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Luis Mattini |
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a escribir novelas, entrevista Crítica, 23/09/09

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¿Una
Quinta Internacional bolivariana?
Por Luis Mattini
Partimos del hecho indiscutido de que las guerras de la Independencia en América
significaron la constitución de los Estados Nacionales afirmando el desarrollo
capitalista en este continente. Eso quiere decir que, desde el punto de vista
del mito del progreso, se suponía que frente al “atraso” de las sociedades
americanas, los llamados patriotas fueron los representantes del “progreso” de
origen europeo de aquella época. Pero claro ese también es nuestro punto de
vista… digo el que aprendimos nosotros, los criollos, o sea los descendientes de
no americanos nacidos en América. ¿Se nos ocurrió pensar alguna vez que podría
haber otro punto de vista, además del de los colonialistas españoles?
Me atrevería decir que no. Porque me atrevo a decir que nunca nos lo fue
planteado por nuestro sistema educativo, ni la línea liberal ni la línea
revisionista. Nunca se lo escuché a mi maestra sarmientista, pero tampoco a Hugo
Wast ni a sus sucedáneos “de izquierda”, como Hernández Arregui o Galasso. Sin
embargo existe al menos otro punto de vista muy importante y es el de los
pueblos aborígenes. Para ellos, nuestros patriotas formaban parte de la opresión
colonial y, en todo caso, las guerras de la Independencia fueron guerras en el
intestino del orden colonial. Cierto es que en el alma de algunos patriotas
estaba incluida la preocupación por los indígenas, cierto es que había quienes
incluían en la liberación nacional la redención de los pueblos aborígenes, sobre
todo los jacobinos como Castelli o Monteagudo, pero no era el centro de las
preocupaciones de la mayor parte de los patriotas ya que ellos representaban a
las clases dominantes criollas. Y para colmo los hechos posteriores a la
creación de los estados independientes confirmaron la desconfianza o los
“prejuicios” de los indígenas: en la mayoría de los casos, esas clases
dominantes, ahora en el poder político, fueron iguales o peores que los
españoles respecto a los aborígenes.
Y de esto no escapa ni el mayor héroe criollo de América, Simón Bolívar, uno de
los fundadores de Estados Capitalistas. Más allá de sus declaraciones incluyendo
a los indígenas entre los ciudadanos a emancipar, lo cierto es que Bolívar
promovió, y luego aceptó de buen grado, la separación del llamado entonces Alto
Perú para fundar la república que lleva nada menos que su nombre: Bolivia. Así
se dio una de las grandes paradojas de América, una de las regiones de mayor
presencia aborigen, de la parte más antigua y de extensas y muy ricas culturas
precolombinas de Sudamérica, sólo comparable con México, la actual Bolivia,
lleva el nombre de un conquistador, mientras que ese paisito, compuesto en su
inmensa mayoría por criollos de tradición democrática, no se llama “Artigias”,
sino que lleva con legítimo orgullo un nombre aborigen: Uruguay
Pero un detalle no menor fue que Bolívar no sólo propició la división del Perú
porque, entre otras cosas, era una amenaza para su muy criolla “Gran Colombia
(fíjese que nuevamente la manía con los nombres europeos: Colón) sino que
redactó la primera constitución para la flamante república de Bolivia, cuyo
texto expresaba una mezcla de principios del republicanismo liberal con la
defensa contra el desorden que, según él, amenazaba los logros de los
libertadores hispanoamericanos, en particular, como queda dicho, el destino de
la Gran Colombia, que en apariencia se mantenía tranquila pero en la que desde
hacía poco se estaba oyendo un creciente coro de quejas.
Bolívar llegó a la conclusión de que era necesario enderezar la balanza a favor
de la estabilidad y la autoridad; y la constitución boliviana fue la solución
que dio. La característica más importante de la constitución fue la prescripción
de un presidente vitalicio que tenía el derecho de nombrar a su sucesor; como
una monarquía constitucional, cuyos poderes legales estaban estrictamente
definidos, nobleza obliga reconocerlo, pero que a la vez tenía un muy amplio
potencial de influencia personal. Este invento se complementaba con un complejo
congreso de tres cámaras una de las cuales era la Cámara de Censores. El tono
general de la constitución era una mezcla apenas convincente de cesarismo y
aristocraticismo. En Bolívar ni el jacobinismo ni la vocación democrática
parecían su fuerte, menos aún el internacionalismo.
Bien, los historiadores dicen que el libertador tuvo sus razones; La necesidad
de orden, frente al lógico caos post guerra revolucionaria, era la principal,
pero entre las no menores, estaba también el hecho que las clases dirigentes de
esa época consideraban que los pueblos de Iberoamérica no estaban maduros como
los anglosajones para ejercer la plena democracia.
Bueno, uno no quiere ser mal pensado, pero a juzgar por los hechos parece que
ese prejuicio sigue firme doscientos años después. Tenemos síntomas de monarquía
en Cuba, re-re-reelecciones lamentablemente tanto entre los progres venezolanos,
como entre los reaccionarios colombianos y en varios países; además estamos
llenos de padres protectores. Ni hablar de esa clase bien llamada “despotismo
ilustrado” que existe no sólo en Argentina, sino en toda Iberoamérica.
Pero Iberoamérica no es solo las guerras de la independencia, es toda una
historia de luchas posteriores, con harta frecuencia impregnadas de clasismo
pero disfrazadas de “nacionales y populares”, envenenadas de nacionalismo, ese
indigesto invento europeo que hemos sabido importar sin el debido asco. La
revolución mexicana es el máximo ejemplo seguido por la fresca revolución
cubana. De allí tenemos figuras alejadas de intereses de la burguesía, de los
Estados nacionales; como ser, Pancho Villa, Zapata, Sandino, el Che, Camilo, el
subcomandante Marcos y otros hombres saludablemente ajenos al nacionalismo.
¿José Carlos Mariátegui me recuerda Ud.? Ah si, claro…incluso él, a pesar de su
desdén por los criollos descendientes de africanos, escrito en su séptimo ensayo
de interpretación de la realidad peruana. ¿Por qué entonces Chávez, desde
Venezuela, llama a crear la Quinta Internacional bajo la inspiración del
patriota Bolívar, creador de Estados nacionales, o sea lo contrario al
internacionalismo? ¿Por qué, si su llamado es sincero, no se inspira en los
revolucionarios de Nuestra América? ¿O es que todavía no hemos superado el
contrabando stalinista que supimos comprar a pesar de nuestras críticas al
stalinismo? Me refiero a ese contrasentido llamado “Patria Socialista”, base de
la pretendida “vía estatal” al socialismo, la que en última instancia fue en la
URSS y en China, la ”larga vía hacia el capitalismo”.
Convengamos que el improvisado Chávez puede decir lo que se le ocurra repitiendo
unas re manidas frases marxistas. Convengamos que está imitando a los cubanos,
sin ver que Cuba se aleja cada vez más del marxismo para acercarse al espejo del
Estado Teocrático Norteamericano, en forma de sutil monarquía. Pero lo asombroso
es que viejos militantes, gente que como yo, llevamos décadas de lucha desde una
postura internacionalista, compremos ese discurso Entonces pregunto: Si queremos
ser radicales en nuestras posturas —y no cabe dudas que Chávez pretende
“corrernos por izquierda”— por qué un burgués, muy honorable, muy
revolucionario, pero burgués al fin y al cabo, como Bolívar y no un rebelde y
revolucionario de vocación como el Che, Zapata o el subcomandante Marcos?.
Pero veamos también la experiencia vivida ya por millones de personas que no
sólo nos sentimos internacionalistas, sino que ha sido nuestra práctica
militante: la Primera Internacional, fundada por Marx y los anarquistas, cumplió
un papel importante en la organización de la clase obrera de su época y luego se
agotó por insuficiente desarrollo al no poder contener a los anarquistas, los
socialistas y los comunistas todos juntos. La Segunda Internacional, fundada por
Engels, creó socialdemocracia mundial y entró en crisis cuando los partidos
socialistas fueron capturados por el chovinismo en la “defensa de la patria” en
vísperas de la primera guerra mundial. La Tercera Internacional, fundada por
Lenin, Trotsky y Rosa Luxemburgo fue la respuesta a la catástrofe ideológica de
la Segunda, A los pocos años , con la muerte de Lenin y Rosa, el destierro de
Trotsky y la zorroneria de Stalin asumiendo el poder absoluto, fue esclava de su
sujeción a la política estatal de la URSS y finalmente disuelta en las
postrimerías de la segunda guerra mundial, por el pacto de los rusos con los
aliados. La Cuarta Internacional, un invento de Trotsky, existió sólo como un
grupo de “burócratas sin fronteras”, sobre todo como una rara celestina de
partidos trotskistas que en medio siglo solo han aprendido a recitar un discurso
contestario parándose siempre “a la izquierda” en toda asamblea, para ver pasar
la revolución a su costado. Digamos a título de ejemplo, que el PRT-ERP
argentino, dirigido por Santucho, tuvo que romper con la Cuarta Internacional
para poder llevar adelante la práctica guevarista que le caracterizó
Conclusiones: es infructuoso y contraproducente impulsar grandes
conglomeraciones internacionales “por arriba”. Haciendo una caprichosa analogía,
observemos también las dificultades para el desarrollo de los novedosos “Foros”
que se reúnen para discutir y encarar problemas comunes a los seres humanos.
Queda cada vez más a la vista que la política de transformación revolucionaria
se diluye cuando se desliza por la superestructura. La historia de la humanidad
revela que los cambios se fueron dando desde abajo y sólo en determinado
momento, el de la insurrección o del asalto al poder, se proyecta todo hacia la
superestructura. De pronto vemos que en realidad cuando una revolución
“estalla”, realmente es porque ya se hizo; la cruda realidad de la historia,
además, indica que la revolución siempre sorprende a los revolucionarios.
Justamente, el talento revolucionario es prepararse para la sorpresa.
Pero respecto a la disparatada propuesta de Chávez, digamos que las
consecuencias trágicamente dolorosas de la práctica de la Tercera Internacional,
su sujeción a las necesidades de la URSS, enseña que no se puede ni pensar en un
organismo mundial en el que compartan espacios de lucha los movimientos
revolucionarios en el llano, con los gobiernos de un Estado. Un Estado,
cualquiera fuere, capitalista o socialista, obedece objetivamente a políticas e
intereses de Estado y estas políticas, no sólo suelen no estar acordes con las
políticas de los movimientos en el llano, sino que , la mas de las veces se
contradicen. Tenemos la trágica experiencia de la URSS y China y la amarga
experiencia de Cuba. Un Gobierno de un Estado se debe al Estado.
Por último, a ver si alguien tiene a mano la forma de informarle a Chávez que el
socialismo marxista desarrollado, implica la disolución del Estado. El comunismo
sólo será realidad como movimiento social, con la disolución del Estado.
Y no es sólo que yo me he hecho anarquista a la madurez, (o a la vejez, como
dicen algunas por ahí) sino de que este siempre fue el punto común entre Marx y
el anarquismo.
www.profanascartas.blogspot.com
22/02/10
La
moral, la tragedia ateniense y la ética
Algo sobre el papel del individuo en la historia
Propongo un breve examen sobre el papel de los seres humanos en la historia
y dentro de ella el papel del individuo, aclarando que este examen deviene
fundamentalmente de nuestra experiencia militante
Aclaración: Para evitar las antiestéticas consecuencias literarias en
castellano de ese feminismo beato, de claro signo anglo sajón, que,
trasladado a nuestra lengua, confunde un elemento gramatical llamado
"género" , femenino y masculino, con otras acepciones de esa palabra, como
ser los géneros sociales, biológicos o tejidos, aclaro que en todos los
casos me refiero a seres humanos: mujeres y varones. Prometo poner mi buena
voluntad no usando el vocablo genérico "hombre", pero mi buen gusto se niega
a escribir "la persona y el persono"; " el ser humano y la sera humana" o
ese absurdo adefesio de cambiar la muy latina letra "o" por el signo arroba
en las palabras en posición gramatical genérica. ("todos, "muchos" "amigos"
, "nosotros", etc)
Bien, terminada esta aclaración, digamos que yo empecé a militar a los
quince años cuando de un modo casual, casual en lo que hace a mi concretura,
me topé con gusto con la idea de que éramos agentes de la historia. La
adquirí de inmediato con enorme entusiasmo, porque esa idea funcionó como un
fortísimo estimulante, casi diría una justificación venida desde cierta
trascendencia, al impulso vital que, no se sabe desde dónde, nos empujaba
hacia el compromiso militante. Y cuando nuestros padres, tíos, vecinos o
compañeros de trabajo nos preguntaban, respondíamos de diversas maneras,
plenos de pasión y satisfacción por "el hacer", argumentando que militábamos
porque no tolerábamos la injusticia social, que nos dolía el sufrimiento de
los niños, que el mundo debía ser cambiado; pero en última instancia nos
decíamos agentes de la historia. O sea un rol predeterminado, una especie de
mandato.
Insisto, hoy a más de cincuenta años de esas cosas, estoy seguro que eso era
sólo un argumento para darnos derecho a actuar y coraje para enfrentar las
oposiciones. Porque el impulso estaba signado por la potencia del deseo,
entendiendo éste como la tendencia de cualquier cuerpo a realizar sus
potencialidades. Si era el cuerpo el que pensaba y hacía, era el cerebro el
que debía justificar esa acción, esa manifestación del deseo. En ese aspecto
éramos inmanentes con justificación trascendente. Nos movíamos por fuertes
impulsos del deseo interno pero lo argumentábamos con la trascendencia
externa de la historia como una determinación. Para jugar con las palabras,
se podría decir que en teoría aceptábamos la trascendencia pero en la acción
concreta nos movíamos en la inmanencia.
La prueba de ello fue que nosotros, en los hechos, no hemos respetado las
supuestas "leyes de la historia" que dictaba la postura trascendente,
idealista o materialista; o sea las "condiciones" para actuar, no
aceptábamos la afirmación que para poner fin a la injusticia había que
esperar la maduración de las condiciones, el "desarrollo de las fuerzas
productivas". Así, por ejemplo, de hecho, en nuestra práctica, compartimos
sin saberlo, el sano criterio feminista, —el modelo más acabado de la
inmanencia que les hace rechazar el papel que pretende adjudicar a las
mujeres la visión trascendente—, de plantear la reivindicación "aquí y
ahora". Sin embargo, contradictoriamente, en nuestro discurso trascendente
sosteníamos que la mujer debía esperar la liberación del proletariado, por
ser el sujeto histórico que, al liberarse a sí mismo, liberaría a toda la
humanidad. Por suerte el feminismo no escuchó este discurso trascendente y,
por el contrario lo rechazó en teoría y en práctica; así cotidianamente
siguen cosechando, con altibajos pero en sentido creciente, cada vez más
conquistas.
