La denominación "cumbia villera" surge para identificar un tipo de música cuyos autores, intérpretes y personajes de sus letras pertenecen o pertenecieron al mundo de poblamientos carenciados, históricamente conocidos con la cruda y contundente denominación "villas miserias", y actualmente llamados barrios o villas de emergencia. Que las villas hayan dejado de ser miserables para pasar a ser carenciadas o emergentes, indica el grado de negación de la sociedad y sus referentes políticos y culturales para no mirar lo que siempre estuvo ahí. Musicalmente la cumbia villera se nutre de la clásica cumbia colombiana y de otros ritmos, conocidos en la Argentina como "tropicales", siendo el producto final un nuevo género, fácilmente identificable y empaquetable para el consumo. Comenzó a escucharse a mediados de los años 90 a través de grupos como Amar Azul y Ráfaga, entre otros. Pablo Lescano (imágen), músico que nació y creció en un villa y a quien se señala como iniciador de la cumbia villera, tuvo entonces una idea básica y perfecta: si la cumbia es el género más escuchado en la villa, ¿por qué no describir lo que se vive dentro de ella? Así compuso letras descarnadas y directas con el conocimiento que otorga ser parte del contexto. Su idea fue todo un éxito y cuenta en su haber con la creación de varios grupos musicales. La cumbia villera ha trascendido las fronteras y actualmente se baila y escucha en numerosos países, especialmente los limítrofes.

El Diego de la cumbia

Por Pedro Irigoyen (Clarín)

Pablo Lescano y Damas Gratis colmaron de cumbia el Luna Park con invitados como Lito Vitale y Dante Spinetta, luego el saludo a Maradona, Néstor en Bloque y el resto de los invitados que pasaron por el Luna Park en la noche del jueves 24 de junio 2010 (ver video por Pedro Irigoyen).

Afuera cantan “Que de la mano, de Maradona, todos la vuelta vamos a dar”. El estadio es una tribuna alentando a la Selección. A unos metros, en los pasillos y rumbo al escenario, está Pablo Lescano todo vestido de Argentina. Lo acompañan sus músicos, amigos de siempre y nuevos, papá, mamá, hermana. El tipo besa a sus hijos, a su mujer, toma coraje, arenga desde afuera y sale a la cancha. Es la noche del jueves y el estadio Luna Park explota de cumbia villera. Todo es Maradoniano, de los gestos al origen, y con el éxito en un género siempre juzgado que, sin embargo, hoy se exporta.

Lescano es el destructor de prejuicios y el que le abrió las puertas del mundo a la cumbia villera. Viene de tocar en los Estados Unidos y es el artista tropical que todos quieren en sus discos, desde Calamaro a Los Fabulosos Cadillacs. Esto se ratificó en su regreso al Luna. Lo acompañaron invitados ajenos al mundo tropical como Lito Vitale, Dante Spinetta o el folclorista Yuyo Gonzalo. También, claro, cumbieros de ayer y hoy, como Néstor en Bloque, Víctor Hugo y los Bengalas o A Geder. Sólido y con una banda que, entre otras cosas, tiene una de las mejores secciones de vientos del país, con Hugo Lobo y Martino Gesualdi de Dancing Mood junto a Dany de la Cruz, un histórico de la banda.

En el repertorio, hubo lugar para todos, y desde el comienzo con Ingrata , Yo tengo una flor y El churro verde, se mantuvo arriba, con las manos en el aire y varios momentos para destacar.

Qué bello, un tema de Lía Crucet cantado por su hermana Romina, princesa de la cumbia villera.

Qué difícil en la voz de Hugo Gómez, bajista de Damas, el clásico Los dueños del pabellón, o Adonde están los negros, junto a los mexicanos Chicos de barrio y los Scratches de Dj Loco, como para borrar toda frontera musical.


Pablo Lescano e invitados, Luna Park 24/06/10 (video Pedro Irigoyen)

El fútbol está siempre presente en la ropa deportiva de los músicos y la gente. “Muchas remeras de la Selección, como debe ser. No le tenían fe al Diego, eh. ¿Ahora quién lo para? Para vos, Dieguito, con cariño, esto es el Luna Park… ¡y para Toti Passman!”, dice Lescano en un mensaje a cámara que viaja directo a Sudáfrica.

Quedaban sorpresas aún, y el cumbiero anticipó con los acordes de Para Elisa, la bagatela compuesta por Beethoven, la llegada de Lito Vitale a la cumbre cumbiera. “Tocá como si estuvieras en la 9 de Julio, Lito”, le dice y juntos se sumergen en una jam session tropical con la Cumbia del infinito, de Los Angeles azules. Momento psicodélico que se rubrica con el “Litooo, Litooo” de la popular que aprueba.

Tras él, llegó la dedicatoria del tío de Pablo para el barrio La Esperanza, donde nació y se gestó la historia, seguida por los acordes borrachos de Richard, primer guitarrista del grupo haciendo El lamento de la selva de Los Mirlos dando el toque de cumbia clásica.

Con miles de celulares y encendedores iluminando el estadio subió Dante, que rapeó intenso con la Cumbia callejera. Luego Yuyo Gonzalo y sus folcloristas para dar el toque telúrico con la Coplera de prisionero de Horacio Guarany, el ska de la banda Papas ni pidamos con La Flor y el cierre con Esa pared , de Granizo Rojo. Mientras, al igual que Don Diego en el Estadio Azteca, sobre el escenario, el padre de Pablo seguía el show sentadito en un parlante. (Clarín 26/06/10)

Fuente: Clarín 26/06/10
 


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Pablo Lescano: "Yo no soy un careta"

(Video entrevista por Pedro Irigoyen, Clarín, 03/09/08) Visita guiada al corazón de La Esperanza, el barrio de toda la vida de Pablo Lescano, y donde aún vive junto a su familia y amigos. Su historia con la música, su estudio, su salida de las drogas y el show que se viene en el Luna Park.

El capo de la cumbia villera habla de Damas Gratis, de los empresarios y los productos de la movida tropical, de su faceta de productor (que incluye una canción en el nuevo disco de los Cadillacs) y de por qué lo quieren los rockeros. Antes de su show del 18/09/08 en el Luna Park, cuenta cuánto le costó salir de sus adicciones.

Por Guillermo Zaccagnini

Pablo Lescano es fetichista. Compra vinilos importados -Andrés Landero, Aniceto Molina, Lisandro Meza- y se queja porque su instrumento característico no se fabrica más. El keytar, ese disparador midi en forma de teclado para colgarse como guitarra, está discontinuado y Pablo golpea la mesa. "Ayer compré uno. Son profesionales, no son de juguete, eh. Cuando un sintetizador se deja de fabricar, se fabrica uno mejor. Aca no se fabricó más nada. O te arreglás con lo que hay. Buscarlo es un dolor de huevos, trasca que soy re lelo con el tema de internet... '¡Hay uno!' '¿Dónde?' 'En Mallorca'. Andá...".

Pablo Lescano es fetiche. Fidel Nadal lo convocó una vez más para grabar en su nuevo disco. Hugo Lobo de Dancing Mood lo invitó a varios shows de su banda y hasta hicieron una fecha conjunta entre ambos grupos. Los Fabulosos Cadillacs le entregaron el clásico Padre nuestro para que le meta cumbia a gusto. "También estaría bueno hacer algo con el Pity, pero nunca hablamos seriamente".

Pablo Lescano: "Yo no soy un careta" (entrevista 03/09/08)

El líder de Damas Gratis tiene su cuarto Luna Park asegurado -el 18 de setiembre- y sus respuestas son breves, escuetas, despreocupadas, en primera persona del plural. No parece interesado en promocionar el show. "¿El Luna Park? Ojalá los productores se pongan, son medio Jerrys". Lescano recibe en la casa de mamá Norma. En el primer piso de la casa de San Fernando, Pablo tiene el estudio pintarrajeado con aerógrafo. "Mirá, eso que dice 'Cumbia' me lo hicieron unos hiphoperos. ¡Me hicieron gastar 600 mangos en pintura! La puta madre". La imaginería lescana incluye entre otras delicias un Bart Simpson con una hoja de marihuana tatuada en la frente, un Milhouse surfeando mientras se fuma un porro y sostiene una bolsa de pegamento, una Jessica Rabbit trayendo una bandeja con dados, cocaína y un trago. El Pato Lucas acomoda unas Quilmes. En planta baja, mamá Norma monitorea las cámaras de afuera que vigila la Grand Cherokee de Pablo.

Hace dos años estabas internado en una clínica en rehabilitación. ¿Ahora cómo estás?

Piola. Estamos rescatados. Ahora estamos haciendo dieta. ¿No me ves tomando agua? Me mataría tomarme una coca. Lo que te puedo decir de la rehabilitación es que no hay peor momento que el bajón, cuando te quedás sin falopa. Estar internado en un psiquiátrico atado cuatro días a una cama... ¿Quién se lo aguanta?. Y que te den de comer en la boca. Y si querés cagar, cagá en una chata. Es un bajón. Yo estuve un año sin laburar. Y mis músicos, comiendo arroz. En su momento, cuando me dijeron de internarme no quería saber nada.

Pero uno no se logra recuperar del todo.

Mirá, mucho no sé. No me gusta andar con el librito bajo el brazo corte evangelista. En Narcóticos Anónimos te dicen: "el que se drogo va a ser adicto toda su vida". En algún momento te van a dar ganas. Y obvio que te dan ganas, ¡qué no!

Lescano fue el artífice de desacartonar la cumbia en los noventa. Mientras los Danieles Agostinis se acomodaban el pelo de derecha a izquierda, Lescano salió con la proto cumbia villera desde Flor de Piedra. Tras los teclados comandaba un grupo que subía al escenario en ropa deportiva, altas llantas e inundaba de jerga sus letras insolentes, anti policía, anti caretas y demás.

Con Damas Gratis destiló la fórmula."Eso de la cumbia villera, lo digo siempre, es el invento de un empresario y la manija de la televisión. Yo grabé a los primeros grupos con teclados accesibles económicamente y me salieron 20 bandas iguales. Iban, se compraban los teclados y me copiaban el sonido. Hoy uso cosas más caras, pero samplean un güiro y te hacen una banda parecida. ¡Tal vez hasta samplean mis propios instrumentos!"

¿No volvió un poco el acartonamiento al género gracias a esos chicos que son como unos Backstreet Boys de la cumbia?

Y sí. Claro. Teñiditos. Son los empresarios los que apuestan a eso. Yo, como productor, busco pibes normales para armar una banda. ¿Qué quiere decir? Que no está lookeado. Lo engancho caminando o canta en una bandita de por allá.

¿No investigás bandas nuevas?

No, yo produzco y al producir uno va innovando. Pero ni en pedo me pongo a fijar lo que hace un grupo nacional para innovar. Trato de innovar por mi cuenta.

La cumbia siempre fue rechazada desde el rock. ¿Por qué no te rechazan a vos?

Habría que preguntarlo, ¿no? Yo no miento. Yo no soy un careta. Toco porque gusta y porque lo siento, ¿entendés?

Fuente: Clarín 03/09/08
 


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Cumbia villera: ¿fenómeno popular?

Música made in la villa

Por Catalina Sosa

Realidad y representación. Los estereotipos son representaciones, incompletas o falsas, propias del sentido común. Tienden a resaltar un aspecto de lo real, una faceta de la totalidad compleja que es la realidad. Están instalados en los individuos a priori y condicionan la manera de ver al mundo. El concepto de estereotipo está en directa relación con la ideología de cada grupo social.

El sujeto es interpelado por la ideología, esto es la sujeción del sujeto como sujeto ideológico y se produce de tal forma que cada uno es llevado sin darse cuenta, y creyendo que ejerce su propia voluntad, a tomar su lugar en una determinada clase social. Las representaciones que tenemos del mundo están determinadas por dicha ideología y los estereotipos son parte de esas representaciones.

El estereotipo es un factor de tensión y de disenso en las relaciones intercomunitarias e interpersonales. Está basado sobre el prejuicio, es parcial, subjetivo y arbitrario. Juega un papel importante en la interrelación de los grupos sociales.

La existencia de estereotipo permite a los individuos de las diferentes comunidades identificarse con otros miembros, reconocer características que le "pertenecen", tener un referente para poder saber qué cosas, qué actitudes, qué creencias, qué valores debe practicar para poder formar parte de un grupo. Le permite situarse y definirse. El estereotipo interviene necesariamente en la construcción de la identidad social. Permite distinguir un "nosotros" de un "ellos" [1].

