿acaso durante mi propia vida dos de mi sangre no se destruyeron a sí mismos?
Siquiera por uno de ellos, el primo grande que jadeaba en la almohada, pue-do preguntar a mi madre, aunque el sobresalto es previsible. Ella procura pos-tergar, quizá pensando que más adelante no insistiré:

-En seguida tendré tanto que hacer: las compras, la sopa de los niños.

Aún se defiende:

-Estamos tomando el desayuno ... ¿Te parece, hijo, una hora justa para temas tan tristes?

Pura verdad, no es melancólica la hora del café y de la manteca, con el sol que se apropia de la cocina y pone en el aire colores dichosos.
No porfío, pero advierte mi ansiedad y, apesadumbrada, accede:

"Yo no había cumplido todavía los 20 años ... El abuelo estaba de regreso de Italia. Fue a traer cepas más resistentes a las plagas. La historia es que trajo las cepas y a una viuda, muy joven. Sería útil, dijo él, para trabajar la tierra. Eran otros tiempos: la gente, desdichada, era barata, venía de Europa a co-mer.
"Tu primo Paolo se enamoró de la viuda. Ella, qué puedo decirte, lo adoró. Pero tenían que esconderse de todos, especialmente, como te imaginarás, del abuelo. Sabíamos que si se daba cuenta ocurriría algo terrible.
"Una noche en que yo me sentía muy sola, porque te habías quedado con tu padre en la ciudad, ocurrió lo que veníamos temiendo: el abuelo descubrió que la viuda no estaba en la cama, y ya era natural que comprendiera. Se dirigió a la pieza de Paolo, y la halló trancada.
Quiso forzarla mientras empezaba a levantar la voz, esa voz que nos estre-mecía. Mandaba que le abrieran, blasfemaba, golpeaba con el bastón y con los pies. La puerta resonaba, la casa retumbaba. Ya estábamos despiertos todos, pero nadie se atrevió a salir.
"El viejo parecía al mismo tiempo un animal y un loco. A la viuda le gritaba una palabra muy sucia; al muchacho, que lo iba a matar.
"Pasó media hora, no menos, y le crecía la furia. Yo, hijo, estaba desespe-rada de terror ...
"0ímos un tiro ...
"El abuelo, por fin, enmudeció.
"Empezamos a aparecer sin vestimos, descalzos ... Después de tanto escán-dalo había venido un silencio tan pesado ...
"Se pudo sentir cuando alguien, por dentro, sacaba la tranca. La puerta se abrió: la viuda alumbró con una lámpara para que viéramos y se hiciera algo. Paolo estaba en el suelo, encogido y sin conciencia, cubierto únicamente con la camisa. Entre las piernas tenía la escopeta de caza. En la camisa una mancha de sangre se iba haciendo cada vez más grande ... "


Paso por la oficina de Bibi, hago que paso. Simulo indiferencia: ¿Quiso indi-carme, con sus apuntes, que el suicidio es un mal hereditario?
"¡No!", se sorprende. "Ninguna conclusión: solamente son dos casos, viejí-simos, pero típicos. Por si te servían. Quise ayudarte".
Ahora me tutea. Bueno ...


¿Seguiremos con los estudiantes? Vacilo, pero hoy no tenemos otra cosa. Marcela me previene: es sábado, el juzgado no funciona. Le explico que tengo el teléfono particular del secretario. Me dice que llame. Llamo y está. Colaborará.
Me cuenta que ha revisado la pieza del muchacho que baleó al compañero y a continuación se mató.
Me ubica: "Familia de mucho dinero, eh", y concreta: "No ha dejado ninguna carta, ni para los padres. Pero encontré un cuaderno con un relato. Mi teoría se confirma: fue un pacto. El juez estará satisfecho, el lunes le entregaré el traba-jo casi terminado".

-¿Puedo ver el cuaderno?

Dice que no, después tolera que vaya a dar una hojeada, si bien me fija es-trictas condiciones de reserva.


Propongo a Marcela que vayamos. Dice: "Yo no".
"¿Por qué?", por qué abandona. Ella hace un ademán de que no vale la pena.
Realmente, no es la cuestión principal y en la principal no adelanto.
Me digo que, de verdad, el asunto -la serie- no vale la pena. Puedo desli-garme, aunque presiento que algo pasará con mi puesto.


Teléfono. Es Julia. Me dice: "Es horrible". Le informo: "No quiero saber nada horrible", y cuelgo.
Marcela ha escuchado mi réplica. Me observa con curiosidad. Fuma y tiene las piernas cruzadas. No es de 30, mucho menos.
El teléfono. No atiendo. Suena, suena. Marcela se ocupa. Tapa con una mano y dice:

"Es para usted ... una mujer".

