Textos sobre el Terrorismo de Estado en Argentina

NOTAS EN ESTA SECCION
La primavera de los pueblos  |  Jóvenes, dictaduras y democracias restringidas  |  El cordobazo  |  Breve cronología 1930-1983
La generación del 60  |  La militancia política y social  |  La figura de Perón  |  El Plan Gelbard   | Debates durante el tercer gobierno peronista

Hechos y protagonistas de los '60 y '70  |  La primavera camporista  |  El avance de las fuerzas represivas  |  Un golpe esperado
El sistema represivo ilegal  |  Terror y resistencia  |  Epílogo


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Signo de los tiempos: La inutilidad de la "vía pacífica". Humor en la mítica revista chilena Punto Final, 1969

La primavera de los pueblos. Los sesenta y setenta en el mundo

Los años que van desde mediados de la década del ’50 a mediados de la del ’70, aproximadamente, fueron años muy convulsionados en el mundo entero. Durante ese período se registraron cambios y movimientos revolucionarios en distintas dimensiones de la experiencia social: en la política, en el arte, en la cultura, en las relaciones internacionales, etcétera. Más allá de sus particularidades o características específicas, estos movimientos tenían en común su rebeldía frente al autoritarismo y al poder (político, económico, social), su cuestionamiento ante lo establecido. La palabra “liberación” parece ser una clave, un común denominador de lo que estaba pasando en distintas partes del planeta: muchos países dependientes enarbolaban las banderas de la “liberación nacional”; grupos de mujeres levantaban la de la “liberación femenina”; en gran parte de Occidente nuevas camadas de jóvenes proponían y practicaban la “liberación sexual”; surgían y se consolidaban movimientos políticos de izquierda que, cuestionando las diferencias de clases en la sociedad, sostendrían proyectos políticos de “liberación social”. Este clima de ideas estaba acompañado por acontecimientos de orden internacional que marcaron la época.

Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial (1945), Asia y África fueron escenario de un proceso acelerado de construcción de nuevas naciones. En efecto, en uno y otro continente un gran número de colonias logró –tras largas y cruentas luchas- su emancipación de las grandes potencias europeas (Argelia, Ghana, Congo, Camerún, República Centroafricana, entre otras en África; India, Indonesia, Filipinas, Camboya y Vietnam, entre otras en Asia).
El caso de Vietnam resulta sumamente significativo: tras derrotar a las tropas francesas en la guerra de independencia (1946-1954), el país había quedado dividido en Norte (independiente) y Sur (sucesión de dictadores alineados con Francia primero y EE.UU. después). A partir de 1957, apoyadas por el Estado vietnamita del Norte, las fuerzas guerrilleras del sur –llamadas Vietcong– comenzaron una nueva lucha por la liberación del sur y la unificación con el norte. El éxito de las acciones del Vietcong fue la razón de la intervención masiva de los EE.UU. en la región a partir de 1963.

La guerra de Vietnam duraría más de diez años (culminaría definitivamente en 1975 con la derrota del eje Sur-EE.UU., el retiro de las tropas norteamericanas y la unificación de Vietnam) y tendría importantes repercusiones. Por un lado, generó fuertes rechazos y oposiciones en el mundo entero a la política exterior de los EE.UU., incluso dentro mismo de ese país; por otro lado, la experiencia vietnamita constituyó, para los movimientos revolucionarios del Tercer Mundo –que habían seguido la gesta de Vietnam con suma atención-, un “ejemplo”, una lección: tras derrotar a la fuerza bélica más poderosa del planeta, el pueblo vietnamita demostraba que ningún poder es invencible. Más importante aún: el poder norteamericano –“el imperialismo”, en clave de época– no era invencible.

En Europa Oriental, varios países del llamado bloque socialista (Hungría, Yugoslavia, Checoslovaquia) se rebelaban de alguna manera –ya fuera a través de cambios en las políticas de gobierno, o por medio de rebeliones nacionales y populares– contra el poder que ejercía la URSS sobre ellos y en oposición al modelo político-económico que desde Moscú se les imponía imitar. El ejemplo más emblemático de estos movimientos fue la llamada Primavera de Praga, en 1968.

Otro proceso orientado hacia la construcción de un modelo socialista de características distintas a la del soviético ocurría en China, con la llamada “Revolución Cultural” liderada por Mao Tse Tung, dirigente máximo del Partido Comunista Chino.

Los textos de esta sección pertenecen a "De Memoria, testimonios, textos y otras fuentes sobre el Terrorismo de Estado en Argentina" (3 cd's), publicación de la Secretaría de Educación del Gob. de la ciudad de Buenos Aires y la asociación civil Memoria Abierta, Buenos Aires 2004. Descargar texto en pdf - Descargar en doc

Estos nuevos socialismos, estos nuevos proyectos que, sin abandonar la idea de la socialización de las riquezas, ensayaban sus propias modalidades (distintas a la del modelo soviético -cuestionado por aquellos años- y más atentas a las particularidades socio- económicas y culturales de cada país), constituyeron ejemplos atractivos para gran parte de los movimientos revolucionarios de todo el mundo.

En el caso de América Latina, estos movimientos reconocían diversas tradiciones políticas e ideológicas; encontraban, sin embargo, un común denominador: su postura “antiimperialista”, es decir, su oposición al poder que sobre la región ejercían los Estados Unidos. Muchos de estos movimientos planteaban, además, un cambio radical del sistema socio-económico. Y esto porque el capitalismo dependiente que caracterizaba a la mayoría de los países latinoamericanos había demostrado ser fuente de desigualdades económicas, injusticias sociales y escaso y desigual desarrollo productivo. En oposición, el socialismo aparecía, en este contexto, como un modelo justo, equitativo, atento a las dignidades humanas.

Es indudable que la Revolución Cubana (1959) constituyó un impulso de envergadura para estos movimientos. En la pequeña isla, tras algunos años de guerrilla rural, las tropas lideradas por los jóvenes comandantes Fidel Castro y Ernesto Che Guevara, entre otros, habían logrado derrotar al ejército de la dictadura de Batista, tomar el poder y, al poco tiempo, declarar el carácter socialista de esa revolución. Todo esto a escasos kilómetros del “imperio”. Pronto, Cuba se convertiría en el centro de las miradas de los jóvenes revolucionarios latinoamericanos que veían en el socialismo un orden social justo, anhelado y, a partir de entonces, posible en estas latitudes.

Mientras tanto, en el resto de Latinoamérica los recurrentes golpes de Estado y las diversas prácticas autoritarias y represivas de las clases dominantes venían a confirmar que éstas no estaban dispuestas a ceder sus privilegios económicos y políticos. De ahí que la “lucha armada” se erigiera, también siguiendo el ejemplo cubano, como un camino no sólo viable para la toma del poder sino, también, necesario.

En este contexto, la muerte del Che Guevara en Bolivia, en octubre de 1967, dio origen al símbolo más fuerte de quienes luchaban de alguna u otra manera por “la liberación”. Su imagen representaba, para millones de jóvenes en distintas partes del planeta, los valores que parecían sintetizar a esa generación que intentaba cambiar el mundo: el compromiso revolucionario, el sacrificio, la entrega por un ideal, el heroísmo, la solidaridad, la lucha contra el individualismo. Éstos y otros eran, en definitiva, los atributos que tendría “el hombre nuevo”, ese ser humano al cual el Che se refería, que se iría construyendo a la par de los avances revolucionarios. El “hombre nuevo” sería, entonces, el hombre del futuro; porque los revolucionarios de las décadas del ’60 y del ’70 no dudaban en confiar que la historia se encaminaba, veloz e indefectiblemente, hacia una sociedad igualitaria, justa, socialista. Como alentaba la mítica oratoria del líder de la Revolución Cubana: “las ruedas de la historia han echado a andar y ya nada podrá detenerlas”. Esta historia sólo necesitaba de la acción de los hombres para acelerar su paso.

Si tuviéramos que sintetizar estos años diríamos que fueron tiempos irreverentes, rebeldes; tiempos que proponían lo nuevo, que festejaban el cambio. Tiempos de revoluciones, de compromisos y protagonismos. Tiempos en los que, desde diversos espacios y prácticas, se impugnaba gran parte de los valores sobre los que durante mucho tiempo se había erigido Occidente. Fueron tiempos de jóvenes y de urgencias, tiempos en lo que todo parecía posible, tiempos de utopías.


Jóvenes, dictaduras y democracias restringidas

El derrocamiento de gobiernos constitucionales y la consecuente instalación de dictaduras fue una de las características distintivas de gran parte de la historia política argentina del siglo XX. Entre 1930 y 1976, las Fuerzas Armadas encabezaron seis golpes de Estado y sólo dos gobiernos constitucionales lograron culminar su mandato: el del Gral. Agustín P. Justo (1932-1938), de origen fraudulento, y el primer gobierno del Gral. Juan D. Perón (1946-1952).

Los golpes de Estado no fueron, sin embargo, la única fuente de autoritarismo y los gobiernos dictatoriales no fueron los únicos regímenes que suprimieron o avasallaron derechos que la Constitución garantizaba.

Durante la década de 1930, el fraude electoral fue una práctica corriente y sistemática de las elites políticas; los dos primeros gobiernos peronistas sostuvieron modalidades autoritarias y prácticas represivas para con sus opositores; los gobiernos que sucedieron al derrocamiento del Gral. Juan D. Perón en 1955 asumieron el poder o bien por medio de las armas o bien a través de actos electorales en los que la identidad política mayoritaria de la población -el peronismo- estaba proscripta. Es en este último caso que suele hablarse de democracias restringidas.

Además, la anulación formal del Estado de derecho, la represión de huelgas y movilizaciones, la prepotencia y el abuso de la autoridad, la tortura a prisioneros, etc., fueron prácticas tristemente comunes en la historia argentina. De modo que el ejercicio de la violencia material y la actividad política estuvieron estrecha y manifiestamente vinculadas en la historia de nuestro país, desde mucho tiempo antes de la consolidación del Estado nacional a fines del siglo XIX.

En esta tradición, las restricciones y actividades represivas y la alternancia entre democracias restringidas y dictaduras militares contribuyeron a consolidar una cultura política a lo largo del siglo XX caracterizada, entre otras cosas, por el descrédito, el escepticismo y hasta el desprecio hacia las instituciones y los principios de la democracia parlamentaria. En este contexto, no es extraño, entonces, que los jóvenes que se incorporaron a la vida pública entre mediados de la década del '50 y mediados de la del '70 hayan conocido y aprendido una versión de la política signada por la violencia institucional, la intolerancia y la lógica amigo-enemigo, en la que la conflictividad política era pensada en términos de un enfrentamiento violento, con escaso espacio para la negociación.

De los innumerables avatares de la historia política argentina del siglo XX, nos interesa destacar aquí dos acontecimientos que habrían de tener una incidencia fundamental en las características y modalidades de la movilización de masas de fines de la década del '60 y comienzos de la del '70: el derrocamiento del Gral. Juan D. Perón en 1955 por un lado, y el golpe de Estado encabezado por el Gral. Juan C. Onganía en 1966, por otro.

Si bien la vida política argentina estuvo atravesada por la conflictividad con relación al peronismo, desde la propia constitución de este movimiento en 1945, el derrocamiento del segundo gobierno peronista y la ferocidad de las actividades represivas que lo acompañaron (los bombardeos a Plaza de Mayo en 1955, los fusilamientos de José León Suárez en 1956, las vejaciones al cadáver de Evita, la proscripción política del Partido Peronista) provocaron un profundo malestar social que con el tiempo no haría más que agravarse. Efectivamente, la proscripción del movimiento y el exilio del líder dejaron sin posibilidad de representación institucional y pública a la identidad política más extendida del país. De ahí que tanto los gobiernos impuestos por la fuerza como los electos que sucedieron al derrocamiento del Gral. Juan D. Perón carecieran de consenso y hayan sido considerados como ilegítimos por importantes sectores de la población.

El golpe de Estado encabezado por el Gral. Juan C. Onganía marca, en este mismo contexto, otro punto de inflexión importante en la atmósfera política de fines de los años ’60. La creciente actividad represiva de la nueva dictadura (la intervención a las universidades y sindicatos, la violenta represión en movilizaciones y huelgas, la disolución de los partidos políticos y la confiscación de sus bienes; es decir, el cierre de los canales institucionales de actividad política, expresión, protesta, etc.) venía a confirmar, a los diversos grupos de jóvenes que por entonces observaban con atención y admiración el proceso revolucionario cubano, que la apelación a la “lucha armada” se volvía cada vez más necesaria y urgente a la hora de cambiar un orden, que hacía de la violencia estatal y de la represión herramientas privilegiadas de dominación.

Más aún cuando el nuevo gobierno no había establecido plazos temporales para el retorno a las elecciones y había puesto en marcha un plan económico que tenía al desarrollo y a la modernización del gran capital industrial como eje y norte de su política. Este plan implicaba, por su lógica de acumulación, una distribución del ingreso regresiva -es decir, adversa a los sectores populares y favorable a los grupos con altos niveles de concentración económica-.

El descontento popular frente a este orden de cosas fue creciendo a la par de la capacidad de organización y movilización de los distintos sectores de la sociedad civil: obreros industriales, trabajadores y estudiantes. Esta movilización social encontró su punto culminante en el Cordobazo (1969), cuando una huelga general convocada por los sindicatos locales y a la que se sumaron los estudiantes universitarios terminó en un gran estallido popular, violentamente reprimido, que forzó la renuncia del entonces ministro de Economía y Trabajo (Krieger Vasena) y debilitó notablemente la figura del Gral. Juan C. Onganía. El Cordobazo marcó el inicio de un período de intensificación de la conflictividad política y la movilización de masas, período que encontraría un nuevo punto de inflexión con el retorno al orden constitucional en 1973.

Fue en aquel escenario cuando, al calor de la movilización popular y como parte de ella, surgió en el país un conjunto de organizaciones políticas revolucionarias –algunas de ellas guerrilleras-, de tradiciones políticas diversas, que en términos más generales se planteaban la toma del poder para la construcción de un orden económico-social distinto y, en el corto plazo, el derrocamiento de la dictadura de los generales Onganía, Levingston, Lanusse. Fueron los jóvenes las figuras protagónicas de estas organizaciones.


El “Cordobazo” y la protesta social

La historia del Cordobazo es la historia de un alzamiento popular en la ciudad de Córdoba, en 1969. Allí, la clase trabajadora, los estudiantes y las clases medias confluyeron en una enorme movilización insurreccional que estuvo precedida por una serie de movilizaciones en distintos puntos del país y que fueron expresiones de la resistencia creciente que opusieron importantes sectores sociales a la política global de la dictadura instaurada por el general Onganía en 1966.

“La política económica de Krieger Vasena perjudicó a muchos sectores. Los comerciantes pequeños y medianos, los empresarios regionales, los propietarios rurales y los asalariados urbanos formaron parte de un vasto espectro social que vio deteriorarse sus posiciones [...]
A la insatisfacción de esos grupos económicos se sumó en 1969 una oposición civil generalizada al autoritarismo del régimen de Onganía [...] Los ideólogos de la “Revolución Argentina” habían previsto la insatisfacción causada por el plan económico y por la dislocación de las instituciones sociales y políticas tradicionales. En consecuencia, prometieron que una vez reconstruida con éxito, aunque no sin sacrificio, la economía durante el período que llamaron “el tiempo económico”, esos sectores sociales y políticos tendrían mayor participación [...] Esos calmos pronósticos [...] se harían trizas en mayo de 1969, al combinarse el descontento gremial y las tensiones de la sociedad civil en una ola de desobediencia social generalizada. Esta erupción tuvo por escenarios las principales ciudades del interior, particularmente Córdoba [...]

Las dos CGT proclamaron para el 30 de mayo una huelga general de 24 horas en protesta contra la represión oficial y la política económica. Fue, en más de dos años, el primer signo de movilización sindical organizada a escala nacional.

En Córdoba estos hechos provocaron un eco particularmente intenso. A la inquietud estudiantil, de indudable importancia [...], se agregaron la presencia de un gobernador particularmente impopular impuesto por el gobierno nacional y un movimiento sindical local ya movilizado por específicas razones propias. Desde principios de 1969 el gremialismo de Córdoba estaba en campaña por la abolición de los “descuentos zonales”, que permitía a los empleadores cordobeses pagar salarios inferiores en un 11 por ciento a los pagados en Buenos Aires por el mismo trabajo. En mayo las autoridades nacionales abolieron también el sábado inglés, práctica por la cual los obreros trabajaban el sábado medio día que cobraban como día entero [...] Movilizadas las bases y en vista del creciente descontento popular contra las autoridades locales, los sindicatos cordobeses proclamaron una huelga general de 48 horas que debía iniciarse el 29 de mayo, es decir la víspera de la proyectada huelga nacional.

En la mañana del 29 se produjeron choques entre los estudiantes y la policía [...] Al intervenir en las refriegas los obreros en huelga [...] los choques se propagaron en toda la zona céntrica y empezaron a surgir barricadas. A mediodía una columna de más de 4000 obreros [...] llegaron al centro, aislaron a la fuerza policial y la obligaron a retirarse. A las 13 los obreros y estudiantes ya controlaban un área de 150 manzanas en el centro de la ciudad. Por la tarde, el ejército inició la operación en esa zona y al caer la noche los manifestantes se habían retirado a los suburbios, donde atacaron comisarías [...] El “Cordobazo” terminó el sábado 31, con un saldo de unas 300 personas detenidas por los militares, tal vez alrededor de 30 muertos y no menos de 500 heridos.

En términos generales, el Cordobazo significó el principio del final de la “Revolución Argentina”. Ante todo, y más inmediatamente, destrozó la imagen de invencibilidad del régimen y puso fin a la desmoralizadora apatía y a la sensación de impotencia cívica inculcadas por tres años de “paz” impuesta por los militares [...]. Los altos oficiales de las fuerzas armadas empezaron a considerar cada vez más excesivo el costo social que se pagaba, en términos de oposición engendrada, por llevar a la práctica las políticas de Onganía. Krieger Vasena y todo el gabinete renunciaron casi al instante de los acontecimientos. El Cordobazo demostró también la desavenencia que separaba a grandes sectores de la sociedad argentina y un Estado cada vez más aislado, arrogante y carente de legitimidad [...]

Para las fuerzas armadas lo más inquietante tal vez fueron la impredictibilidad, la ferocidad y la índole descontrolada de la conmoción. Si bien los hechos ocurrieron formalmente en el marco de los llamamientos lanzados por los sindicalistas y los partidos políticos opositores, la movilización misma desbordó los canales normales de la protesta y la oposición. La experiencia de los años siguientes demostraría con más contundencia aún las dificultades que suponía canalizar e institucionalizar esa protesta”.

Fuente: Daniel James, Resistencia e Integración. El peronismo y la clase trabajadora argentina 1946-1976, Buenos Aires, Sudamericana, 1990, pp. 294-296.


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Breve cronología de gobiernos militares y civiles entre 1930 y 1983

1930-1932: El 6 de septiembre de 1930, el Gral. José Félix Uriburu encabezó un golpe de Estado que derrocó al gobierno constitucional de Hipólito Yrigoyen, histórico líder del radicalismo. En 1931 se realizaron elecciones en la provincia de Buenos Aires. En ellas, los radicales yrigoyenistas triunfaron. El gobierno anuló las elecciones y proscribió al radicalismo. En adelante, para evitar un nuevo triunfo del yrigoyenismo, los conservadores y sus aliados impusieron la práctica sistemática del fraude electoral –al que denominaron “fraude patriótico”- que caracterizaría a toda la década.

1932-1938: El fraudulento triunfo electoral recayó sobre el Gral. Agustín P. Justo, candidato de la Concordancia (alianza entre conservadores, radicales antipersonalistas y el partido socialista independiente), quien asumió la presidencia el 2 de febrero de 1932. Seis años más tarde, el Gral. Agustín P. Justo culminó su mandato y se realizaron nuevas elecciones, también sustentadas en el fraude.

1938-1943: Luego de las elecciones asumió la presidencia Roberto Ortiz, candidato de la Concordancia. Roberto Ortiz provenía del radicalismo antipersonalista y su compañero de fórmula, Ramón Castillo, era un representante de los grupos conservadores más tradicionales. En 1940, Ortiz enfermó y asumió la presidencia Castillo. Entretanto, la recurrencia del fraude electoral generó fuertes disidencias en importantes sectores de la población. También participaban de ella sectores de las Fuerzas Armadas que proponían, además, un cambio de la política económica y en el rol estratégico del Estado. El 4 de junio de 1943, un grupo de oficiales y coroneles del Ejército, denominado “GOU” (Grupo de Oficiales Unidos), de manifiestas simpatías por el fascismo, lideró un nuevo golpe de Estado que desalojó a Castillo del poder.

1943-1946: El presidente designado por los militares, Arturo Rawson, se vio obligado a renunciar por conflictos internos del grupo golpista y el 6 de junio asumió como presidente del gobierno provisional el Gral. Pedro Ramírez. Los conflictos político-ideológicos dentro de las Fuerzas Armadas fueron agudizándose, desencadenando, en febrero de 1944, la destitución del Gral. Pedro Ramírez. Asumió la presidencia, entonces, el Gral. Edelmiro Farrell. Entretanto, el coronel Juan D. Perón había sido designado director del Departamento Nacional de Trabajo. Desde allí estableció fuertes vínculos con el sindicalismo y el movimiento obrero, ocupando un lugar cada vez más relevante en el gobierno. El 8 de octubre de 1945, los militares opuestos a Perón forzaron su renuncia a todos sus cargos, el 12 de octubre quedó detenido, y el 17, una movilización masiva de trabajadores exigió su libertad. Para ese entonces, presionado por la oposición, el Gral. E. Farell había convocado a “elecciones completamente libres”. Éstas se realizaron a comienzos de 1946.

1946-1955: El 24 de febrero de 1946, la fórmula Perón-Quijano, del recién conformado Partido Laborista, triunfó con un 52% de los votos y Perón asumió por primera vez la Presidencia de la Nación. Seis años más tarde, al culminar su mandato, se realizaron nuevas elecciones en las que las mujeres votaron por primera vez y el Gral. Juan D. Perón fue reelecto. El segundo gobierno peronista estuvo signado por la crisis económica y la polarización político-social entre el peronismo y el antiperonismo. El 16 de septiembre de 1955, las Fuerzas Armadas lideraron un nuevo golpe de Estado autodenominado “Revolución Libertadora".

1955-1958: El Gral. Eduardo Lonardi fue designado presidente y el Alte. Isaac Rojas, vicepresidente. El Gral. Lonardi era partidario de sostener acuerdos con algunos sectores del gobierno depuesto. En noviembre de 1955 fue forzado a renunciar y reemplazado por el Gral. Pedro Aramburu. El peronismo fue proscripto y esto significó, principalmente, la exclusión del Partido Peronista de futuras elecciones, la prohibición de nombrar públicamente a Perón y a Evita, de esgrimir símbolos peronistas, etcétera. Las elecciones generales fueron convocadas para 1958, pero la proscripción del peronismo habría de durar hasta 1972.

1958-1962: Las elecciones de 1958 le dieron el triunfo a Arturo Frondizi, candidato de la Unión Cívica Radical Intransigente, proclive a las negociaciones con el peronismo. Si bien al comienzo de su mandato Arturo Frondizi contaba con el respaldo del movimiento proscripto, de los gremios y de importantes sectores de la izquierda, pronto, ante las consecuencias de la política económica implementada, lo fue perdiendo. La protesta social resultó violentamente reprimida por el Plan CONINTES. En las elecciones legislativas de marzo de 1960 el “voto en blanco peronista” representó el 25% de los sufragios, mientras que el partido de Frondizi, la UCRI, obtuvo el 20%. En las elecciones provinciales de marzo de 1962, Frondizi permitió la presentación de candidatos peronistas. El triunfo de éstos en varias provincias –especialmente en la de Buenos Aires– provocó un hondo malestar en las Fuerzas Armadas y Frondizi decretó la intervención de esta provincia (y la de otras donde también había triunfado el peronismo) y la anulación de los comicios. No obstante, preocupadas por el pasado “acuerdista” del gobierno y por su postura abstencionista ante el “caso cubano” (postura que asumió la Argentina en la reunión de Cancilleres de la Organización de Estados Americanos realizada en 1962, en la que se decidió la exclusión de Cuba del sistema interamericano), el 29 de marzo las Fuerzas Armadas anunciaron que el gobierno había sido depuesto.

1962-1963: Tras el golpe militar, en tanto el vicepresidente, Alejandro Gómez, había renunciado, asumió la presidencia provisional de la Nación -hasta las elecciones del año siguiente- José María Guido, presidente del Senado. El gobierno de Guido estuvo totalmente subordinado al poder de las Fuerzas Armadas.

1963-1966: Las elecciones nacionales del 7 de julio de 1963 le dieron el triunfo a Arturo Humberto Illia, candidato de la Unión Cívica Radical del Pueblo. En esa oportunidad, el peronismo llamó a votar en blanco. Así, el candidato ganador obtuvo el 25% de los votos emitidos, en tanto el voto en blanco (19%) constituyó la segunda fuerza. Esto significaba que el nuevo gobierno iniciaba su gestión con una importante falta de representatividad. Las fuertes oposiciones que la política económica llevada adelante por Illia provocó en los sectores vinculados al capital extranjero y el “plan de lucha” que, en un contexto de alza de precios y despidos, llevó adelante la CGT, profundizaron la gravedad de los conflictos político-económicos y el delicado equilibrio institucional comenzó a resquebrajarse. Finalmente, el 28 de junio de 1966, las Fuerzas Armadas, apoyadas por importantes sectores –entre los que se encontraban tanto el sindicalismo, como el capital extranjero y una gran cantidad de medios de comunicación–, derrocaron al gobierno constitucional de Arturo Illia.

1966-1973: La dictadura instaurada el 28 de junio de 1966 se autodenominó "Revolución Argentina". Ese mismo día, el Gral. Juan C. Onganía asumió la presidencia de la Nación. La política económica llevada adelante por la nueva dictadura favorecía, fundamentalmente, al capital extranjero y a los sectores a él asociados. El gran malestar que esta política generaba en los sectores medios y populares y la fuerte oposición ante su creciente autoritarismo provocaron una movilización política y social sin precedentes que culminaría expulsando a los militares del poder –y cuyo acontecimiento más emblemático fue “el Cordobazo”-. Un año después de este estallido popular, el Gral. Onganía fue reemplazado por el Gral. Roberto M. Levingston, quien a su vez fue reemplazado, en marzo de 1971, por el Gral. Alejandro A. Lanusse. La persistencia de la movilización social obligó a este último dictador a pensar una salida institucional que incluyera al peronismo. En noviembre de 1972 se suprimió la proscripción del peronismo y se convocó a elecciones para marzo del año siguiente. La única limitación de la convocatoria electoral fue “la cláusula de residencia”, que establecía que no podían ser candidatos quienes no estuvieran residiendo en el país con anterioridad a noviembre de 1972, o sea, el Gral. Juan D. Perón, quien desde 1955 estaba exiliado.

1973-1976: Las elecciones del 11 de marzo de 1973 le dieron el triunfo a la fórmula del peronismo Cámpora-Solano Lima. El 25 de mayo, Héctor Cámpora asumió la presidencia. El 13 de julio de ese mismo año, tras los conflictos desatados en el interior del peronismo con el regreso de Perón a la Argentina, que con el tiempo no harían más que agravarse, Cámpora y su vicepresidente renunciaron. Asumió interinamente la presidencia Raúl Lastiri, titular de la Cámara de Diputados. Entretanto, se suprimió la “cláusula de residencia” y se convocó a nuevas elecciones para septiembre. En éstas, la fórmula Perón- Perón triunfó con un 62%. El Gral. Juan D. Perón iniciaba su tercera presidencia. El 1º de julio de 1974, Perón falleció y lo sucedió su esposa y vicepresidenta María Estela Martínez de Perón, “Isabel”. En un contexto de profunda crisis económica y política, el 24 de marzo de 1976 las Fuerzas Armadas derrocaron al gobierno de Isabel Perón e instauraron la última y más sangrienta dictadura militar de la historia argentina.

