
©
Herederos de Julio Cortázar, 1976
© Alianza Editorial, S. A., Madrid 1993
ISBN 84-206-4610-5
Impreso y distribuido en México por Editorial Patria, S. A. de C. V.
Renacimiento 180, Col. San Juan Tlihuaca, C.P. 02400, Azcapotzalco, México,
D. F
ISBN 968-39-0975-2
El perseguidor está incluido en la recopilación
de relatos de Julio Cortázar, publicada por Alianza Editorial en cuatro
volúmenes dentro de la colección «El Libro de Bolsillo» (1. «Ritos», núm.
615; 2. «Juegos», núm. 624; 3. «Pasajes», núm. 631 y 4. «Ahí y ahora», núm.
1128).
La obra del escritor argentino JULIO CORTÁZAR, que llegó a su plenitud en la
década de los cincuenta, significó un profundo impulso renovador para la
literatura latinoamericana.
Rechazando las formas tradicionales de la
novela, buscó el autor, a través de nuevas fórmulas, reflejar en ella la
fragmentación e incoherencia de la vida contemporánea.
Tanto sus obras de
mayor aliento -especialmente Rayuela- como sus relatos cortos han ejercido
en escritores posteriores una profunda influencia. En El perseguidor, Johnny
Cárter, el saxofonista drogadicto y bohemio, logra encontrar en su genio
musical el sentido último de la existencia.
EL PERSEGUIDOR (FRAGMENTO)

ln memoriam Ch. P.
Sé fiel hasta la muerte.
Apocalipsis, 2, 10.
O make me a mask.
Dylan Thomas.
Dédée me ha llamado por la tarde diciéndome que Johnny no estaba bien, y he
ido en seguida al hotel. Desde hace unos días Johnny y Dédée viven en un
hotel de la rué Lagrange, en una pieza del cuarto piso. Me ha bastado ver la
puerta de la pieza para darme cuenta de que Johnny está en la peor de las
miserias; la ventana da a un patio casi negro, y a la una de la tarde hay
que tener la luz encendída si se quiere leer el diario o verse la cara. No
hace frío, pero he encontrado a Johnny envuelto en una frazada encajado en
un roñoso sillón que larga por todos lados pedazos de estopa amarillenta.
Dédée está envejecida y el vestido rojo le queda muy mal; es un vestido para
el trabajo, para las luces de la escena; en esa pieza del hotel se convierte
en una especie de coágulo repugnante.
-El compañero Bruno es fiel como el mal aliento -ha dicho Johnny a manera de
saludo, remontando las rodillas hasta apoyar en ellas el mentón. Dédée me ha
alcanzado una silla y yo he sacado un paquete de Gauloises. Traía un frasco
de ron en el bolsillo, pero no he querido mostrarlo hasta hacerme una idea
de lo que pasa. Creo que lo más irritante era la lamparilla con su ojo
arrancado colgando del hilo sucio de moscas. Después de mirarla una o dos
veces, y ponerme la mano como pantalla, le he preguntado a Dédée si no
podíamos apagar la lamparilla y arreglarnos con la luz de la ventana. Johnny
seguía mis palabras y mis gestos con una gran atención distraída, como un
gato que mira fijo pero se ve que esta por completo en otra cosa; que es
otra cosa. Por fin Dédée se ha levantado y ha apagado la luz. En lo que
quedaba, una mezcla de gris y negro, nos hemos reconocido mejor. Johnny ha
sacado una de sus largas manos flacas de debajo de la frazada, y yo he
sentido la fláccida tibieza de su piel. Entonces Dédée ha dicho que iba a
preparar unos nescafés. Me ha alegrado saber que por lo menos tienen una
lata de nescafé. Siempre que una persona tiene una lata de nescafé me doy
cuenta de que no está en la última miseria; todavía puede resistir un poco.
-Hace rato que no nos veíamos -le he dicho a Johnny-. Un mes por lo menos.
-Tú no haces más que contar el tiempo -me ha contestado de mal humor-. El
primero, el dos, el tres, el veintiuno. A todo le pones un número, tú. Y
ésta es igual. ¿Sabes por qué está furiosa? Porque he perdido el saxo. Tiene
razón, después de todo.
-¿Pero cómo has podido perderlo? -le he preguntado, sabiendo en el mismo
momento que era justamente lo que no se le puede preguntar a Johnny.
-En el metro -ha dicho Johnny-. Para mayor seguridad lo había puesto debajo
del asiento. Era magnífico viajar sabiendo que lo tenía debajo de las
piernas, bien seguro.
-Se dio cuenta cuando estaba subiendo la escalera del hotel
-ha dicho Dédée,
con la voz un poco ronca-. Y yo tuve que salir como una loca a avisar a los
de metro, a la policía.
Por el silencio siguiente me he dado cuenta de que ha sido tiempo perdido.
Pero Johnny ha empezado a reírse como hace él, con una risa más atrás de los
dientes y de los labios.
-Algún pobre infeliz tratando de sacarle algún sonido -ha dicho-. Era uno de
los peores saxos que he tenido nunca; se veía que Doc Rodríguez había tocado
en él, estaba completamente deformado por el lado del alma. Como aparato en
sí no era malo, pero Rodríguez es capaz de echar a perder un Stradivarius
con solamente afinarlo. -¿Y no puedes conseguir otro? -Es lo que estamos
averiguando -ha dicho Dédée-. Parece que Roy Friend tiene uno. Lo malo es
que el contrato de Johnny...
-El contrato -ha remedado Johnny-. Qué es eso del contrato. Hay que tocar y
se acabó, y no tengo saxo ni dinero para comprar uno, y los muchachos están
igual que yo.
Esto último no es cierto, y los tres lo sabemos. Nadie se atreve ya a
prestarle un instrumento a Johnny, porque lo pierde o acaba con él en
seguida. Ha perdido el saxo de Louis Rolling en Bordeaux, ha roto en tres
pedazos, pisoteándolo y golpeándolo, el saxo que Dédée había comprado cuando
lo contrataron para una gira por Inglaterra. Nadie sabe ya cuántos
instrumentos lleva perdidos, empeñados o rotos. Y en todos ellos tocaba como
yo creo que solamente un dios puede tocar un saxo alto, suponiendo que hayan
renunciado a las liras y a flautas.
-¿Cuándo empiezas, Johnny? -No sé. Hoy, creo, ¿eh Dé? -No, pasado mañana.
-Todo el mundo sabe las fechas menos yo -rezonga Johnny, tapándose hasta las
orejas con la frazada-. Hubiera jurado que era esta noche, y que esta tarde
había que ir a ensayar.
-Lo mismo da -ha dicho Dédée-. La cuestión es que no tiene saxo.
-¿Cómo lo mismo da? No es lo mismo. Pasado mañana es después de mañana, y
mañana es mucho después de hoy. Y hoy mismo es bastante después de ahora, en
que estamos charlando con el compañero Bruno y yo me sentiría mucho mejor si
me pudiera olvidar del tiempo y beber alguna cosa caliente.
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Julio Cortázar - Fragmento de El perseguidor (si no aparece
el reproductor clic en "Track details") |
-Ya va a hervir el agua, espera un poco.
-No me refería al calor por ebullición -ha dicho Johnny. Entonces he sacado
el frasco de ron y ha sido como si encendiéramos la luz, porque Johnny ha
abierto de par en par la boca, maravillado, y sus dientes se han puesto a
brillar, y hasta Dédée ha tenido que sonreírse al verlo tan asombrado y
contento. El ron con el nescafé no estaba mal del todo, y los tres nos hemos
sentido mucho mejor después del segundo trago y de un cigarrillo. Ya para
entonces he advertido que Johnny se retraía poco a poco y que seguía
haciendo alusiones al tiempo, un tema que le preocupa desde que lo conozco.
He visto pocos hombres tan preocupados por todo lo que se refiere al tiempo.
Es una manía, la peor de sus manías, que son tantas. Pero él la despliega y
la explica con una gracia que pocos pueden resistir. Me he acordado de un
ensayo antes de una grabación, en Cincinnati, y esto era mucho antes de
venir a París en el cuarenta y nueve o el cincuenta. Johnny estaba en gran
forma en esos días, y yo había ido al ensayo nada más que para escucharlo a
él y también a Miles Davis. Todos tenían ganas de tocar, estaban contentos,
andaban bien vestidos (de esto me acuerdo quizá por contraste, por lo mal
vestido y lo sucio que anda ahora Johnny), tocaban con gusto, sin ninguna
impaciencia, y el técnico de sonido hacía señales de contento detrás de su
ventanilla, como un babuino satisfecho. Y justamente en ese momento, cuando
Johnny estaba como perdido en su alegría, de golpe dejó de tocar y
soltándole un puñetazo a no sé quién dijo: «Esto lo estoy tocando mañana», y
los muchachos se quedaron cortados, apenas dos o tres siguiendo unos
compases, como un tren que tarda en frenar, y Johnny se golpeaba la frente y
repetía: «Esto ya lo toqué mañana, es horrible, Miles, esto ya lo toqué
mañana», y no lo podían hacer salir de eso, y a partir de entonces todo
anduvo mal, Johnny tocaba sin ganas y deseando irse (a drogarse otra vez,
dijo el técnico de sonido muerto de rabia), y cuando lo vi salir,
tambaleándose y con la cara cenicienta, me pregunté si eso iba a durar
todavía mucho tiempo. -Creo que llamaré al doctor Bernard -ha dicho Dédée,
mirando de reojo a Johnny, que bebe su ron a pequeños sorbos-. Tienes
fiebre, y no comes nada.
-El doctor Bernard es un triste idiota -ha dicho Johnny, lamiendo su vaso-.
Me va a dar aspirinas, y después dirá que le gusta muchísimo el jazz, por
ejemplo Ray Noble. Te das una idea, Bruno. Si tuviera el saxo lo recibiría
con una música que lo haría bajar de vuelta los cuatro pisos con el culo en
cada escalón.
-De todos modos no te hará mal tomarte las aspirinas -he dicho, mirando de
reojo a Dédée-. Si quieres yo telefonearé al salir, así Dédée no tiene que
bajar. Oye, pero ese contrato... Si empiezas pasado mañana creo que se podrá
hacer algo. También yo puedo tratar de sacarle un saxo a Rory Friend. Y en
el peor de los casos... La cuestión es que vas a tener que andar con más
cuidado, Johnny.
-Hoy no -ha dicho Johnny mirando al frasco de ron-. Mañana, cuando tenga el
saxo. De manera que no hay por qué hablar de eso ahora. Bruno, cada vez me
doy mejor cuenta de que el tiempo... Yo creo que la música ayuda siempre a
comprender un poco este asunto. Bueno, no a comprender porque la verdad es
que no comprendo nada. Lo único que hago es darme cuenta de que hay algo.
