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Washington
Cucurto y el mundo segun "el curandero del amor"
"El personaje hace cosas que Santiago Vega nunca haría"
Mujeriego, "peronista de raza", incorrecto, machista, incorregible: el
personaje creado por el fundador de Eloísa Cartonera ya generó todo un
universo propio y ambiguo. "Mis personajes dicen barbaridades como las que
escuchás en la calle", señala el autor.
"Los políticos siempre defraudan, pero a mí no me decepciona ningún político
porque básicamente no creo mucho en ellos. "
Por Silvina Friera, enero 2007
La madre de Santiago Vega, más conocido en el mundillo literario como
Washington Cucurto, estaba paseando por el shopping del Abasto y de pronto
vio la portada de un libro que le llamó la atención. "Se parece a mi hijo",
dijo asombrada. Se acercó a la vidriera y comprobó que el muchacho de la
foto, caracterizado como un pai brasileño o un maestro espiritual
centroamericano, era ese quilmeño morrudo que ella tuvo hace 34 años. La
señora entró a la librería, fue a buscar el libro, la novela El curandero
del amor (Emecé), y le dijo al librero: "Soy la madre del autor". Qué
hubiera dicho la señora si hubiera leído en la portada que su hijo,
parafernalia de marketing mediante, es considerado como "el hecho maldito de
la literatura argentina, un auténtico cross a la mandíbula de la cultura
bienpensante". Difícil saberlo porque la anécdota -que podría transcurrir
perfectamente en una de las ficciones de Cucurto, bajo la estética que él
define como "realismo atolondrado"-, contada por el escritor en un bar de
Almagro, concluye con las palabras del vendedor: "La felicito, señora".
Cucurto revela que ese juego de ser otra persona, que decidió jugar hace
tiempo en la literatura argentina, donde la regla es la desfachatez, la
liviandad, la autorreferencia -su gusto por la cumbia, su trabajo como repositor de supermercado, su lugar de nacimiento o su mujer paraguaya,
entre otros detalles-, ha generado una serie de equívocos. El más importante
de todos es confundir las historias del personaje Cucurto -un cumbiantero
desaforado de la noche de Once, Constitución y adyacencias, mujeriego,
"peronista de raza", incorrecto, machista, incorregible- con la vida del
autor. Nada más alejado de esa imagen desmesurada del marginal que vive en
un mundo de excesos que verlo en ese bar de Almagro, con su hija Morena, de
siete meses, tomando una gaseosa. "¿Se parece a mí?", pregunta Cucurto, y
Morena, como si lo entendiera, balbucea, a veces se ríe o trata de agarrar
las servilletas de la mesa. Sí: es grandota, como el padre. "Esta va a
bailar cumbia", pronostica el escritor en la entrevista con Página/12.
Cucurto acaba de pegar ese gran salto que suele ser incómodo y molesto para
aquellos autores que están acostumbrados a publicar en pequeñas editoriales
porque las sienten como un espacio más acorde con sus naturalezas. Y aún más
para él, que es el fundador de la editorial Eloísa Cartonera, un proyecto
artístico, social y comunitario sin fines de lucro, donde cartoneros se
mezclan con artistas y escritores. Cucurto ascendió a la primera división,
pero el pase, parece, no sería definitivo. Su última novela, El curandero
del amor, acaba de ser publicada por Emecé, pero al mismo tiempo también se
reeditó quizá su libro más emblemático y querido, Cosa de negros
(Interzona). "Megabardera, ultratrola, imparable, por eso la quiero tanto,
por eso amo a mi ti-cki cumbiantera, lo mejor que me pasó en la vida". Así
empieza la nueva novela de Cucurto. La ti- cki de esta historia no es
dominicana ni paraguaya. "Es un personaje nuevo dentro de los que vengo
escribiendo", admite el escritor. "Está inspirada en gente que conocí, que
milita en agrupaciones políticas marxistas. Es una joven estudiante muy
politizada, ninguno de mis otros personajes hablaban de política como ella,
y si lo hacían era de una manera muy empobrecida, desde lo que dice la gente
como al pasar. Mis personajes dicen barbaridades, como las que escuchás en
la calle."
-¿Qué cosas cambiaron ahora que publica en una editorial grande?
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-Me llaman de todos lados, en un mes hice más reportajes que los que me
hicieron desde que escribo. Es demasiada visibilidad, el libro está en todos
lados. Me da mucha timidez tanta exposición. Es un cambio muy grande; me
sorprendió mucho y me di cuenta de que no estoy preparado para algo así.
Antes estaba más tranquilo, ahora me cuesta mucho conversar con los
periodistas porque no me leyeron ni me conocen y vienen sólo por la
editorial, y cuando me doy cuenta de eso no tengo ganas de hablar.
-¿Siente miedo de que se le escape de las manos el personaje que inventó,
con tanta exposición?
-No, la verdad es que al personaje no lo controlé nunca completamente; es un
personaje de aventuras, como un Tom Sawyer de Twain. Lo único que hice fue
poner la cara, por eso a veces la gente se confunde y cree que ese personaje
soy yo. Me gusta usar lo real hasta el fondo y lo imaginario también, no
tengo límites. No sé qué tiene más peso, si lo real o lo imaginario, pero en
la literatura todo es posible. Lo real no es lo que soy yo sino lo que el
libro o lo que la historia hace real. Como siempre pongo la cara en la tapa
de los libros y adopté ese nombre, entonces la gente lo relaciona
inmediatamente, pero eso ya es un problema del lector y no del autor. Yo soy
más tranquilo, hablo poco y no bailo cumbia.
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Y creer o reventar, por la ventana del bar se asoma Julián, un amigo, saluda
y sigue caminando por la calle Perón. Julián es, basta con ver el librito
que acompaña la edición de la novela con las fotos de los personajes de El
curandero..., Juliancito, el portero, el "luzzer" número uno de Almagro,
celular y franela en mano y admirador del Turco Asís.
-En una de las escenas de la novela, Cucurto está en un telo y va recibiendo
a distintos personajes, entre ellos al curandero, que le pide que lo ponga
en las historias que escribe. ¿Le piden eso?
-Sí, todo el tiempo mis amigos me dicen: "Che, ¿escribiste algo sobre
mí?"... También quieren que mencione los bares o casas de comidas peruanas,
pero si no me acuerdo, ¿qué hago? (Risas.)
-¿Y por qué cree que quieren aparecer en los libros como si fuera estar en
la televisión?
-No sé, la verdad es que es medio raro. Incluso los escritores también me
piden aparecer.
-¿Se puede saber quiénes?
-Uy, no no...
-¿Serán los que están mencionados hacia el final de El curandero..., como
Juan Terranova, Fabián Casas, Pedro Mairal o Manuel Alemian?
-Sí, soy muy amigo de ellos y a veces, cuando se da la situación, los
menciono.
-En lo que no hay diferencias entre el autor y Cucurto es en el hecho de
definirse como "peronista de raza". En la novela, Kirchner aparece
mencionado como "un seudofarsante" y "seudoperonista". ¿Lo decepcionó el
presidente?
-No, no es lo que pienso, es lo que se escucha en la calle o lo que se lee
en los diarios o en Internet. Los políticos siempre defraudan, veremos qué
pasa con Kirchner... Pero a mí no me decepciona ningún político porque
básicamente no creo mucho en ellos. Sí creo en Evo Morales por lo que es y
por lo que hizo; me siento identificado con él. Con Chávez también, por
supuesto.
En la novela, el personaje Cucurto dice sobre el presidente de Bolivia:
"Evito es un ídolo, un gran Indio, un caballero. Los sacó cagando a los de
Petrobras y en Brasil lo odian, y fue con los tanques a romperles las
computadoras a las petroleras y devolvérselas al pueblo. Y fue un pastor de
cabras quien tuvo que hacerlo y a eso yo lo llamo venganza de la tierra. Y
ahora el gas vale un toco para Argentina y Brasil y bien hecho, Evito.
Argentinos y brasileños viven del hambre de Bolivia de toda la vida y ¿ahora
se quejan porque les suben dos pesos el gas? ¡Ahora lloran por dos pesos el
gas, cuando toda la vida lo tuvieron gratis! ¡Déjense de joder!".
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"El personaje Cucurto refleja cómo somos los argentinos: hablamos mucho,
pero después no actuamos. Como es un personaje muy despolitizado, se corta
individualmente con sus gustos", señala el escritor. "Pero vuelvo a aclarar
que muchas de las cosas que él dice no son las que pienso. En un reportaje
reciente señalan que critiqué a las Madres de Plaza de Mayo en este libro,
como si lo que escribí en la novela fuera lo que pienso. Y mucha gente se
quejó porque supuestamente había hablado mal de las Madres."
-¿Recibió muchos cuestionamientos por publicar en Emecé?
-Sí, pero son las mismas críticas de siempre, que hago marketing, que soy un
invento... son los mismos prejuicios de antes, ahora aumentados. Pero no fui
a buscarlos, ellos me llamaron y no veo por qué no editar un libro ahí.
Aparte me parece bien que quieran pagar un libro mío. Para mí la literatura
es un entretenimiento, y si obviamente me entretengo y además puedo
conseguir que una editorial me edite, me parece que está bien. No traiciono
a nadie, como dicen por ahí. Soy un laburante, trabajo todos los días en una
biblioteca y en la cartonería (la editorial Eloísa Cartonera), y no vivo de
la literatura.
-Quizá lo que puede resultar molesto es que se refieran a usted como "el
hecho maldito de la literatura argentina".
-Sí, puede ser, pero no hay que hacerle caso al marketing, la gente tiene
que saber que eso se hace para llamar la atención, para que se venda, y que
es normal. No se puede juzgar a un escritor por el marketing, los libros
están para que se los lea, no para fijarse sólo en la contratapa. Los
escritores no están acostumbrados al marketing, pero a mí me gusta porque
desconfío de las cosas serias, y si los escritores siguen manteniendo ese
perfil tan serio, no llegan a la gente. Tampoco estoy diciendo que el
marketing sea la mejor manera de llegar; es sólo una. Yo escribo cuentos,
poemas, novelas... no soy el Beto Casella de la literatura, como dicen en
los blogs.
-¿Le pegan mucho?
-Sí, pero también los mejores lectores y comentarios los tengo en los blogs.
Lo que no me parece que esté bien es lo que se dice desde el prejuicio, y
que confundan a Santiago Vega con Cucurto. No hay que equivocarse; es cierto
que hago todo para que se confundan, pero un lector, un crítico no puede
caer en esa pavada.
-¿Qué opina de la crítica que hizo Sarlo en su revista Punto de vista?
-Y está bueno que Sarlo hable de mí; ahora soy Cucurto (risas).
-¿Está de acuerdo, como señala Sarlo, en que su literatura sería un
populismo posmoderno?
-¿Seré un poco populista? (se queda pensando). Lo importante de un escritor
es comunicar, no si escribe bien o mal, porque si elaborás mucho la
escritura, comunicás poco o nada.
-¿Alguna vez publicará un libro como Santiago Vega?
-No, no creo. Me divierto con Cucurto, con lo que él hace y cómo se mueve.
Cucurto hace lo que nunca haría yo.
Fuente: Página/12, 05/01/07
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Bellísimos
retratos de la negrada
Por Fernando Barraza,
junio 2004
Washington Cucurto es un escritor al que casi nadie conocía hace un año. De
a poco se está ganando un espacio en el mundo de las letras americanas. Es
un tipo que tiene dos plumas: una sensible, poética, preciosa. La otra es
filosa como una navaja pilla y callejera que alguien saca en una esquina
oscura de Buenos Aires a la salida de una bailanta. Denise Mathieu, nuestra
cronista invitada, nos cuenta por qué le parece que todos tenemos que entrar
de cabeza al "mundo cucurtiano". Atiéndanla, porque tiene razón en todo lo
que dice: Cucurto es un viaje de ida.
Parece que de verdad se llama Santiago Vega, y de él se dice que nació dos
veces la primera en San Juan de la Maguana, pueblito costero al sur de Santo
Domingo, en 1942, y la segunda en Quilmes, Argentina, 1973. Ha publicado
"Zelarrayán" (Deldiego, 1998), "La máquina de hacer paraguayitos" (Siesta,
1999), "Cosa de negros" (Interzona, 2002). Tiene una esposa paraguaya que se
llama Suni.
