|
|
Rafael Alberti y Paco Ibáñez - "A galopar"
Teología de la liberación - Entrevista a Leonardo Boff
La
responsabilidad social de los científicos- Galileo Galilei
Por Bertolt Brecht
El que no conoce la verdad es simplemente un ignorante.
Pero el que la conoce y la llama mentira, ése es un criminal
Galileo:
Me retracté porque me aterraba la idea del dolor físico.
Andrea:
Esta bien. La ciencia no conoce más que un mandamiento, el trabajo científico.
(…) ¡El temor al sufrimiento es algo natural! ¡A la ciencia no le importan las
debilidades humanas!
Galileo:
¿No? (…) incluso en mi situación actual, me siento capaz de darte algunas
lecciones sobre lo que le importa a la ciencia (…) Hasta un comerciante en
lanas, además de comprar barato y vender caro, debe ocuparse de que el comercio
de la lana en general no sufra tropiezos. Y el cultivo de la ciencia exige, en
ese sentido, me parece, un coraje excepcional. La ciencia comercia con un saber
obtenido por medio de la duda. Pretende proporcionar conocimientos a todos
acerca de todas las cosas, y tiende a convertir a cada hombre en alguien que
piensa y duda. Ahora bien, los príncipes, los clérigos y los grandes señores se
han ocupado de mantener a la mayoría del pueblo en una nebulosa de mentiras y
supersticiones destinadas a ocultar sus propias maquinaciones. La miseria de la
gente es vieja como las montañas, y desde el púlpito y la cátedra se predica que
es también tan indestructible como las montañas. Por eso nuestro nuevo arte de
la duda cautivó multitudes. Nos arrancaron el telescopio de las manos y con él
enfocaron a sus opresores. Y de pronto, aquellos hombres egoístas y brutales que
se aprovechaban ávidamente de los frutos del trabajo científico, sintieron que
la fría mirada de la ciencia detectaba y denunciaba una miseria milenaria pero
artificial, que podía fácilmente ser eliminada si se los eliminaba a ellos
mismos. Nos cubrieron entonces de amenazas y sobornos, (…) ¿Pero acaso podemos
negarnos al pueblo y al mismo tiempo seguir siendo hombres de ciencia? Los
movimientos de los cuerpos celestes son ahora más fácil de calcular, pero los
pueblos todavía no pueden calcular los movimientos de sus señores. La lucha por
medir el cielo ha sido ganada, pero las madres del mundo siguen siendo
derrotadas día a día en la lucha por conseguir el pan de sus hijos. Y la ciencia
debe ocuparse de esas dos luchas por igual. Una Humanidad que se debate en las
tinieblas de la superstición y la mentira, y es demasiado ignorante para
desarrollar sus propias fuerzas, no será capaz tampoco de dominar las fuerzas de
la naturaleza, que Uds. los científicos descubren y le revelan. ¿Con qué
objetivos trabajan ustedes? Mi opinión es que el único fin de la ciencia
consiste en aliviar la miseria de la existencia humana. Si los científicos se
dejan atemorizar por los tiranos y se limitan a acumular conocimientos por el
conocimiento mismo, la ciencia se convertirá en un inválido y las nuevas
máquinas sólo servirán para producir nuevas calamidades…"
Fuente: www.elhistoriador.com.ar
[Fragmento de Galileo Galilei, obra de teatro escrita por Bertold Brecht descargar]
El nombre de la Rosa: censura y control
Enfrentamiento entre conocimiento mágico y conocimiento empírico-racional a través de un fragmento de "El nombre de la rosa"
Guerras calladas - (Los Nadies) El mundo según Galeano
Entrevista
a Herbert Marcuse*
Por Friedrich Hacker
MARCUSE Y LA VIOLENCIA
El profesor de psiquiatría Friedrich Hacker -nacido en Viena en 1914, doctorado
en Basilea en 1939 y radicado en California al año siguiente- es un estudioso
apasionado por el problema de la violencia. Como perito de los tribunales
federales norteamericanos elaboró un psicograma del asesinato de Sharon Tate y
que sirvió para interrogar a los criminales. Su trabajo más importante se titula
¿Falla el hombre o la sociedad? En él analizó el origen de algunos inexplicables
retornos a la barbarie. Ahora acaba de culminar sus largas y pacientes
investigaciones sobre la actual violencia destructora en el mundo con una
entrevista al filósofo Herbert Marcuse. En esos diálogos -que reproducimos-
Hacker coteja sus conclusiones con las de Marcuse y pone a prueba sus valiosos
puntos de vista. El reportaje, que Redacción publica en exclusividad con la
autorización de Editorial Grijalbo, forma parte del último trabajo de Hacker
titulado Agresión.