Como esos sueños, no es cierto, en que empiezas a sospecharte que todo se va
a echar a perder, y tienes un poco de miedo por adelantado; pero al mismo
tiempo no estás nada seguro, y a lo mejor todo se da vuelta como un
panqueque y de repente estás acostado con una chica preciosa y todo es
divinamente perfecto.
Dédée está lavando las tazas y los vasos en un rincón del cuarto. Me he dado
cuenta de que ni siquiera tienen agua corriente en la pieza; veo una
palangana con flores rosadas y una jofaina que me hace pensar en un animal
embalsamado. Y Johnny sigue hablando con la boca tapada a medias por la
frazada, y también él parece un embalsamado con las rodillas contra el
mentón y su cara negra y lisa que el ron y la fiebre empiezan a humedecer
poco a poco.
-He leído algunas cosas sobre todo eso, Bruno. Es muy raro, y en realidad
tan difícil... Yo creo que la música ayuda, sabes. No a entender, porque en
realidad no entiendo nada. -Se golpea la cabeza con el puño cerrado. La
cabeza le suena como un coco.
-No hay nada aquí dentro, Bruno, lo que se dice nada. Esto no piensa ni
entiende nada. Nunca me ha hecho falta, para decirte la verdad. Yo empiezo a
entender de los ojos para abajo, y cuanto más abajo mejor entiendo. Pero no
es realmente entender, en eso estoy de acuerdo.
-Te va a subir la fiebre -ha rezongado Dédée desde el fondo de la pieza.
-Oh, cállate. Es verdad, Bruno. Nunca he pensado en nada, solamente de golpe
me doy cuenta de lo que he pensado, pero eso no tiene gracia, ¿verdad? ¿Qué
gracia va a tener darse cuenta de que uno ha pensado algo? Para el caso es
lo mismo que si pensaras tú o cualquier otro. No soy yo, yo. Simplemente
saco provecho de lo que pienso, pero siempre después, y eso es lo que no
aguanto. Ah, es difícil, es tan difícil... ¿No ha quedado ni un trago?
Le he dado las últimas gotas de ron, justamente cuando Dédée volvía a
encender la luz; ya casi no se veía en la pieza. Johnny está sudando, pero
sigue envuelto en la frazada, y de cuando en cuando se estremece y hace
crujir el sillón.
-Me di cuenta cuando era muy chico, casi en seguida de aprender a tocar el
saxo. En mi casa había siempre un lío de todos los diablos, y no se hablaba
más que de deudas, de hipotecas. ¿Tú sabes lo que es una hipoteca? Debe ser
algo terrible, porque la vieja se tiraba de los pelos cada vez que el viejo
hablaba de la hipoteca, y acababan a los golpes. Yo tenía trece años... pero
ya has oído todo eso.
Vaya si lo he oído; vaya si he tratado de escribirlo bien y verídicamente en
mi biografía de Johnny.
-Por eso en casa el tiempo no acababa nunca, sabes. De pelea en pelea, casi
sin comer. Y para colmo la religión, ah, eso no te lo puedes imaginar.
Cuando el maestro me consiguió un saxo que te hubieras muerto de risa si lo
ves, entonces creo que me di cuenta en seguida. La música me sacaba del
tiempo, aunque no es más que una manera de decirlo. Si quieres saber lo que
realmente siento, yo creo que la música me metía en el tiempo. Pero entonces
hay que creer que este tiempo no tiene nada que ver con... bueno, con
nosotros, por decirlo así
Como hace rato que conozco las alucinaciones de Johnny, de todos los que
hacen su misma vida lo escucho atentamente pero sin preocuparme demasiado
por lo que dice. Me pregunto en cambio cómo habrá conseguido la droga en
París. Tendré que interrogar a Dédée, suprimir su posible complicidad.
Johnny no va a poder resistir mucho más en ese estado. La droga y la miseria
no saben andar juntas. Pienso en la música que se está perdiendo, en las
docenas de grabaciones donde Johnny podría seguir dejando esa presencia, ese
adelanto asombroso que tiene sobre cualquier otro músico. «Esto lo estoy
tocando mañana» se me llena de pronto de un sentido clarísimo, porque Johnny
siempre está tocando mañana y el resto viene a la zaga, en este hoy que él
salta sin esfuerzo con las primeras notas de su música.
Soy un crítico de jazz lo bastante sensible como para comprender mis
limitaciones, y me doy cuenta de que lo que estoy pensando está por debajo
del plano donde el pobre Johnny trata de avanzar con sus frases truncadas,
sus suspiros, sus súbitas rabias y sus llantos. A él le importa un bledo que
yo lo crea genial, y nunca se ha envanecido de que su música esté mucho más
allá de la que tocan sus compañeros. Pienso melancólicamente que él está al
principio de su saxo mientras yo vivo obligado a conformarme con el final.
Él es la boca y yo la oreja, por no decir que él es la boca y yo... Todo
crítico, ay, es el triste final de algo que empezó como sabor, como delicia
de morder y mascar. Y la boca se mueve otra vez, golosamente la gran lengua
de Johnny recoge un chorrito de saliva de los labios. Las manos hacen un
dibujo en el aire.
-Bruno, si un día lo pudieras escribir... No por mí, entiendes, a mí qué me
importa. Te estaba diciendo que cuando empecé a tocar de chico me di cuenta
de que el tiempo cambiaba. Esto se lo conté una vez a Jimy me dijo que todo
el mundo se siente lo mismo, y que cuando uno se abstrae... Dijo así, cuando
uno se abstrae. Pero no, yo no me abstraigo cuando toco. Solamente que
cambio de lugar. Es como en un ascensor, tú estás en el ascensor hablando
con la gente, y no sientes nada raro, y entre tanto pasa el primer piso, el
décimo, el veintiuno, y la ciudad se queda ahí abajo, y tú estás terminando
la frase que habías empezado al entrar, y entre las primeras palabras y las
ultimas hay cincuenta y dos pisos. Yo me di cuenta cuando empecé a tocar que
entraba en un ascensor, pero era un ascensor de tiempo, si te lo puedo decir
así. No creas que me olvidaba de la hipoteca o de la religión. Solamente que
en esos momentos la hipoteca y la religión eran como el traje que uno no
tiene puesto; yo sé que el traje está en el ropero, pero a mí no vas a
decirme que en este momento ese traje existe. El traje existe cuando me lo
pongo, y la hipoteca y la reli¬gión existían cuando terminaba de tocar y la
vieja entraba con el pelo colgándole en mechones y se quejaba de que yo le
rompía las orejas con esa-música-del-diablo.
Dédée ha traído otra taza de nescafé, pero Johnny mira tristemente su vaso
vacío.
-Esto del tiempo es complicado, me agarra por todos lados. Me empiezo a dar
cuenta poco a poco de que el tiempo no es como una bolsa que se relle¬na.
Quiero decir que aunque cambie el relleno, en la bolsa no cabe más que una
cantidad y se acabó. ¿Ves mi valija, Bruno? Caben dos trajes y dos pares de
zapatos. Bueno, ahora imagínate que la vacías y después vas a poner de nuevo
los dos trajes y los dos pares de zapatos, y entonces te das cuenta de que
solamente caben un traje y un par de zapatos Pero lo mejor no es eso. Lo
mejor es cuando te das cuenta de que puedes meter una tienda entera en la
valija, cientos y cientos de trajes, como yo méte¬la música en el tiempo
cuando estoy tocando, a veces. La música y lo que pienso cuando viajo en el
metro.
-Cuando viajas en el metro.
-Eh, sí, ahí está la cosa -ha dicho socarrona mente Johnny-. El metro es un
gran invento, Bruno. Viajando en el metro te das cuenta de todo lo que
podría caber en la valija. A lo mejor no per¬dí el saxo en el metro, a lo
mejor...
Se echa a reír, tose, y Dédée lo mira inquieta. Pero él hace gestos, y se
ríe y tose mezclando todo, sacudiendo de debajo de la frazada como un
chim¬pancé. Le caen lágrimas y se las bebe, siempre riendo.
-Mejor es no confundir las cosas -dice des¬pués de un rato-. Lo perdí y se
acabó. Pero el me¬tro me ha servido para darme cuenta del truco de la
valija. Mira, esto de las cosas elásticas es muy raro, yo lo siento en todas
partes. Todo es elástico, chico. Las cosas que parecen duras tienen una
elas¬ticidad...
Piensa, concentrándose.
-... una elasticidad retardada -agrega sorprendentemente. Yo hago un gesto
de admiración aprobatoria. Bravo, Johnny. El hombre que dice que no es capaz
de pensar. Vaya con Johnny. Y ahora estoy realmente interesado por lo que va
a decir, y él se da cuenta y me mira más socarronamente que nunca.
-¿Tú crees que podré conseguir otro saxo para tocar pasado mañana, Bruno?
-Sí, pero tendrás que tener cuidado.
-Claro, tendré que tener cuidado.
-Un contrato de un mes -explica la pobre Dédée-. Quince días en la boîte de
Rémy, dos conciertos y los discos. Podríamos arreglarnos tan bien.
-Un contrato de un mes -remeda Johnny con grandes gestos-. La boîte de Rémy,
dos conciertos y los discos. Bebata-bop bop bop, chrrr. Lo que tiene es sed,
una sed, una sed. Y unas ganas de fumar, de fumar. Sobre todo unas ganas de
fumar.
Le ofrezco un paquete de Gauloises, aunque sé muy bien que está pensando en
la droga. Ya es de noche, en el pasillo empieza un ir y venir de gente,
diálogos en árabe, una canción. Dédée se ha marchado, probablemente a
comprar alguna cosa para la cena. Siento la mano de Johnny en la rodilla.
-Es una buena chica, sabes. Pero me tiene harto. Hace rato que no la quiero,
que no puedo sufrirla. Todavía me excita, a ratos, sabe hacer el amor
como... -junta los dedos a la italiana-. Pero tengo que librarme de ella,
volver a Nueva York, Bruno.
-¿Para qué? Allá te estaba yendo peor que aquí. No me refiero al trabajo
sino a tu vida misma. Aquí me parece que tienes más amigos.
-Sí, estás tú y la marquesa, y los chicos del club... ¿Nunca hiciste el amor
con la marquesa, Bruno?
-No.
-Bueno, es algo que... Pero yo te estaba hablando del metro, y no sé por qué
cambiamos de tema. El metro es un gran invento, Bruno. Un día empecé a
sentir algo en el metro, después me olvidé... Y entonces se repitió, dos o
tres días después. Y al final me di cuenta. Es fácil de explicar, sabes,
pero es fácil porque en realidad no es la verdadera explicación. La
verdadera explicación sencillamente no se puede explicar. Tendrías que tomar
el metro y esperar a que te ocurra, aunque me parece que eso solamente me
ocurre a mí. Es un poco así, mira. ¿Pero de verdad nunca hiciste el amor con
la marquesa? Le tienes que pedir que suba al taburete dorado que tiene en el
rincón del dormitorio, al lado de una lámpara muy bonita, y entonces... Bah,
ya está ésa de vuelta.