Ya aceptando el compromiso racional con el determinismo histórico, nos
obstante, nos subdividíamos en dos tendencias: aquellos que creían que la
historia la hacían personas determinadas y aquellos que sosteníamos que la
historia era obra de las masas, del pueblo. Los primeros eran proclives a lo
que yo llamo "visión conspirativa de la historia" Para ellos todo dependía
del talento de los grandes hombres y en consecuencia también el mal dependía
de la maldad de los gobernantes, tiranos o corruptos.
Plejanov, el padre de marxismo ruso, tiene un interesante trabajo "El papel
del individuo en la historia" en el que, partiendo de que la historia la
hacen los pueblos, las masas, señala cuál es el mérito y los atributos que
deben tener los dirigentes y su relación de ida y vuelta con las masas. En
ese sentido el libro de Plejanov fue nuestro manual. Sobra agregar que la
literatura marxista es riquísima en este tema.
No así en lo específico de la visión conspirativa de la historia, pues suele
ser una postura eminentemente emocional, probablemente irracional que se
refleja en los hechos, a veces incluso en individuos que aceptan formalmente
la teoría de Plejanov. Ocurre que esta concepción surge cuando ciertos
hechos no tienen explicación, contradicen la teoría. Por ejemplo: la caída
de los dirigentes que aborta una acción revolucionaria; entonces la visión
conspirativa sugiere que tiene que ser la obra de un traidor. Esta visión es
realmente aguda cuando atribuye las limitaciones de los revolucionarios a
maniobras insidiosas del enemigo, o sea literalmente cuando el enemigo
conspira dentro de la organización. Insisto, este punto de vista es nefasto
porque ubica siempre el mal fuera de nosotros y por lo tanto impide el
aprendizaje, la corrección. Porque recíprocamente todo dependerá de la
genialidad del dirigente o del agente enemigo. Una mirada atenta nos indica
que este punto de vista tiene cierta raíz monárquica y explica la
transformación de los revolucionarios en el poder en una especie de nueva
nobleza, gobernantes eternos, como en caso de algunos asiáticos, incluso en
Cuba, el recambio de los cuadros por herencia familiar.
Esa visión conspirativa se expresa también en frases hechas, consagradas
como verdades absolutas, como ser. "Un traidor puede con cien valientes". O
la expresión popular "Seguro que hubo una cantada". "Todo hombre tiene su
precio" O sea, los problemas no se derivan de una correlación de fuerzas, de
mayor o menor talento de las partes en lucha, de circunstancias, incluso de
determinado grado de azar, sino de traiciones o genialidades. En ese sentido
conspirar es casi mala palabra, significa actuar traidoramente. Nosotros, en
cambio, llamábamos "métodos conspirativos", a los métodos para moverse en la
clandestinidad cuya esencia era aparentar distinto a lo que se era. Las
condiciones de un actor, de un farsante, eran beneficiosas para un
clandestino pues podía disimular mejor.
Este es el planteo del asunto: Intento no presentar las cosas en blanco
sobre negro, sino ver que todos tenemos alguna brizna de esa concepción.
Dicho de otra manera, todos los humanos tenemos al menos algunas briznas de
idealismo o materialismo, de búsqueda de la trascendencia y actuar con la
inmanencia, de conspiradores, de sentimientos egoístas y altruistas; lo
único que nos define y establece las diferencias esenciales es "el hacer".
Y el tema no sería digno de demasiada preocupación si sólo se tratara de
unos individuos aislados con visiones conspirativas, sino de que este
aspecto está más extendido de lo sospechado y cobra más cuerpo a medida que
la tarea emancipatoria de hace mas difícil, dicho de otra manera, frente a
la amenaza de derrota.
Porque, lo repito de otro modo, la visión conspirativa de la historia lo
explica todo y deja a los sobrevivientes la conciencia tranquila. "Yo hice
las cosas bien, pero me traicionaron". La teoría del "entorno" que consiste
en pensar que las "fallas" de los dirigentes, se deben a su "entorno", una
especie de cortesanos que los aisla del mundo real. Eso fue claro en los
Montoneros con respecto a Perón.
A propósito de tal, me distraigo un momento del tema central para recordar
que en la discusión sobre los años setentas por parte de protagonistas
sobrevivientes, testigos de época y descendientes de ambos, se verifica la
presencia de esta visión conspirativa de la historia. Esto es, creer que no
triunfamos culpa de traiciones sin analizar a fondo las causas en cada
momento y en su conjunto. Creer que Montoneros fracasó porque fue un grupo
fomentado inicialmente pro la CIA es tan absurdo como cuando el envidioso de
Virgilo Expósito dijo por radio que Gardel era un producto de Broadway.
El otro extremo es la muy racionalista idea de que si las cosas se piensan
correctamente y se planifican con justeza , siempre tienen que salir bien.
Si no salen bien, no es porque el oponente fue más sagaz o talentoso, porque
hubo circunstancias, sino por que se hicieron mal. El racionalismo consiste
en creer que siempre se puede saber a priori mediante el razonamiento
analítico previsible, o sea que el cerebro puede conocer antes que el
cuerpo. Creer que se puede aprender a nadar antes de meterse en el agua.
Esto que se ve sin alarma en la vida cotidiana, durante el desarrollo más o
menos "normal" de las cosas, cobra carácter, a veces de tragedia, en las
situaciones agudas, de extremo enfrentamiento y riesgos de vida. Tragedia
sí, a veces tragedia, en el sentido ateniense del concepto. Tragedia es
cuando los hechos se precipitan sin arreglo a las mentadas "condiciones
objetivas" y se juega el destino del "factor subjetivo", entendiendo éste
como la voluntad del individuo.
El caso de la acción del Che en Bolivia es paradigmático, sobretodo porque
detrás de ese ejemplo nos movimos toda una generación. Porque la experiencia
del guevarismo confirma la afirmación de Nietzsche en el sentido que los
atenienses tenían un sentido de alegría de lo trágico. La mayoría de los que
participamos recordamos aquellos tiempos como los años mas felices de
nuestra vida a pesar de la derrota y las dolorosas pérdidas Visto desde hoy,
con la distancia que da el tiempo y los acontecimientos posteriores, es casi
indiscutible que el proyecto de iniciar "uno, dos, tres, muchos vietnams" no
se correspondía con las mentadas condiciones objetivas. Dicho de otra
manera, se podía prever la derrota. De hecho muchos la previeron y por eso
no se comprometieron y hoy en día nos refriegan ese acierto preventivo como
una hazaña del intelecto. Claro que prever la derrota es siempre mucho más
fácil que prever la victoria.
Ocurre que quienes se vanaglorian de haber "acertado" con su crítica al
foquismo de Guevara, olvidan y se desligan de toda responsabilidad en la
vergüenza de la guerra de Vietnam. Olvidan el discurso del Che en Argelia
donde condena a los países socialistas porque han abandonado a Vietnam a su
suerte. Desde el punto de vista de la moral, entendiendo por esta, la
conducta ordenada por La República de Platón, que el movimiento
emancipatorio progresista adquirió acríticamente, aceptando ese "deber ser"
moral; desde ese punto de vista, digo, la oposición al foco de Guevara era
correcta, porque el foco significaba poner en peligro todo lo ganado por el
progreso de las diversas revoluciones. Particularmente a partir de la rev.
rusa incluyendo la rev. cubana. Repito, desde la visión moral…otra cosa será
desde la ética. Porque lo que da un carácter trágico a los hechos, es que el
foco de Guevara se correspondía a una respuesta ética aunque la razón
indicara que la derrota sería inevitable. Y así fue, sobran todos lo
traidores de esa gesta para explicar la derrota. Fue tragedia ateniense, que
intuía la política como el arte de lo imposible porque para hombres como el
Che, no existía otra posibilidad que la imposibilidad. La ética lo hacia
concebir su destino unido a la comunidad, expresada en este caso en el
crimen de Vietnam, perpetrado por los EE.UU, pero a la vez permitido por el
resto del mundo ordenado, como dije antes, según el modelo de la república
de Platón: esto es cada cosa en su lugar y un lugar para cada cosa. Por eso,
esa misma ética implicaba que, de no actuar, asumía al menos parte, pequeña,
claro, pero suficiente como para compartir la responsabilidad del crimen.
Dicho directamente: el foco de Guevara fue la respuesta ética a la guerra de
Vietnam, recogida después por el Mayo Francés — "seamos realistas, pidamos
lo imposible"— y la llamada nueva izquierda en el mundo. Esa ética es la que
heredamos , y la diferencia actual pasa por los que la abandonaron y los que
no la abandonamos aún a riesgo de no salir de la tragedia.
Volviendo al tema central del este trabajo, recordemos que, respecto a la
derrota del Che, siempre se habló de "la traición de Monje" Pues, me tomo la
licencia poética de hablar en subjuntivo con un toque de potencial , y digo,
hoy no cabe dudas que aún si Monje hubiera cumplido con lo pactado brindando
el apoyo total del Partido Comunista de Bolivia, la gesta del Che hubiera
sido derrotada de todos modos, simplemente porque el capitalismo habría
salido de sus crisis con una mayor capacidad creativa que el socialismo. Por
otra parte hoy podemos confirmar que aquello que llamamos socialismo, fue
como lo definiera el mismo Lenin, una forma de capitalismo de Estado.
Tratando de lograr una síntesis de lo que pretendo mostrar, repito, mostrar,
no demostrar, digamos que al contrario de la versión conspirativa de la
historia que le atribuye a ciertos individuos, genios, talentos, artistas o
traidores, un grado inaudito de omnipotencia, los hechos indican que en
tanto y cuanto acción real inmanente, los seres humanos no logran la
conducción consciente de sus actos, la resultante de una empresa propuesta
será por lo común inesperada, más aún una revolución. De allí la sabiduría
del gran Víctor Hugo cuando afirmaba que toda revolución es una gigantesca
improvisación. El talento de los protagonistas consiste en aprovechar toda
la potencialidad de esa enorme improvisación.
Los límites de la conciencia
Sobre la primera parte de este texto, una buena amiga que tuvo acceso al
manuscrito me comentó lo siguiente
"el texto es excelente, entrador, polémico, me hace sentir que me llevarás a
alguna parte ... y esa parte me genera una gran curiosidad ..."
Sencilla pero aguda crítica pues reveló la falta de completud del texto.
Entonces yo me pregunto ¿qué falta? Me respondo: llegar a donde iba y
entonces aparece la pregunta verdadera: ¿hacia dónde voy? En realidad voy al
final para encontrar el origen. ¿Por que me interesa el origen si estoy ya
cansado de escribir sobre el pasado? Pues porque quizás saber como fue el
origen nos inspire para saber cómo hay que hacer hoy. Atención, dije "nos
inspire" no estoy diciendo que vamos a encontrar la fórmula. Buscamos
inspiración.
Porque hay que recordar que crecimos en la lucha social, en el sindicalismo
y en la política con una creencia poderosa: el papel de la conciencia.
Estábamos convencidos de que cuando el individuo es consciente, lucha, se
defiende, ataca, busca soluciones, etc. Lo contrario de la conciencia es la
inconciencia o, mas simple, la no conciencia. La tarea militante era
entonces, de acuerdo a este credo, crear conciencia, porque las
transformaciones sólo la pueden hacer las masas. La tarea del militante era
muy parecida a la de un maestro. ¡Las veces que habremos bregado que todo
militante es un maestro cuya misión era despertar conciencia! Los sacerdotes
del tercer mundo, insufribles docentes, espantaron a la Real Academia de la
Lengua con la verbalización del sustantivo conciencia transformado en el
verbo "concientizar".
Pero a lo largo de los años ocurrieron dos fenómenos que nos hacen revisar
estas ideas: uno: muchas personas adquirieron la conciencia y no asumieron
el compromiso militante; dos: muchas personas se sumaron a la militancia con
escasísima conciencia y la fueron adquiriendo en la lucha.
La segunda observación es: ¿tiene que ver la conciencia con la educación
concretamente con la alfabetización? Su correlato ¿es más conciente un
alfabetizado que un analfabeto? La respuesta en base a nuestra experiencia
concreta es ambigua, puede ser tanto uno como otro, es decir hubo gente que
se sumó en un acto de conciencia, digamos "bien pensado" y gente que se sumó
en un arranque espontáneo y en la lucha adquirió la conciencia. Pero en este
punto es necesario levantar el ángulo de análisis aunque sea como
referencia: uno de los pueblos más analfabetos de Europa hizo la revolución
rusa y uno de los pueblos más alfabetizados creó el nazismo.
Para abreviar este camino adelanto la siguiente observación, tanto la
experiencia histórica como la observación militante muestran que la
conciencia es condición necesaria pero insuficiente. Luego que no existe un
concienzómetro y que la relación de la conciencia con la educación es
relativa. Un sencillo razonamiento indica que adquirir conciencia debería
ser más fácil a un alfabetizado porque puede utilizar los instrumentos de
instrucción. Pero la misma experiencia indica que detrás hay un condición
social que actúa en los individuos sin perjuicio de alfabetizados o no. A
esto hay que agregarle el concepto marxista de clase, las categoría
explotación y opresión, las que estipulan que el papel en la producción
influye, condiciona, la conciencia, porque está determinada por el sujeto
histórico.
Va de suyo que no pretendo ser original con estas inquietudes. No son
nuevas, tan viejas como la militancia y el viejo Lenin tiene todo un tratado
sobre la conciencia, a la que define como "el espejo subjetivo de la
realidad". Además de los pensadores, la psicología se ocupa del asunto. En
fin….pero lo que me motiva es que sobre el tema no se sabe lo que no se
sabe: O mejor dicho la mayor ignorancia es creer que se sabe.
Por ejemplo: recuerdo en uno de los tantos actos electorales de los últimos
tiempos, un viejo, viejo de edad digo, un intelectual del P.C. de alrededor
de setenta años, soltó soltura y desparpajo una frase de manual leninista:
que las elecciones servían para medir "el grado de conciencia de la clase
obrera" Este caballero repetía una frase que en su juventud le había
escuchado a Lenin, y en su larga trayectoria política en el Partido no se le
ocurrió verificar la vigencia de semejante postulado. En ese momento la
mayor parte de la clase obrera de Argentina votó e Menem. Recordemos cómo
había sido antes: 1973 ganó Cámpora en nombre de Perón; fue un voto contra
la dictadura de Lanuse; meses después ganó Isabelita con Perón moribundo,
fue un voto contra Cámpora y la aventura montonera; en 1983 Alfonsín barrió;
la clase obrera volvió a votar positivamente contra la dictadura. y luego
votó a Menem, el hombre que desarmó el Estado de Bienestar. Después se votó
a la insufrible clase media que tuvo la virtud de facilitar el argentinazo
del 19 y 20 de diciembre. De esos hechos emergió la pareja real Kirchner, la
caricatura de los Montoneros. Caramba que sufre altibajos la conciencia de
la clase obrera argentina.