Según la época, las circunstancias históricas, políticas y sociales, los grupos van adquiriendo diferentes denominaciones. Dichas denominaciones no son puestas por ellos mismos, sino por el grupo "desigual". Reconocer a otro significa reconocerse diferente de ese otro: elemento básico para comenzar a construir una identidad propia. Es necesario denominar a quien se considera diferente porque en el proceso de autorreconocimiento aún no se tienen los elementos para autodenominarse. El reconocimiento por oposición es uno de los pasos para encontrar la propia identidad.

 

Pero la designación que se le hace al otro grupo está atravesada por la ideología y surge del estereotipo construido, por lo tanto, es una cristalización de un elemento. La estereotipia tiene como característica ser "grosera, brutal, rígida y basarse en una especie de esencialismo simplista en el que la generalización apunta a la vez a la extensión -con atribución de los mismos rasgos a todos los seres u objetos designables por una misma palabra- y a la comprensión -con la simplificación extrema de los rasgos expresables mediante palabras" [2].

Esta definición que realiza Maisonneuve es la que nos coloca claramente en la "lucha entre los diferentes", sin embargo el conjunto designado toma la estereotipación realizada por otro conjunto y se encarga de cumplir y llevar adelante cada una de las características asignadas.

Las distinciones se dan entre aquellos que pertenecen a diferentes clases sociales, culturales, etc. Cada uno se encargará de actuar, vestirse, tener objetos, vocablos, frases, posturas y música como marcas de pertenencia a uno u otro lado de las fronteras que ellos marcan y respetan.

Cumbia, nena!

La denominación "cumbia villera" surge en nuestro país para identificar a una música cuyos intérpretes y letras pertenecen al mundo de las "villas de emergencia", grupos poblacionales que se caracterizan por el bajo nivel socio-económico. Es un género musical que comienza a escucharse alrededor de 1996, pero no bajo ese rótulo, ni con esa temática, sino como cumbia. En esta movida se encontraban los grupos "Amar azul", "Ráfaga", ''La cumbia" e intérpretes como Gilda, entre otros. Pablo Lescano, quien aparece como el iniciador de la cumbia villera, nació, se crió y vive en una villa de emergencia. Era integrante de "Amar azul" y en esa época tuvo una idea lógica, básica y perfecta. Si la cumbia era el género más escuchado en la villa, ¿por qué no describir lo que se vive dentro de ella? Así compuso letras descarnadas y directas con la autoridad que le da ser parte activa de ese mundo. Su idea fue todo un éxito y cuenta en su haber con la creación de cuatro grupos musicales: "Flor de piedra", "Damas Gratis" (el único en el que canta), "Amar y yo" y "Jimmy y su combo negro". Después de la enorme repercusión que tuvo el estilo, surgieron muchos grupos más como "Metaguacha", "Jalá-Jal", "Sacude", "La chala" y "Yerba brava" entre tantos otros. Estos últimos le disputan la creación del género a Pablo Lescano. Aunque cabe preguntarse si realmente están dentro de las villas los creadores o alguien les fue a pedir sus nombres a cambio de unas pocas monedas.

Los cantantes sostienen que ellos sólo hablan de lo que pasa en las villas. Muestran la realidad, le hacen las canciones a sus amigos que están presos, a sus mujeres que se entregan sólo por placer, a sus vecinos que deambulan todo el día por los pasillos de la villa drogados, borrachos y esperando el momento de poder robarle a alguien para comprarse droga y alcohol; hablan de su enemigo mortal y despreciable: la policía.

El estereotipo del "villero" lo presenta como un "negro", "chorro", drogadicto, sucio, vago, peligroso, borracho, ordinario y matón. Las letras de las canciones hablan justamente de estos temas.


Carlitos Tevez, "El Pibe de Oro"

Para referirse a su público Pablo utiliza el apelativo "negros": "Si los negros bailan, es porque hago buena música. Es muy jodido hacer bailar a los negros." Cuando comienza el show, grita: "¡¡¡ Arriba las palmas de todos los negros!!!" Y el público ovaciona. Sin embargo, frente al otro que los llama negro, reaccionan, no por no reconocerse como tal, sino por no otorgarles el derecho de hacerlo. "Metaguacha" en su tema "Alma blanca", canta: "¿Qué me estás diciendo? /Me estás ofendiendo /No me digas negro /Soy igual que tú/ Soy negro de abajo/ con el alma blanca/ Yo soy de la cumbia".

El "chorro" es protagonista en muchas de sus canciones. "Jalá-Jalá" describe el asalto a un banco y posterior tiroteo con la policía "Voy a buscar la vagancia, /en coche nos fuimos a un banco y le metimos caño /"La plata entreguen, nos llevamos"/ Nos sigue la policía, un tiroteo grande se está armando/ pero tenemos un piloto que acelera y acelera, pasa cambio/ Nos escapamos de la gorra, y un tiro logran pegarnos/ soltamos al rehén y la plata..." ("El rejunte"). En otro tema del grupo se escucha: "Vos te las das de chorro y sos rastrero.../ Vos a los pibes les robás las zapatillas /y a veces te venís andando en bicicleta/ Vos estás zarpado de rastrero/ robate un banco si tenés huevos..."

La cárcel es un lugar que forma parte de sus vidas. Nadie lo toma como un hecho extraordinario. Hasta casi da un lugar de privilegio.

En el tema "Los dueños del pabellón" de Damas gratis se escucha la voz de un "motinero": "Ahora nosotros tomamos el control. /Somos los dueños del pabellón. /Estamos cansados de tanta represión! que vamos a tocar de esta prisión. /Quiero que todos se amotinen, /levanten bien las manos,/ se pongan a gritar/ los guardias y refugiados/ de esta prisión/ y las palmitas. /A mí no me importa morir. /Abrime la puerta que me quiero ir. /Señor carcelero déjeme salir."

La forma de obtener bienes materiales es robando, saben que pueden ser apresados en cualquier momento, pero desafían siempre a la policía. No le temen, los enfrentan y se ríen.

"Ahora que tengo un Mercedes Benz/ y ando ganando bastante bien /me sobra el oro, las mujeres también/ no te hagas ilusiones nena/ porque me enteré que tu padre es comisario/ y me quiere agarrar/ Yo ando ganando bastante bien/ yo ando laburando bastante bien/ y vos molestando con tu padre comisario/ que sé que me anda buscando/ y no me puede agarrar/ que se vaya olvidando porque no me va a pescar." (Damas Gratis)

Quien estuvo preso regresa como un héroe.

Hoy es un día especial / porque el monito a la villa llegó / dos años guardado estuvo / y por fin la yuta hoy lo largó. / Salió corriendo a ver a su madre / quien entre llantos y risas lo saludó. / También los vagos contentos estaban / y esta noche el baile se armó. / Yuta, compadre, por fin hoy lo soltaste, yuta, compadre... (Yerba brava).

La droga aparece explícitamente en las letras de sus canciones. Muchos de los nombres de los grupos hacen alusión a ella: "Yerba brava", "Jalá-Jalá", "Sacude", " La chala" y "Flor de piedra", entre otros. Estar drogado es presentado como algo cotidiano y como lugar de escape, diversión y unión. Aparece asociado a la vida libertina: robos, baile, vagancia. No hay "sustancia" de primera, tal como lo cuenta Pablo Lescano en una entrevista dada a la revista Rolling Stones: "Acá, en la provincia, aguante jalar Ran. Aunque ahora al Poxirán le sacaron el tolueno, que la sustancia que te hace alucinar, que te rompe los pulmones. Ahora la onda es el Forté. "

Artículos en pdf [para descargar clic con el botón derecho y guardar]
"La cumbia villera se zarpa". Estigma, rechazo y negociación en torno a un consumo musical, Carolina Spataro - VI Bienal Iberoamericana de Comunicación, Córdoba 09/07
"Sucios, feos y malos" - Juan S. Pegoraro, Instituto Gino Germani - UBA
Del tango a la cumbia villera. La historia en círculo - Llobril, Gabriela y Ormaechea, Maria Fernanda - Congreso RedCom Cordoba 2002
Análisis Lingüístico de los procesos identitarios: el caso de la cumbia villera argentina, José E. Mideli
Cumbia villera: una narrativa de mujeres activadas, Pablo Vila y Pablo Semán - Programa Cultura, Comunicación y Transformaciones Sociales, CIPOST, FaCES, Universidad Central de Venezuela
Cumbia villera ¿el ruido de los olvidados?, María Soledad Barría, nombrefalso.com.ar
Análisis de las significaciones simbólicas de lo femenino, desde la perspectiva de género, en el discurso de la cumbia villera, Grillo, Elsa B. - Muñoz, Lucía I. - Arovich, Vilma H - - Facultad de Humanidades – Universidad Nacional del Nordeste
"Re-copados" Reportaje a Mirta Pedrozo, EGB 127. La Matanza, Julia Chiappari.

"Yo quiero tomar vitamina / me compro una bolsa y estoy pila, pila. / Del baile vengo, qué pedo tengo /no puedo caminar /de tanto jalar." ("Quiero vitamina" de Damas Gratis). "Hoy para poderte recordar /me fumo un alto faso /que me hace flashear." ("Sólo aspirina" de Damas Gratis. "Nos compramos una flor de piedra, yerba mala para fumar."(Metaguacha). "Baile cumbia cumbiabero que llegó el fumanchero fumancheando de la cabeza. Soy fumanchero y canto mi cumbia." ("El fumanchero" de Damas Gratis).

Todo lo que a su mundo se refiere, lo presentan como algo casi despreciable. No escapa a esto la imágen que construyen de sus mujeres con quienes sólo mantienen relaciones ocasionales. Son traicioneras, infieles, mentirosas; están cosificadas, no se les rescata ningún valor y se las trata como un objeto. A ellas les interesa el sexo por placer, no está asociada al sentimiento. La única que escapa a esta imagen es la madre (como ocurre también en el tango). "Y no puedes esperar que te lleven de la mano/ y te inviten a un hotel?  ¡no lo hace por dinero! sólo lo hace por placer (....) Y de lo rápida que sos, vos te sacás tu tanga, vos te sacás la bombachita." ("Se te ve la tanga" de Damas Gratis) "Y te veo con mi amigo entregándole el marrón/ así es como me amás y a mi amigo te lo transás/ así es como me querés/ y a mi amigo te lo movés. Andate a la casa de tu madre. Andate a la de tu madre. Ahora soy feliz. Andate a la de tu madre" ("Entregadora del marrón" de Flor de piedra). "Yo te saqué a bailar, te di de tomar, ahora sentate en el pelado" ("Sentate en el pelado" de Amar y yo). "No, no puede ser / golpeando a mi puerta se apareció /la chica del baile que me transé /que con su minifalda me enloqueció/ Ella es diferente a las demás /usa tarjeta y celular /me compra ropa de la mejor /y hasta los vicios ya me bancó/ Y ahora estás como querés / tirado en la cama tomando vino / jugando a las cartas con mis amigos /gastándote la guita que ella te dio" (''El mantenido" de Yerba brava).

Mujer y suciedad están relacionados: ''Me parece que a vos /te hace falta jabón /no te hagas la tonta /yo sé cómo sos /porque hace como un mes /que no te bañás /se te nota de lejos /lo sucia que estás. /Porque sos la auténtica, la única "pata sucia" / esa sos vos." (''Pata sucia" de Amar y yo)

El prototipo del hombre responde a las características de vago, borracho y cuyos únicos intereses son el baile y el fútbol. "Vivo, por las mujeres por eso vivo, para bailar esta cumbia vivo /voy a la cancha, sigo a mi equipo /con mis amigos voy a bailar /Y si mi chica ya me dejó /ya no me importa /y si esta noche no vuelvo a casa /ya no me importa." (''Por eso vivo" de Los Mohicanos) "Se acerca el fin de semana /todos a la cancha vamos a ir / Ya está todo preparado /el bombo y el trapo para salir (...) /dejamos el alma en el tablón / borracho yo voy cantando /con mis amigo voy festejando un triunfo más." ("El tablón" de Yerba brava). "Ritmo de tambores se empieza a escuchar/ el silbido a los guachines comienza a llamar /toda la esquina se pone a bailar/ en cuero y zapatillas, la cumbia de la villa." ("La cumbia de la villa" de Yerba brava). "Ahí está más borracho que nunca /en la puerta del baile queriendo entrar/ No sé cómo lo consigue /pero ahí adentro siempre lo encontrás/ y por la pista pasea pidiendo plata para tomar /o chamullarse una mujer y así una jarra poder comprar. Arruinado saliste y en la calle tirado estás /ni las medias te dejaron /y parece que perdiste algo más." ("El borracho" de Yerba brava) "Borracho he amanecido /por las calles muy perdido /hecho un hacha y arruinado /suavemente voy cantando. /Y mi mujer con un palo me está esperando /Yo me echo a correr/ A casa yo no voy, todo se reprudió /al baile me voy." (Damas gratis).

