![]()

|
|
|

Israel Zeitlin -más conocido por su
seudónimo, César Tiempo- nació en Ekaterinoslaw (actualmente Dniepropetrowsk),
Ucrania, el 3 de marzo de 1906. En diciembre de ese mismo año, llegó junto a su
familia a Buenos Aires. Su infancia transcurrió entre los barrios Villa Crespo y
San Cristóbal, donde concurrió a la Escuela Hebrea I. Markman y a la Escuela
Nacional de Artes. Desde muy temprana edad comenzó a interesarse por el ámbito
artístico; con tan sólo 15 años enviaba cuentos y poemas de temas judaicos a
varios periódicos argentinos, logrando su primera publicación en el diario La
Nación a los 20 años.
En 1926 aparece su primer libro de poemas llamado Versos de una... cuya autoría
esconde detrás de la personalidad literaria de Clara Beter, joven poeta y
prostituta rusa. El libro fue publicado con gran repercusión por Claridad,
editorial y revista del grupo literario Boedo, llevando al escritor a
desenmascarar su autoría. El seudónimo César Tempo, que mantuvo luego durante
toda su vida, tiene relación con los orígenes de su apellido (Zeit en alemán
significa tiempo y lin es el verbo cesar).
Al año siguiente, junto a Pedro Juan Vignale, Tiempo organiza y publica la
Exposición de la actual poesía argentina (1922-27), exquisita antología que
incluye a los principales poetas de vanguardia de la década del 20 (como Jorge
Luis Borges, Oliverio Girondo, Raúl González Tuñón, González Lanuza, Norah
Lange, Luis Franco, Jacobo Fijman, Leopoldo Marechal, Conrado Nalé Roxlo, entre
otros).
César Tiempo recorrió todos los rincones del ambiente artístico, desde sus notas
periodísticas publicadas en la prensa gráfica hasta adaptar guiones teatrales o
cinematográficos para la televisión, pasando también por la radio, el cine y el
teatro.
Mantuvo un mismo eje temático en casi todas sus obras, el judaísmo, pero
mediante diferentes perspectivas, ya sea como un narrador fiel a las costumbres
judías o denunciando la discriminación sufrida por los judíos en territorio
argentino y en el resto del mundo, bajo un tinte humorístico muy particular. En
1935 escribió el folleto “La campaña antisemita y el Director de la Biblioteca
Nacional”, en el cual denunciaba las novelas antisemitas de Hugo Wast, seudónimo
de quien en ese momento se encontraba al frente de la Biblioteca, Gustavo
Martínez Zuviría. Entre las obras literarias de Tiempo se encuentran libros de
poemas como Libro para la pausa del sábado (1930), Sabatión argentino (1933),
Sábado y poesía (1935), Sabadomingo (1937), Sábado pleno (1955), El becerro de
oro (1973) y Poesías completas (1979).
También escribió libros en prosa los cuales, anteriormente, fueron publicados
como artículos periodísticos en distintos medios gráficos. Por ejemplo, La vida
romántica y pintoresca de Berta Singerman (1941), Yo hablé con Toscanini (1941),
Máscaras y caras (1943), Cartas inéditas y evocación de Quiroga (1970),
Florencio Parravicini (1971). Los libros Protagonistas (1954) y Capturas
recomendadas (1978) son recopilaciones de entrevistas hechas por César Tiempo
como periodista a distintas personalidades de la cultura y convertidas en
biografías. Además tenía una columna en la revista Atlántida, donde se
publicaban los reportajes hechos utilizando el seudónimo Full Time.
|
|
Tiempo escribió para los siguientes medios gráficos argentinos: La Nación, El Hogar, Argentina Libre, La Prensa y Mundo Argentino. También colaboró con periódicos de América Latina: Crítica, La Vanguardia, El Sol, El Radical, Amanecer y América Libre. A los diecisiete años dirigió la revista Sancho Panza (1923). En 1937 fundó la revista literaria Columna, desempeñándose como director durante los seis años en que se editó. La relevancia adquirida por esta publicación radica en el espacio brindado a la difusión del pensamiento de distintos hombres de la cultura allegados al escritor, como Alberto Gerchunoff, Stefan Zweig, Arturo Capdevila y Liborio Justo, entre otros. Tiempo fue cofundador de la editorial argentino-uruguaya Sociedad Amigos del Libro Rioplatense, que llegó a publicar ochenta títulos de los principales autores de los dos países. Además de dedicarse a su trabajo como escritor y a su labor como editor, Tiempo participaba activamente en distintas organizaciones culturales del país. Fue socio honorario de la Sociedad Hebraica Argentina y del Club Honor y Patria, fue Secretario de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE), miembro del Círculo de la Prensa, de la Sociedad General de Autores de la Argentina (ARGENTORES) y de la Sociedad de Autores y Compositores de Música.
En la década del 30 comenzó a escribir sus primeros guiones teatrales: “El
teatro soy yo” (1933) estrenada por Mario Sofici en el Teatro Smart, “Alfarda”
(1935) en el Teatro Argentino y “Pan criollo” (1938) representada en el
Nacional. Estas obras tuvieron el mismo éxito que sus primeros libros de poemas,
logrando el interés de distintas productoras en asociarse con él para nuevos
proyectos. Uno de estos casos es el de “Pan Criollo”, obra que se produjo en
asociación con la Compañía Muiño-Alippi. Otros libretos teatrales fueron:
“Quiero vivir” (1941) estrenado por Camila Quiroga en el Teatro Argentino, “Zazá
porteña” (1945) en el Teatro Casino, “La dama de las comedias” (1951) por Iris
Marga en el Teatro San Martín, “El lustrador de manzanas” (1957) por Luis Arata
e “Irigoyen” (1973).
Luego de haberse consolidado como escritor, Tiempo decidió tomar nuevos
horizontes, como la radio y la cinematografía. Durante la década del `50
escribió para las radios Belgrano, Prieto y Provincia de Buenos Aires audiciones
y radionovelas, sólo o en coautoría con Arturo Cerretani. Sus actividades
relacionadas a la cinematografía abarcaron desde la escritura de guiones propios
hasta la adaptación y traducción de obras de diversos autores nacionales y
extranjeros. Se desempeñó como guionista en 25 películas, de las cuales 11
fueron para el director de cine Carlos Hugo Christensen, como “Safo, historia de
una pasión” (1943), “La pequeña Señora de Pérez” (1944), “Las seis suegras del
Barba Azul” (1945), “La Señora de Pérez se divorcia” (1945), “El canto del
cisne” (1945), “Adán y la serpiente” (1946), “El ángel desnudo” (1946), “Los
verdes paraísos” (1947), “Con el diablo en el cuerpo” (1947), “La muerte camina
en la lluvia” (1948) y “Los Pulpos” (1948).
También realizó otros guiones como “Se rematan ilusiones” (1944), para el
director Mario Lugones, “El hombre que amé” (1947) para Alberto de Zavalía, “Al
marido hay que seguirlo” (1948) para Augusto César Vatteone, “Pasaporte a Río”
(1948) para Daniel Tinayre, “Otra cosa es con guitarra” (1949) para Antonio Ber
Ciani, “El muerto es un vivo” (1953) para Yago Blass, “Paraíso robado” (1952)
para José Arturo Pimentel y “Donde comienzan los pantanos” (1952) para Antonio
Ber Ciani.
César Tiempo tuvo un receso en sus escritos cinematográficos debido a la gran
crisis en la que se encontraba el cine argentino en la década del 50, uno de
cuyos motivos era la imposibilidad de conseguir celuloide para filmar. Retoma en
1961 con el guión “Amorina” –escrito junto a Hugo del Carril- para el director
Eduardo Borrás.
Por los mismos años realizó una pequeña actuación en “Esta tierra es mía”,
película de Hugo del Carril. En esa época se radica en Bruselas, Bélgica, donde
vive hasta 1966. Una vez de regreso en la Argentina escribió el guión
cinematográfico “Deliciosamente Amoral” (1969) para su primo y amigo Julio
Porter. En 1975 junto con Ulises Petit de Murat realizó la adaptación del libro
Las procesadas y también escribió el guión “No hay que aflojarle a la vida”,
ambas películas dirigidas por Enrique Carreras. Tiempo falleció en Buenos Aires
el 24 de octubre de 1980.
![]()
La verdadera historia de Clara
Beter
Revista Mercado, 7 de junio de 1979
Es tres nombres al mismo tiempo: César Tiempo, Israel Zeitlin, Clara Beter. En
esa trilogía esconde, o guarda su identidad, un escritor cuya trayectoria se
vincula estrechamente con la ciudad de Buenos Aires, aun cuando su nacimiento
data de 1906 en el pueblo de Ekaterinolav, Ucrania. César Tiempo, su seudónimo
más conocido, pertenece a esa raza de hombres que participaron, desde hondas
raíces inmigratorias, de todo el proceso cultural argentino que abarca desde la
década del veinte hasta nuestros días. Protagonista incesante e intenso, dueño
de una ironía intelectual que le permite ver a la vida con pasión y compasión a
la vez, Tiempo se ha dado un lujo casi inédito en nuestra literatura: dar vida a
dos personajes a la vez. Sí, porque bajo el supuesto nombre de Clara Beter
escribió aquél famoso libro de poemas "Versos de una..." cuyos conmovedores
versos causaron conmoción en el Buenos Aires de 1927, donde se alcanzaron a
vender doscientos mil ejemplares.
El teatro ("Pan criollo", "La dama de las comedias", "El teatro soy yo"); otros
poemarios ("Sabatión argentino", "Sábado pleno"); guiones de cine ("Amorina",
"Los verdes paraísos") y sus casi infinitas colaboraciones en periódicos y
revistas de todo el mundo son fragmentos de su extensa y calificada obra. Amigo
de los viajes y amigo de los amigos, cada vez que se lo requiere para el diálogo
se confía sobre todo en su vasta visión de trotamundos lleno de recuerdos.
"Creer, creer siempre... Simplemente para enloquecer pasado mañana", ha
aconsejado a los más jóvenes. Asediado por continuos homenajes no deja de
ensayar su causticidad contra sí mismo: "Asisto de cuerpo presente a cientos de
homenajes póstumos. Y no deja de ser estimulante, porque de otro modo, en la
posteridad, nunca sabré seguramente si alguna calle merecía llevar mi nombre..."
Sonriente, aun ante una paulatina pérdida de la visión, se obstina por hábito en
seguir escribiendo durante horas sus propias carillas... "Porque la máquina de
escribir es como una prolongación de mis brazos..." Sobre la tibieza de un
prólogo dedicado a las memorias de la actriz Milagros de la Vega, sobre las
reverberaciones de un trabajo suyo sobre Alvaro Yunque - protagonista con él del
grupo de Boedo- Israel Zeitlin se acomoda para el diálogo: "Tengo tan poco que
contar que no sé si alcanzará a llenar media página...". Pero alcanzó.
MERCADO -Una impostura literaria -digamos- causó sensación hace cincuenta años.
Cuando aparecieron los primeros versos de Clara Beter, críticos y lectores
creyeron que estaban frente a la obra de una mujer "de vida airada", como dicen
los diarios. ¿Cómo sucedió ese episodio? ¿Cómo lo fabuló usted?
"Clara
Beter soy yo" La literatura desde un punto de vista o desde todos es siempre un fraude. Un maquinaria retórica construida para engañar; que tiene, si se quiere, como única ancla segura al autor. Nos desvelamos por conocer siempre al hacedor o hacedora del cuento o del poema. A él o a ella recurrimos para que ate los cabos que unen la realidad con la obra. Desasosiego nos provoca una obra anónima o un autor desconocido u oculto. Oculta, desconocida era Clara Beter, autora del mayor escándalo literario de los años veinte en Argentina. Gracias a los oficios de un amigo, Clara Beter, se las arregló para que su libro de poemas llegara a la editorial Claridad; centro difusor del grupo de Boedo que unía a una serie de nombres que buscaban una literatura social, comprometida con las clases populares. En el prólogo que Elías Castelnuovo compuso para la primera edición en 1926, destacaba: "Esta mujer se distingue completamente de las otras mujeres que hacen versos por su espantosa sinceridad"; señalaba además -y en esto hacía un tiro por elevación al grupo de Florida- que sus poemas eran "un paradigma digno de oponerse a los nuevos poetas fanáticos de la imagen por la imagen". Inmediatamente el libro fue publicado, con gran éxito de crítica y público, con el título por demás sugerente de "Versos de una p..." En realidad lo que verdaderamente causó conmoción fue el oficio de la autora: prostituta. Una prostituta judeo-ucraniana que fue engañada y traída a Buenos Aires por una vasta red internacional de prostitución. Como dicen ciertos amigos sicólogos, en todo hombre late un deseo secreto de redimir a la prostituta, las razones las desconozco aunque conjeturo alguna de ellas. Quizá ésta sea una explicación para analizar los "desbordes" y el pietismo de muchos varones escritores de la época; además de lectores que se enamoraron al contacto con una poesía de una sensibilidad y agudeza poco frecuentes. Así hubo una verdadera pesquisa de la Clara Beter de carne y hueso que se había tornado literalmente un fantasma. Fiel a sus extravagancias, Roberto Arlt, el autor de "El juguete rabioso", propuso que se le instalara un prostíbulo y que las ganancias se usaran para un premio literario. Había excursiones por diferentes barrios en busca de Clara; así una anécdota contada por un integrante de la bohemia literaria ilustra hasta qué punto habían llegado las cosas: "¡Vos sos Clara Beter! -saltó Abel Rodríguez tomando por los hombros a una mujer rubia que esperaba a sus clientes en una esquina e inmediatamente quiso besarla a los gritos de "¡Hermana! ¡Venimos a salvarte!" . Tuvo que intervenir la policía de Sunchales para calmarlo." El tiempo pasaba y Clara Beter no aparecía. La presión y el hostigamiento hacia su albacea literario fueron enormes y finalmente se supo. "Clara Beter soy yo", confesó Israel Zeitlin (César Tiempo) ante la atónita mirada de sus compañeros bodeístas. El joven escritor se ganó el respeto por sus poemas y la enemistad de muchos, entre ellos de Castelnuovo que confesó que el autor del libro "no era una prostituta sino un prostituto". |
C. TIEMPO -Un día recibí un regalo inesperado: los Diálogos de Platón. Quedé
impresionado por la sentencia atribuida a Sócrates que reza así: "Un poeta, para
ser un verdadero poeta, no debe componer discursos en verso, sino inventar
ficciones. Sugestionado por la sabia recomendación y, sobre todo, ganoso de dar
candonga a los camaradas mayores que se resistían a creer en el talento del
mequetrefe, el tal escribe una poesía dedicada a Tatiana Pavlova, la gran actriz
italorrusa que por aquel entonces arrebataba al público de Buenos Aires. Yo no
había cumplido aún los dieciocho años. En el poema que se dirige a Tatiana, le
pregunto si no se acuerda de su amiga de la infancia Kátinka. Firmo los versos
como Clara Beter y los deslizo ante la redacción de la revista Claridad. A los
pocos días de publicado el poema el crítico uruguayo Zum Felde consagró a la
nueva poetisa Clara Beter su glosa de "El Día", de Montevideo, comentando la
desgarradora tragedia de la desconocida. A partir de ahí tuve que seguir
inventando. Por lo pronto le asigné a la autora un domicilio legal en una
pensión de la calle Estanislao Zeballos, de Rosario, donde se hospedaba un
íntimo amigo mío, Manuel Kirschbaum. El improvisado corresponsal era el
encargado de enviar desde Rosario los nuevos poemas a Claridad, pero cometió el
error de escribir a máquina algunos textos, lo que hizo entrar en dudas a Elías
Castelnuovo. Como se sabe, la autora debía ser una pobre "calienta camas", según
la jerga popular. Castelnuovo obstinado en averiguar más sobre el asunto envió a
dos íntimos amigos suyos a visitar la pensión con resultado negativo: en la
pensión no estaba Clara Beter ni se la conocía. Desanimados, los emisarios
rumbearon para los barrios bajos donde encontraron increíblemente a una de las
pupilas francesas escribiendo un epitafio rimado para su hijo, que acababa de
perder. Aquí ya todo empieza a tornarse folletinesco. "Vos sos Clara Beter" le
gritaron emocionados los emisarios. Pero también allí se dieron cuenta del
fracaso, considerándose que la poetisa quería pasar inadvertida y en el
anonimato. El libro "Versos de una..." tuvo un éxito resonante. Los críticos de
varios países le dedicaron elogios; la fábula y la fantasía hacían aparecer a la
autora en distintos sitios de Buenos Aires con nombres supuestos y todos querían
encontrarla. A esta altura, la superchería adquiría proporciones peligrosas para
el verdadero autor: o sea yo. El libro apareció traducido al alemán y Rómulo
Meneses escribió un largo ensayo en su libro "Nuestra Unidad'' donde caracteriza
a Clara Beter: "Una mujer que el duro pleito de la vida hiciera caer hasta las
bajas sentinas del vicio, redimida por sí misma, por su talento, y la propia
religión de sus sentimientos, nos dice ahora en sus versos y recuerdos el dolor
quemante de los lupanares... etc.". Castelnuovo, en tanto, había prologado el
libro de la Beter y todo seguía misterioso. Hasta que un día un amigo cometió la
ligereza de enviar el libro al certamen Municipal, donde debían figurar mis
verdaderos datos. Esos datos aparecieron poco después en La Prensa. ¿Es
necesario que le diga que prácticamente tuve que exiliarme porque el grandote
Castelnuovo me andaba buscando? Ahora ha pasado tanto tiempo y ya no sé si en
realidad fue una broma...
MERCADO -Usted dice tanto tiempo... ¿Por qué no nos cuenta también sus comienzos
periodísticos?
C. TIEMPO -Yo empecé trabajando en la compañía de seguros La Continental; allí
conocí al poeta Aristóbulo Etchegaray, hoy presidente de la Sociedad Argentina
de Escritores. Por esa época también conocí a Edmundo Guilbourg. Cierta vez
fuimos hasta la casa de Alvaro Yunque que era mayor que nosotros y era una
especie de divinidad caldea para nuestros ojos. Fue él quien me hizo publicar
por primera vez en el periódico socialista La Vanguardia que dirigía por
entonces Don Américo Ghioldi, actual embajador en Portugal. Yo sustituí después
a Yunque como director de la página literaria del diario y a mi me reemplazó
Enrique Anderson Imbert. Pero como periodista trabajé en La Calle, en Crítica,
en La Época. Fíjese, el periodismo me facilitó el contacto con el hecho popular.
Me facilitó el apearme, el despojarme del berretín literario, semántico,
alambicado. Logré fraguar un estilo, digamos, conversacional; escribo como se
habla y trato, cada tanto, de intercalar alguna palabra exótica, pero correcta,
para evitar seguir saqueando nuestro lenguaje. Empezamos a hablar con siete mil
palabras y ahora acabamos hablando con sólo trescientas por pura haraganería.
Evidentemente tiene que haber una inclinación y los caminos se van bifurcando:
yo he tratado de hacer siempre periodismo, llamémosle literario. Nunca mis
reportajes caen en la cursilería porque no es mi manera, no es mi estilo. Pienso
que el periodismo me ha ayudado a ver: países, gente, sucesos. Me hizo ser
testigo y actor, ejercitar lo que tenía de talento y lo que no tenía.
MERCADO -¿Entre tantos personajes y protagonistas que conoció, cuál le merece un
recuerdo especial?
C. TIEMPO -Muchos. Por ejemplo Don Hipólito Yrigoyen. Para conocerlo un día que
lo fui a visitar a su casa tuve que pedir audiencia a su secretario privado.
¿Sabe quién era?, el dueño de un salón de lustrar que estaba enfrente de la
casa. Dejaba de atender a algún cliente, atendía el pedido del solicitante y se
cruzaba a avisarle a Don Hipólito. De él se han dicho muchas cosas erróneas,
entre tantas, se dice que fue inculto. Pero "el peludo" no sólo era profesor de
la escuela normal y de la de comercio sino que era un gran lector. Cuando estuve
frente a él, Yrigoyen me preguntó quién me parecía el hombre más importante del
país y yo le contesté, impetuosamente, porque era joven para atarme: "Para mí,
Juan B. Justo". A lo que Don Hipólito, medio molesto, me respondió: "Usted es
muy joven, amiguito...". Otro hombre que me impresionó admirablemente es George Simenon, el autor francés de novelas policiales, nacido en Lieja. Simenon es un
talento monstruoso, llegó a escribir más de 400 novelas, a razón de una por
semana, dotadas de una imaginación increíble, inagotable.