Dédée entra con un bulto, y mira a Johnny.
-Tienes más fiebre. Ya telefoneé al doctor, va a venir a las diez. Dice que
te quedes tranquilo.
-Bueno, de acuerdo, pero antes le voy a contar lo del metro a Bruno. El otro
día me di bien cuenta de lo que pasaba. Me puse a pensar en mi vieja,
después en Lan y los chicos, y claro, al momento me parecía que estaba
caminando por mi barrio, y veía las caras de los muchachos, los de aquel
tiempo. No era pensar, me parece que ya te he dicho muchas veces que yo no
pienso nunca; estoy como parado en una esquina viendo pasar lo que pienso,
pero no pienso lo que veo. ¿Te das cuenta? Jim dice que todos somos iguales,
que en general (así dice) uno no piensa por su cuenta. Pongamos que sea así,
la cuestión es que yo había tomado el metro en la estación de Saint-Michel y
en seguida me puse a pensar en Lan y los chicos, y a ver el barrio. Apenas
me senté me puse a pensar en ellos. Pero al mismo tiempo me daba cuenta de
que estaba en el metro, y vi que al cabo de un minuto más o menos llegábamos
a Odéon, y que la gente entraba y salía. Entonces seguí pensando en Lan y vi
a mi vieja cuando volvía de hacer las compras, y empecé a verlos a todos, a
estar con ellos de una manera hermosísima, como hacía mucho que no sentía.
Los recuerdos son siempre un asco, pero esta vez me gustaba pensar en los
chicos y verlos. Si me pongo a contarte todo lo que vi no lo vas a creer
porque tendría para rato. Y eso que ahorraría detalles. Por ejemplo, para
decirte una sola cosa, veía a Lan con un vestido verde que se ponía cuando
iba al Club 33 donde yo tocaba con Hamp. Veía el vestido con unas cintas, un
moño, una especie de adorno al costado y un cuello... No al mismo tiempo,
sino que en realidad me estaba paseando alrededor del vestido de Lan y lo
miraba despacio. Y después miré la cara de Lan y la de los chicos, y después
me acordé de Mike que vivía en la pieza de al lado, y cómo Mike me había
contado la historia de unos caballos salvajes en Colorado, y él que
trabajaba en un rancho y hablaba sacando pecho como los domadores de
caballos...
-Johnny -ha dicho Dédée desde su rincón.
-Fíjate que solamente te cuento un pedacito de todo lo que estaba pensando y
viendo. ¿Cuánto hará que te estoy contando este pedacito?
-No sé, pongamos unos dos minutos.
-Pongamos unos dos minutos -remeda Johnny-. Dos minutos y te he contado un
pedacito nada más. Si te contara todo lo que les vi hacer a los chicos, y
cómo Hamp tocaba Save it, pretty mamma y yo escuchaba cada nota, entiendes,
cada nota, y Hamp no es de los que se cansan, y si te contara que también le
oí a mi vieja una oración larguísima, donde hablaba de repollos, me parece,
Pedía perdón por mi viejo y por mí y decía algo de unos repollos... Bueno,
si te contara en detalle todo eso, pasaríamos más de dos minutos, ¿eh,
Bruno?
-Si realmente escuchaste y viste todo eso, pasaría un buen cuarto de hora
-le he dicho, riéndome.
-Pasaría un buen cuarto de hora, eh, Bruno Entonces me vas a decir cómo
puede ser que de repente siento que el metro se para y yo me salvo de mi
vieja y Lan y todo aquello, y veo que estamos en Saint Germain-des-Prés, que
queda justo a un minuto y medio de Odéon.
Nunca me preocupo demasiado por las cosas que dice Johnny, pero ahora, con
su manera de mirarme, he sentido frío.
-Apenas un minuto y medio por tu tiempo, por el tiempo de ésa -ha dicho
rencorosamente Johnny-. Y también por el del metro y el de mi reloj,
malditos sean. Entonces, ¿cómo puede ser que yo haya estado pensando un
cuarto de hora, eh Bruno? ¿Cómo se puede pensar un cuarto de hora en un
minuto y medio? Te juro que ese día no había fumado ni un pedacito, ni una
hojita -agrega como un chico que se excusa-. Y después me ha vuelto a
suceder en todas partes. Pero -agrega astutamente- sólo en el metro me puedo
dar cuen porque viajar en el metro es como estar metido en un reloj. Las
estaciones son los minutos, comprendes, es ese tiempo de ustedes, de ahora;
pero yo sé que hay otro, y he estado pensando, pensando...
Se tapa la cara con las manos y tiembla. Yo quisiera haberme ido ya, y no sé
cómo hacer para despedirme sin que Johnny se resienta, porque es
terriblemente susceptible con sus amigos. Si sigue así le va a hacer mal,
por lo menos con Dédée no va a hablar de esas cosas.
-Bruno, si yo pudiera solamente vivir como en esos momentos, o como cuando
estoy tocando y también el tiempo cambia... Te das cuenta de lo que podría
pasar en un minuto y medio... Entonces un hombre, no solamente yo sino ésa y
tú y todos los muchachos, podrían vivir cientos de años, si encontráramos la
manera podríamos vivir mil veces más de lo que estamos viviendo por culpa de
los relojes, de esa manía de minutos y de pasado mañana...
Sonrío lo mejor que puedo, comprendiendo vagamente que tiene razón, pero que
lo que él sospecha y lo que yo presiento de sus sospechas se va a borrar
como siempre apenas esté en la calle y me meta en mi vida de todos los días.
En ese momento estoy seguro de que Johnny dice algo que no nace solamente de
que está medio loco, de que la realidad se le escapa y le deja en cambio una
especie de parodia que él convierte en una esperanza. Todo lo Que Johnny me
dice en momentos así (ya hace más de cinco años que Johnny me dice y les
dice a todos cosas parecidas) no se puede escuchar prometiéndose volver a
pensarlo más tarde. Apenas se está en la calle, apenas es el recuerdo y no
Johnny quien repite las palabras, todo se vuelve un fantaseo de la
marihuana, un manotear monótono (porque hay otros que dicen cosas parecidas,
a cada rato se sabe de testimonios parecidos) y después de la maravilla nace
la irritación, y a mí por lo menos me pasa que siento como si Johnny me
hubiera estado tomando el pelo. Pero esto ocurre siempre al otro día, no
cuando Johnny me lo está diciendo, porque entonces siento que hay algo que
quiere ceder en alguna parte, una luz que busca encenderse, o más bien como
si fuera necesario quebrar alguna cosa, quebrarla de arriba abajo como un
tronco metiéndole una cuña y martillando hasta el final. Y Johnny ya no
tiene fuerzas para martillar nada, y yo ni siquiera sé qué martillo haría
falta para meter una cuña que tampoco me imagino.
De manera que al final me he ido de la pieza, pero antes ha pasado una de
esas cosas que tienen que pasar -ésa u otra parecida-, y es que cuando me
estaba despidiendo de Dédée y le daba la espalda a Johnny he sentido que
algo ocurría, lo he visto en los ojos de Dédée y me he vuelto rápidamente
(porque a lo mejor le tengo un poco de miedo a Johnny, a este ángel que es
como mi hermano, a este hermano que es como mi ángel) y he visto a Johnny
que se ha quitado de golpe la frazada con que estaba envuelto, y lo he visto
sentado en el sillón completamente desnudo, con las piernas levantadas y las
rodillas junto al mentón, temblando pero riéndose, desnudo de arriba abajo
en el sillón mugriento.
-Empieza a hacer calor -ha dicho Johnny-. Bruno, mira qué hermosa cicatriz
tengo entre las costillas.
-Tápate -ha mandado Dédée, avergonzada y sin saber qué decir. Nos conocemos
bastante y un hombre desnudo no es más que un hombre desnudo, pero de todos
modos Dédée ha tenido vergüenza y yo no sabía cómo hacer para no dar la
impresión de que lo que estaba haciendo Johnny me chocaba. Y él lo sabía y
se ha reído con toda su bocaza, obscenamente manteniendo las piernas
levantadas, el sexo colgándole al borde del sillón como un mono en el zoo, y
la piel de los muslos con unas raras manchas que me han dado un asco
infinito. Entonces, Dédée ha agarrado la frazada y lo ha envuelto presurosa,
mientras Johnny se reía y parecía muy feliz. Me he despedido vagamente,
prometiendo volver al otro día, y Dédée me ha acompañado hasta el rellano,
cerrando la puerta para que Johnny no oiga lo que va a decirme.
-Está así desde que volvimos de la gira por Bélgica. Había tocado tan bien
en todas partes, y yo estaba tan contenta.
-Me pregunto de dónde habrá sacado la droga -he dicho, mirándola en los
ojos.
-No sé. Ha estado bebiendo vino y coñac casi todo el tiempo. Pero también ha
fumado, aunque menos que allá...
Allá es Baltimore y Nueva York, son los tres meses en el hospital
psiquiátrico de Bellevue, y la larga temporada en Camarillo.
-¿Realmente Johnny tocó bien en Bélgica, Dédée?
-Sí, Bruno, me parece que mejor que nunca. La gente estaba enloquecida, y
los muchachos de la orquesta me lo dijeron muchas veces. De repente pasaban
cosas raras, como siempre con Johnny, pero por suerte nunca delante del
público. Yo creí... pero ya ve, ahora es peor que nunca.
-¿Peor que en Nueva York? Usted no lo conoció en esos años.
Dédée no es tonta, pero a ninguna mujer le gusta que le hablen de su hombre
cuando aún no estaba en su vida, aparte de que ahora tiene que aguantarlo y
lo de antes no son más que palabras. No sé cómo decírselo y ni siquiera le
tengo plena confianza, pero al final me decido.
-Me imagino que se han quedado sin dinero.
-Tenemos ese contrato para empezar pasado mañana -ha dicho Dédée.
-¿Usted cree que va a poder grabar y presentarse en público?
-Oh, sí -ha dicho Dédée un poco sorprendida-. Johnny puede tocar mejor que
nunca si el doctor Bernard le corta la gripe. La cuestión es el saxo.
-Me voy a ocupar de eso. Aquí tiene, Dédée. Solamente que... Lo mejor sería
que Johnny no lo supiera.
-Bruno...
Con un gesto, y empezando a bajar la escalera, he detenido las palabras
imaginables, la gratitud inútil de Dédée. Separado de ella por cuatro o
cinco peldaños me ha sido más fácil decírselo.