En la última década, el filósofo alemán Herbert Marcuse, establecido en San
Diego (California), discípulo de Heidegger y cofundador de la Escuela de
Francfort de filosofía y crítica, se convirtió en el apóstol de la juventud
rebelde y en una de las figuras de la moderna historia cultural que más
controversias ha suscitado. Tachado de Ángel del Apocalipsis y de provocador de
la juventud, ensalzado como profeta moderno y primero de los filósofos vivos, la
valoración de este hombre notable oscila entre el amor y el odio. Los conceptos,
por él acuñados, de tolerancia represiva, de sociedad unidimensional y de gran
negación han entrado hace tiempo en el lenguaje habitual de las personas
informadas.
La idea de Freud
Marcuse: La brutalización de la sociedad moderna, de la que se ocupa usted en
sus trabajos, me parece una observación incontrovertible. Según la teoría de
Freud, habría que admitir que la liberación sexual del presente debería conducir
a una reducción de la agresión; pero vemos que la agresividad estalla en grupos
y en individuos que poseen una libertad erótica mucho mayor y que se han
deshecho de todos los imperativos sexuales. En realidad, un aumento de la libido
debería conducir a una disminución de la agresión.
Hacker: Las cosas no son tan simples. Ante todo, ya Freud hizo observar que las
formas con que se manifestaban los impulsos no debían confundirse con éstos. En
las manifestaciones de los instintos, éstos aparecen en gran medida
transformados, mezclados y nunca en forma pura. Desde el primer momento, los
impulsos se mezclan con los mecanismos de defensa dirigidos contra ellos; además
aparecen todas las aleaciones, fusiones, mezclas y disociaciones posibles entre
formas libidinosas y formas agresivas, condicionadas además por organizaciones
internas y externas, o sea por los condicionamientos sociales. En otras
palabras: la energía instintiva como tal se transforma, se pospone y se
metamorfosea, y, aunque alimenta las distintas manifestaciones instintivas, no
se puede desligar de ellas sin más ni más, o ser extraída por filtración de las
mismas, para determinarlas cuantitativamente.
Marcuse: A menudo, se me ha reprochado que interpreto a Freud de un modo
cuantitativo o mecanicista. Pero yo afirmo precisamente esta idea freudiana del
depósito de energía, según la cual la energía instintiva -sea en forma directa o
sublimada- que se aplica a un objetivo ya no está a nuestra disposición para
aplicarla a otro.
Hacker: Precisamente en el caso de la agresión, esto no debe ser necesariamente
así. Hay muchos ejemplos en los que el hecho de hacer posible una manifestación
de la agresión conduce al hábito de la agresión, a la habituación e incluso a
una especie de manía agresiva. La agresión ocasionalmente explosiva, pero mucho
más la habitual, contribuye al general incremento del nivel agresivo, al
embrutecimiento antes que al alivio.
Marcuse: Es posible. No obstante, queda por explicar cómo es que la mayor
libertad sexual, la pérdida de los vínculos paternos autoritarios, la creciente
tolerancia del "super-yo" o su falta parcial conducen -dentro de una perspectiva
social general- a un aumento y no a una reducción de la agresión. En realidad
-al menos según
Freud- cabría esperar lo contrario.
Hacker: Ante todo habría que poner en claro la cuestión siguiente: la situación
actual, ¿representa una auténtica liberación sexual o tal vez únicamente una
desinhibición en unos sectores muy determinados y delimitados? Unos tabúes
igualmente fuertes, sólo que distintos, impondrían con mayor intensidad que
antes unos preceptos socialmente aprobados y fomentados, en el sentido de una
moral del placer. Así, estamos condenados a la búsqueda del placer y a la
supuesta obtención del mismo. La libertad se convierte en obediencia, bajo el
imperativo del placer y de la variedad.
Las transformaciones de la agresión
Marcuse: En una publicación psicoanalítica reciente se señalaba que la
hostilidad contra la civilización que limitaba los instintos ha aumentado, a
pesar de la disminución de la represión.
Hacker: No sé si esto es exacto para la represión en general y no sólo para
ciertas formas, muy determinadas, a partir de las cuales hemos desarrollado
hasta ahora, tradicionalmente, el modelo de represión. Tanto los organismos que
reprimen como los contenidos reprimidos han cambiado sustancialmente en la
actualidad.
Marcuse: Una transformación esencial es el desgaste de la confianza de la
sociedad en ella misma, bajo los efectos de unas contradicciones crecientes
dentro de esa misma sociedad. Toda sociedad necesita una gran fe en los propios
valores, que definen la salud y la normalidad sociales y que garantizan el
funcionamiento y el contacto armónico cotidianos entre las personas, en el
trabajo y en el tiempo libre. Cuando esta seguridad se tambalea, proliferan no
sólo la insatisfacción y las perturbaciones psíquicas sino también toda especie
de actitudes sociales erróneas, como la ineptitud, la indiferencia, la
negligencia, la resistencia al trabajo y a todo principio de rendimiento.