MERCADO - Disculpe Tiempo... ¿Pero usted no considera como arte menor a la
novela policial, como suelen ubicarla en algunas críticas?
El
cajetilla"... El cajetilla cree que el alma es inseparable del cuerpo... el tipo sabe que ostentar es vivir, y la pilcha la flor de su figura. A cuidar de la vestimenta, pues, pero a cuidarla para algo, aunque ese algo consista casi siempre en zambullirse en la propia contemplación como el tero en el espejito de un charco... "Nuestro cajetilla tuvo la suerte de descubrir en la pantalla del cine al hermoso Brummel. Todo su edificio molecular fue sacudido por una conmoción ontológica. El podía ser aquél. Comprobó en el espejo de la peluquería que su nariz no era del más puro corte helénico pero él no había nacido en Atenas sino en Pepirí y Grito de Asencio y podía lucir, en compensación, una pelambre más negra que un río de petróleo, una cejas trazadas a compás, unos ojos hambrientos, una morfología de reloj de arena y unas maneras delicadas de acomodador de teatro... La única sociedad que conocía era la del Club Social de su barrio... Se dejó crecer la porra a lo beatle y frecuentar el café "La Paz" de Corrientes y Montevideo, con un libro de Harold Pinter en la mano y una sonrisa sobradora flotando sobre sus anchos hombros de estibador. Conoció el programa furtivo, el brillo trémulo de las miradas ansiosas, los telefonemas infinitos, el catchas-catch zaguanero... "El tiene que brillar siempre. Luego, de la peluquería al vaivén sin cambiar de tren. El vaivén es el de calle Florida... Más tarde irá a bostezar a una conferencia porque de vez en cuando conviene hacerse ver hincándole el diente a la jalea real de la cultura. La vida también tiene sus exigencias... la vida y las viudas que pueden proporcionarle tales lugares de soñoliento esparcimiento... "La gente hace lo que hace porque es lo que es. Señalamos un fenómeno. Unamuno decía que los ateos son unos individuos que están locamente enamorados de Dios. Los cajetillas son unos desamorados locamente enamorados de sí mismos. Todo debe ser un pretexto para que la gente repare en su presencia. Aspiran a la gloria de la frivolidad. Todos o casi todos dan la impresión de tener linfa en las venas, esa especie de agua muerta que no levanta espuma... (De "El cajetilla y otros especímenes de la fauna porteña", 1974) |
C. TIEMPO -No, de ninguna manera. Allí está el caso del norteamericano Raymond
Chandler o del mismo Hammet. ¡Qué autores! Pero Simenon es el más grande
novelista policial que existe desde los orígenes del género. Además de realizar
una proeza de carácter físico, produce una proeza de índole espiritual. El es el
creador del célebre inspector Maigret, lo recordará, sin duda. Una tarde estaba
en Lieja y un amigo común nos presentó. Era un día de lluvia; después averigüé
que Simenon era un adicto fervoroso a la melancolía de la lluvia y era capaz de
tomarse un avión si se enteraba que estaba lloviendo en otra ciudad. Después
mantuvimos varias charlas en su enorme residencia frente a la de Carlitos
Chaplin. Recuerdo que una de sus facetas curiosas era su sentido de los celos. A
su esposa, me contó, nunca le había permitido bailar porque decía que la danza
era un acto sexual en público. Su rara personalidad me impresionó mucho y
escribí una serie de notas para El Mundo y otros diarios de Caracas y México.
También conocí a Somerset Maugham por esa época y a tantos otros...
MERCADO -Usted, amigo de los recuerdos, me ha ido nombrando autores que conoció
físicamente. ¿Pero y los otros? ¿Los que marcan su emoción literaria?
C. TIEMPO -¿Actualmente? Está el premio Nobel Singer. No por el premio, sino
porque es un creador de ambientes, produce una marea de acontecimientos vitales
que caen sobre el lector como un incendio. El pinta, no sólo lo que muchos
creen, el ambiente polaco de los ghetos, sino también el ambiente de cualquier
otra comunidad; es universal, total. En otro aspecto, más personal, porque tiene
que ver conmigo literariamente, Esta Cansino Assens. Ahí lo tiene, un escritor
olvidado y qué interesante. El olvido es algo inexplicable: nadie tiene la
culpa, pero existe. Esta es una época que fomenta la farolería y yo sigo
sosteniendo que una verdadera obra se hace en soledad y silencio. Pero claro, el
escritor actual tiene que ceder a todo: a los reportajes, a las presentaciones
de libros, a las conferencias. Muchas veces para sobrevivir y muy pocas para
vivir, realmente. Fíjese que es sorprendente cuántas presentaciones de libros
hay diariamente en Buenos Aires. En Europa pasa mucho tiempo antes de que se
produzca alguna. Mientras viví en Roma en todo un año hubo sólo tres actos.
Además está la guía de conferencias increíbles. Se fomenta un poco el esnobismo
literario, la cursilería. Gente que nunca visita una librería pero va a esos
actos a comprar el libro porque está el autor para autografiarlo. Después, ese
libro no se leerá nunca pero será mostrado invariablemente a las visitas, así
como al descuido. Yo le recordé el olvido de Cansino Assens. ¿Y el de Cervantes,
que vivió y murió en la miseria? Escribió El Quijote en la cárcel, lo
desalojaron del conventillo donde vivía en Alcalá dos veces; murió y lo
sepultaron en un cementerio de Madrid en una fosa común, sin identificar sus
huesos. Ahora, sobre ese lugar donde se suponen están sus cenizas, hay un
monumento.
MERCADO -Usted perteneció, alternativamente, a los dos famosos grupos, Boedo y
Florida. Por qué no se recuerda ninguna mujer en el de Boedo, en cambio en
Florida estaba Victoria Ocampo?
C. TIEMPO -A Victoria la conocí muy poco y tampoco, vaya a saberse por qué,
nunca fui publicado en Sur. El grupo de Boedo estaba integrado por hombres, es
cierto, como si el amor por la humanidad que proclamaban con sus plumas
excluyese el amor por las mujeres, como si la única compañera posible fuera la
Revolución. Sin embargo, un nombre de mujer, Clara Beter, entreveraría sus
sueños con los soñadores de Boedo. Fíjese, el bíblico Jacob fue el primer hombre
del mundo que legalizó su seudónimo. Pactó con Dios y le pidió que le
proporcionara otro nombre. "Tu nombre será Israel" le dijeron. Irónicamente,
Israel es mi nombre; después de Clara Beter, después de César Tiempo. Es lo
mismo.
Fuente: www.magicasruinas.com.ar
![]()
César Tiempo y el
antisemitismo en la Argentina
Las razones de publicación del texto de César Tiempo de 1935
“Corrían los primeros días del año 1919. Una gran huelga de metalúrgicos habíase
generalizado en Buenos Aires, y las noticias más inverosímiles acerca de una
revolución maximalista propagábanse de un extremo a otro de la ciudad. La tarde
del viernes 10 de enero, el tío Petacóvsky estaba, como siempre, sentado junto a
sus libros, tomando mate. Había despachado a los chicos más temprano, por ser
víspera de sábado y porque en el barrio reinaba cierta intranquilidad.
La calle Corrientes, tan concurrida siempre, ofrecía un aspecto extraño, debido
a la interrupción del tráfico y a la presencia de gendarmes armados a máuser.
A eso de las cinco y media, un grupo de jóvenes bien vestidos hizo irrupción en
la acera del boliche, vitoreando a la patria. Atraído por los gritos, el tío
Petacóvsky, que seguía tomando mate, asomó la cara detrás de la vidriera, todo
temeroso, porque, hacia un momento, Daniel había salido a decir su kadish.
Uno del grupo, que divisó el rostro amedrentado del tío Petacóvsky, llamó la
atención de todos sobre el boliche, y los mozos detuviéronse frente al
escaparate.
-¡Libros maximalistas! –señaló a gritos el más próximo –¡Libros maximalistas!...
-Ahí está el ruso detrás –objetó otro.
-¡Qué hipócrita, con mate, para despistar!...
Y un tercero:
-Pero le vamos a dar libros de “chivos”...
Y, adelantándose, disparó su
revólver contra las barbas de un Tolstoi que aparecía en la cubierta de un
volumen rojo. Los acompañantes, espoleados por el ejemplo, lo imitaron. En un
momento cayeron, entre risas, todos los libros de autores barbados que había en
el escaparate. Y, en verdad, la puntería de los jóvenes habría sido cómica, de
no fallar una vez y costarle con eso la vida al tío Petacóvsky”.
(Fragmento del cuento Mate Amargo, del libro La Levita Gris, cuentos judíos de
ambiente porteño, de Samuel Glusberg, publicado por editorial Babel en 1924).
|
|
Este cuento marca un suceso poco recordado por la colectividad judía
institucionalmente y, por supuesto, por los libros de nuestra historia nacional.
Pero en la Argentina, en la ciudad cosmopolita de Buenos Aires, tan liberal
ella, hubo un progrom. Y, al igual que la Semana Trágica o los sucesos de las
huelgas de la Patagonia donde se fusilan obreros, sucedieron bajo el gobierno de
Hipólito Yrigoyen.
El grupo de “jóvenes patriotas” que menciona Glusberg en su cuento pertenecía a
la Liga Patriótica. Durante la Semana Trágica, para la represión del movimiento
obrero, el gobierno, además de utilizar a la policía y al ejército, los autoriza
a inscribirse en las comisarías como efectivos policiales.
Es bueno recordar que una de las excusas que se esgrimieron para reprimir
sangrientamente a los obreros en la Semana Trágica, fue el supuesto
descubrimiento de un “complot maximalista”. Según Hugo del Campo (Todo es
Historia, Centro Editor de América Latina, 1971) “la versión resultaba
evidentemente ideal: no sólo permitía desvincular al movimiento de sus raíces
sociales, olvidar su carácter masivo y encontrar un “culpable”, sino también
reforzar la unión de todos los sectores “patrióticos” contra la agresión de
origen extranjero y presentar al gobierno como el salvador del orden social y de
la soberanía nacional. Lástima que no podía durar: pronto se supo que Wald
(Pedro Wald, futuro dictador y jefe del Primer Soviet de la República Federal de
los Soviets Argentinos, según las versiones que se difundían) era un pacífico
socialista que trabajaba en el diario Die Presse y dirigía el periódico judío
Avangard, donde siempre había expuesto sus ideas moderadas”.
Por supuesto, el “descubrimiento” del complot sirvió para acrecentar el
antisemitismo de los “patriotas”. Los grupos civiles que colaboraban con la
represión recibían adiestramiento en el Centro Naval, además de armas y
vehículos. Los marinos que brindaban estos servicios educativos eran dirigidos
por el vicealmirante Domecq García. Los enemigos eran los “rusos” y había que
encontrarlos en sus propios escondites. “Una obcecación popular o un sobresalto
patriótico han sembrado en nuestros hogares el pánico y la desdicha desde hace
cinco días, como si, redivivo el terror en las calles de Buenos Aires, se
necesitara sacrificar a millares de inocentes”, sostenía el manifiesto de la
colectividad israelita publicado en “La Época”, el 15 de enero de 1919. En su
Guía del buen sentido social (folleto de 1920), la Liga Patriótica Argentina
hablaba de “esa runfla humana sin Dios, Patria ni ley...”. El llamado “terror
blanco” tuvo su bendición en una reunión realizada en el Centro Naval, bajo la
presidencia de Domecqu García. Allí concurrieron representantes del Jockey Club,
Círculo de Armas, Club del Progreso, Yacht Club, Círculo Militar, Damas
Patricias, los obispos Piaggio y D’Andrea y otras personalidades.
César Tiempo (1906-1980) tenía conciencia de esta historia. Y también sabía
quién era Gustavo Martínez Zubiría, cuyo seudónimo era Hugo Wast (1883-1962). El
folleto que aquí reproducimos es una valiente denuncia del antisemitismo en la
Argentina. Claramente dice que el pensamiento antisemita de Hitler tiene sus
émulos en el Río de la Plata. Y que éstos ocupan lugares en el poder.
El folleto fue escrito en 1935, cuando Israel Zeitlin (César Tiempo) contaba con
29 años. Ya había publicado Versos de una... (1924) bajo el seudónimo de Clara
Beter, el Libro para la pausa del sábado (1930), Sabatión argentino (1933), una
obra de teatro y había obtenido el Primer Premio Municipal de Poesía (1930)
Para entonces Hugo Wast era uno de los escritores más leídos del país. Y en ese
año publicaba Buenos Aires, futura Babilonia, El Kahal, Oro.
Y en 1935 en el país, Manuel Fresco era nombrado interventor en la Provincia de
Buenos Aires, llegando así a su máxima expresión el “voto cantado”. Lisandro de
la Torre debatía en el Senado de la Nación denunciando el monopolio de los
frigoríficos, actitud por la cual se intentó asesinarlo en la propia cámara,
siendo finalmente ultimado el senador Enzo Bordabehere. Como muestra de la
magnificencia de la oligarquía, se inauguraba el edificio Kavanagh. Y Enrique
Santos Discépolo estrenaba su tango más célebre: Cambalache.
El Jabalí publica este texto por dos motivos sencillos: poner nuevamente sobre
el tapete una parte de nuestra historia no muy conocida (o convenientemente
olvidada, elija el lector la actitud que prefiera) y por su palpitante
actualidad, ya que Los protocolos de los sabios de Sión lamentablemente siguen
estando en muchos kioscos y librerías de la Argentina.
--------------------------------------------------------------------------------
César Tiempo
La campaña antisemita y el director de la Biblioteca Nacional
Ediciones D.A.I.A
1935
PALABRAS DE LOS EDITORES
Acontecimientos de pública notoriedad han desplazado a los intelectuales hacia una actividad militante, digna de los días de transición que nos toca vivir. La literatura por la literatura corresponde, en realidad, a un ciclo ya abolido aunque no lo crean así los que viven sordos y ciegos a la realidad de los hechos. “El ´affaire Dreyfus’ –afirma Julien Benda– es el caso, casi único en la historia, en que un puñado de intelectuales supo dar razón de la furia de todo un pueblo y de la cobardía de sus gobernantes”. “De todos modos –añade– la verdadera resurrección del “affaire Dreyfus” no acontece en Francia. Ella tiene lugar más allá del Rhin. Y es allí donde nuevamente vemos a todo un pueblo abalanzarse sobre el judío, porque –y esta vez se lo confiesa–, él encarna el maldito racionalismo que molesta a la adoración de la fuerza y el reino exclusivo de los fanatismos nacionales. Desde este punto de vista, Alfred Dreyfus, pertenece al martirologio de Israel, él tiene su lugar en el libro de oro de esta raza, a la cual, desde hace más de dos mil años, el espíritu del Mal hace el honor –¿y cómo no habría de sentirse orgullosa?– de identificarla con la causa de la razón y de la humanidad”. Pero que es así, que la causa de los judíos perseguidos y escarnecidos es la causa de la razón y de la humanidad, parecen no comprenderlo los furiosos orates del tercer Reich y sus corresponsales criollos. Por antiargentinos y anticristianos había que señalar a los que desde aquí se empeñan en plantear conflictos de esa extemporaneidad, ya que su sola enunciación basta para comprender cómo viven de espaldas a la tradición de nuestro país y a la historia de la civilización quienes se hallan entregados de buena y de mala fe a servir los intereses bastardos del antisemitismo. Su dignidad de argentino y de escritor ha llevado al autor de este ensayo, por muchos conceptos ponderable, a plantear las cosas con toda valentía y en su verdadero terreno. Los intelectuales argentinos deben sentirse confortados con esa actitud que reivindica el decoro del pensamiento argentino. Obvia señalar los merecimientos del autor para justificar su representación. César Tiempo, que aún no ha llegado a los treinta años, tiene títulos bien ganados en la literatura argentina. Autor de libros señalados auspiciosamente por la crítica americana y europea, obtuvo a los 24 años el primer premio municipal de Poesía con su primer libro de versos, bajo la intendencia Guerrico. Es actualmente secretario general de la Sociedad Argentina de Escritores, que preside el Dr. Roberto F. Giusti, y ejerció el mismo cargo bajo la presidencia de intelectuales tan esclarecidos como Leopoldo Lugones y Arturo Capdevila. Es uno de los directores fundadores de la Sociedad Amigos del Libro Rioplatense, una de las editoriales más importantes de América. Ha ocupado la cátedra de conferencias de las instituciones culturales más calificadas del país, entre ellas la de la Universidad Nacional del Litoral, Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Plata, Escuela Normal de Rosario, Ateneo Cultural de Salta, “La Brasa” de Santiago del Estero, etc., etc. Fue jurado en infinidad de concursos literarios. Esos antecedentes y su obra misma dejan documentada la autoridad de su palabra y señalan las reflexiones del presente estudio a la atención de los lectores.
| César Tiempo en el
cine Guionista: No hay que aflojarle a la vida (1975) Las procesadas (1975) Proceso a la infamia (1974) Deliciosamente amoral (1969) Amorina (1961) La novia (inconclusa - 1955) El muerto es un vivo (1953) Misión en Buenos Aires (1952) Donde comienzan los pantanos (1952) Paraíso robado (1951) Martín Pescador (1951) Otra cosa es con guitarra (1949) Al marido hay que seguirlo (1948) Pasaporte a Río (1948) La muerte camina en la lluvia (1948) Los pulpos (1948) El hombre que amé (1947) Los verdes paraísos (1947) Con el diablo en el cuerpo (1947) El ángel desnudo (1946) Adán y la serpiente (1946) Las seis suegras de Barba Azul (1945) La señora de Pérez se divorcia (1945) El canto del cisne (1945) La verdadera victoria (1944) La pequeña señora de Pérez (1944) Safo, historia de una pasión (1943) Autor: Safo (mediometraje - 2003) Diálogos: El canto del cisne (1945) Diálogos adicionales: La sombra de Safo (1957) Intérprete: Esta tierra es mía (1961) Temas Musicales: Se rematan ilusiones (1944) Fuente: www.cinenacional.com |
Una revista porteña publica en su primera página una declaración de protesta
contra la condena de un poeta. La firman los escritores más representativos y
calificados del país. ¿Qué ha hecho ese poeta?, podemos preguntarnos. ¿Ha
circulado moneda falsa? ¿Es agente de la lotería del Perú, inventada en
Avellaneda? ¿Ha puesto una bomba de dinamita en el zaguán de un sicofante? ¿Ha
exterminado a un prójimo? ¿Es corredor de estupefacientes? ¿Ha intervenido en el
debate sobre las carnes? ¿Se ha desacatado a las autoridades de la República?
¿Cultiva el floripondio? –Nada de eso. En la tierra donde la libertad de
pensamiento y de expresión es flor de almáciga, el poeta ha publicado un poema.
Tal vez asomen sobre su fastigio las gorgonas libertarias de ese arte social que
blande, frente a la multitud, los estandartes de las reivindicaciones ideales.
Pero su tónica es ajena a toda intención ulterior, fuera del gesto lírico –y
hermoso, por el desplante juvenil que implica– de imprimir en una literatura
mucilaginosa enérgicos matices de salud y de vida. Zola, con su alba de blusas
azules, Hugo, con sus ardidos arrabales, y nuestro Almafuerte, para no ser
prolijos, con sus chusmas encendidas y rebeldes, habrían debido desvanecer su
recia anilina en un cangrejal de leche, proclive a todas las claudicaciones. “El
artista no sólo tiene el derecho sino la obligación de inspirarse en los motivos
que se avengan mejor con su temperamento y elegir los medios que lo expresen con
más eficacia. Vedarle este tema, prohibirle tal forma de expresión, significa no
sólo cometer los mismos errores que ilustran la historia de todos los juicios
literarios y científicos, –desde Galileo a Baudelaire– sino hacer tabla rasa de
la tolerancia que existe y ha existido siempre en los pueblos verdaderamente
cultos, para atentar contra las manifestaciones más altas del espíritu”,
–expresan los referidos escritores en su enérgica reclamación.