"Cosa de negros" (Interzona) es el libro que hoy nos interesa, y consta de dos novelas cortas, correlativas, y un folleto desplegable de publicidad destinado a revelar la biografía de un joven escritor argentino que casi no tiene obra y que era, hasta hace poco tiempo, salvo para un grupo de seguidores, un perfecto desconocido. Cuando el autor describe su "evolución histórica y antropológica", en el folleto de presentación, aparecen sincronizadamente (como si fuera un chiste) todos los rasgos de lo "cult" latinoamericano tal como es pensado en cualquier academia: filósofos franceses mezclados con Reinaldo Arenas y Arturo Carrera; Góngora asociado a los jóvenes más brillantes de la nueva poesía argentina (Casas, Gambarotta, Bejerman, etcétera).
¿Se
explica su éxito en España?Lo cierto es que no. Por un lado hay algo de esnobismo. No creo que haya habido una lectura a fondo de... Pero no sé... Sigo siendo, no obstante, minoritario, y más si se tiene en cuenta que la literatura le interesa a una minoría. Yo le interesaría, pues, a una minoría de una minoría. Y evidentemente yo también cultivo mi propio esnobismo, no leyendo a contemporáneos, pero sí alternando a los clásicos con los más jóvenes, como Washington Cucurto, que es el heredero de otro autor argentino que me interesa mucho, Copi. Practico con ellos un vampirismo -benévolo, claro-, porque tienen lo fundamental, que son las ganas, que uno va perdiendo con los años. [De una entrevista a César Aira] |
Los relatos remiten a un mundo identificable y reconocible por cualquier
lector de literatura latinoamericana: el mundo localista de la literatura
del boom, el lenguaje abrumador de lo que se llama el "barroco
latinoamericano" y el amasijo de lo oral y mediático de la cultura literaria
latinoamericana de la década del noventa (después de Manuel Puig, digamos).
Dos narraciones
De la primera a la segunda el libro aumenta. Gana en complejidad. De la
primera persona a la tercera. Si el primer relato "Noches vacías", narrado
en primera persona, puede incluirse en el campo de lo confesional, el otro
relato, "Cosa de negros" aparece contado en tercera persona y allí el
protagonista es un tal "Cucurto", que se ofrece como el cronista de un mundo
que -desde su seudónimo, encontrado míticamente, cuando se equivocó al
nombrar la jerga juvenil ("Cucurto" es el tartamudeo inseguro de "curto",
dice el autobiógrafo), hasta el relato de los bailes de cumbia- mezcla
drogas, episodios policiales, sueños y erotismo. El personaje Cucurto, "el
sofocador de la cumbia" llega a romper todo. Y lo rompe: gran recital,
festejo de los quinientos años de la ciudad de Buenos Aires, secuestrando al
presidente, al que le dicen "Palito" y teniendo sexo con la única hija
legítima de Eva Perón.
El libro es mucho más que dos narraciones: propone claves de lectura para
iniciados, guiños para "entendidos", movimientos graciosos para amigos. Es
que Washington Cucurto tiene entre sus objetivos hacer algo más que escribir
novelas: construirse como un personaje que desde una mirada "ingenua" y
frágil denuncia la violencia cultural.
La editorial Eloisa Cartonera
La nueva narrativa sudaca border encontró (generó) una editorial de
elaboración artesanal. La editorial Eloisa Cartonera nace como un proyecto
que busca encontrar la potencialidad artística y laboral del trabajo
cartonero.
Los libros son encuadernados con el propio cartón que los cartoneros llevan
a la librerìa, que también funciona como verdulería (¡sí, allí también se
puede comprar verdura y fruta!), como galería de arte y editorial. A cada
cartonero se le paga 3 $ por el kilo de cartón y son ellos mismos los que
editan y encuadernan las obras.
Eloisa Cartonera ya ha editado a nuevos sudaca borders como nuestro querido
Cucurto ("Fer y Panambi"), Dalia Rosseti ("Durazno reverdeciente") y Fabian
Casas ("El Bosque Pulenta"), entre otros. También hay autores consagrados
como Leónidas Lamborghini ("Trento"), Néstor Perlongher ("Evita vive") y
Cesar Aira ("Mil gotas").
Eloisa también tiene un brazo latinoamericano que nos permite acceder a
textos inéditos de Gonzalo Millán ("Seudónimos de la Muerte"), Julián
Herbert ("Autorretrato a los 27") y Osvaldo Reynoso ("Cara de Ángel").
Todas estas maravillas -y papa muy barata- se consiguen en este increíble
local porteño, que se llama "No hay cuchillos sin rosas" y queda en Guardia
Vieja 4237. Para más información pueden visitar www.eloisacartonera.com.ar
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Eloísa
cartonera
ESCRITORES COMO RICARDO PIGLIA Y CESAR AIRA CEDEN SUS DERECHOS Y
LAS TAPAS SE HACEN A MANO.
La editorial de la crisis: una tarde en la fábrica de libros cartoneros.
"Eloísa cartonera" ya publicó 43 títulos, de autores argentinos y
latinoamericanos.
Por Patricia Kolesnicov
Está bueno sacar el arte del lugar de catedral, pasarlo a la verdulería",
dice uno. "Si el libro no sirve para morfar, hacemos otras cosas", dice el
otro. "No nos hacen reseñas, no nos toman en serio, nos toman como una
curiosidad", se queja uno. "No le veo mucho tiempo a esto", augura el otro.
Javier Barilaro y Washington Cucurto dicen estas cosas una tarde fresca en
un local fresco en una calle con nombre tanguero, pleno Almagro. Lo dicen
-uno despatarrado, el otro con las manos pegoteadas de plasticola- entre
témperas y cartoncitos pintados. Son dos de los tres protagonistas de uno de
los hechos culturales que acuñó la crisis: Eloísa cartonera, una editorial
que produce a mano, ejemplar por ejemplar -4 pesos cada uno- y con material
de desecho.
Hace frío, entonces. Ni una garrafa ni un mate ni un bizcochito circulan
esta tarde en que seis hombres arman sobre dos mesas los libros de la
semana. Entibian el ambiente unos cuantos pósters-manifiesto: Boca -"Hijo,
cuidate..."-; Madonna, Lady Di, Gilda, una insinuante Virginia Innocenti y
también Copi.
Con reflejos ante la aparición del fenómeno cartonero, a mediados de 2002
Fernanda Laguna -poeta y artista plástica-, Javier Barilaro -artista
plástico- y el escritor Washington Cucurto se largaron: les compraban cartón
a los cartoneros a buen precio, fotocopiaban textos cedidos por los autores,
pintaban diez, quince tapas y listo: literatura y objeto único y, encima,
con el tono político de los tiempos. Del productor al lector: anotaban dónde
había algún evento que juntara gente y salían a vender. Luego abrieron el
local, al principio vendían papas y cebollas. Salvo lo de las verduras -el
tiempo es tirano- nada cambió mucho.
Al principio sus autores fueron ellos mismos y gente cercana, como Fabián
Casas o Damián Ríos. Pronto se sumó el cada vez más consagrado César Aira,
quien se convirtió en un virtual padrino de Eloísa. Y Ricardo Piglia. Y
Fogwill. Y otra vez Aira: la editorial había crecido, este segundo título
fue celebrado en España.
Creció: Eloísa cartonera ya publicó 43 títulos, llevan vendidos unos 1.000
ejemplares de Mil gotas, de Aira y una cifra similar de El pianista, de
Piglia. Y el mes pasado ganaron el premio "Proyecto Red" -5.000 pesos- en
ArteBa.
Todo está, sin embargo, acá, en el local frío -se llama No hay cuchillo sin
rosas- y en las manos que cortan, pegan, pintan. Pintan: Alberto les pone
color a los diseños que hizo Barilaro. No habla si no le preguntan, pero si
le preguntan dice que "yo andaba juntando cartón. Fernanda tenía una bolsita
preparada y justo pasó mi hermano y ahí empezó todo. Mi vieja también salía
a cartonear, porque tiene un comedor en Fiorito, entonces Fer empezó a
hablar con mi mamá. Así vino mi hermana y y a la semana vine yo". No
cartonea más, claro. Ahora Fernanda -impulsora de la galería de
arte-librería-regalería Belleza y Felicidad- abrió una sucursal de Belleza..
en Fiorito. Y Alberto pinta tapas por 3 pesos la hora. Ese es el cruce que
le interesa a Cucurto, un escritor que se llama en realidad Santiago Vega y
cuyos textos -La máquina de hacer paraguayitos, Cosa de negros, Noches
vacías, entre otros- recibieron atención y hasta censura. "¿Quién no va a
comprar un libro cartonero?", pregunta Cucurto. "Esto, con infraestructura,
con un sistema más grande, se podría dar laburo a muchos. Acá convertimos la
basura en libros. Con el cartón se podrían hacer muchas cosas. Pero tiene
que haber una participación del Estado. Si el Estado tomara este proyecto,
le diera galpones grandes, podríamos ser mil..."
"Trabajamos con la reapropiación de las estéticas populares. El proyecto es
más amplio que hacer libros. Nos interesa llevar el arte por otro lado, ante
tanta colonización estética que parece que es imprescindible ir a estudiar a
Europa", teoriza Barilaro. "No podemos imitar lo que hacen aquellos a los
que les sobra plata y no saben en qué gastarla".
"Algo desde el Estado, las personas solas no van a ningún lado, esto puede
generar trabajo", insiste Cucurto, que habla de plata y de cosas concretas
pero es, también, el encargado de seleccionar lo que se publica, un catálogo
que tiene mucho de latinoamericano. "Admiro la literatura chilena", dice
Cucurto, orgulloso editor de libros de Enrique Lihn. "Y estamos por sacar
una antología de poesía marginal brasileña de los 70".
Va y viene la cuchilleta; Augusto es hábil. No está aprendiendo acá a
manejar la herramienta: a los 46, tiene una vida de oficial zapatero. Una
vida, claro, que se acabó con LA crisis. Lo suyo es el cuchillo -"me era más
fácil cortar cuero, suela, goma, que esto...."- y también la literatura.
Pero no necesariamente esta: "Yo leía poemas: Julia Prilutsky Farni, Joan
Manuel Serrat; ahora no tengo tiempo de leer. Y escribía: tenía un montón de
poemas, pero mis hermanas me los tiraron para que no viviera de recuerdos.
Igual los tengo acá, en la cabeza".
Augusto promete que sí: un día serán para sus versos las tapas que corta.
Cucurto también apunta a él: "Mi sueño es inventar un lector: sacarles el
Martín Fierro y García Márquez y mostrarles que cualquiera puede leer a
Aira, a Fogwill, a Casas".
Proyecto de producción y lectura armado a témpera y fotocopia. No tan lejos
de los poemas del corazón de Augusto. Después de todo el nombre -Eloísa- es
el homenaje a una amada ausente.
Fuente: Clarin, 2005
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Manos
a la obra
Un fenómeno que se extiende por América latina
Editoriales cartoneras en América latina: Desde Bolivia hasta México, pasando
por Chile y Perú, la movida que generó la argentina Eloísa Cartonera prendió y
se reprodujo por todo el continente. Claves para entender un fenómeno que, tras
su apariencia pintoresca, propicia múltiples enfoques culturales y políticos.
"Hay un espíritu más o menos anarco que nos abarca a todos"
Eloísa Cartonera, de la Argentina, marcó el camino, pero la iniciativa se
expandió. Hoy, Animita (Chile), Mandrágora (Bolivia), Sarita (Perú) y Yiyi Yambo
(Paraguay), entre otras, integran el trabajo de cartoneros, artistas plásticos y
escritores.