1976-1983: Entre marzo de 1976 y diciembre de 1983, el país estuvo gobernado por las Fuerzas Armadas. Éstas implementaron una política represiva sin precedentes, sustentada en el ejercicio del terrorismo estatal. La anulación de los derechos y garantías constitucionales, la desaparición masiva y sistemática de personas, el funcionamiento de cientos de centros clandestinos de detención, tortura y exterminio, la apropiación de bebés nacidos en cautiverio o secuestrados junto a sus padres, los miles de presos políticos y exiliados; y una política económica sustentada en la desindustrialización del país y la especulación financiera, fueron, quizás, los rasgos más notorios del último régimen militar. Los dictadores que se sucedieron en este período fueron los generales: Jorge Rafael Videla (1976-1981); Roberto Viola (1981); Leopoldo Fortunato Galtieri (1981-1982) y Reynaldo Bignone
(1982-1983). Tras la derrota en la Guerra de Malvinas (junio de 1982), la dictadura militar atravesó un proceso de acelerado desprestigio. La presión del movimiento de derechos humanos, tanto nacional como internacional, los efectos de la política económica implementada y las exigencias de la sociedad civil, obligaron a los militares a retirarse del poder. Las elecciones fueron convocadas para el 30 de octubre de 1983. Ese día el triunfo recayó en el candidato de la Unión Cívica Radical. Raúl Alfonsín gobernó el país hasta el 8 de julio de 1989.


Renovación cultural: la generación del '60

Los años ’60 fueron escenario de importantes cambios en la cultura occidental. Estos cambios, protagonizados por los jóvenes, se tradujeron fundamentalmente en nuevas prácticas culturales en diversas dimensiones de la experiencia social: en la familia, en el arte, en la política, etc., y evidenciaban la irrupción y condensación de nuevos valores.

La expansión del rock and roll, la minifalda, el pelo largo en los varones, la llamada “liberación femenina”, la aparición de las pastillas anticonceptivas y las libertades sexuales que éstas permitieron, la extensión en el uso de drogas, el hippismo, entre otros fenómenos, representan muy bien un clima de época caracterizado por el rechazo o el cuestionamiento –fundamentalmente por parte de los jóvenes de los sectores medios- de los modelos socioculturales heredados. Es en este sentido que podemos hablar del surgimiento de una generación: los jóvenes de la década del ’60 construyeron y compartieron una cultura diferenciada y hasta en fuerte oposición a la de sus padres y abuelos.

Esta nueva cultura no fue compacta ni monolítica; por el contrario, reconocía manifestaciones diversas, expresiones múltiples y una variedad de símbolos que dan cuenta de una convivencia de sentidos dispares. Esta heterogeneidad podría representarse, tan sólo a modo de ejemplo, a través de tres iconos de época: el joven hippie pacifista oponiéndose a los modelos de consumo de la sociedad norteamericana; el joven guerrillero combatiendo las estructuras económicas y políticas en los países latinoamericanos; el joven intelectual bohemio de las ciudades europeas descartando el pensamiento “tradicional y anquilosado” impartido en los claustros universitarios. Es necesario aclarar que aquellas imágenes no correspondían a experiencias claramente diferenciadas. Lo más probable es que los valores, la estética y las prácticas encarnados en cada uno de esos “iconos” hayan coexistido y se hayan conjugado de manera particular en cada uno de los sujetos. Es probable, también, que las contradicciones y los contrasentidos hayan habitado muchas de estas conjugaciones.

Todas estas manifestaciones tuvieron, sin embargo, elementos comunes que caracterizaron la época: la rebeldía, la búsqueda de lo nuevo y lo creativo, el cuestionamiento de los poderes instituidos, el rechazo a la “forma de vida y la moral burguesas”, la lucha contra los autoritarismos, los convencionalismos y toda forma de opresión, la certeza de que las utopías eran posibles. Se caracterizaron, en definitiva, por un espíritu contestatario, libertario y vanguardista. De ahí que las ideas de “liberación” y de “vanguardia” inundaran, de alguna manera, el lenguaje de la política, del arte, de las costumbres.

Las tradiciones ideológico-políticas también recibieron el embate de esa exigencia de renovación. En este último caso, podría decirse que el marxismo clásico y el “socialismo real” -representado por el modelo soviético- constituyeron uno de los blancos privilegiados de las críticas, dejando al descubierto que las premisas ideológicas y las prácticas políticas, de lo que ya comenzaba a nombrarse como “vieja izquierda” o “izquierda tradicional”, ya no podían representar ni contener las ansias revolucionarias de la hora; y esto porque, entre otras cosas, también aquellas izquierdas habían dado lugar a los autoritarismos y dogmatismos tan cuestionados.

Rebeliones juveniles

El episodio más emblemático de este impulso cultural de los años ’60 fue, sin duda, el Mayo Francés: la revuelta estudiantil universitaria (a la que se sumaron los sindicatos) que mantuvo en vilo a París y puso en jaque al gobierno del general Charles De Gaulle en mayo de 1968. Fue una revuelta política, pero también cultural. Entre tomas de facultades, barricadas, asambleas públicas, gases lacrimógenos y detenciones, los estudiantes, y en menor medida los obreros, se rebelaron frente a las distintas formas de opresión política y cultural. Los creativos graffitis que tiñeron las paredes parisinas y que la memoria colectiva inmortalizó y mitificó ejemplifican el tono, la amplitud, la novedad y la radicalidad político-cultural de la revuelta. Se protestó contra el autoritarismo en las universidades y en las instituciones públicas, contra la obsolescencia y vacuidad de la enseñanza impartida, contra la guerra de Vietnam y el gobierno de De Gaulle, contra la explotación del hombre por el hombre, contra las pautas culturales “burguesas”, contra la desigualdad entre los géneros, contra la intelectualidad “no comprometida” con las urgencias sociales. Y, al mismo tiempo, se impugnó la legitimidad de quien hasta ese momento se había erigido como referente de los movimientos contestatarios: la izquierda tradicional.

Puede decirse que el Mayo Francés representó, en términos generales, la rebelión de una generación contra los poderes concretos de la disciplina social de un sistema y sus efectos sobre los hombres.

No fue ésta la única rebelión estudiantil de la época: Berkeley y Kent en EE.UU, Tlatelolco en México, Filosofía y Letras en Buenos Aires o el Barrio Clínicas en Córdoba, son tan sólo ejemplos de una juventud que, en distintas partes del planeta, irrumpió, protagónica, en la escena pública. Porque lo que nos interesa destacar aquí en todo caso -y de ahí la importancia del Mayo Francés como emblema de una década- es el surgimiento de la juventud en tanto actor político y social. Es la juventud constituyéndose en el sujeto colectivo que motorizaba los cambios, que hacía de la rebeldía su estandarte, que encarnaba los nuevos aires de la época y anunciaba, desafiante y segura, el advenimiento inminente de lo nuevo.


El compromiso: la militancia política y social en los '60 y '70

Hacia finales de la década de 1960, en un contexto internacional convulsionado por los avances de distintos procesos revolucionarios y al calor del descontento popular frente a la dictadura instaurada por el Gral. Juan C. Onganía en 1966 tomó cuerpo en la Argentina un proceso de movilización de masas sin precedentes, cuyos protagonistas indiscutidos fueron el movimiento obrero y la juventud.

Este proceso contestatario expresaba, en lo inmediato, la lucha contra la dictadura y la puja por una distribución más equitativa del ingreso, es decir, más favorable a los sectores populares y las capas medias de la población. En términos generales, evidenciaba una voluntad colectiva de alterar un orden económico-social -el capitalismo dependiente-, señalado como fuente de desigualdades económicas e injusticias sociales, signado por la explotación del hombre y la dependencia del país.

El surgimiento y/o consolidación de una importante cantidad de grupos gremiales, políticos y sociales que encauzaron la militancia de un número cada vez mayor de jóvenes de distintas clases sociales fue expresión de este clima político. Algunos de ellos optaron por una militancia exclusivamente gremial: se incorporaron a las actividades de los gremios o centros de estudiantes sin ingresar a ninguna organización política. Otros tuvieron una militancia que podríamos llamar “social”: desplegaron diversas actividades de solidaridad y ayuda en villas y barrios pobres. Este tipo de militancia estuvo encauzada, en importante medida, por grupos cristianos inspirados en la “teología de la liberación”.

Podemos decir, sin embargo, que, con el tiempo, fue el ingreso a las nuevas organizaciones políticas que surgieron en este período –fuera o dentro de las estructuras partidarias tradicionales- la opción más atractiva para quienes ansiaban “luchar contra la dictadura”, “luchar contra el imperialismo” y “transformar el mundo”.

El mapa que esas organizaciones conformaban resulta bastante complejo. Aunque coincidieran en la “lucha antiimperialista” y en la voluntad de construir un orden económico-social justo e igualitario (y es en este sentido que podemos hablar de su tenor revolucionario), las organizaciones encarnaban y conjugaban tradiciones ideológicas y políticas distintas: nacionalismo, peronismo, marxismo, cristianismo, etcétera.

Varios fueron los debates que atravesaron y definieron los posicionamientos políticos, tanto colectivos como individuales. Nos interesa destacar aquí tan sólo tres: 1) la relación con el peronismo y la figura del Gral. Juan D. Perón; 2) el orden económico y social a construir; 3) la lucha armada como camino para lograr el cambio social.


La relación con el peronismo y la figura de Perón

Para quienes adherían a una ideología marxista, el peronismo representaba un problema. En tanto resultaba claro a sus ojos que ese movimiento (que incluía personalidades y posturas tanto de izquierda como de derecha) no proponía un cambio revolucionario orientado hacia el socialismo, al mismo tiempo, era a todas luces evidente que la clase obrera (principal protagonista y destinataria del cambio social) era peronista y no había demasiados signos que permitieran pensar que revocaría esa identidad. Es por esta última razón que muchos jóvenes provenientes de familias no peronistas –y hasta tradicionalmente “gorilas”- se incorporaron a las filas del peronismo. A su vez, dentro mismo del peronismo de izquierda, la figura del Gral. Juan D. Perón representaba un problema: se lo consideraba el líder indiscutido del movimiento, pero, al mismo tiempo, se sospechaba de su filiación ideológica (marcada por demasiados gestos de simpatía con la derecha) y, por tanto, de su voluntad política de asumir la dirección de un cambio revolucionario. Las tensiones entre el peronismo de izquierda y Perón adquirirían su punto más ríspido durante su tercera presidencia (1973-1974).

El orden económico y social a construir

El conjunto de la militancia política adscribía a la voluntad de un cambio social orientado hacia la construcción de un orden “más justo”. Una sociedad más igualitaria, que garantizara para todos el acceso a la salud, a la educación, al trabajo, a la vivienda, a un “salario digno”, parecía ser un objetivo acordado. Ahora bien: ¿cuál era el modelo económico-social capaz de asegurar lo anterior y, a la vez, viable?
En principio, resultaba claro que una condición necesaria era la liberación nacional; esto es, que la Argentina pusiera fin a su dependencia económica del capital extranjero. La consigna Liberación o dependencia y aquellos puntos programáticos referidos a la Nacionalización de la banca y el comercio exterior, por ejemplo, se orientaban en esa dirección.

Resultaba más discutible, en cambio, cuál era el sistema económico apropiado. Fuera del peronismo, las agrupaciones marxistas adherían a la idea del socialismo. No era, sin embargo, el modelo socialista soviético el que se buscaba imitar, por el contrario, las particularidades de los “nuevos socialismos” ensayados en Europa del Este, en Cuba, China o Vietnam constituían las experiencias más atractivas.

Dentro del peronismo de izquierda hubo quienes, siguiendo el ejemplo cubano, se orientaron también hacia el socialismo. Otros consideraron que la opción más adecuada era el capitalismo nacional: un capitalismo independiente del capital extranjero, dirigido por un Estado propietario de los principales medios de producción y comercialización. Éstos últimos entendían que existía en el país una burguesía nacional cuyos intereses económicos y políticos eran compatibles con los de los trabajadores y “el pueblo”. Esta visión se diferenciaba de aquella sostenida por quienes impulsaban la construcción de un orden socialista. Estos actores veían en la burguesía nacional tan sólo un aliado en la “lucha antiimperialista”, y consideraban que sus intereses económicos entrarían en conflicto con los intereses de la clase obrera a la hora de construir un nuevo orden.

La lucha armada como camino para lograr el cambio social

Otro debate que atravesó este período de movilización giró en torno a cuál era el camino para acceder a la toma del poder político e impulsar el cambio social. Más precisamente, la cuestión era si se debía recurrir a la acción armada (esto es, a la actividad guerrillera) o si, siguiendo el ejemplo de la Unidad Popular en Chile, era posible lograrlo por “vía pacífica” (es decir, por vía electoral).

Algunas de las organizaciones de izquierda, tanto peronistas como no peronistas, incluyeron la actividad armada como parte de su accionar político, de ahí que reciban el nombre de organizaciones político-militares. Esta opción estuvo claramente determinada por el contexto internacional (en especial el escenario latinoamericano, convulsionado por distintos procesos y movimientos revolucionarios) y nacional en el que surgieron. (Ver capítulo 1 “Jóvenes, dictaduras y democracias restringidas”)

Otras organizaciones aceptaban la lucha armada tan sólo como estrategia potencial: reconocían la necesidad de recurrir a ella, pero consideraban que aún “no estaban dadas las condiciones”.

Un debate de quizás menor envergadura se planteó acerca de las modalidades específicas que debía asumir la lucha armada: si debía concentrarse en las ciudades o en las áreas rurales, si implicaba la formación de milicias populares o ejércitos regulares, en qué momentos de la movilización de masas debía intensificarse, etcétera. Nuevamente, las experiencias revolucionarias de otras latitudes ofrecían variados y múltiples modelos.

Con el acceso del peronismo al poder en 1973, el debate en torno a la lucha armada adquiriría una nueva importancia y un dramatismo mayor.

Las organizaciones político-militares de mayor relevancia por su capacidad de movilización y/o por su incidencia en el desarrollo de los acontecimientos fueron: Montoneros, peronista, y PRT-ERP (Partido Revolucionario de los Trabajadores y su brazo armado, el Ejército Revolucionario del Pueblo), de tradición marxista.

Ser miembro de Montoneros o del PRT-ERP no implicaba, ni necesaria ni exclusivamente, ingresar a la actividad guerrillera. Ambas organizaciones desarrollaron una intensa actividad política y por ende la militancia en ellas, como en otras organizaciones, ofrecía y requería actividades distintas que variaban a lo largo del tiempo y que podían desplegarse en espacios o “ámbitos” diversos: colegios, universidades, fábricas, sindicatos, villas, etcétera. Algunos militantes podían tener asignadas, por ejemplo, tareas de prensa y difusión, otros, tareas más bien gremiales (tanto en centros de estudiantes como en sindicatos). Lo importante a destacar en todo caso es que estas organizaciones eran actores clave de la movilización política y social y eso implicaba un conjunto muy amplio y variado de actividades, que iban desde la propaganda hasta la acción armada. Al igual que en otras experiencias revolucionarias de otras partes del mundo, las acciones armadas en Argentina podían incluir actos muy dispares. Las más comunes fueron: la toma de fábricas, el reparto en villas y barrios pobres de alimentos “expropiados”, la autodefensa en caso de represión policial o enfrentamientos en manifestaciones, el desarme de policías y el secuestro extorsivo de empresarios -que, junto con la “expropiación” de autos o el asalto a bancos, permitía recaudar dinero “para la causa”-. En menor medida, estas organizaciones dieron muerte a los considerados “enemigos políticos” y realizaron asaltos a cuarteles y guarniciones militares (asaltos que, entre 1973 y 1976, sumaron un total de siete).

La cultura de la militancia

En barrios, fábricas o universidades, en organizaciones políticas, grupos religiosos, gremios o centros de estudiantes, lo cierto es que durante este período un número cada vez mayor de jóvenes se fue incorporando al amplio mundo de la militancia político-social. Se fue conformando así, dispersa en diversas agrupaciones y espacios, de signos político-ideológicos también diversos, una suerte de “cultura de la militancia”. Ésta se caracterizó por ciertos tópicos o figuras claves.

Uno de ellos fue la idea del compromiso. Se trataba, en un sentido amplio, de “comprometerse con la realidad”. Esto significaba básicamente “hacer algo” -para combatir, en definitiva, la injusticia del mundo- y su traducción más inmediata era tener algún tipo de participación o actividad social, gremial o política.

Ya dentro de los códigos más específicos de los grupos de militantes se hablaba de: “el compromiso con los pobres”, “el compromiso con los compañeros”, “el compromiso con la causa (la revolución)”, etcétera.

La opción por las armas estuvo, en muchos casos, ligada a esta idea. Asumir la lucha armada representaba para muchos una prueba de su “nivel de compromiso”.

Decidirse por una militancia que se sabía claramente riesgosa era la expresión más acabada de lo que para muchos significaba comprometerse. Hablar y pensar en “asumir el compromiso hasta las últimas consecuencias” -y esto significaba, en definitiva, la posibilidad de morir- fue común en el mundo de la militancia. Más tarde, al recrudecerse las actividades represivas, esta última convicción se traducirá en la negativa de muchos militantes de abandonar la militancia o irse del país ante la inminencia del peligro.

La idea del compromiso habitó, en fin, diversas prácticas y experiencias de esa generación. Como marca o herencia de lo anterior, hasta hoy, al referirnos a los jóvenes de los ’70, es común hablar de una “generación comprometida”.

Otra figura importante que caracterizó a esta cultura de la militancia, y emparentada con la anterior, es la del “hombre nuevo”. Encarnado para muchos en la mítica imagen del Che Guevara –y referenciado en San Pablo en la tradición cristiana- “el hombre nuevo” reunía los valores éticos que todo revolucionario debía tener: el sacrificio, la entrega por un ideal, el heroísmo, la solidaridad, la lucha contra el individualismo, la humildad. Si bien el “hombre nuevo”, se decía, iría surgiendo a la par de los avances revolucionarios -y esto porque sólo una sociedad igualitaria podía garantizarlo- resultaba necesario construirlo emulando aquellos valores en la práctica militante de todos los días.

Un último tópico que nos interesa destacar aquí es la certeza en el triunfo de “la revolución”. Los jóvenes militantes de las décadas del ’60 y del ’70 no dudaban en confiar que la historia se encaminaba, veloz e indefectiblemente, hacia una sociedad justa, donde la antiquísima promesa de igualdad y libertad se hiciera realidad. Los procesos emancipatorios y revolucionarios que convulsionaban otras partes del mundo ofrecían señales de confirmación de que “el momento había llegado”. La historia sólo necesitaba ahora de la acción de los hombres para acelerar su paso.
Esto parecía también cierto en la Argentina donde, hacia 1973, la movilización política y social había logrado jaquear al poder dictatorial y reabrir las puertas de la voluntad popular.

Los cambios en la izquierda

La mayoría de las agrupaciones marxistas que surgió en este período se constituyó en oposición a la “vieja izquierda”, representada fundamentalmente por el Partido Comunista, el Partido Socialista tradicional y los intelectuales cercanos a ellos. Históricamente, estos partidos habían nucleado a quienes bregaban por el socialismo. Al igual que en otras partes del mundo, esas estructuras partidarias recibieron el embate de la crítica y la ruptura generacional. En términos generales, podríamos decir que, a los ojos de las nuevas camadas de jóvenes revolucionarios, su dogmatismo, sus propuestas y sus discursos políticos resultaban cada vez más ajenos a la realidad local y a la urgencia de los tiempos.

Es en estos años que comienza a conformarse, entonces, un espacio político y cultural amplio de fronteras difusas que recibió el nombre de Nueva Izquierda.

En principio, esta nueva izquierda se hizo eco –y fue, a su vez, parte– de los cuestionamientos que el modelo soviético y la política exterior de la URSS recibían en otras partes del mundo. Esto significó, además, cierta apertura o reconfiguración ideológica en la que un mayor diálogo con otras tradiciones, tanto culturales como políticas, resultó crucial. Dentro del marxismo, asumieron un mayor protagonismo los pensadores, ideólogos y líderes de procesos emancipatorios y/o revolucionarios del Tercer Mundo. Al mismo tiempo, se registró un acercamiento importante a tradiciones hasta entonces poco valoradas por el marxismo tradicional como, por ejemplo, el nacionalismo y el cristianismo. Otro aspecto crucial de la Nueva Izquierda en la Argentina fue la llamada “relectura del peronismo”. En efecto, la “vieja izquierda” había asumido una posición sumamente crítica frente al Gral. Juan D. Perón y el peronismo. Desde los mismos momentos de constitución de este movimiento –en el contexto internacional de posguerra-, aquella izquierda lo había caracterizado como “fascista”, “neo nazi”, o, en el mejor de los casos, “contrario a los verdaderos intereses de la clase obrera”. En las elecciones de 1946 -que llevaron a Perón por primera vez a la presidencia-, tanto el Partido Comunista como el Socialista formaron parte de una coalición de fuerzas, de la que participaron también radicales, liberales y diversas fuerzas conservadoras, llamada Unión Democrática e impulsada por el entonces embajador norteamericano en la Argentina, Spruille Braden. La actitud opositora que comunistas y socialistas sostuvieron frente al peronismo en el poder, y las prácticas autoritarias y represivas que, a su vez, el gobierno peronista mantuvo para con sus opositores, contribuyeron a un distanciamiento cada vez mayor entre izquierda y peronismo. De ahí que, al promediar los años sesenta, la izquierda en su conjunto haya atravesado intensos debates en torno a la naturaleza ideológica del peronismo y la postura política que ante él se debía adoptar. Dejando un poco al margen la figura de Perón, aquello que años atrás había sido catalogado por la “vieja izquierda” como la consecuencia de una manipulación absoluta de las masas era ahora concebido como una identidad política sólida, única capaz de movilizar al movimiento obrero y a los sectores populares; y, finalmente, era posible ahora pensar al peronismo como un movimiento potencialmente revolucionario. Era, en definitiva, el movimiento ineludible a la hora de pensar en los actores que protagonizarían la transformación social. Esta “relectura” del peronismo se vio favorecida, además, por la creciente importancia que dentro de ese movimiento comenzaron a adquirir intelectuales, nuevos dirigentes gremiales, grupos juveniles, etc., cuyos discursos y prácticas eran claramente solidarios con las ideas revolucionarias.

Finalmente, a diferencia del Partido Comunista o el Socialista, algunas expresiones de la Nueva Izquierda se mostraron más proclives a considerar la pertinencia y oportunidad de “la lucha armada como estrategia para la toma del poder”.

La teología de la liberación y el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo

También en la Iglesia Católica soplaban los vientos de esta primavera. Como expresión de un movimiento sacerdotal que en distintas partes del mundo cobraba fuerte impulso, “en 1967, los obispos del Tercer Mundo (...) proclamaron su preocupación prioritaria por los pobres (...) así como la necesidad de comprometerse activamente en la reforma social y asumir las consecuencias de ese compromiso. Esta línea quedó parcialmente legitimada cuando en 1968 se reunió en Medellín, con la presencia del Papa, la Conferencia Episcopal Latinoamericana. Una 'teología de la liberación' adecuó el tradicional mensaje de la Iglesia a los conflictos de la hora, y la afirmación de que la violencia 'de abajo' era consecuencia de la violencia 'de arriba' autorizó a franquear el límite, cada vez más estrecho, entre la denuncia y la acción (...). Esta tendencia tuvo rápidamente expresión en la Argentina. Desde 1968, los sacerdotes que se reunieron en el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, y los laicos que los acompañaban, militaron en las zonas más pobres, particularmente las villas de emergencia. (...) Su lenguaje evangélico fue haciéndose rápidamente político”.

Fuente: Luis Alberto Romero, Breve historia contemporánea de la Argentina, Buenos Aires, FCE, 1994, pp. 245-246.


El Plan Gelbard

Desde comienzos de la década del ’60, la economía argentina y principalmente el sector industrial registraban un crecimiento sostenido. Hacia 1973, sin embargo, esa expansión comenzaba a acercarse a los límites de la capacidad instalada, que por falta de una importante inversión privada no había crecido sustancialmente.

El 25 de mayo de 1973, José Gelbard, presidente de la Confederación General Económica (CGE, organización corporativa del empresariado nacional), asumió como titular del Ministerio de Economía. Su designación confirmaba un eje central del programa económico del nuevo gobierno peronista: el incentivo a los capitales nacionales privados.

En términos generales, puede decirse que el llamado “Plan Gelbard” se proponía sostener el crecimiento de la economía apoyándose tanto en una expansión del mercado interno cuanto en un crecimiento de las exportaciones. Esto último resultaba indispensable para la obtención de divisas, tan necesarias para el sostenimiento de la industria que requería de la importación de insumos básicos. Las exportaciones, tanto las tradicionales –agropecuarias- como las industriales, tenían muy buenas perspectivas. En el primer caso, se contaba con excelentes precios internacionales y la posibilidad de acceder a nuevos mercados, como el de la Unión Soviética. En cuanto a las exportaciones industriales, se trataba de expandirlas a través de convenios especiales, como el realizado con Cuba para vender camiones y automóviles. La nacionalización del comercio exterior –otro de los puntos programáticos del Plan Gelbard- tenía como objetivo garantizar la transferencia de recursos de la actividad agropecuaria a la industrial. Esta última también se vería favorecida por líneas especiales de crédito e importantes subvenciones estatales. Una nueva ley, que endurecía el tratamiento para con las inversiones extranjeras, y otra que se proponía una importante reforma agraria –que contenía algunas disposiciones audaces como la expropiación de unidades improductivas- completaban el cuadro de esta política económica.

Todas estas medidas –aunque no alcanzaran a implementarse completamente – y el clima político en el que se anunciaban le conferían al camporismo una tónica de “amenaza” que iba mucho más allá del alcance concreto del programa.

En efecto, las empresas transnacionales conservaron su superioridad frente a las empresas locales (en tecnología, en capacidad de negociación en el campo internacional, en acceso a fuentes de financiamiento, etc.) y, aunque restringido en su capacidad de enviar dividendos al exterior y en su decisión de inversiones, el capital transnacional pudo sobrevivir y evadir los controles. Por otro lado, aunque la ley de reforma agraria desencadenó un fuerte conflicto, nunca pudo llevarse a la práctica; y en tanto los terratenientes continuaban siendo los generadores de divisas, el gobierno procuró preservar cierto nivel de su ingreso con el fin de estimular la productividad del sector rural.

De cualquier manera, a comienzos de 1973, el único nubarrón que podía oscurecer el horizonte parecía ser el clima de agitación política. De ahí que la clave del Plan Gelbard radicara, en principio, en el Pacto Social, una concertación económica y social con la cual se procuraba solucionar el problema de la economía argentina que la política aún no lograba resolver: la capacidad de los distintos sectores empeñados en la puja distributiva para frenarse mutuamente.


Conflictos y debates. problemas políticos y económicosa durante el tercer gobierno peronista

Luego de la renuncia de Héctor Cámpora y Vicente Solano Lima en julio de 1973, asumió interinamente la presidencia el titular de la Cámara de Diputados, Raúl Lastiri, yerno de José López Rega, ex secretario privado del Gral. Juan D. Perón y ministro de Bienestar Social desde la asunción de Héctor Cámpora, quien habría de tener una tenebrosa participación en los sucesivos episodios de violencia que se precipitarían a partir de 1974.
En septiembre de 1973 se realizaron nuevas elecciones. Esta vez, la candidatura del peronismo estuvo encabezada por el Gral. Juan D. Perón, quien compartió la fórmula con su esposa, María Estela Martínez -"Isabelita"-. Alcanzando un récord histórico, la fórmula Perón-Perón ganó las elecciones con más del 62% de los votos. Comenzaba más claramente, entonces, una lucha decisiva por el poder y la conducción real del movimiento.

