AUTOBIOGRAFIA. Yo soy un tordo uruguayo que ya tiene 59 pirulos y ha vivido a los saltos
como pulga de perro sarnoso, la vida toda. Casado, cuatro hijas ya grandes, una
nieta catalana de reciente adquisición - nació el 4 de octubre, no tiene ni un
mes - aguanté la dictadura, mas la militancia, mas el estudio de la medicina,
mas el laburo, mas el mantener la casa y criar las hijas en los setentas, y
cuando casi me estaban por dar alojamiento gratis con masajes y estimulación
eléctrica muscular en algún conocido cuartel uruguayo, logré zafar en mayo de
1980 para México. Allí me especialicé y vivimos cuatro años. Luego saltamos a
Venezuela otros ocho años. ( U-A Chávez no se va!! - conozco de cerca la
realidad venezolana) e intenté volver al Río de la Plata a inicios de 1992 -
atravesé toda América vía Brasil con la familia, dos perros que teníamos en ese
entonces, una camioneta y una casa rodante atrás, inolvidable, y lo volvería a
hacer). Pero en Uruguay me relegaron, -porque me sabían de zurda y yo ponía
artículos, etc.- apenas pude conseguir un laburo mediocre en una mutualista
manejada por "genios" de la derecha uruguaya donde trabaje 13 años y medio
siempre "contratado" y ninguneado. Después vino la devaluación del dólar del
gobierno alegre de Jorgito Battlle (ese que dijo que todos los argentinos son
ladrones... y después fue a llorarle a Duhalde, ¿se acuerdan no? porque fue algo
genial. Cuando ese mal nacido devaluó el dólar las deudas de los uruguayos
pasaron a valer el doble y casi el triple con los sueldos iguales. Paso como el
corralito de ustedes, suicidios, infartos, etc. etc. refinanciación de deudas
casi terminadas de parar otra vez a cinco o mas años...Resultado. A los 57 años y medio en marzo de 2005, y aún estando jodido de la carrocería decidí poner el pecho de nuevo y me fui a España, a Cataluña. Aquí estoy bien, trabajo de medico, escribo, arreglo escritos anteriores, en fin, voy viviendo. Importante: no me siento rechazado, por el contrario. Pero el precio es la familia dividida, el cuerpo aquí y el alma en "el Sur", como tantos, como casi todos diría. rodriguezperini@yahoo.es Visitar el blog del autor |
Doce horas más |
Cariño de padre |
Cuestión de profesionales |
Paro cardíaco |
Cremación onírica |
Cadena de fuerzas conjuntas
Adopción por encargo |
Ayer, hoy y mañana |
Apremio físico |
La espera |
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Perfecta - Excelsa - Intemporalis
La nueva rutina |
El Tai Chi y el racismo |
El imperio del sol
naciente |
Traición, poyeras y asuntos |
La vieja Etelvina y el podador
Cariño de padre
Barrió mecánicamente el último resto de mugre hacia la pala de plástico rojo,
vació el contenido en la bolsa negra de basura y la tiró dentro del contenedor
de desperdicios verde oliva, asegurando bien la tapa con las siglas "F.A.A."
pintadas en su centro. Después miró con satisfacción el enorme espacio de carga
del Hércules ahora vacío e impecablemente limpio gracias a su esfuerzo. Para sus
ojos, pese a la luz mortecina del transporte, todo brillaba.
Siempre le pasaba, pese a tantos años de servicio y horas de vuelo realizadas no
dejaba de emocionarse cuando la inmensa ave mecánica se elevaba de la ciudad
iluminada y podía ver como todo se achicaba mientras ellos se internaban en la
oscuridad de la noche sobre el inmenso río como mar.
Y que hermosura las luces de Colonia, en la costa uruguaya, alla a lo lejos, al
iniciar a máxima altura el amplio giro de retorno hacia la "Reina del plata".
Pocos minutos después volverían a aparecer en lontananza los resplandores,
anunciando que terminaba el último vuelo de la noche. Por el intercomunicador
avisó a la tripulación que en su sector todo estaba listo y esperó que la voz
metálica del capitán le contestase rutinariamente: "O.K. positivo, ocupar
posiciones de descenso."
Terminó de cerrar el gran portón lateral del carguero que al trancar los seguros
generó un ruido seco, tapando por unos segundos el permanente ronroneo de las
turbinas.
Mientras se colocaba el cinturón de seguridad pensó nuevamente en esa rubiecita
tan preciosa. Era tan joven, de la misma edad que su hija y había notado que
estaba preñadita.
Debería tener un embarazo de unos cinco meses por el tamaño de la barriga. Que
linda era. A él siempre le habían parecido más hermosas las mujeres cuando
estaban de encargue, no sabía explicar por que motivo le pasaba eso, pero en ese
estado las veía resplandecer, le resultaban especialmente bonitas.
Realmente le había gustado esa muchachita, pero dejando de lado lo sexual, le
había generado una atracción diferente, como cariño, que podía definir por
asociación con su hija como un cariño de padre, realmente.
Por eso, porque le agradaba tanto, la dejó para el final.
Él era un profesional y no podía permitirse olvidar nada, ni dejarse llevar por
sentimientos.
De ese grupo de subversivos, fue la última maldita comunista que tiró al río.
[Publicado en portada en noviembre 2007]
Cuestión de profesionales
"La verdad, mi estimado Coronel, es que nadie hubiese podido prever esa
situación, por lo que es absurdo - y en cierta forma masoquista - que ustéd se
siga culpando".
"Pero mi General, de todas formas creo..."
"Ya termine con eso, por favor, que le va a hacer daño. ¡Es una órden Coronel,
olvide el asunto!".
"¡Si Señor!... pero permítame mi General expresar que..."
"Ya déjese de pavadas. ¿Quién podía saber que el transformador estaba roto?.
Ustèd intentó pasarle hasta 80, máximo 100 voltios como bien nos enseñaron en la
Escuela de las Américas, como nos enseñó Mitrione, esa era su misión y ustéd la
cumplió, ¡con creces la ha cumplido, nunca se ha apartado de los manuales
gringos! ¿no es cierto?, ustéd cumplió la tarea de recabar información, esas
eran sus órdenes. ¡Ya basta Coronel!".
"Si señor, pero si hubiese visto los testículos arrugados, el pelo quemado, el
cuerpo encorvado con las convulsiones, todo el humo, el olor, y hasta se vomitó
antes de morir el pichi ese, ¿sabe?, ¡una desprolijidad absoluta, un cáos mi
General, nada profesional, nada profesional...!"
Esta bien, lo comprendo, no busque nada más, a lo hecho pecho. Misión cumplida
le repito. No le de más importancia que la que debe tener este asunto. Un
subversivo menos al fin es ganancia. ¿Se va a enfermar por un sedicioso,
Coronel?"
"¡Seguro que no, mi General! Pero tenga en cuenta mi hoja de servicios... mi
hoja de servicios...¿como queda?, era una hoja perfecta y ahora tiene una
mancha, ¡una mancha!, he apremiado físicamente a cientos y este es el primero
que se me muere mi General y lo que más me revuelve es que no lo mato por culpa
mía, lo vengo a matar porque un subalterno electricista hace mal su tarea de
mantenimiento... ¡él se equivoca, pero es en mi record impecable que queda esa
mancha! Es que usté debe entender que uno es perfeccionista, ¡que uno es un
Profesional mi General!. ¡Que mierda venir a morirseme a mí ese hijo de puta!"
Paro cardíaco
- ¡Paro cardíaco! ¡Atención, entró en paro! apliquen masaje cardíaco externo,
páseme la cánula endotraqueal ¡vamos, vamos! tenemos poco tiempo. Enfermera,
coloque una vía periférica e instalen el electrocardiógrafo.
La voz del médico intensivista era enérgica, no denotaba ansiedad, por el
contrario trasmitía seguridad y calmaba los nervios de sus ayudantes, se veía de
lejos que sabía lo que estaba haciendo.
Quizás él llevaba la procesión por dentro, pero eso lo pagará más tarde, cuando
esté en la cuarta o quinta década de la vida, donde la sumatoria del stress
desemboca en derrames cerebrales, paros cardíacos, infartos, etc., pero hoy por
hoy es un médico joven, especializado en casos agudos, bien preparado y
exigente, cumpliendo la misión para la que se ha estado entrenando tantos años,
y respetando el antiguo juramento hipocrático, aún sea a costa de su propia
salud.
- ¡Ya está intubado! conéctenlo al respirador... ¿cómo va la respuesta
cardiaca?... no está respondiendo... ¡adrenalina! - toma con movimientos rápidos
y decididos la jeringa y unde sin dudar la aguja en un lugar preciso del tórax,
apretando el émbolo. El líquido penetra en el corazón detenido, la línea en la
pantalla muestra movimientos irregulares.
- Comienza a responder pero esta fibrilando, ¡preparen el desfibrilador!
¿Listos?... todos fuera, ¡procedo!
La descarga aplicada a los costados del paciente producen una contracción
muscular que le arquea y eleva el torso, cayendo pesadamente luego en la
camilla. La línea continua irregular.
- ¡Vuelvan a cargar, ahora 200 Joules!... ¿listos?... ¡fuera!
Una segunda descarga genera otro salto del cuerpo inanimado, pero ahora comienza
a observarse en la pantalla del electrocardiógrafo una elevación constante sobre
la línea de base. El noble corazón vuelve a su trabajo. La voz del especialista
ahora denota cansancio:
- ¡Ha vuelvo, ha vuelto, lo logramos!, luego, siempre atento al registro del
aparato da órdenes al personal, constata que el trazo de la frecuencia cardiaca
muestra normalidad, indica que retiren el respirador y la cánula traqueal. Se
permite descansar.