Por Silvina Friera
El Mercosur de editoriales cartoneras empezó a funcionar en un pequeño espacio
cultural de Almagro, "No hay cuchillos sin rosas", sobre la calle Guardia Vieja,
donde nació la irreverente y colorida Eloísa Cartonera. Washington Cucurto,
Javier Barilaro y Fernanda Laguna crearon este proyecto comunitario sin fines de
lucro que, desde 2003, integra el trabajo de cartoneros, artistas plásticos y
escritores en la edición de libros artesanales, elaborados con cajas de cartón,
con tapas pintadas a mano, páginas fotocopiadas y tiradas limitadas, de 500 a
1000 ejemplares, de narradores y poetas de toda América latina. El fenómeno se
expandió en Perú con Sarita Cartonera; en Chile con Animita; en Bolivia con
Mandrágora y Yerba Mala; en Paraguay con Yiyi Yambo; en Brasil con Dulcinéia
Catadora, y la más reciente en México, La Cartonera. Ahora mudada al barrio de
La Boca, sobre Brandsen al 600, a metros de la Bombonera, la madre de todas las
editoriales cartoneras invita a quedarse, a tomar mate, a escuchar cumbia y
salsa en la vereda, mientras se hacen los libros con pinceles, témperas y
cartones, a la vista de los vecinos y turistas que merodean por la zona. En el
pequeño local, los libros publicados y agrupados en varios estantes dan cuenta
de la diversidad del catálogo de Eloísa, con más de cien títulos publicados.
Conviven, entre otros, César Aira y Ricardo Piglia, Leónidas Lamborghini y
Enrique Lihn, Alan Pauls (ver página 32) y Mario Bellatin, Fogwill y Andrés
Caicedo, Arturo Carrera y Ricardo Zelarrayán.
"La
Osa", de cartonera a famosa
Miriam Sánchez, más conocida como "la Osa", tiene 23 años y la remera de Boca
gastada de tanto uso. Dejó de cartonear en las calles hace seis meses. Ahora,
como todos, cumple múltiples funciones, desde pintar hasta distribuir los libros
en las librerías, ferias, puestos callejeros e instituciones como la Universidad
de las Madres y el Centro Cultural de la Cooperación, entre otras. Llega
contenta, vendió todos los ejemplares en La Boutique del Libro de Palermo, y su
sonrisa abraza al barrio. Uno quisiera llevarse a esta mujer a todas partes para
escucharla y que cuente sus historias. "Yo era cartonera y siempre pasaba con mi
carro. Quería saber qué era, entrar. Y le dije a mi marido, pero no tenía
ninguna excusa porque no tenía buen cartón. Un día pedí pasar al baño para
chusmear. Entré, hice como que fui al baño, pinté una tapa y me fui. Después de
cinco meses me decidí a venir a trabajar acá, pero me recostó dejar el carro",
confiesa la Osa, que todos los días viaja de La Plata hasta La Boca. "Me gusta
ser famosa, que me hagan entrevistas, que me saquen fotos", admite y revela que
sus libros preferidos son Salón de belleza, de Bellatin, y "La cartonerita", un
poema de Cucurto. "Yo le digo a mi familia y amigos que ese poema me lo dedicó a
mí, pero es mentira. Y mi familia dice: ‘¡Mirá vos, la Osa, de cartonera a
famosa...!’"
María Gómez, 26 años, estudiante de Comunicación, señala que lo mejor que se
puede decir sobre el surgimiento de las editoriales cartoneras lo planteó el
escritor boliviano Crispín Portugal, uno de los fundadores de Yerba Mala. "El
dice que ya no importa si alguien cae en esta lucha porque otros vendrán. Este
fenómeno no es de nadie, es algo que está en movimiento y que es imparable",
asegura Gómez. Uno de los "proveedores oficiales" de cartón es Oscar, un vecino
del barrio que consigue cajas de cartón sin manchas. "A él se le paga 25
centavos por caja, que sería más o menos $ 1,50 el kilo, depende del tamaño de
las cajas, cuando en los depósitos les pagan 40 centavos el kilo", compara. Una
vez que tienen el cartón, se corta y se pintan con témperas los nombres de la
obra y del autor, se encuaderna la tapa junto con el cuerpo de la obra que sale,
tibiecito como pan caliente, de la pequeña máquina Multilith 550, que maneja
Renzo, y... listo el libro para quien lo quiera comprar. El costo de los
ejemplares oscila entre 8 y 15 pesos, pero hay una promoción, para los que
compran en el local, de 3 libros a 10 pesos.
La santa de las prostitutas
ELOISA CARTONERA X ELOISA
CARTONERAEloísa Cartonera es un proyecto artístico, social y comunitario sin fines de lucro. Una cartonería, llamada No hay cuchillo sin Rosas, es su sede, donde cartoneros cruzan ideas con artistas y escritores. Eloísa Cartonera busca inventar una estética propia, desprejuiciada de los orígenes de cada participante, intentando provocar un mutuo aprendizaje, estimulada por la creatividad. Una de las formas de concretar estos anhelos, fue la creación de una editorial especial: se editan libros con tapas de cartón comprado a cartoneros en la vía pública, pintados a mano por chicos que dejan de ser cartoneros cuando trabajan en el proyecto. Se publica material inédito, border y de vanguardia, de Argentina, Chile, México, Costa Rica, Uruguay, Brasil, Perú: es premisa editorial difundir a autores latinoamericanos. El cartón se compra a $1,50 el kilo, cuando habitualmente se paga $0,30. Y por la realización, los chicos cobran $3 la hora de trabajo. El proyecto pretende generar mano de obra genuina, sustentada en la venta de libros. No posee financiación de ningún otro tipo. En la cartonería además se han hecho muestras de arte, expusieron Alberto Franco, Daniel Joglar y Miguel Mitlag. David, Daniel y Alberto Ramos, Gastón y Augusto, pintan y encuadernan los libros, cortan cartón, piropean a las chicas y ponen cumbia a todo volumen. Javier Barilaro, artista plástico, mide, corta y usa la regla, dibuja letras y chicas, ordena la belleza de las ideas. Fernanda Laguna, artista plástica, escritora, madrina, madre, gestiona, obtiene, pide, da, y acoge. Wáshington Cucurto, inspirador, poeta, editor, vendedor callejero de primera línea, obsesivo, fatalista, reta, arenga, tiene grandes ideas, las realiza. Grandes recolectores urbanos, cartonean y seleccionan el mejor cartón de la ciudad. Pablo Martín traduce a lenguaje internético. Tomás Colombo, alias Alboroto, registra en video. Los autores de los libros, ceden afectuosamente sus obras para ser publicadas, invitan cerveza a los chicos, algunos se copan pintando con ellos, otros traen facturas, todos a su manera aportan. Clara Domini, artista plástica y piquetera. Alberto Franco, artista plástico, logró volvernos locos con sus enseñanzas espirituales. Christopher Pimiento Zúñiga, hace lo que los demás no quieren, y duerme en los ratos libres. Victoria Ojeda fue galerista y bardera. Y tantos más que colaboran en todo sentido. Positivo y negativo. Funciona en un local en Brandsen 647, La Boca. Allí se hacen los libros y muestras de arte. Desde agosto del 2003 con la apertura del local, inauguró con una muestra de Alberto Franco, un artista callejero. |
Sarita, la cartonera peruana, nació en los primeros meses de 2004 con cuatro
títulos: Cara de ángel, de Oswaldo Reynoso; El arte nazi, de Santiago
Roncagliolo (ver pág 32); Fuga última, de Aldo Miyashiro, y Ayer, del chileno
Juan Emar. "En ese momento había muy pocas editoriales independientes en Perú,
entonces tuvimos mucho eco. Aunque los autores y la prensa nos trataban muy
bien, las librerías no querían nuestros libros", recuerda Jaime Vargas Luna
(Junín, 1980), que estudió Literatura en la Universidad de San Marcos en Lima,
dirige otra editorial llamada [sic] y preside la Alianza Peruana de Editores. El
cambio de actitud fue durante la Feria del Libro de Lima en 2005 cuando Sarita,
tan desprejuiciada, colorida y rotunda, lanzó Underwood portátil modelo 1915, de
Bellatin. "Como la única edición del libro era la nuestra, la vendimos muy bien.
Eso ocasionó que la cadena Crisol de librerías nos buscase para distribuir ese
título en su cadena y, con ello, entramos a las demás y con todo el catálogo",
precisa el editor, catálogo que hasta la fecha está integrado por cuarenta
títulos, que incluyen libros de Fernando Iwasaki (ver aparte), Pedro Lemebel,
Daniel Alarcón, Rodrigo Hasbún y Luisa Valenzuela, entre otros. "Sarita Colonia
es el nombre del mayor icono popular limeño, quizás incluso peruano -revela
Vargas Luna-. Es una santa no oficial, no católica. La santa de los choferes de
buses, de las prostitutas. Era el nombre perfecto para lo que queríamos."
Al principio, los fundadores de Sarita publicaban a escritores peruanos inéditos
pero, con la irrupción de otras editoriales independientes, cambiaron de
estrategia y decidieron publicar a escritores latinoamericanos cuyos libros no
llegaban a Perú; o llegaban, pero a precios inaccesibles. Poco a poco, fueron
sacando libros de Piglia, Haroldo de Campos, Margo Glantz o Diamela Eltit.
Vargas Luna sostiene que todas las experiencias cartoneras comparten un
horizonte semejante. "El trasfondo común tiene que ver con la necesidad de
acercar la literatura a la calle y evidenciar la calle en la literatura; y
también con cruzar fronteras y generar movimientos colectivos. Los catálogos de
cada cartonera tienen sus propias búsquedas, pero hay un espíritu más o menos
anarco, más o menos desacralizante, que nos abarca a todos."
¿Qué diablos es ser callejera?
Ximena Ramos comenta que Animita Cartonera empezó a funcionar a fines de 2006,
cuando lanzaron siete libros de Gonzalo Millán, Carmen Berenguer, Mauricio
Electorat, Teresa Wilms Montt y José Santos González Vera, entre otros. "Salimos
con bombos y platillos, al menos mediáticamente, cosa que nos ayudó bastante
para poder dar a conocer el proyecto", confiesa Ramos, que estudió Literatura en
la Universidad Diego Portales. En cuanto a las reacciones que generó la
aparición de Animita, que ya lleva publicados 18 títulos y tiene en su catálogo,
entre otros, al poeta Raúl Zurita (ver aparte), Ramos detalla que hubo "desde el
apoyo absoluto e incondicional a los chismes por la espalda, del tipo ‘son
chicas burguesas que arman una cartonera’, como si tuviésemos que estar sentadas
en la cuneta con una actitud entendida como ‘callejera’. ¿Qué diablos es eso?
Para poder ser válidas para algunos", se enoja, con razón, Ramos. Las animitas
son pequeñas grutas generalmente en forma de casitas, del tamaño de una caja
pequeña, dispuestas en las orillas de los caminos cuando ocurre un accidente en
la calle, una muerte injusta que no debió ocurrir. "Es algo objetual que toma
características divinas, que habita las calles y que puedes encontrar del norte
al sur, sin exclusiones", cuenta la editora.
Animita forma parte de Editores de Chile, una asociación paralela a la Cámara
Chilena del Libro, conformada por editoriales independientes. "Nos hicimos
socias porque nos ayuda a la hora de lograr ciertos objetivos, como poder ir a
ferias colectivamente, llegar a acuerdos, ser parte de la discusión del libro y
la lectura, proponer iniciativas y un sinfín de puntos que, muchas veces, se
logran colectivamente y no siempre luchando solo", plantea Ramos. "La relación
con las macroeditoriales es nula. Es más, dudo de que nos conozcan." Calidad,
proyección y viabilidad son las claves del catálogo de Animita, que este año
incorporará a autores como Daniel Alarcón, Gonzalo Garcés y José Kozer, entre
otros. "Nosotras damos a conocer autores en un formato que llega justamente a
quien no se puede comprar ni tiene acceso a un libro Anagrama", compara la
editora.
Tiempos de revancha
A principios de 2006, los escritores bolivianos Darío Luna, Crispín Portugal y
Roberto Cáceres querían publicar en el mercado editorial más pequeño de América
latina (1.200.000 personas no saben leer ni escribir). "Estuvimos un poco
angustiados, pues había mucho que decir, sobre todo de El Alto; y luego de ver
las experiencias en la Argentina y Perú, nos decidimos", recuerda Cáceres.