Por un poema, en la República Argentina –se comentará mañana en el extranjero–
se ha condenado a un poeta a dos años de prisión [1] . Y se le ha condenado,
podrá añadirse, al mismo tiempo que se ha permitido circular en la mayor
impunidad una seudo novela dividida en dos tomos, tipo “schmutzliteratur”, en
cuyas páginas se incita al crimen paladinamente. Por otra parte, el poema motivo
de la grave sanción apareció en una revista casi inédita, cuyos escasos
ejemplares circulaban entre solevantada gente joven, como es natural. El libro “pogromista”,
en cambio, se exhibe en todas las vidrieras de Buenos Aires juntamente con una
fotografía del estrecho ángulo facial de su autor y una página autógrafa donde
se hallan escorzadas las monstruosas afirmaciones que luego él mismo no se ha
animado a dejar documentadas en el libraco en toda su crudeza. Ese novelón,
además, dice que el pueblo argentino vive en una extrema abyección (pág. 235)
por obra del sufragio libre y la enseñanza laica. Y desliza imperdonables
agravios contra la Constitución Nacional. Claro que luego afirma textualmente,
como para justificarse, “que la libertad de imprenta es el intangible privilegio
de los perillanes” (pág. 272). Ahora bien, se preguntan las almas ingenuas,
¿cómo es que el señor fiscal que formuló la acusación contra el poeta leyó la
furtiva revista donde apareciera el cálido poema de marras y no vio los dos
tomos detonantes que se exhiben en todos los escaparates de librería y cuyos
capítulos fueron anticipados o reproducidos en buena cantidad de diarios del
país? El señor fiscal es un hombre culto –por lo que se ve– que prefiere leer
buenas revistas jóvenes y permanecer acorazado de indiferencia ante los
engendros de un escritor descalificado desde su lejana iniciación. Nada tiene
que ver en su actitud –y sería una infamia presumirlo– la circunstancia de
llevar la esposa del autor de los dos tomos piafantes, el mismo apellido del
señor secretario de Estado que tiene a su cargo dos departamentos, uno de los
cuales es el encargado de la designación de jueces, fiscales y camaristas, y el
otro de proveer el alto cargo público que en el país “del ignominioso sufragio
libre y la abyecta enseñanza laica”, desempeña el susodicho fautor.
Ha ocurrido, pues, lo que dejamos expuesto, sin ironías. El señor fiscal es un
lector exigente y ha preferido sincronizar su curiosidad al pulso caudaloso de
la nueva literatura y denunciar criminalmente a un poeta joven, para que toda la
atención del mundo civilizado se detenga sobre su nombre y adquiera así la
resonancia condigna. Y, en cambio, ha sumido en el más afrentoso de los
silencios el nombre del folletinista “evangélico”, hambriento de popularidad y
de “oro”, contribuyendo a que la serpiente de las carátulas y la foto de la
facies se marchiten dolorosamente castigadas por el sol que va borrando sus
rasgos, implacable, ante la renovada indiferencia de los peatones.
Claro que resulta irreverente correlacionar al poeta Raúl González Tuñón, que ha
logrado ya páginas fuertes y bellas, y al funcionario público que incita al
crimen desde el cantil de unlibro intransitable.
Precisamente en estos días un fiscal argentino ha pedido las penas más severa
-prisión y reclusión por tiempo indeterminado– para los integrantes de la banda
del revolcadero chauvinista que intentaron incendiar el teatro Cómico durante la
representación de “Las Razas” de Bruckner, colocaron explosivos en
“Argentinische Tageblatt” y arrojaron bombas de alquitrán a las fachadas de los
templos israelitas: una mínima parte, en suma, de lo que preconiza el libro del
director de la Biblioteca Nacional, cuya propaganda comercial –y particular–
circula con estampillas del Ministerio de Justicia e Instrucción Pública, según
lo denunciara “El Orden” de Santa Fe.
El poema impugnado anda en todas las manos y ha quedado incorporado como un
documento vivo al Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados de la Nación. En
tanto, los dos tomos perecerán inexorablemente entre las telarañas de los
sombríos depósitos, frente a las ratas y los comejones intoxicados con el mortal
nutrimiento. Por supuesto que el folletinista no ignoraba el destino que le
estaba deparado a su pistraje. Consecuente con el desinterés que anima toda su
producción, administrada por él mismo “para evitar filtraciones de editores poco
escrupulosos”, sin proponérselo, centró su fusible novelón con un tema,
actualizado por la barbarie hitlerista, que estimulase la venta entre los
núcleos de gente afectada por el libelo y buscando que su ardua circulación
fuese lubrificada por aquellos cuya política antijudía y anticristiana encuentra
entre nosotros un fácil y estentóreo vocero. Y he aquí que a las pocas semanas
de publicarse el brulote (barco cargado de materias inflamables que se dirige
sobre otros buques para incendiarlos consumiéndose a sí mismo), según lo
registraron las crónicas sociales de los grandes diarios, el ministro del país
que tiene asqueado al orbe civilizado con su política sadista y sus odios
cavernarios ofrecía una recepción en su casa al oportunísimo pendolista. Es
obvio señalar que en ese “sky party” no se conversó para nada de pedestres
asuntos terrenos. Fueron los licántropos genios celestes del Tercer Reich los
que determinaron, sin duda alguna por vía metapsíquica, la nueva edición
“popular” del engendro que, a precio de purgante, circulará entre la gente
desprevenida, por el mismo canjilón de desagüe que llevó a los abonados de la
Unión Telefónica, editado por la Cámara de Comercio Alemana, el “último”
discurso de Hitler, el “metoikos”, o a los oficiales del ejército argentino los
“Protocolos de los Sabios de Sión”, burda superchería que el Tribunal Superior
de Berna acaba de condenar como literatura inmoral, prohibiendo su difusión.
De esa lucha entre las polillas y el novelón bipartito del funcionario público
argentino, vamos a hablar más adelante. Ahora atravesemos millas y singladuras y
veamos otro episodio.
* * *
En una pinacoteca de Berlín manos anónimas destrozaron últimamente varias telas
de considerable valor. Una de ellas la firmaba Max Liebermann, el pintor más
grande de Alemania, fallecido hace unos meses apenas. Las otras, el holandés
Israels.
Las alondras rayan con sus cantos el cristal de los cielos al filo del amanecer.
Una piedra en el agua rompe la superficie inquieta y revela, en los círculos
concéntricos, tan perfectos como los que trazan las palomas en su vuelo, la
armonía de la creación. Un grito en la noche triza sobre los tejados la calma de
los albaicines y se hace lágrima en la estrella más alta. El mundo se recupera
día a día y la naturaleza, creadora implacable, devuelve intacto su tesoro, en
el milagro constante de sus mutaciones. Pero la obra del artista en cuyo espejo
se identifica y alivia el alma opaca del ciudadano, número desconocido en la
muchedumbre y el caos, y la muchedumbre y el caos encuentran su módulo
armonioso, la melodía que el torbellino de la vida se empeña en desencadenar
sobre nuestra pequeñez ambiciosa, la obra del artista, digo, dolorosamente
perecedera por lo común, a veces, ni él mismo, que maceró con sus sueños y con
su vida, esa otra realidad extrahumana, es capaz de reconstruirla. ¿Shakespeare
habría escrito dos veces su “Hamlet”, Dante su “Divina Comedia”, Milton su
“Paraíso Perdido”? ¿Rafael habría vuelto a pintar “La Bella Jardinera”, Miguel
Ángel el “Juicio Final” y Leonardo da Vinci “La Cena”?
¿Los bárbaros que destrozaron las telas de Liebermann e Israels, dos maestros
indiscutibles de la pintura moderna, se creerán capaces de superarlas con su
genio oscuro y reptante? ¿O son ciegos instrumentos de algún artista envidioso,
que en pleno delirio movilizó esas fuerzas serviles para lograr su tremendo
designio de brillar como un astro único en la constelación de su tierra? Nada de
eso ha ocurrido. Se viven días de larga cólera en Alemania. El Wotan hierve como
la caldera de Macbeth. Las walkirias no escancian hidromiel sino que alcanzan
cintas “dum dum” para las ametralladoras. Orfeo ya no encanta a las bestias y la
única música que remonta los ámbitos en la tierra de la “Crítica de la razón
pura” es la de los himnos canallas, bamboleándose entre las ráfagas de la
fusilería.
¿Qué ha sucedido con los cuadros de esa pinacoteca berlinesa? Sus autores,
judíos, tuvieron la osadía de firmarlos, reivindicando su paternidad ante la
gloria. No tuvieron la desdichada fortuna del ingeniero David Schwartz,
sepultado en un oscuro cementerio israelita, que habiendo inventado el
dirigible, no pudo inscribir su nombre en la historia de las grandes conquistas
científicas. Cuando hace cuarenta años hubo de lanzar su nave desde el campo de
Tempelhof, un ataque al corazón, consecuencia de una vida largamente trabajada
por hondas angustias y vicisitudes terminó con él. La viuda, en la miseria, tuvo
que vender las patentes a Zeppelin y Berg, y así se construyó el primer
“zeppelín” que, en realidad y con genuina justicia, debió llamarse “Schwartz”.
Pero así como pudo evitarse que ese nombre saliera de las tinieblas de su
apellido, no se pudo impedir que resplandeciera con luz viva y eterna la huella
del genio judío en todas las manifestaciones del arte y las ciencias alemanas.
¿Qué hubiera sido de ellos sin Einstein, Ehrlich, Haber, Heine, Scheller,
Liebermann, Reinhardt, Toler, Piscator, Boas, Jacob Wasserman, Feuchtwanger,
Zweig, Ludwig, Pallemberg y mil otros? Pero las jaurías del meteco se creen
irremplazables y plenipotentes y sus “numerus clausus” llaman a rebato. Las
obras más puras y más desinteresadas del espíritu son sometidas a autos de fe.
Los cuadros destrozados inicuamente, perdiéndose un tesoro inapreciable, que
nadie podrá restablecer y que yacerán en los subsuelos de la cultura alemana,
como esos galeones cargados de oro en el fondo de los ríos legendarios, perdidos
para siempre.
¿Sabrán acaso que Rembrandt vivió treinta años en un barrio judío, y entre
judíos buscó sus motivos? Y que, espíritu solitario, señero, tuvo solamente dos
amigos, el calígrafo Copperal y un rabino, Menasseh ben Israel, en la escuela
del cual se formó el genial filósofo Spinoza?
Ahora podría recordárseles la actitud de Federico Nietzsche, su filósofo genial,
yendo a golpear a la puerta del insigne historiador Jacobo Burkhardt, en
Basilea, el 28 de mayo de 1871, para echarse en sus brazos y llorar amargamente
la inminencia de una enorme desgracia: los nuevos bárbaros amenazaban incendiar
el Louvre.
Sesenta y cuatro años más tarde, ante sucesos de idéntica filiación que enlutan
al mundo civilizado, el director de la Biblioteca Nacional publica un libro de
más de seiscientas páginas para justificar ese ludibrio, océano de por medio.
Toda la prédica de Goebbels, de Streicher, de Goering, de Ley de Rosenberg,
orates cuya peligrosidad puede determinar el más somero examen psiquiátrico y
que amparados en su impunidad todopoderosa lanzan a sus esbirros sobre una
colectividad imbele, halla eco prolijo en el descendiente del liberalísimo
Facundo Zuviría, que ha ido a plagiar, para fondo de su novela, un episodio del
que se hizo eco la prensa reaccionaria europea en las circunstancias del proceso
Dreyfus.
La génesis “fiduciaria” del libro queda consignada. Su intención gritona de
atajar el advenimiento del presunto Anticristo es de una ingenuidad
escalofriante. A ojos de corrompido la corrupción anda por todas partes. Pero
los sueños no se pudrirán nunca, por mefítico que sea el clima que los sustente.
Los israelitas han guardado sus sueños en el tibor de los “ghettos”, pero no
bien se desmoronaron sus muros, su espíritu le dio alas y la Diáspora los llevó
cantando a todas las orillas del mundo. Vigilaron las tahonas para que no se les
quemara el pan y vigilaron el cielo para que no se les quemara el alma. En su
equilibrio radica su fortaleza. Los pobres en bienes espirituales pueden ser
ricos en bienes materiales y los ricos en bienes espirituales pueden ser pobres
en bienes materiales. Y si logran fundirse ambas riquezas, ¿por qué no va a
asomar su hocico de vulpeja, el rencor, la envidia sinuosa y el odio purulento?
Tienen los israelitas una sola ambición: esperar el milagro, y la sustentan con
la tenacidad que otros ponen en la búsqueda de una veta de oro o en el remate de
un buscacielo. Dice Unamuno, glosando a Saulo: “La fe es la substancia de las
cosas que se esperan, y lo que se espera es sueño. Y la fe es la fuente de la
realidad, porque es la vida. Creer es crear”. He aquí el blasón más perfecto de
un pueblo creyente y creador por excelencia. “El crisol para la plata –dice un
proverbio salomónico– y la hornaza para el oro, mas Jehová prueba los
corazones”. En medio de sus vicisitudes, en medio de sus miserias, una llama
inextinguible alienta en sus pechos: el Mesías. Es decir: la esperanza. Es
decir: la verdadera poesía. La fe enciende sus candelabros en todos los
rincones, y su luz es siempre una luz armoniosa. Es una orfandad penosa y
dichosa al mismo tiempo, porque su redención está en su propia capacidad de
futuro. Esperar equivale a amar. Y el amor ¿no supera acaso a las tres virtudes
teologales? Los otros tienen un Dios en quien confiar y por quien padecer,
mientras los israelitas tienen que confiar en una ilusión y padecer por un
sueño.
Y por esos sueños han sido perseguidos, lapidados y escarnecidos. No quiere
decir esto que la furia antisemita actual, desencadenada en la gehena del Tercer
Reich, sea de carácter religioso. Hay razones políticas y económicas que
explican claramente el origen de la reacción. Y en el caso concreto de Alemania,
la intención de desviar la angustia de un pueblo humillado y famélico hacia un
blanco infalible hizo que se enconara su resentimiento hacia esa minoría que
ocupaba posiciones prominentes, en mérito a que la distribución de funciones se
había hecho cualitativamente y no de otra manera. Y porque Israel se afirma
siempre para saltar, no sabe ofender sino defenderse, no sabe rugir sino con la
voz de sus profetas y no es capaz de realizar esta crueldad del Evangelio: “El
árbol que no producirá buenos frutos será cortado y tirado al fuego”, ya que de
cumplirlo debería haber concluido con todos sus perseguidores tarados, y
prefiere, en cambio, ceñirse al precepto del Levítico que dice “Amarás a tu
prójimo como a ti mismo” (19. 18). Tuvieron a Isaías, que tronaba como un Dios,
y a Jeremías, que lloraba como un hombre; a Jehuda Ha Levy, dulce como un ángel,
y a Biálik, que lanzaba sus admoniciones terribles como un rayo. Pero es una
hermandad que huye y que construye, que aprieta los dientes y que espera, que
hunde la reja en la gleba y la mirada en el porvenir. Y han sobrevivido a los
Faraones, a Nabucodonosor, a Tito, a Epifanio Antíoco, a Constantino, a Mahoma,
a Torquemada, a la asimilación, a la dispersión, a las conversiones, a los
pogroms y sobrevivirán al frenesí de las jaurías de Hitler, a los ultrajes de
los paranoicos “instructores filosóficos” del fascismo alemán, a las vejaciones
de las tropas de asalto nazi, esas valientes pandillas desenfrenadas que
profanan los cementerios israelitas, hacen autos de fe con las insignias de la
cultura europea, arrancan las barbas a ancianos indefensos, y cuando son
perseguidos por los comunistas en las calles de Dresde y de Munich, como antes
en las de Berlín, se refugian en las sinagogas e imploran de rodillas al
“schammes” que no los delate.
Y bien: ese meteco sombrío que tiene la cara de Charles Chase y no su gracia;
que tiene las ambiciones y la voluntad de dominio de Mussolini y no su astucia
política; que hace decir a sus corresponsales maniatados que desciende de judíos
y no ha heredado de éstos su capacidad de profecía, y que, entre las muchísimas
cosas que no sabe, debe ignorar esta sentencia del Sanhedrin, que dice: “Cuando
Dios creó el mundo no formó más que un solo hombre para que ninguno pudiera
decirle a otro: yo soy de más noble raza que la tuya” y ha desencadenado una
borrasca de odios y de escarnio, de matanzas y de horrores, precisamente contra
quienes han cimentado la grandeza moral y espiritual de Alemania, de esa
Alemania que no se perpetuará por los muñecos de Nüremberg, ni por los gansos de
Hamburgo, ni por la mostaza de Düsseldorf, ni por las ferias de Leipzig, ni por
los estípticos profesores de Bonn, ni por las próximas olimpíadas de Berlín,
sino por el fuego inmortal de sus poetas como Heine, de sus economistas como
Rathenau, de sus conductores como Marx, de sus luchadores románticos como
Lassalle, de sus sabios como Einstein [2] , de sus grandes músicos como
Mendelsohn, de sus poderosos artistas, cuya enumeración comportaría sincronizar
el progreso cultural y espiritual de ese país, en cuyas calles los androides
hitleristas cantan actualmente a voz en cuello un himno oficial que remata en
esta frase cínica y ruin: “Cuando la sangre judía corra a nuestros flancos, todo
irá bien”. Por lo visto les hace falta una transfusión total para subsistir.
Esta ceguera del pueblo alemán, exasperado por la miseria, roto su equilibrio
moral por la última guerra, no nos puede llevar a generalizaciones siempre
injustas. Voces alemanas genuinas han repudiado la intolerancia brutal del
“heimatloss” nacionalista de Hitler, que aspira a trocar su brocha de antaño por
los blasones de la comatosa nobleza alemana; y en nuestro país, un diario del
prestigio y de la autoridad del “Argentinisches Tageblatt” ha estado con los
israelitas perseguidos en todo momento. Sin embargo, no está de más incidir en
una definición, tan imparcial por venir de quien viene, sustentada en un
discurso memorable que pronunciara don Enrique Larreta, el famoso autor de “La
Gloria de Don Ramiro”: “La intención del malhechor la dicen sus herramientas.
¿Qué ha hecho el militarismo de Prusia con el pueblo alemán? Todos sabemos, por
relatos o lecturas, lo que era el hombre de ese pueblo a mediados del pasado
siglo. Era, entonces, el alemán un hombre dado al ensueño, adorador de la
naturaleza, con algo siempre de músico y botánico, compasivo con las bestias y
aún con los hombres, cantor de las ninfas de su río legendario. En una palabra,
el tedesco de aquellos tiempos era el más dulce y estimable de los hombres.
Quedan todavía en nuestro país muchos hermosos ejemplares de aquella especie muy
anterior al actual diluvio de sangre. El furor prusiano encontró, naturalmente,
que no era posible con súbditos de tan dulce condición realizar una obra. Urgía
convertir al blando soñador en hombre de presa. Federico II había redactado el
cínico decálogo. Los profesores se ofrecieron, buenamente. La Universidad se
puso al servicio del cuartel. Se trataba de sofocar en cada alemán, desde la
infancia, todo ímpetu de rebeldía, todo sentimiento de compasión, inyectarle en
cambio el virus del odio y del orgullo, disciplinar el mal, organizar el terror,
endemoniar la ciencia. No sería justo culpar demasiado a un pueblo que ha sido
sometido a semejante régimen. Prusia ha querido hacer del dulce pueblo germano
un monstruo artificial, enseñándole los movimientos sinuosos del tigre,
pintándole de rojo las garras y la pelleja de asustadoras manchas felinas. No
Alemania, la Alemania idealista y profunda, no la tierra de Goethe y de Wagner
–semidioses– pero sí el genio funesto de un militarismo tiene también su símbolo
en esta lucha, y, cosa sorprendente, es otra doncella. Me refiero al famoso
instrumento de suplicio, en forma de mujer, erizado en su interior de espantosas
púas, que se conserva en la vieja torre del castillo de Nüremberg, y que el
pueblo llama “Eiserne Jungfrau”, la doncella de hierro.
Archivo César
Tiempo (1906-1980)Los documentos
que conforman el Archivo César Tiempo fueron recibidos por la
Biblioteca Nacional en el año 1996 como parte de la donación del
Centro de Estudios Nacionales (CEN). Por eso se trata,
técnicamente, de un subfondo del Fondo CEN. |
Hitler ha pretendido encarnar ese espíritu prusiano, con su maleable instinto de
adaptación, y dispone vertiginosamente un numerus clausus general contra los
israelitas. Habla de arios y no arios con su enciclopédica incultura y confunde
etnografía y filología, raza y lengua, como lo demostró en un luminoso estudio
el doctor Franz Boas [3] . Pero no estamos en la época de las Cruzadas, cuando
las masacres de los judíos en Alemania quedaban impunes. Cuando el israelita
Bela Khun, presidente de la República Socialista Húngara, pudo hacer florecer su
simiente, la reacción fascista comenzó a lanzar sus hordas contra los
correligionarios de aquél. Sus desmanes –refiere Mariátegui– cometidos en nombre
de un sedicente cristianismo, tuvieron la virtud de provocar una airada protesta
del Cardenal Czernoch, príncipe primado de Hungría. El cardenal negó
indignadamente a los autores de esos actos abominables el derecho de invocar el
cristianismo para justificar sus excesos. “De lo alto de este sillón milenario
–dijo– yo les grito que son hombres sin fe ni ley”.