La cara del joven galeno esta colorada y sudorosa, pero en su mirada se puede
ver la satisfacción del deber cumplido, algo propio de los seres humanos, ese
deseo básico de sabernos útiles.
Con gran tranquilidad pese a todos los momentos de angustia vividos comienza a
quitarse la ropa de faena empapada en transpiración, acepta una toalla para
secarse la cara y volviéndose mira su paciente todavía pálido, pero ya sin ese
tinte azulado de los momentos mas graves. Entonces se retira, dejándolo rodeado
por el enjambre de abejas en que se convierte el personal de la salud haciendo
sus procedimientos.
Ya aplomado, después de colocarse prolijamente la parte superior del uniforme,
avanza hacia una sala donde fuma y bebe café un hombre de mediana edad, que lo
está esperando. Ya le ha preparado otra taza de café para él.
Entra decidido, se cuadra, hace la veña mirando fijo la pared al frente y
trasmite:
- Mi General, hemos estabilizado al sujeto, si usted lo dispone, ya se puede
continuar con el interrogatorio.
Cremación onírica
Había sido su temor de siempre, su gran temor: Que lo enterraran vivo.
Consideraba que era lo más horroroso que le podía pasar, la sola idéa lo
martirizaba, pero la vida enseña que hay cosas peores, cosas impensadas, como la
que le estaba pasando en ese momento, en que comenzó a despertar lentamente y no
sentía su cuerpo.
Estaba embotado, apenas divisaba luces cerca suyo, no sentía las piernas ni
podía moverse y la vista le fallaba, no logrando fijar bien las imágenes, veia
bultos. Lo que lo aterró completamente fue darse cuenta que estaba paralizado,
que solo notaba un olor a carne quemada que le llenaba su naríz y en sus piernas
un calor insoportable del que no se podía separar...¡estaba clarísimo! lo habían
enterrado vivo y ahora estaban incinerando el cuerpo!.
Él recordaba bien que se lo había dicho a la familia: "Cuando me muera nada de
tierra y gusanos, a mi me queman y listo. Después las cenizas al viento sobre
las aguas del río, bien poético y limpio. Nada de cementerios, ¡que carajo!".
¡Por que habría dicho eso! ¡Estaba vivo y nadie lo sabía, nadie entendía que lo
estaban quemando vivo! ¡Quemando vivo!
Quiso gritar pero le faltaban fuerzas, solo un quejido apenas perceptible surgió
de su boca y no recordaba como había llegado a esta situación, solo le volvía la
imagen del diálogo: "A mi nada de gusanos y panteones, a mi me hacen cenizas y
listo!"
Intentaba prepararse para soportar ese dolor que le corría bien dentro de sus
huesos y el olor a carne quemada - su carne quemada - le impedía respirar,
mientras las luces cerca del cuerpo resplandecían junto a un murmullo
incomprensible y el olor inmundo a la carne quemándose le revolvía el estómago.
No, no podría resistir el dolor, solo pedía morirse pronto, bien pronto, ¡por
favor Dios, morir pronto!.
"Mi Coronel, este ya no siente nada y le falta poco para ser finado".
La voz del sudoroso sargento no denotaba sentimientos, solo cansancio.
El Oficial estaba furioso, y comentó a los gritos: "¡Este hijo de puta todavía
se nos va a morir...!¡Suspenda la picana, sargento, y llame a los médicos!
Cadena
de las fuerzas conjuntas
Todos los días a las 19 y 45 minutos llegaba un comando del FUSNA (Fusileros
Navales) y cerraba la calle Mercedes desde Andes hacia la aduana en un operativo
efectuado por dos camionetas llenas de efectivos. Ingresaban al SODRE (Servicio
Oficial de Radiodifusión del Estado) y copaban los estudios y el comando técnico
de la emisora.
Colocaban fusileros armados a guerra en la entrada de la radio, en todos los
corredores y en las ruinas de la sala que se había quemado años antes. Delante
de cada cabina - una de CX 6 y otra de CX 26 - apostaban un efectivo y otros dos
con el oficial a mando del operativo entraban a la cabina de emisión que enviaba
la señal a la antena que la difundía a todo el país.
Colocaban una cinta pregrabada con el mensaje de ese día a las 20 horas. El
SODRE era "cabeza" de la red nacional de radio y televisión. Las imágenes las
trasmitían desde el Canal 5, el canal estatal. (Muchas veces aparecían
requeridos o presos queridos amigos, cuyo único pecado era ser fieles a la
Democracia.)
Comenzaba a sonar la famosa Marchita Militar de la Cadena Nacional. Si por
cualquier motivo la cinta se rompía, el locutor de CX6 debía seguir leyendo al
aire, y si esta también se interrumpía, el locutor de CX26 debía hacer lo mismo,
so pena de pecar de subversivos e ir presos inmediatamente. Todo el tiempo con
un fusilero armado a guerra junto al locutor.
Terminado el operativo, se iban tan violentamente como habían llegado. Así todos
los años de dictadura, día a día, noche a noche. Yo tenía en ese entonces - año
1975 o 1976 por alli - unos 27 años, estaba en quinto año de medicina y era
locutor - cargo ganado por concurso de oposición - en la CX26. Trabajaba de 16 a
24 hs.
Un año después, me obligaron a renunciar a mi cargo.
Cuatro años después, apenas recibido de médico, emigré a México.
Aún hoy, cuando siento esa marchita militar, se me revuelve el estómago.
Adopción
por encargo
- Si Señor, comprendido, tengo un 440 pronto.
- Si, de la modificación de los archivos se encarga Inteligencia. Dígale a su
familiar que quede totalmente tranquilo, es gente de confianza.
- ¿Como?... ¿Moreno?... no Señor, seguro ha existido alguna confusión. No,
moreno no. Blanco, a estar por las fichas.
- Si, blanco. No, el hombre esta prófugo, pero los documentos cantan.
- Ninguna duda, ella es rubia.
- No, no tengo ahora, pero en cualquier momento... Si, si Señor, le aviso,
aunque debo confesar que no es muy fácil.
- Lo de los morenos, Señor.
- No, pocos pedidos, ¿será por eso lo de los angelitos negros?
- Lo del bolero ese, Señor.
- Señor, ese que dice que no pintan... ¡ese, seguro!
- Si, es gracioso, gracias Señor, pero no es mío, me lo hizo un sargento aquí de
la guarnición. Bueno. Si, pero le recuerdo que hay que tener paciencia, porque
no es muy fácil, en estos años que estoy a cargo fueron un puñadito que he
visto.
- ¡Pero claro Señor! En cuanto tenga se lo hago saber.
- Lo mismo para usted Señor, a las órdenes siempre.
- No, por casa seguimos igual, con el casalcito. La nena, la nena es la mayor...
cuatro años, el pibe tiene dos.
- ¡No! De momento ni pensar, aunque nos gustan los niños, pero usted bien sabe
Señor que el cobro no da para tanto.
- Muy agradecido, quedo a sus órdenes. Cambio y fuera.
- ¡Sargento!
- ¡Señor!
- Me dicen los médicos que el 440 de la celda 16 esta casi resuelto, llame a
central y dé el código. Ellos ya saben. Luego vaya al traslado usted
personalmente, nada de anotaciones ni archivos, todo personal. Va, después que
nazca lo lleva a donde siempre, recoja los datos y vuelva ¿Comprendido?
- ¡Si Señor!
- Antes de irse llame a la base aérea, avise que tenemos otro pasajero para
mañana o pasado. Que preparen el cupo y cuando le avisemos que manden a buscar
el traslado al Hospital Central. ¡Proceda!
- ¡Si Señor!
Ayer,
hoy y mañana
No creía lo que veía. La mas chica de las Arrospide, Cristinita, con la que
jugamos tanto de chicos, con la que enloquecíamos a las maestras de preescolar y
escuela y también a las profesoras del primer año de secundaria, aquella amiga
entrañable de mis lejanas épocas de niñez e incipiente adolescencia, estaba otra
vez frente a mi.
Nos habíamos dejado de ver muy jóvenes, cuando mis padres se vinieron para
Montevideo y su familia quedó en nuestro Salto natal. Luego – y que bien lo
recordaba - nos encontramos de pura casualidad cuando apenas pasábamos los
veinte años, una vez, una sola vez, en plena dictadura, después de una pintada
contra los fascistas.
Había sido una sola noche pero quedó marcada a fuego en mi recuerdo para
siempre. Eras amiga de la novia de un amigo y allí nos volvimos a ver, aunque
realmente no nos conocimos hasta que llegamos al boliche. Allí empezaron las
sospechas... "¿Sos vos... Carlos? " – la sorpresa era mutua - "¿Cristinita?...
no puede ser... ¡Cristina Arrospide!, ¿sos vos?, ¿y dónde esta la rubia de
trenzas, aquella con la que jugábamos a las escondidas, la de pecas y cachetes
colorados?" – y la confirmación - "Si, soy yo, la rubia creció Carlos, los años
pasan". Y siguieron los recuerdos en avalancha. Era en la época más dura, de
plomo, por eso no pudimos permitirnos mucho tiempo. Quedamos en vernos, me diste
tu teléfono y yo prometí llamarte, pero vino la cárcel, el exilio, la
separación, y otra vez dejamos de vernos, hasta ahora.
Habían pasado casi treinta años, pero el reencuentro renovó las picardías de
aquellos días. Seguramente también ella recordaba cada detalle en esa especie de
carrusel mental que tenía los engranajes oxidados y que ahora el reencuentro
lubricaba, haciéndolos girar incansablemente, generando imágenes tan queridas,
desempolvando los recuerdos casi olvidados, girando y girando sin parar.