¿Sólo en Agentina? Ni hablar de lo que son los actos electorales en los
países de tradición politizada como Italia, donde se alternan los gobiernos
de izquierda y de derecha, por ejemplo. Ni hablar de ese nuevo invento
llamado "voto castigo" sumun del orgasmo del Estado de Derecho.
Es evidente que las elecciones, al menos ahora, no sirven como
concienzómetro.
Y también queda a la vista que la conciencia es condición necesaria pero
insuficiente. Ello significa que hay un sentimiento ¿qué dije? ¿sentimiento?
Pero la conciencia no es sentimiento, es pensamiento.
¡Pues ahí esta el rastro de lo que buscamos!.
Lo que impulsa a la acción no es un pensamiento sino un sentimiento.
Ese sentimiento se llama deseo. Entendiendo a este, como fue expuesto en la
primera parte, no como una tentación, no como un sentido de poseer, de
posesión, sino como el impulso del cuerpo que busca desarrollar toda la
potencialidad. Y aquí me llega el comentario de mi amigo Miguel que me
recuerda lo que escribe Leibniz "a veces podemos obtener o hacer lo que
deseamos, pero nunca podemos desear lo que deseamos"; es decir, las personas
no son el "motor" de sus deseos, la cosa pasa por asumir o no lo que nos
constituye y atravieza como deseo.
¿Será muy místico decir que el origen del deseo es misterio?
El deseo es, en primer lugar, sed de creación.
Interesante; ahora me surge la siguiente reflexión: el deseo es corporal, no
racional, la conciencia es cerebral, racional. El deseo es la voluntad, la
decisión, la acción; la misión de la conciencia, en cambio, es determinar
cómo será esa acción. ¿Será muy esquemático inferir que la conciencia, como
bien racional se corresponde más con la moral (la que indica el "deber ser")
y el deseo como impulso vital del cuerpo se corresponde con la ética? (Me
temo que los expertos en filosofía me agarren a los cascotazos.)
Pero aun a ese riesgo saco la conclusión siguiente: la fuerza vital del
deseo activa la conciencia y la depura de la moral y la impregna de ética.
Digamos al pasar que podemos resumir la ética diciendo que es la fidelidad
al deseo.
Y la conclusión sobre la época actual: sobra conciencia y sobra moral (por
algo se la pasan marchando y parodiando a los setentistas, sin ver por donde
pasa el sujeto activo)
Insisto en las marchas porque es casi la a única actividad militante, o bien
toda militancia está presente allí. Paradójicamente el Che marchó mucho más
después de muerto que cuando estaba vivo. Poca gente sabe que el Che no fue
el militante estudiantil clásico, casi no se le conoce actividad de ese
tipo. Casi no se conoce petitorio estudiantil con la firma de Ernesto
Guevara. Muchacho de bajo perfil, sin dudas.
¿Y nosotros? Pues claro, a veces marchábamos para solidarizarnos con
determinado movimiento en lucha. Pero nunca hicimos una marcha para
peticionar algo al gobierno. Nosotros no peticionábamos. Lo tomábamos, pués.
¿Será que las marchas actuales están muy influidas por el criterio
televisivo que lo que no se ve no existe? Tengo para mi que las marchas
actuales es la muestra de cómo la izquierda ha sido captada por el criterio
que la política es espectáculo. De allí la importancia mayor a la
fanfarria—carteles, gorritos, uniformes, banderitas, etc— que a la acción de
una marcha.
Sea como fuere el abuso del marcheo indica que es una forma central de hacer
política. Y en la marcha se verifica lo dispuesto en la republica de Platón,
cada cosa en su lugar, nadie puede salirse del cuadro; el "sistema" parece
haber incorporado el marcheo como manera de control social, sobre todo como
manera de sostener la iniciativa. Salirse de la marcha sería como salirse
del sistema. Cuando digo salirse de la marcha, quiero decir, inventar otra
cosa.
La marcha es, entonces, la expresión mayor de conciencia de la izquierda
actual, por lo tanto su expresión moral. Y desgraciadamente refleja
plenamente su pobreza espiritual.
Pero, por otra parte no se puede llevar adelante acciones políticas
transformadoras si no se intenta al menos capturar la iniciativa. Iniciativa
para romper lo dispuesto en la república de Platón, para romper la
iniciativa del Poder. No puede haber creatividad sin iniciativa y viceversa,
no puede haber iniciativa sin creatividad. Claro para asumir iniciativa y
creatividad, además se necesita una gran cuota de coraje. El riesgo es que
esa iniciativa se transforme en sentido ateniense de la Tragedia. Vimos como
eso ocurrió con la formidable iniciativa de los revolucionarios en la guerra
de Vietnam.
Para blanquear la metáforas lo diré claro: Iniciativa es rebeldía, y el
Poder no perdona la rebeldía, la falta de coraje es no atreverse a la
rebelión.
Rebelión en serio muchachos, no rebeldes folclóricos tipo Castells
¿Qué falta entonces para cobrar iniciativa?
Dicho de otra manera ¿Por qué la izquierda no sale del pozo?
Pues está claro, se puede oler en el aire: falta deseo, por eso se aprecian
griteríos, y consignas racionales, trajes vistosos, intentos de murgas, pero
muy poca pasión.
Sobra conciencia, sobre todo conciencia de que el deseo nos haga caer en
otra Tragedia. Conciencia del riesgo de pagar caro la rebeldía, contra la
democracia representativa por la democracia plena.
Dicho de otra manera: sobra miedo, miedo a la Tragedia.
Porque en el fondo, creemos en el Estado de Derecho y no hemos aprendido de
los griegos a jugar con los Dioses, es decir a disfrutar la Tragedia. Claro,
en tiempos de los atenienses no existía el Estado de Derecho, este es un
invento de la burguesía europea para regular la democracia que inventaron
los atenienses.
Curioso, los guevaristas tampoco creímos en el Estado de Derecho y sí en la
democracia, pero no como sustantivo sino como verbo; no como institución de
representantes sino como práctica presente.
Por eso sobra la conciencia y la moral. Por eso las marchas son tan
ordenadas, tan al estilo de la República de Platón o sea, repito, paradigma
del Estado de Derecho, transformador de la democracia en "representativa".
Falta acción y la acción no surge de la representación ni de la conciencia,
surge del deseo presente, no re-presentado.
sábado 9 de enero de 2010
www.profanascartas.blogspot.com
Desarrollo,
sub-desarrollo o desarrollo deformado Atención al enemigo dentro nuestro
Por Luis Mattini
El marxismo, llamado por Engels socialismo científico, se diferenció del
socialismo utópico y de todas las corrientes románticas o religiosas de
emancipación obrera, por la búsqueda de las condiciones objetivas materiales y
las sujetivas para la revolución social, según el principio de que la existencia
condiciona la conciencia. Es así que asumió como positivo el desarrollo y el
progreso capitalista basado en las ciencias que brindaban la posibilidad técnica
de aprovechamientos de los recursos naturales. De acuerdo a este paradigma, la
revolución y el socialismo a fines del siglo XIX, debería empezar en los países
más desarrollados: Inglaterra o EE.UU. Sin embargo es sabido que Marx apostaba a
Alemania. ¿Por qué? Pues porque para Marx no habría revolución obrera posible
sin las bases materiales objetivas creadas por el capitalismo claro, pero
tampoco sin pensamiento que alimentara la subjetividad y propusiera otra ética
social. La revolución socialista necesitaba más que otras de la elaboración de
un pensamiento constructor. Teniendo en cuenta que los países capitalistas
fueron todos hijos de la revolución burguesa antifeudal, Marx hizo un lindo
juego metafórico con el papel de las naciones europeas de la época: dijo que el
proletariado inglés era el economista, por el desarrollo económico de
Inglaterra; el francés el político por la tradición política de Francia; y el
proletariado alemán estaba llamado a ser el filósofo, el pensador, de la
revolución mundial, por pertenecer a una “nación filosófica”. Es importante
registrar este detalle: para Marx el socialismo sólo sería posible con la
combinación del alto grado de desarrollo económico y de pensamiento. En sus días
esa combinación se daba en Alemania.
Pero la primera revolución proletaria fue en Francia, la Comuna de Paris en
1871, fue aplastada y recién más de treinta años después, en 1917, la revolución
triunfó en Rusia, uno de los países atrasados de Europa. Lenin, Trotsky y los
bolcheviques eran marxistas y estaban convencidos que la revolución rusa solo
podría afirmarse como tal, si estallaba y triunfaba la revolución en Alemania.
También lo creía así Rosa Luxemburgo. Sin embargo, la revolución en Alemania fue
derrotada en 1919; el socialismo abortó y Rusia se trasformó en la Unión
Soviética, un sistema de capitalismo de Estado administrado por comunistas, que
luego el stalinismo consagró como el único socialismo posible y real.
A partir de allí las palabras “desarrollo “ y “subdesarrollo” pasaron al manoseo
y el léxico político cotidiano de la izquierda y condicionantes del tipo de
revolución. Para el stalinismo la revolución socialista solo podría darse en los
países desarrollados mientras que en los subdesarrollados solo debía hacer la
revolución burguesa cuya misión seria precisamente desarrollarlos.
Sub-desarrollo significaba entonces, camino del desarrollo, algo a llegar.
Trotsky, quien fue uno de los más agudos observadores de este fenómeno, impulsó
la idea de “desarrollo desigual y combinado” como manera de entender el impulso
a la revolución socialista aun en países supuestamente subdesarrollados y
abarcar sus contradicciones.
Un asunto de no poca importancia que ponía en relieve el duro esquematismo
materialista del stalinismo, —dominante en el pensamiento marxista de esa
época—, era la circunstancia de que ciertos aspectos del “desarrollo” se
verificaban precisamente, como decía Trotsky, en forma desigual y combinada. Por
ejemplo: al atraso económico de Rusia, España o América Latina no le
correspondía igual atraso en determinadas áreas del arte o el deporte: la
literatura por ejemplo: Al menos que nos agarremos del chovinismo francés y
aceptemos la expresión de Anatole France sobre el gran colombiano Vargas Vila:
“Sólo le faltó ser francés para sentarse al lado de Hugo”. La supuestamente
feudal España llevó adelante una de las conquistas más vastas en la historia de
la humanidad. O situaciones deportivas como la potencia en fútbol de Argentina,
Brasil, Uruguay, mucho más “desarrollados” que los EE.UU. En realidad ya Marx
había previsto ese “desigual y combinado” cuando hablaba del proletariado alemán
como el filósofo de la revolución. O sea, en su tiempo, Alemania era menos
“desarrollada” que Inglaterra o EE.UU., pero era, como ya dijimos, “una nación
filosófica” y sus obreros eran más cultos, politizados y organizados.
Después de la consolidación de la revolución, instaurando el capitalismo de
Estado, la joven República Soviética construía con ímpetu la ciencia y la
técnica y de ese modelo se sacó la idea de que las revoluciones eran posibles,
incluso en los países subdesarrollados, pero a condición de que se empeñaran en
completar el desarrollo para crear las bases materiales para el socialismo. Por
desgracia, la historia demostró, cincuenta años más tarde, con el
desmoronamiento de la Unión Soviética, que tal proceso fue un desarrollo
capitalista administrado por comunistas. Si alguna duda quedara sobre esta
afirmación, ahí tenemos a China actual, casi una potencia capitalista
administrada por comunistas.
Y aun falta lo peor. Sabemos que toda acumulación de capital es acumulación de
trabajo humano. Pues esa acumulación en Rusia o China que las transformó en
potencias, fue posible, al igual que en los países capitalistas desarrollados,
por una despiadada explotación de los trabajadores, con el agravante en estos
casos, que los comunistas no permitieron siquiera un sindicalismo independiente
que al menos pusiera condiciones entre capital y trabajo o sea, entre el Estado
y los asalariados. Guardando las distancias de magnitud, el tipo de acumulación
de la España de Franco, no se diferenció demasiado de Rusia y de China. Por otra
parte cuando entre nosotros, un modesto laburante argentino accede a la
“baratura” de un aparatito tecnológico chino, aún pagado con nuestro sueldito,
estamos usufructuando de la plusvalía arrancada al trabajador chino.
Volviendo al tema del desarrollo; digamos que el guevarismo fue, sin dudas, por
un lado una forma de rebelión, pero al mismo tiempo un nuevo modo de leer la
realidad, que pretendía superar estas incongruencias del llamado socialismo
real. Guevara definió en algún momento el subdesarrollo, no como algo que estaba
por debajo, como algo insuficiente, como algo a continuar hasta alcanzar, sino
como un “desarrollo deformado”. O sea como algo a romper y hacer de otra manera.
Esta modificación en la forma de pensar, que en el Che y quienes le seguimos,
tenía la misma importancia que el fusil, y tendría serias consecuencias: la
primera fue que la ruptura se imponía a la continuidad. O sea que para Guevara,
el socialismo era fundamentalmente una ruptura porque de lo contrario estaría
condenado a reproducir las deformaciones del capitalismo. Por eso fue que,
siendo Ministro de Industria en Cuba, tuvo su polémica con los soviéticos y las
influencias stalinistas internas, sobre la contradicción de la ley del valor con
el socialismo y la necesidad de impulsar incentivos morales sobre los
materiales. La mentalidad stalinista derrotó al Che en Cuba y esa fue una de las
causas de su marcha.
Los cómodos de siempre, los marxistas de manual soviético, los “realistas” de
cada época, algunos nacionales y populares “serios”, mucho han criticado al Che
por esta postura “idealista”, “voluntarista”, sin ser capaces de ver la analogía
de estos postulados con aquella afirmación de Marx sobre el papel de la
filosofía del proletariado alemán que también podría ser tildada de
voluntarista.
Dicho de otro modo , el Che buscaba en Cuba y América Latina lo que Marx le
encargaba al proletariado alemán para Europa y la revolución mundial: pensar más
allá de las visiones positivistas, deterministas, pensar la ruptura
revolucionaria , base subjetiva sin la cual no habrá socialismo. Esa es la
esencia insoslayable y perenne del guevarismo heredada por Santucho y el PRT. El
fusil fue sólo un instrumento circunstancial de la rebeldía.
Porque el contenido de “desarrollo deformado” no partía de ver el subdesarrollo
como algo incompleto por inmaduro, sino específicamente un tipo de desarrollo
que se correspondía a los rasgos del capitalismo deformados por intereses de
clase y, por lo tanto, el socialismo heredaría esa deformación. Digamos ahora de
paso —y no sin una gran amargura—, que la parte lamentable de la historia de
cincuenta años de revolución en Cuba le dieron la razón al Che. El hecho que hoy
en día el setenta por ciento de las tierras cubanas estén sin cultivar y se
importe la mayor parte de los alimentos de los EE.UU., pagados por la “industria
del turismo”, es la paradoja más amarga, y no se explica de ninguna manera por
el bloqueo, sino por la persistencia de una idea falsa de desarrollo que viene
desde la época de las falsas esperanzas en las zafras monumentales. El
monocultivo azucarero, reemplazado por el “monoturismo”.