Algo chisporrotea entre mis sesos. Hundo la cabeza, derrotado. Pero no me quejo.
Oigo que Marcela está explicando: "No, no sé a dónde se fue ... ni si volve-rá".
Entra el jefe. Trato de reconstituirme. Suelta: "¿Qué, se han peleado?" Marcela niega tranquilamente con un movimiento. En estos casos basta el testimonio de la mujer. El jefe se olvida de nosotros como personas privadas.

-Ayer hubo un caso, dos estudiantes. A ustedes se les escapó.

-No. -Marcela toma mi responsabilidad-. Lo tenemos. Estuvimos allá.

-¿Dónde está el material entonces? Yo no lo he visto.

-Lo estamos cocinando -dice Marcela-, para la serie.

-Ah ... Pero era noticia. Los otros la dieron.

-Entendimos que la noticia es, como siempre, trabajo de Aceituno

-Se enfermó de repente y no vino.

Intervengo:

-Esta tarde tendrá la historia completa. Exclusiva.

-Esta tarde será tarde -protesta y sale, sin decir abiertamente que no lo acepta, lo cual significa que a medias se ha dejado tentar por el relato exclu-sivo.

Declaro, a Marcela:

-Se ha vuelto necesario que vea el cuaderno.

Le digo: "A las 5". Sobrentendido que a esa hora debe esperarme con las fotos. Creo que en ella se apagó el interés de hace unos momentos. Le con-sulto: "¿Hago final" "No vale la pena ". "Que no vale la pena". "Juzgar si está mal o está bien, y nada está mal si es necesario". Lo dice, yo pienso, para per-donarme.


Es un cuaderno de tapas blandas. Leo el principio:
"Estábamos en clase de química y el profesar desarrollaba la lección en la pi-zarra, pero yo me consideraba en otra parte. No copiaba las fórmulas.
"Corté una hoja y puse: 'Me mataría'.
"Quedé un tiempo como si estuviera vacío. Advertí que había llegado a cierto punto para el cual me estaba preparando.
"Sentí un temblor e indagué en mi alma si era miedo y no supe contestarme, pero descubrí que también podía ser la irrupción de un vivo goce.
"En ese momento me acometió algo inesperado, una especie de fuerte ata-que de vanidad: enrollé el papel en canutito y lo deslicé en el banco de Manuel, como lo hacemos para ayudamos en los exámenes.
"Manuel se cercioró de que el profesor seguía de espaldas a nosotros. Lo de-senvolvió, y recibí su mirada, hondamente interrogativa.
"Observé que, a su vez, él agregaba unas palabras en el mismo papel, y con igual procedimiento me lo hizo llegar.
"A continuación de mi frase 'Me mataría', él había puesto: 'Yo también'.
"Me sentí ofendido: juzgué que Manuel rebajaba mi acto. No me creía y se burlaba. En tren de jactancia, tanto podía 'suicidarse' él como yo.
"Era una provocación y me empecinó. Pretendí colocarlo en situación de comprometerse, a fin de asustarlo y de que se viera forzado a la retirada. Fue así que continuó el diálogo con el papel que iba y venía:

"-¿De qué depende?

"-De nada.

"-¿ Cuándo?

"-No lo he pensado.

"-¿Cuando tengas 177 años y 7 meses?