Concordamos que este encuentro no podía ser casual, tendría un motivo. Del hoy y
del nosotros a los lugares conocidos y los que tenemos por conocer y por la
necesidad de recomponer nuestras existencias y como se nos fueron nuestros
viejos, y los pibes que han volado y hecho nidos propios y la soledad que nos
avanza, y como es feo sentirnos solos, y este soplo de vida, de aire fresco al
estar otra vez juntos, que de tan chicos nos hacía tan felices y que de jóvenes
la vida no nos había permitido disfrutar mejor y, y...
Por eso estamos ahora reviviendo, ahora parece que siguiésemos jugando desde
nuestra madurez con la vida, enloqueciendo ya no a profesores y maestros y si a
los hijos, las hijas y los nietos. Nadamos en un mar de coincidencias,
empapándonos en todo lo que antes no podíamos reconocer, lo que antes no
sabíamos.
Fuimos al mismo boliche, ese en el que nos habíamos reencontrado aquella noche,
lejano 1974, otoño, un día de frío húmedo que avisaba la proximidad del
invierno. Buscamos instintivamente la misma mesa, sin haberlo programado.
Caballero, separé la silla y vos dijiste: "Me parece un "deja vú" de los
franceses", porque era la misma silla y yo, casi cuatro décadas mas joven,
también supe repetir ese movimiento. Ella no lo había olvidado.
"Fue cerveza... ¿no es cierto?" - dije mirándola fijo, repasando que aunque los
años habían pasado para los dos, esos ojos caramelo tenían la misma, exactamente
la misma mirada de aquel tiempo. "Si – aseguré canchero sin esperar la
contestación – estoy bien seguro que los dos tomamos cerveza."
"Doble Uruguaya – dijiste enseguida – aquella de botella barrigona, ¿no te acordás?, y vos pediste un sándwich caliente y yo..."
"¡Pizza... vos pizza –
retruqué retomando la iniciativa en los recuerdos -, dos porciones de pizza con fainá!, como no me voy a acordar si me llamó la atención la cantidad de pimienta
que le pusiste, casi estornudo de mirarte" – terminé entre risas - "Por el frío,
la pimienta por el frío – parecías recordar ese frío - me encanta ponerle mucha
pimienta a la pizza "a caballo" y ese día hacia un frío increíble... mira como
te acordabas... y yo puedo decirte que cuando llegaste, la primera vez que te vi
traías puesta una boina como el Che, que te quedaba hermosa. Eras tan guapo,
alto, elegante..."
"Y tenía un susto impresionante – le confesé – los milicos habían estado a punto
de agarrarnos con cantidad de publicidad y unos crayones negros que me
ensuciaron las manos". "Me acuerdo – dijiste entrecerrando los ojos- las tenías
negras del carbón, estabas todo sucio... ¡que días tan feos nos tocó vivir!, mas
vale ni acordarse de eso." Bajaste la mirada y la dejaste fija en la mesa, como
presa en recuerdos tristes.
Yo te traje otra vez al presente: "¡Y ahora me lo venís a decir, veinticinco
años después! Pero no me jodas Cristinita... ¡veinticinco años después!"
Asombrada volviste a mirarme y preguntaste: "¿Qué fue lo que te dije veinticinco
años después, me podés decir?. Y yo: "Lo de la boina, eso que decís de que me
quedaba linda, eso de que era alto, elegante, que era un pintún bárbaro a tus
ojos, eso". Sin quererlo me quedé medio pensativo, entonces intentando retomar
la alegría le pregunté: "¿Y como vas a decir "eras"... mire que la pinta todavía
la tengo, vengo siendo un galán recio maduro, vengo siendo," dije de un tirón
con voz tanguera, haciendo un gesto con los ojos y sugiriendo que me tocaba el
borde del sombrero como Carlitos Gardel.
"¡Seguro que seguís siendo!, ¿quien te ha dicho lo contrario?", dijiste así sin
anestesia y quedé en la lona completamente noqueado, tanto que el árbitro podía
contar hasta mil que no me levantaba. Es cierto que no esperaba tanta
sinceridad, pero lo que más me había impactado era el tono de voz con que habías
dicho todo. El: "seguro que seguís siendo" casi te había salido con bronca, como
reprochándome que pudiese pensar que vos no lo creías, y el: "¿quién te ha dicho
lo contrario?" con un cariño reconcentrado de años, que era como una caricia
sostenida, más cuando la acompañaste con un cambio en el brillo de los ojos, que
casi parecían estar a punto de llorar, desbordados de amor.
"Y de vos... ¿qué puedo decir de vos...? – le dije casi susurrando – que a mis
ojos sos mucho mas hermosa que aquella maldita vez en que te volví a tener y te
volví a perder en mi vida, oculta por la gorrita coqueta marrón – mira como me
acuerdo – y la cara tapada por la bufanda hasta los ojos. Parecías una afgana
con los burkas esos que ahora vemos en la televisión. Pensar que solo fueron
unas horas y después cada uno a sus tareas y dejamos de vernos otra vez, ¡que
destino maldito!. Pero te cuento que pese al tiempo esos ojitos siguen igual de
hermosos y vos toda estas tan, tan..."
"¡Pará un poquito! - me cortaste - ¿qué te pasa?, nos conocemos desde niños...
¿te me estas declarando ahora?" – propusiste a las risas y después ya mas seria
– ¿y por qué decís eso de "aquella maldita vez en que nos volvimos a ver?." "Lo
de maldita – atiné a decir - es porque te dejé ir, ¿entendés?, porque te dejé ir
y desde hace veinticinco años he lamentado no haberte dicho lo que descubrí en
ese momento, allí en el café, en el medio del remolino que ha sido nuestra vida,
decirte que fue verte y descubrir que el cariño de niños era amor. Te lo repito,
quizás no pude decírtelo – quizás ni tiempo tuvimos para nosotros – había que
seguir la militancia, pero era – y es – amor. Te aseguro que hasta hoy te he
extrañado, que jamás te olvidé, siempre te quise."
Quedaste confundida pero enseguida te repusiste: "¿Vos no acabás de retrucar el
por qué no te lo hice ver hace tantos años?, la vida se nos va Carlos, el tiempo
es cada vez mas breve... ¡y no pienso repetir esa equivocación de nuevo!, decís
bien, no tuvimos tiempo para nosotros, nuestros destinos se han cruzado ya tres
veces y ahora con la madurez me doy cuenta que en esas poquitas horas vos no
entendiste mis mensajes y yo no supe manejar tu timidez... porque me pareciste
tan heroico en ese entonces, tan valiente... quizás casi tan valiente como
tímido, porque eras muy tímido... ¿o me equivoco?."
Seguramente me puse colorado porque señalándome acusadoramente con el índice de
la mano derecha moviéndolo arriba y abajo me dijiste entre carcajadas: "¡Se puso
colorado!, seguro que le acerté, lo seguís siendo!, ¡seguís siendo tímido pese a
los años!. Entonces no me pude aguantar: "¡Carajo! – me salió del alma – pensar
que yo me quise dar dique de canchero... pero tenés razón, pese a los años sigo
siendo un tímido de mierda, un tímido que no va a dejar que pase de nuevo lo que
nos pasó en aquellos días tristes."
"¿Y que nos pasó? – dijiste intrigada - "que no aproveche esas pocas horas de
calma en la tormenta para decirte de frente cuanto te quería, que no las
aproveche para abrazarte, besarte, amarte. Cristina... fui un miserable tonto
que nos hizo perder media vida juntos y bien decís, ¡no nos va a pasar de nuevo,
te lo juro!" y sellé mi declaración agarrándole fuerte las manos sobre la
pequeña mesa del boliche. Vos las dejaste en las mías con un leve temblor y ese
morderte lentamente el labio inferior mientras me traspasabas al mirarme, me
dieron la contestación sin necesidad de palabras. Los dos sentimos que la mesa
nos separaba molestándonos y casi la pateo a un lado cuando llegó el mozo con
las cervezas y tuvo que carraspear varias veces, cada vez más fuerte, para que
nos soltáramos y así poder servirnos.
"¿Qué son casi treinta años?" te pregunté, y vos, triste contestaste: "Toda una
vida Carlos, toda una vida". Entonces yo te hice ver, siempre alegre: "Una vida,
decís bien, pensalo: una vida, si, esa fue una vida, esta que empieza hoy es
otra, no lo dudes. ¿Qué cuanto durará? Solo Dios lo sabe, pero lo que dure, ¿sabés?
lo que dure será todo nuestro, todito"
Nos dimos cuenta que todavía no eran tantos. Vinieron otra vez las risas, las
sonrisas, los abrazos, los cuentos, las desgracias, su viudez, mi divorcio,
nuestros hijos, los nietos que no tuvo y los que me regalan su alegría día con
día, sus estudios, mi carrera de arquitecto, el viejo Uruguay, la vieja España,
Suecia, todas las experiencias, hasta el hoy.
Por primera vez en mucho tiempo no me sentí más solo. Cuando salimos rumbo al
futuro abrazados como dos adolescentes del boliche, no pensábamos perder tiempo
lamentando el ayer, lo que había podido ser, lo que habría sido. Las vivencias
de antaño no eran más que recuerdos, ahora la prioridad era vivir el hoy. Y
vivirlo febrilmente, disfrutando cada hora, cada minuto, cada segundo.
El ayer ya fue, y pos... ni modo, como dicen los hermanos mexicanos, el hoy es
hoy y hay que vivirlo a plenitud, y para nosotros es algo invalorable. Y el
mañana... sea como sea, dure lo que dure, venga como venga, el mañana para dos
almas enamoradas será intenso, será hermoso, será inmenso. ¿Quién puede decir
cuanto nos queda? Fue desafortunado no haber tenido estas vivencias casi treinta
años antes, pero peor seria no haberlas tenido nunca.
Te das cuenta – le dije filosófico – la vida nos está dando una nueva
oportunidad. ¿Sabes a que poquita gente le sucede?".