Hacker: La secular transformación aparencial de la constitución psíquica y de
los caracteres es algo que se puede comprobar fácilmente, tanto en la vida
diaria como en la clínica psiquiátrica. En la actualidad, no han disminuido las
neurosis y otras perturbaciones mentales, pero sí se han transformado mucho en
su manifestación claramente agresiva. Los llamados casos clásicos se presentan
cada vez con menos frecuencia, y en cambio nos encontramos con un montón de
combinaciones y formas híbridas de comportamientos sociopáticos y neuróticos,
con elementos psicosomáticos y maníacos; estas combinaciones se presentaban
antes con escasa frecuencia. Además, el indudable cambio que se puede observar
en la moral sexual ha conducido a nuevas expectativas, de suerte que parecen
también posibles y deseables unas transformaciones en otros campos de la
organización social e interna.
Marcuse: La introducción del concepto expectativa no me parece fundamentado en
la teoría de Freud; además lo considero demasiado psicológico.
Hacker: La expectativa es una dimensión importante del principio de la realidad.
El examen de la realidad conducido por el "yo" incluye necesariamente el
conocimiento y la valoración de las posibilidades individuales y colectivas
existentes. También la conciencia individual se transforma mediante progresos o
regresiones sociales, técnicas y psicológico-colectivas. Los mismos hechos, y
principalmente la difusión y el conocimiento de estos, son factores que
transforman potencialmente la personalidad.
Marcuse: Veo aquí una dificultad de principio. El psicoanálisis se ocupa
básicamente, sino exclusivamente, de individuos. ¿Cómo se pasa de estos
mecanismos individuales a unos procesos sociales? ¿Hay que creer, por ejemplo,
que muchos, o la mayoría, de los norteamericanos tienen una historia familiar
idéntica o semejante a la del teniente Calley, acusado de asesinato masivo y
juzgado actualmente por su admitida participación en la matanza de My Lai?
Hacker: Precisamente, espero haber aportado algo a este problema exponiendo las
transformaciones de la agresión. La convivencia social de los seres humanos y la
educación pertinente son cosas son cosas que condicionan y exigen -por simple
necesidad objetiva- ciertas leyes y normas de conducta más o menos formalizadas,
al margen de que las mismas hayan nacido de la sumisión al poder, del
consentimiento general o de la combinación de ambas cosas. Las leyes sociales
están provistas de sanciones y tienen como resultado generalmente unas medidas
que exigen y provocan la renuncia a los instintos. La formalización de la
renuncia parcial a los instintos y de la promesa de satisfacción que se basa en
ella se produce tanto por la exteriorización o extroyección colectiva en
instituciones externas, como por la introyección en organismos internos, en el "super-yo"
y en el "yo". La agresión, prohibida como delito, parece recomendable como
sanción. La agresión latente, inevitablemente contenida en instancias exteriores
e interiores, utilizada para la vigilancia y la limitación de la agresión, evita
la violencia manifiesta; es por tanto responsable de todo tipo de estabilidad en
la estructura social y de la personalidad, alimentadas también por una energía
agresiva. La agresión latente es también agresión: el hecho de que se mantenga
en estado latente no garantiza todavía su legitimidad. La agresión latente
contenida en ciertos sistemas de dominación puede ser extraordinariamente
injusta y, bajo la capa del freno a la agresión, puede caer en su ejercicio
irrefrenable.
Las reglas del juego
Marcuse: El relajamiento de las reglas del juego sociales debe producir también
cambios en el "super-yo". Así, sin embargo, el descubrimiento de la moderna
agresión instrumental -que es la agresión con ayuda de complicados aparatos y
armas técnicas- conduce con toda seguridad a que se alivie la represión del
sentimiento de culpabilidad: el sujeto de la agresión es el aparato, no el
individuo, que se limita a servirse de él.
Hacker: Sí, e incluso creo que este sentimiento de culpabilidad no llega muchas
veces a producirse, y por consiguiente no tiene que ser reprimido; porque
mediante la previa producción en cadena de una buena conciencia, la propia
agresión suele cambiar de nombre y no experimentarse ya como tal agresión.
Marcuse: Sin duda, este argumento es cierto. Con todo, lo decisivo sigue siendo
el fin al que sirve el instinto agresivo: el fin determina el "valor instintivo"
de la agresión. Esto no depende tanto de las acciones en sí como de su objetivo
final. Nuestro amigo Leo Löwenthal ha observado que en "La tempestad" de
Shakespeare, Ferdinand es inducido a su agresiva actividad de cortar árboles. No
obstante, esta actividad, agresiva como tal, cambia su sentido, puesto que sirve
a un objetivo "erótico", el de construir con los troncos de los árboles caídos
una casa que servirá de nuevo hogar a Ferdinand y a su novia. Este objetivo
erótico justifica la acción agresiva: sirve para la creación de un ambiente
placentero, que promete mayor amplitud y mayor realización vitales.