"El papel tardaba en volver. Miré a Manuel, porque hasta entonces ambos fingíamos seguir la lección con la vista puesta en la tiza del profesor. Manuel tenía en el rostro una expresión de sincero desencanto.
"Sin embargo me propuse arrinconarlo. En otro papel anoté: "¿Lo harías ahora mismo, en el baño, con una soga?".
Al llegarle, lo extendió sobre su pupitre y comprendí que había pasado el mo-mento de las respuestas vivaces. Manuel meditaba y yo me sentía seguro de mi superioridad.
"Transcurrieron unos minutos antes de que retornara la birome y cuando lo hizo fue para interpelarme: si yo, realmente, lo haría". Con energía, marqué: "Sí, lo haré", y tracé una raya al pie de las palabras.
"-¿Por qué?" -quiso saber.
"¿Y por que no? -repliqué "
El relato se detiene, hay un espacio en blanco. Se suspende oportunamente: la última frase es magnética, me ha retenido.
En efecto, la cuestión no es por qué me mataré, sino por qué no matarme.
El secretario del juzgado me ofrece café, estoy en su casa. Sin mirarlo, le di-go: "En seguida", y subrayo con un ademán. Al instante percibo mi insolencia, es como si lo hubiera ahuyentado: "No me interrumpa, no moleste", y no re-sultaba necesario hacerlo.
Sigo leyendo.
Después hablaron, muchas veces, hasta que fijaron un día, que el cuaderno consigna. (Verifico: fueron puntuales).
Y desde entonces procuraron hacer lo que aún no habían probado: sudar un baño turco, robar en una tienda, incendiar un árbol, vender diarios en la ma-drugada, apostar en el hipódromo, decapitar un gallo y matar al padre.
Cada cual mató al suyo simbólicamente. El que escribía lo dibujó sin ropa, con sus atributos; luego le borró el sexo y sobre el corazón le hizo un círculo como la boca de un agujero. El otro fue despojando al padre de sus cinturones, uno a uno, y los cortó en pedazos. A los cinturones los llamaba verdugos.
Cómo matarse lo decidieron al cabo de cavilaciones, discusiones, lecturas, tanteos. Eligieron el revólver por la rapidez. Lo hurtaron del padre verdugo. Días antes se lo llevaron por unas horas para probarlo, "para escucharlo" dice el cuaderno. Fueron, como al final, a la soledad de las colinas. Tiraría primero, contra sí mismo, el que sacara el palito más corto. El arma quedaría al segun-do, quien la usaría en seguida. Aborrecían desfigurarse, prefirieron la bala en el pecho. (Comparo con los hechos: no cumplieron el procedimiento que se habían fijado. ¿Por qué?
¿Cuando llegó el momento Manuel se acobardó y por eso el compañero "tuvo" que matarlo?)
Se despedían de las cosas, apenas de las personas. El autor del cuaderno se mortificaba seleccionando las palabras para separarse de la madre sin que ella sospechara. "Querría besarla, pero hace tanto tiempo que no lo hago que pue-de pensar. Muchas veces, con ligeras variantes, anotó: "Dejaré la mesa antes que ellos. Diré 'Hasta mañana' y los miraré desde la puerta" . Y en una ocasión agregó: "Si se dieran cuenta ... "
"Si se dieran cuenta ... " La dulzura se tiende como la esperanza de ser sal-vado.


Mamá, al verme, se preocupa:

"¿Ha ocurrido algo?"

Sonrío:

"Vine a almorzar".

Mamá respira, pero se inquieta:

"Si hubieras avisado ... ¿Te gustará la comida que tenemos para nosotros? Nunca estás entre semana, sólo los domingos, algún domingo".

En la mesa, mi cuñada procura mostrar que no sigue ofendida porque casti-gué a su hijo. De modo de ser oída, como bromeando, con tono de protección y afecto, le dice al marido, mientras de reojo señala: "Parece una persona normal".
Hace buen efecto y sin necesidad de hablar enseño que todo está bien, por-que, la verdad, me da lo mismo.
¿Soy un hombre normal? No hago ruido. Me gustan muchas cosas. Vivo. Me pregunto por qué estamos vivos.
Pienso en la muerte, la resisto, prefiero vivir. Pero pienso.
Muchos, no: dan por hecho que les sobra futuro.
En la mesa funcionan los cubiertos: también el mío.
Mamá está alerta, me vigila.
Me siento deprimido y hace mucho calor.
Duermo siesta.
Cuando despierto faltan 20 para las 5. Creo que no llevaré la historia. Mar-cela esperará con las fotos. Se cansará, se irá. Aunque podría avisarle.
Prefiero el cine. No hay programa con películas de ciencia-ficción. Veo Doctor Zhivago. El doctor Zhivago reparte entre dos mujeres sus sentimientos y su carne.
Pareciera que está bien, porque lo aprueban las señoras: salen enamoradas de él y no hacen ningún comentario en contra. Para mí, en igual situación, no
habría clemencia: soy el hombre común.
Compro un diario. Busco los anticipos de la pelea. Pesaje: 63,300 y 62,400. Reviso Policiales. Suicidios, no. Intentos, no. Incendiario detenido. Resulta que es miembro del Cuerpo de Bomberos Voluntarios de Marcos Paz. Confiesa. Explica que ha puesto fuego a una cantidad de cosas "para permitir al cuerpo voluntario demostrar su eficiencia y su valor".
Un insatisfecho: hay bomberos pero no hay incendios.
Los gobiernos deberían estar formados por insatisfechos auténticos. Que no los conformara nada, así exigirían que se mejorara todo.
Fuego sin bomberos puede ser, desde millones de años fue así. Pero un bombero sin fuego por apagar debe sentirse en una condición absurda. Si es un hombre normal tiene que angustiarse.
Como yo, me oprime lo que no hago. Pero no lo hago.