Veamos qué pasa en casa: Argentina es casi un modelo de ese desarrollo deformado
definido por el Che. Con la particularidad que ha perdido hasta cierto
pluricultivo del viejo modelo oligárquico, al trocarse en un sistema de
monocultivo biotecnológico manejado por los agronegocios, que produce para el
mercado internacional al mismo nivel, con esa palabreja que empalaga a los
yuppies — “commodity”— y con la eficacia de cualquier potencia. También se
añaden algunas esferas de la producción industrial, sobre todo la automotriz,
carreteras y puertos a ese servicio (¿Ha visto Ud las obras fluviales al norte
de Zárate, en Atucha y Lima?) ciertas urbanizaciones como Puerto Madero....todo
ello conviviendo con la catástrofe ferroviaria y de comunicaciones, el deterioro
nacional de la sanidad y el colapso del sistema educativo y, además, los bajos
salarios y la desocupación con la destrucción del “Estado de Bienestar”. La
fábrica masiva de millones de pobres y los riesgos de caer en el monocultivo y
perder la soberanía alimentaría de la cual este país podía estar casi orgulloso
en el pasado.
Y aquí llegamos al objetivo de es artículo. La Argentina no es, no fue nunca, un
país “subdesarrollado”, además ahora tampoco es “tercer mundo”, porque ya no
existe un segundo mundo que explicara el tercero. La Argentina fue, y ahora es
más que nunca, un país de desarrollo “deformado”, tomando como metáfora esta
expresión de Guevara. Deformado porque convive el formidable “progreso”
(biotecnología, tecnologías industriales “de punto”, hiper minería, inmensos
“countris”, expansión del automóvil, de los celulares y las computadoras,
exportación de programas de computación, fabulosos ingresos de importación,
obscenas cifras en materia futbolística, en la compra y venta de los jugadores,
malversación de fondos públicos enviando barras bravas al exterior, etc.,
etc.….) con el creciente analfabetismo cultural, pobreza estructural, caída
paulatina del nivel de vida, inseguridad social creciente, causa principal de
muerte los siniestros de tránsito, incremento de la explotación del trabajo….en
fin, todo eso y mucho más, pero con el detalle que los principales explotadores
y responsables de estas calamidades, poseen pasaporte argentino nativo, no son
sólo ni mayoritariamente “extranjeros”, tampoco se trata de aquella “burguesía
nacional” que recibía el plato de lentejas del imperialismo, como se decía en el
pasado, sino que es la gran burguesía nacida y enriquecida por la explotación
del trabajo en este país, componente del imperialismo, entendiendo por esto, no
el “colonialismo” sino determinado grado de desarrollo del capitalismo que ya no
tiene absolutamente patria. Dicho más claro con un solo ejemplo, la señora
Amelita Fortabat, como parte del imperio económico, le da órdenes al presidente
de los EE.UU que funciona como comisario de policía del imperio. En todo caso la
señora Cristina es subcomisaria.
Finalmente, para encarar el futuro de la humanidad no es cuestión de completar
el “desarrollo”, sino de repartir la riqueza. Con lo cual, la historia ha dado
una de sus paradójicas volteretas: hoy encontramos más concreta motivación y
radicalidad en rémoras del socialismo utópico, en el socialismo romántico y
hasta en algunas prédicas cristianas, que llaman directamente a la ruptura, a la
acción, que en el llamado del progresismo a incorporarse al proceso científico
para lograr el bienestar social. Por eso no tiene ya sentido hablar de izquierda
o derecha, está todo mezclado y tenemos que aprender a despejar.
www.lafogata.org, 02/01/10
¿Hay
que transformar el mundo o hacerlo de nuevo?
Por Luis Mattini *
"La existencia del Estado y de la esclavitud son inseparables"
(Karl Marx)
Según el mito del progreso, al capitalismo le sucedería necesariamente el
socialismo y por último el comunismo al final de un largo camino en el que
se integraría todo lo conquistado por la cultura humana en la historia. Pero
este paradigma confundió una postura ética, ontológica, perenne, de Marx –la
llamada Tesis 11, "no sólo interpretar sino transformar al mundo"– con su
puesta en práctica, el llamado al combate, mediante una hipótesis de Marx
que sirvió de impulso a ciento cincuenta años de lucha: Esta hipótesis
consistió en considerar el carácter objetivamente revolucionario de la clase
obrera como emancipador de la humanidad y la apuesta a la revolución
proletaria en la crisis del capitalismo. Sin embargo, al asumir como "ley"
lo que era un cuerpo de creencias, una apuesta, una buena hipótesis, se
olvidó que Marx afirmó también que, si al momento de la crisis capitalista,
el proletariado no hacía tal revolución, la humanidad podría regresar a la
barbarie. Esto indica que Marx no fue un cultor del mito del progreso; por
el contrario temía y previó la regresión.
Este es el momento actual previsto; el de la crisis capitalista y el riesgo
de regreso a la barbarie que se expresa en la presente decadencia de la
civilización y la grave amenaza al medio ambiente. Más que riesgo, en
algunos aspectos estamos viviendo ya la barbarie.
Otra hipótesis Vamos a intentar ahora otra hipótesis guía bajo la
inspiración de la misma Tesis 11.
Quizás no se trata de cambiar al mundo sino de hacerlo de nuevo.
¿Cuáles serían las consideraciones a tener en cuenta para este enunciado?
Primero, que no hubo "estrategia" trascendente en la formación del mundo,
sino que fue espontáneo. De modo que para "hacerlo de nuevo" no necesitamos
"estrategia" trascendente, necesitamos acción inmanente.
Segundo, no concebir ya al socialismo como automático sucesor "material" del
capitalismo en donde la ruptura sería sólo un acto político (revolución) de
captura del Estado, puesto que el capitalismo no es un simple sistema
económico cuyo aparato de dominación es sólo el Estado, sino una relación
social que interactúa; la sociedad de mercado reproduce la relación social y
viceversa, tal relación reproduce el mercado. El ciudadano, el sujeto se
troca consumidor, en objeto. Es decir que todo producto de ese progreso es,
en principio, sospechoso de trocar al sujeto en consumidor, real o virtual.
El socialismo que propiciamos ahora implica, entonces, un enorme esfuerzo de
creación, no sólo reparto ya de la riqueza, sino también una profunda
ruptura con una forma de producir y consumir.
Por ello ahora la lucha entre capital y trabajo y explotación de los
trabajadores está contenida en una lucha contra la amenaza de muerte que
sufre la humanidad por la producción biotecnológica, minera o la búsqueda de
combustibles.
El progresismo es el primer sostén actual del sistema.
En efecto, ocurre que esto, visto desde el "progresismo", contiene como
insospechada consecuencia, una resistencia que aparece como "conservadora",
toda vez que la dominación no reside sólo en la propiedad de los medios de
producción, sino en el carácter mismo de esos medios. ( resistencia que, de
hecho, están haciendo los sectores más radicales en el mundo). Hay que
asumir que el progresismo conceptual es el primer sostén actual del sistema,
ya que no siempre se recuerda que el mito del progreso es un atributo del
capitalismo.
Marx explicó muy claro en el Manifiesto Comunista que la burguesía es una
clase que no puede existir sino revolucionando constantemente y que en esa
revolución creaba –a su pesar– las bases materiales para el comunismo. Pero
de allí no debe deducirse –como se hace– que la esencia de la humanidad es
vivir revolucionando de modo constante los medios de producción. Porque el
ser humano no es esencia sino potencia, por tanto puede decidir si
revolucionar o no. Hoy queda claro que la humanidad debe "regular" (y hasta
"conservar") los cambios en los medios de producción, reservando aquellos
óptimos y sustentables a la satisfacción de un reino de la libertad posible
solamente logrando el equilibrio ecológico.
Porque hoy las bases materiales para la socialización universal están harto
satisfechas y, sin embargo, la "revolución" de la burguesía continúa, no
sólo explotando trabajadores, sino amenazando la vida misma. Nunca, en la
historia hubo mayor revolución tecnológica y a la vez mayor diferencia entre
ricos y pobres; y por primera vez en riesgo para el planeta. Ya no se trata
sólo de liberar a la esclavitud asalariada, sino de preservar la vida de la
especie de la catástrofe ambiental. .
Por eso la resistencia de los desposeídos aparece como "conservadora" frente
a esta ofensiva capitalista que ya no extrae plusvalía sólo de la fuerza de
trabajo, sino también de la vida. De ahí que algunos pensadores insistan con
el concepto de "biopolítica"
¿El Estado o la Comuna?
Los marxistas parecen no haber entendido al Marx de la Gemeinweser, (comuna)
que escribió: "La Comuna no fue una revolución contra una forma cualquiera
de poder de Estado, legitimista, constitucional, republicana o imperial. Fue
una revolución contra el Estado como tal, contra este aborto monstruoso de
la sociedad"– porque ese marxismo posterior a la Comuna de Paris, por el
contrario, hizo un culto del Estado y consideró lo magno como lo superior,
la apología de los Estados Nacionales avanzando hacia los Estados
multinacionales.
Hoy ese reagrupamiento de Estados, diluyendo los Estados Nacionales, lo está
haciendo el capitalismo. En el caso de América Latina y Europa con el
entusiasta apoyo de las izquierdas. Al menos reconozcamos la paradoja: que
la resistencia radical a estas tendencias del capitalismo son
"conservadoras": tienen la apariencia de "regreso" a la comuna. La izquierda
tradicional la critica por falta de "estrategia", por demasiado "comunales"
Pero, atención: quizás en ese "regreso a la comuna" se encuentre la
alternativa a la producción biotecnológica.
Por otro lado recordemos que ese paradigma de lo magno cubre toda la vida
humana, a tal punto de ser el autor de esa gran abstracción llamada "mundo".
Abstracción que, facilitada por la televisión, se transforma en la más
grande de las ilusiones que ha conocido la humanidad: la ambigua ilusión de,
por un lado conocer e incidir en ese "mundo" y por otro, la impotencia de no
poder hacerlo. Si lo que hago en mi barrio no sale en TV no "incide" en el
mundo, por lo tanto no vale nada, no existe. La pantalla es la realidad, aún
para los protagonistas El mismo paradigma de lo magno se plantea en la
organización: grandes partidos o movimientos de millones de personas
nacionales y proyectados de la misma manera hacia el ámbito internacional.
Las huestes del proletariado preparando la batalla decisiva contra las
hordas del capitalismo. Vanguardia y homogeneidad "ideológica" que, no por
casualidad, fue sistemáticamente homogeneidad en la obediencia. El
stalinismo fue su expresión más extrema y perversa, más no la única.
Hoy la resistencia radical a los agronegocios, la minería a cielo abierto y
la depredación en los combustibles contra la agresión al medio ambiente, se
organiza en miles de grupos heterogéneos, quienes intuyen cada día más que
en que en la multiplicidad está la vida y la creatividad, al mismo tiempo
que buscan formas de articular las luchas, sin que ninguna batalla sea
decisiva y todas son importantes y, sobre todo, sin centralizaciones
burocráticas.
Además, el paradigma anterior, hijo dilecto de las ciudades, no podía menos
que ser urbano. El campo era sinónimo de barbarie. La cultura agraria
(irónicamente la base de la civilización) era considerada, "romántica",
retrógrada por ser "medioeval", individualista, antisocial, debía ser
reemplazada por la tecnología. El socialismo estaba llamado a liquidar la
contradicción campo-ciudad "urbanizando" a los campesinos. Hoy eso lo está
cumpliendo el capitalismo con creces, sólo que hacinando en la periferia de
las ciudades a los agricultores reemplazados por hombres de negocio.
Quizás la idea más fuerte del paradigma anterior fue la exigencia de
"transformar" desde arriba, es decir desde el Estado.
"Hacerlo de nuevo", que es lo que proponemos hoy, en cambio, contiene la
idea de la Gemeinweser, la convicción de que la sociedad, como pensaba Marx,
sólo puede transformarse desde abajo (el "abajo" no descarta alzamientos
insurreccionales) El desafío de hoy es cómo hacerlo de nuevo: la base
material, la riqueza material y espiritual está aquí, a nuestro lado, entre
y con nosotros, hay que preservarla, "conservarla" de la destrucción
capitalista, repartirla, porque hemos llegado al punto de partida.
El futuro está en el aquí y ahora.
27/12/09
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Los
sueños de los setenta
Por Luis Mattini
Tengo el temor de que los proyectos políticos marxistas que llevamos adelante,
poniendo todo el cuerpo, en los años setenta estén a punto de ser derrotados, no
por la vía de su destrucción, como lo intentó primero el gobierno de Isabelita y
después muy duramente la dictadura, sino por la perversa vía de la distorsión.
Porque el terrorismo de estado había logrado destrozar nuestra organización,
pero no nuestro proyecto. Para el caso de una eventual derrota actual, la
primera beneficiada de eso seria la camarilla gobernante, pero esos beneficios
serían posibles gracias al no tan desinteresado aporte de cientos de personas
pertenecientes a varios organismos de derechos humanos y otros cientos que se
benefician de puestos estatales, más allá de la ocupación laboral que tenemos
los empleados del Estado, sea como docentes, profesionales o administrativos
asalariados.
La distorsión va desde el extremo disparate de afirmar que se está marchando
hacia un modelo de país soñado por los setentistas, hasta la “sencilla”, pero no
inocente, idea de que el mérito de este gobierno que lo haría casi incriticable,
es la defensa de los DD.HH. y la Memoria Histórica. Todo ello se engarza con la
falsa idea de que nosotros habíamos luchado por la democracia hacia una total
estatización de la sociedad, incluida la vida y los sentimientos privados, tipo
chavismo-peronista, olvidando que para el marxismo no puede haber completa
liberación social hasta tanto no se extinga el Estado.
Realmente me sorprende la falta de memoria (de quienes precisamente se llenan la
boca hablando de esa ya frase hecha : “memoria histórica”) para recordar las
grandes discusiones que precedieron y acompañaron la toma de las armas. Las
veces que hemos repetido que sólo admitíamos al Estado como una inevitable
dictadura del proletariado durante un período de transición y que deseábamos lo
más corto posible. Las veces que, al menos en lo interno, criticábamos a los
socialismos existentes precisamente por mantener políticas de Estado que
transformaron la supuesta dictadura del proletariado en dictadura de la
burocracia; y si a veces no lo hacíamos públicamente era por razones de
oportunidad política frente al capitalismo.
La falta de memoria para recordar cómo estudiamos en Lenin, que la democracia es
un determinado modelo de dominación y no un ideal humano; por lo tanto la
democracia, con cualquiera de sus aditamentos, no era nuestra meta, si bien
hablábamos de “democracia popular” como un periodo de transición.