Apremio
físico
Con las manos aferradas fuertemente a los barrotes laterales cierra los ojos
endureciendo sus facciones mientras muerde su labio inferior hasta sacarle
sangre.
A su alrededor todos le hablan al mismo tiempo, le gritan, le increpan, no
entiende. Alguien pincha su brazo y comienza a pasar un liquido transparente en
sus venas sin decirle que es ni para que, mientras otro oprime sus genitales
exigiéndole más, mucho más. Le dice secamente que no se resista, que colabore
para acabar de una buena vez con todo esto, que es para su bien, que le
conviene. Un tercero le clava algo en la espalda y siente como arde lo que entra
en su cuerpo mientras el dolor sostenido del abdomen se hace más y más fuerte y
le obliga a gritar buscando alivio en este esfuerzo agotador mientras corren
gotas de sudor por su frente y el cuerpo bañado en transpiración resiste
estoicamente.
Los que la rodean no se inmutan, le piden más, más, más, le exigen que colabore,
que es por su bien, que no se oponga. No logra entender claramente las órdenes,
pero mantiene la boca cerrada mientras sus piernas comienzan a quedar
insensibles. Pese al miedo sigue resistiendo el dolor que se agudiza y aunque se
quiere mover no la dejan, la mantienen en su posición, la obligan a continuar
mientras siente que necesita evacuar urgentemente y les dice, les grita, ellos
parecen sordos y por el contrario le exigen más.
Físicamente exhausta apenas duele cuando le cortan sus genitales y siente la
sangre caliente corriendo por las nalgas, allí sí casi pierde la noción de todo
pero automáticamente se esfuerza más y la cara le queda roja con los dientes
desesperadamente apretados, firme pese a todo porque sabe bien lo que esta
haciendo, tiene muy claros sus principios, sabe muy bien por qué está allí.
El máximo de esfuerzo lo acompaña de un sonido gutural que comienza de lo más
profundo de sus entrañas y se hace cada vez mas fuerte, más penetrante, mas
desesperado, más visceral culminando con un grito explosivo, desgarrador.
De pronto, todo cambia.
Cesa el dolor.
Cesa el esfuerzo.
Nada duele.
Un llanto agudo, interrumpido, intermitente, conquista el ambiente, endulza los
oídos y ese esperado cuerpecito mojado y calentito se retuerce en su pecho.
Todos los que la están rodeando ríen.
Ha nacido su hijo, lo demás no cuenta.
La
espera
Lentamente fueron llegando a la capilla.
El tiempo gris, lluvioso, acompañaba los acontecimientos – como siempre pasa –
haciendo todo más difícil.
Tantos días de frío y humedad congelaban los mármoles del cementerio.
Juan los estaba esperando pacientemente desde hacía varias horas, con su mejor
traje, camisa de estreno, corbata al tono, impecables zapatos clásicos
perfectamente lustrados y cuidadosamente peinado para la ocasión.
Cuando llegaron no tuvo reclamos para nadie, no se molestó por la espera, le
sobraba paciencia.
Él estaba en el cajón.
La
luz
Al abrir la puerta de la residencia le impactó el frío y la humedad del aire
dentro de la casa, siendo que en la calle se sufrían casi treinta grados de la
noche de verano.
Su respiración se condensaba, parecía estar fumando. Dio dos pasos hacia adentro
y allí vio esa luz azulada muy intensa flotando en el medio de la sala,
iluminando el ambiente con una tonalidad celeste iridiscente emitiendo
pulsaciones rosadas mientras se le aproximaba lentamente. Retrocedió, pero la
puerta se cerró detrás suyo con un ruido sordo. Apoyando la espalda contra la
pared y sin dejar de mirar fijamente la intensa aparición buscó desesperadamente
el interruptor de la luz siguiendo el marco de la puerta con su mano. Lo
encontró cuando esa forma lumínica pulsátil casi llegaba a su cara,
trasmitiéndole una onda de calor que lo mareaba. Cuando perdía la conciencia
logro accionar la llave. La luz no se encendió.
Perfecta
– Excelsa - Intemporalis
Cuando nació, producto de una gestación absolutamente normal y por medio de un
parto sin ninguna clase de complicaciones, la partera quedo deslumbrada ante la
belleza del bebé. Llamó al ginecólogo de guardia para mostrarle algo tan hermoso
y el profesional realmente, pese a su experiencia, quedo embelesado. Era la beba
más linda que había visto. Creció y se desarrolló normalmente, en un ambiente
lleno de paz y amor, sin faltarle nada de lo necesario. Fue siempre el orgullo
de sus padres y de su familia. El barrio entero la sentía como un tesoro propio.
La contrataron para hacer publicidad de múltiples productos para niños y su sola
presencia angelical quintuplicaba las ventas. Así, devino en una niña de
apariencia traviesa y encantadora, que aumentó más el atractivo inmediato que
generaba en cuantos la rodeaban y en cuantos la veían. Era un ser adorado. Llego
así a la adolescencia, y cuando las hormonas hicieron su trabajo, cual mariposa
que surge de su crisálida. si antes era hermosa, ahora era increíblemente
divina. Cual una virgen terrenal. Su cabello no era ni lacio ni rizado, tenia la
ondulación justa que generaba admiración en quien la mirara, su piel tersa y
suave, sin ninguna perturbación propia de la edad le daban un cutis envidiable,
los ojos de color indefinido y profundidad abismal hipnotizaban con solo
mirarlos por décimas de segundo. Su boca pequeña estilizada y carmesí, su fresco
aroma de juventud, su espigado talle, su cuerpo de mujer en flor generaba
increíbles sensaciones a los hombres y miradas de envidia en las mujeres. Sus
caderas perfectas y largas piernas sensuales la hacían realmente una belleza muy
difícil de ver, posiblemente inigualable. Con el correr de los años, explotó en
formas perfectas de mujer que la hacían deliciosa. No existen palabras que
puedan reflejar en un simple escrito algo tan perfecto, tan excelso, un milagro
de la naturaleza. Su fama traspasó fronteras y llego a oídos de los mayores
jefes del gobierno de su nación. Se debatió profundamente sobre ese tesoro que
había devenido nacional. Lo que más preocupaba a los dirigentes era el deterioro
que traería el tiempo sobre algo tan bello. Nadie quería que los años generaran
imperfecciones en su belleza increíble. Los dirigentes se unieron a los sabios,
estos llamaron a los científicos y estos a los mejores médicos del reino para
discutir como mantener ese tesoro que consideraban propio e irrecuperable. Fue
una ardua, larga y fundamentada discusión. Finalmente la decisión fue tomada por
unanimidad. Toda la sabiduría que poseían descubrió la conducta que ganaría a la
vejez y no le permitiría destrozar ese tesoro perecedero. Ellos tenían muy claro
que no podían ser tan egoístas de quedarse satisfechos por haber podido
disfrutar tanta perfección. ¿Y las próximas generaciones?... no era justo.
Por eso la sacrificaron y la conservaron per sécula seculorum en nitrógeno
liquido.
Así lograron preservarla para el futuro, asegurándose que también disfrutarían
algo tan increíblemente perfecto, tan brutalmente excelso, ahora para siempre
incorruptible, intemporal.
La
nueva rutina. (O toda una vida tapando agujeros)
No tenia ni idea de lo que se le venia.
Cuando el humilde sereno de la fábrica llego a la cantina como todas las noches,
no esperaba la increíble noticia.
El mozo se acerco al veterano con una sonrisa inmensa y le dijo a los gritos sin
preámbulos:
"¡Lo sacamos loco, lo sacamos!... ¿pero nadie te había dicho?... ¡¡le pegamos al
gordo de fin de año con el colectivo, ñato, le pegamos!! ¿sabés cuanto nos toca
a cada uno?...¡¡mas de cuatrocientos mil verdes, mas de cuatrocientos chalas
verdes!! pero... ¡me entendiste o no me entendiste, loco,! ¿no vas a decir
nada?"
El obrero gastronómico estaba eufórico.
Y el pobre hombre acostumbrado a una vida de privaciones, a permanentes cenas de
mínimo costo si tenía los pocos pesos necesarios y de no tenerlos al mate,
engañador del hambre y fiel compañero del humilde, parecía como adormilado.
Es que estaba confundido por la noticia inmensa, obnubilado por algo que no
podía entender completamente, incapaz de asumir así, de golpe, algo que cambiaba
todo, que pateaba el tablero de su existencia. Quedó repitiendo en voz baja:
"¿Lo sacamos?... ¿el gordo de fin de año?... ¿vos no me estas jodiendo,
negrito?" y en un empuje de liberación dijo casi gritando: ¡LO PARIO!, quedo
pensando unos segundos nuevamente y siguió: "Entonces sabes que: hoy no me
traigas las croquetas de siempre ni el vasito de agua, no, hoy... hoy... que
joder, ¡hoy traeme el plato del día, traeme! y un litro de cerveza... ¡si loco,
si, un-li-tro-de-cer-ve-za! y hoy también... si, hoy si... postre traeme, traeme
postre carajo, mirá...- y siguió a los gritos - ¡FLAN CON DULCE DE LECHE TRAEME
CHE!, y te digo más negrito, te digo más... ¿sabes que? ¡traeme dos!, si
negrito, dos traeme, dos flanes con dulce de leche traeme, PA-RA-MI-SO-LO!, ¡que
mierda!, traeme dos flanes con dulce de leche traeme, que total ahora somos
ricos, somos... no lo puedo creer mi hermano, ¡que lo parió! ¿metimos el gordo
de fin de año che?, y quedo hablando para si mismo en voz baja, los codos sobre
la mesa, la mano derecha sosteniendo la quijada, acariciándose la cabeza de
escaso pelo canoso con la izquierda, la espalda más arqueada que de costumbre
buscando apoyarse sobre la mesa redonda de cármica marrón y con la mirada fija
en un viejo calendario grasiento del año pasado colgado en la pared se repitió:
"El gordo de fin de año... ¡pahhhhh!".