Hacker: Para aumentar el placer, habría que crear entonces una especie de
dificultades, como en una carrera de obstáculos, que habría que superar. Por
ejemplo, en los juegos de azar, las reglas del juego permiten crear unos
obstáculos artificiales que producen temor ante la incertidumbre del desenlace;
en conjunto, estos obstáculos -aunque se pierda la jugada- se consideran un
incentivo agradable; aunque sólo lo son, naturalmente, cuando se gana. Puede que
esto sea análogo a la situación antes comentada: al principio, un devaneo o un
movimiento de evasión, que tenía como premisa la acción de saltar unas barreras
internas y externas o de pasar por debajo de ellas, ha supuesto una cantidad
mucho mayor de satisfacción, con la consiguiente descarga de impulsos, que la
"pura" descarga de impulsos, sin obstáculos e igualmente accesible a todo el
mundo, de la satisfacción impune por parte del mayor número posible de
participantes. La cantidad sería inversamente proporcional a la intensidad de la
satisfacción.
Marcuse: Del mismo modo que la cantidad de bienes y servicios que ofrece una
sociedad represiva restringe la liberación obtenida por la victoria sobre la
escasez. La abundancia y la prosperidad son represivas en la medida en que
fomentan la satisfacción de unas necesidades, satisfacción que hace necesario
proseguir la lucha por la existencia. De ahí que un cambio cualitativo
presuponga un cambio cuantitativo, a saber, la reducción de un desarrollo
excesivo.
Hacker: El psicoanálisis describe principalmente la reducción del nivel de
tensión en el organismo, la descarga instintiva y de energía, como algo
placentero, y, a la inversa, considera que produce disgusto la detención de la
energía instintiva al reducir las posibilidades de descarga y de expresión. No
obstante, en determinadas circunstancias, también se considera un placer el
aumento de excitación dentro de unas fronteras concretas. A esta categoría
corresponden la búsqueda de estímulos, el deseo de excitación, las ganas de
experimentar.
Agresión ofensiva y Agresión defensiva
Marcuse: Aunque sólo como primer grado hacia el placer de una satisfacción.
Posteriormente, esto condujo a Freud al concepto, mucho más vasto, del "eros"
-frente al más limitado de la sexualidad-: "eros" como ocupación placentera de
todo el cuerpo, así como también la ocupación libidinosa del medio ambiente,
subrayada por mí, con el fin de ampliar el ámbito del "eros". Aquí no se trata
ya de momentos localizados, sino de una transformación radical de la sociedad.
Hacker: ¿A qué se refiere usted en concreto?
Marcuse: Por ejemplo, ¡la destrucción de los puestos de mando e instalaciones
militares de las potencias imperialistas agresivas me parece redundar en interés
del "eros"!
Hacker: El "interés erótico", ¿Justifica la destrucción de todos los centros de
violencia, incluso los del bando que se defiende?
Marcuse: Naturalmente que no. Debemos aferrarnos a la distinción entre agresión
ofensiva y agresión defensiva. Por ejemplo, si un criminal armado con un hacha
entra en mi casa y quiere atacar a mi mujer, no sólo tengo el derecho, sino el
deber de ejercer la antiviolencia y reducirlo por la fuerza. Así, el cirujano
que amputa una pierna gangrenosa actúa también al servicio de una buena causa.
Esta operación no puede calificarse de agresiva, aunque la amputación de una
pierna sea agresiva en sí misma.
Hacker: Con estos ejemplos cruelmente simplificadores, hace usted que todo sea
efectivamente muy simple.
Marcuse: Porque casi siempre es así de simple.
Hacker: Esto es lo que yo quisiera discutir. Creo poder demostrar que toda
agresión, al margen de su justificación objetiva, tiene la tendencia a sentirse
justificada de entrada por el que la lleva a cabo o por el que está sujeto a
unas órdenes. Precisamente no podemos confiar en la propia experiencia, aunque
parezca convincente con una evidencia inmediata.
Marcuse: Podemos estar engañados, o puede tratarse de una simplificación, de una
racionalización, invocando por ejemplo una agresión anterior, contra la que uno
quería únicamente defenderse. Se trata de la evidencia de hechos y no
simplemente de lo que uno siente o dice, aunque lo diga con toda sinceridad y
con toda verosimilitud. Así, por ejemplo, la guerra de Vietnam es sin lugar a
dudas una agresión de los norteamericanos y una defensa justificada de los
norvietnamitas. Y la misma claridad existe en la injustificada agresión de la
Unión Soviética para ocupar y someter a Checoslovaquia.
Hacker: ¿Cuáles son las circunstancias, sin embargo, en el conflicto
árabe-israelí?
Marcuse: Evidentemente, el caso no es tan manifiesto y resulta más difícil
decidirse. Naturalmente, no existen unos criterios absolutos, aplicables en
todos los casos. Pero el caso límite no puede contradecir la validez del "caso
normal" ejemplar, sino sólo limitarla.
¿Qué es la agresión?
Hacker: ¿Existen al menos unos preparativos o unas escalas para la formulación
de criterios diferenciadores entre violencia defensiva y agresiva? De entrada,
parece plausible la contraposición. Lo que sirve a la buena causa, lo que
estimula la vida y amplía las perspectivas, podrá servirse también de la
agresión. Lo que destruye la vida cae bajo la denominación de violencia
agresiva. Este es, precisamente, el problema que debemos resolver, aunque sea
difícil hacerlo. La simplicidad engañosa impide toda posibilidad de solución.