-Por nada del mundo tiene que fumar antes del primer concierto. Déjelo beber
un poco pero no le dé dinero para lo otro.
Dédée no ha contestado nada, aunque he visto cómo sus manos doblaban y
doblaban los billetes, hasta hacerlos desaparecer. Por lo menos tengo la
seguridad de que Dédée no fuma. Su única complicidad puede nacer del miedo o
del amor. Si Johnny se pone de rodillas, como lo he visto en Chicago, y le
suplica llorando... Pero es un riesgo como tantos otros con Johnny, y por el
momento habrá dinero para comer y para remedios. En la calle me he subido el
cuello de la gabardina porque empezaba a lloviznar, y he respirado hasta que
me dolieron los pulmones; me ha parecido que París olía a limpio, a pan
caliente. Sólo ahora me he dado cuenta de cómo olía la pieza de Johnny, el
cuerpo de Johnny sudando bajo la frazada. He entrado en un café para beber
un coñac y lavarme la boca, quizá tambien la memoria que insiste e insiste
en las palabras de Johnny, sus cuentos, su manera de ver lo que yo no veo y
en el fondo no quiero ver. Me he puesto a pensar en pasado mañana y era como
una tranquilidad, como un puente bien tendido del mostrador hacia adelante.
Cuando no se está demasiado seguro de nada, lo mejor es crearse deberes a
manera de flotadores. Dos o tres días después he pensado que tenía el deber
de averiguar si la marquesa le está facilitando marihuana a Johnny Cárter, y
he ido al estudio de Montparnasse. La marquesa es verdaderamente una
marquesa, tiene dinero a montones que le viene del marqués, aunque hace rato
que se hayan divorciado a causa de la marihuana y otras razones parecidas.
Su amistad con Johnny viene de Nueva York, probablemente del año en que
Johnny se hizo famoso de la noche a la mañana simplemente porque alguien le
dio la oportunidad de reunir a cuatro o cinco muchachos a quienes les
gustaba su estilo, y Johnny pudo tocar a sus anchas por primera vez y los
dejo todos asombrados. Éste no es el momento de hacer crítica de jazz, y los
interesados pueden leer mi libro sobre Johnny y el nuevo estilo de la
posguerra, pero bien puedo decir que el cuarenta y ocho -digamos hasta el
cincuenta-fue como una explosión de la música, pero una explosión fría,
silenciosa, una explosión en la que cada cosa quedó en su sitio y no hubo
gritos ni escombros, pero la costra de la costumbre se rajó en millones de
pedazos y hasta sus defensores (en las orquestas y en el público) hicieron
una cuestión de amor propio de algo que ya no sentían como antes. Porque
después del paso de Johnny por el saxo alto no se puede seguir oyendo a los
músicos anteriores y creer que son el non plus ultra; hay que conformarse
con aplicar esa especie de resignación disfrazada que se llama sentido
histórico, y decir que cualquiera de esos músicos ha sido estupendo y lo
sigue siendo en-su-momento. Johnny ha pasado por el jazz como una mano que
da vuelta la hoja, y se acabó.
La marquesa, que tiene unas orejas de lebrel para todo lo que sea música, ha
admirado siempre una enormidad a Johnny y a sus amigos del grupo. Me imagino
que debió darles no pocos dólares en los días del Club 33, cuando la mayoría
de los críticos protestaban por las grabaciones de Johnny y juzgaban su jazz
con arreglo a criterios más que podridos. Probablemente también en esa época
la marquesa empezó a acostarse de cuando en cuando con Johnny, y a fumar con
él. Muchas veces los he visto juntos antes de las sesiones de grabación o en
los entreactos de los conciertos, y Johnny pare cía enormemente feliz al
lado de la marquesa, aun que en alguna otra platea o en su casa estaban Lan
y los chicos esperándolo. Pero Johnny no ha tenido jamás idea de lo que es
esperar nada, y tampoco se imagina que alguien pueda estar esperándolo.
Hasta su manera de plantar a Lan lo pinta de cuerpo entero. He visto la
postal que le mandó desde Roma, después de cuatro meses de ausencia (se
había trepado a un avión con otros dos músicos sin que Lan supiera nada). La
postal representaba a Rómulo y Remo, que siempre le han hecho mucha gracia a
Johnny (una de sus grabaciones se llama así) y decía; «Ando solo en una
multitud de amores», que es un fragmento de un poema de Dylan Thomas a quien
Johnny lee todo el tiempo. Los agentes de Johnny en Estados Unidos se
arreglaron para deducir una parte de sus regalías y entre garlas a Lan, que
por su parte comprendió pronto que no había hecho tan mal negocio librándose
de Johnny. Alguien me dijo que la marquesa dio también dinero a Lan, sin que
Lan supiera de dónde procedía. No me extraña porque la marquesa es
descabelladamente buena y entiende el mundo como las tortillas que fabrica
en su estudio cuando los amigos empiezan a llegar a montones, y que consiste
en tener una especie de tortilla permanente a la cual echa diversas cosas y
va sacando pedazos y ofreciéndolos a medida que hace falta.
He encontrado a la marquesa con Marcel Gavoty y con Art Boucaya, y
precisamente estaban hablando de las grabaciones que había hecho Johnny la
tarde anterior. Me han caído encima como si vieran llegar a un arcángel, la
marquesa me ha besuqueado hasta cansarse, y los muchachos me han palmeado
como pueden hacerlo un contrabajista y un saxo barítono. He tenido que
refugiarme detrás de un sillón, defendiéndome como podía, y todo porque se
han enterado de que soy el proveedor del magnífico saxo con el cual Johnny
acaba de grabar cuatro o cinco de sus mejores improvisaciones. La marquesa
ha dicho en seguida que Johnny era una rata inmunda, y que como estaba
peleado con ella (no ha dicho por qué) la rata inmunda sabía muy bien que
sólo pidiéndole perdón en debida forma hubiera podido conseguir el cheque
para ir a comprarse un saxo. Naturalmente Johnny no ha querido pedir perdón
desde que ha vuelto a París -la pelea parece que ha sido en Londres, dos
meses atrás- y en esa forma nadie podía saber que había perdido su condenado
saxo en el metro, etcétera. Cuando la marquesa echa a hablar, uno se
pregunta si el estilo de Dizzy no se le ha pegado al idioma, pues es una
serie interminable de variaciones en los registros más inesperados, hasta
que al final la marquesa se da un gran golpe en los muslos, abre de par en
par la boca y se pone a reír como si la estuvieran matando a cosquillas. Y
entonces Art Boucaya ha aprovechado para darme detalles de la sesión de
ayer, que me he perdido por culpa de mi mujer con neumonía.
-Tica puede dar fe -ha dicho Art mostrando a la marquesa que se retuerce de
risa-. Bruno, no te puedes imaginar lo que fue eso hasta que oigas los
discos. Si Dios estaba ayer en alguna parte puedes creerme que era en esa
condenada sala de grabación, donde hacía un calor de mil demonios dicho sea
de paso. ¿Te acuerdas de Willow Tree, Marcel?
-Si me acuerdo -ha dicho Marcel-. El estúpido pregunta si me acuerdo. Estoy
tatuado de la cabeza a los pies con Willow Tree.
Tica nos ha traído highballs y nos hemos puesto cómodos para charlar. En
realidad hemos hablado poco de la sesión de ayer, porque cualquier músico
sabe que de esas cosas no se puede hablar, pero lo poco que han dicho me ha
devuelto alguna espe ranza y he pensado que tal vez mi saxo le traiga buena
suerte a Johnny. De todas maneras no han faltado las anécdotas que enfriaran
un poco esa esperanza, como por ejemplo que Johnny se ha sacado los zapatos
entre grabación y grabación, y se ha paseado descalzo por el estudio. Pero
en cambio se ha reconciliado con la marquesa y ha prometido venir al estudio
a tomar una copa antes de su presentación de esta noche.
-¿Conoces a la muchacha que tiene ahora Johnny? -ha querido saber Tica. Le
he hecho una descripción lo más sucinta posible, pero Marcel la ha
completado a la francesa, con toda clase de matices y alusiones que han
divertido muchísimo a la marquesa. No se ha hecho la menor referencia a la
droga, aunque yo estoy tan aprensivo que me ha parecido olerla en el aire
del estudio de Tica, aparte de que Tica se ríe de una manera que también
noto a veces en Johnny y en Art, y que delata a los adictos. Me pregunto
cómo se habrá procurado Johnny la marihuana si estaba peleado con la
marquesa; mi confianza en Dédée se ha venido bruscamente al suelo, si es que
en realidad le tenía confianza. En el fondo son todos iguales.
Envidio un poco esa igualdad que los acerca, que los vuelve cómplices con
tanta facilidad; desde mi mundo puritano -no necesito confesarlo, cualquiera
que me conozca sabe de mi horror al desorden moral- los veo como a ángeles
enfermos, irritantes a fuerza de irresponsabilidad pero pagando los cuidados
con cosas como los discos de Johnny, la generosidad de la marquesa. Y no
digo todo, y quisiera forzarme a decirlo: los envidio, envidio a Johnny, a
ese Johnny del otro lado, sin que nadie sepa qué es exactamente ese otro
lado. Envidio todo menos su dolor, cosa que nadie dejará de comprender, pero
aun en su dolor tiene que haber atisbos de algo que me es negado. Envidio a
Johnny y al mismo tiempo me da rabia que se esté destruyendo por el mal
empleo de sus dones, por la estúpida acumulación de insensatez que requiere
su presión de vida. Pienso que si Johnny pudiera orientar esa vida, incluso
sin sacrificarle nada, ni siquiera la droga, y si piloteara mejor ese avión
que desde hace cinco años vuela a ciegas, quizá acabaría en lo peor, en la
locura completa, en la muerte, pero no sin haber tocado a fondo lo que busca
en sus tristes monólogos a posteriori, en sus recuentos de experiencias
fascinantes pero que se quedan a mitad de camino. Y todo eso lo sostengo
desde mi cobardía personal, y quizá en el fondo quisiera que Johnny acabara
de una vez, como una estrella que se rompe en mil pedazos y deja idiotas a
los astrónomos durante una semana, y después uno se va a dormir y mañana es
otro día.
Parecería que Johnny ha tenido como una sospecha de todo lo que he estado
pensando, porque me ha hecho un alegre saludo al entrar y ha venido casi en
seguida a sentarse a mi lado, después de besar y hacer girar por el aire a
la marquesa, y cambiar con ella y con Art un complicado ritual onomatopéyico
que les ha producido una inmensa gracia a todos.
-Bruno -ha dicho Johnny instalándose en el mejor sofá-, el cacharro es una
maravilla y que digan éstos lo que le he sacado ayer del fondo. A Tica le
caían unas lágrimas como bombillas eléctricas, y no creo que fuera porque le
debe plata a la modista, ¿eh, Tica?