No hace mucho, el presidente Roosevelt y el alcalde La Guardia hicieron arrojar
la esponja a Hitler, en un knock-out técnico que ya había tenido su paradigma
físico en la victoria del joven campeón israelita Max Baer sobre el alemán Max
Schmelling, a quien el ridículo gobierno prusiano amenazó entonces con cancelar
su ciudadanía, como si fuese un crimen de lesa patria doblar las rodillas hasta
caer al cuadrado, ante los golpes de dos briosos jóvenes puños judíos. Ya
Zangwill refiere, en el proemio de sus famosos cuadros agrupados bajo el rótulo
de “Los Hijos del Ghetto”, aquella sabrosa tradición londinense del joven
gentilhombre que defendía, en las limosas calles de Wentworth o Petticoat Lane,
a los viejos buhoneros israelitas de las befas de los truhanes, y que luego
resultó ser Dutch Sam, el célebre Dutch Sam, campeón de boxeo de su tiempo y, en
su vida privada, un elegante y un favorito de S. M. Jorge IV.
No es necesario, pues, esperar a una nueva Judith ultriz, porque están en estos
momentos con el pueblo hebreo todas las fuerzas morales y espirituales del
mundo, que son las únicas fuerzas que cuentan realmente. Los blancos de sus
filas sirven para darles una mayor conciencia de su responsabilidad y de su
abnegación. Cien mil judíos de Alemania –de los cuales doce mil perdieron la
vida– cumplieron brillantemente su deber en la última guerra, sacrificándose por
una causa en la que no creían mucho. Ludwig Frank, israelita y polemista
notable, siendo diputado al Reichstag, brindó a sus enemigos una prueba decisiva
de patriotismo, enrolándose el 4 de agosto de 1914, vale decir que fue el primer
diputado alemán en hacerlo. El 3 de septiembre del mismo año era muerto en
Baccarat.
Rosa Luxemburgo, justamente llamada la Antígona judía, que luchó vanamente por
abrir los ojos a sus compatriotas, librando una batalla encarnizada contra el
militarismo prusiano, murió el 15 de enero de 1919, salvajemente “lynchada” por
algunos oficiales de la brigada Reinhardt. Kurt Eisner, víctima de su fidelidad
a un ideal, murió asesinado en Munich, baleado por la espalda. Walter Rathenau
también pagó con su vida la lealtad y la generosidad de sus convicciones
altruistas. “Alemán, profundamente alemán, –afirma Paraf– era, sin duda, este
industrial metódico que no seguía el ejemplo de Estados Unidos para racionalizar
todas sus industrias y que, desde los primeros días de la guerra, puso al
servicio de su país sus singulares facultades de técnico”. Pero fue sobre todo
israelita
–afirma el autor de “Quand Israel aima”– este Rathenau, de tan aguzado sentido
social, que se empeñó en una ardua tarea de reconciliación, echando las bases de
una política de reparación que no tuvo para la Europa enceguecida otro defecto
que la de ser prematura. Y fue judío hasta después de muerto, sin que esta
afirmación enfática tenga ninguna pretensión efectista, porque está alimentada
por la realidad más austera. Judío de esa dimensión, digo, porque, obedeciendo a
su voluntad infraterrena, inspirada en su espíritu luminoso, es que su madre
llegó, cubierto el rostro de lágrimas, ante el tribunal, para salvar la cabeza
del asesino de su hijo, un joven racista exaltado que, como el asesino de Jaurés,
no pudo resistir la presión de los consejeros siniestros, pero que tenía una
madre también... Y ésta suplicó de tal modo, que la señora Rathenau, a quien la
inconciencia, el fanatismo, la incomprensión, el odio sordo, la cobardía
colectiva, las criminales manos mercenarias habían arrancado de su lado, para
siempre, al hijo entrañable, que era su orgullo y su gloria, el sostén de su
ancianidad y la razón de su vida, la señora Rathenau, una verdadera madre y una
verdadera israelita, obtuvo la gracia del perdón para el asesino de su hijo.
Esta libre y fuerte alma de Israel es la que gravita sobre el mundo y hace que
todas las conciencias diáfanas escolten su martirologio con una adhesión sin
reatos. Castigados y heridos pueden decir, como el ruiseñor de Düsseldorf en su
canción milagrosa: “La muerte puede curarme, pero ¡ay! yo soy inmortal”.
Hombres prominentes sin distinción de credos religiosos o políticos están al lado del pueblo vilipendiado en estos instantes de prueba. Conocen la magnitud de su aporte infinito y la significación de su levadura. Israel clava su bandera en Tel Aviv, y de un desierto, entre dunas, en una tierra caótica, levanta una ciudad europea por su arquitectura y su confort, donde, según Kessel, reina una alegría como no ha visto en ninguna otra parte. “Tardes de Primavera en Tel Aviv, de cielo tan puro que el claro de luna no apaga las estrellas, donde en largas filas blancas los jóvenes van hacia el mar cantando. Risas de los trabajadores a quienes la labor no ensombrece. Rondas que danzan en la encrucijada la “hora” rumana según ritmos árabes. Alegría muelle y fuerte, sin alcohol. ¿A qué atribuirlo si no al orgulloso asombro de estar por fin reunidos en la Tierra Prometida y de haber edificado la primera ciudad de Israel triunfante?”. O plantan su grímpola blanquiceleste en el East Side neoyorquino y mañana saldrán de allí los estadistas, los músicos, los poetas, los hombres de empresa que, desde los Estados Unidos, asombrarán al mundo. De los pueblos entrerrianos de Clara o Domínguez, de donde salen el gran novelista de “Tierra de Amor”, “El Equipaje”, “Makhno y su judía”, etc., que triunfa rotundamente en París, Joseph Kessel; el autor de los dramas de más calidad artística del teatro argentino, Samuel Eichelbaum, y uno de los primeros prosistas de nuestra lengua, Alberto Gerchunoff, a las neblinosas calles londinenses, de donde surge Charlie Spencer Cohan que luego subyugará a la tierra toda con el nombre de Carlitos Chaplin, los israelitas han sabido levantarse sobre sus padecimientos y sus tribulaciones, para dar hijos que honran a la raza que los engendra y al mundo que los acoge. El genio de un Acosta, de un Abenatar, de un Spinoza pudo desarrollarse libremente a pesar de la proscripción, y si en Suecia, Noruega y Dinamarca siempre tuvieron los israelitas de su parte a escritores cristianos de la representación de Hans Cristian Andersen, desde Inglaterra, Francia e Italia hasta la Turquía de Mustafá Kemal y la Etiopía de Rass Taffari gozan de las prerrogativas de cualquiera de sus ciudadanos [4] . Sólo en la Alemania de Kant y de Schiller, de Schumann y de Hegel, de los grandes filósofos y los grandes soñadores, en pleno siglo XX, debía ocurrir ese atropello que cubre de vergüenza a las nobles tradiciones de la nación, enlodadas por los cómitres sanguinarios. (Quiero dejar constancia de que ninguno de los adjetivos que aquí se emplean ocultan una intención peyorativa. Se ajustan a estricta verdad y son realmente insustituibles. Así, cuando se habla de cómitres sanguinarios, inmediatamente acude a la memoria cualquier signo evidente de la barbarie nazi: por ejemplo, el reglamento disciplinario y penitenciario del campo de concentración de Lichtenberg, próximo a Prettin, departamento de Torgan, promulgado el 1º de junio de 1934, cuyo “Primer objeto” reza textualmente: “El detenido puede reflexionar sobre el motivo de su detención en el campo. Tiene de este modo ocasión de modificar su actitud hostil a su pueblo y a su patria en favor de un partido popular basado sobre el sentimiento nacional o, si lo prefiere, morir por las inmundas II o III Internacionales judías de un Marx o de un Lenin”.
Otra advertencia suave: “En cuanto a los excitadores y agitadores intelectuales,
sepan de una vez por todas que si se pone la mano sobre ellos les cuesta la
vida”. Otra: “Cualquiera que intente entrar en relación con el mundo o instigue
a sus compañeros a la evasión y les ayude con sus consejos o por otros medios,
será ahorcado como sedicioso en virtud del derecho revolucionario”. Otra: “Los
detenidos castigados serán tenidos en células aisladas y a pan seco. Serán
privados de cama. Cada cuatro días tendrán una comida caliente. El trabajo
impuesto a título de castigo comprenderá las tareas físicas más penosas,
particularmente sucias, que los detenidos cumplirán bajo vigilancia especial.
Ejercicios militares, castigos corporales, interdicción provisional o definitiva
de recibir cartas, la exposición en la picota pueden ser infligidos a título de
castigos complementarios. Además de observaciones y vituperios que deberá sufrir
el prisionero”. Firma esa consigna angelical el Jefe de Brigada e Inspector de
los Campos de Concentración. Y pensar que entre nosotros se quiere seguir paso a
paso los procedimientos de la barbarie hitlerista y hay una cantidad de
pasquines, perfectamente catalogados, que agitan el fantasma del peligro judío
para atemorizar a desprevenidas ancianas, a quienes luego saquean
despiadadamente. Y hasta se fundó un comité de acción antisemita a cuyo frente
figuraban como testaferros dos empleadillos de un diario de la mañana, uno de
los cuales ostenta un patricio apellido italiano y el otro se jacta de ser
pariente de un senador nacional, y que han intentado varios asaltos a las arcas
de una dama ultramontana y paleolítica, que regala colchas de diez mil pesos a
los arzobispos y deja que mueran sin atención médica millares de cristianos
desamparados. Ese antisemitismo paliatorio, cuya venalidad puede documentarse en
cualquier momento, ha merecido el condigno desprecio de todas las conciencias
honradas del país. Sólo una persona ha querido adherir con caliente algazara a
la siniestra política que dejamos expuesta. Y, caso único, esa persona que goza
de su sano juicio, además de dirigir la Biblioteca Pública de la Nación, es
vicepresidente del Pen Club Argentino, organización de intelectuales que se
fundara en Londres, después de la última guerra, para fomentar el espíritu de
solidaridad entre los escritores del mundo entero y constituir un frente único
contra los ultrajes a la civilización y a la cultura inferidos por los gobiernos
de fuerza. Pero cerremos el paréntesis y hagamos girar un instante el
mapamundi.)
* * *
Millares y millares de israelitas vivían y trabajaban en Europa, en el siglo
pasado y en el que corre, con la tenacidad y el fervor de todos los tiempos.
Organizaron industrias considerables, de fundamental importancia para la vida
del viejo Continente, aportaron su inteligencia y sus vidas para cimentar las
conquistas básicas de la civilización, revolucionaron sectores de vasto
perímetro en la ciencia y en las artes, formaron –para resumirlo en una frase–
núcleos protogenéticos de cultura y de progreso donde quiera estuvieran
reunidos. Un judío sueña. Dos judíos realizan. Tres judíos crean. El arado de
Triptolemo y el microscopio de los laboratorios. La ciencia del número y el
número del salmo, la profecía y la poesía, el individuo y la sociedad, todo lo
manipulan con vista a lo universal. He ahí la grandeza que nace de su
generosidad y la importancia de su función de sal de la tierra, que deriva de su
capacidad de amor y de labor. Son los más ricos de pasado y los más opulentos de
porvenir. Y gran parte de esa vitalidad que le ha permitido sobrevivir a todas
las vicisitudes de una de las historias más trágicas de la humanidad, radica
–como se afirmó– en que constituyen el pueblo más disperso y más unido, el más
occidental y el más oriental, el más religioso y el más racionalista, el más
autoritario y el más libertario, el más capitalista y el más socialista, el más
terreno y el más soñador, el más ambicioso y el más desinteresado, el más sangre
mezclada y el más sangre pura.
Millares de israelitas, como dije, contribuían con su trabajo inquebrantable a
la prosperidad de las naciones europeas donde vivían, y con su inteligencia a la
grandeza del Continente en el terreno espiritual y científico. Hasta que en la
Europa oriental hizo crisis la intolerancia religiosa. Hombres avisados pusieron
los ojos en una tierra adolescente. Podía o no ser una leyenda que las naves de
Colón fueran fletadas con oro israelita y tripuladas por navegantes hebreos.
Pero lo que está perfectamente establecido es que los israelitas echaron los
cimientos de Nueva York y construyeron los primeros puentes de Brasil. Que
varios de los pueblos más importantes de Méjico destruidos por los indígenas
fueron reconstruidos por el judío Luis de Carvajal. Que uno de los rectores de
la Universidad de más ilustre tradición de América fue el judío Diego López de
Lisboa y León, que hizo estudios, a principios del siglo XVII, en la entonces
Córdoba de Tucumán, en nuestro país, y llegó a ocupar la rectoría de la
Universidad de San Marcos de Lima y en 1656 fue designado Protector General de
los Indios del Perú. Que contribuyeron a cimentar el progreso material de Lima
durante la colonia y a introducir, mediante la sistematización de su cultivo, la
aplicación a las fuentes de recursos más considerables del mundo, como son las
del tabaco, el cacao y la industria azucarera. Que Bolívar, derrotado, se
refugió en Curazao, donde lo socorrieron los judíos que apoyaron en todo momento
la causa de la independencia. Que los que sostuvieron más intensas campañas por
la abolición de la esclavitud en América fueron los israelitas. Y que Salomón
Heidenfeldt, que llegó a juez de la Corte Suprema de California, a mediados del
siglo pasado, fue una de las primeras voces que se alzó a favor de los negros.
Sabían, además, lo que habían significado, no ya los israelitas, sino los
extranjeros, en la estructuración y crecimiento de la Argentina, porque a pesar
de la venalísima campaña de los catorce diaruchos hampones a que me he referido,
uno de los cuales ostenta como honrosa ejecutoria el haber sido denunciado
semanas pasadas en el Senado de la Nación por un miembro de ese cuerpo a quien
se le pretendía hacer víctima de un “chantage”, es imposible cerrar los ojos a
la evidencia. Sólo pueden negarlo esos coléricos “periodistas” de furca y
ganzúa, que compiten con la garrapata en voracidad y ceguera.
¿Cómo puede hablarse de una “Argentina exclusivamente para argentinos”, aquí
donde los fundadores de la nacionalidad, los que nos dieron lengua, civilización
y libertad, fueron en su enorme mayoría extranjeros e hijos de extranjeros y en
donde, a poco que se escarbe al argentino 100 x 100, aparecerá en el 99% de los
casos “la venganza del negro”, según la justa y cruel expresión de Sarmiento, el
mismo que escribiera, con certera visión: “El mal que aqueja a la República
Argentina es la extensión: el problema esencial de nuestro medio y de nuestra
hora es todavía la función colonizadora, es la impulsión de la población hacia
las tierras baldías que cercan las ciudades con su inmensa cintura de soledad y
silencio. Hay que salir a conquistar las tierras incultas con las armas de la
ciencia y el trabajo”. ¿Y quién ha realizado esa tarea? ¿Los que cacarean su
nacionalismo a ultranza desde las mesas del Richmond, escribas de androceo
mantenidos por ancianas histéricas, latifundistas espeluznados y “patriotas” de
lance, por ventura? ¿Cómo puede elogiarse a este país de promisión sin recordar
a Belgrano, nieto de un chacarero italiano, a San Martín, descendiente de
españoles neocristianos, vale decir de árabes o judíos conversos, a Mariano
Moreno y Vicente López y Planes, hijos de españoles, a Larrea y Matheu,
españoles ellos mismos; a Blas Parera, catalán, autor de la música de nuestro
himno nacional; a Cornelio Saavedra, que si tomáramos en cuenta el lugar del
nacimiento sería considerado hoy boliviano, así como Alvear, brasileño de
origen; el almirante Brown, irlandés, y Liniers, oriundo de Francia; a Juan
Bautista Alberdi, descendiente de italianos; a Carlos Pellegrini, descendiente
de suizos –cito a saltos porque habría que nombrar a todos los prohombres de la
argentinidad–; sin olvidar a James Thompson, a quien el luminoso espíritu de San
Martín ayudó a organizar aquí su red de escuelas tipo Lancaster, ni a William
Wheelwright, que vino de la lejana Massachusetts, y sin vivir a expensas de los
edictos oficiales, ni tener un sueldo en la Biblioteca Nacional, ni mendigar el
favor de una masa grosera de lectores, construyó las líneas ferroviarias más
importantes de la República, habilitó el puerto de Buenos Aires, fundó ciudades,
organizó industrias, y a cuyas obras, realmente prodigiosas, consagró un libro
íntegro Juan Bautista Alberdi. “Si se considera, dice el autor de “La vida y los
trabajos industriales de William Wheelwright en la América del Sur”, que la
grande y capital necesidad de Sud América es poblarse por inmigraciones de la
Europa, y que la llave de ese poblamiento es la buena condición de las costas
para el desarrollo de las marinas transatlánticas, se convendrá que la presencia
de Wheelwright en Sud América ha sido como un regalo del cielo hecho a su
civilización en el hombre que la América necesitaba y a la hora en que esa
necesidad debía ser satisfecha”.
| Progrom Mientras la noche marinera lanza su gorra al cielo oscuro danzan las sombras de la hoguera sobre el espejo atroz del muro. Danza la rubia espiga abierta, danza la abuela del pan puro, llama el horror de puerta en puerta hasta el patíbulo del muro. Danzan los tristes pies heridos y el bei yidov conflagra el viento; los candelabros encendidos velan el sábado sangriento. Bajo las nubes vagarosas danzan los sables implacables que siegan árboles y rosas y escaramujos miserables. Danza la turba desatada, rueda el pavor –bola de nieve- Dios tiene la boca cerrada y el cielo, ahora, llueve, llueve. También danza el silencio, como el batallón, trágico y duro, y hay una música de plomo sobre el pentagrama del muro. Danza la pobre madre pobre sola y sin luz en el desierto, mientras la lluvia cae sobre su niño muerto, muerto, muerto. En la ciudad la luz desciende, sobre el asfalto de piel lucia, marca al que compra y al que vende y danza sobre su alma sucia. Danzan las tres palabras de la sentencia sobre el muro atroz, detrás del tiempo el hombre vela mientras Dios duerme como Dios. |
Pueden consultar, además, los generosos teorizadores de “una Argentina para
argentinos”, que exhiben la escarapela en las columnas de sus pasquines y se
trenzan bajo cuerda a todos los peculados, a Wakefield, Merivale, Rosche, Jules
Duval, Paul Leroy Beaulieu y los economistas y sociólogos que se han ocupado de
estudiar especialmente el mejor medio de poblar por inmigraciones extranjeras un
suelo nuevo y despoblado. Sería oportuno, además, que buscaran entre los
blasones de sus antepasados, antes y después de su obnoxación, la impronta judía
y para facilitarles la pesquisa aquí transcribo algunos de los apellidos que
después de la toma de Granada esparcieron por América los hebreos españoles, los
mismos que en la antigua Córdoba del siglo VIIIº, versados en todas las artes
del saber, fueron gala de la corte fastuosa de los Abderrahamanes. Ellos son:
Ventura, Coria, Pizarro, Orabuena, de León, Pinelo, Burgos, Arias, Talavera,
Santamaría, Santamarina, San Martín, López de Lisboa, Lobos, Mendoza, Martín,
Sánchez Rendón, Justo, Paz, Pérez de Acosta, Núñez de Silva, Muñoz Magro, Acuña,
Avellaneda, etc. (Ahora, si prefieren descender de judíos sin mezcla la lista
abarcaría millares de páginas, pues solamente desde Jesús de Nazaret a la última
reina de España, corren veinte siglos de sangre semita). El diputado Enrique
Dickmann, que honra al Parlamento Nacional como pocos, resumió en un discurso
magistral el problema de la tierra en nuestro país. Y dijo entre otras cosas:
“Hay que dar la tierra a los que la quieren trabajar; hay que distribuirla
generosamente; hay que atraer a los hombres del mundo, como lo proclama el
Preámbulo de la Constitución, para que la Argentina sea habitada por cien
millones de habitantes. Entonces las industrias de las ciudades florecerán; las
clases populares tendrán bienestar mensurable y el país podrá sortear todos los
vendavales y todas las calamidades” [5] . “Rivadavia –escribe, por su parte, el
senador de la Nación Dr. Carlos Serrey, en un documentado artículo– procuró en
primera línea, a la vez que comenzar intensamente la explotación
agrícolaganadera de los inmensurables baldíos, hacer que ellos sirvieran de base
al crédito exterior del Estado. Avellaneda, como todos los hombres de su tiempo,
sufrió la obsesión del desierto, que amenazaba ahogar la cultura y el progreso
argentino, albergados en los escasos centros de población que aquél rodeaba con
su extensión inmensa y se propuso, ante todo, atraer la inmigración y fijarla
definitivamente en un nuevo Canaán, en que cada uno pudiera realizar el sueño
del hogar propio, asentada en la tierra adquirida en dominio definitivo.