No voy, en el estadio, con los colegas. Soy uno de tantos, en la tribuna bra-madora.
Vocifero e insulto, y cuando de una ceja abierta mana sangre exijo que le re-viente el ojo, y para el que se retrajo y no pelea, la escupida sobre el cadáver. Clamo violencia y destrucción.
Es normal: mi belicosidad es colectiva, mis atrocidades concurren a mezclar-se en el aire con las que sueltan los demás.
Me descargo. Una noche por semana. El resto de los días, fuera del estadio, no se puede incitar a matar al prójimo, ni siquiera desahogarse de todo lo que nos ofende y nos rebaja.


El domingo eludo a Julia pero el lunes no puedo eludir al jefe.
Apenas enterado de que ando por la redacción me manda decir con su secre-taria que ya no se me ocurra entregarle la historia, es demasiado tarde.
Encima de mi escritorio hay dos sobres: uno, de papel madera, tiene que contener las fotos de Marcela; el otro lleva el nombre de la agencia, impreso, y el mío, a máquina. Éste encierra alguna incógnita y lo prefiero.
Son notas de Bibi y de inmediato, con las primeras líneas no más, me desa-zonan y me alteran de un modo penetrante.

Durkheim dice: ''A menudo sucede que en las
familias en que se observan hechos reiterados de
suicidio, éstos se reproducen casi idénticamente
unos a otros. No sólo tienen lugar a la misma
edad ... "

Dice tienen lugar a la misma edad.

" ... sino que además se ejecutan de la misma
manera. En una parte se prefiere la horca, en otra
la asfixia, o bien la caída desde un sitio elevado. En
un caso frecuentemente citado, la semejanza va
todavía más lejos; se trata de una misma arma que
ha servido a toda una familia y esto a varios años
de distancia".

El revólver de mi padre, con cachas de nácar, que mamá guarda en la cómoda.

Pero Durkheim alega que es influencia conta-
giosa sobre la mente de los familiares que sobrevi-
ven, que no se ha demostrado la herencia del suici-
dio, que si se mata un desgraciado en cuya familia
se dieron locos y suicidas no es porque sus padres
se hayan eliminado, sino porque estaban locos. Y
lo dice Durkheim.

La opresión afloja.
Si lo dice Durkheim me alivia, aunque en realidad no sé quién es Durkheim. Una autoridad, quizás. El Pasteur, el Curie del suicidio. Quién sabe.
Leo:

Durkheim repite ...

Aún Durkheim. Vacilo ante el riesgo de una enmienda que devuelva la sos-pecha de que puede ser hereditario. ¿Por qué Bibi escarba? ¿Sabe? ¿Mi alma se trasluce?

Durkheim repite lo que contó Falret:
"Una joven de 9 años se entera de que se ha
suicidado un tío paterno. La noticia la aflige mu-
cho; ha oído decir que la locura es hereditaria ... "


Locura, no suicidio.

" ... Se halla en tan desdichada situación cuan-
do su padre voluntariamente pone fin a su existen-
cia. "

Suicidio.

"A partir de entonces, ella se cree realmente des-
tinada a una muerte violenta. No se ocupa más
que de su próximo fin. Mil veces se repite: '¡Debo
perecer como mi padre, como mi tío! Mi sangre
está corrompida'. Intenta suicidarse ... "

En fin, la herencia.

''Ahora bien, el hombre que ella creía su padre
realmente no lo era. Para librarla de sus temores, la
madre le confiesa la verdad y arregla una entrevista
con el padre verdadero. El parecido físico es tan
grande que en el mismo instante se disipan todas
las dudas de la enferma. Desde entonces renuncia
a toda idea de suicidio; progresivamente recobra la
alegría, su salud se restablece".

Happy end.

¿Me gusta, no me gusta? La cuestión no consiste en que me caiga bien o si la vida se copia de las novelitas. El caso me asoma a las dudas, quiere perder-me y torturarme, hasta que me devuelve con vida y salud. ¿Debo meditarlo? ..
Acudo a donde Bibi traduce y le digo que para la nota sobre herencia ya es bastante, gracias, que yo investigaré localmente a fin de ilustrar con cifras y con algunos casos clínicos.
Me pregunta si yo tengo una teoría. Le digo que no, pero lo que consiga me servirá para confirmar o discutir: "¿Discutir a Durkheim? .. ", se asombra, si bien de inmediato reconoce: "Otros lo han hecho". No precisa decirme que los otros sabían más que yo y no percibe que de tal modo ha abierto, de nuevo, un camino a la duda, ya que si Durkheim no es el irrefutable Einstein del sui-cidio su teoría de la no herencia padece de relatividad. Pero lo soporto perfec-tamente.
Le pregunto por Piel Blanca y me hace notar que no sería prudente llamarla a su lugar de trabajo. Dice que la podemos esperar de noche en el bowling aunque no sabe si irá.