Podríamos seguir citando diferentes letras de distintos grupos y veríamos que la mayoría coincide con las características que se les asigna. Las letras confirman cómo se construyen a sí mismos tomando como modelo el estereotipo que el otro grupo, el "diferente", tiene de ellos. No nos cuentan ninguna novedad, no nos dan ningún dato que no coincida con la imágen que los que no pertenecemos a su mundo, tenemos de ellos. No se sienten parten de la sociedad. Por un lado ellos, por otro, la sociedad. Intentan penetrarla, acercarse, frecuentar los lugares de los otros, pero, por supuesto, quedan afuera.

 

Como en la tragedia griega, su destino está marcado y nada puede cambiarlo. Desde el nacimiento están signados por un karma que no los dejará y marcará sus vidas. Y la vida que les toca tiene poco por ganar dentro de su universo y todo por perder porque el otro no los acepta. Lo que a ellos se refiere significa destrucción: alcohol, drogas, vagancia, cárcel, robos, peleas, abandonos y frustraciones. "Su suerte ya estaba escrita /desde el momento en que nació. Hijo de padres villeros /con la cumbia se crió /y ahora que está más grande /y al baile quiere colar /el "rati" con bronca grita: /Negro villa, vos no entrás/. Todos se hacen los giles / te dejan siempre tirado /que por ser negro villero /él estaba condenado. En el trabajo tampoco pega /de todos lados él rebotó /le buscan todos los peros /Cansado el negro ya se rindió /La sociedad no le dio salida /y el mal camino él encaró /y en una noche pesada la muerte se lo llevó / que por ser negro villero él estaba condenado".


En todas partes

El fenómeno de la cumbia villera fue analizado en más de una oportunidad y una de las cosas que llama la atención es cómo fue ganando espacio en las discotecas. Gente de otros grupos, de otra cultura, de otra forma de mirar al mundo; gente que maneja los mismos elementos, pero que les da otro nombre, otro lugar social son los que dejan que en su lugar de diversión aparezca el fenómeno cumbia villera. Bailan, se divierten, compran los discos, aprenden letras y pasos, pero no se suman a ella. Saben que están escuchando lo que quieren. Les muestran la imagen del villero que ellos mismos construyeron, les cuentan lo que quieren escuchar, no les modifican estructuras. Los villeros siguen siendo los inferiores que, en lugar de posesionarse desde otro lugar, sirve a su amo respondiéndoles tal cual este último quiere. El bufón baila para que el rey se ría de él. El villero se canta a sí mismo como quiere la clase que se le presenta como superior.

En este juego nada sale de lo que el poder hegemónico permite. El grupo de "los villeros" responde a la ideología mediante la cual se los esclaviza. La industria cultural ha determinado que la cumbia villera es un elemento perfecto para engañar a quienes podrían rebelarse y le da el espacio que necesita. Por eso es que la denominación cumbia villera podría cambiarse por la de "Cumbia made in la villa".

Catalina Sosa
http://elsigno.cholloblogs.com

Bibliografía:
Amossy, R. Y Pierrot, A.: Estereotipos y clichés. Buenos Aires, Eudeba, 2001.
Horkheimer, M. y Adorno, T. : Dialéctica del iluminismo. Buenos Aires, Sudamericana, 1987.
Riera, D. : "El ritmo de la villa" en Rolling Stone, julio de 2001.

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[1] Amossy, A. Y Herschberg, P.: Estereotipos y clichés. Bs As, Eudeba, 2001. Pp 48 y 49.
[2] Op. Cit. P. 55



Pablo Lescano y Damas Gratis - Encuentro en el Estudio - Programa Completo [HD]


Géneros musicales y culturas urbanas

Por Rodolfo Etrea, psicólogo social y comunicador

LA CUMBIA VILLERA

"El tano entendió que el sonido de Dama Negra no sólo era cumbia, era canción testimonial, grito de revancha, rencor concentrado. ¿Por qué mierda habré nacido aquí? ¿Por qué no puedo ir a la escuela? ¿Por qué los ratis me persiguen? ¿Por qué me pegan? ¿Por qué tengo que ir a cirujear? ¿Por qué me violan? Porque de todos los colores, en especial negros. Y después, cuando las preguntas sin respuestas se asientan en el fondo del corazón, es posible levantar el orgullo de origen y hacer música". [De "Paco", personaje del cuento "Los ángeles bailan cumbia", del libro "Pendejos" de Reynaldo Sietecace]

Si el tango, según Discépolo, es "un pensamiento triste que se baila" y el rocanrol, según el Indio Solari, es "un pensamiento crítico que se baila", habrá que pensar, según el psicoanalista Lewkowicz, a la cumbia villera, como una subjetividad desesperada o una desesperación sin pensamiento que se baila. Entendiendo que la cumbia villera está sostenida en un fondo absoluto de desesperación (exclusión).

La cumbia villera, como toda música que nace marginal; que nace "maldita", vive una infancia corta y arrebatada. Desde el primer hit fundacional "Sos un botón", firmado por Pabo Lescano e interpretado por Flor de Piedra, este género experimenta un brutal y alucinado estallido popular, paralelamente a este crecimiento, una cacería moral y ética no muy consecuente y varios intentos por declararlo muerto.

Pablo Lescano x Pablo Lescano
"Hice muchas cosas feas, de las que me arrepiento. Me descontrolé con el escabio y otras porquerías. Hice cualquier desastre, no lo niego ni lo oculto. Pero también de las cosas malas se aprende. Yo estoy de pie. Acá me ven. Pero más que eso. Lo que quiero es que me escuchen. Yo soy músico. Mú-si-co! Es lo único que importa."

"En México, en Paraguay, en Pacheco o en Tucumán, pasa siempre lo mismo. Los que nos siguen se identifican con nosotros. A los que nos gusta venir a bailar o a tocar y después quedarnos a bailar y disfrutar, no nos gusta hacernos los artistas. Nos consideramos músicos. Artistas son los que hacen que tocan."

"Lo mío es la cumbia colombiana, la cumbia... Vivo cumbia, amo cumbia. Puedo llegar a escuchar alguna otra cosa, por influencia de algunos amigos, pero mi fuerte, lo que mas me conmueve es la cumbia. Todo lo que hice en mi vida me sirvió. Uno de la vida aprende. De las cosas que hace bien, aprende, y de las cosas que hace mal, se cae y se levanta con mas fuerza para seguir adelante. Así que no me puedo quejar de nada"

Lo que hoy es innegable e incontrastable es que la cumbia villera está en todas partes, con su sonido cadencioso, hiperealista y ferozmente pegadiza.

Siguiendo con Lescano, que como se sabe es el principal responsable del giro que pegó una parte de la cumbia villera en el último tiempo. Un giro, que además de temático es sonoro.

Es el que reinventó el sonido del teclado cumbiero, llevándolo a una atmósfera de ensoñación suburbana, sintética y seductora.

El líder de Damas Gratis plantea que la cumbia villera es una mezcla de ritmos mucho más activa de lo que sugiere su título. Va más allá de su lugar de origen, hay mezclas interesantes, mezclas que incluyen el reggae, el tango más reo y un híbrido que podría denominarse SKA pueblerino.

Otra de las cosas sorprendentes, sostiene Pablo Trapero, director de entre otras películas Mundo Grúa, El Bonaerense, es que estos himnos anti-ratis, eran consumidos por los propios policías. O sea que no hay una cuestión de bandas, sino que es la música de un mismo lugar. No hay música de buenos o de malos.

Para su análisis podríamos calificarla a la cumbia villera como una tribu urbana. Esta tribalización implica una ruptura con el orden social, monopolizado por la uniformidad, en un proceso de fragmentación, creciente con la explosión de identidades pasajeras.

Las tribus son una reacción conciente o no a la progresiva juvenilización de sectores bajos y medios, que aparecen desvinculados de la conflictividad, pero que son alcanzados por el aumento de la pobreza, el desempleo y la exclusión.

La opción por las tribus funciona en parte, como una deserción, un camino de vida alternativo, dirigido por otros valores, orientados hacia una dirección distinta, un abandono radical de la pelea antes de iniciarla. Bajarse del tren antes de que el viaje comience.

Pueden advertirse en estos posicionamientos, en estas resistencias, en estas opciones encontradas, claros exponentes de la lucha de clases, librada fundamentalmente en el plano simbólico.

Se puede concluir con algunos conceptos del sociólogo Néstor García Canglini "adoptar el punto de vista de los oprimidos o excluidos puede servir en la etapa de descubrimiento para generar hipótesis o contrahipótesis. Para hacer visibles campos de la realidad descuidados. Pero el objetivo final no es representar la voz de los silenciados, sino entender y nombrar los lugares. Desde donde sus demandas o su vida cotidiana entra en conflicto con los otros".

Fuente: www.agenciaisa.com.ar


Cumbia villera: No es lo mismo, pero es igual

Por Julia Castiglioni

La cumbia villera es un fenómeno que ha ido avanzando en los últimos años y en la actualidad es descalificada por las clases medias y altas, demostrando una vez más una sociedad fracturada y prejuiciosa. Pero este tipo de expresión no es nueva, sino que también lo fueron el folclore, el tango y el rock en su momento.

La cumbia villera ha tenido su crecimiento en los últimos años, y en la actualidad, no existe persona que desconozca a los grupos Los Pibes Chorros o Damas Gratis. Se trata de un movimiento creado en la periferia, como método de resistencia a la exclusión, como una forma de demostrar la realidad que se viene dando en Argentina luego de la globalización. En cada tema se apela a la vida en las villas, la droga, el alcohol, las cárceles, etc.

Basta con leer la letra "Mira El Negro" del grupo Supermek2 donde se narra la vida de ellos: "mira que negro que soy/ mira que negro que soy/ yo tomo vino en cartón/ y cuando empiezo a escaviar/y cuando empiezo a escaviar/ a mi me cabe descontrolar"; "Los Hermanos de Lito" de Altos Cumbieros "a la vuelta de mi casa en su guarida/ vive Lito con todos sus hermanos/en el barrio toda la policía/los conocen porque viven del afano/son los capos del asfalto/los aprietes y secuestros extorsivos/son expertos en estafas/y manejan todo el juego clandestino". Y si de estética se trata, "Sangre Negra" de Altos Cumbieros se encarga de explicarlo: "llanta verruga, chaleco y camisa/ rosario en el cuello, cigarro con la birra/ las pibas les cabe la nuca rapada/alto flequillo y escracho en la espalda".

Pero esta temática no es novedosa, sino que se inicia con la copla gauchesca, pasando por el tango, el chamamé y el rock. Uno de sus ejemplos más claros es el de Antonio Mamerto Gil Núñez, más conocido como Gauchito Gil, prófugo y desertor luego de negarse a pelear contra los federales; perseguido por la autoridad se interna en un monte para liderar a un grupo de cuatreros y de allí viene su fama de robarles a los ricos para repartir entre los pobres convirtiéndose en una especie de Robin Hood argentino.

Roberto Galarza lo nombra en uno de los chamamés "Antonio Gil te llamaban/ gaucho noble de alma buena"; y Julián Zini hace lo mismo "si robo, le robo al rico/por justicia popular/la inocencia de los pobres/ se llama necesidad". Y como él, se pueden nombrar otros criminales, santificados y que viven en el imaginario popular; el mismo Martín Fierro, prófugo de la ley, Francisco Cubillos, Juan Bautista Bairoletto y Francisco López, entre otros.