El
Tai Chi y el racismo
Hermosa mañana.
Levemente fresca para estar con el equipo de Tai Chi frente a la costa del río,
pero tolerable.
Además, a poco de comenzar los ejercicios, la concentración total que se
adquiere hace que uno extrapole las sensaciones más mundanas y pase a una etapa
más profunda y etérea.
Él era el tercero que llegaba a la reunión cotidiana. A lo lejos venían
acercándose otros cinco compañeros, y por las escaleras del club de Pesca que
les permitía hacer ejercicios en sus instalaciones, bajaban el profesor junto
con otros dos alumnos, seguidos a corta distancia por el anciano Sensei de la
academia, Maestro de su Maestro, que ni siquiera hablaba español.
El sol asomaba por el este, enrojeciendo el horizonte. Ese día el río estaba
calmo, como un espejo. Estas son las cosas que hacen valer la pena, cada mañana,
superar ese deseo de quedarse calentito en la cama, y tener la constancia de
levantarse, darse un baño de purificación - que así lo encara esta filosofía, no
es cualquier duchazo - y luego vestirse especialmente para ir a la reunión,
cuando todavía no amanece. Por eso, ver ese disco amarillo-anaranjado surgir del
agua y elevarse... compensaba todo.
Era extraño, pero él estaba en ese grupo por indicaciones de su psicoterapeuta,
ya que sufría de una paranoia obsesiva contra toda la raza "amarilla", por culpa
de la educación e influencia de su padre. Era un rechazo visceral, muy difícil
de gobernar. Pero gracias al Tai Chi lo estaba logrando.
Su padre tenía motivos para ser como era. Veterano combatiente de la segunda
guerra mundial, había sufrido mucho en los enfrentamientos con los japoneses,
cuando era un muchacho jovencito, casi un niño, y más cuando casi terminaba la
guerra y cayó prisionero de las fuerzas imperiales, siendo sometido a tantos
maltratos que quedó con secuelas, no solo psíquicas, sino también físicas. La
falta de movilidad completa de uno de sus brazos era una prueba de los apremios.
Luego dos bombas atómicas terminaron la guerra y los prisioneros fueron
rescatados, pero todos los ex-combatientes quedaron con distintos daños.
El padre les tenía un odio impresionante, que no disminuyó pese a los esfuerzos
del equipo de psicólogos del Hospital de Veteranos de las FFAA de los EEUU. Por
eso, con el correr de los años, en la convivencia normal con su hijo, le
trasmitió a este - seguramente sin intención - ese rechazo patológico.
Él buscaba quitarse ese prejuicio racista adquirido pasivamente, y seguía al pie
de la letra las indicaciones de su psicoterapeuta. Una de ellas era profundizar
en las costumbres de esas lejanas tierras, "conocerlos" mas, para descubrir por
fin la otra cara, la que a él le ocultaron, de esas civilizaciones, desactivando
así ese rechazo trasmitido por su padre. Por eso ingresó a la escuela de Tai
Chi.
Pues bien, esa mañana cada alumno rutinariamente ocupó su espacio preferido. A
él le gustaba el círculo externo de la pequeña explanada, en el borde donde
comenzaba el césped, a medio camino entre los árboles y la orilla.
Comenzaron a efectuar la rutina de relajación y estiramiento.
El Profesor hizo la señal de comienzo y todos correspondieron.
Primero suaves ejercicios para calentar los músculos y pocos minutos después ya
estaban prontos para la serie del día. La iniciaron con una postura "de grulla"
a la que se llega - según las reglas de esta especialidad - con movimientos muy
pausados y gran concentración mental, una especie de "cámara lenta" para quien
esta observando las secuencias.
Aplicó toda la gravedad de su cuerpo en la planta del pie izquierdo, luego curvó
ligeramente la rodilla del mismo lado y elevó lentamente la pierna derecha,
mientras subía los brazos y mantenía hiperextendida la cabeza.
Era hermoso ver de lejos la clase, ya que los movimientos perfectamente
coordinados del grupo generaban imágenes interesantes y trasmisoras de una
extraña sensación de paz interior.
Él ya venía notando un cambio en su actitud para los nipones y estaba seguro que
era porque los estaba comprendiendo, no todo era como se lo habían dicho.
En el momento que había adoptado la posición de máximo estiramiento, fue que vio
con el rabillo del ojo una mancha marrón que apareció de entre el pasto del
borde de la explanada y a gran velocidad desapareció de su alcance visual cerca
de su pie de apoyo.
De inicio no pudo determinar de que pequeño bichito se trataba, ya que la visión
lateral no definía colores, solo alertaba por el movimiento. "Quizás una
cucaracha voladora - razonó - hay muchas en la zona".
Todos estos pensamientos los efectuó en base a la información lograda por el
rabillo del ojo, sin dejar de seguir las secuencias que el ejercicio indicaba.
Sabía que pronto quedaría mirando hacia abajo, siempre manteniendo el equilibrio
con su pie izquierdo y así si podría ver.
Cuando llegó a esta posición, pudo definir la mancha junto al borde de su pié.
No era una cucaracha, era una maldita araña de mediano tamaño - ¡justo a él que
le tenía fobia a los arácnidos! - y el bicho parecía que lo sabía, porque cuando
la pudo visualizar correctamente, con un movimiento rápido se le metió por
debajo del blanco y ancho pantalón.
Sentía perfectamente las patas frías subiendo y enredándose con los pelos de su
pantorrilla izquierda. Logró controlarse. Lo tomo como una prueba que Dios le
ponía para ver cuan importantes habían sido sus avances de concentración e
inserción en el "Yo Total".
Estaba sereno, las enseñanzas de los Sensei estaban dando resultado. Se sentía
agradecido hacia ellos. Todo el tiempo siguió los ejercicios imperturbable,
mientras sentía como el bichito le caminaba por el hueco de la rodilla y se
detenía a medio camino de su muslo posterior. Allí quedo quietita.
Él continuó los movimientos pausados, sostenidos, y lentos, pensando: "¡Por fin
se queda quieta esta miserable hija de puta". Quizás tuviesen algún tipo de
comunicación, porque fue terminar la puteada y el arácnido comenzó una carrera
loca hacia la pelvis, pasando entre las piernas, deslizándose por la nalga
derecha hacia adelante y deteniéndose en las bolsas, quieta entre el protector
testicular y el pantalón del equipo.
Allí él comenzó a sudar, pero logró - casi - mantenerse concentrado, aunque la
mitad de su cerebro prestaba atención al ejercicio y la otra tenía las alarmas
en rojo, lo que le generó una hipersensibilidad impresionante. Cada patita que
movía la araña, él la sentía como una pisada de elefante. Por la combinación del
ejercicio y los nervios, traspiraba copiosamente. Varias gotas de sudor - él las
sentía deslizarse, tal el estado de sobre excitación que tenía - comenzaron a
juntarse por debajo del ombligo y luego emprendieron descenso hacia la pelvis.
Deben haber mojado o pasado cerca de la intrusa, porque esta siguió su ascenso
por debajo del cinto y luego de generarle unas cosquillas impresionantes al
recorrer en forma alocada su barriga - quizás escapándose de los torrentes de
transpiración que aumentaban - terminó momentáneamente alojada en su ombligo, ya
que los quilitos de más que tenía le daban al huequito una profundidad muy
aceptable para una araña mediana, no muy desarrollada.
Podía sentirla acomodada en su ombligo, pero pese a todo logró controlarse y
seguir imperturbable con el ejercicio. - "¿Y todavía pensás hacer nido en mi
ombligo?... ¡la reputísima madre que te parió, bicho de mierda!" - pensaba sin
dejar entrever en sus facciones ningún tipo de sentimientos que no fueran de
placer y serenidad.
Consumada la posición de grulla, retomaron los movimientos inversos hasta que
llegó a tocar el piso con el pie derecho, descansando. Allí su primer impulso
fue salir a los gritos sacándose la ropa, desalojar la maldita cabrona del
ombligo y pisarla unas cuarenta veces para sacarse la calentura.
Pero no.
Eso estaba en contra de la filosofía de respeto a todo tipo de vida que trataba
de aceptar, algo básico en esas civilizaciones y que además elevaría su nivel
conciente y astral. Borró de su cabeza dicho impulso. Pensó: "Estos japoneses
están haciendo un excelente trabajo conmigo".
Se dispuso a comenzar el segundo ejercicio, en búsqueda de la paz interior y en
el momento que arqueaba su cuerpo y elevaba los brazos, sintió como la condenada
polizona retomaba su carrera loca en dirección ascendente, pasando por sobre su
tetilla derecha generándole una picazón casi insoportable, subiendo por el brazo
hasta el codo.
Estudiando esos movimientos, ya había calculado que en cuanto la bicha llegara a
su muñeca derecha, con un sacudón brusco la tiraba al pasto, pero la condenada
volvió sobre sus pasos - siempre con carreras alocadas haciéndole cosquillas con
sus patitas frías - y pasando sobre la axila empapada siguió por el cuello y
quedo quieta sobre la cinta anti sudor que tenía en su frente. Ya no la sentía
sobre su piel.
Comenzó a relajarse, y se sintió muy feliz, porque, pese al sufrimiento, él
logró hacerlo, logró mantener la calma ante todas las carreras de la araña,
logró superar el miedo que le tenía a esos bichos y la ansiedad que le producía
pensar en la posibilidad de que lo picara, logró controlar los reflejos y las
ganas de rascarse, logró continuar inmutable los ejercicios. Por fin logró
manejar su fobia - que no es poca cosa, ni fácil de conseguir - y sentir que
había dado un inmenso salto hacia adelante en su relación con el Todo, dejando
de ver a los de tez amarilla con ese odio heredado, sentimiento irracional que
tanto le molestaba.