Todas esas sugestiones y la invitación expresa y paladina del Preámbulo de la
Constitución Argentina y su artículo 25, y las garantías señaladas en el
artículo 20 de la misma, decidieron a los israelitas hostilizados por las hordas
zaristas a buscar su tranquilidad en este país, devolviendo con su esfuerzo, con
su incesante afán de superación, con la dignidad y la capacidad que provienen de
su milenaria cultura, en sápidos frutos, la maternal generosidad de nuestra
Carta Magna. No era una turba hambrienta e ignorante que se lanzaba sobre la
riqueza del país, dispuesta a hollarlo y devorarlo todo. No llegaba corrida por
la miseria sino por la intolerancia. Habían abandonado, los más de ellos,
posición, oficios, profesiones, familias, carreras y hasta riquezas. Venían a un
país de lengua extraña, de costumbres distintas a las suyas, y la mayoría era
lanzada al desierto. No encontraron abiertas como creen los nacionalistas de
pega, aferrados a las ubres de las sinecuras, cebados en departamentos suntuosos
y trabajados por las corrientes filosóficas de los dancings de moda, no
encontraron, repito, abiertas las puertas del paraíso terrenal. Debieron luchar
con una naturaleza hostil, con la soledad, con la falta de medios de
comunicación, con la ausencia de las más elementales comodidades a que puede
aspirar un ser humano. Fueron los verdaderos “pioneers” de nuestra agricultura.
Entre Ríos, Santa Fe, el Chaco, la provincia de Buenos Aires, La Pampa de hace
cincuenta años y aún de cuarenta y treinta años a esta parte, eran regiones
aurragadas, semibárbaras que había que transformar palmo a palmo. El gobernador
Laurencena señalaba como un timbre de orgullo el aporte heroico de los colonos
judíos a la grandeza de la provincia. Y en un discurso pronunciado después de
una excursión por las colonias israelitas, en compañía del referido gobernador,
el Dr. Antonio Sagarna, actualmente ministro de la Suprema Corte de la Nación,
expresó, entre otras cosas de indudable valía: “Una experiencia actual y
positiva tiene, en sociología, más valor, siempre, que una doctrina y una
tradición. El esfuerzo filantrópico, único en la historia, de Mauricio Hirsch,
da óptimos frutos en la libre América. Los judíos han cimentado colonias
prósperas, y día a día progresan en sus métodos y en su organización. Es un
problema resuelto. El judío agricultor, ganadero y fabril, adaptable a sus
medios, factor de cultura y de democracia, triunfa y desmiente a los detractores
de su raza. Hemos visto a Lucienville alegre, limpia, afanosa, y los trigales y
linares nos han saludado al pasar, agitados por una brisa saludable, como
testimoniando la cordialidad de un hospedaje. No es mucho que un gobierno
democrático –por ese entonces el Dr. Sagarna tenía a su cargo el Ministerio de
Justicia e Instrucción Pública de la Nación– exprese su reconocimiento y les
augure muchos triunfos en la paz augusta del trabajo libre”.
Hace cuarenta y ocho años había 366 israelitas en Buenos Aires. Una colectividad
diligente e industriosa no podía permanecer aletargada en un medio a cuya
expansión contribuía con lo mejor de su esfuerzo. Las colonias florecieron.
Suyos fueron los primeros elevadores de granos que se construyeron en el país.
En los campos regados por el sudor de centenares de judíos reintegrados a la
gleba se cosechaba el mejor trigo argentino. Se entregaron al comercio en las
ciudades crecientes. Organizaron industrias. Ingresaron a las universidades. Al
cabo de poco más de cuarenta años ocupan posiciones espectables en todas las
actividades de la República. Llevan con dignidad el nombre de argentinos, porque
saben llevar con dignidad el nombre de judíos. Es una colectividad fuerte y
laboriosa, que se agrupa para que su esfuerzo sea más fecundo. El gran poeta
colombiano Guillermo Valencia escribió recientemente: “Si la ruina de Israel
fuese posible, quedaría para siempre quebrantada la vitalidad del mundo moderno
y sin sentido el proceso de la cultura universal”.
Y bien: los israelitas que han trabajado como los que más por la grandeza del
país y cumplen estrictamente sus leyes, aportan un tributo cuya magnitud sólo
los quemados por la ignominia pueden empecinarse en no apreciar. La máquina
social se mueve por la feliz armonía de todos sus elementos, y a esa sinergia
contribuyen aquéllos ampliamente. Por otra parte, el universitario, el escritor,
el industrial, el rentista, el bolichero, el artesano, el jornalero no sólo
mueven la rueda de la República y contribuyen a su deslizamiento natural
mediante las lubrificaciones de rigor, sino que pagan rigurosamente su derecho a
la tranquilidad y el respeto, con su trabajo, con la ofrenda de sus hijos en la
conscripción, con los impuestos, con su entrega sin límites a todo lo que
signifique manifestación espiritual. Saben que tienen deberes que cumplir y que
esos deberes les significarán la posesión de derechos que nadie les podrá negar.
Y he aquí que de esos impuestos que abona meticulosamente el especiero de Junín
y Corrientes, el dentista de Villa Crespo, la partera de Pueyrredón, el
industrial de Barracas, el colaborador de diarios y revistas, etc., etc., se
drenan mil doscientos pesos mensuales para pagar a un funcionario que tiene a su
cargo una misión importante: dirigir la Biblioteca Nacional. ¿Qué hace ese
funcionario en la casa fundada por el genio de Mariano Moreno? ¿Sigue la ilustre
tradición de sus predecesores? ¿Aumenta el acervo bibliográfico del organismo
confiado a su tutela? ¿Sabe que deben pasar por esa sala vastísima generaciones
y generaciones de estudiantes, y que más de uno de ellos dirigirá mañana los
destinos del país? ¿Que en algún obrero que debe robar horas al sueño para
concurrir a la casa de la calle Méjico, puede despertar al contacto de alguna
página magistral su vocación de artista? ¿Que desfilan allí gentes de toda
especie, ávidas de conocimiento? ¿Que su predecesor fue el ilustre Paul Groussac,
francés de Toulouse? ¿Que el novelista, el historiador, el poeta, el hombre de
ciencia de mañana, está contorneando sus sueños con la cabeza hundida en los
catálogos buscando desesperadamente su libro, el libro que habrá de abrir una
picada en su destino? Me parece que no.
Por de pronto la Biblioteca Nacional permanece cerrada de 16 a 18 horas. No se
pueden revisar diarios o revistas que no estén encuadernados. Hay un solo libro
de Andreiev. Cada vez que un lector pide la “Revista de Occidente” los
ordenanzas le informan que está arriba. (Arriba vive el director). Hay dos o
tres revistas literarias europeas, pero no se pueden consultar sino de cinco en
cinco años. De las veintiocho obras de André Gide sólo hay una, y esa sola en
una traducción deplorable. De los once tomos de “Juan Cristóbal” de Romain
Rolland, sólo existen dos, uno de ellos en francés y el otro en castellano. De
la rica y profunda literatura rusa hay representados menos de diez autores con
otros tantos títulos. No tienen “La Madre” de Gorky, y de “Los Vagabundos”
disponen únicamente de la edición en portugués. De Bjoernsterne Bjornson, el
gran dramaturgo escandinavo, no poseen una sola obra en castellano. Del genial
poeta persa Ferdusi no existen huellas. De Iván Bunin hay una sola novela. Claro
que al dorso de las boletas se ha estampado esta reflexión maravillosa: “La
Biblioteca Nacional no es una biblioteca de barrio donde se van a leer novelas”.
Por lo visto, el director, novelista profesional, se resiste a que lo lean en su
propia casa, por temor a las represalias. Prosigamos: no existen libros de
crítica europea contemporánea. No hay un solo tomo de Lessing. No hay catálogos
completos. Y los que existen, aún el que padece un extemporáneo prólogo del
diligente director, están plagados de errores y confusiones, como lo destaca el
hecho, ya señalado en un diario de la capital, de que los libros dedicados a la
legislación militar, simple aspecto particular del derecho administrativo, se
incluyan en la sección Derecho Penal.
¿Qué hace, entretanto, el ocupado y despreocupado director de la Biblioteca
Nacional, a quien el Estado destina una gruesa parte de sus recaudaciones para
que dirija un establecimiento que debe servir de blasón a la cultura del país?
El director escribe implacablemente en las habitaciones que ocupa con su familia
en el mismo recinto de la Biblioteca. El director nutre su infatigable ambición
de cultura con los dos libros básicos del mundo moderno: “Los Protocolos de
Sión” y “El Judío internacional”, atribuido a Henry Ford. Sobre el primero ha
sido demasiado elocuente el veredicto del tribunal de Berna, considerándolo una
burda superchería inmoral, para que insistamos en su examen. Además, hombres
insospechables de parcialidad en este caso, como Leopoldo Lugones, Pío Baroja y
Gustavo J. Franceschi, han repudiado explícitamente esa indigna mistificación.
En cuanto a “El Judío Internacional”, el mismo Henry Ford rectificó todas sus
afirmaciones antisemitas e hizo pública una declaración que registraron los
diarios más calificados de los Estados Unidos y fue reproducida aquí por la
prensa libre. El director, pues, lee y escribe. En un hermético texto alemán ha
descubierto la existencia del Kahal. El pueblo judío ignora su existencia, por
supuesto, porque sólo deben conocerla las castas privilegiadas. Es decir, la
aristocracia judaica, que ha desterrado los sanhedrines para sustituirlos por
las kehilas y le ha pasado el santo al curioso director. El agente oficioso bien
pudo ser el mismo polaco que adulteró toda la papelería que ha servido de base
para la legislación represiva del extremismo, papelería llena de groseras y
flagrantes adulteraciones, que luego fue a ofrecer en venta a un alto dirigente
socialista. Gracias a esa información fidedigna, a sus lecturas del Talmud en el
original arameo, dialecto babilónico que el director domina tan perfectamente
como el castellano que no se percibe en sus libros, y a sus valiosas exégesis de
la Biblia y el Corán, el funcionario –que no funciona– se dispone a salvar el
país del peligro judío.
Primero averigua si un libro que trate ese tema puede venderse en gran escala.
Le informan que sí. Así lo confiesa el redactor de un “magazine” que lo
entrevista, redactor que lo primero que observa, deslumbrado, al ponerse en
contacto con el director desdoblado en novelista, es “no ver una gran cabeza que
contenga un cerebro voluminoso”. Desde entonces la lámpara de su escritorio
permanece encendida noche y día. Sus trece hijos –el director no es un
malthusiano, que digamos– se deslizan sigilosa y medrosamente por los corredores
de la casa sin atreverse a turbar el trabajo ciclópeo del escolimado progenitor.
Los estudiosos se desesperan abajo reclamando los libros que no se encuentran ni
por casualidad en la Biblioteca. Los empleados imponen silencio con el índice
sobre la nariz. El señor director escribe. Los ordenanzas le echan aceite a los
zapatones rechinantes y se desplazan con la imperceptible lentitud de un
deslizamiento geológico. Al señor director le han dicho que un judío talmudista
jamás consiente en dormir a oscuras. (Pág. 288 de “El Kahal”). Él tampoco lo
hace; pero no es para ajustarse a la costumbre de un pueblo que no ama, sino
porque ve poblado su sueño con los fantasmas que su imaginación va creando. Al
revés del conde Ugolino, teme ser devorado por sus propios hijos. Entre las
escasas cosas que ignora no sabe que el mayor índice de alienados se registra
entre los hombres dedicados a las especulaciones positivas, los hombres de
ciencia, los matemáticos y los jugadores de ajedrez. (Ver Chesterton y Novoa,
entre otros). Es decir, que los que usan la razón se encuentran infinitamente
más expuestos que los que se deleitan con los escarceos curvilíneos de la
imaginación. No tiene por qué temer el chaleco de fuerza nuestro director.
Pero él ha sudado para acumular cargo sobre cargo, y es necesario que ese
esfuerzo quede registrado en la historia. Ha llamado a un fotógrafo. Se ha hecho
retratar la mano y la lapicera automática con la que él solo, sin más ayuda que
su vastísima ilustración hebraica, filosófica, política y económica, realizó el
engendro. Pasen a verlo. La mano que se exhibe en las vidrieras de algunas
librerías, a primera vista, parece que sirvió de modelo al dibujante que pintó
la cabeza de la serpiente que decora las carátulas de su libro. Es delgada,
viscosa y serpeante. Es digna de un museo. (Inmediatamente acude a la memoria
aquel episodio que narrara en una revista popular un difundido periodista.
Cuando el director de la Biblioteca Nacional fue a visitar el Jardín Zoológico
de Londres, el guardián no salía de su asombro al informarle que aquellas trece
criaturas que lo acompañaban eran hijos suyos. Enseguida le manifestó el
director que tenían enorme interés en ver a un célebre ejemplar de chimpancé y
le rogaba lo acompañase hasta la jaula. “De ninguna manera”, le respondió el
guardián. “Ustedes se quedarán aquí. El que va a tener un enorme interés en ver
a ustedes va a ser el chimpancé. Y voy a buscarlo para que los admire.”)
Al lado de la mano puede verse una página autógrafa. En ella el director ha
escrito, con esa misma mano y con esa lapicera jupiterina, los pensamientos
cardinales de su novela. Pero el genio se rectifica constantemente. Claudio
Bernard le ha enseñado a no mecerse al viento de lo desconocido en las
sublimidades de la ignorancia. Y allí donde ha puesto: “lo que hace más odioso
al pueblo judío” ha trazado una raya elegante, precisa, tenue, substituyendo el
adjetivo “odioso” por uno menos herético. Ha escrito “antipático”.
Para el señor director de la Biblioteca Nacional, miembro de la Academia
Argentina de Letras [6] , miembro del Pen Club, miembro de la Comisión Nacional
de Cultura, ex diputado nacional [7] , ex Gran Bonete del Congreso Eucarístico
del año 34!, el pueblo israelita es un pueblo antipático. En las 626 páginas de
su novelón (un novelón muy curioso, en el que el Rosch del Gran Kahal es al
mismo tiempo presidente de la Compañía Telefónica –imagino que el circunspecto
director no habrá querido pintarnos al presidente de la Junta del Empréstito
Patriótico– que maneja centenares de millones de pesos y que termina
enamorándose de una pobre muchacha a quien conoce a través de sus colaboraciones
literarias en un diario “con suplemento”, en esas páginas nos dice cómo debe
reaccionar un espíritu culto ante la invencible antipatía del pueblo israelita.
El señor director no se contenta con darle la espalda, con negarle el saludo,
con no pagarle el boleto del ómnibus. Él sabe que ahora no hay genios sino entre
los judíos (pág. 217). Sabe que el judío argentino no es el personaje antipático
que han caricaturizado los escritores europeos. Por de pronto, no es mezquino,
afirma. “Nosotros conocemos otros pueblos que son característicamente cicateros
y miserables. El judío, no. Cuando es pobre es económico hasta el heroísmo. Pero
cuando rico es generoso y gran señor como nadie”, dice en las páginas 31 y 32 de
su libro.
Pero algo de malo han hecho para que a fjs. 235 haga decir a uno de los
personajes, por supuesto judío: “Este pueblo –se refiere al argentino– ha vivido
hasta hoy en una extrema abyección, porque hemos logrado infiltrar en sus leyes
los tres principios de nuestra política: en lo económico, la doctrina del oro;
en lo político, el sufragio universal; y en lo religioso, el ateísmo de Estado
con sus sabrosos frutos: la enseñanza laica y el descanso del sábado, en vez del
jueves. Claro que lo de la doctrina económica ofrece blancos a la discusión,
pues los israelitas han inventado la letra de cambio y no el patrón oro como
puede verse en Stanley Jevons, en John Loccke y en V. Fallón [8] . Y hasta en un
reciente discurso radiotelefónico de don Leopoldo Lugones, cuya sabiduría nadie
discute. Lo del sufragio universal importado por el judío Roque Sáenz Peña ya es
más difícil rebatirlo, y lo del sábado hebraico, transmutado en sábado inglés,
habría que hacer interponer una tercería de dominio al gobierno de la Gran
Bretaña, cuyas consecuencias son difíciles de vaticinar. Son, pues, los
israelitas antipáticos y no son antipáticos. Son unos genios y al mismo tiempo
son unos sinvergüenzas, ya que han logrado imponer el descanso del sábado,
impidiendo que el señor director tenga abierta la Biblioteca para que los
incautos lectores vayan a estrellar su curiosidad contra los muros impenetrables
de los catálogos. (Por transposición podría aplicarse a los argumentos del señor
director una exquisita metáfora de la que es autor convicto y confeso y que
ilumina la página 14 de “Oro”: “se desmoronan como un merengue bajo la pata de
un elefante” [9] .
El señor director ha escrito un libro, se ha hecho fotografiar la mano y la lapicera automática, ha barajado estadísticas, libros fundamentales, teogonías, historias de las religiones, como un filósofo, como un investigador y como un demiurgo. Y ha encontrado una única solución. “Es una monstruosidad –dice, citando a Cadmi Cohen, olvidándose que en la pág. 256 afirma por su cuenta que “cuando se dice dos veces la misma cosa es porque ya no es tan cierto como cuando se decía una”– es una monstruosidad vivir durante dos mil años en rebelión permanente contra todas las poblaciones “donde se vive”, e insultar a sus costumbres y a su lengua y a su religión, por un separatismo intransigente”, y agrega de su cosecha: “Admiremos este patriotismo forjado como una coraza con dos metales indestructibles: la nacionalidad y la religión” [10] . Claro que San Pedro ha afirmado que todos somos extranjeros en este mundo. El señor director todavía no lo ha leído a San Pedro. Él lee los Evangelios en su texto original, y en la Biblioteca que dirige no ha podido encontrar un solo ejemplar de los mismos. Hace, además, a lo largo del engendro, cinco o seis citas del Antiguo Testamento para dejar mal parados a los israelitas y se olvida que el Libro de los Libros tiene sólo allí 33.214 versículos y 593.493 palabras que son una fuente inagotable de poesía y de sabiduría. Pero el señor director quiere salvar al mundo. Y entonces, desoyendo la subcutánea admiración que profesa al pueblo elegido, aconseja soluciones heroicamente generosas. El pueblo israelita es, para él, un pueblo sin remedio. El pueblo de la dura cerviz. Ni la dispersión, ni la asimilación, ni la conversión podrá doblegarlo. ¿Qué remedio propone entonces el evangélico director de la Biblioteca Nacional, que se hace retratar la mano y el estrecho ángulo facial? Uno, muy sencillo y muy práctico: el exterminio. Así, lisa y llanamente: el exterminio, la matanza, el degüello. “Y ésta es la razón, dice textualmente en la página 34, de que en todos los pueblos, el grito de MUERA EL JUDÍO haya sido casi siempre sinónimo de VIVA LA PATRIA”. Yo no sé si el cardenal de Munich, monseñor Faulhaber, pensó en el señor director cuando dijo, transido de coraje: “No debemos olvidar que en las venas de nuestro Salvador no corrió sangre germana. Y tampoco debemos olvidar que no hemos nacido como cristianos, sino que hemos renacido como cristianos”. Y añadió con toda la autoridad de su investidura y todo el valor de un hombre que exponía su vida por su verdad en medio de la borrasca: “La historia nos enseña que Dios castiga siempre a los que persiguen a su pueblo elegido, el pueblo judío. El 30 de junio de 1934 el Dios de Israel castigó a cierto número de sus perseguidores. ¿No veis, hermanos católicos, que ese suceso, aparentemente tan incomprensible, nos revela la mano de Dios? Tenemos que respetar a los judíos, que han dado al mundo el don más grande y más preciado, la Biblia. Jamás debemos tratar de exterminar, mediante persecuciones, a ese viejo pueblo, el más viejo de todos. Enseñad a vuestros hermanos que el odio racial es lo más abominable en nuestra vida. Contad a todos los que habitan en vuestras casas quiénes son, en realidad, los judíos. Destruid el terrible prejuicio contra el gran pueblo que inmerecidamente tanto ha sufrido ya. Arrepentíos, oh católicos, si habéis hecho algún mal al pueblo de Dios, el pueblo judío”.
| Nadie
puede Tango Letra: César Tiempo Música: Enrique Delfino I Para vos no existe nadie mas que vos. A todas las cosas le decis que no. Vos queres a un Santo y es Sanseacabo, tu vida es una calle oscura sin salida. Si ves a un amigo no lo saludas, si pasa una "naifa" la menosprecias. Ves con tus cristales de "toyufa" todo el mundo envuelto en "mufa" y de "mufa" te llenas. II Nadie puede desbaratar la primavera, parar la maquina del sol, decir: "señor, el mundo se acabo". Nadie puede llenar el cielo de basura, manchar la vida y el amor. Ni un Dios podria hacerlo vuelto loco de repente. Vos no sos Dios. I Bis Siempre andas "mufado" todo lo ves mal, el amor es "mufa"; "mufa" la amistad. Un collar de brasas a todo colgas, tus perros ladran a las pobres lunas mansas. Comprende que el mundo se hizo para que el hombre sea hombre, la mujer mujer y el amor se tienda como un puente para que toda la gente tenga un poco mas de fe. |
El señor director de la Biblioteca Nacional hace caso omiso de esa voz ilustre y
pide el retorno de Torquemada, la cachiporra y el tifus exantemático. (Esta no
es una broma: en las profecías que cierran el volumen el autor anuncia una vasta
epidemia que terminará con todos los réprobos). El señor director quiere atajar
el advenimiento del “Anticristo” como si se tratara de detener una manga de
langostas: golpeando latas y haciendo humo. No sabe que el Mesías se recorta en
el porvenir infinito y que su espera ha revestido de poesía, como ya dije, a
millares y millares de seres. “El hombre, ha afirmado Stefan Zweig
elocuentemente, no puede, ni siquiera en el sentido físico, vivir sin ilusiones:
su mísero cuerpo estallaría bajo la presión de los deseos y pasiones no
satisfechos, no realizados. ¿Cómo iba el alma de la humanidad a soportar la
existencia sin la esperanza de algo más elevado, sin las ilusiones de la fe? En
vano la ciencia le demostrará incesantemente la puerilidad de sus creaciones
divinas; siempre, para no hundirse en el nihilismo, su afán de crear querrá dar
un sentido nuevo al universo, pues que ese afán constituye ya en sí mismo el
sentido más profundo de toda vida espiritual”.