En el caso del tango hay infinidad de casos donde se demuestra el trasfondo de las malas yuntas, como "¿Por qué soy reo?" de Meaños y Velich, donde dice "yo soy un pobre reo/sin cuento no leyenda/no tengo quien me venda/cariño ni ilusión/ es mi único deseo/pasarla en la catrera/no tengo quien me quiera/sino un perro rabón/en mi bulín mistongo/no hay cintas, ni moñitos/ni aquellos retratitos/que cita la canción/no escucho ni el rezongo/de un fuelle que se queja/no tengo pena vieja/ni preocupación". Otros ejemplos son "El Guapo de la Guardia Vieja" de Cadicamo y "La Gayola" de Armando José Tagini.

Finalmente en el rock existen canciones como Matador de los Fabulosos Cadillacs o Pibe Tigre de Almafuerte: "mañana es ya/ y sin achiques/el pibe marcha pedaleando/a laburar/ desayunó mate de origen/ mastico algo/ prendió un faso/y se alejo/a ganarse un hueso como changarín/de un trompa extranjero que compra el país/ y lo derrite después"; aquí el objetivo es el mismo, la resistencia a los poderes homogéneos; pero no es aceptado por las clase media y alta argentinas, que ven en la cumbia villera algo grotesco y desagradable.

En la cumbia villera se implora a la birra y al tetra como se lo hace en las publicidades televisivas; sin embargo estas últimas traen consigo unos culos y tetas perfectas o algún rubio musculoso, que llama más la atención que un negro con gorrita y desalineado. Se cuenta lo mismo que los medios de comunicación decían lo que eran, pero de manera diferente, con clichés propios que ya han sido asimilados por todos; nombra a la villa como antes las coplas lo hacían con el rancho o el tango con el conventillo o arrabal.

Pero detrás de todo hay una negación de la sociedad a pensar que la pobreza existe, que lo que se dice en estos temas es real y forma parte de este país, traducida en forma de racismo. Porque como decía Foucault, "qué es el racismo sino el hecho de exponer a la muerte o de multiplicar para algunos el riesgo de muerte, sea a través del hambre, la desocupación, la miseria, la falta de salud, la contaminación, etc". Sin embargo en cualquier boliche o fiesta familiar todos saben que a cierta hora llega la cumbia villera y al bailarla, la clase media se resigna a seguir lo que en estado normal no se aceptaría, como el consumo de drogas o el imperativo de robo.

Mientras tanto aquellos que poseen cuentas en dólares en el exterior, veranean en Punta del Este, empresarios con autos importados bailan con la música de los marginados, con esos que no pueden llegar a fin de mes ni alimentar a sus hijos y por eso salen a robar, a esos que frente a frente le temen en la calle y que ven como los malos de la sociedad, demostrando que las diferencias entre ellos no son tan abismales, sólo ideológicas y/o sociales.

Fuente: www.cherro.com.ar
 


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"Cuando me muera quiero que me toquen cumbia"

Cuando me mueran quiero que me toquen cumbia es un relato de Cristian Alarcón, quien bajo la influencia simultánea de Rodolfo Walsh y Pedro Lemebel reconstruye la vida y la muerte de los jóvenes marginales del conurbano bonaerense.

Periodista y escritor. Comenzó publicando crónicas en el diario Página/12. Autor de Si me querés, queréme transa y de Cuando me muera quiero que me toquen cumbia. Coordina talleres de escritura en Buenos Aires y Rosario. Profesor de la Facultad de Periodismo y Comunicación de la UNLP. Maestro de la FNPI.


Prólogo

Cuando llegué a la villa sólo sabía que en ese punto del conurbano norte, a unas quince cuadras de la estación de San Fernando, tras un crimen, nacía un nuevo ídolo pagano. Víctor Manuel "El Frente" Vital, diecisiete años, un ladrón acribillado por un cabo de la Bonaerense cuando gritaba refugiado bajo la mesa de un rancho que no tiraran, que se entregaba, se convirtió entre los sobrevivientes de su generación en un particular tipo de santo: lo consideraban tan poderoso como para torcer el destino de las balas y salvar a los pibes chorros de la metralla. Entre los trece y los diecisiete años el Frente rodaba al tiempo que ganaba fama por su precocidad, por la generosidad con los botines conseguidos a punta de revólveres calibre 32, por preservar los viejos códigos de la delincuencia sepultados por la traición, y por ir siempre al frente. La vida de Víctor Vital, su muerte, y las de los sobrevivientes de las villas de esa porción del tercer cordón suburbano –la San Francisco, las 25 de Mayo y La Esperanza–, son una incursión a un territorio al comienzo hostil, desconfiado como una criatura golpeada a la que se le acerca un desconocido. La invocación de su nombre fue casi el único pasaporte para acceder a los estrechos caminos, a los pequeños territorios internos, a los secretos y las verdades veladas, a la intensidad que se agita y bulle con ritmo de cumbia en esa zona que de lejos parece un barrio y de cerca es puro pasillo.

Quizás hubiera sido mejor revelar la identidad de un asesino, la mecánica de un fusilamiento, un mensaje de la mafia, la red de poder de un policía corrupto, un crimen pasional cometido con una faca bien afilada. Detrás de cada uno de los personajes se podría ejercer la denuncia, seguir el rastro de la verdad jurídica, lo que los abogados llaman "autor del delito" y el periodismo, "pruebas de los hechos". Pero me vi un día intentando torpemente respetar el ritmo bascular de los chicos ladrones de San Fernando, sentado durante horas en la misma esquina viendo cómo jugaban al fútbol y sancionaban a las patadas al mal zaguero central. Me vi sumergido en otro tipo de lenguaje y de tiempo, en otra manera de sobrevivir y de vivir hasta la propia muerte. Conocí la villa hasta llegar a sufrirla.

Con el tiempo y el progreso del asfalto y la urbanización impuesta por el municipio, la villa San Francisco, y a sus costados norte la 25, y sur La Esperanza, se fueron convirtiendo en un barrio. Sobre el natural caos de la edificación no planificada se trazaron algunas calles y algunos ranchos desaparecieron bajo las topadoras para dar lugar al cemento y al orden. Pero la traza colonial sólo logra dar la impresión de un barrio con esas fachadas en las que a pesar de la pobreza se ha puesto esmero. Es una delantera amable de la villa: entre casa y casa, entre frente y frente, se abren los pasillos que llevan a los caseríos de los fondos. Detrás de cada zaguán se esconden las casillas de chapa mejoradas con improvisadas paredes de bloques o ladrillos. Justo entre la 25 y La Esperanza ha quedado intacta una porción de la vieja villa de ranchos encimados con cuatro pasillos internos. En uno de ellos, al que se entra por la calle General Pinto, a una cuadra de su casa, fue asesinado el Frente Vital la mañana del 6 de febrero de 1999.

Muy de a poco el campo de acción en el lugar se fue ampliando para mí, abriéndose hasta dejarme entrar a los expendios de droga, a las casas de los ladrones más viejos y retirados, a los aguantaderos. Al principio sólo podía circular por la cuadra del Frente, sólo ver cómo, al llegar la hora de comer, las mujeres comenzaban a hacer una recolección sistematizada de préstamos entre los vecinos de siempre. Media taza de aceite de un rancho, un poco de arroz de otro, una cebolla, un precioso pedazo de carne más allá. Las madrazas en busca del faltante para resolver el hambre se cruzaban de vereda a vereda rescatando porciones a reciclar con unapericia que evidenciaba el entrenamiento en la faena de llenar la olla del día, la inmediata necesidad de saciar los estómagos de cada familia.

Al Frente lo enterraron en una tumba del sector más pobre del cementerio de San Fernando, donde conviven los mausoleos señoriales de la entrada y las pedestres sepulturas sobre la tierra. Adornados por flores de plástico, los muertos quedan como sembrados a lo largo de una planicie en la que resalta hoy la tumba de Víctor Vital. Resplandece entre las demás por las ofrendas. Grupos de chicos enfundados en sofisticados equipos de gimnasia y zapatillas galácticas se reúnen para compartir con el Frente la marihuana y la cerveza. Las ofrecen para pedirle protección.

San Fernando es ese partido del conurbano bonaerense cuya estación del ferrocarril Mitre es casi la última antes de llegar a Tigre, a poco del Río de la Plata, entre Beccar y Carupá: es la zona del país donde la brecha entre pobres y ricos es abismal. La fortuna ajena parece al alcance de la mano: allí se da la maldita vecindad
entre el hambre y la opulencia.

A dos años de mi llegada al barrio, los chicos de la generación que creció sin el particular y cuestionable orden que defendía al Frente Vital les roban a las ancianas y los niños del lugar. Buscan diez pesos para una próxima dosis de mentirosa altivez. Se conforman ya no con la reivindicación del propio ser al tomar por asalto el status prohibido de las marcas famosas sino con un paraíso artificial que da una bolsa de Poxirán o intoxicados con las pastillas diseñadas para calmar la angustia del perfecto pequeño burgués diluidas en el peor vino ofertado por el almacenero, al que tarde o temprano asaltarán, simplemente porque los tiempos han cambiado en contra nuestra y ya no hay ley, no hay iguales, no existe el milagro de la salvación.

Como si él y su poderío místico incluyeran la condena y la salvación, el mito del Frente Vital me abrió la puerta a la obscena comprobación de que su muerte incluye su santificación y al mismo tiempo el final de una época. Esta historia intenta marcar, contar ese final y el comienzo de una era en la que ya no habrá un pibe chorro al que poder acudir cuando se busca protección ante el escarmiento del aparato policial, o de los traidores que asuelan como el hambre la vida cotidiana de la villa.
 

 

Capítulo I

María tenía las manos metidas en el agua jabonosa de un fuentón cuando llegó la peor noticia de su vida.

—¡Loco! ¡Vengan! ¡Vamos a fijarnos! ¡Está toda la yuta! ¡Parece que lo agarraron al Frente!

María retorcía un jean en el patio del rancho de su novio Chaías. Vivía allí hacía dos semanas, exiliada por primera vez de la casa de su familia, tras una discusión con su padrastro, un poco respetad dealer de la zona, miembro del clan de los Chanos.

—¡Loco! ¡Parece que mataron al Frente!

Los pibes de esa cuadra que desde afuera parece un barrio pero por dentro es puro pasillo, todos, menos ella, salieron corriendo tal como estaban. María se quedó parada allí, sin volver la vista atrás, disimulando por pudor a causa de ese noviazgo corto pero intenso que ya había dejado de tener con el Frente. Prefirió decirse a sí misma: “Yo me hago la estúpida”. Especuló con que si algo verdaderamente malo ocurría, alguien llegaría a avisar. Por eso hizo como que frotaba la ropa, soportando las ganas dellegar también ella, más rápido que ninguna, desesperadamente, a ver la suerte que había corrido el chico de quien, a pesar de la separación reciente, aún estaba enamorada.

—Lo mataron al Frente —dijo, después de unos diez minutos, una mujer del otro lado de su cerco.

María lo escuchó sabiendo que algún día podía suceder, pero jamás tan pronto: ella, trece y él, diecisiete; y esas profusas cartas de amor sobre un futuro que se le antojaba el único, aunque ahora estuviera con otro, aunque su nuevo novio fuera uno de los amigos de Víctor, aunque el mundo se cayera. Salió secándose las manos en el pantalón, y anduvo una, dos, tres cuadras, cruzó el descampado y se metió en la villa 25 de Mayo directo hacia el rancho de su madre, el mismo del que se había escapado para refugiarse en la casa de Chaías. Apenas entró, se arrojó a los brazos de la mujer, como hacía mucho tiempo que no sucedía:

—Ma, me parece que lo mataron al Frente, acompañame —le dijo llorando en su hombro.

*

Laura estaba cubierta sólo por una sábana, acalorada por el peso de la humedad que a las diez y media de la mañana antecedía a la tormenta; el cuerpo exhausto después de una noche de Tropitango con el Frente, las chicas y el resto de los amigos que quedaban en libertad. La despertó una bulla atípica para una mañana de sábado, una agitación que de alguna manera preanunciaba la batalla que sobrevendría. Su madre no tardó en alertarla. Le dijo, sin siquiera saludarla, con una voz áspera pero sin embargo piadosa:

—Lau, me parece que lo mataron al Frente.

Salió de la cama anestesiada, sin sentir el peso del cuerpo trasnochado, de los litros de alcohol que había tomado mientras bailaban por undécima vez en el centro de la pista con esos romances tortuosos entonados por Leo Mattioli y su banda. Hizo la media cuadra de pasillo que la separaba del potrero desierto que dejaba ver el escuálido frente de la villa:

—¡Parecía como si estuvieran buscando al Gordo Valor! ¡La cantidad de policías que había!