Marcela ve el sobre con las fotos.

-¿No sirven?

-No las miré; no hice la historia.

Se desinteresa.
Fuma. Dice:

-Estamos empantanados.

Digo:

-Sí.

Propongo:

-Esta tarde ...

Me corta:

-No puedo. Veré al padre.

Traduzco:

-Al viejo.

Me ha dado un poco de rabia.
Le pregunto por qué, por qué lo verá.

-Porque así quedamos.

-¿ Y la lleva a su casa? Estará la mujer ...

-No me lleva, me invita. No a su casa, al Galeote.
¿Otra pregunta, patrón?



Tenemos dos meses para el trabajo. ¿Cuántos casos podremos observar en ese tiempo?
Acudo al Departamento de Estadística.
La experta señora que me escucha, toma nota: "Ah, la serie del 970 al 979". Estoy por confirmar: "Exactamente", pero advierto que ignoro qué es la serie del 970 al 979. Se lo digo y dice: "La de suicidios. Sistema internacional de clasificación estadística de las causas de defunción. La serie de los homicidios va del 980 al 983" .
Comenta: "Hay muchos más 970-79 que 980-83".
Entendido. ¿Cuántos 970 (y su séquito) podemos esperar por períodos bre-ves, una semana, un mes?
Se expide con precisión profesional: El índice tipo para ciudad occidental, industrializada, puede dar 2 suicidas por día en una de seis millones de habi-tantes y 1 cada seis días en otra que tenga medio millón.
No obstante, dice que los índices son muy inestables y variables; especial-mente en América dependen de las condiciones sociales tan diversas de país en país y que sólo ha querido dar una idea aproximada.
Asimismo la distribución por estaciones presenta agrupamientos distintos, y como la gente se suicida más en primavera y verano la ciudad de medio millón puede tener durante algunos meses un caso cada dos o tres días, para declinar en la época fría.


Bibi me enseña en el bowling cuáles son los tres dedos que debo introducir en la bola, hasta dónde puedo avanzar en la pista, cuál es la apropiada incli-nación del cuerpo. No es suficiente para voltear los palos. Mis proyectiles se bandean, muestran irresistible inclinación por la canaleta.
Preferiría que me reemplace Piel Blanca, pero no viene.
Cenamos, con Bibi, un plato. Antes, ella ha bebido gin puro.
Propone: "¿Rodamos?", y me toma la mano que apoyo sobre la mesa. Digo: "Sí", y digo también "Me gustaría". Ella comenta: ''A quién no", a raíz de lo cual pienso que estoy en lo cierto, aunque no sé con exactitud qué es rodar. Me aventuro a plantear: "¿Dónde?".
"Por ahí", dice despreocupadamente.
Me guía hasta el 4 L.
Conduce con la derecha. Agita el brazo izquierdo fuera del coche, lo refresca o lo hace volar. Canturrea.
Yo espero.
Andamos por calles derivadas y agrestes.
Cuenta algo picante, lo festeja y, soltando un instante el volante, me aprieta la rodilla. Le acaricio el muslo. Me dice: "No", lo cual no es un impedimento.
Insiste: "No", y detiene el coche.
Consulto:

-¿Aquí?

-¿Aquí qué?

Le digo:

-Una duda leve, ¿qué es rodar?

-Andar, andar sin rumbo.

No le creo. Intento besarla. Me contiene. Quedo a la expectativa, la evolución depende de ella.
Se disculpa.

-No es que no quiera. Resulta que estoy comprometida ...

-¿Para casarte?

-No digo tanto. Tal vez, más adelante.

Da lo mismo. Lo que yo decía: todas tienen con quien.
Regresamos al centro, sin enojo.


Esa noche, Julia carece de agresividad, aparte de que, como de costumbre, se muestra dócil a mis deseos.
Después, si atiendo bien, me impresiona igual que una persona caída en el olvido y, a la vez, un tanto atemorizada. Pero no indago.
Ella, por sí misma, empieza a manifestar qué la está cavando: ha tenido un sueño.
Se veía en un hueco, bajo tierra, y un animal la acosaba. Ella pedía socorro llamando al padre. El animal tomaba la apariencia de su padre, que en realidad ya no existe. Julia se consideraba salvada, pero el padre se la comía.
Me pregunta qué me parece. Le digo que no me he formado una opinión.
Ella dice: "Es tan terrible", y porfía en averiguar si no representa un negro presagio.
Le digo que no y que conservo vagas nociones de Freud: el temor del niño a ser devorado en la cuna, el canibalismo del padre como símbolo de autoridad y de poder, el totem, creo, por algo que tiene que ver con el incesto; pero que en todo caso me parece más rigurosamente aplicable al varón que a la mujer.
De manera que Julia queda como si yo no le hubiera explicado nada. Me doy cuenta, pero aún comento:

-Si lo soñara yo, tendría con mayor seguridad este significado: temo que mi padre me devore, me castre o me mate.