¿Pero cómo nos permitimos la herejía de hablar de vida espiritual cuando nos
referimos a un libro del señor director? Los hombres prácticos desprecian a los
filósofos, dice él mismo en la página 5 de “Oro”, novela que debería llevar como
acápite la divisa del autor “Money’s make to Mary go”, o para decirlo en buen
criollo: por la plata baila el mono [11] .
El señor director se propone exterminar a toda la colectividad porque sabe que
su genio proteiforme puede bastar por sí solo a la civilización universal. ¿Cómo
se las arreglaría para publicar sus novelones si el judío Otto Mergenthaler no
hubiese inventado la linotipo? No lo sabemos. ¿Cómo hubiese hablado a la
muchedumbre de feligreses el cardenal Pacelli, en Palermo, si el judío Hertz no
hubiese descubierto las ondas de su nombre y el judío Berliner no hubiese
inventado el micrófono? No lo sabemos. ¿Cómo se las arreglaría para subsistir el
señor director si el judío Voronoff no hubiese inventado el famoso método del
rejuvenecimiento, el judío Ehrlich el salvarsán, el atoxil y la diazoreacción, y
el judío Wassermann la reacción que lleva su nombre? No lo sabemos. El único en
saberlo debe ser el señor director, pero se reserva el secreto para después del
pogrom. Él se anima a imitar a Rothschild, a quien le debe Francia la principal
red de ferrocarriles, a Ballin, el propulsor de la flota comercial del Reich, a
Rathenau, a quien le debe Alemania la industria de la electricidad, a Franck, el
propulsor de la industria de la potasa, a Schreiner, el de la industria del
petróleo, a Haber, el de la producción de nitrógeno del aire, a Bayer, el del
índigo artificial. Él va a inventar también el automóvil de bencina, como el
judío Marcus, el electromóvil, como el judío Davidson, el giróscopo, como el
judío Popper Lynkeus, la galvanoplástica, como el judío Jacoby, la lámpara de
mercurio y el indicador de colores, como el judío Arons, el globo aerostático
como el judío Schwarz, y el esperanto como el judío Zamenhof. Él va a
revolucionar las matemáticas, la física y la biología, como Einstein, Freud,
Lombroso, Adler, Fliess, Semon y Weinninger. Él va a pintar los cuadros y
levantar las esculturas de Liebermann, Pisarro, Pechstein, Israels, Kandinsky,
Epstein, Pann, Minkowski, Marc Chagal, Jules Pascin, Kisling, Glicenstein,
Antokolsky, Aronson y mil otros [12] . Él va a componer la música de Mendelssohn,
de Meyerbeer, de Offenbach, de Saint Saens, de Korngold, de Daríus Milhaud, de
Gustav Mahler, de Halevy, de Goldmarck, de Bizet, de Joachim, de Rossembloom, de
Dresden, de Schillinger. Él va a escribir los 39 libros del Antiguo Testamento y
las obras fundamentales de la literatura universal debidas al genio judío. ¿Cómo
pueden, pues, leer los israelitas y los hombres sensatos de cualquier credo, sin
una sonrisa piadosa, la última novela libelista del director de la Biblioteca
Nacional? ¿Cómo puede lanzarse seriamente a la calle un novelón de seiscientas
páginas, cuyo único mérito reside en las citas de Salomón e Isaías –que no
fueron hitleristas, precisamente– y desde cuyas páginas el autor “como Saulo, da
coces contra el aguijón”? Claro está que el señor director confía en la validez
de las afirmaciones del locutor eucarístico que clama a fjs. 301 del libro: “No
hay pecado que no se perdone. Por los crímenes más desenfrenados que la
imaginación pueda concebir; por los delitos más nefandos que el corazón pueda
desear”.
¿Para qué torturarse en tratar dramáticamente un libro y un autor a quienes el
olvido y el desprecio tragarán en poco tiempo? Hace poco el telégrafo nos
anunciaba la muerte del coronel Alfred Dreyfus, símbolo de un pueblo
inconmovible. Su nombre ha ganado ya la inmortalidad, junto con el de Zola,
France y Clemenceau, que supieron ponerse a su lado por puro afán de justicia.
Cuando la verdad se pone en marcha no la detiene nadie, afirmó el autor de “J’Accuse”.
¿Quién se acuerda hoy del capitán Henri, del conde Estherhazy y de todos los
miserables que complicaron a Dreyfus en el proceso, si no para desearles larga
vida en el infierno?
La prodigiosa pepsina de esta tierra, como dice el mismo director, obrará el
milagro. Mañana, una de sus diez hijas se casará con un israelita. Su nieta se
llamará Blumen Martínez. Esta nieta se casará a su vez con un Kohen (uso los
apellidos de los personajes del novelón y mis profecías tienen más visos de
verosimilitud que las que acopla el director al final del libro) y de ese
matrimonio nacerá una criatura que tendrá que llamarse Kohen Blumen. Y el
apellido del director habrá desaparecido entonces de la faz de la tierra. ¿Quién
se acordará de él, de su fama de Carolina Invernizzio con pantalones y de su
ridícula prédica, que sólo tiene eco en núcleos descalificados y aventureros?
La madre de Rathenau implorando el perdón para el asesino de su hijo es un
símbolo eterno de Israel. Cuando el director de la Biblioteca Nacional comprenda
actitudes de esa generosidad de corazón podremos tomarlo en serio e imponerle un
castigo ejemplar. Si bien el castigo más grande sería hacerle leer su propio
engendro. Será muy difícil que logre sobreponerse a tanta nutrición de
escarabajo.
Broma aparte, y para terminar, los escritores argentinos asistimos con sorpresa
al silencio del Parlamento Nacional ante la conducta de un funcionario público
que no trepida en convertirse en agente provocador al servicio virtual de la
barbarie nazista. Creemos que tan importante como la fiscalización de las rifas
es la vigilancia de la conducta de los que viven a expensas del Estado y
conspiran contra él con sus actividades pseudointelectuales. Y la actitud del
director de la Biblioteca Nacional es demasiado visible para que haya necesidad
de señalarla. Einstein –revolucionario en el cielo, pero amable pacifista en la
tierra, como dice Martín Gil– no hallaría el índice de la relatividad de esa
indiferencia lamentable.
--------------------------------------------------------------------------------
[1] La Cámara Federal, en pronunciamiento que la honra, acaba de revocar la
sentencia del juez, declarando absuelto de culpa y cargo al poeta González Tuñón.
“En el periódico del acusado –señala la Cámara– no concurren los elementos que
configuran el delito de instigación, toda vez que no está ella dirigida contra
una persona o institución determinada, sino que constituye una crítica violenta
contra el actual régimen social”. Cosa que no ocurre con los libros del director
de la Biblioteca Nacional, a los que habremos de referirnos y cuyos paralogismos
están enderezados, explícitamente, a fomentar las agresiones contra una parte de
la población.
[2] Además de Albert Einstein cuyo genio es universalmente admirado, puede
señalarse documentadamente que todos los grandes descubrimientos e
investigaciones de la ciencia alemana contemporánea se deben a judíos. Citemos
ahora, al azar de la memoria, a los profesores Fritz Haber, premio Nobel de
Química; B. Zondek, padre de la endocrinología ginecológica moderna, descubridor
junto con Aschehim del método de diagnóstico precoz del embarazo; Fischel,
autoridad indiscutida en Historia del Arte; W. von Norden, en Seguros Sociales;
Richter, internista, uno de los más eminentes enterólogos del mundo; Grossmann,
sabio de la tecnicología; Freundlich, de la química coloidal; Blumenthal,
cancerólogo, autor de la hipótesis parasitaria del cáncer; Birnbaum, jefe de la
escuela psiquiátrica berlinesa, autor del famoso tratado de procedimientos
psíquicos curativos; Mittwoch, autoridad en filología semita; Lippmann, en
psicología; J. Goldschmidt, en Ciencias Penales; Klemperer, uno de los más
grandes profesores de terapéutica, autor de numerosas obras, una de ellas
–Diagnóstico elemental– traducida a 28 idiomas; Magnus Hirschfeld, fundador del
Instituto de Sexología, incendiado por los nazis; Eckstein, profesor de
Pediatría, autor de libros fundamentales en la materia; Lips, de sociología; H.
Jacobson, profesor de Filología Indogermática: se suicidó después de su
cesantía; Loewenstein, psiquiatra, discípulo de Kraepelin; J. Frank, física
experimental, premio Nobel; Bernstein, autoridad en Estadística; Bucky,
radiólogo, descubridor de los rayos margibales Bucky y de los procedimientos de
aplicación terapéutica de los mismos –actualmente se halla en Constantinopla–;
profesor doctor Braun, uno de los grandes maestros de Economía, detenido en un
campo de concentración, desde su cesantía; Utitz, en Psicología, fundador de la
escuela alemana de Fisiognomía y uno de los que elaboraron las bases científicas
de la moderna caracterología; William Stern, autoridad universal en materia de
psicología infantil.
Su genuina celebridad hace ociosa la cita de los directores Otto Klemperer,
Bruno Walter, Erich Kleiber, Oskar Fried, Arnold Schoemberg, Fritz Kreisler,
Bruno Eisner, Hans Eisler, Arthur Schnabel, entre los grandes músicos modernos y
a Kaethe Kollwitz, el nombrado Max Liebermann, Karl Hofer, Paul Klee, Fritz
Wiechert, entre los pintores.
[3] Por otra parte, el sabio profesor Flaipont ha afirmado recientemente en el
Congreso de Antropología de Bruselas: “La seudo superioridad de los arios y la
pretendida inferioridad de los semitas, que es una doctrina generadora de
errores y de crímenes no puede ser invocada por las personas que poseen nociones
elementales de antropología”.
[4] Las agencias telegráficas informaron con fecha 20 de septiembre último, que
Holanda, la gloriosa Nederland de Guillermo de Orange, la que se plantó
heroicamente frente al despotismo de Felipe II y las ambiciones de Luis XIV,
acaba de señalarse al mundo con una nueva lección de dignidad: los principales
establecimientos textiles de los Países Bajos decidieron el boicot total a las
mercaderías alemanas. La decisión fue adoptada por unanimidad de opiniones y
motivada por las leyes antisemitas promulgadas recientemente en Alemania. Los
directores de la industria textil –agrega la información– decidieron nombrar una
comisión que efectuará negociaciones con otras ramas de la industria holandesa
para dar a ese boicot un carácter general.
[5] En un documentado y sabroso estudio de Alejandro E. Bunge, publicado el 30
de enero de 1930, en “La Nación”, bajo el título de “La raza argentina”, se
subrayan estos datos de sumo interés: a principios del año citado albergaba
nuestro país 8.250.000 argentinos de pura sangre europea; 2.650.000 extranjeros
y, escasamente, 300.000 mestizos. Por demasiado difundida resulta obvio repetir
nuevamente la famosa expresión de Alberdi: “Color, cráneo, cerebro, todo es de
afuera”. Lo mismo que esta afirmación de Ingenieros: “No hay uno solo entre los
pueblos civilizados que pueda ostentar títulos de pureza étnica”. De ese
entrecruzamiento de razas –aquí donde se celebra el día de la raza “con olvido
flagrante de la nacionalidad del descubridor” – ha surgido el tipo nacional
fuerte y afirmativo. Del mismo modo que el ombú, que no es árbol de la pampa
sino del litoral y no es argentino, pues procede de la India, si bien nadie le
discute el derecho de ser, precisamente por ese profundo arraigo en nuestra
tierra, un símbolo vigoroso de la misma.
[6] Conviene preguntarse hasta dónde un académico puede usar con ensañamiento y
contumacia esta “académica” metáfora con variaciones: “Labios exangües como la
carne “kocher” de un cordero sangrado por el rabino” (pág. 127) “Más blanco que
un chivo sangrado por el rabino” (pág. 160). “Tez pálida con la palidez ritual
de un cabrito sangrado” (39), y exhibir joyas de expresión de esta calidad:
“cuando en las mejillas se le pintaban dos chapitas de carmín” (pág. 66) y “la
risa en que su oreja descubría como una maravillosa aleación el timbre de varios
metales” (48). Además el correspondiente de la Academia Española hace hablar a
sus personajes con el realismo arrollador de que dan cuenta las siguientes
transcripciones realizadas al azar y que efectuamos en la seguridad de que el
masoquismo de los lectores no llegará al extremo de adquirir los plúmbeos
novelones de marras.
Hablan los personajes:
Martha Blumen, hija de millonarios, espíritu ultraexquisito, poseedora de
multitud de idiomas, etc., etc.: “Hoy me siento católica. Hágame leer un libro
católico. Me tienen seca los judíos” (Pág. 198). Advertencia de H. W.: “Dios
hizo el mundo para que criaturas como ella lo usen hasta el forro” (Pág. 151).
Referencia de H. W.: “Y sus ojos como los de un gato, arrojaban por entre las
sombras de sus pestañas negras, un rayo verde y felino” (Pág. 120).
El presidente de la República, viendo conversar a la hija del poderoso
financista con Mauricio Kohen, el Presidente de la Compañía de Teléfonos: “La
paz reina en Varsovia”.
Zytinsky –un traficante analfabeto– dice textualmente: “Ese artículo no es de
Julio Ram… Conozco el estilo”.
Don Zacarías Blumen, a quien pertenecen casi todas las hipotecas que se ejecutan
en el país (pág. 196), el mismo que a fjs. 200 “se pone rojo de vergüenza”,
dice: “Soy tímido y tartamudo como Moisés” (pág. 78) y luego: “Lo que van a
valer sus minas de estaño en Bolivia si estalla una guerra” y después: “Ti pago
la tranvía” (pág. 63) y más allá: “¿Quí mi cointas?” (pág. 99). Y para terminar:
“Ahí me las den todas” (Pág. 87). “Entonces se encerró en su casa como un lobo
enfermo” (Pág. 286).
“Aarón Gutgold sólo atinó a exclamar en idisch, el idioma de su juventud: –¿Qué
estás ticiendo, Zacaritas?” (Pág. 99).
Dice don Fernando Adalid, Presidente del Banco Sud Americano y candidato a
Presidente de la República, a su sobrina Martha Blumen: “Tu padre fue un ranún”
(pág. 24). Y luego, olvidándose de la austeridad de su investidura, se siente
“anímula vágula” y declama estos versos de Tamayo y Baus: ¿Qué me podrás decir?
Sin voz ni aliento/ Parecieras tal vez de mármol frío/ si no oyera el golpear
violento con que tu corazón responde al mío (Pág. 220). Y remata: “Por viejo y
por zorro que sea nunca tendrá el cerebro sutil de un judío” (241).
Literatura
argentina de vanguardiaCésar Tiempo Por Reina Roffé Antes de cumplir su primer año, Israel Zeitlin, nacido en Ucrania en 1906, llegó con su familia a la Argentina, país que sería el escenario propicio para que pudiera desarrollar sus aptitudes creativas. Escritor teatral precoz, con el paso del tiempo se convirtió también en periodista destacado que practicó la crónica y el ensayo literario. Pronto adoptó el seudónimo de César Tiempo y con este nombre se lo conoce. Poeta y actor ocasional, fue uno de los protagonistas destacados de la época. Colaboró con los grupos de Boedo y Florida. Junto con P. J. Vignale, compiló la antología Exposición de la actual poesía argentina, editada en 1927 por Editorial Minerva, que reunía en sus páginas a los principales exponentes de la generación de 1922, testimonio inexcusable de un momento de producción poética intensa y renovadora. Tuvo, por otra parte, el mérito de ser el primer poeta en la Argentina que elevó a categoría lírica poemas con temática judía. De hecho, en 1930 recibió el Premio Municipal de poesía por Libro para la pausa del sábado, al que le siguieron Sabation argentino (1933), Sábado domingo (1938) y Sábado pleno (1955), en los que el autor se asume como judío, nos habla de los rituales de sus mayores y le otorga significación poética a la pausa del sábado, que es día de descanso y recogimiento para la comunidad hebrea. Toda su poesía está atravesada por algo que singularizó la pluma de César Tiempo, la ironía y el humor que utiliza para paliar las evocaciones dolorosas, el sentimiento de desarraigo de los suyos, la situación límite que representa ser un inmigrante en tiempos de prejuicios y persecuciones, un hombre de identidad fracturada que, no obstante, se sintió profundamente argentino. Como bien señalara Manuela Fingueret, en la obra de César Tiempo «los ambientes y personajes del judío porteño de los años treinta surgen desde la perspectiva de los abandonados, los soñadores, las muchachas de barrio en edad de merecer, los desposeídos». Por otra parte, Fingueret apostilla que el autor «no les escribe sólo a los judíos desde una memoria ancestral sino desde una realidad cotidiana para que ese espíritu sea comprendido por el habitante no judío de su querida Buenos Aires». Una broma, de esas que solían hacer los muchachos martinfierristas para burlarse de los escritores de otros grupos y animar más la polémica entre Boedo y Florida puso en la mira de todos al joven Israel Zeitlin: En 1926, alcanzó considerable éxito un libro de poemas titulado Versos de una... escritos por una supuesta prostituta llamada Clara Beter. Los versos de la joven ramera judía resultaron llamativos y conmovedores, todo el mundo quería conocer a esa mujer. Mientras se realizaban infructuosas pesquisas para encontrarla, las ventas del poemario alcanzaron la inusitada cifra de 100 000 ejemplares. Proliferaron las reseñas y los textos críticos dedicados a enaltecer los valores de Clara Beter. Hasta de otros países llegaron artículos referidos al poemario que apareció en la colección «Los Nuevos» de Editorial Claridad, que había publicado a notables autores como Elías Castelnuovo, Álvaro Yunque, Roberto Mariani, Leonidas Barletta y Enrique Amorim, entre otros. En su distinguido catálogo, por supuesto, no figuraba ningún libro del joven Israel Zeitlin. Finalmente, se supo que la tal Clara Beter era un seudónimo de Zeitlin que, a partir de entonces, pasó a llamarse César Tiempo y a ser una firma reconocida Fuente: www.cvc.cervantes.es |
El híspido y torvo Juan Fugito, que tiene amigos “muñecas” que lo escondieron
hasta que pasó la bronca (pág. 130) y que dejó a varios canas “panza arriba” (pág.