He querido saber algo más de la sesión, pero a Johnny le basta ese desborde
de orgullo. Casi en seguida se ha puesto a hablar con Marcel del programa de
esta noche y de lo bien que les caen a los dos los flamantes trajes grises
con que van a presentarse en el teatro. Johnny está realmente muy bien y se
ve que lleva días sin fumar demasiado; debe de tener exactamente la dosis
que le hace falta para tocar con gusto. Y justamente cuando lo estoy
pensando, Johnny me planta la mano en el hombro y se inclina para decirme:
-Dédée me ha contado que la otra tarde estuve muy mal contigo.
-Bah, ni te acuerdes.
-Pero si me acuerdo muy bien. Y si quieres mi opinión, en realidad estuve
formidable. Deberías sentirte contento de que me haya portado así contigo;
no lo hago con nadie, créeme. Es una muestra de cómo te aprecio. Tenemos que
ir juntos a algún sitio para hablar de un montón de cosas. Aquí... -saca el
labio inferior, desdeñoso, y se ríe, se encoge de hombros, parece estar
bailando en el so fá-. Viejo Bruno. Dice Dédée que me porté muy mal, de
veras.
-Tenías gripe. ¿Estás mejor?
-No era gripe. Vino el médico, y en seguida empezó a decirme que el jazz le
gusta enormemente, y que una noche tengo que ir a su casa para es cuchar
discos. Dédée me contó que le habías dado dinero.
-Para que salieran del paso hasta que cobres. ¿Qué tal lo de esta noche?
-Bueno, tengo ganas de tocar y tocaría ahora mismo si tuviera el saxo, pero
Dédée se emperró en llevarlo ella misma al teatro. Es un saxo formidable,
ayer me parecía que estaba haciendo el amor cuando lo tocaba. Vieras la cara
de Tica cuando acabé. ¿Estabas celosa, Tica?
Y se han vuelto a reír a gritos, y Johnny ha considerado conveniente correr
por el estudio dando grandes saltos de contento, y entre él y Art han
bailado sin música, levantando y bajando las cejas para marcar el compás. Es
imposible impacientarse con Johnny o con Art, sería como enojarse con el
viento porque nos despeina. En voz baja, Tica, Marcel y yo hemos cambiado
impresiones sobre la presentación de la noche. Marcel está seguro de que
Johnny va a repetir su formidable éxito de 1951, cuando vino por primera vez
a París. Después de lo de ayer está seguro de que todo va a salir bien.
Quisiera sentirme tan tranquilo como él, pero de todas maneras no podré
hacer más que sentarme en las primeras filas y escuchar el concierto. Por lo
menos tengo la tranquilidad de que Johnny no está drogado como la noche de
Baltimore. Cuando le he dicho esto a Tica, me ha apretado la mano como si se
estuviera por caer al agua. Art y Johnny se han ido hasta el piano, y Art le
está mostrando un nuevo tema a Johnny que mueve la cabeza y canturrea. Los
dos están elegantísimos con sus trajes grises, aunque a Johnny lo perjudica
la grasa que ha juntado en estos tiempos.
Con Tica hemos hablado de la noche de Baltimore, cuando Johnny tuvo la
primera gran crisis violenta. Mientras hablábamos he mirado a Tica en los
ojos, porque quería estar seguro de que me comprende, y que no cederá esta
vez. Si Johnny llega a beber demasiado coñac o a fumar una nada de droga, el
concierto va a ser un fracaso y todo se vendrá al suelo. París no es un
casino de provincia y todo el mundo tiene puestos los ojos en Johnny. Y
mientras lo pienso no puedo impedirme un mal gusto en la boca, una cólera
que no va contra Johnny ni contra las cosas que le ocurren; más bien contra
mí y la gente que lo rodea, la marquesa y Marcel, por ejemplo. En el fondo
somos una banda de egoístas, so pretexto de cuidar a Johnny lo que hacemos
es salvar nuestra idea de él, prepararnos a los nuevos placeres que va a
darnos Johnny, sacarle brillo a la estatua que hemos erigido entre todos y
defenderla cueste lo que cueste. El fracaso de Johnny sería malo para mi
libro (de un momento a otro saldrá la traducción al inglés y al italiano), y
probablemente de cosas así está hecha una parte de mi cuidado por Johnny.
Art y Marcel lo necesitan para ganarse el pan, y la marquesa, vaya a saber
qué ve la marquesa en Johnny aparte de su talento. Todo esto no tiene nada
que hacer con el otro Johnny, y de repente me he dado cuenta de que quizá
Johnny quería decirme eso cuando se arrancó la frazada y se mostró desnudo
como un gusano, Johnny sin saxo, Johnny sin dinero y sin ropa. Johnny
obsesionado por algo que su pobre inteligencia no alcanza a entender pero
que flota lentamente en su música, acaricia su piel, lo prepara quizá para
un salto imprevisible que nosotros no comprenderemos nunca.
Y cuando se piensan cosas así acaba uno por sentir de veras mal gusto en la
boca, y toda la sinceridad del mundo no paga el momentáneo descubrimiento de
que uno es una pobre porquería al lado de un tipo como Johnny Cárter, que
ahora ha venido a beberse su coñac al sofá y me mira con aire divertido. Ya
es hora que nos vayamos todos a la sala Pleyel. Que la música salve por lo
menos el resto de la noche, y cumpla a fondo una de sus peores misiones, la
de ponernos un buen biombo delante del espejo, borrarnos del mapa durante un
par de horas.
Como es natural mañana escribiré para Jazz Hot una crónica del concierto de
esta noche. Pero aquí, con esta taquigrafía garabateada sobre una rodilla en
los intervalos, no siento el menor deseo de hablar como crítico, es decir de
sancionar comparativamente. Sé muy bien que para mí Johnny ha dejado de ser
un jazzman y que su genio musical es como una fachada, algo que todo el
mundo puede llegar a comprender y admirar pero que encubre otra cosa, y esa
otra cosa es lo único que debería importarme, quizá porque es lo único que
verdaderamente le importa a Johnny.
Es fácil decirlo, mientras soy todavía la música de Johnny. Cuando se
enfría... ¿Por qué no podré hacer como él, por qué no podré tirarme de
cabeza contra la pared? Antepongo minuciosamente las palabras a la realidad
que pretenden describirme, me escudo en consideraciones y sospechas que no
son más que una estúpida dialéctica. Me parece comprender por qué la
plegaria reclama instintivamente el caer de rodillas. El cambio de posición
es el símbolo de un cambio en la voz, en lo que la voz va a articular, en lo
articulado mismo. Cuando llego al punto de atisbar ese cambio, las cosas que
hasta un segundo antes me habían parecido arbitrarias se llenan de sentido
profundo, se simplifican extraordinariamente y al mismo tiempo se ahondan.
Ni Marcel ni Art se han dado cuenta ayer de que Johnny no estaba loco cuando
se sacó los zapatos en la sala de grabación. Johnny necesitaba en ese
Ínstente tocar el suelo con su piel, atarse a la tierra de la que su música
era una confirmación y no una fuga. Porque también siento esto en Johnny, y
es que no huye de nada, no se droga para huir como la mayoría de los
viciosos, no toca el saxo para agazaparse detrás de un foso de música, no se
pasa semanas encerrado en las clínicas psiquiátricas para sentirse al abrigo
de las presiones que es incapaz de soportar. Hasta su estilo, lo más
auténtico en él, ese estilo que merece nombres absurdos sin necesitar de
ninguno, prueba que el arte de Johnny no es una sustitución ni una
completación. Johnny ha abandonado el lenguaje hot más o menos corriente
hasta hace diez años, porque ese lenguaje violentamente erótico era
demasiado pasivo para él. En su caso el deseo se antepone al placer y lo
frustra, porque el deseo le exige avanzar, buscar, negando por adelantado
los encuentros fáciles del jazz tradicional. Por eso, creo, a Johnny no le
gusten gran cosa los blues, donde el masoquismo y las nostalgias... Pero de
todo esto ya he hablado en mi libro, mostrando cómo la renuncia a la
satisfacción inmediata indujo a Johnny a elaborar un lenguaje que él y otros
músicos están llevando hoy a sus últimas posibilidades. Este Jazz desecha
todo erotismo fácil, todo wagnerianismo por decirlo así, para situarse en un
plano aparentemente desasido donde la música queda en absoluta libertad, así
como la pintura sustraída a lo representativo queda en libertad para no ser
más que pintura. Pero entonces, dueño de una música que no facilite los
orgasmos ni las nostalgias, de una música que me gustaría poder llamar
metafísica, Johnny parece contar con ella para explorarse, para morder en la
realidad que se le escapa todos los días. Veo ahí la alta paradoja de su
estilo, su agresiva eficacia. Incapaz de satisfacerse, vale como un acicate
continuo, una construcción infinita cuyo placer no está en el remate sino en
la reiteración exploradora, en el ejemplo de facultades que dejan atrás lo
prontamente humano sin perder humanidad. Y cuando Johnny se pierde como este
noche en la creación continua de su música, sé muy bien que no este
escapando de nada. Ir a un encuentro no puede ser nunca escapar, aunque
releguemos cada vez el lugar de la cita; y en cuanto a lo que pueda quedarse
atrás, Johnny lo ignora o lo desprecia soberanamente. La marquesa, por
ejemplo, cree que Johnny teme la miseria, sin darse cuenta de que lo único
que Johnny puede temer es no encontrarse una chuleta al alcance del cuchillo
cuando se le da la gana de comerla, o una cama cuando tiene sueño, o cien
dólares en la cartera cuando le parece normal ser dueño de cien dólares.
Johnny no se mueve en un mundo de abstracciones como nosotros; por eso su
música, esa admirable música que he escuchado esta noche, no tiene nada de
abstracta. Pero sólo él puede hacer el recuento de lo que ha cosechado
mientras tocaba, y probablemente ya estará en otra cosa, perdiéndose en una
nueva conjetura o en una nueva sospecha. Sus conquistas son como un sueño,
las olvida al despertar cuando los aplausos le traen de vuelta, a él que
anda tan lejos viviendo su cuarto de hora de minuto y medio.