Eso si, no logró ver el manazo que le pegó el alumno que tenía a su derecha al
ver la araña en su cabeza. El otro animal no controló ninguno de sus reflejos y
del golpe lo dejó casi inconsciente en el piso.
Increíblemente, mientras trataba de no desmayarse alcanzó a ver que la patona
había evitado el ataque y se perdía velozmente entre el pasto.
Sentía que la cabeza le daba vueltas y todavía tenía que aguantar al otro
imbécil pidiéndole disculpas, explicándole que era muy nervioso, y que cuando
vio esa bruta araña no pensó en otra cosa que matarla y que por eso le pegó
semejante golpe y que no sabia como lo sentía, que por favor lo disculpara,
que... Pero ya ni lo escuchaba.
El Profesor le puso una bolsa de hielo en el chichón que comenzaba a aparecer en
su costado y dolía una barbaridad. Aprovechando entonces que lo tenía cerca y
estaban solos, le contó lo sucedido con lujo de detalles hasta que el otro
bestia le reventó la cabeza de un piñazo. El Profesor quedó muy serio, luego dio
un paso atrás y ceremoniosamente, juntando las manos, le hizo una reverencia.
Comentó algo en japonés con el anciano instructor, su propio Sensei, quien
inmediatamente hizo los mismos gestos de respeto hacia él, y pronunció una larga
e inentendible perorata en su idioma natal.
Aquí el más joven le tradujo que el anciano había dicho que "el respeto a un ser
vivo, cualquiera sea, aún a costa de su propia seguridad, le estaba demostrando
- en ese juego divino que solo los iniciados pueden entender - que su nivel
espiritual se había elevado muchísimo y eso era motivo de gozo, por lo que lo
celebraban respetuosamente".
Pese al rechazo a los "amarillos" mamado desde la cuna, estas actitudes de los
instructores lo llenaron de orgullo, y valoró que tenía razón su psicoterapeuta,
ya que estaba superando sus traumas y recelos y comenzaba a sentir un respeto
especial por esas antiquísimas civilizaciones y sus costumbres ancestrales,
sugerentes de una inteligencia más allá de los milenios.
Como broche de oro, el Sensei lo invitó a acercarse a su auto, de donde el
anciano japonés sacó una caja pequeña de madera tallada - típicamente oriental -
donde tenía unas copitas de fina cerámica, las que llenó con un líquido
transparente servido de una botella pequeña, de forma cúbica y delicadamente
decorada.
El instructor explicó que el anciano quería festejar esa elevación de su nivel
espiritual brindando con sake, que esa era la bebida que tenía la botellita
extraña. Era un honor muy especial, pocas veces brindado a los alumnos.
Un poco ruborizado por tanto elogio y luego de sendas reverencias tomaron de un
solo trago el contenido de los pequeños cuencos. Era un líquido fuerte, que
sintió claramente al bajar por su esófago y cuando comenzó a calentar su
estómago. Nunca lo había tomado. Le explicaron que el sake era alcohol de arroz,
típica bebida japonesa.
Mientras agradecía por la especial atención que habían tenido con él, sintió que
se mareaba.
Despertó a los tres días, en la sala de terapia intensiva donde estaba internado
por un edema de glotis fulminante que casi lo asfixia hasta la muerte, pero del
que lo habían logrado recuperar.
Allí vino a enterarse que había sufrido un shock anafiláctico pues era sumamente
alérgico al alcohol de arroz. El desconocía eso, pero intuía que esos amarillos
seguramente lo sabían.
No podía hablar por la cánula del respirador artificial que tenía metida en la
tráquea, pero allí si supo que no era en vano su oculto odio a esos miserables
nipones y sus costumbres traicioneras.
¡Como pudo confiar en esos ojos rasgados!
¡¡¡Como pudo olvidarse de Pearl Harbor!!!.
El
Imperio del Sol Naciente. Pasión y lógica
Nakumi Sato siempre se destacó entre todos sus compañeros desde la más tierna
infancia.
Sus padres fueron muy afortunados ya que su hijo nunca precisó de incentivos
para avanzar en sus estudios, su vocación lo llevaba de la mano y ella lo ponía
al servicio del Emperador, de sus costumbres, de sus ancestros.
Así, a la temprana edad de 25 años ya era un Ingeniero Aeronáutico titulado, con
especializaciones en Radiofonía inalámbrica, Diseño Aerodinámico y Manejo de
polímeros. Estas especializaciones las había efectuado en los EEUU, Universidad
de Minesota, haciendo usufructo de una beca de intercambio estudiantil. La
guerra no había comenzado. Culminando su carrera militar a los 27 años, se
convertía en un flamante Oficial de la Fuerza Aérea Imperial.
Luego Pearl Harbor. Japón entra en guerra. Fue una puñalada al corazón
americano.
Inmediatamente se presentó voluntario para los más osados destinos bélicos,
siendo destinado al escuadrón de kamikazes, cuerpo de elite suicida, presto a
inmolarse por su Emperador.
Siempre meticuloso y detallista hasta extremos casi paranoicos, cuando le fue
asignado su avión monoplaza de asalto, discutió con varios superiores hasta
lograr - por sus impresionantes antecedentes - que le permitieran darle un toque
personal.
No quiso que nadie lo ayudara. Magistralmente y respetando las leyes del
camuflaje, decoró su Zero con una mezcla de colores geniales y en los costados
pintó su nombre y rango en su idioma natal, con gran destaque. El trabajo fue
excelente y digno de elogios hasta de sus más connotados contrincantes. (Por
envidia, en su mayoría.)
Muchos decían que era tan llamativo que lo iban a derribar rápidamente, pero él
contestaba orgulloso que: "Si así tiene que suceder, sucederá. Moriré entonces
lleno de gloria en honor al Emperador y además demostraré a los odiados enemigos
americanos que los Oficiales Japoneses desconocen el miedo y se burlan de
ellos".
El mantenimiento del motor de su máquina voladora lo efectuaba con los mecánicos
de mayor confianza y siempre bajo su estricto control, logrando que su aparato
tuviese mayor rendimiento y poder que la mayoría de los otros de su misma serie.
En ocasiones se quedaba solo, trabajando hasta altas horas de la madrugada,
enfrascado en solucionar hasta los problemas más insignificantes. (Todos
comentaban que el hombre se estaba quedando loco.)
La despedida desde el aeropuerto de Okinawa fue sumamente emotiva, desgarradora,
digamos. El escuadrón se elevó hacia su destino con órdenes secretas. Jamás
volverían a verlos. Paradojalmente los últimos momentos de Nakumi en esa misión
se pudieron conocer gracias al trabajo de uno de sus enemigos y por pura
casualidad.
John Smith Peerson, Sargento Primero de Infantería, antes de ser reclutado por
el ejército, era camarógrafo profesional. Logró - no sin esfuerzos - que la
superioridad le permitiera llevar su cámara para efectuar tomas especiales en la
zona de guerra, tomas que posteriormente serían estudiadas por los servicios de
Inteligencia y quiso el destino que se encontrara en cubierta del porta-aviones
USS Oklahoma Enterprise tomando imágenes del convoy que los trasladaba desde las
costas de Nueva Zelanda hacia aguas territoriales filipinas, cuando se produjo
el ataque de los aviones japoneses.
Por cierto el USS Oklahoma Enterprise fue hundido en esa acción y John Smith
milagrosamente rescatado de las turbulentas aguas, herido, pero vivo. Por fin,
John Smith Peerson murió en el desembarco de Guam, acribillado por el fuego
enemigo. Logró la Medalla Póstuma al Honor ya que encontraron su cuerpo
cubriendo la cámara y el material periodístico que había logrado, en una
demostración de profesionalismo admirable.
Al cabo de unos meses, sus efectos personales fueron entregados a sus
familiares. Entre prendas, escritos, su arma de reglamento y otras pertenencias,
apareció un extraño baúl pequeño, al parecer una artesanía japonesa que el
finado John cargaba como recuerdo para traer a casa cuando la pesadilla de la
guerra terminara.
La madre, llorando desconsoladamente, apretó con mucha ternura la cajita contra
su cuerpo y por pura casualidad oprimió una pieza que produjo la apertura de un
cajón secreto, desapercibido incluso para los Servicios de Seguridad del
Ejército. Allí, ocultas y prolijamente guardadas en sobres de plomo habían
varias películas sin revelar.
Inmediatamente contactaron amigos de su finado hijo, a quienes encargaron
revelar el extraño material. Descubrieron que John tuvo el arrojo profesional de
mantenerse firme en cubierta filmando el ataque implacable de los nipones. Le
había prestado mayor atención a uno de los aviones, el que parecía comandar el
escuadrón, atraída quizás su atención por la pintura especial y las escrituras -
ilegibles - en sus costados. Sobre este avión llovía la metralla del USS
Oklahoma Enterprise.
La película muestra cuando el avión explota e impacta como una bola de fuego en
la cubierta del barco de guerra. En otra de las cintas reveladas aparecen tomas
efectuadas al parecer luego de ser rescatado, donde se puede ver la proa de un
bote salvavidas meciéndose violentamente en un mar embravecido, el hundimiento
del inmenso porta aviones, una panorámica del cielo en los alrededores de la
zona de guerra y una toma del resto del convoy que parece no haber recibido
mayores daños. Luego se corta la filmación.
El material quedó como un tesoro familiar y rindió bastantes dólares - bussines
are bussines - cuando le vendieron los derechos, con la autorización del
Departamento de Estado, a Selecciones del Riders Digest.