-Tu papá murió -me recuerda.

Lo mismo puede llevarme a la muerte, puede matarme, si persiste en mi memoria y me atrae. Esto es lo que yo pienso.
Julia permanece meditabunda, mientras reflexiono que lo que acabo de decir no debe ser para mí un nuevo motivo de preocupaciones, ya que también pue-do analizarlo como una conjetura apropósito de algo impersonal y que no me atañe.
Ahora Julia manifiesta inquietud. "Pero hay algo más", declara compungida.
El sueño continuó. El animal era otra vez animal, un puerco salvaje que em-bestía en silencio. Julia se defendía arrojándole el mismo barro que ambos pi-saban. No cesaba la lucha y en todo momento Julia podía ser destrozada por los colmillos. No había tregua, salida ni posibilidad de que el sueño cesara.
Digo que parece un rincón del infierno.
Julia me mira y me abraza con desesperación.
Repite que es horrible y aún más, se le figura que tiene que ser, para ella, una condenación y un castigo.
Le pregunto por qué. Dice que el cerdo salvaje era yo.


Llevo conmigo a la cama El mundo sumergido -llegué a la página 40- y El mundo subterráneo, sin abrir.
¿Con cuál borraré el día?
No se borra. Reviene el sueño de Julia. El cerdo. Papá- totem que te come.
Seguimos soñando "a la antigua". Nuestras pesadillas se asemejan a La Divina Comedia. Ugolino.
Cuando las nuevas generaciones alcancen la edad de sufrir y padezcan la persecución de los sueños, ¿en sus sueños tendrán brujas medievales o hap-loides de fantaciencia?
Aparto los libros, para dormir.
Si mi padre persiste y me atrae ... Miro el almanaque, sobre la pared. ¡Ojalá consiga soñar un acuario!
Pero el sueño que tengo es que ando desnudo.


Bibi me avisa: Blanca tiene novedades; debemos verla mañana en la noche.
Julia se descompuso en clase y se retiró del colegio.
Supongo un embarazo; no lo menciono. Se queja -está al teléfono- de que yo no pregunte por qué la descompostura. Pido lo diga. Dice la impresión, el dis-gusto, el miedo: el director leyó los trabajos; un sumario, hoy lo ha iniciado.
En el café, Marcela plantea: "¿Y la serie?" Prometo que pasado mañana en-traremos en acción. Sonríe con indulgencia.
Entonces le pregunto si el viejo intentó la seducción y ni se retrae ni se en-crespa. Admite que sí, con resignación y un destello de entendimiento en los ojos.
Me complace haber acertado y me gustaría besarla.
Cuenta.
Ese hombre necesita amar; no pide ser amado, sólo comprensión y cariño. Acaba de salir de un desengaño y de un doble enfrentamiento con la muerte.
Conoció a una mujer joven, sola con su pequeña hija. La ayudó con dinero. Un día se dio cuenta de que la amaba. Aunque había procedido desinteresa-damente -le dijo él a Marcela- esperaba una mínima retribución de afecto. Tuvieron entrevistas, una tras otra, sin que ella accediera a la intimidad. El amenazó matarse y le mostró un frasquito de veneno. La mujer repitió que lo quería, aunque de un modo especial, como a un padre.
Se separaron manteniendo cada cual su posición.
El hombre cenó con la esposa y con el hijo. Estaba totalmente embebido en su propósito y no reparó en el muchacho más que dos veces: cuando volcó una copa y al retirarse, porque permaneció más de lo normal en la puerta, vuelto hacia ellos. Al quedar solo con la esposa, sintió que la compadecía, pero, se dijo, debo tener una vida con amor o nada.
Se encerró en la biblioteca y oró. Tenía conciencia de cometer un pecado. Estuvo largamente en oración.
Aguardó hasta medianoche, pendiente del teléfono.
Después, agotada toda esperanza, turbado, lastimado porque la joven lo dejaba morir, se sentó al escritorio y destapó el frasquito. Sin embargo, se sintió culpable de excesivo egoísmo ante los suyos y se persuadió de que, al menos, debía mentirles un motivo diferente del verdadero, y despedirse.
Escribió a la esposa; escribía al hijo cuando sufrió un desmayo.
Al despertar, en el ventanal amanecía. Buscó el frasco, pero estaba caído y el líquido tóxico se había derramado.