Los más cercanos a Víctor se fueron arrimando todo lo que pudieron al rancho donde lo tenían encerrado. Se habían escuchado los tiros. Varios habían visto de refilón cómo Víctor y tras él Luisito y Coqui, dos de los integrantes de Los Bananita, pasaban corriendo por el corazón de la 25 con las sirenas policiales de fondo, cruzaban por el baldío que da a la San Francisco y se perdían en uno de sus pasillos metiéndose en el rancho de doña Inés Vera. Supieron por el veloz correo de rumores de la villa que Coqui cayó rendido en la mitad del camino, cuando al atravesar una manzana de monoblocks en lugar de seguir escapando intentó esconderse en una de las entradas. Desde el momento de los disparos, no hubo más señales sobre lo que había pasado. Nadie sabía si Luis y el Frente estaban vivos. Los policías se vieron rodeados apenas se internaron en la San Francisco; cada vez con más refuerzos, intentaban convencer a los vecinos de que se retiraran.

*

Mauro avanzó por entre los ranchos y consiguió treparse al techo de la casilla cercada por un batallón de policías en la que habían intentado refugiarse Víctor y su compinche, Luisito. Mauro era uno de los mejores amigos del Frente, un integrante fuerte de la generación anterior de ladrones, que, después de pasar demasiado tiempo preso y tras la muerte de su madre, había decidido alejarse del oficio ilegal y buscarse un trabajo de doce horas para lo básico, ya lejos de las pretensiones. Mauro había influido en Víctor con sus consejos sobre los viejos códigos, el “respeto” y la ética delincuencial en franca desaparición. Mauro recuerda bien que dormía con Nadia, su mujer, cuando lo despertaron los tiros. “Le dije: ‘Uy, los pibes’. Porque siempre que se escuchan tiros es porque hay algún pibe que anda bardeando. Me levanté, me puse un short y encaré para aquel lado”.

Apenas salió de su rancho, una nena que vivía a la vuelta y que lo sabía amigo inseparable de Víctor, a pesar de que para entonces él ya comenzaba a “dejar el choreo”, le dijo la frase tan repetida aquella mañana:

 

—Me parece que lo mataron al Frente.

Corrió hasta la entrada de la San Francisco. Un policía lo frenó:

—No podés pasar.

Mauro continuó sin mirar atrás. El policía le chistó. Él siguió acercándose a Víctor.

—A vos te digo, no podés pasar.

—Qué no voy a poder pasar —le dijo—. Yo voy para mi casa, cómo no voy a poder pasar, loco, si no hay una cinta ni nada.

Durante unos minutos creyó, incluso se lo dijo a Laura, que el Frente había podido escapar. “Este hijo de puta se les escapó”. Igual se trepó al techo, para cerciorarse. Desde lo alto podía ver la mitad del cuerpo de Luis saliendo de la puerta del rancho. Estaba inmóvil, parecía muerto, pero sólo lo simulaba por el pánico al fusilamiento. Mandó a pedir una cámara de fotos que no tardó nada en llegar. Disparó varias veces para registrar lo que sospechaba que la Policía Bonaerense ocultaría. Temía que Víctor estuviera herido y que, tal como estaba marcado por la Bonaerense, dejaran que se desangrase al negarle la asistencia médica. Por eso amenazaba con arrancar las chapas de la casilla si la policía no se decidía a sacarlo de allí. Hasta que Luis no pudo evitar que contra su voluntad las piernas comenzaran a temblarle. Uno de los uniformados se dio cuenta:

—Che, guarda porque éste está vivo.

Laura vio cuando lo retiraban del lugar en una camilla con la cabeza ensangrentada por el tiro que le rozó el cráneo. Chaías consiguió acercarse a él. Luis lloraba.

—El Frente, fijate en el Frente —alcanzó a decirle antes de que lo metieran en la ambulancia.

Laura se preocupó cuando unos minutos después la segunda ambulancia que había llegado para los supuestos heridos se fue vacía.

—Señor, ¿y el otro chico? —preguntó a uno de los uniformados, con miedo a la respuesta.

—Está ahí adentro, lo que pasa es que está bien —le mintió.

—¿Y por qué una de las ambulancias ya se fue?

—¡Porque está bien, nena! —cerró el policía.

*

Entre los que peleaban su lugar cerca del rancho también esperaba Matilde, confidente privilegiada del Frente, cómplice de hierro a la hora de dar refugio después de un robo, cartonera y madre de Javier, Manuel y Simón Miranda, los mejores amigos del Frente, los chicos con los que a los trece había comenzado en el camino del delito. Matilde había conseguido escurrirse hasta la puerta misma del rancho y desde ahí hablaba con Mauro, amotinado en el techo. Estuvo casi segura de que al Frente lo habían matado cuando presenció las preguntas y las evasivas entre Mauro y uno de los hombres de delantal blanco que entró al rancho con un par de guantes de látex en las manos.

—Eh, ¿qué onda con el pibe? ¿Por qué no lo sacan? —le preguntó Mauro.

—No, ahora vamos a ver —intentó evadirse el enfermero.

—Decime la verdad, decime si está muerto.

—No te puedo decir nada —lo cortó.

—Decile la verdad, loco, no va a pasar nada. Está muerto, ¿no?

El enfermero ya no volvió a abrir la boca, pero cuando volvió a pasar, bajando los párpados lentamente, lo confirmó.

Pato, el hermano mayor de Víctor, estaba en su turno de doce horas en un supermercado donde era supervisor. Su hermana Graciana ya se había casado y se había ido a vivir a Pacheco. Si no aparecía un familiar, la policía seguiría reteniéndolo en el rancho de doña Inés Vera.

—Vayan a buscar a la madre, que está trabajando en el supermercado San Cayetano de Carupá —propuso un chico.

 

Allá partieron Laura y Chaías en un remise. Pero Sabina estaba en la sucursal de Virreyes. Volvieron al barrio. La gente seguía amontonándose alrededor del rancho. A Virreyes corrieron a buscarla otros vecinos.

—Vení, Sabina, porque hay un problema con la policía.

—Pero dejalo que se lo lleven a ese guacho por atrevido. Yo no voy a ninguna parte —se negó Sabina, como siempre en lucha contra la pasión ladrona de su hijo menor, dispuesta a que lo metieran preso con la esperanza de que el encierro en un instituto lo reformara y lo convirtiera en un adolescente estudioso y ejemplar.

—Venite que está adentro de una casa. ¡Venite!

La convencieron. Sabina pensó: “Éste tomó como rehén a alguien y está esperando que yo llegue para entregarse, pero antes lo voy a trompear tanto…”. No llegó a imaginar la muerte de su hijo hasta que el auto se asomó al barrio doblando por la calle Quirno Costa y pudo distinguir desde el otro lado del campito un móvil de Crónica TV y un helicóptero sobrevolando la muchedumbre. “Cuando vi el mosquerío de gente y de policías, me temblaron las piernas”. Bajó del remise y escuchó que gritaban:

—¡Viene la mamá! ¡Viene la mamá! —atravesó desesperada y los pibes y las mujeres iban abriendo paso a lo largo de todo ese pasillo. Fue en ese momento en que se le unió como una guardaespaldas incondicional Matilde, experta en reclamar por sus chicos y pelearse con la policía cada vez que caían presos. Juntas llegaron a la valla humana de policías que custodiaba el acceso al rancho. Sabina dijo, con los labios apretados:

—Soy la madre —y entró.

*

María, la ex novia del Frente, en ese mismo momento caminaba sostenida por su madre hacia el campito que da a la vereda de la San Francisco por un lado y la 25 por el otro. Lo primero que vio fue la flaca silueta de su novio Chaías que saltaba en el medio del campo y gritaba.

“Todos gritaban, me mareé de repente, no veía nada, no entendía nada, me había puesto muy nerviosa, temblaba, tenía miedo y no sabía bien de qué. Hasta que llegué a la puerta del rancho, porque me iban dejando pasar, y la vi a Sabina”. Ella, Sabina Sotello, tratando de conservar la calma, queriendo creer a pesar de todo que el sabandija había tomado rehenes, preguntó intentando parecer tranquila:

—¿Dónde está mi hijo?

Una mujer policía de pelo corto, subcomisaria a cargo del operativo, la miró y no quiso contestarle.

—Yo soy la mamá —le dijo, dándole todos los motivos del mundo en uno para que le contestara.

Sabina miró hacia los costados buscando el rostro de Víctor. Pero no alcanzó a distinguirlo. “Yo creía que me lo iba a encontrar ahí parado, qué sé yo, y esta mujer no me decía qué había pasado, así que me saqué”. La agarró del cuello del uniforme y la levantó contra un ropero pequeño que había en aquel cuarto de dos por dos.

—¿Dónde está mi hijo?

—Calmate, calmate.

—¿Dónde está mi hijo?

—Pará, pará, calmate.

Sabina no dudaba en estrangularla si no hablaba, no se la quitarían de las manos si no le aclaraban qué había pasado con Víctor. Y entonces escuchó el tecleo de una máquina de escribir sobre una pequeña mesa. “Y cuando escuchás eso ya te imaginás, ¿viste?, cuando están escribiendo…”.

*

El hombre que escribía a máquina detallaba en lenguaje judicial los hechos que habían llevado a la muerte de Víctor Manuel Vital esa mañana de febrero. La historia tenía domicilio: el número 57 de la calle General Pinto, esquina French. Allí, en la puerta de su casa, Víctor le dejó en custodia a Gastón, el hermano mayor de Chaías, las cadenas, las pulseras, los anillos de oro, los fetiches de estatus que siempre llevaba puestos. Marchó, preparado para “trabajar”, a encontrarse con otros dos adolescentes con quienes solía compartir los golpes: Coqui y Luisito, dos ladrones también de diecisiete, y de otra villa con nombre católico: Santa Rita. Ellos dos y dos hermanos hijos de un ladrón conocido como el “Banana” se harían famosos tiempo después de la muerte de Víctor en una de las primeras tomas de rehenes televisadas. Habían querido robar a una familia y en lugar de escapar rápido se habían entusiasmado con la cantidad de objetos suntuosos que encontraron en el chalet de Villa Adelina. Algo parecido a lo que les ocurrió ese 6 de febrero cuando tardaron en robar una carpintería a sólo ocho cuadras de French y Pintos.

Gastón intentó persuadirlo: que no fuera, que se quedara esta vez porque el lugar tenía un “mulo”, que en la jerga significa vigilador privado; que otros ya habían “perdido” intentando lo mismo. Víctor no quiso creerle. En menos de diez minutos estaba encañonando al dueño de la fábrica de muebles. En quince salían corriendo del lugar muy cerca de la mala suerte. Los dos patrulleros que rondaban la zona recibieron un alerta radial sobre el asalto. “Tres NN masculino, de apariencia menores de edad, se dirigen con dirección a la villa 25”, escucharon. En el móvil 12179 iban el sargento Héctor Eusebio Sosa, alias el “Paraguayo”, y los cabos Gabriel Arroyo y Juan Gómez. Y en el 12129, el cabo Ricardo Rodríguez y Jorgelina Massoni, famosa, por sus modos, como la “Rambito”. Las sirenas policiales se escuchaban cada vez más cerca. Víctor corría en primer lugar, acostumbrado como ninguno a escabullirse: en el último tiempo ya no podía pararse en ninguna esquina. Su sola presencia significaba motivo suficiente para una detención. A sus espaldas pretendían volar Coqui y Luisito.

—¡No puedo más! ¡No puedo más! —escucharon quejarse a Coqui, que quedó relegado en el fondo por culpa de sus pulmones comidos por la inhalación de pegamento.

Riéndose del rezagado, el Frente y Luis entraron por el primer pasillo de la San Francisco. Alicia del Castillo, una vecina de generosas proporciones, caminaba por el sendero con su hija de dos años de un lado y la bolsa del pan en el otro. El Frente la agarró de los hombros con las dos manos para correrla: ya no llevaba el arma encima. En seguida “colaron rancho”, como le dicen los chicos a refugiarse en la primera casilla amiga. La mujer que les dio paso para que se salvaran, doña Inés Vera, se paró en la puerta como esperando que pasara el tiempo y los chicos se metieron debajo de la mesa como si jugaran a las escondidas.