La heterogeneidad del peronismo dio lugar a un cuadro complejo de actores. Por un lado, el núcleo más cercano al Gral. Juan D. Perón se conformaba en gran medida por miembros de la ultra derecha. Por otro, el sector constituido por el sindicalismo y los políticos más tradicionales del peronismo -sector bastante heterogéneo que abarcaba desde matones y burócratas sindicales hasta figuras que recuperando las banderas clásicas del peronismo buscaban recrear las de 1945- se presentaba, en principio, "leal" al General y a sus designios. Finalmente, y ocupando un lugar clave por su dinamismo y capacidad de movilización, se encontraba la izquierda peronista -representada por Montoneros, que en términos concretos comenzaba a hegemonizar la Tendencia-, que pugnaba por un mayor protagonismo en las posiciones y lineamientos generales del movimiento y del gobierno. Hacia qué sector se inclinaría el Gral. Juan D. Perón era algo que en 1973 sólo pocos podían prever. Lo más probable es que él -y muchos otros- hayan confiado en su capacidad de conducción para mantener unido al peronismo bajo su autoridad, contener la puja distributiva de los distintos sectores sociales garantizando así, mediante un Pacto Social, el crecimiento económico. Con el tiempo, todas estas expectativas se vieron frustradas.

Las luchas internas del peronismo

Las razones más profundas de los conflictos internos del peronismo -expresados en principio en una lucha entre los distintos sectores del movimiento y más tarde en un enfrentamiento entre la derecha y la izquierda del movimiento- no resultan fáciles de dilucidar. Existen varias lecturas posibles. Por un lado, podría decirse que detrás de estas disputas existían proyectos político-económicos o modelos de país distintos. Estas diferencias podían verse en las "peleas de consignas" que protagonizaron los diferentes sectores peronistas en manifestaciones, pintadas y volantes: Perón, Evita la Patria Socialista (esgrimida por Montoneros y la Juventud Peronista) vs. Perón Evita, la Patria Peronista (esgrimida por gran parte del sindicalismo y los grupos más tradicionales del movimiento).

Otra lectura advierte que, en realidad, esta lucha de consignas podría tratarse de una disputa por la impronta ideológica del movimiento, en tanto los proyectos político-económicos a los que distintos sectores del peronismo adscribían no eran tan dispares entre sí. En todo caso, ambos sectores parecían estar de acuerdo, en principio, en un modelo impulsado por un Estado interventor y distribucionista, poseedor y/o rector de las principales llaves de las finanzas y el comercio exterior, adverso al capital extranjero e impulsor de la industria nacional, que garantizara el crecimiento del mercado interno. Es probable también que la diferencia de origen y tradición ideológica de quienes engrosaban las filas de la izquierda peronista, principalmente de Montoneros, diera lugar a la convivencia de proyectos distintos y malentendidos dentro mismo de sus filas.

Esta última mirada ve los conflictos como simples disputas por el poder. Es evidente, en todo caso, que el enfrentamiento que poco a poco se iría exacerbando, principalmente entre Perón y Montoneros, expresaba la voluntad de éstos de ganar para su causa al propio Perón, presionado entonces a ratificar la imagen que de él habían construido y que él mismo había alentado mediante correspondencia y encuentros durante su exilio en Madrid. Esta imagen -construida durante los años de proscripción del peronismo por jóvenes que habían crecido escuchando hablar de los tiempos del '45, cuando Perón y Evita, "abanderada de los pobres", habían hecho de la bandera de Justicia Social una "realidad efectiva"- posicionaba al líder mucho más a la izquierda de lo que ahora éste parecía estar. Paralelamente, resultaba claro el intento de Perón de disciplinar a estas “formaciones especiales” (como él mismo las denominó en uno de sus clásicos guiños de complicidad), que habían crecido un poco en forma autónoma de su dirección y que ahora había que “encuadrar”.

Se ponía de manifiesto, entonces, un efecto poco previsto de los años de ausencia del líder: la construcción y consolidación de poderes propios dentro del peronismo.

Hacia comienzos de 1974, la puja entre las distintas expresiones del peronismo parecía comenzar a resolverse hacia la derecha. Indicio de esto último fue que la Tendencia comenzó a perder, una a una, las posiciones alcanzadas durante el gobierno de Héctor Cámpora -y lo seguiría haciendo en los meses sucesivos-. En esta "derechización" del gobierno peronista –que no hacía más que exacerbar la posición de Montoneros–, las figuras de Isabel Perón, y más específicamente la de José López Rega, jugaron un rol fundamental. De ahí que, fruto de la decepción o de la sorpresa por este Perón que retornaba a la Argentina, haya surgido, dentro de las filas del peronismo de izquierda, la llamada teoría del cerco, según la cual, producto quizás de su vejez o de su delicada salud que empeoraba notoriamente, el líder se había visto rodeado, casi sin percibirlo, por siniestros personajes que manipulaban su accionar y torcían sus designios.

Un momento culminante -o al menos emblemático- del conflicto entre Montoneros y Perón fue el 1° de mayo de 1974. Ese día, en la concentración masiva en Plaza de Mayo, convocada para la conmemoración del Día Internacional del Trabajador, la columna liderada por Montoneros –en fuerte tensión con las del sindicalismo “burocrático” o “leal”-, frente a la presencia de José López Rega, Isabel Perón y otros representantes de la derecha peronista en el balcón de la Casa Rosada, coreó: “Qué pasa, general, que está lleno de gorilas el gobierno popular”; y también, en un claro rechazo a Isabelita: “No rompan más las bolas, Evita hay una sola”. La respuesta del líder fue inmediata: “a través de estos veinte años, las organizaciones sindicales se han mantenido inconmovibles, y hoy resulta que algunos imberbes pretenden tener más méritos que los que lucharon durante veinte años”. Perón dejaba así en claro que no soportaría cuestionamiento ni desafío alguno a su autoridad. Al mismo tiempo, el hecho ponía de manifiesto hacia qué lado comenzaba a inclinarse definitivamente la balanza. Ya fuera porque quienes engrosaban la columna de Montoneros se sintieron echados, decepcionados o simplemente confundidos, lo cierto es que la enorme columna se retiró de la Plaza. También se retiraron muchos otros, motivados por el desconcierto, la desilusión o el enojo de un peronismo dividido, incapaz ya de ocultar las fuerzas centrífugas que culminarían imponiéndose.

Tan sólo dos meses después, el 1° de julio de 1974, el histórico líder falleció. El gobierno quedó formalmente a cargo de Isabel Perón y, en términos más reales, en manos de la ultraderecha encabezada por José López Rega, fundador y líder de la Alianza Anticomunista Argentina (la Triple A).

Y mientras el peronismo enfrentaba cada vez más violentamente sus luchas intestinas, fuera de él el panorama no resultaba mucho más alentador.

La guerrilla durante el tercer gobierno peronista

El Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) -fundado en 1970 por el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT)- había crecido, al igual que otras organizaciones político-militares, al calor de la oleada contestataria que terminó expulsando del poder a la dictadura militar del período 1966-1973. Siguiendo las experiencias revolucionarias de otros países -principalmente de Cuba y Vietnam- y entendiendo que la Argentina atravesaba un proceso revolucionario que ponía al capitalismo dependiente en una crisis terminal, había asumido la lucha armada como parte de la estrategia para la toma del poder y la construcción del socialismo.

Desde su fundación, el ERP se había ganado la simpatía de importantes sectores de la nueva izquierda, de intelectuales y estudiantes poco convencidos de la vocación revolucionaria del peronismo, de dirigentes gremiales y obreros industriales y rurales opositores a las burocratizadas estructuras del sindicalismo histórico (o al menos poco representados por éstas). Hacia 1973 había logrado congregar a un número nada desdeñable de militantes y simpatizantes, constituyéndose en el principal grupo armado de izquierda fuera del peronismo.

Al igual que otros grupos marxistas, el PRT-ERP no creía en las bondades de la democracia parlamentaria. Para esta organización, como para importantes corrientes del marxismo, sólo una estrategia política que incluyera la acción armada podía garantizar el acceso al poder, el cambio radical de las estructuras económico-sociales y, así, una democracia real o verdadera. La experiencia local y las extranjeras habían demostrado a lo largo de la historia que las clases dominantes -que en estas latitudes contaban con el incondicional apoyo del poder norteamericano- no estarían dispuestas a ceder sus privilegios sin mayores resistencias. De ahí, que consideraran a la democracia formal como un camino poco viable para la construcción del socialismo.

Esto último no era totalmente compartido por algunos otros sectores de izquierda que veían en la experiencia chilena un ejemplo alentador. Allí, el socialista Salvador Allende había llegado al gobierno mediante el sufragio; y, aunque la "vía chilena al socialismo" -también denominada "vía pacífica"- constituía un caso excepcional, permitía pensar, sencillamente, que un cambio revolucionario era posible sin el asalto violento al poder.
En las elecciones de marzo de 1973, el PRT-ERP -y otros grupos de la izquierda no tradicional- llamó a votar en blanco. Y en los mismos comienzos del gobierno camporista hizo pública una proclama, “Por qué el ERP no dejará de combatir”, en la que explicaba su decisión de no abandonar las acciones armadas. Es cierto que esta decisión encontraba parte de su fundamentación en la tradicional visión que importantes corrientes del marxismo tenían de la democracia parlamentaria, pero la decisión del PRT-ERP se asentaba, fundamentalmente, sobre la convicción de que la llegada del peronismo al poder -y la consecuente lucha interna que esto desencadenaría en el movimiento- culminaría indefectiblemente en lo que esta organización llamó la facistización del peronismo.

A partir de la masacre de Ezeiza y la renuncia de Héctor Cámpora, no resultó difícil para esta organización encontrar en el desarrollo de los acontecimientos signos de confirmación de su propio pronóstico. En la misma dirección podía leerse el fracaso de la experiencia chilena: luego de un largo período de boicot, las Fuerzas Armadas, encabezadas por Augusto Pinochet, derrocaban, en septiembre de 1973, el gobierno de Salvador Allende mediante un sangriento golpe de Estado que contó con el activo apoyo del gobierno de los EE.UU. Se derrumbaba así, para muchos, la viabilidad de "la vía pacífica al socialismo".

Mientras tanto, pocos días antes de las elecciones que le dieran el triunfo abrumador a la fórmula Perón-Perón, el ERP asaltó sin éxito el Comando de Sanidad del Ejército en Capital Federal. Cuatro meses después, en enero del año siguiente, atacó la guarnición militar de Azul, en la provincia de Buenos Aires. Este acontecimiento trajo severas repercusiones para el ya precario equilibrio político-institucional: superponiéndose a los conflictos que asolaban al peronismo, reforzó las presiones de la derecha y del propio Gral. Juan D. Perón, precipitando la renuncia del entonces gobernador de la provincia de Buenos Aires, Oscar Bidegain, figura clave dentro de la Tendencia, y la del bloque de ocho diputados nacionales por la JP.

Mientras la izquierda peronista perdía vertiginosamente las posiciones alcanzadas, el ERP se adentraba en un pensamiento y en una lógica de acción donde lo militar comenzaba a primar por sobre lo político. Por este proceso de militarización se encaminaría también Montoneros, más claramente cuando, tras la muerte del Gral. Juan D. Perón, el gobierno quedó a merced de la ultraderecha.

Triple A y represión

Fue en este contexto de rápido avance de la ultraderecha que surgió la Alianza Anticomunista Argentina (Triple A), fundada y liderada por José López Rega, ministro de Bienestar Social y miembro de la Policía Federal que, durante este período, fue ascendido por decreto de cabo a comisario general.
La Triple A era una banda parapolicial que hizo del asesinato político, las amenazas de muerte, la colocación de bombas y las listas negras su modus operandi. Su carta de presentación pública fue a comienzos de 1974 con un atentado a un reconocido abogado defensor de presos políticos, Hipólito Solari Yrigoyen. En el transcurso de ese año, asesinó a centenares de personas y la cifra crecería en forma vertiginosa el año siguiente. El asesinato, en mayo de 1974, del Padre Carlos Mugica (referente del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo), en julio de ese mismo año, el de Rodolfo Ortega Peña (histórico defensor de presos políticos y referente de la Tendencia) y, en septiembre, el de Silvio Frondizi (intelectual y político de izquierda), fueron los crímenes más emblemáticos de la Triple A. En efecto, sus blancos predilectos estuvieron conformados por dirigentes gremiales opositores a la “burocracia sindical”, abogados defensores de presos políticos, militantes de renombre o de base de distintas organizaciones, periodistas de activa participación en el debate político, activistas estudiantiles y curas tercermundistas. Y esto porque los sectores que ellos representaban, sus reivindicaciones y puntos programáticos, contaban con una gran capacidad de movilización. El accionar de la Triple A venía no sólo a desterrar del escenario político a los opositores de la derecha sino, y fundamentalmente, a sembrar el terror en el conjunto de la sociedad a través de “castigos ejemplificadores”. Es por ello, y por el uso de recursos estatales, que muchos consideran este período como el momento inicial del terrorismo de Estado.
La represión ilegal ejercida desde el poder da cuenta, entonces, de la permanencia de un clima de contestación popular que se pretendía acallar. En efecto, a pesar de estos entrecruzamientos de conflictos entre distintos grupos y tendencias políticas, 1973 y 1974 son años de un importante crecimiento de las agrupaciones de izquierda en su conjunto. Son también años de intensa movilización social. Es esta movilización parte inseparable de aquellos conflictos y expresión clara de la puja distributiva.

Pacto Social y movilización

Muchos de los que apoyaron y votaron al Gral. Juan D. Perón en 1973 esperaban que éste fuera capaz de controlar la movilización social y, a la vez, de disciplinar a quienes apelaban a su capacidad de presión en la disputa por la distribución del ingreso.

Con el regreso de Perón se penetraba nuevamente en el terreno de la política real, con todas sus grandezas y mezquindades. En las expectativas de variados sectores, Perón volvía a poner orden a una sociedad atravesada por las luchas sociales. Los enfrentamientos debían ser encuadrados en el espacio institucional y atenerse a las reglas de lo posible. Una mayor regulación de las relaciones entre capital y trabajo sería la función primordial del Estado. Hacia ese objetivo se orientó el Pacto Social, un programa de concertación sectorial firmado por la Confederación General Económica (CGE), en representación del empresariado nacional, y la Confederación General del Trabajo (CGT), en representación de los asalariados. La concertación intersectorial era condición indispensable para llevar a buen término la política y los objetivos económicos del Plan Gelbard. El Pacto Social, firmado en junio de 1973, estableció un congelamiento de precios de los productos de consumo masivo, un aumento salarial fijo del 20%, seguido por un congelamiento de salarios y supresión de paritarias por dos años.

Los primeros signos positivos no se hicieron esperar: se detuvo la inflación desatada en 1972, el éxito en las exportaciones se tradujo en un superávit fiscal permitiendo un importante aumento del gasto del Estado que permitió, a su vez, un incremento nada desdeñable de la actividad interna.
Sin embargo, a comienzos de 1974, el ciclo de bonanza comenzó a revertirse. La expansión del consumo provocó la reaparición de la inflación y el espectacular aumento del precio del petróleo en el mundo encareció la importación de los insumos para la industria, provocando un incremento de los costos en este sector. El Pacto Social debía justamente servir para repartir "equitativamente" los costos que la situación imponía, pero el Estado -a pesar de los esfuerzos del propio Gral. Juan D. Perón, que ya había cambiado el viejo lema Para un peronista no hay nada mejor que otro peronista por Para un argentino no hay nada mejor que otro argentino- no logró hacer valer su autoridad y pronto la lucha sectorial ocupó nuevamente el centro de la escena.
Los actores que habían firmado el Pacto Social se vieron incapaces de cumplirlo. Ni la CGE ni la CGT contaban con la credibilidad necesaria para imponer a sus seguidores el cumplimiento de ese Pacto. La CGE representaba poco y mal al empresariado nacional, que encontró variadas formas de violar lo acordado: desabastecimientos de productos, mercado negro, sobreprecios; más aún cuando, ante la crisis petrolera, reaccionó tratando de trasladar el aumento de los costos a los precios. La CGT, cuyo poder de negociación había crecido durante los años de proscripción del peronismo, estaba demasiado acostumbrada a moverse con pragmatismo y autonomía de decisión. No le resultaba ahora tan sencillo mantener la tantas veces proclamada "lealtad" al líder, sobre todo porque su autoridad y legitimidad se veían claramente impugnadas por la movilización social.

En efecto, la llegada del peronismo al poder había reavivado las expectativas sociales que el Pacto no parecía satisfacer. Mientras crecían notablemente las filas de las organizaciones políticas contestatarias en universidades, barrios, escuelas y gremios, en las fábricas los trabajadores protagonizaron un incremento de sus postergadas reivindicaciones. Éstas no apuntaban exclusivamente al aumento salarial: exigían, entre otras cosas, mejores condiciones laborales, paritarias, reincorporación de los obreros cesanteados y, claramente, mayor democracia en los sindicatos. Las manifestaciones, las huelgas y las tomas de plantas fueron parte de una movilización que muy pronto, hacia comienzos de 1974, rebasaría las propias estructuras del poder sindical. Un claro ejemplo de lo anterior fue la toma de la planta de Acindar (una empresa metalúrgica) en Villa Constitución, provincia de Santa Fe, en marzo de 1974.

En este contexto, el gobierno se vio obligado una y otra vez a conceder aumentos salariales -que poco satisfacían las demandas de los trabajadores-, sin ser capaz, a su vez, de contener la espiral inflacionaria. El Pacto se fue desgastando así, ante la impotencia de las autoridades y la profundización de la crisis económica. Hacia 1975, ésta había llegado a un punto culminante y terminaría de liquidar al nunca exitoso Pacto Social. Las divisas escaseaban, la inflación estaba desatada y la ya a esta altura descontrolada puja distributiva parecía no dar tregua. Por lo demás, la bochornosa y evidente incapacidad del gobierno de Isabel Perón para imponer algún tipo de autoridad sobre los sectores de una sociedad que la observaban con espanto, desconfianza o, en el mejor de los casos, sencillamente la ignoraban, no haría más que agudizar y precipitar una crisis política, social e institucional sin precedentes.

La figura de Perón

Hacia 1973, el Gral. Juan D. Perón había sido identificado, por varios sectores de la población, como "el salvador de la Nación". Al respecto, el historiador Luis A. Romero escribe: Este fenómeno, sin duda singular, de ser tantas cosas para tantos, tenía que ver con la heterogeneidad del movimiento peronista y con la decisión y habilidad de Perón para no desprenderse de ninguna de sus partes (...). Para todos, Perón expresaba un sentimiento general de tipo nacionalista y popular, de reacción contra la reciente experiencia de desnacionalización y privilegio. Para algunos -peronistas de siempre, sindicalistas y políticos- esto se encarnaba en el líder histórico, que, como en 1945, traería la antigua bonanza, distribuida por el Estado protector y municiente. Para otros -los activistas de todos los pelajes- Perón era el líder revolucionario del Tercer Mundo, que eliminaría a los traidores de su propio movimiento y conduciría a la liberación, nacional o social, potenciando las posibilidades de su pueblo. Inversamente otros, encarnando el ancestral anticomunismo del movimiento, veían en Perón a quien descabezaría con toda la energía necesaria la hidra de la subversión social, más peligrosa y digna de exterminio en tanto usurpaba las tradicionales banderas peronistas. Para otros muchos -sectores de las clases medias o altas, quizá los más recientes descubridores de sus virtudes- Perón era el pacificador, el líder descarnado de ambiciones, el "león herbívoro" que anteponía el "argentino" al "peronista", capaz de encauzar los conflictos de la sociedad, realizar la reconstrucción y encaminar al país por la vía del crecimiento, hacia la "Argentina potencia".

Luis Alberto Romero, Breve historia contemporánea de la Argentina, Buenos Aires, FCE, 1994, pp. 260-261.


Hechos y protagonistas de los '60 y '70. Un glosario imprescindible

1º de mayo de 1974. Fecha de la ruptura política entre Montoneros y Juan D. Perón, en el marco del acto oficial por el Día del Trabajador en la Plaza de Mayo. Fue en su discurso de ese día cuando Juan D. Perón, ante las consignas cantadas por Montoneros y la Juventud Peronista, se refirió a ellos como “estúpidos” e “imberbes”.

17 de noviembre de 1972. Primer regreso de Juan D. Perón a la Argentina desde su exilio en 1955.

17 de octubre de 1945. Día en que miles de trabajadores se movilizaron a Plaza de Mayo reclamando la libertad de Juan D. Perón, por entonces coronel y secretario de Trabajo y Previsión Social. Posteriormente, el 17 de octubre fue considerado como Día de la Lealtad en el movimiento peronista.

20 de junio de 1973. Día en que se esperaba, en el aeropuerto internacional de Ezeiza, el regreso definitivo de Juan D. Perón a la Argentina, luego de su exilio en España. Millones de personas se movilizaron para recibirlo, pero el evento se vio frustrado por el ataque mortífero de fuerzas parapoliciales y de la derecha peronista contra las columnas de manifestantes de la izquierda de peronista.

25 de mayo de 1973. Fecha en que, tras diecisiete años de proscripción del peronismo y siete de dictadura militar bajo el mando de los generales Juan C. Onganía, Roberto M. Levingston y Alejandro A. Lanusse, asumió el nuevo presidente electo, el justicialista Héctor J. Cámpora. El acto se realizó en el marco de una movilización popular con gran participación de la juventud; y culminó en una marcha a la cárcel de Villa Devoto, donde se obtuvo la liberación de los presos políticos.

AAA o Triple A. Alianza Anticomunista Argentina. Organización parapolicial de ultraderecha, fundada y liderada por José López Rega, ministro de Bienestar Social durante el tercer gobierno peronista. La triple A hizo del asesinato político, las amenazas de muerte, la colocación de bombas y las listas negras su modus operandis. Su primera aparición pública fue a comienzos de 1974 con un atentado a un reconocido abogado defensor de presos políticos. En el transcurso de ese año, asesinó a centenares de personas y la cifra crecería en forma vertiginosa el año siguiente. El padre Carlos Mugica, referente del Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo y Rodolfo Ortega Peña, histórico defensor de presos políticos y referente de la izquierda peronista fueron, quizás, sus víctimas más emblemáticas.

Abal Medina, Juan Manuel. Dirigente de la Juventud Peronista en la década de 1970 y figura clave en las negociaciones que permitieron el regreso definitivo del general Juan D. Perón en 1973. Su hermano Fernando fue uno de los fundadores de Montoneros y murió en un combate con la policía en septiembre de 1970, en la localidad de William Morris.

Acción Católica. Institución pastoral ligada a la Iglesia Católica creada en 1931, cuya importancia fue creciendo a lo largo del siglo, formando asociaciones de hombres, mujeres, estudiantes y obreros católicos.

ACINDAR. Una de las mayores empresas siderúrgicas del país.
Acto espontáneo/ relámpago. Acto político breve e impactante, realizado en espacios públicos con el doble objetivo de llamar la atención y evitar la captura de sus organizadores.

Adoctrinamiento. Enseñanza de una doctrina política (principios, reglas y objetivos) necesaria para todo aspirante a ingresar a una organización política.

Agrupaciones de superficie. Las agrupaciones políticas y sociales no armadas, legales, que respondían a la política de la agrupación Montoneros mientras ésta última fue ilegal.

Alfonsín, Raúl. Político radical. Líder de las corrientes “renovadoras” del radicalismo durante la década de 1970. Primer presidente constitucional (1983-1989) tras la última dictadura militar (1976-1983). Incorporó a su campaña electoral las demandas de los organismos de derechos humanos. Impulsó el Juicio a las Juntas Militares que se realizó en 1985. Ante la presión militar y las rebeliones de los “carapintadas”, su gobierno propició y sancionó las leyes de Punto Final y Obediencia Debida (1986-1987), que otorgaron impunidad de los represores. Por la creciente debilidad de las instituciones bajo su mando, entregó el poder a Carlos S. Menem antes de concluir su mandato.

Alianza Popular Revolucionaria (APR). Frente de centro izquierda que obtuvo el cuarto puesto en las elecciones del 11 de marzo de 1973. Estaba liderada por el político Oscar Alende, proveniente del radicalismo intransigente y más tarde fundador del Partido Intransigente.

Allende, Salvador. Político chileno. Uno de los fundadores del Partido Socialista de su país, en el que ocupó el cargo de secretario general desde 1943 hasta 1970, cuando fue electo presidente como candidato de una alianza integrada por socialistas y comunistas. Su gobierno constituyó el primer caso de la “vía pacífica al socialismo” en América Latina, impulsó políticas de nacionalización de empresas y de la producción y estimuló el consumo a través del aumento salarial y el congelamiento de precios. El 11 de septiembre de 1973 fue derrocado y murió resistiendo el golpe militar del general Augusto Pinochet, que contó con el apoyo de los Estados Unidos.

Angelelli, Enrique. Obispo de La Rioja. Aunque no formó parte del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, fue uno de los referentes del compromiso social de la Iglesia Católica durante los años sesenta y setenta. Amenazado por la Triple A, continuó con su labor evangélica. El 4 de agosto de 1976, durante el gobierno militar, fue asesinado en un accidente automovilístico simulado.

Antiimperialismo. Ideología que recorrió el entero siglo XX en América Latina y en la Argentina. Denunciaba la influencia británica y luego norteamericana sobre otros países en términos de dominación imperial.

Antiperonismo. Oposición al peronismo, sin importar desde cuál orientación ideológica.

Aramburu, Pedro Eugenio. General del ejército. Segundo presidente tras el golpe militar del 16 de septiembre de 1955, autodenominado “Revolución Libertadora” (1955-1958). Su gestión se caracterizó por la represión al peronismo en lo político; y por la libre empresa en lo económico. Intervino a la
Confederación General del Trabajo (CGT), dispuso la disolución del Partido Peronista, prohibió paros y movilizaciones. En 1970 fue secuestrado por la organización armada Montoneros, que el 1º de junio anunció públicamente que lo había "ejecutado".

Argelia. País del norte de África colonizado por Francia. Entre 1954 y 1962 libró una guerra de liberación que adquirió dimensiones cruentas por la ferocidad de la represión francesa. Las fuerzas emancipadoras argelinas fueron lideradas por el Frente de Liberación Nacional, que articulaba diversas formas de lucha, entre ellas, acciones armadas, de sabotaje, etcétera. Con el objetivo de desarticular este movimiento, las tropas francesas desarrollaron allí métodos de secuestro, tortura y deportación que más tarde serían imitados en otros países para reprimir a los movimientos revolucionarios. En 1962, Argelia logró la independencia y, tras las elecciones celebradas ese año, en las que triunfó el Frente de Liberación Nacional, se proclamó la República Democrática Popular de Argelia.

Artículo 21 de la Constitución. “Todo ciudadano argentino está obligado a armarse en defensa de la Patria y de esta Constitución, conforme a las leyes que al efecto dicte el Congreso y a los decretos del Ejecutivo Nacional (...)”.

Asociación Gremial de Abogados. Agrupación corporativa fundada a comienzos de 1971 por los abogados defensores de presos políticos provenientes del peronismo combativo, de la nueva izquierda y del radicalismo progresista. Su fundación estuvo impulsada por las condiciones represivas del momento, por la cantidad creciente de presos políticos que demandaban sus esfuerzos y, tal vez, por la voluntad de constituirse en un actor colectivo con peso propio en el escenario político de la época. Rodolfo Ortega Peña fue uno de sus referentes más destacados.

ASTARSA. Astilleros navales ASTARSA, ubicados en el norte del conurbano bonaerense, zona de gran activismo sindical y blanco de la represión ilegal debido al desarrollo de esa actividad.

Astiz, Alfredo. Oficial de la Armada, miembro del Grupo de Tareas 3.3.2, de la ESMA. Figura emblemática de la represión ilegal. Participó de los secuestros de un grupo de familiares de detenidos-desaparecidos que se reunían en la Iglesia de la Santa Cruz, en el que se infiltró, en el de las monjas francesas Leonie Duquet y Alice Domon, y en el de la ciudadana sueca Dagmar Hagelin, entre otros.
Azul. Localidad de la provincia de Buenos Aires, sede de un Regimiento de Caballería Blindada del Ejército que fue atacado por el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) en enero de 1974.