"Publicamos nuestros libros con poca esperanza, pero a la gente le gustó y
empezamos a crecer. La recepción por parte del medio intelectual fue en un
primer momento reticente, pero posteriormente se integraron", revela Cáceres,
que publicó Línea 257 en YMC, cartonera que cuenta en su catálogo con 17
títulos. "La yerba mala crece en cualquier parte, sobre todo en el lugar que tú
menos la desees, y siempre se la quiere extirpar porque es molesta -explica
Cáceres-. La vas a sacar y va crecer otra vez. Hemingway decía que los pobres
somos como la yerba, crecemos en cualquier parte. Por eso nos ha gustado Yerba
Mala, porque nos van a matar, pero van a venir otros atrás... Es una suerte de
terquedad por la supervivencia."
"En 2006, nadie comprendía cómo se había organizado la gente para derrocar al
Goni (Gonzalo Sánchez de Lozada), no había un líder, todo el mundo salía a la
calle. Podría decirse que Yerba Mala comenzó devolviendo uno de los gases
lacrimógenos: valorándonos, encaprichándonos en lo que somos nomás, sin mayores
pretensiones. Evo subió y nos reconocimos aún más -admite Cáceres-. Pero ese
reconocerse no es hacer una literatura panfletaria, sino una literatura que
eleve nuestro imaginario, que construya nuestra cultura, que no es ni la andina
pura, ni la camba pura, ni la occidentalizada, sino una mezcla de eso." El único
apoyo que recibe YMC es de los lectores. "Tratamos de apostar a una literatura
sin donativos, lastimerías, subvenciones. Existen instituciones que ayudan, ONG,
pero hemos visto que seríamos cómplices si recibiéramos su dinero. Creemos que
ellos sólo quieren justificar sus dineros y reunirse luego en elegantes hoteles,
restaurantes y con ropa de diseño para hablar de la gran ayuda que están
haciendo a los pobres. Somos pobres, pero no queremos que sientan piedad por
nosotros", subraya Cáceres. "Ser escritor y editor en Bolivia es quijotesco,
romántico, kamikaze o suicida y por eso mismo absolutamente atractivo. Estamos
viviendo unos tiempos decisivos, no podemos quedarnos con los brazos cruzados",
sugiere el autor boliviano.
Cumpleaños
del poeta Alfredo Carlino
Por Washington Cucurto Crítica Digital |
En la ciudad de Cochabamba, Bolivia tiene otra editorial cartonera, Mandrágora,
en homenaje a la planta afrodisíaca, pero también a la obra teatral homónima que
escribió Nicolás Maquiavelo. Iván Castro Aruzamen (Chuquisaca, 1970) informa que
a fines de 2004 decidió con unos amigos llevar adelante el proyecto después de
conocer la experiencia de Eloísa. "En nuestra primera presentación, los libros
causaron curiosidad y, al mismo tiempo, fue un éxito: hicimos 50 ejemplares de
los primeros tres títulos y se vendieron como pan caliente. Hablar de
intelectuales en Bolivia es una tontera, porque no hay pensadores y la crítica
literaria está en pañales." Castro Aruzamen, profesor de Literatura y Filosofía
en la Universidad Católica de Cochabamba, sostiene que Evo Morales no tiene
ninguna significación en el proyecto de la editorial, que ya ha lanzado una
veintena de títulos como El pianista, de Piglia; Noches vacías, de Cucurto, y
Como la vida misma, de Edmundo Paz Soldán (ver aparte).
"Mandrágora es un proyecto social y cultural, inserto en la lucha contra la
deshumanización del neoliberalismo, pero no desde una óptica marxista o
socialista. Sabemos que el modelo causa estragos en sectores como los
recicladores y que los nuevos parias entre los parias son los cartoneros y
chicos de la calle; pero pensar que haciendo libros les vamos a dar un futuro
mejor, es una quimera. Sólo buscamos democratizar el acceso al libro y difundir
literatura." Castro Aruzamen reconoce que la relación con sus pares de Yerba
Mala es conflictiva. "Ellos defienden abiertamente el proyecto de Evo Morales, y
buscan una estética afincada en la literatura de cuño indigenista, marginal,
contracultural y todas esas vainas que andan de moda hoy con los populismos."
Castillos en el aire
El efecto "contagio cartonero" llegó a México, más precisamente a Cuernavaca. La
Cartonera acaba de lanzar en febrero sus dos primeros títulos: El silencio de
los sueños abandonados, una colección de canciones y un disco compacto de
Kristos, y Cristo en Cuernavaca, un relato del escritor norteamericano Howard
Fast. Raúl Silva, uno de los fundadores, cuenta que el proyecto ha despertado el
interés de los medios de comunicación. "El mercado editorial es un eslabón más
de una concepción del mundo basada en el consumo y el desecho. Vivimos dentro de
una enorme maquinaria que no se detiene ni se detendrá -alerta Silva-. El
vértigo de lo masivo y del éxito es una enfermedad que parece incurable. Por eso
estimula pensar y saber que, al margen de esos enormes monstruos editoriales,
existen gestos que consisten en construir castillos en el aire." La Cartonera
busca publicar a escritoras y escritoras de la ciudad de Cuernavaca, pero
también a autores de otras partes. "Los caminos de la literatura son infinitos.
El aporte de las editoriales cartoneras no se puede medir con instrumentos de la
mercadotecnia. Su existencia es demasiado silvestre, por suerte. Basta ver las
portadas de Eloísa o las de Sarita para entender que no sólo es un acto
literario lo que propagan estos proyectos sino también un recorrido
museográfico", plantea Silva.
El antecedente mexicano
Raúl Silva, de la Cartonera mexicana de Cuernavaca, recuerda al menos el
antecedente más cercano de una editorial cartonera. A mediados de la década del
’70, la poeta argentina Elena Jordana creó Ediciones El Mendrugo, que publicó
libros de Ernesto Sabato, Octavio Paz y Nicanor Parra, entre otros, en México,
Nueva York y Argentina, en ediciones artesanales y tiradas limitadas, con tapas
de cartón de embalar y atados con hilo sisal. Vuelta, de Paz, que se publicó en
1971, es un poema de 16 páginas, incluidas en ocho cartoncillos, amarrados con
un lazo azul. Tiene un dibujo de Kasuya Sakai y se editaron 75 ejemplares
firmados por el autor. Carta a un joven escritor, de Sabato, se publicó en 1974.
En el site de la librería Ninon (www.librerianinon.com.ar) se vende un ejemplar
a 148 dólares. En www.antiqbook.com otro ejemplar cuesta ¡¡¡377 dólares!!! En el
diario La Opinión del 18 de junio de 1975, una nota editorial ("Insólita
experiencia artesanal") informa cómo Jordana, poeta argentina que vivió en
Estados Unidos y México, fue gestora y creadora de esta aventura editorial. De
regreso a la Argentina y con el apoyo de la Sociedad Argentina de Escritores
(SADE) y la generosa actitud de Sabato, que cedió sus derechos de autor, se
publicó y expuso Carta a un joven escritor en la Feria del Libro de 1974. Cada
libro se hacía individualmente entre amigos, con jarras de vino y canciones.
"Editar sigue siendo para Elena Jordana un ritual de alegría y bohemia", se lee
en el artículo.
ORGULLO Y ALEGRIA
Por Elsa Drucaroff *
Eloísa Cartonera apareció en la particular situación post 19 y 20 de diciembre
de 2001. Como todas las clases medias, la nuestra se bandea: a veces cree que
puede parecerse a los más ricos, pero a veces la hunden tanto que no tiene otro
remedio que entender que no va a pertenecer nunca al otro lado y se solidariza
con los más pobres..., hasta que le vuelve a ir un poco mejor y les da vuelta la
cara, como ahora. Cuando supe de Eloísa, pensé que también tenía que ver con ese
ambiente nuevo, que lamentablemente no continuó hasta hoy. Yo pensé que sería
hermoso participar en eso de algún modo. Tardamos un tiempo en concretar, pero
eso pasa siempre en las editoriales chicas que no pueden editar muchas cosas por
año. Conozco bastante bien a dos de los fundadores, Cristian De Nápoli y Cucurto,
son muy diferentes y no necesariamente coincido con ellos en todo, pero sí sé
que su deseo de democratizar el capital simbólico, de juntar a los que por
humildes no pueden acceder al placer de la literatura con los que tenemos el
privilegio de gozarla no es un gesto exterior, viene de sus propias biografías,
de sus propios orígenes sociales, y eso se nota en Eloísa, en su catálogo
desprejuiciado y en la propuesta de libros donde la propia manufactura, el
trabajo manual, está subrayado.
Yo vi el orgullo y la alegría en los ojos de las chicas que habían pasado la
tarde pintando las tapas de Leyenda erótica, cuando fue la presentación de mi
librito, y meses antes estuve en el local que entonces tenían en Almagro y me
acuerdo de que tuvimos una hermosa charla sobre libros, Cristian De Nápoli,
Cucurto y yo: el mate pasaba de nuestras manos a las de los cartoneros devenidos
fabricantes de libros, que estaban con témperas y goma de pegar, los comentarios
literarios se mechaban con comentarios sobre fútbol y chistes de la interna de
un lugar de trabajo. Era raro porque nadie hablaba de lo que no sabía, pero al
mismo tiempo todos prestábamos atención a todos, no cambiaba la onda al pasar de
un tema "inculto" a uno "culto" y eso era vital y hermoso y se sentía en el
clima de laburo.
* Escritora y crítica.
OPINIONES DE ESCRITORES QUE PARTICIPARON DE LA EXPERIENCIA
Historias de un reciclaje literario
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Alan Pauls, Fernando Iwasaki (Perú), Edmundo Paz Soldán (Bolivia), Raúl Zurita
(Chile) y Santiago Roncagliolo (Perú) cuentan por qué se acercaron a las
editoriales cartoneras, que publicaron sus textos. "Hacen de la necesidad una
virtud", plantea el autor de El pasado.
- Santiago Roncagliolo (escritor peruano): "Los libros son demasiado elitistas.
Son caros y largos y la mayoría de la gente cree que son aburridos. Para cambiar
esa percepción hacen falta libros baratos y, de ser posible, cortos, que
permitan a la gente ir descubriendo la lectura en el bus camino a casa o en el
baño. Los cartoneros hacen eso exactamente y a la vez convierten al libro en una
pequeña fuente de trabajo para gente que lo necesita. Por todo eso, me pareció
un honor que me invitasen al proyecto. También me gustó la factura a mano, que
hace de cada libro un ejemplar único con una portada distinta. En cierto
sentido, es como comprar un cuadro".
- Fernando Iwasaki (escritor peruano): "Cuando Tania Silva de Sarita Cartonera
(Lima) me invitó a colaborar con un libro cartonero, acepté por varias razones.
Primero, porque el proyecto cartonero me pareció genial. Segundo, porque me
sentí afín a los autores del catálogo cartonero (Chávez, Aira, Bellatin, Piglia,
Roncagliolo, Zavaleta, etc.). Y tercero, porque Mi poncho es un kimono flamenco
(2005) es un libro ideal para una edición cartonera, pues deseo compilar bajo
ese título las conferencias que imparto en países donde no se habla castellano,
porque allí uno siempre termina hablando de la identidad y otras zarandajas que
uno provoca por ser un escritor peruano de apellido japonés que vive en
Andalucía. De hecho, la edición cartonera de Yerba Mala (Bolivia) tiene más
conferencias que la edición de Sarita Cartonera (Perú), y si otra editorial
cartonera quisiera publicarlo el contenido de la nueva edición también sería
distinto, porque el libro continúa creciendo. Por lo tanto, mi libro es
absolutamente ‘cartonero’, porque lo ‘reciclo’ de una edición a otra".
- Edmundo Paz Soldán (escritor boliviano): "Hace algunos años encontré en una
librería de Buenos Aires los libros de Eloísa Cartonera. Había ahí textos que no
conocía de Piglia, creo que también de Villoro. El libro como objeto me fascinó,
aparte de que era un símbolo de la crisis que en ese momento atravesaba la
Argentina, y mostraba que, en el fondo, para la literatura, lo importante no era
tanto el preciosismo editorial, sino hacer que el relato -el poema- llegara al
lector. Muchas cosas se unían en los libros de Eloísa Cartonera. Me pregunté
cómo podía publicar allí. Un par de años después, cuando la editorial cartonera
Yerba Mala se abrió en Bolivia, tuve la suerte de que se me pidiera un cuento
inédito. El proyecto de las editoriales cartoneras es fascinante por lo
solidario, porque se aparta un poco de la maquinaria tradicional del
hipermercado de la cultura. Una golondrina no hace verano, dicen, pero en este
caso me parece que sí. Ironía de ironías, hace poco encontré algunos libros de
editoriales cartoneras en una librería de viejo en Madrid. ¡Eran carísimos! Se
los vendía como objeto de colección. El círculo se cierra algunas veces..."