-Lo cual representa -digo- que mientras el padre chantajeaba a la damita y se quedaba dormido, el hijo pasaba al otro mundo sin pedir autorización ni colgar avisos. Y eso tolerando la suposición de que no sea un miserable recur-so novelado para que lo compadezcas y le concedas lo que él llamaría tu "inti-midad".
Pero Marcela lo piensa sincero.
No lo es. El acto del hijo le sugirió, después, un capítulo para su propia bio-grafía. En la misma fecha, sin ponerse de acuerdo, sin saber uno lo que hace el otro, no pueden suicidarse un padre y un hijo. No lo concibo, no lo entendería. Yo soy un hombre normal.
No porfío. Ya la previne sobre su intimidad. Verdaderamente, si me exalté fue por eso, porque la defiendo.


Estamos corriendo con el Citroén, Marcela y yo, hacia un muchacho encara-mado en alguna parte.
Llegamos a donde el tránsito se ha endicado.
Lo veo, envuelve brazos y piernas en el hierro de sostén de un cartel monu-mental que sobresale de un monoblock de ocho pisos. No se mueve. Ni se su-elta ni recula.
Pregunto a la gente. Me dicen que lleva allí media hora. ¿Qué espera? Que lo salven, dice un incrédulo.
Quizá no, sólo está postergando el lanzamiento. Pienso que acaba de enten-der algo muy importante: si se arroja su cuerpo sentirá el horrendo chupón del vacío a lo largo de 25 metros y se aplastará contra el pavimento. Se morirá, es cierto, pero después de eso. Seguramente cuando lo consideró desde abajo no parecía igual.
Los bomberos apuntan al octavo piso con la escalera mecánica y uno de ellos trepa.
Marcela procede por su cuenta, asoma con el teleobjetivo primero en una ventana y luego sobre un techo.
Distingo un providencial teléfono público, en el hueco de una puerta de far-macia. Llamo a la agencia y pido que me den con el jefe. Le digo que puedo reportar el suceso segundo a segundo, sin perderlo de vista. Pronuncia el OK y traslada la comunicación a la grabadora.
Ha descendido un silencio que la ciudad no tiene, sólo perforado, en la peri-feria de la concentración, por frenadas y motores. La multitud pretende oír. Pero el oficial de bomberos que ha llegado a la punta de la escalera se halla tan cerca del personaje que parlamentan sin levantar la voz.
Sin duda procura convencerlo de que desista y su acción tiene a los es-pectadores tan anudados como ignorantes. Hasta que el jovencito estalla:

"¡No me miren más! ¡Basta!", y el bombero parece calcular que si machaca se tirará.

El bombero desiste, pero apenas ha bajado él, sube un policía.
Decidido, bravo, llega a la cumbre de un tirón, saca un arma y encañona al suicida en potencia.
El gentío suelta una exclamación universal.
Me doy cuenta de que es una pistola de gases, aunque parezca de balas, pero no puedo imaginar qué se propone el policía.
Inmediatamente lo veo: el muchacho ha empezado a moverse, se desliza re-trocediendo hacia la terraza. Se iba a matar, pero creyó que el otro estaba a punto de balearlo, sintió la muerte encima y ya no quiso morir.
Muchos espectadores se van, recobran el ritmo de sus trajines, no pocos permanecen al acecho de que algo falle y el adolescente caiga.
Termino de transmitir el informe a la agencia.
Como yo, aquí a mi lado, otra persona estuvo pasando un mensaje, aunque el suyo iba más alto: es una señora, oraba.


* * *


Realmente, nada de esto ha sucedido, lo he soñado.
Bibi me hipnotiza con su fichero y tengo pesadillas.
Creo que la historia es de un tipo que se arrojó al río y vino un aduanero con un fusil y al final el otro se volvió tranquilamente a su casa.
Todos los aduaneros si no tienen nombre se llaman Rousseau.