Sería como vivir sujeto a un pararrayos en plena tormenta y creer que no va
a pasar nada. A los cuatro o cinco días me he encontrado con Art Boucaya en
el Dupont del barrio latino, y le ha faltado tiempo para poner los ojos en
blanco y anunciarme las malas noticias. En el primer momento he sentido una
especie de satisfacción que no me queda más remedio que calificar de
maligna, porque bien sabía yo que la calma no podía durar mucho, pero
después he pensado en las consecuencias y mi cariño por Johnny se ha puesto
a retorcerme el estómago; entonces me he bebido dos coñacs mientras Art me
describía lo ocurrido. En resumen parece ser que esa tarde Delaunay había
preparado una sesión de grabación para presentar un nuevo quinteto con
Johnny a la cabeza, Art, Marcel Gavoty y dos chicos muy buenos de París en
el piano y la batería. La cosa tenía que empezar a las tres de la tarde y
contaban con todo el día y parte de la noche para entrar en calor y grabar
unas cuantas cosas. Y qué pasa. Pasa que Johnny empieza por llegar a las
cinco, cuando Delaunay estaba que hervía de impaciencia, y después de
tirarse en una silla dice que no se siente bien y que ha venido solamente
para no estropearles el día a los muchachos, pero que no tiene ninguna gana
de tocar.
-Entre Marcel y yo tratamos de convencerlo de que descansara un rato, pero
no hacía más que hablar de no sé qué campos con urnas que había encontrado,
y dale con las urnas durante media hora. Al final empezó a sacar montones de
hojas que había juntado en algún parque y guardado en los bolsillos.
Resultado, que el piso del estudio parecía el jardín botánico, los empleados
andaban de un lado a otro con cara de perros, y a todo esto sin grabar nada;
fíjate que el ingeniero llevaba tres horas fumando en su cabina, y eso en
París ya es mucho para un ingeniero.
»Al final Marcel convenció a Johnny de que lo mejor era probar, se pusieron
a tocar los dos y nosotros los seguíamos de a poco, más bien para sacarnos
el cansancio de no hacer nada. Hacía rato que me daba cuenta de que Johnny
tenía una especié de contracción en el brazo derecho, y cuando empezó a
tocar te aseguro que era terrible de ver. La cara gris, sabes, y de cuando
en cuando como un escalofrío; yo no veía el momento de que se fuera al
suelo. Y en una de ésas pega un grito, nos mira a todos uno a uno, muy
despacio, y nos pregunta qué estamos esperando para empezar con Amorous. Ya
sabes ese tema de Álamo. Bueno, Delaunay le hace una seña al técnico,
salimos todos lo mejor posible, y Johnny abre las piernas, se planta como en
un bote que cabecea, y se larga a tocar de una manera que te juro no había
oído jamás. Esto durante tres minutos, hasta que de golpe suelta un soplido
capaz de arruinar la misma armonía celestial, y se va a un rincón dejándonos
a todos en plena marcha, que acabáramos lo mejor que nos fuera posible.
»Pero ahora viene lo peor, y es que cuando acábamos, lo primero que dijo
Johnny fue que todo había salido como el diablo, y que esa grabación no
contaba para nada. Naturalmente, ni Delaunay ni nosotros le hicimos caso,
porque a pesar de los defectos el solo de Johnny valía por mil de los que
oyes todos los días. Una cosa distinta, que no te puedo explicar... Ya lo
escucharás, te imaginas que ni Delaunay ni los técnicos piensan destruir la
grabación. Pero Johnny insistía como un loco, amenazando romper los vidrios
de la cabina si no le probaban que el disco había sido anulado. Por fin el
ingeniero le mostró cualquier cosa y lo convenció, y entonces Johnny propuso
que grabáramos Streptomicyne, que salió mucho mejor y a la vez mucho peor,
quiero decirte que es un disco impecable y redondo, pero ya no tiene esa
cosa increíble que Johnny había soplado en Amorous.»
Suspirando, Art ha terminado de beber su cerveza y me ha mirado
lúgubremente. Le he preguntado qué ha hecho Johnny después de eso, y me ha
dicho que después de hartarlos a todos con sus historias sobre las hojas y
los campos llenos de urnas, se ha negado a seguir tocando y ha salido a
tropezones del estudio. Marcel le ha quitado el saxo para evitar que vuelva
a perderlo o pisotearlo, y entre él y uno de los chicos franceses lo han
llevado al hotel.
¿Qué otra cosa puedo hacer sino ir en seguida a verlo? Pero de todos modos
lo he dejado para mañana. Y a la mañana siguiente me he encontrado a Johnny
en las noticias de policía del Fígaro, por que durante la noche parece que
Johnny ha incendiado la pieza del hotel y ha salido corriendo desnudo por
los pasillos. Tanto él como Dédée han resultado ilesos, pero Johnny está en
el hospital bajo vigilancia. Le he mostrado la noticia a mi mujer para
alentarla en su convalecencia, y he ido en seguida al hospital donde mis
credenciales de periodista no me han servido de nada. Lo más que he al
canzado a saber es que Johnny está delirando y que tiene adentro bastante
marihuana como para enloquecer a diez personas. La pobre Dédée no ha sido
capaz de resistir, de convencerlo de que siguiera sin fumar; todas las
mujeres de Johnny acaban siendo sus cómplices, y estoy archiseguro de que la
droga se la ha facilitado la marquesa.
En fin, la cuestión es que he ido inmediatamente a casa de Delaunay para
pedirle que me haga escuchar Amorous lo antes posible. Vaya a saber si
Amorous no resulta el testamento del pobre Johnny; y en ese caso, mi deber
profesional...
Pero no, todavía no. A los cinco días me ha telefoneado Dédée diciéndome que
Johnny está mucho mejor y que quiere verme. He preferido no hacerle
reproches, primero porque supongo que voy a perder el tiempo, y segundo
porque la voz de la pobre Dédée parece salir de una tetera rajada. He
prometido ir en seguida, y le he dicho que tal vez cuando Johnny esté mejor
se pueda organizar una gira por las ciudades del interior. He colgado el
tubo cuando Dédée empezaba a llorar.
Johnny está sentado en la cama, en una sala donde hay otros dos enfermos que
por suerte duermen. Antes de que pueda decirle nada me ha atrapado la cabeza
con sus dos manazas, y me ha besado muchas veces en la frente y las
mejillas. Está terriblemente demacrado, aunque me ha dicho que le dan mucho
de comer y que tiene apetito. Por el momento lo que más le preocupa es saber
si los muchachos hablan mal de él, si su crisis ha dañado a alguien, y cosas
así. Es casi inútil que le responda, pues sabe muy bien que los conciertos
han sido anulados y que eso perjudica a Art, a Marcel y al resto; pero me lo
pregunta como si creyera que entretanto ha ocurrido algo de bueno, algo que
componga las cosas. Y al mismo tiempo no me engaña, porque en el fondo de
todo eso está su soberana indiferencia; a Johnny se le importa un bledo que
todo se haya ido al diablo, y lo conozco demasiado como para no darme
cuenta.
-Qué quieres que te diga, Johnny. Las cosas podrían haber salido mejor, pero
tú tienes el talento de echarlo todo a perder.
-Sí, no lo puedo negar -ha dicho cansadamente Johnny-. Y todo por culpa de
las urnas.
Me he acordado de las palabras de Art, me he quedado mirándolo.
-Campos llenos de urnas, Bruno. Montones de urnas invisibles, enterradas en
un campo inmenso. Yo andaba por ahí y de cuando en cuando tropezaba con
algo. Tú dirás que lo he soñado, eh. Era así, fíjate: de cuando en cuanto
tropezaba con una urna, hasta darme cuenta de que todo el campo es taba
lleno de urnas, que había miles de miles, y que dentro de cada urna estaban
las cenizas de un muerto. Entonces me acuerdo que me agaché y me puse a
cavar con las uñas hasta que una de las urnas quedó a la vista. Sí, me
acuerdo. Me acuerdo que pensé. «Ésta va a estar vacía porque es la que me
toca a mí.» Pero no, estaba llena de un polvo gris como sé muy bien que
estaban las otras aun que no las había visto. Entonces... entonces fue
cuando empezamos a grabar Amorous, me parece.
Discretamente he echado una ojeada al cuadro de temperatura. Bastante
normal, quién lo diría. Un médico joven se ha asomado a la puerta,
saludándome con una inclinación de cabeza, y ha hecho un gesto de aliento a
Johnny, no le ha contestado, y cuando el médico se ha ido sin pasar la
puerta, he visto que Johnny tenía los puños cerrados.
-Eso es lo que no entenderán nunca -me ha dicho-. Son como un mono con un
plumero, como las chicas del conservatorio de Kansas City que creían tocar
Chopin, nada menos. Bruno, en Camarillo me habían puesto en una pieza con
otros tres, y por la mañana entraba un interno lavadito y rosadito que daba
gusto. Parecía hijo del Kleenex y del Tampax, créeme. Una especie de inmenso
idiota que se me sentaba al lado y me daba ánimo, a mí que quería morirme,
que ya no pensaba en Lan ni en nadie. Y lo peor era que el tipo se ofendía
porque no le prestaba atención. Parecía esperar que me sentara en la cama,
maravillado de su cara blanca y su pelo bien peinado y sus uñas cuidadas, y
que me mejorara como esos que llegan a Lourdes y tiran la muleta y salen a
los saltos...
»Bruno, ese tipo y todos los otros tipos de Camarillo estaban convencidos.
¿De qué, quieres saber? No sé, te juro, pero estaban convencidos. De lo que
eran, supongo, de lo que valían, de su diploma. No, no es eso. Algunos eran
modestos y no se creían infalibles. Pero hasta el más modesto se sentía
seguro. Eso era lo que me crispaba, Bruno, que se sintieran seguros. Seguros
de qué, dime un poco, cuando yo, un pobre diablo con más pestes que el
demonio debajo de la piel, tenía bastante conciencia para sentir que todo
era como una jalea, que todo temblaba alrededor, que no había más que
fijarse un poco, sentirse un poco, callarse un poco, para descubrir los
agujeros. En la puerta, en la cama: agujeros. En la mano, en el diario, en
el tiempo, en el aire: todo lleno de agujeros, todo esponja, todo como un
colador colándose a sí mismo... Pero ellos eran la ciencia americana,
¿comprendes, Bruno? El guardapolvo los protegía de los agujeros; no veían
nada, aceptaban lo ya visto por otros, se imaginaban que estaban viendo. Y
naturalmente no podían ver los agujeros, y estaban muy seguros de sí mismos,
convencidísimos de sus recetas, sus jergas, su maldito psicoanálisis, sus no
fume y sus no beba... Ah, el día en que pude mandarme mudar, subirme al
tren, mirar por la ventanilla cómo todo iba para atrás, se hacía pedazos, no
sé si has visto cómo el paisaje se va rompiendo cuando lo miras alejarse...
Fumamos Gauloises. A Johnny le han dado permiso para beber un poco de coñac
y fumar ocho o diez cigarrillos. Pero se ve que es su cuerpo el que fuma,
que él está en otra cosa casi como si se negara a salir del pozo. Me
pregunto qué ha visto, qué ha sentido estos últimos días. No quiero
excitarlo, pero si se pusiera a hablar por su cuenta... Fumamos, callados, y
a veces Johnny estira el brazo y me pasa los dedos por la cara, como para
identificarme. Después juega con su reloj pulsera, lo mira con cariño.