- Raúl Zurita (poeta chileno): "Las ediciones cartoneras son una creación
genial, no sólo por lo que son, sino por lo que significan. Hay algo
profundamente democrático en su manufactura, en todo lo que interviene: el
papel, el cartón de la tapa, la portada única, que tiene algo de ghandiano, una
refutación al histerismo de la tecnología y un regreso a la manualidad como si,
más incluso que libros, Eloísa Cartonera fuera una propuesta de vida. Un libro
adquiere acá otra dimensión, nunca te olvidas del todo del soporte y detrás del
poema que lees sientes el latido de la vida concreta, ese telón de fondo de la
existencia, que los cartoneros recolectan en la madrugada, de la calle. En lo
personal, verme en Eloísa o en Animita Cartonera me alegra porque me ilusiona
pensar que el posible lector no leerá sólo un poema, sino ese trasfondo real que
finalmente es el destino de toda poesía. No me sorprende entonces que Eloísa
Cartonera esté siendo retomada en otros países, porque representa un futuro más
que plausible: cuando las grandes imprentas sean unos dinosaurios obsoletos y
hayan desaparecido Anagrama, Mondadori, Planeta, sólo existirán los libros
electrónicos y los libros hechos a mano, sólo sobrevivirá el Kindle y las
ediciones cartoneras".
- Alan Pauls: "Publiqué en Eloísa porque me gustó el proyecto de una editorial
que, en vez de llorar miseria, hacía de la necesidad una virtud, y no una virtud
sacrificada, gravosa, sino jovial, incluso festiva. Hay que ver los afiches
bailanteros con que Eloísa sabía promover sus libros... Eloísa combina un
catálogo de vanguardia con un modo casi alquímico de producir libros -ediciones
nacidas de lo que la sociedad desecha-, borroneando las fronteras entre la vida
social y el arte. Una vez fui a la vieja sede de Guardia Vieja, a pocas cuadras
de Belleza y Felicidad (una institución socioartística prima de Eloísa), y me
costó entender dónde estaba, si en una editorial de libros, una madriguera de
tipógrafos anarquistas, una kermesse, un taller gráfico, un laboratorio de
proyectos sociales o una comunidad post hippie. No creo que haya en Buenos Aires
muchas instituciones culturales capaces de producir ese desconcierto".
Fuente: Página/12, 02/06/08
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La
Revolución de Mayo vivida por los negros
Emecé acaba de publicar [2008] "1810. La Revolución de Mayo vivida por los
negros", del autor de “Cosa de negros” y “El curandero del amor”. Un delirio en
honor a la Patria y a su gente olvidada, una historia que arranca en Africa y
tiene como protagonistas a San Martín, Belgrano, el barrio de Constitución, una
dinastía africana, un tatarabuelo descendiente directo del Libertador de América
y una esclava bellísima, además de, por supuesto, al propio Cucurto.
Por Washington Cucurto
Querido general San Martín, doscientos años después te escribo encerrado en una
pieza del barrio de Constitución, te escribo como si fueras un hermano que no
conozco. Te escribo desde mi condición de escritor cumbiantero contemporáneo que
no acepta la historia como se la contaron otros. Desde mi corazón de admirador y
enamorado tuyo, ahora que te descubrí doscientos años después, desde un rincón
del Río de la Plata que supo ser terreno de todas tus hazañas y amoríos tales.
Hoy sos “el faro, el guía, el Libertador y prócer de América”, en los libros de
historia y en la boca de los políticos revolucionarios de izquierda. Yo te
quiero como el hombre sencillo que fuiste y que ocultó su imagen de luchador de
grandes gestas.
Te quiero como un muchacho porteño más, que bardeó todo lo que pudo, que
“políticamente fue el más incorrecto y romántico de los héroes de la América
mestiza”. Poco me importa tu cruce de la Cordillera (hoy es un trámite
intrascendente y lo hago en dos horas por Lan Chile), o tu encuentro en
Guayaquil con ese otro maricón que es Bolívar y como lo seré siempre yo; ni un
pelo me mueven. Me mueven, me sensorizan tus aventuras con negras y negros
esclavos del Africa, con mujeres casadas; que te hayas atrevido a liberar 1.600
esclavos en medio del Océano y en las narices del Rey de la Corona. Me conmueve
que hayas sido el padre del verdadero héroe negro de la Revolución de Mayo y de
nuestra historia argentina, negado por las plumas de historiadores blancos, que
no podían aceptar el liderazgo de la negritud en nuestra historia. Me conmueve,
oh dulce amado mío, tu “libertinaje a la hora de vivir”, y por eso sos para mí
Mi Libertador, Mi Dulce Hermano de Gran Pija Mestiza Saboreada por Hombres y
Mujeres de Todas las Etnias. Oh, hermano, me importan un pito tus laureles,
Libertadorcito de Argentina, Chile y Perú, te recuerdo como la primera vez que
te vi en un cuadro del colegio, al lado de un cuadro de Perón, los dos montados
en caballos blancos.
Querido San Martín, ahora que me hallo, doscientos años después, enamorado de
vos, mucho más allá y más alto que las cordilleras de Chile e incluso todo el
cielo de Chile (que es un blef), te quiero decir, ya para concluir esta carta
carmesí de niña enamorada atemporal, que la revolución sigue en pie. Y sobre
todo sigue en mí, nuevo Libertador de América, de la música y del lenguaje.
Sigue en mí a través de ti, que has reencarnado dulcemente en mi espíritu. Yo sé
muy dentro de mí que si vivieras en esta época serías cucurtiano. Por ahora te
traigo a la realidad a través del velo mágico y comercial de la empresa
editorial argentina, el libro. Para todos los mequetrefes, sotretas y zoquetes
que no saben un pito de historia ni te aceptan por puto, ni menos que hayas
puesto el cuerpo en la Revolución de Mayo (esto no consta ni en un libro de
historia de todos esos libros blanquecinos que se dedican a derribar los mitos).
Los intelectuales referencistas de nuestro pasado, los grandes escritores de
best sellers, te niegan rotundamente. Se ciegan a la liberación política y
sexual que significó tu vida y tu lucha. Contra ellos es este libro.Y también
contra la ignorancia existente en torno a ti, tanto la del agreste maestro rural
con barba guevariana o la del presidente de la República Bolivariana de
Venezuela, señor Hugo Chávez Frías (le he escuchado decir auténticas
bestialidades acerca de vos).
Por último, me despido con una sonrisa de tránsfuga, picardías de putañero que
descubrió su hombre; te mando un beso con saliva de guitarrero infame de zambas
berretas, de gavilán de tierras malas.
Primera parte. Africa. A las doce de la noche, en el centro del corazón
purpurino del Africa nació un pendejito. Un día cualquiera de 1790, en un
chocerío de esclavos africanos se escuchó el llanto escandaloso de una guagua,
un nenito, un gurisito, un guainito infame y bochinchero. Pataleó en el vientre
de su madre, quien profirió alaridos non sanctos, arrancándose el pelo a
manotazos y dándole al atigrado altar de paja furibundos conchazos. Cambiose de
lugar como si fuese a ser en el futuro un pródigo bailarín de ballet y no un
simple esclavo más. Púsose, la infame criaturita, boca abajo, y de un cabezazo
rompió la placenta del útero materno y salió del cuerpo de su madre, que pegaba
unos gritos como si la estuvieran matando. El niño no tiene padre, ni se sabe de
dónde viene, ¡quién sabe!, tiene ojos de carbón, es el primer mulato de la
tierra bendecida por Dios que treinta años después la Corona española bautizaría
como Virreinato del Río de la Plata, y que en tiempos actuales se conoce como
Argentina, a secas. ¡Es el primer mulato de la República Argentina! La negra
Coral, su abuela materna de 70 años, lo alza en sus brazos y lo pone a la luz de
la luna para constatar que no esté amarillo por la bilirrubina, ni tenga patas
de rana. Afuera, en el inhóspito monte africano, los mosquitos invaden el
manglar. En esta choza de tirantes de bambú y hojas de palmera comienza, por así
decirlo, la verdadera y trágica historia de una nación próxima a cumplir
doscientos años.
-Caramba, ¡qué poronga tiene este niño! –grita la vieja al verle la verga bajo
los haces de aluminio de la luna.
Lejos de asustarse, se lo entrega a la bendición de la luna africana. Alocada
como un huracán, después de una cabalgata de tres horas subida a un león, entra
al cuarto Lorena, la hermana de la parturienta. Ignora a la vieja y se dirige a
la cama de lapacho donde reposa la madre, que acaba de dar a luz.
-¡Olga, Olga! ¡Vestite, tenés que escapar!
Se da cuenta de que su hermana ha dado a luz:
-¡Puta de los mil demonios, cómo hiciste para parir semejante monstruo! Olga, la
madre del mulatito, es una mulata de increíble belleza natural, de 13 años de
edad.
Y enseguida la felicita con lágrimas en los ojos:
-Che, mirá el pingón que tiene este degenerado. ¡Felicidades, hermana querida!
La mulata, de impecable falda corta de cuero de bisonte y unos aros de barro
barnizado con sangre de mosquitos, alzó a su sobrino, le pegó dos mordiscones en
los cachetes del culo y le dijo: “Pobrecito de vos, bienvenido al Africa.
Bienvenido a la esclavitud total”.
Y ahí constató de nuevo, ahora sí horrorizada, que el chico calzaba entre sus
piernas un gigantesco instrumento germinativo.
—Epa, güey, nunca vi pingón igual. Este se la va a pasar cogiendo –le dijo,
muerta de risa, a su hermana semiconvalesciente.
Como todas las noches, en el barrio africano Consti había un baile en el
barsucho lindero a la choza. Un barsucho de borrachos y prostitutas que bailan
un extraño ritmo de tambores y arpas que llaman cumb y, supongo, es precursor
del -doscientos años adelante— famoso ritmo tropical cumbia.
Y aunque no sonara Karicia ni Los Mirlos, aquello era realmente supersensual
para bailar, una artimaña del tiempo, ver tantas negras meneando las caderas y
el culo, dando dosmilquinientos meneos para levantar un vaso, mover un pie,
agitar una pestaña, hasta para hablar las negras movían el culo, y sus
partenaires hacían lo mismo con sus braguetas. Cuánto olor habanero hay en este
sitio.
¡Pero si La Habana, ni Cuba, ni Argentina existen todavía, bestia iletrada
ahistórica!
Perfil, 01/06/08
![]()
Hasta quitarle Panamá a los yanquis,
cap. 1
[Novela por entregas, ver serie completa:
www.eloisacartonera.com.ar/eloisa/cucurto.html]
Por Washington Cucurto
1. El Rey de la Cumbia
Atentos señores. En la radio hablan las locutoras trolas de la F.M.
Tropical. El rey de la cumbia se echa Axe (el desodorante de los
bailanteros) en los sobacos, el pelo, el pecho y las bolas. Se pone su
camisa blanca con flores en los bolsillos. Su pantalón rica lewis y sus
zapatojos del Once. ¡Señores! Ya está por salir al ring de la vida el rey de
la cumbia. Baja las escaleras de su casa, se dirige a la parada del bondi.
Se sienta en cualquier asiento. 23 hs. Mírenlo como baja del 168 y se dirige
por la calle Salta hasta el pasaje O’Brian. No se detiene ni sonríe. No ve
ni escucha a los zanganos vendedores, las putas lo perifonean, los sauneros
lo agarran del brazo en vano. No hay criatura de la noche que lo detenga.