131) dice (íd.): “Yo conozco el paisaje de Tierra del Fuego y no quiero volver
allá”. Y amenaza de muerte al doctor Mendieta “si éste quiere trabajarla de
“ortiba” (133). Para el abogado, la Chacarita, según imagen restallante, es “la
última boite” (137). Después el mismo que profetiza la “fundación de una
congregación religiosa, cuyos miembros vestirán de saco” (pág. 322) dice: “El
pobre diablo comenzó a pelechar” (pág.37).
Nombres buidos: Sr. Migdal, Sara Zyto y Bilka Myr. Ambos apellidos forman,
unidos, el nombre de una ciudad polaca (68-69).
Dos afirmaciones categóricas irrebatibles: “Ningún judío se empobrece: en cambio
los cristianos viven dando tumbos” (pág. 73) y “Desde la antigüedad el judío ha
preferido la guerra a la paz” (Pág. 74).
[7] Aunque pocos lo crean el autor de la afirmación de que “el sufragio
universal es una herramienta judía” y el mismo que sostiene que “en nuestro país
votan conjuntamente con el Arzobispo de Buenos Aires, asesinos, ladrones,
rufianes, analfabetos y atorrantes” (215) fue diputado al Congreso de la Nación,
allá por el año 1916. Y lo curioso del caso es que su elección se debió
exclusivamente al voto de los israelitas del departamento de San Cristóbal,
desde el rabino Goldman hasta los chacareros de Moisés Ville, movilizados por
don Manuel Wachs, actual director del Departamento de Trabajo de Rosario, que
obedeció entonces a una consigna de las autoridades de su partido. Entonces el
hombre expresó públicamente su gratitud a esa colectividad, la misma que lo
agasajó en Varsovia cuando fuera como delegado del Pen Club Argentino, mientras
los escritores polacos “pur sang” le manifestaban una absoluta indiferencia. De
ahí que no resulte aventurado afirmar que el autor se ha pintado a sí mismo en
Rogelio, personaje de la novela de quien afirma que “pertenece a esa especie,
harto conocida, de botarates, que sueltan sin maldad y por ligereza,
descomunales groserías. Su disculpa está en su inconsciencia; y entre matarlos o
tomarlos a risa, la gente de verdadera educación opta por reírse” (Pág. 232).
[8] A ese respecto es interesante consignar la opinión del profesor Lázaro
Schallman, inspector de escuelas de la Provincia de Mendoza y vigoroso
ensayista, que también ha dedicado su atención a las “kahalamidades”
–disparates, contradicciones y paralogismos– acumulados por el Malaquías criollo
con veleidades de Amán. “En la página 23 de su libro, dice el autor de
“Humanización de la Pedagogía”, H. Wast imputa a los judíos la adoración del oro
y su acaparamiento. Según esto, la banca, los medios de producción y todas las
grandes empresas industriales, cuya socialización propugna el comunismo,
estarían en manos de judíos; de judíos millonarios, plutócratas, ultraburgueses,
enemigos a muerte del comunismo. Pues no; en la pág. 24, es decir a la página
siguiente, imputa H. W. a los judíos “tendencias comunistas innegables”. De modo
que los judíos son al mismo tiempo, según él, los puntales del régimen
capitalista y los líderes del comunismo anticapitalista”. Y más adelante: “H. W.
atribuye a los judíos la invención del patrón oro. El sistema monometálico a
base de oro es, según él, “una verdadera trampa judía” y la doctrina económica
que respalda su fundamentación “fetichismo funesto”. Pareciera que sus
veleidades de financista inclinaran su pensamiento en favor del bimetalismo,
sostenido entre otros economistas ilustres por Luis Wolowsky. Por el contrario,
no figura ningún nombre judío entre los sostenedores eminentes del
monometalismo: Jevons, Leroy Beaulieu, Bonnet, Chevalier, Baudrillart. Este
último, jefe de una de las familias tradicionales del catolicismo francés. Sólo
un desequilibrado podría pensar que todos ellos se dejaron encerrar cándidamente
en “la prisión israelita del prejuicio del oro” (pág. 26). Por lo demás es fácil
probar que el monometalismo a base de oro está muy lejos de ser una invención
judaica. El primero en propugnarlo ha sido Mirabeau, antes de que la Asamblea
Nacional de Francia aboliera las leyes de excepción relativas a los judíos.
Recuérdese, a propósito, que fue un cristiano de corazón –el abate Gregoire–
quien produjo en esa época el mejor alegato en pro de la reivindicación judía.
La prédica de Mirabeau en favor de la adopción del patrón oro no dio resultado.
Pero los argumentos que la respaldaban tuvieron tan vasta repercusión en
Inglaterra, que el reino británico resolvió adoptarlo decretando que sólo
tendría fuerza liberatoria ilimitada el oro. La iniciativa tampoco fue de los
judíos sino del britanicísimo lord Robert Liverpool, primer lord de la
Tesorería, y respondió a las ventajas que ofrecía al país el tener una moneda
legal única. No vale la pena de insistir, pues, en el análisis de los
paralogismos de H. W. acerca de las mieses del “superreinado de Israel”
agavilladas por “la doctrina del oro”... Adviértase, no obstante, la bastardía
de su evocación de la leyenda bíblica del becerro de oro (págs. 22, 23 y 180).
Echa en cara a los judíos de este siglo el pecado que cometieron sus antepasados
en el desierto de Sinaí. Y promueve nefariamente la revisión de una sentencia
divina que ha pasado, cuatro mil años ha, en autoridad de cosa juzgada. Juzgada
por el mismo Señor Dios. Así consta en el Éxodo (32: 14-15) y en el libro de
Nehemías, donde está escrito que Jehová perdonó el pecado de su pueblo. Por eso
no lo abandonó en el desierto: “la columna de nube no se apartó de ellos de día,
para guiarlos por el camino, ni la columna de fuego de noche, para alumbrarles
el camino por el cual habían de ir” (Nehemías, 9:19).
[9] El melindroso director que maneja sus impugnaciones con “la fruición de un
matarife que revuelve el puñal en el gaznate del pobre buey”, sostiene, después
de haber ponderado la rumbosidad de los israelitas, que la ambición de oro en
ellos es insaciable. Ya lo denuncian, afirma en el prólogo, con dramática
ridiculez, esos cartelitos profusamente expuestos en los escaparates de las
joyerías y que claman desesperadamente: COMPRO ORO, COMPRO ORO, COMPRO ORO. Sin
embargo, dice el Midrasch, citado por H. W., “EL MUNDO REPOSA EN LA TORAH Y NO
EN EL ORO” y, además, está escrito: “Más vale la palabra de la boca de Jehová
que millones de oro y plata”. Y, entre otros mil, son bien conocidos estos
proverbios salomónicos: “De más estima es la buena fama que las muchas riquezas;
y la buena gracia más que la plata y el oro” (22.1). “No trabajes por ser rico;
pon coto a tu prudencia” (23.4) y “Mejor es el pobre que camina en su integridad
que el de perversos caminos, y rico” (28.6). Y en la legislación de Moisés
existe el JUBILEO, solemnidad pública, celebrada cada cincuenta años, en que
volvían a la comunidad las fincas vendidas y recobraban la libertad los
esclavos. Por supuesto que no conviene insistir demasiado en esas “ligerezas”
del autor, pues tendríamos que detenernos ante cada afirmación. Tan arbitrario y
contradictorio es, que en el prólogo del engendro afirma que los israelitas no
esperan el advenimiento del Mesías y páginas más adelante sostiene sus risueñas
teorías económicas de dominación del mundo por los judíos con el solo objeto de
preparar la llegada del Mesías. “El gran Kahal de Nueva York, verdadero Vaticano
judío”, afirma, “maneja el mundo”. Y luego: “El poder de la Sinagoga puede
comparar con treinta dineros la conciencia de un juez, los editoriales de un
diario, etc.” (215). Sin embargo ese organismo plenipotente que, según el
dengoso literato, pudo comprar a un gran diario de la mañana, cuyo enérgico
editorial contra el antisemitismo provocó la caída de la camarilla fascista que
se había apoderado de la Facultad de Medicina, es tan indigente, a lo que se ve,
que no pudo comprar el silencio de un escritor tan poco cotizado como el autor
de aquellas revelaciones...
[10] Luego olvida esa afirmación, ya que las únicas armas que maneja en apoyo de
la difusa tesis de su libro son las contradicciones, y en trance de plantear la
disyuntiva “conversión o muerte”, se pierde en un dédalo de incoherencias.
“Extrajo de su bolsillo un texto y leyó esta prescripción talmúdica: Ben Ascher:
se permite a un judío engañar a los idólatras haciéndoles creer que se ha hecho
cristiano” (pág. 112 –ojo con los conversos criollos). ¿Qué valor tiene entonces
la conversión de Mauricio Kohen “en el bosque de Palermo que había florecido
como la vara de Aarón”, (282) que el autor blande como un triunfo de su
doctrina, si la actitud no pasa de ser una superchería más, y qué necesidad
tenía, por otra parte, de convertirse un personaje que es bautizado en las
páginas iniciales del novelón? Además, cuando el autor habla de la conversión de
los judíos y recuerda esta sentencia de Moisés: “Al fin de los tiempos volverás
al Señor, tu Dios”, ¿cree por ventura que el creador del Jubileo pensó en los
plagiarios del Decálogo? Si todo el mundo, afirma Lázaro Schallman, practicara
el precepto del Levítico: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, desaparecerían
para siempre las diferencias de clase y los odios racistas y los conflictos
internacionales. Tan cierto están de ello los verdaderos judíos como los
verdaderos cristianos, pues unos y otros tienen la misma religión, la misma fe
en Adonai, como lo ha subrayado Pascal, el más ilustre de los apologistas del
cristianismo. Mal cristiano es, por consiguiente, todo aquel que, en vez de amar
a Jesucristo en todos los seres –judíos como el Señor o no judíos–, que en esto
radica, según el Evangelio, el amor al prójimo, escarnece las Escrituras,
atizando odios y rencores”.
|
|
[11] Sólo así, en pleno desenfreno venático puede aceptarse que el autor de
treinta novelas, que ocupó una banca en el Congreso de la Nación, afirme muy
suelto de cuerpo, patrañas de este jaez: “¡Cuánta paja, leña y pólvora habían
amontonado los palabreros estadistas de Versalles en todos los rincones del
globo, sabiendo o ignorando que trabajan para el Kahal! Un estudiante, un obrero
desconocido, obediente a cualquiera de los tres mil Kahales que estaban a sus
órdenes, podía hacer el gesto fatal de Princeps en Sarajevo, asesinando un rey o
un primer ministro” (297). En ese tono H. W. grita a cada instante su
indignación contra la penetración judía, olvidándose que a fjs. 256, afirma
rotundamente: “Se siente la necesidad de gritar lo que se ha dejado de sentir”.
Para cerrar el glosario podemos preguntarnos, ¿por qué, cuando nombra entre los
alquimistas modernos a Berthelot, Ramsay, Rutherford, Crookes, Mendelejew,
Lothar Meyer (252), el incauto autor cita a tantos judíos? Eso derrumba el
andamiaje sobre el cual reposan sus paralogismos, ya que la fabricación
artificial del oro, con su consiguiente desvalorización, va a privar al mundo de
la presión de la banca judía. “El inmortal Mendelejew (dos veces judío),
verdadero filósofo, a la vez que químico, lo descubrió con la luz de su genio” (pág.
256). Pero, en realidad ¿qué hombre de ideas claras puede tomar en serio al
autor de estas peregrinas afirmaciones, espigadas al azar?:
Para la historia de las costumbres: “Y como la afición a las apuestas es el
vicio nacional inglés (Dios les conserve el candor) en media semana se cruzaron
apuestas por más millones de libras que las que se consumieron en balas durante
la guerra mundial” (Pág. 267).
Para la teología: “El día que un judío se enamore de una cristiana, se juntarán
el cielo con la tierra” (Pág. 193).
Para la etnografía: “El pueblo judío tiene la lengua suave, la sangre fría y la
piel dura” (Pág. 192).
Para la psicología: “Las mujeres judías no conocen los celos” (Pág. 151).
Para la economía política: “La política de los judíos: no labrar la tierra, no
criar ganados, no construir ferrocarriles” (Pág. 140).
Más Instrucción Cívica: “Peor para ellos, que no ven el porvenir de Israel en un
país que, con virginal inexperiencia y desde la primera hoja de su Constitución,
se ofrece a todas las razas del mundo como una granada que se parte” (Pág. 143).
“Los cristianos suponen que la Sinagoga no es más que el templo del culto
israelita. Ignoran que es, además, su Casa de Gobierno, su Legislatura, su Foro,
su Tribunal, su Escuela, su Bolsa y su Club” (Pág. 47).
Para los postulantes: “Ya Zacarías Blumen (que a pág. 37 se llamara Matías
Zabulón) varias veces había llegado al despacho del Presidente de la República.
ás difícil resultaba entrar en las aristocráticas mansiones porteñas” (Pág. 67).
Costumbres y ritos judíos anotados “fielmente” por H. W.: “Los hijos heredan el
nombre de los padres” (Pág. 45). “Se tocan con pastelitos de felpa, visten
levitas escrofulosas y llevan luidos los bordes de los pantalones”. Las
“Mezuzes” son cañas colgadas a las puertas. El Talmud –que representa doce tomos
compactos tipo Diccionario Enciclopédico– lo llevan en el bolsillo los sinuosos
israelitas que exclaman a cada rato: “Dios del Talmud” (Pág. 71). Conoce las
prescripciones acerca de los maniluvios en las que nada se dice de las uñas: un
buen hijo del Talmud –según H. W., puede llevarlas de cualquier color”. Otra
cita del Talmud, “made at home”: “Si partes a la guerra no vayas adelante, sino
atrás, a fin de que puedas volver el primero”. Las mujeres no judías son todas
“una goy”.
[12] A ese respecto es bien elocuente un telegrama publicado en “La Nación” del
1º de octubre último y fechado en Berlín el 30 de septiembre, que transcribimos
textualmente:
“La pintura nacionalista es aún bastante pobre en talentos originales, según
propia confesión del Fuehrer y del ministro Goebbels. El color, la técnica y la
elección de los temas tratados acusan cualidades artísticas bastante mediocres.
En Berlín, en el Wilhelmsdorf, hay una exposición de arte en que se presentan
unas cine telas, que están muy lejos de ser obras maestras”.
Fuente: Revista El Jabalí Nº 18, www.poesiaeljabali.com.ar
![]()
Pequeña
cronohistoria de la generación literaria de Boedo
Por César Tiempo
Hubo una época en que el meridiano de la literatura nacional pasó por Boedo.
Boedo es una calle y un barrio. Una calle que nace en Almagro y termina en el
Parque de los Patricios y un barrio que crece hacia arriba y no se detiene
jamás. De pronto, mediante no sabemos qué misteriosos ardides, aparece en
Avellaneda, en Lanús, en Lomas de Zamora, después de haber cruzado por el convés
de hierro y cal hidráulica del Puente Valentín Alsina que permite a la provincia
codearse con la ciudad. Pero además de ser una calle y un barrio, Boedo fue una
divisa.
Toda capital – dijo alguna vez Balzac – tiene su poema, en que se expresa, en
que se resume, en que es más particularmente ella misma. Boedo fue ese poema.
Conflagrado de clamores e impaciencias, impetuoso, tumultuoso, ardido, rebelde,
pero encendido de humana y celosa poesía. De haberse comprendido mejor a sí
mismo, de haber prolongado y renovado las inquietudes y los deseos de superación
de un cuarto de siglo atrás, de no haber ahuyentado a sus soñadores, Boedo
habría sido a Buenos Aires lo que Saint – Germain des-Prés a París.
Como Saint-Germain-des-Prés
Es evidente que nuestro barrio no puede estar colmado de recuerdos
revolucionarios y artísticos del quartier parisiense en el que vivió y murió
asesinado Marat, en el que escribiera sus brulotes Camilio Desmoulins, en el que
tuvieron sus ateliers los pintores Courbet y Delacroix, su refugio el comediante
Mounnet-Sully, su imprenta Honorato de Balzac y en una de cuyas calles – la de
Beaux-Arts, N° 13 – se extinguió la existencia latitudinaria de Oscar Wilde, y
en el que podemos encontrar hoy la sede del Sindicato de Libreros, los despachos
de los anticuarios más importantes de Francia y el café Deux-Magots, cuartel
general de la nueva literatura. Boedo también tuvo lo suyo. Por allí pasó
Darwin, el famoso naturalista, rumbo a los mataderos de Nueva Pompeya, por aquí
anduvieron prohombres y ex hombres de la política local e internacional, ases
del futbol, glorias del teatro, cancionistas y estrellas que conocieron en su
hora el trueno de la notoriedad. Pero nosotros queremos hablar de los escritores
llamados de Boedo.
Personajes de Boedo
¿Porqué precisamente de Boedo?. Ninguno de sus integrantes vivía en el barrio,
el director de la revista que daría nacimiento a la empresa editorial llamada a
difundir la labor de sus conmilitones, se domiciliaba en Wilde, un pueblito de
línea del sur. Elías Castelnuovo era inquilino de un zaquizami enclavado a cinco
pisos sobre el nivel de la calle Sadi Carnot. Álvaro Yunque compartía con su
madre y sus hermanos una antigua casa porteña de la calle Estados Unidos 1824,
en cuya cuadra tenía de vecinos a tres notabilidades a las que hay que referirse
con la melancolía del aoristo: Juan B. Justo, Jaime Yankelevich y Ernesto
Morales. Gustavo Riccio vivía en la calle Rivadavia 2014, Roberto Mariani en la
Boca, cerca de la casa de Pedro Juan Vignale, que no tardaría en trasladarse de
la calle Lamadrid a Villa Ballester y de Villa Ballester a Río de Janeiro, Luis
Emilio Soto en las inmediaciones de 15 de Noviembre y Solís, Leónidas Barletta
en Nazarre y Bolivia, Roberto Arlt en Flores, Lorenzo Stanchina en Villa Devoto,
Nicolás Olivari en Villa Crespo, Enrique Amorín en su Salto natal, con recaladas
en Montevideo y Buenos Aires. José Salas Subirat en el taller de afilación de
Garay y Solís, Aristóbulo Echegaray en Monroe, un pueblo de la línea del
ferrocarril Pacífico. Abel Rodriguez en Rosario, Juan I. Cendoya en La Plata.
Antonio Alejandro Gil en la calle Santiago del Estero y Pedro Echague. José
Sebastián Tallón en un caserón de la calle Brasil 1388, y Clara Beter en las
nubes. Hablo de los boedistas de la primera época, de las etapas fundamentales.
Y no solo no eran vecinos de Boedo, sino que ni siquiera se reunían en algunos
de los innumerables cafés de la calle epónima.
"Claridad" y "Los Pensadores"
Por otra parte conviene recordar que la editorial que luego los prohijaría no
nació en Boedo, sino en un tabuco de la calle Entre Ríos 126. Más tarde Lorenzo
Rañó les concedió un espacio en su imprenta de la calle Independencia 3531, y
cuando la revista cambió el nombre fachendoso de "Los Pensadores" por el de
"Claridad", el grupo constituyó su sede definitiva en la calle San José 1641, a
pocas cuadras de la plaza Constitución. En Boedo 837 tuvo asiento nominal la
redacción de "Los Pensadores" en sus salidas iniciales cuando era una
publicación destinada exclusivamente a difundir las grandes obras de la
literatura clásica y moderna, mucho antes de convertirse en el órgano de combate
de aquellos jóvenes de la generación del 22 a quienes el éxtasis y los
sentimientos ciegos del arte por el arte fueron siempre extraños.
¿A qué venía, pues, la etiqueta de marras? La intención del bautista – en quien
algunos creyeron reconocer a Enrique Gonzalez Tuñón , cuya dicacidad era
inagotable como su talento – fue evidentemente burlona, despectiva. Al subrayar
la procedencia de los integrantes del grupo quiso decir que venían de
extramuros, de la suburra, que pertenecían al populacho. Lo notable del caso era
que el único habitante auténtico de Boedo era Gonzalez Tuñón, que vivía en la
calle Yapeyú, a dos cuadras de la popular arteria de cuyos cafés era además uno
de los más empedernidos habitués. Por su parte los de Boedo trataban no menos
peyorativamente a sus impugnadores, los escritores agrupados alrededor del
periódico "Martín Fierro" llamándolos "los de Florida", transfiriendo al plano
literario, quizá sin proponérselo, el duelo histórico de la antigua Roma entre
patricios y plebeyos.