¿Cómo pueden haberse olvidado algunos de nuestros compañeros la consigna para el
programa inmediato por el que luchábamos: “gobierno obrero popular”? ¿Tiene algo
de “obrera” la mujer que nos gobierna en medio de su desfile de modelos apoyada
por la burocracia sindical, hoy transformada en empresarios? ¿No ven que el
discurso de DDHH del actual gobierno se reduce a lo pasado en los setentas? ¿No
ven la violación cotidiana de los DD.HH. como consecuencia de la persistencia en
un modelo productivo basado en la biotecnología agraria, la industria derivada,
la minería abierta y la manipulación de recursos energéticos, todo ello marcando
una peligrosa tendencia al monocultivo que se transforma en una fabrica
reproductora de pobres?
Claro, este gobierno no es Videla ni el fascismo, eso está claro, pero a veces
no parece tan claro porque estas personas ligadas a los organismos de DD.HH.
actúan como si estuvieran obligadas a optar por el mal menor.
No señores, vivimos una plena democracia representativa, quizás menos que Suecia
o Alemania, pero bastante más que muchos otros países democráticos; eso debe
quedar claro, no existe otra democracia y a esta se la puede mejorar con esos
adjetivos de moda, “participativa”, “popular”, etc, pero sólo mejorarla, porque
siempre será un modo de dominación de una clase por otra.
Porque lo que parecen olvidar quienes dicen que este es el gobierno de los
setentistas, es que, —al menos el PRT-ERP—, luchaba por una sociedad sin clases.
Y lo que es peor, a veces creo observar que algunos compañeros que pertenecieron
a esta organización, por momentos parecen avergonzados de admitir que nosotros
éramos comunistas, tan comunistas que frente al partido comunista o a los
partidos trotskistas, y otras variantes pro-chinas, nos sentíamos los verdaderos
comunistas, éramos los internacionalistas de primera línea y nunca creímos ni en
el socialismo en un solo país, ni en la vía estatal hacia el socialismo.
Ah, un detalle: entre las cosas para el futuro que discutíamos mientras
ejercíamos la militancia y poníamos el cuerpo en la lucha armada, estaba la idea
de que en el socialismo desarrollado desaparecería la división del trabajo,
también desaparecerían la disciplina llamada economía política y el derecho como
“ciencia jurídica”, por lo tanto hablar de derechos humanos seria un absurdo,
algo así como hablar de derecho a respirar. El chiste era resolver que hacer con
los millones de abogados y economistas que pasarían a ser desocupados. (Para no
hablar de los escribanos).
Y sí señores, a la generación que nos sigue le contamos —y a nuestros
desmemoriados les recordamos— que nosotros teníamos tiempo para organizar la
acción política, el sindicalismo, los estudiantes, los barrios, entrenarnos,
estudiar teoría marxista y arte militar, ejercer la lucha armada y además de
todo eso, fantasear con los sueños sobre la futura sociedad, cómo serían la
relaciones una vez desaparecidas la feria de vanidades, en primer lugar los
títulos académicos que reemplazan a los títulos de nobleza. Soñábamos que el
machismo desaparecería automáticamente al desaparecer las causas que lo crearon,
en fin, muchas cosas idealizadas, claro, pero estamos hablando de sueños y todo
cambio en la realidad de la historia siempre empezó siendo sueño.
Bueno eso era parte de nuestros sueños. La crueldad ilimitada de la represión de
la dictadura pudo con la organización, pudo reventar la resistencia, pudo
asesinar a miles, pero no pudo con nuestros sueños. Por eso digo que en el fondo
no pudo derrotarnos.
Ahora me pregunto, realmente preocupado ante la evidente ausencia de sueños y
fantasías reemplazadas por la racionalidad de las universidades “alternativas” o
“populares”, o las marchas de ordenados y prolijos guevaristas…me pregunto digo,
si esta malversación que se está haciendo públicamente de los sueños setentistas
reduciéndolos a la simple “conquista” de los derechos humanos, por parte del
gobierno y los cómplices objetivos que he mencionado, no podrá ser preludio de
la derrota. ¿Aquello que la dictadura no logró con todo el peso del terrorismo
de estado, se conseguirá con este modelo de dominación que ha logrado comprar a
muchos ex-protagonistas?
Pues, los que nos atrevemos a seguir soñando le decimos: “Nuestros sueños no
caben en sus urnas”
Fuente: www.lafogata.org, 20/10/09
¿Nueva
derecha o nuevo modelo de dominación?
Por Luis Mattini
Hace unos días, al cruzar la avenida Entre Ríos hacia el Congreso de la
Nación mi vista fue herida por el siguiente cuadro: la vereda desierta y
sobre ella una fila de horribles entramados de hierro y alambre paralela
cubrían en parte esas formidables y hermosas rejas que tiene la fachada del
Palacio. ¿Por qué herida mi vista? Porque me inicié hace cincuenta y tres
años como herrero forjador, oficio que ejercí hasta los 30 y ello me permite
afirmar que nadie puede apreciar mejor que un herrero, la capacidad del ser
humano de moldear el hierro con las manos, para producir esa belleza, lograr
esas verjas que el público en general apenas aprecia y los profesionales
suelen adjudicarle el mérito sólo al diseñador.
Además, esas verjas son extremadamente sólidas, sólo es posible derrumbarlas
con un tanque o una gran topadora. ¿Por qué entonces esos enclenques
entramados metálicos portátiles que la policía despliega aparentemente para
contener a los manifestantes? ¿Qué mejor muro de contención que la verja
original? En una recorrida por la ciudad veremos en todo edificio público
esos mismos artefactos, incluso frente al formidable Palacio de Tribunales.
Curioso, frente a la sede de las empresas privadas no hay dispositivos
preventivos, aun las multinacionales. Esto me llama la atención porque
cuando yo era herrero forjador, también fui sindicalista y el grueso de las
protestas las hacíamos contra las empresas privadas o las empresas estatales
que brindaban servicios públicos que eran muchas. Claro, también es cierto
que la “demostración” para “demandar” “reclamar” en “nombre” del derecho era
más esporádica, o sea , las acciones eran más activas, valga la redundancia,
paro, huelga, ocupación, etc, no se “reclamaba” el derecho, se lo ejercía de
hecho.
Bien, cualquiera que tenga una mínima experiencia en manifestaciones y
represión de las mismas se da cuenta que esos artefactos metálicos no sirven
para impedir el paso de marchas sino para llevarlas por canales
determinados. ¿Para qué sirven entonces?
Veamos, en los primeros años sesenta se puso de moda la palabra canalizar,
porque cuando se descubrió el carácter “progresista” del peronismo, la
mayoría de los grupos marxistas pretendieron “canalizarlo”, los trotskistas
con su política de “entrismo”, el PC con la famosa tesis de Codovilla del
“giro a la izquierda” del peronismo, los sacerdotes tercermundistas porque
no pueden sustraerse a su populismo y, desde luego, finalmente lo que años
después se llamó Montoneros, cuya estructura dirigente lo constituían o bien
marxistas que peronizaban o bien cristianos y a veces algún peronista
Pero la vida tiene sus paradojas. La que resultó finalmente canalizada hoy
en día es la izquierda. Literalmente en esos “canales” formados por
estructuras metálicas para asistir el ejercicio del derecho a protesta, a
manifestar, a demostrar en la vía publica. ¿Asistir? ¿asistencia? Si, eso
es. No se trata de simple juego de palabras, se trata de que el Estado hoy
ejerce una politica asistencialista, por medio de subsidios de diversas
especies, magros a nivel de cada persona, pero eficaces como elementos de
contención social. Esos artefactos de hierro están, entonces, para canalizar
la protesta por lo carriles del Estado de Derecho, trazados por los poderes
ejecutivos y custodiados por agentes policiales. En caso de ser necesaria la
represión, será ordenada por el Poder Judicial y la ejecutaran tropas de
asalto de la policía, los protagonistas detenidos podrán ser juzgados. Eso
se llama criminalizar la protesta. Se la utiliza cuando los canales físicos
y monetarios se muestren insuficientes para la contención.
O sea. Estamos frente a una modalidad de dominación diferente. Quizás sea
exagerado llamarlo nuevo modelo de dominación, pero también es poco preciso
hablar de “nueva” derecha. Creo que más justo es decir que la derecha
adquiere nuevas formas. Esta formulación tiene la ventaja de dejar ver más
claro aún que en estos días la derecha está dentro y fuera del Estado y del
gobierno y, en todo caso las diferencias representan matices diversos de
intereses o bien mayor o menos inteligencia para la dominación. Por ejemplo,
es evidente que la discusión por las llamadas retenciones a las
exportaciones es una pelea por intereses y al mismo tiempo deja a las claras
que hay un sector —el de los agronegocios— que no comprende que parte de
esos subsidios son empleados en la política asistencial que contiene
millones de personas que en otras épocas estarían quemando campos de soja,
así como durante el cordobazo destrozaban las instalaciones de la empresa
xerox.
Por eso es que afirmamos que la izquierda perdió definitivamente su
identidad, hasta su razón de ser, cuando compró el mito del Estado de
Derecho, como si este fuera parte de su acerbo y no un producto burgués. En
esto hay responsabilidad en parte de de algunos exiliados que se vinieron
con ese mamotreto bajo del brazo. Otra parte de responsabilidad la tienen
los sobrevivientes o descendientes de sobrevivientes que identifican
“derechos humanos” con las utopías por las cuales nos jugamos la vida en los
setenta. Dicho de otro modo: identifican Justicia con condenar a los
militares que ejercieron el terrorismo de Estado. La paradoja es que esa
“justicia” se ejercerá con la vigencia del Estado de Derecho, será justicia
burguesa. No tiene nada de malo, al contrario, bienvenida sea, sólo que no
es por la que lucharon sus padres.
Claro, hay que tener en cuenta que en esta degradación de valores y
conceptos, también tiene su importancia el derrumbe del Sistema Socialista
Mundial, como ensayos de sociedades superadoras del capitalismo. Y, lo que
es para nosotros particularmente doloroso: Cuba, país que a cincuenta años
de la revolución más formidable de América después de la mexicana, hoy tiene
el 80 por ciento de sus tierras improductivas e importa, nada menos que de
los EE.UU, parte importante del ochenta por ciento de sus alimentos, a pesar
del bloqueo. Encima políticamente está más cerca de la monarquía que del
socialismo marxista.
¿Chavez y el socialismo del siglo XXI? Cualquier argentino de mi edad puede
asegurarles que en 1946 Perón, en apenas diez años, que son los que lleva ya
el Venezolano, creó un estado de bienestar productivo, una nación que
producía prácticamente todo lo que consumía. Con un poco más de modestia se
lo llamó “socialismo nacional”.
Si amigos, perdón por mi tono irónico, pero lo que ocurre es muy duro. O
dicho de otra forma, vivimos un periodo histórico de especial reacción.
Claro, este punto de vista es contradictorio con quienes piensan que en
América Latina es diferente al resto el mundo. Sin embargo a excepción de
Bolivia, en donde la activa presencia indígena obliga a mirar con otros
ojos, en el resto, progres más, progres menos, se vive el post-
neoliberalismo….que no es el socialismo, ni siquiera una oleada
“democrática” al viejo estilo, sino la forma que asume la nueva forma de
dominación. Sin dudas que con mayores o menores talentos según los países,
pero todos en la onda de la readaptación del capitalismo.
Volvamos a nuestro nuevo modelo. Las palabras contención y asistencia son
claves. Hay que recordar que cuando surgió el capitalismo en la historia, su
rasgo fue incorporar a toda la sociedad a la producción; unos como
empresarios, otros como obreros hacedores de plusvalía y una minoría como
servicios. Quedaba fuera de la sociedad un grupo marginal de “inadaptados”
(delincuentes, prostitutas, vagos, linyeras, etc) que se los denominó
“lumpen proletariado”. La desocupación era transitoria y estaba destinada a
regular el precio de la mano de obra por la ley de la oferta y la demanda.
La función del Estado era armonizar el sistema, cuidar que cada clase social
hiciera lo que le correspondía de acuerdo a las leyes.
Pero a los largo de los siglos la producción fue requiriendo cada vez menor
mano de obra, al punto que hoy en día, los “marginados” no son un grupo de
“lumpenes” sino una porción muy grande de la sociedad para quienes el
capitalismo actual no tiene lugar. Dicho en forma cruda, están demás. Pero
no se lo puede hacer desaparecer, por lo tanto el Estado los debe contener.
Para el capitalismo es más productivo reducir la mano de obra a costa de
subsidiar el mantenimiento de los desocupados crónicos (planes de
contención) que regular los métodos de automatización del trabajo de manera
que se mantenga la plena ocupación.
Dicho de otra forma: prefieren pagarles para que no trabajen, eso es, en
última instancia el asistencialismo que ejerce el estado que expresa los
intereses de ese modelo productivo. Y ese es precisamente el aspecto más
irracional del sistema capitalista.
Esto es así y nuestro cometido debería ser intervenir para conocer a fondo y
estudiar hasta descubrir por donde enfrenarlo y establecer una resistencia
eficaz. Pero ocurre que la mayoría de las organizaciones de izquierda, lejos
de combatir el asistencialismo, tienden a afirmarlo. Ocurre en todos lados,
pero particularmente en nuestro país lo es a partir del 2001, cuando las
organizaciones de izquierda mostraron más temor al “caos” resultante del
espontaneísmo de masas que ellas no pudieron liderar, que al orden burgués.
Por lo tanto pasaron a colaborar con la burguesía para contener a las masas.
¿Ignorancia? ¿Falta de conciencia? ¿impotencia? ¿Estupidez?...Hay un poco de
eso y hasta les doy esa chance…pero no, desgraciadamente estas cosas son las
que nos hacen poner en dudas cuando algo es ingenuamente inocente o se trata
de franco cinismo. Porque resulta que parece ser bastante sabroso y rentable
contar con recursos financieros estatales para organizar marchas
disciplinadas (nada de espontaneismo pequeño burgués) uniformadas,
embanderadas, marchantes ordenaditos , prolijos y bien vestidos y equipados
como niños de una buena escuela, que muestren nuestras fuerzas y capacidad
militante… o sea nuestra razón de ser. De manera que ahora el Estado no sólo
subsidia la desocupación sino también la cuota del afiliado y hasta la renta
del funcionario de partido.
La aún llamada izquierda dejó de ser, insisto, porque la razón de ser de su
origen fue la lucha contra el Estado y ahora pasó a luchar contra el
gobierno o sea, pasó a ocupar un lugar dentro del Estado, por lo común lugar
de oposición porque no le da el cuero electoral par más. Tanto es así que
con frecuencia apoya a la “derecha” opositora porque están contra la
“derecha” en el gobierno.