¡Va al Bronco sin parar! ¡Oh Barrio de la Sagrada Constitución qué dichoso
sos, en tus venas va el anónimo e invisible rey de tus calles y de tus
galpones musicales!... ¿No lo oyes respirar, echar montañadas de humo? ¿No
sientes sus pasos de lata haciendo a un lado borrachos en el piso?
¡Damas Gratis, Eh, Guacha!, Pibes Chorros, Medialuna, Amarazul, karicia,
Débora: Bostas! ¡Basura! Este es el rey de la cumbia y no canta. Baila,
baila, paga su entrada, luces, ruidos, peleas, música stereo saliendo de los
autos. Caquis (policías borrachos) arrean chicas bailanteras para
culiculearlas. Y ahí voy yo, adentro de él, dispuesto a todo.. ¡El Rey paga
su entrada de cinco guaracos y una consumisión gratis. ¡Gratis no hay nada y
menos en el mundo de la cumbia...!
Witold
Gombrowicz, Washington Cucurto y Pablo Urbanyi
Por
Juan Carlos Gómez |
¡Qué lindo olor a Axe hay en la calle! Entro, ¡al fin libre de verdad y
completamente!, me pierdo en el muchedumbraje de culos saltando y chorros de
cerveza que caen al piso, clua, cluac... ¡Horriblemente hermoso el Bronco
esta noche!... Qué feliz soy, porque encontraré a mi amada, a mi novia
paraguaya, como a mí me gusta, y que solo hallo entre los cumbianteros del
Paraguay. Oh, dondé estás mi amada de esta noche, agitadora de caderas,
donde está tu culo portentoso chocando con otro gigantesco al son viroso de
la cumbia, dónde están tus pechos apretados por la camisa de un machote.
¡Oh, reina de Constitución, ya voy a tu encuentro, acalorado y borracho y la
pinga al palo!... Ay, qué necesidad inaplazable, incorregible, inevitable de
mover todo, de entristecerse también por las letras de la cumbia villera,
que retratan nuestra vida, que son gota de sangre de nuestras vivencias y
sensaciones... Dale, dale, a agitar, a mover todo, sígueme con este pasito,
y ahora con esta vueltita rey de la cumbia, y ahora con este meneo
lubricador hasta tener las rodillas en el piso y mirarte las bolas desde
abajo, qué perspectiva maravillosa, qué visión insustanciable, qué fenómeno
paranormal por suerte. Y ahora subo rey total, agarrándome de tus rodillas
como una comadreja, podría morderte los huevos a esta altura (¡y te los
muerdo!)... Se me rompe el esqueleto si ponen otra mas, si hay otra mas
suelto el alma por la boca como un gran vómito, me lleno de transpiración y
te miro a los ojos, fijamente. Solté todos mis diablos y a mis temores los
tiré al piso como un vasito de cerveza. ¡No mariconiemos mas y vamos directo
a culear!
Buenitas noches, tucanes, alacranes, arroyos, yaguaretés,
jacarandases,cascadas, potrillos colorados, buenazas noches Condorinas con
olor a porro, llenas de vicios, de besos artificiales de lápices labiales y
boquitas de pingas abiertas como peces. Otro viernes mas venimos a hacer la
única revolución posible: la de bailar la cumbia y levantarse una buena
perra paraguaya. Estoy repegado a esta morochita que ni sé su nombre. ¡Que
importancia tiene! Mitakuñaí llevame al fondo de tu ser. Mi tavyrón se pone
duro y quiere romper la bragueta. Mi esposa, mi hijo, mi padre, mi jefe, mis
hermanos, mi madre, vienen y quieren arrancarme de los brazos de ella,
cuerachona, pero yo me agarro con todo y comienzo a dar vueltitas, a soplar
huracancitos que los alejan de mí. ¡Dejenme tranquilo joderme la vida en
paz! La vida es para jodérsela, para apestársela bien apestada, los pulmones
son para llenarlos de cerveza y el corazón está para llenarlo de rimel...
¡Kirito, Kirito, ven a mí!... ¡Matecopio Bronco viejo y querido nomás!...
Buenas noches pantaloncitos ajustados, tanguitas con olor a bosta de un lado
y a concha del otro ¡vivan, poraitepé! Abiertas, supersónicas, reculan las
conchitas debajo del bozalcito de lycra de las tangas. Culos hediondos de
negras: ¡Presente, Presente, acá estoy! Voy yendo a la barrita donde están
acodadas las guainas mas lindas de la vida. ¡Un super litro de Condorina
helada, mi preferida porfa!... Flash, flash, una fotosky-katú con Condorina
en mano que soy un rey, un hombre, un héroe. ¡Hirachuore! Miro pasar perras,
crespitas divinas y pasar tilinguitas que están pa hacerlas sonar y pasar,
morochazas del incomensurable y caluroso norte argentino y pasar culos
grandes, avasalladores, imponiendo respeto ante otros culos flaquitos de
machos o de flacas tirifilas, que también las hay, pasito a pasito, tetas
redondas y altas, olores de todos los sabores, sabores a catinga de todos
los olores.¡lengua roja lamiendo los sobacos! ¡Llegó el rey de la cumbia!
¡Qué travesia llegar a la barra! ¡Jelou, barrita de las birritas de los
bardos bailantiles! Apretujones, el destino me pone delante una guanita
culona, la guío con el asta de carne a los empujoncitos, ella salta cada que
la apoyo.¡Pará guaino, andás volcando leche!, me dice y me empuja. Sigo. Por
acá si, por acá no, no no mejor para allá que hay menos hombres. Los guainos
aprovechan y me la tocan, me la apoyan, me la sobaquean toda perdidita pa
siempre, manchita negra, en el horizonte tropical de la bailanta. Hago lo
mismo con otras... En el escenario baila la Sirenita. Ay, Virgencita del
VAlle del Salí, en un sucuncito te explico quien es la Sirenita, a vos te va
a encantar, inexplicable con palabras, un bombón de otro mundo, ¡sí, sí, sí!
del mismísimo país loco y enamorador del Paraguay, porque la guiana es...
¡paraguaya de 17 añitos, baila como nadie! Dejame tomar, no te me
enloquezcas como mi corazón. Se te derriten los ojos, tortillera, calentona,
secate las babas. La bailarina oficial del Bronco es capaz de todo con el
cuerpo. Seamos felices así, Virgencita del Salí, viéndola zarandear todo al
ritmo embriagador de la cumbia, olvidemos que somos viejos aunque tengamos
veinte años; olvidemos que hace siglos perdimos las esperanzas aunque ahora
aparezca esta ráfaga de carne esperanzadora. ¡Olvidemonos de todo,
Virgencita pecadora, y matémonos en sus ojos, giremos en el ritmo de las
caderas de esta belleza paraguaya del otro mundo que se llama República
Septrentional del Paraguay!... Atontado, perro mojado por un chaparrón de
madrugada. Ay, Virgencita, ni vos que estás muerta ni yo que estoy vivo
vamos a tocarla.
La Virgencita desapareció y, zas zas, alguien me agarra el brazo y me
arrastra. Y yo: no, no, mi amor... no te me vayás Sirenita del alma, aguantá
acá. ¡Vega, Veguita! me dice una mano negra, alacranada, que me da vueltas
meta girar con dos negrazas terribles, muy feas, pero con unos cuerpos
importantes. ¡Ingueroviable! ¡Ingueroviable! (¡Increíble!), grita el morocho
que se me vino encima a todo tote como un mionca con el embriague cortado.
¡Vos sos el hijo del viejo Vega! ¡la pucha che, que te estiraste como junco!
Cuando te conocí andabas soltando los mocos, guacho, allá por Fiorito
enchufándole vasos a la gilada. Me decía y me abrazaba y besaba, contento de
verme, y yo mirando pa trás por si veía a mi guainita del sábado pasado,
aquella que me juró amor eterno, y me prometío por todos los santos del
Paraguay que me iba a esperar sin mirar a nadie calladita al lado de la
barra. Lo hizo besándose los dedos mil veces y hasta me hizo el "piedra
papel y tijera, te espero hasta que vengas". Shera’ato, cómo avanza el mundo
che, otro pasito mas hacia la destrucción total, ¡a la marolia! veo a la
juradora católica entre la negrada meta carraspear con otro a unos metros
nomas. ¡Que poco dura el amor, che!...
¿Y en qué anda tu viejo? No se lo vio mas vendiendo por el Camino Negro,
che, se lo a’comío la tierra... Yo: no, no, sí, sigue... ¡Mirá donde te
vengo a encontrar!, lo que es el destino, qué haces entre la paraguayada,
negrito atorrantón... Yo: Diviertiendome un poco. (Ahora lo calo al morocho:
es busca como mi viejo, ex colectivero del amarillito 188, nos llevaba
gratis y mi viejo le regalaba un par de medias o una musculocita pa los
críos. ¡Está igual, che, pero debe tener como 60 años! ¡Es de roble el
paragua!).
El amigo encontrado de mi padre estaba meta bailar con una compatriota de 50
pirulos largos, cuerachona, morocha-tetas-grandes y
culo-de-porla-sin-mezclar. Todavía tenía las ancas fuertes, se notaba por el
vestido ceñido al cuerpo. Pienso la pija que hay que tener pa entrarle a una
de estas. ¡Ea!, ¡qué hay acá tan fiera como su madre! Con mucho lomo, gran
cabellera y ojos negros, la hija de unos 17 años. La marco con mucho amor y
ya la agarro de la manito y nos ponemos a girar lindo. ¿Paraguayita?, le
pregunto cuando logro llevarla a un costado. Sí, a mucha honra. Ay -le
miento- si volviera a nacer sería paraguayo. ¡Ñembuepoti! tiré mi golpe
maestro y la pendeja cayó. Una felicidad me invade, el amigote de mi tata,
no deja de traer cervezuchas. ¡Entrele, entrele, guacho nomas! El morochote
gigantón agarra de la cintura a la madre y la hace dar vueltas y grita para
el escenario. ¡Música que hay un Vega!... Yo, timido, chis,chis, no levantés
la perdiz. Mi paraguayita se mata de la risa y me abraza tierna... Al rato
nos vamos y nos sentamos en una mesa blanca de plástico. Mas cervas. Y yo:
pago yo compadre, paremos un poco. Y él me pega un coscorrón que suelta al
piso un chapuzón de medio vaso de cerva y me dice. ¿Como vas a pagar vos
guacho, me querés insultar? Andá aprendé a limpiate los mocos... Ay, que
feliz me siento entre tanta hospitalidad, en esa mesa casi familiar rodeado
de gente de corazón de oro, gente sin interés mas que el de vivir y
disfrutar con los amigos; ay pai, qué felicidad estar en medio de la
morochada espléndida de dientes blancos y pelos de púas. Ay, la sagrada
morochosidad del mundo, viva, viva, aguante las mezclas los mestizajes los
criollismos, viva el indio con el español o el tano o el turco o el árabe o
el polaco, de ahí viene la cumbia, qué picazón deleitoso tenerla instalada
como otitis en los tímpanos! No parés nunca cumbia. Que el mundo paré, sí.
Que los yanquis hagan bosta todo, Irak, Cuba, Venezuela, el Mar Rojo, que se
llenen el culo de petroleo, me importa un güevo todo con tal de que la
cumbia no pare nunca... ¡Y este paraguayo como me hace acordar a mi padre,
tan generoso, tan vivo, tan sonriente! Shera’ato, contame mas de tu tata,
dame el tubo o una calle que lo voy a ver. No me atrevo a decirle que se
murió y le digo "se mudó pal lado de Chacarita". Me voy pa otro lado y le
adulo la hembra. Ya estoy agarradito de las manos con mi mitakuñaí. La madre
aprueba musitando palabritas en el oído del aire. Así, meta trago y trago y
unas bailaditas mas con la gurisa para tantear el terreno y ella que me
deja, que va al frente. Volvemos a la mesa y el amigo se levanta y dice. Nos
vamos guacho, te dejo mi telefono y mi calle, cuando te quieras pasar tenís
las puertas abiertas y decile a tu viejo que me llame. Sí, sí ya te llama en
esta semana sin falta, y se van. Yo no la quería largar por nada a mi
paraguayita, alargaba los saludos. No hubo caso, ¡qué separación mas
dolorosa! La paraguayita me mira pícara y me dice al oído "no dejes de
llamarme".