Más aún: ¿Cuáles son los criterios diferenciadores y quién hace la
diferenciación?
Marcuse: Tampoco es tan difícil decirlo. Todo lo que sirve a la vida,
especialmente a una vida dichosa, es bueno. La reducción de las condiciones
represivas de vida y de experiencia vital es en definitiva el objetivo de los
instintos eróticos. Lo que favorece a la vida no puede ser injusto, aunque para
la creación de dichas condiciones sea necesaria la realización de ciertas
medidas coercitivas.
Hacker: "¿No es la vida el bien supremo?”
Marcuse: No toda cita expresa una verdad. Incluso el estudio razonable,
objetivo, científico de unos criterios presupone ciertamente un juicio de valor.
La ciencia libre de valores es ideología, aunque sea ideología de mucho éxito,
muy útil y muy rentable.
Hacker: ¿Acaso el juicio de valor no debería estar al final de la investigación,
y no al principio de la misma?
Marcuse: Se halla incontrovertiblemente al principio. Los datos de la
experiencia adolecen de una ambigüedad objetiva, como he dicho ya en mi libro El
hombre unidimensional. La razón nunca está libre de valores. He citado también
una frase de Whitehead: "La función de la razón es fomentar la vida". En
relación con este objetivo la razón es "la orientadora del ataque contra el
medio ambiente", al que "debe el triple impulso: primero, de vivir; segundo, de
vivir bien; tercero, de vivir mejor". En este sentido, vamos a tomarnos ahora
una copa de vino o de whisky. ¿Lo considera usted agresivo?
Hacker: No excesivamente. Pero si yo me siento atacado, aunque sólo sea en forma
indirecta y sublimada, por ejemplo en un debate, podría imaginar perfectamente
que todo lo que dice y hace mi oponente podría ser interpretado por sí como algo
agresivo, aunque me ofreciera comida y bebida. El juicio de valor, que decide
previamente lo que es agresivo y lo que es defensivo, pasa por alto el examen
objetivo de las circunstancias y las convierte en algo superfluo.
Marcuse: Ahora da usted un sentido tan amplio a la agresión que el concepto
parece perder su significado. Para usted, casi todas las expresiones de vida son
agresión.
Hacker: Eso fue exactamente lo que le reprochó en su tiempo al psicoanálisis en
relación con la sexualidad. Si las acciones de agarrar, de preguntar, de mirar,
contienen elementos sexuales, entonces resulta que todo es sexualidad. Esta es
la primera impresión que, necesariamente, debe surgir cuando, como yo intento
hacerlo con la agresión, se pretende rastrear las manifestaciones ocultas,
enmascaradas o llamadas de otra forma, de la agresión en sus escondrijos, en su
forma latente o fría (que, por otra parte, es muy semejante a la agresividad
instrumental de usted). Evidentemente, no todo es agresivo, o, en cambio, lo es
mucho más de lo que suponíamos hasta ahora, sobre todo muchas de las cosas que
se consideran y se presentan como freno de la agresión o como medida puramente
defensiva.
Marcuse: Entonces, habría que hacer ante todo ciertas diferenciaciones. Habría
que llamar violencia únicamente a una acción agresiva de naturaleza física; la
agresividad primaria es instintiva; puede ser sublimada hasta la no violencia.
Cuando dos chicos se pelean
Hacker: Dentro del concepto global de agresión existen descripciones muy
diferenciadas de los fenómenos agresivos que no son en modo alguno idénticos o
intercambiables, como violencia, poder, crueldad, brutalidad, sumisión,
vigilancia, etc.; estas descripciones son de gran importancia. No pretendo
afirmar en absoluto que estas manifestaciones diversas sean formas
exclusivamente agresivas, o que todas las formas de agresión son igualmente
valorables o igualmente vigentes. La cuestión de la legitimidad es ciertamente
decisiva, sólo que, en mi opinión, no puede ser previamente decidida sobre la
base de la inmediatez de la propia experiencia o por criterios abstractos, como
la buena vida, que se prestan a la justificación y a la racionalización
ideológicas, y también al enmascaramiento oratorio de casi todo.
Marcuse: Es seguro que, en cada caso, hay que examinar y decidir muy
concretamente la situación objetiva. Afirmo, sin embargo, que esto es casi
siempre posible y ni siquiera resulta demasiado difícil. Naturalmente, en último
término, los criterios que hay que desarrollar no son puramente psicológicos, ni
pueden serlo tampoco, sino solo político y morales.
Hacker: Comparto esta opinión. De todos modos, me parece que esto esquiva la
imprescindible definición de criterios y de legitimación. Sigo sin ver aún con
claridad quién está legitimado, y con qué puntos de vista, para adoptar estas
decisiones morales, o para exigir y provocar sacrificios en su nombre. Siempre
vamos a parar a lo mismo: a la diferencia, postulada enérgica y patéticamente,
pero no detectada en ninguna parte, entre una agresión justificada y otra
injustificada, entre la violencia defensiva y la agresiva, entre necesidades
buenas y malas.