Los policías habían visto el movimiento. Ni siquiera le hablaron, la zamarrearon de los pelos y a los empujones liberaron la entrada. Los chicos esperaban sin pistolas: Luisito me contó que se las dieron a doña Inés, quien las tiró atrás de un ropero. Las descartaron para negociar sin el cargo de “tenencia” en caso de entregarse. Lo mismo que el dinero: lo guardó ella debajo de un colchón y lo encontró la policía, aunque nada de eso conste en las actas judiciales.

En cuclillas bajo la mesa, el Frente se llevó el índice a los labios: “Shh… callate que zafamos…”, murmuró, y vieron a una mujer policía y dos hombres entrar al rancho apuntando con sus reglamentarias. El sargento Héctor Eusebio Sosa, el Paraguayo, iba adelante con su pistola 9 milímetros. Pateó la mesa con la punta de fierro de su bota oficial; la dejó patas arriba en un rincón. Víctor alcanzó a gritar:

—¡No tiren, nos entregamos!

Luis dice que murmuraron un “no” repetido: “No, no, no”, un “no” en el que no estaban pudiendo creer que los fusilaran: “Nos salió taparnos y decir ‘no, no’, como cuando te pegan de chico”, me contó Luisito en un pabellón de la cárcel de Ezeiza, condenado a siete años de cárcel por los robos que después de la muerte del Frente siguió cometiendo, exultante al recordar los viejos tiempos después de tanto, el día de su cumpleaños veintiuno. Y describió sin parar la escena final: en el aire estrecho de aquella miserable habitación de dos por dos, silbaron cinco disparos a quemarropa. Luis supo que los fusilaban; como impulsado por un resorte, saltó hacia la puerta. En el aire una bala le rozó el cráneo. Quedó con la mitad del cuerpo afuera del rancho, ganándole medio metro al pasillo. Se desmayó. El Frente intentó protegerse cruzando las manos sobre la cara como si con ellas tapara un molesto rayo de sol. Luisito recuperó la conciencia a los pocos minutos, pero se quedó petrificado tratando de parecer un cadáver.

El Frente falleció casi en el momento en que el plomo policial le destruyó la cara. Las pericias dieron cuenta de cinco orificios de bala en Víctor Manuel Vital. Pero fueron sólo cuatro disparos. Uno de ellos le atravesó la mano con que intentaba cubrirse y entró en el pómulo. Otro más dio en la mejilla. Y los dos últimos, en el hombro. En la causa judicial, el Paraguayo Sosa declaró que Víctor murió parado y con un arma en la mano. Pero la Asesoría Pericial de la Suprema Corte, por pedido de la abogada María del Carmen Verdú, hizo durante el proceso judicial un estudio multidisciplinario. Los especialistas debieron responder, teniendo en cuenta el ángulo de la trayectoria de los proyectiles, a qué altura debería haber estado la boca de fuego para impactar de esa manera. Teniendo en cuenta las dimensiones de la habitación y la disposición de los muebles, si los hechos hubieran sido como los relató Sosa, él debería haber disparado su pistola a un metro sesenta y siete centímetros de altura. Esto significa que para haber matado al Frente, tal como dijo ante la justicia, Sosa debería haber medido por lo menos tres metros treinta centímetros.

*

Con el rostro enrojecido por la presión del estrangulamiento, la mujer policía, elevada diez centímetros del suelo por la fuerza de la mujer que la tenía del cuello, le dijo finalmente a Sabina:

—Su hijo está muerto. Ahí está, no lo toque.

En el piso de tierra yacía Víctor, con la frente ancha y limpia que le dio sobrenombre, sobre un charco de sangre, bajo la mesa sobre la que escribían el parte oficial de su muerte.

Sabina soltó un grito de dolor. Su llegada a la escena de los hechos había provocado un silencio sólo alterado por el ruido que hacía el helicóptero suspendido sobre el gentío. Ese alarido y el llanto que lo precedió fueron suficientes para que quienes esperaban perdieran la esperanza: un policía había masacrado a Víctor Manuel Vital, el Frente, el ladrón más popular en los suburbios del norte del Gran Buenos Aires. Tenía diecisiete años, y durante los últimos cuatro había vivido del robo, con una diferencia metódica que lo volvería santo; lo que obtenía lo repartía entre la gente de la villa: los amigos, las doñas, las novias, los hombres sin trabajo, los niños.

*

“Yo sabía que todo el mundo lo quería, pero no pensaba que iban a reaccionar así. Porque hasta la señora de ochenta años empezó a tirar piedras”, cuenta Laura. Así comenzó la leyenda, estalló como lo hacen sólo los combates. Como una señal todopoderosa, entienden en la villa, el cielo se oscureció de golpe, cerrándose las nubes negras hasta semejar sobre el rancherío una repentina noche. Y comenzó a llover. La violencia de la tormenta se agitó sobre la indignación de la turba. Bajo el torrente, los vecinos de la San Francisco, la 25 y La Esperanza dieron batalla a la policía. La noticia sobre el final del Frente Vital corrió por las villas cercanas como sólo lo hacen las novedades trágicas. Llegaron de Santa Rita, de Alvear Abajo, del Detalle. A la media hora había casi mil personas rodeando a ese chico muerto y a ciento cincuenta uniformados preparados para reprimir. Llegaron los carros de asalto, la Infantería, el Grupo Especial de Operaciones, los perros rabiosos de la Bonaerense, los escopetazos policiales.

Cuando comenzaron los tiros, Laura consiguió acercarse a su amigo hasta quedar refugiada en uno de los ranchos que dan al lugar donde lo mataron. “Justo donde estaba había un agujerito y pude ver cómo lo sacaban y cómo los hijos de puta se reían y gozaban de lo que habían hecho. Los vigilantes lo sacaron destapado, como mostrándoselo a todo el mundo… no lo sacaron como a cualquier cristiano. Yo lo vi, vi las zapatillas que en la planta tenían grabada una V bien grande”. Era la marca que Víctor le había hecho a las zapatillas, la misma V que ahora dibujan los creyentes en las paredes descascaradas del conurbano junto a los cinco puntos que significan “muerte a la yuta”, muerte a la policía.

Son los mismos cinco puntos que tienen tatuados en diferentes lugares del cuerpo los amigos de Víctor que fui conociendo a medida que me interné en la villa. Son cinco marcas, casi siempre del tamaño de un lunar, pero organizadas para representar a un policía rodeado por cuatro ladrones: uno —el vigilante— en el centro, rodeado por los otros, equidistantes como ángulos de un cuadrado. Es una especie de promesa personal hecha para conjurar la encerrona de la que ellos mismos fueron víctimas, me explicaron los pibes, aunque suelen ser varias las interpretaciones y no hay antropólogo que haya terminado de rastrear esa práctica tumbera. Ese dibujo asume que el ladrón que lo posee en algún momento fue sitiado por las pistolas de la Bonaerense, y que de allí en más se desafía a vengar su propio destino: el juramento de los cinco puntos tatuados augura que esa trampa será algún día revertida. El dibujo pretende que el destino fatal recaiga en el próximo enfrentamiento sobre el enemigo uniformado, acorralado ahora por la fuerza de cuatro vengadores. Por eso para la policía el mismo signo es señal inequívoca de antecedentes y suficiente para que el portador sea un sospechoso, un candidato al calabozo.

Son cinco puntos gigantescos, como las fichas de un casino, los que se grabó en su ancha espalda Simón, el menor de los hijos de Matilde, un poco más abajo que las sepulturas, el dragón y la calavera. Y la misma marca tiene, en el bíceps abultado del brazo derecho, Javier, el mayor de sus hermanos. Manuel, el del medio, se los tatuó en la mano. Y Facundo, el cuarto miembro de lo que precariamente fue una “bandita”, especie de hermano de los demás y sobre todo compinche íntimo del Frente, se los hizo sobre el omóplato izquierdo la primera vez que estuvo preso en una comisaría a los quince años. El odio a la policía es quizás el más fuerte lazo de identidad entre los chicos dedicados al robo. No hay pibe chorro que no tenga un caído bajo la metralla policial en su historia de pérdidas y humillaciones. Para estos chicos, la muerte de su amigo es una de esas heridas que se saben incurables; con las que se aprende a convivir: se veneran, se cuidan, se alivianan con algún ritual, se cuecen con el recuerdo y con las lágrimas. Y como si el destino hubiera querido preservarlos o privarlos del momento fatuo del velorio y el funeral de un ser adorado, los tres estaban presos el día que un policía bonaerense asesinó al ídolo.

La tarde anterior al crimen, Simón pudo hablar por última vez con Víctor: llamó Simón desde el teléfono público al que tienen acceso los chicos internados en el Instituto Agote. “Nos cagamos de risa un rato. Jodíamos, que pa, que pa-pa-pa. Que pum. Que pam. Y él en un momento me dijo:

”—Mirá, mañana te voy a mandar una chomba, una bermuda, guacho…

”—No pasa nada, guacho. ¿Qué me estás diciendo?

”—Eh, vos sabés que somos re amigos…

”—No pasa nada, guacho, bueno, todo bien”.

Cortaron entre risas y cargadas, como suele ser cuando dos chicos conversan, yendo de la medición del ingenio del otro, del ejercicio de la esgrima verbal permanente al afecto, que llega siempre con rodeos, disfrazado de lealtad o de “respeto”.

Esa noche Simón se durmió pensando otra vez en el día en que regresaría a la calle y añoró estar en la villa, haber vuelto al rancho después de un “hecho” con los bolsillos llenos de billetes, para sumergirse en el Tropitango, o en Metrópolis, la bailanta de Capital.

Al día siguiente volvió a marcar el diecinueve y pidió vía cobro revertido con la casa de su amiga Laura. Del otro lado escuchó en la voz de ella el aturdimiento que deja la muerte, la angustia que precede a la entrega de una pésima noticia. Laura estaba con Mariela, su novia de entonces.

—No, mejor decile vos —escuchó Simón.

—No, decile vos… —se filtró por el tubo.

 

—¿Qué te pasa? —casi gritó en el silencio carcelario del Agote.

—…

—¡¿Qué me tienen que decir, guachas?!

—…

—¡Eh! ¡Guachas! ¡Pónganse las pilas!

—Lo mataron al Frente.

—¡¿Cuándo?!

—Hace un rato.

—Ustedes están re locas. ¡Si yo ayer hablé con él!

Laura se largó a llorar. Él no pudo más que creerle. Ni siquiera necesitó que le contaran los detalles. Sabía cuán marcado estaba Víctor Vital por la policía de San Isidro. No pudo más que cortar y subir a la celda, encerrarse aún más dentro del encierro, para llorar solo.

Armó un porro enorme usando toda la marihuana que le quedaba, lo encendió, aspiró profundo y, sin largar el humo, puso en un grabador que le habían regalado los temas que escuchaba el Frente. Primero, cumbia colombiana, cumbia de sicarios; después, el grupo mexicano Cañaveral. Al final puso una canción que el Frente escuchaba como parte de su personal religión.

Cuando me muera quiero que me toquen cumbia,/ y que no me recen cuando suenen los tambores,/ y que no me lloren porque me pongo muy triste,/ no quiero coronas ni caritas tristes,/ sólo quiero cumbia para divertirme.

*

Facundo también había caído poco tiempo antes del asesinato, en el que por más deseos y mensajes conjuradores de la muerte, el barrio había llorado a mares. Había sido después de un robo con Chaías, en el que un patrullero los cruzó, cuando silbando bajo volvían al barrio después de haber robado una panadería. Chaías se demoró dos minutos de más porque quiso, antes de invertir en pastillas, pagar la cuota de un crédito que había pedido en la zona. Facundo terminó internado en el instituto de recuperación de adictos de monseñor Emilio Ogñenovich en Mercedes, que más tarde se haría famoso por las denuncias sobre malos tratos y torturas a menores. Ese día también supo del crimen por la televisión. “Fue un desastre. Le agarró un ataque de nervios, empezó a romper cosas, luchó con los celadores, quiso saltar el alambre, se quiso escapar, y entonces le pegaron mucho. Después, como él seguía con problemas, fuimos y lo encontramos muy mal. Lo drogaban mucho y temblaba solamente de lo drogado que lo tenían. Lo inyectaban y estaba todo lastimado, la boca lastimada, la ceja lastimada, todo el cuerpo raspado del alambre, porque lo habían bajado de los pantalones y se había raspado con las púas. De ahí lo trasladaron a una comunidad para adictos en Florencio Varela. Ahí se repuso, estaba con psicólogos”, me contó una tarde su abuela, una de las mai umbanda del barrio. Fue por medio de Facundo que Luis conoció al Frente, y a su vez, a través de Luis, el Frente se cruzó con Coqui, el otro integrante de Los Bananita, con quienes fue a robar por última vez.