El papelito dice: "Rosalino Riquelme, Patricias Argentinas 1540, Barracas.
Chau señora. Portate bien guacho, ¡mirá donde te vengo a encontrar! YO donde
te vengo a encontrar a vos, paraguayo eímierda, y encima de cuidador de la
conchita cerradita que me gusta, roto, puerco, descosido, ojalá te destripe
un auto o te pise un tren.
Cerró la noche y me quedé solo. Otra vez, arrechado, paticojo, tronchado,
besuqueado sin ponerla como un vaso de cervas manchado de rouge. Ya todas
las guanitas estan con machos. Doy unas vueltas a ver si pesco unita.
Imposible, lo mejor es salir. Salgo. ¡Adios Bronco, se va el Rey de la
Cumbia, adios caballitos multicolores, hasta el viernes que viene! No me
relinchen así, che, no le hagan trampa a mi corazón.
¡Son las seis de la mañana, coño! Y me acuerdo que tengo que volver al
supermercado. Ojalá el lastre de Domingo Gonzales, el gordo alcachuete, me
haya marcado tarjeta. Como tantas veces hice yo con él. Maldición, la
putrefacta góndola está esperandome, enquilombada reluce bajo las luces y
espera a que un negro venga a meterle manos. ¡Cómo la dejaron anoche, qué
plaga es la raza humana! Corro todo transpirado a la parada del bondi y me
tomo el 102. Cierro los ojos y pienso en la paraguayita pupila del amigo
guaraní de mi padre, parece mentira, hasta después de muerto, me llegan sus
herencias. Puteo para adentro al colectivero que va durmiendo, tranqui, a
las seis de la mañana, dale gallina clueca, mete un cambio, raúl alfonsin,
jugate una vez siquiera... 6:45 de la matina, bajo corriendo por Figueroa
Alcorta y llego al Carrefour donde trabajo. Los vigiladores me abren la
puerta y me dicen. ¡Epa, guey, de dónde venís con esa traza? Del baile,
manes, les digo y me sonrio. Me meto al vestuario y me pongo rápido el
uniforme blanco y la pechera verde del sector verdulería. ¡Cómo el rey de la
cumbia termina de repositor de verduleria de Carrefour! Así está el mundo,
viejo. Corro por un pasadizo y desde el salón me gritan todos a la vez,
Soruco, El Pato, El gordo Domingo y Frascarelli. -Dale, sarna, movete que no
llegamos pa la apertura. -Ya voy, che, no se pasen de la raya que soy Tom
Sawyer.
Bajo a los tropezones con los timbos reglamentarios desatados y llegando al
salón me resbalo y casi me pego un porrazo contra la gondola de papas. Todos
se ríen. Me paro, comienzo a armar la góndola. Jaulas y jaulas de remolacha,
lechugas, rabanitos, apios, verdeos... ¡Ay, el maldito supermercado del cual
no saldré nunca si no me gano la quiniela! Y qué tal ascender, ¿ascender? Yo
nunca podré ascender ni un piso por escalera. Pienso en mi amor del Bronco.
Todavía tengo olor a Axe. Me acuerdo de las iamgenes del baile y armo, armo.
Siempre la vida en constante movimiento siempre corriendo en todo, lo que no
me permite pensar. Si no pienso, soy feliz. De pronto, cae un morrón podrido
en mi góndola.
Risas, me doy vuelta y Domingo me dice, larva, mezclá bien los colores, o
querés que nos caguen a pedos. Tiene razón, el verde de las lechugas habría
que cortarlo con el rojo de los repollos o los zapallitos. ¡Ese es el unico
secreto del super! De repente, me acuerdo de la tarjeta. Loco, me doy
vuelta, che, me marcaron tarjeta? Yo, no. Y yo tampoco, y yo menos que
menos, Chavito. todos se hacían los boludos. Subí corriedo como un loco al
fichero y sí, estaba marcada. ¡Que pelotudos!, digo y respiro aliviado. Bajo
las escaleras y encuentro a Pato peleando con una zorra y un gran palet de
papas que va al salón. Eeehh, negro, no llevés tantas papas, no van a
entrar. Ayudame a bajarlas, dale. Uy, man, no termino mas, dale, apurate, le
ayudo a bajar las bolsas sobre otras de ancos. De pronto, escucho ritos
fuertes, feos. ¡Vega, Vega! Es Carlitos Nuñez, el jefe, ya me la veo venir.
Mi góndola esta desastrosa. ¡Vega te lo dije mil veces, sos pelotudo vos,
cuantos premios te tengo que quitar para que aprendas a laburar! Me
recaliento, pierdo la cabeza y me le abalanzo para pegarle. ¡me quedé
dormido, la concha de tu hermana, nunca te dormiste vos!... Nuñez arruga se
da vuelta y sale caminando para el salón. ¡No aprendés mas negro de mierda,
te juro que te suspendo un mes! Patito se ríe, dejalo es pura chispa,
siempre dice que te echa y no hace un carajo, tiene miedo que tenga que
laburar él.
Con la lengua afuera, llegamos a las 8:55 a la apertura del supermercado.
"Muy buenas dias clientes, se hace la apertura del hipermercado".
Las balanceras ocupan sus puestos todas perfumaditas. A mí me enloquece
Miriam.
Contacto Washington Cucurto:
cucurto@yahoo.com.ar
Fuente: http://www.eloisacartonera.com.ar/eloisa/cucurto.html
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Don
Washington Elphidio Cucurto
Hatuchay
Por Juan Cameron, 5 de septiembre 2005
Con un discurso bastante más amplio que el registrado en la antología Zur
Dos, el argentino Washington Cucurto se postula para las grandes ligas
continentales de poesía. Amplia respiración, ritmo permanente y un fuerte
juego semántico completan los veinte poemas -para nada de corte atolondrado
como afirma el autor- de Hatuchay (Ediciones El Billar de Lucrecia, México,
2005).
Don Washington Elphidio Cucurto, según lo llama Sergio Valero, prologuista
de la obra, nació en Quilmes, Gran Buenos Aires, en 1973. Ha publicado con
anterioridad Zelarayán (1997) y La máquina de hacer paraguayitos (1999). Ha
mediados del 2003 comenzó a adquirir notoriedad en el cono sur por ser el
promotor de la original editorial Eloísa Cartonera. Sus producciones eran
libros fotocopiados, corcheteados y encuadernados en envases de cartón. El
título va pintado con témpera y el precio del libro era, por entonces, de
tres pesos argentinos. Este proyecto social permitía vender libros a muy
bajo precio, en un sector bastante popular del Gran Buenos Aires y, además,
pagar a los recolectores $ 1.50 por kilo de cartón, a diferencia de los
treinta centavos obtenidos por sus compradores. Así vieron la luz poemarios
de "los argentinos César Aira, Ricardo Piglia y Osvaldo Lamborghini, el
brasileño Haroldo de Campos, los chilenos Gonzalo Millán, Sergio Parra y
muchos más... Son todas obras inéditas y exclusivas que no se encuentran en
ningún lado" cuenta Cucurto a Matías Sánchez en entrevista publicada en la
revista chilena The Clinic (Nº117, Santiago, 22.11.03, pág. 36).
En su país era conocido hace ya un rato. Un grupo de moralistas quemó su
primer libro frente a la biblioteca de Santa Fé y el Ministerio de Educación
de esa provincia lo calificó de "denigrante, xenófobo y pornográfico". Hoy
trabaja en la Casa de la Poesía de Buenos Aires y antes fue vendedor
ambulante y reponedor en un supermercado.
Nació, con el nombre de Santiago Vega, en la localidad de Quilmes, al sur de
la Capital Federal, en 1973. Recientemente fue antologado por Yanko González
y Pedro Araya en Zur Dos/ Última Poesía Latinoamericana (Paradiso ediciones,
Buenos Aires, 2004). Su trabajo ha logrado gran popularidad en un sector
informado (valga el oxímoron) de la poesía continental, aunque su mejor
producción es sin duda la más reciente Hatuchay. Allí da cuenta de un
logrado desarrollo, a diferencia de su contribución a los antologadores
chilenos con textos de menor armonía y respiración a los de la publicación
mexicana.
La Cumbiela y la estética callejera
Hatuchay rescata esa estética proletaria, comercial, latinoamericana y
marginal de las capitales del continente, donde confluyen los exiliados del
interior y del exterior en un solo escenario. Su idioma es uno solo; está
conformado por signos sobrantes del posmodernismo globalizador y aquellos
propios al principio Auschwitz, todos ellos dictados por los medios de
comunicación. Su mundo es la otredad; el espacio negado e ignorado por
quienes poseen el poder político y económico. Se trata del rastrojo del
Estado: "Los Ídolos mueren, los millonarios mueren,/ los patrones mueren,
pero los puestos callejeros/ del Once no morirán jamás".
Cucurto pertenece al Once. La popular plaza donde se ubica la estación
ferroviaria destinada al oeste de Buenos Aires -Moreno, Luján- lleva por
nombre Once de Septiembre, fecha relacionada con Domingo Faustino Sarmiento
y no con nosotros; ni con aquellos. Allí se concentra una población judía y,
pronto en la historia, paraguaya, chilena, boliviana, peruana, también del
interior y centroeuropea; allí se instala el mercado de la sobrevivencia y
la música popular -esa cumbiamba o cumbiela- que recoge sus códigos y los
textura.
Pero Cucurto es poeta más allá de esos límites y de cualquier otro. Es
lector; está informado de la cuestión y sabe. Su discurso resulta literario,
rítmico y la imaginería construye una historia a la que los parámetros
formales le otorgan veracidad: "Al caer los inspectores la tarde se cae a
pedazos como cascarones/ de pintura seca de una pared vieja; todo se
desvanece en la calle de las Pisadas/ Desesperadas./ Usted no sabe, usted es
turista en su propio país, a usted no lo intimida/ verlos desaparecer por la
calle de las Pisadas Desesperadas." Es esta condición y ninguna otro la que
lo reconoce como poeta.
En ese transcurso hace guiños a la mejor literatura. Ciertos remates rinden
homenaje, con generoso e insolente humor, a nuestros grandes. Como muestra,
Svenja 2000 finaliza con un magnífico "Svenja Petresca, tu tacita de helado
cala en lo más hondo ¡Y cómo duele!", que cita el verso final de Confesiones
de un Itabarino, de Carlos Drummond de Andrade; y "Hoy hincho por el
Sporting Cristal" lo hace con el determinante "¡Yo nací para alentar al
Sporting Cristal!", referido al verso postrero del Segundo canto de amor a
Stalingrado, de Pablo Neruda.
Santiago Vega, vulgo conocido como don Washington Cucurto, es un poeta al
cual más bien conviene observar. A esa "infinita alegría de yirear sin
rumbo" pertenece una poesía necesaria, en desarrollo y de alto sentido
profesional. Un producto que debemos comprar; aunque aparezca ofertado en el
mercado informal, como se dice.
Fuente:
www.letras.s5.com/jc060905.htm
![]()
El
hombre del casco azul
Por Washington Cucurto
Hola, chiris queriditos. Bienvenidos a una mañana de mi vida. Hoy viajaremos
con el Hombre del Casco Azul, ese soy yo. Y ésta es mi bicicleta, una
playera negra que compré en Coto a 30 pesos y conoce todos los
estacionamientos del mundo. A ella un día le vamos a hacer un reportaje,
pero no habla si no tiene las gomas bien infladas. ¡Es turra y tiene freno a
contrapedal! Es bien del palo de nosotros, siempre a contrapedal como
nuestras vidas en contra de todos y sobretodo de nosotros mismos. 5 de la
mañana, verano, me pongo una remera y en la mochila pongo mi pechera verde,
me fijo que esté la credencial los documentos y la libreta sanitaria, sino
no entrás a reponer en ningún Coto. Bueno, vamos siganmé que no los voy a
robar. ¡Siempre quise preguntarle esto a mis lectores: cómo se sienten del
otro lado de la página, cuentenmé un poquito, cómo dibujan en sus cabecitas
las imágenes e historias de mi vida! ¡Cómo me gustaría estar en sus
cabecitas mientras van garabateando en la materia gris las cosas que les
cuento! Es como si yo entrara en ustedes y de repente, ustedes entraran
también en mi vida. La lectura es una travesura cómplice, esta página es el
nacimiento de una hermandad de ustedes conmigo y con ellos y ojalá con el
mundo! Acepto este lado de la acción y cuento como puedo, como me va
surgiendo, a los tumbos y con todas las tonteras por delante. Salgamos con
mi bici a la calle y nos dirigimos al primer Coto que hay que "atender".