Marcuse: Sin duda no es lo mismo, pero, en principio, estas diferencias son
perfectamente comprobables. Todo lo que sirve para la protección de los
instintos vitales es mejor que lo contrario. Hay una autoridad racional. El
comandante de un avión tiene todo el derecho a ejercitar plena autoridad durante
el vuelo y obligar, en caso necesario, a todos los pasajeros a que se sometan a
la disciplina. O bien, para poner otro ejemplo: cuando dos muchachos se pelean,
es muy difícil saber quién ha empezado. Cuando, por ejemplo, el muchacho A ataca
al muchacho B, que estaba tranquilamente ocupado con su juguete, resulta
evidente que el muchacho A es el atacante y el muchacho B la víctima que tiene
derecho a defenderse. En todos los niveles hay casos semejantes, que se pueden
investigar con facilidad.
Hacker: Para seguir con su ejemplo simplificador, y por tanto desorientador:
¿qué pasa si el muchacho B, que juega aparentemente de un modo pacífico, ataca
con regularidad, o al menos con mucha frecuencia -pongamos diez veces en las dos
últimas semanas- al muchacho A, lanzándose de pronto e inesperadamente sobre él
o tirándole una piedra? Esta situación, que queda oculta en principio para el
observador atento, ¿no autorizaría al muchacho A a tomar unas medidas
preventivas y justificadas de defensa, basadas en un cálculo de probabilidades
nacido de su experiencia concreta?
Marcuse: Naturalmente, en este caso no sólo sería algo justificado, sino
recomendable. Sería una represión racional. Voy a poner aun otro ejemplo: un
escolar que, en la clase, molesta e impide que se den las lecciones debe ser
castigado. Se trata en este caso de una agresión defensiva justificada por parte
de la colectividad. Por otra parte, el alumno que, con preguntas acertadas,
desconcierta al mal profesor y se convierte en un factor de perturbación, debe
ser protegido. En este caso, el profesor debería estar mejor informado o ser
sustituido por otro.
"Estoy contra los actos insensatos de violencia"
Hacker: Siempre volvemos al mismo tema, en distintas variantes. ¿Qué haría
usted, por otra parte, con el alumno que interrumpe una clase y que es, por
tanto, un mal alumno?
Marcuse: La solución sería un tratamiento psicológico individual.
Hacker: La experiencia de la criminología nos enseña que la mayoría de los
delitos violentos son cometidos por una pequeña minoría, bien conocida por su
tendencia a la recaída y a la reincidencia; una minoría que incluso se puede
determinar de antemano con un margen de error relativamente escaso, sobre la
base de unas acciones preparatorias conocidas. ¿Sería usted partidario de una
detención preventiva para este grupo?
Marcuse: La detención preventiva pertenece al arsenal del fascismo. Algo muy
distinto es la "educación preventiva", observando unas medidas estrictas de
precaución contra el abuso de autoridad.
Hacker: Este me parece, precisamente el problema: porque, en este caso, el uso y
el abuso están tan próximos y, además -como lo demuestra nuestra conversación, a
mí no me parecen tan fácilmente diferenciables. Con el consentimiento entusiasta
de la mayoría de la población, el gobierno norteamericano acaba de presentar un
proyecto de ley que, ante la sospecha de un delito, prevé en general la
detención preventiva en lugar de la fianza, hasta ahora habitual; existirá, por
tanto, la detención preventiva antes y hasta la declaración de la culpabilidad,
para evitar el peligro de repetición, que no debe ser demostrado primero en cada
caso. Tales propuestas apelan a la razón y a la aspiración de la sociedad a
protegerse contra los asaltos y los crímenes. Además, las apreciaciones falsas
no se ponen jamás al descubierto. La persona que luego resulta inocente, o el
culpable que posteriormente ha demostrado no ser reincidente, han estado
encerrados "en vano". Sin duda, a la colectividad no le molesta que la violencia
preceda al derecho, en lugar de ocurrir a la inversa. Sin embargo, ante el
actual nivel de posibilidades de abuso, yo no estaría dispuesto a hacerme
responsable de semejante riesgo de reclusión preventiva.
Marcuse: El riesgo parece pertenecer a la historia de la humanidad, mientras
dicha historia siga siendo la historia de la explotación y de la opresión.
Estamos en la esfera de una terrible moral doble: pensamos poco en las
hecatombes de seres humanos provocadas por los gobernantes para conservar su
poder, pero nos volvemos terriblemente sensitivos cuando se trata de la
violencia de un régimen verdaderamente revolucionario, seriamente preocupado por
acabar con la miseria y la explotación. Estoy contra los actos insensatos de
violencia (por idealistas que sean sus motivos) que sólo sirvan al sistema
establecido. En la Historia, el terror sólo ha sido eficaz cuando lo ejercían
grupos que ya estaban en el poder. El terror individual se pierde. Los más
nobles anarquistas no tuvieron eficacia social. Por el contrario, los jacobinos,
o Hitler y Stalin, tuvieron una eficacia tremenda, una vez que se hicieron en el
poder.