Balbín, Ricardo. Político radical. Fue electo diputado y senador en varias oportunidades. En 1956 lideró la Unión Cívica Radical del Pueblo (UCRP), favorable al golpe que derrocó al general Juan D. Perón. Como jefe del radicalismo, encabezó las negociaciones posteriores al retorno del líder justicialista al país (1972-1974). Poco antes de morir, en 1981, fue uno de los impulsores de la Multipartidaria.

Bandas sindicales. Grupos de hombres armados que bajo órdenes de líderes sindicales intimidan físicamente a los opositores.

Bases. En la cultura política argentina, las “bases” son los militantes comunes de una organización política o sindical, el sector de menor rango en la escala jerárquica.

Beckerman, Eduardo "Roña". Líder de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) asesinado por la Triple A en 1974.

Bettanin, Leonardo. Militante de Montoneros y diputado nacional por la Juventud Peronista en 1973-1974. Fue asesinado en un operativo de las fuerzas represivas en la ciudad de Rosario, el 2 de enero de 1977.

Bombardeos a Plaza de Mayo. Refiere fundamentalmente a los bombardeos que dirigió la Marina el 16 de junio de 1955, cuando intentó derrocar al segundo gobierno peronista. Estos bombardeos dejaron centenares de civiles muertos y miles de heridos. El 16 de septiembre de 1955, el gobierno de Juan D. Perón fue finalmente derrocado. Ver Golpe de 1955.

Burocracia sindical. Expresión peyorativa para designar a la dirigencia sindical tradicional de la Confederación General del Trabajo (CGT). Se popularizó hacia finales de la década del 60, a causa de su actitud negociadora y moderada frente a los gobiernos no peronistas.
"Caer" / "Caída": expresión que significaba, en la jerga de los militantes, ser detenido o encarcelado, legal o ilegalmente. Provenía a su vez de la jerga popular marginal.

“Camarón”: apodo que recibió, por parte de los abogados defensores de presos políticos y sociales, la Cámara Federal en lo Penal de la Nación, creada en 1970, por la ley Nº 19.053. En momentos de creciente actividad de las organizaciones político-militares, esta Cámara se constituyó como tribunal especial para el juzgamiento de los llamados delitos subversivos. El artículo 2 de la ley establecía: "La cámara tendrá competencia en todo el territorio de la Nación y su asiento en la Capital Federal (...) Podrá constituirse en cualquier lugar del país cuando lo considere conveniente para su mejor desempeño”.

Cámpora, Héctor. Político justicialista, diputado durante los dos primeros gobiernos peronistas. Preso tras el golpe de 1955, huyó a Chile y luego a Venezuela. En 1971, Juan D. Perón lo nombró su delegado personal. El 11 de marzo de 1973 fue electo presidente por el Frente Justicialista de Liberación (FREJULI). Asumió el 25 de mayo de ese año, y renunció el 13 de julio. Vinculado a la Tendencia Revolucionaria del peronismo, al producirse el golpe militar se asiló en la embajada mexicana en la Argentina. Más tarde se exilió en México y murió en ese país en 1980.

Capilla Cristo Obrero. Nombre de la capilla donde daba misa Carlos Mugica en Villa 31, Retiro.

Capitalismo de Estado. Concepto que designa las experiencias de países en los que la modernización económica y la creación de capital fueron conducidas por el Estado y no por empresas privadas.

Capitalismo dependiente. Se refiere a aquellos países del Tercer Mundo de estructura económica capitalista y dependientes de los países desarrollados, industrializados o centrales. Esta relación de dependencia se considera tanto desde el punto de vista económico como en cuanto a la capacidad política de tomar decisiones que afecten al sistema productivo. La expresión se acuñó en el marco de los debates académicos que atravesaron el mundo de la economía en los tempranos años ’60. Fue entonces cuando algunos miembros de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), de la Organización de las Naciones Unidas, elaboraron la llamada teoría de la dependencia. Ésta afirmaba que el desarrollo y el subdesarrollo eran las dos caras de la misma moneda en el nivel internacional: el desarrollo de algunos países se sustentaba sobre el subdesarrollo de otros. En el marco del capitalismo, las sociedades latinoamericanas no tenían, según esta visión, otra salida que el subdesarrollo.

“Carta a Cámpora”. Proclama del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), en la cual éste explica su posición frente al gobierno de Héctor Cámpora y su decisión de continuar las acciones armadas. La proclama se tituló: “Por qué el ERP no dejará de combatir. Carta abierta al presidente Cámpora”.
Castro, Fidel. Líder de la Revolución Cubana. Tras la toma del poder (1º de enero de 1959), estableció un Estado socialista al que gobernó como primer ministro entre 1959 y 1976, y como presidente desde entonces.

Cátedras nacionales. Suerte de “universidad alternativa” durante la dictadura de 1966-1973, en la que se intentaba unificar el saber universitario con la práctica política. Organizadas por intelectuales-militantes peronistas, fueron un foco de difusión de los autores del nacionalismo de izquierda en la universidad.

Célula. Unidad operativa de las organizaciones políticas y/o militares clandestinas.

CENAP. Corriente Estudiantil Nacional y Popular. Agrupación estudiantil vinculada con el peronismo.

Centralismo democrático. Dentro de la tradición marxista-leninista, es la forma de organizar el proceso de toma de decisiones en el partido u organización de que se trate. En teoría, los temas se discuten democráticamente en los distintos espacios que agrupan a las “bases”; éstas luego “elevan” las decisiones tomadas por la mayoría a la instancia inmediatamente superior en la jerarquía partidaria, hasta confluir en el “centro” de la estructura, que es la jefatura del partido o la organización. Muchos militantes han cuestionado el funcionamiento real de este modelo, aludiendo a que en la práctica gran parte de las decisiones eran tomadas por las jefaturas y “bajadas” a las bases.

CGT. Confederación Central del Trabajo. Agrupó a los distintos sindicatos argentinos por rama o actividad; fue la base del poder del peronismo durante el período 1946-1955 y durante la “Resistencia” a las dictaduras militares que se sucedieron hasta 1973.

CGT de los Argentinos. Surgió en marzo de 1968 a raíz de divergencias en las posiciones gremiales tras el golpe militar de 1966. La CGT se dividió en CGT Azopardo, participacionista, conducida por Augusto T. Vandor; y CGT de los Argentinos, combativa y clasista, encabezada por Raimundo Ongaro. Ésta asumió una postura frontal contra la dictadura, una lectura socialista de la realidad, y la necesidad de enlazar la acción gremial con la acción política para cambiar la sociedad. Fomentó las organizaciones sindicales de base, denunció la desnacionalización económica y la penetración de los monopolios extranjeros. Fue duramente reprimida por la dictadura militar.

Che. Ernesto “Che” Guevara, médico argentino, uno de los líderes de la Revolución Cubana (1959), y figura emblemática para millares de militantes de América Latina y el mundo por haber impulsado la lucha armada contra el imperialismo norteamericano. Murió asesinado por el ejército boliviano el 8 de octubre de 1967, al fracasar su intento de instalar un foco guerrillero en ese país.

Chicana: en la jerga de la militancia, burla política.

Coexistencia pacífica. Doctrina impulsada por la Unión Soviética en 1955,para distender las relaciones con los Estados Unidos luego de la “Guerra Fría” y del “equilibrio del terror” nuclear que caracterizaron las relaciones entre las dos potencias después de la II Guerra Mundial.
Columnas. Expresión militar para designar a un sector de un ejército. Las guerrillas utilizaban nombres geográficos -“columna norte”-, o de un combatiente muerto en combate –“columna Sabino Navarro”-.

Comisiones internas. Es la forma de organización más básica de los trabajadores de un establecimiento productivo, mediante la cual discuten sus problemas y eligen un delegado que los representa ante las autoridades del establecimiento (capataces, gerentes, patrones) y en el sindicato.

Comité. Local de un partido político que agrupa a los militantes de una jurisdicción.

Comité Nacional de Recuperación Revolucionaria (CNRR). Escisión del Partido Comunista (PC) que tuvo lugar en 1967. Los motivos de la ruptura fueron variados y se concentraron en las críticas hacia la burocratización del PC, el alineamiento indiscutido con la URSS, la posición frente al peronismo, entre otros. Muchos militantes del CNRR fundarían o se incorporarían más tarde al Partido Comunista Revolucionario de tradición maoísta. Ver.
Comunismo chino. Durante la década de 1960, los comunistas chinos en el poder (“maoístas”, seguidores del líder revolucionario Mao Tsé Tung) buscaron diferenciarse del modelo soviético en tres importantes temas: la crítica a la burocratización, la crítica a la hegemonía internacional de la URSS, y el otorgamiento de un papel más importante al campesinado como actor revolucionario.

"Conducción Política". Libro escrito en 1951 por Juan D. Perón, utilizado para la formación de líderes y funcionarios sindicales y estatales durante el primer gobierno peronista (1946-1955). En él, el líder del movimiento peronista transmite pautas de organización y liderazgo para sus seguidores.
Conferencia de Bandung. Conferencia celebrada en 1955 en la antigua capital de Indonesia, en la que, en pleno proceso de descolonización, representantes de numerosos países de África y Asia debatieron una política común frente a las potencias del mundo desarrollado y condenaron todas las formas del colonialismo.

Conferencia de Medellín. Conferencia de obispos católicos latinoamericanos celebrada en Medellín, Colombia, en agosto de 1968, en la cual se buscó renovar la Iglesia de América Latina bajo los principios del Concilio Vaticano II. Los obispos declararon su voluntad de defender los derechos del hombre, mediante la “opción por los pobres”, la toma de conciencia de los oprimidos respecto del orden social y una teología basada en el concepto de la “liberación” del hombre.

Cooke, John William. Teórico de la izquierda peronista y referente de la ”Resistencia”. Ideólogo del peronismo revolucionario, impulsó un acercamiento entre el peronismo y el marxismo. Muy próximo a la Revolución Cubana, promovió la conformación de un movimiento revolucionario con estrategias insurreccionales.

Cordobazo. Rebelión popular ocurrida el 29 de mayo de 1969 en la ciudad de Córdoba, tras la convocatoria por parte de los “gremios combativos” a un paro general, al cual se sumaron los estudiantes universitarios. La policía no pudo controlar la situación y se dio intervención al ejército, que fue enfrentado en las calles por obreros y estudiantes. Este hecho precipitó la renuncia del Ministro de Economía A. Krieger Vasena. El Cordobazo es considerado como un símbolo del grado de desarrollo de las luchas populares y de la alianza entre distintos sectores sociales argentinos.
Cristianismo y Revolución. Revista inspirada en la corriente cristiana que recibió el nombre de teología de la liberación.

Crítica-autocrítica-desviación. En las organizaciones revolucionarias, los militantes debían revisar las propias actitudes personales, ideológicas y políticas que entrasen en conflicto con los principios de la organización, mediante la “crítica” y “autocrítica” oral y/o escrita, para evitar las “desviaciones”, es decir, las ideas y actitudes que se apartaban de la norma.

Cuartel Moncada. Cuartel de las fuerzas armadas de Cuba, cuyo intento de asalto por parte de un grupo de revolucionarios capitaneados por Fidel Castro, el 26 de julio de 1953, constituyó el antecedente más importante de la Revolución Cubana de 1959.

Cuba. Isla del Caribe, último país latinoamericano en alcanzar la Independencia de España (1898). Su historia se vio dominada por la influencia norteamericana hasta 1959, cuando una revolución la orientó rápidamente hacia la órbita soviética. Desde entonces, constituyó el modelo más cercano para los revolucionarios latinoamericanos.

“D”. Así se denominó, en la jerga de los militantes políticos, a la agrupación Descamisados. (Ver)

Derecha peronista. Sector del movimiento peronista nucleado en torno al anticomunismo, que resistió los intentos de dotar al peronismo de un carácter revolucionario.

Descamisados. Organización armada peronista que en 1972 se incorporó a Montoneros.

Descolonización. Proceso de independización de las colonias de África y Asia respecto de las potencias europeas (Gran Bretaña, Francia, Holanda, Alemania), conocido también como “guerras de liberación nacional”, que tuvo lugar luego del fin de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945).

Desviación militarista: también llamada militarización. Expresión que utilizaban los militantes de una organización guerrillera para criticar una estrategia de toma del poder que subordinaba las acciones políticas a las militares.

DIPBA. Dirección de Inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires.

DORTICÓS, Osvaldo. Abogado y político cubano. Tras el triunfo de la revolución liderada por Fidel Castro, fue ministro de Leyes y Presidente de la República entre 1958 y 1976. Luego fue vicepresidente del Consejo de Ministros (1976) y ministro de Justicia (1980-1983).

EGP. Ejército Guerrillero del Pueblo. Una de las primeras organizaciones guerrilleras argentinas, organizada por el periodista Jorge Masetti, inspirada en el foquismo del “Che” Guevara. Operó en la provincia de Salta a principios del gobierno de Arturo Illia y fue sofocada rápidamente.
“El Brujo”. Apodo con que se conocía a José López Rega, asistente de Juan D. Perón durante su exilio en España y ministro de Bienestar Social durante los gobiernos de Héctor Cámpora, Juan D. Perón, e Isabel Perón. Este apodo se debía a su inclinación por el esoterismo y la “magia negra”. Fundador y líder de la Alianza Anticomunista Argentina (o Triple A). Abandonó el país en 1975. Fue juzgado y condenado durante el gobierno de Raúl Alfonsín. Murió en la cárcel en 1989.

El Kadri, Envar “Cacho”. Fundador de la Juventud Peronista y de las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP).

Embute. En la jerga de los militantes, “escondite” donde se pueden guardar armas, materiales, volantes, prensa, etcétera..

“Engorde”. Nombre con que se denominó al ingreso masivo de jóvenes militantes a Montoneros durante el gobierno de Héctor Cámpora.
ERP 22. Escisión del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), caracterizada por una posición de acercamiento al peronismo revolucionario. Tomó su nombre de la fecha de la Masacre de Trelew. (Ver)

Escritores malditos. Aquellos escritores que no reconocen ninguna escuela literaria establecida y que fueron ignorados o criticados por el público debido a su carácter revulsivo.

Espartaco. Líder de una rebelión de esclavos en la antigua Roma. Su nombre fue recordado por revolucionarios de los siglos XIX y XX como símbolo de la lucha contra la opresión.

Estado de sitio. Estado de excepción en el que se suspenden temporariamente las garantías constitucionales. Los alcances de esta medida están descriptos en el art. 23 de la Constitución Nacional.

EUDEBA. La Editorial Universitaria de Buenos Aires fue fundada en 1958 por la Universidad de Buenos Aires (UBA) con el objetivo de difundir masivamente y a bajo precio libros de primer nivel científico y literario.

“Evita”. Nombre coloquial para referirse a Eva Perón (1919-1952), actriz de origen humilde que, como Primera Dama bajo el gobierno de Juan D. Perón, se convirtió en un símbolo popular. Su papel en la legitimación del gobierno peronista fue decisivo, mediante sus encendidas críticas a los opositores y sus acciones de ayuda y protección a los pobres.

“Evita Montonera”. Figura simbólica creada por la organización Montoneros para vincular los elementos clasistas y antiimperialistas del discurso político de Eva Perón en los años 40 con el discurso político de Montoneros en los años 70. También “Evita Montonera” fue el nombre de una revista editada por Montoneros desde fines de 1974.

Existencialismo. Corriente filosófica de origen alemán, popularizada mundialmente en la década de 1960 en su versión francesa, particularmente a través de la obra de Jean Paul Sartre (1905-1980). Contra las ideas esencialistas y metafísicas acerca del ser humano (que sostienen que habría una “esencia” determinando toda existencia), plantea que es la existencia concreta la que determina la vida de los individuos, y que por lo tanto éstos son capaces de tomar en sus manos la libertad de “crearse a sí mismos”.

Ezeiza. Ver “20 de junio de 1973”.

FAL. Fuerzas Argentinas de Liberación. Fundadas en abril de 1969, se formaron a partir de grupos marxistas disidentes del Partido Comunista (PC) y del Partido Comunista Revolucionario (PCR). También recibieron antiguos militantes del MALENA. Se estructuraron como columnas guerrilleras.
Fanon, Franz (1925-1961). Escritor mundialmente famoso por su crítica del colonialismo y su teorización acerca de la violencia de los pueblos colonizados contra sus opresores. Nació en Martinica y tras estudiar psiquiatría en Francia, se trasladó al norte de África en 1953 y allí se comprometió con las luchas de liberación de Argelia y del Tercer Mundo en general.

FAP. Fuerzas Armadas Peronistas. Grupo insurreccional peronista surgido en 1967, cuyo eje fue el trabajo de base en el área barrial y fabril como sustento de sus acciones armadas. Ese año miembros de su conducción fueron detenidos en Taco Ralo (Tucumán), cuando intentaban establecer un foco guerrillero.

FAR. Fuerzas Armadas Revolucionarias. Agrupación guerrillera de origen marxista, hizo su aparición pública a comienzos de 1970. A fines de 1973 se fusionó con Montoneros.

Fast, Howard (1914-2003). Novelista norteamericano célebre por sus temáticas políticas, fue miembro del Partido Comunista de su país y perseguido por el Comité de Actividades Antinorteamericanas presidido por el senador Joseph MacCarthy en los años 50. Una de sus novelas más famosas, llevada al cine, fue Espartaco. (Ver)

FEN. Federación de Estudiantes Nacionales, corriente universitaria peronista de intensa actividad opositora durante el gobierno del general Alejandro A. Lanusse.

FJC, Federación Juvenil Comunista. También llamada “Juventud Comunista” o “FEDE”. Rama juvenil del Partido Comunista (PC). Durante las décadas de 1950 y 1960 fue un referente muy importante para los jóvenes de izquierda, especialmente en espacios universitarios.

Ferla, Salvador. Historiador, autor del libro Mártires y Verdugos, en el que narra la historia del fusilamiento de militares peronistas ordenado por la “Revolución Libertadora” en 1956.

“Fierros”. En la jerga marginal, policial y política, nombre que se les da a las armas de fuego.
Filtro. En la jerga de la militancia, “infiltrado”, generalmente de los servicios de inteligencia.

Firmenich, Mario Eduardo (“el Pepe”). Uno de los fundadores de Montoneros y miembro de su conducción Nacional. Condenado a prisión en 1985, fue beneficiado, en 1991, con el indulto presidencial otorgado por Carlos Saúl Menem.

Foquismo. Estrategia política que convocaba a las masas a la lucha contra los sectores dominantes y el imperialismo, a partir de un núcleo (foco) de combatientes revolucionarios que desarrollaba la lucha armada. Esta forma de guerrilla fue exitosa durante la Revolución Cubana y luego fue propagada por el “Che” Guevara.

FORJA. Frente de Orientación Radical para la Joven Argentina. Agrupación que surgió a comienzos de la década de 1930, que reunía a jóvenes provenientes del radicalismo, de tradición nacionalista popular. Arturo Jauretche fue uno de sus fundadores. (Ver)
Formaciones especiales. Expresión acuñada por Juan D. Perón para referirse a las organizaciones armadas del movimiento peronista. Con el tiempo, esta expresión fue identificándose cada vez más con Montoneros.

F.O.T.I.A. Federación Obrera Tucumana de la Industria Azucarera. Agrupaba sindicalmente a los trabajadores del azúcar.

Framini, Andrés y elecciones. Destacado dirigente peronista, fue una figura destacada de la “resistencia peronista” en el ámbito sindical, triunfó en las elecciones a gobernador de la provincia de Buenos Aires en 1962, las que fueron anuladas por el gobierno de Arturo Frondizi. Más tarde fue miembro del Partido Peronista Auténtico.

Franja Morada. Agrupación que nuclea a los jóvenes radicales (UCR-Unión Cívica Radical) en la universidad, surgida bajo el gobierno de Arturo Illia (1963-1966).

Freire, Paulo (1921-1997). Maestro y pedagogo brasileño. Su obra teórica sobre la “pedagogía del oprimido”, sus campañas de alfabetización de adultos y sus concepciones revolucionarias sobre la enseñanza fueron influyentes en América Latina y en el mundo.

Frente barrial. Conjunto de organizaciones barriales legales que formaban parte de la estrategia conjunta de Montoneros. Es posible que en algunos testimonios, al referirse a la militancia en el “frente barrial”, se expresen en términos de “trabajo territorial”.

Frente militar. Secciones armadas de Montoneros.

Frente universitario. Agrupaciones de la política universitaria que respondían a la estrategia de Montoneros, fundamentalmente la Juventud Universitaria Peronista (JUP)

Frigoríficos SWIFT. Una de las mayores empresas frigoríficas radicadas en el país, de origen estadounidense.

Frondizi, Arturo. Líder político de la Unión Cívica Radical Intransigente (UCRI). Presidente de la Nación entre 1958 y 1962, durante su gestión impulsó una política económica denominada “desarrollismo”. Fue derrocado por las FFAA el 29 de marzo de 1962. Tras el golpe militar, José M. Guido, presidente del Senado, asumió la presidencia provisional de la Nación hasta las elecciones del año siguiente. Su gobierno estuvo totalmente subordinado al poder de las Fuerzas Armadas.

Fusilamientos de 1956. Fusilamiento de militantes peronistas, ordenado por la llamada “Revolución Libertadora” en junio de 1956. Este acontecimiento fue reconstruido por el escritor y periodista Rodolfo Walsh en su obra Operación Masacre.

Fusión (FAR y Montoneros). Proceso de integración, en 1973, de las organizaciones guerrilleras Montoneros y Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR).
Galimberti, Rodolfo. Fundador de la Juventud Argentina por la Emancipación Nacional (JAEN), delegado de Juan D: Perón para la Juventud Peronista hasta 1973. Importante líder de la organización Montoneros. Es cuestionado por muchos militantes de esa organización por sus prácticas “militaristas”. Condenado a prisión en 1985, fue beneficiado, en 1991, con el indulto presidencial otorgado por Carlos S. Menem.

Gaspar Campos. Calle de la zona norte del Conurbano donde estaba ubicada la casa en la que residió Juan D. Perón durante su primer retorno a la Argentina (1972). Allí se realizaron numerosas concentraciones.

Getino, Octavio. Cineasta argentino, del grupo Cine y Liberación, co director, junto a Pino Solanas, de “La Hora de los Hornos” y “Actualización política y doctrinaria”.

Gleizer, Raimundo. Cineasta, militante del PRT-ERP y líder del grupo Cine de Base afín a esa agrupación. Fue detenido-desaparecido el 17 de mayo de 1976.

Golpe de 1955. Golpe de Estado que el 16 de septiembre de 1955 derrocó al segundo gobierno de Juan D. Perón. Se autodenominó “Revolución Libertadora”. Tras el golpe asumió la presidencia el general Eduardo Lonardi, quien en noviembre del mismo año fue obligado a renunciar y reemplazado por el general Pedro E. Aramburu. La “Revolución Libertadora” proscribió al peronismo. Durante el gobierno de Pedro. E. Aramburu, el cadáver de Eva Perón fue secuestrado de la sede de la Confederación General del Trabajo (CGT).

Gorila. Denominación popular de los antiperonistas. Por extensión, persona autoritaria, reaccionaria y contraria al “pueblo”.

Gorriarán Merlo, Enrique Haroldo. Uno de los principales líderes del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), responsable del área militar. Permaneció en el exterior durante la dictadura integrando distintas organizaciones revolucionarias. Lideró el Movimiento Todos por la Patria (MTP) que realizó el sangriento ataque a La Tablada en 1989. Capturado en México en la década del 90, permaneció preso hasta el indulto presidencial de Eduardo Duhalde (2003).

Grabaciones de Madrid. Durante su proscripción y exilio, Juan D. Perón adoptó el método de enviar sus mensajes e instrucciones mediante cintas y grabaciones, que daban gran legitimidad a quien las traía y difundía.

Grondona, Mariano. Abogado y periodista de gran participación en la vida política argentina desde la década de 1960, vinculado a los grupos civiles que apoyaron y fundamentaron ideológicamente los distintos golpes de Estado.

Grupo Cine Liberación. Grupo de cineastas conformado en 1968 con el fin de crear un cine militante que vinculase el arte, las luchas sociales y la política revolucionaria.

Grupo Octubre. Agrupación teatral fundada en 1970 por Norman Briski, cuyo objetivo era acercar el teatro a los sectores obreros y marginados y potenciar a través de él su participación artística y política.

Guerra popular prolongada. Modalidad insurgente adoptada por algunas organizaciones guerrilleras según el modelo exitoso del Vietcong. En ella, las formaciones irregulares en combinación con las características topográficas contribuyen a una larga guerra de desgaste del adversario.
Heidegger, Martin (1889-1976). Filósofo alemán de profunda influencia en el pensamiento del siglo XX, especialmente su obra existencialista Ser y Tiempo, de 1927.

Hernández Arregui, Juan José (1913-1974). Escritor y ensayista, figura clave de las vinculaciones entre la izquierda y el peronismo, el marxismo y el nacionalismo, reflexionó sobre las relaciones entre la intelectualidad y el pueblo y la identidad nacional, en libros como: ¿Qué es el ser nacional?, de 1972.

H.I.J.O.S. Hijos por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio. Agrupación de derechos humanos que apareció públicamente en 1996, formada por jóvenes que reivindican su condición de hijos de desaparecidos, asesinados, exiliados y presos políticos. Difundieron la práctica del escrache a represores como una forma de esclarecimiento social y denuncia.

Hippismo. Corriente juvenil contracultural surgida en las grandes ciudades norteamericanas durante la década de 1960, que proponía abandonar el consumismo y el utilitarismo y adoptar una vida natural y auténtica. El pacifismo, la vida en comunidad, el amor libre, la búsqueda espiritual a través de las drogas, y el rock and roll fueron algunos de sus elementos más notorios.

Ho Chi Minh. Líder de la guerra de independencia librada por Indochina. Tras la derrota de las tropas francesas, Ho Chi Minh, líder comunista, proclama la República Democrática de Vietnam (Norte) que recibe el apoyo del bloque socialista. Desde entonces y hasta el retiro de las tropas norteamericanas de la región luchó conjuntamente con las fuerzas revolucionarias del Sur por la independencia de este último país, y la unificación de Vietnam bajo el signo socialista. La unificación de Vietnam tuvo lugar, finalmente, en 1975, tras la derrota norteamericana.

Hombre Nuevo. En la década de 1960, el “Hombre Nuevo” era el hombre que buscaban construir los diferentes movimientos políticos, religiosos y culturales de renovación social. Sus valores eran el sacrificio, la entrega por un ideal, la solidaridad, la humildad y la lucha contra el individualismo.
Illia, Arturo. Político radical. Presidente por la Unión Cívica Radical del Pueblo (UCRP), durante el período 1963-1966. Fue destituido por un golpe militar (la “Revolución Argentina”) y reemplazado por el general Juan C. Onganía.

Ingenio azucarero. Establecimiento dedicado al cultivo y explotación de la caña de azúcar. En la Argentina, la mayoría se encuentra en el noroeste. Se caracterizaron por precarias condiciones laborales en una zona de gran desigualdad social. Fueron centro de conflictos obreros durante las décadas de 1960 y 1970.

Ingenio Ledesma. Ingenio azucarero cuya sede central se encuentra en Ledesma, provincia de Jujuy. Durante la dictadura militar (1976-1983), las autoridades del Ingenio prestaron colaboración de diverso tipo (información, infraestructura, etc.) para el secuestro, detención y desaparición de personas en esa localidad.