Esto referido a la izquierda orgánica, si vemos lo que pasa en la
intelectualidad, el panorama es más negro aún, pero los mecanismos y las
razones son más o menos las mismas. También el Estado ha logrado al fin
encontrarles su precio. Desde luego que hay excepciones, de lo contrario yo
no estaría escribiendo esto, ni La Fogata me lo publicaría; somos parte de
la excepción.
Más que de excepción convendría hablar de la existencia de otro movimiento
cuyo rasgo es la resistencia y la lucha contra el Estado de hecho, sin
definiciones ideológicas, a punto tal que en algunos casos ni siquiera se
sabe que es una lucha antisistema. Este movimiento de hecho, que carece de
centro, lo componen quienes se movilizan para oponerse a aquello que es
esencial al modelo productivo actual y que perjudica a la población.
(explotación de los recursos, tierra, mares, minería, pasteras y oposición
tenaz a todo lo que sea monoproducción) (piénsese que monoproducción es
también depender en forma exclusiva del petróleo o del turismo habiendo
tierras para garantizar la soberanía alimentaria) Este movimiento apenas se
ve, no poque sea chico, sino porque está debajo de la superficie, carece de
dirigentes y la TV no lo registra.
Por ahí, por se lado los marxistas deberíamos buscar el sujeto, sin
prejuicios ideológicos ni infantiles conceptos clasistas que aún tienen
arraigados algunos setentistas de origen pequeño burgués que todavía hablan
“de la clase”; de la “conciencia de clase” y hasta del “miedo de clase”
(parece ser que el miedo “obrero” es diferente)
Examinar cómo la consolidación de la sociedad posindustrial, o sea de esta
nueva faz del capitalismo, desplaza irremediablemente al sujeto “proletario”
de su centro. Pero no es que se “amplia” en forma sumatoria y de ese modo la
izquierda cree que es ir agregando temas y consignas a los programas
(feminismo, ecología, racismo, inmigraciones, biotecnología, etc) No, no se
trata de una suma, se trata de un cambio cualitativo que incluye cambios en
la centralidad y que supera muchas taras del pasado y nos permite repensar
el tema y hasta la propia necesidad de sujeto. También es imprescindible
repensar el contenido de las palabras izquierda o derecha, para ver que ya
no se trata de una división en cómo se administra un modo de producción, en
el sentido del reparto de sus beneficios, sino en cuestionar un tipo de
desarrollo productivo que pone en riesgo la civilización. O sea, ahora es
una cuestión de vida o muerte. Izquierda pasará a ser todo lo que facilite y
se juegue por el desarrollo de la vida.
Por ese camino podemos ver falsas antinomias y evitar el maniqueísmo que
pretende que tomemos posición a favor del gobierno o de los agronegociantes
con el argumento de frenar a la “derecha”: estamos contra ambos porque ambos
son derecha, como hoy debe de ser calificado de derecha todo partido,
socialista, comunista, trostkista o cualquier ista, que impulse un modelo de
desarrollo que acentúe la monoproducción, y un modelo político que se apoye
en la canonización del Estado de Derecho y tienda a infinitas reelecciones
en sucesión monárquica. Esa es la no-vida.
Martes 18 de agosto de 2009
Fuente:
www.profanascartas.blogspot.com
Demagogia
sin reflexiones
Por Luis Mattini
Debo admitir que me resulta muy dificil de entender y explicar el disparate que
acaba de escribir Osvaldo Bayer en
“Reflexiones sin demagogia” en la que compara lo sucedido en Alemania en
1946 con Argentina en 1984; esto es, la derrota del nazismo, después de cuatro
años de guerra entre formidables ejércitos, cincuenta millones de muertos y
media civilización destruída, con la retirada, más o menos en orden, de la
dictadura de Videla.
En dicho artículo Bayer parece desconocer que Nuremberg se hizo bajo la
custodia de los ejércitos vencedores y aún así dicho Juicio dejó mucho que
desear y con ribetes de colosal estafa. Los únicos ejecutados por crímenes de
guerra, antisemitismo y racismo fueron unos pocos nazis, olvidando la
colaboración activa de los racistas y antisemitas de los países ocupados por los
alemanes. Además no se juzgó a los responsables de los criminales bombardeos
aliados sobre objetivos civiles y las bombas atómicas sobre Japón. Para no
hablar de los ex-nazis que continuaron en actividad reclutados por la URSS y los
EE.UU como técnicos y agentes secretos.
Cierto es que, a pesar de eso, Alemania es la única Nación que, en efecto, hizo
un proceso autocrítico, pero Bayer sabe que eso se hizo en la ex Republica
Federal o sea en gran parte los socialdemócratas, quienes a su vez cargaban con
la responsabilidad de haber asesinado a Rosa Luxemburgo y los espartaquistas el
1919. ¡Oh Paradojas del siglo veinte! en la post guerra fueron mucho mas
consecuentes y eficaces para desnazificar que los comunistas.
En cambio el juicio a los militares en Argentina, si bien está lejos de ser lo
que seria nuestro deseo, es mucho más de lo que, no siendo vencedores, se pudo
hacer, gracias a la tenaz militancia de una minoria. Porque no hay que olvidar
que los militares no fueron derrotados por los argentinos, sino por los ingleses
fuera del territorio nacional y que el tribunal que los juzgaba estaba rodeado
por las armas de los acusados.
Además la experiencia y la edad nos obliga a reexaminar qué grado de
disposición había en la mayoría de la población para respaldar la tenacidad de
esa minoría militante de los derechos humanos. ¿O nos olvidamos de la verguenza
del mundial 78? ¿Nos olvidamos también la concentración de masas borrachas de
chovinismo vivando a Galtieri por la invasión al las Malvinas? ¿Cómo es posible
que sigamos ignorando el injusto desdén e indiferencia de la población argentina
con los ex combatientes, derrotados, famélicos y desarrapados tratados como
basura después de haberlos mandado al frente? ¿O creerá Bayer que un “pueblo”,
como él dice, (yo prefiero decir en este caso una población, porque se es pueblo
sólo cuando se es sujeto), que no había superado semejante frívola ebriedad
colectiva, sería capaz de “agarrar las armas” al hipotético grito de un
presidente socialdemócrata para defender la democracia? ¿O le habrá creído al
Partido Comunista cuando éste le ofreció públicamente a Alfonsin las Brigadas
para recolección de café en Nicaragua al mando del “Comandante Mosqueda”, para
reprimir a los carapintadas alzados? ¿Tanta fe tendrá Bayer en la Institución
Congreso? ¿Y con qué fuerzas pensará que una Bicameral del Congreso de la Nación
hubiera podido actuar?
Yo no tengo los 82 respetables años de Bayer, tengo 68, él es de una generacion
anterior; tengo mi hermano de sangre desaparecido junto con cientos hermanos de
lucha, muchos de ellos de la misma generación que Bayer. De cincuenta años de
militancia pasé diez en el exilio, pero no me considero víctima, sino un
permanente combatiente libertario, que en su momento empuñó las armas junto al
sucesor del Che, Mario Roberto Santucho al que Bayer nunca entendió y, al menos
hoy hoy reivindica. Nunca lo entendió a Santucho como sí lo hicieron muchos de
sus pares intelectuales y generacionales se jugaron con nosotros, aún siendo a
veces críticos: Silvio Frondizi, Haroldo Conti, Rodolfo Walsh, Rodolfo Puiggros,
Paco Urondo, Alicia Eguren, por sólo nombrar algunos de esa larga lista con los
que juntos hicimos la historia de la que ahora Bayer parece querer monopolizar .
Por otra parte muchísima gente en América Latina, y bastante más allá de ella,
revindica a La Argentina, como la única Nación que, con los errores y las
agachadas de Alfonsín incluidas, y sin el respaldo del Ejército Rojo, metió
presos a los militares. O sea que los cultores del Estado de Derecho, como lo es
Bayer, al menos en sus escritos, deberían sentirse orgullosos de ello a pesar de
las limitaciones del juicio, que por otra parte sigue su labor lenta pero
inexorable.
En lo que a mí respecta, opino en cierto modo desde un costado, porque ni yo ni
mis compañeros tuvimos como objetivo de lucha meter preso o fusilar a nadie,
como no fuera en situación operativa por razones bélicas, sino crear un nuevo
contrato social. Nosotros no luchamos por la democracia representativa y el
Estado de Derecho, expresiones cumbres del estado burgués; y por eso
precisamente, nunca hicimos el ridiculo de “exigirle” a Alfonsín que hiciera lo
que hizo el Che Guevara en la Fortaleza de La Cabaña en La Habana.
De allí es que creo que la justicia con nuestros muertos es seguir luchando por
ese mundo por el que ellos dieron la vida, por trasformaciones radicales de la
sociedad, de modo tal que los déspotas que, con elemental justicia, el aparato
jurídico de este Estado, con la ayuda de los hoy amansados organismos de
derechos humanos, pudieran condenar y encarcelar, no sean reemplazados por otros
déspotas vestidos de civil.
Fuente: www.profanascartas.blogspot.com
“El
error más grande que cometimos fue subestimar a las Fuerzas Armadas”
Entrevista Contraeditorial (El Argentino)
03-08-2009 / El escritor y ex dirigente del PRT-ERP acaba de publicar El caso
Lisboa, su última novela, mezcla de ficción y realidad. Fue el heredero de
Santucho en la conducción de la organización armada. Fidel, Guevara y la
autocrítica.
Por Jonathan Rippel
Pretende ser una novela. O sea, se supone que es una ficción, pero la verdad es
que los hechos contados en el libro existieron. Conocí a todos los personajes
que aparecen: los tomé de la realidad. Por supuesto que algunos están
prefabricados y otros son más o menos como eran. Y la situación era más o menos
la misma. Pero le sumé algunos toques literarios. Es decir, es una historia real
contada en forma de novela”, explica Luis Mattini (seudónimo que usó Arnol
Kremer Balugano cuando fue dirigente del PRT-ERP y que sigue usando como
identificación del compromiso militante) sobre su último libro, El secreto de
Lisboa. Un secuestro político de novela, en el que cuenta la indagación de una
muchacha italiana, hija de una pareja de ex militantes del ERP, al enterarse de
la posibilidad de haber sido engendrada por un estadounidense secuestrado en
Lisboa por una célula de dicha organización, en un operativo en el que la madre
de la italiana participó con un rol fundamental: poniendo el cuerpo.
–Una parte de El secreto de Lisboa transcurre en Venezuela y los personajes
hablan sobre Chávez, que es criticado ferozmente por la derecha argentina y
también por cierto sector que se considera progresista y que menciona que la
pobreza en ese país sigue siendo alta. ¿Qué opina?
–El escenario de Venezuela lo inventé. Tengo muchas referencias de cómo es
Caracas, y muchos amigos que están allá y militan. La admiración por Chávez la
puse en uno de los personajes del libro, El Tordo, que está basado en una
persona real que vivió en Venezuela. La novela es casi un homenaje a él, ya que
murió poco después de que terminara de escribirla. Esa confabulación que hay
contra Chávez es muy parecida a la que ocurrió en Chile contra Salvador Allende.
Creo que Chávez es un fenómeno curioso y muy interesante, pero no es el Che
Guevara ni Fidel Castro. Como fenómeno actual de América latina, sigo con mucha
más atención a lo que pasa en Bolivia.
–A Fidel y al Che, ¿los conoció personalmente?
–A Fidel sí, lo traté en varias oportunidades. Pero cuando fui a Cuba por
primera vez, el Che ya había muerto. Algunos compañeros sí lo conocieron, y
hasta trabajaron con él. Para los jóvenes de aquella época, el Che era
contemporáneo. Entonces, no sólo lo admirábamos sino que lo discutíamos. No es
como ahora que se lo toma como algo cerrado. Debatíamos la teoría del foco
guerrillero. Y era un personaje discutido por nosotros, no en el sentido de que
estuviéramos en contra sino en cuanto análisis de lo que estábamos de acuerdo y
lo que no. En particular, en mi grupo éramos partidistas, mientras que el Che
nunca fue partidario de un partido. Pero eran diferencias de enfoque: nada más.
Lo que sí teníamos era una confianza total en cuanto a su ética y su entrega
revolucionaria.
–¿Y Fidel?
–Con él tuve una larga entrevista, que duró toda una noche. Fue en el año ’73,
cuando asumió Cámpora. Fui a Cuba en nombre del PRT. Habíamos solicitado una
entrevista. Nosotros éramos bastante pedantitos para ser jóvenes, porque la
verdad es que llevaba instrucciones precisas del buró político de Santucho de
que si la entrevista no era con Fidel, no se planteaba el plan (ríe). Una
grosería diplomática porque si Fidel mandaba a su hombre, era en su
representación. En esa oportunidad conocí al comandante Ochoa, que muchos años
después fue fusilado, y a Fidel, a quien fui a plantearle que queríamos hacer
una guerrilla en el monte de Tucumán y que deseábamos entrenamiento. Y él dijo:
“Pero, ¿no le van a hacer una guerrilla a Perón?”. Le respondí: “No, comandante,
quédese tranquilo, eso no lo vamos a hacer: estamos preparándonos para cuando
muera Perón, lo que ocurrirá en cualquier momento”. Y efectivamente, murió a los
pocos meses. Y él empezó a preguntar por los detalles, cómo era Tucumán y el
norte argentino, que no conocía. Hablamos también de la Guerra del Paraguay. Me
acuerdo que lo sorprendí cuando le dije que en esa guerra la yerba mate había
sido alimento básico de los paraguayos. Y él bromeó: “Con razón al Che le
gustaba tanto”. Finalmente me dijo que no, que no podían darnos entrenamiento
porque tenían relaciones diplomáticas abiertas con la Argentina. Bueno, nosotros
sabíamos que era así. Pero lo que más me impresionó de Fidel fue su visión de
conjunto y su capacidad de no perderse los detalles.
–En un momento de la novela, un personaje lleva a cabo una operación decidida
por la guerrilla en la que debe seducir a un turista adinerado con el fin de que
fuera más fácil secuestrarlo y financiar luego a la guerrilla con “el botín”.
Eso lleva a pensar en lo sacrificado que es la participación en una causa
colectiva en la que las decisiones de la vida privada se mezclan con las
colectivas. ¿Qué opina al respecto?