Hacker: ¿Cómo se consigue, no obstante, el acceso al poder o la toma del poder?
¿Imagina usted que la creación del nuevo tipo de hombre, no agresivo, se puede
conseguir de otra forma que sea la más encarnizada agresión en un período de
transición que será, por lo menos, muy arriesgado?
Marcuse: El hombre que se distinga del tipo actual, el hombre realmente
satisfecho, realmente libre, que es la aspiración de la rebelión de los jóvenes,
no vendrá únicamente a partir de la rebelión de los jóvenes, no vendrá
únicamente a partir de las entusiastas ideas de los estudiantes; esto es
evidente. La transformación real está en manos de la clase obrera, una clase que
en la actual situación de los Estados Unidos no es revolucionaria, porque la
prosperidad económica hace que no esté dispuesta a participar en acciones
revolucionarias. Esto, sin duda, no siempre será así. Un Estado capitalista, con
su prosperidad y su pleno empleo, es inimaginable a la larga. Las
contradicciones internas del sistema, es decir, la contradicción entre la
riqueza social disponible y su lamentable utilización debe conducir tarde o
temprano a las crisis profetizadas por Marx, que acaban creando las premisas
revolucionarias o, si las cosas van mal, también las premisas para el fascismo.
En cualquier caso, la transformación radical es resultado de un largo proceso
cuyo protagonista son las masas.
Hacker: Ernst Bloch distingue entre explotación y opresión, por un lado, que se
reducen en los estados occidentales del presente, y ofensa y desposesión de todo
derecho, por otro lado, que han aumentado si cabe. ¿Cree usted que el
sentimiento de injusticia, que va unido nuevamente a unas esperanzas de cambio
real y posible, bastará para la creación de una situación revolucionaria de
amplias perspectivas?
"La revolución no debe ser necesariamente agresiva"
Marcuse: Es difícil decirlo. En definitiva, el bienestar general representa
también una satisfacción real y no sólo un sucedáneo. Sea como fuere, las
potencias dominantes son muy sensibles y toman precauciones para que las
personas y grupos a quienes dominan se mantengan sistemáticamente en estado de
desinformación y de estupidez, por ejemplo a través de los mass media. Sin
embargo, esto no le va a servir siempre al capitalismo occidental. Ciñéndonos a
la tesis de Marx, el margen de beneficio de los empresarios debe caer tan pronto
como la carga de los costos sobre los consumidores haya alcanzado sus límites.
Es una contradicción clásica del sistema capitalista: todos los intentos de
forzar la situación amenazan la supervivencia del sistema. No existe en la
historia un solo sistema que perdure indefinidamente, lo que no deja de ser un
pobre consuelo, en la situación actual. Lo que no tiene sentido en ningún caso
es la acción voluntarista, que crea mártires innecesarios, en una situación poco
madura para estos actos revolucionarios.
Hacker: Admite usted, por consiguiente, que las condiciones de un cambio radical
no consisten tan sólo en unos factores económico-materiales, sino también en
unos valores que hasta hoy se han infravalorado calificándolos de psicológicos,
de elementos superestructurales. Mi opinión es que los sentimientos de
desposesión o de impotencia constituyen unos factores reales muy papables.
Marcuse: Esto es cierto, sin duda. Pero el monopolio de hecho de los medios de
comunicación de masas contrarresta la evolución de la ciencia. Por esta razón
considero decisiva la intervención de los procesos de comunicación. Las fuerzas
progresivas deberían intentar penetrar en el mercado de los periódicos, para
tener parte en el manejo de los medios de comunicación. En el caso hipotético de
un dominio total de dichos medios, es probable que la conciencia de las masas
pudiera ser transformada decisivamente en un plazo de tres semanas.
Hacker: Es probable que unas semanas no bastaran, pero un dominio total de años
sobre todos los medios de comunicación -persiguiendo las tácticas exclusivistas
agresivas contra los que piensan de otra forma, que serían idénticas a la
práctica totalitaria- permitiría obtener probablemente los resultados deseados.
Pero esto no me parece deseable ni realizable.
Marcuse: Es probable que no lo sea. De todos modos, no deberíamos considerar la
alternativa reforma-revolución como una contradicción cuyos dos términos se
excluyan. Como hegeliano, pienso que los cambios cuantitativos de ciertas
proporciones pueden conducir a una transformación cualitativa.
Hacker: Estoy plenamente de acuerdo; tampoco existe una contradicción inmediata
entre evolución y revolución, por el simple hecho de que la transformación
revolucionaria, como amenaza o utopía, puede representar una posibilidad
evolutiva, un motivo de evolución. Sin embargo, la revolución no debe ser
necesariamente más agresiva o más violenta que el quantum de violencia latente,
instituida, que se utiliza para poner o para mantener en marcha el proceso que
recibe el nombre de evolución.