Instituto Di Tella. Centro cultural ubicado en la ciudad de Buenos Aires, de fuerte protagonismo en el mundo cultural de los años sesenta.
Irazusta, hermanos. Rodolfo y Julio Irazusta fueron dos historiadores vinculados al nacionalismo y notorios exponentes de la corriente del revisionismo histórico, de amplia difusión en las décadas de 1960 y 1970 debido a su crítica a la “visión liberal” de la historia argentina.
Isabel. María Estela Martínez de Perón, también llamada “Isabelita”. Segunda esposa de Juan D. Perón. Regresó con él a la Argentina en junio de 1973.
Ese mismo año fue su compañera de fórmula y, tras el triunfo electoral, asumió como vicepresidenta en octubre de 1973. Tras la muerte de Juan D. Perón, asumió la presidencia de la Nación hasta que, el 24 de marzo de 1976, fue derrocada por el golpe militar encabezado por Jorge R. Videla. Desde su llegada al país en 1973, Isabel fue muy cuestionada por los sectores de izquierda peronistas y no peronistas por sus fuertes vínculos con la ultraderecha en general y con José López Rega, ministro de Bienestar Social y fundador de la Triple A, en particular. Su gobierno se caracterizó por una fuerte represión y por el descalabro económico.

Jáuregui, Emilio. Militante del gremio de prensa vinculado a Vanguardia Comunista, asesinado durante una manifestación el 27 de agosto de 1969, bajo el gobierno de Juan C. Onganía.

Jauretche, Arturo. Pensador y escritor argentino, fundador de FORJA (Frente de Orientación Radical para la Joven Argentina, agrupación que surgió a comienzos de la década de 1930 y que reunía a jóvenes provenientes del radicalismo, de tradición nacionalista popular). En las décadas de 1960 y 1970 fue uno de los referentes más importantes de la izquierda nacional.Juventud maravillosa. Expresión acuñada por Juan D. Perón en los mensajes que enviaba desde su exilio en España para referirse a la Juventud Peronista, que por entonces se estaba reorganizando y adquiría un protagonismo cada vez mayor en la lucha contra la dictadura del período 1966-1973 y por el fin de la proscripción del peronismo. La expresión fue retomada por Héctor Cámpora en su discurso de asunción presidencial, el 25 de mayo de 1973.

JP, Juventud Peronista. Rama juvenil del peronismo de gran protagonismo en la década de 1970. Debe distinguirse a la primera JP organizada en 1958, de aquellas agrupaciones que con la misma sigla adscribieron a Montoneros, constituyendo el eje central de las grandes movilizaciones de los años 1972-1975.

JTP, Juventud Trabajadora Peronista. Agrupación sindical vinculada a Montoneros, que se planteó como una alternativa frente al sindicalismo vinculado con la Confederación General del Trabajo (CGT). Aunque no pudo hacer pie en los sindicatos más importantes, alcanzó una gran difusión en diversas comisiones internas y establecimientos.

JUP, Juventud Universitaria Peronista. Rama universitaria de la JP.

Krieger Vasena, Adalberto. Ministro de Economía y Trabajo designado por Juan C. Onganía en junio de 1966. Llevó adelante una política económica que, si bien tendía al desarrollo y la modernización del gran capital industrial, implicaba, por su lógica de acumulación, una distribución del ingreso regresiva -es decir, adversa a los sectores populares y favorable a altos niveles de concentración económica-. El estallido popular del 29 de mayo de 1969, conocido como el “Cordobazo”, lo obligó a renunciar.

La Calera. Localidad cordobesa conocida por su copamiento por los Montoneros en 1970.

"La guerra de guerrillas". Manual escrito en 1961 por Ernesto “Che” Guevara, en el que describe minuciosamente todos los aspectos de la organización de la lucha guerrillera, tomando como modelo la exitosa experiencia de la Revolución Cubana.

"La Hora de los Hornos". Film documental y político realizado en 1968 por Fernando Solanas y Octavio Getino, en el que mediante procedimientos cinematográficos innovadores se retratan las injusticias sociales del país y se apela a su transformación política. Prohibida su proyección por el gobierno militar, tuvo un impacto muy fuerte al ser difundida clandestinamente entre militantes políticos.

Lanusse, Alejandro Agustín. General del Ejército. Último presidente de facto de la dictadura instaurada tras el golpe militar encabezado por Juan C. Onganía en 1966. Alejandro A. Lanusse gobernó entre marzo de 1971 y mayo de 1973.

"La razón de mi vida". Libro escrito por Eva Perón en 1951, de lectura obligatoria en las escuelas, en el que la Primera Dama explica las razones de su devoción por Juan D. Perón, su propio papel en el gobierno y la organización de los obreros y las mujeres peronistas.
"Las venas abiertas de América Latina". Obra de Eduardo Galeano que desarrolla la historia del continente a partir de una postura antiimperialista y de denuncia de la explotación por parte del viejo mundo y los Estados Unidos. Fue uno de los textos más leídos en el clima de renovación cultural y política de los sesenta y setenta.

Lenin, Vladimir Ilich Ulianov (1870-1924). Máximo líder de la Revolución Soviética en 1917, permaneció en el poder hasta su muerte en 1924. Su práctica política y sus reflexiones teóricas fueron una referencia ineludible para los revolucionarios de todo el planeta, en especial su concepción de Estado como instrumento de dominación de una clase sobre otra y la idea de partido de vanguardia. (Ver “vanguardia política”). La corriente de pensamiento que dentro del marxismo adhirió a las ideas de Lenin recibió el nombre de “leninismo”.

Leninismo. Ver Lenin, Vladimir Ilich Ulianov.

Levantamiento del general Valle. Rebelión militar liderada por el general Juan J. Valle, peronista, el 9 de junio de 1956. Valle fue fusilado por orden del gobierno de la “Revolución Libertadora” que presidía Pedro E. Aramburu.

Ley marcial. Ordenamiento normativo que otorga a las fuerzas armadas el control total del territorio nacional en situaciones excepcionales o de emergencia, con el fin de asegurar el orden público. Las atribuciones militares pueden incluir: el dictado de órdenes de detención para investigar actos perturbadores; la incomunicación de los detenidos por un término prudencial; el compeler a mudarse de residencia a las personas; la suspensión de las transmisiones radiales, televisadas, impresas o escritas; la incautación, suspensión o censura de las publicaciones por el tiempo que se juzgue oportuno; el allanamiento del domicilio; la ocupación para fines militares de la propiedad raíz y la propiedad mueble de cualquier persona; la disolución de los grupos sediciosos, empleando para ello la fuerza hasta reducirlos a la obediencia; la facultad de los tribunales militares de ocuparse de los delitos contra la seguridad interior y exterior del Estado y contra el orden público; la presunción de culpabilidad de toda persona que se encuentre en los lugares donde se producen actos considerados como perturbadores del orden público; y la aplicación de la pena de muerte.

Lonardi, Eduardo. General del Ejército. Asumió la presidencia tras el golpe de estado del 16 de septiembre de 1955. En noviembre del mismo año fue reemplazado por Pedro E. Aramburu.

Lucha de masas. Concepto de lucha política en la que el protagonismo de las acciones lo tienen amplios grupos humanos concientizados y transversales a distintas clases y actores sociales, en oposición a la idea de vanguardia política, que remite a un grupo reducido que “esclarece” y “conduce” a las mayorías.

Luche y vuelve. Consigna de la campaña protagonizada por la Juventud Peronista en 1972 con el objetivo de posibilitar el regreso de Juan D. Perón a la Argentina, tras 17 años de exilio.

Lumumba, Patrice (1925-1961). Dirigente sindical y uno de los líderes del movimiento independentista del Congo belga conocido como Movimiento Nacional Congoleño, y primer ministro electo del nuevo estado independiente en 1960. Un movimiento secesionista en la región de Katanga, impulsado por empresarios belgas, precipitó una crisis en el gobierno del Congo que concluyó con la toma del poder por parte del presidente Mobutu. Lumumba fue encarcelado y murió asesinado en prisión.

Luz y Fuerza, Sindicato de Luz y Fuerza. Gremio de los trabajadores de la electricidad en Córdoba liderado por Agustín Tosco, uno de los emblemas del sindicalismo clasista y combativo.

“M”, la. Así se denominó en la jerga de los militantes políticos a la organización Montoneros. (Ver)

MALENA. Nombre con el que se conocía al Movimiento de Liberación Nacional (MLN), agrupación política surgida a comienzos de la década de 1960 en espacios universitarios. Ideológicamente conjugaba marxismo con nacionalismo popular y se mostraba menos adverso al peronismo que otros grupos de izquierda. El MALENA se disolvió hacia finales de la misma década. Muchos de sus militantes ingresaron a las Fuerzas Armadas de Liberación (FAL).

Maoísmo. Ver Mao Tsé Tung.

Mao Tsé Tung (1893-1976). Estadista chino, presidente del Partido Comunista Chino, fundador de la República Popular China y principal dirigente de ese país desde 1949. Hijo de campesinos, colaboró en la creación del Partido Comunista Chino. Participó en los enfrentamientos internos de la década de 1930 en ese país. Durante la Segunda Guerra Mundial, encabezó el Ejército Rojo contra los invasores japoneses tras pactar una tregua con los nacionalistas de Chiang Kai Shek. Finalizado el conflicto, estalló una guerra civil que culminó con la victoria de los comunistas en 1949. En el poder, Mao siguió el modelo soviético de modernización económica y redistribución, pero su política constituyó una alternativa a la influencia rusa, sobre todo a partir del “Gran Salto Adelante”, un intento por combatir la burocratización del Estado, adecuarse a la realidad nacional y otorgar un rol protagónico al campesinado. La circulación de sus textos (algunos de ellos popularizados como el “Libro Rojo”) lo transformó en un teórico de gran influencia. La corriente ideológica que dentro del marxismo adhirió a las ideas de Mao Tsé Tung se denominó “maoísmo”.

Maquiavelo, Nicolás (1469-1527). Político y escritor italiano. Su obra El Príncipe, publicada en 1513, es una argumentación acerca de lo que considera formas ideales de gobierno, las características que deben tener los gobernantes y las estrategias para llevar adelante las tareas propias del arte de gobernar.

Marcha de la bronca: Ver Pedro y Pablo.

Martínez de Hoz, José Alfredo. Ministro de Economía de la dictadura militar instalada el 24 de marzo de 1976. Encabezó la reestructuración económica facilitada por el terrorismo de Estado. Gozó de un amplio apoyo internacional para la implementación de una economía neoliberal que consolidó la dependencia externa.

Martins y Centeno. Néstor Martins era militante de izquierda y abogado defensor de presos políticos. Fue secuestrado, junto con su cliente Nildo Centeno, por fuerzas parapoliciales el 6 de enero de 1971. Ambos continúan desaparecidos.

Marxismo. Vasta corriente de pensamiento derivada de la obra de Karl Marx (1818-1883). En diversas obras, entre ellas El Capital (1867), Marx sentó las bases del análisis y la crítica del sistema capitalista, y luchó durante su vida por la organización de los trabajadores del mundo para acabar con él. A lo largo del siglo XX, numerosos partidos políticos, movimientos reformistas y organizaciones revolucionarias de todo el mundo se identificaron como marxistas, y las diferentes experiencias comunistas y socialistas (la Unión Soviética, China, Cuba y diversos países de Europa Oriental, África y Asia) interpretaron su pensamiento -cada una a su manera- como doctrina oficial.

Masacre de Trelew. El 15 de agosto de 1972, bajo la presidencia de facto de Alejandro A. Lanusse, se produjo una fuga del Penal de Rawson de 25 presos políticos, todos ellos reconocidos militantes o dirigentes de las principales organizaciones guerrilleras. Como consecuencia del fracaso del plan de fuga, sólo seis lograron escapar hacia Chile, el resto fue fusilado el 22 de agosto en la base naval Almirante Zar de Trelew, por los marinos que los habían recapturado en el aeropuerto de esa localidad. La masacre fue conocida por los testimonios de tres sobrevivientes.

Materialismo dialéctico- histórico. Corriente de la filosofía inspirada en el pensamiento marxista que aplica al estudio de la historia los conceptos propios de la dialéctica y del materialismo, según el cual las condiciones materiales de existencia determinan la conciencia del hombre.
Mayo francés. Con este nombre se conoce la serie de movimientos que, iniciados como una protesta estudiantil universitaria en Francia a comienzos de 1968, se extendieron a amplios sectores obreros, transformándose en un rechazo al sistema social que hizo tambalear al gobierno de Charles De Gaulle.
Militante. Miembro de una organización política, social o sindical. Puede desplegar su militancia en universidades, barrios, fábricas, sindicatos, etcétera. (Ver “Frentes”)

Monte Chingolo. El 23 de diciembre de 1975, el ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo) intentó tomar el Batallón de Arsenales 601 “Domingo Viejo Bueno”, de Monte Chingolo, en el sur del conurbano. El intento terminó en una matanza, ya que el Ejército estaba alertado sobre la operación por un infiltrado.

Montoneros. Organización guerrillera surgida en 1970 del integrismo católico-nacionalista y autodefinida como peronista. Su acta oficial de nacimiento a la vida pública fue el secuestro y posterior asesinato de Pedro E. Aramburu, responsable del golpe que derrocó al presidente Juan D. Perón en 1955. Concentró las simpatías de amplios sectores del peronismo y de la juventud. En 1973 se fusionó con las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR).
Mor Roig, Arturo. Político radical. Presidió la Cámara de Diputados durante el gobierno de Arturo Illia (1964-1966). Fue ministro del Interior del gobierno de Alejandro A. Lanusse (1971-1973) y diseñó la estrategia de transición para el restablecimiento de la democracia. Fue asesinado por los montoneros en 1974.

"Moral y proletarización". Pequeña obra redactada por un militante del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) en el Penal de Rawson en 1972, en la que desarrolla su concepción sobre la “moral revolucionaria”, estableciendo los códigos de conducta ética que deben guiar la vida del militante revolucionario (la entrega, el sacrificio, la solidaridad, etc.). Aborda temas como las relaciones entre el hombre y la mujer, la crianza de los hijos, la conducta frente “al enemigo” y otros.

Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo. Movimiento de sacerdotes que, en el marco de la teología de la liberación, impulsaban la opción por los pobres y el compromiso con los proyectos de transformación social. Esta nueva interpretación del mensaje evangélico quedó materializado en los documentos del Concilio Vaticano II y los documentos del Encuentro de Obispos de Medellín (1968).

Movimientos de liberación. Denominación genérica de distintos movimientos y procesos políticos que en Asia, África y América se caracterizaron por intentar poner fin a la situación de dominación colonial y dependencia económica.

Mugica, Carlos (1930-1974). Miembro del Movimiento de Sacerdotes por el Tercer Mundo, movimiento que, en el marco de la teología de la liberación, impulsaba la opción por los pobres y la necesidad de comprometerse activamente con los proyectos de transformación social. Carlos Mugica se convirtió en el referente más importante de este movimiento en la Argentina. El 11 de mayo de 1974 fue asesinado por la Alianza Anticomunista Argentina (AAA o Triple A).

Música progresiva. Sinónimo de “rock sinfónico”, es la mezcla, en la década de 1970, del rock and roll y las influencias folclóricas y clásicas de grupos como Jethro Tull, Génesis, Emerson Lake & Palmer y otros.

Nacionalismo. Ideología que proclama la unidad política de una población heterogénea a partir de algún criterio común (la lengua, la religión, el territorio, la historia, etc.) y esgrime su diferenciación frente a otras naciones. Para ello construye una identidad imaginaria (por ejemplo, “los argentinos”) basada en símbolos nacionales (banderas, escudos, himnos, relatos heroicos, etc.).

Nasser, Gamal Abder (1918-1970). Militar y político egipcio. En 1952 dio un golpe de Estado contra el rey Faruk junto a un grupo de oficiales y, en 1954, se transformó en primer ministro de Egipto. Mediante un acuerdo con Gran Bretaña se logró el final de la ocupación por parte de ese país en 1956 y Nasser se transformó en presidente, promoviendo una política de nacionalización de bancos, tierras y empresas. La nacionalización del Canal de Suez provocó un conflicto internacional de proporciones. Nasser fracasó en su intento de crear una Repúblicas Árabe Unida, y en los sucesivos conflictos bélicos con Israel. La derrota en la guerra de los Seis Días (1967) lo obligó a presentar su dimisión.

Navarro, José Sabino. Uno de los fundadores de Montoneros, de origen obrero y vinculado a la Juventud Obrera Católica. Murió en 1970, luego de la toma de La Calera.

Nehru, Jawaharlal (1889-1964). Líder nacionalista indio, fue el primer gobernante de la India (1947-1964) luego de la independencia de Inglaterra y uno de los promotores del “Movimiento de Países No Alienados”, que planteaba la neutralidad del Tercer Mundo frente a los Estados Unidos y la URSS.
“Noche de los bastones largos”. El 29 de julio de 1966, el gobierno de Juan C. Onganía suprimió la autonomía de la Universidad de Buenos Aires, subordinándola al Ministerio de Educación. Por la noche, docentes y estudiantes ocuparon las facultades, y fueron desalojados por la policía y el ejército con gran violencia, a golpes de palos o bastones. Por ello se la recuerda como “la noche de los bastones largos”.
Oligarquía. Minoría privilegiada que detenta el poder político y económico. En la Argentina se la identificó primero con las clases terratenientes y más tarde con las más pudientes en general.

OLP. Organización para la Liberación de Palestina, movimiento independentista árabe que busca el reconocimiento del Estado palestino y la devolución de territorios por parte de Israel.

Onganía, Juan Carlos. General del Ejército. Encabezó el golpe militar conocido como “Revolución Argentina” que derrocó al presidente Arturo IIlia (1963-1966). Asumió la presidencia el 28 de junio de 1966 e implementó políticas que produjeron gran malestar social. En este período comenzó a gestarse la guerrilla. En junio de 1970, la Junta de Comandantes lo reemplazó por Roberto M. Levingston, quien, a su vez, fue reemplazado, en marzo de 1971, por Alejandro A. Lanusse.

Ongaro, Raimundo. Ver CGT de los Argentinos.

Operación Cóndor. Acción armada realizada en 1966 por un grupo de militantes nacionalistas peronistas, que secuestró un avión de línea, aterrizó en Puerto Stanley, capital de las Malvinas, e izó la bandera argentina como gesto de soberanía en las islas.

"Orga". Abreviación de “organización” para referirse a la estructura de Montoneros.

Organizaciones armadas. Con este nombre se designa genéricamente a los grupos políticos que durante las décadas de 1960 y 1970 optaron por los métodos violentos para la toma del poder y desarrollaron estrategias y prácticas militares con ese fin. Fueron también llamadas “organizaciones político-militares” u “organizaciones guerrilleras”.

Osatinsky, Marcos. Uno de los fundadores de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y uno de los seis dirigentes políticos que logró fugarse del Penal de Rawson. Posteriormente líder de Montoneros, fue desaparecido durante la dictadura militar.

Osinde, Jorge. Militar argentino. Como capitán, fue uno de los creadores de Coordinación Federal en 1945. Con el grado de coronel, fue uno de los organizadores de la matanza de Ezeiza, el 20 de junio de 1973 y, junto a José López Rega, de la Triple A.
Partido Comunista Revolucionario (PCR). La escisión más importante del Partido Comunista. Tuvo lugar en 1968. Dentro de las corrientes marxistas adscribió al maoísmo y mantuvo buenas relaciones con el peronismo.

Partido Socialista Argentino de Vanguardia. Fundado en 1961 a partir de un desprendimiento del Partido Socialista Argentino dirigido por Alfredo Palacios. Uno de los temas controversiales que provocó la escisión fue la postura de fuerte oposición y rechazo que mantenía el Partido Socialista frente al movimiento peronista.

Pase a la clandestinidad. En septiembre de 1974, los Montoneros, que con la asunción de Héctor Cámpora habían abandonado formalmente la lucha clandestina y la práctica armada, clandestinizaron a sus cuadros intermedios para retomar la lucha armada, como respuesta al creciente enfrentamiento con la derecha peronista.

Patria Peronista. Dentro del peronismo, es la fórmula que se acuñó para oponer a la “patria socialista”. Reivindicaba su lealtad a Juan D. Perón y al modelo de sus dos primeros gobiernos, para marcar su distancia de “ideologías foráneas” como el socialismo.

Patria Socialista. Esta fórmula sintetizaba las aspiraciones de la “tendencia revolucionaria” del peronismo, en tanto unía los ideales nacionalistas de ese movimiento con la voluntad de implantar el socialismo en la Argentina..

Pedro y Pablo. Grupo de rock formado en 1969, uno de los más populares del rock nacional a partir de temas como “Catalina Bahía” y “Marcha de la Bronca”. Fueron censurados en numerosas ocasiones y se separaron en 1972, aunque esporádicamente volvieron a reunirse.
Pelotones. Forma organizativa de las milicias montoneras a partir de 1975.

Periférico. Militante de bajo nivel de compromiso, “periférico” a los miembros de las organizaciones de mayor “responsabilidad”.
Perón, Juan Domingo. Una de las personalidades políticas más importantes del siglo XX, creador y líder del Movimiento Peronista y del Partido Justicialista. Presidente argentino durante tres períodos: dos consecutivos, desde 1946 hasta 1955 (cuando fue derrocado por la llamada “Revolución Libertadora”) y el tercero desde el 12 de octubre de 1973 hasta su muerte, ocurrida el 1 de julio de 1974.
Peronismo. Movimiento político nacido en torno de la figura de Juan D. Perón en 1945; desde entonces es la principal fuerza electoral del país. En 1945 Perón selló una alianza con las organizaciones obreras para las elecciones de febrero de 1946, que pusieron fin al gobierno militar –del que Perón formaba parte

Peronismo Auténtico. Agrupación política del peronismo de izquierda afín a Montoneros, organizada en 1975 con el objetivo de competir electoralmente con el peronismo oficial.

Pinza. Dispositivo de control en la vía pública, destinado a cortar el tránsito para proceder a la verificación de documentos y registro de vehículos.
Plan CONINTES. Con el objetivo de reprimir la ola de movilización sindical de 1959, el gobierno de Arturo Frondizi puso en vigencia el Plan de Conmoción Interna del Estado (CONINTES). Éste permitía declarar zonas militarizadas a los principales distritos industriales y autorizaba allanamientos y detenciones. Al mismo tiempo, una gran cantidad de gremios y sindicatos fueron intervenidos.

Planificación Socialista. Organización de la economía en los países comunistas, basada no en el mercado sino en la planificación estatal centralizada de las inversiones, la producción, y la distribución de bienes.

Primer retorno de Perón. Regreso de Perón a la Argentina el 17 de noviembre de 1972. Es uno de los hitos en la memoria de esos años debido a la gran movilización popular que generó a pesar de la represión por parte del gobierno militar.

Propaganda armada- Acción armada que busca difundir los objetivos de una organización y concitar la adhesión de la población.

PRT-ERP. El Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) surgió en 1970 como brazo armado del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), partido trotskista, fundado en 1965, que propiciaba la lucha armada para la toma del poder. Liderado por Mario R. Santucho, el PRT-ERP impulsó un foco guerrillero en Tucumán, eliminado por el Ejército. En diciembre de 1975, su capacidad operativa se vio fuertemente disminuida tras el fracaso en el asalto al cuartel de Monte Chingolo. A partir de julio de 1976, sus principales referentes fueron muertos, encarcelados o partieron al exilio.

Proscripción del peronismo. Luego del golpe de septiembre de 1955, el gobierno militar proscribió al peronismo y prohibió el uso de sus emblemas partidarios, así como la simple mención de los nombres de Perón y Evita. Este estado de cosas se prolongó hasta 1972.

Pujadas, Mariano. Militante de Montoneros, uno de los fusilados en la masacre de Trelew, tras la fuga del Penal de Rawson, en 1972.

Puritanismo. Doctrina religiosa surgida en Inglaterra en el siglo XVI, que se propuso purificar el cristianismo de sus adherencias católicas. Sus principales características son la austeridad y el apego estricto a los preceptos religiosos.

"¿Qué hacer?". Libro escrito en 1902 por Vladimir Ilich Ulianov (Lenin, quien en 1917 sería líder de la Revolución Soviética en Rusia) acerca de las posibilidades revolucionarias en su país. Fue leído por militantes revolucionarios de todo el mundo durante todo el siglo XX, pues contiene reflexiones sobre el papel de los intelectuales, los sindicatos, las “masas” y la organización de un partido revolucionario.

Quieto, Roberto. Fundador de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y posteriormente dirigente integrante de la Conducción Nacional de
Montoneros. Detenido y desaparecido el 28 de diciembre de 1975.

Radicalismo- Movimiento surgido a finales del siglo XIX, de presencia constante en la política hasta el presente. Policlasista y laica, la Unión Cívica Radical gobernó el país en varios períodos, mediante diferentes facciones (radicales personalistas o yrigoyenistas, antipersonalistas, intransigentes, del Pueblo), diversas alianzas (con los conservadores en los años 30, con la centroizquierda en 1999). Fue víctima de varios golpes militares (en 1930, 1962 y 1966) al tiempo que apoyó el de 1955. Junto con el peronismo constituyen los dos movimientos populares más importantes de la historia argentina.

Ramos, Jorge Abelardo. Pensador y escritor argentino. De tradición marxista se erigió como uno de los referentes más importantes de la izquierda nacional.

Ramus, Gustavo. Uno de los fundadores de Montoneros, muerto en un enfrentamiento con la policía en William Morris, en septiembre de 1970.

Regreso de Perón. Ver 17 de noviembre de 1972 y 20 de junio de 1973.

Resistencia peronista. Con este nombre se conoce a la resistencia barrial, sindical y de la juventud (1955-1973), que se organizó tras el derrocamiento del gobierno de Juan D. Perón, en 1955, y cuyo objetivo fundamental fue lograr el regreso de su líder. Llevó a cabo una política de enfrentamiento y resistencia a la proscripción del peronismo.

Responsable. En la jerga de las organizaciones políticas, “responsable” era el militante que tenía a cargo un grupo de miembros de su organización de pertenencia, y/o una tarea específica.

Revisionismo Histórico. Corriente historiográfica surgida durante la década de 1930. Se constituyó en oposición a la historiografía liberal. Se caracterizó por un fuerte nacionalismo y la reivindicación histórica de los caudillos federales. Hacia la década de 1960, el revisionismo recibe el aporte de varios pensadores marxistas que comenzaban a acercarse, a su vez, al nacionalismo y al peronismo (por ejemplo: Juan José Hernández Arregui, Jorge Abelardo Ramos y Rodolfo Puiggrós). La versión de la historia ofrecida por el revisionismo histórico alcanzó gran popularidad en los años ‘70.
Revolución Cubana. Proceso revolucionario que en enero de 1959 depuso a la dictadura de Fulgencio Batista, que gobernaba ese país. Bajo el liderazgo de Fidel Castro, Ernesto Guevara y Camilo Cienfuegos, entre otros, fue el primer caso exitoso en América Latina de toma del poder mediante las armas. Por eso se constituyó como modelo para los movimientos revolucionarios de distintas partes del mundo. A comienzos de la década de 1960, Fidel Castro anunció el “carácter socialista” de la revolución. En el contexto de la Guerra Fría, la implementación de un régimen socialista en Cuba generó un profundo debate en la izquierda y la transformó en el principal antagonista continental de los Estados Unidos.

Revolución de octubre o Revolución Bolchevique. Revolución que tuvo lugar en Rusia en 1917. Tras la toma del Palacio de Invierno (residencia de los zares), los bolcheviques -partido mayoritario, de identidad marxista y liderado por Lenin- se abocaron, en nombre de obreros y campesinos, a la organización del primer Estado socialista de la historia (la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas). La Revolución Bolchevique se erigió como emblema y ejemplo de los movimientos revolucionarios del mundo.

Robin Hood. Personaje del folklore medieval inglés que, al frente de una banda de arqueros, robaba a los ricos para darles a los pobres y frenaba los abusos de los señores feudales en defensa de los campesinos.

Rock de protesta. Vertiente de la música rock de los años 60, 70 y 80 que, bajo gobiernos represivos, planteaba poéticamente una crítica de la realidad, ideológica, social, económica o política.

Rodrigazo. Shock económico provocado por el paquete de medidas liberales aplicadas por Celestino Rodrigo, ministro de Economía de Isabel Perón en 1975. El “rodrigazo” provocó una oleada de alzamientos populares en todo el país que forzaron la renuncia del Ministro.