Ese 6 de febrero Manuel estaba detenido por el último robo fallido en la comisaría 1a de San Fernando. “Con los pibes del calabozo mirábamos ‘Siempre Sábado’ por Canal 2. Cuando vino el corte empezamos a hacer zapping. De repente apareció en Crónica tv un cartel: ‘Primicia. San Fernando’”.

—Pará, loco, que yo vivo ahí —frenó Manuel al que manejaba el control remoto del televisor colgado afuera de la celda.

Reconoció las calles, los ranchos, el potrero. Y vio que sacaban en una camilla el cuerpo de alguien. Aunque enfocaban desde lejos, creyó reconocer la ropa de su amigo.

—Ojalá que no, pero para mí ése es el Frente —les dijo a los de su ranchada.

Compartía celda con dos chicos del mismo barrio y con un pibe de Boulogne que había sido “compañero” del Frente. Todos se quedaron callados. “Al final, cuando casi lo subían a la ambulancia, lo reconocí por la V en las suelas. Pensé que estaba muerto, por cómo lo llevaban. Después vino una banda de tiros de la gorra, de piedrazos de la gente. No lo podía creer. Era Crónica en directo y se veía todo el barrio. Yo había caído hacía un mes y me quería matar porque no estaba ahí con él, porque si hubiéramos estado juntos capaz que no pasaba lo que pasó. Me puse re mal. Me quería matar, ya no me importaba nada después de eso. Decían que habían quemado a un vigilante, que lo habían herido, que era una batalla campal”.

Se veían mujeres pateando patrulleros, escupiendo a la cara de los miembros del Grupo Especial de Operaciones. La policía tuvo que armar un cordón contra el que los amotinados arremetieron una y otra vez: a uno de los uniformados lo hirieron en una pierna, a otro le quebraron la clavícula de un palazo. Sabina jamás se olvidará de Matilde, la madre de Manuel, Simón y Javier, tan lejana hasta entonces, tan en la vereda de los chorros, donde ella nunca quiso abrevar, siempre sancionando con el desprecio la actividad ilegal de su hijo. La rememora corriendo entre los tiros, bajo la lluvia, embarrada hasta las rodillas y perdiendo las ojotas en la lucha. Como María, que en el fragor dejó las suyas clavadas en el barrial.

*

La batalla fue de tal magnitud que Sabina Sotello tuvo que salir del estupor, respirar profundo y pensar en qué hacer para calmar la sed de venganza por la muerte de su hijo. Sospechaba que la policía dispararía con balas de plomo y temía que, en lo extenso del enfrentamiento, la vecindad se hiciera de las armas escondidas en villas aledañas por el rumor de una razia que lo asolaría todo ese fin de semana. La venganza estaba demasiado cerca de los deudos enardecidos, que no paraban de arrojar piedras y palos contra los uniformados y sus escudos transparentes. “Yo pensaba que iban a matar a alguien más y tuve que reaccionar”. Sabina cruzó el pasillo y habló ante la multitud:

—¡Yo les pido por favor que me dejen terminar, que paremos un poco porque puede haber otra víctima, que paremos, así estos hijos de puta se van! —dijo.

Lentamente, los combatientes fueron abandonando la furia y dejando la tarde libre a la pena. “Para colmo, llovía tanto que llovía como si fuera llorar”, dice Chaías, el desgarbado morocho que, con la tempestad desatada, caminaba blandiéndose contra el viento con una sombrilla roja enorme que parecía sacada de una playa familiar de la costa, una imagen de surrealismo nipón en medio de la miseria.

Sabina regresó a la casilla donde el fiscal y los funcionarios judiciales esperaban una señal para abandonar la villa, aterrorizados ante la posibilidad franca del linchamiento. “Ellos en definitiva salieron agarrándose como pollos mojados de mi brazo y de Matilde”, me contó Sabina varias veces a lo largo del tiempo en el que reiteramos esas conversaciones pausadas, mientras me acompañaba a recorrer el largo viaje que la reconstrucción de aquella muerte me llevó a iniciar sin fecha de regreso.

 

Matilde no volvió a separarse de Sabina. Como si las balas hubieran dado en cualquiera de sus propios hijos. De alguna manera, Víctor había sido durante esos años de asaltos y fuego casi un hijo para ella. Juntas, las dos mujeres partieron a la comisaría para los trámites burocráticos a los que siempre se condena al familiar del chico acribillado. Pasaron cinco horas en la seccional hasta que les dijeron que tardarían en entregarles el cuerpo. Sabina suele recordar riéndose con ternura que Matilde, avergonzada de sus pies desnudos por la pérdida de las ojotas, sentada en un banco de la seccional, trataba de disimular tapándolos el uno contra el otro, escondiéndolos como una niña bajo el asiento.

Esa tarde, la de la muerte, Manuel habló con su madre desde la comisaría por teléfono: le rogó que gestionara su visita al velorio, un traslado que los jueces suelen conceder a los reos cuando sufren la muerte de un familiar cercano. Pero, aunque Manuel y Simón obtuvieron la autorización judicial, no se lo permitieron a Sabina ni a Matilde, su propia madre. Hasta hoy, a Manuel y a Simón les duele que los hayan privado de esa ceremonia de despedida, pero el clima que había en el velorio era tan enrarecido que a Matilde y a Sabina les pareció un peligro inmenso el operativo. Las armas que habían desaparecido del barrio por el rumor de las razias volvieron apenas asesinaron al Frente. “Nunca vi tantos fierros juntos”, me dijo Sabina sobre el contenido de los bolsillos de los deudos de su hijo. Si trasladaban a los hermanos hasta la casa de French y General Pintos, donde velaban a Víctor, debían hacerlo policías de la comisaría 1a, compañeros de la Rambito y de Sosa, cómplices a los ojos de todos, tan culpables de la muerte injusta como el que gatilló.

La policía, además, no se había quedado tranquila después del marasmo del sábado. El resentimiento de los hombres de la 1a de San Fernando no terminó con la represión de ese día. Manuel lo supo desde adentro. Estaba detenido en esa seccional cuando ocurrió todo. “Apenas lo mataron vinieron a gozarme y entonces se armó un bondi, discutí y le tiré un termo de agua hirviendo a un cobani. Con los pibes lo peleamos y me querían sacar solo afuera para cagarme a trompadas. Me llevaron a la comisaría de Boulogne, y después me volvieron a la 1a. Ahí estaba sin hacer nada, pensaba nomás, me quería matar. Me dio por ponerme a escribir. No paraba de recordar”.

*

Llovió todo el día y toda la noche. Y a pesar del tiempo enfurecido, desde el momento de la muerte no dejó de haber deudos esperando el cuerpo en la puerta de Pinto 57. “Tuvimos que esperar tres días para que nos lo entregaran. Me querían dejar velarlo dos o tres horas, los mandé a la puta que los parió, les dije que yo lo iba a velar el tiempo que quisiera, el tiempo que yo creía que él se merecía. Yo les discutía, les decía que ellos en ese momento eran empleados míos, que les pagaba el sueldo y que ellos iban a hacer lo que yo les dijera. Lo velamos acá por el hecho de que la gente a veces no tiene para viajar —cuenta Sabina en el cuarto donde estuvo el cadáver de Víctor—. Esto era un mundo, gente que yo no había visto en mi vida que llegaba de todas partes”.

Fue una romería. La cuadra de French entre Pinto e Ituzaingó se llenó de chicos y chicas que armaban grupos en los cordones de la vereda, una multiplicación de esas esquinas que se esparcen por los rincones del conurbano norte. “Después los pibes que venían empezaron a juntar plata para comprar coronas —me contó Chaías, que esa noche amaneció allí—. Siempre que pasa algo así alguien saca un cuaderno y van juntando para comprarle las coronas que el finadito se merece”. La mayoría de ellos estaban armados. Hubo quien en una esquina se puso a disparar como homenaje en medio del responso, y Pato, el hermano mayor de Víctor, tuvo que imponer orden, llamar a la tranquilidad a los amigos. Los patrulleros de 1a nunca dejaron de rondar la casa durante las veinticuatro horas que duró la despedida final. Cada tanto hacían sonar las sirenas golpeando con su presencia. Sabina intentaba que nadie respondiera a la provocación. Chaías dice que estaban tan “enfierrados” que podían pararse delante de un móvil policial y destruirlo con un cargador por cada uno de los vengadores. Se contuvieron hasta la mañana siguiente, el martes, cuando casi a las nueve sacaron el ataúd de la cocina y lo subieron al carro fúnebre. Hasta ahí llegó la compostura. Una salva caótica de balas hacia el cielo despidió a Víctor Manuel Vital, el Frente. Y esos disparos comenzaron a transformar su muerte en una consagración; su ausencia, en una posible salvación.

Eran tantos que fueron necesarios dos micros y un camión con acoplado para trasladar el cortejo entero. La fila de autos, todos los remisess de la zona y los que ese fin de semana habían sido robados, daba la vuelta completa bordeando la villa 25.

A lo largo de Quirno Costa, sobre el borde del descampado, una hilera de jóvenes vaciaba los cargadores disparando hacia el barro reseco del baldío. “Salimos de acá y dimos la vuelta por los lugares donde él siempre andaba. Cuando la pompa fúnebre se asomó frente a la villa, los tiros sonaban como en Navidad. Así fue la despedida de Víctor”, recuerda orgullosa Sabina. Lo enterraron con las banderas de Boca y de Tigre cubriendo el cajón. Y entre las decenas de coronas había una igual a la que había pedido durante sus últimos meses, acosado por la policía: “Si me agarran, que me hagan una corona con flores de Boca”, había dicho como bromeando sobre un futuro anunciado.

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Víctor "Frente" Vital

Por Hugo Presman


1) Víctor corre con esas zapatillas que tanto le gustan porque llevan la V de su nombre, hecha en la parte que besa el suelo. Corre sacándole unos cuantos metros a sus compinches, Luis y Coqui. Siente que el corazón late con fuerzas por el esfuerzo de la corrida y por la adrenalina que recorre su cuerpo cada vez que comete un robo. Y porque a pesar que no es un novato en el delito, cierto estremecimiento que no es miedo, sino preocupación, le seca la boca. Sabe que la bonaerense se la tiene jurada. Va a entrar en los laberintos de la Villa San Francisco, en San Fernando. Ese conglomerado que atenta contra la arquitectura y la estética, que tiene al norte la 25 y al sur La Esperanza, que ahora son barrios. Antes de entrar ve que Luis lo sigue de cerca, pero a Coqui, el cansancio le ha rendido sus piernas.

Los tres tienen 17 años. Víctor hace cuatro años, que empezó con pequeños robos, luego perpetró algunos de envergadura que le darían prestigio, hasta este último que le habían aconsejado que no lo haga porque la mueblería o carpintería, no era muy precisa la información, tenía vigilancia privada. Sin embargo, todo había salido bien aunque el botín sólo servirá para que con la parte que le corresponde, pueda llevar a Belén al Tropitango, o tal vez, si le dan ganas a escuchar a Leo Matiolli que tanto le gusta. Ya está adentro de los pasillos y se siente más seguro. Una sonrisa le ilumina la cara, aunque sabe que la yuta lo viene siguiendo. Mañana Crónica dirá, piensa Víctor: "Otro asalto de pibes chorros, que se ocultaron en una villa".

Mira el cielo y percibe que la lluvia acompañará posiblemente su salida nocturna. Es el sábado 6 de febrero de 1999 y Víctor, con Luis pisándole los talones se meten en el rancho de Inés Vera. O en argot de los pibes chorros, van a colar rancho.

2) "Pibe chorro no se nace: se hace… La generación de jóvenes que hoy son conocidos como pibes chorros son casi todos niños de origen humilde, nacidos en la década del ochenta y llegados a la adolescencia a mediados de los noventa. Estos fueron años en los cuales las condiciones sociales de los sectores populares sufrieron cambios notorios. Hasta mediados de los setenta la pobreza en la Argentina había sido predominantemente de transición… Es decir, la mayoría de los pobres estaba en proceso de ascenso social y paulatinamente iban abandonando su condición de carentes. Pero a partir de mediados de los setenta y todos en los ochenta, esa tendencia se revierte, la pobreza se vuelve estructural y se dispara un proceso general de pauperización. En ese contexto, los humildes pierden posibilidades de ascenso social, con lo cual se estancan en su condición de carentes… Estas transformaciones estuvieron ligadas a modificaciones del mercado laboral."