-Lo que pasa es que se creen sabios -dice de golpe-. Se creen sabios porque
han juntado un montón de libros y se los han comido. Me da risa, porque en
realidad son buenos muchachos y viven convencidos de que lo que estudian y
lo que hacen son cosas muy difíciles y profundas. En el circo es igual,
Bruno, y entre nosotros es igual. La gente se figura que algunas cosas son
el colmo de la dificultad, y por eso aplauden a los trapecistas, o a mí. Yo
no sé qué se imaginan, que uno se está haciendo pedazos para tocar bien, o
que el trapecista se rompe los tendones cada vez que da un salto. En
realidad las cosas verdaderamente difíciles son otras tan distintas, todo lo
que la gente cree poder hacer a cada momento. Mirar, por ejemplo, o
comprender a un perro o a un gato. Ésas son las dificultades, las grandes
dificultades. Anoche se me ocurrió mirarme en este espejito, y te aseguro
que era tan terriblemente difícil que casi me tiro de la cama. Imagínate que
te estás viendo a ti mismo; eso tan sólo basta para quedarte frío durante
media hora. Realmente ese tipo no soy yo, en el primer momento he sentido
claramente que no era yo, lo agarré de sorpresa, de refilón y supe que no
era yo. Eso lo sentía, y cuando algo se siente... Pero es como en Palm
Beach, sobre una ola te cae la segunda, y después otra... Apenas has sentido
ya viene lo otro, vienen las palabras... No, no son las palabras, son lo que
está en las palabras, esa especie de cola de pegar, esa baba. Y la baba
viene y te tapa, y te convence de que el del espejo eres tú. Claro, pero
cómo no darse cuenta. Pero si soy yo, con mi pelo, esta cicatriz. Y la gente
no se da cuenta de que lo único que aceptan es la baba, y por eso les parece
tan fácil mirarse al espejo. O cortar un pedazo de pan con un cuchillo. ¿Tú
has cortado un pedazo de pan con un cuchillo?
-Me suele ocurrir -he dicho, divertido.
-Y te has quedado tan tranquilo. Yo no puedo, Bruno. Una noche tiré todo tan
lejos que el cuchillo casi le saca un ojo al japonés de la mesa de al lado.
Era en Los Ángeles, se armó un lío tan descomunal... Cuando les expliqué, me
llevaron preso. Y eso que me parecía tan sencillo explicarles todo. Esa vez
conocí al doctor Christie. Un tipo estupendo, y eso que yo a los médicos...
Ha pasado una mano por el aire, tocándolo por todos lados, dejándolo como
marcado por su paso. Sonríe. Tengo la sensación de que está solo,
completamente solo. Me siento como hueco a su lado. Si a Johnny se le
ocurriera pasar su mano a través de mí me cortaría como manteca, como humo.
A lo mejor es por eso que a veces me roza la cara con los dedos,
cautelosamente.
-Tienes el pan ahí, sobre el mantel -dice Johnny mirando el aire-. Es una
cosa sólida, no se puede negar, con un color bellísimo, un perfume. Algo que
no soy yo, algo distinto, fuera de mí. Pero si lo toco, si estiro los dedos
y lo agarro, entonces hay algo que cambia, ¿no te parece? El pan está fuera
de mí, pero lo toco con los dedos, lo siento, siento que eso es el mundo,
pero si yo puedo tocarlo y sentirlo, entonces no se puede decir realmente
que sea otra cosa, o ¿tú crees que se puede decir?
-Querido, hace miles de años que un montón de bardos se vienen rompiendo la
cabeza para resolver el problema.
-En el pan es de día -murmura Johnny, tapándose la cara-. Y yo me atrevo a
tocarlo, a cortarlo en dos, a metérmelo en la boca. No pasa nada, ya sé; eso
es lo terrible. ¿Te das cuenta de que es terrible que no pase nada? Cortas
el pan, le clavas el cuchillo, y todo sigue como antes. Yo no comprendo,
Bruno.
Me ha empezado a inquietar la cara de Johnny, su excitación. Cada vez
resulta más difícil hacerlo hablar de jazz, de sus recuerdos, de sus planes,
traerlo a la realidad. (A la realidad: apenas lo escribo me da asco. Johnny
tiene razón, la realidad no puede ser esto, no es posible que ser crítico de
jazz sea la realidad, porque entonces hay alguien que nos está tomando el
pelo. Pero al mismo tiempo a Johnny no se le puede seguir así la corriente
porque vamos a acabar todos locos.)
Ahora se ha quedado dormido, o por lo menos ha cerrado los ojos y se hace el
dormido. Otra vez me doy cuenta de lo difícil que resulta saber qué es lo
que está haciendo, qué es Johnny. Si duerme, si se hace el dormido, si cree
dormir. Uno está mucho más fuera de Johnny que de cualquier otro amigo.
Nadie puede ser más vulgar, más común, más atado a las circunstancias de una
pobre vida; accesible por todos lados, aparentemente. No es ninguna
excepción, aparentemente. Cualquiera puede ser como Johnny, siempre que
acepte ser un pobre diablo enfermo y vicioso y sin voluntad y lleno de
poesía y de talento. Aparentemente. Yo que me he pasado la vida admirando a
los genios, a los Picasso, a los Einstein, a toda la santa lista que
cualquiera puede fabricar en un minuto (y Gandhi, y Chaplin, y Stravinsky),
estoy dispuesto como cualquiera a admitir que esos fenómenos andan por las
nubes, y que con ellos no hay que extrañarse de nada. Son diferentes, no hay
vuelta que darle. En cambio la diferencia de Johnny es secreta, irritante
por lo misteriosa, porque no tiene ninguna explicación. Johnny no es un
genio, no ha descubierto nada, hace jazz como varios miles de negros y de
blancos, y aunque lo hace mejor que todos ellos, hay que reconocer que eso
depende un poco de los gustos del público, de las modas, del tiempo, en
suma. Panassié, por ejemplo, encuentra que Johnny es francamente malo y
aunque nosotros creemos que el francamente malo es Panassié, de todas
maneras hay materia abierta a la polémica. Todo esto prueba que Johnny no es
nada del otro mundo, pero apenas lo pienso me pregunto si precisamente no
hay en Johnny algo del otro mundo (que él es el primero en desconocer).
Probablemente se reiría mucho si se lo dijeran. Yo sé bastante bien lo que
piensa, lo que vive de estas cosas. Digo: lo que vive de estas cosas, porque
Johnny... Pero no voy a eso, lo que quería explicarme a mí mismo es que la
distancia que va de Johnny a nosotros no tiene explicación, no se funda en
diferencias explicables. Y me parece que él es el primero en pagar las
consecuencias de eso, que lo afecta tanto como a nosotros. Dan ganas de
decir en seguida que Johnny es como un ángel entre los hombres, hasta que
una elemental honradez obliga a tragarse la frase, a darle bonitamente
vuelta, y a reconocer que quizá lo que pasa es que Johnny es un hombre entre
los ángeles, una realidad entre las irrealidades que somos todos nosotros. Y
a lo mejor es por eso que Johnny me toca la cara con los dedos y me hace
sentir tan infeliz, tan transparente, tan poca cosa con mi buena salud, mi
casa, mi mujer, mi prestigio. Mi prestigio, sobre todo. Sobre todo mi
prestigio.
Pero es lo de siempre, he salido del hospital y apenas he calzado, en la
calle, en la hora, en todo lo que tengo que hacer, la tortilla ha girado
blandamente en el aire y se ha dado vuelta. Pobre Johnny, tan fuera de la
realidad. (Es así, es así. Me es más fácil creer que es así, ahora que estoy
en un café y a dos horas de mi visita al hospital, que todo lo que escribí
más arriba forzándome como un condenado a ser por lo menos un poco decente
conmigo mismo.)
Por suerte lo del incendio se ha arreglado O.K., pues como cabía suponer la
marquesa ha hecho de las suyas para que lo del incendio se arreglara O.K.
Dédée y Art Boucaya han venido a buscarme al diario, y los tres nos hemos
ido a Vix para escuchar la ya famosa -aunque todavía secreta- graba ción de
Amorous. En el taxi Dédée me ha contado sin muchas ganas cómo la marquesa lo
ha sacado a Johnny del lío del incendio, que por lo demás no había pasado de
un colchón chamuscado y un susto terrible de todos los argelinos que viven
en el hotel de la rué Lagrange. Multa (ya pagada), otro hotel (ya conseguido
por Tica), y Johnny está convaleciente en una cama grandísima y muy linda,
toma leche a baldes y lee el París Match y el New Yorker, mezclando a veces
su famoso (y roñoso) librito de bolsillo con poemas de Dylan Thomas y
anotaciones a lápiz por todas partes.
Con estas noticias y un coñac en el café de la esquina, nos hemos instalado
en la sala de audiciones para escuchar Amorous y Streptomicyne. Art ha
pedido que apagaran las luces y se ha acostado en el suelo para escuchar
mejor. Y entonces ha entrado Johnny y nos ha pasado su música por la cara,
ha entrado ahí aunque esté en su hotel y metido en la cama, y nos ha barrido
con su música durante un cuarto de hora. Comprendo que le enfurezca la idea
de que vayan a publicar Amorous, porque cualquiera se da cuenta de las
fallas, del soplido perfectamente perceptible que acompaña algunos finales
de frase y sobre todo la salvaje caída final, esa nota sorda y breve, que me
ha parecido un corazón que se rompe, un cuchillo entrando en un pan (y él
hablaba del pan hace unos días). Pero en cambio a Johnny se le escaparía lo
que para nosotros es terriblemente hermoso, la ansiedad que busca salida en
esa improvisación, llena de huidas en todas direcciones, de interrogación,
de manoteo desesperado. Johnny no puede comprender (porque lo que para él es
fracaso a nosotros nos parece un camino, por lo menos la señal de un camino)
que Amorous va a quedar como uno de los momentos más grandes del jazz. El
artista que hay en él va a ponerse frenético de rabia cada vez que oiga ese
remedo de su deseo, de todo lo que quiso decir mientras luchaba,
tambaleándose, escapándosele la saliva de la boca junto con la música, más
que nunca solo frente a lo que persigue, a lo que se le huye mientras más lo
persigue. Es curioso, ha sido necesario escuchar esto, aunque ya todo
convergía a esto, a Amorous, para que yo me diera cuenta de que Johnny no es
una víctima, no es un perseguido como lo cree todo el mundo, como yo mismo
lo he dado a entender en mi biografía (por cierto que la edición en inglés
acaba de aparecer y se vende como la coca-cola). Ahora sé que no es así, que
Johnny persigue en vez de ser perseguido, que todo lo que le está ocurriendo
en la vida son azares del cazador y no del animal acosado. Nadie puede saber
qué es lo que persigue Johnny, pero es así, está ahí, en Amorous, en la
marihuana, en sus absurdos discursos sobre tanta cosa, en las recaídas, en
el librito de Dylan Thomas, en todo lo pobre diablo que es Johnny y que lo
agranda y lo convierte en un absurdo viviente, en un cazador sin brazos y
sin piernas, en una liebre que corre tras de un tigre que duerme. Y me veo
precisado a decir que en el fondo Amorous me ha dado ganas de vomitar, como
si eso pudiera librarme de él, de todo lo que en él corre contra mí y contra
todos, esa masa negra informe sin manos y sin pies, ese chimpancé
enloquecido que me pasa los dedos por la cara y me sonríe enternecido.