Rojas, Isaac. Almirante argentino, uno de los conductores del golpe militar que derrocó al gobierno de Juan D. Perón en 1955.

Rosa, José María (1906-1991). Historiador argentino, vinculado al revisionismo histórico, autor de Historia Argentina, de gran circulación popular.

Rosariazo. Movilizaciones estudiantiles y obreras que se produjeron en la ciudad de Rosario entre el 18 y el 21 de mayo de 1969 y fueron fuertemente reprimidas, con muertos y heridos. Hubo un “segundo rosariazo” en septiembre de ese mismo año, con un mayor protagonismo sindical.

Rozitchner, León. Filósofo argentino, autor de una vasta reflexión sobre las conexiones entre la filosofía, la política, los ideales revolucionarios, la moral y la religión. Una de sus obras más influyentes fue Moral burguesa y revolución, publicada en 1963.

Rucci, José Ignacio. Dirigente de la Unión Obrera Metalúrgica y Secretario General de la CGT. Fue uno de los sindicalistas más reconocidos por Juan D. Perón y exponente de los llamados “peronistas leales”. Los Montoneros lo mataron el 25 de septiembre de 1973.
Sandro. Cantante argentino de gran popularidad desde la década de 1960.

Sanidad, asalto al cuartel de. Operación militar del Ejército Revolucionario del pueblo (ERP) en septiembre de 1973, en período democrático, que culminó con un militar muerto y numerosos guerrilleros detenidos.

Santucho, Mario Roberto. Máximo dirigente del Partido Revolucionario de los Trabajadores y del Ejercito Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP). Murió el 19 de julio de 1976 en un enfrentamiento con el ejército, en Villa Martelli. Su cuerpo y los de otros militantes muertos en el enfrentamiento fueron trasladados a Campo de Mayo y ocultados.

Sartre, Jean Paul (1905-1980). Escritor y pensador francés. Es uno de los pilares del existencialismo y defensor de la necesidad del compromiso de los intelectuales con su época, mediante el que la libertad pasa de ser un concepto a materializarse en la acción.
Semán, Elías. Dirigente de Vanguardia Comunista. El 16 de agosto de 1978 fue secuestrado y continúa desaparecido. Días después de su desaparición fue visto con vida en el centro clandestino de detención conocido como “Vesubio”.

Socialismo real: término que se utiliza en las ciencias sociales para hacer referencia a las experiencias históricas de organización social socialista que tuvieron lugar en Europa del este durante gran parte del siglo XX. Al conjunto de estos tipos de socialismos –que en algunos casos se asemejaban al modelo soviético y en otros se diferenciaban de él fundamentalmente en la forma de planificar la producción y la comercialización de bienes
Solanas, Fernando "Pino". Cineasta argentino, miembro del Grupo Cine Liberación y realizador, junto con Octavio Getino, de “La Hora de los hornos”. Otras realizaciones: “Los hijos de Fierro”, “El exilio de Gardel”, “Sur”, “El viaje”, “La nube”.

Spivacow, Boris (1916-1994). Uno de los editores más importantes de la historia argentina, fue el director fundador de EUDEBA (ver) entre 1958 y 1966 y luego del Centro Editor de América Latina.

Sukarno (1901-1970). Líder nacionalista y estadista indonesio. En 1945, poco antes de la derrota de Japón en la Segunda Guerra Mundial, proclamó la independencia de Indonesia. Holanda intentó recuperar la colonia (que le había sido arrebatada por los japoneses), pero tras cuatro años de lucha, en 1949, Indonesia alcanzó plena independencia. El gobierno de Sukarno se caracterizó por un exacerbado nacionalismo y una postura antiimperialista.
Tabicado/ tabicar. Medida de seguridad tendiente a dificultar la identificación de domicilios u otros datos de los militantes.
Taco Ralo. Paraje de la provincia de Tucumán donde, en octubre de 1967, fue capturado un grupo guerrillero de las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP).
Tacuara. Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara. Agrupación que surgió a comienzos de la década de 1960. De tradición nacionalista, se definió como peronista y revolucionaria.

Tendencia. Tendencia Revolucionaria del Peronismo. Nombre que recibió el conjunto de agrupaciones de superficie y referentes políticos que respondían a la política de Montoneros o eran sus principales aliados.

Teoría de la dependencia. Ver Capitalismo dependiente.

Tercer Mundo. Conjunto de países definidos por oposición a las dos potencias hegemónicas (Estados Unidos y la URSS) luego de la Segunda Guerra Mundial. No incluye a los países desarrollados de Europa y Asia, y comprende fundamentalmente a países de América Latina, África y Asia.
Tercera posición. Concepto acuñado por Juan D. Perón, para definir un posicionamiento de la Argentina equidistante del capitalismo y del comunismo.
Terrorismo. Forma de acción política violenta que busca intimidar a los ciudadanos mediante la demostración de la ineficacia del Estado para evitar sus acciones. Apela al asesinato y a hechos de resonancia pública, tales como atentados con explosivos.

Torres, Camilo (1929-1966). Sacerdote y sociólogo colombiano. Sus posturas políticas antiimperialistas y clasistas le generaron problemas con el gobierno y las autoridades eclesiásticas. Vinculado a la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional, murió en un enfrentamiento en 1966. Su figura fue un modelo para numerosos militantes cristianos.

TORRIJOS, Omar. Militar nacionalista panameño. Asumió la presidencia de su país, tras un golpe militar, en 1968. Partidario de la vía armada hacia el socialismo, estableció buenas relaciones con el gobierno cubano. En 1973 consiguió una resolución favorable de las Naciones Unidas para la recuperación de la zona del Canal y más tarde firmó dos tratados (1977 y 1978) con Estados Unidos para su devolución en 1999. En 1978 abandonó la presidencia.

Tosco, Agustín. Dirigente sindical cordobés, del gremio de Luz y Fuerza, que se alineó en la izquierda clasista. Fue uno de los líderes del Cordobazo. Enfermo de meningitis, murió en noviembre de 1975 en la clandestinidad, perseguido por la Triple A.

Trotskismo. Corriente político-ideológica de la tradición marxista surgida tras la Revolución Soviética de 1917, a partir del pensamiento de León Trotsky. Esta corriente se caracterizó por su oposición a las formas de burocratización del stalinismo y su teoría de la “revolución permanente”.

Tucumanazo. Alzamiento popular que tuvo lugar en la provincia de Tucumán en junio de 1970. Al igual que el “cordobazo” y el “rosariazo”, la rebelión en Tucumán tenía su origen en la oposición de amplios sectores sociales al gobierno militar de entonces (1966-1973), y en los reclamos económicos y políticos de trabajadores y estudiantes.

Tupamaros. Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros, grupo guerrillero uruguayo surgido en le década de 1960. Su principal dirigente fue Raúl Sendic.

UES. Unión de Estudiantes Secundarios. Agrupación de estudiantes secundarios vinculada a Montoneros.

Unidad Básica. Locales del Partido Justicialista que agrupan a militantes de una jurisdicción.

UOM. Unión Obrera Metalúrgica, uno de los sindicatos más estratégicos industrialmente y más poderosos políticamente.

URSS. Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Fue el primer país socialista de la historia. De ahí que el Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) y el Estado soviético se hayan constituido como modelos ejemplares para los comunistas del mundo.

Uturuncos. Grupo guerrillero fundado en 1959, en Tucumán.

Vaca Narvaja, Fernando. Líder de Montoneros. Uno de los seis dirigentes políticos que logró fugarse del Penal de Rawson en agosto de 1972. Durante la última dictadura militar fue miembro de la Conducción Nacional de esa organización.

Vallese, Felipe. Militante de la Juventud Peronista y trabajador metalúrgico secuestrado en la puerta de su casa y desaparecido en agosto de 1962.

Vandor, Augusto Timoteo. Dirigente del sindicato metalúrgico durante el gobierno de Arturo Illia (1963-1966). Principal figura de referencia de la llamada burocracia sindical, propulsor del “peronismo sin Perón”. Fue asesinado en junio de 1969.

Vanguardia Comunista (VC). Partido de orientación maoísta fundado a comienzos de la década de 1960 luego de un desprendimiento del Partido Socialista Argentino de Vanguardia.

Vanguardia política. Concepto de la teoría política revolucionaria que alude al grupo de militantes que conduce un proceso de transformaciones en una sociedad, y que abre el camino a grupos sociales más amplios y menos “concientizados”.

Velasco Albarado, Juan. Militar y político peruano, presidente de su país entre 1968 y 1975. En 1968 encabezó el golpe de Estado que destituyó al presidente Fernando Belaúnde Terry (1963-1968) y presidió la Junta Militar Revolucionaria. Durante su mandato, se promulgaron leyes de reforma agraria y educativa, se nacionalizaron los recursos económicos básicos del país, se logró el control directo del Estado sobre las telecomunicaciones intentando frenar la influencia económica de Estados Unidos. Desde 1972, su gobierno hizo frente a una oleada de huelgas y movimientos estudiantiles propiciados tanto por la derecha como por la izquierda. En 1975 fue depuesto por un golpe de Estado. Falleció en 1977 en Lima.

Vía pacífica al socialismo. A diferencia de las corrientes revolucionarias que planteaban la necesidad de la lucha armada como medio para la toma del poder, otras corrientes de izquierda sostenían la posibilidad de llegar al poder mediante elecciones. Para estas últimas, el caso de Salvador Allende en Chile constituía un ejemplo alentador, Por eso también se la denominó “vía chilena al socialismo”.

Vietnam. País del sudeste asiático, antigua colonia francesa. Se independizó luego de una larga guerra (1946-1954). Tras derrotar las tropas francesas, el país había quedado dividido en Norte (independiente) y Sur (sucesión de dictadores alineados con Francia primero y EE.UU. después). A partir de 1957, apoyadas por el Estado vietnamita del Norte, las fuerzas guerrilleras del sur –llamadas Vietcong– comenzaron una nueva lucha por la liberación del sur y la unificación con el norte. El éxito de las acciones del Vietcong fue la razón de la intervención masiva de los EE.UU. en la región a partir de 1963. La guerra de Vietnam duró más de diez años y culminó con la derrota del eje Sur-EE.UU., el retiro de las tropas norteamericanas y la unificación de Vietnam.

Viborazo. En marzo de 1971, el presidente de facto, Marcelo Levingston, designó como interventor en Córdoba al contralmirante J. Gnozden, cuyos dichos provocaron un alzamiento popular que recibió el nombre de “viborazo”. El interventor había afirmado: “pido a Dios cortar la cabeza de una venenosa serpiente (la sociedad cordobesa movilizada) de un solo tajo”.

Voto en blanco. En el sistema electoral, significa participar en una elección sin votar a ninguno de los candidatos. Fue una de las herramientas políticas y simbólicas del peronismo en el período en que estuvo proscripto.

Walsh, Rodolfo. Periodista, escritor y militante del Peronismo de Base y de Montoneros. Con anterioridad formó parte de la CGT de los Argentinos y dirigió su periódico. Autor de Operación masacre, ¿Quién mató a Rosendo? y la Carta a la Junta Militar, entre otros textos. En 1976 creó ANCLA (Agencia Clandestina de Noticias) y “Cadena Informativa”, instrumentos de prensa clandestina en los que denunciaba la represión ilegal. Fue secuestrado y desaparecido por la dictadura militar el 25 de marzo de 1977.

William Morris. Localidad de la provincia de Buenos Aires donde en 1970 murieron, en un enfrentamiento con la policía, Juan Manuel Abal Medina y Gustavo Ramus, miembros fundadores de Montoneros.


La primavera camporista. El peronismo, de la proscripción al poder

Desde el derrocamiento del segundo gobierno del Gral. Juan D. Perón hasta la convocatoria a elecciones en 1972 el peronismo -identidad política mayoritaria de la población- estuvo proscripto y su líder exiliado. Durante ese período surgieron distintas agrupaciones peronistas que evidenciaban la vigencia de esa identidad a pesar de los embates represivos. Con el tiempo, el fin de la proscripción, el regreso del Gral. Juan D. Perón a la Argentina y el acceso del peronismo al poder se fueron perfilando como los objetivos políticos inmediatos de estas agrupaciones.

Si la dictadura del Gral. Juan Carlos Onganía, instaurada en 1966, constituyó el telón de fondo de una ola de movilización política y social sin precedentes, el surgimiento de Montoneros marcó un nuevo punto de inflexión. Esta organización político-militar, que se reivindicaba peronista, hizo su primera aparición pública en mayo de 1970 con el secuestro y fusilamiento del Gral. Eduardo Aramburu -enemigo histórico del peronismo y principal responsable de los fusilamientos de 1956. Este acontecimiento -recibido con inmensa simpatía por amplios sectores de la población- forzaría la renuncia del Gral. Onganía y desataría una crisis en el seno del poder militar. Pero más importante aún fue la acelerada y creciente gravitación que a partir de entonces tendría Montoneros en el escenario político. Muy pronto sería esta organización la que capitalizaría en gran medida una movilización social que venía gestándose desde años atrás. En efecto, incentivada por los permanentes guiños de apoyo y complicidad que el Gral. Juan D. Perón les dedicaba desde su exilio en Madrid, y tras volcarse a la organización de la Juventud Peronista (JP) en barrios, universidades, villas y, en menor medida, sindicatos, Montoneros se erigió en el principal referente de las nuevas camadas de jóvenes peronistas sensibles a la injusticia social, para quienes los discursos y prácticas de las estructuras tradicionales del peronismo -encarnadas en la “burocracia sindical”- resultaban demasiado cercanas a las ideologías de derecha y manifiestamente proclives a negociar con el poder. Pero Montoneros también se convertía en polo de atracción de aquellos jóvenes de izquierda que, proviniendo de familias no peronistas y aun “gorilas”, consideraban que todo movimiento u organización que se propusiera un cambio revolucionario debía incluir -necesariamente- al peronismo.

La intensidad de la protesta política y social, cuya expresión más acabada podía encontrarse en la recurrencia de los estallidos populares que siguieron al Cordobazo y en el festejo con que amplios sectores sociales acompañaban las acciones de las incipientes organizaciones guerrilleras, fue creciendo hasta imponer un clima de notoria ingobernabilidad. Así, ante una presión popular prácticamente insostenible -y que iba identificándose cada vez más con el peronismo y con Perón- la dictadura se vio obligada a organizar una salida democrática. A pesar de la voluntad de los grupos más conservadores y del propio poder militar, resultaba evidente que aquella salida debía incluir como condición sine qua non el fin de la proscripción del peronismo y el regreso del Gral. Juan D. Perón al país. Así lo habían demostrado los fallidos intentos de negociar con distintos actores políticos una propuesta institucional que excluyera al Gral. Juan D. Perón.

Evidencia también del poder de movilización que iba adquiriendo la Juventud Peronista fue la exitosa campaña política que ésta llevó adelante por el regreso del Gral. Perón: el “Luche y vuelve”, que culminó con la primera visita del histórico líder a la Argentina en noviembre de 1972, después de 17 años de exilio. La alegría y la movilización popular que acompañaron a esta breve visita preanunciaban el clima de fiesta que se avecinaba.
En este contexto, el Gral. Alejandro Lanusse -último dictador del período- se vio obligado a convocar a elecciones. Quedaba, sin embargo, una última posibilidad para impedir la llegada del Gral. Juan D. Perón al sillón presidencial. La “cláusula de residencia”, negociada precipitadamente en la reglamentación del acto electoral, se orientaba en esa dirección al prohibir la candidatura de quienes no hubieran estado residiendo en la Argentina con anterioridad a agosto de 1972. La posición del peronismo fue desafiante y, si revelaba el carácter ficticio que los protagonistas le adjudicaban a la representación política, ponía también en evidencia quién ocupaba y ocuparía la centralidad del escenario político: la consigna de la campaña electoral fue Cámpora al gobierno, Perón al poder.

Héctor Cámpora había sido recientemente designado por el líder como su delegado personal. Contaba con el apoyo y la simpatía no sólo de la JP -que lo había apodado cariñosamente “el Tío”- sino también de sectores más amplios del espectro político y social que pugnaban por una transformación económica y social atenta a las demandas de los sectores populares y del capital industrial nacional. Finalmente, es probable que no pocos hayan pensado en el gobierno de Cámpora tan sólo como un período transicional hacia un gobierno encabezado por el propio Gral. Juan D. Perón.
En las elecciones del 11 de marzo de 1973, la fórmula Cámpora-Solano Lima triunfó sin mayores sorpresas con el 50% de los votos. El 25 de mayo, Héctor Cámpora asumió la Presidencia de la Nación en un clima de intensa algarabía popular. Se van, se van y nunca volverán era la consigna coreada en las calles por las multitudes que, sabiendo que la movilización popular había forzado la salida de los militares del gobierno, festejaban el fin de la dictadura y, en su mayoría, el retorno del peronismo al poder después de 18 años de proscripción. Gran parte de la izquierda no peronista también se sumó a los festejos. La llegada de Héctor Cámpora al poder parecía anunciar la inminencia de un tiempo de transformación social que pondría fin a los privilegios económicos y a la dependencia del capital extranjero. La hora del cambio y de la “liberación nacional” se acercaba. La presencia del presidente chileno, Salvador Allende y del cubano, Osvaldo Dorticós -en representación de las dos experiencias socialistas del continente- reforzaban el clima del evento. Y, como constatación de su inmenso poder y del carácter popular del nuevo gobierno, esa misma noche una enorme multitud se dirigió a la cárcel de Villa Devoto imponiendo de hecho la liberación inmediata de todos los presos políticos, en su mayoría dirigentes sindicales y militantes de las organizaciones guerrilleras. La liberación fue acompañada, casi simultáneamente, por la firma de un indulto presidencial (días después, el Congreso aprobó una Ley de Amnistía). El 25 de mayo de 1973 fue, sin lugar a dudas, una jornada histórica.

Este clima de festejo se prolongó durante todo el gobierno de Héctor Cámpora, convirtiendo a este período en una verdadera “primavera” para importantes sectores de la población. Las expectativas de la Juventud Peronista -actor político clave de este proceso- se vieron satisfechas en gran medida; puesto que el peronismo de izquierda y sus simpatizantes -nucleados alrededor de lo que se llamó La Tendencia- ocupó espacios institucionales de importancia: varias bancas en el Congreso, varias gobernaciones, algunas de ellas muy importantes, como Buenos Aires, Córdoba y Mendoza; dos o tres ministerios y las universidades, que fueron la gran base de movilización de la JP. En áreas como la salud y la educación se impulsaron distintos proyectos que tenían a los sectores populares como principales beneficiarios. En términos generales, se esbozó una política económica más atenta a las demandas de los asalariados y excluidos y caracterizada por una mayor regulación estatal de las relaciones entre capital y trabajo.

La llamada “primavera camporista” habría de durar tan sólo 49 días. Tras el tan ansiado regreso definitivo del Gral. Juan D. Perón a la Argentina (en junio de 1973) y el enfrentamiento entre distintos grupos del peronismo que culminó en una masacre perpetrada desde la derecha en el aeropuerto de Ezeiza -donde una masa multitudinaria encabezada por las distintas agrupaciones de la JP había ido a recibir al líder-, Héctor Cámpora renunció el 13 de julio.
Aunque no todos los actores sociales y políticos pudieran vislumbrarlo así, comenzaba el fin de esta “primavera” y el inicio de un nuevo período signado fundamentalmente por una acelerada agudización de los conflictos entre la izquierda y la derecha peronistas. En este delicado escenario, la persistencia de la actividad armada de la principal organización guerrillera no peronista -el PRT-ERP- contribuiría a la agudización de los conflictos políticos.


Hacia la noche. El avance de las fuerza represivas

La muerte del Gral. Juan D. Perón, el 1° de julio de 1974, no podía dejar de producir un vacío de poder que pronto agudizó sensiblemente la confrontación política en general y las luchas intestinas del peronismo en particular, precipitando la ruptura definitiva del ya delicado equilibrio político. La vicepresidenta y viuda del líder, María Estela Martínez de Perón, "Isabel", asumió la presidencia y esto se tradujo en un notable avance de la ultraderecha, tanto en las instituciones que conformaban el Estado como en los lineamientos generales de su política.

Dentro del peronismo, la primera ruptura con el gobierno fue protagonizada por Montoneros. Impugnando la legitimidad de Isabel, ante la acelerada pérdida de las posiciones alcanzadas por la Tendencia y sus aliados en el Congreso y en los gobiernos provinciales, y ante el avance represivo de la Triple A, Montoneros decidió "pasar a la clandestinidad" en septiembre de 1974. En términos prácticos, esto significaba retomar las acciones armadas como parte de su lucha por el poder. Ese mismo año, esta organización realizó uno de los secuestros más espectaculares de la historia de las organizaciones guerrilleras: el del empresario Jorge Born, que le reportó 60 millones de dólares. Distintos actos de violencia también estuvieron presentes en los conflictos gremiales y laborales con el objetivo de dirimirlos a favor de los trabajadores. Otras acciones armadas, como los atentados que causaron la muerte de los considerados "enemigos políticos" -fundamentalmente integrantes de la llamada “burocracia sindical” y miembros de las Fuerzas Armadas y de seguridad - fueron volviéndose cada vez más frecuentes. Montoneros se sumergía, así, en una lógica en la que lo militar primaba por sobre lo político.

Similar camino recorría el Partido Revolucionario de los Trabajadores - Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP). Si ya desde la misma asunción de Héctor Cámpora había decidido "no dejar de combatir", en los acontecimientos que sucedieron a la muerte del Gral. Juan D. Perón no hacía más que confirmar definitivamente sus pronósticos de antaño: la "derechización o fascistización" del gobierno peronista. Ante ella, el asalto a cuarteles y guarniciones militares comenzaba a ser una respuesta cada vez más recurrente. Y cuando el Ejército, en septiembre de 1974, asesinó a un grupo de guerrilleros del ERP que había caído prisionero en Catamarca, el PRT-ERP mató en represalia a oficiales de alta graduación de aquélla fuerza.
El clima de movilización política y social, y especialmente el alto grado de combatividad de los trabajadores industriales, parecía, en principio, confirmar los diagnósticos y alentar la línea política que tanto Montoneros como el PRT-ERP estaban llevando adelante. Más aún: una y otra organización desempeñaron roles importantes en aquella movilización, intentando -con diversa fortuna- capitalizar el clima de rebeldía social. En efecto, el auge de organización y movilización era percibido como la prueba irrefutable de una etapa prerrevolucionaria que desembocaría necesariamente en un choque directo entre las fuerzas reaccionarias y las de la revolución.

Sin embargo, y aunque en aquel clima pocos pudieran notarlo, la lógica "militarista" de las organizaciones político-militares comenzaba a enfriar las tantas simpatías de quienes hasta hacía muy poco aprobaban sus acciones. Poco a poco, estas organizaciones fueron ensimismándose en su propia lógica y comenzaron a transitar carriles diferentes, distanciándose de aquella movilización social de la que habían surgido pocos años antes.

Movilización, represión, crisis económica y debacle gubernamental

En 1975, la conflictividad social y política alcanzó su punto culminante. En enero de ese mismo año, por órdenes de Isabel Perón, el Ejército tomaba en sus manos la represión del foco guerrillero que el ERP había asentado en diciembre de 1974 en el monte tucumano. Los objetivos del llamado "Operativo Independencia" se centraban en el "aniquilamiento de la subversión", y quienes estuvieron a cargo de él implementaron una escalada represiva en toda la región que incluyó el "aniquilamiento" -literalmente entendido- de los guerrilleros, la prisión, el asesinato, la tortura y la desaparición de cientos de activistas de distintos signos político-ideológicos que habían protagonizado o acompañado allí la ola de movilización social. En el transcurso de ese año, el conjunto de las fuerzas de seguridad quedó bajo "control operacional" de las Fuerzas Armadas y el accionar de la "guerra antisubversiva" se extendió a todo el territorio nacional.

Y mientras la Triple A multiplicaba las cifras de sus víctimas a un ritmo aterrador, Isabel Perón perdía el único aliado clave que aún conservaba dentro de las estructuras tradicionales del peronismo y que constituía un factor de poder: la “burocracia sindical”.

En efecto, tras la muerte del Gral. Juan D. Perón, dispuestos a ejercitar su capacidad de presión para renegociar su participación en el nuevo esquema de poder, los jefes sindicales habían mantenido su apoyo al gobierno, apoyo no del todo incondicional, pero importante aún. Parte de aquella estrategia se orientó, desde un comienzo, a "desterrar" del gobierno y del movimiento obrero organizado a los peronistas de izquierda y sus aliados. Ese objetivo encontró correspondencia en la aprobación, por parte del Congreso, de la nueva Ley de Asociaciones Profesionales primero (sancionada antes de la muerte de Perón) y la de Seguridad, más tarde. La primera reforzó la centralización de los sindicatos, aumentó el poder de sus autoridades y prolongó sus mandatos; en tanto que la segunda castigaba con prisión a quienes no acataran la autoridad gubernamental en caso de un conflicto laboral. Se socavaba así el poder del sindicalismo combativo y opositor, y hacia fines de 1974 la protesta obrera, que había puesto en jaque a las propias estructuras del poder sindical, disminuyó notablemente. Sin embargo, la agudización de la crisis económica, la persistencia del malestar entre los asalariados y la sucesión de equívocos económicos y políticos del gobierno de Isabel Perón, poco proclive a las negociaciones con las distintas fuerzas, pronto obligaría a los jefes sindicales a asumir un nuevo posicionamiento.

José Gelbard, ministro de Economía desde la asunción de Cámpora, había sido forzado a renunciar en octubre de 1974 y su sucesor, Alfredo Gómez Morales, un "histórico" del peronismo, tuvo un desempeño tan breve como errático. Si bien la CGT oficial había logrado sobrevivir al embate de rebeldía y movilización de sus propias bases, éstas comenzaban a resurgir hacia marzo de 1975 y la “burocracia sindical” no podía, si quería conservar su capacidad de presión y negociación, hacer oídos sordos a los reclamos de aumentos salariales y convocatoria a comisiones paritarias. Ante esta presión, de la que empezaba a participar también la CGT oficial, Gómez Morales cedió, convocó a paritarias y las negociaciones dieron por resultado un aumento salarial que aceleró la espiral inflacionaria. En junio de 1975, Morales fue reemplazado por Celestino Rodrigo, del núcleo cercano a José López Rega. El paquete de medidas económicas de Celestino Rodrigo respondía fielmente a la ortodoxia liberal: liberación de precios, devaluación del peso, reducción del déficit fiscal, etcétera. En esto no difería demasiado de su antecesor. Lo singular del nuevo ministro, hostil a todo tipo de negociación y ajeno a la prudencia política, fue que aplicó el paquete de medidas de golpe (100% de devaluación del peso, aumento de tarifas de servicios públicos y combustibles de similar valor, etc.), provocando un verdadero shock económico, conocido como "el rodrigazo", que echó por tierra las negociaciones entre sindicatos y empresarios y desató un estallido masivo y espontáneo que incluyó huelgas generales, ocupaciones de fábricas y movilizaciones que duraron cerca de un mes. La CGT se sumó deliberadamente a la oleada de movilización y convocó a un paro general de 48 horas. Era la primera vez que la CGT convocaba a una huelga general contra un gobierno peronista.

Celestino Rodrigo y José López Rega renunciaron a sus respectivos puestos en el gobierno. Isabel Perón intentó dar un paso atrás en la política económica, pero a esas alturas la gravedad de la crisis dejaba poco margen de acción. De allí en más, la confusa y vertiginosa sucesión de improvisados ministros de economía no hizo más que empeorar la imagen de un gobierno que parecía naufragar en sus propias impotencias. El descontrol económico, la cada vez más sangrienta actividad represiva -cedida ya completamente a las Fuerzas Armadas- fueron tan sólo los aspectos más visibles de una crisis política, institucional y social sin precedentes, de la que el terror y el desconcierto también formaban parte inseparable.