Marcuse: Exacto. Existen sin duda contrarrevoluciones y sistemas políticos muy
violentos para impedir la revolución y anticiparse a ella. En el Brasil, por
ejemplo, un sistema político cada vez más brutal impide que se impongan unas
justas aspiraciones revolucionarias con todos los medios violentos y de
propaganda, por no hablar de las pérdidas en vidas y en felicidad humanas. La
negación de la libertad, y de su misma posibilidad, tiene como equivalente la
concesión de la libertad absoluta allí donde ésta consolida a la opresión. No
sólo los medios y los fines sino las mismas fuentes instintivas son distintas en
la violencia y la antiviolencia; hay que atenerse a esta diferencia.
"El criterio es lo que afirma a la vida"
Hacker: Quisiera conocer más cosas en concreto sobre los criterios de esta
diferencia. Principalmente sobre lo que usted llama "valor instintivo"; porque
hoy, gracias a los desarrollos psicológico y técnico, se ofrece quizá por
primera vez la oportunidad histórica de que no sólo nos sometamos a las reglas
del juego social o nos resistamos a ellas sino de que participemos también en el
proyecto de estas reglas del juego.
Marcuse: Ahí reside, no obstante, una contradicción. No se puede prescribir cómo
deben organizarse los hombres libres; si lo hicieran de acuerdo con unas
prescripciones previas, ya no serían libres. De todos modos, la práctica del
dominio de la naturaleza nos enseña que debemos admitir ciertas presiones
objetivas como condiciones previas de la libertad: no la dominación de las
personas, sino la administración de las cosas.
Hacker: Este no me parece un criterio concluyente; porque, en definitiva, las
cosas existen para su propietario, son protegidas y defendidas por quienes las
administran y las poseen, como si fuesen partes de sí mismos. Y para tener
acceso a las cosas, habría que excluir primero agresivamente a las personas, las
cuales se han identificado con las cosas de un modo habitual o fetichista. Esto
conduce de nuevo, a través de un breve rodeo, a la situación ya esbozada del
dilema de decisión.
Marcuse: Las decisiones importantes nos son arrebatadas sin duda por las
potencias y las fuerzas económicas que no tienen nada de anónimo y son
perfectamente identificables. Yo tengo la opinión de que una renuncia no
calificada a toda violencia nos condena a la indefensión política, pero conviene
hacer matizaciones en este aspecto. Por desgracia, existe algo así como un mal
menor, que debemos escoger en determinadas situaciones históricas, para conjurar
o evitar un mal mayor.
Hacker: Hemos vuelto al punto de partida: ¿Cómo es posible que una persona como
yo -faltándome, como al parecer me falta, el acceso a unos fundamentos de
decisión de inmediata evidencia- pueda reconocer lo que es una agresión buena o
mala, justa o injusta? No quiero que me comprenda usted mal: naturalmente
pronuncio unos juicios de valor muy delimitados y tengo unas ideas muy concretas
sobre unos desarrollos y unas medidas buenas o malas (o al menos, mejores o
peores). Tengo mis convicciones, respondo de ellas, las defiendo y creo en
ellas, a veces muy intensamente y sin limitación. Sólo que, por razones
psicológicas y de psicología social -que naturalmente también a mí me afectan-,
desconfío de la experiencia seudoinstintiva de la inmediatez. Como hombre que
actúa, creo en ciertas cosas y creo saber lo que debo hacer y lo que debo
omitir; como hombre capaz de conocimiento, debo ser consciente de que, a pesar
de mis sentimientos y convicciones, no siempre estoy perfectamente informado
sobre el tiempo, el lugar y la forma en los que una renuncia a un impulso, un
sacrificio, una acción violenta son o no son legítimos, o parte de un mal menor.
Lo mismo ocurre con la pregunta sobre los criterios.
Marcuse: Entonces mi definición volverá a parecerle demasiado filosófica. Sólo
puedo repetir una cosa: el criterio es lo que afirma la vida, lo que sirve al
desenvolvimiento de unas facultades humanas, de una felicidad y una paz para los
hombres. No conozco otra definición mejor, ni tengo, simplemente, la
inteligencia para darla.
Hacker: Puede que hoy no haya nadie suficientemente inteligente; se trata de
provocar y multiplicar esta especie de inteligencia en el futuro al servicio de
la información de vida a la que esta conversación agresiva ha servido; y hallar,
o inventar, así eficaces alternativas a la violencia y posibilidades de
salvación.
* Suplemento de REDACCIÓN, Nº 16, junio de 1974.
Fuente: www.elhistoriador.com.ar
Ricardo Carpani - Persistencia de la utopía
VOLVER AL INICIO DEL CUADERNO DE LA CIENCIA
SOCIAL
VOLVER A CUADERNOS DEL PENSAMIENTO
|
Solo10.com: Dominios - Registro de Dominios - Alojamiento Web - Hospedaje Web - Web Hosting