–En la novela pongo que fue paradigmático en la historia del PRT. Esta
organización tenía fama de ser muy puritana. Lo que cuento en el libro, de que
una mujer tiene que seducir a un tipo para poder capturarlo, era común en la
Argentina. Para empezar, cuando necesitábamos robar un auto: lo primero que
hacíamos era buscar a una compañera. O sea, usar de señuelo a una mujer era
común. Por supuesto, con el total acuerdo de ella. Era un acto voluntario. Pero
siempre se armaban las operaciones de tal manera que la compañera coqueteaba,
actuaba para distraer al tipo, y podía llegar a ser un apretón, pero siempre el
equipo actuaba antes de que se viera obligada a ir más lejos. Recuerdo que una
vez discutimos y les pregunté a las compañeras: “¿Ustedes están dispuestas a
acostarse con un tipo del enemigo?”. Les planteé el problema, que era muy común
en la Segunda Guerra Mundial y en la historia de la humanidad. Ellas
respondieron: “Sí, por supuesto”. Pusimos la condición de que la operación fuera
por algo que valiera la pena, que estuviera la vida de compañeros de por medio o
la posibilidad de salvar presos, por ejemplo. Los varones se mostraron más
reticentes. Finalmente, llegamos a la conclusión de que correspondía, que no era
inmoral. Cuando nos pusimos de acuerdo, como dirigente, les dije a los hombres:
“Tengamos en cuenta que puede tratarse de nuestras compañeras”. ¡Ah, pucha!
(ríe).
–Afirmó en una nota que si bien el marxismo señalaba al proletariado como el que
liberaría a los demás mediante la toma del poder, la Revolución Rusa demostró
que no era así, ya que “no mejoró sustancialmente la situación de la mujer, ni
de las minorías”.
–Sí, he sido un marxista, y lo sigo siendo, en el sentido de compromiso. Cuando
era joven, era un marxista rígido. Pero el marxismo dice que la transformación
se basa en un cambio económico: una nueva clase, la obrera, que toma el poder, y
que el socialismo se construye de esa manera, y que el resto de las opresiones
serían, entonces, “secundarias”, como llamábamos en esa época, por ejemplo, a la
opresión a la mujer. Nadie decía que eso estuviera bien, pero se argumentaba:
“Eso se va a lograr cuando se emancipe lo principal”. Estoy convencido de que
fue un profundo error, y por eso estoy peleado con casi todos los marxistas, mis
viejos colegas y los nuevos, que me tratan de renegado. La historia demostró que
no es cuestión de prioridad. El proletariado tomó el poder en la Unión Soviética
y la situación de la mujer no cambió. Y lo mismo ocurrió con la opresión a otras
minorías, con la elección sexual y el problema del racismo. Creo que hay que
apoyar la lucha de todas estas minorías, que tienen una condición fundamental
que consiste en que su lucha es radical: no pueden detenerse porque si lo hacen
se termina el sentido de la pelea. En cambio, otros pueden negociar. La clase
obrera, y yo vengo de la clase obrera sindicalista, negocia un mejor salario.
Pero la mujer no puede negociar en cuanto a sus reivindicaciones porque de
hacerlo sigue dominada como mujer. Y lo mismo pasa con el racismo o con las
minorías sexuales.
–¿Comparte lo que planteó Ernesto Sabato en un ensayo al criticar tanto al
sistema comunista como al capitalista porque el primero, decía, se ocupa de la
sociedad pero no del individuo y con el segundo sucede lo inverso? Es decir,
¿está de acuerdo en que fracasaron ambos sistemas y que en definitiva fracasó el
hombre?
–Estoy de acuerdo en que es válido el planteo de Marx de la contradicción
capital-trabajo. Lo que sí ha fracasado es la idea de que la clase obrera podía
reemplazar a la burguesía y hacer una sociedad mejor. Cuando ocurrió en Rusia,
se vino todo abajo. Además, ya no hay clase obrera en el sentido en que se la
planteaba en la época de Marx. Hay que buscar nuevos caminos. La emancipación
pasará por otro lado.
–Usted sucedió a Mario Roberto Santucho en la conducción del PRT-ERP tras su
asesinato en julio de 1976. ¿Por qué lo reemplazó?
–Éramos un partido clásico leninista puro. Es decir, teníamos un comité central,
un buró político y un secretario general, que a la vez era comandante de la
fuerza militar. Las decisiones se tomaban por votación. Era un organismo
colegiado. Santucho traía propuestas y había que votar. Por lo general, las
decisiones se tomaban por unanimidad. Con Santucho estuvimos varios años en el
buró político. Lo que ocurrió es que tuvimos que incorporar a nuevos miembros al
buró, porque varios que lo habían integrado cayeron. De haber sido entre seis y
ocho miembros en el buró, pasamos a ser cuatro. Y golpearon a tres: Santucho,
Domingo Menna y Benito Urteaga. Automáticamente, entonces, tomé el mando. Y
después se reunió el comité central y me ratificó como secretario general. Luego
hubo una reunión más amplia y se volvió a ratificar.
–Usted conoció muy de cerca a Santucho. ¿Podría contar alguna anécdota suya que
vaya más allá de la política?
–Hay gente que tiene en Santucho una veneración de tipo religiosa. Yo tengo
admiración por él. Fue un dirigente, el hombre al que seguí. Para mí, Santucho
fue, sin duda, el sucesor del Che Guevara en la Argentina, porque fue el que
mejor lo interpretó y el que hizo cosas más parecidas a él en el sentido de lo
que se había propuesto. Yo ya tenía varios años de experiencia en política
cuando conocí a Santucho. Él no me impresionó porque fuera un brillante
comandante o intelectual, o un sagaz político. Lo que me impactó fue que era un
hombre que lo que decía, lo hacía. Este también era el rasgo de Guevara. Y
nosotros vivimos en un país demasiado acostumbrado a decir cosas y no hacerlas.
Santucho, además, si proponía algo, lo hacía con una convicción tal que te
entusiasmaba. Aunque al principio no estuvieras de acuerdo, seguía hablando y te
persuadía. Y te convencía porque era el primer convencido.
–Expresó hace un tiempo: “Puedo hacer autocrítica de las cosas que hemos hecho
mal, pero no me arrepiento de mi historia”. ¿Qué autocríticas hace y qué es de
su militancia lo que le provoca más orgullo?
–Si tengo que hacer una autocrítica, debo hacer una lista y estaremos todo el
día. Pero no estoy arrepentido de lo que hicimos, porque lo realizamos de
acuerdo a determinadas circunstancias. La autocrítica no es arrepentimiento sino
un “lo hicimos mal, ahora hagámoslo mejor”. Lo mejor que tuvimos fue la
creatividad. En la novela este aspecto no está nada exagerado: fue así. Lo
quiero transmitir a las nuevas generaciones, por ende, es que nunca hay que
decir “no se puede” sino “probemos”. Por eso, lo que más critico en la
actualidad es la falta de creatividad. Otro factor que reivindico es el poder de
decisión que teníamos. Nosotros, lo que decíamos, lo hacíamos. Algunas
autocríticas que puedo señalar: fue un error, por ejemplo, haber hecho
operaciones armadas durante el gobierno de Cámpora y en el de Perón. Tengo
varios libros escritos en los que hablo de los errores. No les puedo dar
consejos a las nuevas generaciones porque el mundo cambia. Nosotros agarramos el
fúsil porque estaban dadas las condiciones para hacerlo: no sé lo que se
agarrará ahora. Sí hay cierto consejo que se puede dar y es decir que el error
más grande que cometimos fue subestimar. Nosotros subestimamos al que
considerábamos nuestro enemigo: las Fuerzas Armadas. Y estas nos sobreestimaron
a nosotros. Es la tragedia del país. Es gravísimo. No hay que subestimar a
nadie. Nunca.
–Estuvo exiliado en varios países. ¿Cómo recuerda el exilio?
–Nosotros salimos de la Argentina y fuimos a Italia, porque en los países
limítrofes era imposible y nuestro objetivo era ir a Cuba a buscar mayor
entrenamiento. Considerábamos que estábamos retrasados con respecto a la
formación militar. Era un error ver todo en términos militares. Cuando nos
encontramos en Italia, nos entrevistamos con los cubanos, y les dijimos: “Ahora
hay una dictadura en la Argentina”. Teníamos con ellos una relación como de
hermanos. Nos respondieron: “No puede ser, están todos los días cayendo
compañeros en las calles: paren”. Que los cubanos te digan que pares, es
medio... En esa reunión del Comité Central decidimos quedarnos un tiempo fuera
del país, reorganizando la fuerza, viendo los errores que habíamos cometido,
para después retomar la fuerza. Ahí se decidió que (Enrique) Gorriarán Merlo,
otra gente y yo nos quedáramos afuera. Yo había salido del país con un pasaporte
falso. Con ese pasaporte viví lo que iban a ser tres meses en Europa, cuatros
años. Yendo, viniendo, laburando clandestinamente, y no sintiéndome exiliado. Lo
éramos pero no para nuestro estado mental, porque pensábamos que estábamos fuera
del país organizando la retaguardia para regresar con todo. En esas
circunstancias pasó lo de Lisboa, que cuento en la novela. Yo era públicamente
Luis Mattini. Tenía ese documento falso, con eso vivía, y después fui a parar a
México, donde imperaron los conflictos internos. Por un lado, Gorriarán, y por
el otro, yo. En aquel momento nos queríamos matar el uno al otro. Hoy en día
digo que “ni todos los buenos estábamos acá, ni todos los malos allá”.
Finalmente, el PRT se disolvió. Quedaron algunos grupos, de hecho, todavía hay
algunos dando vuelta que se dicen PRT, pero, como estructura, quedó disuelto. En
México una fracción del PRT planeó una operación que me podía complicar la vida
y decidí presentarme en las Naciones Unidas con mi verdadero nombre: Arnol
Kremer. Les dije que vivía en México. “¿Y cómo vino acá?”, me preguntaron.
Contesté que me habían prestado el pasaporte. “¿Y dónde está el pasaporte?”, me
dijeron. Les respondí que se lo había devuelto a la persona que me lo había
prestado. Me habían enseñado que tenía que decir eso. Y entonces la ONU
consiguió que Suecia me recogiera como exiliado. Necesitaba salir de México,
pero no tenía documentos para hacerlo. Los mexicanos me preguntaron cómo había
llegado allí. Les hice el mismo cuento: que me habían prestado el pasaporte.
“Entonces está ilegal”, se indignaron. “Por supuesto que estoy ilegal, y quiero
irme”, les manifesté. Me obligaron a pagar una multa y me expulsaron formalmente
de México. Fui con una carta de viaje a parar a Suecia como Kremer. En ese
momento me sentí exiliado. En Suecia me dieron un pasaporte de la ONU llamado
“pasaporte apátrida”. Este decía que uno era un refugiado político. Estaba en
sueco, inglés y francés y sostenía que “era válido para todos los países del
mundo menos para Argentina”. En ese entonces entendí lo que les pasaba a los
polacos, los soviéticos y los cubanos, que no podían salir de su país. Era al
revés de mi caso. Es que, con la dictadura, era lógico que no nos dieran permiso
para volver al país.
*Arnol Kremer Balugano se inició en la vida política en 1959 en el grupo Praxis.
Fue activista sindical en ATE, UOM y Navales; protagonista de las luchas
políticas de los ’60, y dirigente del PRT-ERP con el “nombre de guerra” Luis
Mattini en los ’70, organización de la que fue secretario general tras el
asesinato de Mario Santucho. También fue docente en la Cátedra Libre “Che
Guevara” de la UBA. Ha publicado los siguientes libros: Hombres y mujeres del
PRT-ERP; La política como subversión; El encantamiento político –de
revolucionarios de los ’70 a rebeldes sociales de hoy; Los Perros - Memorias de
un combatiente revolucionario; Los Perros 2 - Memoria de la rebeldía femenina en
los ’70; Cartas profanas - Novela de la correspondencia entre Santucho y
Gombrowicz, y El secreto de Lisboa. Un secuestro político de novela. En
colaboración con otros autores publicó: Che, el argentino; Los espejos rotos;
Contrapoder - Una introducción; y ¿Qué son las asambleas populares?.
Actualmente participa en la actividad de los grupos autónomos y es coordinador
de la Cátedra Libre “Che Guevara” en la Universidad Nacional de La Pampa. Y
comenta libros en Le Monde Diplomatique.
www.elargentino.com/nota-51876-El-error-mas-grande-que-cometimos-fue-subestimar-a-las-Fuerzas-Armadas.html
03/08/09
Mattini
presentó su último libro
Entrevista
"Cartas profanas". Debate entre la rebeldía y la revolución
¿Cómo podrían ser los diálogos y/o trifulcas epistolares entre un filósofo
escéptico y rebelde (“el Kafka polaco”), y un joven capaz de jugarse la vida por
la revolución (“el heredero del Che”)?
Luis Mattini, sucesor de Mario Santucho en la conducción del PRT-ERP en los 70,
luego exiliado y luego ensayista, se lanzó escribir la novela de esos posibles
diálogos entre el propio Santucho y el polaco anclado durante 23 años en la
Argentina, Witold Gombrowicz. Aquí, algunos tramos de la anticonferencia donde
Mattini repasó varios secretos de la historia, para pensar el presente.
El escritor Witold Gombrowicz le escribe al joven
Mario Santucho: -Que a vos te
interese algo de la introducción que escribí para mi “Matrimonio” me da por la
pelota. Tu interés por el rechazo a las formas es fayuto. Por supuesto que vos
no podrías pasar de la página 20, no es obra para subesarrollados mentales bien
alimentados y sobre todo bien soleados. Tu crítica a las formas cae en una nueva
forma. La crítica de un petulante que presume que ha alcanzado la madurez.
Tiempo después Santucho, tras enumerarle los avances del proceso revolucionario
en Indoamérica, le responde: -Por ahora no me escribas porque no sé dónde pararé
este tiempo, ni sé si podría seguir soportando tus guasadas.
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Ese tono impregna buena parte de la novela de la correspondencia entre el polaco
Witold Gombrowicz (1904-1969), escritor y filósofo que vivió 23 años en la
Argentina , y el joven Mario Santucho, que terminaría siendo referente máximo
del PRT-ERP (siglas del Partido Revolucionario de los Trabajadores y su sección
armada, el Ejército Revolucionario del Pueblo). Santucho murió en 1976 bajo las
balas de una patrulla militar en un episodio que siempre resultó confuso por los
aires de traición e infiltración que dejó entrever. Ambas cuestiones, las cartas
(dos de las cuales realmente existieron), y el misterio de la muerte de
Santucho, son la trama casi de suspenso de la novela Cartas profanas, que Luis
Mattini presentó en Mu. Punto de Encuentro . Según las etiquetas que a veces se
han usado, se trataría del diálogo entre el Kafka polaco, y el sucesor del Che.
Luis Mattini, clase 1941, en realidad se llama Arnol Kremer pero nadie lo conoce
por su verdadero nombre. Y el otro, Luis Mattini, es el nombre de guerra que
utilizó cuando militaba en política.
Eligió Luis como homenaje a Beethoven. Mattini le fue impuesto por las altas
dosis de mate que engullía con eficacia revolucionaria. Se ha convertido a la
vez en un historiador de su experiencia en la guerrilla, y en un pensador que
rescata los nuevos modos de organización social y política que cambiaron aquel
paradigma de los 70 (el partido, la toma del poder, la verticalidad, la
estrategia para la revolución) por los acaso más actuales (el movimiento, el
poder entendido como capacidad, la horizontalidad, la transformación de las
relaciones sociales).