Feria y Torre de Marfil
Mientras Florida implicaba el centro con todas sus ventajas: comodidad, lujo,
refinamiento, señoritismo, etcétera, etcétera, Boedo venía a representar – para
los de Florida – la periferia, el arrabal con todas sus consecuencias:
vulgaridad, sordidez, grosería, limitaciones, etcétera. Florida, la obra; Boedo,
la mano de obra. Para sus detractores, por otra parte, la literatura de Boedo
era ancillar, estercórea, verrionda, palurda, subalterna, inflicionada de
compromisos políticos; y la de Florida: paramental, agenésica, decorativa,
delicuescente, anfibológica e inútil. Excesos verbales estos que correspondían a
las naturalezas ricas en fosfatos de los jóvenes beligerantes que se resistían a
reconocer afinidades y simpatías, pero cuyo encono no hizo llegar nunca la
sangre al río. (El enconamiento se debe siempre a la falta de asepsia). Con el
andar del tiempo, Enrique González Tuñón y su hermano Raúl impregnarían su obra
de un noble y solevantado acento social, exaltarían el suburbio, pondrían su
obra bajo la advocación de Carriego, y ante la iniquidad desatada por el
nazifascismo se alinearían valientemente en las filas de los escritores de
Boedo, claramente definidos frente a las tiranías como fraguas de servidumbre y
barbarie que era necesario apagar y aplastar. Y como dato curioso para los
historiadores de mañana, conviene anotar que, Evar Méndez, el fundador de
"Martín Fierro" pronunciaría una conferencia en nuestra Facultad de Filosofía y
Letras celebrando, entre otras cosas, la jerarquización operada en las masas
obreras y campesinas por obra de la estructura social vigente, en tanto Elías
Castelnuovo, uno de los hermes de Boedo, hablaría en 1952 en un salón de la
calle Florida, frente a un público de profesores eméritos y señoritas
beneméritas, presentado por un ex redactor de revistas ultramontanas ad usum
Delphini, con palabras en las que cabrilleaba la felicidad sibilina de poder
exhibir al gran novelista que ayer nomás contrariaba a los concilios empeñado, a
pesar suyo, en conciliar los contrarios...
Pero si hubo contusos, desertores e hijos pródigos en ambos bandos, es
indiscutible que fue esa generación polarizada por Boedo y Florida la que
anticipó el renacimiento argentino sacudiendo de su marasmo la vida intelectual
del país. Pero vayamos por partes.
Se anticipan a Florida
Cronológicamente, el grupo literario de Boedo apareció antes que el de Florida.
El primer número de "Martín Fierro" sale a la calle en febrero de 1924; el
primero de "Los Pensadores", en febrero de 1922. Conviene aclarar antes de
seguir adelante que el nombre de la revista no implicaba un rasgo de petulante
autosobrevaloración de sus colaboradores. Se llamó así porque se limitaba, como
ya los señalamos, a publicar en cada número una obra maestra de la literatura
universal poniéndola al alcance de los lectores más modestos. El ejemplar se
vendía a veinte centavos.
Los pensadores no eran, pues, los muchachos de Boedo sino los maestros del
pensamiento nacional e internacional popularizados por la revista. El primer
número incluía un relato de Anatole France, "Crainquebille", que ya había sido
teatralizado por Samuel Eichelbaum y llevado a un escenario criollo por Elías
Alippi.
Los fundadores de la publicación fueron Antonio Zamora, un joven español que
cumplía su aprendizaje de andinista en la falda de "La Montaña", y llegó a
ocupar más tarde una banca en el Senado de la provincia de Buenos Aires y a
controlar un frigorífico en la provincia de Córdoba, y Daniel C. de Rosa,
encargado a la sazón de la reventa de "Crítica". Un año después de Rosa se
separaba de la empresa y Zamora se convertía en deus ex machina de la misma
asesorado por el poeta Gustavo Riccio.
Riccio era un muchacho poseedor de una notable cultura general, un poeta
inclinado a la caricatura sin deformaciones ni crueldad, dueño de una simpatía
afectuosa que sabía dar a los transportes de la poesía y aún de la amistad una
cadencia entre nostálgica y desilusionada. Melómano fervoroso, lector de varios
idiomas vivos, se defendía económicamente ayudando a su padre en la relojería de
la calle Rivadavia o llevando los libros de contabilidad de la Confitería del
Molino. Fue Riccio quien recomendó la mayor parte de los títulos lanzados por
"Claridad" hasta 1925 y fueron de su pluma los prólogos y las presentaciones de
los autores. También se debió a él la iniciativa de la colección "Los Poetas" y
la publicación del primer libro de Álvaro Yunque, ese generoso y genesíaco
"Versos de la calle" que su autor había presentado con anterioridad a un
concurso de la Editorial Babel y cuyo jurado, compuesto por Leopoldo Lugones,
Rafael Alberto Arrieta y Arturo Capdevila, desestimó inclinando sus preferencias
por "El Grillo" de Conrado Nalé Roxlo. Riccio, empero, no llegó a integrar
prácticamente el grupo de Boedo y ni siquiera fue "Claridad" sino "Campana de
Palo" quien publicó su primer libro. Minado por un mal incurable, el autor de
"Un poeta en la ciudad" realizó en 1925 un viaje al Paraguay, de donde trajo los
originales de otra colección de poemas "Gringo Puraghei", la salud más socavada
y un deseo de soledad que se proponía dedicar a la ordenación de sus papeles y
sus sueños, melancólicamente persuadido de que debía partir en plena juventud.
Así fue. La vida de Riccio se extinguió en la puerta misma de su casa el 6 de
enero de 1927. Tenía apenas 26 años. Una calle de Flores recuerda hoy su nombre.
En ella vive el actor Roberto Escalada.
Premios literarios
A fines de 1924 "Claridad" incorporó a sus colecciones una más: la biblioteca
"Los Nuevos". El primer título lo constituyó una re edición de "Tinieblas", el
vigoroso libro de cuentos de Elías Castelnuovo, que había merecido el
espaldarazo de Roberto J. Payró y un premio municipal, cuando los premios
municipales de literatura significaban un galardón y no un escarnio. (El
camarada Juan Unamuno debe recordar que fuimos él y yo, cuando integramos los
jurados, quienes concedimos las codiciadas distinciones de entonces a poetas de
la envergadura de José Portogalo y a los prosistas de la intensidad de Fernando
Gilardi, amén de otras personalidades, a la sazón en barbecho, confiadas en la
humana sinceridad de su mensaje, temeridad que no volvió a repetirse, pues
últimamente el concurso se había convertido en una repartija de cheques entre
compañeros de pic nic o de sacristía ...)
Castelnuovo no tardaría en ponerse a la cabeza del grupo que se fue formando
aluvionalmente como una provincia holandesa. ¿De dónde había salido el autor de
"Tinieblas" promovido de un modo fulminante a la notoriedad apenas publicado su
primer libro? Por de pronto, se sabía que era uruguayo, como Lucio V. López,
como Horacio Quiroga, como no pocos escritores argentinos representativos. Hijo
de padre danés y madre italiana, corre por sus venas sangre de ahasvero, el
judío errante. También él se sintió impelido desde muchacho a la existencia
errante y difícil, a esos viajes a pie que recomendaba Fernando González, el
gran colombiano, a los escritores que algún día utilizarían la pluma para contar
lo que vieron con sus propios ojos y no a transcribir experiencias ajenas. A los
catorce años tenía recorrido el Uruguay de extremo a extremo, a los veinte la
Argentina, a los veinticinco el Brasil. Conoció los oficios más inverosímiles ,
durmió en el tálamo de la miseria sin redención en la selva, en la pampa, en la
soledad más espantosa, allí donde la muerte es una cosa blanca y sin color. Y
pudo, como pocos, levantar el acta de acusación a la sociedad, obstinada en
aniquilar a los mejores. Antes de ponerse a escribir se había llenado el alma de
hechos, de imágenes y de llagas. A los doce años vendía huevos por las calles de
Montevideo. Luego fue linyera, peón de albañil, mozo de cuadra, peón de
saladero, aprendiz de constructor, tipógrafo, linotipista. Este hermoso ejemplar
humano, a quien la vida no logró doblegar ni envilecer, se convierte, por propia
gravitación, en líder del movimiento de Boedo.
La influencia rusa
En las colecciones de "Los Pensadores" y "Claridad" pueden rastrearse las
centenares de páginas que escribió para ubicar su verdad, que era la verdad de
quien quería para sus semejantes, ante todo y sobre todo, un mundo mejor. "El
pueblo, la carne viva del pueblo, solo figura en las estadísticas y en las
crónicas policiales, escribirá en un suelto anónimo que serviría de declaración
de propósitos de la Biblioteca "Los Nuevos". Salvo las excepciones que apuntamos
– Mariani, Yunque, Barletta, Amorim, Abel Rodríguez - , nuestra literatura va de
la calle Florida al Royal Keller, pasa por el rosedal de Palermo y se acuesta en
el Plaza Hotel. Con ventilador en verano; en invierno con estufa. Es una
elucubración de frigorífico, producto de la poltronería chorotega. Nuestra
literatura no camina de a pie como la de Máximo Gorki; va en automóvil. Ella no
va: la llevan como a un paralítico. Es una literatura sin sangre. Por ningún
lado se le ven callos o deformidades propias del esfuerzo y la contracción.
Jamás se metió en las minas del interior o se ensució de grasa en los ingenios o
se desgarró la piel en las cosechas. Jamás entró en un sindicato o en una
fábrica. Jamás estuvo encarcelada por revolucionaria. Tras de ser pomposa y
vacía, fue siempre parcial y conservadora. Nuestra literatura no vio jamás la
tierra donde pisa. Si hay quienes ignoran la vida nuestra, son, precisamente,
aquellos que escriben la historia de nuestra vida".
A Castelnuovo y a su grupo se les acusó de estar influidos por la literatura
rusa. Es curioso señalar que Raúl Scalabrini Ortiz, que estaba entonces en la
vereda de enfrente y fue uno de los corifeos del nacionalismo " a rebrouse-poil",
escribió en una autobiografía que reputó una de las páginas más lúcidas de su
tiempo, estas afirmaciones que no pueden considerarse como ejercicios sobre el
alambre, sino arraigadas convicciones de un hombre de pensamiento: " Yo creo que
Buenos Aires tiene algo de ruso, en resultados, con causas distintas, muy
distintas. "Yama", por ejemplo, es una novela argentina y lo son, asimismo,
algunos pasajes de "Humillados y ofendidos". Esa similitud es en dirección de
susceptibilidades, en recelo. Aunque no me gustan los cientificismos, diría que
el alma argentina es un producto químico no físico de sus componentes. No ha
conservado ninguna de las características de sus progenitores".
[Del mensuario Argentina de hoy, Buenos Aires, noviembre de 1953]
![]()
Arenga en la muerte de Jáim
Najman Biálik
¿Qué otra preocupación que la del día presente
puede tener un pueblo que se arrastra
en sus tinieblas y en sus abismos?
Biálik
El 5 de Julio la Associated Press dio la noticia al mundo:
falleció en Viena Jáim Najman Biálik.
Pasaron veinte días y en la misma ciudad
ultimaron a Dollfuss, el “Millermetternich”.
¡Cuidado con los poetas
cuyos puños golpean sobre las mesas de los verdugos!
Los diarios de la colectividad
pudieron publicar la noticia en “Sociales”
junto a la crónica de la fiesta
con que la familia Barabánchik
celebra la circuncisión de su vástago.
Tengo un corazón violento
y una voz áspera.
Cruzo la calle de la judería
con mi rencor y mi dolor a cuestas.
Hermanos de Buenos Aires:
nuestro más alto poeta ha muerto.
Como en los Salmos
Dios le ciñó de fuerzas e hizo perfecto su camino.
Minkowsky fue la lágrima,
Biálik la imprecación.
Y ambos se pudrirán bajo la tierra
frente a los ojos ciegos de la noche tremenda.
Un cielo en mangas de camisa corre sobre los tejados.
Los buhoneros juegan en el “Pilsen” su diuturna partida de dominó.
Las muchachas que quieren casarse no pasan bajo los andamios.
Señores burgueses que infringís todos los Mandamientos
y estáis los sábados sobre vuestros libros de tapas negras
pasándoles las manos por el lomo a las cifras
para que se alarguen como gatos,
os he visto en los templos resplandecientes
-apartados como los pur sangs en los bretes suntuosos-
con los ojillos redondos y desvaídos
y las altas galeras y los thaléisem de seda pura,
queriendo sobornar a Dios
que os conoce mejor que vuestros empleados.
Jáim Najman Biálik ha muerto.
Hoy en el “Internacional” hay pescado relleno
y un buen stock de doctores para vuestras pobres hijas lánguidas.
¿Quién se acuerda de las masacres de Ukrania,
de la tempestad delirante de los pogroms,
cuando los juliganes violaban a vuestras madres
y estabais en los sótanos temblorosos e inútiles
como la luz que lame los espejos?
Biálik clamó, tronó sobre las negras aguas
y su risa iracunda corrió como un viento loco sobre las aldeas.
“El pueblo es una hierba marchita,
se ha puesto seco como una madera.”
Y hubo jóvenes que supieron sacudirse como lobeznos
y sus dientes agudos despedazaron nuestra humillación.
Jáim Najman Biálik ha muerto.
Los chamarileros sonríen en las puertas de su pandemonio.
Los Lacrozes están más verdes que nunca.
Echa tu pan sobre las aguas, dice el Eclesiastés.
Da gusto oír a Mischa Elman desde una muelle butaca del Colón.
Gorki dijo que con Biálik el pueblo judío había dado una nuevo Homero al mundo.
¿El Banco Israelita le daría un crédito a sola firma?
Voces:
-Esta noche cuando cierre el negocio, mientras mojo la tostada en el vaso de té,
le voy a decir a mi señora que me lea El Pájaro y El Jardín, y después de comer
vamos a ir al Teatro Ombú; para ser de la “Comisión” hay que estar “preparado”.
Jáim Najman Biálik ha muerto.
-Mamá ¿me lavo la cabeza con querosén y me pongo el vestido de raso celeste para
ir a la Biblioteca? -Bueno, querida, a ver si consigues un novio como la gente,
que ya es tiempo.
Jáim Najman Biálik ha muerto.
En la puerta de la Cocina Popular nuestros hermanos, los que no se atreven a
morirse de hambre, esperan su ración.
Jáim Najman Biálik ha muerto.
Nuestras piernas se arrastran en las más profundas ciénagas de la noche y sobre
nuestras cabezas brilla una luz pura.
En Tel Aviv hubo un poeta.
¿Y ahora?
De Clara Beter: Versos de una...
QUICIO
Me entrego a todos, mas no soy de nadie;
para ganarme el pan vendo mi cuerpo.
¿Qué he de vender para guardar intactos
mi corazón, mis penas y mis sueños?
VERSOS A TATIANA PAVLOVA
¿Te acordarás de Katiuchka, tu amiga de la infancia,
esa rubia pecosa, nieta del molinero,
la del número 8 de Poltávaia Úlitcha
con quien ibas al Dnieper a correr sobre el hielo?
¿Te acordarás de aquellas temerarias huidas
para oír la charanga de la Plaza Voiena;
de los kopeks gastados en la Dom Bogdanovsky
en verano en sorbetes y en invierno en almendras?
¿Te acordarás de Pétinka, tu novio del Gimnasio,
de quien yo te traía las cartas y los versos;
de las fiestas aquellas cuando vino el Zarevitch
y sus fieros cosacos a visitar el pueblo?
¡Oh, los días felices de la infancia lejana
en el rincón humilde de la Ucrania natal:
la vida era un alegre sonajero de plata
y toda nuestra ciencia: cantar, reír y amar!
Mas, pasaron los años y nos llevó la vida
por distintos senderos: tú eres grande ¿y feliz?
y yo... Tatiana, buena Tatiana, si te digo
que soy una cualquiera, ¿no te reirás de mí?
¿Comprenderás el torpe fracaso de mis sueños,
verás el patio oscuro donde mi juventud
busca en vano la estrella que solícita enjugue
mi angustia con su claro pañuelito de luz?
¡Mas no quiero amargarte con mi vaso de acíbar,
tú también tus dolores y tus penas tendrás;
cerremos un instante los ojos y evoquemos
los días venturosos de la aldea natal!
AMORÍO CIUDADANO
Saloncito reservado
de lechería de barrio.
Este pobre muchacho
pálido
me cree una novia ingenua
que va a brindarle sus encantos
-un anticipo del estío
para la primavera de sus años-
y unta de miel sus palabras,
viste de seda sus manos,
me quema la boca impura
con el lacre de sus labios
(máscara de castidad:
mis labios no están pintados)
y perfumándome de promesas
-con salacidad de fauno-
ante mi leve abandono
y mi fingido recato
comienza a desabrocharme
la bata con torpes manos.
Acariciándome el pecho
refulgen sus ojos claros
y me prodiga adjetivos
dulzones de enamorado.
Fiesta de los sentidos
impúdicos y castos:
mutuamente
nos hemos engañado.
PRESENTIMIENTO
La luz de este prostíbulo apuñala
las sombras de la calle.
Paso delante suyo y se me enciende
un pensamiento cruel en la cabeza:
¿Terminaré mi vida en un prostíbulo?
VISIÓN
Cae sobre la ciudad
la ceniza minúscula y tenue de la lluvia.
¡Qué grato es en un día como éste acariciar
un inocente sueño de ventura!
Mientras cae la lluvia, yo acaricio mi sueño:
un día las mujeres serán todas hermanas;
la ramera, la púdica,
la aristócrata altiva y la humilde mucama.
Irían por las calles llevando como emblema
una sonrisa alegre y una mirada franca,
y así, sencillamente,
se ofrecerían a todos los hombres que pasaran.
Ellos se tornarían
tan buenos como el sol, como el pan, como el agua:
su dicha cantarían todos los oprimidos
suavizadas sus manos, su gesto y sus palabras.
Bajo los cielos límpidos, banderas de alegría,
desplegados sus paños como alas
cual si quisieran cobijar a todas
las mujeres que un día supieron ser humanas.
(Sigue cayendo sobre la ciudad
la ceniza minúscula y tenue de la lluvia.
¡Qué grato es en un día como éste acariciar
un inocente sueño de ventura!)
A UN OBRERO
Toda desnuda me ofrezco a tu instinto,
muerde mis pechos, estruja mi cuerpo,
quiero brindarte esta fiesta de carne
para que olvides tus días acerbos.
Sé que padeces, tu vida es amarga
vida de todos los tristes obreros,
sin una luz de esperanza en su noche,
sin la caricia cordial de un consuelo.
¡Cómo conforta sentirse piadosa,
dulce es la simple bondad de mi gesto;
tú que así sufres, mereces la efímera
fiesta que quiere brindarte mi cuerpo!
LO IRREMEDIABLE
En una misma pieza
un macho y una hembra
el “yo” mujer
que no sabe cómo desaparecer.
EN LA CALLE FLORIDA
Paso azorada por Florida, el vivo
escaparate de la farsa urbana:
viejas extravagantes, niñas cursis
y hombres-hembras desfilan en majadas.
Voy a cruzar la calle cuando escucho:
“Mamá, ¡qué desvergüenza, esa cocotte!”
Me vuelvo, miro y quiero preguntarle
quién será más ramera de las dos...
COMPASIÓN
En la calleja solitaria y triste
de este fosco arrabal,
como un ladrón acecho agazapada
la ocasión de saltar sobre mi presa.
Llega un hombre, se acerca, me descubre;
y cuando sin recelo se aproxima,
a la luz de la luna veo su rostro
de adolescente, contener no puedo
una sonrisa franca y, entreabriendo
el ocho extravagante de mi boca
doblo el cuello a la hiena de su instinto.
EPISODIO
Iba tan mal trajeado y fue tan honda
y dolorosa su mirada, que
detuve el paso y leve, dulcemente,
le dije: “¡Ven!”
Pero quizá sin comprenderme, irguióse
con altivez, borrando su tristeza,
y con tono zumbón me dijo: “¡Vete,
no me acuesto con perras!”
![]()
VOLVER A CUADERNOS DE LITERATURA