En diciembre de 1975, el PRT-ERP intentó tomar el cuartel militar Viejo Bueno, en Monte Chingolo, provincia de Buenos Aires, en lo que sería la empresa de mayor envergadura de la guerrilla. Advertido de la conspiración guerrillera, el Ejército organizó una emboscada dentro del cuartel y el frustrado ataque dejó un saldo de más de un centenar de guerrilleros muertos y desaparecidos. Y mientras el gobierno decretaba el estado de sitio en un gesto desesperado e inútil por demostrar una autoridad con la que no contaba, en su mensaje navideño el Gral. Jorge Rafael Videla, Comandante en Jefe del Ejército, le enviaba un ultimátum: el gobierno debía purificarse de la inmoralidad, la corrupción, la especulación política y económica, o sería desplazado. El gobierno de Isabel Perón tenía los días contados.


Un golpe esperado

La agudización de la crisis y las diferentes expectativas ante el avance militar

La crisis que sufría el país en el verano de 1976 no era una más de las tantas que varias generaciones de argentinos habían experimentado. Es cierto que eran habituales las crisis económicas y las periódicas crisis de legitimidad de los gobiernos. No era tampoco la primera vez que la violencia política ponía en suspenso el juego democrático proclamado en la Constitución, ni era inédita la disputa entre proyectos muy diferentes por parte de distintos sectores de la población. La peculiaridad del verano de 1976 es que en él se combinaron todas las crisis posibles: el descalabro económico se volvió incontrolable, la legitimidad del gobierno de Isabel Perón era prácticamente nula, la democracia como sistema político no era demasiado valorada por los principales actores y, lo que era especialmente grave, la violencia se había convertido en la norma predominante para dirimir conflictos.

Una “guerra civil larvada”

Durante 1975 llegó a su clímax lo que el historiador Tulio Halperín Donghi denominó la “guerra civil larvada” de la Argentina. La expresión alude a la creciente violencia política que sucedió al golpe militar de 1955. Desde ese momento, las Fuerzas Armadas y diversos grupos nacionalistas armados o directamente parapoliciales, utilizaron la violencia como instrumento para dirimir conflictos políticos y sindicales. Las persecuciones, la cárcel, los tormentos y los asesinatos se volvieron cada vez más corrientes. Esta situación hizo que se volviese natural pensar que la violencia ilegítima desde el Estado debía enfrentarse, entre otras formas, con la violencia popular o “desde abajo”, sobre todo entre las bases sindicales peronistas y luego también desde grupos políticos revolucionarios peronistas y de izquierda.

La represión llevada a cabo por la Alianza Anticomunista Argentina contra la “infiltración marxista”, que según ellos carcomía al peronismo y al país, aceleró el debilitamiento de las organizaciones populares. Frente a esta ofensiva, las guerrillas revolucionarias primero se replegaron ante el peligro y, luego, diseñaron una estrategia de acción basada en la preeminencia de las acciones militares sobre las políticas, línea que el Partido Revolucionario de los Trabajadores-Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP) ya había tomado a finales de 1974 con la creación de un “foco revolucionario” en Tucumán. Pero esa estrategia tampoco fue exitosa y las organizaciones político-militares perdieron poco a poco su prestigio frente a una opinión pública anhelante de orden y seguridad.

La actitud de la opinión pública se debía, por un lado, a la sensación de caos cotidiano que venía provocando la acción de los grupos revolucionarios y, por el otro, al progresivo dominio que el periodismo conservador tenía sobre ella, debido a la persecución sufrida por los sectores del periodismo y de la cultura más cercanos a las posiciones de izquierda. Esto significaba un cambio profundo, pues buena parte de la opinión pública, algunos años antes, había justificado o apoyado la movilización social y política y a las organizaciones revolucionarias armadas que se enmarcaban en ella.

La represión se cernía sobre las organizaciones político-militares pero alcanzaba, al mismo tiempo, a un inmenso y variado conjunto de militantes políticos y sociales: intelectuales, artistas, activistas gremiales, estudiantiles, barriales y villeros. Predominaron poco a poco en la opinión pública las voces que reclamaban una intervención militar que pusiera orden en la sociedad, debido a la ideología militarista, al temor, al oportunismo o a la ausencia de alternativas claras.

Primer ensayo planificado del terrorismo de Estado: el Operativo Independencia

En ese marco, tuvo lugar el primer ensayo de la represión estatal que se desataría más tarde en todo el país luego del golpe de Estado. El decreto presidencial N° 261 del 5 de febrero de 1975 (aprobado y refrendado por el gabinete de gobierno y por el Congreso respectivamente), daba lugar al “Operativo Independencia” mediante el cual el Ejército pasaba a ocupar buena parte de la provincia de Tucumán con el objetivo de “aniquilar” al foco guerrillero instalado allí desde finales de 1974 por el ERP. “Aniquilar” al enemigo significa, en términos bélicos, eliminar su poder de fuego e impedir su capacidad operativa pero no eliminar físicamente al enemigo mismo. Cinco mil hombres (conscriptos, oficiales y suboficiales del Ejército y, más tarde, también de la Marina, la Fuerza Aérea y la Policía) participaron en la primera “batalla” de la “guerra antisubversiva” contra un contingente de poco más de un centenar de guerrilleros. La represión en Tucumán fue un modelo de la que más tarde se aplicó a escala nacional, no solamente por esta desproporción entre militares y guerrilleros, sino también por su metodología, compartida por las tres ramas de las Fuerzas Armadas y por las de seguridad (policía, prefectura y gendarmería, subordinadas a ellas), consistente en la utilización de centros clandestinos de detención. En ellos se concentraba a los guerrilleros y a aquellos considerados “subversivos” (todo tipo de militante o activista que profesase ideas o acciones contrarias a “la Nación”) capturados en la provincia. La represión militar de la guerrilla de acuerdo con los mecanismos legales se transformó, en el monte tucumano, en la puesta en práctica de una política que ha sido denominada “genocida” por parte de algunos investigadores, juristas y organizaciones de derechos humanos.

En la “Escuelita de Famaillá” y en la Jefatura de Policía de Tucumán funcionaban ya desde finales de 1974 sendos campos de concentración y para el verano de 1976 la cifra ascendió a 14 campos en diferentes lugares de la provincia. En ellos se selló el pacto de sangre y silencio de los uniformados de las tres fuerzas que participaron del trato dado a los detenidos o lo presenciaron. Paralelamente, miles de personas fueron convertidas en prisioneros “a disposición del Poder Ejecutivo Nacional”, asesinadas o desaparecidas (vivas o muertas, nunca más se supo de ellas y hasta hoy se siguen encontrando restos humanos en fosas clandestinas). En todos los casos, tras su captura eran privadas de derechos jurídicos, de visión y de movimientos, para ser atormentadas salvajemente durante días, semanas o meses, hasta que las autoridades militares disponían burocráticamente alguno de los destinos señalados.

Mientras tanto, esos sectores “duros” escalaban posiciones estratégicas en la jerarquía de las Fuerzas Armadas, desplazando a quienes daban señales de no estar dispuestos a continuar esa línea represiva.

Al mismo tiempo, la represión clandestina se había convertido ya en Paraguay, Brasil, Chile y Uruguay en el mecanismo principal de sometimiento político, en todos los casos alimentada por el nacionalismo anticomunista de unas Fuerzas Armadas apoyadas por la Secretaría de Defensa y el Departamento de Estado norteamericanos. También en todos esos casos, como ahora comenzaba a suceder en Argentina, los sectores económicamente dominantes habían brindado su apoyo a un programa criminal que prometía terminar con los conflictos políticos y laborales que entorpecían sus planes de acumulación económica.

En octubre de 1975 las Fuerzas Armadas avanzaron todavía más dentro del gobierno mediante un Consejo de Defensa Nacional y otro de Seguridad Interior, desde los cuales se procedió a la instrumentación legal de la represión a escala nacional, extendiendo vía decretos presidenciales el “Operativo Independencia” a todo el país. El decreto N° 2722 del Poder Ejecutivo del 6 de octubre de 1975, dispuso textualmente “ejecutar las operaciones militares y de seguridad que sean necesarias a efectos de aniquilar el accionar de los elementos subversivos en todo el territorio del país”. Esto significó la absorción de hecho de la Triple A en las estructuras de la represión militar, monopolizadas ahora exclusivamente por las Fuerzas Armadas. El 28 de octubre de ese año se distribuyó entre las jerarquías militares un documento secreto, la “Directiva del Comandante General del Ejército N° 404/75” sobre la “lucha contra la subversión”, en la que se estipulaban claramente los procedimientos a seguir. Los decretos del Poder Ejecutivo brindaban a las Fuerzas Armadas la cobertura legal para llevar adelante la represión con métodos que no eran legales ni constitucionales, sino clandestinos y violatorios de los derechos humanos.

Mientras tanto, la caótica situación económica era otra fuente de la crisis institucional. La época de las grandes concertaciones parecía haber muerto con Perón. Tras el “shock” económico de mediados de 1975, conocido como “Rodrigazo”, el gobierno no solamente perdió el apoyo de la poderosa CGT –pues el efecto del plan económico en los asalariados fue catastrófico-, sino que tampoco logró controlar la inflación. El empresariado prefería continuar la puja distributiva aumentando los precios –en marzo la inflación fue del 56%- antes que concertar con las autoridades económicas del gobierno un plan de estabilidad. La lucha por la distribución del ingreso entre los diferentes sectores de la sociedad no lograba ser regulada por el gobierno, con lo cual éste se volvía ilegítimo a ojos tanto de los perdedores como de los vencedores de esa lucha económica. Así, los llamados al orden económico convergieron con los rumores golpistas para terminar de desestabilizar al gobierno.
Los partidos políticos no fueron capaces de canalizar las demandas de la sociedad civil y se debatían entre diversas opciones, desde intentos de concertación para una salida electoral anticipada hasta propuestas de renuncia de la presidente y terminación de su mandato a cargo de un jefe militar –tal como había sucedido en el vecino Uruguay-. Pero ni los principales dirigentes peronistas aceptaban entregar su gobierno a los militares, ni éstos querían cargar con los costos de un gobierno en bancarrota. El descrédito de la política y de los políticos era enorme: éstos eran vistos por algunos como responsables del “avance subversivo”, por otros como símbolo de la vieja política destinada a perecer con la aceleración revolucionaria y, en general, eran considerados incapaces de articular los consensos y las soluciones necesarias para salir de la grave crisis económica e institucional. Debieron resignarse al papel, según el caso, de espectadores, colaboradores o víctimas del avance de las Fuerzas Armadas sobre el poder estatal. Éstas contaban con el aval de los principales grupos económicos.

A principios de 1976, los jefes militares tomaron la decisión de dar el golpe cuando el desgaste del gobierno constitucional fuese irrecuperable. Mientras tanto, comenzaron a planificar minuciosamente la organización y ejecución del “Proceso de Reorganización Nacional” que se inició en la madrugada del 24 de marzo de 1976, cuando las Fuerzas Armadas tomaron el poder.

¿Qué cambiaría mediante un golpe de Estado? Cuando el gobierno constitucional declaró el Estado de Sitio en diciembre de 1975, la represión a las guerrillas se encontraba ya plenamente a cargo de las Fuerzas Armadas. El ERP estaba prácticamente derrotado y la capacidad militar de Montoneros, si bien le permitía emprender espectaculares acciones de propaganda y atentados puntuales contra las Fuerzas Armadas y de seguridad, era insignificante frente a un aparato estatal integrado por los 80 mil hombres del Ejército, los 30 mil de la Armada y los 18 mil de la Fuerza Aérea. Acosadas por los servicios de inteligencia, asesinados muchos de sus principales líderes, detenidos y/o desaparecidos buena parte de sus integrantes, perseguidos y mal entrenados sus hombres de relevo, la amenaza de la guerrillas al Estado podría haber sido controlada mediante el trabajo habitual de las fuerzas policiales.

El objetivo de los militares consistía en atacar el “caldo de cultivo” de la “subversión”, es decir, los apoyos sociales, sindicales y territoriales, las centenares de organizaciones populares que a los ojos de las Fuerzas Armadas proporcionaban ideas, refugio y militantes a las organizaciones revolucionarias. La represión a este vasto conjunto duraría años y alcanzaría proporciones que entonces nadie imaginaba. Incluso el Secretario de Estado norteamericano, Henry Kissinger, había garantizado el apoyo de su gobierno a una represión que violase los derechos humanos, pero intentando que ésta fuese efectiva en un corto plazo, pues una futura administración demócrata en aquel país no podría tolerar públicamente durante años la existencia de campos de concentración y crecientes listas de desaparecidos.

Los apoyos sociales al golpe de Estado

Los comandantes mantuvieron durante ese verano reuniones con diversos representantes de la sociedad. Entre ellos, los más importantes para sus planes eran algunos sectores del empresariado, necesarios para consensuar el rumbo económico que se tomaría luego del golpe, y la jerarquía de la Iglesia católica, cuyo apoyo era vital como fuente de legitimidad moral para un golpe que carecía de legitimidad constitucional.

Estos grupos de poder se habían sentido amenazados en los años previos:

- los militares, en su retirada de 1973, a merced de su enemigo más odiado, el peronismo;
- la jerarquía eclesiástica, por la adhesión de muchos de sus miembros a la causa de los pobres, en muchos casos vinculados a los sectores revolucionarios del peronismo;
- y los empresarios, por la posibilidad de que la concertación de clases impulsada por Perón cediese ante la presión popular y el fortalecimiento de las organizaciones obreras, cuyas acciones escapaban a menudo de la dirección negociadora de la “burocracia” sindical.

Esta sensación de amenaza se extendía hacia grupos más amplios de la sociedad, que veían en la juventud radicalizada un desafío generalizado a la autoridad tradicional. Esa juventud hablaba de valores tradicionales como el “pueblo” y la “patria”, pero les daba un nuevo significado. Su desafío al orden era intolerable para quienes consideraban necesaria y natural la obediencia del trabajador en la fábrica, del vecino en la ciudad, del estudiante en la escuela o en la universidad, del hijo frente a sus padres, de la comunidad de creyentes a la autoridad de la Iglesia. Esas múltiples formas de autoridad social se veían amenazadas, y probablemente en esa percepción haya anidado el consentimiento generalizado hacia unas Fuerzas Armadas que pretendían restaurar el “orden” y la “normalidad”.

El éxito de la represión ilegal en los años previos al golpe hizo ver a las jerarquías políticas, económicas, militares y eclesiásticas, que el peligro mayor probablemente había pasado, y sobre todo que era una oportunidad de recuperar la iniciativa y aplicar lo que los militares denominaban una “cirugía” sobre el “cuerpo social”. El diagnóstico publicitado por los militares y sus ideólogos acerca del peligro de “desintegración” del país buscaba justificar el golpe de Estado. Todavía está en discusión cuán peligrosos para el Estado eran, en aquella coyuntura, los grupos armados revolucionarios. En todo caso, lo que se ponía en juego en ese momento para los sectores dominantes, mediante el apoyo al golpe militar, era la “estabilización” definitiva del país. Y en particular para los sectores más reaccionarios, se trataba de aplicar por fin una lección sangrienta y memorable a la sociedad.


El sistema represivo ilegal

Planificación y ejecución del terrorismo de Estado

El golpe implantó un sistema planificado y masivo de secuestro, tortura, asesinato y desaparición de personas. El terrorismo de Estado es una modalidad de dominación política que abarca al conjunto de la sociedad y que hace del terror una herramienta para disciplinarla. Esta experiencia quedó grabada en la memoria colectiva de los argentinos y se convirtió en un símbolo terrible de nuestra cultura política ante el mundo. Un fenómeno tan grave resulta muy difícil de explicar y requiere el análisis de facetas muy profundas de la experiencia histórica del país.

El sistema represivo fue global, en el sentido de que abarcaba prácticamente todas las esferas de la vida del país: las oficinas, los diarios y revistas, la calle, los hogares, las escuelas, cuarteles y universidades, las fábricas y dependencias estatales; estaba presente entre religiosos y comerciantes, intelectuales y futbolistas, en las peluquerías y clubes de barrio, en la radio y la televisión. El discurso oficial sobre la “Guerra contra la Subversión” exigía la adhesión, o al menos el silencio, de toda la población, y penalizaba mediante el terror cualquier disconformidad o disenso. El gobierno sostenía que se estaba “refundando el país”, luego de un cuadro de crisis “terminal” y, por lo tanto, todos los sacrificios eran válidos para ello –libertades, derechos y garantías constitucionales incluidas-. La disciplina de las Fuerzas Armadas, que se consideraban a sí mismas “custodio de la Nación”, debía extenderse a toda la sociedad, particularmente sobre los “subversivos”, considerados culpables del desorden y el extravío de la “grandeza argentina”, a quienes se reservaba un tratamiento particularmente cruel.

Los “subversivos” eran, en principio, los militantes que habían desafiado el poder armado del Estado. Pero como el objetivo militar era eliminar definitivamente a las guerrillas atacando sus “bases de apoyo”, la definición de “subversivos” se extendió poco a poco a toda persona cuyos actos o ideas, presentes o pasadas, tuviesen algún tipo de afinidad con la amenaza a los valores cristianos, occidentales y capitalistas que definían al “ser argentino”. La represión se abatió sobre el conjunto de ciudadanos que en los años previos habían participado en actividades sociales, políticas, culturales y/o armadas en fábricas, ingenios, universidades, escuelas, barrios y villas; es decir, sobre miles de trabajadores, estudiantes, docentes, políticos, abogados defensores de presos políticos, intelectuales, sacerdotes, artistas y, en muchos casos, sobre los familiares y amigos de todos ellos. De esta manera, el sistema represivo terminó aplicándose de manera generalizada sobre toda la sociedad.

La represión se extendió más allá de las fronteras del país. Existió una coordinación regional de la represión mediante el “Plan Cóndor”, un acuerdo operativo entre los servicios de inteligencia del Cono Sur sellado en Santiago de Chile en 1975. El golpe militar en Argentina fue el último en una cadena que había golpeado sucesivamente a Paraguay (1954), Brasil (1964), Bolivia (1970), Uruguay y Chile (1973). Estos países se encontraban gobernados también por dictaduras militares que basaban su política en diversos grados de terrorismo estatal. Los recelos nacionalistas entre las Fuerzas Armadas de estos países no entorpecieron la colaboración de sus servicios de inteligencia, que desde hacía años compartían información sobre opositores políticos que habían cruzado alguna de las fronteras de la región. Entre 1976 y 1978 esta colaboración se consolidó a través del secuestro de decenas de ciudadanos exilados en estos países por parte de fuerzas locales, o mediante la intervención de grupos de tareas de los países vecinos y el traslado de prisioneros de un país a otro. Numerosos ciudadanos argentinos fueron secuestrados en Uruguay, Brasil y Paraguay, entre otros países. Y en las listas de desaparecidos en Argentina figuran ciudadanos de todos los países de América del Sur, sobre todo chilenos, bolivianos, paraguayos y uruguayos.
Un destino posible de las personas detenidas era el encarcelamiento. Durante los años de la dictadura militar, alrededor de 11 mil personas estuvieron detenidas como “presos políticos”, es decir, acusados de delitos políticos, y en su mayoría puestos “a disposición del Poder Ejecutivo Nacional” (PEN). Buena parte de los presos políticos habían sido detenidos antes del golpe, bajo el Estado de Sitio. Cuando las Fuerzas Armadas tomaron el control operacional de las cárceles en noviembre de 1975 las condiciones de detención de los presos políticos se endurecieron considerablemente, pero alcanzaron extremos concentracionarios a partir del golpe, cuando el aislamiento, las torturas y asesinatos de presos se volvieron habituales. Los detenidos eran ubicados en las cárceles de Villa Devoto y más tarde Caseros (ambas en Capital Federal), los penales de La Plata y Sierra Chica (provincia de Buenos Aires), Resistencia (Chaco), Coronda (Santa Fe) y Rawson (Chubut), en condiciones especiales que los separaban de los presos comunes. Los “delincuentes subversivos” eran trasladados a ciegas de una a otra cárcel para evitar las estrategias grupales de resistencia e impedir las visitas de los familiares, quienes a menudo no recibían ninguna información sobre su paradero. Hubo decenas de casos de desaparición de presos políticos y asesinatos en los “pabellones de la muerte” (como los de las cárceles de La Plata y Córdoba) y en “traslados”, como la tristemente célebre “Masacre de Margarita Belén” del 13 de diciembre de 1976, en la que alrededor de una veintena de prisioneros retirados de distintos centros clandestinos y del penal de Resistencia fueron ejecutados a la vera de la ruta 11, cerca de Margarita Belén, por un grupo de represores de la Policía del Chaco, el Ejército, colaboradores civiles y miembros del Poder Judicial. En numerosas ocasiones los prisioneros fueron considerados rehenes por parte de las Fuerzas Armadas. Esto significaba que podían ser ejecutados como represalia a ataques guerrilleros. Las comisiones de familiares de detenidos sufrieron también la persecución y en muchos casos la desaparición por sus actividades de denuncia y ayuda a los prisioneros.
La Constitución prevé el “derecho de opción”, por el cual todo detenido que no esté procesado y esté a disposición del Poder Ejecutivo puede optar por salir del país. Este derecho fue aplicado mucho después del golpe, y de manera arbitraria, cuando comenzaron a aflojarse los resortes del sistema represivo. La cárcel podía ser también el destino de algunos secuestrados que fueron “blanqueados” (ver “legalizar o blanquear”) luego de una permanencia en un centro clandestino de detención. En este caso, los presos podían descubrir mediante el relato del recién llegado, el otro extremo, inimaginable, del terror militar.

Los centros clandestinos de detención

Los centros clandestinos de detención y tortura fueron la base del sistema represivo, constituyendo un modelo del orden y la disciplina absoluta con que los militares, desde el Estado, intentaban moldear a la sociedad. La secuencia operativa de estos centros era la planificación, el secuestro, la tortura, la detención (días, meses o años) y la eliminación (el denominado “traslado”). Los opositores eran secuestrados por los “Grupos de Tareas” o “Patotas”, integradas por militares de las tres fuerzas, miembros de la policía, prefectura y gendarmería, además de oficiales retirados y civiles, en proporción variable. Los grupos de secuestradores se organizaban de acuerdo con la distribución en Zonas y Subzonas Militares, correspondientes a cada Cuerpo del Ejército, en que la Junta dividió operativamente el territorio nacional.

Los centros eran clandestinos porque no poseían una existencia formal y pública, aunque funcionasen en muchos casos en espacios estatales como comisarías, escuelas navales, cuarteles militares, edificios policiales, escuelas y hospitales, por lo general en sótanos, altillos, o áreas y pisos enteros. Lo paradójico es que se trataba de actividades clandestinas en edificios públicos. En otros casos se trataba de casas de barrio o quintas suburbanas. Pero en todos los centros el espacio se adaptaba siguiendo un mismo patrón, consistente en salas de confinamiento, salas de tortura, salas de inteligencia, salas de guardia y otras dependencias. La mayoría de los centros se hallaba en zonas densamente pobladas de los centros urbanos y, por lo tanto, eran numerosas las señales de su existencia para los vecinos y transeúntes. Esto representaba una angustia mayor para los detenidos –concientes de que a veces sólo una pared y unos pocos metros lo separaban de la vida normal-, y una amenaza para quienes desde afuera percibían rumores, extraños movimientos nocturnos y gritos desgarradores. El poder multiplicador de este terror se difundió por todos los canales de la vida social del país, mientras el silencio oficial volvía más siniestras esas señales.
¿Cuántos centros clandestinos funcionaron durante la dictadura militar? ¿Cuántas personas fueron detenidas y eliminadas en ellos? Son preguntas muy difíciles de responder, por tres motivos: el carácter ilegal de la represión, la política militar de esconder los cuidadosos registros del sistema y la impunidad de la mayoría de los responsables. Esto obligó a las organizaciones de Derechos Humanos y al Estado a reconstruir pacientemente lo sucedido.

Los centros clandestinos de detención habrían sido al menos 365 en todo el país, localizados especialmente en los grandes centros urbanos. La cifra crece constantemente con nuevas denuncias y descubrimientos. El número de detenidos en cada uno de ellos fue variable: se estima que la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) y Club Atlético en Capital, Campo de Mayo en el Gran Buenos Aires y La Perla en Córdoba habrían alojado cada uno a miles de detenidos, mientras otros a centenas o decenas. Algunos funcionaron sólo unos pocos meses, y otros durante todo el período de la dictadura. El período de mayor cantidad de centros clandestinos en actividad fue de 1976 a 1978.
La Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP) creada en 1984 por el gobierno constitucional que siguió a la retirada militar, recabó ese año más de 8.000 denuncias de personas desaparecidas, en su mayor parte secuestradas entre 1976 y 1978. Durante esos dos primeros años de la dictadura un funcionario de la embajada norteamericana recopiló alrededor de 13.500 denuncias. Las organizaciones de Derechos Humanos calcularon que los desaparecidos habrían llegado a ser unos 30.000, en una estimación realizada en una localidad de la provincia de Buenos Aires a partir de la relación entre la cantidad de personas desaparecidas allí y la población total. Con respecto a las cifras de la CONADEP, esas organizaciones estimaron que podría haber otros casos no denunciados, por diferentes razones: el miedo a una represalia de los militares, la posibilidad de un nuevo golpe de Estado, la necesidad de olvidar, la parálisis, el trauma, la negación, la total pérdida de confianza en las instituciones judiciales, la disconformidad con la CONADEP, la falta de medios económicos o la ignorancia de la posibilidad de emprender acciones judiciales. Los archivos de la CONADEP se han ampliado con nuevas denuncias presentadas por familiares desde la entrega del Informe hasta la actualidad (2005).

El libro Nunca Más, que es el informe de la CONADEP, explica el funcionamiento del sistema represivo y la diversidad de modalidades de tormento. El grupo de tareas estaba integrado por alrededor de diez personas, por lo general vestidas de civil pero presentándose como miembros de las fuerzas de seguridad. Se secuestraba a una persona en su hogar, en su lugar de trabajo o estudio o en la calle, en la mayoría de los casos delante de testigos, se la vendaba o encapuchaba, y se la introducía por lo general en el piso o en el baúl de automóviles sin patente para conducirla a un centro clandestino. Allí la persona detenida era desnudada y atormentada, a veces inmediatamente o después de varias horas de incierta espera, dependiendo de cuán valiosa fuera la información que los represores esperaban extraerle. El método principal de tortura consistía en aplicarle descargas eléctricas en las zonas más sensibles del cuerpo con una “picana”, estando el detenido por lo general atado a una “parrilla” de metal del tamaño de una cama que facilitaba la circulación de la corriente eléctrica por el cuerpo.

Rodeado por sus torturadores –y a menudo también por otros detenidos-, privada de visión y movimientos, presa de un dolor inimaginable, se le exigía a la persona recién secuestrada que diese nombres de otros “subversivos”. Hubo casos de complicidad de sacerdotes en centros clandestinos en el intento de obtener datos. El objetivo de la tortura era triple: quebrar la personalidad del torturado, conseguir más nombres y direcciones para alimentar la maquinaria del campo y desmantelar las organizaciones acusadas de engendrar la “subversión”. En muchos casos los detenidos no soportaban el dolor y mencionaban a otras personas, que inmediatamente después eran buscadas por el grupo de secuestradores –que podían o no ser las mismas personas que se encargaban de las torturas-. Capturadas las nuevas víctimas, la información que se les extraía bajo tortura era contrastada con la extraída a las víctimas anteriores que las habían “cantado” (ver “cantar”). Si no coincidían, se practicaban nuevas sesiones de tortura a las anteriores, o sesiones conjuntas. Si la víctima resistía el dolor sin dar información, podía ser torturada durante horas y días enteros, o morir en la “parrilla”. En muchos casos se les intentaba sonsacar información amenazando a familiares o amigos, o secuestrándolos y torturándolos en su presencia. Luego de los interrogatorios iniciales, la víctima era arrojada en una celda, camastro o colchoneta individual, de reducidas dimensiones, encapuchada o vendada, maniatada o engrillada, y obligada a guardar silencio y quietud absolutas hasta la decisión final acerca de su caso. La decisión podía demorar días, semanas o meses, y en ese lapso el detenido podía ser nuevamente torturado cuando se precisaba chequear nueva información, o vejado de diversas maneras de acuerdo con la arbitrariedad de sus captores.