Art y Dédée no ven (me parece que no quieren ver) más que la belleza formal
de Amorous. Incluso a Dédée le gusta más Streptomicyne, donde Johnny
improvisa con su soltura corriente, lo que el público entiende por
perfección y a mí me parece que en Jonny es más bien distracción, dejar
correr la música, estar en otro lado. Ya en la calle le he preguntado a
Dédée cuáles son sus planes, y me ha dicho que apenas Johnny pueda salir del
hotel (la policía se lo impide por el momento) una nueva marca de discos le
hará grabar todo lo que él quiera y le pagará muy bien. Art sostiene que
Johnny está lleno de ideas estupendas, y que él y Marcel Gavoty van a
«trabajar» las novedades junto con Johnny, aunque después de las últimas
semanas se ve que Art no las tiene todas consigo, y yo sé por mi parte que
anda en conversaciones con un agente para volverse a Nueva York lo antes
posible. Cosa que comprendo de sobra, pobre muchacho.
-Tica se está portando muy bien -ha dicho rencorosamente Dédée-. Claro, para
ella es tan fácil. Siempre llega al último momento, y no tiene más que abrir
el bolso y arreglarlo todo. Yo, en cambio...
Art y yo nos hemos mirado. ¿Qué le podríamos decir? Las mujeres se pasan la
vida dando vueltas alrededor de Johnny y de los que son como Johnny. No es
extraño, no es necesario ser mujer para sentirse atraído por Johnny. Lo
difícil es girar en torno a él sin perder la distancia, como un buen
satélite, un buen crítico. Art no estaba entonces en Baltimore, pero me
acuerdo de los tiempos en que conocí a Johnny, cuando vivía con Lan y los
niños. Daba lástima ver a Lan. Pero después de tratar un tiempo a Johnny, de
aceptar poco a poco el imperio de su música, de sus terrores diurnos, de sus
explicaciones inconcebibles sobre cosas que jamás habían ocurrido, de sus
repentinos accesos de ternura, entonces uno comprendía por qué Lan tenía esa
cara y cómo era imposible que tuviese otra cara y viviera a la vez con
Johnny. Tica es otra cosa, se le escapa por la vía de la promiscuidad, de la
gran vida, y además tiene al dólar sujeto por la cola y eso es más eficaz
que una ametralladora, por lo menos es lo que dice Art Boucaya cuando anda
resentido con Tica o le duele la cabeza.
-Venga lo antes posible -me ha pedido Dédée-. A él le gusta hablar con
usted.
Me hubiera gustado sermonearla por lo del incendio (por la causa del
incendio, de la que es seguramente cómplice) pero sería tan inútil como
decirle al mismo Johnny que tiene que convertirse en un ciudadano útil. Por
el momento todo va bien, y es curioso (es inquietante) que apenas las cosas
andan bien por el lado de Johnny yo me siento inmensamente contento. No soy
tan inocente como para creer en una simple reacción amistosa. Es más bien
como un aplazamiento, un respiro. No necesito buscarle explicaciones cuando
lo siento tan claramente como puedo sentir la nariz pegada a la cara. Me da
rabia ser el único que siente esto, que lo padece todo el tiempo. Me da
rabia que Art Boucaya, Tica o Dédée no se den cuenta de que cada vez que
Johnny sufre, va a la cárcel, quiere matarse, incendia un colchón o corre
desnudo por los pasillos de un hotel, está pagando algo por ellos, está
muriéndose por ellos. Sin saberlo, y no como los que pronuncian grandes
discursos en el patíbulo o escriben libros para denunciar los males de la
humanidad o tocan el piano con el aire de quien está lavando los pecados del
mundo. Sin saberlo, pobre saxofonista, con todo lo que esta palabra tiene de
ridículo, de poca cosa, de uno más entre tantos pobres saxofonistas.
Lo malo es que si sigo así voy a acabar escribiendo más sobre mí mismo que
sobre Johnny. Empiezo a parecerme a un evangelista y no me hace ninguna
gracia. Mientras volvía a casa he pensado con el cinismo necesario para
recobrar la confianza, que en mi libro sobre Johnny yo sólo menciono de
paso, discretamente, el lado patológico de su persona. No me ha parecido
necesario explicarle a la gente que Johnny cree pasearse por campos llenos
de urnas, o que las pinturas se mueven cuando él las mira; fantasmas de la
marihuana, al fin y al cabo, que se acaban con la cura de desintoxicación.
Pero se diría que Johnny me deja en prenda esos fantasmas, me los pone como
otros tantos pañuelos en el bolsillo hasta que llega la hora de recobrarlos.
Y creo que soy el único que los aguanta, los convive y los teme; y nadie lo
sabe, ni siquiera Johnny. Uno no puede confesarle cosas así a Johnny, como
las confesaría a un hombre realmente grande, al maestro ante quien nos
humillamos a cambio de un consejo. ¿Qué mundo es este que me toca cargar
como un fardo? ¿Qué clase de evangelista soy? En Johnny no hay la menor
grandeza, lo he sabido desde que lo conocí, desde que empecé a admirarlo. Ya
hace rato que esto no me sorprende, aunque al principio me resultara
desconcertante esa falta de grandeza, quizá porque es una dimensión que uno
no está dispuesto a aplicar al primero que llega, y sobre todo a los
jazzmen. No sé por qué (no sé por qué) creí en un momento que en Johnny
había una grandeza que él desmiente de día en día (o que nosotros
desmentimos, y en realidad no es lo mismo; porque, seamos honrados, en
Johnny hay como el fantasma de otro Johnny que pudo ser, y ese otro Johnny
está lleno de grandeza; al fantasma se le nota como la falta de esa
dimensión que sin embargo negativamente evoca y contiene).
Esto lo digo porque las tentativas que ha hecho Johnny para cambiar de vida,
desde su aborto de suicidio hasta la marihuana, son las que cabía esperar de
alguien tan sin grandeza como él. Creo que lo admiro todavía más por eso,
porque es realmente el chimpancé que quiere aprender a leer, un pobre tipo
que se da con la cara contra las paredes, y no se convence, y vuelve a
empezar.
Ah, pero si un día el chimpancé se pone a leer, qué quiebra en masa, qué
desparramo, qué sálvese el que pueda, yo el primero. Es terrible que un
hombre sin grandeza alguna se tire de esa manera contra la pared. Nos
denuncia a todos con el choque de sus huesos, nos hace trizas con la primera
frase de su música. (Los mártires, los héroes, de acuerdo: uno está seguro
con ellos. ¡Pero Johnny!)
Secuencias. No sé decirlo mejor, es como una noción de que bruscamente se
arman secuencias terribles o idiotas en la vida de un hombre, sin que se
sepa qué ley fuera de las leyes clasificadas decide que a cierta llamada
telefónica va a seguir inmediatamente la llegada de nuestra hermana que vive
en Auvernia, o se va a ir la leche al fuego, o vamos a ver desde el balcón a
un chico debajo de un auto. Como en los equipos de fútbol y en las
comisiones directivas, parecería que el destino nombra siempre algunos
suplentes por si le fallan los titulares. Y así es que esta mañana, cuando
todavía me duraba el contento por saberlo mejorado y contento a Johnny
Cárter, me telefonean de urgencia al diario, y la que telefonea es Tica, y
la noticia es que en Chicago acaba de morirse Bee, la hija menor de Lan y de
Johnny, que naturalmente Johnny está como loco, y sería bueno que yo fuera a
darles una mano a los amigos.
He vuelto a subir una escalera del hotel -y van ya tantas en mi amistad con
Johnny- para encontrarme con Tica tomando té, con Dédée mojando una toalla,
con Art, Delaunay y Pepe Ramírez que hablan en voz baja de las últimas
noticias de Lester Young, y con Johnny muy quieto en la cama, una toalla en
la frente y un aire perfectamente tranquilo y casi desdeñoso. Inmediatamente
me he puesto en el bolsillo la cara de circunstancias, limitandome a
apretarle fuerte la mano a Johnny, encender un cigarrillo y esperar.
-Bruno, me duele aquí -ha dicho Johnny al cabo de un rato, tocándose el
sitio convencional del corazón-. Bruno, ella era como una piedrecita en mi
mano. Y yo no soy nada más que un pobre caballo amarillo, y nadie, nadie,
limpiará las lágrimas de mis ojos.
Todo esto dicho solemnemente, casi recitado, y Tica mirando a Art, y los dos
haciéndose señas de indulgencia, aprovechando que Johnny tiene la cara
tapada con la toalla mojada y no puede verlos. Personalmente me repugnan la
frases baratas, pero todo esto que ha dicho Johnny, aparte de que me parece
haberlo leído en algún sitio, me ha sonado como una máscara que se pusiera a
hablar, así de hueco, así de inútil. Dédée ha venido con otra toalla y le ha
cambiado el aposito, y en el intervalo he podido vislumbrar el rostro de
Johnny y lo he visto de un gris ceniciento, con la boca torcida y los ojos
apretados hasta arrugarse. Y como siempre con Johnny, las cosas han ocurrido
de otra manera que la que uno esperaba, y Pepe Ramírez que no lo conoce gran
cosa está todavía bajo los efectos de la sorpresa y yo creo que del
escándalo, porque al cabo de un rato Johnny se ha sentado en la cama y se ha
puesto a insultar lentamente, mascando cada palabra, y soltándola después
como un trompo se ha puesto a insultar a los responsables de la grabación de
Amorous, sin mirar a nadie pero clavándonos a todos como bichos en un cartón
nada más que con la increíble obscenidad de sus palabras, y así ha estado
dos minutos insultando a todos los de Amorous, empezando por Art y Delaunay,
pasando por mí (aunque yo...) y acabando en Dédée, en Cristo omnipotente y
en la puta que los parió a todos sin la menor excepción. Y eso ha sido en el
fondo, eso y lo de la piedrecita blanca, la oración funebre de Bee, muerta
en Chicago de neumonía.
[EN PROTECCION DE LOS
DERECHOS DE AUTOR FINALIZA EL FRAGMENTO DE EL PERSEGUIDOR]
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