Imaginensé que son muñequitos y van pegados a mi casco azul, hay que
imaginar algo así, porque en la bicicleta no entramos todos, ¿o saben qué?
mejor piensen que son las calcomonías que siempre pego en mi casco azul. Un
día, cuando deje este trabajo y pueda hacer algo mejor (a veces pienso que
no hay nada mejor). Bueno, ese día, voy a sortear mi casco azul de repositor
entre todos mis amigos. Nada mas paa que todos se sientan repositores alguna
vez. 5.30, hoy ustedes son los mejores repositores del mundo, porque van
conmigo, un repositor con humanidad, amor y buena onda, que es lo que falta
en el mundo. ¡Vamos muchachos! Pedaleo, el corazón me acelera y ya estoy
llegando por Mitre hasta Once. De repente, chas, nos encontramos con las
luces de la Plaza Once que la cruzamos en bicicleta en dos segundos. ¿Más
despacio? Quieren contemplar el panorama. Ockey, esos son los borrachitos
cumbianteros de latino Once, ese vaso gigante con cerveza chorreando es el
cartelón de la Chevecha. A su alredor hay telos, telos y telos. Ecuador del
1 al 100 es la calle de los telos, como la calle Rojas o Yerbal en Flores.
Ya llegamos al Coto, desde la Playa de Estacionamiento, respiren el aire
puro de la mañana, miren desde acá mientras encadeno la bici, las
gigantescas góndolas, qué naves, qué maquinas de la perfección humana. La
góndola. Ella nos da un lugar de pertenencia. Góndolas, las hay de todos los
tamaños con todas las cosas que se imaginan y las que nunca vieron, por
ejemplo los nuevos patitos de agua que vienen con las pilas everedy de
regalo promocional. Muchos veces las promociones son mejores que el
producto. Góndolas, gondolas, gondolas, mírenlas, hijas mías, hermanas y
primas, como me encantaría ser un robot de pija de fierro pa embambinarmelas
a todas que es lo que les falta para ser mejores que la mejor vedettes...
Una vez pasado el control policial, crede, libreta, cara afeitada, nos
dirijimos al depósito a cargar un palet con mercaderías para la góndola. Mal
hecho! Nunca se baja al depósito antes de mirar la góndola. Primero se mira
la góndola para saber lo que hace falta reponer. Pero yo soy Gardel del
Casco Verde, soy el Hombre de La Pelota no se Mancha de la Pechera Verde.
Acá, mes las sé todas, hasta las cosas que la gente saca de la góndola, sé.
¡Bajemos nomás al depo muchachos, que están con un experto!
Repositor interno creído jefe, un poco buch del encargado (siempre hay uno
por góndola en todos los supermercados).
-Vega, qué hacés hablando con tu casco, ¿estás loco?
-Pará cabeza, no te vayas de boca, que le estoy dando instrucciones.
(En estos casos la violencia y la cortada de rostro es fundamental para
seguir viviendo)
-¿Instrucciones a quién, cabeza?
-A la concha de tu tía, gil, qué te importa.
Tampoco le voy a andar dando tantas explicaciones a un negrito cualquiera.
¿Cómo entendería que ustedes mis lectores, viajan conmigo en mi casco?
Cargamos las distintas mercas que tiene la góndola, llenamos un sprite con
agua pa pasarle un poco a las chapas y subimos con el palet hasta las manos,
lo que podrían hacer es empujarme un poquito el palet para que no sea tan
pesado. Ya que están. 5.45. En la repo los minutos valen mucho y pasan como
rayos. Tenemos 45 minutos más para dejar la góndola impecable y rajar hacia
otro super. Primero, apoyamos el palet cerca de la góndola, a la zorra
elevadora la trabamos debajo del palet para que nadie se accidente. Bajamos
la merca al piso y frenteamos los productos que quedaron en la góndola;
atrás ponemos lo nuevo, cosa que salga primero lo viejo. Colocamos bien los
precios, los cartelitos de oferta, las promociones, los cartelitos de los
combos. Si por un motivo nos falta un producto lo anotamos, y el lugar de
ese producto lo llenamos distribuyéndolo con otras mercaderías. ¡Nunca
dejemos un hueco vacío en la góndola por nada! La góndola siempre tiene que
estar rebalsante de merca, limpia, los precios bien puestos. Nos fijamos de
no poner un producto vencido o un paquete roto o con gorgojos, pasa mucho
con los arroces, las lentejas y los fideos. Ponemos las cajas vacías en el
palet y las mandamos a la compactadora de cartones, si hay nailones los
separamos y los ponemos en la compactadora de nailones. La zorra la dejamos
en el sector donde "descansan las zorras". Les digo algo, la zorra es el
bien más preciado en el supermercado, sin ella no podemos hacer nada de
nada. Rajamos para el otro super, ¡no!, antes controlemos por última vez que
no falte ni un precio, si falta alguno lo ponemos. Si falta un producto se
lo dejamos anotado al encargado, nunca vayan personalmente porque te agarra
para cargar cualquier góndola.
Rajemos.
-Vega, Veguita, venga pa aca negrito de mi corazón!
La puta madre me vio el encargado, me hago que no escucho y rajo antes que
me mande a reponer cualquier cosa. Mañana me verá hoy estoy con visitas,
che.
Siempre hay que salir corriendo, escaparse de los Cotos sino no te vas más.
Esperen que desato la bici y vamos al Coto Boedo, el próximo. Anduvimos bien
son 6.35. Agarramos por Rivadavia hasta Castro Barros. Adiós Chevecha
querida y telos del Once, sus luces encienden mi alegría!
Bajamos por Castro Barros donde hay otro Coto del que ya les hablaré... Tres
pedaleos secos y Castro se vuelve Boedo y ya estamos en Estados Unidos. Coto
Boedo. Entremos a ver qué pasa. Antes les digo que acá hay que reponer
rápido sí o sí, así tenemos tiempo de subir a desayunar tranquilos. ¿Están
cómodos en mi casco? Corremos hacia el depósito, cargamos un palet enorme y
lo ponemos en la góndola. Está destruída, nos va a llevar un par de horas
mínimo reponerla. Saco el bestia repositor que tengo adentro y le doy con
todo, abro cajas y cajas, mando paquetes y paquetes, limpio, estantes,
ayudenmé lectores, así subimos a desayunar tranquis... Pumb, umb, pumb,
listo el pollo, la góndola queda pipicúcu llena de mercaderías hasta las
manos. Tenemos 15 minutos subamos al comedor y desayunamos algo rápido.
Agarren lo que quieran leche, chocolate, mate cocido, café, café con leche,
té con leche. ¡Esta parte es la mejor del Coto! Medialunas, budincitos,
manteca, mendicrim. Glub, Glub, glub, repitan taza si quieren. Ustedes,
lectorcitos tienen más hambre que Robinsón Crussoe. 10 de la mañana. Estamos
atrasados todavía nos queda uno, el más grande. Coto Honduras de Palermo.
Vamos, bajamos por la calle Maza que se convierte en Salguero y de ahí hasta
Honduras, derecho el viaje. El café con leche nos da vuelta en la panza.
¿Van bien, en el casco azul? Se dieron cuenta que no me saqué el casco ni
para comer, es que si te lo sacás te pueden echar, es una reglamentación
municipal. Padaleamos y ya entramos en Palermo Carriego. ¡Hola, Palermo
Cheto Puto y Holliwood! Antes de entrar les digo, acá con pies de plomo, sin
decir ni a, son todos muy botones y controladores al máximo. Acá antes de ir
al docki hay que ir a la góndola sí o si, porque nunca se sabe lo que falta.
Siempre entrar e ir a la góndola es complicado porque en el salón te ven
todos y te empiezan a mandar para que traigas otras cosas... Cosas que ellos
no quieren traer para no bajar al depósito, ¡porque son vagos! Acá están las
cajeras más fuertes del Planeta Tierra. Te embobás mirándolas o mirando a
las clientes que se vienen en shorcito ojotas y corpiño suelto como si
vinieran de la playa o estuvieran en Mar del Plata. ¡Putas! Bajan de tomar
sol en la terraza de sus casotas. 10.30 de la mañana todas las locas tomando
sol y viniendo a comprar su Gatoraide o su villavicencio. ¡Putas, ojalá el
sol las mate!
-¡Baggio! (somos nosotros, acá te llaman por la marca que reponés) Qué
carajo hacés hablando solo, pajuerano. ¡Vení pa acá ya mismo!
Es el encargado de la sección. Se cansa de echar repositores externos y a mí
me viene buscando la vuelta... Pero... yo soy Gardel del Casco Azul. YO me
las Sé todas. Yo repose para el neoliberalismo argentino, década del 90 en
Carreforu no se olviden, repuse para el menemismo, para el dualdhismo, yo
viví, cogí, cumbiantié, reponí, comí, para el neoliberalismo hasta que me
echaron del Carre por no afeitarme y ahora estoy de repo externo para la
firma Baggio. Un encargado no me puede enseñar nada. Un encargado salteño o
jujeño, o paraguayo, no me puede enseñar ni el color de la Puna, porque yo
me patié y me morfé todo en la década trágica cuando muchos estaban en
pañales.
-¿Qué pasa, jefecito? ¿Qué necesita?
-Traeme 50 bolsas de harina y armate una puntera que sale de oferta esta
noche.
-Sí, señor.
A todos les digo que sí, es fundamental, lo importante en la vida es decir
sí a todo. Lo único que vale la pena es decir sí, sí, señor. Pero cuando se
da vuelta ya estoy firmando mi retirada del super. 14.00 en punto. Nos vamos
muchachos, esto es el supermercadismo argentino, no se olviden de controlar
los precios, que no falte ningún producto y menos que menos una oferta,
fijensé en los vencidos y la góndola siempre impecable, como un espejo. ¡Ya
está sigan con sus vidas! Gracias por venir.
-¡Vega!
![]()
Fauna
onceana
Gordos vendedores de maní con chocolate.
Gordos vendedores de medias futboleras de equipos europeos .
Gordos vendedores, ex pasteleros, de pastelitos de membrillo.
Gordos, perversos vendedores que venden a sus hijas como si fuesen ropa.
(Bombachas, medias, remeritas, topsitos. Se pajean con ellos).
Gordos, cerdos vendedores de choripanes, morcipanes, riñopanes,
adobados con la carne de sus propias mierdas.
Gordos vendedores que dan la hora.
Gordos, calculadores vendedores que te dan el día y la hora exacta de tu muerte.
Gordos, tétricos vendedores que se cargan a la muerte, por encargo.
Gordos, velocísimos vendedores que ponen en juego tu imaginación:
te venden un juego de agua con lucecitas fluorescentes, más alarma y dos pilas
de regalo.
Gordos, tropicalísimos vendedores emparentados de inmediato con tus ganas de
escuchar música.
Gordos, grasas y tránsfugas vendedores que te venden lo que tu vida no
necesitaba hasta que llegaron ellos.
¿Por qué aparecerán? ¿Quién los llamó?
Gordos, hispanos vendedores de toda la hispanidad mundante: antologías de García
Lorca, novelones de J. Amado, Guías de calles de la Ciudad, Biblias, mapas,
posters.
Gordos, simpaticones vendedores dispuestos a venderte la mar en coche enmoñada,
el moro y el oro, un fangote de moscas y hasta un amor.
Gordos, necesarios vendedores que alimentan tu imaginación y comienzas a
necesitar.
Gordos, peligrosos vendedores que te apuntan a la cabeza con un arma.
Gordos vendedores que te anuncian el jeans más barato por altoparlante.
Gordos, arequipeños vendedores de pilas, linternas, lotos, cotos, alegres o
tristes, como usted quiera. “Lo que usted quiera”.
Gordos, subsidiarios vendedores que hunden y salvan al mundo a cada grito.
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