Mattini escribió ensayos como Hombres y Mujeres del PRT, Los Perros, La política
como subversión y El Encantamiento Político, pero ahora se lanzó a la novela,
aunque sea una novela empapada de todos los debates políticos y sociales
imaginables.
“Soy un fanático de la literatura –contó Mattini en torno a una gran mesa que
compartió con el público durante su anticonferencia en Mu. Punto de Encuentro-.
Toda la vida me dediqué a la política pero mi formación fundamental es la
literatura. Para mi la mejor versión de la Revolución Francesa es la de Víctor
Hugo, no la de los textos políticos”.
A Mattini lo asombró enterarse de que Santucho y Gombrowicz se habían conocido.
“Confieso que al polaco (autor de Diario Argentino, Curso de Filosofía en seis
horas y cuarto, y Ferdydurke, entre muchos otros trabajos) no lo conocía. Pero
era la personalidad ideológica contraria a Robi Santucho. Santucho era el
método, el marxismo, la estructura, y el otro era petardista, el desorden
andando. Robi tenía 20 años y el otro el doble. Un viejo de 40. Se conocieron en
Santiago del Estero y se quedaron discutiendo hasta la madrugada y Robi le
decía: ‘no, Gringo, la cosa es así y asá’. Como lo conocí tanto a Santucho me lo
puedo imaginar”. Mattini consiguió las dos cartas reales tras esa reunión, que
son el ADN del resto. Una de Santucho donde le pedía la novela Ferdydurke en
castellano y luego, tras acusar de chauvinismo europeo al polaco, escribe: “No
puedes comprender que lo más importante ‘actualmente’ es la situación de los
países subdesarrollados”. La respuesta, dirigida a Robi a San Miguel de Tucumán:
“Subdesarrollado, no hables tonterías. Ferdydurke no lo puedo enviar.
Prohibición de Washington. Lo veda a tribus de nativos para imposibilitar
desarrollo, condenados a perpetua inferioridad”
El PRT versión católica
Mattini se entusiasmó con el estilo de Gombrowicz, que a la vez chocaba con el
joven Santucho que tan parecido pensaba al propio joven Mattini. “Santucho para
mi es la Modernidad en esplendor, y el otro es la caída de la Modernidad”.
¿Sería el diálogo entre el joven y el actual Mattin? “No sé –murmura el autor-la
historia es así. Si alguien quiere sacar la conclusión sobre quién tenía razón,
no se puede. Es como cuando nos dicen a nosotros (se refiere a los militantes y
guerrilleros) qu no teníamos razón, que no tendríamos que haber hecho lo que
hicimos. Si alguien tuviera que esperar a estar seguro para hacer las cosas,
nunca haría nada. Nosotros intentamos, como tanta gente. Y el polaco criticaba
eso”.
En un momento del libro Santucho le escribe al polaco: “Vos sos potencialmente
un revolucionario, por eso me gustás, lo que pasa es que el paso de rebelde a
revolucionario es un acto de voluntad, un acto de conciencia hacia una práctica
revolucionaria junto a una clase revolucionaria y con una teoría
revolucionaria”. Agrega: “El arte, si no es realista, no es revolucionario.
Tampoco es neutral, consolida el orden burgués”. Witoldo contesta: “Recibí tu
carta que bien podría servir para colgar de excusado, si no fuera porque tiene
tinta”. ¿Qué hay más allá de la perseverancia disuasiva del argentino y de los
desplantes del polaco? Mattini: “Son dos lógicas. Cuando estudié todo lo que
decía Gombrowicz me pareció que él era culturalmente más revolucionario que
nosotros. No sé cómo va a caer, pero yo creo que los setentistas fuimos en
general muy decididamente revolucionarios en el sentido de querer cambiar la
sociedad, jugarnos todo, pero no éramos suficientemente revolucionarios en las
costumbres sociales. Por ejemplo, había una carga enorme de machismo en el PRT.
Ls relaciones de pareja, en eso éramos iguales que los católicos. El polaco se
moría de risa. Uno ve la izquierda, que en Cuba ha sido machista, no pudo
eliminar el racismo tampoco. Un compañero me dijo: lo que nos ganaron fue la
batalla cultural. Y realmente era la parte más atrasaa que teníamos. El polaco
era avanzado en ese sentido, y no en lo político. La novela da vueltas en esa
contradicción: ¿cómo hacemos para resolver la radicalidad política, junto con la
radicalidad cultural?”.
Para Mattini muchos marxistas mantuvieron una suposición vulgar, la de Suponer
que cambiando la estructura cambia todo. “El feminismo fue el primero que
planteó algo distinto. Nosotros a las feministas les decíamos que la liberación
de la mujer iba a ser posible cuando el proletariado liberase a la sociedad,
cambiando las estructuras sociales. Y las feministas contestaban: no señores,
nosotras tenemos que liberarnos ya. Y nosotros insistíamos: tienen que esperar
la revolución. El problema no era solo el feminismo, sino que en general se
planteaba que el proletariado era el que liberaba a los demás, mediante la toma
del poder. Pero la Revolución Rusa demostró que no. No mejoró sustancialmente la
situación de la mujer, ni de las minorías”. En términos de la novela, Mattini –
Gombrowicz le dice a Mattini – Santucho: “¿Cómo puedes hacer una revolución
nacional e internacional si no puedes hacer una revolución en vos mismo?”
Borges y la revolución
Mattini reivindica la posición del polaco con respecto al arte: “El arte es
revolucionario por definición. El buen arte es revolucionario, el que no es
revolucionario puede ser el artista, pero esa contradicción es típica. Por
ejemplo, Jorge Luis Borges o Mario Vargas Llosa no son personas revolucionarias,
pero sí su arte”. ¿Vargas Llosa también? Mattini reivindica, por ejemplo, El
paraíso en la otra esquina del peruano, que narra la vida de Flora Tristán y un
nieto renombrado, Paul Gaugin, y un tema acaso fuera de agenda contemporánea: la
búsqueda de la libertad.
En ese punto Mattini explora las comparaciones con el Che. “Robi sale a América
Latina, a Estados Unidos, a Cuba, pensando que es un viaje como el del Che. Pero
el polaco le dice, le hago decir, que la diferencia es que el Che no tenia la
más pálida idea de que iba a ser un revolucionario. Creó todo en el camino,
mientras andaba. En cambio Robi ya sabía cuál era el camino. Y cuando digo Robi
me refiero también a lo que yo sentía. Entonces, muchos elementos negativos o
problemáticos del PRT tienen que ver con que seguíamos historias atrasadas”.
El debate entre el rebelde y el revolucionario, finalmente, queda sin cerrar.
Tal vez sea lo mejor, que represente no un cierre sino una apertura.
¿Quién entregó a Santucho?
La novela no es sólo epistolar, ni sólo abarca algunos de los dilemas políticos
más actuales. En realidad cuenta cómo el autor se va adentrando en el secreto de
esas cartas guardadas, y todo se cruza con la aparición de viejos militantes y
compañeros que van revelándole aquella relación entre “el último guevarista” y
“el Kafka polaco”. En el camino, salta la cuestión de la muerte de Santucho, o
del modo en que fue detectado, como tema político que enhebra la posibilidad de
la traición.
Mattini, durante la anticonferencia, sostuvo algunas premisas con respecto a
aquel hecho.
1) El enfrentamiento se produjo por la presencia apenas de una patrulla del
ejército, lo cual indicaría que no estaban esperando encontrarse con el
guerrillero más buscado en ese momento de 1976.
2) Siempre existió la teoría de que Santucho iba a tener ese día una entrevista
con el jefe de Montoneros Mario Firmenich: “A mi no me cae simpático Firmenich,
pero no existe ninguna razón para pensar que lo hubiera entregado. Mientras no
tenga una razón, no voy a pensar eso”.
3) El dueño del departamento donde cayó Santucho era Juan Carlos “Gringo” Mena,
y una versión plantea que tenía un amigo médico y militante al cual le habían
secuestrado a su compañera. El médico habría sido extorsionado para entregar a
Mena a cambio de salvar a su compañera Mattini va más allá de la posible
traición: “En la novela planteo la cuestión que para mí, en el fondo, es la
importante: ¿El PRT fue liquidado porque mataron a Santucho, o en realidad
mataron a Santucho porque el PRT había sido liquidado? Mi opinión es esta
última, para mi el PRT ya estaba fuera de combate cuando mataron a Santucho, y
esa fue la prueba de que ya nos habían derrotado”.
Pero hasta el tema de la delación es traducido a términos políticos en este
caso: “Siempre se habla de la infiltración, y es un elemento que los servicios
utilizan. La idea de que lo entregó uno de nosotros, de los que quedamos vivos
ahí. Y esa es la explicación más fácil y más peligrosa. Porque si un movimiento
falla porque alguien de la cúpula entrega a otro, y eso derrumba todo, la
conclusión es que no vale la pena luchar”. Mattini rechaza esa visión, pero en
todo caso los detalles están en Cartas profanas.
El zapatismo de Gualeguaychú
Las preguntas e intercambios penetraron cuestiones de la historia y del
presente. Mattini cree que todo elmovimiento revolucionario del siglo XX siguió
la pauta trazada por la Comuna de Paris en 1871. “Todas las expresiones
latinoamericanas de revolución, estaban inspirados por la Comuna de Paris y a
partir de nuestra derrota, de la derrota del guevarismo, vinieron otros modos de
hacer las cosas. Lo diría así: En américa Latina, la experiencia de zapatismo en
Chiapas es equivalente a la Comuna de Paris. No quiero decir que tengamos que
hacer lo que hizo Marcos, sino que aquello fue una vuelta total, como si le
quitara al guevarismo la idea de la toma del poder, rescatando sólo lo esencial
del guevarismo: la lucha, el compromiso, las ideas de emancipación, que implican
fomentar cómo la gente va cambiando la sociedad sin tomar el poder”.
¿Cuál sería el reflejo de esas prácticas en la acutalidad? Quizás sorprenda,
pero Mattini observa que esa médula que nació en Chiapas, se trasladó a
situaciones como la de Gualeguaychú: “No lo de los ruralistas, sino la Asamblea
y la ciudad contra Botnia, poniendo en tela de jucio a los gobiernos, al
MERCOSUR, la política exterior. O lo de Esquel (impidió la instalación de una
minera con un plebiscito) o Famatina (impidió la instalación de otra minera con
un piquete a 1.800 metros de altura). Eso me entusiasma porque son situaciones
que lo cambian todo. La gente participa por múltiples motivaciones”.
Le preguntan, en estas experiencias, cuál es el papel de una vanguardia: “No hay
vanguardia. La gente se moviliza para defender su negocio, nada más, o porque le
molesta el olor. Pero apenas van participando, metiéndose, terminan tocando a
fondo el sistema productivo actual, cuestionan de un modo radical lo que ocurre
en este momento. La vanguardia tenía que ver con el concepto de revolución como
guerra. Yo sigo pensando que hay lucha de clases, claro, pero lo que cambió es
el concepto de la guerra como revolución, del partido como estado mayor de esa
guerra. El modelo de Lenin”.
Alguien le sugiere que al no tener vanguardia, el estallido de 2001 terminó en
la nada. “No se fueron todos, se quedaron todos”. Mattini propone: “Es lo mismo
que pensar que el Mayo Francés no condujo a nada. Sin embargo simbolizó todo lo
que pasó después. Somos hijos de esa jodita que hicieron los pibes franceses.
Reconociendo las distancias con 2001, y en esto no estoy hablando ni mal ni bien
de este gobierno, pero reconozcaos que la Argentina de antes de 2001 era una
cosa, y después otra. No el gobierno, el país es otro”.
La cabeza y el corazón
Otro ejemplo de transformación que toma Mattini de las actuales experiencias es
el de las fábricas sin patrón: “Todo el sistema socialista mundial, desde la
Unión Soviética, pasando por China hasta Cuba, no eliminó una cosa que, mientras
exista, va a significar que existe capitalismo: el salario. El salario es lo que
produce el capital. No fue eliminado el salario en ningún país socialista. Pero
en las fábricas recuperadas, hay que investigarlo más a fondo, hay una forma de
experimentar cómo cambiar o eliminar el salario”.
La conversación siguió con una hipótesis que simboliza otro cambio: accediendo a
la historia a través de la ficción, lo que hizo Mattini fue escribir más con el
corazón que con la cabeza. El privilegio de resolver si eso es así, queda a
cargo de quienes entren al libro.
Fuente: www.lavaca.org
Cartas
a Mario Roberto Santucho, a 33 años de su muerte
Entrevista
Un compañero de militancia y autor de varios libros sobre el líder del ERP
dice que Santucho fue el único sucesor del Che.
Por Horacio Bilbao
"Es extraño como el Ejército jamás homenajeó a quienes llevaron a cabo una
de las batallas más importantes contra la guerrilla". Quien lo dice es Arnol
Kremer, más conocido por su nombre de guerra en el PRT-ERP, Luis Mattini. Y
habla puntualmente del capitán Leonetti, a frente de la redada que terminó
con el asesinato de Roberto Santucho, hace 33 años, en Villa Martelli.
Sucede que ese 19 de julio de 1976 no sólo mataron a Santucho, también
decapitaron la cúpula del ERP. Mattini, que por casualidad no estaba en
aquel departamento, asumió el timón de la organización, planeó más tarde la
retirada y vivió para contarlo y escribirlo en textos documentales y de
ficción.
Mattini lleva por lo menos cuatro libros (todos bajo el sello de Ediciones
Continente) en los que evoca momentos de la vida revolucionaria de quien
fuera el líder de su organización. En los Perros I y II, Mattini se sumerge
en el movimiento a través de sus vivencias personales para trazar un fresco
del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) y su brazo político, el Partido
Revolucionario de los Trabajadores (PRT) así como su principal figura Mario
Roberto Santucho. Y en Cartas Profanas, el más reciente, plantea un juego de
realidad y ficción a través de un supuesto intercambio de cartas entre
escritor polaco Witold Gombrowicz y Mario Roberto Santucho, quienes se
conocieron durante el los más de 20 años que Gombrowicz vivió en nuestro
país, como lo certifica María Seoane en su biografía sobre el líder del ERP.
A todos estos libros Mattini los firma con su "nombre de guerra", el
seudónimo que utilizó a partir de 1970 para la lucha clandestina. No lo
cambió hoy ni en 1976, cuando tras la muerte de Santucho, asumió la
secretaría general del PRT y la comandancia del ERP. El mismo se define como
el "comandante de la derrota", todavía dice nosotros cuando habla de
Santucho y le rinde homenaje cada vez que puede. "Para mí, fue el sucesor
del Che", dice.
Fuente: Revista Eñe, 18/07/09
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