Veinte años después, John Smith Junior, hijo del soldado muerto en acción,
especialista en el manejo de imágenes por computadora, procesó digitalmente las
viejas películas en medio de un trabajo de investigación para su Universidad,
llamándole la atención que en una de las amplificaciones de las escenas del
ataque, el avión mas destacado al parecer no tenía la cabina, ni el asiento, ni
el piloto, cosa extraña para un aparato manejado por un suicida. Y ahora se
podía leer claramente algo escrito en japonés en sus costados.
Decidió investigar más, y buscando en documentos ya desclasificados, se enteró
que en esa acción solamente el USS Oklahoma Enterprise había sido hundido -
todas las demás naves habían regresado a sus bases - y también de que ese era el
más viejo de los porta aviones de la armada americana en ese momento, y que lo
habían puesto en acción apresuradamente, ya que había sido dado de baja por
antigüedad meses antes y estaba anclado en puerto neozelandes esperando su
traslado para el desguace cuando misteriosamente entró en servicio nuevamente.
Por cierto en el informe también se dejaba constancia que las pérdidas japonesas
en esa acción fueron totales tanto en barcos como en aviones.
Surgieron muchas interrogantes en su cabeza, pero la que más lo intrigaba era la
del avión sin cabina ni piloto. Un amigo de estudios, de origen japonés, le
comentó que allí estaba escrito: "Oficial de la Fuerza Aérea Imperial, Nakumi
Sato". Sabían entonces ahora, el nombre del piloto desaparecido.
Copado por la curiosidad, procesó digitalmente grandes trozos de película y
amplificó las imágenes más de cien veces con un programa de última generación,
respaldándose con integrantes del staff del Instituto Técnico de Massachusets en
Sylicon Valley. Para sorpresa de todos, la computadora fue formando una imagen
de excelente calidad, en la que se ve claramente que en la cabina vacía, el
timón del avión se mueve como manejado por un fantasma, guiando la nave a su
último destino. Esto era algo desconcertante, inentendible.
En otra de las cintas reveladas llamó la atención del grupo una pequeñísima
imagen que se visualizaba muy lejos, apenas distinguible entre el humo que
flotaba sobre la zona de guerra. La escena estaba en la panorámica tomada por
John desde el bote salvavidas. Aplicaron la máxima amplificación que podían
obtener y lo que vieron los dejó estupefactos: Era un piloto japonés planeando
en una especie de miniparacaídas de forma rectangular - impensada para esa época
- manejando con sus manos una caja donde se veía claramente una antena y dos
pequeños controles como los de los juegos de video actuales. La cara del joven
piloto se apreciaba con total claridad, y un poco mas lejos, las amplificaciones
mostraron una lancha de rescate de la marina de los EEUU con sus marineros
mirando atentamente hacia el paracaidista, en actitud de espera.
Eran demasiados interrogantes y los vino a desentrañar quien menos esperaban, el
más chico de la familia. John Smith Peerson III, nieto del marino muerto en
acción, de 14 años, jugando en Internet y curioseando con el nombre japonés que
tanto escuchaba en esos días, puso en uno de los buscadores más importantes las
palabras "Nakumi" y "Sato". Esta última no aportó datos, pero "Nakumi" si, y
para sorpresa de todos, al acceder a la página Web de "Nakumi Enterprises
Electronic Robotic System" complejo industrial de robótica y controles remotos,
instalado cerca de cabo Kennedy, apareció la foto de un Nakumi anciano,
sonriente, ahora con apellido Long, Gerente General de dicha empresa.
En dicha página Web, entrando en "Los inicios", se aprecia una foto de los años
cincuentas, donde un joven Nakumi esta junto a quienes parecen ser los
integrantes de su familia, todos sonriendo a la cámara, con la estatua de la
Libertad a sus espaldas. Figuran como ciudadanos naturalizados norteamericanos
desde 1951.
La C.I.A. sabía lo que hacía.
Nakumi también.
Traición,
poyeras y asuntos
El hombre miró al viejo, desconfiado.
El viejo miró a extranjero inexpresivamente, mientras llenaba de agua la pava.
La colgó del gancho de fierro, acomodó la llama y se dedicó a ensillar el mate,
que ya estaba bastante lavado.
Todo lo hizo en forma mecánica, automática, sin dejar de observar al hombre
recién llegado estudiándolo minuciosamente. Cada gesto, cada tic nervioso, cada
movimiento de sus manos; como se paraba donde tenia la faca, el tipo de mango;
como era la ropa, su calidad, su antigüedad, su procedencia. Todo era de interés
para el viejo.
Parsimoniosamente dejo de lado el mate y se armó un tabaco. Sin decir palabra
estiro la mano con el paquete y las hojillas hacia el forastero, apoyado en el
mostrador del almacén de ramos generales. El hombre sin decir palabra asintió
con la cabeza, agradeciendo, y con movimientos precisos lió un tabaco. Uno
pequeño, para no abusar. (No tenia muchas ganas de fumar en ese momento, pero no
quería ser descortés con el anciano.)
Todo fue lento, medido, pensado, pausado. El recién llegado agarró una ramita
prendida del fogón, arrimo la brasa al tabaco y pego un par de pitadas fuertes.
El olor a cigarro invadió el ambiente. La ofreció al viejo, que acercó la cabeza
y también prendió su armado. Dio una pitada larga y luego largó el humo
lentamente por la boca y la nariz, quedando el pucho colgando del borde de los
labios, a la derecha, de donde con la lengua lo paso para la izquierda.
Le ofreció un mate.
"Está medio lavado"
"Se agradece -dijo el hombre con voz gruesa y cortante - pero vengo de lejos y
quisiera agua fresca, si no es molestia."
"El pozo esta pa´catrás, es solo sacar - contestó señalando con la el pulgar de
la mano derecha la puerta posterior del rancho de palo a pique y paredes de
barro, - pase nomás, tiene un tazón de barro en el brocal, haga uso."
"Con su permiso, entonces" y pasó para el fondo.
Los perros desconocieron al individuo y comenzaron a ladrar furiosamente, muy
nerviosos. El viejo prestó atención a esos ladridos.
El desconocido volvió secándose el bigote con el dorso de la mano. Al pasar miro
el cajón donde se guardaba el dinero de la venta del día. Tenía unas pocas
monedas, al parecer no se había vendido nada, raro para un boliche en medio casi
de la nada, no había otro en leguas a la redonda. Con una rápida mirada hizo un
balance de las mercaderías en los estantes y el mostrador. Estaba bien surtido
el negocio.
"Estaba frescasa, la precisaba, le quedo agradecido, viejo."
"Faltaba mas. ¿Y no va a comer nada, muchacho?, hay galleta criolla, membrillo y
queso. Dele nomás sin cumplidos, un buen Martín Fierro llena la panza y dispué
unos mates con carqueja le calientan el triperío. Además usté dice que viene de
lejos, y yo le agrego que de muy lejos, apurado y hambriento." El viejo dijo
esto como al pasar, dejándolo caer en el dialogado.
"De ande saca que vengo así, ¿puede me decir? Dijo despacio el visitante,
nervioso, como tratando de adivinar de donde le llegaría la patada.
"Fácil pa un viejo, vea. Ropa muy sucia y mojada de sudor, la cara con barro
rojo pegado, el tordillo ese que casi esta muerto del esfuerzo que ha venido
haciendo. No se precisa ser muy avispado, ¿vio?, porque ese barro es difícil de
encontrar en este pago, se ve mucho en el norte. De allí viene usté, mocito. Y
pa mojar el ropaje con el sudor... tiene que galopar mucho al sol, porque no es
tiempo de calores que se diga, mayo entró frío, soleado pero frío. Por eso saco
que hace tiempo que viene galopando al sol. Y lo apurado por la mugre que tiene
arriba, que no tuvo tiempo de limpiar. Y el pobre caballo, mire como está...
vea, atienda al matungo, que da lástima, ¡vaya m´hijo!.
La última frase la dijo con firmeza, casi como una orden, y luego siguió tomando
tranquilo el cimarrón. Con la charla se le había apagado el cigarro y lo volvió
a prender con las brasas.
Vio como el hombre arrimaba el tordillo a la sombra del ombú del frente y le
acercaba un balde con agua. Le aflojó la montura pero no se la sacó. Tampoco
sacó el freno.
"¿De que anda juyendo, muchacho? - dijo suavecito - la pregunta fue como
relámpago en cielo sereno. Lo agarró mal parado al joven.
"¡De nada carajo!. ¿Pero tonce usté es adivino...?
Imperturbable el viejo pegó dos chupadas a la bombilla, le dio la última pitada
al tabaco entrecerrando los ojos y dijo:
"Por poyeras, seguro, usté no tiene pinta de malandro, m´hijo." La cara le quedó
colorada al hombre, que sintió el golpe.
"No son cuentas de su rosario, viejo." El tono era agresivo.
"Puede que si, puede que no, pero que son poyeras, son," sentenció, y se cebó
otro amargo. Lo iba a tomar, pero decidió ofrecérselo al extranjero. Este dudó,
pero lo aceptó.
El viejo se levantó despacito, se acercó al mostrador, levantó la campana de
vidrio que dejaba con hambre a las moscas y saco el queso y el dulce de
membrillo. Cortó dos porciones generosas. Agarró una galleta de campo al pasar y
le acercó todo al visitante, ofreciéndoselo.
"Mire, le acepto para no dispreciar nomás". El viejo lo quedó mirando comer...
después opinó:
"No, si solo era pa no dispreciar... coma de a poco muchacho, que lo que ej
ofrecido no es robado, ¡se va a atragantar sinó!" y se volvió a sentar frente al
fogón.
"Se agradece" - repitió el extraño semi atorado y comió con satisfacción.