Como hemos señalado, la tortura física no era una novedad en la Argentina. Durante dictaduras anteriores, bajo la represión ilegal de la Triple A, e incluso en comisarías y en el sistema penitenciario, los tormentos eran usuales, pero eran limitados en intensidad y duración, pues había que presentar legalmente al detenido en poco tiempo. Lo que trajo el terrorismo de Estado a partir de 1976 fue la duración ilimitada de la tortura y la ausencia de límites en la aplicación del dolor, pues el destino final no era el “blanqueamiento” en breve del detenido, sino su desaparición definitiva. Casi todos los secuestrados fueron asesinados subrepticiamente, dinamitados, arrojados al mar o ejecutados a quemarropa y arrojados a fosas comunes, y actualmente no se tiene noticia del paradero de sus restos.

Los sobrevivientes y testigos directos de este sistema represivo contaron que el mecanismo de secuestro, tortura, concentración y eliminación era administrado burocráticamente mediante fichas o legajos que contenían la información de cada víctima obtenida mediante tortura. La decisión final era tomada por el responsable del grupo: “traslado” o “liberación”, es decir, el asesinato, o bien la liberación del detenido o su envío a una cárcel como preso a disposición del Poder Ejecutivo. Las coincidencias entre los centenares de testimonios al respecto evidencian que el sistema era el mismo en todos los campos y que, por lo tanto, no se trataba de operaciones aisladas o autónomas, sino planificadas y ordenadas por la jerarquía militar y ejecutadas corporativamente por las Fuerzas Armadas en su conjunto. También formaba parte del sistema represivo la apropiación de los hijos de los detenidos y la sustitución de su identidad por parte de los represores o de personas vinculadas a ellos. Se estima que fueron alrededor de 500 los niños secuestrados junto con sus padres, o nacidos en los centros clandestinos y apropiados ilegalmente.


Terror y Resistencia

Las opciones de una sociedad atravesada por el miedo

El primer año de gobierno militar se caracterizó por el disciplinamiento social y el más férreo autoritarismo, contando incluso con el aval de numerosos sectores civiles. Pero el poder absoluto es un ideal, una aspiración totalitaria, que nunca se plasma completamente en la realidad. La propia maquinaria del terror era imperfecta, y sus víctimas estaban lejos de someterse totalmente a sus designios como si fuesen autómatas. Numerosas “líneas de fuga” –resistencias subjetivas o simbólicas, contradicciones o efectos no deseados por el poder- surgieron en esos primeros tiempos, y se profundizaron durante el régimen militar.

La represión fue planificada de modo centralizado y jerárquico por las cúpulas de las Fuerzas Armadas, pero su naturaleza clandestina y la necesidad de ejecutarla mediante múltiples grupos de inteligencia y logística generó ciertos márgenes de autonomía, arbitrariedad, desinteligencias y competencia entre los represores. En cierto modo, el faccionalismo que las Fuerzas Armadas pretendían destruir en la vida política argentina, acallando toda voz disidente, se reprodujo dentro de ellas. El enfrentamiento político entre sectores militares permitió el surgimiento de proyectos políticos particulares, como el del Almirante Massera. En la ESMA, algunos prisioneros conservaron la vida mediante un “Proyecto de Recuperación” y, en lugar de reinsertarse en la sociedad “recuperados” de su condición “subversiva”, lograron divulgar al mundo los crímenes aberrantes y masivos que cometía el Estado argentino, lo cual se convirtió en la principal amenaza al consenso interno y externo que la Junta pretendía consolidar. Esta no fue desde luego la nota dominante: existieron inmensos centros clandestinos como Campo de Mayo donde prácticamente no hubo sobrevivientes, pues la decisión era eliminar a todos los detenidos. Pero la ESMA ilustra uno de los límites del sistema: la imposibilidad del ocultamiento total y permanente de un exterminio masivo.

El movimiento de Derechos Humanos

Decenas de miles de argentinos partieron al exilio, debido a que sus vidas corrían peligro o, en algunos casos, para escapar del clima opresivo que se cernía sobre la vida cultural y social del país. En el exterior, especialmente en los países del Mediterráneo europeo y en México y los Estados Unidos, se organizaron grupos y foros de denuncia de la represión ilegal –denominados por las Juntas militares como la “campaña antiargentina”. En ellos, abogados, militantes políticos, sobrevivientes y familiares de desaparecidos consiguieron sentar en la agenda pública internacional las violaciones a los derechos humanos que tenían lugar en la Argentina. Entre los más importantes cabe señalar a las comisiones de solidaridad de familiares (COSOFAM, Comisión de Solidaridad de Familiares de Presos, Desaparecidos y Asesinados), presentes en España, Francia, Italia, Holanda, Suecia, Suiza, Alemania, Bélgica, México, Venezuela, Estados Unidos y Canadá. La Comisión Argentina de Derechos Humanos (CADHU), por su parte, logró presentar sus denuncias ante la Asamblea Nacional de Francia y las Naciones Unidas y vincular a la campaña de denuncias a comisiones internacionales de juristas y personalidades políticas de toda Europa, desde pocos meses después del golpe. También organizaban denuncias los dirigentes de Montoneros, que habían escapado en el contexto del golpe. Paralelamente, desarrollaban una estrategia militar recomponiendo sus filas entre los militantes exilados para continuar lo que llamaban la “guerra popular” contra el régimen, llevada adelante por los pocos militantes que seguían activos en Argentina. Pero ahora las urgencias eran otras, y las expectativas revolucionarias de los años anteriores cedieron paso a la defensa de los derechos humanos y a las críticas a la política económica como clave del discurso opositor al régimen.

Dentro del país, la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH) se había creado poco antes del golpe convocando a figuras religiosas, políticas e intelectuales para la defensa de los derechos humanos. Se sumaron a esa tarea de denuncia y búsqueda de desaparecidos numerosos familiares de personas secuestradas. En septiembre de 1976, un grupo de familiares de desaparecidos y encarcelados, formó Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas. Ellos, al igual que numerosas madres de personas secuestradas, desde comienzos de 1976, habían emprendido búsquedas individuales en comisarías, cárceles, hospitales, ministerios y juzgados. Con la ayuda de los pocos abogados que se atrevían a hacerlo, presentaban a la justicia un recurso de habeas corpus, que obliga a la Justicia a requerir a las diferentes dependencias estatales el paradero de una persona que dejó de ser vista en sus lugares habituales. Los jueces tramitaban este recurso, que invariablemente resultaba negativo: el Ministerio del Interior y otras dependencias estatales declaraban no tener noticia de la persona buscada. Esta experiencia infructuosa llevó a las madres a organizarse bajo una identidad primaria: su misma condición de madres. En abril de 1977, un grupo que con el tiempo fue conocido como Madres de Plaza de Mayo, se atrevió a reclamar por sus hijos frente a la Casa Rosada. Su primera líder, Azucena Villaflor, fue secuestrada en diciembre de ese año junto con otros familiares y madres de desaparecidos. Esa desaparición no frenó el impulso de las madres, sino que agrupó en torno de ellas la resistencia contra el régimen por parte de centenares y luego millares de personas a quienes el terror y la desesperación no paralizaron sino que, por el contrario, tomaron el riesgo de reclamar abiertamente al gobierno. Algunas madres que buscaban a sus nietos secuestrados o nacidos en cautiverio se organizaron en 1977 y adoptaron más tarde el nombre de Abuelas de Plaza de Mayo.

El Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos (MEDH) reunió a miembros de diferentes confesiones religiosas que proporcionaron contención y apoyo a la búsqueda y las denuncias de los familiares, provocando conflictos con las máximas autoridades religiosas del país, que en virtud de una mezcla de pragmatismo político y conservadurismo ideológico, mantuvieron un silencio cómplice, cuando no un apoyo abierto a los crímenes de Estado -y en el caso de muchos sacerdotes católicos mesiánicos, una participación directa en ellos-. Otras organizaciones, como el Servicio Paz y Justicia (SERPAJ) y el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) también coordinaron las denuncias y búsquedas de desaparecidos, y fueron fundamentales en la difusión internacional de la lucha contra el régimen militar y, especialmente el CELS, en la búsqueda de estrategias jurídicas. Entre los grupos que desde el comienzo de la masacre articularon estrategias de búsqueda y denuncia explícitamente concientes del carácter político de la represión, se encontraba la Liga por los Derechos del Hombre, entidad creada en una época muy anterior, en 1937. En cuanto a los partidos políticos, prestaron un apoyo a estas tareas el Partido Intransigente y la Democracia Cristiana, o al menos una parte de sus militantes y dirigentes, así como las organizaciones de izquierda –por entonces clandestinas- Política Obrera y Partido Socialista de los Trabajadores. Entre los demás partidos tradicionales, algunos incorporaron la problemática de los derechos humanos a su agenda mucho más tarde, cuando la crisis del régimen ya era pronunciada.

Autoritarismo en la sociedad y resistencia frente al miedo

En el plano laboral, pasados los momentos iniciales del terror y desarticuladas las otrora poderosas redes sindicales, un movimiento molecular de organización obrera comenzó a crecer subrepticiamente, alcanzando su pico de conflictividad hacia 1979, consistente en centenares de pequeñas medidas de fuerza en reclamo de mejoras salariales y de condiciones de trabajo en establecimientos fabriles de todo el país. Junto con la paciente recopilación de denuncias y presentación de recursos de habeas corpus por parte de familiares de desaparecidos y algunos abogados, esta conflictividad obrera mostraba a las autoridades que el orden sepulcral que intentaban imponer al país se volvía cada vez más vulnerable. Paralelamente, miles de adolescentes y jóvenes comenzaron muy lentamente a escapar a la cultura oficial mediante el crecimiento de un circuito semiclandestino, “under”, de recitales y revistas contraculturales. Estas múltiples resistencias crearon los gérmenes políticos, ideológicos y culturales de la recuperación democrática que tendría lugar algunos años más tarde.

Pero entre 1976 y 1978, las perspectivas de continuidad del “Proceso de Reorganización Nacional” eran alimentadas, en algunos casos, por la adhesión a su proyecto de país, pero en muchos otros por una pasividad nacida del caos anterior al golpe y del miedo a la represión. Mientras la mayoría prefería “mirar para otro lado”, las dirigencias de la sociedad civil adhirieron con mayor o menor entusiasmo a los objetivos de la dictadura. Para las cámaras empresarias y de comercio, las desapariciones trajeron el orden y la paz para los negocios, y la política económica volcó a su favor la distribución de las rentas en cada rama de actividad. Un poderoso grupo de empresas industriales vio incrementadas sus ganancias gracias a las políticas de promoción industrial, que subsidiaban la producción en determinadas áreas del país, a los contratos con el Estado y a la toma de créditos fáciles en el mercado financiero –origen de un fuerte endeudamiento externo para el país- (ver el recuadro “Las políticas de privatización”). Mientras tanto, las empresas más pequeñas o no favorecidas por el Estado, sucumbieron progresivamente frente a la agresiva apertura comercial externa (importación), iniciándose un proceso de desindustrialización que llega hasta el presente. Para la jerarquía eclesiástica, fue una excelente oportunidad para penetrar la estructura del Estado e intensificar su presencia política y doctrinaria en la vida nacional. Esto fue importante en el ámbito educativo, donde extendió su influencia, pero también para deshacerse de los sacerdotes que habían desafiado el orden social y económico tradicional. A los políticos, intelectuales, profesores universitarios y periodistas conservadores y de derecha, la represión a los opositores les permitió constituirse en únicos interlocutores del gobierno y formadores de la opinión pública, saliendo del rincón minoritario en el que los había confinado la movilización social y política de los años anteriores.

En un nivel “microsocial”, es decir, en los pequeños mundos de la vida cotidiana, el clima cultural de la dictadura alimentó el autoritarismo de todos los que se habían sentido antes amenazados por la contestación política y cultural de un movimiento predominantemente juvenil. Así, hubo casos de directores, profesores y preceptores que encontraron un marco propicio para ejercer su autoritarismo en los colegios, así como “padres de familia” que reencontraron la autoridad sobre el resto del núcleo doméstico. La policía sistematizó la práctica de exigir documentos de identidad en la vía pública, locales bailables, estadios de fútbol, etc. En los Entes de Calificación, los censores prohibían o recortaban toda edición de libros y revistas, películas, obras de teatro y programas televisivos que no se ajustasen a los ideales del régimen, esto es, toda producción cultural en la que asomase alguna crítica política o ideológica a las costumbres cristianas, a las Fuerzas Armadas y al orden social capitalista, llegando incluso a censurar libros como El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry, o Un elefante ocupa mucho espacio, de Elsa Bornemann. Este último poseía, según el responsable de su censura, “una finalidad de adoctrinamiento que resulta preparatoria a la tarea de captación ideológica del accionar subversivo” (tal vez porque el relato describe una huelga de animales).

Las ciudades en sí mismas fueron también objeto de un reordenamiento autoritario. En el caso de Buenos Aires, en 1978 una ley descongeló los alquileres y decenas de miles de inquilinos de bajos ingresos debieron abandonar la ciudad. Paralelamente, la mayoría de las villas de emergencia que se habían asentado en Buenos Aires desde los años 30 fueron arrasadas con incendios, topadoras, tanques y soldados, y miles de familias fueron literalmente expulsadas de la ciudad y abandonadas en terrenos baldíos suburbanos, privadas de su hogar y de las redes de agua, electricidad y transporte. La construcción de autopistas favoreció el desplazamiento de los habitantes poseedores de automóviles, pero destruyó autoritariamente la historia y la organización de barrios enteros.

Para lograr sus objetivos, el proyecto militar se basó en la práctica de la desaparición de personas y en su efecto aterrador en la sociedad. Cada compañero que misteriosamente no volvía al colegio, cada delegado fabril que no retornaba a su lugar de trabajo, cada vecino cuya casa era arrasada en la noche y no reaparecía, cada automóvil que se paseaba sin identificación, repleto de hombres de anteojos oscuros y armas largas, indicaba cotidianamente la existencia de una monstruosa realidad paralela, mucho más atemorizante en tanto no era asumida ni reconocida por las autoridades. Los desaparecidos, como sostuvo el Presidente Jorge Videla en una conferencia de prensa en 1979, “son una incógnita, no tienen entidad, no están”. Frente a esta multiplicidad de señales del terror, la mayor parte de la población optó por el silencio y la negación, recluyéndose en ámbitos íntimos y privados e intentando no preguntarse ni hablar demasiado de lo que estaba sucediendo. Y ante los cuestionamientos aislados que se filtraban en la prensa y en las conversaciones diarias se sostenía, si alguien no aparecía, que “por algo será” o que “algo habrá hecho”; lo grave de esta expresión es que indicaba la aceptación de que quien no se adecuase al “orden” y a la “normalidad” desapareciese para siempre. Durante el desarrollo y los festejos del Mundial de fútbol de junio de 1978 este clima alcanzó su máxima expresión, cuando el fervor nacionalista tiñó casi completamente la vida del país, para beneficio, fundamentalmente, del gobierno.

El terror y sus resistencias libraron miles de batallas cada uno de los días que duró el “Proceso de Reorganización Nacional”. Mientras la mayoría se adaptaba, numerosos artistas populares intentaban disfrazar con metáforas sus críticas a la sociedad para escapar a la censura, algunos abogados buscaban los resquicios legales del sistema para dar con los desaparecidos, los familiares de desaparecidos establecían contactos con aquellos periodistas, sacerdotes y militares que pudieran brindar alguna información y que no se resignaban al imperio del terror y de la muerte, y los estudiantes, vecinos, obreros e intelectuales que no querían o no soportaban vivir de ese modo establecían lenta y ocultamente lazos de solidaridad, fuentes de contra-información, discusiones políticas, pequeños centros de investigación y señales de contención afectiva para resguardarse tanto de la represión como del clima de sospechas e hipocresía al que la mayoría de los argentinos se estaba acostumbrando.

El Estado y el monopolio de la violencia

Los cientistas sociales coinciden en que el Estado no existe naturalmente, sino que es una construcción histórica. Oscar Oszlak lo plantea de este modo: “¿Cuándo un Estado es un Estado? Primero, cuando goza del reconocimiento externo de su soberanía –es decir, cuando otros Estados lo reconocen jurídicamente como tal-. Segundo, cuando monopoliza el uso legítimo de la violencia física dentro de su espacio territorial –es decir, cuando es la única entidad que posee títulos aceptados para aplicar la fuerza dentro de sus fronteras-. Tercero, cuando consigue controlar la sociedad a través de un aparato institucional competente y profesionalizado –la burocracia, las fuerzas de seguridad, etc., con todos sus funcionarios-. Este aparato es el que asegura el ejercicio de la potestad impositiva –los ingresos del Estado- y la aplicación de las políticas públicas –infraestructura, políticas económicas, sociales, educativas, etc.-. Y cuarto, cuando es capaz de una producción simbólica que refuerce los valores de la identidad nacional y la solidaridad –a través de la educación y los símbolos nacionales- La existencia de un Estado depende de que se cumplan estos cuatro requisitos.”

¿Cómo surge el Estado? En la filosofía política existen distintas tradiciones que explican el origen del Estado. Para algunas, éste se basa en el consenso: el Estado sería el fruto del libre acuerdo o pacto entre individuos para poder vivir en paz bajo una ley común. Según otras, por el contrario, la sociedad se caracteriza por la existencia permanente de la violencia, la desigualdad, la explotación y la agresión entre los individuos, y por ello el Estado surgiría como una imposición para acotar esa violencia por medio de una violencia mayor, unificada y legítima, que garantizaría, paradójicamente, la paz y la libertad. El monopolio de la violencia, además de un requisito indispensable del Estado, es tal vez su característica esencial.

Max Weber, uno de los fundadores de las ciencias sociales modernas, combinó a comienzos del siglo XX las dos tradiciones (consenso y coerción) sosteniendo que lo estatal es violento por naturaleza, pues siempre hace falta la amenaza de muerte por parte de los hombres armados del Estado para limitar las múltiples violencias que atraviesan a la sociedad; pero al mismo tiempo, la violencia que ejerce el aparato estatal puede definirse como legítima porque ella se autoadjudica el derecho de aplicarse en nombre del pacto social que constituye a la sociedad misma.

Para que sea legítima, la violencia estatal no debe ser arbitraria. El ataque físico contra los individuos no puede obedecer al capricho, al azar o a la irracionalidad sino que debe apoyarse en alguna forma de necesidad o razonabilidad, debe poder argumentarse. Y en el mismo sentido, la violencia legítima debe ser pública, aplicarse a la vista de todos, porque sólo esa visibilidad permite evitar la arbitrariedad. Por eso el monopolio de la violencia se aplica como parte de un sistema jurídico, de un conjunto de reglas racionales y conocidas por todos que establece una correspondencia entre las faltas y las penas. Es decir, una violencia legal y transparente mediante la cual el Estado garantiza la vigencia de las leyes.

El poder del Estado es mayor cuando no debe recurrir a la violencia. Según Oscar Oszlak, “existe monopolio del ejercicio legítimo de la violencia cuando ésta pasa a ser un recurso de última instancia”, una amenaza virtual. Cuando, por el contrario, “otras expresiones de uso de la violencia, sostenidas en consignas políticas que también reclaman legitimidad o encarnadas en diversas formas de delincuencia, desatan cotidianamente la represión estatal” se debilita el consenso social y, por eso, también el poder del Estado que basa su dominio en la mera imposición física. Tampoco existe monopolio de la violencia cuando una parte del territorio nacional se encuentra bajo el control de fuerzas irregulares, como una guerrilla, el narcotráfico o un movimiento contestatario del poder del Estado.

Sostiene Oszlak que hoy el monopolio estatal de la violencia está en duda a causa de las políticas privatizadoras, pues las fuerzas policiales y de seguridad han “terciarizado” el mantenimiento de la seguridad física de personas y bienes, “con lo cual se ha producido un crecimiento inusitado de fuerzas de seguridad privadas, sobre las cuales el estado ejerce un limitado control”. Y además, “fuerzas irregulares (paramilitares o parapoliciales) se han hecho cargo de aspectos especializados de la represión”. En otras palabras, el apego de la violencia legítima al sistema jurídico - y sus características de visibilidad y no arbitrariedad- se han debilitado con la privatización de la seguridad y la existencia de fuerzas dentro del Estado que actúan sin un escrutinio sistemático. Poco a poco, esto convierte a la violencia en ilegítima. Agrega Oszlak que “en la medida en que persistan las desigualdades sociales, se ahonde la brecha entre ricos y pobres y aumente la marginalidad y la exclusión, es probable que tanto la seguridad pública como la privada continuarán comprometiendo porciones crecientes del gasto destinado a esta necesidad básica de toda sociedad”; de esta manera, la amenaza “virtual” de la violencia tiende a disminuir frente al ejercicio cotidiano de la coacción física.


Epílogo

Pasado, presente y futuro de una historia viva

El clima político comenzó a cambiar en 1979. Hasta entonces, el régimen parecía firmemente anclado en el consenso de buena parte de los grupos de poder, y en la resignación de las mayorías frente a la autoridad militar, sea por convencimiento, temor o la indiferencia nacida de ambos. El Mundial de Fútbol de 1978, organizado en la Argentina, constituyó el clímax del consenso social ante el régimen, con los comandantes en el estadio de River festejando junto al pueblo la primera copa obtenida por la selección argentina. Pero entre 1979 y 1981 se desarrolló por el contrario un proceso de resquebrajamiento de las bases de poder de la junta militar.

En primer lugar, crecieron las críticas a la orientación que la gestión económica de Martínez de Hoz le estaba dando al país, dado el fracaso en el combate a la inflación y en el aumento del costo de la vida para la mayoría de la población. La política económica era resistida incluso por sectores militares, que con sus críticas abrían el campo del debate económico a otros sectores de la sociedad hasta entonces acallados. Era el caso de los sindicatos y los partidos políticos, que lentamente comenzaron a ganarse un lugar en los medios de comunicación y en el debate con el gobierno a partir de la discusión económica.

En segundo lugar, y no menos importante, el movimiento de derechos humanos, en Argentina y en el mundo, atacaba lo que era el núcleo de consenso del régimen: el exterminio ilegal de opositores. Sobre este tema los sindicalistas y líderes políticos evitaban pronunciarse, porque constituía el único aspecto en el que las Fuerzas Armadas se encontraban sólidamente unidas: para ellas, el éxito de la “guerra antisubversiva” era tan incuestionable como los métodos empleados en ella, y quienes la ejecutaron merecían el reconocimiento de la nación. Pero la valentía de los denunciantes, la intensidad de sus denuncias y la condena de la opinión pública internacional fueron socavando lentamente la confianza de los militares en que sus crímenes contra la humanidad serían rápidamente olvidados.

La persistencia de la crisis económica y la eliminación definitiva del “enemigo interno” llevaron a los militares a intentar justificar su papel de “salvadores de la patria” en nuevos terrenos: en la guerra que casi desatan contra el vecino Chile en diciembre de 1978, y en la breve ocupación de las islas Malvinas entre abril y junio de 1982. Ambos conflictos revelaron que, con el objetivo de despertar la adhesión nacionalista, los militares no dudaban en conducir a la sociedad –a miles de jóvenes- a la guerra. Pero también revelaron que buena parte de la sociedad estaba dispuesta a adherir al nacionalismo belicista del gobierno, al que apoyó con fervor durante el conflicto de Malvinas. Pero el fracaso estruendoso en este último significó el fin del gobierno militar. Y cuando la vida democrática retornó a la Argentina, la condena social sobre los culpables de crímenes masivos y atroces no hizo sino crecer hasta nuestros días.

Para describir la herencia de aquellos primeros años del autodenominado Proceso de Reorganización Nacional es necesario considerar numerosos elementos. Además de las decenas de miles de vidas que el Estado atacó directamente (vía asesinato, desaparición, cárcel, exilio, apropiación de menores y sustitución de su identidad), el terrorismo de Estado incidió negativamente en la transmisión intergeneracional de valores y experiencias. En lugar de transmitir las esperanzas y las luchas de una generación a otra, durante esos años se instalaron hábitos vinculados al miedo y al egoísmo, ejemplificados en las frases que más se escuchaban en aquellos tiempos: “No te metás” y “Por algo será”, que se refieren a alejarse de la política y de lo público en el primer caso, y a la justificación de la desaparición de personas, en el segundo. En los años de la recuperación democrática, la frase más extendida era “Yo no sabía nada”, lo cual supone haberse mantenido completamente al margen de un aniquilamiento cotidiano que emitía permanentes y ubicuas señales de su existencia. La negación (“yo no sabía nada”) es, desde luego, un efecto del terror, pero conlleva una actitud de no responsabilización colectiva frente a lo sucedido. Y las justificaciones (“por algo será” y “yo no me meto”) implican la aceptación de que el poder no tiene límites para actuar sobre quienes lo desafían.

En términos económicos, la mayor herencia de la dictadura es doble. Por un lado, la deuda externa, que desde entonces no cesa de crecer, condicionando la política económica y trasladando al exterior buena parte de la toma de decisiones; y por el otro, la crisis de importantes sectores industriales frente a la apertura comercial, junto con la consolidación de un grupo de empresas dominantes que cimentaron su posición mediante negocios con el Estado y que colaboraron en su desguace, en alianza con las empresas multinacionales y con los acreedores de la deuda externa, durante los años 90. Las consecuencias sociales de esta reestructuración económica son hoy más visibles que nunca: la estructura productiva del país es más dependiente del exterior y genera menos empleos que en el pasado. La pobreza y la desprotección de las mayorías es consecuencia de la desarticulación de los servicios sociales que brindaba el Estado en trabajo, salud, vivienda y educación. La formación ideológica y práctica de las Fuerzas Armadas y de seguridad conllevó la existencia de crímenes y torturas como modus operandi de esas fuerzas aún en democracia. El sistema judicial se encuentra también atravesado por los intereses de grupos poderosos (de las fuerzas de seguridad, económicos, políticos), surgidos en esos años, que impiden la constitución de un poder Judicial independiente y democrático. La noción misma de Justicia debe convivir con el hecho de que la mayoría de los responsables de crímenes de lesa humanidad no han pagado sus delitos. En este marco, la ausencia de aquella transmisión intergeneracional se vuelve más grave, porque dificulta el acceso de la población a los conocimientos necesarios para enfrentar mejor estos problemas.

La experiencia política revolucionaria de los años 60 y 70 fue y es recordada de diferentes maneras. La memoria es un terreno de disputas por el sentido que le asignan a la experiencia de aquellos años diferentes actores de la sociedad. Muchos militantes políticos se volcaron al movimiento de derechos humanos entre finales de los años 70 y el presente, resignificando las garantías constitucionales y los derechos humanos como elementos clave de la lucha política. En otros casos, la exaltación de la violencia y de la lógica “amigo-enemigo” para pensar y actuar en la política siguieron siendo recuperadas acríticamente, dificultando el necesario debate actual sobre esa experiencia. El movimiento de Derechos Humanos, en sus comienzos, eludió el tema de la militancia política de la mayoría de los desaparecidos –con la excepción de Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas-, porque frente a la posibilidad de encontrarlos, y frente al riesgo de la impunidad para los criminales de Estado, era esencial dirigir su estrategia jurídica hacia la denuncia del terrorismo estatal, conceptualizando a los desaparecidos en tanto ciudadanos con derecho a garantías constitucionales, y no como militantes políticos. Años más tarde, se impulsó una reflexión hacia el futuro a partir de la elaboración de una memoria sobre los compromisos ideológicos y políticos de la mayoría de los desaparecidos, que fueron la causa de que el Estado militar los considerase “enemigos de la patria”. Nociones como revolución, solidaridad, igualdad, justicia social, liberación y antiimperialismo comenzaron a ser rescatadas y debatidas a la hora de recordar a los desaparecidos; y volvió así a la luz pública ya no su muerte, sino su vida.
 

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