3) Dos móviles policiales entran por la callejuela donde los pasos de Víctor y Luis parecen que aún resuenan. El móvil 12179 en los que van el Sargento Héctor Eusebio Sosa alias "El Paraguayo" y los cabos Gabriel Arroyo y Juan Gómez. En el otro, el que lleva el número 12129 van Ricardo Rodríguez y Jorgelina Masón

4) "Para los hijos de marginados y desempleados -o de aquellos que acceden a empleos inestables y de baja remuneración- la calle, el grupo de pares o el tiempo libre sin ocupación específica se vuelven espacios de referencia. Imposibilitados ya de incorporar los valores tradicionales (porque han perdido sus sentidos y sus referencias) muchos jnes comienzan a generar nuevos sistemas de creencias, vida y cultura. Dado ese estado de cosas -ante la falta de proyectos a largo plazo- la violencia empieza a ser vista como una expresión del coraje y la destreza física. Y se vive en una especie de inmediatismo, entendido como la necesidad del disfrute repentino e ilimitado en tiempo y espacio."

5) Inés Vera tiene esa solidaridad que teje las carencias para sobrevivir. Las armas que recibe las tira detrás de un ropero. El dinero lo esconde debajo del colchón. La única habitación es pequeña y es difícil esconderse si la cana finalmente entra en el rancho. Pero Víctor y Luis saben que sin la tenencia de armas, si finalmente los apresan, el tiempo entre la detención y la libertad, será insignificante.

Víctor sabe que ahí en la Villa, tiene una red implícita de protección. Muchos de sus botines fueron repartidos entre todos. Como aquella vez que desvió un camión de La Serenísima que permitió que las familias, con pibes, es decir la inmensa mayoría de San Francisco comieran yogur durante varios días. Y otra vez que robaron un camión con camisas Lacoste y las repartieron. El Frente no puede dejar de esbozar una sonrisa, mezcla de complicidad y picardía, mientras susurra: "Parecíamos todos chetos, loco"

6) "Durante los ochenta los jóvenes con bajos niveles de escolarización, posiblemente hijos de obreros manuales, comenzaron a experimentar la imposibilidad de repetir la trayectoria de sus padres. Vieron disminuidas sus opciones de encontrar un trabajo estable, con una remuneración básica que les permitiera cubrir sus necesidades y las de sus familias… Probablemente si encontraban trabajos eran en el sector informal, mal remunerados sin estabilidad ni beneficios sociales.

... En conclusión: los hijos de estos jóvenes directamente no conocieron en sus padres el modelo de estabilidad laboral, dignidad personal y progreso social que predominó en la generación de sus abuelos."

7) Un extraño silencio es todo lo que se percibe desde la puerta cerrada en el rancho de Inés Vera. Un presentimiento empieza a provocarle desazón a Víctor. Se mete bajo la mesa tapado por el mantel de hule que llega hasta el piso. Su madre, Sabina Sotello había hecho lo imposible para que abandone este recorrido que le advertía terminaría en un reformatorio o en un cajón. Había abandonado un trabajo tranquilo para convertirse, luego de un curso, en vigiladora privada en un supermercado. Pensaba que ese ejemplo iba a torcer el rumbo y el destino de El Frente. Su hermano mayor, Pato, trabajaba también en un supermercado, con turnos de 12 horas, en un cargo de supervisor. Su hermana Graciana, casada, vivía en Pacheco.

El ruido de dos móviles rompe el silencio. Frenada brusca, puerta de los vehículos que se abren y se cierran apresuradamente, botas que golpean contra el piso.

El miedo estrangula la garganta de Víctor y Luis. La realidad no es como en las policiales de la tele, piensa Víctor. Ahí el protagonista nunca manifiesta temor. Ahí el muchachito nunca muere. Ahí, la muchachita, María su novia hasta hace pocos días, terminaría casándose con él. Tal vez lo que está pasando no sea real. Pero Luis que retrocede desde la puerta hasta la mesa, le demuestra que no es un sueño y que los golpes contra la puerta son el comienzo de la pesadilla.

8) 'Fue durante el transcurrir de estos procesos, que crecieron la mayor parte de quienes son definidos hoy como pibes chorros. Es un marco en el que se quiebran las antiguas estructuras laborales y familiares que habían organizado la existencia de la mayor parte de la sociedad durante décadas, al mismo tiempo que ciertas formas de consumo básico también se tornan progresivamente inalcanzables… Sabemos por lo tanto, que quienes en la década de 1990 llegaron a convertirse en pibes chorros tienen como rasgo compartido, entre otras cosas, el haber sufrido desde su infancia desestructuración y privaciones… En noviembre de 1999, los jóvenes desocupados (de entre 15 y 24 años) duplicaban la tasa nacional de desempleo alcanzando el 27%. Las cifras indicaban también que el 40% de los jóvenes estaban bajo la línea de pobreza.'

En el 2004, 6 de cada 10 jóvenes eran pobres.

9)  Mucho tiempo después, su madre Sabina Sotello, trataba de recordar porque a Víctor, le habían apodado El Frente. No había una definición precisa. Cree que lo empezaron a llamar así por la amplitud de la misma. Sus amigos sostienen que se ganó ese apodo "porque siempre iba al frente". Contra la cana y contra aquellos jóvenes de su generación o un poco mayores "que no respetaban los códigos". Esos que impiden robar donde se vive o cobrarle peaje al vecino. Esos que le había enseñado su "maestro" Mauro. El que conquistó y sedujo en la cárcel a Nadia. El que le contagió el sida a su gran amor. El que no ha vuelto a delinquir desde el 24 de diciembre de 1996, cuando quedó en libertad.

Todo eso iba creando un halo heroico de Víctor. Mientras la madre trabajaba, organizaba un comedor en la casa y traía a la gente para que comiera.

Cristián Alarcón, autor del libro "Cuando me muera quiero que me toquen cumbia. Vida de pibes chorros" afirma: "El Frente podía donar lo que llevaba en el bolsillo por la causa más incorrecta o más loable para todos; no había distingos morales en sus dádivas, en sus salvaciones cotidianas de la carencia ajena, ni en sus regalos intencionados. El Frente daba lo que tenía con un desapego que aún hoy, tal como lo recuerdan los unos y los otros en la villa, parece haber sido la bondad amoral de un niño pródigo"

Su madre sostiene: "Tengo un hijo que es un héroe, ex combatiente de Malvinas. Otra hija por suerte bien casada. La única oveja negra fue él. No tenía necesidad, pero robaba para dar. ¿Querías un yogur, queso, te faltaba algo? Ahí estaba él. Yo nunca le acepté nada. Lo sacaba cagando. Y busqué ayuda. Fui a un lugar donde había tres psicólogos para 140 chicos. ¿A quién van a curar así?". Menos probabilidades tuvo, cuando permaneció preso en la cárcel de alta seguridad de Mercedes.

10) - "El declive y la desagregación del mundo de los trabajadores urbanos coinciden con un fuerte avance de la industria cultural y de la influencia de los medios masivos de comunicación en un mercado cada vez más globalizado Esto cobra mayor relevancia si tenemos en cuenta que los jóvenes pertenecientes a los sectores populares, a diferencia de sus abuelos y en muchos casos de sus padres, han sido socializados en un medio urbano. Así, aun en aquellos jóvenes cuya situación es de mayor vulnerabilidad y desorganización social y, en el límite, de anomia, las demandas de consumo son las mismas que la de los jóvenes que provienen de otros sectores sociales, con mayores oportunidades a la vista."

11) - Una mujer policía y dos hombres, con sus pistolas en las manos ingresan en el rancho. Héctor Sosa, "el paraguayo", patea la mesa con la punta de la bota, según Luis, y un indefenso Víctor grita: "¡No tiren! ¡Nos entregamos! En esa habitación de dos por cinco, se está cumpliendo el vaticinio de su madre. Víctor intenta tapar el primer disparo, cruzando su mano sobre la cara. Fue inútil, el balazo le destrozó el rostro, entrando por la frente. Paradoja macabra. Cuatros balazos adicionales, lo remataron. Luis, con un balazo que le rozó la cabeza, se hizo el muerto, mientras la mitad del cuerpo quedaba en el exterior de la casilla.

Al rato empezó a llover, y así siguió los tres días siguientes. El martes, después de tres días de demora entregaron el cuerpo y lo sepultaron en el sector más pobre del cementerio de San Fernando, con su ataúd cubierto con las banderas de Boca y Tigre. Dos micros y un camión con acoplado transportaron a la gente que acompaño sus restos, mientras disparos al aire le pusieron acompañamiento musical a su despedida.

12) La tumba de Víctor El Frente Vital está colmada de presentes y pedidos. Chicas de la villa que le piden que les arregle sus conflictos amorosos, o pibes chorros que le ruegan que los balazos de la yuta no los alcancen. Juan Manuel Mansilla, que tiene 15 años, dice que se curó de una dolencia cardíaca rezándole al Frente.

El 29 de julio, día del cumpleaños del Frente, la familia y los amigos organizan una enorme chocolateada para los pibes de la zona, acompañado de juegos variados.

Han pasado siete años de su muerte. Héctor Sosa, el policía que lo fusiló, estuvo excarcelado hasta el momento del juicio, fue juzgado y absuelto. Su abogado Alejandro Huici, también policía, hermano de otro policía que fuera implicado en la causa AMIA, argumentó en su alegato que los testigos mentían porque eran todos chorros, sosteniendo por lo tanto que no eran testigos sino cómplices. El Tribunal de San Isidro número 3 consideró en la sentencia no probada la materialidad del hecho.

El 18 de mayo del 2005, Sabina Sotello al frente de otras madres cuyos hijos fueron víctimas del gatillo fácil policial, efectuaron un escrache en la casa del sargento Héctor Eusebio Sosa, ubicada en Garín.

Algunas de las novias de Víctor, como María, Belén, Laura, han seguido sus vidas formando parejas. Luis Rojas, el compañero y cómplice de su última aventura delictiva, está preso por otros robos.

13) El sociólogo Artemio López, de la consultora Equis, cercana al gobierno publicó el 29 de enero del 2006, una impresionante radiografía sobre un presente dramático de la juventud argentina. Entre otros datos, pueden mencionarse los siguientes:


La tumba de Frente Vital, lugar de veneración, le solicitan protección contra las balas policiales y le dejan flores, cerveza y porros.

• El 27% de los adolescentes y jóvenes argentinos se encuentran hoy desocupados.
• Son 830.000 menores de 24 años que buscan trabajo, pero no lo consiguen.
• Entre los 18 y 20 años, la exclusión laboral es todavía más marcada: el desempleo ronda entre el 35 y el 40%
550.000 chicos entre 14 y 18 años desertaron de la escuela secundaria.
• Hay más de 300.000 de entre 14 y 24 años que no estudian ni trabajan.
• De los que tienen empleo, 7 de cada 10 están en negro.
• Son 1.200.000 trabajadores jóvenes en negro, con un salario promedio de $ 300,00
3.500.000 de jóvenes viven hoy en hogares pobres. De ellos, 1.300.000 son indigentes.

14) La cumbia villera es el género musical que refleja, en muchas de sus letras, la geografía, la vida impiadosa, la droga, el alcohol, la amputación de futuro, la imposibilidad de insertarse en la sociedad a través de un trabajo bien remunerado, que es una especie de marca en el orillo de los pibes chorros.

Una de ellas, a modo de ejemplo, y que bien podría haber sido disfrutada por "El Frente", es la del conjunto Meta Guacha, cuyos interpretes son los autores de Cumbia Chapa

"Suena la cumbia y los tambores
Todo el villerío está de fiesta
Traigan el vino, mucha cerveza que hoy el día es nuestro, y se festeja
Como no hay moneda, ni una changuita
y encima llueve me quedo en casa
Pongo una cumbia colombianita,
que la acompaña el ruido de las chapas
Si viene la negra estamos completos
Cerveza, vino, mortadela y queso
Si viene la negra estamos completos:
Ruidito a chapas, cigarrillo y sexo."

[Ver en Página|12: El santo de los ladrones]
 


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