"Sabe mas el diablo por viejo, que por diablo" - dejó escapar el anciano, como
hablando solo - el otro paro la oreja.
"Menos pregunta Dios y perdona" retrucó.
"Quien mal anda, mal acaba" dijo el viejo con ojos pícaros.
"El que se mete a redentor, termina redentado", volvió a retrucar el más joven,
con mirada cómplice.
"El que siempre me miente, nunca me engaña", le respondió el viejo como en una
payada, medio esbozando una sonrisa y sirviéndose otro mate.
"No hay mal que por bien no venga, abuelo", dijo el otro limpiándose las migas
de los bigotes y controlando la risa, le habían gustado los retruques.
"¡No hay peor bicho que la mujer!" ,sentenció áspero el abuelo.
"Pero ese no es un dicho", dijo el joven.
"Pero es verdá y déjese de joder mocito, si no quiere contar no cuente, coma
tranquilo que lo ofrecido es gratis", el viejo estaba enojado ahora. Comenzó a
liar otro cigarro.
Preguntó: "¿A que esa faca tiene sangre, y no es de capón, vea"
"¿Pero como carajo va usté a saber con solo mirar?, dijo asombrado el visitante"
"Yo no, los perros, ellos tienen bruto olfato y olieron sangre de crestiano. No
es solo mirar, es también escuchar."
"Vea viejo, yo no quiero lastimarlo, no es mi intención, creameló, pero no me
obligue. Mis cosas son mis cosas, mis asuntos mis asuntos, déjelo así nomás".
"No hay peor bicho que la mujer y lo tenia merecido, pero eso me da problemas a
mi, vea, aunque usté no quiera"
"¿Quién tenia merecido... de que esta hablando?.
"De la china rubia de Puntas del Arachán Chico, la que usté mató cuando la
encontró cogiendo con ese tipo dentro de las casas. La que era su novia. Esa."
El hombre quedó pálido, no se esperaba esa afirmación. Atinó a decir:
"Viejo, no se de donde sacó esa historia, pero usté sabe mucho y no puedo dejar
que le diga a la polecía que me vio por aquí". Echó mano al facón y no lo tenía
en la funda. Se tanteó desesperado y no lo encontró. Como quien ve al demonio se
fijó que el viejo lo tenia en sus manos.
"¿Esto busca? Al pasar se lo pelé y usté ni cuenta se dio, por eso vide que
estaba manchado, m´hijo. El extraño no lo podía creer. Le gritó:
"¡Como un viejo de mierda que esta todo el día encerrado en este rancho
mugriento puede estar tan enterado, carajo!" El gaucho viejo tranquilo le dijo:
"No tenga miedo, no soy mandinga, ni estoy aquí siempre encerrado - apuntando la
barriga del otro con el cañón de una escopeta que apareció de la nada, siguió -
vea, abra el arcón de madera aquel del rincón"
Al abrirlo un olor penetrante invadió el recinto. Vio un cadáver reciente
escondido adentro. Lo habían degollado, estaba bañado en sangre. Contuvo una
arcada.
"Vea - siguió el viejo - ese ej el dueño de esta pulpería. Lo maté porque
gimoteaba mucho y yo de paso andaba precisando unos pesos. Yo solo lo estaba
esperando a usté, y todas las historias esas que le hice la mayoría son mentiras
porque sé lo que sé porque lo vengo siguiendo desde hace tres días. Por eso
estoy tan enterado", terminó de decir balanceando despacito el caño de la
escopeta.
"¡Los tuve que matar porque yo la quería de verdá y me traicionó, y esas
chanchadas se tienen que pagar!... ¿no entiende, viejo?"
"Pero si ej cierto - respondió tranquilo - ella se había emputecido y el otro
era una porquería de gente, merecieron morir, estuvieron bien muertos. Ese no es
el asunto, muchacho, lo hecho por usté es entendible... m´hijo".
El extraño aflojó algo los nervios, casi había vomitado al ver la escopeta,
creyéndose muerto. Se animó a preguntar:
" Si sabe todo, sabe los motivos, sabe que tenía que hacerlo, sabe de la
traición, ¿por qué esta aquí?, ¿cual es el asunto?, ¿ que problemas le da a usté
todo esto?.
"Muchacho - dijo casi con ternura - mire que es realmente una lástima, porque
usté es un mozo bueno y tiene curtura, se ve que es léido, no merecía eso que le
hicieron. Y también es cierto que la mujer estaba emputecida por esa porquería
de hombre... pero vea, sepa comprenderme mocito, no me guarde rencor, usté mesmo
lo dijo: esas chanchadas se tienen que pagar. Usté mató esa moza y eso fue una
chanchada. Fue una chanchada porque la culpa era del otro mal nacido que la
engatusó, no de ella que fue engañada, ¿se da cuenta?, ¿entiende por que lo
vengo siguiendo, m´hijo?,¿ve por que esto no puede quedar así?... ¡ese es el
asunto muchacho!, ella era una mocita buena... pero engañada y yo la quería
mucho, pese a todo, ¿sabe?, ella era mi hija, mi única hija, ¿vió?"
El disparo de la escopeta quedó resonando en el descampado.
La
vieja Etelvina y el podador
"¡No, si asi no habrá náides que pueda pensar que vamos a tener una buena
cosecha p´al proximo año!
Era la enésima vez que la vieja Etelvina intervenía en el trabajo del podador de
la quinta, hombre ducho en estos trabajos y de carácter apacible. Al principio
se mantenía callado. La vieja era persistente:
"¡Seca!, ¡bien seca va a quedar la quinta con estos podadores! ¡para que tanto
sacrificio una vida entera Dios mío, para que...! seguía la anciana.
"Pero vea Doña Etelvina - el hombre decidió intercambiar impresiones con la
abuela - se corta por debajo de los antiguos brotos dejando las nacientes
secundarias para que broten en primavera, ¿ve?" La voz del podador era como un
bálsamo para el carácter endiablado de la viejita, pero ella era insensible a
las caricias tolerantes.
"¿Ve?... ¿qué hay que ver? lo que se ve es que esta podando demasiado cerca del
tronco y me va a secar los ciruelos, eso es lo que hay pa ver. Yo no se pa que
hacen cosas sin saber, pa perjudicar a los demás. ¡Si yo fuera la que mandara en
esta casa...!
El perro miraba de lejos con las orejas chatas, no se animaba a acercarse cuando
los humanos tenían esas discusiones, sin embargo al podador le movía la cola sin
reparos.
"Pero no abuela, es la medida correcta, tengo años en esto, me enseño mi padre y
a él mi abuelo italiano, ya va a disfrutar en verano las ciruelas hermosas que
van a dar estos árboles, ya se va a acordar de mi, abuela"
"No se de que ciruelas vamos a disfrutar si eso p´al verano va a estar seco.
Vamos a tener que comprar fruta en el pueblo y utilizar los pobres ciruelos como
leña con la brutalidad que usté esta haciendo. Mire, mejor me voy pa las casas
para no amargarme" y lo dejaba solo, ensimismado en su trabajo.
Esos eran los mejores momentos para el hombre, descansando de tantos gritos y
sinrazones de la viejita, pero la tranquilidad no duraba, porque poco después
ella aparecía y lo sobresaltaba desde lejos con sus gritos:
"¡Mire, mire nomás como cortó este pobre arbolito de ayá, seguro ese no pasa de
dos semanas que esta seco y en cambio a este otro le dejo larguísimas las ramas,
va a dar un vicio impresionante y no va a dar fruto ninguno... y las ráíces...
¡mire las ráíces! todas al aire después de mover la tierra... ¿pero quien dice
que le enseño a usté? ¡Diga que estoy sola en las casas porque la familia esta
para Montevideo, que sino le decía al marido de la hija que lo sacara de estas
tierras, vea los desastres que hace, que horrible, que horrible!"
Imperturbable el podador seguía consustanciado con su trabajo. Matizaba las
podas, la limpieza de yuyos y la dada vuelta de la tierra con palabras
bondadosas intentando tranquilizarla, pero ella estaba inmersa sin retorno en la
demencia senil y seguía en sus trece diciendo todo tipo de disparates al
podador:
"¿Experimentados? ¡hagame el favor! ¿experimentados de que?¿experimentados en
destrozar plantas?, mire haga las cosas bien y deje de lastimar a los pobres
ciruelos, ¿jardineros? jardineros eran los de antes, no esta porquería de
ahora".
Bajo esa permanente tormenta de recriminaciones el hombre soportó estoicamente y
al cabo de tres semanas, una noche fría y lluviosa de julio el trabajo quedo
concluido y el especialista en podas volvió a sus pagos. Cobraría el cheque
diferido que le habían dado en el banco de su pueblo.
Llego la primavera y los ciruelos florecieron como nunca, dando fe que el
trabajo había sido de primer nivel. Las abejas de las colmenas alquiladas
aseguraron una excelente polinización que generó una explosión de frutos en
verano, en especial por ser un año de mansas lluvias y mucho calor.
Andresito, el mas chico de los Correa, jugando a los camioneros en el fondo de
la quinta cargaba concienzudamente con tierra un gran camión Ford de madera para
llevarla a su imaginario destino cuando descubrió el cadáver de la vieja
semienterrado entre unos yuyos, en avanzado estado de descomposición. La
impresión lo dejó mudo por un tiempo. (Los padres gastaron mucho en psicólogos
posteriormente.)
Lo que mas llamaba la atención del cuerpo descompuesto era el cráneo, porque en
él se podía ver la boca llena de pequeñas ramas de ciruelo donde se apreciaba
como varias habían enraizado y sus nuevos brotes comenzaban a aparecer por la
orbitas, la nariz y la propia boca de la calavera abriéndose camino entre la
piel corrompida, dándole al conjunto una sonrisa desencajada, tipo mueca
burlona, "enciruelada" digamos.
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