Bibi pide gin. Insinúo, con malicia, cómo terminará.
Con buen humor me asegura que, aunque se pase, esa noche no me invitará a rodar. Piel Blanca pregunta con cierto titubeo qué es rodar. "¿Ves? -la acuso-. Esa palabra tuya provoca el equívoco". "Supuse que es algo bueno -se defien-de Piel Blanca-. Sólo quería que me explicaran". "Es algo malo -le digo-. No resulta". Piel Blanca se hunde en la callada de los prudentes y los tímidos.
En general, me gusta bastante y tengo ganas de tocarla.
A continuación del primer trago, una vez que el mozo ha servido y se distrae en otras mesas, por mano de ella vuelven a aparecer las fotos.
Llevan abrochado un papel. Tomo el primero. Un nombre -Adriana Pizarro-, una fecha, un domicilio, un planito. El planito indica la ubicación del cuerpo, dónde cayó; los muebles, las puertas y la ventana, las manchas y el arma. Intercambio con Bibi y recibo la segunda foto de los ojos abiertos, con otro nombre - Juan Tiflis-, una fecha, un domicilio y un plano.
Piel Blanca nos ha dejado que miremos. Ahora relata.
Adriana Pizarro era una soltera de 46 años, maestra, con ahorros y peque-ñas inversiones. A los 42 hizo el viaje a Europa. Al volver dijo que tendría que irse otra vez. Insinuó una relación. Pero nunca -ha declarado la familia- recibió una carta, ni de España, ni de Francia, ni de Italia, como si no hubiera cono-cido a nadie. Solamente folletos de propaganda turística y prospectos con tari-fas actualizadas de los hoteles. Tenía alucinaciones, certificaron algunos pa-rientes. "Veía cosas", ha dicho uno, "y posiblemente se mató durante una crisis".
Piel Blanca señala en la foto el arma y comenta que viene a ser raro que eligiera el revólver, porque las mujeres prefieren el gas, el cianuro, las pastillas para dormir, unas pocas se ahorcan. "Usó uno chiquito, calibre 22, como para no lastimarse demasiado. Le resultó porque apuntó bien a donde debía".
Juan Tiflis fue hombre de fortuna y de inclinaciones espirituales y altruistas: negociante de documentos, banquero de rifas de automóviles, coleccionista de arte y vendedor de las piezas que se valorizaban, protector de la Filarmónica y del Hogar de Huérfanos. Era una persona de maneras finas y, a su manera, un idealista, según conocidos y amigos llamados a declarar. Dejó escrita una línea que está de acuerdo con esa imagen: "Me interno en la sombra tranquila".
Estas orientaciones son positivas, ya sé a dónde ir, de qué tomarme, y sin embargo no hay una sola referencia de Blanca que aclare el porqué de la mira-da de espanto y la sombría mueca de placer. "¿No reparó en tales cosas algún médico o algún psiquiatra? ¿No tiene, el expediente, una mención inteligente sobre ese punto?" No, no la tiene. "Intervino gente de la policía científica. Esa
expresión del rostro, ¿no se salía de lo que ellos veían en la rutina?" Sí, se salía. "¿No la recuerdan?" No la notaron, únicamente al estudiar las fotos lo han pensado.
No creo haber contraído una deuda, pero calculo que Blanca espera un reco-nocimiento. Las invito a cenar. Salimos, Blanca se demora acomodándose al-guna prenda interior. Consulto a Bibi qué puedo hacer por ella, por Blanca. Me dice que le gusta bailar. A mí no, pero puedo hacerlo.
Cenamos y tengo que bailar con las dos. No es entretenido. Pero Piel Blanca no rechaza la fricción. Le propongo otra noche. ¿El jueves? El jueves. Sobreentendido que sin nuestra amiga.
Nos separamos.
Omito a Julia.


Me aparto de las calles de afluencia. El calor ha cedido. Estoy despejado, estoy bien.
Me sobra noche. Podría buscar una mujer. O llegar a donde lo hizo Adriana Pizarro. No es hora de entrar; sólo vería un bulto oscuro, el de la casa dormi-da. La exploración empezará mañana. ¡Mañana! ... ¿Cuántos mañanas me quedan? ....
Mañana podría cambiar de vida. Pero no puedo cambiar de oficio. Soy mi oficio. Si no cambio de oficio no puedo cambiar de vida.
Cambiar de Julia. Cambiar de mujer no cambia nada.
Cambiar de recuerdos. El pasado no se cambia, a menudo nos gobierna. Hace 33 años me dieron este cuerpo al que posteriormente han sido agregados hábitos, ideas, una manera de comer ... A los 17 me equivoqué. Vengo de atrás.
Tengo ayer, no sé si tendré mañana. No poseo más que una certidumbre, la de que, en algún momento, moriré.


Sueño con mi profesora de inglés.
Dice que estudie, que debo irme.
Parece que dice escapar.

[EN PROTECCION DE LOS DERECHOS DE AUTOR FINALIZA EL FRAGMENTO DE LOS SUICIDAS]


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